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+*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 79074 ***
+
+NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
+
+ * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han
+ convertido a MAYÚSCULAS.
+
+ * Los errores de imprenta han sido corregidos.
+
+ * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
+ las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
+
+ * La puntuación también ha sufrido ligeros retoques para su
+ modernización.
+
+
+
+
+NARRACIONES MARAVILLOSAS
+
+
+
+
+ ES PROPIEDAD
+ DERECHOS RESERVADOS
+ PARA TODOS LOS PAÍSES
+
+
+IMPRENTA DE RAFAEL CARO RAGGIO: MENDIZÁBAL, 34, MADRID
+
+
+
+
+ MANUEL CHAVES NOGALES
+
+ NARRACIONES MARAVILLOSAS
+ Y BIOGRAFÍAS EJEMPLARES DE
+ ALGUNOS GRANDES HOMBRES
+ HUMILDES Y DESCONOCIDOS
+
+ [Ilustración]
+
+ RAFAEL CARO RAGGIO, EDITOR
+ MENDIZÁBAL, 34, MADRID
+
+
+
+
+PROSPECTO
+
+
+Me pide el editor de este libro una nota que informe previamente
+al lector sobre su motivación y finalidad y, como no sé hablar sin
+jactancia de mi obra, o, mejor dicho, de la intención de mi obra,
+advertiré que quise hacer una gran novela y que allegué para ello el
+mejor barro de la humanidad que supe discernir; trabajé con amor esta
+arcilla cada día y llegué a sentirla quejarse entre mis dedos y decirme
+como al alfarero persa:
+
+«Trátame bien, que yo, como tú, he tenido alma».
+
+Pero esta blanda humanidad, que yo sentía estremecerse y vivir, estando
+aún en el informe montón de lo increado, parecía aletargarse y morir
+a medida que la iba vaciando en el molde de una trama novelesca. Al
+modelar el torso de mi héroe le hacía exhalar el ánima a mi pesar y, al
+fin, entre el muñeco muerto y el barro vivo e informe me quedé con este.
+
+Ya, sin vanas pretensiones de diosezuelo, jugué a mi albedrío con aquel
+barro humano, y tomándolo en pequeñas pellas me limité a dar a cada
+una la estructura rudimentaria de una pasioncilla simple y vieja o la
+tintura de una idea trabajada y curtida ya en el manoseo de la gente.
+Así fueron surgiendo estas narraciones, fragmentos de un solo concepto
+de lo humano, que no por vario pierde su unidad, en las que el héroe o
+arquetipo roto en cien pedazos es unas veces hombre y otras mujer, niño
+o viejo, bueno o malo, torpe o sabio.
+
+He despersonalizado al héroe novelesco para humanizarlo, convencido
+por ahora de lo imposible que me sería dar una síntesis de lo humano
+(«nada de lo humano me es ajeno») en un solo protagonista a cuya medida
+no quise recortar y constreñir la vida exuberante que mi arcilla me
+brindaba. Creo que este afán totalizador es el que hace a muchos
+escritores modernos desdeñar la tradicional forma novelesca limitada
+por su carácter pictórico a las dos dimensiones de la platitud, aun en
+esta época de la cuarta dimensión.
+
+Hubo además otra razón para que yo no fuese novelista. Quería dar
+a mi obra una emoción igual y persistente de blanda y templada
+humanidad y para ello venía obligando a excluir todo lo sobrehumano y
+lo infrahumano, pigmentos del héroe, que así se descoloría y quedaba
+privado del valor épico de todo personaje de novela.
+
+Estas narraciones deshilvanadas, meros esquicios novelísticos en los
+que sensaciones y movimientos se entrecruzan al azar, sin plan ni
+concierto remedando el espectáculo del mundo, me ofrecen, no obstante
+el escaso valor que aisladas tienen, más garantías de honda y humana
+emoción que el ordenado relato de una existencia por heroica, amplia y
+múltiple que fuese.
+
+He atendido, sin embargo, al dramatismo del suceso, aunque pensando,
+más que en su comisión, en el porqué y el cómo, y, en fin, para que
+esta gente humilde que por aquí pasa en visión cinemática no dejase
+solo en la retina la fatiga que ocasionan los desfiles de la multitud
+gregaria he dado entrada a lo sobrenatural infiltrándolo por los
+intersticios, resquebrajaduras e incongruencias de esta vidilla nuestra
+tan vanamente afanosa de lógica. Por eso están insertas aquí las
+NARRACIONES MARAVILLOSAS que arbitrariamente dan título al volumen,
+cuya maravilla no es otra que la de las almas simples ante el absurdo
+del mundo.
+
+No pretendo haber hallado una forma nueva, ni haber resuelto ningún
+problema literario. Escribo conforme a mi temperamento en la forma que
+más se pliega a mi propósito, no otro que el de perseguir hasta el fin
+el ideal humanista de la cultura occidental, a que pertenezco, dando
+una sensación clara y fuerte de lo humano; lo verdaderamente humano, no
+sus astutas ficciones.
+
+ EL AUTOR.
+
+
+
+
+ BIOGRAFÍAS EJEMPLARES
+ DE ALGUNOS GRANDES HOMBRES
+ HUMILDES Y DESCONOCIDOS
+
+
+
+
+TRES VIDAS EJEMPLARES
+
+
+A los quince años ingresó de meritorio en un Banco. Le sentaron en un
+taburete incómodo, frente a un gran pupitre; púsose unos manguitos
+negros y comenzó a escribir:
+
+«Páguese a la orden de..., páguese a la orden de...».
+
+Durante medio año repitió millares de veces las mismas palabras
+sobre los mismos trozos de papel, y los rasgos de su escritura se
+estilizaron, elegantizándose maravillosamente. Entonces le señalaron un
+sueldo anual de mil doscientas pesetas, y a lo largo de media docena de
+años siguió escribiendo todos los días cientos de veces:
+
+«Páguese a la orden de..., páguese a la orden de...».
+
+Cuando tenía veintitantos años, su maestría era indiscutible. Pensó ya
+en casarse; pero como su sueldo inicial, acumulados los aumentos de los
+primeros quinquenios, era aún bastante exiguo, tuvo que esperar todavía
+el ascenso, que no sin tiempo y trabajo consiguió al fin. Abandonó
+entonces su viejo pupitre, se encaramó sobre otro taburete más piadoso
+con sus huesos ya endurecidos, y comenzó a escribir:
+
+«Valor recibido en cuenta de..., valor recibido en cuenta de...».
+
+Se casó y tuvo hijos; el día antes de su boda estuvo trazando con el
+mismo afán de siempre las palabras sacramentales; las repitió cien
+veces el día que le nació el primer hijo y el día que le dejó huérfano,
+el que le descubrió la infidelidad de su esposa, el que lo hizo viejo y
+el que le trajo la pulmonía que acabó con él.
+
+«Páguese a la orden de..., valor recibido en cuenta de...».
+
+He aquí la historia completa de una vida.
+
+* * *
+
+Otro cuento ejemplar:
+
+Joven aún, le nacieron en las manos dos cafeteras, que ya se le
+quedaron adheridas para siempre jamás al metacarpo y a la primera
+falange. Una de las cafeteras tenía café, como era natural; la otra,
+leche, y no sabemos por qué, puesto que también era cafetera.
+
+Le vistieron con un traje negro, robado a un muerto decente, y empezó
+a moverse al conjuro de un grito inarticulado, que le hacía ir y venir
+con sus dos cafeteras humeantes: «¡Eh!»
+
+—¿Solo? ¿Mucha leche? ¿Así?
+
+Se le empezó a caer el pelo; recurrió primero a cubrir su calvicie
+con las escasas hebras que aún se defendían sobre los parietales;
+pero, al fin, su cráneo quedó reluciente y terso. Seguía acercándose
+amorosamente a los parroquianos para hacerles sus tres preguntas
+eternas:
+
+—¿Solo? ¿Mucha leche? ¿Así?
+
+Hubiera deseado ponerse a charlar con aquellos señores; contarles
+cómo el reúma se le metía por las piernas arriba, cómo le había
+entristecido la muerte de su hijo y la prostitución de su hija, cómo
+le sorprendían muchas cosas inexplicables del mundo y cómo resolvía
+él otros problemas, que la gente considera abstrusos. Pero aquellos
+señores no se lo permitían, no eran cordiales, no le estimaban como a
+un semejante. Estaba condenado a un mutismo eterno y toda su vida de
+relación eran aquellas cuatro palabras:
+
+—¿Solo? ¿Mucha leche? ¿Así?
+
+Se llevó al cementerio el deseo de interpelar a todo el mundo,
+preguntar unas cosas y contar otras que se le habían ido repudriendo.
+Ahora, los señores gusanos estarán muy divertidos escuchando las
+trascendentales revelaciones del echador de café.
+
+* * *
+
+Otro cuento aún:
+
+Mi vecino ha escrito una poesía. Y con frecuencia viene a recitármela.
+Es una poesía lírica que empieza diciendo:
+
+ «¡Oh, tú, la de los ojos profundos!»
+
+Yo creo, sin embargo, que mi vecino hubiera podido superar a Goethe.
+Pero la vida le sujeta. Es el hombre que lucha con la vida; mejor
+dicho, con la muerte. La miseria le anda siempre alrededor; le coge,
+le zarandea durante todo el día, le pega pellizcos en las tripas, le
+alambriza las piernas, y, por la noche, le tumba destrozado, sacudido y
+vacío sobre su jergón.
+
+Es el hombre activo e inteligente que se aborta porque no ha podido
+vencer la miseria. Yo le veo comprando sus judías, encendiéndose el
+fogón, repartiendo prospectos por las calles, conduciendo tranvías,
+correteando, arbitrando siempre y siempre, acosado por la necesidad,
+que va royéndole constantemente los zancajos.
+
+Y me permito creer que hubiera podido superar a Goethe.
+
+* * *
+
+¿Por qué se aburrirá la gente con estas historias ejemplares? ¿Por qué
+no agradan a nadie estos cuentos en los que no hay nada que contar?
+¿Por qué ha de pasar algo si en las vidas silenciosas de estos hombres,
+a los que no pasa nada, hay gestas gloriosas y grandes epopeyas?
+
+
+
+
+EL HOMBRE QUE NO FUE NIÑO
+
+
+Este hombre estuvo dormido hasta los catorce años; de su infancia
+no tenía el menor recuerdo; su inteligencia —poca o mucha— no tuvo
+ocasión de actuar hasta que llegó a esa edad, en la que se despertó
+súbitamente, espoleada por la imperiosa necesidad de vivir. Pero
+vivir es muy difícil cuando se está solo en el mundo y se ignora
+absolutamente todo. Este hombre tuvo, pues, que hacerse a sí mismo; y
+hacerse con prisas, con atosigamientos, entreviendo, adivinando. A este
+hombre le había faltado la infancia y a los quince años se encontraba
+tirado sobre la faz de la tierra, como si hubiese aparecido, ya
+talludito, por generación espontánea.
+
+Trabajó, se afanó día y noche, descubrió muchas veces el Mediterráneo,
+anduvo y desanduvo, supo orientarse poniéndose de puntillas entre la
+muchedumbre, y a los treinta y tantos años se encontró hombre normal,
+civilizado, con una posición firme en la vida, con ideas propias, con
+profundas convicciones y un caudal considerable de experiencia.
+
+Activo, inteligente, dueño absoluto de sí mismo, con un certero
+instinto y una extraordinaria lucidez mental, logró honradamente (no
+se olvide que esto es un cuento) el disfrute de la paz, el poder, la
+justicia y el amor.
+
+Cuando todo esto lo tuvo conseguido, se permitió mirar sosegadamente a
+su alrededor, y advirtió entre las gentes, entre ciertas gentes, una
+mal disimulada hostilidad. Al principio atribuyó esta mala voluntad a
+envidia en unos, a legítima defensa en otros y a franca estupidez en
+los de más allá. No se satisfizo, sin embargo, con esta consideración
+y reinó mucho tiempo en el tema. Gentes a las que tenía en mucho le
+repudiaban discretamente; hombres a los que jamás había hecho ningún
+daño, le odiaban sin reservas; mujeres a las que daba su amor hondo y
+honrado, se esforzaban en resistir a la sugestión que en ellas ejercía
+su éxito, y no sin repugnancia se le rendían. Todo esto, para un hombre
+mentalmente deficiente, no tiene gran importancia; pero para este
+hombre, que pretendía la mayor suma de perfección, era un tormento
+insufrible.
+
+Para los aristócratas era un advenedizo; para los artistas, un
+filisteo; para los que trabajaban sin éxito, un burgués; para los
+sabios, un ignorante.
+
+¿Burgués? ¿Filisteo? ¿Advenedizo? ¿Ignorante? Este hombre no se
+desanimó, y se propuso no ser burgués, ni filisteo, ni advenedizo, ni
+ignorante. Y lo consiguió. Aun en la plenitud de su vida, dotado de
+una poderosa inteligencia y avezado a síntesis geniales, cursó muchas
+y varias disciplinas; aguzó su espíritu en la constante convivencia
+con obras y hombres de una fina espiritualidad: olvidose de sí mismo
+y puso vital empeño en que nada pasara por alto a su comprensión. Ya
+se inclinaba hacia la tierra cuando, sin jactancia, pudo considerarse
+superior a casi todos sus contemporáneos.
+
+Dominaba. Nadie más competente que él, más avizor. Temíase y admirábase
+la extensión de sus conocimientos: maravillaba la potencialidad de su
+inteligencia, y, sin embargo, hombrecillos desvanecidos, incoherentes
+al parecer, faltos de consistencia y de cultura, mantenían la
+hostilidad, el menosprecio, el desinterés. Sin saber concretamente por
+qué, rechazaban unánimes a este hombre ejemplar que lo había logrado
+todo; todo menos una cosa aún indeterminada, incomprensible, todavía
+desconocida. No era una trivialidad, aunque debía ser algo tan pequeño
+que escapaba a la más fina percepción. ¿Que era lo que faltaba a este
+hombre? ¿Qué era lo que hacía inútil, desestimable, toda la labor de su
+vida?
+
+Viejo, muy viejo ya, desesperó, al fin. Prudentemente había decidido
+retirarse de la lucha y dedicó el resto exiguo de sus días a rumiar su
+propia existencia.
+
+Frecuentaba los cafés apartados y los jardines públicos. Charlaba
+con los viejos que esperan a morirse en el doble fondo de los cafés
+de barrio, olvidados y tristes, y con los niños que en los jardines
+esperan a vivir. Sus diálogos tenían una fluidez, un cauce soterrado
+de agua fresca y fertilizante, de que hasta entonces había carecido el
+monólogo reseco de su vida.
+
+A veces, los niños le hacían preguntas inauditas, maravillosas; en
+otras ocasiones tenían respuestas desconcertantes. Aquello le era
+completamente desconocido; rebañaba el viejo los recuerdos de su
+infancia y no recordaba haber sido niño nunca. Los niños. ¿Qué cosas
+más extrañas? ¿Por qué jugarán? ¿Qué es el juego? ¿Qué trascendencia
+tiene?
+
+Cuando ya iba a morirse se dio cuenta de lo que le había faltado
+siempre. Ser niño.
+
+Haber jugado. Él no había hecho más que trabajar; se había hecho él
+solo, trabajándose. Por eso era un producto artificial, una obra
+imperfecta, una manufactura que los demás repelían y despreciaban. Y
+deploró en el alma lo que antes había sido su orgullo: ser hijo de sí
+mismo, de su voluntad, de su inteligencia. Y es que un hombre, todo un
+hombre, es muy difícil de hacer.
+
+
+
+
+YO Y YO MISMO
+
+
+Desde hace ya bastante tiempo observo una conducta ejemplar. Amo a mi
+familia y cuido de ella, acreciento mi patrimonio, amparo mi prole,
+profeso ideas de moderación, ensalzo las virtudes patrias, soy senador
+y presidente honorario de varias entidades benéficas y me irrito
+contra la inmoralidad, el descreimiento, el desenfreno y la rebelión.
+De buena fe, de absoluta buena fe, me he propuesto ser un poderoso
+ariete contra todas estas cosas nefandas y gasto gozoso mi energía en
+combatir a los enemigos del orden, la religión, la autoridad, la patria
+y el capitalismo.
+
+Pero he aquí que, a raíz de una de mis furibundas campañas
+conservadoras, aparece un impío que pretende desautorizarme y ponerme
+en la picota exhumando actos y palabras de mi juventud, que contrarían
+mis actuales inclinaciones. Si ahora soy profundamente religioso, antes
+fui ateo; si hoy ensalzo a la burguesía, antes aparecí como demagogo;
+si amo y educo a los hijos de mi mujer, antes abandoné a los de mis
+amantes; si ahora combato la trata de blancas, antes las he tratado sin
+escrúpulos. Todo esto dicen. Bueno, ¿y qué?
+
+Confieso que fui yo, yo mismo, quien hizo y dijo cuanto ahora me afean.
+Pero ¿qué solidaridad hay entre yo y yo mismo a la vuelta de veinte
+años?
+
+Es verdad que entonces tenía el mismo nombre y los mismos apellidos que
+ahora; no es menos cierto que mis ojos eran azules como lo son hoy, si
+acaso un poco más claros; aquel tipo mío de los veinte años tenía algo
+de este mismo tipo a los cuarenta; pero ¿qué más dato de identidad hay
+entre aquel joven y yo? Buscándome a mí mismo estoy rebañando en mi
+memoria y apenas encuentro rastro de aquel sujeto que llenó este mismo
+espacio que hoy ocupo. Nada de cuanto entonces sentía y pensaba siento
+y pienso ahora. Somos seres completamente distintos.
+
+Y, sin embargo, vienen a pedirme cuentas de lo que hice o dije hace
+veinte años. Es como si dentro de veinte años fuesen a pedir cuenta
+de estas palabras de ahora a los señores gusanos que me coman o a las
+hierbas que me arraiguen en la boca. No hay en mí ni una sola célula,
+ni una molécula, ni un átomo de los de entonces. Todo yo soy nuevo,
+completamente nuevo; así me lo ha dicho la Biología. Y, sin embargo,
+me exigen ahora solidaridad con aquel ser absurdo de los veinte años.
+¡Bah! Ocurre con esto lo que con aquel cuchillo de cocina, siempre
+nuevo, al que se le había puesto hoja más de veinte veces y otras
+tantas se le había renovado el mango. ¿Qué quedaba del primitivo
+cuchillo? ¿Qué queda en mi piel, mis nervios y mi sangre de aquel
+cuerpo juvenil que hacía y pensaba esas cosas absurdas?
+
+No pretendo buscar atenuantes, ni digo, en son de disculpa, que la vida
+me ha trabajado de este modo. No he claudicado, no. Es que soy otro.
+
+Creo firmemente que un hombre, desde que viene al mundo hasta que
+la tierra se lo traga, nace y muere muchas veces. El mito del Ave
+Fénix, renaciendo de sus cenizas, no es más que la intuición de esta
+verdad que ahora postulo. Lo que ocurre es que los hombres son lo
+suficientemente idiotas para no darse cuenta de cuándo se mueren
+y cuándo renacen. Se ponen melancólicos, les entra la morriña, se
+les muda el pellejo y, a costa de todo esto, levantan castilletes
+psicológicos, y a veces escriben novelas, sin darse cuenta de que la
+verdad es que se han muerto y van a renacer. Por una estúpida fidelidad
+con el cadáver que dentro de ellos mismos llevan, se obstinan en
+conservar todo lo que ya se les ha muerto y podrido. Repito que es lo
+mismo que si cuando yo estuviese convertido en polen se me antojara
+opinar sobre la guerra de Marruecos.
+
+No cabe, pues, pedirme solidaridad con aquel jovenzuelo libertino,
+descreidote, manirroto y pendenciero que llevaba mi mismo nombre y
+apellidos. He liquidado mis cuentas con él; le hice un solemne funeral;
+le enterré en un rinconcito discreto de mi memoria y allá voy algunas
+tardes a rezarle un poco. ¡Buen muchacho! Le tengo el mismo cariño que
+a algunos de mis antepasados. Pero nada más. Alguna vez miro su retrato
+y me sorprende que tenga algún parecido conmigo. ¡Pse! Si acaso, el
+aire de familia.
+
+
+
+
+EL GRAN ESTÍMULO
+
+
+A los ocho años fue recadero de un comercio y trotó a diario, con sus
+piernecillas endebles, por toda a ciudad. En aquellos primeros años
+padeció mucho: hambre, frío, burlas y sofiones. Cuando tenía doce años
+era un redomado granuja. Le enseñaron a beber, a jugar y a convivir
+con las mujeres que rondan por las noches en los muelles. Pronto vio
+dónde estaba el peligro, y, venciendo sus furiosas apetencias, domó su
+potro, recogió velas y se puso a trabajar. En aquella época contrajo
+deudas, cuyos intereses seguía pagando treinta años después al médico y
+al boticario. Y lo que es más doloroso: sabía que no liquidaría hasta
+que estuviese bajo tierra. Un poco de alcohol, un poco de nicotina, un
+puñado de treponemas pálidos, nada. Lo suficiente para sufrir una tara
+durante toda la vida. Menos mal que paró a tiempo. En fin, a vivir.
+Durante quince años luchó a brazo partido con la miseria, que cuando
+más embebido iba por el mundo le tiraba hacia atrás, cogiéndole por los
+faldones de su gabancito raído, o le arrojaba de bruces al arroyo.
+
+Por fin armó su velamen, y ya experto marinero navegó felizmente en
+medio de la borrasca de los talleres, las oficinas, las gerencias y las
+direcciones. En equilibrio inestable todavía; quiso casarse, y, al fin,
+lo hizo. Nueva lucha. Las necesidades, la mujer paridora y endeblucha,
+la suegra hostil, los cuñados... ¡Bah! Aquel hombre tenía buen temple
+y salió adelante. Fueron unos años terribles. Cuando regresaba del
+trabajo, excesivo y mal remunerado, le aguardaban las miseriucas del
+hogar, los lloriqueos de los niños durante la madrugada, las exigencias
+de los proveedores, las terribles contingencias.
+
+Esta tremenda lucha con la necesidad no le dejaba ánimos para afrontar
+otras luchas más espirituales, y nuestro hombre, que tenía una fina
+sensibilidad, aguardaba siempre el momento feliz de cultivarse un poco,
+de ejercitarse en otros medios de vida más elevados. No le fue posible.
+Trabajó con toda su alma, y, al fin, hubo de darse por contento con
+asegurar el bienestar económico de los suyos.
+
+Cuando se echó una ojeada a sí mismo tenía pocos pelos en la cabeza,
+pocos dientes, muchas arrugas y en el ánimo una sequedad dolorosa,
+una fragilidad de fósil que le hacía sentirse calcinado, extinto. Se
+sacudía y todo él sonaba a cascado, a hueco.
+
+No por esto perdió su temple. Comprendió que no en balde había andado
+a cuerpo limpio por la vida y se resignó a no ir más allá. Esta
+resignación no le fue dolorosa, porque tenía un hijo, y pensó: «Lo que
+yo no pueda hacer, lo hará él». Y contento con esta esperanza, decía
+gozosamente que él había venido al mundo para servir de abono a su hijo.
+
+Desde que el hijo nació le había atendido el padre con el mayor
+esmero. Cada vez que hacía un sacrificio por su salud o su educación,
+el buen hombre pensaba: «Yo no tuve quien hiciese esto por mí; él,
+sí». Y redoblaba su celo, pensando que aquel hijo suyo, para el que
+atesoraba instrumentos de poder, realizaría su ideal de triunfo.
+
+El hijo era un chicarrón inteligente, apto, rozagante, con una salud a
+prueba de bomba y una fortaleza de espíritu poco común. Nuestro hombre,
+enfermucho, cascadito, combatido por cien alifafes, le admiraba y se
+llenaba de alegría, como si aquella juventud, aquella potencialidad
+fuesen suyas, estuviesen en reserva dentro de su organismo.
+
+Crecía el hijo a expensas del padre, al que cada vez le chirriaban más
+los muelles. Lo natural hubiera sido que en el momento más doloroso
+para el padre, el hijo se torciera y maleara quebrando aquella
+esperanza del viejo. Pero no fue así. Veréis como fue.
+
+Pasaron los años y el hijo no dio una sola desazón al padre. Laborioso,
+inteligente, mesurado, iba haciendo su camino con un aplomo que
+maravillaba al viejecito. Algunas veces se le antojaba, no obstante,
+que el hijo era demasiado impasible; acaso su lentitud y su ecuanimidad
+eran excesivas.
+
+Pero no; el viejo rectificaba pronto, diciéndose: «No, no; va bien,
+va bien. Los hombres sanos y fuertes tienen esa serenidad; yo he sido
+siempre un pobre diablo enfebrecido, al que precipitaba y aturdía la
+necesidad. Hay que dar tiempo al tiempo. Él lo conseguirá todo al fin».
+
+Y ocurrió que el hijo no consiguió nada. Los años transcurrían unos
+tras otros sin que el chicarrón avanzase un solo paso en aquella ideal
+perfección, en aquel triunfo glorioso que el padre había soñado. Le
+faltaba el afán, el estímulo divino, el acicate, que empuja a unos
+hombres contra otros. Aquel gran ejemplar de la raza humana era
+estéril, inepto para el progreso que el buen viejo había soñado. Él,
+con sus errores, con sus defectos y la exigüidad de su energía, había
+hecho más, mucho más que el hijo, dotado de todos los instrumentos de
+poder. El viejo, caduco ya, agotado, tembloroso, próximo a apagarse, le
+excitaba, le sometía al espoleo de su indeclinable avidez. Todo inútil;
+al hombrachón inteligente, apto, saludable, laborioso y honesto le
+faltaba el gran acicate: el dolor.
+
+El dolor, máquina de cuanto se hace en la vida y aun de la vida misma.
+
+
+
+
+EL AUTOR DE TODOS LOS CRÍMENES
+
+
+Cuando me detuvieron por indocumentado llevaba muchos días sin comer
+y muchas noches sin guarecerme bajo techado. Así fue que, al verme
+recluido, maltratado y transido de frío, me sentí feliz. Tranquilo en
+mi celda, no recordaba sino que estuve andando mucho tiempo; no sabía
+ni de dónde partí ni por qué me puse a andar; solo conservaba la noción
+de que anduve hasta que se me reventaron los pies y caí al borde de la
+carretera.
+
+Unos guardias que iban de correría me sometieron a un interrogatorio y
+me registraron. Ni supe contestar a sus preguntas, ni encontraron entre
+mis ropas desgarradas indicio alguno de quién yo pudiera ser. Creyeron
+que ocultaba mi nombre y condición, por tener sobre mí algún delito,
+y fichado como sospechoso pasé a la cárcel. Les parecía inconcebible
+que hubiese en el mundo un hombre sensato, al parecer, y medianamente
+instruido que ignorase su nombre, estado y naturaleza; un hombre que,
+por lo visto, pretendía hacer creer que había nacido, por generación
+espontánea, al borde de una carretera.
+
+Y, sin embargo, era verdad. Juro que no sabía cuáles eran mi nombre y
+apellidos, y que ni tenía casa, ni familia, ni origen, ni recuerdos.
+Ya suponía que no habría venido al mundo en la carretera donde los
+guardias me encontraron, barbado y talludo ya; pero lo cierto y verdad
+era que de mi existencia anterior no tenía más vestigios que aquella
+trágica caminata, cuyo punto de partida yo no acertaba a definir.
+Pudiera decir que salí del caos; pero ¿qué caos era aquel del cual
+salía yo, aborto miserable? No pude desentrañarlo. Mi cerebro, normal
+en cuanto tocaba al presente y al porvenir, perdía su lucidez tan
+pronto como me aventuraba en el pasado. No cabe duda de que se trataba
+de un terrible caso de amnesia; pero ¿qué lo había motivado? Renuncié
+a investigarlo; había algo más fuerte que mi voluntad, empeñado en que
+yo no penetrase en el campo terrible de mis recuerdos. Cuantas veces
+lo intentaba, salía vencido por la confusión, la fatiga y una infinita
+repugnancia. Renuncié, pues, por completo a mi pasado.
+
+Pero a los hombres de justicia aquello les parecía inadmisible. Algo
+ocultaba yo, y, ternes en su sospecha, me mantuvieron encarcelado.
+
+Por aquel tiempo había ocurrido un espantoso crimen en una aldehuela
+próxima. Unos míseros labradores habían sido asesinados durante la
+noche por unos forajidos, codiciosos del puñadito de plata que con
+sus hambres y fatigas había logrado reunir aquella pobre gente. No
+se supo quiénes eran los asesinos, y de la noche a la mañana me
+encontré acusado de haber cometido aquella fechoría. Al principio lo
+tomé a broma; pero después reconocí cuán sensato era aquel hombre que
+decía: «Si alguna vez me acusasen de haber robado las torres de la
+catedral, como primera providencia pondría tierra de por medio; después
+procuraría demostrar que la acusación era falsa».
+
+Cogido entre los términos, proposiciones y silogismos de la gente de
+toga, estuve a punto de convencerme a mí mismo de que yo había cometido
+aquel doble crimen, tal vez sin saberlo. Fue providencial que los
+verdaderos asesinos se dejasen cazar estúpidamente. De no haber sido
+por esta circunstancia, yo hubiese expiado en el patíbulo mi supuesto
+crimen.
+
+Todavía no se decidían a soltarme y muchos meses anduve de cárcel en
+cárcel. Pero, al fin, recobré la libertad; una libertad relativa,
+porque no dejé de estar vigilado. Siempre es sospechoso el hombre que
+no sabe explicar la razón de su existencia. En el mundo hay que estar
+por algo y para algo; para robar o ser robados, cometer asesinatos o
+dejarse matar, gobernar pueblos o sufrir el yugo de los gobernantes.
+
+Un policía, un juez, un magistrado, convencidos seriamente de que
+cumplen una misión providencial, misión para la que han sido creados,
+no tolerarán nunca al hombre sin misión que cumplir, al deshilvanado,
+al que es brote espontáneo de la naturaleza y vive en el mundo con la
+indiferencia de una col. Y esto era yo.
+
+Un semoviente que, a lo sumo, aspiraba a ser el último súbdito de un
+más sencillo reino: el reino vegetal. Si yo entonces hubiese podido
+concretar mi ideal, hubiera deseado convertirme en col. Ser humilde,
+orondo, fresco y recio; nacer y morir en el mismo sitio, ver salir y
+ponerse el sol, beber copiosamente y reposar. Esta era mi inconcreta
+aspiración.
+
+Pero, por desgracia, mi antropomorfismo me condenaba a vivir como los
+humanos. Tuve que trabajar y ganarme la vida. No sé cómo, me encontré
+un día haciendo zapatos con rara perfección. (Yo no recordaba haber
+practicado nunca tal oficio. Después me lo expliqué todo; antes de
+sobrevenir la catástrofe, que me hizo perder el recuerdo de mi vida
+pretérita, yo había sido dramaturgo). Construir un zapato —ahora lo sé—
+es como construir un drama. (De ahí mi técnica zapateril).
+
+Trabajaba honradamente, confeccionando mis dramas, digo, mis zapatos,
+cuando de nuevo me vi encarcelado y sometido a proceso. Se había
+cometido un nuevo crimen, y como los autores tampoco fueron habidos,
+se suponía que yo, el hombre sospechoso, el extraño sujeto, sin nombre
+y sin origen, era el criminal. Creyeron que yo había cometido ya «mi
+crimen», el crimen que tarde o temprano yo tendría que realizar, y de
+nuevo quisieron ahorcarme. Tampoco lo lograron. Escapé, pero fue por
+poco tiempo; meses después se me imputaba una nueva fechoría, y después
+otra y otra.
+
+Llegué a verme acusado del asesinato de un presidente del Consejo,
+cuatro asesinatos menores, tres parricidios, dos infanticidios y seis u
+ocho robos. Yo era, fatalmente, el autor de todos los crímenes.
+
+Soltándome un juez y tomándome otro, pasaron cerca de veinte años,
+hasta que una buena mañana me encontré acusado de un nuevo crimen.
+Tratábase del hallazgo, en una casita de las afueras, de los restos
+mortales de dos personas. El doble crimen tenía muchos años de fecha:
+unos veinte. Se exhumaron recuerdos, recayeron sospechas sobre mí y
+fuimos a la vista, en la que se reconstruyeron los hechos. Hacía
+veinte años habitaba la casa del macabro hallazgo un matrimonio joven y
+de posición desahogada. De improviso, el marido anunció que, en unión
+de su esposa, marcharía al extranjero para fijar allí su residencia.
+Liquidó sus asuntos particulares y nadie volvió a acordarse de ellos.
+Coincidió esta marcha de los esposos con la desaparición de un joven
+ingeniero, al que la Policía buscó en vano durante algunos meses.
+Nadie acertó a relacionar ambos hechos, y, al cabo de veinte años,
+el hallazgo de un puñado de huesos venía a descubrir la tragedia.
+Resultaba que el marido, enamorado apasionadamente de su esposa,
+había descubierto que esta sostenía relaciones ilícitas con el joven
+ingeniero. Ciego de dolor acechó a los adúlteros, y, al sorprenderles
+juntos, descargó sobre ambos su revólver, ocasionándoles la muerte.
+Después, con una sangre fría aterradora, preparó la coartada; simuló el
+viaje al extranjero, en unión de su esposa; enterró los cadáveres en el
+jardín del hotelito y desapareció.
+
+De este nuevo crimen me acusaban. Yo pensé, ¡bah!, otro período de
+molestias. Cuando se celebró la vista, mi abogado hizo de mí una
+defensa maravillosa. Ya era ridícula y criminal aquella obstinación en
+atribuirme cuantos delitos se cometían; yo no era más que un enfermo,
+un infeliz atacado de amnesia total, cuya inocencia se había probado
+en innumerables ocasiones. ¿Por qué se me seguía molestando? Los
+magistrados se conmovieron, ¡al fin!; desecharon la aberración de mi
+culpabilidad y me absolvieron.
+
+Pero durante las incidencias de la vista yo empecé a sentirme inquieto,
+sobresaltado; comencé a recordar algunos detalles sueltos primero,
+después algunos nombres. ¡Ah! ¡Aquel era mi crimen! ¡Sí, sí; el mío!
+¡El que yo había cometido! ¡Yo, yo maté a los adúlteros! ¡Yo!
+
+La memoria volvía. Ahora recordaba que, después de cometido mi crimen y
+conseguida la impunidad, eché a andar una noche, sin más carga que mi
+dolor, mis remordimientos, mi amor fracasado, mi locura... Y anduve...,
+anduve...
+
+¡Ya sabía qué terrible catástrofe me había sumido en la inconsciencia
+durante veinte años! ¡Aquel era mi crimen! ¡El mío!
+
+Cuando quise recordar, me habían absuelto.
+
+
+
+
+LOS CAMINOS DEL MUNDO
+
+
+Apenas tuvo veinte años, cogió la regla, el compás y el tiralíneas;
+tomó cuidadosamente sus medidas y trazó con toda seguridad la parábola
+de su vida. Después se quedó muy satisfecho. Vivir es muy difícil y hay
+que tomar precauciones. Por eso, él, que no quería andar equivocado,
+redujo su vida a una figura geométrica; le puso al pie su escala de
+reducción, en la proporción de uno a mil, y comenzó a cubrir, en el
+suave transcurso de los días, las etapas del trayecto que previamente
+se trazara. La vida de aquel hombre era, pues, uno de esos gráficos en
+cuya cuadrícula prenden las estadísticas el curso de la existencia.
+
+Ya tranquilo y orientado, anduvo con paso firme su camino: era un
+camino largo, de penosas ascensiones y peligrosos declives. Pero él
+consultaba diariamente su gráfico y no anduvo nunca en balde. La
+miseria, la ignorancia y el dolor habían sido su punto de partida.
+Venido al mundo, sin tener para qué venir, se encontró vulnerable,
+hambriento y dolorido. De chicuelo padeció cuanto había que padecer;
+derrochó su energía debatiéndose en el arroyo y le pareció la vida
+mucho más absurda e inconexa de lo que ya de por sí es en realidad.
+Se asustó; cuando llegaba a la adolescencia estaba acobardado por los
+zarpazos que le tiraba el vivir, los empellones, las bofetadas y las
+terribles sorpresas que había recibido.
+
+Se remansó un poco, y en un momento de lucidez cogió a la vida
+desprevenida y la encerró en la red de su cuadrícula. Ya está, pensó.
+Ahora voy a ser yo el amo.
+
+Empezó a trabajar en uno de esos humildes menesteres de la vida
+moderna: dar y tomar fichas numeradas desde una ventanilla, abrir y
+cerrar una puerta, extender cotidianamente una misma fórmula cientos de
+veces, poner y quitar gabanes, cambiar papeles por dinero o papeles
+por papeles. Cualquier cosa. Esta simple función, esta repetición
+maquinal de un solo acto le aseguró los medios de subsistencia y le
+dejó holgura para filosofar. Como estaba aspado y dolorido, la quietud,
+el achicamiento, le hicieron feliz. Y durante algunos años no sintió
+necesidad de nada más.
+
+Cuando hubo recobrado el equilibrio y notó que empezaba a sobrarle
+algo, es decir, que estaba ya por encima de su propia vida, consultó de
+nuevo el plan que de antemano se había trazado y emprendió la segunda
+etapa del camino. Era la más difícil. Ya se tenía él a él mismo; ahora
+se trataba de tener algo más. Pensaba, sencillamente, en casarse.
+
+Se casó; tuvo mujer e hijos; pero otra vez la necesidad vino a querer
+sacarle de sus casillas, o sea de su sabia cuadrícula. Rigió con mano
+dura su carrito, y a despecho de su mujer y de sus hijos no se salió
+un paso de la sendita estrecha de su vida, y dejó atrás, sin alargar
+la mano, las viñas cargadas de fruta, que distraen y pierden a los
+caminantes.
+
+Pero no basta con tenerse a sí mismo, tener el complemento sexual y
+desdoblarse en cinco o seis hijuelos que perpetúen nuestras taras. Hay
+que proteger todo esto, hay que salvaguardarlo, ponerlo a cubierto de
+los vendavales y de las aves de rapiña. Hay, en fin, que tener una casa.
+
+Este empeño es el más trascendental de la vida de un hombre. La gente
+no se da cuenta y vive de precario en las celditas de esas grandes
+colmenas urbanas mientras el castrador no quiere desahuciarles. No se
+puede vivir honradamente sin tener una casa propia; por eso, tal vez,
+haya tanta gente inmoral en el mundo.
+
+Ahora bien; tener una casa, cuando no se tiene dinero, es muy difícil.
+Aunque parece mentira, toda la superficie de la tierra está ya medida,
+distribuida y acotada. Es un contrasentido; pero la realidad es que,
+cuando un nuevo ciudadano aparece sobre la haz de la tierra, no tiene
+ya sitio donde ponerse. Si los hombres no fuesen tan hipócritas y
+abordasen las cosas francamente, se podría plantear un gravísimo
+problema social, llevando a los niños, cuando nacen, al Registro civil,
+y demandando allí que, al mismo tiempo que se le conceden los derechos
+civiles y políticos, se les otorgue el derecho a quedarse en algún
+sitio. Aquí traigo este niño; dígame usted en qué lugar de la tierra
+puedo ponerlo para que viva sin miedo a guardas ni rentistas.
+
+Así pensando, nuestro hombre ejemplar procuró sustraer a la humanidad
+acaparadora un trocito de corteza terrestre, siquiera fuese chico como
+un pañuelo, para construir su vivienda.
+
+Lo consiguió, al fin; mas para ello tuvo que privarse casi por completo
+de aquel tenue hilillo de vida que le quedaba. No se aquilata, en
+cuanto vale, la heroicidad de estos hombres, que por servir un ideal
+modesto sacrifican todas sus horas, privándose de esas pequeñas cosas
+que son en realidad toda nuestra vida. La tragedia del hombre que no
+tenía dinero y quería construir una casa puede hacer sonreír a mucha
+gente; pero seguramente no es una tragedia inferior a la de Prometeo.
+
+Ese trágico cotidiano era el que consumía el alma de nuestro héroe.
+Céntimo a céntimo, ladrillo a ladrillo, hacía su casita. A veces
+le asaltaba un furioso deseo de derrochar, de rasgar el gráfico
+cuadriculado de su existencia, de irse por el mundo a vivir la vida
+inquieta de los desligados. Pero se acordaba de los días dolientes de
+su infancia y volvía los ojos con fervor a la línea geométrica por
+él trazada y al cénit, ya próximo, de sus aspiraciones. Así trabajó
+ferozmente, se privó de todo, domó la vida, poniéndole recias trabas, y
+cumplió su misión.
+
+Cuando la casa estuvo terminada, plantó a su alrededor unos arriates;
+colocó en el tejado una veleta, orgulloso de poder clasificar los
+vientos; sacó una silla a la puerta y se sentó. Ya era tiempo; más no
+hubiese podido hacer.
+
+Son muy pocos los hombres que cumplen su misión; menos de lo que se
+cree. Los malogrados, no son solo los muertos prematuramente, sino
+también aquellos otros a los que se les ha muerto el ánima y siguen en
+pie. De aquí que nuestro hombre ejemplar, al verse en su casita con
+su mujer y sus hijos, se sintiese privilegiado, hombre de excepción
+y dotes superiores. Se consideró feliz y dio por bien empleado cuanto
+había sufrido.
+
+Entonces se encontró, por primera vez, en toda la plenitud de su vida.
+Tenía cuanto había que tener: familia, hogar, holgura. Lo había logrado
+todo. ¡Je, je, je! Cómo se reía él de los idiotas que andan a cuerpo
+limpio por el mundo. ¡Búrlense, búrlense de mi cuadrícula!
+
+Cada día que pasaba sentado a la puerta de su casa, recibiendo la
+caricia del sol y el halago de los suyos, le fortalecía aún más. Llegó
+a sentirse pujante, como jamás había estado. Respiraba a pleno pulmón;
+erguíase, retador, ante los caminantes acansinados: buscaba la lucha,
+la fatiga. Esta exuberancia le hacía tener confianza en sí mismo, en su
+propia vida. Un día rompió su cuadricula y dejó escapar el torrente de
+sus pasiones y de sus apetencias...
+
+Terminó pegando fuego a su casita y yéndose por el mundo otra vez.
+
+
+
+
+EL VIEJO ENAMORADO
+
+
+Era viejo, como la cotonía. Allá por el año 70 fue el hombre de moda,
+de las conquistas, de los figurines y los desafíos. Tuvo una arrogante
+figura; fue terror de suripantas en los bufos de Arderíus; se casó con
+una marquesa y enviudó pronto. Volvió a casarse con una exdoncella,
+excocota, y enviudó también. Ahora andaba paseando al sol su caducidad
+y conservando cuidadosamente las ruinas de su gallardía.
+
+Ella era jovencita, muy jovencita y muy linda. Traviesa, vivaracha
+y un poquitín desvergonzada, comenzó por reírse del viejo y terminó
+casándose con él.
+
+Fueron a la boda orgullosos y satisfechos. La gente, a sus espaldas,
+compadecía al uno y criticaba a la otra.
+
+Todos previeron el ineludible adulterio. Los galanes profesionales
+olfatearon pronto la pieza y sobre la recién casadita cayeron
+en racimos. El viejo, que estaba ya de vuelta, les dejaba hacer
+sosegadamente. Salía de su casa pasito a paso, y erguido, pulcro y
+perfumado, cruzaba inalterable junto a los adoradores de su mujercita
+e iba a perderse en los rincones amables de los jardines públicos,
+donde pasaba las horas muertas echando migajas de pan a los gorriones y
+tomando el sol.
+
+La muchacha, al principio, se aburría un poco; después se aburrió más,
+y terminó desesperándose. Le molestaba aquel desinterés del viejo. ¿Por
+qué la dejaba sola tanto tiempo? ¿Por qué no evitaba las ocasiones en
+que sus adoradores podían cortejarla libremente?
+
+Recurrió entonces al secular ardid de darle celos; pero no lo
+consiguió. Estirado, afable, sonriente, veía el viejo cómo su mujer
+hacía guiños de inteligencia a sus cortejadores y cómo cuchicheaba con
+ellos cada vez que la ocasión se presentaba.
+
+Esta indiferencia la irritó aún más. Llegó a tener a su esposo
+un verdadero rencor. Pasó por días en los que le despreciaba
+profundamente. Era un inmoral, un cínico. Le importaría un bledo que
+ella se entregase, uno por uno, a todos sus amigos.
+
+Pero después reflexionaba más serenamente y comprendía que aquel viejo
+impasible, circunspecto, siempre ecuánime y correcto siempre, la quería
+de verdad. Adivinaba ella, en las palabras del esposo, una celosa
+asistencia y un rendido enamoramiento; pero jamás logró encenderle en
+arrebatos pasionales.
+
+Queriendo romper la frialdad del marido, llegó más allá de donde era
+prudente en sus coqueteos. Pero cuando en más de una ocasión se vio
+a punto de dar el saltito de la acera al arroyo, sin que nadie se lo
+impidiese, tuvo miedo y recogió velas. Estaba convencida de que no
+conseguiría soliviantar al marido, y, la verdad, el adulterio, sin el
+aliciente del daño que causa, no valía la pena. Así porque sí, y sin
+más ni más, no.
+
+A partir de entonces volvió a la táctica del mimo y el halago; la
+seducción plácida y el cariño dulce y constante. El viejo parecía ser
+más sensible a esto.
+
+Ella, alentada, redoblaba sus cuidados y consagraba todos los momentos
+de su vida a la seducción del esposo, que se dejaba querer, y
+sabiamente acrecía su amor, subiéndolo de tono poco a poco.
+
+Pasó el tiempo y ella obstinose en la conquista total del marido. Fue
+una esclava suya: le ofrendó todos sus instantes, y, cuando el viejo se
+murió, se halló trágicamente enamorada de aquella esfinge ruinosa que
+jamás le había entregado por entero el caudal de su cariño.
+
+A los pocos días de su viudez encontró entre los papeles del muerto el
+esquema de un sucinto «diario». Entre las notas correspondientes a los
+meses que siguieron a su boda, leyó:
+
+«Ella está a punto de caer; si cae, terminaré mi vida hoy mismo».
+
+
+
+
+EL GUARDIA PÉREZ
+
+
+El cuartelillo era demasiado pequeño; en él se alojaban cuatro guardias
+y un cabo, con sus mujeres y sus hijuelos innumerables; había poco
+sitio y tenían que moverse como piojos en costura. Estas molestias
+mutuas provocaban frecuentes altercados entre las mujeres y entre los
+chicos; pero los guardias eran hombres sensatos y dirimían entre sí
+estas querellas amistosamente y con estricta justicia. Amonestaban
+gravemente a sus consortes cada vez que entre ellas estallaba la
+contienda por la posesión de un trozo de patiezuelo o de un rincón
+de cocina, y se reiteraban recíprocamente sus palabras sensatas y
+cordiales.
+
+Además, el campo era muy grande, y, para el guardia que por defenderlo
+se esclaviza y afana, todo el campo es suyo. Así, pues, los hijos de
+los guardias salíanse gozosos del cuartelillo y gran parte del día
+estaban triscando libremente por las estribaciones de la sierra o
+tendidos panza arriba al sol en los prados.
+
+La misión de los guardias era penosísima; se hallaban destacados en
+un rinconcillo estratégico de Sierra Morena, y desde allí custodiaban
+una considerable extensión de terreno, ya que no contra las hazañas
+de los bandidos legendarios, contra las acometidas de los mineros
+hambrientos en tiempos de huelgas y lockout y contra los desmanes de
+los campesinos, que, cuando se soliviantan, incendian las mieses y
+saquean las casas de labor.
+
+Al poco tiempo de estar apartados del mundo, los alojados en el
+cuartelillo se habían hecho algo irritables, sobre todo las mujeres;
+aquella perdurable soledad provocaba en todos ellos un mutuo rencor,
+acrecentado cada día, que las mujeres no se recataban en mostrarse
+y que los hombres intentaban ahogar con las frecuentes apelaciones
+a la sensatez que unos a otros se hacían con curiosa insistencia.
+Lentamente, aquel aislamiento, aquella soledad, aquel enfrentarse a
+diario con la naturaleza bravía de la sierra les había ido quitando y
+suprimiendo todos los artificios y convencionalismos que son precisos
+para hacer un guardia de un hombre libre. Volvían, pues, sin darse
+cuenta, al estado de naturaleza en el que todo yugo es ominoso y
+tiránica toda disciplina.
+
+Una tarde, el guardia Pérez, que volvía sudoroso y aspado de recorrer
+las carreteras polvorientas bajo el agobio implacable del solazo
+andaluz, encontró a su mujer que lloraba lenta y calladamente en un
+rincón de la alcoba. Inquirió el guardia Pérez y supo que su mujer
+había sufrido ultrajes de la mujer del cabo González; tranquilizó como
+pudo a su compañera y fue en busca del cabo; ambos se reiteraron sus
+excusas con machacona insistencia y se apretaron las manos fuertemente
+una vez y otra. Cuando volvió al lado de su mujer estuvo consolándola,
+con su sobria elocuencia, mientras ella movía lentamente la cabeza. No
+pasó más.
+
+Otra tarde, el guardia Pérez, al regreso de la correría, encontró a su
+hijita —una pitusilla tristonzuela escrofulosa y blanca de linfa— con
+la cabeza entrapajada; en la frente, un poco de sangre cuajada junto
+a un mechoncillo del pelo rubiasco, casi albino, de la nena, hizo al
+guardia Pérez sentir que se le iba algo, que debía ser el alma, y
+hallarse frío, descarnado, mondo y lirondo, como si bajo el correaje
+y el peso del fusil no le hubiese quedado más que el esqueleto y un
+gusanillo roedor allá en los recovecos del cerebro. Ya esta vez la
+mujer no lloraba: estaba seca y tiesa junto a la pitusilla, con las
+pupilas encandiladas y los dedos engarabitados. Cuando el guardia Pérez
+quiso saber lo ocurrido, ella se limitó a decir:
+
+—¿Para qué? ¿Para qué?
+
+El cabo González, un poco embarazado, vino a contarlo todo. Los chicos
+eran tan traviesos..., hacían tantas diabluras..., la mala suerte de
+aquella chiquilla..., él no había querido hacerle ningún daño...
+
+Las convencionales explicaciones fueron aceptadas y los dos hombres se
+abrazaron una vez más, nerviosamente, dándose cordiales palmaditas con
+las manos crispadas.
+
+El guardia Pérez y su mujer se acostaron; ella estuvo callada largo
+rato, encerrada en un mutismo punzante; ya de madrugada lloró primero y
+habló después susurrante, abatida, sugeridora. Cuando el alba se colaba
+por las junturas desiguales del ventanillo, los dos estaban febriles y
+se acariciaban heroicamente.
+
+Una hora más tarde, el cabo González y el guardia Pérez salían de
+correría. Caminaron silenciosos por los vericuetos de la sierra. Cuando
+ya el sol estaba en el cénit, se detuvieron en una altura y sacaron
+de las mochilas las frugales meriendas. Soplaba fuerte viento y la
+sierra majestuosa infundía a los dos hombres su grandeza, su infinitud,
+su fuerza bravía, su libertad. Comieron sosegadamente; al final,
+disputaron por un pretexto fútil: una hoja caída de un árbol, el rumbo
+del viento, el vuelo de un pájaro...
+
+Vinieron a las manos, acometiéndose con alaridos de liberación; el cabo
+González llevaba las de perder y volvió la espalda a su adversario,
+amenazándole: «Ya las pagarás, granuja; ya las pagarás». El guardia
+Pérez previó la delación, se echó el fusil a la cara, y, rodilla en
+tierra, apuntó lentamente al fugitivo. En el momento oportuno, la bala,
+entrando por la espalda, tumbó sobre las jaras al cabo González.
+
+Se formó juicio sumarísimo y el guardia Pérez fue muy justicieramente
+fusilado.
+
+
+
+
+LA OBLIGACIÓN DE ODIAR
+
+
+Yo sabía que aquel tío venía a pegarme. Me lo había olido desde el
+primer momento; no sabría decir por qué. El caso es que, mientras
+estuve bailando con Amalia —Amalia era mi novia—, empezó a chocarme.
+Nos miraba con descaro, no se recataba en piropear a la muchacha y se
+reía de muy buen humor al ver los fondillos y las rodilleras de mi
+pantalón blanco, que no era, ciertamente, ningún prodigio de corte ni
+de confección. Este tío va a pegarme, pensé. Y así ocurrió.
+
+Los nervios se me pusieron de punta, tropecé cien veces, di
+innumerables pisotones a mi novia, y, al fin, la pobre, no pudiendo
+soportar más tiempo mis torpezas, se soltó graciosamente de mi brazo
+y fue a charlar con sus amigas. En cuanto me vi sin ella adiviné la
+catástrofe. Un sudor frío cubrió mi piel y la sangre se me agolpó a la
+cabeza. Para tranquilizarme y cobrar ánimos entré en el ambigú. Él se
+vino, como el que no quiere la cosa, tras de mí. A pesar de su sonrisa,
+vi claramente su negra intención y me puse a temblar. Estuve por gritar
+a mis amigos, diciéndoles: «¿Pero no ven ustedes que viene a matarme?».
+
+No recuerdo cómo estalló la tormenta. Era fatal. Creo que le di un
+pisotón o me lo dio él a mí; no sé. Lo cierto es que de buenas a
+primeras me asestó un formidable puñetazo en medio de la cara. No me
+dolió mucho al principio, esa es la verdad. Mis dientes crujieron de un
+modo lastimoso y sentí un fuerte escozor en las encías. Pero, vamos,
+me consideré satisfecho. Los puñetazos que más nos duelen son los que
+todavía no nos han dado. Al golpe siguió un largo rosario de insultos;
+después, se quedó callado y a la expectativa.
+
+Yo me pasé la mano por la frente, sudoroso; recogí mi sombrero, que
+había desertado frente al enemigo; tomé unas buchadas de cerveza, para
+cauterizarme la encía, y me puse a esperar el final de todo aquello.
+
+No pasó nada más. Dio media vuelta y se marchó, escupiendo por el
+colmillo. Entonces me volví, con el propósito de decir a mis amigos:
+«¿Pero han visto ustedes la injusticia que ha cometido conmigo?». No
+me dejaron; todos a una se arrojaron sobre mí, diciéndome que yo era
+un cobarde y que a mi vez había debido pegarle. ¿No era yo más fuerte?
+¿Qué me detenía entonces? Era verdad; acostumbrado a cargar de un lado
+para otro del almacén, con los pesados fardos de tejidos, no me hubiera
+costado gran trabajo coger a aquel sujeto por la cintura, levantarle
+en vilo y tirarle por la ventana, como si fuese una pelota; pero no se
+me ocurrió; ni remotamente pensé que podía haberlo hecho con un débil
+esfuerzo.
+
+Me abrumaron con sus reconvenciones, se dolieron de mi cobardía y
+procuraron excitarme para que tomase venganza. Tentado estuve de echar
+a correr, desafiarlo dondequiera que le encontrase y romperle la
+crisma. Resistí heroicamente aquel influjo y me marché, deseando no
+encontrarme a mi adversario en el camino por no ponerle en el trance de
+tener que pegarme otra vez si seguía malhumorado.
+
+Aquella noche fui a recoger a mi novia para que diésemos, como todos
+los domingos, una vuelta hasta el molino. El paseo era muy bonito; a
+ambos lados del camino había dos hileras de pinos; a los diez pinos,
+yo pretendía enlazar a mi novia por la cintura; a los veinte pinos,
+ella se dejaba enlazar; el que hacía veinticinco tenía unas ramas tan
+bajas y frondosas, que el camino se estrechaba, no dejando paso más que
+a una persona; allí juntábamos nuestras cabezas y nos besábamos. Los
+diez pinos, de la familia de los trigésimos, tenían testimonios más
+fehacientes aún de nuestro amor. Al cuadragésimo, Amalia sentía frío y
+me pedía que regresásemos a su casa. Esto era todo, y era bastante.
+
+No pude conseguir que Amalia diese aquella noche el acostumbrado paseo.
+Tenía el hociquito alargado, y, según dijo, se sentía cansada. Era la
+primera vez que le ocurría. Adiviné el motivo de su disgusto. Me había
+dejado pegar; ella lo sabía y no le parecía digno de su hermosura besar
+un bigote que ha sido aporreado impunemente. Traté de convencerla de la
+puerilidad de sus escrúpulos; se puede ser un bizarro amador y un mal
+pugilista. No me hizo caso. La dejé llorando y leyendo la historia de
+Amadís.
+
+A pesar de estas contrariedades no podía sentir odio contra el causante
+de todo. Estaba convencido de que era un insensato, un pobre diablo
+fanfarrón y mal educado. ¿Por qué me había pegado sin yo darle motivo?
+¿No era esto una acción reprobable? ¿Por qué los demás no se la
+afeaban, y, en cambio, venían a mí con recriminaciones?
+
+¡Bah! El mundo es estúpido, pensé. Serían capaces de alegrarse si yo
+le cogiese ahora y le partiese en dos pedazos. Todos me felicitarían
+y mi novia me dejaría sordo a besos. Creo, sin embargo, que ni él
+ni yo ganaríamos nada, y por eso no lo hago. ¿Me ha golpeado? Pues
+vaya bendito de Dios. Esto, que bien pudiera ser grandeza de alma, lo
+interpretaban como una cobardía. Bueno. Y aunque así fuese. ¿Es que no
+hay derecho a ser cobarde? Puedo ser cobarde, como soy gordo y rubio, y
+no sé por qué he de avergonzarme de ello.
+
+A la noche siguiente fui a buscar a mi novia; pero no quiso recibirme.
+No volví a verla hasta el domingo siguiente; la encontré bailando
+con el otro. Cuando los vi juntos, me quedé estupefacto. Aquello era
+increíble. Los miraba atentamente y no dejaba de maravillarme.
+
+El otro lo notó, soltó a Amalia de su brazo y se vino hacia mí, con un
+airecillo retador, que me pareció altamente ridículo.
+
+—¿Querías algo? —me preguntó.
+
+—No, nada —le respondí balbuceando.
+
+—¡Como nos mirabas tan fijamente!
+
+—Me extrañaba que mi novia bailase contigo.
+
+—Ahora es novia mía.
+
+—No sabía nada.
+
+—Pues ya lo sabes.
+
+El procedimiento me pareció algo incorrecto. Pero, en fin, ¡las mujeres
+son tan raras!
+
+De lo que no me han convencido todavía es de que yo tenga por fuerza
+que matar a mi rival. Todo el mundo me lo dice; mi misma madre, cuando
+me pone la comida sobre la mesa, viene a acariciarme dulcemente y me
+dice con lástima, pasándome la mano por la frente: ¡Pobre hijo mío!
+¡Pobre!
+
+—¿Pobre? ¿Por qué?
+
+
+
+
+BORRÓN Y CUENTA NUEVA
+
+
+El viejo, con sus ochenta años a la cola, estaba ya jubilado. Su hija,
+al casarse, tiró de él, trayéndole a la ciudad. Vivió con ella y con su
+yerno, un hombrecito cariñoso y trabajador; le dieron varios nietos,
+le obligaron a descansar; no le faltó nunca su camisa limpia y su
+paquetito de picadura, y por todo esto se consideró feliz. Ya era hora.
+Bien ganado se lo tenía.
+
+Por la tarde cogía a los nietecillos y se iba con ellos a las afueras
+para hacerles respirar el aire del campo. Andaban lentamente hasta
+que la ciudad se quedaba atrás, con sus mil ruidos, su hacinamiento
+y su cochambre. Cuando llegaban a los primeros sembrados, el viejo
+campesino, un poco cohibido en el ambiente denso de la urbe, se
+esponjaba, se erguía, volvía a sentirse fuerte y sabio. Los nietos
+correteaban buscando florecillas, se revolcaban sobre la hierba, se
+rendían gozosos.
+
+El padre no iba nunca a estos paseos. Salía de la celdita estrecha de
+su casa para meterse en la cueva de su oficina; cuando estaba libre
+iba al café o al teatro. Tal vez por esto cayó enfermo y terminó
+muriéndose. Era un hombrecillo laborioso y bueno, que había pasado
+mucha hambre y muchas fatigas correteando con sus piernecillas zambas
+por las calles de los grandes comercios, subiendo y bajando escaleras,
+encaramado, al fin, frente a un pupitre. Se murió dulcemente diciendo
+que aquella noche tenía que sudar su catarro para ir al día siguiente a
+la oficina.
+
+Su jefe lo sintió mucho; fue a visitar a la viuda; le dejó algún
+dinero, para que tuviese tiempo de llorar, y se marchó. Ya no volvería
+más. Aquella pobre gente comprendió entonces que había quedado roto el
+lazo que les unía con el mundo. Se sintieron perdidos, desligados de
+todo, como si hubiesen caído en otro planeta. Pronto vino la miseria;
+ahuyentando el recuerdo, les sacudió rudamente y les dijo: «A vivir».
+
+La madre, que se había consagrado por completo al esposo y a los hijos,
+estaba quebrantada, envejecida, inútil para la lucha. No tenía más que
+ternura, y la ternura no es moneda corriente en el mundo cuando no va
+unida a la juventud y a la belleza. Los hijos cabían todos bajo una
+canasta. No quedaba más sostén que el abuelo; y a él volvieron los ojos.
+
+No los volvieron en vano. Con sus ochenta años a la cola salió a
+trabajar. Le admitieron como jardinero en una villa. Pero tuvo que
+ocultar cuidadosamente a su patrón que tuviese hija y nietos a quienes
+mantener. Ganaba un exiguo jornal y la comida; cuando se la llevaban
+al pabelloncito en que estaba alojado, juntamente con los perros, y
+como un perro más, la ocultaba, y acechando la primera ocasión iba
+a llevarla a los nietecillos. Algunas veces se tardaba; los chicos,
+asomados al ventanuco, espiaban ansiosos su llegada con las bocas
+abiertas como gorriones. Al verle a lo lejos, palmoteaban de júbilo.
+«¡El abuelo! ¡El abuelo!», gritaban con todas sus fuerzas. La madre
+tendía el mísero mantel, y, lentamente, aquellas cinco criaturas
+consumían la ración del viejo, masticando despacio, recogiendo
+cuidadosamente las migajas y rociando los escasos manjares con grandes
+tragos de agua clara y fresca.
+
+Así pasó el tiempo; un día, el mayor de los nietos estuvo en edad de
+trabajar. El viejo, que no esperaba más que esto, se murió. Antes
+se hubiera muerto si antes le hubiera estado permitido morirse. Su
+heredero en la cotidiana fatiga era un mozalbete espigado, inteligente,
+audaz. Había visto bien la vida. Educado en el dolor, aspiró a
+libertarse de su terrible disciplina. No se resignaría; por resignado
+murió su padre y se agotó su abuelo. Desechó de su lado la ternura,
+la fatal ternura, la comprensión, que tantos impulsos detiene; la
+sobriedad, que tantas privaciones consiente. Trepó, agarrándose con
+las uñas y los dientes, y pronto se llegó a su madre y le echó con
+arrogancia en el regazo el fruto de sus piraterías. La madre se asustó
+un poco; pero cuando vio que salían de la miseria, alabó a Dios; por
+primera vez la vida les dejaba holgura para respirar y moverse.
+
+El hijo aquel se echaba valientemente por el mundo; reñía Dios sabe qué
+batallas y regresaba después con los suyos, llevando su presa en las
+garras. Con el bienestar la madre salió del sopor en que la miseria la
+tenía; se permitió echar un vistazo por el mundo y le pareció que era
+bastante mejor de como en sus cincuenta años se lo había imaginado.
+Se reconcilió con la vida, que al fin le hacía justicia y premiaba el
+sacrificio de los suyos; el padre, fuerte, y el esposo, honrado. Como
+tenía una vieja apetencia, contenida siempre, gozó acuciosa de cuantos
+goces le estaban aún permitidos; dio gracias al cielo, que así abría
+puertas a su vejez, y, merced a la fortuna del hijo, fue feliz. No supo
+nunca a ciencia cierta cómo ni de dónde venía aquel bienestar, aquel
+dinero. Lo traía su hijo; esto era todo lo que sabía. Aquel hijo que
+había tenido suerte. La bendita señora no atribuía más que a la suerte
+el triunfo de aquel hijo, acaso el más díscolo y menos cariñoso de
+todos, el más vicioso y rebelde, el que menos se lo merecía. Echaba de
+menos en él la ternura, la humildad, la continencia del abuelo y el
+padre. Pero le disculpaba, porque, a pesar de todo, tenía suerte, y, en
+definitiva, era el que les había sacado de la miseria.
+
+* * *
+
+Cuando se trepa por sitios escarpados no es imposible caerse, y el
+hijo aquel se rompió un día las uñas y cayó. Lo recogió la Justicia.
+Un negocio sucio, una quiebra fraudulenta, un chantaje, una estafa,
+cualquier cosa. El asunto fue escandaloso, y la madre, vieja, se vio
+envuelta en el deshonor.
+
+Entonces salió de su apoteosis. No había sido la suerte la que le
+había dado el bienestar. Había sido el delito. La vergüenza le inundó
+el alma. Siempre pensó ella que aquel hijo le había salido malo. Se
+acordó de su vida de miseria, de su marido y de su padre, honrados,
+laboriosos, pobres, pobres hasta el sacrificio, hasta la muerte. Vio la
+esterilidad de aquellas vidas sacrificadas y enloquecida por el dolor
+se volvió furiosamente contra el hijo delincuente y no supo más que
+gritarle con todo el horror y la impiedad de su alma:
+
+—¡Infame! ¡Has deshonrado tu casta!
+
+
+
+
+CÓMO SE DESHACE UN HOMBRE
+
+
+Quedó sin ocupar un asiento y ninguno de los que iban en las
+plataformas, renegando del agua y el frío, lo había visto. Claro.
+Estaba disimulado por el egoísmo esponjoso de aquel militar y aquella
+señora dilatada y por el instinto de aislamiento de aquellas dos
+beatitas que, en su deseo de no ser molestadas, parecían estirar más
+que nunca sus tocas de cartulina. Allí había un sitio, sin embargo, y
+nadie lo había visto.
+
+Nadie, hasta que entró aquel hombre de los ojos claros, tan claros
+que parecía no ver. Tenía unas pupilas desteñidas, que no verían gran
+cosa, y además había bebido. Seguro que había bebido. Era sábado y la
+noche estaba ya bien entrada. No era preciso ser un lince para adivinar
+que al salir del trabajo se había rezagado en el rinconcito amable de
+alguna taberna. ¡Es tan agradable aguardar a que escampe ante un vaso
+de vino!
+
+Mirando con sus ojuelos claros y ligeros, con esa inconsistencia con
+que miran los hombres que todavía no están borrachos, pero que pronto
+han de estarlo, vio el sitio, su sitio, el asiento a que tenía derecho,
+y que aquellas gentes sin conciencia —el militar, la señora, las
+beatas— querían hurtarle. Se irritó un poco, y, tambaleándose, atravesó
+el pasillo y reclamó su puesto. Aquellos seres eran tan cobardes como
+egoístas; fingieron no haberse dado cuenta de que ocupaban un lugar de
+más, y refunfuñando se estrecharon y le dejaron sentar.
+
+—¡Pues no faltaba más! ¡Ajajá! Cada uno tiene su derecho. ¿Eh? Y se
+estaban tan calladitos...
+
+El hombrezuelo se arrellanó, levantó sus piernecillas zambas y se frotó
+los pies uno contra otro; dijo algunas impertinencias y se serenó
+pronto. Su vanidad estaba satisfecha.
+
+Los otros callaron, prudentes y llenos de enojo. Él parecía no
+advertirlo y comenzó a sonreír a diestra y siniestra, entornando los
+párpados con inocente malicia. Hubo un silencio fastidioso. Cada
+cual iba enfundado en sus preocupaciones. En el tranvía es donde la
+gente se siente más arisca, más dura y más distinta de la gente. Tan
+solo aquel hombrezuelo de los ojos claros pugnaba por establecer la
+cordialidad y entablar una corriente de comunidad afectiva entre
+aquellos hitos humanos, alineados en las banquetas del tranvía. Sus
+esfuerzos, al principio, eran infructuosos; nadie hacia caso de las
+miradas de través, las muecas y las sonrisas que venía repartiendo.
+Pensaban todos, muy serios y estirados, en sus negocios, sus hambres,
+sus pasiones o sus dolores. Logró, sin embargo, captar la atención
+de una muchachita de buen carácter —esto saltaba a la vista— que iba
+frente a él. Cuando advirtió el pobrete que alguien recogía sus deseos
+de expansión, debió alegrarse mucho. Aventuró primero una pregunta,
+y pronto su locuacidad llenaba el tranvía con pintorescas imágenes,
+carcajadas, comentarios ingeniosos, apostillas, pullas, reticencias y
+picardías. Estaba contento aquel hombrezuelo; muy contento. Y había que
+disculparle. No dejaba de ser simpática su alegría..., y contagiosa.
+Los más entreabrían un poco el portillo de su cordialidad. ¡Qué diablo
+de hombre! ¡Cómo se reía el indino! ¡Qué bocaza, sin dientes, más
+cómica abría en sus carcajadas!
+
+¡El pobre! Se adivinaba que había estado trabajando toda una semana,
+padeciendo hambre y frío en el tajo, duelos y quebrantos en su casa,
+para aquella tarde del sábado cobrar unas monedas de jornal, que
+le tintineaban en el bolsillo, y beberse unos vasos de vino que le
+alborotaban en el exiguo meollo.
+
+No dejaba de tener gracia cuanto decía y comentaba. Hasta las beatitas
+estiraban los labios, a su pesar, entre la celosía de sus tocas
+almidonadas. Y el hombrezuelo aquel charlaba por los codos, reía,
+escandalizaba, se retorcía de gusto en su asiento, contemplando los
+estrafalarios botines de aquel señor o la pelerina de aquella buena
+señora. Era indudable que estaba bebido; un poquito bebido nada más. Se
+le podía soportar, sin embargo, salvando algunas de sus impertinencias.
+¡Qué diantre! El pobre hombre era feliz y daba gloria verle.
+
+¿Pues y las cosas que le dijo a una pobre mujer que luchaba a brazo
+partido con un ballenato de diez o doce meses, empeñado en dominar con
+sus magníficos alaridos el estrépito del viejo y desvencijado tranvía?
+Puso el paño al púlpito y durante diez minutos ensalzó donosamente su
+moral familiar, su autoridad paternal, la ley que había impuesto a sus
+hijos. Y todo esto, riendo, entre chistes y burlas, porque se sentía
+satisfecho y feliz. Era un gratísimo espectáculo el de la felicidad
+de aquel viejo trabajado, que hablaba con alegría de su casa, de su
+pobreza, de su mujer y sus hijos.
+
+—¡Jamás me faltó al respeto ninguno de mis hijos! ¡A todos los eduqué
+en mi ley y mi conciencia! ¡Yo! ¡Yo! —y paseaba una mirada de triunfo
+sobre el concurso—. Todos mis hijos han sido honrados. Desde el primero
+hasta el último. Y cuenta que fueron quince. ¡Quince hijos! ¡Yo! ¡Yo!
+
+—¡Eh, abuelo! Ese que grita —le interrumpió una voz dura y zumbona, que
+salía de un rincón del tranvía—. ¿Cuántos hijos ha tenido usted?
+
+—Quince. ¡Yo! ¡Quince!
+
+—¡Bah! —dijo, volviéndose despectivo hacia otro lado el que le había
+interrumpido—. Son muchos hijos para usted solo, abuelo. Algún otro
+habrá tenido parte.
+
+Nadie dijo más. El hombrezuelo calló, como por ensalmo. Se estuvo
+quieto, quieto, absorto. Abrió cuanto pudo los ojuelos, dilató las
+blanquecinas pupilas y se quedó mirando estúpidamente a quien con tanta
+crueldad le había herido. Hallose cara a cara con un mocetón cetrino y
+mal encarado, que, al reírsele en sus barbas, le enseñaba una fila de
+dientes blancos y afilados como los de un tigre.
+
+Nadie dijo más. Sobre todos gravitaba el ultraje, el bestial ultraje,
+que nada había justificado. Volvió a enfundarse cada cual a sus
+preocupaciones, la hostilidad surgió de nuevo y el hombrezuelo se
+encontró desamparado, frente a frente con su agresor.
+
+Largo rato estuvo mirándole a los ojos con una mirada inexpresiva y
+pesada. ¿Que ocurría en su alma en aquellos instantes? ¿Qué furiosos
+deseos de matar no le acometerían? ¿Qué terrible amargura le subió del
+fondo del alma a los labios? ¿Qué vergonzosa duda galopaba desandando
+el camino ya recorrido de su vida y ganándole en cada segundo un año
+entero de los que para él habían transcurrido antes en la confianza?
+¡Cómo debió derrumbarse aquella felicidad agresiva que venía volcando a
+torrentes!
+
+Dejó caer la cabeza sobre el pecho y no dijo más. A poco le asomaron
+a los ojos desteñidos dos lágrimas de rabia e impotencia —¡quién sabe
+si de resignación!—, y antes de que corrieran bañándole los surcos de
+las mejillas, se levantó, y como un autómata descendió del tranvía.
+Sus piernecillas zambas y endebles le llevaron vacilante hasta las
+callejuelas cuyas sombras habían de tragársele para siempre.
+
+(Esto se debía titular _Historia de un asesinato_).
+
+
+
+
+BIOGRAFÍAS CONTEMPORÁNEAS
+
+
+_El millonario._
+
+Chico para recados se ofrece. Muy listo y formal. Sabe leer, escribir y
+de cuentas.
+
+Taquígrafo-mecanógrafo muy práctico, modestas pretensiones.
+Inmejorables referencias.
+
+Joven de gran experiencia comercial aceptaría administración o gerencia
+de negocio importante, depositando fianza.
+
+Necesito socio capitalista para gran empresa industrial que rendiría
+cuantiosos beneficios. Absolutas garantías.
+
+Caballero buena presencia, sólida posición, casaría con señorita
+acaudalada de padres nonagenarios. Preferiría huérfana.
+
+Emisión de acciones de la A. I. C. P., Compañía anónima para la
+explotación de las minas de salchichón de Vallecas. Capital: 10.000.000
+de pesetas.
+
+
+_La estrella._
+
+Oficiala de sastre, muy aventajada, se ofrece. Sabe zurcir
+primorosamente.
+
+Se desearía saber el paradero del joven X. X., antiguo y consecuente
+estudiante del tercer curso de Medicina, para informarle de un asunto
+de familia y hacerle cargo de un pequeño recuerdo.
+
+Joven se ofrece para camarera en Madrid o provincias. Atrayente figura,
+trato delicioso.
