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diff --git a/.gitattributes b/.gitattributes new file mode 100644 index 0000000..6833f05 --- /dev/null +++ b/.gitattributes @@ -0,0 +1,3 @@ +* text=auto +*.txt text +*.md text diff --git a/14308-8.txt b/14308-8.txt new file mode 100644 index 0000000..5de6e3e --- /dev/null +++ b/14308-8.txt @@ -0,0 +1,9477 @@ +Project Gutenberg's El préstamo de la difunta, by Vicente Blasco Ibanez + +This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with +almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: El préstamo de la difunta + +Author: Vicente Blasco Ibanez + +Release Date: January 13, 2006 [EBook #14308] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL PRÉSTAMO DE LA DIFUNTA *** + + + + +Produced by Michael Ciesielski, Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team. + + + + + +EL PRÉSTAMO DE LA DIFUNTA + +(NOVELAS) + +VICENTE BLASCO IBAÑEZ + +36.000 EJEMPLARES + +PROMETEO Germanías, 33. VALENCIA (Published in Spain) + +ES PROPIEDAD.--Reservados todos los derechos de reproducción, +traducción y adaptación. + +1921, by V. Blasco Ibáñez. + + + + +INDICE + + +El préstamo de la difunta. +El monstruo. +El rey de las praderas. +Noche servia. +Las plumas del caburé. +Las vírgenes locas. +La vieja del cinema. +El automóvil del general. +Un beso. +La loca de la casa. +La sublevación de Martínez. +El empleado del coche-cama. +Los cuatro hijos de Eva. +La cigarra y la hormiga. + + + + +EL PRÉSTAMO DE LA DIFUNTA + + + + +I + + +Cuando los vecinos del pequeño valle enclavado entre dos estribaciones +de los Andes se enteraron de que Rosalindo Ovejero pensaba bajar á la +ciudad de Salta para asistir á la procesión del célebre Cristo llamado +«el Señor del Milagro», fueron muchos los que le buscaron para hacerle +encomiendas piadosas. + +Años antes, cuando los negocios marchaban bien y era activo el comercio +entre Salta, las salitreras de Chile y el Sur de Bolivia, siempre había +arrieros ricos que por entusiasmo patriótico costeaban el viaje á todos +sus convecinos, bajando en masa del empinado valle para intervenir en +dicha fiesta religiosa. No iban solos. El escuadrón de hombres y mujeres +á caballo escoltaba á una mula brillantemente enjaezada llevando sobre +sus lomos una urna con la imagen del Niño Jesús, patrón del pueblecillo. + +Abandonando por unos días la ermita que le servía de templo, figuraba +entre las imágenes que precedían al Señor del Milagro, esforzándose los +organizadores de la expedición para que venciese por sus ricos adornos á +los patrones de otros pueblos. + +El viaje de ida á la ciudad sólo duraba dos días. Los devotos del valle +ansiaban llegar cuanto antes para hacer triunfar á su pequeño Jesús. En +cambio, el viaje de vuelta duraba hasta tres semanas, pues los devotos +expedicionarios, orgullosos de su éxito, se detenían en todos los +poblados del camino. + +Organizaban bailes durante las horas de gran calor, que á veces se +prolongaban hasta media noche, consumiendo en ellos grandes cantidades +de _mate_ y toda clase de mezcolanzas alcohólicas. Los que poseían el +don de la improvisación poética cantaban, con acompañamiento de +guitarra, _décimas_, _endechas_ y _tristes_, mientras sus camaradas +bailaban la _zamacueca_ chilena, el _triunfo_, la _refalosa_, la +_mediacaña_ y el _gato_, con relaciones intercaladas. + +Algunas veces, este viaje, en el que resultaban más largos los descansos +que las marchas, se veía perturbado por alguna pelea que hacía correr la +sangre; pero nadie se escandalizaba, pues no es verosímil que una gente +que va con armas y ha hecho viajes á través de los Andes pueda vivir en +común durante varias semanas, bailando y bebiendo con mujeres, sin que +los cuchillos se salgan solos de sus fundas. + +Ahora ya no habían arrieros gananciosos que dedicasen unas cuantas +docenas de onzas de oro al viaje del Niño Jesús y de sus devotos. Los +más ricos se habían ido del pueblecillo; sólo quedaban arrieros pobres, +de los que aceptan un viaje á El Paposo en Chile ó á Tarija en Bolivia +por lo que quieren darles los comerciantes de Salta. + +Rosalindo Ovejero era el único que deseaba seguir la tradición, bajando +á la ciudad para acompañar al Señor del Milagro en su solemne paseo por +las calles. + +Desde que anunció su viaje, el rancho de adobes con techumbre sostenida +por grandes piedras, que había heredado de sus padres, empezó á recibir +visitas. Todos acompañaban su encargo con un billete de á peso. + +Las mujeres le narraban, sin perdonar detalle, las grandes enfermedades +de que las había salvado la imagen milagrosa. Sus entrañas dolorosamente +quebrantadas por la maternidad se habían tranquilizado después de varios +emplastos de hierbas de la Cordillera y de la promesa de asistir á la +procesión del Cristo de Salta. Ellas no podían hacer el viaje, como en +otros años; pero Rosalindo iba á representarlas, pues el Señor del +Milagro es bondadoso y admite toda clase de sustituciones. Lo importante +era pagar un cirio para que ardiese en su procesión. + +--Tomá, hijo, y cómpralo de los más grandes--le decían las mujeres al +entregarle el dinero--. Te pido este favor porque fuí muy amiga de tu +pobre mama. + +Después iban llegando los varones: pobres arrieros, curtidos por los +vientos glaciales de la Cordillera que derriban á las mulas. Algunos, +durante las grandes nevadas, habían quedado aislados meses enteros en +una caverna--lo mismo que los náufragos que se refugian en una isla +desierta--, teniendo que esperar la vuelta del buen tiempo, mientras á +su lado morían los compañeros de hambre y de frío. + +--Tomá, Rosalindo, para que me lleves un cirio detrás del Señor. El y yo +sabemos lo mucho que le debo. + +Todos mostraban una fe inmensa en este Cristo que había llegado al país +poco después de los primeros conquistadores españoles, á través de las +soledades del Pacífico, en un cajón flotante, sin vela ni remo, el cual +fué á detenerse en un puerto del Perú. La imagen había escogido á Salta +como punto de residencia, y desde entonces llevaba realizados miles y +miles de milagros. Pero las gentes sencillas de la Cordillera no +aceptaban que esta divinidad omnipotente traída por los blancos pudiese +vivir sola, y su imaginación había creado otras divinidades secundarias. +Respetaban mucho al Cristo de Salta, pero les inspiraba más miedo la +«Viuda del farolito», una bruja que se aparecía de noche con un farol en +una mano á los arrieros perdidos en los caminos. El que la encontraba +debía hacer inmediatamente sus preparativos para irse al otro mundo, +pues seguramente ocurriría su muerte antes de que se cumpliese un año. + +Rosalindo Ovejero contó los encargos antes de salir de su casa. Eran +catorce cirios los que debía llevar en la procesión, y él sólo se creía +capaz de sostener ocho, cuatro en cada mano, metidos entre los dedos. +Luego pensó que siempre encontraría en los despachos de bebidas de Salta +algún «amigazo» de buena voluntad que quisiera encargarse de los +restantes, y emprendió el camino montado en un jaco que por el momento +era toda su fortuna. + +Para representar dignamente á los convecinos pidió prestadas unas +grandes espuelas que, según tradición, habían pertenecido á cierto +gaucho salteño de los que á las órdenes de Güemes combatieron contra los +españoles por la independencia del país. Se puso el menos viejo de sus +ponchos, de color de mostaza, y un sombrero enorme, por debajo de cuyos +bordes se escapaba una melena lacia é intensamente negra, uniéndose á +sus barbas de Nazareno. La silla de montar tenía á ambos lados unas alas +fuertes de correa, llamadas «guardamontes», para librar las piernas del +jinete de los arañazos y golpes de los matorrales. De lejos, estas alas +hacían del pobre jaco una caricatura del caballo de las Musas. + +Los dos orgullos del joven salteño eran su cabalgadura y su nombre. El +nombre lo debía á una mestiza sentimental que había estudiado para +maestra en la ciudad, llevando al pueblecito de los Andes el producto de +sus desordenadas lecturas. Quiso crear una generación con arreglo á sus +ideales poéticos, y á él le puso Rosalindo, á un hermano suyo que había +muerto lo bautizó Idílio, y á una hermana que estaba ahora en Bolivia +aconsejó que la llamasen Zobeida, como la esposa del sultán de _Las mil +y una noches_. + +Rosalindo llegó á Salta el mismo día de la procesión. Era en Septiembre, +cuando empieza la primavera en el hemisferio austral, y las calles +estaban impregnadas del perfume de flores que exhalaban sus viejos +jardines. Volteaban las campanas en las torres de iglesias y conventos, +esbeltas construcciones de gran audacia en un país donde son frecuentes +los temblores del suelo. Un regimiento de artillería de montaña +acantonado en Salta por el gobierno de Buenos Aires iba á dar escolta al +Señor del Milagro. Los frailes de los diversos monasterios circulaban +por las calles, de aspecto colonial, y por la antigua Plaza de Armas, +rodeada de soportales lo mismo que una vieja plaza de España. Sobre +algunas puertas quedaba aún el escudo de piedra, revelador del orgullo +nobiliario de los que construyeron el caserón en la época que aún no +había nacido la República Argentina y el país era gobernado por los +representantes de la monarquía española. + +Se presentó Ovejero puntualmente en la iglesia á la hora de la +procesión. Desfilaron primeramente las diversas imágenes de los pueblos +con su acompañamiento de devotos. Habían venido éstos de muchas leguas +de distancia, bajando las montañas como rosarios de hormigas +multicolores. Los hombres, al abandonar su caballo con alas de cuero y +lazo formando rollo á un lado de la silla, marchaban con una torpeza de +centauro, haciendo resonar á cada paso sus enormes espuelas. Con el +sombrero sostenido por ambas manos y la cabeza inclinada, precedían +humildemente á sus imágenes. Confundidos entre ellos pasaban sus +chicuelos envueltos en ponchos rayados de rojo y negro, y sus mujeres, +gordas y lustrosas mestizas, que parecían vestidas de máscaras á causa +de sus faldas de colores chillones, verde, rosa ó escarlata. + +Las cofradías de la ciudad eran las que escoltaban al Cristo milagroso. +Las señoritas de Salta iban de dos en dos, siguiendo las banderas y +estandartes llevados por unos frailes ascéticos que parecían escapados +de un cuadro de Zurbarán. Todas estas jóvenes aprovechaban la fiesta +para estrenar sus trajes primaverales, blancos, rosa, de suave azul, ó +de color de fresa. Cubrían sus peinados con enormes sombreros de altivas +plumas; en una mano llevaban una vela rizada y sin encender, envuelta en +un pañuelo de encajes, y con la otra se recogían y ceñían al cuerpo la +falda, marcando al andar sus secretas amenidades. + +Esta devoción primaveral no tenía un rostro compungido. Las señoritas +alzaban la cabeza para recibir los saludos de la gente de los balcones, +ó acogían con ligera sonrisa las ojeadas de los jóvenes agrupados en las +esquinas. La emoción religiosa sólo era visible en la muchedumbre +rústica que ocupaba las aceras, gentes de tez cobriza, ademanes humildes +y voces cantoras y dulzonas. Las mujeres iban cubiertas con un largo +manto negro, igual al de las chilenas; los hombres con un poncho +amarillento y ancho sombrero, duro y rígido como si fuese un casco. +Todos se conmovían, hasta llorar, viendo entre las nubes de incienso de +los sacerdotes y las bayonetas de los soldados al Cristo prodigioso +clavado en la cruz, sin más vestido que un hueco faldellín de +terciopelo. + +Detrás de la imagen arcaica desfilaba lo más interesante de la +procesión: el ejército doliente de los que deseaban hacer pública su +gratitud al Señor del Milagro por los favores recibidos. Eran «chinitas» +de juvenil esbeltez y frescura jugosa, con una vela en la diestra y un +manto negro sobre la falda hueca de color vistoso y amplios volantes. +Por debajo de las rizadas enaguas aparecían sus pies desnudos, pues +habían hecho promesa al Cristo de seguirle descalzas durante la +procesión. Pasaban también ancianas apergaminadas y rugosas--como debía +ser la «Viuda del farolito»--, que lanzaban suspiros y lágrimas +contemplando el dorso del milagroso Señor. Y revueltos con las mujeres +desfilaban los gauchos de cabeza trágica, barbudos, melenudos, curtidos +por el sol y las nieves, con el poncho deshilachado y las botas rotas. +Muchas de estas botas parecían bostezar, mostrando por la boca abierta +de sus puntas los dedos de los pies, completamente libres. + +Ni uno solo de estos jinetes de perfil aguileño, andrajosos, fieros y +corteses, dejaba de llevar con orgullo grandes espuelas. Antes morirían +de hambre que abandonar su dignidad de hombres á caballo. + +Todos atendían á las pequeñas llamas que palpitaban sobre sus puños +cerrados, cuidando de que no se apagasen. Algunos llevaban hasta cuatro +velas encendidas entre los dedos de cada mano, cumpliendo así los +encargos de los devotos ausentes. Rosalindo figuraba entre ellos, y un +amigo que iba á su lado era portador de los seis cirios restantes. Los +dos, por ser jóvenes, procuraban marchar entre las devotas de mejor +aspecto. + +Ovejero no había dudado un momento en cumplir fielmente los encargos +recibidos. Con la imagen milagrosa no valían trampas. Únicamente se +permitió comprar los cirios más pequeños que los deseaban sus +convecinos, reservándose la diferencia del precio para lo que vendría +después de la procesión. + +Los entusiastas del Cristo que no habían podido comprar una vela +necesitaban hacer algo en honor de la imagen, y metían un hombro debajo +de sus andas para ayudar á los portadores. Pero eran tantos los que se +aglomeraban para este esfuerzo superfluo y tan desordenados sus +movimientos, que el Señor del Milagro se balanceaba, con peligro de +venirse al suelo, y la policía creía necesario intervenir, ahuyentando á +palos á los devotos excesivos. + +Cuando terminó la procesión, Rosalindo apagó los catorce cirios, +calculando lo que podrían darle por los cabos. Luego, en compañía de su +amigo, se dedicó á correr las diferentes casas «de alegría» existentes +en la ciudad. + +En todas ellas se bailaba la _zamacueca_, llamada en el país la +_chilenita_. Cerca de media noche, sudorosos de tanto bailar y de las +numerosas copas de aguardiente de caña--fabricado en los ingenios de +Tucumán--que llevaban bebidas, entraron en una casa de la misma especie, +donde al son de un arpa bailaban varias mujeres con unos jinetes de +estatura casi gigantesca. Eran gauchos venidos del Chaco conduciendo +rebaños; hombretones de perfil aguileño y maneras nobles, que recordaban +por su aspecto á los jinetes árabes de las leyendas. + +El arpa iba desgranando sus sonidos cristalinos, semejantes á los de una +caja de música, y los gauchos saltaban acompañados por el retintín de +sus espuelas, persiguiendo á las mestizas de bata flotante que +balanceaban cadenciosamente el talle agitando en su diestra el pañuelo, +sin el cual es imposible bailar la _chilenita_. + +Los punteados románticos del arpa tuvieron la virtud de crispar los +nervios de Rosalindo, agriándole la bebida que llevaba en el cuerpo. Su +amigo experimentó una sensación igual de desagrado, y los dos dieron +forma á su malestar, hasta convertirlo en un odio implacable contra los +gauchos del Chaco. ¿Qué venían á hacer en Salta, donde no habían +nacido?... ¿Por qué se atrevían á bailar con las mujeres del país?... + +Los dos sabían bien que estas mujeres bailaban con todo el mundo, y que +las más de ellas no eran de la tierra. Pero su acometividad necesitaba +un pretexto, fuese el que fuese, y al poco rato, sin darse cuenta de +cómo empezó la cuestión, se vieron con el cuchillo en la mano frente á +los gauchos del Chaco, que también habían desnudado su facones. + +Hubo un herido; chillaron las mujeres; el hombre del arpa salió +corriendo llevando á cuestas su instrumento, que gimió de dolor al +chocar con las rejas salientes de la calle; acudieron los vecinos, y +llegaron al fin los policías, que rondaban esta noche más que en el +resto del año, conociendo por experiencia los efectos de la aglomeración +en la fiesta del Señor del Milagro. + +Rosalindo se vió con su amigo en las afueras de la ciudad, al perder la +excitación en que le habían puesto su cólera y la bebida. + +--Creo que lo has matado, hermano--dijo el compañero. + +Y como era hombre de experiencia en estos asuntos, le aconsejó que se +marchase á Chile si no quería pasar varios años alojado gratuitamente en +la penitenciaría de Salta. + +Todas las mujeres de la «casa alegre», así como los gauchos, habían +visto perfectamente cómo daba Rosalindo la cuchillada al herido. +Además, su arma había quedado abandonada en el lugar de la pelea. + +El camino para huir no era fácil. Tendría que atravesar la Quebrada del +Diablo, siguiendo después un sendero abrupto á través de los Andes, +hasta llegar al puerto del Pacífico llamado El Paposo. Muchos chilenos, +huyendo de la justicia de su país, hacían este viaje, y bien podía él +imitarlos por idéntico motivo, siguiendo la misma travesía, pero en +sentido inverso. + +Rosalindo intentó ir á la mísera posada donde había dejado su caballo, +pero cuando estaba cerca de ella tuvo que retroceder, avisado por el +fiel camarada. La policía, más lista que ellos, estaba ya registrando +los objetos de la pertenencia de Ovejero, entreteniendo así su espera +hasta que se presentase el culpable. + +--Hay que huir, hermano--volvió á aconsejar el amigo. + +Juzgaba peligrosa, después de esto, la ruta más corta que conduce á la +provincia de Copiapó en la vecina República de Chile. Era camino muy +frecuentado por los arrieros, y la policía podía darle alcance. Ya que +no tenía montura, lo acertado era tomar el camino más duro y abundante +en peligros, pero que sólo frecuentan los de á pie. Como su ausencia iba +á ser larga y le era preciso ganarse el pan, resultaba preferible esta +ruta, pues al término de ella encontraría las famosas salitreras +chilenas, donde siempre hay falta de hombres para el trabajo, y á veces +se pagan jornales inauditos. + +Rosalindo conocía de fama este camino, llamado del Despoblado. Detrás +del tal Despoblado se encontraba algo peor: la terrible Puna de Atacama, +un desierto de inmensa desolación, donde morían los hombres y las +bestias, unas veces de sed, otras de frío, y en algunas ocasiones caían +abrumadas por el viento. + +Ovejero se guardó las espuelas en el cinto, renunciando á su dignidad +de jinete para convertirse en peatón. + +--Si tienes suerte--continuó el camarada--, tal vez en veinte días ó en +un mes llegues al puerto de Cobija ó á las salitreras de Antofagasta. +Hay arrieros que han hecho el camino en ese tiempo. + +Y con la ternura que inspira el amigo en pleno infortunio, le dió su +cuchillo y toda la pequeña moneda que pudo encontrar en los diferentes +escondrijos de su traje. + +--Tomá, hermano; lo mismo harías tú por mi si yo me hubiese +«desgraciado». ¡Que el Señor del Milagro te acompañe! + +Y Rosalindo Ovejero volvió la espalda á la ciudad de Salta, tomando el +camino del Despoblado. + + + + +II + + +Lo conocía sin haber pasado nunca por él, como conocía todos los caminos +y senderos de los Andes, donde hombres y cuadrúpedos son menos que +hormigas, trepando lentamente por las arrugas y las aristas de unas +montañas tan altas que impiden ver el cielo. + +Su padre se había dedicado al arrieraje, y todos sus antecesores +vivieron del ejercicio de la misma profesión. Llevaban productos del +país á los puertos del Pacífico, para traer en sus viajes de vuelta +objetos de procedencia europea, pues Buenos Aires y los demás puertos +argentinos están muy lejos. En su casa, Rosalindo sólo había oído +hablar de peligrosos viajes á través de los Andes y de la altiplanicie +desolada de Atacama. + +Después, en su adolescencia, fué de ayudante con algunos arrieros, +cuidando las mulas en los malos pasos para que no se despeñasen. En +estos viajes por las interminables soledades no temía á los hombres ni á +las bestias. Para el vagabundo predispuesto á convertirse en salteador, +tenía su cuchillo, y también para el puma, león de las altiplanicies +desiertas, no más grande que un mastín, pero que el hambre mantiene en +perpetua ferocidad, impulsándole á atacar al viajero. Lo único que le +infundía cierto pavor en esta naturaleza grandiosa y muda, á través de +la cual habían pasado y repasado sus ascendientes, eran los poderes +misteriosos y confusos que parecían moverse en la soledad. + +Ovejero tenía un alma religiosa á su modo y propensa á las +supersticiones. + +Creía en el Cristo de Salta, pero al lado de él seguía venerando á las +antiguas divinidades indígenas, como todos los montañeses del país. El +Señor del Milagro disponía indudablemente del poder que tienen los +hombres blancos, dominadores del mundo, pero no por esto la Pacha-Mama +dejaba de ser la reina de la Cordillera y de los valles inmediatos, como +muchos siglos antes de la llegada de los españoles. + +La Pacha-Mama es una diosa benéfica que está en todas partes y lo sabe +todo, resultando inútil querer ocultarle palabras ni pensamientos. +Representa la madre tierra, y todo arriero que no es un desalmado, cada +vez que bebe, deja caer algunas gotas, para que la buena señora no sufra +sed. También cuando los hombres bien nacidos se entregan al placer de +mascar coca, empiezan siempre por abrir con el pie un agujero en el +suelo y entierran algunas hojas. La Pacha-Mama debe comer, para que el +hambre no la irrite, mostrándose vengativa con sus hijos. + +Rosalindo sabía que la diosa no vive sola. Tiene un marido que es +poderoso, pero con menos autoridad que ella: un dios semejante á los +reyes consortes en los países donde la mujer puede heredar la corona. +Este espíritu omnipotente se llama el Tata-Coquena, y es poseedor de +todas las riquezas ocultas en las entrañas del globo. + +Muchos naturales del país se habían encontrado con los dos dioses cuando +llevaban sus arrias por los desfiladeros de los Andes; pero siempre +ocurría tal encuentro en días de tempestad, como si los dioses sólo +pudieran dejarse ver á la luz de los relámpagos y acompañados por los +truenos que ruedan con un estallido interminable de montaña en montaña y +de valle en valle. + +La Pacha-Mama y el Tata-Coquena eran arrieros. ¿Qué otra cosa podían +ser, poseyendo tantas riquezas?... Los que les veían no alcanzaban á +contar todas las recuas de llamas, enormes como elefantes, que marchaban +detrás de ellos. Las «petacas» ó maletas de que iban cargadas estas +bestias gigantescas estaban repletas de coca, precioso cargamento que +emocionaba más á los arrieros de la Cordillera que si fuese oro. + +Los del país no conocían riqueza que pudiera compararse con estas hojas +secas y refrescantes, de las que se extrae la cocaína y que suprimen el +hambre y la sed. + +El padre de Rosalindo se había encontrado algunas veces con la +Pacha-Mama en tardes de tempestad, describiendo á su hijo cómo eran la +diosa y su consorte, así como el lucido y majestuoso aspecto de sus +recuas. Pero siempre le ocurría este encuentro después de un largo alto +en el camino, en unión de otros arrieros, que había sido celebrado con +fraternales libaciones. + +Al emprender su marcha por el Despoblado, pensó Rosalindo al mismo +tiempo en el Cristo de Salta y en la Pacha-Mama. Las dos sangres que +existían en él le daban cierto derecho á solicitar el amparo de ambas +divinidades. Entre sus antecesores había un tendero español de Salta, y +el resto de la familia guardaba los rasgos étnicos de los primitivos +indios calchaquies. Si le abandonaba uno de los dioses, el otro, por +rivalidad, le protegería. + +Después de esto se lanzó valerosamente á través del Despoblado. + +Los más horrendos paisajes de la Cordillera conocidos por él resultaban +lugares deliciosos comparados con esta altiplanicie. La tierra sólo +ofrecía una vegetación raquítica y espinosa al abrigo de las piedras. A +veces encontraba montones de escorias metálicas y ruinas de pueblecitos +y capillas, sin que ningún ser humano habitase en su proximidad. Eran +los restos de establecimientos mineros creados por los conquistadores +españoles cuando se extendieron por estos yermos en busca de metales +preciosos. Los indios calchaquies se habían sublevado en otro tiempo, +matando á los mineros, destruyendo sus pueblos y cegando los filones +auríferos, de tal modo, que era imposible volver á encontrarlos. + +El paisaje se hacía cada vez más desolado y aterrador. Sobre esta +altiplanicie, donde caía la nieve en ciertos meses, sepultando á los +viajeros, no había ahora el menor rastro de humedad. Todo era seco, +árido y hostil. Las riquezas minerales daban á las montañas colores +inauditos. Había cumbres verdes, pero de un verde metálico; otras eran +rojas ó anaranjadas. + +En ciertas oquedades existía una capa blanca y profunda, semejante al +sedimento de un lago cuyas aguas acabasen de solidificarse. Estos lagos +secos eran de borato. Caminó después días enteros sin encontrar ninguna +vegetación. Únicamente en las quebradas secas crecían ciertos cactos del +tamaño de un hombre, rectos como columnas espinosas. Estos cactos, +vistos de lejos, daban la impresión de filas de soldados que descendían +por las laderas en orden abierto. + +Rosalindo, en las primeras jornadas, encontró las chozas de algunos +solitarios del Despoblado. Eran pastores de cabras--el rebaño del +pobre--que realizaban el milagro de poder subsistir, ellos y sus +animales, sobre una tierra estéril. Más adelante ya no encontró ninguna +vivienda humana. La soledad absoluta, el silencio de las tierras +muertas, la profundidad misteriosa de la carencia de toda vida, se +abrieron ante sus pasos para cerrarse inmediatamente, absorbiéndolo. + +Para darse nuevos ánimos recordaba lo que había oído algunas veces sobre +los primeros hombres blancos que atravesaron este desierto. Eran +españoles con arcabuces y caballos, guerreros de pesadas armaduras que +no sabían adonde les llevaban sus pasos é ignoraban igualmente si la +horrible Puna de Atacama tendría fin. Su jefe se llamaba Almagro y había +abandonado á Pizarro en el Perú para atravesar esta soledad aterradora, +descubriendo al otro lado del desierto la tierra que luego se llamó +Chile. + +«¡Qué hombres, pucha!», pensaba Rosalindo. + +Y se consideraba con mayores fuerzas para continuar el viaje. Él á lo +menos sabía con certeza adonde se dirigía, y encontraba todos los +detalles topográficos del terreno de acuerdo con los informes que le +había proporcionado su camarada y los solitarios establecidos en los +linderos del desierto. + +Ninguno de éstos, al darle hospitalidad en su vivienda, le hizo +preguntas indiscretas. Adivinaban que huía por haberse «desgraciado», y +como este infortunio le puede ocurrir á todo hombre que usa cuchillo, se +limitaron á darle explicaciones sobre el rumbo que debía seguir, +añadiendo algunos pedazos de carne de cabra seca, para que no muriese de +hambre en su audaz travesía. + +Cuando hubo consumido todas sus vituallas, no por esto perdió el ánimo. +Mientras conservase una bolsa que llevaba pendiente de su cinturón, no +temía al hambre ni á la sed. En ella llevaba su provisión de coca, +alimento maravilloso para los indígenas, porque da la insensibilidad de +la parálisis y suspende el tormento de las necesidades, esparciendo á la +vez por todo el organismo un alegre vigor. Gracias á este +anestésico--considerado en el país como un manjar de origen +divino--podría vivir días y días, sin que el hambre ni la sed +dificultasen su viaje. + +Buscaba al cerrar la noche el abrigo natural de las piedras ó de los +muros en ruinas que revelaban el emplazamiento de algún establecimiento +minero arrasado dos siglos antes. Sólo reanudaba su marcha con la luz +del sol, para ir guiándose por las señales que le habían indicado, +evitando el perderse en esta tierra monótona, sin árboles, sin casas, +sin ríos, que le pudiesen servir de punto de orientación. + +Lo que más le preocupaba era la posibilidad de que se levantase de +pronto uno de los terribles vientos glaciales que barren la Puna. +Mientras la atmósfera se mantuviese tranquila no se consideraba en +peligro de muerte. El frío huracán, en esta altiplanicie donde es +imposible encontrar refugio, resultaba tan temible como la nieve que +sepulta. + +La rarefacción de la atmósfera representaba igualmente una fatiga mortal +para los que cruzaban por primera vez las altiplanicies andinas. Pero +Ovejero, habituado á respirar en las grandes alturas, estaba libre del +llamado «mal de la Puna». Tenía el corazón sólido de los montañeses y su +pecho dilatado le permitía respirar sin angustia en unas tierras +situadas á más de tres mil metros sobre el Océano. + +Una mañana adivinó que había llegado al punto más culminante y difícil +de su camino. Dos ó tres jornadas más allá empezaría su descenso hacia +el Pacífico. + +«Debo estar cerca de la difunta Correa», pensó. + +Conocía de fama á la «difunta Correa», como todos los hijos de la tierra +de Salta. + +Era una pobre mujer que se había lanzado á través del desierto á pie y +con una criatura en los brazos. Su deseo era llegar á Chile en busca de +un hombre: tal vez su marido, tal vez un amante que la había abandonado. +Los vientos glaciales de la Puna la envolvieron en lo más alto de la +planicie, y ella y su criatura, refugiadas en una oquedad del suelo, +murieron de frío y de hambre. Meses después la descubrieron otros +viandantes en el mismo estado que si acabase de morir, pues los +cadáveres se mantienen en las secas alturas de la Puna en una +conservación absoluta que parece desafiar á la muerte. + +La piedad de los vagabundos andinos abrió una fosa en el suelo estéril +para enterrar á esta mujer, apellidada Correa, y á su niño, colocando +sobre los cadáveres un montón de piedras como rústico monumento. + +Se extendió por todo el país la fama de la «difunta Correa». Eran muchos +los que habían muerto en los senderos de la altiplanicie llamados +«travesías», pero ninguno de los vagabundos fallecidos podía inspirar el +mismo interés novelesco que esta mujer. + +La tumba de la difunta Correa fué en adelante el lugar de orientación +para los que pasaban de Salta á Chile. Todo viandante se consideró +obligado á rezar una oración por la difunta y á dejar una limosna encima +de su sepulcro. Uno de los solitarios del Despoblado se instituyó á sí +mismo administrador póstumo de la difunta, y cada seis meses ó cada año +hacía el viaje hasta la tumba para incautarse de las limosnas, +dedicándolas al pago de misas. + +Este asunto era llevado con una probidad supersticiosa. El dinero de las +limosnas permanecía meses y meses sobre la tumba, sin que los +viajeros--en su mayor parte hombres de tremenda historia--osasen tocar +la más pequeña parte del depósito sagrado. Muy al contrario, todos +procuraban dar aunque sólo fuesen unos centavos, por creer que una +limosna á la difunta Correa era el medio más seguro de terminar el viaje +felizmente. + +Rosalindo encontró al fin la tumba. Era un montón de piedras adosado á +otras piedras que parecían la base de un muro desaparecido. Dos maderos +negros y resquebrajados por el viento formaban una cruz, y al pie de +ella había una vasija de hojalata, un antiguo bote de carne en conserva +venido de Chicago á la América austral para acabar sirviendo de cepillo +de limosnas sobre la sepultura de una mujer. + +Ovejero examinó su interior. Una piedra gruesa depositada en el fondo +del bote servía para mantenerlo fijo sobre la tumba y que no lo +arrebatase el viento. Al levantar la piedra, su mirada encontró el +dinero de las limosnas: unos cuantos billetes de á peso y varias piezas +de níquel. Tal vez había transcurrido un año sin que el administrador de +la muerta viniese á recoger las limosnas. + +El gaucho conocía su deber, y se apresuró á cumplirlo. Con el sombrero +en la mano, rezó todas las oraciones que guardaba en su memoria desde la +niñez. «¡Pobre difunta Correa!...» Luego buscó en su cinto, á través de +diversos objetos, el pañuelo anudado en cuyo interior guardaba toda su +moneda. + +Sacó á luz lo que poseía. Únicamente le quedaban tres pesos con algunos +centavos. Durante los primeros días del viaje había tenido que pagar en +algunos altos del camino, pues los habitantes de las chozas no eran +simples pastores, como los del desierto, y se ayudaban para vivir dando +posada á los arrieros. Le quedaba muy poco para hacer una limosna +espléndida. + +Pensó también con inquietud en lo que le esperaba al otro lado del +desierto, cuando ya no estuviera solo y al encontrarse entre los +primeros hombres renacieran otra vez las exigencias y los gastos de la +vida social. Necesitaba dinero para continuar su viaje por tierra +civilizada, para subsistir antes de que encontrase trabajo, y la +cantidad que poseía no era suficiente. + +Empezaba á olvidarse, abismado en estos cálculos, de la difunta y de +todo lo que le rodeaba, cuando un personaje inesperado le hizo volver á +la realidad con su inquietante aparición. + +No estaba solo en el desierto. Vió al otro lado de la fila de piedras en +forma de muro un perro enorme que gruñía, con la piel dorada cubierta de +manchas de rojo obscuro. Vió también, al hacer un movimiento este +animal, que tenía cabeza de gato, con bigotes hirsutos y unos ojos +verdes que esparcían reflejos dorados. + +Rosalindo conocía á esta bestia y no le inspiraba miedo. Era un puma que +parecía dudar entre la audacia y el temor, entre la acometividad y la +fuga. El hombre lo espantó con un alarido feroz, enviándole al mismo +tiempo un peñascazo que le alcanzó en una pata. La fiera huyó en el +primer momento, pero se detuvo á corta distancia. Aquel terreno lo +consideraba como suyo. Sin duda permanecía junto á la tumba todo el año, +por ser este el lugar más frecuentado en la soledad del desierto, +resultándole fácil el nutrirse con los despojos de las caravanas ó el +sorprender á un hombre ó á una bestia de carga en momentos de descuido. + +Al quedar lejos no quiso Rosalindo hostilizarle por segunda vez. Veía en +él á un guardián de la tumba. Hasta pensó supersticiosamente si este +felino de la altiplanicie, mezcla de león y de tigre, tendría algo del +alma de la difunta, pues en los cuentos del país había oído hablar +muchas veces de espíritus de personas que continúan su existencia dentro +de cuerpos de animales. + +Dejó de ocuparse del puma para seguir mirando el bote de las limosnas. +Una idea digna de ser tenida en cuenta acababa de surgir en su +pensamiento en el mismo instante que le distrajo la presencia de la +fiera. + +Él estaba vivo y tenía poco dinero; en cambio la difunta Correa estaba +muerta hacía años y no necesitaba comer ni le era forzoso ir á Chile +como él. Aquellas limosnas iban á quedar meses y meses debajo del +pedrusco, hasta que se le ocurriese venir al encargado de recogerlas. +¿No podían hacer un negocio honrado la difunta y él?... + +Rosalindo no quiso aceptar ni por un instante la idea de apoderarse de +este dinero. Por ser de una muerta tenía un carácter sagrado, y además +representaba cierta cantidad de misas para la salvación eterna de la +madre y su criatura. Pero era posible una operación de crédito entre los +dos, que no resultaba completamente nueva. + +Sabía por los arrieros y peatones de los Andes para lo que servían +muchas veces estas tumbas con su depósito de limosnas. Como abundan las +sepulturas en las diversas travesías de la Cordillera, los viandantes +faltos de recursos se llevan con toda reverencia el dinero dedicado á +los difuntos, pero dejando á éstos un recibo con la promesa solemne de +devolverles una cantidad mayor. + +Ovejero pensó que él podía hacer lo mismo. La difunta Correa era una +buena mujer y aceptaría seguramente desde el fondo de su tumba de +piedras este préstamo. Él, por su parte, siempre había sido fiel á su +palabra y además empeñaba su firma. Lo que se llevase lo devolvería +quintuplicado, y la difunta iba á ganar como réditos de la operación un +gran número de misas. + +Con la tranquilidad que comunica la pureza de la intención, fué +recogiendo toda la moneda depositada en el fondo del bote. La contó: +ocho pesos y cuarenta centavos. Luego buscó en su cinto un lápiz corto y +romo, arrancando también un pedazo de papel de un diario viejo de Salta. + +La redacción del documento fué empresa larga y difícil. En su niñez +había figurado entre los mejores alumnos de la escuela de su +pueblecillo, pero siempre consideró la ortografía como el más +horripilante de los tormentos de la juventud, á causa de la diferencia +entre letras mayúsculas y minúsculas. + +En el borde blanco del periódico declaró que tomaba á préstamo de la +difunta Correa la expresada cantidad, comprometiéndose á devolvérsela +sobre la misma tumba en el plazo de un año; y para hacer más solemne su +compromiso, metió en cada palabra dos ó tres mayúsculas. Después puso su +firma: _Rosalindo Ovejero_, con las letras todo lo más grandes que le +permitió la escasez del papel. + +Cuando se hubo guardado el dinero en el cinto, depositó su recibo en el +fondo del bote, colocando la piedra exactamente sobre él, para que en +ningún caso pudiera llevárselo el viento. + +Nada le quedaba que hacer allí. Ahora que se veía con más dinero para +afrontar la existencia entre los hombres civilizados, deseaba salir +cuanto antes del desierto. + +El puma se había ido aproximando con un gruñido hipócrita, como si +esperase verle de espaldas para caer sobre él. Rosalindo se inclinó, +enviándole otro peñascazo que le hizo huir por segunda vez de aquella +tumba que consideraba como su guarida. + +Continuó el gaucho su marcha. Al día siguiente vió unos guanacos +salvajes que corrían por el límite del horizonte. La vida vegetal y +animal empezaba á reaparecer en el desierto. En los días siguientes los +guanacos salieron á su encuentro formando manadas y los matorrales +fueron más espesos y altos. La atmósfera resultaba más respirable; el +terreno iba en descenso. + +A la semana siguiente el fugitivo de Salta encontró hombres y durmió en +viviendas que formaban míseros pueblos. + +Siguió bajando, y al fin encontró el camino que se remonta á Bolivia y +que en dirección opuesta iba á conducirle á la costa del Pacífico. + + + + +III + + +Pasó cerca de un año trabajando en las explotaciones salitreras +establecidas por los chilenos en la costa del Pacífico. Vivió unas veces +cerca de Antofagasta, otras en Iquique y hasta en Arica, junto á la +frontera del Perú. + +El trabajo no era extremadamente duro y se ganaban buenos jornales. +Europa necesitaba abono para sus campos, y especialmente en Alemania los +arenales del Brandeburgo se negaban á dar patatas y remolachas si no +recibían antes la nutrición del ázoe solidificado en las llanuras +chilenas. + +Todos los pueblos vivían entonces en paz, y era preciso aumentar la +producción del suelo para que una humanidad exuberante en demasía no se +quedase sin comer. Llegaban vapores y veleros á los puertos del Pacífico +cargados de carbón, y partían semanas después llevando sus bodegas +repletas de salitre. Miles y miles de hombres trabajaban en el arranque +de esta tierra blanca contenedora de un excitante fertilizador. Los +brazos eran pagados con generosidad y el dinero corría abundantemente. + +Rosalindo celebró como una protección de la suerte el haber huído de su +país natal, librándose para siempre de su pobre y ruda profesión de +arriero. En pocas semanas ganó lo que al otro lado de los Andes le +hubiese costado un año de trabajo. Además, su existencia era mucho más +fácil y dulce en esta tierra de emigración. + +Hombres de diversos países trabajaban en las salitreras, y casi todos +ellos vivían sin familia, pudiendo gastar alegremente sus considerables +jornales. De aquí que, en días de fiesta, los obreros de gustos +alcohólicos se entregasen á las más desordenadas fantasías en los cafés +y los despachos de licores. No sabían cómo acabar su dinero en esta +tierra de vida improvisada y escasas diversiones. Algunos disparaban sus +revólveres escogiendo como blanco las botellas alineadas en la +anaquelería detrás del mostrador. Era un lujo destrozar á tiros las +botellas de champaña traídas de Europa, pagándolas luego á unos precios +que hubiesen escandalizado á muchos ricos. Otros, para beber un simple +vaso de vino, hacían abrir la espita de un tonel, dejando que chorrease +en su vaso durante mucho tiempo lo mismo que una fuente, perdiéndose +enormes cantidades de líquido. Luego pagaban con orgullo, delante de +todos, para que se enterasen de su vanidad. + +Con estas fantasías y otras menos confesables engañaban su tedio en este +país abundante en dinero pero de aspecto entristecedor. La riqueza +estaba en la profunda capa de salitre que cubría el suelo; pero esta +tierra blanca que servía para fertilizar los campos de Europa no +toleraba aquí ninguna vegetación. Una esterilidad valiosa pero triste +rodeaba las nuevas poblaciones. El mayor lujo de los ricos era tener en +sus casas unas cuantas macetas de flores. El agua para su riego había +costado tan cara como los vinos más célebres. + +Las interminables recuas de mulas, al acarrear del interior á los +puertos las cargas de salitre, parecían acordarse melancólicamente de +los campos donde habían nacido, con árboles, hierbas y arroyos. En las +casas inmediatas á los caminos de esta tierra estéril, los dueños +evitaban pintar sus cercas de verde, pues los pobres animales, engañados +por el color, empezaban á roer los barrotes de madera, tomándolos por +vegetales surgidos del suelo. + +Rosalindo acabó por adquirir el mismo aspecto de los obreros del país. +Ya no quedaba nada en él del gaucho salteño. Se había cortado las +melenas y transformado su traje. Además, siguió con atención, en los +diversos lugares de su trabajo, las predicaciones de algunos obreros +procedentes de Europa que hablaban contra las compañías salitreras, +incitando á los compañeros á la revuelta. Pero una huelga seguida de +incendios y saqueos fué sofocada inmediatamente por los soldados +chilenos con abundante empleo de ametralladoras, lo que devolvió la +prudencia á Rosalindo y á la mayoría de sus camaradas. + +Cuando llevaba ocho meses trabajando, experimentó una gran alegría al +encontrarse con un hombre de su país que deseaba regresar á Salta. + +La vida de este hombre en las salitreras había sido menos agradable y +fructuosa que la de Ovejero. Trabajó y ganó buenos jornales en los +primeros meses; pero era jugador, y todas sus ganancias se quedaron en +las llamadas casas «de remolienda». Al final, sus deudas y sus continuas +peleas le obligaban á abandonar el país. + +Rosalindo, por ser un compatriota, atendió todas sus peticiones de +dinero. Él no era jugador. Su vicio dominante había sido siempre la +bebida, y aquí que ganaba mucho podía satisfacerlo con largueza, lo +mismo que un caballero. + +Al saber que su compatriota iba á volver á Salta por la Puna de Atacama, +el gaucho, que era hombre de honor, incapaz de olvidar sus compromisos, +pensó en la antigua deuda, que le preocupaba con frecuencia y hasta +algunas noches le había quitado el sueño. + +Mientras obsequiaba á su compatriota en un café de Antofagasta, le fué +explicando su asunto. + +--Tú pasarás por donde la difunta Correa, ¿no es eso, hermano?... Pues +bien; cuando llegues á su sepultura, le dejas bajo la piedra estos +treinta pesos. Ella me dió ocho y unos centavos, pero hay que ser +rumboso con los que nos favorecen, y además la pobre tal vez está +necesitada de misas. + +Pidió también á su camarada que retirase el recibo escrito en un pedazo +de periódico que había dejado en la tumba ó que fuese en busca del +encargado de recoger las limosnas para pedirle el tal documento. Los +asuntos de dinero deben llevarse con limpieza, sobre todo si hay +muertos de por medio. Cuando el camarada tuviese el recibo en su poder, +debía enviárselo por correo para su tranquilidad.... Y le entregó unos +cuantos pesos más por la molestia que le pudiese ocasionar el encargo. + +Transcurrieron varios meses. Rosalindo trabajaba todos los días como un +obrero de buenas costumbres. A pesar de que había sido hombre de pelea, +evitaba las cuestiones en este mundo compuesto de gentes bravas y de +todas procedencias, que para ir á ganarse el jornal llevaban siempre el +cuchillo y el revólver. Él deseaba únicamente que le dejasen embriagarse +en paz. De día trabajaba en la salitrera y de noche se emborrachaba en +algún cafetín predilecto, hasta que ganaba su alojamiento tambaleándose, +ó lo llevaba hasta él un compañero casi á rastras. + +De pronto se sintió enfermo. El médico, un joven recién llegado de +Santiago, atribuyó su dolencia á los excesos alcohólicos; pero él creía +saber mejor que este chileno presuntuoso cuál era la verdadera causa de +su enfermedad. + +Dormía mal y su sueño estaba cortado por terribles visiones. Esta vida +de alucinación dolorosa había empezado para él cierta noche en que se +dirigía á su casa completamente ebrio. + +Una mujer le salió al paso: una mujer enjuta de carnes, con la tez algo +cobriza y unos ojos grandes, negros, ardientes. Iba envuelta en un manto +obscuro que había perdido su primer tinte y era del color llamado "ala +de mosca". Agarrado á una de sus manos marchaba un niño cuya cabeza +apenas le llegaba á las rodillas. + +Rosalindo no conocía á la difunta Correa ni jamás encontró á alguien que +pudiera describírsela. Pero al ver a esta mujer por primera vez, quedó +convencido de su identidad. Era la difunta Correa; no podía ser otra, +¡Aquellos ojos!... ¡Aquel niño que la acompañaba!... + +Se quitó el sombrero con la misma expresión reverente que cuando había +rezado ante su tumba. + +--¿En qué puedo servirla, señora?--dijo--. ¿Qué desea de mí?... + +La mujer permaneció muda, y sus ojos redondos, de un ardor obscuro, le +miraron fijamente. Al entrar en su casucha cerró la puerta, y la +difunta, siempre con su niño de la mano, se filtró á través de las +maderas. + +Dormía Rosalindo en una pieza grande con siete compañeros más, pero +aquella hembra dolorosa, como venía del otro mundo y todos los seres de +allá dan poca importancia á las preocupaciones morales de la tierra, se +metió entre tantos hombres, sin vacilación, permaneciendo erguida junto +á la cama de Ovejero. + +Cada vez que éste abría los ojos la encontraba frente á él, inmóvil, +rígida, mirándole con sus pupilas ardientes y fijas, no alteradas por el +más leve parpadeo. + +A la mañana siguiente, el gaucho creyó haber atinado con la explicación +de este encuentro. La pobre difunta había venido indudablemente á darle +las gracias por los enormes réditos con que había acompañado la +devolución del préstamo. Si permanecía muda y con aquellos ojos que +infundían espanto, era porque las almas en pena no pueden mirar de +distinto modo. + +Afirmado en esta creencia, no experimentó sorpresa alguna cuando, en la +noche siguiente, al regresar ebrio de su cafetín, tropezó con la +enlutada y su niño cerca de la casa. + +Por segunda vez se quitó el sombrero, gangueando sus palabras con una +amabilidad de borracho. + +--No tiene usted nada que agradecerme, señora. La palabra es palabra, y +lo que siento es no haber podido enviarle más para que la digan misas. +El año que viene, cuando algún amigo mío vaya para allá, tal vez le haga +otra remesa. + +Pero la mujer parecía no oírle y continuó fijando en él sus ojos +inmóviles, mientras la cara del niño--una cara de muerto--se agitaba con +el temblor de un llanto sin lágrimas y sin ruido.... Y la difunta le +acompañó otra vez hasta su cama, manteniéndose inmóvil junto á ella, y +desapareciendo únicamente con las primeras luces del amanecer. + +Este encuentro se fué repitiendo varias noches. Rosalindo bebía cada vez +más, viendo en el alcohol un medio seguro de sumirse en el sueño y +evitar tales visiones; pero contra su opinión, las visitas de la difunta +se hacían más largas así como él aumentaba su embriaguez. Algunas veces, +hasta en pleno sol, cuando trabajaba en el arranque de las rocas de +salitre, la difunta surgía frente á él durante sus minutos de descanso. +En vano le dirigía preguntas. La enlutada era muda y únicamente sabía +mirarle con sus pupilas redondas y severas, mientras el niño continuaba +su eterno llanto sin humedad y sin eco. + +«Hay en este asunto algo que no comprendo--pensaba Rosalindo--. ¿No le +habrá entregado aquel amigazo el dinero que le di?» + +Se dedicó á averiguar el paradero de su compatriota. Pensó por un +momento si se habría quedado con los pesos que le entregó para la +muerta; pero inmediatamente repelió tal sospecha. Su camarada, aunque +algo bandido y de perversas costumbres, era muy temeroso de Dios é +incapaz de ponerse en mala situación con las ánimas del Purgatorio, á +las que tenía gran respeto y no menos miedo. + +Al fin, un vagabundo que iba de boliche en boliche por las diversas +salitreras para robar con sus malas artes de jugador el dinero de los +trabajadores, le dió noticias sobre el desaparecido, después de repasar +los recuerdos de su propia vida complicada y aventurera. A su amigo lo +habían matado meses antes en un despacho de bebidas cerca de la +Cordillera, cuando se dirigía desde Cobija á tomar el camino de la Puna. +La cuchillada mortal había sido por cuestiones de juego. + +El gaucho, que no quería dudar de que la difunta hubiese recibido su +préstamo con todos los intereses, quedó aterrado al recibir esta +noticia. Empezó á calcular los meses transcurridos desde que dejó su +recibo en la tumba del desierto. Hizo un gesto de satisfacción, como si +acabase de resolver un problema difícil, al convencerse de que iba +transcurrido más de un año, plazo que él mismo fijó en su papel. La +difunta tenía derecho á reclamar. Ahora comprendía sus ojos severos +fijos en él y la expresión dolorosa de aquella carita de muerto, que +lloraba y lloraba con el tormento de un hambre del otro mundo, por +faltarle el sustento de las misas.... ¡Y él, que despilfarraba sus +jornales en bebidas y otros vicios menos confesables, estaba retardando +la salvación de estos dos seres infelices al no devolverles un dinero +que necesitaban para la salud de su alma!... + +Deseó que llegase pronto la noche y se le apareciese la difunta para +darle sus explicaciones de deudor honrado. Pero por lo mismo que su +deseo era vehemente, no pudo encontrarla en las cercanías de su casucha +por más vueltas que dió en torno de ella, y eso que en la presente +noche, para evitar palabras confusas y tergiversaciones en el negocio, +había bebido muy poco. Fué cerca de la madrugada cuando Ovejero, que +había conseguido dormirse, la vió al abrir sus ojos. + +--Señora, la falta no es mía; es de un amigo que se ha dejado matar, +perdiendo mi dinero. Pero yo pagaré. Voy á buscar alguien que se +encargue de devolver el préstamo, aunque tenga que costearle los gastos +de viaje. Además aumentaré los intereses.... + +No pudo seguir hablando. La difunta desapareció con su niño, como si la +hubiesen tranquilizado estas promesas. Huía tal vez igualmente de los +gritos y blasfemias de los otros obreros, que habían sido despertados +por Rosalindo al hablar en voz alta. Estaban irritados contra el salteño +porque todas las noches mostraba predilección en su borrachera por +conversar con una mujer invisible. Y esta noche, en vez de hablar +buenamente, había dado gritos. Todos ellos empezaron á tener por loco á +su camarada. + +En mucho tiempo no volvió Ovejero á encontrarse con su acreedora. Esta +ausencia le parecía natural. Las almas del otro mundo no necesitan +esforzarse para conocer lo que hacen los vivos, y ella sabía que su +deudor se ocupaba en devolverle el préstamo. + +Trabajó horas extraordinarias, bebió menos, fué reuniendo economías, +pues deseaba hacerse perdonar con su generosidad el retraso en el pago +de la deuda. Al mismo tiempo buscaba un hombre que se encargase de ir á +depositar la cantidad sobre la tumba del desierto. + +Por más averiguaciones que hizo en los diversos campamentos salitreros y +por más que escribió á los camaradas que tenía en otros puertos del +Pacífico, no pudo encontrar un viajero que se propusiera volver al Norte +de la Argentina siguiendo el desierto de Atacama. + +«Tendré que enviar un hombre á mis expensas--pensó--. Esto será caro, +pero no importa; lo principal es dormir con tranquilidad y que no se me +aparezca la pobre difunta llevando el niño de la mano....» + +¡Ay, el niño, con su llanto silencioso y su carita de muerto!... Este +era el que le aterraba más en la lúgubre visión. La mujer le infundía +respeto, pero no miedo; mientras que solamente al recordar el llanto +extraño del hijo, sentía correr un espeluznamiento da pavor por todo su +cuerpo. Era necesario redoblar su trabajo para reunir el dinero y +encontrar á un hombre que lo llevase hasta la tumba.... + +Y este hombre lo encontró al fin. + + + + +IV + + +Era un chileno viejo llamado señor Juanito; pero las gentes del país, +siempre predispuestas á cortar las palabras, sólo dejaban dos letras del +tratamiento respetuoso á que su edad le daba derecho, llamándole _ño_ +Juanito. + +Siempre que abría su boca dejaba sumido á Ovejero en una resignada +humildad. Su admiración por el viejo era tan grande, que consideró +detalle de poca importancia el hecho de que no hubiese atravesado nunca +la Puna de Atacama, ni conociera el lugar donde estaba el sepulcro de la +difunta Correa. Un hombre de sus méritos sólo necesitaba unas cuantas +explicaciones para hacer lo que le encargasen, aunque fuera en el otro +extremo del planeta. + +Había vivido en la perpetua manía ambulatoria de algunos «rotos» +chilenos, que llevan de la infancia á la muerte una existencia +vagabunda. Deleitaba á Rosalindo contándole sus andanzas en el Japón, su +vida de marinero á bordo de la flota turca y sus expediciones siendo +niño á la California, en compañía de su padre, cuando la fiebre del oro +arrastraba allá á gentes de todos los países. ¡Lo que podía importarle á +un hombre de su temple lanzarse por la Puna de Atacama, hasta dar con la +tumba de la difunta Correa!... Cosas más difíciles tenía en su historia, +y no iba á ser la primera ni la décima vez que atravesase los Andes, +pues lo había hecho hasta en pleno invierno, cuando los senderos quedan +borrados por la nieve y ni los animales se atreven á salvar la inmensa +barrera cubierta de blanco. + +Escuchaba con impaciencia los detalles facilitados por Rosalindo, al que +llamaba siempre «el cuyano», apodo que los chilenos dan á los +argentinos. + +--No añadas más--decía--. Desde aquí veo con los ojitos cerrados el +rumbo que hay que seguir y la sepultura de la difunta, como si no +hubiese visto otra cosa en mi vida.... Pero hablemos de cosas más +interesantes, «cuyano».... ¿Cuánto piensas enviar á esa pobre señora? + +El gaucho, teniendo en cuenta lo que iba á costarle el mensajero, +insistía en repetir un envío de treinta pesos. Pero _ño_ Juanito +protestaba de la cifra, juzgándola mezquina. + +--Piensa que la difunta te está aguardando hace muchos meses. ¡A saber +lo que llevará penado en el Purgatorio por no haber recibido tu dinero á +tiempo! Tal vez le faltaban unas misas nada más para irse á la gloria, y +tú se las has retardado.... Creo, «cuyano», que deberías rajarte hasta +cincuenta pesos. + +Rosalindo acabó por aceptar la cifra, ya que este desembolso iba á +librarle de nuevos encuentros con la difunta. + +Más difícil fué llegar á un acuerdo con _ño_ Juanito sobre sus gastos de +viaje. + +Por menos de cien pesos no se movía de su tierra natal. El era muy +patriota, y como estaba viejo, sólo por una suma decente podía correr +el riesgo de que lo enterrasen fuera de Chile. Además, era justo que «el +cuyano» lo indemnizara por los grandes perjuicios profesionales que iba +á sufrir. Y enumeró todas las tabernas, llamadas «pulperías», y todas +las casas «de remolienda» donde por la noche tocaba la guitarra cantando +_cuecas_ y relatando cuentos verdes. + +--Tú mismo puedes ver cómo buscan en todas partes á _ño_ Juanito, y eso +te permitirá apreciar el dinero que pierdo por servirte.... Pero lo hago +con gusto porque me eres simpático, «cuyano». + +Y el gaucho, convencido de que no debía insistir, se dedicó á juntar la +cantidad acordada, para que el viaje se realizase cuanto antes. + +Al fin entregó un día los ciento cincuenta pesos á _ño_ Juanito. + +--Mañana mismo--dijo el viejo--salgo para la Puna, y recto, recto, me +planto no más en la tumba de esa señora. No añadas explicaciones; +conozco la travesía. Antes de un mes me tienes aquí con el recibo. + +Y se marchó. + +Ovejero pasó unos días en plácida tranquilidad. Seguía bebiendo, pero +esto no le impedía trabajar briosamente, pues le era necesario reunir +nuevas economías después de permitirse el lujo de enviar un emisario +especial al desierto de Atacama. Aunque volvió muchas noches á su +casucha tambaleándose ó apoyado en el brazo de un compañero, jamás le +salía al encuentro la mujer del manto negro llevando el niño de una +mano. Tampoco despertaba á sus camaradas durante la noche con los +monólogos de un ensueño violento. + +Transcurrió un mes sin que regresase el viejo. Rosalindo no se alarmó +por esta tardanza. El tal _ño_ Juanito era un aventurero aficionado á +cambiar de tierras, y tal vez había encontrado la de Salta muy á su +gusto y andaba por las casas «de alegría» de la ciudad tañendo su +guitarra y haciendo bailar la _chilenita_ á las mestizas hermosotas. +Pero al transcurrir el segundo mes sin que llegase carta, Ovejero se +mostró inquieto. + +Precisamente así que perdió su tranquilidad, la mujer del manto con el +niño al lado volvió á aparecérsele. Tenía los ojos más redondos y más +ardientes que antes. Su cara era más enjuta y cobriza, como si estuviese +tostada por las llamas del Purgatorio. Y el niño.... ¡ay, el niño! El +gaucho no podía mirarle sin un estremecimiento de terror. + +En vano habló á gritos para que le entendiese esta mujer que parecía +sorda y muda, concentrando toda su vida en la mirada. + +--¿Qué ocurre, señora?... Yo he enviado el dinero. ¿No ha visto usted á +_ño_ Juanito? + +Pero un estallido de maldiciones le cortó la palabra, haciendo huir á la +visión. + +--¡Cállate, «cuyano» del demonio!--le gritaban los compañeros de +alojamiento--. Ya estás hablando otra vez de la difunta y de la +plata.... ¿Es que mataste alguna mujer allá en tu tierra, antes de +venirte aquí? + +Al día siguiente, Rosalindo estaba tan preocupado que no acudió al +trabajo. + +--Algo pasa que yo no sé--se decía--. ¿Habrán matado a _ño_ Juanito, lo +mismo que mataron al otro?... + +Como necesitaba adquirir noticias del ausente, se fué al puerto de +Antofagasta, donde el viejo chileno tenía numerosos amigos. + +Le bastó hablar con uno de ellos para convencerse de que _ño_ Juanito no +había muerto y estaba á estas horas en pleno goce de su salud y su +alegría vagabundas. La misma persona empezó á reir cuando «el cuyano» le +habló de la marcha audaz del viejo á través de la Puna de Atacama. Ya +no tenía piernas _ño_ Juanito para tales aventuras terrestres, y por eso +sin duda había preferido embarcarse con dirección al Sur en uno de los +vapores chilenos que hacen las escalas del Pacífico. Según las últimas +noticias, él y su guitarra vagaban por Valparaíso, para mayor delicia de +los marineros que frecuentan las casas alegres. + +Rosalindo lamentó que Valparaíso no estuviese más cerca, para +interrumpir las _cuecas_ cantadas por el viejo con una puñalada igual á +la que le había hecho huir de Salta.... El sacrificio de los ciento +cincuenta pesos resultaba inútil, y la difunta vendría á turbar de nuevo +sus noches con aquella presencia muda que parecía absorber su fuerza +vital, dejándole al día siguiente anonadado por una dolencia +inexplicable. + +Acudió fielmente la muerta á esta cita que él mismo la había dado en su +imaginación. + +Todas las noches le esperó en el camino, entre el café y su alojamiento, +deslizándose luego en éste, á pesar de que el gaucho se apresuraba á +cerrar la puerta, dándose con ella en los talones. ¡Imposible librarse +de su presencia y de la de aquel niño, cuya cara de muerto seguía +espantándole á través de sus párpados cerrados!... + +--Tendré que ir yo mismo--se dijo con desesperación--. Debo hacer ese +viaje, aunque me siento enfermo y sin fuerzas. Es preciso.... es +preciso. + +Pero retardaba el momento de la partida, por flojedad física y por la +atracción de un país en el que ganaba desahogadamente el dinero y no se +sentía perseguido por los hombres. + +Acabó por familiarizarse con la terrible visión que le esperaba todas +las noches. Cuando por casualidad estaba menos ebrio y la mujer del +manto y su niño tardaban en presentarse, el gaucho experimentaba cierta +decepción. + +Una noche, con gran sorpresa suya, no vió á la difunta y á su pequeño. +Permaneció despierto en su cama hasta el amanecer, aguardando en vano la +terrible visita. + +«Va á venir», pensaba, encontrando incomprensible esta ausencia, +mientras en torno de él roncaban los compañeros exhalando un vaho +alcohólico. + +La tranquilidad de la noche acabó por infundirle un nuevo miedo, más +intenso que todos los que llevaba sufridos. + +Adivinó que iba á pasar algo extraordinario, algo inconcebible, cuyo +misterio aumentaba su pavor. + +Y así fué. + +A la noche siguiente, una mujer le esperaba en el mismo lugar donde +otras veces había salido á su encuentro la difunta Correa. Pero esta +mujer no estaba envuelta en un manto negro ni la acompañaba un niño. +Avanzó sola hacia él, y al estar cerca, sacó un brazo que llevaba oculto +en la espalda, mostrando pendiente de la mano una luz. + +Rosalindo la reconoció, aunque no la había visto nunca. Era la «Viuda +del farolito» y al mismo tiempo era también la difunta Correa. + +El brazo seco y verdoso, que parecía interminable, se extendió ante él, +sirviendo de sostén á un farol rojizo que empezó á balancearse.... Y +sintiendo el empujón de una fuerza irresistible, el gancho marchó hacia +su alojamiento, iluminado por la linterna danzante, que esparcía en +torno un remolino de manchas sangrientas y fúnebres harapos. + +Entró en la casa, y la luz tras de él. Se tendió en la cama, y el farol +quedó inmóvil ante sus ojos. Más allá de su resplandor columbró en la +penumbra el rostro de la «viuda», que era el mismo de la difunta, pero +no inmóvil y severo, sino maligno, con una risa devoradora. + +Al fin, el hombre empezó á gritar, tembloroso de miedo: + +--¡Yo pagaré! ¡Es la falta de los otros!... Pero ¡por Dios, apague el +farol; que yo no vea esa luz! + +Y como en las noches anteriores, los durmientes se despertaron lanzando +juramentos; mas á pesar de sus protestas, Rosalindo siguió viendo á la +«Viuda del farolito» y su terrible luz. + +--¡Ahí! ¡ahí!--gritaba despavorido, señalando al invisible fantasma. + +Las camaradas convinieron en la necesidad de obligar á este loco á que +buscase otro alojamiento; pero la expulsión no impresionó gran cosa á +Rosalindo. ¡Para lo que le quedaba de vivir allí!... Ya que era +imposible hacer llegar hasta la tumba de su acreedora el dinero +prestado, iría él mismo á pagar su deuda. + +Inmediatamente abandonó el trabajo é hizo sus preparativos de viaje. El +tiempo no era propicio para emprender la travesía de la Cordillera por +el desierto de Atacama. Iba á empezar el invierno. Pero Rosalindo movía +la cabeza de un modo ambiguo cuando le aconsejaban que desistiese del +viaje. Los otros no podían adivinar que su resolución no aceptaba +demoras. + +La «Viuda del farolito» era una bruja implacable, y su aparición +significaba un plazo mortal. El que la encontraba debía perecer antes de +un año. Pero él tenía la esperanza de que si iba á pagar su deuda +inmediatamente la amenaza quedaría sin efecto. ¿Cómo podría castigarle +la bruja después de haber cumplido su compromiso? + +La falta de voluntad, consecuencia de su embriaguez, le hizo demorar el +viaje algunas semanas. Sus compañeros de alojamiento toleraban que +continuase entre ellos, con la esperanza de que partiría de un momento á +otro. Transcurrió el tiempo sin que volvieran á presentarse la enlutada +con el niño, ni la viuda con el farol. Ovejero bebía y su embriaguez no +se poblaba de visiones. Pero una noche dió un alarido de hombre +asesinado que despertó á sus camaradas. + +No veía á nadie, pero unas manos ocultas en la sombra tiraban de una de +sus piernas con fuerza sobrenatural. Hasta creyó oír el crujido de sus +músculos y sus huesos. A pesar de que los amigos rodeaban su cama las +manos invisibles siguieron tirando de la pierna, mientras él lanzaba +rugidos de suplicio. + +En la noche siguiente se repitió la misma tortura, acabando con la +quebrantada energía del gaucho. Sintió un terror pueril al pensar que +este suplicio podía repetirse todas las noches. Se acordaba de lo que +había oído contar sobre los tormentos que la justicia aplicaba en otros +siglos á los hombres. Iba á perecer descuartizado por aquellas manos +invisibles que le oprimían como tenazas, tirando de sus miembros hasta +hacerlos crujir. + +No dudó ya en emprender el viaje. Necesitaba ir á la tumba del desierto, +no sólo para recobrar su tranquilidad; le era más urgente aún librarse +del dolor y de la muerte. + +Malvendió todos los objetos que había adquirido en su época de +abundancia, cuando no sabía en qué emplear los valiosos jornales; cobró +varios préstamos hechos á ciertos amigos y de los que no se acordaba +semanas antes. Así pudo comprar víveres y una mula vieja considerada +inútil para el acarreo del salitre. + +Los dueños de las «pulperías» enclavadas en la vertiente de los Andes +sobre el Pacífico le vieron pasar hacia la Puna de Atacama con su mula +decrépita pero todavía animosa. Tenía la energía de los animales +humildes, que hasta el último momento de su existencia aceptan la +esclavitud del trabajo. En vano aquellos hombres dieron consejos al +gaucho para que volviese atrás. Un viento glacial soplaba en la desierta +extensión de la altiplanicie. Los últimos arrieros que acababan de bajar +de la Puna declaraban el paso inaccesible para los que vinieran detrás +de ellos. Rosalindo seguía adelante. + +Todavía encontró en los senderos de la vertiente del Pacífico á un +arriero boliviano, con poncho rojo y sombrero de piel, que guiaba una +fila de llamas, cada una con dos paquetes en los lomos. Venía huyendo de +los huracanes de la altiplanicie. + +--No pase--dijo el indio--. Créame y siga camino conmigo. Allá arriba es +imposible que pueda vivir un cristiano. El diablo se ha quedado de señor +para todo el invierno. + +Pero Ovejero necesitaba ir al encuentro del diablo, para hacerse amigo +de él y que no lo atormentase más. + +Siguió adelante, hasta llegar á la terrible Puna. Entró en el inmenso +desierto sin agua y sin vegetación. Se infundía valor comparando su +viaje actual con el que había hecho dos años antes. Ahora no iba solo. +Una mula llevaba los víveres necesarios para un mes de viaje. Además, +podía montar en ella al sentirse cansado, por ser actualmente sus +jornadas más largas que cuando pasó á pie por estos mismos sitios.... +Pero ¡ay! entonces, aunque no tenía víveres, contaba con el vigor de la +coca, ó mejor dicho, con la fuerza de una juventud sana que había ido +disolviéndose allá abajo, en la orilla del mar. + +Le envolvieron los huracanes fríos de la altiplanicie, que parecían +levantados por las alas de aquel demonio glacial, señor del desierto, +de que hablaba el indio boliviano. La mula se negaba algunas veces á +marchar, temiendo que el huracán la echase al suelo; pero el gaucho se +agarraba á su lomo para no verse derribado igualmente por el viento y +pinchaba al animal con la punta del cuchillo, obligándola así á reanudar +su trote. + +«¡Adelante! ¡adelante!» Marchaba como un sonámbulo, concentrando toda su +voluntad en el deseo de llegar pronto á la tumba. + +Pasó días enteros sin tocar las alforjas de víveres. No sentía hambre, y +detenerse á comer representaba una pérdida de tiempo. Hacía alto al +cerrar la noche para no perderse en la obscuridad; pero apenas se +extendían las primeras luces del amanecer sobre este mundo desierto, +reanudaba la marcha. Su pan se lo pasaba á la mula, dándole además +generosamente los piensos guardados en un saco sobre las ancas del +animal. Podía comerlos todos: lo importante era que continuase +marchando.... Pero una mañana, en mitad de la jornada, cuando Ovejero se +creía cerca de la tumba, el animal dobló sus patas y acabó por tenderse +en el suelo. Fué inútil que lo golpease; y al fin, comprendiendo que no +podría contar más con su auxilio, el hombre siguió adelante. Volvería al +día siguiente para recoger lo que aún quedaba en las alforjas. Por el +momento, lo urgente era llegar hasta la difunta Correa. + +Al marchar solo, sin el resguardo proporcionado por el cuerpo de la +mula, se vió envuelto en las trombas que giraban sobre la desolada +inmensidad, levantando columnas de una arena cortante, polvo de rocas. +Repetidas veces tuvo que tenderse, no pudiendo resistir el empuje de los +torbellinos. En una de ellas, sintió que el viento tiraba de sus piernas +poniéndolas verticales, mientras él se mantenía agarrado á un pedrusco. + +Era tal su voluntad de avanzar, que marchó á gatas, aprovechando los +intervalos entre las ráfagas. Hubo una larga calma, y entonces caminó +verticalmente, reconociendo algunos detalles del paisaje que indicaban +la proximidad del lugar buscado por él. + +Consideraba como una salvación poder marchar incesantemente. El frío de +la altiplanicie había penetrado hasta sus huesos, dejándole yertos los +brazos. En torno de su boca el aliento se convertía en escarcha. Los +pelos de su bigote y de su barba se habían engruesado con una costra de +hielo. Todo el calor de su vida parecía concentrarse en su cabeza y sus +piernas. + +Ya distinguía la fila de pedruscos semejante á las ruinas de una pared. +Después vió el montón que formaba la tumba y los dos maderos en cruz. + +Empezaba á soplar de nuevo el huracán cuando llegó ante el rústico +mausoleo del desierto. Pero el gaucho parecía insensible á las +ferocidades de la atmósfera y de la tierra. Toda su atención la +concentraba en sus ojos, y vió al pie de la cruz el mismo bote que +servía para recoger las limosnas, la misma piedra que ocupaba su fondo +para sostenerlo, todo igual que dos años antes. Únicamente la vasija +tenía su metal más oxidado y tal vez la piedra que la sujetaba no era la +misma. + +«¡Al fin!...» ¡Cómo había deseado este momento!... Intentó quitarse el +sombrero antes de hablar con la difunta, pero no pudo. No tenía manos, +ni tampoco brazos. Pendían de sus hombros, pero ya no eran de él. + +Consideró como un detalle insignificante permanecer con el sombrero +calado, y quiso hablar. Pero aunque hizo un esfuerzo extraordinario, no +salió de su boca el más leve sonido. Tampoco dió importancia á este +accidente. Su pensamiento no estaba mudo, y bastaría para que él y la +difunta se entendiesen. + +--Aquí estoy, difunta Correa--dijo mentalmente--. He tardado un poco, +pero no fué por mi culpa: bien lo sabe usted y su hijito. Traigo el +préstamo, con los intereses que le prometí. Son cuarenta pesos.... No he +podido traer más.... Me ha sido imposible juntar más.... + +Fué á sacarlos de su cinto para que los viese la difunta, depositándolos +después bajo la piedra, en el mismo lugar donde dejó su recibo, pero sus +manos le habían abandonado. Hizo un esfuerzo desgarrador, sin conseguir +tampoco que sus brazos se moviesen. ¡Muertos para siempre!... La misma +parálisis había empezado á extenderse por sus piernas al quedar +inmóviles, sin el cálido aceleramiento de la marcha. + +De pronto se doblaron y cayó de rodillas. Luego, sin saber por qué, y +contra el mandato de su voluntad, que le gritaba: «¡No te tiendas! ¡no +te entregues!», se fué acostando lentamente, como si la tierra tirase de +él proporcionándole una voluptuosidad dolorosa. + +Quería dormir, pero al mismo tiempo el deseo de dejar bien claras las +cuentas le hizo continuar sus explicaciones mentales. Él había traído el +dinero: ¿por qué no quería aceptarlo la difunta? «Le digo, +señora--continuó--, que no fué culpa mía. Me engañaron todos los que yo +envié cuando era tiempo.... Pero ¿es que no quiere usted escucharme?...» + +Notó repentinamente que alguien le oía. Un ser viviente había surgido +entre las piedras de la tumba, y avanzaba hacia él arrastrándose. Esta +manera de moverse no le pareció extraordinaria. También él vivía en este +momento á ras de tierra. + +Como le era imposible levantar su cabeza del suelo, oyó cómo se +aproximaba aquel ser viviente, pero sin poder verlo. Debía ser la +difunta Correa, que, apiadada de su inmovilidad, había abandonado la +tumba para tomarle el dinero del cinto. Tal vez venía con ella la +«Viuda del farolito». + +Escuchó también cierto ruido de dilatación, semejante al bostezo de un +hambre larga y fiera. Pensó, con un estremecimiento mortal, si estas dos +larvas implacables se arrastrarían hacia él para chupar su sangre, +adquiriendo de este modo un nuevo vigor que les permitiera seguir +apareciéndose á los hombres. + +Algo enorme y obscuro se interpuso entre su cara y la luz del desierto +invernal. El gaucho vió unos ojos redondos junto á sus propios ojos, que +parecían mirarse en el fondo de sus pupilas. Se acordó de las miradas +fijas y ardientes de la difunta. Éstas tenían el mismo fulgor +amenazante, pero no eran negras, sino verdes y con reflejos dorados. + +Inmediatamente sonó á un lado de su cráneo un rugido, que retumbó para +él como un trueno capaz de conmover todo el desierto. + +Se abrió ante sus pupilas un abismo invertido de color de púrpura, con +espumas babeantes y erizado de conos de marfil, unos agudos, otros +retorcidos. Al mismo tiempo, sobre su pecho cayeron dos columnas duras +como el hueso, apretándole contra la tierra, manteniéndolo en la +inmovilidad de la presa vencida.... + +Era el puma. + + + + +EL MONSTRUO + + + + +I + + +Durante una semana, de cinco á siete de la tarde, el «todo París» de los +té tango y los tés donde simplemente se murmura habló con insistencia +del casamiento de Mauricio Delfour--heredero de la casa Delfour y +Compañía, 250 millones de capital--con la bella Odette Marsac, nieta de +un parlamentario célebre y casi olvidado que había sido candidato dos +veces á la presidencia de la República. + +El matrimonio de un rey de la industria con una princesa republicana no +es un suceso extraordinario en la vida de París, y sólo da motivo para +media hora de conversación. ¡Pero estos dos eran tan interesantes!... + +Él había cruzado muchos ensueños femeninos como la personificación de +todas las gracias y sabidurías humanas: copa de honor en carreras de +jinetes _chic_, copa de honor en innumerables concursos de esgrima y +tiro de pichón, copa de honor en la gran lucha de automóviles +París-Nápoles. Su despacho iba tomando aspecto de comedor por el número +de vasijas gloriosas que se alineaban sobre los muebles. + +Ahora añadía á sus triunfos corporales cierto prestigio de hombre de +ciencia, dedicándose á la aviación, volando casi todas las semanas, y +frunciendo el ceño con aire misterioso cuando alguien hablaba en su +presencia de problemas de mecánica. + +Ella era Odette para sus amigas, la incomparable Odette, y para el resto +del mundo mademoiselle Marsac, un nombre famoso, pues figuraba en todas +las crónicas elegantes, en todos los estrenos, en todas las revistas de +modas. + +Los meditabundos y sublimes modistos de la _rue de la Paix_ contaban con +ella para lanzar en las grandes solemnidades de la vida parisién sus +innovaciones de artista calenturiento. Su cuerpo incomparable hacía +palidecer y suspirar á las mujeres: cincuenta y dos kilos de peso; un +escote «ideal»; las clavículas marcando sus elegantes aristas como si +fuesen un zócalo de la frágil columna del cuello; los omoplatos +despegándose de la espalda lo mismo que alas nacientes; las piernas +largas y casi rectas asomando tranquilas, sin miedo á la tentación, por +el borde de la falda; una capa de substancia carnal repartida con +parsimonia para recubrir solamente las rudezas del interno andamiaje; un +cuerpo casi «aéreo», un pretexto para que los vestidos contuviesen algo +en su interior y no se movieran solos. Y sobre este organismo +supremamente distinguido un rostro alargado por el mentón en punta, con +un pequeño redondel rojo, la boca; dos almendras enormes y negras, los +ojos; dos tirabuzones sobre las orejas iguales á las patillas de un +«toreador», y una torre de pelo mixto, con rizos propios y ajenos. La +Venus moderna, tal como la adora en sus geniales ensueños un iluminador +de figurines. + +A principios de 1914, un nuevo _sport_ había enloquecido á todas las +gentes distinguidas de París y de las capitales de Europa y América que +forman sus arrabales. El mundo decente movía las caderas bailando el +tango. Y á la cabeza de esta humanidad «tangueante» figuraron Mauricio y +Odette. + +El se había encerrado con un profesor argentino, jurando á los dioses no +volver á la luz hasta poseer esta nueva ciencia, como poseía las otras. +Y una tarde empezó á recibir la admiración del mundo, moviendo sus +acharolados pies con altos tacones, su talle encorsetado por el ceñido +_chaquet_, su cabeza de brillante laca con el pelo rígido y echado +atrás, bajo las lámparas eléctricas de un hotel de los Campos Elíseos. + +Ella compartía la misma admiración en otro extremo de la escena, y los +dos se buscaron con la atracción de dos astros que se presienten, con el +irresistible impulso de dos afinidades electivas, para no separarse más. + +Bailaron en adelante el uno para el otro. Imposible encontrar el ritmo +sublime en brazos distintos. Y sin romper el misterioso silencio de la +danza sagrada, mientras se contoneaban, graves y meditabundos, con todas +las potencias intelectuales fijas en el movimiento de los pies, +reconocieron los dos la necesidad de no perder la pareja para seguir +bailando eternamente. + +Así se amaron, así se casaron, y el «todo París» se levantó una mañana +dos horas antes que de costumbre para asistir á una ceremonia nupcial +adornada con la presencia de todos los poderosos de la industria y un +sinnúmero de personajes políticos, amigos del abuelo de la desposada. + +El amor idílico de los recién casados no ofrecía dudas. Mauricio había +procedido como un verdadero enamorado, diciendo ¡adiós!, sin esperanza +de retorno, á sus varias amantes, sacerdotisas de las más nobles artes: +la comedia, la ópera y el baile. ¡Se acabaron las locuras! Su mujercita +y los estudios serios nada más. Ella seguía coqueteando como antes, pero +por costumbre, sin dar pretexto á osados avances, queriendo añadir á la +felicidad del esposo el incentivo del peligro. + +Habían instalado su dicha en el hotel de los Delfour, suntuoso edificio +elevado por el primer millonario de la familia junto al parque Monceau, +entre las viviendas de sus compañeros de riqueza y con la fachada +posterior sobre el mismo jardín. La viuda Delfour se refugió en el +último piso con los muebles de su antiguo esplendor, dejando libre el +resto de la casa á su hijo y su nuera, para que ésta pudiese satisfacer +sin obstáculo sus gustos decorativos. + +Todas las fantasías é incoherencias del estilo bizantino-persa, incubado +en Munich, hicieron irrupción en esta casa de salones rojos y dorados é +imponentes sillerías del tiempo de Napoleón III. + +Mamá Delfour, siempre vestida de negro, con el aire grave y reflexivo de +una mujer que conoce el precio de la vida, presenció impasible las +invenciones de la recién llegada: fiestas orientales que alborotaban el +tranquilo hotel; tés danzantes; túnicas de lino transparente, estrechas +como fundas y con enormes flores de realce, en las que encerraba su +magra desnudez. + +Como su hijo adoraba á Odette, ella se esforzó en justificar todos los +caprichos y saltos de humor de la nuera. ¡Pobre niña! Se había criado +sin madre, viviendo como un muchacho. + + + + +II + + +Y vino la guerra. Uno de sus primeros efectos fué dilatar los ojos de la +nueva señora Delfour con una expresión de asombro. ¡Pero era posible +esta calamidad!... ¡Ahora que la gente se divertía más que nunca!... + +La suegra pareció crecerse, saliendo de su tímido encogimiento. Su +mirada se posó sobre personas y cosas con grave lentitud, como si las +reconociese de nuevo. Había visto mucho. Sus primeras palabras de amor +con el fabricante Delfour se cruzaron en 1870, durante el sitio de +París. Luego, de recién casada, había presenciado la tragedia de la +_Commune_. + +El hijo se fué cuando su mujer empezaba á admirarle como un hombre +nuevo, viendo realzadas sus gracias varoniles por las ventajas del +uniforme. Quiso entrar en la aviación, pero la aviación marchaba mal al +principio de la guerra, y para ser de una utilidad inmediata, permaneció +en la artillería. + +También Odette quiso ser útil á su patria. Todas sus amigas frecuentaban +los hospitales. Y se lanzó á ser enfermera, admirando el uniforme blanco +con su capa azul y su alba toca: algo sencillo y nuevo que sentaba +perfectamente á su belleza. Su afán por lucir esta última moda le hacía +abandonar muchas veces á los enfermos, paseando en automóvil por el +Bosque de Bolonia la blanca túnica con cruces rojas en las mangas y en +el pecho. Mientras tanto, la viuda Delfour, sin abandonar su eterno +traje negro de burguesa, pasaba días y noches en un hospital. + +La guerra ofrece sus satisfacciones y deleites. ¡Los tés entre mujeres, +sin la presencia de hombres molestos que agobian con sus galanteos; +vestidas todas ellas de blanco, como criadas de balneario, recibiendo +las ojeadas envidiosas de las que no llevan uniforme, y fabricando +géneros de punto para los soldados con la torpe suficiencia de una labor +enseñada recientemente por la doncella!... + +--Mi marido combate en Alsacia.... ¿Y el señor Delfour, dónde está?... + +El señor Delfour andaba del lado de Bélgica; y su esposa, lanzando en +torno una mirada de orgullo, hacía el relato de sus glorias. Dos +citaciones en la orden del día: cruz, segundo galón. Pero llovían +héroes, y Odette experimentaba cierto despecho al oir que todas las +otras casi decían lo mismo de sus hombres. + +¡No poder distinguirse!... + +Un día el hotel del parque Monceau se conmovió con una terrible crisis +de nervios y de lágrimas, acompañada de choque de puertas, llegada de +automóviles, desfile de médicos. El teniente Delfour estaba herido de +gravedad por la explosión de una granada. Odette quiso marchar al lado +de su esposa inmediatamente.... ¡Imposible! + +Luego quiso morir, mientras la madre permanecía erguida, silenciosa, +pálida, con los ojos parpadeantes y secos, mordiéndose los labios. + +Al volver Odette á las reuniones íntimas, experimentó cierta +satisfacción. Ninguna amiga osaba ya compararse con ella. + +--Mauricio está herido...gravemente herido. + +Y todas se apiadaban del esposo seductor maltratado por la guerra. + +La general admiración hizo que acabase por familiarizarse con las +misteriosas heridas. ¿Cómo serían éstas?... Se imaginó á su marido +cojeando, con una mana en un bastón y la otra apoyada en su brazo. +Formarían una pareja interesante. El porvenir les reservaba aún largas +horas de felicidad. Ella le protegería y le alegraría con ternuras de +madre y caricias de amante. + +Una tarde, en la _rue Royale_, vió á un subteniente de pocos años, casi +un niño, que marchaba al lado de su novia con una manga vacía. Mauricio +también había perdido un brazo; estaba segura de ello. Por eso sus +cartas breves, de una alegría penosa, eran siempre dictadas.... ¡No +importa! Ella sería el apoyo de su esposo; su brazo sustituiría al brazo +ausente. Lo interesante era volver á contemplar su rostro, mirarse en +sus ojos claros, acariciadores y graciosamente irónicos. ¡Ay, cómo le +amaba!... + +Las amigas la acogían siempre con la misma pregunta: «¿Cómo signe el +herido?...» Y ella contestaba con seguridad: «Mejor. Pronto vendrá á +París.» + +Y pasaron meses; y llegaron cartas y más cartas de letra extraña, +dictadas por él. La madre, inquieta, interrogaba á, los antiguos amigos +de la familia, graves varones que indudablemente ocultaban algo. + +--Las heridas son muchas; pero ya está fuera de peligro. ¡Valor! Lo +importante es que viva. + +Una mañana Odette saltó de su lecho, súbitamente despertada por algo +extraordinario que conmovía el hotel. Al levantar la cortina de una +ventana, vió al otro lado de la verja un automóvil cerrado, con cruces +rojas. La marquesina de cristales de la escalinata apenas le dejó +distinguir á un grupo de hombres que subían cuidadosamente algo +envuelto, como un mueble frágil. Su corazón dió un salto. ¡Mauricio!... + +Cuando, mal vestida, se deslizó por la escalera, corriendo á un salón +del piso bajo, los domésticos, azorados y trémulos, pretendieron +detenerla. + +Entró, reconociendo inmediatamente la dolorosa cabeza que descansaba +sobre las almohadas de un diván. Era él, atrozmente desfigurado, con las +mejillas surcadas por el lívido arabesco de las cicatrices...pero era +él. + +De sus ojos sólo quedaba uno. La falta del otro estaba oculta por una +venda negra que moldeaba la cuenca vacía. Luego vió su pecho cubierto +por el paño azul de una blusa vieja de oficial. + +Pero al llegar aquí, la mujer vaciló sobre sus pies, como si la sorpresa +le asestase un puñetazo demoledor. Lanzó un grito.... El herido _no +continuaba_. Le faltaban los brazos, le faltaban las piernas, era un +tronco nada más, conservado por los prodigios de la cirugía; un harapo +rematado por una cabeza viviente. + +--¡Odette!... ¡Odette!--murmuró la boca negruzca humildemente, como si +pidiese perdón por su desgracia. + +Pero Odette había huído, atropellando á los criados que se agolpaban en +la puerta. Corrió por los pisos superiores sin saber lo que hacía, dando +alaridos como una mujer de la tragedia griega, chocando con muebles y +paredes, mesándose los sueltos cabellos, loca de sorpresa, de miedo, de +repugnancia.... ¡Y aquel monstruo era su marido!... ¡Y habría de +permanecer junto á él toda su existencia!... + +--¡Odette!... ¡Odette!--seguía gimiendo abajo la voz humilde y dolorosa. + +El ojo único se fué cubriendo de lágrimas. Todos huían. Hasta los +criados le contemplaban á distancia, buscando ocultarse cada uno detrás +del compañero, queriendo escapar y avanzando la cabeza al mismo tiempo, +con una expresión doble de curiosidad y repugnancia. + +Evitaban el tocarle, como si fuese algo gelatinoso y repelente: un pulpo +con las extremidades rotas; una mucosidad informe de la guerra. Él, que +tenía millones y tanto amaba la vida, quedaba al margen de la vida para +siempre. + +Su miseria había creado el vacío. Hasta su perro favorito gemía á corta +distancia, avanzando y retrocediendo en violentas alternativas de +lealtad y de espanto. + +Y así sería siempre.... ¡Ay, morir! ¡Morir cuanto antes! + +De pronto, el grupo de domésticos se deshizo. Alguien había entrado con +violencia. El monstruo vió un peinado blanco que venía hacia él; sintió +en sus cortadas mejillas el contacto de una boca que acababa por +acariciar frenética el vendaje de su órbita hueca. Un rocío tibio mojó +su cuello; unos brazos nerviosos de pasión abarcaron su tronco informe, +como si fuesen á mecerle.... + +--¡Mamá!... ¡Oh, mamá! + +--¡Hijo mío! ¡hijo mío! + + + + +EL REY DE LAS PRADERAS + + + + +I + + +Durante su último año en la Universidad de mujeres donde hacía sus +estudios, la impetuosa Mina Graven expresó siempre el mismo deseo. + +Sus compañeras las _senior_, instaladas en el mismo cuerpo de edificio +que ella, hablaban de la nueva vida que iban á encontrar al salir del +colegio; y las _junior_, que empezaban sus estudios, las oían en un +silencio respetuoso de seres inferiores. + +Una de las amigas de Mina pensaba casarse apenas volviese á su casa; era +asunto convenido por las familias de los dos novios. Y este matrimonio +de estudianta apenas emancipada de la vida escolar daba motivo para que +todas las otras soñasen despiertas, á la hora del té, describiendo cada +una de ellas la posición social y el aspecto físico del futuro esposo +que aún se mantenía oculto en el misterio del porvenir. + +--Yo quiero casarme con un millonario que me pague los mayores lujos. + +--Yo, con un hombre que me quiera mucho y me obedezca en todo.... ¿Y tú, +Mina? + +La intrépida señorita Graven daba siempre la misma respuesta: + +--Yo me casaré con un hombre célebre. + +Ella no necesitaba soñar con un millonario. Todas sabían que allá, en el +Oeste, existen minas de oro y pozos de petróleo cuyo valor figura en +forma de pedazos de papel, y que muchas de tales acciones estaban á su +nombre en los libros del millonario James Foster (padre), su tutor. + +El viejo Craven había empezado su caza del dólar, como simple peón de +mina, en California. La fortuna pareció divertirse siguiendo los pasos +de este hombre que apenas sabía leer ni escribir. Un espíritu diabólico +salido de las entrañas de la tierra le hablaba al oído, guiando sus +manos. + +Allá donde él cavaba surgía oro, plata, ó, cuando menos, cobre. +Perforaba un pozo para que los mineros de su campamento no muriesen de +sed, y, en vez de encontrar agua, saltaba petróleo de su fondo. Detrás +de su avance victorioso iban constituyéndose sociedades anónimas y +sindicatos de capitalistas. En el Wall Street, los grandes capitanes del +dinero recibían al viejo Craven como á un igual cuando se le ocurría +perder una semana en el ferrocarril yendo de San Francisco á Nueva York. + +Podía haber dejado á su hija una fortuna inmensa; pero el minero era +hombre de acción más que de administración, y se gozaba en emprender +cada año un nuevo negocio, abandonando los mejores provechos de los +anteriores á los consocios fríos y marrulleros que quedaban á sus +espaldas. Él necesitaba ir siempre adelante, olvidando la buena suerte +de ayer para soñar con la nueva fortuna de mañana. + +El señor Foster (padre), su compañero de miseria cuando ambos eran +simples jornaleros, poseía una fortuna mayor que la suya, por +haberse limitado á seguirle en las explotaciones segaras, dejándole +avanzar solo en las que consideraba aventuradas. Pero, aun así, el día +en que Graven murió, aplastado por la caída del andamiaje de un pozo de +petróleo, su desconsolado camarada Foster, que era su albacea +testamentario, se encontró, al hacer el balance, con que la única hija +de su amigo representaba para el que se casase con ella unos sesenta +millones de dólares. + +Por esto Mina, al oír hablar á sus amigas de un marido rico, sonreía con +cierto desprecio. Ella no necesitaba dinero, y podía casarse con quien +le placiese. Con no menos indiferencia acogía la imagen del atleta, +hábil en todos los deportes, que evocaban otras. A la señorita Craven le +bastaba con su propio atletismo. Su padre la había enviado á la famosa +Universidad cuando era una pequeña salvaje de trece años, acostumbrada á +galopar días enteros en las llanuras de Arizona sobre caballos domados +por ella misma. Su madre, una mujer sencilla, había muerto como abrumada +por la avalancha de millones que iba derrumbándose sobre su hogar; y +Craven, preocupado por esta hija algo indómita que no le dejaba +dedicarse con tranquilidad á sus negocios, la había metido en un colegio +célebre para que fuese una gran señora como las que él había visto de +lejos en las ciudades. La fama de este centro de enseñanza, establecido +en un bosque de varias leguas, con lagos, montañas y palacios, había +llegado confusamente hasta sus oídos. Le bastaba con saber que vivían en +él varias hijas y sobrinas de antiguos presidentes. Y allá, envió á +Mina, poco antes de su muerte. + +Ésta, aburrida y furiosa al verse encerrada en el enorme parque, que á +ella le parecía pequeño, ideó varios planes terribles, que, +afortunadamente, no puso nunca en práctica. Pensó incendiar el palacio +en que estaba el gabinete de Física con sus instrumentos, creados +únicamente para aburrir á las pobres muchachas; pensó igualmente, +durante los primeros meses, en matar á tiros de revólver á cierto vejete +que explicaba matemáticas y se había reído sarcásticamente de su +ignorancia. Luego abandonó tales proyectos, y, con la ambición de +demostrar que no era una salvaje, se entregó al cultivo de todas las +artes que estaban de acuerdo con sus facultades. + +Llegó á ser la primera en el gimnasio. Saltó horas y horas el caballo de +madera, con un volteo incansable, riendo de este ejercicio pueril con la +superioridad de una amazona acostumbrada á ponerse de pie sobre caballos +en pelo, apeándose y volviendo á subir en el animal sin que éste +detuviese su carrera. Fué capitana de _polo-water_, atravesando como una +náyade el profundo cristal de la piscina del gimnasio. En la clase de +esgrima cansaba al profesor con su florete impetuoso y sus piernas de +acero. La directora de la Universidad empezó á inspirarle cierta +antipatía por haberle prohibido que tirase al revólver en un rincón del +parque, lo mismo que tiraba de pequeña en algunos de los campamentos de +Craven, ante los viejos mineros. + +La gloria estaba para ella en los ejercicios físicos, dejando á sus +compañeras los laureles de las ciencias y de las letras. De todo el +profesorado, amaba á la maestra de francés, porque podía hablar con ella +de París y las artistas célebres como de un mundo lejano entrevisto en +los periódicos de modas. También amaba á la maestra de español, que le +describía cómo eran las corridas de toros y le enseñaba á ponerse la +mantilla lo mismo que una andaluza. + +No necesitó de estudios penosos y áridos para sobrepasar á todas. La +admiraban por su hermosura física de bello animal sano, vigoroso y de +líneas correctas. Cada vez que en el _polo-water_ se arrojaba en la +piscina de cabeza, sin más vestido que un ligero mallón de muchacho, el +público lanzaba un murmullo aprobador, á pesar de la identidad de sexo. +Los viejos profesores del establecimiento y los visitantes, que eran +siempre personas graves, se sentían inquietos ante su cabellera de un +rubio subido, igual á la llama de una antorcha, y la fijeza algo +insolente y dominadora de sus ojos claros. Los hombres se ruborizaban +sin saber por qué, apartando la mirada, como si no pudieran resistir el +encuentro de sus pupilas. + +Ni millonarios, ni hombres de _sports_. Ella tomaría á quien quisiera +escoger. Los hombres iban á ofrecerse á Mina Craven formando legión, +satisfechos y felices si se dignaba hacerlos sus esclavos. Estaba segura +de ello.... Y pasaba por su memoria la imagen de James Foster (hijo), un +muchacho de orejas demasiado separadas del cráneo, fuerte mandíbula y +ojos de perro bueno, que tenía un año más que ella. + +Inmediatamente, como un síntoma de cariño fraternal, sus dientes +castañeteaban de cólera y se le cerraban los puños. ¡Qué deseos tan +vehementes tenía de aporrear á este compañero de juegos infantiles!... + +Todos los veranos, al vivir juntos durante las vacaciones en la casa del +tutor, Mina daba de puñetazos á su amigo, el cual, perdida la paciencia, +acababa por devolverle los golpes. + +Y la señorita Graven, que había aprendido recientemente á batirse á la +japonesa, deseaba, al abandonar el colegio, medirse con James +definitivamente. Quería hacerlo caer á sus pies, como un adversario +aborrecido y apreciado al mismo tiempo. + + + + +II + + +El viejo Foster, que nunca tenía bastantes horas para los negocios, +aprobó con alegre laconismo los propósitos de la hija de su amigo. Su +cargo de tutor le había proporcionado muchas inquietudes, y celebraba +librarse de Mina por algún tiempo. + +Luego de salir de la Universidad, la joven había desaparecido, con gran +espanto de Foster, que creyó en un secuestro ó un asesinato. +Transcurrieron dos meses, y antes de que la policía hubiese averiguado +su paradero, se presentó Mina tranquilamente en el despacho de su tutor. +Quería conocer la vida de cerca, tal como es, y para esto había huído á +Chicago, viviendo como una obrera. Pero las crueldades de la realidad le +hicieron arrepentirse muy pronto de esta escapatoria, sugerida por +ciertas lecturas, y volvió en busca de su tutor y de las comodidades que +corresponden á una muchacha millonaria. + +Una dama vieja y pobre fué la encargada por Foster de acompañar á Mina, +dando cierta respetabilidad á su juventud independiente y poco miedosa +de la opinión ajena. El millonario, después de ordenar esto, ya no supo +qué otra cosa podía hacer. Por eso se alegró cuando su pupila le dijo +que pensaba viajar por Europa, acompañada de su escudero femenino. + +Mina Craven, atrevida de maneras como un muchacho, ganosa de desafiar la +curiosidad de las gentes con sus audacias y excentricidades, fué una +americana de las que pueden llamarse «de exportación». El viajero +observador atraviesa los Estados Unidos, de Nueva York á San Francisco y +de Chicago á Nueva Orleáns, viendo mujeres que son iguales á las de +todas partes: buenas madres, buenas esposas, ó excelentes muchachas que +aspiran á ser lo uno y lo otro. Sólo rodando por el viejo mundo, en +París, en Londres ó en Roma, se encuentra la americana atrevida, +arrolladoramente hermosa y de voluntad refractaria á los escrúpulos, la +cual ha servido de modelo para tantos personajes de novela y de comedia. + +Los condes y marqueses deseosos de una heredera rica se agolparon en +torno de miss Craven en los grandes hoteles, en las playas de moda y las +estaciones invernales de Suiza. ¡Diez y nueve años, y sesenta millones +de dólares!... + +--Miss, cásese usted--decía la dama acompañante, como si, á pesar del +enorme sueldo que le había señalado el tutor, quisiera libertarse de la +esclavitud que suponía aguantar el carácter desigual é imperioso de la +joven. + +--Yo sólo me casaré con un hombre que sea célebre. + +Y Mina quedaba pensativa después de esta declaración. ¿Qué celebridad +podía encontrar?... + +En Londres había creído enamorarse de un duque que databa del tiempo de +los Estuardo. Después olvidó este amor, adivinando que en el porvenir +tendría celos de la cuadra de dicho personaje. El duque la olvidaría por +sus caballos de carreras. En Francia puso sus ojos en varios escritores +célebres. Pero todos eran casados ó arrastraban desde su primera +juventud compromisos ineludibles. Además, ¡tan viejos vistos de cerca! +¡tan prosaicos en sus costumbres íntimas, á pesar de las raciones de +idealismo y poesía que servían al público en forma de libros y piezas de +teatro!... + +En Italia se interesó por dos pintores, y anduvo como loca durante una +semana por un tenor de fama universal. Pero le bastó invitar una noche á +comer á este ruiseñor humano, para desprenderse de sus ilusiones. ¡Qué +torrente de necedades cuando hablaba! ¡Qué feo y vulgar al despojarse de +sus trajes escénicos y limpiarse los colores del rostro!... + +Estando en Sevilla durante la Semana Santa, sintió interés por un torero +joven al que adoraba España entera. El rey era su amigo; el presidente +del Consejo de ministros preguntaba por su salud siempre que recibía una +cornada. Era una gloria nacional, y Mina le siguió durante unas semanas +de plaza en plaza. Pero, al fin, el héroe tuvo la misma suerte que los +otros. No se atrevía á resistir la mirada de la millonada; balbuceaba al +contestarle. Además, descubrió de pronto que este gladiador, que parecía +un gigante en medio del circo, tendiendo la fiera cornuda muerta á sus +plantas, apenas sobrepasaba con su cabeza los hombros de ella. + +Pensó, después de esto, si su felicidad consistiría en casarse con un +boxeador campeón del mundo; pero le bastó presenciar un encuentro entre +dos hombres medio desnudos, que parecían dos fardos de músculos +barnizados de sudor, para renunciar á tal idea. + +¡Ay, el hombre célebre! ¿Dónde encontrarlo?... ¿En qué debía consistir +su celebridad?... + +Mientras tanto, James Foster (hijo) le salía al encuentro en los lugares +donde menos podía sospecharse su presencia. Se presentaba ruboroso, +balbuciente, tímido, como un señor que desea pedir algo importante y +asegura que ha venido á visitar á un amigo, por casualidad, aprovechando +el haber pasado por cerca de la casa. + +--Estoy de paso para Australia; y al enterarme de que vivimos en el +mismo hotel.... + +Y la entrevista ocurría, por ejemplo, en Madrid. Según el joven Foster, +todo el mundo era camino para ir adonde él deseaba. Otras veces, al +encontrar á su compañera de infancia en Bucarest, decía ruborizándose: + +--Vengo de América, con dirección al Transvaal, y al pasar por aquí la +encuentro. ¡Qué feliz casualidad! + +Foster (hijo) podía justificar con un motivo glorioso estos viajes +incesantes que le hacían cruzar la tierra en todas direcciones. Mientras +Foster (padre) reunía nuevos millones y defendía la integridad de los +antiguos, él se dedicaba á la tarea de hacer su nombre célebre. Tal vez +sentía este deseo á impulsos de una antigua rivalidad con Mina; tal vez +aspiraba á la celebridad únicamente por serle grato. + +Buscaba la gloria siguiendo el camino de sus aficiones, y por esto se +había dedicado á cazador, persiguiendo y matando animales peligrosos en +todas las latitudes del planeta. La señorita Craven recibía con +frecuencia periódicos deportivos con el retrato de James carabina en +mano, vestido de viajero ártico ó cubierto con un gran fieltro de +cazador del centro de África. Los artículos contaban sus hazañas, las +heridas que llevaba recibidas, las aventuras tenebrosas de las que había +salido con vida milagrosamente. + +Los ojos de ella pasaban sobre todo esto con fría curiosidad. + +--¡Pobre James! ¡Tan insignificante!... Será un buen marido para una +mujer de inteligencia corta. + +Otras veces recibía regalos del cazador, que continuaba sus hazañas en +el otro hemisferio del planeta: colmillos de elefante, astas de +antílopes rarísimos, pieles de animales gigantescos. Y Mina, que +admiraba estos envíos en el primer instante, acababa por despreciarlos +al recordar á James. + +--¡Infeliz muchacho!... Si yo me dedicase á cazar, haría, seguramente, +más que él.... Todo lo que cuentan los periódicos de sus hazañas debe +pagarlo á tanto la palabra. + +Una primavera, encontrándose en Florencia, cambió instantáneamente la +orientación de su vida. Vió su verdadero camino; se enteró de dónde +estaba la celebridad. + +En aquel momento solicitaba su mano un conde del país, de una palidez +aceitunada y ojos de brasa, el cual permanecía días enteros en el salón +de espera del hotel, lo mismo que un empleado de agencia de viajes, para +acompañarla en todas sus salidas. + +Mina era la vigésima millonaria americana á la que pretendía elevar, +ofreciéndole su corona condal. Diez y nueve antes que ella habían +renunciado á tan alto honor. Este heredero de un gran nombre histórico +le enseñaba las fotografías de los diversos palacios de su familia, +hermosos y venerables edificios, en los que no quedaba ni un cuadro ni +un mueble, pues todo lo habían vendido sus antecesores. La aspiración +suprema del nieto de tantos _condottieri_ era establecer el _comfort_ +moderno en sus palacios. Con calefacción central, con baños y con +_water-closets_, ¡qué vida tan dulce podía pasarse en estos edificios +creados por los grandes artistas del Renacimiento! La millonaria venida +del otro lado del Atlántico podía realizar este milagro sólo con cederle +su mano. + +Para conmoverla, enseñaba cartas de Maquiavelo, de Miguel Ángel, de +Benvenuto Cellini y otros florentinos célebres, dirigidas á sus remotos +ascendientes, únicos recuerdos de familia que se habían salvado, no se +sabe cómo, de la rapacidad de los anticuarios. Mina reía de sus +juramentos de amor acompañados de gestos trágicos, y lo convidaba á +comer, exigiéndole que no faltase á sus costumbres y siguiera fumando +entre plato y plato un largo cigarro atravesado por una paja, que +esparcía un olor pestilente. + +Una noche, el conde, para agradecer sin duda estas amabilidades, la +invitó á un cinematógrafo. Un verdadero dispendio: una lira por persona; +¡pero cuando se aspira á casarse con una millonaria!... + +Mina tuvo que aguardar en la puerta unos minutos, mientras su enamorado +tomaba los billetes, parlamentando largamente con el empleado de la +taquilla. Llegó á sospechar si estaría pidiendo una reducción en el +precio, por ser dos los billetes comprados. + +Un cartel de colores distrajo su atención. Un hombre aparecía en él á +caballo, con la cara afeitada, gran sombrero, un pañuelo rojo sobre los +hombros y dos revólveres en la cintura. Era una reproducción algo +teatral de los jinetes que ella había conocido en su infancia. Encima de +esta figura vió un nombre: «Lionel Gould». No era nuevo para ella; lo +había oído alguna vez. Al pie del cartel encontró otro nombre: «El rey +de las praderas». ¡Ah, sí! Este era el apodo de un artista americano +llamado Gould, que había obtenido una celebridad universal interpretando +el papel de _cow-boy_ vengador y caballeresco en un sinnúmero de dramas +cinematográficos cuya acción se desarrollaba, invariablemente, á través +de las llanuras del Sur de los Estados Unidos. + +Por primera vez miró Mina con atención al célebre artista de la tragedia +silenciosa. Estaba segura de haberle visto en _films_ de los que sólo +guardaba un vago recuerdo; pero ahora «El rey de las praderas» ofrecía +para ella el encanto de una novedad. + +Le siguió con palpitaciones de verdadero interés mientras se batía, solo +y á puñetazos, con un grupo de bandidos. Luego mató á un tigre; después +los indios lo amarraron á un poste para quemarle vivo. ¡Cómo respiró al +verle en salvo milagrosamente!... No había poder, en el cielo ni en la +tierra, capaz de acabar con este buen mozo. Y por la atracción del +contraste, miró un momento con ojos compasivos al conde de los palacios +desamueblados, al nieto del protector de Miguel Ángel, que la hablaba de +amor, pretendiendo separar su atención de las cosas interesantes que se +desarrollaban sobre la blanca pantalla. + +Hubo un momento en que creyó que un alfiler olvidado sobre su pecho se +le metía carne adentro. «El rey de las praderas» quedaba visible +únicamente de busto, con una cabeza enorme, y anonadado por lo +angustioso de su situación, bajaba la mirada. Luego iba elevando sus +ojos, para fijarlos directamente en el público con una expresión de +dolor pueril. Era un héroe, indudablemente; pero un héroe bueno y +simple, lo mismo que un niño, y Mina sintió un deseo de consolarle, de +protegerle, como si acabase de despertar la confusa maternidad que toda +mujer lleva dormida en su interior. Después tuvo la intuición de que la +tal mirada iba á significar mucho en su vida futura. + +A partir de esta noche, Lionel Gould le salió al encuentro en todas las +ciudades de Italia que fué visitando y en las de otras naciones de +Europa. De día, si se inmovilizaba su automóvil por una aglomeración de +vehículos en una calle, era siempre frente á un cinematógrafo, y en la +puerta figuraba «El rey de las praderas» á caballo, con su gran +sombrero, sus revólveres y su pañuelo rojo. Si entraba en una sala de +espectáculos, tenía la seguridad de que se apagarían inmediatamente las +bombillas eléctricas, para que galopase por el lienzo iluminado el +intrépido Lionel. + +Sus hazañas resultaban interminables. Jamás caballero andante ni héroe +de novela moderna pasó por tantas aventuras. Le vió en peligro de muerte +un sinnúmero de veces. Además, mataba gente como si matase moscas. +Llevaba exterminadas muchas fieras, especialmente tigres, y á él nunca +le ocurría un contratiempo que fuese irremediable. Le herían +frecuentemente, le sometían á tormentos atroces; pero sanaba, al fin, +con una rapidez portentosa. Y en casi todas las representaciones, ¡su +mirada, aquella mirada de héroe niño, que hacía sentir á Mina el +pinchazo de un alfiler olvidado!... + +Algunas damas encontradas en sus viajes contribuían, sin saberlo, á +aumentar su preocupación: + +--Usted, que es americana, ¿ha visto alguna vez personalmente á Lionel +Gould?... + +Una noche, Mina se convenció de que su acompañante era una vieja +estúpida. La había llevado á ver una aventura sorprendente de «El rey de +las praderas», y cuando el héroe lanzaba su mirada de angustia, miss +Craven le preguntó en voz baja, con temblores de emoción: + +--¿Qué le parece?... ¿Verdad que es muy guapo?... + +La acompañante movió la cabeza. Sí, guapo; pero muy ordinario. Ella no +amaba los _cow-boys_. Prefería los _films_ en que aparecen señoras +elegantes y todos los hombres van vestidos de frac. + +De pronto, Mina mostró un patriotismo rabioso. ¿Qué hacía en Europa?... +Sólo los _snobs_ podían perder su tiempo y su dinero en un continente +viejo y aburrido. Ella era americana, y debía vivir en América. + +Y se embarcó, pensando que es necedad rodar por el mundo cuando, las más +de las veces, lo que buscamos lo tenemos en la propia casa. + + + + +III + + +Al saber, en Nueva York, que Foster (padre) estaba en San Francisco, +atravesó inmediatamente los Estados Unidos. + +Se había vuelto de repente mujer de orden; deseaba enterarse del estado +de sus negocios; creía necesario conferenciar con su tutor. No sabía +ciertamente qué podría decirle; pero consideraba urgente el verle, por +el solo hecho de que vivía en California. + +Cuando llegó á San Francisco, supo que Foster se hallaba en una +propiedad suya, á dos horas de ferrocarril, y desistió de su visita. Ya +le vería más adelante; estaba cansada; le asustaba estas dos horas de +tren, después de haber pasado una semana entera en vagón. Y, á pesar del +tal cansancio, salió inmediatamente para Los Ángeles, un viaje cinco +veces mayor. + +Pero tampoco en Los Ángeles estaba su reposo, y no paró hasta tres +cuartos de hora más allá, en el pueblo de Hollywood, donde se fabrican +la mayor parte de los _films_ que entretienen á la humanidad presente. + +Admiró la fresca hermosura de una población creada en pocos años, por la +necesidad de sol y de cielo límpido que tiene la cinematografía. Vió +avenidas formadas solamente de jardines y de estudios. Varios miles de +artistas de ambos sexos, de maquinistas escénicos y de fotógrafos +constituyen su único vecindario. En las calles, á la hora del _lunch_, +se encuentran odaliscas arrastrando sus velos, españolas con mantilla, +ó pieles rojas con penachos de plumas, según es el _film_ que está en +ejecución. Las figurantas van á sus casas á almorzar sin quitarse el +traje, por no perder tiempo. + +Sobre las vallas de los estudios se elevan, unas veces, la torre Eiffel, +si la obra transcurre en París, y otras, el palacio de los Dogas +venecianos ó los agudos minaretes de una mezquita oriental. Cuando el +fotógrafo termina de dar vueltas á la última película, los albañiles +demuelen estas sólidas construcciones de cemento para levantar otras +inmediatamente, cambiando el aspecto de la «ciudad-camaleón». + +Mina fué rectamente en busca de lo que le había atraído cuando estaba al +otro lado de la tierra. Avanzó con resolución, por lo mismo que estaba +segura de que le esperaba un cruel desengaño. Esta celebridad sería, +seguramente, como las otras. + +Una agencia de informes había puesto en movimiento sus detectives para +hacer conocer á la millonaria todo el pasado de «El rey de las +praderas». + +Lionel Gould--un nombre de teatro--había sido estudiante; pero su +afición á la vida intensa y á las novelas de aventuras le hicieron +abandonar la casa de sus padres á los diez y siete años, yéndose á Texas +para llevar la existencia ruda de los _cow-boys_ que tantas veces había +admirado en los libros. A los veintidós años, otro cambio de aficiones. +El jinete de las llanuras, cansado de guardar vacas, se había hecho +actor, sufriendo la vida errante y no menos aventurera que llevan en los +Estados Unidos las gentes de teatro mediocres, saltando de pueblo en +pueblo para trabajar una noche nada más. + +El éxito universal de la cinematografía le sacó de pronto de esta +miserable situación. Todo lo que había aprendido en las praderas de +Texas le sirvió para su gloria artística. Ningún actor supo como él +montar á caballo, echar el lazo, batirse á puñetazos, manejar las armas. +Allá, entre vaqueros de verdad, había sido un discípulo mediocre, un +muchacho de la burguesía empeñado en hacerse _cow-boy_ bajo la obsesión +de ciertas lecturas. En el cinematógrafo no tuvo rival, y fué al poco +tiempo «El rey de las praderas». + +Antes de los treinta años había juntado una fortuna considerable y su +nombre era famoso en la tierra entera. + +Un ayuda de cámara irlandés se encargaba de contestar, imitando su +firma, los centenares de cartas femeniles que llegaban semanalmente de +todos los extremos del planeta pidiendo á Gould un autógrafo +sentimental. + +Mina vió su casa, elegante edificio de madera, verde y blanco, entre +jardines siempre primaverales. Después lo vió á él, una tarde que +trabajaba en el interior del estudio cinematográfico, bajo una luz +lívida. «El rey de las praderas» se batía en aquellos momentos á +silletazos y tiros de revólver con todos los parroquianos de una taberna +del desierto. + +La primera impresión no fué buena. Miss Craven le vió alto, fornido, de +arrogantes movimientos, tal como lo había contemplado muchas veces en +los _films_, pero con la cara pintada de blanco, lo mismo que un +Pierrot. La luz lívida y sepulcral de los tubos de mercurio exigía esta +pintura de artista de circo. + +Pero Gould, impresionado por la presencia de la millonaria que era hija +del difunto Craven y tenía por tutor á Foster (padre), dos nombres +ilustres del Oeste, la saludó con una torpeza conmovedora. En su +confusión, lanzó la mirada, la famosa mirada de héroe niño que parecía +pedir auxilio, y Mina dejó de ver la cara cubierta de almidón, para +fijarse únicamente en sus ojos implorantes. + +Desde este día, el gran artista terminó más pronto sus trabajos, para ir +á Los Ángeles, donde miss Craven le había invitado á comer, ó para +acompañarla en sus interesantes paseos á la hora en que muere el sol. + +Lionel recitaba versos, estaba más enterado que Mina de las cosas +literarias, y ella acabó por admirarle como un espíritu delicado, como +un «alma romántica», capaz de llenar de poesía la existencia de una +mujer. Además, era «El rey de las praderas», el atleta irresistible que +ningún hombre podía domeñar. + +Una visita inesperada perturbó esta existencia idílica. + +Se presentó en el lujoso hotel de Los Ángeles Foster (hijo), con todo su +equipaje de escopetas y demás aparatos para la caza de bestias feroces. + +--¡Mi querida Mina! ¡Qué casualidad encontrarnos!... Vengo de Nueva +York, para embarcarme en San Francisco. Voy al Congo.... + +Y ruborizándose por este absurdo rodeo geográfico, se apresuró á añadir: + +--Quiero cazar donde no cazó el coronel Roosevelt. Voy á correr los +países que él no visitó nunca. + +Un secreto instinto le avisaba, sin duda, el peligro, y venciendo esta +vez la cortedad de su carácter, manifestó sus deseos. Mina Craven y +James Foster (hijo) podían hacer una linda pareja. ¿Por qué no se +casaban?... + +El gesto de lástima simpática que puso ella fué para acobardar al más +valeroso cazador. + +--Yo sólo me casaré con un hombre célebre. + +Foster quiso protestar. Él no tenía la celebridad de un boxeador ó de un +cantante de ópera; pero era alguien. Los periódicos hablaban de él. + +--Yo sólo me casaré con un héroe--añadió Mina. + +James creyó necesario insistir en sus méritos. Hizo memoria de los +regalos enviados á Mina, especialmente de dos pieles de oso, enormes, +con unas cabezas que metían espanto. Él, completamente solo, los había +matado en Alaska. + +--¡Unos osos!--dijo ella, levantando los hombros--. Eso lo mata +cualquiera.... ¿Cuántos tigres ha cazado usted, James?... + +El hijo de Foster inclinó la cabeza. Apenas quedaban tigres en el mundo. +Él había pasado varios meses en la India, y, después de largas esperas, +gastos y penalidades, sólo había conseguido matar uno. + +--¡Un tigre nada más!... + +Mina sonrió otra vez de lástima. Ella conocía á un cazador que llevaba +matados más de treinta ante sus propios ojos, y no con largos +intervalos, sino todas las noches. + +Foster (hijo), como hombre práctico, abandonó inmediatamente sus +pretensiones, juzgándolas imposibles. «¡Adiós, Mina!» Ya no pensó en +sobrepasar las hazañas africanas de Roosevelt. Lo que deseaba era +tropezar en el Congo con un hipopótamo, un león ó cualquiera otra bestia +misericordiosa, que, al desgarrarlo en pequeños pedazos, le librase del +recuerdo de miss Craven la ingrata. + +Después de esta entrevista, la millonaria creyó necesario acelerar los +acontecimientos. Ella fué la que tomó la iniciativa, sabiendo que «El +rey de las praderas» se mostraba tímido en su presencia, quedando como +adormecido bajo el poder de sus ojos. + +--Ya estoy cansada de ser miss Craven. Ahora deseo ser mistress Gould. +¿Está usted conforme, Lionel? + +Aunque él hubiese dicho que no, Mina habría preparado lo mismo el +matrimonio. + +Llevando tras de ella al célebre Lionel, como si lo raptase, se marchó +á San Francisco para visitar á su tutor. Esta vez Foster (padre) estaba +en su despacho. + +--Le presento á mi futuro esposo. Me caso esta misma semana con «El rey +de las praderas». + +El millonario abrió la boca á impulsos de la sorpresa, mostrando todo el +oro y el marfil de su interior. Luego pensó que un hombre de negocios no +debe asombrarse nunca, y acabó por reír, con una carcajada ruidosa que +dejó visible otra vez toda la riqueza de su dentadura. + +--¡Original!... ¡Verdaderamente original! + + + + +IV + + +Mina se consideró la mujer más feliz de la tierra. El escándalo de unas +amigas y los comentarios burlones de las otras fueron para ella un +motivo de orgullo. + +--¡Envidiosas!... ¡De qué buena gana me quitarían mi «rey de las +praderas»! + +Gould era aún más dichoso. Los millones de su esposa suponían poco en +esta felicidad. Él ganaba miles de dólares por semana.... Pero le +enorgullecía haberse casado, siendo un simple cómico, con la hija única +de Craven, llamado en vida «el Cristóbal Colón del petróleo». + +Un gran contento físico vino á confundirse, además, con este amor +admirativo. + +Gould estaba harto de sus compañeras de trabajo. Un convencionalismo de +la cinematografía americana, inventado no se sabe por quién, exige que +todos los actores sean grandes, y las artistas, liliputienses. Lionel, +que admiraba las hembras de su talla, tenía que trabajar con muñecas que +apenas le pasaban del codo, mujeres «de bolsillo», que podía meter en +cualquiera abertura de su traje. + +A su esposa, la esbelta y fuerte Mina, la besaba de frente, sin +necesidad de bajar la cabeza y doblar las vértebras. Además, las otras +iban pintadas de blanco, como payasos; llevaban pegadas á los párpados +unas tirillas erizadas de pelos, que fingían larguísimas pestañas, y en +los momentos de emoción se colocaban unas gotitas de glicerina, que +luego, en el film, resultaban lágrimas.... En cambio, la nueva mistress +Gould era de una esplendidez corporal, fresca y firme, que parecía +esparcir el perfume de los bosques cuando despiertan bajo el soplo de la +primavera. ¡Oh, adorada Mina! + +Se lanzaron á viajar por el mundo. Ella exigió que Lionel abandonase el +arte cinematográfico. Más adelante, ¿quién sabe?... Un hombre célebre se +debe á su celebridad. Pero, por el momento, «El rey de las praderas» +debía ser para ella únicamente. + +La vida conyugal no le trajo ninguna decepción. El célebre Gould fué, al +mismo tiempo, un marido enamorado y un servidor respetuoso. Además, +¡cómo se sentía ella protegida al lado del héroe! ¡Qué impresión de +orgullo y de seguridad cuando se abrazaba á él, percibiendo la fuerza +almacenada en su vigoroso organismo!... + +Muchas veces, al marchar apoyada en su brazo, tocaba amorosamente el +bíceps contraído. Era fuerte, pero no de un vigor extraordinario. Ella +había visto en los circos y en los pugilatos de boxeadores musculaturas +más poderosas. Pero inmediatamente pensaba en las hazañas de «El rey de +las praderas». La cinematografía tiene sus _trucs_ y sus misterios, como +todas las cosas teatrales; pero la verdad siempre es la verdad, y ella +había visto á su Lionel levantar troncos enormes, agarrar á un enemigo y +arrojarlo por la ventana como si fuese un pañuelo, echar puertas +abajo.... + +«Y es que el músculo--pensaba Mina--no lo es todo; vale más la energía +interior y misteriosa, que sólo poseen los héroes.» Su Lionel, +indudablemente, era á modo de una batería eléctrica, que en ciertos +momentos de excitación podía desenvolver una fuerza inmensa. Ella le +había visto batiéndose con ocho á la vez, y sabía hasta dónde era capaz +de llegar. + +--¡Oh, Lionel!... ¡Mi hércules adorado! + +Una noche, estando en Marsella de paso para Egipto, Mina quiso pasear +por el Puerto Viejo, á la luz de la luna. ¡Ver los buques antiguos del +Mediterráneo dormidos sobre las aguas de plata! ¡Creerse en tiempos de +la _Odisea_ al contemplar las filas de pequeños veleros procedentes de +Grecia!... + +Los muelles desiertos resultaban peligrosos después de media noche. En +las callejuelas cercanas bullían rameras de la más extremada abyección, +juntas con negros, con marineros levantinos, con marroquíes é +indostánicos, con vagabundos de todo el planeta. Pero la millonaria no +conocía el miedo. Además, iba apoyada en el más fuerte de los brazos. + +Su cabellera de aurora, su andar majestuoso, el perfume que iban +sembrando sus pasos, el brillo de un diamante en su diestra +desenguantada, hicieron detenerse á sus espaldas á cuatro hombres +morenos, de robustez cuadrada y rostros inquietantes, que se consultaron +con voces roncas de ebrio. + +Gould sólo tuvo tiempo para abandonar el brazo de su mujer y girar +sobre sus talones, avisado por las palabras confusas de estos +vagabundos, que parecían ponerse de acuerdo. + +Los cuatro cayeron sobre él, que los recibió gallardamente con sus puños +poderosos. + +Mina quedó á pocos pasos, más curiosa que asustada, saboreando de +antemano la gran corrección que iban á recibir los bandidos. «El rey de +las praderas» terminaría la pelea en unos segundos. + +Pero el pobre «rey», después de defenderse con una arrogancia teatral, +sin vacilación alguna, seguro de su triunfo, vino al suelo tristemente, +como se derrumban al dar los primeros pasos en la existencia todos los +que han vivido una vida de ilusión. + +Tres de aquellos miserables siguieron golpeando al caído para rematarlo, +mientras el otro avanzaba hacia Mina con cierta indecisión, al ver que +no intentaba huir. + +Miss Craven, á pesar de sus fantasías, había conservado mucho del +espíritu práctico de su padre, y sabía todo lo que una persona previsora +no debe olvidar en sus viajes. Brilló en su diestra, salido no se sabe +de dónde, un juguete plateado, la última novedad para la defensa +personal: nueve tiros. Sonó una detonación, y el hombre se hizo atrás, +lanzando juramentos y llevándose una mano al pecho. Sonó un nuevo +disparo, y empezó á dar traspiés otro de los que estaban inclinados, +sobre Lionel dándole golpes. Siguió apretando el gatillo, y los tiros +hicieron desaparecer á aquellos facinerosos, unos corriendo, otros +balanceándose dolorosamente, mientras de las callejuelas cercanas +empezaba á salir gente. Mina se arrodilló junto á su marido. + +--¡Oh, Lionel! ¡Mi rey!... ¿Te han matado? + +Cuando, semanas después, pudieron salir de Marsella, la vida conyugal +era otra. Gould, todavía convaleciente de sus heridas, parecía sentir +vergüenza delante de su esposa. «¡No haber sabido defenderte!...», +decían sus ojos. Y lanzaba á continuación su mirada suplicante. + +Esta mirada devolvía á Mina un pálido recuerdo del antiguo afecto. Sólo +esta mirada era verdad. Todo lo demás del héroe, pura mentira. Su marido +resultaba un pobre muchacho, simple y bueno, necesitado de que lo +protegiesen. Ella lo defendería, como en la noche de Marsella. ¡Adiós, +amor! Sólo quedaba en la millonaria un afecto que tenía mucho de +maternal. + +Los dos, con la pesada tristeza del desengaño, se aburrieron en todas +partes, y acortaron su viaje para volver á los Estados Unidos. + +Creían adivinarse en los ojos sus respectivos pensamientos. + +--Se divorciará apenas lleguemos á Nueva York.... Mejor: volveré á +dedicarme á la cinematografía. + +Pero esto representaba para Gould un suplicio. ¡Separarse de Mina, á la +que amaba ahora más que antes, con la ternura de la gratitud y la +amargura del remordimiento!... + +Ella también pensaba en el divorcio. + +--¡Todo mentira!... Tendré que rehacer mi existencia con otro. + +Y empezó á pensar en África y en los continuadores de las cacerías de +Roosevelt. + +Al llegar á Nueva York, los periódicos hablaron de Mina por ser la +esposa del célebre Gould. Las amigas seguían envidiándole el «rey de las +praderas» y encontraban muy interesante su matrimonio. ¿Era prudente, +después de esto, abandonar á su buen mozo, para que lo agarrase otra +mujer?... + +La vida en intimidad resultaba triste y penosa. El recuerdo de aquella +noche se interponía entre los dos. El pobre «rey» conoció una reina que +no había sospechado nunca: injusta, rencorosa, sarcástica, propensa á +encontrar malo todo lo de su marido. + +Una mañana, á la hora del _breakfast_, por una discusión insignificante, +la misma mano que había disparado varios tiros en el Puerto Viejo de +Marsella agarró un plato y lo arrojó contra la cara del hombre célebre. +La porcelana se hizo pedazos, hiriéndole. Lionel se limpió la sangre de +una mejilla, y luego miró á su esposa con aquellos ojos de niño +abandonado é implorante. + +--¡Oh, mi rey!--gritó ella, refugiándose en sus brazos--. ¡Pobrecito +mío!... Perdóname; soy una loca. No te abandonaré nunca. + +Y durante todo el día, Gould conoció la más amorosa y sumisa de las +mujeres. + +Desde entonces la vida de los dos se desarrolló con violentas +alternativas: primeramente discusiones buscadas por ella, que terminaban +con golpes, y luego, tras la mirada implorante del esposo, la feliz +reconciliación. Hasta le permitió que volviese al arte cinematográfico, +siendo protagonista de varios _films_, cuyos argumentos se hacía relatar +ella anticipadamente. Su Lionel sólo debía aparecer en el círculo +luminoso realizando hazañas nunca vistas. + +Jamás había hablado con tanto entusiasmo de su esposo. Lo mismo en +presencia de él que estando á solas con sus amigas, hacía elogios del +héroe, ensalzando su fuerza irresistible, su valor temerario. + +Lionel Gould era siempre el mismo. Estaba orgullosa de llevar su nombre. + +Después de esto sonreía con verdadera satisfacción, halagada por +orgullosos pensamientos que nadie podía adivinar. + +Sí; su marido continuaba siendo el invencible, el único, «El rey de las +praderas», y con esto quedaba dicho todo. + +Pero ella, en su casa, le pegaba al «rey de las praderas». + + + + +NOCHE SERVIA + + + + +I + + +Las once de la noche. Es el momento en que cierran sus puertas los +teatros de París. Media hora antes, cafés y _restaurants_ han echado +igualmente su público á la calle. + +Nuestro grupo queda indeciso en una acera del bulevar, mientras se +desliza en la penumbra la muchedumbre que sale de los espectáculos. Los +faroles, escasos y encapuchados, derraman una luz fúnebre, rápidamente +absorbida por la sombra. El cielo negro, con parpadeos de fulgor +sideral, atrae las miradas inquietas. Antes, la noche sólo tenía +estrellas; ahora puede ofrecer de pronto teatrales mangas de luz en cuyo +extremo amarillea el zepelín como un cigarro de ámbar. + +Sentimos el deseo de prolongar nuestra velada. Somos cuatro: un escritor +francés, dos capitanes servios y yo. ¿Adonde ir en este París obscuro, +que tiene cerradas todas sus puertas?... Uno de los servios nos habla +del _bar_ de cierto hotel elegante, que continúa abierto para los +huéspedes del establecimiento. Todos los oficiales que quieren +trasnochar se deslizan en él como si fuesen de la casa. Es un secreto +que se comunican los hermanos de armas de diversas naciones cuando pasan +unos días en París. + +Entramos cautelosamente en el salón, profusamente iluminado. El tránsito +es brusco de la calle obscura á este _hall_, que parece el interior de +un enorme fanal, con sus innumerables espejos reflejando racimos de +ampollas eléctricas. Creemos haber saltado en el tiempo, cayendo dos +años atrás. Mujeres elegantes y pintadas, champaña, violines que gimen +las notas de una danza de negros con el temblor sentimental de las +romanzas desgarradoras. Es un espectáculo de antes de la guerra. Pero en +la concurrencia masculina no se ve un solo frac. + +Todos los hombres llevan uniformes--oficiales franceses, belgas, +ingleses, rusos, servios--, y estos uniformes son polvorientos y +sombríos. Los violines los tocan unos militares británicos, que +contestan con sonrisas de brillante marfil á los aplausos y aclamaciones +del público. Sustituyen á los antiguos ziganos de casaca roja. Las +mujeres señalan á uno de ellos, repitiéndose el nombre del padre, lord +célebre por su nobleza y sus millones. «Gocemos locamente, hermanos, que +mañana hemos de morir.» + +Y todos estos hombres, que han colgado su vida como ofrenda en el altar +de la diosa pálida, beben la existencia á grandes tragos, ríen, copean, +cantan y besan con el entusiasmo exasperado de los marinos que pasan una +noche en tierra y al romper el alba deben volver al encuentro de la +tempestad. + + + + +II + + +Los dos servios son jóvenes y parecen satisfechos de que las aventuras +de su patria les hayan arrastrado hasta París, ciudad de ensueño que +tantas veces ocupó su pensamiento en la bárbara monotonía de una +guarnición del interior. + +Ambos «saben relatar», habilidad ordinaria en un país donde casi todos +son poetas. Lamartine, al recorrer hace tres cuartos de siglo la Servia +feudataria de los turcos, quedó asombrado de la importancia de la poesía +en este pueblo de pastores y guerreros. Como muy pocos conocían el +abecedario, emplearon el verso para guardar más estrechamente las ideas +de su memoria. Los «guzleros» fueron los historiadores nacionales, y +todos prolongaron la _Ilíada_ servia improvisando nuevos cantos. + +Mientras beben champaña, los dos capitanes evocan las miserias de su +retirada hace unos meses; la lucha con él hambre y el frío; las batallas +en la nieve, uno contra diez; el éxodo de las multitudes, personas y +animales en pavorosa confusión, al mismo tiempo que á la cola de la +columna crepitan incesantemente fusiles y ametralladoras; los pueblos +que arden; los heridos y rezagados aullando entre llamas; las mujeres +con el vientre abierto, viendo en su agonía una espiral de cuervos que +descienden ávidos; la marcha del octogenario rey Pedro, sin más apoyo +que una rama nudosa, agarrotado por el reumatismo, y continuando su +calvario á través de los blancos desfiladeros, encorvado, silencioso, +desafiando al destino como un monarca shakespiriano. + +Examino á mis dos servios mientras hablan. Son mocetones carnosos, +esbeltos, duros, con la nariz extremadamente aguileña, un verdadero pico +de ave de combate. Llevan erguidos bigotes. Por debajo de la gorra, que +tiene la forma de una casita con doble tejado de vertiente interior, se +escapa una media melena de peluquero heroico. Son el hombre ideal, el +«artista», tal como lo veían las señoritas sentimentales de hace +cuarenta años, pero con uniforme color de mostaza y el aire tranquilo y +audaz de los que viven en continuo roce con la muerte. + +Siguen hablando. Relatan cosas ocurridas hace unos meses, y parece que +recitan las remotas hazañas de Marko Kralievitch, el Cid servio, que +peleaba con las _wilas_, vampiros de los bosques, armadas de una +serpiente á guisa de lanza. Estos hombres que evocan sus recuerdos en un +_bar_ de París han vivido hace unas semanas la existencia bárbara é +implacable de la humanidad en su más cruel infancia. + +El amigo francés se ha marchado. Uno de los capitanes interrumpe su +relato para lanzar ojeadas á una mesa próxima. Le interesan, sin duda, +dos pupilas circundadas de negro que se fijan en él, entre el ala de un +gran sombrero empenachado y la pluma sedosa de un boa blanco. Al fin, +con irresistible atracción, se traslada de nuestra mesa á la otra. Poco +después desaparece, y con él se borran el sombrero y el boa. + +Me veo á solas con el capitán más joven, que es el que menos ha hablado. +Bebe; mira el reloj que está sobre el mostrador. Vuelve á beber. Me +examina un momento con esa mirada que precede siempre á una confidencia +grave. Adivino su necesidad de comunicar algo penoso que le atormentaba +memoria con una gravitación de suplicio. Mira otra vez el reloj. La una. + +--Fué á esta misma hora--dice sin preámbulo, saltando del pensamiento á +la palabra para continuar un monólogo mudo--. Hoy hace cuatro meses. + +Y mientras él sigue hablando, yo veo la noche obscura, el valle cubierto +de nieve, las montañas blancas, de las que emergen hayas y pinos +sacudiendo al viento las vedijas algodonadas de su ramaje. Veo también +las ruinas de un caserío, y en estas ruinas el extremo de la retaguardia +de una división servia que se retira hacia la costa del Adriático. + + + + +III + + +Mi amigo manda el extremo de esta retaguardia, una masa de hombres que +fué una compañía y ahora es una muchedumbre. A la unidad militar se han +adherido campesinos embrutecidos por la persecución y la desgracia, que +se mueven como autómatas y á los que hay que arrear á golpes; mujeres +que aullan arrastrando rosarios de pequeñuelos; otras mujeres, morenas, +altas y huesudas, que callan con trágico silencio, é inclinándose sobre +los muertos les toman el fusil y la cartuchera. + +La sombra se colora con la pincelada roja y fugaz del disparo surgiendo +de las ruinas. De las profundidades lóbregas contestan otros fulgores +mortales. En el ambiente negro zumban los proyectiles, invisibles +insectos de la noche. + +Al amanecer será el ataque arrollador, irresistible. Ignoran quién es +el enemigo que se va amasando en la sombra. ¿Alemanes, austríacos, +búlgaros, turcos?... ¡Son tantos contra ellos! + +--Debíamos retroceder--continúa el servio--, abandonando lo que nos +estorbase. Necesitábamos ganar la montaña antes de que viniese el día. + +Los largos cordones de mujeres, niños y viejos se habían sumido ya en la +noche, revueltos con las bestias portadoras de fardos. Sólo quedaban en +la aldea los hombres útiles, que hacían fuego al amparo de los +escombros. Una parte de ellos emprendió á su vez la retirada. De pronto, +el capitán sufrió la angustia de un mal recuerdo. + +--¡Los heridos! ¿Qué hacer de ellos?... + +En un granero de techo agujereado, tendidos en la paja, había más de +cincuenta cuerpos humanos sumidos en doloroso sopor ó revolviéndose +entre lamentos. Eran heridos de los días anteriores que hablan logrado +arrastrarse hasta allí; heridos de la misma noche, que restañaban la +sangre fresca con vendajes improvisados; mujeres alcanzadas por las +salpicaduras del combate. + +El capitán entró en este refugio, que olía á carne descompuesta, sangre +seca, ropas sucias y alientos agrios. A sus primeras palabras, todos los +que conservaban alguna energía se agitaron bajo la luz humosa del único +farol. Cesaron los quejidos. Se hizo un silencio de sorpresa, de pavor, +como si estos moribundos pudiesen temer algo más grave que la muerte. + +Al oír que iban á quedar abandonados á la clemencia del enemigo, todos +intentaron un movimiento para incorporarse; pero los más volvieron á +caer. + +Un coro de súplicas desesperadas, de ruegos dolorosos, llegó hasta el +capitán y los soldados que le seguían.... + +--¡Hermanos, no nos dejéis!... ¡Hermanos, por Jesús! + +Luego reconocieron lentamente la necesidad del abandono, aceptando su +suerte con resignación. ¿Pero caer en manos de los adversarios? ¿Quedar +á merced del búlgaro ó el turco, enemigos de largos siglos?... Los ojos +completaron lo que las bocas no se atrevían á proferir. Ser servio +equivale á una maldición cuando se cae prisionero. Muchos que estaban +próximos á morir temblaban ante la idea de perder su libertad. + +La venganza balkánica es algo más temible que la muerte. + +--¡Hermano!... ¡hermano!... + +El capitán, adivinando los deseos ocultos en estas súplicas, evitaba el +mirarles. + +--¿Lo queréis?--preguntó varias veces. + +Todos movieron la cabeza afirmativamente. Ya que era preciso este +abandono, no debía alejarse la retaguardia dejando á sus espaldas un +servio con vida. + +¿No hubiera suplicado el capitán lo mismo al verse en idéntica +situación?... + +La retirada, con sus dificultades de aprovisionamiento, hacía escasear +las municiones. Los combatientes guardaban avaramente sus cartuchos. + +El capitán desenvainó el sable. Algunos soldados habían empezado ya el +trabajo empleando las bayonetas, pero su labor era torpe, desmañada, +ruidosa: cuchilladas á ciegas, agonías interminables, arroyos de sangre. +Todos los heridos se arrastraban hacia el capitán, atraídos por su +categoría, que representaba un honor, y admirados de su hábil prontitud. + +--¡A mí, hermano!... ¡A mi! + +Teniendo hacia fuera el filo del sable, los hería con la punta en el +cuello, buscando partir la yugular del primer golpe. + +--_¡Tac!... ¡tac!..._--marcaba el capitán, evocando ante mi esta escena +de horror. + +Acudían arrastrándose sobre manos y pies; surgían como larvas de las +sombras de los rincones; se apelotonaban contra sus piernas. Él había +intentado volver la cara para no presenciar su obra; los ojos se le +llenaban de lágrimas.... Pero este desfallecimiento sólo servía para +herir torpemente, repitiendo los golpes y prolongando el dolor. +¡Serenidad! ¡Mano fuerte y corazón duro!... _¡Tac!... ¡tac!..._ + +--¡Hermano, á mi!... ¡A mí! + +Se disputaban el sitio, como si temieran la llegada del enemigo antes de +que el fraternal sacrificador finalizase su tarea. Habían aprendido +instintivamente la postura favorable. Ladeaban la cabeza para que el +cuello en tensión ofreciese la arteria rígida y visible á la picadura +mortal. «¡Hermano, á mí!» Y expeliendo un caño de sangre se recostaban +sobre los otros cuerpos, que iban vaciándose lo mismo que odres rojos. + + * * * * * + +El _bar_ empieza á despoblarse. Salen mujeres apoyadas en brazos con +galones, dejando detrás de ellas una estela de perfumes y polvos de +arroz. Los violines de los ingleses lanzan sus últimos lamentos, entre +risas de alegría infantil. + +El servio tiene en la mano un pequeño cuchillo sucio de crema, y con el +gesto de un hombre que no puede olvidar, que no olvidará, nunca, sigue +golpeando maquinalmente la mesa.... _¡Tac!... ¡tac!..._ + + + + +LAS PLUMAS DEL CABURÉ + + + + +I + + +Morales iba á seguir disparando su mauser, pero Jaramillo, que estaba, +como él, con una rodilla en tierra y la cara apoyada en la culata del +fusil, le dijo á gritos, para dominar con su voz el estruendo de las +descargas: + +--Es inútil que tires; no lo matarás. Ese hombre tiene un _payé_ de gran +poder. + +Habían desembarcado, cerca de media noche, en el muelle de la ciudad. +Dos vaporcitos los habían transbordado de la otra orilla del río Paraná. +Eran poco más de cien hombres, reclatados en el Paraguay ó en la +gobernación del Chaco, casi todos ellos hijos del Estado de Corrientes, +que andaban errantes, fuera de su país, por aventuras políticas ó de +amor. Mezclados con estos rebeldes autóctonos iban unos cuantos hombres +de acción, amadores del peligro por el peligro, que se trasladaban de +una á otra de las provincias excéntricas de la Argentina, allí donde era +posible que surgiesen revoluciones. + +Confiando en la audacia inverosímil que representaba este golpe de mano, +en la sorpresa que iban á sufrir los adversarios, avanzaron por las +calles como por un terreno conocido, dirigiéndose al cuartel de la +policía. Los vecinos que tomaban el fresco ante sus casas saltaban de +las sillas y desaparecían, adivinando lo que significaba este rápido +avance de hombres armados. + +Cuando los invasores llegaron frente al cuartel, vieron cómo se cerraban +sus puertas y cómo salían de sus ventanas los primeros fogonazos. ¡Golpe +errado! Pero nadie pensó en huir. Porque la sorpresa fracasase, no iban +á privarse del gusto de seguir cambiando tiros con los aborrecidos +contrarios. + +--¡Viva el doctor Sepúlveda! ¡Abajo el gobierno usurpador! + +Y repartidos en grupos ocuparon todas las bocacalles que daban á la +plaza, disparando contra el cuartel. + +Un hombre gordo y obscuro de color, oficial de la policía, se mostraba +en una de las ventanas con una tranquilidad asombrosa. Extendiendo un +brazo, disparaba su revólver contra los rebeldes: + +--¡Canallas! ¡Hijos de...tal! ¡Perros! + +Luego, sacando otro brazo, disparaba el segundo revólver, se metía +adentro para cargar sus armas y volvía á aparecer. + +La mayor parte de los asaltantes parecieron olvidar el motivo político +que los había traído hasta allí. Ya no pensaban en el «gobierno +usurpador» ni en asaltar el cuartel. Toda su atención la concentraron en +aquel hombre que seguía insultándoles sin tomar precauciones. Llovían +las balas en torno de su persona, pero ni una sola lograba tocarle. + +--No gastes tus cartuchos, hermano--continuó Jaramillo, con una +expresión fatalista--. Ese hombre posee un talismán, un _payé_ que le +hace invulnerable como el diablo.... ¿Quién sabe si lleva en el pecho +alguna pluma de caburé? + +Morales cesó de disparar. Tenía una ciega confianza en la sabiduría de +su compañero. Además, conocía desde su niñez el poder de una pluma de +caburé. + +--¡Viva el partido blanco! ¡Abajo Sepúlveda! ¡Mueran los colorados! + +Era el refuerzo enemigo que llegaba. Sonaron nuevos tiros en el fondo de +las calles. Pasada la primera sorpresa, acudían las otras fuerzas del +gobierno en socorro del cuartel. + +--Esto se acabó. Hay que retirarse--dijo Jaramillo. + +Los dos camaradas corrieron hacia el muelle, doblando el cuerpo para +hacerse más pequeños ante las balas con que los perseguía el enemigo. +Otros siguieron defendiéndose rudamente á sus espaldas. + +Llegaron al puerto á tiempo para ver cómo uno de los vaporcitos huía río +arriba, perdiéndose en la noche, y cómo el otro empezaba á apartarse del +muelle de madera. Esto no extrañó á Jaramillo. + +--¡Qué puede esperarse de extranjeros, de _gringos_ que carecen de +fervor político y no son del partido!... + +Es natural, tratándose de dos capitanes genoveses. + +Pero él y Morales, con su agilidad de hijos de la selva, saltaron en el +vacío negro, cayendo precisamente sobre el borde de la cubierta +fugitiva. Unos milímetros menos, y se perdían en el agua lóbrega poblada +de caimanes.... ¡Que Dios protegiese á los valientes que se quedaban en +tierra! + +Cuando las luces del puerto empezaron á borrarse en la obscuridad, +Jaramillo, considerándose seguro, empezó á formular sus protestas. + +--¿A quién se le ocurre hacer revoluciones á media noche?... Es la peor +de las horas, cuando todo el mundo vive y está despierto. Eso podrá ser +en los países donde hace frío y la gente se acuesta temprano, ¿pero +aquí?... Aquí, la hora mejor para la revolución es la una de la tarde. + +Todos los oyentes aprobaron con gestos silenciosos. Desembarcando á la +hora de la siesta, habrían entrado por las calles sin que nadie los +viese, lo mismo que á través de una ciudad muerta; habrían sorprendido +el cuartel, matando á la guardia, que seguramente estaría tendida á la +sombra y roncando. + +--Es una locura--continuó Jaramillo--intentar ataques de noche en un +país como el nuestro. No hay mas que acordarse de lo que pasa en la +selva. + +Como todos eran hijos de la selva, persistieron en sus muestras de +aprobación. Durante las horas de sol y de calor era cuando la selva +dormía, sin un estremecimiento, sin un latido, con una calma de tumba. +Luego, al morir la tarde, despertaba la vida; los insectos empezaban á +zumbar, los pájaros sacudían sus alas, los cuadrúpedos estiraban sus +patas, y en la sombra todos se agitaban para ofender ó para defenderse, +para devorar ó ser devorados. La vida renacía con el fresco de la noche, +reanudando sus aventuras y sus tragedias. + +Morales admiró una vez más la sabiduría de su amigo. Era hijo de un +brujo y había heredado muchos de los secretos paternales. + +A veces, esta vida nocturna de la selva se paralizaba con una larga +pausa de angustioso silencio. + +Era porque rondaba cerca el jaguar, el tigre americano, de piel pintada +á redondeles, al que los indios guaraníes, en su lenguaje, apodan «el +Señor». + +Otras veces, el silencio tenía un motivo más claro y determinado. Un +grito estridente rasgaba la lobreguez, un alarido feroz, que hacía +estremecer á los que lo escuchaban. Este grito inmenso salía de la +garganta de un pájaro poco más grande que el puño, una especie de +mochuelo del tamaño de un pichón de cría. Todas las bestias, las que +vuelan, las que corren y las que se arrastran, se echaban á temblar +cuando oían este alarido. + +Morales no había logrado ver nunca al pájaro diminuto, soberano de la +selva, pero lo conocía de fama desde su niñez. + +Tenía por armas su pico, un terrible pico fuerte como el acero mejor +templado, y una infernal mala intención. Allí donde clavaba su arma +abría orificio, y el golpe iba dirigido siempre á la cabeza del +adversario, devorando inmediatamente su cerebro al descubierto. No había +cráneo que pudiera resistir á sus perseverantes picotazos, iguales á +golpes de barreno. Atacaba al toro, al tigre, al caimán, blindado de +planchas duras como un navío de guerra. + +Este volátil pequeño y de malicia diabólica era el caburé. + + + + +II + + +Morales y Jaramillo debían tal vez sus apellidos y la poca sangre +europea que corría por sus venas á dos conquistadores españoles llegados +al país siglos antes; pero en realidad eran dos mestizos guaraníes, +pequeños, ágiles, débiles de miembros aparentemente, y con una +resistencia asombrosa para la fatiga y las privaciones. + +Unidos por una amistad fraternal, se presentaban juntos á buscar trabajo +en las cortas de árboles, en las explotaciones de hierba _mate_ ó en los +desmontes de un ferrocarril que estaban construyendo los _gringos_. + +Trabajaban con verdadero furor, como si se peleasen á muerte con un +enemigo. Los capataces recién llegados de Europa parecían asombrados. ¿Y +aún dicen que los indios son perezosos?... Pero al cobrar el jornal de +la semana desaparecían, y sus protectores y admiradores los esperaban en +vano todo el lunes siguiente. Sólo cuando quedaba consumido el último +centavo en las tabernas donde hay acordeón y baile, pensaban en reanudar +el maldecido trabajo. + +Las beldades cobrizas, descalzas, de gruesa trenza entre los omoplatos y +falda blanca ó de color rosa, se asomaban á las puertas de sus ranchos +para verlos pasar. Llevaban el calzón claro sujeto al tobillo por ligas +de piel, los pies metidos en danzantes babuchas, un poncho avellanado +cubriendo el busto, y un pañuelo rojo en el cuello. Este último era para +ellos el detalle más precioso de su indumentaria. Podrían ir rotos y con +las carnes más secretas al aire, pero sin un pañuelo rojo, ¡nunca! Era +la señal del partido, el símbolo de los «colorados», así como los otros, +los adversarios, llevaban siempre en el cuello un pañuelo blanco. + +Los dos traían bajo el brazo sus espadas; no espadas viejas y con +agarrador de madera, como los pobretones, sino con empuñadura de +coruscante dorado y vaina de cuero, iguales á las que usaban los +guardias municipales de la ciudad. De sus remotos ascendientes de la +conquista les quedaba un amor irresistible á la espada. Las armas de +fuego eran buenas para las revoluciones. Las querellas de amor y de +bebida debían ventilarse, tizona en mano, á espaldas de la taberna. + +Con el enfundado acero bajo el brazo, envueltos en su poncho y levantada +el ala del fieltro sobre la frente, parecían dos caricaturas de los +hidalgos de capa y espada, sus legítimos abuelos. + +Cuando la policía visitaba los bailes indígenas, ocultaban ellos sus +armas metiéndoselas en la faja, á lo largo del calzoncillo, lo que les +obligaba á continuar la danza con una pierna rígida, lo mismo que si +estuviesen paralíticos. + +Un día, en uno de estos bailes, Morales, que era el menos listo de los +dos pero el más dispuesto á la pelea, metió su espada por el vientre de +cierto individuo que se empeñaba en danzar con la misma moza que él, +echándole las tripas afuera. + +--Aquí no ha pasado nada. ¡Siga la fiesta! + +Se llevaron al muerto. Su familia se encargaría de levantarle una +capillita al borde del camino y de ponerle cirios todas las noches. Un +simple incidente; algo que se ve todos los días. + +Pero la policía entrometida no quiso aceptar el suceso con la misma +calma que la gente, y prendió á Morales. + +--Una venganza política--dijo éste al entrar en la cárcel--. Bien se ve +que mandan los usurpadores. ¡Como soy colorado!... + +Al registrarlo en presencia del juez, encontraron que debajo de sus +ropas llevaba el cuerpo cubierto de plumas de avestruz. Jaramillo hacía +lo mismo. Era un secreto de su padre el brujo; el mejor medio para +vencer en agilidad á los enemigos. + +Le dió rabia ver cómo reía el juez ante tal descubrimiento. Todos los +abogados jóvenes, que habían estudiado en Buenos Airea y despreciaban á +los nativos, eran unos ignorantes. + +--A no ser por estas plumas, doctor--dijo Morales--, el difunto tal vez +me habría matado. Mire cómo fui yo el más ligero y le clavé por el +vientre. + +Le quitaron las plumas, le quitaron la espada, é iban á quitarle la +libertad durante un buen número de años, por ser el muerto de los del +pañuelo blanco, cuando Morales se escapó de la penitenciaría, +refugiándose en el Paraguay, cuya frontera sólo está á dos horas de +distancia. + +Jaramillo, que andaba desorientado durante su ausencia, quiso seguirle, +y para justificar la fuga y no ser menos que su amigo, mató á otro +«pañuelo blanco» antes de pasar á la vecina nación. + +Trabajaron en los llamados «hierbales» donde se cosecha el _mate_, té +del país puesto de moda por los jesuítas en otros tiempos, cuando +gobernaban la República teocrática de las Misiones, fundada por ellos +entre el Brasil, el Paraguay y la Argentina. + +Deseosos de volver á su patria, los dos interrumpieron su trabajo +repetidas veces para tomar parte en las intentonas revolucionarias del +partido. El grande hombre de los «colorados», el doctor Sepúlveda, vivía +tranquilamente en Buenos Aires, esperando el momento de regenerar su +provincia. Mientras tanto, los partidarios del doctor hacían toda clase +de esfuerzos para lograr su triunfo: revoluciones de día, revoluciones +de noche; sublevaciones en la ciudad, sublevaciones en el campo. + +La gente de Buenos Aires apenas prestaba atención á estas hazañas y +revueltas en la lejanísima provincia. ¡La Argentina es tan grande! +Además, todo esto ocurría en un extremo del país, vecino al Brasil y al +Paraguay; en una tierra que es argentina políticamente, pero por la raza +es más bien paraguaya, y cuyos habitantes hablan generalmente el +guaraní. + +Después del sangriento fracaso de aquella intentona nocturna, los dos +volvieron á trabajar en el Paraguay, en la recolección del _mate_. Ellos +eran los más inmediatos consumidores, pues sentados al borde del gran +rio en las horas de descanso, chupaban incesantemente el canuto hundido +en la pequeña calabaza rellena de hierba olorosa y de agua caliente que +sostenían en una mano. + +Hablaban de la tierra natal con voz lenta y entornando los ojos, como si +fueran á dormirse. Algunas veces, la conversación recaía sobre Jaramillo +padre y su prodigiosa ciencia. + +--Yo le vi--decía Morales con respeto--curar á los enfermos en menos que +se reza un credo. Les chupaba la parte enferma ó ponía la boca en su +boca, aspirando su aliento. Luego escupía un gusano, una piedra, una +culebra pequeña ó una araña. Era la enfermedad que acababa de sacarles +del cuerpo.... Algunos se morían; pero era porque les faltaba paciencia +para esperar la curación y llamaban al médico. + +--El mejor de sus secretos--insinuaba Jaramillo--es el que cura la +mordedura de las víboras. Me lo reveló poco antes de morir. Vale más que +una herencia de muchas talegas de onzas de oro. + +--Dímelo, hermano--suplicaba Morales. + +Su amigo parecía sobresaltarse. + +--No lo esperes. Únicamente se puede revelar el secreto el día de +Viernes Santo. Si lo cuento otro día, perderé mi poder curativo hasta el +Viernes Santo del año siguiente. + +Pero Morales empezó á importunar á su compañero con una tenacidad +infantil durante semanas y semanas. Se acordaba de haber visto operar á +Jaramillo padre cierto día que un vecino había regresado á su rancho con +el brazo hinchado y negro por la mordedura de una serpiente. El brujo le +había puesto unos remedios enérgicos sobre la herida, murmurando luego +una invocación misteriosa sobre el reptil, muerto de un garrotazo. + +Tú no eres un buen compañero--decía Morales con tristeza--. Yo te miro +como mi única familia, y tú guardas secretos conmigo. + +Jaramillo no quería quedarse desarmado por su indiscreción. ¿Y si le +mordía á Morales uno de estos bichos venenosos al andar descalzo por los +hierbales?... + +--No hay miedo--decía el otro--. Acuérdate que me diste unas ligas de +piel de anta, y las víboras huyen de mis pies al percibir el olor de +este cuero. + +Al fin, una tarde, Jaramillo hizo un esfuerzo, sacrificándose por la +amistad. + +--Ya que lo quieres.... + +Y cerrando los ojos le reveló el gran secreto. No había mas que +inclinarse sobre la serpiente muerta y decirle en voz baja: «No eres +víbora, que eres grillo.» + +Inmediatamente el veneno perdía su poder ponzoñoso dentro del cuerpo de +la víctima. + +--¿Nada más?--preguntó Morales con visible decepción--. ¿Eso es todo? + +Eso era todo. Pero las palabras había que decirlas en guaraní. Las +serpientes, por ser del país, no pueden entender el español, lengua de +Buenos Aires. + +--Y ahora--terminó con melancolía Jaramillo--tendré que esperar hasta, +el próximo Viernes Santo. + +De pronto empezó á hacer frecuentes viajes á Asunción, la capital del +Paraguay. Su amigo, alarmado por estas ausencias, le obligó á confesar +la causa. + +--Lo he visto--dijo Jaramillo misteriosamente. + +Aunque no dió el nombre de lo que había visto, bastó el tono de su voz +para que Morales adivinase á quién se refería. + +Era el caburé. No podía ser otro. Los dos hablaban con frecuencia de él. + +¡Quién tuviera una pluma de caburé, para ser invulnerable y por lo +mismo el hombre más valeroso de la tierra!... Hasta el mismo Jaramillo +padre, con toda su sabiduría, no había conseguido ver nunca un caburé en +sus manos. Era muy difícil apoderarse de él. Por esto repitió el hijo, +con una expresión de orgullo: + +--Lo he visto: como te veo á ti. + +Su poseedor era un _gringo_ que vivía en Asunción sin más objeto que +estudiar los animales y las plantas del país; un doctor alemán, gordo, +rubicundo, de gafas doradas, muy amigo de bromear con las gentes simples +del campo, para sonsacarles noticias. En el patio de su casa, que era +tan grande como un claustro de convento, tenía numerosos pájaros y +cuadrúpedos, y en mitad de él, ocupando una jaula especial, como rey de +esta pequeño é inquieto mundo, al que podía hacer enmudecer con sólo un +grito, estaba el caburé. + +Al encontrar el doctor varias veces á Jaramillo inmóvil en la puerta de +su casa, mirando desde el otro lado de la cancela al famoso pájaro, le +había hecho pasar para mostrárselo de cerca. + +--¡Qué joya! ¿eh?...--decia con orgullo--. Me cuesta más oro que pesa. +Es una verdadera casualidad tener uno vivo. + +Pero daba por bien empleados sus sacrificios pensando en el volumen de +ochocientas páginas que iba á escribir, para Berlín, sobre el caburé y +sus costumbres, libro que le valdría el premio de varias Academias. + +A los dos amigos se les ocurrió lo mismo: robar la prodigiosa bestia ó +llevarse cuando menos algunas de sus plumas. + +El golpe sólo podía darse á la hora de la siesta. Jaramillo amaba esta +hora como la más segura. Morales se quedaría en la calle para auxiliar á +su compañero. ¿Quién puede adivinar lo futuro? Tal vez gritase el +alemán, y fuese preciso matarlo. ¡Una vida menos significa tan poco!... + +Entró Jaramillo en la casa saltando la tapia del patio trasero. Luego se +deslizó, con los pies descalzos, por los frescos corredores, sin +producir ruido alguno. Al pasar junto á una puerta oyó ronquidos. El +alemán, deseoso de amoldarse en todo á las costumbres del país, dormía +la siesta. + +El mestizo salió al patio grande, deteniéndose frente á la jaula del +centro, rodeada de arbustos con flores enormes, rojas y de cinco puntas, +llamadas «estrella federal». + +Allí estaba la célebre bestia: una especie de mochuelo diminuto, de pico +breve y encorvado. Se miraron fijamente, lo mismo que si fuesen á +entablar un combate. Los ojos redondos del animal, unos ojos de oro con +una cuenta negra en el centro, contemplaron al hombre ferozmente. Luego +parpadearon, como vencidos por la mirada humana. + +Jaramillo no quiso perder tiempo. Con una contorsión de muñeca arrancó +el candado de la jaula. Luego avanzó la diestra audazmente, y á pesar de +su deseo de mantenerse silencioso, lanzó un rugido. + +--¡Ah, pájaro del diablo!... + +Tenía un dedo atravesado de parte á parte. No era un picotazo; era una +puñalada. Un berbiquí ardiente acababa de perforarle la carne y el +hueso. + +Sobreponiéndose al dolor, cerró la mano ensangrentada para aprisionar á +su enemigo. Deseaba ahogarlo y al mismo tiempo no quería oprimirle de +una manera mortal, pues la pluma del caburé sólo conserva sus milagrosas +cualidades cuando ha sido arrancada estando la bestia viva. + +Con la otra mano libre le despojó de las plumas de atrás, y el animal +lanzó un alarido al mismo tiempo que repetía su picotazo. + +El grito espeluznante fué seguido de un profundo silencio. Los animales +del patio callaron medrosos, ocultándose en lo más profundo de sus +viviendas. Pareció que se inmovilizaba la vida en todo el barrio. + +A impulsos del dolor, el mestizo había arrojado al caburé contra el +suelo de la jaula, huyendo luego hacia la calle. El pájaro, viendo la +jaula abierta, saltó fuera de ella como si pretendiese perseguir á su +enemigo; pero después torció de rumbo, subiéndose al alero del tejado +para desaparecer finalmente. + +Jaramillo descorrió el cerrojo de la cancela, saliendo á la calle. Allí +le esperaba su fiel Morales. No llevaba espada--esta expedición era de +las de arma corta--; pero tenía la mano puesta por debajo del poncho en +el puño de una faca, por lo que pudiera ocurrir. + +--¿Qué es eso, hermano?--preguntó al ver la diestra ensangrentada de su +compañero--. ¿Quién te ha herido? + +El otro levantó los hombros con indiferencia, limitándose á mostrarle +tres plumas pequeñas que llevaba entre los dedos. + +Desde aquella tarde cambió radicalmente la vida de los dos. Jaramillo +tuvo que ir en busca de un curandero amigo de su padre. Su dedo herido +se había puesto negro, y era preciso cortarlo para que la podredumbre +venenosa no le llegase al corazón. El mago indígena afiló en una piedra +el mismo cuchillo de que se servía para rascarle el barro á su caballejo +y para partir el pan. La amputación fué dolorosa; pero á Jaramillo le +bastaba mirar la bolsita que llevaba pendiente sobre el pecho, con las +plumas del caburé dentro, para recobrar su valor. Bien podía sufrirse un +poco á cambio de tan poderoso talismán. Morales estaba triste y hablaba +con timidez, como el que desea hacer una petición y no se atreve, +midiendo su importancia. Al fin se decidió. + +--Hermano, ¿si me dieses una de las plumas?... Piensa que siempre nos lo +hemos partido todo, como si fuésemos de la misma madre. Tú tienes tres +plumas; ¿qué te cuesta regalarme una? Serás igualmente poderoso con dos. +Basta una sola para que nadie pueda herirte. + +Pero aunque Jaramillo no había frecuentado la escuela, sabía que tres +son más que dos, y estaba seguro de que, conservando las tres plumas, su +poder resultaría más grande. Además, no podía admitir que Morales, luego +de conservar sus dedos completos, quisiera igualarse con él. Le gustaba +tenerlo bajo el imperio de su superioridad. + +Y efectivamente, Morales empezó á sentirse esclavo. Su amigo era ahora +otro hombre. Le hacía ejecutar su propio trabajo mientras él descansaba; +le exigía su dinero; hasta le quitó una paraguaya de tez blanca y andar +arrogante que al principio se había mostrado prendada de él. + +«Debo matarlo--empezó á pensar--. Ya no podemos vivir juntos.» + +Pero tuvo que repeler inmediatamente este mal pensamiento. Era imposible +matar á Jaramillo mientras guardase su talismán, la bolsita con plumas +de caburé, que le hacía invulnerable. + +Y el déspota, animado por la resignación fatalista de Morales, extremó +sus audacias. Un día lo abofeteó porque no le obedecía con rapidez, y al +salir indemne de este atrevimiento, repitió á todas horas sus +atropellos. + +«¿A qué no se atreverá, llevando en el pecho lo que lleva?», se decía +Morales con envidia. + +Ni los hombres ni las fieras podían inspirar miedo á Jaramillo. En una +taberna del campo se batió con cinco paraguayos de los más bravos, +resultando ileso y vencedor. Nadaba en el río todos los días, á pesar de +que ninguno de los que trabajaban en el hierbal osaba hacerlo, por miedo +al «Tatita», ó sea al «Abuelo» en la lengua del país. + +Este «Abuelo» era un «yacaré», un caimán famoso por su tamaño desde el +lugar donde se forma el río de la Plata hasta lo más alto del Paraná. +Los viejos del país, que saben adivinar la edad de los caimanes, le +atribuían unos cuatrocientos años. Tal vez había visto de pequeño cómo +los primeros españoles remontaron el río en sus naves de velas cuadradas +con leones y castillos pintados. + +--Allá está «el Tatita»--decían los del hierbal. + +Y señalaban una especie de tronco rugoso y verde que descansaba en el +barro de una isleta cercana, lo mismo que un árbol muerto traído por la +corriente. + +Como desde la última revolución paraguaya eran abundantes los mausers en +los ranchos, empezaba un tiroteo contra la bestia centenaria. Algunos +tiradores le marcaban el lomo á balazos. Tarea inútil: los proyectiles +levantaban esquirlas de su coraza, pero el enorme lagarto apenas se +movía, como si todos estos balazos fuesen para él leves cosquilleos. Si +los cazadores se aproximaban, finalmente, en una barca, se dejaba ir +perezosamente al fondo del río, levantando una corona de espumas +amarillentas. + +Morales había nadado de pequeño entre los yacarés, sin gran emoción. +Pero eran caimanes tan inexpertos y tiernos como él. Los temibles son +los viejos, á los que llaman «cebados» por haber comido carne de hombre. +Así que la prueban una vez, quedan aficionados á ella para siempre, ¡y +este «Abuelo» llevaba pasadas por su estómago tantas generaciones +humanas!... + +Siempre que Jaramillo se lanzaba a nadar, Morales, por un recuerdo de +su antigua amistad, le hacía la misma recomendación: + +--¡Cuidado con «el Tatita»! + +El otro se alejaba, braceando alegremente, hacia el centro del río, en +busca de las aguas profundas. ¡El cuidado que podía inspirarle un yacaré +más viejo que las Américas!... + +Un domingo, cuando Morales, sentado en la orilla, terminaba de fumar un +cigarro paraguayo, que hacía caer por las comisuras de sus labios dos +chorros de zumo negro, Jaramillo se echó al río. Morales, por estar en +alto, pudo ver algo obscuro y enorme que se deslizaba entre dos aguas +con la velocidad de un torpedo, viniendo en ángulo recto al encuentro +del nadador. + +--«El Tatita»--se dijo--. Sólo puede ser él. + +Su camarada agitó los brazos desesperadamente, lanzó un alarido, y á +continuación desapareció, como si tirase de él una fuerza irresistible. + +Más que el hecho en sí, aturdió y desconcertó á Morales la posibilidad +de que pudiese ocurrir. Todas las creencias de su vida temblaron, +próximas á derrumbarse. Era para perder la fe. + +--No, no es posible; Jaramillo tiene un talismán; Jaramillo no puede +morir.... + +Instintivamente fué hacia el lugar donde el nadador había dejado sus +ropas. Una sonrisa de certidumbre, de confianza recobrada, dilató su +rostro. + +--¡Bien decía yo!... + +Sobre las ropas estaba la bolsita, el irresistible _payé_. El muerto se +había despojado de él antes de echarse al río, tal vez por distracción, +tal vez por algún otro motivo desconocido de Morales. + +Éste pensó que existe una Providencia, como aseguran los padres +misioneros. Luego se imaginó que tal vez aquel yacaré tan viejo como el +río era alguna divinidad misteriosa que se encargaba de vengar á los +humildes. + +Y sin vacilación se colgó del cuello la bolsita, con el mismo aire de un +soberano que se ciñese la corona del mundo. + + + + +III + + +La suerte acudió en seguida á sonreirle. + +Triunfaron inesperadamente los «colorados». Ellos, que llevaban hechas +tantas revoluciones, volvieron á apoderarse del gobierno del modo más +pacífico y prosaico. El doctor Sepúlveda, siempre en Buenos Aires, +consiguió que el gobierno federal enviase á su provincia una comisión +interventora encargada de examinar los actos administrativos de los +enemigos. Esta intervención puso al descubierto cosas censurables--como +ocurre siempre en tales casos--, y el resultado fué que los «blancos» +tuvieron que abandonar el poder y entraron á gobernar los «colorados». + +Volvió Morales á su patria con el orgullo y la aureola de un mártir +político. El grande hombre del partido, que era ahora gobernador de la +provincia, le estrechó la mano, honor que hizo llorar al mestizo. + +--Te conozco, héroe; eres un superviviente de la noche inolvidable. Ya +quedan pocos.... ¿Qué deseas obtener?... + +Morales era de fácil contentamiento. Quería, simplemente, entrar en la +Policía. Llevaba muchos años recibiendo golpes de los enemigos, y +deseaba, á su vez, darse el gusto de devolverlos. + +Sus antiguos amigos lo encontraban en las calles de la ciudad con +zapatos--¡un tormento!