+
+Tanguista. Lujosísima presentación. Cocainómana y morfinómana. Patina
+sobre hielo y domina el paso del camello.
+
+AURORA BOREAL. — Danzas exóticas y corruscantes. Decorado propio.
+Juventud, belleza, arte.
+
+Señora honesta y retirada del mundo, millonaria y de buen ver todavía,
+desea contraer matrimonio con título del Reino, con o sin grandeza,
+aunque se halle en precaria situación.
+
+
+_El que pasa sin enterarse._
+
+Ha dado a luz un robusto niño la esposa de nuestro distinguido amigo
+don H. P. Tanto la madre como el recién nacido se encuentran en
+perfecto estado.
+
+En los exámenes del quinto año del bachillerato ha obtenido brillantes
+calificaciones el aprovechado joven don H. P. P.
+
+En reñidas oposiciones ha obtenido la plaza de auxiliar del Cuerpo
+Facultativo de Camelos del Estado el distinguido joven don H. P. P., a
+quien auguramos una brillante carrera administrativa.
+
+Pérdida de una perrita de color canela, con un lucero en la frente y el
+rabo cortado. Atiende por «Vidita». Quien la entregue a su dueño, don
+H. P. P., será gratificado.
+
+Se ha concedido la banda del Águila Real al distinguido funcionario
+del H. P. P. El Estado ha querido premiar así sus altos méritos y sus
+dilatados servicios.
+
+En la mañana de ayer falleció el ilustre jefe de negociado don H. P. P.
+Fue un probo funcionario, un esposo ejemplar y un padre amantísimo.
+Descanse en paz.
+
+
+_Higinia._
+
+Cocinera para casa grande se ofrece, con derecho a salida todos los
+domingos.
+
+Pérdida en la Bombilla, el domingo último, de un broche, de gran valor
+para su dueña, por ser recuerdo de familia.
+
+Las mejores chuletas de huerta las vende Higinia en su puesto de la
+plaza del Progreso. Se guisan callos con esmero.
+
+HIGINIA LÓPEZ. — Comidas y casa de dormir. Cubierto, 1,25; habitación,
+10 pesetas, y una peseta con o sin.
+
+PENSIÓN HIGINIA. — Caballeros estables, trato de familia. Toda clase de
+comodidades.
+
+HIGINIA PALACE. — El mejor hotel de España. Todo lujo. Brasserie,
+jazz-band, té danzant. Cenas aristocráticas.
+
+
+_El equivocado._
+
+Bachiller en Ciencias y Letras necesita empleo decente. Laboriosidad y
+honradez.
+
+HALLAZGO DE UNA CARTERA. — En mi domicilio, Pez, 88, se halla, a
+disposición de quien acredite ser su dueño, una cartera que contiene
+20.000 pesetas y ha sido hallada en la vía pública.
+
+Necesito préstamo de 50 duros con mi garantía personal. Pagaría altos
+intereses.
+
+INVENTOR. — Vendo en 1000 pesetas el secreto de un invento maravilloso
+para hacerse millonario en quince días.
+
+UN LIBRO INTERESANTE. — Se ha puesto a la venta el libro de versos
+_Zarza florida_, original del fecundo poeta e infatigable proyectista...
+
+CARIDAD. — Se suplica a las personas caritativas acudan en auxilio de
+un pobre hombre, inventor infeliz y arbitrista fracasado que se halla
+paralítico, viudo y con seis hijos, en un sotabanco de la calle de...
+
+* * *
+
+Esta es la verdad, la única verdad. En la vida no hay más que media
+docena de anuncios; esos seis anuncios son lo único notable de nuestra
+existencia. Todo lo demás son complicaciones inventadas por los
+literatos y los filósofos, gentes absurdas que no tienen nada que hacer
+y se divierten enredándonos.
+
+
+
+
+ VIDAS CURIOSAS
+ DE VARIAS MUJERES SIN IMPORTANCIA
+
+
+
+
+LOS ZARCILLOS
+
+
+No fue que las mayores la abandonaran, no. Salió con ellas del colegio,
+y, cogida de la mano, llegó hasta la plazuela. Después, como ocurre
+en todas las grandes catástrofes, las versiones eran contradictorias.
+Hay quien dice que ella sola se escapó por las callejuelas prohibidas;
+otros afirman que se quedó embebecida ante la cacharrería, y otros, en
+fin, aseguraban que se durmió allí mismo, en aquel portal, donde ya
+anochecido la encontró su madre.
+
+Lo cierto y verdad era que llegó a la plazuela con las mayores; pero
+se pusieron a jugar como unas locas y se olvidaron de ella. Era aún
+muy pequeñita, y, además, tenía un alto concepto de sí misma, por lo
+que se alejó sin sentimiento de aquella turbamulta, yéndose pasito a
+paso hacia el zaguán escondido en el fondo de la plazuela, donde estuvo
+revisando sus conceptos del mundo y de la vida. Una personita de una
+vara tiene que resolver por sí sola muy arduos problemas de filosofía
+si quiere aparecer sensata.
+
+Los académicos, los profesores, la gente grave y empingorotada del
+mundo han dado al acto de reflexionar una exagerada importancia; y
+si decimos que aquella chicuela de cuatro años estaba reflexionando,
+se volverán contra nosotros. Reflexionaba, sin embargo, y puestos de
+acuerdo su corazón de pichoncillo y su cabeza de chorlito, convenían
+en reconocer que la vida es francamente grata. Complacíala aquella
+suavidad del atardecer, el oro viejo del sol que se posaba en las
+azoteas y los miradores, la cantata de la viudita del conde Laurel,
+que quiere casarse y no encuentra con quién, y, sobre todo, aquella
+libertad de moverse y reírse, ganada en las interminables horas de
+inmovilidad y silencio que el colegio imponía. No podía dudarse de que
+la vida es buena.
+
+Para que no le faltase nada, llegó con pasos quedos hasta ella una
+pobre mujer, arrebujada en un mantoncillo sucio, que, mirándola
+fijamente, le dijo admirativa y cariñosa:
+
+—¡Oh, qué niña más bonita!
+
+Había algo extraño en los ojos de la mujer del mantoncillo, y la niña
+debió advertirlo. Pero aquellos cuatro palmos de persona tenían ya su
+buena ración de vanidad y se rindió al halago.
+
+—Sí, señor, bonita; muy bonita —siguió diciendo la mujer, mientras la
+chicuela se ruborizaba, encogidita de vergüenza.
+
+Mentía la mujer; la chiquita era fea: tenía las piernas delgadas y
+negras, la boca grande, las orejas despegadas. Tal vez por esto fue más
+sensible a la adulación y desechó toda sospecha.
+
+—¿Me quieres dar un beso, preciosa? Ven acá, hija mía; ajajá. ¡Qué
+linda! —y la besuqueaba melosa, dejándole sobre la carilla exangüe la
+saliva congelada de su bocaza.
+
+—Así me gustan a mí las niñas, tan seriecitas. ¿Ves? Por eso te quiere
+tanto tu mamá y por eso te peina y te compone. Por buena; por buena te
+ha comprado estos zarcillos tan bonitos, ¿verdad?
+
+La chicuela asentía complacida, y, sin poder dominar su orgullo, ladeó
+la cabeza, mostrando la orejita traslúcida y el zarcillo de coral fino
+que le cosquilleaba en el cuello.
+
+—¡Preciosos! ¡Preciosos! —exclamaba la mujer—. Yo tengo una niña tan
+bonita como tú y voy a comprarle unos zarcillos iguales.
+
+—¿Tú tienes una niña?
+
+—Sí, tengo una; pero la pobrecita no tiene zarcillos.
+
+—Cómprale unos como estos.
+
+—Sí que se los compraré. Pero ¿cómo voy a encontrarlos tan bonitos?
+Verás, déjame esos; voy a la tienda, compro unos iguales y después te
+traigo los tuyos, ¿quieres? Mi niña se pondrá tan contenta... Anda,
+dámelos.
+
+La chicuela, complaciente, mostró otra vez la orejita y la mujer abrió
+el broche y sacó el zarcillo. Buscó el otro, ya con cierta brusquedad,
+y, al cogerlo, tiró nerviosamente, amenazando romper el lóbulo. Dos
+grandes lágrimas aparecieron en los ojos de la niña. Iba a llorar; pero
+la mujer la consoló, diciéndole:
+
+—No llores, tonta; te los traeré en seguida. Espérame aquí; espera...
+
+Y se marchó; la niña la vio cómo corría. Pensó en la alegría que
+recibiría la otra niña, la hija de aquella buena mujer, y, sacando del
+bolsillo unos guijarros blancos, se puso a jugar, tirándolos hacia lo
+alto y recogiéndolos con la misma mano.
+
+—Una, dos; una, dos, tres, cuatro; una, dos...
+
+Cuando echó una ojeada a la plazuela se habían ido ya todas las niñas.
+¿Tardaba la mujer? No, todavía no. Siguió jugando.
+
+—Una, dos, tres; una, dos; una, dos, tres...
+
+Pasó el farolero con su gran palo sobre el hombro; se iluminaron los
+balcones de la plazuela y el frío empezó a rondarle las piernas. ¿No
+vendría la mujer? Sí, sí vendría; le había dicho que la esperara.
+
+—Una, dos; una, dos, tres, cuatro...
+
+El último pájaro de la tarde, perdido su nido, anduvo revoloteando a la
+desesperada por la plazuela; aterrorizado, volaba sin tino, chocando
+contra las paredes, metiéndose en los zaguanes, abatiéndose sobre el
+empedrado. Por fin encontró su camino y se fue. Ya no volvió a oírse
+en la plazuela olvidada más que el fuerte compás de unos pasos que de
+tiempo en tiempo la cruzaban.
+
+La chicuela empezó a temer. ¿A qué? No lo sabía; tal vez a todo: al
+ruido y al silencio; a la luz y a las sombras. A todo, menos a la
+sospecha de que la mujer no volviera. ¡Cómo no había de volver, si se
+llevó sus zarcillos y tenía que traérselos! Su confianza era ciega,
+absoluta. Volvería; tarde o temprano, volvería. Hay que tener cuatro
+años para creer así.
+
+En tanto, la madre, sobresaltada, iba buscándola calles y plazas.
+Cuando la encontró estaba muy acurrucadita en el umbral, jugando
+maquinalmente con sus guijarros blancos.
+
+—Uno, dos, tres; uno, dos...
+
+Le contó el caso, y la madre, congestionada, puesta en jarras,
+prorrumpió en dicterios:
+
+—¡Puerca! ¡Ladrona! ¡Robar a una niña inocente!
+
+La chica no se explicaba con claridad todo aquello y siguió sentadita
+en el umbral.
+
+—Y tú, tonta —la interpeló la madre—, ¿qué haces ahí todavía? Anda para
+casa.
+
+—¿A casa? —preguntó horrorizada la chiquilla—. ¡A casa, no! Yo tengo
+que esperar a que esa mujer me traiga los zarcillos.
+
+Ya no anduvo la madre con contemplaciones. La agarró de un brazo y a
+rastras se la llevó de allí.
+
+Furiosa, la chicuela gritaba:
+
+—¡Que no, que no! ¡Que tengo que esperar a que me traigan mis zarcillos!
+
+Tardó mucho tiempo, años quizá, en desechar la idea de que había
+perdido sus zarcillos porque no la dejaron esperar a que volviese la
+mujer. Tardaría, ¿por qué no? Pero volver, ¡vaya si debió volver!
+
+
+
+
+POR ENCIMA DE LA VOLUNTAD
+
+
+La hija tenía la misma cara bobalicona y redondita que debió tener
+su papá; aquel papá remoto, que ganaba un sueldecito decente, y se
+murió muy joven porque carecía de la consistencia necesaria para
+vivir a cuerpo limpio. La madre, en cambio, tenía una dureza, una
+caracterización, una angulosidad sospechosa, que la delataba, a pesar
+de sus carnes fofas y del modo inocentón y beato con que se prendía
+su velo, sujetándole al pecho con un viejo alfiler de plata, en el
+que se leía su nombre. Los comerciantes inteligentes no se dejaban
+engañar, y al exponer ante ella sus telas, su bisutería o sus joyas,
+les asaltaba el temor de que aquella mujerona, no obstante su empaque y
+la sobriedad de sus movimientos, fuera la mechera, la terrible mechera,
+que da pesadillas a los dependientes novatos y es para los dueños
+de tienda la personificación de todas las perversiones morales y el
+grado más alto de la escala de la delincuencia. Pero les desarmaba la
+carita inefable de la hija, sus blusitas claras, su modosería y aquel
+airecillo de coquetuela inocentona, que hacía de ella la novia ideal de
+todos los horteras.
+
+Eran mecheras, sin embargo, la madre y la hija. Hacía varios años
+que ejercían esta profesión, casi como único medio de subsistencia,
+y era maravilloso que en tanto tiempo ni una sola vez hubiesen sido
+descubiertos sus hurtos; entraban en las tiendas, pedían artículos
+extraños y caprichosos, tentujeaban, desesperaban al comerciante, y,
+en el momento propicio, la madre ocultaba sabia y precipitadamente la
+pieza de encaje costosísimo, la perla, el brillantito o el reloj de
+pulsera. Otras veces, ante las mismas narices del dependiente, la madre
+daba el objeto robado a la hija, que lo escondía entre los pliegues
+de su blusilla de adolescente, mientras paseaba una mirada distraída
+por las anaquelerías, mostrando su cara de pascuas tranquilizadora.
+La madre fingíase miope, y en las joyerías, otras veces, acercábase
+exageradamente a los ojos las pequeñas bateas en que los joyeros le
+mostraba sus piedras preciosas, y con la punta de la lengua sorbíase
+alguna, que, a partir de aquel momento, pasaba a formar parte de los
+bienes de la familia.
+
+Vivían muy modestamente, a pesar de sus malas artes y de lo que la
+chica cosía a destajo para algunas tiendas de ropa blanca. A poco de
+morir el padre hubieran podido cambiar de fortuna; un señor influyente,
+que había protegido, con la ruin protección de nuestros días, al
+cabeza de familia, hizo a la madre determinadas proposiciones que
+debían ser aceptadas por la hija. El señor influyente daba toda clase
+de seguridades y sugería a las dos infelices las vistas panorámicas
+de un bienestar duradero. No aceptaron, sin embargo; hasta llegaron
+a escandalizarse; ellas eran honradas, de una honradez secular,
+vinculada en la familia, a través de las generaciones; gozaban de un
+crédito intachable entre la vecindad y pasarían por todo antes que por
+«aquello», sufriendo grandes miserias. El éxito de un día, ese día en
+que el hambre, no teniendo qué devorar, se engulle los valores morales,
+las empujó a la reincidencia, en su oficio de mecheras, y como hasta
+entonces les había salido bien...
+
+Eran honradas, sin embargo, la madre y la hija, si se las miraba por la
+otra cara de la honradez, por la que más cuidadosamente se mira a las
+mujeres. Tenían fe en el porvenir; esperaban siempre su liberación, y
+cada vez que cometían un latrocinio lo hacían creyendo formalmente que
+sería el último a que la vida les obligaría.
+
+Pero, como era lógico, alguna vez tenía que surgir la catástrofe. Al
+fin fueron descubiertas un día en el momento en que la madre ocultaba
+entre los cabellos un alfiler de corbata; detenidas y conducidas a la
+comisaría próxima, se les registró, encontrándose la alhaja robada bajo
+el manto beato de la madre. Pasadas veinticuatro horas, el juez mandó a
+la cárcel a la madre y dejó a la hija en libertad, bien por no haberse
+podido probar su delincuencia, bien por lástima, si es que los jueces
+son capaces de ella.
+
+Durante algunos días la muchacha estuvo en un estado tal de
+inconsciencia, que de nada pudo hacerse cargo. El estupor de la
+desgracia había abierto aún más sus ojazos y acentuado la inexpresión
+de su cara redonda. Día y noche torturose pensando en las angustias de
+la madre encarcelada, en su propia soledad y desamparo y en el deshonor
+que había caído sobre ellas. Cuando logró alguna lucidez no halló más
+camino de salvación que buscar a aquel señor influyente que había sido
+amigo y protector de su padre, contarle toda la verdad e impetrar su
+auxilio en favor de la pobre madre encarcelada.
+
+El señor influyente recibió a la muchacha alborozado; escuchó benévolo
+la vergonzosa historia, aseguró que todo se arreglaría felizmente, y,
+con exquisito tacto, renovó sus proposiciones de otro tiempo. No había
+podido desechar la obsesión que la belleza dulzona de la muchacha le
+produjera, y si antes había cejado en su empeño, la ocasión venía
+ahora a favorecerle y a renovar el deseo tanto tiempo insatisfecho,
+sin cargo alguno de conciencia, pues para el deshonor de aquella hija
+de ladrona era alta honra la intimidad que el caballero honorable le
+brindaba.
+
+La muchacha, confusa, avergonzada, resistió sin fuerzas y aplazó su
+resolución hasta el día siguiente. Aquel mismo día vio a su madre en el
+locutorio de la cárcel, y ambas lloraron largamente, separadas por la
+reja. Después volvió la madre a su celda y lloró más amargamente ahora,
+con la cabeza cenicienta entre las palmas de las manos.
+
+Al anochecer, el caballero influyente debía pasar por el cuartito
+humilde de la muchacha; saldrían y la acompañaría a cenar. Durante la
+tarde ella estuvo vistiéndose sus trapitos mejores; maquinalmente se
+peinó y adornó con esmero, y se puso en la cara sus polvos baratos y en
+el pecho su agua de colonia desteñida. Llegó la hora, con ella un simón
+y en él su protector.
+
+Fueron a un restaurante elegante; la muchacha estaba silenciosa,
+estupefacta; veía los fraques recortados de los camareros, admiraba la
+extremada cortesía de los hombres elegantes y sentía envidia frente
+a la aureola que circundaba a las mujeres hermosas. Comparó esto
+con aquello; aquello era el trabajo no remunerado, las miseriucas
+del hogar, el delito, el deshonor, la cárcel... Y salió corriendo.
+La empujaba, la hacía huir una invencible repugnancia, una aversión
+arraigada en la masa de sangre y más fuerte que su voluntad rendida.
+
+La madre cumplió condena en la cárcel; una condena durísima, impuesta
+por un jurado de tenderos y negociantes.
+
+
+
+
+LA MUJER A QUIEN ROBARON EL ALMA
+
+
+I
+
+Ya a punto de casarme, advertí que no sentía el menor afecto por mi
+prometida. No; decir esto tal vez sea inexacto; la seguía queriendo
+pero... había ocurrido una transmigración; un pequeño lío. Me explicaré.
+
+Mis relaciones amorosas con la que debía ser mi mujer tenían ya seis
+años de fecha. En este tiempo pude convencerme de que mi elección había
+sido acertada. Cada día de los transcurridos me había revelado una
+nueva virtud de mi prometida que al cabo del tiempo llegó a mostrarse
+tal y como yo la había soñado. Con todas aquellas buenas cualidades
+y aun —¿por qué no decirlo?— con aquellos vicios y defectos que me
+hubiese agradado encontrar en mi mujer ya que la ilusión amorosa, hasta
+la más pura, tanto se alimenta de vicios como de virtudes. Parecía como
+si una benévola deidad hubiese ido dotando a aquella mujer de todos
+los atributos que a mi imaginación se le antojaban. Y, sin embargo,
+estuve a punto de adquirir la certidumbre de que me era en absoluto
+indiferente.
+
+Pasaba las tardes junto a ella sumido en una verdadera inconsciencia
+y todavía recuerdo con horror el desgano, la acedía de aquellas
+interminables entrevistas con mi novia en los últimos tiempos. La
+madre, atenta a las faenas de la casa, andaba de acá para allá
+deslizándose suavemente sobre su zapatillas de orillo; a veces nos
+dejaba solos y a veces nos quedábamos en compañía de mi cuñadita, una
+chicuela alborotada, seis años más joven que mi prometida, que nos
+entretenía con sus cancioncillas, sus bromas y su melosería. Cuando
+ella estaba con nosotros la escena era soportable, pero cuando mi novia
+y yo nos quedábamos solos la tirantez, la violencia de mi situación
+era insufrible. Mi novia con una constancia irritante bordaba un ajuar
+eterno. Me parecía que llevaba miles de años viéndola enlazar nuestras
+iniciales que adoptaban ya posturas descoyuntadas y francamente
+obscenas para hacer gráfica y ostensible nuestra futura unión.
+
+—¿Qué tienes? ¿Estás malo? —me preguntaba.
+
+—No.
+
+—¿Triste?
+
+—Pse.
+
+—¿No me quieres?
+
+—Sí.
+
+—¡Cómo te aburres a mi lado!...
+
+—No.
+
+Felizmente mi cuñadita hacia irrupción en la sala y con sus mimos
+y sus risas el ambiente me parecía más respirable; evitaba ella al
+interponerse entre mi novia y yo aquella sensación clara de asfixia que
+al verme a solas con mi prometida no podía desechar. Y así matábamos el
+tiempo.
+
+Al principio no me di cuenta cabal de lo que me sucedía; a pesar del
+agobio, del verdadero tormento que para mí representaba el continuar
+aquellas relaciones, jamás pensé en cortarlas. Iba por las tardes a
+casa de mi novia empujado por una fervorosa ilusión; la misma ilusión
+que me llevó hacia ella seis años antes. No habían cambiado en nada mis
+sentimientos. Me precio de ser un hombre sensato, sé el verdadero valor
+de las pasiones, conozco mi consecuencia, mi lealtad a mis propios
+sentimientos y aquel desgano para con mi prometida, aquel cansancio,
+aquel aburrimiento que me dominaban por encima de toda reflexión, y
+aun soterrando arbitrariamente una ilusión, una ternura y un deseo
+insatisfechos, vivos allá en el doble fondo de mi ser, me irritaban
+hasta el punto de dejarme sumido en una perplejidad de idiota. No
+podía convencerme, por más que hacía, de la realidad de aquel desamor.
+¡Claro! ¡Como que no había tal desamor! ¡Como que lejos de haberme
+cansado de mi prometida —al fin lo supe—, cada día la deseaba más!
+Sino que no en ella..., en su hermana.
+
+Seis años se llevaban mi novia y mi cuñadita y seis años tenía de fecha
+mi noviazgo. ¿Qué había de extraño en el hecho de que, andando el
+tiempo, a punto ya de casarme, encontrase, no en mi novia sino en su
+hermana seis años más joven que ella, aquella gracia, aquel indefinible
+encanto que fueron el acicate de mi amor? Charlando lánguidamente con
+mi prometida observaba codicioso a mi cuñadita, acechaba sus gestos
+y sus ademanes, escudriñaba su alma y, para tormento de la mía,
+encontraba en ella, con prodigiosa fidelidad, los mismos atractivos
+que antes me arrastraron hacia la hermana, entonces tan distinta y
+tan alejada de sí misma. No estaba en mí la inconsecuencia; no era
+una versatilidad de mi carácter; yo era el mismo, siempre fiel a mis
+apetencias. Era ella la que había transmigrado su gracia a la hermanita
+adolescente.
+
+
+II
+
+Soy profesor de filosofía, joven profesor de filosofía, y estoy ya
+a cien leguas de Kant y de su imperativo categórico. No encontré,
+pues, razones bastantes en mi ciencia para renunciar a mi amor por
+la pequeña. Además, el parecido físico de mi cuñadita a mi novia se
+completó con la semejanza espiritual. Advertí alborozado que así como
+antes yo había sido del agrado de la hermana mayor, ahora era recibido
+por la más pequeña con el mismo agrado, con idéntica ternura. Si eran
+una y la misma, ¿cómo hubiera podido ser que una me quisiera y la otra
+no?
+
+No sabría decir exactamente cómo se reveló nuestro amor. Desde el
+primer momento ella y yo lo tomamos como cosa sabida, como viejos
+amantes que éramos, entre los que por algún tiempo se hubiese
+interpuesto una ausencia. Recuerdo que una tarde mi cuñadita me
+acompañó por el pasillo hasta la escalera. Siempre, al despedirme, le
+dedicaba una breve caricia fraternal: aquella tarde, no sé por qué,
+sin el alucinante trémolo de las iniciaciones de amor, naturalmente,
+con absoluta serenidad, la cogí por la cintura y la besé en la boca
+con ese sosiego, con ese regodeo con que besamos los labios que han
+sido nuestros muchas veces. Ella no se inmutó tampoco; esperaba,
+seguramente, aquel beso desde hacía mucho tiempo.
+
+—Adiós.
+
+—Adiós; no dejes de venir mañana.
+
+Ni una palabra más. La hermana quedó para siempre ensombrecida,
+difuminada; ya nunca volví a verla con netitud; era como una
+sombra sobrenatural, un alma en pena que bordaba un ajuar eterno.
+Esquivándola, rehuyendo su inoportuna presencia, mi cuñadita y yo
+cubrimos en desenfrenada carrera las primeras etapas de nuestra pasión.
+
+Fue milagroso que mi prometida no advirtiese lo que ocurría. A ninguna
+mujer se le hubiese ocultado aquella traición; pero mi prometida no era
+realmente una mujer, era una supervivencia, un pobre cuerpo sin alma.
+El alma, única e indivisible, había huido de su cuerpo endurecido por
+el tiempo para aposentarse en la blanda y armoniosa envoltura carnal de
+mi cuñadita. Había que creer en la transmigración de las almas.
+
+Esta acomodaticia creencia aventó todos mis escrúpulos y mis
+remordimientos. Me entregué por completo al amor de la pequeña y fui
+feliz. Es difícil comprender mi felicidad de entonces.
+
+
+III
+
+Imaginad que poseéis un tesoro y que el tiempo os ha ido arruinando
+insensiblemente mientras pasabais hambre y sed por conservarlo intacto.
+Esto es lo que me había ocurrido con mi novia; en seis años su lozanía,
+su gracia, su frescura, se habían perdido para siempre y cuando al fin
+me hallaba en situación de desposarla la encontraba dura ya, reseca,
+envejecida. El caudal de mi felicidad se me había ido de entre las
+manos sin acercarlo a mi boca sedienta. ¡Qué alegría cuando lo vi
+renacer por un verdadero milagro en las formas blandas y armoniosas de
+mi cuñadita adolescente!
+
+Gozamos mucho. Por las mañanas nos veíamos en el fondo de los
+jardines más escondidos y penumbrosos de la urbe. Eran las horas
+limpias y claras de nuestro amor. Nos olvidábamos de todo y libres de
+remordimientos reíamos, reíamos inocentes como los chiquillos y los
+pájaros, comíamos golosinas, inventábamos travesuras y nos alegrábamos,
+con una alegría tan sana que yo pensaba al recordar, no sin esfuerzo,
+la tragedia de la otra, de la despojada del alma, si estaríamos
+privados de sentido moral, si habríamos extirpado en nosotros la
+conciencia.
+
+Por las tardes, en cambio, nuestro amor adquiría las negras tintas
+de la tragedia, las alucinantes sombras del pecado. Delante de mi
+prometida, más dura y más reseca cada vez, gozábamos también de nuestro
+amor, pero ya sin aquella fragancia matinal, saturados de dolor,
+revolcándonos criminalmente en el malsano placer de la traición,
+buscando nuestras manos por debajo de la mesa, y nuestras bocas en la
+penumbra de los pasillos. Fue esta plena conciencia del delito, este
+ambiente morboso, lo que nos empujó al uno contra el otro haciéndonos
+solidarios de una culpa irredimible y privándonos para siempre de
+aquella pureza inefable que tenía nuestro amor en los encuentros
+matinales orquestados por los pájaros y los niños reidores.
+
+Una noche, estando a solas con mi prometida hice una de aquellas
+furtivas salidas al pasillo, en cuyos recodos poblados de sombras,
+siempre encontraba propicias a las palmas de mis manos las formas
+blandas de mi cuñadita. Allí, en la penumbra, estuvimos acariciándonos
+largamente. De súbito se abrió la puerta del gabinete y lanzó sobre
+el pasillo un rectángulo de luz en el que se recortaba netamente la
+silueta de mi novia. Avanzó hacia nosotros, que, mal disimulados por
+la sombra de unos cortinones, permanecimos sobrecogidos de espanto.
+Pasó a nuestro lado, alta, erguida, rígida, moviéndose a compás con un
+escalofriante automatismo. Miró hacia donde nosotros estábamos ¿Nos
+vio? Creo que nos miró sin ver o más bien que sus ojos nos vieron
+pero se negaron a llevar hasta la conciencia la terrible noticia
+de nuestra traición. No se enteró. No se hubiese enterado nunca la
+pobre «desalmada». Hay algo más fuerte que la realidad y ese algo,
+esa incapacidad de los sentidos para percibir lo que cae fuera de
+toda previsión, de toda preconciencia fue lo que encubrió nuestras
+liviandades. Así hubiésemos continuado sabe Dios cuánto tiempo a no
+haber sido por la concurrencia, solo por nosotros imprevista, de una
+circunstancia que nos forzaba a poner término a aquella situación
+dentro de un plazo fijo.
+
+Cuando por boca de mi cuñadita supe lo que ocurría, no tuve ni un
+momento de duda. Busqué una solución con ahinco, a la desesperada. Y la
+encontré. Era terrible; pero había que encontrarla y la encontré. Días
+después, yo emprendía un inopinado viaje a provincias.
+
+
+IV
+
+En una de esas ciudades escondidas, ciudades empozadas de las que
+apenas escapa de tiempo en tiempo un murmullo, caí enfermo. Así
+lo comuniqué en una carta a mi prometida. Dos días después recibí
+contestación suya. Era una carta llena de ternura y dolor en la
+que a vuelta de mil recomendaciones favorables a mi salud me pedía
+atemorizada diese por terminado mi viaje.
+
+Dejé pasar unas fechas y volví a escribir; seguía postrado en el lecho
+pero la enfermedad parecía ceder. A esta carta siguieron otras; en
+todas ellas daba cuenta detallada de mi enfermedad. Las respuestas de
+mi prometida llegaban hasta mí como gritos de angustia de un corazón
+que se deshacía en el dolor. Rasgaba los sobres de sus cartas con la
+fría convicción de que iba rompiendo un alma en pedazos. Pero ¿es que
+para mí tenía alma aquella mujer?
+
+En poco más de veinte días mi enfermedad sufrió varias alternativas que
+fueron otros tantos escalones hacia la gravedad de mi estado. A las
+cartas, cada vez más pesimistas por mi parte y más acongojadas por la
+suya, sucedieron los despachos telegráficos más breves y terribles a
+medida que avanzaban los días. La gravedad llegó por fin a un límite
+extremo. Y fallecí.
+
+No me fue muy difícil dar una absoluta verosimilitud a mi muerte. Por
+fortuna, carecía de parientes próximos que hubiesen podido complicar
+el asunto y mis amigos eran tan pocos y tan superficiales que no había
+peligro de que descubriesen con su solicitud el fraude. Un pobre
+profesor de filosofía tiene por otra parte tan poca actualidad, tan
+poco relieve en el mundo que bien puede desaparecer de él sin dejar
+rastro de su humilde existencia. La familia de mi prometida hacía una
+vida tan retraída y aislada en el turbión de la metrópoli que jamás
+hubiese podido informarse de lo ocurrido allá en el fondo de una ciudad
+dormida en la que hasta los grandes hechos se apagan y enmudecen para
+dejar oír el confuso rumor de los siglos pasando y repasando sobre ella
+en históricas cabalgadas. Supe escoger a conciencia el lugar donde
+había de ocurrir mi fallecimiento.
+
+
+V
+
+Por lo que después supe mi prometida me amaba más de lo que yo la creía
+capaz. Siempre tendré en mi vida el remordimiento, no ya de haberla
+hecho sufrir de aquel modo, sino de haber dejado que se perdiese y
+arruinase aquella ternura. ¡Hay ya tan poca ternura en el mundo!
+
+En los primeros momentos de mi gravedad intentó volar a mi lado; de no
+haberlo impedido su hermana luchando con ella heroicamente, nuestra
+superchería se hubiese descubierto. Fue espantosa la lucha que mi
+cuñadita tuvo que sostener con ella para contenerla. Aún me maravilla
+imaginar la fuerza de voluntad, el tesón, la sobrehumana crueldad de
+aquella chiquilla que presenció hora tras hora el infinito dolor de su
+hermana con la impasibilidad de un dios. Empedernido es mi corazón,
+fríos y cerebralistas son mis movimientos en la vida, pero no hubiese
+sido capaz de contemplar día por día el espectáculo de aquella tragedia
+teniendo en mis labios la palabra reveladora que podía deshacerla como
+la espuma. Pero las mujeres —una mujer enamorada— están más allá del
+bien y del mal. Son como diosas, y por esta naturaleza divina, que
+las hace implacables, es acaso por lo que las adoramos. Al imaginar
+la inhumana crueldad de mi cuñadita para con mi prometida, siempre me
+estremezco de terror, y muchas veces he pensado si aquella chiquilla
+no sería un monstruo, privado de toda humana condición. Pero no; de su
+blanda humanidad, de su ternura, he tenido después infinitas pruebas.
+
+Hubo, sobre todo, en la alucinante procesión de aquellos días, en los
+que se desgarraba la vida de mi prometida, un momento culminante, cuya
+grandeza dramática fue superior a cuanto he conocido.
+
+Mi cuñadita y mi novia dormían en una misma habitación, separadas
+las dos camas virginales por una mesilla de noche en la que ardía
+una lamparilla, parpadeando sobre su lecho de aceite. Mi prometida,
+arrebujada en las sábanas, sollozaba, con unos sollozos largos,
+ahogados. Había recibido, por la tarde, uno de aquellos telegramas que
+iban despojándola de toda esperanza. Mi cuñadita, inmóvil, con los ojos
+muy abiertos, fijos en el techo, oíala gemir, contemplando insensible
+cómo la luz vacilante de la lamparilla luchaba a duras penas con las
+sombras, que por momentos parecía iban a vencerla y extinguirla.
+
+Pasaron las horas. Mi prometida seguía llorando, torciéndose de dolor,
+arremolinando sobre su cuerpo enfebrecido la revuelta cobertura.
+
+—Sosiégate, hermana —le decía mi cuñadita.
+
+—No; no puedo.
+
+—Sosiégate, duerme; no le pasará nada.
+
+—El corazón, hermana, me dice que está muy grave. Que va a morir.
+
+—No digas eso, hermana.
+
+—Sí; va a morir.
+
+—Te digo que deliras.
+
+—Va a morir.
+
+—Estás loca; anda, sosiégate.
+
+—Va a morir, va a morir.
+
+—No digas locuras. Vivirá, vivirá.
+
+—No; el corazón me ha dicho que le pierdo, y mi corazón no me engaña
+nunca. ¿Qué sabes tú de estas angustias?
+
+Guardó silencio la hermana, temblándole en los labios la palabra
+reveladora. ¿Qué fuerza, superior a ella misma, le hizo no decirla?
+
+Así llegó el conticinio; sobre la ciudad, dormida, pasó esa ráfaga de
+frío, precursora del amanecer. Siempre en este momento de la madrugada
+hay algo que cruje o chasca; algo vivo, persona, animal, vegetal o cosa
+que perece para siempre jamás.
+
+Las dos mujeres, adormecidas por el dolor, oyeron como en sueños aquel
+chasquido y abrieron los ojos alucinados.
+
+—¡Hermana! ¡Hermana! ¡Él ha muerto! —gimió mi prometida.
+
+—¡Ha muerto! ¡Ha muerto! —repitió la otra maquinalmente, obedeciendo
+a una irresistible sugestión. Y fue tan fuerte el latido de aquellas
+palabras, que ella misma, que estaba en el secreto, para desvirtuarlas,
+para no creer en ellas y volver a la realidad, tuvo que gritarse,
+tapándose la boca con la almohada: «No ha muerto. No ha muerto. Para
+mí, no ha muerto».
+
+
+VI
+
+La infeliz novia-viuda recibió pocos días después mi esquela de
+defunción, mi cartera, un mechón de mis cabellos —auténticos cabellos
+míos, que me hicieron lucir durante algún tiempo una terrible
+trasquiladura, que era como la marca infamante de un crimen— y
+algunos recuerdos más. Todo esto, que yo fríamente urdía en el
+cuarto desmantelado de mi fonda, perdida en los recovecos de aquella
+ciudad, disimulada en el mundo, causó horas de dolor imponderable a
+mi prometida. Solo imaginar el sufrimiento de aquella pobre mujer me
+crispa aún los nervios. Pero ¡no había más remedio! El tiempo corría y
+pronto mi cuñadita no podría disimular las señales de nuestro amor.
+
+Inmovilizada por el dolor, mi prometida dejó pasar los días sin frío
+ni calor para ella, sin nubes y sin sol; días muertos, que eran para
+la infeliz «desalmada» como un desfile eterno de almas en pena. Un
+poco más vieja todas las mañanas, acabó de arruinarse y extinguirse en
+poco tiempo. Guardó entonces bajo siete estados de la tierra su inútil
+canastilla de boda, enfundose en unas ropas negras y ya puede decirse
+que dejó de existir. Nuestro propósito estaba logrado. La habíamos
+matado y ya éramos libres.
+
+Dos meses después de mi fallecimiento solicité mi traslado a otra
+ciudad no menos empozada y perdida que aquella, en la que se había
+fraguado la farsa de mi óbito. Hice mis preparativos con verdadera
+ilusión. Tomé en arrendamiento una alegre casita, encaramada en un
+altozano de las afueras, por cuyas laderas reptaban los naranjos y los
+olivos. Era en las tierras cálidas del sur y la cal viva de las paredes
+explotaba en la luz del sol, envolviendo en diafanidad los cuerpos y
+las almas. Así continué gozoso preparando mi felicidad minuciosamente,
+con esa inefable infantilidad, ese alborozo, que yo hasta entonces creí
+privativo de las almas limpias de pecado. Aderecé mi nido con unas
+cretonas claras y unos juguetillos divertidos. Cuando todo lo tuve
+dispuesto, me tumbé en una hamaca, encendí un cigarrillo y me puse a
+esperar sosegadamente.
+
+
+VII
+
+Algunos días después de mi fallecimiento empezó a rondar a mi cuñadita
+un apuesto joven, cazado, acaso, por aquella diabla durante alguna
+de las misas que en sufragio por mi alma hizo decir mi malograda
+prometida. Por cierto que, a estas horas, no sé qué se habrá hecho de
+la intención de aquellas misas; algún ánima necesitada de sufragios
+y poco escrupulosa se las habrá adjudicado. Hago mención de estas
+pequeñas cosas para que se vea hasta qué inconcebibles maquiavelismos
+era capaz de urdir aquella personilla enamorada. No sé si aquel
+inocente joven fue cazado con alevosía por mi cuñadita, ya con la
+intención preconcebida de destinarle al sacrificio, o si él mismo, o,
+mejor dicho, su implacable destino, sugirieron la diabólica idea a la
+muchacha, al ir hacia ella reiteradamente y estrecharla en el cortejo.
+Con alevosía o sin ella, supo mi cuñadita enzarzar en la red de sus
+miradas dulzonas de chicuela a aquel joven, digno de mejor suerte,
+que en pocos días hizo, llevado de su pasión, todas las estupideces
+necesarias para que la madre y la hermana le considerasen nocivo y
+amonestasen a la pequeña, pretendiendo obligarla a que no diese alas a
+la pasión de aquel joven insensato.
+
+El insensato estaba gozoso, que no cabía en el pellejo. Era un
+hombrecito rubio, blanco y blando, presumidillo, estiradete, con una
+gran ansia de gozar la vida, que entonces comenzaba a entrever, y sin
+dos adarmes de sal en la mollera. De haberlos tenido, no le hubiese
+podido hacer mi cuñadita la jugarreta que le hizo.
+
+¿Cómo se ingenió la muy indina para soliviantarle, hasta el punto
+de hacerle realizar las mayores gansadas, sin que ella llegase a
+comprometerse nunca? En pocos días le hizo entrar en la casa, hablar
+formalmente con la madre, pedir permiso para continuar las relaciones
+y después cometer tal serie de inconveniencias y locuras que la buena
+señora, por buena y desentendida que fuera, no tuvo más remedio que
+plantarle de patitas en la calle. Ya estaba. El amor contrariado. Lo
+que ella necesitaba para su plan.
+
+Lloró, gimoteó y amenazó con suicidarse, todo con tanta propiedad,
+con tanta gracia, que la pobre madre llegó a creer firmemente en el
+infortunio de su hija empujada por un amor imposible. Diose tal maña,
+que supo hacer de un tonto un personaje diabólico, y de un capricho
+juvenil, un terrible apasionamiento. La madre y la hermana leían
+frecuentemente novelas. Y creyeron en la tragedia.
+
+Llegó a creer en ella el mismo inocente cortejador que, sin saber cómo,
+sin comerlo ni beberlo, se vio asimismo héroe novelesco, seductor
+terrible, fiero amante, capaz de todo por lograr su amor. Cuando el
+horno estuvo para bollos, aquel geniecillo del mal con faldas empezó
+a sugerir al mozo su atrevido plan en cartas que clandestinamente
+se cruzaban, y en furtivas entrevistas que iban arrebatando y
+enloqueciendo al pobre bobalicón, metido de hoz y coz en aquella
+maravillosa aventura.
+
+Pero nuestro hombre no era tan insensato como parecía. Náufrago en
+medio del oleaje pasional que le movía mi cuñadita se agarraba a la
+realidad como a un leño, y se resistía heroicamente a ser arrastrado.
+No quería seguir adelante. Ni él era un terrible seductor ni el
+cristo que lo fundó, ni aquello debía tomar otros derroteros que los
+que son lógicos y naturales. Fueron precisas toda la astucia, toda la
+tenacidad y la malicia del mundo para desprender a aquel mastuerzo
+de la realidad, a la que se aferraba como un alcornoque a la tierra,
+balancearle en el vacío y lanzarle al espacio como un pelele. Al fin
+perdió pie, se dejó arrastrar y pensó en raptar a la muchacha.
+
+Con sus dengues, sus escrúpulos y su hipocresía, avivó ella el furor
+satánico de aquel buenazo, que llegó a creerse de buena fe que aquella
+perversa idea del rapto se había cocido en el puchero que tenía sobre
+los hombros, y que habían sido sus palabras, sus diabólicas palabras de
+seducción, las que habían enloquecido a su inocente amada, víctima de
+sus asechanzas.
+
+Ultimaron cuidadosamente todos los detalles de la fuga. Ella dejó
+escrita una carta, dirigida a su madre y su hermana, a las que
+anunciaba su huida con aquel joven, «al que amaba más que a su propia
+vida». Les pedía perdón y olvido. Hizo, además, que el joven donjuán
+escribiese una carta análoga a sus padres, y ya se encargó él, sin
+necesidad de nadie que se lo recomendase, de divulgar, ufano, la
+noticia de su conquista entre sus amigos. La fuga de mi cuñadita fue,
+pues, casi una ceremonia pública, y tuvo toda la repercusión que a ella
+y a mí nos convenía que tuviese.
+
+Una tarde quedaron citados en la puerta misma de su casa; procuró ella
+que les viese la portera y juntos marcharon después hacia la estación
+del Mediodía, donde tomaron billetes para el tren correo, que diez
+minutos después partía en dirección al sudoeste. A la tercera estación
+del trayecto, la línea se bifurcaba y el correo daba paso al expreso
+del sudeste, el mismo que ya al amanecer pasaba allá, a lo lejos,
+frente a mi casita, desde cuyas ventanas yo lo veía ir, esperando
+siempre el día que había de traerme la felicidad en forma de una
+viajerita recién casada que ha perdido al esposo y trae los azahares de
+la boda guardados en el cabás porque el viaje no se los marchite.
+
+Así vi llegar a la mañana siguiente a mi cuñadita.
+
+
+VIII
+
+No será necesario contar la jugarreta que mi amada había hecho al
+inocente conquistador. Declaro que no tuve en ella arte ni parte, y
+que, hasta el momento en que ella vino a mí, yo no supe por qué caminos
+había llegado. Una vez consumada la farsa de mi fallecimiento, y
+refugiado en aquel rincón amable, hice saber a mi joven amor el lugar
+del mundo adonde yo había ido a esconderme, y, como dije antes, me
+senté a esperar, sosegado. Yo sabía que no tardaría en venir.
+
+Alborozada, nerviosa, riéndose con limpias y sonoras carcajadas, me
+contaba los incidentes de la fuga, sus sobresaltos, sus picardías,
+la astucia que había tenido que emplear para repeler cortésmente las
+caricias que entusiasmado se obstinaba en prodigarle su compañero de
+fuga, hasta que llegaron al cruce con el expreso, en cuyo instante
+ella, con un pretexto cualquiera, salió, dejando muy sosegadito al
+novio, y subió al otro tren.
+
+—No creas —me decía ella—, pasé un miedo espantoso. Me costó mucho
+trabajo convencerle de que no me acompañase ni se asomase a la
+ventanilla, porque iba a darle una sorpresa; y cuando lo logré y me
+encontré, al fin, en tierra, ya habían dado la salida del expreso.
+Crucé el andén en dos zancadas, con la falda levantada hasta la
+rodilla, para poder correr velozmente. Sentí mucho que me viesen las
+piernas; pero no había más remedio. Cuando pude subir el expreso iba ya
+en marcha. ¡Que horror! ¡Figúrate que no hubiese podido escaparme! ¿Qué
+hubiese hecho con aquel pasmarote? O, mejor dicho, ¿qué hubiese hecho
+él conmigo?
+
+—Siempre hubieras sabido escurrirte, diabla.
+
+—En fin, allá se quedó muy quietecito, en su vagón, esperando la
+sorpresa.
+
+—¿Qué habrá hecho al darse cuenta de la burla que le has gastado?
+
+—Reflexiones. ¿Qué quieres que haga?
+
+—¿Y no temes que cuente lo ocurrido a tu madre y tu hermana, o lo diga
+por ahí y llegue hasta ellas?
+
+—No; no lo dirá. Se arrancará la lengua antes de confesar que ha hecho
+el ridículo. Es lo suficientemente necio para ello.
+
+—Sí; pero más adelante...
+
+—Más adelante, él dirá, jactancioso, que me abandonó; la gente lo
+creerá, y todos supondrán que ando por algún escenario cantando y
+bailando, o tal vez metida en algo peor; me creerán perdida para
+siempre. Y lo estoy; perdida para todos y para siempre. Como tú.
+
+—Cierto; el amor nos ha hecho perdernos en el mundo. No te apures; él
+nos ayudará a encontrarnos a nosotros mismos.
+
+—Ya nos hemos encontrado —me dijo maliciosamente, tan maliciosamente
+que de momento yo no pude descubrir su malicia y ella tuvo que dármelo
+a entender a cucharadas.
+
+
+IX
+
+¿Será una monstruosidad decir que fuimos felices y que tuvimos hijos
+que fueron una bendición del cielo? Confieso que, al principio, anduve
+algo desazonado. No eran remordimientos por lo que habíamos hecho
+con aquella infeliz mujer. Mi corazón se ha mostrado siempre tan
+empedernido, que jamás se dejó vencer por la sensiblería. Era, más
+que remordimiento, miedo. Miedo a la crueldad de aquella mujercita
+amorosa, cuya impasibilidad ante el dolor yo conocía como nadie. ¿Era
+posible que un corazón tan seco, tan implacable; un corazón que había
+dejado desgarrarse otro corazón fraterno, por no soltar la prenda que
+le había robado, se sintiese alguna vez blandamente conmovido por una
+emoción desinteresada? Esta duda puso a prueba mi amor, que, al fin,
+salió triunfante. Tuve mil ocasiones de contrastar la delicadeza de
+sentimientos de mi mujercita, su capacidad de emoción, su ternura,
+su desinterés. Y, por si alguna duda me quedase, no tuve más que
+escudriñar en el fondo de mi alma. ¿No había sido yo tan cruel como
+ella, y, sin embargo, creía amarla con el más puro afecto y me creía
+capaz de cuantos sacrificios pudiera exigirme?
+
+En cuanto a la infeliz a quien habíamos robado el alma, no nos
+importunó mucho. Algunas veces la evocábamos, enfundada en sus
+tocas negras, inmovilizada por el dolor, vieja, triste y sola. Pero
+pronto la evocación cedía el paso a cualquiera otra imagen vistosa
+y esmaltada de nuestro presente o nuestro porvenir. Aquel solazo
+vivificador del Mediodía, que empalidecía los daguerrotipos de mis
+antepasados, acristalados en las paredes de mi despacho, iba también
+desdibujando la doliente figura de mi prometida, hasta el punto de que
+llegaba a costarme un gran esfuerzo mental el reconstituir las líneas
+fundamentales de su figura, que debieran estar marcadas en nuestra
+mente con el hierro del crimen. A la vuelta de dos años se había
+borrado por completo su imagen; ya solo me quedaba el recuerdo de los
+hechos, y, antes de que estos se me pierdan también de vista, quiero
+fijarlos de algún modo, y por eso he urdido este relato, que conservo,
+y de tiempo en tiempo leo, porque el recordar, el revivir aquellos días
+es la única expiación de mi culpa, ya que la divinidad ha sido benévola
+conmigo y me ha concedido el ser feliz. Esto es para mí una cosa
+inexplicable.
+
+Jamás he podido comprender cómo nos fue posible, lo mismo a mí que a
+mi amada, soterrar tan hondo en la conciencia el crimen que habíamos
+cometido. Ni una sola vez turbó el remordimiento nuestra felicidad;
+ni por un momento se nos interpuso la infeliz muerta en vida. Nunca,
+nunca...
+
+ ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
+
+Hasta que una vez ella pasó a nuestro lado, arrebujada en sus tocas
+negras. Con sus pupilas dilatadas por el espanto nos vio ir. ¿Qué
+pasaría por su alma en aquel minuto?
+
+
+
+
+LA ÓRBITA
+
+
+Operaba en un gran hotel y conocía y practicaba todas las malas artes
+de seducción. Con sus amaneramientos de actriz de la Comedia Francesa,
+sus trajes firmados por los más célebres modistos y su melosería
+meridional, sabía engatusar a los fugitivos huéspedes de aquel
+espléndido palacio de trashumantes adinerados, cuya gerencia la tenía
+contratada para retenerles y hacerles agradable el suntuoso hospedaje.
+Era gente a la que no duele el dinero: diplomáticos, banqueros,
+negociantes en auge, terratenientes que vienen a urdir sus trabacuentas
+con el Estado, ganaderos que contratan suministros, directores de
+fábricas, alcaldes de poblaciones de más de cien mil almas, turistas,
+presidentes profesionales de cuanto pueda ser presidido, diputaditos
+espigados que esperan ser ministros antes de que se les acabe la
+hijuela y traman sus maquiavelismos en el _hall_ del hotel e improvisan
+sus disertaciones y su fama en el ámbito desnudo e infecundo de sus
+_appartements_. Esta era su clientela.
+
+Se hacía llamar Palmira, y se decía casada. En efecto; de vez en cuando
+aparecía en el _hall_, en el comedor, en el salón de baile, o en la
+_brasserie_, del brazo de su esposo, caballero grave y distinguido,
+sumido siempre en hondas preocupaciones y afanosos trabajos. Su esposa
+le traicionaba con cuanta frecuencia se lo permitía la renovación de
+los huéspedes en el hotel, y sus cómplices, en el cotidiano adulterio,
+pagaban por la traición tanto como por el placer. El esposo respetable
+y distinguido que se dejaba engañar era la salsa del pecado. Y los
+buenos _gourmands_ prefieren la salsa a la tajada.
+
+También se decía porteña, aunque con extraordinaria facilidad cambiaba
+de un punto a otro del planeta el lugar de su nacimiento. En realidad,
+este es un dato que, para practicar el amor, no tiene una exagerada
+importancia. Lo cierto es que había nacido en Sevilla y que salió de
+allí para ejercer dignamente la prostitución, como en Francia salen
+de Marsella casi todas las beneméritas propagadoras del mal gálico,
+que extiende su patriótico influjo por todo el universo. El Mediodía
+aporta, en todas las naciones, un gran contingente a la prostitución y
+a la poesía lírica.
+
+Había nacido en un viejo corral de un barrio silencioso y evocador de
+Sevilla, en cuyas callejuelas crecía la hierba por entre los guijarros
+del empedrado, y se hacían sonoros, claros y distintos los pasos de los
+transeúntes. Entonces no vivía mal la gente corralera; los corrales
+eran auténticos palacios, venidos a menos; conservaban cierto señorío,
+cierta holgura, que fortalecían a sus pobres moradores, haciéndoles
+un poco hidalgos arruinados, firmes y orgullosos, como si también
+ellos hubiesen venido a menos. Las modernas casas de vecindad con su
+horrible construcción tendinosa, sus patios de cemento y sus celditas
+estrechas, son una anticipación de la cárcel, del cuartel o del
+hospital.
+
+Pero, sobre todo, aquel patio inmenso del corral, con su fuente de
+piedra en el centro y sus arcadas blancas, en las que explotaba el
+sol, era la delicia de la chiquillería. Palmira, que entonces no se
+llamaba así, y tenía en vez de sus rizados bucles una trenza enhiesta
+en el cogote, como el rabo de una lagartija, se pasaba el día entero
+en aquel patio del corral con otras cien chiquillas corraleras, que
+ejercitaban sus cuerpecillos, casi desnudos y tostados por el sol, en
+el aprendizaje de las danzas populares de Andalucía, que dan a las
+mujeres esa plasticidad, esa gracia, que después se pagan a tan buen
+precio en los prostíbulos.
+
+Palmira recordaba su infancia con agrado. Había mucha hambre y poco
+pan en la talega: mal humor en su madre, malos tratos en el padre
+alcoholizado, egoísmo en los hermanos y crueldad en las vecinas. Pero
+había un solazo vivificador, un desgaire, una exuberancia, un tan claro
+optimismo en aquel ambiente mísero de sus primeros años, que la negra
+pobreza se arrebolaba y encendía, fingiendo un bienestar y una holgura
+que bastaban a la sobriedad de aquellas gentes trabajadoras.
+
+Cuando tuvo diez años y empezó a apetecer todas las superfluidades
+fue cuando notó la miseria que la rodeaba. La miseria es una creación
+nuestra. No hay nadie en el mundo lo suficientemente pobre para que se
+le considere desdichado. A la vida le basta con muy poco, casi nada;
+todo lo demás es superfluo. Esta superfluidad llega, sin embargo,
+a tener una importancia vital; hay quien fracasa en conseguir una
+fruslería cualquiera, un cintajo honorífico, un título de dominio o
+unos billetes de Banco, y, por fracasar, se muere realmente de dolor,
+como se muere el padre que no consigue preferencias y comodidades para
+sus hijos. Y tan superfluo es lo uno como lo otro. Palmira empezó a
+desear y se hizo desdichada.
+
+En aquel tiempo, sus padres quisieron comenzar a resarcirse de los
+sacrificios que por ella debieron haber hecho y la pusieron a trabajar
+en una fábrica. Aprendió el valor del dinero: tantas horas de trabajo
+eran tantas pesetas, y tantas pesetas eran unas medias de seda, y
+tantas unos zapatos de charol, y cuantas una blusa o unos pendientes.
+Así valoradas las cosas, o, mejor dicho, realzado su valor por el
+esfuerzo que costaba conseguirlas, se exarcebó su ansia de poseerlas.
+Estas fruslerías tomaron a sus ojos tal prestigio, que se le hizo
+imposible vivir sin ellas.
+
+En la convivencia con las obrerillas viciosas y ambiciosas de su taller
+supo que ella tenía una moneda con la que se podían comprar todas
+las superfluidades anheladas, y precipitadamente, antes de tiempo,
+siendo aún una niña, cambió su moneda a un experto cambista, ansioso
+numismático, coleccionador de estas monedas vivas, las únicas monedas
+que tienen un origen divino. Y se prostituyó.
+
+Hay quienes cuentan que la prostitución de Palmira fue una desgarradora
+tragedia. De un lado, el hambre, el desamparo, la bestialidad del
+padre, la insensibilidad maternal y el dolor del trabajo agotador y
+no remunerado; de otra parte, el ansia de vivir, el bienestar y la
+tentación constante de las viejas alcahuetas que rastrean a diario
+los barrios bajos, husmeando la miseria y la belleza, para servir el
+apetito de esos ogros modernos, que de ordinario se contentan con
+husmar la carne de las niñas nada más.
+
+Pero este aparato terrorífico es un poco exagerado. Palmira cayó,
+si a esto puede llamarse caída, por lo que caen todas las que caen.
+Porque les apetece. No hay que buscar complicadas argumentaciones para
+justificar un acto tan natural como este. Puede creerse que en el amor
+la mujer no pone más que una cosa, bien material y palpable por cierto;
+todas las demás cosas las pone la imaginación del varón.
+
+Palmira tuvo suerte en su nueva vida. No es muy corriente, pero tuvo
+suerte. Iniciada en el rincón más oculto y profundo de la prostitución,
+supo elevarse pronto, gracias al ajetreo laborioso de sus caderas, que
+al poco tiempo se hicieron fuertes y rotundas, como se desarrollan
+los bíceps de los empedradores y los cargadores del muelle. Sorteó
+milagrosamente el escollo de los males secretos, esquivó los bajos
+fondos del sentimentalismo y a los dieciocho años estaba hecha toda
+una mujer y salía a flote entre las espumas de la sociedad. Empezó
+a frecuentar los teatros y los paseos; las señoras decentes se
+acostumbraron a verla, desde muy cerca, en las plateas y los salones de
+té, y esto hizo que crecieran las pujas a la llana, que decidían sus
+favores. Físicamente estaba ya lograda; usó con gran sagacidad de las
+artes cosméticas, dio regalo a su cuerpo, que es como decir que cuidó
+su herramienta de trabajo, y pudo esperar que aquella lozanía, aquella
+frescura de su tez, aquella juventud, fuesen eternas, a lo menos en
+el concepto que de la eternidad puede tener una amorosa de dieciocho
+años. En otro aspecto, basta notar que el comercio de la carne aviva
+la vigilancia del espíritu, y ella, que tan en grande comerciaba con
+su cuerpo, tuvo que buscar el equilibrio en algunas satisfacciones
+espirituales, logradas a poca costa si, en su caso, se dispone de una
+gran intuición y de poderosas ambiciones. No quiere esto decir que se
+hiciese literata, no. Pero llegó a tener una noción bastante aproximada
+del mundo y de la vida. Ya es bastante; algunos intelectuales no la
+tienen, ni siquiera remota.
+
+Pensó entonces que, aunque la prostitución tiene un origen sagrado y
+una estirpe nobilísima, en los tiempos que corren no basta su ejercicio
+para encumbrarse, y vio que le faltaban algunos factores para el éxito.
+Tenía dos caminos por los cuales la mujer prostituida puede hoy
+lavarse de toda culpa y contratar de igual por igual con la sociedad:
+el matrimonio o el arte. Casándose, o haciéndose artista, era como
+únicamente podía seguir avanzando en su carrera. Resistió heroicamente
+la tentación de consagrarse al arte y decidió casarse. Esta fue
+una de sus mayores pruebas de clarividencia, porque, tratándose de
+ennoblecer y purificar su vida, la elección entre cualquiera de los
+dos términos aparece dudosa. Cierto que el matrimonio es uno de los
+siete sacramentos de la Iglesia; pero, ¡caramba!, las _varietés_, por
+ejemplo, son una cosa muy seria; no falta, seguramente, quien les haya
+encontrado antecedentes bíblicos y orígenes celestes.
+
+Y se casó; es decir, no se casó, pero fue lo mismo que si se
+casara. Andan por el mundo algunos sujetos meritísimos, correctos,
+instruidos, laboriosos, a los que no sabemos por qué la corriente de
+la vida pone al margen. Son esos sujetos que a veces nos encontramos
+como naufragados en el remolino de las calles céntricas. Eran
+buenas personas, iban derechamente a un sitio fijo, tenían quién
+les aguardase, y, sin embargo, se han perdido, y después de dar
+estúpidamente muchas vueltas, se han remansado en una acera, como los
+ciegos, los mudos, sordos y tullidos, que piden limosnas en la carrera.
+
+Hay que creer que también a esos sujetos, como a los mendigos, les ha
+faltado de pronto algún sentido oculto, alguno de esos misteriosos
+sentidos que indudablemente nos sirven con la misma eficacia que los
+cinco sentidos corporales. Acaso es que les falla el sentido común, o
+que han perdido la brújula, o que se han olvidado de su itinerario.
+¿Quién sabe? Lo cierto es que se quedan detenidos en algún cantillo,
+inanimados, muertos, real y verdaderamente muertos. Cuando ya empiezan
+a corromperse, viene la miseria, con su gran escoba de barrendera
+municipal, y les quita de aquel sitio céntrico, llevándoles a los
+grandes depósitos de detritus, donde han de esperar en fermentación a
+que los utilicen como abonos.
+
+Esperando a que lo barrieran, y con claros síntomas de descomposición,
+se hallaba don Gonzalo de los Reyes Pérez, hombre de gran espíritu,
+licenciado en Derecho, técnico de numerosas técnicas y profesional de
+varios órdenes, cuando Palmira, en trance de buscar esposo que diese
+realce y solvencia a su comercio, le echó una mano cariñosa.
+
+Se entendieron pronto. Las capitulaciones de aquel pacto fueron
+curiosísimas. Don Gonzalo contraería matrimonio canónico con Palmira:
+no era necesario cubrir las formalidades del caso; bastaba divulgar
+la noticia, vestida con todas las garantías posibles. Palmira, en su
+vida privada, conservaría toda su libertad de acción; pero en la vida
+pública aparecería sometida a la tutela conyugal. Fue muy difícil
+delimitar cuál era la vida privada de Palmira; pero, al fin, se
+consiguió, pasando como sobre ascuas por ciertas escabrosidades. Don
+Gonzalo no tendría derecho a reclamar el débito conyugal en ningún
+caso, y se obligaba a observar una vida regular, austera, digna y,
+al parecer, laboriosa. En cambio, Palmira le facilitaría todos los
+recursos necesarios para que ambos viviesen en grandes hoteles, le
+vestiría con lujo, le costearía sus investigaciones técnicas y su
+coñac, poniendo al mismo tiempo en juego sus influencias para que fuese
+reconocido y patentizado el claro talento y la constante laboriosidad
+de su noble esposo. Y así se hizo.
+
+Don Gonzalo, que se veía perdido en medio del arroyo, quitándose el
+hambre a bofetadas, ensayando el chantaje y fracasando en la esgrima,
+aceptó alborozado. Palmira, por su parte, vio con gusto que se hallaba
+en posesión de un esposo correcto, sabio y distinguido, con una
+venerable barba cenicienta y una prestancia intelectual y académica que
+provocaría, seguramente, la intromisión frecuente y productiva de ese
+agente maligno que en la intimidad hace infelices y astados a tantos
+sabios venerables.
+
+Se casaron —a lo menos dieron publicidad al enlace—, y poco después
+se trasladaban a la corte, instalándose suntuosamente en aquel gran
+hotel, donde Palmira iba a tender sus deliciosas redes. La pesca no
+pasó por alto a la gerencia del hotel, muy celosa de la inmoralidad que
+no produce dinero, y como además Palmira vio que había que moderar,
+en lo posible, los gastos de la industria, tuvieron don Gonzalo y
+su cónyuge que tratar en secreto con el gerente de la casa, que, a
+partir de entonces, fue a la parte en las ganancias, reduciéndoles, en
+cambio, el precio del hospedaje y dando a Palmira todas las facilidades
+estratégicas que fueron precisas.
+
+El negocio iba bien. Don Gonzalo se portaba, en su papel, a las mil
+maravillas, y Palmira llegó, en las artes de seducción, a un completo
+triunfo. En dos o tres temporadas ahorró unos cuantos miles de pesetas,
+que colgó de su cuello y sus orejas, con lo que subieron de precio las
+ofertas. Merced a sus tratos íntimos con un ministro de la corona,
+llegó don Gonzalo a ser miembro de algunas entidades fundamentales
+para la vida del Estado, y, entre tanto, la vida, fácil, muelle,
+acariciadora, iba dando plenitud y aristocracia a Palmira y ensanchando
+la frente y el abdomen de su venerable cónyuge, que alguna vez, por no
+irle a la zaga, llegaría a ser hombre público también.
+
+Pero don Gonzalo se consagró al coñac y al humorismo. Tener un gran
+espíritu es peligrosísimo para andar por el mundo. Hubiera sido don
+Gonzalo una mala bestia, y es seguro que Palmira le hubiese levantado
+cien codos sobre la multitutd llevándole incluso a los más altos
+puestos, porque para eso disponía ella sabiamente del punto de apoyo
+que pedía Arquímedes para mover el mundo, o por lo menos de un punto
+de apoyo que sirve para mover a los hombres que mueven el mundo. Don
+Gonzalo, que realmente tenía talento, cuando se vio adulado y envuelto
+en nubes de incienso por los que iban a cortejar a su mujer, no pudo
+disimular la risilla irónica que le retozaba en el cuerpo y empezó a
+perder su prestancia. En vez de consolidar un prestigio tan fácilmente
+ganado, comenzó a burlarse de sí mismo y de los que le atacaban, se
+dedicó a fraguar frases ingeniosas que fueron consideradas de un pésimo
+gusto, hizo befa y chacota de muchas cosas respetables y no tardó en
+crearse una peligrosa reputación de hombre extravagante y pernicioso.
+Esto y algunos excesos de coñac estaban a punto de dar al traste con su
+personalidad y por ende con el pingüe negocio de Palmira.
+
+Adivinó esta con su certero instinto el peligro que la amenazaba y
+decidió dar el golpe definitivo, triunfar de una vez y para siempre.
+Había llegado el momento preciso de saltar, de conquistar de un golpe
+la riqueza. No era difícil. En el mundo hay mucha más gente absurda
+de lo que puede creerse y entre aquella turbamulta acaudalada que
+desfilaba por el gran hotel había no pocos homunculejos forrados
+de dinero que se hubiesen arruinado por Palmira o por cualquiera
+otra bestezuela de lujo semejante. Se habla de terribles pasiones,
+se complican las cosas, se urden complejidades psicológicas y el
+resultado es que un honorable caballero pone sus títulos nobiliarios,
+sus billetes de Banco o su talento en manos de una zorra cualquiera
+que sabe aderezarse con esmero. Esto es muy divertido y hasta si se
+quiere beneficioso y meritorio para la república. Lo repugnante es
+el artificio sentimental de que se rodean estas uniones desiguales
+que para ser aceptadas en la sociedad, tiene que llevar la cédula de
+penitencia de un apasionamiento fatal y melodramático.
+
+Palmira había provocado ya algunas pasiones terribles; pero hasta
+entonces sus apasionados habían sido adolescentes de escasa solvencia.
+Fue curiosísimo el incidente a que dio lugar con sus arrebatos uno
+de estos jovenzuelos exaltados que perseguía día y noche a Palmira,
+espiándola e impidiéndola con sus impertinencias el ejercicio de su
+profesión. Decidió Palmira desengañarle de una vez y aprovechando la
+circunstancia de hallarle una noche en uno de los desiertos pasillos
+del hotel, le hizo pasar a su habitación. Justo es consignar que le
+llevó sin ningún propósito alevoso. Iba simplemente a desengañarle.
+
+Ocurrió que don Gonzalo, contra lo que ella suponía, se hallaba
+allí tumbado en un inefable butacón y entre sorbo y sorbo de coñac
+y filosofía. Al ver entrar a su cónyuge levantó el campo y fue a
+refugiarse en el cuarto de baño sin desamparar en su fuga su preciada
+botella de Domecq. Palmira se dio cuenta y disimuladamente entró
+a advertirle que no había peligro. Se trataba simplemente de una
+explicación con aquel jovenzuelo. Prometió a don Gonzalo que no
+perdería su verticalidad y con esta promesa el sabio se tranquilizó y
+se dispuso a esperar tras el débil tabique.
+
+Pero estas cosas de amor no salen nunca a golpe cantado. El jovenzuelo
+se expresaba con un ardor romántico digno de ochocientos treinta y
+por añadidura tenía una sugestiva figura. El diálogo subió de punto
+y don Gonzalo oyó pronto algunas frases que no hubiera querido oír.
+Unas pausas, unas sospechosas pausas, le alarmaron aún más. «¡Diablo,
+esto se complica!», pensó para su capote. Pidió auxilio a su coñac
+y media hora después, estaba completamente beodo. Había conseguido
+impermeabilizarse y ya todo el globo terráqueo se le antojaba una
+fruslería.
+
+Ideando una interpretación racionalista del Apocalipsis estaba
+ya, cuando vino a alarmarle un confuso rumor. No era ese batir de
+alas de que hablan los poetas, no. Era algo más alarmante todavía.
+Palmira, después de escuchar conmovida todos los razonamientos del
+joven recobró su presencia de ánimo y su posición normal. Entonces le
+hizo ver la insensatez de su aspiraciones, le amonestó cariñosamente
+y ya con cierta dureza le anunció que no seguiría permitiendo sus
+asechanzas. Aquella entrevista había sido una liquidación. En todos los
+presupuestos que se consagran a las atenciones públicas hay un capitulo
+destinado a la beneficencia; Palmira acababa de agotar en aquel momento
+su consignación y el joven insolvente y apasionado debía, pues,
+retirarse para siempre. Decir esto Palmira y ponerse por las nubes
+el fogoso amador fue todo uno. Vinieron apóstrofes, imprecaciones,
+amenazas, desesperación. El joven romántico llegó a maltratar a Palmira
+de palabra y obra, anunciando que estaba dispuesto a todo antes que
+perderla. Don Gonzalo, desde su escondite, se hacía cruces ante la
+insensatez de aquel caballerete.
+
+Furiosa por tal insistencia Palmira se cruzó de brazos y piernas
+rechazando con desconcertante frialdad las quejas del enamorado.
+Llegado este al punto culminante de la desesperación, sacó rápidamente
+una pistola automática y la asestó al pecho de Palmira. Esta apenas
+pudo lanzar un grito:
+
+—¡Gonzalo!
+
+Gonzalo la oyó y pensó con la celeridad del rayo: ¿Salgo o no salgo?
+Dudó unos momentos; la interrogación de Hamlet no era seguramente más
+trascendental. ¿Salgo o no salgo?
+
+Salió al fin; pero ya era tarde. Palmira, por instinto de conservación
+había sacrificado una vez más su honestidad y el insensato estaba
+a punto de quedar inerme. La aparición heroica de don Gonzalo,
+esgrimiendo vacilante la barra del toallero, fue épica.
+
+Decidida a que tuviesen término aquellas inquietudes, Palmira puso más
+carne en el anzuelo. Se descotó aun más y cruzó las piernas con mayor
+holgura. Había que hacer la jugada definitiva, esa jugada que lo mismo
+en la vida de los hombres que en la de las mujeres determina el camino
+que ya se ha de seguir siempre de modo inexorable. Había que prender
+a un amante definitivo; lo suficientemente idiota para enamorarse de
+verdad; lo suficientemente rico para poder otorgarle a perpetuidad la
+exclusiva.
+
+Y fueron cayendo. Ya hemos dicho que hay mucha más gente absurda de
+la que parece. Al final de aquella temporada, cuando ya el mundo
+galante deriva hacia las playas de lujo, Palmira se encontró con su
+aspiración triplemente satisfecha. Tenía tres amantes ideales entre
+quienes escoger; tres hombres maravillosos, cargados de dinero, que
+anhelaban consagrarle sus vidas. Era feliz. Había inspirado pasiones
+avasalladoras a hombres solventes y había llegado, por lo tanto, al
+término de su carrera, ya que las pasiones, que por sí solas nada
+valen, se miden y estiman por la responsabilidad económica que llevan
+aparejada.
+
+El conflicto estaba en elegir a uno de ellos. En cuanto al dinero, los
+tres estaban igualmente dotados; no había diferencia sensible y Palmira
+se encontraba perpleja, porque por primera vez en su vida no venía don
+dinerito a inclinar de un lado la balanza en que pesaba sus decisiones.
+Había, pues, que decidirse aquilatando calidades y no cantidades.
+Esto era nuevo para ella. Se encontraba vacilante como esas ingenuas
+pastorcitas de los cuentos de hadas que de improviso tienen que escoger
+entre tres príncipes igualmente rubios y esbeltos. «Si los tres tienen
+todo lo que yo puedo desear, ¿cómo escoger a uno? Si los tres son ricos
+en la misma medida, ¿a cuál doy mi preferencia?», pensaba Palmira.
+
+Era preciso mirarlos desde otro punto de vista distinto del interés.
+Entonces recordó que vagamente había oído hablar alguna vez de
+cualidades morales. «Veamos qué es eso», pensó, y no tardó en enterarse.
+
+Cuando supo formular algunos juicios sobre cosas inmateriales —ella,
+que no había sabido más que contar—, aplicó sus nociones metafísicas a
+sus tres amantes; pero le ocurrió entonces una cosa terrible. Los tres
+tenían idéntica categoría moral o, mejor dicho, los tres padecían la
+misma ausencia de valores morales.
+
+El primero era un tipo exótico. Venido sabe Dios de dónde, recorría el
+mundo sin descanso, dejando a su paso una estela de plata ganada en
+fantásticas empresas radicadas en remotos países. Era difícil saber en
+qué rincón del mundo trabajaban y sufrían los mineros, los campesinos o
+los artífices que creaban con dolor aquella fabulosa riqueza. Más que
+un hombre, era un mito; el mito de la moderna civilización. Tenía algo
+de diosezuelo y se movía entre los simples mortales con esa dejadez,
+esa inconsistencia, esa ruindad de los antiguos monarcas absolutos a
+quienes pesaba demasiado la corona. A duras penas podía entendérsele
+cuando hablaba; su idioma natural era un galimatías formado con voces
+de todas las lenguas del mundo y en sus hábitos mentales como en sus
+costumbres traía el arrastre de vidas exóticas conocidas por él en
+sus remotas excursiones. Palmira, que en el fondo de su manera de
+ser tenía una rancia solera, una fuerte raigambre en la vida, honda,
+sana y natural del pueblo, rechazaba instintivamente aquel artificio,
+aquella artificiosa humanidad del millonario incomprensible, refinado,
+maniático, ligado únicamente al mundo por el lazo de su dinero. Pensó
+que sería muy desdichada uniendo su vida a la de aquel hombre desasido.