--, levitilla azul de botones dorados, y un casco +inglés, blanco. La espada ya no la llevaba bajo el brazo ni oculta en el +pantalón. Le pendía de la cintura, como á los militares, como á todos +los que representan el orden y pueden pegar. + +Su carrera fué rápida, y al término de ella le salió al encuentro la +gloria. No hubo en todo el país un policía más valiente. ¿Qué puede +temer un hombre que lleva en el pecho un talismán de plumas de +caburé?... Cuando había algo difícil y peligroso que hacer, sus jefes +daban siempre la misma orden: + +--¡Que llamen á Morales! + +En vano los rebeldes á la autoridad sacaban sus pistolas en tabernas y +bailes. Antes de que disparasen, el mestizo se las arrebataba de un +manotazo. Algunas veces conseguían hacer fuego; pero las balas se +limitaban á agujerear su casco ó ciertas superfluidades del uniforme, +sin tocar nunca su carne. Y él salía de estas pruebas sonriente y +tranquilo, como de cosas ordinarias y bien sabidas de antemano. + +En cambio, la certeza de ser invulnerable le proporcionaba un gran +empuje para la acción. No teniendo que preocuparse de la defensa, +concentraba todas sus potencias en el ataque, y no había mano más pronta +y ágil que la suya. Si alguien se negaba á obedecerle, veía +inmediatamente desdoblarse al mestizo, hasta convertirse en una compañía +entera de Morales, todos espada en mano. Recibía un cintarazo por la +izquierda, y al volverse encontraba un segundo Morales que le atizaba +por la derecha. Luego un tercer Morales le tiraba al cráneo por lo alto, +un cuarto lo hacía saltar golpeandole entre las piernas, y así +sucesivamente, hasta que pedía misericordia. + +Los más valientes de la provincia empezaron á hablar de él con temor, +adivinando su secreto. + +--Es inútil hacer nada contra su persona. Debe tener un _payé_. + +Sus jefes le hubieran hecho oficial, pero no sabía leer. Se limitaron á +darle los galones de cabo, y él creyó necesario, para el ornato de su +nueva dignidad, dejarse crecer en forma de bigote los contados pelos de +su rostro cobrizo. + +En los días de gran mercado, las mujeres del campo, que venían á la +capital montadas á estilo de hombre en sus caballejos de largo pelaje, +admiraban al célebre policía. Le llamaban don Morales, poniendo el _don_ +ante el apellido, como es de uso en el país. Todas ellas palidecían al +ver al héroe, pretendiendo atraerlo con las más dulces miradas de sus +ojos oblicuos. + +Una mañana, estando de servicio en el Mercado, don Morales se tropezó +con cierto _gringo_ corpulento, forzudo y rojo, al que había conocido +años antes en el Paraguay. + +--¡Don Macperson!... ¡Qué sorpresa! ¿Cómo le va?... + +Se abrazaron. El policía lo despreciaba, como á todos los extranjeros, +pero al mismo tiempo sentía por él una gran admiración. + +El desprecio era porque ignoraba el _guaraní_ y hablaba mal el español, +signos evidentes de inferioridad mental. Además, como todos los +_gringos_, tenía los pies enormes y calzaba zapatos que parecían navíos, +lo que denuncia un origen ordinario en un país donde los hombres +ostentan el pie pequeño y alto de empeine, lo mismo que una dama. + +Lo admiraba porque era capaz de pasar un día entero con su noche sin +levantarse de la mesa, vaciando botella tras botella. Además, tenía la +elocuencia de un predicador cuando ensalzaba las virtudes curativas del +_whisky_, remedio infalible para todos los disgustos y todas las +enfermedades. + +Morales hasta conocía sus manías. Cuando había bebido más de una copa, +se irritaba si le llamaban inglés. + +--Mi no ser inglés--decía en un español balbuceante--; mi ser escocés. + +Llevaba un sinnúmero de años viviendo en la América del Sur. Había sido +buscador de esmeraldas en Colombia, minero de plata en el Perú y de +estaño en Bolivia, exportador de salitre en Chile, ganadero en +Argentina, vendedor de hierba _mate_ en Paraguay y borracho consecuente +en todas partes. Unas veces se veía patrono, otras modesto empleado; tan +pronto daba dinero á los simples conocidos, como solicitaba un préstamo +para continuar sus viajes. Ahora--según declaró á Morales desde las +primeras palabras--se ocupaba en comprar novillos, como representante de +cierta casa del Uruguay que fabricaba carne líquida para los niños y los +adultos débiles. + +Esta carne líquida le hacía sonreír de lástima. ¡Habiendo _whisky_ en la +tierra!... + +Morales vaciló mirando su propio uniforme. Era una autoridad, y sólo +podía entrar en las tabernas para imponer respeto. Pero luego se +enterneció mirando al _gringo_. ¡Un viejo compañero!... + +--Oiga, don Macperson, ¿si fuésemos á tomar una copa?... + +Entraron en una taberna del Mercado, y el dueño, en atención á Morales, +les puso una mesilla en el fondo del corral. No había _whisky_, pero +sacó una ginebra que arrancó elogios al extranjero. + +--Beba, Don; beba todo lo que quiera--dijo el policía--. Ya sabe que yo +aprecio mucho á los ingleses, y ahora que soy alguien en mi país.... + +--Mi no ser inglés; mi ser escocés. + +Recordó Morales la manía de su amigo. Muy bien; él apreciaba también +mucho á los escoceses. Y después de esto, como si solicitase la +admiración del _gringo_, habló de sus hazañas y del respeto medroso con +que le miraban todos. + +--Lo sé, lo sé--dijo el extranjero. + +Había oído hablar mucho del cabo don Morales, y su asombro era sincero, +aunque algo molesto para el héroe. No podía comprender que este mozo +pequeño, enjuto y enclenque en apariencia inspirase miedo á nadie. Lo +contempló con una curiosidad algo irónica desde la altura de su +corpulencia; le acarició los brazos con sus manazas, sonriendo al +encontrar inmediatamente el hueso bajo los músculos nervudos pero +delgados. + +Un recuerdo surgido repentinamente en su memoria hizo esta sonrisa más +insolente aún. Se vió en un hierbal del Paraguay algunos años antes, +teniendo una disputa con Morales, que era su peón. El mestizo tiraba de +la espada; pero él, de un manotazo, le quitaba la espada, propinándole +después unos cuantos puñetazos de boxeador que le dejaban inánime en el +suelo. + +Por un fenómeno de simpatía mental, Morales evocó al mismo tiempo este +recuerdo, pero añadiéndole una segunda parte. Se vió tendido al +anochecer en los hierbales, esperando al _gringo_, que después de darle +los puñetazos iba á pasar la noche en Asunción. Al tenerle cerca, le +disparaba un pistoletazo. Quedaba mal herido el escocés, guardaba cama +varias semanas, y luego de restablecerse se iba del país, convencido de +que no es prudente tener cuestiones con la gente cobriza. + +Se miraron largamente los dos hombres. + +--¡Famoso Morales!... ¡Encontrármelo hecho un héroe!... + +--¡Este don Macperson! ¿Por qué lo querré tanto?... + +Y se estrecharon las manos por encima del tarro de ginebra, que empezaba +á estar casi vacío. + +Pero ya no se miraban lo mismo que antes. Detrás de sus pupilas +persistía el mal recuerdo del pasado. + +El policía mostraba empeño en que le admirase el otro. Toda la ginebra +descendida á su estómago pareció alborotarse con la sospecha de que el +_gringo_ no creía en su valor y tenía por mentiras las hazañas que +llevaba realizadas. + +De su español aprendido en Buenos Aires, prefería el escocés una palabra +que siempre había irritado á Morales. Cuando le contaban cosas +inverosímiles, levantaba los hombros, diciendo con desprecio: + +--¡_Macanas!... ¡Todo macanas_! + +Adivinó que en el pensamiento del _gringo_ estaba resonando +incesantemente la misma palabra en aquellos momentos. «¿Las valentías +del cabo Morales? ¡_Macanas_! ¡Todo _macanas_!» + +El deseo de verse admirado le hizo ser humilde y revelar su secreto. + +--Vea, don Escocés. Si soy valiente, reconozco que no hay en ello gran +mérito. Aunque quisiera ser cobarde, no podría. Tengo un _payé_ +poderosísimo: llevo en el pecho tres plumas de caburé. Usted es casi del +país; usted sabe lo que es eso. No hay hombre ni fiera que pueda nada +contra mí. + +--¡_Macanas!... ¡Todo macanas_! + +Ya había surgido la terrible palabra. El policía empalideció al verse +desmentido con un tono de desprecio. + +--Pero ¿no le digo que tengo un _payé_?... Mírelo. A usted solo se lo +enseño. + +Y se desabrochó la levitilla y la camisa, mostrando la pequeña bolsa de +cuero sudada y negruzca que pendía sobre su pecho. + +--¡_Macanas!... ¡Macanas_!--repitió el extranjero, apurando el resto de +la botella de barro y empezando otra que acababa de traer el dueño del +cafetín. + +Irritado Morales, habló de su infortunado camarada Jaramillo, del doctor +germánico, del caburé, del caimán «el Abuelo»; contó toda su historia, +sin que el otro cambiase de actitud. + +El mestizo se puso de pie. Podía el _gringo_ dudar de las virtudes de su +madre, si gustaba de ello; por eso no dejarían de ser amigos. En +realidad, él no estaba seguro de quién había sido su padre. Las gentes +del país prescinden con frecuencia del casamiento, por los muchos +papelotes, molestias y gastos que exige. ¿Pero dudar de su talismán?... +¿Tener por falsa su historia?... + +--Oiga, don Inglés. + +El escocés quiso protestar al oir que le llamaban así, paro se quedó con +la boca entreabierta por la sorpresa, dándose cuenta de que este error +era intencionado y representaba un insulto. + +--Oiga, don Inglés. Vamos á hacer una prueba. + +Había sacado de un bolsillo de su pantalón una pistola de dos cañones de +enorme calibre. Él tenía sus armas á la vista y sus armas ocultas. + +Se la ofreció al extranjero; y éste, que también se había puesto de pie +con mal gesto, la tomó sin saber lo que hacía. + +--Yo puedo matarlo á usted, si quiero, y usted, en cambio, no puede +hacerme nada á mí.... Pero no abusaré. Prefiero que se convenza por sus +propios ojos. A ver si así se le ablanda esa cabezota dura de bruto que +tiene.... ¡Tire! + +Se abrió con ambas manos sus ropas, mostrando el pecho desnudo y la +prodigiosa bolsita. Podía el gringo hacer fuego sin cuidado. Se lo decía +él con aire de reto. + +Macperson, á pesar de su embriaguez, reconoció que la proposición era +absurda. Aquel mestizo se había vuelto loco, y en su soberbia confianza +hasta parecía burlarse de él. + +--Tiene usted miedo de tirar, y hace bien. La bala rebotará sobre mi +pecho y puede herirle á usted. Coloqúese de modo que no le alcance. + +El otro, como si no entendiese estas recomendaciones, se había limitado +á poner horizontal la pistola, apuntando al pecho que tenía enfrente. + +--¡Mira que tiro!--dijo al fin con tono de amenaza--. Déjate de +_macanas_, ó tiro. + +Se perdió entre los dos todo respeto. Se miraron como enemigos. + +--¡Tira, _gringo_ del demonio, para que puedas convencerte!... ¡Cuando +te digo que tengo un _payé_!... + +--¡Mira que hago fuego!--volvió á repetir el otro con voz aún más +sombría. + +--¡Tira de una vez, hijo de perra!... Tú no eres escocés.... Tú eres.... + +No pudo seguir. + +--¡Ya que lo quieres!... + +Y el _gringo_ apretó los dos gatillos al mismo tiempo. + +Una nube blanca se extendió ante sus ojos. + +Al disolverse el humo y extinguirse el doble trueno, vió á Morales +tendido á sus pies. Tenía los brazos abiertos, el pecho destrozado y una +sonrisa helada, de soberbia confianza, de fe inconmovible, que iba á ser +el último de sus gestos. + + + + +LAS VÍRGENES LOCAS + + + + +I + + +Eran dos hermanas, Berta y Julieta, huérfanas de un diplomático que +había hecho desarrollarse su niñez en lejanos países del Extremo Oriente +y la América del Sur; dos hermanas libres de toda vigilancia de familia, +jóvenes, de escasa renta y numerosas relaciones, que figuraban en todas +las fiestas de París. Los tés de la tarde que se convierten en bailes +las veían llegar con exacta puntualidad. Una ráfaga alegre parecía +seguir el revoloteo de sus faldas. + +--Ya están aquí las señoritas de Maxeville. + +Y los violines sonaban con más dulzura, las luces adquirían mayor brillo +en el crepúsculo invernal, los hombres entornaban los ojos acariciándose +el bigote, y algunas matronas corrían instintivamente sus sillas atrás, +apartando los ojos como si viesen de pronto, formando montón, todas las +perversiones de la época. + +Ninguna joven osaba imitar los vestidos audaces, los ademanes +excéntricos, las palabras de sentido ambiguo que formaban el encanto +picante y perturbador de las dos hermanas. Todos los atrevimientos +perturbadores del gran mundo encontraban su apoyo. Habían dado los +primeros pasos hacía la gloria bailando el _cake-walk_ en los salones, +hace muchos años, ¡muchos! cinco ó seis cuando menos, en la época remota +que la humanidad gustaba aún de tales vejeces. Después apadrinaron la +«danza del oso», el tango, la machicha y la furlana. + +Su inconsciente regocijo, al ir más allá de los límites permitidos, +escandalizaba á las señoras viejas. Luego, hasta las más adustas +acababan por perdonarlas. «Unas locas estas Maxeville.... ¡Pero tan +buenas!» + +Todos conocían su existencia en un quinto piso, sin otra servidumbre que +una vieja doméstica que hacía oficios de madre, suspirando al recordar +las extinguidas grandezas de Su Excelencia el ministro plenipotenciario. +Todos se daban cuenta de sus esfuerzos sonrientes y dolorosos para +conservar el antiguo rango con una modesta pensión procedente del padre +y una corta renta de la madre; sus habilidades taumatúrgicas para +mostrarse bien vestidas á poco precio; su adopción de modas audaces, +destinadas al fracaso, para ocultar con pretexto de originalidad el +escaso valor de su indumentaria. + +Las gentes murmuradoras denunciaban sus ocultos convenios con modistas y +sombrereras, que les proveían gratis para que propagasen sus +invenciones. Pero aquí se detenía la maledicencia. De sus costumbres, de +su vida en la casa, ni una palabra. Las rancias familias diplomáticas +que habían conocido al ministro jamás tuvieron que amonestarlas por una +imprudencia irreparable. + +El despecho de los hombres era también un certificado de su honestidad. +Corrían hacia ellas, atraídos por su exterior desenvuelto. Se +atropellaban unos á otros, como en una empresa fácil donde todo el éxito +estriba en llegar antes que los demás. Risas provocativas, ojeadas +misteriosas, palabras que parecían de esperanza.... Y poco después, uno +por uno, los conquistadores desandaban el camino, cabizbajos y +encolerizados, como un perro que se imagina encontrar un hueso y rompe +sus colmillos en una piedra. + +--Unas astutas las pequeñas Maxeville; unas malignas, que, faltas de +dote, buscan un marido á su modo. + +Los mismos que decían esto habían acabado por designarlas con un mote. +Las señoritas de Maxeville fueron en adelante «las vírgenes locas». + +Todo resultaba exacto en este apodo, el defecto y la cualidad. Nadie +ponía en duda su locura, ni lo otro. Eran como los directores de ciertos +Bancos, que charlan en el ventanillo de la caja, sonríen, remueven las +llaves, infunden esperanzas, pero no hacen el más pequeño préstamo á +crédito, ni el más leve anticipo sobre promesas lejanas. + +Las vírgenes locas iban á triunfar finalmente en su desesperada batalla +con los hombres. La mayor, Berta, había conquistado la voluntad de un +ingeniero ruso, que se mostraba dispuesto á hacerla su esposa. La menor +casi había conseguido lo mismo con un oficial joven; sólo le quedaba por +vencer la resistencia de una madre orgullosa y tradicionalista, que +vivía en provincias.... + +En esto, un trompetazo desgarrador, insolente, brutal, cortó el ambiente +de músicas sensuales y danzas voluptuosas con que se adormecían los +humanos. Y la gente feliz corrió de un lado á otro, en pavoroso +revoltijo, como los pasajeros de un trasatlántico que bailan en los +dorados salones, vestidos de etiqueta, y de pronto escuchan, la voz de +alarma de un tripulante: «¡Fuego en las bodegas!» + + + + +II + + +El segundo día de la movilización, la gente agolpada en las +inmediaciones de la estación del Este las vió llegar vestidas de negro, +con un traje sobrio y casi monacal, un pequeño sombrero semejante á una +gorra, un bolsito de mano y un paquete con lo más indispensable para la +vida: dos camisas, dos pares de medias. + +Las vírgenes locas se iban sin ruido, sin frases heroicas, sin dos +líneas en los periódicos. Sus relaciones mundanas las habían aprovechado +para conseguir rápidamente sus deseos. Marchaban á Verdún, á la +frontera, al lugar del peligro, donde todos esperaban que ocurriese el +primer choque. Llevaban una carta para los directores del servicio +sanitario. Parecían más altas, más robustas, de paso más firme. Su +belleza de parisienses á la moda había desaparecido. Eran mujeres +iguales á las que lloraban ó gritaban de entusiasmo al otro lado de la +verja; sin colorete, sin artificios, con el pelo libre de postizos, con +las mejillas limpias y los ojos agrandados por una emoción que había +venido á sustituir los antiguos retoques del lápiz negro: ojos serenos +que miraban al porvenir heroicamente, adivinando la proximidad de la +desgracia. + +Y se perdieron entre la multitud de hombres uniformados, caballos y +cañones. Y su recuerdo se perdió igualmente en la memoria de todos los +que una semana antes comentaban sus palabras y gestos. La gente +necesitaba pensar en su propia suerte; el peligro no dejaba tiempo para +mirar el exterior. ¡Pobres vírgenes locas! ¡Infelices muñecas de París +arrebatadas por la tempestad cuando daban vueltas y sonreían con sus +bocas pintadas, á los sones de una cajita de música!... + +De tarde en tarde, las damas reunidas para hacer tejidos de lana +destinados al ejército evocaban su nombre al pasar revista á los muertos +y los ausentes. «¿Las pequeñas Maxeville?...» Realizaban proezas á su +modo en los hospitales del frente de guerra. Donde ellas estaban, los +hombres se morían sonriendo. En algunas ocasiones habían llegado hasta +los mismos lugares de combate, oyendo el silbido de los proyectiles. El +nombre de la mayor aparecía citado en una orden del día. + +Y siempre el mismo comentario final: «Eran buenas. Algo locas, pero de +hermoso corazón.» + +Transcurrió un año de guerra. Un día circuló la noticia de que Berta +había muerto, víctima de su abnegación. Poco después ya no la nombraron. +¡Eran tan frecuentes los heroísmos! ¡Desaparecían diariamente tantos +nombres conocidos!... + + + + +III + + +Detrás de la línea de combate, en un hospital instalado en un castillo +ruinoso, encontré meses después á la última virgen loca. + +No la hubiese reconocido. Pasó por una avenida del parque, casi +saltando, con la toca revoloteante y moviendo bajo la blanca falda el +ágil compás de sus piernas enjutas. Llevaba en las manos pálidas y +transparentes un paquete de ropas. Su nariz y sus orejas brillaban con +una claridad de vidrio sonrosado bajo la luz del sol. Parecía un cuerpo +diáfano, con la transparencia malsana de la miseria física. Toda la vida +se concentraba en sus ojos. + +Un médico militar que venía conmigo me confirmó su identidad. + +--Es la señorita de Maxeville: una joven del gran mundo antes de la +guerra. + +El doctor sólo la conocía algunos meses. Había presenciado la muerte de +la otra, una muerte horrible, cuyo recuerdo le estremecía aún. Se había +contaminado al curar las heridas de un moribundo perdido durante tres +días en el fondo de un embudo de tierra abierto por el estallido de un +proyectil enorme. Su agonía duró cuarenta y ocho horas, ennegreciéndose +lentamente con la expansión de la sangre envenenada, aullando entre +nerviosos estertores, doblándose como un arco sobre la cabeza y los +pies, que se clavaban en el lecho. Y la otra hermana se había negado á +separarse de ella, abrazando el cuerpo convulsivo, besando sus ojos que +no veían, su boca que sólo sabía rugir. + +--¡Berta, corazón mío! ¡No te mueras!... ¡No te mueras! + +Toda la vida juntas; toda la vida unidas por la orfandad necesitada de +defensa, por la alegría que colorea la pobreza, por el deseo de crearse +una posición antes de que terminase su juventud, ¡y verla morir ante sus +ojos, entre tormentos desgarradores, sin poder salvarla, sin encontrar +el medio de hacer plácidos y dulces sus últimos instantes!... + +--¡Pobre muchacha!--prosiguió el médico--. Ha visto perecer como un +animal rabioso á la que era toda su familia. Poco después se enteró de +la muerte de cierto oficial que deseaba ser su marido. Todos en el +castillo admiran su energía. + +»No sé cuándo come, no sé cuándo duerme. Se la ve en todas partes, y á +pesar de esto, los heridos lamentan su ausencia. «Que venga la señorita +Julieta....» Es el médico moral de esta casa. En muchos casos vale más +que nosotros. Ella y su pobre hermana han realizado estupendas +curaciones. + +Las vi con la imaginación--mientras escuchaba al doctor--yendo de sala +en sala como apariciones de salud que esparcían en torno la dulce +alegría de vivir. Con los oficiales se mostraban algo recelosas. Eran +hombres de su mundo, y tal vez por esto los juzgaban temibles, no +pasando en su intimidad más allá de una solicitud natural y grave. Al +entrar en las piezas ocupadas por el populacho doloroso, se +transfiguraban, animando con su regocijo el ambiente cargado de +lamentos, de perfume de drogas y hedor de carnes rotas. + +El recuerdo de madres y novias adquiría mayor relieve al ser evocado por +sus labios. Describían los paisajes risueños del suelo natal á los +enfermos ilusionados que poco después habían de morir; cantaban á media +voz las canciones del terruño; encontraban con su instinto de mujeres de +salón las conversaciones que más podían agradar á cada uno. La mayor +había pasado una semana hablando de Ulises y la _Odisea_ con un +licenciado en letras que agonizaba lentamente, pensando en su tesis de +doctor que jamás llegaría á leer en la Sorbona. Mientras tanto, Julieta +escribía cartas. El rudo marinero del Finisterre, el campesino de los +departamentos centrales, el obrero burlón de la ciudad, el marroquí +sombrío, el negro pueril, veían abrirse ante su pensamiento bellezas +desconocidas, paisajes no sospechados. La señorita blanca era la +poesía, la delicada sensualidad de vivir que llegaba hasta ellos. + +--¡Besa!--ordenaba Julieta presentando ante sus labios descoloridos una +flor que acababa de arrancar del parque--. Un enamorado _chic_ debe +enviar estos recuerdos. + +É introducía la flor en la carta escrita por ella, monumento de +admiración para el firmante, orgulloso y conmovido de suscribir tales +ternezas. Una hora antes de amanecer--la hora fatal en los hospitales--, +cuando el día apunta y el moribundo se extingue, los estertores de +agonía murmuraban siempre el mismo deseo: «_Mademoiselle_.... Una +cualquiera de las dos señoritas.» + +Y ellas, que acababan de adormecerse en el silencio de plomo que precede +á la llegada de la luz, acudían corriendo para presenciar una agonía +más, para animar la mano yerta con el contacto de su mano, para +disimular los pasos de la muerte con sus palabras que sonaban lo mismo +que monedas de oro, con sus risas que parecían vibraciones de fino +cristal. + + + + +IV + + +--Y esta pobre--continuó el médico--prosigue la santa obra de la +alegría. Cuando se ve sola, piensa en la otra, piensa en el oficial +muerto, y huye en busca de los agonizantes, como si el dolor ajeno fuese +su refugio. La sala de los incurables, de los que están condenados á +morir, es su lugar preferido. Y canta, cuando minutos antes suspiraba á +solas; ríe, con los ojos cargados aún de lágrimas. + +»Nosotros fingimos no ver lo que hace. ¿De qué sirven los reglamentos +ante la muerte?... Lo que importa es que proporcione un poco de alegría +al que se va. Cada uno hace el bien como puede. Anoche la sorprendí +empleando su método en la sala de los desesperados. Tenemos un tirador +marroquí con las piernas y el vientre deshechos. Va á morir de un +momento á otro; tal vez ha terminado á estas horas. Tenemos un alemán +que está en la cama inmediata. Los colocaron así inadvertidamente; ahora +es tarde para moverlos. + +»Los hombres de Europa olvidan sus rencores al verse en los límites de +la vida. Este africano es de cólera larga. Cuando cree que no le ven, +enseña el puño al enemigo inmediato, que le mira con unos ojos redondos +y asombrados, lo mismo que si estuviesen aún en el campo de combate. La +señorita de Maxeville corre hacia él, fingiéndose irritada. + +»--¿Qué es eso, Alí?... Quieto, ó me enfado contigo. + +»--No te enfades, señorita--murmura el moro--. Lo respetaré, ya que lo +pides. Pero esta noche, cuando te marches, iré á su cama y le cortaré la +cabeza. + +»Y no puede moverse. Anoche rugía de dolor, alterando con sus gritos el +silencio del dormitorio, quitando el sueño á los otros heridos, pugnando +por levantarse para ir en busca del adversario y saciar en él su furia. + +La señorita de Maxeville es la única que sabe calmar á estos hombres. Yo +vi, á la tenue luz del dormitorio, cómo empezó á bailar, con un plato en +la mano. Este plato le servía de pandereta. Movía las caderas, retorcía +el busto, acompañaba con balanceos su monótona canturía oriental, +sonreía lo mismo que una mujer de aduar que baila ante la tribu la +«danza del vientre». + +Los heridos soñolientos sacaban sus cabezas sobre los embozos, pugnando +por moverse; las bocas negruzcas se animaban con una sonrisa pálida; +las miradas ardorosas seguían con avidez el cuerpo de la danzarina, que +iba trazando en los muros una procesión de siluetas. + +El marroquí se había incorporado, como un chacal que desea saltar y +tiene las patas rotas. Su admiración se escapaba en roncos barboteos. + +--¡Oh, sonrisa del anochecer!... ¡Alegría de la sombra!... ¡Señorita +blanca! + + + + +LA VIEJA DEL CINEMA + + + + +I + + +El comisario de Policía miró duramente á la mujer de pelo blanco que se +había sentado ante su escritorio sin que él la invitase. Luego bajó la +cabeza para leer el papel que le presentaba un agente puesto de pie al +lado de su sillón. + +--Escándalo en un cinema--dijo, al mismo tiempo que leía--; insultos á +la autoridad; atentado de hecho contra un agente.... ¿Qué tiene usted +que alegar? + +La vieja, que había permanecido hasta entonces mirando fijamente al +comisario y á su subordinado tal vez sin verlos, hizo un movimiento de +sorpresa, lo mismo que si despertase. + +--Yo, señor comisario, vendo hortalizas por las mañanas en la _rue +Lepic_. No soy de tienda; llevo mis verduras en un carrito. Todos los +del barrio me conocen. Hace cuarenta años que tengo allí mi puesto +ambulante, y.... + +El funcionario quiso interrumpirla, pero ella se enojó. + +--¡Si el señor comisario no me deja hablar!... Cada uno se expresa como +puede y contesta como su inteligencia se lo permite. + +El comisario se reclinó en un brazo del sillón, y poniendo los ojos en +alto empezó á juguetear con el cortapapeles. Estaba acostumbrado á los +delincuentes verbosos que no acaban de hablar nunca. ¡Paciencia!... + +--En 1870, cuando la otra guerra--continuó la vieja--, tenía yo +veintidós años. Mi marido fué guardia nacional durante el sitio de París +y yo cantinera de su batallón. En una de las salidas contra los +prusianos hirieron á mi hombre, y le salvé la vida. Luego tuve que +trabajar mucho para mantener á un marido inválido y á una hija única.... +Mi marido murió; mi hija murió también, dejándome dos nietos. + +Hizo una pausa para darse cuenta de si la escuchaban. No lo supo con +certeza. El agente permanecía rígido y silencioso, como un buen soldado, +junto al comisario. Éste silbaba ligeramente, moviendo el cuchillo de +madera y mirando al techo. + +--Mi nieta--continuó la vieja, sin inmutarse por esta falta de +atención--se llama Julieta, baila en los teatros, y es célebre. El señor +comisario debe haber visto su retrato muchas veces en los periódicos y +en los carteles de las esquinas. Sólo la encuentro de tarde en tarde. +Una mañana, cuando iba yo empujando mi carretilla, casi me atropelló su +automóvil. Esto la hizo llorar, asegurando que era por culpa mía, porque +yo no quiero vivir con ella y me empeño en seguir vendiendo verduras, lo +mismo que cuando Julieta y su hermano eran pequeños.... Cada uno es como +es. A mí, aunque soy pobre, no me gusta la manera de vivir de las +artistas. ¿Digo mal, señor comisario?... + +El comisario había cesado de silbar y miraba á la verdulera con cierto +interés. Debía conocer á su nieta, la célebre bailarina. Iba á hacerle +alguna pregunta sobre ella, cuando la vieja siguió hablando. + +--Mi preferido fué siempre Alberto, un obrero aficionado á los libros. +Yo, aunque deseo vivir independiente, iba todos los días á su casa, +ayudaba á su mujer, jugaba con su hijo. ¡Un biznieto! Imagínese qué +alegría, señor comisario. No todos llegan á ser bisabuelos. + +Se detuvo un instante, como embelesada por dulces recuerdos. + +--¡Los días felices de la paz!--añadió--. Un domingo fuimos de campo; +comimos junto al Sena para celebrar el ascenso de Alberto á primer +contramaestre de su fábrica.... Dos semanas después estalló la guerra. + +El comisario hizo un gesto, que la vieja creyó de cansancio. + +--Sí; ya sé que llevamos cuatro años de guerra y á todos aburre hablar +de estas cosas. No insistiré, señor comisario. Me han dicho que hasta en +los teatros y en los periódicos están cansados de la guerra y sus +aventuras. ¡Además, mi historia es la de tantas y tantas mujeres!... +Alberto fué á incorporarse á su regimiento en los primeros días de la +movilización. No lo vi hasta un año después, que volvió del frente +vestido de soldado. Luego vino otra vez. Yo había acabado por +acostumbrarme á esta situación. Me imaginaba que sólo los otros hombres +podían morir, ¡pero mi Alberto!... Un día recibí un papel, que nos hizo +llorar á mí y á su mujer. Después nos visitó un compañero de mi nieto +para traernos varios objetos suyos. + +La voz de la vieja se enronqueció. + +--Y ya no lo vi más, señor comisario.... Ellos me lo mataron. + +Pero acordándose de su promesa, hizo un esfuerzo para serenarse y no +hablar de la guerra. + +--La viuda de Alberto trabaja ahora en una fábrica de municiones al +otro lado de París, y yo sólo de tarde en tarde puedo ver á mi biznieto. +Hay que ganarse la vida.... Además, ¿por qué no decirlo? desde que murió +Alberto gusto de entrar en la taberna más que antes. Cada uno mata su +pena como puede. Estoy en los setenta, y á esa edad, cuando hay que +levantarse antes del alba para ir á los Mercados centrales á comprar el +género, un vasito de vez en cuando es la mejor de las medicinas. ¿No lo +cree usted así, señor comisario?... + +El silencio del aludido quiso demostrar á la vieja lo inoportuna que era +su pregunta. Pero ella continuó, con cierta precipitación que revelaba +la proximidad de la parte más interesante de su relato. + +--Hoy, al anochecer, estuve en la taberna con el tío Crainqueville. El +señor comisario debe conocerlo. Sus desgracias andan escritas en libros +y comedias. + +Este nombre pareció despertar un vago recuerdo en la memoria del +funcionario. La afirmación de que con sus aventuras se habían escrito +libros le hizo interesarse en una rebusca mental. Luego levantó los +hombros é hizo un gesto de incredulidad. + +--Su historia--continuó la vieja--la ha escrito un señor Anatole, que +trabaja al otro lado del Sena, en un taller de sabios. Es un palacio con +una cúpula, donde dan recetas para que la gente rica pueda hablar bien. + +El comisario se incorporó en su sillón, impulsado por la sorpresa. Aquel +taller de sabios á la orilla del Sena era sin duda la Academia Francesa; +la casa de la cúpula, el Instituto; y el tal Anatole no podía ser otro +que Anatole France. + +--¿Pero existe el tío Crainqueville?--preguntó con incredulidad. + +--Treinta años lo conozco, señor. Vendemos en diferentes barrios, pero +nos vemos todas las madrugadas al hacer nuestras compras, y por la noche +volvemos á encontrarnos en la misma taberna. ¡Un infeliz! Ahora sus +asuntos andan mal; trabaja poco; sabe demasiado. Su protector le enseñó +muchas cosas; él me las dice, y yo paso las horas muertas en la taberna +escuchándole. + +Hizo una pausa antes de reanudar su relato donde lo había abandonado. + +--Digo que nos encontramos al anochecer en la taberna. Luego, como á las +nueve, salimos, y sin saber por qué, me detuve en la puerta de un +cinema, sintiendo deseos de entrar. Me atrajo un cartel con una +alsaciana muy hermosa defendiéndose de un alemán feroz. Yo adoro esta +clase de historias. Soy muy patriota. Tal vez es porque he visto dos +guerras.... Pero no hablemos de la guerra. El tío Crainqueville se negó +á entrar, y eso que yo pagaba. No sé en realidad qué es lo que le gusta. +Todo le hace sonreír con aire de lástima. Entré sola, y debí entrar con +mal pie. ¿No ha notado el señor comisario cómo algunas veces todo nos +sale torcido, y cuando queremos agradar ofendemos á las gentes, lo mismo +que si un demonio nos guiase?... + +El comisario no se dignó contestar. + +--Me disgusté con la señora que vende en la taquilla por si una moneda +era buena ó falsa; discutí también con el que recoge las entradas porque +acudió en su defensa.... Dentro, en la sala, la misma mala suerte. Mis +vecinos de fila se quejaron, diciendo que había entrado con demasiada +violencia. Mala voluntad de su parte, pues á mí no me gusta molestar á +nadie. Una remilgada, cerca de mí, se atrevió á decir que yo olía á +vino. Otro insolente aludió á mis anchuras, dudando de que cupiesen en +el asiento. Les contesté como sé hacerlo y el público protestó á gritos, +asegurando que perturbaba el espectáculo. Si me callé al fin, fué +porque había empezado la historia de la alsaciana y su perseguidor. Una +historia interesante. Yo se la contaría á usted, señor comisario, pero +temo molestarle. Además, no sé cómo termina; no me dejaron ver el final. + +El comisario había vuelto á mirar al techo y á silbar por lo bajo para +distraer su impaciencia. + +--Un señor que estaba detrás de mí y parecía muy entendido en esto del +cinema, daba en voz baja sus opiniones á los vecinos.... De pronto, la +alsaciana se iba al frente, huyendo de su perseguidor, y empezaban á +verse las trincheras con muchos soldados, las cocinas, los cañones. El +señor entendido decía que estas vistas no pertenecían en realidad á la +historia; que eran, ¿cómo diré yo? lo mismo que retales que le habían +puesto al _film_. ¿Me explico bien, señor comisario? Cosas viejas de la +guerra que habían aprovechado; algo así como los remiendos que se echan +á la ropa para que parezca mejor.... Pero yo no entiendo de esto, y las +vistas me han parecido magníficas. + +»De pronto salió en el telón el interior de una trinchera, con muchos +soldados descansando. Uno de ellos escribía una carta sobre sus +rodillas, puesto de espaldas al público. Poco á poco volvió la cabeza y +sonrió á las gentes. Yo dudé, creyendo que veía mal. Luego debí gritar. +¡Era mi nieto!... + +»Me levanté para verle mejor; quise ir hacia mi Alberto. Tal vez pasé +entre la gente con demasiada violencia. El público debió creer que era +alguna farsa mía y acudieron los empleados, y muchos espectadores me +cerraron el paso. Intenté hablar y no me dejaron. No quisieron oir mis +explicaciones; me creían borracha. Acabé por batirme á puñetazos con los +que me empujaban hacia la puerta. Llamaron al mismo agente que está +ahora aquí. Dicen que lo insulté, que le mordí en una mano. Ignoro cómo +pude hacerlo. Estaba tal vez loca en aquel instante. Es verdad que este +señor me llevó á empujones, sin querer oirme; que no me permitió seguir +viendo á mi Alberto.... + +Hizo una larga pausa. Sus ojos empezaron á humedecerse. + +--Y así es--terminó la vieja--como he vuelto á encontrar á mi nieto.... +Pido perdón al señor comisario.... Pido perdón al señor agente. + +Bajó la cabeza, juntó las manos y miró al suelo, refugiándose +voluntariamente en el silencio, confiándose á la suerte, sin insistir +más en su defensa, mientras sus lágrimas empezaban á correr mejillas +abajo. + +El comisario no dijo nada. Miró al agente que tenía á su lado, un +veterano con la Cruz de Guerra sobre el pecho del uniforme y varios +galones en una manga indicadores de sus campañas. Él también miró á su +superior. Había permanecido impasible hasta entonces, pero varias veces +se mordió el recio bigote. + +Los dos hombres parecieron entenderse con la mirada. El comisario +devolvió al agente el parte redactado por él media hora antes en la sala +de espera de la Comisaría dando cuenta del escándalo ocurrido en el +cinema. + +El veterano, sin decir una palabra, rasgó el papel en menudos pedazos. + +--Buena mujer, puede usted marcharse. + +La voz del comisario sacó á la vieja de su abstracción. ¿Era cierto que +la dejaban irse?... ¡Qué señores tan buenos! + +--¿Y podré volver al cinema?--añadió con ansiedad--. ¿Me dejarán ver +todas las noches á mi pequeño? + +Los dos hombres rieron de su simpleza, contestando con un gesto +afirmativo. + +Salió de la Comisaría lentamente. No convenía que la viesen huir como el +que tiene la conciencia sucia. + +Pero al llegar á la calle, se convenció de que nadie la espiaba, y +recogiéndose las faldas, echó á correr con una ligereza juvenil. Su +arrugado rostro se dilató, jadeando de fatiga; sus cabellos blancos se +escaparon en desorden de la pañoleta de punto con que abrigaba su +cabeza. + +Cuando llegó al cinematógrafo, salían de él los últimos grupos de +espectadores. Los empleados apagaban las luces y retiraban los carteles. +La vieja vió luego cómo cerraban las puertas. + +Se mantuvo inmóvil, con un codo apoyado en la pared y la frente en una +mano. Lloraba con una angustia infantil. + +--¡Esperar hasta mañana!--murmuró--. ¡No ver á mi pequeño en tantas +horas!... + + + + +II + + +A la noche siguiente la vieja se presentó en el cinema con un aire de +humildad. Se encorvaba para pasar inadvertida. Se aproximó al despacho +de billetes, volviendo el rostro para que no la reconociese la empleada. + +Pero el hombre encargado de guardar la puerta corrió hacia ella: + +--¡Ah, no! ¿Viene usted á mover escándalo otra vez?... Para usted no hay +entrada. + +--Déjeme pasar, buen señor. Le juro que seré muy juiciosa. + +Hablaba con una dulzura infantil, y el empleado acabó por reir, lo mismo +que la mujer de la taquilla. + +La vieja los saludó á los dos con agradecimiento al ver que la dejaban +pasar. Luego saludó también á un policía inmóvil en el pasillo de +entrada, como si fuese un antiguo amigo. No le parecía el mismo de la +noche anterior...pero ¡por si acaso era!... + +Dentro de la sala procedió con modestia y afabilidad. Saludó á todos los +espectadores que encontraba al paso con una cortesía extremada, sin +obtener contestación. Algunos se limitaron á mirarla extrañados. + +«Es una loca», parecían decir con sus ojos. + +Se encogió en su asiento y procuró ocupar el menor espacio, por miedo á +molestar á sus vecinos. Al principio volvió repetidas veces la cabeza +para ver si la observaban los empleados del cinema y recibir su +aprobación. Pero el espectáculo la hizo olvidarse pronto de la realidad. +El alemán perseguía ya á la alsaciana, desarrollándose sobre el lienzo +blanco las complicadas aventuras de la novela cinematográfica. Luego +aparecían las trincheras y el soldado que escribía la carta puesto de +espaldas, y al volver la cabeza hacia el público, mostraba su rostro. + +--¡Alberto!... ¡Alberto!... + +La vieja tuvo que hacer un esfuerzo enorme para contenerse. Le subía +este grito á la garganta con estertores dolorosos. Pero tembló ante la +idea de escandalizar á los espectadores, como en la noche anterior. Le +arrojarían del local para siempre; no podría ver más á su soldado. + +El miedo la hizo contenerse, y su emoción ruidosa se deshizo en +lágrimas. Para desahogar su pecho, hablaba en voz muy queda, una voz +que sonaba hacia dentro del cuerpo, mientras sus ojos lacrimosos seguían +contemplando con devoción todo lo que pasaba por el lienzo. + +--¡Alberto!... ¡Pequeño mío!... Soy yo, tu abuela; ¿no me conoces?... +Vendré á verte todas las noches.... ¡todas las noches! + +En la representación siguiente lloró menos. A la salida, habló con el +hombre de la puerta con cierta familiaridad, como si ella también fuese +de la casa. + +--¿Ha visto usted qué bien «trabaja» mi nieto?... + +Y el empleado, que había oído ya varias veces su historia sin prestarle +mucha atención, se llevó un dedo á la frente mirando á la mujer de la +taquilla. + +Los dos se entendieron con una sonrisa que decía lo mismo: «Está loca, +verdaderamente loca.» + +La vieja apenas pudo dormir aquella noche. Sentía intranquila su +conciencia. Era una egoísta que guardaba para ella toda la felicidad de +su descubrimiento. Alberto tenía en el mundo de los vivos alguien más +que su abuela. + +A la mañana siguiente vendió apresuradamente las verduras, sin cuidarse +de la ganancia, y guardó su carretoncillo mucho antes que los +compañeros. El Metro la puso en las afueras de París. Se vió en un +paisaje grisáceo, yermo, con fábricas humeantes y casas de ladrillo, +tristes como prisiones, en las que vivían los obreros. + +Habló con la portera de una de estas viviendas. Su biznieto estaba en la +escuela y la mujer de Alberto trabajaba en la fábrica. + +Fué luego á la tal fábrica, y el conserje, un inválido, le cerró el +paso. Prohibida la entrada; ningún curioso podía introducirse en los +talleres, porque en ellos se torneaban obuses. + +Pero la vieja, pegada tenazmente al arco de la puerta, pudo ver de lejos +á varias mujeres que pasaban y repasaban por los patios, en las +evoluciones de su trabajo, todas ellas con pantalones anchos, lo mismo +que si fuesen ciclistas. Casi rió de sorpresa al darse cuenta de que una +especie de muchacho pequeño y delgado, con amplios calzones azules, +abandonaba la carretilla que iba empujando, llena de virutas de acero, +para saludarla desde lejos. Era la mujer de Alberto. + +Cuando sonó la campana de mediodía y las trabajadoras salieron para +almorzar, la vieja pudo verla de cerca. Tenía una palidez cenicienta y +sus ojos eran más grandes que nunca, rodeados de aureolas azuladas y +dolorosas. + +Rompió á llorar al enterarse de que su marido aparecía todas las noches +en un cinema, después de haber muerto hacía un año. + +--¿Cómo puede ser eso?... + +Su asombro era tan grande, que cortaba su llanto. Hacía esfuerzos +inútiles para entender á la vieja, la cual iba repitiendo las +explicaciones que había escuchado, aunque sin comprenderlas mejor que la +otra. + +--Lo cierto es que Alberto trabaja en el cinema. Ven con el niño; os +espero esta noche. + +Hizo su invitación con aire de mando. A las ocho la encontrarían en la +puerta del cinematógrafo, situado casi en el extremo opuesto de la gran +ciudad. Después se separaron, pues los pobres no tienen tiempo que +perder. + +La vieja los vió llegar puntualmente. Llevaba la viuda un vestidito +negro adquirido en un bazar; el niño iba con su mejor ropa y peinado +como un paje. + +Al ver que la obrera intentaba ir hacia la taquilla, la vieja se opuso. + +--¿Qué es eso?... Aquí pago yo. Me aprecian mucho; soy como de la casa. + +Y para demostrar su confianza bromeó con la vendedora de billetes. Luego +estrechó una mano del hombre que guardaba la puerta--su antiguo +enemigo--, dándole un cigarro barato que había comprado momentos antes. + +--Los pequeños regalos mantienen las amistades. Tome usted, señor. + +Dentro de la sala saludó á la acomodadora como si fuese una antigua +conocida. + +--Son la mujer y el hijo de mi nieto, el que trabaja en la obra--dijo, +dándola al mismo tiempo unas cuantas piezas de cobre. + +Y se sentó con orgullo en las sillas designadas por la empleada, +juzgándolas mejores que las otras. + +Pero la satisfacción de mostrar á sus acompañantes la inmensa influencia +de que gozaba en este lugar público duró muy poco. Al aparecer Alberto, +temió que gritase también aquella mujercita vestida de luto que tenía á +su lado. Pero era silenciosa en su dolor. Contempló la visión con unas +pupilas agrandadas é inquietantes, que hacían recordar los ojos de los +aficionados á la morfina. Cerraba los labios con fuerza, y por ambos +lados de su boca corrían dos hilos de lágrimas. + +El enlutado pajecillo miraba con la inconsciencia de una edad en que se +oye hablar de la muerte sin saber lo que es. Aquel soldado lo conocía +él: era su padre; lo había visto llegar á su casa vestido así. ¿Por qué +no volvía?... + +--¡Papá...papá!...--murmuró, tendiendo sus manecitas hacia la visión. + +Y la madre y la bisabuela, sin dejar de llorar, le empujaron dulcemente +en la obscuridad para que permaneciese quieto. + +A la salida, antes de despedirse junto á la puerta del cinema, la vieja +tomó su aire imperativo: + +--Mañana aquí, á la misma hora. Yo pago. + +La viuda pareció extrañarse de tal invitación. + +--Vivo al otro lado de París; un verdadero viaje. Me he de levantar +temprano para el trabajo; debo ocuparme del niño antes de enviarlo á la +escuela. ¡Imposible!... Además, ¿para qué volver? Alberto no resucitará, +y este espectáculo me mata. + +La vieja la siguió con los ojos mientras se alejaba con su niño +titubeante de sueño. Siempre había creído á esta mujercita de poco +corazón. + +--¡Ay! La única que se acuerda verdaderamente de Alberto soy yo. + +Anduvo triste y malhumorada todo el día siguiente. Al anochecer se +encontró en la taberna con el tío Crainqueville. Aunque el verdulero +filósofo hablaba poco y pasaba entre las personas y las cosas sin +preocuparse de ellas, pareció interesarse por los actos de su vieja +camarada. La había observado silenciosamente. Desde hacía unos días era +otra mujer. Gastaba mucho dinero; convidaba á todo el mundo; llegaba +tarde á los Mercados, comprando lo más caro y lo peor, para vender luego +al público con mayor baratura que los demás. + +--Te vas á arruinar, estás gastando tu capital. + +Pero no obstante sus consejos, siguió bebiendo todos los vasos que quiso +ofrecerle la vieja. + +A las ocho, ésta se mostró impaciente. + +--Adiós, Crainqueville. Te dejo, si no quieres acompañarme. Me espera mi +nieto; ya sabes que trabaja en el cinema. + +--¡Pero si á tu nieto lo mataron!... + +--Es verdad que lo mataron; pero trabaja en el cinema. + +El filósofo se limitó á encogerse de hombros. Sabía por su maestro y +protector que no hay que asombrarse de nada en este mundo. + +Hasta los actos más ordinarios y comunes resultan incoherentes cuando se +les estudia de cerca. Era inútil, pues, exigir lógica en los sucesos +extraordinarios de nuestra vida. + + + + +III + + +La vieja, después de apoyar un dedo en el timbre de la verja, examinó su +vestido de seda negra. Databa de los tiempos de su pobre hija. Ella +misma lo había cortado é hilvanado; pero de la primera hechura quedaba +muy poco, después de los retoques que se habían sucedido durante su +larga existencia. + +Reconoció que no estaba del todo mal. Algo pasado de moda; pero el +género bueno siempre es apreciado por las personas inteligentes, y ahora +ya no se fabrican sedas como las de antes. La cabeza la llevaba desnuda. +Sentíase orgullosa de su pelo blanco, duro y abundante. + +Admiró al otro lado de la verja el pequeño hotel rodeado de árboles. ¡Lo +que una mujer puede ganar con sus pies!... Pero la proximidad de una +jovenzuela con delantal y gorro blancos no le permitió continuar su +examen. Esta doméstica elegante avanzaba atraída por el llamamiento del +timbre. A la vieja le fué antipática por sus ademanes varoniles, por la +mirada altiva con que la midió de pies á cabeza y por su voz áspera. + +--Buena mujer, si es para pedir un socorro á la señora, venga otro día. +La señora no está. + +Balbuceó la vieja de indignación. + +¡El puñetazo que se llevaría la tal, de no existir la verja entre las +dos!... Empezaba á dirigir terribles alusiones al pecho plano de la +doncella, á sus angulosidades de muchacho, subiendo rápidamente el +diapasón de sus ofensas, cuando sintió que la cogían de los hombros. + +Al volver la cabeza, vió junto á la acera un automóvil que acababa de +detenerse. Una señora elegante salida de él la sonreía, intentando +abrazarla. + +--¡Abuelita!... ¡abuelita! + +Lo primero en que se fijó la vieja fué que la bailarina célebre iba +vestida de luto: un luto vistoso y sobradamente llamativo, pero luto al +fin, que sólo podía ser por su hermano Alberto. + +Se sintió empujada cariñosamente al otro lado de la verja que acababa de +abrir la doncella. Quiso anonadar con una mirada y un bufido á la +insolente; pero ésta había bajado los ojos, no pudiendo resistirse á su +confusión. + +¡La que había tomado por una mendiga era la abuela de la señorita!... + +Al mismo tiempo lamentaba en su interior las injusticias de la suerte. +Ella había hecho estudios de bachillerato; tenía arriba en su habitación +un cuaderno lleno de versos, y sin embargo, no venía ningún príncipe de +leyenda á llevársela, regalándole un hotel igual al de la otra. + +La vieja marchó de asombro en asombro al recorrer los salones de la +bailarina. Ella se había imaginado el lujo de otra manera: grandes y +ostentosas sillerías, muebles monumentales, y aquí apenas encontraba +donde sentarse. Sólo veía divanes bajos y cojines en el suelo. Los +muebles eran de aspecto tan frágil, que no osaba tocarlos; los colores +de paredes y cortinas, tan raros y complicados, que daban el vértigo á +sus ojos. + +Apenas hubo nombrado á Alberto, la nieta se conmovió, perdiendo su +alegría de pájaro. + +--¡Cómo he sentido su muerte!--dijo con los ojos húmedos--. Nos +llevábamos mal; apenas nos veíamos. Él no podía comprender mi modo de +vivir. Pero lo amaba de veras. + +Tomó un retrato que estaba sobre una mesilla, en lugar preferente, y lo +besó. Era el retrato de Alberto. Esta fidelidad en el recuerdo conmovió +profundamente á la abuela. ¿Y aún decían que si Julieta era esto ó +aquello, por su profesión y su manera de vivir?... ¡Un alma de oro! + +Su entusiasmo fué enfriándose un poco al notar la serenidad con que +escuchaba la bailarina el relato de su descubrimiento en el cinema. + +--Es curioso--se limitó á decir--, verdaderamente curioso. + +Y adivinó cuál era el deseo de su abuela. + +--¿Quieres llevarme á verlo? Bueno; te acompañaré esta noche, pero con +una condición: la de que te quedarás á comer conmigo. + +El recuerdo de su hermano había hecho surgir en ella otros recuerdos. + +--¡Ay, abuelita! No es el pobre Alberto el único que fué á la guerra. +Otros hay que viven aún; y los que viven inspiran mayores preocupaciones +que los muertos. + +Pensaba en su amigo, un joven rico que la verdulera no había visto +nunca, pero, según murmuraba la gente, acabaría casándose con Julieta. + +No pudieron hablar más. Era la hora del té, y empezaron á llegar las +amigas de la señora, todas vestidas con unos trajes elegantes, raros y +vistosos, que hacían parpadear á la vieja, desorientándola en sus +opiniones. Algunas, á pesar de sus extraordinarias vestimentas, +envidiaban el luto de Julieta. Una de ellas fué más lejos en la +manifestación de sus deseos: + +--¡Qué suerte tener un muerto en la familia! ¡El negro sienta tan +bien!... + +Todas fumaban. Se habían tendido en el suelo, sobre pieles de oso blanco +ó redondos almohadones de seda, abullonados y con un botón hondo en el +centro, semejantes á calabazas. Unas se estiraban lo mismo que fieras +perezosas, sin reparar en lo que dejaban al descubierto; otras apoyaban +la mandíbula en las rodillas, mientras mantenían éstas entre sus brazos +cruzados. + +El té estaba en el suelo, sobre una gran bandeja de plata, en la que +movía la lámpara de alcohol su penacho azul casi invisible. + +Julieta había hecho valientemente la presentación de la vieja á sus +amigas. + +--Mi abuelita, que vende hortalizas todas las mañanas en la _rue Lepic_. +Yo estoy orgullosa de mis ascendientes, lo mismo que un nieto de los +Cruzados. + +Risa general de las señoras, que poco á poco olvidaron á la vieja. Ésta +quiso irse. No gustaba de tales costumbres, pero al mismo tiempo temía +ofender á su nieta. + +Pasó cautelosamente de silla en silla, como una chicuela que desea +escaparse, llegando de este modo hasta el comedor. Allí cobró ánimo, y +poniéndose de pie, se aventuró francamente en un pasadizo inmediato. + +Casi tropezó con la doncella, que volvía al salón llevando más agua +caliente para el té. La vieja la saludó con un bufido implacable. + +--¡Presumida!... ¡Fea! + +Después de este insulto supremo se sintió más ágil, y empezó á bajar +unos peldaños, hasta dar con la cocina. + +Aquí admiró más que en los salones el bienestar de su nieta. ¡Qué +abundancia! ¡Qué de cacerolas brillantes como astros!... + +La cocinera le hizo los honores de sus dominios, colocando sobre la mesa +una botella y dos vasos. La bebieron entera, hablando de sus penas. +Luego sacó un retrato y le dió un beso, mostrándolo á su visitante. + +--Mi hijo es cazador alpino, lo que llaman «diablo azul», y está en los +Vosgos. + +La vieja, por no ser menos, sacó también del pecho un retrato de +soldado. + +--A mi nieto lo mataron; pero ahora trabaja en un cinema todas las +noches. + +La cocinera se movió nerviosamente en su asiento, abriendo mucho los +ojos. Decididamente aquella vieja estaba loca, como le había dicho la +doncella. Pero calló, por ser la abuela de la señora. + +Hasta la hora de la comida se mantuvo la verdulera en este paraíso, +admirando sus magnificencias. Luego sintió nostalgia y cierta cortedad +al verse arriba, en el comedor, sentada á una mesa enorme, teniendo +enfrente á su nieta, y más allá á un criado ceremonioso que tampoco le +era simpático. + +Admiraba los manjares, reconociendo que nunca había comido tan bien, +pero sentía un vivo deseo de terminar cuanto antes. + +Miró el reloj de la chimenea. Eran cerca de las ocho. + +--No tengas prisa, abuelita. Hay tiempo. Mi automóvil nos llevará en un +instante. + +De pronto, una conmoción en todo el hotel: repiqueteo de timbres, +alaridos de sorpresa de la doncella antipática, choque de puertas, voces +de hombres. + +La doncella entró corriendo: + +--Señora.... ¡Es el señor! + +No dijo más, pero la vieja lo adivinó todo. «El señor» sólo podía ser +uno. Y vió á un buen mozo con uniforme de aviador, que entraba +violentamente, como una tromba. No tuvo que avanzar mucho, pues la +bailarina corrió á refugiarse en sus brazos. + +Julieta hablaba de él, momentos antes, con tristeza. Hacía seis meses +que no le veía. Era imposible obtener una licencia en estos momentos. + +El aviador dió explicaciones, con voz entrecortada. + +--Un permiso inesperado.... Una breve comisión en París.... Veinticuatro +horas nada más.... + +No pudo seguir hablando. Los dos se habían abrazado, balanceándose con +las explosiones de su alegría. Empezó á rasgarse el silencio con unos +besos sonoros y escandalosos como los taponazos del champaña. + +La vieja se levantó, ceñuda y grave. Allí estaba de sobra una persona; +no necesitaba que se lo dijesen. + +Al verla salir, Julieta se desasió de los brazos amorosos, corriendo +hacia ella para dar explicaciones. + +--Ya ves.... Sólo viene por veinticuatro horas.... Imposible hoy.... +Otro día. Es preciso atender á los vivos. + +Se vió la vieja en la soledad de la calle helada y negra. Los +reverberos, encapuchonados á causa de los ataques aéreos, sólo servían, +con su breve radio de luz, para dar mayor intensidad á la lobreguez +general. + +Mientras marchaba, acompañó su paso repitiendo las mismas palabras, como +si fuesen una letanía: + +--La vida quiere vivir. Los vivos necesitan vivir.... ¡Ay del que muere! +Los muertos huyen más aprisa que los vivos.... + +Todos abandonaban á los muertos. Hasta en la sala del cinema notó la +misma ingratitud. Aquella noche sólo había una veintena de personas. El +público de este cinematógrafo de barrio estaba ya cansado de las +aventuras de la perseguida alsaciana. Todos conocían su historia. + +La vieja ocupó su asiento con la majestad de un monarca que se hace dar +una representación para él solo. Al aparecer su nieto, le habló en voz +baja, con dulzura. + +--Buenas noches, pequeño mío. Todos te abandonan, todos te olvidan. La +vida es así.... Pero no temas; tu abuela no te dejará nunca. Aquí me +tendrás todas las noches.... ¡todas las noches! + + + + +IV + + +La noticia empezó á circular después de mediodía, vaga é indecisa. + +«¡La paz! ¡Acaba de ajustarse la paz!» + +Pero tantas veces se había dicho esto mismo, sin verlo realizado luego, +que la vieja no creyó la noticia. + +A media tarde todos se convencieron de que era verdad. El gobierno +anunciaba un armisticio, solicitado por los enemigos. + +La verdulera se encontró de pronto envuelta y arrastrada por una +avalancha de gente que parecía rodar hacia el centro de París. Se +mostraba frenética de alegría como todos; gritaba como todos. + +Hasta la llegada de la noche vivió una existencia de ensueño; creyó +seguir las inverosímiles aventuras de una pesadilla. Pero esta pesadilla +era agradable y sus delirios no los inspiraba el terror, sino el +entusiasmo. + +Se vió en la plaza de la Concordia. La muchedumbre, rugiendo cantos +patrióticos, hacía rodar los cañones cogidos á los alemanes que estaban +expuestos en la gran plaza. + +Un grupo de mozalbetes hizo montar á la vieja sobre uno de estos +cañones, como si fuese un carro triunfal, arrastrando la pieza de +artillería por las calles inmediatas. + +Ella, con los blancos cabellos en desorden, elevaba los brazos cantando +la _Marsellesa_. La muchedumbre la saludaba con aplausos. Nadie sabía +quién era, pero su paso iba despertando la veneración instintiva que +infunde la ancianidad. Algunos creían contemplar la vieja gloria de la +Revolución, que despertaba triunfante después de un siglo de letargo. + +De pronto se vió á pie y sola. Había desaparecido el cañón y los jóvenes +que tiraban de él. Ahora estaban en la _rue Royale_, frente á los +restoranes más elegantes. Los parroquianos de Maxim--gentes ricas que +podían permitirse este lujo--regalaban botellas de champaña á la +muchedumbre para solemnizar el suceso. + +Sin saber cómo, se encontró hablando con un grupo de soldados +americanos. Ella adoraba á los americanos. Los reconocía únicamente por +su sombrero de fieltro con cuatro hoyos simétricos y terminado en punta. +¡Hermosos muchachos, sanos, fuertes y con aire de buenos! A algunos les +encontraba cierto parecido con Alberto. + +--¡Vivan los Estados Unidos! + +Se entendía con estos soldados por medio de gestos y de guiños, más que +por palabras. Pero esto importaba poco.... ¡Cuando hay simpatía y buena +voluntad!... + +Y ellos, regocijados por la alegría de la vieja, reían como niños +grandes, con una carcajada sonora que marcaba bajo la piel la fuerte +osamenta de las mandíbulas y dejaba al descubierto el luminoso marfil +de unas dentaduras envidiables. + +La vieja se levantó la falda para rebuscar en una bolsa de lienzo +pendiente sobre las enaguas, donde guardaba el capital de su comercio. +Estaba en fondos y podía convidar á sus nuevos amigos. + +Los soldados protestaron, riendo. «¿Admitir convites de una mujer?» + +El único que hablaba bien el francés de todos ellos replicó con alegre +protesta: + +--Nosotros somos más ricos que usted. Nosotros cobramos en dólares. + +Ella miró el puñado de monedas de cobre que tenía en una mano. Céntimos, +nada más; pero ¿qué importaba?... + +--Estáis en mi casa, y os invito. Si me decís que no, soy capaz de +llorar. + +Entraron en un café, y durante media hora los robustos soldados del +sombrero puntiagudo bebieron, riendo á carcajadas de las palabras y los +gestos de la alegre vieja. + +Luego se vió bebiendo con hombres de otros países que vestían distintos +uniformes, y hasta con soldados franceses, que, á pesar de la locura +general, conservaban un gesto sombrío, como hombres que aún no hubiesen +acabado de despertar de una pesadilla horrorosa prolongada durante años +y años. + +Al anochecer, la vieja se sintió fatigada. Parecía que toda aquella +muchedumbre hubiese marchado sobre ella; creía haber recibido millones +de golpes. + +El instinto la llevó hacia su barrio, caminando con lentitud, +arrastrando casi los pies. Pero á pesar de esta fatiga, juntó su voz á +las aclamaciones de todos los grupos que encontraba al paso. + +La necesidad de descansar y la costumbre la hicieron meterse en la +taberna. + +Allí estaba Crainqueville, solitario y silencioso, sentado ante un vaso +vacío, cuyo fondo contemplaba tristemente. + +--También te convido á ti--dijo la vieja--. Hoy es un gran día. ¡La paz! +¿Qué dices tú de la paz? + +Crainqueville levantó los hombros. Luego, animado por la vista del nuevo +vaso que le ofrecía su amiga, se dignó hablar. + +--Tal vez la humanidad procure ser mejor después de esta prueba +terrible; tal vez se regenere y aprenda á vivir por primera vez con un +poco de lógica. + +Luego sonrió irónicamente, como su maestro. Se sentía invadido por la +eterna duda, y continuó: + +--Aunque nadie puede afirmar si esta pobre humanidad merece la pena de +ser regenerada y que alguien se ocupe de su porvenir.... + +Mucho más tarde, la vieja sintió la atracción de un nuevo deseo. Se +acordó con delicia de la obscura sala del cinema y de sus vistas, que +ella consideraba como algo celestial. ¡Qué felicidad estar allá dos +horas, en un asiento cómodo, conversando mentalmente con su nieto! El +pobre Alberto no debía conocer aún la gran noticia que conmovía á París +y al mundo entero. Ella iba á comunicársela. + +--Adiós, Crainqueville; mi nieto me espera. Para el pobre no hay +fiestas. Esta noche trabajará como todas. + +El filósofo ambulante, que había terminado por aceptar la vida ilusoria +de su compañera, creyó del caso darle algunos consejos. + +--Te estás matando. Apenas comes; bebes demasiado. Gastas tu dinero +exageradamente; vas á perder tu capital. Ayer tuviste que tomar la mitad +de tu género al fiado.... Además, en una semana parece que hayas vivido +varios años. + +Pero después de la cuerda reprimenda, volvió á sonreir con su eterna +sonrisa de duda. + +--En fin, ¡si eso te divierte!... ¡Si encuentras en ello tu +felicidad!... + +La vieja marchó apresuradamente hacia el cinema, á pesar de sus piernas +entumecidas que casi se negaban á sostenerla. Allá, en la sala +agradable, descansaría cómodamente. + +Las calles estaban obscuras aún, como en las noches de la guerra +preñadas de amenazas aéreas. Pero la muchedumbre formaba grupos. Sonaban +instrumentos de música y se improvisaban bailes en las encrucijadas. + +Al penetrar en el atrio del cinema, el empleado que guardaba la puerta +salió á su encuentro alegremente. + +--¡Viva la paz, abuela! + +Luego añadió, como si recordase algo de escasa importancia: + +--Esta noche ya no «trabaja» su nieto.... ¡Se acabó! Todo es nuevo. Pero +la representación vale la pena. + +-¿Qué?... + +La vieja había apoyado la espalda en el muro, intensamente pálida, con +los ojos desmesuradamente abiertos. El empleado fué dando explicaciones +para contestar á su exclamación angustiosa. + +--Han transcurrido siete días. ¡Cambio completo de programa! El público +estaba fatigado ya de la historia de la muchacha de Alsacia y del +alemán. Ahora, con la paz, habrá que dar otras cosas. ¡Nada de +guerra!... Hay que olvidar, hay que alegrarse.... Entre.... Tenemos esta +noche una película americana que hace rugir de risa. + +La vieja vaciló sobre las piernas, á pesar de que se había desvanecido +instantáneamente la dulce turbación de su mansa embriaguez. + +--¡No verle más!... ¡no verle más!--gemía. + +Luego resumió su desesperación en una frase: + +--Me lo han matado por segunda vez. + +El público que iba á entrar en el cinema se agolpó en torno de esta +mujer desfalleciente, próxima á caer al suelo. El empleado, por +conmiseración y por evitar aglomeraciones en la puerta, intentó alegrar +á la vieja. + +--¡Ánimo, abuela!... No va usted á morirse hoy, un día de tanta +felicidad, porque hemos cambiado el programa.... Además...además.... + +Había pedido á la mujer de la taquilla un periódico, y empezó á +examinarlo con precipitación, empinándose sobre la punta de los pies +para recibir mejor la luz de una lámpara pendiente del techo. Al mismo +tiempo hablaba entre dientes. + +--Veamos.... Esta estúpida historia de la alsaciana deben darla en +alguna parte. Un mal _film_ de ocasión, hecho de recortes. Estará, +seguramente, en los cinemas de quinta clase.... Eso es; helo aquí. + +Y dirigiéndose á la vieja, le dió el nombre de una calle y el título de +un cinematógrafo. + +--Un poco lejos, abuela; en Grenelle, al otro lado de París; ¡pero +tomando el Metro!... Allí encontrará á su nieto durante una semana. + +No se acordó más de ella, para seguir ocupándose del público que entraba +y entraba, atraído por el programa nuevo. + +La vieja se vió otra vez en la calle. No tenía mas que una idea. + +«¡Me lo han matado!--pensaba--. En este día en que todos ríen, me lo han +matado por segunda vez.» + +Reapareció su enérgica voluntad de luchadora obscura y humilde. Se lo +habían matado allí; pero iba á resucitar en otra parte. Debía ir á su +encuentro. + +Buscó bajo su falda aquella bolsa de tela que contenía sus capitales. Su +diestra sólo encontró el vacío. Después de tenaces exploraciones, +salieron á luz unas cuantas monedas de cobre sosteniéndose entre sus +dedos. Cincuenta céntimos en total. + +Sólo disponía de lo preciso para comprar una entrada en aquel cinema +desconocido de Grenelle. + +No le quedaba dinero para tomar un billete del Metro. Todo lo había +gastado en sus ruidosas aventuras de la tarde. Tendría que ir á pie; y +era tan lejos.... ¡tan lejos! + +Un mal pensamiento contrajo su frente. + +--¡Si pidiese limosna!... Hoy es un día de regocijo general. Se +apiadarán de mí al verme tan vieja, tan cansada.... + +Pero á pesar de su cansancio se irguió, con un gesto de altivez +ofendida. No había mendigado nunca, y á los setenta años era tarde para +empezar. + +--Debo verle...necesito verle. + +La fatiga le hizo caer en un banco entre dos árboles del bulevar. +Brillaban en la penumbra las puertas de cafés y tabernas como bocas de +horno. Se confundían en alegre discordancia las diversas músicas. +Pasaban parejas amorosas, perdiéndose en la obscuridad; guerreros de +remotos países que abarcaban con un brazo el talle de una mujer. + +--¡Tan lejos!... ¡tan lejos!--seguía suspirando la vieja. + +Vió de pronto un soldado que le sonreía, un soldado todo blanco desde el +casco de trinchera hasta los gruesos zapatos. A través de su cuerpo se +veían los árboles, el banco cercano, las gentes que pasaban. Parecía de +cristal, de humo sutil, de espuma impalpable. + +La hizo señas para que la siguiese, y echó á andar al ver que la vieja +le obedecía. + +--¡Ay, mis piernas!... No podré seguir. Son varios kilómetros. ¡No +llegaré nunca!... + +Se dejó caer en otro banco y el soldado transparente se detuvo, +volviendo hacia ella un rostro sombrío, desesperadamente sombrío. + +--No te pongas triste. ¡Si supieras cuán cansada estoy! Pero tu abuela +no te abandonará nunca.... Alberto, espérame. ¡Allá voy, pequeño mío! + +Y haciendo un esfuerzo supremo, se levantó y siguió marchando en pos del +fantasma por las calles interminables, negras, heladas.... + +Como marchamos todos á través de las asperezas de la vida, guiados por +nuestros recuerdos, al encuentro de la Ilusión. + + + + +EL AUTOMÓVIL DEL GENERAL + + + + +I + + +El periodista Isidro Maltrana habló así á sus amigos en un pequeño +restorán de Broadway: + +--Me veo obligado á buscarme la vida en Nueva York. Ya no puedo volver á +Méjico. ¡Qué desgracia! ¡Tan bien que me ha ido allá durante once +años!... + +Ustedes saben que soy español, y no tengo otra herramienta para ganarme +el pan que una pluma fácil y sin escrúpulos. No recordemos las aventuras +de mi primera juventud. Deben conocerlas ustedes, pues con ellas se han +escrito libros. Son, en realidad, sucesos vulgares, que sólo merecen +atención por el ambiente de tristeza desgarradora en que se +desarrollaron. + +Hace años me lancé á recorrer la América de habla española. Entré por +Buenos Aires y he salido por la frontera de Texas. Una hazaña de +conquistador de otros siglos; algo como el paseo del capitán Orellana, +que partió del Perú y, navegando de un río grande á otro mayor, se vió +de pronto en el Atlántico, después de haber bajado todo el curso del +Amazonas. + +No sonrían ustedes; ya sé que mis viajes en buque de vapor, en +ferrocarril ó en mula, no pueden compararse con los penosos avances de +aquellos exploradores de piernas de acero y pechos de bronce. Pero no +crean tampoco que mis andanzas á través de la tierra americana han sido +envidiables por su comodidad. También yo he sufrido grandes privaciones. +Los conquistadores, que tuvieron que luchar con el hambre de las +interminables soledades, acallaban su estómago apretándose un punto más +el cinturón, y seguían adelante, con el arcabuz al hombro. Yo he tenido +que apretarme igualmente el cinturón muchas veces; pero siempre +encontraba, al fin, en las Repúblicas pequeñas, algún tirano, ó +aspirante á tirano, que se encargaba de mantenerme á cambio de insultos +á sus adversarios y de elogios disparatados á su persona. + +Al pasar de España á América, deseé cambiar de profesión. Me habían +dicho que en esta parte del mundo todos los emigrantes cambian de +oficio, como las culebras cambian de piel al modificarse el ambiente con +el curso de las estaciones. + +Eso será verdad tratándose de los demás; ¡pero los que nacimos siervos +de la pluma!... + +Quise en Argentina cultivar la tierra, pero fracasé completamente, y +volví al periodismo vagabundo, lo que me hizo marchar de República en +República, siempre hacia el Norte. + +No recordemos esta época de literatura ambulante y servil. Otro, tal vez +estaría orgulloso de ella, y hasta escribiría sus Memorias. Fuí amigo de +varios presidentes; á unos les he servido de bufón, á otros de consejero +secreto. He redactado, á la vez, crónicas de vida elegante para las +presidentas y proyectos de Constitución que sus graves maridos +presentaban al pueblo como producto de nocturnas meditaciones. He huído +de algunos de estos protectores, por miedo á que me fusilasen; sabía +demasiados secretos. A otros los he visto caer asesinados cuando +mostraban una confianza majestuosa igual á la de los dioses inmortales. +He insultado á hombres que no conocía, para servir con ello á hombres +que despreciaba por conocerlos demasiado. + +¿Que mi oficio es vergonzoso?... Soy el primero en confesarlo. Y lo peor +es que no me ha enriquecido; sólo me dió para vivir con intermitencias +de locos derroches y largas penurias. Cuando triunfaban mis protectores, +nunca tenían tiempo para regalar algo duradero al que les había ayudado +con su pluma venenosa. + +Además, reconozco mi defecto; soy un bohemio, un vagabundo que nunca se +siente bien allí donde está, y espera encontrar algo mejor yendo más +lejos. + +No me creo el único. Los periodistas errantes y los cómicos somos la +última y miserable prolongación de la España conquistadora. Vamos y +venimos desde el estrecho de Magallanes á la frontera de California, +pasando á través de diez y ocho naciones que hablan nuestra lengua, +conociendo en unas partes la riqueza y en otras el hambre; aquí, el +aplauso y la admiración; más allá, el insulto y la fuga. Algunos, en sus +correrías, hasta tropiezan con la Fortuna, y son sus amigos por corto +tiempo. Todos, finalmente, terminan sus días en la miseria. + +Pero no divaguemos. Quiero decir que, después de mis andanzas por la +América del Sur y la América del Centro, di fondo en Méjico, hace poco +más de diez años. ¡Hermoso y simpático país! En ninguna parte he vivido +mejor. + +Ya estaría de vuelta allá, á pesar de la última revolución, que me hizo +huir; pero no me atrevo. + +Existe de por medio el maldito asunto del automóvil del general. + + + + +II + + +Parecía que Méjico me estuviese esperando, como uno de esos volcanes +bondadosos y bien educados que permanecen tranquilos durante siglos y, +apenas un explorador huella su cumbre por primera vez, empiezan á rugir +y á soltar humaredas á guisa de saludo. + +Treinta años llevaba el país de dormitar en paz; pero al llegar yo +despertó, amenizando mi existencia con una serie de revoluciones que +todavía no han terminado. + +¡Lo que he visto en diez años!... Porfirio Díaz, que parecía eterno, +escapando para morir en un hotel del viejo mundo. Madero, un hombre +bueno, que gobernaba moviendo veladores y conversando con los espíritus, +fué cazado á balazos, lo mismo que un corderillo dulce, en las cuevas +del palacio presidencial. El alcohólico Huerta acabó sus días en una +cárcel de los Estados Unidos, desesperado porque no le dejaban beber. Al +viejo Carranza, que parecía construido para vivir un siglo, lo acaban de +asesinar. + +En diez años, ¡cuatro presidentes que han terminado de mala manera ó han +muerto en una cama que no era suya! Reconozcamos que es demasiada +tragedia para tan corto tiempo. Esta sucesión de presidentes mejicanos +recuerda á los reyes y héroes griegos de la dinastía de los Atreidas, +que terminaban siempre de un modo fatal. + +Pero yo, que soy franco hasta el cinismo, confieso que no guardo un +triste recuerdo de los largos años de revolución, ni he derramado una +lágrima en memoria de estos señores que conocieron los goces de una +autoridad sin límites y la desesperación de un final trágico. + +Al principio fuí simplemente escritor de á caballo. No tenía periódicos +que hacer, y servía de secretario á los generales que mandaban las +fuerzas revolucionarias. Redacté proclamas dirigidas á los pueblos, +alocuciones á las tropas, y describí en un estilo lírico los grandes +triunfos de los insurrectos sobre los soldados del gobierno, llamados +«federales». Nunca, en mis escritos, dejé de establecer discretos +paralelos entre las campañas napoleónicas y las de los caudillos á cuyo +servicio me había entregado. + +Conocía bien á mi gente. Uno de los generales, que fué mi amo durante +seis meses, al ver la polvareda levantada por unos cuantos centenares de +enemigos, se volvía siempre hacia nosotros, los de su Estado Mayor, para +decirnos con aire inspirado: + +--Napoleón, en este caso, hubiera hecho seguramente lo que yo.... + +Y hacía lo que hubiese hecho Napoleón. + +¡Ay, amigos míos! Recuerdo bien nuestras famosas batallas, aunque +siempre las veía de lejos. ¡Lo que sentí muchas veces no haber aprendido +á montar á caballo desde mi niñez, no ser hombre de campo, para +improvisarme general lo mismo que los otros!... ¡Quién sabe si lo habría +hecho mejor!... + +Las tales batallas podían ser tituladas así porque tomaban parte en +ellas veinte mil ó treinta mil hombres. En Méjico nunca faltan hombres +para pelear y morir. Hay siempre más que fusiles. Pero, en realidad, +eran simples riñas de grupo á grupo, dejando á la iniciativa de cada +pelotón la marcha del combate. Tiraban y tiraban hasta agotar las +municiones, sin hacer uso jamás del arma blanca. Ninguno tenía bayoneta. +Se mataban durante horas y horas, y al final el bando que se veía sin +cartuchos se retiraba, dejando el campo al otro. + +Todos éramos de caballería, porque hacíamos las marchas á caballo; pero +en el momento del combate los jinetes se convertían en infantes. +Teníamos artillería. Cada bando procuraba poseer cañones más gruesos que +los del adversario, y estos cañones tiraban y tiraban, con un estruendo +ensordecedor. + +Recuerdo el asombro y la indignación de un oficial alemán que venía con +nosotros, al ver cómo funcionaba la artillería. + +(Advierto á ustedes que todos los revolucionarios éramos germanófilos, +por odio á los Estados Unidos y á Inglaterra. Nos comparábamos con los +bolcheviques rusos, deseábamos la derrota de la República francesa y el +triunfo de Guillermo II. Los alemanes intervenían con frecuencia en +nuestras campañas.... Pero no desviemos el relato. ¡Adelante!) + +--General--clamó el prusiano--, los artilleros no saben apuntar. Tiran +al aire. Sólo desean hacer ruido. + +Y el general, que se las echaba de ingenioso, contestó, levantando los +hombros: + +--Déjelos. No es necesario que hagan más. La artillería sólo sirve para +asustar _pendejos_. + +Después de estas batallas, cuando quedábamos vencedores por haber podido +hacer fuego media hora más que los otros, venían los comentarios y las +explicaciones del triunfo. Aquí entraba yo como estratega. Describía +moniobras que nadie había visto; suponía en el general y sus +colaboradores órdenes que nadie había dado; explicaba el presente con +arreglo á mis lecturas pasadas, y siempre encontraba el medio de +emparentar la batalla reciente con alguna de las de la juventud de +Bonaparte. No había miedo de que alguien protestase escandalizado. + +--¡Este Maltrana!--oía decir á mis espaldas--. ¡Lo que sabe!... ¡Lo que +ha leído!... + +Y, por el momento, no me daban cosas de más provecho que tales elogios y +un amplio permiso para apropiarme lo ajeno. Pero esto último no +representaba gran cosa, por ir yo acompañado de gentes listas, que, al +ser del país, siempre llegaban antes allí donde había algo que coger. + +Cuando triunfamos, y los jefes del ejército revolucionario ocuparon la +presidencia de la República, los ministerios y demás sitios públicos, mi +suerte empezó á afirmarse. Escribí en los diarios del nuevo gobierno +cuando había que insultar á los enemigos ó hacer al país brillantes +promesas. + +¡El dinero que gané en aquellos tiempos, no muy lejanos, pero que me +parecen ya remotísimos!... + +Tenía serios adversarios. La mayor parte de los generales eran hombres +que no vacilaban ante ningún obstáculo. De «rancheros» ó bohemios de la +ciudad, se habían convertido en generales heroicos. ¿Por qué no podían +ser igualmente escritores?... + +Como Julio César después de sus campañas, cada uno de ellos quiso +escribir sus _Comentarios_. Pero César no escribía, dictaba, y sin duda +por esto, los más de ellos me tomaron como secretario, confiándome sus +hechos heroicos para que los realzase con la música de mi estilo. +Además, cobraba todos los meses una subvención en cada uno de los +diversos ministerios, para tomar fuerzas y poder llevar adelante la +magna y voluminosa obra que estaba escribiendo sobre la revolución +triunfante. + +¡Lástima que la última revuelta militar haya matado este libro antes de +nacer! Ustedes saben que yo he cultivado la paradoja, como único pan que +me nutre. Pues bien; esta obra iba á ser la mejor de todas las mías. + +Comparaba en ella á Wáshington con nuestro presidente, é inútil es decir +quién de ellos quedaba sobre el otro. Luego establecía un paralelo +crítico entre el ataque de Cerro Pelado y la batalla de Arcole; la +sorpresa del Barranco de los Santos y la batalla de Austerlitz; y así +seguía comparando otras acciones de guerra, hasta conseguir que el +«corso de los cabellos lacios» (¡siempre Napoleón!) quedase al nivel de +mis sabios caudillos de machete al cinto y lazo de cuerda formando rollo +en el arzón de la silla. + +El final del libro era lo mejor: una demostración clarísima de que la +civilización de los Estados Unidos resulta inferior á la civilización +mejicana, y debe ser vencida por ésta, para bien de los mismos yanquis. +Así trabajarán menos, no necesitarán tanto dinero para vivir, conocerán +mejor la alegría de la existencia. + +Les aseguro á ustedes que es una lástima que hayan sido arrojados del +gobierno mis protectores y no quede allá quien me subvencione para +terminar el libro. ¡Un verdadero éxito! Traducido al inglés, se hubiesen +vendido centenares de ediciones. ¡Esta gente de Nueva York gusta tanto +de libros que la hagan reir!... + +Pero no se impacienten ustedes. Adivino en sus ojos lo que piensan: «el +automóvil del general». Desean saber qué general es el de mi historia y +por qué su automóvil me cierra el camino para volver á Méjico. + +A ello vamos, amigos míos. + + + + +III + + +De todos los personajes que conocí en el período de la guerra, el que +demostró mayor interés por mi persona y me protegió más eficazmente fué +el general Castillejo. + +En sus momentos de efusión amistosa, que eran muy raros, me llamaba +Maltranita, y eso que yo podía ser casi su padre, ó cuando menos un +hermano muy mayor. Este general (uno de los consejeros más íntimos y +escuchados del presidente) sólo tenía veintisiete años. Es cierto que +los otros generales y ministros no eran, ordinariamente, de mayor edad. +Cuando el viejo Carranza reunía los primeros funcionarios y héroes de la +República, parecía un director de colegio pasando examen á sus +discípulos. + +Castillejo es pequeño de cuerpo, nervioso y ágil, con un color moreno +ardiente que se aproxima al tono del chocolate con leche. Lo más notable +en él son los ojos, brillantes y autoritarios cuando quiere mirar de +frente, lo que ocurre pocas veces. Su vista parece siempre fugitiva, +como si la distrajera algún mal pensamiento. Sus cejas oblicuas y su +cutis obscuro se armonizan poco con su ángulo facial, abierto y europeo. +Es, como muchos de nuestra América, el resultado de tres orígenes: +indio, africano y español. + +Sus amigos le tenían en alto concepto, hablando de él con admiración y +miedo. + +--¡Un hombre de cuidado!... No conviene tenerlo de enemigo. ¡Sabe +mucho!... + +Además, quitaba y ponía ministros, daba mandos en el ejército á los +compañeros que le seguían ciegamente, y obligaba á salir del país á sus +adversarios ó los enviaba á ciertas provincias de la costa del golfo de +Méjico, donde la gente de las altas mesetas puede contraer enfermedades +de muerte. + +Sus enemigos recordaban la facilidad con que había fusilado durante la +guerra á los prisioneros. Pero ¿quién puede hacer el balance de los +fusilamientos ordenados allá por unos y por otros? ¡He visto tantos!... +¡Cuesta tan poco dar una orden que suprime á un hombre!... + +Nunca tuve con él motivos de queja. ¡Excelente muchacho! Hasta creo que +me admiraba un poquito á causa de mi pluma, y eso que era incapaz de +admirar á nadie, convencido como estaba de que la presidencia de la +República le correspondía de derecho. Pero aún no creía llegado el +momento de ocuparla. + +Nuestra intimidad dató de un libro que escribí para él después de la +guerra: _Historia de la división del Oeste_. Esta división era la horda +á caballo que había mandado mi general Castillejo. Inútil es decir que +la tal división lo había hecho todo, y á ella se debía únicamente el +triunfo revolucionario. + +Lo malo es que yo mismo, con esta mano pecadora, había escrito también +la _Historia de la división del Este_, y la del Norte, y la del Sur, y +la del Centro, y cada una de estas divisiones era la mejor entre todas y +lo había hecho todo, y los demás generales no habían servido mas que de +estorbo. + +Pero como estos libros iban firmados por sus respectivos héroes, y cada +uno callaba mi nombre, Castillejo apreció su historia como la mejor de +todas, paladeando las hermosuras de mi estilo lo mismo que si le +perteneciesen. + +Andaba muy ocupado en la elección del nuevo presidente. El gobierno +surgido de la revolución deseaba dos cosas á la vez: hacer unas +elecciones que pareciesen legales y sacar triunfante de ellas al +candidato que tenía escogido, y á nadie más. Varios generales se +presentaban también como candidatos, amenazando con hacer una revolución +si no salían triunfantes. Todos hablaban de legalidad y de respeto á la +ley, al mismo tiempo que se llevaban una mano al costado para +convencerse de que tenían el revólver listo. Y el país, fatigado de diez +años de revolución, les dejaba hablar, deseando en el fondo de su ánimo +que se matasen entre ellos, pero dispuesto á votar por el gobierno ó por +el general que derribase al gobierno. La única manera de vivir seguro en +aquella tierra es irse con el que manda. + +Mi general era el hombre de confianza del presidente y el sostenedor de +la candidatura patrocinada por éste. Como los otros aspirantes á la +presidencia pertenecían al ejército, la candidatura gubernamental usaba +el título de «antimilitarista». Castillejo y otros compañeros de +generalato, que habían fusilado centenares de hombres, quemado +estaciones y pueblos, y vivían en plena paz con la misma violencia que +cuando hacían la guerra, pronunciaban discursos sobre discursos, +cantando las excelencias de ser gobernados por un «civil» y la necesidad +de terminar con el militarismo. + +Yo combatía con la pluma, siguiendo las órdenes de mi jefe. En Méjico es +más fácil este trabajo que en otras partes. Cuenta uno con el argumento +precioso de «la intervención norteamericana». El periodista que defiende +al gobierno puede describir á los hombres de la oposición como «malos +patriotas, que con sus insurrecciones provocan la anarquía y hacen +inevitable una invasión de los norteamericanos para el restablecimiento +del orden». Y á su vez, los escritores de la oposición, al atacar al +gobierno, afirman que éste comete tales atrocidades, que, «al final, los +Estados Unidos tendrán que intervenir para derrocar su tiranía». Sin el +fantasma de la intervención norteamericana, ¿quién podría escribir en +Méjico?... + +Además, hay otro recurso de éxito seguro. Cuando no se sabe qué decir de +un enemigo político, ó cuando se recibe el encargo de insultar á alguien +que ha pintado el país tal como es, se emplea siempre la misma injuria: +«Vendido al pérfido oro yanqui.» ¡Y qué inagotable resulta el tal oro! +Todos los días hay alguien que se vende á él por enormes cantidades. Si +se suman los millones, tal vez no quepan en la Tesorería Federal. + +Y lo más gracioso es que los que escriben esto piensan al mismo tiempo: +«¿Dónde demonios estará la puerta de la oficina en la que se hacen tales +compras?... ¿Quién será el encargado de recibir á los que desean +venderse?...» + +Yo mismo, queridos amigos, quisiera saber si ustedes, por ser más viejos +en la tierra yanqui, están enterados de á qué personaje hay que +dirigirse en Wáshington para dicho asunto. ¡Me gustaría tanto estar +enterado!... + +Pero ¿callan ustedes?... ¿No saben qué decir?... Sigamos con nuestro +general. + +Siempre que leía uno de mis artículos contra los enemigos de la +candidatura del gobierno, celebraba con entusiasmo los insultos más +atroces. + +--¡Qué pluma la suya, Maltranita!... ¿Cómo pagarle sus servicios á la +buena causa? + +Muy fácilmente; yo no podía aspirar á una legación diplomática ni á un +ministerio cuando triunfase nuestra candidatura; eso quedaba para los +mejicanos. Mis aspiraciones eran más modestas. + +--Me contento, mi general, con que me envíe usted á Nueva York cuando +vaya allá una comisión á hacer compras para el gobierno. Lo mismo da que +compren autocamiones, máquinas de escribir, zapatos ó papel para las +oficinas. Sólo pido ser el agente comprador de la comisión. Me doy por +satisfecho con el diez por ciento. ¿Que adquieren por un millón?... Cien +mil dólares para mí. ¿Que compran por valor de dos?... Pues doscientos +mil. Con eso me retiro á España y dejo de escribir, aunque lloren de +pena las nueve Musas. + +Castillejo juzgaba mediocres mis pretensiones. Ahora trabajaba por hacer +presidente á un amigo. Luego le tocaría á él. Sólo tenía que esperar yo +cuatro años, y entonces me daría lo que desease. + +¡Esperar en un país donde mueren de una manera trágica cuatro +presidentes en sólo diez años!... No; prefería que me diesen +inmediatamente el modesto cargo de comprador en Nueva York. + +Pero Castillejo no estaba para fijarse en mi escepticismo; cada día se +mostraba más preocupado por el éxito de su campaña electoral. ¡Cosa +rara! No le inquietaban los generales candidatos que parecían próximos á +sublevarse contra el gobierno. El objeto de sus preocupaciones era un +joven, casi de su edad, el ingeniero Taboada, que se había educado en +los Estados Unidos y tenía la pretensión de exigir que se implantase de +golpe en Méjico todo el sistema democrático, con su respeto á la ley y á +las opiniones ajenas, que había conocido en la vecina República. + +Sin más apoyo que unos cuantos amigos tan ilusos como él, presentaba su +candidatura á la presidencia, afirmando que era la «única candidatura +civil». + +--¡Pero si ese muchacho es un loco!--decía yo, extrañado de la +preocupación de Castillejo--. ¡Si no puede juntar más allá de un +centenar de votos!... Ya que usted le hace el honor de tenerle en +cuenta, voy á demolerlo con un artículo. Diré que está vendido á los +Estados Unidos y por eso pretende implantar entre nosotros las +costumbres y sistemas de allá. Voy á demostrar que ha recibido tres +millones de Wáshington para su candidatura.... Si le parecen poco, +escribiré cinco millones. Da lo mismo. ¡Con decir que yo he visto con +mis ojos cómo los recibía!... + +Y escribí esto, y otras cosas. Necesitaba no quedarme á la zaga de los +periodistas del país, que me vencían muchas veces en la invención de +estupendas mentiras. + +Pero noto que se impacientan ustedes. ¡Calma! Ahora sí que llegamos de +veras al automóvil del general. + + + + +IV + + +Algunos de los allegados á Castillejo se mostraban terribles en sus +ofrecimientos. + +--General, ya que le estorba tanto ese ingenierillo, no tiene mas que +darnos una orden. Es lo más fácil librarse de él. + +¡Como si el general necesitase de tales consejos! Eran muchos los que +habían desaparecido misteriosamente de la existencia diaria, y los +calumniadores pretendían que únicamente Castillejo podía saber dónde +estaban. Todos debajo del suelo. + +--¡Qué disparate!--protestaba el general--. Los candidatos militares +atribuirían al gobierno la muerte de Taboada; la gente que ahora se ríe +de él lo veneraría como un mártir. No; dejemos de pensar en ese hombre. + +Y yo adivinaba que seguía pensando en él, con su gesto reconcentrado é +inquietante que hacía decir á las gentes: «Castillejo, muy malo como +enemigo.» + +Uno de los amigotes que le acompañaban en sus francachelas nocturnas me +reveló el secreto. + +--Lo que sufre el general son unos celos que le tienen loco, lo mismo +que un dolor de muelas. Ahora, Olga del Monte adora al ingeniero. + +Esta Olga del Monte era la Aspasia de la revolución mejicana. Hija de +una familia distinguida de la capital, sus excesos imaginativos y reales +habían acabado por arrastrarla á una vida que era la vergüenza de su +parentela. Iba teñida de rojo escandalosamente, en un país donde las más +de las mujeres son morenas. Había pasado una temporada en París á +expensas de varios protectores, lo que imponía un irresistible respeto á +los jóvenes centauros de la revolución, ignorantes de toda tierra que no +fuese la suya. Además, tocaba el piano y el arpa, suspiraba romanzas +mejicanas y fabricaba versos.... Tenía de sobra para traer como locos á +todos los generales mozos. Algunos de ellos, á pesar de sus +declamaciones contra el derecho de propiedad y contra las desigualdades +de clase, lo que más apreciaban en Olga era su origen. Les producía +confusión y orgullo á la vez pensar que eran amigos y protectores de una +hija de gran familia de la capital, cuando hacía pocos años figuraban +aún como jornaleros del campo ó vagabundos en lejanas provincias. + +Regalos cuantiosos llovían sobre ella. Los vencedores mostraban la misma +generosidad de los bandidos después del reparto de un botín fácilmente +conquistado. Olga se tomaba á veces el trabajo de desfigurar las joyas +robadas. En otras ocasiones lucía los ricos despojos tal como se los +habían dado, y las gentes señalaban sus brillantes, sus esmeraldas y sus +perlas, nombrando á las verdaderas dueñas de estas alhajas. Eran señoras +del régimen anterior derrumbado por la revolución, que andaban ahora +fugitivas por el extranjero. + +Mi general, que tenía un alma puerilmente romántica, se mostraba +orgulloso de haber vencido á varios compañeros de profesión. Él era +ahora el único que podía considerarse dueño de esta poética criatura. La +abrumaba con sus presentes; había trasladado de su casa á la de la +hermosa todo lo recogido cuando entró en la ciudad de Méjico al frente +de su división del Oeste, ¡y bien sabe Dios que Castillejo no era tonto +ni perezoso para esta clase de trabajos! + +Pero la vaporosa criatura, harta sin duda de las magnificencias del +saqueo, quería mostrarse ahora desinteresada, prefiriendo á los hombres +pobres y perseguidos, sin duda porque todos los que la rodeaban eran +ricos, fanfarrones é insolentes. Y por esta necesidad de cambio y de +contraste, abandonó á nuestro general, enamorándose de Taboada. + +El ingeniero era débil de cuerpo, dulce de maneras, odiaba á los +soldadotes, hablaba de la regeneración de los caídos y del advenimiento +de los pobres al poder. Además, los triunfadores se reían de él y tal +vez lo matasen el día menos esperado. ¿Qué héroe más interesante podía +encontrar una mujer de sentimientos sublimes y «mal comprendidos», como +se creía esta muchacha?... + +En vano Castillejo apeló á las seducciones del gobernante para vencer su +desvío. Él haría que el presidente la enviase á Nueva York y luego á +París, con un cargamento de grandes sombreros mejicanos, trajes +vistosos y cien mil pesos al año, para que cantase y bailase á estilo +del país en los principales teatros. Iba á ser casi un personaje +oficial; haría propaganda mejicana por el mundo. ¡Quién sabe si la +historia patria hablaría alguna vez de ella con agradecimiento!... Pero +Olga contestó negativamente. Prefería á su ingeniero. É igualmente fué +rehusando otras proposiciones no menos productivas y honoríficas. + +Los consejeros de Castillejo seguían, mientras tanto, insinuándole su +remedio dulcemente. + +--¡Si usted quisiera, mi general!... Una palabrita nada más, diga una +palabrita, y no volverá á estorbarle ese mozo. + +Pero Castillejo protestaba con una bondad que metía miedo. La alarma de +su recta conciencia era para espeluznar á cualquiera. + +--¡Que nadie toque á ese hombre!--decía--. Ninguna mano humana debe +ofenderle. Supondría, en caso de agresión, que yo ó el gobierno habíamos +dado la orden. ¡Lo declaro sagrado!... + +Y escuchándole, pensaba que, si mi protector quería declararme «sagrado» +con la misma voz y poniendo los mismos ojos, consideraría oportuno tomar +el primer tren que saliese para la frontera de los Estados Unidos. + +Los incidentes de la campaña electoral hicieron que Castillejo olvidase +á Olga. Pero no podía olvidar igualmente al ingeniero. + +Seguido de sus apóstoles (dos docenas de inocentes, poseedores de una +audacia loca), Taboada iba pronunciando discursos contra el gobierno, +que pretendía imponer á la fuerza su candidato, y contra los otros +candidatos, generales que no valían más que su contrincante. Él era el +«único político civil» capaz de implantar el régimen democrático. Pero +nadie le escuchaba, y si la muchedumbre, en calzoncillos y cubierta con +enormes sombreros, le oía alguna vez, era para interrumpir sus discursos +llamándole «yanqui», «mal mejicano», «traidor» y otras cosas por el +estilo. + +Ahora, amigos míos, sí que van á conocer ustedes de veras el automóvil +del general. Ya entra en escena. ¡Atención! + + + + +V + + +Lo había traído Castillejo de los Estados Unidos para las necesidades de +la campaña electoral. Poseía muchos. ¿Qué caudillo mejicano carece de +automóvil?... Los más de ellos hasta tienen un coche-salón para viajar +por las vías férreas. ¡Lo que puede importarles media docena de +automóviles, cuando, al principio de la revolución, sólo necesitaban +entrar, pistola en mano, en un _garage_ para llevarse lo mejor de él!... + +Castillejo no podía sufrir que lo comparasen con sus rústicos camaradas +de generalato. Es un hombre de progreso, casi un sabio. Admira á los +Estados Unidos por las armas de fuego y los automóviles que se fabrican +aquí. Esto no es mucho, pero es algo. Para ser general mejicano no +resulta indispensable conocer la existencia de Edgardo Poe y de Emerson. + +--Pero ¿ha visto usted--me decía--qué joyas tan bellas producen esos +_gringos_? + +La joya bella era el automóvil recién llegado: una máquina esbelta, +ligera, incansable, como un corcel de ensueño. No quiero decir la marca. +Creerían ustedes que estoy pagado por la casa constructora. Baste decir +que era un gran automóvil, el mejor de los Estados Unidos, y no añado +más. Yo lo admiraba tanto como mi general. + +Muchas noches, antes de dejarme en la redacción de su periódico para que +escribiese el artículo, Castillejo me paseaba por las principales calles +de Méjico, mejor dicho, por la única avenida que, con diversos nombres y +variable anchura, se extiende varios kilómetros, desde la vieja plaza +donde está el palacio del gobierno hasta el Parque de Chapultepec. + +Ustedes saben cómo son de noche las calles de Méjico: no hay ciudad en +el mundo mejor alumbrada y con menos gente. + +Los focos eléctricos brillan formando racimos, para iluminar una soledad +de desierto. Cree uno deslizarse por una de esas ciudades de _Las mil y +una noches_, donde todo ha quedado inmóvil y dormido por obra de +encantamiento. + +En los primeros años de la revolución este silencio era amenizado de vez +en cuando con agradables diversiones. Los oficiales corrían las calles +en automóviles de alquiler, disparando sus revólveres. Se tiroteaban de +unos carruajes á otros. ¡Asunto de divertirse un poco!... + +Ahora, con los preparativos electorales, no había tiros; pero la gente +se metía en sus casas más pronto que nunca, presintiendo que iba á +surgir una revolución. + +Los escasos transeúntes veían pasar, de Chapultepec á la gran plaza y de +la gran plaza á Chapultepec, el carruaje del general partiendo el aire +lo mismo que una flecha, como si en realidad tuviese prisa en llegar á +alguna parte. «¡Ahí va Castillejo!», se decían con respeto y miedo. Y si +se atrevían á insultar á alguien con su pensamiento, era al extranjero, +al miserable _gachupín_ Maltrana, sentado en el sitio de honor. +Castillejo prefería siempre la parte delantera. Unas veces empuñaba el +volante, otras se mantenía al lado de su chófer, un indiazo de ojos +feroces y sonrisa boba que manejaba el vehículo con una autoridad +natural, como si el automovilismo datase de los tiempos de Moctezuma. + +Nunca he creído tanto en la fidelidad de los presentimientos como cierta +noche que intenté negarme á acompañar al general en su paseo nocturno. +Es verdad que Castillejo no parecía el mismo. Iba con gorra de viaje y +un grueso gabán, cuyo cuello le tapaba media cara. Tenía en los ojos un +brillo agresivo. Su aliento olía á alcohol, circunstancia +extraordinaria, pues el general es sobrio. + +No pude excusarme con mi trabajo. Eran las once, y Castillejo había +esperado á que terminase mi artículo. + +--Suba--me ordenó con aspereza, lo mismo que si mandase á su +horda-división. + +Y subí para verme solo en el fondo del automóvil, pues él continuó al +lado de su chófer. + +Aún siento orgullo y angustia al recordar cómo fuí presintiendo +confusamente lo que iba á ocurrir. + +Me arrepentí de inspirar tanto interés á Castillejo. Este bárbaro iba á +hacer algo terrible y quería que yo lo presenciase. Necesitaba mi +emoción como un aplauso. + +Empecé á pensar en el ingeniero, luego en Olga, y fuí adivinando todos +los actos de mi protector con algunos minutos de antelación. Casi fué un +deporte agradable para mí ver cómo la realidad se iba plegando á mis +inducciones. + +El automóvil abandonó las calles iluminadas, como yo había previsto. +Luego, atravesando vías silenciosas y obscuras, entró en una barriada de +edificios nuevos. Íbamos hacia la casa de Olga del Monte. Pero ¿qué +interés tenía el general de mezclarme en sus rencores amorosos?... + +Se detuvo el vehículo en una avenida bordeada de copudos fresnos y +anchas aceras. Los reverberos no eran tan numerosos como en el centro de +la capital. La frondosidad de los árboles extendía una doble masa de +sombra á lo largo de la calle, dejando tres fajas de luz crepuscular: +una en medio, y las otras dos junto á las casas. El carruaje, al quedar +inmóvil, apagó sus faros, lo mismo que un buque que ancla y desea +permanecer inadvertido. + +Dos hombres con grandes sombreros de palma se acercaron al carruaje: dos +mocetones de cara aviesa, que nunca había yo visto. Pero también los +adiviné. Eran de los que esperaban del general «una palabrita nada más». +Iban á suprimir, indudablemente, al ingeniero. + +El pobre Taboada estaría, sin duda, en aquellos momentos hablando á Olga +de sus ilusiones y sus esperanzas, sin sospechar que la muerte le +aguardaba en la calle. + +--Debéis mirarlo como persona sagrada--oí que decía el general en voz +baja--. ¡Únicamente en caso de que escapase!... + +Se trastornó todo el edificio de suposiciones elevado por mi inducción. +Si Taboada debía ser sagrado para aquellos hombres, ¿qué podían hacer +con él? + +Miré repetidas veces hacia el lugar donde sabía que estaba la casa de +Olga, pero no alcancé á verla, pues me la ocultaban los árboles. + +El general abandonó el volante, cambiando de sitio con su chófer. La +habilidad de éste le inspiraba, sin duda, más confianza que su propia +habilidad. Hablaron en voz baja, al mismo tiempo que el indio +acariciaba las llaves y palancas de la máquina con gruñidos de +satisfacción. + +Yo no entiendo de automóviles; pero adivinaba en aquel carruaje un +organismo maravilloso que iba á obedecer fielmente al espíritu maligno +de sus conductores. Parecía muerto, sin el menor latido que denunciase +su vida interior; pero bastaba un ligero movimiento de mano para que se +estremeciese instantáneamente todo él, como un caballo que desea +lanzarse á una carrera loca. + +--Prepárese á conocer algo primoroso, Maltranita--dijo Castillejo en voz +queda, sin volver la cabeza--. Presenciará usted una caza nunca vista. + +Pero ¿qué necesidad tenía este demonio de general de hacerme ver cosas +«primorosas»?... + +Pasaron cinco minutos, ó una hora, no lo sé bien. En tales casos no +existe el tiempo. + +De pronto oí un ruido de voces broncas, una disputa de ebrios. Los dos +hombres del sombrerón se querellaban bajo los árboles. + +Otro hombre pequeño surgió, un poco más allá, de la sombra proyectada +por los fresnos, como si pretendiese atravesar la avenida, pasando á la +acera opuesta. + +Mi agudeza adivinatoria volvió á romper el misterio con luminosas +cuchilladas. Vi (sin verla en la realidad) la puerta de la casa de Olga +abriéndose para dar salida al ingeniero. Éste titubeaba un poco al +sentir que la puerta se había cerrado detrás de él, al mismo tiempo que, +algunos pasos más allá, dos hombres, dos «pelados», empezaban á discutir +de un modo amenazador, como si fueran á pelearse. ¡Mal encuentro! +Taboada se llevaba una mano atrás, buscando el revólver, inseparable +compañero de toda vida mejicana. Luego, deseoso de evitar el peligro, +en vez de seguir á lo largo de la acera, atravesaba la avenida para +continuar su camino por el lado opuesto.... + +No pude pensar más. Me sentí sacudido violentamente de los pies á la +cabeza por el brutal arranque del automóvil; me creí arrojado á lo alto, +como si el carruaje, después de rodar sobre la tierra unos momentos, se +elevase á través de la atmósfera. + +Perdí desde este momento la normalidad de mis sentidos, para no +recobrarla hasta el día siguiente. Todo me pareció indeterminado é +irreal, lo mismo que los episodios de un ensueño. + +Vi cómo el hombre intentaba retroceder, esquivando el automóvil salido +repentinamente de la sombra. Pero el vehículo se oblicuó para alcanzarle +en su retirada. Entonces pretendió avanzar lo mismo que antes, y la +máquina perseguidora cambió otra vez de dirección, marchando rectamente +á su encuentro. + +Todo esto fué rapidísimo, casi instantáneo, sucediéndose las imágenes +con una velocidad que las fundía unas en otras. Sólo recuerdo el salto +grotesco y horrible, un salto de fusilado, que dió la víctima al +desaparecer bajo el automóvil con los brazos abiertos. + +El vehículo se levantó como una lancha sobre una pequeña ola. Pero esta +ola era sólida, y su dureza pareció crujir. + +Miré detrás de mí instintivamente. Una sombra negra, una especie de +larva, quedaba tendida sobre el pavimento. Se retorcía con dolorosas +contracciones, lo mismo que un reptil partido en dos. Salían gemidos é +insultos de este paquete humano que intentaba elevarse sobre sus brazos, +arrastrando las piernas rotas. + +--¡Brutos!... ¡Me han matado! + +Pero instantáneamente dejé de verle. Apareció ante mis ojos el extremo +opuesto de la avenida. El automóvil acababa de virar, con tanta +facilidad, que caí sobre uno de sus costados, vencido por la brusca +rotación. + +Se deslizaba de nuevo en busca del caído, y éste, al verle venir, ya no +gritó. Tal vez el miedo le hizo callar; tal vez se imaginaba el infeliz +que los del vehículo regresaban para darle auxilio, y enmudecía, +arrepentido de sus exclamaciones anteriores. + +Ahora la ola fué más dura, más violenta. El automóvil se levantó como si +fuera á volcarse, y hubo un chasquido de tonel que se rompe, estallando +á la vez duelas y aros. Todavía viró el vehículo varias veces, con la +horrible facilidad de su ágil mecanismo, pasando siempre por el mismo +lugar. ¿Cuántas fueron las vueltas?... No lo sé. El obstáculo que +encontraban las ruedas era cada vez más blando, menos violento; ya no +lanzaba crujidos de leña seca. + +Al día siguiente todos los periódicos hablaron de la muerte casual del +pobre Taboada cuando se dirigía á su domicilio. El suceso dió tema para +declamaciones contra la barbarie de los automovilistas que marchan á +toda velocidad por las calles, matando al pacífico transeúnte. + +El periódico nuestro hasta hizo el elogio fúnebre del ingeniero, +declarando que «había que reconocer noblemente en este enemigo político +á un hombre de talento, á un gran patriota lamentablemente +desorientado». + +Y nada más.... A los pocos días nadie se acordó del infeliz. + +Otros sucesos preocupaban á la nación. Se sublevaron los generales +candidatos, al convencerse de que no triunfarían legalmente. Muchos +creyeron necesario traicionar al gobierno, para seguir una vez más las +costumbres del país. El presidente fué asesinado, y yo, como primera +providencia, me escapé á los Estados Unidos. Tiempo tendría de volver, +cuando se aclarase la tormenta, para servir á los nuevos amos. + +Castillejo cayó prisionero, y aún está en la cárcel. Sus dignos +camaradas de generalato le siguen no sé cuántos procesos de carácter +político; pero lo peor es que, recientemente, han empezado a acusarle +por el asesinato del ingeniero. + +Nadie cree ya en el accidente del automóvil. Parece que fueron muchos +los que presenciaron lo ocurrido desde sus ventanas prudentemente +entornadas. Tal vez lo vió uno nada más, y los otros hablan por agradar +á los vencedores. ¡La soledad nocturna de las calles de Méjico!... +Detrás de cada persiana hay ojos que sólo ven cuando les conviene; bocas +mudas que sólo hablan cuando llega el momento oportuno. + +Ustedes creen, tal vez, que yo podría volver allá, sin ningún +peligro.... En realidad, nada malo hice en dicho asunto, y aún me +estremezco al recordar el susto que me dió el maldito general. + +Pero no volveré; pueden estar seguros de ello. Conozco á mis antiguos +amigos. Castillejo es mejicano y sus acusadores también. Yo no soy mas +que un extranjero, un español, un _gachupín_, y todos acabarían por +ponerse de acuerdo para afirmar que fué Maltrana el que guiaba el +automóvil. + +Noto también que les causa á ustedes cierta satisfacción el espíritu de +justicia que demuestran los nuevos gobernantes al perseguir á Castillejo +por su delito. + +Me asombro de su inocencia. ¡Pero si cualquiera de aquellos generales ha +ordenado docenas de crímenes igualmente atroces!... + +No es justicia, es venganza; y más aún que esto, es envidia, amargura +ante la superioridad ajena. + +Detestan á Castillejo porque les inspira admiración. Hablan de él como +los pintores de una nueva manera de expresar la luz, como los escritores +de las imágenes originales encontradas por un colega. + +Lo que más les irrita es que ya no podrán emplear sin escándalo el +procedimiento del automóvil. Ha perdido toda novedad. ¡Y á cada uno de +ellos le hubiese gustado tanto ser el primero!... + + + + +UN BESO + + +Esto ocurrió á principios de Septiembre, días antes de la batalla del +Marne, cuando la invasión alemana se extendía por Francia, llegando +hasta las cercanías de París. + +El alumbrado empezaba á ser escaso, por miedo á los «taubes», que habían +hecho sus primeras apariciones. Cafés y restoranes cerraban sus puertas +poco después de ponerse el sol, para evitar las tertulias del gentío +ocioso, que comenta, critica y se indigna. El paseante nocturno no +encontraba una silla en toda la ciudad; pero á pesar de esto, la +muchedumbre seguía en los bulevares hasta la madrugada, esperando sin +saber qué, yendo de un extremo á otro en busca de noticias, disputándose +los bancos, que en tiempo ordinario están vacíos. + +Varias corrientes humanas venían á perderse en la masa estacionada entre +la Magdalena y la plaza de la República. Eran los refugiados de los +departamentos del Norte, que huían ante el avance del enemigo, buscando +amparo en la capital. + +Llegaban los trenes desbordándose en racimos de personas. La gente se +sostenía fuera de los vagones, se instalaba en las techumbres, escalaba +la locomotora, Días enteros invertían estos trenes en salvar un espacio +recorrido ordinariamente en pocas horas. Permanecían inmóviles en los +apartaderos de las estaciones, cediendo el paso á los convoyes +militares. Y cuando al fin, molidos de cansancio, medio asfixiados por +el calor y el amontonamiento, entraban los fugitivos en París, á media +noche ó al amanecer, no sabían adonde dirigirse, vagaban por las calles +y acababan instalando su campamento en una acera, como si estuviesen en +pleno desierto. + + * * * * * + +La una de la madrugada. Me apresuro á sentarme en el vacío todavía +caliente que me ofrece un banco del bulevar, adelantándome á otros +rivales que también lo desean. + +Llevo cuatro horas de paseo incesante en la noche caliginosa. Sobre los +tejados pasan las mangas blancas de los reflectores, regleteando de luz +el ébano del cielo. Contemplo, con la satisfacción de un privilegiado, á +la muchedumbre desheredada que se desliza en la penumbra lanzando +miradas codiciosas al banco. El reposo me hace sentir todo el peso de la +fatiga anterior. Reconozco que si los hulanos apareciesen de pronto +trotando por el centro de la calle, no me movería. + +Una pierna me transmite su calor á través de una tenue faldamenta de +verano. Me fijo en mi vecina, muchacha de las que siguen viniendo al +bulevar por costumbre, pero sin esperanza alguna, pues el tiempo no está +para bagatelas. + +Tiene la nariz respingada, los ojos algo oblicuos, y un hociquito +gracioso coronado por un sombrero de cuatro francos noventa. El cuerpo +pequeño, ágil y flaco, va envuelto en un vestido de los que fabrican á +centenares los grandes almacenes para uniformar con elegancia barata á +las parisienses pobres. Por debajo de la falda asoman unas pezuñitas de +terciopelo polvoriento. Sonríe con un esfuerzo visible, frunciendo al +mismo tiempo las cejas. Se adivina que es una mujer ácida, de las que +«hacen historias» á los amigos; una especie de calamar amoroso, que +esparce en torno la amarga tinta de su mal carácter. + +Conversa con una respetable matrona que vuelve llorosa de la estación de +despedir á su hijo, que es soldado. Junto á ella está una hija de +catorce años, mirando á la vecina con ojos curiosos y admirativos. Los +que ocupan el resto del banco dormitan con la cabeza baja ó sueñan +despiertos contemplando el cielo. + +La burguesa, al hablar, gratifica á la muchacha ácida con un solemne +_Madame_. Hace un mes habría abandonado el asiento, á pesar de su +cansancio, para evitarse tal vecindad. ¡Pero ahora!... La inquietud nos +ha hecho á todos bien educados y tolerantes. París es un buque en +peligro, y sus pasajeros olvidan las preocupaciones y rencillas de los +días de calma, para buscarse fraternalmente. + +Sigo su conversación fingiéndome distraído. La madre es pesimista. +¡Maldita guerra! Parece que las cosas marchan mal. Le van á matar al +hijo; casi está segura de ello; y sus ojos se humedecen con una +desesperación prematura. Los enemigos están cerca; van á entrar en París +«como la otra vez».... Pero la joven malhumorada muestra un optimismo +agresivo. + +--No, no entrarán, _Madame_.... Y si entran, yo no quiero verlo, no me +da la gana; no podría. Me arrojaré antes al Sena.... Pero no; mejor será +que me quede en mi ventana, y al primero que entre en la calle le +enviaré.... + +Y enumera todos los objetos de uso íntimo que piensa emplear como +proyectiles. Vibra en ella la resolución absurdamente heroica de los +insensatos gloriosos que protestan para hacerse fusilar. + +Algo pasa por la acera que interrumpe estos propósitos desesperados. +Avanza lentamente un matrimonio de viejos: dos seres pequeñitos, +arrugados, trémulos, que se detienen un momento, respiran con avidez, +gimen é intentan seguir adelante. Ella, vestida de negro, con una capota +de plumajes roídos por la polilla, se muestra la más animosa. Es enjuta +y obscura; sus miembros, flacos y nudosos, parecen sarmientos trenzados. +Se pasa de mano á mano una maleta que tira de ella con insufrible +pesadez, encorvándola hacia el suelo. + +A pesar de su cansancio, intenta auxiliar al hombre, que es una especie +de momia. Su cabeza de pelos ralos aún parece más grande moviéndose +sobre un cuello cartilaginoso, del que surgen los ligamentos con duro +relieve. Los dos son de una vejez extremada; parecen escapados de una +tumba. Les atormentan los paquetes que intentan arrastrar; caminan +tambaleándose, como la hormiga que empuja un grano superior á su +estatura. En este cansancio aplastante se adivina un nuevo suplicio, el +de ir vestidos con las ropas guardadas durante muchos años para las +grandes ceremonias de la vida: ella con falda de seda dura y crujiente; +él puesto de levita y paletó de invierno. + +El viejo deja caer el fardo que lleva en los brazos, y luego se desploma +sobre este asiento improvisado. + +--No puedo más.... Voy á morir. + +Gime como un pequeñuelo. Su pobre cabeza de ave desplumada se agita con +el hipo que precede al llanto. + +--Valor, mi hombre.... Tal vez no estamos lejos. ¡Un esfuerzo! + +La viejecita quiere mostrarse enérgica y contiene sus lágrimas. Se +adivina que en la casa que dejaron á sus espaldas era ella la dirección, +la voluntad, la palabra vehemente. Su diestra escamosa, abandonando á la +otra mano todo el peso de la maleta, acaricia las mejillas del viejo. Es +un gesto maternal para infundirle ánimo; tal vez es un halago amoroso +que se repite después de un paréntesis de medio siglo. ¡Quién sabe! ¡La +guerra ha despertado tantas cosas que parecían dormidas para siempre!... + +Yo me imagino el infortunio de esos dos seres que representan ciento +setenta años. Son Filemón y Baucis, que acaban de ver su apergaminado +idilio roto por la invasión. Tienen el aspecto de antiguos habitantes de +la ciudad que han ido á pasar el resto de su existencia en el campo, +dejándose cubrir por las petrificaciones ásperas y saludables de la vida +rústica. Tal vez fueron pequeños tenderos; tal vez ganó él su retiro en +una oficina. Cuando no existían aún los hombres maduros del presente, se +refugiaron los dos en esta felicidad mediocre, en este aislamiento +egoísta soñado durante largos años de trabajo: una casita rodeada de +flores, con algunos árboles; un gallinero para ella, un pedazo de tierra +para él, aficionado al cultivo de legumbres. + +Entraron en este nirvana burgués cuando los ferrocarriles eran menos aún +que las diligencias, cuando la humanidad soñaba á la luz del petróleo, +cuando un despacho telegráfico representaba un suceso culminante en una +vida.... Y de pronto, el miedo á la invasión alemana, que suprime un +pueblo en unas cuantas horas, les ha impulsado á huir de una vivienda +que era á modo de una secreción de sus organismos. Luego se han visto en +París, aturdidos por la muchedumbre y por la noche, desamparados, no +sabiendo cómo seguir su camino. + +--Valor, mi hombre--repite la esposa. + +Pero tiene que olvidarse de su compañero para dar gracias, con una +cortesía de otros tiempos, á alguien que le toma la maleta é intenta +levantar al viejo. + +Es la muchacha ácida, que da órdenes y empuja con irresistible +autoridad. + +Ahora reconozco que no lo pasará bien el primer hulano que entre en su +calle. Con un simple ademán limpia de gente una parte del banco, para +que se instalen con amplitud los dos ancianos. + +Queda espacio libre, pero yo me guardo bien de volver á sentarme. No +quiero recibir un bufido con acompañamiento de varios nombres de +pescados deshonrosos. + +Sin duda la presencia de estos viejos ha resucitado en la memoria de la +muchacha la imagen de otros viejos largamente olvidados. + +La trémula Baucis da explicaciones. Dos días en ferrocarril. Han huído +con todo lo que pudieron llevarse. Su última comida fué en la tarde del +día anterior; pero esto no les aflige: los viejos comen poco. Lo que les +aterra es el cansancio. Llegaron á las diez: ni un carruaje, ni un +hombre en la estación que quisiera cargar con sus paquetes. Todos están +en la guerra. Llevan tres horas buscando su camino. + +--Tenemos en París unos sobrinos--continúa la anciana. + +Pero se interrumpe al ver que Filemón se ha desmayado, precisamente +ahora que descansa. Los curiosos del bulevar, que esperan siempre un +suceso, se aglomeran en torno del banco. La protectora empuja é insulta, +sin dejar de ocuparse de los viejos. + +--¿Y viven cerca los parientes? + +--Plaza de la Bastilla--contesta Baucis, que no sabe dónde está la +plaza. + +Un murmullo de tristeza; un gesto de lástima. Todos miran el extremo +del bulevar, que se pierde en la noche. ¡Tan lejos!... ¡No llegarán +nunca! Circulan pocos automóviles; sólo de vez en cuando pasa alguno. + +Los brazos de la bienhechora trazan imperiosos manoteos; su voz intenta +detener á los vehículos que se deslizan veloces. Carcajadas ó palabras +de menosprecio contestan á sus llamamientos, y ella, indignada contra +los chófers insolentes, da suelta al léxico de su cólera, intercalando +con frecuencia la frase más célebre de Waterloo. + +Cuando transcurren algunos minutos sin que pasen vehículos, vuelve al +lado de los viejos para animarlos con su energía. Ella los instalará en +un carruaje; pueden descansar tranquilos. + +De pronto salta en medio del bulevar. Viene mugiendo un automóvil del +ejército, desocupado y enorme, á toda fuerza de su motor. El soldado que +lo guía cambia de dirección para no aplastar á esta desesperada que +permanece inmóvil, con los brazos en alto. + +Su prudencia resulta inútil, pues la mujer, moviéndose en igual sentido, +marcha á su encuentro. La multitud grita de angustia. Con un violento +tirón de frenos, el automóvil se detiene cuando su parte delantera +empuja ya á esta suicida. Debe haber recibido un fuerte golpe. + +El chófer, un artillero de pelo rojo y aspecto campesino, que lleva +sobre el uniforme un chaquetón de caucho, increpa á la muchacha, la +insulta por el sobresalto que le ha hecho sufrir. Ella, como si no le +oyese, le dice con autoridad, tuteándole: + +--Vas á llevar á estos dos viajeros. Es ahí cerca, á la Bastilla. + +La sorpresa deja estupefacto al soldado. Luego ríe ante lo absurdo de la +proposición. Va de prisa, tiene que entrar en el cuartel cuanto antes. +Le grita que se aleje, que salga de entre las ruedas. Ella afirma que no +se moverá, é intenta tenderse en el suelo para que el vehículo la +aplaste al ponerse en marcha. + +El artillero jura indignado, tomando por testigos á los curiosos. Esto +no es serio; le van á castigar; el cuartel...los oficiales.... Pero ella +está ya en el pescante, inclinando hacia el conductor su rostro ceñudo, +esforzándose por encontrar un gesto de graciosa seducción. + +--Yo te recompensaré. Llévalos y te daré un beso. + +Sonríe el soldado débilmente, mirándola á la cara para apreciar el valor +del ofrecimiento. No es gran cosa, pero ¡qué diablo! un beso siempre +resulta agradable. + +La gente ríe y palmotea, y la muchacha, mientras tanto, se aprovecha de +esta situación para instalar á los viejos en el vehículo con todos sus +paquetes. + +El chófer pone en movimiento su motor. + +--Gracias, _Madame_--dice lloriqueando Baucis, mientras Filemón articula +gemidos de gratitud. + +Pero _Madame_ no les oye, ocupada en depositar dos besos sonoros en las +mejillas del artillero, brillantes y ennegrecidas por la grasa de los +engranajes. «Toma...toma.» + +Se aleja el automóvil y se deshacen los grupos. Las pezuñitas de +terciopelo vuelven hacia el banco. Una de ellas cojea dolorosamente. +Siento la tentación de besar también, de besar á la muchacha ácida; pero +me inspira miedo. + +Temo que interprete torcidamente mis intenciones. + + + + +LA LOCA DE LA CASA + + + + +I + + +Todos los viajeros, antes de abandonar la vieja ciudad de la Flandes +francesa, oían la misma pregunta: + +--¿Ha visto usted al señor Simoulin?... + +No importaba que hubiesen invertido varias horas en la visita de la +catedral, cuyas sombrías capillas están llenas de cuadros antiguos. +Tampoco era bastante para conocer la ciudad haber recorrido sus iglesias +y conventos de la época de la dominación española, así como las hermosas +viviendas de los burgueses de otros siglos. El conocimiento quedaba +incompleto si los curiosos prescindían de visitar el Museo-Biblioteca, y +en él á su famoso director, que unos llamaban simplemente «el señor +Simoulin», como si no fuese necesario añadir nada para que el mundo +entero se inclinase respetuosamente, y otros designaban con mayor +simplicidad aún, diciendo «nuestro poeta». + +De todas las curiosidades de la urbe flamenca, la más notable, la que +indudablemente le envidiaban las demás ciudades de la tierra, era +Simoulin, «nuestro poeta». En esto se mostraban acordes todos los +vecinos y los tres periódicos de la población, completamente +antagónicos é irreconciliables en las demás cuestiones referentes á la +política municipal. + +Sin embargo, nadie podía enseñar la casa natalicia de esta gloria de la +localidad. El gran Simoulin era del Sur de Francia, un meridional del +país de los olivos y las cigarras, que había llegado siendo muy joven á +la ciudad, para encargarse del Museo-Biblioteca en formación. Pero en +ella había contraído matrimonio, en ella habían nacido sus hijos y sus +nietos, y la gente acabó por olvidar su origen, viendo en él á un +compatriota que era motivo de orgullo para la provincia. + +Un sentimiento de gratitud se unía á la general admiración. Gracias á +Simoulin, el Museo se había llenado de objetos que acreditaban las +pasadas glorias del país; gracias á «nuestro poeta», los fabricantes de +cerveza y de paños, gentes ricas y de pocas letras, que constituían la +aristocracia de la ciudad, podían hablar, sin miedo á equivocarse, de +los obispos, guerreros y burgomaestres de otros siglos que +indudablemente eran sus ascendientes. + +Además, el personaje imponía admiración con su aspecto. Los que le +contemplaban por primera vez sonreían satisfechos. «Así se habían +imaginado al grande hombre; no podía ser de otro modo.» Y parecían +venerar con sus ojos las luengas barbas blancas, las dos crenchas de su +cabellera, onduladas y brillantes como las vertientes de una montaña +cubierta de nieve. De pie, perdía gran parte de su majestad, por ser +pequeño de estatura y mostrarse agitado continuamente á causa de su +inquietud nerviosa. Sentado en su Museo, recordaba al Padre Eterno, á +pesar de las arrugas de su rostro y el mal color de su tez, impregnada +del polvo de los libros y de las piezas arqueológicas. + +Cuando hablaba--y el gran Simoulin era incapaz de callar así que tenía +un oyente--, su palabra parecía difundir en torno de él una aureola de +prestigio histórico. Todas las celebridades de la segunda mitad del +pasado siglo las había conocido el grande hombre. Recordaba como amigos +de ayer á Víctor Hugo y á Gambetta. Con este último había tenido, +indudablemente, cierto trato, cuando el futuro gobernante de la +República andaba echando sus discursos de tribuno republicano por los +cafés del Barrio Latino. Al grandioso poeta lo había visto una vez nada +más, confundido en una comisión de estudiantes que fué á saludarle á la +vuelta de su destierro en Guernesey. Pero esto sólo representaba á los +ojos de los admiradores de Simoulin un detalle histórico insignificante, +y todos repetían, con la firmeza del que dice la verdad: + +--Víctor Hugo, que fué íntimo amigo de nuestro Simoulin. + +De otras amistades hablaba el grande hombre con más exactitud. En el +Barrio Latino había tenido por camaradas á Zola, á Daudet y á otros +escritores de su generación. Esto era indiscutible. Podía enseñar cartas +de todos ellos, cartas breves, de un afecto forzoso, pero en las que +vibraba la nostalgia de la juventud, ya lejana; cartas que los hombres +célebres contestan por deber á los camaradas de los primeros pasos que +cayeron rendidos en la mitad del camino. Y los admiradores del director +del Museo-Biblioteca repetían lo que tantas veces habían leído en los +periódicos locales: + +--Hubiese sido el primer poeta del mundo, de querer seguir en París. +Para él era la gloria que ahora disfrutan muchos con menos talento. Pero +prefirió vivir entre nosotros.... + +¡Cómo no adorar á un hombre que había hecho tal sacrificio en honor de +la antigua y adormecida ciudad!... + +Todos en ella se esforzaban por corresponder á tal abnegación, +haciéndole grata la existencia. El Consejo municipal atendía sus +indicaciones con tanto respeto como el Colegio de cardenales escucha la +voz del Papa. Aunque la ciudad no tuviese dinero, lo encontraba siempre +para las mejoras de su Museo-Biblioteca. Los subprefectos enviados de +París visitaban inmediatamente al grande hombre. Un presidente de la +República, al pronunciar su discurso durante una permanencia de breves +horas en la ciudad, había saludado á Simoulin como la más alta gloria de +la región. Los industriales del país, que sólo aceptaban alianzas con +gente de dinero, habían admitido como yernos á los hijos del poeta. + +Su gloria se extendía por toda la provincia como algo irresistible, +reflejándose en las provincias limítrofes. En toda ceremonia oficial, +los periódicos se cuidaban, ante todo, de anunciar: «Hablará el ilustre +Simoulin.» Unas veces era un discurso patriótico; otras, una oda de +circunstancias. Los organizadores de banquetes contaban con un medio +seguro para evitar el fracaso: «A los postres, pronunciará un brindis +nuestro poeta.» Y en pocas horas no quedaba un asiento disponible. + +Todos los que en la ciudad se sentían tentados por el demonio de la +literatura acudían á la Biblioteca para pedir consejo al ilustre +maestro. Los recibía como amigos antiguos, y, arrastrado por su +vehemencia verbal, dejaba pronto de ocuparse de ellos para hablar de su +propia persona. + +--Un día, el abuelo Hugo me dijo que.... + +Por las tardes se reunían en su casa los admiradores de su ciencia +histórica: varios señores retirados de la magistratura, del comercio ó +de las armas, que en vez de entretenerse coleccionando sellos, se habían +dedicado á la arqueología provincial. + +El discípulo preferido era el comandante Pierrefonds, un hombre corto de +estatura, fornido, parco en palabras, de mal carácter, que gruñía á la +menor contradicción bajo su recio bigote rojo y blanco. Tenía el gesto +reconcentrado y amenazante de un perro feroz y mudo. Sólo el maestro +Simoulin se atrevía á bromear con él. Vivía solitario, en una casa de +las afueras, con una vieja ama de llaves y una colección de monedas +antiguas, á la que pensaba dedicar el resto de su existencia de célibe. + +Se había retirado del ejército con verdadero placer al llegar á la edad +reglamentaria, después de una serie de campañas coloniales penosas y sin +gloria, que habían quebrantado su salud y agriado su carácter. Sólo le +interesaba actualmente la numismática, y no reconocía otra grandeza +humana que la de su eminente amigo y maestro. Su ambición era ser el +primero de los «simoulinistas», y los que envidiaban su privanza, +viéndole acompañar al grande hombre á todas partes, lo habían apodado +«el dogo del poeta». + +Esta veneración no cegaba al rudo comandante hasta el punto de hacerle +desconocer los defectos de su maestro. Pierrefonds era capaz de dejarse +matar si le exigían una mentira á cambio de la existencia; nunca +recordaba haber faltado á la verdad voluntariamente; ¡y, en cambio, su +admirado maestro!... + +Dudaba el militar antes de definir la verdadera personalidad moral del +ilustre Simoulin.... Lo mismo les ocurría á muchos de los discípulos. En +la misma incertidumbre estaban sus hijos, su vieja esposa, todos los que +le trataban de cerca. + +¿El poeta era un embustero?... + +No; no lo era. El que miente lo hace con un fin interesado, por orgullo +ó por perjudicar á otro. Y el ilustre maestro no mentía; lo que hacía, +simplemente, era ignorar la verdad, huir de ella cuando la encontraba al +paso.... Y si le obligaban á mirarla de frente, la veía con unos ojos +distintos á los ojos de los demás. + +Las cosas nunca eran para él como para los otros; siempre las +contemplaba como quería que fuesen y no de acuerdo con la realidad. + +Además, carecía por completo del sentimiento de la medida, inclinándose +á la exageración para aumentar ó disminuir las cosas. Unas veces hablaba +de su ciudad como de una urbe igual á Londres ó Nueva York. Otras veces +la compadecía cual si fuese una aldea. Las personas pasaban á ser en su +apreciación semidioses ó monstruos; nada guardaba para él sus +proporciones regulares: ni seres ni objetos. + +Uno de sus admiradores, antiguo juez aficionado á las disquisiciones +filosóficas, había hecho su diagnóstico. + +--Tiene la enfermedad de muchos grandes hombres. Su peor enemigo es «la +loca de la casa». + +Este era el apodo que el filósofo Malebranche había dado á la +imaginación. Había días en que «la loca» dormía detrás de la frente, en +el piso más alto de aquel edificio humano, y el poeta se mostraba tan +razonable y justo en sus apreciaciones como un fabricante de paños de la +localidad. Otras veces, la inquilina del cráneo se despertaba impetuosa, +haciendo toda clase de cabriolas y extravagancias, y el ilustre maestro +pasaba de golpe á vivir en un mundo quimérico, mientras su cuerpo se +movía en este mundo terrenal. Sus ojos miraban, para ver lo que no veían +los otros, sus manos poseían un tacto sobrenatural, mientras su boca iba +emitiendo, con acento de sinceridad, errores y exageraciones +equivalentes á grandes mentiras. + +El rudo Pierrefonds lamentaba estos excesos de «la loca de la casa», +pero no por ello compadecía á su maestro. + +--Todos los genios fueron así. + +Recordaba á Balzac y á otros escritores imaginativos, que poblaron su +vida práctica de absurdas concepciones, aceptándolas como realidades. + +Además, ¡quién sabe si era «la loca de la casa» la que había hecho que +este hombre del país de los olivos y las cigarras conquistase con tanta +rapidez la vieja ciudad dormida y sin ensueños!... + + + + +II + + +La guerra vino á aumentar considerablemente la gloria de Simoulin. + +En un mes, su actividad muscular y su actividad mental funcionaron con +más apresuramiento que durante varios años. Se le vió en todas partes: +en la estación del ferrocarril despidiendo á los hombres que iban á +incorporarse á sus regimientos; en el paseo principal, donde, al caer la +tarde, entonaban las músicas himnos patrióticos coreados por la +muchedumbre. La gente interrumpía sus cantos al ver las blancas melenas +del poeta. «¡Que hable el señor Simoulin!», gritaban mil voces. Y al +poco rato lloraban las mujeres, rugían de entusiasmo los hombres que aún +no habían ido al ejército, y hasta las banderas tricolores parecían +aletear con más fuerza, como azotadas por el vendaval patriótico del +lírico orador. + +Cruzaba los brazos lo mismo que Napoleón después de una victoria; otras +veces manoteaba y rugía igual á Dantón al declarar la patria en peligro. +Los más grandes personajes históricos pasaban por él, y de tal modo se +identificaba con sus evocaciones, que Simoulin era el primer engañado. +Prometía el triunfo con la certidumbre de un gran estratega capaz de +derrotar á los enemigos cuando se lo propusiese; hacía llorar á su +público con una sugestión irresistible, pero él era el primero en verter +lágrimas, conmovido por su propia elocuencia al describir la injusta +agresión que sufría la patria. + +Esta vida imaginativa y elocuente duró sólo unas semanas. Simoulin se +mostraba insensible á las malas noticias. Eran, según él, invenciones de +los enemigos. Pero ¡ay! la realidad se encargó de despertarle un día, +con rudo manotazo. Los alemanes se habían extendido por Bélgica é iban á +pasar de un momento á otro la vecina frontera, entrando en Francia. +Muchos vecinos de la ciudad huían. Algunos burgueses prudentes +insinuaron al poeta la conveniencia de retirarse á París, por creer que +el gobierno necesitaría la colaboración de un hombre tan célebre. + +--¡Que vengan los enemigos!--contestó con sencillez--. Aquí los aguardo. + +Sus hijos estaban en el ejército; las mujeres de la familia se habían +ido á una ciudad del interior con todos los nietos. Simoulin, +completamente solo, se consideraba preparado para toda clase de +heroísmos. + +--Yo también--le había dicho Pierrefonds. + +El comandante consideraba una felonía abandonar la ciudad. Al declararse +la guerra, había sufrido una amarga decepción viendo que no lo +aceptaban para combatir en el frente, á causa de sus enfermedades de +antiguo soldado colonial. Al fin, para que no insistiese en sus quejas, +lo hicieron director de un modesto servicio de administración militar en +la misma ciudad. + +--Mientras el ministro de la Guerra no me ordene otra cosa, aquí estaré. + +Y como el ministro de la Guerra, preocupado por el avituallamiento y la +suerte de los ejércitos en retirada hacia el Marne, no se acordó de que +exista en el mundo un comandante Pierrefonds encargado de unos cuantos +centenares de capotes viejos, el belicoso numismático pudo ver desde una +ventana de su casa cómo llegaban á la ciudad los primeros pelotones de +hulanos. + +El ama de gobierno tuvo que arrodillarse ante él, abrazando sus piernas +y recordándole las dulces intimidades de otros tiempos ya olvidados. +Sólo así consiguió arrancar de sus manos el viejo revólver con el que +pretendía recibir á tiros á los invasores. Por su culpa podían morir +fusilados muchos vecinos de la ciudad, según afirmaba su vetusta +compañera. Además, se acordó de los consejos del maestro: + +--Pierrefonds, cuando vengan (si es que vienen), mostrémonos grandes y +altivos en la desgracia. Un heroísmo que se sacrifica es muchas veces +más poderoso que el heroísmo que vence. + +El ilustre Simoulin tuvo numerosas ocasiones de conocer este sacrificio +predicado por él. Cuando intentó presentarse á los generales invasores +para formular una elocuente protesta contra los atropellos cometidos por +sus tropas, sólo pudo ver á un oficial, que le contestó sarcásticamente, +acabando por amenazarle con el fusilamiento. Nadie hacía caso de su +nombre; aquellos guerreros vestidos de gris verdoso parecían oirlo por +primera vez. Los hijos del país que meses antes rodeaban al poeta con +su cariñoso entusiasmo no podían servirle ahora de consuelo. Unos +estaban en la guerra; otros habían huído; los demás sufrían en la ciudad +toda clase de vejaciones, y para evitarlas, se mantenían ocultos en sus +casas. + +El poeta sufrió el tormento del hambre y el suplicio aún más intolerable +de la humillación. ¡Quién hubiese podido reconocer á los pocos meses de +tiranía alemana al ilustre director de la Biblioteca!... Parecía haber +vivido diez años en unas cuantas semanas. Estaba triste. «La loca de la +casa» había abandonado indudablemente aquel desván de su cuerpo en el +que tantas cabriolas llevaba hechas. + +Al encontrarse con algún grupo de míseros compatriotas, intentaba +reanimarlos lo mismo que cuando hablaba en la plaza pública bajo el +aleteo de las banderas, coreado por trompetas y tambores. + +--Esto pasará pronto. He recibido magníficas noticias, que no puedo +decir.... ¡Los nuestros se aproximan! + +Pero su voz tenía el sonido de una moneda falsa. Necesitaba engañarse á +sí mismo para hablar con el entusiasmo de otros tiempos, y «la loca de +la casa» ¡ay! parecía haber muerto. + +Un día, los alemanes, aburridos sin duda de repetir monótonamente los +mismos procedimientos de intimidación--quema de edificios, +fusilamientos, trabajos forzados--, pusieron en práctica un nuevo +suplicio. La esclavitud del vencido, castigo de las guerras antiguas, +fué resucitada por los invasores. Una parte del vecindario se vió +deportada al interior de Alemania para trabajar las tierras del +vencedor. + +Viejos, mujeres y adolescentes formaron una masa de desesperación y +miseria, encuadrada por los caballos y las lanzas de los jinetes +alemanes. Al frente de este rebaño de esclavos figuraban, para mayor +escarnio, los dos vecinos más respetables que habían quedado en la +ciudad: Simoulin y su discípulo Pierrefonds. + +--Comandante--dijo el poeta una vez más--, piense que el heroísmo que se +sacrifica es más grande, etc.... + +Le daba miedo el aspecto del veterano. Tenía los ojos inyectados de +sangre; bufaba de cólera, haciendo temblar su bigote. Parecía no oír á +su maestro. Pensaba por primera vez que había sido una gran torpeza no +moverse de la ciudad. Envidiaba á los que podían morir en el frente. +«¡El comandante Pierrefonds llevado en cuadrilla, como un esclavo +negro!... ¡Ira de Dios!» + +Había pasado los días oculto en su casa, para no ver á los invasores. Su +ama de llaves le evitaba toda salida, temiendo que hiciese un disparate. +Pero ahora los tenía ante sus ojos; podía verlos de cerca.... + +No eran muchos: un destacamento de infantería y unas cuantas parejas de +hulanos iban á escoltar á los deportados hasta otra estación algo +lejana. + +Un jefe único vigilaba desde lo alto de su caballo los preparativos de +marcha de este rebaño dolorido: un militar pálido y de una delgadez +ascética. Simoulin creyó ver en él una expresión de cansancio y de +remordimiento. Tal vez exageraba su rigidez militar para hacer menos +visible la vergüenza que le producía esta vil función de guardador de +esclavos. + +Pierrefonds, en cambio, le miraba fijamente, por ser el jefe. Al iniciar +el grupo su marcha, pasando ante el caballo del alemán, estalló la +cólera del comandante, muda y reconcentrada hasta entonces. Quiso morir +fusilado antes que dar un paso más. + +--¡Abajo Guillermo! ¡Mueran los verdugos!--gritó con una voz ronca. + +El hombre á caballo parpadeó vivamente bajo la visera de su gorra, hizo +un movimiento de sorpresa y de cólera; quedó indeciso contemplando al +prisionero. Los ojos agresivos de éste parecieron devolverle la calma, y +miró á otra parte, levantando los hombros levemente. + +«¡Suicida!» Y esta palabra, que pareció proferir el enemigo con su +indiferencia afectada, irritó aún más al comandante. También le irritó +el automatismo de aquellos soldados, que indudablemente le habían +entendido; pero eran incapaces de oír mientras no oyese su jefe. + +Quiso lanzar por segunda vez el insulto, pero no pudo. Alguien le tiraba +del brazo; una cara se pegaba á la suya, hundiendo en sus ojos una +mirada de espanto. + +--¡Pierrefonds! ¡Amigo mío! ¿Está usted loco? ¡Por Dios, cállese! Va +usted á conseguir que nos fusilen á todos. + +Y Simoulin dijo esto con tal expresión de angustia, que el comandante +desistió de continuar. + +Pero el miedo sufrido hizo rencoroso al poeta. + +--¡Qué disparate!--continuó diciendo--. ¡Pero eso es una niñada sin +objeto, impropia de su edad!... + +Y transcurrieron muchos días sin que el grande hombre le perdonase el +susto pasado. + +A pesar de los sufrimientos de su esclavitud, cada día mayores, Simoulin +decía de pronto, mirándole con ojos severos: + +--Pero ¿dónde tenía usted la cabeza?... ¿Qué se propuso usted al lanzar +aquellos gritos absurdos?... ¿Quería usted mi muerte y la de tantos +infelices? + + + + +III + + +Al terminar la guerra recobró poco á poco la ciudad su antiguo aspecto. +Empezaron á volver á ella los vecinos huídos, y los que habían soportado +durante más de cuatro años la dominación extranjera les relataban sus +miserias. + +Regresaron también en pequeños grupos los deportados al interior de +Alemania, pero su número había disminuido durante la esclavitud. Eran +muchos los que se quedaban para siempre en las entrañas de aquella +tierra aborrecida y hostil. + +Entre tantas desgracias, representaba una alegría para la ciudad la +certeza de que Simoulin, «nuestro poeta», no había muerto. Es más; al +principio, los enemigos lo habían tratado sin ninguna consideración, +pero el mérito no puede permanecer mucho tiempo en la obscuridad, y +cierto profesor alemán que había sostenido en otro tiempo +correspondencia con el grande hombre sobre hallazgos arqueológicos, al +saberle prisionero, consiguió trasladarlo á su ciudad, haciéndole más +llevadero el cautiverio. El poeta hizo partícipe de esta buena suerte al +comandante, en su calidad de numismático, y para los dos transcurrió el +período de cautiverio en una dependencia humillante pero soportable. + +La ciudad, á pesar de sus recientes tristezas, hizo grandes preparativos +para recibir á Simoulin á su vuelta de Alemania. Ya era algo más que un +gran poeta, gloria de su país adoptivo; había pasado á convertirse en +héroe, digno de servir de ejemplo á las generaciones futuras. Cuando +tantos huían, él continuaba en su puesto, y el brillo de su gloria era +tal, que los feroces enemigos habían acabado por respetarlo, tratándole +casi con tanta admiración como sus convecinos. + +Un aplauso inmenso saludó á Simoulin al descender del tren. «¡Qué viejo +está!» Y las mujeres, vestidas de luto, lloraban, olvidando +momentáneamente sus dolores para no ver mas que los sufrimientos del +adorado grande hombre. Pero aunque había perdido en el destierro una +parte de su cabellera de plata, conservaba intacto su entusiasmo, su +inquietud movediza, su verbosidad lírica, que volvió á estremecer la +ciudad lo mismo que un soplo primaveral. + +Detrás, como un perro fiel, llegaba Pierrefonds, sin que los años de +esclavitud hubiesen dejado en él ninguna huella aparente, reconcentrado +y agrio lo mismo que antes, pero con una expresión de inmensa melancolía +en los ojos. Los alemanes le habían robado su colección de monedas. Ya +no le quedaba en su casa mas que el ama de llaves. ¿Qué entretenimiento +podía encontrar un hombre después de esto?... ¿Era posible, á sus años, +empezar una nueva colección?... + +Desalentado, seguía á Simoulin por la fuerza de la costumbre, abriéndose +paso entre un gentío que aclamaba al maestro y no lo reconocía á él. + +Cuando el poeta, conducido en alto por un grupo de jóvenes, fué +depositado en el gran balcón del Palacio Municipal, extendió sus manos +augustas sobre la plaza negra de muchedumbre y rompió á hablar como en +sus mejores tiempos. + +Pasarán varias generaciones antes que se extinga en el país el recuerdo +de este discurso. + +¡Qué de aplausos! ¡Qué de lágrimas de emoción!... El poeta describió el +martirio de la ciudad; los sufrimientos de sus hijos, arreados como +esclavos; la agonía de los que murieron de miseria lejos de la amada +tierra natal. + +Luego creyó llegado el momento de hablar un poco de su persona. + +--No me tributéis honores--dijo modestamente--. He cumplido mi deber, lo +mismo que mis compañeros de desgracia. Todos nos hemos mostrado grandes +y altivos frente al invasor; todos hemos sido héroes con el heroísmo del +que se sacrifica, más poderoso mil veces que el heroísmo que vence. + +Aquí tuvo que detenerse, ahogada su voz por el estrépito de una ovación +inmensa. + +--Permitidme, para terminar--continuó--, que os relate una breve +historia, como demostración de lo que puede el heroísmo humano cuando no +teme á la muerte. Callaría, si mi persona fuese la única que figuró en +este suceso; pero otro que está cerca de mí hizo tanto como yo, y mi +modestia no debe arrebatarle la gloria que le corresponde. + +Simoulin describió la salida del triste rebaño humano conducido á la +esclavitud. Al frente iban él y el comandante. + +--Y al pasar ante el jefe de aquellos bandidos, Pierrefonds y yo, +estrechamente abrazados, deseando morir, le gritamos en pleno rostro: +«¡Abajo Guillermo! ¡Mueran los verdugos!» + +El comandante, que estaba en el balcón junto al grande hombre, abrió los +ojos con asombro y espanto, mientras le temblaban los bigotes, como si +no pudiese contener una avalancha de frases de protesta. + +Pero el orador, uniendo la acción á la palabra, se había abrazado á él +nerviosamente, desafiando con la mirada á un enemigo imaginario y +dispuesto al fusilamiento. Además, era imposible hablar. La muchedumbre +rugía de entusiasmo; los aplausos sonaban como una granizada +interminable. + +«La loca de la casa» había resucitado, haciendo otra vez de las suyas. + +Y el comandante, librándose del abrazo, acabó por inclinar su cabeza, +rojo de vergüenza al pensar que aceptaba una mentira, pero agradeciendo +al público aquella ovación, la primera de toda su existencia. + + + + +IV + + +Transcurrieron dos años. Hasta en París se habló muchas veces del +heroísmo del poeta Simoulin, que quiso morir insultando á los invasores. +¡Viejo heroico!... + +En la ciudad todos conocían su grito. Ya no era sólo «nuestro poeta»; +era el hombre que había gritado: «¡Abajo Guillermo! ¡Mueran los +verdugos!» Hasta los niños de las escuelas sabían esto, por haberlo oído +á sus profesores, y al encontrar al señor Simoulin se descubrían con +veneración, como si viesen pasar la bandera de la patria. + +El comandante Pierrefonds vivía desorientado, dudando de sus sentidos, +creyéndose algunas veces juguete de «la loca de la casa» que también +llevaba en lo más alto de su cuerpo, como todos los seres humanos, pero +que hasta entonces había vivido dormitando y ahora empezaba á +atormentarle con sus jugarretas. + +Tenía la seguridad de que el maestro había hablado de él en su +discurso. Es cierto que se atribuyó, por un exceso imaginativo, la mitad +del acto de su discípulo, pero concediéndole generosamente la otra +mitad. De eso estaba seguro Pierrefonds. Recordaba con orgullo los +aplausos del público dirigidos á su persona.... + +Pero este público ya no se acordaba de él. La muchedumbre parecía haber +perdido la memoria. Nadie se imaginaba ya al grande hombre abrazándose +al comandante para morir. Las masas no aman la gloria colectiva, á causa +de su vaguedad; quieren algo preciso é individual, les gusta el héroe +aislado y bien á la vista. Y por esto hablaban todos del grito del señor +Simoulin, del heroico reto del señor Simoulin á los enemigos, sin +mencionar para nada al comandante. + +El grande hombre, contagiado por el olvido general, tampoco recordaba su +invención del abrazo y la hazaña en común. Veía las cosas como quería +verlas «la loca de la casa»; se contemplaba elevando la diestra--tal vez +como le iba á representar en lo futuro una estatua de bronce en el mejor +paseo de la ciudad--y lanzando el grito famoso. Hasta podía describir +exactamente, con su gran poder imaginativo, cómo ocurrió el hecho. Y al +transcurrir el tiempo, iba encontrando en su memoria nuevos detalles que +añadir á la primitiva visión, todos de indiscutible veracidad. + +El comandante empezó á aborrecer de un modo definitivo todo lo que le +rodeaba. Muchas veces dudó de sí mismo. ¿Lo que él creía la verdad no +sería un sueño, y los otros, al olvidarse de él, estarían verdaderamente +en lo cierto?... + +Luego, recobrando la fe en sí mismo, despreciaba á sus conciudadanos y +no quería salir de su casa. + +¿Para qué ver gentes? ¿Para oírles alabar al señor Simoulin y su grito +histórico?... + +Ya no veía al maestro. Le resultaba intolerable la inocente seguridad +con que describía su hazaña. «La loca de la casa» se mostraba en él como +una desvergonzada, indigna del trato con personas decentes. Además, los +alemanes le habían robado sus monedas y sus medallas, y le era doloroso +volver á conversar con el maestro sobre cuestiones numismáticas. + +Su única ocupación fué bostezar leyendo libros viejos, regar su pequeño +jardín y hacer comparaciones entre su vejez y la de su ama de llaves. + +Un día, vió turbada esta soledad. Le visitaron los organizadores de un +banquete en honor de «nuestro poeta», con motivo de la nueva +condecoración que le había concedido el gobierno. + +Iba á ser la fiesta más importante de todas las que se habían tributado +al grande hombre. Tal vez la última. ¡El pobre estaba tan viejo!... +Vendrían de París diputados y senadores; hasta el ministro de +Instrucción pública había prometido su asistencia. + +--Y el maestro--continuaron los organizadores--ha preguntado por usted. +Se extraña de no verle. ¡Le gustaría tanto tenerlo cerca, en la mesa!... + +El enfurruñado comandante se negó á asistir á la fiesta, pero su vieja +compañera le aconsejó lo contrario. Le convenía ver á sus antiguos +amigos; necesitaba distraerse.... + +Al fin, accedió. Le había conmovido la suposición de que esta fiesta en +honor de su antiguo maestro podía ser la última. Deseaba verle. ¡Quién +sabe si no le vería más!... + +La noche del banquete, el poeta le recibió con los brazos abiertos. + +--¡Ah, Pierrefonds!... ¡Valeroso compañero de miserias y de +esclavitud!... + +Y lo presentó al ministro y á todos los personajes llegados de París. + +--Un héroe, señores; un verdadero soldado y un gran patriota. + +Pierrefonds gruñió dulcemente, y su bigote se contrajo con algo que +parecía una sonrisa. Se sintió arrepentido interiormente de sus cóleras. +El maestro era bueno; su fama la repartía con los humildes. Todo lo +anterior había sido, indudablemente, obra de los envidiosos, que +deseaban separarlos. + +Durante el banquete, Simoulin no le perdió de vista. El comandante no +podía estar a su lado; aspirar á esto hubiera sido un disparate. El +maestro tenía por vecinos de mesa á los grandes personajes venidos de la +capital. Pero lo había hecho sentar al alcance de su voz y de sus ojos, +y hasta levantó su copa una vez mirando a Pierrefonds. + +--¡A la salud de mi heroico compañero!... + +¡Simpático maestro! ¿Cómo no quererle?... Su alma desconocía la +injusticia. + +Al llegar la hora de los brindis, hablaron como una docena de señores. +Luego, el poeta pronunció su discurso de gracias. + +Fué una hermosa pieza oratoria; y como Simoulin, á pesar de su lirismo, +gustaba de tener siempre un tema fijo, en torno del cual podía enroscar +caprichosamente sus improvisaciones, escogió uno: «el valor cívico y el +valor guerrero». + +Inútil es decir que, desde los primeros párrafos, el pobre valor +guerrero quedó muy por debajo del valor cívico. + +Tal vez por esto, Pierrefonds, que era militar, empezó a sentir cierta +inquietud. Le daban miedo los ojos brillantes del maestro, unos ojos +juveniles, detrás de cuyos cristales empezaba á danzar «la loca de la +casa». Adivinó que el alma del poeta no estaba allí. Volaba por un mundo +fantástico, y volvería dentro de unos instantes, derramando sobre la +mesa, como flores reales, todas las rosas quiméricas recogidas en su +viaje. ¿Qué iba á decir?... Su palabra continuaba fluyendo, sonora, +fácil, entusiástica. + +--Y para terminar, señores, puedo citaros un ejemplo, que hará ver, +mejor que todas mis palabras, lo que son los dos valores. + +»Aquí está mi amigo el comandante Pierrefonds, mi compañero de +cautiverio, un verdadero héroe, un soldado cubierto de condecoraciones y +de heridas, que realizó las mayores hazañas en nuestras guerras +coloniales. Su valor guerrero es indiscutible. Yo no soy mas que un +pobre poeta, capaz, en determinados momentos, de mostrar cierto valor +cívico. + +»Ya conocéis la escena de nuestra salida de esta ciudad como prisioneros +de los alemanes. La prensa, el libro y hasta el grabado han reproducido +esta escena, tributándome con ello una gloria que no merezco. Yo +grité.... lo que grité; fué algo superior á mi voluntad, que tal vez me +aconsejaba ser prudente. Pero el valor cívico, cuando despierta, no +conoce el peligro. + +»Y apenas grité «¡Abajo Guillermo! ¡Mueran los verdugos!» este hombre de +guerra, héroe de cien campañas, tal vez porque tiene un sentido de la +realidad más exacto que yo, que no soy mas que un pobre poeta, me agarró +las manos, suplicándome: «¡Por Dios, maestro! ¡Nada de locuras! ¡Nos va +usted a hacer matar a todos!...» Esto no lo habrá olvidado seguramente +mi querido camarada de infortunio. Y como es un soldado de valor +indiscutible, podrá reconocer también sin rubor alguno que tal vez en +aquella ocasión sintió cierto miedo, el primer miedo de toda su vida. + +El comandante no pudo protestar. Una aclamación ensordecedora había +interrumpido la elocuencia del orador. Todos le tendían las manos, +conmovidos por la sinceridad y la sencillez de sus palabras. Y el poeta +heroico se sentó, jadeando de emoción y de fatiga. Su discurso había +terminado. + +Pierrefonds optó por marcharse, sin que el público reparase en su fuga, +ni en sus gestos coléricos, ni en las palabras de indignación que iba +barboteando. + +Después de aquella noche, nadie le ha visto más. + +Tal vez no quiere salir á la calle; tal vez ha renunciado para siempre á +vivir en la misma ciudad que el poeta y su «loca de la casa». + + + + +LA SUBLEVACIÓN DE MARTÍNEZ + + + + +I + + +Después que triunfó la revolución, y sus caudillos, instalados +definitivamente en la capital de Méjico, se repartieron los principales +cargos--desde presidente de la República hasta rector de la +Universidad--, el valeroso Doroteo Martínez empezó á sentirse aburrido, +sin atinar con la causa. + +En verdad, no podía quejarse de su suerte. Seis años antes era segundo +capataz en la hacienda de un gran señor que pasaba la mayor parte del +tiempo en París. + +Un día montó a caballo para seguir á los vengadores de Madero y derribar +a su asesino Huerta. ¿Por qué no había de ser revolucionario, á +semejanza de otros mejicanos de tan humilde origen como él, que llegaban +á ministros y hasta presidentes?... Guadalupe su mujer, carácter +despótico, opuesto sistemáticamente á todas sus decisiones, aceptó esta +vez con entusiasmo el proyecto de dedicarse á la guerra. + +--A ver si llegas a general--le dijo--. ¡Está una tan cansada de ver +generalas que empezaron siendo criadas!... + +El miedo a la mujer, una buena suerte incansable y el afán de que su +nombre apareciese en letras de imprenta y fuese cantado en verso con +acompañamiento de guitarra, le empujaron en su ascensión gloriosa. A los +treinta años se vió general de brigada, sin haber tropezado con grandes +obstáculos. Su astucia de campesino le hizo saltar oportunamente de un +grupo á otro en las contiendas civiles que surgieron al final de la +revolución, adivinando quién iba á triunfar y quién iba á sumirse para +siempre en la desgracia y el olvido. + +Su primer jefe y maestro fué Pancho Villa. A sus órdenes hizo la mayor +parte de la guerra; pero al verlo en lucha con Carranza, presintió que +este antiguo «ranchero», de porte solemne y aseñorado, al que llamaban +«el viejo barbón», tenía más aspecto de presidente que el antiguo +bandido, y se fué con él. + +Por segunda vez Guadalupe reconoció que su esposo era á veces capaz de +resoluciones acertadas. + +El guerrillero, durante la presidencia de Carranza, conoció todas las +dulzuras del poder. De la capital de Méjico le llegaban grandes sobres +con el sello del gobierno llevando esta inscripción: «Al ciudadano +general Doroteo Martínez, comandante de las tropas en operaciones.» + +Su autoridad se extendía nominalmente sobre un territorio más grande que +algunas naciones de Europa, pero sólo era efectiva en la población donde +había establecido su Estado Mayor y en otros grupos urbanos ocupados por +sus tropas. + +La importancia de estas tropas también era más ilusoria que real. Vistas +desde las oficinas ministeriales de Méjico, constaban de una docena de +miles de hombres, con casi igual número de caballos. Sobre el terreno de +las operaciones los regimientos se achicaban hasta convertirse en +partidas; los miles de combatientes bajaban á ser centenares; y los +caballos, que debían estar próximos á morir de un reventón, según las +montañas de forraje que llevaban consumidas--a juzgar por las cuentas +pagadas por el Ministerio de la Guerra--, eran escuálidos jamelgos que +pastaban en los campos de los particulares, alimentándose á la ventura +con lo que podían encontrar. + +El general, siguiendo una respetable tradición, se guardaba +tranquilamente los sueldos de los combatientes que no existían y el +valor de los piensos que jamás habían olido sus caballos. De algún modo +debía pagar la patria los servicios pretéritos de sus héroes y los que +le seguirían prestando en el resto de sus días. + +Continuaba en guerra el país. En vano el gobierno de la capital hacía +decir á los periódicos que sólo se mantenían en armas algunos bandidos, +á los que pensaba exterminar de un momento á otro. Lo de que fuesen +bandidos ó no lo fuesen quedaba reservado á la apreciación siempre +divergente de los gobernantes y de sus enemigos; pero lo cierto era que +los que corrían montes y campos, haciendo saltar trenes con dinamita, +quemando poblaciones, fusilando prisioneros y llevándose mujeres, habían +convivido como camaradas de armas con los mismos que marchaban ahora en +su persecución. + +Martínez se tuteaba con todos los insurrectos que tenía encargo de +fusilar así que cayesen en sus manos. Meses antes eran todavía tan +generales como él. Hasta le obligaban á marchar contra su antiguo ídolo +el temible Villa, y procuraba hacerlo con la mayor discreción, como un +esgrimista novel que se bate con su maestro. + +Perseguidos y perseguidores parecían evitar los golpes decisivos. Los +adversarios de Martínez propalaban en la capital que éste tenía más +empeño en eternizar la guerra que los mismos insurrectos. La paz +significaba para él, como para los otros jefes de operaciones, la +supresión de los regimientos fantasmas y de los piensos de la caballada +no menos irreales. + +Pero el valeroso Doroteo despreciaba estas invenciones de la +malevolencia. ¡Qué hombre ilustre carece de envidiosos! + +Había perdido su timidez de los primeros tiempos de la revolución, +cuando rondaba en torno de los caudillos principales como un oficial de +lealtad perruna, siempre dispuesto á encargarse de las misiones +peligrosas. Empezaba a creer que había nacido para cumplir una misión +histórica, según afirmaban sus aduladores. Al marcharse á la guerra, +sólo sabía trazar su firma como un jeroglífico, y aun esto lo había +aprendido durante unos meses que pasó en la cárcel á causa de ciertas +puñaladas recibidas por alguien que pretendía casarse con la que ahora +era su mujer. Durante la guerra se familiarizó con la literatura +declamatoria de las proclamas y los artículos revolucionarios, y pudo +llegar á leer de corrido estos impresos, siempre que fuesen de letra +gruesa. + +Ahora tenía como secretario á un periodista traído de la capital, joven +poeta, que redactaba todos los decretos que el comandante de operaciones +dirigía á los pobladores de su territorio, tratando en ellos muchas +veces sobre los destinos de la humanidad futura y la revolución +universal, como si fuesen dedicados á los habitantes del planeta entero. + +Al verse tan bien servido por la pluma del secretario, Martínez, cuando +no estaba de operaciones, sentía la necesidad de convertir en leyes +todas las ideas simples y nuevas para él que hervían en su cerebro. + +--Sandoval, vamos á escribir media docena de decretos--decía después de +las comidas, como si esto suavizase su digestión. + +Y á un mismo tiempo legislaba sobre la limpieza de las calles de la +ciudad, sobre el amor libre, sobre la hora de empezar el espectáculo en +los cinematógrafos y sobre un nuevo reparto de la propiedad rural. Los +decretos siempre terminaban condenando á ser pasados por las armas á +todos los que desobedeciesen las órdenes de su autor. La gente, +familiarizada con el peligro y la muerte, no hacía gran caso de ellos. +¡Eran tantos los decretos, y por otra parte tan poco numerosas las +personas del distrito que sabían leer! + +Pero si rara vez llegaban á ser una realidad positiva, estos documentos +servían de un modo maravilloso al general cuando deseaba suprimir á +alguien. Siempre ocurría que este importuno había desobedecido alguna de +sus leyes tan minuciosas y tan diversas, y el Consejo de guerra que se +reunía en el _foyer_ del teatro de la ciudad no necesitaba discutir +mucho para enviar al acusado al cementerio, lugar donde se verificaban +los fusilamientos de rebeldes, evitándose de este modo las molestias de +una larga conducción de los cadáveres. + +Estos castigos extremados apenas alteraban la popularidad de Martínez. +¡Qué general no había hecho otro tanto! En el populacho, medio indio, +persistía el alma de sus crueles ascendientes, los cuales veneraban á +sus dioses cuanto más sedientos se mostraban de sangre y según el número +de víctimas á las que se extraía el corazón en sus altares. + +Además, Martínez casi gozaba honores de gloria nacional. Su secretario +rara vez lo designaba por su apellido. Era por antonomasia «el héroe de +Cerro Pardo», lugar donde había batido á los «soldados de la tiranía» +durante la revolución. Otros generales se veían venerados como +semidioses por haber perdido un brazo ó una pierna. Martínez había +perdido una oreja en Cerro Pardo, y mostraba con orgullo su sien mocha +en las ceremonias oficiales. Pero con una guedeja de su largo cabello +procuraba ocultar la falta del pabellón auditivo, siempre que, abusando +de la adormecida fiereza de la generala, se atrevía á visitar á ciertas +señoras admiradoras de su heroísmo. + +Muchas de las comunicaciones que enviaba Sandoval al gobierno de Méjico +eran devueltas con una nota pidiendo un estilo más claro, por considerar +el texto incomprensible. El héroe se indignaba. + +--¿Para esto hemos hecho la revolución? En el Ministerio de la Guerra no +hay mas que gente atrasada; reaccionarios que no pueden entender lo que +es el simbolismo. + +Como todos los simples que sólo han recibido una instrucción primaria y +tardía, amaba con entusiasmo el estilo complicado y los neologismos que +exigen largas explicaciones. + +El libro más interesante de la época presente iba á ser la _Historia del +general Doroteo Martines_, obra voluminosa que estaba escribiendo su +secretario. De ella, lo más apreciado por el autor y por el protagonista +era el «Capítulo ochenta y dos», titulado así: «De cómo el general, a +pesar de ser antimilitarista, comunista y ácrata, se vió obligado á +fusilar á doscientos cincuenta compañeros de armas que se rebelaron +contra el gobierno, faltando á la disciplina.» + +En la vida ordinaria era una buena persona, que hablaba con voz tímida, +ceceando lo mismo que un niño, y si su interlocutor le miraba fijamente, +apartaba los ojos como avergonzado. Los efectos de su bondad y su +sencillez se extendían hasta Europa. Como ejercía una autoridad de +procónsul sobre su comarca natal, una de sus primeras disposiciones fué +apoderarse de la gran propiedad en la que había trabajado como humilde +capataz. + +El propietario, residente en París, recibió de él una carta dulce y +respetuosa: «Venga usted por aquí, patroncito; tendré un verdadero gusto +en verle. Arreglaremos cuentas sobre su hacienda. Le manifestaré mi +agradecimiento por sus bondades con este su antiguo servidor.» + +Pero el propietario, que era mejicano y conocía á su gente, no pensó un +momento en volver á un país donde los capataces se convierten en +generales. Se sentía mejor cerca de los Campos Elíseos, aunque tuviera +que recurrir á préstamos y trampas para compensar las rentas que ya no +llegaban del otro lado del Océano. Prefería ver el Arco de Triunfo con +hambre, antes que la sonrisa melosa y los ojos terriblemente dulces del +héroe de Cerro Pardo. + +Los comerciantes de la ciudad, extranjeros todos ellos que daban parte á +Martínez en sus negocios y no se atrevían á acometer empresa alguna sin +tenerle por consocio, le habían regalado por suscripción una espada +«artística» y un uniforme de general. + +Este uniforme, mezcla de japonés y de alemán, quedó en una silla, bajo +la mirada pensativa del héroe. La gorra con entorchados deslumbrantes y +un águila de oro enorme, los bordados de las mangas y las hombreras, +parecían herir su vista. + +--Yo soy un ciudadano--dijo á su secretario--. (No olvide usted, +Sandoval, de repetirlo en el libro.) Yo soy un ciudadano, y estos +uniformes son los que perdieron á muchos de mis camaradas que han muerto +fusilados por traidores. + +Y como él prefería ser ciudadano, siguió usando sus trajes civiles, una +indumentaria soñada sin duda en sus tiempos de pobreza como algo +magnífico y quimérico: trajes de paño azul celeste ó verde esmeralda, +corbatas y pañuelos con las tintas del arco iris, productos de fábricas +misteriosas de Inglaterra ó los Estados Unidos, cuya existencia ignora +el común de los mortales y que parecen trabajar únicamente para la +elegancia masculina de los trópicos. Una placa de esmalte con un águila, +fija en una de sus solapas, revelaba á los demás mortales su condición +de general. + +Pero un día se mostró en los salones del antiguo palacio del obispo, +convertido en comandancia de armas, vistiendo el deslumbrante uniforme. + +--Somos débiles, Sandoval--dijo melancólicamente--. Me lo he puesto para +dar gusto á la generala. + +Un viejo tendero español--el iniciador de la suscripción--se entusiasmó +al verle. + +--Estás más hermoso que el sol. Pareces Bismarck...pareces Hindenburg. +Así deberías ir todos los días, Doroteíto. + +Y le acariciaba el vientre con suaves palmadas. Era el único que podía +tutearle, como un privilegio de la época en que el general frecuentaba +la tienda del _gachupín_ como simple peón, llevándose al fiado de comer +y de beber. Además, este personaje opulento y respetable era el que se +encargaba de figurar como único contratista en todos los servicios de +las tropas. + +Para darle gusto, así como á su Guadalupe, se sacrificó al fin el +general, vistiendo su uniforme de gala siempre que estaba en la ciudad. +Al salir de operaciones volvía á cubrirse con el enorme sombrero +mejicano, poco menor que un paraguas, única prenda uniforme de sus +soldados en tiempo ordinario. + +Su gloria y su poder no encontraban obstáculo alguno en el rincón de la +República sometido á su autoridad. Los jóvenes empleados en los +ministerios de la capital se agrupaban para reir, leyendo en voz alta +las comunicaciones enviadas por el héroe de Cerro Pardo. + +Los grandes periódicos comentaban con una ironía algo miedosa las +sublimidades laberínticas de su estilo. Pero el presidente y los +ministros restablecían el prestigio del héroe: + +«¿Martínez?... Algo tonto y vanidoso, pero un hombre leal, un soldado +fiel, y además un héroe.» + +Era tan común en la historia del país la traición, el sublevarse los +generales contra el gobierno con las mismas tropas facilitadas por éste, +que Doroteo resultaba un personaje excepcional. + +Todo cuanto hiciese se lo tolerarían los gobernantes. Firmemente +asegurado en su situación, no temía á Dios ni á los hombres. + +Únicamente una persona le infundía miedo: su mujer. + + + + +II + + +Cuando el capataz Doroteo dejó de trabajar para irse con los +revolucionarios, Guadalupe no dudó un momento en seguirle. + +Un mejicano debe ir á todas partes con su mujer, hasta á la guerra. Lo +mismo los defensores del gobierno que los revolucionarios, llevaban con +ellos á sus mujeres, apodadas «soldaderas», que eran las que remediaban +la ausencia de administración militar, cuidando cada una del alimento de +su hombre. + +Durante las marchas iban á vanguardia, rodeadas de enjambres de niños y +con las ropas de la familia formando un lío sobre su cabeza. Lo robaban +todo, arrasaban los campos, como una nube de langosta, y cuando las +tropas hacían alto, encontraban ya la hoguera ardiendo y la comida en su +punto. Los primeros contactos entre ambos bandos los realizaban casi +siempre las dos vanguardias de «soldaderas». Olvidando momentáneamente +su antagonismo, se vendían unas á otras lo que consideraban superfluo. +El defensor del gobierno, por mediación de su compañera, facilitaba +víveres al rebelde. Otras veces ocurría lo contrario. + +La moneda carecía casi siempre de valor en estas transacciones. El bando +falto de municiones sólo quería vender su pan á cambio de cartuchos, y +el que los tenía los entregaba, ansioso de comer, sin fijarse en que, +horas después, estos mismos proyectiles podían darle la muerte. Al +entablarse el combate, las «soldaderas» y sus enjambres de chiquillos se +retiraban á retaguardia. Otras veces, si el momento era angustioso, la +hembra se mezclaba en la pelea para sostener al compañero herido y +seguir tirando con su fusil. + +Guadalupe vivió así; hizo marchas interminables á pie ó á la grupa del +caballo de su hombre. Pero como Doroteo obtuvo rápidamente sus primeros +ascensos, pronto se elevó sobre la muchedumbre de «soldaderas» de tez +amarillenta, cabellera aceitosa y ojos ardientes, asombrosamente flacas. + +Fué la capitana Martínez, luego la comandanta, y ya no tuvo que avanzar +al trote junto á los jinetes, llevando sobre su cabeza el colchoncillo y +las ropas que constituían el ajuar andante del matrimonio. Doroteo, +excelente esposo, había matado á un oficial del gobierno para regalarle +á ella su caballo. + +Al ser coronel, su generosidad marital deseó algo más. + +--¡Si pudiese robar un automóvil para «la vieja»!... + +«La vieja» era Guadalupe, que tenía entonces veintiséis años. No +resultaba difícil hacerse dueño de un automóvil. Abundaban mucho en un +país vecino á los Estados Unidos y con la frontera libre. No había +revolucionario de alguna graduación que no tuviese el suyo. La +importancia de los jefes se medía por los parques de automóviles que +llevaban detrás de ellos. + +Y la coronela hizo la guerra en un vehículo americano. Su adquisición +sólo costó á Martínez dos palabras breves y el apoyar su revólver en el +pecho del primitivo dueño. + +El chófer era un mestizo de enorme sombrerón y descalzo, que llevaba el +fusil entre las dos manos fijas en el volante. Dentro iba Guadalupe y +toda su casa: un lío de colchones, dos sacos para la ropa sucia, una +criadita mestiza que se sentaba á sus pies, tres gatos y un perro en la +banqueta, junto á la señora, y un loro que se paseaba por la capota +recogida, sirviendo de remate trasero á este vehículo triunfal. Todos +los automóviles ignoraban la limpieza desde muchos meses. La lluvia y el +barro habían cubierto su exterior con una costra parda y agrietada. +Parecían forrados de piel de elefante. Como la esposa de Martínez era +relativamente esbelta, su vehículo se limitaba á chillar por la falta de +aceite y de aseo. Otros tenían un muelle roto y saltaban sobre sus +ruedas, acostándose como una barca próxima á zozobrar. Siempre se +inclinaban del lado donde acostumbraba á sentarse la generala ó la +ministra, con la abrumadora majestad de su centenar de kilos carnales. + +Los revolucionarios marchaban como lo permitían las exigencias +topográficas: unas veces en fila, extendiéndose leguas y leguas; otras +en masa horizontal á través de las llanuras, llevando en torno un +segundo ejército de mujeres y chiquillos. Lo mismo habían avanzado en +otros siglos las grandes invasiones históricas. Eran como las antiguas +naciones en marcha, que arrastraban detrás de ellas los seres y los +muebles que forman la familia. + +Algunas veces llegaban á ser veinte mil, todos á caballo, sin +medicamentos, sin víveres, confiando al azar la vida del día siguiente. +Cada uno hacía la misma recomendación al camarada: «Si me hieren en el +pecho ó en el estómago, dame un tiro en la cabeza. Prefiero esto á +quedar vivo junto al camino.» + +No podían ser considerados como caballería, á pesar de que todos iban +montados. Carecían de armas blancas y no podían dar una carga. Eran +infantes que sólo echaban pie á tierra en el momento de empezar el fuego +contra el enemigo. Hasta los generales llevaban el rifle atravesado +sobre el delantero de la silla. + +La única infantería era la de los _yaquis_, indios montañeses que no +habían querido aprender de los conquistadores españoles el arte de +cabalgar y mostraban aún cierta repugnancia ante el caballo. Estos +_yaquis_ figuraban como enemigos de todos los gobiernos desde la época +de Porfirio Díaz, que cometió el sacrilegio de implantar en sus tierras +el telégrafo y el ferrocarril. Se dejaban convencer fácilmente por los +revolucionarios, con la esperanza de que éstos les librasen de +innovaciones vergonzosas. En los combates eran los únicos que se batían +avanzando. + +La muchedumbre montada, al emprender su marcha todos los amaneceres, +veía á los _yaquis_ tranquilos en su campamento, como si pensasen +quedarse allí. Cuando al llegar la noche, después de una larga jornada á +caballo, se detenían para descansar, encontraban instalados ya á los +mismos indios en el lugar designado de antemano, como si hubiesen +llegado volando y sin fatiga aparente. Puestos en cuclillas escuchaban +con atención religiosa el repiqueteo de los tamborcillos pendientes de +las muñecas de sus jefes, instrumentos que servían á la vez para sus +fiestas y para transmitir órdenes. + +La imagen de su esposa Guadalupe iba unida siempre á estos recuerdos de +la guerra. Al principio la mujer mostraba cierto pavor; el silbido de +las balas parecía irritar sus nervios. Un día, para recoger á su hombre +herido, tuvo que lanzarse en pleno combate, y desde entonces consideró +poca cosa el intervenir en las operaciones de guerra. + +Las «soldaderas» hablaban de ella como de una gloria de su sexo, +colocándola al nivel de los jefes más célebres de la revolución. Los +hombres, por galantería instintiva, admiraban su hazañas, exagerándolas, +como si nadie pudiese igualarlas. Todo el ejército repitió lo mismo al +hablar de los esposos Martínez. «Él es un buen soldado, un +valiente...pero como hay muchos. Ella vale más. ¡Qué mujer!...» + +Su conducta durante la vida azarosa de marchas y campamentos contribuyó +á aumentar su fama. Guadalupe tenía mal carácter. Muchas veces, al +rozarse su automóvil con el de alguna generala--igualmente cargado de +colchones, sacos de ropa sucia, cuadrúpedos, aves y numerosos +chiquillos--, empezaban á insultarse ambas damas por si la una pretendía +cortar el paso á la otra. La coronela, sin consideración á su grado +inferior, recordaba á la generala las aventuras amorosas de su señora +madre ó la época en que sus tías lavaban la ropa de los soldados. Hasta +que el heroico Martínez, avisado del incidente, acudía á todo galope +para meter su caballo entre ambas furias. + +Los hombres, al recordar que esta mujer se batía lo mismo que ellos, +encontraban lógico que se considerase superior á las otras, gordas aves +domésticas que se habían lanzado al campo para marchar detrás de los +combatientes, escarbando con el pico el terreno de la lucha, en busca de +los residuos de la victoria. + +Su fidelidad matrimonial era también muy admirada. Uno de los grandes +jefes había recibido de ella varios latigazos cierto día que osó algunos +atrevimientos con la amazona. El mismo personaje golpeado acabó por +arrepentirse, y á impulsos de la admiración, fué en adelante un +protector de Martínez y de su esposa. + +Cuando Doroteo llegó á general, sus envidiosos atribuyeron toda la +carrera del héroe á la influencia de Guadalupe. «No es que sea menos +valiente que los demás--decían--; pero á causa de su compañera, los de +arriba se fijan en sus acciones, que, realizadas por otros, quedarían +ignoradas.» + +Al terminar la guerra, cuando Martínez pasó á ser defensor del gobierno +recién constituído, Guadalupe no quiso prolongar sus hazañas militares. +Era ridículo que la esposa de un comandante de operaciones saliese al +campo á perseguir á los rebeldes, muchos de los cuales había conocido +ella meses antes como amigos, teniéndolos por excelentes personas. + +Renanció a las costumbres violentas de campaña, á los largos galopes, al +automóvil sucio y hasta á las palabrotas aprendidas en sus años de +existencia varonil. Fué en adelante la «señora generala» y quiso +rivalizar con Martínez en esplendores de lujo. + +Las gentes de la ciudad casi se sintieron cegadas por el resplandor de +las joyas que en ciertos días la cubrieron desde la garganta al vientre. +Doroteo había trabajado bien, lo mismo que todos los padres de familia +mezclados en la revolución. No tenía hijos, como los otros, pero tenía +á Guadalupe; y siempre que en sus correrías veía algo vistoso y de +precio, sacaba el enorme revólver de su funda, diciendo: «Esto para mi +vieja...y esto otro también.» + +Total: que la esposa del héroe de Cerro Pardo poseía una colección +enorme de alhajas, y los maliciosos las encontraban iguales á las que +habían comprado en Londres y en Nueva York ciertas familias del Méjico +anterior que andaban ahora vagabundas, lejos del país. + +Guadalupe huía de la ostentación en los días ordinarios y se limitaba á +llevar simplemente media docena de sortijas de brillantes, un reloj con +pulsera de platino en una muñeca, otro igual en la muñeca opuesta y un +tercer reloj más grande colgando del cuello. + +Así se mostraba por las tardes á la admiración pública, ocupando uno de +los ocho automóviles que poseía el héroe como recuerdo de sus campañas. +Su paseo favorito era la calle central de la ciudad, una alameda con +árboles seculares, de cuyas ramas pendían á veces hombres ahorcados. +Eran ladrones, mestizos incorregibles que hurtaban gallinas, hortalizas +y otras cosas igualmente preciosas á pesar de los decretos del general. +Y Martínez, que era enemigo inexorable del robo, les aplicaba sin +compasión la pena decretada por su dictadura revolucionaria. + +Guadalupe casi tenía una corte. Las damas del pasado régimen--la +aristocracia del país--la visitaban y adulaban, para defender de este +modo su tranquilidad y sus bienes. Los subordinados de su esposo, cuando +deseaban algo, preferían pedírselo á la generala, como si creyesen más +en su autoridad que en la de Martínez. Ella los tuteaba con una bondad +superior. Volvía á ser la compañera de armas que se había encargado +muchas veces de guisar en el campo para su marido y todos los de su +Estado Mayor. + +Recordaba con cierta nostalgia los años de guerra, pero tenía por mejor +el tiempo actual. ¡Ojalá no se acabasen nunca los insurrectos y su +marido fuese perpetuamente comandante de operaciones!... + +Martínez se sentía menos contento en su interior. Empezaba á pesarle la +autoridad de su esposa. ¿De qué le servía haber llegado á héroe +nacional, si Guadalupe le inspiraba un miedo superior á su voluntad? No +valía la pena haber hecho una revolución para verse privado de realizar +sus gustos. + +Luego de pensar esto, miraba á su mujer largamente, con una reflexiva +atención que ella no llegaba á adivinar, acostumbrada á tener en poco +todo lo de su marido. Aún la encontraba hermosa á los treinta y tantos +años, lo mismo que cuando se casaron. Producto de varios cruzamientos de +españoles con indias, tal vez había además en sus venas cierta parte de +sangre africana. Unos ojos grandes, húmedos y ligeramente oblicuos; una +dentadura fuerte y deslumbrante entre los labios gruesos de rosa +obscuro; una carne pomposa y pálida, y una cabellera exuberante, negra y +con tendencia á rizarse apenas la abandonaba el peine, eran los +componentes principales de su belleza. + +Así la vió Doroteo durante diez años, como si fuese una criatura +insensible al tiempo, y así la hubiese visto siempre. + +Pero un día se dió cuenta de que empezaba á disgregarse su armonía +corporal, como si las tres sangres que existían en ella se hubiesen +cansado de permanecer revueltas, aislándose, para asomar cada una por +separado á la superficie. Sobre la tez blanca empezó á esparcirse una +especie de viruela subcutánea, formada de puntos negros pequeñísimos, +como granos de pólvora. En una mejilla y en otras partes menos visibles +se marcaban ó desaparecían, según los días, grandes manchas violáceas. +Era la madurez precoz de la criolla de diversos orígenes. Además, ¡sus +palabras rudas y violentas, su ignorancia, su deseo de mantenerlo +sometido, tratándole despectivamente en presencia de las gentes!... + +Martínez vió todo esto de pronto, pero fué porque acababa de encontrar +un término de comparación en otra mujer. + + + + +III + + +Cuando Guadalupe deseaba dar broma al general en presencia de sus +contertulios, se expresaba así: + +--Este viejo, aquí donde ustedes lo ven, anda enamorado, loco, detrás de +la _Gringuita_. + +Cerrando una mano, le apuntaba con el dedo índice, y añadía, amenazante: + +--¡Que te pille yo, y verás lo que es bueno! + +Pero á continuación, considerando que la broma había durado bastante, +decía con gravedad: + +--La _Gringuita_ es una joven muy apreciable, que gana su vida y +mantiene á todos sus hermanos. Además, ¡lo que sabe! Yo me quedo +asombrada escuchándola. Parece mentira que una mujer pueda estudiar +tanto.... Perderías el tiempo, viejo. Esa no te hace caso á ti. + +Era hija de un maestro de escuela que había muerto el año anterior. Se +educaba en los Estados Unidos cuando esta desgracia la obligó á volver +al país, dejando incompletos sus estudios. Quería servir de madre á sus +hermanos menores, que después de muerto el padre, quedaban completamente +solos en la casa. Seis años de vida en Nueva York habían desfigurado á +esta joven mejicana, dándole otras costumbres y hasta un aspecto físico +completamente diferente. + +Los personajes de la ciudad la protegían, seducidos por sus finas +maneras y por la sencillez con que hablaba de unos estudios que sólo +conocían ellos de oídas. La habían colocado como maestra en una de las +principales escuelas y prometían ayudarla en la realización de todas las +innovaciones que proyectaba. + +Algunas solteronas feas y de carácter agriado torcían el gesto ante el +entusiasmo pedagógico de los hombres. + +--¡Claro!... ¡La _Gringuita_ es tan primorosa!... + +Martínez figuraba entre los protectores de la maestra. + +--Yo soy un hombre de progreso, ¿saben?