+
+Otro de los amantes de Palmira era un viejo prócer de la más acrisolada
+aristocracia castellana. Viudo dos veces y enredado siempre con mujeres
+galantes, al final ya de su larga vida de placer y ociosidad se había
+enamorado de Palmira con toda la insensatez de la senectud. La vida
+se le iba a chorros y quería retenerla, fundiéndose con la rozagante
+juventud de aquella mujer espléndida. También era inmensamente rico;
+los gnomos que creaban su riqueza eran un formidable ejército de
+trabajadores, que acampaba disciplinado y silencioso a lo largo de
+los valles y los montes, sin pedir jamás aumento en la soldada ni
+exigir cuenta de los beneficios que rendía. Eran los alcornoques, los
+valientes alcornoques, obreros laboriosos a cuya sobriedad bastaba
+un poco de agua y de sol. El viejo aristócrata había derrochado sin
+tasa durante toda su vida; pero aquella riqueza, en vez de menguar,
+crecía. Invirtió aquel caudal inagotable en pervertir a los demás y en
+pervertirse a sí mismo. En el amor, como en los demás movimientos de su
+alma, gozó siempre con las torceduras y los desequilibrios inauditos.
+Vivió escandalosamente hozando en todos los vicios y cuando encontró
+a Palmira era su cuerpo una ruina, hueso y baba, repugnante caracol
+blasonado.
+
+El tercero de aquellos modernos príncipes era un cincuentón sebáceo,
+rezumante, ventrudo. Como Palmira, procedía del pueblo: pero al
+enriquecerse había conservado toda la miseria, toda la podredumbre y
+grosería de los necesitados, realzándolas y poniéndolas en evidencia.
+Sus manazas ensortijadas y su corpachón de cerdo envuelto en seda
+promovían una sensación de asco invencible. Tenía mucho dinero; lo
+había conseguido explotando la miseria de los demás; la basura es acaso
+lo que más dinero deja y aquel gran cochino sensual había comerciado
+con basura. Casas de préstamo, burdeles, salas de juego, bailes y
+operaciones usurarias habían sido sus negocios favoritos, y gracias
+a ellos, su riqueza era imponderable. Cuando tuvo dinero se limitó a
+exaltar sus groseros instintos, y era, en resumen, la animalidad más
+baja y ruin consagrada por los ritos de la civilización.
+
+Palmira no supo decidirse. Cuando no miraba a sus tres amadores por
+el lado del interés le parecían igualmente horripilantes. Había que
+cerrar los ojos y escoger a uno cualquiera, el que fuese. Después de
+todo, ¿qué más le daba? Pero ya se había metido en demasiadas honduras;
+pudiéramos decir que había perdido su ingenuidad de prostituta, su
+angelical ingenuidad que le había hecho caer siempre con los ojos
+cerrados del lado del dinero.
+
+* * *
+
+El tiempo apremiaba y Palmira no sabía decidirse. Consultó con Gonzalo;
+a pesar del lugar secundario que este hombre eminente desempeñaba al
+lado de Palmira, ella no dejaba de tenerle cierta consideración y un
+tierno afecto. Le expuso sus dudas y le pidió consejo.
+
+—Tú tienes mucho talento, chiquita —le dijo el falso esposo—, y puedes
+enredar a los tres. Eres mucha mujer para uno solo. Creo que al final
+ellos mismos te lo agradecerían.
+
+—No se trata de eso —repuso Palmira—; tengo que decidirme por uno de
+los tres y consagrarme a él para toda mi vida.
+
+—¿Y conmigo, qué piensas hacer?
+
+—Tendrás una jubilación decorosa. Decididamente, voy a retirarme de la
+vida pública.
+
+—¿Cuál tiene más dinero?
+
+—Los tres son igualmente ricos.
+
+—¿Cuál es el que te quiere más?
+
+—Los tres me desean furiosamente.
+
+—¿A cuál prefieres tú por su carácter, por su género de vida, por sus
+inclinaciones?
+
+—A ninguno.
+
+—Pues cierra los ojos y carga con cualquiera.
+
+—Eso es terrible. Son unos hombres tan extraños a mí, tan distintos,
+tan incomprensibles que temo sufrir un error, que sería fatal. ¿Y si
+después no nos entendemos?
+
+—Déjate de tonterías. Tú, si quieres, podrás entenderte con todos los
+hombres de la tierra y creo que si bajara por aquí algún selenita no
+se escaparía seguramente a tu... comprensión. Las mujeres tenéis una
+maravillosa facilidad para adaptaros. Lo mismo te harías a la vida de
+los indios patagones que a la de los esquimales, si unos y otros tenían
+dinero.
+
+—Pero es que yo quiero ahora proporcionarme de una vez y para siempre
+una vida que satisfaga algo mis inclinaciones. No quiero vivir para los
+demás, sino para mí misma. Para conseguir esto anhelo el dinero.
+
+—Eso es más difícil para ti que poseer el oro a montones. Déjate de
+sensiblerías. Haberte quedado en tu salita del corral allá en Sevilla;
+te hubieses casado con un buen mozo que te daría hijos y porrazos.
+Andarías sucia, abandonada, envejecida... Pero en cambio vivirías
+de verdad, en lo que es tuyo, en lo que realmente puede conmover
+tu alma. Todo esto que ahora te rodea, este lujo, esta molicie, son
+postizos para ti, lo comprendo; te parecerá falso y despreciable pero
+es lo único que tienes. Lo otro, lo hondo, lo sincero, lo que desde el
+subsuelo te subía al corazón y te florecía en la boca lo has perdido
+para siempre. Sigue bizarramente tu camino. Adelante. La morriña es el
+azote de los aventureros.
+
+—Tienes razón, Gonzalo. Sin embargo, una vez conseguida la riqueza,
+¿por qué no aspirar a lo otro? ¡Sería yo tan feliz! ¡Volver con los
+míos! ¡Llegar con las manos llenas de oro! Triunfar entre ellos, entre
+las vecindonas del corral, entre las amigotas de la plazuela, entre
+aquella pobre gente que se maravillaría al verme joven, hermosa y rica.
+¿Es pueril, verdad? Pues esto valdría para mí más que la admiración de
+todos los príncipes de la tierra. Tener después una casita, la misma en
+que viví con los míos, en la misma callejuela escondida, respaldada en
+la misma iglesia a cuya Virgen haría yo el regalo de mis mejores joyas.
+Esta sería mi felicidad, mi verdadera vida.
+
+—Pues eso a bien poca costa puedes conseguirlo. Renuncia a la vida
+fastuosa que esos amantes extraños te ofrecen: renuncia a tus sueños de
+grandeza y ve a esconderte en tu rincón. Después de todo, lo mismo se
+vive en un palacio que en un chozo.
+
+—¿No crees tú que al fin me desesperaría y terminaría por lanzarme
+otra vez, ya sin fuerzas, al torbellino del mundo?
+
+—No; en todas partes se puede vivir con la misma intensidad, con el
+mismo espíritu. Las preocupaciones de ambiente son para los incapaces.
+El turista, al dar la vuelta al mundo, no recibe seguramente más
+emociones que el enfermo postrado en su lecho, que alza los ojos al
+cielo, traspasando el cuadro angosto de su ventanita. Todo depende de
+la capacidad de sensación que se posea.
+
+—¿Me aconsejas entonces que lo deje todo, que olvide mis sueños de
+poderío?
+
+—No te aconsejo nada. Pero sí quiero que sepas algo que yo mismo he
+creído observar. Casi todas las heroínas del mundo, y tú eres una de
+ellas, luchan, fracasan o triunfan; pero al poeta, como al espectador,
+no le interesan más que los accidentes de esa lucha, la eficacia de
+los golpes que se dan o se reciben y el temple de las armas. Al final
+de la epopeya, un epitafio o un arco de triunfo. Pero ¿y después? Yo
+te creo capaz de unir tu vida a la de uno de esos potentados. Habrías
+triunfado, mas ¿qué sería de ti entonces?
+
+—Gozaría de todos los bienes del mundo.
+
+—Son demasiados bienes para almas tan chiquitas como las nuestras.
+Los poderosos tienen un momento de estupor, de infelicidad, cada
+vez que se dan cuenta de que no pueden gozar más que de una porción
+insignificante de lo que poseen. Es la misma pena que a mí me
+atormenta al considerar que puedo comprar mucho más coñac del que me es
+posible beber. Figúrate cuál sería mi dolor si poseyendo todo el oro
+del mundo —es decir, todo el coñac del mundo— me sintiera omnipotente
+en la vida, pero a condición de no sorber jamás una copita. ¿Sería una
+verdadera tragedia, verdad? Pues esa es tu misma tragedia, la de todas
+las mujeres que como tú triunfan y para triunfar han de arrancarse del
+alma su propia vida, su verdadero apetito, su copita de coñac. En unas
+es el amor de hijas o el amor de madres, en otras la sinceridad, en
+otras el pudor, en estas la ternura, en aquellas la veneración a los
+penates. Eso, que en definitiva es lo único verdadero en el alma de
+las mujeres, tienen que arrasarlo las que como tú esperan triunfar.
+Renuncia a tus sueños ambiciosos, olvida para siempre la quimera del
+oro y si no te resignas, si eres fuerte y ambiciosa todavía, arranca de
+tu alma lo que aún te hace ser mujer, quémalo, avienta sus cenizas y
+adelante.
+
+* * *
+
+En un callejoncito de un barrio silencioso, donde crece la hierba entre
+los guijarros del empedrado y se hacen sonoros, claros y distintos los
+pasos de los transeúntes, hay una casa humilde y llena de vejez, cuyas
+paredes pulquérrimas están siempre dispuestas al halago de la cal.
+Tiene la casa un pequeño zaguán que una viejecita meticulosa aljofifa
+a diario; en él se quedan como cuajados los armoniosos pregones
+callejeros, los cantares y las risas de las niñas que juegan en la
+plazuela y los trinos de los canarios que filosofan en el patio. Es la
+casa de Palmira.
+
+Palmira es ya la esposa real y verdadera de don Gonzalo. Hace una
+vida ejemplar, cuida su casa, escatima su dinero, rinde culto a la
+Virgen de su barrio y, poco a poco, lentamente, ha ido captándose la
+consideración de sus humildes vecinos. Don Gonzalo tiene un destinito,
+bebe con moderación e idolatra a su esposa. En la azotea ha construido
+él mismo un palomar y dedica sus tardes a observar atentamente —acaso
+por una indesechable aberración— las complicaciones sexuales de sus
+avecillas, sus arrullos, sus celos, sus leyes morales e inmoralidad.
+Tal vez se divertía antes como ahora.
+
+El matrimonio vive con gran modestia. Llegaron con un poquito de
+dinero, compraron aquella casita, la arreglaron cuidadosamente, él
+se agenció lo necesario para ir viviendo y jamás dieron que hablar
+a la vecindad. Doña Palmira hace algunas obras de misericordia y da
+saludables consejos a las mocitas del barrio; conserva algunas joyas
+de valor que lucen sobre el pecho de la Madre de Dios en la Semana
+Santa, mima sus macetas de claveles y albahaca, hace sus novenas y
+toda su vida es de una gran ejemplaridad. Dicen que su juventud fue
+algo turbulenta; pero, ¡bah!, de todas las mujeres hermosas se dice
+lo mismo. Es una santa, no hay más que verla. ¡Qué recato! ¡Qué viva
+indignación siente contra la inmoralidad!
+
+No es farsa; no. Es que estas grandes pecadoras, cuando se arrepienten
+y pasan los años, son de una santa intransigencia.
+
+
+
+
+AZUCENA
+
+
+Antes había sido casa de labranza; pero al fin de sus días se convirtió
+en burdel. Uno de esos burdeles rurales a los que van los señoritos
+todos los días y los braceros todas las semanas. Era una casa chata,
+grande y vieja, emplazada en el extremo meridional del pueblo y
+separada un tanto de las otras casas hacinadas que reptan empujándose y
+sosteniéndose hasta la meseta central, donde se abre la plaza mayor con
+su iglesia, su ayuntamiento y su estanco.
+
+En la vieja casona de labradores, el olor fuerte de las lociones
+medicamentosas que se daban las nuevas pupilas y el perfume gordo
+y molesto de las esencias, los polvos y las cremas que usaban no
+habían podido desterrar las añejas y fragantes esencias que pueblan
+el ámbito silencioso de estas humildes moradas campesinas; a través
+de la penumbra grata que hay siempre en las salas húmedas y austeras
+de las gañanías, la luz del sol iba a explotar en la cal viva de las
+gruesas paredes, furiosamente enjalbegadas; lucen polícromas las guijas
+pequeñitas y pulcras del piso; zumban los moscardones allá entre la
+trabazón de las vigas carcomidas; en el alcarracero, las tallas de
+barro dejan caer sus gruesas gotas de sudor y las viejas cortinas de
+encaje rejuvenecen cuando sus tules remendados y deleznables arden
+triunfales como amianto en la llama del sol.
+
+En aquel ámbito poblado de gravedad fue la tía Lunanca a poner su
+burdel. La moralidad aldeana lanzó entonces su anatema contra la
+venerable casa de labranza, cuya vejez así se veía profanada, y las
+mocitas del pueblo pasaban aprisa por aquel lugar, temerosas de que por
+los ojos entornados de aquellas ventanas les acechase el Pecado para
+sorbérselas como se sorbe el camaleón a las moscas; mosquitas muertas
+que ellas se hacían.
+
+También algunas tardes, sobre todo cuando se santificaban las
+fiestas, bajaban del pueblo en bandada quince o veinte igorrotes que
+se ejercitaban en lapidar la fachada de la casa con el beneplácito
+y regocijo del honrado vecindario. Los guijarros de la chiquillería
+penetraban inclementes por los huecos de la casa en vergüenza,
+rebotaban en los hierros de las ventanas, quebraban los vidrios de
+las puertas, desgarraban las cortinas y saltaban impetuosos sobre la
+cómoda encinta o los lechos empingorotados cuyos tableros de nogal
+tenían frecuentes impactos de las injurias infantiles. La Lunanca,
+cerrando puertas y ventanas, maldecía y pedía a sus santos males,
+terribles condenaciones para toda aquella tropa de pequeños honderos;
+sus huéspedas, displicentes y habituadas ya, buscaban refugio en la
+cocina mientras pasaba la nube, suspendiendo sus difíciles toaletas.
+Sueltas las matas de pelo abundantísimo, lavadas las caras, cuyos
+poros transpiraban dolidos de los afeites baratos, laxos los cuerpos
+viciosos de barraganas que cubrían con sus batas de percal exiguas y
+entreabiertas, iban a tenderse en los poyos de piedra del hogar, duros
+y esquinados como para recibir los cuerpos curtidos de los braceros
+que allí se sentarían antes para cambiarse sus escasas palabras de
+sobriedad y trabajo.
+
+* * *
+
+Azucena parecía dormida con los ojos abiertos. Largo rato hacía que la
+Verduga la contemplaba a su sabor y cada vez admirábase y sobrecogíase
+más ante la belleza incomparable de aquella muchacha que sentada junto
+a la ventana se bañaba en la luz fuerte de la luna estival, cuyos
+reflejos tenían una dura angulosidad sobre las líneas armoniosas de
+aquel rostro sereno. La Verduga, haciendo un alto en el trajinar
+asqueroso de sus manos humildes y suspendiendo el torpe devanar de sus
+pocas y ruines ideas librábase momentáneamente de su dura esclavitud
+de sirvienta en el burdel cuando se plantaba silenciosa y conmovida
+ante la plácida hermosura de Azucena.
+
+Contemplándola en silencio, con los brazos amarillos cruzados sobre el
+alto vientre satisfacía la Verduga su ansia de belleza, esa imprecisa
+aspiración de todas las almas, aun de las más humildes y abyectas.
+Llegó a sentir una verdadera veneración por la muchacha.
+
+El origen de Azucena era humildísimo. En el olivar, una pobre mujer
+aceitunera sintiose un mediodía dolorosamente desgarrada y apenas bajó
+del árbol chato cuyos frutos recogía afanosamente, depositó sobre el
+santo suelo aterronado una criatura blanca y primorosamente redondeada,
+que las aceituneras recogieron como un fruto más de aquella tierra
+secularmente próvida. Los braceros festejaron a la recién nacida
+levantándola en alto sobre sus cabezas hirsutas y tostadas, y el sol
+de fuego de aquel mediodía, el mismo sol que durante todo el verano
+había curvado las espaldas de los segadores y encendido las hojas
+de las hoces, clavó su saeta implacable en las pupilas de la recién
+nacida velándolas para siempre. Aquellos ojos claros de la hija del
+olivar no vieron más que aquel día ígneo y después quedaron eternamente
+deslumbrados.
+
+La niña nació ciega; las aceituneras, torpes comadres de parir, no
+pudieron evitarlo ni advertirlo y todo aquel día la criaturita redonda
+y blanca, el pan más blanco y tierno que aquella tierra había dado,
+anduvo de mano en mano entre las rudas fiestas de los hombres que
+acabaron de cegarla haciendo cabrillear las hojas pulidas de sus hoces
+ante los ojuelos blanquecinos de la recién nacida.
+
+Al pie de los olivos, sobre los terrones, frente al sol, la niña
+ciega habíase criado y aquella masa blanca y fofa fue teniendo una
+corteza morena y dorada, como la de esos grandes panes familiares que
+se conservan blandos durante los siete días de la semana, en el fondo
+húmedo de las tinajas de barro empotradas en los hogares.
+
+A los quince años era alta, trigueña y fuerte; sus ojos continuaban
+quietos y abiertos con las pupilas desteñidas y los párpados rígidos,
+pero sus mejillas se habían hecho armoniosas y una intensa vibración
+de vida las coloreaba y encendía; el reposo, la contemplación de sus
+paisajes interiores alborotados únicamente por los gritos inarticulados
+de los mayorales y los silbidos largos de los pastores habían dado
+a su cuerpo una serenidad augusta. Sus formas habíanse ido haciendo
+suavemente sin el dolor de las faenas duras que tuercen y arruinan los
+cuerpecillos cimbreantes de las adolescentes en el agro y ofrecían una
+armonía clásica, una promesa firme de belleza perfecta, realzada por
+la inquietud y el misterio de aquellos ojos descoloridos que habían
+cegado para siempre, después de ver el triunfo del sol en el cénit
+cuando están candentes los almiares y los olivos, ahítos de sol, piden
+doloridos que libren sus brazos de la preciosa carga.
+
+El amo de la finca, de los olivos y de los gañanes se fijó un día en
+ella y la hizo suya sin rodeos. En una de las cuadras del cortijo,
+húmeda, silenciosa, sembrada de aperos de labranza, ejerció el amo su
+prerrogativa y la niña ciega fue para él como un fruto más de aquella
+tierra generosa. Certero y sabio hizo presa con sus dientes en el
+cuello de la muchacha, gozándose en las nuevas formas expresivas que el
+placer y el dolor, el agridulce de la iniciación, hallaban en aquellas
+carnes temblorosas y vibrantes que supieron suplir la inexpresión de
+las muertas pupilas, traduciendo al lenguaje torpe de los músculos,
+los nervios y la piel la divina palabra que en los instantes de la
+conjunción canta en las pupilas húmedas de la iniciada.
+
+Gozó el amo aquel extraño placer dejándolo a un lado cuando ya lo
+hubo gustado muchas veces, que la niña ciega fue gustosa también en
+la frecuente práctica de aquella transfiguración, de aquellos dones
+que hacía de su sensibilidad depurada por la dificultad expresiva de
+sus ojos apagados. Jamás pensó que aquella entrega fuese un sacrificio
+y cuando el amo no volvió a requerirla, solo se advirtió un poco
+apesadumbrada, algo más ciega y ensombrecida de lo que hasta allí
+había estado. No supo de odios ni vergüenzas y si algún resquemor
+doloroso le quedó, fue su esterilidad, que, en aquellas tierras solares
+donde los hijos agarran en la entraña de las madres con la misma
+facilidad que las simientes en los surcos, no hay unión natural y noble
+que no sea santificada por la fecundidad.
+
+Quedó un poco más hermética y un poco más cerca de la plenitud y
+la armonía: su silencio adquirió cierto tinte de eternidad, pero
+su alma conturbada que quería irradiar y hallaba una densa cortina
+ante las ventanas naturales de los ojos, buscaba en todo el cuerpo
+una expansión, quería salir a flor de piel y así era toda ella una
+vibración múltiple, un largo estremecimiento que había conseguido
+plasticidad en aquellas formas quietas y ardorosas.
+
+Siguió presidiendo inmutables las fiestas y las labores del campo. Pero
+no podía resignarse a la esterilidad y como sus ojos no vieron nunca
+los rasgos fisonómicos del poseedor, sino que su epidermis lo sentía
+sobre ella, no halló razones bastantes para no buscar en otros hombres
+la cuerda tensa que hacía vibrar el diapasón de su sensibilidad. Y
+como estaba consumiéndose en aquella natural necesidad de ser poseída,
+atraía hacia el olivo que le servía de dosel a los braceros cuyos
+silbos y gritos le parecían más sonoros, juntándose con ellos en aquel
+interminable estremecimiento que era la razón de su gracia.
+
+Las mujerucas tristes de los braceros —el pañuelo negro sobre el rodete
+nunca destrenzado y con las puntas anudadas bajo la barbilla— se
+soliviantaron pronto y Azucena tuvo que huir de aquellas furias castas
+y atormentadas.
+
+Halló refugio en lo profundo de las torrenteras a donde los campesinos
+iban a llevarle las pomas, los racimos de uva y las flores, hasta que
+un día la tía Lunanca con su certero instinto fue a sacarla de entre
+los jarales para confinarla en su burdel que a partir de entonces tuvo
+algo de santuario al que los hombres iban ya con cierta compunción para
+gozar de aquel sereno goce que a todos por igual brindaban las carnes
+blancas y castas de Azucena.
+
+La Lunanca misma y las compañeras de burdel y hasta la Verduga, la
+hedionda sirvienta, llegaron a sentir la supremacía que aquella mujer
+ciega y hermosa ejercía sobre las gentes y sobre las cosas, sobre todas
+las cosas, que se ennoblecían y purificaban al rodearla y tocar de
+cerca su indiscutible aristocracia.
+
+Así, la Verduga pasábase las horas muertas ante ja figura inmóvil de
+Azucena en cuyo rostro plácido hallaba alguna luz para sus ojuelos
+pitarrosos llenos de sombras.
+
+Seis días de la semana andaba la Verduga limpiando los fondos de
+aquel bajo fondo social con un trajinar fatigoso y repugnante y al
+séptimo día descansaba llorando sin interrupción ni consuelo el largo
+rosario de sus desdichas. Durante toda la semana se la veía ir y venir
+silenciosa, de un lado para otro, atenta únicamente a sus faenas con
+los ojos secos y los labios cárdenos pegados con una saliva congelada
+que debía de amargarle el alma. Pero cuando llegaban los domingos
+cesaba la Verduga en su afanoso trajinar, vestíase toda de negro,
+echábase el pañuelo negro también sobre la frente y acurrucada en el
+rincón más escondido del burdel poníase a llorar quedamente con largos
+y difíciles suspiros hasta que con los ojos abotargados íbase a su
+jergón al toque de oraciones para descansar de sus penas que ya no le
+saldrían a flor de labio hasta el siguiente domingo.
+
+En estos festines de dolor era cuando la Verduga se enfrontaba
+con Azucena y le hacía entre sollozo y sollozo el relato de sus
+pesadumbres. Casó en su juventud con un mocetón aventurero que a poco
+de rodar aspeado por todos los caminos, dio en ser el ejecutor de la
+Justicia. Y cuando al fin sintió ella en su cuerpo la repulsión hacia
+aquellas manazas holgazanas que por holgar se ensangrentaban, volvió
+al pueblo prefiriendo el contacto con todas las podredumbres a la
+convivencia con aquel hombrachón carnicero que le asqueaba el alma. En
+el pueblo la llamaron la Verduga y no hubo un amo que le arrojase un
+pedazo de pan. Únicamente la Lunanca la tomó a su servicio y a cambio
+de las labores vergonzosas que en el burdel hacía, diole una escudilla
+de bazofia y un pañuelo negro para la cabeza.
+
+* * *
+
+Los hombres iban en busca de Azucena y ella los recibía a todos con
+la misma ilusión, el mismo estremecimiento de sus carnes sensibles.
+Iban los señoritos como jayanes, los enfebrecidos por el juego y los
+sacudidos por el alcohol; los que buscan en el burdel la gracia y
+el optimismo que en el hogar extinguen el afán por los ochavos, la
+religión y el miedo al agua clara; los que pagan con el dinero de las
+mujeres desangeladas a las que uncieron, los que derrochan en unas
+décadas el patrimonio familiar y los que gastan y triunfan encaramados
+sobre los torsos vencidos de los jornaleros. Iban también los viejos
+laboriosos que se abstuvieron siempre hasta lograr sus títulos, sus
+menciones honoríficas, sus credenciales o sus onzas de oro, y los
+ruines comerciantes establecidos en los soportales de la plaza con sus
+géneros averiados y sus balanzas ladronas, y los trajinantes rumbosos
+y los mercaderes viajeros que buscaban escépticos aquel encanto de la
+hembra ciega, y los colonos afanosos que juntaban para la renta y para
+holgar un día con Azucena y los pegujaleros y los mocitos imberbes que
+sacaban el dinero a sus hermanas a hurtadillas de los padres.
+
+Todos posaban sobre ella que por igual se les ofrecía sumisa e
+ilusionada. Aquellas cohortes de hombres diversos eran para Azucena
+como un solo hombre, el hombre, que iba a ella siempre enamorado,
+siempre ardiente y deseoso; la ciega no supo nunca de desdenes ni de
+infidelidades y siempre tuvo propicio al amado que cada día mostraba
+ante ella nuevos matices de su alma compleja. Jamás hubo en ella la
+sombra del hastío y todas las noches esperaba hallar en las palabras
+del amado o en sus varias caricias una grata sorpresa, que reavivara el
+fuego de su amor.
+
+Advertir la diferencia de unos hombres y otros era para Azucena un
+complicado cinematismo que no podía llegar a su conciencia estando
+veladas sus pupilas, y, como eran los otros sentidos, más torpes y
+groseros, los informadores, la ciega no llegó a enterarse nunca de las
+promiscuidades y admitía el goce de los nervios, los músculos y la
+epidermis como una función santificada. Amor purísimo y no liviandad
+era, pues, para la hembra ciega aquel darse a todos sin la media tinta
+de un recato ni la expiación de una repugnancia. Su ceguera la libraba
+del contagio en aquel desfilar de hombres encendidos por la lujuria
+y era la castidad misma reflejada en la serenidad de su rostro, en
+la frescura de su piel y en la honesta condición que a su contacto
+adquirían las cosas prostituidas del burdel.
+
+Mientras las otras mujercitas del prostíbulo se iban agotando
+sacrificadas en el ara de la tía Lunanca, Azucena se hacía más ancha y
+plena, más luminosa y más fuerte y sus formas adquirieron pronto cierta
+rotundidad triunfal, porque no había en aquellos constantes contactos
+carnales el virus de ningún vicio.
+
+* * *
+
+Un día llegó al burdel de la Lunanca una mujerona de esas que salen
+de la ciudad para hacer por pueblos y aldeas su recluta de hembras de
+placer. Puso empeño en llevarse a la ciega y lo consiguió. Abandonó
+Azucena la vieja casona de labranza y fue a parar a uno de los
+prostíbulos elegantes de la capital. Era una casa silenciosa en la que
+los pies se deslizaban quedamente sobre el terciopelo y había un cálido
+aliento en el ambiente de los salones, verdaderos laberintos, para
+ella, por el desplazamiento irregular y aventurado de los chirimbolos
+frágiles, los inútiles objetos de fantasía que se quebraban con
+estrépito al roce de las manos inhábiles de la ciega.
+
+Como había de ser explotada su ceguera, el dueño de la mancebía aderezó
+hábilmente el retrete de Azucena acomodándolo a aquella extraña
+condición de su nueva pupila. Pintó de un solo tono claro las paredes
+y el techo, perdió la luz en la pudibundez de los focos esmerilados,
+llevose todos los espejos, hasta los que se inclinaban desvergonzados
+sobre el lecho y dotó a la nueva pupila de unas largas batas blancas y
+unas pieles blancas también en las que se arrebujaba ella complacida.
+Y una vez hechos el ambiente y el reclamo comenzaron a llegar los
+curiosos tocados de lujuria.
+
+Eran hombres extraños, incomprensibles, frágiles, como aquellas
+porcelanas que Azucena derribaba a cada momento, con sus manos
+perdidas. Igual que las tanagrillas y las figuras de biscuit, se le
+rompían y fracasaban los sutiles y aristocráticos amadores entre el
+ritmo acentuado e igual de sus anchas caderas y la simplicidad de sus
+caricias que tenían un sabor monótono y ritual para los habituados a
+otros placeres.
+
+Ella imaginaba que el amado, su único amado, había envejecido
+prematuramente, y recibía siempre una clara sensación de acabamiento
+y ruina en aquel varón antes prepotente que sabía conmoverla y
+sentirse conmovido con las caricias duras e intensas. También llegaban
+frecuentemente unos ancianos estirados y olorosos cuyas carnes
+maceradas por el placer constante no tenían aquella viril rugosidad,
+aquel sabor a sarmiento de los viejecillos abstinentes del agro. Y
+Azucena sentíase desasida por aquel su fiel enamorado que durante las
+mil y una noches la hizo vibrar en una larga y múltiple sonoridad.
+
+Pronto se sintió avergonzada y cohibida; hasta entonces todo había sido
+en ella expresión clara y concreta de la naturaleza y había en aquella
+prostitución rural que practicaba algo que la santificaba y ennoblecía.
+Pero en el nuevo ambiente artificioso, entre aquella borrachera de
+perfumes exóticos de la que nunca salía al aire libre y sano, en los
+brazos de aquel amado lleno de perversión y bubas íbase borrando el
+sentimiento de la naturaleza y por primera vez mordieron en su alma el
+asco, la vergüenza, el horror de su condición, y el miedo a su culpa.
+Entonces sintió el dolor de la deshonrosa misión que hasta allí había
+ejercido como un sacerdocio y comenzó a perder en este punto y hora
+aquella su augusta serenidad.
+
+* * *
+
+Azucena había perdido su gracia y nunca más volvió a recobrar su
+indefinible encanto. Los hombres huyeron de ella definitivamente y
+solo muy de tarde en tarde caía un huésped extravagante que tocase,
+quedamente con los nudillos, en el olvidado cuartito de la ciega.
+
+El amado de siempre la desdeñaba al fin y entonces vino a embargarle
+una infinita tristeza que la hacía sentirse más hundida, más ciega, más
+penumbrosa que nunca. Esta pesadumbre que era una losa sobre el corazón
+era para los extraños el «mal ángel».
+
+No volvió a sonar el diapasón de su alma y la eternidad, toda
+una eternidad, corría con silencio de tumba en aquella estancia
+confortable. El frío se le metió en los huesos, traspasando
+misteriosamente las pieles blancas y el fuego de sus carnes jóvenes
+aún. Era un frío interior que sacudía su cuerpo haciéndolo encogerse,
+engarabitarse atormentado por aquellos dardos que le amorataban las
+carnes.
+
+A veces, se templaba en el recuerdo de aquellos días felices cuando los
+braceros iban jubilosos a poseerla sobre los terrones infundiéndole
+aquel optimismo, aquella clara y honda satisfacción de haber pagado la
+deuda reclamada por la naturaleza. Recordaba el bienestar de entonces
+que la hacía extenderse gozosa en una vibrante distensión de sus
+miembros complacidos después de aquellas uniones, y se bañaba en la
+evocación de aquella plenitud, de aquella inefable calma, de aquella
+honradez.
+
+Ahora se miraba prostituida, sacerdotisa de un rito repugnante y
+criminal, mancillada por el contacto viscoso de aquellas manos finas y
+ensortijadas incapaces de aquella presión fuerte y sana que sobre sus
+carnes estallantes ejercían aquellas otras manos ásperas, y la amargura
+la hacía estarse acurrucada junto a los tizones de la chimenea.
+Definitivamente Azucena había perdido su gracia.
+
+Era una mujerona desangelada y torpe cuyos brazos oprimían
+dolorosamente a los yacentes o les abandonaban laxos y desganados.
+
+Ante aquel fracaso pensaba entristecida en la veneración que le
+guardaban los jornaleros de su tierra y el respeto que infundía a
+los señoritos impíos que iban a la casona de la tía Lunanca, un poco
+recatados y conmovidos, porque allí estaba la ciega hermosa con sus
+sahumerios, sus macetas de albahaca en la ventana y su alto lecho
+tallado en el que habían de entrar siempre un poco emocionados al
+contacto de las sábanas grandes y bastas, que tenían ese olor fragante
+de los membrillos guardados en las cómodas entre la ropa blanca.
+
+Esta ruina de su señorío entre gentes aturdidas, refinadas y bárbaras,
+le quemaba los ojos fríos y daba una odiosa rigidez a sus brazos,
+un ridículo automatismo a todo su cuerpo antes flexible y suave,
+ejercitado en esa ondulación de las palmeras y las mieses en las
+tierras cálidas favoritas del sol.
+
+En la olvidada estancia de Azucena era una noche interminable. Fuera,
+en las otras estancias fastuosas del gineceo triunfaban otras gracias
+exóticas, creadas en los laboratorios ciudadanos, conseguidas como se
+logra la espuma sobre el turbión de las grandes civilizaciones. Eran
+gracias inconsútiles, movedizas sobre un revuelto mar de pasiones,
+perversión, exaltaciones, ansias imprecisas y vejez.
+
+Entre aquellas gracias artificiosas fracasaba la gracia lenta, rítmica,
+engarfiada en el terruño, dimanada directamente de la naturaleza que se
+había hecho carne en la carne vibrante de Azucena.
+
+El dueño de la mancebía, que estaba atento al fracaso de Azucena con
+su clientela, pensó luego en deshacerse de ella y no le fue difícil
+trasladarla a otro prostíbulo de menos fuste, donde las burlas fueron
+más sangrientas y aún más terrible la perversión entre aquellos
+oficinistas encorvados de unas largas y lujurias negras que llevaban un
+olorcillo agrio en sus ropas sudadas y su piel sebácea.
+
+Allí palpó Azucena con sus manos largas y susceptibles todas las
+miserias de esa mesocracia atormentada y anhelante, que sustrae unas
+monedas del guisote familiar y del abrigo de los hijuelos encanijados,
+para satisfacer sus ansias burguesas en el saloncillo de una mancebía
+entre cocineras insumisas o en la sala de un casino con las fatales
+posibilidades de un tapete verde.
+
+Eran aquellos unos hombres miopes, apresurados, incapaces, que tenían
+siempre un mismo sobresalto, un mismo malestar, como de no hallarse
+satisfechos de sus vidas. Topillos desgraciados de las grandes ciudades
+que salen precipitados del agujero de sus oficinas, para meterse en
+el otro agujero de sus viviendas estrechas, no podían nunca pararse a
+contemplar la gracia de Azucena, ni siquiera su suave tristeza. Les
+irritaba aquella parsimonia de la hembra ciega, aquella normalidad,
+aquella resignación.
+
+Pasados los días curiosos en que aquellos buenos hombres
+acudían extrañados a poseer a la hembra ciega, esta tuvo escasos
+requerimientos. La patrona quiso a su vez lanzarla de su triste
+gineceo, pero Azucena temía verse perdida en aquel caos de las grandes
+vías urbanas y se resistía a marchar sufriendo silenciosa las afrentas
+de aquel monstruo enfaldado que se propuso hacerle la vida imposible.
+
+Por el prostíbulo iba un ente estrafalario, guitarrista, alcahuete, a
+veces recadero diplomático, a ratos valentón, a intervalos sablista,
+vago de nativitate, enredador, parlanchín y borracho a cuyo expediente
+recurrió el ama para verse libre de la ciega.
+
+Este sujeto habló largas horas con la pobre mujer adolorida y supo
+ganar su voluntad incierta. Azucena tuvo confianza en él y se prestó
+a abandonar en su compañía la casa sucia de la mesocracia, el último
+baluarte de su infame comercio.
+
+La llevó a un tugurio, el más oculto y estrecho de una de esas grandes
+colmenas ciudadanas y allí la dejó abandonada a su ceguera. Pasaron
+unos días; Azucena sentada en el borde de su camastro se movía
+apenas para tomar el mísero alimento que las vecindonas compasivas
+iban a comprarle con las escasas monedas que la quedaban. Cuando se
+le acabaron vendió sus pieles, sus vestidos y sus medias de seda.
+Arrebujada en harapos esperó silenciosa.
+
+El abandono, la ceguera y la miseria no la impresionaban. Le parecía
+que había salido de una triste cárcel y tenía una dulce conformidad,
+una suave satisfacción interior que aliviaban su alma.
+
+* * *
+
+El hambre la echó a la calle, haciéndola caminar a la ventura. Sin
+saber cómo llegó después de mucho andar a los jardines públicos;
+tropezó con un banco y cayó en él rendida. Envolvíala un airecillo
+suave, viejo amigo que le silbaba en los oídos una antigua canción, y
+reían lejanos unos chiquillos y unos pájaros.
+
+Entonces, se dio cuenta de su soledad y le subió del pecho a los labios
+una terrible congoja. Estuvo a punto de gritar desesperada; el mismo
+miedo la contuvo y unos instantes hallose anodada, como herida por un
+terrible golpe. Seguían sonando de vez en vez las carcajadas armoniosas
+de los niños y la interminable cantata de los pájaros; las horas se
+consumían lentamente y el vientecillo íbase creciendo y subiendo de
+punto.
+
+Poco a poco Azucena fue serenándose un tanto, orientándose en aquella
+total desorientación en que había caído. La noche venía aprisa y se oía
+a los pequeñuelos alejarse charloteando acuciosos con sus ayas, y a
+los pajarillos aletear inquietos alrededor de sus nidos. El jardín se
+hundía rápidamente en el silencio y ya solo se oía el confuso rumor que
+a distancia producen los cien mil estrépitos de las grandes ciudades.
+Pasaban perezosos los últimos paseantes y cuando se hubo perdido el
+quedo rumor de los pasos sobre los senderos enarenados nada volvió a
+oírse.
+
+Azucena se estuvo quieta, quieta, con las manos entrelazadas sobre el
+regazo. Después de la emoción de verse abandonada fue recobrándose y
+a poco que corrió el tiempo logró cierta calma, mejor dicho, cierta
+insensibilidad.
+
+El frío húmedo del jardín bloqueaba sus pies y sus manos y el viento
+castigaba su frente, pero había llegado a tan profunda abstracción
+que los agentes exteriores se estrellaban incapaces, ante aquella
+figura hierática que tenía la misma impenetrabilidad que las figuras
+arrancadas del mármol. Mármol amorosamente trabajado parecía aquella
+figura blanca de Azucena, que la luz cambiante de la luna iba
+contrastando al cubrir su parábola.
+
+Así llegó suavemente el conticinio; acabaron de morir los ruidos
+ininteligibles de la urbe y en el silencio absoluto del jardín,
+Azucena, que sentía en el fondo del alma una espantosa lucha, halló al
+fin la calma, recobró su espíritu y se sintió feliz. Al amanecer se
+halló purificada, limpia de toda culpa; con los primeros rayos de sol
+fue invadida por una inefable confianza. Vio el sol en el fondo de su
+alma y se regocijó.
+
+Ya no volvió a moverse de aquel jardín amable. Halló en la ciudad un
+agujerillo limpio donde puso su lecho pobrísimo y todos los días antes
+de que amaneciese, íbase con su andar balbuciente hasta aquel banco del
+jardín, en el que pasaba los días interminables del verano y los días
+fugacísimos del invierno.
+
+Le daban limosnas; pocas, que los más de los transeúntes apenas la
+veían en aquel remanso. Pero iban siempre aquellos niños reidores y
+nunca le faltó algún resto de las ricas meriendas que las ayas llevaban
+en sus faldriqueras enormes.
+
+Los chiquillos fueron acostumbrándose a verla siempre en su banco
+escondido y a poco se familiarizaron con ella y llegaron a entenderla
+y a amarla. Ella les contaba unos cuentos vistosos, esmaltados,
+brillantes, en los que ponía todo el afán cromático de sus pupilas
+desteñidas; los chiquillos, conmovidos, enamorados, le daban sus
+empanadas sabrosas.
+
+Azucena con el tiempo íbase venciendo. Aún podía imaginarse que era
+hermosa pero su extremada sobriedad, aquellas frugalísimas colaciones
+que le deparaban la conmiseración infantil, la habían hecho enjuta y la
+habían endurecido. Los días inclementes pasados a la intemperie habían
+curtido su piel, que lentamente se resquebrajaba tomando ese tinte
+amarillento que componían los imagineros para sus crucificados.
+
+No volvió a sentirse desdichada. En el jardín, entre los niños sanos,
+fuertes, alegres, escuchando aquel lejano runrún que los afanes
+ciudadanos le traían, saludada por todos los vientos, purificada por
+su austeridad, ennoblecida por el dolor resignado y suave de los días
+sin pan, sumisa por la mendicidad, aromada por la eterna florescencia
+del jardín, templada por los rayos de sol en el invierno y esponjada en
+la sombra durante el estío, Azucena volvió a poseer su gracia, aquella
+gracia natural surgida de entre los terrones al pie de los olivos.
+
+Los niños escuchándola refrenaban sus imaginaciones zigzagueantes al
+paso tardío de la palabra amorosa y cálida de aquella mujer ciega que
+les hablaba lentamente de las labores penosas de la tierra, de los
+sacrificios, de las virtudes legendarias, de las canciones populares,
+de las penas de las mujerucas, de las ansias imprecisas de los mozuelos
+ambiciosos, del señorito fuerte, del gañán sufrido, de las bestias
+incansables con sus altos ejemplos, del viento, del sol y de la lluvia
+que en su boca tenían una calidad insospechada, una caracterización
+de hadas buenas o de espíritus maléficos con los que los hombres se
+debatían para hacer sus vidas fuertes y honradas, extraídas de la
+naturaleza, conseguidas como florescencias maravillosas de aquella
+tierra secularmente próvida. Y así, hasta que se murió.
+
+
+
+
+LA TÍA CONCHITA
+
+
+La tía Conchita fue siempre la preocupación de su familia. Era aquella
+una dilatada familia de comerciantes, industriales, militares y
+burócratas, gente toda de trapa y garduña, retoñada bravamente de un
+recio tronco secular, cuya figura simpática y fuerte se perpetuaba
+con honores de icono en los estrados de sus numerosos descendientes,
+caracterizado de una vez y para siempre por su testa rapada y
+cenicienta, su prognatismo, su levita desencajada y su leontina de oro.
+
+Esta gran familia, que a semejanza de la de Noé se había esparcido por
+el universo mundo, no tenía más antecedentes ni más árbol genealógico
+que aquel abuelo salido de la nada, cuya vida intensa y laboriosa, a
+ratos pintoresca y a ratos sublime, ofrecía constantes ocasiones de
+ejemplaridad y era, no obstante los años transcurridos desde su muerte,
+el estímulo y el guion más decisivo en las vidas de sus nietos.
+
+Muy poco se sabía de él. Salió como grumete en un velero con rumbo a la
+América española que aún era tal. Decíase que ya hombre hecho y derecho
+comerció en el «ébano» trayendo y llevando preciosos cargamentos de
+esclavos que hicieron la base de su fortuna. Después comerció en mil
+cosas diversas, fundó ingenios y haciendas, descubrió y colonizó, ganó
+o robó el oro a manos llenas y ya, a la postre, volvió a España,
+anduvo en juntas y conspiraciones, se le acusó de filibustero, fue jefe
+político, se le otorgaron cruces y murió beatamente a los ciento cinco
+años entre las piadosas manos de un sacerdote jesuita.
+
+Tuvo muchos hijos que fincaron unos en España y otros en América
+heredando todos aquel ansia posesoria del fundador. Se multiplicaron
+en nietos y la vasta red de la familia llegó a ser una verdadera
+masonería intercontinental cuya doctrina estribaba en la fuerza, la
+tenacidad y el dominio. Aves de presa todos ellos, si estos tiempos
+creasen nobleza por derecho propio les corresponderían las águilas
+heráldicas. Cual más, cual menos, unos en las covachuelas, otros en las
+gerencias, otros en los mismos talleres, todos dedicaron sus vidas a la
+consecución del bienestar económico, al acrecentamiento del patrimonio
+familiar, que, al escindirse en cada generación, recomenzaba luego a
+engrosar ávidamente. Todos tenían el mismo afán. Todos eran hechura del
+progenitor. Todos, menos la tía Conchita.
+
+La pobre señora jamás hizo cosas a derechas. Casó mal, error
+imperdonable en el seno de aquella familia, en la que hasta las hembras
+en el tálamo nupcial procuraban por el bienestar y la riqueza. El
+marido después de arruinarla la abandonó y fue pronto a morirse en un
+rincón infecto. Quedó viuda, joven y pobre.
+
+Volvió al amparo de la gran familia y tácitamente convinieron sus
+deudos en irla manteniendo por turno hasta el fin de sus días. Así,
+de unos en otros, resignada y amorosa, vivió desde entonces al margen
+siempre de los afanes de sus parientes que ella, en su desasimiento
+y renuncia, no supo comprender jamás. Se hizo querer de todos; los
+innumerables sobrinos adoraron en la tía Conchita y no deseó más.
+
+Diez o doce años llevaba de viudez cuando un acontecimiento insólito
+la arrancó de cuajo de aquella vida muelle y triste de renunciamiento.
+Apareció entonces en escena uno de sus primos lejanos, a la sazón
+comandante o teniente coronel del ejército, quien en aquellos días
+había sido movilizado por causa de la última guerra colonial que
+comenzaba a enzarzarse. Era soltero, ya cuarentón, fuerte aún y
+típicamente bizarro. Días después debía partir para el campo de
+operaciones y bromeando con su familia anunciaba lo improbable de su
+regreso. La guerra era dura para los nuestros, había centenares de
+bajas, él estaba ya viejo, y, además, ¡le importaba todo tan poco! Era
+de los que se quedarían allí. Y con esto echaba sus bravatas.
+
+Alguien de la familia insinuó entonces la peregrina idea. Hubo muchos
+cabildeos y cuando el militar se enteró de la endiablada maquinación
+comenzó riéndose y terminó aceptando. Tratábase de hacer una obra de
+caridad. La pobre tía Conchita no tenía sobre qué caerse muerta; era
+una carga para todos. Él, en cambio, tenía una paga considerable y en
+el desgraciado caso de que muriese sobre el campo de batalla, a su
+viuda le correspondería una pingüe pensión. Claro que como era soltero
+ese dinero se lo ahorraría el Estado y..., era una lástima, porque allí
+estaba la tía Conchita ¡a quien hacía tanta falta!
+
+Dispuesto a quedarse por allá, como él decía, le daba igual y aceptó.
+Ahora bien; era preciso que la ingeniosa y caritativa idea pasase
+inadvertida para la tía Conchita cuya susceptibilidad no soportaría
+seguramente la humillante donación.
+
+Fue necesario que el militar fingiera una avasalladora pasión por la
+tía Concha, que esta correspondiese al amoroso requerimiento, que se
+anduviesen los trámites de rigor y se casasen, todo al vuelo. La farsa
+se llevó a cabo sin obstáculos en ocho o diez días y cuando a la mañana
+siguiente de consumado el matrimonio partió el militar para el campo de
+batalla, la pobre tía Conchita quedó anonadada, estupefacta, sin saber
+lo que le había pasado y perdida en tales emociones y tal confusión que
+ya nunca lo sabría.
+
+Pasó el tiempo y poco a poco fue recobrando su serenidad, caviló
+muchas noches sobre aquel extraño suceso, agigantó el recuerdo de los
+escasos días en que convivió con el militar, contempló horas y horas
+los retratos del esposo y no tardó en sentirse enamorada, blanda y
+profundamente enamorada de aquel sujeto casi desconocido, que en seis
+días abrió un nuevo cauce a su vida e hizo correr los veneros ocultos
+de su corazón.
+
+Las noticias de la campaña eran pocas y tardías. La tía Conchita no
+tuvo de su esposo más que algunas referencias indirectas. A la grata
+sensación de su enamoramiento sucedieron la inquietud, la zozobra, la
+angustia. ¿Por qué no escribiría? ¿Por qué la olvidaba? Los parientes
+no fueron tan impíos que le dijesen la verdad y la tía Conchita comenzó
+a consumirse en desesperación. Lloraba, rezaba, invocaba a sus Vírgenes
+y a sus santos familiares pidiéndoles milagros que salvaguardasen la
+vida del amado; todas sus horas estaban dedicadas al culto fervoroso
+del ausente.
+
+Pasaron unos meses más. No recibió ninguna noticia. El militar no tuvo
+jamás un recuerdo para aquella parienta pobre y tontona a la que había
+hecho el regalo de lo que le sobraría después de muerto porque no podía
+consumirlo en vida. Guerreó bravamente y cuando le tocó caer murió
+con la misma entereza con que había vivido y pensando en que a nadie
+causaría pesar su fin.
+
+No fue así.
+
+Tuvieron la culpa aquellos parientes astutos, aquella gran familia de
+aves de presa devenida del negrero que creyendo salvar de la miseria
+a la tía Conchita labró su infelicidad, su inefable tragedia. Lo que
+hicieron con ella fue un crimen.
+
+
+
+
+EL DINERITO DE LA PORDIOSERA
+
+
+Se le hizo tarde. Estaba helando y aún le faltaba una legua de camino.
+Ya no tenía fuerzas; sus resortes, aquellos acerados resortes de sus
+nervios que siempre la sacaron triunfante del hambre, el frío y el
+cansancio respondían mal al espoleo de su voluntad. Temblando, las
+manos heladas, las piernas torpes y la vista incierta, anduvo hasta que
+cerró la noche. El viento la trabajaba con dureza batiéndole el flanco
+derrengado por el reúma y la arterioesclerosis, y la infeliz sentía con
+terrible netitud que se le iba quedando helada la osamenta allá en el
+fondo de los harapos y el pellejo.
+
+Después comenzó a sentirse bien. Ya no le apretaban tanto el hambre y
+el frío. Las manos, racimos de huesos empezaron a llenársele de sangre
+calentita y pronto las tuvo negras e hinchadas como dos morcillas.
+Estaba a gusto, muy a gusto. Tanto que se sentó en el borde del camino
+y sentada se quedó dormida.
+
+Ya entonces le fue más fácil al viento terminar su tarea. De un
+empujón la echó a rodar; la metió la nariz entre la grava húmeda
+donde empezaban a formarse los cristalitos de la helada y allá se fue
+silbando tan satisfecho de su obra. Hora tras hora cayó encima de la
+vieja muy acurrucadita sobre el suelo el frío de aquella noche clara.
+
+Fue ya al amanecer cuando la encontraron. En la casa de socorro hubo
+que trabajar de firme con ella pero al fin la hicieron reaccionar.
+
+A la primera gota de sangre que entró en su corazón, tan pronto como
+tuvo un hálito de vida, se revolvió desesperada. ¡Sus ropas! ¡Sus
+ropas! La habían despojado de sus harapos y allí estaban arrebujados en
+un rincón. Quiso cogerlos, se lo impidieron, rabió, lloró, luchó por
+alcanzarlos y en la lucha las pobres ropas se rasgaron.
+
+Cosidos a las entretelas se hallaron hasta veinte billetes de mil
+pesetas. La pordiosera era capitalista; una modesta capitalista. El
+caso no deja de ser frecuente.
+
+Hubo un buen hombre con puntas y ribetes de filántropo que tomó sobre
+sí la tarea de sacar a la vieja de su miseria. Dura tarea porque
+habituada a la mendicidad desde que se sintió vivir, la miseria era en
+ella una segunda naturaleza, el cansancio su descanso, el hambre su
+satisfacción, y el frío su amigo de siempre. Su mano tendida al mundo
+durante cincuenta años de limosnera estaba ya anquilosada y a su pesar
+conservaba el ademán pedigüeño.
+
+Pero aquel era un hombre paciente. A sus claros razonamientos la
+pordiosera tuvo que rendirse y cambiar de vida. Con aquellos mugrientos
+billetes que en años interminables de miseria había ido ensartando en
+la mugre de sus ropas le hizo comprar vestidos, arrendar una casita
+soleada de las afueras, adquirir muebles, tomar una criada...
+
+La vieja, resignada, veía cómo mermaba su tesoro a medida que alrededor
+suyo se acumulaban los instrumentos de bienestar que aquel hombre creía
+indispensables para ella. Con ojos asombrados veía cómo las cargas de
+leña rellenaban su carbonera, cómo las sábanas blancas y las mantas
+tibias guardaban sus caricias en el fondo de las cómodas henchidas de
+ropa y cómo la despensa bien abastecida esparcía un grato olorcillo de
+los jamones, los quesos y la fruta. Todo aquella era suyo; suyas las
+blandas mecedoras en cuyo regazo los huesos doloridos descansaban al
+fin, suyas las pieles, las alfombras y suyo aquel gran fuego del hogar
+cuya humareda empenachaba la pulcra casita bañada en sol, dulce sol del
+invierno, aprisionado por los cristales de colores de la galería.
+
+Cuando así la tuvo instalada el hombre aquel se marchó satisfecho de
+su obra. Ya estaba redimida. Le hizo gastar una buena parte de sus
+codiciados billetes pero la había dado una vida más fácil, más holgada
+y más limpia.
+
+Al verse sola la vieja empezó a dar vueltas a todo aquello. Tentujeaba
+las ropas, repasaba los cacharros, palpaba con manos insistentes de
+ciega las cortinas, los cuadros y los muebles, abría y cerraba los
+innumerables cajones, iba y venía cada vez más aturdida comprendiendo
+menos cada vez.
+
+Sentíase extraña. Un agudo sentimiento de extrañeza le hizo irse
+retrayendo del contacto frecuente con cuanto le rodeaba. Se recluyó
+poco a poco en un cuartito estrecho y oscuro; todo lo demás de la
+casa le sobraba y aun dentro de aquella celda no sabía ir más allá de
+los cuatro ladrillos en que había de posarse. Despidió a la criada y
+su último dispendio fue la adquisición de unos fuertes candados que
+taparon las bocas imprudentes de cajones y puertas. Y ya se encerró
+—para siempre jamás— en aquel zaquizamí sombrío, ancho mundo inagotable
+para sus necesidades. Lo demás de la casa fue empolvándose primero,
+agrietándose después y desmoronándose por último.
+
+Se equivocó aquel hombre bien intencionado. La vieja no necesitaba todo
+aquello y fue un error y una crueldad imponérselo. Aunque pueda parecer
+una blasfemia hay que decir que la necesidad no es igual para todos.
+
+Otra madrugada unos traperos encontraron junto a la carretera el
+cadáver de una vieja harapienta muerta de hambre y de frío al parecer.
+En su faltriquera se halló junto con unos mendrugos un manojito de
+llaves herrumbrosas.
+
+
+
+
+LA NECROFILIA
+
+
+Mi abuela, por lo menos en los tiempos en que yo pude conocerla, rendía
+un fervoroso culto a los muertos. Acaso esta necrofilia fuese en ella
+una pasión puramente senil, ya que según noticias que posteriormente
+pude adquirir, la bendita señora había tenido en su juventud otras
+muchas pasiones bien distantes de su final preocupación, aunque de
+la intensidad con que amó la vida pudiera deducirse exactamente su
+extremada consideración a la muerte.
+
+Metíase en la cama —una cama altísima de roble primorosamente tallado,
+vestida con unas sábanas de Holanda saturadas de olor a fruta— poco
+después del toque de ánimas; pero antes sentábase sosegadamente en
+una butaquita colocada a los pies del lecho, y allí, a oscuras casi,
+perdiéndose y apareciendo entre las vacilaciones de una mariposa
+de aceite con la que alumbraba a sus imágenes, rezaba lentamente
+credos, avemarías y padrenuestros por las almas de sus padres y de
+sus abuelos, de sus hijos muertos, de sus parientes acabados, de los
+navegantes, de los combatientes, de los que estaban en pecado mortal.
+A veces quedábase aletargada a la mitad de sus rezos y el ánima que en
+aquellos momentos salía del purgatorio a sus instancias, debía sufrir
+horriblemente ante el temor de que mi abuela se quedase definitivamente
+dormida. Ella se daba cuenta perfecta de los sufrimientos de estas
+pobres almas pecadoras a las que en sus cabezadas somnolientas, dejaba
+colgadas del débil hilo de su piedad y al despabilarse rezaba de nuevo
+precipitadamente tal vez pensando que las ánimas salían de su cárcel a
+paletadas entre el runrunear de sus oraciones.
+
+El mes grande de mi abuela era el de noviembre; su día, su gran día, el
+de difuntos.
+
+Levantábase al amanecer; oía muchas misas en diversas iglesias con gran
+atosigamiento, y después, cargada de coronas y ramos de flores, íbase
+al cementerio. Visitaba las tumbas de los parientes próximos, después,
+las de los parientes remotos, los amigos y los simplemente conocidos;
+parábase por último ante los panteones de los potentados, considerando
+atentamente las bellezas artísticas de cada uno de los mausoleos y no
+salía nunca de la necrópolis sin dar también una vueltecita por los
+sepulcros de los hombres que habían sido célebres en su buena época.
+Charlaba y discutía amigablemente con los sepultureros, los empleados
+del cementerio, los lampisteros, los limpiadores de nichos, los
+lapidarios y los chamarileros que le ofrecían verjas y cruces para las
+sepulturas.
+
+Cuando el frío de la tarde la amedrentaba, volvíase a su casa con un
+puñadito de castañas asadas y unos dulces. En su alcoba, frente al
+lecho, tenía ya sobre su cómoda una gran vasija llena de aceite hasta
+los bordes en la que ardían veinte o treinta lamparillas, por cuyas
+lengüecitas de fuego se quejaban las almas en pena de sendos deudos de
+mi abuela. Volvía ella a sus rezos mientras las campanas de la iglesia
+próxima doblaban desesperadamente y de tiempo en tiempo levantábase
+sobresaltada para colocar una nueva lamparilla en la vasija por algún
+alma amiga injustamente olvidada.
+
+Y siempre así; a toda hora, en cualquiera época del año mi benditísima
+abuela encontraba ocasión de rendir su culto a los muertos. Eran
+para ella una preocupación indesechable, una aberración. Habíase
+familiarizado con la muerte y en cualquier momento nos hablaba con
+gran serenidad de los detalles de su sepelio que quería tener bien
+dispuesto, de las oraciones que habíamos de rezar por su alma y de los
+cuidados que habíamos de tener con sus pobres huesos y su piel amarilla
+cuando fuéramos a darles tierra.
+
+Yo, que entre los terrores pánicos de mi adolescencia tenía en primer
+lugar el terror a la muerte, admiraba a mi abuela como a un ser
+sobrenatural por la sencillez, la afabilidad con que se volvía de cara
+a la nada. Me daba la impresión de que ella había hecho ya el viaje de
+retorno y por una gracia única de la divinidad estaba con nosotros.
+Tales eran la seguridad, el aplomo, la certeza que había logrado en su
+comercio diario con los muertos, a los que ella agasajaba con aquel
+mimo y aquella suavidad que en su juventud tuvo —dicen— para sus
+amadores. Yo esperaba que algún día ni abuela cerrase sus ojos en una
+de sus cabezadas somnolientas y que en ese momento sus amados de ahora
+viniesen a raptarla, llevándosela envuelta blandamente en sus finos
+sudarios; y en cierto modo no dejaba yo de envidiar aquella serenidad
+de la anciana, dispuesta siempre para un tránsito felicísimo.
+
+Cuando le llegó la hora, mi abuela se murió. Yo, que aquella noche
+andaba desazonado al advertir la proximidad de la Intrusa, estuve
+largas horas en acecho y pude seguir paso a paso la agonía de la pobre
+abuela; fue una verdadera agonía; su resistencia física era grande y
+luchó a brazo partido con la muerte; gritaba, revolvíase, fundíase al
+fin en un ronco estertor en que su cuerpo, todo su cuerpo protestaba.
+Cuando en el conticinio se declaró vencida, le quedó cuajada en los
+ojos una mirada de espanto.
+
+He sospechado siempre que mi abuela anduvo algo descaminada en sus
+relaciones con los muertos. Estos, sus íntimos amigos, debieron de
+informarla mal; seguramente no le dijeron toda la verdad y la pobre
+llegó algo engañada; el espanto que se pintó en sus ojos decía
+claramente que «aquello» no era lo previsto. Entonces empecé a
+desconfiar de los muertos y alejé de mí la necrofilia.
+
+Y empecé a creer que la muerte no nos otorga su amistad ni su confianza
+a cambio de la ornamentación barroca con que la adornamos para hacerla
+presentable en sociedad.
+
+
+
+
+ NARRACIONES MARAVILLOSAS
+
+
+
+
+EL DESCONTENTADIZO
+
+
+Primero pasé grandes apuros que me hicieron recordar la parábola del
+camello y el ojo de la aguja; después, anduvieron manoseándome sin
+compasión y cuando al fin pude darme cuenta de mi estado, me encontré
+fajadito y cubierto de encajes sobre una hermosa cuna. En una rápida
+ojeada a los muebles y a las paredes ricamente tapizadas, comprendí
+que había venido a caer entre gentes acomodadas. Me resigné a ser un
+burguesito ejemplar y en el acto reconocí que las nodrizas, los idiomas
+y las asignaturas de Derecho, las izquierdas, la ruleta, el bacarrá y
+la dispepsia serían mis enemigos naturales. Descorrido en parte el velo
+de mi porvenir, opté por dormirme beatíficamente y esperar sosegado los
+acontecimientos.
+
+—¡Oh, qué feo es!
+
+Oí que una voz bastante desagradable —después supe que era la de una
+tía solterona, que veinte años más tarde debía resistir heroicamente
+a mis peticiones de dinero— pronunciaba estas ofensivas palabras y
+abriendo un ojo como Dios y mi falta de costumbre me hacían entender
+que debía abrirse, le lancé una mirada furibunda. Ya verás, arpía
+—quise decirle—, lo que este feo va a costarte.
+
+Cuando advirtieron que yo estaba despierto, vinieron a importunarme,
+uno tras otro, todos los miembros de mi respetable familia. Acudió mi
+señor padre, muy alborozado y, a lo que yo pude colegir, más orgulloso
+de ser mi padre que de que yo fuese su hijo; advertí en aquel instante
+que en el cariño paternal hay mucho de egolatría, y si todos los recién
+nacidos adivinasen esto como lo adiviné yo, no se pondrían tan tontos
+ni andarían tan envanecidos; acudieron también mis dos hermanitas,
+muy lindas y discretas, aunque me pareció que ya se inclinaban más al
+cultivo de las artes de seducción que a otras disciplinas domésticas.
+Esto me dio mala espina, pues la perspectiva de ser hermano terrible y
+calderoniano de dos señoritas de la buena sociedad, en estos años en
+que vine a nacer, no me hacía maldita la gracia.
+
+El tío Pepe vino también a arañarme la mejilla con los cañones de su
+barba y a atufarme con su peste a coñac. Al tío Pepe todos le querían
+mal en casa; era el menos respetable de mi respetable familia; bebía,
+jugaba, malversaba fondos y, a no ser por las influencias de papá, ya
+hubiese parado en la cárcel. Creo que, ya viejo, llegó a ser jefe de
+administración de no sé qué cosa. El tío Lorenzo, antípoda del tío
+Pepe, llegó después a rozarme la cara con sus labios fríos y delgados;
+dijo que él se encargaría de hacerme un buen comerciante y se marchó.
+Yo no sé lo que él entendería por un buen comerciante, o mejor dicho,
+lo sé y por pudor lo callo.
+
+Todos me besuquearon y trajeron en palmitas cuanto les vino en ganas,
+asegurando todos que me querían muchísimo, pero sin atender a que el
+mejor modo de quererme sería el dejarme descansar de mi largo y penoso
+viaje. Así son los mayores; nos miman y nos zarandean por lo que
+esto les divierte y entretiene, no por el placer que este traernos y
+llevarnos como panderetillo de bruja pueda producirnos.
+
+Al fin, se fueron con mil diablos, y yo volví afanosamente a mi
+sueño. Cuando desperté de nuevo debía de ser ya muy tarde; papá y
+mamá, acostados charlaban animadamente. Fui todo oídos, que no es ser
+gran cosa dada mi insignificancia física, y pronto pude entender que
+hablaban de mí, de mi porvenir, de mi carrera, de mi posición social.
+Me horroricé. Mamá creía que yo debía de estudiar una carrerita corta,
+que me permitiera zambullirme en una covachuela administrativa, un
+archivo, una cátedra de escaso empeño, o cosa así. Debía esmerarme en
+mi educación —también callo por pudor lo que mi señora madre tomaba
+por educación—, y bien relacionado, con un sueldecito seguro y unas
+pesetejas de herencia, esperar una buena proporción; una señorita rica,
+quién sabe si millonaria.
+
+Papá se indignaba —en casa el dinero era de mamá— y quería a su hijo
+para más altos empeños. Él había sido hombre de un certero instinto y
+de un constante dominio de la realidad; pero para triunfar le había
+faltado la base, la cultura inicial. Yo tenía que aprender todas las
+cosas que él había ignorado, ¡terrible labor!, y aprovechando su
+tingladillo, no recuerdo si político o económico, consagrar con mi
+futura sapiencia todas las artimañas, todas las habilidades y despojos
+llevados a cabo por mi laborioso y aprovechado progenitor, que en
+determinado ramo de la actividad social había conseguido fundar un
+valioso cacicato de cuyos pingües beneficios yo sería usufructuario.
+
+Largas horas estuve meditando sobre estas dos inexorables decisiones
+que el destino me imponía; pesé y sopesé el pro y el contra de cada
+una; consulté a mi conciencia, virginal hasta entonces, pero cuya
+doncellez no pasaría más adelante; preví los peligros que toda rebeldía
+me traería aparejados...
+
+Y decidí morirme. En efecto; a la mañana siguiente, para morir como
+buen burguesito, tomé tal atracón de leche materna, que horas después,
+y con gran sentimiento de los míos, que habían visto en mí el modo de
+descargar sus monstruosidades y darles perpetuidad, volví al limbo de
+donde no debía de haber salido.
+
+
+
+
+EL MUERTO INSEPULTO Y TRANSEÚNTE
+
+
+Yo era peluquero y en mi oficio llegué a gozar de una envidiable
+reputación. Reconozco que jamás tuve ocasión de salir de las modestas
+peluquerías de los barrios extremos, pero esto no me quita mérito.
+Debía esta postergación a mi modestia, a mi carácter pusilánime. Nada
+más. Pero no tenía tampoco mayores aspiraciones. En mi pequeña barbería
+me sentía muy a gusto y mi arte, la suavidad de mis manos y la dulzura
+de mis maneras, eran dotes apreciadas en cuanto valían por mis humildes
+parroquianos.
+
+Cuando cumplí veinte años, me hicieron soldado, ingresé en el cuartel
+y pasé días horribles entre aquellos hombres violentos e implacables.
+Me abrumaban con el peso de armas y correajes, me rendían con caminatas
+terribles y ejercicios sin fin y toda mi blandura, mi naturaleza
+dulzona y aristocrática de oficial de barbería hubo de resentirse
+gravemente. Cuando se convencieron de que yo no servía para aquel
+bárbaro ajetreo me mandaron a la peluquería del regimiento donde
+recobré algo el sosiego. Allí estuve algún tiempo y todos los soldados
+reconocieron que yo era un hombre superior por la inusitada suavidad,
+el miramiento con que rapaba sus testas esquinadas y sus barbas
+salvajes. Vuelto así a mi elemento me sentí orgulloso de mí mismo y de
+mi arte.
+
+Pero se declaró la guerra; nos movilizaron y de la noche a la mañana,
+me encontré sobre el campo de batalla frente a unos feroces enemigos
+y cargado otra vez con armas y correajes. Allí no había escapatoria;
+en la guerra la gente no se corta el pelo ni se deja afeitar —de ello
+deduzco yo la barbarie de las guerras—, y quieras que no, se empeñaron
+en hacer un bravo guerrero de un humildísimo rapabarbas. Puse todo mi
+empeño en conseguirlo, pero no me fue dable.
+
+Así las cosas, nos metieron en fuego por primera vez. Yo iba desde el
+primer instante más muerto que vivo. Al poco rato de avanzar frente al
+enemigo, comenzaron a silbar las balas. Un soldado que marchaba junto a
+mí dio de pronto una zapateta bastante ridícula y se cayó de espaldas
+echando sangre por la boca. No pude ver más; se me cerraron los ojos y
+así seguí avanzando, a tientas, mientras oía a lo lejos el zumbido de
+las balas.
+
+De pronto oí un silbido más fuerte que los demás; aquella bala venía
+por mí. En efecto; sentí un terrible golpe en el pecho y me di cuenta
+de que caía mortalmente herido. Unos minutos después yo fallecía;
+estaba muerto, irremisiblemente muerto.
+
+Yo me daba cuenta aún de algo de lo que por fuera pasaba pero por
+dentro de mí, en los entresijos de mi ser, muerto y bien muerto me
+sentía.
+
+Así estuve varias horas; me preocupaba mucho la posibilidad de que
+los buitres viniesen a comerme; pero no veía el medio de evitarlo.
+Indudablemente me comerían. Y vendrían también los cuervos y me
+sacarían los ojos...
+
+Vinieron unos camilleros y unos médicos. Me recogieron con pocos
+miramientos y dándome trastazos, me arrumbaron en un furgón automóvil.
+¡Oh, si los cadáveres pudiéramos quejarnos!
+
+Cuando ya se disponían a enterrarme, como era su obligación, uno de
+aquellos médicos estuvo registrándome y atosigándome de una manera
+cruel. Le oí decir que yo no estaba muerto, cosa que me hizo reír de
+buena gana para mi calavera, que es como únicamente podemos reírnos los
+muertos aún no descarnados. Aquel bárbaro insistió en sus masajes, sus
+inyecciones y sus inhalaciones fatigosas hasta hacerme abrir los ojos e
+incorporarme. Aquello era de una crueldad inaudita pues lo menos que se
+puede hacer con los muertos es dejarlos descansar en paz.
+
+Obligado fieramente, acosado por todas partes, de tal modo que el mismo
+médico estaba ya exasperado, me hicieron hablar, no sé cómo, pues no
+recuerdo el caso de ningún cadáver parlante.
+
+Cuando pude hacer uso de la palabra, la empleé en manifestar a aquellos
+señores el deseo de reposo eterno que, como buen cadáver, tenía.
+Formulé, pues, la petición de que me enterrasen para que aquellos
+caballeros perdiesen las vanas sospechas que tenían de que yo estuviese
+aún vivo.
+
+Estas palabras, sensatas, les dejaron estupefactos y como yo las
+repitiera muy cuerda y respetuosamente, lo tomaron a mal y, poniéndose
+en pie sobre mis inseguras piernas de fallecido me atizaron tal
+puntapié en el trasero, que yo admití la posibilidad de morirme por
+segunda vez.
+
+De entonces acá mi vida de cadáver insepulto y viandante ha sido un
+verdadero martirio. He escuchado los mayores insultos y he sufrido los
+castigos más atroces.
+
+Ante mi obstinación en declarar mi estado, se han burlado de mí y me
+han desmentido categóricamente llamándome impostor. ¡Claro! Como no he
+podido sacar la cédula de cadáver que por clasificación me corresponde,
+nadie me cree. Me han formado consejos de guerra, me han encarcelado,
+he sido deportado y últimamente me he visto convertido en quincenario
+profesional.
+
+¿Y todo por qué? Por mantener firmemente la íntima convicción de que
+soy un fallecido; una víctima del heroísmo. Nadie me cree.
+
+Y ahora, en secreto, yo mismo he empezado a dudar. Muerto, bien muerto
+estoy aunque me hagan andar, hablar y moverme artificialmente. Desasido
+de todas las cosas de este mundo me hallo, y ni voluntad, ni amor, ni
+nada de lo que los vivos tienen he conservado. Pero de vez en cuando,
+me asalta una irrefrenable apetencia de callos, longaniza o chuletas de
+huerta. Y la verdad, soy el primer cadáver con apetito que conozco.
+
+Esto me hace tener mis dudas.
+
+
+
+
+LA LIBRE REPÚBLICA DE LAS BESTIAS
+
+
+Este hombre era un arbitrista con muy pocos arbitrios; un arbitrista
+que tenía por todo caudal y por toda familia un perro; un perrillo
+costroso con unos ojuelos tristes y un rabito calvo más triste aún. El
+perro y el amo eran intelectuales. Y les iba mal en la vida.
+
+El amo, por toda ocupación se plantaba en la Puerta del Sol y arrimado
+a una farola se pasaba las horas muertas mordiéndose las uñas con
+una voracidad digna de mejor empleo e imaginando al mismo tiempo,
+fantásticos arbitrios. Mientras, el perrillo, huroneaba en los montones
+de basura de los mercados.
+
+Al anochecer volvía el perrillo en busca del amo. En aquel momento
+cambiaban una mirada de inteligencia y mutua conmiseración.
+
+—¿Qué tal te ha ido, perro?
+
+—Mal; muy mal, hombre. ¡Esos guardias! ¿Y a ti?
+
+—Peor. ¡Esos gobiernos!
+
+Pasito a paso íbanse entonces de recogida al agujero en que moraban.
+Un mismo jergón se apiadaba de los huesos maltrechos del hombre y el
+perro; juntos se prestaban calor el uno al otro.
+
+Un día de hambre —un día— el perro y el hombre al regreso de sus
+correrías se miraron a los ojos largamente. Al hombre le pareció que
+aquella mirada dulce y pesada del perro era más intelectual que de
+costumbre. Lo que el perro quería decirle con los ojos debía de estar
+muy claro. Pero el hombre no supo entenderlo. «¡Qué brutos son los
+animales racionales!», pensaría el perro.
+
+Aunque habituado a los rasgos de inteligencia del perrillo, se conmovió
+el hombre ante la vivacidad, el espíritu que denotaba aquella larga
+mirada del can. Y pensando en ello discurrió la más peregrina teoría
+que puede imaginarse.
+
+Empezó poniendo todo su empeño en descifrar lo que el perro quería
+decirle con los ojos. Sujetándole la cabeza le obligó a mirarle
+fijamente mientras él con los ojos muy abiertos escrutaba en el fondo
+de las pupilas desteñidas del animalejo con la misma furia y encono
+que los hipnotizadores. El pobre perrillo no podía sostener aquella
+mirada inquisitiva que se le metía pupilas adentro produciéndole en la
+espina dorsal escalofríos que le obligaban a dar fuertes sacudidas.
+
+El signo más claro de la irracionalidad está precisamente en ese terror
+instintivo que obliga a todos los animales a bajar la vista cuando se
+les mira trente a frente. No hay ningún animal capaz de soportar la
+mirada fija del hombre.