--decía al hablar de ella--; por +eso me interesan los proyectos de esa niña que ha estudiado con los +_gringos_. Su pobre padre tuvo una excelente idea al enviarla á Nueva +York para que aprendiese lo que no sabemos nosotros. La aprecio mucho, +por su seriedad sobre todo. En cuanto á su hermosura, de la que tanto +hablan las malas lenguas, ¡pchs!... + +El general hacía un gesto de duda que casi llegaba á ser despectivo. +Tenía razón: la belleza de Dora no era extraordinaria. La maestrita +poseía el encanto de la juventud, una juventud ágil y sana, mantenida +por los deportes y la higiene. + +Pero lo que se callaba Doroteo era que él la prefería á las beldades del +país por lo mismo que resultaba distinta á todas. Como recuerdo de su +madre--una extranjera que se había casado en Méjico con el maestro para +producir media docena de hijos y morirse inmediatamente--, tenía el pelo +de un rubio ceniciento y los ojos verdes claros. En cambio, todas las +mujeres del país eran morenas pálidas, con cabelleras de un negro +intenso. + +Dora iba vestida con unos trajecitos baratos, sencillos y elegantes, que +el general había admirado muchas veces en los periódicos ilustrados. +Tocaba el piano, cantaba en inglés y tenía la soltura y las formas +gimnásticas de un muchacho. + +La generala centelleaba de joyas, iba envuelta en sedas y bordados, como +la imagen de la Virgen patrona de la ciudad; llevaba peinetas altas como +torres sobre su apretada cabellera; tocaba la guitarra y prescindía de +sentarse en los sillones y en todo mueble que tuviese brazos, por miedo +á no poder introducir entre ellos sus exuberancias dorsales. + +Cuando la maestrita se ponía bajo un rayo de sol, su cutis blanco +parecía dorarse con la luminosidad de un vello finísimo semejante al de +los frutos en sazón. Igual había sido Guadalupe en otros tiempos, pero +ahora un bigote cada vez menos discreto empezaba á entenebrecer su boca. + +El héroe visitaba con frecuencia la escuela de Dora, lanzando discursos +á los niños, en los que repetía que la revolución se había hecho +especialmente para el fomento de la enseñanza. También se apresuraba á +entrar en el salón de su mujer siempre que le avisaban que la maestrita +hacía tertulia á doña Guadalupe. Delante de la gente balbuceaba +preguntas sobre los progresos de los _gringos_, abriendo los ojos con +asombro cuando la joven le hablaba de la grandeza de su amada Columbia +University, en la que había pasado sus mejores años. + +--Usted dirigirá una Universidad igual ó parecida, señorita: yo se lo +prometo. El gobierno dará los millones que se necesiten para +construirla. Y si no los da, soy capaz de.... En fin, ¿qué no haré yo +por la instrucción? ¿qué no haré por...? + +Iba á añadir «por usted», pero se detenía mirando á la pomposa generala. +Luego, por un deseo irresistible de establecer comparaciones, comenzaba +á admirar con ojos disimulados la belleza especial de esta joven que +parecía un muchacho con faldas, sintiendo al mismo tiempo en su paladar +el sabor ácido y picante de un fruto todavía verde. + +Tuvo que abstenerse de sacar á bailar á la maestrita cuando se +celebraban fiestas en la Comandancia. + +--¡Pobre viejo!--le decía Guadalupe--. ¿No ves que aburres á esa pobre +señorita? Además, la gente se ríe un poco de ti. + +¡Reírse del héroe de Cerro Pardo!... Que probasen á hacerlo francamente, +y él enviaría á los burlones á dar una vuelta por el _foyer_ del teatro, +donde funcionaba el Consejo de guerra siempre que lo exigía la salud de +la patria. + +Una mañana, con los ojos hinchados por el insomnio, le entregó un papel +á su secretario. + +--Sandoval, dígame qué le parece. Cuando yo era muchacho y aún no había +aprendido á leer, inventé muchos versos como éstos, mientras punteaba la +guitarra. Usted pondrá lo que les falte: yo entiendo poco en eso de la +ortografía. ¿Qué me dice de ellos? + +El poeta se acordó de dos ocasiones en que el héroe, irritado por su +franqueza, le había dado varias bofetadas, manifestando luego su +arrepentimiento con valiosos regalos. Olvidó los regalos para acordarse +únicamente de los golpes, y tuvo prisa en manifestar su entusiasmo por +los versos. Eran de amor, é iban dirigidos á una mujer cuyo nombre +quedaba en el misterio, pero el secretario la reconoció desde la primera +estrofa. + +--Publíquelos mañana mismo en el mejor sitio de mi diario oficial. Como +firma, la misma que llevan: _El caballero de la ardiente mirada_. Es un +apodo que encontré en no sé qué novela, y me gustó tanto, que lo he +guardado para mí. + +Sandoval quiso marcharse con los versos, pero el autor todavía le dió +otra orden. + +--Mañana escriba á máquina un anónimo para la persona que usted sabe, y +dígale que _El caballero de la ardiente mirada_ y el general Martínez +son una misma persona. + +No consideró suficiente esta indiscreción, en vista de la serena +indiferencia de la maestra, y pocos días después hizo una visita á la +escuela, declarando á Dora de pronto todos los deseos, las esperanzas y +las contrariedades que formaban lo que él llamaba «el mayor amor de mi +vida». + +--¡Oh, general!... ¡Haberse fijado en una pobrecita como yo!... + +Parecía próxima á desmayarse de sorpresa, como si nunca hubiese +sospechado esta pasión, extrañándose de ella con toda la ingenuidad de +que es capaz el disimulo femenil. Pero hacía meses que se había dado +cuenta del enamoramiento del héroe, riendo á solas de sus tímidas +insinuaciones. + +En vano Martínez habló de su amor. La maestrita movía la cabeza +negativamente. La existencia no era para ella una sucesión de delicias. +Graves deberes la obligaban á mirar las cosas con seriedad. Era pobre: +debía mantener y educar á sus hermanos. + +--Yo me casaré con usted--dijo Martínez con un tono dramático, como si +arrostrase el mayor de los peligros--. Comprenderá usted que he pensado +en eso antes de hablarla. Usted no es una «pelada»; usted es una +señorita, una profesora que ha estudiado, y yo respeto mucho á las +personas científicas.... + +Luego añadió triunfalmente: + +--Por algo nos hemos batido en la revolución, para algo hemos +establecido el divorcio. + +Los enemigos de la revolución afirmaban que era más urgente que el +divorcio dar una ley obligando á las parejas á casarse, pues la mayoría +de las gentes del país, para evitar gastos y molestias, prescindían de +las formalidades del matrimonio, viviendo en estado natural, como sus +ascendientes. Pero Doroteo se sentía ahora satisfecho de haber dado su +sangre por el triunfo del divorcio. + +Dora no participaba de este entusiasmo. Pareció asustarse de verdad, +temblando ante la idea de casarse con Martínez, más aún que si éste +hubiese intentado una violencia contra ella. + +--¡Qué horror!... ¡Divorciarse usted de la generala!... ¡Tener yo por +enemiga á doña Guadalupe!... + +Sólo la suposición de que la amazona gloriosa pudiera perseguirla con su +venganza hacía temblar las piernas de la maestra. El general participó +por reflejo de esta inquietud. Su Guadalupe era realmente temible, pero +esto no podía impedir que empezase á odiarla. ¿Hasta cuándo iba á sufrir +su despotismo?... + +Los meses sucesivos fueron de desaliento para el héroe. Dora evitaba los +encuentros con él, apelando á ciertas astucias que el general no podía +prever. + +Cada vez la deseaba con mayor vehemencia. En ciertos momentos volvía á +resucitar el guerrillero en el interior del comandante en jefe de +operaciones. + +¿No le era fácil robar á la profesora y llevársela al campo? Él tenía +entre su gente muchos hombres de confianza. Pero á continuación se +acordaba de sus enemigos, de los periódicos de la capital, de que Dora +era «una persona científica» y el asunto metería ruido. ¡Un partidario +de la instrucción y del progreso robando á una señorita del +profesorado!... Además, pensaba en doña Guadalupe, que seguía repitiendo +su cariñosa amenaza, pero cada vez con tono menos cordial, erizándosele +un poco el mostacho, apuntándole con un índice como si le apuntase con +un revólver. «¡Que te pille yo, y verás lo que es bueno!» + +Por otra parte, las gentes empezaban á murmurar que la _Gringuita_ tenía +un novio. Era un joven de la localidad, que rivalizaba con Sandoval en +la confección de versos «á la moderna» y además hacía discursos contra +el gobierno. Su pobreza resultaba igual á la de Dora, pero esto no +impediría que se casasen muy pronto. ¡Y mientras tanto, él, héroe +nacional, gobernante omnipotente, tendría que mantenerse impasible al +lado de su doña Guadalupe! ¡Ira de Dios! ¿Para esto había hecho la +revolución?... + +Los sucesos políticos le obligaron á olvidar momentáneamente sus +tristezas amorosas. El «viejo barbón» fué derribado de la presidencia de +la República por varios generales, antiguos amigos de él y de Martínez. +Éste, á pesar de sus preocupaciones, supo inclinarse instintivamente del +lado de los que iban á triunfar. + +Cuando asesinaron á Carranza, el heroico Doroteo se encontró en +excelentes relaciones con los vencedores y tan comandante de operaciones +como en el gobierno anterior. Pero ¡ay! su alto cargo tal vez iba á +quedar anulado por innecesario. + +Los diversos partidos que infestaban el país de insurrectos en armas +parecían haber ajustado una tregua junto al cadáver de Carranza. Todos +mostraban un tácito deseo de someterse al nuevo gobierno, para hacer ver +al mundo que en Méjico es posible la paz, aunque sólo sea por una +temporada. + +Los guerrilleros rebeldes se iban presentando á Martínez y á otros +generales. Hasta Pancho Villa, el eterno insurrecto, se sometió á los +nuevos personajes instalados en la capital, pero con una sumisión +orgullosa y magníficamente retribuida. Le daban un millón de pesos, le +pagaban los atrasos de toda su gente, y además le permitían que se +estableciese en un pueblo, rodeado de sus más seguros partidarios. Lo +importante era hacer ver en el extranjero que ya no quedaba ningún +insurrecto. + +Martínez se irritó al enterarse de lo que le regalaban á su antiguo +maestro, como si esto representase una injusticia para él. + +--Sea usted leal--decía con amargura--, manténgase disciplinado, y no le +darán nada.... ¡Pensar que no me he sublevado nunca y siempre he estado +con los gobiernos! + +Doña Guadalupe se preocupaba más aún que su esposo del nuevo estado +político. Los gobernantes de ahora eran compañeros de revolución á los +que no habían visto en varios años. Era preciso buscar un puesto de +reposo bien retribuído, hasta que hubiesen otra vez insurrectos en el +campo y jefaturas de operaciones. La verdadera historia de Méjico no iba +á cortarse para siempre. + +Pensó en la conveniencia de que Martínez hiciese un viajecito á la +capital para reanudar amistades. Luego dudó de sus condiciones para este +trabajo. Era mejor que fuese ella. Precisamente su protector de los +tiempos revolucionarios, aquel personaje del que había tenido que +defenderse con el látigo, figuraba entre los gobernantes provisionales +y era uno de los que aspiraban á la presidencia de la República. + +Los periódicos de la capital anunciaron la llegada de la generala +Martínez, «digna compañera del héroe de Cerro Pardo»; y pocos días +después ocurrió el hecho inaudito, inexplicable, que produjo más emoción +y extrañeza trañeza en el país que la mayor parte de las revoluciones +anteriores. + +Una mañana, los habitantes de la ciudad gobernada por Martínez vieron +agruparse en el paseo de la Alameda y la plaza principal varios +centenares de jinetes con grandes sombreros y la carabina apoyada en un +muslo. Los jefes gritaban indignados: + +--¡Han violado la Constitución!... + +Los transeúntes empezaron á correr para meterse en sus casas. Que +hubiesen violado á la Constitución les importaba poco. La pobre estaba +hecha á estas pruebas y podía considerarse la persona más violada de +todo Méjico. En su vida no había servido para otra cosa. Pero la gente, +que se imaginaba vivir libre por algún tiempo de la calamidad de las +sublevaciones militares, huía miedosa al ver que volvían á empezar. + +Martínez, con botas altas, dos revólveres al cinto y su gran sombrero +campesino de fieltro adornado con el águila de general, escuchaba á su +jefe de Estado Mayor. + +--Todo está listo. Nuestra gente se muestra conforme. Ya se aburría de +tanta paz. ¿Qué grito damos? + +--«¡Han violado la Constitución! ¡Abajo el gobierno!»--dijo gravemente +el caudillo. + +--Eso ya lo hemos gritado, general. Pero falta un viva. ¿A quién le +damos viva? + +Martínez se rascó la cabeza por debajo del sombrero. + +--No sé.... Esperemos. Hay que pensarlo. Yo veré qué personaje quiere +ponerse á la cabeza de nuestra revolución. No faltará alguno. Debemos +salvar la patria. + +Por el momento, los sublevados sólo pudieron gritar: «¡Han violado la +Constitución!» Pero ellos, por su parte, también deseaban violar algo; y +como en toda sublevación mejicana bien ordenada y que se respeta, +empezaron por asaltar, carabina en mano, las tiendas de los extranjeros +ó á derribar sus puertas si estaban cerradas, llevándose el dinero y los +géneros. Además, golpearon é hirieron á unos cuantos olvidadizos del +pasado que se atrevían á protestar y hablaban de sus cónsules, como si +las revoluciones de los años anteriores no les hubiesen enseñado nada. + +Los soldados querían terminar pronto su trabajo. Estaban enterados del +programa de todo general que se subleva en una ciudad. Lo primero es +marcharse antes de que lleguen las fuerzas mejor organizadas que +guarnecen la capital con toda su artillería. Después vuelven á ella si +han adquirido nuevas fuerzas en el campo. + +Lo mismo ocurrió esta vez. Doroteo Martínez se fué de la ciudad con sus +«leales»; pero como necesitaba consolarse de que hubiesen violado á la +Constitución, se llevó á viva fuerza á Dora. Sus hermanitos lloraron +mostrando los puños impotentes á un automóvil en el que gritaba y se +agitaba la maestrita sin poder librarse de sus raptores. + +Todo el resto de la nación se asombró tanto como el vecindario de la +ciudad. Una sublevación no tenía nada de extraordinario. En diez años no +se había visto otra cosa. ¿Pero sublevarse Martínez, que siempre había +estado de acuerdo con los que mandaban?... + +En el Palacio de Méjico, el presidente provisional, los ministros y los +personajes que dirigían al gobierno se miraban con extrañeza al comentar +este acto inexplicable. + +--Pero ¿qué le ha dado á ese hombre?... ¿Qué es lo que busca?... Si +deseaba algo, no tenía mas que haberlo pedido. + +El asombro les hacía suponer fuerzas ocultas y temibles detrás del +sublevado. Algunos hablaron de meter inmediatamente en la cárcel á +varios personajes de la capital para someterlos á un Consejo de guerra. + +El poderoso caudillo que pasaba por ser el protector de Martínez y de su +esposa parecía más indignado que los otros, para librarse de este modo +de toda sospecha de complicidad. + +Precisamente cuando hablaba de la conveniencia de fusilar á un hombre +que no se había sublevado nunca y sólo se decidía á hacerlo cuando los +antiguos insurrectos acordaban mantenerse en paz, anunciaron á la +generala Martínez. + +Entró doña Guadalupe. Muchos de los presentes, que eran jóvenes y tenían +aficiones literarias, creyeron ver la imagen de la Venganza. Parecía con +más bigote; los ojos le brillaban de tal modo, que era difícil mirarla +de frente. Sobre la torre de su cabellera temblaba un gran sombrero de +terciopelo que había sustituido momentáneamente á la gran peineta de su +vida de salón. + +--¿Le parece á usted bien lo que ha hecho ese imbécil?--gritó el +protector antes de saludarla--. ¿No merece que...? + +Pero se detuvo, impresionado por el aspecto de la generala. Nunca la +había visto tan interesante: ni aun cuando se defendió de él con el +látigo. + +--Vengo á pedir al gobierno--dijo solemnemente la amazona--que me dé el +mando de un batallón. Yo me encargo de batir á ese sinvergüenzón. + +Y añadió que lo traería allí mismo, atado con una cinta de sus enaguas. + +El presidente, los ministros y demás personajes empezaron á mirar con +cierto interés risueño á la generala, dejando á su compañero la tarea de +contestarle. + +--¡Calma, doña Guadalupe!--dijo éste--. Hablemos en serio. Un batallón +no se le entrega á una mujer. + +--Entonces, pido que se me permita marchar con las fuerzas que saldrán á +perseguirle. Ya sabe usted que yo he hecho la guerra. Deseo ir como +simple soldado. + +El personaje intentó desviar la conversación, para no repetir su +negativa. + +--Pero ¿por qué se ha sublevado ese hombre? ¿Qué mal le ha hecho el +gobierno?... + +La generala contestó con un gesto de extrañeza. ¿Qué tenía que ver el +gobierno en tal asunto?... Luego, sus ojos se humedecieron con lágrimas +de cólera. Su voz se puso ronca y apretó los puños: + +--¡Si él los quiere mucho á todos ustedes!... Acabo de hablar con +personas que vienen de allá, y sé bien lo que digo. No; ese canalla no +se ha sublevado contra el gobierno. Se ha sublevado únicamente contra +mí.... ¡Contra mí, que soy su mujer! + + + + +EL EMPLEADO DEL COCHE-CAMA + + + + +I + + +A las once de la noche, en el expreso París-Roma, el empleado procede á +la operación de convertir en lechos el asiento y el respaldo del +departamento que ocupo. + +Mientras golpea colchonetas y despliega sábanas, empieza á hablar con la +verbosidad de un hombre condenado á largos silencios. Es un expansivo +que necesita emitir sus ideas y sus preocupaciones. Si yo no estuviese +de pie en la puerta, hablaría con las almohadas que introduce á +sacudidas en unas fundas nuevas, sosteniendo su extremo entre los +dientes. + +--Triste guerra, señor--dice con la boca llena de lienzo--. ¡Ay, cuándo +terminará! Mi hijo...mi pobre hijo.... + +Es más viejo que los empleados de antes; no tiene el aire del _steward_ +abrochado hasta el mentón que acudía en tiempo de paz al sonido del +timbre con un aire de _gentleman_ venido á menos, de Ruy Blas que guarda +su secreto. Más bien parece un obrero disfrazado con el uniforme de +color castaña. Es robusto, cuadrado, con las manos rudas y el bigote +canoso. Habla con familiaridad; se ve que no le costaría ningún +esfuerzo estrechar la diestra de los viajeros. Su hijo ha muerto; su +yerno ha muerto; los dos eran empleados de «la compañía», y los señores +de la Dirección le han dado una plaza para que mantenga á sus nietos. El +personal escasea; además, él conoce el italiano, por haber trabajado +algún tiempo en un arsenal de Génova. + +--Yo era antes torneador de hierro--dice con cierto orgullo--, obrero +consciente y sindicado. + +Una leve contracción de su bigote, que equivale á una sonrisa amarga, +parece subrayar este recuerdo del pasado. ¡Qué de transformaciones! +Luego, el viejo socialista añade á guisa de consuelo: + +--Hay que tomar el tiempo como se presenta. Algunos «camaradas» son +ahora ministros en compañía de los burgueses, para servir al país. Yo +hago la cama á los ricos, para que coma mi familia.... ¡Ay, mi hijo! + +Adivino su deseo de echar mano á la cartera que lleva sobre el pecho +para extraer cierto pliego mugriento y rugoso. Ya me leyó dos páginas +media hora después de haber subido al vagón. Es la última carta de su +hijo, enviada desde las trincheras. Conozco igualmente la historia del +muerto: un mozo esbelto, de rubio bigote y finos ademanes, que atraía +las miradas de las viajeras solas, haciéndolas reconocer la injusticia +de la suerte, que reparte sus bienes sobre la tierra con escandalosa +desigualdad. Le hirieron en Charleroi, y curó á los quince días; luego +volvieron á herirle en el Yser, y pasó dos meses en cama; finalmente lo +alcanzó un obús en un combate sin nombre, en una de las mil acciones +obscuras por la posesión de unos cuantos metros de zanja. El padre +consiguió verlo, una sola vez, en un hospital de París. En realidad no +lo vió, pues sólo tuvo ante sus ojos una bola de algodones y vendajes +sobre una almohada; un fajamiento de momia, del que partían ronquidos +de dolor y una mirada vidriosa y resignada. + +--Le habían destrozado la mandíbula, señor; no podía hablar. El cráneo +también lo tenía roto.... Y ya no le vi más. Ahora lo tengo en un +cementerio cerca de París, y voy á visitarle siempre que estoy libre de +servicio. + +No llora, no puede llorar. Su dolor, en vez de escaparse á través de los +ojos, se esparce por el cerebro, corre entre las cordilleras de los +lóbulos, se desliza como humo de suave locura por las revueltas +callejuelas de sus anfractuosidades. Empieza á mostrar la pesadez del +maniático, hablando á todos del muerto; ve el universo entero á través +de su hijo. + +A pesar de esto, se da cuenta de que yo deseo dormir y deja para el día +siguiente la repetición de su historia, siempre nueva é interesante para +él. «¡Buenas noches!» Media hora después, tendido en la obscuridad, oigo +en el inmediato pasillo su voz que domina el chirrido de los ejes, la +melopea de oleaje costero que lanzan las ruedas, los saltos crujientes +del vagón, iguales á los de un camarote de trasatlántico. Habla con unos +oficiales ingleses que van á embarcarse en Brindis; les lee la última +carta de esperanza. Los cortos espacios de silencio traen hasta mi, +caprichosamente, algunos renglones, como pedazos de papel arrastrados +por el huracán: «Papá: cuando termine la guerra....» + + + + +II + + +Alguien ha anonadado con su presencia á los que ocupamos el resto del +vagón. Los oficiales ingleses, con todas las condecoraciones que adornan +sus pechos y su tez curtida por el sol de exóticas campañas, no +existen; unas condesas italianas, que han de bajar en Turín y ostentan +coronas en los forros de sus maletas, quedan como aplastadas en su +compartimiento; yo doy gracias humildemente al igualitario progreso de +los tiempos actuales, que me permite dormir separado por un tabique de +madera de la persona que descansa en la pieza inmediata. + +Dos señoras vestidas de negro han subido en París. Un grupo de hombres +ha permanecido en el andén hasta el último instante mirándolas con mudo +respeto: unos en traje civil, de sobria elegancia, esbeltos, bien +afeitados, con un monóculo bajo la ceja arqueada, secretarios y +agregados de la Embajada británica; otros con uniforme de marino, pero +uniforme de batalla, sin faldones, sin dorados, apoyándose en un +bastoncillo de paseo, ostentando en la visera de la gorra el reborde de +laureles que distingue á los jefes superiores. + +Circula por el vagón el nombre de una de las viajeras. Es una duquesa de +la corte de Inglaterra, una amiga de la difunta reina Victoria, +cincuenta años de historial británico encerrados en un cuerpo que debió +ser hermoso y ahora aparece algo hinchado por la edad y plebeyamente +enrojecido. Una corona de cabellos blancos suaviza la tez subida de +color; los ojos son los únicos que conservan en su majestuoso azul el +reflejo de la pasada gloria. Lleva un gorrito albo y encañonado debajo +del luengo velo de luto. Su acompañante es más alta, más estirada, menos +accesible, como si recogiese en su enjuta persona de dama de compañía +todo el orgullo y la altivez de que se despoja la señora. La duquesa +sonríe ante la solicitud demasiado expansiva del empleado del vagón, +mientras la honorable doméstica la acoge con un gesto duro y frío. + +Antes de dormirme, desfilan por mi memoria los recuerdos que guardo de +esta anciana célebre que está tendida á cincuenta centímetros de mi +cuerpo. La veo como la vi muchas veces en los grabados de las +ilustraciones inglesas, con su diadema de brillantes y el pecho +constelado de joyas y condecoraciones, asistiendo á las fiestas de su +regia amiga, á sus jubileos de estrépito universal, á las coronaciones +de su hijo y de su nieto. Es pairesa no sé cuántas veces. Posee calles +enteras de Londres; vastos parques donde corre el zorro perseguido por +un tropel de jinetes de casaca roja que galopan entre rugidos de +trompas; castillos en Escocia al borde de lagos verdes que hacen +recordar las novelas de Wálter Scott; vastas posesiones en Irlanda que +sirvieron algunas veces de nocturno escenario á las hazañas de los +fenianos de negro antifaz. Su primer marido fué virrey de las Indias, y +ella recibió el homenaje de las muchedumbres pálidas y misteriosas en lo +alto de un elefante blanco, dentro de un templete de filigrana de oro +semejante á un relicario. Su segundo esposo presidió ministerios y +arregló los destinos del planeta hablando hasta media noche en la Cámara +de los Comunes ante los hombres que simbolizan la majestad de Inglaterra +con el sombrero calado y los pies en el respaldo del banco anterior. Dos +lores discípulos de Jorge Brumell murieron por ella. Uno se pegó un tiro +teniendo ante su boca un pañuelo de blondas, lo único que había +conseguido de la gentil duquesa. Otro, desesperado, se hizo pastor +metodista y fué á evangelizar ciertas islas de Oceanía, donde su primer +sermón terminó en hoguera y festín de caníbales. Esta dama empequeñecida +por los años, gorda y de mejillas rojas y brillantes como manzanas, ha +cazado el tigre en Asia, el hipopótamo y el león en África, tiene un +yate que es casi un trasatlántico, en el que ha vivido años enteros, y +no encuentra en toda la superficie del globo un lugar que tiente su +curiosidad. + +Antes de partir el tren, el empleado del vagón sabía ya el motivo que ha +arrancado á la duquesa de su castillo cerca de Londres, haciéndola +atravesar París de estación á estación. + +--Va á Brindis--me ha dicho--para recibir el cadáver de su nieto, un +aviador que acaba de morir en los Dardanelos. + + + + +III + + +Algo entrada la mañana salgo al pasillo. Los vidrios de las ventanas +están opacos á causa del frio exterior. Por los regueros que traza el +vaho al licuarse se ven montañas altísimas y blancas, bosques de hayas +encaperuzadas de algodón, caseríos que tienen gruesos planos nos de +nieve sobre las vertientes de sus tejados. Estamos atravesando la Saboya +francesa; subimos, con bruscas alternativas de lobreguez de túnel y +picante luz de nieve, las laderas de los Alpes. Nos aproximamos á +Italia. + +El viejo habla con la dama de compañía, que parece humanizada por la +emoción. Tiene aún en la mano la carta mugrienta y trágica, que acaba de +leer una vez más. + +Cuando vuelvo de tomar el desayuno en el vagón-restorán, le encuentro +solo. Me habla de la gran dama, que ocupa todo un departamento, y de su +acompañante, que viaja con tanto desahogo como la señora. ¡El dinero +que debe tener esta duquesa!... Y sin embargo, sufre lo mismo que él: +más aún tal vez. Él tiene su hija, los hijos de su hija, y los tres +niños que ha dejado el héroe obscuro cuya carta lee á todos. La gran +señora no tiene á nadie en la tierra. Su nieto era el único heredero de +su nombre y su fortuna. Las pairías, los millones, van á pasar á lejanos +parientes. + +Me señala una gran caja de cartón que ocupa derecha todo el espacio +entre dos puertas. La ha entreabierto poco antes la dama de compañía. +Contiene una corona que cubrirá en Brindis el féretro del aviador al ser +descendido á tierra. + +--¡Una maravilla!--dice--. La ha comprado en Londres esa señora alta y +enjuta. Hay en ella palmas y flores, muchas flores, que parecen de +verdad. Se podría adornar con ellas un centenar de sombreros de precio. + +El antiguo obrero «consciente» reaparece á través de esta admiración. + +--¡Ah, el dinero!... Hasta en la muerte nos separa. ¡Y pensar que cuando +yo visito á mi pobrecito hijo sólo puedo llevarle ramos de violetas de á +diez céntimos!... + +Veo á la duquesa al pasar ante la puerta de su camarote. Está erguida en +su asiento, con la capota blanca y negra, de la que pende un largo velo, +enguantada, rígida, lo mismo que la vi en la noche anterior, como si no +hubiese dormido. Contempla el nevado paisaje que pasa veloz por las +ventanillas; pero su pensamiento se halla lejos. + +Me entrego á la lectura, y de pronto me distrae un rumor de voces en el +departamento inmediato. Es el empleado que habla y la duquesa que habla +igualmente. Adivino fragmentos de la carta del pobre muerto: «Confianza, +papá. Aún quedan para nosotros días felices....» La curiosidad me hace +transitar por el pasillo. El viejo está de pie, con la gorra puesta, +como corresponde á un hombre que viste uniforme. La gran señora ha +perdido el arrebol de su fresca vejez; amarillea, se lleva á los ojos +las puntas de un guante. Tal vez es ella la que ha llamado al hombre, al +conocer su historia por el relato de su acompañante; tal vez el viejo se +ha introducido en su camarote, con el atrevimiento del dolor. + +Vuelvo á oír desde mi asiento el rumor de sus voces. Ahora es la duquesa +la que lee, lentamente, con las vacilaciones que acompañan á una +traducción. Tiene en las manos la última carta de su nieto; y el +empleado, que no puede llorar, lanza ronquidos de pena cuando la voz de +la duquesa hace una pausa. Su entusiasmo y su dolor ignoran la manera +correcta de manifestarse: «¡Nombre de Dios, qué mozo!... Y pensar que +estos son los que mueren, y quedamos nosotros, señora, que no servimos +para nada.» + +Vuelvo á pasar ante la puerta abierta. El viejo se ha sentado junto á la +gran dama, que llora en silencio. Sus manazas toman instintivamente, sin +saber lo que hacen, la diestra enguantada y fina, oprimiéndola +cariñosamente. + +--¡Ah, señora duquesa!... + +La voz suena respetuosa y tímida, pero sus manos y sus ojos son +confianzudos y tiernos. Habla con ella lo mismo que si fuese una comadre +llorosa de su barrio, abrumada por una noticia fatal. Decididamente la +guerra ha trastornado todas las organizaciones. Los socialistas son +ministros y los viejos obreros revolucionarios acarician las manos de +las duquesas que lloran. Nos aproximamos á la frontera italiana. Veo el +chamberguito con pluma de gallo y el ferreruelo gris de los cazadores +alpinos. El tren refrena su marcha ante las primeras casas de la +estación de Modàne. Vamos á cambiar de vagón. El empleado, con un +esfuerzo doloroso, vuelve á la realidad y corre de un lado á otro para +devolver sus billetes á los pasajeros. Yo le doy cinco francos. «Muchas +gracias.» Y me abandona, sin bajar siquiera las maletas que están en la +cornisa de red. Los oficiales británicos no le dan nada. El inglés +supone que cada hombre recibe la recompensa de su trabajo, y no quiere +ofenderle con una limosna llamada propina. Las condesas de las múltiples +coronas le entregan con gesto teatral una pieza de dos liras, y él se la +guarda sin mirarla. Toda su atención está concentrada en el servicio de +la duquesa. Llama á los mozos de la estación, les va pasando los bultos +del equipaje, desciende al muelle para vigilar cómo los apilan en una +carretilla. La gran señora se aproxima para decirle adiós, y él le +estrecha la mano, ante los ojos escandalizados de la acompañante. + +Algo siente entre los dedos que le estremece y le hace mirar su mano. La +duquesa conoce la parsimonia de su acompañante, encargada de los +pequeños desembolsos, y es ella la que da la propina. ¡Cien francos!... +El viejo duda ante el billete, ve á los nietos, ve á su hija que trabaja +del amanecer á media noche, pero luego lo rechaza. + +--¡Ah, no, señora duquesa! + +Él es de su mundo, y su mundo tiene reglas de hidalguía y buena +educación como cualquiera otro. A nosotros pueden tomarnos el dinero; +somos extranjeros que pasan indiferentes junto á su persona. Pero no +aceptará un céntimo por servir á un camarada, á un amigo con el que ha +chocado el vaso. Y él ha bebido con la gran señora; han saboreado juntos +el vino de la tristeza y del consuelo, han tocado sus copas rebosantes +de dolor. Adivina ella estos sentimientos confusos con su delicadeza de +alta dama, y no insiste, volviendo á guardarse el billete. Habla en +inglés, y su acompañante, con visible molestia, toma de la carretilla +una gran caja de cartón, la corona admirada, y se la entrega al viejo. + +--Para su hijo, para la tumba del héroe. + +Y se aleja majestuosa á pesar de su ancianidad, marchando por el andén +como si fuese una galería de la corte. + +El empleado queda al pie del vagón, con los brazos ocupados por la caja, +sufriendo la vergüenza de no poder ocultar sus lágrimas, que se deslizan +hasta el duro bigote. + +--¡Señora duquesa!... ¡Ah, señora duquesa! + + + + +LOS CUATRO HIJOS DE EVA + + + + +I + + +Iba á terminar la siega en la gran estancia argentina llamada «La +Nacional». Los hombres venidos de todas partes para recoger la cosecha +huían del amontonamiento en las casas de los peones y en las +dependencias donde estaban guardadas las máquinas de labranza con los +fardos de alfalfa seca. Preferían dormir al aire libre, teniendo por +almohada el saco que contenía todos sus bienes terrenales y les había +acompañado en sus peregrinaciones incesantes. + +Se encontraban allí hombres de casi todos los países de Europa. Algunos +eternos vagabundos se habían lanzado á correr la tierra entera para +saciar su sed de aventuras, y estaban temporalmente en la pampa +argentina, unos cuantos meses nada más, antes de trasladar su existencia +inquieta á la Australia ó al Cabo de Buena Esperanza. Otros, simples +labriegos, españoles ó italianos, habían atravesado el Atlántico +atraídos por la estupenda novedad de ganar seis pesos diarios por el +mismo trabajo que en su país era pagado con unos cuantos céntimos. + +Los más de los segadores pertenecían á la clase de emigrantes que los +propietarios argentinos llaman «golondrinas»; pájaros humanos que cada +año, cuando las primeras nieves cubren el suelo de su país, abandonan +las costas de Europa, levantando el vuelo hacia el clima más cálido del +hemisferio meridional. Trabajan duramente verano y otoño, y cuando el +viento pampero empieza á azotar las llanuras, asustados por la +proximidad del invierno, regresan á los lugares de procedencia, donde la +tierra empieza á despertar entonces bajo las primeras caricias +primaverales. + +Cada año vuelven, apretados como un rebaño en la proa de los mugrientos +vapores de emigrantes, para trabajar en las estancias y reunir sus +economías, soñando incesantemente con el lejano país. Parecen resbalar +sobre el suelo de la República Argentina, sin hacer el menor esfuerzo +para arraigarse en él. Una vez terminada la recolección, huyen, llevando +en la faja el producto de su trabajo y dispuestos á volver al año +siguiente. + +La hora de la cena era el mejor momento de la jornada para los segadores +de «La Nacional». Se reunían en grupos, atraídos por el vínculo del +origen común ó por el encanto personal de la simpatía. Cenaban al aire +libre, sentados en el suelo alrededor de la marmita humeante. Aunque las +noches fuesen cálidas, encendían hogueras, buscando la protección de las +llamas y del humo contra los feroces mosquitos, dominadores de la +llanura. + +Algunos segadores que poseían un poder instintivo de dominación trataban +á sus camaradas como jefes. Dentro de estos grupos que, procedentes de +diversos lugares de la tierra, habían venido á juntarse en un rincón de +la América del Sur, todos los procedimientos de selección social y las +lentas evoluciones que modelan á un pueblo se realizaban en pocos días. +Los que habían nacido para el mando ó los que se distinguían de sus +camaradas por cualquier don especial se elevaban rápidamente sobre +ellos. Unos eran respetados por su coraje, otros por su palabra +oratoria, otros por su experiencia. + +El tío Correa, un vejete enjuto, descarnado, pero todavía fuerte á pesar +de su edad, era el oráculo de los segadores españoles. Su conocimiento +profundo de los hombres, sus consejos astutos, su larga familiaridad con +la República Argentina, donde trabajaba hacía treinta años, le +proporcionaban una sólida reputación. + +Era una especie de patriarca para sus compatriotas--especialmente para +los recién llegados--, y él se aprovechaba de tal prestigio escogiendo +el mejor lugar cerca del caldero, cuando llegaba la hora de la cena, y +el rincón más cómodo para dormir. También eludía los trabajos pesados, +confiándoselos á alguno de sus fervientes admiradores. + +Un anochecer, después de la cena, el tío Correa, sentado en el suelo, +contemplaba su plato de metal ya vacio, dando chupadas al mismo tiempo á +un cigarro que se resistía á arder. + +Su camisa entreabierta dejaba á la vista la desnudez de un pecho +cubierto de espesa pelambrera gris. En torno de él, unos veinticinco +segadores españoles formaban corro sentados en el suelo, y los últimos +fulgores de la hoguera se reflejaban en sus rostros barnizados por la +causticidad del sol. + +Algunas estrellas empezaban á titilar sobre la púrpura de un cielo +ensangrentado por el ocaso. Los campos se extendían pálidos, con los +contornos esfumados por la incierta luz del anochecer. Los había que +estaban ya segados y exhalaban por sus heridas todavía abiertas el calor +almacenado en su seno. Otros conservaban su onduloso manto de espigas, +que empezaba á estremecerse bajo los primeros soplos de la brisa +nocturna. Las máquinas agrícolas se destacaban sobre el rojo sombrío del +horizonte como animales monstruosos que empezasen á surgir de las +profundidades de la noche. Los tractores automóviles y las trilladoras +parecían tomar en la obscuridad creciente los mismos contornos de los +seres gigantescos que habían corrido por estas llanuras en los tiempos +prehistóricos. + +--¡Ay, hijos míos!--dijo el tío Correa quejándose de un persistente +dolor en sus articulaciones--. ¡Lo que ha de trabajar y sufrir un hombre +para ganarse el pan de cada día!... + +Después de esta lamentación siguió hablando, en medio de un profundo +silencio. Todos los ojos estaban fijos en él. Sus compatriotas esperaban +un cuento divertido que les hiciera reir ó una historia interesante que +les obligase á estirar el cuello con asombro y curiosidad, hasta la hora +de acostarse. Pero en la presente noche el viejo se mostraba taciturno y +más dispuesto á las lamentaciones que á distraer á camaradas. + +--Y siempre será así--continuó--. El mal no tiene remedio. Siempre habrá +ricos y pobres, y los que han nacido para servir á los otros tienen que +resignarse con su triste suerte. Bien lo decía mi abuela, y eso que fué +mujer. Eva es la que tiene la culpa de la falta de igualdad que hay en +el mundo, y los que pasamos la vida rabiando para servir y engordar á +los otros debemos maldecir á la primera mujer por la esclavitud á que +nos condenó. Pero ¿qué cosa mala no han hecho las mujeres? + +El deseo de quejarse que sentía esta noche le hizo recordar á un español +llevado por la mañana al pueblo más próximo, ó sea á treinta kilómetros +de la estancia, para que lo curasen. Uno de sus brazos había sido +alcanzando por el engranaje de una trilladora, sufriendo una +trituración horrible. El infeliz iba á quedar mutilado para siempre, +arrastrando una vida de miserias y privaciones. + +El recuerdo de tal suceso aumentó la inquietud y la tristeza de los que +escuchaban á Correa; pero como si éste se arrepintiese del silencio +trágico que pesaba en torno de él, se apresuró á añadir: + +--Es una víctima más de la injusticia de nuestra abuela. Eva es la única +responsable de que las cosas marchen tan mal en nuestro mundo. + +Y como sus camaradas, especialmente los que le conocían poco tiempo, +mostraban un vehemente deseo de saber por qué motivo era Eva la +responsable de sus desgracias, el viejo empezó á contar á su modo la +mala broma que la primera mujer se había permitido con los hombres. + +El tío Correa tenía «sus letras». En su país natal llevaba ejercidas +diversas profesiones, mostrándose siempre un incansable lector de +diarios. Además, había asistido á muchas reuniones políticas y trabajado +en las elecciones, pronunciando discursos á su modo en las tabernas del +pueblo. + +Lo que iba á contar ahora no era un cuento. Se trataba de un «sucedido», +aunque extremadamente remoto, pues ocurrió algunos años después que Adán +y Eva fueron expulsados del Paraíso y condenados á ganar el pan con el +sudor de su rostro.... + +¡Cómo hubo de trabajar el pobre Adán!... El tío Correa fué enumerando +todas las cosas que el primer hombre se vió obligado á improvisar para +cumplir sus obligaciones de padre de familia. En unos cuantos días tuvo +que hacer de albañil, de carpintero y de cerrajero, construyendo una +casa para albergar á Eva y á sus hijos. + +Después hubo de domesticar á muchos animales, para que su trabajo +resultase más fácil y su nutrición más abundante. Enganchó al caballo, +puso el yugo al buey, persuadió á la vaca de que debía permanecer quieta +en un establo y dejarse ordeñar resignadamente; también logró convencer +á la gallina y al cerdo de que les convenía vivir cerca del hombre, para +que éste pudiera matarlos cómodamente cada vez que le apeteciese +alimentarse con sus despojos. + +--Y además--continuó el segador--, Adán tuvo que desmontar las tierras +vírgenes antes de cultivarlas, y echar abajo árboles inmensos, y todo lo +hizo con herramientas de madera y de piedra inventadas por él. No +olvidéis, hijos míos, que en esa época, Caín, que es el primer herrero +de que habla la Historia, estaba todavía dando chupones á los pechos de +su madre.... + +Como el hombre no vive sólo de pan y las golosinas son las que hacen la +vida agradable, Adán prestó más atención á su huerto, donde crecían los +primeros árboles frutales, que á los campos, donde cultivaba otros +artículos más sólidos é importantes para la nutrición. El tío Correa, +excitado por los recuerdos de su país en esta pampa monótona, donde sólo +hay trigo y carne, iba mencionando los árboles de dulces frutos que +embellecieron el primer huerto creado por el hombre. Describía la +higuera, de hojas puntiagudas como manos abiertas, cuyo tronco rugoso y +gris parece forrado con piel de elefante, y que en las mañanas de sol +deja caer de rama en rama un fruto que, al aplastarse en el suelo, abre +sus entrañas rojas y granuladas. Había también en dicho huerto el +naranjo, con su perfume de amor y sus redondas cápsulas de miel +encerradas en esferas de oro; y las diversas clases de melocotones, y el +plátano, y el melón, que vive junto al suelo para absorber mejor sus +jugos, concentrándolos en una carne de dulce marfil. + +A veces Adán recordaba el manzano del Paraíso y la serpiente enrollada á +su tronco que había dado consejos á su mujer, inspirándole estúpidos +deseos. Pero al contemplar luego su huerto, se encogía de hombros. La +obra de sus manos le parecía más firme y de mayor porvenir que la +creación improvisada del Paraíso. + +--Podía sentirse orgulloso de su obra--continuó el viejo--, pero su +trabajo le costaba. Habríais sentido lástima al verle tan consumido. +Sólo le quedaban los huesos y la piel, después de tantos esfuerzos. +Parecía tener dos siglos más que su edad. En cambio, Eva podía pasar por +su biznieta. + +Esto último no sorprendía al tío Correa. En sus andanzas, había viajado +por los países más adelantados y modernos, observando muchas veces que +el marido trabaja con una intensidad extraordinaria, pasando el día +fuera de su domicilio en lucha áspera por conquistar el dinero, mientras +la mujer se queda en su salón tocando el piano y recibiendo visitas. Y +como resultado de esta desigualdad en el trabajo, las mujeres parecen +las hijas de sus esposos, y éstos mueren, generalmente, mucho antes que +ellas. + +--Yo no sé verdaderamente quién murió antes, si Eva ó Adán--continuó el +viejo--; pero apostaría, sin miedo á perder, que fué el pobre Adán. Eva +debió sobrevivirle, siendo una viuda rica de las que saben administrar +sus bienes; y así viviría mucho tiempo, amada y respetada por sus hijos, +para que no los excluyese del testamento. + +¡Pobre Adán!... A veces su cansancio era tan grande después del trabajo, +que le faltaba la respiración y tomaba asiento en el umbral de su casa, +para reposar un poco. + +Había pasado el día entero cavando la tierra ó domando el caballo +salvaje y el toro feroz. Sentía un fuerte deseo de contemplar á su Eva +unos instantes; el mismo deseo que sienten muchos de adorar á los seres +que los maltratan; la admiración irresistible que nos inspira todo lo +que nos cuesta muy caro. ¿Y esta mujer no le había costado el +Paraíso?... + +Eva parecía siempre hermosa, á pesar de que daba al mundo un niño todos +los años, y á veces dos. No podía hacer menos, teniendo la misión de +poblar la tierra entera. + +Apenas Adán, sentado en el umbral de la puerta, se enjugaba el sudor de +la frente y empezaba á gustar la dulce voluptuosidad del reposo, cuando +la voz de Eva le arrancaba de este deleite fugitivo. + +--Oye, Adán: ya que no tienes nada que hacer, podías entretenerte +poniendo la mesa. + +Otras veces Eva se mostraba injusta y cruel. + +--Adán, lávame los platos. Es una vergüenza que estés ahí, mano sobre +mano, mientras yo me mato de trabajar. + +Pero en ciertas ocasiones tomaba el tono de una súplica dulce y +acariciante. + +--Oye, maridito mío: tú que eres tan bueno, ¿por qué no das un paseo al +bebé en su cochecito? El último que ha nacido, ¿sabes? el que lleva el +número setenta y dos. Ya ves, alma mía, que, sola como estoy, no puedo +llegar á cuidarlos á todos. + +Y el trabajador infatigable, procreador de un mundo entero, debía poner +la mesa, lavar los platos y pasear al recién nacido en un cochecito de +su invención. + +Eva trabajaba igualmente. No era floja labor limpiar los mocos, todas +las mañanas, á siete docenas de niños, lavarlos y ponerlos á secar al +sol, é impedir que se peleasen entre ellos hasta la hora del almuerzo. +Pero su vida estaba agriada por otras preocupaciones. + +Al encontrarse fuera del Paraíso, sintió inmediatamente los primeros +tormentos del pudor y de la vergüenza. Su larga cabellera ya no le +pareció bastante para ocultar su desnudez, como en los tiempos en que no +había escuchado aún á la maligna serpiente. Viéndose en el mundo vulgar, +como simple mujer de labrador, después de haber sido primera dama en el +Paraíso, tuvo que hacerse á toda prisa un manto de hojas secas que la +protegiese del frío y le permitiera mostrarse con un aspecto de persona +decente ante los seres celestiales.... Pero ¿cómo puede una señora tener +buen aspecto llevando siempre el mismo vestido?... Esto equivalía, +además, á colocarse al mismo nivel de los animales inferiores, que desde +que nacen hasta que mueren llevan siempre el mismo pelaje, las mismas +plumas ó el mismo caparazón. + +Eva era un ser razonable, capaz de las infinitas variaciones que forman +el progreso, y por esto se dedicó á perfeccionar el arte del +embellecimiento de su persona. + +Con el noble deseo de sostener la superioridad humana sobre los demás +seres creados, se hizo un vestido nuevo todos los días. Esta resolución +no era dictada por la vanidad, ni por el frívolo deseo de gustar á los +hombres ó de hacer rabiar á las amigas, como han pretendido después +algunos filósofos malhumorados. + +Eva puso á contribución para su adorno todos los recursos de la +Naturaleza: las fibras de las plantas, las pieles de los cuadrúpedos, +las cortezas de los árboles, las plumas de los pájaros, las piedras +brillantes ó coloreadas que la tierra vomita en sus accesos de cólera. + +La tarea de inventar nuevos vestidos y adornos fué tan importante para +ella y de tal modo deseó la novedad y la variedad, que la vida cambió +completamente en la granja de Adán. Los hijos no vieron á su madre en +muchas horas, y á veces durante jornadas enteras. Los pequeños se +revolcaban en el suelo, cubiertos de una costra de suciedad, mientras +los mayores reñían á puñetazos para dominarse unos á otros, ó golpeaban +á los hermanos débiles que se resistían á servirles de esclavos. + +A veces la tribu entera se ponía de acuerdo para saquear la despensa +paternal, devorando en unas cuantas horas todas las provisiones que Adán +había almacenado para una semana. + +--¡Mamá! ¡Mamá!... + +Un coro de voces infantiles estallaba en el interior de la casa, como si +implorase socorro. + +--¡Callad, demonios! Dejadme en paz. Es imposible tener un rato de +tranquilidad en esta casa. + +Y después de imponer silencio con voz amenazante, Eva reanudaba el curso +de sus meditaciones. + +--Veamos: ¿qué tal resultaría una capa de piel de pantera con cuello de +plumas de lorito, y un sombrero de cortezas adornado con rosas y rabos +de mono?... + +Su imaginación no se cansaba de concebir las más prodigiosas creaciones +para el ornato de su persona. Luchaba entre el deseo de mostrar los +ocultos tesoros de su belleza y un sentimiento de modestia y de pudor +propio de una madre. + +Cuando se decidía por una falda corta que apenas le llegaba á las +rodillas, inventaba inmediatamente, á guisa de compensación, unas mangas +muy largas y un cuello que subía hasta sus orejas. Si, en un acceso de +coquetería audaz, creaba un traje de ceremonia, sin mangas y muy +escotado, buscaba inmediatamente volver á la virtud, fabricándose una +falda que le cubría la punta de los pies y arrastraba la cola sobre el +suelo, con un fru-fru semejante al ruido otoñal de las hojas secas. + +Mientras tanto, Adán iba casi desnudo, mostrando sus vergüenzas de puro +pobre. Su ropero sólo contenía unas cuantas pieles de oveja viejas y +rotas que estaban esperando una recomposición. Pero la mujer, ocupada en +sus fantasías suntuarias, no encontraba nunca media hora libre para este +remiendo. + +El primer hombre mostraba una viva admiración por las transformaciones +continuas que iba notando en Eva. Una mañana su cabellera ostentaba el +rojo ardiente del mediodía; á la mañana siguiente tenía el oro suave de +la aurora; dos días después sus cabellos mostraban la negrura profunda +de la noche. Ciertas tardes venía al encuentro de Adán con una falda +voluminosa, casi esférica desde el talle á los pies, y tan ancha, que le +era difícil pasar la puerta. Pero como la moda está formada de cambios +bruscos y contrastes violentos, al día siguiente mostraba una segunda +falda, tan estrecha y ajustada como la funda de un espadín, y apenas si +podía marchar, saltando lo mismo que un pájaro. + +Su rostro también pasaba por estas extremadas transformaciones. A lo +mejor estaba pálida, con la blancura del polvo de los caminos, cual sí +acabase de sufrir una emoción mortal; otras veces sus mejillas eran tan +rojas que parecían reflejar el fuego del sol poniente. + +Adán se sentía feliz al contemplarla, á pesar de que ella lo maltrataba +lo mismo que antes, obligándole á desempeñar muchas funciones domésticas +cuando venía cansado del trabajo en los campos. El pobre, gracias á tan +costosas transformaciones, creía tener una mujer nueva cada veinticuatro +horas. + +Eva, en cambio, se aburría, con un tedio mortal. ¿Para qué adornarse +tanto, si ningún otro ser humano, aparte de su marido, podía verla?... +Sin embargo, estaba convencida de que era la admiración de todo cuanto +le rodeaba. + +Su vanidad había acabado por hacerla entender el lenguaje de los +animales y de las cosas, incomprensible hasta entonces para las +personas. + +Cada vez que salía de su casa, la selva entera se animaba con un +murmullo de curiosidad femenil; los pájaros dejaban de volar, los +cuadrúpedos se detenían en mitad de sus carreras locas, y los peces +sacaban la cabeza sobre la superficie de ríos y estanques. + +--Veamos lo que ha inventado hoy para imitarnos--gritaban los loros y +los monos insolentes desde lo alto de los árboles. + +--¡Muy bien, hija mía!--aprobaba el elefante con lentos movimientos de +su trompa y el toro agitando su armado testuz. + +--¡Venid á ver la última creación de Eva!--piaban millares de pájaros en +el follaje. + +Esta ovación de la Naturaleza, que en los primeros días hizo enrojecer +de orgullo á nuestra primera madre, fué acogida finalmente con +indiferencia por ella. Era el aplauso de una muchedumbre inferior, y Eva +aspiraba á la aprobación de sus iguales. La única persona ¡ay! que podía +admirar los inventos y los matices de su buen gusto era su marido; y un +marido es un ser respetable que merece cierta atención, sobre todo +cuando mantiene la casa, pero resulta ridículo que las mujeres se vistan +para no ser admiradas mas que por sus esposos. Es como si un poeta +hiciese sus versos únicamente para leerlos á los individuos de su +familia. + +No; la mujer es una artista, y como todos los artistas, necesita un +público grande, inmenso, á quien inspirar la admiración y el deseo, +aunque no piense ni remotamente en satisfacer ese deseo.... Y como no +había en el mundo otro hombre que su marido, y éste le interesaba muy +poco, Eva empezó á pensar en los bienaventurados que habitan el cielo y +muchas veces habían ido á hacerle visitas cuando ella ocupaba el +Paraíso. + +Al llegar aquí, el tío Correa interrumpió su relato para dar una +explicación que consideraba necesaria. + +Como Dios es un rey, los que le rodean se esfuerzan por imitar á los +cortesanos terrenales, adoptando todos los sentimientos y las pasiones +de su regio amo con más firmeza que éste. Apenas el Omnipotente +manifestó su cólera contra Eva y su marido arrojándolos del Paraíso, los +habitantes del cielo rompieron sus amistades con ella y con Adán, +retirándoles el saludo y evitando todo encuentro. + +A veces, cuando Eva se contemplaba en el cristal de un pequeño lago que +le servía de espejo, oía á sus espaldas un ruido de alas. Era un +arcángel que iba á llevar un recado del Señor, cumpliendo sus funciones +de mensajero celeste. + +Eva lo reconocía, se acordaba perfectamente de que le había sido +presentado asistiendo á sus recepciones en el Paraíso. Pero en vano +tosía ó cantaba entre dientes para atraer su atención, adoptando +posturas interesantes; el viajero aéreo se resistía á reconocerla, +batiendo con apresuramiento sus alas para alejarse lo más pronto +posible. + +--¡De qué le sirve á una ser hermosa y vestir bien, si no recibe visitas +y está condenada á vivir al margen de la sociedad!--decía Eva +amargamente. + +Y á impulsos de su rabia, desgarraba sus trajes más originales apenas +terminados, buscando además camorra al pobre Adán, para acusarlo de ser +el único autor de la pérdida del Paraíso. + +--Sí, tú fuiste, ¡no lo niegues!--gritaba ella--. Tú me hiciste perder +aquel jardín tan agradable y distinguido, con todas mis brillantes +relaciones. Tú hiciste no sé qué lío con la serpiente, excitando la +cólera del Señor. + +Y el pobre Adán sólo sabía decir, como único remedio expuesto +tímidamente: + +--¡Si te ocupases un poco más de los niños! ¡Si dedicases menos tiempo á +tus modas!... + +Al oir estos consejos vulgares, la indignación daba á Eva un lenguaje +poético. + +--¿Quieres acaso que vaya desnuda?--decía con altivez--. Mira lo que +hace el viento; es menos interesante que yo, no tiene cuerpo, y sin +embargo se envuelve en una capa de polvo al correr á lo largo de los +caminos y de un manto de hojas secas cuando atraviesa las selvas. + + + + +II + + +De vez en cuando un querubín volaba en torno á la granja, como un palomo +perdido. + +Huyendo por algunas horas de la tarea de hacer gorgoritos en los coros +celestiales, había osado descender á las regiones terrestres, con la +esperanza de que el Señor le perdonaría esta escapada cuando le contase +lo que había visto y cómo progresaban los negocios de los humanos +después del pecado original. + +Eva, con sus ojos de mujer curiosa, no tardaba en descubrir la carita +mofletuda que le estaba espiando medio oculta en las espesuras del +follaje. Entonces, iniciando una de sus más hermosas sonrisas, lo +llamaba: + +--Oye, chiquitín, ¿vienes de allá arriba? ¿Cómo está el Señor? + +Viéndose descubierto, el niño celestial se aproximaba hasta dejarse caer +sobre las rodillas de nuestra madre. + +El Señor se mantenía, como siempre, inmutable y magnífico. + +--Cuando le veas--continuaba Eva--, dile que estoy muy arrepentida de mi +desobediencia. ¡Qué tiempo tan agradable el que pasé en el Paraíso! ¡Qué +espléndidas recepciones daba yo allá! ¡Y qué _buffet_ tan +distinguido!... ¡Ay, las tortas celestiales!... + +Una de sus melancolías más dolorosas era á causa de las tortas +celestiales. Eva lamentaba su pérdida tanto como la de la amistad de los +bienaventurados. + +En vano Adán se calentaba la cabeza buscando algo adecuado para +sustituirlas. Hizo tortas de trigo, que roció con la miel de las abejas, +recientemente subyugadas; secó los frutos de la viña, inventando las +pasas antes que el vino, y así llegó á descubrir el _pudding_. Pero +ninguna de tales golosinas pudo hacer olvidar á su mujer las tortas +deliciosas que ella encargaba á los pasteleros del cielo para sus tés +paradisíacos de cinco á siete de la tarde. + +--Dile también--continuaba Eva--que ahora trabajamos y sufrimos mucho. +Dile que deseamos verle, una vez solamente, para presentarle nuestras +excusas. Mi marido y yo necesitamos convencernos de que Él no nos guarda +rencor. + +--Se hará como se pide--contestaba el pequeñuelo. + +Y dando dos ó tres golpes de ala, se perdía en las nubes. + +Pero por más recados de esta clase que dió, nunca pudo conseguir una +respuesta de lo alto. En general, la mayor parte de los volátiles +celestes jamás volvían á las regiones terrenales, pero de tarde en tarde +la mujer de Adán lograba reconocer la cara de alguno de estos seres +alados. + +--Sé quién eres, pequeño--decía--. La semana pasada te vi rondando por +estos sitios. ¿Diste al Señor mi recado? ¿Qué es lo que contestó? + +Las más de las veces los ángeles permanecían silenciosos ó balbuceaban +palabras sin ilación, como niños bien educados que no quieren decir +cosas desagradables á una señora. + +--¡Pero Él te habrá dado alguna respuesta!--insistía Eva--. ¡Vamos, +habla! + +Y una vez encontró á un querubín pequeñito, de cara mofletuda, que le +respondió: + +--Sí, señora. Su Divina Majestad ha contestado algo. Al darle yo su +recado, me dijo: «¿Pero es que ese par de sinvergüenzas viven +todavía?...» + +Eva sólo quiso ver en tales palabras una broma de niño falto de buena +crianza. Juzgaba imposible que el Señor hubiera dicho esto. Si insistía +en mantenerse invisible, era seguramente porque estaba muy ocupado en la +dirección de sus dominios infinitos, no quedándole media hora libre para +dar un paseo por la tierra. + +Una mañana fué recompensada su fe en la bondad divina. Se presentó un +mensajero celeste, saltando de nube en nube, y gritó á Eva: + +--Escucha, mujer: si no llueve esta tarde, es posible que el Señor venga +á haceros una visita corta. ¡Ha pasado tanto tiempo sin ver la +tierra!... Anoche, hablando con el arcángel Miguel, le dijo: «A veces me +pregunto en qué habrán venido á parar aquellos dos canallas +desagradecidos que teníamos en el Paraíso. Me gustaría verlos.» + +Eva quedó aturdida por la noticia, y llamó á Adán, que trabajaba en un +campo próximo. + +¡Cómo describir la agitación que conmovió á la granja!... El tío Correa +la comparaba con la fiesta del santo patrono en cualquier pueblo de +España, cuando las mujeres limpian en la víspera sus casas, desde la +puerta al tejado, preparando además la gran comilitona del día +siguiente. + +La esposa de Adán barrió y lavó los pisos de la entrada de la casa, de +la cocina y del dormitorio. También puso una colcha nueva sobre la cama +y frotó las sillas con arena y jabón. Después inspeccionó el guardarropa +de la familia, y al ver que las pieles de cordero de su marido no +estaban presentables, le confeccionó en un momento una casaquilla de +hojas secas. ¡Para un hombre, bien estaba! + +El tiempo restante lo consagró al adorno de su persona. Contempló con +mirada perpleja unos cuantos centenares de vestidos que había hecho y +rehecho, preguntándose con desconsuelo: + +--¿Cómo me arreglaré para recibir dignamente á tan gran personaje? +Verdaderamente, tengo muy poco que ponerme. + +Miró con ternura una larga túnica negra, de corte severo, que no dejaba +visible ni una línea de su blanco cuerpo. Pero á continuación pensó que, +por ser hombres todos los visitantes, no convenía recibirlos con tanta +austeridad. + +Acababa de escoger uno de sus trajea mixtos, muy atrevido por un extremo +y muy discreto por el otro, cuando llegó á sus oídos una verdadera +tempestad de gritos y llantos. Toda su prole se sublevaba. Sólo se +componía de unos cien muchachos, pero se hubiera dicho que la tierra +entera había empezado á gritar. + +Por primera vez en su vida Eva contempló atentamente á sus hijos. Eran +demasiado feos para presentarlos al Señor. Tenían los cabellos en +maraña, las mejillas manchadas de barro seco y las narices cubiertas de +costras. Eva, absorbida por sus inventos de modista, los había olvidado +durante meses y meses. + +--¿Cómo presento estos granujas á Dios?... El Todopoderoso va á creer +que soy una sucia y una mala madre.... Porque el Señor es hombre, y los +hombres no comprenden lo difícil que es cuidar á tantos chiquillos. + +Después de esto empezó á insultar á Adán, como si éste fuese el +responsable del abandono en que vivían sus hijos. + +Pero transcurría el tiempo y era urgente tomar una resolución. Luego de +muchas dudas y titubeos, Eva escogió á los hijos preferidos (¿qué madre +no los tiene?) para lavarlos y vestirlos lo mejor que pudo. Después +empujó á los otros á puro cachete, hasta dejarlos encerrados en un +establo, bajo llave, á pesar de sus protestas. + +Ya llegaban los visitantes. Eva apenas tuvo tiempo de dar una última +mano al arreglo de su persona. Sacudió su vestido para hacer desaparecer +las arrugas de la lucha con la terrible chiquillería y se pasó un peine +por los pelos alborotados. + +En el horizonte, una columna de nubes, blanca y luminosa, descendió del +cielo hasta posarse en la tierra. Empezó á sonar un ruido de alas +innumerables, acompañado por las voces de un coro inmenso, cuyos +«¡hosanna!» repercutieron á través del espacio infinito. + +Los primeros viajeros celestes, desembarcando de la nube que los había +traído, empezaron á remontar el sendero de la granja. Estaban envueltos +en tal esplendor, que parecía que todas las estrellas del firmamento +hubiesen bajado á la tierra para juguetear entre los bancales de trigo +cultivados por Adán. + +Iba delante la escolta de honor, compuesta de un destacamento de +arcángeles cubiertos de cabeza á pies con centelleantes armaduras de +oro. Después de haber envainado sus sables, se acercaron á Eva para +decirle unos cuantos chicoleos, asegurando que no pasaban por ella los +años y que se mantenía tan fresca y apetitosa como en los tiempos que +habitaba el Paraíso. + +--Los soldados son así--explicó el tío Correa--. Allá donde van se lo +comen todo, y lo que no se comen lo rompen ó se lo apropian. Cuando ven +á una mujer sienten excitado su heroísmo, lo mismo que si oyesen sonar +el toque de asalto.... + +Total: que algunos más atrevidos intentaron unir los actos á las +palabras, abrazando á Eva. Pero ésta tenía cerca su escoba, y los obligó +con una rápida contraofensiva á refugiarse en la huerta, donde se +subieron á los árboles. + +El viejo segador rió un poco, añadiendo después: + +--El pobre Adán no sabía qué hacer. «¡Van á comerse todos mis higos y +mis melocotones!», gritó levantando los brazos. Para él hubiera sido +mejor un ciclón en su huerto que la entrada de la alegre soldadesca. +Pero como era hombre de tacto, aunque juró un poco, acabó por callar. + +El Señor llegaba ya. Su barba era de plata y su cabeza tenía como adorno +un triángulo resplandeciente que lanzaba rayos lo mismo que el sol. +Detrás venía Miguel, con una armadura incrustada de piedras preciosas +formando fantásticos dibujos. Cerraban la marcha todos los ministros y +altos dignatarios de la corte celestial. + +--El Creador saludó á Adán con una sonrisa de lástima--prosiguió el +viejo--. «¿Cómo estás, infeliz?», le preguntó. «¿Tu mujer no te ha +metido en nuevos líos?...» Después acarició á Eva, tomándole la +barbilla. «¡Hola, buena pieza! ¿Aún continúas haciendo locuras?» + +Conmovidos por tanta simplicidad, los esposos ofrecieron al Señor el +único mueble que poseían, semejante á un trono. Era una silla de brazos +como las mejores que se pueden encontrar en una granja rica. + +--¡Qué asiento, hijos míos!--dijo el tío Correa con entusiasmo--. Ancho, +blandísimo, hecho con madera de algarrobo de la mejor y con cuerda de +esparto bien tejido; un sillón, en fin, como sólo puede tenerlo un cura +de pueblo rico. + +Sentado en él Su Divina Majestad, fué escuchando lo que le contaba Adán, +sus fatigas, sus malos negocios, las dificultades que había de vencer +para ganar el sustento de él y su familia. + +--¡Muy bien! ¡Me alegro mucho!--decía el Señor, mientras una sonrisa +agitaba su barba resplandeciente--. Eso te enseñará á no desobedecer á +tus superiores, y sobre todo, á no seguir los consejos de una hembra. +¿Creías acaso que ibas á comer gratis en el Paraíso y hacer al mismo +tiempo lo que se te antojase?... ¡Sufre, hijo mío! ¡Trabaja y rabia! Así +aprenderás lo que cuesta la libertad. + +El Señor contempló luego á Eva. Desde mucho antes le había dirigido +rápidas miradas de curiosidad y de indignación. Era la primera vez que +veía á una mujer vestida. ¿De dónde había salido este animal de plumaje +fantástico, este loro sin alas, cuya forma absurda y colores chillones +no hubiera podido concebir Él, ni aun en sus momentos de más frenética +creación?... + +Dándose cuenta de que el Señor la observaba, Eva fué adoptando las +actitudes que consideró más interesantes, esforzándose por hacer valer +con ellas las gracias de su cuerpo y la elegancia de sus adornos. Al +mismo tiempo sonreía, segura de sí misma. + +--Y el Todopoderoso--continuó el tío Correa--no pudo menos de reconocer +cierta gracia en estos adornos mujeriles que al principio había +considerado feísimos. + +--Continúa siendo la misma frívola de siempre--murmuró el Señor +dirigiéndose al gran capitán Miguel, que le acompañaba á todas partes y +se mantenía ahora de pie detrás de su sillón--. Es la misma cabeza de +chorlito que conocimos en el Paraíso.... Pero hay que confesar que sabe +adornarse con gusto. + +Tal vez estas consideraciones, unidas á las sonrisas de Eva y al humilde +silencio con que Adán acogió las reprimendas del Señor, ablandaron el +corazón de éste. Pareció arrepentirse de su anterior severidad, y añadió +con un tono de benevolencia: + +--No esperéis que os perdone, permitiendo que volváis á disfrutar por +segunda vez los placeres del Paraíso. Lo que está hecho ya está hecho, y +debéis sufrir los efectos de mi maldición. Mi palabra es sagrada; y si +la retirase, me desconocería á mí mismo.... Pero ya que he venido á +veros, no quiero irme sin dejar un recuerdo de mi visita. A vosotros no +puedo daros nada: los dos estáis malditos; pero vuestros hijos son +inocentes y tendré mucho gusto en hacer un don á cada uno de ellos.... +Yo había creído que teníais una descendencia más numerosa. ¿Sólo cuatro +hijos? Seguramente que no me arruinaré con mis regalos. Anda, Eva, +tráeme á tus pequeños. + +Los cuatro pilletes se alinearon ante el Todopoderoso, que los examinó +atentamente. + +--Ven aquí, tú--dijo designando á un pequeño, serio y gordo, de mirada +penetrante y cejas fruncidas, que había estado chupándose un dedo +mientras escuchaba gravemente la conversación--. Te confiero el poder +de juzgar á tus iguales. Serás el dispensador de la justicia; +interpretarás según tu criterio las leyes hechas por los otros; poseerás +el privilegio de establecer lo que es el Bien y lo que es el Mal, +cambiando de opinión cada siglo. Sujetarás todos los delincuentes á las +mismas reglas penales, medida tan cuerda y acertada como si los médicos +pretendiesen curar á los enfermos con el mismo remedio. Tu situación +será en el mundo la más estable é inconmovible. Podrá ocurrir que los +hombres duden con el tiempo de todo lo que les rodea. Hasta llegará un +día en que se atrevan á discutir mi existencia y á negarme. Pero no +temas por ti. Tú serás la Justicia augusta é infalible, incapaz de +equivocarse, sin la cual no es posible la vida. Los mismos que ostenten +como un título de gloria su incredulidad absoluta, se indignarán si +alguien tiene la audacia de poner en duda tu rectitud. Y si incurres en +errores que cuestan la vida ó la libertad á los hombres, la mayoría +disimulará tu horrible equivocación, apelando al «carácter sagrado de la +cosa juzgada». + +El Todopoderoso hizo señal para que avanzase un segundo muchacho. + +Era moreno, de aspecto jovial y atrevido, con la cabeza puntiaguda, la +mandíbula cuadrada y unas orejas prominentes. Llevaba siempre en su mano +derecha un bastón, con el que pegaba á sus hermanos. A la hora de las +comidas se apoderaba de las porciones de los otros, amenazándoles si +protestaban. + +Al llegar á corta distancia del Todopoderoso se cuadró, con las manos +pegadas á los muslos y los ojos fijos, lo mismo que un soldado alemán +bien disciplinado. + +Y el Señor le dijo: + +--Tú serás el hombre de guerra, el héroe. Conducirás tus semejantes á +la muerte, como el matarife guía los rebaños al matadero. Esto no +impedirá que todos te admiren y te aclamen (hasta aquellos mismos que +serán hechos pedazos bajo tu dirección), pues emplearás como fetiches de +poder inagotable las palabras Gloria, Honor, Patria, Bandera. Los +hombres hablarán con emoción de leyes morales y mandamientos religiosos +que les ordenan «no matarás», «no robarás», «amarás á tu prójimo como á +ti mismo»; pero tú, guerrero semejante á un semidiós, vivirás más allá +del Bien y del Mal. Si los otros hombres matan, serán juzgados como +criminales y terminarán sus días en un presidio ó en el cadalso. Tú, por +el contrario, te agrandarás en proporción de tus matanzas, y cuando las +gentes te admiren cubierto de sangre humana, gritarán á coro: «¡Este es +un verdadero héroe!» + +»Si alguna vez deseas un territorio, lo primero que harás será +apoderarte de él por la fuerza, exterminando á todos los que intenten +resistirse en nombre de sus antiguos derechos. Siempre encontrarás +jurisconsultos que se encarguen de probar, textos en mano, tu derecho á +la posesión de las tierras conquistadas. Comete toda clase de +atrocidades...pero vence. Nunca dejarás de tener razón si eres +victorioso. Nadie osa pedir cuentas al conquistador, y en sus templos, +los sacerdotes de todas las religiones cantarán por tu salud, celebrando +tu triunfo. Inunda los países de sangre, pasa los pueblos á cuchillo, +incendia las ciudades, mata, destruye, roba.... Esto no impedirá que los +poetas te celebren y los historiadores perpetúen tus hazañas más que si +fueses un benefactor de la humanidad. Pero los que intenten imitarte y +cometan tus mismas atrocidades sin vestir unas ropas de corte y color +especiales llamadas uniforme, arrastrarán una cadena en el calabozo de +una cárcel.... Puedes retirarte. ¡Que avance otro!. + +El tercero era un adolescente, seco de carnes, nervioso, con una palidez +verdosa y los ojos de mirada astuta. + +Reflexionó el Señor un instante antes de decidir lo que haría de él, y +dijo finalmente: + +--Tú dirigirás los negocios del mundo, siendo al mismo tiempo mercader y +banquero. Prestarás oro á los reyes, lo que te permitirá tratarlos como +si fuesen tus iguales; y si llegas á arruinar á toda una nación en +provecho tuyo, el mundo admirará tu habilidad. Tus grandes combinaciones +financieras extenderán el pánico por el universo entero, haciendo pesar +sobre las ciudades horas de angustia mortal. Tus victorias en la Bolsa +irán acompañadas por los pistoletazos de tus víctimas empujadas al +suicidio y los llantos de sus familias. Provocarás guerras +incomprensibles y favorecerás tratados de paz ruinosos, siendo +responsable del envío de acorazados y de ejércitos expedicionarios para +sostener tus reivindicaciones injustas y usurarias contra las naciones +débiles. + +»Tus hijos creerán proteger las artes manteniendo lujosamente +bailarinas, cantantes ó simples portadoras de costosos trajes y joyas +inauditas para halago de su orgullo. Tú, retenido por tus negocios, +envejecerás y llegarás tarde á la escena de la vida, para ser un Mecenas +de esta especie, contentándote con proteger á los pintores. + +»La disparidad de opiniones más absoluta acompañará el recuerdo de tu +nombre durante treinta ó cuarenta años, porque tu nombre, como el de los +tenores y el de los cómicos, vivirá nada más lo que vivan las personas +que te conocieron. «Sirvió al progreso humano», dirán algunos +acordándose de tus flotas de buques mercantes y de las vías férreas con +que surcastes los desiertos. «Era un bandido», afirmarán otros pensando +que por cada kilómetro de rieles colocados llenaste un cementerio de +trabajadores. «Fué un monstruo, que para ganar sus riquezas sacrificó +más vidas humanas que un conquistador.» Y todos tendrán razón, todos +dirán la verdad; porque lo que hay más divertido en la vida de los +hombres es que todos ellos hablan de la verdad, de la verdad absoluta é +indiscutible, ignorando que esta verdad absoluta no es mas que un +ensueño y que siempre habrá tantas verdades como intereses.... Acuérdate +de esto y sigue tu camino. + +Llegó el turno al cuarto muchacho, y éste avanzó. + +--Viendo al tal mocoso, el Señor empezó á reír--dijo el tío Correa--. +Apenas levantaba dos palmos del suelo; y el Omnipotente, como lo sabe +todo, vió que era el hijo preferido de su madre. + +Ésta únicamente dudaba de la justicia de su preferencia al comparar á +este pequeño con el hermano de las orejas grandes, armado siempre con un +garrote. La mujer se siente en todas ocasiones atraída por el guerrero; +pero cuando el pequeño abría la boca, Eva, completamente subyugada, +reconocía su superioridad sobre el belicoso mayor. + +El Omnipotente examinó al diminuto personaje con un regocijo mal +disimulado. Se fijó en sus robustos hombros, su cabeza enorme y su +amplia frente. Su mirada era orgullosa y sus labios se contraían con una +mueca en la que se mezclaban el menosprecio y la adulación. Tenía á la +vez algo de comediante y de rey. + +No parecía intimidado el chicuelo por la presencia del Creador. Se +mantuvo erguido, con una mano sobre el pecho y la otra apoyada en el +respaldo de una silla. Su frente elevada parecía aguardar la inspiración +de lo alto. Mostraba la rigidez de un modelo, como si estuviera delante +del escultor encargado de su futura estatua. + +Su madre le conocía bien. Cuando sentía hambre y deseaba un pedazo de +pan, nunca lo reclamaba á gritos, como los niños ordinarios. Tenía el +sentimiento precoz de las fórmulas parlamentarias, no conocidas aún en +el mundo, y decía gravemente: + +--Señora Eva, permítame su señoría una pequeña interpelación: ¿puedo +tomar un poquito de pan? + +La madre apelaba á su auxilio cada vez que tenía necesidad de mantener +tranquila á la numerosa prole, mientras se consagraba á la confección de +sus trajes. + +--Ven aquí, vida mía--suplicaba Eva--. Hazme el favor de divertir á tus +hermanos con uno de tus discursos. + +Y el niño, empujado por su propia elocuencia, hablaba horas y horas, sin +saber ciertamente lo que decía, dando tiempo á la madre para terminar su +obra. + +--Tú serás el rey de la tierra--declaró el Todopoderoso--; tú serás el +Orador, y con eso queda dicho todo. A pesar de su poder y su orgullo, +tus hermanos vivirán al amparo de tu palabra. El guerrero te obedecerá; +el juez te servirá y sostendrá, para mantener su propia situación; el +banquero te dará cuanto le pidas, para que seas su abogado y defiendas +sus terribles combinaciones. Tu único mérito consistirá en hablar bien, +y eso es suficiente para que todos te consideren el hombre más sabio de +la tierra. + +»Sin necesidad de estudiar los asuntos, hablarás de ellos +indefinidamente; si alguna vez necesitas mostrar conocimientos, serán de +tercera ó cuarta mano, y sin embargo las masas te aclamarán como un +genio. En los tiempos difíciles todos te buscarán, viendo en ti la única +esperanza de la patria. «Coloquémosle á la cabeza del gobierno, ya que +habla mejor que todos», dirán las gentes. + +»La humanidad se deja regir por una lógica absurda. Para gobernar una +nación, para administrar su hacienda y hasta para mandar sus ejércitos, +nadie vale lo que un buen orador, capaz de hablar a todas horas +fácilmente y sin fatiga. Cuando surja una guerra, tú dirigirás desde tu +sillón á los generales; cuando llegue el momento de negociar la paz, +confiarán esta misión á un congreso de oradores. La palabra gobernará al +mundo más aún que el sable. Habla, hijo mío, habla elocuentemente y sin +cansancio, y el mundo será tuyo. + + + + +III + + +Adán lloraba silenciosamente, agradeciendo las bondades del Señor. + +Sus cuatro hijos acababan de recibir la dominación de la tierra entera. + +Sin embargo, su esposa se mostraba inquieta. Varias veces estuvo á punto +de interrumpir al Omnipotente pronunciando una palabra, una sola, pero +calló en el último instante. ¿Cómo iba á detener la ola de +bienaventuranzas celestiales que se desplomaba sobre sus cuatro +hijos?... Pero el remordimiento oprimía su corazón maternal. + +Pensaba en la caterva de pequeños encerrada en el establo, que iba á +quedar privada, por su culpa, de tan generoso reparto. + +Al fin murmuró, aproximándose á Adán: + +--Voy á enseñar los otros al Señor. + +--Ya es tarde--objetó el marido--. Sería pedirle demasiadas cosas, y el +Señor puede enfadarse. + +Precisamente, en el mismo momento el arcángel Miguel, que había venido á +visitar á los dos reprobos contra su voluntad, insistió cerca de su +divino amo para que diese por terminada la visita. + +Le era insoportable este capricho del Señor, pero protestaba de él con +toda la circunspección de un ministro de la Guerra que lleva muchos +siglos acompañando á su soberano. + +--Majestad, se hace tarde--insinuó suavemente--. El sol se ocultará +dentro de poco, y las noches son ahora frescas. Sería imprudente, á los +años de Su Majestad, prolongar esta visita. + +Miguel parecía inquieto. Había una expresión de tristeza en los ojos de +este guerrero rubio, y algunas canas brillantes como la plata cortaban +el esplendor de su cabellera de oro. + +Pensaba en Lucifer. + +Lucifer había sido tan rubio, tan arrogante y tan guerrero como él. +Ahora, con el nombre de Satanás, era feo y estaba caído y pisoteado, +como todos los rebeldes que no triunfan. + +Durante muchos siglos, Miguel había permitido á los pintores y los +escultores celestiales que le representasen teniendo bajo sus pies y su +poderosa lanza á Satanás, el camarada y el adversario de otros tiempos. +No había miedo de que algún habitante del reino celestial intentase una +segunda sublevación pretendiendo continuar la rebeldía de Lucifer. Eran +demasiado listos los de arriba para incurrir en error tan grosero. Pero +el arcángel se daba cuenta de que Satanás, inerte bajo sus plantas +durante tantos siglos, como si se hubiese resignado para siempre á su +derrota, empezaba á agitarse, queriendo renovar la lucha. + +El ángel caído por su soberbia revolucionaria contaba indudablemente con +refuerzos extraordinarios, y como éstos no podía encontrarlos en el +cielo, Miguel temía que los buscase en la tierra, previendo una serie de +batallas de las cuales no saldría siempre vencedor. + +Los papeles de la eterna tragedia iban tal vez á cambiarse. Satanás +podía resultar victorioso, irguiéndose á su vez con arrogancia sobre el +cuerpo caído de Miguel, vencedor en otros tiempos y ahora vencido. + +--Majestad--insistió el guerrero--, dejemos cuanto antes á estos +importunos. + +El Señor abandonó su sillón. Fuera de la granja sonaron las notas +chillonas de las trompetas de los arcángeles tocando llamada, y los +rubios soldados de la escolta divina descendieron de los árboles con tal +violencia, que no dejaron en ellos fruto ni hoja. Una nube de langosta +no lo hubiese hecho peor. + +La guardia se formó en dos filas ante la puerta, presentando sus armas, +mientras el divino soberano salía lentamente, apoyado en un brazo de +Miguel. + +Eva le cerró el camino. + +--Majestad: un instante. + +Y corrió al establo, abriendo la puerta. + +--¡No he dicho toda la verdad!--gritó con una voz emocionada por el +remordimiento--. Tengo otros hijos. ¡Piedad, Señor, para estos pequeños! +¡Dadles un don cualquiera! ¡Que vuestra divina misericordia no los +olvide! + +El Todopoderoso contempló á esta muchedumbre de niños con estupor y +repugnancia. Al mismo tiempo, su ministro de la Guerra fruncía las +cejas, llevando instintivamente la diestra á la empuñadura del sable. + +Miguel reconoció al futuro enemigo en esta horda sucia y revoltosa. Con +estos monstruos contaba su adversario infernal para triunfar en el +porvenir. Eran sus últimas reservas, las tropas de la desesperación. +¡Qué lástima no poder aplastarlos allí mismo, antes de que llegasen á +crecer!... + +--Vamonos, Señor--dijo empujando dulcemente á su soberano--. No hay que +dar nada á esta canalla. Es mejor que todos perezcan. + +Y repelió á Eva con rudeza, ordenándole que no insistiese en su demanda +presuntuosa. + +--No puedo hacer nada, pobre mujer--dijo el Señor excusándose--. No me +queda nada que darles. Sus cuatro hermanos se lo han llevado todo.... No +llores; no me gustan las lágrimas femeninas; yo reflexionaré y tal vez +encuentre algo para ellos.... Ya veremos más adelante. + +Pero la madre no se dejó convencer por estas promesas vagas: + +--¡Señor, dadles cualquier cosa, pero ahora mismo! No importa el +donativo. ¿Quién sabe cuándo volverá por aquí Su Majestad?... Me +contento con un pequeño regalo para cada uno; un empleo, una ocupación. +¿Qué va á ser, si no, de estos pobrecitos?... + +El arcángel iba á ordenar que una escuadra de la escolta celeste +apartase á viva fuerza á esta mujer tenaz, cuando el Omnipotente +encontró una solución gracias á su sabiduría infinita. + +También él deseaba perder de vista cuanto antes la granja y su +chiquillería repugnante. + +El Señor se acarició su larga barba de plata y dijo á Eva: + +--No llores, mujer; ya les he encontrado una ocupación, y no será +ligera. Todos estos trabajarán para mantener á sus cuatro hermanos, +sirviéndoles eternamente. + +Hubo una larga pausa, y el tío Correa terminó así: + +--Vosotros y yo, y todos los que pasamos la vida encorvados sobre la +tierra para sostener nuestra miserable existencia, somos los +descendientes de aquellos infelices que nuestra primera madre encerró en +el establo. + +Los segadores quedaron en un prolongado y reflexivo silencio. Pero de +pronto, una voz surgió de la penumbra: + +--¿Y las mujeres?... ¿Qué hace usted de las mujeres? + +El tío Correa, sorprendido y perplejo, paseó una mirada por el corro de +oyentes, preguntando: + +--¿Qué mujeres son esas? ¿Qué tienen que ver las mujeres con esta +historia? + +El segador medio oculto en la obscuridad, añadió: + +--Eva, seguramente, tendría alguna vez hijas, pues de no ser así, no +existirían mujeres actualmente, y las hay en todas partes...tal vez +demasiadas; ¿no es esto, tío Correa?... Lo que yo pregunto es cuál fué +la suerte de las hijas de Eva. ¿Nuestra primera madre presentó algunas +al Señor, para que también les hiciera un regalo, ó las encerró á todas +en el establo en compañía de nuestros pobres abuelos? + +Un murmullo de curiosidad se elevó del corro, semejante al que surge de +una reunión electoral cuando el discurso del candidato queda cortado por +una objeción imprevista. + +Todos los ojos se volvieron hacia el viejo, que se rascaba la cabeza, +mirando al suelo con una expresión de inquietud y de duda. + +De pronto sonrió, triunfante. + +--Bien se ve--dijo con una voz dulzona--que el que ha hecho esa pregunta +es joven y sin experiencia. Eva era mujer y conocía demasiado bien las +necesidades de las mujeres para perder el tiempo en peticiones +inútiles. Dios, con ser Dios y disponer de todo lo existente, no puede +dar nada á las mujeres después que han nacido. + +Hizo una larga pausa para gozar del silencio con que la curiosidad y el +interés acogían sus palabras. + +--Antes de que ellas nazcan--continuó--, Dios puede darles la belleza y +la gracia á manos llenas, y hasta algunas veces les da la discreción y +el talento. Pero después que están en el mundo, su única esperanza es el +hombre. Todo lo que son y lo que tienen lo deben al hombre. Para ellas +es el trabajo de los pobres, el poder de los que gobiernan, las hazañas +de los soldados, el dinero de los millonarios. Ellas son las que tuercen +con más facilidad la dureza de la justicia.... No; las mujeres no tienen +nada que pedir á Dios, pues todo lo reciben de los hombres.... Y los +hombres, cuando trabajan por la gloria, por la ambición ó por amor al +dinero, no hacen en el fondo mas que trabajar por ellas y para ellas. + + + + +LA CIGARRA Y LA HORMIGA + + +Reverbera en las blancas fachadas el sol de las primeras horas de la +tarde. Procuramos, en nuestros paseos por la plaza de un pequeño pueblo +valenciano, no salirnos de las islas de sombra que trazan los plátanos +sobre la tierra rojiza y ardiente. + +Silencio de sueño, calma profunda de siesta veraniega. Los únicos que +vivimos en este ambiente exuberante de luz somos mi amigo y yo, que +conversamos bajo los árboles de la plaza, los niños que ganguean á +gritos sus lecciones en la escuela próxima, siguiendo el venerable +método morisco, y los enjambres de insectos que aletean, zumban y trepan +en torno de los plátanos. + +Calla de pronto el coro escolar, y por las ventanas abiertas llega hasta +nosotros la voz de un niño, el más aplicado tal vez, que recita una +fábula: _La cigarra y la hormiga_. + +Como el griterío de una muchedumbre alborotada que contesta á +ultrajantes alusiones, suena el _chín-chín_ de numerosas cigarras +moviendo sus cimbalillos entre las cortinas del follaje. + +Mi amigo el naturalista se indigna mientras la voz infantil va +desarrollando la acción de la conocida fábula, la cigarra imprevisora y +alegre que canta sin pensar en el porvenir, y cuando llega el invierno, +transida de frío y vacilante de hambre, va en busca de la hormiga para +implorar un préstamo. El animal ordenado y económico, que tiene en torno +los sacos llenos de cosecha y se prepara á invernar en opípara +abundancia, no quiere oír la súplica de la bohemia y añade á su negativa +la burla cruel: «¿No has pasado cantando el verano mientras yo +trabajaba? Pues bien; ahora, baila.» + +--Me irrita esta fábula--dice el naturalista--. Es una historia inmoral, +que enseña á los hombres desde su infancia el respeto á la avaricia y á +la crueldad, el culto del egoísmo, la burla soez contra los idealistas, +que piensan en algo más que la satisfacción de los apetitos materiales. +Todo es mentira en este relato inventado hace miles de años. La +imprevisora y loca cigarra de la fábula es un ser laborioso y dulce, +explotado hasta la muerte. En cuanto á la hormiga, modelo de economía +doméstica que los padres ofrecen á los hijos, es una bestia rapaz que +desde el mundo de la pequeña animalidad influye fatalmente sobre los +hombres. Nuestro planeta sufre guerras y se cubre de sangre cada vez que +á un Imperio se le ocurre organizarse como un hormiguero, imitando su +férrea disciplina, su método para la acción, su soberbia, que tiende á +engañar y esclavizar todo cuanto le rodea.... + + * * * * * + +--Esa fábula es una calumnia--continúa mi amigo--. Los caracteres de sus +protagonistas aparecen en ella escandalosamente invertidos. La hormiga +es en realidad un ladrón y la pobre cigarra una víctima. + +Al poeta La Fontaine (imitado después por el fabulista español) debemos +el triunfo de este embuste, que, confiado á la memoria de los niños, +resulta inmortal. Supo describir con exactitud el carácter del lobo, del +zorro, del gato y otros animales protagonistas de sus historias. Los +había visto de cerca, eran de su país. En todas las latitudes del mundo +hablan las gentes de la cigarra á causa de la fábula, y sin embargo, son +muy pocos los que han visto cigarras. Este animal sólo existe en la +región asoleada del olivo, y París, donde vivió La Fontaine, no tiene +olivos. + +Es indudable que tomó esta historia de los griegos. Los niños de la +Atenas de Pericles, al ir á la escuela con su capacito de esparto lleno +de higos secos y de olivas, se contaban el cuento de la cigarra +imprevisora que tuvo que pedir un préstamo á la hormiga. Lo habían oído +á sus nodrizas y á sus madres cada vez que éstas les recomendaban la +necesidad de ser sobrios y ahorradores. De aquí data el error, +verdaderamente incomprensible en un país como Grecia que tiene cigarras. +La fábula, como casi todas las fábulas, procede del pueblo indostánico, +gran contemplador de la Naturaleza. Los poetas del Ganges, que conocían +exactamente la vida de las bestias, debieron poner la hormiga frente á +otro animal. Los griegos lo sustituyeron con la cigarra (monótono cantor +que metían en jaulas para que meciese sus siestas), y así ha llegado el +relato hasta nosotros, falso é indestructible, como muchas leyendas +gloriosas de la humanidad; viejo y respetable, como el egoísmo de los +hombres, ó lo que es lo mismo, como la historia del mundo. + +El sabio Fabre, poeta de los insectos, fué el primero que, en nuestra +época, escuchando á la cigarra en sus tierras de Provenza, se le ocurrió +rectificar con observaciones directas la exactitud de la fábula. Y +quedó al descubierto la gran mentira que ha servido de ejemplo moral á +los hombres y aún continuará sirviendo, pues la humanidad no deshace +camino, ni modifica fácilmente sus ideas elementales. + +Fíjese, amigo mío: la cigarra no puede implorar un préstamo para vivir +en invierno, por la simple razón de que sólo vive unas semanas y muere +en el verano. La cigarra no pedirá nunca una limosna á la hormiga +(aunque ésta fuese capaz de concedérsela), porque los granos de trigo y +los cadáveres de moscas y gusanos que guarda el negro pirata en los +almacenes de su imperio subterráneo de nada pueden servirle. La cigarra +no come, chupa. Esta bestia dulce y pacífica carece de mandíbulas y de +boca. Su herramienta para la nutrición es una lanza perforada, una +trompa sutil, con la que agujerea la corteza de las ramas. Su estómago +delicado no puede resistir los cereales y los cadáveres que alimentan á +la hormiga, bestia feroz de quijadas triturantes y patas cortadoras. +Música del sol, habitante de las alturas, poeta del follaje, se nutre +únicamente con el vino de la Naturaleza, con la savia que circula por +las arterias de los árboles. La cigarra no ha ido nunca en la realidad +al encuentro de la hormiga. La ignora ó huye de ella como de un enano +grosero y maléfico. Es la hormiga la que la busca y la acecha para +aprovecharse de su trabajo. + +Ya ve cuán lejos estamos de la fábula ofensiva para la moral y la +verdad, y cómo se transforman radicalmente los caracteres de sus +protagonistas. + +Cuando la primavera empieza á caldear el suelo, se animan las larvas que +depositaron las cigarras muertas en el año anterior. Surgen de las +entrañas de la tierra por un pozo circular que abren trabajosamente; se +izan á la primera brizna de hierba que encuentran, desgarran su dorso +repeliendo una envoltura seca como pergamino, y aparecen de un color +verde tierno que rápidamente se obscurece. Luego trepan á los árboles, +animando el silencio rumoroso de la Naturaleza con su música incansable. +En las horas de sol, la luz las embriaga con una borrachera ruidosa y +agitan locamente sus címbalos, como los devotos del cortejo de +Dionisios. Cuando todo el pueblo de los insectos desfallece de sed, +ellas son las únicas que viven en una abundancia regalada. + +Adivino desde aquí lo que ocurre sobre nuestras cabezas, á pocos pasos +de nosotros, entre esas ramas de las que salen zumbidos y aleteos. +Moscas, abejas de todas clases, y sobre todo hormigas, muchas hormigas, +van errando por las ramas en busca de una fuente. Las flores tienen la +corola agostada por el calor, las hojas duermen contraídas bajo el sol, +la vegetación, marchita, espera el beso fresco del anochecer para +reanimarse, recobrando su vital expansión. Y mientras la muchedumbre +alada ó rampante corre sedienta de un lado á otro, la cigarra se ríe de +esta escasez. Con su rostro, que es sutil, duro y perforante como una +barrena, taladra uno de los innumerables toneles de sus bodegas +inagotables. Sin interrumpir su canto, ha abierto un agujero profundo en +la corteza de una rama hinchada por el calor, llegando hasta la +corriente de savia que circula madura por el sol, como un vino de +generoso fermento. Conservando el tubo de succión hundido en este pozo, +bebe y bebe con sensual inmovilidad, entregada por entero á los encantos +del jarabe y de la estrofa. Es un Anacreonte del follaje, un poeta que +declama á gritos con la copa entre los labios y los ojos en el cielo. + +Pero los sedientos la acechan; los parásitos acuden para explotar su +desinterés. Un rezumamiento de líquido azucarado en los bordes del +brocal denuncia los placeres divinos de su recogimiento. Los importunos +alados zumban pedigüeños en torno de la cigarra, interrumpiendo su +musical embriaguez; pero los más temibles de estos intrusos son las +hormigas, bestias de un egoísmo desvergonzado y arrollador. Las más +pequeñas se deslizan por debajo del vientre de la cantora, que, +bonachona y tolerante, levanta las patas traseras para no estorbar su +camino. Las grandes se estremecen de cólera, beben en los raudales que +se escapan del pozo, se alejan para dar un paseo inútil por las ramas y +regresan, cada vez más inquietas y agresivas. Al fin, atacan á la dueña +de la fuente, pretendiendo expulsarla para aprovecharse de su trabajo. +Muerden al músico en el extremo de sus patas, le tiran de las alas, +montan sobre su dorso para pellizcarle las antenas. Algunos bandidos más +audaces se apoderan de su trompa de succión é intentan extraerla del +pozo.... + +Interrumpo al naturalista. Veo de pronto á los genios despreciados por +las muchedumbres que luego se apropiaron su gloria con un orgullo +nacional; veo á todos los artistas que abren fuentes de idealismo para +la turba grosera, é inmediatamente quedan expulsados de las márgenes de +su obra; veo á los poetas de la acción que derriban muros tradicionales, +y nunca son los primeros que entran por la brecha, pues los sobrepasan +los hábiles que se ocultaban á sus espaldas, prontos á aprovecharse del +esfuerzo. + +--¡Lo mismo que en la vida humana!--exclamo con asombro--. ¡Igual que +entre los hombres! + +--Sí; igual que entre los hombres--contesta el naturalista, y continúa +su relato. + +La cigarra es un elefante comparada con la hormiga, un monstruo +antidiluviano que podría aplastarla desplomándose sobre ella. Pero no +tiene mandíbulas ni es carnicera. Alimentada con néctares florales, su +humor es bondadoso y tolerante, como el de los filósofos que han llegado +á penetrar el secreto de los seres y las cosas. Además, ¡es tan numerosa +la muchedumbre de los enanos egoístas y rapaces! + +Al fin, el gigante, cansado de tantas molestias, abandona el pozo, pero +antes de alejarse levanta una pata con soberano desprecio y lanza un +chorro de orina sobre la masa laboriosa. + +--La venganza de los poetas--interrumpo yo, sonriendo. + +--Sí, la venganza de los poetas. Pero ¿qué importa ese desahogo del +bohemio cantor á la hormiga honrada, económica y amiga del orden? Ya ha +logrado su objeto; ya se ha hecho dueña del trabajo ajeno. Lo malo es +que el pozo se agota en su poder. Como carece de la bomba que atrae á la +dulce savia, sólo puede aprovechar el líquido que existía en el fondo en +el momento de la conquista. Absorbe hasta la última gota, y cuando la +fuente queda seca, marcha en escuadrón á la descubierta de la cigarra, +que ha abierto un segundo manantial, y le roba igualmente el fruto de su +trabajo. + +¡Pobre cigarra! ¡Infeliz artista del mundo de las hojas, calumniada en +el mundo superior de los hombres!... Como no almacena, es una bohemia +indigna de respeto; como se alimenta de miel y canta á todas horas, no +trabaja seriamente; como carece de mandíbulas y abandona el sitio á los +que se deslizan á traición por debajo de su vientre, los usureros +subterráneos, las bestias de patas ganchudas que engordan con los +muertos, tienen derecho á robarle su obra. + +La hormiga, avara y sin entrañas, la explota y la gobierna á pesar de +su pequeñez, lo mismo que en el mundo de la criminalidad vertical, los +hombrea del «cofre-fuerte», de la mano imantada que atrae á los céntimos +y del paño duro que exprime, dominan á las grandes masas. + +Hasta en su muerte se ve explotada la cigarra por el triunfante +parásito. Los restos del Orfeo del ramaje se disuelven en el estómago +del negro burgués subterráneo. + +Después de una vida de cinco ó seis semanas, que le parece larguísima, +la cantora cae de lo alto del árbol, extenuada por tanta música, tanta +poesía, tanta embriaguez ruidosa. El sol seca su cadáver y los +transeúntes lo aplastan con sus pies. + +Las hormigas salen formando batallones de sus obscuros cuarteles, donde +viven sometidas á una disciplina á la prusiana, obedeciendo á su +emperador, como un pueblo laborioso, culto y metódico. + +Van á saquear para enriquecerse; van á invadir otros hormigueros con el +propósito de esclavizar á sus habitantes y que trabajen para los +conquistadores. La razón de Estado guía sus correrías. ¡Por algo la +fábula presenta á estas bestias como modelos de orden y buenas +costumbres! + +En su avance triunfal, la vanguardia del ejército encuentra á la caída +cigarra, y los que vivieron de su trabajo vuelven á vivir de su muerte. +Las patas y mandíbulas despedazan la rica pieza, la disecan, la +tijeretean, la parten en migajas para almacenarla en el depósito de +provisiones. + +Muchas veces el poeta aún está en la agonía y sus alas baten el polvo +con los últimos temblores. No importa. Su cuerpo se ennegrece cubierto +por el tropel de enemigos. Lo despedazan en vida, tiran de sus +miembros, lo descuartizan con un sabio método de caníbales científicos. + +Y esta es, amigo mío, no la fábula, sino la verdadera historia de _La +cigarra y la hormiga_. + +--¡Lo mismo que entre los hombres!--exclamo yo. + +--Lo mismo que entre los hombres--repite el naturalista. + + + + + +End of Project Gutenberg's El préstamo de la difunta, by Vicente Blasco Ibanez + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL PRÉSTAMO DE LA DIFUNTA *** + +***** This file should be named 14308-8.txt or 14308-8.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + https://www.gutenberg.org/1/4/3/0/14308/ + +Produced by Michael Ciesielski, Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team. + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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Thus, we do not necessarily +keep eBooks in compliance with any particular paper edition. + + +Most people start at our Web site which has the main PG search facility: + + https://www.gutenberg.org + +This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, +including how to make donations to the Project Gutenberg Literary +Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to +subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. diff --git a/14308-8.zip b/14308-8.zip Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..59fb657 --- /dev/null +++ b/14308-8.zip diff --git a/14308-h.zip b/14308-h.zip Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..0cb0961 --- /dev/null +++ b/14308-h.zip diff --git a/14308-h/14308-8.htm b/14308-h/14308-8.htm new file mode 100644 index 0000000..0319183 --- /dev/null +++ b/14308-h/14308-8.htm @@ -0,0 +1,9520 @@ +<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" + "http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> + +<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml"> + <head> + <meta http-equiv="Content-Type" content="text/html;charset=iso-8859-1" /> + <title> + The Project Gutenberg eBook of El Préstamo De La Difunta, by Vicente Blasco Ibáñez. + </title> + <style type="text/css"> +/*<![CDATA[ XML blockout */ +<!-- + p { margin-top: .75em; + text-align: justify; + margin-bottom: .75em; + text-indent: 2% + } + h1,h2,h3 { + text-align: center; /* all headings centered */ + clear: both; + } + hr { width: 33%; + margin-top: 2em; + margin-bottom: 2em; + margin-left: auto; + margin-right: auto; + clear: both; + } + table {margin-left: auto; margin-right: auto;} + body{margin-left: 10%; + margin-right: 10%; + } + a:link {color: blue; text-decoration: none; } + link {color: blue; text-decoration: none; } + a:visited {color: blue; text-decoration: none; } + a:hover {color: red } + // --> + /* XML end ]]>*/ + </style> + </head> +<body> +<pre> +Project Gutenberg's El préstamo de la difunta, by Vicente Blasco Ibanez + +This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with +almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: El préstamo de la difunta + +Author: Vicente Blasco Ibanez + +Release Date: January 13, 2006 [EBook #14308] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL PRÉSTAMO DE LA DIFUNTA *** + + + + +Produced by Michael Ciesielski, Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team. + + + +</pre> + +<hr style="width: 65%;" /> + +<h1>EL PRÉSTAMO DE LA DIFUNTA</h1> + +<h2>(NOVELAS)</h2> + +<h1>VICENTE BLASCO IBAÑEZ</h1> + +<h3>36.000 EJEMPLARES</h3> + +<h3>PROMETEO Germanías, 33. VALENCIA (Published in Spain)</h3> + +<h3>ES PROPIEDAD.—Reservados todos los derechos de reproducción, +traducción y adaptación.</h3> + +<h3>1921, by V. Blasco Ibáñez.</h3> +<hr style="width: 65%;" /> +<table summary="capitulos"><tr><td> +<p><a name="capitulos" id="capitulos"></a></p> +<a href="#EL_PRESTAMO_DE_LA_DIFUNTA"><b>El PRESTAMO DE LA DIFUNTA</b></a><br /> +<a href="#EL_MONSTRUO"><b>EL MONSTRUO</b></a><br /> +<a href="#EL_REY_DE_LAS_PRADERAS"><b>EL REY DE LAS PRADERAS</b></a><br /> +<a href="#NOCHE_SERVIA"><b>NOCHE SERVIA</b></a><br /> +<a href="#LAS_PLUMAS_DEL_CABURE"><b>LAS PLUMAS DEL CABURÉ</b></a><br /> +<a href="#LAS_VIRGENES_LOCAS"><b>LAS VÍRGENES LOCAS</b></a><br /> +<a href="#LA_VIEJA_DEL_CINEMA"><b>LA VIEJA DEL CINEMA</b></a><br /> +<a href="#EL_AUTOMOVIL_DEL_GENERAL"><b>EL AUTOMÓVIL DEL GENERAL</b></a><br /> +<a href="#UN_BESO"><b>UN BESO</b></a><br /> +<a href="#LA_LOCA_DE_LA_CASA"><b>LA LOCA DE LA CASA</b></a><br /> +<a href="#LA_SUBLEVACION_DE_MARTINEZ"><b>LA SUBLEVACIÓN DE MARTÍNEZ</b></a><br /> +<a href="#EL_EMPLEADO_DEL_COCHE-CAMA"><b>EL EMPLEADO DEL COCHE-CAMA</b></a><br /> +<a href="#LOS_CUATRO_HIJOS_DE_EVA"><b>LOS CUATRO HIJOS DE EVA</b></a><br /> +<a href="#LA_CIGARRA_Y_LA_HORMIGA"><b>LA CIGARRA Y LA HORMIGA</b></a><br /> +</td></tr></table> + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="EL_PRESTAMO_DE_LA_DIFUNTA" id="EL_PRESTAMO_DE_LA_DIFUNTA"></a><a href="#capitulos">EL PRÉSTAMO DE LA DIFUNTA</a></h2> + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>I</h2> + + +<p>Cuando los vecinos del pequeño valle enclavado entre dos estribaciones +de los Andes se enteraron de que Rosalindo Ovejero pensaba bajar á la +ciudad de Salta para asistir á la procesión del célebre Cristo llamado +«el Señor del Milagro», fueron muchos los que le buscaron para hacerle +encomiendas piadosas.</p> + +<p>Años antes, cuando los negocios marchaban bien y era activo el comercio +entre Salta, las salitreras de Chile y el Sur de Bolivia, siempre había +arrieros ricos que por entusiasmo patriótico costeaban el viaje á todos +sus convecinos, bajando en masa del empinado valle para intervenir en +dicha fiesta religiosa. No iban solos. El escuadrón de hombres y mujeres +á caballo escoltaba á una mula brillantemente enjaezada llevando sobre +sus lomos una urna con la imagen del Niño Jesús, patrón del pueblecillo.</p> + +<p>Abandonando por unos días la ermita que le servía de templo, figuraba +entre las imágenes que precedían al Señor del Milagro, esforzándose los +organizadores de la expedición para que venciese por sus ricos adornos á +los patrones de otros pueblos.</p> + +<p>El viaje de ida á la ciudad sólo duraba dos días. Los devotos del valle +ansiaban llegar cuanto antes para hacer triunfar á su pequeño Jesús. En +cambio, el viaje de vuelta duraba hasta tres semanas, pues los devotos +expedicionarios, orgullosos de su éxito, se detenían en todos los +poblados del camino.</p> + +<p>Organizaban bailes durante las horas de gran calor, que á veces se +prolongaban hasta media noche, consumiendo en ellos grandes cantidades +de <i>mate</i> y toda clase de mezcolanzas alcohólicas. Los que poseían el +don de la improvisación poética cantaban, con acompañamiento de +guitarra, <i>décimas</i>, <i>endechas</i> y <i>tristes</i>, mientras sus camaradas +bailaban la <i>zamacueca</i> chilena, el <i>triunfo</i>, la <i>refalosa</i>, la +<i>mediacaña</i> y el <i>gato</i>, con relaciones intercaladas.</p> + +<p>Algunas veces, este viaje, en el que resultaban más largos los descansos +que las marchas, se veía perturbado por alguna pelea que hacía correr la +sangre; pero nadie se escandalizaba, pues no es verosímil que una gente +que va con armas y ha hecho viajes á través de los Andes pueda vivir en +común durante varias semanas, bailando y bebiendo con mujeres, sin que +los cuchillos se salgan solos de sus fundas.</p> + +<p>Ahora ya no habían arrieros gananciosos que dedicasen unas cuantas +docenas de onzas de oro al viaje del Niño Jesús y de sus devotos. Los +más ricos se habían ido del pueblecillo; sólo quedaban arrieros pobres, +de los que aceptan un viaje á El Paposo en Chile ó á Tarija en Bolivia +por lo que quieren darles los comerciantes de Salta.</p> + +<p>Rosalindo Ovejero era el único que deseaba seguir la tradición, bajando +á la ciudad para acompañar al Señor del Milagro en su solemne paseo por +las calles.</p> + +<p>Desde que anunció su viaje, el rancho de adobes con techumbre sostenida +por grandes piedras, que había heredado de sus padres, empezó á recibir +visitas. Todos acompañaban su encargo con un billete de á peso.</p> + +<p>Las mujeres le narraban, sin perdonar detalle, las grandes enfermedades +de que las había salvado la imagen milagrosa. Sus entrañas dolorosamente +quebrantadas por la maternidad se habían tranquilizado después de varios +emplastos de hierbas de la Cordillera y de la promesa de asistir á la +procesión del Cristo de Salta. Ellas no podían hacer el viaje, como en +otros años; pero Rosalindo iba á representarlas, pues el Señor del +Milagro es bondadoso y admite toda clase de sustituciones. Lo importante +era pagar un cirio para que ardiese en su procesión.</p> + +<p>—Tomá, hijo, y cómpralo de los más grandes—le decían las mujeres al +entregarle el dinero—. Te pido este favor porque fuí muy amiga de tu +pobre mama.</p> + +<p>Después iban llegando los varones: pobres arrieros, curtidos por los +vientos glaciales de la Cordillera que derriban á las mulas. Algunos, +durante las grandes nevadas, habían quedado aislados meses enteros en +una caverna—lo mismo que los náufragos que se refugian en una isla +desierta—, teniendo que esperar la vuelta del buen tiempo, mientras á +su lado morían los compañeros de hambre y de frío.</p> + +<p>—Tomá, Rosalindo, para que me lleves un cirio detrás del Señor. El y yo +sabemos lo mucho que le debo.</p> + +<p>Todos mostraban una fe inmensa en este Cristo que había llegado al país +poco después de los primeros conquistadores españoles, á través de las +soledades del Pacífico, en un cajón flotante, sin vela ni remo, el cual +fué á detenerse en un puerto del Perú. La imagen había escogido á Salta +como punto de residencia, y desde entonces llevaba realizados miles y +miles de milagros. Pero las gentes sencillas de la Cordillera no +aceptaban que esta divinidad omnipotente traída por los blancos pudiese +vivir sola, y su imaginación había creado otras divinidades secundarias. +Respetaban mucho al Cristo de Salta, pero les inspiraba más miedo la +«Viuda del farolito», una bruja que se aparecía de noche con un farol en +una mano á los arrieros perdidos en los caminos. El que la encontraba +debía hacer inmediatamente sus preparativos para irse al otro mundo, +pues seguramente ocurriría su muerte antes de que se cumpliese un año.</p> + +<p>Rosalindo Ovejero contó los encargos antes de salir de su casa. Eran +catorce cirios los que debía llevar en la procesión, y él sólo se creía +capaz de sostener ocho, cuatro en cada mano, metidos entre los dedos. +Luego pensó que siempre encontraría en los despachos de bebidas de Salta +algún «amigazo» de buena voluntad que quisiera encargarse de los +restantes, y emprendió el camino montado en un jaco que por el momento +era toda su fortuna.</p> + +<p>Para representar dignamente á los convecinos pidió prestadas unas +grandes espuelas que, según tradición, habían pertenecido á cierto +gaucho salteño de los que á las órdenes de Güemes combatieron contra los +españoles por la independencia del país. Se puso el menos viejo de sus +ponchos, de color de mostaza, y un sombrero enorme, por debajo de cuyos +bordes se escapaba una melena lacia é intensamente negra, uniéndose á +sus barbas de Nazareno. La silla de montar tenía á ambos lados unas alas +fuertes de correa, llamadas «guardamontes», para librar las piernas del +jinete de los arañazos y golpes de los matorrales. De lejos, estas alas +hacían del pobre jaco una caricatura del caballo de las Musas.</p> + +<p>Los dos orgullos del joven salteño eran su cabalgadura y su nombre. El +nombre lo debía á una mestiza sentimental que había estudiado para +maestra en la ciudad, llevando al pueblecito de los Andes el producto de +sus desordenadas lecturas. Quiso crear una generación con arreglo á sus +ideales poéticos, y á él le puso Rosalindo, á un hermano suyo que había +muerto lo bautizó Idílio, y á una hermana que estaba ahora en Bolivia +aconsejó que la llamasen Zobeida, como la esposa del sultán de <i>Las mil +y una noches</i>.</p> + +<p>Rosalindo llegó á Salta el mismo día de la procesión. Era en Septiembre, +cuando empieza la primavera en el hemisferio austral, y las calles +estaban impregnadas del perfume de flores que exhalaban sus viejos +jardines. Volteaban las campanas en las torres de iglesias y conventos, +esbeltas construcciones de gran audacia en un país donde son frecuentes +los temblores del suelo. Un regimiento de artillería de montaña +acantonado en Salta por el gobierno de Buenos Aires iba á dar escolta al +Señor del Milagro. Los frailes de los diversos monasterios circulaban +por las calles, de aspecto colonial, y por la antigua Plaza de Armas, +rodeada de soportales lo mismo que una vieja plaza de España. Sobre +algunas puertas quedaba aún el escudo de piedra, revelador del orgullo +nobiliario de los que construyeron el caserón en la época que aún no +había nacido la República Argentina y el país era gobernado por los +representantes de la monarquía española.</p> + +<p>Se presentó Ovejero puntualmente en la iglesia á la hora de la +procesión. Desfilaron primeramente las diversas imágenes de los pueblos +con su acompañamiento de devotos. Habían venido éstos de muchas leguas +de distancia, bajando las montañas como rosarios de hormigas +multicolores. Los hombres, al abandonar su caballo con alas de cuero y +lazo formando rollo á un lado de la silla, marchaban con una torpeza de +centauro, haciendo resonar á cada paso sus enormes espuelas. Con el +sombrero sostenido por ambas manos y la cabeza inclinada, precedían +humildemente á sus imágenes. Confundidos entre ellos pasaban sus +chicuelos envueltos en ponchos rayados de rojo y negro, y sus mujeres, +gordas y lustrosas mestizas, que parecían vestidas de máscaras á causa +de sus faldas de colores chillones, verde, rosa ó escarlata.</p> + +<p>Las cofradías de la ciudad eran las que escoltaban al Cristo milagroso. +Las señoritas de Salta iban de dos en dos, siguiendo las banderas y +estandartes llevados por unos frailes ascéticos que parecían escapados +de un cuadro de Zurbarán. Todas estas jóvenes aprovechaban la fiesta +para estrenar sus trajes primaverales, blancos, rosa, de suave azul, ó +de color de fresa. Cubrían sus peinados con enormes sombreros de altivas +plumas; en una mano llevaban una vela rizada y sin encender, envuelta en +un pañuelo de encajes, y con la otra se recogían y ceñían al cuerpo la +falda, marcando al andar sus secretas amenidades.</p> + +<p>Esta devoción primaveral no tenía un rostro compungido. Las señoritas +alzaban la cabeza para recibir los saludos de la gente de los balcones, +ó acogían con ligera sonrisa las ojeadas de los jóvenes agrupados en las +esquinas. La emoción religiosa sólo era visible en la muchedumbre +rústica que ocupaba las aceras, gentes de tez cobriza, ademanes humildes +y voces cantoras y dulzonas. Las mujeres iban cubiertas con un largo +manto negro, igual al de las chilenas; los hombres con un poncho +amarillento y ancho sombrero, duro y rígido como si fuese un casco. +Todos se conmovían, hasta llorar, viendo entre las nubes de incienso de +los sacerdotes y las bayonetas de los soldados al Cristo prodigioso +clavado en la cruz, sin más vestido que un hueco faldellín de +terciopelo.</p> + +<p>Detrás de la imagen arcaica desfilaba lo más interesante de la +procesión: el ejército doliente de los que deseaban hacer pública su +gratitud al Señor del Milagro por los favores recibidos. Eran «chinitas» +de juvenil esbeltez y frescura jugosa, con una vela en la diestra y un +manto negro sobre la falda hueca de color vistoso y amplios volantes. +Por debajo de las rizadas enaguas aparecían sus pies desnudos, pues +habían hecho promesa al Cristo de seguirle descalzas durante la +procesión. Pasaban también ancianas apergaminadas y rugosas—como debía +ser la «Viuda del farolito»—, que lanzaban suspiros y lágrimas +contemplando el dorso del milagroso Señor. Y revueltos con las mujeres +desfilaban los gauchos de cabeza trágica, barbudos, melenudos, curtidos +por el sol y las nieves, con el poncho deshilachado y las botas rotas. +Muchas de estas botas parecían bostezar, mostrando por la boca abierta +de sus puntas los dedos de los pies, completamente libres.</p> + +<p>Ni uno solo de estos jinetes de perfil aguileño, andrajosos, fieros y +corteses, dejaba de llevar con orgullo grandes espuelas. Antes morirían +de hambre que abandonar su dignidad de hombres á caballo.</p> + +<p>Todos atendían á las pequeñas llamas que palpitaban sobre sus puños +cerrados, cuidando de que no se apagasen. Algunos llevaban hasta cuatro +velas encendidas entre los dedos de cada mano, cumpliendo así los +encargos de los devotos ausentes. Rosalindo figuraba entre ellos, y un +amigo que iba á su lado era portador de los seis cirios restantes. Los +dos, por ser jóvenes, procuraban marchar entre las devotas de mejor +aspecto.</p> + +<p>Ovejero no había dudado un momento en cumplir fielmente los encargos +recibidos. Con la imagen milagrosa no valían trampas. Únicamente se +permitió comprar los cirios más pequeños que los deseaban sus +convecinos, reservándose la diferencia del precio para lo que vendría +después de la procesión.</p> + +<p>Los entusiastas del Cristo que no habían podido comprar una vela +necesitaban hacer algo en honor de la imagen, y metían un hombro debajo +de sus andas para ayudar á los portadores. Pero eran tantos los que se +aglomeraban para este esfuerzo superfluo y tan desordenados sus +movimientos, que el Señor del Milagro se balanceaba, con peligro de +venirse al suelo, y la policía creía necesario intervenir, ahuyentando á +palos á los devotos excesivos.</p> + +<p>Cuando terminó la procesión, Rosalindo apagó los catorce cirios, +calculando lo que podrían darle por los cabos. Luego, en compañía de su +amigo, se dedicó á correr las diferentes casas «de alegría» existentes +en la ciudad.</p> + +<p>En todas ellas se bailaba la <i>zamacueca</i>, llamada en el país la +<i>chilenita</i>. Cerca de media noche, sudorosos de tanto bailar y de las +numerosas copas de aguardiente de caña—fabricado en los ingenios de +Tucumán—que llevaban bebidas, entraron en una casa de la misma especie, +donde al son de un arpa bailaban varias mujeres con unos jinetes de +estatura casi gigantesca. Eran gauchos venidos del Chaco conduciendo +rebaños; hombretones de perfil aguileño y maneras nobles, que recordaban +por su aspecto á los jinetes árabes de las leyendas.</p> + +<p>El arpa iba desgranando sus sonidos cristalinos, semejantes á los de una +caja de música, y los gauchos saltaban acompañados por el retintín de +sus espuelas, persiguiendo á las mestizas de bata flotante que +balanceaban cadenciosamente el talle agitando en su diestra el pañuelo, +sin el cual es imposible bailar la <i>chilenita</i>.</p> + +<p>Los punteados románticos del arpa tuvieron la virtud de crispar los +nervios de Rosalindo, agriándole la bebida que llevaba en el cuerpo. Su +amigo experimentó una sensación igual de desagrado, y los dos dieron +forma á su malestar, hasta convertirlo en un odio implacable contra los +gauchos del Chaco. ¿Qué venían á hacer en Salta, donde no habían +nacido?... ¿Por qué se atrevían á bailar con las mujeres del país?...</p> + +<p>Los dos sabían bien que estas mujeres bailaban con todo el mundo, y que +las más de ellas no eran de la tierra. Pero su acometividad necesitaba +un pretexto, fuese el que fuese, y al poco rato, sin darse cuenta de +cómo empezó la cuestión, se vieron con el cuchillo en la mano frente á +los gauchos del Chaco, que también habían desnudado su facones.</p> + +<p>Hubo un herido; chillaron las mujeres; el hombre del arpa salió +corriendo llevando á cuestas su instrumento, que gimió de dolor al +chocar con las rejas salientes de la calle; acudieron los vecinos, y +llegaron al fin los policías, que rondaban esta noche más que en el +resto del año, conociendo por experiencia los efectos de la aglomeración +en la fiesta del Señor del Milagro.</p> + +<p>Rosalindo se vió con su amigo en las afueras de la ciudad, al perder la +excitación en que le habían puesto su cólera y la bebida.</p> + +<p>—Creo que lo has matado, hermano—dijo el compañero.</p> + +<p>Y como era hombre de experiencia en estos asuntos, le aconsejó que se +marchase á Chile si no quería pasar varios años alojado gratuitamente en +la penitenciaría de Salta.</p> + +<p>Todas las mujeres de la «casa alegre», así como los gauchos, habían +visto perfectamente cómo daba Rosalindo la cuchillada al herido. +Además, su arma había quedado abandonada en el lugar de la pelea.</p> + +<p>El camino para huir no era fácil. Tendría que atravesar la Quebrada del +Diablo, siguiendo después un sendero abrupto á través de los Andes, +hasta llegar al puerto del Pacífico llamado El Paposo. Muchos chilenos, +huyendo de la justicia de su país, hacían este viaje, y bien podía él +imitarlos por idéntico motivo, siguiendo la misma travesía, pero en +sentido inverso.</p> + +<p>Rosalindo intentó ir á la mísera posada donde había dejado su caballo, +pero cuando estaba cerca de ella tuvo que retroceder, avisado por el +fiel camarada. La policía, más lista que ellos, estaba ya registrando +los objetos de la pertenencia de Ovejero, entreteniendo así su espera +hasta que se presentase el culpable.</p> + +<p>—Hay que huir, hermano—volvió á aconsejar el amigo.</p> + +<p>Juzgaba peligrosa, después de esto, la ruta más corta que conduce á la +provincia de Copiapó en la vecina República de Chile. Era camino muy +frecuentado por los arrieros, y la policía podía darle alcance. Ya que +no tenía montura, lo acertado era tomar el camino más duro y abundante +en peligros, pero que sólo frecuentan los de á pie. Como su ausencia iba +á ser larga y le era preciso ganarse el pan, resultaba preferible esta +ruta, pues al término de ella encontraría las famosas salitreras +chilenas, donde siempre hay falta de hombres para el trabajo, y á veces +se pagan jornales inauditos.</p> + +<p>Rosalindo conocía de fama este camino, llamado del Despoblado. Detrás +del tal Despoblado se encontraba algo peor: la terrible Puna de Atacama, +un desierto de inmensa desolación, donde morían los hombres y las +bestias, unas veces de sed, otras de frío, y en algunas ocasiones caían +abrumadas por el viento.</p> + +<p>Ovejero se guardó las espuelas en el cinto, renunciando á su dignidad +de jinete para convertirse en peatón.</p> + +<p>—Si tienes suerte—continuó el camarada—, tal vez en veinte días ó en +un mes llegues al puerto de Cobija ó á las salitreras de Antofagasta. +Hay arrieros que han hecho el camino en ese tiempo.</p> + +<p>Y con la ternura que inspira el amigo en pleno infortunio, le dió su +cuchillo y toda la pequeña moneda que pudo encontrar en los diferentes +escondrijos de su traje.</p> + +<p>—Tomá, hermano; lo mismo harías tú por mi si yo me hubiese +«desgraciado». ¡Que el Señor del Milagro te acompañe!</p> + +<p>Y Rosalindo Ovejero volvió la espalda á la ciudad de Salta, tomando el +camino del Despoblado.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>II</h2> + + +<p>Lo conocía sin haber pasado nunca por él, como conocía todos los caminos +y senderos de los Andes, donde hombres y cuadrúpedos son menos que +hormigas, trepando lentamente por las arrugas y las aristas de unas +montañas tan altas que impiden ver el cielo.</p> + +<p>Su padre se había dedicado al arrieraje, y todos sus antecesores +vivieron del ejercicio de la misma profesión. Llevaban productos del +país á los puertos del Pacífico, para traer en sus viajes de vuelta +objetos de procedencia europea, pues Buenos Aires y los demás puertos +argentinos están muy lejos. En su casa, Rosalindo sólo había oído +hablar de peligrosos viajes á través de los Andes y de la altiplanicie +desolada de Atacama.</p> + +<p>Después, en su adolescencia, fué de ayudante con algunos arrieros, +cuidando las mulas en los malos pasos para que no se despeñasen. En +estos viajes por las interminables soledades no temía á los hombres ni á +las bestias. Para el vagabundo predispuesto á convertirse en salteador, +tenía su cuchillo, y también para el puma, león de las altiplanicies +desiertas, no más grande que un mastín, pero que el hambre mantiene en +perpetua ferocidad, impulsándole á atacar al viajero. Lo único que le +infundía cierto pavor en esta naturaleza grandiosa y muda, á través de +la cual habían pasado y repasado sus ascendientes, eran los poderes +misteriosos y confusos que parecían moverse en la soledad.</p> + +<p>Ovejero tenía un alma religiosa á su modo y propensa á las +supersticiones.</p> + +<p>Creía en el Cristo de Salta, pero al lado de él seguía venerando á las +antiguas divinidades indígenas, como todos los montañeses del país. El +Señor del Milagro disponía indudablemente del poder que tienen los +hombres blancos, dominadores del mundo, pero no por esto la Pacha-Mama +dejaba de ser la reina de la Cordillera y de los valles inmediatos, como +muchos siglos antes de la llegada de los españoles.</p> + +<p>La Pacha-Mama es una diosa benéfica que está en todas partes y lo sabe +todo, resultando inútil querer ocultarle palabras ni pensamientos. +Representa la madre tierra, y todo arriero que no es un desalmado, cada +vez que bebe, deja caer algunas gotas, para que la buena señora no sufra +sed. También cuando los hombres bien nacidos se entregan al placer de +mascar coca, empiezan siempre por abrir con el pie un agujero en el +suelo y entierran algunas hojas. La Pacha-Mama debe comer, para que el +hambre no la irrite, mostrándose vengativa con sus hijos.</p> + +<p>Rosalindo sabía que la diosa no vive sola. Tiene un marido que es +poderoso, pero con menos autoridad que ella: un dios semejante á los +reyes consortes en los países donde la mujer puede heredar la corona. +Este espíritu omnipotente se llama el Tata-Coquena, y es poseedor de +todas las riquezas ocultas en las entrañas del globo.</p> + +<p>Muchos naturales del país se habían encontrado con los dos dioses cuando +llevaban sus arrias por los desfiladeros de los Andes; pero siempre +ocurría tal encuentro en días de tempestad, como si los dioses sólo +pudieran dejarse ver á la luz de los relámpagos y acompañados por los +truenos que ruedan con un estallido interminable de montaña en montaña y +de valle en valle.</p> + +<p>La Pacha-Mama y el Tata-Coquena eran arrieros. ¿Qué otra cosa podían +ser, poseyendo tantas riquezas?... Los que les veían no alcanzaban á +contar todas las recuas de llamas, enormes como elefantes, que marchaban +detrás de ellos. Las «petacas» ó maletas de que iban cargadas estas +bestias gigantescas estaban repletas de coca, precioso cargamento que +emocionaba más á los arrieros de la Cordillera que si fuese oro.</p> + +<p>Los del país no conocían riqueza que pudiera compararse con estas hojas +secas y refrescantes, de las que se extrae la cocaína y que suprimen el +hambre y la sed.</p> + +<p>El padre de Rosalindo se había encontrado algunas veces con la +Pacha-Mama en tardes de tempestad, describiendo á su hijo cómo eran la +diosa y su consorte, así como el lucido y majestuoso aspecto de sus +recuas. Pero siempre le ocurría este encuentro después de un largo alto +en el camino, en unión de otros arrieros, que había sido celebrado con +fraternales libaciones.</p> + +<p>Al emprender su marcha por el Despoblado, pensó Rosalindo al mismo +tiempo en el Cristo de Salta y en la Pacha-Mama. Las dos sangres que +existían en él le daban cierto derecho á solicitar el amparo de ambas +divinidades. Entre sus antecesores había un tendero español de Salta, y +el resto de la familia guardaba los rasgos étnicos de los primitivos +indios calchaquies. Si le abandonaba uno de los dioses, el otro, por +rivalidad, le protegería.</p> + +<p>Después de esto se lanzó valerosamente á través del Despoblado.</p> + +<p>Los más horrendos paisajes de la Cordillera conocidos por él resultaban +lugares deliciosos comparados con esta altiplanicie. La tierra sólo +ofrecía una vegetación raquítica y espinosa al abrigo de las piedras. A +veces encontraba montones de escorias metálicas y ruinas de pueblecitos +y capillas, sin que ningún ser humano habitase en su proximidad. Eran +los restos de establecimientos mineros creados por los conquistadores +españoles cuando se extendieron por estos yermos en busca de metales +preciosos. Los indios calchaquies se habían sublevado en otro tiempo, +matando á los mineros, destruyendo sus pueblos y cegando los filones +auríferos, de tal modo, que era imposible volver á encontrarlos.</p> + +<p>El paisaje se hacía cada vez más desolado y aterrador. Sobre esta +altiplanicie, donde caía la nieve en ciertos meses, sepultando á los +viajeros, no había ahora el menor rastro de humedad. Todo era seco, +árido y hostil. Las riquezas minerales daban á las montañas colores +inauditos. Había cumbres verdes, pero de un verde metálico; otras eran +rojas ó anaranjadas.</p> + +<p>En ciertas oquedades existía una capa blanca y profunda, semejante al +sedimento de un lago cuyas aguas acabasen de solidificarse. Estos lagos +secos eran de borato. Caminó después días enteros sin encontrar ninguna +vegetación. Únicamente en las quebradas secas crecían ciertos cactos del +tamaño de un hombre, rectos como columnas espinosas. Estos cactos, +vistos de lejos, daban la impresión de filas de soldados que descendían +por las laderas en orden abierto.</p> + +<p>Rosalindo, en las primeras jornadas, encontró las chozas de algunos +solitarios del Despoblado. Eran pastores de cabras—el rebaño del +pobre—que realizaban el milagro de poder subsistir, ellos y sus +animales, sobre una tierra estéril. Más adelante ya no encontró ninguna +vivienda humana. La soledad absoluta, el silencio de las tierras +muertas, la profundidad misteriosa de la carencia de toda vida, se +abrieron ante sus pasos para cerrarse inmediatamente, absorbiéndolo.</p> + +<p>Para darse nuevos ánimos recordaba lo que había oído algunas veces sobre +los primeros hombres blancos que atravesaron este desierto. Eran +españoles con arcabuces y caballos, guerreros de pesadas armaduras que +no sabían adonde les llevaban sus pasos é ignoraban igualmente si la +horrible Puna de Atacama tendría fin. Su jefe se llamaba Almagro y había +abandonado á Pizarro en el Perú para atravesar esta soledad aterradora, +descubriendo al otro lado del desierto la tierra que luego se llamó +Chile.</p> + +<p>«¡Qué hombres, pucha!», pensaba Rosalindo.</p> + +<p>Y se consideraba con mayores fuerzas para continuar el viaje. Él á lo +menos sabía con certeza adonde se dirigía, y encontraba todos los +detalles topográficos del terreno de acuerdo con los informes que le +había proporcionado su camarada y los solitarios establecidos en los +linderos del desierto.</p> + +<p>Ninguno de éstos, al darle hospitalidad en su vivienda, le hizo +preguntas indiscretas. Adivinaban que huía por haberse «desgraciado», y +como este infortunio le puede ocurrir á todo hombre que usa cuchillo, se +limitaron á darle explicaciones sobre el rumbo que debía seguir, +añadiendo algunos pedazos de carne de cabra seca, para que no muriese de +hambre en su audaz travesía.</p> + +<p>Cuando hubo consumido todas sus vituallas, no por esto perdió el ánimo. +Mientras conservase una bolsa que llevaba pendiente de su cinturón, no +temía al hambre ni á la sed. En ella llevaba su provisión de coca, +alimento maravilloso para los indígenas, porque da la insensibilidad de +la parálisis y suspende el tormento de las necesidades, esparciendo á la +vez por todo el organismo un alegre vigor. Gracias á este +anestésico—considerado en el país como un manjar de origen +divino—podría vivir días y días, sin que el hambre ni la sed +dificultasen su viaje.</p> + +<p>Buscaba al cerrar la noche el abrigo natural de las piedras ó de los +muros en ruinas que revelaban el emplazamiento de algún establecimiento +minero arrasado dos siglos antes. Sólo reanudaba su marcha con la luz +del sol, para ir guiándose por las señales que le habían indicado, +evitando el perderse en esta tierra monótona, sin árboles, sin casas, +sin ríos, que le pudiesen servir de punto de orientación.</p> + +<p>Lo que más le preocupaba era la posibilidad de que se levantase de +pronto uno de los terribles vientos glaciales que barren la Puna. +Mientras la atmósfera se mantuviese tranquila no se consideraba en +peligro de muerte. El frío huracán, en esta altiplanicie donde es +imposible encontrar refugio, resultaba tan temible como la nieve que +sepulta.</p> + +<p>La rarefacción de la atmósfera representaba igualmente una fatiga mortal +para los que cruzaban por primera vez las altiplanicies andinas. Pero +Ovejero, habituado á respirar en las grandes alturas, estaba libre del +llamado «mal de la Puna». Tenía el corazón sólido de los montañeses y su +pecho dilatado le permitía respirar sin angustia en unas tierras +situadas á más de tres mil metros sobre el Océano.</p> + +<p>Una mañana adivinó que había llegado al punto más culminante y difícil +de su camino. Dos ó tres jornadas más allá empezaría su descenso hacia +el Pacífico.</p> + +<p>«Debo estar cerca de la difunta Correa», pensó.</p> + +<p>Conocía de fama á la «difunta Correa», como todos los hijos de la tierra +de Salta.</p> + +<p>Era una pobre mujer que se había lanzado á través del desierto á pie y +con una criatura en los brazos. Su deseo era llegar á Chile en busca de +un hombre: tal vez su marido, tal vez un amante que la había abandonado. +Los vientos glaciales de la Puna la envolvieron en lo más alto de la +planicie, y ella y su criatura, refugiadas en una oquedad del suelo, +murieron de frío y de hambre. Meses después la descubrieron otros +viandantes en el mismo estado que si acabase de morir, pues los +cadáveres se mantienen en las secas alturas de la Puna en una +conservación absoluta que parece desafiar á la muerte.</p> + +<p>La piedad de los vagabundos andinos abrió una fosa en el suelo estéril +para enterrar á esta mujer, apellidada Correa, y á su niño, colocando +sobre los cadáveres un montón de piedras como rústico monumento.</p> + +<p>Se extendió por todo el país la fama de la «difunta Correa». Eran muchos +los que habían muerto en los senderos de la altiplanicie llamados +«travesías», pero ninguno de los vagabundos fallecidos podía inspirar el +mismo interés novelesco que esta mujer.</p> + +<p>La tumba de la difunta Correa fué en adelante el lugar de orientación +para los que pasaban de Salta á Chile. Todo viandante se consideró +obligado á rezar una oración por la difunta y á dejar una limosna encima +de su sepulcro. Uno de los solitarios del Despoblado se instituyó á sí +mismo administrador póstumo de la difunta, y cada seis meses ó cada año +hacía el viaje hasta la tumba para incautarse de las limosnas, +dedicándolas al pago de misas.</p> + +<p>Este asunto era llevado con una probidad supersticiosa. El dinero de las +limosnas permanecía meses y meses sobre la tumba, sin que los +viajeros—en su mayor parte hombres de tremenda historia—osasen tocar +la más pequeña parte del depósito sagrado. Muy al contrario, todos +procuraban dar aunque sólo fuesen unos centavos, por creer que una +limosna á la difunta Correa era el medio más seguro de terminar el viaje +felizmente.</p> + +<p>Rosalindo encontró al fin la tumba. Era un montón de piedras adosado á +otras piedras que parecían la base de un muro desaparecido. Dos maderos +negros y resquebrajados por el viento formaban una cruz, y al pie de +ella había una vasija de hojalata, un antiguo bote de carne en conserva +venido de Chicago á la América austral para acabar sirviendo de cepillo +de limosnas sobre la sepultura de una mujer.</p> + +<p>Ovejero examinó su interior. Una piedra gruesa depositada en el fondo +del bote servía para mantenerlo fijo sobre la tumba y que no lo +arrebatase el viento. Al levantar la piedra, su mirada encontró el +dinero de las limosnas: unos cuantos billetes de á peso y varias piezas +de níquel. Tal vez había transcurrido un año sin que el administrador de +la muerta viniese á recoger las limosnas.</p> + +<p>El gaucho conocía su deber, y se apresuró á cumplirlo. Con el sombrero +en la mano, rezó todas las oraciones que guardaba en su memoria desde la +niñez. «¡Pobre difunta Correa!...» Luego buscó en su cinto, á través de +diversos objetos, el pañuelo anudado en cuyo interior guardaba toda su +moneda.</p> + +<p>Sacó á luz lo que poseía. Únicamente le quedaban tres pesos con algunos +centavos. Durante los primeros días del viaje había tenido que pagar en +algunos altos del camino, pues los habitantes de las chozas no eran +simples pastores, como los del desierto, y se ayudaban para vivir dando +posada á los arrieros. Le quedaba muy poco para hacer una limosna +espléndida.</p> + +<p>Pensó también con inquietud en lo que le esperaba al otro lado del +desierto, cuando ya no estuviera solo y al encontrarse entre los +primeros hombres renacieran otra vez las exigencias y los gastos de la +vida social. Necesitaba dinero para continuar su viaje por tierra +civilizada, para subsistir antes de que encontrase trabajo, y la +cantidad que poseía no era suficiente.</p> + +<p>Empezaba á olvidarse, abismado en estos cálculos, de la difunta y de +todo lo que le rodeaba, cuando un personaje inesperado le hizo volver á +la realidad con su inquietante aparición.</p> + +<p>No estaba solo en el desierto. Vió al otro lado de la fila de piedras en +forma de muro un perro enorme que gruñía, con la piel dorada cubierta de +manchas de rojo obscuro. Vió también, al hacer un movimiento este +animal, que tenía cabeza de gato, con bigotes hirsutos y unos ojos +verdes que esparcían reflejos dorados.</p> + +<p>Rosalindo conocía á esta bestia y no le inspiraba miedo. Era un puma que +parecía dudar entre la audacia y el temor, entre la acometividad y la +fuga. El hombre lo espantó con un alarido feroz, enviándole al mismo +tiempo un peñascazo que le alcanzó en una pata. La fiera huyó en el +primer momento, pero se detuvo á corta distancia. Aquel terreno lo +consideraba como suyo. Sin duda permanecía junto á la tumba todo el año, +por ser este el lugar más frecuentado en la soledad del desierto, +resultándole fácil el nutrirse con los despojos de las caravanas ó el +sorprender á un hombre ó á una bestia de carga en momentos de descuido.</p> + +<p>Al quedar lejos no quiso Rosalindo hostilizarle por segunda vez. Veía en +él á un guardián de la tumba. Hasta pensó supersticiosamente si este +felino de la altiplanicie, mezcla de león y de tigre, tendría algo del +alma de la difunta, pues en los cuentos del país había oído hablar +muchas veces de espíritus de personas que continúan su existencia dentro +de cuerpos de animales.</p> + +<p>Dejó de ocuparse del puma para seguir mirando el bote de las limosnas. +Una idea digna de ser tenida en cuenta acababa de surgir en su +pensamiento en el mismo instante que le distrajo la presencia de la +fiera.</p> + +<p>Él estaba vivo y tenía poco dinero; en cambio la difunta Correa estaba +muerta hacía años y no necesitaba comer ni le era forzoso ir á Chile +como él. Aquellas limosnas iban á quedar meses y meses debajo del +pedrusco, hasta que se le ocurriese venir al encargado de recogerlas. +¿No podían hacer un negocio honrado la difunta y él?...</p> + +<p>Rosalindo no quiso aceptar ni por un instante la idea de apoderarse de +este dinero. Por ser de una muerta tenía un carácter sagrado, y además +representaba cierta cantidad de misas para la salvación eterna de la +madre y su criatura. Pero era posible una operación de crédito entre los +dos, que no resultaba completamente nueva.</p> + +<p>Sabía por los arrieros y peatones de los Andes para lo que servían +muchas veces estas tumbas con su depósito de limosnas. Como abundan las +sepulturas en las diversas travesías de la Cordillera, los viandantes +faltos de recursos se llevan con toda reverencia el dinero dedicado á +los difuntos, pero dejando á éstos un recibo con la promesa solemne de +devolverles una cantidad mayor.</p> + +<p>Ovejero pensó que él podía hacer lo mismo. La difunta Correa era una +buena mujer y aceptaría seguramente desde el fondo de su tumba de +piedras este préstamo. Él, por su parte, siempre había sido fiel á su +palabra y además empeñaba su firma. Lo que se llevase lo devolvería +quintuplicado, y la difunta iba á ganar como réditos de la operación un +gran número de misas.</p> + +<p>Con la tranquilidad que comunica la pureza de la intención, fué +recogiendo toda la moneda depositada en el fondo del bote. La contó: +ocho pesos y cuarenta centavos. Luego buscó en su cinto un lápiz corto y +romo, arrancando también un pedazo de papel de un diario viejo de Salta.</p> + +<p>La redacción del documento fué empresa larga y difícil. En su niñez +había figurado entre los mejores alumnos de la escuela de su +pueblecillo, pero siempre consideró la ortografía como el más +horripilante de los tormentos de la juventud, á causa de la diferencia +entre letras mayúsculas y minúsculas.</p> + +<p>En el borde blanco del periódico declaró que tomaba á préstamo de la +difunta Correa la expresada cantidad, comprometiéndose á devolvérsela +sobre la misma tumba en el plazo de un año; y para hacer más solemne su +compromiso, metió en cada palabra dos ó tres mayúsculas. Después puso su +firma: <i>Rosalindo Ovejero</i>, con las letras todo lo más grandes que le +permitió la escasez del papel.</p> + +<p>Cuando se hubo guardado el dinero en el cinto, depositó su recibo en el +fondo del bote, colocando la piedra exactamente sobre él, para que en +ningún caso pudiera llevárselo el viento.</p> + +<p>Nada le quedaba que hacer allí. Ahora que se veía con más dinero para +afrontar la existencia entre los hombres civilizados, deseaba salir +cuanto antes del desierto.</p> + +<p>El puma se había ido aproximando con un gruñido hipócrita, como si +esperase verle de espaldas para caer sobre él. Rosalindo se inclinó, +enviándole otro peñascazo que le hizo huir por segunda vez de aquella +tumba que consideraba como su guarida.</p> + +<p>Continuó el gaucho su marcha. Al día siguiente vió unos guanacos +salvajes que corrían por el límite del horizonte. La vida vegetal y +animal empezaba á reaparecer en el desierto. En los días siguientes los +guanacos salieron á su encuentro formando manadas y los matorrales +fueron más espesos y altos. La atmósfera resultaba más respirable; el +terreno iba en descenso.</p> + +<p>A la semana siguiente el fugitivo de Salta encontró hombres y durmió en +viviendas que formaban míseros pueblos.</p> + +<p>Siguió bajando, y al fin encontró el camino que se remonta á Bolivia y +que en dirección opuesta iba á conducirle á la costa del Pacífico.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>III</h2> + + +<p>Pasó cerca de un año trabajando en las explotaciones salitreras +establecidas por los chilenos en la costa del Pacífico. Vivió unas veces +cerca de Antofagasta, otras en Iquique y hasta en Arica, junto á la +frontera del Perú.</p> + +<p>El trabajo no era extremadamente duro y se ganaban buenos jornales. +Europa necesitaba abono para sus campos, y especialmente en Alemania los +arenales del Brandeburgo se negaban á dar patatas y remolachas si no +recibían antes la nutrición del ázoe solidificado en las llanuras +chilenas.</p> + +<p>Todos los pueblos vivían entonces en paz, y era preciso aumentar la +producción del suelo para que una humanidad exuberante en demasía no se +quedase sin comer. Llegaban vapores y veleros á los puertos del Pacífico +cargados de carbón, y partían semanas después llevando sus bodegas +repletas de salitre. Miles y miles de hombres trabajaban en el arranque +de esta tierra blanca contenedora de un excitante fertilizador. Los +brazos eran pagados con generosidad y el dinero corría abundantemente.</p> + +<p>Rosalindo celebró como una protección de la suerte el haber huído de su +país natal, librándose para siempre de su pobre y ruda profesión de +arriero. En pocas semanas ganó lo que al otro lado de los Andes le +hubiese costado un año de trabajo. Además, su existencia era mucho más +fácil y dulce en esta tierra de emigración.</p> + +<p>Hombres de diversos países trabajaban en las salitreras, y casi todos +ellos vivían sin familia, pudiendo gastar alegremente sus considerables +jornales. De aquí que, en días de fiesta, los obreros de gustos +alcohólicos se entregasen á las más desordenadas fantasías en los cafés +y los despachos de licores. No sabían cómo acabar su dinero en esta +tierra de vida improvisada y escasas diversiones. Algunos disparaban sus +revólveres escogiendo como blanco las botellas alineadas en la +anaquelería detrás del mostrador. Era un lujo destrozar á tiros las +botellas de champaña traídas de Europa, pagándolas luego á unos precios +que hubiesen escandalizado á muchos ricos. Otros, para beber un simple +vaso de vino, hacían abrir la espita de un tonel, dejando que chorrease +en su vaso durante mucho tiempo lo mismo que una fuente, perdiéndose +enormes cantidades de líquido. Luego pagaban con orgullo, delante de +todos, para que se enterasen de su vanidad.</p> + +<p>Con estas fantasías y otras menos confesables engañaban su tedio en este +país abundante en dinero pero de aspecto entristecedor. La riqueza +estaba en la profunda capa de salitre que cubría el suelo; pero esta +tierra blanca que servía para fertilizar los campos de Europa no +toleraba aquí ninguna vegetación. Una esterilidad valiosa pero triste +rodeaba las nuevas poblaciones. El mayor lujo de los ricos era tener en +sus casas unas cuantas macetas de flores. El agua para su riego había +costado tan cara como los vinos más célebres.</p> + +<p>Las interminables recuas de mulas, al acarrear del interior á los +puertos las cargas de salitre, parecían acordarse melancólicamente de +los campos donde habían nacido, con árboles, hierbas y arroyos. En las +casas inmediatas á los caminos de esta tierra estéril, los dueños +evitaban pintar sus cercas de verde, pues los pobres animales, engañados +por el color, empezaban á roer los barrotes de madera, tomándolos por +vegetales surgidos del suelo.</p> + +<p>Rosalindo acabó por adquirir el mismo aspecto de los obreros del país. +Ya no quedaba nada en él del gaucho salteño. Se había cortado las +melenas y transformado su traje. Además, siguió con atención, en los +diversos lugares de su trabajo, las predicaciones de algunos obreros +procedentes de Europa que hablaban contra las compañías salitreras, +incitando á los compañeros á la revuelta. Pero una huelga seguida de +incendios y saqueos fué sofocada inmediatamente por los soldados +chilenos con abundante empleo de ametralladoras, lo que devolvió la +prudencia á Rosalindo y á la mayoría de sus camaradas.</p> + +<p>Cuando llevaba ocho meses trabajando, experimentó una gran alegría al +encontrarse con un hombre de su país que deseaba regresar á Salta.</p> + +<p>La vida de este hombre en las salitreras había sido menos agradable y +fructuosa que la de Ovejero. Trabajó y ganó buenos jornales en los +primeros meses; pero era jugador, y todas sus ganancias se quedaron en +las llamadas casas «de remolienda». Al final, sus deudas y sus continuas +peleas le obligaban á abandonar el país.</p> + +<p>Rosalindo, por ser un compatriota, atendió todas sus peticiones de +dinero. Él no era jugador. Su vicio dominante había sido siempre la +bebida, y aquí que ganaba mucho podía satisfacerlo con largueza, lo +mismo que un caballero.</p> + +<p>Al saber que su compatriota iba á volver á Salta por la Puna de Atacama, +el gaucho, que era hombre de honor, incapaz de olvidar sus compromisos, +pensó en la antigua deuda, que le preocupaba con frecuencia y hasta +algunas noches le había quitado el sueño.</p> + +<p>Mientras obsequiaba á su compatriota en un café de Antofagasta, le fué +explicando su asunto.</p> + +<p>—Tú pasarás por donde la difunta Correa, ¿no es eso, hermano?... Pues +bien; cuando llegues á su sepultura, le dejas bajo la piedra estos +treinta pesos. Ella me dió ocho y unos centavos, pero hay que ser +rumboso con los que nos favorecen, y además la pobre tal vez está +necesitada de misas.</p> + +<p>Pidió también á su camarada que retirase el recibo escrito en un pedazo +de periódico que había dejado en la tumba ó que fuese en busca del +encargado de recoger las limosnas para pedirle el tal documento. Los +asuntos de dinero deben llevarse con limpieza, sobre todo si hay +muertos de por medio. Cuando el camarada tuviese el recibo en su poder, +debía enviárselo por correo para su tranquilidad.... Y le entregó unos +cuantos pesos más por la molestia que le pudiese ocasionar el encargo.</p> + +<p>Transcurrieron varios meses. Rosalindo trabajaba todos los días como un +obrero de buenas costumbres. A pesar de que había sido hombre de pelea, +evitaba las cuestiones en este mundo compuesto de gentes bravas y de +todas procedencias, que para ir á ganarse el jornal llevaban siempre el +cuchillo y el revólver. Él deseaba únicamente que le dejasen embriagarse +en paz. De día trabajaba en la salitrera y de noche se emborrachaba en +algún cafetín predilecto, hasta que ganaba su alojamiento tambaleándose, +ó lo llevaba hasta él un compañero casi á rastras.</p> + +<p>De pronto se sintió enfermo. El médico, un joven recién llegado de +Santiago, atribuyó su dolencia á los excesos alcohólicos; pero él creía +saber mejor que este chileno presuntuoso cuál era la verdadera causa de +su enfermedad.</p> + +<p>Dormía mal y su sueño estaba cortado por terribles visiones. Esta vida +de alucinación dolorosa había empezado para él cierta noche en que se +dirigía á su casa completamente ebrio.</p> + +<p>Una mujer le salió al paso: una mujer enjuta de carnes, con la tez algo +cobriza y unos ojos grandes, negros, ardientes. Iba envuelta en un manto +obscuro que había perdido su primer tinte y era del color llamado "ala +de mosca". Agarrado á una de sus manos marchaba un niño cuya cabeza +apenas le llegaba á las rodillas.</p> + +<p>Rosalindo no conocía á la difunta Correa ni jamás encontró á alguien que +pudiera describírsela. Pero al ver a esta mujer por primera vez, quedó +convencido de su identidad. Era la difunta Correa; no podía ser otra, +¡Aquellos ojos!... ¡Aquel niño que la acompañaba!...</p> + +<p>Se quitó el sombrero con la misma expresión reverente que cuando había +rezado ante su tumba.</p> + +<p>—¿En qué puedo servirla, señora?—dijo—. ¿Qué desea de mí?...</p> + +<p>La mujer permaneció muda, y sus ojos redondos, de un ardor obscuro, le +miraron fijamente. Al entrar en su casucha cerró la puerta, y la +difunta, siempre con su niño de la mano, se filtró á través de las +maderas.</p> + +<p>Dormía Rosalindo en una pieza grande con siete compañeros más, pero +aquella hembra dolorosa, como venía del otro mundo y todos los seres de +allá dan poca importancia á las preocupaciones morales de la tierra, se +metió entre tantos hombres, sin vacilación, permaneciendo erguida junto +á la cama de Ovejero.</p> + +<p>Cada vez que éste abría los ojos la encontraba frente á él, inmóvil, +rígida, mirándole con sus pupilas ardientes y fijas, no alteradas por el +más leve parpadeo.</p> + +<p>A la mañana siguiente, el gaucho creyó haber atinado con la explicación +de este encuentro. La pobre difunta había venido indudablemente á darle +las gracias por los enormes réditos con que había acompañado la +devolución del préstamo. Si permanecía muda y con aquellos ojos que +infundían espanto, era porque las almas en pena no pueden mirar de +distinto modo.</p> + +<p>Afirmado en esta creencia, no experimentó sorpresa alguna cuando, en la +noche siguiente, al regresar ebrio de su cafetín, tropezó con la +enlutada y su niño cerca de la casa.</p> + +<p>Por segunda vez se quitó el sombrero, gangueando sus palabras con una +amabilidad de borracho.</p> + +<p>—No tiene usted nada que agradecerme, señora. La palabra es palabra, y +lo que siento es no haber podido enviarle más para que la digan misas. +El año que viene, cuando algún amigo mío vaya para allá, tal vez le haga +otra remesa.</p> + +<p>Pero la mujer parecía no oírle y continuó fijando en él sus ojos +inmóviles, mientras la cara del niño—una cara de muerto—se agitaba con +el temblor de un llanto sin lágrimas y sin ruido.... Y la difunta le +acompañó otra vez hasta su cama, manteniéndose inmóvil junto á ella, y +desapareciendo únicamente con las primeras luces del amanecer.</p> + +<p>Este encuentro se fué repitiendo varias noches. Rosalindo bebía cada vez +más, viendo en el alcohol un medio seguro de sumirse en el sueño y +evitar tales visiones; pero contra su opinión, las visitas de la difunta +se hacían más largas así como él aumentaba su embriaguez. Algunas veces, +hasta en pleno sol, cuando trabajaba en el arranque de las rocas de +salitre, la difunta surgía frente á él durante sus minutos de descanso. +En vano le dirigía preguntas. La enlutada era muda y únicamente sabía +mirarle con sus pupilas redondas y severas, mientras el niño continuaba +su eterno llanto sin humedad y sin eco.</p> + +<p>«Hay en este asunto algo que no comprendo—pensaba Rosalindo—. ¿No le +habrá entregado aquel amigazo el dinero que le di?»</p> + +<p>Se dedicó á averiguar el paradero de su compatriota. Pensó por un +momento si se habría quedado con los pesos que le entregó para la +muerta; pero inmediatamente repelió tal sospecha. Su camarada, aunque +algo bandido y de perversas costumbres, era muy temeroso de Dios é +incapaz de ponerse en mala situación con las ánimas del Purgatorio, á +las que tenía gran respeto y no menos miedo.</p> + +<p>Al fin, un vagabundo que iba de boliche en boliche por las diversas +salitreras para robar con sus malas artes de jugador el dinero de los +trabajadores, le dió noticias sobre el desaparecido, después de repasar +los recuerdos de su propia vida complicada y aventurera. A su amigo lo +habían matado meses antes en un despacho de bebidas cerca de la +Cordillera, cuando se dirigía desde Cobija á tomar el camino de la Puna. +La cuchillada mortal había sido por cuestiones de juego.</p> + +<p>El gaucho, que no quería dudar de que la difunta hubiese recibido su +préstamo con todos los intereses, quedó aterrado al recibir esta +noticia. Empezó á calcular los meses transcurridos desde que dejó su +recibo en la tumba del desierto. Hizo un gesto de satisfacción, como si +acabase de resolver un problema difícil, al convencerse de que iba +transcurrido más de un año, plazo que él mismo fijó en su papel. La +difunta tenía derecho á reclamar. Ahora comprendía sus ojos severos +fijos en él y la expresión dolorosa de aquella carita de muerto, que +lloraba y lloraba con el tormento de un hambre del otro mundo, por +faltarle el sustento de las misas.... ¡Y él, que despilfarraba sus +jornales en bebidas y otros vicios menos confesables, estaba retardando +la salvación de estos dos seres infelices al no devolverles un dinero +que necesitaban para la salud de su alma!...</p> + +<p>Deseó que llegase pronto la noche y se le apareciese la difunta para +darle sus explicaciones de deudor honrado. Pero por lo mismo que su +deseo era vehemente, no pudo encontrarla en las cercanías de su casucha +por más vueltas que dió en torno de ella, y eso que en la presente +noche, para evitar palabras confusas y tergiversaciones en el negocio, +había bebido muy poco. Fué cerca de la madrugada cuando Ovejero, que +había conseguido dormirse, la vió al abrir sus ojos.</p> + +<p>—Señora, la falta no es mía; es de un amigo que se ha dejado matar, +perdiendo mi dinero. Pero yo pagaré. Voy á buscar alguien que se +encargue de devolver el préstamo, aunque tenga que costearle los gastos +de viaje. Además aumentaré los intereses....</p> + +<p>No pudo seguir hablando. La difunta desapareció con su niño, como si la +hubiesen tranquilizado estas promesas. Huía tal vez igualmente de los +gritos y blasfemias de los otros obreros, que habían sido despertados +por Rosalindo al hablar en voz alta. Estaban irritados contra el salteño +porque todas las noches mostraba predilección en su borrachera por +conversar con una mujer invisible. Y esta noche, en vez de hablar +buenamente, había dado gritos. Todos ellos empezaron á tener por loco á +su camarada.</p> + +<p>En mucho tiempo no volvió Ovejero á encontrarse con su acreedora. Esta +ausencia le parecía natural. Las almas del otro mundo no necesitan +esforzarse para conocer lo que hacen los vivos, y ella sabía que su +deudor se ocupaba en devolverle el préstamo.</p> + +<p>Trabajó horas extraordinarias, bebió menos, fué reuniendo economías, +pues deseaba hacerse perdonar con su generosidad el retraso en el pago +de la deuda. Al mismo tiempo buscaba un hombre que se encargase de ir á +depositar la cantidad sobre la tumba del desierto.</p> + +<p>Por más averiguaciones que hizo en los diversos campamentos salitreros y +por más que escribió á los camaradas que tenía en otros puertos del +Pacífico, no pudo encontrar un viajero que se propusiera volver al Norte +de la Argentina siguiendo el desierto de Atacama.</p> + +<p>«Tendré que enviar un hombre á mis expensas—pensó—. Esto será caro, +pero no importa; lo principal es dormir con tranquilidad y que no se me +aparezca la pobre difunta llevando el niño de la mano....»</p> + +<p>¡Ay, el niño, con su llanto silencioso y su carita de muerto!... Este +era el que le aterraba más en la lúgubre visión. La mujer le infundía +respeto, pero no miedo; mientras que solamente al recordar el llanto +extraño del hijo, sentía correr un espeluznamiento da pavor por todo su +cuerpo. Era necesario redoblar su trabajo para reunir el dinero y +encontrar á un hombre que lo llevase hasta la tumba....</p> + +<p>Y este hombre lo encontró al fin.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>IV</h2> + + +<p>Era un chileno viejo llamado señor Juanito; pero las gentes del país, +siempre predispuestas á cortar las palabras, sólo dejaban dos letras del +tratamiento respetuoso á que su edad le daba derecho, llamándole <i>ño</i> +Juanito.</p> + +<p>Siempre que abría su boca dejaba sumido á Ovejero en una resignada +humildad. Su admiración por el viejo era tan grande, que consideró +detalle de poca importancia el hecho de que no hubiese atravesado nunca +la Puna de Atacama, ni conociera el lugar donde estaba el sepulcro de la +difunta Correa. Un hombre de sus méritos sólo necesitaba unas cuantas +explicaciones para hacer lo que le encargasen, aunque fuera en el otro +extremo del planeta.</p> + +<p>Había vivido en la perpetua manía ambulatoria de algunos «rotos» +chilenos, que llevan de la infancia á la muerte una existencia +vagabunda. Deleitaba á Rosalindo contándole sus andanzas en el Japón, su +vida de marinero á bordo de la flota turca y sus expediciones siendo +niño á la California, en compañía de su padre, cuando la fiebre del oro +arrastraba allá á gentes de todos los países. ¡Lo que podía importarle á +un hombre de su temple lanzarse por la Puna de Atacama, hasta dar con la +tumba de la difunta Correa!... Cosas más difíciles tenía en su historia, +y no iba á ser la primera ni la décima vez que atravesase los Andes, +pues lo había hecho hasta en pleno invierno, cuando los senderos quedan +borrados por la nieve y ni los animales se atreven á salvar la inmensa +barrera cubierta de blanco.</p> + +<p>Escuchaba con impaciencia los detalles facilitados por Rosalindo, al que +llamaba siempre «el cuyano», apodo que los chilenos dan á los +argentinos.</p> + +<p>—No añadas más—decía—. Desde aquí veo con los ojitos cerrados el +rumbo que hay que seguir y la sepultura de la difunta, como si no +hubiese visto otra cosa en mi vida.... Pero hablemos de cosas más +interesantes, «cuyano».... ¿Cuánto piensas enviar á esa pobre señora?</p> + +<p>El gaucho, teniendo en cuenta lo que iba á costarle el mensajero, +insistía en repetir un envío de treinta pesos. Pero <i>ño</i> Juanito +protestaba de la cifra, juzgándola mezquina.</p> + +<p>—Piensa que la difunta te está aguardando hace muchos meses. ¡A saber +lo que llevará penado en el Purgatorio por no haber recibido tu dinero á +tiempo! Tal vez le faltaban unas misas nada más para irse á la gloria, y +tú se las has retardado.... Creo, «cuyano», que deberías rajarte hasta +cincuenta pesos.</p> + +<p>Rosalindo acabó por aceptar la cifra, ya que este desembolso iba á +librarle de nuevos encuentros con la difunta.</p> + +<p>Más difícil fué llegar á un acuerdo con <i>ño</i> Juanito sobre sus gastos de +viaje.</p> + +<p>Por menos de cien pesos no se movía de su tierra natal. El era muy +patriota, y como estaba viejo, sólo por una suma decente podía correr +el riesgo de que lo enterrasen fuera de Chile. Además, era justo que «el +cuyano» lo indemnizara por los grandes perjuicios profesionales que iba +á sufrir. Y enumeró todas las tabernas, llamadas «pulperías», y todas +las casas «de remolienda» donde por la noche tocaba la guitarra cantando +<i>cuecas</i> y relatando cuentos verdes.</p> + +<p>—Tú mismo puedes ver cómo buscan en todas partes á <i>ño</i> Juanito, y eso +te permitirá apreciar el dinero que pierdo por servirte.... Pero lo hago +con gusto porque me eres simpático, «cuyano».</p> + +<p>Y el gaucho, convencido de que no debía insistir, se dedicó á juntar la +cantidad acordada, para que el viaje se realizase cuanto antes.</p> + +<p>Al fin entregó un día los ciento cincuenta pesos á <i>ño</i> Juanito.</p> + +<p>—Mañana mismo—dijo el viejo—salgo para la Puna, y recto, recto, me +planto no más en la tumba de esa señora. No añadas explicaciones; +conozco la travesía. Antes de un mes me tienes aquí con el recibo.</p> + +<p>Y se marchó.</p> + +<p>Ovejero pasó unos días en plácida tranquilidad. Seguía bebiendo, pero +esto no le impedía trabajar briosamente, pues le era necesario reunir +nuevas economías después de permitirse el lujo de enviar un emisario +especial al desierto de Atacama. Aunque volvió muchas noches á su +casucha tambaleándose ó apoyado en el brazo de un compañero, jamás le +salía al encuentro la mujer del manto negro llevando el niño de una +mano. Tampoco despertaba á sus camaradas durante la noche con los +monólogos de un ensueño violento.</p> + +<p>Transcurrió un mes sin que regresase el viejo. Rosalindo no se alarmó +por esta tardanza. El tal <i>ño</i> Juanito era un aventurero aficionado á +cambiar de tierras, y tal vez había encontrado la de Salta muy á su +gusto y andaba por las casas «de alegría» de la ciudad tañendo su +guitarra y haciendo bailar la <i>chilenita</i> á las mestizas hermosotas. +Pero al transcurrir el segundo mes sin que llegase carta, Ovejero se +mostró inquieto.</p> + +<p>Precisamente así que perdió su tranquilidad, la mujer del manto con el +niño al lado volvió á aparecérsele. Tenía los ojos más redondos y más +ardientes que antes. Su cara era más enjuta y cobriza, como si estuviese +tostada por las llamas del Purgatorio. Y el niño.... ¡ay, el niño! El +gaucho no podía mirarle sin un estremecimiento de terror.</p> + +<p>En vano habló á gritos para que le entendiese esta mujer que parecía +sorda y muda, concentrando toda su vida en la mirada.</p> + +<p>—¿Qué ocurre, señora?... Yo he enviado el dinero. ¿No ha visto usted á +<i>ño</i> Juanito?</p> + +<p>Pero un estallido de maldiciones le cortó la palabra, haciendo huir á la +visión.</p> + +<p>—¡Cállate, «cuyano» del demonio!—le gritaban los compañeros de +alojamiento—. Ya estás hablando otra vez de la difunta y de la +plata.... ¿Es que mataste alguna mujer allá en tu tierra, antes de +venirte aquí?</p> + +<p>Al día siguiente, Rosalindo estaba tan preocupado que no acudió al +trabajo.</p> + +<p>—Algo pasa que yo no sé—se decía—. ¿Habrán matado a <i>ño</i> Juanito, lo +mismo que mataron al otro?...</p> + +<p>Como necesitaba adquirir noticias del ausente, se fué al puerto de +Antofagasta, donde el viejo chileno tenía numerosos amigos.</p> + +<p>Le bastó hablar con uno de ellos para convencerse de que <i>ño</i> Juanito no +había muerto y estaba á estas horas en pleno goce de su salud y su +alegría vagabundas. La misma persona empezó á reir cuando «el cuyano» le +habló de la marcha audaz del viejo á través de la Puna de Atacama. Ya +no tenía piernas <i>ño</i> Juanito para tales aventuras terrestres, y por eso +sin duda había preferido embarcarse con dirección al Sur en uno de los +vapores chilenos que hacen las escalas del Pacífico. Según las últimas +noticias, él y su guitarra vagaban por Valparaíso, para mayor delicia de +los marineros que frecuentan las casas alegres.