+
+Aquel bichejo tan inteligente, tan humano, no tenía más mérito ni más
+superioridad que esa; la de haberse acostumbrado a mirar sin miedo
+los ojos fascinadores de su amo hambriento. ¡Y cómo estaba preñada de
+inteligencia aquella mirada del perro! ¡Cuántas cosas quería decir y en
+realidad decía!
+
+«Si de ordinario —pensaba el arbitrista— pudiésemos mirar con atención
+a los ojos de los animales, es posible que les concediésemos un poquito,
+siquiera un poquito de raciocinio. Les consideramos irracionales porque
+no hemos sabido leer en sus ojos y no hemos visto en ellos la chispa de
+la inteligencia. Mi perro la tiene, eso es indudable. Pues bien; yo voy
+a cultivar esa inteligencia rudimentaria. Voy a dar cultura a mi perro».
+
+Esta fue desde entonces su preocupación ídola. Consultó a varios
+biólogos, tomó lecciones de un hipnotizador y sometió a su perro al
+plan que se había trazado. Estaba dispuesto a sugestionarle hasta el
+punto de sacudir la inteligencia de la bestezuela y despertarla del
+sueño eterno a que había sido condenada por el Supremo Hacedor. Miraba
+a los ojos del animalejo hasta ponerse bizco y consiguió acostumbrarle
+a aquella extraña comunicación espiritual.
+
+El perro se cansaba algunas veces y le miraba estúpidamente con aquella
+estúpida tristeza que tienen en los ojos algunos hombres a quienes la
+vida les viene ancha. Otras veces el perrillo parecía enloquecer bajo
+la mirada del amo y se volvía furioso como atacado de epilepsia. Pero
+de vez en cuando, el bichejo, concentrando todas sus potencias, poníase
+a pensar las mismas cosas que iba pensando el magnetizador. Era un
+simple fenómeno de telepatía. Esto no es extraño; los rayos del sol
+concentrados por una lente encienden el fuego y nadie se maravilla. Lo
+mismo, exactamente lo mismo hizo el arbitrista con los destellos de
+inteligencia de su perro.
+
+En estos mudos coloquios el hombre infundió al perro, primero, algunas
+ideas generales, varios principios teológicos, algo de filosofía,
+letras y biología. El perro recorrió guiado por su dueño toda la
+evolución del pensamiento humano. Cuando ya lo tuvo suficientemente
+iniciado en las disciplinas del espíritu, quiso hacer de él un técnico
+para que no hiciese mal papel si andando el tiempo quería ser ministro.
+Acto seguido le confirió el título de doctor _honoris causa_ y salió
+con él a la conquista del mundo. Iba contento. Poseer un animal que
+sabe cosas trascendentales es tener la llave del mundo. Algunos
+igorrotes han triunfado en la vida solo porque poseían uno o varios
+animales bimanos que sabían cosas. Ese es el secreto de todos los
+caciques políticos.
+
+Pero de momento el perro sabio no tenía más que un campo abierto a su
+actividad. La pista de un circo. Y a ella fueron a dar. Ante el público
+estupefacto el arbitrista y su can daban lecciones de hipnotismo.
+El perro sabía escribir y vuelto de lomo hacia su amo contestaba
+por escrito a las preguntas que al oído hacían los espectadores
+al arbitrista. La sensatez con que el perro daba sus respuestas,
+la claridad y concisión con que las redactaba de su pata y letra
+promovieron una revolución.
+
+Aquel triunfo fue incomensurable. El arbitrista millonario en pocos
+meses constituido en empresario del perro sabio pensó entonces en
+ampliar su teoría.
+
+Escogió tres o cuatro caballos, dos tigres, tres leones, un elefante y
+algunas bestias más. Los sometió al mismo procedimiento que al perrillo
+y después de muchos días de terrible labor consiguió por medio del
+hipnotismo concentrar las potencias de aquellas bestias haciendo saltar
+en todas ellas la chispa de la inteligencia. A todos ellos les hizo
+bachilleres y después obligó a cada uno a cursar las disciplinas más
+oportunas a sus facultades.
+
+Por fin llegó el momento trascendental de presentarlos en el mundo.
+Temblando de emoción dio su última clase a los animales; pero cuando
+al final de la lección les anunció que a la noche siguiente los
+presentaría ante el público, vio con gran estupefacción que se negaban
+a ello categóricamente.
+
+—Nada de exhibicionismos —decía el elefante que se había hecho
+bibliófilo.
+
+—Debemos ser respetados —agregaba el tigre convertido en un formidable
+economista.
+
+—¡Desprestigios, no! —gritaban todos.
+
+El hombre quiso imponerse por la fuerza; se exasperó ante la
+resistencia de las bestias y requirió el látigo para castigarlas.
+Los animales se reunieron acto seguido en consejo y tras una breve
+deliberación acordaron sentenciar a muerte al hombre como reo de lesa
+superanimalidad. La sentencia fue ejecutada y el hombre pereció a patas
+de la justicia. En aquel momento los animales constituidos en asamblea
+acordaron proclamar la libre república de las bestias, declarar la
+guerra al género humano y de momento, hasta hallarse en condiciones de
+presentar la batalla, retirarse prudentemente a la selva.
+
+Así lo hicieron. Nadie ha sabido esto. Pero dentro de algunos años los
+exanimales que poseerán ya una cultura vendrán a precipitarse sobre la
+humanidad. Dios se lo pague al infortunado arbitrista.
+
+
+
+
+EL PURGATORIO DE LOS TONTOS
+
+
+No iba descontento. Llevaba detrás un landó y veinticinco simones.
+No iba descontento. Mi entierro se verificaba con toda la pompa y
+solemnidad que yo había deseado y previsto.
+
+Me dejaba llevar camino de la necrópolis muy serio y estirado dentro
+de una caja de ébano. Hacía una buena tarde de sol y me agradaba pasar
+solemnemente ante la buena gente trabajadora que me saludaba con todo
+respeto al ver cruzar mi carroza fúnebre seguida de tan lucido cortejo.
+
+En el camino anoté cuidadosamente en mi memoria quienes habían acudido
+a mi sepelio y quienes no. Mi espíritu volaba de un simón a otro y si
+bien es verdad que oí no pocas conversaciones inconvenientes, quedé
+complacido de la corrección de mis deudos, amigos y conocidos, de sus
+buenas maneras y de su irreprochable indumento. No se crea que yo era
+un muerto frívolo porque me preocupaba de estas minucias, no. Es que
+no se muere uno más que una vez en la vida y en definitiva es para
+esto, para que le entierren a uno con decencia, para lo que se afana y
+atosiga uno en los últimos años de su vida.
+
+Un rato después de haberse verificado mi inhumación sin incidentes,
+me asaltó el temor de que me hubiesen enterrado vivo. Los casos de
+catalepsia son frecuentes y, además, ¿qué muerto era yo que andaba
+después de enterrado pensando en pompas y vanidades mundanas? Una
+terrible congoja me dominó y anhelé salir de aquel encierro pero apenas
+formulé mi deseo me encontré libre, sano y salvo sobre la haz de la
+tierra. Esto me tranquilizó. ¿Si no estuviese muerto del todo cómo me
+sería posible andar así desencarnado? Y ya con absoluto sosiego, pasito
+a paso, me torné a Madrid.
+
+Dejé pasar la noche y muy de mañana fui a parar sin saber cómo ante
+la puerta de mi oficina en la que entré sin ser visto. Los ordenanzas
+no me saludaron. Iba a reprenderles pero recordé que estalla muerto.
+¡Miserables! ¡Ya no me saludarían más! Había perdido de un solo golpe
+mi alta jerarquía administrativa.
+
+Penetré en mi negociado. Pérez con las patas —esto es, las patas—
+encima de la mesa leía una revista pornográfica. He aquí el triste
+resultado —me dije—, de quince años de amonestaciones y sanos consejos
+morales. López liaba cigarrillos, tarareando un chotis y García, el
+irreverente García, adueñado interinamente de mi mesa, se complacía en
+alterarlo y revolverlo todo. Mudaba de sitio el tintero, el frasco de
+la goma y las tijeras, revolvía los expedientes y curioseaba en los
+cajones. ¡Oh, terrible perturbador! ¡Cómo gozabas de mi impotencia!
+¡Cómo disfrutabas provocando el desorden y el caos! ¿No sabes,
+desgraciado, que cada cosa tiene en este mundo un sitio inmutable y que
+la prosperidad de un país, su sana administración y creciente riqueza
+dependen tal vez de que se sepan colocar en su sitio exacto desde el
+más alto jefe de administración hasta el último pisapapeles del reino?
+
+Allí estuve las cuatro horas de oficina que fueron otras tantas horas
+de tormento para mí. Los malsines de mis subordinados discutían,
+chillaban y escarnecían mi memoria. Estuve decidido a marcharme muchas
+veces pero una fuerza irresistible ataba mi alma desencarnada al
+ambiente de aquella sala infecta en la que transcurriera la mitad de mi
+vida.
+
+Sin saber por qué al salir de la oficina seguí haciendo mi vida normal.
+Fui a casa, asistí a la comida, estuve después en el café, presidí
+la tertulia, subí al billar, paseé por Recoletos, compré unos dulces
+a Pepita y me planté en su casa. Pero un sospechoso rumor hizo que
+mi alma se detuviese sobresaltada a la puerta de su alcoba. Y, ¡la
+verdad!, ni en espíritu me atreví a entrar.
+
+Volví a casa y me tumbé en mi cama. Al día siguiente se repitió mi
+tormento. Estuve en la oficina, en el café, en Recoletos y en casa de
+Pepita. Allí parecía que me llamaban con campanillas. O aquella chica
+era un prodigio de laboriosidad o yo era un alma en pena bastante
+indiscreta. No sé.
+
+Día tras día hice durante algunos meses la misma vida sobrenatural
+que, aparte de mi incorporeidad, maldito lo que de sobrenatural tenía.
+Llegué a desesperarme y a estar aun en el límite de la desesperación,
+pasado el cual no sé adónde se va. ¡Para esto no valía la pena morirse!
+
+Yo había creído que al morir abandonaba uno por completo todas las
+miserias, las preocupaciones y los dolores de la vida terrena, pero
+al cabo de un año de estar muerto y enterrado me encontraba atado a
+cuanto en la vida fue mi obsesión. ¿No dicen que los muertos tienen
+una gloria, un purgatorio y un infierno? ¿No se llama reposo eterno
+a la muerte? ¿Por qué andaba yo como panderetillo de bruja sin poder
+libertarme de tanta y tanta majadería como me rodeó en vida? ¿Qué me
+importaba en fin de cuentas que González hiciese las carambolas por
+chamba? Pues y las infidelidades de Pepita, ¿qué se me daban ya?
+
+La gracia divina me ha permitido al fin conocer mi culpa y mi castigo.
+Esta vida carnal sin carne, este atadijo a las pequeñeces de la
+existencia terrenal no es otra cosa que el purgatorio de los tontos.
+Por un decreto de la divinidad, los tontos, los memos, los que no
+supimos ver más allá de nuestras narices, los que jamás tuvimos una
+idea pura, ni un pensamiento elevado, ni una abstracción, ni un atisbo
+siquiera del más allá, tenemos aquí nuestro purgatorio, entre los
+nuestros, entre nuestros chismes cotidianos y nuestras preocupaciones
+habituales. Es un terrible castigo. Imaginarlo en todo su dolor es casi
+imposible. ¡Es espantoso este purgatorio de los tontos!
+
+Yo algunas veces tengo un poco de lucidez y comprendo no solo mi dolor
+sino el ridículo que hago divagando por el mundo. Antiguamente por lo
+menos se nos temía y se nos llamaba almas en pena, trasgos y endriagos;
+pero ahora es vergonzoso.
+
+Los espiritistas se entretienen haciéndonos acudir a las patas de
+sus odiosos veladores, y por si este ultraje fuera poco han dado en
+llamarnos ¡kamarrupas! ¡Yo, un kamarrupa!
+
+Hago estas revelaciones en beneficio de la humanidad entontecida. Hay
+que despertarse, abrir el ojo y alambicar un poco. Este purgatorio de
+los tontos es terrible.
+
+Voy escribiendo estas revelaciones con tinta simpática en un montoncito
+de cuartillas que hay en el fondo del segundo cajón a mano derecha de
+mi mesa de trabajo... ¡Ojalá alguno acierte a descifrarlas y sirvan
+algún día para aviso de ingenuos!
+
+
+
+
+LAS MIL PESETAS QUE HAY EN EL MUNDO
+
+
+Jamás ha habido en el mundo una cantidad de dinero superior a mil
+pesetas o a su equivalencia en francos, marcos, chelines, dólares,
+rublos, plumas o cuentas de vidrio. Sobre ese dinero, el único que hay
+de verdad, el único que existe, bien por donación espontánea de la
+naturaleza, bien por las propinas de la divinidad a los santos varones
+que con más celo la sirvieron, se ha levantado el gigantesco edificio
+de la economía. Unos hombres que no tenían brazos para producir, ni
+ánimos para mover guerras, ni cabezas para pensar, inventaron el
+agio. A partir de entonces y merced a los infinitos sofismas de que
+se valieron, el dinero inicial, el verdadero patrimonio de Adán ha
+ido multiplicándose maravillosamente. Con el advenimiento de la Edad
+Moderna, la creación de los bancos, los empréstitos de los estados,
+el papel moneda y las sociedades por acciones el dinero ha aumentado
+fabulosamente. Se habla de miles de millones con un desconcertante
+aplomo. La estafa universal de la moderna economía no reconoce límites
+y millares de empleados se inclinan ocho horas diarias sobre las
+ventanillas y los pupitres de los Bancos, trabajando afanosamente.
+Hace algún tiempo yo no podía explicarme en qué consistía esa labor
+abrumadora de los infinitos empleados de banca. Pero ahora estoy
+en el secreto y cuando por incidencia tengo trato con ellos procuro
+abrocharme cuidadosamente y no dejar de la mano mis escasas monedas de
+metal. Esos hombres son capaces de todo. Lo que no me explico es cómo
+meten en la cárcel a los que dan el timo del portugués y en cambio
+dejan en libertad de operar a esos hombres, mucho más peligrosos.
+
+Pues bien; este secreto de las mil pesetas, únicas que hay en el mundo,
+fue descubierto hace seis u ocho años por un judío alemán que ambicioso
+de poder emprendió la más atrevida empresa que puede imaginarse. El
+vasto plan del judío consistía en apoderarse una por una de las mil
+monedas que han servido de base a la monstruosa hipérbole de la moderna
+ciencia crematística y una vez capturado todo el dinero que hay de
+verdad, no sus astutas ficciones, soplar el castillete de naipes de la
+economía universal y verlo caer grotescamente.
+
+La guerra europea vino a favorecerle y mientras los beligerantes se
+partían el alma a gloriosos trastazos el judío recorrió Alemania,
+Austria, Hungría y Rusia, llevándose los treinta o cuarenta dineros
+que por allí había. Pronto empezaron a sentirse los efectos; el falso
+dinero iba dando la cara de su falsedad y la gente empezó a rechazar
+los billetes de banco, las láminas y los títulos. Los bolcheviques
+dándoselas de sinceros quisieron abolir el dinero cuando el dinero se
+había abolido a sí mismo al desaparecer la media docena de auténticos
+kopecs que el judío alemán pudo encontrar en todas las Rusias.
+
+Los austriacos vieron con espanto que sus coronas de papel tenían la
+misma realidad y consistencia que el derecho divino de sus reyes, y
+los marcos al sentirse amenazados acrecieron en la multiplicación pero
+pronto quedó patente su invalidez.
+
+Así, por donde quiera que el hijo de Israel va pasando se deshace la
+ficción monetaria. En Portugal el reis se pierde ya en los recovecos
+del cálculo infinitesimal y en España, donde los cuatro cuartos que hay
+están en manos de tres toreros y seis tahúres, pronto sobrevendrá la
+catástrofe. A menos que Romanones se dé cuenta, que todo puede ser, y
+mal negocio entonces para el judío alemán.
+
+Leal y desinteresadamente hago esta advertencia. Desinteresadamente
+por que no poseo un solo céntimo y en definitiva me da igual que mi
+hipotético dinero esté en las manos del judío alemán o en las del
+editor. Tan mal ha de irme con uno como con el otro.
+
+Pero tened cuidado; si el judío se alza al fin con las únicas mil
+pesetas que hay en el mundo, tal vez volvamos los ojos con amor a la
+memoria de nuestros ilustres financieros.
+
+
+
+
+EL DESASTROSO FIN DE LA HUMANIDAD
+
+
+La vida era cada vez más difícil y el malthusianismo crecía. Sus
+abominables prácticas habíanse extendido no solo por las grandes
+ciudades, sino por las villas y aldeas, y la sencilla pastora como la
+dama de gran mundo sabían pecar y eludir la penitencia.
+
+Llegó un momento en que nadie tenía hijos. La humanidad iba a terminar
+de un momento a otro. El egoísmo de esta generación postrera no
+se contentaba con alargarse la vida todo lo posible, merced a los
+repetidos injertos de glándula intersticial, sino que cortaba el camino
+implacablemente a todo nuevo ser. No nacían niños. Y eso que los curas
+se partían el alma echando bendiciones nupciales y aún se escribían
+novelas de gran sentimentalismo.
+
+Próximo ya al acabamiento del género humano, se enteraron los políticos
+de lo que ocurría. Los sociólogos dijeron que ellos estaban al cabo de
+la calle hacía muchísimo tiempo, pero la verdad es que nadie se dio
+cuenta del peligro mientras no faltaron diez o doce años, a lo sumo,
+para que se precipitase el juicio final.
+
+Cundió la alarma y los soviets de todo el mundo —porque todo el mundo
+era sovietista— estudiaron atentamente el problema y resolvieron
+sacar a los sabios de las mazmorras en que a pan y agua los tenían
+demandándoles una solución inmediata para el pavoroso problema.
+Los sabios —que eran más sabios desde que no comían ostras, ni se
+daban banquetes, ni fumaban grandes puros— aguzaron el intelecto, y
+propusieron que en adelante los niños se hiciesen en laboratorios
+especiales, en los que unos matraces de nueva invención sustituirían
+con ventaja al anticuado e incómodo claustro materno.
+
+Se hicieron felicísimos ensayos y se comenzaron a construir los
+edificios gigantescos de unas grandes fábricas de niños. El
+procedimiento era sencillísimo. Llegaban los presuntos padres,
+depositaban una moneda por una ranura, una máquina automática les
+extraía de un brazo, o de donde fuese, una pequeña porción de sustancia
+vital, se hacía de ella un cuidadoso cultivo y sin más molestia que la
+de pasar nueve meses después a recoger el encargo, cátate a un padre y
+una madre hechos y derechos. ¿Era sencillo?
+
+Pues ni así iban. Y las fábricas sovietistas de bebés al por mayor
+quebraron por falta de clientes.
+
+Los gobiernos, frente al fracaso de este sistema de incubadoras y
+ante los apremios del tiempo pues la humanidad se extinguía a toda
+prisa, volvieron de nuevo los ojos a los sabios. Les acortaron aún más
+la ración, les prohibieron terminantemente las deliberaciones, las
+consultas y los congresos, y esperaron inquietos sus soluciones.
+
+Al fin se presentó una, genial, radicalísima, salvadora. El mundo
+no se acabaría porque, quieras que no, nacerían hijos y en grandes
+cantidades de hijos, como lo demandaba aquella terrible amenaza. Se
+había encontrado el medio de que toda semilla vital fuese fecundada. No
+habría escapatoria: mediante unos injertos maravillosos de no sabemos
+qué glándula de pescado, las mujeres tendrían hijos por cientos, por
+millares, por millones. El estudio de los fenómenos de la reproducción
+en los peces había dado la clave del problema. Se había llegado a la
+hueva humana.
+
+Se empezó a usar el procedimiento y los resultados fueron prodigiosos.
+Matrimonios que en veinte años no habían tenido un solo descendiente,
+se encontraban con tres o cuatro mil hijos en pocos meses. Hubo
+entonces que resolver otro grave problema; el de asegurar la vida a
+las miríadas de seres que iban apareciendo. Nuevo injerto a las huevas
+y los niños en formación adquirían tal vitalidad, que ni el calor ni
+el frío, ni el hambre ni la sed podían aniquilarlos. Se consiguió
+captar de la atmósfera los elementos de nutrición necesarios, y bastaba
+que los chicos aspirasen un poco de aire libre para que se sintiesen
+hartos, como al desprenderse del pecho de las nodrizas.
+
+Empezó a poblarse el mundo con una rapidez incalculable. A la vuelta
+de cuatro o cinco años las casas estaban abarrotadas de seres; en las
+calles la gente, desbordándose de las aceras, inundaba el arroyo e
+interceptaban la circulación de vehículos, los campos se cubrían de
+seres humanos que no cabían en las ciudades, y pronto la avalancha
+humana llegó hasta las orillas de los mares, cayendo al agua muchos
+miles de personas que no tenían un palmo de tierra para posar la planta.
+
+Cuando el Supremo Hacedor, en uno de sus ratos de ocio, revolvió el
+arca de sus viejas producciones, encontró a la tierra en tan terrible
+situación. Se horrorizó, no dejó de reprocharse su descuido, y cogiendo
+el mundo con unas tenazas, lo sacudió violentamente en el espacio para
+desprender aquella humanidad parásita. Después, lo lavó cuidadosamente
+con un poderoso desinfectante, lo envolvió en unas gasas deletéreas,
+y, junto con unas bolitas de naftalina celestial, lo envió al museo
+arqueológico que para su solaz y recreo tienen los dioses. Porque por
+allá arriba son muy aficionados a la arqueología.
+
+
+
+
+DOS GRANDES ERRORES
+
+
+Sabemos con absoluta precisión cuando hemos de morirnos. Esto, claro
+es, no se dice por ahí porque los que ya están avisados tienen miedo
+y lo callan. Los otros, los que aún no están sujetos al emplazamiento
+fatal, creen que la muerte es un agente extraño, algo así como el
+recaudador de contribuciones de la divinidad y les satisface mantener
+el mito de la Pálida, terrible huéspeda que avanza campos y ciudades
+provista de sudario y la guadaña, viejas prendas que alguna vez
+sirvieron a la poesía lírica, y hoy, pasadas ya de moda, apenas si
+preocupan a tal o cual Hamlet de aldea.
+
+Sabemos cuándo hemos de morimos, podemos apreciar la cuerda que nos
+queda y a veces paseamos años y años por el mundo con nuestra papeleta
+de defunción escondida en el fondo de la conciencia. Este conocimiento
+de nuestro fin no es un aviso milagroso de la Providencia ni tiene
+complicaciones taumatúrgicas, no. Es suficiente que pongamos un poco
+de atención en nosotros mismos; nos basta auscultar cuidadosamente
+nuestro ser para adivinar lo que nos resta de vida. Un poco de reposo,
+un día entero de lluvia o viento encerrados en nuestra habitación, una
+noche de insomnio nos permiten escuchar todos los ronquidos, estertores
+y fracasos de nuestro organismo. El que atiende a esos indicios
+pronto se entera de cómo está su máquina y calcula su duración como
+un experto relojero podría calcular la de un reloj. Esta es una vieja
+verdad; ya en los siglos XV y XVI la postulaban unos buenos hombres
+que anunciaban solemnemente el día preciso en que había de morirse de
+muerte natural. El pueblo los tomó a broma y se divirtió mucho con sus
+errores de cálculo; la Inquisición los tomó en serio y dio en la manía
+de quemarlos. Error gravísimo; porque una vez cogidos sí que podían
+predecir su muerte.
+
+Consecuente con mi teoría, yo supe hace algunos años el tiempo que me
+quedaba de vida. Y a juzgar por cómo se me hacían agua en la cabeza no
+pocas cosas sólidas y cómo me chasqueaban y crujían otras muchas en el
+hígado y en el corazón, deduje que pronto había de morir.
+
+Hombre sensato, deseché las preocupaciones sobrenaturales y me puse
+a ordenar mis asuntos. Pensé entonces que, pues me había de morir y
+el trance estaba próximo, era una insensatez el seguir afanándose por
+las cosas terrenas. Suspendí todos mis trabajos y me di de lleno a
+escucharme, a inquirir en los entresijos de mi quebrantada humanidad.
+Pero por desgracia yo no tenía bienes y, mientras atendía a las
+palpitaciones de mi pobre hígado, mi mujer y mis hijos pasaban grandes
+hambres. Tuve que escribir cartas a los amigos pidiéndoles dinero. El
+resultado fue menos que mediano. En cambio logré una sólida reputación
+de vago y de sablista. ¡Idiotas! ¿Cómo querían que trabajase un
+moribundo? Echado día y noche sobre mi jergón, percibía uno por uno los
+íntimos derrumbamientos de mi ser, las muertes chiquitas que anunciaban
+inexorables la muerte grande y definitiva.
+
+Así transcurrieron unos meses, un año, varios años. Mi situación de
+futuro cadáver era ya dificilísima. Seguí pidiendo dinero; ya entonces
+revelé algo a los amigos más íntimos; les dije, en una palabra, que
+me hallaba moribundo y se apiadaron algo más, no mucho. Pero los muy
+brutos, viendo al poco tiempo que no me moría, volvieron a cerrar sus
+bolsas. Estaba desacreditado. Si me hubiese muerto —pensaba—, estaría
+en buen lugar ante ellos, elogiarían mi memoria y darían dinero a mi
+viuda y a mis hijos. De improviso, ¡qué idea!, discurrí que el mejor
+medio de asegurar un pasajero vivir a los míos después de mi muerte
+era encomendarlos a la piedad de mis amigos en emocionantes cartas
+redactadas casi en la agonía. No hay hombre capaz de resistirse a la
+súplica de un moribundo. Redacté pues numerosas cartas preñadas de
+lúgubres imágenes, de trágicos emplazamientos para la otra vida, de
+súplicas, de estertores... Llegué a dominar por completo esto que
+pudiéramos llamar literatura agónica. Aquello era una idea genial;
+el sablazo de ultratumba. Hice un cálculo de mis amigos y de sus
+posibilidades; se me presentaba un pingüe negocio. Hay que morir, me
+dije.
+
+Pero no moría aún; son demasiadas las cosas que tienen que quebrársele
+a uno allá dentro para morir del todo. Ya me faltaba muy poco, casi
+nada. Y, sin embargo, no era posible que esperásemos más.
+
+Decidí aligerar el desenlace. Quiero decir que pensé suicidarme.
+No hay que asustarse. Lo mío no tenía realmente los caracteres de
+un suicidio. Era un empujoncito, un empujoncito nada más lo que me
+faltaba. Cogí una gran pistola, herencia de mi abuelo, y estuve
+preparándola. Al examinar la carga me alarmé un poco. ¿No era
+demasiado grande aquel pedazo de plomo para matar una cosa tan nimia,
+tan insignificante como lo que de mí estaba vivo? ¿No era demasiada
+pólvora, demasiada detonación, demasiado escándalo? Una pueril
+cerbatana hubiese sido suficiente; pero, por desgracia, la cerbatana
+es en nuestros días un arma ineficaz para el suicidio y además un poco
+ridícula.
+
+Me resigné; moví aquel pistolón y me hice polvo. Creo que fallecí antes
+de que el plomo me llegase a los sesos.
+
+* * *
+
+¿Quieren ustedes creer que me equivoqué? Créanlo; las famosas cartas no
+dieron un solo céntimo a mi pobre viuda. En cuanto a mi muerte y a sus
+claros indicios...
+
+Baste decirles que hace diez años que yazgo dos varas bajo tierra y aún
+siento aquí en la calavera algo que no me deja sosegar: un gusanillo,
+un gusanillo...
+
+
+
+
+EL BROMAZO
+
+
+Mi proceso ha sido sonado. El crimen que se me imputaba era una
+verdadera obra de arte, con la que los gacetilleros consiguieron
+emocionar a los burgueses de suyo indiferentes y estólidos. Una
+mujer, una pobre mujer, había aparecido asesinada en su lecho y junto
+se encontraron los cadáveres espantosamente mutilados de sus dos
+hijitos; además, los muebles se hallaban en desorden y la pobre gaveta
+descerrajada y sin un céntimo.
+
+La mujer era viuda; sostenía conmigo relaciones amorosas; algunas veces
+me había dado un poco de dinero, y por esto, y porque los niños no eran
+muy agradables ni me miraban bien, reñíamos frecuentemente. Dieron en
+decir que yo había sido el asesino y me encarcelaron.
+
+Negué con energía; pero no pude probar nada. Viendo que no hacían caso
+de mis protestas, decidí fugarme. Lo conseguí a poco. Mi propósito
+era buscar por mí mismo las pruebas de mi inocencia, ya que nadie, ni
+siquiera mi defensor, creía en mis palabras. Yo era inocente —ya no
+tengo empeño en que lo creáis— y había un medio de demostrarlo.
+
+La noche del crimen estuve en casa de mi amante y disputamos; los
+vecinos me vieron entrar y me oyeron dar voces. Hacia la media noche
+me marché sin que nadie pudiera sentirme. Camino de mi casa encontré a
+un sujeto extraño; me pidió le orientase, pues se había perdido en el
+dédalo de las callejuelas del barrio. Parecía extranjero; vestía mal y
+hablaba peor. Adiviné en él un tipo interesante y charlamos como buenos
+amigos. Era uno de esos sujetos estrafalarios que andan perdidos por
+el mundo, de los que se puede decir que son la avidez en dos piernas y
+unos ojillos curiosos. No supe cómo se llamaba, adónde iba ni de dónde
+venía. Mostró empeño en escudriñar aquel barrio viejo y pintoresco a
+la luz de la luna de enero y durante tres horas recorrimos todas las
+callejuelas, llegamos a los muelles, pasamos el puente y acodados en
+el pretil estuvimos viendo cómo la luna hacía cosquillas al río. Ya al
+amanecer nos separamos. Me hizo saber tan solo que al día siguiente
+abandonaría la ciudad y poco después el territorio. No he vuelto a
+saber nada de él.
+
+Transido de frío y lleno de fango llegué a casa y me acosté. Tuve
+alguna fiebre y estuve delirando. La patrona ha declarado después que
+me oyó pronunciar palabras ininteligibles con gran excitación. Cinco
+horas más tarde vino la policía y me condujo ante el juez. Yo era el
+asesino de mi amante y de sus hijos.
+
+Únicamente podría probar lo contrario si lograba encontrar a aquel
+vagamundo. Así lo dije; hicieron algunas pesquisas infructuosas y no
+me atendieron más. Entonces me fugué y durante tres meses empleé toda
+mi astucia y mi energía en buscar al maldito extranjero y en huir de
+la Justicia. Creí adivinar que había marchado al país vecino y allí
+fui a buscarle. Puse anuncios en los periódicos, inquirí en cárceles,
+hospitales y cuarteles. Nada. Desesperé, y en este momento volvió a
+cazarme la policía. Se consiguió mi extradición y volví a mi antigua
+cárcel, corroborando con mi huida al extranjero la sospecha de que yo
+fuese el asesino. Los inocentes no huyen nunca, dicen con toda gravedad
+esos absurdos y axiomáticos magistrados.
+
+Negando yo y agobiándome ellos con sus acusaciones, se celebró la
+vista de la causa. Todos los testigos me han sido adversos; el fiscal,
+después de despreciar las pruebas por innecesarias, ha llamado la
+atención del Tribunal sobre mi cinismo. El idiota de mi defensor, harto
+ya de exhortarme a la confesión, ha dicho una interminable serie de
+majaderías. La pasión, la miseria, los hijos del otro, el atavismo...
+¡Puaf!
+
+Echando requiebros al jurado estaba mi defensor cuando me asaltó una
+invencible repugnancia por todo aquello. Aquel gran aparato, aquellas
+enfadosas pruebas, aquellos graves peritos, aquella ciencia, aquellas
+calvas, aquellas togas y birretes, y hasta las chaquetas negras
+y llenas de arrugas de los menestrales del jurado, me parecieron
+ridículas, terriblemente ridículas.
+
+Ante mis ojos y ante mi conciencia, todo, hasta lo más sagrado, se
+estaba poniendo en evidencia, en ridículo. Nada podía yo hacer para
+desbaratar el error, el formidable error de aquellos sabios y hombres
+buenos. Les grité a la cara; me hicieron callar. Después de un ataque
+de ira me asaltó una terrible angustia, y, por último, no supe hacer
+más que insultarlos y reírme a carcajadas.
+
+Sus términos, sus proposiciones, sus silogismos y sus razonamientos me
+parecían espantosamente cómicos. Ya los había dejado por imposible,
+y les oía desbarrar y decir sutilezas mientras me reía a mandíbula
+batiente. Palabra que me reía con toda mi alma. Así deben reírse los
+dioses viendo errar a las criaturas.
+
+Me condenaron a muerte. Al leérseme la sentencia volví a indignarme
+y a gritarles. Como si no. Muy metidos en sus togas y sus librotes,
+aquellos señores habían fallado en justicia. ¡En justicia! ¡Ja, ja, ja!
+Entre carcajadas me volvieron a la celda.
+
+A los pocos días debían ejecutarme en garrote vil. Empleé aquel
+tiempo en pensar serenamente sobre lo sucedido y poco a poco conseguí
+calmarme. Me daba cuenta exacta de cómo el error, semejante a un
+diablillo maligno, se había apoderado de cada una de aquellas
+privilegiadas cabezas de los que me condenaron y, ¡qué diantre!, era
+divertido verles machacar en el error, darle vueltas, tomarlo, sobarlo,
+medirlo, y, al fin, consagrarlo con una monstruosidad: la sentencia.
+¿Cómo se atreverán esos presuntuosos a sentenciar y dar muerte a
+un hombre? ¿No piensan que si se equivocan, yo, un pobre diablo
+cualquiera, puede escupirles a la cara y reírse de ellos?
+
+Y esto es lo que hacía. Reírme; reírme con espantosas carcajadas.
+
+En la mañana de la ejecución vino a verme un sacerdote.
+
+—¿Sabe usted algo, padre? —le pregunté anhelante.
+
+—No, hijo.
+
+—Pues vaya usted con Dios —le dije por no agraviarle.
+
+Me ejecutaron con toda la solemnidad y aparato con que estas cosas
+se hacen. El público, llevado allí para la ejemplaridad de la pena,
+presenciaba conmovido aquel ceremonial que a mí se me antojaba
+altamente grotesco. Quise decirles muchas cosas. Mas ¿para qué?
+
+Di el cuello al verdugo; hizo este funcionar su máquina, y en aquel
+momento os juro que mi satisfacción, mi alegría por estar solo en el
+secreto, por haber burlado a aquellos graves hombres, me hizo feliz.
+Quise reírme por última vez, pero ya no pude. Entonces, no sabiendo qué
+hacer para mostrar mi desprecio, mi burla hacia toda aquella gente,
+saqué un palmo de lengua.
+
+No lo entendieron. ¡Qué brutos! Menudo bromazo les he jugado. Porque...
+¡¡Soy inocente!!
+
+
+
+
+EL SUICIDIO DEL CADÁVER
+
+
+Nació; le bautizaron; a fuerza de chupetones y rabietas consiguió
+tenerse en dos pies; articuló primero unos gritos y se hizo entender
+después con las mismas palabras que usaban sus padres; más tarde
+reconoció esas mismas palabras, escritas o impresas; en adelante,
+le torturaron con otras muchas cosas que maldito si le importaban;
+aprendió que la tierra tiene dos movimientos, uno de rotación y otro de
+traslación, y el corazón, otros dos, sístole y diástole; reconoció la
+soberanía de las Cortes con el rey; se convenció de que dos y dos son
+cuatro; tuvo que creer que a don Favila se lo comió un oso y que San
+Hermenegildo fue mártir; aprendió la ley de la gravedad y otras muchas
+leyes naturales y contra natura; amó a su patria, temió a Dios, respetó
+a la Guardia civil, leyó el _Quijote_ y se hizo bachiller. Entonces
+olvidó casi todas estas cosas y aprendió otras que fueron olvidadas
+igualmente cuando se hizo licenciado. Tomando y dejando cosas se formó
+al fin; prestó dilatados servicios a su patria en cualquier menester
+burocrático; hizo el amor, le casaron, le nacieron hijos, y como
+suyos los inscribió en el Registro civil; se le cayeron el pelo y los
+dientes; le concedieron una gran cruz y se murió.
+
+Muerto y enterrado —pomposamente enterrado— estaba hacía algunos años
+cuando por primera vez se puso a pensar seriamente y a fondo. Esto de
+pensar en la tumba no es extraño. Los biólogos dicen a todo el que
+les quiere oír que no nos morimos de una vez, sino poquito a poco.
+Empezamos a morirnos cuando se nos cae el primer diente, cuando nos
+sale la primera cana, y muriéndonos tiramos años y lustros, hasta que
+nos entierran, o mejor dicho hasta mucho después de habernos enterrado,
+porque a veces aunque se nos haya muerto el corazón y estemos tiesos
+y estirados, mondos y lirondos, dándonos a la carcoma, aún hay en
+nosotros partes vivas que si pudieran actuar libremente protestarían
+contra el sepelio prematuro. Hay muertos a los que les crecen las uñas;
+prueba de nuestra tesis es también que a veces los cirujanos remiendan
+a los vivos averiados con trozos de la piel de esos muertos a medias;
+popular es la frase de morirse a pedazos y la de estar medio muerto, y
+por si esto fuera poco yo tengo mis dudas respecto de las momias. ¿Por
+qué ha de estar muerto Tutankamen y no han de estarlo ciertos senadores
+que yo me sé?
+
+No es pues extraño que nuestro ilustre cadáver a los diez o doce
+años de estar domiciliado en la huesa se pusiese a pensar. Es por el
+contrario naturalísimo. Jamás había pensado nada mientras anduvo por
+el mundo. Su pensamiento fue virgen al féretro, no había sufrido el
+menor desgaste, no tenía pues por qué morir y en aquella paz del
+sepulcro comenzó a actuar vigorosamente. A medida que el difunto fue
+desencarnando empezó a moverse el pensamiento con cierta libertad
+dentro de su calavera. La poca costumbre de pensar hizo creer al muerto
+en los primeros tiempos que aquello que le escarbaba en el occipital
+era un gusanillo demasiado ansioso. Pero no; pronto se convenció de que
+era él, él mismo, su propia sustancia, lo que le escarabajeaba.
+
+Pensando, pensando, con toda la gravedad y circunspección que le
+prestaba su respetable condición de cadáver, abominó de aquel trasiego
+de cosas en que se había empleado el venerable puchero que sobre los
+hombros sostuvo durante cincuenta o sesenta años. Aquel tomar y dejar
+ideas, que por una oreja le entraban y por la otra le salían, le
+pareció despreciable. Reconoció que su cerebro había sido un cedazo
+por el que la linfa se filtraba, mientras en el meollo se le iban
+depositando las arenas de aluvión y los cantos rodados. Nada más.
+
+A los doscientos años de estar dos metros bajo tierra había conseguido
+tal lucidez, estaba tan limpio de envoltura carnal, que el pensamiento
+rodaba vertiginoso por la órbita de su calavera, proporcionándole ideas
+maravillosas. Sus conclusiones fueron radicalmente distintas de las que
+obtuvo mientras vivió a flor de tierra. Adquirió el convencimiento de
+que la humanidad insepulta es perfectamente estúpida. ¿Para qué ese
+ajetreo de la vida? ¿Para qué tanto afán? ¿Por qué apasionarse por tan
+grandes errores? Poquito que se reía él de Ptolomeo, Newton y Einstein.
+
+Pero esta clarividencia le llevó a ser humorista y más tarde se le
+agrió el humor. Le entró una rabia sorda contra su anterior vida. Había
+sido un majadero. ¡Si él hubiese pensado las cosas mientras tuvo cédula
+como las pensaba a los doscientos años de estar muerto y enterrado! Le
+irritaba la idiotez de los vivos. De buena gana hubiese salido por el
+mundo a insultar a la gente; pero no podía. Cuatro metros cúbicos de
+tierra sobre su menguado esqueleto pesaban demasiado. Se enfureció por
+su impotencia. Tenía que salir de allí y hacer curiosas revelaciones
+a la humanidad. Se volvió loco. El gusanillo de su pensamiento, como
+una luciérnaga, saltaba frenético dentro de la calavera. No pudo
+resistir más. Se dio un chocazo contra el féretro y los dos parietales
+desencajados se apretaron el uno contra el otro cogiendo en medio al
+bichito de luz, al terrible pensamiento, que murió como un piojo entre
+dos uñas. El muerto se había suicidado.
+
+
+
+
+HISTORIA DE UN HOMBRECITO QUE NO NACIÓ
+
+
+I
+
+No me apesadumbra esta muerte inminente a que estoy sin remisión
+condenado. Es más: creo que ya he vivido bastante y que poco, muy poco
+de cuanto hay en el mundo me queda que conocer y sentir. Desde hace
+varios meses padezco una conciencia adulta, que prematuramente se hizo
+parásita de esta masa gelatinosa de que estoy formado. ¿Para qué seguir
+soportando su tiranía por más tiempo?
+
+Sé que pertenezco, o he debido pertenecer, al género humano, que tengo
+el signo de varón y que, de haber sucedido las cosas de modo normal,
+yo hubiese sido dado a luz dentro de unos días; dentro de unos meses
+habría aprendido a tenerme en dos pies; pasados unos años sabría
+engendrar nuevos seres, y ocurrido poco más de medio siglo, volvería a
+la nada.
+
+No ha sido así; muero nonnato y, ¡qué diablo!, muero feliz, gracias
+a la milagrosa plenitud de mi conciencia, que en esta redoma en que
+yazgo me ha permitido seguir exactamente el curso que dan a su vida
+los humanos, nada grato, por cierto. No se tome a mala parte este mi
+pesimismo. Creo que si todos los hombres tuviesen plena conciencia
+desde el momento en que son concebidos, muy pocos se prestarían a
+seguir adelante.
+
+Voy a morir y aún no soy más que un feto informe, o mejor dicho, un
+concepto no desarrollado. Pero ¿es que todos los conceptos valen acaso
+la pena del desarrollo?
+
+No lo creo; por eso muero a gusto. Y porque no quede en el aire como
+una petulancia juvenil esta conformidad con mi destino, expondré
+someramente cuanto en mis escasos meses de conciencia he podido
+aprender del mundo y de los hombres.
+
+
+II
+
+Mi padre es una buena alimaña del Señor, que trabaja, suda, sufre,
+bebe, canta y hace sufrir a los demás. Creo que en el mundo hay unos
+Códigos, producto de la sabiduría universal, que determinan exactamente
+lo que en cada momento mi padre debe hacer. De esto, que yo ya sé
+hace algún tiempo, él no se ha enterado todavía y viénenle de esta
+ignorancia graves daños. En este momento, según mis noticias, gime
+encarcelado, bajo la terrible acusación de parricida e incestuoso,
+y por los indicios que he podido recoger supongo que no tardarán en
+llevarle al matadero, aunque todavía no he podido poner muy en claro
+para qué han de matarle, si no han de comérsele. Parece ser que le
+inmolan a una diosa bárbara, llamada Justicia, cuyo culto primitivo
+se conserva entre los civilizados. Disculpen estas perplejidades e
+incongruencias mías; pero con solo unos meses de conciencia, mis
+conocimientos del mundo y de la vida son muy fragmentarios. No creo,
+sin embargo, que lo sean menos los vuestros.
+
+Por todas estas cosas, la buena gente de la aldea se ha congratulado
+de que yo no venga al mundo. ¡Pobre! —decían—. ¿Qué sería de ese
+desdichado aborto del infierno, hijo del incesto y del crimen?
+¡Angelito! ¡Más le ha valido haberse muerto!
+
+Yo, pese a todo esto, no tengo muchos motivos para estar quejoso de mi
+padre. Es más: me siento un poco orgulloso de ser su hijo. Mi padre
+es joven, fuerte y hermoso. Ningún muchacho de la aldea tira la barra
+de hierro más lejos que él ni muerde en el cuello con más ardor a las
+mujeres. Repito que es una sana y alegre alimaña de Dios, que en una
+época de debilidades, claudicaciones y tristezas ha sabido conservar
+fieramente su entereza ejemplar, su noble gallardía de bestia entera,
+confiada en sus garras, sus dientes y su destino.
+
+Mi padre era pastor. Durante el tiempo que conviví con él le admiré
+rendidamente. Tiraba de la honda como un guerrero balear, silbaba como
+un fauno, corría como el viento y su larga cayada arremolinaba en
+torno suyo a los rebaños, sumisos y complacidos. Yo pensé que con tan
+buenas prendas mi padre triunfaría en el mundo. Creí que no tardarían
+en hacerle obispo o cosa así. Pero me equivoqué.
+
+
+III
+
+Un día llegó hasta el hato en que mi padre y yo con él sesteábamos,
+una mujer, joven todavía, ancha, fuerte y hermosa. Mi padre le dedicó
+desde el primer momento sus toscas zalemas, le hizo probar su queso más
+fresco, sus piñones y sus nueces. Ella le regaló un pañizuelo bordado y
+le hizo beber el agua fría del regato en la cuenca rosada de sus manos.
+Hecho esto, se marchó riendo y no volvió más.
+
+Inquieto se quedó mi padre. Cuando llegó la noche dejó el rebaño al
+cuidado de los mastines y echó cuesta abajo hacia la masía. Rondando
+las paredes de la casona estuvo hasta que las estrellas le dijeron que
+iba a venir el alba, y entonces, pasito a paso, se volvió a la montaña.
+
+Bajamos también a la noche siguiente y a la otra. A la cuarta noche, mi
+padre, encaramado en unos aperos, tocó con los nudillos, quedamente, en
+el marco de un alto ventanuco, por cuyas rendijas había él atisbado el
+cuartito estrecho de aquella mujer que le sonsacara.
+
+La mujer se sobresaltó un tanto; pero pronto logró mi padre calmarla
+con sus caricias, que ella gustó a poco sin rebozo. Desde entonces, mi
+padre dejaba todas las noches el ganado a la custodia de los perros,
+y a buen andar íbase contento y satisfecho hacia la masía, por cuyas
+paredes trepaba hasta meterse por aquel ventanuco en cuyo alféizar le
+recogían los arremangados brazos de aquella buena y complaciente mujer,
+que ya le retenían afanosos hasta la madrugada. Regalábanse entrambos
+con mutuas caricias; dábanse el uno al otro fehacientes testimonios de
+su amor, y en uno de aquellos transportes mi padre me dio a mí, que ya
+no volví con él a la majada.
+
+
+IV
+
+Empezó para mí una nueva vida. Me sentí tan a placer en mi flamante
+morada, tan bien asistido, que pronto empecé a crecer y desarrollarme.
+Me hallaba bien acondicionado, progresaba y empezaba a ser algo en el
+mundo. Entonces fue cuando por primera vez di en el hábito de filosofar.
+
+Pero aquel sosiego, que favorecía mi rápido desarrollo, trajo a mi
+madre —ya entonces supe que aquella había de ser mi madre— espantosas
+desdichas. Pronto empezó a hacerse notar mi existencia, no obstante el
+cuidado con que la pobre mujer apretaba los cordones de su corpiño,
+reduciendo hasta lo inverosímil la estrecha cárcel que me aprisionaba.
+
+En aquel entonces hubo en la masía un movimiento inusitado. Por lo
+que después pude saber había llegado el amo. El amo de la casona, los
+ganados, los pastos; el amo de mi madre, de mi padre, y creo que amo
+mío también. Aquella llegada del que yo suponía buen dios posesor
+desazonó a mi madre sobremanera, y largas horas la sentí llorar con
+lentos y difíciles sollozos, allá en el último rincón del sobrado,
+donde nadie pudiese verla.
+
+Una noche, después de la cena, sobrevino la catástrofe. El amo había
+cenado bien; la morcilla, el tasajo, los alcaparrones y el queso
+picante le habían hecho beber mucho vino y los ojos debían brillarle
+como dos diamantes negros. Yo adiviné esta furia de sus ojos en el
+estremecimiento de terror de mi madre cuando, mandada llamar por él, se
+presentó sumisa a su deseo.
+
+El amo estaba contento y quiso que de su alegría participase mi infeliz
+madre. Por una vez el amo la libraba de su monótona vida de sirvienta y
+la elevaba hasta él, dándole parte de su exuberancia. Había que estarle
+agradecida.
+
+Pero mi madre no quería; resistiose largo rato a los deseos de
+expansión del amo, hasta que este, fuera de sí, quiso tomar por fuerza
+lo que de buen grado no le daban.
+
+—Ven acá, mala pécora —decía con terribles voces—. ¿Qué remilgos para
+conmigo son esos? A buena hora mangas verdes, hipocritona.
+
+—Déjeme, mi amo, déjeme —suspiraba mi madre.
+
+—¿Dejarte? ¿A santo de qué? ¿No eres mía, lagarta? ¿No lo has sido
+siempre?
+
+—Eso fue antes, amo. Era yo una chiquilla...
+
+—Antes, ahora y después. ¿Olvidas que fui yo mismo quien te quitó de
+ser mocita, quien te hizo madre y quien te evitó que cayeses después en
+un burdel? ¿No comes honradamente el pan de mi casa, en vez de andar
+rodando por las ferias? Anda, déjate de gazmoñerías. Todavía eres joven
+y hermosa para arrepentirte, morena.
+
+—No quiero, no quiero.
+
+—Pues querrás, como siempre quisiste, vaca vieja.
+
+—No; aquello se acabó. Sanseacabó. ¡Por estas!
+
+—¿Y por qué, paloma?
+
+—Porque quiero a otro hombre.
+
+—Buena cosa, nena. Yo no te lo impido. Si quieres a otro hombre, yo te
+casaré con él, mi reina; tendrás la dote prometida y te diré al fin qué
+fue de nuestro hijo para que tu hombre y tú lo recojáis.
+
+—¡Mi hijo!
+
+—Hecho un hombre está. Dieciocho años tiene y gloria da verle.
+
+—Dime, por caridad, dónde está mi hijo.
+
+—Dime tú antes quién es ese hombre a quien quieres.
+
+—Ese hombre es...
+
+—¿Quién?
+
+—Un niño todavía. El zagal que pastorea el rebaño detrás del robledo.
+
+—¿Juan Sin Nombre, el zagal?
+
+—Juan Sin Nombre el zagal, el mismo.
+
+—¡Dios de Dios!
+
+Un nuevo estremecimiento de mi madre me hizo adivinar que algo terrible
+había pasado por los ojos del amo. Debieron apagársele las luces de la
+lujuria; algo espantoso debió ocurrirle en el alma y, cuando volvió a
+hablar, su voz era honda, dura y seca.
+
+—Vete, maldita; vete, perra. Vete, maldición de mi casa y de mi vida.
+
+Sollozando, mi madre se salió de la pieza. Sus lágrimas no podían
+disimular su contento por haberse librado milagrosamente de las
+zarpas del amo, y no bien entró en su cuartito, abrió la ventana,
+recogió entre sus brazos a mi padre, que allí la esperaba, y juntos se
+descolgaron por el paredón de la masía y juntos corrieron, sin volver
+atrás la cara, mientras el vientecillo de la sierra les azotaba el
+perfil, y los perros cortijeros, uno a uno, iban llevando la noticia
+del rapto hasta el fin del mundo con sus intermitentes ladridos.
+
+
+V
+
+Mi padre y mi madre se amaban impetuosamente. Tuve certeza de ello
+en aquellos días en los que mi madre, huida de la masía, se escondía
+en un socavón, con honores de vivienda, allá en los cerros donde
+pastoreaba el ganado. Allí iba mi padre a llevarle sus sabrosos
+presentes. La miel, la leche, la fruta que compraba o robaba por los
+alrededores. Dormía mi madre en aquella cueva sobre un lecho de hojas
+secas; servíanle de fogaril unas trébedes y un agujero abierto en el
+techo natural de la cueva, y aún tenía, a pocos pasos, un regato, que
+de espejo, baño y fuente le servía. Creo que mi madre se sentía allí
+dichosa, y, a mi juicio, aquellos tres o cuatro días fueron los únicos
+de paz y gozo que tuvo la infeliz.
+
+El amo no se resignó con su desaparición. Hízola buscar cielo y tierra,
+y ya, desesperado de encontrarla, se fue hacia el hato y llamando
+aparte a mi padre le abordó sin rodeos.
+
+Con la fría crueldad de un dios o un demonio le hizo saber que estaba
+al corriente de sus relaciones con mi madre. Díjole que no le parecían
+bien aquellos amoríos, que mi madre era mujer de su casa y servicio y
+que para su casa y para sí la quería. Él era el amo y allí no había de
+hacerse más que su santa voluntad.
+
+Le oyó mi padre con paciencia felina. Con un poco de imaginación se le
+hubiese visto mover el rabo a compás de un lado para otro, y más de una
+vez, a lo largo de la filípica, gruñó sordamente, amenazando con saltar
+al cuello del amo.
+
+Contúvose, sin embargo; no creo que lo hiciese por prudencia, sino
+porque estaba satisfecho y porque tenía a la hembra en su cubil y entre
+las zarpas su formidable cayada.
+
+—Búsquela, nostramo, búsquela —le decía con sorna.
+
+—No la buscaré más; has de ser tú quien me la traiga. Ese encargo te
+doy.
+
+—No podré cumplirlo, amo.
+
+—Vaya si podrás. Podrás, porque esa mujer, que hasta aquí fue mía, será
+mañana de otro, de cualquiera. Menos tuya.
+
+—¿Y por qué no mía?
+
+Irguiose el amo, temblando de furor, y rugió al fin:
+
+—¡Porque es tu madre!
+
+—¡Bah! —repuso el pastor—. ¡Mi madre! ¡Bah! Es mi amante.
+
+—Es tu madre, idiota.
+
+—¡Mi madre! ¡Mi madre! ¡Ea!, largo de aquí con sus cuentos, viejo zorro.
+
+—Ven acá, imbécil. Esa mujer, criada de mi casa, de quien yo dispuse
+siempre a mi antojo y a quien le hice un hijo, que eres tú, podrá no
+volver a la masía, pero ya nunca será tuya.
+
+—Pero ¿por qué ha de ser mi madre, si yo la quiero para mí, mía, como
+hombre y mujer, lobo y loba? Fuera de aquí, ¡ea! ¡Mi madre! ¡Mi madre!
+¡Mi hembra! Largo de aquí. Ya verás, amo, para lo que me sirven tus
+historias. ¡Largo!
+
+Y, enarbolando la cayada, la volteó sobre su cabeza y la descargó
+furiosamente sobre las espaldas del amo, que cuando se repuso y quiso
+hacerle cara no consiguió sino que mi padre tirase lejos la cayada, y
+ya con uñas, dientes y pezuñas le agredió gozoso, pateándole con furia.
+Cuando se cansó le dejó respirar, incorporarse y huir, mientras iba
+descargando contra él las piedras más certeras que salieron de su mano
+a impulso del brazo más templado de toda la serranía.
+
+Vibrante, excitado por la lucha, la pelambrera revuelta, el pecho
+jadeante, al descubierto por entre los jirones de la camisa,
+echó a correr hacia el socavón donde mi madre le aguardaba,
+sumisa y enamorada, y allí yació con ella a su placer con fieros
+estremecimientos de tigre en celo, que rindieron para siempre a la
+hembra. Ya dije que tenía mis motivos para estar orgulloso de mi padre.
+
+
+VI
+
+No creo que al principio la noticia del incesto conturbase mucho a mi
+padre. ¡Qué sabía él! El instinto le había llevado hacia una mujer y
+el instinto nada le decía en contra de esta querencia, aun después de
+saber que aquella hembra era su madre.
+
+Se dispuso a seguir queriéndola, como hasta allí la había querido,
+dándosele un ardite de la extraña y absurda circunstancia que infundía
+un sentido criminal a su noble y sana apetencia.
+
+Pero aquel que en los primeros momentos se le antojó levísimo
+contratiempo, empezó a escarabajearle en el meollo y ya no le dejó
+sosegar. Me imagino la estupefacción de mi padre al ver que una cosa
+tan nimia, tan insignificante, se le oponía tenaz, dispuesta a torcer
+su voluntad. Presto a defender su hembra contra los mayores obstáculos
+del mundo, a los que él otorgaba una representación plástica de grandes
+moles de granito, hierros, llamas, garras, dientes, veíase acometido
+por una imperceptible dificultad, que él no creyó nunca tuviese
+valor alguno. Decir a mi padre que una imposibilidad moral había de
+obligarle a refrenar su apetito era como torcer el curso de un río con
+procedimientos suasorios.
+
+Desgraciadamente, no era mi padre tan entera alimaña como debió ser, y
+no obstante su fortaleza contra los corpóreos enemigos, se dejó tomar y
+vencer por aquel inaprensible adversario de su dicha.
+
+La agresión de que había hecho objeto al amo le aconsejaba huir de
+aquellos parajes, y cuando fue de noche, mi padre, mi madre y yo
+emprendimos la marcha, siguiendo los más difíciles atajos y las sendas
+más extraviadas.
+
+Durante el camino caviló mucho mi padre, tomado ya por aquel artero
+adversario de su instinto, y no tardé mucho en darme cuenta de cómo sin
+querer empezó a repeler a la hembra que, atemorizada por la noche y el
+frío, buscaba su cobijo.
+
+Anduvimos hasta el amanecer y ya entrado el día topamos con una
+cuadrilla de segadores nómadas, a los que nos unimos. Dos o tres
+semanas vivimos en su compañía. A lo largo de aquellos días yo pude
+darme cuenta de cómo el asco iba venciendo en mi padre aquella
+inclinación primera que le llevó al incesto. La cavilación, el dar
+y dar vueltas del exiguo meollo en torno a aquella infranqueable
+barrera fueron arruinándole y dejándole requemado, correoso, extinto.
+Repudiaba, al principio con dulzura, luego con furor, a la infeliz
+madre de entrambos, cuyas entrañas no habían sabido adivinar la
+tragedia, y pronto la vida fue imposible a su lado. Se separó de los
+segadores y muchos días estuvimos vagando y merodeando por los caseríos
+de la comarca. Mi madre proveía a nuestra subsistencia buscando
+raíces, hurtando racimos, trabajando, a veces, en las duras faenas
+del campo, allí donde por caridad querían darle quehacer. Mi padre,
+más ensombrecido cada día, íbase, desde que apuntaba el día, a la
+bodeguilla, y allí se estaba bebiendo en silencio, jarro tras jarro,
+el vino turbio y agrio, hasta que anochecido se reunía con mi madre en
+cualquier chozo abandonado. Ella, rendida de la faena del día, de sus
+hambres y sus dolores, aún tenía ánimos para ofrecérsele blandamente
+enamorada. Entonces él se desataba en denuestos y la golpeaba. Yo he
+sentido alguno de aquellos golpes sobre la tersa esfericidad de su
+vientre y por ella temí más que por mí.
+
+De mal en peor seguimos arrastrando nuestro dolor por todos los
+caminos. Un fatal designio nos iba acercando a nuestra aldea. Creo que
+era mi madre la que, sintiéndose próxima a dar a luz, derivaba hacia
+el viejo campanario tan amado. Mi padre se dejaba llevar insensible a
+todo lo que no fuese su furor. Una tarde que no había bebido demasiado
+le sentí llegar suavemente hasta mi madre. Parecía contento. Cantaba,
+silbaba, reía con estrépito y se dejaba acariciar por las manos
+destrozadas de mi madre, que lloraba de alegría, viéndole otra vez
+junto a sí. El infeliz estaba contento aquella tarde. ¡Pobre padre
+mío! ¿Por qué te dejaste vencer por aquel invisible enemigo? ¿Por
+qué perdiste tu recia animalidad? ¿Por qué dejaste de ser una buena
+alimaña de Dios para convertirte en algo menos que un hombre y que una
+bestia?
+
+Aquella tarde se dejó llevar de las caricias de mi madre y fue
+incestuoso una vez más.
+
+
+VII
+
+Pero a la otra mañana, cuando al lucir el sol vio claramente su pecado
+recortado en el azul del cielo, sintió un asco invencible, una infinita
+repugnancia. Y apaleó a mi madre.
+
+¿Cuánto sufrió aquella mujer? ¿Cómo se explicaría la desdichada
+aquellos ramalazos de locura de su amado? ¿Qué infinita bondad no
+habría en su alma cuando se los perdonaba?
+
+Trabajando, padeciendo, hambrienta, odiada y apaleada cada día, como un
+perro sarnoso, llegó mi madre al noveno mes de su embarazo. No dudo de
+que grandes debieron ser sus pecados; mas dificulto que haya habido una
+tan terrible expiación como la suya.
+
+Hace no más que veinticuatro horas estaba en un rincón de nuestra
+cueva, a la que habíamos vuelto, y era tal su congoja, tan
+incomensurable su dolor, que pedía a todos los poderes de la tierra y
+del cielo la librasen de la vida.
+
+Los poderes incógnitos no fueron sordos a su súplica. Una vez más
+llegó mi padre ebrio de dolor y de vino, y una vez más fustigó las
+carnes maceradas de la infeliz. Revolviose ella, por primera vez,
+contra el castigo y pidió a mi padre que por los clavos de Cristo no la
+martirizase más, o por lo menos le dijese qué causas tenía aquel odio
+salvaje.
+
+Mi padre no pudo contenerse por más tiempo y se lo escupió a la cara,
+al mismo tiempo que, echándole las manos al cuello, le apretó con
+furia, no sé si de odio o de apetito. No sé.
+
+Como no sé tampoco si mi madre murió víctima de la presión de los dedos
+de mi padre, engarbados a su cuello, o del horror y el asco de su
+crimen.
+
+
+VIII
+
+De esto hace ya unas horas. Mi padre cayó minutos después en las garras
+de la justicia, que lo ahorcará bonitamente. En cuanto a mí, pocos son
+los que se han ocupado de salvarme. Creen que ya estoy muerto y que el
+mundo no ha debido ver la aparición de un engendro tal del crimen cual
+yo debiera ser. ¡Pse! Tal vez tengan razón.
+
+Unas aldeanas piadosas están velando el cadáver de mi madre, en cuyo
+centro esta redoma en que yazgo va enfriándose por segundos. Pronto
+dejaré de existir.
+
+Y no me pesa.
+
+
+
+
+EL ÁNIMA DE LA VIEJA
+
+
+Cuando la conocí ya estaba hecha una pavesita. Era vieja, tan
+retevieja, que hasta la cuenta de los años había perdido. Vivía en uno
+de los cuartos del desván desde hacía quién sabe el tiempo y pudiera
+creerse que la vertiente del tejado, pesando sobre su cabeza cana,
+había ido humillándola, hasta clavarle la barbilla en el esternón y
+hacer que su espinazo se arquease tenso ya y a punto de lanzar al
+espacio la flecha de su alma.
+
+La mitad de sus días se le iba con el rosario entre las manos y
+sentada ante la angosta buhardilla, desde la que admiraba, con sus
+ojuelos quietos y blanquecinos, la inmensidad del mundo, la grandeza
+del creador y el gracioso ir y venir de las nubes, en las que a veces
+cabalgaba su fantasía, yéndose con ellas, en dilatados viajes, a
+regiones de ensueño, pobladas con loca confusión por los esmaltes y
+colores de su infancia, las tintas planas y aurirrojas de su juventud,
+las perlas de sus sartas de lágrimas y el oro viejo de la liturgia.
+Entonces era cuando se le iba el santo al cielo.
+
+Un viejo bote de tomates, lleno de tierra negra y coronado de
+hierbabuena, representaba ante ella el milagro de la vida inagotable,
+y al otro lado de la ventana un jilguero cautivo le renovaba cada día
+el espectáculo del dolor. Eran sus asideros a la realidad. Sin la
+hierbabuena y el pájaro, la vieja, arrebatada por las nubes, se hubiera
+perdido fácilmente en el espacio.
+
+La otra mitad de la escasa vida que ya le restaba se la llevaba la
+escalera. Eran ciento y pico de escalones, que ella, al subir y al
+bajar, repasaba cuidadosamente, tanteándolos una vez y otra con el
+balbuceo de sus piernas, trabadas por el reúma, que de tiempo en
+tiempo le obligaba a guardar unas grandes pausas, ilustradas con
+hondos suspiros. Arrebujada en sus trapitos negros y recorriendo este
+calvario de la escalera la vi por primera vez. Otras muchas veces la
+hallé después en el mismo sitio, cobrando fuerzas en los descansillos o
+ganando trabajosamente los peldaños.
+
+Mi relación con ella no pasó de ahí. Padecía, según me dijeron, un mal
+genio insoportable y no pocas rarezas; esto la hacía andar por el mundo
+más sola y desamparada aún, ya que la acritud de carácter, las rarezas
+y manías favorecen y disculpan nuestra impiedad para con los viejos.
+Vivía con una gran miseria, clara y limpia, eso sí, de la menguada
+caridad de unos parientes remotos, que no querían turbar su conciencia
+dejando que abiertamente se muriese de hambre. Y así iba tirando la
+pobre. Jamás hablé con ella ni le mostré interés alguno. ¡Bah! —me
+dije—. Una pobre vieja que espera a morirse del todo después de una
+vida humilde y vulgar.
+
+Supe después que aquel invierno lo había pasado muy mal; mi mujer le
+envió algunos días un poco de calor para sus pobres huesos ateridos,
+unas medicinas, unos alimentos, no sé. Esto me valió, cuando de nuevo
+la encontraba en la escalera, unas largas miradas de gratitud, de las
+que ni siquiera supe descubrir el significado. ¡Qué pocas veces nos
+merecemos la gratitud que se nos tiene!
+
+Un día antes de que llegase la primavera, cuando ya la habían venteado
+los gorriones que anidan en el alero, la vieja se sentó una tarde
+ante el cuadro azul de su buhardilla y, mirando embelesada al cielo,
+satisfizo su aspiración de diluirse en él. Su cuerpo, ya sin vida,
+quedose sentado ante la guardilla, mirando con los ojos, más abiertos
+que nunca, aquella teoría de tejados y azoteas, que habían constituido
+para ella, en los últimos años, todo el espectáculo del mundo. Ni
+la hierbabuena ni el pájaro, que seguían trabajando y sufriendo, se
+enteraron de lo que había ocurrido.
+
+Cuando se encontraron muerta a la vieja, vinieron a preguntarnos
+si queríamos hacer algo por ella, ya que éramos sus protectores.
+Advierto que este pomposo título nos había costado apenas el trabajo
+de alargarle unas cuantas cosas inservibles. Dispuse todo lo necesario
+para su enterramiento, hice decir unas misas por su alma y mandé
+recoger del desván sus trastos y cachivaches para conservarlos, por si
+alguien aparecía reclamándolos. No vino nadie.
+
+La buena vieja estaba más sola de lo que se creía. Todo su mundo había
+desaparecido en el transcurso de unos años y unos tras otros habían
+ido hundiéndose en el polvo los parientes, los amigos, los conocidos.
+Sin darse cuenta exacta de la catástrofe que presenciaban sus ojos en
+aquellos últimos veinte años, veía cómo la muerte barría las lilas
+de las personas amadas o simplemente conocidas. Hoy era un hermano,
+mañana aquel amigo, el otro tal o cual grande hombre de su época. Había
+llegado el fin del mundo y solo ella quedaba ya para llorarlos a todos
+y rezar por ellos, sola, trágicamente sola, en un mundo nuevo, con
+cuyos habitantes no llegaría a entenderse.
+
+Y no eran solo las personas las que le abandonaban: eran también
+las cosas, todas las cosas de aquel viejo mundo tan amado, las que
+se deshacían en polvo, disueltas en aquella gran tragedia de su
+longevidad. Todo había desaparecido al transformarse, al encarnar en la
+carne de aquella nueva humanidad que desconocía la vieja. Las casas,
+las calles, los jardines, la ciudad entera habían desaparecido, e
+inútilmente buscaba la longeva las antiguas sugestiones del mundo, los
+gratos lugares de su juventud, recorriendo torpemente las tradicionales
+sendas, que a duras penas podía reconocer. Envuelta en sus tocas
+asomábase alguna vez al mundo, después de la gran catástrofe del
+tiempo, y los grandes comercios, las calles amplias y rectas, pobladas
+de monstruosos palacios, los cafés y las cervecerías, los trenes, la
+luz y el estruendo le hacían perder la pista de las viejas veredas
+urbanas, por entre las que andaba como entre unas ruinas. Aquella gran
+ciudad, enjoyada de luz, cubierta de mármoles y bronces, no era para la
+viejecita más que una ruina. La ruina de un mundo, el suyo, aquel para
+el que prematuramente había sonado la hora final.
+
+Al morirse murió con ella para siempre aquel mundo a que había
+pertenecido. Ya nadie, después de ella, podrá evocarlo con limpieza y
+netitud. La nueva humanidad creerá que tiene apresada en sus museos
+y sus archivos el alma de aquellas horas, y hasta algunos insensatos
+pretenderán hacerla revivir artificialmente con sus evocaciones; pero
+la verdad es que aquello murió y jamás volverá a ser vivido. Podremos
+escudriñar en el porvenir y saber acaso con absoluta precisión lo que
+ha de pasar; pero el secreto del pasado es impenetrable para nosotros.
+De lo que fue, nunca sabremos nada. Ha habido en el mundo muchos
+profetas; pero nadie ha tenido el don de la historia, de la verdadera
+historia.
+
+Esta íntima convicción de nuestra incapacidad historicista me hacía
+mirar los viejos trastos que pertenecieron a la vieja con el mismo
+respeto con que miro el hacha de sílex en los museos de prehistoria.
+
+Pronto la figurilla feble de la vieja fue borrándose de nuestra
+memoria. La hubiésemos olvidado del todo a no ser por la presencia
+de aquellos cachivaches que le pertenecieron, y que conservábamos,
+aun a sabiendas de que nadie vendría ya a reclamarlos. Me parecía que
+malbaratar aquello era como aventar las cenizas de la vieja, borrar
+el rastro que había dejado en el mundo. ¡Es tan insignificante lo que
+queda de una vida!
+
+La curiosidad de mi mujer profanó un día aquellos despojos. Anduvo
+revolviendo en los apolillados cajones de una cómoda de la vieja, que
+conservaba intactos los últimos hálitos de su existir, y —Eva siempre—
+me hizo tomar parte en aquella profanación.
+
+—Ven, mira las cosas que tenía la vieja.
+
+Toda una tarde estuvimos revolviendo sin piedad en aquellos cajones,
+atestados de viejos vestidos de seda, galas convertidas en jirones,
+ropa blanca de un blanco ahuesado por el tiempo, refajos remendados,
+pelerinas y cortinas de encaje, cuyos tules finísimos se deshacían
+entre los dedos. Mi mujer se dedicó al expurgo de los trapos y yo me
+apoderé de un crucifijo de marfil y unos paquetes de cartas, documentos
+y daguerrotipos. Fue un infame saqueo.
+
+De entre todos los trapajos que conservaba la vieja, únicamente se
+halló en buen uso un vestido de seda tornasolada, a la moda isabelina,
+que debió satisfacer, con el énfasis de sus encajes, la pompa de
+su corte amplio y el brillo de sus lentejuelas, la aspiración de
+fastuosidad de la pobre vieja, allá en el momento culminante de su
+existencia.
+
+Se me antojó hacer un retrato a mi mujer, vestida con aquellas galas, a
+las que por excepción no encontraba ese desconcertante sabor a disfraz
+que tienen todos los trajes de época. Le hice, pues, ponerse aquel
+vestido y componer su peinado a tono con los figurines del período
+isabelino: requerí la paleta y los pinceles y me puse a pintar.
+
+Trabajé con fervor, intentando seguir la sugestión de aquel traje;
+ajusté mi técnica a la de aquella época germinadora del impresionismo
+y creí hacer una buena obra de arte. No lo conseguí, a pesar de mi
+obstinación y mi entusiasmo. Lo que ha sido, no volverá a ser; y como
+no me satisfacía aquel pastiche que mi perseverancia fraguaba, empecé a
+desesperar.
+
+En cambio, mi mujer, que había vestido aquel traje de difícil
+conformación con cierta repugnancia, empezaba a saberlo llevar con
+gracia. Al principio le parecieron absurdas aquellas mangas quebradas,
+insoportable aquel acinturamiento y entorpecedora y fea aquella cola
+redonda que envaraba sus movimientos. No en vano estaba habituada a
+las flojas y someras vestiduras de nuestros días. Pero a poco de posar
+ante el lienzo, y mientras yo luchaba inútilmente con líneas y colores,
+ella había conseguido humanizar de nuevo el traje muerto, se había
+identificado con él y sabía interpretarlo fielmente con el ademán, el
+gesto y la actitud.
+
+Esto hizo que cada vez pintase menos y mirase más. Me convencí de
+la inutilidad de mi esfuerzo y tuve que contentarme con admirar la
+instintiva capacidad artística de mi mujer, muy superior a mi impotente
+capacidad profesional.
+
+Un día de buen humor hice que mi mujer vistiese el traje de seda
+de la vieja, no para posar ante el lienzo, sino para sentarse a la
+mesa. Comimos, charlando de cosas indiferentes, que más que nada
+eran pretextos para que mi mujer hiciese jugar las vetustas sedas,
+que exhalaban suaves murmullos de gozo, estremecidas por el contacto
+con la juventud de aquella mujer hermosa, grato contacto con el que
+seguramente habían soñado años y años, arrugaditas en el fondo de su
+humilde sarcófago.
+
+Mi mujer, identificada ya con el alma del vestido, estuvo deliciosa y
+yo fui feliz por unas horas, y conocí entonces toda la sana alegría, el
+optimismo y el contento de estar vivo que atesoran esos encantadores
+lienzos de los maestros holandeses, titulados, invariablemente, «El
+pintor y su esposa».
+
+Al final de la comida hice destapar unas botellas de mistela y de
+licor de rosa que había capturado en las profundidades de una antigua
+bodega. El inocente licor de rosa tiene, no obstante su candorosa
+dulzarronería, una hipócrita malicia de niño travieso que desataba las
+lenguas de nuestras abuelas y hacia brillar sus ojos en los saraos
+entre las celosías de las mantillas y los pericones.
+
+
+
+
+LA MUERTE DEL ESPÍRITU ADÚLTERO
+
+
+I
+
+Una hora después de haber cenado, mediada ya la botella de licor de
+rosa y cansados mi mujer y yo de nuestras incursiones por frívolos
+andurriales, fuimos tomando en nuestra charla el empaque de dos tipos
+auténticos de la época romántica en sus últimos años.
+
+En cuanto a mí no me sorprendía verme representando aquel panel tan
+fácil, tan hecho, tan visto en libros, museos, archivos y escenarios.