</p> + +<p>Rosalindo lamentó que Valparaíso no estuviese más cerca, para +interrumpir las <i>cuecas</i> cantadas por el viejo con una puñalada igual á +la que le había hecho huir de Salta.... El sacrificio de los ciento +cincuenta pesos resultaba inútil, y la difunta vendría á turbar de nuevo +sus noches con aquella presencia muda que parecía absorber su fuerza +vital, dejándole al día siguiente anonadado por una dolencia +inexplicable.</p> + +<p>Acudió fielmente la muerta á esta cita que él mismo la había dado en su +imaginación.</p> + +<p>Todas las noches le esperó en el camino, entre el café y su alojamiento, +deslizándose luego en éste, á pesar de que el gaucho se apresuraba á +cerrar la puerta, dándose con ella en los talones. ¡Imposible librarse +de su presencia y de la de aquel niño, cuya cara de muerto seguía +espantándole á través de sus párpados cerrados!...</p> + +<p>—Tendré que ir yo mismo—se dijo con desesperación—. Debo hacer ese +viaje, aunque me siento enfermo y sin fuerzas. Es preciso.... es +preciso.</p> + +<p>Pero retardaba el momento de la partida, por flojedad física y por la +atracción de un país en el que ganaba desahogadamente el dinero y no se +sentía perseguido por los hombres.</p> + +<p>Acabó por familiarizarse con la terrible visión que le esperaba todas +las noches. Cuando por casualidad estaba menos ebrio y la mujer del +manto y su niño tardaban en presentarse, el gaucho experimentaba cierta +decepción.</p> + +<p>Una noche, con gran sorpresa suya, no vió á la difunta y á su pequeño. +Permaneció despierto en su cama hasta el amanecer, aguardando en vano la +terrible visita.</p> + +<p>«Va á venir», pensaba, encontrando incomprensible esta ausencia, +mientras en torno de él roncaban los compañeros exhalando un vaho +alcohólico.</p> + +<p>La tranquilidad de la noche acabó por infundirle un nuevo miedo, más +intenso que todos los que llevaba sufridos.</p> + +<p>Adivinó que iba á pasar algo extraordinario, algo inconcebible, cuyo +misterio aumentaba su pavor.</p> + +<p>Y así fué.</p> + +<p>A la noche siguiente, una mujer le esperaba en el mismo lugar donde +otras veces había salido á su encuentro la difunta Correa. Pero esta +mujer no estaba envuelta en un manto negro ni la acompañaba un niño. +Avanzó sola hacia él, y al estar cerca, sacó un brazo que llevaba oculto +en la espalda, mostrando pendiente de la mano una luz.</p> + +<p>Rosalindo la reconoció, aunque no la había visto nunca. Era la «Viuda +del farolito» y al mismo tiempo era también la difunta Correa.</p> + +<p>El brazo seco y verdoso, que parecía interminable, se extendió ante él, +sirviendo de sostén á un farol rojizo que empezó á balancearse.... Y +sintiendo el empujón de una fuerza irresistible, el gancho marchó hacia +su alojamiento, iluminado por la linterna danzante, que esparcía en +torno un remolino de manchas sangrientas y fúnebres harapos.</p> + +<p>Entró en la casa, y la luz tras de él. Se tendió en la cama, y el farol +quedó inmóvil ante sus ojos. Más allá de su resplandor columbró en la +penumbra el rostro de la «viuda», que era el mismo de la difunta, pero +no inmóvil y severo, sino maligno, con una risa devoradora.</p> + +<p>Al fin, el hombre empezó á gritar, tembloroso de miedo:</p> + +<p>—¡Yo pagaré! ¡Es la falta de los otros!... Pero ¡por Dios, apague el +farol; que yo no vea esa luz!</p> + +<p>Y como en las noches anteriores, los durmientes se despertaron lanzando +juramentos; mas á pesar de sus protestas, Rosalindo siguió viendo á la +«Viuda del farolito» y su terrible luz.</p> + +<p>—¡Ahí! ¡ahí!—gritaba despavorido, señalando al invisible fantasma.</p> + +<p>Las camaradas convinieron en la necesidad de obligar á este loco á que +buscase otro alojamiento; pero la expulsión no impresionó gran cosa á +Rosalindo. ¡Para lo que le quedaba de vivir allí!... Ya que era +imposible hacer llegar hasta la tumba de su acreedora el dinero +prestado, iría él mismo á pagar su deuda.</p> + +<p>Inmediatamente abandonó el trabajo é hizo sus preparativos de viaje. El +tiempo no era propicio para emprender la travesía de la Cordillera por +el desierto de Atacama. Iba á empezar el invierno. Pero Rosalindo movía +la cabeza de un modo ambiguo cuando le aconsejaban que desistiese del +viaje. Los otros no podían adivinar que su resolución no aceptaba +demoras.</p> + +<p>La «Viuda del farolito» era una bruja implacable, y su aparición +significaba un plazo mortal. El que la encontraba debía perecer antes de +un año. Pero él tenía la esperanza de que si iba á pagar su deuda +inmediatamente la amenaza quedaría sin efecto. ¿Cómo podría castigarle +la bruja después de haber cumplido su compromiso?</p> + +<p>La falta de voluntad, consecuencia de su embriaguez, le hizo demorar el +viaje algunas semanas. Sus compañeros de alojamiento toleraban que +continuase entre ellos, con la esperanza de que partiría de un momento á +otro. Transcurrió el tiempo sin que volvieran á presentarse la enlutada +con el niño, ni la viuda con el farol. Ovejero bebía y su embriaguez no +se poblaba de visiones. Pero una noche dió un alarido de hombre +asesinado que despertó á sus camaradas.</p> + +<p>No veía á nadie, pero unas manos ocultas en la sombra tiraban de una de +sus piernas con fuerza sobrenatural. Hasta creyó oír el crujido de sus +músculos y sus huesos. A pesar de que los amigos rodeaban su cama las +manos invisibles siguieron tirando de la pierna, mientras él lanzaba +rugidos de suplicio.</p> + +<p>En la noche siguiente se repitió la misma tortura, acabando con la +quebrantada energía del gaucho. Sintió un terror pueril al pensar que +este suplicio podía repetirse todas las noches. Se acordaba de lo que +había oído contar sobre los tormentos que la justicia aplicaba en otros +siglos á los hombres. Iba á perecer descuartizado por aquellas manos +invisibles que le oprimían como tenazas, tirando de sus miembros hasta +hacerlos crujir.</p> + +<p>No dudó ya en emprender el viaje. Necesitaba ir á la tumba del desierto, +no sólo para recobrar su tranquilidad; le era más urgente aún librarse +del dolor y de la muerte.</p> + +<p>Malvendió todos los objetos que había adquirido en su época de +abundancia, cuando no sabía en qué emplear los valiosos jornales; cobró +varios préstamos hechos á ciertos amigos y de los que no se acordaba +semanas antes. Así pudo comprar víveres y una mula vieja considerada +inútil para el acarreo del salitre.</p> + +<p>Los dueños de las «pulperías» enclavadas en la vertiente de los Andes +sobre el Pacífico le vieron pasar hacia la Puna de Atacama con su mula +decrépita pero todavía animosa. Tenía la energía de los animales +humildes, que hasta el último momento de su existencia aceptan la +esclavitud del trabajo. En vano aquellos hombres dieron consejos al +gaucho para que volviese atrás. Un viento glacial soplaba en la desierta +extensión de la altiplanicie. Los últimos arrieros que acababan de bajar +de la Puna declaraban el paso inaccesible para los que vinieran detrás +de ellos. Rosalindo seguía adelante.</p> + +<p>Todavía encontró en los senderos de la vertiente del Pacífico á un +arriero boliviano, con poncho rojo y sombrero de piel, que guiaba una +fila de llamas, cada una con dos paquetes en los lomos. Venía huyendo de +los huracanes de la altiplanicie.</p> + +<p>—No pase—dijo el indio—. Créame y siga camino conmigo. Allá arriba es +imposible que pueda vivir un cristiano. El diablo se ha quedado de señor +para todo el invierno.</p> + +<p>Pero Ovejero necesitaba ir al encuentro del diablo, para hacerse amigo +de él y que no lo atormentase más.</p> + +<p>Siguió adelante, hasta llegar á la terrible Puna. Entró en el inmenso +desierto sin agua y sin vegetación. Se infundía valor comparando su +viaje actual con el que había hecho dos años antes. Ahora no iba solo. +Una mula llevaba los víveres necesarios para un mes de viaje. Además, +podía montar en ella al sentirse cansado, por ser actualmente sus +jornadas más largas que cuando pasó á pie por estos mismos sitios.... +Pero ¡ay! entonces, aunque no tenía víveres, contaba con el vigor de la +coca, ó mejor dicho, con la fuerza de una juventud sana que había ido +disolviéndose allá abajo, en la orilla del mar.</p> + +<p>Le envolvieron los huracanes fríos de la altiplanicie, que parecían +levantados por las alas de aquel demonio glacial, señor del desierto, +de que hablaba el indio boliviano. La mula se negaba algunas veces á +marchar, temiendo que el huracán la echase al suelo; pero el gaucho se +agarraba á su lomo para no verse derribado igualmente por el viento y +pinchaba al animal con la punta del cuchillo, obligándola así á reanudar +su trote.</p> + +<p>«¡Adelante! ¡adelante!» Marchaba como un sonámbulo, concentrando toda su +voluntad en el deseo de llegar pronto á la tumba.</p> + +<p>Pasó días enteros sin tocar las alforjas de víveres. No sentía hambre, y +detenerse á comer representaba una pérdida de tiempo. Hacía alto al +cerrar la noche para no perderse en la obscuridad; pero apenas se +extendían las primeras luces del amanecer sobre este mundo desierto, +reanudaba la marcha. Su pan se lo pasaba á la mula, dándole además +generosamente los piensos guardados en un saco sobre las ancas del +animal. Podía comerlos todos: lo importante era que continuase +marchando.... Pero una mañana, en mitad de la jornada, cuando Ovejero se +creía cerca de la tumba, el animal dobló sus patas y acabó por tenderse +en el suelo. Fué inútil que lo golpease; y al fin, comprendiendo que no +podría contar más con su auxilio, el hombre siguió adelante. Volvería al +día siguiente para recoger lo que aún quedaba en las alforjas. Por el +momento, lo urgente era llegar hasta la difunta Correa.</p> + +<p>Al marchar solo, sin el resguardo proporcionado por el cuerpo de la +mula, se vió envuelto en las trombas que giraban sobre la desolada +inmensidad, levantando columnas de una arena cortante, polvo de rocas. +Repetidas veces tuvo que tenderse, no pudiendo resistir el empuje de los +torbellinos. En una de ellas, sintió que el viento tiraba de sus piernas +poniéndolas verticales, mientras él se mantenía agarrado á un pedrusco.</p> + +<p>Era tal su voluntad de avanzar, que marchó á gatas, aprovechando los +intervalos entre las ráfagas. Hubo una larga calma, y entonces caminó +verticalmente, reconociendo algunos detalles del paisaje que indicaban +la proximidad del lugar buscado por él.</p> + +<p>Consideraba como una salvación poder marchar incesantemente. El frío de +la altiplanicie había penetrado hasta sus huesos, dejándole yertos los +brazos. En torno de su boca el aliento se convertía en escarcha. Los +pelos de su bigote y de su barba se habían engruesado con una costra de +hielo. Todo el calor de su vida parecía concentrarse en su cabeza y sus +piernas.</p> + +<p>Ya distinguía la fila de pedruscos semejante á las ruinas de una pared. +Después vió el montón que formaba la tumba y los dos maderos en cruz.</p> + +<p>Empezaba á soplar de nuevo el huracán cuando llegó ante el rústico +mausoleo del desierto. Pero el gaucho parecía insensible á las +ferocidades de la atmósfera y de la tierra. Toda su atención la +concentraba en sus ojos, y vió al pie de la cruz el mismo bote que +servía para recoger las limosnas, la misma piedra que ocupaba su fondo +para sostenerlo, todo igual que dos años antes. Únicamente la vasija +tenía su metal más oxidado y tal vez la piedra que la sujetaba no era la +misma.</p> + +<p>«¡Al fin!...» ¡Cómo había deseado este momento!... Intentó quitarse el +sombrero antes de hablar con la difunta, pero no pudo. No tenía manos, +ni tampoco brazos. Pendían de sus hombros, pero ya no eran de él.</p> + +<p>Consideró como un detalle insignificante permanecer con el sombrero +calado, y quiso hablar. Pero aunque hizo un esfuerzo extraordinario, no +salió de su boca el más leve sonido. Tampoco dió importancia á este +accidente. Su pensamiento no estaba mudo, y bastaría para que él y la +difunta se entendiesen.</p> + +<p>—Aquí estoy, difunta Correa—dijo mentalmente—. He tardado un poco, +pero no fué por mi culpa: bien lo sabe usted y su hijito. Traigo el +préstamo, con los intereses que le prometí. Son cuarenta pesos.... No he +podido traer más.... Me ha sido imposible juntar más....</p> + +<p>Fué á sacarlos de su cinto para que los viese la difunta, depositándolos +después bajo la piedra, en el mismo lugar donde dejó su recibo, pero sus +manos le habían abandonado. Hizo un esfuerzo desgarrador, sin conseguir +tampoco que sus brazos se moviesen. ¡Muertos para siempre!... La misma +parálisis había empezado á extenderse por sus piernas al quedar +inmóviles, sin el cálido aceleramiento de la marcha.</p> + +<p>De pronto se doblaron y cayó de rodillas. Luego, sin saber por qué, y +contra el mandato de su voluntad, que le gritaba: «¡No te tiendas! ¡no +te entregues!», se fué acostando lentamente, como si la tierra tirase de +él proporcionándole una voluptuosidad dolorosa.</p> + +<p>Quería dormir, pero al mismo tiempo el deseo de dejar bien claras las +cuentas le hizo continuar sus explicaciones mentales. Él había traído el +dinero: ¿por qué no quería aceptarlo la difunta? «Le digo, +señora—continuó—, que no fué culpa mía. Me engañaron todos los que yo +envié cuando era tiempo.... Pero ¿es que no quiere usted escucharme?...»</p> + +<p>Notó repentinamente que alguien le oía. Un ser viviente había surgido +entre las piedras de la tumba, y avanzaba hacia él arrastrándose. Esta +manera de moverse no le pareció extraordinaria. También él vivía en este +momento á ras de tierra.</p> + +<p>Como le era imposible levantar su cabeza del suelo, oyó cómo se +aproximaba aquel ser viviente, pero sin poder verlo. Debía ser la +difunta Correa, que, apiadada de su inmovilidad, había abandonado la +tumba para tomarle el dinero del cinto. Tal vez venía con ella la +«Viuda del farolito».</p> + +<p>Escuchó también cierto ruido de dilatación, semejante al bostezo de un +hambre larga y fiera. Pensó, con un estremecimiento mortal, si estas dos +larvas implacables se arrastrarían hacia él para chupar su sangre, +adquiriendo de este modo un nuevo vigor que les permitiera seguir +apareciéndose á los hombres.</p> + +<p>Algo enorme y obscuro se interpuso entre su cara y la luz del desierto +invernal. El gaucho vió unos ojos redondos junto á sus propios ojos, que +parecían mirarse en el fondo de sus pupilas. Se acordó de las miradas +fijas y ardientes de la difunta. Éstas tenían el mismo fulgor +amenazante, pero no eran negras, sino verdes y con reflejos dorados.</p> + +<p>Inmediatamente sonó á un lado de su cráneo un rugido, que retumbó para +él como un trueno capaz de conmover todo el desierto.</p> + +<p>Se abrió ante sus pupilas un abismo invertido de color de púrpura, con +espumas babeantes y erizado de conos de marfil, unos agudos, otros +retorcidos. Al mismo tiempo, sobre su pecho cayeron dos columnas duras +como el hueso, apretándole contra la tierra, manteniéndolo en la +inmovilidad de la presa vencida....</p> + +<p>Era el puma.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="EL_MONSTRUO" id="EL_MONSTRUO"></a><a href="#capitulos">EL MONSTRUO</a></h2> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>I</h2> + + +<p>Durante una semana, de cinco á siete de la tarde, el «todo París» de los +té tango y los tés donde simplemente se murmura habló con insistencia +del casamiento de Mauricio Delfour—heredero de la casa Delfour y +Compañía, 250 millones de capital—con la bella Odette Marsac, nieta de +un parlamentario célebre y casi olvidado que había sido candidato dos +veces á la presidencia de la República.</p> + +<p>El matrimonio de un rey de la industria con una princesa republicana no +es un suceso extraordinario en la vida de París, y sólo da motivo para +media hora de conversación. ¡Pero estos dos eran tan interesantes!...</p> + +<p>Él había cruzado muchos ensueños femeninos como la personificación de +todas las gracias y sabidurías humanas: copa de honor en carreras de +jinetes <i>chic</i>, copa de honor en innumerables concursos de esgrima y +tiro de pichón, copa de honor en la gran lucha de automóviles +París-Nápoles. Su despacho iba tomando aspecto de comedor por el número +de vasijas gloriosas que se alineaban sobre los muebles.</p> + +<p>Ahora añadía á sus triunfos corporales cierto prestigio de hombre de +ciencia, dedicándose á la aviación, volando casi todas las semanas, y +frunciendo el ceño con aire misterioso cuando alguien hablaba en su +presencia de problemas de mecánica.</p> + +<p>Ella era Odette para sus amigas, la incomparable Odette, y para el resto +del mundo mademoiselle Marsac, un nombre famoso, pues figuraba en todas +las crónicas elegantes, en todos los estrenos, en todas las revistas de +modas.</p> + +<p>Los meditabundos y sublimes modistos de la <i>rue de la Paix</i> contaban con +ella para lanzar en las grandes solemnidades de la vida parisién sus +innovaciones de artista calenturiento. Su cuerpo incomparable hacía +palidecer y suspirar á las mujeres: cincuenta y dos kilos de peso; un +escote «ideal»; las clavículas marcando sus elegantes aristas como si +fuesen un zócalo de la frágil columna del cuello; los omoplatos +despegándose de la espalda lo mismo que alas nacientes; las piernas +largas y casi rectas asomando tranquilas, sin miedo á la tentación, por +el borde de la falda; una capa de substancia carnal repartida con +parsimonia para recubrir solamente las rudezas del interno andamiaje; un +cuerpo casi «aéreo», un pretexto para que los vestidos contuviesen algo +en su interior y no se movieran solos. Y sobre este organismo +supremamente distinguido un rostro alargado por el mentón en punta, con +un pequeño redondel rojo, la boca; dos almendras enormes y negras, los +ojos; dos tirabuzones sobre las orejas iguales á las patillas de un +«toreador», y una torre de pelo mixto, con rizos propios y ajenos. La +Venus moderna, tal como la adora en sus geniales ensueños un iluminador +de figurines.</p> + +<p>A principios de 1914, un nuevo <i>sport</i> había enloquecido á todas las +gentes distinguidas de París y de las capitales de Europa y América que +forman sus arrabales. El mundo decente movía las caderas bailando el +tango. Y á la cabeza de esta humanidad «tangueante» figuraron Mauricio y +Odette.</p> + +<p>El se había encerrado con un profesor argentino, jurando á los dioses no +volver á la luz hasta poseer esta nueva ciencia, como poseía las otras. +Y una tarde empezó á recibir la admiración del mundo, moviendo sus +acharolados pies con altos tacones, su talle encorsetado por el ceñido +<i>chaquet</i>, su cabeza de brillante laca con el pelo rígido y echado +atrás, bajo las lámparas eléctricas de un hotel de los Campos Elíseos.</p> + +<p>Ella compartía la misma admiración en otro extremo de la escena, y los +dos se buscaron con la atracción de dos astros que se presienten, con el +irresistible impulso de dos afinidades electivas, para no separarse más.</p> + +<p>Bailaron en adelante el uno para el otro. Imposible encontrar el ritmo +sublime en brazos distintos. Y sin romper el misterioso silencio de la +danza sagrada, mientras se contoneaban, graves y meditabundos, con todas +las potencias intelectuales fijas en el movimiento de los pies, +reconocieron los dos la necesidad de no perder la pareja para seguir +bailando eternamente.</p> + +<p>Así se amaron, así se casaron, y el «todo París» se levantó una mañana +dos horas antes que de costumbre para asistir á una ceremonia nupcial +adornada con la presencia de todos los poderosos de la industria y un +sinnúmero de personajes políticos, amigos del abuelo de la desposada.</p> + +<p>El amor idílico de los recién casados no ofrecía dudas. Mauricio había +procedido como un verdadero enamorado, diciendo ¡adiós!, sin esperanza +de retorno, á sus varias amantes, sacerdotisas de las más nobles artes: +la comedia, la ópera y el baile. ¡Se acabaron las locuras! Su mujercita +y los estudios serios nada más. Ella seguía coqueteando como antes, pero +por costumbre, sin dar pretexto á osados avances, queriendo añadir á la +felicidad del esposo el incentivo del peligro.</p> + +<p>Habían instalado su dicha en el hotel de los Delfour, suntuoso edificio +elevado por el primer millonario de la familia junto al parque Monceau, +entre las viviendas de sus compañeros de riqueza y con la fachada +posterior sobre el mismo jardín. La viuda Delfour se refugió en el +último piso con los muebles de su antiguo esplendor, dejando libre el +resto de la casa á su hijo y su nuera, para que ésta pudiese satisfacer +sin obstáculo sus gustos decorativos.</p> + +<p>Todas las fantasías é incoherencias del estilo bizantino-persa, incubado +en Munich, hicieron irrupción en esta casa de salones rojos y dorados é +imponentes sillerías del tiempo de Napoleón III.</p> + +<p>Mamá Delfour, siempre vestida de negro, con el aire grave y reflexivo de +una mujer que conoce el precio de la vida, presenció impasible las +invenciones de la recién llegada: fiestas orientales que alborotaban el +tranquilo hotel; tés danzantes; túnicas de lino transparente, estrechas +como fundas y con enormes flores de realce, en las que encerraba su +magra desnudez.</p> + +<p>Como su hijo adoraba á Odette, ella se esforzó en justificar todos los +caprichos y saltos de humor de la nuera. ¡Pobre niña! Se había criado +sin madre, viviendo como un muchacho.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>II</h2> + + +<p>Y vino la guerra. Uno de sus primeros efectos fué dilatar los ojos de la +nueva señora Delfour con una expresión de asombro. ¡Pero era posible +esta calamidad!... ¡Ahora que la gente se divertía más que nunca!...</p> + +<p>La suegra pareció crecerse, saliendo de su tímido encogimiento. Su +mirada se posó sobre personas y cosas con grave lentitud, como si las +reconociese de nuevo. Había visto mucho. Sus primeras palabras de amor +con el fabricante Delfour se cruzaron en 1870, durante el sitio de +París. Luego, de recién casada, había presenciado la tragedia de la +<i>Commune</i>.</p> + +<p>El hijo se fué cuando su mujer empezaba á admirarle como un hombre +nuevo, viendo realzadas sus gracias varoniles por las ventajas del +uniforme. Quiso entrar en la aviación, pero la aviación marchaba mal al +principio de la guerra, y para ser de una utilidad inmediata, permaneció +en la artillería.</p> + +<p>También Odette quiso ser útil á su patria. Todas sus amigas frecuentaban +los hospitales. Y se lanzó á ser enfermera, admirando el uniforme blanco +con su capa azul y su alba toca: algo sencillo y nuevo que sentaba +perfectamente á su belleza. Su afán por lucir esta última moda le hacía +abandonar muchas veces á los enfermos, paseando en automóvil por el +Bosque de Bolonia la blanca túnica con cruces rojas en las mangas y en +el pecho. Mientras tanto, la viuda Delfour, sin abandonar su eterno +traje negro de burguesa, pasaba días y noches en un hospital.</p> + +<p>La guerra ofrece sus satisfacciones y deleites. ¡Los tés entre mujeres, +sin la presencia de hombres molestos que agobian con sus galanteos; +vestidas todas ellas de blanco, como criadas de balneario, recibiendo +las ojeadas envidiosas de las que no llevan uniforme, y fabricando +géneros de punto para los soldados con la torpe suficiencia de una labor +enseñada recientemente por la doncella!...</p> + +<p>—Mi marido combate en Alsacia.... ¿Y el señor Delfour, dónde está?...</p> + +<p>El señor Delfour andaba del lado de Bélgica; y su esposa, lanzando en +torno una mirada de orgullo, hacía el relato de sus glorias. Dos +citaciones en la orden del día: cruz, segundo galón. Pero llovían +héroes, y Odette experimentaba cierto despecho al oir que todas las +otras casi decían lo mismo de sus hombres.</p> + +<p>¡No poder distinguirse!...</p> + +<p>Un día el hotel del parque Monceau se conmovió con una terrible crisis +de nervios y de lágrimas, acompañada de choque de puertas, llegada de +automóviles, desfile de médicos. El teniente Delfour estaba herido de +gravedad por la explosión de una granada. Odette quiso marchar al lado +de su esposa inmediatamente.... ¡Imposible!</p> + +<p>Luego quiso morir, mientras la madre permanecía erguida, silenciosa, +pálida, con los ojos parpadeantes y secos, mordiéndose los labios.</p> + +<p>Al volver Odette á las reuniones íntimas, experimentó cierta +satisfacción. Ninguna amiga osaba ya compararse con ella.</p> + +<p>—Mauricio está herido...gravemente herido.</p> + +<p>Y todas se apiadaban del esposo seductor maltratado por la guerra.</p> + +<p>La general admiración hizo que acabase por familiarizarse con las +misteriosas heridas. ¿Cómo serían éstas?... Se imaginó á su marido +cojeando, con una mana en un bastón y la otra apoyada en su brazo. +Formarían una pareja interesante. El porvenir les reservaba aún largas +horas de felicidad. Ella le protegería y le alegraría con ternuras de +madre y caricias de amante.</p> + +<p>Una tarde, en la <i>rue Royale</i>, vió á un subteniente de pocos años, casi +un niño, que marchaba al lado de su novia con una manga vacía. Mauricio +también había perdido un brazo; estaba segura de ello. Por eso sus +cartas breves, de una alegría penosa, eran siempre dictadas.... ¡No +importa! Ella sería el apoyo de su esposo; su brazo sustituiría al brazo +ausente. Lo interesante era volver á contemplar su rostro, mirarse en +sus ojos claros, acariciadores y graciosamente irónicos. ¡Ay, cómo le +amaba!...</p> + +<p>Las amigas la acogían siempre con la misma pregunta: «¿Cómo signe el +herido?...» Y ella contestaba con seguridad: «Mejor. Pronto vendrá á +París.»</p> + +<p>Y pasaron meses; y llegaron cartas y más cartas de letra extraña, +dictadas por él. La madre, inquieta, interrogaba á, los antiguos amigos +de la familia, graves varones que indudablemente ocultaban algo.</p> + +<p>—Las heridas son muchas; pero ya está fuera de peligro. ¡Valor! Lo +importante es que viva.</p> + +<p>Una mañana Odette saltó de su lecho, súbitamente despertada por algo +extraordinario que conmovía el hotel. Al levantar la cortina de una +ventana, vió al otro lado de la verja un automóvil cerrado, con cruces +rojas. La marquesina de cristales de la escalinata apenas le dejó +distinguir á un grupo de hombres que subían cuidadosamente algo +envuelto, como un mueble frágil. Su corazón dió un salto. ¡Mauricio!...</p> + +<p>Cuando, mal vestida, se deslizó por la escalera, corriendo á un salón +del piso bajo, los domésticos, azorados y trémulos, pretendieron +detenerla.</p> + +<p>Entró, reconociendo inmediatamente la dolorosa cabeza que descansaba +sobre las almohadas de un diván. Era él, atrozmente desfigurado, con las +mejillas surcadas por el lívido arabesco de las cicatrices...pero era +él.</p> + +<p>De sus ojos sólo quedaba uno. La falta del otro estaba oculta por una +venda negra que moldeaba la cuenca vacía. Luego vió su pecho cubierto +por el paño azul de una blusa vieja de oficial.</p> + +<p>Pero al llegar aquí, la mujer vaciló sobre sus pies, como si la sorpresa +le asestase un puñetazo demoledor. Lanzó un grito.... El herido <i>no +continuaba</i>. Le faltaban los brazos, le faltaban las piernas, era un +tronco nada más, conservado por los prodigios de la cirugía; un harapo +rematado por una cabeza viviente.</p> + +<p>—¡Odette!... ¡Odette!—murmuró la boca negruzca humildemente, como si +pidiese perdón por su desgracia.</p> + +<p>Pero Odette había huído, atropellando á los criados que se agolpaban en +la puerta. Corrió por los pisos superiores sin saber lo que hacía, dando +alaridos como una mujer de la tragedia griega, chocando con muebles y +paredes, mesándose los sueltos cabellos, loca de sorpresa, de miedo, de +repugnancia.... ¡Y aquel monstruo era su marido!... ¡Y habría de +permanecer junto á él toda su existencia!...</p> + +<p>—¡Odette!... ¡Odette!—seguía gimiendo abajo la voz humilde y dolorosa.</p> + +<p>El ojo único se fué cubriendo de lágrimas. Todos huían. Hasta los +criados le contemplaban á distancia, buscando ocultarse cada uno detrás +del compañero, queriendo escapar y avanzando la cabeza al mismo tiempo, +con una expresión doble de curiosidad y repugnancia.</p> + +<p>Evitaban el tocarle, como si fuese algo gelatinoso y repelente: un pulpo +con las extremidades rotas; una mucosidad informe de la guerra. Él, que +tenía millones y tanto amaba la vida, quedaba al margen de la vida para +siempre.</p> + +<p>Su miseria había creado el vacío. Hasta su perro favorito gemía á corta +distancia, avanzando y retrocediendo en violentas alternativas de +lealtad y de espanto.</p> + +<p>Y así sería siempre.... ¡Ay, morir! ¡Morir cuanto antes!</p> + +<p>De pronto, el grupo de domésticos se deshizo. Alguien había entrado con +violencia. El monstruo vió un peinado blanco que venía hacia él; sintió +en sus cortadas mejillas el contacto de una boca que acababa por +acariciar frenética el vendaje de su órbita hueca. Un rocío tibio mojó +su cuello; unos brazos nerviosos de pasión abarcaron su tronco informe, +como si fuesen á mecerle....</p> + +<p>—¡Mamá!... ¡Oh, mamá!</p> + +<p>—¡Hijo mío! ¡hijo mío!</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="EL_REY_DE_LAS_PRADERAS" id="EL_REY_DE_LAS_PRADERAS"></a><a href="#capitulos">EL REY DE LAS PRADERAS</a></h2> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>I</h2> + + +<p>Durante su último año en la Universidad de mujeres donde hacía sus +estudios, la impetuosa Mina Graven expresó siempre el mismo deseo.</p> + +<p>Sus compañeras las <i>senior</i>, instaladas en el mismo cuerpo de edificio +que ella, hablaban de la nueva vida que iban á encontrar al salir del +colegio; y las <i>junior</i>, que empezaban sus estudios, las oían en un +silencio respetuoso de seres inferiores.</p> + +<p>Una de las amigas de Mina pensaba casarse apenas volviese á su casa; era +asunto convenido por las familias de los dos novios. Y este matrimonio +de estudianta apenas emancipada de la vida escolar daba motivo para que +todas las otras soñasen despiertas, á la hora del té, describiendo cada +una de ellas la posición social y el aspecto físico del futuro esposo +que aún se mantenía oculto en el misterio del porvenir.</p> + +<p>—Yo quiero casarme con un millonario que me pague los mayores lujos.</p> + +<p>—Yo, con un hombre que me quiera mucho y me obedezca en todo.... ¿Y tú, +Mina?</p> + +<p>La intrépida señorita Graven daba siempre la misma respuesta:</p> + +<p>—Yo me casaré con un hombre célebre.</p> + +<p>Ella no necesitaba soñar con un millonario. Todas sabían que allá, en el +Oeste, existen minas de oro y pozos de petróleo cuyo valor figura en +forma de pedazos de papel, y que muchas de tales acciones estaban á su +nombre en los libros del millonario James Foster (padre), su tutor.</p> + +<p>El viejo Craven había empezado su caza del dólar, como simple peón de +mina, en California. La fortuna pareció divertirse siguiendo los pasos +de este hombre que apenas sabía leer ni escribir. Un espíritu diabólico +salido de las entrañas de la tierra le hablaba al oído, guiando sus +manos.</p> + +<p>Allá donde él cavaba surgía oro, plata, ó, cuando menos, cobre. +Perforaba un pozo para que los mineros de su campamento no muriesen de +sed, y, en vez de encontrar agua, saltaba petróleo de su fondo. Detrás +de su avance victorioso iban constituyéndose sociedades anónimas y +sindicatos de capitalistas. En el Wall Street, los grandes capitanes del +dinero recibían al viejo Craven como á un igual cuando se le ocurría +perder una semana en el ferrocarril yendo de San Francisco á Nueva York.</p> + +<p>Podía haber dejado á su hija una fortuna inmensa; pero el minero era +hombre de acción más que de administración, y se gozaba en emprender +cada año un nuevo negocio, abandonando los mejores provechos de los +anteriores á los consocios fríos y marrulleros que quedaban á sus +espaldas. Él necesitaba ir siempre adelante, olvidando la buena suerte +de ayer para soñar con la nueva fortuna de mañana.</p> + +<p>El señor Foster (padre), su compañero de miseria cuando ambos eran +simples jornaleros, poseía una fortuna mayor que la suya, por +haberse limitado á seguirle en las explotaciones segaras, dejándole +avanzar solo en las que consideraba aventuradas. Pero, aun así, el día +en que Graven murió, aplastado por la caída del andamiaje de un pozo de +petróleo, su desconsolado camarada Foster, que era su albacea +testamentario, se encontró, al hacer el balance, con que la única hija +de su amigo representaba para el que se casase con ella unos sesenta +millones de dólares.</p> + +<p>Por esto Mina, al oír hablar á sus amigas de un marido rico, sonreía con +cierto desprecio. Ella no necesitaba dinero, y podía casarse con quien +le placiese. Con no menos indiferencia acogía la imagen del atleta, +hábil en todos los deportes, que evocaban otras. A la señorita Craven le +bastaba con su propio atletismo. Su padre la había enviado á la famosa +Universidad cuando era una pequeña salvaje de trece años, acostumbrada á +galopar días enteros en las llanuras de Arizona sobre caballos domados +por ella misma. Su madre, una mujer sencilla, había muerto como abrumada +por la avalancha de millones que iba derrumbándose sobre su hogar; y +Craven, preocupado por esta hija algo indómita que no le dejaba +dedicarse con tranquilidad á sus negocios, la había metido en un colegio +célebre para que fuese una gran señora como las que él había visto de +lejos en las ciudades. La fama de este centro de enseñanza, establecido +en un bosque de varias leguas, con lagos, montañas y palacios, había +llegado confusamente hasta sus oídos. Le bastaba con saber que vivían en +él varias hijas y sobrinas de antiguos presidentes. Y allá, envió á +Mina, poco antes de su muerte.</p> + +<p>Ésta, aburrida y furiosa al verse encerrada en el enorme parque, que á +ella le parecía pequeño, ideó varios planes terribles, que, +afortunadamente, no puso nunca en práctica. Pensó incendiar el palacio +en que estaba el gabinete de Física con sus instrumentos, creados +únicamente para aburrir á las pobres muchachas; pensó igualmente, +durante los primeros meses, en matar á tiros de revólver á cierto vejete +que explicaba matemáticas y se había reído sarcásticamente de su +ignorancia. Luego abandonó tales proyectos, y, con la ambición de +demostrar que no era una salvaje, se entregó al cultivo de todas las +artes que estaban de acuerdo con sus facultades.</p> + +<p>Llegó á ser la primera en el gimnasio. Saltó horas y horas el caballo de +madera, con un volteo incansable, riendo de este ejercicio pueril con la +superioridad de una amazona acostumbrada á ponerse de pie sobre caballos +en pelo, apeándose y volviendo á subir en el animal sin que éste +detuviese su carrera. Fué capitana de <i>polo-water</i>, atravesando como una +náyade el profundo cristal de la piscina del gimnasio. En la clase de +esgrima cansaba al profesor con su florete impetuoso y sus piernas de +acero. La directora de la Universidad empezó á inspirarle cierta +antipatía por haberle prohibido que tirase al revólver en un rincón del +parque, lo mismo que tiraba de pequeña en algunos de los campamentos de +Craven, ante los viejos mineros.</p> + +<p>La gloria estaba para ella en los ejercicios físicos, dejando á sus +compañeras los laureles de las ciencias y de las letras. De todo el +profesorado, amaba á la maestra de francés, porque podía hablar con ella +de París y las artistas célebres como de un mundo lejano entrevisto en +los periódicos de modas. También amaba á la maestra de español, que le +describía cómo eran las corridas de toros y le enseñaba á ponerse la +mantilla lo mismo que una andaluza.</p> + +<p>No necesitó de estudios penosos y áridos para sobrepasar á todas. La +admiraban por su hermosura física de bello animal sano, vigoroso y de +líneas correctas. Cada vez que en el <i>polo-water</i> se arrojaba en la +piscina de cabeza, sin más vestido que un ligero mallón de muchacho, el +público lanzaba un murmullo aprobador, á pesar de la identidad de sexo. +Los viejos profesores del establecimiento y los visitantes, que eran +siempre personas graves, se sentían inquietos ante su cabellera de un +rubio subido, igual á la llama de una antorcha, y la fijeza algo +insolente y dominadora de sus ojos claros. Los hombres se ruborizaban +sin saber por qué, apartando la mirada, como si no pudieran resistir el +encuentro de sus pupilas.</p> + +<p>Ni millonarios, ni hombres de <i>sports</i>. Ella tomaría á quien quisiera +escoger. Los hombres iban á ofrecerse á Mina Craven formando legión, +satisfechos y felices si se dignaba hacerlos sus esclavos. Estaba segura +de ello.... Y pasaba por su memoria la imagen de James Foster (hijo), un +muchacho de orejas demasiado separadas del cráneo, fuerte mandíbula y +ojos de perro bueno, que tenía un año más que ella.</p> + +<p>Inmediatamente, como un síntoma de cariño fraternal, sus dientes +castañeteaban de cólera y se le cerraban los puños. ¡Qué deseos tan +vehementes tenía de aporrear á este compañero de juegos infantiles!...</p> + +<p>Todos los veranos, al vivir juntos durante las vacaciones en la casa del +tutor, Mina daba de puñetazos á su amigo, el cual, perdida la paciencia, +acababa por devolverle los golpes.</p> + +<p>Y la señorita Graven, que había aprendido recientemente á batirse á la +japonesa, deseaba, al abandonar el colegio, medirse con James +definitivamente. Quería hacerlo caer á sus pies, como un adversario +aborrecido y apreciado al mismo tiempo.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>II</h2> + + +<p>El viejo Foster, que nunca tenía bastantes horas para los negocios, +aprobó con alegre laconismo los propósitos de la hija de su amigo. Su +cargo de tutor le había proporcionado muchas inquietudes, y celebraba +librarse de Mina por algún tiempo.</p> + +<p>Luego de salir de la Universidad, la joven había desaparecido, con gran +espanto de Foster, que creyó en un secuestro ó un asesinato. +Transcurrieron dos meses, y antes de que la policía hubiese averiguado +su paradero, se presentó Mina tranquilamente en el despacho de su tutor. +Quería conocer la vida de cerca, tal como es, y para esto había huído á +Chicago, viviendo como una obrera. Pero las crueldades de la realidad le +hicieron arrepentirse muy pronto de esta escapatoria, sugerida por +ciertas lecturas, y volvió en busca de su tutor y de las comodidades que +corresponden á una muchacha millonaria.</p> + +<p>Una dama vieja y pobre fué la encargada por Foster de acompañar á Mina, +dando cierta respetabilidad á su juventud independiente y poco miedosa +de la opinión ajena. El millonario, después de ordenar esto, ya no supo +qué otra cosa podía hacer. Por eso se alegró cuando su pupila le dijo +que pensaba viajar por Europa, acompañada de su escudero femenino.</p> + +<p>Mina Craven, atrevida de maneras como un muchacho, ganosa de desafiar la +curiosidad de las gentes con sus audacias y excentricidades, fué una +americana de las que pueden llamarse «de exportación». El viajero +observador atraviesa los Estados Unidos, de Nueva York á San Francisco y +de Chicago á Nueva Orleáns, viendo mujeres que son iguales á las de +todas partes: buenas madres, buenas esposas, ó excelentes muchachas que +aspiran á ser lo uno y lo otro. Sólo rodando por el viejo mundo, en +París, en Londres ó en Roma, se encuentra la americana atrevida, +arrolladoramente hermosa y de voluntad refractaria á los escrúpulos, la +cual ha servido de modelo para tantos personajes de novela y de comedia.</p> + +<p>Los condes y marqueses deseosos de una heredera rica se agolparon en +torno de miss Craven en los grandes hoteles, en las playas de moda y las +estaciones invernales de Suiza. ¡Diez y nueve años, y sesenta millones +de dólares!...</p> + +<p>—Miss, cásese usted—decía la dama acompañante, como si, á pesar del +enorme sueldo que le había señalado el tutor, quisiera libertarse de la +esclavitud que suponía aguantar el carácter desigual é imperioso de la +joven.</p> + +<p>—Yo sólo me casaré con un hombre que sea célebre.</p> + +<p>Y Mina quedaba pensativa después de esta declaración. ¿Qué celebridad +podía encontrar?...</p> + +<p>En Londres había creído enamorarse de un duque que databa del tiempo de +los Estuardo. Después olvidó este amor, adivinando que en el porvenir +tendría celos de la cuadra de dicho personaje. El duque la olvidaría por +sus caballos de carreras. En Francia puso sus ojos en varios escritores +célebres. Pero todos eran casados ó arrastraban desde su primera +juventud compromisos ineludibles. Además, ¡tan viejos vistos de cerca! +¡tan prosaicos en sus costumbres íntimas, á pesar de las raciones de +idealismo y poesía que servían al público en forma de libros y piezas de +teatro!...</p> + +<p>En Italia se interesó por dos pintores, y anduvo como loca durante una +semana por un tenor de fama universal. Pero le bastó invitar una noche á +comer á este ruiseñor humano, para desprenderse de sus ilusiones. ¡Qué +torrente de necedades cuando hablaba! ¡Qué feo y vulgar al despojarse de +sus trajes escénicos y limpiarse los colores del rostro!...</p> + +<p>Estando en Sevilla durante la Semana Santa, sintió interés por un torero +joven al que adoraba España entera. El rey era su amigo; el presidente +del Consejo de ministros preguntaba por su salud siempre que recibía una +cornada. Era una gloria nacional, y Mina le siguió durante unas semanas +de plaza en plaza. Pero, al fin, el héroe tuvo la misma suerte que los +otros. No se atrevía á resistir la mirada de la millonada; balbuceaba al +contestarle. Además, descubrió de pronto que este gladiador, que parecía +un gigante en medio del circo, tendiendo la fiera cornuda muerta á sus +plantas, apenas sobrepasaba con su cabeza los hombros de ella.</p> + +<p>Pensó, después de esto, si su felicidad consistiría en casarse con un +boxeador campeón del mundo; pero le bastó presenciar un encuentro entre +dos hombres medio desnudos, que parecían dos fardos de músculos +barnizados de sudor, para renunciar á tal idea.</p> + +<p>¡Ay, el hombre célebre! ¿Dónde encontrarlo?... ¿En qué debía consistir +su celebridad?...</p> + +<p>Mientras tanto, James Foster (hijo) le salía al encuentro en los lugares +donde menos podía sospecharse su presencia. Se presentaba ruboroso, +balbuciente, tímido, como un señor que desea pedir algo importante y +asegura que ha venido á visitar á un amigo, por casualidad, aprovechando +el haber pasado por cerca de la casa.</p> + +<p>—Estoy de paso para Australia; y al enterarme de que vivimos en el +mismo hotel....</p> + +<p>Y la entrevista ocurría, por ejemplo, en Madrid. Según el joven Foster, +todo el mundo era camino para ir adonde él deseaba. Otras veces, al +encontrar á su compañera de infancia en Bucarest, decía ruborizándose:</p> + +<p>—Vengo de América, con dirección al Transvaal, y al pasar por aquí la +encuentro. ¡Qué feliz casualidad!</p> + +<p>Foster (hijo) podía justificar con un motivo glorioso estos viajes +incesantes que le hacían cruzar la tierra en todas direcciones. Mientras +Foster (padre) reunía nuevos millones y defendía la integridad de los +antiguos, él se dedicaba á la tarea de hacer su nombre célebre. Tal vez +sentía este deseo á impulsos de una antigua rivalidad con Mina; tal vez +aspiraba á la celebridad únicamente por serle grato.</p> + +<p>Buscaba la gloria siguiendo el camino de sus aficiones, y por esto se +había dedicado á cazador, persiguiendo y matando animales peligrosos en +todas las latitudes del planeta. La señorita Craven recibía con +frecuencia periódicos deportivos con el retrato de James carabina en +mano, vestido de viajero ártico ó cubierto con un gran fieltro de +cazador del centro de África. Los artículos contaban sus hazañas, las +heridas que llevaba recibidas, las aventuras tenebrosas de las que había +salido con vida milagrosamente.</p> + +<p>Los ojos de ella pasaban sobre todo esto con fría curiosidad.</p> + +<p>—¡Pobre James! ¡Tan insignificante!... Será un buen marido para una +mujer de inteligencia corta.</p> + +<p>Otras veces recibía regalos del cazador, que continuaba sus hazañas en +el otro hemisferio del planeta: colmillos de elefante, astas de +antílopes rarísimos, pieles de animales gigantescos. Y Mina, que +admiraba estos envíos en el primer instante, acababa por despreciarlos +al recordar á James.</p> + +<p>—¡Infeliz muchacho!... Si yo me dedicase á cazar, haría, seguramente, +más que él.... Todo lo que cuentan los periódicos de sus hazañas debe +pagarlo á tanto la palabra.</p> + +<p>Una primavera, encontrándose en Florencia, cambió instantáneamente la +orientación de su vida. Vió su verdadero camino; se enteró de dónde +estaba la celebridad.</p> + +<p>En aquel momento solicitaba su mano un conde del país, de una palidez +aceitunada y ojos de brasa, el cual permanecía días enteros en el salón +de espera del hotel, lo mismo que un empleado de agencia de viajes, para +acompañarla en todas sus salidas.</p> + +<p>Mina era la vigésima millonaria americana á la que pretendía elevar, +ofreciéndole su corona condal. Diez y nueve antes que ella habían +renunciado á tan alto honor. Este heredero de un gran nombre histórico +le enseñaba las fotografías de los diversos palacios de su familia, +hermosos y venerables edificios, en los que no quedaba ni un cuadro ni +un mueble, pues todo lo habían vendido sus antecesores. La aspiración +suprema del nieto de tantos <i>condottieri</i> era establecer el <i>comfort</i> +moderno en sus palacios. Con calefacción central, con baños y con +<i>water-closets</i>, ¡qué vida tan dulce podía pasarse en estos edificios +creados por los grandes artistas del Renacimiento! La millonaria venida +del otro lado del Atlántico podía realizar este milagro sólo con cederle +su mano.</p> + +<p>Para conmoverla, enseñaba cartas de Maquiavelo, de Miguel Ángel, de +Benvenuto Cellini y otros florentinos célebres, dirigidas á sus remotos +ascendientes, únicos recuerdos de familia que se habían salvado, no se +sabe cómo, de la rapacidad de los anticuarios. Mina reía de sus +juramentos de amor acompañados de gestos trágicos, y lo convidaba á +comer, exigiéndole que no faltase á sus costumbres y siguiera fumando +entre plato y plato un largo cigarro atravesado por una paja, que +esparcía un olor pestilente.</p> + +<p>Una noche, el conde, para agradecer sin duda estas amabilidades, la +invitó á un cinematógrafo. Un verdadero dispendio: una lira por persona; +¡pero cuando se aspira á casarse con una millonaria!...</p> + +<p>Mina tuvo que aguardar en la puerta unos minutos, mientras su enamorado +tomaba los billetes, parlamentando largamente con el empleado de la +taquilla. Llegó á sospechar si estaría pidiendo una reducción en el +precio, por ser dos los billetes comprados.</p> + +<p>Un cartel de colores distrajo su atención. Un hombre aparecía en él á +caballo, con la cara afeitada, gran sombrero, un pañuelo rojo sobre los +hombros y dos revólveres en la cintura. Era una reproducción algo +teatral de los jinetes que ella había conocido en su infancia. Encima de +esta figura vió un nombre: «Lionel Gould». No era nuevo para ella; lo +había oído alguna vez. Al pie del cartel encontró otro nombre: «El rey +de las praderas». ¡Ah, sí! Este era el apodo de un artista americano +llamado Gould, que había obtenido una celebridad universal interpretando +el papel de <i>cow-boy</i> vengador y caballeresco en un sinnúmero de dramas +cinematográficos cuya acción se desarrollaba, invariablemente, á través +de las llanuras del Sur de los Estados Unidos.</p> + +<p>Por primera vez miró Mina con atención al célebre artista de la tragedia +silenciosa. Estaba segura de haberle visto en <i>films</i> de los que sólo +guardaba un vago recuerdo; pero ahora «El rey de las praderas» ofrecía +para ella el encanto de una novedad.</p> + +<p>Le siguió con palpitaciones de verdadero interés mientras se batía, solo +y á puñetazos, con un grupo de bandidos. Luego mató á un tigre; después +los indios lo amarraron á un poste para quemarle vivo. ¡Cómo respiró al +verle en salvo milagrosamente!... No había poder, en el cielo ni en la +tierra, capaz de acabar con este buen mozo. Y por la atracción del +contraste, miró un momento con ojos compasivos al conde de los palacios +desamueblados, al nieto del protector de Miguel Ángel, que la hablaba de +amor, pretendiendo separar su atención de las cosas interesantes que se +desarrollaban sobre la blanca pantalla.</p> + +<p>Hubo un momento en que creyó que un alfiler olvidado sobre su pecho se +le metía carne adentro. «El rey de las praderas» quedaba visible +únicamente de busto, con una cabeza enorme, y anonadado por lo +angustioso de su situación, bajaba la mirada. Luego iba elevando sus +ojos, para fijarlos directamente en el público con una expresión de +dolor pueril. Era un héroe, indudablemente; pero un héroe bueno y +simple, lo mismo que un niño, y Mina sintió un deseo de consolarle, de +protegerle, como si acabase de despertar la confusa maternidad que toda +mujer lleva dormida en su interior. Después tuvo la intuición de que la +tal mirada iba á significar mucho en su vida futura.</p> + +<p>A partir de esta noche, Lionel Gould le salió al encuentro en todas las +ciudades de Italia que fué visitando y en las de otras naciones de +Europa. De día, si se inmovilizaba su automóvil por una aglomeración de +vehículos en una calle, era siempre frente á un cinematógrafo, y en la +puerta figuraba «El rey de las praderas» á caballo, con su gran +sombrero, sus revólveres y su pañuelo rojo. Si entraba en una sala de +espectáculos, tenía la seguridad de que se apagarían inmediatamente las +bombillas eléctricas, para que galopase por el lienzo iluminado el +intrépido Lionel.</p> + +<p>Sus hazañas resultaban interminables. Jamás caballero andante ni héroe +de novela moderna pasó por tantas aventuras. Le vió en peligro de muerte +un sinnúmero de veces. Además, mataba gente como si matase moscas. +Llevaba exterminadas muchas fieras, especialmente tigres, y á él nunca +le ocurría un contratiempo que fuese irremediable. Le herían +frecuentemente, le sometían á tormentos atroces; pero sanaba, al fin, +con una rapidez portentosa. Y en casi todas las representaciones, ¡su +mirada, aquella mirada de héroe niño, que hacía sentir á Mina el +pinchazo de un alfiler olvidado!...</p> + +<p>Algunas damas encontradas en sus viajes contribuían, sin saberlo, á +aumentar su preocupación:</p> + +<p>—Usted, que es americana, ¿ha visto alguna vez personalmente á Lionel +Gould?...</p> + +<p>Una noche, Mina se convenció de que su acompañante era una vieja +estúpida. La había llevado á ver una aventura sorprendente de «El rey de +las praderas», y cuando el héroe lanzaba su mirada de angustia, miss +Craven le preguntó en voz baja, con temblores de emoción:</p> + +<p>—¿Qué le parece?... ¿Verdad que es muy guapo?...</p> + +<p>La acompañante movió la cabeza. Sí, guapo; pero muy ordinario. Ella no +amaba los <i>cow-boys</i>. Prefería los <i>films</i> en que aparecen señoras +elegantes y todos los hombres van vestidos de frac.</p> + +<p>De pronto, Mina mostró un patriotismo rabioso. ¿Qué hacía en Europa?... +Sólo los <i>snobs</i> podían perder su tiempo y su dinero en un continente +viejo y aburrido. Ella era americana, y debía vivir en América.</p> + +<p>Y se embarcó, pensando que es necedad rodar por el mundo cuando, las más +de las veces, lo que buscamos lo tenemos en la propia casa.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>III</h2> + + +<p>Al saber, en Nueva York, que Foster (padre) estaba en San Francisco, +atravesó inmediatamente los Estados Unidos.</p> + +<p>Se había vuelto de repente mujer de orden; deseaba enterarse del estado +de sus negocios; creía necesario conferenciar con su tutor. No sabía +ciertamente qué podría decirle; pero consideraba urgente el verle, por +el solo hecho de que vivía en California.</p> + +<p>Cuando llegó á San Francisco, supo que Foster se hallaba en una +propiedad suya, á dos horas de ferrocarril, y desistió de su visita. Ya +le vería más adelante; estaba cansada; le asustaba estas dos horas de +tren, después de haber pasado una semana entera en vagón. Y, á pesar del +tal cansancio, salió inmediatamente para Los Ángeles, un viaje cinco +veces mayor.</p> + +<p>Pero tampoco en Los Ángeles estaba su reposo, y no paró hasta tres +cuartos de hora más allá, en el pueblo de Hollywood, donde se fabrican +la mayor parte de los <i>films</i> que entretienen á la humanidad presente.</p> + +<p>Admiró la fresca hermosura de una población creada en pocos años, por la +necesidad de sol y de cielo límpido que tiene la cinematografía. Vió +avenidas formadas solamente de jardines y de estudios. Varios miles de +artistas de ambos sexos, de maquinistas escénicos y de fotógrafos +constituyen su único vecindario. En las calles, á la hora del <i>lunch</i>, +se encuentran odaliscas arrastrando sus velos, españolas con mantilla, +ó pieles rojas con penachos de plumas, según es el <i>film</i> que está en +ejecución. Las figurantas van á sus casas á almorzar sin quitarse el +traje, por no perder tiempo.</p> + +<p>Sobre las vallas de los estudios se elevan, unas veces, la torre Eiffel, +si la obra transcurre en París, y otras, el palacio de los Dogas +venecianos ó los agudos minaretes de una mezquita oriental. Cuando el +fotógrafo termina de dar vueltas á la última película, los albañiles +demuelen estas sólidas construcciones de cemento para levantar otras +inmediatamente, cambiando el aspecto de la «ciudad-camaleón».</p> + +<p>Mina fué rectamente en busca de lo que le había atraído cuando estaba al +otro lado de la tierra. Avanzó con resolución, por lo mismo que estaba +segura de que le esperaba un cruel desengaño. Esta celebridad sería, +seguramente, como las otras.</p> + +<p>Una agencia de informes había puesto en movimiento sus detectives para +hacer conocer á la millonaria todo el pasado de «El rey de las +praderas».</p> + +<p>Lionel Gould—un nombre de teatro—había sido estudiante; pero su +afición á la vida intensa y á las novelas de aventuras le hicieron +abandonar la casa de sus padres á los diez y siete años, yéndose á Texas +para llevar la existencia ruda de los <i>cow-boys</i> que tantas veces había +admirado en los libros. A los veintidós años, otro cambio de aficiones. +El jinete de las llanuras, cansado de guardar vacas, se había hecho +actor, sufriendo la vida errante y no menos aventurera que llevan en los +Estados Unidos las gentes de teatro mediocres, saltando de pueblo en +pueblo para trabajar una noche nada más.</p> + +<p>El éxito universal de la cinematografía le sacó de pronto de esta +miserable situación. Todo lo que había aprendido en las praderas de +Texas le sirvió para su gloria artística. Ningún actor supo como él +montar á caballo, echar el lazo, batirse á puñetazos, manejar las armas. +Allá, entre vaqueros de verdad, había sido un discípulo mediocre, un +muchacho de la burguesía empeñado en hacerse <i>cow-boy</i> bajo la obsesión +de ciertas lecturas. En el cinematógrafo no tuvo rival, y fué al poco +tiempo «El rey de las praderas».</p> + +<p>Antes de los treinta años había juntado una fortuna considerable y su +nombre era famoso en la tierra entera.</p> + +<p>Un ayuda de cámara irlandés se encargaba de contestar, imitando su +firma, los centenares de cartas femeniles que llegaban semanalmente de +todos los extremos del planeta pidiendo á Gould un autógrafo +sentimental.</p> + +<p>Mina vió su casa, elegante edificio de madera, verde y blanco, entre +jardines siempre primaverales. Después lo vió á él, una tarde que +trabajaba en el interior del estudio cinematográfico, bajo una luz +lívida. «El rey de las praderas» se batía en aquellos momentos á +silletazos y tiros de revólver con todos los parroquianos de una taberna +del desierto.</p> + +<p>La primera impresión no fué buena. Miss Craven le vió alto, fornido, de +arrogantes movimientos, tal como lo había contemplado muchas veces en +los <i>films</i>, pero con la cara pintada de blanco, lo mismo que un +Pierrot. La luz lívida y sepulcral de los tubos de mercurio exigía esta +pintura de artista de circo.</p> + +<p>Pero Gould, impresionado por la presencia de la millonaria que era hija +del difunto Craven y tenía por tutor á Foster (padre), dos nombres +ilustres del Oeste, la saludó con una torpeza conmovedora. En su +confusión, lanzó la mirada, la famosa mirada de héroe niño que parecía +pedir auxilio, y Mina dejó de ver la cara cubierta de almidón, para +fijarse únicamente en sus ojos implorantes.</p> + +<p>Desde este día, el gran artista terminó más pronto sus trabajos, para ir +á Los Ángeles, donde miss Craven le había invitado á comer, ó para +acompañarla en sus interesantes paseos á la hora en que muere el sol.</p> + +<p>Lionel recitaba versos, estaba más enterado que Mina de las cosas +literarias, y ella acabó por admirarle como un espíritu delicado, como +un «alma romántica», capaz de llenar de poesía la existencia de una +mujer. Además, era «El rey de las praderas», el atleta irresistible que +ningún hombre podía domeñar.</p> + +<p>Una visita inesperada perturbó esta existencia idílica.</p> + +<p>Se presentó en el lujoso hotel de Los Ángeles Foster (hijo), con todo su +equipaje de escopetas y demás aparatos para la caza de bestias feroces.</p> + +<p>—¡Mi querida Mina! ¡Qué casualidad encontrarnos!... Vengo de Nueva +York, para embarcarme en San Francisco. Voy al Congo....</p> + +<p>Y ruborizándose por este absurdo rodeo geográfico, se apresuró á añadir:</p> + +<p>—Quiero cazar donde no cazó el coronel Roosevelt. Voy á correr los +países que él no visitó nunca.</p> + +<p>Un secreto instinto le avisaba, sin duda, el peligro, y venciendo esta +vez la cortedad de su carácter, manifestó sus deseos. Mina Craven y +James Foster (hijo) podían hacer una linda pareja. ¿Por qué no se +casaban?...</p> + +<p>El gesto de lástima simpática que puso ella fué para acobardar al más +valeroso cazador.</p> + +<p>—Yo sólo me casaré con un hombre célebre.</p> + +<p>Foster quiso protestar. Él no tenía la celebridad de un boxeador ó de un +cantante de ópera; pero era alguien. Los periódicos hablaban de él.</p> + +<p>—Yo sólo me casaré con un héroe—añadió Mina.</p> + +<p>James creyó necesario insistir en sus méritos. Hizo memoria de los +regalos enviados á Mina, especialmente de dos pieles de oso, enormes, +con unas cabezas que metían espanto. Él, completamente solo, los había +matado en Alaska.</p> + +<p>—¡Unos osos!—dijo ella, levantando los hombros—. Eso lo mata +cualquiera.... ¿Cuántos tigres ha cazado usted, James?...</p> + +<p>El hijo de Foster inclinó la cabeza. Apenas quedaban tigres en el mundo. +Él había pasado varios meses en la India, y, después de largas esperas, +gastos y penalidades, sólo había conseguido matar uno.</p> + +<p>—¡Un tigre nada más!...</p> + +<p>Mina sonrió otra vez de lástima. Ella conocía á un cazador que llevaba +matados más de treinta ante sus propios ojos, y no con largos +intervalos, sino todas las noches.</p> + +<p>Foster (hijo), como hombre práctico, abandonó inmediatamente sus +pretensiones, juzgándolas imposibles. «¡Adiós, Mina!» Ya no pensó en +sobrepasar las hazañas africanas de Roosevelt. Lo que deseaba era +tropezar en el Congo con un hipopótamo, un león ó cualquiera otra bestia +misericordiosa, que, al desgarrarlo en pequeños pedazos, le librase del +recuerdo de miss Craven la ingrata.</p> + +<p>Después de esta entrevista, la millonaria creyó necesario acelerar los +acontecimientos. Ella fué la que tomó la iniciativa, sabiendo que «El +rey de las praderas» se mostraba tímido en su presencia, quedando como +adormecido bajo el poder de sus ojos.</p> + +<p>—Ya estoy cansada de ser miss Craven. Ahora deseo ser mistress Gould. +¿Está usted conforme, Lionel?</p> + +<p>Aunque él hubiese dicho que no, Mina habría preparado lo mismo el +matrimonio.</p> + +<p>Llevando tras de ella al célebre Lionel, como si lo raptase, se marchó +á San Francisco para visitar á su tutor. Esta vez Foster (padre) estaba +en su despacho.</p> + +<p>—Le presento á mi futuro esposo. Me caso esta misma semana con «El rey +de las praderas».</p> + +<p>El millonario abrió la boca á impulsos de la sorpresa, mostrando todo el +oro y el marfil de su interior. Luego pensó que un hombre de negocios no +debe asombrarse nunca, y acabó por reír, con una carcajada ruidosa que +dejó visible otra vez toda la riqueza de su dentadura.</p> + +<p>—¡Original!... ¡Verdaderamente original!</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>IV</h2> + + +<p>Mina se consideró la mujer más feliz de la tierra. El escándalo de unas +amigas y los comentarios burlones de las otras fueron para ella un +motivo de orgullo.</p> + +<p>—¡Envidiosas!... ¡De qué buena gana me quitarían mi «rey de las +praderas»!</p> + +<p>Gould era aún más dichoso. Los millones de su esposa suponían poco en +esta felicidad. Él ganaba miles de dólares por semana.... Pero le +enorgullecía haberse casado, siendo un simple cómico, con la hija única +de Craven, llamado en vida «el Cristóbal Colón del petróleo».</p> + +<p>Un gran contento físico vino á confundirse, además, con este amor +admirativo.</p> + +<p>Gould estaba harto de sus compañeras de trabajo. Un convencionalismo de +la cinematografía americana, inventado no se sabe por quién, exige que +todos los actores sean grandes, y las artistas, liliputienses. Lionel, +que admiraba las hembras de su talla, tenía que trabajar con muñecas que +apenas le pasaban del codo, mujeres «de bolsillo», que podía meter en +cualquiera abertura de su traje.</p> + +<p>A su esposa, la esbelta y fuerte Mina, la besaba de frente, sin +necesidad de bajar la cabeza y doblar las vértebras. Además, las otras +iban pintadas de blanco, como payasos; llevaban pegadas á los párpados +unas tirillas erizadas de pelos, que fingían larguísimas pestañas, y en +los momentos de emoción se colocaban unas gotitas de glicerina, que +luego, en el film, resultaban lágrimas.... En cambio, la nueva mistress +Gould era de una esplendidez corporal, fresca y firme, que parecía +esparcir el perfume de los bosques cuando despiertan bajo el soplo de la +primavera. ¡Oh, adorada Mina!</p> + +<p>Se lanzaron á viajar por el mundo. Ella exigió que Lionel abandonase el +arte cinematográfico. Más adelante, ¿quién sabe?... Un hombre célebre se +debe á su celebridad. Pero, por el momento, «El rey de las praderas» +debía ser para ella únicamente.</p> + +<p>La vida conyugal no le trajo ninguna decepción. El célebre Gould fué, al +mismo tiempo, un marido enamorado y un servidor respetuoso. Además, +¡cómo se sentía ella protegida al lado del héroe! ¡Qué impresión de +orgullo y de seguridad cuando se abrazaba á él, percibiendo la fuerza +almacenada en su vigoroso organismo!...</p> + +<p>Muchas veces, al marchar apoyada en su brazo, tocaba amorosamente el +bíceps contraído. Era fuerte, pero no de un vigor extraordinario. Ella +había visto en los circos y en los pugilatos de boxeadores musculaturas +más poderosas. Pero inmediatamente pensaba en las hazañas de «El rey de +las praderas». La cinematografía tiene sus <i>trucs</i> y sus misterios, como +todas las cosas teatrales; pero la verdad siempre es la verdad, y ella +había visto á su Lionel levantar troncos enormes, agarrar á un enemigo y +arrojarlo por la ventana como si fuese un pañuelo, echar puertas +abajo....</p> + +<p>«Y es que el músculo—pensaba Mina—no lo es todo; vale más la energía +interior y misteriosa, que sólo poseen los héroes.» Su Lionel, +indudablemente, era á modo de una batería eléctrica, que en ciertos +momentos de excitación podía desenvolver una fuerza inmensa. Ella le +había visto batiéndose con ocho á la vez, y sabía hasta dónde era capaz +de llegar.</p> + +<p>—¡Oh, Lionel!... ¡Mi hércules adorado!</p> + +<p>Una noche, estando en Marsella de paso para Egipto, Mina quiso pasear +por el Puerto Viejo, á la luz de la luna. ¡Ver los buques antiguos del +Mediterráneo dormidos sobre las aguas de plata! ¡Creerse en tiempos de +la <i>Odisea</i> al contemplar las filas de pequeños veleros procedentes de +Grecia!...</p> + +<p>Los muelles desiertos resultaban peligrosos después de media noche. En +las callejuelas cercanas bullían rameras de la más extremada abyección, +juntas con negros, con marineros levantinos, con marroquíes é +indostánicos, con vagabundos de todo el planeta. Pero la millonaria no +conocía el miedo. Además, iba apoyada en el más fuerte de los brazos.</p> + +<p>Su cabellera de aurora, su andar majestuoso, el perfume que iban +sembrando sus pasos, el brillo de un diamante en su diestra +desenguantada, hicieron detenerse á sus espaldas á cuatro hombres +morenos, de robustez cuadrada y rostros inquietantes, que se consultaron +con voces roncas de ebrio.</p> + +<p>Gould sólo tuvo tiempo para abandonar el brazo de su mujer y girar +sobre sus talones, avisado por las palabras confusas de estos +vagabundos, que parecían ponerse de acuerdo.</p> + +<p>Los cuatro cayeron sobre él, que los recibió gallardamente con sus puños +poderosos.</p> + +<p>Mina quedó á pocos pasos, más curiosa que asustada, saboreando de +antemano la gran corrección que iban á recibir los bandidos. «El rey de +las praderas» terminaría la pelea en unos segundos.</p> + +<p>Pero el pobre «rey», después de defenderse con una arrogancia teatral, +sin vacilación alguna, seguro de su triunfo, vino al suelo tristemente, +como se derrumban al dar los primeros pasos en la existencia todos los +que han vivido una vida de ilusión.</p> + +<p>Tres de aquellos miserables siguieron golpeando al caído para rematarlo, +mientras el otro avanzaba hacia Mina con cierta indecisión, al ver que +no intentaba huir.</p> + +<p>Miss Craven, á pesar de sus fantasías, había conservado mucho del +espíritu práctico de su padre, y sabía todo lo que una persona previsora +no debe olvidar en sus viajes. Brilló en su diestra, salido no se sabe +de dónde, un juguete plateado, la última novedad para la defensa +personal: nueve tiros. Sonó una detonación, y el hombre se hizo atrás, +lanzando juramentos y llevándose una mano al pecho. Sonó un nuevo +disparo, y empezó á dar traspiés otro de los que estaban inclinados, +sobre Lionel dándole golpes. Siguió apretando el gatillo, y los tiros +hicieron desaparecer á aquellos facinerosos, unos corriendo, otros +balanceándose dolorosamente, mientras de las callejuelas cercanas +empezaba á salir gente. Mina se arrodilló junto á su marido.</p> + +<p>—¡Oh, Lionel! ¡Mi rey!... ¿Te han matado?</p> + +<p>Cuando, semanas después, pudieron salir de Marsella, la vida conyugal +era otra. Gould, todavía convaleciente de sus heridas, parecía sentir +vergüenza delante de su esposa. «¡No haber sabido defenderte!...», +decían sus ojos. Y lanzaba á continuación su mirada suplicante.</p> + +<p>Esta mirada devolvía á Mina un pálido recuerdo del antiguo afecto. Sólo +esta mirada era verdad. Todo lo demás del héroe, pura mentira. Su marido +resultaba un pobre muchacho, simple y bueno, necesitado de que lo +protegiesen. Ella lo defendería, como en la noche de Marsella. ¡Adiós, +amor! Sólo quedaba en la millonaria un afecto que tenía mucho de +maternal.</p> + +<p>Los dos, con la pesada tristeza del desengaño, se aburrieron en todas +partes, y acortaron su viaje para volver á los Estados Unidos.</p> + +<p>Creían adivinarse en los ojos sus respectivos pensamientos.</p> + +<p>—Se divorciará apenas lleguemos á Nueva York.... Mejor: volveré á +dedicarme á la cinematografía.</p> + +<p>Pero esto representaba para Gould un suplicio. ¡Separarse de Mina, á la +que amaba ahora más que antes, con la ternura de la gratitud y la +amargura del remordimiento!...</p> + +<p>Ella también pensaba en el divorcio.</p> + +<p>—¡Todo mentira!... Tendré que rehacer mi existencia con otro.</p> + +<p>Y empezó á pensar en África y en los continuadores de las cacerías de +Roosevelt.</p> + +<p>Al llegar á Nueva York, los periódicos hablaron de Mina por ser la +esposa del célebre Gould. Las amigas seguían envidiándole el «rey de las +praderas» y encontraban muy interesante su matrimonio. ¿Era prudente, +después de esto, abandonar á su buen mozo, para que lo agarrase otra +mujer?...</p> + +<p>La vida en intimidad resultaba triste y penosa. El recuerdo de aquella +noche se interponía entre los dos. El pobre «rey» conoció una reina que +no había sospechado nunca: injusta, rencorosa, sarcástica, propensa á +encontrar malo todo lo de su marido.</p> + +<p>Una mañana, á la hora del <i>breakfast</i>, por una discusión insignificante, +la misma mano que había disparado varios tiros en el Puerto Viejo de +Marsella agarró un plato y lo arrojó contra la cara del hombre célebre. +La porcelana se hizo pedazos, hiriéndole. Lionel se limpió la sangre de +una mejilla, y luego miró á su esposa con aquellos ojos de niño +abandonado é implorante.</p> + +<p>—¡Oh, mi rey!—gritó ella, refugiándose en sus brazos—. ¡Pobrecito +mío!... Perdóname; soy una loca. No te abandonaré nunca.</p> + +<p>Y durante todo el día, Gould conoció la más amorosa y sumisa de las +mujeres.</p> + +<p>Desde entonces la vida de los dos se desarrolló con violentas +alternativas: primeramente discusiones buscadas por ella, que terminaban +con golpes, y luego, tras la mirada implorante del esposo, la feliz +reconciliación. Hasta le permitió que volviese al arte cinematográfico, +siendo protagonista de varios <i>films</i>, cuyos argumentos se hacía relatar +ella anticipadamente. Su Lionel sólo debía aparecer en el círculo +luminoso realizando hazañas nunca vistas.</p> + +<p>Jamás había hablado con tanto entusiasmo de su esposo. Lo mismo en +presencia de él que estando á solas con sus amigas, hacía elogios del +héroe, ensalzando su fuerza irresistible, su valor temerario.</p> + +<p>Lionel Gould era siempre el mismo. Estaba orgullosa de llevar su nombre.</p> + +<p>Después de esto sonreía con verdadera satisfacción, halagada por +orgullosos pensamientos que nadie podía adivinar.</p> + +<p>Sí; su marido continuaba siendo el invencible, el único, «El rey de las +praderas», y con esto quedaba dicho todo.</p> + +<p>Pero ella, en su casa, le pegaba al «rey de las praderas».</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="NOCHE_SERVIA" id="NOCHE_SERVIA"></a><a href="#capitulos">NOCHE SERVIA</a></h2> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>I</h2> + + +<p>Las once de la noche. Es el momento en que cierran sus puertas los +teatros de París. Media hora antes, cafés y <i>restaurants</i> han echado +igualmente su público á la calle.</p> + +<p>Nuestro grupo queda indeciso en una acera del bulevar, mientras se +desliza en la penumbra la muchedumbre que sale de los espectáculos. Los +faroles, escasos y encapuchados, derraman una luz fúnebre, rápidamente +absorbida por la sombra. El cielo negro, con parpadeos de fulgor +sideral, atrae las miradas inquietas. Antes, la noche sólo tenía +estrellas; ahora puede ofrecer de pronto teatrales mangas de luz en cuyo +extremo amarillea el zepelín como un cigarro de ámbar.</p> + +<p>Sentimos el deseo de prolongar nuestra velada. Somos cuatro: un escritor +francés, dos capitanes servios y yo. ¿Adonde ir en este París obscuro, +que tiene cerradas todas sus puertas?... Uno de los servios nos habla +del <i>bar</i> de cierto hotel elegante, que continúa abierto para los +huéspedes del establecimiento. Todos los oficiales que quieren +trasnochar se deslizan en él como si fuesen de la casa. Es un secreto +que se comunican los hermanos de armas de diversas naciones cuando pasan +unos días en París.</p> + +<p>Entramos cautelosamente en el salón, profusamente iluminado. El tránsito +es brusco de la calle obscura á este <i>hall</i>, que parece el interior de +un enorme fanal, con sus innumerables espejos reflejando racimos de +ampollas eléctricas. Creemos haber saltado en el tiempo, cayendo dos +años atrás. Mujeres elegantes y pintadas, champaña, violines que gimen +las notas de una danza de negros con el temblor sentimental de las +romanzas desgarradoras. Es un espectáculo de antes de la guerra. Pero en +la concurrencia masculina no se ve un solo frac.</p> + +<p>Todos los hombres llevan uniformes—oficiales franceses, belgas, +ingleses, rusos, servios—, y estos uniformes son polvorientos y +sombríos. Los violines los tocan unos militares británicos, que +contestan con sonrisas de brillante marfil á los aplausos y aclamaciones +del público. Sustituyen á los antiguos ziganos de casaca roja. Las +mujeres señalan á uno de ellos, repitiéndose el nombre del padre, lord +célebre por su nobleza y sus millones. «Gocemos locamente, hermanos, que +mañana hemos de morir.»</p> + +<p>Y todos estos hombres, que han colgado su vida como ofrenda en el altar +de la diosa pálida, beben la existencia á grandes tragos, ríen, copean, +cantan y besan con el entusiasmo exasperado de los marinos que pasan una +noche en tierra y al romper el alba deben volver al encuentro de la +tempestad.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>II</h2> + + +<p>Los dos servios son jóvenes y parecen satisfechos de que las aventuras +de su patria les hayan arrastrado hasta París, ciudad de ensueño que +tantas veces ocupó su pensamiento en la bárbara monotonía de una +guarnición del interior.</p> + +<p>Ambos «saben relatar», habilidad ordinaria en un país donde casi todos +son poetas. Lamartine, al recorrer hace tres cuartos de siglo la Servia +feudataria de los turcos, quedó asombrado de la importancia de la poesía +en este pueblo de pastores y guerreros. Como muy pocos conocían el +abecedario, emplearon el verso para guardar más estrechamente las ideas +de su memoria. Los «guzleros» fueron los historiadores nacionales, y +todos prolongaron la <i>Ilíada</i> servia improvisando nuevos cantos.</p> + +<p>Mientras beben champaña, los dos capitanes evocan las miserias de su +retirada hace unos meses; la lucha con él hambre y el frío; las batallas +en la nieve, uno contra diez; el éxodo de las multitudes, personas y +animales en pavorosa confusión, al mismo tiempo que á la cola de la +columna crepitan incesantemente fusiles y ametralladoras; los pueblos +que arden; los heridos y rezagados aullando entre llamas; las mujeres +con el vientre abierto, viendo en su agonía una espiral de cuervos que +descienden ávidos; la marcha del octogenario rey Pedro, sin más apoyo +que una rama nudosa, agarrotado por el reumatismo, y continuando su +calvario á través de los blancos desfiladeros, encorvado, silencioso, +desafiando al destino como un monarca shakespiriano.</p> + +<p>Examino á mis dos servios mientras hablan. Son mocetones carnosos, +esbeltos, duros, con la nariz extremadamente aguileña, un verdadero pico +de ave de combate. Llevan erguidos bigotes. Por debajo de la gorra, que +tiene la forma de una casita con doble tejado de vertiente interior, se +escapa una media melena de peluquero heroico. Son el hombre ideal, el +«artista», tal como lo veían las señoritas sentimentales de hace +cuarenta años, pero con uniforme color de mostaza y el aire tranquilo y +audaz de los que viven en continuo roce con la muerte.</p> + +<p>Siguen hablando. Relatan cosas ocurridas hace unos meses, y parece que +recitan las remotas hazañas de Marko Kralievitch, el Cid servio, que +peleaba con las <i>wilas</i>, vampiros de los bosques, armadas de una +serpiente á guisa de lanza. Estos hombres que evocan sus recuerdos en un +<i>bar</i> de París han vivido hace unas semanas la existencia bárbara é +implacable de la humanidad en su más cruel infancia.</p> + +<p>El amigo francés se ha marchado. Uno de los capitanes interrumpe su +relato para lanzar ojeadas á una mesa próxima. Le interesan, sin duda, +dos pupilas circundadas de negro que se fijan en él, entre el ala de un +gran sombrero empenachado y la pluma sedosa de un boa blanco. Al fin, +con irresistible atracción, se traslada de nuestra mesa á la otra. Poco +después desaparece, y con él se borran el sombrero y el boa.</p> + +<p>Me veo á solas con el capitán más joven, que es el que menos ha hablado. +Bebe; mira el reloj que está sobre el mostrador. Vuelve á beber. Me +examina un momento con esa mirada que precede siempre á una confidencia +grave. Adivino su necesidad de comunicar algo penoso que le atormentaba +memoria con una gravitación de suplicio. Mira otra vez el reloj. La una.</p> + +<p>—Fué á esta misma hora—dice sin preámbulo, saltando del pensamiento á +la palabra para continuar un monólogo mudo—. Hoy hace cuatro meses.</p> + +<p>Y mientras él sigue hablando, yo veo la noche obscura, el valle cubierto +de nieve, las montañas blancas, de las que emergen hayas y pinos +sacudiendo al viento las vedijas algodonadas de su ramaje. Veo también +las ruinas de un caserío, y en estas ruinas el extremo de la retaguardia +de una división servia que se retira hacia la costa del Adriático.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>III</h2> + + +<p>Mi amigo manda el extremo de esta retaguardia, una masa de hombres que +fué una compañía y ahora es una muchedumbre. A la unidad militar se han +adherido campesinos embrutecidos por la persecución y la desgracia, que +se mueven como autómatas y á los que hay que arrear á golpes; mujeres +que aullan arrastrando rosarios de pequeñuelos; otras mujeres, morenas, +altas y huesudas, que callan con trágico silencio, é inclinándose sobre +los muertos les toman el fusil y la cartuchera.</p> + +<p>La sombra se colora con la pincelada roja y fugaz del disparo surgiendo +de las ruinas. De las profundidades lóbregas contestan otros fulgores +mortales. En el ambiente negro zumban los proyectiles, invisibles +insectos de la noche.</p> + +<p>Al amanecer será el ataque arrollador, irresistible. Ignoran quién es +el enemigo que se va amasando en la sombra. ¿Alemanes, austríacos, +búlgaros, turcos?... ¡Son tantos contra ellos!</p> + +<p>—Debíamos retroceder—continúa el servio—, abandonando lo que nos +estorbase. Necesitábamos ganar la montaña antes de que viniese el día.</p> + +<p>Los largos cordones de mujeres, niños y viejos se habían sumido ya en la +noche, revueltos con las bestias portadoras de fardos. Sólo quedaban en +la aldea los hombres útiles, que hacían fuego al amparo de los +escombros. Una parte de ellos emprendió á su vez la retirada. De pronto, +el capitán sufrió la angustia de un mal recuerdo.</p> + +<p>—¡Los heridos! ¿Qué hacer de ellos?...</p> + +<p>En un granero de techo agujereado, tendidos en la paja, había más de +cincuenta cuerpos humanos sumidos en doloroso sopor ó revolviéndose +entre lamentos. Eran heridos de los días anteriores que hablan logrado +arrastrarse hasta allí; heridos de la misma noche, que restañaban la +sangre fresca con vendajes improvisados; mujeres alcanzadas por las +salpicaduras del combate.</p> + +<p>El capitán entró en este refugio, que olía á carne descompuesta, sangre +seca, ropas sucias y alientos agrios. A sus primeras palabras, todos los +que conservaban alguna energía se agitaron bajo la luz humosa del único +farol. Cesaron los quejidos. Se hizo un silencio de sorpresa, de pavor, +como si estos moribundos pudiesen temer algo más grave que la muerte.</p> + +<p>Al oír que iban á quedar abandonados á la clemencia del enemigo, todos +intentaron un movimiento para incorporarse; pero los más volvieron á +caer.</p> + +<p>Un coro de súplicas desesperadas, de ruegos dolorosos, llegó hasta el +capitán y los soldados que le seguían....</p> + +<p>—¡Hermanos, no nos dejéis!... ¡Hermanos, por Jesús!</p> + +<p>Luego reconocieron lentamente la necesidad del abandono, aceptando su +suerte con resignación. ¿Pero caer en manos de los adversarios? ¿Quedar +á merced del búlgaro ó el turco, enemigos de largos siglos?... Los ojos +completaron lo que las bocas no se atrevían á proferir. Ser servio +equivale á una maldición cuando se cae prisionero. Muchos que estaban +próximos á morir temblaban ante la idea de perder su libertad.</p> + +<p>La venganza balkánica es algo más temible que la muerte.</p> + +<p>—¡Hermano!... ¡hermano!...</p> + +<p>El capitán, adivinando los deseos ocultos en estas súplicas, evitaba el +mirarles.</p> + +<p>—¿Lo queréis?—preguntó varias veces.</p> + +<p>Todos movieron la cabeza afirmativamente. Ya que era preciso este +abandono, no debía alejarse la retaguardia dejando á sus espaldas un +servio con vida.</p> + +<p>¿No hubiera suplicado el capitán lo mismo al verse en idéntica +situación?...</p> + +<p>La retirada, con sus dificultades de aprovisionamiento, hacía escasear +las municiones. Los combatientes guardaban avaramente sus cartuchos.</p> + +<p>El capitán desenvainó el sable. Algunos soldados habían empezado ya el +trabajo empleando las bayonetas, pero su labor era torpe, desmañada, +ruidosa: cuchilladas á ciegas, agonías interminables, arroyos de sangre. +Todos los heridos se arrastraban hacia el capitán, atraídos por su +categoría, que representaba un honor, y admirados de su hábil prontitud.</p> + +<p>—¡A mí, hermano!... ¡A mi!</p> + +<p>Teniendo hacia fuera el filo del sable, los hería con la punta en el +cuello, buscando partir la yugular del primer golpe.</p> + +<p>—<i>¡Tac!... ¡tac!...</i>—marcaba el capitán, evocando ante mi esta escena +de horror.</p> + +<p>Acudían arrastrándose sobre manos y pies; surgían como larvas de las +sombras de los rincones; se apelotonaban contra sus piernas. Él había +intentado volver la cara para no presenciar su obra; los ojos se le +llenaban de lágrimas.... Pero este desfallecimiento sólo servía para +herir torpemente, repitiendo los golpes y prolongando el dolor. +¡Serenidad! ¡Mano fuerte y corazón duro!... <i>¡Tac!... ¡tac!...</i></p> + +<p>—¡Hermano, á mi!... ¡A mí!</p> + +<p>Se disputaban el sitio, como si temieran la llegada del enemigo antes de +que el fraternal sacrificador finalizase su tarea. Habían aprendido +instintivamente la postura favorable. Ladeaban la cabeza para que el +cuello en tensión ofreciese la arteria rígida y visible á la picadura +mortal. «¡Hermano, á mí!» Y expeliendo un caño de sangre se recostaban +sobre los otros cuerpos, que iban vaciándose lo mismo que odres rojos.</p> + +<hr style='width: 45%;' /> + +<p>El <i>bar</i> empieza á despoblarse. Salen mujeres apoyadas en brazos con +galones, dejando detrás de ellas una estela de perfumes y polvos de +arroz. Los violines de los ingleses lanzan sus últimos lamentos, entre +risas de alegría infantil.</p> + +<p>El servio tiene en la mano un pequeño cuchillo sucio de crema, y con el +gesto de un hombre que no puede olvidar, que no olvidará, nunca, sigue +golpeando maquinalmente la mesa.... <i>¡Tac!... ¡tac!...</i></p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="LAS_PLUMAS_DEL_CABURE" id="LAS_PLUMAS_DEL_CABURE"></a><a href="#capitulos">LAS PLUMAS DEL CABURÉ</a></h2> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>I</h2> + + +<p>Morales iba á seguir disparando su mauser, pero Jaramillo, que estaba, +como él, con una rodilla en tierra y la cara apoyada en la culata del +fusil, le dijo á gritos, para dominar con su voz el estruendo de las +descargas:</p> + +<p>—Es inútil que tires; no lo matarás. Ese hombre tiene un <i>payé</i> de gran +poder.</p> + +<p>Habían desembarcado, cerca de media noche, en el muelle de la ciudad. +Dos vaporcitos los habían transbordado de la otra orilla del río Paraná. +Eran poco más de cien hombres, reclatados en el Paraguay ó en la +gobernación del Chaco, casi todos ellos hijos del Estado de Corrientes, +que andaban errantes, fuera de su país, por aventuras políticas ó de +amor. Mezclados con estos rebeldes autóctonos iban unos cuantos hombres +de acción, amadores del peligro por el peligro, que se trasladaban de +una á otra de las provincias excéntricas de la Argentina, allí donde era +posible que surgiesen revoluciones.</p> + +<p>Confiando en la audacia inverosímil que representaba este golpe de mano, +en la sorpresa que iban á sufrir los adversarios, avanzaron por las +calles como por un terreno conocido, dirigiéndose al cuartel de la +policía. Los vecinos que tomaban el fresco ante sus casas saltaban de +las sillas y desaparecían, adivinando lo que significaba este rápido +avance de hombres armados.</p> + +<p>Cuando los invasores llegaron frente al cuartel, vieron cómo se cerraban +sus puertas y cómo salían de sus ventanas los primeros fogonazos. ¡Golpe +errado! Pero nadie pensó en huir. Porque la sorpresa fracasase, no iban +á privarse del gusto de seguir cambiando tiros con los aborrecidos +contrarios.</p> + +<p>—¡Viva el doctor Sepúlveda! ¡Abajo el gobierno usurpador!</p> + +<p>Y repartidos en grupos ocuparon todas las bocacalles que daban á la +plaza, disparando contra el cuartel.</p> + +<p>Un hombre gordo y obscuro de color, oficial de la policía, se mostraba +en una de las ventanas con una tranquilidad asombrosa. Extendiendo un +brazo, disparaba su revólver contra los rebeldes:</p> + +<p>—¡Canallas! ¡Hijos de...tal! ¡Perros!</p> + +<p>Luego, sacando otro brazo, disparaba el segundo revólver, se metía +adentro para cargar sus armas y volvía á aparecer.</p> + +<p>La mayor parte de los asaltantes parecieron olvidar el motivo político +que los había traído hasta allí. Ya no pensaban en el «gobierno +usurpador» ni en asaltar el cuartel. Toda su atención la concentraron en +aquel hombre que seguía insultándoles sin tomar precauciones. Llovían +las balas en torno de su persona, pero ni una sola lograba tocarle.</p> + +<p>—No gastes tus cartuchos, hermano—continuó Jaramillo, con una +expresión fatalista—. Ese hombre posee un talismán, un <i>payé</i> que le +hace invulnerable como el diablo.... ¿Quién sabe si lleva en el pecho +alguna pluma de caburé?</p> + +<p>Morales cesó de disparar. Tenía una ciega confianza en la sabiduría de +su compañero. Además, conocía desde su niñez el poder de una pluma de +caburé.</p> + +<p>—¡Viva el partido blanco! ¡Abajo Sepúlveda! ¡Mueran los colorados!</p> + +<p>Era el refuerzo enemigo que llegaba. Sonaron nuevos tiros en el fondo de +las calles. Pasada la primera sorpresa, acudían las otras fuerzas del +gobierno en socorro del cuartel.</p> + +<p>—Esto se acabó. Hay que retirarse—dijo Jaramillo.</p> + +<p>Los dos camaradas corrieron hacia el muelle, doblando el cuerpo para +hacerse más pequeños ante las balas con que los perseguía el enemigo. +Otros siguieron defendiéndose rudamente á sus espaldas.</p> + +<p>Llegaron al puerto á tiempo para ver cómo uno de los vaporcitos huía río +arriba, perdiéndose en la noche, y cómo el otro empezaba á apartarse del +muelle de madera. Esto no extrañó á Jaramillo.</p> + +<p>—¡Qué puede esperarse de extranjeros, de <i>gringos</i> que carecen de +fervor político y no son del partido!...</p> + +<p>Es natural, tratándose de dos capitanes genoveses.</p> + +<p>Pero él y Morales, con su agilidad de hijos de la selva, saltaron en el +vacío negro, cayendo precisamente sobre el borde de la cubierta +fugitiva. Unos milímetros menos, y se perdían en el agua lóbrega poblada +de caimanes.... ¡Que Dios protegiese á los valientes que se quedaban en +tierra!</p> + +<p>Cuando las luces del puerto empezaron á borrarse en la obscuridad, +Jaramillo, considerándose seguro, empezó á formular sus protestas.</p> + +<p>—¿A quién se le ocurre hacer revoluciones á media noche?... Es la peor +de las horas, cuando todo el mundo vive y está despierto. Eso podrá ser +en los países donde hace frío y la gente se acuesta temprano, ¿pero +aquí?... Aquí, la hora mejor para la revolución es la una de la tarde.</p> + +<p>Todos los oyentes aprobaron con gestos silenciosos. Desembarcando á la +hora de la siesta, habrían entrado por las calles sin que nadie los +viese, lo mismo que á través de una ciudad muerta; habrían sorprendido +el cuartel, matando á la guardia, que seguramente estaría tendida á la +sombra y roncando.</p> + +<p>—Es una locura—continuó Jaramillo—intentar ataques de noche en un +país como el nuestro. No hay mas que acordarse de lo que pasa en la +selva.</p> + +<p>Como todos eran hijos de la selva, persistieron en sus muestras de +aprobación. Durante las horas de sol y de calor era cuando la selva +dormía, sin un estremecimiento, sin un latido, con una calma de tumba. +Luego, al morir la tarde, despertaba la vida; los insectos empezaban á +zumbar, los pájaros sacudían sus alas, los cuadrúpedos estiraban sus +patas, y en la sombra todos se agitaban para ofender ó para defenderse, +para devorar ó ser devorados. La vida renacía con el fresco de la noche, +reanudando sus aventuras y sus tragedias.</p> + +<p>Morales admiró una vez más la sabiduría de su amigo. Era hijo de un +brujo y había heredado muchos de los secretos paternales.</p> + +<p>A veces, esta vida nocturna de la selva se paralizaba con una larga +pausa de angustioso silencio.</p> + +<p>Era porque rondaba cerca el jaguar, el tigre americano, de piel pintada +á redondeles, al que los indios guaraníes, en su lenguaje, apodan «el +Señor».</p> + +<p>Otras veces, el silencio tenía un motivo más claro y determinado. Un +grito estridente rasgaba la lobreguez, un alarido feroz, que hacía +estremecer á los que lo escuchaban. Este grito inmenso salía de la +garganta de un pájaro poco más grande que el puño, una especie de +mochuelo del tamaño de un pichón de cría. Todas las bestias, las que +vuelan, las que corren y las que se arrastran, se echaban á temblar +cuando oían este alarido.</p> + +<p>Morales no había logrado ver nunca al pájaro diminuto, soberano de la +selva, pero lo conocía de fama desde su niñez.</p> + +<p>Tenía por armas su pico, un terrible pico fuerte como el acero mejor +templado, y una infernal mala intención. Allí donde clavaba su arma +abría orificio, y el golpe iba dirigido siempre á la cabeza del +adversario, devorando inmediatamente su cerebro al descubierto. No había +cráneo que pudiera resistir á sus perseverantes picotazos, iguales á +golpes de barreno. Atacaba al toro, al tigre, al caimán, blindado de +planchas duras como un navío de guerra.</p> + +<p>Este volátil pequeño y de malicia diabólica era el caburé.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>II</h2> + + +<p>Morales y Jaramillo debían tal vez sus apellidos y la poca sangre +europea que corría por sus venas á dos conquistadores españoles llegados +al país siglos antes; pero en realidad eran dos mestizos guaraníes, +pequeños, ágiles, débiles de miembros aparentemente, y con una +resistencia asombrosa para la fatiga y las privaciones.</p> + +<p>Unidos por una amistad fraternal, se presentaban juntos á buscar trabajo +en las cortas de árboles, en las explotaciones de hierba <i>mate</i> ó en los +desmontes de un ferrocarril que estaban construyendo los <i>gringos</i>.</p> + +<p>Trabajaban con verdadero furor, como si se peleasen á muerte con un +enemigo. Los capataces recién llegados de Europa parecían asombrados. ¿Y +aún dicen que los indios son perezosos?... Pero al cobrar el jornal de +la semana desaparecían, y sus protectores y admiradores los esperaban en +vano todo el lunes siguiente. Sólo cuando quedaba consumido el último +centavo en las tabernas donde hay acordeón y baile, pensaban en reanudar +el maldecido trabajo.</p> + +<p>Las beldades cobrizas, descalzas, de gruesa trenza entre los omoplatos y +falda blanca ó de color rosa, se asomaban á las puertas de sus ranchos +para verlos pasar. Llevaban el calzón claro sujeto al tobillo por ligas +de piel, los pies metidos en danzantes babuchas, un poncho avellanado +cubriendo el busto, y un pañuelo rojo en el cuello. Este último era para +ellos el detalle más precioso de su indumentaria. Podrían ir rotos y con +las carnes más secretas al aire, pero sin un pañuelo rojo, ¡nunca! Era +la señal del partido, el símbolo de los «colorados», así como los otros, +los adversarios, llevaban siempre en el cuello un pañuelo blanco.</p> + +<p>Los dos traían bajo el brazo sus espadas; no espadas viejas y con +agarrador de madera, como los pobretones, sino con empuñadura de +coruscante dorado y vaina de cuero, iguales á las que usaban los +guardias municipales de la ciudad. De sus remotos ascendientes de la +conquista les quedaba un amor irresistible á la espada. Las armas de +fuego eran buenas para las revoluciones. Las querellas de amor y de +bebida debían ventilarse, tizona en mano, á espaldas de la taberna.</p> + +<p>Con el enfundado acero bajo el brazo, envueltos en su poncho y levantada +el ala del fieltro sobre la frente, parecían dos caricaturas de los +hidalgos de capa y espada, sus legítimos abuelos.</p> + +<p>Cuando la policía visitaba los bailes indígenas, ocultaban ellos sus +armas metiéndoselas en la faja, á lo largo del calzoncillo, lo que les +obligaba á continuar la danza con una pierna rígida, lo mismo que si +estuviesen paralíticos.</p> + +<p>Un día, en uno de estos bailes, Morales, que era el menos listo de los +dos pero el más dispuesto á la pelea, metió su espada por el vientre de +cierto individuo que se empeñaba en danzar con la misma moza que él, +echándole las tripas afuera.</p> + +<p>—Aquí no ha pasado nada. ¡Siga la fiesta!</p> + +<p>Se llevaron al muerto. Su familia se encargaría de levantarle una +capillita al borde del camino y de ponerle cirios todas las noches. Un +simple incidente; algo que se ve todos los días.</p> + +<p>Pero la policía entrometida no quiso aceptar el suceso con la misma +calma que la gente, y prendió á Morales.</p> + +<p>—Una venganza política—dijo éste al entrar en la cárcel—. Bien se ve +que mandan los usurpadores. ¡Como soy colorado!...</p> + +<p>Al registrarlo en presencia del juez, encontraron que debajo de sus +ropas llevaba el cuerpo cubierto de plumas de avestruz. Jaramillo hacía +lo mismo. Era un secreto de su padre el brujo; el mejor medio para +vencer en agilidad á los enemigos.</p> + +<p>Le dió rabia ver cómo reía el juez ante tal descubrimiento. Todos los +abogados jóvenes, que habían estudiado en Buenos Airea y despreciaban á +los nativos, eran unos ignorantes.</p> + +<p>—A no ser por estas plumas, doctor—dijo Morales—, el difunto tal vez +me habría matado. Mire cómo fui yo el más ligero y le clavé por el +vientre.</p> + +<p>Le quitaron las plumas, le quitaron la espada, é iban á quitarle la +libertad durante un buen número de años, por ser el muerto de los del +pañuelo blanco, cuando Morales se escapó de la penitenciaría, +refugiándose en el Paraguay, cuya frontera sólo está á dos horas de +distancia.</p> + +<p>Jaramillo, que andaba desorientado durante su ausencia, quiso seguirle, +y para justificar la fuga y no ser menos que su amigo, mató á otro +«pañuelo blanco» antes de pasar á la vecina nación.</p> + +<p>Trabajaron en los llamados «hierbales» donde se cosecha el <i>mate</i>, té +del país puesto de moda por los jesuítas en otros tiempos, cuando +gobernaban la República teocrática de las Misiones, fundada por ellos +entre el Brasil, el Paraguay y la Argentina.</p> + +<p>Deseosos de volver á su patria, los dos interrumpieron su trabajo +repetidas veces para tomar parte en las intentonas revolucionarias del +partido. El grande hombre de los «colorados», el doctor Sepúlveda, vivía +tranquilamente en Buenos Aires, esperando el momento de regenerar su +provincia. Mientras tanto, los partidarios del doctor hacían toda clase +de esfuerzos para lograr su triunfo: revoluciones de día, revoluciones +de noche; sublevaciones en la ciudad, sublevaciones en el campo.</p> + +<p>La gente de Buenos Aires apenas prestaba atención á estas hazañas y +revueltas en la lejanísima provincia. ¡La Argentina es tan grande! +Además, todo esto ocurría en un extremo del país, vecino al Brasil y al +Paraguay; en una tierra que es argentina políticamente, pero por la raza +es más bien paraguaya, y cuyos habitantes hablan generalmente el +guaraní.</p> + +<p>Después del sangriento fracaso de aquella intentona nocturna, los dos +volvieron á trabajar en el Paraguay, en la recolección del <i>mate</i>. Ellos +eran los más inmediatos consumidores, pues sentados al borde del gran +rio en las horas de descanso, chupaban incesantemente el canuto hundido +en la pequeña calabaza rellena de hierba olorosa y de agua caliente que +sostenían en una mano.</p> + +<p>Hablaban de la tierra natal con voz lenta y entornando los ojos, como si +fueran á dormirse. Algunas veces, la conversación recaía sobre Jaramillo +padre y su prodigiosa ciencia.</p> + +<p>—Yo le vi—decía Morales con respeto—curar á los enfermos en menos que +se reza un credo. Les chupaba la parte enferma ó ponía la boca en su +boca, aspirando su aliento. Luego escupía un gusano, una piedra, una +culebra pequeña ó una araña. Era la enfermedad que acababa de sacarles +del cuerpo.... Algunos se morían; pero era porque les faltaba paciencia +para esperar la curación y llamaban al médico.</p> + +<p>—El mejor de sus secretos—insinuaba Jaramillo—es el que cura la +mordedura de las víboras. Me lo reveló poco antes de morir. Vale más que +una herencia de muchas talegas de onzas de oro.</p> + +<p>—Dímelo, hermano—suplicaba Morales.</p> + +<p>Su amigo parecía sobresaltarse.</p> + +<p>—No lo esperes. Únicamente se puede revelar el secreto el día de +Viernes Santo. Si lo cuento otro día, perderé mi poder curativo hasta el +Viernes Santo del año siguiente.</p> + +<p>Pero Morales empezó á importunar á su compañero con una tenacidad +infantil durante semanas y semanas. Se acordaba de haber visto operar á +Jaramillo padre cierto día que un vecino había regresado á su rancho con +el brazo hinchado y negro por la mordedura de una serpiente. El brujo le +había puesto unos remedios enérgicos sobre la herida, murmurando luego +una invocación misteriosa sobre el reptil, muerto de un garrotazo.</p> + +<p>Tú no eres un buen compañero—decía Morales con tristeza—. Yo te miro +como mi única familia, y tú guardas secretos conmigo.</p> + +<p>Jaramillo no quería quedarse desarmado por su indiscreción. ¿Y si le +mordía á Morales uno de estos bichos venenosos al andar descalzo por los +hierbales?...</p> + +<p>—No hay miedo—decía el otro—. Acuérdate que me diste unas ligas de +piel de anta, y las víboras huyen de mis pies al percibir el olor de +este cuero.</p> + +<p>Al fin, una tarde, Jaramillo hizo un esfuerzo, sacrificándose por la +amistad.</p> + +<p>—Ya que lo quieres....</p> + +<p>Y cerrando los ojos le reveló el gran secreto. No había mas que +inclinarse sobre la serpiente muerta y decirle en voz baja: «No eres +víbora, que eres grillo.»</p> + +<p>Inmediatamente el veneno perdía su poder ponzoñoso dentro del cuerpo de +la víctima.</p> + +<p>—¿Nada más?—preguntó Morales con visible decepción—. ¿Eso es todo?</p> + +<p>Eso era todo. Pero las palabras había que decirlas en guaraní. Las +serpientes, por ser del país, no pueden entender el español, lengua de +Buenos Aires.</p> + +<p>—Y ahora—terminó con melancolía Jaramillo—tendré que esperar hasta, +el próximo Viernes Santo.</p> + +<p>De pronto empezó á hacer frecuentes viajes á Asunción, la capital del +Paraguay. Su amigo, alarmado por estas ausencias, le obligó á confesar +la causa.</p> + +<p>—Lo he visto—dijo Jaramillo misteriosamente.</p> + +<p>Aunque no dió el nombre de lo que había visto, bastó el tono de su voz +para que Morales adivinase á quién se refería.</p> + +<p>Era el caburé. No podía ser otro. Los dos hablaban con frecuencia de él.</p> + +<p>¡Quién tuviera una pluma de caburé, para ser invulnerable y por lo +mismo el hombre más valeroso de la tierra!... Hasta el mismo Jaramillo +padre, con toda su sabiduría, no había conseguido ver nunca un caburé en +sus manos. Era muy difícil apoderarse de él. Por esto repitió el hijo, +con una expresión de orgullo:</p> + +<p>—Lo he visto: como te veo á ti.</p> + +<p>Su poseedor era un <i>gringo</i> que vivía en Asunción sin más objeto que +estudiar los animales y las plantas del país; un doctor alemán, gordo, +rubicundo, de gafas doradas, muy amigo de bromear con las gentes simples +del campo, para sonsacarles noticias. En el patio de su casa, que era +tan grande como un claustro de convento, tenía numerosos pájaros y +cuadrúpedos, y en mitad de él, ocupando una jaula especial, como rey de +esta pequeño é inquieto mundo, al que podía hacer enmudecer con sólo un +grito, estaba el caburé.</p> + +<p>Al encontrar el doctor varias veces á Jaramillo inmóvil en la puerta de +su casa, mirando desde el otro lado de la cancela al famoso pájaro, le +había hecho pasar para mostrárselo de cerca.</p> + +<p>—¡Qué joya! ¿eh?...—decia con orgullo—. Me cuesta más oro que pesa. +Es una verdadera casualidad tener uno vivo.</p> + +<p>Pero daba por bien empleados sus sacrificios pensando en el volumen de +ochocientas páginas que iba á escribir, para Berlín, sobre el caburé y +sus costumbres, libro que le valdría el premio de varias Academias.</p> + +<p>A los dos amigos se les ocurrió lo mismo: robar la prodigiosa bestia ó +llevarse cuando menos algunas de sus plumas.</p> + +<p>El golpe sólo podía darse á la hora de la siesta. Jaramillo amaba esta +hora como la más segura. Morales se quedaría en la calle para auxiliar á +su compañero. ¿Quién puede adivinar lo futuro? Tal vez gritase el +alemán, y fuese preciso matarlo. ¡Una vida menos significa tan poco!...</p> + +<p>Entró Jaramillo en la casa saltando la tapia del patio trasero. Luego se +deslizó, con los pies descalzos, por los frescos corredores, sin +producir ruido alguno. Al pasar junto á una puerta oyó ronquidos. El +alemán, deseoso de amoldarse en todo á las costumbres del país, dormía +la siesta.</p> + +<p>El mestizo salió al patio grande, deteniéndose frente á la jaula del +centro, rodeada de arbustos con flores enormes, rojas y de cinco puntas, +llamadas «estrella federal».</p> + +<p>Allí estaba la célebre bestia: una especie de mochuelo diminuto, de pico +breve y encorvado. Se miraron fijamente, lo mismo que si fuesen á +entablar un combate. Los ojos redondos del animal, unos ojos de oro con +una cuenta negra en el centro, contemplaron al hombre ferozmente. Luego +parpadearon, como vencidos por la mirada humana.</p> + +<p>Jaramillo no quiso perder tiempo. Con una contorsión de muñeca arrancó +el candado de la jaula. Luego avanzó la diestra audazmente, y á pesar de +su deseo de mantenerse silencioso, lanzó un rugido.</p> + +<p>—¡Ah, pájaro del diablo!...</p> + +<p>Tenía un dedo atravesado de parte á parte. No era un picotazo; era una +puñalada. Un berbiquí ardiente acababa de perforarle la carne y el +hueso.</p> + +<p>Sobreponiéndose al dolor, cerró la mano ensangrentada para aprisionar á +su enemigo. Deseaba ahogarlo y al mismo tiempo no quería oprimirle de +una manera mortal, pues la pluma del caburé sólo conserva sus milagrosas +cualidades cuando ha sido arrancada estando la bestia viva.</p> + +<p>Con la otra mano libre le despojó de las plumas de atrás, y el animal +lanzó un alarido al mismo tiempo que repetía su picotazo.</p> + +<p>El grito espeluznante fué seguido de un profundo silencio. Los animales +del patio callaron medrosos, ocultándose en lo más profundo de sus +viviendas. Pareció que se inmovilizaba la vida en todo el barrio.</p> + +<p>A impulsos del dolor, el mestizo había arrojado al caburé contra el +suelo de la jaula, huyendo luego hacia la calle. El pájaro, viendo la +jaula abierta, saltó fuera de ella como si pretendiese perseguir á su +enemigo; pero después torció de rumbo, subiéndose al alero del tejado +para desaparecer finalmente.</p> + +<p>Jaramillo descorrió el cerrojo de la cancela, saliendo á la calle. Allí +le esperaba su fiel Morales. No llevaba espada—esta expedición era de +las de arma corta—; pero tenía la mano puesta por debajo del poncho en +el puño de una faca, por lo que pudiera ocurrir.</p> + +<p>—¿Qué es eso, hermano?—preguntó al ver la diestra ensangrentada de su +compañero—. ¿Quién te ha herido?</p> + +<p>El otro levantó los hombros con indiferencia, limitándose á mostrarle +tres plumas pequeñas que llevaba entre los dedos.</p> + +<p>Desde aquella tarde cambió radicalmente la vida de los dos. Jaramillo +tuvo que ir en busca de un curandero amigo de su padre. Su dedo herido +se había puesto negro, y era preciso cortarlo para que la podredumbre +venenosa no le llegase al corazón. El mago indígena afiló en una piedra +el mismo cuchillo de que se servía para rascarle el barro á su caballejo +y para partir el pan. La amputación fué dolorosa; pero á Jaramillo le +bastaba mirar la bolsita que llevaba pendiente sobre el pecho, con las +plumas del caburé dentro, para recobrar su valor. Bien podía sufrirse un +poco á cambio de tan poderoso talismán. Morales estaba triste y hablaba +con timidez, como el que desea hacer una petición y no se atreve, +midiendo su importancia. Al fin se decidió.</p> + +<p>—Hermano, ¿si me dieses una de las plumas?... Piensa que siempre nos lo +hemos partido todo, como si fuésemos de la misma madre. Tú tienes tres +plumas; ¿qué te cuesta regalarme una? Serás igualmente poderoso con dos. +Basta una sola para que nadie pueda herirte.</p> + +<p>Pero aunque Jaramillo no había frecuentado la escuela, sabía que tres +son más que dos, y estaba seguro de que, conservando las tres plumas, su +poder resultaría más grande. Además, no podía admitir que Morales, luego +de conservar sus dedos completos, quisiera igualarse con él. Le gustaba +tenerlo bajo el imperio de su superioridad.</p> + +<p>Y efectivamente, Morales empezó á sentirse esclavo. Su amigo era ahora +otro hombre. Le hacía ejecutar su propio trabajo mientras él descansaba; +le exigía su dinero; hasta le quitó una paraguaya de tez blanca y andar +arrogante que al principio se había mostrado prendada de él.</p> + +<p>«Debo matarlo—empezó á pensar—. Ya no podemos vivir juntos.»</p> + +<p>Pero tuvo que repeler inmediatamente este mal pensamiento. Era imposible +matar á Jaramillo mientras guardase su talismán, la bolsita con plumas +de caburé, que le hacía invulnerable.</p> + +<p>Y el déspota, animado por la resignación fatalista de Morales, extremó +sus audacias. Un día lo abofeteó porque no le obedecía con rapidez, y al +salir indemne de este atrevimiento, repitió á todas horas sus +atropellos.</p> + +<p>«¿A qué no se atreverá, llevando en el pecho lo que lleva?», se decía +Morales con envidia.</p> + +<p>Ni los hombres ni las fieras podían inspirar miedo á Jaramillo. En una +taberna del campo se batió con cinco paraguayos de los más bravos, +resultando ileso y vencedor. Nadaba en el río todos los días, á pesar de +que ninguno de los que trabajaban en el hierbal osaba hacerlo, por miedo +al «Tatita», ó sea al «Abuelo» en la lengua del país.</p> + +<p>Este «Abuelo» era un «yacaré», un caimán famoso por su tamaño desde el +lugar donde se forma el río de la Plata hasta lo más alto del Paraná. +Los viejos del país, que saben adivinar la edad de los caimanes, le +atribuían unos cuatrocientos años. Tal vez había visto de pequeño cómo +los primeros españoles remontaron el río en sus naves de velas cuadradas +con leones y castillos pintados.</p> + +<p>—Allá está «el Tatita»—decían los del hierbal.</p> + +<p>Y señalaban una especie de tronco rugoso y verde que descansaba en el +barro de una isleta cercana, lo mismo que un árbol muerto traído por la +corriente.</p> + +<p>Como desde la última revolución paraguaya eran abundantes los mausers en +los ranchos, empezaba un tiroteo contra la bestia centenaria. Algunos +tiradores le marcaban el lomo á balazos. Tarea inútil: los proyectiles +levantaban esquirlas de su coraza, pero el enorme lagarto apenas se +movía, como si todos estos balazos fuesen para él leves cosquilleos. Si +los cazadores se aproximaban, finalmente, en una barca, se dejaba ir +perezosamente al fondo del río, levantando una corona de espumas +amarillentas.</p> + +<p>Morales había nadado de pequeño entre los yacarés, sin gran emoción. +Pero eran caimanes tan inexpertos y tiernos como él. Los temibles son +los viejos, á los que llaman «cebados» por haber comido carne de hombre. +Así que la prueban una vez, quedan aficionados á ella para siempre, ¡y +este «Abuelo» llevaba pasadas por su estómago tantas generaciones +humanas!...</p> + +<p>Siempre que Jaramillo se lanzaba a nadar, Morales, por un recuerdo de +su antigua amistad, le hacía la misma recomendación:</p> + +<p>—¡Cuidado con «el Tatita»!</p> + +<p>El otro se alejaba, braceando alegremente, hacia el centro del río, en +busca de las aguas profundas. ¡El cuidado que podía inspirarle un yacaré +más viejo que las Américas!...</p> + +<p>Un domingo, cuando Morales, sentado en la orilla, terminaba de fumar un +cigarro paraguayo, que hacía caer por las comisuras de sus labios dos +chorros de zumo negro, Jaramillo se echó al río. Morales, por estar en +alto, pudo ver algo obscuro y enorme que se deslizaba entre dos aguas +con la velocidad de un torpedo, viniendo en ángulo recto al encuentro +del nadador.</p> + +<p>—«El Tatita»—se dijo—. Sólo puede ser él.</p> + +<p>Su camarada agitó los brazos desesperadamente, lanzó un alarido, y á +continuación desapareció, como si tirase de él una fuerza irresistible.</p> + +<p>Más que el hecho en sí, aturdió y desconcertó á Morales la posibilidad +de que pudiese ocurrir. Todas las creencias de su vida temblaron, +próximas á derrumbarse. Era para perder la fe.</p> + +<p>—No, no es posible; Jaramillo tiene un talismán; Jaramillo no puede +morir....</p> + +<p>Instintivamente fué hacia el lugar donde el nadador había dejado sus +ropas. Una sonrisa de certidumbre, de confianza recobrada, dilató su +rostro.</p> + +<p>—¡Bien decía yo!...</p> + +<p>Sobre las ropas estaba la bolsita, el irresistible <i>payé</i>. El muerto se +había despojado de él antes de echarse al río, tal vez por distracción, +tal vez por algún otro motivo desconocido de Morales.</p> + +<p>Éste pensó que existe una Providencia, como aseguran los padres +misioneros. Luego se imaginó que tal vez aquel yacaré tan viejo como el +río era alguna divinidad misteriosa que se encargaba de vengar á los +humildes.</p> + +<p>Y sin vacilación se colgó del cuello la bolsita, con el mismo aire de un +soberano que se ciñese la corona del mundo.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>III</h2> + + +<p>La suerte acudió en seguida á sonreirle.</p> + +<p>Triunfaron inesperadamente los «colorados». Ellos, que llevaban hechas +tantas revoluciones, volvieron á apoderarse del gobierno del modo más +pacífico y prosaico. El doctor Sepúlveda, siempre en Buenos Aires, +consiguió que el gobierno federal enviase á su provincia una comisión +interventora encargada de examinar los actos administrativos de los +enemigos. Esta intervención puso al descubierto cosas censurables—como +ocurre siempre en tales casos—, y el resultado fué que los «blancos» +tuvieron que abandonar el poder y entraron á gobernar los «colorados».</p> + +<p>Volvió Morales á su patria con el orgullo y la aureola de un mártir +político. El grande hombre del partido, que era ahora gobernador de la +provincia, le estrechó la mano, honor que hizo llorar al mestizo.</p> + +<p>—Te conozco, héroe; eres un superviviente de la noche inolvidable. Ya +quedan pocos.... ¿Qué deseas obtener?...</p> + +<p>Morales era de fácil contentamiento. Quería, simplemente, entrar en la +Policía. Llevaba muchos años recibiendo golpes de los enemigos, y +deseaba, á su vez, darse el gusto de devolverlos.</p> + +<p>Sus antiguos amigos lo encontraban en las calles de la ciudad con +zapatos—¡un tormento!—, levitilla azul de botones dorados, y un casco +inglés, blanco. La espada ya no la llevaba bajo el brazo ni oculta en el +pantalón. Le pendía de la cintura, como á los militares, como á todos +los que representan el orden y pueden pegar.</p> + +<p>Su carrera fué rápida, y al término de ella le salió al encuentro la +gloria. No hubo en todo el país un policía más valiente. ¿Qué puede +temer un hombre que lleva en el pecho un talismán de plumas de +caburé?... Cuando había algo difícil y peligroso que hacer, sus jefes +daban siempre la misma orden:</p> + +<p>—¡Que llamen á Morales!</p> + +<p>En vano los rebeldes á la autoridad sacaban sus pistolas en tabernas y +bailes. Antes de que disparasen, el mestizo se las arrebataba de un +manotazo. Algunas veces conseguían hacer fuego; pero las balas se +limitaban á agujerear su casco ó ciertas superfluidades del uniforme, +sin tocar nunca su carne. Y él salía de estas pruebas sonriente y +tranquilo, como de cosas ordinarias y bien sabidas de antemano.</p> + +<p>En cambio, la certeza de ser invulnerable le proporcionaba un gran +empuje para la acción. No teniendo que preocuparse de la defensa, +concentraba todas sus potencias en el ataque, y no había mano más pronta +y ágil que la suya. Si alguien se negaba á obedecerle, veía +inmediatamente desdoblarse al mestizo, hasta convertirse en una compañía +entera de Morales, todos espada en mano. Recibía un cintarazo por la +izquierda, y al volverse encontraba un segundo Morales que le atizaba +por la derecha. Luego un tercer Morales le tiraba al cráneo por lo alto, +un cuarto lo hacía saltar golpeandole entre las piernas, y así +sucesivamente, hasta que pedía misericordia.</p> + +<p>Los más valientes de la provincia empezaron á hablar de él con temor, +adivinando su secreto.</p> + +<p>—Es inútil hacer nada contra su persona. Debe tener un <i>payé</i>.</p> + +<p>Sus jefes le hubieran hecho oficial, pero no sabía leer. Se limitaron á +darle los galones de cabo, y él creyó necesario, para el ornato de su +nueva dignidad, dejarse crecer en forma de bigote los contados pelos de +su rostro cobrizo.</p> + +<p>En los días de gran mercado, las mujeres del campo, que venían á la +capital montadas á estilo de hombre en sus caballejos de largo pelaje, +admiraban al célebre policía. Le llamaban don Morales, poniendo el <i>don</i> +ante el apellido, como es de uso en el país. Todas ellas palidecían al +ver al héroe, pretendiendo atraerlo con las más dulces miradas de sus +ojos oblicuos.</p> + +<p>Una mañana, estando de servicio en el Mercado, don Morales se tropezó +con cierto <i>gringo</i> corpulento, forzudo y rojo, al que había conocido +años antes en el Paraguay.</p> + +<p>—¡Don Macperson!... ¡Qué sorpresa! ¿Cómo le va?...</p> + +<p>Se abrazaron. El policía lo despreciaba, como á todos los extranjeros, +pero al mismo tiempo sentía por él una gran admiración.</p> + +<p>El desprecio era porque ignoraba el <i>guaraní</i> y hablaba mal el español, +signos evidentes de inferioridad mental. Además, como todos los +<i>gringos</i>, tenía los pies enormes y calzaba zapatos que parecían navíos, +lo que denuncia un origen ordinario en un país donde los hombres +ostentan el pie pequeño y alto de empeine, lo mismo que una dama.</p> + +<p>Lo admiraba porque era capaz de pasar un día entero con su noche sin +levantarse de la mesa, vaciando botella tras botella. Además, tenía la +elocuencia de un predicador cuando ensalzaba las virtudes curativas del +<i>whisky</i>, remedio infalible para todos los disgustos y todas las +enfermedades.</p> + +<p>Morales hasta conocía sus manías. Cuando había bebido más de una copa, +se irritaba si le llamaban inglés.</p> + +<p>—Mi no ser inglés—decía en un español balbuceante—; mi ser escocés.</p> + +<p>Llevaba un sinnúmero de años viviendo en la América del Sur. Había sido +buscador de esmeraldas en Colombia, minero de plata en el Perú y de +estaño en Bolivia, exportador de salitre en Chile, ganadero en +Argentina, vendedor de hierba <i>mate</i> en Paraguay y borracho consecuente +en todas partes. Unas veces se veía patrono, otras modesto empleado; tan +pronto daba dinero á los simples conocidos, como solicitaba un préstamo +para continuar sus viajes. Ahora—según declaró á Morales desde las +primeras palabras—se ocupaba en comprar novillos, como representante de +cierta casa del Uruguay que fabricaba carne líquida para los niños y los +adultos débiles.</p> + +<p>Esta carne líquida le hacía sonreír de lástima. ¡Habiendo <i>whisky</i> en la +tierra!...</p> + +<p>Morales vaciló mirando su propio uniforme. Era una autoridad, y sólo +podía entrar en las tabernas para imponer respeto. Pero luego se +enterneció mirando al <i>gringo</i>. ¡Un viejo compañero!...</p> + +<p>—Oiga, don Macperson, ¿si fuésemos á tomar una copa?...</p> + +<p>Entraron en una taberna del Mercado, y el dueño, en atención á Morales, +les puso una mesilla en el fondo del corral. No había <i>whisky</i>, pero +sacó una ginebra que arrancó elogios al extranjero.</p> + +<p>—Beba, Don; beba todo lo que quiera—dijo el policía—. Ya sabe que yo +aprecio mucho á los ingleses, y ahora que soy alguien en mi país....</p> + +<p>—Mi no ser inglés; mi ser escocés.</p> + +<p>Recordó Morales la manía de su amigo. Muy bien; él apreciaba también +mucho á los escoceses. Y después de esto, como si solicitase la +admiración del <i>gringo</i>, habló de sus hazañas y del respeto medroso con +que le miraban todos.</p> + +<p>—Lo sé, lo sé—dijo el extranjero.</p> + +<p>Había oído hablar mucho del cabo don Morales, y su asombro era sincero, +aunque algo molesto para el héroe. No podía comprender que este mozo +pequeño, enjuto y enclenque en apariencia inspirase miedo á nadie. Lo +contempló con una curiosidad algo irónica desde la altura de su +corpulencia; le acarició los brazos con sus manazas, sonriendo al +encontrar inmediatamente el hueso bajo los músculos nervudos pero +delgados.</p> + +<p>Un recuerdo surgido repentinamente en su memoria hizo esta sonrisa más +insolente aún. Se vió en un hierbal del Paraguay algunos años antes, +teniendo una disputa con Morales, que era su peón. El mestizo tiraba de +la espada; pero él, de un manotazo, le quitaba la espada, propinándole +después unos cuantos puñetazos de boxeador que le dejaban inánime en el +suelo.</p> + +<p>Por un fenómeno de simpatía mental, Morales evocó al mismo tiempo este +recuerdo, pero añadiéndole una segunda parte. Se vió tendido al +anochecer en los hierbales, esperando al <i>gringo</i>, que después de darle +los puñetazos iba á pasar la noche en Asunción. Al tenerle cerca, le +disparaba un pistoletazo. Quedaba mal herido el escocés, guardaba cama +varias semanas, y luego de restablecerse se iba del país, convencido de +que no es prudente tener cuestiones con la gente cobriza.</p> + +<p>Se miraron largamente los dos hombres.</p> + +<p>—¡Famoso Morales!... ¡Encontrármelo hecho un héroe!...</p> + +<p>—¡Este don Macperson! ¿Por qué lo querré tanto?...</p> + +<p>Y se estrecharon las manos por encima del tarro de ginebra, que empezaba +á estar casi vacío.</p> + +<p>Pero ya no se miraban lo mismo que antes. Detrás de sus pupilas +persistía el mal recuerdo del pasado.</p> + +<p>El policía mostraba empeño en que le admirase el otro. Toda la ginebra +descendida á su estómago pareció alborotarse con la sospecha de que el +<i>gringo</i> no creía en su valor y tenía por mentiras las hazañas que +llevaba realizadas.</p> + +<p>De su español aprendido en Buenos Aires, prefería el escocés una palabra +que siempre había irritado á Morales. Cuando le contaban cosas +inverosímiles, levantaba los hombros, diciendo con desprecio:</p> + +<p>—¡<i>Macanas!... ¡Todo macanas</i>!</p> + +<p>Adivinó que en el pensamiento del <i>gringo</i> estaba resonando +incesantemente la misma palabra en aquellos momentos. «¿Las valentías +del cabo Morales? ¡<i>Macanas</i>! ¡Todo <i>macanas</i>!»</p> + +<p>El deseo de verse admirado le hizo ser humilde y revelar su secreto.</p> + +<p>—Vea, don Escocés. Si soy valiente, reconozco que no hay en ello gran +mérito. Aunque quisiera ser cobarde, no podría. Tengo un <i>payé</i> +poderosísimo: llevo en el pecho tres plumas de caburé. Usted es casi del +país; usted sabe lo que es eso. No hay hombre ni fiera que pueda nada +contra mí.</p> + +<p>—¡<i>Macanas!... ¡Todo macanas</i>!</p> + +<p>Ya había surgido la terrible palabra. El policía empalideció al verse +desmentido con un tono de desprecio.</p> + +<p>—Pero ¿no le digo que tengo un <i>payé</i>?... Mírelo. A usted solo se lo +enseño.</p> + +<p>Y se desabrochó la levitilla y la camisa, mostrando la pequeña bolsa de +cuero sudada y negruzca que pendía sobre su pecho.</p> + +<p>—¡<i>Macanas!... ¡Macanas</i>!—repitió el extranjero, apurando el resto de +la botella de barro y empezando otra que acababa de traer el dueño del +cafetín.</p> + +<p>Irritado Morales, habló de su infortunado camarada Jaramillo, del doctor +germánico, del caburé, del caimán «el Abuelo»; contó toda su historia, +sin que el otro cambiase de actitud.</p> + +<p>El mestizo se puso de pie. Podía el <i>gringo</i> dudar de las virtudes de su +madre, si gustaba de ello; por eso no dejarían de ser amigos. En +realidad, él no estaba seguro de quién había sido su padre. Las gentes +del país prescinden con frecuencia del casamiento, por los muchos +papelotes, molestias y gastos que exige. ¿Pero dudar de su talismán?... +¿Tener por falsa su historia?...</p> + +<p>—Oiga, don Inglés.</p> + +<p>El escocés quiso protestar al oir que le llamaban así, paro se quedó con +la boca entreabierta por la sorpresa, dándose cuenta de que este error +era intencionado y representaba un insulto.</p> + +<p>—Oiga, don Inglés. Vamos á hacer una prueba.</p> + +<p>Había sacado de un bolsillo de su pantalón una pistola de dos cañones de +enorme calibre. Él tenía sus armas á la vista y sus armas ocultas.</p> + +<p>Se la ofreció al extranjero; y éste, que también se había puesto de pie +con mal gesto, la tomó sin saber lo que hacía.</p> + +<p>—Yo puedo matarlo á usted, si quiero, y usted, en cambio, no puede +hacerme nada á mí.... Pero no abusaré. Prefiero que se convenza por sus +propios ojos. A ver si así se le ablanda esa cabezota dura de bruto que +tiene.... ¡Tire!</p> + +<p>Se abrió con ambas manos sus ropas, mostrando el pecho desnudo y la +prodigiosa bolsita. Podía el gringo hacer fuego sin cuidado. Se lo decía +él con aire de reto.</p> + +<p>Macperson, á pesar de su embriaguez, reconoció que la proposición era +absurda. Aquel mestizo se había vuelto loco, y en su soberbia confianza +hasta parecía burlarse de él.</p> + +<p>—Tiene usted miedo de tirar, y hace bien. La bala rebotará sobre mi +pecho y puede herirle á usted. Coloqúese de modo que no le alcance.</p> + +<p>El otro, como si no entendiese estas recomendaciones, se había limitado +á poner horizontal la pistola, apuntando al pecho que tenía enfrente.</p> + +<p>—¡Mira que tiro!—dijo al fin con tono de amenaza—. Déjate de +<i>macanas</i>, ó tiro.</p> + +<p>Se perdió entre los dos todo respeto. Se miraron como enemigos.</p> + +<p>—¡Tira, <i>gringo</i> del demonio, para que puedas convencerte!... ¡Cuando +te digo que tengo un <i>payé</i>!...</p> + +<p>—¡Mira que hago fuego!—volvió á repetir el otro con voz aún más +sombría.</p> + +<p>—¡Tira de una vez, hijo de perra!... Tú no eres escocés.... Tú eres....</p> + +<p>No pudo seguir.</p> + +<p>—¡Ya que lo quieres!...</p> + +<p>Y el <i>gringo</i> apretó los dos gatillos al mismo tiempo.</p> + +<p>Una nube blanca se extendió ante sus ojos.</p> + +<p>Al disolverse el humo y extinguirse el doble trueno, vió á Morales +tendido á sus pies. Tenía los brazos abiertos, el pecho destrozado y una +sonrisa helada, de soberbia confianza, de fe inconmovible, que iba á ser +el último de sus gestos.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="LAS_VIRGENES_LOCAS" id="LAS_VIRGENES_LOCAS"></a><a href="#capitulos">LAS VÍRGENES LOCAS</a></h2> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>I</h2> + + +<p>Eran dos hermanas, Berta y Julieta, huérfanas de un diplomático que +había hecho desarrollarse su niñez en lejanos países del Extremo Oriente +y la América del Sur; dos hermanas libres de toda vigilancia de familia, +jóvenes, de escasa renta y numerosas relaciones, que figuraban en todas +las fiestas de París. Los tés de la tarde que se convierten en bailes +las veían llegar con exacta puntualidad. Una ráfaga alegre parecía +seguir el revoloteo de sus faldas.</p> + +<p>—Ya están aquí las señoritas de Maxeville.</p> + +<p>Y los violines sonaban con más dulzura, las luces adquirían mayor brillo +en el crepúsculo invernal, los hombres entornaban los ojos acariciándose +el bigote, y algunas matronas corrían instintivamente sus sillas atrás, +apartando los ojos como si viesen de pronto, formando montón, todas las +perversiones de la época.</p> + +<p>Ninguna joven osaba imitar los vestidos audaces, los ademanes +excéntricos, las palabras de sentido ambiguo que formaban el encanto +picante y perturbador de las dos hermanas. Todos los atrevimientos +perturbadores del gran mundo encontraban su apoyo. Habían dado los +primeros pasos hacía la gloria bailando el <i>cake-walk</i> en los salones, +hace muchos años, ¡muchos! cinco ó seis cuando menos, en la época remota +que la humanidad gustaba aún de tales vejeces. Después apadrinaron la +«danza del oso», el tango, la machicha y la furlana.</p> + +<p>Su inconsciente regocijo, al ir más allá de los límites permitidos, +escandalizaba á las señoras viejas. Luego, hasta las más adustas +acababan por perdonarlas. «Unas locas estas Maxeville.... ¡Pero tan +buenas!»</p> + +<p>Todos conocían su existencia en un quinto piso, sin otra servidumbre que +una vieja doméstica que hacía oficios de madre, suspirando al recordar +las extinguidas grandezas de Su Excelencia el ministro plenipotenciario. +Todos se daban cuenta de sus esfuerzos sonrientes y dolorosos para +conservar el antiguo rango con una modesta pensión procedente del padre +y una corta renta de la madre; sus habilidades taumatúrgicas para +mostrarse bien vestidas á poco precio; su adopción de modas audaces, +destinadas al fracaso, para ocultar con pretexto de originalidad el +escaso valor de su indumentaria.</p> + +<p>Las gentes murmuradoras denunciaban sus ocultos convenios con modistas y +sombrereras, que les proveían gratis para que propagasen sus +invenciones. Pero aquí se detenía la maledicencia. De sus costumbres, de +su vida en la casa, ni una palabra. Las rancias familias diplomáticas +que habían conocido al ministro jamás tuvieron que amonestarlas por una +imprudencia irreparable.</p> + +<p>El despecho de los hombres era también un certificado de su honestidad. +Corrían hacia ellas, atraídos por su exterior desenvuelto. Se +atropellaban unos á otros, como en una empresa fácil donde todo el éxito +estriba en llegar antes que los demás. Risas provocativas, ojeadas +misteriosas, palabras que parecían de esperanza.... Y poco después, uno +por uno, los conquistadores desandaban el camino, cabizbajos y +encolerizados, como un perro que se imagina encontrar un hueso y rompe +sus colmillos en una piedra.</p> + +<p>—Unas astutas las pequeñas Maxeville; unas malignas, que, faltas de +dote, buscan un marido á su modo.</p> + +<p>Los mismos que decían esto habían acabado por designarlas con un mote. +Las señoritas de Maxeville fueron en adelante «las vírgenes locas».</p> + +<p>Todo resultaba exacto en este apodo, el defecto y la cualidad. Nadie +ponía en duda su locura, ni lo otro. Eran como los directores de ciertos +Bancos, que charlan en el ventanillo de la caja, sonríen, remueven las +llaves, infunden esperanzas, pero no hacen el más pequeño préstamo á +crédito, ni el más leve anticipo sobre promesas lejanas.</p> + +<p>Las vírgenes locas iban á triunfar finalmente en su desesperada batalla +con los hombres. La mayor, Berta, había conquistado la voluntad de un +ingeniero ruso, que se mostraba dispuesto á hacerla su esposa. La menor +casi había conseguido lo mismo con un oficial joven; sólo le quedaba por +vencer la resistencia de una madre orgullosa y tradicionalista, que +vivía en provincias....</p> + +<p>En esto, un trompetazo desgarrador, insolente, brutal, cortó el ambiente +de músicas sensuales y danzas voluptuosas con que se adormecían los +humanos. Y la gente feliz corrió de un lado á otro, en pavoroso +revoltijo, como los pasajeros de un trasatlántico que bailan en los +dorados salones, vestidos de etiqueta, y de pronto escuchan, la voz de +alarma de un tripulante: «¡Fuego en las bodegas!»</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>II</h2> + + +<p>El segundo día de la movilización, la gente agolpada en las +inmediaciones de la estación del Este las vió llegar vestidas de negro, +con un traje sobrio y casi monacal, un pequeño sombrero semejante á una +gorra, un bolsito de mano y un paquete con lo más indispensable para la +vida: dos camisas, dos pares de medias.</p> + +<p>Las vírgenes locas se iban sin ruido, sin frases heroicas, sin dos +líneas en los periódicos. Sus relaciones mundanas las habían aprovechado +para conseguir rápidamente sus deseos. Marchaban á Verdún, á la +frontera, al lugar del peligro, donde todos esperaban que ocurriese el +primer choque. Llevaban una carta para los directores del servicio +sanitario. Parecían más altas, más robustas, de paso más firme. Su +belleza de parisienses á la moda había desaparecido. Eran mujeres +iguales á las que lloraban ó gritaban de entusiasmo al otro lado de la +verja; sin colorete, sin artificios, con el pelo libre de postizos, con +las mejillas limpias y los ojos agrandados por una emoción que había +venido á sustituir los antiguos retoques del lápiz negro: ojos serenos +que miraban al porvenir heroicamente, adivinando la proximidad de la +desgracia.</p> + +<p>Y se perdieron entre la multitud de hombres uniformados, caballos y +cañones. Y su recuerdo se perdió igualmente en la memoria de todos los +que una semana antes comentaban sus palabras y gestos. La gente +necesitaba pensar en su propia suerte; el peligro no dejaba tiempo para +mirar el exterior. ¡Pobres vírgenes locas! ¡Infelices muñecas de París +arrebatadas por la tempestad cuando daban vueltas y sonreían con sus +bocas pintadas, á los sones de una cajita de música!...</p> + +<p>De tarde en tarde, las damas reunidas para hacer tejidos de lana +destinados al ejército evocaban su nombre al pasar revista á los muertos +y los ausentes. «¿Las pequeñas Maxeville?...» Realizaban proezas á su +modo en los hospitales del frente de guerra. Donde ellas estaban, los +hombres se morían sonriendo. En algunas ocasiones habían llegado hasta +los mismos lugares de combate, oyendo el silbido de los proyectiles. El +nombre de la mayor aparecía citado en una orden del día.</p> + +<p>Y siempre el mismo comentario final: «Eran buenas. Algo locas, pero de +hermoso corazón.»</p> + +<p>Transcurrió un año de guerra. Un día circuló la noticia de que Berta +había muerto, víctima de su abnegación. Poco después ya no la nombraron. +¡Eran tan frecuentes los heroísmos! ¡Desaparecían diariamente tantos +nombres conocidos!...</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>III</h2> + + +<p>Detrás de la línea de combate, en un hospital instalado en un castillo +ruinoso, encontré meses después á la última virgen loca.</p> + +<p>No la hubiese reconocido. Pasó por una avenida del parque, casi +saltando, con la toca revoloteante y moviendo bajo la blanca falda el +ágil compás de sus piernas enjutas. Llevaba en las manos pálidas y +transparentes un paquete de ropas. Su nariz y sus orejas brillaban con +una claridad de vidrio sonrosado bajo la luz del sol. Parecía un cuerpo +diáfano, con la transparencia malsana de la miseria física. Toda la vida +se concentraba en sus ojos.</p> + +<p>Un médico militar que venía conmigo me confirmó su identidad.</p> + +<p>—Es la señorita de Maxeville: una joven del gran mundo antes de la +guerra.</p> + +<p>El doctor sólo la conocía algunos meses. Había presenciado la muerte de +la otra, una muerte horrible, cuyo recuerdo le estremecía aún. Se había +contaminado al curar las heridas de un moribundo perdido durante tres +días en el fondo de un embudo de tierra abierto por el estallido de un +proyectil enorme. Su agonía duró cuarenta y ocho horas, ennegreciéndose +lentamente con la expansión de la sangre envenenada, aullando entre +nerviosos estertores, doblándose como un arco sobre la cabeza y los +pies, que se clavaban en el lecho. Y la otra hermana se había negado á +separarse de ella, abrazando el cuerpo convulsivo, besando sus ojos que +no veían, su boca que sólo sabía rugir.</p> + +<p>—¡Berta, corazón mío! ¡No te mueras!... ¡No te mueras!</p> + +<p>Toda la vida juntas; toda la vida unidas por la orfandad necesitada de +defensa, por la alegría que colorea la pobreza, por el deseo de crearse +una posición antes de que terminase su juventud, ¡y verla morir ante sus +ojos, entre tormentos desgarradores, sin poder salvarla, sin encontrar +el medio de hacer plácidos y dulces sus últimos instantes!...</p> + +<p>—¡Pobre muchacha!—prosiguió el médico—. Ha visto perecer como un +animal rabioso á la que era toda su familia. Poco después se enteró de +la muerte de cierto oficial que deseaba ser su marido. Todos en el +castillo admiran su energía.</p> + +<p>»No sé cuándo come, no sé cuándo duerme. Se la ve en todas partes, y á +pesar de esto, los heridos lamentan su ausencia. «Que venga la señorita +Julieta....» Es el médico moral de esta casa. En muchos casos vale más +que nosotros. Ella y su pobre hermana han realizado estupendas +curaciones.</p> + +<p>Las vi con la imaginación—mientras escuchaba al doctor—yendo de sala +en sala como apariciones de salud que esparcían en torno la dulce +alegría de vivir. Con los oficiales se mostraban algo recelosas. Eran +hombres de su mundo, y tal vez por esto los juzgaban temibles, no +pasando en su intimidad más allá de una solicitud natural y grave. Al +entrar en las piezas ocupadas por el populacho doloroso, se +transfiguraban, animando con su regocijo el ambiente cargado de +lamentos, de perfume de drogas y hedor de carnes rotas.</p> + +<p>El recuerdo de madres y novias adquiría mayor relieve al ser evocado por +sus labios. Describían los paisajes risueños del suelo natal á los +enfermos ilusionados que poco después habían de morir; cantaban á media +voz las canciones del terruño; encontraban con su instinto de mujeres de +salón las conversaciones que más podían agradar á cada uno. La mayor +había pasado una semana hablando de Ulises y la <i>Odisea</i> con un +licenciado en letras que agonizaba lentamente, pensando en su tesis de +doctor que jamás llegaría á leer en la Sorbona. Mientras tanto, Julieta +escribía cartas. El rudo marinero del Finisterre, el campesino de los +departamentos centrales, el obrero burlón de la ciudad, el marroquí +sombrío, el negro pueril, veían abrirse ante su pensamiento bellezas +desconocidas, paisajes no sospechados. La señorita blanca era la +poesía, la delicada sensualidad de vivir que llegaba hasta ellos.</p> + +<p>—¡Besa!—ordenaba Julieta presentando ante sus labios descoloridos una +flor que acababa de arrancar del parque—. Un enamorado <i>chic</i> debe +enviar estos recuerdos.</p> + +<p>É introducía la flor en la carta escrita por ella, monumento de +admiración para el firmante, orgulloso y conmovido de suscribir tales +ternezas. Una hora antes de amanecer—la hora fatal en los hospitales—, +cuando el día apunta y el moribundo se extingue, los estertores de +agonía murmuraban siempre el mismo deseo: «<i>Mademoiselle</i>.... Una +cualquiera de las dos señoritas.»</p> + +<p>Y ellas, que acababan de adormecerse en el silencio de plomo que precede +á la llegada de la luz, acudían corriendo para presenciar una agonía +más, para animar la mano yerta con el contacto de su mano, para +disimular los pasos de la muerte con sus palabras que sonaban lo mismo +que monedas de oro, con sus risas que parecían vibraciones de fino +cristal.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>IV</h2> + + +<p>—Y esta pobre—continuó el médico—prosigue la santa obra de la +alegría. Cuando se ve sola, piensa en la otra, piensa en el oficial +muerto, y huye en busca de los agonizantes, como si el dolor ajeno fuese +su refugio. La sala de los incurables, de los que están condenados á +morir, es su lugar preferido. Y canta, cuando minutos antes suspiraba á +solas; ríe, con los ojos cargados aún de lágrimas.</p> + +<p>»Nosotros fingimos no ver lo que hace. ¿De qué sirven los reglamentos +ante la muerte?... Lo que importa es que proporcione un poco de alegría +al que se va. Cada uno hace el bien como puede. Anoche la sorprendí +empleando su método en la sala de los desesperados. Tenemos un tirador +marroquí con las piernas y el vientre deshechos. Va á morir de un +momento á otro; tal vez ha terminado á estas horas. Tenemos un alemán +que está en la cama inmediata. Los colocaron así inadvertidamente; ahora +es tarde para moverlos.</p> + +<p>»Los hombres de Europa olvidan sus rencores al verse en los límites de +la vida. Este africano es de cólera larga. Cuando cree que no le ven, +enseña el puño al enemigo inmediato, que le mira con unos ojos redondos +y asombrados, lo mismo que si estuviesen aún en el campo de combate. La +señorita de Maxeville corre hacia él, fingiéndose irritada.</p> + +<p>»—¿Qué es eso, Alí?... Quieto, ó me enfado contigo.</p> + +<p>»—No te enfades, señorita—murmura el moro—. Lo respetaré, ya que lo +pides. Pero esta noche, cuando te marches, iré á su cama y le cortaré la +cabeza.</p> + +<p>»Y no puede moverse. Anoche rugía de dolor, alterando con sus gritos el +silencio del dormitorio, quitando el sueño á los otros heridos, pugnando +por levantarse para ir en busca del adversario y saciar en él su furia.</p> + +<p>La señorita de Maxeville es la única que sabe calmar á estos hombres. Yo +vi, á la tenue luz del dormitorio, cómo empezó á bailar, con un plato en +la mano. Este plato le servía de pandereta. Movía las caderas, retorcía +el busto, acompañaba con balanceos su monótona canturía oriental, +sonreía lo mismo que una mujer de aduar que baila ante la tribu la +«danza del vientre».</p> + +<p>Los heridos soñolientos sacaban sus cabezas sobre los embozos, pugnando +por moverse; las bocas negruzcas se animaban con una sonrisa pálida; +las miradas ardorosas seguían con avidez el cuerpo de la danzarina, que +iba trazando en los muros una procesión de siluetas.</p> + +<p>El marroquí se había incorporado, como un chacal que desea saltar y +tiene las patas rotas. Su admiración se escapaba en roncos barboteos.</p> + +<p>—¡Oh, sonrisa del anochecer!... ¡Alegría de la sombra!... ¡Señorita +blanca!</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="LA_VIEJA_DEL_CINEMA" id="LA_VIEJA_DEL_CINEMA"></a><a href="#capitulos">LA VIEJA DEL CINEMA</a></h2> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>I</h2> + + +<p>El comisario de Policía miró duramente á la mujer de pelo blanco que se +había sentado ante su escritorio sin que él la invitase. Luego bajó la +cabeza para leer el papel que le presentaba un agente puesto de pie al +lado de su sillón.</p> + +<p>—Escándalo en un cinema—dijo, al mismo tiempo que leía—; insultos á +la autoridad; atentado de hecho contra un agente.... ¿Qué tiene usted +que alegar?</p> + +<p>La vieja, que había permanecido hasta entonces mirando fijamente al +comisario y á su subordinado tal vez sin verlos, hizo un movimiento de +sorpresa, lo mismo que si despertase.</p> + +<p>—Yo, señor comisario, vendo hortalizas por las mañanas en la <i>rue +Lepic</i>. No soy de tienda; llevo mis verduras en un carrito. Todos los +del barrio me conocen. Hace cuarenta años que tengo allí mi puesto +ambulante, y....</p> + +<p>El funcionario quiso interrumpirla, pero ella se enojó.</p> + +<p>—¡Si el señor comisario no me deja hablar!... Cada uno se expresa como +puede y contesta como su inteligencia se lo permite.</p> + +<p>El comisario se reclinó en un brazo del sillón, y poniendo los ojos en +alto empezó á juguetear con el cortapapeles. Estaba acostumbrado á los +delincuentes verbosos que no acaban de hablar nunca. ¡Paciencia!...</p> + +<p>—En 1870, cuando la otra guerra—continuó la vieja—, tenía yo +veintidós años. Mi marido fué guardia nacional durante el sitio de París +y yo cantinera de su batallón. En una de las salidas contra los +prusianos hirieron á mi hombre, y le salvé la vida. Luego tuve que +trabajar mucho para mantener á un marido inválido y á una hija única.... +Mi marido murió; mi hija murió también, dejándome dos nietos.</p> + +<p>Hizo una pausa para darse cuenta de si la escuchaban. No lo supo con +certeza. El agente permanecía rígido y silencioso, como un buen soldado, +junto al comisario. Éste silbaba ligeramente, moviendo el cuchillo de +madera y mirando al techo.</p> + +<p>—Mi nieta—continuó la vieja, sin inmutarse por esta falta de +atención—se llama Julieta, baila en los teatros, y es célebre. El señor +comisario debe haber visto su retrato muchas veces en los periódicos y +en los carteles de las esquinas. Sólo la encuentro de tarde en tarde. +Una mañana, cuando iba yo empujando mi carretilla, casi me atropelló su +automóvil. Esto la hizo llorar, asegurando que era por culpa mía, porque +yo no quiero vivir con ella y me empeño en seguir vendiendo verduras, lo +mismo que cuando Julieta y su hermano eran pequeños.... Cada uno es como +es. A mí, aunque soy pobre, no me gusta la manera de vivir de las +artistas. ¿Digo mal, señor comisario?...</p> + +<p>El comisario había cesado de silbar y miraba á la verdulera con cierto +interés. Debía conocer á su nieta, la célebre bailarina. Iba á hacerle +alguna pregunta sobre ella, cuando la vieja siguió hablando.</p> + +<p>—Mi preferido fué siempre Alberto, un obrero aficionado á los libros. +Yo, aunque deseo vivir independiente, iba todos los días á su casa, +ayudaba á su mujer, jugaba con su hijo. ¡Un biznieto! Imagínese qué +alegría, señor comisario. No todos llegan á ser bisabuelos.</p> + +<p>Se detuvo un instante, como embelesada por dulces recuerdos.</p> + +<p>—¡Los días felices de la paz!—añadió—. Un domingo fuimos de campo; +comimos junto al Sena para celebrar el ascenso de Alberto á primer +contramaestre de su fábrica.... Dos semanas después estalló la guerra.</p> + +<p>El comisario hizo un gesto, que la vieja creyó de cansancio.</p> + +<p>—Sí; ya sé que llevamos cuatro años de guerra y á todos aburre hablar +de estas cosas. No insistiré, señor comisario. Me han dicho que hasta en +los teatros y en los periódicos están cansados de la guerra y sus +aventuras. ¡Además, mi historia es la de tantas y tantas mujeres!... +Alberto fué á incorporarse á su regimiento en los primeros días de la +movilización. No lo vi hasta un año después, que volvió del frente +vestido de soldado. Luego vino otra vez. Yo había acabado por +acostumbrarme á esta situación. Me imaginaba que sólo los otros hombres +podían morir, ¡pero mi Alberto!... Un día recibí un papel, que nos hizo +llorar á mí y á su mujer. Después nos visitó un compañero de mi nieto +para traernos varios objetos suyos.</p> + +<p>La voz de la vieja se enronqueció.</p> + +<p>—Y ya no lo vi más, señor comisario.... Ellos me lo mataron.</p> + +<p>Pero acordándose de su promesa, hizo un esfuerzo para serenarse y no +hablar de la guerra.</p> + +<p>—La viuda de Alberto trabaja ahora en una fábrica de municiones al +otro lado de París, y yo sólo de tarde en tarde puedo ver á mi biznieto. +Hay que ganarse la vida.... Además, ¿por qué no decirlo? desde que murió +Alberto gusto de entrar en la taberna más que antes. Cada uno mata su +pena como puede. Estoy en los setenta, y á esa edad, cuando hay que +levantarse antes del alba para ir á los Mercados centrales á comprar el +género, un vasito de vez en cuando es la mejor de las medicinas. ¿No lo +cree usted así, señor comisario?...</p> + +<p>El silencio del aludido quiso demostrar á la vieja lo inoportuna que era +su pregunta. Pero ella continuó, con cierta precipitación que revelaba +la proximidad de la parte más interesante de su relato.</p> + +<p>—Hoy, al anochecer, estuve en la taberna con el tío Crainqueville. El +señor comisario debe conocerlo. Sus desgracias andan escritas en libros +y comedias.</p> + +<p>Este nombre pareció despertar un vago recuerdo en la memoria del +funcionario. La afirmación de que con sus aventuras se habían escrito +libros le hizo interesarse en una rebusca mental. Luego levantó los +hombros é hizo un gesto de incredulidad.</p> + +<p>—Su historia—continuó la vieja—la ha escrito un señor Anatole, que +trabaja al otro lado del Sena, en un taller de sabios. Es un palacio con +una cúpula, donde dan recetas para que la gente rica pueda hablar bien.</p> + +<p>El comisario se incorporó en su sillón, impulsado por la sorpresa. Aquel +taller de sabios á la orilla del Sena era sin duda la Academia Francesa; +la casa de la cúpula, el Instituto; y el tal Anatole no podía ser otro +que Anatole France.</p> + +<p>—¿Pero existe el tío Crainqueville?—preguntó con incredulidad.</p> + +<p>—Treinta años lo conozco, señor. Vendemos en diferentes barrios, pero +nos vemos todas las madrugadas al hacer nuestras compras, y por la noche +volvemos á encontrarnos en la misma taberna. ¡Un infeliz! Ahora sus +asuntos andan mal; trabaja poco; sabe demasiado. Su protector le enseñó +muchas cosas; él me las dice, y yo paso las horas muertas en la taberna +escuchándole.</p> + +<p>Hizo una pausa antes de reanudar su relato donde lo había abandonado.</p> + +<p>—Digo que nos encontramos al anochecer en la taberna. Luego, como á las +nueve, salimos, y sin saber por qué, me detuve en la puerta de un +cinema, sintiendo deseos de entrar. Me atrajo un cartel con una +alsaciana muy hermosa defendiéndose de un alemán feroz. Yo adoro esta +clase de historias. Soy muy patriota. Tal vez es porque he visto dos +guerras.... Pero no hablemos de la guerra. El tío Crainqueville se negó +á entrar, y eso que yo pagaba. No sé en realidad qué es lo que le gusta. +Todo le hace sonreír con aire de lástima. Entré sola, y debí entrar con +mal pie. ¿No ha notado el señor comisario cómo algunas veces todo nos +sale torcido, y cuando queremos agradar ofendemos á las gentes, lo mismo +que si un demonio nos guiase?...</p> + +<p>El comisario no se dignó contestar.</p> + +<p>—Me disgusté con la señora que vende en la taquilla por si una moneda +era buena ó falsa; discutí también con el que recoge las entradas porque +acudió en su defensa.... Dentro, en la sala, la misma mala suerte. Mis +vecinos de fila se quejaron, diciendo que había entrado con demasiada +violencia. Mala voluntad de su parte, pues á mí no me gusta molestar á +nadie. Una remilgada, cerca de mí, se atrevió á decir que yo olía á +vino. Otro insolente aludió á mis anchuras, dudando de que cupiesen en +el asiento. Les contesté como sé hacerlo y el público protestó á gritos, +asegurando que perturbaba el espectáculo. Si me callé al fin, fué +porque había empezado la historia de la alsaciana y su perseguidor. Una +historia interesante. Yo se la contaría á usted, señor comisario, pero +temo molestarle. Además, no sé cómo termina; no me dejaron ver el final.</p> + +<p>El comisario había vuelto á mirar al techo y á silbar por lo bajo para +distraer su impaciencia.</p> + +<p>—Un señor que estaba detrás de mí y parecía muy entendido en esto del +cinema, daba en voz baja sus opiniones á los vecinos.... De pronto, la +alsaciana se iba al frente, huyendo de su perseguidor, y empezaban á +verse las trincheras con muchos soldados, las cocinas, los cañones. El +señor entendido decía que estas vistas no pertenecían en realidad á la +historia; que eran, ¿cómo diré yo? lo mismo que retales que le habían +puesto al <i>film</i>. ¿Me explico bien, señor comisario? Cosas viejas de la +guerra que habían aprovechado; algo así como los remiendos que se echan +á la ropa para que parezca mejor.... Pero yo no entiendo de esto, y las +vistas me han parecido magníficas.</p> + +<p>»De pronto salió en el telón el interior de una trinchera, con muchos +soldados descansando. Uno de ellos escribía una carta sobre sus +rodillas, puesto de espaldas al público. Poco á poco volvió la cabeza y +sonrió á las gentes. Yo dudé, creyendo que veía mal. Luego debí gritar. +¡Era mi nieto!...</p> + +<p>»Me levanté para verle mejor; quise ir hacia mi Alberto. Tal vez pasé +entre la gente con demasiada violencia. El público debió creer que era +alguna farsa mía y acudieron los empleados, y muchos espectadores me +cerraron el paso. Intenté hablar y no me dejaron. No quisieron oir mis +explicaciones; me creían borracha. Acabé por batirme á puñetazos con los +que me empujaban hacia la puerta. Llamaron al mismo agente que está +ahora aquí. Dicen que lo insulté, que le mordí en una mano. Ignoro cómo +pude hacerlo. Estaba tal vez loca en aquel instante. Es verdad que este +señor me llevó á empujones, sin querer oirme; que no me permitió seguir +viendo á mi Alberto....</p> + +<p>Hizo una larga pausa. Sus ojos empezaron á humedecerse.</p> + +<p>—Y así es—terminó la vieja—como he vuelto á encontrar á mi nieto.... +Pido perdón al señor comisario.... Pido perdón al señor agente.</p> + +<p>Bajó la cabeza, juntó las manos y miró al suelo, refugiándose +voluntariamente en el silencio, confiándose á la suerte, sin insistir +más en su defensa, mientras sus lágrimas empezaban á correr mejillas +abajo.</p> + +<p>El comisario no dijo nada. Miró al agente que tenía á su lado, un +veterano con la Cruz de Guerra sobre el pecho del uniforme y varios +galones en una manga indicadores de sus campañas. Él también miró á su +superior. Había permanecido impasible hasta entonces, pero varias veces +se mordió el recio bigote.</p> + +<p>Los dos hombres parecieron entenderse con la mirada. El comisario +devolvió al agente el parte redactado por él media hora antes en la sala +de espera de la Comisaría dando cuenta del escándalo ocurrido en el +cinema.</p> + +<p>El veterano, sin decir una palabra, rasgó el papel en menudos pedazos.</p> + +<p>—Buena mujer, puede usted marcharse.</p> + +<p>La voz del comisario sacó á la vieja de su abstracción. ¿Era cierto que +la dejaban irse?... ¡Qué señores tan buenos!</p> + +<p>—¿Y podré volver al cinema?—añadió con ansiedad—. ¿Me dejarán ver +todas las noches á mi pequeño?</p> + +<p>Los dos hombres rieron de su simpleza, contestando con un gesto +afirmativo.</p> + +<p>Salió de la Comisaría lentamente. No convenía que la viesen huir como el +que tiene la conciencia sucia.</p> + +<p>Pero al llegar á la calle, se convenció de que nadie la espiaba, y +recogiéndose las faldas, echó á correr con una ligereza juvenil. Su +arrugado rostro se dilató, jadeando de fatiga; sus cabellos blancos se +escaparon en desorden de la pañoleta de punto con que abrigaba su +cabeza.</p> + +<p>Cuando llegó al cinematógrafo, salían de él los últimos grupos de +espectadores. Los empleados apagaban las luces y retiraban los carteles. +La vieja vió luego cómo cerraban las puertas.</p> + +<p>Se mantuvo inmóvil, con un codo apoyado en la pared y la frente en una +mano. Lloraba con una angustia infantil.</p> + +<p>—¡Esperar hasta mañana!—murmuró—. ¡No ver á mi pequeño en tantas +horas!...</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>II</h2> + + +<p>A la noche siguiente la vieja se presentó en el cinema con un aire de +humildad. Se encorvaba para pasar inadvertida. Se aproximó al despacho +de billetes, volviendo el rostro para que no la reconociese la empleada.</p> + +<p>Pero el hombre encargado de guardar la puerta corrió hacia ella:</p> + +<p>—¡Ah, no! ¿Viene usted á mover escándalo otra vez?... Para usted no hay +entrada.</p> + +<p>—Déjeme pasar, buen señor. Le juro que seré muy juiciosa.</p> + +<p>Hablaba con una dulzura infantil, y el empleado acabó por reir, lo mismo +que la mujer de la taquilla.</p> + +<p>La vieja los saludó á los dos con agradecimiento al ver que la dejaban +pasar. Luego saludó también á un policía inmóvil en el pasillo de +entrada, como si fuese un antiguo amigo. No le parecía el mismo de la +noche anterior...pero ¡por si acaso era!...</p> + +<p>Dentro de la sala procedió con modestia y afabilidad. Saludó á todos los +espectadores que encontraba al paso con una cortesía extremada, sin +obtener contestación. Algunos se limitaron á mirarla extrañados.</p> + +<p>«Es una loca», parecían decir con sus ojos.</p> + +<p>Se encogió en su asiento y procuró ocupar el menor espacio, por miedo á +molestar á sus vecinos. Al principio volvió repetidas veces la cabeza +para ver si la observaban los empleados del cinema y recibir su +aprobación. Pero el espectáculo la hizo olvidarse pronto de la realidad. +El alemán perseguía ya á la alsaciana, desarrollándose sobre el lienzo +blanco las complicadas aventuras de la novela cinematográfica. Luego +aparecían las trincheras y el soldado que escribía la carta puesto de +espaldas, y al volver la cabeza hacia el público, mostraba su rostro.</p> + +<p>—¡Alberto!... ¡Alberto!...</p> + +<p>La vieja tuvo que hacer un esfuerzo enorme para contenerse. Le subía +este grito á la garganta con estertores dolorosos. Pero tembló ante la +idea de escandalizar á los espectadores, como en la noche anterior. Le +arrojarían del local para siempre; no podría ver más á su soldado.</p> + +<p>El miedo la hizo contenerse, y su emoción ruidosa se deshizo en +lágrimas. Para desahogar su pecho, hablaba en voz muy queda, una voz +que sonaba hacia dentro del cuerpo, mientras sus ojos lacrimosos seguían +contemplando con devoción todo lo que pasaba por el lienzo.</p> + +<p>—¡Alberto!... ¡Pequeño mío!... Soy yo, tu abuela; ¿no me conoces?... +Vendré á verte todas las noches.... ¡todas las noches!</p> + +<p>En la representación siguiente lloró menos. A la salida, habló con el +hombre de la puerta con cierta familiaridad, como si ella también fuese +de la casa.</p> + +<p>—¿Ha visto usted qué bien «trabaja» mi nieto?...</p> + +<p>Y el empleado, que había oído ya varias veces su historia sin prestarle +mucha atención, se llevó un dedo á la frente mirando á la mujer de la +taquilla.</p> + +<p>Los dos se entendieron con una sonrisa que decía lo mismo: «Está loca, +verdaderamente loca.»</p> + +<p>La vieja apenas pudo dormir aquella noche. Sentía intranquila su +conciencia. Era una egoísta que guardaba para ella toda la felicidad de +su descubrimiento. Alberto tenía en el mundo de los vivos alguien más +que su abuela.</p> + +<p>A la mañana siguiente vendió apresuradamente las verduras, sin cuidarse +de la ganancia, y guardó su carretoncillo mucho antes que los +compañeros. El Metro la puso en las afueras de París. Se vió en un +paisaje grisáceo, yermo, con fábricas humeantes y casas de ladrillo, +tristes como prisiones, en las que vivían los obreros.</p> + +<p>Habló con la portera de una de estas viviendas. Su biznieto estaba en la +escuela y la mujer de Alberto trabajaba en la fábrica.</p> + +<p>Fué luego á la tal fábrica, y el conserje, un inválido, le cerró el +paso. Prohibida la entrada; ningún curioso podía introducirse en los +talleres, porque en ellos se torneaban obuses.</p> + +<p>Pero la vieja, pegada tenazmente al arco de la puerta, pudo ver de lejos +á varias mujeres que pasaban y repasaban por los patios, en las +evoluciones de su trabajo, todas ellas con pantalones anchos, lo mismo +que si fuesen ciclistas. Casi rió de sorpresa al darse cuenta de que una +especie de muchacho pequeño y delgado, con amplios calzones azules, +abandonaba la carretilla que iba empujando, llena de virutas de acero, +para saludarla desde lejos. Era la mujer de Alberto.</p> + +<p>Cuando sonó la campana de mediodía y las trabajadoras salieron para +almorzar, la vieja pudo verla de cerca. Tenía una palidez cenicienta y +sus ojos eran más grandes que nunca, rodeados de aureolas azuladas y +dolorosas.</p> + +<p>Rompió á llorar al enterarse de que su marido aparecía todas las noches +en un cinema, después de haber muerto hacía un año.</p> + +<p>—¿Cómo puede ser eso?...</p> + +<p>Su asombro era tan grande, que cortaba su llanto. Hacía esfuerzos +inútiles para entender á la vieja, la cual iba repitiendo las +explicaciones que había escuchado, aunque sin comprenderlas mejor que la +otra.</p> + +<p>—Lo cierto es que Alberto trabaja en el cinema. Ven con el niño; os +espero esta noche.</p> + +<p>Hizo su invitación con aire de mando. A las ocho la encontrarían en la +puerta del cinematógrafo, situado casi en el extremo opuesto de la gran +ciudad. Después se separaron, pues los pobres no tienen tiempo que +perder.</p> + +<p>La vieja los vió llegar puntualmente. Llevaba la viuda un vestidito +negro adquirido en un bazar; el niño iba con su mejor ropa y peinado +como un paje.</p> + +<p>Al ver que la obrera intentaba ir hacia la taquilla, la vieja se opuso.</p> + +<p>—¿Qué es eso?... Aquí pago yo. Me aprecian mucho; soy como de la casa.</p> + +<p>Y para demostrar su confianza bromeó con la vendedora de billetes. Luego +estrechó una mano del hombre que guardaba la puerta—su antiguo +enemigo—, dándole un cigarro barato que había comprado momentos antes.</p> + +<p>—Los pequeños regalos mantienen las amistades. Tome usted, señor.</p> + +<p>Dentro de la sala saludó á la acomodadora como si fuese una antigua +conocida.</p> + +<p>—Son la mujer y el hijo de mi nieto, el que trabaja en la obra—dijo, +dándola al mismo tiempo unas cuantas piezas de cobre.</p> + +<p>Y se sentó con orgullo en las sillas designadas por la empleada, +juzgándolas mejores que las otras.</p> + +<p>Pero la satisfacción de mostrar á sus acompañantes la inmensa influencia +de que gozaba en este lugar público duró muy poco. Al aparecer Alberto, +temió que gritase también aquella mujercita vestida de luto que tenía á +su lado. Pero era silenciosa en su dolor. Contempló la visión con unas +pupilas agrandadas é inquietantes, que hacían recordar los ojos de los +aficionados á la morfina. Cerraba los labios con fuerza, y por ambos +lados de su boca corrían dos hilos de lágrimas.</p> + +<p>El enlutado pajecillo miraba con la inconsciencia de una edad en que se +oye hablar de la muerte sin saber lo que es. Aquel soldado lo conocía +él: era su padre; lo había visto llegar á su casa vestido así. ¿Por qué +no volvía?...</p> + +<p>—¡Papá...papá!...—murmuró, tendiendo sus manecitas hacia la visión.</p> + +<p>Y la madre y la bisabuela, sin dejar de llorar, le empujaron dulcemente +en la obscuridad para que permaneciese quieto.</p> + +<p>A la salida, antes de despedirse junto á la puerta del cinema, la vieja +tomó su aire imperativo:</p> + +<p>—Mañana aquí, á la misma hora. Yo pago.</p> + +<p>La viuda pareció extrañarse de tal invitación.</p> + +<p>—Vivo al otro lado de París; un verdadero viaje. Me he de levantar +temprano para el trabajo; debo ocuparme del niño antes de enviarlo á la +escuela. ¡Imposible!... Además, ¿para qué volver? Alberto no resucitará, +y este espectáculo me mata.</p> + +<p>La vieja la siguió con los ojos mientras se alejaba con su niño +titubeante de sueño. Siempre había creído á esta mujercita de poco +corazón.</p> + +<p>—¡Ay! La única que se acuerda verdaderamente de Alberto soy yo.</p> + +<p>Anduvo triste y malhumorada todo el día siguiente. Al anochecer se +encontró en la taberna con el tío Crainqueville. Aunque el verdulero +filósofo hablaba poco y pasaba entre las personas y las cosas sin +preocuparse de ellas, pareció interesarse por los actos de su vieja +camarada. La había observado silenciosamente. Desde hacía unos días era +otra mujer. Gastaba mucho dinero; convidaba á todo el mundo; llegaba +tarde á los Mercados, comprando lo más caro y lo peor, para vender luego +al público con mayor baratura que los demás.</p> + +<p>—Te vas á arruinar, estás gastando tu capital.</p> + +<p>Pero no obstante sus consejos, siguió bebiendo todos los vasos que quiso +ofrecerle la vieja.</p> + +<p>A las ocho, ésta se mostró impaciente.</p> + +<p>—Adiós, Crainqueville. Te dejo, si no quieres acompañarme. Me espera mi +nieto; ya sabes que trabaja en el cinema.</p> + +<p>—¡Pero si á tu nieto lo mataron!...</p> + +<p>—Es verdad que lo mataron; pero trabaja en el cinema.</p> + +<p>El filósofo se limitó á encogerse de hombros. Sabía por su maestro y +protector que no hay que asombrarse de nada en este mundo.</p> + +<p>Hasta los actos más ordinarios y comunes resultan incoherentes cuando se +les estudia de cerca. Era inútil, pues, exigir lógica en los sucesos +extraordinarios de nuestra vida.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>III</h2> + + +<p>La vieja, después de apoyar un dedo en el timbre de la verja, examinó su +vestido de seda negra. Databa de los tiempos de su pobre hija. Ella +misma lo había cortado é hilvanado; pero de la primera hechura quedaba +muy poco, después de los retoques que se habían sucedido durante su +larga existencia.</p> + +<p>Reconoció que no estaba del todo mal. Algo pasado de moda; pero el +género bueno siempre es apreciado por las personas inteligentes, y ahora +ya no se fabrican sedas como las de antes. La cabeza la llevaba desnuda. +Sentíase orgullosa de su pelo blanco, duro y abundante.</p> + +<p>Admiró al otro lado de la verja el pequeño hotel rodeado de árboles. ¡Lo +que una mujer puede ganar con sus pies!... Pero la proximidad de una +jovenzuela con delantal y gorro blancos no le permitió continuar su +examen. Esta doméstica elegante avanzaba atraída por el llamamiento del +timbre. A la vieja le fué antipática por sus ademanes varoniles, por la +mirada altiva con que la midió de pies á cabeza y por su voz áspera.</p> + +<p>—Buena mujer, si es para pedir un socorro á la señora, venga otro día. +La señora no está.</p> + +<p>Balbuceó la vieja de indignación.</p> + +<p>¡El puñetazo que se llevaría la tal, de no existir la verja entre las +dos!... Empezaba á dirigir terribles alusiones al pecho plano de la +doncella, á sus angulosidades de muchacho, subiendo rápidamente el +diapasón de sus ofensas, cuando sintió que la cogían de los hombros.</p> + +<p>Al volver la cabeza, vió junto á la acera un automóvil que acababa de +detenerse. Una señora elegante salida de él la sonreía, intentando +abrazarla.</p> + +<p>—¡Abuelita!... ¡abuelita!</p> + +<p>Lo primero en que se fijó la vieja fué que la bailarina célebre iba +vestida de luto: un luto vistoso y sobradamente llamativo, pero luto al +fin, que sólo podía ser por su hermano Alberto.</p> + +<p>Se sintió empujada cariñosamente al otro lado de la verja que acababa de +abrir la doncella. Quiso anonadar con una mirada y un bufido á la +insolente; pero ésta había bajado los ojos, no pudiendo resistirse á su +confusión.</p> + +<p>¡La que había tomado por una mendiga era la abuela de la señorita!...</p> + +<p>Al mismo tiempo lamentaba en su interior las injusticias de la suerte. +Ella había hecho estudios de bachillerato; tenía arriba en su habitación +un cuaderno lleno de versos, y sin embargo, no venía ningún príncipe de +leyenda á llevársela, regalándole un hotel igual al de la otra.</p> + +<p>La vieja marchó de asombro en asombro al recorrer los salones de la +bailarina. Ella se había imaginado el lujo de otra manera: grandes y +ostentosas sillerías, muebles monumentales, y aquí apenas encontraba +donde sentarse. Sólo veía divanes bajos y cojines en el suelo. Los +muebles eran de aspecto tan frágil, que no osaba tocarlos; los colores +de paredes y cortinas, tan raros y complicados, que daban el vértigo á +sus ojos.</p> + +<p>Apenas hubo nombrado á Alberto, la nieta se conmovió, perdiendo su +alegría de pájaro.</p> + +<p>—¡Cómo he sentido su muerte!—dijo con los ojos húmedos—. Nos +llevábamos mal; apenas nos veíamos. Él no podía comprender mi modo de +vivir. Pero lo amaba de veras.</p> + +<p>Tomó un retrato que estaba sobre una mesilla, en lugar preferente, y lo +besó. Era el retrato de Alberto. Esta fidelidad en el recuerdo conmovió +profundamente á la abuela. ¿Y aún decían que si Julieta era esto ó +aquello, por su profesión y su manera de vivir?... ¡Un alma de oro!</p> + +<p>Su entusiasmo fué enfriándose un poco al notar la serenidad con que +escuchaba la bailarina el relato de su descubrimiento en el cinema.</p> + +<p>—Es curioso—se limitó á decir—, verdaderamente curioso.</p> + +<p>Y adivinó cuál era el deseo de su abuela.</p> + +<p>—¿Quieres llevarme á verlo? Bueno; te acompañaré esta noche, pero con +una condición: la de que te quedarás á comer conmigo.</p> + +<p>El recuerdo de su hermano había hecho surgir en ella otros recuerdos.</p> + +<p>—¡Ay, abuelita! No es el pobre Alberto el único que fué á la guerra. +Otros hay que viven aún; y los que viven inspiran mayores preocupaciones +que los muertos.</p> + +<p>Pensaba en su amigo, un joven rico que la verdulera no había visto +nunca, pero, según murmuraba la gente, acabaría casándose con Julieta.</p> + +<p>No pudieron hablar más. Era la hora del té, y empezaron á llegar las +amigas de la señora, todas vestidas con unos trajes elegantes, raros y +vistosos, que hacían parpadear á la vieja, desorientándola en sus +opiniones. Algunas, á pesar de sus extraordinarias vestimentas, +envidiaban el luto de Julieta. Una de ellas fué más lejos en la +manifestación de sus deseos:</p> + +<p>—¡Qué suerte tener un muerto en la familia! ¡El negro sienta tan +bien!...</p> + +<p>Todas fumaban. Se habían tendido en el suelo, sobre pieles de oso blanco +ó redondos almohadones de seda, abullonados y con un botón hondo en el +centro, semejantes á calabazas. Unas se estiraban lo mismo que fieras +perezosas, sin reparar en lo que dejaban al descubierto; otras apoyaban +la mandíbula en las rodillas, mientras mantenían éstas entre sus brazos +cruzados.</p> + +<p>El té estaba en el suelo, sobre una gran bandeja de plata, en la que +movía la lámpara de alcohol su penacho azul casi invisible.</p> + +<p>Julieta había hecho valientemente la presentación de la vieja á sus +amigas.</p> + +<p>—Mi abuelita, que vende hortalizas todas las mañanas en la <i>rue Lepic</i>. +Yo estoy orgullosa de mis ascendientes, lo mismo que un nieto de los +Cruzados.</p> + +<p>Risa general de las señoras, que poco á poco olvidaron á la vieja. Ésta +quiso irse. No gustaba de tales costumbres, pero al mismo tiempo temía +ofender á su nieta.</p> + +<p>Pasó cautelosamente de silla en silla, como una chicuela que desea +escaparse, llegando de este modo hasta el comedor. Allí cobró ánimo, y +poniéndose de pie, se aventuró francamente en un pasadizo inmediato.</p> + +<p>Casi tropezó con la doncella, que volvía al salón llevando más agua +caliente para el té. La vieja la saludó con un bufido implacable.</p> + +<p>—¡Presumida!... ¡Fea!</p> + +<p>Después de este insulto supremo se sintió más ágil, y empezó á bajar +unos peldaños, hasta dar con la cocina.</p> + +<p>Aquí admiró más que en los salones el bienestar de su nieta. ¡Qué +abundancia! ¡Qué de cacerolas brillantes como astros!...</p> + +<p>La cocinera le hizo los honores de sus dominios, colocando sobre la mesa +una botella y dos vasos. La bebieron entera, hablando de sus penas. +Luego sacó un retrato y le dió un beso, mostrándolo á su visitante.</p> + +<p>—Mi hijo es cazador alpino, lo que llaman «diablo azul», y está en los +Vosgos.</p> + +<p>La vieja, por no ser menos, sacó también del pecho un retrato de +soldado.</p> + +<p>—A mi nieto lo mataron; pero ahora trabaja en un cinema todas las +noches.</p> + +<p>La cocinera se movió nerviosamente en su asiento, abriendo mucho los +ojos. Decididamente aquella vieja estaba loca, como le había dicho la +doncella. Pero calló, por ser la abuela de la señora.</p> + +<p>Hasta la hora de la comida se mantuvo la verdulera en este paraíso, +admirando sus magnificencias. Luego sintió nostalgia y cierta cortedad +al verse arriba, en el comedor, sentada á una mesa enorme, teniendo +enfrente á su nieta, y más allá á un criado ceremonioso que tampoco le +era simpático.</p> + +<p>Admiraba los manjares, reconociendo que nunca había comido tan bien, +pero sentía un vivo deseo de terminar cuanto antes.</p> + +<p>Miró el reloj de la chimenea. Eran cerca de las ocho.</p> + +<p>—No tengas prisa, abuelita. Hay tiempo. Mi automóvil nos llevará en un +instante.</p> + +<p>De pronto, una conmoción en todo el hotel: repiqueteo de timbres, +alaridos de sorpresa de la doncella antipática, choque de puertas, voces +de hombres.</p> + +<p>La doncella entró corriendo:</p> + +<p>—Señora.... ¡Es el señor!</p> + +<p>No dijo más, pero la vieja lo adivinó todo. «El señor» sólo podía ser +uno. Y vió á un buen mozo con uniforme de aviador, que entraba +violentamente, como una tromba. No tuvo que avanzar mucho, pues la +bailarina corrió á refugiarse en sus brazos.</p> + +<p>Julieta hablaba de él, momentos antes, con tristeza. Hacía seis meses +que no le veía. Era imposible obtener una licencia en estos momentos.</p> + +<p>El aviador dió explicaciones, con voz entrecortada.</p> + +<p>—Un permiso inesperado.... Una breve comisión en París.... Veinticuatro +horas nada más....</p> + +<p>No pudo seguir hablando. Los dos se habían abrazado, balanceándose con +las explosiones de su alegría. Empezó á rasgarse el silencio con unos +besos sonoros y escandalosos como los taponazos del champaña.</p> + +<p>La vieja se levantó, ceñuda y grave. Allí estaba de sobra una persona; +no necesitaba que se lo dijesen.</p> + +<p>Al verla salir, Julieta se desasió de los brazos amorosos, corriendo +hacia ella para dar explicaciones.</p> + +<p>—Ya ves.... Sólo viene por veinticuatro horas.... Imposible hoy.... +Otro día. Es preciso atender á los vivos.</p> + +<p>Se vió la vieja en la soledad de la calle helada y negra. Los +reverberos, encapuchonados á causa de los ataques aéreos, sólo servían, +con su breve radio de luz, para dar mayor intensidad á la lobreguez +general.</p> + +<p>Mientras marchaba, acompañó su paso repitiendo las mismas palabras, como +si fuesen una letanía:</p> + +<p>—La vida quiere vivir. Los vivos necesitan vivir.... ¡Ay del que muere! +Los muertos huyen más aprisa que los vivos....</p> + +<p>Todos abandonaban á los muertos. Hasta en la sala del cinema notó la +misma ingratitud. Aquella noche sólo había una veintena de personas. El +público de este cinematógrafo de barrio estaba ya cansado de las +aventuras de la perseguida alsaciana. Todos conocían su historia.</p> + +<p>La vieja ocupó su asiento con la majestad de un monarca que se hace dar +una representación para él solo. Al aparecer su nieto, le habló en voz +baja, con dulzura.</p> + +<p>—Buenas noches, pequeño mío. Todos te abandonan, todos te olvidan. La +vida es así.... Pero no temas; tu abuela no te dejará nunca. Aquí me +tendrás todas las noches.... ¡todas las noches!</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>IV</h2> + + +<p>La noticia empezó á circular después de mediodía, vaga é indecisa.</p> + +<p>«¡La paz! ¡Acaba de ajustarse la paz!»</p> + +<p>Pero tantas veces se había dicho esto mismo, sin verlo realizado luego, +que la vieja no creyó la noticia.</p> + +<p>A media tarde todos se convencieron de que era verdad. El gobierno +anunciaba un armisticio, solicitado por los enemigos.</p> + +<p>La verdulera se encontró de pronto envuelta y arrastrada por una +avalancha de gente que parecía rodar hacia el centro de París. Se +mostraba frenética de alegría como todos; gritaba como todos.</p> + +<p>Hasta la llegada de la noche vivió una existencia de ensueño; creyó +seguir las inverosímiles aventuras de una pesadilla. Pero esta pesadilla +era agradable y sus delirios no los inspiraba el terror, sino el +entusiasmo.</p> + +<p>Se vió en la plaza de la Concordia. La muchedumbre, rugiendo cantos +patrióticos, hacía rodar los cañones cogidos á los alemanes que estaban +expuestos en la gran plaza.