+¿Pero y mi mujer? Con la misma gracia, mitad dengosa, mitad desgarrada
+—entre el romanticismo y el naturalismo— de una dama de la corte
+isabelina, evocaba gestos, ademanes y actitudes de la época que yo
+no recordaba haber descubierto jamás en los cuadros de aquel tiempo
+ni siquiera en aquellos primeros daguerrotipos que ya hoy tienen la
+calidad artística y el valor expresivo de una visión personal. Puedo
+decir que en sus maneras, lenguaje e inflexiones de voz revivía
+exactamente el espíritu del romanticismo en sus postrimerías. Fue
+en aquella ocasión cuando aprendí de una vez para siempre el tono
+romántico que desespera a mis émulos y desconcierta a mis críticos,
+imposibilitados para contrastarlo.
+
+Debo advertir que mi mujer es adorablemente inculta; no tiene la menor
+idea de nada. Es de una blanda humanidad en la que yo con mis pulgares
+he impreso algunas huellas y en todo momento me reconozco a mí mismo
+allí donde mi mujer se acusa. Pero en aquella ocasión empecé a sentirla
+extraña y terminé reconociéndola reveladora.
+
+
+II
+
+No soy un espíritu ni otorgo el menor crédito a los cándidos
+investigadores de lo sobrenatural. No hay más espíritu que el mío.
+Es posible que a mi alrededor vaguen cientos y cientos de almas en
+pena, pero todas esas almas no son más que reflejos de una: de la mía.
+Las tolero mientras me divierten; cuando empiezan a molestarme las
+mato. No concibo, pues, los remordimientos ni todas esas zarandajas
+inventadas para hacer odioso el delito. Si el ánima de mi padre viniese
+a importunarme, la estrangularía y me iría a tomar el sol. No tengo,
+sin embargo, necesidad de usar procedimientos de violencia. Cojo las
+almas en pena y las convierto; todas sirven a mis necesidades. Unas me
+impulsan al bien, otras a la verdad, otras a la belleza; algunas me
+dan saludables lecciones; otras otorgan plasticidad a mi pensamiento;
+otras, en fin, me advierten cuándo debo limpiar mi estómago... He hecho
+de ellas mis más fieles servidores. A todas las reconozco en cualquier
+momento y bajo cualquier disfraz como reconozco la sombra de mi cuerpo
+por muy desfigurada que la perspectiva me la presente. Analizo estas
+proyecciones de mi alma con la meticulosidad de un profesor alemán; sé,
+al céntimo, cómo está con ella mi economía; descubro cuánto me deben
+los espíritus superiores y reconozco mi deuda para con los que llamo
+kamarrupas. Y, sin embargo...
+
+He aquí una proyección con la que no he podido identificarme.
+
+
+III
+
+Imaginad el desdichado papel que uno de nuestros cómicos actuales,
+caracterizado a la usanza del año sesenta, representaría con su
+desentono, sus anacronismos y su incomprensión en una auténtica
+tertulia de por aquellas fechas. Esta era exactamente mi situación
+respecto a mi mujer aquella noche. Milagrosamente, aparecía ella como
+un tan fiel trasunto de la juventud de su abuela que, en cada palabra,
+en cada gesto, se desviaba medio siglo de mí mostrando lo artificioso
+y falso de mi incompleta reconstrucción espiritual de la época. Por
+primera vez mi mujer era distinta de ella misma y de mí. No nos
+entendíamos. El espíritu de alguien —el de la vieja del desván acaso—
+se había metido de por medio.
+
+Al principio hice inauditos esfuerzos por ponerme a tono. Evidenciaba,
+sin embargo, a cada momento la naturaleza histriónica de aquella
+resurrección mientras mi mujer seguía jugando con maravillosa soltura
+aquel vestido de seda tornasol de tan gozoso modo que yo sospeché que
+el cuerpo juvenil de mi esposa había estado penando hasta hallar su
+propio y natural completo en aquel hábito.
+
+Y así, sugestionado, procuré seguir la farsa.
+
+
+IV
+
+No tardó esta en hacérsenos imperceptible. Nos creímos que habíamos
+vuelto a nuestra sinceridad, nos olvidamos de la máscara y, ya sin
+precauciones, seguimos charlando a placer arrellanados en un diván que
+arrastré cerca de la chimenea. Dejé el comedor a media luz y allí,
+enlazando por la cintura a mi mujer, me dejé llevar por el encanto de
+aquella confortable y sugeridora ocasión.
+
+Permanecimos algún tiempo en silencio. Mi mujer alargaba sus
+piececillos hasta la chimenea y parecía obsesionada con el lengüeteo de
+las llamas. Su cara, entintada en rojo, parecía la cara de esas muñecas
+de cera furiosamente carmíneas y por un momento temí se derritiese al
+calor de la lumbre. Su ensimismamiento era más hondo cada vez. Para
+contestar a mis preguntas parecía hacer un largo viaje a través de
+unas remotas regiones en las que le sorprendían mis llamadas. Eludía
+mis interpelaciones con un monosílabo y volvía a irse. ¿A dónde? Yo
+no lo sabía y empecé a sentirme molesto. Le costaba un gran trabajo
+atenderme. Hacía visibles esfuerzos para venir conmigo, pero creo que
+contra su voluntad volvía a escapar a sus paisajes ideales, por más que
+yo la retenía, la acosaba a preguntas y la estrechaba entre mis brazos.
+
+Esta insistencia empezó a causarle molestia. Cada vez contestaba de
+peor gana a mis requerimientos. Llegué a serle insufrible; me contestó
+al fin violentamente y se separó de mí colocándose al otro extremo del
+diván con la cara entre las palmas de las manos y las pupilas fijas en
+el fuego.
+
+Me levanté airado ante aquella inexplicable actitud y comencé a medir
+la habitación con largos y fuertes pasos. Empecé entonces el monólogo
+de las recriminaciones. Debo declarar que al principio fui un poco
+farsante. Es más; me agradaba aquella actitud desdeñosa de mi mujer.
+Y como me gustaba la escena que estábamos representando, extraje
+cuidadosamente de la realidad todas las raíces de los minúsculos
+hechos cotidianos que podían hacer florecer en mis labios el reproche.
+Estaba muy contento de mi inventiva. Mis quejas sonaban bien. Reproché
+a mi mujer su falta de cariño, su desdén por mis preocupaciones, su
+incomprensión para mis inquietudes espirituales. Aquel monólogo
+tenía emoción y fui subiéndolo de tono con cautela al principio, con
+desapoderado entusiasmo después.
+
+Ella, a medida que crecía el énfasis de mis acusaciones, mostrábase
+más ceñuda. Estaba a tono también. Mantenía su mutismo con una gran
+entereza, una llamita roja ardía en sus pupilas, y sus labios,
+aplastados el uno contra el otro, eran como un signo de dolor. Yo, que
+la miraba de reojo mientras recitaba mi monólogo, me desconcerté un
+poco. Hice una transición, y ya sinceramente y a lo que yo creí sin
+farsa, la interrogué:
+
+—¿Pero qué es lo que ha pasado entre nosotros, mujer? ¿Por qué estás
+así? ¿Te han dolido mis reproches? Ea, dejémonos de farsas. Mis
+reproches no han sido sinceros. Son ganas de jugar a sufrir. A veces,
+esta naturaleza nuestra tan adicta al dolor se irrita cuando no lo
+siente cerca y, ¡ya ves qué tontería!, lo finge. ¿No te ha pasado igual
+algunas veces, chiquita? El dolor es tan consustancial para nosotros
+que cuando no aparece en nuestra vida, tenemos necesidad de inventarlo.
+¿No has sentido tú nunca el deseo de padecer, y por padecer has
+inventado tú misma un sufrimiento? Pues así han sido mis quejas para
+contigo. Dolor imaginario. Ganas de sufrir que tiene esta carne viciosa
+de que estamos hechos. ¿Qué tengo yo que reprocharme, mi alma?
+
+No respondió la mujer a estas sensatas y sinceras palabras. Seguía
+impenetrable, extraña. Sus ojos continuaban fijos en un punto ideal y
+su boca contraída hacía una mueca de enojo tan exacta que me exasperé y
+cogiéndola por un brazo la sacudí con fuerza:
+
+—Mírame.
+
+No me contestó tampoco. Furioso por aquella estúpida terquedad estuve
+a punto de golpearla. Pero sentí la carne de su brazo tan blanda bajo
+la presión de mis dedos atenazadores que la solté temiendo desgarrarla.
+Volví a mis razonamientos. Jamás he sido tan sensato, tan paciente. Y
+eso que una furia infernal iba tomándome por dentro, encendiéndome la
+sangre en las venas y cegando los veneros de mi razón.
+
+Conteniendo mi ira me propuse forzar su dureza y llegar hasta el fondo
+de su alma con suasorias palabras. Ya entonces no discurseaba. Me
+preguntaba a mí mismo qué había ocurrido entre mi mujer y yo para que
+de improviso nos sintiéramos extraños, remotos, desconocidos. ¿Qué
+era lo que se había interpuesto? ¿Qué obstáculo me había cortado el
+camino de su corazón, ancha vía siempre abierta a mi deseo? Suavemente
+fui envolviendo a mi mujer en mis blandas caricias. Era indudable
+que había sufrido una especie de letargo espiritual y había que
+hacerla reaccionar. Extremé mi amoroso afán y entonces sonaba ya mi
+voz con aquel mismo tono mayor de las declamaciones románticas. Era
+absolutamente sincero, sin embargo.
+
+Me deslicé a los pies de mi mujer y allí, abrazado a sus rodillas, hice
+desgarradas invocaciones a su alma, conjurándola para que abandonase
+sus lejanías y volviese a mí. Este tono mayor debió ser más eficaz,
+porque advertí en mi mujer algunos indicios de una honda lucha y,
+creyendo llegado el instante de romper el encantamiento, le sujeté la
+cabeza con las manos y alzándola le pedí:
+
+—Mírame.
+
+Lentamente, como obra de un sobrehumano esfuerzo, fue alzando hasta
+mí el rostro; pero cuando sus ojos dieron con los míos no pudieron
+resistir mi mirada y los vi fundirse en lágrimas y cerrarse vencidos.
+Cayó sobre el pecho la cabeza; con un furioso ademán me rechazaron sus
+brazos, y allá se fue sollozando avergonzada al más sombrío rincón
+de la estancia, donde, con la cara escondida bajo el brazo, estuvo
+llorando sin consuelo, tomada de una congoja tal que parecía haber
+caído sobre ella todo el dolor del mundo.
+
+
+V
+
+Fue tal el desconcierto que me produjo aquella actitud de mi mujer que
+tardé algún tiempo en reaccionar. Menos aún que su enojo me explicaba
+su dolor. ¿Qué pasaba en el alma de mi mujer? Me esforcé en dar una
+interpretación racional a tales estados de alma y a poco que medité
+creí haber descubierto el sentido de aquel desdén primero y aquellas
+lágrimas que le habían seguido. Es indudable —pensé— que mi mujer se
+declara culpable. ¿Culpable? ¿De qué? ¿Adulterio? Empecé rechazando la
+hipótesis por absurda. Habituado a una absoluta sumisión de mi mujer,
+no concebía que su alma, modelada a imagen y semejanza, se volviese
+contra mí. Cierto que nunca le presté una extraordinaria atención; pero
+no era menos cierto que ella no la requería. A veces estaba días y
+días sin dedicar una hora a mi esposa; pero yo sabía a ciencia cierta
+que una frase mía, un gesto, bastaban para cubrir sus necesidades
+espirituales durante una semana. Tenía un alma pequeñita, a cuya
+sustancia subvenía yo con largueza. Mi mujer no necesitaba más.
+
+Reconocer por otra parte la posibilidad de un adulterio de naturaleza
+puramente física me parecía más absurdo aún y apenas formulé la
+suposición.
+
+Pero allí estaba, sin embargo, mi mujer llorando, con tan claro llanto
+de culpable, con la cara escondida y rehuyendo mi contacto con tal
+repugnancia que la hipótesis iba tomando cuerpo y perfilándose al
+fin netamente como síntesis de la dolorosa escena. Quise rechazar el
+supuesto, pero ya no podía. ¿No era así, con aquellas mismas actitudes
+e idéntico ademán como todas las heroínas del mundo se han declarado
+culpables?
+
+Menos trabajo me costaba aceptar la idea de la culpabilidad de mi
+mujer que explicármela. Esto se hallaba fuera de toda previsión y
+toda lógica. Pero estaba tan terminada la escena que acabábamos de
+representar, tenía tanta plasticidad aquella tácita confesión, que tuve
+que rendirme a la evidencia. Mi habitual sensatez, mi cerebralismo, si
+se quiere, me hacían rechazar de plano el supuesto, pero son tantos los
+hombres sensatos que han hablado de lo ilógico y absurdo de la mujer
+en sus relaciones sexuales, se ha dicho tantas veces que las mujeres
+son arcanos insondables y que el amor no resiste las disciplinas de
+la razón, que abdiqué de mis convicciones, y ya en el vacío, una vez
+otorgada personalidad al absurdo, me convencí de que mi mujer podía muy
+bien haberme estado engañando a mansalva.
+
+La amargura que este reconocimiento me trajo no fue tanta por el dolor
+de sentirme engañado como por el desencanto de ver fallidas todas
+mis previsiones. Era un fracaso moral tan grande que a su lado se
+empequeñecía la molestia física de sentirse cornudo.
+
+Al rato de estar rumiando pacientemente este dolor, este fracaso,
+me revolví airado contra mí. ¿Qué hombrezuelo miserable era yo que
+así me entretenía en desmenuzar mi desdicha? Había que dejarse
+de disquisiciones. «Ya ves —me decía— a lo que te han traído tus
+especulaciones psicológicas. Mientras tú creías jugar con el corazón
+de tu mujer como un diosezuelo, ese corazón navegaba a la deriva por
+el mundo a merced de las olas y de los pescadores. Sacude tu estúpido
+cerebralismo, olvida tus proposiciones y tus razonamientos, alza los
+brazos y la voz, grita, patalea, ruge, sé hombre alguna vez. ¿Crees que
+ser hombre es encadenar tus sensaciones y tus movimientos a ese eterno
+y silencioso devanar de tu conciencia? ¡A vivir, majadero! ¡Triste
+cornudo reflexivo! Grita, lucha. ¿No ves que tu mujer se huelga con
+algún hermoso animal mientras tú estás rumiando tus meditaciones?».
+
+
+VI
+
+Sentí el acicate en los ijares y me alcé magnífico yendo con mensurados
+pasos hacia el rincón donde mi mujer yacía entregada a sus lloros. Iba
+amasando mis insultos, disponiéndome a echarle las garras al cuello y
+convenciéndome de que mi honor (mi honor, mi honor, cómo retumbaba la
+palabreja allá dentro) exigía una cruenta satisfacción. Pero al mismo
+tiempo había en mí otro yo, cándido y simple que procuraba asirse a
+la realidad diciéndose que todo era una fantasía, que no había tal
+adulterio y que pasadas unas horas aquella lucubración dolorosa se
+desvanecería. Y aun había dentro de mí un tercer personaje, diablillo
+maligno que asistía como espectador a la tragedia o el sainete, que
+se preparaba frotándose las manos de contento mientras repasaba el
+programa de la función.
+
+Cuando sintió que me acercaba, mi mujer se alzó con presteza, sacó sus
+ojos con sobrio ademán y me conminó:
+
+—No te acerques a mí.
+
+—Como quieras. De cerca o de lejos hemos de hablar —le respondí.
+
+—No hablemos más; no me atormentes ni exijas de mí una explicación que
+no sabría darte.
+
+—¿Eres de verdad culpable?
+
+Un prolongado silencio y una leve inclinación de su cabeza, cuyos ojos
+se cerraron, me dieron la respuesta. Aquella certeza de mi mal acabó
+con todos mis distingos. Ya no había en mí más que aquel extraño ser
+que quería acusar su hombría, su animalidad. Era un tipejo bárbaro con
+los ojuelos encendidos de furor, los labios gruesos, el pecho cubierto
+de vello y las piernas musculosas y torcidas que se agazapaba dentro
+de mí, dispuesto a saltar sobre su presa. Le tiré de la cadena y seguí
+interrogando a mi mujer.
+
+—¿Por qué me has abandonado?
+
+—No me preguntes nada. No sé.
+
+—¿Cómo has podido mentir un día y otro? ¿Es posible que tu alma no te
+haya traicionado?
+
+—No sé; no sé.
+
+—¿Cómo has podido aceptar sin repugnancia mis caricias siendo culpable?
+¿No has sentido siquiera el deseo de librarte de mí? Si no me amabas,
+si querías a otro, ¿por qué no me lo dijiste?
+
+—Ahora te lo he dicho.
+
+—Ahora es tarde ya. Me has injuriado sin necesidad. Tú sabes que te
+hubiese dejado seguir libremente tu deseo. Has sido así conmigo porque
+eres torpe y ruin. Solo quisiste ofenderme. Nada sé de culpa, pero
+adivino que tu caída ha sido una baja apetencia de bestezuela sensual.
+¿No amas a ningún otro hombre? Si verdaderamente estuvieses enamorada
+de tu amante, ¿le hubieses hecho pasar por la abyección de compartir tu
+cuerpo entre él y yo? No digas que le quieres, ramera.
+
+—Le quiero; por quererle con toda mi alma soy culpable. Tuya soy; te
+pertenezco; puedes vengarte en mí; pega, insulta, mata, que por amor de
+ese hombre he de sufrirlo todo.
+
+—Mientes, mientes. No le quieres, dime que no le quieres. Ningún daño
+te haré; pero no me digas que le quieres. Dime que caíste con él
+porque sí, porque te vino en gana; que caíste con él y con otro y con
+otro. Pero no mientas, no blasfemes invocando el amor para cubrir tus
+liviandades de cortesana.
+
+A mi pesar, el tono exaltado que empleaba mi mujer íbame arrastrando
+las palabras, las inusitadas y retumbantes palabras de los melodramas
+que salían de mis labios, llegaron a sugestionarme. El hombrezuelo
+bárbaro saltaba y el diablillo no recataba su contento.
+
+—Puedes ofenderme cuanto quieras —repuso con voz sombría mi mujer—;
+pero no me harás renegar de este cariño a un hombre por quien lo
+he sacrificado todo. Le amo más que a mi propia vida. No me hagas
+repetirlo. Castiga, insulta, mas no intentes arrancarme una confesión
+de liviandad que sería un engaño más. Bastante te he mentido ya.
+
+—Mientes ahora, como mentiste antes. Quieres a ese hombre como a mí; te
+burlarás de él como a mí me has burlado. Yo te daré libertad. Te irás
+con él y cuando más confiado esté en tu cariño iré yo o irá otro y con
+flores, con golosinas o dinero, ¿con dinero mejor, verdad?, te haremos
+mentir de nuevo. ¡Pobre hombre si cree en ti, pobre!
+
+—Basta, basta.
+
+—¿Crees que no lo sé? Tú te vendes a poco precio y hay muchos
+compradores para golosina tan deseada como tú. ¿Qué? ¿Cuándo le serás
+infiel? ¿Por qué no le engañas ya? ¿A qué esperas? ¿Y por qué no ahora?
+¿Y con quién mejor que conmigo?
+
+Al decir esto me acerqué a ella suavemente. En mis labios había una
+sonrisa que debió parecerle feroz, porque apartó los ojos de mí
+horrorizada y con una entereza dramática que no pude prever cogió
+uno de los largos y terribles agujones de su peinado y asestándolo
+exactamente al lado del corazón, me dijo:
+
+—Si te acercas, me mato.
+
+Vacilé un momento; pronto me repuse; sin embargo, vi claramente el
+ridículo de aquella actitud, me pareció todo aquello tan inusitado, tan
+absurdo y grotesco que me eché a reír con una carcajada tan honda que
+no creo fuese yo quien la lanzase; más me inclino a creer que fuese
+cosa del diablillo que seguía muy complacido presenciando la escena
+desde la última butaca de mi conciencia.
+
+Cautelosamente me acerqué a mi mujer y de improviso, con un rápido
+ademán le sujeté la mano, torcí el blanco brazo y arranqué de entre
+los dedos el aguijón que aspiraba a honores de arma mortífera. No
+resistió ella más y volvió a echarse de bruces en el diván, llorando
+sin consuelo.
+
+—Vete, vete —me decía.
+
+—¿Tanto le quieres? —le pregunté—. Es raro. Dicen que el amor no puede
+estar oculto y yo nunca te he notado ese desaforado amor.
+
+—Vete, vete —repetía acongojada.
+
+—Me iré —le dije—; no volverás a verme; tuya será esta casa, tuyo
+cuanto tengo. No oirás de mis labios un reproche ni una queja. Pero
+pruébame que es cierto ese amor. Demuéstrame que tu traición ha
+tenido por causa una noble apetencia y me iré. Te dejaré ser feliz si
+me convences de que mereces serlo. No me digas que amas a ese hombre;
+pruébamelo. ¿Callas? ¿Qué pruebas de amor podrás dar tú que no sea el
+ardoroso contacto de tu piel?
+
+Se levantó furiosa.
+
+—¿Quieres saber cómo le amo? —me preguntó.
+
+—Sí.
+
+—Espera.
+
+Salió un momento; la sentí revolviendo en su secreter y a poco volvió
+con un paquete de cartas que sin mirarme arrojó sobre la mesa.
+
+—Ahí tienes —dijo— el rastro de mi amor.
+
+Se volvió hacia la chimenea. Cubrió sus desnudos hombros con un chal de
+cachemira y allí, de espaldas a mí, se quedó quieta y silenciosa.
+
+
+VII
+
+Recogí aquel paquete de cartas que me atrevería a decir me quemaba las
+manos si no fuese porque aún había un resto de sensatez en mí que me
+hacía ver todo lo que estaba ocurriendo con un desapasionado interés
+capaz de resistir a las fuertes sugestiones de la escena.
+
+Dejando a mi mujer frente a los leños, me fui a mi estudio. Encendí
+allí una lamparita eléctrica que había sobre la mesa y su luz cayó
+sobre el paquete de cartas. Lo demás de la vasta pieza quedó en
+sombras, poblado por los mil y un espectros de mis preocupaciones
+artísticas. Desaté la cinta que unía aquellas cartas y empecé a
+repasarlas profundamente emocionado.
+
+Había triunfado en mí el diablillo espectador, sobreponiéndose a todos
+los otros yo que pugnaban por salirme a la superficie. El diablillo
+les hizo callar a todos, golpeándoles con sus vejigas, mientras yo
+me arrellanaba en el sillón y me disponía a leer aquellas cartas del
+amante de mi mujer, un poco complacido. ¡Qué diablo! No tengo más
+remedio que decirlo.
+
+Esperaba hallar uno de esos estúpidos epistolarios amatorios que sirven
+de burdo disfraz al apetito sexual y me regodeaba pensando que mi
+espíritu crítico iba a desnudar a mi rival, dejándolo a la intemperie.
+
+Leí la primera carta. Si no hubiese seguido leyendo todo, se habría
+evitado. Era una carta tan desconcertante, tan extraña, tan anacrónica,
+que parecía mentira hubiese sido escrita por uno de esos hombres que
+andan por la calle, suben a los _taxis_, presencian los partidos de
+fútbol y se adueñan de las mujercitas inconsistentes de esos otros
+hombres distraídos que comentan a Spengler y asisten a los congresos
+científicos y las exposiciones artísticas. ¿Cómo no vi el anacronismo
+de aquellas cartas? No sé; esperaba hallar algo tan distinto, fue
+tan grande mi sorpresa que como por encanto perdí pie y me lancé al
+absurdo. Únicamente así me explico cómo pude dar crédito y realidad a
+lo que leía.
+
+Hallé en aquellas cartas tal énfasis, tal engolamiento, una tan
+retórica versión del sentimiento amatorio, una tan plástica concepción
+de las pasiones que, por encima de todo principio, me arrastró el
+dramatismo de aquellas cartas, y ya abierto y vulnerable sucumbí
+fácilmente a la emoción que destilaban los ayes lastimeros, el rendido
+enamoramiento, el desesperanzado afán y el furioso deseo de aquel
+desconocido amador, que tan alto rango poético daba a su inclinación
+por mi mujer.
+
+Me dejé llevar. Leyendo aquellas cartas obtuve la misma satisfacción
+que me proporcionaría el mejor poema romántico. Olvidé por completo la
+realidad, me desprendí de mi propia vida y durante una hora no alenté
+más que en pos de aquella avasalladora pasión. Admiraba la resistencia
+de la heroína, que se adivinaba a través de las apremiantes súplicas
+del enamorado doncel; medía el alcance de su dolor fluctuante entre el
+deber inexorable y el deseo invencible. A medida que las cartas iban
+pasando veía cómo su voluntad se quebrantaba a los certeros golpes
+de aquel inflamado amor, que con tan altas y vibrantes palabras se
+ofrecía, y llegó a parecerme excesiva su esquivez, fría su condición y
+empedernido su pecho.
+
+Únicamente cuando se hablaba de él, del otro —el otro era yo—,
+recobraba el sentido de la realidad, dejaba a un lado la emoción
+retórica y examinaba fríamente la situación: pero aun entonces lo
+hacía como el actor principal de una comedia que atiende cuidadoso al
+desempeño fiel del papel que se le fía. Pero a poco que seguía leyendo
+volvía a dominarme la grandilocuencia del amante y ya no sentía más
+que el interés novelesco de aquella pieza retórica que tenía entre las
+manos.
+
+En el orden cronológico de las cartas había una laguna. Aunque no
+estaban fechadas, se adivinaba que el epistolario se hallaba dividido
+por un lapso, en el que los amantes debieron verse y hablarse a diario.
+Había sido un verano, durante el cual el esposo —tenía que hacer un
+gran esfuerzo para recordar que el esposo era yo— había estado ausente.
+Dejé las cartas sobre la mesa y calculé. Aquella laguna correspondía
+a los meses del verano anterior, que yo dediqué a viajar por Italia.
+Esto me hizo identificar ya exactamente aquella novela epistolar con mi
+propia idea, el adulterio de mi mujer y la infelicidad que tan inocente
+y desprevenido me cogía.
+
+Se me llenó el alma de amargura. Seguí leyendo. Aquellas cartas eran ya
+las cartas del amante. Durante mi ausencia, mi mujer había sucumbido.
+El amante, que había probado las mieles de la convivencia con el objeto
+de su amor, no se resignaba a la separación que mi regreso había
+impuesto y, un poco tirano ya, obligaba a mi mujer a dedicársele
+por entero. Menudeaban las furtivas citas. La espoleaba para que me
+abandonase. Ella debía resistir heroicamente aquellas sugestiones, y
+él, desesperado a veces, clamaba al cielo y a la tierra por su amada
+cautiva en el argel de mi hogar, mezquina y sombría cárcel para el amor
+que uno y otro se tenían.
+
+¡Qué tristeza más grande la de ver mi casa tan clara, tan confortable y
+reidora, convertida en dura cárcel de un amor castigado! ¡Qué infeliz
+papel el mío, trocado de amante esposo en brutal cancerbero, guarda
+roñosa de un tesoro vivo, anhelante por sortear a cuerpo limpio las
+asechanzas del mundo, el demonio y la carne!
+
+Las últimas cartas eran cada vez más apremiantes. Loco de amor, de
+celos y de rabia, el amante de mi mujer la obligaba a abandonarme,
+esgrimiendo contra ella terribles amenazas. La última carta fijaba un
+plazo improrrogable: mañana...
+
+Miré la ventana. Pronto estaría alboreando.
+
+
+VIII
+
+Sentí un desconsuelo imponderable. El frío del conticinio se me había
+metido en los huesos. Tosí, y aquella tos seca de fumador impenitente
+me hizo sentir cómo estaba de desganado por dentro. Advertí por
+primera vez todo el asco y la podredumbre de una muela que nos ha
+roído la carie; todo el frío de las canas que se acusan como alfileres
+en los parietales entre la negrura del cabello, fuerte aún. Me
+molestaban los omóplatos: mis piernas habían adelgazado, y la barba,
+crecida en unas horas, se me antojó la excrecencia de mi sangre, que se
+fosilizaba allá dentro. Volví los ojos hacía mi interior y me encontré
+reseco, extinto. Bajo la bóveda craneana un gusanillo tragón rebañaba
+lo poco que de mi sustancia quedaba ya.
+
+Me levanté con la premiosidad de una maquinaria desarticulada. Alcé el
+brazo hacia una de las panoplias que decoraban mi estudio y engarfié
+una pesada pistola de desafío. Metí el ojo por la boca del cañón. ¿Cómo
+se cargaban estas pistolas? —pensé—. ¡Ah, sí! Se cargaban por la boca.
+Saqué de un armario la carga. Esto es, el fulminante, la pólvora, la
+bala... Ahora hay que atascarla bien con la baqueta. Hay que ajustarla
+bien: luego fallan y se hace el ridículo. Ea, ya está. Ahora...
+
+Abrí la ventana y el jardín se escondió más aún en la sombra y se quedó
+muy calladito, esperando en qué pararía aquello. ¡Cómo va a retumbar la
+detonación!
+
+Volví a sentarme a la mesa con la pistola en la mano. ¿Qué me falta?
+Nada, nada. Me sonreí. Había pensado en un espejo. ¡Qué tonterías se le
+ocurren a uno! Es muy difícil, a veces, mantener la serenidad, por muy
+discreto que se sea.
+
+Alcé la pistola hasta la sien...
+
+
+IX
+
+—¿Qué vas a hacer?
+
+Mi mujer asomaba entre las cortinas su cara de cera, los planchados y
+brillantes bandos de su tocado y un brazo, envuelto en seda tornasolada.
+
+—Nada —contesté—; hacía un simulacro de suicidio. Esto siempre es
+grato... no llegando hasta el final.
+
+Y guardé la pistola impertérrito en uno de los cajones de la mesa.
+
+—¿No piensas realmente en matarte?
+
+—No. ¿Por qué he de pensarlo?
+
+Me hizo mucha gracia la cara de espanto y desconcierto que tenía mi
+mujer.
+
+Por un momento pensé, a seguida, que todo aquello había sido una farsa
+y que debía terminar ya.
+
+—Bueno: dejémonos de tonterías. Es muy tarde; vamos a acostarnos —le
+dije con la mayor naturalidad, a tiempo que acudí a enlazarla por la
+cintura. Fue la última vez que toqué la realidad con la punta del pie.
+Mi mujer vaciló un momento; pero después me rechazó con asco.
+
+—¿Olvidas que no soy tuya, que pertenezco a otro hombre?
+
+¡Otra vez el obstáculo! ¡Qué lata! Era como cuando se hace un nudo en
+los cordones del zapato. Y como cuando esto ocurre, me puse furioso.
+Habrá que cortar ese nudo —me decía sin remates—. Y lo corté.
+
+
+X
+
+No recuerdo exactamente las palabras que precedieron al suceso. Sé
+que mi mujer me repitió muchas veces que no podía ser mía, que me
+odiaba. Yo apuré hasta el último instante mi paciencia. Cuando esta se
+acabó, cogí un puñalito que de cortapapeles me servía y con él corté
+el nudo de mi zapato en la garganta de mi mujer, que de allí a poco se
+extinguió, repitiendo dulcemente el nombre el su amante.
+
+
+XI
+
+Todo esto es cierto, rigurosamente cierto. Yo maté a mi mujer una noche
+en que me confesó que tenía un amante, al que quería más que a su
+propia vida.
+
+Lo triste es que aquel amante no existió nunca, y que, aun en el
+caso de haber existido, yo no hubiese matado por ello a mi mujer. Mi
+cultura, mis convicciones, mis sentimientos, todo, hasta el instinto
+mismo, me lo vedaba. Pero lo cierto es que cometí aquel bárbaro crimen.
+
+Y que jamás creí ni creo pudiera cometerlo.
+
+Y que ni siquiera hubo tal adulterio.
+
+
+XII
+
+—¿Y las cartas acusadoras? —me preguntará alguno.
+
+¡Bah! Eran las cartas que conservaba la vieja del desván; la vieja que
+prestó su vestido y su espíritu a mi mujer aquella noche. En cuanto fue
+de día, lo vi claramente.
+
+¿Que por qué se dejó matar ella? ¿Que por qué fue dócil, hasta el
+último instante de su vida, a la estúpida alucinación de creerse
+adúltera?
+
+¡Ah! ¿Qué sé yo?
+
+
+F I N
+
+
+
+
+ÍNDICE
+
+
+ Págs.
+
+ Prospecto 7
+
+
+ BIOGRAFÍAS EJEMPLARES DE ALGUNOS GRANDES HOMBRES HUMILDES Y DESCONOCIDOS
+
+ Tres vidas ejemplares 13
+ El hombre que no fue niño 17
+ Yo y yo mismo 20
+ El gran estímulo 24
+ El autor de todos los crímenes 27
+ Los caminos del mundo 33
+ El viejo enamorado 38
+ El guardia Pérez 41
+ La obligación de odiar 45
+ Borrón y cuenta nueva 50
+ Cómo se deshace un hombre 54
+ Bibliografías contemporáneas:
+ El millonario 60
+ La estrella 61
+ El que pasa sin enterarse 62
+ Higinia 63
+ El equivocado 64
+
+
+ VIDAS CURIOSAS DE VARIAS MUJERES SIN IMPORTANCIA
+
+ Los zarcillos 69
+ Por encima de la voluntad 74
+ La mujer a quien robaron el alma 79
+ La órbita 102
+ Azucena 126
+ La tía Conchita 148
+ El dinerito de la pordiosera 153
+ La necrofilia 157
+
+
+ NARRACIONES MARAVILLOSAS
+
+ El descontentadizo 165
+ El muerto insepulto y transeúnte 169
+ La libre república de las bestias 173
+ El purgatorio de los tontos 179
+ Las mil pesetas que hay en el mundo 184
+ El desastroso fin de la humanidad 187
+ Dos grandes errores 190
+ El bromazo 194
+ El suicidio del cadáver 200
+ Historia de un hombrecito que no nació 204
+ El ánima de la vieja 220
+ La muerte del espíritu adúltero 229
+
+*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 79074 ***
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+ Narraciones maravillosas | Project Gutenberg
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+<div style='text-align:center'>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 79074 ***</div>
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+<main>
+<div class="formato">
+
+<div class="front">
+ <hr class="full">
+ <p><a href="#ToC">Índice</a></p>
+ <h1 class="faux">Narraciones maravillosas y biografías ejemplares de
+ algunos grandes hombres humildes y desconocidos</h1>
+</div>
+
+<div class="transnote" id="tnote">
+ <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p>
+ <ul>
+ <li>Los errores de imprenta han sido corregidos.</li>
+
+ <li>La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
+ las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.</li>
+
+ <li>La puntuación también ha sufrido ligeros retoques para su
+ modernización.</li>
+ </ul>
+</div>
+
+
+<div class="screenonly x-ebookmaker-drop">
+ <hr class="chap">
+ <div class="figcenter">
+ <img class="thin"
+ style="width: 22em; height: auto;"
+ src="images/cover.jpg"
+ alt="Cubierta del libro">
+ </div>
+</div>
+
+
+<div class="tit pt6">
+ <hr class="chap">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_3">p. 3</span></p>
+ <p class="fs130 g0 ws1">NARRACIONES MARAVILLOSAS</p>
+ <hr class="chap">
+</div>
+
+
+<div class="tit pt6">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_4">p. 4</span></p>
+ <p class="lh150 asc g0 ws1">ES PROPIEDAD</p>
+ <p class="lh150 asc g3 ws2">DERECHOS RESERVADOS</p>
+ <p class="lh150 asc ws1">PARA TODOS LOS PAÍSES</p>
+ <hr class="chap">
+</div>
+
+<p class="centra smaller asc ws1">IMPRENTA DE RAFAEL CARO RAGGIO:
+MENDIZÁBAL, 34, MADRID</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+
+<div class="tit">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_5">p. 5</span></p>
+ <p class="fs110 lh150 ws1">MANUEL CHAVES NOGALES</p>
+
+ <p class="fs140 lh150 g0 ws1 mt2">NARRACIONES MARAVILLOSAS<br>
+ Y BIOGRAFÍAS EJEMPLARES DE<br>
+ ALGUNOS GRANDES HOMBRES<br>
+ HUMILDES Y DESCONOCIDOS</p>
+
+ <div class="figcenter mt3">
+ <img src="images/logo.jpg"
+ style="width: 4em; height: auto;"
+ alt="Logotipo del editor">
+ </div>
+
+ <p class="smaller lh150 asc g3 ws1 mt3">RAFAEL CARO RAGGIO, EDITOR</p>
+ <p class="smaller lh150 asc g4 ws1">MENDIZÁBAL, 34, MADRID</p>
+</div>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+
+<div class="chapter" id="Ch0">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_7">p. 7</span></p>
+ <h2 class="nobreak fs130 g5">PROSPECTO</h2>
+</div>
+
+<p>Me pide el editor de este libro una nota que informe previamente
+al lector sobre su motivación y finalidad y, como no sé hablar sin
+jactancia de mi obra, o, mejor dicho, de la intención de mi obra,
+advertiré que quise hacer una gran novela y que allegué para ello el
+mejor barro de la humanidad que supe discernir; trabajé con amor esta
+arcilla cada día y llegué a sentirla quejarse entre mis dedos y decirme
+como al alfarero persa:</p>
+
+<p>«Trátame bien, que yo, como tú, he tenido alma».</p>
+
+<p>Pero esta blanda humanidad, que yo sentía estremecerse y vivir,
+estando aún en el informe montón de lo increado, parecía aletargarse y
+morir a medida que la iba vaciando en el molde de una trama novelesca.
+Al modelar el torso de mi héroe le hacía exhalar el ánima a mi pesar y,
+al fin, entre el muñeco muerto y el barro vivo e informe me quedé con
+este.</p>
+
+<p>Ya, sin vanas pretensiones de diosezuelo, jugué a mi albedrío con
+aquel barro humano, y tomándolo en pequeñas pellas me limité a dar a
+cada una la estructura rudimentaria de una pasioncilla simple y vieja
+o la tintura de una idea trabajada y curtida ya en el manoseo de la
+gente. Así fueron surgiendo estas narraciones, fragmentos de un solo
+concepto de lo humano, que no por vario pierde su unidad, en las <span
+class="pagenum" id="Page_8">p. 8</span>que el héroe o arquetipo roto en
+cien pedazos es unas veces hombre y otras mujer, niño o viejo, bueno o
+malo, torpe o sabio.</p>
+
+<p>He despersonalizado al héroe novelesco para humanizarlo, convencido
+por ahora de lo imposible que me sería dar una síntesis de lo humano
+(«nada de lo humano me es ajeno») en un solo protagonista a cuya medida
+no quise recortar y constreñir la vida exuberante que mi arcilla me
+brindaba. Creo que este afán totalizador es el que hace a muchos
+escritores modernos desdeñar la tradicional forma novelesca limitada
+por su carácter pictórico a las dos dimensiones de la platitud, aun en
+esta época de la cuarta dimensión.</p>
+
+<p>Hubo además otra razón para que yo no fuese novelista. Quería
+dar a mi obra una emoción igual y persistente de blanda y templada
+humanidad y para ello venía obligando a excluir todo lo sobrehumano y
+lo infrahumano, pigmentos del héroe, que así se descoloría y quedaba
+privado del valor épico de todo personaje de novela.</p>
+
+<p>Estas narraciones deshilvanadas, meros esquicios novelísticos en
+los que sensaciones y movimientos se entrecruzan al azar, sin plan ni
+concierto remedando el espectáculo del mundo, me ofrecen, no obstante
+el escaso valor que aisladas tienen, más garantías de honda y humana
+emoción que el ordenado relato de una existencia por heroica, amplia y
+múltiple que fuese.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_9">p. 9</span></p>
+
+<p>He atendido, sin embargo, al dramatismo del suceso, aunque pensando,
+más que en su comisión, en el porqué y el cómo, y, en fin, para que
+esta gente humilde que por aquí pasa en visión cinemática no dejase
+solo en la retina la fatiga que ocasionan los desfiles de la multitud
+gregaria he dado entrada a lo sobrenatural infiltrándolo por los
+intersticios, resquebrajaduras e incongruencias de esta vidilla nuestra
+tan vanamente afanosa de lógica. Por eso están insertas aquí las
+<span class="sc">Narraciones maravillosas</span> que arbitrariamente
+dan título al volumen, cuya maravilla no es otra que la de las almas
+simples ante el absurdo del mundo.</p>
+
+<p>No pretendo haber hallado una forma nueva, ni haber resuelto ningún
+problema literario. Escribo conforme a mi temperamento en la forma que
+más se pliega a mi propósito, no otro que el de perseguir hasta el fin
+el ideal humanista de la cultura occidental, a que pertenezco, dando
+una sensación clara y fuerte de lo humano; lo verdaderamente humano, no
+sus astutas ficciones.</p>
+
+<p class="firma sc">El Autor.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+
+<div class="chapter" id="Ch1">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_11">p. 11</span></p>
+ <h2 class="nobreak fs120 g0 ws1">BIOGRAFÍAS EJEMPLARES<br>
+ DE ALGUNOS GRANDES HOMBRES<br>
+ HUMILDES Y DESCONOCIDOS</h2>
+</div>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+
+<div class="chapter" id="Ch101">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_13">p. 13</span></p>
+ <h3 class="dcha ws1">TRES VIDAS EJEMPLARES</h3>
+</div>
+
+<p>A los quince años ingresó de meritorio en un Banco. Le sentaron en
+un taburete incómodo, frente a un gran pupitre; púsose unos manguitos
+negros y comenzó a escribir:</p>
+
+<p>«Páguese a la orden de..., páguese a la orden de...».</p>
+
+<p>Durante medio año repitió millares de veces las mismas palabras
+sobre los mismos trozos de papel, y los rasgos de su escritura se
+estilizaron, elegantizándose maravillosamente. Entonces le señalaron un
+sueldo anual de mil doscientas pesetas, y a lo largo de media docena de
+años siguió escribiendo todos los días cientos de veces:</p>
+
+<p>«Páguese a la orden de..., páguese a la orden de...».</p>
+
+<p>Cuando tenía veintitantos años, su maestría era indiscutible. Pensó
+ya en casarse; pero como su sueldo inicial, acumulados los aumentos de
+los primeros quinquenios, era aún bastante exiguo, tuvo que esperar
+todavía el ascenso, que no sin tiempo y trabajo <span class="pagenum"
+id="Page_14">p. 14</span>consiguió al fin. Abandonó entonces su viejo
+pupitre, se encaramó sobre otro taburete más piadoso con sus huesos ya
+endurecidos, y comenzó a escribir:</p>
+
+<p>«Valor recibido en cuenta de..., valor recibido en cuenta de...».</p>
+
+<p>Se casó y tuvo hijos; el día antes de su boda estuvo trazando con
+el mismo afán de siempre las palabras sacramentales; las repitió cien
+veces el día que le nació el primer hijo y el día que le dejó huérfano,
+el que le descubrió la infidelidad de su esposa, el que lo hizo viejo y
+el que le trajo la pulmonía que acabó con él.</p>
+
+<p>«Páguese a la orden de..., valor recibido en cuenta de...».</p>
+
+<p>He aquí la historia completa de una vida.</p>
+
+<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div>
+
+<p>Otro cuento ejemplar:</p>
+
+<p>Joven aún, le nacieron en las manos dos cafeteras, que ya se le
+quedaron adheridas para siempre jamás al metacarpo y a la primera
+falange. Una de las cafeteras tenía café, como era natural; la otra,
+leche, y no sabemos por qué, puesto que también era cafetera.</p>
+
+<p>Le vistieron con un traje negro, robado a un muerto decente, y
+empezó a moverse al conjuro de un grito inarticulado, que le hacía ir y
+venir con sus dos cafeteras humeantes: «¡Eh!»</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_15">p. 15</span></p>
+
+<p>—¿Solo? ¿Mucha leche? ¿Así?</p>
+
+<p>Se le empezó a caer el pelo; recurrió primero a cubrir su calvicie
+con las escasas hebras que aún se defendían sobre los parietales;
+pero, al fin, su cráneo quedó reluciente y terso. Seguía acercándose
+amorosamente a los parroquianos para hacerles sus tres preguntas
+eternas:</p>
+
+<p>—¿Solo? ¿Mucha leche? ¿Así?</p>
+
+<p>Hubiera deseado ponerse a charlar con aquellos señores; contarles
+cómo el reúma se le metía por las piernas arriba, cómo le había
+entristecido la muerte de su hijo y la prostitución de su hija, cómo
+le sorprendían muchas cosas inexplicables del mundo y cómo resolvía
+él otros problemas, que la gente considera abstrusos. Pero aquellos
+señores no se lo permitían, no eran cordiales, no le estimaban como a
+un semejante. Estaba condenado a un mutismo eterno y toda su vida de
+relación eran aquellas cuatro palabras:</p>
+
+<p>—¿Solo? ¿Mucha leche? ¿Así?</p>
+
+<p>Se llevó al cementerio el deseo de interpelar a todo el mundo,
+preguntar unas cosas y contar otras que se le habían ido repudriendo.
+Ahora, los señores gusanos estarán muy divertidos escuchando las
+trascendentales revelaciones del echador de café.</p>
+
+<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div>
+
+<p>Otro cuento aún:</p>
+
+<p>Mi vecino ha escrito una poesía. Y con frecuencia <span
+class="pagenum" id="Page_16">p. 16</span>viene a recitármela. Es una
+poesía lírica que empieza diciendo:</p>
+
+<div class="poetry-container">
+ <div class="poetry">
+ <div class="stanza">
+ <div class="verse indent0">«¡Oh, tú, la de los ojos profundos!»</div>
+ </div>
+ </div>
+</div>
+
+<p>Yo creo, sin embargo, que mi vecino hubiera podido superar a Goethe.
+Pero la vida le sujeta. Es el hombre que lucha con la vida; mejor
+dicho, con la muerte. La miseria le anda siempre alrededor; le coge,
+le zarandea durante todo el día, le pega pellizcos en las tripas, le
+alambriza las piernas, y, por la noche, le tumba destrozado, sacudido y
+vacío sobre su jergón.</p>
+
+<p>Es el hombre activo e inteligente que se aborta porque no ha podido
+vencer la miseria. Yo le veo comprando sus judías, encendiéndose el
+fogón, repartiendo prospectos por las calles, conduciendo tranvías,
+correteando, arbitrando siempre y siempre, acosado por la necesidad,
+que va royéndole constantemente los zancajos.</p>
+
+<p>Y me permito creer que hubiera podido superar a Goethe.</p>
+
+<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div>
+
+<p>¿Por qué se aburrirá la gente con estas historias ejemplares? ¿Por
+qué no agradan a nadie estos cuentos en los que no hay nada que contar?
+¿Por qué ha de pasar algo si en las vidas silenciosas de estos hombres,
+<span class="pagenum" id="Page_17">p. 17</span>a los que no pasa nada,
+hay gestas gloriosas y grandes epopeyas?</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+
+<div class="chapter" id="Ch102">
+ <h3 class="dcha ws1">EL HOMBRE<br> QUE NO FUE NIÑO</h3>
+</div>
+
+<p>Este hombre estuvo dormido hasta los catorce años; de su infancia
+no tenía el menor recuerdo; su inteligencia —poca o mucha— no tuvo
+ocasión de actuar hasta que llegó a esa edad, en la que se despertó
+súbitamente, espoleada por la imperiosa necesidad de vivir. Pero
+vivir es muy difícil cuando se está solo en el mundo y se ignora
+absolutamente todo. Este hombre tuvo, pues, que hacerse a sí mismo; y
+hacerse con prisas, con atosigamientos, entreviendo, adivinando. A este
+hombre le había faltado la infancia y a los quince años se encontraba
+tirado sobre la faz de la tierra, como si hubiese aparecido, ya
+talludito, por generación espontánea.</p>
+
+<p>Trabajó, se afanó día y noche, descubrió muchas veces el
+Mediterráneo, anduvo y desanduvo, supo orientarse poniéndose de
+puntillas entre la muchedumbre, y a los treinta y tantos años se
+encontró hombre normal, civilizado, con una posición firme en la vida,
+con ideas propias, con profundas convicciones y un caudal considerable
+de experiencia.</p>
+
+<p>Activo, inteligente, dueño absoluto de sí mismo, con un certero
+instinto y una extraordinaria lucidez mental, logró honradamente (no se
+olvide que esto es <span class="pagenum" id="Page_18">p. 18</span>un
+cuento) el disfrute de la paz, el poder, la justicia y el amor.</p>
+
+<p>Cuando todo esto lo tuvo conseguido, se permitió mirar sosegadamente
+a su alrededor, y advirtió entre las gentes, entre ciertas gentes, una
+mal disimulada hostilidad. Al principio atribuyó esta mala voluntad a
+envidia en unos, a legítima defensa en otros y a franca estupidez en
+los de más allá. No se satisfizo, sin embargo, con esta consideración
+y reinó mucho tiempo en el tema. Gentes a las que tenía en mucho le
+repudiaban discretamente; hombres a los que jamás había hecho ningún
+daño, le odiaban sin reservas; mujeres a las que daba su amor hondo y
+honrado, se esforzaban en resistir a la sugestión que en ellas ejercía
+su éxito, y no sin repugnancia se le rendían. Todo esto, para un hombre
+mentalmente deficiente, no tiene gran importancia; pero para este
+hombre, que pretendía la mayor suma de perfección, era un tormento
+insufrible.</p>
+
+<p>Para los aristócratas era un advenedizo; para los artistas, un
+filisteo; para los que trabajaban sin éxito, un burgués; para los
+sabios, un ignorante.</p>
+
+<p>¿Burgués? ¿Filisteo? ¿Advenedizo? ¿Ignorante? Este hombre no se
+desanimó, y se propuso no ser burgués, ni filisteo, ni advenedizo,
+ni ignorante. Y lo consiguió. Aun en la plenitud de su vida, dotado
+de una poderosa inteligencia y avezado a síntesis geniales, cursó
+muchas y varias disciplinas; aguzó su espíritu <span class="pagenum"
+id="Page_19">p. 19</span>en la constante convivencia con obras y
+hombres de una fina espiritualidad: olvidose de sí mismo y puso vital
+empeño en que nada pasara por alto a su comprensión. Ya se inclinaba
+hacia la tierra cuando, sin jactancia, pudo considerarse superior a
+casi todos sus contemporáneos.</p>
+
+<p>Dominaba. Nadie más competente que él, más avizor. Temíase
+y admirábase la extensión de sus conocimientos: maravillaba la
+potencialidad de su inteligencia, y, sin embargo, hombrecillos
+desvanecidos, incoherentes al parecer, faltos de consistencia y de
+cultura, mantenían la hostilidad, el menosprecio, el desinterés. Sin
+saber concretamente por qué, rechazaban unánimes a este hombre ejemplar
+que lo había logrado todo; todo menos una cosa aún indeterminada,
+incomprensible, todavía desconocida. No era una trivialidad, aunque
+debía ser algo tan pequeño que escapaba a la más fina percepción.
+¿Que era lo que faltaba a este hombre? ¿Qué era lo que hacía inútil,
+desestimable, toda la labor de su vida?</p>
+
+<p>Viejo, muy viejo ya, desesperó, al fin. Prudentemente había decidido
+retirarse de la lucha y dedicó el resto exiguo de sus días a rumiar su
+propia existencia.</p>
+
+<p>Frecuentaba los cafés apartados y los jardines públicos. Charlaba
+con los viejos que esperan a morirse en el doble fondo de los cafés
+de barrio, olvidados y tristes, y con los niños que en los jardines
+esperan a <span class="pagenum" id="Page_20">p. 20</span>vivir. Sus
+diálogos tenían una fluidez, un cauce soterrado de agua fresca y
+fertilizante, de que hasta entonces había carecido el monólogo reseco
+de su vida.</p>
+
+<p>A veces, los niños le hacían preguntas inauditas, maravillosas;
+en otras ocasiones tenían respuestas desconcertantes. Aquello le era
+completamente desconocido; rebañaba el viejo los recuerdos de su
+infancia y no recordaba haber sido niño nunca. Los niños. ¿Qué cosas
+más extrañas? ¿Por qué jugarán? ¿Qué es el juego? ¿Qué trascendencia
+tiene?</p>
+
+<p>Cuando ya iba a morirse se dio cuenta de lo que le había faltado
+siempre. Ser niño.</p>
+
+<p>Haber jugado. Él no había hecho más que trabajar; se había hecho
+él solo, trabajándose. Por eso era un producto artificial, una obra
+imperfecta, una manufactura que los demás repelían y despreciaban. Y
+deploró en el alma lo que antes había sido su orgullo: ser hijo de sí
+mismo, de su voluntad, de su inteligencia. Y es que un hombre, todo un
+hombre, es muy difícil de hacer.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+
+<div class="chapter" id="Ch103">
+ <h3 class="dcha ws1">YO Y YO MISMO</h3>
+</div>
+
+<p>Desde hace ya bastante tiempo observo una conducta ejemplar. Amo a
+mi familia y cuido de ella, acreciento mi patrimonio, amparo mi prole,
+profeso ideas de moderación, ensalzo las virtudes patrias, soy senador
+y presidente honorario de varias entidades <span class="pagenum"
+id="Page_21">p. 21</span>benéficas y me irrito contra la inmoralidad,
+el descreimiento, el desenfreno y la rebelión. De buena fe, de absoluta
+buena fe, me he propuesto ser un poderoso ariete contra todas estas
+cosas nefandas y gasto gozoso mi energía en combatir a los enemigos del
+orden, la religión, la autoridad, la patria y el capitalismo.</p>
+
+<p>Pero he aquí que, a raíz de una de mis furibundas campañas
+conservadoras, aparece un impío que pretende desautorizarme y ponerme
+en la picota exhumando actos y palabras de mi juventud, que contrarían
+mis actuales inclinaciones. Si ahora soy profundamente religioso, antes
+fui ateo; si hoy ensalzo a la burguesía, antes aparecí como demagogo;
+si amo y educo a los hijos de mi mujer, antes abandoné a los de mis
+amantes; si ahora combato la trata de blancas, antes las he tratado sin
+escrúpulos. Todo esto dicen. Bueno, ¿y qué?</p>
+
+<p>Confieso que fui yo, yo mismo, quien hizo y dijo cuanto ahora me
+afean. Pero ¿qué solidaridad hay entre yo y yo mismo a la vuelta de
+veinte años?</p>
+
+<p>Es verdad que entonces tenía el mismo nombre y los mismos apellidos
+que ahora; no es menos cierto que mis ojos eran azules como lo son hoy,
+si acaso un poco más claros; aquel tipo mío de los veinte años tenía
+algo de este mismo tipo a los cuarenta; pero ¿qué más dato de identidad
+hay entre aquel joven y yo? Buscándome a mí mismo estoy rebañando en
+mi <span class="pagenum" id="Page_22">p. 22</span>memoria y apenas
+encuentro rastro de aquel sujeto que llenó este mismo espacio que hoy
+ocupo. Nada de cuanto entonces sentía y pensaba siento y pienso ahora.
+Somos seres completamente distintos.</p>
+
+<p>Y, sin embargo, vienen a pedirme cuentas de lo que hice o dije hace
+veinte años. Es como si dentro de veinte años fuesen a pedir cuenta
+de estas palabras de ahora a los señores gusanos que me coman o a las
+hierbas que me arraiguen en la boca. No hay en mí ni una sola célula,
+ni una molécula, ni un átomo de los de entonces. Todo yo soy nuevo,
+completamente nuevo; así me lo ha dicho la Biología. Y, sin embargo,
+me exigen ahora solidaridad con aquel ser absurdo de los veinte años.
+¡Bah! Ocurre con esto lo que con aquel cuchillo de cocina, siempre
+nuevo, al que se le había puesto hoja más de veinte veces y otras
+tantas se le había renovado el mango. ¿Qué quedaba del primitivo
+cuchillo? ¿Qué queda en mi piel, mis nervios y mi sangre de aquel
+cuerpo juvenil que hacía y pensaba esas cosas absurdas?</p>
+
+<p>No pretendo buscar atenuantes, ni digo, en son de disculpa, que la
+vida me ha trabajado de este modo. No he claudicado, no. Es que soy
+otro.</p>
+
+<p>Creo firmemente que un hombre, desde que viene al mundo hasta que
+la tierra se lo traga, nace y muere muchas veces. El mito del Ave
+Fénix, renaciendo de sus cenizas, no es más que la intuición de esta
+verdad que ahora postulo. Lo que ocurre es que los hombres <span
+class="pagenum" id="Page_23">p. 23</span>son lo suficientemente idiotas
+para no darse cuenta de cuándo se mueren y cuándo renacen. Se ponen
+melancólicos, les entra la morriña, se les muda el pellejo y, a costa
+de todo esto, levantan castilletes psicológicos, y a veces escriben
+novelas, sin darse cuenta de que la verdad es que se han muerto y van a
+renacer. Por una estúpida fidelidad con el cadáver que dentro de ellos
+mismos llevan, se obstinan en conservar todo lo que ya se les ha muerto
+y podrido. Repito que es lo mismo que si cuando yo estuviese convertido
+en polen se me antojara opinar sobre la guerra de Marruecos.</p>
+
+<p>No cabe, pues, pedirme solidaridad con aquel jovenzuelo libertino,
+descreidote, manirroto y pendenciero que llevaba mi mismo nombre y
+apellidos. He liquidado mis cuentas con él; le hice un solemne funeral;
+le enterré en un rinconcito discreto de mi memoria y allá voy algunas
+tardes a rezarle un poco. ¡Buen muchacho! Le tengo el mismo cariño que
+a algunos de mis antepasados. Pero nada más. Alguna vez miro su retrato
+y me sorprende que tenga algún parecido conmigo. ¡Pse! Si acaso, el
+aire de familia.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+
+<div class="chapter" id="Ch104">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_24">p. 24</span></p>
+ <h3 class="dcha ws1">EL GRAN ESTÍMULO</h3>
+</div>
+
+<p>A los ocho años fue recadero de un comercio y trotó a diario, con
+sus piernecillas endebles, por toda a ciudad. En aquellos primeros años
+padeció mucho: hambre, frío, burlas y sofiones. Cuando tenía doce años
+era un redomado granuja. Le enseñaron a beber, a jugar y a convivir
+con las mujeres que rondan por las noches en los muelles. Pronto vio
+dónde estaba el peligro, y, venciendo sus furiosas apetencias, domó su
+potro, recogió velas y se puso a trabajar. En aquella época contrajo
+deudas, cuyos intereses seguía pagando treinta años después al médico y
+al boticario. Y lo que es más doloroso: sabía que no liquidaría hasta
+que estuviese bajo tierra. Un poco de alcohol, un poco de nicotina, un
+puñado de treponemas pálidos, nada. Lo suficiente para sufrir una tara
+durante toda la vida. Menos mal que paró a tiempo. En fin, a vivir.
+Durante quince años luchó a brazo partido con la miseria, que cuando
+más embebido iba por el mundo le tiraba hacia atrás, cogiéndole por los
+faldones de su gabancito raído, o le arrojaba de bruces al arroyo.</p>
+
+<p>Por fin armó su velamen, y ya experto marinero navegó felizmente
+en medio de la borrasca de los talleres, las oficinas, las gerencias
+y las direcciones. En equilibrio inestable todavía; quiso casarse,
+y, al fin, lo hizo. Nueva lucha. Las necesidades, la mujer paridora
+<span class="pagenum" id="Page_25">p. 25</span>y endeblucha, la suegra
+hostil, los cuñados... ¡Bah! Aquel hombre tenía buen temple y salió
+adelante. Fueron unos años terribles. Cuando regresaba del trabajo,
+excesivo y mal remunerado, le aguardaban las miseriucas del hogar, los
+lloriqueos de los niños durante la madrugada, las exigencias de los
+proveedores, las terribles contingencias.</p>
+
+<p>Esta tremenda lucha con la necesidad no le dejaba ánimos para
+afrontar otras luchas más espirituales, y nuestro hombre, que tenía una
+fina sensibilidad, aguardaba siempre el momento feliz de cultivarse
+un poco, de ejercitarse en otros medios de vida más elevados. No le
+fue posible. Trabajó con toda su alma, y, al fin, hubo de darse por
+contento con asegurar el bienestar económico de los suyos.</p>
+
+<p>Cuando se echó una ojeada a sí mismo tenía pocos pelos en la cabeza,
+pocos dientes, muchas arrugas y en el ánimo una sequedad dolorosa,
+una fragilidad de fósil que le hacía sentirse calcinado, extinto. Se
+sacudía y todo él sonaba a cascado, a hueco.</p>
+
+<p>No por esto perdió su temple. Comprendió que no en balde había
+andado a cuerpo limpio por la vida y se resignó a no ir más allá. Esta
+resignación no le fue dolorosa, porque tenía un hijo, y pensó: «Lo que
+yo no pueda hacer, lo hará él». Y contento con esta esperanza, decía
+gozosamente que él había venido al mundo para servir de abono a su
+hijo.</p>
+
+<p>Desde que el hijo nació le había atendido el padre <span
+class="pagenum" id="Page_26">p. 26</span>con el mayor esmero. Cada vez
+que hacía un sacrificio por su salud o su educación, el buen hombre
+pensaba: «Yo no tuve quien hiciese esto por mí; él, sí». Y redoblaba su
+celo, pensando que aquel hijo suyo, para el que atesoraba instrumentos
+de poder, realizaría su ideal de triunfo.</p>
+
+<p>El hijo era un chicarrón inteligente, apto, rozagante, con una
+salud a prueba de bomba y una fortaleza de espíritu poco común.
+Nuestro hombre, enfermucho, cascadito, combatido por cien alifafes, le
+admiraba y se llenaba de alegría, como si aquella juventud, aquella
+potencialidad fuesen suyas, estuviesen en reserva dentro de su
+organismo.</p>
+
+<p>Crecía el hijo a expensas del padre, al que cada vez le chirriaban
+más los muelles. Lo natural hubiera sido que en el momento más doloroso
+para el padre, el hijo se torciera y maleara quebrando aquella
+esperanza del viejo. Pero no fue así. Veréis como fue.</p>
+
+<p>Pasaron los años y el hijo no dio una sola desazón al padre.
+Laborioso, inteligente, mesurado, iba haciendo su camino con un
+aplomo que maravillaba al viejecito. Algunas veces se le antojaba, no
+obstante, que el hijo era demasiado impasible; acaso su lentitud y su
+ecuanimidad eran excesivas.</p>
+
+<p>Pero no; el viejo rectificaba pronto, diciéndose: «No, no; va bien,
+va bien. Los hombres sanos y fuertes tienen esa serenidad; yo he sido
+siempre un pobre diablo enfebrecido, al que precipitaba y aturdía la
+necesidad. <span class="pagenum" id="Page_27">p. 27</span>Hay que dar
+tiempo al tiempo. Él lo conseguirá todo al fin».</p>
+
+<p>Y ocurrió que el hijo no consiguió nada. Los años transcurrían
+unos tras otros sin que el chicarrón avanzase un solo paso en aquella
+ideal perfección, en aquel triunfo glorioso que el padre había soñado.
+Le faltaba el afán, el estímulo divino, el acicate, que empuja a
+unos hombres contra otros. Aquel gran ejemplar de la raza humana era
+estéril, inepto para el progreso que el buen viejo había soñado. Él,
+con sus errores, con sus defectos y la exigüidad de su energía, había
+hecho más, mucho más que el hijo, dotado de todos los instrumentos de
+poder. El viejo, caduco ya, agotado, tembloroso, próximo a apagarse, le
+excitaba, le sometía al espoleo de su indeclinable avidez. Todo inútil;
+al hombrachón inteligente, apto, saludable, laborioso y honesto le
+faltaba el gran acicate: el dolor.</p>
+
+<p>El dolor, máquina de cuanto se hace en la vida y aun de la vida
+misma.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+
+<div class="chapter" id="Ch105">
+ <h3 class="dcha ws1">EL AUTOR<br> DE TODOS LOS CRÍMENES</h3>
+</div>
+
+<p>Cuando me detuvieron por indocumentado llevaba muchos días sin comer
+y muchas noches sin guarecerme bajo techado. Así fue que, al verme
+recluido, maltratado y transido de frío, me sentí feliz. Tranquilo en
+mi celda, no recordaba sino que estuve andando <span class="pagenum"
+id="Page_28">p. 28</span>mucho tiempo; no sabía ni de dónde partí ni
+por qué me puse a andar; solo conservaba la noción de que anduve hasta
+que se me reventaron los pies y caí al borde de la carretera.</p>
+
+<p>Unos guardias que iban de correría me sometieron a un interrogatorio
+y me registraron. Ni supe contestar a sus preguntas, ni encontraron
+entre mis ropas desgarradas indicio alguno de quién yo pudiera ser.
+Creyeron que ocultaba mi nombre y condición, por tener sobre mí algún
+delito, y fichado como sospechoso pasé a la cárcel. Les parecía
+inconcebible que hubiese en el mundo un hombre sensato, al parecer, y
+medianamente instruido que ignorase su nombre, estado y naturaleza; un
+hombre que, por lo visto, pretendía hacer creer que había nacido, por
+generación espontánea, al borde de una carretera.</p>
+
+<p>Y, sin embargo, era verdad. Juro que no sabía cuáles eran mi nombre
+y apellidos, y que ni tenía casa, ni familia, ni origen, ni recuerdos.
+Ya suponía que no habría venido al mundo en la carretera donde los
+guardias me encontraron, barbado y talludo ya; pero lo cierto y verdad
+era que de mi existencia anterior no tenía más vestigios que aquella
+trágica caminata, cuyo punto de partida yo no acertaba a definir.
+Pudiera decir que salí del caos; pero ¿qué caos era aquel del cual
+salía yo, aborto miserable? No pude desentrañarlo. Mi cerebro, normal
+en cuanto tocaba al presente y al porvenir, perdía su lucidez tan
+pronto como me aventuraba en el pasado. No cabe duda de que se <span
+class="pagenum" id="Page_29">p. 29</span>trataba de un terrible caso
+de amnesia; pero ¿qué lo había motivado? Renuncié a investigarlo;
+había algo más fuerte que mi voluntad, empeñado en que yo no penetrase
+en el campo terrible de mis recuerdos. Cuantas veces lo intentaba,
+salía vencido por la confusión, la fatiga y una infinita repugnancia.
+Renuncié, pues, por completo a mi pasado.</p>
+
+<p>Pero a los hombres de justicia aquello les parecía inadmisible. Algo
+ocultaba yo, y, ternes en su sospecha, me mantuvieron encarcelado.</p>
+
+<p>Por aquel tiempo había ocurrido un espantoso crimen en una aldehuela
+próxima. Unos míseros labradores habían sido asesinados durante la
+noche por unos forajidos, codiciosos del puñadito de plata que con
+sus hambres y fatigas había logrado reunir aquella pobre gente. No
+se supo quiénes eran los asesinos, y de la noche a la mañana me
+encontré acusado de haber cometido aquella fechoría. Al principio lo
+tomé a broma; pero después reconocí cuán sensato era aquel hombre que
+decía: «Si alguna vez me acusasen de haber robado las torres de la
+catedral, como primera providencia pondría tierra de por medio; después
+procuraría demostrar que la acusación era falsa».</p>
+
+<p>Cogido entre los términos, proposiciones y silogismos de la gente
+de toga, estuve a punto de convencerme a mí mismo de que yo había
+cometido aquel doble crimen, tal vez sin saberlo. Fue providencial
+que los verdaderos asesinos se dejasen cazar estúpidamente. <span
+class="pagenum" id="Page_30">p. 30</span>De no haber sido por esta
+circunstancia, yo hubiese expiado en el patíbulo mi supuesto crimen.</p>
+
+<p>Todavía no se decidían a soltarme y muchos meses anduve de cárcel
+en cárcel. Pero, al fin, recobré la libertad; una libertad relativa,
+porque no dejé de estar vigilado. Siempre es sospechoso el hombre que
+no sabe explicar la razón de su existencia. En el mundo hay que estar
+por algo y para algo; para robar o ser robados, cometer asesinatos o
+dejarse matar, gobernar pueblos o sufrir el yugo de los gobernantes.</p>
+
+<p>Un policía, un juez, un magistrado, convencidos seriamente de que
+cumplen una misión providencial, misión para la que han sido creados,
+no tolerarán nunca al hombre sin misión que cumplir, al deshilvanado,
+al que es brote espontáneo de la naturaleza y vive en el mundo con la
+indiferencia de una col. Y esto era yo.</p>
+
+<p>Un semoviente que, a lo sumo, aspiraba a ser el último súbdito de
+un más sencillo reino: el reino vegetal. Si yo entonces hubiese podido
+concretar mi ideal, hubiera deseado convertirme en col. Ser humilde,
+orondo, fresco y recio; nacer y morir en el mismo sitio, ver salir y
+ponerse el sol, beber copiosamente y reposar. Esta era mi inconcreta
+aspiración.</p>
+
+<p>Pero, por desgracia, mi antropomorfismo me condenaba a vivir como
+los humanos. Tuve que trabajar y ganarme la vida. No sé cómo, me
+encontré un día haciendo zapatos con rara perfección. (Yo no recordaba
+haber practicado nunca tal oficio. Después me <span class="pagenum"
+id="Page_31">p. 31</span>lo expliqué todo; antes de sobrevenir la
+catástrofe, que me hizo perder el recuerdo de mi vida pretérita, yo
+había sido dramaturgo). Construir un zapato —ahora lo sé— es como
+construir un drama. (De ahí mi técnica zapateril).</p>
+
+<p>Trabajaba honradamente, confeccionando mis dramas, digo, mis
+zapatos, cuando de nuevo me vi encarcelado y sometido a proceso. Se
+había cometido un nuevo crimen, y como los autores tampoco fueron
+habidos, se suponía que yo, el hombre sospechoso, el extraño sujeto,
+sin nombre y sin origen, era el criminal. Creyeron que yo había
+cometido ya «mi crimen», el crimen que tarde o temprano yo tendría que
+realizar, y de nuevo quisieron ahorcarme. Tampoco lo lograron. Escapé,
+pero fue por poco tiempo; meses después se me imputaba una nueva
+fechoría, y después otra y otra.</p>
+
+<p>Llegué a verme acusado del asesinato de un presidente del Consejo,
+cuatro asesinatos menores, tres parricidios, dos infanticidios y seis u
+ocho robos. Yo era, fatalmente, el autor de todos los crímenes.</p>
+
+<p>Soltándome un juez y tomándome otro, pasaron cerca de veinte años,
+hasta que una buena mañana me encontré acusado de un nuevo crimen.
+Tratábase del hallazgo, en una casita de las afueras, de los restos
+mortales de dos personas. El doble crimen tenía muchos años de fecha:
+unos veinte. Se exhumaron recuerdos, recayeron sospechas sobre mí y
+fuimos a la <span class="pagenum" id="Page_32">p. 32</span>vista, en
+la que se reconstruyeron los hechos. Hacía veinte años habitaba la casa
+del macabro hallazgo un matrimonio joven y de posición desahogada. De
+improviso, el marido anunció que, en unión de su esposa, marcharía
+al extranjero para fijar allí su residencia. Liquidó sus asuntos
+particulares y nadie volvió a acordarse de ellos. Coincidió esta marcha
+de los esposos con la desaparición de un joven ingeniero, al que la
+Policía buscó en vano durante algunos meses. Nadie acertó a relacionar
+ambos hechos, y, al cabo de veinte años, el hallazgo de un puñado
+de huesos venía a descubrir la tragedia. Resultaba que el marido,
+enamorado apasionadamente de su esposa, había descubierto que esta
+sostenía relaciones ilícitas con el joven ingeniero. Ciego de dolor
+acechó a los adúlteros, y, al sorprenderles juntos, descargó sobre
+ambos su revólver, ocasionándoles la muerte. Después, con una sangre
+fría aterradora, preparó la coartada; simuló el viaje al extranjero, en
+unión de su esposa; enterró los cadáveres en el jardín del hotelito y
+desapareció.</p>
+
+<p>De este nuevo crimen me acusaban. Yo pensé, ¡bah!, otro período
+de molestias. Cuando se celebró la vista, mi abogado hizo de mí una
+defensa maravillosa. Ya era ridícula y criminal aquella obstinación
+en atribuirme cuantos delitos se cometían; yo no era más que un
+enfermo, un infeliz atacado de amnesia total, cuya inocencia se había
+probado en innumerables ocasiones. ¿Por qué se me seguía molestando?
+Los magistrados <span class="pagenum" id="Page_33">p. 33</span>se
+conmovieron, ¡al fin!; desecharon la aberración de mi culpabilidad y me
+absolvieron.</p>
+
+<p>Pero durante las incidencias de la vista yo empecé a sentirme
+inquieto, sobresaltado; comencé a recordar algunos detalles sueltos
+primero, después algunos nombres. ¡Ah! ¡Aquel era mi crimen! ¡Sí,
+sí; el mío! ¡El que yo había cometido! ¡Yo, yo maté a los adúlteros!
+¡Yo!</p>
+
+<p>La memoria volvía. Ahora recordaba que, después de cometido mi
+crimen y conseguida la impunidad, eché a andar una noche, sin más carga
+que mi dolor, mis remordimientos, mi amor fracasado, mi locura... Y
+anduve..., anduve...</p>
+
+<p>¡Ya sabía qué terrible catástrofe me había sumido en la
+inconsciencia durante veinte años! ¡Aquel era mi crimen! ¡El mío!</p>
+
+<p>Cuando quise recordar, me habían absuelto.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+
+<div class="chapter" id="Ch106">
+ <h3 class="dcha ws1">LOS CAMINOS DEL MUNDO</h3>
+</div>
+
+<p>Apenas tuvo veinte años, cogió la regla, el compás y el tiralíneas;
+tomó cuidadosamente sus medidas y trazó con toda seguridad la parábola
+de su vida. Después se quedó muy satisfecho. Vivir es muy difícil
+y hay que tomar precauciones. Por eso, él, que no quería andar
+equivocado, redujo su vida a una figura geométrica; le puso al pie
+su escala de reducción, en la <span class="pagenum" id="Page_34">p.
+34</span>proporción de uno a mil, y comenzó a cubrir, en el suave
+transcurso de los días, las etapas del trayecto que previamente se
+trazara. La vida de aquel hombre era, pues, uno de esos gráficos en
+cuya cuadrícula prenden las estadísticas el curso de la existencia.</p>
+
+<p>Ya tranquilo y orientado, anduvo con paso firme su camino: era
+un camino largo, de penosas ascensiones y peligrosos declives. Pero
+él consultaba diariamente su gráfico y no anduvo nunca en balde. La
+miseria, la ignorancia y el dolor habían sido su punto de partida.
+Venido al mundo, sin tener para qué venir, se encontró vulnerable,
+hambriento y dolorido. De chicuelo padeció cuanto había que padecer;
+derrochó su energía debatiéndose en el arroyo y le pareció la vida
+mucho más absurda e inconexa de lo que ya de por sí es en realidad.