</p> + +<p>Un grupo de mozalbetes hizo montar á la vieja sobre uno de estos +cañones, como si fuese un carro triunfal, arrastrando la pieza de +artillería por las calles inmediatas.</p> + +<p>Ella, con los blancos cabellos en desorden, elevaba los brazos cantando +la <i>Marsellesa</i>. La muchedumbre la saludaba con aplausos. Nadie sabía +quién era, pero su paso iba despertando la veneración instintiva que +infunde la ancianidad. Algunos creían contemplar la vieja gloria de la +Revolución, que despertaba triunfante después de un siglo de letargo.</p> + +<p>De pronto se vió á pie y sola. Había desaparecido el cañón y los jóvenes +que tiraban de él. Ahora estaban en la <i>rue Royale</i>, frente á los +restoranes más elegantes. Los parroquianos de Maxim—gentes ricas que +podían permitirse este lujo—regalaban botellas de champaña á la +muchedumbre para solemnizar el suceso.</p> + +<p>Sin saber cómo, se encontró hablando con un grupo de soldados +americanos. Ella adoraba á los americanos. Los reconocía únicamente por +su sombrero de fieltro con cuatro hoyos simétricos y terminado en punta. +¡Hermosos muchachos, sanos, fuertes y con aire de buenos! A algunos les +encontraba cierto parecido con Alberto.</p> + +<p>—¡Vivan los Estados Unidos!</p> + +<p>Se entendía con estos soldados por medio de gestos y de guiños, más que +por palabras. Pero esto importaba poco.... ¡Cuando hay simpatía y buena +voluntad!...</p> + +<p>Y ellos, regocijados por la alegría de la vieja, reían como niños +grandes, con una carcajada sonora que marcaba bajo la piel la fuerte +osamenta de las mandíbulas y dejaba al descubierto el luminoso marfil +de unas dentaduras envidiables.</p> + +<p>La vieja se levantó la falda para rebuscar en una bolsa de lienzo +pendiente sobre las enaguas, donde guardaba el capital de su comercio. +Estaba en fondos y podía convidar á sus nuevos amigos.</p> + +<p>Los soldados protestaron, riendo. «¿Admitir convites de una mujer?»</p> + +<p>El único que hablaba bien el francés de todos ellos replicó con alegre +protesta:</p> + +<p>—Nosotros somos más ricos que usted. Nosotros cobramos en dólares.</p> + +<p>Ella miró el puñado de monedas de cobre que tenía en una mano. Céntimos, +nada más; pero ¿qué importaba?...</p> + +<p>—Estáis en mi casa, y os invito. Si me decís que no, soy capaz de +llorar.</p> + +<p>Entraron en un café, y durante media hora los robustos soldados del +sombrero puntiagudo bebieron, riendo á carcajadas de las palabras y los +gestos de la alegre vieja.</p> + +<p>Luego se vió bebiendo con hombres de otros países que vestían distintos +uniformes, y hasta con soldados franceses, que, á pesar de la locura +general, conservaban un gesto sombrío, como hombres que aún no hubiesen +acabado de despertar de una pesadilla horrorosa prolongada durante años +y años.</p> + +<p>Al anochecer, la vieja se sintió fatigada. Parecía que toda aquella +muchedumbre hubiese marchado sobre ella; creía haber recibido millones +de golpes.</p> + +<p>El instinto la llevó hacia su barrio, caminando con lentitud, +arrastrando casi los pies. Pero á pesar de esta fatiga, juntó su voz á +las aclamaciones de todos los grupos que encontraba al paso.</p> + +<p>La necesidad de descansar y la costumbre la hicieron meterse en la +taberna.</p> + +<p>Allí estaba Crainqueville, solitario y silencioso, sentado ante un vaso +vacío, cuyo fondo contemplaba tristemente.</p> + +<p>—También te convido á ti—dijo la vieja—. Hoy es un gran día. ¡La paz! +¿Qué dices tú de la paz?</p> + +<p>Crainqueville levantó los hombros. Luego, animado por la vista del nuevo +vaso que le ofrecía su amiga, se dignó hablar.</p> + +<p>—Tal vez la humanidad procure ser mejor después de esta prueba +terrible; tal vez se regenere y aprenda á vivir por primera vez con un +poco de lógica.</p> + +<p>Luego sonrió irónicamente, como su maestro. Se sentía invadido por la +eterna duda, y continuó:</p> + +<p>—Aunque nadie puede afirmar si esta pobre humanidad merece la pena de +ser regenerada y que alguien se ocupe de su porvenir....</p> + +<p>Mucho más tarde, la vieja sintió la atracción de un nuevo deseo. Se +acordó con delicia de la obscura sala del cinema y de sus vistas, que +ella consideraba como algo celestial. ¡Qué felicidad estar allá dos +horas, en un asiento cómodo, conversando mentalmente con su nieto! El +pobre Alberto no debía conocer aún la gran noticia que conmovía á París +y al mundo entero. Ella iba á comunicársela.</p> + +<p>—Adiós, Crainqueville; mi nieto me espera. Para el pobre no hay +fiestas. Esta noche trabajará como todas.</p> + +<p>El filósofo ambulante, que había terminado por aceptar la vida ilusoria +de su compañera, creyó del caso darle algunos consejos.</p> + +<p>—Te estás matando. Apenas comes; bebes demasiado. Gastas tu dinero +exageradamente; vas á perder tu capital. Ayer tuviste que tomar la mitad +de tu género al fiado.... Además, en una semana parece que hayas vivido +varios años.</p> + +<p>Pero después de la cuerda reprimenda, volvió á sonreir con su eterna +sonrisa de duda.</p> + +<p>—En fin, ¡si eso te divierte!... ¡Si encuentras en ello tu +felicidad!...</p> + +<p>La vieja marchó apresuradamente hacia el cinema, á pesar de sus piernas +entumecidas que casi se negaban á sostenerla. Allá, en la sala +agradable, descansaría cómodamente.</p> + +<p>Las calles estaban obscuras aún, como en las noches de la guerra +preñadas de amenazas aéreas. Pero la muchedumbre formaba grupos. Sonaban +instrumentos de música y se improvisaban bailes en las encrucijadas.</p> + +<p>Al penetrar en el atrio del cinema, el empleado que guardaba la puerta +salió á su encuentro alegremente.</p> + +<p>—¡Viva la paz, abuela!</p> + +<p>Luego añadió, como si recordase algo de escasa importancia:</p> + +<p>—Esta noche ya no «trabaja» su nieto.... ¡Se acabó! Todo es nuevo. Pero +la representación vale la pena.</p> + +<p>-¿Qué?...</p> + +<p>La vieja había apoyado la espalda en el muro, intensamente pálida, con +los ojos desmesuradamente abiertos. El empleado fué dando explicaciones +para contestar á su exclamación angustiosa.</p> + +<p>—Han transcurrido siete días. ¡Cambio completo de programa! El público +estaba fatigado ya de la historia de la muchacha de Alsacia y del +alemán. Ahora, con la paz, habrá que dar otras cosas. ¡Nada de +guerra!... Hay que olvidar, hay que alegrarse.... Entre.... Tenemos esta +noche una película americana que hace rugir de risa.</p> + +<p>La vieja vaciló sobre las piernas, á pesar de que se había desvanecido +instantáneamente la dulce turbación de su mansa embriaguez.</p> + +<p>—¡No verle más!... ¡no verle más!—gemía.</p> + +<p>Luego resumió su desesperación en una frase:</p> + +<p>—Me lo han matado por segunda vez.</p> + +<p>El público que iba á entrar en el cinema se agolpó en torno de esta +mujer desfalleciente, próxima á caer al suelo. El empleado, por +conmiseración y por evitar aglomeraciones en la puerta, intentó alegrar +á la vieja.</p> + +<p>—¡Ánimo, abuela!... No va usted á morirse hoy, un día de tanta +felicidad, porque hemos cambiado el programa.... Además...además....</p> + +<p>Había pedido á la mujer de la taquilla un periódico, y empezó á +examinarlo con precipitación, empinándose sobre la punta de los pies +para recibir mejor la luz de una lámpara pendiente del techo. Al mismo +tiempo hablaba entre dientes.</p> + +<p>—Veamos.... Esta estúpida historia de la alsaciana deben darla en +alguna parte. Un mal <i>film</i> de ocasión, hecho de recortes. Estará, +seguramente, en los cinemas de quinta clase.... Eso es; helo aquí.</p> + +<p>Y dirigiéndose á la vieja, le dió el nombre de una calle y el título de +un cinematógrafo.</p> + +<p>—Un poco lejos, abuela; en Grenelle, al otro lado de París; ¡pero +tomando el Metro!... Allí encontrará á su nieto durante una semana.</p> + +<p>No se acordó más de ella, para seguir ocupándose del público que entraba +y entraba, atraído por el programa nuevo.</p> + +<p>La vieja se vió otra vez en la calle. No tenía mas que una idea.</p> + +<p>«¡Me lo han matado!—pensaba—. En este día en que todos ríen, me lo han +matado por segunda vez.»</p> + +<p>Reapareció su enérgica voluntad de luchadora obscura y humilde. Se lo +habían matado allí; pero iba á resucitar en otra parte. Debía ir á su +encuentro.</p> + +<p>Buscó bajo su falda aquella bolsa de tela que contenía sus capitales. Su +diestra sólo encontró el vacío. Después de tenaces exploraciones, +salieron á luz unas cuantas monedas de cobre sosteniéndose entre sus +dedos. Cincuenta céntimos en total.</p> + +<p>Sólo disponía de lo preciso para comprar una entrada en aquel cinema +desconocido de Grenelle.</p> + +<p>No le quedaba dinero para tomar un billete del Metro. Todo lo había +gastado en sus ruidosas aventuras de la tarde. Tendría que ir á pie; y +era tan lejos.... ¡tan lejos!</p> + +<p>Un mal pensamiento contrajo su frente.</p> + +<p>—¡Si pidiese limosna!... Hoy es un día de regocijo general. Se +apiadarán de mí al verme tan vieja, tan cansada....</p> + +<p>Pero á pesar de su cansancio se irguió, con un gesto de altivez +ofendida. No había mendigado nunca, y á los setenta años era tarde para +empezar.</p> + +<p>—Debo verle...necesito verle.</p> + +<p>La fatiga le hizo caer en un banco entre dos árboles del bulevar. +Brillaban en la penumbra las puertas de cafés y tabernas como bocas de +horno. Se confundían en alegre discordancia las diversas músicas. +Pasaban parejas amorosas, perdiéndose en la obscuridad; guerreros de +remotos países que abarcaban con un brazo el talle de una mujer.</p> + +<p>—¡Tan lejos!... ¡tan lejos!—seguía suspirando la vieja.</p> + +<p>Vió de pronto un soldado que le sonreía, un soldado todo blanco desde el +casco de trinchera hasta los gruesos zapatos. A través de su cuerpo se +veían los árboles, el banco cercano, las gentes que pasaban. Parecía de +cristal, de humo sutil, de espuma impalpable.</p> + +<p>La hizo señas para que la siguiese, y echó á andar al ver que la vieja +le obedecía.</p> + +<p>—¡Ay, mis piernas!... No podré seguir. Son varios kilómetros. ¡No +llegaré nunca!...</p> + +<p>Se dejó caer en otro banco y el soldado transparente se detuvo, +volviendo hacia ella un rostro sombrío, desesperadamente sombrío.</p> + +<p>—No te pongas triste. ¡Si supieras cuán cansada estoy! Pero tu abuela +no te abandonará nunca.... Alberto, espérame. ¡Allá voy, pequeño mío!</p> + +<p>Y haciendo un esfuerzo supremo, se levantó y siguió marchando en pos del +fantasma por las calles interminables, negras, heladas....</p> + +<p>Como marchamos todos á través de las asperezas de la vida, guiados por +nuestros recuerdos, al encuentro de la Ilusión.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="EL_AUTOMOVIL_DEL_GENERAL" id="EL_AUTOMOVIL_DEL_GENERAL"></a><a href="#capitulos">EL AUTOMÓVIL DEL GENERAL</a></h2> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>I</h2> + + +<p>El periodista Isidro Maltrana habló así á sus amigos en un pequeño +restorán de Broadway:</p> + +<p>—Me veo obligado á buscarme la vida en Nueva York. Ya no puedo volver á +Méjico. ¡Qué desgracia! ¡Tan bien que me ha ido allá durante once +años!...</p> + +<p>Ustedes saben que soy español, y no tengo otra herramienta para ganarme +el pan que una pluma fácil y sin escrúpulos. No recordemos las aventuras +de mi primera juventud. Deben conocerlas ustedes, pues con ellas se han +escrito libros. Son, en realidad, sucesos vulgares, que sólo merecen +atención por el ambiente de tristeza desgarradora en que se +desarrollaron.</p> + +<p>Hace años me lancé á recorrer la América de habla española. Entré por +Buenos Aires y he salido por la frontera de Texas. Una hazaña de +conquistador de otros siglos; algo como el paseo del capitán Orellana, +que partió del Perú y, navegando de un río grande á otro mayor, se vió +de pronto en el Atlántico, después de haber bajado todo el curso del +Amazonas.</p> + +<p>No sonrían ustedes; ya sé que mis viajes en buque de vapor, en +ferrocarril ó en mula, no pueden compararse con los penosos avances de +aquellos exploradores de piernas de acero y pechos de bronce. Pero no +crean tampoco que mis andanzas á través de la tierra americana han sido +envidiables por su comodidad. También yo he sufrido grandes privaciones. +Los conquistadores, que tuvieron que luchar con el hambre de las +interminables soledades, acallaban su estómago apretándose un punto más +el cinturón, y seguían adelante, con el arcabuz al hombro. Yo he tenido +que apretarme igualmente el cinturón muchas veces; pero siempre +encontraba, al fin, en las Repúblicas pequeñas, algún tirano, ó +aspirante á tirano, que se encargaba de mantenerme á cambio de insultos +á sus adversarios y de elogios disparatados á su persona.</p> + +<p>Al pasar de España á América, deseé cambiar de profesión. Me habían +dicho que en esta parte del mundo todos los emigrantes cambian de +oficio, como las culebras cambian de piel al modificarse el ambiente con +el curso de las estaciones.</p> + +<p>Eso será verdad tratándose de los demás; ¡pero los que nacimos siervos +de la pluma!...</p> + +<p>Quise en Argentina cultivar la tierra, pero fracasé completamente, y +volví al periodismo vagabundo, lo que me hizo marchar de República en +República, siempre hacia el Norte.</p> + +<p>No recordemos esta época de literatura ambulante y servil. Otro, tal vez +estaría orgulloso de ella, y hasta escribiría sus Memorias. Fuí amigo de +varios presidentes; á unos les he servido de bufón, á otros de consejero +secreto. He redactado, á la vez, crónicas de vida elegante para las +presidentas y proyectos de Constitución que sus graves maridos +presentaban al pueblo como producto de nocturnas meditaciones. He huído +de algunos de estos protectores, por miedo á que me fusilasen; sabía +demasiados secretos. A otros los he visto caer asesinados cuando +mostraban una confianza majestuosa igual á la de los dioses inmortales. +He insultado á hombres que no conocía, para servir con ello á hombres +que despreciaba por conocerlos demasiado.</p> + +<p>¿Que mi oficio es vergonzoso?... Soy el primero en confesarlo. Y lo peor +es que no me ha enriquecido; sólo me dió para vivir con intermitencias +de locos derroches y largas penurias. Cuando triunfaban mis protectores, +nunca tenían tiempo para regalar algo duradero al que les había ayudado +con su pluma venenosa.</p> + +<p>Además, reconozco mi defecto; soy un bohemio, un vagabundo que nunca se +siente bien allí donde está, y espera encontrar algo mejor yendo más +lejos.</p> + +<p>No me creo el único. Los periodistas errantes y los cómicos somos la +última y miserable prolongación de la España conquistadora. Vamos y +venimos desde el estrecho de Magallanes á la frontera de California, +pasando á través de diez y ocho naciones que hablan nuestra lengua, +conociendo en unas partes la riqueza y en otras el hambre; aquí, el +aplauso y la admiración; más allá, el insulto y la fuga. Algunos, en sus +correrías, hasta tropiezan con la Fortuna, y son sus amigos por corto +tiempo. Todos, finalmente, terminan sus días en la miseria.</p> + +<p>Pero no divaguemos. Quiero decir que, después de mis andanzas por la +América del Sur y la América del Centro, di fondo en Méjico, hace poco +más de diez años. ¡Hermoso y simpático país! En ninguna parte he vivido +mejor.</p> + +<p>Ya estaría de vuelta allá, á pesar de la última revolución, que me hizo +huir; pero no me atrevo.</p> + +<p>Existe de por medio el maldito asunto del automóvil del general.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>II</h2> + + +<p>Parecía que Méjico me estuviese esperando, como uno de esos volcanes +bondadosos y bien educados que permanecen tranquilos durante siglos y, +apenas un explorador huella su cumbre por primera vez, empiezan á rugir +y á soltar humaredas á guisa de saludo.</p> + +<p>Treinta años llevaba el país de dormitar en paz; pero al llegar yo +despertó, amenizando mi existencia con una serie de revoluciones que +todavía no han terminado.</p> + +<p>¡Lo que he visto en diez años!... Porfirio Díaz, que parecía eterno, +escapando para morir en un hotel del viejo mundo. Madero, un hombre +bueno, que gobernaba moviendo veladores y conversando con los espíritus, +fué cazado á balazos, lo mismo que un corderillo dulce, en las cuevas +del palacio presidencial. El alcohólico Huerta acabó sus días en una +cárcel de los Estados Unidos, desesperado porque no le dejaban beber. Al +viejo Carranza, que parecía construido para vivir un siglo, lo acaban de +asesinar.</p> + +<p>En diez años, ¡cuatro presidentes que han terminado de mala manera ó han +muerto en una cama que no era suya! Reconozcamos que es demasiada +tragedia para tan corto tiempo. Esta sucesión de presidentes mejicanos +recuerda á los reyes y héroes griegos de la dinastía de los Atreidas, +que terminaban siempre de un modo fatal.</p> + +<p>Pero yo, que soy franco hasta el cinismo, confieso que no guardo un +triste recuerdo de los largos años de revolución, ni he derramado una +lágrima en memoria de estos señores que conocieron los goces de una +autoridad sin límites y la desesperación de un final trágico.</p> + +<p>Al principio fuí simplemente escritor de á caballo. No tenía periódicos +que hacer, y servía de secretario á los generales que mandaban las +fuerzas revolucionarias. Redacté proclamas dirigidas á los pueblos, +alocuciones á las tropas, y describí en un estilo lírico los grandes +triunfos de los insurrectos sobre los soldados del gobierno, llamados +«federales». Nunca, en mis escritos, dejé de establecer discretos +paralelos entre las campañas napoleónicas y las de los caudillos á cuyo +servicio me había entregado.</p> + +<p>Conocía bien á mi gente. Uno de los generales, que fué mi amo durante +seis meses, al ver la polvareda levantada por unos cuantos centenares de +enemigos, se volvía siempre hacia nosotros, los de su Estado Mayor, para +decirnos con aire inspirado:</p> + +<p>—Napoleón, en este caso, hubiera hecho seguramente lo que yo....</p> + +<p>Y hacía lo que hubiese hecho Napoleón.</p> + +<p>¡Ay, amigos míos! Recuerdo bien nuestras famosas batallas, aunque +siempre las veía de lejos. ¡Lo que sentí muchas veces no haber aprendido +á montar á caballo desde mi niñez, no ser hombre de campo, para +improvisarme general lo mismo que los otros!... ¡Quién sabe si lo habría +hecho mejor!...</p> + +<p>Las tales batallas podían ser tituladas así porque tomaban parte en +ellas veinte mil ó treinta mil hombres. En Méjico nunca faltan hombres +para pelear y morir. Hay siempre más que fusiles. Pero, en realidad, +eran simples riñas de grupo á grupo, dejando á la iniciativa de cada +pelotón la marcha del combate. Tiraban y tiraban hasta agotar las +municiones, sin hacer uso jamás del arma blanca. Ninguno tenía bayoneta. +Se mataban durante horas y horas, y al final el bando que se veía sin +cartuchos se retiraba, dejando el campo al otro.</p> + +<p>Todos éramos de caballería, porque hacíamos las marchas á caballo; pero +en el momento del combate los jinetes se convertían en infantes. +Teníamos artillería. Cada bando procuraba poseer cañones más gruesos que +los del adversario, y estos cañones tiraban y tiraban, con un estruendo +ensordecedor.</p> + +<p>Recuerdo el asombro y la indignación de un oficial alemán que venía con +nosotros, al ver cómo funcionaba la artillería.</p> + +<p>(Advierto á ustedes que todos los revolucionarios éramos germanófilos, +por odio á los Estados Unidos y á Inglaterra. Nos comparábamos con los +bolcheviques rusos, deseábamos la derrota de la República francesa y el +triunfo de Guillermo II. Los alemanes intervenían con frecuencia en +nuestras campañas.... Pero no desviemos el relato. ¡Adelante!)</p> + +<p>—General—clamó el prusiano—, los artilleros no saben apuntar. Tiran +al aire. Sólo desean hacer ruido.</p> + +<p>Y el general, que se las echaba de ingenioso, contestó, levantando los +hombros:</p> + +<p>—Déjelos. No es necesario que hagan más. La artillería sólo sirve para +asustar <i>pendejos</i>.</p> + +<p>Después de estas batallas, cuando quedábamos vencedores por haber podido +hacer fuego media hora más que los otros, venían los comentarios y las +explicaciones del triunfo. Aquí entraba yo como estratega. Describía +moniobras que nadie había visto; suponía en el general y sus +colaboradores órdenes que nadie había dado; explicaba el presente con +arreglo á mis lecturas pasadas, y siempre encontraba el medio de +emparentar la batalla reciente con alguna de las de la juventud de +Bonaparte. No había miedo de que alguien protestase escandalizado.</p> + +<p>—¡Este Maltrana!—oía decir á mis espaldas—. ¡Lo que sabe!... ¡Lo que +ha leído!...</p> + +<p>Y, por el momento, no me daban cosas de más provecho que tales elogios y +un amplio permiso para apropiarme lo ajeno. Pero esto último no +representaba gran cosa, por ir yo acompañado de gentes listas, que, al +ser del país, siempre llegaban antes allí donde había algo que coger.</p> + +<p>Cuando triunfamos, y los jefes del ejército revolucionario ocuparon la +presidencia de la República, los ministerios y demás sitios públicos, mi +suerte empezó á afirmarse. Escribí en los diarios del nuevo gobierno +cuando había que insultar á los enemigos ó hacer al país brillantes +promesas.</p> + +<p>¡El dinero que gané en aquellos tiempos, no muy lejanos, pero que me +parecen ya remotísimos!...</p> + +<p>Tenía serios adversarios. La mayor parte de los generales eran hombres +que no vacilaban ante ningún obstáculo. De «rancheros» ó bohemios de la +ciudad, se habían convertido en generales heroicos. ¿Por qué no podían +ser igualmente escritores?...</p> + +<p>Como Julio César después de sus campañas, cada uno de ellos quiso +escribir sus <i>Comentarios</i>. Pero César no escribía, dictaba, y sin duda +por esto, los más de ellos me tomaron como secretario, confiándome sus +hechos heroicos para que los realzase con la música de mi estilo. +Además, cobraba todos los meses una subvención en cada uno de los +diversos ministerios, para tomar fuerzas y poder llevar adelante la +magna y voluminosa obra que estaba escribiendo sobre la revolución +triunfante.</p> + +<p>¡Lástima que la última revuelta militar haya matado este libro antes de +nacer! Ustedes saben que yo he cultivado la paradoja, como único pan que +me nutre. Pues bien; esta obra iba á ser la mejor de todas las mías.</p> + +<p>Comparaba en ella á Wáshington con nuestro presidente, é inútil es decir +quién de ellos quedaba sobre el otro. Luego establecía un paralelo +crítico entre el ataque de Cerro Pelado y la batalla de Arcole; la +sorpresa del Barranco de los Santos y la batalla de Austerlitz; y así +seguía comparando otras acciones de guerra, hasta conseguir que el +«corso de los cabellos lacios» (¡siempre Napoleón!) quedase al nivel de +mis sabios caudillos de machete al cinto y lazo de cuerda formando rollo +en el arzón de la silla.</p> + +<p>El final del libro era lo mejor: una demostración clarísima de que la +civilización de los Estados Unidos resulta inferior á la civilización +mejicana, y debe ser vencida por ésta, para bien de los mismos yanquis. +Así trabajarán menos, no necesitarán tanto dinero para vivir, conocerán +mejor la alegría de la existencia.</p> + +<p>Les aseguro á ustedes que es una lástima que hayan sido arrojados del +gobierno mis protectores y no quede allá quien me subvencione para +terminar el libro. ¡Un verdadero éxito! Traducido al inglés, se hubiesen +vendido centenares de ediciones. ¡Esta gente de Nueva York gusta tanto +de libros que la hagan reir!...</p> + +<p>Pero no se impacienten ustedes. Adivino en sus ojos lo que piensan: «el +automóvil del general». Desean saber qué general es el de mi historia y +por qué su automóvil me cierra el camino para volver á Méjico.</p> + +<p>A ello vamos, amigos míos.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>III</h2> + + +<p>De todos los personajes que conocí en el período de la guerra, el que +demostró mayor interés por mi persona y me protegió más eficazmente fué +el general Castillejo.</p> + +<p>En sus momentos de efusión amistosa, que eran muy raros, me llamaba +Maltranita, y eso que yo podía ser casi su padre, ó cuando menos un +hermano muy mayor. Este general (uno de los consejeros más íntimos y +escuchados del presidente) sólo tenía veintisiete años. Es cierto que +los otros generales y ministros no eran, ordinariamente, de mayor edad. +Cuando el viejo Carranza reunía los primeros funcionarios y héroes de la +República, parecía un director de colegio pasando examen á sus +discípulos.</p> + +<p>Castillejo es pequeño de cuerpo, nervioso y ágil, con un color moreno +ardiente que se aproxima al tono del chocolate con leche. Lo más notable +en él son los ojos, brillantes y autoritarios cuando quiere mirar de +frente, lo que ocurre pocas veces. Su vista parece siempre fugitiva, +como si la distrajera algún mal pensamiento. Sus cejas oblicuas y su +cutis obscuro se armonizan poco con su ángulo facial, abierto y europeo. +Es, como muchos de nuestra América, el resultado de tres orígenes: +indio, africano y español.</p> + +<p>Sus amigos le tenían en alto concepto, hablando de él con admiración y +miedo.</p> + +<p>—¡Un hombre de cuidado!... No conviene tenerlo de enemigo. ¡Sabe +mucho!...</p> + +<p>Además, quitaba y ponía ministros, daba mandos en el ejército á los +compañeros que le seguían ciegamente, y obligaba á salir del país á sus +adversarios ó los enviaba á ciertas provincias de la costa del golfo de +Méjico, donde la gente de las altas mesetas puede contraer enfermedades +de muerte.</p> + +<p>Sus enemigos recordaban la facilidad con que había fusilado durante la +guerra á los prisioneros. Pero ¿quién puede hacer el balance de los +fusilamientos ordenados allá por unos y por otros? ¡He visto tantos!... +¡Cuesta tan poco dar una orden que suprime á un hombre!...</p> + +<p>Nunca tuve con él motivos de queja. ¡Excelente muchacho! Hasta creo que +me admiraba un poquito á causa de mi pluma, y eso que era incapaz de +admirar á nadie, convencido como estaba de que la presidencia de la +República le correspondía de derecho. Pero aún no creía llegado el +momento de ocuparla.</p> + +<p>Nuestra intimidad dató de un libro que escribí para él después de la +guerra: <i>Historia de la división del Oeste</i>. Esta división era la horda +á caballo que había mandado mi general Castillejo. Inútil es decir que +la tal división lo había hecho todo, y á ella se debía únicamente el +triunfo revolucionario.</p> + +<p>Lo malo es que yo mismo, con esta mano pecadora, había escrito también +la <i>Historia de la división del Este</i>, y la del Norte, y la del Sur, y +la del Centro, y cada una de estas divisiones era la mejor entre todas y +lo había hecho todo, y los demás generales no habían servido mas que de +estorbo.</p> + +<p>Pero como estos libros iban firmados por sus respectivos héroes, y cada +uno callaba mi nombre, Castillejo apreció su historia como la mejor de +todas, paladeando las hermosuras de mi estilo lo mismo que si le +perteneciesen.</p> + +<p>Andaba muy ocupado en la elección del nuevo presidente. El gobierno +surgido de la revolución deseaba dos cosas á la vez: hacer unas +elecciones que pareciesen legales y sacar triunfante de ellas al +candidato que tenía escogido, y á nadie más. Varios generales se +presentaban también como candidatos, amenazando con hacer una revolución +si no salían triunfantes. Todos hablaban de legalidad y de respeto á la +ley, al mismo tiempo que se llevaban una mano al costado para +convencerse de que tenían el revólver listo. Y el país, fatigado de diez +años de revolución, les dejaba hablar, deseando en el fondo de su ánimo +que se matasen entre ellos, pero dispuesto á votar por el gobierno ó por +el general que derribase al gobierno. La única manera de vivir seguro en +aquella tierra es irse con el que manda.</p> + +<p>Mi general era el hombre de confianza del presidente y el sostenedor de +la candidatura patrocinada por éste. Como los otros aspirantes á la +presidencia pertenecían al ejército, la candidatura gubernamental usaba +el título de «antimilitarista». Castillejo y otros compañeros de +generalato, que habían fusilado centenares de hombres, quemado +estaciones y pueblos, y vivían en plena paz con la misma violencia que +cuando hacían la guerra, pronunciaban discursos sobre discursos, +cantando las excelencias de ser gobernados por un «civil» y la necesidad +de terminar con el militarismo.</p> + +<p>Yo combatía con la pluma, siguiendo las órdenes de mi jefe. En Méjico es +más fácil este trabajo que en otras partes. Cuenta uno con el argumento +precioso de «la intervención norteamericana». El periodista que defiende +al gobierno puede describir á los hombres de la oposición como «malos +patriotas, que con sus insurrecciones provocan la anarquía y hacen +inevitable una invasión de los norteamericanos para el restablecimiento +del orden». Y á su vez, los escritores de la oposición, al atacar al +gobierno, afirman que éste comete tales atrocidades, que, «al final, los +Estados Unidos tendrán que intervenir para derrocar su tiranía». Sin el +fantasma de la intervención norteamericana, ¿quién podría escribir en +Méjico?...</p> + +<p>Además, hay otro recurso de éxito seguro. Cuando no se sabe qué decir de +un enemigo político, ó cuando se recibe el encargo de insultar á alguien +que ha pintado el país tal como es, se emplea siempre la misma injuria: +«Vendido al pérfido oro yanqui.» ¡Y qué inagotable resulta el tal oro! +Todos los días hay alguien que se vende á él por enormes cantidades. Si +se suman los millones, tal vez no quepan en la Tesorería Federal.</p> + +<p>Y lo más gracioso es que los que escriben esto piensan al mismo tiempo: +«¿Dónde demonios estará la puerta de la oficina en la que se hacen tales +compras?... ¿Quién será el encargado de recibir á los que desean +venderse?...»</p> + +<p>Yo mismo, queridos amigos, quisiera saber si ustedes, por ser más viejos +en la tierra yanqui, están enterados de á qué personaje hay que +dirigirse en Wáshington para dicho asunto. ¡Me gustaría tanto estar +enterado!...</p> + +<p>Pero ¿callan ustedes?... ¿No saben qué decir?... Sigamos con nuestro +general.</p> + +<p>Siempre que leía uno de mis artículos contra los enemigos de la +candidatura del gobierno, celebraba con entusiasmo los insultos más +atroces.</p> + +<p>—¡Qué pluma la suya, Maltranita!... ¿Cómo pagarle sus servicios á la +buena causa?</p> + +<p>Muy fácilmente; yo no podía aspirar á una legación diplomática ni á un +ministerio cuando triunfase nuestra candidatura; eso quedaba para los +mejicanos. Mis aspiraciones eran más modestas.</p> + +<p>—Me contento, mi general, con que me envíe usted á Nueva York cuando +vaya allá una comisión á hacer compras para el gobierno. Lo mismo da que +compren autocamiones, máquinas de escribir, zapatos ó papel para las +oficinas. Sólo pido ser el agente comprador de la comisión. Me doy por +satisfecho con el diez por ciento. ¿Que adquieren por un millón?... Cien +mil dólares para mí. ¿Que compran por valor de dos?... Pues doscientos +mil. Con eso me retiro á España y dejo de escribir, aunque lloren de +pena las nueve Musas.</p> + +<p>Castillejo juzgaba mediocres mis pretensiones. Ahora trabajaba por hacer +presidente á un amigo. Luego le tocaría á él. Sólo tenía que esperar yo +cuatro años, y entonces me daría lo que desease.</p> + +<p>¡Esperar en un país donde mueren de una manera trágica cuatro +presidentes en sólo diez años!... No; prefería que me diesen +inmediatamente el modesto cargo de comprador en Nueva York.</p> + +<p>Pero Castillejo no estaba para fijarse en mi escepticismo; cada día se +mostraba más preocupado por el éxito de su campaña electoral. ¡Cosa +rara! No le inquietaban los generales candidatos que parecían próximos á +sublevarse contra el gobierno. El objeto de sus preocupaciones era un +joven, casi de su edad, el ingeniero Taboada, que se había educado en +los Estados Unidos y tenía la pretensión de exigir que se implantase de +golpe en Méjico todo el sistema democrático, con su respeto á la ley y á +las opiniones ajenas, que había conocido en la vecina República.</p> + +<p>Sin más apoyo que unos cuantos amigos tan ilusos como él, presentaba su +candidatura á la presidencia, afirmando que era la «única candidatura +civil».</p> + +<p>—¡Pero si ese muchacho es un loco!—decía yo, extrañado de la +preocupación de Castillejo—. ¡Si no puede juntar más allá de un +centenar de votos!... Ya que usted le hace el honor de tenerle en +cuenta, voy á demolerlo con un artículo. Diré que está vendido á los +Estados Unidos y por eso pretende implantar entre nosotros las +costumbres y sistemas de allá. Voy á demostrar que ha recibido tres +millones de Wáshington para su candidatura.... Si le parecen poco, +escribiré cinco millones. Da lo mismo. ¡Con decir que yo he visto con +mis ojos cómo los recibía!...</p> + +<p>Y escribí esto, y otras cosas. Necesitaba no quedarme á la zaga de los +periodistas del país, que me vencían muchas veces en la invención de +estupendas mentiras.</p> + +<p>Pero noto que se impacientan ustedes. ¡Calma! Ahora sí que llegamos de +veras al automóvil del general.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>IV</h2> + + +<p>Algunos de los allegados á Castillejo se mostraban terribles en sus +ofrecimientos.</p> + +<p>—General, ya que le estorba tanto ese ingenierillo, no tiene mas que +darnos una orden. Es lo más fácil librarse de él.</p> + +<p>¡Como si el general necesitase de tales consejos! Eran muchos los que +habían desaparecido misteriosamente de la existencia diaria, y los +calumniadores pretendían que únicamente Castillejo podía saber dónde +estaban. Todos debajo del suelo.</p> + +<p>—¡Qué disparate!—protestaba el general—. Los candidatos militares +atribuirían al gobierno la muerte de Taboada; la gente que ahora se ríe +de él lo veneraría como un mártir. No; dejemos de pensar en ese hombre.</p> + +<p>Y yo adivinaba que seguía pensando en él, con su gesto reconcentrado é +inquietante que hacía decir á las gentes: «Castillejo, muy malo como +enemigo.»</p> + +<p>Uno de los amigotes que le acompañaban en sus francachelas nocturnas me +reveló el secreto.</p> + +<p>—Lo que sufre el general son unos celos que le tienen loco, lo mismo +que un dolor de muelas. Ahora, Olga del Monte adora al ingeniero.</p> + +<p>Esta Olga del Monte era la Aspasia de la revolución mejicana. Hija de +una familia distinguida de la capital, sus excesos imaginativos y reales +habían acabado por arrastrarla á una vida que era la vergüenza de su +parentela. Iba teñida de rojo escandalosamente, en un país donde las más +de las mujeres son morenas. Había pasado una temporada en París á +expensas de varios protectores, lo que imponía un irresistible respeto á +los jóvenes centauros de la revolución, ignorantes de toda tierra que no +fuese la suya. Además, tocaba el piano y el arpa, suspiraba romanzas +mejicanas y fabricaba versos.... Tenía de sobra para traer como locos á +todos los generales mozos. Algunos de ellos, á pesar de sus +declamaciones contra el derecho de propiedad y contra las desigualdades +de clase, lo que más apreciaban en Olga era su origen. Les producía +confusión y orgullo á la vez pensar que eran amigos y protectores de una +hija de gran familia de la capital, cuando hacía pocos años figuraban +aún como jornaleros del campo ó vagabundos en lejanas provincias.</p> + +<p>Regalos cuantiosos llovían sobre ella. Los vencedores mostraban la misma +generosidad de los bandidos después del reparto de un botín fácilmente +conquistado. Olga se tomaba á veces el trabajo de desfigurar las joyas +robadas. En otras ocasiones lucía los ricos despojos tal como se los +habían dado, y las gentes señalaban sus brillantes, sus esmeraldas y sus +perlas, nombrando á las verdaderas dueñas de estas alhajas. Eran señoras +del régimen anterior derrumbado por la revolución, que andaban ahora +fugitivas por el extranjero.</p> + +<p>Mi general, que tenía un alma puerilmente romántica, se mostraba +orgulloso de haber vencido á varios compañeros de profesión. Él era +ahora el único que podía considerarse dueño de esta poética criatura. La +abrumaba con sus presentes; había trasladado de su casa á la de la +hermosa todo lo recogido cuando entró en la ciudad de Méjico al frente +de su división del Oeste, ¡y bien sabe Dios que Castillejo no era tonto +ni perezoso para esta clase de trabajos!</p> + +<p>Pero la vaporosa criatura, harta sin duda de las magnificencias del +saqueo, quería mostrarse ahora desinteresada, prefiriendo á los hombres +pobres y perseguidos, sin duda porque todos los que la rodeaban eran +ricos, fanfarrones é insolentes. Y por esta necesidad de cambio y de +contraste, abandonó á nuestro general, enamorándose de Taboada.</p> + +<p>El ingeniero era débil de cuerpo, dulce de maneras, odiaba á los +soldadotes, hablaba de la regeneración de los caídos y del advenimiento +de los pobres al poder. Además, los triunfadores se reían de él y tal +vez lo matasen el día menos esperado. ¿Qué héroe más interesante podía +encontrar una mujer de sentimientos sublimes y «mal comprendidos», como +se creía esta muchacha?...</p> + +<p>En vano Castillejo apeló á las seducciones del gobernante para vencer su +desvío. Él haría que el presidente la enviase á Nueva York y luego á +París, con un cargamento de grandes sombreros mejicanos, trajes +vistosos y cien mil pesos al año, para que cantase y bailase á estilo +del país en los principales teatros. Iba á ser casi un personaje +oficial; haría propaganda mejicana por el mundo. ¡Quién sabe si la +historia patria hablaría alguna vez de ella con agradecimiento!... Pero +Olga contestó negativamente. Prefería á su ingeniero. É igualmente fué +rehusando otras proposiciones no menos productivas y honoríficas.</p> + +<p>Los consejeros de Castillejo seguían, mientras tanto, insinuándole su +remedio dulcemente.</p> + +<p>—¡Si usted quisiera, mi general!... Una palabrita nada más, diga una +palabrita, y no volverá á estorbarle ese mozo.</p> + +<p>Pero Castillejo protestaba con una bondad que metía miedo. La alarma de +su recta conciencia era para espeluznar á cualquiera.</p> + +<p>—¡Que nadie toque á ese hombre!—decía—. Ninguna mano humana debe +ofenderle. Supondría, en caso de agresión, que yo ó el gobierno habíamos +dado la orden. ¡Lo declaro sagrado!...</p> + +<p>Y escuchándole, pensaba que, si mi protector quería declararme «sagrado» +con la misma voz y poniendo los mismos ojos, consideraría oportuno tomar +el primer tren que saliese para la frontera de los Estados Unidos.</p> + +<p>Los incidentes de la campaña electoral hicieron que Castillejo olvidase +á Olga. Pero no podía olvidar igualmente al ingeniero.</p> + +<p>Seguido de sus apóstoles (dos docenas de inocentes, poseedores de una +audacia loca), Taboada iba pronunciando discursos contra el gobierno, +que pretendía imponer á la fuerza su candidato, y contra los otros +candidatos, generales que no valían más que su contrincante. Él era el +«único político civil» capaz de implantar el régimen democrático. Pero +nadie le escuchaba, y si la muchedumbre, en calzoncillos y cubierta con +enormes sombreros, le oía alguna vez, era para interrumpir sus discursos +llamándole «yanqui», «mal mejicano», «traidor» y otras cosas por el +estilo.</p> + +<p>Ahora, amigos míos, sí que van á conocer ustedes de veras el automóvil +del general. Ya entra en escena. ¡Atención!</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>V</h2> + + +<p>Lo había traído Castillejo de los Estados Unidos para las necesidades de +la campaña electoral. Poseía muchos. ¿Qué caudillo mejicano carece de +automóvil?... Los más de ellos hasta tienen un coche-salón para viajar +por las vías férreas. ¡Lo que puede importarles media docena de +automóviles, cuando, al principio de la revolución, sólo necesitaban +entrar, pistola en mano, en un <i>garage</i> para llevarse lo mejor de él!...</p> + +<p>Castillejo no podía sufrir que lo comparasen con sus rústicos camaradas +de generalato. Es un hombre de progreso, casi un sabio. Admira á los +Estados Unidos por las armas de fuego y los automóviles que se fabrican +aquí. Esto no es mucho, pero es algo. Para ser general mejicano no +resulta indispensable conocer la existencia de Edgardo Poe y de Emerson.</p> + +<p>—Pero ¿ha visto usted—me decía—qué joyas tan bellas producen esos +<i>gringos</i>?</p> + +<p>La joya bella era el automóvil recién llegado: una máquina esbelta, +ligera, incansable, como un corcel de ensueño. No quiero decir la marca. +Creerían ustedes que estoy pagado por la casa constructora. Baste decir +que era un gran automóvil, el mejor de los Estados Unidos, y no añado +más. Yo lo admiraba tanto como mi general.</p> + +<p>Muchas noches, antes de dejarme en la redacción de su periódico para que +escribiese el artículo, Castillejo me paseaba por las principales calles +de Méjico, mejor dicho, por la única avenida que, con diversos nombres y +variable anchura, se extiende varios kilómetros, desde la vieja plaza +donde está el palacio del gobierno hasta el Parque de Chapultepec.</p> + +<p>Ustedes saben cómo son de noche las calles de Méjico: no hay ciudad en +el mundo mejor alumbrada y con menos gente.</p> + +<p>Los focos eléctricos brillan formando racimos, para iluminar una soledad +de desierto. Cree uno deslizarse por una de esas ciudades de <i>Las mil y +una noches</i>, donde todo ha quedado inmóvil y dormido por obra de +encantamiento.</p> + +<p>En los primeros años de la revolución este silencio era amenizado de vez +en cuando con agradables diversiones. Los oficiales corrían las calles +en automóviles de alquiler, disparando sus revólveres. Se tiroteaban de +unos carruajes á otros. ¡Asunto de divertirse un poco!...</p> + +<p>Ahora, con los preparativos electorales, no había tiros; pero la gente +se metía en sus casas más pronto que nunca, presintiendo que iba á +surgir una revolución.</p> + +<p>Los escasos transeúntes veían pasar, de Chapultepec á la gran plaza y de +la gran plaza á Chapultepec, el carruaje del general partiendo el aire +lo mismo que una flecha, como si en realidad tuviese prisa en llegar á +alguna parte. «¡Ahí va Castillejo!», se decían con respeto y miedo. Y si +se atrevían á insultar á alguien con su pensamiento, era al extranjero, +al miserable <i>gachupín</i> Maltrana, sentado en el sitio de honor. +Castillejo prefería siempre la parte delantera. Unas veces empuñaba el +volante, otras se mantenía al lado de su chófer, un indiazo de ojos +feroces y sonrisa boba que manejaba el vehículo con una autoridad +natural, como si el automovilismo datase de los tiempos de Moctezuma.</p> + +<p>Nunca he creído tanto en la fidelidad de los presentimientos como cierta +noche que intenté negarme á acompañar al general en su paseo nocturno. +Es verdad que Castillejo no parecía el mismo. Iba con gorra de viaje y +un grueso gabán, cuyo cuello le tapaba media cara. Tenía en los ojos un +brillo agresivo. Su aliento olía á alcohol, circunstancia +extraordinaria, pues el general es sobrio.</p> + +<p>No pude excusarme con mi trabajo. Eran las once, y Castillejo había +esperado á que terminase mi artículo.</p> + +<p>—Suba—me ordenó con aspereza, lo mismo que si mandase á su +horda-división.</p> + +<p>Y subí para verme solo en el fondo del automóvil, pues él continuó al +lado de su chófer.</p> + +<p>Aún siento orgullo y angustia al recordar cómo fuí presintiendo +confusamente lo que iba á ocurrir.</p> + +<p>Me arrepentí de inspirar tanto interés á Castillejo. Este bárbaro iba á +hacer algo terrible y quería que yo lo presenciase. Necesitaba mi +emoción como un aplauso.</p> + +<p>Empecé á pensar en el ingeniero, luego en Olga, y fuí adivinando todos +los actos de mi protector con algunos minutos de antelación. Casi fué un +deporte agradable para mí ver cómo la realidad se iba plegando á mis +inducciones.</p> + +<p>El automóvil abandonó las calles iluminadas, como yo había previsto. +Luego, atravesando vías silenciosas y obscuras, entró en una barriada de +edificios nuevos. Íbamos hacia la casa de Olga del Monte. Pero ¿qué +interés tenía el general de mezclarme en sus rencores amorosos?...</p> + +<p>Se detuvo el vehículo en una avenida bordeada de copudos fresnos y +anchas aceras. Los reverberos no eran tan numerosos como en el centro de +la capital. La frondosidad de los árboles extendía una doble masa de +sombra á lo largo de la calle, dejando tres fajas de luz crepuscular: +una en medio, y las otras dos junto á las casas. El carruaje, al quedar +inmóvil, apagó sus faros, lo mismo que un buque que ancla y desea +permanecer inadvertido.</p> + +<p>Dos hombres con grandes sombreros de palma se acercaron al carruaje: dos +mocetones de cara aviesa, que nunca había yo visto. Pero también los +adiviné. Eran de los que esperaban del general «una palabrita nada más». +Iban á suprimir, indudablemente, al ingeniero.</p> + +<p>El pobre Taboada estaría, sin duda, en aquellos momentos hablando á Olga +de sus ilusiones y sus esperanzas, sin sospechar que la muerte le +aguardaba en la calle.</p> + +<p>—Debéis mirarlo como persona sagrada—oí que decía el general en voz +baja—. ¡Únicamente en caso de que escapase!...</p> + +<p>Se trastornó todo el edificio de suposiciones elevado por mi inducción. +Si Taboada debía ser sagrado para aquellos hombres, ¿qué podían hacer +con él?</p> + +<p>Miré repetidas veces hacia el lugar donde sabía que estaba la casa de +Olga, pero no alcancé á verla, pues me la ocultaban los árboles.</p> + +<p>El general abandonó el volante, cambiando de sitio con su chófer. La +habilidad de éste le inspiraba, sin duda, más confianza que su propia +habilidad. Hablaron en voz baja, al mismo tiempo que el indio +acariciaba las llaves y palancas de la máquina con gruñidos de +satisfacción.</p> + +<p>Yo no entiendo de automóviles; pero adivinaba en aquel carruaje un +organismo maravilloso que iba á obedecer fielmente al espíritu maligno +de sus conductores. Parecía muerto, sin el menor latido que denunciase +su vida interior; pero bastaba un ligero movimiento de mano para que se +estremeciese instantáneamente todo él, como un caballo que desea +lanzarse á una carrera loca.</p> + +<p>—Prepárese á conocer algo primoroso, Maltranita—dijo Castillejo en voz +queda, sin volver la cabeza—. Presenciará usted una caza nunca vista.</p> + +<p>Pero ¿qué necesidad tenía este demonio de general de hacerme ver cosas +«primorosas»?...</p> + +<p>Pasaron cinco minutos, ó una hora, no lo sé bien. En tales casos no +existe el tiempo.</p> + +<p>De pronto oí un ruido de voces broncas, una disputa de ebrios. Los dos +hombres del sombrerón se querellaban bajo los árboles.</p> + +<p>Otro hombre pequeño surgió, un poco más allá, de la sombra proyectada +por los fresnos, como si pretendiese atravesar la avenida, pasando á la +acera opuesta.</p> + +<p>Mi agudeza adivinatoria volvió á romper el misterio con luminosas +cuchilladas. Vi (sin verla en la realidad) la puerta de la casa de Olga +abriéndose para dar salida al ingeniero. Éste titubeaba un poco al +sentir que la puerta se había cerrado detrás de él, al mismo tiempo que, +algunos pasos más allá, dos hombres, dos «pelados», empezaban á discutir +de un modo amenazador, como si fueran á pelearse. ¡Mal encuentro! +Taboada se llevaba una mano atrás, buscando el revólver, inseparable +compañero de toda vida mejicana. Luego, deseoso de evitar el peligro, +en vez de seguir á lo largo de la acera, atravesaba la avenida para +continuar su camino por el lado opuesto....</p> + +<p>No pude pensar más. Me sentí sacudido violentamente de los pies á la +cabeza por el brutal arranque del automóvil; me creí arrojado á lo alto, +como si el carruaje, después de rodar sobre la tierra unos momentos, se +elevase á través de la atmósfera.</p> + +<p>Perdí desde este momento la normalidad de mis sentidos, para no +recobrarla hasta el día siguiente. Todo me pareció indeterminado é +irreal, lo mismo que los episodios de un ensueño.</p> + +<p>Vi cómo el hombre intentaba retroceder, esquivando el automóvil salido +repentinamente de la sombra. Pero el vehículo se oblicuó para alcanzarle +en su retirada. Entonces pretendió avanzar lo mismo que antes, y la +máquina perseguidora cambió otra vez de dirección, marchando rectamente +á su encuentro.</p> + +<p>Todo esto fué rapidísimo, casi instantáneo, sucediéndose las imágenes +con una velocidad que las fundía unas en otras. Sólo recuerdo el salto +grotesco y horrible, un salto de fusilado, que dió la víctima al +desaparecer bajo el automóvil con los brazos abiertos.</p> + +<p>El vehículo se levantó como una lancha sobre una pequeña ola. Pero esta +ola era sólida, y su dureza pareció crujir.</p> + +<p>Miré detrás de mí instintivamente. Una sombra negra, una especie de +larva, quedaba tendida sobre el pavimento. Se retorcía con dolorosas +contracciones, lo mismo que un reptil partido en dos. Salían gemidos é +insultos de este paquete humano que intentaba elevarse sobre sus brazos, +arrastrando las piernas rotas.</p> + +<p>—¡Brutos!... ¡Me han matado!</p> + +<p>Pero instantáneamente dejé de verle. Apareció ante mis ojos el extremo +opuesto de la avenida. El automóvil acababa de virar, con tanta +facilidad, que caí sobre uno de sus costados, vencido por la brusca +rotación.</p> + +<p>Se deslizaba de nuevo en busca del caído, y éste, al verle venir, ya no +gritó. Tal vez el miedo le hizo callar; tal vez se imaginaba el infeliz +que los del vehículo regresaban para darle auxilio, y enmudecía, +arrepentido de sus exclamaciones anteriores.</p> + +<p>Ahora la ola fué más dura, más violenta. El automóvil se levantó como si +fuera á volcarse, y hubo un chasquido de tonel que se rompe, estallando +á la vez duelas y aros. Todavía viró el vehículo varias veces, con la +horrible facilidad de su ágil mecanismo, pasando siempre por el mismo +lugar. ¿Cuántas fueron las vueltas?... No lo sé. El obstáculo que +encontraban las ruedas era cada vez más blando, menos violento; ya no +lanzaba crujidos de leña seca.</p> + +<p>Al día siguiente todos los periódicos hablaron de la muerte casual del +pobre Taboada cuando se dirigía á su domicilio. El suceso dió tema para +declamaciones contra la barbarie de los automovilistas que marchan á +toda velocidad por las calles, matando al pacífico transeúnte.</p> + +<p>El periódico nuestro hasta hizo el elogio fúnebre del ingeniero, +declarando que «había que reconocer noblemente en este enemigo político +á un hombre de talento, á un gran patriota lamentablemente +desorientado».</p> + +<p>Y nada más.... A los pocos días nadie se acordó del infeliz.</p> + +<p>Otros sucesos preocupaban á la nación. Se sublevaron los generales +candidatos, al convencerse de que no triunfarían legalmente. Muchos +creyeron necesario traicionar al gobierno, para seguir una vez más las +costumbres del país. El presidente fué asesinado, y yo, como primera +providencia, me escapé á los Estados Unidos. Tiempo tendría de volver, +cuando se aclarase la tormenta, para servir á los nuevos amos.</p> + +<p>Castillejo cayó prisionero, y aún está en la cárcel. Sus dignos +camaradas de generalato le siguen no sé cuántos procesos de carácter +político; pero lo peor es que, recientemente, han empezado a acusarle +por el asesinato del ingeniero.</p> + +<p>Nadie cree ya en el accidente del automóvil. Parece que fueron muchos +los que presenciaron lo ocurrido desde sus ventanas prudentemente +entornadas. Tal vez lo vió uno nada más, y los otros hablan por agradar +á los vencedores. ¡La soledad nocturna de las calles de Méjico!... +Detrás de cada persiana hay ojos que sólo ven cuando les conviene; bocas +mudas que sólo hablan cuando llega el momento oportuno.</p> + +<p>Ustedes creen, tal vez, que yo podría volver allá, sin ningún +peligro.... En realidad, nada malo hice en dicho asunto, y aún me +estremezco al recordar el susto que me dió el maldito general.</p> + +<p>Pero no volveré; pueden estar seguros de ello. Conozco á mis antiguos +amigos. Castillejo es mejicano y sus acusadores también. Yo no soy mas +que un extranjero, un español, un <i>gachupín</i>, y todos acabarían por +ponerse de acuerdo para afirmar que fué Maltrana el que guiaba el +automóvil.</p> + +<p>Noto también que les causa á ustedes cierta satisfacción el espíritu de +justicia que demuestran los nuevos gobernantes al perseguir á Castillejo +por su delito.</p> + +<p>Me asombro de su inocencia. ¡Pero si cualquiera de aquellos generales ha +ordenado docenas de crímenes igualmente atroces!...</p> + +<p>No es justicia, es venganza; y más aún que esto, es envidia, amargura +ante la superioridad ajena.</p> + +<p>Detestan á Castillejo porque les inspira admiración. Hablan de él como +los pintores de una nueva manera de expresar la luz, como los escritores +de las imágenes originales encontradas por un colega.</p> + +<p>Lo que más les irrita es que ya no podrán emplear sin escándalo el +procedimiento del automóvil. Ha perdido toda novedad. ¡Y á cada uno de +ellos le hubiese gustado tanto ser el primero!...</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="UN_BESO" id="UN_BESO"></a><a href="#capitulos">UN BESO</a></h2> + + +<p>Esto ocurrió á principios de Septiembre, días antes de la batalla del +Marne, cuando la invasión alemana se extendía por Francia, llegando +hasta las cercanías de París.</p> + +<p>El alumbrado empezaba á ser escaso, por miedo á los «taubes», que habían +hecho sus primeras apariciones. Cafés y restoranes cerraban sus puertas +poco después de ponerse el sol, para evitar las tertulias del gentío +ocioso, que comenta, critica y se indigna. El paseante nocturno no +encontraba una silla en toda la ciudad; pero á pesar de esto, la +muchedumbre seguía en los bulevares hasta la madrugada, esperando sin +saber qué, yendo de un extremo á otro en busca de noticias, disputándose +los bancos, que en tiempo ordinario están vacíos.</p> + +<p>Varias corrientes humanas venían á perderse en la masa estacionada entre +la Magdalena y la plaza de la República. Eran los refugiados de los +departamentos del Norte, que huían ante el avance del enemigo, buscando +amparo en la capital.</p> + +<p>Llegaban los trenes desbordándose en racimos de personas. La gente se +sostenía fuera de los vagones, se instalaba en las techumbres, escalaba +la locomotora, Días enteros invertían estos trenes en salvar un espacio +recorrido ordinariamente en pocas horas. Permanecían inmóviles en los +apartaderos de las estaciones, cediendo el paso á los convoyes +militares. Y cuando al fin, molidos de cansancio, medio asfixiados por +el calor y el amontonamiento, entraban los fugitivos en París, á media +noche ó al amanecer, no sabían adonde dirigirse, vagaban por las calles +y acababan instalando su campamento en una acera, como si estuviesen en +pleno desierto.</p> + +<hr style='width: 45%;' /> + +<p>La una de la madrugada. Me apresuro á sentarme en el vacío todavía +caliente que me ofrece un banco del bulevar, adelantándome á otros +rivales que también lo desean.</p> + +<p>Llevo cuatro horas de paseo incesante en la noche caliginosa. Sobre los +tejados pasan las mangas blancas de los reflectores, regleteando de luz +el ébano del cielo. Contemplo, con la satisfacción de un privilegiado, á +la muchedumbre desheredada que se desliza en la penumbra lanzando +miradas codiciosas al banco. El reposo me hace sentir todo el peso de la +fatiga anterior. Reconozco que si los hulanos apareciesen de pronto +trotando por el centro de la calle, no me movería.</p> + +<p>Una pierna me transmite su calor á través de una tenue faldamenta de +verano. Me fijo en mi vecina, muchacha de las que siguen viniendo al +bulevar por costumbre, pero sin esperanza alguna, pues el tiempo no está +para bagatelas.</p> + +<p>Tiene la nariz respingada, los ojos algo oblicuos, y un hociquito +gracioso coronado por un sombrero de cuatro francos noventa. El cuerpo +pequeño, ágil y flaco, va envuelto en un vestido de los que fabrican á +centenares los grandes almacenes para uniformar con elegancia barata á +las parisienses pobres. Por debajo de la falda asoman unas pezuñitas de +terciopelo polvoriento. Sonríe con un esfuerzo visible, frunciendo al +mismo tiempo las cejas. Se adivina que es una mujer ácida, de las que +«hacen historias» á los amigos; una especie de calamar amoroso, que +esparce en torno la amarga tinta de su mal carácter.</p> + +<p>Conversa con una respetable matrona que vuelve llorosa de la estación de +despedir á su hijo, que es soldado. Junto á ella está una hija de +catorce años, mirando á la vecina con ojos curiosos y admirativos. Los +que ocupan el resto del banco dormitan con la cabeza baja ó sueñan +despiertos contemplando el cielo.</p> + +<p>La burguesa, al hablar, gratifica á la muchacha ácida con un solemne +<i>Madame</i>. Hace un mes habría abandonado el asiento, á pesar de su +cansancio, para evitarse tal vecindad. ¡Pero ahora!... La inquietud nos +ha hecho á todos bien educados y tolerantes. París es un buque en +peligro, y sus pasajeros olvidan las preocupaciones y rencillas de los +días de calma, para buscarse fraternalmente.</p> + +<p>Sigo su conversación fingiéndome distraído. La madre es pesimista. +¡Maldita guerra! Parece que las cosas marchan mal. Le van á matar al +hijo; casi está segura de ello; y sus ojos se humedecen con una +desesperación prematura. Los enemigos están cerca; van á entrar en París +«como la otra vez».... Pero la joven malhumorada muestra un optimismo +agresivo.</p> + +<p>—No, no entrarán, <i>Madame</i>.... Y si entran, yo no quiero verlo, no me +da la gana; no podría. Me arrojaré antes al Sena.... Pero no; mejor será +que me quede en mi ventana, y al primero que entre en la calle le +enviaré....</p> + +<p>Y enumera todos los objetos de uso íntimo que piensa emplear como +proyectiles. Vibra en ella la resolución absurdamente heroica de los +insensatos gloriosos que protestan para hacerse fusilar.</p> + +<p>Algo pasa por la acera que interrumpe estos propósitos desesperados. +Avanza lentamente un matrimonio de viejos: dos seres pequeñitos, +arrugados, trémulos, que se detienen un momento, respiran con avidez, +gimen é intentan seguir adelante. Ella, vestida de negro, con una capota +de plumajes roídos por la polilla, se muestra la más animosa. Es enjuta +y obscura; sus miembros, flacos y nudosos, parecen sarmientos trenzados. +Se pasa de mano á mano una maleta que tira de ella con insufrible +pesadez, encorvándola hacia el suelo.</p> + +<p>A pesar de su cansancio, intenta auxiliar al hombre, que es una especie +de momia. Su cabeza de pelos ralos aún parece más grande moviéndose +sobre un cuello cartilaginoso, del que surgen los ligamentos con duro +relieve. Los dos son de una vejez extremada; parecen escapados de una +tumba. Les atormentan los paquetes que intentan arrastrar; caminan +tambaleándose, como la hormiga que empuja un grano superior á su +estatura. En este cansancio aplastante se adivina un nuevo suplicio, el +de ir vestidos con las ropas guardadas durante muchos años para las +grandes ceremonias de la vida: ella con falda de seda dura y crujiente; +él puesto de levita y paletó de invierno.</p> + +<p>El viejo deja caer el fardo que lleva en los brazos, y luego se desploma +sobre este asiento improvisado.</p> + +<p>—No puedo más.... Voy á morir.</p> + +<p>Gime como un pequeñuelo. Su pobre cabeza de ave desplumada se agita con +el hipo que precede al llanto.</p> + +<p>—Valor, mi hombre.... Tal vez no estamos lejos. ¡Un esfuerzo!</p> + +<p>La viejecita quiere mostrarse enérgica y contiene sus lágrimas. Se +adivina que en la casa que dejaron á sus espaldas era ella la dirección, +la voluntad, la palabra vehemente. Su diestra escamosa, abandonando á la +otra mano todo el peso de la maleta, acaricia las mejillas del viejo. Es +un gesto maternal para infundirle ánimo; tal vez es un halago amoroso +que se repite después de un paréntesis de medio siglo. ¡Quién sabe! ¡La +guerra ha despertado tantas cosas que parecían dormidas para siempre!...</p> + +<p>Yo me imagino el infortunio de esos dos seres que representan ciento +setenta años. Son Filemón y Baucis, que acaban de ver su apergaminado +idilio roto por la invasión. Tienen el aspecto de antiguos habitantes de +la ciudad que han ido á pasar el resto de su existencia en el campo, +dejándose cubrir por las petrificaciones ásperas y saludables de la vida +rústica. Tal vez fueron pequeños tenderos; tal vez ganó él su retiro en +una oficina. Cuando no existían aún los hombres maduros del presente, se +refugiaron los dos en esta felicidad mediocre, en este aislamiento +egoísta soñado durante largos años de trabajo: una casita rodeada de +flores, con algunos árboles; un gallinero para ella, un pedazo de tierra +para él, aficionado al cultivo de legumbres.</p> + +<p>Entraron en este nirvana burgués cuando los ferrocarriles eran menos aún +que las diligencias, cuando la humanidad soñaba á la luz del petróleo, +cuando un despacho telegráfico representaba un suceso culminante en una +vida.... Y de pronto, el miedo á la invasión alemana, que suprime un +pueblo en unas cuantas horas, les ha impulsado á huir de una vivienda +que era á modo de una secreción de sus organismos. Luego se han visto en +París, aturdidos por la muchedumbre y por la noche, desamparados, no +sabiendo cómo seguir su camino.</p> + +<p>—Valor, mi hombre—repite la esposa.</p> + +<p>Pero tiene que olvidarse de su compañero para dar gracias, con una +cortesía de otros tiempos, á alguien que le toma la maleta é intenta +levantar al viejo.</p> + +<p>Es la muchacha ácida, que da órdenes y empuja con irresistible +autoridad.</p> + +<p>Ahora reconozco que no lo pasará bien el primer hulano que entre en su +calle. Con un simple ademán limpia de gente una parte del banco, para +que se instalen con amplitud los dos ancianos.</p> + +<p>Queda espacio libre, pero yo me guardo bien de volver á sentarme. No +quiero recibir un bufido con acompañamiento de varios nombres de +pescados deshonrosos.</p> + +<p>Sin duda la presencia de estos viejos ha resucitado en la memoria de la +muchacha la imagen de otros viejos largamente olvidados.</p> + +<p>La trémula Baucis da explicaciones. Dos días en ferrocarril. Han huído +con todo lo que pudieron llevarse. Su última comida fué en la tarde del +día anterior; pero esto no les aflige: los viejos comen poco. Lo que les +aterra es el cansancio. Llegaron á las diez: ni un carruaje, ni un +hombre en la estación que quisiera cargar con sus paquetes. Todos están +en la guerra. Llevan tres horas buscando su camino.</p> + +<p>—Tenemos en París unos sobrinos—continúa la anciana.</p> + +<p>Pero se interrumpe al ver que Filemón se ha desmayado, precisamente +ahora que descansa. Los curiosos del bulevar, que esperan siempre un +suceso, se aglomeran en torno del banco. La protectora empuja é insulta, +sin dejar de ocuparse de los viejos.</p> + +<p>—¿Y viven cerca los parientes?</p> + +<p>—Plaza de la Bastilla—contesta Baucis, que no sabe dónde está la +plaza.</p> + +<p>Un murmullo de tristeza; un gesto de lástima. Todos miran el extremo +del bulevar, que se pierde en la noche. ¡Tan lejos!... ¡No llegarán +nunca! Circulan pocos automóviles; sólo de vez en cuando pasa alguno.</p> + +<p>Los brazos de la bienhechora trazan imperiosos manoteos; su voz intenta +detener á los vehículos que se deslizan veloces. Carcajadas ó palabras +de menosprecio contestan á sus llamamientos, y ella, indignada contra +los chófers insolentes, da suelta al léxico de su cólera, intercalando +con frecuencia la frase más célebre de Waterloo.</p> + +<p>Cuando transcurren algunos minutos sin que pasen vehículos, vuelve al +lado de los viejos para animarlos con su energía. Ella los instalará en +un carruaje; pueden descansar tranquilos.</p> + +<p>De pronto salta en medio del bulevar. Viene mugiendo un automóvil del +ejército, desocupado y enorme, á toda fuerza de su motor. El soldado que +lo guía cambia de dirección para no aplastar á esta desesperada que +permanece inmóvil, con los brazos en alto.</p> + +<p>Su prudencia resulta inútil, pues la mujer, moviéndose en igual sentido, +marcha á su encuentro. La multitud grita de angustia. Con un violento +tirón de frenos, el automóvil se detiene cuando su parte delantera +empuja ya á esta suicida. Debe haber recibido un fuerte golpe.</p> + +<p>El chófer, un artillero de pelo rojo y aspecto campesino, que lleva +sobre el uniforme un chaquetón de caucho, increpa á la muchacha, la +insulta por el sobresalto que le ha hecho sufrir. Ella, como si no le +oyese, le dice con autoridad, tuteándole:</p> + +<p>—Vas á llevar á estos dos viajeros. Es ahí cerca, á la Bastilla.</p> + +<p>La sorpresa deja estupefacto al soldado. Luego ríe ante lo absurdo de la +proposición. Va de prisa, tiene que entrar en el cuartel cuanto antes. +Le grita que se aleje, que salga de entre las ruedas. Ella afirma que no +se moverá, é intenta tenderse en el suelo para que el vehículo la +aplaste al ponerse en marcha.</p> + +<p>El artillero jura indignado, tomando por testigos á los curiosos. Esto +no es serio; le van á castigar; el cuartel...los oficiales.... Pero ella +está ya en el pescante, inclinando hacia el conductor su rostro ceñudo, +esforzándose por encontrar un gesto de graciosa seducción.</p> + +<p>—Yo te recompensaré. Llévalos y te daré un beso.</p> + +<p>Sonríe el soldado débilmente, mirándola á la cara para apreciar el valor +del ofrecimiento. No es gran cosa, pero ¡qué diablo! un beso siempre +resulta agradable.</p> + +<p>La gente ríe y palmotea, y la muchacha, mientras tanto, se aprovecha de +esta situación para instalar á los viejos en el vehículo con todos sus +paquetes.</p> + +<p>El chófer pone en movimiento su motor.</p> + +<p>—Gracias, <i>Madame</i>—dice lloriqueando Baucis, mientras Filemón articula +gemidos de gratitud.</p> + +<p>Pero <i>Madame</i> no les oye, ocupada en depositar dos besos sonoros en las +mejillas del artillero, brillantes y ennegrecidas por la grasa de los +engranajes. «Toma...toma.»</p> + +<p>Se aleja el automóvil y se deshacen los grupos. Las pezuñitas de +terciopelo vuelven hacia el banco. Una de ellas cojea dolorosamente. +Siento la tentación de besar también, de besar á la muchacha ácida; pero +me inspira miedo.</p> + +<p>Temo que interprete torcidamente mis intenciones.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="LA_LOCA_DE_LA_CASA" id="LA_LOCA_DE_LA_CASA"></a><a href="#capitulos">LA LOCA DE LA CASA</a></h2> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>I</h2> + + +<p>Todos los viajeros, antes de abandonar la vieja ciudad de la Flandes +francesa, oían la misma pregunta:</p> + +<p>—¿Ha visto usted al señor Simoulin?...</p> + +<p>No importaba que hubiesen invertido varias horas en la visita de la +catedral, cuyas sombrías capillas están llenas de cuadros antiguos. +Tampoco era bastante para conocer la ciudad haber recorrido sus iglesias +y conventos de la época de la dominación española, así como las hermosas +viviendas de los burgueses de otros siglos. El conocimiento quedaba +incompleto si los curiosos prescindían de visitar el Museo-Biblioteca, y +en él á su famoso director, que unos llamaban simplemente «el señor +Simoulin», como si no fuese necesario añadir nada para que el mundo +entero se inclinase respetuosamente, y otros designaban con mayor +simplicidad aún, diciendo «nuestro poeta».</p> + +<p>De todas las curiosidades de la urbe flamenca, la más notable, la que +indudablemente le envidiaban las demás ciudades de la tierra, era +Simoulin, «nuestro poeta». En esto se mostraban acordes todos los +vecinos y los tres periódicos de la población, completamente +antagónicos é irreconciliables en las demás cuestiones referentes á la +política municipal.</p> + +<p>Sin embargo, nadie podía enseñar la casa natalicia de esta gloria de la +localidad. El gran Simoulin era del Sur de Francia, un meridional del +país de los olivos y las cigarras, que había llegado siendo muy joven á +la ciudad, para encargarse del Museo-Biblioteca en formación. Pero en +ella había contraído matrimonio, en ella habían nacido sus hijos y sus +nietos, y la gente acabó por olvidar su origen, viendo en él á un +compatriota que era motivo de orgullo para la provincia.</p> + +<p>Un sentimiento de gratitud se unía á la general admiración. Gracias á +Simoulin, el Museo se había llenado de objetos que acreditaban las +pasadas glorias del país; gracias á «nuestro poeta», los fabricantes de +cerveza y de paños, gentes ricas y de pocas letras, que constituían la +aristocracia de la ciudad, podían hablar, sin miedo á equivocarse, de +los obispos, guerreros y burgomaestres de otros siglos que +indudablemente eran sus ascendientes.</p> + +<p>Además, el personaje imponía admiración con su aspecto. Los que le +contemplaban por primera vez sonreían satisfechos. «Así se habían +imaginado al grande hombre; no podía ser de otro modo.» Y parecían +venerar con sus ojos las luengas barbas blancas, las dos crenchas de su +cabellera, onduladas y brillantes como las vertientes de una montaña +cubierta de nieve. De pie, perdía gran parte de su majestad, por ser +pequeño de estatura y mostrarse agitado continuamente á causa de su +inquietud nerviosa. Sentado en su Museo, recordaba al Padre Eterno, á +pesar de las arrugas de su rostro y el mal color de su tez, impregnada +del polvo de los libros y de las piezas arqueológicas.</p> + +<p>Cuando hablaba—y el gran Simoulin era incapaz de callar así que tenía +un oyente—, su palabra parecía difundir en torno de él una aureola de +prestigio histórico. Todas las celebridades de la segunda mitad del +pasado siglo las había conocido el grande hombre. Recordaba como amigos +de ayer á Víctor Hugo y á Gambetta. Con este último había tenido, +indudablemente, cierto trato, cuando el futuro gobernante de la +República andaba echando sus discursos de tribuno republicano por los +cafés del Barrio Latino. Al grandioso poeta lo había visto una vez nada +más, confundido en una comisión de estudiantes que fué á saludarle á la +vuelta de su destierro en Guernesey. Pero esto sólo representaba á los +ojos de los admiradores de Simoulin un detalle histórico insignificante, +y todos repetían, con la firmeza del que dice la verdad:</p> + +<p>—Víctor Hugo, que fué íntimo amigo de nuestro Simoulin.</p> + +<p>De otras amistades hablaba el grande hombre con más exactitud. En el +Barrio Latino había tenido por camaradas á Zola, á Daudet y á otros +escritores de su generación. Esto era indiscutible. Podía enseñar cartas +de todos ellos, cartas breves, de un afecto forzoso, pero en las que +vibraba la nostalgia de la juventud, ya lejana; cartas que los hombres +célebres contestan por deber á los camaradas de los primeros pasos que +cayeron rendidos en la mitad del camino. Y los admiradores del director +del Museo-Biblioteca repetían lo que tantas veces habían leído en los +periódicos locales:</p> + +<p>—Hubiese sido el primer poeta del mundo, de querer seguir en París. +Para él era la gloria que ahora disfrutan muchos con menos talento. Pero +prefirió vivir entre nosotros....</p> + +<p>¡Cómo no adorar á un hombre que había hecho tal sacrificio en honor de +la antigua y adormecida ciudad!...</p> + +<p>Todos en ella se esforzaban por corresponder á tal abnegación, +haciéndole grata la existencia. El Consejo municipal atendía sus +indicaciones con tanto respeto como el Colegio de cardenales escucha la +voz del Papa. Aunque la ciudad no tuviese dinero, lo encontraba siempre +para las mejoras de su Museo-Biblioteca. Los subprefectos enviados de +París visitaban inmediatamente al grande hombre. Un presidente de la +República, al pronunciar su discurso durante una permanencia de breves +horas en la ciudad, había saludado á Simoulin como la más alta gloria de +la región. Los industriales del país, que sólo aceptaban alianzas con +gente de dinero, habían admitido como yernos á los hijos del poeta.</p> + +<p>Su gloria se extendía por toda la provincia como algo irresistible, +reflejándose en las provincias limítrofes. En toda ceremonia oficial, +los periódicos se cuidaban, ante todo, de anunciar: «Hablará el ilustre +Simoulin.» Unas veces era un discurso patriótico; otras, una oda de +circunstancias. Los organizadores de banquetes contaban con un medio +seguro para evitar el fracaso: «A los postres, pronunciará un brindis +nuestro poeta.» Y en pocas horas no quedaba un asiento disponible.</p> + +<p>Todos los que en la ciudad se sentían tentados por el demonio de la +literatura acudían á la Biblioteca para pedir consejo al ilustre +maestro. Los recibía como amigos antiguos, y, arrastrado por su +vehemencia verbal, dejaba pronto de ocuparse de ellos para hablar de su +propia persona.</p> + +<p>—Un día, el abuelo Hugo me dijo que....</p> + +<p>Por las tardes se reunían en su casa los admiradores de su ciencia +histórica: varios señores retirados de la magistratura, del comercio ó +de las armas, que en vez de entretenerse coleccionando sellos, se habían +dedicado á la arqueología provincial.</p> + +<p>El discípulo preferido era el comandante Pierrefonds, un hombre corto de +estatura, fornido, parco en palabras, de mal carácter, que gruñía á la +menor contradicción bajo su recio bigote rojo y blanco. Tenía el gesto +reconcentrado y amenazante de un perro feroz y mudo. Sólo el maestro +Simoulin se atrevía á bromear con él. Vivía solitario, en una casa de +las afueras, con una vieja ama de llaves y una colección de monedas +antiguas, á la que pensaba dedicar el resto de su existencia de célibe.</p> + +<p>Se había retirado del ejército con verdadero placer al llegar á la edad +reglamentaria, después de una serie de campañas coloniales penosas y sin +gloria, que habían quebrantado su salud y agriado su carácter. Sólo le +interesaba actualmente la numismática, y no reconocía otra grandeza +humana que la de su eminente amigo y maestro. Su ambición era ser el +primero de los «simoulinistas», y los que envidiaban su privanza, +viéndole acompañar al grande hombre á todas partes, lo habían apodado +«el dogo del poeta».</p> + +<p>Esta veneración no cegaba al rudo comandante hasta el punto de hacerle +desconocer los defectos de su maestro. Pierrefonds era capaz de dejarse +matar si le exigían una mentira á cambio de la existencia; nunca +recordaba haber faltado á la verdad voluntariamente; ¡y, en cambio, su +admirado maestro!...</p> + +<p>Dudaba el militar antes de definir la verdadera personalidad moral del +ilustre Simoulin.... Lo mismo les ocurría á muchos de los discípulos. En +la misma incertidumbre estaban sus hijos, su vieja esposa, todos los que +le trataban de cerca.</p> + +<p>¿El poeta era un embustero?...</p> + +<p>No; no lo era. El que miente lo hace con un fin interesado, por orgullo +ó por perjudicar á otro. Y el ilustre maestro no mentía; lo que hacía, +simplemente, era ignorar la verdad, huir de ella cuando la encontraba al +paso.... Y si le obligaban á mirarla de frente, la veía con unos ojos +distintos á los ojos de los demás.</p> + +<p>Las cosas nunca eran para él como para los otros; siempre las +contemplaba como quería que fuesen y no de acuerdo con la realidad.</p> + +<p>Además, carecía por completo del sentimiento de la medida, inclinándose +á la exageración para aumentar ó disminuir las cosas. Unas veces hablaba +de su ciudad como de una urbe igual á Londres ó Nueva York. Otras veces +la compadecía cual si fuese una aldea. Las personas pasaban á ser en su +apreciación semidioses ó monstruos; nada guardaba para él sus +proporciones regulares: ni seres ni objetos.</p> + +<p>Uno de sus admiradores, antiguo juez aficionado á las disquisiciones +filosóficas, había hecho su diagnóstico.</p> + +<p>—Tiene la enfermedad de muchos grandes hombres. Su peor enemigo es «la +loca de la casa».</p> + +<p>Este era el apodo que el filósofo Malebranche había dado á la +imaginación. Había días en que «la loca» dormía detrás de la frente, en +el piso más alto de aquel edificio humano, y el poeta se mostraba tan +razonable y justo en sus apreciaciones como un fabricante de paños de la +localidad. Otras veces, la inquilina del cráneo se despertaba impetuosa, +haciendo toda clase de cabriolas y extravagancias, y el ilustre maestro +pasaba de golpe á vivir en un mundo quimérico, mientras su cuerpo se +movía en este mundo terrenal. Sus ojos miraban, para ver lo que no veían +los otros, sus manos poseían un tacto sobrenatural, mientras su boca iba +emitiendo, con acento de sinceridad, errores y exageraciones +equivalentes á grandes mentiras.</p> + +<p>El rudo Pierrefonds lamentaba estos excesos de «la loca de la casa», +pero no por ello compadecía á su maestro.</p> + +<p>—Todos los genios fueron así.</p> + +<p>Recordaba á Balzac y á otros escritores imaginativos, que poblaron su +vida práctica de absurdas concepciones, aceptándolas como realidades.</p> + +<p>Además, ¡quién sabe si era «la loca de la casa» la que había hecho que +este hombre del país de los olivos y las cigarras conquistase con tanta +rapidez la vieja ciudad dormida y sin ensueños!...</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>II</h2> + + +<p>La guerra vino á aumentar considerablemente la gloria de Simoulin.</p> + +<p>En un mes, su actividad muscular y su actividad mental funcionaron con +más apresuramiento que durante varios años. Se le vió en todas partes: +en la estación del ferrocarril despidiendo á los hombres que iban á +incorporarse á sus regimientos; en el paseo principal, donde, al caer la +tarde, entonaban las músicas himnos patrióticos coreados por la +muchedumbre. La gente interrumpía sus cantos al ver las blancas melenas +del poeta. «¡Que hable el señor Simoulin!», gritaban mil voces. Y al +poco rato lloraban las mujeres, rugían de entusiasmo los hombres que aún +no habían ido al ejército, y hasta las banderas tricolores parecían +aletear con más fuerza, como azotadas por el vendaval patriótico del +lírico orador.</p> + +<p>Cruzaba los brazos lo mismo que Napoleón después de una victoria; otras +veces manoteaba y rugía igual á Dantón al declarar la patria en peligro. +Los más grandes personajes históricos pasaban por él, y de tal modo se +identificaba con sus evocaciones, que Simoulin era el primer engañado. +Prometía el triunfo con la certidumbre de un gran estratega capaz de +derrotar á los enemigos cuando se lo propusiese; hacía llorar á su +público con una sugestión irresistible, pero él era el primero en verter +lágrimas, conmovido por su propia elocuencia al describir la injusta +agresión que sufría la patria.</p> + +<p>Esta vida imaginativa y elocuente duró sólo unas semanas. Simoulin se +mostraba insensible á las malas noticias. Eran, según él, invenciones de +los enemigos. Pero ¡ay! la realidad se encargó de despertarle un día, +con rudo manotazo. Los alemanes se habían extendido por Bélgica é iban á +pasar de un momento á otro la vecina frontera, entrando en Francia. +Muchos vecinos de la ciudad huían. Algunos burgueses prudentes +insinuaron al poeta la conveniencia de retirarse á París, por creer que +el gobierno necesitaría la colaboración de un hombre tan célebre.</p> + +<p>—¡Que vengan los enemigos!—contestó con sencillez—. Aquí los aguardo.</p> + +<p>Sus hijos estaban en el ejército; las mujeres de la familia se habían +ido á una ciudad del interior con todos los nietos. Simoulin, +completamente solo, se consideraba preparado para toda clase de +heroísmos.</p> + +<p>—Yo también—le había dicho Pierrefonds.</p> + +<p>El comandante consideraba una felonía abandonar la ciudad. Al declararse +la guerra, había sufrido una amarga decepción viendo que no lo +aceptaban para combatir en el frente, á causa de sus enfermedades de +antiguo soldado colonial. Al fin, para que no insistiese en sus quejas, +lo hicieron director de un modesto servicio de administración militar en +la misma ciudad.</p> + +<p>—Mientras el ministro de la Guerra no me ordene otra cosa, aquí estaré.</p> + +<p>Y como el ministro de la Guerra, preocupado por el avituallamiento y la +suerte de los ejércitos en retirada hacia el Marne, no se acordó de que +exista en el mundo un comandante Pierrefonds encargado de unos cuantos +centenares de capotes viejos, el belicoso numismático pudo ver desde una +ventana de su casa cómo llegaban á la ciudad los primeros pelotones de +hulanos.</p> + +<p>El ama de gobierno tuvo que arrodillarse ante él, abrazando sus piernas +y recordándole las dulces intimidades de otros tiempos ya olvidados. +Sólo así consiguió arrancar de sus manos el viejo revólver con el que +pretendía recibir á tiros á los invasores. Por su culpa podían morir +fusilados muchos vecinos de la ciudad, según afirmaba su vetusta +compañera. Además, se acordó de los consejos del maestro:</p> + +<p>—Pierrefonds, cuando vengan (si es que vienen), mostrémonos grandes y +altivos en la desgracia. Un heroísmo que se sacrifica es muchas veces +más poderoso que el heroísmo que vence.</p> + +<p>El ilustre Simoulin tuvo numerosas ocasiones de conocer este sacrificio +predicado por él. Cuando intentó presentarse á los generales invasores +para formular una elocuente protesta contra los atropellos cometidos por +sus tropas, sólo pudo ver á un oficial, que le contestó sarcásticamente, +acabando por amenazarle con el fusilamiento. Nadie hacía caso de su +nombre; aquellos guerreros vestidos de gris verdoso parecían oirlo por +primera vez. Los hijos del país que meses antes rodeaban al poeta con +su cariñoso entusiasmo no podían servirle ahora de consuelo. Unos +estaban en la guerra; otros habían huído; los demás sufrían en la ciudad +toda clase de vejaciones, y para evitarlas, se mantenían ocultos en sus +casas.</p> + +<p>El poeta sufrió el tormento del hambre y el suplicio aún más intolerable +de la humillación. ¡Quién hubiese podido reconocer á los pocos meses de +tiranía alemana al ilustre director de la Biblioteca!... Parecía haber +vivido diez años en unas cuantas semanas. Estaba triste. «La loca de la +casa» había abandonado indudablemente aquel desván de su cuerpo en el +que tantas cabriolas llevaba hechas.</p> + +<p>Al encontrarse con algún grupo de míseros compatriotas, intentaba +reanimarlos lo mismo que cuando hablaba en la plaza pública bajo el +aleteo de las banderas, coreado por trompetas y tambores.</p> + +<p>—Esto pasará pronto. He recibido magníficas noticias, que no puedo +decir.... ¡Los nuestros se aproximan!</p> + +<p>Pero su voz tenía el sonido de una moneda falsa. Necesitaba engañarse á +sí mismo para hablar con el entusiasmo de otros tiempos, y «la loca de +la casa» ¡ay! parecía haber muerto.</p> + +<p>Un día, los alemanes, aburridos sin duda de repetir monótonamente los +mismos procedimientos de intimidación—quema de edificios, +fusilamientos, trabajos forzados—, pusieron en práctica un nuevo +suplicio. La esclavitud del vencido, castigo de las guerras antiguas, +fué resucitada por los invasores. Una parte del vecindario se vió +deportada al interior de Alemania para trabajar las tierras del +vencedor.</p> + +<p>Viejos, mujeres y adolescentes formaron una masa de desesperación y +miseria, encuadrada por los caballos y las lanzas de los jinetes +alemanes. Al frente de este rebaño de esclavos figuraban, para mayor +escarnio, los dos vecinos más respetables que habían quedado en la +ciudad: Simoulin y su discípulo Pierrefonds.</p> + +<p>—Comandante—dijo el poeta una vez más—, piense que el heroísmo que se +sacrifica es más grande, etc....</p> + +<p>Le daba miedo el aspecto del veterano. Tenía los ojos inyectados de +sangre; bufaba de cólera, haciendo temblar su bigote. Parecía no oír á +su maestro. Pensaba por primera vez que había sido una gran torpeza no +moverse de la ciudad. Envidiaba á los que podían morir en el frente. +«¡El comandante Pierrefonds llevado en cuadrilla, como un esclavo +negro!... ¡Ira de Dios!»</p> + +<p>Había pasado los días oculto en su casa, para no ver á los invasores. Su +ama de llaves le evitaba toda salida, temiendo que hiciese un disparate. +Pero ahora los tenía ante sus ojos; podía verlos de cerca....</p> + +<p>No eran muchos: un destacamento de infantería y unas cuantas parejas de +hulanos iban á escoltar á los deportados hasta otra estación algo +lejana.</p> + +<p>Un jefe único vigilaba desde lo alto de su caballo los preparativos de +marcha de este rebaño dolorido: un militar pálido y de una delgadez +ascética. Simoulin creyó ver en él una expresión de cansancio y de +remordimiento. Tal vez exageraba su rigidez militar para hacer menos +visible la vergüenza que le producía esta vil función de guardador de +esclavos.</p> + +<p>Pierrefonds, en cambio, le miraba fijamente, por ser el jefe. Al iniciar +el grupo su marcha, pasando ante el caballo del alemán, estalló la +cólera del comandante, muda y reconcentrada hasta entonces. Quiso morir +fusilado antes que dar un paso más.</p> + +<p>—¡Abajo Guillermo! ¡Mueran los verdugos!—gritó con una voz ronca.</p> + +<p>El hombre á caballo parpadeó vivamente bajo la visera de su gorra, hizo +un movimiento de sorpresa y de cólera; quedó indeciso contemplando al +prisionero. Los ojos agresivos de éste parecieron devolverle la calma, y +miró á otra parte, levantando los hombros levemente.</p> + +<p>«¡Suicida!» Y esta palabra, que pareció proferir el enemigo con su +indiferencia afectada, irritó aún más al comandante. También le irritó +el automatismo de aquellos soldados, que indudablemente le habían +entendido; pero eran incapaces de oír mientras no oyese su jefe.</p> + +<p>Quiso lanzar por segunda vez el insulto, pero no pudo. Alguien le tiraba +del brazo; una cara se pegaba á la suya, hundiendo en sus ojos una +mirada de espanto.</p> + +<p>—¡Pierrefonds! ¡Amigo mío! ¿Está usted loco? ¡Por Dios, cállese! Va +usted á conseguir que nos fusilen á todos.</p> + +<p>Y Simoulin dijo esto con tal expresión de angustia, que el comandante +desistió de continuar.</p> + +<p>Pero el miedo sufrido hizo rencoroso al poeta.</p> + +<p>—¡Qué disparate!—continuó diciendo—. ¡Pero eso es una niñada sin +objeto, impropia de su edad!...</p> + +<p>Y transcurrieron muchos días sin que el grande hombre le perdonase el +susto pasado.</p> + +<p>A pesar de los sufrimientos de su esclavitud, cada día mayores, Simoulin +decía de pronto, mirándole con ojos severos:</p> + +<p>—Pero ¿dónde tenía usted la cabeza?... ¿Qué se propuso usted al lanzar +aquellos gritos absurdos?... ¿Quería usted mi muerte y la de tantos +infelices?</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>III</h2> + + +<p>Al terminar la guerra recobró poco á poco la ciudad su antiguo aspecto. +Empezaron á volver á ella los vecinos huídos, y los que habían soportado +durante más de cuatro años la dominación extranjera les relataban sus +miserias.</p> + +<p>Regresaron también en pequeños grupos los deportados al interior de +Alemania, pero su número había disminuido durante la esclavitud. Eran +muchos los que se quedaban para siempre en las entrañas de aquella +tierra aborrecida y hostil.</p> + +<p>Entre tantas desgracias, representaba una alegría para la ciudad la +certeza de que Simoulin, «nuestro poeta», no había muerto. Es más; al +principio, los enemigos lo habían tratado sin ninguna consideración, +pero el mérito no puede permanecer mucho tiempo en la obscuridad, y +cierto profesor alemán que había sostenido en otro tiempo +correspondencia con el grande hombre sobre hallazgos arqueológicos, al +saberle prisionero, consiguió trasladarlo á su ciudad, haciéndole más +llevadero el cautiverio. El poeta hizo partícipe de esta buena suerte al +comandante, en su calidad de numismático, y para los dos transcurrió el +período de cautiverio en una dependencia humillante pero soportable.</p> + +<p>La ciudad, á pesar de sus recientes tristezas, hizo grandes preparativos +para recibir á Simoulin á su vuelta de Alemania. Ya era algo más que un +gran poeta, gloria de su país adoptivo; había pasado á convertirse en +héroe, digno de servir de ejemplo á las generaciones futuras. Cuando +tantos huían, él continuaba en su puesto, y el brillo de su gloria era +tal, que los feroces enemigos habían acabado por respetarlo, tratándole +casi con tanta admiración como sus convecinos.</p> + +<p>Un aplauso inmenso saludó á Simoulin al descender del tren. «¡Qué viejo +está!» Y las mujeres, vestidas de luto, lloraban, olvidando +momentáneamente sus dolores para no ver mas que los sufrimientos del +adorado grande hombre. Pero aunque había perdido en el destierro una +parte de su cabellera de plata, conservaba intacto su entusiasmo, su +inquietud movediza, su verbosidad lírica, que volvió á estremecer la +ciudad lo mismo que un soplo primaveral.</p> + +<p>Detrás, como un perro fiel, llegaba Pierrefonds, sin que los años de +esclavitud hubiesen dejado en él ninguna huella aparente, reconcentrado +y agrio lo mismo que antes, pero con una expresión de inmensa melancolía +en los ojos. Los alemanes le habían robado su colección de monedas. Ya +no le quedaba en su casa mas que el ama de llaves. ¿Qué entretenimiento +podía encontrar un hombre después de esto?... ¿Era posible, á sus años, +empezar una nueva colección?...</p> + +<p>Desalentado, seguía á Simoulin por la fuerza de la costumbre, abriéndose +paso entre un gentío que aclamaba al maestro y no lo reconocía á él.</p> + +<p>Cuando el poeta, conducido en alto por un grupo de jóvenes, fué +depositado en el gran balcón del Palacio Municipal, extendió sus manos +augustas sobre la plaza negra de muchedumbre y rompió á hablar como en +sus mejores tiempos.</p> + +<p>Pasarán varias generaciones antes que se extinga en el país el recuerdo +de este discurso.</p> + +<p>¡Qué de aplausos! ¡Qué de lágrimas de emoción!... El poeta describió el +martirio de la ciudad; los sufrimientos de sus hijos, arreados como +esclavos; la agonía de los que murieron de miseria lejos de la amada +tierra natal.</p> + +<p>Luego creyó llegado el momento de hablar un poco de su persona.</p> + +<p>—No me tributéis honores—dijo modestamente—. He cumplido mi deber, lo +mismo que mis compañeros de desgracia. Todos nos hemos mostrado grandes +y altivos frente al invasor; todos hemos sido héroes con el heroísmo del +que se sacrifica, más poderoso mil veces que el heroísmo que vence.</p> + +<p>Aquí tuvo que detenerse, ahogada su voz por el estrépito de una ovación +inmensa.</p> + +<p>—Permitidme, para terminar—continuó—, que os relate una breve +historia, como demostración de lo que puede el heroísmo humano cuando no +teme á la muerte. Callaría, si mi persona fuese la única que figuró en +este suceso; pero otro que está cerca de mí hizo tanto como yo, y mi +modestia no debe arrebatarle la gloria que le corresponde.</p> + +<p>Simoulin describió la salida del triste rebaño humano conducido á la +esclavitud. Al frente iban él y el comandante.</p> + +<p>—Y al pasar ante el jefe de aquellos bandidos, Pierrefonds y yo, +estrechamente abrazados, deseando morir, le gritamos en pleno rostro: +«¡Abajo Guillermo! ¡Mueran los verdugos!»</p> + +<p>El comandante, que estaba en el balcón junto al grande hombre, abrió los +ojos con asombro y espanto, mientras le temblaban los bigotes, como si +no pudiese contener una avalancha de frases de protesta.</p> + +<p>Pero el orador, uniendo la acción á la palabra, se había abrazado á él +nerviosamente, desafiando con la mirada á un enemigo imaginario y +dispuesto al fusilamiento. Además, era imposible hablar. La muchedumbre +rugía de entusiasmo; los aplausos sonaban como una granizada +interminable.</p> + +<p>«La loca de la casa» había resucitado, haciendo otra vez de las suyas.</p> + +<p>Y el comandante, librándose del abrazo, acabó por inclinar su cabeza, +rojo de vergüenza al pensar que aceptaba una mentira, pero agradeciendo +al público aquella ovación, la primera de toda su existencia.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>IV</h2> + + +<p>Transcurrieron dos años. Hasta en París se habló muchas veces del +heroísmo del poeta Simoulin, que quiso morir insultando á los invasores. +¡Viejo heroico!...</p> + +<p>En la ciudad todos conocían su grito. Ya no era sólo «nuestro poeta»; +era el hombre que había gritado: «¡Abajo Guillermo! ¡Mueran los +verdugos!» Hasta los niños de las escuelas sabían esto, por haberlo oído +á sus profesores, y al encontrar al señor Simoulin se descubrían con +veneración, como si viesen pasar la bandera de la patria.</p> + +<p>El comandante Pierrefonds vivía desorientado, dudando de sus sentidos, +creyéndose algunas veces juguete de «la loca de la casa» que también +llevaba en lo más alto de su cuerpo, como todos los seres humanos, pero +que hasta entonces había vivido dormitando y ahora empezaba á +atormentarle con sus jugarretas.</p> + +<p>Tenía la seguridad de que el maestro había hablado de él en su +discurso. Es cierto que se atribuyó, por un exceso imaginativo, la mitad +del acto de su discípulo, pero concediéndole generosamente la otra +mitad. De eso estaba seguro Pierrefonds. Recordaba con orgullo los +aplausos del público dirigidos á su persona....</p> + +<p>Pero este público ya no se acordaba de él. La muchedumbre parecía haber +perdido la memoria. Nadie se imaginaba ya al grande hombre abrazándose +al comandante para morir. Las masas no aman la gloria colectiva, á causa +de su vaguedad; quieren algo preciso é individual, les gusta el héroe +aislado y bien á la vista. Y por esto hablaban todos del grito del señor +Simoulin, del heroico reto del señor Simoulin á los enemigos, sin +mencionar para nada al comandante.</p> + +<p>El grande hombre, contagiado por el olvido general, tampoco recordaba su +invención del abrazo y la hazaña en común. Veía las cosas como quería +verlas «la loca de la casa»; se contemplaba elevando la diestra—tal vez +como le iba á representar en lo futuro una estatua de bronce en el mejor +paseo de la ciudad—y lanzando el grito famoso. Hasta podía describir +exactamente, con su gran poder imaginativo, cómo ocurrió el hecho. Y al +transcurrir el tiempo, iba encontrando en su memoria nuevos detalles que +añadir á la primitiva visión, todos de indiscutible veracidad.</p> + +<p>El comandante empezó á aborrecer de un modo definitivo todo lo que le +rodeaba. Muchas veces dudó de sí mismo. ¿Lo que él creía la verdad no +sería un sueño, y los otros, al olvidarse de él, estarían verdaderamente +en lo cierto?...</p> + +<p>Luego, recobrando la fe en sí mismo, despreciaba á sus conciudadanos y +no quería salir de su casa.</p> + +<p>¿Para qué ver gentes? ¿Para oírles alabar al señor Simoulin y su grito +histórico?...</p> + +<p>Ya no veía al maestro. Le resultaba intolerable la inocente seguridad +con que describía su hazaña. «La loca de la casa» se mostraba en él como +una desvergonzada, indigna del trato con personas decentes. Además, los +alemanes le habían robado sus monedas y sus medallas, y le era doloroso +volver á conversar con el maestro sobre cuestiones numismáticas.</p> + +<p>Su única ocupación fué bostezar leyendo libros viejos, regar su pequeño +jardín y hacer comparaciones entre su vejez y la de su ama de llaves.</p> + +<p>Un día, vió turbada esta soledad. Le visitaron los organizadores de un +banquete en honor de «nuestro poeta», con motivo de la nueva +condecoración que le había concedido el gobierno.</p> + +<p>Iba á ser la fiesta más importante de todas las que se habían tributado +al grande hombre. Tal vez la última. ¡El pobre estaba tan viejo!... +Vendrían de París diputados y senadores; hasta el ministro de +Instrucción pública había prometido su asistencia.</p> + +<p>—Y el maestro—continuaron los organizadores—ha preguntado por usted. +Se extraña de no verle. ¡Le gustaría tanto tenerlo cerca, en la mesa!...</p> + +<p>El enfurruñado comandante se negó á asistir á la fiesta, pero su vieja +compañera le aconsejó lo contrario. Le convenía ver á sus antiguos +amigos; necesitaba distraerse....</p> + +<p>Al fin, accedió. Le había conmovido la suposición de que esta fiesta en +honor de su antiguo maestro podía ser la última. Deseaba verle. ¡Quién +sabe si no le vería más!...</p> + +<p>La noche del banquete, el poeta le recibió con los brazos abiertos.</p> + +<p>—¡Ah, Pierrefonds!... ¡Valeroso compañero de miserias y de +esclavitud!...</p> + +<p>Y lo presentó al ministro y á todos los personajes llegados de París.</p> + +<p>—Un héroe, señores; un verdadero soldado y un gran patriota.</p> + +<p>Pierrefonds gruñió dulcemente, y su bigote se contrajo con algo que +parecía una sonrisa. Se sintió arrepentido interiormente de sus cóleras. +El maestro era bueno; su fama la repartía con los humildes. Todo lo +anterior había sido, indudablemente, obra de los envidiosos, que +deseaban separarlos.</p> + +<p>Durante el banquete, Simoulin no le perdió de vista. El comandante no +podía estar a su lado; aspirar á esto hubiera sido un disparate. El +maestro tenía por vecinos de mesa á los grandes personajes venidos de la +capital. Pero lo había hecho sentar al alcance de su voz y de sus ojos, +y hasta levantó su copa una vez mirando a Pierrefonds.</p> + +<p>—¡A la salud de mi heroico compañero!...</p> + +<p>¡Simpático maestro! ¿Cómo no quererle?... Su alma desconocía la +injusticia.</p> + +<p>Al llegar la hora de los brindis, hablaron como una docena de señores. +Luego, el poeta pronunció su discurso de gracias.</p> + +<p>Fué una hermosa pieza oratoria; y como Simoulin, á pesar de su lirismo, +gustaba de tener siempre un tema fijo, en torno del cual podía enroscar +caprichosamente sus improvisaciones, escogió uno: «el valor cívico y el +valor guerrero».</p> + +<p>Inútil es decir que, desde los primeros párrafos, el pobre valor +guerrero quedó muy por debajo del valor cívico.</p> + +<p>Tal vez por esto, Pierrefonds, que era militar, empezó a sentir cierta +inquietud. Le daban miedo los ojos brillantes del maestro, unos ojos +juveniles, detrás de cuyos cristales empezaba á danzar «la loca de la +casa». Adivinó que el alma del poeta no estaba allí. Volaba por un mundo +fantástico, y volvería dentro de unos instantes, derramando sobre la +mesa, como flores reales, todas las rosas quiméricas recogidas en su +viaje. ¿Qué iba á decir?... Su palabra continuaba fluyendo, sonora, +fácil, entusiástica.</p> + +<p>—Y para terminar, señores, puedo citaros un ejemplo, que hará ver, +mejor que todas mis palabras, lo que son los dos valores.</p> + +<p>»Aquí está mi amigo el comandante Pierrefonds, mi compañero de +cautiverio, un verdadero héroe, un soldado cubierto de condecoraciones y +de heridas, que realizó las mayores hazañas en nuestras guerras +coloniales. Su valor guerrero es indiscutible. Yo no soy mas que un +pobre poeta, capaz, en determinados momentos, de mostrar cierto valor +cívico.</p> + +<p>»Ya conocéis la escena de nuestra salida de esta ciudad como prisioneros +de los alemanes. La prensa, el libro y hasta el grabado han reproducido +esta escena, tributándome con ello una gloria que no merezco. Yo +grité.... lo que grité; fué algo superior á mi voluntad, que tal vez me +aconsejaba ser prudente. Pero el valor cívico, cuando despierta, no +conoce el peligro.</p> + +<p>»Y apenas grité «¡Abajo Guillermo! ¡Mueran los verdugos!» este hombre de +guerra, héroe de cien campañas, tal vez porque tiene un sentido de la +realidad más exacto que yo, que no soy mas que un pobre poeta, me agarró +las manos, suplicándome: «¡Por Dios, maestro! ¡Nada de locuras! ¡Nos va +usted a hacer matar a todos!...» Esto no lo habrá olvidado seguramente +mi querido camarada de infortunio. Y como es un soldado de valor +indiscutible, podrá reconocer también sin rubor alguno que tal vez en +aquella ocasión sintió cierto miedo, el primer miedo de toda su vida.</p> + +<p>El comandante no pudo protestar. Una aclamación ensordecedora había +interrumpido la elocuencia del orador. Todos le tendían las manos, +conmovidos por la sinceridad y la sencillez de sus palabras. Y el poeta +heroico se sentó, jadeando de emoción y de fatiga. Su discurso había +terminado.</p> + +<p>Pierrefonds optó por marcharse, sin que el público reparase en su fuga, +ni en sus gestos coléricos, ni en las palabras de indignación que iba +barboteando.</p> + +<p>Después de aquella noche, nadie le ha visto más.</p> + +<p>Tal vez no quiere salir á la calle; tal vez ha renunciado para siempre á +vivir en la misma ciudad que el poeta y su «loca de la casa».</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="LA_SUBLEVACION_DE_MARTINEZ" id="LA_SUBLEVACION_DE_MARTINEZ"></a><a href="#capitulos">LA SUBLEVACIÓN DE MARTÍNEZ</a></h2> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>I</h2> + + +<p>Después que triunfó la revolución, y sus caudillos, instalados +definitivamente en la capital de Méjico, se repartieron los principales +cargos—desde presidente de la República hasta rector de la +Universidad—, el valeroso Doroteo Martínez empezó á sentirse aburrido, +sin atinar con la causa.</p> + +<p>En verdad, no podía quejarse de su suerte. Seis años antes era segundo +capataz en la hacienda de un gran señor que pasaba la mayor parte del +tiempo en París.</p> + +<p>Un día montó a caballo para seguir á los vengadores de Madero y derribar +a su asesino Huerta. ¿Por qué no había de ser revolucionario, á +semejanza de otros mejicanos de tan humilde origen como él, que llegaban +á ministros y hasta presidentes?... Guadalupe su mujer, carácter +despótico, opuesto sistemáticamente á todas sus decisiones, aceptó esta +vez con entusiasmo el proyecto de dedicarse á la guerra.</p> + +<p>—A ver si llegas a general—le dijo—. ¡Está una tan cansada de ver +generalas que empezaron siendo criadas!...</p> + +<p>El miedo a la mujer, una buena suerte incansable y el afán de que su +nombre apareciese en letras de imprenta y fuese cantado en verso con +acompañamiento de guitarra, le empujaron en su ascensión gloriosa. A los +treinta años se vió general de brigada, sin haber tropezado con grandes +obstáculos. Su astucia de campesino le hizo saltar oportunamente de un +grupo á otro en las contiendas civiles que surgieron al final de la +revolución, adivinando quién iba á triunfar y quién iba á sumirse para +siempre en la desgracia y el olvido.</p> + +<p>Su primer jefe y maestro fué Pancho Villa. A sus órdenes hizo la mayor +parte de la guerra; pero al verlo en lucha con Carranza, presintió que +este antiguo «ranchero», de porte solemne y aseñorado, al que llamaban +«el viejo barbón», tenía más aspecto de presidente que el antiguo +bandido, y se fué con él.</p> + +<p>Por segunda vez Guadalupe reconoció que su esposo era á veces capaz de +resoluciones acertadas.</p> + +<p>El guerrillero, durante la presidencia de Carranza, conoció todas las +dulzuras del poder. De la capital de Méjico le llegaban grandes sobres +con el sello del gobierno llevando esta inscripción: «Al ciudadano +general Doroteo Martínez, comandante de las tropas en operaciones.»</p> + +<p>Su autoridad se extendía nominalmente sobre un territorio más grande que +algunas naciones de Europa, pero sólo era efectiva en la población donde +había establecido su Estado Mayor y en otros grupos urbanos ocupados por +sus tropas.</p> + +<p>La importancia de estas tropas también era más ilusoria que real. Vistas +desde las oficinas ministeriales de Méjico, constaban de una docena de +miles de hombres, con casi igual número de caballos. Sobre el terreno de +las operaciones los regimientos se achicaban hasta convertirse en +partidas; los miles de combatientes bajaban á ser centenares; y los +caballos, que debían estar próximos á morir de un reventón, según las +montañas de forraje que llevaban consumidas—a juzgar por las cuentas +pagadas por el Ministerio de la Guerra—, eran escuálidos jamelgos que +pastaban en los campos de los particulares, alimentándose á la ventura +con lo que podían encontrar.</p> + +<p>El general, siguiendo una respetable tradición, se guardaba +tranquilamente los sueldos de los combatientes que no existían y el +valor de los piensos que jamás habían olido sus caballos. De algún modo +debía pagar la patria los servicios pretéritos de sus héroes y los que +le seguirían prestando en el resto de sus días.</p> + +<p>Continuaba en guerra el país. En vano el gobierno de la capital hacía +decir á los periódicos que sólo se mantenían en armas algunos bandidos, +á los que pensaba exterminar de un momento á otro. Lo de que fuesen +bandidos ó no lo fuesen quedaba reservado á la apreciación siempre +divergente de los gobernantes y de sus enemigos; pero lo cierto era que +los que corrían montes y campos, haciendo saltar trenes con dinamita, +quemando poblaciones, fusilando prisioneros y llevándose mujeres, habían +convivido como camaradas de armas con los mismos que marchaban ahora en +su persecución.</p> + +<p>Martínez se tuteaba con todos los insurrectos que tenía encargo de +fusilar así que cayesen en sus manos. Meses antes eran todavía tan +generales como él. Hasta le obligaban á marchar contra su antiguo ídolo +el temible Villa, y procuraba hacerlo con la mayor discreción, como un +esgrimista novel que se bate con su maestro.</p> + +<p>Perseguidos y perseguidores parecían evitar los golpes decisivos. Los +adversarios de Martínez propalaban en la capital que éste tenía más +empeño en eternizar la guerra que los mismos insurrectos. La paz +significaba para él, como para los otros jefes de operaciones, la +supresión de los regimientos fantasmas y de los piensos de la caballada +no menos irreales.</p> + +<p>Pero el valeroso Doroteo despreciaba estas invenciones de la +malevolencia. ¡Qué hombre ilustre carece de envidiosos!</p> + +<p>Había perdido su timidez de los primeros tiempos de la revolución, +cuando rondaba en torno de los caudillos principales como un oficial de +lealtad perruna, siempre dispuesto á encargarse de las misiones +peligrosas. Empezaba a creer que había nacido para cumplir una misión +histórica, según afirmaban sus aduladores. Al marcharse á la guerra, +sólo sabía trazar su firma como un jeroglífico, y aun esto lo había +aprendido durante unos meses que pasó en la cárcel á causa de ciertas +puñaladas recibidas por alguien que pretendía casarse con la que ahora +era su mujer. Durante la guerra se familiarizó con la literatura +declamatoria de las proclamas y los artículos revolucionarios, y pudo +llegar á leer de corrido estos impresos, siempre que fuesen de letra +gruesa.</p> + +<p>Ahora tenía como secretario á un periodista traído de la capital, joven +poeta, que redactaba todos los decretos que el comandante de operaciones +dirigía á los pobladores de su territorio, tratando en ellos muchas +veces sobre los destinos de la humanidad futura y la revolución +universal, como si fuesen dedicados á los habitantes del planeta entero.</p> + +<p>Al verse tan bien servido por la pluma del secretario, Martínez, cuando +no estaba de operaciones, sentía la necesidad de convertir en leyes +todas las ideas simples y nuevas para él que hervían en su cerebro.</p> + +<p>—Sandoval, vamos á escribir media docena de decretos—decía después de +las comidas, como si esto suavizase su digestión.</p> + +<p>Y á un mismo tiempo legislaba sobre la limpieza de las calles de la +ciudad, sobre el amor libre, sobre la hora de empezar el espectáculo en +los cinematógrafos y sobre un nuevo reparto de la propiedad rural. Los +decretos siempre terminaban condenando á ser pasados por las armas á +todos los que desobedeciesen las órdenes de su autor. La gente, +familiarizada con el peligro y la muerte, no hacía gran caso de ellos. +¡Eran tantos los decretos, y por otra parte tan poco numerosas las +personas del distrito que sabían leer!</p> + +<p>Pero si rara vez llegaban á ser una realidad positiva, estos documentos +servían de un modo maravilloso al general cuando deseaba suprimir á +alguien. Siempre ocurría que este importuno había desobedecido alguna de +sus leyes tan minuciosas y tan diversas, y el Consejo de guerra que se +reunía en el <i>foyer</i> del teatro de la ciudad no necesitaba discutir +mucho para enviar al acusado al cementerio, lugar donde se verificaban +los fusilamientos de rebeldes, evitándose de este modo las molestias de +una larga conducción de los cadáveres.</p> + +<p>Estos castigos extremados apenas alteraban la popularidad de Martínez. +¡Qué general no había hecho otro tanto! En el populacho, medio indio, +persistía el alma de sus crueles ascendientes, los cuales veneraban á +sus dioses cuanto más sedientos se mostraban de sangre y según el número +de víctimas á las que se extraía el corazón en sus altares.</p> + +<p>Además, Martínez casi gozaba honores de gloria nacional. Su secretario +rara vez lo designaba por su apellido. Era por antonomasia «el héroe de +Cerro Pardo», lugar donde había batido á los «soldados de la tiranía» +durante la revolución. Otros generales se veían venerados como +semidioses por haber perdido un brazo ó una pierna. Martínez había +perdido una oreja en Cerro Pardo, y mostraba con orgullo su sien mocha +en las ceremonias oficiales. Pero con una guedeja de su largo cabello +procuraba ocultar la falta del pabellón auditivo, siempre que, abusando +de la adormecida fiereza de la generala, se atrevía á visitar á ciertas +señoras admiradoras de su heroísmo.</p> + +<p>Muchas de las comunicaciones que enviaba Sandoval al gobierno de Méjico +eran devueltas con una nota pidiendo un estilo más claro, por considerar +el texto incomprensible. El héroe se indignaba.</p> + +<p>—¿Para esto hemos hecho la revolución? En el Ministerio de la Guerra no +hay mas que gente atrasada; reaccionarios que no pueden entender lo que +es el simbolismo.</p> + +<p>Como todos los simples que sólo han recibido una instrucción primaria y +tardía, amaba con entusiasmo el estilo complicado y los neologismos que +exigen largas explicaciones.</p> + +<p>El libro más interesante de la época presente iba á ser la <i>Historia del +general Doroteo Martines</i>, obra voluminosa que estaba escribiendo su +secretario. De ella, lo más apreciado por el autor y por el protagonista +era el «Capítulo ochenta y dos», titulado así: «De cómo el general, a +pesar de ser antimilitarista, comunista y ácrata, se vió obligado á +fusilar á doscientos cincuenta compañeros de armas que se rebelaron +contra el gobierno, faltando á la disciplina.»</p> + +<p>En la vida ordinaria era una buena persona, que hablaba con voz tímida, +ceceando lo mismo que un niño, y si su interlocutor le miraba fijamente, +apartaba los ojos como avergonzado. Los efectos de su bondad y su +sencillez se extendían hasta Europa. Como ejercía una autoridad de +procónsul sobre su comarca natal, una de sus primeras disposiciones fué +apoderarse de la gran propiedad en la que había trabajado como humilde +capataz.</p> + +<p>El propietario, residente en París, recibió de él una carta dulce y +respetuosa: «Venga usted por aquí, patroncito; tendré un verdadero gusto +en verle. Arreglaremos cuentas sobre su hacienda. Le manifestaré mi +agradecimiento por sus bondades con este su antiguo servidor.»</p> + +<p>Pero el propietario, que era mejicano y conocía á su gente, no pensó un +momento en volver á un país donde los capataces se convierten en +generales. Se sentía mejor cerca de los Campos Elíseos, aunque tuviera +que recurrir á préstamos y trampas para compensar las rentas que ya no +llegaban del otro lado del Océano. Prefería ver el Arco de Triunfo con +hambre, antes que la sonrisa melosa y los ojos terriblemente dulces del +héroe de Cerro Pardo.</p> + +<p>Los comerciantes de la ciudad, extranjeros todos ellos que daban parte á +Martínez en sus negocios y no se atrevían á acometer empresa alguna sin +tenerle por consocio, le habían regalado por suscripción una espada +«artística» y un uniforme de general.</p> + +<p>Este uniforme, mezcla de japonés y de alemán, quedó en una silla, bajo +la mirada pensativa del héroe. La gorra con entorchados deslumbrantes y +un águila de oro enorme, los bordados de las mangas y las hombreras, +parecían herir su vista.</p> + +<p>—Yo soy un ciudadano—dijo á su secretario—. (No olvide usted, +Sandoval, de repetirlo en el libro.) Yo soy un ciudadano, y estos +uniformes son los que perdieron á muchos de mis camaradas que han muerto +fusilados por traidores.</p> + +<p>Y como él prefería ser ciudadano, siguió usando sus trajes civiles, una +indumentaria soñada sin duda en sus tiempos de pobreza como algo +magnífico y quimérico: trajes de paño azul celeste ó verde esmeralda, +corbatas y pañuelos con las tintas del arco iris, productos de fábricas +misteriosas de Inglaterra ó los Estados Unidos, cuya existencia ignora +el común de los mortales y que parecen trabajar únicamente para la +elegancia masculina de los trópicos. Una placa de esmalte con un águila, +fija en una de sus solapas, revelaba á los demás mortales su condición +de general.</p> + +<p>Pero un día se mostró en los salones del antiguo palacio del obispo, +convertido en comandancia de armas, vistiendo el deslumbrante uniforme.</p> + +<p>—Somos débiles, Sandoval—dijo melancólicamente—. Me lo he puesto para +dar gusto á la generala.</p> + +<p>Un viejo tendero español—el iniciador de la suscripción—se entusiasmó +al verle.</p> + +<p>—Estás más hermoso que el sol. Pareces Bismarck...pareces Hindenburg. +Así deberías ir todos los días, Doroteíto.</p> + +<p>Y le acariciaba el vientre con suaves palmadas. Era el único que podía +tutearle, como un privilegio de la época en que el general frecuentaba +la tienda del <i>gachupín</i> como simple peón, llevándose al fiado de comer +y de beber. Además, este personaje opulento y respetable era el que se +encargaba de figurar como único contratista en todos los servicios de +las tropas.</p> + +<p>Para darle gusto, así como á su Guadalupe, se sacrificó al fin el +general, vistiendo su uniforme de gala siempre que estaba en la ciudad. +Al salir de operaciones volvía á cubrirse con el enorme sombrero +mejicano, poco menor que un paraguas, única prenda uniforme de sus +soldados en tiempo ordinario.</p> + +<p>Su gloria y su poder no encontraban obstáculo alguno en el rincón de la +República sometido á su autoridad. Los jóvenes empleados en los +ministerios de la capital se agrupaban para reir, leyendo en voz alta +las comunicaciones enviadas por el héroe de Cerro Pardo.</p> + +<p>Los grandes periódicos comentaban con una ironía algo miedosa las +sublimidades laberínticas de su estilo. Pero el presidente y los +ministros restablecían el prestigio del héroe:</p> + +<p>«¿Martínez?... Algo tonto y vanidoso, pero un hombre leal, un soldado +fiel, y además un héroe.»</p> + +<p>Era tan común en la historia del país la traición, el sublevarse los +generales contra el gobierno con las mismas tropas facilitadas por éste, +que Doroteo resultaba un personaje excepcional.</p> + +<p>Todo cuanto hiciese se lo tolerarían los gobernantes. Firmemente +asegurado en su situación, no temía á Dios ni á los hombres.</p> + +<p>Únicamente una persona le infundía miedo: su mujer.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>II</h2> + + +<p>Cuando el capataz Doroteo dejó de trabajar para irse con los +revolucionarios, Guadalupe no dudó un momento en seguirle.</p> + +<p>Un mejicano debe ir á todas partes con su mujer, hasta á la guerra. Lo +mismo los defensores del gobierno que los revolucionarios, llevaban con +ellos á sus mujeres, apodadas «soldaderas», que eran las que remediaban +la ausencia de administración militar, cuidando cada una del alimento de +su hombre.</p> + +<p>Durante las marchas iban á vanguardia, rodeadas de enjambres de niños y +con las ropas de la familia formando un lío sobre su cabeza. Lo robaban +todo, arrasaban los campos, como una nube de langosta, y cuando las +tropas hacían alto, encontraban ya la hoguera ardiendo y la comida en su +punto. Los primeros contactos entre ambos bandos los realizaban casi +siempre las dos vanguardias de «soldaderas». Olvidando momentáneamente +su antagonismo, se vendían unas á otras lo que consideraban superfluo. +El defensor del gobierno, por mediación de su compañera, facilitaba +víveres al rebelde. Otras veces ocurría lo contrario.</p> + +<p>La moneda carecía casi siempre de valor en estas transacciones. El bando +falto de municiones sólo quería vender su pan á cambio de cartuchos, y +el que los tenía los entregaba, ansioso de comer, sin fijarse en que, +horas después, estos mismos proyectiles podían darle la muerte. Al +entablarse el combate, las «soldaderas» y sus enjambres de chiquillos se +retiraban á retaguardia. Otras veces, si el momento era angustioso, la +hembra se mezclaba en la pelea para sostener al compañero herido y +seguir tirando con su fusil.</p> + +<p>Guadalupe vivió así; hizo marchas interminables á pie ó á la grupa del +caballo de su hombre. Pero como Doroteo obtuvo rápidamente sus primeros +ascensos, pronto se elevó sobre la muchedumbre de «soldaderas» de tez +amarillenta, cabellera aceitosa y ojos ardientes, asombrosamente flacas.</p> + +<p>Fué la capitana Martínez, luego la comandanta, y ya no tuvo que avanzar +al trote junto á los jinetes, llevando sobre su cabeza el colchoncillo y +las ropas que constituían el ajuar andante del matrimonio. Doroteo, +excelente esposo, había matado á un oficial del gobierno para regalarle +á ella su caballo.</p> + +<p>Al ser coronel, su generosidad marital deseó algo más.</p> + +<p>—¡Si pudiese robar un automóvil para «la vieja»!...</p> + +<p>«La vieja» era Guadalupe, que tenía entonces veintiséis años. No +resultaba difícil hacerse dueño de un automóvil. Abundaban mucho en un +país vecino á los Estados Unidos y con la frontera libre. No había +revolucionario de alguna graduación que no tuviese el suyo. La +importancia de los jefes se medía por los parques de automóviles que +llevaban detrás de ellos.</p> + +<p>Y la coronela hizo la guerra en un vehículo americano. Su adquisición +sólo costó á Martínez dos palabras breves y el apoyar su revólver en el +pecho del primitivo dueño.</p> + +<p>El chófer era un mestizo de enorme sombrerón y descalzo, que llevaba el +fusil entre las dos manos fijas en el volante. Dentro iba Guadalupe y +toda su casa: un lío de colchones, dos sacos para la ropa sucia, una +criadita mestiza que se sentaba á sus pies, tres gatos y un perro en la +banqueta, junto á la señora, y un loro que se paseaba por la capota +recogida, sirviendo de remate trasero á este vehículo triunfal. Todos +los automóviles ignoraban la limpieza desde muchos meses. La lluvia y el +barro habían cubierto su exterior con una costra parda y agrietada. +Parecían forrados de piel de elefante. Como la esposa de Martínez era +relativamente esbelta, su vehículo se limitaba á chillar por la falta de +aceite y de aseo. Otros tenían un muelle roto y saltaban sobre sus +ruedas, acostándose como una barca próxima á zozobrar. Siempre se +inclinaban del lado donde acostumbraba á sentarse la generala ó la +ministra, con la abrumadora majestad de su centenar de kilos carnales.</p> + +<p>Los revolucionarios marchaban como lo permitían las exigencias +topográficas: unas veces en fila, extendiéndose leguas y leguas; otras +en masa horizontal á través de las llanuras, llevando en torno un +segundo ejército de mujeres y chiquillos. Lo mismo habían avanzado en +otros siglos las grandes invasiones históricas. Eran como las antiguas +naciones en marcha, que arrastraban detrás de ellas los seres y los +muebles que forman la familia.</p> + +<p>Algunas veces llegaban á ser veinte mil, todos á caballo, sin +medicamentos, sin víveres, confiando al azar la vida del día siguiente. +Cada uno hacía la misma recomendación al camarada: «Si me hieren en el +pecho ó en el estómago, dame un tiro en la cabeza. Prefiero esto á +quedar vivo junto al camino.»</p> + +<p>No podían ser considerados como caballería, á pesar de que todos iban +montados. Carecían de armas blancas y no podían dar una carga. Eran +infantes que sólo echaban pie á tierra en el momento de empezar el fuego +contra el enemigo. Hasta los generales llevaban el rifle atravesado +sobre el delantero de la silla.</p> + +<p>La única infantería era la de los <i>yaquis</i>, indios montañeses que no +habían querido aprender de los conquistadores españoles el arte de +cabalgar y mostraban aún cierta repugnancia ante el caballo. Estos +<i>yaquis</i> figuraban como enemigos de todos los gobiernos desde la época +de Porfirio Díaz, que cometió el sacrilegio de implantar en sus tierras +el telégrafo y el ferrocarril. Se dejaban convencer fácilmente por los +revolucionarios, con la esperanza de que éstos les librasen de +innovaciones vergonzosas. En los combates eran los únicos que se batían +avanzando.</p> + +<p>La muchedumbre montada, al emprender su marcha todos los amaneceres, +veía á los <i>yaquis</i> tranquilos en su campamento, como si pensasen +quedarse allí. Cuando al llegar la noche, después de una larga jornada á +caballo, se detenían para descansar, encontraban instalados ya á los +mismos indios en el lugar designado de antemano, como si hubiesen +llegado volando y sin fatiga aparente. Puestos en cuclillas escuchaban +con atención religiosa el repiqueteo de los tamborcillos pendientes de +las muñecas de sus jefes, instrumentos que servían á la vez para sus +fiestas y para transmitir órdenes.</p> + +<p>La imagen de su esposa Guadalupe iba unida siempre á estos recuerdos de +la guerra. Al principio la mujer mostraba cierto pavor; el silbido de +las balas parecía irritar sus nervios. Un día, para recoger á su hombre +herido, tuvo que lanzarse en pleno combate, y desde entonces consideró +poca cosa el intervenir en las operaciones de guerra.</p> + +<p>Las «soldaderas» hablaban de ella como de una gloria de su sexo, +colocándola al nivel de los jefes más célebres de la revolución. Los +hombres, por galantería instintiva, admiraban su hazañas, exagerándolas, +como si nadie pudiese igualarlas. Todo el ejército repitió lo mismo al +hablar de los esposos Martínez. «Él es un buen soldado, un +valiente...pero como hay muchos. Ella vale más. ¡Qué mujer!...»</p> + +<p>Su conducta durante la vida azarosa de marchas y campamentos contribuyó +á aumentar su fama. Guadalupe tenía mal carácter. Muchas veces, al +rozarse su automóvil con el de alguna generala—igualmente cargado de +colchones, sacos de ropa sucia, cuadrúpedos, aves y numerosos +chiquillos—, empezaban á insultarse ambas damas por si la una pretendía +cortar el paso á la otra. La coronela, sin consideración á su grado +inferior, recordaba á la generala las aventuras amorosas de su señora +madre ó la época en que sus tías lavaban la ropa de los soldados. Hasta +que el heroico Martínez, avisado del incidente, acudía á todo galope +para meter su caballo entre ambas furias.</p> + +<p>Los hombres, al recordar que esta mujer se batía lo mismo que ellos, +encontraban lógico que se considerase superior á las otras, gordas aves +domésticas que se habían lanzado al campo para marchar detrás de los +combatientes, escarbando con el pico el terreno de la lucha, en busca de +los residuos de la victoria.</p> + +<p>Su fidelidad matrimonial era también muy admirada. Uno de los grandes +jefes había recibido de ella varios latigazos cierto día que osó algunos +atrevimientos con la amazona. El mismo personaje golpeado acabó por +arrepentirse, y á impulsos de la admiración, fué en adelante un +protector de Martínez y de su esposa.</p> + +<p>Cuando Doroteo llegó á general, sus envidiosos atribuyeron toda la +carrera del héroe á la influencia de Guadalupe. «No es que sea menos +valiente que los demás—decían—; pero á causa de su compañera, los de +arriba se fijan en sus acciones, que, realizadas por otros, quedarían +ignoradas.»</p> + +<p>Al terminar la guerra, cuando Martínez pasó á ser defensor del gobierno +recién constituído, Guadalupe no quiso prolongar sus hazañas militares. +Era ridículo que la esposa de un comandante de operaciones saliese al +campo á perseguir á los rebeldes, muchos de los cuales había conocido +ella meses antes como amigos, teniéndolos por excelentes personas.</p> + +<p>Renanció a las costumbres violentas de campaña, á los largos galopes, al +automóvil sucio y hasta á las palabrotas aprendidas en sus años de +existencia varonil. Fué en adelante la «señora generala» y quiso +rivalizar con Martínez en esplendores de lujo.</p> + +<p>Las gentes de la ciudad casi se sintieron cegadas por el resplandor de +las joyas que en ciertos días la cubrieron desde la garganta al vientre. +Doroteo había trabajado bien, lo mismo que todos los padres de familia +mezclados en la revolución. No tenía hijos, como los otros, pero tenía +á Guadalupe; y siempre que en sus correrías veía algo vistoso y de +precio, sacaba el enorme revólver de su funda, diciendo: «Esto para mi +vieja...y esto otro también.»</p> + +<p>Total: que la esposa del héroe de Cerro Pardo poseía una colección +enorme de alhajas, y los maliciosos las encontraban iguales á las que +habían comprado en Londres y en Nueva York ciertas familias del Méjico +anterior que andaban ahora vagabundas, lejos del país.</p> + +<p>Guadalupe huía de la ostentación en los días ordinarios y se limitaba á +llevar simplemente media docena de sortijas de brillantes, un reloj con +pulsera de platino en una muñeca, otro igual en la muñeca opuesta y un +tercer reloj más grande colgando del cuello.</p> + +<p>Así se mostraba por las tardes á la admiración pública, ocupando uno de +los ocho automóviles que poseía el héroe como recuerdo de sus campañas. +Su paseo favorito era la calle central de la ciudad, una alameda con +árboles seculares, de cuyas ramas pendían á veces hombres ahorcados. +Eran ladrones, mestizos incorregibles que hurtaban gallinas, hortalizas +y otras cosas igualmente preciosas á pesar de los decretos del general. +Y Martínez, que era enemigo inexorable del robo, les aplicaba sin +compasión la pena decretada por su dictadura revolucionaria.</p> + +<p>Guadalupe casi tenía una corte. Las damas del pasado régimen—la +aristocracia del país—la visitaban y adulaban, para defender de este +modo su tranquilidad y sus bienes. Los subordinados de su esposo, cuando +deseaban algo, preferían pedírselo á la generala, como si creyesen más +en su autoridad que en la de Martínez. Ella los tuteaba con una bondad +superior. Volvía á ser la compañera de armas que se había encargado +muchas veces de guisar en el campo para su marido y todos los de su +Estado Mayor.</p> + +<p>Recordaba con cierta nostalgia los años de guerra, pero tenía por mejor +el tiempo actual. ¡Ojalá no se acabasen nunca los insurrectos y su +marido fuese perpetuamente comandante de operaciones!...</p> + +<p>Martínez se sentía menos contento en su interior. Empezaba á pesarle la +autoridad de su esposa. ¿De qué le servía haber llegado á héroe +nacional, si Guadalupe le inspiraba un miedo superior á su voluntad? No +valía la pena haber hecho una revolución para verse privado de realizar +sus gustos.</p> + +<p>Luego de pensar esto, miraba á su mujer largamente, con una reflexiva +atención que ella no llegaba á adivinar, acostumbrada á tener en poco +todo lo de su marido. Aún la encontraba hermosa á los treinta y tantos +años, lo mismo que cuando se casaron. Producto de varios cruzamientos de +españoles con indias, tal vez había además en sus venas cierta parte de +sangre africana. Unos ojos grandes, húmedos y ligeramente oblicuos; una +dentadura fuerte y deslumbrante entre los labios gruesos de rosa +obscuro; una carne pomposa y pálida, y una cabellera exuberante, negra y +con tendencia á rizarse apenas la abandonaba el peine, eran los +componentes principales de su belleza.</p> + +<p>Así la vió Doroteo durante diez años, como si fuese una criatura +insensible al tiempo, y así la hubiese visto siempre.</p> + +<p>Pero un día se dió cuenta de que empezaba á disgregarse su armonía +corporal, como si las tres sangres que existían en ella se hubiesen +cansado de permanecer revueltas, aislándose, para asomar cada una por +separado á la superficie. Sobre la tez blanca empezó á esparcirse una +especie de viruela subcutánea, formada de puntos negros pequeñísimos, +como granos de pólvora. En una mejilla y en otras partes menos visibles +se marcaban ó desaparecían, según los días, grandes manchas violáceas. +Era la madurez precoz de la criolla de diversos orígenes. Además, ¡sus +palabras rudas y violentas, su ignorancia, su deseo de mantenerlo +sometido, tratándole despectivamente en presencia de las gentes!...</p> + +<p>Martínez vió todo esto de pronto, pero fué porque acababa de encontrar +un término de comparación en otra mujer.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>III</h2> + + +<p>Cuando Guadalupe deseaba dar broma al general en presencia de sus +contertulios, se expresaba así:</p> + +<p>—Este viejo, aquí donde ustedes lo ven, anda enamorado, loco, detrás de +la <i>Gringuita</i>.</p> + +<p>Cerrando una mano, le apuntaba con el dedo índice, y añadía, amenazante:</p> + +<p>—¡Que te pille yo, y verás lo que es bueno!</p> + +<p>Pero á continuación, considerando que la broma había durado bastante, +decía con gravedad:</p> + +<p>—La <i>Gringuita</i> es una joven muy apreciable, que gana su vida y +mantiene á todos sus hermanos. Además, ¡lo que sabe! Yo me quedo +asombrada escuchándola. Parece mentira que una mujer pueda estudiar +tanto.... Perderías el tiempo, viejo. Esa no te hace caso á ti.</p> + +<p>Era hija de un maestro de escuela que había muerto el año anterior. Se +educaba en los Estados Unidos cuando esta desgracia la obligó á volver +al país, dejando incompletos sus estudios. Quería servir de madre á sus +hermanos menores, que después de muerto el padre, quedaban completamente +solos en la casa. Seis años de vida en Nueva York habían desfigurado á +esta joven mejicana, dándole otras costumbres y hasta un aspecto físico +completamente diferente.</p> + +<p>Los personajes de la ciudad la protegían, seducidos por sus finas +maneras y por la sencillez con que hablaba de unos estudios que sólo +conocían ellos de oídas. La habían colocado como maestra en una de las +principales escuelas y prometían ayudarla en la realización de todas las +innovaciones que proyectaba.</p> + +<p>Algunas solteronas feas y de carácter agriado torcían el gesto ante el +entusiasmo pedagógico de los hombres.</p> + +<p>—¡Claro!... ¡La <i>Gringuita</i> es tan primorosa!...</p> + +<p>Martínez figuraba entre los protectores de la maestra.</p> + +<p>—Yo soy un hombre de progreso, ¿saben?—decía al hablar de ella—; por +eso me interesan los proyectos de esa niña que ha estudiado con los +<i>gringos</i>. Su pobre padre tuvo una excelente idea al enviarla á Nueva +York para que aprendiese lo que no sabemos nosotros. La aprecio mucho, +por su seriedad sobre todo. En cuanto á su hermosura, de la que tanto +hablan las malas lenguas, ¡pchs!...</p> + +<p>El general hacía un gesto de duda que casi llegaba á ser despectivo. +Tenía razón: la belleza de Dora no era extraordinaria. La maestrita +poseía el encanto de la juventud, una juventud ágil y sana, mantenida +por los deportes y la higiene.</p> + +<p>Pero lo que se callaba Doroteo era que él la prefería á las beldades del +país por lo mismo que resultaba distinta á todas. Como recuerdo de su +madre—una extranjera que se había casado en Méjico con el maestro para +producir media docena de hijos y morirse inmediatamente—, tenía el pelo +de un rubio ceniciento y los ojos verdes claros. En cambio, todas las +mujeres del país eran morenas pálidas, con cabelleras de un negro +intenso.</p> + +<p>Dora iba vestida con unos trajecitos baratos, sencillos y elegantes, que +el general había admirado muchas veces en los periódicos ilustrados. +Tocaba el piano, cantaba en inglés y tenía la soltura y las formas +gimnásticas de un muchacho.</p> + +<p>La generala centelleaba de joyas, iba envuelta en sedas y bordados, como +la imagen de la Virgen patrona de la ciudad; llevaba peinetas altas como +torres sobre su apretada cabellera; tocaba la guitarra y prescindía de +sentarse en los sillones y en todo mueble que tuviese brazos, por miedo +á no poder introducir entre ellos sus exuberancias dorsales.</p> + +<p>Cuando la maestrita se ponía bajo un rayo de sol, su cutis blanco +parecía dorarse con la luminosidad de un vello finísimo semejante al de +los frutos en sazón. Igual había sido Guadalupe en otros tiempos, pero +ahora un bigote cada vez menos discreto empezaba á entenebrecer su boca.</p> + +<p>El héroe visitaba con frecuencia la escuela de Dora, lanzando discursos +á los niños, en los que repetía que la revolución se había hecho +especialmente para el fomento de la enseñanza. También se apresuraba á +entrar en el salón de su mujer siempre que le avisaban que la maestrita +hacía tertulia á doña Guadalupe. Delante de la gente balbuceaba +preguntas sobre los progresos de los <i>gringos</i>, abriendo los ojos con +asombro cuando la joven le hablaba de la grandeza de su amada Columbia +University, en la que había pasado sus mejores años.</p> + +<p>—Usted dirigirá una Universidad igual ó parecida, señorita: yo se lo +prometo. El gobierno dará los millones que se necesiten para +construirla. Y si no los da, soy capaz de.... En fin, ¿qué no haré yo +por la instrucción? ¿qué no haré por...?</p> + +<p>Iba á añadir «por usted», pero se detenía mirando á la pomposa generala. +Luego, por un deseo irresistible de establecer comparaciones, comenzaba +á admirar con ojos disimulados la belleza especial de esta joven que +parecía un muchacho con faldas, sintiendo al mismo tiempo en su paladar +el sabor ácido y picante de un fruto todavía verde.</p> + +<p>Tuvo que abstenerse de sacar á bailar á la maestrita cuando se +celebraban fiestas en la Comandancia.</p> + +<p>—¡Pobre viejo!—le decía Guadalupe—. ¿No ves que aburres á esa pobre +señorita? Además, la gente se ríe un poco de ti.</p> + +<p>¡Reírse del héroe de Cerro Pardo!... Que probasen á hacerlo francamente, +y él enviaría á los burlones á dar una vuelta por el <i>foyer</i> del teatro, +donde funcionaba el Consejo de guerra siempre que lo exigía la salud de +la patria.</p> + +<p>Una mañana, con los ojos hinchados por el insomnio, le entregó un papel +á su secretario.</p> + +<p>—Sandoval, dígame qué le parece. Cuando yo era muchacho y aún no había +aprendido á leer, inventé muchos versos como éstos, mientras punteaba la +guitarra. Usted pondrá lo que les falte: yo entiendo poco en eso de la +ortografía. ¿Qué me dice de ellos?</p> + +<p>El poeta se acordó de dos ocasiones en que el héroe, irritado por su +franqueza, le había dado varias bofetadas, manifestando luego su +arrepentimiento con valiosos regalos. Olvidó los regalos para acordarse +únicamente de los golpes, y tuvo prisa en manifestar su entusiasmo por +los versos. Eran de amor, é iban dirigidos á una mujer cuyo nombre +quedaba en el misterio, pero el secretario la reconoció desde la primera +estrofa.</p> + +<p>—Publíquelos mañana mismo en el mejor sitio de mi diario oficial. Como +firma, la misma que llevan: <i>El caballero de la ardiente mirada</i>. Es un +apodo que encontré en no sé qué novela, y me gustó tanto, que lo he +guardado para mí.</p> + +<p>Sandoval quiso marcharse con los versos, pero el autor todavía le dió +otra orden.</p> + +<p>—Mañana escriba á máquina un anónimo para la persona que usted sabe, y +dígale que <i>El caballero de la ardiente mirada</i> y el general Martínez +son una misma persona.</p> + +<p>No consideró suficiente esta indiscreción, en vista de la serena +indiferencia de la maestra, y pocos días después hizo una visita á la +escuela, declarando á Dora de pronto todos los deseos, las esperanzas y +las contrariedades que formaban lo que él llamaba «el mayor amor de mi +vida».</p> + +<p>—¡Oh, general!... ¡Haberse fijado en una pobrecita como yo!...</p> + +<p>Parecía próxima á desmayarse de sorpresa, como si nunca hubiese +sospechado esta pasión, extrañándose de ella con toda la ingenuidad de +que es capaz el disimulo femenil. Pero hacía meses que se había dado +cuenta del enamoramiento del héroe, riendo á solas de sus tímidas +insinuaciones.</p> + +<p>En vano Martínez habló de su amor. La maestrita movía la cabeza +negativamente. La existencia no era para ella una sucesión de delicias. +Graves deberes la obligaban á mirar las cosas con seriedad. Era pobre: +debía mantener y educar á sus hermanos.</p> + +<p>—Yo me casaré con usted—dijo Martínez con un tono dramático, como si +arrostrase el mayor de los peligros—. Comprenderá usted que he pensado +en eso antes de hablarla. Usted no es una «pelada»; usted es una +señorita, una profesora que ha estudiado, y yo respeto mucho á las +personas científicas....</p> + +<p>Luego añadió triunfalmente:</p> + +<p>—Por algo nos hemos batido en la revolución, para algo hemos +establecido el divorcio.</p> + +<p>Los enemigos de la revolución afirmaban que era más urgente que el +divorcio dar una ley obligando á las parejas á casarse, pues la mayoría +de las gentes del país, para evitar gastos y molestias, prescindían de +las formalidades del matrimonio, viviendo en estado natural, como sus +ascendientes. Pero Doroteo se sentía ahora satisfecho de haber dado su +sangre por el triunfo del divorcio.</p> + +<p>Dora no participaba de este entusiasmo. Pareció asustarse de verdad, +temblando ante la idea de casarse con Martínez, más aún que si éste +hubiese intentado una violencia contra ella.</p> + +<p>—¡Qué horror!... ¡Divorciarse usted de la generala!... ¡Tener yo por +enemiga á doña Guadalupe!...</p> + +<p>Sólo la suposición de que la amazona gloriosa pudiera perseguirla con su +venganza hacía temblar las piernas de la maestra. El general participó +por reflejo de esta inquietud. Su Guadalupe era realmente temible, pero +esto no podía impedir que empezase á odiarla. ¿Hasta cuándo iba á sufrir +su despotismo?...</p> + +<p>Los meses sucesivos fueron de desaliento para el héroe. Dora evitaba los +encuentros con él, apelando á ciertas astucias que el general no podía +prever.</p> + +<p>Cada vez la deseaba con mayor vehemencia. En ciertos momentos volvía á +resucitar el guerrillero en el interior del comandante en jefe de +operaciones.</p> + +<p>¿No le era fácil robar á la profesora y llevársela al campo? Él tenía +entre su gente muchos hombres de confianza. Pero á continuación se +acordaba de sus enemigos, de los periódicos de la capital, de que Dora +era «una persona científica» y el asunto metería ruido. ¡Un partidario +de la instrucción y del progreso robando á una señorita del +profesorado!... Además, pensaba en doña Guadalupe, que seguía repitiendo +su cariñosa amenaza, pero cada vez con tono menos cordial, erizándosele +un poco el mostacho, apuntándole con un índice como si le apuntase con +un revólver. «¡Que te pille yo, y verás lo que es bueno!»</p> + +<p>Por otra parte, las gentes empezaban á murmurar que la <i>Gringuita</i> tenía +un novio. Era un joven de la localidad, que rivalizaba con Sandoval en +la confección de versos «á la moderna» y además hacía discursos contra +el gobierno. Su pobreza resultaba igual á la de Dora, pero esto no +impediría que se casasen muy pronto. ¡Y mientras tanto, él, héroe +nacional, gobernante omnipotente, tendría que mantenerse impasible al +lado de su doña Guadalupe! ¡Ira de Dios! ¿Para esto había hecho la +revolución?...</p> + +<p>Los sucesos políticos le obligaron á olvidar momentáneamente sus +tristezas amorosas. El «viejo barbón» fué derribado de la presidencia de +la República por varios generales, antiguos amigos de él y de Martínez. +Éste, á pesar de sus preocupaciones, supo inclinarse instintivamente del +lado de los que iban á triunfar.</p> + +<p>Cuando asesinaron á Carranza, el heroico Doroteo se encontró en +excelentes relaciones con los vencedores y tan comandante de operaciones +como en el gobierno anterior. Pero ¡ay! su alto cargo tal vez iba á +quedar anulado por innecesario.</p> + +<p>Los diversos partidos que infestaban el país de insurrectos en armas +parecían haber ajustado una tregua junto al cadáver de Carranza. Todos +mostraban un tácito deseo de someterse al nuevo gobierno, para hacer ver +al mundo que en Méjico es posible la paz, aunque sólo sea por una +temporada.</p> + +<p>Los guerrilleros rebeldes se iban presentando á Martínez y á otros +generales. Hasta Pancho Villa, el eterno insurrecto, se sometió á los +nuevos personajes instalados en la capital, pero con una sumisión +orgullosa y magníficamente retribuida. Le daban un millón de pesos, le +pagaban los atrasos de toda su gente, y además le permitían que se +estableciese en un pueblo, rodeado de sus más seguros partidarios. Lo +importante era hacer ver en el extranjero que ya no quedaba ningún +insurrecto.</p> + +<p>Martínez se irritó al enterarse de lo que le regalaban á su antiguo +maestro, como si esto representase una injusticia para él.</p> + +<p>—Sea usted leal—decía con amargura—, manténgase disciplinado, y no le +darán nada.... ¡Pensar que no me he sublevado nunca y siempre he estado +con los gobiernos!</p> + +<p>Doña Guadalupe se preocupaba más aún que su esposo del nuevo estado +político. Los gobernantes de ahora eran compañeros de revolución á los +que no habían visto en varios años. Era preciso buscar un puesto de +reposo bien retribuído, hasta que hubiesen otra vez insurrectos en el +campo y jefaturas de operaciones. La verdadera historia de Méjico no iba +á cortarse para siempre.</p> + +<p>Pensó en la conveniencia de que Martínez hiciese un viajecito á la +capital para reanudar amistades. Luego dudó de sus condiciones para este +trabajo. Era mejor que fuese ella. Precisamente su protector de los +tiempos revolucionarios, aquel personaje del que había tenido que +defenderse con el látigo, figuraba entre los gobernantes provisionales +y era uno de los que aspiraban á la presidencia de la República.</p> + +<p>Los periódicos de la capital anunciaron la llegada de la generala +Martínez, «digna compañera del héroe de Cerro Pardo»; y pocos días +después ocurrió el hecho inaudito, inexplicable, que produjo más emoción +y extrañeza trañeza en el país que la mayor parte de las revoluciones +anteriores.</p> + +<p>Una mañana, los habitantes de la ciudad gobernada por Martínez vieron +agruparse en el paseo de la Alameda y la plaza principal varios +centenares de jinetes con grandes sombreros y la carabina apoyada en un +muslo. Los jefes gritaban indignados:</p> + +<p>—¡Han violado la Constitución!...</p> + +<p>Los transeúntes empezaron á correr para meterse en sus casas. Que +hubiesen violado á la Constitución les importaba poco. La pobre estaba +hecha á estas pruebas y podía considerarse la persona más violada de +todo Méjico. En su vida no había servido para otra cosa. Pero la gente, +que se imaginaba vivir libre por algún tiempo de la calamidad de las +sublevaciones militares, huía miedosa al ver que volvían á empezar.</p> + +<p>Martínez, con botas altas, dos revólveres al cinto y su gran sombrero +campesino de fieltro adornado con el águila de general, escuchaba á su +jefe de Estado Mayor.</p> + +<p>—Todo está listo. Nuestra gente se muestra conforme. Ya se aburría de +tanta paz. ¿Qué grito damos?</p> + +<p>—«¡Han violado la Constitución! ¡Abajo el gobierno!»—dijo gravemente +el caudillo.</p> + +<p>—Eso ya lo hemos gritado, general. Pero falta un viva. ¿A quién le +damos viva?</p> + +<p>Martínez se rascó la cabeza por debajo del sombrero.</p> + +<p>—No sé.... Esperemos. Hay que pensarlo. Yo veré qué personaje quiere +ponerse á la cabeza de nuestra revolución. No faltará alguno. Debemos +salvar la patria.</p> + +<p>Por el momento, los sublevados sólo pudieron gritar: «¡Han violado la +Constitución!» Pero ellos, por su parte, también deseaban violar algo; y +como en toda sublevación mejicana bien ordenada y que se respeta, +empezaron por asaltar, carabina en mano, las tiendas de los extranjeros +ó á derribar sus puertas si estaban cerradas, llevándose el dinero y los +géneros. Además, golpearon é hirieron á unos cuantos olvidadizos del +pasado que se atrevían á protestar y hablaban de sus cónsules, como si +las revoluciones de los años anteriores no les hubiesen enseñado nada.</p> + +<p>Los soldados querían terminar pronto su trabajo. Estaban enterados del +programa de todo general que se subleva en una ciudad. Lo primero es +marcharse antes de que lleguen las fuerzas mejor organizadas que +guarnecen la capital con toda su artillería. Después vuelven á ella si +han adquirido nuevas fuerzas en el campo.</p> + +<p>Lo mismo ocurrió esta vez. Doroteo Martínez se fué de la ciudad con sus +«leales»; pero como necesitaba consolarse de que hubiesen violado á la +Constitución, se llevó á viva fuerza á Dora. Sus hermanitos lloraron +mostrando los puños impotentes á un automóvil en el que gritaba y se +agitaba la maestrita sin poder librarse de sus raptores.</p> + +<p>Todo el resto de la nación se asombró tanto como el vecindario de la +ciudad. Una sublevación no tenía nada de extraordinario. En diez años no +se había visto otra cosa. ¿Pero sublevarse Martínez, que siempre había +estado de acuerdo con los que mandaban?...</p> + +<p>En el Palacio de Méjico, el presidente provisional, los ministros y los +personajes que dirigían al gobierno se miraban con extrañeza al comentar +este acto inexplicable.</p> + +<p>—Pero ¿qué le ha dado á ese hombre?... ¿Qué es lo que busca?... Si +deseaba algo, no tenía mas que haberlo pedido.</p> + +<p>El asombro les hacía suponer fuerzas ocultas y temibles detrás del +sublevado. Algunos hablaron de meter inmediatamente en la cárcel á +varios personajes de la capital para someterlos á un Consejo de guerra.</p> + +<p>El poderoso caudillo que pasaba por ser el protector de Martínez y de su +esposa parecía más indignado que los otros, para librarse de este modo +de toda sospecha de complicidad.</p> + +<p>Precisamente cuando hablaba de la conveniencia de fusilar á un hombre +que no se había sublevado nunca y sólo se decidía á hacerlo cuando los +antiguos insurrectos acordaban mantenerse en paz, anunciaron á la +generala Martínez.</p> + +<p>Entró doña Guadalupe. Muchos de los presentes, que eran jóvenes y tenían +aficiones literarias, creyeron ver la imagen de la Venganza. Parecía con +más bigote; los ojos le brillaban de tal modo, que era difícil mirarla +de frente. Sobre la torre de su cabellera temblaba un gran sombrero de +terciopelo que había sustituido momentáneamente á la gran peineta de su +vida de salón.</p> + +<p>—¿Le parece á usted bien lo que ha hecho ese imbécil?—gritó el +protector antes de saludarla—. ¿No merece que...?</p> + +<p>Pero se detuvo, impresionado por el aspecto de la generala. Nunca la +había visto tan interesante: ni aun cuando se defendió de él con el +látigo.</p> + +<p>—Vengo á pedir al gobierno—dijo solemnemente la amazona—que me dé el +mando de un batallón. Yo me encargo de batir á ese sinvergüenzón.</p> + +<p>Y añadió que lo traería allí mismo, atado con una cinta de sus enaguas.</p> + +<p>El presidente, los ministros y demás personajes empezaron á mirar con +cierto interés risueño á la generala, dejando á su compañero la tarea de +contestarle.</p> + +<p>—¡Calma, doña Guadalupe!—dijo éste—. Hablemos en serio. Un batallón +no se le entrega á una mujer.</p> + +<p>—Entonces, pido que se me permita marchar con las fuerzas que saldrán á +perseguirle. Ya sabe usted que yo he hecho la guerra. Deseo ir como +simple soldado.</p> + +<p>El personaje intentó desviar la conversación, para no repetir su +negativa.</p> + +<p>—Pero ¿por qué se ha sublevado ese hombre? ¿Qué mal le ha hecho el +gobierno?...</p> + +<p>La generala contestó con un gesto de extrañeza. ¿Qué tenía que ver el +gobierno en tal asunto?... Luego, sus ojos se humedecieron con lágrimas +de cólera. Su voz se puso ronca y apretó los puños:</p> + +<p>—¡Si él los quiere mucho á todos ustedes!... Acabo de hablar con +personas que vienen de allá, y sé bien lo que digo. No; ese canalla no +se ha sublevado contra el gobierno. Se ha sublevado únicamente contra +mí.... ¡Contra mí, que soy su mujer!</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="EL_EMPLEADO_DEL_COCHE-CAMA" id="EL_EMPLEADO_DEL_COCHE-CAMA"></a><a href="#capitulos">EL EMPLEADO DEL COCHE-CAMA</a></h2> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>I</h2> + + +<p>A las once de la noche, en el expreso París-Roma, el empleado procede á +la operación de convertir en lechos el asiento y el respaldo del +departamento que ocupo.</p> + +<p>Mientras golpea colchonetas y despliega sábanas, empieza á hablar con la +verbosidad de un hombre condenado á largos silencios. Es un expansivo +que necesita emitir sus ideas y sus preocupaciones. Si yo no estuviese +de pie en la puerta, hablaría con las almohadas que introduce á +sacudidas en unas fundas nuevas, sosteniendo su extremo entre los +dientes.</p> + +<p>—Triste guerra, señor—dice con la boca llena de lienzo—. ¡Ay, cuándo +terminará! Mi hijo...mi pobre hijo....</p> + +<p>Es más viejo que los empleados de antes; no tiene el aire del <i>steward</i> +abrochado hasta el mentón que acudía en tiempo de paz al sonido del +timbre con un aire de <i>gentleman</i> venido á menos, de Ruy Blas que guarda +su secreto. Más bien parece un obrero disfrazado con el uniforme de +color castaña. Es robusto, cuadrado, con las manos rudas y el bigote +canoso. Habla con familiaridad; se ve que no le costaría ningún +esfuerzo estrechar la diestra de los viajeros. Su hijo ha muerto; su +yerno ha muerto; los dos eran empleados de «la compañía», y los señores +de la Dirección le han dado una plaza para que mantenga á sus nietos. El +personal escasea; además, él conoce el italiano, por haber trabajado +algún tiempo en un arsenal de Génova.</p> + +<p>—Yo era antes torneador de hierro—dice con cierto orgullo—, obrero +consciente y sindicado.</p> + +<p>Una leve contracción de su bigote, que equivale á una sonrisa amarga, +parece subrayar este recuerdo del pasado. ¡Qué de transformaciones! +Luego, el viejo socialista añade á guisa de consuelo:</p> + +<p>—Hay que tomar el tiempo como se presenta. Algunos «camaradas» son +ahora ministros en compañía de los burgueses, para servir al país. Yo +hago la cama á los ricos, para que coma mi familia.... ¡Ay, mi hijo!</p> + +<p>Adivino su deseo de echar mano á la cartera que lleva sobre el pecho +para extraer cierto pliego mugriento y rugoso. Ya me leyó dos páginas +media hora después de haber subido al vagón. Es la última carta de su +hijo, enviada desde las trincheras. Conozco igualmente la historia del +muerto: un mozo esbelto, de rubio bigote y finos ademanes, que atraía +las miradas de las viajeras solas, haciéndolas reconocer la injusticia +de la suerte, que reparte sus bienes sobre la tierra con escandalosa +desigualdad. Le hirieron en Charleroi, y curó á los quince días; luego +volvieron á herirle en el Yser, y pasó dos meses en cama; finalmente lo +alcanzó un obús en un combate sin nombre, en una de las mil acciones +obscuras por la posesión de unos cuantos metros de zanja. El padre +consiguió verlo, una sola vez, en un hospital de París. En realidad no +lo vió, pues sólo tuvo ante sus ojos una bola de algodones y vendajes +sobre una almohada; un fajamiento de momia, del que partían ronquidos +de dolor y una mirada vidriosa y resignada.</p> + +<p>—Le habían destrozado la mandíbula, señor; no podía hablar. El cráneo +también lo tenía roto.... Y ya no le vi más. Ahora lo tengo en un +cementerio cerca de París, y voy á visitarle siempre que estoy libre de +servicio.</p> + +<p>No llora, no puede llorar. Su dolor, en vez de escaparse á través de los +ojos, se esparce por el cerebro, corre entre las cordilleras de los +lóbulos, se desliza como humo de suave locura por las revueltas +callejuelas de sus anfractuosidades. Empieza á mostrar la pesadez del +maniático, hablando á todos del muerto; ve el universo entero á través +de su hijo.</p> + +<p>A pesar de esto, se da cuenta de que yo deseo dormir y deja para el día +siguiente la repetición de su historia, siempre nueva é interesante para +él. «¡Buenas noches!» Media hora después, tendido en la obscuridad, oigo +en el inmediato pasillo su voz que domina el chirrido de los ejes, la +melopea de oleaje costero que lanzan las ruedas, los saltos crujientes +del vagón, iguales á los de un camarote de trasatlántico. Habla con unos +oficiales ingleses que van á embarcarse en Brindis; les lee la última +carta de esperanza. Los cortos espacios de silencio traen hasta mi, +caprichosamente, algunos renglones, como pedazos de papel arrastrados +por el huracán: «Papá: cuando termine la guerra....»</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>II</h2> + + +<p>Alguien ha anonadado con su presencia á los que ocupamos el resto del +vagón. Los oficiales ingleses, con todas las condecoraciones que adornan +sus pechos y su tez curtida por el sol de exóticas campañas, no +existen; unas condesas italianas, que han de bajar en Turín y ostentan +coronas en los forros de sus maletas, quedan como aplastadas en su +compartimiento; yo doy gracias humildemente al igualitario progreso de +los tiempos actuales, que me permite dormir separado por un tabique de +madera de la persona que descansa en la pieza inmediata.</p> + +<p>Dos señoras vestidas de negro han subido en París. Un grupo de hombres +ha permanecido en el andén hasta el último instante mirándolas con mudo +respeto: unos en traje civil, de sobria elegancia, esbeltos, bien +afeitados, con un monóculo bajo la ceja arqueada, secretarios y +agregados de la Embajada británica; otros con uniforme de marino, pero +uniforme de batalla, sin faldones, sin dorados, apoyándose en un +bastoncillo de paseo, ostentando en la visera de la gorra el reborde de +laureles que distingue á los jefes superiores.</p> + +<p>Circula por el vagón el nombre de una de las viajeras. Es una duquesa de +la corte de Inglaterra, una amiga de la difunta reina Victoria, +cincuenta años de historial británico encerrados en un cuerpo que debió +ser hermoso y ahora aparece algo hinchado por la edad y plebeyamente +enrojecido. Una corona de cabellos blancos suaviza la tez subida de +color; los ojos son los únicos que conservan en su majestuoso azul el +reflejo de la pasada gloria. Lleva un gorrito albo y encañonado debajo +del luengo velo de luto. Su acompañante es más alta, más estirada, menos +accesible, como si recogiese en su enjuta persona de dama de compañía +todo el orgullo y la altivez de que se despoja la señora. La duquesa +sonríe ante la solicitud demasiado expansiva del empleado del vagón, +mientras la honorable doméstica la acoge con un gesto duro y frío.</p> + +<p>Antes de dormirme, desfilan por mi memoria los recuerdos que guardo de +esta anciana célebre que está tendida á cincuenta centímetros de mi +cuerpo. La veo como la vi muchas veces en los grabados de las +ilustraciones inglesas, con su diadema de brillantes y el pecho +constelado de joyas y condecoraciones, asistiendo á las fiestas de su +regia amiga, á sus jubileos de estrépito universal, á las coronaciones +de su hijo y de su nieto. Es pairesa no sé cuántas veces. Posee calles +enteras de Londres; vastos parques donde corre el zorro perseguido por +un tropel de jinetes de casaca roja que galopan entre rugidos de +trompas; castillos en Escocia al borde de lagos verdes que hacen +recordar las novelas de Wálter Scott; vastas posesiones en Irlanda que +sirvieron algunas veces de nocturno escenario á las hazañas de los +fenianos de negro antifaz. Su primer marido fué virrey de las Indias, y +ella recibió el homenaje de las muchedumbres pálidas y misteriosas en lo +alto de un elefante blanco, dentro de un templete de filigrana de oro +semejante á un relicario. Su segundo esposo presidió ministerios y +arregló los destinos del planeta hablando hasta media noche en la Cámara +de los Comunes ante los hombres que simbolizan la majestad de Inglaterra +con el sombrero calado y los pies en el respaldo del banco anterior. Dos +lores discípulos de Jorge Brumell murieron por ella. Uno se pegó un tiro +teniendo ante su boca un pañuelo de blondas, lo único que había +conseguido de la gentil duquesa. Otro, desesperado, se hizo pastor +metodista y fué á evangelizar ciertas islas de Oceanía, donde su primer +sermón terminó en hoguera y festín de caníbales. Esta dama empequeñecida +por los años, gorda y de mejillas rojas y brillantes como manzanas, ha +cazado el tigre en Asia, el hipopótamo y el león en África, tiene un +yate que es casi un trasatlántico, en el que ha vivido años enteros, y +no encuentra en toda la superficie del globo un lugar que tiente su +curiosidad.</p> + +<p>Antes de partir el tren, el empleado del vagón sabía ya el motivo que ha +arrancado á la duquesa de su castillo cerca de Londres, haciéndola +atravesar París de estación á estación.</p> + +<p>—Va á Brindis—me ha dicho—para recibir el cadáver de su nieto, un +aviador que acaba de morir en los Dardanelos.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>III</h2> + + +<p>Algo entrada la mañana salgo al pasillo. Los vidrios de las ventanas +están opacos á causa del frio exterior. Por los regueros que traza el +vaho al licuarse se ven montañas altísimas y blancas, bosques de hayas +encaperuzadas de algodón, caseríos que tienen gruesos planos nos de +nieve sobre las vertientes de sus tejados. Estamos atravesando la Saboya +francesa; subimos, con bruscas alternativas de lobreguez de túnel y +picante luz de nieve, las laderas de los Alpes. Nos aproximamos á +Italia.</p> + +<p>El viejo habla con la dama de compañía, que parece humanizada por la +emoción. Tiene aún en la mano la carta mugrienta y trágica, que acaba de +leer una vez más.</p> + +<p>Cuando vuelvo de tomar el desayuno en el vagón-restorán, le encuentro +solo. Me habla de la gran dama, que ocupa todo un departamento, y de su +acompañante, que viaja con tanto desahogo como la señora. ¡El dinero +que debe tener esta duquesa!... Y sin embargo, sufre lo mismo que él: +más aún tal vez. Él tiene su hija, los hijos de su hija, y los tres +niños que ha dejado el héroe obscuro cuya carta lee á todos. La gran +señora no tiene á nadie en la tierra. Su nieto era el único heredero de +su nombre y su fortuna. Las pairías, los millones, van á pasar á lejanos +parientes.</p> + +<p>Me señala una gran caja de cartón que ocupa derecha todo el espacio +entre dos puertas. La ha entreabierto poco antes la dama de compañía. +Contiene una corona que cubrirá en Brindis el féretro del aviador al ser +descendido á tierra.</p> + +<p>—¡Una maravilla!—dice—. La ha comprado en Londres esa señora alta y +enjuta. Hay en ella palmas y flores, muchas flores, que parecen de +verdad. Se podría adornar con ellas un centenar de sombreros de precio.</p> + +<p>El antiguo obrero «consciente» reaparece á través de esta admiración.</p> + +<p>—¡Ah, el dinero!... Hasta en la muerte nos separa. ¡Y pensar que cuando +yo visito á mi pobrecito hijo sólo puedo llevarle ramos de violetas de á +diez céntimos!...</p> + +<p>Veo á la duquesa al pasar ante la puerta de su camarote. Está erguida en +su asiento, con la capota blanca y negra, de la que pende un largo velo, +enguantada, rígida, lo mismo que la vi en la noche anterior, como si no +hubiese dormido. Contempla el nevado paisaje que pasa veloz por las +ventanillas; pero su pensamiento se halla lejos.</p> + +<p>Me entrego á la lectura, y de pronto me distrae un rumor de voces en el +departamento inmediato. Es el empleado que habla y la duquesa que habla +igualmente. Adivino fragmentos de la carta del pobre muerto: «Confianza, +papá. Aún quedan para nosotros días felices....» La curiosidad me hace +transitar por el pasillo. El viejo está de pie, con la gorra puesta, +como corresponde á un hombre que viste uniforme. La gran señora ha +perdido el arrebol de su fresca vejez; amarillea, se lleva á los ojos +las puntas de un guante. Tal vez es ella la que ha llamado al hombre, al +conocer su historia por el relato de su acompañante; tal vez el viejo se +ha introducido en su camarote, con el atrevimiento del dolor.</p> + +<p>Vuelvo á oír desde mi asiento el rumor de sus voces. Ahora es la duquesa +la que lee, lentamente, con las vacilaciones que acompañan á una +traducción. Tiene en las manos la última carta de su nieto; y el +empleado, que no puede llorar, lanza ronquidos de pena cuando la voz de +la duquesa hace una pausa. Su entusiasmo y su dolor ignoran la manera +correcta de manifestarse: «¡Nombre de Dios, qué mozo!... Y pensar que +estos son los que mueren, y quedamos nosotros, señora, que no servimos +para nada.»</p> + +<p>Vuelvo á pasar ante la puerta abierta. El viejo se ha sentado junto á la +gran dama, que llora en silencio. Sus manazas toman instintivamente, sin +saber lo que hacen, la diestra enguantada y fina, oprimiéndola +cariñosamente.</p> + +<p>—¡Ah, señora duquesa!...</p> + +<p>La voz suena respetuosa y tímida, pero sus manos y sus ojos son +confianzudos y tiernos. Habla con ella lo mismo que si fuese una comadre +llorosa de su barrio, abrumada por una noticia fatal. Decididamente la +guerra ha trastornado todas las organizaciones. Los socialistas son +ministros y los viejos obreros revolucionarios acarician las manos de +las duquesas que lloran. Nos aproximamos á la frontera italiana. Veo el +chamberguito con pluma de gallo y el ferreruelo gris de los cazadores +alpinos. El tren refrena su marcha ante las primeras casas de la +estación de Modàne. Vamos á cambiar de vagón. El empleado, con un +esfuerzo doloroso, vuelve á la realidad y corre de un lado á otro para +devolver sus billetes á los pasajeros. Yo le doy cinco francos. «Muchas +gracias.» Y me abandona, sin bajar siquiera las maletas que están en la +cornisa de red. Los oficiales británicos no le dan nada. El inglés +supone que cada hombre recibe la recompensa de su trabajo, y no quiere +ofenderle con una limosna llamada propina. Las condesas de las múltiples +coronas le entregan con gesto teatral una pieza de dos liras, y él se la +guarda sin mirarla. Toda su atención está concentrada en el servicio de +la duquesa. Llama á los mozos de la estación, les va pasando los bultos +del equipaje, desciende al muelle para vigilar cómo los apilan en una +carretilla. La gran señora se aproxima para decirle adiós, y él le +estrecha la mano, ante los ojos escandalizados de la acompañante.</p> + +<p>Algo siente entre los dedos que le estremece y le hace mirar su mano. La +duquesa conoce la parsimonia de su acompañante, encargada de los +pequeños desembolsos, y es ella la que da la propina. ¡Cien francos!... +El viejo duda ante el billete, ve á los nietos, ve á su hija que trabaja +del amanecer á media noche, pero luego lo rechaza.</p> + +<p>—¡Ah, no, señora duquesa!</p> + +<p>Él es de su mundo, y su mundo tiene reglas de hidalguía y buena +educación como cualquiera otro. A nosotros pueden tomarnos el dinero; +somos extranjeros que pasan indiferentes junto á su persona. Pero no +aceptará un céntimo por servir á un camarada, á un amigo con el que ha +chocado el vaso. Y él ha bebido con la gran señora; han saboreado juntos +el vino de la tristeza y del consuelo, han tocado sus copas rebosantes +de dolor. Adivina ella estos sentimientos confusos con su delicadeza de +alta dama, y no insiste, volviendo á guardarse el billete. Habla en +inglés, y su acompañante, con visible molestia, toma de la carretilla +una gran caja de cartón, la corona admirada, y se la entrega al viejo.</p> + +<p>—Para su hijo, para la tumba del héroe.</p> + +<p>Y se aleja majestuosa á pesar de su ancianidad, marchando por el andén +como si fuese una galería de la corte.</p> + +<p>El empleado queda al pie del vagón, con los brazos ocupados por la caja, +sufriendo la vergüenza de no poder ocultar sus lágrimas, que se deslizan +hasta el duro bigote.</p> + +<p>—¡Señora duquesa!... ¡Ah, señora duquesa!</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="LOS_CUATRO_HIJOS_DE_EVA" id="LOS_CUATRO_HIJOS_DE_EVA"></a><a href="#capitulos">LOS CUATRO HIJOS DE EVA</a></h2> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>I</h2> + + +<p>Iba á terminar la siega en la gran estancia argentina llamada «La +Nacional». Los hombres venidos de todas partes para recoger la cosecha +huían del amontonamiento en las casas de los peones y en las +dependencias donde estaban guardadas las máquinas de labranza con los +fardos de alfalfa seca. Preferían dormir al aire libre, teniendo por +almohada el saco que contenía todos sus bienes terrenales y les había +acompañado en sus peregrinaciones incesantes.</p> + +<p>Se encontraban allí hombres de casi todos los países de Europa. Algunos +eternos vagabundos se habían lanzado á correr la tierra entera para +saciar su sed de aventuras, y estaban temporalmente en la pampa +argentina, unos cuantos meses nada más, antes de trasladar su existencia +inquieta á la Australia ó al Cabo de Buena Esperanza. Otros, simples +labriegos, españoles ó italianos, habían atravesado el Atlántico +atraídos por la estupenda novedad de ganar seis pesos diarios por el +mismo trabajo que en su país era pagado con unos cuantos céntimos.</p> + +<p>Los más de los segadores pertenecían á la clase de emigrantes que los +propietarios argentinos llaman «golondrinas»; pájaros humanos que cada +año, cuando las primeras nieves cubren el suelo de su país, abandonan +las costas de Europa, levantando el vuelo hacia el clima más cálido del +hemisferio meridional. Trabajan duramente verano y otoño, y cuando el +viento pampero empieza á azotar las llanuras, asustados por la +proximidad del invierno, regresan á los lugares de procedencia, donde la +tierra empieza á despertar entonces bajo las primeras caricias +primaverales.</p> + +<p>Cada año vuelven, apretados como un rebaño en la proa de los mugrientos +vapores de emigrantes, para trabajar en las estancias y reunir sus +economías, soñando incesantemente con el lejano país. Parecen resbalar +sobre el suelo de la República Argentina, sin hacer el menor esfuerzo +para arraigarse en él. Una vez terminada la recolección, huyen, llevando +en la faja el producto de su trabajo y dispuestos á volver al año +siguiente.</p> + +<p>La hora de la cena era el mejor momento de la jornada para los segadores +de «La Nacional». Se reunían en grupos, atraídos por el vínculo del +origen común ó por el encanto personal de la simpatía. Cenaban al aire +libre, sentados en el suelo alrededor de la marmita humeante. Aunque las +noches fuesen cálidas, encendían hogueras, buscando la protección de las +llamas y del humo contra los feroces mosquitos, dominadores de la +llanura.</p> + +<p>Algunos segadores que poseían un poder instintivo de dominación trataban +á sus camaradas como jefes. Dentro de estos grupos que, procedentes de +diversos lugares de la tierra, habían venido á juntarse en un rincón de +la América del Sur, todos los procedimientos de selección social y las +lentas evoluciones que modelan á un pueblo se realizaban en pocos días. +Los que habían nacido para el mando ó los que se distinguían de sus +camaradas por cualquier don especial se elevaban rápidamente sobre +ellos. Unos eran respetados por su coraje, otros por su palabra +oratoria, otros por su experiencia.</p> + +<p>El tío Correa, un vejete enjuto, descarnado, pero todavía fuerte á pesar +de su edad, era el oráculo de los segadores españoles. Su conocimiento +profundo de los hombres, sus consejos astutos, su larga familiaridad con +la República Argentina, donde trabajaba hacía treinta años, le +proporcionaban una sólida reputación.</p> + +<p>Era una especie de patriarca para sus compatriotas—especialmente para +los recién llegados—, y él se aprovechaba de tal prestigio escogiendo +el mejor lugar cerca del caldero, cuando llegaba la hora de la cena, y +el rincón más cómodo para dormir. También eludía los trabajos pesados, +confiándoselos á alguno de sus fervientes admiradores.</p> + +<p>Un anochecer, después de la cena, el tío Correa, sentado en el suelo, +contemplaba su plato de metal ya vacio, dando chupadas al mismo tiempo á +un cigarro que se resistía á arder.</p> + +<p>Su camisa entreabierta dejaba á la vista la desnudez de un pecho +cubierto de espesa pelambrera gris. En torno de él, unos veinticinco +segadores españoles formaban corro sentados en el suelo, y los últimos +fulgores de la hoguera se reflejaban en sus rostros barnizados por la +causticidad del sol.</p> + +<p>Algunas estrellas empezaban á titilar sobre la púrpura de un cielo +ensangrentado por el ocaso. Los campos se extendían pálidos, con los +contornos esfumados por la incierta luz del anochecer. Los había que +estaban ya segados y exhalaban por sus heridas todavía abiertas el calor +almacenado en su seno. Otros conservaban su onduloso manto de espigas, +que empezaba á estremecerse bajo los primeros soplos de la brisa +nocturna. Las máquinas agrícolas se destacaban sobre el rojo sombrío del +horizonte como animales monstruosos que empezasen á surgir de las +profundidades de la noche. Los tractores automóviles y las trilladoras +parecían tomar en la obscuridad creciente los mismos contornos de los +seres gigantescos que habían corrido por estas llanuras en los tiempos +prehistóricos.</p> + +<p>—¡Ay, hijos míos!—dijo el tío Correa quejándose de un persistente +dolor en sus articulaciones—. ¡Lo que ha de trabajar y sufrir un hombre +para ganarse el pan de cada día!...</p> + +<p>Después de esta lamentación siguió hablando, en medio de un profundo +silencio. Todos los ojos estaban fijos en él. Sus compatriotas esperaban +un cuento divertido que les hiciera reir ó una historia interesante que +les obligase á estirar el cuello con asombro y curiosidad, hasta la hora +de acostarse. Pero en la presente noche el viejo se mostraba taciturno y +más dispuesto á las lamentaciones que á distraer á camaradas.</p> + +<p>—Y siempre será así—continuó—. El mal no tiene remedio. Siempre habrá +ricos y pobres, y los que han nacido para servir á los otros tienen que +resignarse con su triste suerte. Bien lo decía mi abuela, y eso que fué +mujer. Eva es la que tiene la culpa de la falta de igualdad que hay en +el mundo, y los que pasamos la vida rabiando para servir y engordar á +los otros debemos maldecir á la primera mujer por la esclavitud á que +nos condenó. Pero ¿qué cosa mala no han hecho las mujeres?</p> + +<p>El deseo de quejarse que sentía esta noche le hizo recordar á un español +llevado por la mañana al pueblo más próximo, ó sea á treinta kilómetros +de la estancia, para que lo curasen. Uno de sus brazos había sido +alcanzando por el engranaje de una trilladora, sufriendo una +trituración horrible. El infeliz iba á quedar mutilado para siempre, +arrastrando una vida de miserias y privaciones.</p> + +<p>El recuerdo de tal suceso aumentó la inquietud y la tristeza de los que +escuchaban á Correa; pero como si éste se arrepintiese del silencio +trágico que pesaba en torno de él, se apresuró á añadir:</p> + +<p>—Es una víctima más de la injusticia de nuestra abuela. Eva es la única +responsable de que las cosas marchen tan mal en nuestro mundo.