+Se asustó; cuando llegaba a la adolescencia estaba acobardado por los
+zarpazos que le tiraba el vivir, los empellones, las bofetadas y las
+terribles sorpresas que había recibido.</p>
+
+<p>Se remansó un poco, y en un momento de lucidez cogió a la vida
+desprevenida y la encerró en la red de su cuadrícula. Ya está, pensó.
+Ahora voy a ser yo el amo.</p>
+
+<p>Empezó a trabajar en uno de esos humildes menesteres de la vida
+moderna: dar y tomar fichas numeradas desde una ventanilla, abrir
+y cerrar una puerta, extender cotidianamente una misma fórmula
+cientos de veces, poner y quitar gabanes, cambiar papeles por <span
+class="pagenum" id="Page_35">p. 35</span>dinero o papeles por papeles.
+Cualquier cosa. Esta simple función, esta repetición maquinal de un
+solo acto le aseguró los medios de subsistencia y le dejó holgura para
+filosofar. Como estaba aspado y dolorido, la quietud, el achicamiento,
+le hicieron feliz. Y durante algunos años no sintió necesidad de nada
+más.</p>
+
+<p>Cuando hubo recobrado el equilibrio y notó que empezaba a sobrarle
+algo, es decir, que estaba ya por encima de su propia vida, consultó de
+nuevo el plan que de antemano se había trazado y emprendió la segunda
+etapa del camino. Era la más difícil. Ya se tenía él a él mismo; ahora
+se trataba de tener algo más. Pensaba, sencillamente, en casarse.</p>
+
+<p>Se casó; tuvo mujer e hijos; pero otra vez la necesidad vino a
+querer sacarle de sus casillas, o sea de su sabia cuadrícula. Rigió
+con mano dura su carrito, y a despecho de su mujer y de sus hijos no
+se salió un paso de la sendita estrecha de su vida, y dejó atrás, sin
+alargar la mano, las viñas cargadas de fruta, que distraen y pierden a
+los caminantes.</p>
+
+<p>Pero no basta con tenerse a sí mismo, tener el complemento sexual
+y desdoblarse en cinco o seis hijuelos que perpetúen nuestras taras.
+Hay que proteger todo esto, hay que salvaguardarlo, ponerlo a cubierto
+de los vendavales y de las aves de rapiña. Hay, en fin, que tener una
+casa.</p>
+
+<p>Este empeño es el más trascendental de la vida de un hombre. La
+gente no se da cuenta y vive de precario <span class="pagenum"
+id="Page_36">p. 36</span>en las celditas de esas grandes colmenas
+urbanas mientras el castrador no quiere desahuciarles. No se puede
+vivir honradamente sin tener una casa propia; por eso, tal vez, haya
+tanta gente inmoral en el mundo.</p>
+
+<p>Ahora bien; tener una casa, cuando no se tiene dinero, es muy
+difícil. Aunque parece mentira, toda la superficie de la tierra está ya
+medida, distribuida y acotada. Es un contrasentido; pero la realidad es
+que, cuando un nuevo ciudadano aparece sobre la haz de la tierra, no
+tiene ya sitio donde ponerse. Si los hombres no fuesen tan hipócritas
+y abordasen las cosas francamente, se podría plantear un gravísimo
+problema social, llevando a los niños, cuando nacen, al Registro civil,
+y demandando allí que, al mismo tiempo que se le conceden los derechos
+civiles y políticos, se les otorgue el derecho a quedarse en algún
+sitio. Aquí traigo este niño; dígame usted en qué lugar de la tierra
+puedo ponerlo para que viva sin miedo a guardas ni rentistas.</p>
+
+<p>Así pensando, nuestro hombre ejemplar procuró sustraer a la
+humanidad acaparadora un trocito de corteza terrestre, siquiera fuese
+chico como un pañuelo, para construir su vivienda.</p>
+
+<p>Lo consiguió, al fin; mas para ello tuvo que privarse casi por
+completo de aquel tenue hilillo de vida que le quedaba. No se aquilata,
+en cuanto vale, la heroicidad de estos hombres, que por servir un ideal
+<span class="pagenum" id="Page_37">p. 37</span>modesto sacrifican
+todas sus horas, privándose de esas pequeñas cosas que son en realidad
+toda nuestra vida. La tragedia del hombre que no tenía dinero y quería
+construir una casa puede hacer sonreír a mucha gente; pero seguramente
+no es una tragedia inferior a la de Prometeo.</p>
+
+<p>Ese trágico cotidiano era el que consumía el alma de nuestro
+héroe. Céntimo a céntimo, ladrillo a ladrillo, hacía su casita. A
+veces le asaltaba un furioso deseo de derrochar, de rasgar el gráfico
+cuadriculado de su existencia, de irse por el mundo a vivir la vida
+inquieta de los desligados. Pero se acordaba de los días dolientes de
+su infancia y volvía los ojos con fervor a la línea geométrica por
+él trazada y al cénit, ya próximo, de sus aspiraciones. Así trabajó
+ferozmente, se privó de todo, domó la vida, poniéndole recias trabas, y
+cumplió su misión.</p>
+
+<p>Cuando la casa estuvo terminada, plantó a su alrededor unos
+arriates; colocó en el tejado una veleta, orgulloso de poder clasificar
+los vientos; sacó una silla a la puerta y se sentó. Ya era tiempo; más
+no hubiese podido hacer.</p>
+
+<p>Son muy pocos los hombres que cumplen su misión; menos de lo que
+se cree. Los malogrados, no son solo los muertos prematuramente, sino
+también aquellos otros a los que se les ha muerto el ánima y siguen en
+pie. De aquí que nuestro hombre ejemplar, al verse en su casita con su
+mujer y sus hijos, se sintiese <span class="pagenum" id="Page_38">p.
+38</span>privilegiado, hombre de excepción y dotes superiores. Se
+consideró feliz y dio por bien empleado cuanto había sufrido.</p>
+
+<p>Entonces se encontró, por primera vez, en toda la plenitud de su
+vida. Tenía cuanto había que tener: familia, hogar, holgura. Lo había
+logrado todo. ¡Je, je, je! Cómo se reía él de los idiotas que andan a
+cuerpo limpio por el mundo. ¡Búrlense, búrlense de mi cuadrícula!</p>
+
+<p>Cada día que pasaba sentado a la puerta de su casa, recibiendo la
+caricia del sol y el halago de los suyos, le fortalecía aún más. Llegó
+a sentirse pujante, como jamás había estado. Respiraba a pleno pulmón;
+erguíase, retador, ante los caminantes acansinados: buscaba la lucha,
+la fatiga. Esta exuberancia le hacía tener confianza en sí mismo, en su
+propia vida. Un día rompió su cuadricula y dejó escapar el torrente de
+sus pasiones y de sus apetencias...</p>
+
+<p>Terminó pegando fuego a su casita y yéndose por el mundo otra
+vez.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+
+<div class="chapter" id="Ch107">
+ <h3 class="dcha ws1">EL VIEJO ENAMORADO</h3>
+</div>
+
+<p>Era viejo, como la cotonía. Allá por el año 70 fue el hombre de
+moda, de las conquistas, de los figurines y los desafíos. Tuvo una
+arrogante figura; fue terror de suripantas en los bufos de Arderíus;
+se casó con una marquesa y enviudó pronto. Volvió a casarse <span
+class="pagenum" id="Page_39">p. 39</span>con una exdoncella, excocota,
+y enviudó también. Ahora andaba paseando al sol su caducidad y
+conservando cuidadosamente las ruinas de su gallardía.</p>
+
+<p>Ella era jovencita, muy jovencita y muy linda. Traviesa, vivaracha
+y un poquitín desvergonzada, comenzó por reírse del viejo y terminó
+casándose con él.</p>
+
+<p>Fueron a la boda orgullosos y satisfechos. La gente, a sus espaldas,
+compadecía al uno y criticaba a la otra.</p>
+
+<p>Todos previeron el ineludible adulterio. Los galanes profesionales
+olfatearon pronto la pieza y sobre la recién casadita cayeron
+en racimos. El viejo, que estaba ya de vuelta, les dejaba hacer
+sosegadamente. Salía de su casa pasito a paso, y erguido, pulcro y
+perfumado, cruzaba inalterable junto a los adoradores de su mujercita
+e iba a perderse en los rincones amables de los jardines públicos,
+donde pasaba las horas muertas echando migajas de pan a los gorriones y
+tomando el sol.</p>
+
+<p>La muchacha, al principio, se aburría un poco; después se aburrió
+más, y terminó desesperándose. Le molestaba aquel desinterés del viejo.
+¿Por qué la dejaba sola tanto tiempo? ¿Por qué no evitaba las ocasiones
+en que sus adoradores podían cortejarla libremente ?</p>
+
+<p>Recurrió entonces al secular ardid de darle celos; pero no lo
+consiguió. Estirado, afable, sonriente, veía <span class="pagenum"
+id="Page_40">p. 40</span>el viejo cómo su mujer hacía guiños de
+inteligencia a sus cortejadores y cómo cuchicheaba con ellos cada vez
+que la ocasión se presentaba.</p>
+
+<p>Esta indiferencia la irritó aún más. Llegó a tener a su esposo
+un verdadero rencor. Pasó por días en los que le despreciaba
+profundamente. Era un inmoral, un cínico. Le importaría un bledo que
+ella se entregase, uno por uno, a todos sus amigos.</p>
+
+<p>Pero después reflexionaba más serenamente y comprendía que aquel
+viejo impasible, circunspecto, siempre ecuánime y correcto siempre,
+la quería de verdad. Adivinaba ella, en las palabras del esposo,
+una celosa asistencia y un rendido enamoramiento; pero jamás logró
+encenderle en arrebatos pasionales.</p>
+
+<p>Queriendo romper la frialdad del marido, llegó más allá de donde
+era prudente en sus coqueteos. Pero cuando en más de una ocasión se
+vio a punto de dar el saltito de la acera al arroyo, sin que nadie se
+lo impidiese, tuvo miedo y recogió velas. Estaba convencida de que no
+conseguiría soliviantar al marido, y, la verdad, el adulterio, sin el
+aliciente del daño que causa, no valía la pena. Así porque sí, y sin
+más ni más, no.</p>
+
+<p>A partir de entonces volvió a la táctica del mimo y el halago; la
+seducción plácida y el cariño dulce y constante. El viejo parecía ser
+más sensible a esto.</p>
+
+<p>Ella, alentada, redoblaba sus cuidados y consagraba todos
+los momentos de su vida a la seducción <span class="pagenum"
+id="Page_41">p. 41</span>del esposo, que se dejaba querer, y sabiamente
+acrecía su amor, subiéndolo de tono poco a poco.</p>
+
+<p>Pasó el tiempo y ella obstinose en la conquista total del marido.
+Fue una esclava suya: le ofrendó todos sus instantes, y, cuando el
+viejo se murió, se halló trágicamente enamorada de aquella esfinge
+ruinosa que jamás le había entregado por entero el caudal de su
+cariño.</p>
+
+<p>A los pocos días de su viudez encontró entre los papeles del muerto
+el esquema de un sucinto «diario». Entre las notas correspondientes a
+los meses que siguieron a su boda, leyó:</p>
+
+<p>«Ella está a punto de caer; si cae, terminaré mi vida hoy mismo».</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+
+<div class="chapter" id="Ch108">
+ <h3 class="dcha ws1">EL GUARDIA PÉREZ</h3>
+</div>
+
+<p>El cuartelillo era demasiado pequeño; en él se alojaban cuatro
+guardias y un cabo, con sus mujeres y sus hijuelos innumerables; había
+poco sitio y tenían que moverse como piojos en costura. Estas molestias
+mutuas provocaban frecuentes altercados entre las mujeres y entre los
+chicos; pero los guardias eran hombres sensatos y dirimían entre sí
+estas querellas amistosamente y con estricta justicia. Amonestaban
+gravemente a sus consortes cada vez que entre ellas estallaba la
+contienda por la posesión de un trozo de <span class="pagenum"
+id="Page_42">p. 42</span>patiezuelo o de un rincón de cocina, y se
+reiteraban recíprocamente sus palabras sensatas y cordiales.</p>
+
+<p>Además, el campo era muy grande, y, para el guardia que por
+defenderlo se esclaviza y afana, todo el campo es suyo. Así, pues, los
+hijos de los guardias salíanse gozosos del cuartelillo y gran parte del
+día estaban triscando libremente por las estribaciones de la sierra o
+tendidos panza arriba al sol en los prados.</p>
+
+<p>La misión de los guardias era penosísima; se hallaban destacados en
+un rinconcillo estratégico de Sierra Morena, y desde allí custodiaban
+una considerable extensión de terreno, ya que no contra las hazañas
+de los bandidos legendarios, contra las acometidas de los mineros
+hambrientos en tiempos de huelgas y lockout y contra los desmanes de
+los campesinos, que, cuando se soliviantan, incendian las mieses y
+saquean las casas de labor.</p>
+
+<p>Al poco tiempo de estar apartados del mundo, los alojados en el
+cuartelillo se habían hecho algo irritables, sobre todo las mujeres;
+aquella perdurable soledad provocaba en todos ellos un mutuo rencor,
+acrecentado cada día, que las mujeres no se recataban en mostrarse
+y que los hombres intentaban ahogar con las frecuentes apelaciones
+a la sensatez que unos a otros se hacían con curiosa insistencia.
+Lentamente, aquel aislamiento, aquella soledad, aquel enfrentarse
+a diario con la naturaleza bravía de la sierra les había ido
+quitando y suprimiendo todos los artificios y <span class="pagenum"
+id="Page_43">p. 43</span>convencionalismos que son precisos para hacer
+un guardia de un hombre libre. Volvían, pues, sin darse cuenta, al
+estado de naturaleza en el que todo yugo es ominoso y tiránica toda
+disciplina.</p>
+
+<p>Una tarde, el guardia Pérez, que volvía sudoroso y aspado de
+recorrer las carreteras polvorientas bajo el agobio implacable del
+solazo andaluz, encontró a su mujer que lloraba lenta y calladamente en
+un rincón de la alcoba. Inquirió el guardia Pérez y supo que su mujer
+había sufrido ultrajes de la mujer del cabo González; tranquilizó como
+pudo a su compañera y fue en busca del cabo; ambos se reiteraron sus
+excusas con machacona insistencia y se apretaron las manos fuertemente
+una vez y otra. Cuando volvió al lado de su mujer estuvo consolándola,
+con su sobria elocuencia, mientras ella movía lentamente la cabeza. No
+pasó más.</p>
+
+<p>Otra tarde, el guardia Pérez, al regreso de la correría, encontró a
+su hijita —una pitusilla tristonzuela escrofulosa y blanca de linfa—
+con la cabeza entrapajada; en la frente, un poco de sangre cuajada
+junto a un mechoncillo del pelo rubiasco, casi albino, de la nena,
+hizo al guardia Pérez sentir que se le iba algo, que debía ser el
+alma, y hallarse frío, descarnado, mondo y lirondo, como si bajo el
+correaje y el peso del fusil no le hubiese quedado más que el esqueleto
+y un gusanillo roedor allá en los recovecos del cerebro. Ya esta vez
+la mujer no lloraba: estaba <span class="pagenum" id="Page_44">p.
+44</span>seca y tiesa junto a la pitusilla, con las pupilas
+encandiladas y los dedos engarabitados. Cuando el guardia Pérez quiso
+saber lo ocurrido, ella se limitó a decir:</p>
+
+<p>—¿Para qué? ¿Para qué?</p>
+
+<p>El cabo González, un poco embarazado, vino a contarlo todo. Los
+chicos eran tan traviesos..., hacían tantas diabluras..., la mala
+suerte de aquella chiquilla..., él no había querido hacerle ningún
+daño...</p>
+
+<p>Las convencionales explicaciones fueron aceptadas y los dos hombres
+se abrazaron una vez más, nerviosamente, dándose cordiales palmaditas
+con las manos crispadas.</p>
+
+<p>El guardia Pérez y su mujer se acostaron; ella estuvo callada largo
+rato, encerrada en un mutismo punzante; ya de madrugada lloró primero y
+habló después susurrante, abatida, sugeridora. Cuando el alba se colaba
+por las junturas desiguales del ventanillo, los dos estaban febriles y
+se acariciaban heroicamente.</p>
+
+<p>Una hora más tarde, el cabo González y el guardia Pérez salían
+de correría. Caminaron silenciosos por los vericuetos de la sierra.
+Cuando ya el sol estaba en el cénit, se detuvieron en una altura y
+sacaron de las mochilas las frugales meriendas. Soplaba fuerte viento
+y la sierra majestuosa infundía a los dos hombres su grandeza, su
+infinitud, su fuerza bravía, su libertad. Comieron sosegadamente; al
+final, disputaron por un pretexto fútil: una hoja caída de <span
+class="pagenum" id="Page_45">p. 45</span>un árbol, el rumbo del viento,
+el vuelo de un pájaro...</p>
+
+<p>Vinieron a las manos, acometiéndose con alaridos de liberación;
+el cabo González llevaba las de perder y volvió la espalda a su
+adversario, amenazándole: «Ya las pagarás, granuja; ya las pagarás».
+El guardia Pérez previó la delación, se echó el fusil a la cara,
+y, rodilla en tierra, apuntó lentamente al fugitivo. En el momento
+oportuno, la bala, entrando por la espalda, tumbó sobre las jaras al
+cabo González.</p>
+
+<p>Se formó juicio sumarísimo y el guardia Pérez fue muy
+justicieramente fusilado.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+
+<div class="chapter" id="Ch109">
+ <h3 class="dcha ws1">LA OBLIGACIÓN DE ODIAR</h3>
+</div>
+
+<p>Yo sabía que aquel tío venía a pegarme. Me lo había olido desde
+el primer momento; no sabría decir por qué. El caso es que, mientras
+estuve bailando con Amalia —Amalia era mi novia—, empezó a chocarme.
+Nos miraba con descaro, no se recataba en piropear a la muchacha y se
+reía de muy buen humor al ver los fondillos y las rodilleras de mi
+pantalón blanco, que no era, ciertamente, ningún prodigio de corte ni
+de confección. Este tío va a pegarme, pensé. Y así ocurrió.</p>
+
+<p>Los nervios se me pusieron de punta, tropecé cien veces,
+di innumerables pisotones a mi novia, y, al fin, la pobre, no
+pudiendo soportar más tiempo mis torpezas, <span class="pagenum"
+id="Page_46">p. 46</span>se soltó graciosamente de mi brazo y fue a
+charlar con sus amigas. En cuanto me vi sin ella adiviné la catástrofe.
+Un sudor frío cubrió mi piel y la sangre se me agolpó a la cabeza. Para
+tranquilizarme y cobrar ánimos entré en el ambigú. Él se vino, como el
+que no quiere la cosa, tras de mí. A pesar de su sonrisa, vi claramente
+su negra intención y me puse a temblar. Estuve por gritar a mis amigos,
+diciéndoles: «¿Pero no ven ustedes que viene a matarme?».</p>
+
+<p>No recuerdo cómo estalló la tormenta. Era fatal. Creo que le di
+un pisotón o me lo dio él a mí; no sé. Lo cierto es que de buenas a
+primeras me asestó un formidable puñetazo en medio de la cara. No me
+dolió mucho al principio, esa es la verdad. Mis dientes crujieron de un
+modo lastimoso y sentí un fuerte escozor en las encías. Pero, vamos,
+me consideré satisfecho. Los puñetazos que más nos duelen son los que
+todavía no nos han dado. Al golpe siguió un largo rosario de insultos;
+después, se quedó callado y a la expectativa.</p>
+
+<p>Yo me pasé la mano por la frente, sudoroso; recogí mi sombrero, que
+había desertado frente al enemigo; tomé unas buchadas de cerveza, para
+cauterizarme la encía, y me puse a esperar el final de todo aquello.</p>
+
+<p>No pasó nada más. Dio media vuelta y se marchó, escupiendo por
+el colmillo. Entonces me volví, con el propósito de decir a mis
+amigos: «¿Pero han visto <span class="pagenum" id="Page_47">p.
+47</span>ustedes la injusticia que ha cometido conmigo?». No me
+dejaron; todos a una se arrojaron sobre mí, diciéndome que yo era un
+cobarde y que a mi vez había debido pegarle. ¿No era yo más fuerte?
+¿Qué me detenía entonces? Era verdad; acostumbrado a cargar de un lado
+para otro del almacén, con los pesados fardos de tejidos, no me hubiera
+costado gran trabajo coger a aquel sujeto por la cintura, levantarle
+en vilo y tirarle por la ventana, como si fuese una pelota; pero no se
+me ocurrió; ni remotamente pensé que podía haberlo hecho con un débil
+esfuerzo.</p>
+
+<p>Me abrumaron con sus reconvenciones, se dolieron de mi cobardía
+y procuraron excitarme para que tomase venganza. Tentado estuve de
+echar a correr, desafiarlo dondequiera que le encontrase y romperle la
+crisma. Resistí heroicamente aquel influjo y me marché, deseando no
+encontrarme a mi adversario en el camino por no ponerle en el trance de
+tener que pegarme otra vez si seguía malhumorado.</p>
+
+<p>Aquella noche fui a recoger a mi novia para que diésemos, como todos
+los domingos, una vuelta hasta el molino. El paseo era muy bonito; a
+ambos lados del camino había dos hileras de pinos; a los diez pinos, yo
+pretendía enlazar a mi novia por la cintura; a los veinte pinos, ella
+se dejaba enlazar; el que hacía veinticinco tenía unas ramas tan bajas
+y frondosas, que el camino se estrechaba, no dejando paso más que a
+una persona; allí juntábamos nuestras cabezas y <span class="pagenum"
+id="Page_48">p. 48</span>nos besábamos. Los diez pinos, de la familia
+de los trigésimos, tenían testimonios más fehacientes aún de nuestro
+amor. Al cuadragésimo, Amalia sentía frío y me pedía que regresásemos a
+su casa. Esto era todo, y era bastante.</p>
+
+<p>No pude conseguir que Amalia diese aquella noche el acostumbrado
+paseo. Tenía el hociquito alargado, y, según dijo, se sentía cansada.
+Era la primera vez que le ocurría. Adiviné el motivo de su disgusto. Me
+había dejado pegar; ella lo sabía y no le parecía digno de su hermosura
+besar un bigote que ha sido aporreado impunemente. Traté de convencerla
+de la puerilidad de sus escrúpulos; se puede ser un bizarro amador y un
+mal pugilista. No me hizo caso. La dejé llorando y leyendo la historia
+de Amadís.</p>
+
+<p>A pesar de estas contrariedades no podía sentir odio contra el
+causante de todo. Estaba convencido de que era un insensato, un pobre
+diablo fanfarrón y mal educado. ¿Por qué me había pegado sin yo darle
+motivo? ¿No era esto una acción reprobable? ¿Por qué los demás no se la
+afeaban, y, en cambio, venían a mí con recriminaciones?</p>
+
+<p>¡Bah! El mundo es estúpido, pensé. Serían capaces de alegrarse si yo
+le cogiese ahora y le partiese en dos pedazos. Todos me felicitarían
+y mi novia me dejaría sordo a besos. Creo, sin embargo, que ni él ni
+yo ganaríamos nada, y por eso no lo hago. ¿Me <span class="pagenum"
+id="Page_49">p. 49</span>ha golpeado? Pues vaya bendito de Dios.
+Esto, que bien pudiera ser grandeza de alma, lo interpretaban como
+una cobardía. Bueno. Y aunque así fuese. ¿Es que no hay derecho a ser
+cobarde? Puedo ser cobarde, como soy gordo y rubio, y no sé por qué he
+de avergonzarme de ello.</p>
+
+<p>A la noche siguiente fui a buscar a mi novia; pero no quiso
+recibirme. No volví a verla hasta el domingo siguiente; la encontré
+bailando con el otro. Cuando los vi juntos, me quedé estupefacto.
+Aquello era increíble. Los miraba atentamente y no dejaba de
+maravillarme.</p>
+
+<p>El otro lo notó, soltó a Amalia de su brazo y se vino hacia mí, con
+un airecillo retador, que me pareció altamente ridículo.</p>
+
+<p>—¿Querías algo? —me preguntó.</p>
+
+<p>—No, nada —le respondí balbuceando.</p>
+
+<p>—¡Como nos mirabas tan fijamente!</p>
+
+<p>—Me extrañaba que mi novia bailase contigo.</p>
+
+<p>—Ahora es novia mía.</p>
+
+<p>—No sabía nada.</p>
+
+<p>—Pues ya lo sabes.</p>
+
+<p>El procedimiento me pareció algo incorrecto. Pero, en fin, ¡las
+mujeres son tan raras!</p>
+
+<p>De lo que no me han convencido todavía es de que yo tenga por
+fuerza que matar a mi rival. Todo el mundo me lo dice; mi misma madre,
+cuando me pone la comida sobre la mesa, viene a acariciarme dulcemente
+<span class="pagenum" id="Page_50">p. 50</span>y me dice con lástima,
+pasándome la mano por la frente: ¡Pobre hijo mío! ¡Pobre!</p>
+
+<p>—¿Pobre? ¿Por qué?</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+
+<div class="chapter" id="Ch110">
+ <h3 class="dcha ws1">BORRÓN Y CUENTA NUEVA</h3>
+</div>
+
+<p>El viejo, con sus ochenta años a la cola, estaba ya jubilado. Su
+hija, al casarse, tiró de él, trayéndole a la ciudad. Vivió con ella
+y con su yerno, un hombrecito cariñoso y trabajador; le dieron varios
+nietos, le obligaron a descansar; no le faltó nunca su camisa limpia y
+su paquetito de picadura, y por todo esto se consideró feliz. Ya era
+hora. Bien ganado se lo tenía.</p>
+
+<p>Por la tarde cogía a los nietecillos y se iba con ellos a las
+afueras para hacerles respirar el aire del campo. Andaban lentamente
+hasta que la ciudad se quedaba atrás, con sus mil ruidos, su
+hacinamiento y su cochambre. Cuando llegaban a los primeros sembrados,
+el viejo campesino, un poco cohibido en el ambiente denso de la urbe,
+se esponjaba, se erguía, volvía a sentirse fuerte y sabio. Los nietos
+correteaban buscando florecillas, se revolcaban sobre la hierba, se
+rendían gozosos.</p>
+
+<p>El padre no iba nunca a estos paseos. Salía de la celdita estrecha
+de su casa para meterse en la cueva de su oficina; cuando estaba libre
+iba al café o al teatro. Tal vez por esto cayó enfermo y terminó
+muriéndose. <span class="pagenum" id="Page_51">p. 51</span>Era un
+hombrecillo laborioso y bueno, que había pasado mucha hambre y muchas
+fatigas correteando con sus piernecillas zambas por las calles de los
+grandes comercios, subiendo y bajando escaleras, encaramado, al fin,
+frente a un pupitre. Se murió dulcemente diciendo que aquella noche
+tenía que sudar su catarro para ir al día siguiente a la oficina.</p>
+
+<p>Su jefe lo sintió mucho; fue a visitar a la viuda; le dejó algún
+dinero, para que tuviese tiempo de llorar, y se marchó. Ya no volvería
+más. Aquella pobre gente comprendió entonces que había quedado roto
+el lazo que les unía con el mundo. Se sintieron perdidos, desligados
+de todo, como si hubiesen caído en otro planeta. Pronto vino la
+miseria; ahuyentando el recuerdo, les sacudió rudamente y les dijo: «A
+vivir».</p>
+
+<p>La madre, que se había consagrado por completo al esposo y a los
+hijos, estaba quebrantada, envejecida, inútil para la lucha. No tenía
+más que ternura, y la ternura no es moneda corriente en el mundo cuando
+no va unida a la juventud y a la belleza. Los hijos cabían todos bajo
+una canasta. No quedaba más sostén que el abuelo; y a él volvieron los
+ojos.</p>
+
+<p>No los volvieron en vano. Con sus ochenta años a la cola salió
+a trabajar. Le admitieron como jardinero en una villa. Pero tuvo
+que ocultar cuidadosamente a su patrón que tuviese hija y nietos a
+quienes mantener. Ganaba un exiguo jornal y la comida; cuando <span
+class="pagenum" id="Page_52">p. 52</span>se la llevaban al pabelloncito
+en que estaba alojado, juntamente con los perros, y como un perro
+más, la ocultaba, y acechando la primera ocasión iba a llevarla a
+los nietecillos. Algunas veces se tardaba; los chicos, asomados al
+ventanuco, espiaban ansiosos su llegada con las bocas abiertas como
+gorriones. Al verle a lo lejos, palmoteaban de júbilo. «¡El abuelo! ¡El
+abuelo!», gritaban con todas sus fuerzas. La madre tendía el mísero
+mantel, y, lentamente, aquellas cinco criaturas consumían la ración
+del viejo, masticando despacio, recogiendo cuidadosamente las migajas
+y rociando los escasos manjares con grandes tragos de agua clara y
+fresca.</p>
+
+<p>Así pasó el tiempo; un día, el mayor de los nietos estuvo en edad
+de trabajar. El viejo, que no esperaba más que esto, se murió. Antes
+se hubiera muerto si antes le hubiera estado permitido morirse. Su
+heredero en la cotidiana fatiga era un mozalbete espigado, inteligente,
+audaz. Había visto bien la vida. Educado en el dolor, aspiró a
+libertarse de su terrible disciplina. No se resignaría; por resignado
+murió su padre y se agotó su abuelo. Desechó de su lado la ternura,
+la fatal ternura, la comprensión, que tantos impulsos detiene; la
+sobriedad, que tantas privaciones consiente. Trepó, agarrándose con
+las uñas y los dientes, y pronto se llegó a su madre y le echó con
+arrogancia en el regazo el fruto de sus piraterías. La madre se asustó
+un poco; pero cuando vio <span class="pagenum" id="Page_53">p.
+53</span>que salían de la miseria, alabó a Dios; por primera vez la
+vida les dejaba holgura para respirar y moverse.</p>
+
+<p>El hijo aquel se echaba valientemente por el mundo; reñía Dios sabe
+qué batallas y regresaba después con los suyos, llevando su presa en
+las garras. Con el bienestar la madre salió del sopor en que la miseria
+la tenía; se permitió echar un vistazo por el mundo y le pareció que
+era bastante mejor de como en sus cincuenta años se lo había imaginado.
+Se reconcilió con la vida, que al fin le hacía justicia y premiaba el
+sacrificio de los suyos; el padre, fuerte, y el esposo, honrado. Como
+tenía una vieja apetencia, contenida siempre, gozó acuciosa de cuantos
+goces le estaban aún permitidos; dio gracias al cielo, que así abría
+puertas a su vejez, y, merced a la fortuna del hijo, fue feliz. No supo
+nunca a ciencia cierta cómo ni de dónde venía aquel bienestar, aquel
+dinero. Lo traía su hijo; esto era todo lo que sabía. Aquel hijo que
+había tenido suerte. La bendita señora no atribuía más que a la suerte
+el triunfo de aquel hijo, acaso el más díscolo y menos cariñoso de
+todos, el más vicioso y rebelde, el que menos se lo merecía. Echaba de
+menos en él la ternura, la humildad, la continencia del abuelo y el
+padre. Pero le disculpaba, porque, a pesar de todo, tenía suerte, y, en
+definitiva, era el que les había sacado de la miseria.</p>
+
+<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_54">p. 54</span></p>
+
+<p>Cuando se trepa por sitios escarpados no es imposible caerse, y el
+hijo aquel se rompió un día las uñas y cayó. Lo recogió la Justicia.
+Un negocio sucio, una quiebra fraudulenta, un chantaje, una estafa,
+cualquier cosa. El asunto fue escandaloso, y la madre, vieja, se vio
+envuelta en el deshonor.</p>
+
+<p>Entonces salió de su apoteosis. No había sido la suerte la que le
+había dado el bienestar. Había sido el delito. La vergüenza le inundó
+el alma. Siempre pensó ella que aquel hijo le había salido malo. Se
+acordó de su vida de miseria, de su marido y de su padre, honrados,
+laboriosos, pobres, pobres hasta el sacrificio, hasta la muerte. Vio la
+esterilidad de aquellas vidas sacrificadas y enloquecida por el dolor
+se volvió furiosamente contra el hijo delincuente y no supo más que
+gritarle con todo el horror y la impiedad de su alma:</p>
+
+<p>—¡Infame! ¡Has deshonrado tu casta!</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+
+<div class="chapter" id="Ch111">
+ <h3 class="dcha ws1">CÓMO SE DESHACE<br> UN HOMBRE</h3>
+</div>
+
+<p>Quedó sin ocupar un asiento y ninguno de los que iban en las
+plataformas, renegando del agua y el frío, lo había visto. Claro.
+Estaba disimulado por el egoísmo esponjoso de aquel militar y aquella
+señora dilatada y por el instinto de aislamiento de aquellas dos
+beatitas que, en su deseo de no ser molestadas, parecían <span
+class="pagenum" id="Page_55">p. 55</span>estirar más que nunca sus
+tocas de cartulina. Allí había un sitio, sin embargo, y nadie lo había
+visto.</p>
+
+<p>Nadie, hasta que entró aquel hombre de los ojos claros, tan claros
+que parecía no ver. Tenía unas pupilas desteñidas, que no verían gran
+cosa, y además había bebido. Seguro que había bebido. Era sábado y la
+noche estaba ya bien entrada. No era preciso ser un lince para adivinar
+que al salir del trabajo se había rezagado en el rinconcito amable de
+alguna taberna. ¡Es tan agradable aguardar a que escampe ante un vaso
+de vino!</p>
+
+<p>Mirando con sus ojuelos claros y ligeros, con esa inconsistencia con
+que miran los hombres que todavía no están borrachos, pero que pronto
+han de estarlo, vio el sitio, su sitio, el asiento a que tenía derecho,
+y que aquellas gentes sin conciencia —el militar, la señora, las
+beatas— querían hurtarle. Se irritó un poco, y, tambaleándose, atravesó
+el pasillo y reclamó su puesto. Aquellos seres eran tan cobardes como
+egoístas; fingieron no haberse dado cuenta de que ocupaban un lugar de
+más, y refunfuñando se estrecharon y le dejaron sentar.</p>
+
+<p>—¡Pues no faltaba más! ¡Ajajá! Cada uno tiene su derecho. ¿Eh? Y se
+estaban tan calladitos...</p>
+
+<p>El hombrezuelo se arrellanó, levantó sus piernecillas zambas y se
+frotó los pies uno contra otro; dijo algunas impertinencias y se serenó
+pronto. Su vanidad estaba satisfecha.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_56">p. 56</span></p>
+
+<p>Los otros callaron, prudentes y llenos de enojo. Él parecía no
+advertirlo y comenzó a sonreír a diestra y siniestra, entornando los
+párpados con inocente malicia. Hubo un silencio fastidioso. Cada
+cual iba enfundado en sus preocupaciones. En el tranvía es donde la
+gente se siente más arisca, más dura y más distinta de la gente. Tan
+solo aquel hombrezuelo de los ojos claros pugnaba por establecer la
+cordialidad y entablar una corriente de comunidad afectiva entre
+aquellos hitos humanos, alineados en las banquetas del tranvía. Sus
+esfuerzos, al principio, eran infructuosos; nadie hacia caso de las
+miradas de través, las muecas y las sonrisas que venía repartiendo.
+Pensaban todos, muy serios y estirados, en sus negocios, sus hambres,
+sus pasiones o sus dolores. Logró, sin embargo, captar la atención
+de una muchachita de buen carácter —esto saltaba a la vista— que iba
+frente a él. Cuando advirtió el pobrete que alguien recogía sus deseos
+de expansión, debió alegrarse mucho. Aventuró primero una pregunta,
+y pronto su locuacidad llenaba el tranvía con pintorescas imágenes,
+carcajadas, comentarios ingeniosos, apostillas, pullas, reticencias y
+picardías. Estaba contento aquel hombrezuelo; muy contento. Y había que
+disculparle. No dejaba de ser simpática su alegría..., y contagiosa.
+Los más entreabrían un poco el portillo de su cordialidad. ¡Qué diablo
+de hombre! ¡Cómo se reía el indino! ¡Qué bocaza, sin dientes, más
+cómica abría en sus carcajadas!</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_57">p. 57</span></p>
+
+<p>¡El pobre! Se adivinaba que había estado trabajando toda una semana,
+padeciendo hambre y frío en el tajo, duelos y quebrantos en su casa,
+para aquella tarde del sábado cobrar unas monedas de jornal, que
+le tintineaban en el bolsillo, y beberse unos vasos de vino que le
+alborotaban en el exiguo meollo.</p>
+
+<p>No dejaba de tener gracia cuanto decía y comentaba. Hasta las
+beatitas estiraban los labios, a su pesar, entre la celosía de sus
+tocas almidonadas. Y el hombrezuelo aquel charlaba por los codos, reía,
+escandalizaba, se retorcía de gusto en su asiento, contemplando los
+estrafalarios botines de aquel señor o la pelerina de aquella buena
+señora. Era indudable que estaba bebido; un poquito bebido nada más. Se
+le podía soportar, sin embargo, salvando algunas de sus impertinencias.
+¡Qué diantre! El pobre hombre era feliz y daba gloria verle.</p>
+
+<p>¿Pues y las cosas que le dijo a una pobre mujer que luchaba a brazo
+partido con un ballenato de diez o doce meses, empeñado en dominar con
+sus magníficos alaridos el estrépito del viejo y desvencijado tranvía?
+Puso el paño al púlpito y durante diez minutos ensalzó donosamente
+su moral familiar, su autoridad paternal, la ley que había impuesto
+a sus hijos. Y todo esto, riendo, entre chistes y burlas, porque se
+sentía satisfecho y feliz. Era un gratísimo espectáculo el de la
+felicidad de aquel viejo trabajado, que hablaba <span class="pagenum"
+id="Page_58">p. 58</span>con alegría de su casa, de su pobreza, de su
+mujer y sus hijos.</p>
+
+<p>—¡Jamás me faltó al respeto ninguno de mis hijos! ¡A todos los
+eduqué en mi ley y mi conciencia! ¡Yo! ¡Yo! —y paseaba una mirada de
+triunfo sobre el concurso—. Todos mis hijos han sido honrados. Desde
+el primero hasta el último. Y cuenta que fueron quince. ¡Quince hijos!
+¡Yo! ¡Yo!</p>
+
+<p>—¡Eh, abuelo! Ese que grita —le interrumpió una voz dura y zumbona,
+que salía de un rincón del tranvía—. ¿Cuántos hijos ha tenido usted?</p>
+
+<p>—Quince. ¡Yo! ¡Quince!</p>
+
+<p>—¡Bah! —dijo, volviéndose despectivo hacia otro lado el que le había
+interrumpido—. Son muchos hijos para usted solo, abuelo. Algún otro
+habrá tenido parte.</p>
+
+<p>Nadie dijo más. El hombrezuelo calló, como por ensalmo. Se estuvo
+quieto, quieto, absorto. Abrió cuanto pudo los ojuelos, dilató las
+blanquecinas pupilas y se quedó mirando estúpidamente a quien con tanta
+crueldad le había herido. Hallose cara a cara con un mocetón cetrino y
+mal encarado, que, al reírsele en sus barbas, le enseñaba una fila de
+dientes blancos y afilados como los de un tigre.</p>
+
+<p>Nadie dijo más. Sobre todos gravitaba el ultraje, el bestial
+ultraje, que nada había justificado. Volvió <span class="pagenum"
+id="Page_59">p. 59</span>a enfundarse cada cual a sus preocupaciones,
+la hostilidad surgió de nuevo y el hombrezuelo se encontró desamparado,
+frente a frente con su agresor.</p>
+
+<p>Largo rato estuvo mirándole a los ojos con una mirada inexpresiva y
+pesada. ¿Que ocurría en su alma en aquellos instantes? ¿Qué furiosos
+deseos de matar no le acometerían? ¿Qué terrible amargura le subió del
+fondo del alma a los labios? ¿Qué vergonzosa duda galopaba desandando
+el camino ya recorrido de su vida y ganándole en cada segundo un año
+entero de los que para él habían transcurrido antes en la confianza?
+¡Cómo debió derrumbarse aquella felicidad agresiva que venía volcando a
+torrentes!</p>
+
+<p>Dejó caer la cabeza sobre el pecho y no dijo más. A poco le asomaron
+a los ojos desteñidos dos lágrimas de rabia e impotencia —¡quién sabe
+si de resignación!—, y antes de que corrieran bañándole los surcos de
+las mejillas, se levantó, y como un autómata descendió del tranvía.
+Sus piernecillas zambas y endebles le llevaron vacilante hasta las
+callejuelas cuyas sombras habían de tragársele para siempre.</p>
+
+<p>(Esto se debía titular <i>Historia de un asesinato</i>).</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+
+<div class="chapter" id="Ch112">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_60">p. 60</span></p>
+ <h3 class="dcha ws1">BIOGRAFÍAS<br> CONTEMPORÁNEAS</h3>
+</div>
+
+
+
+<h4 id="Ch11201"><i>El millonario.</i></h4>
+
+<p>Chico para recados se ofrece. Muy listo y formal. Sabe leer,
+escribir y de cuentas.</p>
+
+<p>Taquígrafo-mecanógrafo muy práctico, modestas pretensiones.
+Inmejorables referencias.</p>
+
+<p>Joven de gran experiencia comercial aceptaría administración o
+gerencia de negocio importante, depositando fianza.</p>
+
+<p>Necesito socio capitalista para gran empresa industrial que rendiría
+cuantiosos beneficios. Absolutas garantías.</p>
+
+<p>Caballero buena presencia, sólida posición, casaría con señorita
+acaudalada de padres nonagenarios. Preferiría huérfana.</p>
+
+<p>Emisión de acciones de la A. I. C. P., Compañía anónima para la
+explotación de las minas de salchichón de Vallecas. Capital: 10.000.000
+de pesetas.</p>
+
+
+<h4 title="La estrella" id="Ch11202"><span class="pagenum" id="Page_61">p. 61</span><i>La estrella.</i></h4>
+
+<p>Oficiala de sastre, muy aventajada, se ofrece. Sabe zurcir
+primorosamente.</p>
+
+<p>Se desearía saber el paradero del joven X. X., antiguo y consecuente
+estudiante del tercer curso de Medicina, para informarle de un asunto
+de familia y hacerle cargo de un pequeño recuerdo.</p>
+
+<p>Joven se ofrece para camarera en Madrid o provincias. Atrayente
+figura, trato delicioso.</p>
+
+<p>Tanguista. Lujosísima presentación. Cocainómana y morfinómana.
+Patina sobre hielo y domina el paso del camello.</p>
+
+<p><span class="sc">Aurora boreal.</span> — Danzas exóticas y
+corruscantes. Decorado propio. Juventud, belleza, arte.</p>
+
+<p>Señora honesta y retirada del mundo, millonaria y de buen ver
+todavía, desea contraer matrimonio con título del reino, con o sin
+grandeza, aunque se halle en precaria situación.</p>
+
+
+<h4 title="El que pasa sin enterarse" id="Ch11203"><span
+class="pagenum" id="Page_62">p. 62</span><i>El que pasa sin
+enterarse.</i></h4>
+
+<p>Ha dado a luz un robusto niño la esposa de nuestro distinguido
+amigo don H. P. Tanto la madre como el recién nacido se encuentran en
+perfecto estado.</p>
+
+<p>En los exámenes del quinto año del bachillerato ha obtenido
+brillantes calificaciones el aprovechado joven don H. P. P.</p>
+
+<p>En reñidas oposiciones ha obtenido la plaza de auxiliar del Cuerpo
+Facultativo de Camelos del Estado el distinguido joven don H. P. P., a
+quien auguramos una brillante carrera administrativa.</p>
+
+<p>Pérdida de una perrita de color canela, con un lucero en la frente
+y el rabo cortado. Atiende por «Vidita». Quien la entregue a su dueño,
+don H. P. P., será gratificado.</p>
+
+<p>Se ha concedido la banda del Águila Real al distinguido funcionario
+del H. P. P. El Estado ha querido premiar así sus altos méritos y sus
+dilatados servicios.</p>
+
+<p>En la mañana de ayer falleció el ilustre jefe de negociado don H. P.
+P. Fue un probo funcionario, un <span class="pagenum" id="Page_63">p.
+63</span>esposo ejemplar y un padre amantísimo. Descanse en paz.</p>
+
+
+<h4 id="Ch11204"><i>Higinia.</i></h4>
+
+<p>Cocinera para casa grande se ofrece, con derecho a salida todos los
+domingos.</p>
+
+<p>Pérdida en la Bombilla, el domingo último, de un broche, de gran
+valor para su dueña, por ser recuerdo de familia.</p>
+
+<p>Las mejores chuletas de huerta las vende Higinia en su puesto de la
+plaza del Progreso. Se guisan callos con esmero.</p>
+
+<p><span class="sc">Higinia López</span>. — Comidas y casa de dormir.
+Cubierto, 1,25; habitación, 10 pesetas, y una peseta con o sin.</p>
+
+<p><span class="sc">Pensión Higinia</span>. — Caballeros estables,
+trato de familia. Toda clase de comodidades.</p>
+
+<p><span class="sc">Higinia Palace</span>. — El mejor hotel de España.
+Todo lujo. Brasserie, jazz-band, té danzant. Cenas aristocráticas.</p>
+
+
+<h4 title="El equivocado" id="Ch11205"><span class="pagenum"
+id="Page_64">p. 64</span><i>El equivocado.</i></h4>
+
+<p>Bachiller en Ciencias y Letras necesita empleo decente. Laboriosidad y
+honradez.</p>
+
+<p><span class="sc">Hallazgo de una cartera</span>. — En mi domicilio,
+Pez, 88, se halla, a disposición de quien acredite ser su dueño,
+una cartera que contiene 20.000 pesetas y ha sido hallada en la vía
+pública.</p>
+
+<p>Necesito préstamo de 50 duros con mi garantía personal. Pagaría
+altos intereses.</p>
+
+<p><span class="sc">Inventor</span>. — Vendo en 1000 pesetas el secreto
+de un invento maravilloso para hacerse millonario en quince días.</p>
+
+<p><span class="sc">Un libro interesante</span>. — Se ha puesto a la
+venta el libro de versos <i>Zarza florida</i>, original del fecundo
+poeta e infatigable proyectista...</p>
+
+<p><span class="sc">Caridad</span>. — Se suplica a las personas
+caritativas acudan en auxilio de un pobre hombre, inventor infeliz y
+arbitrista fracasado que se halla paralítico, viudo y con seis hijos,
+en un sotabanco de la calle de...</p>
+
+<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div>
+
+<p>Esta es la verdad, la única verdad. En la vida no <span
+class="pagenum" id="Page_65">p. 65</span>hay más que media docena
+de anuncios; esos seis anuncios son lo único notable de nuestra
+existencia. Todo lo demás son complicaciones inventadas por los
+literatos y los filósofos, gentes absurdas que no tienen nada que hacer
+y se divierten enredándonos.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+
+<div class="chapter" id="Ch2">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_67">p. 67</span></p>
+ <h2 class="nobreak fs120 g0 ws1">VIDAS CURIOSAS<br>
+ DE VARIAS MUJERES<br>
+ SIN IMPORTANCIA</h2>
+</div>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+
+<div class="chapter" id="Ch201">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_69">p. 69</span></p>
+ <h3 class="dcha ws1">LOS ZARCILLOS</h3>
+</div>
+
+<p>No fue que las mayores la abandonaran, no. Salió con ellas del
+colegio, y, cogida de la mano, llegó hasta la plazuela. Después,
+como ocurre en todas las grandes catástrofes, las versiones eran
+contradictorias. Hay quien dice que ella sola se escapó por las
+callejuelas prohibidas; otros afirman que se quedó embebecida ante la
+cacharrería, y otros, en fin, aseguraban que se durmió allí mismo, en
+aquel portal, donde ya anochecido la encontró su madre.</p>
+
+<p>Lo cierto y verdad era que llegó a la plazuela con las mayores; pero
+se pusieron a jugar como unas locas y se olvidaron de ella. Era aún
+muy pequeñita, y, además, tenía un alto concepto de sí misma, por lo
+que se alejó sin sentimiento de aquella turbamulta, yéndose pasito a
+paso hacia el zaguán escondido en el fondo de la plazuela, donde estuvo
+revisando sus conceptos del mundo y de la vida. Una personita de una
+vara tiene que resolver por sí sola muy arduos problemas de filosofía
+si quiere aparecer sensata.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_70">p. 70</span></p>
+
+<p>Los académicos, los profesores, la gente grave y empingorotada del
+mundo han dado al acto de reflexionar una exagerada importancia; y
+si decimos que aquella chicuela de cuatro años estaba reflexionando,
+se volverán contra nosotros. Reflexionaba, sin embargo, y puestos de
+acuerdo su corazón de pichoncillo y su cabeza de chorlito, convenían
+en reconocer que la vida es francamente grata. Complacíala aquella
+suavidad del atardecer, el oro viejo del sol que se posaba en las
+azoteas y los miradores, la cantata de la viudita del conde Laurel,
+que quiere casarse y no encuentra con quién, y, sobre todo, aquella
+libertad de moverse y reírse, ganada en las interminables horas de
+inmovilidad y silencio que el colegio imponía. No podía dudarse de que
+la vida es buena.</p>
+
+<p>Para que no le faltase nada, llegó con pasos quedos hasta ella
+una pobre mujer, arrebujada en un mantoncillo sucio, que, mirándola
+fijamente, le dijo admirativa y cariñosa:</p>
+
+<p>—¡Oh, qué niña más bonita!</p>
+
+<p>Había algo extraño en los ojos de la mujer del mantoncillo, y la
+niña debió advertirlo. Pero aquellos cuatro palmos de persona tenían ya
+su buena ración de vanidad y se rindió al halago.</p>
+
+<p>—Sí, señor, bonita; muy bonita —siguió diciendo la mujer, mientras
+la chicuela se ruborizaba, encogidita de vergüenza.</p>
+
+<p>Mentía la mujer; la chiquita era fea: tenía las piernas <span
+class="pagenum" id="Page_71">p. 71</span>delgadas y negras, la boca
+grande, las orejas despegadas. Tal vez por esto fue más sensible a la
+adulación y desechó toda sospecha.</p>
+
+<p>—¿Me quieres dar un beso, preciosa? Ven acá, hija mía; ajajá. ¡Qué
+linda! —y la besuqueaba melosa, dejándole sobre la carilla exangüe la
+saliva congelada de su bocaza.</p>
+
+<p>—Así me gustan a mí las niñas, tan seriecitas. ¿Ves? Por eso te
+quiere tanto tu mamá y por eso te peina y te compone. Por buena; por
+buena te ha comprado estos zarcillos tan bonitos, ¿verdad?</p>
+
+<p>La chicuela asentía complacida, y, sin poder dominar su orgullo,
+ladeó la cabeza, mostrando la orejita traslúcida y el zarcillo de coral
+fino que le cosquilleaba en el cuello.</p>
+
+<p>—¡Preciosos! ¡Preciosos! —exclamaba la mujer—. Yo tengo una niña tan
+bonita como tú y voy a comprarle unos zarcillos iguales.</p>
+
+<p>—¿Tú tienes una niña?</p>
+
+<p>—Sí, tengo una; pero la pobrecita no tiene zarcillos.</p>
+
+<p>—Cómprale unos como estos.</p>
+
+<p>—Sí que se los compraré. Pero ¿cómo voy a encontrarlos tan bonitos?
+Verás, déjame esos; voy a la tienda, compro unos iguales y después te
+traigo los tuyos, ¿quieres? Mi niña se pondrá tan contenta... Anda,
+dámelos.</p>
+
+<p>La chicuela, complaciente, mostró otra vez la orejita <span
+class="pagenum" id="Page_72">p. 72</span>y la mujer abrió el broche
+y sacó el zarcillo. Buscó el otro, ya con cierta brusquedad, y, al
+cogerlo, tiró nerviosamente, amenazando romper el lóbulo. Dos grandes
+lágrimas aparecieron en los ojos de la niña. Iba a llorar; pero la
+mujer la consoló, diciéndole:</p>
+
+<p>—No llores, tonta; te los traeré en seguida. Espérame aquí;
+espera...</p>
+
+<p>Y se marchó; la niña la vio cómo corría. Pensó en la alegría que
+recibiría la otra niña, la hija de aquella buena mujer, y, sacando del
+bolsillo unos guijarros blancos, se puso a jugar, tirándolos hacia lo
+alto y recogiéndolos con la misma mano.</p>
+
+<p>—Una, dos; una, dos, tres, cuatro; una, dos...</p>
+
+<p>Cuando echó una ojeada a la plazuela se habían ido ya todas las
+niñas. ¿Tardaba la mujer? No, todavía no. Siguió jugando.</p>
+
+<p>—Una, dos, tres; una, dos; una, dos, tres...</p>
+
+<p>Pasó el farolero con su gran palo sobre el hombro; se iluminaron los
+balcones de la plazuela y el frío empezó a rondarle las piernas. ¿No
+vendría la mujer? Sí, sí vendría; le había dicho que la esperara.</p>
+
+<p>—Una, dos; una, dos, tres, cuatro...</p>
+
+<p>El último pájaro de la tarde, perdido su nido, anduvo revoloteando
+a la desesperada por la plazuela; aterrorizado, volaba sin tino,
+chocando contra las paredes, metiéndose en los zaguanes, abatiéndose
+sobre <span class="pagenum" id="Page_73">p. 73</span>el empedrado. Por
+fin encontró su camino y se fue. Ya no volvió a oírse en la plazuela
+olvidada más que el fuerte compás de unos pasos que de tiempo en tiempo
+la cruzaban.</p>
+
+<p>La chicuela empezó a temer. ¿A qué? No lo sabía; tal vez a todo:
+al ruido y al silencio; a la luz y a las sombras. A todo, menos a la
+sospecha de que la mujer no volviera. ¡Cómo no había de volver, si se
+llevó sus zarcillos y tenía que traérselos! Su confianza era ciega,
+absoluta. Volvería; tarde o temprano, volvería. Hay que tener cuatro
+años para creer así.</p>
+
+<p>En tanto, la madre, sobresaltada, iba buscándola calles y plazas.
+Cuando la encontró estaba muy acurrucadita en el umbral, jugando
+maquinalmente con sus guijarros blancos.</p>
+
+<p>—Uno, dos, tres; uno, dos...</p>
+
+<p>Le contó el caso, y la madre, congestionada, puesta en jarras,
+prorrumpió en dicterios:</p>
+
+<p>—¡Puerca! ¡Ladrona! ¡Robar a una niña inocente!</p>
+
+<p>La chica no se explicaba con claridad todo aquello y siguió
+sentadita en el umbral.</p>
+
+<p>—Y tú, tonta —la interpeló la madre—, ¿qué haces ahí todavía? Anda
+para casa.</p>
+
+<p>—¿A casa? —preguntó horrorizada la chiquilla—. ¡A casa, no! Yo tengo
+que esperar a que esa mujer me traiga los zarcillos.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_74">p. 74</span></p>
+
+<p>Ya no anduvo la madre con contemplaciones. La agarró de un brazo y a
+rastras se la llevó de allí.</p>
+
+<p>Furiosa, la chicuela gritaba:</p>
+
+<p>—¡Que no, que no! ¡Que tengo que esperar a que me traigan mis
+zarcillos!</p>
+
+<p>Tardó mucho tiempo, años quizá, en desechar la idea de que había
+perdido sus zarcillos porque no la dejaron esperar a que volviese la
+mujer. Tardaría, ¿por qué no? Pero volver, ¡vaya si debió volver!</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+
+<div class="chapter" id="Ch202">
+ <h3 class="dcha ws1">POR ENCIMA<br> DE LA VOLUNTAD</h3>
+</div>
+
+<p>La hija tenía la misma cara bobalicona y redondita que debió tener
+su papá; aquel papá remoto, que ganaba un sueldecito decente, y se
+murió muy joven porque carecía de la consistencia necesaria para
+vivir a cuerpo limpio. La madre, en cambio, tenía una dureza, una
+caracterización, una angulosidad sospechosa, que la delataba, a pesar
+de sus carnes fofas y del modo inocentón y beato con que se prendía
+su velo, sujetándole al pecho con un viejo alfiler de plata, en el
+que se leía su nombre. Los comerciantes inteligentes no se dejaban
+engañar, y al exponer ante ella sus telas, su bisutería o sus joyas,
+les asaltaba el temor de que aquella mujerona, no obstante su empaque y
+la sobriedad de sus movimientos, fuera la mechera, la terrible mechera,
+que da pesadillas a <span class="pagenum" id="Page_75">p. 75</span>los
+dependientes novatos y es para los dueños de tienda la personificación
+de todas las perversiones morales y el grado más alto de la escala de
+la delincuencia. Pero les desarmaba la carita inefable de la hija,
+sus blusitas claras, su modosería y aquel airecillo de coquetuela
+inocentona, que hacía de ella la novia ideal de todos los horteras.</p>
+
+<p>Eran mecheras, sin embargo, la madre y la hija. Hacía varios años
+que ejercían esta profesión, casi como único medio de subsistencia,
+y era maravilloso que en tanto tiempo ni una sola vez hubiesen sido
+descubiertos sus hurtos; entraban en las tiendas, pedían artículos
+extraños y caprichosos, tentujeaban, desesperaban al comerciante, y,
+en el momento propicio, la madre ocultaba sabia y precipitadamente la
+pieza de encaje costosísimo, la perla, el brillantito o el reloj de
+pulsera. Otras veces, ante las mismas narices del dependiente, la madre
+daba el objeto robado a la hija, que lo escondía entre los pliegues
+de su blusilla de adolescente, mientras paseaba una mirada distraída
+por las anaquelerías, mostrando su cara de pascuas tranquilizadora.
+La madre fingíase miope, y en las joyerías, otras veces, acercábase
+exageradamente a los ojos las pequeñas bateas en que los joyeros le
+mostraba sus piedras preciosas, y con la punta de la lengua sorbíase
+alguna, que, a partir de aquel momento, pasaba a formar parte de los
+bienes de la familia.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_76">p. 76</span></p>
+
+<p>Vivían muy modestamente, a pesar de sus malas artes y de lo que la
+chica cosía a destajo para algunas tiendas de ropa blanca. A poco de
+morir el padre hubieran podido cambiar de fortuna; un señor influyente,
+que había protegido, con la ruin protección de nuestros días, al
+cabeza de familia, hizo a la madre determinadas proposiciones que
+debían ser aceptadas por la hija. El señor influyente daba toda clase
+de seguridades y sugería a las dos infelices las vistas panorámicas
+de un bienestar duradero. No aceptaron, sin embargo; hasta llegaron
+a escandalizarse; ellas eran honradas, de una honradez secular,
+vinculada en la familia, a través de las generaciones; gozaban de un
+crédito intachable entre la vecindad y pasarían por todo antes que por
+«aquello», sufriendo grandes miserias. El éxito de un día, ese día en
+que el hambre, no teniendo qué devorar, se engulle los valores morales,
+las empujó a la reincidencia, en su oficio de mecheras, y como hasta
+entonces les había salido bien...</p>
+
+<p>Eran honradas, sin embargo, la madre y la hija, si se las miraba por
+la otra cara de la honradez, por la que más cuidadosamente se mira a
+las mujeres. Tenían fe en el porvenir; esperaban siempre su liberación,
+y cada vez que cometían un latrocinio lo hacían creyendo formalmente
+que sería el último a que la vida les obligaría.</p>
+
+<p>Pero, como era lógico, alguna vez tenía que surgir la catástrofe.
+Al fin fueron descubiertas un día en el <span class="pagenum"
+id="Page_77">p. 77</span>momento en que la madre ocultaba entre los
+cabellos un alfiler de corbata; detenidas y conducidas a la comisaría
+próxima, se les registró, encontrándose la alhaja robada bajo el manto
+beato de la madre. Pasadas veinticuatro horas, el juez mandó a la
+cárcel a la madre y dejó a la hija en libertad, bien por no haberse
+podido probar su delincuencia, bien por lástima, si es que los jueces
+son capaces de ella.</p>
+
+<p>Durante algunos días la muchacha estuvo en un estado tal de
+inconsciencia, que de nada pudo hacerse cargo. El estupor de la
+desgracia había abierto aún más sus ojazos y acentuado la inexpresión
+de su cara redonda. Día y noche torturose pensando en las angustias de
+la madre encarcelada, en su propia soledad y desamparo y en el deshonor
+que había caído sobre ellas. Cuando logró alguna lucidez no halló más
+camino de salvación que buscar a aquel señor influyente que había sido
+amigo y protector de su padre, contarle toda la verdad e impetrar su
+auxilio en favor de la pobre madre encarcelada.</p>
+
+<p>El señor influyente recibió a la muchacha alborozado; escuchó
+benévolo la vergonzosa historia, aseguró que todo se arreglaría
+felizmente, y, con exquisito tacto, renovó sus proposiciones de otro
+tiempo. No había podido desechar la obsesión que la belleza dulzona
+de la muchacha le produjera, y si antes había cejado en su empeño, la
+ocasión venía ahora a favorecerle y a renovar el deseo tanto tiempo
+insatisfecho, <span class="pagenum" id="Page_78">p. 78</span>sin cargo
+alguno de conciencia, pues para el deshonor de aquella hija de ladrona
+era alta honra la intimidad que el caballero honorable le brindaba.</p>
+
+<p>La muchacha, confusa, avergonzada, resistió sin fuerzas y aplazó su
+resolución hasta el día siguiente. Aquel mismo día vio a su madre en el
+locutorio de la cárcel, y ambas lloraron largamente, separadas por la
+reja. Después volvió la madre a su celda y lloró más amargamente ahora,
+con la cabeza cenicienta entre las palmas de las manos.</p>
+
+<p>Al anochecer, el caballero influyente debía pasar por el cuartito
+humilde de la muchacha; saldrían y la acompañaría a cenar. Durante la
+tarde ella estuvo vistiéndose sus trapitos mejores; maquinalmente se
+peinó y adornó con esmero, y se puso en la cara sus polvos baratos y en
+el pecho su agua de colonia desteñida. Llegó la hora, con ella un simón
+y en él su protector.</p>
+
+<p>Fueron a un restaurante elegante; la muchacha estaba silenciosa,
+estupefacta; veía los fraques recortados de los camareros, admiraba la
+extremada cortesía de los hombres elegantes y sentía envidia frente
+a la aureola que circundaba a las mujeres hermosas. Comparó esto con
+aquello; aquello era el trabajo no remunerado, las miseriucas del
+hogar, el delito, el deshonor, la cárcel... Y salió corriendo. La
+empujaba, la hacía huir una invencible repugnancia, una aversión <span
+class="pagenum" id="Page_79">p. 79</span>arraigada en la masa de sangre
+y más fuerte que su voluntad rendida.</p>
+
+<p>La madre cumplió condena en la cárcel; una condena durísima,
+impuesta por un jurado de tenderos y negociantes.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+
+<div class="chapter" id="Ch203">
+ <h3 class="dcha ws1">LA MUJER A QUIEN<br> ROBARON EL ALMA</h3>
+</div>
+
+
+<h4 class="romano">I</h4>
+
+<p>Ya a punto de casarme, advertí que no sentía el menor afecto
+por mi prometida. No; decir esto tal vez sea inexacto; la seguía
+queriendo pero... había ocurrido una transmigración; un pequeño lío. Me
+explicaré.</p>
+
+<p>Mis relaciones amorosas con la que debía ser mi mujer tenían ya seis
+años de fecha. En este tiempo pude convencerme de que mi elección había
+sido acertada. Cada día de los transcurridos me había revelado una
+nueva virtud de mi prometida que al cabo del tiempo llegó a mostrarse
+tal y como yo la había soñado. Con todas aquellas buenas cualidades
+y aun —¿por qué no decirlo?— con aquellos vicios y defectos que me
+hubiese agradado encontrar en mi mujer ya que la ilusión amorosa, hasta
+la más pura, tanto se alimenta de vicios como de virtudes. Parecía como
+si una benévola deidad hubiese ido dotando a aquella mujer de todos
+<span class="pagenum" id="Page_80">p. 80</span>los atributos que a mi
+imaginación se le antojaban. Y, sin embargo, estuve a punto de adquirir
+la certidumbre de que me era en absoluto indiferente.</p>
+
+<p>Pasaba las tardes junto a ella sumido en una verdadera inconsciencia
+y todavía recuerdo con horror el desgano, la acedía de aquellas
+interminables entrevistas con mi novia en los últimos tiempos. La
+madre, atenta a las faenas de la casa, andaba de acá para allá
+deslizándose suavemente sobre su zapatillas de orillo; a veces nos
+dejaba solos y a veces nos quedábamos en compañía de mi cuñadita, una
+chicuela alborotada, seis años más joven que mi prometida, que nos
+entretenía con sus cancioncillas, sus bromas y su melosería. Cuando
+ella estaba con nosotros la escena era soportable, pero cuando mi novia
+y yo nos quedábamos solos la tirantez, la violencia de mi situación
+era insufrible. Mi novia con una constancia irritante bordaba un ajuar
+eterno. Me parecía que llevaba miles de años viéndola enlazar nuestras
+iniciales que adoptaban ya posturas descoyuntadas y francamente
+obscenas para hacer gráfica y ostensible nuestra futura unión.</p>
+
+<p>—¿Qué tienes? ¿Estás malo? —me preguntaba.</p>
+
+<p>—No.</p>
+
+<p>—¿Triste?</p>
+
+<p>—Pse.</p>
+
+<p>—¿No me quieres?</p>
+
+<p>—Sí.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_81">p. 81</span></p>
+
+<p>—¡Cómo te aburres a mi lado!...</p>
+
+<p>—No.</p>
+
+<p>Felizmente mi cuñadita hacia irrupción en la sala y con sus mimos
+y sus risas el ambiente me parecía más respirable; evitaba ella al
+interponerse entre mi novia y yo aquella sensación clara de asfixia que
+al verme a solas con mi prometida no podía desechar. Y así matábamos el
+tiempo.</p>
+
+<p>Al principio no me di cuenta cabal de lo que me sucedía; a pesar del
+agobio, del verdadero tormento que para mí representaba el continuar
+aquellas relaciones, jamás pensé en cortarlas. Iba por las tardes a
+casa de mi novia empujado por una fervorosa ilusión; la misma ilusión
+que me llevó hacia ella seis años antes. No habían cambiado en nada
+mis sentimientos. Me precio de ser un hombre sensato, sé el verdadero
+valor de las pasiones, conozco mi consecuencia, mi lealtad a mis
+propios sentimientos y aquel desgano para con mi prometida, aquel
+cansancio, aquel aburrimiento que me dominaban por encima de toda
+reflexión, y aun soterrando arbitrariamente una ilusión, una ternura
+y un deseo insatisfechos, vivos allá en el doble fondo de mi ser,
+me irritaban hasta el punto de dejarme sumido en una perplejidad de
+idiota. No podía convencerme, por más que hacía, de la realidad de
+aquel desamor. ¡Claro! ¡Como que no había tal desamor! ¡Como que lejos
+de haberme cansado de mi prometida —al fin lo supe—, cada día la <span
+class="pagenum" id="Page_82">p. 82</span>deseaba más! Sino que no en
+ella..., en su hermana.</p>
+
+<p>Seis años se llevaban mi novia y mi cuñadita y seis años tenía de
+fecha mi noviazgo. ¿Qué había de extraño en el hecho de que, andando el
+tiempo, a punto ya de casarme, encontrase, no en mi novia sino en su
+hermana seis años más joven que ella, aquella gracia, aquel indefinible
+encanto que fueron el acicate de mi amor? Charlando lánguidamente con
+mi prometida observaba codicioso a mi cuñadita, acechaba sus gestos
+y sus ademanes, escudriñaba su alma y, para tormento de la mía,
+encontraba en ella, con prodigiosa fidelidad, los mismos atractivos
+que antes me arrastraron hacia la hermana, entonces tan distinta y
+tan alejada de sí misma. No estaba en mí la inconsecuencia; no era
+una versatilidad de mi carácter; yo era el mismo, siempre fiel a mis
+apetencias. Era ella la que había transmigrado su gracia a la hermanita
+adolescente.</p>
+
+
+<h4 class="romano g0">II</h4>
+
+<p>Soy profesor de filosofía, joven profesor de filosofía, y estoy
+ya a cien leguas de Kant y de su imperativo categórico. No encontré,
+pues, razones bastantes en mi ciencia para renunciar a mi amor por
+la pequeña. Además, el parecido físico de mi cuñadita a mi novia se
+completó con la semejanza espiritual. Advertí alborozado que así
+como antes yo había sido del <span class="pagenum" id="Page_83">p.
+83</span>agrado de la hermana mayor, ahora era recibido por la más
+pequeña con el mismo agrado, con idéntica ternura. Si eran una y la
+misma, ¿cómo hubiera podido ser que una me quisiera y la otra no?</p>
+
+<p>No sabría decir exactamente cómo se reveló nuestro amor. Desde el
+primer momento ella y yo lo tomamos como cosa sabida, como viejos
+amantes que éramos, entre los que por algún tiempo se hubiese
+interpuesto una ausencia. Recuerdo que una tarde mi cuñadita me
+acompañó por el pasillo hasta la escalera. Siempre, al despedirme, le
+dedicaba una breve caricia fraternal: aquella tarde, no sé por qué,
+sin el alucinante trémolo de las iniciaciones de amor, naturalmente,
+con absoluta serenidad, la cogí por la cintura y la besé en la boca
+con ese sosiego, con ese regodeo con que besamos los labios que han
+sido nuestros muchas veces. Ella no se inmutó tampoco; esperaba,
+seguramente, aquel beso desde hacía mucho tiempo.</p>
+
+<p>—Adiós.</p>
+
+<p>—Adiós; no dejes de venir mañana.</p>
+
+<p>Ni una palabra más. La hermana quedó para siempre ensombrecida,
+difuminada; ya nunca volví a verla con netitud; era como una
+sombra sobrenatural, un alma en pena que bordaba un ajuar eterno.
+Esquivándola, rehuyendo su inoportuna presencia, mi cuñadita y yo
+cubrimos en desenfrenada carrera las primeras etapas de nuestra
+pasión.</p>
+
+<p>Fue milagroso que mi prometida no advirtiese lo <span
+class="pagenum" id="Page_84">p. 84</span>que ocurría. A ninguna mujer
+se le hubiese ocultado aquella traición; pero mi prometida no era
+realmente una mujer, era una supervivencia, un pobre cuerpo sin alma.
+El alma, única e indivisible, había huido de su cuerpo endurecido por
+el tiempo para aposentarse en la blanda y armoniosa envoltura carnal de
+mi cuñadita. Había que creer en la transmigración de las almas.</p>
+
+<p>Esta acomodaticia creencia aventó todos mis escrúpulos y mis
+remordimientos. Me entregué por completo al amor de la pequeña y fui
+feliz. Es difícil comprender mi felicidad de entonces.</p>
+
+
+<h4 class="romano g0">III</h4>
+
+<p>Imaginad que poseéis un tesoro y que el tiempo os ha ido arruinando
+insensiblemente mientras pasabais hambre y sed por conservarlo intacto.
+Esto es lo que me había ocurrido con mi novia; en seis años su lozanía,
+su gracia, su frescura, se habían perdido para siempre y cuando al fin
+me hallaba en situación de desposarla la encontraba dura ya, reseca,
+envejecida. El caudal de mi felicidad se me había ido de entre las
+manos sin acercarlo a mi boca sedienta. ¡Qué alegría cuando lo vi
+renacer por un verdadero milagro en las formas blandas y armoniosas de
+mi cuñadita adolescente!</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_85">p. 85</span></p>
+
+<p>Gozamos mucho. Por las mañanas nos veíamos en el fondo de los
+jardines más escondidos y penumbrosos de la urbe. Eran las horas
+limpias y claras de nuestro amor. Nos olvidábamos de todo y libres de
+remordimientos reíamos, reíamos inocentes como los chiquillos y los
+pájaros, comíamos golosinas, inventábamos travesuras y nos alegrábamos,
+con una alegría tan sana que yo pensaba al recordar, no sin esfuerzo,
+la tragedia de la otra, de la despojada del alma, si estaríamos
+privados de sentido moral, si habríamos extirpado en nosotros la
+conciencia.</p>
+
+<p>Por las tardes, en cambio, nuestro amor adquiría las negras tintas
+de la tragedia, las alucinantes sombras del pecado. Delante de mi
+prometida, más dura y más reseca cada vez, gozábamos también de nuestro
+amor, pero ya sin aquella fragancia matinal, saturados de dolor,
+revolcándonos criminalmente en el malsano placer de la traición,
+buscando nuestras manos por debajo de la mesa, y nuestras bocas en la
+penumbra de los pasillos. Fue esta plena conciencia del delito, este
+ambiente morboso, lo que nos empujó al uno contra el otro haciéndonos
+solidarios de una culpa irredimible y privándonos para siempre de
+aquella pureza inefable que tenía nuestro amor en los encuentros
+matinales orquestados por los pájaros y los niños reidores.</p>
+
+<p>Una noche, estando a solas con mi prometida hice una de aquellas
+furtivas salidas al pasillo, en cuyos recodos <span class="pagenum"
+id="Page_86">p. 86</span>poblados de sombras, siempre encontraba
+propicias a las palmas de mis manos las formas blandas de mi cuñadita.
+Allí, en la penumbra, estuvimos acariciándonos largamente. De súbito
+se abrió la puerta del gabinete y lanzó sobre el pasillo un rectángulo
+de luz en el que se recortaba netamente la silueta de mi novia. Avanzó
+hacia nosotros, que, mal disimulados por la sombra de unos cortinones,
+permanecimos sobrecogidos de espanto. Pasó a nuestro lado, alta,
+erguida, rígida, moviéndose a compás con un escalofriante automatismo.
+Miró hacia donde nosotros estábamos ¿Nos vio? Creo que nos miró sin ver
+o más bien que sus ojos nos vieron pero se negaron a llevar hasta la
+conciencia la terrible noticia de nuestra traición. No se enteró. No se
+hubiese enterado nunca la pobre «desalmada». Hay algo más fuerte que
+la realidad y ese algo, esa incapacidad de los sentidos para percibir
+lo que cae fuera de toda previsión, de toda preconciencia fue lo que
+encubrió nuestras liviandades. Así hubiésemos continuado sabe Dios
+cuánto tiempo a no haber sido por la concurrencia, solo por nosotros
+imprevista, de una circunstancia que nos forzaba a poner término a
+aquella situación dentro de un plazo fijo.</p>
+
+<p>Cuando por boca de mi cuñadita supe lo que ocurría, no tuve ni un
+momento de duda. Busqué una solución con ahinco, a la desesperada. Y
+la encontré. Era terrible; pero había que encontrarla y la encontré.