</p> + +<p>Y como sus camaradas, especialmente los que le conocían poco tiempo, +mostraban un vehemente deseo de saber por qué motivo era Eva la +responsable de sus desgracias, el viejo empezó á contar á su modo la +mala broma que la primera mujer se había permitido con los hombres.</p> + +<p>El tío Correa tenía «sus letras». En su país natal llevaba ejercidas +diversas profesiones, mostrándose siempre un incansable lector de +diarios. Además, había asistido á muchas reuniones políticas y trabajado +en las elecciones, pronunciando discursos á su modo en las tabernas del +pueblo.</p> + +<p>Lo que iba á contar ahora no era un cuento. Se trataba de un «sucedido», +aunque extremadamente remoto, pues ocurrió algunos años después que Adán +y Eva fueron expulsados del Paraíso y condenados á ganar el pan con el +sudor de su rostro....</p> + +<p>¡Cómo hubo de trabajar el pobre Adán!... El tío Correa fué enumerando +todas las cosas que el primer hombre se vió obligado á improvisar para +cumplir sus obligaciones de padre de familia. En unos cuantos días tuvo +que hacer de albañil, de carpintero y de cerrajero, construyendo una +casa para albergar á Eva y á sus hijos.</p> + +<p>Después hubo de domesticar á muchos animales, para que su trabajo +resultase más fácil y su nutrición más abundante. Enganchó al caballo, +puso el yugo al buey, persuadió á la vaca de que debía permanecer quieta +en un establo y dejarse ordeñar resignadamente; también logró convencer +á la gallina y al cerdo de que les convenía vivir cerca del hombre, para +que éste pudiera matarlos cómodamente cada vez que le apeteciese +alimentarse con sus despojos.</p> + +<p>—Y además—continuó el segador—, Adán tuvo que desmontar las tierras +vírgenes antes de cultivarlas, y echar abajo árboles inmensos, y todo lo +hizo con herramientas de madera y de piedra inventadas por él. No +olvidéis, hijos míos, que en esa época, Caín, que es el primer herrero +de que habla la Historia, estaba todavía dando chupones á los pechos de +su madre....</p> + +<p>Como el hombre no vive sólo de pan y las golosinas son las que hacen la +vida agradable, Adán prestó más atención á su huerto, donde crecían los +primeros árboles frutales, que á los campos, donde cultivaba otros +artículos más sólidos é importantes para la nutrición. El tío Correa, +excitado por los recuerdos de su país en esta pampa monótona, donde sólo +hay trigo y carne, iba mencionando los árboles de dulces frutos que +embellecieron el primer huerto creado por el hombre. Describía la +higuera, de hojas puntiagudas como manos abiertas, cuyo tronco rugoso y +gris parece forrado con piel de elefante, y que en las mañanas de sol +deja caer de rama en rama un fruto que, al aplastarse en el suelo, abre +sus entrañas rojas y granuladas. Había también en dicho huerto el +naranjo, con su perfume de amor y sus redondas cápsulas de miel +encerradas en esferas de oro; y las diversas clases de melocotones, y el +plátano, y el melón, que vive junto al suelo para absorber mejor sus +jugos, concentrándolos en una carne de dulce marfil.</p> + +<p>A veces Adán recordaba el manzano del Paraíso y la serpiente enrollada á +su tronco que había dado consejos á su mujer, inspirándole estúpidos +deseos. Pero al contemplar luego su huerto, se encogía de hombros. La +obra de sus manos le parecía más firme y de mayor porvenir que la +creación improvisada del Paraíso.</p> + +<p>—Podía sentirse orgulloso de su obra—continuó el viejo—, pero su +trabajo le costaba. Habríais sentido lástima al verle tan consumido. +Sólo le quedaban los huesos y la piel, después de tantos esfuerzos. +Parecía tener dos siglos más que su edad. En cambio, Eva podía pasar por +su biznieta.</p> + +<p>Esto último no sorprendía al tío Correa. En sus andanzas, había viajado +por los países más adelantados y modernos, observando muchas veces que +el marido trabaja con una intensidad extraordinaria, pasando el día +fuera de su domicilio en lucha áspera por conquistar el dinero, mientras +la mujer se queda en su salón tocando el piano y recibiendo visitas. Y +como resultado de esta desigualdad en el trabajo, las mujeres parecen +las hijas de sus esposos, y éstos mueren, generalmente, mucho antes que +ellas.</p> + +<p>—Yo no sé verdaderamente quién murió antes, si Eva ó Adán—continuó el +viejo—; pero apostaría, sin miedo á perder, que fué el pobre Adán. Eva +debió sobrevivirle, siendo una viuda rica de las que saben administrar +sus bienes; y así viviría mucho tiempo, amada y respetada por sus hijos, +para que no los excluyese del testamento.</p> + +<p>¡Pobre Adán!... A veces su cansancio era tan grande después del trabajo, +que le faltaba la respiración y tomaba asiento en el umbral de su casa, +para reposar un poco.</p> + +<p>Había pasado el día entero cavando la tierra ó domando el caballo +salvaje y el toro feroz. Sentía un fuerte deseo de contemplar á su Eva +unos instantes; el mismo deseo que sienten muchos de adorar á los seres +que los maltratan; la admiración irresistible que nos inspira todo lo +que nos cuesta muy caro. ¿Y esta mujer no le había costado el +Paraíso?...</p> + +<p>Eva parecía siempre hermosa, á pesar de que daba al mundo un niño todos +los años, y á veces dos. No podía hacer menos, teniendo la misión de +poblar la tierra entera.</p> + +<p>Apenas Adán, sentado en el umbral de la puerta, se enjugaba el sudor de +la frente y empezaba á gustar la dulce voluptuosidad del reposo, cuando +la voz de Eva le arrancaba de este deleite fugitivo.</p> + +<p>—Oye, Adán: ya que no tienes nada que hacer, podías entretenerte +poniendo la mesa.</p> + +<p>Otras veces Eva se mostraba injusta y cruel.</p> + +<p>—Adán, lávame los platos. Es una vergüenza que estés ahí, mano sobre +mano, mientras yo me mato de trabajar.</p> + +<p>Pero en ciertas ocasiones tomaba el tono de una súplica dulce y +acariciante.</p> + +<p>—Oye, maridito mío: tú que eres tan bueno, ¿por qué no das un paseo al +bebé en su cochecito? El último que ha nacido, ¿sabes? el que lleva el +número setenta y dos. Ya ves, alma mía, que, sola como estoy, no puedo +llegar á cuidarlos á todos.</p> + +<p>Y el trabajador infatigable, procreador de un mundo entero, debía poner +la mesa, lavar los platos y pasear al recién nacido en un cochecito de +su invención.</p> + +<p>Eva trabajaba igualmente. No era floja labor limpiar los mocos, todas +las mañanas, á siete docenas de niños, lavarlos y ponerlos á secar al +sol, é impedir que se peleasen entre ellos hasta la hora del almuerzo. +Pero su vida estaba agriada por otras preocupaciones.</p> + +<p>Al encontrarse fuera del Paraíso, sintió inmediatamente los primeros +tormentos del pudor y de la vergüenza. Su larga cabellera ya no le +pareció bastante para ocultar su desnudez, como en los tiempos en que no +había escuchado aún á la maligna serpiente. Viéndose en el mundo vulgar, +como simple mujer de labrador, después de haber sido primera dama en el +Paraíso, tuvo que hacerse á toda prisa un manto de hojas secas que la +protegiese del frío y le permitiera mostrarse con un aspecto de persona +decente ante los seres celestiales.... Pero ¿cómo puede una señora tener +buen aspecto llevando siempre el mismo vestido?... Esto equivalía, +además, á colocarse al mismo nivel de los animales inferiores, que desde +que nacen hasta que mueren llevan siempre el mismo pelaje, las mismas +plumas ó el mismo caparazón.</p> + +<p>Eva era un ser razonable, capaz de las infinitas variaciones que forman +el progreso, y por esto se dedicó á perfeccionar el arte del +embellecimiento de su persona.</p> + +<p>Con el noble deseo de sostener la superioridad humana sobre los demás +seres creados, se hizo un vestido nuevo todos los días. Esta resolución +no era dictada por la vanidad, ni por el frívolo deseo de gustar á los +hombres ó de hacer rabiar á las amigas, como han pretendido después +algunos filósofos malhumorados.</p> + +<p>Eva puso á contribución para su adorno todos los recursos de la +Naturaleza: las fibras de las plantas, las pieles de los cuadrúpedos, +las cortezas de los árboles, las plumas de los pájaros, las piedras +brillantes ó coloreadas que la tierra vomita en sus accesos de cólera.</p> + +<p>La tarea de inventar nuevos vestidos y adornos fué tan importante para +ella y de tal modo deseó la novedad y la variedad, que la vida cambió +completamente en la granja de Adán. Los hijos no vieron á su madre en +muchas horas, y á veces durante jornadas enteras. Los pequeños se +revolcaban en el suelo, cubiertos de una costra de suciedad, mientras +los mayores reñían á puñetazos para dominarse unos á otros, ó golpeaban +á los hermanos débiles que se resistían á servirles de esclavos.</p> + +<p>A veces la tribu entera se ponía de acuerdo para saquear la despensa +paternal, devorando en unas cuantas horas todas las provisiones que Adán +había almacenado para una semana.</p> + +<p>—¡Mamá! ¡Mamá!...</p> + +<p>Un coro de voces infantiles estallaba en el interior de la casa, como si +implorase socorro.</p> + +<p>—¡Callad, demonios! Dejadme en paz. Es imposible tener un rato de +tranquilidad en esta casa.</p> + +<p>Y después de imponer silencio con voz amenazante, Eva reanudaba el curso +de sus meditaciones.</p> + +<p>—Veamos: ¿qué tal resultaría una capa de piel de pantera con cuello de +plumas de lorito, y un sombrero de cortezas adornado con rosas y rabos +de mono?...</p> + +<p>Su imaginación no se cansaba de concebir las más prodigiosas creaciones +para el ornato de su persona. Luchaba entre el deseo de mostrar los +ocultos tesoros de su belleza y un sentimiento de modestia y de pudor +propio de una madre.</p> + +<p>Cuando se decidía por una falda corta que apenas le llegaba á las +rodillas, inventaba inmediatamente, á guisa de compensación, unas mangas +muy largas y un cuello que subía hasta sus orejas. Si, en un acceso de +coquetería audaz, creaba un traje de ceremonia, sin mangas y muy +escotado, buscaba inmediatamente volver á la virtud, fabricándose una +falda que le cubría la punta de los pies y arrastraba la cola sobre el +suelo, con un fru-fru semejante al ruido otoñal de las hojas secas.</p> + +<p>Mientras tanto, Adán iba casi desnudo, mostrando sus vergüenzas de puro +pobre. Su ropero sólo contenía unas cuantas pieles de oveja viejas y +rotas que estaban esperando una recomposición. Pero la mujer, ocupada en +sus fantasías suntuarias, no encontraba nunca media hora libre para este +remiendo.</p> + +<p>El primer hombre mostraba una viva admiración por las transformaciones +continuas que iba notando en Eva. Una mañana su cabellera ostentaba el +rojo ardiente del mediodía; á la mañana siguiente tenía el oro suave de +la aurora; dos días después sus cabellos mostraban la negrura profunda +de la noche. Ciertas tardes venía al encuentro de Adán con una falda +voluminosa, casi esférica desde el talle á los pies, y tan ancha, que le +era difícil pasar la puerta. Pero como la moda está formada de cambios +bruscos y contrastes violentos, al día siguiente mostraba una segunda +falda, tan estrecha y ajustada como la funda de un espadín, y apenas si +podía marchar, saltando lo mismo que un pájaro.</p> + +<p>Su rostro también pasaba por estas extremadas transformaciones. A lo +mejor estaba pálida, con la blancura del polvo de los caminos, cual sí +acabase de sufrir una emoción mortal; otras veces sus mejillas eran tan +rojas que parecían reflejar el fuego del sol poniente.</p> + +<p>Adán se sentía feliz al contemplarla, á pesar de que ella lo maltrataba +lo mismo que antes, obligándole á desempeñar muchas funciones domésticas +cuando venía cansado del trabajo en los campos. El pobre, gracias á tan +costosas transformaciones, creía tener una mujer nueva cada veinticuatro +horas.</p> + +<p>Eva, en cambio, se aburría, con un tedio mortal. ¿Para qué adornarse +tanto, si ningún otro ser humano, aparte de su marido, podía verla?... +Sin embargo, estaba convencida de que era la admiración de todo cuanto +le rodeaba.</p> + +<p>Su vanidad había acabado por hacerla entender el lenguaje de los +animales y de las cosas, incomprensible hasta entonces para las +personas.</p> + +<p>Cada vez que salía de su casa, la selva entera se animaba con un +murmullo de curiosidad femenil; los pájaros dejaban de volar, los +cuadrúpedos se detenían en mitad de sus carreras locas, y los peces +sacaban la cabeza sobre la superficie de ríos y estanques.</p> + +<p>—Veamos lo que ha inventado hoy para imitarnos—gritaban los loros y +los monos insolentes desde lo alto de los árboles.</p> + +<p>—¡Muy bien, hija mía!—aprobaba el elefante con lentos movimientos de +su trompa y el toro agitando su armado testuz.</p> + +<p>—¡Venid á ver la última creación de Eva!—piaban millares de pájaros en +el follaje.</p> + +<p>Esta ovación de la Naturaleza, que en los primeros días hizo enrojecer +de orgullo á nuestra primera madre, fué acogida finalmente con +indiferencia por ella. Era el aplauso de una muchedumbre inferior, y Eva +aspiraba á la aprobación de sus iguales. La única persona ¡ay! que podía +admirar los inventos y los matices de su buen gusto era su marido; y un +marido es un ser respetable que merece cierta atención, sobre todo +cuando mantiene la casa, pero resulta ridículo que las mujeres se vistan +para no ser admiradas mas que por sus esposos. Es como si un poeta +hiciese sus versos únicamente para leerlos á los individuos de su +familia.</p> + +<p>No; la mujer es una artista, y como todos los artistas, necesita un +público grande, inmenso, á quien inspirar la admiración y el deseo, +aunque no piense ni remotamente en satisfacer ese deseo.... Y como no +había en el mundo otro hombre que su marido, y éste le interesaba muy +poco, Eva empezó á pensar en los bienaventurados que habitan el cielo y +muchas veces habían ido á hacerle visitas cuando ella ocupaba el +Paraíso.</p> + +<p>Al llegar aquí, el tío Correa interrumpió su relato para dar una +explicación que consideraba necesaria.</p> + +<p>Como Dios es un rey, los que le rodean se esfuerzan por imitar á los +cortesanos terrenales, adoptando todos los sentimientos y las pasiones +de su regio amo con más firmeza que éste. Apenas el Omnipotente +manifestó su cólera contra Eva y su marido arrojándolos del Paraíso, los +habitantes del cielo rompieron sus amistades con ella y con Adán, +retirándoles el saludo y evitando todo encuentro.</p> + +<p>A veces, cuando Eva se contemplaba en el cristal de un pequeño lago que +le servía de espejo, oía á sus espaldas un ruido de alas. Era un +arcángel que iba á llevar un recado del Señor, cumpliendo sus funciones +de mensajero celeste.</p> + +<p>Eva lo reconocía, se acordaba perfectamente de que le había sido +presentado asistiendo á sus recepciones en el Paraíso. Pero en vano +tosía ó cantaba entre dientes para atraer su atención, adoptando +posturas interesantes; el viajero aéreo se resistía á reconocerla, +batiendo con apresuramiento sus alas para alejarse lo más pronto +posible.</p> + +<p>—¡De qué le sirve á una ser hermosa y vestir bien, si no recibe visitas +y está condenada á vivir al margen de la sociedad!—decía Eva +amargamente.</p> + +<p>Y á impulsos de su rabia, desgarraba sus trajes más originales apenas +terminados, buscando además camorra al pobre Adán, para acusarlo de ser +el único autor de la pérdida del Paraíso.</p> + +<p>—Sí, tú fuiste, ¡no lo niegues!—gritaba ella—. Tú me hiciste perder +aquel jardín tan agradable y distinguido, con todas mis brillantes +relaciones. Tú hiciste no sé qué lío con la serpiente, excitando la +cólera del Señor.</p> + +<p>Y el pobre Adán sólo sabía decir, como único remedio expuesto +tímidamente:</p> + +<p>—¡Si te ocupases un poco más de los niños! ¡Si dedicases menos tiempo á +tus modas!...</p> + +<p>Al oir estos consejos vulgares, la indignación daba á Eva un lenguaje +poético.</p> + +<p>—¿Quieres acaso que vaya desnuda?—decía con altivez—. Mira lo que +hace el viento; es menos interesante que yo, no tiene cuerpo, y sin +embargo se envuelve en una capa de polvo al correr á lo largo de los +caminos y de un manto de hojas secas cuando atraviesa las selvas.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>II</h2> + + +<p>De vez en cuando un querubín volaba en torno á la granja, como un palomo +perdido.</p> + +<p>Huyendo por algunas horas de la tarea de hacer gorgoritos en los coros +celestiales, había osado descender á las regiones terrestres, con la +esperanza de que el Señor le perdonaría esta escapada cuando le contase +lo que había visto y cómo progresaban los negocios de los humanos +después del pecado original.</p> + +<p>Eva, con sus ojos de mujer curiosa, no tardaba en descubrir la carita +mofletuda que le estaba espiando medio oculta en las espesuras del +follaje. Entonces, iniciando una de sus más hermosas sonrisas, lo +llamaba:</p> + +<p>—Oye, chiquitín, ¿vienes de allá arriba? ¿Cómo está el Señor?</p> + +<p>Viéndose descubierto, el niño celestial se aproximaba hasta dejarse caer +sobre las rodillas de nuestra madre.</p> + +<p>El Señor se mantenía, como siempre, inmutable y magnífico.</p> + +<p>—Cuando le veas—continuaba Eva—, dile que estoy muy arrepentida de mi +desobediencia. ¡Qué tiempo tan agradable el que pasé en el Paraíso! ¡Qué +espléndidas recepciones daba yo allá! ¡Y qué <i>buffet</i> tan +distinguido!... ¡Ay, las tortas celestiales!...</p> + +<p>Una de sus melancolías más dolorosas era á causa de las tortas +celestiales. Eva lamentaba su pérdida tanto como la de la amistad de los +bienaventurados.</p> + +<p>En vano Adán se calentaba la cabeza buscando algo adecuado para +sustituirlas. Hizo tortas de trigo, que roció con la miel de las abejas, +recientemente subyugadas; secó los frutos de la viña, inventando las +pasas antes que el vino, y así llegó á descubrir el <i>pudding</i>. Pero +ninguna de tales golosinas pudo hacer olvidar á su mujer las tortas +deliciosas que ella encargaba á los pasteleros del cielo para sus tés +paradisíacos de cinco á siete de la tarde.</p> + +<p>—Dile también—continuaba Eva—que ahora trabajamos y sufrimos mucho. +Dile que deseamos verle, una vez solamente, para presentarle nuestras +excusas. Mi marido y yo necesitamos convencernos de que Él no nos guarda +rencor.</p> + +<p>—Se hará como se pide—contestaba el pequeñuelo.</p> + +<p>Y dando dos ó tres golpes de ala, se perdía en las nubes.</p> + +<p>Pero por más recados de esta clase que dió, nunca pudo conseguir una +respuesta de lo alto. En general, la mayor parte de los volátiles +celestes jamás volvían á las regiones terrenales, pero de tarde en tarde +la mujer de Adán lograba reconocer la cara de alguno de estos seres +alados.</p> + +<p>—Sé quién eres, pequeño—decía—. La semana pasada te vi rondando por +estos sitios. ¿Diste al Señor mi recado? ¿Qué es lo que contestó?</p> + +<p>Las más de las veces los ángeles permanecían silenciosos ó balbuceaban +palabras sin ilación, como niños bien educados que no quieren decir +cosas desagradables á una señora.</p> + +<p>—¡Pero Él te habrá dado alguna respuesta!—insistía Eva—. ¡Vamos, +habla!</p> + +<p>Y una vez encontró á un querubín pequeñito, de cara mofletuda, que le +respondió:</p> + +<p>—Sí, señora. Su Divina Majestad ha contestado algo. Al darle yo su +recado, me dijo: «¿Pero es que ese par de sinvergüenzas viven +todavía?...»</p> + +<p>Eva sólo quiso ver en tales palabras una broma de niño falto de buena +crianza. Juzgaba imposible que el Señor hubiera dicho esto. Si insistía +en mantenerse invisible, era seguramente porque estaba muy ocupado en la +dirección de sus dominios infinitos, no quedándole media hora libre para +dar un paseo por la tierra.</p> + +<p>Una mañana fué recompensada su fe en la bondad divina. Se presentó un +mensajero celeste, saltando de nube en nube, y gritó á Eva:</p> + +<p>—Escucha, mujer: si no llueve esta tarde, es posible que el Señor venga +á haceros una visita corta. ¡Ha pasado tanto tiempo sin ver la +tierra!... Anoche, hablando con el arcángel Miguel, le dijo: «A veces me +pregunto en qué habrán venido á parar aquellos dos canallas +desagradecidos que teníamos en el Paraíso. Me gustaría verlos.»</p> + +<p>Eva quedó aturdida por la noticia, y llamó á Adán, que trabajaba en un +campo próximo.</p> + +<p>¡Cómo describir la agitación que conmovió á la granja!... El tío Correa +la comparaba con la fiesta del santo patrono en cualquier pueblo de +España, cuando las mujeres limpian en la víspera sus casas, desde la +puerta al tejado, preparando además la gran comilitona del día +siguiente.</p> + +<p>La esposa de Adán barrió y lavó los pisos de la entrada de la casa, de +la cocina y del dormitorio. También puso una colcha nueva sobre la cama +y frotó las sillas con arena y jabón. Después inspeccionó el guardarropa +de la familia, y al ver que las pieles de cordero de su marido no +estaban presentables, le confeccionó en un momento una casaquilla de +hojas secas. ¡Para un hombre, bien estaba!</p> + +<p>El tiempo restante lo consagró al adorno de su persona. Contempló con +mirada perpleja unos cuantos centenares de vestidos que había hecho y +rehecho, preguntándose con desconsuelo:</p> + +<p>—¿Cómo me arreglaré para recibir dignamente á tan gran personaje? +Verdaderamente, tengo muy poco que ponerme.</p> + +<p>Miró con ternura una larga túnica negra, de corte severo, que no dejaba +visible ni una línea de su blanco cuerpo. Pero á continuación pensó que, +por ser hombres todos los visitantes, no convenía recibirlos con tanta +austeridad.</p> + +<p>Acababa de escoger uno de sus trajea mixtos, muy atrevido por un extremo +y muy discreto por el otro, cuando llegó á sus oídos una verdadera +tempestad de gritos y llantos. Toda su prole se sublevaba. Sólo se +componía de unos cien muchachos, pero se hubiera dicho que la tierra +entera había empezado á gritar.</p> + +<p>Por primera vez en su vida Eva contempló atentamente á sus hijos. Eran +demasiado feos para presentarlos al Señor. Tenían los cabellos en +maraña, las mejillas manchadas de barro seco y las narices cubiertas de +costras. Eva, absorbida por sus inventos de modista, los había olvidado +durante meses y meses.</p> + +<p>—¿Cómo presento estos granujas á Dios?... El Todopoderoso va á creer +que soy una sucia y una mala madre.... Porque el Señor es hombre, y los +hombres no comprenden lo difícil que es cuidar á tantos chiquillos.</p> + +<p>Después de esto empezó á insultar á Adán, como si éste fuese el +responsable del abandono en que vivían sus hijos.</p> + +<p>Pero transcurría el tiempo y era urgente tomar una resolución. Luego de +muchas dudas y titubeos, Eva escogió á los hijos preferidos (¿qué madre +no los tiene?) para lavarlos y vestirlos lo mejor que pudo. Después +empujó á los otros á puro cachete, hasta dejarlos encerrados en un +establo, bajo llave, á pesar de sus protestas.</p> + +<p>Ya llegaban los visitantes. Eva apenas tuvo tiempo de dar una última +mano al arreglo de su persona. Sacudió su vestido para hacer desaparecer +las arrugas de la lucha con la terrible chiquillería y se pasó un peine +por los pelos alborotados.</p> + +<p>En el horizonte, una columna de nubes, blanca y luminosa, descendió del +cielo hasta posarse en la tierra. Empezó á sonar un ruido de alas +innumerables, acompañado por las voces de un coro inmenso, cuyos +«¡hosanna!» repercutieron á través del espacio infinito.</p> + +<p>Los primeros viajeros celestes, desembarcando de la nube que los había +traído, empezaron á remontar el sendero de la granja. Estaban envueltos +en tal esplendor, que parecía que todas las estrellas del firmamento +hubiesen bajado á la tierra para juguetear entre los bancales de trigo +cultivados por Adán.</p> + +<p>Iba delante la escolta de honor, compuesta de un destacamento de +arcángeles cubiertos de cabeza á pies con centelleantes armaduras de +oro. Después de haber envainado sus sables, se acercaron á Eva para +decirle unos cuantos chicoleos, asegurando que no pasaban por ella los +años y que se mantenía tan fresca y apetitosa como en los tiempos que +habitaba el Paraíso.</p> + +<p>—Los soldados son así—explicó el tío Correa—. Allá donde van se lo +comen todo, y lo que no se comen lo rompen ó se lo apropian. Cuando ven +á una mujer sienten excitado su heroísmo, lo mismo que si oyesen sonar +el toque de asalto....</p> + +<p>Total: que algunos más atrevidos intentaron unir los actos á las +palabras, abrazando á Eva. Pero ésta tenía cerca su escoba, y los obligó +con una rápida contraofensiva á refugiarse en la huerta, donde se +subieron á los árboles.</p> + +<p>El viejo segador rió un poco, añadiendo después:</p> + +<p>—El pobre Adán no sabía qué hacer. «¡Van á comerse todos mis higos y +mis melocotones!», gritó levantando los brazos. Para él hubiera sido +mejor un ciclón en su huerto que la entrada de la alegre soldadesca. +Pero como era hombre de tacto, aunque juró un poco, acabó por callar.</p> + +<p>El Señor llegaba ya. Su barba era de plata y su cabeza tenía como adorno +un triángulo resplandeciente que lanzaba rayos lo mismo que el sol. +Detrás venía Miguel, con una armadura incrustada de piedras preciosas +formando fantásticos dibujos. Cerraban la marcha todos los ministros y +altos dignatarios de la corte celestial.</p> + +<p>—El Creador saludó á Adán con una sonrisa de lástima—prosiguió el +viejo—. «¿Cómo estás, infeliz?», le preguntó. «¿Tu mujer no te ha +metido en nuevos líos?...» Después acarició á Eva, tomándole la +barbilla. «¡Hola, buena pieza! ¿Aún continúas haciendo locuras?»</p> + +<p>Conmovidos por tanta simplicidad, los esposos ofrecieron al Señor el +único mueble que poseían, semejante á un trono. Era una silla de brazos +como las mejores que se pueden encontrar en una granja rica.</p> + +<p>—¡Qué asiento, hijos míos!—dijo el tío Correa con entusiasmo—. Ancho, +blandísimo, hecho con madera de algarrobo de la mejor y con cuerda de +esparto bien tejido; un sillón, en fin, como sólo puede tenerlo un cura +de pueblo rico.</p> + +<p>Sentado en él Su Divina Majestad, fué escuchando lo que le contaba Adán, +sus fatigas, sus malos negocios, las dificultades que había de vencer +para ganar el sustento de él y su familia.</p> + +<p>—¡Muy bien! ¡Me alegro mucho!—decía el Señor, mientras una sonrisa +agitaba su barba resplandeciente—. Eso te enseñará á no desobedecer á +tus superiores, y sobre todo, á no seguir los consejos de una hembra. +¿Creías acaso que ibas á comer gratis en el Paraíso y hacer al mismo +tiempo lo que se te antojase?... ¡Sufre, hijo mío! ¡Trabaja y rabia! Así +aprenderás lo que cuesta la libertad.</p> + +<p>El Señor contempló luego á Eva. Desde mucho antes le había dirigido +rápidas miradas de curiosidad y de indignación. Era la primera vez que +veía á una mujer vestida. ¿De dónde había salido este animal de plumaje +fantástico, este loro sin alas, cuya forma absurda y colores chillones +no hubiera podido concebir Él, ni aun en sus momentos de más frenética +creación?...</p> + +<p>Dándose cuenta de que el Señor la observaba, Eva fué adoptando las +actitudes que consideró más interesantes, esforzándose por hacer valer +con ellas las gracias de su cuerpo y la elegancia de sus adornos. Al +mismo tiempo sonreía, segura de sí misma.</p> + +<p>—Y el Todopoderoso—continuó el tío Correa—no pudo menos de reconocer +cierta gracia en estos adornos mujeriles que al principio había +considerado feísimos.</p> + +<p>—Continúa siendo la misma frívola de siempre—murmuró el Señor +dirigiéndose al gran capitán Miguel, que le acompañaba á todas partes y +se mantenía ahora de pie detrás de su sillón—. Es la misma cabeza de +chorlito que conocimos en el Paraíso.... Pero hay que confesar que sabe +adornarse con gusto.</p> + +<p>Tal vez estas consideraciones, unidas á las sonrisas de Eva y al humilde +silencio con que Adán acogió las reprimendas del Señor, ablandaron el +corazón de éste. Pareció arrepentirse de su anterior severidad, y añadió +con un tono de benevolencia:</p> + +<p>—No esperéis que os perdone, permitiendo que volváis á disfrutar por +segunda vez los placeres del Paraíso. Lo que está hecho ya está hecho, y +debéis sufrir los efectos de mi maldición. Mi palabra es sagrada; y si +la retirase, me desconocería á mí mismo.... Pero ya que he venido á +veros, no quiero irme sin dejar un recuerdo de mi visita. A vosotros no +puedo daros nada: los dos estáis malditos; pero vuestros hijos son +inocentes y tendré mucho gusto en hacer un don á cada uno de ellos.... +Yo había creído que teníais una descendencia más numerosa. ¿Sólo cuatro +hijos? Seguramente que no me arruinaré con mis regalos. Anda, Eva, +tráeme á tus pequeños.</p> + +<p>Los cuatro pilletes se alinearon ante el Todopoderoso, que los examinó +atentamente.</p> + +<p>—Ven aquí, tú—dijo designando á un pequeño, serio y gordo, de mirada +penetrante y cejas fruncidas, que había estado chupándose un dedo +mientras escuchaba gravemente la conversación—. Te confiero el poder +de juzgar á tus iguales. Serás el dispensador de la justicia; +interpretarás según tu criterio las leyes hechas por los otros; poseerás +el privilegio de establecer lo que es el Bien y lo que es el Mal, +cambiando de opinión cada siglo. Sujetarás todos los delincuentes á las +mismas reglas penales, medida tan cuerda y acertada como si los médicos +pretendiesen curar á los enfermos con el mismo remedio. Tu situación +será en el mundo la más estable é inconmovible. Podrá ocurrir que los +hombres duden con el tiempo de todo lo que les rodea. Hasta llegará un +día en que se atrevan á discutir mi existencia y á negarme. Pero no +temas por ti. Tú serás la Justicia augusta é infalible, incapaz de +equivocarse, sin la cual no es posible la vida. Los mismos que ostenten +como un título de gloria su incredulidad absoluta, se indignarán si +alguien tiene la audacia de poner en duda tu rectitud. Y si incurres en +errores que cuestan la vida ó la libertad á los hombres, la mayoría +disimulará tu horrible equivocación, apelando al «carácter sagrado de la +cosa juzgada».</p> + +<p>El Todopoderoso hizo señal para que avanzase un segundo muchacho.</p> + +<p>Era moreno, de aspecto jovial y atrevido, con la cabeza puntiaguda, la +mandíbula cuadrada y unas orejas prominentes. Llevaba siempre en su mano +derecha un bastón, con el que pegaba á sus hermanos. A la hora de las +comidas se apoderaba de las porciones de los otros, amenazándoles si +protestaban.</p> + +<p>Al llegar á corta distancia del Todopoderoso se cuadró, con las manos +pegadas á los muslos y los ojos fijos, lo mismo que un soldado alemán +bien disciplinado.</p> + +<p>Y el Señor le dijo:</p> + +<p>—Tú serás el hombre de guerra, el héroe. Conducirás tus semejantes á +la muerte, como el matarife guía los rebaños al matadero. Esto no +impedirá que todos te admiren y te aclamen (hasta aquellos mismos que +serán hechos pedazos bajo tu dirección), pues emplearás como fetiches de +poder inagotable las palabras Gloria, Honor, Patria, Bandera. Los +hombres hablarán con emoción de leyes morales y mandamientos religiosos +que les ordenan «no matarás», «no robarás», «amarás á tu prójimo como á +ti mismo»; pero tú, guerrero semejante á un semidiós, vivirás más allá +del Bien y del Mal. Si los otros hombres matan, serán juzgados como +criminales y terminarán sus días en un presidio ó en el cadalso. Tú, por +el contrario, te agrandarás en proporción de tus matanzas, y cuando las +gentes te admiren cubierto de sangre humana, gritarán á coro: «¡Este es +un verdadero héroe!»</p> + +<p>»Si alguna vez deseas un territorio, lo primero que harás será +apoderarte de él por la fuerza, exterminando á todos los que intenten +resistirse en nombre de sus antiguos derechos. Siempre encontrarás +jurisconsultos que se encarguen de probar, textos en mano, tu derecho á +la posesión de las tierras conquistadas. Comete toda clase de +atrocidades...pero vence. Nunca dejarás de tener razón si eres +victorioso. Nadie osa pedir cuentas al conquistador, y en sus templos, +los sacerdotes de todas las religiones cantarán por tu salud, celebrando +tu triunfo. Inunda los países de sangre, pasa los pueblos á cuchillo, +incendia las ciudades, mata, destruye, roba.... Esto no impedirá que los +poetas te celebren y los historiadores perpetúen tus hazañas más que si +fueses un benefactor de la humanidad. Pero los que intenten imitarte y +cometan tus mismas atrocidades sin vestir unas ropas de corte y color +especiales llamadas uniforme, arrastrarán una cadena en el calabozo de +una cárcel.... Puedes retirarte. ¡Que avance otro!.</p> + +<p>El tercero era un adolescente, seco de carnes, nervioso, con una palidez +verdosa y los ojos de mirada astuta.</p> + +<p>Reflexionó el Señor un instante antes de decidir lo que haría de él, y +dijo finalmente:</p> + +<p>—Tú dirigirás los negocios del mundo, siendo al mismo tiempo mercader y +banquero. Prestarás oro á los reyes, lo que te permitirá tratarlos como +si fuesen tus iguales; y si llegas á arruinar á toda una nación en +provecho tuyo, el mundo admirará tu habilidad. Tus grandes combinaciones +financieras extenderán el pánico por el universo entero, haciendo pesar +sobre las ciudades horas de angustia mortal. Tus victorias en la Bolsa +irán acompañadas por los pistoletazos de tus víctimas empujadas al +suicidio y los llantos de sus familias. Provocarás guerras +incomprensibles y favorecerás tratados de paz ruinosos, siendo +responsable del envío de acorazados y de ejércitos expedicionarios para +sostener tus reivindicaciones injustas y usurarias contra las naciones +débiles.</p> + +<p>»Tus hijos creerán proteger las artes manteniendo lujosamente +bailarinas, cantantes ó simples portadoras de costosos trajes y joyas +inauditas para halago de su orgullo. Tú, retenido por tus negocios, +envejecerás y llegarás tarde á la escena de la vida, para ser un Mecenas +de esta especie, contentándote con proteger á los pintores.</p> + +<p>»La disparidad de opiniones más absoluta acompañará el recuerdo de tu +nombre durante treinta ó cuarenta años, porque tu nombre, como el de los +tenores y el de los cómicos, vivirá nada más lo que vivan las personas +que te conocieron. «Sirvió al progreso humano», dirán algunos +acordándose de tus flotas de buques mercantes y de las vías férreas con +que surcastes los desiertos. «Era un bandido», afirmarán otros pensando +que por cada kilómetro de rieles colocados llenaste un cementerio de +trabajadores. «Fué un monstruo, que para ganar sus riquezas sacrificó +más vidas humanas que un conquistador.» Y todos tendrán razón, todos +dirán la verdad; porque lo que hay más divertido en la vida de los +hombres es que todos ellos hablan de la verdad, de la verdad absoluta é +indiscutible, ignorando que esta verdad absoluta no es mas que un +ensueño y que siempre habrá tantas verdades como intereses.... Acuérdate +de esto y sigue tu camino.</p> + +<p>Llegó el turno al cuarto muchacho, y éste avanzó.</p> + +<p>—Viendo al tal mocoso, el Señor empezó á reír—dijo el tío Correa—. +Apenas levantaba dos palmos del suelo; y el Omnipotente, como lo sabe +todo, vió que era el hijo preferido de su madre.</p> + +<p>Ésta únicamente dudaba de la justicia de su preferencia al comparar á +este pequeño con el hermano de las orejas grandes, armado siempre con un +garrote. La mujer se siente en todas ocasiones atraída por el guerrero; +pero cuando el pequeño abría la boca, Eva, completamente subyugada, +reconocía su superioridad sobre el belicoso mayor.</p> + +<p>El Omnipotente examinó al diminuto personaje con un regocijo mal +disimulado. Se fijó en sus robustos hombros, su cabeza enorme y su +amplia frente. Su mirada era orgullosa y sus labios se contraían con una +mueca en la que se mezclaban el menosprecio y la adulación. Tenía á la +vez algo de comediante y de rey.</p> + +<p>No parecía intimidado el chicuelo por la presencia del Creador. Se +mantuvo erguido, con una mano sobre el pecho y la otra apoyada en el +respaldo de una silla. Su frente elevada parecía aguardar la inspiración +de lo alto. Mostraba la rigidez de un modelo, como si estuviera delante +del escultor encargado de su futura estatua.</p> + +<p>Su madre le conocía bien. Cuando sentía hambre y deseaba un pedazo de +pan, nunca lo reclamaba á gritos, como los niños ordinarios. Tenía el +sentimiento precoz de las fórmulas parlamentarias, no conocidas aún en +el mundo, y decía gravemente:</p> + +<p>—Señora Eva, permítame su señoría una pequeña interpelación: ¿puedo +tomar un poquito de pan?</p> + +<p>La madre apelaba á su auxilio cada vez que tenía necesidad de mantener +tranquila á la numerosa prole, mientras se consagraba á la confección de +sus trajes.</p> + +<p>—Ven aquí, vida mía—suplicaba Eva—. Hazme el favor de divertir á tus +hermanos con uno de tus discursos.</p> + +<p>Y el niño, empujado por su propia elocuencia, hablaba horas y horas, sin +saber ciertamente lo que decía, dando tiempo á la madre para terminar su +obra.</p> + +<p>—Tú serás el rey de la tierra—declaró el Todopoderoso—; tú serás el +Orador, y con eso queda dicho todo. A pesar de su poder y su orgullo, +tus hermanos vivirán al amparo de tu palabra. El guerrero te obedecerá; +el juez te servirá y sostendrá, para mantener su propia situación; el +banquero te dará cuanto le pidas, para que seas su abogado y defiendas +sus terribles combinaciones. Tu único mérito consistirá en hablar bien, +y eso es suficiente para que todos te consideren el hombre más sabio de +la tierra.</p> + +<p>»Sin necesidad de estudiar los asuntos, hablarás de ellos +indefinidamente; si alguna vez necesitas mostrar conocimientos, serán de +tercera ó cuarta mano, y sin embargo las masas te aclamarán como un +genio. En los tiempos difíciles todos te buscarán, viendo en ti la única +esperanza de la patria. «Coloquémosle á la cabeza del gobierno, ya que +habla mejor que todos», dirán las gentes.</p> + +<p>»La humanidad se deja regir por una lógica absurda. Para gobernar una +nación, para administrar su hacienda y hasta para mandar sus ejércitos, +nadie vale lo que un buen orador, capaz de hablar a todas horas +fácilmente y sin fatiga. Cuando surja una guerra, tú dirigirás desde tu +sillón á los generales; cuando llegue el momento de negociar la paz, +confiarán esta misión á un congreso de oradores. La palabra gobernará al +mundo más aún que el sable. Habla, hijo mío, habla elocuentemente y sin +cansancio, y el mundo será tuyo.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2>III</h2> + + +<p>Adán lloraba silenciosamente, agradeciendo las bondades del Señor.</p> + +<p>Sus cuatro hijos acababan de recibir la dominación de la tierra entera.</p> + +<p>Sin embargo, su esposa se mostraba inquieta. Varias veces estuvo á punto +de interrumpir al Omnipotente pronunciando una palabra, una sola, pero +calló en el último instante. ¿Cómo iba á detener la ola de +bienaventuranzas celestiales que se desplomaba sobre sus cuatro +hijos?... Pero el remordimiento oprimía su corazón maternal.</p> + +<p>Pensaba en la caterva de pequeños encerrada en el establo, que iba á +quedar privada, por su culpa, de tan generoso reparto.</p> + +<p>Al fin murmuró, aproximándose á Adán:</p> + +<p>—Voy á enseñar los otros al Señor.</p> + +<p>—Ya es tarde—objetó el marido—. Sería pedirle demasiadas cosas, y el +Señor puede enfadarse.</p> + +<p>Precisamente, en el mismo momento el arcángel Miguel, que había venido á +visitar á los dos reprobos contra su voluntad, insistió cerca de su +divino amo para que diese por terminada la visita.</p> + +<p>Le era insoportable este capricho del Señor, pero protestaba de él con +toda la circunspección de un ministro de la Guerra que lleva muchos +siglos acompañando á su soberano.</p> + +<p>—Majestad, se hace tarde—insinuó suavemente—. El sol se ocultará +dentro de poco, y las noches son ahora frescas. Sería imprudente, á los +años de Su Majestad, prolongar esta visita.</p> + +<p>Miguel parecía inquieto. Había una expresión de tristeza en los ojos de +este guerrero rubio, y algunas canas brillantes como la plata cortaban +el esplendor de su cabellera de oro.</p> + +<p>Pensaba en Lucifer.</p> + +<p>Lucifer había sido tan rubio, tan arrogante y tan guerrero como él. +Ahora, con el nombre de Satanás, era feo y estaba caído y pisoteado, +como todos los rebeldes que no triunfan.</p> + +<p>Durante muchos siglos, Miguel había permitido á los pintores y los +escultores celestiales que le representasen teniendo bajo sus pies y su +poderosa lanza á Satanás, el camarada y el adversario de otros tiempos. +No había miedo de que algún habitante del reino celestial intentase una +segunda sublevación pretendiendo continuar la rebeldía de Lucifer. Eran +demasiado listos los de arriba para incurrir en error tan grosero. Pero +el arcángel se daba cuenta de que Satanás, inerte bajo sus plantas +durante tantos siglos, como si se hubiese resignado para siempre á su +derrota, empezaba á agitarse, queriendo renovar la lucha.</p> + +<p>El ángel caído por su soberbia revolucionaria contaba indudablemente con +refuerzos extraordinarios, y como éstos no podía encontrarlos en el +cielo, Miguel temía que los buscase en la tierra, previendo una serie de +batallas de las cuales no saldría siempre vencedor.</p> + +<p>Los papeles de la eterna tragedia iban tal vez á cambiarse. Satanás +podía resultar victorioso, irguiéndose á su vez con arrogancia sobre el +cuerpo caído de Miguel, vencedor en otros tiempos y ahora vencido.</p> + +<p>—Majestad—insistió el guerrero—, dejemos cuanto antes á estos +importunos.</p> + +<p>El Señor abandonó su sillón. Fuera de la granja sonaron las notas +chillonas de las trompetas de los arcángeles tocando llamada, y los +rubios soldados de la escolta divina descendieron de los árboles con tal +violencia, que no dejaron en ellos fruto ni hoja. Una nube de langosta +no lo hubiese hecho peor.</p> + +<p>La guardia se formó en dos filas ante la puerta, presentando sus armas, +mientras el divino soberano salía lentamente, apoyado en un brazo de +Miguel.</p> + +<p>Eva le cerró el camino.</p> + +<p>—Majestad: un instante.</p> + +<p>Y corrió al establo, abriendo la puerta.</p> + +<p>—¡No he dicho toda la verdad!—gritó con una voz emocionada por el +remordimiento—. Tengo otros hijos. ¡Piedad, Señor, para estos pequeños! +¡Dadles un don cualquiera! ¡Que vuestra divina misericordia no los +olvide!</p> + +<p>El Todopoderoso contempló á esta muchedumbre de niños con estupor y +repugnancia. Al mismo tiempo, su ministro de la Guerra fruncía las +cejas, llevando instintivamente la diestra á la empuñadura del sable.</p> + +<p>Miguel reconoció al futuro enemigo en esta horda sucia y revoltosa. Con +estos monstruos contaba su adversario infernal para triunfar en el +porvenir. Eran sus últimas reservas, las tropas de la desesperación. +¡Qué lástima no poder aplastarlos allí mismo, antes de que llegasen á +crecer!...</p> + +<p>—Vamonos, Señor—dijo empujando dulcemente á su soberano—. No hay que +dar nada á esta canalla. Es mejor que todos perezcan.</p> + +<p>Y repelió á Eva con rudeza, ordenándole que no insistiese en su demanda +presuntuosa.</p> + +<p>—No puedo hacer nada, pobre mujer—dijo el Señor excusándose—. No me +queda nada que darles. Sus cuatro hermanos se lo han llevado todo.... No +llores; no me gustan las lágrimas femeninas; yo reflexionaré y tal vez +encuentre algo para ellos.... Ya veremos más adelante.</p> + +<p>Pero la madre no se dejó convencer por estas promesas vagas:</p> + +<p>—¡Señor, dadles cualquier cosa, pero ahora mismo! No importa el +donativo. ¿Quién sabe cuándo volverá por aquí Su Majestad?... Me +contento con un pequeño regalo para cada uno; un empleo, una ocupación. +¿Qué va á ser, si no, de estos pobrecitos?...</p> + +<p>El arcángel iba á ordenar que una escuadra de la escolta celeste +apartase á viva fuerza á esta mujer tenaz, cuando el Omnipotente +encontró una solución gracias á su sabiduría infinita.</p> + +<p>También él deseaba perder de vista cuanto antes la granja y su +chiquillería repugnante.</p> + +<p>El Señor se acarició su larga barba de plata y dijo á Eva:</p> + +<p>—No llores, mujer; ya les he encontrado una ocupación, y no será +ligera. Todos estos trabajarán para mantener á sus cuatro hermanos, +sirviéndoles eternamente.</p> + +<p>Hubo una larga pausa, y el tío Correa terminó así:</p> + +<p>—Vosotros y yo, y todos los que pasamos la vida encorvados sobre la +tierra para sostener nuestra miserable existencia, somos los +descendientes de aquellos infelices que nuestra primera madre encerró en +el establo.</p> + +<p>Los segadores quedaron en un prolongado y reflexivo silencio. Pero de +pronto, una voz surgió de la penumbra:</p> + +<p>—¿Y las mujeres?... ¿Qué hace usted de las mujeres?</p> + +<p>El tío Correa, sorprendido y perplejo, paseó una mirada por el corro de +oyentes, preguntando:</p> + +<p>—¿Qué mujeres son esas? ¿Qué tienen que ver las mujeres con esta +historia?</p> + +<p>El segador medio oculto en la obscuridad, añadió:</p> + +<p>—Eva, seguramente, tendría alguna vez hijas, pues de no ser así, no +existirían mujeres actualmente, y las hay en todas partes...tal vez +demasiadas; ¿no es esto, tío Correa?... Lo que yo pregunto es cuál fué +la suerte de las hijas de Eva. ¿Nuestra primera madre presentó algunas +al Señor, para que también les hiciera un regalo, ó las encerró á todas +en el establo en compañía de nuestros pobres abuelos?</p> + +<p>Un murmullo de curiosidad se elevó del corro, semejante al que surge de +una reunión electoral cuando el discurso del candidato queda cortado por +una objeción imprevista.</p> + +<p>Todos los ojos se volvieron hacia el viejo, que se rascaba la cabeza, +mirando al suelo con una expresión de inquietud y de duda.</p> + +<p>De pronto sonrió, triunfante.</p> + +<p>—Bien se ve—dijo con una voz dulzona—que el que ha hecho esa pregunta +es joven y sin experiencia. Eva era mujer y conocía demasiado bien las +necesidades de las mujeres para perder el tiempo en peticiones +inútiles. Dios, con ser Dios y disponer de todo lo existente, no puede +dar nada á las mujeres después que han nacido.</p> + +<p>Hizo una larga pausa para gozar del silencio con que la curiosidad y el +interés acogían sus palabras.</p> + +<p>—Antes de que ellas nazcan—continuó—, Dios puede darles la belleza y +la gracia á manos llenas, y hasta algunas veces les da la discreción y +el talento. Pero después que están en el mundo, su única esperanza es el +hombre. Todo lo que son y lo que tienen lo deben al hombre. Para ellas +es el trabajo de los pobres, el poder de los que gobiernan, las hazañas +de los soldados, el dinero de los millonarios. Ellas son las que tuercen +con más facilidad la dureza de la justicia.... No; las mujeres no tienen +nada que pedir á Dios, pues todo lo reciben de los hombres.... Y los +hombres, cuando trabajan por la gloria, por la ambición ó por amor al +dinero, no hacen en el fondo mas que trabajar por ellas y para ellas.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="LA_CIGARRA_Y_LA_HORMIGA" id="LA_CIGARRA_Y_LA_HORMIGA"></a><a href="#capitulos">LA CIGARRA Y LA HORMIGA</a></h2> + + +<p>Reverbera en las blancas fachadas el sol de las primeras horas de la +tarde. Procuramos, en nuestros paseos por la plaza de un pequeño pueblo +valenciano, no salirnos de las islas de sombra que trazan los plátanos +sobre la tierra rojiza y ardiente.</p> + +<p>Silencio de sueño, calma profunda de siesta veraniega. Los únicos que +vivimos en este ambiente exuberante de luz somos mi amigo y yo, que +conversamos bajo los árboles de la plaza, los niños que ganguean á +gritos sus lecciones en la escuela próxima, siguiendo el venerable +método morisco, y los enjambres de insectos que aletean, zumban y trepan +en torno de los plátanos.</p> + +<p>Calla de pronto el coro escolar, y por las ventanas abiertas llega hasta +nosotros la voz de un niño, el más aplicado tal vez, que recita una +fábula: <i>La cigarra y la hormiga</i>.</p> + +<p>Como el griterío de una muchedumbre alborotada que contesta á +ultrajantes alusiones, suena el <i>chín-chín</i> de numerosas cigarras +moviendo sus cimbalillos entre las cortinas del follaje.</p> + +<p>Mi amigo el naturalista se indigna mientras la voz infantil va +desarrollando la acción de la conocida fábula, la cigarra imprevisora y +alegre que canta sin pensar en el porvenir, y cuando llega el invierno, +transida de frío y vacilante de hambre, va en busca de la hormiga para +implorar un préstamo. El animal ordenado y económico, que tiene en torno +los sacos llenos de cosecha y se prepara á invernar en opípara +abundancia, no quiere oír la súplica de la bohemia y añade á su negativa +la burla cruel: «¿No has pasado cantando el verano mientras yo +trabajaba? Pues bien; ahora, baila.»</p> + +<p>—Me irrita esta fábula—dice el naturalista—. Es una historia inmoral, +que enseña á los hombres desde su infancia el respeto á la avaricia y á +la crueldad, el culto del egoísmo, la burla soez contra los idealistas, +que piensan en algo más que la satisfacción de los apetitos materiales. +Todo es mentira en este relato inventado hace miles de años. La +imprevisora y loca cigarra de la fábula es un ser laborioso y dulce, +explotado hasta la muerte. En cuanto á la hormiga, modelo de economía +doméstica que los padres ofrecen á los hijos, es una bestia rapaz que +desde el mundo de la pequeña animalidad influye fatalmente sobre los +hombres. Nuestro planeta sufre guerras y se cubre de sangre cada vez que +á un Imperio se le ocurre organizarse como un hormiguero, imitando su +férrea disciplina, su método para la acción, su soberbia, que tiende á +engañar y esclavizar todo cuanto le rodea....</p> + +<hr style='width: 45%;' /> + +<p>—Esa fábula es una calumnia—continúa mi amigo—. Los caracteres de sus +protagonistas aparecen en ella escandalosamente invertidos. La hormiga +es en realidad un ladrón y la pobre cigarra una víctima.</p> + +<p>Al poeta La Fontaine (imitado después por el fabulista español) debemos +el triunfo de este embuste, que, confiado á la memoria de los niños, +resulta inmortal. Supo describir con exactitud el carácter del lobo, del +zorro, del gato y otros animales protagonistas de sus historias. Los +había visto de cerca, eran de su país. En todas las latitudes del mundo +hablan las gentes de la cigarra á causa de la fábula, y sin embargo, son +muy pocos los que han visto cigarras. Este animal sólo existe en la +región asoleada del olivo, y París, donde vivió La Fontaine, no tiene +olivos.</p> + +<p>Es indudable que tomó esta historia de los griegos. Los niños de la +Atenas de Pericles, al ir á la escuela con su capacito de esparto lleno +de higos secos y de olivas, se contaban el cuento de la cigarra +imprevisora que tuvo que pedir un préstamo á la hormiga. Lo habían oído +á sus nodrizas y á sus madres cada vez que éstas les recomendaban la +necesidad de ser sobrios y ahorradores. De aquí data el error, +verdaderamente incomprensible en un país como Grecia que tiene cigarras. +La fábula, como casi todas las fábulas, procede del pueblo indostánico, +gran contemplador de la Naturaleza. Los poetas del Ganges, que conocían +exactamente la vida de las bestias, debieron poner la hormiga frente á +otro animal. Los griegos lo sustituyeron con la cigarra (monótono cantor +que metían en jaulas para que meciese sus siestas), y así ha llegado el +relato hasta nosotros, falso é indestructible, como muchas leyendas +gloriosas de la humanidad; viejo y respetable, como el egoísmo de los +hombres, ó lo que es lo mismo, como la historia del mundo.</p> + +<p>El sabio Fabre, poeta de los insectos, fué el primero que, en nuestra +época, escuchando á la cigarra en sus tierras de Provenza, se le ocurrió +rectificar con observaciones directas la exactitud de la fábula. Y +quedó al descubierto la gran mentira que ha servido de ejemplo moral á +los hombres y aún continuará sirviendo, pues la humanidad no deshace +camino, ni modifica fácilmente sus ideas elementales.</p> + +<p>Fíjese, amigo mío: la cigarra no puede implorar un préstamo para vivir +en invierno, por la simple razón de que sólo vive unas semanas y muere +en el verano. La cigarra no pedirá nunca una limosna á la hormiga +(aunque ésta fuese capaz de concedérsela), porque los granos de trigo y +los cadáveres de moscas y gusanos que guarda el negro pirata en los +almacenes de su imperio subterráneo de nada pueden servirle. La cigarra +no come, chupa. Esta bestia dulce y pacífica carece de mandíbulas y de +boca. Su herramienta para la nutrición es una lanza perforada, una +trompa sutil, con la que agujerea la corteza de las ramas. Su estómago +delicado no puede resistir los cereales y los cadáveres que alimentan á +la hormiga, bestia feroz de quijadas triturantes y patas cortadoras. +Música del sol, habitante de las alturas, poeta del follaje, se nutre +únicamente con el vino de la Naturaleza, con la savia que circula por +las arterias de los árboles. La cigarra no ha ido nunca en la realidad +al encuentro de la hormiga. La ignora ó huye de ella como de un enano +grosero y maléfico. Es la hormiga la que la busca y la acecha para +aprovecharse de su trabajo.</p> + +<p>Ya ve cuán lejos estamos de la fábula ofensiva para la moral y la +verdad, y cómo se transforman radicalmente los caracteres de sus +protagonistas.</p> + +<p>Cuando la primavera empieza á caldear el suelo, se animan las larvas que +depositaron las cigarras muertas en el año anterior. Surgen de las +entrañas de la tierra por un pozo circular que abren trabajosamente; se +izan á la primera brizna de hierba que encuentran, desgarran su dorso +repeliendo una envoltura seca como pergamino, y aparecen de un color +verde tierno que rápidamente se obscurece. Luego trepan á los árboles, +animando el silencio rumoroso de la Naturaleza con su música incansable. +En las horas de sol, la luz las embriaga con una borrachera ruidosa y +agitan locamente sus címbalos, como los devotos del cortejo de +Dionisios. Cuando todo el pueblo de los insectos desfallece de sed, +ellas son las únicas que viven en una abundancia regalada.</p> + +<p>Adivino desde aquí lo que ocurre sobre nuestras cabezas, á pocos pasos +de nosotros, entre esas ramas de las que salen zumbidos y aleteos. +Moscas, abejas de todas clases, y sobre todo hormigas, muchas hormigas, +van errando por las ramas en busca de una fuente. Las flores tienen la +corola agostada por el calor, las hojas duermen contraídas bajo el sol, +la vegetación, marchita, espera el beso fresco del anochecer para +reanimarse, recobrando su vital expansión. Y mientras la muchedumbre +alada ó rampante corre sedienta de un lado á otro, la cigarra se ríe de +esta escasez. Con su rostro, que es sutil, duro y perforante como una +barrena, taladra uno de los innumerables toneles de sus bodegas +inagotables. Sin interrumpir su canto, ha abierto un agujero profundo en +la corteza de una rama hinchada por el calor, llegando hasta la +corriente de savia que circula madura por el sol, como un vino de +generoso fermento. Conservando el tubo de succión hundido en este pozo, +bebe y bebe con sensual inmovilidad, entregada por entero á los encantos +del jarabe y de la estrofa. Es un Anacreonte del follaje, un poeta que +declama á gritos con la copa entre los labios y los ojos en el cielo.</p> + +<p>Pero los sedientos la acechan; los parásitos acuden para explotar su +desinterés. Un rezumamiento de líquido azucarado en los bordes del +brocal denuncia los placeres divinos de su recogimiento. Los importunos +alados zumban pedigüeños en torno de la cigarra, interrumpiendo su +musical embriaguez; pero los más temibles de estos intrusos son las +hormigas, bestias de un egoísmo desvergonzado y arrollador. Las más +pequeñas se deslizan por debajo del vientre de la cantora, que, +bonachona y tolerante, levanta las patas traseras para no estorbar su +camino. Las grandes se estremecen de cólera, beben en los raudales que +se escapan del pozo, se alejan para dar un paseo inútil por las ramas y +regresan, cada vez más inquietas y agresivas. Al fin, atacan á la dueña +de la fuente, pretendiendo expulsarla para aprovecharse de su trabajo. +Muerden al músico en el extremo de sus patas, le tiran de las alas, +montan sobre su dorso para pellizcarle las antenas. Algunos bandidos más +audaces se apoderan de su trompa de succión é intentan extraerla del +pozo....</p> + +<p>Interrumpo al naturalista. Veo de pronto á los genios despreciados por +las muchedumbres que luego se apropiaron su gloria con un orgullo +nacional; veo á todos los artistas que abren fuentes de idealismo para +la turba grosera, é inmediatamente quedan expulsados de las márgenes de +su obra; veo á los poetas de la acción que derriban muros tradicionales, +y nunca son los primeros que entran por la brecha, pues los sobrepasan +los hábiles que se ocultaban á sus espaldas, prontos á aprovecharse del +esfuerzo.</p> + +<p>—¡Lo mismo que en la vida humana!—exclamo con asombro—. ¡Igual que +entre los hombres!</p> + +<p>—Sí; igual que entre los hombres—contesta el naturalista, y continúa +su relato.</p> + +<p>La cigarra es un elefante comparada con la hormiga, un monstruo +antidiluviano que podría aplastarla desplomándose sobre ella. Pero no +tiene mandíbulas ni es carnicera. Alimentada con néctares florales, su +humor es bondadoso y tolerante, como el de los filósofos que han llegado +á penetrar el secreto de los seres y las cosas. Además, ¡es tan numerosa +la muchedumbre de los enanos egoístas y rapaces!</p> + +<p>Al fin, el gigante, cansado de tantas molestias, abandona el pozo, pero +antes de alejarse levanta una pata con soberano desprecio y lanza un +chorro de orina sobre la masa laboriosa.</p> + +<p>—La venganza de los poetas—interrumpo yo, sonriendo.</p> + +<p>—Sí, la venganza de los poetas. Pero ¿qué importa ese desahogo del +bohemio cantor á la hormiga honrada, económica y amiga del orden? Ya ha +logrado su objeto; ya se ha hecho dueña del trabajo ajeno. Lo malo es +que el pozo se agota en su poder. Como carece de la bomba que atrae á la +dulce savia, sólo puede aprovechar el líquido que existía en el fondo en +el momento de la conquista. Absorbe hasta la última gota, y cuando la +fuente queda seca, marcha en escuadrón á la descubierta de la cigarra, +que ha abierto un segundo manantial, y le roba igualmente el fruto de su +trabajo.</p> + +<p>¡Pobre cigarra! ¡Infeliz artista del mundo de las hojas, calumniada en +el mundo superior de los hombres!... Como no almacena, es una bohemia +indigna de respeto; como se alimenta de miel y canta á todas horas, no +trabaja seriamente; como carece de mandíbulas y abandona el sitio á los +que se deslizan á traición por debajo de su vientre, los usureros +subterráneos, las bestias de patas ganchudas que engordan con los +muertos, tienen derecho á robarle su obra.</p> + +<p>La hormiga, avara y sin entrañas, la explota y la gobierna á pesar de +su pequeñez, lo mismo que en el mundo de la criminalidad vertical, los +hombrea del «cofre-fuerte», de la mano imantada que atrae á los céntimos +y del paño duro que exprime, dominan á las grandes masas.</p> + +<p>Hasta en su muerte se ve explotada la cigarra por el triunfante +parásito. Los restos del Orfeo del ramaje se disuelven en el estómago +del negro burgués subterráneo.</p> + +<p>Después de una vida de cinco ó seis semanas, que le parece larguísima, +la cantora cae de lo alto del árbol, extenuada por tanta música, tanta +poesía, tanta embriaguez ruidosa. El sol seca su cadáver y los +transeúntes lo aplastan con sus pies.</p> + +<p>Las hormigas salen formando batallones de sus obscuros cuarteles, donde +viven sometidas á una disciplina á la prusiana, obedeciendo á su +emperador, como un pueblo laborioso, culto y metódico.</p> + +<p>Van á saquear para enriquecerse; van á invadir otros hormigueros con el +propósito de esclavizar á sus habitantes y que trabajen para los +conquistadores. La razón de Estado guía sus correrías. ¡Por algo la +fábula presenta á estas bestias como modelos de orden y buenas +costumbres!</p> + +<p>En su avance triunfal, la vanguardia del ejército encuentra á la caída +cigarra, y los que vivieron de su trabajo vuelven á vivir de su muerte. +Las patas y mandíbulas despedazan la rica pieza, la disecan, la +tijeretean, la parten en migajas para almacenarla en el depósito de +provisiones.</p> + +<p>Muchas veces el poeta aún está en la agonía y sus alas baten el polvo +con los últimos temblores. No importa. Su cuerpo se ennegrece cubierto +por el tropel de enemigos. Lo despedazan en vida, tiran de sus +miembros, lo descuartizan con un sabio método de caníbales científicos.</p> + +<p>Y esta es, amigo mío, no la fábula, sino la verdadera historia de <i>La +cigarra y la hormiga</i>.</p> + +<p>—¡Lo mismo que entre los hombres!—exclamo yo.</p> + +<p>—Lo mismo que entre los hombres—repite el naturalista.</p> + +<pre> + + + + +End of Project Gutenberg's El préstamo de la difunta, by Vicente Blasco Ibanez + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL PRÉSTAMO DE LA DIFUNTA *** + +***** This file should be named 14308-h.htm or 14308-h.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + https://www.gutenberg.org/1/4/3/0/14308/ + +Produced by Michael Ciesielski, Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team. + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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It exists +because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from +people in all walks of life. + +Volunteers and financial support to provide volunteers with the +assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's +goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will +remain freely available for generations to come. In 2001, the Project +Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure +and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. +To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation +and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 +and the Foundation web page at https://www.pglaf.org. + + +Section 3. 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Anyone seeking to utilize +this eBook outside of the United States should confirm copyright +status under the laws that apply to them. diff --git a/README.md b/README.md new file mode 100644 index 0000000..081951f --- /dev/null +++ b/README.md @@ -0,0 +1,2 @@ +Project Gutenberg (https://www.gutenberg.org) public repository for +eBook #14308 (https://www.gutenberg.org/ebooks/14308) diff --git a/old/14308-8.20041209.txt b/old/14308-8.20041209.txt new file mode 100644 index 0000000..af86243 --- /dev/null +++ b/old/14308-8.20041209.txt @@ -0,0 +1,9479 @@ +Project Gutenberg's El préstamo de la difunta, by Vicente Blasco Ibanez + +This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with +almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.net + + +Title: El préstamo de la difunta + +Author: Vicente Blasco Ibanez + +Release Date: December 9, 2004 [EBook #14308] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL PRÉSTAMO DE LA DIFUNTA *** + + + + +Produced by Michael Ciesielski, Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team. + + + + + + +EL PRÉSTAMO DE LA DIFUNTA + +(NOVELAS) + +VICENTE BLASCO IBAÑEZ + +36.000 EJEMPLARES + +PROMETEO Germanías, 33. VALENCIA (Published in Spain) + +ES PROPIEDAD.--Reservados todos los derechos de reproducción, +traducción y adaptación. + +1921, by V. Blasco Ibáñez. + + + + +INDICE + + +El préstamo de la difunta. +El monstruo. +El rey de las praderas. +Noche servia. +Las plumas del caburé. +Las vírgenes locas. +La vieja del cinema. +El automóvil del general. +Un beso. +La loca de la casa. +La sublevación de Martínez. +El empleado del coche-cama. +Los cuatro hijos de Eva. +La cigarra y la hormiga. + + + + +EL PRÉSTAMO DE LA DIFUNTA + + + + +I + + +Cuando los vecinos del pequeño valle enclavado entre dos estribaciones +de los Andes se enteraron de que Rosalindo Ovejero pensaba bajar á la +ciudad de Salta para asistir á la procesión del célebre Cristo llamado +«el Señor del Milagro», fueron muchos los que le buscaron para hacerle +encomiendas piadosas. + +Años antes, cuando los negocios marchaban bien y era activo el comercio +entre Salta, las salitreras de Chile y el Sur de Bolivia, siempre había +arrieros ricos que por entusiasmo patriótico costeaban el viaje á todos +sus convecinos, bajando en masa del empinado valle para intervenir en +dicha fiesta religiosa. No iban solos. El escuadrón de hombres y mujeres +á caballo escoltaba á una mula brillantemente enjaezada llevando sobre +sus lomos una urna con la imagen del Niño Jesús, patrón del pueblecillo. + +Abandonando por unos días la ermita que le servía de templo, figuraba +entre las imágenes que precedían al Señor del Milagro, esforzándose los +organizadores de la expedición para que venciese por sus ricos adornos á +los patrones de otros pueblos. + +El viaje de ida á la ciudad sólo duraba dos días. Los devotos del valle +ansiaban llegar cuanto antes para hacer triunfar á su pequeño Jesús. En +cambio, el viaje de vuelta duraba hasta tres semanas, pues los devotos +expedicionarios, orgullosos de su éxito, se detenían en todos los +poblados del camino. + +Organizaban bailes durante las horas de gran calor, que á veces se +prolongaban hasta media noche, consumiendo en ellos grandes cantidades +de _mate_ y toda clase de mezcolanzas alcohólicas. Los que poseían el +don de la improvisación poética cantaban, con acompañamiento de +guitarra, _décimas_, _endechas_ y _tristes_, mientras sus camaradas +bailaban la _zamacueca_ chilena, el _triunfo_, la _refalosa_, la +_mediacaña_ y el _gato_, con relaciones intercaladas. + +Algunas veces, este viaje, en el que resultaban más largos los descansos +que las marchas, se veía perturbado por alguna pelea que hacía correr la +sangre; pero nadie se escandalizaba, pues no es verosímil que una gente +que va con armas y ha hecho viajes á través de los Andes pueda vivir en +común durante varias semanas, bailando y bebiendo con mujeres, sin que +los cuchillos se salgan solos de sus fundas. + +Ahora ya no habían arrieros gananciosos que dedicasen unas cuantas +docenas de onzas de oro al viaje del Niño Jesús y de sus devotos. Los +más ricos se habían ido del pueblecillo; sólo quedaban arrieros pobres, +de los que aceptan un viaje á El Paposo en Chile ó á Tarija en Bolivia +por lo que quieren darles los comerciantes de Salta. + +Rosalindo Ovejero era el único que deseaba seguir la tradición, bajando +á la ciudad para acompañar al Señor del Milagro en su solemne paseo por +las calles. + +Desde que anunció su viaje, el rancho de adobes con techumbre sostenida +por grandes piedras, que había heredado de sus padres, empezó á recibir +visitas. Todos acompañaban su encargo con un billete de á peso. + +Las mujeres le narraban, sin perdonar detalle, las grandes enfermedades +de que las había salvado la imagen milagrosa. Sus entrañas dolorosamente +quebrantadas por la maternidad se habían tranquilizado después de varios +emplastos de hierbas de la Cordillera y de la promesa de asistir á la +procesión del Cristo de Salta. Ellas no podían hacer el viaje, como en +otros años; pero Rosalindo iba á representarlas, pues el Señor del +Milagro es bondadoso y admite toda clase de sustituciones. Lo importante +era pagar un cirio para que ardiese en su procesión. + +--Tomá, hijo, y cómpralo de los más grandes--le decían las mujeres al +entregarle el dinero--. Te pido este favor porque fuí muy amiga de tu +pobre mama. + +Después iban llegando los varones: pobres arrieros, curtidos por los +vientos glaciales de la Cordillera que derriban á las mulas. Algunos, +durante las grandes nevadas, habían quedado aislados meses enteros en +una caverna--lo mismo que los náufragos que se refugian en una isla +desierta--, teniendo que esperar la vuelta del buen tiempo, mientras á +su lado morían los compañeros de hambre y de frío. + +--Tomá, Rosalindo, para que me lleves un cirio detrás del Señor. El y yo +sabemos lo mucho que le debo. + +Todos mostraban una fe inmensa en este Cristo que había llegado al país +poco después de los primeros conquistadores españoles, á través de las +soledades del Pacífico, en un cajón flotante, sin vela ni remo, el cual +fué á detenerse en un puerto del Perú. La imagen había escogido á Salta +como punto de residencia, y desde entonces llevaba realizados miles y +miles de milagros. Pero las gentes sencillas de la Cordillera no +aceptaban que esta divinidad omnipotente traída por los blancos pudiese +vivir sola, y su imaginación había creado otras divinidades secundarias. +Respetaban mucho al Cristo de Salta, pero les inspiraba más miedo la +«Viuda del farolito», una bruja que se aparecía de noche con un farol en +una mano á los arrieros perdidos en los caminos. El que la encontraba +debía hacer inmediatamente sus preparativos para irse al otro mundo, +pues seguramente ocurriría su muerte antes de que se cumpliese un año. + +Rosalindo Ovejero contó los encargos antes de salir de su casa. Eran +catorce cirios los que debía llevar en la procesión, y él sólo se creía +capaz de sostener ocho, cuatro en cada mano, metidos entre los dedos. +Luego pensó que siempre encontraría en los despachos de bebidas de Salta +algún «amigazo» de buena voluntad que quisiera encargarse de los +restantes, y emprendió el camino montado en un jaco que por el momento +era toda su fortuna. + +Para representar dignamente á los convecinos pidió prestadas unas +grandes espuelas que, según tradición, habían pertenecido á cierto +gaucho salteño de los que á las órdenes de Güemes combatieron contra los +españoles por la independencia del país. Se puso el menos viejo de sus +ponchos, de color de mostaza, y un sombrero enorme, por debajo de cuyos +bordes se escapaba una melena lacia é intensamente negra, uniéndose á +sus barbas de Nazareno. La silla de montar tenía á ambos lados unas alas +fuertes de correa, llamadas «guardamontes», para librar las piernas del +jinete de los arañazos y golpes de los matorrales. De lejos, estas alas +hacían del pobre jaco una caricatura del caballo de las Musas. + +Los dos orgullos del joven salteño eran su cabalgadura y su nombre. El +nombre lo debía á una mestiza sentimental que había estudiado para +maestra en la ciudad, llevando al pueblecito de los Andes el producto de +sus desordenadas lecturas. Quiso crear una generación con arreglo á sus +ideales poéticos, y á él le puso Rosalindo, á un hermano suyo que había +muerto lo bautizó Idílio, y á una hermana que estaba ahora en Bolivia +aconsejó que la llamasen Zobeida, como la esposa del sultán de _Las mil +y una noches_. + +Rosalindo llegó á Salta el mismo día de la procesión. Era en Septiembre, +cuando empieza la primavera en el hemisferio austral, y las calles +estaban impregnadas del perfume de flores que exhalaban sus viejos +jardines. Volteaban las campanas en las torres de iglesias y conventos, +esbeltas construcciones de gran audacia en un país donde son frecuentes +los temblores del suelo. Un regimiento de artillería de montaña +acantonado en Salta por el gobierno de Buenos Aires iba á dar escolta al +Señor del Milagro. Los frailes de los diversos monasterios circulaban +por las calles, de aspecto colonial, y por la antigua Plaza de Armas, +rodeada de soportales lo mismo que una vieja plaza de España. Sobre +algunas puertas quedaba aún el escudo de piedra, revelador del orgullo +nobiliario de los que construyeron el caserón en la época que aún no +había nacido la República Argentina y el país era gobernado por los +representantes de la monarquía española. + +Se presentó Ovejero puntualmente en la iglesia á la hora de la +procesión. Desfilaron primeramente las diversas imágenes de los pueblos +con su acompañamiento de devotos. Habían venido éstos de muchas leguas +de distancia, bajando las montañas como rosarios de hormigas +multicolores. Los hombres, al abandonar su caballo con alas de cuero y +lazo formando rollo á un lado de la silla, marchaban con una torpeza de +centauro, haciendo resonar á cada paso sus enormes espuelas. Con el +sombrero sostenido por ambas manos y la cabeza inclinada, precedían +humildemente á sus imágenes. Confundidos entre ellos pasaban sus +chicuelos envueltos en ponchos rayados de rojo y negro, y sus mujeres, +gordas y lustrosas mestizas, que parecían vestidas de máscaras á causa +de sus faldas de colores chillones, verde, rosa ó escarlata. + +Las cofradías de la ciudad eran las que escoltaban al Cristo milagroso. +Las señoritas de Salta iban de dos en dos, siguiendo las banderas y +estandartes llevados por unos frailes ascéticos que parecían escapados +de un cuadro de Zurbarán. Todas estas jóvenes aprovechaban la fiesta +para estrenar sus trajes primaverales, blancos, rosa, de suave azul, ó +de color de fresa. Cubrían sus peinados con enormes sombreros de altivas +plumas; en una mano llevaban una vela rizada y sin encender, envuelta en +un pañuelo de encajes, y con la otra se recogían y ceñían al cuerpo la +falda, marcando al andar sus secretas amenidades. + +Esta devoción primaveral no tenía un rostro compungido. Las señoritas +alzaban la cabeza para recibir los saludos de la gente de los balcones, +ó acogían con ligera sonrisa las ojeadas de los jóvenes agrupados en las +esquinas. La emoción religiosa sólo era visible en la muchedumbre +rústica que ocupaba las aceras, gentes de tez cobriza, ademanes humildes +y voces cantoras y dulzonas. Las mujeres iban cubiertas con un largo +manto negro, igual al de las chilenas; los hombres con un poncho +amarillento y ancho sombrero, duro y rígido como si fuese un casco. +Todos se conmovían, hasta llorar, viendo entre las nubes de incienso de +los sacerdotes y las bayonetas de los soldados al Cristo prodigioso +clavado en la cruz, sin más vestido que un hueco faldellín de +terciopelo. + +Detrás de la imagen arcaica desfilaba lo más interesante de la +procesión: el ejército doliente de los que deseaban hacer pública su +gratitud al Señor del Milagro por los favores recibidos. Eran «chinitas» +de juvenil esbeltez y frescura jugosa, con una vela en la diestra y un +manto negro sobre la falda hueca de color vistoso y amplios volantes. +Por debajo de las rizadas enaguas aparecían sus pies desnudos, pues +habían hecho promesa al Cristo de seguirle descalzas durante la +procesión. Pasaban también ancianas apergaminadas y rugosas--como debía +ser la «Viuda del farolito»--, que lanzaban suspiros y lágrimas +contemplando el dorso del milagroso Señor. Y revueltos con las mujeres +desfilaban los gauchos de cabeza trágica, barbudos, melenudos, curtidos +por el sol y las nieves, con el poncho deshilachado y las botas rotas. +Muchas de estas botas parecían bostezar, mostrando por la boca abierta +de sus puntas los dedos de los pies, completamente libres. + +Ni uno solo de estos jinetes de perfil aguileño, andrajosos, fieros y +corteses, dejaba de llevar con orgullo grandes espuelas. Antes morirían +de hambre que abandonar su dignidad de hombres á caballo. + +Todos atendían á las pequeñas llamas que palpitaban sobre sus puños +cerrados, cuidando de que no se apagasen. Algunos llevaban hasta cuatro +velas encendidas entre los dedos de cada mano, cumpliendo así los +encargos de los devotos ausentes. Rosalindo figuraba entre ellos, y un +amigo que iba á su lado era portador de los seis cirios restantes. Los +dos, por ser jóvenes, procuraban marchar entre las devotas de mejor +aspecto. + +Ovejero no había dudado un momento en cumplir fielmente los encargos +recibidos. Con la imagen milagrosa no valían trampas. Únicamente se +permitió comprar los cirios más pequeños que los deseaban sus +convecinos, reservándose la diferencia del precio para lo que vendría +después de la procesión. + +Los entusiastas del Cristo que no habían podido comprar una vela +necesitaban hacer algo en honor de la imagen, y metían un hombro debajo +de sus andas para ayudar á los portadores. Pero eran tantos los que se +aglomeraban para este esfuerzo superfluo y tan desordenados sus +movimientos, que el Señor del Milagro se balanceaba, con peligro de +venirse al suelo, y la policía creía necesario intervenir, ahuyentando á +palos á los devotos excesivos. + +Cuando terminó la procesión, Rosalindo apagó los catorce cirios, +calculando lo que podrían darle por los cabos. Luego, en compañía de su +amigo, se dedicó á correr las diferentes casas «de alegría» existentes +en la ciudad. + +En todas ellas se bailaba la _zamacueca_, llamada en el país la +_chilenita_. Cerca de media noche, sudorosos de tanto bailar y de las +numerosas copas de aguardiente de caña--fabricado en los ingenios de +Tucumán--que llevaban bebidas, entraron en una casa de la misma especie, +donde al son de un arpa bailaban varias mujeres con unos jinetes de +estatura casi gigantesca. Eran gauchos venidos del Chaco conduciendo +rebaños; hombretones de perfil aguileño y maneras nobles, que recordaban +por su aspecto á los jinetes árabes de las leyendas. + +El arpa iba desgranando sus sonidos cristalinos, semejantes á los de una +caja de música, y los gauchos saltaban acompañados por el retintín de +sus espuelas, persiguiendo á las mestizas de bata flotante que +balanceaban cadenciosamente el talle agitando en su diestra el pañuelo, +sin el cual es imposible bailar la _chilenita_. + +Los punteados románticos del arpa tuvieron la virtud de crispar los +nervios de Rosalindo, agriándole la bebida que llevaba en el cuerpo. Su +amigo experimentó una sensación igual de desagrado, y los dos dieron +forma á su malestar, hasta convertirlo en un odio implacable contra los +gauchos del Chaco. ¿Qué venían á hacer en Salta, donde no habían +nacido?... ¿Por qué se atrevían á bailar con las mujeres del país?... + +Los dos sabían bien que estas mujeres bailaban con todo el mundo, y que +las más de ellas no eran de la tierra. Pero su acometividad necesitaba +un pretexto, fuese el que fuese, y al poco rato, sin darse cuenta de +cómo empezó la cuestión, se vieron con el cuchillo en la mano frente á +los gauchos del Chaco, que también habían desnudado su facones. + +Hubo un herido; chillaron las mujeres; el hombre del arpa salió +corriendo llevando á cuestas su instrumento, que gimió de dolor al +chocar con las rejas salientes de la calle; acudieron los vecinos, y +llegaron al fin los policías, que rondaban esta noche más que en el +resto del año, conociendo por experiencia los efectos de la aglomeración +en la fiesta del Señor del Milagro. + +Rosalindo se vió con su amigo en las afueras de la ciudad, al perder la +excitación en que le habían puesto su cólera y la bebida. + +--Creo que lo has matado, hermano--dijo el compañero. + +Y como era hombre de experiencia en estos asuntos, le aconsejó que se +marchase á Chile si no quería pasar varios años alojado gratuitamente en +la penitenciaría de Salta. + +Todas las mujeres de la «casa alegre», así como los gauchos, habían +visto perfectamente cómo daba Rosalindo la cuchillada al herido. +Además, su arma había quedado abandonada en el lugar de la pelea. + +El camino para huir no era fácil. Tendría que atravesar la Quebrada del +Diablo, siguiendo después un sendero abrupto á través de los Andes, +hasta llegar al puerto del Pacífico llamado El Paposo. Muchos chilenos, +huyendo de la justicia de su país, hacían este viaje, y bien podía él +imitarlos por idéntico motivo, siguiendo la misma travesía, pero en +sentido inverso. + +Rosalindo intentó ir á la mísera posada donde había dejado su caballo, +pero cuando estaba cerca de ella tuvo que retroceder, avisado por el +fiel camarada. La policía, más lista que ellos, estaba ya registrando +los objetos de la pertenencia de Ovejero, entreteniendo así su espera +hasta que se presentase el culpable. + +--Hay que huir, hermano--volvió á aconsejar el amigo. + +Juzgaba peligrosa, después de esto, la ruta más corta que conduce á la +provincia de Copiapó en la vecina República de Chile. Era camino muy +frecuentado por los arrieros, y la policía podía darle alcance. Ya que +no tenía montura, lo acertado era tomar el camino más duro y abundante +en peligros, pero que sólo frecuentan los de á pie. Como su ausencia iba +á ser larga y le era preciso ganarse el pan, resultaba preferible esta +ruta, pues al término de ella encontraría las famosas salitreras +chilenas, donde siempre hay falta de hombres para el trabajo, y á veces +se pagan jornales inauditos. + +Rosalindo conocía de fama este camino, llamado del Despoblado. Detrás +del tal Despoblado se encontraba algo peor: la terrible Puna de Atacama, +un desierto de inmensa desolación, donde morían los hombres y las +bestias, unas veces de sed, otras de frío, y en algunas ocasiones caían +abrumadas por el viento. + +Ovejero se guardó las espuelas en el cinto, renunciando á su dignidad +de jinete para convertirse en peatón. + +--Si tienes suerte--continuó el camarada--, tal vez en veinte días ó en +un mes llegues al puerto de Cobija ó á las salitreras de Antofagasta. +Hay arrieros que han hecho el camino en ese tiempo. + +Y con la ternura que inspira el amigo en pleno infortunio, le dió su +cuchillo y toda la pequeña moneda que pudo encontrar en los diferentes +escondrijos de su traje. + +--Tomá, hermano; lo mismo harías tú por mi si yo me hubiese +«desgraciado». ¡Que el Señor del Milagro te acompañe! + +Y Rosalindo Ovejero volvió la espalda á la ciudad de Salta, tomando el +camino del Despoblado. + + + + +II + + +Lo conocía sin haber pasado nunca por él, como conocía todos los caminos +y senderos de los Andes, donde hombres y cuadrúpedos son menos que +hormigas, trepando lentamente por las arrugas y las aristas de unas +montañas tan altas que impiden ver el cielo. + +Su padre se había dedicado al arrieraje, y todos sus antecesores +vivieron del ejercicio de la misma profesión. Llevaban productos del +país á los puertos del Pacífico, para traer en sus viajes de vuelta +objetos de procedencia europea, pues Buenos Aires y los demás puertos +argentinos están muy lejos. En su casa, Rosalindo sólo había oído +hablar de peligrosos viajes á través de los Andes y de la altiplanicie +desolada de Atacama. + +Después, en su adolescencia, fué de ayudante con algunos arrieros, +cuidando las mulas en los malos pasos para que no se despeñasen. En +estos viajes por las interminables soledades no temía á los hombres ni á +las bestias. Para el vagabundo predispuesto á convertirse en salteador, +tenía su cuchillo, y también para el puma, león de las altiplanicies +desiertas, no más grande que un mastín, pero que el hambre mantiene en +perpetua ferocidad, impulsándole á atacar al viajero. Lo único que le +infundía cierto pavor en esta naturaleza grandiosa y muda, á través de +la cual habían pasado y repasado sus ascendientes, eran los poderes +misteriosos y confusos que parecían moverse en la soledad. + +Ovejero tenía un alma religiosa á su modo y propensa á las +supersticiones. + +Creía en el Cristo de Salta, pero al lado de él seguía venerando á las +antiguas divinidades indígenas, como todos los montañeses del país. El +Señor del Milagro disponía indudablemente del poder que tienen los +hombres blancos, dominadores del mundo, pero no por esto la Pacha-Mama +dejaba de ser la reina de la Cordillera y de los valles inmediatos, como +muchos siglos antes de la llegada de los españoles. + +La Pacha-Mama es una diosa benéfica que está en todas partes y lo sabe +todo, resultando inútil querer ocultarle palabras ni pensamientos. +Representa la madre tierra, y todo arriero que no es un desalmado, cada +vez que bebe, deja caer algunas gotas, para que la buena señora no sufra +sed. También cuando los hombres bien nacidos se entregan al placer de +mascar coca, empiezan siempre por abrir con el pie un agujero en el +suelo y entierran algunas hojas. La Pacha-Mama debe comer, para que el +hambre no la irrite, mostrándose vengativa con sus hijos. + +Rosalindo sabía que la diosa no vive sola. Tiene un marido que es +poderoso, pero con menos autoridad que ella: un dios semejante á los +reyes consortes en los países donde la mujer puede heredar la corona. +Este espíritu omnipotente se llama el Tata-Coquena, y es poseedor de +todas las riquezas ocultas en las entrañas del globo. + +Muchos naturales del país se habían encontrado con los dos dioses cuando +llevaban sus arrias por los desfiladeros de los Andes; pero siempre +ocurría tal encuentro en días de tempestad, como si los dioses sólo +pudieran dejarse ver á la luz de los relámpagos y acompañados por los +truenos que ruedan con un estallido interminable de montaña en montaña y +de valle en valle. + +La Pacha-Mama y el Tata-Coquena eran arrieros. ¿Qué otra cosa podían +ser, poseyendo tantas riquezas?... Los que les veían no alcanzaban á +contar todas las recuas de llamas, enormes como elefantes, que marchaban +detrás de ellos. Las «petacas» ó maletas de que iban cargadas estas +bestias gigantescas estaban repletas de coca, precioso cargamento que +emocionaba más á los arrieros de la Cordillera que si fuese oro. + +Los del país no conocían riqueza que pudiera compararse con estas hojas +secas y refrescantes, de las que se extrae la cocaína y que suprimen el +hambre y la sed. + +El padre de Rosalindo se había encontrado algunas veces con la +Pacha-Mama en tardes de tempestad, describiendo á su hijo cómo eran la +diosa y su consorte, así como el lucido y majestuoso aspecto de sus +recuas. Pero siempre le ocurría este encuentro después de un largo alto +en el camino, en unión de otros arrieros, que había sido celebrado con +fraternales libaciones. + +Al emprender su marcha por el Despoblado, pensó Rosalindo al mismo +tiempo en el Cristo de Salta y en la Pacha-Mama. Las dos sangres que +existían en él le daban cierto derecho á solicitar el amparo de ambas +divinidades. Entre sus antecesores había un tendero español de Salta, y +el resto de la familia guardaba los rasgos étnicos de los primitivos +indios calchaquies. Si le abandonaba uno de los dioses, el otro, por +rivalidad, le protegería. + +Después de esto se lanzó valerosamente á través del Despoblado. + +Los más horrendos paisajes de la Cordillera conocidos por él resultaban +lugares deliciosos comparados con esta altiplanicie. La tierra sólo +ofrecía una vegetación raquítica y espinosa al abrigo de las piedras. A +veces encontraba montones de escorias metálicas y ruinas de pueblecitos +y capillas, sin que ningún ser humano habitase en su proximidad. Eran +los restos de establecimientos mineros creados por los conquistadores +españoles cuando se extendieron por estos yermos en busca de metales +preciosos. Los indios calchaquies se habían sublevado en otro tiempo, +matando á los mineros, destruyendo sus pueblos y cegando los filones +auríferos, de tal modo, que era imposible volver á encontrarlos. + +El paisaje se hacía cada vez más desolado y aterrador. Sobre esta +altiplanicie, donde caía la nieve en ciertos meses, sepultando á los +viajeros, no había ahora el menor rastro de humedad. Todo era seco, +árido y hostil. Las riquezas minerales daban á las montañas colores +inauditos. Había cumbres verdes, pero de un verde metálico; otras eran +rojas ó anaranjadas. + +En ciertas oquedades existía una capa blanca y profunda, semejante al +sedimento de un lago cuyas aguas acabasen de solidificarse. Estos lagos +secos eran de borato. Caminó después días enteros sin encontrar ninguna +vegetación. Únicamente en las quebradas secas crecían ciertos cactos del +tamaño de un hombre, rectos como columnas espinosas. Estos cactos, +vistos de lejos, daban la impresión de filas de soldados que descendían +por las laderas en orden abierto. + +Rosalindo, en las primeras jornadas, encontró las chozas de algunos +solitarios del Despoblado. Eran pastores de cabras--el rebaño del +pobre--que realizaban el milagro de poder subsistir, ellos y sus +animales, sobre una tierra estéril. Más adelante ya no encontró ninguna +vivienda humana. La soledad absoluta, el silencio de las tierras +muertas, la profundidad misteriosa de la carencia de toda vida, se +abrieron ante sus pasos para cerrarse inmediatamente, absorbiéndolo. + +Para darse nuevos ánimos recordaba lo que había oído algunas veces sobre +los primeros hombres blancos que atravesaron este desierto. Eran +españoles con arcabuces y caballos, guerreros de pesadas armaduras que +no sabían adonde les llevaban sus pasos é ignoraban igualmente si la +horrible Puna de Atacama tendría fin. Su jefe se llamaba Almagro y había +abandonado á Pizarro en el Perú para atravesar esta soledad aterradora, +descubriendo al otro lado del desierto la tierra que luego se llamó +Chile. + +«¡Qué hombres, pucha!», pensaba Rosalindo. + +Y se consideraba con mayores fuerzas para continuar el viaje. Él á lo +menos sabía con certeza adonde se dirigía, y encontraba todos los +detalles topográficos del terreno de acuerdo con los informes que le +había proporcionado su camarada y los solitarios establecidos en los +linderos del desierto. + +Ninguno de éstos, al darle hospitalidad en su vivienda, le hizo +preguntas indiscretas. Adivinaban que huía por haberse «desgraciado», y +como este infortunio le puede ocurrir á todo hombre que usa cuchillo, se +limitaron á darle explicaciones sobre el rumbo que debía seguir, +añadiendo algunos pedazos de carne de cabra seca, para que no muriese de +hambre en su audaz travesía. + +Cuando hubo consumido todas sus vituallas, no por esto perdió el ánimo. +Mientras conservase una bolsa que llevaba pendiente de su cinturón, no +temía al hambre ni á la sed. En ella llevaba su provisión de coca, +alimento maravilloso para los indígenas, porque da la insensibilidad de +la parálisis y suspende el tormento de las necesidades, esparciendo á la +vez por todo el organismo un alegre vigor. Gracias á este +anestésico--considerado en el país como un manjar de origen +divino--podría vivir días y días, sin que el hambre ni la sed +dificultasen su viaje. + +Buscaba al cerrar la noche el abrigo natural de las piedras ó de los +muros en ruinas que revelaban el emplazamiento de algún establecimiento +minero arrasado dos siglos antes. Sólo reanudaba su marcha con la luz +del sol, para ir guiándose por las señales que le habían indicado, +evitando el perderse en esta tierra monótona, sin árboles, sin casas, +sin ríos, que le pudiesen servir de punto de orientación. + +Lo que más le preocupaba era la posibilidad de que se levantase de +pronto uno de los terribles vientos glaciales que barren la Puna. +Mientras la atmósfera se mantuviese tranquila no se consideraba en +peligro de muerte. El frío huracán, en esta altiplanicie donde es +imposible encontrar refugio, resultaba tan temible como la nieve que +sepulta. + +La rarefacción de la atmósfera representaba igualmente una fatiga mortal +para los que cruzaban por primera vez las altiplanicies andinas. Pero +Ovejero, habituado á respirar en las grandes alturas, estaba libre del +llamado «mal de la Puna». Tenía el corazón sólido de los montañeses y su +pecho dilatado le permitía respirar sin angustia en unas tierras +situadas á más de tres mil metros sobre el Océano. + +Una mañana adivinó que había llegado al punto más culminante y difícil +de su camino. Dos ó tres jornadas más allá empezaría su descenso hacia +el Pacífico. + +«Debo estar cerca de la difunta Correa», pensó. + +Conocía de fama á la «difunta Correa», como todos los hijos de la tierra +de Salta. + +Era una pobre mujer que se había lanzado á través del desierto á pie y +con una criatura en los brazos. Su deseo era llegar á Chile en busca de +un hombre: tal vez su marido, tal vez un amante que la había abandonado. +Los vientos glaciales de la Puna la envolvieron en lo más alto de la +planicie, y ella y su criatura, refugiadas en una oquedad del suelo, +murieron de frío y de hambre. Meses después la descubrieron otros +viandantes en el mismo estado que si acabase de morir, pues los +cadáveres se mantienen en las secas alturas de la Puna en una +conservación absoluta que parece desafiar á la muerte. + +La piedad de los vagabundos andinos abrió una fosa en el suelo estéril +para enterrar á esta mujer, apellidada Correa, y á su niño, colocando +sobre los cadáveres un montón de piedras como rústico monumento. + +Se extendió por todo el país la fama de la «difunta Correa». Eran muchos +los que habían muerto en los senderos de la altiplanicie llamados +«travesías», pero ninguno de los vagabundos fallecidos podía inspirar el +mismo interés novelesco que esta mujer. + +La tumba de la difunta Correa fué en adelante el lugar de orientación +para los que pasaban de Salta á Chile. Todo viandante se consideró +obligado á rezar una oración por la difunta y á dejar una limosna encima +de su sepulcro. Uno de los solitarios del Despoblado se instituyó á sí +mismo administrador póstumo de la difunta, y cada seis meses ó cada año +hacía el viaje hasta la tumba para incautarse de las limosnas, +dedicándolas al pago de misas. + +Este asunto era llevado con una probidad supersticiosa. El dinero de las +limosnas permanecía meses y meses sobre la tumba, sin que los +viajeros--en su mayor parte hombres de tremenda historia--osasen tocar +la más pequeña parte del depósito sagrado. Muy al contrario, todos +procuraban dar aunque sólo fuesen unos centavos, por creer que una +limosna á la difunta Correa era el medio más seguro de terminar el viaje +felizmente. + +Rosalindo encontró al fin la tumba. Era un montón de piedras adosado á +otras piedras que parecían la base de un muro desaparecido. Dos maderos +negros y resquebrajados por el viento formaban una cruz, y al pie de +ella había una vasija de hojalata, un antiguo bote de carne en conserva +venido de Chicago á la América austral para acabar sirviendo de cepillo +de limosnas sobre la sepultura de una mujer. + +Ovejero examinó su interior. Una piedra gruesa depositada en el fondo +del bote servía para mantenerlo fijo sobre la tumba y que no lo +arrebatase el viento. Al levantar la piedra, su mirada encontró el +dinero de las limosnas: unos cuantos billetes de á peso y varias piezas +de níquel. Tal vez había transcurrido un año sin que el administrador de +la muerta viniese á recoger las limosnas. + +El gaucho conocía su deber, y se apresuró á cumplirlo. Con el sombrero +en la mano, rezó todas las oraciones que guardaba en su memoria desde la +niñez. «¡Pobre difunta Correa!...» Luego buscó en su cinto, á través de +diversos objetos, el pañuelo anudado en cuyo interior guardaba toda su +moneda. + +Sacó á luz lo que poseía. Únicamente le quedaban tres pesos con algunos +centavos. Durante los primeros días del viaje había tenido que pagar en +algunos altos del camino, pues los habitantes de las chozas no eran +simples pastores, como los del desierto, y se ayudaban para vivir dando +posada á los arrieros. Le quedaba muy poco para hacer una limosna +espléndida. + +Pensó también con inquietud en lo que le esperaba al otro lado del +desierto, cuando ya no estuviera solo y al encontrarse entre los +primeros hombres renacieran otra vez las exigencias y los gastos de la +vida social. Necesitaba dinero para continuar su viaje por tierra +civilizada, para subsistir antes de que encontrase trabajo, y la +cantidad que poseía no era suficiente. + +Empezaba á olvidarse, abismado en estos cálculos, de la difunta y de +todo lo que le rodeaba, cuando un personaje inesperado le hizo volver á +la realidad con su inquietante aparición. + +No estaba solo en el desierto. Vió al otro lado de la fila de piedras en +forma de muro un perro enorme que gruñía, con la piel dorada cubierta de +manchas de rojo obscuro. Vió también, al hacer un movimiento este +animal, que tenía cabeza de gato, con bigotes hirsutos y unos ojos +verdes que esparcían reflejos dorados. + +Rosalindo conocía á esta bestia y no le inspiraba miedo. Era un puma que +parecía dudar entre la audacia y el temor, entre la acometividad y la +fuga. El hombre lo espantó con un alarido feroz, enviándole al mismo +tiempo un peñascazo que le alcanzó en una pata. La fiera huyó en el +primer momento, pero se detuvo á corta distancia. Aquel terreno lo +consideraba como suyo. Sin duda permanecía junto á la tumba todo el año, +por ser este el lugar más frecuentado en la soledad del desierto, +resultándole fácil el nutrirse con los despojos de las caravanas ó el +sorprender á un hombre ó á una bestia de carga en momentos de descuido. + +Al quedar lejos no quiso Rosalindo hostilizarle por segunda vez. Veía en +él á un guardián de la tumba. Hasta pensó supersticiosamente si este +felino de la altiplanicie, mezcla de león y de tigre, tendría algo del +alma de la difunta, pues en los cuentos del país había oído hablar +muchas veces de espíritus de personas que continúan su existencia dentro +de cuerpos de animales. + +Dejó de ocuparse del puma para seguir mirando el bote de las limosnas. +Una idea digna de ser tenida en cuenta acababa de surgir en su +pensamiento en el mismo instante que le distrajo la presencia de la +fiera. + +Él estaba vivo y tenía poco dinero; en cambio la difunta Correa estaba +muerta hacía años y no necesitaba comer ni le era forzoso ir á Chile +como él. Aquellas limosnas iban á quedar meses y meses debajo del +pedrusco, hasta que se le ocurriese venir al encargado de recogerlas. +¿No podían hacer un negocio honrado la difunta y él?... + +Rosalindo no quiso aceptar ni por un instante la idea de apoderarse de +este dinero. Por ser de una muerta tenía un carácter sagrado, y además +representaba cierta cantidad de misas para la salvación eterna de la +madre y su criatura. Pero era posible una operación de crédito entre los +dos, que no resultaba completamente nueva. + +Sabía por los arrieros y peatones de los Andes para lo que servían +muchas veces estas tumbas con su depósito de limosnas. Como abundan las +sepulturas en las diversas travesías de la Cordillera, los viandantes +faltos de recursos se llevan con toda reverencia el dinero dedicado á +los difuntos, pero dejando á éstos un recibo con la promesa solemne de +devolverles una cantidad mayor. + +Ovejero pensó que él podía hacer lo mismo. La difunta Correa era una +buena mujer y aceptaría seguramente desde el fondo de su tumba de +piedras este préstamo. Él, por su parte, siempre había sido fiel á su +palabra y además empeñaba su firma. Lo que se llevase lo devolvería +quintuplicado, y la difunta iba á ganar como réditos de la operación un +gran número de misas. + +Con la tranquilidad que comunica la pureza de la intención, fué +recogiendo toda la moneda depositada en el fondo del bote. La contó: +ocho pesos y cuarenta centavos. Luego buscó en su cinto un lápiz corto y +romo, arrancando también un pedazo de papel de un diario viejo de Salta. + +La redacción del documento fué empresa larga y difícil. En su niñez +había figurado entre los mejores alumnos de la escuela de su +pueblecillo, pero siempre consideró la ortografía como el más +horripilante de los tormentos de la juventud, á causa de la diferencia +entre letras mayúsculas y minúsculas. + +En el borde blanco del periódico declaró que tomaba á préstamo de la +difunta Correa la expresada cantidad, comprometiéndose á devolvérsela +sobre la misma tumba en el plazo de un año; y para hacer más solemne su +compromiso, metió en cada palabra dos ó tres mayúsculas. Después puso su +firma: _Rosalindo Ovejero_, con las letras todo lo más grandes que le +permitió la escasez del papel. + +Cuando se hubo guardado el dinero en el cinto, depositó su recibo en el +fondo del bote, colocando la piedra exactamente sobre él, para que en +ningún caso pudiera llevárselo el viento. + +Nada le quedaba que hacer allí. Ahora que se veía con más dinero para +afrontar la existencia entre los hombres civilizados, deseaba salir +cuanto antes del desierto. + +El puma se había ido aproximando con un gruñido hipócrita, como si +esperase verle de espaldas para caer sobre él. Rosalindo se inclinó, +enviándole otro peñascazo que le hizo huir por segunda vez de aquella +tumba que consideraba como su guarida. + +Continuó el gaucho su marcha. Al día siguiente vió unos guanacos +salvajes que corrían por el límite del horizonte. La vida vegetal y +animal empezaba á reaparecer en el desierto. En los días siguientes los +guanacos salieron á su encuentro formando manadas y los matorrales +fueron más espesos y altos. La atmósfera resultaba más respirable; el +terreno iba en descenso. + +A la semana siguiente el fugitivo de Salta encontró hombres y durmió en +viviendas que formaban míseros pueblos. + +Siguió bajando, y al fin encontró el camino que se remonta á Bolivia y +que en dirección opuesta iba á conducirle á la costa del Pacífico. + + + + +III + + +Pasó cerca de un año trabajando en las explotaciones salitreras +establecidas por los chilenos en la costa del Pacífico. Vivió unas veces +cerca de Antofagasta, otras en Iquique y hasta en Arica, junto á la +frontera del Perú. + +El trabajo no era extremadamente duro y se ganaban buenos jornales. +Europa necesitaba abono para sus campos, y especialmente en Alemania los +arenales del Brandeburgo se negaban á dar patatas y remolachas si no +recibían antes la nutrición del ázoe solidificado en las llanuras +chilenas. + +Todos los pueblos vivían entonces en paz, y era preciso aumentar la +producción del suelo para que una humanidad exuberante en demasía no se +quedase sin comer. Llegaban vapores y veleros á los puertos del Pacífico +cargados de carbón, y partían semanas después llevando sus bodegas +repletas de salitre. Miles y miles de hombres trabajaban en el arranque +de esta tierra blanca contenedora de un excitante fertilizador. Los +brazos eran pagados con generosidad y el dinero corría abundantemente. + +Rosalindo celebró como una protección de la suerte el haber huído de su +país natal, librándose para siempre de su pobre y ruda profesión de +arriero. En pocas semanas ganó lo que al otro lado de los Andes le +hubiese costado un año de trabajo. Además, su existencia era mucho más +fácil y dulce en esta tierra de emigración. + +Hombres de diversos países trabajaban en las salitreras, y casi todos +ellos vivían sin familia, pudiendo gastar alegremente sus considerables +jornales. De aquí que, en días de fiesta, los obreros de gustos +alcohólicos se entregasen á las más desordenadas fantasías en los cafés +y los despachos de licores. No sabían cómo acabar su dinero en esta +tierra de vida improvisada y escasas diversiones. Algunos disparaban sus +revólveres escogiendo como blanco las botellas alineadas en la +anaquelería detrás del mostrador. Era un lujo destrozar á tiros las +botellas de champaña traídas de Europa, pagándolas luego á unos precios +que hubiesen escandalizado á muchos ricos. Otros, para beber un simple +vaso de vino, hacían abrir la espita de un tonel, dejando que chorrease +en su vaso durante mucho tiempo lo mismo que una fuente, perdiéndose +enormes cantidades de líquido. Luego pagaban con orgullo, delante de +todos, para que se enterasen de su vanidad. + +Con estas fantasías y otras menos confesables engañaban su tedio en este +país abundante en dinero pero de aspecto entristecedor. La riqueza +estaba en la profunda capa de salitre que cubría el suelo; pero esta +tierra blanca que servía para fertilizar los campos de Europa no +toleraba aquí ninguna vegetación. Una esterilidad valiosa pero triste +rodeaba las nuevas poblaciones. El mayor lujo de los ricos era tener en +sus casas unas cuantas macetas de flores. El agua para su riego había +costado tan cara como los vinos más célebres. + +Las interminables recuas de mulas, al acarrear del interior á los +puertos las cargas de salitre, parecían acordarse melancólicamente de +los campos donde habían nacido, con árboles, hierbas y arroyos. En las +casas inmediatas á los caminos de esta tierra estéril, los dueños +evitaban pintar sus cercas de verde, pues los pobres animales, engañados +por el color, empezaban á roer los barrotes de madera, tomándolos por +vegetales surgidos del suelo. + +Rosalindo acabó por adquirir el mismo aspecto de los obreros del país. +Ya no quedaba nada en él del gaucho salteño. Se había cortado las +melenas y transformado su traje. Además, siguió con atención, en los +diversos lugares de su trabajo, las predicaciones de algunos obreros +procedentes de Europa que hablaban contra las compañías salitreras, +incitando á los compañeros á la revuelta. Pero una huelga seguida de +incendios y saqueos fué sofocada inmediatamente por los soldados +chilenos con abundante empleo de ametralladoras, lo que devolvió la +prudencia á Rosalindo y á la mayoría de sus camaradas. + +Cuando llevaba ocho meses trabajando, experimentó una gran alegría al +encontrarse con un hombre de su país que deseaba regresar á Salta. + +La vida de este hombre en las salitreras había sido menos agradable y +fructuosa que la de Ovejero. Trabajó y ganó buenos jornales en los +primeros meses; pero era jugador, y todas sus ganancias se quedaron en +las llamadas casas «de remolienda». Al final, sus deudas y sus continuas +peleas le obligaban á abandonar el país. + +Rosalindo, por ser un compatriota, atendió todas sus peticiones de +dinero. Él no era jugador. Su vicio dominante había sido siempre la +bebida, y aquí que ganaba mucho podía satisfacerlo con largueza, lo +mismo que un caballero. + +Al saber que su compatriota iba á volver á Salta por la Puna de Atacama, +el gaucho, que era hombre de honor, incapaz de olvidar sus compromisos, +pensó en la antigua deuda, que le preocupaba con frecuencia y hasta +algunas noches le había quitado el sueño. + +Mientras obsequiaba á su compatriota en un café de Antofagasta, le fué +explicando su asunto. + +--Tú pasarás por donde la difunta Correa, ¿no es eso, hermano?... Pues +bien; cuando llegues á su sepultura, le dejas bajo la piedra estos +treinta pesos. Ella me dió ocho y unos centavos, pero hay que ser +rumboso con los que nos favorecen, y además la pobre tal vez está +necesitada de misas. + +Pidió también á su camarada que retirase el recibo escrito en un pedazo +de periódico que había dejado en la tumba ó que fuese en busca del +encargado de recoger las limosnas para pedirle el tal documento. Los +asuntos de dinero deben llevarse con limpieza, sobre todo si hay +muertos de por medio. Cuando el camarada tuviese el recibo en su poder, +debía enviárselo por correo para su tranquilidad.... Y le entregó unos +cuantos pesos más por la molestia que le pudiese ocasionar el encargo. + +Transcurrieron varios meses. Rosalindo trabajaba todos los días como un +obrero de buenas costumbres. A pesar de que había sido hombre de pelea, +evitaba las cuestiones en este mundo compuesto de gentes bravas y de +todas procedencias, que para ir á ganarse el jornal llevaban siempre el +cuchillo y el revólver. Él deseaba únicamente que le dejasen embriagarse +en paz. De día trabajaba en la salitrera y de noche se emborrachaba en +algún cafetín predilecto, hasta que ganaba su alojamiento tambaleándose, +ó lo llevaba hasta él un compañero casi á rastras. + +De pronto se sintió enfermo. El médico, un joven recién llegado de +Santiago, atribuyó su dolencia á los excesos alcohólicos; pero él creía +saber mejor que este chileno presuntuoso cuál era la verdadera causa de +su enfermedad. + +Dormía mal y su sueño estaba cortado por terribles visiones. Esta vida +de alucinación dolorosa había empezado para él cierta noche en que se +dirigía á su casa completamente ebrio. + +Una mujer le salió al paso: una mujer enjuta de carnes, con la tez algo +cobriza y unos ojos grandes, negros, ardientes. Iba envuelta en un manto +obscuro que había perdido su primer tinte y era del color llamado "ala +de mosca". Agarrado á una de sus manos marchaba un niño cuya cabeza +apenas le llegaba á las rodillas. + +Rosalindo no conocía á la difunta Correa ni jamás encontró á alguien que +pudiera describírsela. Pero al ver a esta mujer por primera vez, quedó +convencido de su identidad. Era la difunta Correa; no podía ser otra, +¡Aquellos ojos!... ¡Aquel niño que la acompañaba!... + +Se quitó el sombrero con la misma expresión reverente que cuando había +rezado ante su tumba. + +--¿En qué puedo servirla, señora?--dijo--. ¿Qué desea de mí?... + +La mujer permaneció muda, y sus ojos redondos, de un ardor obscuro, le +miraron fijamente. Al entrar en su casucha cerró la puerta, y la +difunta, siempre con su niño de la mano, se filtró á través de las +maderas. + +Dormía Rosalindo en una pieza grande con siete compañeros más, pero +aquella hembra dolorosa, como venía del otro mundo y todos los seres de +allá dan poca importancia á las preocupaciones morales de la tierra, se +metió entre tantos hombres, sin vacilación, permaneciendo erguida junto +á la cama de Ovejero. + +Cada vez que éste abría los ojos la encontraba frente á él, inmóvil, +rígida, mirándole con sus pupilas ardientes y fijas, no alteradas por el +más leve parpadeo. + +A la mañana siguiente, el gaucho creyó haber atinado con la explicación +de este encuentro. La pobre difunta había venido indudablemente á darle +las gracias por los enormes réditos con que había acompañado la +devolución del préstamo. Si permanecía muda y con aquellos ojos que +infundían espanto, era porque las almas en pena no pueden mirar de +distinto modo. + +Afirmado en esta creencia, no experimentó sorpresa alguna cuando, en la +noche siguiente, al regresar ebrio de su cafetín, tropezó con la +enlutada y su niño cerca de la casa. + +Por segunda vez se quitó el sombrero, gangueando sus palabras con una +amabilidad de borracho. + +--No tiene usted nada que agradecerme, señora. La palabra es palabra, y +lo que siento es no haber podido enviarle más para que la digan misas. +El año que viene, cuando algún amigo mío vaya para allá, tal vez le haga +otra remesa. + +Pero la mujer parecía no oírle y continuó fijando en él sus ojos +inmóviles, mientras la cara del niño--una cara de muerto--se agitaba con +el temblor de un llanto sin lágrimas y sin ruido.... Y la difunta le +acompañó otra vez hasta su cama, manteniéndose inmóvil junto á ella, y +desapareciendo únicamente con las primeras luces del amanecer. + +Este encuentro se fué repitiendo varias noches. Rosalindo bebía cada vez +más, viendo en el alcohol un medio seguro de sumirse en el sueño y +evitar tales visiones; pero contra su opinión, las visitas de la difunta +se hacían más largas así como él aumentaba su embriaguez. Algunas veces, +hasta en pleno sol, cuando trabajaba en el arranque de las rocas de +salitre, la difunta surgía frente á él durante sus minutos de descanso. +En vano le dirigía preguntas. La enlutada era muda y únicamente sabía +mirarle con sus pupilas redondas y severas, mientras el niño continuaba +su eterno llanto sin humedad y sin eco. + +«Hay en este asunto algo que no comprendo--pensaba Rosalindo--. ¿No le +habrá entregado aquel amigazo el dinero que le di?» + +Se dedicó á averiguar el paradero de su compatriota. Pensó por un +momento si se habría quedado con los pesos que le entregó para la +muerta; pero inmediatamente repelió tal sospecha. Su camarada, aunque +algo bandido y de perversas costumbres, era muy temeroso de Dios é +incapaz de ponerse en mala situación con las ánimas del Purgatorio, á +las que tenía gran respeto y no menos miedo. + +Al fin, un vagabundo que iba de boliche en boliche por las diversas +salitreras para robar con sus malas artes de jugador el dinero de los +trabajadores, le dió noticias sobre el desaparecido, después de repasar +los recuerdos de su propia vida complicada y aventurera. A su amigo lo +habían matado meses antes en un despacho de bebidas cerca de la +Cordillera, cuando se dirigía desde Cobija á tomar el camino de la Puna. +La cuchillada mortal había sido por cuestiones de juego. + +El gaucho, que no quería dudar de que la difunta hubiese recibido su +préstamo con todos los intereses, quedó aterrado al recibir esta +noticia. Empezó á calcular los meses transcurridos desde que dejó su +recibo en la tumba del desierto. Hizo un gesto de satisfacción, como si +acabase de resolver un problema difícil, al convencerse de que iba +transcurrido más de un año, plazo que él mismo fijó en su papel. La +difunta tenía derecho á reclamar. Ahora comprendía sus ojos severos +fijos en él y la expresión dolorosa de aquella carita de muerto, que +lloraba y lloraba con el tormento de un hambre del otro mundo, por +faltarle el sustento de las misas.... ¡Y él, que despilfarraba sus +jornales en bebidas y otros vicios menos confesables, estaba retardando +la salvación de estos dos seres infelices al no devolverles un dinero +que necesitaban para la salud de su alma!... + +Deseó que llegase pronto la noche y se le apareciese la difunta para +darle sus explicaciones de deudor honrado. Pero por lo mismo que su +deseo era vehemente, no pudo encontrarla en las cercanías de su casucha +por más vueltas que dió en torno de ella, y eso que en la presente +noche, para evitar palabras confusas y tergiversaciones en el negocio, +había bebido muy poco. Fué cerca de la madrugada cuando Ovejero, que +había conseguido dormirse, la vió al abrir sus ojos. + +--Señora, la falta no es mía; es de un amigo que se ha dejado matar, +perdiendo mi dinero. Pero yo pagaré. Voy á buscar alguien que se +encargue de devolver el préstamo, aunque tenga que costearle los gastos +de viaje. Además aumentaré los intereses.... + +No pudo seguir hablando. La difunta desapareció con su niño, como si la +hubiesen tranquilizado estas promesas. Huía tal vez igualmente de los +gritos y blasfemias de los otros obreros, que habían sido despertados +por Rosalindo al hablar en voz alta. Estaban irritados contra el salteño +porque todas las noches mostraba predilección en su borrachera por +conversar con una mujer invisible. Y esta noche, en vez de hablar +buenamente, había dado gritos. Todos ellos empezaron á tener por loco á +su camarada. + +En mucho tiempo no volvió Ovejero á encontrarse con su acreedora. Esta +ausencia le parecía natural. Las almas del otro mundo no necesitan +esforzarse para conocer lo que hacen los vivos, y ella sabía que su +deudor se ocupaba en devolverle el préstamo. + +Trabajó horas extraordinarias, bebió menos, fué reuniendo economías, +pues deseaba hacerse perdonar con su generosidad el retraso en el pago +de la deuda. Al mismo tiempo buscaba un hombre que se encargase de ir á +depositar la cantidad sobre la tumba del desierto. + +Por más averiguaciones que hizo en los diversos campamentos salitreros y +por más que escribió á los camaradas que tenía en otros puertos del +Pacífico, no pudo encontrar un viajero que se propusiera volver al Norte +de la Argentina siguiendo el desierto de Atacama. + +«Tendré que enviar un hombre á mis expensas--pensó--. Esto será caro, +pero no importa; lo principal es dormir con tranquilidad y que no se me +aparezca la pobre difunta llevando el niño de la mano....» + +¡Ay, el niño, con su llanto silencioso y su carita de muerto!... Este +era el que le aterraba más en la lúgubre visión. La mujer le infundía +respeto, pero no miedo; mientras que solamente al recordar el llanto +extraño del hijo, sentía correr un espeluznamiento da pavor por todo su +cuerpo. Era necesario redoblar su trabajo para reunir el dinero y +encontrar á un hombre que lo llevase hasta la tumba.... + +Y este hombre lo encontró al fin. + + + + +IV + + +Era un chileno viejo llamado señor Juanito; pero las gentes del país, +siempre predispuestas á cortar las palabras, sólo dejaban dos letras del +tratamiento respetuoso á que su edad le daba derecho, llamándole _ño_ +Juanito. + +Siempre que abría su boca dejaba sumido á Ovejero en una resignada +humildad. Su admiración por el viejo era tan grande, que consideró +detalle de poca importancia el hecho de que no hubiese atravesado nunca +la Puna de Atacama, ni conociera el lugar donde estaba el sepulcro de la +difunta Correa. Un hombre de sus méritos sólo necesitaba unas cuantas +explicaciones para hacer lo que le encargasen, aunque fuera en el otro +extremo del planeta. + +Había vivido en la perpetua manía ambulatoria de algunos «rotos» +chilenos, que llevan de la infancia á la muerte una existencia +vagabunda. Deleitaba á Rosalindo contándole sus andanzas en el Japón, su +vida de marinero á bordo de la flota turca y sus expediciones siendo +niño á la California, en compañía de su padre, cuando la fiebre del oro +arrastraba allá á gentes de todos los países. ¡Lo que podía importarle á +un hombre de su temple lanzarse por la Puna de Atacama, hasta dar con la +tumba de la difunta Correa!... Cosas más difíciles tenía en su historia, +y no iba á ser la primera ni la décima vez que atravesase los Andes, +pues lo había hecho hasta en pleno invierno, cuando los senderos quedan +borrados por la nieve y ni los animales se atreven á salvar la inmensa +barrera cubierta de blanco. + +Escuchaba con impaciencia los detalles facilitados por Rosalindo, al que +llamaba siempre «el cuyano», apodo que los chilenos dan á los +argentinos. + +--No añadas más--decía--. Desde aquí veo con los ojitos cerrados el +rumbo que hay que seguir y la sepultura de la difunta, como si no +hubiese visto otra cosa en mi vida.... Pero hablemos de cosas más +interesantes, «cuyano».... ¿Cuánto piensas enviar á esa pobre señora? + +El gaucho, teniendo en cuenta lo que iba á costarle el mensajero, +insistía en repetir un envío de treinta pesos. Pero _ño_ Juanito +protestaba de la cifra, juzgándola mezquina. + +--Piensa que la difunta te está aguardando hace muchos meses. ¡A saber +lo que llevará penado en el Purgatorio por no haber recibido tu dinero á +tiempo! Tal vez le faltaban unas misas nada más para irse á la gloria, y +tú se las has retardado.... Creo, «cuyano», que deberías rajarte hasta +cincuenta pesos. + +Rosalindo acabó por aceptar la cifra, ya que este desembolso iba á +librarle de nuevos encuentros con la difunta. + +Más difícil fué llegar á un acuerdo con _ño_ Juanito sobre sus gastos de +viaje. + +Por menos de cien pesos no se movía de su tierra natal. El era muy +patriota, y como estaba viejo, sólo por una suma decente podía correr +el riesgo de que lo enterrasen fuera de Chile. Además, era justo que «el +cuyano» lo indemnizara por los grandes perjuicios profesionales que iba +á sufrir. Y enumeró todas las tabernas, llamadas «pulperías», y todas +las casas «de remolienda» donde por la noche tocaba la guitarra cantando +_cuecas_ y relatando cuentos verdes. + +--Tú mismo puedes ver cómo buscan en todas partes á _ño_ Juanito, y eso +te permitirá apreciar el dinero que pierdo por servirte.... Pero lo hago +con gusto porque me eres simpático, «cuyano». + +Y el gaucho, convencido de que no debía insistir, se dedicó á juntar la +cantidad acordada, para que el viaje se realizase cuanto antes. + +Al fin entregó un día los ciento cincuenta pesos á _ño_ Juanito. + +--Mañana mismo--dijo el viejo--salgo para la Puna, y recto, recto, me +planto no más en la tumba de esa señora. No añadas explicaciones; +conozco la travesía. Antes de un mes me tienes aquí con el recibo. + +Y se marchó. + +Ovejero pasó unos días en plácida tranquilidad. Seguía bebiendo, pero +esto no le impedía trabajar briosamente, pues le era necesario reunir +nuevas economías después de permitirse el lujo de enviar un emisario +especial al desierto de Atacama. Aunque volvió muchas noches á su +casucha tambaleándose ó apoyado en el brazo de un compañero, jamás le +salía al encuentro la mujer del manto negro llevando el niño de una +mano. Tampoco despertaba á sus camaradas durante la noche con los +monólogos de un ensueño violento. + +Transcurrió un mes sin que regresase el viejo. Rosalindo no se alarmó +por esta tardanza. El tal _ño_ Juanito era un aventurero aficionado á +cambiar de tierras, y tal vez había encontrado la de Salta muy á su +gusto y andaba por las casas «de alegría» de la ciudad tañendo su +guitarra y haciendo bailar la _chilenita_ á las mestizas hermosotas. +Pero al transcurrir el segundo mes sin que llegase carta, Ovejero se +mostró inquieto. + +Precisamente así que perdió su tranquilidad, la mujer del manto con el +niño al lado volvió á aparecérsele. Tenía los ojos más redondos y más +ardientes que antes. Su cara era más enjuta y cobriza, como si estuviese +tostada por las llamas del Purgatorio. Y el niño.... ¡ay, el niño! El +gaucho no podía mirarle sin un estremecimiento de terror. + +En vano habló á gritos para que le entendiese esta mujer que parecía +sorda y muda, concentrando toda su vida en la mirada. + +--¿Qué ocurre, señora?... Yo he enviado el dinero. ¿No ha visto usted á +_ño_ Juanito? + +Pero un estallido de maldiciones le cortó la palabra, haciendo huir á la +visión. + +--¡Cállate, «cuyano» del demonio!--le gritaban los compañeros de +alojamiento--. Ya estás hablando otra vez de la difunta y de la +plata.... ¿Es que mataste alguna mujer allá en tu tierra, antes de +venirte aquí? + +Al día siguiente, Rosalindo estaba tan preocupado que no acudió al +trabajo. + +--Algo pasa que yo no sé--se decía--. ¿Habrán matado a _ño_ Juanito, lo +mismo que mataron al otro?... + +Como necesitaba adquirir noticias del ausente, se fué al puerto de +Antofagasta, donde el viejo chileno tenía numerosos amigos. + +Le bastó hablar con uno de ellos para convencerse de que _ño_ Juanito no +había muerto y estaba á estas horas en pleno goce de su salud y su +alegría vagabundas. La misma persona empezó á reir cuando «el cuyano» le +habló de la marcha audaz del viejo á través de la Puna de Atacama. Ya +no tenía piernas _ño_ Juanito para tales aventuras terrestres, y por eso +sin duda había preferido embarcarse con dirección al Sur en uno de los +vapores chilenos que hacen las escalas del Pacífico. Según las últimas +noticias, él y su guitarra vagaban por Valparaíso, para mayor delicia de +los marineros que frecuentan las casas alegres. + +Rosalindo lamentó que Valparaíso no estuviese más cerca, para +interrumpir las _cuecas_ cantadas por el viejo con una puñalada igual á +la que le había hecho huir de Salta.... El sacrificio de los ciento +cincuenta pesos resultaba inútil, y la difunta vendría á turbar de nuevo +sus noches con aquella presencia muda que parecía absorber su fuerza +vital, dejándole al día siguiente anonadado por una dolencia +inexplicable. + +Acudió fielmente la muerta á esta cita que él mismo la había dado en su +imaginación. + +Todas las noches le esperó en el camino, entre el café y su alojamiento, +deslizándose luego en éste, á pesar de que el gaucho se apresuraba á +cerrar la puerta, dándose con ella en los talones. ¡Imposible librarse +de su presencia y de la de aquel niño, cuya cara de muerto seguía +espantándole á través de sus párpados cerrados!... + +--Tendré que ir yo mismo--se dijo con desesperación--. Debo hacer ese +viaje, aunque me siento enfermo y sin fuerzas. Es preciso.... es +preciso. + +Pero retardaba el momento de la partida, por flojedad física y por la +atracción de un país en el que ganaba desahogadamente el dinero y no se +sentía perseguido por los hombres. + +Acabó por familiarizarse con la terrible visión que le esperaba todas +las noches. Cuando por casualidad estaba menos ebrio y la mujer del +manto y su niño tardaban en presentarse, el gaucho experimentaba cierta +decepción. + +Una noche, con gran sorpresa suya, no vió á la difunta y á su pequeño. +Permaneció despierto en su cama hasta el amanecer, aguardando en vano la +terrible visita. + +«Va á venir», pensaba, encontrando incomprensible esta ausencia, +mientras en torno de él roncaban los compañeros exhalando un vaho +alcohólico. + +La tranquilidad de la noche acabó por infundirle un nuevo miedo, más +intenso que todos los que llevaba sufridos. + +Adivinó que iba á pasar algo extraordinario, algo inconcebible, cuyo +misterio aumentaba su pavor. + +Y así fué. + +A la noche siguiente, una mujer le esperaba en el mismo lugar donde +otras veces había salido á su encuentro la difunta Correa. Pero esta +mujer no estaba envuelta en un manto negro ni la acompañaba un niño. +Avanzó sola hacia él, y al estar cerca, sacó un brazo que llevaba oculto +en la espalda, mostrando pendiente de la mano una luz. + +Rosalindo la reconoció, aunque no la había visto nunca. Era la «Viuda +del farolito» y al mismo tiempo era también la difunta Correa. + +El brazo seco y verdoso, que parecía interminable, se extendió ante él, +sirviendo de sostén á un farol rojizo que empezó á balancearse.... Y +sintiendo el empujón de una fuerza irresistible, el gancho marchó hacia +su alojamiento, iluminado por la linterna danzante, que esparcía en +torno un remolino de manchas sangrientas y fúnebres harapos. + +Entró en la casa, y la luz tras de él. Se tendió en la cama, y el farol +quedó inmóvil ante sus ojos. Más allá de su resplandor columbró en la +penumbra el rostro de la «viuda», que era el mismo de la difunta, pero +no inmóvil y severo, sino maligno, con una risa devoradora. + +Al fin, el hombre empezó á gritar, tembloroso de miedo: + +--¡Yo pagaré! ¡Es la falta de los otros!... Pero ¡por Dios, apague el +farol; que yo no vea esa luz! + +Y como en las noches anteriores, los durmientes se despertaron lanzando +juramentos; mas á pesar de sus protestas, Rosalindo siguió viendo á la +«Viuda del farolito» y su terrible luz. + +--¡Ahí! ¡ahí!--gritaba despavorido, señalando al invisible fantasma. + +Las camaradas convinieron en la necesidad de obligar á este loco á que +buscase otro alojamiento; pero la expulsión no impresionó gran cosa á +Rosalindo. ¡Para lo que le quedaba de vivir allí!... Ya que era +imposible hacer llegar hasta la tumba de su acreedora el dinero +prestado, iría él mismo á pagar su deuda. + +Inmediatamente abandonó el trabajo é hizo sus preparativos de viaje. El +tiempo no era propicio para emprender la travesía de la Cordillera por +el desierto de Atacama. Iba á empezar el invierno. Pero Rosalindo movía +la cabeza de un modo ambiguo cuando le aconsejaban que desistiese del +viaje. Los otros no podían adivinar que su resolución no aceptaba +demoras. + +La «Viuda del farolito» era una bruja implacable, y su aparición +significaba un plazo mortal. El que la encontraba debía perecer antes de +un año. Pero él tenía la esperanza de que si iba á pagar su deuda +inmediatamente la amenaza quedaría sin efecto. ¿Cómo podría castigarle +la bruja después de haber cumplido su compromiso? + +La falta de voluntad, consecuencia de su embriaguez, le hizo demorar el +viaje algunas semanas. Sus compañeros de alojamiento toleraban que +continuase entre ellos, con la esperanza de que partiría de un momento á +otro. Transcurrió el tiempo sin que volvieran á presentarse la enlutada +con el niño, ni la viuda con el farol. Ovejero bebía y su embriaguez no +se poblaba de visiones. Pero una noche dió un alarido de hombre +asesinado que despertó á sus camaradas. + +No veía á nadie, pero unas manos ocultas en la sombra tiraban de una de +sus piernas con fuerza sobrenatural. Hasta creyó oír el crujido de sus +músculos y sus huesos. A pesar de que los amigos rodeaban su cama las +manos invisibles siguieron tirando de la pierna, mientras él lanzaba +rugidos de suplicio. + +En la noche siguiente se repitió la misma tortura, acabando con la +quebrantada energía del gaucho. Sintió un terror pueril al pensar que +este suplicio podía repetirse todas las noches. Se acordaba de lo que +había oído contar sobre los tormentos que la justicia aplicaba en otros +siglos á los hombres. Iba á perecer descuartizado por aquellas manos +invisibles que le oprimían como tenazas, tirando de sus miembros hasta +hacerlos crujir. + +No dudó ya en emprender el viaje. Necesitaba ir á la tumba del desierto, +no sólo para recobrar su tranquilidad; le era más urgente aún librarse +del dolor y de la muerte. + +Malvendió todos los objetos que había adquirido en su época de +abundancia, cuando no sabía en qué emplear los valiosos jornales; cobró +varios préstamos hechos á ciertos amigos y de los que no se acordaba +semanas antes. Así pudo comprar víveres y una mula vieja considerada +inútil para el acarreo del salitre. + +Los dueños de las «pulperías» enclavadas en la vertiente de los Andes +sobre el Pacífico le vieron pasar hacia la Puna de Atacama con su mula +decrépita pero todavía animosa. Tenía la energía de los animales +humildes, que hasta el último momento de su existencia aceptan la +esclavitud del trabajo. En vano aquellos hombres dieron consejos al +gaucho para que volviese atrás. Un viento glacial soplaba en la desierta +extensión de la altiplanicie. Los últimos arrieros que acababan de bajar +de la Puna declaraban el paso inaccesible para los que vinieran detrás +de ellos. Rosalindo seguía adelante. + +Todavía encontró en los senderos de la vertiente del Pacífico á un +arriero boliviano, con poncho rojo y sombrero de piel, que guiaba una +fila de llamas, cada una con dos paquetes en los lomos. Venía huyendo de +los huracanes de la altiplanicie. + +--No pase--dijo el indio--. Créame y siga camino conmigo. Allá arriba es +imposible que pueda vivir un cristiano. El diablo se ha quedado de señor +para todo el invierno. + +Pero Ovejero necesitaba ir al encuentro del diablo, para hacerse amigo +de él y que no lo atormentase más. + +Siguió adelante, hasta llegar á la terrible Puna. Entró en el inmenso +desierto sin agua y sin vegetación. Se infundía valor comparando su +viaje actual con el que había hecho dos años antes. Ahora no iba solo. +Una mula llevaba los víveres necesarios para un mes de viaje. Además, +podía montar en ella al sentirse cansado, por ser actualmente sus +jornadas más largas que cuando pasó á pie por estos mismos sitios.... +Pero ¡ay! entonces, aunque no tenía víveres, contaba con el vigor de la +coca, ó mejor dicho, con la fuerza de una juventud sana que había ido +disolviéndose allá abajo, en la orilla del mar. + +Le envolvieron los huracanes fríos de la altiplanicie, que parecían +levantados por las alas de aquel demonio glacial, señor del desierto, +de que hablaba el indio boliviano. La mula se negaba algunas veces á +marchar, temiendo que el huracán la echase al suelo; pero el gaucho se +agarraba á su lomo para no verse derribado igualmente por el viento y +pinchaba al animal con la punta del cuchillo, obligándola así á reanudar +su trote. + +«¡Adelante! ¡adelante!» Marchaba como un sonámbulo, concentrando toda su +voluntad en el deseo de llegar pronto á la tumba. + +Pasó días enteros sin tocar las alforjas de víveres. No sentía hambre, y +detenerse á comer representaba una pérdida de tiempo. Hacía alto al +cerrar la noche para no perderse en la obscuridad; pero apenas se +extendían las primeras luces del amanecer sobre este mundo desierto, +reanudaba la marcha. Su pan se lo pasaba á la mula, dándole además +generosamente los piensos guardados en un saco sobre las ancas del +animal. Podía comerlos todos: lo importante era que continuase +marchando.... Pero una mañana, en mitad de la jornada, cuando Ovejero se +creía cerca de la tumba, el animal dobló sus patas y acabó por tenderse +en el suelo. Fué inútil que lo golpease; y al fin, comprendiendo que no +podría contar más con su auxilio, el hombre siguió adelante. Volvería al +día siguiente para recoger lo que aún quedaba en las alforjas. Por el +momento, lo urgente era llegar hasta la difunta Correa. + +Al marchar solo, sin el resguardo proporcionado por el cuerpo de la +mula, se vió envuelto en las trombas que giraban sobre la desolada +inmensidad, levantando columnas de una arena cortante, polvo de rocas. +Repetidas veces tuvo que tenderse, no pudiendo resistir el empuje de los +torbellinos. En una de ellas, sintió que el viento tiraba de sus piernas +poniéndolas verticales, mientras él se mantenía agarrado á un pedrusco. + +Era tal su voluntad de avanzar, que marchó á gatas, aprovechando los +intervalos entre las ráfagas. Hubo una larga calma, y entonces caminó +verticalmente, reconociendo algunos detalles del paisaje que indicaban +la proximidad del lugar buscado por él. + +Consideraba como una salvación poder marchar incesantemente. El frío de +la altiplanicie había penetrado hasta sus huesos, dejándole yertos los +brazos. En torno de su boca el aliento se convertía en escarcha. Los +pelos de su bigote y de su barba se habían engruesado con una costra de +hielo. Todo el calor de su vida parecía concentrarse en su cabeza y sus +piernas. + +Ya distinguía la fila de pedruscos semejante á las ruinas de una pared. +Después vió el montón que formaba la tumba y los dos maderos en cruz. + +Empezaba á soplar de nuevo el huracán cuando llegó ante el rústico +mausoleo del desierto. Pero el gaucho parecía insensible á las +ferocidades de la atmósfera y de la tierra. Toda su atención la +concentraba en sus ojos, y vió al pie de la cruz el mismo bote que +servía para recoger las limosnas, la misma piedra que ocupaba su fondo +para sostenerlo, todo igual que dos años antes. Únicamente la vasija +tenía su metal más oxidado y tal vez la piedra que la sujetaba no era la +misma. + +«¡Al fin!...» ¡Cómo había deseado este momento!... Intentó quitarse el +sombrero antes de hablar con la difunta, pero no pudo. No tenía manos, +ni tampoco brazos. Pendían de sus hombros, pero ya no eran de él. + +Consideró como un detalle insignificante permanecer con el sombrero +calado, y quiso hablar. Pero aunque hizo un esfuerzo extraordinario, no +salió de su boca el más leve sonido. Tampoco dió importancia á este +accidente. Su pensamiento no estaba mudo, y bastaría para que él y la +difunta se entendiesen. + +--Aquí estoy, difunta Correa--dijo mentalmente--. He tardado un poco, +pero no fué por mi culpa: bien lo sabe usted y su hijito. Traigo el +préstamo, con los intereses que le prometí. Son cuarenta pesos.... No he +podido traer más.... Me ha sido imposible juntar más.... + +Fué á sacarlos de su cinto para que los viese la difunta, depositándolos +después bajo la piedra, en el mismo lugar donde dejó su recibo, pero sus +manos le habían abandonado. Hizo un esfuerzo desgarrador, sin conseguir +tampoco que sus brazos se moviesen. ¡Muertos para siempre!... La misma +parálisis había empezado á extenderse por sus piernas al quedar +inmóviles, sin el cálido aceleramiento de la marcha. + +De pronto se doblaron y cayó de rodillas. Luego, sin saber por qué, y +contra el mandato de su voluntad, que le gritaba: «¡No te tiendas! ¡no +te entregues!», se fué acostando lentamente, como si la tierra tirase de +él proporcionándole una voluptuosidad dolorosa. + +Quería dormir, pero al mismo tiempo el deseo de dejar bien claras las +cuentas le hizo continuar sus explicaciones mentales. Él había traído el +dinero: ¿por qué no quería aceptarlo la difunta? «Le digo, +señora--continuó--, que no fué culpa mía. Me engañaron todos los que yo +envié cuando era tiempo.... Pero ¿es que no quiere usted escucharme?...» + +Notó repentinamente que alguien le oía. Un ser viviente había surgido +entre las piedras de la tumba, y avanzaba hacia él arrastrándose. Esta +manera de moverse no le pareció extraordinaria. También él vivía en este +momento á ras de tierra. + +Como le era imposible levantar su cabeza del suelo, oyó cómo se +aproximaba aquel ser viviente, pero sin poder verlo. Debía ser la +difunta Correa, que, apiadada de su inmovilidad, había abandonado la +tumba para tomarle el dinero del cinto. Tal vez venía con ella la +«Viuda del farolito». + +Escuchó también cierto ruido de dilatación, semejante al bostezo de un +hambre larga y fiera. Pensó, con un estremecimiento mortal, si estas dos +larvas implacables se arrastrarían hacia él para chupar su sangre, +adquiriendo de este modo un nuevo vigor que les permitiera seguir +apareciéndose á los hombres. + +Algo enorme y obscuro se interpuso entre su cara y la luz del desierto +invernal. El gaucho vió unos ojos redondos junto á sus propios ojos, que +parecían mirarse en el fondo de sus pupilas. Se acordó de las miradas +fijas y ardientes de la difunta. Éstas tenían el mismo fulgor +amenazante, pero no eran negras, sino verdes y con reflejos dorados. + +Inmediatamente sonó á un lado de su cráneo un rugido, que retumbó para +él como un trueno capaz de conmover todo el desierto. + +Se abrió ante sus pupilas un abismo invertido de color de púrpura, con +espumas babeantes y erizado de conos de marfil, unos agudos, otros +retorcidos. Al mismo tiempo, sobre su pecho cayeron dos columnas duras +como el hueso, apretándole contra la tierra, manteniéndolo en la +inmovilidad de la presa vencida.... + +Era el puma. + + + + +EL MONSTRUO + + + + +I + + +Durante una semana, de cinco á siete de la tarde, el «todo París» de los +té tango y los tés donde simplemente se murmura habló con insistencia +del casamiento de Mauricio Delfour--heredero de la casa Delfour y +Compañía, 250 millones de capital--con la bella Odette Marsac, nieta de +un parlamentario célebre y casi olvidado que había sido candidato dos +veces á la presidencia de la República. + +El matrimonio de un rey de la industria con una princesa republicana no +es un suceso extraordinario en la vida de París, y sólo da motivo para +media hora de conversación. ¡Pero estos dos eran tan interesantes!... + +Él había cruzado muchos ensueños femeninos como la personificación de +todas las gracias y sabidurías humanas: copa de honor en carreras de +jinetes _chic_, copa de honor en innumerables concursos de esgrima y +tiro de pichón, copa de honor en la gran lucha de automóviles +París-Nápoles. Su despacho iba tomando aspecto de comedor por el número +de vasijas gloriosas que se alineaban sobre los muebles. + +Ahora añadía á sus triunfos corporales cierto prestigio de hombre de +ciencia, dedicándose á la aviación, volando casi todas las semanas, y +frunciendo el ceño con aire misterioso cuando alguien hablaba en su +presencia de problemas de mecánica. + +Ella era Odette para sus amigas, la incomparable Odette, y para el resto +del mundo mademoiselle Marsac, un nombre famoso, pues figuraba en todas +las crónicas elegantes, en todos los estrenos, en todas las revistas de +modas. + +Los meditabundos y sublimes modistos de la _rue de la Paix_ contaban con +ella para lanzar en las grandes solemnidades de la vida parisién sus +innovaciones de artista calenturiento. Su cuerpo incomparable hacía +palidecer y suspirar á las mujeres: cincuenta y dos kilos de peso; un +escote «ideal»; las clavículas marcando sus elegantes aristas como si +fuesen un zócalo de la frágil columna del cuello; los omoplatos +despegándose de la espalda lo mismo que alas nacientes; las piernas +largas y casi rectas asomando tranquilas, sin miedo á la tentación, por +el borde de la falda; una capa de substancia carnal repartida con +parsimonia para recubrir solamente las rudezas del interno andamiaje; un +cuerpo casi «aéreo», un pretexto para que los vestidos contuviesen algo +en su interior y no se movieran solos. Y sobre este organismo +supremamente distinguido un rostro alargado por el mentón en punta, con +un pequeño redondel rojo, la boca; dos almendras enormes y negras, los +ojos; dos tirabuzones sobre las orejas iguales á las patillas de un +«toreador», y una torre de pelo mixto, con rizos propios y ajenos. La +Venus moderna, tal como la adora en sus geniales ensueños un iluminador +de figurines. + +A principios de 1914, un nuevo _sport_ había enloquecido á todas las +gentes distinguidas de París y de las capitales de Europa y América que +forman sus arrabales. El mundo decente movía las caderas bailando el +tango. Y á la cabeza de esta humanidad «tangueante» figuraron Mauricio y +Odette. + +El se había encerrado con un profesor argentino, jurando á los dioses no +volver á la luz hasta poseer esta nueva ciencia, como poseía las otras. +Y una tarde empezó á recibir la admiración del mundo, moviendo sus +acharolados pies con altos tacones, su talle encorsetado por el ceñido +_chaquet_, su cabeza de brillante laca con el pelo rígido y echado +atrás, bajo las lámparas eléctricas de un hotel de los Campos Elíseos. + +Ella compartía la misma admiración en otro extremo de la escena, y los +dos se buscaron con la atracción de dos astros que se presienten, con el +irresistible impulso de dos afinidades electivas, para no separarse más. + +Bailaron en adelante el uno para el otro. Imposible encontrar el ritmo +sublime en brazos distintos. Y sin romper el misterioso silencio de la +danza sagrada, mientras se contoneaban, graves y meditabundos, con todas +las potencias intelectuales fijas en el movimiento de los pies, +reconocieron los dos la necesidad de no perder la pareja para seguir +bailando eternamente. + +Así se amaron, así se casaron, y el «todo París» se levantó una mañana +dos horas antes que de costumbre para asistir á una ceremonia nupcial +adornada con la presencia de todos los poderosos de la industria y un +sinnúmero de personajes políticos, amigos del abuelo de la desposada. + +El amor idílico de los recién casados no ofrecía dudas. Mauricio había +procedido como un verdadero enamorado, diciendo ¡adiós!, sin esperanza +de retorno, á sus varias amantes, sacerdotisas de las más nobles artes: +la comedia, la ópera y el baile. ¡Se acabaron las locuras! Su mujercita +y los estudios serios nada más. Ella seguía coqueteando como antes, pero +por costumbre, sin dar pretexto á osados avances, queriendo añadir á la +felicidad del esposo el incentivo del peligro. + +Habían instalado su dicha en el hotel de los Delfour, suntuoso edificio +elevado por el primer millonario de la familia junto al parque Monceau, +entre las viviendas de sus compañeros de riqueza y con la fachada +posterior sobre el mismo jardín. La viuda Delfour se refugió en el +último piso con los muebles de su antiguo esplendor, dejando libre el +resto de la casa á su hijo y su nuera, para que ésta pudiese satisfacer +sin obstáculo sus gustos decorativos. + +Todas las fantasías é incoherencias del estilo bizantino-persa, incubado +en Munich, hicieron irrupción en esta casa de salones rojos y dorados é +imponentes sillerías del tiempo de Napoleón III. + +Mamá Delfour, siempre vestida de negro, con el aire grave y reflexivo de +una mujer que conoce el precio de la vida, presenció impasible las +invenciones de la recién llegada: fiestas orientales que alborotaban el +tranquilo hotel; tés danzantes; túnicas de lino transparente, estrechas +como fundas y con enormes flores de realce, en las que encerraba su +magra desnudez. + +Como su hijo adoraba á Odette, ella se esforzó en justificar todos los +caprichos y saltos de humor de la nuera. ¡Pobre niña! Se había criado +sin madre, viviendo como un muchacho. + + + + +II + + +Y vino la guerra. Uno de sus primeros efectos fué dilatar los ojos de la +nueva señora Delfour con una expresión de asombro. ¡Pero era posible +esta calamidad!... ¡Ahora que la gente se divertía más que nunca!... + +La suegra pareció crecerse, saliendo de su tímido encogimiento. Su +mirada se posó sobre personas y cosas con grave lentitud, como si las +reconociese de nuevo. Había visto mucho. Sus primeras palabras de amor +con el fabricante Delfour se cruzaron en 1870, durante el sitio de +París. Luego, de recién casada, había presenciado la tragedia de la +_Commune_. + +El hijo se fué cuando su mujer empezaba á admirarle como un hombre +nuevo, viendo realzadas sus gracias varoniles por las ventajas del +uniforme. Quiso entrar en la aviación, pero la aviación marchaba mal al +principio de la guerra, y para ser de una utilidad inmediata, permaneció +en la artillería. + +También Odette quiso ser útil á su patria. Todas sus amigas frecuentaban +los hospitales. Y se lanzó á ser enfermera, admirando el uniforme blanco +con su capa azul y su alba toca: algo sencillo y nuevo que sentaba +perfectamente á su belleza. Su afán por lucir esta última moda le hacía +abandonar muchas veces á los enfermos, paseando en automóvil por el +Bosque de Bolonia la blanca túnica con cruces rojas en las mangas y en +el pecho. Mientras tanto, la viuda Delfour, sin abandonar su eterno +traje negro de burguesa, pasaba días y noches en un hospital. + +La guerra ofrece sus satisfacciones y deleites. ¡Los tés entre mujeres, +sin la presencia de hombres molestos que agobian con sus galanteos; +vestidas todas ellas de blanco, como criadas de balneario, recibiendo +las ojea das envidiosas de las que no llevan uniforme, y fabricando +géneros de punto para los soldados con la torpe suficiencia de una labor +enseñada recientemente por la doncella!... + +--Mi marido combate en Alsacia.... ¿Y el señor Delfour, dónde está?... + +El señor Delfour andaba del lado de Bélgica; y su esposa, lanzando en +torno una mirada de orgullo, hacía el relato de sus glorias. Dos +citaciones en la orden del día: cruz, segundo galón. Pero llovían +héroes, y Odette experimentaba cierto despecho al oir que todas las +otras casi decían lo mismo de sus hombres. + +¡No poder distinguirse!... + +Un día el hotel del parque Monceau se conmovió con una terrible crisis +de nervios y de lágrimas, acompañada de choque de puertas, llegada de +automóviles, desfile de médicos. El teniente Delfour estaba herido de +gravedad por la explosión de una granada. Odette quiso marchar al lado +de su esposa inmediatamente.... ¡Imposible! + +Luego quiso morir, mientras la madre permanecía erguida, silenciosa, +pálida, con los ojos parpadeantes y secos, mordiéndose los labios. + +Al volver Odette á las reuniones íntimas, experimentó cierta +satisfacción. Ninguna amiga osaba ya compararse con ella. + +--Mauricio está herido...gravemente herido. + +Y todas se apiadaban del esposo seductor maltratado por la guerra. + +La general admiración hizo que acabase por familiarizarse con las +misteriosas heridas. ¿Cómo serían éstas?... Se imaginó á su marido +cojeando, con una mana en un bastón y la otra apoyada en su brazo. +Formarían una pareja interesante. El porvenir les reservaba aún largas +horas de felicidad. Ella le protegería y le alegraría con ternuras de +madre y caricias de amante. + +Una tarde, en la _rue Royale_, vió á un subteniente de pocos años, casi +un niño, que marchaba al lado de su novia con una manga vacía. Mauricio +también había perdido un brazo; estaba segura de ello. Por eso sus +cartas breves, de una alegría penosa, eran siempre dictadas.... ¡No +importa! Ella sería el apoyo de su esposo; su brazo sustituiría al brazo +ausente. Lo interesante era volver á contemplar su rostro, mirarse en +sus ojos claros, acariciadores y graciosamente irónicos. ¡Ay, cómo le +amaba!... + +Las amigas la acogían siempre con la misma pregunta: «¿Cómo signe el +herido?...» Y ella contestaba con seguridad: «Mejor. Pronto vendrá á +París.» + +Y pasaron meses; y llegaron cartas y más cartas de letra extraña, +dictadas por él. La madre, inquieta, interrogaba á, los antiguos amigos +de la familia, graves varones que indudablemente ocultaban algo. + +--Las heridas son muchas; pero ya está fuera de peligro. ¡Valor! Lo +importante es que viva. + +Una mañana Odette saltó de su lecho, súbitamente despertada por algo +extraordinario que conmovía el hotel. Al levantar la cortina de una +ventana, vió al otro lado de la verja un automóvil! cerrado, con cruces +rojas. La marquesina de cristales de la escalinata apenas le dejó +distinguir á un grupo de hombres que subían cuidadosamente algo +envuelto, como un mueble frágil. Su corazón dió un salto. ¡Mauricio!... + +Cuando, mal vestida, se deslizó por la escalera, corriendo á un salón +del piso bajo, los domésticos, azorados y trémulos, pretendieron +detenerla. + +Entró, reconociendo inmediatamente la dolorosa cabeza que descansaba +sobre las almohadas de un diván. Era él, atrozmente desfigurado, con las +mejillas surcadas por el lívido arabesco de las cicatrices...pero era +él. + +De sus ojos sólo quedaba uno. La falta del otro estaba oculta por una +venda negra que moldeaba la cuenca vacía. Luego vió su pecho cubierto +por el paño azul de una blusa vieja de oficial. + +Pero al llegar aquí, la mujer vaciló sobre sus pies, como si la sorpresa +le asestase un puñetazo demoledor. Lanzó un grito.... El herido _no +continuaba_. Le faltaban los brazos, le faltaban las piernas, era un +tronco nada más, conservado por los prodigios de la cirugía; un harapo +rematado por una cabeza viviente. + +--¡Odette!... ¡Odette!--murmuró la boca negruzca humildemente, como si +pidiese perdón por su desgracia. + +Pero Odette había huído, atropellando á los criados que se agolpaban en +la puerta. Corrió por los pisos superiores sin saber lo que hacía, dando +alaridos como una mujer de la tragedia griega, chocando con muebles y +paredes, mesándose los sueltos cabellos, loca de sorpresa, de miedo, de +repugnancia.... ¡Y aquel monstruo era su marido!... ¡Y habría de +permanecer junto á él toda su existencia!... + +--¡Odette!... ¡Odette!--seguía gimiendo abajo la voz humilde y dolorosa. + +El ojo único se fué cubriendo de lágrimas. Todos huían. Hasta los +criados le contemplaban á distancia, buscando ocultarse cada uno detrás +del compañero, queriendo escapar y avanzando la cabeza al mismo tiempo, +con una expresión doble de curiosidad y repugnancia. + +Evitaban el tocarle, como si fuese algo gelatinoso y repelente: un pulpo +con las extremidades rotas; una mucosidad informe de la guerra. Él, que +tenía millones y tanto amaba la vida, quedaba al margen de la vida para +siempre. + +Su miseria había creado el vacío. Hasta su perro favorito gemía á corta +distancia, avanzando y retrocediendo en violentas alternativas de +lealtad y de espanto. + +Y así sería siempre.... ¡Ay, morir! ¡Morir cuanto antes! + +De pronto, el grupo de domésticos se deshizo. Alguien había entrado con +violencia. El monstruo vió un peinado blanco que venía hacia él; sintió +en sus cortadas mejillas el contacto de una boca que acababa por +acariciar frenética el vendaje de su órbita hueca. Un rocío tibio mojó +su cuello; unos brazos nerviosos de pasión abarcaron su tronco informe, +como si fuesen á mecerle.... + +--¡Mamá!... ¡Oh, mamá! + +--¡Hijo mío! ¡hijo mío! + + + + +EL REY DE LAS PRADERAS + + + + +I + + +Durante su último año en la Universidad de mujeres donde hacía sus +estudios, la impetuosa Mina Graven expresó siempre el mismo deseo. + +Sus compañeras las _senior_, instaladas en el mismo cuerpo de edificio +que ella, hablaban de la nueva vida que iban á encontrar al salir del +colegio; y las _junior_, que empezaban sus estudios, las oían en un +silencio respetuoso de seres inferiores. + +Una de las amigas de Mina pensaba casarse apenas volviese á su casa; era +asunto convenido por las familias de los dos novios. Y este matrimonio +de estudianta apenas emancipada de la vida escolar daba motivo para que +todas las otras soñasen despiertas, á la hora del té, describiendo cada +una de ellas la posición social y el aspecto físico del futuro esposo +que aún se mantenía oculto en el misterio del porvenir. + +--Yo quiero casarme con un millonario que me pague los mayores lujos. + +--Yo, con un hombre que me quiera mucho y me obedezca en todo.... ¿Y tú, +Mina? + +La intrépida señorita Graven daba siempre la misma respuesta: + +--Yo me casaré con un hombre célebre. + +Ella no necesitaba soñar con un millonario. Todas sabían que allá, en el +Oeste, existen minas de oro y pozos de petróleo cuyo valor figura en +forma de pedazos de papel, y que muchas de tales acciones estaban á su +nombre en los libros del millonario James Foster (padre), su tutor. + +El viejo Craven había empezado su caza del dólar, como simple peón de +mina, en California. La fortuna pareció divertirse siguiendo los pasos +de este hombre que apenas sabía leer ni escribir. Un espíritu diabólico +salido de las entrañas de la tierra le hablaba al oído, guiando sus +manos. + +Allá donde él cavaba surgía oro, plata, ó, cuando menos, cobre. +Perforaba un pozo para que los mineros de su campamento no muriesen de +sed, y, en vez de encontrar agua, saltaba petróleo de su fondo. Detrás +de su avance victorioso iban constituyéndose sociedades anónimas y +sindicatos de capitalistas. En el Wall Street, los grandes capitanes del +dinero recibían al viejo Craven como á un igual cuando se le ocurría +perder una semana en el ferrocarril yendo de San Francisco á Nueva York. + +Podía haber dejado á su hija una fortuna inmensa; pero el minero era +hombre de acción más que de administración, y se gozaba en emprender +cada año un nuevo negocio, abandonando los mejores provechos de los +anteriores á los consocios fríos y marrulleros que quedaban á sus +espaldas. Él necesitaba ir siempre adelante, olvidando la buena suerte +de ayer para soñar con la nueva fortuna de mañana. + +El señor Foster (padre), su compañero de miseria cuando ambos eran +simples jornaleros, poseía una fortuna fortuna mayor que la suya, por +haberse limitado á seguirle en las explotaciones segaras, dejándole +avanzar solo en las que consideraba aventuradas. Pero, aun así, el día +en que Graven murió, aplastado por la caída del andamiaje de un pozo de +petróleo, su desconsolado camarada Foster, que era su albacea +testamentario, se encontró, al hacer el balance, con que la única hija +de su amigo representaba para el que se casase con ella unos sesenta +millones de dólares. + +Por esto Mina, al oír hablar á sus amigas de un marido rico, sonreía con +cierto desprecio. Ella no necesitaba dinero, y podía casarse con quien +le placiese. Con no menos indiferencia acogía la imagen del atleta, +hábil en todos los deportes, que evocaban otras. A la señorita Craven le +bastaba con su propio atletismo. Su padre la había enviado á la famosa +Universidad cuando era una pequeña salvaje de trece años, acostumbrada á +galopar días enteros en las llanuras de Arizona sobre caballos domados +por ella misma. Su madre, una mujer sencilla, había muerto como abrumada +por la avalancha de millones que iba derrumbándose sobre su hogar; y +Craven, preocupado por esta hija algo indómita que no le dejaba +dedicarse con tranquilidad á sus negocios, la había metido en un colegio +célebre para que fuese una gran señora como las que él había visto de +lejos en las ciudades. La fama de este centro de enseñanza, establecido +en un bosque de varias leguas, con lagos, montañas y palacios, había +llegado confusamente hasta sus oídos. Le bastaba con saber que vivían en +él varias hijas y sobrinas de antiguos presidentes. Y allá, envió á +Mina, poco antes de su muerte. + +Ésta, aburrida y furiosa al verse encerrada en el enorme parque, que á +ella le parecía pequeño, ideó varios planes terribles, que, +afortunadamente, no puso nunca en práctica. Pensó incendiar el palacio +en que estaba el gabinete de Física con sus instrumentos, creados +únicamente para aburrir á las pobres muchachas; pensó igualmente, +durante los primeros meses, en matar á tiros de revólver á cierto vejete +que explicaba matemáticas y se había reído sarcásticamente de su +ignorancia. Luego abandonó tales proyectos, y, con la ambición de +demostrar que no era una salvaje, se entregó al cultivo de todas las +artes que estaban de acuerdo con sus facultades. + +Llegó á ser la primera en el gimnasio. Saltó horas y horas el caballo de +madera, con un volteo incansable, riendo de este ejercicio pueril con la +superioridad de una amazona acostumbrada á ponerse de pie sobre caballos +en pelo, apeándose y volviendo á subir en el animal sin que éste +detuviese su carrera. Fué capitana de _polo-water_, atravesando como una +náyade el profundo cristal de la piscina del gimnasio. En la clase de +esgrima cansaba al profesor con su florete impetuoso y sus piernas de +acero. La directora de la Universidad empezó á inspirarle cierta +antipatía por haberle prohibido que tirase al revólver en un rincón del +parque, lo mismo que tiraba de pequeña en algunos de los campamentos de +Craven, ante los viejos mineros. + +La gloria estaba para ella en los ejercicios físicos, dejando á sus +compañeras los laureles de las ciencias y de las letras. De todo el +profesorado, amaba á la maestra de francés, porque podía hablar con ella +de París y las artistas célebres como de un mundo lejano entrevisto en +los periódicos de modas. También amaba á la maestra de español, que le +describía cómo eran las corridas de toros y le enseñaba á ponerse la +mantilla lo mismo que una andaluza. + +No necesitó de estudios penosos y áridos para sobrepasar á todas. La +admiraban por su hermosura física de bello animal sano, vigoroso y de +líneas correctas. Cada vez que en el _polo-water_ se arrojaba en la +piscina de cabeza, sin más vestido que un ligero mallón de muchacho, el +público lanzaba un murmullo aprobador, á pesar de la identidad de sexo. +Los viejos profesores del establecimiento y los visitantes, que eran +siempre personas graves, se sentían inquietos ante su cabellera de un +rubio subido, igual á la llama de una antorcha, y la fijeza algo +insolente y dominadora de sus ojos claros. Los hombres se ruborizaban +sin saber por qué, apartando la mirada, como si no pudieran resistir el +encuentro de sus pupilas. + +Ni millonarios, ni hombres de _sports_. Ella tomaría á quien quisiera +escoger. Los hombres iban á ofrecerse á Mina Craven formando legión, +satisfechos y felices si se dignaba hacerlos sus esclavos. Estaba segura +de ello.... Y pasaba por su memoria la imagen de James Foster (hijo), un +muchacho de orejas demasiado separadas del cráneo, fuerte mandíbula y +ojos de perro bueno, que tenía un año más que ella. + +Inmediatamente, como un síntoma de cariño fraternal, sus dientes +castañeteaban de cólera y se le cerraban los puños. ¡Qué deseos tan +vehementes tenía de aporrear á este compañero de juegos infantiles!... + +Todos los veranos, al vivir juntos durante las vacaciones en la casa del +tutor, Mina daba de puñetazos á su amigo, el cual, perdida la paciencia, +acababa por devolverle los golpes. + +Y la señorita Graven, que había aprendido recientemente á batirse á la +japonesa, deseaba, al abandonar el colegio, medirse con James +definitivamente. Quería hacerlo caer á sus pies, como un adversario +aborrecido y apreciado al mismo tiempo. + + + + +II + + +El viejo Foster, que nunca tenía bastantes horas para los negocios, +aprobó con alegre laconismo los propósitos de la hija de su amigo. Su +cargo de tutor le había proporcionado muchas inquietudes, y celebraba +librarse de Mina por algún tiempo. + +Luego de salir de la Universidad, la joven había desaparecido, con gran +espanto de Foster, que creyó en un secuestro ó un asesinato. +Transcurrieron dos meses, y antes de que la policía hubiese averiguado +su paradero, se presentó Mina tranquilamente en el despacho de su tutor. +Quería conocer la vida de cerca, tal como es, y para esto había huído á +Chicago, viviendo como una obrera. Pero las crueldades de la realidad le +hicieron arrepentirse muy pronto de esta escapatoria, sugerida por +ciertas lecturas, y volvió en busca de su tutor y de las comodidades que +corresponden á una muchacha millonaria. + +Una dama vieja y pobre fué la encargada por Foster de acompañar á Mina, +dando cierta respetabilidad á su juventud independiente y poco miedosa +de la opinión ajena. El millonario, después de ordenar esto, ya no supo +qué otra cosa podía hacer. Por eso se alegró cuando su pupila le dijo +que pensaba viajar por Europa, acompañada de su escudero femenino. + +Mina Craven, atrevida de maneras como un muchacho, ganosa de desafiar la +curiosidad de las gentes con sus audacias y excentricidades, fué una +americana de las que pueden llamarse «de exportación». El viajero +observador atraviesa los Estados Unidos, de Nueva York á San Francisco y +de Chicago á Nueva Orleáns, viendo mujeres que son iguales á las de +todas partes: buenas madres, buenas esposas, ó excelentes muchachas que +aspiran á ser lo uno y lo otro. Sólo rodando por el viejo mundo, en +París, en Londres ó en Roma, se encuentra la americana atrevida, +arrolladoramente hermosa y de voluntad refractaria á los escrúpulos, la +cual ha servido de modelo para tantos personajes de novela y de comedia. + +Los condes y marqueses deseosos de una heredera rica se agolparon en +torno de miss Craven en los grandes hoteles, en las playas de moda y las +estaciones invernales de Suiza. ¡Diez y nueve años, y sesenta millones +de dólares!... + +--Miss, cásese usted--decía la dama acompañante, como si, á pesar del +enorme sueldo que le había señalado el tutor, quisiera libertarse de la +esclavitud que suponía aguantar el carácter desigual é imperioso de la +joven. + +--Yo sólo me casaré con un hombre que sea célebre. + +Y Mina quedaba pensativa después de esta declaración. ¿Qué celebridad +podía encontrar?... + +En Londres había creído enamorarse de un duque que databa del tiempo de +los Estuardo. Después olvidó este amor, adivinando que en el porvenir +tendría celos de la cuadra de dicho personaje. El duque la olvidaría por +sus caballos de carreras. En Francia puso sus ojos en varios escritores +célebres. Pero todos eran casados ó arrastraban desde su primera +juventud compromisos ineludibles. Además, ¡tan viejos vistos de cerca! +¡tan prosaicos en sus costumbres íntimas, á pesar de las raciones de +idealismo y poesía que servían al público en forma de libros y piezas de +teatro!... + +En Italia se interesó por dos pintores, y anduvo como loca durante una +semana por un tenor de fama universal. Pero le bastó invitar una noche á +comer á este ruiseñor humano, para desprenderse de sus ilusiones. ¡Qué +torrente de necedades cuando hablaba! ¡Qué feo y vulgar al despojarse de +sus trajes escénicos y limpiarse los colores del rostro!... + +Estando en Sevilla durante la Semana Santa, sintió interés por un torero +joven al que adoraba España entera. El rey era su amigo; el presidente +del Consejo de ministros preguntaba por su salud siempre que recibía una +cornada. Era una gloria nacional, y Mina le siguió durante unas semanas +de plaza en plaza. Pero, al fin, el héroe tuvo la misma suerte que los +otros. No se atrevía á resistir la mirada de la millonada; balbuceaba al +contestarle. Además, descubrió de pronto que este gladiador, que parecía +un gigante en medio del circo, tendiendo la fiera cornuda muerta á sus +plantas, apenas sobrepasaba con su cabeza los hombros de ella. + +Pensó, después de esto, si su felicidad consistiría en casarse con un +boxeador campeón del mundo; pero le bastó presenciar un encuentro entre +dos hombres medio desnudos, que parecían dos fardos de músculos +barnizados de sudor, para renunciar á tal idea. + +¡Ay, el hombre célebre! ¿Dónde encontrarlo?... ¿En qué debía consistir +su celebridad?... + +Mientras tanto, James Foster (hijo) le salía al encuentro en los lugares +donde menos podía sospecharse su presencia. Se presentaba ruboroso, +balbuciente, tímido, como un señor que desea pedir algo importante y +asegura que ha venido á visitar á un amigo, por casualidad, aprovechando +el haber pasado por cerca de la casa. + +--Estoy de paso para Australia; y al enterarme de que vivimos en el +mismo hotel.... + +Y la entrevista ocurría, por ejemplo, en Madrid. Según el joven Foster, +todo el mundo era camino para ir adonde él deseaba. Otras veces, al +encontrar á su compañera de infancia en Bucarest, decía ruborizándose: + +--Vengo de América, con dirección al Transvaal, y al pasar por aquí la +encuentro. ¡Qué feliz casualidad! + +Foster (hijo) podía justificar con un motivo glorioso estos viajes +incesantes que le hacían cruzar la tierra en todas direcciones. Mientras +Foster (padre) reunía nuevos millones y defendía la integridad de los +antiguos, él se dedicaba á la tarea de hacer su nombre célebre. Tal vez +sentía este deseo á impulsos de una antigua rivalidad con Mina; tal vez +aspiraba á la celebridad únicamente por serle grato. + +Buscaba la gloria siguiendo el camino de sus aficiones, y por esto se +había dedicado á cazador, persiguiendo y matando animales peligrosos en +todas las latitudes del planeta. La señorita Craven recibía con +frecuencia periódicos deportivos con el retrato de James carabina en +mano, vestido de viajero ártico ó cubierto con un gran fieltro de +cazador del centro de África. Los artículos contaban sus hazañas, las +heridas que llevaba recibidas, las aventuras tenebrosas de las que había +salido con vida milagrosamente. + +Los ojos de ella pasaban sobre todo esto con fría curiosidad. + +--¡Pobre James! ¡Tan insignificante!... Será un buen marido para una +mujer de inteligencia corta. + +Otras veces recibía regalos del cazador, que continuaba sus hazañas en +el otro hemisferio del planeta: colmillos de elefante, astas de +antílopes rarísimos, pieles de animales gigantescos. Y Mina, que +admiraba estos envíos en el primer instante, acababa por despreciarlos +al recordar á James. + +--¡Infeliz muchacho!... Si yo me dedicase á cazar, haría, seguramente, +más que él.... Todo lo que cuentan los periódicos de sus hazañas debe +pagarlo á tanto la palabra. + +Una primavera, encontrándose en Florencia, cambió instantáneamente la +orientación de su vida. Vió su verdadero camino; se enteró de dónde +estaba la celebridad. + +En aquel momento solicitaba su mano un conde del país, de una palidez +aceitunada y ojos de brasa, el cual permanecía días enteros en el salón +de espera del hotel, lo mismo que un empleado de agencia de viajes, para +acompañarla en todas sus salidas. + +Mina era la vigésima millonaria americana á la que pretendía elevar, +ofreciéndole su corona condal. Diez y nueve antes que ella habían +renunciado á tan alto honor. Este heredero de un gran nombre histórico +le enseñaba las fotografías de los diversos palacios de su familia, +hermosos y venerables edificios, en los que no quedaba ni un cuadro ni +un mueble, pues todo lo habían vendido sus antecesores. La aspiración +suprema del nieto de tantos _condottieri_ era establecer el _comfort_ +moderno en sus palacios. Con calefacción central, con baños y con +_water-closets_, ¡qué vida tan dulce podía pasarse en estos edificios +creados por los grandes artistas del Renacimiento! La millonaria venida +del otro lado del Atlántico podía realizar este milagro sólo con cederle +su mano. + +Para conmoverla, enseñaba cartas de Maquiavelo, de Miguel Ángel, de +Benvenuto Cellini y otros florentinos célebres, dirigidas á sus remotos +ascendientes, únicos recuerdos de familia que se habían salvado, no se +sabe cómo, de la rapacidad de los anticuarios. Mina reía de sus +juramentos de amor acompañados de gestos trágicos, y lo convidaba á +comer, exigiéndole que no faltase á sus costumbres y siguiera fumando +entre plato y plato un largo cigarro atravesado por una paja, que +esparcía un olor pestilente. + +Una noche, el conde, para agradecer sin duda estas amabilidades, la +invitó á un cinematógrafo. Un verdadero dispendio: una lira por persona; +¡pero cuando se aspira á casarse con una millonaria!... + +Mina tuvo que aguardar en la puerta unos minutos, mientras su enamorado +tomaba los billetes, parlamentando largamente con el empleado de la +taquilla. Llegó á sospechar si estaría pidiendo una reducción en el +precio, por ser dos los billetes comprados. + +Un cartel de colores distrajo su atención. Un hombre aparecía en él á +caballo, con la cara afeitada, gran sombrero, un pañuelo rojo sobre los +hombros y dos revólveres en la cintura. Era una reproducción algo +teatral de los jinetes que ella había conocido en su infancia. Encima de +esta figura vió un nombre: «Lionel Gould». No era nuevo para ella; lo +había oído alguna vez. Al pie del cartel encontró otro nombre: «El rey +de las praderas». ¡Ah, sí! Este era el apodo de un artista americano +llamado Gould, que había obtenido una celebridad universal interpretando +el papel de _cow-boy_ vengador y caballeresco en un sinnúmero de dramas +cinematográficos cuya acción se desarrollaba, invariablemente, á través +de las llanuras del Sur de los Estados Unidos. + +Por primera vez miró Mina con atención al célebre artista de la tragedia +silenciosa. Estaba segura de haberle visto en _films_ de los que sólo +guardaba un vago recuerdo; pero ahora «El rey de las praderas» ofrecía +para ella el encanto de una novedad. + +Le siguió con palpitaciones de verdadero interés mientras se batía, solo +y á puñetazos, con un grupo de bandidos. Luego mató á un tigre; después +los indios lo amarraron á un poste para quemarle vivo. ¡Cómo respiró al +verle en salvo milagrosamente!... No había poder, en el cielo ni en la +tierra, capaz de acabar con este buen mozo. Y por la atracción del +contraste, miró un momento con ojos compasivos al conde de los palacios +desamueblados, al nieto del protector de Miguel Ángel, que la hablaba de +amor, pretendiendo separar su atención de las cosas interesantes que se +desarrollaban sobre la blanca pantalla. + +Hubo un momento en que creyó que un alfiler olvidado sobre su pecho se +le metía carne adentro. «El rey de las praderas» quedaba visible +únicamente de busto, con una cabeza enorme, y anonadado por lo +angustioso de su situación, bajaba la mirada. Luego iba elevando sus +ojos, para fijarlos directamente en el público con una expresión de +dolor pueril. Era un héroe, indudablemente; pero un héroe bueno y +simple, lo mismo que un niño, y Mina sintió un deseo de consolarle, de +protegerle, como si acabase de despertar la confusa maternidad que toda +mujer lleva dormida en su interior. Después tuvo la intuición de que la +tal mirada iba á significar mucho en su vida futura. + +A partir de esta noche, Lionel Gould le salió al encuentro en todas las +ciudades de Italia que fué visitando y en las de otras naciones de +Europa. De día, si se inmovilizaba su automóvil por una aglomeración de +vehículos en una calle, era siempre frente á un cinematógrafo, y en la +puerta figuraba «El rey de las praderas» á caballo, con su gran +sombrero, sus revólveres y su pañuelo rojo. Si entraba en una sala de +espectáculos, tenía la seguridad de que se apagarían inmediatamente las +bombillas eléctricas, para que galopase por el lienzo iluminado el +intrépido Lionel. + +Sus hazañas resultaban interminables. Jamás caballero andante ni héroe +de novela moderna pasó por tantas aventaras. Le vió en peligro de muerte +un sinnúmero de veces. Además, mataba gente como si matase moscas. +Llevaba exterminadas muchas fieras, especialmente tigres, y á él nunca +le ocurría un contratiempo que fuese irremediable. Le herían +frecuentemente, le sometían á tormentos atroces; pero sanaba, al fin, +con una rapidez portentosa. Y en casi todas las representaciones, ¡su +mirada, aquella mirada de héroe niño, que hacía sentir á Mina el +pinchazo de un alfiler olvidado!... + +Algunas damas encontradas en sus viajes contribuían, sin saberlo, á +aumentar su preocupación: + +--Usted, que es americana, ¿ha visto alguna vez personalmente á Lionel +Gould?... + +Una noche, Mina se convenció de que su acompañante era una vieja +estúpida. La había llevado á ver una aventura sorprendente de «El rey de +las praderas», y cuando el héroe lanzaba su mirada de angustia, miss +Craven le preguntó en voz baja, con temblores de emoción: + +--¿Qué le parece?... ¿Verdad que es muy guapo?... + +La acompañante movió la cabeza. Sí, guapo; pero muy ordinario. Ella no +amaba los _cow-boys_. Prefería los _films_ en que aparecen señoras +elegantes y todos los hombres van vestidos de frac. + +De pronto, Mina mostró un patriotismo rabioso. ¿Qué hacía en Europa?... +Sólo los _snobs_ podían perder su tiempo y su dinero en un continente +viejo y aburrido. Ella era americana, y debía vivir en América. + +Y se embarcó, pensando que es necedad rodar por el mundo cuando, las más +de las veces, lo que buscamos lo tenemos en la propia casa. + + + + +III + + +Al saber, en Nueva York, que Foster (padre) estaba en San Francisco, +atravesó inmediatamente los Estados Unidos. + +Se había vuelto de repente mujer de orden; deseaba enterarse del estado +de sus negocios; creía necesario conferenciar con su tutor. No sabía +ciertamente qué podría decirle; pero consideraba urgente el verle, por +el solo hecho de que vivía en California. + +Cuando llegó á San Francisco, supo que Foster se hallaba en una +propiedad suya, á dos horas de ferrocarril, y desistió de su visita. Ya +le vería más adelante; estaba cansada; le asustaba estas dos horas de +tren, después de haber pasado una semana entera en vagón. Y, á pesar del +tal cansancio, salió inmediatamente para Los Ángeles, un viaje cinco +veces mayor. + +Pero tampoco en Los Ángeles estaba su reposo, y no paró hasta tres +cuartos de hora más allá, en el pueblo de Hollywood, donde se fabrican +la mayor parte de los _films_ que entretienen á la humanidad presente. + +Admiró la fresca hermosura de una población creada en pocos años, por la +necesidad de sol y de cielo límpido que tiene la cinematografía. Vió +avenidas formadas solamente de jardines y de estudios. Varios miles de +artistas de ambos sexos, de maquinistas escénicos y de fotógrafos +constituyen su único vecindario. En las calles, á la hora del _lunch_, +se encuentran odaliscas arrastrando sus velos, españolas con mantilla, +ó pieles rojas con penachos de plumas, según es el _film_ que está en +ejecución. Las figurantas van á sus casas á almorzar sin quitarse el +traje, por no perder tiempo. + +Sobre las vallas de los estudios se elevan, unas veces, la torre Eiffel, +si la obra transcurre en París, y otras, el palacio de los Dogas +venecianos ó los agudos minaretes de una mezquita oriental. Cuando el +fotógrafo termina de dar vueltas á la última película, los albañiles +demuelen estas sólidas construcciones de cemento para levantar otras +inmediatamente, cambiando el aspecto de la «ciudad-camaleón». + +Mina fué rectamente en busca de lo que le había atraído cuando estaba al +otro lado de la tierra. Avanzó con resolución, por lo mismo que estaba +segura de que le esperaba un cruel desengaño. Esta celebridad sería, +seguramente, como las otras. + +Una agencia de informes había puesto en movimiento sus detectives para +hacer conocer á la millonaria todo el pasado de «El rey de las +praderas». + +Lionel Gould--un nombre de teatro--había sido estudiante; pero su +afición á la vida intensa y á las novelas de aventuras le hicieron +abandonar la casa de sus padres á los diez y siete años, yéndose á Texas +para llevar la existencia ruda de los _cow-boys_ que tantas veces había +admirado en los libros. A los veintidós años, otro cambio de aficiones. +El jinete de las llanuras, cansado de guardar vacas, se había hecho +actor, sufriendo la vida errante y no menos aventurera que llevan en los +Estados Unidos las gentes de teatro mediocres, saltando de pueblo en +pueblo para trabajar una noche nada más. + +El éxito universal de la cinematografía le sacó de pronto de esta +miserable situación. Todo lo que había aprendido en las praderas de +Texas le sirvió para su gloria artística. Ningún actor supo como él +montar á caballo, echar el lazo, batirse á puñetazos, manejar las armas. +Allá, entre vaqueros de verdad, había sido un discípulo mediocre, un +muchacho de la burguesía empeñado en hacerse _cow-boy_ bajo la obsesión +de ciertas lecturas. En el cinematógrafo no tuvo rival, y fué al poco +tiempo «El rey de las praderas». + +Antes de los treinta años había juntado una fortuna considerable y su +nombre era famoso en la tierra entera. + +Un ayuda de cámara irlandés se encargaba de contestar, imitando su +firma, los centenares de cartas femeniles que llegaban semanalmente de +todos los extremos del planeta pidiendo á Gould un autógrafo +sentimental. + +Mina vió su casa, elegante edificio de madera, verde y blanco, entre +jardines siempre primaverales. Después lo vió á él, una tarde que +trabajaba en el interior del estudio cinematográfico, bajo una luz +lívida. «El rey de las praderas» se batía en aquellos momentos á +silletazos y tiros de revólver con todos los parroquianos de una taberna +del desierto. + +La primera impresión no fué buena. Miss Craven le vió alto, fornido, de +arrogantes movimientos, tal como lo había contemplado muchas veces en +los _films_, pero con la cara pintada de blanco, lo mismo que un +Pierrot. La luz lívida y sepulcral de los tubos de mercurio exigía esta +pintura de artista de circo. + +Pero Gould, impresionado por la presencia de la millonaria que era hija +del difunto Craven y tenía por tutor á Foster (padre), dos nombres +ilustres del Oeste, la saludó con una torpeza conmovedora. En su +confusión, lanzó la mirada, la famosa mirada de héroe niño que parecía +pedir auxilio, y Mina dejó de ver la cara cubierta de almidón, para +fijarse únicamente en sus ojos implorantes. + +Desde este día, el gran artista terminó más pronto sus trabajos, para ir +á Los Ángeles, donde miss Craven le había invitado á comer, ó para +acompañarla en sus interesantes paseos á la hora en que muere el sol. + +Lionel recitaba versos, estaba más enterado que Mina de las cosas +literarias, y ella acabó por admirarle como un espíritu delicado, como +un «alma romántica», capaz de llenar de poesía la existencia de una +mujer. Además, era «El rey de las praderas», el atleta irresistible que +ningún hombre podía domeñar. + +Una visita inesperada perturbó esta existencia idílica. + +Se presentó en el lujoso hotel de Los Ángeles Foster (hijo), con todo su +equipaje de escopetas y demás aparatos para la caza de bestias feroces. + +--¡Mi querida Mina! ¡Qué casualidad encontrarnos!... Vengo de Nueva +York, para embarcarme en San Francisco. Voy al Congo.... + +Y ruborizándose por este absurdo rodeo geográfico, se apresuró á añadir: + +--Quiero cazar donde no cazó el coronel Roosevelt. Voy á correr los +países que él no visitó nunca. + +Un secreto instinto le avisaba, sin duda, el peligro, y venciendo esta +vez la cortedad de su carácter, manifestó sus deseos. Mina Craven y +James Foster (hijo) podían hacer una linda pareja. ¿Por qué no se +casaban?... + +El gesto de lástima simpática que puso ella fué para acobardar al más +valeroso cazador. + +--Yo sólo me casaré con un hombre célebre. + +Foster quiso protestar. Él no tenía la celebridad de un boxeador ó de un +cantante de ópera; pero era alguien. Los periódicos hablaban de él. + +--Yo sólo me casaré con un héroe--añadió Mina. + +James creyó necesario insistir en sus méritos. Hizo memoria de los +regalos enviados á Mina, especialmente de dos pieles de oso, enormes, +con unas cabezas que metían espanto. Él, completamente solo, los había +matado en Alaska. + +--¡Unos osos!--dijo ella, levantando los hombros--. Eso lo mata +cualquiera.... ¿Cuántos tigres ha cazado usted, James?... + +El hijo de Foster inclinó la cabeza. Apenas quedaban tigres en el mundo. +Él había pasado varios meses en la India, y, después de largas esperas, +gastos y penalidades, sólo había conseguido matar uno. + +--¡Un tigre nada más!... + +Mina sonrió otra vez de lástima. Ella conocía á un cazador que llevaba +matados más de treinta ante sus propios ojos, y no con largos +intervalos, sino todas las noches. + +Foster (hijo), como hombre práctico, abandonó inmediatamente sus +pretensiones, juzgándolas imposibles. «¡Adiós, Mina!» Ya no pensó en +sobrepasar las hazañas africanas de Roosevelt. Lo que deseaba era +tropezar en el Congo con un hipopótamo, un león ó cualquiera otra bestia +misericordiosa, que, al desgarrarlo en pequeños pedazos, le librase del +recuerdo de miss Craven la ingrata. + +Después de esta entrevista, la millonaria creyó necesario acelerar los +acontecimientos. Ella fué la que tomó la iniciativa, sabiendo que «El +rey de las praderas» se mostraba tímido en su presencia, quedando como +adormecido bajo el poder de sus ojos. + +--Ya estoy cansada de ser miss Craven. Ahora deseo ser mistress Gould. +¿Está usted conforme, Lionel? + +Aunque él hubiese dicho que no, Mina habría preparado lo mismo el +matrimonio. + +Llevando tras de ella al célebre Lionel, como si lo raptase, se marchó +á San Francisco para visitar á su tutor. Esta vez Foster (padre) estaba +en su despacho. + +--Le presento á mi futuro esposo. Me caso esta misma semana con «El rey +de las praderas». + +El millonario abrió la boca á impulsos de la sorpresa, mostrando todo el +oro y el marfil de su interior. Luego pensó que un hombre de negocios no +debe asombrarse nunca, y acabó por reír, con una carcajada ruidosa que +dejó visible otra vez toda la riqueza de su dentadura. + +--¡Original!... ¡Verdaderamente original! + + + + +IV + + +Mina se consideró la mujer más feliz de la tierra. El escándalo de unas +amigas y los comentarios burlones de las otras fueron para ella un +motivo de orgullo. + +--¡Envidiosas!... ¡De qué buena gana me quitarían mi «rey de las +praderas»! + +Gould era aún más dichoso. Los millones de su esposa suponían poco en +esta felicidad. Él ganaba miles de dólares por semana.... Pero le +enorgullecía haberse casado, siendo un simple cómico, con la hija única +de Craven, llamado en vida «el Cristóbal Colón del petróleo». + +Un gran contento físico vino á confundirse, además, con este amor +admirativo. + +Gould estaba harto de sus compañeras de trabajo. Un convencionalismo de +la cinematografía americana, inventado no se sabe por quién, exige que +todos los actores sean grandes, y las artistas, liliputienses. Lionel, +que admiraba las hembras de su talla, tenía que trabajar con muñecas que +apenas le pasaban del codo, mujeres «de bolsillo», que podía meter en +cualquiera abertura de su traje. + +A su esposa, la esbelta y fuerte Mina, la besaba de frente, sin +necesidad de bajar la cabeza y doblar las vértebras. Además, las otras +iban pintadas de blanco, como payasos; llevaban pegadas á los párpados +unas tirillas erizadas de pelos, que fingían larguísimas pestañas, y en +los momentos de emoción se colocaban unas gotitas de glicerina, que +luego, en el film, resultaban lágrimas.... En cambio, la nueva mistress +Gould era de una esplendidez corporal, fresca y firme, que parecía +esparcir el perfume de los bosques cuando despiertan bajo el soplo de la +primavera. ¡Oh, adorada Mina! + +Se lanzaron á viajar por el mundo. Ella exigió que Lionel abandonase el +arte cinematográfico. Más adelante, ¿quién sabe?... Un hombre célebre se +debe á su celebridad. Pero, por el momento, «El rey de las praderas» +debía ser para ella únicamente. + +La vida conyugal no le trajo ninguna decepción. El célebre Gould fué, al +mismo tiempo, un marido enamorado y un servidor respetuoso. Además, +¡cómo se sentía ella protegida al lado del héroe! ¡Qué impresión de +orgullo y de seguridad cuando se abrazaba á él, percibiendo la fuerza +almacenada en su vigoroso organismo!... + +Muchas veces, al marchar apoyada en su brazo, tocaba amorosamente el +bíceps contraído. Era fuerte, pero no de un vigor extraordinario. Ella +había visto en los circos y en los pugilatos de boxeadores musculaturas +más poderosas. Pero inmediatamente pensaba en las hazañas de «El rey de +las praderas». La cinematografía tiene sus _trucs_ y sus misterios, como +todas las cosas teatrales; pero la verdad siempre es la verdad, y ella +había visto á su Lionel levantar troncos enormes, agarrar á un enemigo y +arrojarlo por la ventana como si fuese un pañuelo, echar puertas +abajo.... + +«Y es que el músculo--pensaba Mina--no lo es todo; vale más la energía +interior y misteriosa, que sólo poseen los héroes.» Su Lionel, +indudablemente, era á modo de una batería eléctrica, que en ciertos +momentos de excitación podía desenvolver una fuerza inmensa. Ella le +había visto batiéndose con ocho á la vez, y sabía hasta dónde era capaz +de llegar. + +--¡Oh, Lionel!... ¡Mi hércules adorado! + +Una noche, estando en Marsella de paso para Egipto, Mina quiso pasear +por el Puerto Viejo, á la luz de la luna. ¡Ver los buques antiguos del +Mediterráneo dormidos sobre las aguas de plata! ¡Creerse en tiempos de +la _Odisea_ al contemplar las filas de pequeños veleros procedentes de +Grecia!... + +Los muelles desiertos resultaban peligrosos después de media noche. En +las callejuelas cercanas bullían rameras de la más extremada abyección, +juntas con negros, con marineros levantinos, con marroquíes é +indostánicos, con vagabundos de todo el planeta. Pero la millonaria no +conocía el miedo. Además, iba apoyada en el más fuerte de los brazos. + +Su cabellera de aurora, su andar majestuoso, el perfume que iban +sembrando sus pasos, el brillo de un diamante en su diestra +desenguantada, hicieron detenerse á sus espaldas á cuatro hombres +morenos, de robustez cuadrada y rostros inquietantes, que se consultaron +con voces roncas de ebrio. + +Gould sólo tuvo tiempo para abandonar el brazo de su mujer y girar +sobre sus talones, avisado por las palabras confusas de estos +vagabundos, que parecían ponerse de acuerdo. + +Los cuatro cayeron sobre él, que los recibió gallardamente con sus puños +poderosos. + +Mina quedó á pocos pasos, más curiosa que asustada, saboreando de +antemano la gran corrección que iban á recibir los bandidos. «El rey de +las praderas» terminaría la pelea en unos segundos. + +Pero el pobre «rey», después de defenderse con una arrogancia teatral, +sin vacilación alguna, seguro de su triunfo, vino al suelo tristemente, +como se derrumban al dar los primeros pasos en la existencia todos los +que han vivido una vida de ilusión. + +Tres de aquellos miserables siguieron golpeando al caído para rematarlo, +mientras el otro avanzaba hacia Mina con cierta indecisión, al ver que +no intentaba huir. + +Miss Craven, á pesar de sus fantasías, había conservado mucho del +espíritu práctico de su padre, y sabía todo lo que una persona previsora +no debe olvidar en sus viajes. Brilló en su diestra, salido no se sabe +de dónde, un juguete plateado, la última novedad para la defensa +personal: nueve tiros. Sonó una detonación, y el hombre se hizo atrás, +lanzando juramentos y llevándose una mano al pecho. Sonó un nuevo +disparo, y empezó á dar traspiés otro de los que estaban inclinados, +sobre Lionel dándole golpes. Siguió apretando el gatillo, y los tiros +hicieron desaparecer á aquellos facinerosos, unos corriendo, otros +balanceándose dolorosamente, mientras de las callejuelas cercanas +empezaba á salir gente. Mina se arrodilló junto á su marido. + +--¡Oh, Lionel! ¡Mi rey!... ¿Te han matado? + +Cuando, semanas después, pudieron salir de Marsella, la vida conyugal +era otra. Gould, todavía convaleciente de sus heridas, parecía sentir +vergüenza delante de su esposa. «¡No haber sabido defenderte!...», +decían sus ojos. Y lanzaba á continuación su mirada suplicante. + +Esta mirada devolvía á Mina un pálido recuerdo del antiguo afecto. Sólo +esta mirada era verdad. Todo lo demás del héroe, pura mentira. Su marido +resultaba un pobre muchacho, simple y bueno, necesitado de que lo +protegiesen. Ella lo defendería, como en la noche de Marsella. ¡Adiós, +amor! Sólo quedaba en la millonaria un afecto que tenía mucho de +maternal. + +Los dos, con la pesada tristeza del desengaño, se aburrieron en todas +partes, y acortaron su viaje para volver á los Estados Unidos. + +Creían adivinarse en los ojos sus respectivos pensamientos. + +--Se divorciará apenas lleguemos á Nueva York.... Mejor: volveré á +dedicarme á la cinematografía. + +Pero esto representaba para Gould un suplicio. ¡Separarse de Mina, á la +que amaba ahora más que antes, con la ternura de la gratitud y la +amargura del remordimiento!... + +Ella también pensaba en el divorcio. + +--¡Todo mentira!... Tendré que rehacer mi existencia con otro. + +Y empezó á pensar en África y en los continuadores de las cacerías de +Roosevelt. + +Al llegar á Nueva York, los periódicos hablaron de Mina por ser la +esposa del célebre Gould. Las amigas seguían envidiándole el «rey de las +praderas» y encontraban muy interesante su matrimonio. ¿Era prudente, +después de esto, abandonar á su buen mozo, para que lo agarrase otra +mujer?... + +La vida en intimidad resultaba triste y penosa. El recuerdo de aquella +noche se interponía entre los dos. El pobre «rey» conoció una reina que +no había sospechado nunca: injusta, rencorosa, sarcástica, propensa á +encontrar malo todo lo de su marido. + +Una mañana, á la hora del _breakfast_, por una discusión insignificante, +la misma mano que había disparado varios tiros en el Puerto Viejo de +Marsella agarró un plato y lo arrojó contra la cara del hombre célebre. +La porcelana se hizo pedazos, hiriéndole. Lionel se limpió la sangre de +una mejilla, y luego miró á su esposa con aquellos ojos de niño +abandonado é implorante. + +--¡Oh, mi rey!--gritó ella, refugiándose en sus brazos--. ¡Pobrecito +mío!... Perdóname; soy una loca. No te abandonaré nunca. + +Y durante todo el día, Gould conoció la más amorosa y sumisa de las +mujeres. + +Desde entonces la vida de los dos se desarrolló con violentas +alternativas: primeramente discusiones buscadas por ella, que terminaban +con golpes, y luego, tras la mirada implorante del esposo, la feliz +reconciliación. Hasta le permitió que volviese al arte cinematográfico, +siendo protagonista da varios _films_, cuyos argumentos se hacía relatar +ella anticipadamente. Su Lionel sólo debía aparecer en el círculo +luminoso realizando hazañas nunca vistas. + +Jamás había hablado con tanto entusiasmo de su esposo. Lo mismo en +presencia de él que estando á solas con sus amigas, hacía elogios del +héroe, ensalzando su fuerza irresistible, su valor temerario. + +Lionel Gould era siempre el mismo. Estaba orgullosa de llevar su nombre. + +Después de esto sonreía con verdadera satisfacción, halagada por +orgullosos pensamientos que nadie podía adivinar. + +Sí; su marido continuaba siendo el invencible, el único, «El rey de las +praderas», y con esto quedaba dicho todo. + +Pero ella, en su casa, le pegaba al «rey de las praderas». + + + + +NOCHE SERVIA + + + + +I + + +Las once de la noche. Es el momento en que cierran sus puertas los +teatros de París. Media hora antes, cafés y _restaurants_ han echado +igualmente su público á la calle. + +Nuestro grupo queda indeciso en una acera del bulevar, mientras se +desliza en la penumbra la muchedumbre que sale de los espectáculos. Los +faroles, escasos y encapuchados, derraman una luz fúnebre, rápidamente +absorbida por la sombra. El cielo negro, con parpadeos de fulgor +sideral, atrae las miradas inquietas. Antes, la noche sólo tenía +estrellas; ahora puede ofrecer de pronto teatrales mangas de luz en cuyo +extremo amarillea el zepelín como un cigarro de ámbar. + +Sentimos el deseo de prolongar nuestra velada. Somos cuatro: un escritor +francés, dos capitanes servios y yo. ¿Adonde ir en este París obscuro, +que tiene cerradas todas sus puertas?... Uno de los servios nos habla +del _bar_ de cierto hotel elegante, que continúa abierto para los +huéspedes del establecimiento. Todos los oficiales que quieren +trasnochar se deslizan en él como si fuesen de la casa. Es un secreto +que se comunican los hermanos de armas de diversas naciones cuando pasan +unos días en París. + +Entramos cautelosamente en el salón, profusamente iluminado. El tránsito +es brusco de la calle obscura á este _hall_, que parece el interior de +un enorme fanal, con sus innumerables espejos reflejando racimos de +ampollas eléctricas. Creemos haber saltado en el tiempo, cayendo dos +años atrás. Mujeres elegantes y pintadas, champaña, violines que gimen +las notas de una danza de negros con el temblor sentimental de las +romanzas desgarradoras. Es un espectáculo de antes de la guerra. Pero en +la concurrencia masculina no se ve un solo frac. + +Todos los hombres llevan uniformes--oficiales franceses, belgas, +ingleses, rusos, servios--, y estos uniformes son polvorientos y +sombríos. Los violines los tocan unos militares británicos, que +contestan con sonrisas de brillante marfil á los aplausos y aclamaciones +del público. Sustituyen á los antiguos ziganos de casaca roja. Las +mujeres señalan á uno de ellos, repitiéndose el nombre del padre, lord +célebre por su nobleza y sus millones. «Gocemos locamente, hermanos, que +mañana hemos de morir.» + +Y todos estos hombres, que han colgado su vida como ofrenda en el altar +de la diosa pálida, beben la existencia á grandes tragos, ríen, copean, +cantan y besan con el entusiasmo exasperado de los marinos que pasan una +noche en tierra y al romper el alba deben volver al encuentro de la +tempestad. + + + + +II + + +Los dos servios son jóvenes y parecen satisfechos de que las aventuras +de su patria les hayan arrastrado hasta París, ciudad de ensueño que +tantas veces ocupó su pensamiento en la bárbara monotonía de una +guarnición del interior. + +Ambos «saben relatar», habilidad ordinaria en un país donde casi todos +son poetas. Lamartine, al recorrer hace tres cuartos de siglo la Servia +feudataria de los turcos, quedó asombrado de la importancia de la poesía +en este pueblo de pastores y guerreros. Como muy pocos conocían el +abecedario, emplearon el verso para guardar más estrechamente las ideas +de su memoria. Los «guzleros» fueron los historiadores nacionales, y +todos prolongaron la _Ilíada_ servia improvisando nuevos cantos. + +Mientras beben champaña, los dos capitanes evocan las miserias de su +retirada hace unos meses; la lucha con él hambre y el frío; las batallas +en la nieve, uno contra diez; el éxodo de las multitudes, personas y +animales en pavorosa confusión, al mismo tiempo que á la cola de la +columna crepitan incesantemente fusiles y ametralladoras; los pueblos +que arden; los heridos y rezagados aullando entre llamas; las mujeres +con el vientre abierto, viendo en su agonía una espiral de cuervos que +descienden ávidos; la marcha del octogenario rey Pedro, sin más apoyo +que una rama nudosa, agarrotado por el reumatismo, y continuando su +calvario á través de los blancos desfiladeros, encorvado, silencioso, +desafiando al destino como un monarca shakespiriano. + +Examino á mis dos servios mientras hablan. Son mocetones carnosos, +esbeltos, duros, con la nariz extremadamente aguileña, un verdadero pico +de ave de combate. Llevan erguidos bigotes. Por debajo de la gorra, que +tiene la forma de una casita con doble tejado de vertiente interior, se +escapa una media melena de peluquero heroico. Son el hombre ideal, el +«artista», tal como lo veían las señoritas sentimentales de hace +cuarenta años, pero con uniforme color de mostaza y el aire tranquilo y +audaz de los que viven en continuo roce con la muerte. + +Siguen hablando. Relatan cosas ocurridas hace unos meses, y parece que +recitan las remotas hazañas de Marko Kralievitch, el Cid servio, que +peleaba con las _wilas_, vampiros de los bosques, armadas de una +serpiente á guisa de lanza. Estos hombres que evocan sus recuerdos en un +_bar_ de París han vivido hace unas semanas la existencia bárbara é +implacable de la humanidad en su más cruel infancia. + +El amigo francés se ha marchado. Uno de los capitanes interrumpe su +relato para lanzar ojeadas á una mesa próxima. Le interesan, sin duda, +dos pupilas circundadas de negro que se fijan en él, entre el ala de un +gran sombrero empenachado y la pluma sedosa de un boa blanco. Al fin, +con irresistible atracción, se traslada de nuestra mesa á la otra. Poco +después desaparece, y con él se borran el sombrero y el boa. + +Me veo á solas con el capitán más joven, que es el que menos ha hablado. +Bebe; mira el reloj que está sobre el mostrador. Vuelve á beber. Me +examina un momento con esa mirada que precede siempre á una confidencia +grave. Adivino su necesidad de comunicar algo penoso que le atormentaba +memoria con una gravitación de suplicio. Mira otra vez el reloj. La una. + +--Fué á esta misma hora--dice sin preámbulo, saltando del pensamiento á +la palabra para continuar un monólogo mudo--. Hoy hace cuatro meses. + +Y mientras él sigue hablando, yo veo la noche obscura, el valle cubierto +de nieve, las montañas blancas, de las que emergen hayas y pinos +sacudiendo al viento las vedijas algodonadas de su ramaje. Veo también +las ruinas de un caserío, y en estas ruinas el extremo de la retaguardia +de una división servia que se retira hacia la costa del Adriático. + + + + +III + + +Mi amigo manda el extremo de esta retaguardia, una masa de hombres que +fué una compañía y ahora es una muchedumbre. A la unidad militar se han +adherido campesinos embrutecidos por la persecución y la desgracia, que +se mueven como autómatas y á los que hay que arrear á golpes; mujeres +que aullan arrastrando rosarios de pequeñuelos; otras mujeres, morenas, +altas y huesudas, que callan con trágico silencio, é inclinándose sobre +los muertos les toman el fusil y la cartuchera. + +La sombra se colora con la pincelada roja y fugaz del disparo surgiendo +de las ruinas. De las profundidades lóbregas contestan otros fulgores +mortales. En el ambiente negro zumban los proyectiles, invisibles +insectos de la noche. + +Al amanecer será el ataque arrollador, irresistible. Ignoran quién es +el enemigo que se va amasando en la sombra. ¿Alemanes, austríacos, +búlgaros, turcos?... ¡Son tantos contra ellos! + +--Debíamos retroceder--continúa el servio--, abandonando lo que nos +estorbase. Necesitábamos ganar la montaña antes de que viniese el día. + +Los largos cordones de mujeres, niños y viejos se habían sumido ya en la +noche, revueltos con las bestias portadoras de fardos. Sólo quedaban en +la aldea loa hombres útiles, que hacían fuego al amparo de los +escombros. Una parte de ellos emprendió á su vez la retirada. De pronto, +el capitán sufrió la angustia de un mal recuerdo. + +--¡Los heridos! ¿Qué hacer de ellos?... + +En un granero de techo agujereado, tendidos en la paja, había más de +cincuenta cuerpos humanos sumidos en doloroso sopor ó revolviéndose +entre lamentos. Eran heridos de los días anteriores que hablan logrado +arrastrarse hasta allí; heridos de la misma noche, que restañaban la +sangre fresca con vendajes improvisados; mujeres alcanzadas por las +salpicaduras del combate. + +El capitán entró en este refugio, que olía á carne descompuesta, sangre +seca, ropas sucias y alientos agrios. A sus primeras palabras, todos los +que conservaban alguna energía se agitaron bajo la luz humosa del único +farol. Cesaron los quejidos. Se hizo un silencio de sorpresa, de pavor, +como si estos moribundos pudiesen temer algo más grave que la muerte. + +Al oír que iban á quedar abandonados á la clemencia del enemigo, todos +intentaron un movimiento para incorporarse; pero los más volvieron á +caer. + +Un coro de súplicas desesperadas, de ruegos dolorosos, llegó hasta el +capitán y los soldados que le seguían.... + +--¡Hermanos, no nos dejéis!... ¡Hermanos, por Jesús! + +Luego reconocieron lentamente la necesidad del abandono, aceptando su +suerte con resignación. ¿Pero caer en manos de los adversarios? ¿Quedar +á merced del búlgaro ó el turco, enemigos de largos siglos?... Los ojos +completaron lo que las bocas no se atrevían á proferir. Ser servio +equivale á una maldición cuando se cae prisionero. Muchos que estaban +próximos á morir temblaban ante la idea de perder su libertad. + +La venganza balkánica es algo más temible que la muerte. + +--¡Hermano!... ¡hermano!... + +El capitán, adivinando los deseos ocultos en estas súplicas, evitaba el +mirarles. + +--¿Lo queréis?--preguntó varias veces. + +Todos movieron la cabeza afirmativamente. Ya que era preciso este +abandono, no debía alejarse la retaguardia dejando á sus espaldas un +servio con vida. + +¿No hubiera suplicado el capitán lo mismo al verse en idéntica +situación?... + +La retirada, con sus dificultades de aprovisionamiento, hacía escasear +las municiones. Los combatientes guardaban avaramente sus cartuchos. + +El capitán desenvainó el sable. Algunos soldados habían empezado ya el +trabajo empleando las bayonetas, pero su labor era torpe, desmañada, +ruidosa: cuchilladas á ciegas, agonías interminables, arroyos de sangre. +Todos los heridos se arrastraban hacia el capitán, atraídos por su +categoría, que representaba un honor, y admirados de su hábil prontitud. + +--¡A mí, hermano!... ¡A mi! + +Teniendo hacia fuera el filo del sable, los hería con la punta en el +cuello, buscando partir la yugular del primer golpe. + +--_¡Tac!... ¡tac!..._--marcaba el capitán, evocando ante mi esta escena +de horror. + +Acudían arrastrándose sobre manos y pies; surgían como larvas de las +sombras de los rincones; se apelotonaban contra sus piernas. Él había +intentado volver la cara para no presenciar su obra; los ojos se le +llenaban de lágrimas.... Pero este desfallecimiento sólo servía para +herir torpemente, repitiendo los golpes y prolongando el dolor. +¡Serenidad! ¡Mano fuerte y corazón duro!... _¡Tac!... ¡tac!..._ + +--¡Hermano, á mi!... ¡A mí! + +Se disputaban el sitio, como si temieran la llegada del enemigo antes de +que el fraternal sacrificador finalizase su tarea. Habían aprendido +instintivamente la postura favorable. Ladeaban la cabeza para que el +cuello en tensión ofreciese la arteria rígida y visible á la picadura +mortal. «¡Hermano, á mí!» Y expeliendo un caño de sangre se recostaban +sobre los otros cuerpos, que iban vaciándose lo mismo que odres rojos. + + * * * * * + +El _bar_ empieza á despoblarse. Salen mujeres apoyadas en brazos con +galones, dejando detrás de ellas una estela de perfumes y polvos de +arroz. Los violines de los ingleses lanzan sus últimos lamentos, entre +risas de alegría infantil. + +El servio tiene en la mano un pequeño cuchillo sucio de crema, y con el +gesto de un hombre que no puede olvidar, que no olvidará, nunca, sigue +golpeando maquinalmente la mesa.... _¡Tac!... ¡tac!..._ + + + + +LAS PLUMAS DEL CABURÉ + + + + +I + + +Morales iba á seguir disparando su mauser, pero Jaramillo, que estaba, +como él, con una rodilla en tierra y la cara apoyada en la culata del +fusil, le dijo á gritos, para dominar con su voz el estruendo de las +descargas: + +--Es inútil que tires; no lo matarás. Ese hombre tiene un _payé_ de gran +poder. + +Habían desembarcado, cerca de media noche, en el muelle de la ciudad. +Dos vaporcitos los habían transbordado de la otra orilla del río Paraná. +Eran poco más de cien hombres, reclatados en el Paraguay ó en la +gobernación del Chaco, casi todos ellos hijos del Estado de Corrientes, +que andaban errantes, fuera de su país, por aventuras políticas ó de +amor. Mezclados con estos rebeldes autóctonos iban unos cuantos hombres +de acción, amadores del peligro por el peligro, que se trasladaban de +una á otra de las provincias excéntricas de la Argentina, allí donde era +posible que surgiesen revoluciones. + +Confiando en la audacia inverosímil que representaba este golpe de mano, +en la sorpresa que iban á sufrir los adversarios, avanzaron por las +calles como por un terreno conocido, dirigiéndose al cuartel de la +policía. Los vecinos que tomaban el fresco ante sus casas saltaban de +las sillas y desaparecían, adivinando lo que significaba este rápido +avance de hombres armados. + +Cuando los invasores llegaron frente al cuartel, vieron cómo se cerraban +sus puertas y cómo salían de sus ventanas los primeros fogonazos. ¡Golpe +errado! Pero nadie pensó en huir. Porque la sorpresa fracasase, no iban +á privarse del gusto de seguir cambiando tiros con los aborrecidos +contrarios. + +--¡Viva el doctor Sepúlveda! ¡Abajo el gobierno usurpador! + +Y repartidos en grupos ocuparon todas las bocacalles que daban á la +plaza, disparando contra el cuartel. + +Un hombre gordo y obscuro de color, oficial de la policía, se mostraba +en una de las ventanas con una tranquilidad asombrosa. Extendiendo un +brazo, disparaba su revólver contra los rebeldes: + +--¡Canallas! ¡Hijos de...tal! ¡Perros! + +Luego, sacando otro brazo, disparaba el segundo revólver, se metía +adentro para cargar sus armas y volvía á aparecer. + +La mayor parte de los asaltantes parecieron olvidar el motivo político +que los había traído hasta allí. Ya no pensaban en el «gobierno +usurpador» ni en asaltar el cuartel. Toda su atención la concentraron en +aquel hombre que seguía insultándoles sin tomar precauciones. Llovían +las balas en torno de su persona, pero ni una sola lograba tocarle. + +--No gastes tus cartuchos, hermano--continuó Jaramillo, con una +expresión fatalista--. Ese hombre posee un talismán, un _payé_ que le +hace invulnerable como el diablo.... ¿Quién sabe si lleva en el pecho +alguna pluma de caburé? + +Morales cesó de disparar. Tenía una ciega confianza en la sabiduría de +su compañero. Además, conocía desde su niñez el poder de una pluma de +caburé. + +--¡Viva el partido blanco! ¡Abajo Sepúlveda! ¡Mueran los colorados! + +Era el refuerzo enemigo que llegaba. Sonaron nuevos tiros en el fondo de +las calles. Pasada la primera sorpresa, acudían las otras fuerzas del +gobierno en socorro del cuartel. + +--Esto se acabó. Hay que retirarse--dijo Jaramillo. + +Los dos camaradas corrieron hacia el muelle, doblando el cuerpo para +hacerse más pequeños ante las balas con que los perseguía el enemigo. +Otros siguieron defendiéndose rudamente á sus espaldas. + +Llegaron al puerto á tiempo para ver cómo uno de los vaporcitos huía río +arriba, perdiéndose en la noche, y cómo el otro empezaba á apartarse del +muelle de madera. Esto no extrañó á Jaramillo. + +--¡Qué puede esperarse de extranjeros, de _gringos_ que carecen de +fervor político y no son del partido!... + +Es natural, tratándose de dos capitanes genoveses. + +Pero él y Morales, con su agilidad de hijos de la selva, saltaron en el +vacío negro, cayendo precisamente sobre el borde de la cubierta +fugitiva. Unos milímetros menos, y se perdían en el agua lóbrega poblada +de caimanes.... ¡Que Dios protegiese á los valientes que se quedaban en +tierra! + +Cuando las luces del puerto empezaron á borrarse en la obscuridad, +Jaramillo, considerándose seguro, empezó á formular sus protestas. + +--¿A quién se le ocurre hacer revoluciones á media noche?... Es la peor +de las horas, cuando todo el mundo vive y está despierto. Eso podrá ser +en los países donde hace frío y la gente se acuesta temprano, ¿pero +aquí?... Aquí, la hora mejor para la revolución es la una de la tarde. + +Todos los oyentes aprobaron con gestos silenciosos. Desembarcando á la +hora de la siesta, habrían entrado por las calles sin que nadie los +viese, lo mismo que á través de una ciudad muerta; habrían sorprendido +el cuartel, matando á la guardia, que seguramente estaría tendida á la +sombra y roncando. + +--Es una locura--continuó Jaramillo--intentar ataques de noche en un +país como el nuestro. No hay mas que acordarse de lo que pasa en la +selva. + +Como todos eran hijos de la selva, persistieron en sus muestras de +aprobación. Durante las horas de sol y de calor era cuando la selva +dormía, sin un estremecimiento, sin un latido, con una calma de tumba. +Luego, al morir la tarde, despertaba la vida; los insectos empezaban á +zumbar, los pájaros sacudían sus alas, los cuadrúpedos estiraban sus +patas, y en la sombra todos se agitaban para ofender ó para defenderse, +para devorar ó ser devorados. La vida renacía con el fresco de la noche, +reanudando sus aventuras y sus tragedias. + +Morales admiró una vez más la sabiduría de su amigo. Era hijo de un +brujo y había heredado muchos de los secretos paternales. + +A veces, esta vida nocturna de la selva se paralizaba con una larga +pausa de angustioso silencio. + +Era porque rondaba cerca el jaguar, el tigre americano, de piel pintada +á redondeles, al que los indios guaraníes, en su lenguaje, apodan «el +Señor». + +Otras veces, el silencio tenía un motivo más claro y determinado. Un +grito estridente rasgaba la lobreguez, un alarido feroz, que hacía +estremecer á los que lo escuchaban. Este grito inmenso salía de la +garganta de un pájaro poco más grande que el puño, una especie de +mochuelo del tamaño de un pichón de cría. Todas las bestias, las que +vuelan, las que corren y las que se arrastran, se echaban á temblar +cuando oían este alarido. + +Morales no había logrado ver nunca al pájaro diminuto, soberano de la +selva, pero lo conocía de fama desde su niñez. + +Tenía por armas su pico, un terrible pico fuerte como el acero mejor +templado, y una infernal mala intención. Allí donde clavaba su arma +abría orificio, y el golpe iba dirigido siempre á la cabeza del +adversario, devorando inmediatamente su cerebro al descubierto. No había +cráneo que pudiera resistir á sus perseverantes picotazos, iguales á +golpes de barreno. Atacaba al toro, al tigre, al caimán, blindado de +planchas duras como un navío de guerra. + +Este volátil pequeño y de malicia diabólica era el caburé. + + + + +II + + +Morales y Jaramillo debían tal vez sus apellidos y la poca sangre +europea que corría por sus venas á dos conquistadores españoles llegados +al país siglos antes; pero en realidad eran dos mestizos guaraníes, +pequeños, ágiles, débiles de miembros aparentemente, y con una +resistencia asombrosa para la fatiga y las privaciones. + +Unidos por una amistad fraternal, se presentaban juntos á buscar trabajo +en las cortas de árboles, en las explotaciones de hierba _mate_ ó en los +desmontes de un ferrocarril que estaban construyendo los _gringos_. + +Trabajaban con verdadero furor, como si se peleasen á muerte con un +enemigo. Los capataces recién llegados de Europa parecían asombrados. ¿Y +aún dicen que los indios son perezosos?... Pero al cobrar el jornal de +la semana desaparecían, y sus protectores y admiradores los esperaban en +vano todo el lunes siguiente. Sólo cuando quedaba consumido el último +centavo en las tabernas donde hay acordeón y baile, pensaban en reanudar +el maldecido trabajo. + +Las beldades cobrizas, descalzas, de gruesa trenza entre los omoplatos y +falda blanca ó de color rosa, se asomaban á las puertas de sus ranchos +para verlos pasar. Llevaban el calzón claro sujeto al tobillo por ligas +de piel, los pies metidos en danzantes babuchas, un poncho avellanado +cubriendo el busto, y un pañuelo rojo en el cuello. Este último era para +ellos el detalle más precioso de su indumentaria. Podrían ir rotos y con +las carnes más secretas al aire, pero sin un pañuelo rojo, ¡nunca! Era +la señal del partido, el símbolo de los «colorados», así como los otros, +los adversarios, llevaban siempre en el cuello un pañuelo blanco. + +Los dos traían bajo el brazo sus espadas; no espadas viejas y con +agarrador de madera, como los pobretones, sino con empuñadura de +coruscante dorado y vaina de cuero, iguales á las que usaban los +guardias municipales de la ciudad. De sus remotos ascendientes de la +conquista les quedaba un amor irresistible á la espada. Las armas de +fuego eran buenas para las revoluciones. Las querellas de amor y de +bebida debían ventilarse, tizona en mano, á espaldas de la taberna. + +Con el enfundado acero bajo el brazo, envueltos en su poncho y levantada +el ala del fieltro sobre la frente, parecían dos caricaturas de los +hidalgos de capa y espada, sus legítimos abuelos. + +Cuando la policía visitaba los bailes indígenas, ocultaban ellos sus +armas metiéndoselas en la faja, á lo largo del calzoncillo, lo que les +obligaba á continuar la danza con una pierna rígida, lo mismo que si +estuviesen paralíticos. + +Un día, en uno de estos bailes, Morales, que era el menos listo de los +dos pero el más dispuesto á la pelea, metió su espada por el vientre de +cierto individuo que se empeñaba en danzar con la misma moza que él, +echándole las tripas afuera. + +--Aquí no ha pasado nada. ¡Siga la fiesta! + +Se llevaron al muerto. Su familia se encargaría de levantarle una +capillita al borde del camino y de ponerle cirios todas las noches. Un +simple incidente; algo que se ve todos los días. + +Pero la policía entrometida no quiso aceptar el suceso con la misma +calma que la gente, y prendió á Morales. + +--Una venganza política--dijo éste al entrar en la cárcel--. Bien se ve +que mandan los usurpadores. ¡Como soy colorado!... + +Al registrarlo en presencia del juez, encontraron que debajo de sus +ropas llevaba el cuerpo cubierto de plumas de avestruz. Jaramillo hacía +lo mismo. Era un secreto de su padre el brujo; el mejor medio para +vencer en agilidad á los enemigos. + +Le dió rabia ver cómo reía el juez ante tal descubrimiento. Todos los +abogados jóvenes, que habían estudiado en Buenos Airea y despreciaban á +los nativos, eran unos ignorantes. + +--A no ser por estas plumas, doctor--dijo Morales--, el difunto tal vez +me habría matado. Mire cómo fui yo el más ligero y le clavé por el +vientre. + +Le quitaron las plumas, le quitaron la espada, é iban á quitarle la +libertad durante un buen número de años, por ser el muerto de los del +pañuelo blanco, cuando Morales se escapó de la penitenciaría, +refugiándose en el Paraguay, cuya frontera sólo está á dos horas de +distancia. + +Jaramillo, que andaba desorientado durante su ausencia, quiso seguirle, +y para justificar la fuga y no ser menos que su amigo, mató á otro +«pañuelo blanco» antes de pasar á la vecina nación. + +Trabajaron en los llamados «hierbales» donde se cosecha el _mate_, té +del país puesto de moda por los jesuítas en otros tiempos, cuando +gobernaban la República teocrática de las Misiones, fundada por ellos +entre el Brasil, el Paraguay y la Argentina. + +Deseosos de volver á su patria, los dos interrumpieron su trabajo +repetidas veces para tomar parte en las intentonas revolucionarias del +partido. El grande hombre de los «colorados», el doctor Sepúlveda, vivía +tranquilamente en Buenos Aires, esperando el momento de regenerar su +provincia. Mientras tanto, los partidarios del doctor hacían toda clase +de esfuerzos para lograr su triunfo: revoluciones de día, revoluciones +de noche; sublevaciones en la ciudad, sublevaciones en el campo. + +La gente de Buenos Aires apenas prestaba atención á estas hazañas y +revueltas en la lejanísima provincia. ¡La Argentina es tan grande! +Además, todo esto ocurría en un extremo del país, vecino al Brasil y al +Paraguay; en una tierra que es argentina políticamente, pero por la raza +es más bien paraguaya, y cuyos habitantes hablan generalmente el +guaraní. + +Después del sangriento fracaso de aquella intentona nocturna, los dos +volvieron á trabajar en el Paraguay, en la recolección del _mate_. Ellos +eran los más inmediatos consumidores, pues sentados al borde del gran +rio en las horas de descanso, chupaban incesantemente el canuto hundido +en la pequeña calabaza rellena de hierba olorosa y de agua caliente que +sostenían en una mano. + +Hablaban de la tierra natal con voz lenta y entornando los ojos, como si +fueran á dormirse. Algunas veces, la conversación recaía sobre Jaramillo +padre y su prodigiosa ciencia. + +--Yo le vi--decía Morales con respeto--curar á los enfermos en menos que +se reza un credo. Les chupaba la parte enferma ó ponía la boca en su +boca, aspirando su aliento. Luego escupía un gusano, una piedra, una +culebra pequeña ó una araña. Era la enfermedad que acababa de sacarles +del cuerpo.... Algunos se morían; pero era porque les faltaba paciencia +para esperar la curación y llamaban al médico. + +--El mejor de sus secretos--insinuaba Jaramillo--es el que cura la +mordedura de las víboras. Me lo reveló poco antes de morir. Vale más que +una herencia de muchas talegas de onzas de oro. + +--Dímelo, hermano--suplicaba Morales. + +Su amigo parecía sobresaltarse. + +--No lo esperes. Únicamente se puede revelar el secreto el día de +Viernes Santo. Si lo cuento otro día, perderé mi poder curativo hasta el +Viernes Santo del año siguiente. + +Pero Morales empezó á importunar á su compañero con una tenacidad +infantil durante semanas y semanas. Se acordaba de haber visto operar á +Jaramillo padre cierto día que un vecino había regresado á su rancho con +el brazo hinchado y negro por la mordedura de una serpiente. El brujo le +había puesto unos remedios enérgicos sobre la herida, murmurando luego +una invocación misteriosa sobre el reptil, muerto de un garrotazo. + +Tú no eres un buen compañero--decía Morales con tristeza--. Yo te miro +como mi única familia, y tú guardas secretos conmigo. + +Jaramillo no quería quedarse desarmado por su indiscreción. ¿Y si le +mordía á Morales uno de estos bichos venenosos al andar descalzo por los +hierbales?... + +--No hay miedo--decía el otro--. Acuérdate que me diste unas ligas de +piel de anta, y las víboras huyen de mis pies al percibir el olor de +este cuero. + +Al fin, una tarde, Jaramillo hizo un esfuerzo, sacrificándose por la +amistad. + +--Ya que lo quieres.... + +Y cerrando los ojos le reveló el gran secreto. No había mas que +inclinarse sobre la serpiente muerta y decirle en voz baja: «No eres +víbora, que eres grillo.» + +Inmediatamente el veneno perdía su poder ponzoñoso dentro del cuerpo de +la víctima. + +--¿Nada más?--preguntó Morales con visible decepción--. ¿Eso es todo? + +Eso era todo. Pero las palabras había que decirlas en guaraní. Las +serpientes, por ser del país, no pueden entender el español, lengua de +Buenos Aires. + +--Y ahora--terminó con melancolía Jaramillo--tendré que esperar hasta, +el próximo Viernes Santo. + +De pronto empezó á hacer frecuentes viajes á Asunción, la capital del +Paraguay. Su amigo, alarmado por estas ausencias, le obligó á confesar +la causa. + +--Lo he visto--dijo Jaramillo misteriosamente. + +Aunque no dió el nombre de lo que había visto, bastó el tono de su voz +para que Morales adivinase á quién se refería. + +Era el caburé. No podía ser otro. Los dos hablaban con frecuencia de él. + +¡Quién tuviera una pluma de caburé, para ser invulnerable y por lo +mismo el hombre más valeroso de la tierra!... Hasta el mismo Jaramillo +padre, con toda su sabiduría, no había conseguido ver nunca un caburé en +sus manos. Era muy difícil apoderarse de él. Por esto repitió el hijo, +con una expresión de orgullo: + +--Lo he visto: como te veo á ti. + +Su poseedor era un _gringo_ que vivía en Asunción sin más objeto que +estudiar los animales y las plantas del país; un doctor alemán, gordo, +rubicundo, de gafas doradas, muy amigo de bromear con las gentes simples +del campo, para sonsacarles noticias. En el patio de su casa, que era +tan grande como un claustro de convento, tenía numerosos pájaros y +cuadrúpedos, y en mitad de él, ocupando una jaula especial, como rey de +esta pequeño é inquieto mundo, al que podía hacer enmudecer con sólo un +grito, estaba el caburé. + +Al encontrar el doctor varias veces á Jaramillo inmóvil en la puerta de +su casa, mirando desde el otro lado de la cancela al famoso pájaro, le +había hecho pasar para mostrárselo de cerca. + +--¡Qué joya! ¿eh?...--decia con orgullo--. Me cuesta más oro que pesa. +Es una verdadera casualidad tener uno vivo. + +Pero daba por bien empleados sus sacrificios pensando en el volumen de +ochocientas páginas que iba á escribir, para Berlín, sobre el caburé y +sus costumbres, libro que le valdría el premio de varias Academias. + +A los dos amigos se les ocurrió lo mismo: robar la prodigiosa bestia ó +llevarse cuando menos algunas de sus plumas. + +El golpe sólo podía darse á la hora de la siesta. Jaramillo amaba esta +hora como la más segura. Morales se quedaría en la calle para auxiliar á +su compañero. ¿Quién puede adivinar lo futuro? Tal vez gritase el +alemán, y fuese preciso matarlo. ¡Una vida menos significa tan poco!... + +Entró Jaramillo en la casa saltando la tapia del patio trasero. Luego se +deslizó, con los pies descalzos, por los frescos corredores, sin +producir ruido alguno. Al pasar junto á una puerta oyó ronquidos. El +alemán, deseoso de amoldarse en todo á las costumbres del país, dormía +la siesta. + +El mestizo salió al patio grande, deteniéndose frente á la jaula del +centro, rodeada de arbustos con flores enormes, rojas y de cinco puntas, +llamadas «estrella federal». + +Allí estaba la célebre bestia: una especie de mochuelo diminuto, de pico +breve y encorvado. Se miraron fijamente, lo mismo que si fuesen á +entablar un combate. Los ojos redondos del animal, unos ojos de oro con +una cuenta negra en el centro, contemplaron al hombre ferozmente. Luego +parpadearon, como vencidos por la mirada humana. + +Jaramillo no quiso perder tiempo. Con una contorsión de muñeca arrancó +el candado de la jaula. Luego avanzó la diestra audazmente, y á pesar de +su deseo de mantenerse silencioso, lanzó un rugido. + +--¡Ah, pájaro del diablo!... + +Tenía un dedo atravesado de parte á parte. No era un picotazo; era una +puñalada. Un berbiquí ardiente acababa de perforarle la carne y el +hueso. + +Sobreponiéndose al dolor, cerró la mano ensangrentada para aprisionar á +su enemigo. Deseaba ahogarlo y al mismo tiempo no quería oprimirle de +una manera mortal, pues la pluma del caburé sólo conserva sus milagrosas +cualidades cuando ha sido arrancada estando la bestia viva. + +Con la otra mano libre le despojó de las plumas de atrás, y el animal +lanzó un alarido al mismo tiempo que repetía su picotazo. + +El grito espeluznante fué seguido de un profundo silencio. Los animales +del patio callaron medrosos, ocultándose en lo más profundo de sus +viviendas. Pareció que se inmovilizaba la vida en todo el barrio. + +A impulsos del dolor, el mestizo había arrojado al caburé contra el +suelo de la jaula, huyendo luego hacia la calle. El pájaro, viendo la +jaula abierta, saltó fuera de ella como si pretendiese perseguir á su +enemigo; pero después torció de rumbo, subiéndose al alero del tejado +para desaparecer finalmente. + +Jaramillo descorrió el cerrojo de la cancela, saliendo á la calle. Allí +le esperaba su fiel Morales. No llevaba espada--esta expedición era de +las de arma corta--; pero tenía la mano puesta por debajo del poncho en +el puño de una faca, por lo que pudiera ocurrir. + +--¿Qué es eso, hermano?--preguntó al ver la diestra ensangrentada de su +compañero--. ¿Quién te ha herido? + +El otro levantó los hombros con indiferencia, limitándose á mostrarle +tres plumas pequeñas que llevaba entre los dedos. + +Desde aquella tarde cambió radicalmente la vida de los dos. Jaramillo +tuvo que ir en busca de un curandero amigo de su padre. Su dedo herido +se había puesto negro, y era preciso cortarlo para que la podredumbre +venenosa no le llegase al corazón. El mago indígena afiló en una piedra +el mismo cuchillo de que se servía para rascarle el barro á su caballejo +y para partir el pan. La amputación fué dolorosa; pero á Jaramillo le +bastaba mirar la bolsita que llevaba pendiente sobre el pecho, con las +plumas del caburé dentro, para recobrar su valor. Bien podía sufrirse un +poco á cambio de tan poderoso talismán. Morales estaba triste y hablaba +con timidez, como el que desea hacer una petición y no se atreve, +midiendo su importancia. Al fin se decidió. + +--Hermano, ¿si me dieses una de las plumas?... Piensa que siempre nos lo +hemos partido todo, como si fuésemos de la misma madre. Tú tienes tres +plumas; ¿qué te cuesta regalarme una? Serás igualmente poderoso con dos. +Basta una sola para que nadie pueda herirte. + +Pero aunque Jaramillo no había frecuentado la escuela, sabía que tres +son más que dos, y estaba seguro de que, conservando las tres plumas, su +poder resultaría más grande. Además, no podía admitir que Morales, luego +de conservar sus dedos completos, quisiera igualarse con él. Le gustaba +tenerlo bajo el imperio de su superioridad. + +Y efectivamente, Morales empezó á sentirse esclavo. Su amigo era ahora +otro hombre. Le hacía ejecutar su propio trabajo mientras él descansaba; +le exigía su dinero; hasta le quitó una paraguaya de tez blanca y andar +arrogante que al principio se había mostrado prendada de él. + +«Debo matarlo--empezó á pensar--. Ya no podemos vivir juntos.» + +Pero tuvo que repeler inmediatamente este mal pensamiento. Era imposible +matar á Jaramillo mientras guardase su talismán, la bolsita con plumas +de caburé, que le hacía invulnerable. + +Y el déspota, animado por la resignación fatalista de Morales, extremó +sus audacias. Un día lo abofeteó porque no le obedecía con rapidez, y al +salir indemne de este atrevimiento, repitió á todas horas sus +atropellos. + +«¿A qué no se atreverá, llevando en el pecho lo que lleva?», se decía +Morales con envidia. + +Ni los hombres ni las fieras podían inspirar miedo á Jaramillo. En una +taberna del campo se batió con cinco paraguayos de los más bravos, +resultando ileso y vencedor. Nadaba en el río todos los días, á pesar de +que ninguno de los que trabajaban en el hierbal osaba hacerlo, por miedo +al «Tatita», ó sea al «Abuelo» en la lengua del país. + +Este «Abuelo» era un «yacaré», un caimán famoso por su tamaño desde el +lugar donde se forma el río de la Plata hasta lo más alto del Paraná. +Los viejos del país, que saben adivinar la edad de los caimanes, le +atribuían unos cuatrocientos años. Tal vez había visto de pequeño cómo +los primeros españoles remontaron el río en sus naves de velas cuadradas +con leones y castillos pintados. + +--Allá está «el Tatita»--decían los del hierbal. + +Y señalaban una especie de tronco rugoso y verde que descansaba en el +barro de una isleta cercana, lo mismo que un árbol muerto traído por la +corriente. + +Como desde la última revolución paraguaya eran abundantes los mausers en +los ranchos, empezaba un tiroteo contra la bestia centenaria. Algunos +tiradores le marcaban el lomo á balazos. Tarea inútil: los proyectiles +levantaban esquirlas de su coraza, pero el enorme lagarto apenas se +movía, como si todos estos balazos fuesen para él leves cosquilleos. Si +los cazadores se aproximaban, finalmente, en una barca, se dejaba ir +perezosamente al fondo del río, levantando una corona de espumas +amarillentas. + +Morales había nadado de pequeño entre los yacarés, sin gran emoción. +Pero eran caimanes tan inexpertos y tiernos como él. Los temibles son +los viejos, á los que llaman «cebados» por haber comido carne de hombre. +Así que la prueban una vez, quedan aficionados á ella para siempre, ¡y +este «Abuelo» llevaba pasadas por su estómago tantas generaciones +humanas!... + +Siempre que Jaramillo se lanzaba a nadar, Morales, por un recuerdo de +su antigua amistad, le hacía la misma recomendación: + +--¡Cuidado con «el Tatita»! + +El otro se alejaba, braceando alegremente, hacia el centro del río, en +busca de las aguas profundas. ¡El cuidado que podía inspirarle un yacaré +más viejo que las Américas!... + +Un domingo, cuando Morales, sentado en la orilla, terminaba de fumar un +cigarro paraguayo, que hacía caer por las comisuras de sus labios dos +chorros de zumo negro, Jaramillo se echó al río. Morales, por estar en +alto, pudo ver algo obscuro y enorme que se deslizaba entre dos aguas +con la velocidad de un torpedo, viniendo en ángulo recto al encuentro +del nadador. + +--«El Tatita»--se dijo--. Sólo puede ser él. + +Su camarada agitó los brazos desesperadamente, lanzó un alarido, y á +continuación desapareció, como si tirase de él una fuerza irresistible. + +Más que el hecho en sí, aturdió y desconcertó á Morales la posibilidad +de que pudiese ocurrir. Todas las creencias de su vida temblaron, +próximas á derrumbarse. Era para perder la fe. + +--No, no es posible; Jaramillo tiene un talismán; Jaramillo no puede +morir.... + +Instintivamente fué hacia el lugar donde el nadador había dejado sus +ropas. Una sonrisa de certidumbre, de confianza recobrada, dilató su +rostro. + +--¡Bien decía yo!... + +Sobre las ropas estaba la bolsita, el irresistible _payé_. El muerto se +había despojado de él antes de echarse al río, tal vez por distracción, +tal vez por algún otro motivo desconocido de Morales. + +Éste pensó que existe una Providencia, como aseguran los padres +misioneros. Luego se imaginó que tal vez aquel yacaré tan viejo como el +río era alguna divinidad misteriosa que se encargaba de vengar á los +humildes. + +Y sin vacilación se colgó del cuello la bolsita, con el mismo aire de un +soberano que se ciñese la corona del mundo. + + + + +III + + +La suerte acudió en seguida á sonreirle. + +Triunfaron inesperadamente los «colorados». Ellos, que llevaban hechas +tantas revoluciones, volvieron á apoderarse del gobierno del modo más +pacífico y prosaico. El doctor Sepúlveda, siempre en Buenos Aires, +consiguió que el gobierno federal enviase á su provincia una comisión +interventora encargada de examinar los actos administrativos de los +enemigos. Esta intervención puso al descubierto cosas censurables--como +ocurre siempre en tales casos--, y el resultado fué que los «blancos» +tuvieron que abandonar el poder y entraron á gobernar los «colorados». + +Volvió Morales á su patria con el orgullo y la aureola de un mártir +político. El grande hombre del partido, que era ahora gobernador de la +provincia, le estrechó la mano, honor que hizo llorar al mestizo. + +--Te conozco, héroe; eres un superviviente de la noche inolvidable. Ya +quedan pocos.... ¿Qué deseas obtener?... + +Morales era de fácil contentamiento. Quería, simplemente, entrar en la +Policía. Llevaba muchos años recibiendo golpes de los enemigos, y +deseaba, á su vez, darse el gusto de devolverlos. + +Sus antiguos amigos lo encontraban en las calles de la ciudad con +zapatos--¡un tormento!--, levitilla azul de botones dorados, y un casco +inglés, blanco. La espada ya no la llevaba bajo el brazo ni oculta en el +pantalón. Le pendía de la cintura, como á los militares, como á todos +los que representan el orden y pueden pegar. + +Su carrera fué rápida, y al término de ella le salió al encuentro la +gloria. No hubo en todo el país un policía más valiente. ¿Qué puede +temer un hombre que lleva en el pecho un talismán de plumas de +caburé?... Cuando había algo difícil y peligroso que hacer, sus jefes +daban siempre la misma orden: + +--¡Que llamen á Morales! + +En vano los rebeldes á la autoridad sacaban sus pistolas en tabernas y +bailes. Antes de que disparasen, el mestizo se las arrebataba de un +manotazo. Algunas veces conseguían hacer fuego; pero las balas se +limitaban á agujerear su casco ó ciertas superfluidades del uniforme, +sin tocar nunca su carne. Y él salía de estas pruebas sonriente y +tranquilo, como de cosas ordinarias y bien sabidas de antemano. + +En cambio, la certeza de ser invulnerable le proporcionaba un gran +empuje para la acción. No teniendo que preocuparse de la defensa, +concentraba todas sus potencias en el ataque, y no había mano más pronta +y ágil que la suya. Si alguien se negaba á obedecerle, veía +inmediatamente desdoblarse al mestizo, hasta convertirse en una compañía +entera de Morales, todos espada en mano. Recibía un cintarazo por la +izquierda, y al volverse encontraba un segundo Morales que le atizaba +por la derecha. Luego un tercer Morales le tiraba al cráneo por lo alto, +un cuarto lo hacía saltar golpeandole entre las piernas, y así +sucesivamente, hasta que pedía misericordia. + +Los más valientes de la provincia empezaron á hablar de él con temor, +adivinando su secreto. + +--Es inútil hacer nada contra su persona. Debe tener un _payé_. + +Sus jefes le hubieran hecho oficial, pero no sabía leer. Se limitaron á +darle los galones de cabo, y él creyó necesario, para el ornato de su +nueva dignidad, dejarse crecer en forma de bigote los contados pelos de +su rostro cobrizo. + +En los días de gran mercado, las mujeres del campo, que venían á la +capital montadas á estilo de hombre en sus caballejos de largo pelaje, +admiraban al célebre policía. Le llamaban don Morales, poniendo el _don_ +ante el apellido, como es de uso en el país. Todas ellas palidecían al +ver al héroe, pretendiendo atraerlo con las más dulces miradas de sus +ojos oblicuos. + +Una mañana, estando de servicio en el Mercado, don Morales se tropezó +con cierto _gringo_ corpulento, forzudo y rojo, al que había conocido +años antes en el Paraguay. + +--¡Don Macperson!... ¡Qué sorpresa! ¿Cómo le va?... + +Se abrazaron. El policía lo despreciaba, como á todos los extranjeros, +pero al mismo tiempo sentía por él una gran admiración. + +El desprecio era porque ignoraba el _guaraní_ y hablaba mal el español, +signos evidentes de inferioridad mental. Además, como todos los +_gringos_, tenía los pies enormes y calzaba zapatos que parecían navíos, +lo que denuncia un origen ordinario en un país donde los hombres +ostentan el pie pequeño y alto de empeine, lo mismo que una dama. + +Lo admiraba porque era capaz de pasar un día entero con su noche sin +levantarse de la mesa, vaciando botella tras botella. Además, tenía la +elocuencia de un predicador cuando ensalzaba las virtudes curativas del +_whisky_, remedio infalible para todos los disgustos y todas las +enfermedades. + +Morales hasta conocía sus manías. Cuando había bebido más de una copa, +se irritaba si le llamaban inglés. + +--Mi no ser inglés--decía en un español balbuceante--; mi ser escocés. + +Llevaba un sinnúmero de años viviendo en la América del Sur. Había sido +buscador de esmeraldas en Colombia, minero de plata en el Perú y de +estaño en Bolivia, exportador de salitre en Chile, ganadero en +Argentina, vendedor de hierba _mate_ en Paraguay y borracho consecuente +en todas partes. Unas veces se veía patrono, otras modesto empleado; tan +pronto daba dinero á los simples conocidos, como solicitaba un préstamo +para continuar sus viajes. Ahora--según declaró á Morales desde las +primeras palabras--se ocupaba en comprar novillos, como representante de +cierta casa del Uruguay que fabricaba carne líquida para los niños y los +adultos débiles. + +Esta carne líquida le hacía sonreír de lástima. ¡Habiendo _whisky_ en la +tierra!... + +Morales vaciló mirando su propio uniforme. Era una autoridad, y sólo +podía entrar en las tabernas para imponer respeto. Pero luego se +enterneció mirando al _gringo_. ¡Un viejo compañero!... + +--Oiga, don Macperson, ¿si fuésemos á tomar una copa?... + +Entraron en una taberna del Mercado, y el dueño, en atención á Morales, +les puso una mesilla en el fondo del corral. No había _whisky_, pero +sacó una ginebra que arrancó elogios al extranjero. + +--Beba, Don; beba todo lo que quiera--dijo el policía--. Ya sabe que yo +aprecio mucho á los ingleses, y ahora que soy alguien en mi país.... + +--Mi no ser inglés; mi ser escocés. + +Recordó Morales la manía de su amigo. Muy bien; él apreciaba también +mucho á los escoceses. Y después de esto, como si solicitase la +admiración del _gringo_, habló de sus hazañas y del respeto medroso con +que le miraban todos. + +--Lo sé, lo sé--dijo el extranjero. + +Había oído hablar mucho del cabo don Morales, y su asombro era sincero, +aunque algo molesto para el héroe. No podía comprender que este mozo +pequeño, enjuto y enclenque en apariencia inspirase miedo á nadie. Lo +contempló con una curiosidad algo irónica desde la altura de su +corpulencia; le acarició los brazos con sus manazas, sonriendo al +encontrar inmediatamente el hueso bajo los músculos nervudos pero +delgados. + +Un recuerdo surgido repentinamente en su memoria hizo esta sonrisa más +insolente aún. Se vió en un hierbal del Paraguay algunos años antes, +teniendo una disputa con Morales, que era su peón. El mestizo tiraba de +la espada; pero él, de un manotazo, le quitaba la espada, propinándole +después unos cuantos puñetazos de boxeador que le dejaban inánime en el +suelo. + +Por un fenómeno de simpatía mental, Morales evocó al mismo tiempo este +recuerdo, pero añadiéndole una segunda parte. Se vió tendido al +anochecer en los hierbales, esperando al _gringo_, que después de darle +los puñetazos iba á pasar la noche en Asunción. Al tenerle cerca, le +disparaba un pistoletazo. Quedaba mal herido el escocés, guardaba cama +varias semanas, y luego de restablecerse se iba del país, convencido de +que no es prudente tener cuestiones con la gente cobriza. + +Se miraron largamente los dos hombres. + +--¡Famoso Morales!... ¡Encontrármelo hecho un héroe!... + +--¡Este don Macperson! ¿Por qué lo querré tanto?... + +Y se estrecharon las manos por encima del tarro de ginebra, que empezaba +á estar casi vacío. + +Pero ya no se miraban lo mismo que antes. Detrás de sus pupilas +persistía el mal recuerdo del pasado. + +El policía mostraba empeño en que le admirase el otro. Toda la ginebra +descendida á su estómago pareció alborotarse con la sospecha de que el +_gringo_ no creía en su valor y tenía por mentiras las hazañas que +llevaba realizadas. + +De su español aprendido en Buenos Aires, prefería el escocés una palabra +que siempre había irritado á Morales. Cuando le contaban cosas +inverosímiles, levantaba los hombros, diciendo con desprecio: + +--¡_Macanas!... ¡Todo macanas_! + +Adivinó que en el pensamiento del _gringo_ estaba resonando +incesantemente la misma palabra en aquellos momentos. «¿Las valentías +del cabo Morales? ¡_Macanas_! ¡Todo _macanas_!» + +El deseo de verse admirado le hizo ser humilde y revelar su secreto. + +--Vea, don Escocés. Si soy valiente, reconozco que no hay en ello gran +mérito. Aunque quisiera ser cobarde, no podría. Tengo un _payé_ +poderosísimo: llevo en el pecho tres plumas de caburé. Usted es casi del +país; usted sabe lo que es eso. No hay hombre ni fiera que pueda nada +contra mí. + +--¡_Macanas!... ¡Todo macanas_! + +Ya había surgido la terrible palabra. El policía empalideció al verse +desmentido con un tono de desprecio. + +--Pero ¿no le digo que tengo un _payé_?... Mírelo. A usted solo se lo +enseño. + +Y se desabrochó la levitilla y la camisa, mostrando la pequeña bolsa de +cuero sudada y negruzca que pendía sobre su pecho. + +--¡_Macanas!... ¡Macanas_!--repitió el extranjero, apurando el resto de +la botella de barro y empezando otra que acababa de traer el dueño del +cafetín. + +Irritado Morales, habló de su infortunado camarada Jaramillo, del doctor +germánico, del caburé, del caimán «el Abuelo»; contó toda su historia, +sin que el otro cambiase de actitud. + +El mestizo se puso de pie. Podía el _gringo_ dudar de las virtudes de su +madre, si gustaba de ello; por eso no dejarían de ser amigos. En +realidad, él no estaba seguro de quién había sido su padre. Las gentes +del país prescinden con frecuencia del casamiento, por los muchos +papelotes, molestias y gastos que exige. ¿Pero dudar de su talismán?... +¿Tener por falsa su historia?... + +--Oiga, don Inglés. + +El escocés quiso protestar al oir que le llamaban así, paro se quedó con +la boca entreabierta por la sorpresa, dándose cuenta de que este error +era intencionado y representaba un insulto. + +--Oiga, don Inglés. Vamos á hacer una prueba. + +Había sacado de un bolsillo de su pantalón una pistola de dos cañones de +enorme calibre. Él tenía sus armas á la vista y sus armas ocultas. + +Se la ofreció al extranjero; y éste, que también se había puesto de pie +con mal gesto, la tomó sin saber lo que hacía. + +--Yo puedo matarlo á usted, si quiero, y usted, en cambio, no puede +hacerme nada á mí.... Pero no abusaré. Prefiero que se convenza por sus +propios ojos. A ver si así se le ablanda esa cabezota dura de bruto que +tiene.... ¡Tire! + +Se abrió con ambas manos sus ropas, mostrando el pecho desnudo y la +prodigiosa bolsita. Podía el gringo hacer fuego sin cuidado. Se lo decía +él con aire de reto. + +Macperson, á pesar de su embriaguez, reconoció que la proposición era +absurda. Aquel mestizo se había vuelto loco, y en su soberbia confianza +hasta parecía burlarse de él. + +--Tiene usted miedo de tirar, y hace bien. La bala rebotará sobre mi +pecho y puede herirle á usted. Coloqúese de modo que no le alcance. + +El otro, como si no entendiese estas recomendaciones, se había limitado +á poner horizontal la pistola, apuntando al pecho que tenía enfrente. + +--¡Mira que tiro!--dijo al fin con tono de amenaza--. Déjate de +_macanas_, ó tiro. + +Se perdió entre los dos todo respeto. Se miraron como enemigos. + +--¡Tira, _gringo_ del demonio, para que puedas convencerte!... ¡Cuando +te digo que tengo un _payé_!... + +--¡Mira que hago fuego!--volvió á repetir el otro con voz aún más +sombría. + +--¡Tira de una vez, hijo de perra!... Tú no eres escocés.... Tú eres.... + +No pudo seguir. + +--¡Ya que lo quieres!... + +Y el _gringo_ apretó los dos gatillos al mismo tiempo. + +Una nube blanca se extendió ante sus ojos. + +Al disolverse el humo y extinguirse el doble trueno, vió á Morales +tendido á sus pies. Tenía los brazos abiertos, el pecho destrozado y una +sonrisa helada, de soberbia confianza, de fe inconmovible, que iba á ser +el último de sus gestos. + + + + +LAS VÍRGENES LOCAS + + + + +I + + +Eran dos hermanas, Berta y Julieta, huérfanas de un diplomático que +había hecho desarrollarse su niñez en lejanos países del Extremo Oriente +y la América del Sur; dos hermanas libres de toda vigilancia de familia, +jóvenes, de escasa renta y numerosas relaciones, que figuraban en todas +las fiestas de París. Los tés de la tarde que se convierten en bailes +las veían llegar con exacta puntualidad. Una ráfaga alegre parecía +seguir el revoloteo de sus faldas. + +--Ya están aquí las señoritas de Maxeville. + +Y los violines sonaban con más dulzura, las luces adquirían mayor brillo +en el crepúsculo invernal, los hombres entornaban los ojos acariciándose +el bigote, y algunas matronas corrían instintivamente sus sillas atrás, +apartando los ojos como si viesen de pronto, formando montón, todas las +perversiones de la época. + +Ninguna joven osaba imitar los vestidos audaces, los ademanes +excéntricos, las palabras de sentido ambiguo que formaban el encanto +picante y perturbador de las dos hermanas. Todos los atrevimientos +perturbadores del gran mundo encontraban su apoyo. Habían dado los +primeros pasos hacía la gloria bailando el _cake-walk_ en los salones, +hace muchos años, ¡muchos! cinco ó seis cuando menos, en la época remota +que la humanidad gustaba aún de tales vejeces. Después apadrinaron la +«danza del oso», el tango, la machicha y la furlana. + +Su inconsciente regocijo, al ir más allá de los límites permitidos, +escandalizaba á las señoras viejas. Luego, hasta las más adustas +acababan por perdonarlas. «Unas locas estas Maxeville.... ¡Pero tan +buenas!» + +Todos conocían su existencia en un quinto piso, sin otra servidumbre que +una vieja doméstica que hacía oficios de madre, suspirando al recordar +las extinguidas grandezas de Su Excelencia el ministro plenipotenciario. +Todos se daban cuenta de sus esfuerzos sonrientes y dolorosos para +conservar el antiguo rango con una modesta pensión procedente del padre +y una corta renta de la madre; sus habilidades taumatúrgicas para +mostrarse bien vestidas á poco precio; su adopción de modas audaces, +destinadas al fracaso, para ocultar con pretexto de originalidad el +escaso valor de su indumentaria. + +Las gentes murmuradoras denunciaban sus ocultos convenios con modistas y +sombrereras, que les proveían gratis para que propagasen sus +invenciones. Pero aquí se detenía la maledicencia. De sus costumbres, de +su vida en la casa, ni una palabra. Las rancias familias diplomáticas +que habían conocido al ministro jamás tuvieron que amonestarlas por una +imprudencia irreparable. + +El despecho de los hombres era también un certificado de su honestidad. +Corrían hacia ellas, atraídos por su exterior desenvuelto. Se +atropellaban unos á otros, como en una empresa fácil donde todo el éxito +estriba en llegar antes que los demás. Risas provocativas, ojeadas +misteriosas, palabras que parecían de esperanza.... Y poco después, uno +por uno, los conquistadores desandaban el camino, cabizbajos y +encolerizados, como un perro que se imagina encontrar un hueso y rompe +sus colmillos en una piedra. + +--Unas astutas las pequeñas Maxeville; unas malignas, que, faltas de +dote, buscan un marido á su modo. + +Los mismos que decían esto habían acabado por designarlas con un mote. +Las señoritas de Maxeville fueron en adelante «las vírgenes locas». + +Todo resultaba exacto en este apodo, el defecto y la cualidad. Nadie +ponía en duda su locura, ni lo otro. Eran como los directores de ciertos +Bancos, que charlan en el ventanillo de la caja, sonríen, remueven las +llaves, infunden esperanzas, pero no hacen el más pequeño préstamo á +crédito, ni el más leve anticipo sobre promesas lejanas. + +Las vírgenes locas iban á triunfar finalmente en su desesperada batalla +con los hombres. La mayor, Berta, había conquistado la voluntad de un +ingeniero ruso, que se mostraba dispuesto á hacerla su esposa. La menor +casi había conseguido lo mismo con un oficial joven; sólo le quedaba por +vencer la resistencia de una madre orgullosa y tradicionalista, que +vivía en provincias.... + +En esto, un trompetazo desgarrador, insolente, brutal, cortó el ambiente +de músicas sensuales y danzas voluptuosas con que se adormecían los +humanos. Y la gente feliz corrió de un lado á otro, en pavoroso +revoltijo, como los pasajeros de un trasatlántico que bailan en los +dorados salones, vestidos de etiqueta, y de pronto escuchan, la voz de +alarma de un tripulante: «¡Fuego en las bodegas!» + + + + +II + + +El segundo día de la movilización, la gente agolpada en las +inmediaciones de la estación del Este las vió llegar vestidas de negro, +con un traje sobrio y casi monacal, un pequeño sombrero semejante á una +gorra, un bolsito de mano y un paquete con lo más indispensable para la +vida: dos camisas, dos pares de medias. + +Las vírgenes locas se iban sin ruido, sin frases heroicas, sin dos +líneas en los periódicos. Sus relaciones mundanas las habían aprovechado +para conseguir rápidamente sus deseos. Marchaban á Verdún, á la +frontera, al lugar del peligro, donde todos esperaban que ocurriese el +primer choque. Llevaban una carta para los directores del servicio +sanitario. Parecían más altas, más robustas, de paso más firme. Su +belleza de parisienses á la moda había desaparecido. Eran mujeres +iguales á las que lloraban ó gritaban de entusiasmo al otro lado de la +verja; sin colorete, sin artificios, con el pelo libre de postizos, con +las mejillas limpias y los ojos agrandados por una emoción que había +venido á sustituir los antiguos retoques del lápiz negro: ojos serenos +que miraban al porvenir heroicamente, adivinando la proximidad de la +desgracia. + +Y se perdieron entre la multitud de hombres uniformados, caballos y +cañones. Y su recuerdo se perdió igualmente en la memoria de todos los +que una semana antes comentaban sus palabras y gestos. La gente +necesitaba pensar en su propia suerte; el peligro no dejaba tiempo para +mirar el exterior. ¡Pobres vírgenes locas! ¡Infelices muñecas de París +arrebatadas por la tempestad cuando daban vueltas y sonreían con sus +bocas pintadas, á los sones de una cajita de música!... + +De tarde en tarde, las damas reunidas para hacer tejidos de lana +destinados al ejército evocaban su nombre al pasar revista á los muertos +y los ausentes. «¿Las pequeñas Maxeville?...» Realizaban proezas á su +modo en los hospitales del frente de guerra. Donde ellas estaban, los +hombres se morían sonriendo. En algunas ocasiones habían llegado hasta +los mismos lugares de combate, oyendo el silbido de los proyectiles. El +nombre de la mayor aparecía citado en una orden del día. + +Y siempre el mismo comentario final: «Eran buenas. Algo locas, pero de +hermoso corazón.» + +Transcurrió un año de guerra. Un día circuló la noticia de que Berta +había muerto, víctima de su abnegación. Poco después ya no la nombraron. +¡Eran tan frecuentes los heroísmos! ¡Desaparecían diariamente tantos +nombres conocidos!... + + + + +III + + +Detrás de la línea de combate, en un hospital instalado en un castillo +ruinoso, encontré meses después á la última virgen loca. + +No la hubiese reconocido. Pasó por una avenida del parque, casi +saltando, con la toca revoloteante y moviendo bajo la blanca falda el +ágil compás de sus piernas enjutas. Llevaba en las manos pálidas y +transparentes un paquete de ropas. Su nariz y sus orejas brillaban con +una claridad de vidrio sonrosado bajo la luz del sol. Parecía un cuerpo +diáfano, con la transparencia malsana de la miseria física. Toda la vida +se concentraba en sus ojos. + +Un médico militar que venía conmigo me confirmó su identidad. + +--Es la señorita de Maxeville: una joven del gran mundo antes de la +guerra. + +El doctor sólo la conocía algunos meses. Había presenciado la muerte de +la otra, una muerte horrible, cuyo recuerdo le estremecía aún. Se había +contaminado al curar las heridas de un moribundo perdido durante tres +días en el fondo de un embudo de tierra abierto por el estallido de un +proyectil enorme. Su agonía duró cuarenta y ocho horas, ennegreciéndose +lentamente con la expansión de la sangre envenenada, aullando entre +nerviosos estertores, doblándose como un arco sobre la cabeza y los +pies, que se clavaban en el lecho. Y la otra hermana se había negado á +separarse de ella, abrazando el cuerpo convulsivo, besando sus ojos que +no veían, su boca que sólo sabía rugir. + +--¡Berta, corazón mío! ¡No te mueras!... ¡No te mueras! + +Toda la vida juntas; toda la vida unidas por la orfandad necesitada de +defensa, por la alegría que colorea la pobreza, por el deseo de crearse +una posición antes de que terminase su juventud, ¡y verla morir ante sus +ojos, entre tormentos desgarradores, sin poder salvarla, sin encontrar +el medio de hacer plácidos y dulces sus últimos instantes!... + +--¡Pobre muchacha!--prosiguió el médico--. Ha visto perecer como un +animal rabioso á la que era toda su familia. Poco después se enteró de +la muerte de cierto oficial que deseaba ser su marido. Todos en el +castillo admiran su energía. + +»No sé cuándo come, no sé cuándo duerme. So la ve en todas partes, y á +pesar de esto, los heridos lamentan su ausencia. «Que venga la señorita +Julieta....» Es el médico moral de esta casa. En muchos casos vale más +que nosotros. Ella y su pobre hermana han realizado estupendas +curaciones. + +Las vi con la imaginación--mientras escuchaba al doctor--yendo de sala +en sala como apariciones de salud que esparcían en torno la dulce +alegría de vivir. Con los oficiales se mostraban algo recelosas. Eran +hombres de su mundo, y tal vez por esto los juzgaban temibles, no +pasando en su intimidad más allá de una solicitud natural y grave. Al +entrar en las piezas ocupadas por el populacho doloroso, se +transfiguraban, animando con su regocijo el ambiente cargado de +lamentos, de perfume de drogas y hedor de carnes rotas. + +El recuerdo de madres y novias adquiría mayor relieve al ser evocado por +sus labios. Describían los paisajes risueños del suelo natal á los +enfermos ilusionados que poco después habían de morir; cantaban á media +voz las canciones del terruño; encontraban con su instinto de mujeres de +salón las conversaciones que más podían agradar á cada uno. La mayor +había pasado una semana hablando de Ulises y la _Odisea_ con un +licenciado en letras que agonizaba lentamente, pensando en su tesis de +doctor que jamás llegaría á leer en la Sorbona. Mientras tanto, Julieta +escribía cartas. El rudo marinero del Finisterre, el campesino de los +departamentos centrales, el obrero burlón de la ciudad, el marroquí +sombrío, el negro pueril, veían abrirse ante su pensamiento bellezas +desconocidas, paisajes no sospechados. La señorita blanca era la +poesía, la delicada sensualidad de vivir que llegaba hasta ellos. + +--¡Besa!--ordenaba Julieta presentando ante sus labios descoloridos una +flor que acababa de arrancar del parque--. Un enamorado _chic_ debe +enviar estos recuerdos. + +É introducía la flor en la carta escrita por ella, monumento de +admiración para el firmante, orgulloso y conmovido de suscribir tales +ternezas. Una hora antes de amanecer--la hora fatal en los hospitales--, +cuando el día apunta y el moribundo se extingue, los estertores de +agonía murmuraban siempre el mismo deseo: «_Mademoiselle_.... Una +cualquiera de las dos señoritas.» + +Y ellas, que acababan de adormecerse en el silencio de plomo que precede +á la llegada de la luz, acudían corriendo para presenciar una agonía +más, para animar la mano yerta con el contacto de su mano, para +disimular los pasos de la muerte con sus palabras que sonaban lo mismo +que monedas de oro, con sus risas que parecían vibraciones de fino +cristal. + + + + +IV + + +--Y esta pobre--continuó el médico--prosigue la santa obra de la +alegría. Cuando se ve sola, piensa en la otra, piensa en el oficial +muerto, y huye en busca de los agonizantes, como si el dolor ajeno fuese +su refugio. La sala de los incurables, de los que están condenados á +morir, es su lugar preferido. Y canta, cuando minutos antes suspiraba á +solas; ríe, con los ojos cargados aún de lágrimas. + +»Nosotros fingimos no ver lo que hace. ¿De qué sirven los reglamentos +ante la muerte?... Lo que importa es que proporcione un poco de alegría +al que se va. Cada uno hace el bien como puede. Anoche la sorprendí +empleando su método en la sala de los desesperados. Tenemos un tirador +marroquí con las piernas y el vientre deshechos. Va á morir de un +momento á otro; tal vez ha terminado á estas horas. Tenemos un alemán +que está en la cama inmediata. Los colocaron así inadvertidamente; ahora +es tarde para moverlos. + +»Los hombres de Europa olvidan sus rencores al verse en los límites de +la vida. Este africano es de cólera larga. Cuando cree que no le ven, +enseña el puño al enemigo inmediato, que le mira con unos ojos redondos +y asombrados, lo mismo que si estuviesen aún en el campo de combate. La +señorita de Maxeville corre hacia él, fingiéndose irritada. + +»--¿Qué es eso, Alí?... Quieto, ó me enfado contigo. + +»--No te enfades, señorita--murmura el moro--. Lo respetaré, ya que lo +pides. Pero esta noche, cuando te marches, iré á su cama y le cortaré la +cabeza. + +»Y no puede moverse. Anoche rugía de dolor, alterando con sus gritos el +silencio del dormitorio, quitando el sueño á los otros heridos, pugnando +por levantarse para ir en busca del adversario y saciar en él su furia. + +La señorita de Maxeville es la única que sabe calmar á estos hombres. Yo +vi, á la tenue luz del dormitorio, cómo empezó á bailar, con un plato en +la mano. Este plato le servía de pandereta. Movía las caderas, retorcía +el busto, acompañaba con balanceos su monótona canturía oriental, +sonreía lo mismo que una mujer de aduar que baila ante la tribu la +«danza del vientre». + +Los heridos soñolientos sacaban sus cabezas sobre los embozos, pugnando +por moverse; las bocas negruzcas se animaban con una sonrisa pálida; +las miradas ardorosas seguían con avidez el cuerpo de la danzarina, que +iba trazando en los muros una procesión de siluetas. + +El marroquí se había incorporado, como un chacal que desea saltar y +tiene las patas rotas. Su admiración se escapaba en roncos barboteos. + +--¡Oh, sonrisa del anochecer!... ¡Alegría de la sombra!... ¡Señorita +blanca! + + + + +LA VIEJA DEL CINEMA + + + + +I + + +El comisario de Policía miró duramente á la mujer de pelo blanco que se +había sentado ante su escritorio sin que él la invitase. Luego bajó la +cabeza para leer el papel que le presentaba un agente puesto de pie al +lado de su sillón. + +--Escándalo en un cinema--dijo, al mismo tiempo que leía--; insultos á +la autoridad; atentado de hecho contra un agente.... ¿Qué tiene usted +que alegar? + +La vieja, que había permanecido hasta entonces mirando fijamente al +comisario y á su subordinado tal vez sin verlos, hizo un movimiento de +sorpresa, lo mismo que si despertase. + +--Yo, señor comisario, vendo hortalizas por las mañanas en la _rue +Lepic_. No soy de tienda; llevo mis verduras en un carrito. Todos los +del barrio me conocen. Hace cuarenta años que tengo allí mi puesto +ambulante, y.... + +El funcionario quiso interrumpirla, pero ella se enojó. + +--¡Si el señor comisario no me deja hablar!... Cada uno se expresa como +puede y contesta como su inteligencia se lo permite. + +El comisario se reclinó en un brazo del sillón, y poniendo los ojos en +alto empezó á juguetear con el cortapapeles. Estaba acostumbrado á los +delincuentes verbosos que no acaban de hablar nunca. ¡Paciencia!... + +--En 1870, cuando la otra guerra--continuó la vieja--, tenía yo +veintidós años. Mi marido fué guardia nacional durante el sitio de París +y yo cantinera de su batallón. En una de las salidas contra los +prusianos hirieron á mi hombre, y le salvé la vida. Luego tuve que +trabajar mucho para mantener á un marido inválido y á una hija única.... +Mi marido murió; mi hija murió también, dejándome dos nietos. + +Hizo una pausa para darse cuenta de si la escuchaban. No lo supo con +certeza. El agente permanecía rígido y silencioso, como un buen soldado, +junto al comisario. Éste silbaba ligeramente, moviendo el cuchillo de +madera y mirando al techo. + +--Mi nieta--continuó la vieja, sin inmutarse por esta falta de +atención--se llama Julieta, baila en los teatros, y es célebre. El señor +comisario debe haber visto su retrato muchas veces en los periódicos y +en los carteles de las esquinas. Sólo la encuentro de tarde en tarde. +Una mañana, cuando iba yo empujando mi carretilla, casi me atropelló su +automóvil. Esto la hizo llorar, asegurando que era por culpa mía, porque +yo no quiero vivir con ella y me empeño en seguir vendiendo verduras, lo +mismo que cuando Julieta y su hermano eran pequeños.... Cada uno es como +es. A mí, aunque soy pobre, no me gusta la manera de vivir de las +artistas. ¿Digo mal, señor comisario?... + +El comisario había cesado de silbar y miraba á la verdulera con cierto +interés. Debía conocer á su nieta, la célebre bailarina. Iba á hacerle +alguna pregunta sobre ella, cuando la vieja siguió hablando. + +--Mi preferido fué siempre Alberto, un obrero aficionado á los libros. +Yo, aunque deseo vivir independiente, iba todos los días á su casa, +ayudaba á su mujer, jugaba con su hijo. ¡Un biznieto! Imagínese qué +alegría, señor comisario. No todos llegan á ser bisabuelos. + +Se detuvo un instante, como embelesada por dulces recuerdos. + +--¡Los días felices de la paz!--añadió--. Un domingo fuimos de campo; +comimos junto al Sena para celebrar el ascenso de Alberto á primer +contramaestre de su fábrica.... Dos semanas después estalló la guerra. + +El comisario hizo un gesto, que la vieja creyó de cansancio. + +--Sí; ya sé que llevamos cuatro años de guerra y á todos aburre hablar +de estas cosas. No insistiré, señor comisario. Me han dicho que hasta en +los teatros y en los periódicos están cansados de la guerra y sus +aventuras. ¡Además, mi historia es la de tantas y tantas mujeres!... +Alberto fué á incorporarse á su regimiento en los primeros días de la +movilización. No lo vi hasta un año después, que volvió del frente +vestido de soldado. Luego vino otra vez. Yo había acabado por +acostumbrarme á esta situación. Me imaginaba que sólo los otros hombres +podían morir, ¡pero mi Alberto!... Un día recibí un papel, que nos hizo +llorar á mí y á su mujer. Después nos visitó un compañero de mi nieto +para traernos varios objetos suyos. + +La voz de la vieja se enronqueció. + +--Y ya no lo vi más, señor comisario.... Ellos me lo mataron. + +Pero acordándose de su promesa, hizo un esfuerzo para serenarse y no +hablar de la guerra. + +--La viuda de Alberto trabaja ahora en una fábrica de municiones al +otro lado de París, y yo sólo de tarde en tarde puedo ver á mi biznieto. +Hay que ganarse la vida.... Además, ¿por qué no decirlo? desde que murió +Alberto gusto de entrar en la taberna más que antes. Cada uno mata su +pena como puede. Estoy en los setenta, y á esa edad, cuando hay que +levantarse antes del alba para ir á los Mercados centrales á comprar el +género, un vasito de vez en cuando es la mejor de las medicinas. ¿No lo +cree usted así, señor comisario?... + +El silencio del aludido quiso demostrar á la vieja lo inoportuna que era +su pregunta. Pero ella continuó, con cierta precipitación que revelaba +la proximidad de la parte más interesante de su relato. + +--Hoy, al anochecer, estuve en la taberna con el tío Crainqueville. El +señor comisario debe conocerlo. Sus desgracias andan escritas en libros +y comedias. + +Este nombre pareció despertar un vago recuerdo en la memoria del +funcionario. La afirmación de que con sus aventuras se habían escrito +libros le hizo interesarse en una rebusca mental. Luego levantó los +hombros é hizo un gesto de incredulidad. + +--Su historia--continuó la vieja--la ha escrito un señor Anatole, que +trabaja al otro lado del Sena, en un taller de sabios. Es un palacio con +una cúpula, donde dan recetas para que la gente rica pueda hablar bien. + +El comisario se incorporó en su sillón, impulsado por la sorpresa. Aquel +taller de sabios á la orilla del Sena era sin duda la Academia Francesa; +la casa de la cúpula, el Instituto; y el tal Anatole no podía ser otro +que Anatole France. + +--¿Pero existe el tío Crainqueville?--preguntó con incredulidad. + +--Treinta años lo conozco, señor. Vendemos en diferentes barrios, pero +nos vemos todas las madrugadas al hacer nuestras compras, y por la noche +volvemos á encontrarnos en la misma taberna. ¡Un infeliz! Ahora sus +asuntos andan mal; trabaja poco; sabe demasiado. Su protector le enseñó +muchas cosas; él me las dice, y yo paso las horas muertas en la taberna +escuchándole. + +Hizo una pausa antes de reanudar su relato donde lo había abandonado. + +--Digo que nos encontramos al anochecer en la taberna. Luego, como á las +nueve, salimos, y sin saber por qué, me detuve en la puerta de un +cinema, sintiendo deseos de entrar. Me atrajo un cartel con una +alsaciana muy hermosa defendiéndose de un alemán feroz. Yo adoro esta +clase de historias. Soy muy patriota. Tal vez es porque he visto dos +guerras.... Pero no hablemos de la guerra. El tío Crainqueville se negó +á entrar, y eso que yo pagaba. No sé en realidad qué es lo que le gusta. +Todo le hace sonreír con aire de lástima. Entré sola, y debí entrar con +mal pie. ¿No ha notado el señor comisario cómo algunas veces todo nos +sale torcido, y cuando queremos agradar ofendemos á las gentes, lo mismo +que si un demonio nos guiase?... + +El comisario no se dignó contestar. + +--Me disgusté con la señora que vende en la taquilla por si una moneda +era buena ó falsa; discutí también con el que recoge las entradas porque +acudió en su defensa.... Dentro, en la sala, la misma mala suerte. Mis +vecinos de fila se quejaron, diciendo que había entrado con demasiada +violencia. Mala voluntad de su parte, pues á mí no me gusta molestar á +nadie. Una remilgada, cerca de mí, se atrevió á decir que yo olía á +vino. Otro insolente aludió á mis anchuras, dudando de que cupiesen en +el asiento. Les contesté como sé hacerlo y el público protestó á gritos, +asegurando que perturbaba el espectáculo. Si me callé al fin, fué +porque había empezado la historia de la alsaciana y su perseguidor. Una +historia interesante. Yo se la contaría á usted, señor comisario, pero +temo molestarle. Además, no sé cómo termina; no me dejaron ver el final. + +El comisario había vuelto á mirar al techo y á silbar por lo bajo para +distraer su impaciencia. + +--Un señor que estaba detrás de mí y parecía muy entendido en esto del +cinema, daba en voz baja sus opiniones á los vecinos.... De pronto, la +alsaciana se iba al frente, huyendo de su perseguidor, y empezaban á +verse las trincheras con muchos soldados, las cocinas, los cañones. El +señor entendido decía que estas vistas no pertenecían en realidad á la +historia; que eran, ¿cómo diré yo? lo mismo que retales que le habían +puesto al _film_. ¿Me explico bien, señor comisario? Cosas viejas de la +guerra que habían aprovechado; algo así como los remiendos que se echan +á la ropa para que parezca mejor.... Pero yo no entiendo de esto, y las +vistas me han parecido magníficas. + +»De pronto salió en el telón el interior de una trinchera, con muchos +soldados descansando. Uno de ellos escribía una carta sobre sus +rodillas, puesto de espaldas al público. Poco á poco volvió la cabeza y +sonrió á las gentes. Yo dudé, creyendo que veía mal. Luego debí gritar. +¡Era mi nieto!... + +»Me levanté para verle mejor; quise ir hacia mi Alberto. Tal vez pasé +entre la gente con demasiada violencia. El público debió creer que era +alguna farsa mía y acudieron los empleados, y muchos espectadores me +cerraron el paso. Intenté hablar y no me dejaron. No quisieron oir mis +explicaciones; me creían borracha. Acabé por batirme á puñetazos con los +que me empujaban hacia la puerta. Llamaron al mismo agente que está +ahora aquí. Dicen que lo insulté, que le mordí en una mano. Ignoro cómo +pude hacerlo. Estaba tal vez loca en aquel instante. Es verdad que este +señor me llevó á empujones, sin querer oirme; que no me permitió seguir +viendo á mi Alberto.... + +Hizo una larga pausa. Sus ojos empezaron á humedecerse. + +--Y así es--terminó la vieja--como he vuelto á encontrar á mi nieto.... +Pido perdón al señor comisario.... Pido perdón al señor agente. + +Bajó la cabeza, juntó las manos y miró al suelo, refugiándose +voluntariamente en el silencio, confiándose á la suerte, sin insistir +más en su defensa, mientras sus lágrimas empezaban á correr mejillas +abajo. + +El comisario no dijo nada. Miró al agente que tenía á su lado, un +veterano con la Cruz de Guerra sobre el pecho del uniforme y varios +galones en una manga indicadores de sus campañas. Él también miró á su +superior. Había permanecido impasible hasta entonces, pero varias veces +se mordió el recio bigote. + +Los dos hombres parecieron entenderse con la mirada. El comisario +devolvió al agente el parte redactado por él media hora antes en la sala +de espera de la Comisaría dando cuenta del escándalo ocurrido en el +cinema. + +El veterano, sin decir una palabra, rasgó el papel en menudos pedazos. + +--Buena mujer, puede usted marcharse. + +La voz del comisario sacó á la vieja de su abstracción. ¿Era cierto que +la dejaban irse?... ¡Qué señores tan buenos! + +--¿Y podré volver al cinema?--añadió con ansiedad--. ¿Me dejarán ver +todas las noches á mi pequeño? + +Los dos hombres rieron de su simpleza, contestando con un gesto +afirmativo. + +Salió de la Comisaría lentamente. No convenía que la viesen huir como el +que tiene la conciencia sucia. + +Pero al llegar á la calle, se convenció de que nadie la espiaba, y +recogiéndose las faldas, echó á correr con una ligereza juvenil. Su +arrugado rostro se dilató, jadeando de fatiga; sus cabellos blancos se +escaparon en desorden de la pañoleta de punto con que abrigaba su +cabeza. + +Cuando llegó al cinematógrafo, salían de él los últimos grupos de +espectadores. Los empleados apagaban las luces y retiraban los carteles. +La vieja vió luego cómo cerraban las puertas. + +Se mantuvo inmóvil, con un codo apoyado en la pared y la frente en una +mano. Lloraba con una angustia infantil. + +--¡Esperar hasta mañana!--murmuró--. ¡No ver á mi pequeño en tantas +horas!... + + + + +II + + +A la noche siguiente la vieja se presentó en el cinema con un aire de +humildad. Se encorvaba para pasar inadvertida. Se aproximó al despacho +de billetes, volviendo el rostro para que no la reconociese la empleada. + +Pero el hombre encargado de guardar la puerta corrió hacia ella: + +--¡Ah, no! ¿Viene usted á mover escándalo otra vez?... Para usted no hay +entrada. + +--Déjeme pasar, buen señor. Le juro que seré muy juiciosa. + +Hablaba con una dulzura infantil, y el empleado acabó por reir, lo mismo +que la mujer de la taquilla. + +La vieja los saludó á los dos con agradecimiento al ver que la dejaban +pasar. Luego saludó también á un policía inmóvil en el pasillo de +entrada, como si fuese un antiguo amigo. No le parecía el mismo de la +noche anterior...pero ¡por si acaso era!... + +Dentro de la sala procedió con modestia y afabilidad. Saludó á todos los +espectadores que encontraba al paso con una cortesía extremada, sin +obtener contestación. Algunos se limitaron á mirarla extrañados. + +«Es una loca», parecían decir con sus ojos. + +Se encogió en su asiento y procuró ocupar el menor espacio, por miedo á +molestar á sus vecinos. Al principio volvió repetidas veces la cabeza +para ver si la observaban los empleados del cinema y recibir su +aprobación. Pero el espectáculo la hizo olvidarse pronto de la realidad. +El alemán perseguía ya á la alsaciana, desarrollándose sobre el lienzo +blanco las complicadas aventuras de la novela cinematográfica. Luego +aparecían las trincheras y el soldado que escribía la carta puesto de +espaldas, y al volver la cabeza hacia el público, mostraba su rostro. + +--¡Alberto!... ¡Alberto!... + +La vieja tuvo que hacer un esfuerzo enorme para contenerse. Le subía +este grito á la garganta con estertores dolorosos. Pero tembló ante la +idea de escandalizar á los espectadores, como en la noche anterior. Le +arrojarían del local para siempre; no podría ver más á su soldado. + +El miedo la hizo contenerse, y su emoción ruidosa se deshizo en +lágrimas. Para desahogar su pecho, hablaba en voz muy queda, una voz +que sonaba hacia dentro del cuerpo, mientras sus ojos lacrimosos seguían +contemplando con devoción todo lo que pasaba por el lienzo. + +--¡Alberto!... ¡Pequeño mío!... Soy yo, tu abuela; ¿no me conoces?... +Vendré á verte todas las noches.... ¡todas las noches! + +En la representación siguiente lloró menos. A la salida, habló con el +hombre de la puerta con cierta familiaridad, como si ella también fuese +de la casa. + +--¿Ha visto usted qué bien «trabaja» mi nieto?... + +Y el empleado, que había oído ya varias veces su historia sin prestarle +mucha atención, se llevó un dedo á la frente mirando á la mujer de la +taquilla. + +Los dos se entendieron con una sonrisa que decía lo mismo: «Está loca, +verdaderamente loca.» + +La vieja apenas pudo dormir aquella noche. Sentía intranquila su +conciencia. Era una egoísta que guardaba para ella toda la felicidad de +su descubrimiento. Alberto tenía en el mundo de los vivos alguien más +que su abuela. + +A la mañana siguiente vendió apresuradamente las verduras, sin cuidarse +de la ganancia, y guardó su carretoncillo mucho antes que los +compañeros. El Metro la puso en las afueras de París. Se vió en un +paisaje grisáceo, yermo, con fábricas humeantes y casas de ladrillo, +tristes como prisiones, en las que vivían los obreros. + +Habló con la portera de una de estas viviendas. Su biznieto estaba en la +escuela y la mujer de Alberto trabajaba en la fábrica. + +Fué luego á la tal fábrica, y el conserje, un inválido, le cerró el +paso. Prohibida la entrada; ningún curioso podía introducirse en los +talleres, porque en ellos se torneaban obuses. + +Pero la vieja, pegada tenazmente al arco de la puerta, pudo ver de lejos +á varias mujeres que pasaban y repasaban por los patios, en las +evoluciones de su trabajo, todas ellas con pantalones anchos, lo mismo +que si fuesen ciclistas. Casi rió de sorpresa al darse cuenta de que una +especie de muchacho pequeño y delgado, con amplios calzones azules, +abandonaba la carretilla que iba empujando, llena de virutas de acero, +para saludarla desde lejos. Era la mujer de Alberto. + +Cuando sonó la campana de mediodía y las trabajadoras salieron para +almorzar, la vieja pudo verla de cerca. Tenía una palidez cenicienta y +sus ojos eran más grandes que nunca, rodeados de aureolas azuladas y +dolorosas. + +Rompió á llorar al enterarse de que su marido aparecía todas las noches +en un cinema, después de haber muerto hacía un año. + +--¿Cómo puede ser eso?... + +Su asombro era tan grande, que cortaba su llanto. Hacía esfuerzos +inútiles para entender á la vieja, la cual iba repitiendo las +explicaciones que había escuchado, aunque sin comprenderlas mejor que la +otra. + +--Lo cierto es que Alberto trabaja en el cinema. Ven con el niño; os +espero esta noche. + +Hizo su invitación con aire de mando. A las ocho la encontrarían en la +puerta del cinematógrafo, situado casi en el extremo opuesto de la gran +ciudad. Después se separaron, pues los pobres no tienen tiempo que +perder. + +La vieja los vió llegar puntualmente. Llevaba la viuda un vestidito +negro adquirido en un bazar; el niño iba con su mejor ropa y peinado +como un paje. + +Al ver que la obrera intentaba ir hacia la taquilla, la vieja se opuso. + +--¿Qué es eso?... Aquí pago yo. Me aprecian mucho; soy como de la casa. + +Y para demostrar su confianza bromeó con la vendedora de billetes. Luego +estrechó una mano del hombre que guardaba la puerta--su antiguo +enemigo--, dándole un cigarro barato que había comprado momentos antes. + +--Los pequeños regalos mantienen las amistades. Tome usted, señor. + +Dentro de la sala saludó á la acomodadora como si fuese una antigua +conocida. + +--Son la mujer y el hijo de mi nieto, el que trabaja en la obra--dijo, +dándola al mismo tiempo unas cuantas piezas de cobre. + +Y se sentó con orgullo en las sillas designadas por la empleada, +juzgándolas mejores que las otras. + +Pero la satisfacción de mostrar á sus acompañantes la inmensa influencia +de que gozaba en este lugar público duró muy poco. Al aparecer Alberto, +temió que gritase también aquella mujercita vestida de luto que tenía á +su lado. Pero era silenciosa en su dolor. Contempló la visión con unas +pupilas agrandadas é inquietantes, que hacían recordar los ojos de los +aficionados á la morfina. Cerraba los labios con fuerza, y por ambos +lados de su boca corrían dos hilos de lágrimas. + +El enlutado pajecillo miraba con la inconsciencia de una edad en que se +oye hablar de la muerte sin saber lo que es. Aquel soldado lo conocía +él: era su padre; lo había visto llegar á su casa vestido así. ¿Por qué +no volvía?... + +--¡Papá...papá!...--murmuró, tendiendo sus manecitas hacia la visión. + +Y la madre y la bisabuela, sin dejar de llorar, le empujaron dulcemente +en la obscuridad para que permaneciese quieto. + +A la salida, antes de despedirse junto á la puerta del cinema, la vieja +tomó su aire imperativo: + +--Mañana aquí, á la misma hora. Yo pago. + +La viuda pareció extrañarse de tal invitación. + +--Vivo al otro lado de París; un verdadero viaje. Me he de levantar +temprano para el trabajo; debo ocuparme del niño antes de enviarlo á la +escuela. ¡Imposible!... Además, ¿para qué volver? Alberto no resucitará, +y este espectáculo me mata. + +La vieja la siguió con los ojos mientras se alejaba con su niño +titubeante de sueño. Siempre había creído á esta mujercita de poco +corazón. + +--¡Ay! La única que se acuerda verdaderamente de Alberto soy yo. + +Anduvo triste y malhumorada todo el día siguiente. Al anochecer se +encontró en la taberna con el tío Crainqueville. Aunque el verdulero +filósofo hablaba poco y pasaba entre las personas y las cosas sin +preocuparse de ellas, pareció interesarse por los actos de su vieja +camarada. La había observado silenciosamente. Desde hacía unos días era +otra mujer. Gastaba mucho dinero; convidaba á todo el mundo; llegaba +tarde á los Mercados, comprando lo más caro y lo peor, para vender luego +al público con mayor baratura que los demás. + +--Te vas á arruinar, estás gastando tu capital. + +Pero no obstante sus consejos, siguió bebiendo todos los vasos que quiso +ofrecerle la vieja. + +A las ocho, ésta se mostró impaciente. + +--Adiós, Crainqueville. Te dejo, si no quieres acompañarme. Me espera mi +nieto; ya sabes que trabaja en el cinema. + +--¡Pero si á tu nieto lo mataron!... + +--Es verdad que lo mataron; pero trabaja en el cinema. + +El filósofo se limitó á encogerse de hombros. Sabía por su maestro y +protector que no hay que asombrarse de nada en este mundo. + +Hasta los actos más ordinarios y comunes resultan incoherentes cuando se +les estudia de cerca. Era inútil, pues, exigir lógica en los sucesos +extraordinarios de nuestra vida. + + + + +III + + +La vieja, después de apoyar un dedo en el timbre de la verja, examinó su +vestido de seda negra. Databa de los tiempos de su pobre hija. Ella +misma lo había cortado é hilvanado; pero de la primera hechura quedaba +muy poco, después de los retoques que se habían sucedido durante su +larga existencia. + +Reconoció que no estaba del todo mal. Algo pasado de moda; pero el +género bueno siempre es apreciado por las personas inteligentes, y ahora +ya no se fabrican sedas como las de antes. La cabeza la llevaba desnuda. +Sentíase orgullosa de su pelo blanco, duro y abundante. + +Admiró al otro lado de la verja el pequeño hotel rodeado de árboles. ¡Lo +que una mujer puede ganar con sus pies!... Pero la proximidad de una +jovenzuela con delantal y gorro blancos no le permitió continuar su +examen. Esta doméstica elegante avanzaba atraída por el llamamiento del +timbre. A la vieja le fué antipática por sus ademanes varoniles, por la +mirada altiva con que la midió de pies á cabeza y por su voz áspera. + +--Buena mujer, si es para pedir un socorro á la señora, venga otro día. +La señora no está. + +Balbuceó la vieja de indignación. + +¡El puñetazo que se llevaría la tal, de no existir la verja entre las +dos!... Empezaba á dirigir terribles alusiones al pecho plano de la +doncella, á sus angulosidades de muchacho, subiendo rápidamente el +diapasón de sus ofensas, cuando sintió que la cogían de los hombros. + +Al volver la cabeza, vió junto á la acera un automóvil que acababa de +detenerse. Una señora elegante salida de él la sonreía, intentando +abrazarla. + +--¡Abuelita!... ¡abuelita! + +Lo primero en que se fijó la vieja fué que la bailarina célebre iba +vestida de luto: un luto vistoso y sobradamente llamativo, pero luto al +fin, que sólo podía ser por su hermano Alberto. + +Se sintió empujada cariñosamente al otro lado de la verja que acababa de +abrir la doncella. Quiso anonadar con una mirada y un bufido á la +insolente; pero ésta había bajado los ojos, no pudiendo resistirse á su +confusión. + +¡La que había tomado por una mendiga era la abuela de la señorita!... + +Al mismo tiempo lamentaba en su interior las injusticias de la suerte. +Ella había hecho estudios de bachillerato; tenía arriba en su habitación +un cuaderno lleno de versos, y sin embargo, no venía ningún príncipe de +leyenda á llevársela, regalándole un hotel igual al de la otra. + +La vieja marchó de asombro en asombro al recorrer los salones de la +bailarina. Ella se había imaginado el lujo de otra manera: grandes y +ostentosas sillerías, muebles monumentales, y aquí apenas encontraba +donde sentarse. Sólo veía divanes bajos y cojines en el suelo. Los +muebles eran de aspecto tan frágil, que no osaba tocarlos; los colores +de paredes y cortinas, tan raros y complicados, que daban el vértigo á +sus ojos. + +Apenas hubo nombrado á Alberto, la nieta se conmovió, perdiendo su +alegría de pájaro. + +--¡Cómo he sentido su muerte!--dijo con los ojos húmedos--. Nos +llevábamos mal; apenas nos veíamos. Él no podía comprender mi modo de +vivir. Pero lo amaba de veras. + +Tomó un retrato que estaba sobre una mesilla, en lugar preferente, y lo +besó. Era el retrato de Alberto. Esta fidelidad en el recuerdo conmovió +profundamente á la abuela. ¿Y aún decían que si Julieta era esto ó +aquello, por su profesión y su manera de vivir?... ¡Un alma de oro! + +Su entusiasmo fué enfriándose un poco al notar la serenidad con que +escuchaba la bailarina el relato de su descubrimiento en el cinema. + +--Es curioso--se limitó á decir--, verdaderamente curioso. + +Y adivinó cuál era el deseo de su abuela. + +--¿Quieres llevarme á verlo? Bueno; te acompañaré esta noche, pero con +una condición: la de que te quedarás á comer conmigo. + +El recuerdo de su hermano había hecho surgir en ella otros recuerdos. + +--¡Ay, abuelita! No es el pobre Alberto el único que fué á la guerra. +Otros hay que viven aún; y los que viven inspiran mayores preocupaciones +que los muertos. + +Pensaba en su amigo, un joven rico que la verdulera no había visto +nunca, pero, según murmuraba la gente, acabaría casándose con Julieta. + +No pudieron hablar más. Era la hora del té, y empezaron á llegar las +amigas de la señora, todas vestidas con unos trajes elegantes, raros y +vistosos, que hacían parpadear á la vieja, desorientándola en sus +opiniones. Algunas, á pesar de sus extraordinarias vestimentas, +envidiaban el luto de Julieta. Una de ellas fué más lejos en la +manifestación de sus deseos: + +--¡Qué suerte tener un muerto en la familia! ¡El negro sienta tan +bien!... + +Todas fumaban. Se habían tendido en el suelo, sobre pieles de oso blanco +ó redondos almohadones de seda, abullonados y con un botón hondo en el +centro, semejantes á calabazas. Unas se estiraban lo mismo que fieras +perezosas, sin reparar en lo que dejaban al descubierto; otras apoyaban +la mandíbula en las rodillas, mientras mantenían éstas entre sus brazos +cruzados. + +El té estaba en el suelo, sobre una gran bandeja de plata, en la que +movía la lámpara de alcohol su penacho azul casi invisible. + +Julieta había hecho valientemente la presentación de la vieja á sus +amigas. + +--Mi abuelita, que vende hortalizas todas las mañanas en la _rue Lepic_. +Yo estoy orgullosa de mis ascendientes, lo mismo que un nieto de los +Cruzados. + +Risa general de las señoras, que poco á poco olvidaron á la vieja. Ésta +quiso irse. No gustaba de tales costumbres, pero al mismo tiempo temía +ofender á su nieta. + +Pasó cautelosamente de silla en silla, como una chicuela que desea +escaparse, llegando de este modo hasta el comedor. Allí cobró ánimo, y +poniéndose de pie, se aventuró francamente en un pasadizo inmediato. + +Casi tropezó con la doncella, que volvía al salón llevando más agua +caliente para el té. La vieja la saludó con un bufido implacable. + +--¡Presumida!... ¡Fea! + +Después de este insulto supremo se sintió más ágil, y empezó á bajar +unos peldaños, hasta dar con la cocina. + +Aquí admiró más que en los salones el bienestar de su nieta. ¡Qué +abundancia! ¡Qué de cacerolas brillantes como astros!... + +La cocinera le hizo los honores de sus dominios, colocando sobre la mesa +una botella y dos vasos. La bebieron entera, hablando de sus penas. +Luego sacó un retrato y le dió un beso, mostrándolo á su visitante. + +--Mi hijo es cazador alpino, lo que llaman «diablo azul», y está en los +Vosgos. + +La vieja, por no ser menos, sacó también del pecho un retrato de +soldado. + +--A mi nieto lo mataron; pero ahora trabaja en un cinema todas las +noches. + +La cocinera se movió nerviosamente en su asiento, abriendo mucho los +ojos. Decididamente aquella vieja estaba loca, como le había dicho la +doncella. Pero calló, por ser la abuela de la señora. + +Hasta la hora de la comida se mantuvo la verdulera en este paraíso, +admirando sus magnificencias. Luego sintió nostalgia y cierta cortedad +al verse arriba, en el comedor, sentada á una mesa enorme, teniendo +enfrente á su nieta, y más allá á un criado ceremonioso que tampoco le +era simpático. + +Admiraba los manjares, reconociendo que nunca había comido tan bien, +pero sentía un vivo deseo de terminar cuanto antes. + +Miró el reloj de la chimenea. Eran cerca de las ocho. + +--No tengas prisa, abuelita. Hay tiempo. Mi automóvil nos llevará en un +instante. + +De pronto, una conmoción en todo el hotel: repiqueteo de timbres, +alaridos de sorpresa de la doncella antipática, choque de puertas, voces +de hombres. + +La doncella entró corriendo: + +--Señora.... ¡Es el señor! + +No dijo más, pero la vieja lo adivinó todo. «El señor» sólo podía ser +uno. Y vió á un buen mozo con uniforme de aviador, que entraba +violentamente, como una tromba. No tuvo que avanzar mucho, pues la +bailarina corrió á refugiarse en sus brazos. + +Julieta hablaba de él, momentos antes, con tristeza. Hacía seis meses +que no le veía. Era imposible obtener una licencia en estos momentos. + +El aviador dió explicaciones, con voz entrecortada. + +--Un permiso inesperado.... Una breve comisión en París.... Veinticuatro +horas nada más.... + +No pudo seguir hablando. Los dos se habían abrazado, balanceándose con +las explosiones de su alegría. Empezó á rasgarse el silencio con unos +besos sonoros y escandalosos como los taponazos del champaña. + +La vieja se levantó, ceñuda y grave. Allí estaba de sobra una persona; +no necesitaba que se lo dijesen. + +Al verla salir, Julieta se desasió de los brazos amorosos, corriendo +hacia ella para dar explicaciones. + +--Ya ves.... Sólo viene por veinticuatro horas.... Imposible hoy.... +Otro día. Es preciso atender á los vivos. + +Se vió la vieja en la soledad de la calle helada y negra. Los +reverberos, encapuchonados á causa de los ataques aéreos, sólo servían, +con su breve radio de luz, para dar mayor intensidad á la lobreguez +general. + +Mientras marchaba, acompañó su paso repitiendo las mismas palabras, como +si fuesen una letanía: + +--La vida quiere vivir. Los vivos necesitan vivir.... ¡Ay del que muere! +Los muertos huyen más aprisa que los vivos.... + +Todos abandonaban á los muertos. Hasta en la sala del cinema notó la +misma ingratitud. Aquella noche sólo había una veintena de personas. El +público de este cinematógrafo de barrio estaba ya cansado de las +aventuras de la perseguida alsaciana. Todos conocían su historia. + +La vieja ocupó su asiento con la majestad de un monarca que se hace dar +una representación para él solo. Al aparecer su nieto, le habló en voz +baja, con dulzura. + +--Buenas noches, pequeño mío. Todos te abandonan, todos te olvidan. La +vida es así.... Pero no temas; tu abuela no te dejará nunca. Aquí me +tendrás todas las noches.... ¡todas las noches! + + + + +IV + + +La noticia empezó á circular después de mediodía, vaga é indecisa. + +«¡La paz! ¡Acaba de ajustarse la paz!» + +Pero tantas veces se había dicho esto mismo, sin verlo realizado luego, +que la vieja no creyó la noticia. + +A media tarde todos se convencieron de que era verdad. El gobierno +anunciaba un armisticio, solicitado por los enemigos. + +La verdulera se encontró de pronto envuelta y arrastrada por una +avalancha de gente que parecía rodar hacia el centro de París. Se +mostraba frenética de alegría como todos; gritaba como todos. + +Hasta la llegada de la noche vivió una existencia de ensueño; creyó +seguir las inverosímiles aventuras de una pesadilla. Pero esta pesadilla +era agradable y sus delirios no los inspiraba el terror, sino el +entusiasmo. + +Se vió en la plaza de la Concordia. La muchedumbre, rugiendo cantos +patrióticos, hacía rodar los cañones cogidos á los alemanes que estaban +expuestos en la gran plaza. + +Un grupo de mozalbetes hizo montar á la vieja sobre uno de estos +cañones, como si fuese un carro triunfal, arrastrando la pieza de +artillería por las calles inmediatas. + +Ella, con los blancos cabellos en desorden, elevaba los brazos cantando +la _Marsellesa_. La muchedumbre la saludaba con aplausos. Nadie sabía +quién era, pero su paso iba despertando la veneración instintiva que +infunde la ancianidad. Algunos creían contemplar la vieja gloria de la +Revolución, que despertaba triunfante después de un siglo de letargo. + +De pronto se vió á pie y sola. Había desaparecido el cañón y los jóvenes +que tiraban de él. Ahora estaban en la _rue Royale_, frente á los +restoranes más elegantes. Los parroquianos de Maxim--gentes ricas que +podían permitirse este lujo--regalaban botellas de champaña á la +muchedumbre para solemnizar el suceso. + +Sin saber cómo, se encontró hablando con un grupo de soldados +americanos. Ella adoraba á los americanos. Los reconocía únicamente por +su sombrero de fieltro con cuatro hoyos simétricos y terminado en punta. +¡Hermosos muchachos, sanos, fuertes y con aire de buenos! A algunos les +encontraba cierto parecido con Alberto. + +--¡Vivan los Estados Unidos! + +Se entendía con estos soldados por medio de gestos y de guiños, más que +por palabras. Pero esto importaba poco.... ¡Cuando hay simpatía y buena +voluntad!... + +Y ellos, regocijados por la alegría de la vieja, reían como niños +grandes, con una carcajada sonora que marcaba bajo la piel la fuerte +osamenta de las mandíbulas y dejaba al descubierto el luminoso marfil +de unas dentaduras envidiables. + +La vieja se levantó la falda para rebuscar en una bolsa de lienzo +pendiente sobre las enaguas, donde guardaba el capital de su comercio. +Estaba en fondos y podía convidar á sus nuevos amigos. + +Los soldados protestaron, riendo. «¿Admitir convites de una mujer?» + +El único que hablaba bien el francés de todos ellos replicó con alegre +protesta: + +--Nosotros somos más ricos que usted. Nosotros cobramos en dólares. + +Ella miró el puñado de monedas de cobre que tenía en una mano. Céntimos, +nada más; pero ¿qué importaba?... + +--Estáis en mi casa, y os invito. Si me decís que no, soy capaz de +llorar. + +Entraron en un café, y durante media hora los robustos soldados del +sombrero puntiagudo bebieron, riendo á carcajadas de las palabras y los +gestos de la alegre vieja. + +Luego se vió bebiendo con hombres de otros países que vestían distintos +uniformes, y hasta con soldados franceses, que, á pesar de la locura +general, conservaban un gesto sombrío, como hombres que aún no hubiesen +acabado de despertar de una pesadilla horrorosa prolongada durante años +y años. + +Al anochecer, la vieja se sintió fatigada. Parecía que toda aquella +muchedumbre hubiese marchado sobre ella; creía haber recibido millones +de golpes. + +El instinto la llevó hacia su barrio, caminando con lentitud, +arrastrando casi los pies. Pero á pesar de esta fatiga, juntó su voz á +las aclamaciones de todos los grupos que encontraba al paso. + +La necesidad de descansar y la costumbre la hicieron meterse en la +taberna. + +Allí estaba Crainqueville, solitario y silencioso, sentado ante un vaso +vacío, cuyo fondo contemplaba tristemente. + +--También te convido á ti--dijo la vieja--. Hoy es un gran día. ¡La paz! +¿Qué dices tú de la paz? + +Crainqueville levantó los hombros. Luego, animado por la vista del nuevo +vaso que le ofrecía su amiga, se dignó hablar. + +--Tal vez la humanidad procure ser mejor después de esta prueba +terrible; tal vez se regenere y aprenda á vivir por primera vez con un +poco de lógica. + +Luego sonrió irónicamente, como su maestro. Se sentía invadido por la +eterna duda, y continuó: + +--Aunque nadie puede afirmar si esta pobre humanidad merece la pena de +ser regenerada y que alguien se ocupe de su porvenir.... + +Mucho más tarde, la vieja sintió la atracción de un nuevo deseo. Se +acordó con delicia de la obscura sala del cinema y de sus vistas, que +ella consideraba como algo celestial. ¡Qué felicidad estar allá dos +horas, en un asiento cómodo, conversando mentalmente con su nieto! El +pobre Alberto no debía conocer aún la gran noticia que conmovía á París +y al mundo entero. Ella iba á comunicársela. + +--Adiós, Crainqueville; mi nieto me espera. Para el pobre no hay +fiestas. Esta noche trabajará como todas. + +El filósofo ambulante, que había terminado por aceptar la vida ilusoria +de su compañera, creyó del caso darle algunos consejos. + +--Te estás matando. Apenas comes; bebes demasiado. Gastas tu dinero +exageradamente; vas á perder tu capital. Ayer tuviste que tomar la mitad +de tu género al fiado.... Además, en una semana parece que hayas vivido +varios años. + +Pero después de la cuerda reprimenda, volvió á sonreir con su eterna +sonrisa de duda. + +--En fin, ¡si eso te divierte!... ¡Si encuentras en ello tu +felicidad!... + +La vieja marchó apresuradamente hacia el cinema, á pesar de sus piernas +entumecidas que casi se negaban á sostenerla. Allá, en la sala +agradable, descansaría cómodamente. + +Las calles estaban obscuras aún, como en las noches de la guerra +preñadas de amenazas aéreas. Pero la muchedumbre formaba grupos. Sonaban +instrumentos de música y se improvisaban bailes en las encrucijadas. + +Al penetrar en el atrio del cinema, el empleado que guardaba la puerta +salió á su encuentro alegremente. + +--¡Viva la paz, abuela! + +Luego añadió, como si recordase algo de escasa importancia: + +--Esta noche ya no «trabaja» su nieto.... ¡Se acabó! Todo es nuevo. Pero +la representación vale la pena. + +-¿Qué?... + +La vieja había apoyado la espalda en el muro, intensamente pálida, con +los ojos desmesuradamente abiertos. El empleado fué dando explicaciones +para contestar á su exclamación angustiosa. + +--Han transcurrido siete días. ¡Cambio completo de programa! El público +estaba fatigado ya de la historia de la muchacha de Alsacia y del +alemán. Ahora, con la paz, habrá que dar otras cosas. ¡Nada de +guerra!... Hay que olvidar, hay que alegrarse.... Entre.... Tenemos esta +noche una película americana que hace rugir de risa. + +La vieja vaciló sobre las piernas, á pesar de que se había desvanecido +instantáneamente la dulce turbación de su mansa embriaguez. + +--¡No verle más!... ¡no verle más!--gemía. + +Luego resumió su desesperación en una frase: + +--Me lo han matado por segunda vez. + +El público que iba á entrar en el cinema se agolpó en torno de esta +mujer desfalleciente, próxima á caer al suelo. El empleado, por +conmiseración y por evitar aglomeraciones en la puerta, intentó alegrar +á la vieja. + +--¡Ánimo, abuela!... No va usted á morirse hoy, un día de tanta +felicidad, porque hemos cambiado el programa.... Además...además.... + +Había pedido á la mujer de la taquilla un periódico, y empezó á +examinarlo con precipitación, empinándose sobre la punta de los pies +para recibir mejor la luz de una lámpara pendiente del techo. Al mismo +tiempo hablaba entre dientes. + +--Veamos.... Esta estúpida historia de la alsaciana deben darla en +alguna parte. Un mal _film_ de ocasión, hecho de recortes. Estará, +seguramente, en los cinemas de quinta clase.... Eso es; helo aquí. + +Y dirigiéndose á la vieja, le dió el nombre de una calle y el título de +un cinematógrafo. + +--Un poco lejos, abuela; en Grenelle, al otro lado de París; ¡pero +tomando el Metro!... Allí encontrará á su nieto durante una semana. + +No se acordó más de ella, para seguir ocupándose del público que entraba +y entraba, atraído por el programa nuevo. + +La vieja se vió otra vez en la calle. No tenía mas que una idea. + +«¡Me lo han matado!--pensaba--. En este día en que todos ríen, me lo han +matado por segunda vez.» + +Reapareció su enérgica voluntad de luchadora obscura y humilde. Se lo +habían matado allí; pero iba á resucitar en otra parte. Debía ir á su +encuentro. + +Buscó bajo su falda aquella bolsa de tela que contenía sus capitales. Su +diestra sólo encontró el vacío. Después de tenaces exploraciones, +salieron á luz unas cuantas monedas de cobre sosteniéndose entre sus +dedos. Cincuenta céntimos en total. + +Sólo disponía de lo preciso para comprar una entrada en aquel cinema +desconocido de Grenelle. + +No le quedaba dinero para tomar un billete del Metro. Todo lo había +gastado en sus ruidosas aventuras de la tarde. Tendría que ir á pie; y +era tan lejos.... ¡tan lejos! + +Un mal pensamiento contrajo su frente. + +--¡Si pidiese limosna!... Hoy es un día de regocijo general. Se +apiadarán de mí al verme tan vieja, tan cansada.... + +Pero á pesar de su cansancio se irguió, con un gesto de altivez +ofendida. No había mendigado nunca, y á los setenta años era tarde para +empezar. + +--Debo verle...necesito verle. + +La fatiga le hizo caer en un banco entre dos árboles del bulevar. +Brillaban en la penumbra las puertas de cafés y tabernas como bocas de +horno. Se confundían en alegre discordancia las diversas músicas. +Pasaban parejas amorosas, perdiéndose en la obscuridad; guerreros de +remotos países que abarcaban con un brazo el talle de una mujer. + +--¡Tan lejos!... ¡tan lejos!--seguía suspirando la vieja. + +Vió de pronto un soldado que le sonreía, un soldado todo blanco desde el +casco de trinchera hasta los gruesos zapatos. A través de su cuerpo se +veían los árboles, el banco cercano, las gentes que pasaban. Parecía de +cristal, de humo sutil, de espuma impalpable. + +La hizo señas para que la siguiese, y echó á andar al ver que la vieja +le obedecía. + +--¡Ay, mis piernas!... No podré seguir. Son varios kilómetros. ¡No +llegaré nunca!... + +Se dejó caer en otro banco y el soldado transparente se detuvo, +volviendo hacia ella un rostro sombrío, desesperadamente sombrío. + +--No te pongas triste. ¡Si supieras cuán cansada estoy! Pero tu abuela +no te abandonará nunca.... Alberto, espérame. ¡Allá voy, pequeño mío! + +Y haciendo un esfuerzo supremo, se levantó y siguió marchando en pos del +fantasma por las calles interminables, negras, heladas.... + +Como marchamos todos á través de las asperezas de la vida, guiados por +nuestros recuerdos, al encuentro de la Ilusión. + + + + +EL AUTOMÓVIL DEL GENERAL + + + + +I + + +El periodista Isidro Maltrana habló así á sus amigos en un pequeño +restorán de Broadway: + +--Me veo obligado á buscarme la vida en Nueva York. Ya no puedo volver á +Méjico. ¡Qué desgracia! ¡Tan bien que me ha ido allá durante once +años!... + +Ustedes saben que soy español, y no tengo otra herramienta para ganarme +el pan que una pluma fácil y sin escrúpulos. No recordemos las aventuras +de mi primera juventud. Deben conocerlas ustedes, pues con ellas se han +escrito libros. Son, en realidad, sucesos vulgares, que sólo merecen +atención por el ambiente de tristeza desgarradora en que se +desarrollaron. + +Hace años me lancé á recorrer la América de habla española. Entré por +Buenos Aires y he salido por la frontera de Texas. Una hazaña de +conquistador de otros siglos; algo como el paseo del capitán Orellana, +que partió del Perú y, navegando de un río grande á otro mayor, se vió +de pronto en el Atlántico, después de haber bajado todo el curso del +Amazonas. + +No sonrían ustedes; ya sé que mis viajes en buque de vapor, en +ferrocarril ó en mula, no pueden compararse con los penosos avances de +aquellos exploradores de piernas de acero y pechos de bronce. Pero no +crean tampoco que mis andanzas á través de la tierra americana han sido +envidiables por su comodidad. También yo he sufrido grandes privaciones. +Los conquistadores, que tuvieron que luchar con el hambre de las +interminables soledades, acallaban su estómago apretándose un punto más +el cinturón, y seguían adelante, con el arcabuz al hombro. Yo he tenido +que apretarme igualmente el cinturón muchas veces; pero siempre +encontraba, al fin, en las Repúblicas pequeñas, algún tirano, ó +aspirante á tirano, que se encargaba de mantenerme á cambio de insultos +á sus adversarios y de elogios disparatados á su persona. + +Al pasar de España á América, deseé cambiar de profesión. Me habían +dicho que en esta parte del mundo todos los emigrantes cambian de +oficio, como las culebras cambian de piel al modificarse el ambiente con +el curso de las estaciones. + +Eso será verdad tratándose de los demás; ¡pero los que nacimos siervos +de la pluma!... + +Quise en Argentina cultivar la tierra, pero fracasé completamente, y +volví al periodismo vagabundo, lo que me hizo marchar de República en +República, siempre hacia el Norte. + +No recordemos esta época de literatura ambulante y servil. Otro, tal vez +estaría orgulloso de ella, y hasta escribiría sus Memorias. Fuí amigo de +varios presidentes; á unos les he servido de bufón, á otros de consejero +secreto. He redactado, á la vez, crónicas de vida elegante para las +presidentas y proyectos de Constitución que sus graves maridos +presentaban al pueblo como producto de nocturnas meditaciones. He huído +de algunos de estos protectores, por miedo á que me fusilasen; sabía +demasiados secretos. A otros los he visto caer asesinados cuando +mostraban una confianza majestuosa igual á la de los dioses inmortales. +He insultado á hombres que no conocía, para servir con ello á hombres +que despreciaba por conocerlos demasiado. + +¿Que mi oficio es vergonzoso?... Soy el primero en confesarlo. Y lo peor +es que no me ha enriquecido; sólo me dió para vivir con intermitencias +de locos derroches y largas penurias. Cuando triunfaban mis protectores, +nunca tenían tiempo para regalar algo duradero al que les había ayudado +con su pluma venenosa. + +Además, reconozco mi defecto; soy un bohemio, un vagabundo que nunca se +siente bien allí donde está, y espera encontrar algo mejor yendo más +lejos. + +No me creo el único. Los periodistas errantes y los cómicos somos la +última y miserable prolongación de la España conquistadora. Vamos y +venimos desde el estrecho de Magallanes á la frontera de California, +pasando á través de diez y ocho naciones que hablan nuestra lengua, +conociendo en unas partes la riqueza y en otras el hambre; aquí, el +aplauso y la admiración; más allá, el insulto y la fuga. Algunos, en sus +correrías, hasta tropiezan con la Fortuna, y son sus amigos por corto +tiempo. Todos, finalmente, terminan sus días en la miseria. + +Pero no divaguemos. Quiero decir que, después de mis andanzas por la +América del Sur y la América del Centro, di fondo en Méjico, hace poco +más de diez años. ¡Hermoso y simpático país! En ninguna parte he vivido +mejor. + +Ya estaría de vuelta allá, á pesar de la última revolución, que me hizo +huir; pero no me atrevo. + +Existe de por medio el maldito asunto del automóvil del general. + + + + + +II + + +Parecía que Méjico me estuviese esperando, como uno de esos volcanes +bondadosos y bien educados que permanecen tranquilos durante siglos y, +apenas un explorador huella su cumbre por primera vez, empiezan á rugir +y á soltar humaredas á guisa de saludo. + +Treinta años llevaba el país de dormitar en paz; pero al llegar yo +despertó, amenizando mi existencia con una serie de revoluciones que +todavía no han terminado. + +¡Lo que he visto en diez años!... Porfirio Díaz, que parecía eterno, +escapando para morir en un hotel del viejo mundo. Madero, un hombre +bueno, que gobernaba moviendo veladores y conversando con los espíritus, +fué cazado á balazos, lo mismo que un corderillo dulce, en las cuevas +del palacio presidencial. El alcohólico Huerta acabó sus días en una +cárcel de los Estados Unidos, desesperado porque no le dejaban beber. Al +viejo Carranza, que parecía construido para vivir un siglo, lo acaban de +asesinar. + +En diez años, ¡cuatro presidentes que han terminado de mala manera ó han +muerto en una cama que no era suya! Reconozcamos que es demasiada +tragedia para tan corto tiempo. Esta sucesión de presidentes mejicanos +recuerda á los reyes y héroes griegos de la dinastía de los Atreidas, +que terminaban siempre de un modo fatal. + +Pero yo, que soy franco hasta el cinismo, confieso que no guardo un +triste recuerdo de los largos años de revolución, ni he derramado una +lágrima en memoria de estos señores que conocieron los goces de una +autoridad sin límites y la desesperación de un final trágico. + +Al principio fuí simplemente escritor de á caballo. No tenía periódicos +que hacer, y servía de secretario á los generales que mandaban las +fuerzas revolucionarias. Redacté proclamas dirigidas á los pueblos, +alocuciones á las tropas, y describí en un estilo lírico los grandes +triunfos de los insurrectos sobre los soldados del gobierno, llamados +«federales». Nunca, en mis escritos, dejé de establecer discretos +paralelos entre las campañas napoleónicas y las de los caudillos á cuyo +servicio me había entregado. + +Conocía bien á mi gente. Uno de los generales, que fué mi amo durante +seis meses, al ver la polvareda levantada por unos cuantos centenares de +enemigos, se volvía siempre hacia nosotros, los de su Estado Mayor, para +decirnos con aire inspirado: + +--Napoleón, en este caso, hubiera hecho seguramente lo que yo.... + +Y hacía lo que hubiese hecho Napoleón. + +¡Ay, amigos míos! Recuerdo bien nuestras famosas batallas, aunque +siempre las veía de lejos. ¡Lo que sentí muchas veces no haber aprendido +á montar á caballo desde mi niñez, no ser hombre de campo, para +improvisarme general lo mismo que los otros!... ¡Quién sabe si lo habría +hecho mejor!... + +Las tales batallas podían ser tituladas así porque tomaban parte en +ellas veinte mil ó treinta mil hombres. En Méjico nunca faltan hombres +para pelear y morir. Hay siempre más que fusiles. Pero, en realidad, +eran simples riñas de grupo á grupo, dejando á la iniciativa de cada +pelotón la marcha del combate. Tiraban y tiraban hasta agotar las +municiones, sin hacer uso jamás del arma blanca. Ninguno tenía bayoneta. +Se mataban durante horas y horas, y al final el bando que se veía sin +cartuchos se retiraba, dejando el campo al otro. + +Todos éramos de caballería, porque hacíamos las marchas á caballo; pero +en el momento del combate los jinetes se convertían en infantes. +Teníamos artillería. Cada bando procuraba poseer cañones más gruesos que +los del adversario, y estos cañones tiraban y tiraban, con un estruendo +ensordecedor. + +Recuerdo el asombro y la indignación de un oficial alemán que venía con +nosotros, al ver cómo funcionaba la artillería. + +(Advierto á ustedes que todos los revolucionarios éramos germanófilos, +por odio á los Estados Unidos y á Inglaterra. Nos comparábamos con los +bolcheviques rusos, deseábamos la derrota de la República francesa y el +triunfo de Guillermo II. Los alemanes intervenían con frecuencia en +nuestras campañas.... Pero no desviemos el relato. ¡Adelante!) + +--General--clamó el prusiano--, los artilleros no saben apuntar. Tiran +al aire. Sólo desean hacer ruido. + +Y el general, que se las echaba de ingenioso, contestó, levantando los +hombros: + +--Déjelos. No es necesario que hagan más. La artillería sólo sirve para +asustar _pendejos_. + +Después de estas batallas, cuando quedábamos vencedores por haber podido +hacer fuego media hora más que los otros, venían los comentarios y las +explicaciones del triunfo. Aquí entraba yo como estratega. Describía +moniobras que nadie había visto; suponía en el general y sus +colaboradores órdenes que nadie había dado; explicaba el presente con +arreglo á mis lecturas pasadas, y siempre encontraba el medio de +emparentar la batalla reciente con alguna de las de la juventud de +Bonaparte. No había miedo de que alguien protestase escandalizado. + +--¡Este Maltrana!--oía decir á mis espaldas--. ¡Lo que sabe!... ¡Lo que +ha leído!... + +Y, por el momento, no me daban cosas de más provecho que tales elogios y +un amplio permiso para apropiarme lo ajeno. Pero esto último no +representaba gran cosa, por ir yo acompañado de gentes listas, que, al +ser del país, siempre llegaban antes allí donde había algo que coger. + +Cuando triunfamos, y los jefes del ejército revolucionario ocuparon la +presidencia de la República, los ministerios y demás sitios públicos, mi +suerte empezó á afirmarse. Escribí en los diarios del nuevo gobierno +cuando había que insultar á los enemigos ó hacer al país brillantes +promesas. + +¡El dinero que gané en aquellos tiempos, no muy lejanos, pero que me +parecen ya remotísimos!... + +Tenía serios adversarios. La mayor parte de los generales eran hombres +que no vacilaban ante ningún obstáculo. De «rancheros» ó bohemios de la +ciudad, se habían convertido en generales heroicos. ¿Por qué no podían +ser igualmente escritores?... + +Como Julio César después de sus campañas, cada uno de ellos quiso +escribir sus _Comentarios_. Pero César no escribía, dictaba, y sin duda +por esto, los más de ellos me tomaron como secretario, confiándome sus +hechos heroicos para que los realzase con la música de mi estilo. +Además, cobraba todos los meses una subvención en cada uno de los +diversos ministerios, para tomar fuerzas y poder llevar adelante la +magna y voluminosa obra que estaba escribiendo sobre la revolución +triunfante. + +¡Lástima que la última revuelta militar haya matado este libro antes de +nacer! Ustedes saben que yo he cultivado la paradoja, como único pan que +me nutre. Pues bien; esta obra iba á ser la mejor de todas las mías. + +Comparaba en ella á Wáshington con nuestro presidente, é inútil es decir +quién de ellos quedaba sobre el otro. Luego establecía un paralelo +crítico entre el ataque de Cerro Pelado y la batalla de Arcole; la +sorpresa del Barranco de los Santos y la batalla de Austerlitz; y así +seguía comparando otras acciones de guerra, hasta conseguir que el +«corso de los cabellos lacios» (¡siempre Napoleón!) quedase al nivel de +mis sabios caudillos de machete al cinto y lazo de cuerda formando rollo +en el arzón de la silla. + +El final del libro era lo mejor: una demostración clarísima de que la +civilización de los Estados Unidos resulta inferior á la civilización +mejicana, y debe ser vencida por ésta, para bien de los mismos yanquis. +Así trabajarán menos, no necesitarán tanto dinero para vivir, conocerán +mejor la alegría de la existencia. + +Les aseguro á ustedes que es una lástima que hayan sido arrojados del +gobierno mis protectores y no quede allá quien me subvencione para +terminar el libro. ¡Un verdadero éxito! Traducido al inglés, se hubiesen +vendido centenares de ediciones. ¡Esta gente de Nueva York gusta tanto +de libros que la hagan reir!... + +Pero no se impacienten ustedes. Adivino en sus ojos lo que piensan: «el +automóvil del general». Desean saber qué general es el de mi historia y +por qué su automóvil me cierra el camino para volver á Méjico. + +A ello vamos, amigos míos. + + + + +III + + +De todos los personajes que conocí en el período de la guerra, el que +demostró mayor interés por mi persona y me protegió más eficazmente fué +el general Castillejo. + +En sus momentos de efusión amistosa, que eran muy raros, me llamaba +Maltranita, y eso que yo podía ser casi su padre, ó cuando menos un +hermano muy mayor. Este general (uno de los consejeros más íntimos y +escuchados del presidente) sólo tenía veintisiete años. Es cierto que +los otros generales y ministros no eran, ordinariamente, de mayor edad. +Cuando el viejo Carranza reunía los primeros funcionarios y héroes de la +República, parecía un director de colegio pasando examen á sus +discípulos. + +Castillejo es pequeño de cuerpo, nervioso y ágil, con un color moreno +ardiente que se aproxima al tono del chocolate con leche. Lo más notable +en él son los ojos, brillantes y autoritarios cuando quiere mirar de +frente, lo que ocurre pocas veces. Su vista parece siempre fugitiva, +como si la distrajera algún mal pensamiento. Sus cejas oblicuas y su +cutis obscuro se armonizan poco con su ángulo facial, abierto y europeo. +Es, como muchos de nuestra América, el resaltado de tres orígenes: +indio, africano y español. + +Sus amigos le tenían en alto concepto, hablando de él con admiración y +miedo. + +--¡Un hombre de cuidado!... No conviene tenerlo de enemigo. ¡Sabe +mucho!... + +Además, quitaba y ponía ministros, daba mandos en el ejército á los +compañeros que le seguían ciegamente, y obligaba á salir del país á sus +adversarios ó los enviaba á ciertas provincias de la costa del golfo de +Méjico, donde la gente de las altas mesetas puede contraer enfermedades +de muerte. + +Sus enemigos recordaban la facilidad con que había fusilado durante la +guerra á los prisioneros. Pero ¿quién puede hacer el balance de los +fusilamientos ordenados allá por unos y por otros? ¡He visto tantos!... +¡Cuesta tan poco dar una orden que suprime á un hombre!... + +Nunca tuve con él motivos de queja. ¡Excelente muchacho! Hasta creo que +me admiraba un poquito á causa de mi pluma, y eso que era incapaz de +admirar á nadie, convencido como estaba de que la presidencia de la +República le correspondía de derecho. Pero aún no creía llegado el +momento de ocuparla. + +Nuestra intimidad dató de un libro que escribí para él después de la +guerra: _Historia de la división del Oeste_. Esta división era la horda +á caballo que había mandado mi general Castillejo. Inútil es decir que +la tal división lo había hecho todo, y á ella se debía únicamente el +triunfo revolucionario. + +Lo malo es que yo mismo, con esta mano pecadora, había escrito también +la _Historia de la división del Este_, y la del Norte, y la del Sur, y +la del Centro, y cada una de estas divisiones era la mejor entre todas y +lo había hecho todo, y los demás generales no habían servido mas que de +estorbo. + +Pero como estos libros iban firmados por sus respectivos héroes, y cada +uno callaba mi nombre, Castillejo apreció su historia como la mejor de +todas, paladeando las hermosuras de mi estilo lo mismo que si le +perteneciesen. + +Andaba muy ocupado en la elección del nuevo presidente. El gobierno +surgido de la revolución deseaba dos cosas á la vez: hacer unas +elecciones que pareciesen legales y sacar triunfante de ellas al +candidato que tenía escogido, y á nadie más. Varios generales se +presentaban también como candidatos, amenazando con hacer una revolución +si no salían triunfantes. Todos hablaban de legalidad y de respeto á la +ley, al mismo tiempo que se llevaban una mano al costado para +convencerse de que tenían el revólver listo. Y el país, fatigado de diez +años de revolución, les dejaba hablar, deseando en el fondo de su ánimo +que se matasen entre ellos, pero dispuesto á votar por el gobierno ó por +el general que derribase al gobierno. La única manera de vivir seguro en +aquella tierra es irse con el que manda. + +Mi general era el hombre de confianza del presidente y el sostenedor de +la candidatura patrocinada por éste. Como los otros aspirantes á la +presidencia pertenecían al ejército, la candidatura gubernamental usaba +el título de «antimilitarista». Castillejo y otros compañeros de +generalato, que habían fusilado centenares de hombres, quemado +estaciones y pueblos, y vivían en plena paz con la misma violencia que +cuando hacían la guerra, pronunciaban discursos sobre discursos, +cantando las excelencias de ser gobernados por un «civil» y la necesidad +de terminar con el militarismo. + +Yo combatía con la pluma, siguiendo las órdenes de mi jefe. En Méjico es +más fácil este trabajo que en otras partes. Cuenta uno con el argumento +precioso de «la intervención norteamericana». El periodista que defiende +al gobierno puede describir á los hombres de la oposición como «malos +patriotas, que con sus insurrecciones provocan la anarquía y hacen +inevitable una invasión de los norteamericanos para el restablecimiento +del orden». Y á su vez, los escritores de la oposición, al atacar al +gobierno, afirman que éste comete tales atrocidades, que, «al final, los +Estados Unidos tendrán que intervenir para derrocar su tiranía». Sin el +fantasma de la intervención norteamericana, ¿quién podría escribir en +Méjico?... + +Además, hay otro recurso de éxito seguro. Cuando no se sabe qué decir de +un enemigo político, ó cuando se recibe el encargo de insultar á alguien +que ha pintado el país tal como es, se emplea siempre la misma injuria: +«Vendido al pérfido oro yanqui.» ¡Y qué inagotable resulta el tal oro! +Todos los días hay alguien que se vende á él por enormes cantidades. Si +se suman los millones, tal vez no quepan en la Tesorería Federal. + +Y lo más gracioso es que los que escriben esto piensan al mismo tiempo: +«¿Dónde demonios estará la puerta de la oficina en la que se hacen tales +compras?... ¿Quién será el encargado de recibir á los que desean +venderse?...» + +Yo mismo, queridos amigos, quisiera saber si ustedes, por ser más viejos +en la tierra yanqui, están enterados de á qué personaje hay que +dirigirse en Wáshington para dicho asunto. ¡Me gustaría tanto estar +enterado!... + +Pero ¿callan ustedes?... ¿No saben qué decir?... Sigamos con nuestro +general. + +Siempre que leía uno de mis artículos contra los enemigos de la +candidatura del gobierno, celebraba con entusiasmo los insultos más +atroces. + +--¡Qué pluma la suya, Maltranita!... ¿Cómo pagarle sus servicios á la +buena causa? + +Muy fácilmente; yo no podía aspirar á una legación diplomática ni á un +ministerio cuando triunfase nuestra candidatura; eso quedaba para los +mejicanos. Mis aspiraciones eran más modestas. + +--Me contento, mi general, con que me envíe usted á Nueva York cuando +vaya allá una comisión á hacer compras para el gobierno. Lo mismo da que +compren autocamiones, máquinas de escribir, zapatos ó papel para las +oficinas. Sólo pido ser el agente comprador de la comisión. Me doy por +satisfecho con el diez por ciento. ¿Que adquieren por un millón?... Cien +mil dólares para mí. ¿Que compran por valor de dos?... Pues doscientos +mil. Con eso me retiro á España y dejo de escribir, aunque lloren de +pena las nueve Musas. + +Castillejo juzgaba mediocres mis pretensiones. Ahora trabajaba por hacer +presidente á un amigo. Luego le tocaría á él. Sólo tenía que esperar yo +cuatro años, y entonces me daría lo que desease. + +¡Esperar en un país donde mueren de una manera trágica cuatro +presidentes en sólo diez años!... No; prefería que me diesen +inmediatamente el modesto cargo de comprador en Nueva York. + +Pero Castillejo no estaba para fijarse en mi escepticismo; cada día se +mostraba más preocupado por el éxito de su campaña electoral. ¡Cosa +rara! No le inquietaban los generales candidatos que parecían próximos á +sublevarse contra el gobierno. El objeto de sus preocupaciones era un +joven, casi de su edad, el ingeniero Taboada, que se había educado en +los Estados Unidos y tenía la pretensión de exigir que se implantase de +golpe en Méjico todo el sistema democrático, con su respeto á la ley y á +las opiniones ajenas, que había conocido en la vecina República. + +Sin más apoyo que unos cuantos amigos tan ilusos como él, presentaba su +candidatura á la presidencia, afirmando que era la «única candidatura +civil». + +--¡Pero si ese muchacho es un loco!--decía yo, extrañado de la +preocupación de Castillejo--. ¡Si no puede juntar más allá de un +centenar de votos!... Ya que usted le hace el honor de tenerle en +cuenta, voy á demolerlo con un artículo. Diré que está vendido á los +Estados Unidos y por eso pretende implantar entre nosotros las +costumbres y sistemas de allá. Voy á demostrar que ha recibido tres +millones de Wáshington para su candidatura.... Si le parecen poco, +escribiré cinco millones. Da lo mismo. ¡Con decir que yo he visto con +mis ojos cómo los recibía!... + +Y escribí esto, y otras cosas. Necesitaba no quedarme á la zaga de los +periodistas del país, que me vencían muchas veces en la invención de +estupendas mentiras. + +Pero noto que se impacientan ustedes. ¡Calma! Ahora sí que llegamos de +veras al automóvil del general. + + + + +IV + + +Algunos de los allegados á Castillejo se mostraban terribles en sus +ofrecimientos. + +--General, ya que le estorba tanto ese ingenierillo, no tiene mas que +darnos una orden. Es lo más fácil librarse de él. + +¡Como si el general necesitase de tales consejos! Eran muchos los que +habían desaparecido misteriosamente de la existencia diaria, y los +calumniadores pretendían que únicamente Castillejo podía saber dónde +estaban. Todos debajo del suelo. + +--¡Qué disparate!--protestaba el general--. Los candidatos militares +atribuirían al gobierno la muerte de Taboada; la gente que ahora se ríe +de él lo veneraría como un mártir. No; dejemos de pensar en ese hombre. + +Y yo adivinaba que seguía pensando en él, con su gesto reconcentrado é +inquietante que hacía decir á las gentes: «Castillejo, muy malo como +enemigo.» + +Uno de los amigotes que le acompañaban en sus francachelas nocturnas me +reveló el secreto. + +--Lo que sufre el general son unos celos que le tienen loco, lo mismo +que un dolor de muelas. Ahora, Olga del Monte adora al ingeniero. + +Esta Olga del Monte era la Aspasia de la revolución mejicana. Hija de +una familia distinguida de la capital, sus excesos imaginativos y reales +habían acabado por arrastrarla á una vida que era la vergüenza de su +parentela. Iba teñida de rojo escandalosamente, en un país donde las más +de las mujeres son morenas. Había pasado una temporada en París á +expensas de varios protectores, lo que imponía un irresistible respeto á +los jóvenes centauros de la revolución, ignorantes de toda tierra que no +fuese la suya. Además, tocaba el piano y el arpa, suspiraba romanzas +mejicanas y fabricaba versos.... Tenía de sobra para traer como locos á +todos los generales mozos. Algunos de ellos, á pesar de sus +declamaciones contra el derecho de propiedad y contra las desigualdades +de clase, lo que más apreciaban en Olga era su origen. Les producía +confusión y orgullo á la vez pensar que eran amigos y protectores de una +hija de gran familia de la capital, cuando hacía pocos años figuraban +aún como jornaleros del campo ó vagabundos en lejanas provincias. + +Regalos cuantiosos llovían sobre ella. Los vencedores mostraban la misma +generosidad de los bandidos después del reparto de un botín fácilmente +conquistado. Olga se tomaba á veces el trabajo de desfigurar las joyas +robadas. En otras ocasiones lucía los ricos despojos tal como se los +habían dado, y las gentes señalaban sus brillantes, sus esmeraldas y sus +perlas, nombrando á las verdaderas dueñas de estas alhajas. Eran señoras +del régimen anterior derrumbado por la revolución, que andaban ahora +fugitivas por el extranjero. + +Mi general, que tenía un alma puerilmente romántica, se mostraba +orgulloso de haber vencido á varios compañeros de profesión. Él era +ahora el único que podía considerarse dueño de esta poética criatura. La +abrumaba con sus presentes; había trasladado de su casa á la de la +hermosa todo lo recogido cuando entró en la ciudad de Méjico al frente +de su división del Oeste, ¡y bien sabe Dios que Castillejo no era tonto +ni perezoso para esta clase de trabajos! + +Pero la vaporosa criatura, harta sin duda de las magnificencias del +saqueo, quería mostrarse ahora desinteresada, prefiriendo á los hombres +pobres y perseguidos, sin duda porque todos los que la rodeaban eran +ricos, fanfarrones é insolentes. Y por esta necesidad de cambio y de +contraste, abandonó á nuestro general, enamorándose de Taboada. + +El ingeniero era débil de cuerpo, dulce de maneras, odiaba á los +soldadotes, hablaba de la regeneración de los caídos y del advenimiento +de los pobres al poder. Además, los triunfadores se reían de él y tal +vez lo matasen el día menos esperado. ¿Qué héroe más interesante podía +encontrar una mujer de sentimientos sublimes y «mal comprendidos», como +se creía esta muchacha?... + +En vano Castillejo apeló á las seducciones del gobernante para vencer su +desvío. Él haría que el presidente la enviase á Nueva York y luego á +París, con un cargamento de grandes sombreros mejicanos, trajes +vistosos y cien mil pesos al año, para que cantase y bailase á estilo +del país en los principales teatros. Iba á ser casi un personaje +oficial; haría propaganda mejicana por el mundo. ¡Quién sabe si la +historia patria hablaría alguna vez de ella con agradecimiento!... Pero +Olga contestó negativamente. Prefería á su ingeniero. É igualmente fué +rehusando otras proposiciones no menos productivas y honoríficas. + +Los consejeros de Castillejo seguían, mientras tanto, insinuándole su +remedio dulcemente. + +--¡Si usted quisiera, mi general!... Una palabrita nada más, diga una +palabrita, y no volverá á estorbarle ese mozo. + +Pero Castillejo protestaba con una bondad que metía miedo. La alarma de +su recta conciencia era para espeluznar á cualquiera. + +--¡Que nadie toque á ese hombre!