+<span class="pagenum" id="Page_87">p. 87</span>Días después, yo
+emprendía un inopinado viaje a provincias.</p>
+
+
+<h4 class="romano g0">IV</h4>
+
+<p>En una de esas ciudades escondidas, ciudades empozadas de las
+que apenas escapa de tiempo en tiempo un murmullo, caí enfermo. Así
+lo comuniqué en una carta a mi prometida. Dos días después recibí
+contestación suya. Era una carta llena de ternura y dolor en la
+que a vuelta de mil recomendaciones favorables a mi salud me pedía
+atemorizada diese por terminado mi viaje.</p>
+
+<p>Dejé pasar unas fechas y volví a escribir; seguía postrado en el
+lecho pero la enfermedad parecía ceder. A esta carta siguieron otras;
+en todas ellas daba cuenta detallada de mi enfermedad. Las respuestas
+de mi prometida llegaban hasta mí como gritos de angustia de un corazón
+que se deshacía en el dolor. Rasgaba los sobres de sus cartas con la
+fría convicción de que iba rompiendo un alma en pedazos. Pero ¿es que
+para mí tenía alma aquella mujer?</p>
+
+<p>En poco más de veinte días mi enfermedad sufrió varias alternativas
+que fueron otros tantos escalones hacia la gravedad de mi estado. A
+las cartas, cada vez más pesimistas por mi parte y más acongojadas
+por la suya, sucedieron los despachos telegráficos más breves y
+terribles a medida que avanzaban los días. La <span class="pagenum"
+id="Page_88">p. 88</span>gravedad llegó por fin a un límite extremo. Y
+fallecí.</p>
+
+<p>No me fue muy difícil dar una absoluta verosimilitud a mi muerte.
+Por fortuna, carecía de parientes próximos que hubiesen podido
+complicar el asunto y mis amigos eran tan pocos y tan superficiales que
+no había peligro de que descubriesen con su solicitud el fraude. Un
+pobre profesor de filosofía tiene por otra parte tan poca actualidad,
+tan poco relieve en el mundo que bien puede desaparecer de él sin dejar
+rastro de su humilde existencia. La familia de mi prometida hacía una
+vida tan retraída y aislada en el turbión de la metrópoli que jamás
+hubiese podido informarse de lo ocurrido allá en el fondo de una ciudad
+dormida en la que hasta los grandes hechos se apagan y enmudecen para
+dejar oír el confuso rumor de los siglos pasando y repasando sobre ella
+en históricas cabalgadas. Supe escoger a conciencia el lugar donde
+había de ocurrir mi fallecimiento.</p>
+
+
+<h4 class="romano">V</h4>
+
+<p>Por lo que después supe mi prometida me amaba más de lo que yo
+la creía capaz. Siempre tendré en mi vida el remordimiento, no ya
+de haberla hecho sufrir de aquel modo, sino de haber dejado que se
+perdiese y arruinase aquella ternura. ¡Hay ya tan poca ternura en el
+mundo!</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_89">p. 89</span></p>
+
+<p>En los primeros momentos de mi gravedad intentó volar a mi lado; de
+no haberlo impedido su hermana luchando con ella heroicamente, nuestra
+superchería se hubiese descubierto. Fue espantosa la lucha que mi
+cuñadita tuvo que sostener con ella para contenerla. Aún me maravilla
+imaginar la fuerza de voluntad, el tesón, la sobrehumana crueldad de
+aquella chiquilla que presenció hora tras hora el infinito dolor de su
+hermana con la impasibilidad de un dios. Empedernido es mi corazón,
+fríos y cerebralistas son mis movimientos en la vida, pero no hubiese
+sido capaz de contemplar día por día el espectáculo de aquella tragedia
+teniendo en mis labios la palabra reveladora que podía deshacerla como
+la espuma. Pero las mujeres —una mujer enamorada— están más allá del
+bien y del mal. Son como diosas, y por esta naturaleza divina, que
+las hace implacables, es acaso por lo que las adoramos. Al imaginar
+la inhumana crueldad de mi cuñadita para con mi prometida, siempre me
+estremezco de terror, y muchas veces he pensado si aquella chiquilla
+no sería un monstruo, privado de toda humana condición. Pero no;
+de su blanda humanidad, de su ternura, he tenido después infinitas
+pruebas.</p>
+
+<p>Hubo, sobre todo, en la alucinante procesión de aquellos días, en
+los que se desgarraba la vida de mi prometida, un momento culminante,
+cuya grandeza dramática fue superior a cuanto he conocido.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_90">p. 90</span></p>
+
+<p>Mi cuñadita y mi novia dormían en una misma habitación, separadas
+las dos camas virginales por una mesilla de noche en la que ardía
+una lamparilla, parpadeando sobre su lecho de aceite. Mi prometida,
+arrebujada en las sábanas, sollozaba, con unos sollozos largos,
+ahogados. Había recibido, por la tarde, uno de aquellos telegramas que
+iban despojándola de toda esperanza. Mi cuñadita, inmóvil, con los ojos
+muy abiertos, fijos en el techo, oíala gemir, contemplando insensible
+cómo la luz vacilante de la lamparilla luchaba a duras penas con las
+sombras, que por momentos parecía iban a vencerla y extinguirla.</p>
+
+<p>Pasaron las horas. Mi prometida seguía llorando, torciéndose
+de dolor, arremolinando sobre su cuerpo enfebrecido la revuelta
+cobertura.</p>
+
+<p>—Sosiégate, hermana —le decía mi cuñadita.</p>
+
+<p>—No; no puedo.</p>
+
+<p>—Sosiégate, duerme; no le pasará nada.</p>
+
+<p>—El corazón, hermana, me dice que está muy grave. Que va a morir.</p>
+
+<p>—No digas eso, hermana.</p>
+
+<p>—Sí; va a morir.</p>
+
+<p>—Te digo que deliras.</p>
+
+<p>—Va a morir.</p>
+
+<p>—Estás loca; anda, sosiégate.</p>
+
+<p>—Va a morir, va a morir.</p>
+
+<p>—No digas locuras. Vivirá, vivirá.</p>
+
+<p>—No; el corazón me ha dicho que le pierdo, y mi <span
+class="pagenum" id="Page_91">p. 91</span>corazón no me engaña nunca.
+¿Qué sabes tú de estas angustias?</p>
+
+<p>Guardó silencio la hermana, temblándole en los labios la palabra
+reveladora. ¿Qué fuerza, superior a ella misma, le hizo no decirla?</p>
+
+<p>Así llegó el conticinio; sobre la ciudad, dormida, pasó esa ráfaga
+de frío, precursora del amanecer. Siempre en este momento de la
+madrugada hay algo que cruje o chasca; algo vivo, persona, animal,
+vegetal o cosa que perece para siempre jamás.</p>
+
+<p>Las dos mujeres, adormecidas por el dolor, oyeron como en sueños
+aquel chasquido y abrieron los ojos alucinados.</p>
+
+<p>—¡Hermana! ¡Hermana! ¡Él ha muerto! —gimió mi prometida.</p>
+
+<p>—¡Ha muerto! ¡Ha muerto! —repitió la otra maquinalmente, obedeciendo
+a una irresistible sugestión. Y fue tan fuerte el latido de aquellas
+palabras, que ella misma, que estaba en el secreto, para desvirtuarlas,
+para no creer en ellas y volver a la realidad, tuvo que gritarse,
+tapándose la boca con la almohada: «No ha muerto. No ha muerto. Para
+mí, no ha muerto».</p>
+
+
+<h4 class="romano g0" title="VI"><span class="pagenum" id="Page_92">p.
+92</span>VI</h4>
+
+<p>La infeliz novia-viuda recibió pocos días después mi esquela
+de defunción, mi cartera, un mechón de mis cabellos —auténticos
+cabellos míos, que me hicieron lucir durante algún tiempo una
+terrible trasquiladura, que era como la marca infamante de un crimen—
+y algunos recuerdos más. Todo esto, que yo fríamente urdía en el
+cuarto desmantelado de mi fonda, perdida en los recovecos de aquella
+ciudad, disimulada en el mundo, causó horas de dolor imponderable a
+mi prometida. Solo imaginar el sufrimiento de aquella pobre mujer me
+crispa aún los nervios. Pero ¡no había más remedio! El tiempo corría y
+pronto mi cuñadita no podría disimular las señales de nuestro amor.</p>
+
+<p>Inmovilizada por el dolor, mi prometida dejó pasar los días sin frío
+ni calor para ella, sin nubes y sin sol; días muertos, que eran para
+la infeliz «desalmada» como un desfile eterno de almas en pena. Un
+poco más vieja todas las mañanas, acabó de arruinarse y extinguirse en
+poco tiempo. Guardó entonces bajo siete estados de la tierra su inútil
+canastilla de boda, enfundose en unas ropas negras y ya puede decirse
+que dejó de existir. Nuestro propósito estaba logrado. La habíamos
+matado y ya éramos libres.</p>
+
+<p>Dos meses después de mi fallecimiento solicité mi <span
+class="pagenum" id="Page_93">p. 93</span>traslado a otra ciudad no
+menos empozada y perdida que aquella, en la que se había fraguado la
+farsa de mi óbito. Hice mis preparativos con verdadera ilusión. Tomé
+en arrendamiento una alegre casita, encaramada en un altozano de las
+afueras, por cuyas laderas reptaban los naranjos y los olivos. Era en
+las tierras cálidas del sur y la cal viva de las paredes explotaba en
+la luz del sol, envolviendo en diafanidad los cuerpos y las almas.
+Así continué gozoso preparando mi felicidad minuciosamente, con esa
+inefable infantilidad, ese alborozo, que yo hasta entonces creí
+privativo de las almas limpias de pecado. Aderecé mi nido con unas
+cretonas claras y unos juguetillos divertidos. Cuando todo lo tuve
+dispuesto, me tumbé en una hamaca, encendí un cigarrillo y me puse a
+esperar sosegadamente.</p>
+
+
+<h4 class="romano g0">VII</h4>
+
+<p>Algunos días después de mi fallecimiento empezó a rondar a mi
+cuñadita un apuesto joven, cazado, acaso, por aquella diabla durante
+alguna de las misas que en sufragio por mi alma hizo decir mi malograda
+prometida. Por cierto que, a estas horas, no sé qué se habrá hecho de
+la intención de aquellas misas; algún ánima necesitada de sufragios
+y poco escrupulosa se las habrá adjudicado. Hago mención de <span
+class="pagenum" id="Page_94">p. 94</span>estas pequeñas cosas para
+que se vea hasta qué inconcebibles maquiavelismos era capaz de urdir
+aquella personilla enamorada. No sé si aquel inocente joven fue cazado
+con alevosía por mi cuñadita, ya con la intención preconcebida de
+destinarle al sacrificio, o si él mismo, o, mejor dicho, su implacable
+destino, sugirieron la diabólica idea a la muchacha, al ir hacia ella
+reiteradamente y estrecharla en el cortejo. Con alevosía o sin ella,
+supo mi cuñadita enzarzar en la red de sus miradas dulzonas de chicuela
+a aquel joven, digno de mejor suerte, que en pocos días hizo, llevado
+de su pasión, todas las estupideces necesarias para que la madre y la
+hermana le considerasen nocivo y amonestasen a la pequeña, pretendiendo
+obligarla a que no diese alas a la pasión de aquel joven insensato.</p>
+
+<p>El insensato estaba gozoso, que no cabía en el pellejo. Era un
+hombrecito rubio, blanco y blando, presumidillo, estiradete, con una
+gran ansia de gozar la vida, que entonces comenzaba a entrever, y sin
+dos adarmes de sal en la mollera. De haberlos tenido, no le hubiese
+podido hacer mi cuñadita la jugarreta que le hizo.</p>
+
+<p>¿Cómo se ingenió la muy indina para soliviantarle, hasta el punto
+de hacerle realizar las mayores gansadas, sin que ella llegase
+a comprometerse nunca? En pocos días le hizo entrar en la casa,
+hablar formalmente con la madre, pedir permiso para continuar <span
+class="pagenum" id="Page_95">p. 95</span>las relaciones y después
+cometer tal serie de inconveniencias y locuras que la buena señora,
+por buena y desentendida que fuera, no tuvo más remedio que plantarle
+de patitas en la calle. Ya estaba. El amor contrariado. Lo que ella
+necesitaba para su plan.</p>
+
+<p>Lloró, gimoteó y amenazó con suicidarse, todo con tanta propiedad,
+con tanta gracia, que la pobre madre llegó a creer firmemente en el
+infortunio de su hija empujada por un amor imposible. Diose tal maña,
+que supo hacer de un tonto un personaje diabólico, y de un capricho
+juvenil, un terrible apasionamiento. La madre y la hermana leían
+frecuentemente novelas. Y creyeron en la tragedia.</p>
+
+<p>Llegó a creer en ella el mismo inocente cortejador que, sin saber
+cómo, sin comerlo ni beberlo, se vio asimismo héroe novelesco, seductor
+terrible, fiero amante, capaz de todo por lograr su amor. Cuando el
+horno estuvo para bollos, aquel geniecillo del mal con faldas empezó
+a sugerir al mozo su atrevido plan en cartas que clandestinamente
+se cruzaban, y en furtivas entrevistas que iban arrebatando y
+enloqueciendo al pobre bobalicón, metido de hoz y coz en aquella
+maravillosa aventura.</p>
+
+<p>Pero nuestro hombre no era tan insensato como parecía. Náufrago en
+medio del oleaje pasional que le movía mi cuñadita se agarraba a la
+realidad como a un leño, y se resistía heroicamente a ser arrastrado.
+No quería seguir adelante. Ni él era un terrible seductor <span
+class="pagenum" id="Page_96">p. 96</span>ni el cristo que lo fundó,
+ni aquello debía tomar otros derroteros que los que son lógicos y
+naturales. Fueron precisas toda la astucia, toda la tenacidad y la
+malicia del mundo para desprender a aquel mastuerzo de la realidad, a
+la que se aferraba como un alcornoque a la tierra, balancearle en el
+vacío y lanzarle al espacio como un pelele. Al fin perdió pie, se dejó
+arrastrar y pensó en raptar a la muchacha.</p>
+
+<p>Con sus dengues, sus escrúpulos y su hipocresía, avivó ella el furor
+satánico de aquel buenazo, que llegó a creerse de buena fe que aquella
+perversa idea del rapto se había cocido en el puchero que tenía sobre
+los hombros, y que habían sido sus palabras, sus diabólicas palabras de
+seducción, las que habían enloquecido a su inocente amada, víctima de
+sus asechanzas.</p>
+
+<p>Ultimaron cuidadosamente todos los detalles de la fuga. Ella
+dejó escrita una carta, dirigida a su madre y su hermana, a las que
+anunciaba su huida con aquel joven, «al que amaba más que a su propia
+vida». Les pedía perdón y olvido. Hizo, además, que el joven donjuán
+escribiese una carta análoga a sus padres, y ya se encargó él, sin
+necesidad de nadie que se lo recomendase, de divulgar, ufano, la
+noticia de su conquista entre sus amigos. La fuga de mi cuñadita fue,
+pues, casi una ceremonia pública, y tuvo toda la repercusión que a ella
+y a mí nos convenía que tuviese.</p>
+
+<p>Una tarde quedaron citados en la puerta misma de <span
+class="pagenum" id="Page_97">p. 97</span>su casa; procuró ella que
+les viese la portera y juntos marcharon después hacia la estación del
+Mediodía, donde tomaron billetes para el tren correo, que diez minutos
+después partía en dirección al sudoeste. A la tercera estación del
+trayecto, la línea se bifurcaba y el correo daba paso al expreso del
+sudeste, el mismo que ya al amanecer pasaba allá, a lo lejos, frente
+a mi casita, desde cuyas ventanas yo lo veía ir, esperando siempre
+el día que había de traerme la felicidad en forma de una viajerita
+recién casada que ha perdido al esposo y trae los azahares de la boda
+guardados en el cabás porque el viaje no se los marchite.</p>
+
+<p>Así vi llegar a la mañana siguiente a mi cuñadita.</p>
+
+
+<h4 class="romano g0">VIII</h4>
+
+<p>No será necesario contar la jugarreta que mi amada había hecho al
+inocente conquistador. Declaro que no tuve en ella arte ni parte, y
+que, hasta el momento en que ella vino a mí, yo no supe por qué caminos
+había llegado. Una vez consumada la farsa de mi fallecimiento, y
+refugiado en aquel rincón amable, hice saber a mi joven amor el lugar
+del mundo adonde yo había ido a esconderme, y, como dije antes, me
+senté a esperar, sosegado. Yo sabía que no tardaría en venir.</p>
+
+<p>Alborozada, nerviosa, riéndose con limpias y sonoras <span
+class="pagenum" id="Page_98">p. 98</span>carcajadas, me contaba los
+incidentes de la fuga, sus sobresaltos, sus picardías, la astucia que
+había tenido que emplear para repeler cortésmente las caricias que
+entusiasmado se obstinaba en prodigarle su compañero de fuga, hasta
+que llegaron al cruce con el expreso, en cuyo instante ella, con un
+pretexto cualquiera, salió, dejando muy sosegadito al novio, y subió al
+otro tren.</p>
+
+<p>—No creas —me decía ella—, pasé un miedo espantoso. Me costó
+mucho trabajo convencerle de que no me acompañase ni se asomase a la
+ventanilla, porque iba a darle una sorpresa; y cuando lo logré y me
+encontré, al fin, en tierra, ya habían dado la salida del expreso.
+Crucé el andén en dos zancadas, con la falda levantada hasta la
+rodilla, para poder correr velozmente. Sentí mucho que me viesen las
+piernas; pero no había más remedio. Cuando pude subir el expreso iba ya
+en marcha. ¡Que horror! ¡Figúrate que no hubiese podido escaparme! ¿Qué
+hubiese hecho con aquel pasmarote? O, mejor dicho, ¿qué hubiese hecho
+él conmigo?</p>
+
+<p>—Siempre hubieras sabido escurrirte, diabla.</p>
+
+<p>—En fin, allá se quedó muy quietecito, en su vagón, esperando la
+sorpresa.</p>
+
+<p>—¿Qué habrá hecho al darse cuenta de la burla que le has gastado?</p>
+
+<p>—Reflexiones. ¿Qué quieres que haga?</p>
+
+<p>—¿Y no temes que cuente lo ocurrido a tu madre <span
+class="pagenum" id="Page_99">p. 99</span>y tu hermana, o lo diga por
+ahí y llegue hasta ellas?</p>
+
+<p>—No; no lo dirá. Se arrancará la lengua antes de confesar que ha
+hecho el ridículo. Es lo suficientemente necio para ello.</p>
+
+<p>—Sí; pero más adelante...</p>
+
+<p>—Más adelante, él dirá, jactancioso, que me abandonó; la gente
+lo creerá, y todos supondrán que ando por algún escenario cantando
+y bailando, o tal vez metida en algo peor; me creerán perdida para
+siempre. Y lo estoy; perdida para todos y para siempre. Como tú.</p>
+
+<p>—Cierto; el amor nos ha hecho perdernos en el mundo. No te apures;
+él nos ayudará a encontrarnos a nosotros mismos.</p>
+
+<p>—Ya nos hemos encontrado —me dijo maliciosamente, tan maliciosamente
+que de momento yo no pude descubrir su malicia y ella tuvo que dármelo
+a entender a cucharadas.</p>
+
+
+<h4 class="romano g0">IX</h4>
+
+<p>¿Será una monstruosidad decir que fuimos felices y que tuvimos
+hijos que fueron una bendición del cielo? Confieso que, al principio,
+anduve algo desazonado. No eran remordimientos por lo que habíamos
+hecho con aquella infeliz mujer. Mi corazón se ha mostrado siempre tan
+empedernido, que jamás se dejó <span class="pagenum" id="Page_100">p.
+100</span>vencer por la sensiblería. Era, más que remordimiento,
+miedo. Miedo a la crueldad de aquella mujercita amorosa, cuya
+impasibilidad ante el dolor yo conocía como nadie. ¿Era posible que
+un corazón tan seco, tan implacable; un corazón que había dejado
+desgarrarse otro corazón fraterno, por no soltar la prenda que le
+había robado, se sintiese alguna vez blandamente conmovido por una
+emoción desinteresada? Esta duda puso a prueba mi amor, que, al fin,
+salió triunfante. Tuve mil ocasiones de contrastar la delicadeza de
+sentimientos de mi mujercita, su capacidad de emoción, su ternura,
+su desinterés. Y, por si alguna duda me quedase, no tuve más que
+escudriñar en el fondo de mi alma. ¿No había sido yo tan cruel como
+ella, y, sin embargo, creía amarla con el más puro afecto y me creía
+capaz de cuantos sacrificios pudiera exigirme?</p>
+
+<p>En cuanto a la infeliz a quien habíamos robado el alma, no nos
+importunó mucho. Algunas veces la evocábamos, enfundada en sus tocas
+negras, inmovilizada por el dolor, vieja, triste y sola. Pero pronto la
+evocación cedía el paso a cualquiera otra imagen vistosa y esmaltada
+de nuestro presente o nuestro porvenir. Aquel solazo vivificador
+del Mediodía, que empalidecía los daguerrotipos de mis antepasados,
+acristalados en las paredes de mi despacho, iba también desdibujando
+la doliente figura de mi prometida, hasta el punto de que llegaba a
+costarme un gran esfuerzo <span class="pagenum" id="Page_101">p.
+101</span>mental el reconstituir las líneas fundamentales de su figura,
+que debieran estar marcadas en nuestra mente con el hierro del crimen.
+A la vuelta de dos años se había borrado por completo su imagen; ya
+solo me quedaba el recuerdo de los hechos, y, antes de que estos se me
+pierdan también de vista, quiero fijarlos de algún modo, y por eso he
+urdido este relato, que conservo, y de tiempo en tiempo leo, porque el
+recordar, el revivir aquellos días es la única expiación de mi culpa,
+ya que la divinidad ha sido benévola conmigo y me ha concedido el ser
+feliz. Esto es para mí una cosa inexplicable.</p>
+
+<p>Jamás he podido comprender cómo nos fue posible, lo mismo a mí que
+a mi amada, soterrar tan hondo en la conciencia el crimen que habíamos
+cometido. Ni una sola vez turbó el remordimiento nuestra felicidad;
+ni por un momento se nos interpuso la infeliz muerta en vida. Nunca,
+nunca...</p>
+
+<p class="centra g2">... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...</p>
+
+<p>Hasta que una vez ella pasó a nuestro lado, arrebujada en sus tocas
+negras. Con sus pupilas dilatadas por el espanto nos vio ir. ¿Qué
+pasaría por su alma en aquel minuto?</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+
+<div class="chapter" id="Ch204">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_102">p. 102</span></p>
+ <h3 class="dcha ws1">LA ÓRBITA</h3>
+</div>
+
+<p>Operaba en un gran hotel y conocía y practicaba todas las malas
+artes de seducción. Con sus amaneramientos de actriz de la Comedia
+Francesa, sus trajes firmados por los más célebres modistos y su
+melosería meridional, sabía engatusar a los fugitivos huéspedes de
+aquel espléndido palacio de trashumantes adinerados, cuya gerencia
+la tenía contratada para retenerles y hacerles agradable el suntuoso
+hospedaje. Era gente a la que no duele el dinero: diplomáticos,
+banqueros, negociantes en auge, terratenientes que vienen a urdir
+sus trabacuentas con el Estado, ganaderos que contratan suministros,
+directores de fábricas, alcaldes de poblaciones de más de cien mil
+almas, turistas, presidentes profesionales de cuanto pueda ser
+presidido, diputaditos espigados que esperan ser ministros antes de que
+se les acabe la hijuela y traman sus maquiavelismos en el <i lang="en">hall</i>
+del hotel e improvisan sus disertaciones y su fama en el ámbito desnudo
+e infecundo de sus <i lang="fr">appartements</i>. Esta era su clientela.</p>
+
+<p>Se hacía llamar Palmira, y se decía casada. En efecto; de vez en
+cuando aparecía en el <i lang="en">hall</i>, en el comedor, en el salón de baile,
+o en la <i lang="fr">brasserie</i>, del brazo de su esposo, caballero grave
+y distinguido, sumido siempre en hondas preocupaciones y afanosos
+trabajos. Su esposa le traicionaba con cuanta frecuencia se lo
+permitía la renovación de los huéspedes en el <span class="pagenum"
+id="Page_103">p. 103</span>hotel, y sus cómplices, en el cotidiano
+adulterio, pagaban por la traición tanto como por el placer. El esposo
+respetable y distinguido que se dejaba engañar era la salsa del pecado.
+Y los buenos <i lang="fr">gourmands</i> prefieren la salsa a la tajada.</p>
+
+<p>También se decía porteña, aunque con extraordinaria facilidad
+cambiaba de un punto a otro del planeta el lugar de su nacimiento.
+En realidad, este es un dato que, para practicar el amor, no tiene
+una exagerada importancia. Lo cierto es que había nacido en Sevilla
+y que salió de allí para ejercer dignamente la prostitución, como en
+Francia salen de Marsella casi todas las beneméritas propagadoras del
+mal gálico, que extiende su patriótico influjo por todo el universo.
+El Mediodía aporta, en todas las naciones, un gran contingente a la
+prostitución y a la poesía lírica.</p>
+
+<p>Había nacido en un viejo corral de un barrio silencioso y evocador
+de Sevilla, en cuyas callejuelas crecía la hierba por entre los
+guijarros del empedrado, y se hacían sonoros, claros y distintos los
+pasos de los transeúntes. Entonces no vivía mal la gente corralera;
+los corrales eran auténticos palacios, venidos a menos; conservaban
+cierto señorío, cierta holgura, que fortalecían a sus pobres moradores,
+haciéndoles un poco hidalgos arruinados, firmes y orgullosos, como si
+también ellos hubiesen venido a menos. Las modernas casas de vecindad
+con su horrible construcción tendinosa, <span class="pagenum"
+id="Page_104">p. 104</span>sus patios de cemento y sus celditas
+estrechas, son una anticipación de la cárcel, del cuartel o del
+hospital.</p>
+
+<p>Pero, sobre todo, aquel patio inmenso del corral, con su fuente de
+piedra en el centro y sus arcadas blancas, en las que explotaba el
+sol, era la delicia de la chiquillería. Palmira, que entonces no se
+llamaba así, y tenía en vez de sus rizados bucles una trenza enhiesta
+en el cogote, como el rabo de una lagartija, se pasaba el día entero
+en aquel patio del corral con otras cien chiquillas corraleras, que
+ejercitaban sus cuerpecillos, casi desnudos y tostados por el sol, en
+el aprendizaje de las danzas populares de Andalucía, que dan a las
+mujeres esa plasticidad, esa gracia, que después se pagan a tan buen
+precio en los prostíbulos.</p>
+
+<p>Palmira recordaba su infancia con agrado. Había mucha hambre y poco
+pan en la talega: mal humor en su madre, malos tratos en el padre
+alcoholizado, egoísmo en los hermanos y crueldad en las vecinas. Pero
+había un solazo vivificador, un desgaire, una exuberancia, un tan claro
+optimismo en aquel ambiente mísero de sus primeros años, que la negra
+pobreza se arrebolaba y encendía, fingiendo un bienestar y una holgura
+que bastaban a la sobriedad de aquellas gentes trabajadoras.</p>
+
+<p>Cuando tuvo diez años y empezó a apetecer todas las superfluidades
+fue cuando notó la miseria que la rodeaba. La miseria es una
+creación nuestra. No hay <span class="pagenum" id="Page_105">p.
+105</span>nadie en el mundo lo suficientemente pobre para que se le
+considere desdichado. A la vida le basta con muy poco, casi nada; todo
+lo demás es superfluo. Esta superfluidad llega, sin embargo, a tener
+una importancia vital; hay quien fracasa en conseguir una fruslería
+cualquiera, un cintajo honorífico, un título de dominio o unos billetes
+de Banco, y, por fracasar, se muere realmente de dolor, como se muere
+el padre que no consigue preferencias y comodidades para sus hijos. Y
+tan superfluo es lo uno como lo otro. Palmira empezó a desear y se hizo
+desdichada.</p>
+
+<p>En aquel tiempo, sus padres quisieron comenzar a resarcirse de los
+sacrificios que por ella debieron haber hecho y la pusieron a trabajar
+en una fábrica. Aprendió el valor del dinero: tantas horas de trabajo
+eran tantas pesetas, y tantas pesetas eran unas medias de seda, y
+tantas unos zapatos de charol, y cuantas una blusa o unos pendientes.
+Así valoradas las cosas, o, mejor dicho, realzado su valor por el
+esfuerzo que costaba conseguirlas, se exarcebó su ansia de poseerlas.
+Estas fruslerías tomaron a sus ojos tal prestigio, que se le hizo
+imposible vivir sin ellas.</p>
+
+<p>En la convivencia con las obrerillas viciosas y ambiciosas de
+su taller supo que ella tenía una moneda con la que se podían
+comprar todas las superfluidades anheladas, y precipitadamente,
+antes de tiempo, siendo aún una niña, cambió su moneda a un experto
+cambista, ansioso numismático, coleccionador de estas monedas <span
+class="pagenum" id="Page_106">p. 106</span>vivas, las únicas monedas
+que tienen un origen divino. Y se prostituyó.</p>
+
+<p>Hay quienes cuentan que la prostitución de Palmira fue una
+desgarradora tragedia. De un lado, el hambre, el desamparo, la
+bestialidad del padre, la insensibilidad maternal y el dolor del
+trabajo agotador y no remunerado; de otra parte, el ansia de vivir,
+el bienestar y la tentación constante de las viejas alcahuetas que
+rastrean a diario los barrios bajos, husmeando la miseria y la belleza,
+para servir el apetito de esos ogros modernos, que de ordinario se
+contentan con husmar la carne de las niñas nada más.</p>
+
+<p>Pero este aparato terrorífico es un poco exagerado. Palmira cayó,
+si a esto puede llamarse caída, por lo que caen todas las que caen.
+Porque les apetece. No hay que buscar complicadas argumentaciones para
+justificar un acto tan natural como este. Puede creerse que en el amor
+la mujer no pone más que una cosa, bien material y palpable por cierto;
+todas las demás cosas las pone la imaginación del varón.</p>
+
+<p>Palmira tuvo suerte en su nueva vida. No es muy corriente, pero
+tuvo suerte. Iniciada en el rincón más oculto y profundo de la
+prostitución, supo elevarse pronto, gracias al ajetreo laborioso de
+sus caderas, que al poco tiempo se hicieron fuertes y rotundas, como
+se desarrollan los bíceps de los empedradores y los cargadores del
+muelle. Sorteó milagrosamente el escollo de los males secretos, esquivó
+los bajos fondos <span class="pagenum" id="Page_107">p. 107</span>del
+sentimentalismo y a los dieciocho años estaba hecha toda una mujer y
+salía a flote entre las espumas de la sociedad. Empezó a frecuentar los
+teatros y los paseos; las señoras decentes se acostumbraron a verla,
+desde muy cerca, en las plateas y los salones de té, y esto hizo que
+crecieran las pujas a la llana, que decidían sus favores. Físicamente
+estaba ya lograda; usó con gran sagacidad de las artes cosméticas,
+dio regalo a su cuerpo, que es como decir que cuidó su herramienta de
+trabajo, y pudo esperar que aquella lozanía, aquella frescura de su
+tez, aquella juventud, fuesen eternas, a lo menos en el concepto que
+de la eternidad puede tener una amorosa de dieciocho años. En otro
+aspecto, basta notar que el comercio de la carne aviva la vigilancia
+del espíritu, y ella, que tan en grande comerciaba con su cuerpo,
+tuvo que buscar el equilibrio en algunas satisfacciones espirituales,
+logradas a poca costa si, en su caso, se dispone de una gran intuición
+y de poderosas ambiciones. No quiere esto decir que se hiciese
+literata, no. Pero llegó a tener una noción bastante aproximada del
+mundo y de la vida. Ya es bastante; algunos intelectuales no la tienen,
+ni siquiera remota.</p>
+
+<p>Pensó entonces que, aunque la prostitución tiene un origen sagrado y
+una estirpe nobilísima, en los tiempos que corren no basta su ejercicio
+para encumbrarse, y vio que le faltaban algunos factores para el
+éxito. Tenía dos caminos por los cuales la mujer prostituida <span
+class="pagenum" id="Page_108">p. 108</span>puede hoy lavarse de toda
+culpa y contratar de igual por igual con la sociedad: el matrimonio o
+el arte. Casándose, o haciéndose artista, era como únicamente podía
+seguir avanzando en su carrera. Resistió heroicamente la tentación de
+consagrarse al arte y decidió casarse. Esta fue una de sus mayores
+pruebas de clarividencia, porque, tratándose de ennoblecer y purificar
+su vida, la elección entre cualquiera de los dos términos aparece
+dudosa. Cierto que el matrimonio es uno de los siete sacramentos de
+la Iglesia; pero, ¡caramba!, las <i lang="fr">varietés</i>, por ejemplo, son
+una cosa muy seria; no falta, seguramente, quien les haya encontrado
+antecedentes bíblicos y orígenes celestes.</p>
+
+<p>Y se casó; es decir, no se casó, pero fue lo mismo que si se
+casara. Andan por el mundo algunos sujetos meritísimos, correctos,
+instruidos, laboriosos, a los que no sabemos por qué la corriente de
+la vida pone al margen. Son esos sujetos que a veces nos encontramos
+como naufragados en el remolino de las calles céntricas. Eran
+buenas personas, iban derechamente a un sitio fijo, tenían quién
+les aguardase, y, sin embargo, se han perdido, y después de dar
+estúpidamente muchas vueltas, se han remansado en una acera, como
+los ciegos, los mudos, sordos y tullidos, que piden limosnas en la
+carrera.</p>
+
+<p>Hay que creer que también a esos sujetos, como a los mendigos,
+les ha faltado de pronto algún sentido oculto, alguno de esos
+misteriosos sentidos que indudablemente <span class="pagenum"
+id="Page_109">p. 109</span>nos sirven con la misma eficacia que los
+cinco sentidos corporales. Acaso es que les falla el sentido común, o
+que han perdido la brújula, o que se han olvidado de su itinerario.
+¿Quién sabe? Lo cierto es que se quedan detenidos en algún cantillo,
+inanimados, muertos, real y verdaderamente muertos. Cuando ya empiezan
+a corromperse, viene la miseria, con su gran escoba de barrendera
+municipal, y les quita de aquel sitio céntrico, llevándoles a los
+grandes depósitos de detritus, donde han de esperar en fermentación a
+que los utilicen como abonos.</p>
+
+<p>Esperando a que lo barrieran, y con claros síntomas de
+descomposición, se hallaba don Gonzalo de los Reyes Pérez, hombre de
+gran espíritu, licenciado en Derecho, técnico de numerosas técnicas
+y profesional de varios órdenes, cuando Palmira, en trance de buscar
+esposo que diese realce y solvencia a su comercio, le echó una mano
+cariñosa.</p>
+
+<p>Se entendieron pronto. Las capitulaciones de aquel pacto fueron
+curiosísimas. Don Gonzalo contraería matrimonio canónico con Palmira:
+no era necesario cubrir las formalidades del caso; bastaba divulgar
+la noticia, vestida con todas las garantías posibles. Palmira, en su
+vida privada, conservaría toda su libertad de acción; pero en la vida
+pública aparecería sometida a la tutela conyugal. Fue muy difícil
+delimitar cuál era la vida privada de Palmira; pero, al fin, se
+consiguió, pasando como sobre ascuas por ciertas escabrosidades. <span
+class="pagenum" id="Page_110">p. 110</span>Don Gonzalo no tendría
+derecho a reclamar el débito conyugal en ningún caso, y se obligaba a
+observar una vida regular, austera, digna y, al parecer, laboriosa. En
+cambio, Palmira le facilitaría todos los recursos necesarios para que
+ambos viviesen en grandes hoteles, le vestiría con lujo, le costearía
+sus investigaciones técnicas y su coñac, poniendo al mismo tiempo
+en juego sus influencias para que fuese reconocido y patentizado el
+claro talento y la constante laboriosidad de su noble esposo. Y así se
+hizo.</p>
+
+<p>Don Gonzalo, que se veía perdido en medio del arroyo, quitándose el
+hambre a bofetadas, ensayando el chantaje y fracasando en la esgrima,
+aceptó alborozado. Palmira, por su parte, vio con gusto que se hallaba
+en posesión de un esposo correcto, sabio y distinguido, con una
+venerable barba cenicienta y una prestancia intelectual y académica que
+provocaría, seguramente, la intromisión frecuente y productiva de ese
+agente maligno que en la intimidad hace infelices y astados a tantos
+sabios venerables.</p>
+
+<p>Se casaron —a lo menos dieron publicidad al enlace—, y poco después
+se trasladaban a la corte, instalándose suntuosamente en aquel gran
+hotel, donde Palmira iba a tender sus deliciosas redes. La pesca no
+pasó por alto a la gerencia del hotel, muy celosa de la inmoralidad que
+no produce dinero, y como además Palmira vio que había que moderar, en
+lo posible, los gastos de la industria, tuvieron don Gonzalo <span
+class="pagenum" id="Page_111">p. 111</span>y su cónyuge que tratar
+en secreto con el gerente de la casa, que, a partir de entonces, fue
+a la parte en las ganancias, reduciéndoles, en cambio, el precio del
+hospedaje y dando a Palmira todas las facilidades estratégicas que
+fueron precisas.</p>
+
+<p>El negocio iba bien. Don Gonzalo se portaba, en su papel, a las mil
+maravillas, y Palmira llegó, en las artes de seducción, a un completo
+triunfo. En dos o tres temporadas ahorró unos cuantos miles de pesetas,
+que colgó de su cuello y sus orejas, con lo que subieron de precio las
+ofertas. Merced a sus tratos íntimos con un ministro de la corona,
+llegó don Gonzalo a ser miembro de algunas entidades fundamentales
+para la vida del Estado, y, entre tanto, la vida, fácil, muelle,
+acariciadora, iba dando plenitud y aristocracia a Palmira y ensanchando
+la frente y el abdomen de su venerable cónyuge, que alguna vez, por no
+irle a la zaga, llegaría a ser hombre público también.</p>
+
+<p>Pero don Gonzalo se consagró al coñac y al humorismo. Tener un gran
+espíritu es peligrosísimo para andar por el mundo. Hubiera sido don
+Gonzalo una mala bestia, y es seguro que Palmira le hubiese levantado
+cien codos sobre la multitutd llevándole incluso a los más altos
+puestos, porque para eso disponía ella sabiamente del punto de apoyo
+que pedía Arquímedes para mover el mundo, o por lo menos de un punto
+de apoyo que sirve para mover a los hombres que mueven el mundo.
+Don Gonzalo, que realmente <span class="pagenum" id="Page_112">p.
+112</span>tenía talento, cuando se vio adulado y envuelto en nubes de
+incienso por los que iban a cortejar a su mujer, no pudo disimular
+la risilla irónica que le retozaba en el cuerpo y empezó a perder su
+prestancia. En vez de consolidar un prestigio tan fácilmente ganado,
+comenzó a burlarse de sí mismo y de los que le atacaban, se dedicó a
+fraguar frases ingeniosas que fueron consideradas de un pésimo gusto,
+hizo befa y chacota de muchas cosas respetables y no tardó en crearse
+una peligrosa reputación de hombre extravagante y pernicioso. Esto
+y algunos excesos de coñac estaban a punto de dar al traste con su
+personalidad y por ende con el pingüe negocio de Palmira.</p>
+
+<p>Adivinó esta con su certero instinto el peligro que la amenazaba y
+decidió dar el golpe definitivo, triunfar de una vez y para siempre.
+Había llegado el momento preciso de saltar, de conquistar de un golpe
+la riqueza. No era difícil. En el mundo hay mucha más gente absurda
+de lo que puede creerse y entre aquella turbamulta acaudalada que
+desfilaba por el gran hotel había no pocos homunculejos forrados
+de dinero que se hubiesen arruinado por Palmira o por cualquiera
+otra bestezuela de lujo semejante. Se habla de terribles pasiones,
+se complican las cosas, se urden complejidades psicológicas y el
+resultado es que un honorable caballero pone sus títulos nobiliarios,
+sus billetes de Banco o su talento en manos de <span class="pagenum"
+id="Page_113">p. 113</span>una zorra cualquiera que sabe aderezarse
+con esmero. Esto es muy divertido y hasta si se quiere beneficioso y
+meritorio para la república. Lo repugnante es el artificio sentimental
+de que se rodean estas uniones desiguales que para ser aceptadas en la
+sociedad, tiene que llevar la cédula de penitencia de un apasionamiento
+fatal y melodramático.</p>
+
+<p>Palmira había provocado ya algunas pasiones terribles; pero hasta
+entonces sus apasionados habían sido adolescentes de escasa solvencia.
+Fue curiosísimo el incidente a que dio lugar con sus arrebatos uno
+de estos jovenzuelos exaltados que perseguía día y noche a Palmira,
+espiándola e impidiéndola con sus impertinencias el ejercicio de su
+profesión. Decidió Palmira desengañarle de una vez y aprovechando la
+circunstancia de hallarle una noche en uno de los desiertos pasillos
+del hotel, le hizo pasar a su habitación. Justo es consignar que le
+llevó sin ningún propósito alevoso. Iba simplemente a desengañarle.</p>
+
+<p>Ocurrió que don Gonzalo, contra lo que ella suponía, se hallaba
+allí tumbado en un inefable butacón y entre sorbo y sorbo de coñac
+y filosofía. Al ver entrar a su cónyuge levantó el campo y fue a
+refugiarse en el cuarto de baño sin desamparar en su fuga su preciada
+botella de Domecq. Palmira se dio cuenta y disimuladamente entró
+a advertirle que no había peligro. Se trataba simplemente de una
+explicación con aquel jovenzuelo. Prometió a don Gonzalo que no <span
+class="pagenum" id="Page_114">p. 114</span>perdería su verticalidad y
+con esta promesa el sabio se tranquilizó y se dispuso a esperar tras el
+débil tabique.</p>
+
+<p>Pero estas cosas de amor no salen nunca a golpe cantado. El
+jovenzuelo se expresaba con un ardor romántico digno de ochocientos
+treinta y por añadidura tenía una sugestiva figura. El diálogo subió
+de punto y don Gonzalo oyó pronto algunas frases que no hubiera
+querido oír. Unas pausas, unas sospechosas pausas, le alarmaron
+aún más. «¡Diablo, esto se complica!», pensó para su capote. Pidió
+auxilio a su coñac y media hora después, estaba completamente beodo.
+Había conseguido impermeabilizarse y ya todo el globo terráqueo se le
+antojaba una fruslería.</p>
+
+<p>Ideando una interpretación racionalista del Apocalipsis estaba
+ya, cuando vino a alarmarle un confuso rumor. No era ese batir de
+alas de que hablan los poetas, no. Era algo más alarmante todavía.
+Palmira, después de escuchar conmovida todos los razonamientos del
+joven recobró su presencia de ánimo y su posición normal. Entonces le
+hizo ver la insensatez de su aspiraciones, le amonestó cariñosamente
+y ya con cierta dureza le anunció que no seguiría permitiendo sus
+asechanzas. Aquella entrevista había sido una liquidación. En todos los
+presupuestos que se consagran a las atenciones públicas hay un capitulo
+destinado a la beneficencia; Palmira acababa de agotar en aquel momento
+su consignación y el joven <span class="pagenum" id="Page_115">p.
+115</span>insolvente y apasionado debía, pues, retirarse para siempre.
+Decir esto Palmira y ponerse por las nubes el fogoso amador fue todo
+uno. Vinieron apóstrofes, imprecaciones, amenazas, desesperación.
+El joven romántico llegó a maltratar a Palmira de palabra y obra,
+anunciando que estaba dispuesto a todo antes que perderla. Don Gonzalo,
+desde su escondite, se hacía cruces ante la insensatez de aquel
+caballerete.</p>
+
+<p>Furiosa por tal insistencia Palmira se cruzó de brazos y piernas
+rechazando con desconcertante frialdad las quejas del enamorado.
+Llegado este al punto culminante de la desesperación, sacó rápidamente
+una pistola automática y la asestó al pecho de Palmira. Esta apenas
+pudo lanzar un grito:</p>
+
+<p>—¡Gonzalo!</p>
+
+<p>Gonzalo la oyó y pensó con la celeridad del rayo: ¿Salgo o no salgo?
+Dudó unos momentos; la interrogación de Hamlet no era seguramente más
+trascendental. ¿Salgo o no salgo?</p>
+
+<p>Salió al fin; pero ya era tarde. Palmira, por instinto de
+conservación había sacrificado una vez más su honestidad y el insensato
+estaba a punto de quedar inerme. La aparición heroica de don Gonzalo,
+esgrimiendo vacilante la barra del toallero, fue épica.</p>
+
+<p>Decidida a que tuviesen término aquellas inquietudes, Palmira puso
+más carne en el anzuelo. Se descotó aun más y cruzó las piernas con
+mayor holgura. Había que hacer la jugada definitiva, esa jugada que
+lo mismo en la vida de los hombres que en la <span class="pagenum"
+id="Page_116">p. 116</span>de las mujeres determina el camino que
+ya se ha de seguir siempre de modo inexorable. Había que prender a
+un amante definitivo; lo suficientemente idiota para enamorarse de
+verdad; lo suficientemente rico para poder otorgarle a perpetuidad la
+exclusiva.</p>
+
+<p>Y fueron cayendo. Ya hemos dicho que hay mucha más gente absurda
+de la que parece. Al final de aquella temporada, cuando ya el mundo
+galante deriva hacia las playas de lujo, Palmira se encontró con su
+aspiración triplemente satisfecha. Tenía tres amantes ideales entre
+quienes escoger; tres hombres maravillosos, cargados de dinero, que
+anhelaban consagrarle sus vidas. Era feliz. Había inspirado pasiones
+avasalladoras a hombres solventes y había llegado, por lo tanto, al
+término de su carrera, ya que las pasiones, que por sí solas nada
+valen, se miden y estiman por la responsabilidad económica que llevan
+aparejada.</p>
+
+<p>El conflicto estaba en elegir a uno de ellos. En cuanto al dinero,
+los tres estaban igualmente dotados; no había diferencia sensible y
+Palmira se encontraba perpleja, porque por primera vez en su vida no
+venía don dinerito a inclinar de un lado la balanza en que pesaba sus
+decisiones. Había, pues, que decidirse aquilatando calidades y no
+cantidades. Esto era nuevo para ella. Se encontraba vacilante como
+esas ingenuas pastorcitas de los cuentos de hadas que de improviso
+tienen que escoger entre tres príncipes <span class="pagenum"
+id="Page_117">p. 117</span>igualmente rubios y esbeltos. «Si los tres
+tienen todo lo que yo puedo desear, ¿cómo escoger a uno? Si los tres
+son ricos en la misma medida, ¿a cuál doy mi preferencia?», pensaba
+Palmira.</p>
+
+<p>Era preciso mirarlos desde otro punto de vista distinto del
+interés. Entonces recordó que vagamente había oído hablar alguna vez
+de cualidades morales. «Veamos qué es eso», pensó, y no tardó en
+enterarse.</p>
+
+<p>Cuando supo formular algunos juicios sobre cosas inmateriales —ella,
+que no había sabido más que contar—, aplicó sus nociones metafísicas a
+sus tres amantes; pero le ocurrió entonces una cosa terrible. Los tres
+tenían idéntica categoría moral o, mejor dicho, los tres padecían la
+misma ausencia de valores morales.</p>
+
+<p>El primero era un tipo exótico. Venido sabe Dios de dónde, recorría
+el mundo sin descanso, dejando a su paso una estela de plata ganada en
+fantásticas empresas radicadas en remotos países. Era difícil saber en
+qué rincón del mundo trabajaban y sufrían los mineros, los campesinos
+o los artífices que creaban con dolor aquella fabulosa riqueza. Más
+que un hombre, era un mito; el mito de la moderna civilización. Tenía
+algo de diosezuelo y se movía entre los simples mortales con esa
+dejadez, esa inconsistencia, esa ruindad de los antiguos monarcas
+absolutos a quienes pesaba demasiado la corona. A duras penas podía
+entendérsele cuando hablaba; su idioma <span class="pagenum"
+id="Page_118">p. 118</span>natural era un galimatías formado con voces
+de todas las lenguas del mundo y en sus hábitos mentales como en sus
+costumbres traía el arrastre de vidas exóticas conocidas por él en
+sus remotas excursiones. Palmira, que en el fondo de su manera de
+ser tenía una rancia solera, una fuerte raigambre en la vida, honda,
+sana y natural del pueblo, rechazaba instintivamente aquel artificio,
+aquella artificiosa humanidad del millonario incomprensible, refinado,
+maniático, ligado únicamente al mundo por el lazo de su dinero.
+Pensó que sería muy desdichada uniendo su vida a la de aquel hombre
+desasido.</p>
+
+<p>Otro de los amantes de Palmira era un viejo prócer de la más
+acrisolada aristocracia castellana. Viudo dos veces y enredado siempre
+con mujeres galantes, al final ya de su larga vida de placer y
+ociosidad se había enamorado de Palmira con toda la insensatez de la
+senectud. La vida se le iba a chorros y quería retenerla, fundiéndose
+con la rozagante juventud de aquella mujer espléndida. También era
+inmensamente rico; los gnomos que creaban su riqueza eran un formidable
+ejército de trabajadores, que acampaba disciplinado y silencioso a lo
+largo de los valles y los montes, sin pedir jamás aumento en la soldada
+ni exigir cuenta de los beneficios que rendía. Eran los alcornoques,
+los valientes alcornoques, obreros laboriosos a cuya sobriedad bastaba
+un poco de agua y de sol. El viejo aristócrata había derrochado sin
+tasa <span class="pagenum" id="Page_119">p. 119</span>durante toda su
+vida; pero aquella riqueza, en vez de menguar, crecía. Invirtió aquel
+caudal inagotable en pervertir a los demás y en pervertirse a sí mismo.
+En el amor, como en los demás movimientos de su alma, gozó siempre con
+las torceduras y los desequilibrios inauditos. Vivió escandalosamente
+hozando en todos los vicios y cuando encontró a Palmira era su cuerpo
+una ruina, hueso y baba, repugnante caracol blasonado.</p>
+
+<p>El tercero de aquellos modernos príncipes era un cincuentón sebáceo,
+rezumante, ventrudo. Como Palmira, procedía del pueblo: pero al
+enriquecerse había conservado toda la miseria, toda la podredumbre y
+grosería de los necesitados, realzándolas y poniéndolas en evidencia.
+Sus manazas ensortijadas y su corpachón de cerdo envuelto en seda
+promovían una sensación de asco invencible. Tenía mucho dinero; lo
+había conseguido explotando la miseria de los demás; la basura es acaso
+lo que más dinero deja y aquel gran cochino sensual había comerciado
+con basura. Casas de préstamo, burdeles, salas de juego, bailes y
+operaciones usurarias habían sido sus negocios favoritos, y gracias
+a ellos, su riqueza era imponderable. Cuando tuvo dinero se limitó a
+exaltar sus groseros instintos, y era, en resumen, la animalidad más
+baja y ruin consagrada por los ritos de la civilización.</p>
+
+<p>Palmira no supo decidirse. Cuando no miraba a sus tres amadores por
+el lado del interés le parecían <span class="pagenum" id="Page_120">p.
+120</span>igualmente horripilantes. Había que cerrar los ojos y escoger
+a uno cualquiera, el que fuese. Después de todo, ¿qué más le daba? Pero
+ya se había metido en demasiadas honduras; pudiéramos decir que había
+perdido su ingenuidad de prostituta, su angelical ingenuidad que le
+había hecho caer siempre con los ojos cerrados del lado del dinero.</p>
+
+<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div>
+
+<p>El tiempo apremiaba y Palmira no sabía decidirse. Consultó con
+Gonzalo; a pesar del lugar secundario que este hombre eminente
+desempeñaba al lado de Palmira, ella no dejaba de tenerle cierta
+consideración y un tierno afecto. Le expuso sus dudas y le pidió
+consejo.</p>
+
+<p>—Tú tienes mucho talento, chiquita —le dijo el falso esposo—, y
+puedes enredar a los tres. Eres mucha mujer para uno solo. Creo que al
+final ellos mismos te lo agradecerían.</p>
+
+<p>—No se trata de eso —repuso Palmira—; tengo que decidirme por uno de
+los tres y consagrarme a él para toda mi vida.</p>
+
+<p>—¿Y conmigo, qué piensas hacer?</p>
+
+<p>—Tendrás una jubilación decorosa. Decididamente, voy a retirarme de
+la vida pública.</p>
+
+<p>—¿Cuál tiene más dinero?</p>
+
+<p>—Los tres son igualmente ricos.</p>
+
+<p>—¿Cuál es el que te quiere más?</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_121">p. 121</span></p>
+
+<p>—Los tres me desean furiosamente.</p>
+
+<p>—¿A cuál prefieres tú por su carácter, por su género de vida, por
+sus inclinaciones?</p>
+
+<p>—A ninguno.</p>
+
+<p>—Pues cierra los ojos y carga con cualquiera.</p>
+
+<p>—Eso es terrible. Son unos hombres tan extraños a mí, tan distintos,
+tan incomprensibles que temo sufrir un error, que sería fatal. ¿Y si
+después no nos entendemos?</p>
+
+<p>—Déjate de tonterías. Tú, si quieres, podrás entenderte con todos
+los hombres de la tierra y creo que si bajara por aquí algún selenita
+no se escaparía seguramente a tu... comprensión. Las mujeres tenéis una
+maravillosa facilidad para adaptaros. Lo mismo te harías a la vida de
+los indios patagones que a la de los esquimales, si unos y otros tenían
+dinero.</p>
+
+<p>—Pero es que yo quiero ahora proporcionarme de una vez y para
+siempre una vida que satisfaga algo mis inclinaciones. No quiero vivir
+para los demás, sino para mí misma. Para conseguir esto anhelo el
+dinero.</p>
+
+<p>—Eso es más difícil para ti que poseer el oro a montones. Déjate
+de sensiblerías. Haberte quedado en tu salita del corral allá en
+Sevilla; te hubieses casado con un buen mozo que te daría hijos y
+porrazos. Andarías sucia, abandonada, envejecida... Pero en cambio
+vivirías de verdad, en lo que es tuyo, en lo <span class="pagenum"
+id="Page_122">p. 122</span>que realmente puede conmover tu alma. Todo
+esto que ahora te rodea, este lujo, esta molicie, son postizos para
+ti, lo comprendo; te parecerá falso y despreciable pero es lo único
+que tienes. Lo otro, lo hondo, lo sincero, lo que desde el subsuelo te
+subía al corazón y te florecía en la boca lo has perdido para siempre.
+Sigue bizarramente tu camino. Adelante. La morriña es el azote de los
+aventureros.</p>
+
+<p>—Tienes razón, Gonzalo. Sin embargo, una vez conseguida la riqueza,
+¿por qué no aspirar a lo otro? ¡Sería yo tan feliz! ¡Volver con los
+míos! ¡Llegar con las manos llenas de oro! Triunfar entre ellos, entre
+las vecindonas del corral, entre las amigotas de la plazuela, entre
+aquella pobre gente que se maravillaría al verme joven, hermosa y rica.
+¿Es pueril, verdad? Pues esto valdría para mí más que la admiración de
+todos los príncipes de la tierra. Tener después una casita, la misma en
+que viví con los míos, en la misma callejuela escondida, respaldada en
+la misma iglesia a cuya Virgen haría yo el regalo de mis mejores joyas.
+Esta sería mi felicidad, mi verdadera vida.</p>
+
+<p>—Pues eso a bien poca costa puedes conseguirlo. Renuncia a la vida
+fastuosa que esos amantes extraños te ofrecen: renuncia a tus sueños de
+grandeza y ve a esconderte en tu rincón. Después de todo, lo mismo se
+vive en un palacio que en un chozo.</p>
+
+<p>—¿No crees tú que al fin me desesperaría y terminaría <span
+class="pagenum" id="Page_123">p. 123</span>por lanzarme otra vez, ya
+sin fuerzas, al torbellino del mundo?</p>
+
+<p>—No; en todas partes se puede vivir con la misma intensidad, con el
+mismo espíritu. Las preocupaciones de ambiente son para los incapaces.
+El turista, al dar la vuelta al mundo, no recibe seguramente más
+emociones que el enfermo postrado en su lecho, que alza los ojos al
+cielo, traspasando el cuadro angosto de su ventanita. Todo depende de
+la capacidad de sensación que se posea.</p>
+
+<p>—¿Me aconsejas entonces que lo deje todo, que olvide mis sueños de
+poderío?</p>
+
+<p>—No te aconsejo nada. Pero sí quiero que sepas algo que yo mismo he
+creído observar. Casi todas las heroínas del mundo, y tú eres una de
+ellas, luchan, fracasan o triunfan; pero al poeta, como al espectador,
+no le interesan más que los accidentes de esa lucha, la eficacia de
+los golpes que se dan o se reciben y el temple de las armas. Al final
+de la epopeya, un epitafio o un arco de triunfo. Pero ¿y después? Yo
+te creo capaz de unir tu vida a la de uno de esos potentados. Habrías
+triunfado, mas ¿qué sería de ti entonces?</p>
+
+<p>—Gozaría de todos los bienes del mundo.</p>
+
+<p>—Son demasiados bienes para almas tan chiquitas como las nuestras.
+Los poderosos tienen un momento de estupor, de infelicidad, cada vez
+que se dan cuenta de que no pueden gozar más que de una porción <span
+class="pagenum" id="Page_124">p. 124</span>insignificante de lo que
+poseen. Es la misma pena que a mí me atormenta al considerar que puedo
+comprar mucho más coñac del que me es posible beber. Figúrate cuál
+sería mi dolor si poseyendo todo el oro del mundo —es decir, todo el
+coñac del mundo— me sintiera omnipotente en la vida, pero a condición
+de no sorber jamás una copita. ¿Sería una verdadera tragedia, verdad?
+Pues esa es tu misma tragedia, la de todas las mujeres que como tú
+triunfan y para triunfar han de arrancarse del alma su propia vida,
+su verdadero apetito, su copita de coñac. En unas es el amor de hijas
+o el amor de madres, en otras la sinceridad, en otras el pudor, en
+estas la ternura, en aquellas la veneración a los penates. Eso, que
+en definitiva es lo único verdadero en el alma de las mujeres, tienen
+que arrasarlo las que como tú esperan triunfar. Renuncia a tus sueños
+ambiciosos, olvida para siempre la quimera del oro y si no te resignas,
+si eres fuerte y ambiciosa todavía, arranca de tu alma lo que aún te
+hace ser mujer, quémalo, avienta sus cenizas y adelante.</p>
+
+<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div>
+
+<p>En un callejoncito de un barrio silencioso, donde crece la hierba
+entre los guijarros del empedrado y se hacen sonoros, claros y
+distintos los pasos de los transeúntes, hay una casa humilde y llena
+de vejez, cuyas paredes pulquérrimas están siempre dispuestas <span
+class="pagenum" id="Page_125">p. 125</span>al halago de la cal. Tiene
+la casa un pequeño zaguán que una viejecita meticulosa aljofifa
+a diario; en él se quedan como cuajados los armoniosos pregones
+callejeros, los cantares y las risas de las niñas que juegan en la
+plazuela y los trinos de los canarios que filosofan en el patio. Es la
+casa de Palmira.</p>
+
+<p>Palmira es ya la esposa real y verdadera de don Gonzalo. Hace una
+vida ejemplar, cuida su casa, escatima su dinero, rinde culto a la
+Virgen de su barrio y, poco a poco, lentamente, ha ido captándose la
+consideración de sus humildes vecinos. Don Gonzalo tiene un destinito,
+bebe con moderación e idolatra a su esposa. En la azotea ha construido
+él mismo un palomar y dedica sus tardes a observar atentamente —acaso
+por una indesechable aberración— las complicaciones sexuales de sus
+avecillas, sus arrullos, sus celos, sus leyes morales e inmoralidad.
+Tal vez se divertía antes como ahora.</p>
+
+<p>El matrimonio vive con gran modestia. Llegaron con un poquito de
+dinero, compraron aquella casita, la arreglaron cuidadosamente, él
+se agenció lo necesario para ir viviendo y jamás dieron que hablar
+a la vecindad. Doña Palmira hace algunas obras de misericordia y da
+saludables consejos a las mocitas del barrio; conserva algunas joyas
+de valor que lucen sobre el pecho de la Madre de Dios en la Semana
+Santa, mima sus macetas de claveles y albahaca, hace sus novenas y
+toda su vida es de una gran ejemplaridad. <span class="pagenum"
+id="Page_126">p. 126</span>Dicen que su juventud fue algo turbulenta;
+pero, ¡bah!, de todas las mujeres hermosas se dice lo mismo. Es una
+santa, no hay más que verla. ¡Qué recato! ¡Qué viva indignación siente
+contra la inmoralidad!</p>
+
+<p>No es farsa; no. Es que estas grandes pecadoras, cuando se
+arrepienten y pasan los años, son de una santa intransigencia.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+
+<div class="chapter" id="Ch205">
+ <h3 class="dcha">AZUCENA</h3>
+</div>
+
+<p>Antes había sido casa de labranza; pero al fin de sus días se
+convirtió en burdel. Uno de esos burdeles rurales a los que van los
+señoritos todos los días y los braceros todas las semanas. Era una casa
+chata, grande y vieja, emplazada en el extremo meridional del pueblo y
+separada un tanto de las otras casas hacinadas que reptan empujándose y
+sosteniéndose hasta la meseta central, donde se abre la plaza mayor con
+su iglesia, su ayuntamiento y su estanco.</p>
+
+<p>En la vieja casona de labradores, el olor fuerte de las lociones
+medicamentosas que se daban las nuevas pupilas y el perfume gordo
+y molesto de las esencias, los polvos y las cremas que usaban no
+habían podido desterrar las añejas y fragantes esencias que pueblan
+el ámbito silencioso de estas humildes moradas campesinas; a través
+de la penumbra grata que hay siempre en las salas húmedas y austeras
+de las <span class="pagenum" id="Page_127">p. 127</span>gañanías,
+la luz del sol iba a explotar en la cal viva de las gruesas paredes,
+furiosamente enjalbegadas; lucen polícromas las guijas pequeñitas y
+pulcras del piso; zumban los moscardones allá entre la trabazón de las
+vigas carcomidas; en el alcarracero, las tallas de barro dejan caer
+sus gruesas gotas de sudor y las viejas cortinas de encaje rejuvenecen
+cuando sus tules remendados y deleznables arden triunfales como amianto
+en la llama del sol.</p>
+
+<p>En aquel ámbito poblado de gravedad fue la tía Lunanca a poner
+su burdel. La moralidad aldeana lanzó entonces su anatema contra la
+venerable casa de labranza, cuya vejez así se veía profanada, y las
+mocitas del pueblo pasaban aprisa por aquel lugar, temerosas de que por
+los ojos entornados de aquellas ventanas les acechase el Pecado para
+sorbérselas como se sorbe el camaleón a las moscas; mosquitas muertas
+que ellas se hacían.</p>
+
+<p>También algunas tardes, sobre todo cuando se santificaban las
+fiestas, bajaban del pueblo en bandada quince o veinte igorrotes que
+se ejercitaban en lapidar la fachada de la casa con el beneplácito
+y regocijo del honrado vecindario. Los guijarros de la chiquillería
+penetraban inclementes por los huecos de la casa en vergüenza,
+rebotaban en los hierros de las ventanas, quebraban los vidrios de
+las puertas, desgarraban las cortinas y saltaban impetuosos sobre la
+cómoda encinta o los lechos empingorotados cuyos <span class="pagenum"
+id="Page_128">p. 128</span>tableros de nogal tenían frecuentes impactos
+de las injurias infantiles. La Lunanca, cerrando puertas y ventanas,
+maldecía y pedía a sus santos males, terribles condenaciones para
+toda aquella tropa de pequeños honderos; sus huéspedas, displicentes
+y habituadas ya, buscaban refugio en la cocina mientras pasaba la
+nube, suspendiendo sus difíciles toaletas. Sueltas las matas de pelo
+abundantísimo, lavadas las caras, cuyos poros transpiraban dolidos
+de los afeites baratos, laxos los cuerpos viciosos de barraganas
+que cubrían con sus batas de percal exiguas y entreabiertas, iban a
+tenderse en los poyos de piedra del hogar, duros y esquinados como para
+recibir los cuerpos curtidos de los braceros que allí se sentarían
+antes para cambiarse sus escasas palabras de sobriedad y trabajo.</p>
+
+<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div>
+
+<p>Azucena parecía dormida con los ojos abiertos. Largo rato hacía
+que la Verduga la contemplaba a su sabor y cada vez admirábase y
+sobrecogíase más ante la belleza incomparable de aquella muchacha
+que sentada junto a la ventana se bañaba en la luz fuerte de la
+luna estival, cuyos reflejos tenían una dura angulosidad sobre las
+líneas armoniosas de aquel rostro sereno. La Verduga, haciendo un
+alto en el trajinar asqueroso de sus manos humildes y suspendiendo
+el torpe devanar de sus pocas y ruines ideas <span class="pagenum"
+id="Page_129">p. 129</span>librábase momentáneamente de su dura
+esclavitud de sirvienta en el burdel cuando se plantaba silenciosa y
+conmovida ante la plácida hermosura de Azucena.</p>
+
+<p>Contemplándola en silencio, con los brazos amarillos cruzados
+sobre el alto vientre satisfacía la Verduga su ansia de belleza, esa
+imprecisa aspiración de todas las almas, aun de las más humildes y
+abyectas. Llegó a sentir una verdadera veneración por la muchacha.</p>
+
+<p>El origen de Azucena era humildísimo. En el olivar, una pobre mujer
+aceitunera sintiose un mediodía dolorosamente desgarrada y apenas bajó
+del árbol chato cuyos frutos recogía afanosamente, depositó sobre el
+santo suelo aterronado una criatura blanca y primorosamente redondeada,
+que las aceituneras recogieron como un fruto más de aquella tierra
+secularmente próvida. Los braceros festejaron a la recién nacida
+levantándola en alto sobre sus cabezas hirsutas y tostadas, y el sol
+de fuego de aquel mediodía, el mismo sol que durante todo el verano
+había curvado las espaldas de los segadores y encendido las hojas
+de las hoces, clavó su saeta implacable en las pupilas de la recién
+nacida velándolas para siempre. Aquellos ojos claros de la hija del
+olivar no vieron más que aquel día ígneo y después quedaron eternamente
+deslumbrados.</p>
+
+<p>La niña nació ciega; las aceituneras, torpes comadres de parir, no
+pudieron evitarlo ni advertirlo <span class="pagenum" id="Page_130">p.
+130</span>y todo aquel día la criaturita redonda y blanca, el pan más
+blanco y tierno que aquella tierra había dado, anduvo de mano en mano
+entre las rudas fiestas de los hombres que acabaron de cegarla haciendo
+cabrillear las hojas pulidas de sus hoces ante los ojuelos blanquecinos
+de la recién nacida.</p>
+
+<p>Al pie de los olivos, sobre los terrones, frente al sol, la niña
+ciega habíase criado y aquella masa blanca y fofa fue teniendo una
+corteza morena y dorada, como la de esos grandes panes familiares que
+se conservan blandos durante los siete días de la semana, en el fondo
+húmedo de las tinajas de barro empotradas en los hogares.</p>
+
+<p>A los quince años era alta, trigueña y fuerte; sus ojos continuaban
+quietos y abiertos con las pupilas desteñidas y los párpados rígidos,
+pero sus mejillas se habían hecho armoniosas y una intensa vibración
+de vida las coloreaba y encendía; el reposo, la contemplación de sus
+paisajes interiores alborotados únicamente por los gritos inarticulados
+de los mayorales y los silbidos largos de los pastores habían dado
+a su cuerpo una serenidad augusta. Sus formas habíanse ido haciendo
+suavemente sin el dolor de las faenas duras que tuercen y arruinan los
+cuerpecillos cimbreantes de las adolescentes en el agro y ofrecían una
+armonía clásica, una promesa firme de belleza perfecta, realzada por
+la inquietud y el misterio de aquellos ojos descoloridos que habían
+cegado <span class="pagenum" id="Page_131">p. 131</span>para siempre,
+después de ver el triunfo del sol en el cénit cuando están candentes
+los almiares y los olivos, ahítos de sol, piden doloridos que libren
+sus brazos de la preciosa carga.</p>
+
+<p>El amo de la finca, de los olivos y de los gañanes se fijó un día
+en ella y la hizo suya sin rodeos. En una de las cuadras del cortijo,
+húmeda, silenciosa, sembrada de aperos de labranza, ejerció el amo su
+prerrogativa y la niña ciega fue para él como un fruto más de aquella
+tierra generosa. Certero y sabio hizo presa con sus dientes en el
+cuello de la muchacha, gozándose en las nuevas formas expresivas que el
+placer y el dolor, el agridulce de la iniciación, hallaban en aquellas
+carnes temblorosas y vibrantes que supieron suplir la inexpresión de
+las muertas pupilas, traduciendo al lenguaje torpe de los músculos,
+los nervios y la piel la divina palabra que en los instantes de la
+conjunción canta en las pupilas húmedas de la iniciada.</p>
+
+<p>Gozó el amo aquel extraño placer dejándolo a un lado cuando ya lo
+hubo gustado muchas veces, que la niña ciega fue gustosa también en
+la frecuente práctica de aquella transfiguración, de aquellos dones
+que hacía de su sensibilidad depurada por la dificultad expresiva de
+sus ojos apagados. Jamás pensó que aquella entrega fuese un sacrificio
+y cuando el amo no volvió a requerirla, solo se advirtió un poco
+apesadumbrada, algo más ciega y ensombrecida <span class="pagenum"
+id="Page_132">p. 132</span>de lo que hasta allí había estado. No supo
+de odios ni vergüenzas y si algún resquemor doloroso le quedó, fue su
+esterilidad, que, en aquellas tierras solares donde los hijos agarran
+en la entraña de las madres con la misma facilidad que las simientes en
+los surcos, no hay unión natural y noble que no sea santificada por la
+fecundidad.</p>
+
+<p>Quedó un poco más hermética y un poco más cerca de la plenitud
+y la armonía: su silencio adquirió cierto tinte de eternidad, pero
+su alma conturbada que quería irradiar y hallaba una densa cortina
+ante las ventanas naturales de los ojos, buscaba en todo el cuerpo
+una expansión, quería salir a flor de piel y así era toda ella una
+vibración múltiple, un largo estremecimiento que había conseguido
+plasticidad en aquellas formas quietas y ardorosas.</p>
+
+<p>Siguió presidiendo inmutables las fiestas y las labores del campo.
+Pero no podía resignarse a la esterilidad y como sus ojos no vieron
+nunca los rasgos fisonómicos del poseedor, sino que su epidermis
+lo sentía sobre ella, no halló razones bastantes para no buscar en
+otros hombres la cuerda tensa que hacía vibrar el diapasón de su
+sensibilidad. Y como estaba consumiéndose en aquella natural necesidad
+de ser poseída, atraía hacia el olivo que le servía de dosel a los
+braceros cuyos silbos y gritos le parecían más sonoros, juntándose con
+ellos en aquel interminable estremecimiento que era la razón de su
+gracia.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_133">p. 133</span></p>
+
+<p>Las mujerucas tristes de los braceros —el pañuelo negro sobre el
+rodete nunca destrenzado y con las puntas anudadas bajo la barbilla— se
+soliviantaron pronto y Azucena tuvo que huir de aquellas furias castas
+y atormentadas.</p>
+
+<p>Halló refugio en lo profundo de las torrenteras a donde los
+campesinos iban a llevarle las pomas, los racimos de uva y las flores,
+hasta que un día la tía Lunanca con su certero instinto fue a sacarla
+de entre los jarales para confinarla en su burdel que a partir de
+entonces tuvo algo de santuario al que los hombres iban ya con cierta
+compunción para gozar de aquel sereno goce que a todos por igual
+brindaban las carnes blancas y castas de Azucena.</p>
+
+<p>La Lunanca misma y las compañeras de burdel y hasta la Verduga, la
+hedionda sirvienta, llegaron a sentir la supremacía que aquella mujer
+ciega y hermosa ejercía sobre las gentes y sobre las cosas, sobre todas
+las cosas, que se ennoblecían y purificaban al rodearla y tocar de
+cerca su indiscutible aristocracia.</p>
+
+<p>Así, la Verduga pasábase las horas muertas ante ja figura inmóvil
+de Azucena en cuyo rostro plácido hallaba alguna luz para sus ojuelos
+pitarrosos llenos de sombras.</p>
+
+<p>Seis días de la semana andaba la Verduga limpiando los fondos de
+aquel bajo fondo social con un trajinar fatigoso y repugnante y al
+séptimo día descansaba llorando sin interrupción ni consuelo el largo
+<span class="pagenum" id="Page_134">p. 134</span>rosario de sus
+desdichas. Durante toda la semana se la veía ir y venir silenciosa, de
+un lado para otro, atenta únicamente a sus faenas con los ojos secos
+y los labios cárdenos pegados con una saliva congelada que debía de
+amargarle el alma. Pero cuando llegaban los domingos cesaba la Verduga
+en su afanoso trajinar, vestíase toda de negro, echábase el pañuelo
+negro también sobre la frente y acurrucada en el rincón más escondido
+del burdel poníase a llorar quedamente con largos y difíciles suspiros
+hasta que con los ojos abotargados íbase a su jergón al toque de
+oraciones para descansar de sus penas que ya no le saldrían a flor de
+labio hasta el siguiente domingo.</p>
+
+<p>En estos festines de dolor era cuando la Verduga se enfrontaba
+con Azucena y le hacía entre sollozo y sollozo el relato de sus
+pesadumbres. Casó en su juventud con un mocetón aventurero que a poco
+de rodar aspeado por todos los caminos, dio en ser el ejecutor de la
+Justicia. Y cuando al fin sintió ella en su cuerpo la repulsión hacia
+aquellas manazas holgazanas que por holgar se ensangrentaban, volvió
+al pueblo prefiriendo el contacto con todas las podredumbres a la
+convivencia con aquel hombrachón carnicero que le asqueaba el alma. En
+el pueblo la llamaron la Verduga y no hubo un amo que le arrojase un
+pedazo de pan. Únicamente la Lunanca la tomó a su servicio y a cambio
+de las labores vergonzosas <span class="pagenum" id="Page_135">p.
+135</span>que en el burdel hacía, diole una escudilla de bazofia y un
+pañuelo negro para la cabeza.</p>
+
+<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div>
+
+<p>Los hombres iban en busca de Azucena y ella los recibía a todos con
+la misma ilusión, el mismo estremecimiento de sus carnes sensibles.