--decía--. Ninguna mano humana debe +ofenderle. Supondría, en caso de agresión, que yo ó el gobierno habíamos +dado la orden. ¡Lo declaro sagrado!... + +Y escuchándole, pensaba que, si mi protector quería declararme «sagrado» +con la misma voz y poniendo los mismos ojos, consideraría oportuno tomar +el primer tren que saliese para la frontera de los Estados Unidos. + +Los incidentes de la campaña electoral hicieron que Castillejo olvidase +á Olga. Pero no podía olvidar igualmente al ingeniero. + +Seguido de sus apóstoles (dos docenas de inocentes, poseedores de una +audacia loca), Taboada iba pronunciando discursos contra el gobierno, +que pretendía imponer á la fuerza su candidato, y contra los otros +candidatos, generales que no valían más que su contrincante. Él era el +«único político civil» capaz de implantar el régimen democrático. Pero +nadie le escuchaba, y si la muchedumbre, en calzoncillos y cubierta con +enormes sombreros, le oía alguna vez, era para interrumpir sus discursos +llamándole «yanqui», «mal mejicano», «traidor» y otras cosas por el +estilo. + +Ahora, amigos míos, sí que van á conocer ustedes de veras el automóvil +del general. Ya entra en escena. ¡Atención! + + + + +V + + +Lo había traído Castillejo de los Estados Unidos para las necesidades de +la campaña electoral. Poseía muchos. ¿Qué caudillo mejicano carece de +automóvil?... Los más de ellos hasta tienen un coche-salón para viajar +por las vías férreas. ¡Lo que puede importarles media docena de +automóviles, cuando, al principio de la revolución, sólo necesitaban +entrar, pistola en mano, en un _garage_ para llevarse lo mejor de él!... + +Castillejo no podía sufrir que lo comparasen con sus rústicos camaradas +de generalato. Es un hombre de progreso, casi un sabio. Admira á los +Estados Unidos por las armas de fuego y los automóviles que se fabrican +aquí. Esto no es mucho, pero es algo. Para ser general mejicano no +resulta indispensable conocer la existencia de Edgardo Poe y de Emerson. + +--Pero ¿ha visto usted--me decía--qué joyas tan bellas producen esos +_gringos_? + +La joya bella era el automóvil recién llegado: una máquina esbelta, +ligera, incansable, como un corcel de ensueño. No quiero decir la marca. +Creerían ustedes que estoy pagado por la casa constructora. Baste decir +que era un gran automóvil, el mejor de los Estados Unidos, y no añado +más. Yo lo admiraba tanto como mi general. + +Muchas noches, antes de dejarme en la redacción de su periódico para que +escribiese el artículo, Castillejo me paseaba por las principales calles +de Méjico, mejor dicho, por la única avenida que, con diversos nombres y +variable anchura, se extiende varios kilómetros, desde la vieja plaza +donde está el palacio del gobierno hasta el Parque de Chapultepec. + +Ustedes saben cómo son de noche las calles de Méjico: no hay ciudad en +el mundo mejor alumbrada y con menos gente. + +Los focos eléctricos brillan formando racimos, para iluminar una soledad +de desierto. Cree uno deslizarse por una de esas ciudades de _Las mil y +una noches_, donde todo ha quedado inmóvil y dormido por obra de +encantamiento. + +En los primeros años de la revolución este silencio era amenizado de vez +en cuando con agradables diversiones. Los oficiales corrían las calles +en automóviles de alquiler, disparando sus revólveres. Se tiroteaban de +unos carruajes á otros. ¡Asunto de divertirse un poco!... + +Ahora, con los preparativos electorales, no había tiros; pero la gente +se metía en sus casas más pronto que nunca, presintiendo que iba á +surgir una revolución. + +Los escasos transeúntes veían pasar, de Chapultepec á la gran plaza y de +la gran plaza á Chapultepec, el carruaje del general partiendo el aire +lo mismo que una flecha, como si en realidad tuviese prisa en llegar á +alguna parte. «¡Ahí va Castillejo!», se decían con respeto y miedo. Y si +se atrevían á insultar á alguien con su pensamiento, era al extranjero, +al miserable _gachupín_ Maltrana, sentado en el sitio de honor. +Castillejo prefería siempre la parte delantera. Unas veces empuñaba el +volante, otras se mantenía al lado de su chófer, un indiazo de ojos +feroces y sonrisa boba que manejaba el vehículo con una autoridad +natural, como si el automovilismo datase de los tiempos de Moctezuma. + +Nunca he creído tanto en la fidelidad de los presentimientos como cierta +noche que intenté negarme á acompañar al general en su paseo nocturno. +Es verdad que Castillejo no parecía el mismo. Iba con gorra de viaje y +un grueso gabán, cuyo cuello le tapaba media cara. Tenía en los ojos un +brillo agresivo. Su aliento olía á alcohol, circunstancia +extraordinaria, pues el general es sobrio. + +No pude excusarme con mi trabajo. Eran las once, y Castillejo había +esperado á que terminase mi artículo. + +--Suba--me ordenó con aspereza, lo mismo que si mandase á su +horda-división. + +Y subí para verme solo en el fondo del automóvil, pues él continuó al +lado de su chófer. + +Aún siento orgullo y angustia al recordar cómo fuí presintiendo +confusamente lo que iba á ocurrir. + +Me arrepentí de inspirar tanto interés á Castillejo. Este bárbaro iba á +hacer algo terrible y quería que yo lo presenciase. Necesitaba mi +emoción como un aplauso. + +Empecé á pensar en el ingeniero, luego en Olga, y fuí adivinando todos +los actos de mi protector con algunos minutos de antelación. Casi fué un +deporte agradable para mí ver cómo la realidad se iba plegando á mis +inducciones. + +El automóvil abandonó las calles iluminadas, como yo había previsto. +Luego, atravesando vías silenciosas y obscuras, entró en una barriada de +edificios nuevos. Íbamos hacia la casa de Olga del Monte. Pero ¿qué +interés tenía el general de mezclarme en sus rencores amorosos?... + +Se detuvo el vehículo en una avenida bordeada de copudos fresnos y +anchas aceras. Los reverberos no eran tan numerosos como en el centro de +la capital. La frondosidad de los árboles extendía una doble masa de +sombra á lo largo de la calle, dejando tres fajas de luz crepuscular: +una en medio, y las otras dos junto á las casas. El carruaje, al quedar +inmóvil, apagó sus faros, lo mismo que un buque que ancla y desea +permanecer inadvertido. + +Dos hombres con grandes sombreros de palma se acercaron al carruaje: dos +mocetones de cara aviesa, que nunca había yo visto. Pero también los +adiviné. Eran de los que esperaban del general «una palabrita nada más». +Iban á suprimir, indudablemente, al ingeniero. + +El pobre Taboada estaría, sin duda, en aquellos momentos hablando á Olga +de sus ilusiones y sus esperanzas, sin sospechar que la muerte le +aguardaba en la calle. + +--Debéis mirarlo como persona sagrada--oí que decía el general en voz +baja--. ¡Únicamente en caso de que escapase!... + +Se trastornó todo el edificio de suposiciones elevado por mi inducción. +Si Taboada debía ser sagrado para aquellos hombres, ¿qué podían hacer +con él? + +Miré repetidas veces hacia el lugar donde sabía que estaba la casa de +Oiga, pero no alcancé á verla, pues me la ocultaban los árboles. + +El general abandonó el volante, cambiando de sitio con su chófer. La +habilidad de éste le inspiraba, sin duda, más confianza que su propia +habilidad. Hablaron en voz baja, al mismo tiempo que el indio +acariciaba las llaves y palancas de la máquina con gruñidos de +satisfacción. + +Yo no entiendo de automóviles; pero adivinaba en aquel carruaje un +organismo maravilloso que iba á obedecer fielmente al espíritu maligno +de sus conductores. Parecía muerto, sin el menor latido que denunciase +su vida interior; pero bastaba un ligero movimiento de mano para que se +estremeciese instantáneamente todo él, como un caballo que desea +lanzarse á una carrera loca. + +--Prepárese á conocer algo primoroso, Maltranita--dijo Castillejo en voz +queda, sin volver la cabeza--. Presenciará usted una caza nunca vista. + +Pero ¿qué necesidad tenía este demonio de general de hacerme ver cosas +«primorosas»?... + +Pasaron cinco minutos, ó una hora, no lo sé bien. En tales casos no +existe el tiempo. + +De pronto oí un ruido de voces broncas, una disputa de ebrios. Los dos +hombres del sombrerón se querellaban bajo los árboles. + +Otro hombre pequeño surgió, un poco más allá, de la sombra proyectada +por los fresnos, como si pretendiese atravesar la avenida, pasando á la +acera opuesta. + +Mi agudeza adivinatoria volvió á romper el misterio con luminosas +cuchilladas. Vi (sin verla en la realidad) la puerta de la casa de Olga +abriéndose para dar salida al ingeniero. Éste titubeaba un poco al +sentir que la puerta se había cerrado detrás de él, al mismo tiempo que, +algunos pasos más allá, dos hombres, dos «pelados», empezaban á discutir +de un modo amenazador, como si fueran á pelearse. ¡Mal encuentro! +Taboada se llevaba una mano atrás, buscando el revólver, inseparable +compañero de toda vida mejicana. Luego, deseoso de evitar el peligro, +en vez de seguir á lo largo de la acera, atravesaba la avenida para +continuar su camino por el lado opuesto.... + +No pude pensar más. Me sentí sacudido violentamente de los pies á la +cabeza por el brutal arranque del automóvil; me creí arrojado á lo alto, +como si el carruaje, después de rodar sobre la tierra unos momentos, se +elevase á través de la atmósfera. + +Perdí desde este momento la normalidad de mis sentidos, para no +recobrarla hasta el día siguiente. Todo me pareció indeterminado é +irreal, lo mismo que los episodios de un ensueño. + +Vi cómo el hombre intentaba retroceder, esquivando el automóvil salido +repentinamente de la sombra. Pero el vehículo se oblicuó para alcanzarle +en su retirada. Entonces pretendió avanzar lo mismo que antes, y la +máquina perseguidora cambió otra vez de dirección, marchando rectamente +á su encuentro. + +Todo esto fué rapidísimo, casi instantáneo, sucediéndose las imágenes +con una velocidad que las fundía unas en otras. Sólo recuerdo el salto +grotesco y horrible, un salto de fusilado, que dió la víctima al +desaparecer bajo el automóvil con los brazos abiertos. + +El vehículo se levantó como una lancha sobre una pequeña ola. Pero esta +ola era sólida, y su dureza pareció crujir. + +Miré detrás de mí instintivamente. Una sombra negra, una especie de +larva, quedaba tendida sobre el pavimento. Se retorcía con dolorosas +contracciones, lo mismo que un reptil partido en dos. Salían gemidos é +insultos de este paquete humano que intentaba elevarse sobre sus brazos, +arrastrando las piernas rotas. + +--¡Brutos!... ¡Me han matado! + +Pero instantáneamente dejé de verle. Apareció ante mis ojos el extremo +opuesto de la avenida. El automóvil acababa de virar, con tanta +facilidad, que caí sobre uno de sus costados, vencido por la brusca +rotación. + +Se deslizaba de nuevo en busca del caído, y éste, al verle venir, ya no +gritó. Tal vez el miedo le hizo callar; tal vez se imaginaba el infeliz +que los del vehículo regresaban para darle auxilio, y enmudecía, +arrepentido de sus exclamaciones anteriores. + +Ahora la ola fué más dura, más violenta. El automóvil se levantó como si +fuera á volcarse, y hubo un chasquido de tonel que se rompe, estallando +á la vez duelas y aros. Todavía viró el vehículo varias veces, con la +horrible facilidad de su ágil mecanismo, pasando siempre por el mismo +lugar. ¿Cuántas fueron las vueltas?... No lo sé. El obstáculo que +encontraban las ruedas era cada vez más blando, menos violento; ya no +lanzaba crujidos de leña seca. + +Al día siguiente todos los periódicos hablaron de la muerte casual del +pobre Taboada cuando se dirigía á su domicilio. El suceso dió tema para +declamaciones contra la barbarie de los automovilistas que marchan á +toda velocidad por las calles, matando al pacífico transeúnte. + +El periódico nuestro hasta hizo el elogio fúnebre del ingeniero, +declarando que «había que reconocer noblemente en este enemigo político +á un hombre de talento, á un gran patriota lamentablemente +desorientado». + +Y nada más.... A los pocos días nadie se acordó del infeliz. + +Otros sucesos preocupaban á la nación. Se sublevaron los generales +candidatos, al convencerse de que no triunfarían legalmente. Muchos +creyeron necesario traicionar al gobierno, para seguir una vez más las +costumbres del país. El presidente fué asesinado, y yo, como primera +providencia, me escapé á los Estados Unidos. Tiempo tendría de volver, +cuando se aclarase la tormenta, para servir á los nuevos amos. + +Castillejo cayó prisionero, y aún está en la cárcel. Sus dignos +camaradas de generalato le siguen no sé cuántos procesos de carácter +político; pero lo peor es que, recientemente, han empezado a acusarle +por el asesinato del ingeniero. + +Nadie cree ya en el accidente del automóvil. Parece que fueron muchos +los que presenciaron lo ocurrido desde sus ventanas prudentemente +entornadas. Tal vez lo vió uno nada más, y los otros hablan por agradar +á los vencedores. ¡La soledad nocturna de las calles de Méjico!... +Detrás de cada persiana hay ojos que sólo ven cuando les conviene; bocas +mudas que sólo hablan cuando llega el momento oportuno. + +Ustedes creen, tal vez, que yo podría volver allá, sin ningún +peligro.... En realidad, nada malo hice en dicho asunto, y aún me +estremezco al recordar el susto que me dió el maldito general. + +Pero no volveré; pueden estar seguros de ello. Conozco á mis antiguos +amigos. Castillejo es mejicano y sus acusadores también. Yo no soy mas +que un extranjero, un español, un _gachupín_, y todos acabarían por +ponerse de acuerdo para afirmar que fué Maltrana el que guiaba el +automóvil. + +Noto también que les causa á ustedes cierta satisfacción el espíritu de +justicia que demuestran los nuevos gobernantes al perseguir á Castillejo +por su delito. + +Me asombro de su inocencia. ¡Pero si cualquiera de aquellos generales ha +ordenado docenas de crímenes igualmente atroces!... + +No es justicia, es venganza; y más aún que esto, es envidia, amargura +anta la superioridad ajena. + +Detestan á Castillejo porque les inspira admiración. Hablan de él como +los pintores de una nueva manera de expresar la luz, como los escritores +de las imágenes originales encontradas por un colega. + +Lo que más les irrita es que ya no podrán emplear sin escándalo el +procedimiento del automóvil. Ha perdido toda novedad. ¡Y á cada uno de +ellos le hubiese gustado tanto ser el primero!... + + + + +UN BESO + + +Esto ocurrió á principios de Septiembre, días antes de la batalla del +Marne, cuando la invasión alemana se extendía por Francia, llegando +hasta las cercanías de París. + +El alumbrado empezaba á ser escaso, por miedo á los «taubes», que habían +hecho sus primeras apariciones. Cafés y restoranes cerraban sus puertas +poco después de ponerse el sol, para evitar las tertulias del gentío +ocioso, que comenta, critica y se indigna. El paseante nocturno no +encontraba una silla en toda la ciudad; pero á pesar de esto, la +muchedumbre seguía en los bulevares hasta la madrugada, esperando sin +saber qué, yendo de un extremo á otro en busca de noticias, disputándose +los bancos, que en tiempo ordinario están vacíos. + +Varias corrientes humanas venían á perderse en la masa estacionada entre +la Magdalena y la plaza de la República. Eran los refugiados de los +departamentos del Norte, que huían ante el avance del enemigo, buscando +amparo en la capital. + +Llegaban los trenes desbordándose en racimos de personas. La gente se +sostenía fuera de los vagones, se instalaba en las techumbres, escalaba +la locomotora, Días enteros invertían estos trenes en salvar un espacio +recorrido ordinariamente en pocas horas. Permanecían inmóviles en los +apartaderos de las estaciones, cediendo el paso á los convoyes +militares. Y cuando al fin, molidos de cansancio, medio asfixiados por +el calor y el amontonamiento, entraban los fugitivos en París, á media +noche ó al amanecer, no sabían adonde dirigirse, vagaban por las calles +y acababan instalando su campamento en una acera, como si estuviesen en +pleno desierto. + + * * * * * + +La una de la madrugada. Me apresuro á sentarme en el vacío todavía +caliente que me ofrece un banco del bulevar, adelantándome á otros +rivales que también lo desean. + +Llevo cuatro horas de paseo incesante en la noche caliginosa. Sobre los +tejados pasan las mangas blancas de los reflectores, regleteando de luz +el ébano del cielo. Contemplo, con la satisfacción de un privilegiado, á +la muchedumbre desheredada que se desliza en la penumbra lanzando +miradas codiciosas al banco. El reposo me hace sentir todo el peso de la +fatiga anterior. Reconozco que si los hulanos apareciesen de pronto +trotando por el centro de la calle, no me movería. + +Una pierna me transmite su calor á través de una tenue faldamenta de +verano. Me fijo en mi vecina, muchacha de las que siguen viniendo al +bulevar por costumbre, pero sin esperanza alguna, pues el tiempo no está +para bagatelas. + +Tiene la nariz respingada, los ojos algo oblicuos, y un hociquito +gracioso coronado por un sombrero de cuatro francos noventa. El cuerpo +pequeño, ágil y flaco, va envuelto en un vestido de los que fabrican á +centenares los grandes almacenes para uniformar con elegancia barata á +las parisienses pobres. Por debajo de la falda asoman unas pezuñitas de +terciopelo polvoriento. Sonríe con un esfuerzo visible, frunciendo al +mismo tiempo las cejas. Se adivina que es una mujer ácida, de las que +«hacen historias» á los amigos; una especie de calamar amoroso, que +esparce en torno la amarga tinta de su mal carácter. + +Conversa con una respetable matrona que vuelve llorosa de la estación de +despedir á su hijo, que es soldado. Junto á ella está una hija de +catorce años, mirando á la vecina con ojos curiosos y admirativos. Los +que ocupan el resto del banco dormitan con la cabeza baja ó sueñan +despiertos contemplando el cielo. + +La burguesa, al hablar, gratifica á la muchacha ácida con un solemne +_Madame_. Hace un mes habría abandonado el asiento, á pesar de su +cansancio, para evitarse tal vecindad. ¡Pero ahora!... La inquietud nos +ha hecho á todos bien educados y tolerantes. París es un buque en +peligro, y sus pasajeros olvidan las preocupaciones y rencillas de los +días de calma, para buscarse fraternalmente. + +Sigo su conversación fingiéndome distraído. La madre es pesimista. +¡Maldita guerra! Parece que las cosas marchan mal. Le van á matar al +hijo; casi está segura de ello; y sus ojos se humedecen con una +desesperación prematura. Los enemigos están cerca; van á entrar en París +«como la otra vez».... Pero la joven malhumorada muestra un optimismo +agresivo. + +--No, no entrarán, _Madame_.... Y si entran, yo no quiero verlo, no me +da la gana; no podría. Me arrojaré antes al Sena.... Pero no; mejor será +que me quede en mi ventana, y al primero que entre en la calle le +enviaré.... + +Y enumera todos los objetos de uso íntimo que piensa emplear como +proyectiles. Vibra en ella la resolución absurdamente heroica de los +insensatos gloriosos que protestan para hacerse fusilar. + +Algo pasa por la acera que interrumpe estos propósitos desesperados. +Avanza lentamente un matrimonio de viejos: dos seres pequeñitos, +arrugados, trémulos, que se detienen un momento, respiran con avidez, +gimen é intentan seguir adelante. Ella, vestida de negro, con una capota +de plumajes roídos por la polilla, se muestra la más animosa. Es enjuta +y obscura; sus miembros, flacos y nudosos, parecen sarmientos trenzados. +Se pasa de mano á mano una maleta que tira de ella con insufrible +pesadez, encorvándola hacia el suelo. + +A pesar de su cansancio, intenta auxiliar al hombre, que es una especie +de momia. Su cabeza de pelos ralos aún parece más grande moviéndose +sobre un cuello cartilaginoso, del que surgen los ligamentos con duro +relieve. Los dos son de una vejez extremada; parecen escapados de una +tumba. Les atormentan los paquetes que intentan arrastrar; caminan +tambaleándose, como la hormiga que empuja un grano superior á su +estatura. En este cansancio aplastante se adivina un nuevo suplicio, el +de ir vestidos con las ropas guardadas durante muchos años para las +grandes ceremonias de la vida: ella con falda de seda dura y crujiente; +él puesto de levita y paletó de invierno. + +El viejo deja caer el fardo que lleva en los brazos, y luego se desploma +sobre este asiento improvisado. + +--No puedo más.... Voy á morir. + +Gime como un pequeñuelo. Su pobre cabeza de ave desplumada se agita con +el hipo que precede al llanto. + +--Valor, mi hombre.... Tal vez no estamos lejos. ¡Un esfuerzo! + +La viejecita quiere mostrarse enérgica y contiene sus lágrimas. Se +adivina que en la casa que dejaron á sus espaldas era ella la dirección, +la voluntad, la palabra vehemente. Su diestra escamosa, abandonando á la +otra mano todo el peso de la maleta, acaricia las mejillas del viejo. Es +un gesto maternal para infundirle ánimo; tal vez es un halago amoroso +que se repite después de un paréntesis de medio siglo. ¡Quién sabe! ¡La +guerra ha despertado tantas cosas que parecían dormidas para siempre!... + +Yo me imagino el infortunio de esos dos seres que representan ciento +setenta años. Son Filemón y Baucis, que acaban de ver su apergaminado +idilio roto por la invasión. Tienen el aspecto de antiguos habitantes de +la ciudad que han ido á pasar el resto de su existencia en el campo, +dejándose cubrir por las petrificaciones ásperas y saludables de la vida +rústica. Tal vez fueron pequeños tenderos; tal vez ganó él su retiro en +una oficina. Cuando no existían aún los hombres maduros del presente, se +refugiaron los dos en esta felicidad mediocre, en este aislamiento +egoísta soñado durante largos años de trabajo: una casita rodeada de +flores, con algunos árboles; un gallinero para ella, un pedazo de tierra +para él, aficionado al cultivo de legumbres. + +Entraron en este nirvana burgués cuando los ferrocarriles eran menos aún +que las diligencias, cuando la humanidad soñaba á la luz del petróleo, +cuando un despacho telegráfico representaba un suceso culminante en una +vida.... Y de pronto, el miedo á la invasión alemana, que suprime un +pueblo en unas cuantas horas, les ha impulsado á huir de una vivienda +que era á modo de una secreción de sus organismos. Luego se han visto en +París, aturdidos por la muchedumbre y por la noche, desamparados, no +sabiendo cómo seguir su camino. + +--Valor, mi hombre--repite la esposa. + +Pero tiene que olvidarse de su compañero para dar gracias, con una +cortesía de otros tiempos, á alguien que le toma la maleta é intenta +levantar al viejo. + +Es la muchacha ácida, que da órdenes y empuja con irresistible +autoridad. + +Ahora reconozco que no lo pasará bien el primer hulano que entre en su +calle. Con un simple ademán limpia de gente una parte del banco, para +que se instalen con amplitud los dos ancianos. + +Queda espacio libre, pero yo me guardo bien de volver á sentarme. No +quiero recibir un bufido con acompañamiento de varios nombres de +pescados deshonrosos. + +Sin duda la presencia de estos viejos ha resucitado en la memoria de la +muchacha la imagen de otros viejos largamente olvidados. + +La trémula Baucis da explicaciones. Dos días en ferrocarril. Han huído +con todo lo que pudieron llevarse. Su última comida fué en la tarde del +día anterior; pero esto no les aflige: los viejos comen poco. Lo que les +aterra es el cansancio. Llegaron á las diez: ni un carruaje, ni un +hombre en la estación que quisiera cargar con sus paquetes. Todos están +en la guerra. Llevan tres horas buscando su camino. + +--Tenemos en París unos sobrinos--continúa la anciana. + +Pero se interrumpe al ver que Filemón se ha desmayado, precisamente +ahora que descansa. Los curiosos del bulevar, que esperan siempre un +suceso, se aglomeran en torno del banco. La protectora empuja é insulta, +sin dejar de ocuparse de los viejos. + +--¿Y viven cerca los parientes? + +--Plaza de la Bastilla--contesta Baucis, que no sabe dónde está la +plaza. + +Un murmullo de tristeza; un gesto de lástima. Todos miran el extremo +del bulevar, que se pierde en la noche. ¡Tan lejos!... ¡No llegarán +nunca! Circulan pocos automóviles; sólo de vez en cuando pasa alguno. + +Los brazos de la bienhechora trazan imperiosos manoteos; su voz intenta +detener á los vehículos que se deslizan veloces. Carcajadas ó palabras +de menosprecio contestan á sus llamamientos, y ella, indignada contra +los chófers insolentes, da suelta al léxico de su cólera, intercalando +con frecuencia la frase más célebre de Waterloo. + +Cuando transcurren algunos minutos sin que pasen vehículos, vuelve al +lado de los viejos para animarlos con su energía. Ella los instalará en +un carruaje; pueden descansar tranquilos. + +De pronto salta en medio del bulevar. Viene mugiendo un automóvil del +ejército, desocupado y enorme, á toda fuerza de su motor. El soldado que +lo guía cambia de dirección para no aplastar á esta desesperada que +permanece inmóvil, con los brazos en alto. + +Su prudencia resulta inútil, pues la mujer, moviéndose en igual sentido, +marcha á su encuentro. La multitud grita de angustia. Con un violento +tirón de frenos, el automóvil se detiene cuando su parte delantera +empuja ya á esta suicida. Debe haber recibido un fuerte golpe. + +El chófer, un artillero de pelo rojo y aspecto campesino, que lleva +sobre el uniforme un chaquetón de caucho, increpa á la muchacha, la +insulta por el sobresalto que le ha hecho sufrir. Ella, como si no le +oyese, le dice con autoridad, tuteándole: + +--Vas á llevar á estos dos viajeros. Es ahí cerca, á la Bastilla. + +La sorpresa deja estupefacto al soldado. Luego ríe ante lo absurdo de la +proposición. Va de prisa, tiene que entrar en el cuartel cuanto antes. +Le grita que se aleje, que salga de entre las ruedas. Ella afirma que no +se moverá, é intenta tenderse en el suelo para que el vehículo la +aplaste al ponerse en marcha. + +El artillero jura indignado, tomando por testigos á los curiosos. Esto +no es serio; le van á castigar; el cuartel...los oficiales.... Pero ella +está ya en el pescante, inclinando hacia el conductor su rostro ceñudo, +esforzándose por encontrar un gesto de graciosa seducción. + +--Yo te recompensaré. Llévalos y te daré un beso. + +Sonríe el soldado débilmente, mirándola á la cara para apreciar el valor +del ofrecimiento. No es gran cosa, pero ¡qué diablo! un beso siempre +resulta agradable. + +La gente ríe y palmotea, y la muchacha, mientras tanto, se aprovecha de +esta situación para instalar á los viejos en el vehículo con todos sus +paquetes. + +El chófer pone en movimiento su motor. + +--Gracias, _Madame_--dice lloriqueando Baucis, mientras Filemón articula +gemidos de gratitud. + +Pero _Madame_ no les oye, ocupada en depositar dos besos sonoros en las +mejillas del artillero, brillantes y ennegrecidas por la grasa de los +engranajes. «Toma...toma.» + +Se aleja el automóvil y se deshacen los grupos. Las pezuñitas de +terciopelo vuelven hacia el banco. Una de ellas cojea dolorosamente. +Siento la tentación de besar también, de besar á la muchacha ácida; pero +me inspira miedo. + +Temo que interprete torcidamente mis intenciones. + + + + +LA LOCA DE LA CASA + + + + +I + + +Todos los viajeros, antes de abandonar la vieja ciudad de la Flandes +francesa, oían la misma pregunta: + +--¿Ha visto usted al señor Simoulin?... + +No importaba que hubiesen invertido varias horas en la visita de la +catedral, cuyas sombrías capillas están llenas de cuadros antiguos. +Tampoco era bastante para conocer la ciudad haber recorrido sus iglesias +y conventos de la época de la dominación española, así como las hermosas +viviendas de los burgueses de otros siglos. El conocimiento quedaba +incompleto si los curiosos prescindían de visitar el Museo-Biblioteca, y +en él á su famoso director, que unos llamaban simplemente «el señor +Simoulin», como si no fuese necesario añadir nada para que el mundo +entero se inclinase respetuosamente, y otros designaban con mayor +simplicidad aún, diciendo «nuestro poeta». + +De todas las curiosidades de la urbe flamenca, la más notable, la que +indudablemente le envidiaban las demás ciudades de la tierra, era +Simoulin, «nuestro poeta». En esto se mostraban acordes todos los +vecinos y los tres periódicos de la población, completamente +antagónicos é irreconciliables en las demás cuestiones referentes á la +política municipal. + +Sin embargo, nadie podía enseñar la casa natalicia de esta gloria de la +localidad. El gran Simoulin era del Sur de Francia, un meridional del +país de los olivos y las cigarras, que había llegado siendo muy joven á +la ciudad, para encargarse del Museo-Biblioteca en formación. Pero en +ella había contraído matrimonio, en ella habían nacido sus hijos y sus +nietos, y la gente acabó por olvidar su origen, viendo en él á un +compatriota que era motivo de orgullo para la provincia. + +Un sentimiento de gratitud se unía á la general admiración. Gracias á +Simoulin, el Museo se había llenado de objetos que acreditaban las +pasadas glorias del país; gracias á «nuestro poeta», los fabricantes de +cerveza y de paños, gentes ricas y de pocas letras, que constituían la +aristocracia de la ciudad, podían hablar, sin miedo á equivocarse, de +los obispos, guerreros y burgomaestres de otros siglos que +indudablemente eran sus ascendientes. + +Además, el personaje imponía admiración con su aspecto. Los que le +contemplaban por primera vez sonreían satisfechos. «Así se habían +imaginado al grande hombre; no podía ser de otro modo.» Y parecían +venerar con sus ojos las luengas barbas blancas, las dos crenchas de su +cabellera, onduladas y brillantes como las vertientes de una montaña +cubierta de nieve. De pie, perdía gran parte de su majestad, por ser +pequeño de estatura y mostrarse agitado continuamente á causa de su +inquietud nerviosa. Sentado en su Museo, recordaba al Padre Eterno, á +pesar de las arrugas de su rostro y el mal color de su tez, impregnada +del polvo de los libros y de las piezas arqueológicas. + +Cuando hablaba--y el gran Simoulin era incapaz de callar así que tenía +un oyente--, su palabra parecía difundir en torno de él una aureola de +prestigio histórico. Todas las celebridades de la segunda mitad del +pasado siglo las había conocido el grande hombre. Recordaba como amigos +de ayer á Víctor Hugo y á Gambetta. Con este último había tenido, +indudablemente, cierto trato, cuando el futuro gobernante de la +República andaba echando sus discursos de tribuno republicano por los +cafés del Barrio Latino. Al grandioso poeta lo había visto una vez nada +más, confundido en una comisión de estudiantes que fué á saludarle á la +vuelta de su destierro en Guernesey. Pero esto sólo representaba á los +ojos de los admiradores de Simoulin un detalle histórico insignificante, +y todos repetían, con la firmeza del que dice la verdad: + +--Víctor Hugo, que fué íntimo amigo de nuestro Simoulin. + +De otras amistades hablaba el grande hombre con más exactitud. En el +Barrio Latino había tenido por camaradas á Zola, á Daudet y á otros +escritores de su generación. Esto era indiscutible. Podía enseñar cartas +de todos ellos, cartas breves, de un afecto forzoso, pero en las que +vibraba la nostalgia de la juventud, ya lejana; cartas que los hombres +célebres contestan por deber á los camaradas de los primeros pasos que +cayeron rendidos en la mitad del camino. Y los admiradores del director +del Museo-Biblioteca repetían lo que tantas veces habían leído en los +periódicos locales: + +--Hubiese sido el primer poeta del mundo, de querer seguir en París. +Para él era la gloria que ahora disfrutan muchos con menos talento. Pero +prefirió vivir entre nosotros.... + +¡Cómo no adorar á un hombre que había hecho tal sacrificio en honor de +la antigua y adormecida ciudad!... + +Todos en ella se esforzaban por corresponder á tal abnegación, +haciéndole grata la existencia. El Consejo municipal atendía sus +indicaciones con tanto respeto como el Colegio de cardenales escucha la +voz del Papa. Aunque la ciudad no tuviese dinero, lo encontraba siempre +para las mejoras de su Museo-Biblioteca. Los subprefectos enviados de +París visitaban inmediatamente al grande hombre. Un presidente de la +República, al pronunciar su discurso durante una permanencia de breves +horas en la ciudad, había saludado á Simoulin como la más alta gloria de +la región. Los industriales del país, que sólo aceptaban alianzas con +gente de dinero, habían admitido como yernos á los hijos del poeta. + +Su gloria se extendía por toda la provincia como algo irresistible, +reflejándose en las provincias limítrofes. En toda ceremonia oficial, +los periódicos se cuidaban, ante todo, de anunciar: «Hablará el ilustre +Simoulin.» Unas veces era un discurso patriótico; otras, una oda de +circunstancias. Los organizadores de banquetes contaban con un medio +seguro para evitar el fracaso: «A los postres, pronunciará un brindis +nuestro poeta.» Y en pocas horas no quedaba un asiento disponible. + +Todos los que en la ciudad se sentían tentados por el demonio de la +literatura acudían á la Biblioteca para pedir consejo al ilustre +maestro. Los recibía como amigos antiguos, y, arrastrado por su +vehemencia verbal, dejaba pronto de ocuparse de ellos para hablar de su +propia persona. + +--Un día, el abuelo Hugo me dijo que.... + +Por las tardes se reunían en su casa los admiradores de su ciencia +histórica: varios señores retirados de la magistratura, del comercio ó +de las armas, que en vez de entretenerse coleccionando sellos, se habían +dedicado á la arqueología provincial. + +El discípulo preferido era el comandante Pierrefonds, un hombre corto de +estatura, fornido, parco en palabras, de mal carácter, que gruñía á la +menor contradicción bajo su recio bigote rojo y blanco. Tenía el gesto +reconcentrado y amenazante de un perro feroz y mudo. Sólo el maestro +Simoulin se atrevía á bromear con él. Vivía solitario, en una casa de +las afueras, con una vieja ama de llaves y una colección de monedas +antiguas, á la que pensaba dedicar el resto de su existencia de célibe. + +Se había retirado del ejército con verdadero placer al llegar á la edad +reglamentaria, después de una serie de campañas coloniales penosas y sin +gloria, que habían quebrantado su salud y agriado su carácter. Sólo le +interesaba actualmente la numismática, y no reconocía otra grandeza +humana que la de su eminente amigo y maestro. Su ambición era ser el +primero de los «simoulinistas», y los que envidiaban su privanza, +viéndole acompañar al grande hombre á todas partes, lo habían apodado +«el dogo del poeta». + +Esta veneración no cegaba al rudo comandante hasta el punto de hacerle +desconocer los defectos de su maestro. Pierrefonds era capaz de dejarse +matar si le exigían una mentira á cambio de la existencia; nunca +recordaba haber faltado á la verdad voluntariamente; ¡y, en cambio, su +admirado maestro!... + +Dudaba el militar antes de definir la verdadera personalidad moral del +ilustre Simoulin.... Lo mismo les ocurría á muchos de los discípulos. En +la misma incertidumbre estaban sus hijos, su vieja esposa, todos los que +le trataban de cerca. + +¿El poeta era un embustero?... + +No; no lo era. El que miente lo hace con un fin interesado, por orgullo +ó por perjudicar á otro. Y el ilustre maestro no mentía; lo que hacía, +simplemente, era ignorar la verdad, huir de ella cuando la encontraba al +paso.... Y si le obligaban á mirarla de frente, la veía con unos ojos +distintos á los ojos de los demás. + +Las cosas nunca eran para él como para los otros; siempre las +contemplaba como quería que fuesen y no de acuerdo con la realidad. + +Además, carecía por completo del sentimiento de la medida, inclinándose +á la exageración para aumentar ó disminuir las cosas. Unas veces hablaba +de su ciudad como de una urbe igual á Londres ó Nueva York. Otras veces +la compadecía cual si fuese una aldea. Las personas pasaban á ser en su +apreciación semidioses ó monstruos; nada guardaba para él sus +proporciones regulares: ni seres ni objetos. + +Uno de sus admiradores, antiguo juez aficionado á las disquisiciones +filosóficas, había hecho su diagnóstico. + +--Tiene la enfermedad de muchos grandes hombres. Su peor enemigo es «la +loca de la casa». + +Este era el apodo que el filósofo Malebranche había dado á la +imaginación. Había días en que «la loca» dormía detrás de la frente, en +el piso más alto de aquel edificio humano, y el poeta se mostraba tan +razonable y justo en sus apreciaciones como un fabricante de paños de la +localidad. Otras veces, la inquilina del cráneo se despertaba impetuosa, +haciendo toda clase de cabriolas y extravagancias, y el ilustre maestro +pasaba de golpe á vivir en un mundo quimérico, mientras su cuerpo se +movía en este mundo terrenal. Sus ojos miraban, para ver lo que no veían +los otros, sus manos poseían un tacto sobrenatural, mientras su boca iba +emitiendo, con acento de sinceridad, errores y exageraciones +equivalentes á grandes mentiras. + +El rudo Pierrefonds lamentaba estos excesos de «la loca de la casa», +pero no por ello compadecía á su maestro. + +--Todos los genios fueron así. + +Recordaba á Balzac y á otros escritores imaginativos, que poblaron su +vida práctica de absurdas concepciones, aceptándolas como realidades. + +Además, ¡quién sabe si era «la loca de la casa» la que había hecho que +este hombre del país de los olivos y las cigarras conquistase con tanta +rapidez la vieja ciudad dormida y sin ensueños!... + + + + +II + + +La guerra vino á aumentar considerablemente la gloria de Simoulin. + +En un mes, su actividad muscular y su actividad mental funcionaron con +más apresuramiento que durante varios años. Se le vió en todas partes: +en la estación del ferrocarril despidiendo á los hombres que iban á +incorporarse á sus regimientos; en el paseo principal, donde, al caer la +tarde, entonaban las músicas himnos patrióticos coreados por la +muchedumbre. La gente interrumpía sus cantos al ver las blancas melenas +del poeta. «¡Que hable el señor Simoulin!», gritaban mil voces. Y al +poco rato lloraban las mujeres, rugían de entusiasmo los hombres que aún +no habían ido al ejército, y hasta las banderas tricolores parecían +aletear con más fuerza, como azotadas por el vendaval patriótico del +lírico orador. + +Cruzaba los brazos lo mismo que Napoleón después de una victoria; otras +veces manoteaba y rugía igual á Dantón al declarar la patria en peligro. +Los más grandes personajes históricos pasaban por él, y de tal modo se +identificaba con sus evocaciones, que Simoulin era el primer engañado. +Prometía el triunfo con la certidumbre de un gran estratega capaz de +derrotar á los enemigos cuando se lo propusiese; hacía llorar á su +público con una sugestión irresistible, pero él era el primero en verter +lágrimas, conmovido por su propia elocuencia al describir la injusta +agresión que sufría la patria. + +Esta vida imaginativa y elocuente duró sólo unas semanas. Simoulin se +mostraba insensible á las malas noticias. Eran, según él, invenciones de +los enemigos. Pero ¡ay! la realidad se encargó de despertarle un día, +con rudo manotazo. Los alemanes se habían extendido por Bélgica é iban á +pasar de un momento á otro la vecina frontera, entrando en Francia. +Muchos vecinos de la ciudad huían. Algunos burgueses prudentes +insinuaron al poeta la conveniencia de retirarse á París, por creer que +el gobierno necesitaría la colaboración de un hombre tan célebre. + +--¡Que vengan los enemigos!--contestó con sencillez--. Aquí los aguardo. + +Sus hijos estaban en el ejército; las mujeres de la familia se habían +ido á una ciudad del interior con todos los nietos. Simoulin, +completamente solo, se consideraba preparado para toda clase de +heroísmos. + +--Yo también--le había dicho Pierrefonds. + +El comandante consideraba una felonía abandonar la ciudad. Al declararse +la guerra, había sufrido una amarga decepción viendo que no lo +aceptaban para combatir en el frente, á causa de sus enfermedades de +antiguo soldado colonial. Al fin, para que no insistiese en sus quejas, +lo hicieron director de un modesto servicio de administración militar en +la misma ciudad. + +--Mientras el ministro de la Guerra no me ordene otra cosa, aquí estaré. + +Y como el ministro de la Guerra, preocupado por el avituallamiento y la +suerte de los ejércitos en retirada hacia el Marne, no se acordó de que +exista en el mundo un comandante Pierrefonds encargado de unos cuantos +centenares de capotes viejos, el belicoso numismático pudo ver desde una +ventana de su casa cómo llegaban á la ciudad los primeros pelotones de +hulanos. + +El ama de gobierno tuvo que arrodillarse ante él, abrazando sus piernas +y recordándole las dulces intimidades de otros tiempos ya olvidados. +Sólo así consiguió arrancar de sus manos el viejo revólver con el que +pretendía recibir á tiros á los invasores. Por su culpa podían morir +fusilados muchos vecinos de la ciudad, según afirmaba su vetusta +compañera. Además, se acordó de los consejos del maestro: + +--Pierrefonds, cuando vengan (si es que vienen), mostrémonos grandes y +altivos en la desgracia. Un heroísmo que se sacrifica es muchas veces +más poderoso que el heroísmo que vence. + +El ilustre Simoulin tuvo numerosas ocasiones de conocer este sacrificio +predicado por él. Cuando intentó presentarse á los generales invasores +para formular una elocuente protesta contra los atropellos cometidos por +sus tropas, sólo pudo ver á un oficial, que le contestó sarcásticamente, +acabando por amenazarle con el fusilamiento. Nadie hacía caso de su +nombre; aquellos guerreros vestidos de gris verdoso parecían oirlo por +primera vez. Los hijos del país que meses antes rodeaban al poeta con +su cariñoso entusiasmo no podían servirle ahora de consuelo. Unos +estaban en la guerra; otros habían huído; los demás sufrían en la ciudad +toda clase de vejaciones, y para evitarlas, se mantenían ocultos en sus +casas. + +El poeta sufrió el tormento del hambre y el suplicio aún más intolerable +de la humillación. ¡Quién hubiese podido reconocer á los pocos meses de +tiranía alemana al ilustre director de la Biblioteca!... Parecía haber +vivido diez años en unas cuantas semanas. Estaba triste. «La loca de la +casa» había abandonado indudablemente aquel desván de su cuerpo en el +que tantas cabriolas llevaba hechas. + +Al encontrarse con algún grupo de míseros compatriotas, intentaba +reanimarlos lo mismo que cuando hablaba en la plaza pública bajo el +aleteo de las banderas, coreado por trompetas y tambores. + +--Esto pasará pronto. He recibido magníficas noticias, que no puedo +decir.... ¡Los nuestros se aproximan! + +Pero su voz tenía el sonido de una moneda falsa. Necesitaba engañarse á +sí mismo para hablar con el entusiasmo de otros tiempos, y «la loca de +la casa» ¡ay! parecía haber muerto. + +Un día, los alemanes, aburridos sin duda de repetir monótonamente los +mismos procedimientos de intimidación--quema de edificios, +fusilamientos, trabajos forzados--, pusieron en práctica un nuevo +suplicio. La esclavitud del vencido, castigo de las guerras antiguas, +fué resucitada por los invasores. Una parte del vecindario se vió +deportada al interior de Alemania para trabajar las tierras del +vencedor. + +Viejos, mujeres y adolescentes formaron una masa de desesperación y +miseria, encuadrada por los caballos y las lanzas de los jinetes +alemanes. Al frente de este rebaño de esclavos figuraban, para mayor +escarnio, los dos vecinos más respetables que habían quedado en la +ciudad: Simoulin y su discípulo Pierrefonds. + +--Comandante--dijo el poeta una vez más--, piense que el heroísmo que se +sacrifica es más grande, etc.... + +Le daba miedo el aspecto del veterano. Tenía los ojos inyectados de +sangre; bufaba de cólera, haciendo temblar su bigote. Parecía no oír á +su maestro. Pensaba por primera vez que había sido una gran torpeza no +moverse de la ciudad. Envidiaba á los que podían morir en el frente. +«¡El comandante Pierrefonds llevado en cuadrilla, como un esclavo +negro!... ¡Ira de Dios!» + +Había pasado los días oculto en su casa, para no ver á los invasores. Su +ama de llaves le evitaba toda salida, temiendo que hiciese un disparate. +Pero ahora los tenía ante sus ojos; podía verlos de cerca.... + +No eran muchos: un destacamento de infantería y unas cuantas parejas de +hulanos iban á escoltar á los deportados hasta otra estación algo +lejana. + +Un jefe único vigilaba desde lo alto de su caballo los preparativos de +marcha de este rebaño dolorido: un militar pálido y de una delgadez +ascética. Simoulin creyó ver en él una expresión de cansancio y de +remordimiento. Tal vez exageraba su rigidez militar para hacer menos +visible la vergüenza que le producía esta vil función de guardador de +esclavos. + +Pierrefonds, en cambio, le miraba fijamente, por ser el jefe. Al iniciar +el grupo su marcha, pasando ante el caballo del alemán, estalló la +cólera del comandante, muda y reconcentrada hasta entonces. Quiso morir +fusilado antes que dar un paso más. + +--¡Abajo Guillermo! ¡Mueran los verdugos!--gritó con una voz ronca. + +El hombre á caballo parpadeó vivamente bajo la visera de su gorra, hizo +un movimiento de sorpresa y de cólera; quedó indeciso contemplando al +prisionero. Los ojos agresivos de éste parecieron devolverle la calma, y +miró á otra parte, levantando los hombros levemente. + +«¡Suicida!» Y esta palabra, que pareció proferir el enemigo con su +indiferencia afectada, irritó aún más al comandante. También le irritó +el automatismo de aquellos soldados, que indudablemente le habían +entendido; pero eran incapaces de oír mientras no oyese su jefe. + +Quiso lanzar por segunda vez el insulto, pero no pudo. Alguien le tiraba +del brazo; una cara se pegaba á la suya, hundiendo en sus ojos una +mirada de espanto. + +--¡Pierrefonds! ¡Amigo mío! ¿Está usted loco? ¡Por Dios, cállese! Va +usted á conseguir que nos fusilen á todos. + +Y Simoulin dijo esto con tal expresión de angustia, que el comandante +desistió de continuar. + +Pero el miedo sufrido hizo rencoroso al poeta. + +--¡Qué disparate!--continuó diciendo--. ¡Pero eso es una niñada sin +objeto, impropia de su edad!... + +Y transcurrieron muchos días sin que el grande hombre le perdonase el +susto pasado. + +A pesar de los sufrimientos de su esclavitud, cada día mayores, Simoulin +decía de pronto, mirándole con ojos severos: + +--Pero ¿dónde tenía usted la cabeza?... ¿Qué se propuso usted al lanzar +aquellos gritos absurdos?... ¿Quería usted mi muerte y la de tantos +infelices? + + + + +III + + +Al terminar la guerra recobró poco á poco la ciudad su antiguo aspecto. +Empezaron á volver á ella los vecinos huídos, y los que habían soportado +durante más de cuatro años la dominación extranjera les relataban sus +miserias. + +Regresaron también en pequeños grupos los deportados al interior de +Alemania, pero su número había disminuido durante la esclavitud. Eran +muchos los que se quedaban para siempre en las entrañas de aquella +tierra aborrecida y hostil. + +Entre tantas desgracias, representaba una alegría para la ciudad la +certeza de que Simoulin, «nuestro poeta», no había muerto. Es más; al +principio, los enemigos lo habían tratado sin ninguna consideración, +pero el mérito no puede permanecer mucho tiempo en la obscuridad, y +cierto profesor alemán que había sostenido en otro tiempo +correspondencia con el grande hombre sobre hallazgos arqueológicos, al +saberle prisionero, consiguió trasladarlo á su ciudad, haciéndole más +llevadero el cautiverio. El poeta hizo partícipe de esta buena suerte al +comandante, en su calidad de numismático, y para los dos transcurrió el +período de cautiverio en una dependencia humillante pero soportable. + +La ciudad, á pesar de sus recientes tristezas, hizo grandes preparativos +para recibir á Simoulin á su vuelta de Alemania. Ya era algo más que un +gran poeta, gloria de su país adoptivo; había pasado á convertirse en +héroe, digno de servir de ejemplo á las generaciones futuras. Cuando +tantos huían, él continuaba en su puesto, y el brillo de su gloria era +tal, que los feroces enemigos habían acabado por respetarlo, tratándole +casi con tanta admiración como sus convecinos. + +Un aplauso inmenso saludó á Simoulin al descender del tren. «¡Qué viejo +está!» Y las mujeres, vestidas de luto, lloraban, olvidando +momentáneamente sus dolores para no ver mas que los sufrimientos del +adorado grande hombre. Pero aunque había perdido en el destierro una +parte de su cabellera de plata, conservaba intacto su entusiasmo, su +inquietud movediza, su verbosidad lírica, que volvió á estremecer la +ciudad lo mismo que un soplo primaveral. + +Detrás, como un perro fiel, llegaba Pierrefonds, sin que los años de +esclavitud hubiesen dejado en él ninguna huella aparente, reconcentrado +y agrio lo mismo que antes, pero con una expresión de inmensa melancolía +en los ojos. Los alemanes le habían robado su colección de monedas. Ya +no le quedaba en su casa mas que el ama de llaves. ¿Qué entretenimiento +podía encontrar un hombre después de esto?... ¿Era posible, á sus años, +empezar una nueva colección?... + +Desalentado, seguía á Simoulin por la fuerza de la costumbre, abriéndose +paso entre un gentío que aclamaba al maestro y no lo reconocía á él. + +Cuando el poeta, conducido en alto por un grupo de jóvenes, fué +depositado en el gran balcón del Palacio Municipal, extendió sus manos +augustas sobre la plaza negra de muchedumbre y rompió á hablar como en +sus mejores tiempos. + +Pasarán varias generaciones antes que se extinga en el país el recuerdo +de este discurso. + +¡Qué de aplausos! ¡Qué de lágrimas de emoción!... El poeta describió el +martirio de la ciudad; los sufrimientos de sus hijos, arreados como +esclavos; la agonía de los que murieron de miseria lejos de la amada +tierra natal. + +Luego creyó llegado el momento de hablar un poco de su persona. + +--No me tributéis honores--dijo modestamente--. He cumplido mi deber, lo +mismo que mis compañeros de desgracia. Todos nos hemos mostrado grandes +y altivos frente al invasor; todos hemos sido héroes con el heroísmo del +que se sacrifica, más poderoso mil veces que el heroísmo que vence. + +Aquí tuvo que detenerse, ahogada su voz por el estrépito de una ovación +inmensa. + +--Permitidme, para terminar--continuó--, que os relate una breve +historia, como demostración de lo que puede el heroísmo humano cuando no +teme á la muerte. Callaría, si mi persona fuese la única que figuró en +este suceso; pero otro que está cerca de mí hizo tanto como yo, y mi +modestia no debe arrebatarle la gloria que le corresponde. + +Simoulin describió la salida del triste rebaño humano conducido á la +esclavitud. Al frente iban él y el comandante. + +--Y al pasar ante el jefe de aquellos bandidos, Pierrefonds y yo, +estrechamente abrazados, deseando morir, le gritamos en pleno rostro: +«¡Abajo Guillermo! ¡Mueran los verdugos!» + +El comandante, que estaba en el balcón junto al grande hombre, abrió los +ojos con asombro y espanto, mientras le temblaban los bigotes, como si +no pudiese contener una avalancha de frases de protesta. + +Pero el orador, uniendo la acción á la palabra, se había abrazado á él +nerviosamente, desafiando con la mirada á un enemigo imaginario y +dispuesto al fusilamiento. Además, era imposible hablar. La muchedumbre +rugía de entusiasmo; los aplausos sonaban como una granizada +interminable. + +«La loca de la casa» había resucitado, haciendo otra vez de las suyas. + +Y el comandante, librándose del abrazo, acabó por inclinar su cabeza, +rojo de vergüenza al pensar que aceptaba una mentira, pero agradeciendo +al público aquella ovación, la primera de toda su existencia. + + + + +IV + + +Transcurrieron dos años. Hasta en París se habló muchas veces del +heroísmo del poeta Simoulin, que quiso morir insultando á los invasores. +¡Viejo heroico!... + +En la ciudad todos conocían su grito. Ya no era sólo «nuestro poeta»; +era el hombre que había gritado: «¡Abajo Guillermo! ¡Mueran los +verdugos!» Hasta los niños de las escuelas sabían esto, por haberlo oído +á sus profesores, y al encontrar al señor Simoulin se descubrían con +veneración, como si viesen pasar la bandera de la patria. + +El comandante Pierrefonds vivía desorientado, dudando de sus sentidos, +creyéndose algunas veces juguete de «la loca de la casa» que también +llevaba en lo más alto de su cuerpo, como todos los seres humanos, pero +que hasta entonces había vivido dormitando y ahora empezaba á +atormentarle con sus jugarretas. + +Tenía la seguridad de que el maestro había hablado de él en su +discurso. Es cierto que se atribuyó, por un exceso imaginativo, la mitad +del acto de su discípulo, pero concediéndole generosamente la otra +mitad. De eso estaba seguro Pierrefonds. Recordaba con orgullo los +aplausos del público dirigidos á su persona.... + +Pero este público ya no se acordaba de él. La muchedumbre parecía haber +perdido la memoria. Nadie se imaginaba ya al grande hombre abrazándose +al comandante para morir. Las masas no aman la gloria colectiva, á causa +de su vaguedad; quieren algo preciso é individual, les gusta el héroe +aislado y bien á la vista. Y por esto hablaban todos del grito del señor +Simoulin, del heroico reto del señor Simoulin á los enemigos, sin +mencionar para nada al comandante. + +El grande hombre, contagiado por el olvido general, tampoco recordaba su +invención del abrazo y la hazaña en común. Veía las cosas como quería +verlas «la loca de la casa»; se contemplaba elevando la diestra--tal vez +como le iba á representar en lo futuro una estatua de bronce en el mejor +paseo de la ciudad--y lanzando el grito famoso. Hasta podía describir +exactamente, con su gran poder imaginativo, cómo ocurrió el hecho. Y al +transcurrir el tiempo, iba encontrando en su memoria nuevos detalles que +añadir á la primitiva visión, todos de indiscutible veracidad. + +El comandante empezó á aborrecer de un modo definitivo todo lo que le +rodeaba. Muchas veces dudó de sí mismo. ¿Lo que él creía la verdad no +sería un sueño, y los otros, al olvidarse de él, estarían verdaderamente +en lo cierto?... + +Luego, recobrando la fe en sí mismo, despreciaba á sus conciudadanos y +no quería salir de su casa. + +¿Para qué ver gentes? ¿Para oírles alabar al señor Simoulin y su grito +histórico?... + +Ya no veía al maestro. Le resultaba intolerable la inocente seguridad +con que describía su hazaña. «La loca de la casa» se mostraba en él como +una desvergonzada, indigna del trato con personas decentes. Además, los +alemanes le habían robado sus monedas y sus medallas, y le era doloroso +volver á conversar con el maestro sobre cuestiones numismáticas. + +Su única ocupación fué bostezar leyendo libros viejos, regar su pequeño +jardín y hacer comparaciones entre su vejez y la de su ama de llaves. + +Un día, vió turbada esta soledad. Le visitaron los organizadores de un +banquete en honor de «nuestro poeta», con motivo de la nueva +condecoración que le había concedido el gobierno. + +Iba á ser la fiesta más importante de todas las que se habían tributado +al grande hombre. Tal vez la última. ¡El pobre estaba tan viejo!... +Vendrían de París diputados y senadores; hasta el ministro de +Instrucción pública había prometido su asistencia. + +--Y el maestro--continuaron los organizadores--ha preguntado por usted. +Se extraña de no verle. ¡Le gustaría tanto tenerlo cerca, en la mesa!... + +El enfurruñado comandante se negó á asistir á la fiesta, pero su vieja +compañera le aconsejó lo contrario. Le convenía ver á sus antiguos +amigos; necesitaba distraerse.... + +Al fin, accedió. Le había conmovido la suposición de que esta fiesta en +honor de su antiguo maestro podía ser la última. Deseaba verle. ¡Quién +sabe si no le vería más!... + +La noche del banquete, el poeta le recibió con los brazos abiertos. + +--¡Ah, Pierrefonds!... ¡Valeroso compañero de miserias y de +esclavitud!... + +Y lo presentó al ministro y á todos los personajes llegados de París. + +--Un héroe, señores; un verdadero soldado y un gran patriota. + +Pierrefonds gruñió dulcemente, y su bigote se contrajo con algo que +parecía una sonrisa. Se sintió arrepentido interiormente de sus cóleras. +El maestro era bueno; su fama la repartía con los humildes. Todo lo +anterior había sido, indudablemente, obra de los envidiosos, que +deseaban separarlos. + +Durante el banquete, Simoulin no le perdió de vista. El comandante no +podía estar a su lado; aspirar á esto hubiera sido un disparate. El +maestro tenía por vecinos de mesa á los grandes personajes venidos de la +capital. Pero lo había hecho sentar al alcance de su voz y de sus ojos, +y hasta levantó su copa una vez mirando a Pierrefonds. + +--¡A la salud de mi heroico compañero!... + +¡Simpático maestro! ¿Cómo no quererle?... Su alma desconocía la +injusticia. + +Al llegar la hora de los brindis, hablaron como una docena de señores. +Luego, el poeta pronunció su discurso de gracias. + +Fué una hermosa pieza oratoria; y como Simoulin, á pesar de su lirismo, +gustaba de tener siempre un tema fijo, en torno del cual podía enroscar +caprichosamente sus improvisaciones, escogió uno: «el valor cívico y el +valor guerrero». + +Inútil es decir que, desde los primeros párrafos, el pobre valor +guerrero quedó muy por debajo del valor cívico. + +Tal vez por esto, Pierrefonds, que era militar, empezó a sentir cierta +inquietud. Le daban miedo los ojos brillantes del maestro, unos ojos +juveniles, detrás de cuyos cristales empezaba á danzar «la loca de la +casa». Adivinó que el alma del poeta no estaba allí. Volaba por un mundo +fantástico, y volvería dentro de unos instantes, derramando sobre la +mesa, como flores reales, todas las rosas quiméricas recogidas en su +viaje. ¿Qué iba á decir?... Su palabra continuaba fluyendo, sonora, +fácil, entusiástica. + +--Y para terminar, señores, puedo citaros un ejemplo, que hará ver, +mejor que todas mis palabras, lo que son los dos valores. + +»Aquí está mi amigo el comandante Pierrefonds, mi compañero de +cautiverio, un verdadero héroe, un soldado cubierto de condecoraciones y +de heridas, que realizó las mayores hazañas en nuestras guerras +coloniales. Su valor guerrero es indiscutible. Yo no soy mas que un +pobre poeta, capaz, en determinados momentos, de mostrar cierto valor +cívico. + +»Ya conocéis la escena de nuestra salida de esta ciudad como prisioneros +de los alemanes. La prensa, el libro y hasta el grabado han reproducido +esta escena, tributándome con ello una gloria que no merezco. Yo +grité.... lo que grité; fué algo superior á mi voluntad, que tal vez me +aconsejaba ser prudente. Pero el valor cívico, cuando despierta, no +conoce el peligro. + +»Y apenas grité «¡Abajo Guillermo! ¡Mueran los verdugos!» este hombre de +guerra, héroe de cien campañas, tal vez porque tiene un sentido de la +realidad más exacto que yo, que no soy mas que un pobre poeta, me agarró +las manos, suplicándome: «¡Por Dios, maestro! ¡Nada de locuras! ¡Nos va +usted a hacer matar a todos!...» Esto no lo habrá olvidado seguramente +mi querido camarada de infortunio. Y como es un soldado de valor +indiscutible, podrá reconocer también sin rubor alguno que tal vez en +aquella ocasión sintió cierto miedo, el primer miedo de toda su vida. + +El comandante no pudo protestar. Una aclamación ensordecedora había +interrumpido la elocuencia del orador. Todos le tendían las manos, +conmovidos por la sinceridad y la sencillez de sus palabras. Y el poeta +heroico se sentó, jadeando de emoción y de fatiga. Su discurso había +terminado. + +Pierrefonds optó por marcharse, sin que el público reparase en su fuga, +ni en sus gestos coléricos, ni en las palabras de indignación que iba +barboteando. + +Después de aquella noche, nadie le ha visto más. + +Tal vez no quiere salir á la calle; tal vez ha renunciado para siempre á +vivir en la misma ciudad que el poeta y su «loca de la casa». + + + + +LA SUBLEVACIÓN DE MARTÍNEZ + + + + +I + + +Después que triunfó la revolución, y sus caudillos, instalados +definitivamente en la capital de Méjico, se repartieron los principales +cargos--desde presidente de la República hasta rector de la +Universidad--, el valeroso Doroteo Martínez empezó á sentirse aburrido, +sin atinar con la causa. + +En verdad, no podía quejarse de su suerte. Seis años antes era segundo +capataz en la hacienda de un gran señor que pasaba la mayor parte del +tiempo en París. + +Un día montó a caballo para seguir á los vengadores de Madero y derribar +a su asesino Huerta. ¿Por qué no había de ser revolucionario, á +semejanza de otros mejicanos de tan humilde origen como él, que llegaban +á ministros y hasta presidentes?... Guadalupe su mujer, carácter +despótico, opuesto sistemáticamente á todas sus decisiones, aceptó esta +vez con entusiasmo el proyecto de dedicarse á la guerra. + +--A ver si llegas a general--le dijo--. ¡Está una tan cansada de ver +generalas que empezaron siendo criadas!... + +El miedo a la mujer, una buena suerte incansable y el afán de que su +nombre apareciese en letras de imprenta y fuese cantado en verso con +acompañamiento de guitarra, le empujaron en su ascensión gloriosa. A los +treinta años se vió general de brigada, sin haber tropezado con grandes +obstáculos. Su astucia de campesino le hizo saltar oportunamente de un +grupo á otro en las contiendas civiles que surgieron al final de la +revolución, adivinando quién iba á triunfar y quién iba á sumirse para +siempre en la desgracia y el olvido. + +Su primer jefe y maestro fué Pancho Villa. A sus órdenes hizo la mayor +parte de la guerra; pero al verlo en lucha con Carranza, presintió que +este antiguo «ranchero», de porte solemne y aseñorado, al que llamaban +«el viejo barbón», tenía más aspecto de presidente que el antiguo +bandido, y se fué con él. + +Por segunda vez Guadalupe reconoció que su esposo era á veces capaz de +resoluciones acertadas. + +El guerrillero, durante la presidencia de Carranza, conoció todas las +dulzuras del poder. De la capital de Méjico le llegaban grandes sobres +con el sello del gobierno llevando esta inscripción: «Al ciudadano +general Doroteo Martínez, comandante de las tropas en operaciones.» + +Su autoridad se extendía nominalmente sobre un territorio más grande que +algunas naciones de Europa, pero sólo era efectiva en la población donde +había establecido su Estado Mayor y en otros grupos urbanos ocupados por +sus tropas. + +La importancia de estas tropas también era más ilusoria que real. Vistas +desde las oficinas ministeriales de Méjico, constaban de una docena de +miles de hombres, con casi igual número de caballos. Sobre el terreno de +las operaciones los regimientos se achicaban hasta convertirse en +partidas; los miles de combatientes bajaban á ser centenares; y los +caballos, que debían estar próximos á morir de un reventón, según las +montañas de forraje que llevaban consumidas--a juzgar por las cuentas +pagadas por el Ministerio de la Guerra--, eran escuálidos jamelgos que +pastaban en los campos de los particulares, alimentándose á la ventura +con lo que podían encontrar. + +El general, siguiendo una respetable tradición, se guardaba +tranquilamente los sueldos de los combatientes que no existían y el +valor de los piensos que jamás habían olido sus caballos. De algún modo +debía pagar la patria los servicios pretéritos de sus héroes y los que +le seguirían prestando en el resto de sus días. + +Continuaba en guerra el país. En vano el gobierno de la capital hacía +decir á los periódicos que sólo se mantenían en armas algunos bandidos, +á los que pensaba exterminar de un momento á otro. Lo de que fuesen +bandidos ó no lo fuesen quedaba reservado á la apreciación siempre +divergente de los gobernantes y de sus enemigos; pero lo cierto era que +los que corrían montes y campos, haciendo saltar trenes con dinamita, +quemando poblaciones, fusilando prisioneros y llevándose mujeres, habían +convivido como camaradas de armas con los mismos que marchaban ahora en +su persecución. + +Martínez se tuteaba con todos los insurrectos que tenía encargo de +fusilar así que cayesen en sus manos. Meses antes eran todavía tan +generales como él. Hasta le obligaban á marchar contra su antiguo ídolo +el temible Villa, y procuraba hacerlo con la mayor discreción, como un +esgrimista novel que se bate con su maestro. + +Perseguidos y perseguidores parecían evitar los golpes decisivos. Los +adversarios de Martínez propalaban en la capital que éste tenía más +empeño en eternizar la guerra que los mismos insurrectos. La paz +significaba para él, como para los otros jefes de operaciones, la +supresión de los regimientos fantasmas y de los piensos de la caballada +no menos irreales. + +Pero el valeroso Doroteo despreciaba estas invenciones de la +malevolencia. ¡Qué hombre ilustre carece de envidiosos! + +Había perdido su timidez de los primeros tiempos de la revolución, +cuando rondaba en torno de los caudillos principales como un oficial de +lealtad perruna, siempre dispuesto á encargarse de las misiones +peligrosas. Empezaba a creer que había nacido para cumplir una misión +histórica, según afirmaban sus aduladores. Al marcharse á la guerra, +sólo sabía trazar su firma como un jeroglífico, y aun esto lo había +aprendido durante unos meses que pasó en la cárcel á causa de ciertas +puñaladas recibidas por alguien que pretendía casarse con la que ahora +era su mujer. Durante la guerra se familiarizó con la literatura +declamatoria de las proclamas y los artículos revolucionarios, y pudo +llegar á leer de corrido estos impresos, siempre que fuesen de letra +gruesa. + +Ahora tenía como secretario á un periodista traído de la capital, joven +poeta, que redactaba todos los decretos que el comandante de operaciones +dirigía á los pobladores de su territorio, tratando en ellos muchas +veces sobre los destinos de la humanidad futura y la revolución +universal, como si fuesen dedicados á los habitantes del planeta entero. + +Al verse tan bien servido por la pluma del secretario, Martínez, cuando +no estaba de operaciones, sentía la necesidad de convertir en leyes +todas las ideas simples y nuevas para él que hervían en su cerebro. + +--Sandoval, vamos á escribir media docena de decretos--decía después de +las comidas, como si esto suavizase su digestión. + +Y á un mismo tiempo legislaba sobre la limpieza de las calles de la +ciudad, sobre el amor libre, sobre la hora de empezar el espectáculo en +los cinematógrafos y sobre un nuevo reparto de la propiedad rural. Los +decretos siempre terminaban condenando á ser pasados por las armas á +todos los que desobedeciesen las órdenes de su autor. La gente, +familiarizada con el peligro y la muerte, no hacía gran caso de ellos. +¡Eran tantos los decretos, y por otra parte tan poco numerosas las +personas del distrito que sabían leer! + +Pero si rara vez llegaban á ser una realidad positiva, estos documentos +servían de un modo maravilloso al general cuando deseaba suprimir á +alguien. Siempre ocurría que este importuno había desobedecido alguna de +sus leyes tan minuciosas y tan diversas, y el Consejo de guerra que se +reunía en el _foyer_ del teatro de la ciudad no necesitaba discutir +mucho para enviar al acusado al cementerio, lugar donde se verificaban +los fusilamientos de rebeldes, evitándose de este modo las molestias de +una larga conducción de los cadáveres. + +Estos castigos extremados apenas alteraban la popularidad de Martínez. +¡Qué general no había hecho otro tanto! En el populacho, medio indio, +persistía el alma de sus crueles ascendientes, los cuales veneraban á +sus dioses cuanto más sedientos se mostraban de sangre y según el número +de víctimas á las que se extraía el corazón en sus altares. + +Además, Martínez casi gozaba honores de gloria nacional. Su secretario +rara vez lo designaba por su apellido. Era por antonomasia «el héroe de +Cerro Pardo», lugar donde había batido á los «soldados de la tiranía» +durante la revolución. Otros generales se veían venerados como +semidioses por haber perdido un brazo ó una pierna. Martínez había +perdido una oreja en Cerro Pardo, y mostraba con orgullo su sien mocha +en las ceremonias oficiales. Pero con una guedeja de su largo cabello +procuraba ocultar la falta del pabellón auditivo, siempre que, abusando +de la adormecida fiereza de la generala, se atrevía á visitar á ciertas +señoras admiradoras de su heroísmo. + +Muchas de las comunicaciones que enviaba Sandoval al gobierno de Méjico +eran devueltas con una nota pidiendo un estilo más claro, por considerar +el texto incomprensible. El héroe se indignaba. + +--¿Para esto hemos hecho la revolución? En el Ministerio de la Guerra no +hay mas que gente atrasada; reaccionarios que no pueden entender lo que +es el simbolismo. + +Como todos los simples que sólo han recibido una instrucción primaria y +tardía, amaba con entusiasmo el estilo complicado y los neologismos que +exigen largas explicaciones. + +El libro más interesante de la época presente iba á ser la _Historia del +general Doroteo Martines_, obra voluminosa que estaba escribiendo su +secretario. De ella, lo más apreciado por el autor y por el protagonista +era el «Capítulo ochenta y dos», titulado así: «De cómo el general, a +pesar de ser antimilitarista, comunista y ácrata, se vió obligado á +fusilar á doscientos cincuenta compañeros de armas que se rebelaron +contra el gobierno, faltando á la disciplina.» + +En la vida ordinaria era una buena persona, que hablaba con voz tímida, +ceceando lo mismo que un niño, y si su interlocutor le miraba fijamente, +apartaba los ojos como avergonzado. Los efectos de su bondad y su +sencillez se extendían hasta Europa. Como ejercía una autoridad de +procónsul sobre su comarca natal, una de sus primeras disposiciones fué +apoderarse de la gran propiedad en la que había trabajado como humilde +capataz. + +El propietario, residente en París, recibió de él una carta dulce y +respetuosa: «Venga usted por aquí, patroncito; tendré un verdadero gusto +en verle. Arreglaremos cuentas sobre su hacienda. Le manifestaré mi +agradecimiento por sus bondades con este su antiguo servidor.» + +Pero el propietario, que era mejicano y conocía á su gente, no pensó un +momento en volver á un país donde los capataces se convierten en +generales. Se sentía mejor cerca de los Campos Elíseos, aunque tuviera +que recurrir á préstamos y trampas para compensar las rentas que ya no +llegaban del otro lado del Océano. Prefería ver el Arco de Triunfo con +hambre, antes que la sonrisa melosa y los ojos terriblemente dulces del +héroe de Cerro Pardo. + +Los comerciantes de la ciudad, extranjeros todos ellos que daban parte á +Martínez en sus negocios y no se atrevían á acometer empresa alguna sin +tenerle por consocio, le habían regalado por suscripción una espada +«artística» y un uniforme de general. + +Este uniforme, mezcla de japonés y de alemán, quedó en una silla, bajo +la mirada pensativa del héroe. La gorra con entorchados deslumbrantes y +un águila de oro enorme, los bordados de las mangas y las hombreras, +parecían herir su vista. + +--Yo soy un ciudadano--dijo á su secretario--. (No olvide usted, +Sandoval, de repetirlo en el libro.) Yo soy un ciudadano, y estos +uniformes son los que perdieron á muchos de mis camaradas que han muerto +fusilados por traidores. + +Y como él prefería ser ciudadano, siguió usando sus trajes civiles, una +indumentaria soñada sin duda en sus tiempos de pobreza como algo +magnífico y quimérico: trajes de paño azul celeste ó verde esmeralda, +corbatas y pañuelos con las tintas del arco iris, productos de fábricas +misteriosas de Inglaterra ó los Estados Unidos, cuya existencia ignora +el común de los mortales y que parecen trabajar únicamente para la +elegancia masculina de los trópicos. Una placa de esmalte con un águila, +fija en una de sus solapas, revelaba á los demás mortales su condición +de general. + +Pero un día se mostró en los salones del antiguo palacio del obispo, +convertido en comandancia de armas, vistiendo el deslumbrante uniforme. + +--Somos débiles, Sandoval--dijo melancólicamente--. Me lo he puesto para +dar gusto á la generala. + +Un viejo tendero español--el iniciador de la suscripción--se entusiasmó +al verle. + +--Estás más hermoso que el sol. Pareces Bismarck...pareces Hindenburg. +Así deberías ir todos los días, Doroteíto. + +Y le acariciaba el vientre con suaves palmadas. Era el único que podía +tutearle, como un privilegio de la época en que el general frecuentaba +la tienda del _gachupín_ como simple peón, llevándose al fiado de comer +y de beber. Además, este personaje opulento y respetable era el que se +encargaba de figurar como único contratista en todos los servicios de +las tropas. + +Para darle gusto, así como á su Guadalupe, se sacrificó al fin el +general, vistiendo su uniforme de gala siempre que estaba en la ciudad. +Al salir de operaciones volvía á cubrirse con el enorme sombrero +mejicano, poco menor que un paraguas, única prenda uniforme de sus +soldados en tiempo ordinario. + +Su gloria y su poder no encontraban obstáculo alguno en el rincón de la +República sometido á su autoridad. Los jóvenes empleados en los +ministerios de la capital se agrupaban para reir, leyendo en voz alta +las comunicaciones enviadas por el héroe de Cerro Pardo. + +Los grandes periódicos comentaban con una ironía algo miedosa las +sublimidades laberínticas de su estilo. Pero el presidente y los +ministros restablecían el prestigio del héroe: + +«¿Martínez?... Algo tonto y vanidoso, pero un hombre leal, un soldado +fiel, y además un héroe.» + +Era tan común en la historia del país la traición, el sublevarse los +generales contra el gobierno con las mismas tropas facilitadas por éste, +que Doroteo resultaba un personaje excepcional. + +Todo cuanto hiciese se lo tolerarían los gobernantes. Firmemente +asegurado en su situación, no temía á Dios ni á los hombres. + +Únicamente una persona le infundía miedo: su mujer. + + + + +II + + +Cuando el capataz Doroteo dejó de trabajar para irse con los +revolucionarios, Guadalupe no dudó un momento en seguirle. + +Un mejicano debe ir á todas partes con su mujer, hasta á la guerra. Lo +mismo los defensores del gobierno que los revolucionarios, llevaban con +ellos á sus mujeres, apodadas «soldaderas», que eran las que remediaban +la ausencia de administración militar, cuidando cada una del alimento de +su hombre. + +Durante las marchas iban á vanguardia, rodeadas de enjambres de niños y +con las ropas de la familia formando un lío sobre su cabeza. Lo robaban +todo, arrasaban los campos, como una nube de langosta, y cuando las +tropas hacían alto, encontraban ya la hoguera ardiendo y la comida en su +punto. Los primeros contactos entre ambos bandos los realizaban casi +siempre las dos vanguardias de «soldaderas». Olvidando momentáneamente +su antagonismo, se vendían unas á otras lo que consideraban superfluo. +El defensor del gobierno, por mediación de su compañera, facilitaba +víveres al rebelde. Otras veces ocurría lo contrario. + +La moneda carecía casi siempre de valor en estas transacciones. El bando +falto de municiones sólo quería vender su pan á cambio de cartuchos, y +el que los tenía los entregaba, ansioso de comer, sin fijarse en que, +horas después, estos mismos proyectiles podían darle la muerte. Al +entablarse el combate, las «soldaderas» y sus enjambres de chiquillos se +retiraban á retaguardia. Otras veces, si el momento era angustioso, la +hembra se mezclaba en la pelea para sostener al compañero herido y +seguir tirando con su fusil. + +Guadalupe vivió así; hizo marchas interminables á pie ó á la grupa del +caballo de su hombre. Pero como Doroteo obtuvo rápidamente sus primeros +ascensos, pronto se elevó sobre la muchedumbre de «soldaderas» de tez +amarillenta, cabellera aceitosa y ojos ardientes, asombrosamente flacas. + +Fué la capitana Martínez, luego la comandanta, y ya no tuvo que avanzar +al trote junto á los jinetes, llevando sobre su cabeza el colchoncillo y +las ropas que constituían el ajuar andante del matrimonio. Doroteo, +excelente esposo, había matado á un oficial del gobierno para regalarle +á ella su caballo. + +Al ser coronel, su generosidad marital deseó algo más. + +--¡Si pudiese robar un automóvil para «la vieja»!... + +«La vieja» era Guadalupe, que tenía entonces veintiséis años. No +resultaba difícil hacerse dueño de un automóvil. Abundaban mucho en un +país vecino á los Estados Unidos y con la frontera libre. No había +revolucionario de alguna graduación que no tuviese el suyo. La +importancia de los jefes se medía por los parques de automóviles que +llevaban detrás de ellos. + +Y la coronela hizo la guerra en un vehículo americano. Su adquisición +sólo costó á Martínez dos palabras breves y el apoyar su revólver en el +pecho del primitivo dueño. + +El chófer era un mestizo de enorme sombrerón y descalzo, que llevaba el +fusil entre las dos manos fijas en el volante. Dentro iba Guadalupe y +toda su casa: un lío de colchones, dos sacos para la ropa sucia, una +criadita mestiza que se sentaba á sus pies, tres gatos y un perro en la +banqueta, junto á la señora, y un loro que se paseaba por la capota +recogida, sirviendo de remate trasero á este vehículo triunfal. Todos +los automóviles ignoraban la limpieza desde muchos meses. La lluvia y el +barro habían cubierto su exterior con una costra parda y agrietada. +Parecían forrados de piel de elefante. Como la esposa de Martínez era +relativamente esbelta, su vehículo se limitaba á chillar por la falta de +aceite y de aseo. Otros tenían un muelle roto y saltaban sobre sus +ruedas, acostándose como una barca próxima á zozobrar. Siempre se +inclinaban del lado donde acostumbraba á sentarse la generala ó la +ministra, con la abrumadora majestad de su centenar de kilos carnales. + +Los revolucionarios marchaban como lo permitían las exigencias +topográficas: unas veces en fila, extendiéndose leguas y leguas; otras +en masa horizontal á través de las llanuras, llevando en torno un +segundo ejército de mujeres y chiquillos. Lo mismo habían avanzado en +otros siglos las grandes invasiones históricas. Eran como las antiguas +naciones en marcha, que arrastraban detrás de ellas los seres y los +muebles que forman la familia. + +Algunas veces llegaban á ser veinte mil, todos á caballo, sin +medicamentos, sin víveres, confiando al azar la vida del día siguiente. +Cada uno hacía la misma recomendación al camarada: «Si me hieren en el +pecho ó en el estómago, dame un tiro en la cabeza. Prefiero esto á +quedar vivo junto al camino.» + +No podían ser considerados como caballería, á pesar de que todos iban +montados. Carecían de armas blancas y no podían dar una carga. Eran +infantes que sólo echaban pie á tierra en el momento de empezar el fuego +contra el enemigo. Hasta los generales llevaban el rifle atravesado +sobre el delantero de la silla. + +La única infantería era la de los _yaquis_, indios montañeses que no +habían querido aprender de los conquistadores españoles el arte de +cabalgar y mostraban aún cierta repugnancia ante el caballo. Estos +_yaquis_ figuraban como enemigos de todos los gobiernos desde la época +de Porfirio Díaz, que cometió el sacrilegio de implantar en sus tierras +el telégrafo y el ferrocarril. Se dejaban convencer fácilmente por los +revolucionarios, con la esperanza de que éstos les librasen de +innovaciones vergonzosas. En los combates eran los únicos que se batían +avanzando. + +La muchedumbre montada, al emprender su marcha todos los amaneceres, +veía á los _yaquis_ tranquilos en su campamento, como si pensasen +quedarse allí. Cuando al llegar la noche, después de una larga jornada á +caballo, se detenían para descansar, encontraban instalados ya á los +mismos indios en el lugar designado de antemano, como si hubiesen +llegado volando y sin fatiga aparente. Puestos en cuclillas escuchaban +con atención religiosa el repiqueteo de los tamborcillos pendientes de +las muñecas de sus jefes, instrumentos que servían á la vez para sus +fiestas y para transmitir órdenes. + +La imagen de su esposa Guadalupe iba unida siempre á estos recuerdos de +la guerra. Al principio la mujer mostraba cierto pavor; el silbido de +las balas parecía irritar sus nervios. Un día, para recoger á su hombre +herido, tuvo que lanzarse en pleno combate, y desde entonces consideró +poca cosa el intervenir en las operaciones de guerra. + +Las «soldaderas» hablaban de ella como de una gloria de su sexo, +colocándola al nivel de los jefes más célebres de la revolución. Los +hombres, por galantería instintiva, admiraban su hazañas, exagerándolas, +como si nadie pudiese igualarlas. Todo el ejército repitió lo mismo al +hablar de los esposos Martínez. «Él es un buen soldado, un +valiente...pero como hay muchos. Ella vale más. ¡Qué mujer!...» + +Su conducta durante la vida azarosa de marchas y campamentos contribuyó +á aumentar su fama. Guadalupe tenía mal carácter. Muchas veces, al +rozarse su automóvil con el de alguna generala--igualmente cargado de +colchones, sacos de ropa sucia, cuadrúpedos, aves y numerosos +chiquillos--, empezaban á insultarse ambas damas por si la una pretendía +cortar el paso á la otra. La coronela, sin consideración á su grado +inferior, recordaba á la generala las aventuras amorosas de su señora +madre ó la época en que sus tías lavaban la ropa de los soldados. Hasta +que el heroico Martínez, avisado del incidente, acudía á todo galope +para meter su caballo entre ambas furias. + +Los hombres, al recordar que esta mujer se batía lo mismo que ellos, +encontraban lógico que se considerase superior á las otras, gordas aves +domésticas que se habían lanzado al campo para marchar detrás de los +combatientes, escarbando con el pico el terreno de la lucha, en busca de +los residuos de la victoria. + +Su fidelidad matrimonial era también muy admirada. Uno de los grandes +jefes había recibido de ella varios latigazos cierto día que osó algunos +atrevimientos con la amazona. El mismo personaje golpeado acabó por +arrepentirse, y á impulsos de la admiración, fué en adelante un +protector de Martínez y de su esposa. + +Cuando Doroteo llegó á general, sus envidiosos atribuyeron toda la +carrera del héroe á la influencia de Guadalupe. «No es que sea menos +valiente que los demás--decían--; pero á causa de su compañera, los de +arriba se fijan en sus acciones, que, realizadas por otros, quedarían +ignoradas.» + +Al terminar la guerra, cuando Martínez pasó á ser defensor del gobierno +recién constituído, Guadalupe no quiso prolongar sus hazañas militares. +Era ridículo que la esposa de un comandante de operaciones saliese al +campo á perseguir á los rebeldes, muchos de los cuales había conocido +ella meses antes como amigos, teniéndolos por excelentes personas. + +Renanció a las costumbres violentas de campaña, á los largos galopes, al +automóvil sucio y hasta á las palabrotas aprendidas en sus años de +existencia varonil. Fué en adelante la «señora generala» y quiso +rivalizar con Martínez en esplendores de lujo. + +Las gentes de la ciudad casi se sintieron cegadas por el resplandor de +las joyas que en ciertos días la cubrieron desde la garganta al vientre. +Doroteo había trabajado bien, lo mismo que todos los padres de familia +mezclados en la revolución. No tenía hijos, como los otros, pero tenía +á Guadalupe; y siempre que en sus correrías veía algo vistoso y de +precio, sacaba el enorme revólver de su funda, diciendo: «Esto para mi +vieja...y esto otro también.» + +Total: que la esposa del héroe de Cerro Pardo poseía una colección +enorme de alhajas, y los maliciosos las encontraban iguales á las que +habían comprado en Londres y en Nueva York ciertas familias del Méjico +anterior que andaban ahora vagabundas, lejos del país. + +Guadalupe huía de la ostentación en los días ordinarios y se limitaba á +llevar simplemente media docena de sortijas de brillantes, un reloj con +pulsera de platino en una muñeca, otro igual en la muñeca opuesta y un +tercer reloj más grande colgando del cuello. + +Así se mostraba por las tardes á la admiración pública, ocupando uno de +los ocho automóviles que poseía el héroe como recuerdo de sus campañas. +Su paseo favorito era la calle central de la ciudad, una alameda con +árboles seculares, de cuyas ramas pendían á veces hombres ahorcados. +Eran ladrones, mestizos incorregibles que hurtaban gallinas, hortalizas +y otras cosas igualmente preciosas á pesar de los decretos del general. +Y Martínez, que era enemigo inexorable del robo, les aplicaba sin +compasión la pena decretada por su dictadura revolucionaria. + +Guadalupe casi tenía una corte. Las damas del pasado régimen--la +aristocracia del país--la visitaban y adulaban, para defender de este +modo su tranquilidad y sus bienes. Los subordinados de su esposo, cuando +deseaban algo, preferían pedírselo á la generala, como si creyesen más +en su autoridad que en la de Martínez. Ella los tuteaba con una bondad +superior. Volvía á ser la compañera de armas que se había encargado +muchas veces de guisar en el campo para su marido y todos los de su +Estado Mayor. + +Recordaba con cierta nostalgia los años de guerra, pero tenía por mejor +el tiempo actual. ¡Ojalá no se acabasen nunca los insurrectos y su +marido fuese perpetuamente comandante de operaciones!... + +Martínez se sentía menos contento en su interior. Empezaba á pesarle la +autoridad de su esposa. ¿De qué le servía haber llegado á héroe +nacional, si Guadalupe le inspiraba un miedo superior á su voluntad? No +valía la pena haber hecho una revolución para verse privado de realizar +sus gustos. + +Luego de pensar esto, miraba á su mujer largamente, con una reflexiva +atención que ella no llegaba á adivinar, acostumbrada á tener en poco +todo lo de su marido. Aún la encontraba hermosa á los treinta y tantos +años, lo mismo que cuando se casaron. Producto de varios cruzamientos de +españoles con indias, tal vez había además en sus venas cierta parte de +sangre africana. Unos ojos grandes, húmedos y ligeramente oblicuos; una +dentadura fuerte y deslumbrante entre los labios gruesos de rosa +obscuro; una carne pomposa y pálida, y una cabellera exuberante, negra y +con tendencia á rizarse apenas la abandonaba el peine, eran los +componentes principales de su belleza. + +Así la vió Doroteo durante diez años, como si fuese una criatura +insensible al tiempo, y así la hubiese visto siempre. + +Pero un día se dió cuenta de que empezaba á disgregarse su armonía +corporal, como si las tres sangres que existían en ella se hubiesen +cansado de permanecer revueltas, aislándose, para asomar cada una por +separado á la superficie. Sobre la tez blanca empezó á esparcirse una +especie de viruela subcutánea, formada de puntos negros pequeñísimos, +como granos de pólvora. En una mejilla y en otras partes menos visibles +se marcaban ó desaparecían, según los días, grandes manchas violáceas. +Era la madurez precoz de la criolla de diversos orígenes. Además, ¡sus +palabras rudas y violentas, su ignorancia, su deseo de mantenerlo +sometido, tratándole despectivamente en presencia de las gentes!... + +Martínez vió todo esto de pronto, pero fué porque acababa de encontrar +un término de comparación en otra mujer. + + + + +III + + +Cuando Guadalupe deseaba dar broma al general en presencia de sus +contertulios, se expresaba así: + +--Este viejo, aquí donde ustedes lo ven, anda enamorado, loco, detrás de +la _Gringuita_. + +Cerrando una mano, le apuntaba con el dedo índice, y añadía, amenazante: + +--¡Que te pille yo, y verás lo que es bueno! + +Pero á continuación, considerando que la broma había durado bastante, +decía con gravedad: + +--La _Gringuita_ es una joven muy apreciable, que gana su vida y +mantiene á todos sus hermanos. Además, ¡lo que sabe! Yo me quedo +asombrada escuchándola. Parece mentira que una mujer pueda estudiar +tanto.... Perderías el tiempo, viejo. Esa no te hace caso á ti. + +Era hija de un maestro de escuela que había muerto el año anterior. Se +educaba en los Estados Unidos cuando esta desgracia la obligó á volver +al país, dejando incompletos sus estudios. Quería servir de madre á sus +hermanos menores, que después de muerto el padre, quedaban completamente +solos en la casa. Seis años de vida en Nueva York habían desfigurado á +esta joven mejicana, dándole otras costumbres y hasta un aspecto físico +completamente diferente. + +Los personajes de la ciudad la protegían, seducidos por sus finas +maneras y por la sencillez con que hablaba de unos estudios que sólo +conocían ellos de oídas. La habían colocado como maestra en una de las +principales escuelas y prometían ayudarla en la realización de todas las +innovaciones que proyectaba. + +Algunas solteronas feas y de carácter agriado torcían el gesto ante el +entusiasmo pedagógico de los hombres. + +--¡Claro!... ¡La _Gringuita_ es tan primorosa!... + +Martínez figuraba entre los protectores de la maestra. + +--Yo soy un hombre de progreso, ¿saben?--decía al hablar de ella--; por +eso me interesan los proyectos de esa niña que ha estudiado con los +_gringos_. Su pobre padre tuvo una excelente idea al enviarla á Nueva +York para que aprendiese lo que no sabemos nosotros. La aprecio mucho, +por su seriedad sobre todo. En cuanto á su hermosura, de la que tanto +hablan las malas lenguas, ¡pchs!... + +El general hacía un gesto de duda que casi llegaba á ser despectivo. +Tenía razón: la belleza de Dora no era extraordinaria. La maestrita +poseía el encanto de la juventud, una juventud ágil y sana, mantenida +por los deportes y la higiene. + +Pero lo que se callaba Doroteo era que él la prefería á las beldades del +país por lo mismo que resultaba distinta á todas. Como recuerdo de su +madre--una extranjera que se había casado en Méjico con el maestro para +producir media docena de hijos y morirse inmediatamente--, tenía el pelo +de un rubio ceniciento y los ojos verdes claros. En cambio, todas las +mujeres del país eran morenas pálidas, con cabelleras de un negro +intenso. + +Dora iba vestida con unos trajecitos baratos, sencillos y elegantes, que +el general había admirado muchas veces en los periódicos ilustrados. +Tocaba el piano, cantaba en inglés y tenía la soltura y las formas +gimnásticas de un muchacho. + +La generala centelleaba de joyas, iba envuelta en sedas y bordados, como +la imagen de la Virgen patrona de la ciudad; llevaba peinetas altas como +torres sobre su apretada cabellera; tocaba la guitarra y prescindía de +sentarse en los sillones y en todo mueble que tuviese brazos, por miedo +á no poder introducir entre ellos sus exuberancias dorsales. + +Cuando la maestrita se ponía bajo un rayo de sol, su cutis blanco +parecía dorarse con la luminosidad de un vello finísimo semejante al de +los frutos en sazón. Igual había sido Guadalupe en otros tiempos, pero +ahora un bigote cada vez menos discreto empezaba á entenebrecer su boca. + +El héroe visitaba con frecuencia la escuela de Dora, lanzando discursos +á los niños, en los que repetía que la revolución se había hecho +especialmente para el fomento de la enseñanza. También se apresuraba á +entrar en el salón de su mujer siempre que le avisaban que la maestrita +hacía tertulia á doña Guadalupe. Delante de la gente balbuceaba +preguntas sobre los progresos de los _gringos_, abriendo los ojos con +asombro cuando la joven le hablaba de la grandeza de su amada Columbia +University, en la que había pasado sus mejores años. + +--Usted dirigirá una Universidad igual ó parecida, señorita: yo se lo +prometo. El gobierno dará los millones que se necesiten para +construirla. Y si no los da, soy capaz de.... En fin, ¿qué no haré yo +por la instrucción? ¿qué no haré por...? + +Iba á añadir «por usted», pero se detenía mirando á la pomposa generala. +Luego, por un deseo irresistible de establecer comparaciones, comenzaba +á admirar con ojos disimulados la belleza especial de esta joven que +parecía un muchacho con faldas, sintiendo al mismo tiempo en su paladar +el sabor ácido y picante de un fruto todavía verde. + +Tuvo que abstenerse de sacar á bailar á la maestrita cuando se +celebraban fiestas en la Comandancia. + +--¡Pobre viejo!--le decía Guadalupe--. ¿No ves que aburres á esa pobre +señorita? Además, la gente se ríe un poco de ti. + +¡Reírse del héroe de Cerro Pardo!... Que probasen á hacerlo francamente, +y él enviaría á los burlones á dar una vuelta por el _foyer_ del teatro, +donde funcionaba el Consejo de guerra siempre que lo exigía la salud de +la patria. + +Una mañana, con los ojos hinchados por el insomnio, le entregó un papel +á su secretario. + +--Sandoval, dígame qué le parece. Cuando yo era muchacho y aún no había +aprendido á leer, inventé muchos versos como éstos, mientras punteaba la +guitarra. Usted pondrá lo que les falte: yo entiendo poco en eso de la +ortografía. ¿Qué me dice de ellos? + +El poeta se acordó de dos ocasiones en que el héroe, irritado por su +franqueza, le había dado varias bofetadas, manifestando luego su +arrepentimiento con valiosos regalos. Olvidó los regalos para acordarse +únicamente de los golpes, y tuvo prisa en manifestar su entusiasmo por +los versos. Eran de amor, é iban dirigidos á una mujer cuyo nombre +quedaba en el misterio, pero el secretario la reconoció desde la primera +estrofa. + +--Publíquelos mañana mismo en el mejor sitio de mi diario oficial. Como +firma, la misma que llevan: _El caballero de la ardiente mirada_. Es un +apodo que encontré en no sé qué novela, y me gustó tanto, que lo he +guardado para mí. + +Sandoval quiso marcharse con los versos, pero el autor todavía le dió +otra orden. + +--Mañana escriba á máquina un anónimo para la persona que usted sabe, y +dígale que _El caballero de la ardiente mirada_ y el general Martínez +son una misma persona. + +No consideró suficiente esta indiscreción, en vista de la serena +indiferencia de la maestra, y pocos días después hizo una visita á la +escuela, declarando á Dora de pronto todos los deseos, las esperanzas y +las contrariedades que formaban lo que él llamaba «el mayor amor de mi +vida». + +--¡Oh, general!... ¡Haberse fijado en una pobrecita como yo!... + +Parecía próxima á desmayarse de sorpresa, como si nunca hubiese +sospechado esta pasión, extrañándose de ella con toda la ingenuidad de +que es capaz el disimulo femenil. Pero hacía meses que se había dado +cuenta del enamoramiento del héroe, riendo á solas de sus tímidas +insinuaciones. + +En vano Martínez habló de su amor. La maestrita movía la cabeza +negativamente. La existencia no era para ella una sucesión de delicias. +Graves deberes la obligaban á mirar las cosas con seriedad. Era pobre: +debía mantener y educar á sus hermanos. + +--Yo me casaré con usted--dijo Martínez con un tono dramático, como si +arrostrase el mayor de los peligros--. Comprenderá usted que he pensado +en eso antes de hablarla. Usted no es una «pelada»; usted es una +señorita, una profesora que ha estudiado, y yo respeto mucho á las +personas científicas.... + +Luego añadió triunfalmente: + +--Por algo nos hemos batido en la revolución, para algo hemos +establecido el divorcio. + +Los enemigos de la revolución afirmaban que era más urgente que el +divorcio dar una ley obligando á las parejas á casarse, pues la mayoría +de las gentes del país, para evitar gastos y molestias, prescindían de +las formalidades del matrimonio, viviendo en estado natural, como sus +ascendientes. Pero Doroteo se sentía ahora satisfecho de haber dado su +sangre por el triunfo del divorcio. + +Dora no participaba de este entusiasmo. Pareció asustarse de verdad, +temblando ante la idea de casarse con Martínez, más aún que si éste +hubiese intentado una violencia contra ella. + +--¡Qué horror!... ¡Divorciarse usted de la generala!... ¡Tener yo por +enemiga á doña Guadalupe!... + +Sólo la suposición de que la amazona gloriosa pudiera perseguirla con su +venganza hacía temblar las piernas de la maestra. El general participó +por reflejo de esta inquietud. Su Guadalupe era realmente temible, pero +esto no podía impedir que empezase á odiarla. ¿Hasta cuándo iba á sufrir +su despotismo?... + +Los meses sucesivos fueron de desaliento para el héroe. Dora evitaba los +encuentros con él, apelando á ciertas astucias que el general no podía +prever. + +Cada vez la deseaba con mayor vehemencia. En ciertos momentos volvía á +resucitar el guerrillero en el interior del comandante en jefe de +operaciones. + +¿No le era fácil robar á la profesora y llevársela al campo? Él tenía +entre su gente muchos hombres de confianza. Pero á continuación se +acordaba de sus enemigos, de los periódicos de la capital, de que Dora +era «una persona científica» y el asunto metería ruido. ¡Un partidario +de la instrucción y del progreso robando á una señorita del +profesorado!... Además, pensaba en doña Guadalupe, que seguía repitiendo +su cariñosa amenaza, pero cada vez con tono menos cordial, erizándosele +un poco el mostacho, apuntándole con un índice como si le apuntase con +un revólver. «¡Que te pille yo, y verás lo que es bueno!» + +Por otra parte, las gentes empezaban á murmurar que la _Gringuita_ tenía +un novio. Era un joven de la localidad, que rivalizaba con Sandoval en +la confección de versos «á la moderna» y además hacía discursos contra +el gobierno. Su pobreza resultaba igual á la de Dora, pero esto no +impediría que se casasen muy pronto. ¡Y mientras tanto, él, héroe +nacional, gobernante omnipotente, tendría que mantenerse impasible al +lado de su doña Guadalupe! ¡Ira de Dios! ¿Para esto había hecho la +revolución?... + +Los sucesos políticos le obligaron á olvidar momentáneamente sus +tristezas amorosas. El «viejo barbón» fué derribado de la presidencia de +la República por varios generales, antiguos amigos de él y de Martínez. +Éste, á pesar de sus preocupaciones, supo inclinarse instintivamente del +lado de los que iban á triunfar. + +Cuando asesinaron á Carranza, el heroico Doroteo se encontró en +excelentes relaciones con los vencedores y tan comandante de operaciones +como en el gobierno anterior. Pero ¡ay! su alto cargo tal vez iba á +quedar anulado por innecesario. + +Los diversos partidos que infestaban el país de insurrectos en armas +parecían haber ajustado una tregua junto al cadáver de Carranza. Todos +mostraban un tácito deseo de someterse al nuevo gobierno, para hacer ver +al mundo que en Méjico es posible la paz, aunque sólo sea por una +temporada. + +Los guerrilleros rebeldes se iban presentando á Martínez y á otros +generales. Hasta Pancho Villa, el eterno insurrecto, se sometió á los +nuevos personajes instalados en la capital, pero con una sumisión +orgullosa y magníficamente retribuida. Le daban un millón de pesos, le +pagaban los atrasos de toda su gente, y además le permitían que se +estableciese en un pueblo, rodeado de sus más seguros partidarios. Lo +importante era hacer ver en el extranjero que ya no quedaba ningún +insurrecto. + +Martínez se irritó al enterarse de lo que le regalaban á su antiguo +maestro, como si esto representase una injusticia para él. + +--Sea usted leal--decía con amargura--, manténgase disciplinado, y no le +darán nada.... ¡Pensar que no me he sublevado nunca y siempre he estado +con los gobiernos! + +Doña Guadalupe se preocupaba más aún que su esposo del nuevo estado +político. Los gobernantes de ahora eran compañeros de revolución á los +que no habían visto en varios años. Era preciso buscar un puesto de +reposo bien retribuído, hasta que hubiesen otra vez insurrectos en el +campo y jefaturas de operaciones. La verdadera historia de Méjico no iba +á cortarse para siempre. + +Pensó en la conveniencia de que Martínez hiciese un viajecito á la +capital para reanudar amistades. Luego dudó de sus condiciones para este +trabajo. Era mejor que fuese ella. Precisamente su protector de los +tiempos revolucionarios, aquel personaje del que había tenido que +defenderse con el látigo, figuraba entre los gobernantes provisionales +y era uno de los que aspiraban á la presidencia de la República. + +Los periódicos de la capital anunciaron la llegada de la generala +Martínez, «digna compañera del héroe de Cerro Pardo»; y pocos días +después ocurrió el hecho inaudito, inexplicable, que produjo más emoción +y extrañeza trañeza en el país que la mayor parte de las revoluciones +anteriores. + +Una mañana, los habitantes de la ciudad gobernada por Martínez vieron +agruparse en el paseo de la Alameda y la plaza principal varios +centenares de jinetes con grandes sombreros y la carabina apoyada en un +muslo. Los jefes gritaban indignados: + +--¡Han violado la Constitución!... + +Los transeúntes empezaron á correr para meterse en sus casas. Que +hubiesen violado á la Constitución les importaba poco. La pobre estaba +hecha á estas pruebas y podía considerarse la persona más violada de +todo Méjico. En su vida no había servido para otra cosa. Pero la gente, +que se imaginaba vivir libre por algún tiempo de la calamidad de las +sublevaciones militares, huía miedosa al ver que volvían á empezar. + +Martínez, con botas altas, dos revólveres al cinto y su gran sombrero +campesino de fieltro adornado con el águila de general, escuchaba á su +jefe de Estado Mayor. + +--Todo está listo. Nuestra gente se muestra conforme. Ya se aburría de +tanta paz. ¿Qué grito damos? + +--«¡Han violado la Constitución! ¡Abajo el gobierno!»--dijo gravemente +el caudillo. + +--Eso ya lo hemos gritado, general. Pero falta un viva. ¿A quién le +damos viva? + +Martínez se rascó la cabeza por debajo del sombrero. + +--No sé.... Esperemos. Hay que pensarlo. Yo veré qué personaje quiere +ponerse á la cabeza de nuestra revolución. No faltará alguno. Debemos +salvar la patria. + +Por el momento, los sublevados sólo pudieron gritar: «¡Han violado la +Constitución!» Pero ellos, por su parte, también deseaban violar algo; y +como en toda sublevación mejicana bien ordenada y que se respeta, +empezaron por asaltar, carabina en mano, las tiendas de los extranjeros +ó á derribar sus puertas si estaban cerradas, llevándose el dinero y los +géneros. Además, golpearon é hirieron á unos cuantos olvidadizos del +pasado que se atrevían á protestar y hablaban de sus cónsules, como si +las revoluciones de los años anteriores no les hubiesen enseñado nada. + +Los soldados querían terminar pronto su trabajo. Estaban enterados del +programa de todo general que se subleva en una ciudad. Lo primero es +marcharse antes de que lleguen las fuerzas mejor organizadas que +guarnecen la capital con toda su artillería. Después vuelven á ella si +han adquirido nuevas fuerzas en el campo. + +Lo mismo ocurrió esta vez. Doroteo Martínez se fué de la ciudad con sus +«leales»; pero como necesitaba consolarse de que hubiesen violado á la +Constitución, se llevó á viva fuerza á Dora. Sus hermanitos lloraron +mostrando los puños impotentes á un automóvil en el que gritaba y se +agitaba la maestrita sin poder librarse de sus raptores. + +Todo el resto de la nación se asombró tanto como el vecindario de la +ciudad. Una sublevación no tenía nada de extraordinario. En diez años no +se había visto otra cosa. ¿Pero sublevarse Martínez, que siempre había +estado de acuerdo con los que mandaban?... + +En el Palacio de Méjico, el presidente provisional, los ministros y los +personajes que dirigían al gobierno se miraban con extrañeza al comentar +este acto inexplicable. + +--Pero ¿qué le ha dado á ese hombre?... ¿Qué es lo que busca?... Si +deseaba algo, no tenía mas que haberlo pedido. + +El asombro les hacía suponer fuerzas ocultas y temibles detrás del +sublevado. Algunos hablaron de meter inmediatamente en la cárcel á +varios personajes de la capital para someterlos á un Consejo de guerra. + +El poderoso caudillo que pasaba por ser el protector de Martínez y de su +esposa parecía más indignado que los otros, para librarse de este modo +de toda sospecha de complicidad. + +Precisamente cuando hablaba de la conveniencia de fusilar á un hombre +que no se había sublevado nunca y sólo se decidía á hacerlo cuando los +antiguos insurrectos acordaban mantenerse en paz, anunciaron á la +generala Martínez. + +Entró doña Guadalupe. Muchos de los presentes, que eran jóvenes y tenían +aficiones literarias, creyeron ver la imagen de la Venganza. Parecía con +más bigote; los ojos le brillaban de tal modo, que era difícil mirarla +de frente. Sobre la torre de su cabellera temblaba un gran sombrero de +terciopelo que había sustituido momentáneamente á la gran peineta de su +vida de salón. + +--¿Le parece á usted bien lo que ha hecho ese imbécil?--gritó el +protector antes de saludarla--. ¿No merece que...? + +Pero se detuvo, impresionado por el aspecto de la generala. Nunca la +había visto tan interesante: ni aun cuando se defendió de él con el +látigo. + +--Vengo á pedir al gobierno--dijo solemnemente la amazona--que me dé el +mando de un batallón. Yo me encargo de batir á ese sinvergüenzón. + +Y añadió que lo traería allí mismo, atado con una cinta de sus enaguas. + +El presidente, los ministros y demás personajes empezaron á mirar con +cierto interés risueño á la generala, dejando á su compañero la tarea de +contestarle. + +--¡Calma, doña Guadalupe!--dijo éste--. Hablemos en serio. Un batallón +no se le entrega á una mujer. + +--Entonces, pido que se me permita marchar con las fuerzas que saldrán á +perseguirle. Ya sabe usted que yo he hecho la guerra. Deseo ir como +simple soldado. + +El personaje intentó desviar la conversación, para no repetir su +negativa. + +--Pero ¿por qué se ha sublevado ese hombre? ¿Qué mal le ha hecho el +gobierno?... + +La generala contestó con un gesto de extrañeza. ¿Qué tenía que ver el +gobierno en tal asunto?... Luego, sus ojos se humedecieron con lágrimas +de cólera. Su voz se puso ronca y apretó los puños: + +--¡Si él los quiere mucho á todos ustedes!... Acabo de hablar con +personas que vienen de allá, y sé bien lo que digo. No; ese canalla no +se ha sublevado contra el gobierno. Se ha sublevado únicamente contra +mí.... ¡Contra mí, que soy su mujer! + + + + +EL EMPLEADO DEL COCHE-CAMA + + + + +I + + +A las once de la noche, en el expreso París-Roma, el empleado procede á +la operación de convertir en lechos el asiento y el respaldo del +departamento que ocupo. + +Mientras golpea colchonetas y despliega sábanas, empieza á hablar con la +verbosidad de un hombre condenado á largos silencios. Es un expansivo +que necesita emitir sus ideas y sus preocupaciones. Si yo no estuviese +de pie en la puerta, hablaría con las almohadas que introduce á +sacudidas en unas fundas nuevas, sosteniendo su extremo entre los +dientes. + +--Triste guerra, señor--dice con la boca llena de lienzo--. ¡Ay, cuándo +terminará! Mi hijo...mi pobre hijo.... + +Es más viejo que los empleados de antes; no tiene el aire del _steward_ +abrochado hasta el mentón que acudía en tiempo de paz al sonido del +timbre con un aire de _gentleman_ venido á menos, de Ruy Blas que guarda +su secreto. Más bien parece un obrero disfrazado con el uniforme de +color castaña. Es robusto, cuadrado, con las manos rudas y el bigote +canoso. Habla con familiaridad; se ve que no le costaría ningún +esfuerzo estrechar la diestra de los viajeros. Su hijo ha muerto; su +yerno ha muerto; los dos eran empleados de «la compañía», y los señores +de la Dirección le han dado una plaza para que mantenga á sus nietos. El +personal escasea; además, él conoce el italiano, por haber trabajado +algún tiempo en un arsenal de Génova. + +--Yo era antes torneador de hierro--dice con cierto orgullo--, obrero +consciente y sindicado. + +Una leve contracción de su bigote, que equivale á una sonrisa amarga, +parece subrayar este recuerdo del pasado. ¡Qué de transformaciones! +Luego, el viejo socialista añade á guisa de consuelo: + +--Hay que tomar el tiempo como se presenta. Algunos «camaradas» son +ahora ministros en compañía de los burgueses, para servir al país. Yo +hago la cama á los ricos, para que coma mi familia.... ¡Ay, mi hijo! + +Adivino su deseo de echar mano á la cartera que lleva sobre el pecho +para extraer cierto pliego mugriento y rugoso. Ya me leyó dos páginas +media hora después de haber subido al vagón. Es la última carta de su +hijo, enviada desde las trincheras. Conozco igualmente la historia del +muerto: un mozo esbelto, de rubio bigote y finos ademanes, que atraía +las miradas de las viajeras solas, haciéndolas reconocer la injusticia +de la suerte, que reparte sus bienes sobre la tierra con escandalosa +desigualdad. Le hirieron en Charleroi, y curó á los quince días; luego +volvieron á herirle en el Yser, y pasó dos meses en cama; finalmente lo +alcanzó un obús en un combate sin nombre, en una de las mil acciones +obscuras por la posesión de unos cuantos metros de zanja. El padre +consiguió verlo, una sola vez, en un hospital de París. En realidad no +lo vió, pues sólo tuvo ante sus ojos una bola de algodones y vendajes +sobre una almohada; un fajamiento de momia, del que partían ronquidos +de dolor y una mirada vidriosa y resignada. + +--Le habían destrozado la mandíbula, señor; no podía hablar. El cráneo +también lo tenía roto.... Y ya no le vi más. Ahora lo tengo en un +cementerio cerca de París, y voy á visitarle siempre que estoy libre de +servicio. + +No llora, no puede llorar. Su dolor, en vez de escaparse á través de los +ojos, se esparce por el cerebro, corre entre las cordilleras de los +lóbulos, se desliza como humo de suave locura por las revueltas +callejuelas de sus anfractuosidades. Empieza á mostrar la pesadez del +maniático, hablando á todos del muerto; ve el universo entero á través +de su hijo. + +A pesar de esto, se da cuenta de que yo deseo dormir y deja para el día +siguiente la repetición de su historia, siempre nueva é interesante para +él. «¡Buenas noches!» Media hora después, tendido en la obscuridad, oigo +en el inmediato pasillo su voz que domina el chirrido de los ejes, la +melopea de oleaje costero que lanzan las ruedas, los saltos crujientes +del vagón, iguales á los de un camarote de trasatlántico. Habla con unos +oficiales ingleses que van á embarcarse en Brindis; les lee la última +carta de esperanza. Los cortos espacios de silencio traen hasta mi, +caprichosamente, algunos renglones, como pedazos de papel arrastrados +por el huracán: «Papá: cuando termine la guerra....» + + + + +II + + +Alguien ha anonadado con su presencia á los que ocupamos el resto del +vagón. Los oficiales ingleses, con todas las condecoraciones que adornan +sus pechos y su tez curtida por el sol de exóticas campañas, no +existen; unas condesas italianas, que han de bajar en Turín y ostentan +coronas en los forros de sus maletas, quedan como aplastadas en su +compartimiento; yo doy gracias humildemente al igualitario progreso de +los tiempos actuales, que me permite dormir separado por un tabique de +madera de la persona que descansa en la pieza inmediata. + +Dos señoras vestidas de negro han subido en París. Un grupo de hombres +ha permanecido en el andén hasta el último instante mirándolas con mudo +respeto: unos en traje civil, de sobria elegancia, esbeltos, bien +afeitados, con un monóculo bajo la ceja arqueada, secretarios y +agregados de la Embajada británica; otros con uniforme de marino, pero +uniforme de batalla, sin faldones, sin dorados, apoyándose en un +bastoncillo de paseo, ostentando en la visera de la gorra el reborde de +laureles que distingue á los jefes superiores. + +Circula por el vagón el nombre de una de las viajeras. Es una duquesa de +la corte de Inglaterra, una amiga de la difunta reina Victoria, +cincuenta años de historial británico encerrados en un cuerpo que debió +ser hermoso y ahora aparece algo hinchado por la edad y plebeyamente +enrojecido. Una corona de cabellos blancos suaviza la tez subida de +color; los ojos son los únicos que conservan en su majestuoso azul el +reflejo de la pasada gloria. Lleva un gorrito albo y encañonado debajo +del luengo velo de luto. Su acompañante es más alta, más estirada, menos +accesible, como si recogiese en su enjuta persona de dama de compañía +todo el orgullo y la altivez de que se despoja la señora. La duquesa +sonríe ante la solicitud demasiado expansiva del empleado del vagón, +mientras la honorable doméstica la acoge con un gesto duro y frío. + +Antes de dormirme, desfilan por mi memoria los recuerdos que guardo de +esta anciana célebre que está tendida á cincuenta centímetros de mi +cuerpo. La veo como la vi muchas veces en los grabados de las +ilustraciones inglesas, con su diadema de brillantes y el pecho +constelado de joyas y condecoraciones, asistiendo á las fiestas de su +regia amiga, á sus jubileos de estrépito universal, á las coronaciones +de su hijo y de su nieto. Es pairesa no sé cuántas veces. Posee calles +enteras de Londres; vastos parques donde corre el zorro perseguido por +un tropel de jinetes de casaca roja que galopan entre rugidos de +trompas; castillos en Escocia al borde de lagos verdes que hacen +recordar las novelas de Wálter Scott; vastas posesiones en Irlanda que +sirvieron algunas veces de nocturno escenario á las hazañas de los +fenianos de negro antifaz. Su primer marido fué virrey de las Indias, y +ella recibió el homenaje de las muchedumbres pálidas y misteriosas en lo +alto de un elefante blanco, dentro de un templete de filigrana de oro +semejante á un relicario. Su segundo esposo presidió ministerios y +arregló los destinos del planeta hablando hasta media noche en la Cámara +de los Comunes ante los hombres que simbolizan la majestad de Inglaterra +con el sombrero calado y los pies en el respaldo del banco anterior. Dos +lores discípulos de Jorge Brumell murieron por ella. Uno se pegó un tiro +teniendo ante su boca un pañuelo de blondas, lo único que había +conseguido de la gentil duquesa. Otro, desesperado, se hizo pastor +metodista y fué á evangelizar ciertas islas de Oceanía, donde su primer +sermón terminó en hoguera y festín de caníbales. Esta dama empequeñecida +por los años, gorda y de mejillas rojas y brillantes como manzanas, ha +cazado el tigre en Asia, el hipopótamo y el león en África, tiene un +yate que es casi un trasatlántico, en el que ha vivido años enteros, y +no encuentra en toda la superficie del globo un lugar que tiente su +curiosidad. + +Antes de partir el tren, el empleado del vagón sabía ya el motivo que ha +arrancado á la duquesa de su castillo cerca de Londres, haciéndola +atravesar París de estación á estación. + +--Va á Brindis--me ha dicho--para recibir el cadáver de su nieto, un +aviador que acaba de morir en los Dardanelos. + + + + +III + + +Algo entrada la mañana salgo al pasillo. Los vidrios de las ventanas +están opacos á causa del frio exterior. Por los regueros que traza el +vaho al licuarse se ven montañas altísimas y blancas, bosques de hayas +encaperuzadas de algodón, caseríos que tienen gruesos planos nos de +nieve sobre las vertientes de sus tejados. Estamos atravesando la Saboya +francesa; subimos, con bruscas alternativas de lobreguez de túnel y +picante luz de nieve, las laderas de los Alpes. Nos aproximamos á +Italia. + +El viejo habla con la dama de compañía, que parece humanizada por la +emoción. Tiene aún en la mano la carta mugrienta y trágica, que acaba de +leer una vez más. + +Cuando vuelvo de tomar el desayuno en el vagón-restorán, le encuentro +solo. Me habla de la gran dama, que ocupa todo un departamento, y de su +acompañante, que viaja con tanto desahogo como la señora. ¡El dinero +que debe tener esta duquesa!... Y sin embargo, sufre lo mismo que él: +más aún tal vez. Él tiene su hija, los hijos de su hija, y los tres +niños que ha dejado el héroe obscuro cuya carta lee á todos. La gran +señora no tiene á nadie en la tierra. Su nieto era el único heredero de +su nombre y su fortuna. Las pairías, los millones, van á pasar á lejanos +parientes. + +Me señala una gran caja de cartón que ocupa derecha todo el espacio +entre dos puertas. La ha entreabierto poco antes la dama de compañía. +Contiene una corona que cubrirá en Brindis el féretro del aviador al ser +descendido á tierra. + +--¡Una maravilla!--dice--. La ha comprado en Londres esa señora alta y +enjuta. Hay en ella palmas y flores, muchas flores, que parecen de +verdad. Se podría adornar con ellas un centenar de sombreros de precio. + +El antiguo obrero «consciente» reaparece á través de esta admiración. + +--¡Ah, el dinero!... Hasta en la muerte nos separa. ¡Y pensar que cuando +yo visito á mi pobrecito hijo sólo puedo llevarle ramos de violetas de á +diez céntimos!... + +Veo á la duquesa al pasar ante la puerta de su camarote. Está erguida en +su asiento, con la capota blanca y negra, de la que pende un largo velo, +enguantada, rígida, lo mismo que la vi en la noche anterior, como si no +hubiese dormido. Contempla el nevado paisaje que pasa veloz por las +ventanillas; pero su pensamiento se halla lejos. + +Me entrego á la lectura, y de pronto me distrae un rumor de voces en el +departamento inmediato. Es el empleado que habla y la duquesa que habla +igualmente. Adivino fragmentos de la carta del pobre muerto: «Confianza, +papá. Aún quedan para nosotros días felices....» La curiosidad me hace +transitar por el pasillo. El viejo está de pie, con la gorra puesta, +como corresponde á un hombre que viste uniforme. La gran señora ha +perdido el arrebol de su fresca vejez; amarillea, se lleva á los ojos +las puntas de un guante. Tal vez es ella la que ha llamado al hombre, al +conocer su historia por el relato de su acompañante; tal vez el viejo se +ha introducido en su camarote, con el atrevimiento del dolor. + +Vuelvo á oír desde mi asiento el rumor de sus voces. Ahora es la duquesa +la que lee, lentamente, con las vacilaciones que acompañan á una +traducción. Tiene en las manos la última carta de su nieto; y el +empleado, que no puede llorar, lanza ronquidos de pena cuando la voz de +la duquesa hace una pansa. Su entusiasmo y su dolor ignoran la manera +correcta de manifestarse: «¡Nombre de Dios, qué mozo!... Y pensar que +estos son los que mueren, y quedamos nosotros, señora, que no servimos +para nada.» + +Vuelvo á pasar ante la puerta abierta. El viejo se ha sentado junto á la +gran dama, que llora en silencio. Sus manazas toman instintivamente, sin +saber lo que hacen, la diestra enguantada y fina, oprimiéndola +cariñosamente. + +--¡Ah, señora duquesa!... + +La voz suena respetuosa y tímida, pero sus manos y sus ojos son +confianzudos y tiernos. Habla con ella lo mismo que si fuese una comadre +llorosa de su barrio, abrumada por una noticia fatal. Decididamente la +guerra ha trastornado todas las organizaciones. Los socialistas son +ministros y los viejos obreros revolucionarios acarician las manos de +las duquesas que lloran. Nos aproximamos á la frontera italiana. Veo el +chamberguito con pluma de gallo y el ferreruelo gris de los cazadores +alpinos. El tren refrena su marcha ante las primeras casas de la +estación de Modàne. Vamos á cambiar de vagón. El empleado, con un +esfuerzo doloroso, vuelve á la realidad y corre de un lado á otro para +devolver sus billetes á los pasajeros. Yo le doy cinco francos. «Muchas +gracias.» Y me abandona, sin bajar siquiera las maletas que están en la +cornisa de red. Los oficiales británicos no le dan nada. El inglés +supone que cada hombre recibe la recompensa de su trabajo, y no quiere +ofenderle con una limosna llamada propina. Las condesas de las múltiples +coronas le entregan con gesto teatral una pieza de dos liras, y él se la +guarda sin mirarla. Toda su atención está concentrada en el servicio de +la duquesa. Llama á los mozos de la estación, les va pasando los bultos +del equipaje, desciende al muelle para vigilar cómo los apilan en una +carretilla. La gran señora se aproxima para decirle adiós, y él le +estrecha la mano, ante los ojos escandalizados de la acompañante. + +Algo siente entre los dedos que le estremece y le hace mirar su mano. La +duquesa conoce la parsimonia de su acompañante, encargada de los +pequeños desembolsos, y es ella la que da la propina. ¡Cien francos!... +El viejo duda ante el billete, ve á los nietos, ve á su hija que trabaja +del amanecer á media noche, pero luego lo rechaza. + +--¡Ah, no, señora duquesa! + +Él es de su mundo, y su mundo tiene reglas de hidalguía y buena +educación como cualquiera otro. A nosotros pueden tomarnos el dinero; +somos extranjeros que pasan indiferentes junto á su persona. Pero no +aceptará un céntimo por servir á un camarada, á un amigo con el que ha +chocado el vaso. Y él ha bebido con la gran señora; han saboreado juntos +el vino de la tristeza y del consuelo, han tocado sus copas rebosantes +de dolor. Adivina ella estos sentimientos confusos con su delicadeza de +alta dama, y no insiste, volviendo á guardarse el billete. Habla en +inglés, y su acompañante, con visible molestia, toma de la carretilla +una gran caja de cartón, la corona admirada, y se la entrega al viejo. + +--Para su hijo, para la tumba del héroe. + +Y se aleja majestuosa á pesar de su ancianidad, marchando por el andén +como si fuese una galería de la corte. + +El empleado queda al pie del vagón, con los brazos ocupados por la caja, +sufriendo la vergüenza de no poder ocultar sus lágrimas, que se deslizan +hasta el duro bigote. + +--¡Señora duquesa!... ¡Ah, señora duquesa! + + + + +LOS CUATRO HIJOS DE EVA + + + + +I + + +Iba á terminar la siega en la gran estancia argentina llamada «La +Nacional». Los hombres venidos de todas partes para recoger la cosecha +huían del amontonamiento en las casas de los peones y en las +dependencias donde estaban guardadas las máquinas de labranza con los +fardos de alfalfa seca. Preferían dormir al aire libre, teniendo por +almohada el saco que contenía todos sus bienes terrenales y les había +acompañado en sus peregrinaciones incesantes. + +Se encontraban allí hombres de casi todos los países de Europa. Algunos +eternos vagabundos se habían lanzado á correr la tierra entera para +saciar su sed de aventuras, y estaban temporalmente en la pampa +argentina, unos cuantos meses nada más, antes de trasladar su existencia +inquieta á la Australia ó al Cabo de Buena Esperanza. Otros, simples +labriegos, españoles ó italianos, habían atravesado el Atlántico +atraídos por la estupenda novedad de ganar seis pesos diarios por el +mismo trabajo que en su país era pagado con unos cuantos céntimos. + +Los más de los segadores pertenecían á la clase de emigrantes que los +propietarios argentinos llaman «golondrinas»; pájaros humanos que cada +año, cuando las primeras nieves cubren el suelo de su país, abandonan +las costas de Europa, levantando el vuelo hacia el clima más cálido del +hemisferio meridional. Trabajan duramente verano y otoño, y cuando el +viento pampero empieza á azotar las llanuras, asustados por la +proximidad del invierno, regresan á los lugares de procedencia, donde la +tierra empieza á despertar entonces bajo las primeras caricias +primaverales. + +Cada año vuelven, apretados como un rebaño en la proa de los mugrientos +vapores de emigrantes, para trabajar en las estancias y reunir sus +economías, soñando incesantemente con el lejano país. Parecen resbalar +sobre el suelo de la República Argentina, sin hacer el menor esfuerzo +para arraigarse en él. Una vez terminada la recolección, huyen, llevando +en la faja el producto de su trabajo y dispuestos á volver al año +siguiente. + +La hora de la cena era el mejor momento de la jornada para los segadores +de «La Nacional». Se reunían en grupos, atraídos por el vínculo del +origen común ó por el encanto personal de la simpatía. Cenaban al aire +libre, sentados en el suelo alrededor de la marmita humeante. Aunque las +noches fuesen cálidas, encendían hogueras, buscando la protección de las +llamas y del humo contra los feroces mosquitos, dominadores de la +llanura. + +Algunos segadores que poseían un poder instintivo de dominación trataban +á sus camaradas como jefes. Dentro de estos grupos que, procedentes de +diversos lagares de la tierra, habían venido á juntarse en un rincón de +la América del Sur, todos los procedimientos de selección social y las +lentas evoluciones que modelan á un pueblo se realizaban en pocos días. +Los que habían nacido para el mando ó los que se distinguían de sus +camaradas por cualquier don especial se elevaban rápidamente sobre +ellos. Unos eran respetados por su coraje, otros por su palabra +oratoria, otros por su experiencia. + +El tío Correa, un vejete enjuto, descarnado, pero todavía fuerte á pesar +de su edad, era el oráculo de los segadores españoles. Su conocimiento +profundo de los hombres, sus consejos astutos, su larga familiaridad con +la República Argentina, donde trabajaba hacía treinta años, le +proporcionaban una sólida reputación. + +Era una especie de patriarca para sus compatriotas--especialmente para +los recién llegados--, y él se aprovechaba de tal prestigio escogiendo +el mejor lugar cerca del caldero, cuando llegaba la hora de la cena, y +el rincón más cómodo para dormir. También eludía los trabajos pesados, +confiándoselos á alguno de sus fervientes admiradores. + +Un anochecer, después de la cena, el tío Correa, sentado en el suelo, +contemplaba su plato de metal ya vacio, dando chupadas al mismo tiempo á +un cigarro que se resistía á arder. + +Su camisa entreabierta dejaba á la vista la desnudez de un pecho +cubierto de espesa pelambrera gris. En torno de él, unos veinticinco +segadores españoles formaban corro sentados en el suelo, y los últimos +fulgores de la hoguera se reflejaban en sus rostros barnizados por la +causticidad del sol. + +Algunas estrellas empezaban á titilar sobre la púrpura de un cielo +ensangrentado por el ocaso. Los campos se extendían pálidos, con los +contornos esfumados por la incierta luz del anochecer. Los había que +estaban ya segados y exhalaban por sus heridas todavía abiertas el calor +almacenado en su seno. Otros conservaban su onduloso manto de espigas, +que empezaba á estremecerse bajo los primeros soplos de la brisa +nocturna. Las máquinas agrícolas se destacaban sobre el rojo sombrío del +horizonte como animales monstruosos que empezasen á surgir de las +profundidades de la noche. Los tractores automóviles y las trilladoras +parecían tomar en la obscuridad creciente los mismos contornos de los +seres gigantescos que habían corrido por estas llanuras en los tiempos +prehistóricos. + +--¡Ay, hijos míos!--dijo el tío Correa quejándose de un persistente +dolor en sus articulaciones--. ¡Lo que ha de trabajar y sufrir un hombre +para ganarse el pan de cada día!... + +Después de esta lamentación siguió hablando, en medio de un profundo +silencio. Todos los ojos estaban fijos en él. Sus compatriotas esperaban +un cuento divertido que les hiciera reir ó una historia interesante que +les obligase á estirar el cuello con asombro y curiosidad, hasta la hora +de acostarse. Pero en la presente noche el viejo se mostraba taciturno y +más dispuesto á las lamentaciones que á distraer á camaradas. + +--Y siempre será así--continuó--. El mal no tiene remedio. Siempre habrá +ricos y pobres, y los que han nacido para servir á los otros tienen que +resignarse con su triste suerte. Bien lo decía mi abuela, y eso que fué +mujer. Eva es la que tiene la culpa de la falta de igualdad que hay en +el mundo, y los que pasamos la vida rabiando para servir y engordar á +los otros debemos maldecir á la primera mujer por la esclavitud á que +nos condenó. Pero ¿qué cosa mala no han hecho las mujeres? + +El deseo de quejarse que sentía esta noche le hizo recordar á un español +llevado por la mañana al pueblo más próximo, ó sea á treinta kilómetros +de la estancia, para que lo curasen. Uno de sus brazos había sido +alcanzando por el engranaje de una trilladora, sufriendo una +trituración horrible. El infeliz iba á quedar mutilado para siempre, +arrastrando una vida de miserias y privaciones. + +El recuerdo de tal suceso aumentó la inquietud y la tristeza de los que +escuchaban á Correa; pero como si éste se arrepintiese del silencio +trágico que pesaba en torno de él, se apresuró á añadir: + +--Es una víctima más de la injusticia de nuestra abuela. Eva es la única +responsable de que las cosas marchen tan mal en nuestro mundo. + +Y como sus camaradas, especialmente los que le conocían poco tiempo, +mostraban un vehemente deseo de saber por qué motivo era Eva la +responsable de sus desgracias, el viejo empezó á contar á su modo la +mala broma que la primera mujer se había permitido con los hombres. + +El tío Correa tenía «sus letras». En su país natal llevaba ejercidas +diversas profesiones, mostrándose siempre un incansable lector de +diarios. Además, había asistido á muchas reuniones políticas y trabajado +en las elecciones, pronunciando discursos á su modo en las tabernas del +pueblo. + +Lo que iba á contar ahora no era un cuento. Se trataba de un «sucedido», +aunque extremadamente remoto, pues ocurrió algunos años después que Adán +y Eva fueron expulsados del Paraíso y condenados á ganar el pan con el +sudor de su rostro.... + +¡Cómo hubo de trabajar el pobre Adán!... El tío Correa fué enumerando +todas las cosas que el primer hombre se vió obligado á improvisar para +cumplir sus obligaciones de padre de familia. En unos cuantos días tuvo +que hacer de albañil, de carpintero y de cerrajero, construyendo una +casa para albergar á Eva y á sus hijos. + +Después hubo de domesticar á muchos animales, para que su trabajo +resultase más fácil y su nutrición más abundante. Enganchó al caballo, +puso el yugo al buey, persuadió á la vaca de que debía permanecer quieta +en un establo y dejarse ordeñar resignadamente; también logró convencer +á la gallina y al cerdo de que les convenía vivir cerca del hombre, para +que éste pudiera matarlos cómodamente cada vez que le apeteciese +alimentarse con sus despojos. + +--Y además--continuó el segador--, Adán tuvo que desmontar las tierras +vírgenes antes de cultivarlas, y echar abajo árboles inmensos, y todo lo +hizo con herramientas de madera y de piedra inventadas por él. No +olvidéis, hijos míos, que en esa época, Caín, que es el primer herrero +de que habla la Historia, estaba todavía dando chupones á los pechos de +su madre.... + +Como el hombre no vive sólo de pan y las golosinas son las que hacen la +vida agradable, Adán prestó más atención á su huerto, donde crecían los +primeros árboles frutales, que á los campos, donde cultivaba otros +artículos más sólidos é importantes para la nutrición. EL tío Correa, +excitado por los recuerdos de su país en esta pampa monótona, donde sólo +hay trigo y carne, iba mencionando los árboles de dulces frutos que +embellecieron el primer huerto creado por el hombre. Describía la +higuera, de hojas puntiagudas como manos abiertas, cuyo tronco rugoso y +gris parece forrado con piel de elefante, y que en las mañanas de sol +deja caer de rama en rama un fruto que, al aplastarse en el suelo, abre +sus entrañas rojas y granuladas. Había también en dicho huerto el +naranjo, con su perfume de amor y sus redondas cápsulas de miel +encerradas en esferas de oro; y las diversas clases de melocotones, y el +plátano, y el melón, que vive junto al suelo para absorber mejor sus +jugos, concentrándolos en una carne de dulce marfil. + +A veces Adán recordaba el manzano del Paraíso y la serpiente enrollada á +su tronco que había dado consejos á su mujer, inspirándole estúpidos +deseos. Pero al contemplar luego su huerto, se encogía de hombros. La +obra de sus manos le parecía más firme y de mayor porvenir que la +creación improvisada del Paraíso. + +--Podía sentirse orgulloso de su obra--continuó el viejo--, pero su +trabajo le costaba. Habríais sentido lástima al verle tan consumido. +Sólo le quedaban los huesos y la piel, después de tantos esfuerzos. +Parecía tener dos siglos más que su edad. En cambio, Eva podía pasar por +su biznieta. + +Esto último no sorprendía al tío Correa. En sus andanzas, había viajado +por los países más adelantados y modernos, observando muchas veces que +el marido trabaja con una intensidad extraordinaria, pasando el día +fuera de su domicilio en lucha áspera por conquistar el dinero, mientras +la mujer se queda en su salón tocando el piano y recibiendo visitas. Y +como resultado de esta desigualdad en el trabajo, las mujeres parecen +las hijas de sus esposos, y éstos mueren, generalmente, mucho antes que +ellas. + +--Yo no sé verdaderamente quién murió antes, si Eva ó Adán--continuó el +viejo--; pero apostaría, sin miedo á perder, que fué el pobre Adán. Eva +debió sobrevivirle, siendo una viuda rica de las que saben administrar +sus bienes; y así viviría mucho tiempo, amada y respetada por sus hijos, +para que no los excluyese del testamento. + +¡Pobre Adán!... A veces su cansancio era tan grande después del trabajo, +que le faltaba la respiración y tomaba asiento en el umbral de su casa, +para reposar un poco. + +Había pasado el día entero cavando la tierra ó domando el caballo +salvaje y el toro feroz. Sentía un fuerte deseo de contemplar á su Eva +unos instantes; el mismo deseo que sienten muchos de adorar á los seres +que los maltratan; la admiración irresistible que nos inspira todo lo +que nos cuesta muy caro. ¿Y esta mujer no le había costado el +Paraíso?... + +Eva parecía siempre hermosa, á pesar de que daba al mundo un niño todos +los años, y á veces dos. No podía hacer menos, teniendo la misión de +poblar la tierra entera. + +Apenas Adán, sentado en el umbral de la puerta, se enjugaba el sudor de +la frente y empezaba á gustar la dulce voluptuosidad del reposo, cuando +la voz de Eva le arrancaba de este deleite fugitivo. + +--Oye, Adán: ya que no tienes nada que hacer, podías entretenerte +poniendo la mesa. + +Otras veces Eva se mostraba injusta y cruel. + +--Adán, lávame los platos. Es una vergüenza que estés ahí, mano sobre +mano, mientras yo me mato de trabajar. + +Pero en ciertas ocasiones tomaba el tono de una súplica dulce y +acariciante. + +--Oye, maridito mío: tú que eres tan bueno, ¿por qué no das un paseo al +bebé en su cochecito? El último que ha nacido, ¿sabes? el que lleva el +número setenta y dos. Ya ves, alma mía, que, sola como estoy, no puedo +llegar á cuidarlos á todos. + +Y el trabajador infatigable, procreador de un mundo entero, debía poner +la mesa, lavar los platos y pasear al recién nacido en un cochecito de +su invención. + +Eva trabajaba igualmente. No era floja labor limpiar los mocos, todas +las mañanas, á siete docenas de niños, lavarlos y ponerlos á secar al +sol, é impedir que se peleasen entre ellos hasta la hora del almuerzo. +Pero su vida estaba agriada por otras preocupaciones. + +Al encontrarse fuera del Paraíso, sintió inmediatamente los primeros +tormentos del pudor y de la vergüenza. Su larga cabellera ya no le +pareció bastante para ocultar su desnudez, como en los tiempos en que no +había escuchado aún á la maligna serpiente. Viéndose en el mundo vulgar, +como simple mujer de labrador, después de haber sido primera dama en el +Paraíso, tuvo que hacerse á toda prisa un manto de hojas secas que la +protegiese del frío y le permitiera mostrarse con un aspecto de persona +decente ante los seres celestiales.... Pero ¿cómo puede una señora tener +buen aspecto llevando siempre el mismo vestido?... Esto equivalía, +además, á colocarse al mismo nivel de los animales inferiores, que desde +que nacen hasta que mueren llevan siempre el mismo pelaje, las mismas +plumas ó el mismo caparazón. + +Eva era un ser razonable, capaz de las infinitas variaciones que forman +el progreso, y por esto se dedicó á perfeccionar el arte del +embellecimiento de su persona. + +Con el noble deseo de sostener la superioridad humana sobre los demás +seres creados, se hizo un vestido nuevo todos los días. Esta resolución +no era dictada por la vanidad, ni por el frívolo deseo de gustar á los +hombres ó de hacer rabiar á las amigas, como han pretendido después +algunos filósofos malhumorados. + +Eva puso á contribución para su adorno todos los recursos de la +Naturaleza: las fibras de las plantas, las pieles de los cuadrúpedos, +las cortezas de los árboles, las plumas de los pájaros, las piedras +brillantes ó coloreadas que la tierra vomita en sus accesos de cólera. + +La tarea de inventar nuevos vestidos y adornos fué tan importante para +ella y de tal modo deseó la novedad y la variedad, que la vida cambió +completamente en la granja de Adán. Los hijos no vieron á su madre en +muchas horas, y á veces durante jornadas enteras. Los pequeños se +revolcaban en el suelo, cubiertos de una costra de suciedad, mientras +los mayores reñían á puñetazos para dominarse unos á otros, ó golpeaban +á los hermanos débiles que se resistían á servirles de esclavos. + +A veces la tribu entera se ponía de acuerdo para saquear la despensa +paternal, devorando en unas cuantas horas todas las provisiones que Adán +había almacenado para una semana. + +--¡Mamá! ¡Mamá!... + +Un coro de voces infantiles estallaba en el interior de la casa, como si +implorase socorro. + +--¡Callad, demonios! Dejadme en paz. Es imposible tener un rato de +tranquilidad en esta casa. + +Y después de imponer silencio con voz amenazante, Eva reanudaba el curso +de sus meditaciones. + +--Veamos: ¿qué tal resultaría una capa de piel de pantera con cuello de +plumas de lorito, y un sombrero de cortezas adornado con rosas y rabos +de mono?... + +Su imaginación no se cansaba de concebir las más prodigiosas creaciones +para el ornato de su persona. Luchaba entre el deseo de mostrar los +ocultos tesoros de su belleza y un sentimiento de modestia y de pudor +propio de una madre. + +Cuando se decidía por una falda corta que apenas le llegaba á las +rodillas, inventaba inmediatamente, á guisa de compensación, unas mangas +muy largas y un cuello que subía hasta sus orejas. Si, en un acceso de +coquetería audaz, creaba un traje de ceremonia, sin mangas y muy +escotado, buscaba inmediatamente volver á la virtud, fabricándose una +falda que le cubría la punta de los pies y arrastraba la cola sobre el +suelo, con un fru-fru semejante al ruido otoñal de las hojas secas. + +Mientras tanto, Adán iba casi desnudo, mostrando sus vergüenzas de puro +pobre. Su ropero sólo contenía unas cuantas pieles de oveja viejas y +rotas que estaban esperando una recomposición. Pero la mujer, ocupada en +sus fantasías suntuarias, no encontraba nunca media hora libre para este +remiendo. + +El primer hombre mostraba una viva admiración por las transformaciones +continuas que iba notando en Eva. Una mañana su cabellera ostentaba el +rojo ardiente del mediodía; á la mañana siguiente tenía el oro suave de +la aurora; dos días después sus cabellos mostraban la negrura profunda +de la noche. Ciertas tardes venía al encuentro de Adán con una falda +voluminosa, casi esférica desde el talle á los pies, y tan ancha, que le +era difícil pasar la puerta. Pero como la moda está formada de cambios +bruscos y contrastes violentos, al día siguiente mostraba una segunda +falda, tan estrecha y ajustada como la funda de un espadín, y apenas si +podía marchar, saltando lo mismo que un pájaro. + +Su rostro también pasaba por estas extremadas transformaciones. A lo +mejor estaba pálida, con la blancura del polvo de los caminos, cual sí +acabase de sufrir una emoción mortal; otras veces sus mejillas eran tan +rojas que parecían reflejar el fuego del sol poniente. + +Adán se sentía feliz al contemplarla, á pesar de que ella lo maltrataba +lo mismo que antes, obligándole á desempeñar muchas funciones domésticas +cuando venía cansado del trabajo en los campos. El pobre, gracias á tan +costosas transformaciones, creía tener una mujer nueva cada veinticuatro +horas. + +Eva, en cambio, se aburría, con un tedio mortal. ¿Para qué adornarse +tanto, si ningún otro ser humano, aparte de su marido, podía verla?... +Sin embargo, estaba convencida de que era la admiración de todo cuanto +le rodeaba. + +Su vanidad había acabado por hacerla entender el lenguaje de los +animales y de las cosas, incomprensible hasta entonces para las +personas. + +Cada vez que salía de su casa, la selva entera se animaba con un +murmullo de curiosidad femenil; los pájaros dejaban de volar, los +cuadrúpedos se detenían en mitad de sus carreras locas, y los peces +sacaban la cabeza sobre la superficie de ríos y estanques. + +--Veamos lo que ha inventado hoy para imitarnos--gritaban los loros y +los monos insolentes desde lo alto de los árboles. + +--¡Muy bien, hija mía!--aprobaba el elefante con lentos movimientos de +su trompa y el toro agitando su armado testuz. + +--¡Venid á ver la última creación de Eva!--piaban millares de pájaros en +el follaje. + +Esta ovación de la Naturaleza, que en los primeros días hizo enrojecer +de orgullo á nuestra primera madre, fué acogida finalmente con +indiferencia por ella. Era el aplauso de una muchedumbre inferior, y Eva +aspiraba á la aprobación de sus iguales. La única persona ¡ay! que podía +admirar los inventos y los matices de su buen gusto era su marido; y un +marido es un ser respetable que merece cierta atención, sobre todo +cuando mantiene la casa, pero resulta ridículo que las mujeres se vistan +para no ser admiradas mas que por sus esposos. Es como si un poeta +hiciese sus versos únicamente para leerlos á los individuos de su +familia. + +No; la mujer es una artista, y como todos los artistas, necesita un +público grande, inmenso, á quien inspirar la admiración y el deseo, +aunque no piense ni remotamente en satisfacer ese deseo.... Y como no +había en el mundo otro hombre que su marido, y éste le interesaba muy +poco, Eva empezó á pensar en los bienaventurados que habitan el cielo y +muchas veces habían ido á hacerle visitas cuando ella ocupaba el +Paraíso. + +Al llegar aquí, el tío Correa interrumpió su relato para dar una +explicación que consideraba necesaria. + +Como Dios es un rey, los que le rodean se esfuerzan por imitar á los +cortesanos terrenales, adoptando todos los sentimientos y las pasiones +de su regio amo con más firmeza que éste. Apenas el Omnipotente +manifestó su cólera contra Eva y su marido arrojándolos del Paraíso, los +habitantes del cielo rompieron sus amistades con ella y con Adán, +retirándoles el saludo y evitando todo encuentro. + +A veces, cuando Eva se contemplaba en el cristal de un pequeño lago que +le servía de espejo, oía á sus espaldas un ruido de alas. Era un +arcángel que iba á llevar un recado del Señor, cumpliendo sus funciones +de mensajero celeste. + +Eva lo reconocía, se acordaba perfectamente de que le había sido +presentado asistiendo á sus recepciones en el Paraíso. Pero en vano +tosía ó cantaba entre dientes para atraer su atención, adoptando +posturas interesantes; el viajero aéreo se resistía á reconocerla, +batiendo con apresuramiento sus alas para alejarse lo más pronto +posible. + +--¡De qué le sirve á una ser hermosa y vestir bien, si no recibe visitas +y está condenada á vivir al margen de la sociedad!--decía Eva +amargamente. + +Y á impulsos de su rabia, desgarraba sus trajes más originales apenas +terminados, buscando además camorra al pobre Adán, para acusarlo de ser +el único autor de la pérdida del Paraíso. + +--Sí, tú fuiste, ¡no lo niegues!--gritaba ella--. Tú me hiciste perder +aquel jardín tan agradable y distinguido, con todas mis brillantes +relaciones. Tú hiciste no sé qué lío con la serpiente, excitando la +cólera del Señor. + +Y el pobre Adán sólo sabía decir, como único remedio expuesto +tímidamente: + +--¡Si te ocupases un poco más de los niños! ¡Si dedicases menos tiempo á +tus modas!... + +Al oir estos consejos vulgares, la indignación daba á Eva un lenguaje +poético. + +--¿Quieres acaso que vaya desnuda?--decía con altivez--. Mira lo que +hace el viento; es menos interesante que yo, no tiene cuerpo, y sin +embargo se envuelve en una capa de polvo al correr á lo largo de los +caminos y de un manto de hojas secas cuando atraviesa las selvas. + + + + +II + + +De vez en cuando un querubín volaba en torno á la granja, como un palomo +perdido. + +Huyendo por algunas horas de la tarea de hacer gorgoritos en los coros +celestiales, había osado descender á las regiones terrestres, con la +esperanza de que el Señor le perdonaría esta escapada cuando le contase +lo que había visto y cómo progresaban los negocios de los humanos +después del pecado original. + +Eva, con sus ojos de mujer curiosa, no tardaba en descubrir la carita +mofletuda que le estaba espiando medio oculta en las espesuras del +follaje. Entonces, iniciando una de sus más hermosas sonrisas, lo +llamaba: + +--Oye, chiquitín, ¿vienes de allá arriba? ¿Cómo está el Señor? + +Viéndose descubierto, el niño celestial se aproximaba hasta dejarse caer +sobre las rodillas de nuestra madre. + +El Señor se mantenía, como siempre, inmutable y magnífico. + +--Cuando le veas--continuaba Eva--, dile que estoy muy arrepentida de mi +desobediencia. ¡Qué tiempo tan agradable el que pasé en el Paraíso! ¡Qué +espléndidas recepciones daba yo allá! ¡Y qué _buffet_ tan +distinguido!... ¡Ay, las tortas celestiales!... + +Una de sus melancolías más dolorosas era á causa de las tortas +celestiales. Eva lamentaba su pérdida tanto como la de la amistad de los +bienaventurados. + +En vano Adán se calentaba la cabeza buscando algo adecuado para +sustituirlas. Hizo tortas de trigo, que roció con la miel de las abejas, +recientemente subyugadas; secó los frutos de la viña, inventando las +pasas antes que el vino, y así llegó á descubrir el _pudding_. Pero +ninguna de tales golosinas pudo hacer olvidar á su mujer las tortas +deliciosas que ella encargaba á los pasteleros del cielo para sus tés +paradisíacos de cinco á siete de la tarde. + +--Dile también--continuaba Eva--que ahora trabajamos y sufrimos mucho. +Dile que deseamos verle, una vez solamente, para presentarle nuestras +excusas. Mi marido y yo necesitamos convencernos de que Él no nos guarda +rencor. + +--Se hará como se pide--contestaba el pequeñuelo. + +Y dando dos ó tres golpes de ala, se perdía en las nubes. + +Pero por más recados de esta clase que dió, nunca pudo conseguir una +respuesta de lo alto. En general, la mayor parte de los volátiles +celestes jamás volvían á las regiones terrenales, pero de tarde en tarde +la mujer de Adán lograba reconocer la cara de alguno de estos seres +alados. + +--Sé quién eres, pequeño--decía--. La semana pasada te vi rondando por +estos sitios. ¿Diste al Señor mi recado? ¿Qué es lo que contestó? + +Las más de las veces los ángeles permanecían silenciosos ó balbuceaban +palabras sin ilación, como niños bien educados que no quieren decir +cosas desagradables á una señora. + +--¡Pero Él te habrá dado alguna respuesta!--insistía Eva--. ¡Vamos, +habla! + +Y una vez encontró á un querubín pequeñito, de cara mofletuda, que le +respondió: + +--Sí, señora. Su Divina Majestad ha contestado algo. Al darle yo su +recado, me dijo: «¿Pero es que ese par de sinvergüenzas viven +todavía?...» + +Eva sólo quiso ver en tales palabras una broma de niño falto de buena +crianza. Juzgaba imposible que el Señor hubiera dicho esto. Si insistía +en mantenerse invisible, era seguramente porque estaba muy ocupado en la +dirección de sus dominios infinitos, no quedándole media hora libre para +dar un paseo por la tierra. + +Una mañana fué recompensada su fe en la bondad divina. Se presentó un +mensajero celeste, saltando de nube en nube, y gritó á Eva: + +--Escucha, mujer: si no llueve esta tarde, es posible que el Señor venga +á haceros una visita corta. ¡Ha pasado tanto tiempo sin ver la +tierra!... Anoche, hablando con el arcángel Miguel, le dijo: «A veces me +pregunto en qué habrán venido á parar aquellos dos canallas +desagradecidos que teníamos en el Paraíso. Me gustaría verlos.» + +Eva quedó aturdida por la noticia, y llamó á Adán, que trabajaba en un +campo próximo. + +¡Cómo describir la agitación que conmovió á la granja!... El tío Correa +la comparaba con la fiesta del santo patrono en cualquier pueblo de +España, cuando las mujeres limpian en la víspera sus casas, desde la +puerta al tejado, preparando además la gran comilitona del día +siguiente. + +La esposa de Adán barrió y lavó los pisos de la entrada de la casa, de +la cocina y del dormitorio. También puso una colcha nueva sobre la cama +y frotó las sillas con arena y jabón. Después inspeccionó el guardarropa +de la familia, y al ver que las pieles de cordero de su marido no +estaban presentables, le confeccionó en un momento una casaquilla de +hojas secas. ¡Para un hombre, bien estaba! + +El tiempo restante lo consagró al adorno de su persona. Contempló con +mirada perpleja unos cuantos centenares de vestidos que había hecho y +rehecho, preguntándose con desconsuelo: + +--¿Cómo me arreglaré para recibir dignamente á tan gran personaje? +Verdaderamente, tengo muy poco que ponerme. + +Miró con ternura una larga túnica negra, de corte severo, que no dejaba +visible ni una línea de su blanco cuerpo. Pero á continuación pensó que, +por ser hombres todos los visitantes, no convenía recibirlos con tanta +austeridad. + +Acababa de escoger uno de sus trajea mixtos, muy atrevido por un extremo +y muy discreto por el otro, cuando llegó á sus oídos una verdadera +tempestad de gritos y llantos. Toda su prole se sublevaba. Sólo se +componía de unos cien muchachos, pero se hubiera dicho que la tierra +entera había empezado á gritar. + +Por primera vez en su vida Eva contempló atentamente á sus hijos. Eran +demasiado feos para presentarlos al Señor. Tenían los cabellos en +maraña, las mejillas manchadas de barro seco y las narices cubiertas de +costras. Eva, absorbida por sus inventos de modista, los había olvidado +durante meses y meses. + +--¿Cómo presento estos granujas á Dios?... El Todopoderoso va á creer +que soy una sucia y una mala madre.... Porque el Señor es hombre, y los +hombres no comprenden lo difícil que es cuidar á tantos chiquillos. + +Después de esto empezó á insultar á Adán, como si éste fuese el +responsable del abandono en que vivían sus hijos. + +Pero transcurría el tiempo y era urgente tomar una resolución. Luego de +muchas dudas y titubeos, Eva escogió á los hijos preferidos (¿qué madre +no los tiene?) para lavarlos y vestirlos lo mejor que pudo. Después +empujó á los otros á puro cachete, hasta dejarlos encerrados en un +establo, bajo llave, á pesar de sus protestas. + +Ya llegaban los visitantes. Eva apenas tuvo tiempo de dar una última +mano al arreglo de su persona. Sacudió su vestido para hacer desaparecer +las arrugas de la lucha con la terrible chiquillería y se pasó un peine +por los pelos alborotados. + +En el horizonte, una columna de nubes, blanca y luminosa, descendió del +cielo hasta posarse en la tierra. Empezó á sonar un ruido de alas +innumerables, acompañado por las voces de un coro inmenso, cuyos +«¡hosanna!» repercutieron á través del espacio infinito. + +Los primeros viajeros celestes, desembarcando de la nube que los había +traído, empezaron á remontar el sendero de la granja. Estaban envueltos +en tal esplendor, que parecía que todas las estrellas del firmamento +hubiesen bajado á la tierra para juguetear entre los bancales de trigo +cultivados por Adán. + +Iba delante la escolta de honor, compuesta de un destacamento de +arcángeles cubiertos de cabeza á pies con centelleantes armaduras de +oro. Después de haber envainado sus sables, se acercaron á Eva para +decirle unos cuantos chicoleos, asegurando que no pasaban por ella los +años y que se mantenía tan fresca y apetitosa como en los tiempos que +habitaba el Paraíso. + +--Los soldados son así--explicó el tío Correa--. Allá donde van se lo +comen todo, y lo que no se comen lo rompen ó se lo apropian. Cuando ven +á una mujer sienten excitado su heroísmo, lo mismo que si oyesen sonar +el toque de asalto.... + +Total: que algunos más atrevidos intentaron unir los actos á las +palabras, abrazando á Eva. Pero ésta tenía cerca su escoba, y los obligó +con una rápida contraofensiva á refugiarse en la huerta, donde se +subieron á los árboles. + +El viejo segador rió un poco, añadiendo después: + +--El pobre Adán no sabía qué hacer. «¡Van á comerse todos mis higos y +mis melocotones!», gritó levantando los brazos. Para él hubiera sido +mejor un ciclón en su huerto que la entrada de la alegre soldadesca. +Pero como era hombre de tacto, aunque juró un poco, acabó por callar. + +El Señor llegaba ya. Su barba era de plata y su cabeza tenía como adorno +un triángulo resplandeciente que lanzaba rayos lo mismo que el sol. +Detrás venía Miguel, con una armadura incrustada de piedras preciosas +formando fantásticos dibujos. Cerraban la marcha todos los ministros y +altos dignatarios de la corte celestial. + +--El Creador saludó á Adán con una sonrisa de lástima--prosiguió el +viejo--. «¿Cómo estás, infeliz?», le preguntó. «¿Tu mujer no te ha +metido en nuevos líos?...» Después acarició á Eva, tomándole la +barbilla. «¡Hola, buena pieza! ¿Aún continúas haciendo locuras?» + +Conmovidos por tanta simplicidad, los esposos ofrecieron al Señor el +único mueble que poseían, semejante á un trono. Era una silla de brazos +como las mejores que se pueden encontrar en una granja rica. + +--¡Qué asiento, hijos míos!--dijo el tío Correa con entusiasmo--. Ancho, +blandísimo, hecho con madera de algarrobo de la mejor y con cuerda de +esparto bien tejido; un sillón, en fin, como sólo puede tenerlo un cura +de pueblo rico. + +Sentado en él Su Divina Majestad, fué escuchando lo que le contaba Adán, +sus fatigas, sus malos negocios, las dificultades que había de vencer +para ganar el sustento de él y su familia. + +--¡Muy bien! ¡Me alegro mucho!--decía el Señor, mientras una sonrisa +agitaba su barba resplandeciente--. Eso te enseñará á no desobedecer á +tus superiores, y sobre todo, á no seguir los consejos de una hembra. +¿Creías acaso que ibas á comer gratis en el Paraíso y hacer al mismo +tiempo lo que se te antojase?... ¡Sufre, hijo mío! ¡Trabaja y rabia! Así +aprenderás lo que cuesta la libertad. + +El Señor contempló luego á Eva. Desde mucho antes le había dirigido +rápidas miradas de curiosidad y de indignación. Era la primera vez que +veía á una mujer vestida. ¿De dónde había salido este animal de plumaje +fantástico, este loro sin alas, cuya forma absurda y colores chillones +no hubiera podido concebir Él, ni aun en sus momentos de más frenética +creación?... + +Dándose cuenta de que el Señor la observaba, Eva fué adoptando las +actitudes que consideró más interesantes, esforzándose por hacer valer +con ellas las gracias de su cuerpo y la elegancia de sus adornos. Al +mismo tiempo sonreía, segura de sí misma. + +--Y el Todopoderoso--continuó el tío Correa--no pudo menos de reconocer +cierta gracia en estos adornos mujeriles que al principio había +considerado feísimos. + +--Continúa siendo la misma frívola de siempre--murmuró el Señor +dirigiéndose al gran capitán Miguel, que le acompañaba á todas partes y +se mantenía ahora de pie detrás de su sillón--. Es la misma cabeza de +chorlito que conocimos en el Paraíso.... Pero hay que confesar que sabe +adornarse con gusto. + +Tal vez estas consideraciones, unidas á las sonrisas de Eva y al humilde +silencio con que Adán acogió las reprimendas del Señor, ablandaron el +corazón de éste. Pareció arrepentirse de su anterior severidad, y añadió +con un tono de benevolencia: + +--No esperéis que os perdone, permitiendo que volváis á disfrutar por +segunda vez los placeres del Paraíso. Lo que está hecho ya está hecho, y +debéis sufrir los efectos de mi maldición. Mi palabra es sagrada; y si +la retirase, me desconocería á mí mismo.... Pero ya que he venido á +veros, no quiero irme sin dejar un recuerdo de mi visita. A vosotros no +puedo daros nada: los dos estáis malditos; pero vuestros hijos son +inocentes y tendré mucho gusto en hacer un don á cada uno de ellos.... +Yo había creído que teníais una descendencia más numerosa. ¿Sólo cuatro +hijos? Seguramente que no me arruinaré con mis regalos. Anda, Eva, +tráeme á tus pequeños. + +Los cuatro pilletes se alinearon ante el Todopoderoso, que los examinó +atentamente. + +--Ven aquí, tú--dijo designando á un pequeño, serio y gordo, de mirada +penetrante y cejas fruncidas, que había estado chupándose un dedo +mientras escuchaba gravemente la conversación--. Te confiero el poder +de juzgar á tus iguales. Serás el dispensador de la justicia; +interpretarás según tu criterio las leyes hechas por los otros; poseerás +el privilegio de establecer lo que es el Bien y lo que es el Mal, +cambiando de opinión cada siglo. Sujetarás todos los delincuentes á las +mismas reglas penales, medida tan cuerda y acertada como si los médicos +pretendiesen curar á los enfermos con el mismo remedio. Tu situación +será en el mundo la más estable é inconmovible. Podrá ocurrir que los +hombres duden con el tiempo de todo lo que les rodea. Hasta llegará un +día en que se atrevan á discutir mi existencia y á negarme. Pero no +temas por ti. Tú serás la Justicia augusta é infalible, incapaz de +equivocarse, sin la cual no es posible la vida. Los mismos que ostenten +como un título de gloria su incredulidad absoluta, se indignarán si +alguien tiene la audacia de poner en duda tu rectitud. Y si incurres en +errores que cuestan la vida ó la libertad á los hombres, la mayoría +disimulará tu horrible equivocación, apelando al «carácter sagrado de la +cosa juzgada». + +El Todopoderoso hizo señal para que avanzase un segundo muchacho. + +Era moreno, de aspecto jovial y atrevido, con la cabeza puntiaguda, la +mandíbula cuadrada y unas orejas prominentes. Llevaba siempre en su mano +derecha un bastón, con el que pegaba á sus hermanos. A la hora de las +comidas se apoderaba de las porciones de los otros, amenazándoles si +protestaban. + +Al llegar á corta distancia del Todopoderoso se cuadró, con las manos +pegadas á los muslos y los ojos fijos, lo mismo que un soldado alemán +bien disciplinado. + +Y el Señor le dijo: + +--Tú serás el hombre de guerra, el héroe. Conducirás tus semejantes á +la muerte, como el matarife guía los rebaños al matadero. Esto no +impedirá que todos te admiren y te aclamen (hasta aquellos mismos que +serán hechos pedazos bajo tu dirección), pues emplearás como fetiches de +poder inagotable las palabras Gloria, Honor, Patria, Bandera. Los +hombres hablarán con emoción de leyes morales y mandamientos religiosos +que les ordenan «no matarás», «no robarás», «amarás á tu prójimo como á +ti mismo»; pero tú, guerrero semejante á un semidiós, vivirás más allá +del Bien y del Mal. Si los otros hombres matan, serán juzgados como +criminales y terminarán sus días en un presidio ó en el cadalso. Tú, por +el contrario, te agrandarás en proporción de tus matanzas, y cuando las +gentes te admiren cubierto de sangre humana, gritarán á coro: «¡Este es +un verdadero héroe!» + +»Si alguna vez deseas un territorio, lo primero que harás será +apoderarte de él por la fuerza, exterminando á todos los que intenten +resistirse en nombre de sus antiguos derechos. Siempre encontrarás +jurisconsultos que se encarguen de probar, textos en mano, tu derecho á +la posesión de las tierras conquistadas. Comete toda clase de +atrocidades...pero vence. Nunca dejarás de tener razón si eres +victorioso. Nadie osa pedir cuentas al conquistador, y en sus templos, +los sacerdotes de todas las religiones cantarán por tu salud, celebrando +tu triunfo. Inunda los países de sangre, pasa los pueblos á cuchillo, +incendia las ciudades, mata, destruye, roba.... Esto no impedirá que los +poetas te celebren y los historiadores perpetúen tus hazañas más que si +fueses un benefactor de la humanidad. Pero los que intenten imitarte y +cometan tus mismas atrocidades sin vestir unas ropas de corte y color +especiales llamadas uniforme, arrastrarán una cadena en el calabozo de +una cárcel.... Puedes retirarte. ¡Que avance otro!. + +El tercero era un adolescente, seco de carnes, nervioso, con una palidez +verdosa y los ojos de mirada astuta. + +Reflexionó el Señor un instante antes de decidir lo que haría de él, y +dijo finalmente: + +--Tú dirigirás los negocios del mundo, siendo al mismo tiempo mercader y +banquero. Prestarás oro á los reyes, lo que te permitirá tratarlos como +si fuesen tus iguales; y si llegas á arruinar á toda una nación en +provecho tuyo, el mundo admirará tu habilidad. Tus grandes combinaciones +financieras extenderán el pánico por el universo entero, haciendo pesar +sobre las ciudades horas de angustia mortal. Tus victorias en la Bolsa +irán acompañadas por los pistoletazos de tus víctimas empujadas al +suicidio y los llantos de sus familias. Provocarás guerras +incomprensibles y favorecerás tratados de paz ruinosos, siendo +responsable del envío de acorazados y de ejércitos expedicionarios para +sostener tus reivindicaciones injustas y usurarias contra las naciones +débiles. + +»Tus hijos creerán proteger las artes manteniendo lujosamente +bailarinas, cantantes ó simples portadoras de costosos trajes y joyas +inauditas para halago de su orgullo. Tú, retenido por tus negocios, +envejecerás y llegarás tarde á la escena de la vida, para ser un Mecenas +de esta especie, contentándote con proteger á los pintores. + +»La disparidad de opiniones más absoluta acompañará el recuerdo de tu +nombre durante treinta ó cuarenta años, porque tu nombre, como el de los +tenores y el de los cómicos, vivirá nada más lo que vivan las personas +que te conocieron. «Sirvió al progreso humano», dirán algunos +acordándose de tus flotas de buques mercantes y de las vías férreas con +que surcastes los desiertos. «Era un bandido», afirmarán otros pensando +que por cada kilómetro de rieles colocados llenaste un cementerio de +trabajadores. «Fué un monstruo, que para ganar sus riquezas sacrificó +más vidas humanas que un conquistador.» Y todos tendrán razón, todos +dirán la verdad; porque lo que hay más divertido en la vida de los +hombres es que todos ellos hablan de la verdad, de la verdad absoluta é +indiscutible, ignorando que esta verdad absoluta no es mas que un +ensueño y que siempre habrá tantas verdades como intereses.... Acuérdate +de esto y sigue tu camino. + +Llegó el turno al cuarto muchacho, y éste avanzó. + +--Viendo al tal mocoso, el Señor empezó á reír--dijo el tío Correa--. +Apenas levantaba dos palmos del suelo; y el Omnipotente, como lo sabe +todo, vió que era el hijo preferido de su madre. + +Ésta únicamente dudaba de la justicia de su preferencia al comparar á +este pequeño con el hermano de las orejas grandes, armado siempre con un +garrote. La mujer se siente en todas ocasiones atraída por el guerrero; +pero cuando el pequeño abría la boca, Eva, completamente subyugada, +reconocía su superioridad sobre el belicoso mayor. + +El Omnipotente examinó al diminuto personaje con un regocijo mal +disimulado. Se fijó en sus robustos hombros, su cabeza enorme y su +amplia frente. Su mirada era orgullosa y sus labios se contraían con una +mueca en la que se mezclaban el menosprecio y la adulación. Tenía á la +vez algo de comediante y de rey. + +No parecía intimidado el chicuelo por la presencia del Creador. Se +mantuvo erguido, con una mano sobre el pecho y la otra apoyada en el +respaldo de una silla. Su frente elevada parecía aguardar la inspiración +de lo alto. Mostraba la rigidez de un modelo, como si estuviera delante +del escultor encargado de su futura estatua. + +Su madre le conocía bien. Cuando sentía hambre y deseaba un pedazo de +pan, nunca lo reclamaba á gritos, como los niños ordinarios. Tenía el +sentimiento precoz de las fórmulas parlamentarias, no conocidas aún en +el mundo, y decía gravemente: + +--Señora Eva, permítame su señoría una pequeña interpelación: ¿puedo +tomar un poquito de pan? + +La madre apelaba á su auxilio cada vez que tenía necesidad de mantener +tranquila á la numerosa prole, mientras se consagraba á la confección de +sus trajes. + +--Ven aquí, vida mía--suplicaba Eva--. Hazme el favor de divertir á tus +hermanos con uno de tus discursos. + +Y el niño, empujado por su propia elocuencia, hablaba horas y horas, sin +saber ciertamente lo que decía, dando tiempo á la madre para terminar su +obra. + +--Tú serás el rey de la tierra--declaró el Todopoderoso--; tú serás el +Orador, y con eso queda dicho todo. A pesar de su poder y su orgullo, +tus hermanos vivirán al amparo de tu palabra. El guerrero te obedecerá; +el juez te servirá y sostendrá, para mantener su propia situación; el +banquero te dará cuanto le pidas, para que seas su abogado y defiendas +sus terribles combinaciones. Tu único mérito consistirá en hablar bien, +y eso es suficiente para que todos te consideren el hombre más sabio de +la tierra. + +»Sin necesidad de estudiar los asuntos, hablarás de ellos +indefinidamente; si alguna vez necesitas mostrar conocimientos, serán de +tercera ó cuarta mano, y sin embargo las masas te aclamarán como un +genio. En los tiempos difíciles todos te buscarán, viendo en ti la única +esperanza de la patria. «Coloquémosle á la cabeza del gobierno, ya que +habla mejor que todos», dirán las gentes. + +»La humanidad se deja regir por una lógica absurda. Para gobernar una +nación, para administrar su hacienda y hasta para mandar sus ejércitos, +nadie vale lo que un buen orador, capaz de hablar a todas horas +fácilmente y sin fatiga. Cuando surja una guerra, tú dirigirás desde tu +sillón á los generales; cuando llegue el momento de negociar la paz, +confiarán esta misión á un congreso de oradores. La palabra gobernará al +mundo más aún que el sable. Habla, hijo mío, habla elocuentemente y sin +cansancio, y el mundo será tuyo. + + + + +III + + +Adán lloraba silenciosamente, agradeciendo las bondades del Señor. + +Sus cuatro hijos acababan de recibir la dominación de la tierra entera. + +Sin embargo, su esposa se mostraba inquieta. Varias veces estuvo á punto +de interrumpir al Omnipotente pronunciando una palabra, una sola, pero +calló en el último instante. ¿Cómo iba á detener la ola de +bienaventuranzas celestiales que se desplomaba sobre sus cuatro +hijos?... Pero el remordimiento oprimía su corazón maternal. + +Pensaba en la caterva de pequeños encerrada en el establo, que iba á +quedar privada, por su culpa, de tan generoso reparto. + +Al fin murmuró, aproximándose á Adán: + +--Voy á enseñar los otros al Señor. + +--Ya es tarde--objetó el marido--. Sería pedirle demasiadas cosas, y el +Señor puede enfadarse. + +Precisamente, en el mismo momento el arcángel Miguel, que había venido á +visitar á los dos reprobos contra su voluntad, insistió cerca de su +divino amo para que diese por terminada la visita. + +Le era insoportable este capricho del Señor, pero protestaba de él con +toda la circunspección de un ministro de la Guerra que lleva muchos +siglos acompañando á su soberano. + +--Majestad, se hace tarde--insinuó suavemente--. El sol se ocultará +dentro de poco, y las noches son ahora frescas. Sería imprudente, á los +años de Su Majestad, prolongar esta visita. + +Miguel parecía inquieto. Había una expresión de tristeza en los ojos de +este guerrero rubio, y algunas canas brillantes como la plata cortaban +el esplendor de su cabellera de oro. + +Pensaba en Lucifer. + +Lucifer había sido tan rubio, tan arrogante y tan guerrero como él. +Ahora, con el nombre de Satanás, era feo y estaba caído y pisoteado, +como todos los rebeldes que no triunfan. + +Durante muchos siglos, Miguel había permitido á los pintores y los +escultores celestiales que le representasen teniendo bajo sus pies y su +poderosa lanza á Satanás, el camarada y el adversario de otros tiempos. +No había miedo de que algún habitante del reino celestial intentase una +segunda sublevación pretendiendo continuar la rebeldía de Lucifer. Eran +demasiado listos los de arriba para incurrir en error tan grosero. Pero +el arcángel se daba cuenta de que Satanás, inerte bajo sus plantas +durante tantos siglos, como si se hubiese resignado para siempre á su +derrota, empezaba á agitarse, queriendo renovar la lucha. + +El ángel caído por su soberbia revolucionaria contaba indudablemente con +refuerzos extraordinarios, y como éstos no podía encontrarlos en el +cielo, Miguel temía que los buscase en la tierra, previendo una serie de +batallas de las cuales no saldría siempre vencedor. + +Los papeles de la eterna tragedia iban tal vez á cambiarse. Satanás +podía resultar victorioso, irguiéndose á su vez con arrogancia sobre el +cuerpo caído de Miguel, vencedor en otros tiempos y ahora vencido. + +--Majestad--insistió el guerrero--, dejemos cuanto antes á estos +importunos. + +El Señor abandonó su sillón. Fuera de la granja sonaron las notas +chillonas de las trompetas de los arcángeles tocando llamada, y los +rubios soldados de la escolta divina descendieron de los árboles con tal +violencia, que no dejaron en ellos fruto ni hoja. Una nube de langosta +no lo hubiese hecho peor. + +La guardia se formó en dos filas ante la puerta, presentando sus armas, +mientras el divino soberano salía lentamente, apoyado en un brazo de +Miguel. + +Eva le cerró el camino. + +--Majestad: un instante. + +Y corrió al establo, abriendo la puerta. + +--¡No he dicho toda la verdad!--gritó con una voz emocionada por el +remordimiento--. Tengo otros hijos. ¡Piedad, Señor, para estos pequeños! +¡Dadles un don cualquiera! ¡Que vuestra divina misericordia no los +olvide! + +El Todopoderoso contempló á esta muchedumbre de niños con estupor y +repugnancia. Al mismo tiempo, su ministro de la Guerra fruncía las +cejas, llevando instintivamente la diestra á la empuñadura del sable. + +Miguel reconoció al futuro enemigo en esta horda sucia y revoltosa. Con +estos monstruos contaba su adversario infernal para triunfar en el +porvenir. Eran sus últimas reservas, las tropas de la desesperación. +¡Qué lástima no poder aplastarlos allí mismo, antes de que llegasen á +crecer!... + +--Vamonos, Señor--dijo empujando dulcemente á su soberano--. No hay que +dar nada á esta canalla. Es mejor que todos perezcan. + +Y repelió á Eva con rudeza, ordenándole que no insistiese en su demanda +presuntuosa. + +--No puedo hacer nada, pobre mujer--dijo el Señor excusándose--. No me +queda nada que darles. Sus cuatro hermanos se lo han llevado todo.... No +llores; no me gustan las lágrimas femeninas; yo reflexionaré y tal vez +encuentre algo para ellos.... Ya veremos más adelante. + +Pero la madre no se dejó convencer por estas promesas vagas: + +--¡Señor, dadles cualquier cosa, pero ahora mismo! No importa el +donativo. ¿Quién sabe cuándo volverá por aquí Su Majestad?... Me +contento con un pequeño regalo para cada uno; un empleo, una ocupación. +¿Qué va á ser, si no, de estos pobrecitos?... + +El arcángel iba á ordenar que una escuadra de la escolta celeste +apartase á viva fuerza á esta mujer tenaz, cuando el Omnipotente +encontró una solución gracias á su sabiduría infinita. + +También él deseaba perder de vista cuanto antes la granja y su +chiquillería repugnante. + +El Señor se acarició su larga barba de plata y dijo á Eva: + +--No llores, mujer; ya les he encontrado una ocupación, y no será +ligera. Todos estos trabajarán para mantener á sus cuatro hermanos, +sirviéndoles eternamente. + +Hubo una larga pausa, y el tío Correa terminó así: + +--Vosotros y yo, y todos los que pasamos la vida encorvados sobre la +tierra para sostener nuestra miserable existencia, somos los +descendientes de aquellos infelices que nuestra primera madre encerró en +el establo. + +Los segadores quedaron en un prolongado y reflexivo silencio. Pero de +pronto, una voz surgió de la penumbra: + +--¿Y las mujeres?... ¿Qué hace usted de las mujeres? + +El tío Correa, sorprendido y perplejo, paseó una mirada por el corro de +oyentes, preguntando: + +--¿Qué mujeres son esas? ¿Qué tienen que ver las mujeres con esta +historia? + +El segador medio oculto en la obscuridad, añadió: + +--Eva, seguramente, tendría alguna vez hijas, pues de no ser así, no +existirían mujeres actualmente, y las hay en todas partes...tal vez +demasiadas; ¿no es esto, tío Correa?... Lo que yo pregunto es cuál fué +la suerte de las hijas de Eva. ¿Nuestra primera madre presentó algunas +al Señor, para que también les hiciera un regalo, ó las encerró á todas +en el establo en compañía de nuestros pobres abuelos? + +Un murmullo de curiosidad se elevó del corro, semejante al que surge de +una reunión electoral cuando el discurso del candidato queda cortado por +una objeción imprevista. + +Todos los ojos se volvieron hacia el viejo, que se rascaba la cabeza, +mirando al suelo con una expresión de inquietud y de duda. + +De pronto sonrió, triunfante. + +--Bien se ve--dijo con una voz dulzona--que el que ha hecho esa pregunta +es joven y sin experiencia. Eva era mujer y conocía demasiado bjen las +necesidades de las mujeres para perder el tiempo en peticiones +inútiles. Dios, con ser Dios y disponer de todo lo existente, no puede +dar nada á las mujeres después que han nacido. + +Hizo una larga pausa para gozar del silencio con que la curiosidad y el +interés acogían sus palabras. + +--Antes de que ellas nazcan--continuó--, Dios puede darles la belleza y +la gracia á manos llenas, y hasta algunas veces les da la discreción y +el talento. Pero después que están en el mundo, su única esperanza es el +hombre. Todo lo que son y lo que tienen lo deben al hombre. Para ellas +es el trabajo de los pobres, el poder de los que gobiernan, las hazañas +de los soldados, el dinero de los millonarios. Ellas son las que tuercen +con más facilidad la dureza de la justicia.... No; las mujeres no tienen +nada que pedir á Dios, pues todo lo reciben de los hombres.... Y los +hombres, cuando trabajan por la gloria, por la ambición ó por amor al +dinero, no hacen en el fondo mas que trabajar por ellas y para ellas. + + + + +LA CIGARRA Y LA HORMIGA + + +Reverbera en las blancas fachadas el sol de las primeras horas de la +tarde. Procuramos, en nuestros paseos por la plaza de un pequeño pueblo +valenciano, no salirnos de las islas de sombra que trazan los plátanos +sobre la tierra rojiza y ardiente. + +Silencio de sueño, calma profunda de siesta veraniega. Los únicos que +vivimos en este ambiente exuberante de luz somos mi amigo y yo, que +conversamos bajo los árboles de la plaza, los niños que ganguean á +gritos sus lecciones en la escuela próxima, siguiendo el venerable +método morisco, y los enjambres de insectos que aletean, zumban y trepan +en torno de los plátanos. + +Calla de pronto el coro escolar, y por las ventanas abiertas llega hasta +nosotros la voz de un niño, el más aplicado tal vez, que recita una +fábula: _La cigarra y la hormiga_. + +Como el griterío de una muchedumbre alborotada que contesta á +ultrajantes alusiones, suena el _chín-chín_ de numerosas cigarras +moviendo sus cimbalillos entre las cortinas del follaje. + +Mi amigo el naturalista se indigna mientras la voz infantil va +desarrollando la acción de la conocida fábula, la cigarra imprevisora y +alegre que canta sin pensar en el porvenir, y cuando llega el invierno, +transida de frío y vacilante de hambre, va en busca de la hormiga para +implorar un préstamo. El animal ordenado y económico, que tiene en torno +los sacos llenos de cosecha y se prepara á invernar en opípara +abundancia, no quiere oír la súplica de la bohemia y añade á su negativa +la burla cruel: «¿No has pasado cantando el verano mientras yo +trabajaba? Pues bien; ahora, baila.» + +--Me irrita esta fábula--dice el naturalista--. Es una historia inmoral, +que enseña á los hombres desde su infancia el respeto á la avaricia y á +la crueldad, el culto del egoísmo, la burla soez contra los idealistas, +que piensan en algo más que la satisfacción de los apetitos materiales. +Todo es mentira en este relato inventado hace miles de años. La +imprevisora y loca cigarra de la fábula es un ser laborioso y dulce, +explotado hasta la muerte. En cuanto á la hormiga, modelo de economía +doméstica que los padres ofrecen á los hijos, es una bestia rapaz que +desde el mundo de la pequeña animalidad influye fatalmente sobre los +hombres. Nuestro planeta sufre guerras y se cubre de sangre cada vez que +á un Imperio se le ocurre organizarse como un hormiguero, imitando su +férrea disciplina, su método para la acción, su soberbia, que tiende á +engañar y esclavizar todo cuanto le rodea.... + + * * * * * + +--Esa fábula es una calumnia--continúa mi amigo--. Los caracteres de sus +protagonistas aparecen en ella escandalosamente invertidos. La hormiga +es en realidad un ladrón y la pobre cigarra una víctima. + +Al poeta La Fontaine (imitado después por el fabulista español) debemos +el triunfo de este embuste, que, confiado á la memoria de los niños, +resulta inmortal. Supo describir con exactitud el carácter del lobo, del +zorro, del gato y otros animales protagonistas de sus historias. Los +había visto de cerca, eran de su país. En todas las latitudes del mundo +hablan las gentes de la cigarra á causa de la fábula, y sin embargo, son +muy pocos los que han visto cigarras. Este animal sólo existe en la +región asoleada del olivo, y París, donde vivió La Fontaine, no tiene +olivos. + +Es indudable que tomó esta historia de los griegos. Los niños de la +Atenas de Pericles, al ir á la escuela con su capacito de esparto lleno +de higos secos y de olivas, se contaban el cuento de la cigarra +imprevisora que tuvo que pedir un préstamo á la hormiga. Lo habían oído +á sus nodrizas y á sus madres cada vez que éstas les recomendaban la +necesidad de ser sobrios y ahorradores. De aquí data el error, +verdaderamente incomprensible en un país como Grecia que tiene cigarras. +La fábula, como casi todas las fábulas, procede del pueblo indostánico, +gran contemplador de la Naturaleza. Los poetas del Ganges, que conocían +exactamente la vida de las bestias, debieron poner la hormiga frente á +otro animal. Los griegos lo sustituyeron con la cigarra (monótono cantor +que metían en jaulas para que meciese sus siestas), y así ha llegado el +relato hasta nosotros, falso é indestructible, como muchas leyendas +gloriosas de la humanidad; viejo y respetable, como el egoísmo de los +hombres, ó lo que es lo mismo, como la historia del mundo. + +El sabio Fabre, poeta de los insectos, fué el primero que, en nuestra +época, escuchando á la cigarra en sus tierras de Provenza, se le ocurrió +rectificar con observaciones directas la exactitud de la fábula. Y +quedó al descubierto la gran mentira que ha servido de ejemplo moral á +los hombres y aún continuará sirviendo, pues la humanidad no deshace +camino, ni modifica fácilmente sus ideas elementales. + +Fíjese, amigo mío: la cigarra no puede implorar un préstamo para vivir +en invierno, por la simple razón de que sólo vive unas semanas y muere +en el verano. La cigarra no pedirá nunca una limosna á la hormiga +(aunque ésta fuese capaz de concedérsela), porque los granos de trigo y +los cadáveres de moscas y gusanos que guarda el negro pirata en los +almacenes de su imperio subterráneo de nada pueden servirle. La cigarra +no come, chupa. Esta bestia dulce y pacífica carece de mandíbulas y de +boca. Su herramienta para la nutrición es una lanza perforada, una +trompa sutil, con la que agujerea la corteza de las ramas. Su estómago +delicado no puede resistir los cereales y los cadáveres que alimentan á +la hormiga, bestia feroz de quijadas triturantes y patas cortadoras. +Música del sol, habitante de las alturas, poeta del follaje, se nutre +únicamente con el vino de la Naturaleza, con la savia que circula por +las arterias de los árboles. La cigarra no ha ido nunca en la realidad +al encuentro de la hormiga. La ignora ó huye de ella como de un enano +grosero y maléfico. Es la hormiga la que la busca y la acecha para +aprovecharse de su trabajo. + +Ya ve cuán lejos estamos de la fábula ofensiva para la moral y la +verdad, y cómo se transforman radicalmente los caracteres de sus +protagonistas. + +Cuando la primavera empieza á caldear el suelo, se animan las larvas que +depositaron las cigarras muertas en el año anterior. Surgen de las +entrañas de la tierra por un pozo circular que abren trabajosamente; se +izan á la primera brizna de hierba que encuentran, desgarran su dorso +repeliendo una envoltura seca como pergamino, y aparecen de un color +verde tierno que rápidamente se obscurece. Luego trepan á los árboles, +animando el silencio rumoroso de la Naturaleza con su música incansable. +En las horas de sol, la luz las embriaga con una borrachera ruidosa y +agitan locamente sus címbalos, como los devotos del cortejo de +Dionisios. Cuando todo el pueblo de los insectos desfallece de sed, +ellas son las únicas que viven en una abundancia regalada. + +Adivino desde aquí lo que ocurre sobre nuestras cabezas, á pocos pasos +de nosotros, entre esas ramas de las que salen zumbidos y aleteos. +Moscas, abejas de todas clases, y sobre todo hormigas, muchas hormigas, +van errando por las ramas en busca de una fuente. Las flores tienen la +corola agostada por el calor, las hojas duermen contraídas bajo el sol, +la vegetación, marchita, espera el beso fresco del anochecer para +reanimarse, recobrando su vital expansión. Y mientras la muchedumbre +alada ó rampante corre sedienta de un lado á otro, la cigarra se ríe de +esta escasez. Con su rostro, que es sutil, duro y perforante como una +barrena, taladra uno de los innumerables toneles de sus bodegas +inagotables. Sin interrumpir su canto, ha abierto un agujero profundo en +la corteza de una rama hinchada por el calor, llegando hasta la +corriente de savia que circula madura por el sol, como un vino de +generoso fermento. Conservando el tubo de succión hundido en este pozo, +bebe y bebe con sensual inmovilidad, entregada por entero á los encantos +del jarabe y de la estrofa. Es un Anacreonte del follaje, un poeta que +declama á gritos con la copa entre los labios y los ojos en el cielo. + +Pero los sedientos la acechan; los parásitos acuden para explotar su +desinterés. Un rezumamiento de líquido azucarado en los bordes del +brocal denuncia los placeres divinos de su recogimiento. Los importunos +alados zumban pedigüeños en torno de la cigarra, interrumpiendo su +musical embriaguez; pero los más temibles de estos intrusos son las +hormigas, bestias de un egoísmo desvergonzado y arrollador. Las más +pequeñas se deslizan por debajo del vientre de la cantora, que, +bonachona y tolerante, levanta las patas traseras para no estorbar su +camino. Las grandes se estremecen de cólera, beben en los raudales que +se escapan del pozo, se alejan para dar un paseo inútil por las ramas y +regresan, cada vez más inquietas y agresivas. Al fin, atacan á la dueña +de la fuente, pretendiendo expulsarla para aprovecharse de su trabajo. +Muerden al músico en el extremo de sus patas, le tiran de las alas, +montan sobre su dorso para pellizcarle las antenas. Algunos bandidos más +audaces se apoderan de su trompa de succión é intentan extraerla del +pozo.... + +Interrumpo al naturalista. Veo de pronto á los genios despreciados por +las muchedumbres que luego se apropiaron su gloria con un orgullo +nacional; veo á todos los artistas que abren fuentes de idealismo para +la turba grosera, é inmediatamente quedan expulsados de las márgenes de +su obra; veo á los poetas de la acción que derriban muros tradicionales, +y nunca son los primeros que entran por la brecha, pues los sobrepasan +los hábiles que se ocultaban á sus espaldas, prontos á aprovecharse del +esfuerzo. + +--¡Lo mismo que en la vida humana!--exclamo con asombro--. ¡Igual que +entre los hombres! + +--Sí; igual que entre los hombres--contesta el naturalista, y continúa +su relato. + +La cigarra es un elefante comparada con la hormiga, un monstruo +antidiluviano que podría aplastarla desplomándose sobre ella. Pero no +tiene mandíbulas ni es carnicera. Alimentada con néctares florales, su +humor es bondadoso y tolerante, como el de los filósofos que han llegado +á penetrar el secreto de los seres y las cosas. Además, ¡es tan numerosa +la muchedumbre de los enanos egoístas y rapaces! + +Al fin, el gigante, cansado de tantas molestias, abandona el pozo, pero +antes de alejarse levanta una pata con soberano desprecio y lanza un +chorro de orina sobre la masa laboriosa. + +--La venganza de los poetas--interrumpo yo, sonriendo. + +--Sí, la venganza de los poetas. Pero ¿qué importa ese desahogo del +bohemio cantor á la hormiga honrada, económica y amiga del orden? Ya ha +logrado su objeto; ya se ha hecho dueña del trabajo ajeno. Lo malo es +que el pozo se agota en su poder. Como carece de la bomba que atrae á la +dulce savia, sólo puede aprovechar el líquido que existía en el fondo en +el momento de la conquista. Absorbe hasta la última gota, y cuando la +fuente queda seca, marcha en escuadrón á la descubierta de la cigarra, +que ha abierto un segundo manantial, y le roba igualmente el fruto de su +trabajo. + +¡Pobre cigarra! ¡Infeliz artista del mundo de las hojas, calumniada en +el mundo superior de los hombres!... Como no almacena, es una bohemia +indigna de respeto; como se alimenta de miel y canta á todas horas, no +trabaja seriamente; como carece de mandíbulas y abandona el sitio á los +que se deslizan á traición por debajo de su vientre, los usureros +subterráneos, las bestias de patas ganchudas que engordan con los +muertos, tienen derecho á robarle su obra. + +La hormiga, avara y sin entrañas, la explota y la gobierna á pesar de +su pequeñez, lo mismo que en el mundo de la criminalidad vertical, los +hombrea del «cofre-fuerte», de la mano imantada que atrae á los céntimos +y del paño duro que exprime, dominan á las grandes masas. + +Hasta en su muerte se ve explotada la cigarra por el triunfante +parásito. Los restos del Orfeo del ramaje se disuelven en el estómago +del negro burgués subterráneo. + +Después de una vida de cinco ó seis semanas, que le parece larguísima, +la cantora cae de lo alto del árbol, extenuada por tanta música, tanta +poesía, tanta embriaguez ruidosa. El sol seca su cadáver y los +transeúntes lo aplastan con sus pies. + +Las hormigas salen formando batallones de sus obscuros cuarteles, donde +viven sometidas á una disciplina á la prusiana, obedeciendo á su +emperador, como un pueblo laborioso, culto y metódico. + +Van á saquear para enriquecerse; van á invadir otros hormigueros con el +propósito de esclavizar á sus habitantes y que trabajen para los +conquistadores. La razón de Estado guía sus correrías. ¡Por algo la +fábula presenta á estas bestias como modelos de orden y buenas +costumbres! + +En su avance triunfal, la vanguardia del ejército encuentra á la caída +cigarra, y los que vivieron de su trabajo vuelven á vivir de su muerte. +Las patas y mandíbulas despedazan la rica pieza, la disecan, la +tijeretean, la parten en migajas para almacenarla en el depósito de +provisiones. + +Muchas veces el poeta aún está en la agonía y sus alas baten el polvo +con los últimos temblores. No importa. Su cuerpo se ennegrece cubierto +por el tropel de enemigos. Lo despedazan en vida, tiran de sus +miembros, lo descuartizan con un sabio método de caníbales científicos. + +Y esta es, amigo mío, no la fábula, sino la verdadera historia de _La +cigarra y la hormiga_. + +--¡Lo mismo que entre los hombres!--exclamo yo. + +--Lo mismo que entre los hombres--repite el naturalista. + + + + + +End of Project Gutenberg's El préstamo de la difunta, by Vicente Blasco Ibanez + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL PRÉSTAMO DE LA DIFUNTA *** + +***** This file should be named 14308-8.txt or 14308-8.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + http://www.gutenberg.net/1/4/3/0/14308/ + +Produced by Michael Ciesielski, Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team. + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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It exists +because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from +people in all walks of life. + +Volunteers and financial support to provide volunteers with the +assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's +goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will +remain freely available for generations to come. In 2001, the Project +Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure +and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. +To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation +and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 +and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. + + +Section 3. 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Thus, we do not necessarily +keep eBooks in compliance with any particular paper edition. + + +Most people start at our Web site which has the main PG search facility: + + http://www.gutenberg.net + +This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, +including how to make donations to the Project Gutenberg Literary +Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to +subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. diff --git a/old/14308-8.20041209.zip b/old/14308-8.20041209.zip Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..07a8178 --- /dev/null +++ b/old/14308-8.20041209.zip |