+Iban los señoritos como jayanes, los enfebrecidos por el juego y los
+sacudidos por el alcohol; los que buscan en el burdel la gracia y
+el optimismo que en el hogar extinguen el afán por los ochavos, la
+religión y el miedo al agua clara; los que pagan con el dinero de las
+mujeres desangeladas a las que uncieron, los que derrochan en unas
+décadas el patrimonio familiar y los que gastan y triunfan encaramados
+sobre los torsos vencidos de los jornaleros. Iban también los viejos
+laboriosos que se abstuvieron siempre hasta lograr sus títulos, sus
+menciones honoríficas, sus credenciales o sus onzas de oro, y los
+ruines comerciantes establecidos en los soportales de la plaza con sus
+géneros averiados y sus balanzas ladronas, y los trajinantes rumbosos
+y los mercaderes viajeros que buscaban escépticos aquel encanto de la
+hembra ciega, y los colonos afanosos que juntaban para la renta y para
+holgar un día con Azucena y los pegujaleros y los mocitos imberbes que
+sacaban el dinero a sus hermanas a hurtadillas de los padres.</p>
+
+<p>Todos posaban sobre ella que por igual se les ofrecía <span
+class="pagenum" id="Page_136">p. 136</span>sumisa e ilusionada.
+Aquellas cohortes de hombres diversos eran para Azucena como un solo
+hombre, el hombre, que iba a ella siempre enamorado, siempre ardiente
+y deseoso; la ciega no supo nunca de desdenes ni de infidelidades y
+siempre tuvo propicio al amado que cada día mostraba ante ella nuevos
+matices de su alma compleja. Jamás hubo en ella la sombra del hastío
+y todas las noches esperaba hallar en las palabras del amado o en
+sus varias caricias una grata sorpresa, que reavivara el fuego de su
+amor.</p>
+
+<p>Advertir la diferencia de unos hombres y otros era para Azucena un
+complicado cinematismo que no podía llegar a su conciencia estando
+veladas sus pupilas, y, como eran los otros sentidos, más torpes y
+groseros, los informadores, la ciega no llegó a enterarse nunca de las
+promiscuidades y admitía el goce de los nervios, los músculos y la
+epidermis como una función santificada. Amor purísimo y no liviandad
+era, pues, para la hembra ciega aquel darse a todos sin la media tinta
+de un recato ni la expiación de una repugnancia. Su ceguera la libraba
+del contagio en aquel desfilar de hombres encendidos por la lujuria
+y era la castidad misma reflejada en la serenidad de su rostro, en
+la frescura de su piel y en la honesta condición que a su contacto
+adquirían las cosas prostituidas del burdel.</p>
+
+<p>Mientras las otras mujercitas del prostíbulo se iban <span
+class="pagenum" id="Page_137">p. 137</span>agotando sacrificadas en
+el ara de la tía Lunanca, Azucena se hacía más ancha y plena, más
+luminosa y más fuerte y sus formas adquirieron pronto cierta rotundidad
+triunfal, porque no había en aquellos constantes contactos carnales el
+virus de ningún vicio.</p>
+
+<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div>
+
+<p>Un día llegó al burdel de la Lunanca una mujerona de esas que salen
+de la ciudad para hacer por pueblos y aldeas su recluta de hembras de
+placer. Puso empeño en llevarse a la ciega y lo consiguió. Abandonó
+Azucena la vieja casona de labranza y fue a parar a uno de los
+prostíbulos elegantes de la capital. Era una casa silenciosa en la que
+los pies se deslizaban quedamente sobre el terciopelo y había un cálido
+aliento en el ambiente de los salones, verdaderos laberintos, para
+ella, por el desplazamiento irregular y aventurado de los chirimbolos
+frágiles, los inútiles objetos de fantasía que se quebraban con
+estrépito al roce de las manos inhábiles de la ciega.</p>
+
+<p>Como había de ser explotada su ceguera, el dueño de la mancebía
+aderezó hábilmente el retrete de Azucena acomodándolo a aquella extraña
+condición de su nueva pupila. Pintó de un solo tono claro las paredes
+y el techo, perdió la luz en la pudibundez de los focos esmerilados,
+llevose todos los espejos, hasta los que se inclinaban desvergonzados
+sobre el lecho <span class="pagenum" id="Page_138">p. 138</span>y dotó
+a la nueva pupila de unas largas batas blancas y unas pieles blancas
+también en las que se arrebujaba ella complacida. Y una vez hechos
+el ambiente y el reclamo comenzaron a llegar los curiosos tocados de
+lujuria.</p>
+
+<p>Eran hombres extraños, incomprensibles, frágiles, como aquellas
+porcelanas que Azucena derribaba a cada momento, con sus manos
+perdidas. Igual que las tanagrillas y las figuras de biscuit, se le
+rompían y fracasaban los sutiles y aristocráticos amadores entre el
+ritmo acentuado e igual de sus anchas caderas y la simplicidad de sus
+caricias que tenían un sabor monótono y ritual para los habituados a
+otros placeres.</p>
+
+<p>Ella imaginaba que el amado, su único amado, había envejecido
+prematuramente, y recibía siempre una clara sensación de acabamiento
+y ruina en aquel varón antes prepotente que sabía conmoverla y
+sentirse conmovido con las caricias duras e intensas. También llegaban
+frecuentemente unos ancianos estirados y olorosos cuyas carnes
+maceradas por el placer constante no tenían aquella viril rugosidad,
+aquel sabor a sarmiento de los viejecillos abstinentes del agro. Y
+Azucena sentíase desasida por aquel su fiel enamorado que durante las
+mil y una noches la hizo vibrar en una larga y múltiple sonoridad.</p>
+
+<p>Pronto se sintió avergonzada y cohibida; hasta entonces todo había
+sido en ella expresión clara y <span class="pagenum" id="Page_139">p.
+139</span>concreta de la naturaleza y había en aquella prostitución
+rural que practicaba algo que la santificaba y ennoblecía. Pero en
+el nuevo ambiente artificioso, entre aquella borrachera de perfumes
+exóticos de la que nunca salía al aire libre y sano, en los brazos de
+aquel amado lleno de perversión y bubas íbase borrando el sentimiento
+de la naturaleza y por primera vez mordieron en su alma el asco, la
+vergüenza, el horror de su condición, y el miedo a su culpa. Entonces
+sintió el dolor de la deshonrosa misión que hasta allí había ejercido
+como un sacerdocio y comenzó a perder en este punto y hora aquella su
+augusta serenidad.</p>
+
+<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div>
+
+<p>Azucena había perdido su gracia y nunca más volvió a recobrar su
+indefinible encanto. Los hombres huyeron de ella definitivamente y
+solo muy de tarde en tarde caía un huésped extravagante que tocase,
+quedamente con los nudillos, en el olvidado cuartito de la ciega.</p>
+
+<p>El amado de siempre la desdeñaba al fin y entonces vino a embargarle
+una infinita tristeza que la hacía sentirse más hundida, más ciega, más
+penumbrosa que nunca. Esta pesadumbre que era una losa sobre el corazón
+era para los extraños el «mal ángel».</p>
+
+<p>No volvió a sonar el diapasón de su alma y la eternidad,
+toda una eternidad, corría con silencio de tumba en aquella
+estancia confortable. El frío se le metió <span class="pagenum"
+id="Page_140">p. 140</span>en los huesos, traspasando misteriosamente
+las pieles blancas y el fuego de sus carnes jóvenes aún. Era un frío
+interior que sacudía su cuerpo haciéndolo encogerse, engarabitarse
+atormentado por aquellos dardos que le amorataban las carnes.</p>
+
+<p>A veces, se templaba en el recuerdo de aquellos días felices cuando
+los braceros iban jubilosos a poseerla sobre los terrones infundiéndole
+aquel optimismo, aquella clara y honda satisfacción de haber pagado la
+deuda reclamada por la naturaleza. Recordaba el bienestar de entonces
+que la hacía extenderse gozosa en una vibrante distensión de sus
+miembros complacidos después de aquellas uniones, y se bañaba en la
+evocación de aquella plenitud, de aquella inefable calma, de aquella
+honradez.</p>
+
+<p>Ahora se miraba prostituida, sacerdotisa de un rito repugnante y
+criminal, mancillada por el contacto viscoso de aquellas manos finas y
+ensortijadas incapaces de aquella presión fuerte y sana que sobre sus
+carnes estallantes ejercían aquellas otras manos ásperas, y la amargura
+la hacía estarse acurrucada junto a los tizones de la chimenea.
+Definitivamente Azucena había perdido su gracia.</p>
+
+<p>Era una mujerona desangelada y torpe cuyos brazos oprimían
+dolorosamente a los yacentes o les abandonaban laxos y desganados.</p>
+
+<p>Ante aquel fracaso pensaba entristecida en la veneración que
+le guardaban los jornaleros de su tierra <span class="pagenum"
+id="Page_141">p. 141</span>y el respeto que infundía a los señoritos
+impíos que iban a la casona de la tía Lunanca, un poco recatados y
+conmovidos, porque allí estaba la ciega hermosa con sus sahumerios, sus
+macetas de albahaca en la ventana y su alto lecho tallado en el que
+habían de entrar siempre un poco emocionados al contacto de las sábanas
+grandes y bastas, que tenían ese olor fragante de los membrillos
+guardados en las cómodas entre la ropa blanca.</p>
+
+<p>Esta ruina de su señorío entre gentes aturdidas, refinadas y
+bárbaras, le quemaba los ojos fríos y daba una odiosa rigidez a sus
+brazos, un ridículo automatismo a todo su cuerpo antes flexible y
+suave, ejercitado en esa ondulación de las palmeras y las mieses en las
+tierras cálidas favoritas del sol.</p>
+
+<p>En la olvidada estancia de Azucena era una noche interminable.
+Fuera, en las otras estancias fastuosas del gineceo triunfaban otras
+gracias exóticas, creadas en los laboratorios ciudadanos, conseguidas
+como se logra la espuma sobre el turbión de las grandes civilizaciones.
+Eran gracias inconsútiles, movedizas sobre un revuelto mar de pasiones,
+perversión, exaltaciones, ansias imprecisas y vejez.</p>
+
+<p>Entre aquellas gracias artificiosas fracasaba la gracia lenta,
+rítmica, engarfiada en el terruño, dimanada directamente de la
+naturaleza que se había hecho carne en la carne vibrante de Azucena.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_142">p. 142</span></p>
+
+<p>El dueño de la mancebía, que estaba atento al fracaso de Azucena
+con su clientela, pensó luego en deshacerse de ella y no le fue
+difícil trasladarla a otro prostíbulo de menos fuste, donde las burlas
+fueron más sangrientas y aún más terrible la perversión entre aquellos
+oficinistas encorvados de unas largas y lujurias negras que llevaban un
+olorcillo agrio en sus ropas sudadas y su piel sebácea.</p>
+
+<p>Allí palpó Azucena con sus manos largas y susceptibles todas las
+miserias de esa mesocracia atormentada y anhelante, que sustrae unas
+monedas del guisote familiar y del abrigo de los hijuelos encanijados,
+para satisfacer sus ansias burguesas en el saloncillo de una mancebía
+entre cocineras insumisas o en la sala de un casino con las fatales
+posibilidades de un tapete verde.</p>
+
+<p>Eran aquellos unos hombres miopes, apresurados, incapaces, que
+tenían siempre un mismo sobresalto, un mismo malestar, como de no
+hallarse satisfechos de sus vidas. Topillos desgraciados de las
+grandes ciudades que salen precipitados del agujero de sus oficinas,
+para meterse en el otro agujero de sus viviendas estrechas, no podían
+nunca pararse a contemplar la gracia de Azucena, ni siquiera su suave
+tristeza. Les irritaba aquella parsimonia de la hembra ciega, aquella
+normalidad, aquella resignación.</p>
+
+<p>Pasados los días curiosos en que aquellos buenos <span
+class="pagenum" id="Page_143">p. 143</span>hombres acudían extrañados a
+poseer a la hembra ciega, esta tuvo escasos requerimientos. La patrona
+quiso a su vez lanzarla de su triste gineceo, pero Azucena temía verse
+perdida en aquel caos de las grandes vías urbanas y se resistía a
+marchar sufriendo silenciosa las afrentas de aquel monstruo enfaldado
+que se propuso hacerle la vida imposible.</p>
+
+<p>Por el prostíbulo iba un ente estrafalario, guitarrista, alcahuete,
+a veces recadero diplomático, a ratos valentón, a intervalos sablista,
+vago de nativitate, enredador, parlanchín y borracho a cuyo expediente
+recurrió el ama para verse libre de la ciega.</p>
+
+<p>Este sujeto habló largas horas con la pobre mujer adolorida y supo
+ganar su voluntad incierta. Azucena tuvo confianza en él y se prestó
+a abandonar en su compañía la casa sucia de la mesocracia, el último
+baluarte de su infame comercio.</p>
+
+<p>La llevó a un tugurio, el más oculto y estrecho de una de esas
+grandes colmenas ciudadanas y allí la dejó abandonada a su ceguera.
+Pasaron unos días; Azucena sentada en el borde de su camastro se movía
+apenas para tomar el mísero alimento que las vecindonas compasivas
+iban a comprarle con las escasas monedas que la quedaban. Cuando se
+le acabaron vendió sus pieles, sus vestidos y sus medias de seda.
+Arrebujada en harapos esperó silenciosa.</p>
+
+<p>El abandono, la ceguera y la miseria no la impresionaban. Le parecía
+que había salido de una triste <span class="pagenum" id="Page_144">p.
+144</span>cárcel y tenía una dulce conformidad, una suave satisfacción
+interior que aliviaban su alma.</p>
+
+<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div>
+
+<p>El hambre la echó a la calle, haciéndola caminar a la ventura.
+Sin saber cómo llegó después de mucho andar a los jardines públicos;
+tropezó con un banco y cayó en él rendida. Envolvíala un airecillo
+suave, viejo amigo que le silbaba en los oídos una antigua canción, y
+reían lejanos unos chiquillos y unos pájaros.</p>
+
+<p>Entonces, se dio cuenta de su soledad y le subió del pecho a los
+labios una terrible congoja. Estuvo a punto de gritar desesperada; el
+mismo miedo la contuvo y unos instantes hallose anodada, como herida
+por un terrible golpe. Seguían sonando de vez en vez las carcajadas
+armoniosas de los niños y la interminable cantata de los pájaros;
+las horas se consumían lentamente y el vientecillo íbase creciendo y
+subiendo de punto.</p>
+
+<p>Poco a poco Azucena fue serenándose un tanto, orientándose en
+aquella total desorientación en que había caído. La noche venía aprisa
+y se oía a los pequeñuelos alejarse charloteando acuciosos con sus
+ayas, y a los pajarillos aletear inquietos alrededor de sus nidos. El
+jardín se hundía rápidamente en el silencio y ya solo se oía el confuso
+rumor que a distancia producen los cien mil estrépitos de las grandes
+<span class="pagenum" id="Page_145">p. 145</span>ciudades. Pasaban
+perezosos los últimos paseantes y cuando se hubo perdido el quedo rumor
+de los pasos sobre los senderos enarenados nada volvió a oírse.</p>
+
+<p>Azucena se estuvo quieta, quieta, con las manos entrelazadas sobre
+el regazo. Después de la emoción de verse abandonada fue recobrándose
+y a poco que corrió el tiempo logró cierta calma, mejor dicho, cierta
+insensibilidad.</p>
+
+<p>El frío húmedo del jardín bloqueaba sus pies y sus manos y el
+viento castigaba su frente, pero había llegado a tan profunda
+abstracción que los agentes exteriores se estrellaban incapaces, ante
+aquella figura hierática que tenía la misma impenetrabilidad que las
+figuras arrancadas del mármol. Mármol amorosamente trabajado parecía
+aquella figura blanca de Azucena, que la luz cambiante de la luna iba
+contrastando al cubrir su parábola.</p>
+
+<p>Así llegó suavemente el conticinio; acabaron de morir los ruidos
+ininteligibles de la urbe y en el silencio absoluto del jardín,
+Azucena, que sentía en el fondo del alma una espantosa lucha, halló al
+fin la calma, recobró su espíritu y se sintió feliz. Al amanecer se
+halló purificada, limpia de toda culpa; con los primeros rayos de sol
+fue invadida por una inefable confianza. Vio el sol en el fondo de su
+alma y se regocijó.</p>
+
+<p>Ya no volvió a moverse de aquel jardín amable. <span
+class="pagenum" id="Page_146">p. 146</span>Halló en la ciudad un
+agujerillo limpio donde puso su lecho pobrísimo y todos los días antes
+de que amaneciese, íbase con su andar balbuciente hasta aquel banco del
+jardín, en el que pasaba los días interminables del verano y los días
+fugacísimos del invierno.</p>
+
+<p>Le daban limosnas; pocas, que los más de los transeúntes apenas la
+veían en aquel remanso. Pero iban siempre aquellos niños reidores y
+nunca le faltó algún resto de las ricas meriendas que las ayas llevaban
+en sus faldriqueras enormes.</p>
+
+<p>Los chiquillos fueron acostumbrándose a verla siempre en su banco
+escondido y a poco se familiarizaron con ella y llegaron a entenderla
+y a amarla. Ella les contaba unos cuentos vistosos, esmaltados,
+brillantes, en los que ponía todo el afán cromático de sus pupilas
+desteñidas; los chiquillos, conmovidos, enamorados, le daban sus
+empanadas sabrosas.</p>
+
+<p>Azucena con el tiempo íbase venciendo. Aún podía imaginarse que era
+hermosa pero su extremada sobriedad, aquellas frugalísimas colaciones
+que le deparaban la conmiseración infantil, la habían hecho enjuta y la
+habían endurecido. Los días inclementes pasados a la intemperie habían
+curtido su piel, que lentamente se resquebrajaba tomando ese tinte
+amarillento que componían los imagineros para sus crucificados.</p>
+
+<p>No volvió a sentirse desdichada. En el jardín, entre <span
+class="pagenum" id="Page_147">p. 147</span>los niños sanos, fuertes,
+alegres, escuchando aquel lejano runrún que los afanes ciudadanos le
+traían, saludada por todos los vientos, purificada por su austeridad,
+ennoblecida por el dolor resignado y suave de los días sin pan, sumisa
+por la mendicidad, aromada por la eterna florescencia del jardín,
+templada por los rayos de sol en el invierno y esponjada en la sombra
+durante el estío, Azucena volvió a poseer su gracia, aquella gracia
+natural surgida de entre los terrones al pie de los olivos.</p>
+
+<p>Los niños escuchándola refrenaban sus imaginaciones zigzagueantes
+al paso tardío de la palabra amorosa y cálida de aquella mujer ciega
+que les hablaba lentamente de las labores penosas de la tierra, de los
+sacrificios, de las virtudes legendarias, de las canciones populares,
+de las penas de las mujerucas, de las ansias imprecisas de los mozuelos
+ambiciosos, del señorito fuerte, del gañán sufrido, de las bestias
+incansables con sus altos ejemplos, del viento, del sol y de la lluvia
+que en su boca tenían una calidad insospechada, una caracterización
+de hadas buenas o de espíritus maléficos con los que los hombres se
+debatían para hacer sus vidas fuertes y honradas, extraídas de la
+naturaleza, conseguidas como florescencias maravillosas de aquella
+tierra secularmente próvida. Y así, hasta que se murió.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+
+<div class="chapter" id="Ch206">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_148">p. 148</span></p>
+ <h3 class="dcha ws1">LA TÍA CONCHITA</h3>
+</div>
+
+<p>La tía Conchita fue siempre la preocupación de su familia. Era
+aquella una dilatada familia de comerciantes, industriales, militares
+y burócratas, gente toda de trapa y garduña, retoñada bravamente de
+un recio tronco secular, cuya figura simpática y fuerte se perpetuaba
+con honores de icono en los estrados de sus numerosos descendientes,
+caracterizado de una vez y para siempre por su testa rapada y
+cenicienta, su prognatismo, su levita desencajada y su leontina de
+oro.</p>
+
+<p>Esta gran familia, que a semejanza de la de Noé se había esparcido
+por el universo mundo, no tenía más antecedentes ni más árbol
+genealógico que aquel abuelo salido de la nada, cuya vida intensa y
+laboriosa, a ratos pintoresca y a ratos sublime, ofrecía constantes
+ocasiones de ejemplaridad y era, no obstante los años transcurridos
+desde su muerte, el estímulo y el guion más decisivo en las vidas de
+sus nietos.</p>
+
+<p>Muy poco se sabía de él. Salió como grumete en un velero con
+rumbo a la América española que aún era tal. Decíase que ya hombre
+hecho y derecho comerció en el «ébano» trayendo y llevando preciosos
+cargamentos de esclavos que hicieron la base de su fortuna. Después
+comerció en mil cosas diversas, fundó ingenios y haciendas, descubrió y
+colonizó, ganó o robó el oro a manos llenas y ya, a la postre, <span
+class="pagenum" id="Page_149">p. 149</span>volvió a España, anduvo en
+juntas y conspiraciones, se le acusó de filibustero, fue jefe político,
+se le otorgaron cruces y murió beatamente a los ciento cinco años entre
+las piadosas manos de un sacerdote jesuita.</p>
+
+<p>Tuvo muchos hijos que fincaron unos en España y otros en América
+heredando todos aquel ansia posesoria del fundador. Se multiplicaron
+en nietos y la vasta red de la familia llegó a ser una verdadera
+masonería intercontinental cuya doctrina estribaba en la fuerza, la
+tenacidad y el dominio. Aves de presa todos ellos, si estos tiempos
+creasen nobleza por derecho propio les corresponderían las águilas
+heráldicas. Cual más, cual menos, unos en las covachuelas, otros en las
+gerencias, otros en los mismos talleres, todos dedicaron sus vidas a la
+consecución del bienestar económico, al acrecentamiento del patrimonio
+familiar, que, al escindirse en cada generación, recomenzaba luego a
+engrosar ávidamente. Todos tenían el mismo afán. Todos eran hechura del
+progenitor. Todos, menos la tía Conchita.</p>
+
+<p>La pobre señora jamás hizo cosas a derechas. Casó mal, error
+imperdonable en el seno de aquella familia, en la que hasta las hembras
+en el tálamo nupcial procuraban por el bienestar y la riqueza. El
+marido después de arruinarla la abandonó y fue pronto a morirse en un
+rincón infecto. Quedó viuda, joven y pobre.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_150">p. 150</span></p>
+
+<p>Volvió al amparo de la gran familia y tácitamente convinieron sus
+deudos en irla manteniendo por turno hasta el fin de sus días. Así,
+de unos en otros, resignada y amorosa, vivió desde entonces al margen
+siempre de los afanes de sus parientes que ella, en su desasimiento
+y renuncia, no supo comprender jamás. Se hizo querer de todos; los
+innumerables sobrinos adoraron en la tía Conchita y no deseó más.</p>
+
+<p>Diez o doce años llevaba de viudez cuando un acontecimiento insólito
+la arrancó de cuajo de aquella vida muelle y triste de renunciamiento.
+Apareció entonces en escena uno de sus primos lejanos, a la sazón
+comandante o teniente coronel del ejército, quien en aquellos días
+había sido movilizado por causa de la última guerra colonial que
+comenzaba a enzarzarse. Era soltero, ya cuarentón, fuerte aún y
+típicamente bizarro. Días después debía partir para el campo de
+operaciones y bromeando con su familia anunciaba lo improbable de su
+regreso. La guerra era dura para los nuestros, había centenares de
+bajas, él estaba ya viejo, y, además, ¡le importaba todo tan poco! Era
+de los que se quedarían allí. Y con esto echaba sus bravatas.</p>
+
+<p>Alguien de la familia insinuó entonces la peregrina idea. Hubo
+muchos cabildeos y cuando el militar se enteró de la endiablada
+maquinación comenzó riéndose y terminó aceptando. Tratábase de hacer
+una obra de caridad. La pobre tía Conchita no tenía sobre <span
+class="pagenum" id="Page_151">p. 151</span>qué caerse muerta; era una
+carga para todos. Él, en cambio, tenía una paga considerable y en el
+desgraciado caso de que muriese sobre el campo de batalla, a su viuda
+le correspondería una pingüe pensión. Claro que como era soltero ese
+dinero se lo ahorraría el Estado y..., era una lástima, porque allí
+estaba la tía Conchita ¡a quien hacía tanta falta!</p>
+
+<p>Dispuesto a quedarse por allá, como él decía, le daba igual y
+aceptó. Ahora bien; era preciso que la ingeniosa y caritativa idea
+pasase inadvertida para la tía Conchita cuya susceptibilidad no
+soportaría seguramente la humillante donación.</p>
+
+<p>Fue necesario que el militar fingiera una avasalladora pasión por la
+tía Concha, que esta correspondiese al amoroso requerimiento, que se
+anduviesen los trámites de rigor y se casasen, todo al vuelo. La farsa
+se llevó a cabo sin obstáculos en ocho o diez días y cuando a la mañana
+siguiente de consumado el matrimonio partió el militar para el campo de
+batalla, la pobre tía Conchita quedó anonadada, estupefacta, sin saber
+lo que le había pasado y perdida en tales emociones y tal confusión que
+ya nunca lo sabría.</p>
+
+<p>Pasó el tiempo y poco a poco fue recobrando su serenidad, caviló
+muchas noches sobre aquel extraño suceso, agigantó el recuerdo de los
+escasos días en que convivió con el militar, contempló horas y horas
+los retratos del esposo y no tardó en sentirse enamorada, <span
+class="pagenum" id="Page_152">p. 152</span>blanda y profundamente
+enamorada de aquel sujeto casi desconocido, que en seis días abrió
+un nuevo cauce a su vida e hizo correr los veneros ocultos de su
+corazón.</p>
+
+<p>Las noticias de la campaña eran pocas y tardías. La tía Conchita no
+tuvo de su esposo más que algunas referencias indirectas. A la grata
+sensación de su enamoramiento sucedieron la inquietud, la zozobra, la
+angustia. ¿Por qué no escribiría? ¿Por qué la olvidaba? Los parientes
+no fueron tan impíos que le dijesen la verdad y la tía Conchita comenzó
+a consumirse en desesperación. Lloraba, rezaba, invocaba a sus Vírgenes
+y a sus santos familiares pidiéndoles milagros que salvaguardasen la
+vida del amado; todas sus horas estaban dedicadas al culto fervoroso
+del ausente.</p>
+
+<p>Pasaron unos meses más. No recibió ninguna noticia. El militar no
+tuvo jamás un recuerdo para aquella parienta pobre y tontona a la que
+había hecho el regalo de lo que le sobraría después de muerto porque
+no podía consumirlo en vida. Guerreó bravamente y cuando le tocó caer
+murió con la misma entereza con que había vivido y pensando en que a
+nadie causaría pesar su fin.</p>
+
+<p>No fue así.</p>
+
+<p>Tuvieron la culpa aquellos parientes astutos, aquella gran familia
+de aves de presa devenida del negrero que creyendo salvar de la
+miseria a la tía Conchita <span class="pagenum" id="Page_153">p.
+153</span>labró su infelicidad, su inefable tragedia. Lo que hicieron
+con ella fue un crimen.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+
+<div class="chapter" id="Ch207">
+ <h3 class="dcha ws1">EL DINERITO<br> DE LA PORDIOSERA</h3>
+</div>
+
+<p>Se le hizo tarde. Estaba helando y aún le faltaba una legua de
+camino. Ya no tenía fuerzas; sus resortes, aquellos acerados resortes
+de sus nervios que siempre la sacaron triunfante del hambre, el frío y
+el cansancio respondían mal al espoleo de su voluntad. Temblando, las
+manos heladas, las piernas torpes y la vista incierta, anduvo hasta que
+cerró la noche. El viento la trabajaba con dureza batiéndole el flanco
+derrengado por el reúma y la arterioesclerosis, y la infeliz sentía con
+terrible netitud que se le iba quedando helada la osamenta allá en el
+fondo de los harapos y el pellejo.</p>
+
+<p>Después comenzó a sentirse bien. Ya no le apretaban tanto el
+hambre y el frío. Las manos, racimos de huesos empezaron a llenársele
+de sangre calentita y pronto las tuvo negras e hinchadas como dos
+morcillas. Estaba a gusto, muy a gusto. Tanto que se sentó en el borde
+del camino y sentada se quedó dormida.</p>
+
+<p>Ya entonces le fue más fácil al viento terminar su tarea. De
+un empujón la echó a rodar; la metió la <span class="pagenum"
+id="Page_154">p. 154</span>nariz entre la grava húmeda donde empezaban
+a formarse los cristalitos de la helada y allá se fue silbando tan
+satisfecho de su obra. Hora tras hora cayó encima de la vieja muy
+acurrucadita sobre el suelo el frío de aquella noche clara.</p>
+
+<p>Fue ya al amanecer cuando la encontraron. En la casa de socorro hubo
+que trabajar de firme con ella pero al fin la hicieron reaccionar.</p>
+
+<p>A la primera gota de sangre que entró en su corazón, tan pronto
+como tuvo un hálito de vida, se revolvió desesperada. ¡Sus ropas! ¡Sus
+ropas! La habían despojado de sus harapos y allí estaban arrebujados en
+un rincón. Quiso cogerlos, se lo impidieron, rabió, lloró, luchó por
+alcanzarlos y en la lucha las pobres ropas se rasgaron.</p>
+
+<p>Cosidos a las entretelas se hallaron hasta veinte billetes de mil
+pesetas. La pordiosera era capitalista; una modesta capitalista. El
+caso no deja de ser frecuente.</p>
+
+<p>Hubo un buen hombre con puntas y ribetes de filántropo que tomó
+sobre sí la tarea de sacar a la vieja de su miseria. Dura tarea porque
+habituada a la mendicidad desde que se sintió vivir, la miseria era en
+ella una segunda naturaleza, el cansancio su descanso, el hambre su
+satisfacción, y el frío su amigo de siempre. Su mano tendida al mundo
+durante cincuenta años de limosnera estaba ya anquilosada y a su pesar
+conservaba el ademán pedigüeño.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_155">p. 155</span></p>
+
+<p>Pero aquel era un hombre paciente. A sus claros razonamientos la
+pordiosera tuvo que rendirse y cambiar de vida. Con aquellos mugrientos
+billetes que en años interminables de miseria había ido ensartando en
+la mugre de sus ropas le hizo comprar vestidos, arrendar una casita
+soleada de las afueras, adquirir muebles, tomar una criada...</p>
+
+<p>La vieja, resignada, veía cómo mermaba su tesoro a medida que
+alrededor suyo se acumulaban los instrumentos de bienestar que aquel
+hombre creía indispensables para ella. Con ojos asombrados veía cómo
+las cargas de leña rellenaban su carbonera, cómo las sábanas blancas
+y las mantas tibias guardaban sus caricias en el fondo de las cómodas
+henchidas de ropa y cómo la despensa bien abastecida esparcía un grato
+olorcillo de los jamones, los quesos y la fruta. Todo aquella era
+suyo; suyas las blandas mecedoras en cuyo regazo los huesos doloridos
+descansaban al fin, suyas las pieles, las alfombras y suyo aquel gran
+fuego del hogar cuya humareda empenachaba la pulcra casita bañada en
+sol, dulce sol del invierno, aprisionado por los cristales de colores
+de la galería.</p>
+
+<p>Cuando así la tuvo instalada el hombre aquel se marchó satisfecho
+de su obra. Ya estaba redimida. Le hizo gastar una buena parte de sus
+codiciados billetes pero la había dado una vida más fácil, más holgada
+y más limpia.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_156">p. 156</span></p>
+
+<p>Al verse sola la vieja empezó a dar vueltas a todo aquello.
+Tentujeaba las ropas, repasaba los cacharros, palpaba con manos
+insistentes de ciega las cortinas, los cuadros y los muebles, abría y
+cerraba los innumerables cajones, iba y venía cada vez más aturdida
+comprendiendo menos cada vez.</p>
+
+<p>Sentíase extraña. Un agudo sentimiento de extrañeza le hizo irse
+retrayendo del contacto frecuente con cuanto le rodeaba. Se recluyó
+poco a poco en un cuartito estrecho y oscuro; todo lo demás de la
+casa le sobraba y aun dentro de aquella celda no sabía ir más allá de
+los cuatro ladrillos en que había de posarse. Despidió a la criada y
+su último dispendio fue la adquisición de unos fuertes candados que
+taparon las bocas imprudentes de cajones y puertas. Y ya se encerró
+—para siempre jamás— en aquel zaquizamí sombrío, ancho mundo inagotable
+para sus necesidades. Lo demás de la casa fue empolvándose primero,
+agrietándose después y desmoronándose por último.</p>
+
+<p>Se equivocó aquel hombre bien intencionado. La vieja no necesitaba
+todo aquello y fue un error y una crueldad imponérselo. Aunque pueda
+parecer una blasfemia hay que decir que la necesidad no es igual para
+todos.</p>
+
+<p>Otra madrugada unos traperos encontraron junto a la carretera el
+cadáver de una vieja harapienta muerta de hambre y de frío al parecer.
+En su faltriquera <span class="pagenum" id="Page_157">p. 157</span>se
+halló junto con unos mendrugos un manojito de llaves herrumbrosas.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+
+<div class="chapter" id="Ch208">
+ <h3 class="dcha ws1">LA NECROFILIA</h3>
+</div>
+
+<p>Mi abuela, por lo menos en los tiempos en que yo pude conocerla,
+rendía un fervoroso culto a los muertos. Acaso esta necrofilia
+fuese en ella una pasión puramente senil, ya que según noticias que
+posteriormente pude adquirir, la bendita señora había tenido en su
+juventud otras muchas pasiones bien distantes de su final preocupación,
+aunque de la intensidad con que amó la vida pudiera deducirse
+exactamente su extremada consideración a la muerte.</p>
+
+<p>Metíase en la cama —una cama altísima de roble primorosamente
+tallado, vestida con unas sábanas de Holanda saturadas de olor a fruta—
+poco después del toque de ánimas; pero antes sentábase sosegadamente
+en una butaquita colocada a los pies del lecho, y allí, a oscuras
+casi, perdiéndose y apareciendo entre las vacilaciones de una mariposa
+de aceite con la que alumbraba a sus imágenes, rezaba lentamente
+credos, avemarías y padrenuestros por las almas de sus padres y de
+sus abuelos, de sus hijos muertos, de sus parientes acabados, de los
+navegantes, de los combatientes, de los que estaban en pecado mortal.
+A veces quedábase aletargada a la mitad de sus rezos y el ánima que en
+aquellos momentos salía del <span class="pagenum" id="Page_158">p.
+158</span>purgatorio a sus instancias, debía sufrir horriblemente
+ante el temor de que mi abuela se quedase definitivamente dormida.
+Ella se daba cuenta perfecta de los sufrimientos de estas pobres
+almas pecadoras a las que en sus cabezadas somnolientas, dejaba
+colgadas del débil hilo de su piedad y al despabilarse rezaba de nuevo
+precipitadamente tal vez pensando que las ánimas salían de su cárcel a
+paletadas entre el runrunear de sus oraciones.</p>
+
+<p>El mes grande de mi abuela era el de noviembre; su día, su gran día,
+el de difuntos.</p>
+
+<p>Levantábase al amanecer; oía muchas misas en diversas iglesias con
+gran atosigamiento, y después, cargada de coronas y ramos de flores,
+íbase al cementerio. Visitaba las tumbas de los parientes próximos,
+después, las de los parientes remotos, los amigos y los simplemente
+conocidos; parábase por último ante los panteones de los potentados,
+considerando atentamente las bellezas artísticas de cada uno de los
+mausoleos y no salía nunca de la necrópolis sin dar también una
+vueltecita por los sepulcros de los hombres que habían sido célebres en
+su buena época. Charlaba y discutía amigablemente con los sepultureros,
+los empleados del cementerio, los lampisteros, los limpiadores de
+nichos, los lapidarios y los chamarileros que le ofrecían verjas y
+cruces para las sepulturas.</p>
+
+<p>Cuando el frío de la tarde la amedrentaba, volvíase <span
+class="pagenum" id="Page_159">p. 159</span>a su casa con un puñadito de
+castañas asadas y unos dulces. En su alcoba, frente al lecho, tenía ya
+sobre su cómoda una gran vasija llena de aceite hasta los bordes en la
+que ardían veinte o treinta lamparillas, por cuyas lengüecitas de fuego
+se quejaban las almas en pena de sendos deudos de mi abuela. Volvía
+ella a sus rezos mientras las campanas de la iglesia próxima doblaban
+desesperadamente y de tiempo en tiempo levantábase sobresaltada
+para colocar una nueva lamparilla en la vasija por algún alma amiga
+injustamente olvidada.</p>
+
+<p>Y siempre así; a toda hora, en cualquiera época del año mi
+benditísima abuela encontraba ocasión de rendir su culto a los muertos.
+Eran para ella una preocupación indesechable, una aberración. Habíase
+familiarizado con la muerte y en cualquier momento nos hablaba con
+gran serenidad de los detalles de su sepelio que quería tener bien
+dispuesto, de las oraciones que habíamos de rezar por su alma y de los
+cuidados que habíamos de tener con sus pobres huesos y su piel amarilla
+cuando fuéramos a darles tierra.</p>
+
+<p>Yo, que entre los terrores pánicos de mi adolescencia tenía en
+primer lugar el terror a la muerte, admiraba a mi abuela como a un ser
+sobrenatural por la sencillez, la afabilidad con que se volvía de cara
+a la nada. Me daba la impresión de que ella había hecho ya el viaje
+de retorno y por una gracia <span class="pagenum" id="Page_160">p.
+160</span>única de la divinidad estaba con nosotros. Tales eran la
+seguridad, el aplomo, la certeza que había logrado en su comercio
+diario con los muertos, a los que ella agasajaba con aquel mimo y
+aquella suavidad que en su juventud tuvo —dicen— para sus amadores.
+Yo esperaba que algún día ni abuela cerrase sus ojos en una de sus
+cabezadas somnolientas y que en ese momento sus amados de ahora
+viniesen a raptarla, llevándosela envuelta blandamente en sus finos
+sudarios; y en cierto modo no dejaba yo de envidiar aquella serenidad
+de la anciana, dispuesta siempre para un tránsito felicísimo.</p>
+
+<p>Cuando le llegó la hora, mi abuela se murió. Yo, que aquella noche
+andaba desazonado al advertir la proximidad de la Intrusa, estuve
+largas horas en acecho y pude seguir paso a paso la agonía de la pobre
+abuela; fue una verdadera agonía; su resistencia física era grande y
+luchó a brazo partido con la muerte; gritaba, revolvíase, fundíase al
+fin en un ronco estertor en que su cuerpo, todo su cuerpo protestaba.
+Cuando en el conticinio se declaró vencida, le quedó cuajada en los
+ojos una mirada de espanto.</p>
+
+<p>He sospechado siempre que mi abuela anduvo algo descaminada en
+sus relaciones con los muertos. Estos, sus íntimos amigos, debieron
+de informarla mal; seguramente no le dijeron toda la verdad y la
+pobre llegó algo engañada; el espanto que se pintó en sus ojos decía
+claramente que «aquello» no <span class="pagenum" id="Page_161">p.
+161</span>era lo previsto. Entonces empecé a desconfiar de los muertos
+y alejé de mí la necrofilia.</p>
+
+<p>Y empecé a creer que la muerte no nos otorga su amistad ni su
+confianza a cambio de la ornamentación barroca con que la adornamos
+para hacerla presentable en sociedad.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+
+<div class="chapter" id="Ch3">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_163">p. 163</span></p>
+ <h2 class="nobreak fs120 g0 ws1">NARRACIONES<br> MARAVILLOSAS</h2>
+</div>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+
+<div class="chapter" id="Ch301">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_165">p. 165</span></p>
+ <h3 class="dcha ws1">EL DESCONTENTADIZO</h3>
+</div>
+
+<p>Primero pasé grandes apuros que me hicieron recordar la parábola
+del camello y el ojo de la aguja; después, anduvieron manoseándome sin
+compasión y cuando al fin pude darme cuenta de mi estado, me encontré
+fajadito y cubierto de encajes sobre una hermosa cuna. En una rápida
+ojeada a los muebles y a las paredes ricamente tapizadas, comprendí
+que había venido a caer entre gentes acomodadas. Me resigné a ser un
+burguesito ejemplar y en el acto reconocí que las nodrizas, los idiomas
+y las asignaturas de Derecho, las izquierdas, la ruleta, el bacarrá y
+la dispepsia serían mis enemigos naturales. Descorrido en parte el velo
+de mi porvenir, opté por dormirme beatíficamente y esperar sosegado los
+acontecimientos.</p>
+
+<p>—¡Oh, qué feo es!</p>
+
+<p>Oí que una voz bastante desagradable —después supe que era la de una
+tía solterona, que veinte años más tarde debía resistir heroicamente
+a mis peticiones <span class="pagenum" id="Page_166">p. 166</span>de
+dinero— pronunciaba estas ofensivas palabras y abriendo un ojo como
+Dios y mi falta de costumbre me hacían entender que debía abrirse, le
+lancé una mirada furibunda. Ya verás, arpía —quise decirle—, lo que
+este feo va a costarte.</p>
+
+<p>Cuando advirtieron que yo estaba despierto, vinieron a importunarme,
+uno tras otro, todos los miembros de mi respetable familia. Acudió mi
+señor padre, muy alborozado y, a lo que yo pude colegir, más orgulloso
+de ser mi padre que de que yo fuese su hijo; advertí en aquel instante
+que en el cariño paternal hay mucho de egolatría, y si todos los recién
+nacidos adivinasen esto como lo adiviné yo, no se pondrían tan tontos
+ni andarían tan envanecidos; acudieron también mis dos hermanitas,
+muy lindas y discretas, aunque me pareció que ya se inclinaban más al
+cultivo de las artes de seducción que a otras disciplinas domésticas.
+Esto me dio mala espina, pues la perspectiva de ser hermano terrible y
+calderoniano de dos señoritas de la buena sociedad, en estos años en
+que vine a nacer, no me hacía maldita la gracia.</p>
+
+<p>El tío Pepe vino también a arañarme la mejilla con los cañones
+de su barba y a atufarme con su peste a coñac. Al tío Pepe todos
+le querían mal en casa; era el menos respetable de mi respetable
+familia; bebía, jugaba, malversaba fondos y, a no ser por las
+influencias de papá, ya hubiese parado en la <span class="pagenum"
+id="Page_167">p. 167</span>cárcel. Creo que, ya viejo, llegó a ser jefe
+de administración de no sé qué cosa. El tío Lorenzo, antípoda del tío
+Pepe, llegó después a rozarme la cara con sus labios fríos y delgados;
+dijo que él se encargaría de hacerme un buen comerciante y se marchó.
+Yo no sé lo que él entendería por un buen comerciante, o mejor dicho,
+lo sé y por pudor lo callo.</p>
+
+<p>Todos me besuquearon y trajeron en palmitas cuanto les vino en
+ganas, asegurando todos que me querían muchísimo, pero sin atender a
+que el mejor modo de quererme sería el dejarme descansar de mi largo y
+penoso viaje. Así son los mayores; nos miman y nos zarandean por lo que
+esto les divierte y entretiene, no por el placer que este traernos y
+llevarnos como panderetillo de bruja pueda producirnos.</p>
+
+<p>Al fin, se fueron con mil diablos, y yo volví afanosamente a mi
+sueño. Cuando desperté de nuevo debía de ser ya muy tarde; papá y
+mamá, acostados charlaban animadamente. Fui todo oídos, que no es ser
+gran cosa dada mi insignificancia física, y pronto pude entender que
+hablaban de mí, de mi porvenir, de mi carrera, de mi posición social.
+Me horroricé. Mamá creía que yo debía de estudiar una carrerita corta,
+que me permitiera zambullirme en una covachuela administrativa, un
+archivo, una cátedra de escaso empeño, o cosa así. Debía esmerarme
+en mi educación —también callo por pudor lo que mi señora <span
+class="pagenum" id="Page_168">p. 168</span>madre tomaba por educación—,
+y bien relacionado, con un sueldecito seguro y unas pesetejas de
+herencia, esperar una buena proporción; una señorita rica, quién sabe
+si millonaria.</p>
+
+<p>Papá se indignaba —en casa el dinero era de mamá— y quería a su hijo
+para más altos empeños. Él había sido hombre de un certero instinto y
+de un constante dominio de la realidad; pero para triunfar le había
+faltado la base, la cultura inicial. Yo tenía que aprender todas las
+cosas que él había ignorado, ¡terrible labor!, y aprovechando su
+tingladillo, no recuerdo si político o económico, consagrar con mi
+futura sapiencia todas las artimañas, todas las habilidades y despojos
+llevados a cabo por mi laborioso y aprovechado progenitor, que en
+determinado ramo de la actividad social había conseguido fundar un
+valioso cacicato de cuyos pingües beneficios yo sería usufructuario.</p>
+
+<p>Largas horas estuve meditando sobre estas dos inexorables decisiones
+que el destino me imponía; pesé y sopesé el pro y el contra de cada
+una; consulté a mi conciencia, virginal hasta entonces, pero cuya
+doncellez no pasaría más adelante; preví los peligros que toda rebeldía
+me traería aparejados...</p>
+
+<p>Y decidí morirme. En efecto; a la mañana siguiente, para morir como
+buen burguesito, tomé tal atracón de leche materna, que horas después,
+y con gran sentimiento de los míos, que habían visto en mí el <span
+class="pagenum" id="Page_169">p. 169</span>modo de descargar sus
+monstruosidades y darles perpetuidad, volví al limbo de donde no debía
+de haber salido.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+
+<div class="chapter" id="Ch302">
+ <h3 class="dcha ws1">EL MUERTO INSEPULTO<br> Y TRANSEÚNTE</h3>
+</div>
+
+<p>Yo era peluquero y en mi oficio llegué a gozar de una envidiable
+reputación. Reconozco que jamás tuve ocasión de salir de las modestas
+peluquerías de los barrios extremos, pero esto no me quita mérito.
+Debía esta postergación a mi modestia, a mi carácter pusilánime. Nada
+más. Pero no tenía tampoco mayores aspiraciones. En mi pequeña barbería
+me sentía muy a gusto y mi arte, la suavidad de mis manos y la dulzura
+de mis maneras, eran dotes apreciadas en cuanto valían por mis humildes
+parroquianos.</p>
+
+<p>Cuando cumplí veinte años, me hicieron soldado, ingresé en el
+cuartel y pasé días horribles entre aquellos hombres violentos e
+implacables. Me abrumaban con el peso de armas y correajes, me rendían
+con caminatas terribles y ejercicios sin fin y toda mi blandura, mi
+naturaleza dulzona y aristocrática de oficial de barbería hubo de
+resentirse gravemente. Cuando se convencieron de que yo no servía para
+aquel bárbaro ajetreo me mandaron a la peluquería del regimiento donde
+recobré algo el sosiego. Allí estuve algún tiempo y todos los soldados
+reconocieron <span class="pagenum" id="Page_170">p. 170</span>que yo
+era un hombre superior por la inusitada suavidad, el miramiento con que
+rapaba sus testas esquinadas y sus barbas salvajes. Vuelto así a mi
+elemento me sentí orgulloso de mí mismo y de mi arte.</p>
+
+<p>Pero se declaró la guerra; nos movilizaron y de la noche a la
+mañana, me encontré sobre el campo de batalla frente a unos feroces
+enemigos y cargado otra vez con armas y correajes. Allí no había
+escapatoria; en la guerra la gente no se corta el pelo ni se deja
+afeitar —de ello deduzco yo la barbarie de las guerras—, y quieras
+que no, se empeñaron en hacer un bravo guerrero de un humildísimo
+rapabarbas. Puse todo mi empeño en conseguirlo, pero no me fue
+dable.</p>
+
+<p>Así las cosas, nos metieron en fuego por primera vez. Yo iba desde
+el primer instante más muerto que vivo. Al poco rato de avanzar frente
+al enemigo, comenzaron a silbar las balas. Un soldado que marchaba
+junto a mí dio de pronto una zapateta bastante ridícula y se cayó de
+espaldas echando sangre por la boca. No pude ver más; se me cerraron
+los ojos y así seguí avanzando, a tientas, mientras oía a lo lejos el
+zumbido de las balas.</p>
+
+<p>De pronto oí un silbido más fuerte que los demás; aquella bala venía
+por mí. En efecto; sentí un terrible golpe en el pecho y me di cuenta
+de que caía mortalmente herido. Unos minutos después yo fallecía;
+estaba muerto, irremisiblemente muerto.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_171">p. 171</span></p>
+
+<p>Yo me daba cuenta aún de algo de lo que por fuera pasaba pero por
+dentro de mí, en los entresijos de mi ser, muerto y bien muerto me
+sentía.</p>
+
+<p>Así estuve varias horas; me preocupaba mucho la posibilidad de que
+los buitres viniesen a comerme; pero no veía el medio de evitarlo.
+Indudablemente me comerían. Y vendrían también los cuervos y me
+sacarían los ojos...</p>
+
+<p>Vinieron unos camilleros y unos médicos. Me recogieron con pocos
+miramientos y dándome trastazos, me arrumbaron en un furgón automóvil.
+¡Oh, si los cadáveres pudiéramos quejarnos!</p>
+
+<p>Cuando ya se disponían a enterrarme, como era su obligación, uno
+de aquellos médicos estuvo registrándome y atosigándome de una manera
+cruel. Le oí decir que yo no estaba muerto, cosa que me hizo reír de
+buena gana para mi calavera, que es como únicamente podemos reírnos los
+muertos aún no descarnados. Aquel bárbaro insistió en sus masajes, sus
+inyecciones y sus inhalaciones fatigosas hasta hacerme abrir los ojos e
+incorporarme. Aquello era de una crueldad inaudita pues lo menos que se
+puede hacer con los muertos es dejarlos descansar en paz.</p>
+
+<p>Obligado fieramente, acosado por todas partes, de tal modo que el
+mismo médico estaba ya exasperado, me hicieron hablar, no sé cómo, pues
+no recuerdo el caso de ningún cadáver parlante.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_172">p. 172</span></p>
+
+<p>Cuando pude hacer uso de la palabra, la empleé en manifestar a
+aquellos señores el deseo de reposo eterno que, como buen cadáver,
+tenía. Formulé, pues, la petición de que me enterrasen para que
+aquellos caballeros perdiesen las vanas sospechas que tenían de que yo
+estuviese aún vivo.</p>
+
+<p>Estas palabras, sensatas, les dejaron estupefactos y como yo las
+repitiera muy cuerda y respetuosamente, lo tomaron a mal y, poniéndose
+en pie sobre mis inseguras piernas de fallecido me atizaron tal
+puntapié en el trasero, que yo admití la posibilidad de morirme por
+segunda vez.</p>
+
+<p>De entonces acá mi vida de cadáver insepulto y viandante ha sido un
+verdadero martirio. He escuchado los mayores insultos y he sufrido los
+castigos más atroces.</p>
+
+<p>Ante mi obstinación en declarar mi estado, se han burlado de mí y me
+han desmentido categóricamente llamándome impostor. ¡Claro! Como no he
+podido sacar la cédula de cadáver que por clasificación me corresponde,
+nadie me cree. Me han formado consejos de guerra, me han encarcelado,
+he sido deportado y últimamente me he visto convertido en quincenario
+profesional.</p>
+
+<p>¿Y todo por qué? Por mantener firmemente la íntima convicción de que
+soy un fallecido; una víctima del heroísmo. Nadie me cree.</p>
+
+<p>Y ahora, en secreto, yo mismo he empezado a dudar. <span
+class="pagenum" id="Page_173">p. 173</span>Muerto, bien muerto estoy
+aunque me hagan andar, hablar y moverme artificialmente. Desasido de
+todas las cosas de este mundo me hallo, y ni voluntad, ni amor, ni nada
+de lo que los vivos tienen he conservado. Pero de vez en cuando, me
+asalta una irrefrenable apetencia de callos, longaniza o chuletas de
+huerta. Y la verdad, soy el primer cadáver con apetito que conozco.</p>
+
+<p>Esto me hace tener mis dudas.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+
+<div class="chapter" id="Ch303">
+ <h3 class="dcha ws1">LA LIBRE REPÚBLICA<br> DE LAS BESTIAS</h3>
+</div>
+
+<p>Este hombre era un arbitrista con muy pocos arbitrios; un arbitrista
+que tenía por todo caudal y por toda familia un perro; un perrillo
+costroso con unos ojuelos tristes y un rabito calvo más triste aún. El
+perro y el amo eran intelectuales. Y les iba mal en la vida.</p>
+
+<p>El amo, por toda ocupación se plantaba en la Puerta del Sol y
+arrimado a una farola se pasaba las horas muertas mordiéndose las uñas
+con una voracidad digna de mejor empleo e imaginando al mismo tiempo,
+fantásticos arbitrios. Mientras, el perrillo, huroneaba en los montones
+de basura de los mercados.</p>
+
+<p>Al anochecer volvía el perrillo en busca del amo. <span
+class="pagenum" id="Page_174">p. 174</span>En aquel momento cambiaban
+una mirada de inteligencia y mutua conmiseración.</p>
+
+<p>—¿Qué tal te ha ido, perro?</p>
+
+<p>—Mal; muy mal, hombre. ¡Esos guardias! ¿Y a ti?</p>
+
+<p>—Peor. ¡Esos gobiernos!</p>
+
+<p>Pasito a paso íbanse entonces de recogida al agujero en que moraban.
+Un mismo jergón se apiadaba de los huesos maltrechos del hombre y el
+perro; juntos se prestaban calor el uno al otro.</p>
+
+<p>Un día de hambre —un día— el perro y el hombre al regreso de sus
+correrías se miraron a los ojos largamente. Al hombre le pareció que
+aquella mirada dulce y pesada del perro era más intelectual que de
+costumbre. Lo que el perro quería decirle con los ojos debía de estar
+muy claro. Pero el hombre no supo entenderlo. «¡Qué brutos son los
+animales racionales!», pensaría el perro.</p>
+
+<p>Aunque habituado a los rasgos de inteligencia del perrillo, se
+conmovió el hombre ante la vivacidad, el espíritu que denotaba aquella
+larga mirada del can. Y pensando en ello discurrió la más peregrina
+teoría que puede imaginarse.</p>
+
+<p>Empezó poniendo todo su empeño en descifrar lo que el perro quería
+decirle con los ojos. Sujetándole la cabeza le obligó a mirarle
+fijamente mientras él con los ojos muy abiertos escrutaba en el
+fondo de las pupilas desteñidas del animalejo con la misma <span
+class="pagenum" id="Page_175">p. 175</span>furia y encono que los
+hipnotizadores. El pobre perrillo no podía sostener aquella mirada
+inquisitiva que se le metía pupilas adentro produciéndole en la espina
+dorsal escalofríos que le obligaban a dar fuertes sacudidas.</p>
+
+<p>El signo más claro de la irracionalidad está precisamente en ese
+terror instintivo que obliga a todos los animales a bajar la vista
+cuando se les mira trente a frente. No hay ningún animal capaz de
+soportar la mirada fija del hombre.</p>
+
+<p>Aquel bichejo tan inteligente, tan humano, no tenía más mérito ni
+más superioridad que esa; la de haberse acostumbrado a mirar sin miedo
+los ojos fascinadores de su amo hambriento. ¡Y cómo estaba preñada de
+inteligencia aquella mirada del perro! ¡Cuántas cosas quería decir y en
+realidad decía!</p>
+
+<p>«Si de ordinario —pensaba el arbitrista— pudiésemos mirar con
+atención a los ojos de los animales, es posible que les concediésemos
+un poquito, siquiera un poquito de raciocinio. Les consideramos
+irracionales porque no hemos sabido leer en sus ojos y no hemos visto
+en ellos la chispa de la inteligencia. Mi perro la tiene, eso es
+indudable. Pues bien; yo voy a cultivar esa inteligencia rudimentaria.
+Voy a dar cultura a mi perro».</p>
+
+<p>Esta fue desde entonces su preocupación ídola. Consultó a varios
+biólogos, tomó lecciones de un hipnotizador y sometió a su perro al
+plan que se había trazado. <span class="pagenum" id="Page_176">p.
+176</span>Estaba dispuesto a sugestionarle hasta el punto de sacudir
+la inteligencia de la bestezuela y despertarla del sueño eterno a que
+había sido condenada por el Supremo Hacedor. Miraba a los ojos del
+animalejo hasta ponerse bizco y consiguió acostumbrarle a aquella
+extraña comunicación espiritual.</p>
+
+<p>El perro se cansaba algunas veces y le miraba estúpidamente con
+aquella estúpida tristeza que tienen en los ojos algunos hombres a
+quienes la vida les viene ancha. Otras veces el perrillo parecía
+enloquecer bajo la mirada del amo y se volvía furioso como atacado
+de epilepsia. Pero de vez en cuando, el bichejo, concentrando todas
+sus potencias, poníase a pensar las mismas cosas que iba pensando el
+magnetizador. Era un simple fenómeno de telepatía. Esto no es extraño;
+los rayos del sol concentrados por una lente encienden el fuego y nadie
+se maravilla. Lo mismo, exactamente lo mismo hizo el arbitrista con los
+destellos de inteligencia de su perro.</p>
+
+<p>En estos mudos coloquios el hombre infundió al perro, primero,
+algunas ideas generales, varios principios teológicos, algo de
+filosofía, letras y biología. El perro recorrió guiado por su
+dueño toda la evolución del pensamiento humano. Cuando ya lo tuvo
+suficientemente iniciado en las disciplinas del espíritu, quiso hacer
+de él un técnico para que no hiciese mal papel si andando el tiempo
+quería ser ministro. Acto <span class="pagenum" id="Page_177">p.
+177</span>seguido le confirió el título de doctor <i lang="la">honoris causa</i>
+y salió con él a la conquista del mundo. Iba contento. Poseer un animal
+que sabe cosas trascendentales es tener la llave del mundo. Algunos
+igorrotes han triunfado en la vida solo porque poseían uno o varios
+animales bimanos que sabían cosas. Ese es el secreto de todos los
+caciques políticos.</p>
+
+<p>Pero de momento el perro sabio no tenía más que un campo abierto
+a su actividad. La pista de un circo. Y a ella fueron a dar. Ante
+el público estupefacto el arbitrista y su can daban lecciones de
+hipnotismo. El perro sabía escribir y vuelto de lomo hacia su amo
+contestaba por escrito a las preguntas que al oído hacían los
+espectadores al arbitrista. La sensatez con que el perro daba sus
+respuestas, la claridad y concisión con que las redactaba de su pata y
+letra promovieron una revolución.</p>
+
+<p>Aquel triunfo fue incomensurable. El arbitrista millonario en pocos
+meses constituido en empresario del perro sabio pensó entonces en
+ampliar su teoría.</p>
+
+<p>Escogió tres o cuatro caballos, dos tigres, tres leones, un
+elefante y algunas bestias más. Los sometió al mismo procedimiento
+que al perrillo y después de muchos días de terrible labor consiguió
+por medio del hipnotismo concentrar las potencias de aquellas bestias
+haciendo saltar en todas ellas la chispa de la inteligencia. A todos
+ellos les hizo bachilleres y <span class="pagenum" id="Page_178">p.
+178</span>después obligó a cada uno a cursar las disciplinas más
+oportunas a sus facultades.</p>
+
+<p>Por fin llegó el momento trascendental de presentarlos en el mundo.
+Temblando de emoción dio su última clase a los animales; pero cuando
+al final de la lección les anunció que a la noche siguiente los
+presentaría ante el público, vio con gran estupefacción que se negaban
+a ello categóricamente.</p>
+
+<p>—Nada de exhibicionismos —decía el elefante que se había hecho
+bibliófilo.</p>
+
+<p>—Debemos ser respetados —agregaba el tigre convertido en un
+formidable economista.</p>
+
+<p>—¡Desprestigios, no! —gritaban todos.</p>
+
+<p>El hombre quiso imponerse por la fuerza; se exasperó ante la
+resistencia de las bestias y requirió el látigo para castigarlas.
+Los animales se reunieron acto seguido en consejo y tras una breve
+deliberación acordaron sentenciar a muerte al hombre como reo de lesa
+superanimalidad. La sentencia fue ejecutada y el hombre pereció a patas
+de la justicia. En aquel momento los animales constituidos en asamblea
+acordaron proclamar la libre república de las bestias, declarar la
+guerra al género humano y de momento, hasta hallarse en condiciones de
+presentar la batalla, retirarse prudentemente a la selva.</p>
+
+<p>Así lo hicieron. Nadie ha sabido esto. Pero dentro de algunos años
+los exanimales que poseerán ya una cultura vendrán a precipitarse sobre
+la humanidad. Dios se lo pague al infortunado arbitrista.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+
+<div class="chapter" id="Ch304">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_179">p. 179</span></p>
+ <h3 class="dcha ws1">EL PURGATORIO<br> DE LOS TONTOS</h3>
+</div>
+
+<p>No iba descontento. Llevaba detrás un landó y veinticinco simones.
+No iba descontento. Mi entierro se verificaba con toda la pompa y
+solemnidad que yo había deseado y previsto.</p>
+
+<p>Me dejaba llevar camino de la necrópolis muy serio y estirado dentro
+de una caja de ébano. Hacía una buena tarde de sol y me agradaba pasar
+solemnemente ante la buena gente trabajadora que me saludaba con
+todo respeto al ver cruzar mi carroza fúnebre seguida de tan lucido
+cortejo.</p>
+
+<p>En el camino anoté cuidadosamente en mi memoria quienes habían
+acudido a mi sepelio y quienes no. Mi espíritu volaba de un simón a
+otro y si bien es verdad que oí no pocas conversaciones inconvenientes,
+quedé complacido de la corrección de mis deudos, amigos y conocidos, de
+sus buenas maneras y de su irreprochable indumento. No se crea que yo
+era un muerto frívolo porque me preocupaba de estas minucias, no. Es
+que no se muere uno más que una vez en la vida y en definitiva es para
+esto, para que le entierren a uno con decencia, para lo que se afana y
+atosiga uno en los últimos años de su vida.</p>
+
+<p>Un rato después de haberse verificado mi inhumación sin
+incidentes, me asaltó el temor de que me hubiesen enterrado vivo.
+Los casos de catalepsia son <span class="pagenum" id="Page_180">p.
+180</span>frecuentes y, además, ¿qué muerto era yo que andaba después
+de enterrado pensando en pompas y vanidades mundanas? Una terrible
+congoja me dominó y anhelé salir de aquel encierro pero apenas formulé
+mi deseo me encontré libre, sano y salvo sobre la haz de la tierra.
+Esto me tranquilizó. ¿Si no estuviese muerto del todo cómo me sería
+posible andar así desencarnado? Y ya con absoluto sosiego, pasito a
+paso, me torné a Madrid.</p>
+
+<p>Dejé pasar la noche y muy de mañana fui a parar sin saber cómo ante
+la puerta de mi oficina en la que entré sin ser visto. Los ordenanzas
+no me saludaron. Iba a reprenderles pero recordé que estalla muerto.
+¡Miserables! ¡Ya no me saludarían más! Había perdido de un solo golpe
+mi alta jerarquía administrativa.</p>
+
+<p>Penetré en mi negociado. Pérez con las patas —esto es, las patas—
+encima de la mesa leía una revista pornográfica. He aquí el triste
+resultado —me dije—, de quince años de amonestaciones y sanos consejos
+morales. López liaba cigarrillos, tarareando un chotis y García, el
+irreverente García, adueñado interinamente de mi mesa, se complacía
+en alterarlo y revolverlo todo. Mudaba de sitio el tintero, el frasco
+de la goma y las tijeras, revolvía los expedientes y curioseaba
+en los cajones. ¡Oh, terrible perturbador! ¡Cómo gozabas de mi
+impotencia! ¡Cómo disfrutabas provocando el desorden y el caos! <span
+class="pagenum" id="Page_181">p. 181</span>¿No sabes, desgraciado, que
+cada cosa tiene en este mundo un sitio inmutable y que la prosperidad
+de un país, su sana administración y creciente riqueza dependen tal vez
+de que se sepan colocar en su sitio exacto desde el más alto jefe de
+administración hasta el último pisapapeles del reino?</p>
+
+<p>Allí estuve las cuatro horas de oficina que fueron otras tantas
+horas de tormento para mí. Los malsines de mis subordinados discutían,
+chillaban y escarnecían mi memoria. Estuve decidido a marcharme muchas
+veces pero una fuerza irresistible ataba mi alma desencarnada al
+ambiente de aquella sala infecta en la que transcurriera la mitad de mi
+vida.</p>
+
+<p>Sin saber por qué al salir de la oficina seguí haciendo mi vida
+normal. Fui a casa, asistí a la comida, estuve después en el café,
+presidí la tertulia, subí al billar, paseé por Recoletos, compré unos
+dulces a Pepita y me planté en su casa. Pero un sospechoso rumor hizo
+que mi alma se detuviese sobresaltada a la puerta de su alcoba. Y, ¡la
+verdad!, ni en espíritu me atreví a entrar.</p>
+
+<p>Volví a casa y me tumbé en mi cama. Al día siguiente se repitió mi
+tormento. Estuve en la oficina, en el café, en Recoletos y en casa de
+Pepita. Allí parecía que me llamaban con campanillas. O aquella chica
+era un prodigio de laboriosidad o yo era un alma en pena bastante
+indiscreta. No sé.</p>
+
+<p>Día tras día hice durante algunos meses la misma <span
+class="pagenum" id="Page_182">p. 182</span>vida sobrenatural que,
+aparte de mi incorporeidad, maldito lo que de sobrenatural tenía.
+Llegué a desesperarme y a estar aun en el límite de la desesperación,
+pasado el cual no sé adónde se va. ¡Para esto no valía la pena
+morirse!</p>
+
+<p>Yo había creído que al morir abandonaba uno por completo todas las
+miserias, las preocupaciones y los dolores de la vida terrena, pero
+al cabo de un año de estar muerto y enterrado me encontraba atado a
+cuanto en la vida fue mi obsesión. ¿No dicen que los muertos tienen
+una gloria, un purgatorio y un infierno? ¿No se llama reposo eterno
+a la muerte? ¿Por qué andaba yo como panderetillo de bruja sin poder
+libertarme de tanta y tanta majadería como me rodeó en vida? ¿Qué me
+importaba en fin de cuentas que González hiciese las carambolas por
+chamba? Pues y las infidelidades de Pepita, ¿qué se me daban ya?</p>
+
+<p>La gracia divina me ha permitido al fin conocer mi culpa y mi
+castigo. Esta vida carnal sin carne, este atadijo a las pequeñeces
+de la existencia terrenal no es otra cosa que el purgatorio de los
+tontos. Por un decreto de la divinidad, los tontos, los memos, los que
+no supimos ver más allá de nuestras narices, los que jamás tuvimos
+una idea pura, ni un pensamiento elevado, ni una abstracción, ni
+un atisbo siquiera del más allá, tenemos aquí nuestro purgatorio,
+entre los nuestros, entre nuestros chismes <span class="pagenum"
+id="Page_183">p. 183</span>cotidianos y nuestras preocupaciones
+habituales. Es un terrible castigo. Imaginarlo en todo su dolor es casi
+imposible. ¡Es espantoso este purgatorio de los tontos!</p>
+
+<p>Yo algunas veces tengo un poco de lucidez y comprendo no solo mi
+dolor sino el ridículo que hago divagando por el mundo. Antiguamente
+por lo menos se nos temía y se nos llamaba almas en pena, trasgos y
+endriagos; pero ahora es vergonzoso.</p>
+
+<p>Los espiritistas se entretienen haciéndonos acudir a las patas de
+sus odiosos veladores, y por si este ultraje fuera poco han dado en
+llamarnos ¡kamarrupas! ¡Yo, un kamarrupa!</p>
+
+<p>Hago estas revelaciones en beneficio de la humanidad entontecida.
+Hay que despertarse, abrir el ojo y alambicar un poco. Este purgatorio
+de los tontos es terrible.</p>
+
+<p>Voy escribiendo estas revelaciones con tinta simpática en un
+montoncito de cuartillas que hay en el fondo del segundo cajón a mano
+derecha de mi mesa de trabajo... ¡Ojalá alguno acierte a descifrarlas y
+sirvan algún día para aviso de ingenuos!</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+<div class="chapter" id="Ch305">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_184">p. 184</span></p>
+ <h3 class="dcha ws1">LAS MIL PESETAS<br> QUE HAY EN EL MUNDO</h3>
+</div>
+
+<p>Jamás ha habido en el mundo una cantidad de dinero superior a mil
+pesetas o a su equivalencia en francos, marcos, chelines, dólares,
+rublos, plumas o cuentas de vidrio. Sobre ese dinero, el único que hay
+de verdad, el único que existe, bien por donación espontánea de la
+naturaleza, bien por las propinas de la divinidad a los santos varones
+que con más celo la sirvieron, se ha levantado el gigantesco edificio
+de la economía. Unos hombres que no tenían brazos para producir, ni
+ánimos para mover guerras, ni cabezas para pensar, inventaron el
+agio. A partir de entonces y merced a los infinitos sofismas de que
+se valieron, el dinero inicial, el verdadero patrimonio de Adán ha
+ido multiplicándose maravillosamente. Con el advenimiento de la Edad
+Moderna, la creación de los bancos, los empréstitos de los estados,
+el papel moneda y las sociedades por acciones el dinero ha aumentado
+fabulosamente. Se habla de miles de millones con un desconcertante
+aplomo. La estafa universal de la moderna economía no reconoce límites
+y millares de empleados se inclinan ocho horas diarias sobre las
+ventanillas y los pupitres de los Bancos, trabajando afanosamente.
+Hace algún tiempo yo no podía explicarme en qué consistía esa labor
+<span class="pagenum" id="Page_185">p. 185</span>abrumadora de los
+infinitos empleados de banca. Pero ahora estoy en el secreto y cuando
+por incidencia tengo trato con ellos procuro abrocharme cuidadosamente
+y no dejar de la mano mis escasas monedas de metal. Esos hombres son
+capaces de todo. Lo que no me explico es cómo meten en la cárcel a los
+que dan el timo del portugués y en cambio dejan en libertad de operar a
+esos hombres, mucho más peligrosos.</p>
+
+<p>Pues bien; este secreto de las mil pesetas, únicas que hay en el
+mundo, fue descubierto hace seis u ocho años por un judío alemán
+que ambicioso de poder emprendió la más atrevida empresa que puede
+imaginarse. El vasto plan del judío consistía en apoderarse una por una
+de las mil monedas que han servido de base a la monstruosa hipérbole de
+la moderna ciencia crematística y una vez capturado todo el dinero que
+hay de verdad, no sus astutas ficciones, soplar el castillete de naipes
+de la economía universal y verlo caer grotescamente.</p>
+
+<p>La guerra europea vino a favorecerle y mientras los beligerantes
+se partían el alma a gloriosos trastazos el judío recorrió Alemania,
+Austria, Hungría y Rusia, llevándose los treinta o cuarenta dineros
+que por allí había. Pronto empezaron a sentirse los efectos; el
+falso dinero iba dando la cara de su falsedad y la gente empezó
+a rechazar los billetes de banco, las láminas y los títulos. Los
+bolcheviques dándoselas de sinceros quisieron abolir el dinero <span
+class="pagenum" id="Page_186">p. 186</span>cuando el dinero se había
+abolido a sí mismo al desaparecer la media docena de auténticos kopecs
+que el judío alemán pudo encontrar en todas las Rusias.</p>
+
+<p>Los austriacos vieron con espanto que sus coronas de papel tenían
+la misma realidad y consistencia que el derecho divino de sus reyes, y
+los marcos al sentirse amenazados acrecieron en la multiplicación pero
+pronto quedó patente su invalidez.</p>
+
+<p>Así, por donde quiera que el hijo de Israel va pasando se deshace la
+ficción monetaria. En Portugal el reis se pierde ya en los recovecos
+del cálculo infinitesimal y en España, donde los cuatro cuartos que hay
+están en manos de tres toreros y seis tahúres, pronto sobrevendrá la
+catástrofe. A menos que Romanones se dé cuenta, que todo puede ser, y
+mal negocio entonces para el judío alemán.</p>
+
+<p>Leal y desinteresadamente hago esta advertencia. Desinteresadamente
+por que no poseo un solo céntimo y en definitiva me da igual que mi
+hipotético dinero esté en las manos del judío alemán o en las del
+editor. Tan mal ha de irme con uno como con el otro.</p>
+
+<p>Pero tened cuidado; si el judío se alza al fin con las únicas mil
+pesetas que hay en el mundo, tal vez volvamos los ojos con amor a la
+memoria de nuestros ilustres financieros.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+<div class="chapter" id="Ch306">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_187">p. 187</span></p>
+ <h3 class="dcha ws1">EL DESASTROSO FIN<br> DE LA HUMANIDAD</h3>
+</div>
+
+<p>La vida era cada vez más difícil y el malthusianismo crecía. Sus
+abominables prácticas habíanse extendido no solo por las grandes
+ciudades, sino por las villas y aldeas, y la sencilla pastora como la
+dama de gran mundo sabían pecar y eludir la penitencia.</p>
+
+<p>Llegó un momento en que nadie tenía hijos. La humanidad iba a
+terminar de un momento a otro. El egoísmo de esta generación postrera
+no se contentaba con alargarse la vida todo lo posible, merced a los
+repetidos injertos de glándula intersticial, sino que cortaba el camino
+implacablemente a todo nuevo ser. No nacían niños. Y eso que los curas
+se partían el alma echando bendiciones nupciales y aún se escribían
+novelas de gran sentimentalismo.</p>
+
+<p>Próximo ya al acabamiento del género humano, se enteraron los
+políticos de lo que ocurría. Los sociólogos dijeron que ellos estaban
+al cabo de la calle hacía muchísimo tiempo, pero la verdad es que nadie
+se dio cuenta del peligro mientras no faltaron diez o doce años, a lo
+sumo, para que se precipitase el juicio final.</p>
+
+<p>Cundió la alarma y los soviets de todo el mundo —porque todo el
+mundo era sovietista— estudiaron atentamente el problema y resolvieron
+sacar a <span class="pagenum" id="Page_188">p. 188</span>los sabios
+de las mazmorras en que a pan y agua los tenían demandándoles una
+solución inmediata para el pavoroso problema. Los sabios —que eran más
+sabios desde que no comían ostras, ni se daban banquetes, ni fumaban
+grandes puros— aguzaron el intelecto, y propusieron que en adelante los
+niños se hiciesen en laboratorios especiales, en los que unos matraces
+de nueva invención sustituirían con ventaja al anticuado e incómodo
+claustro materno.</p>
+
+<p>Se hicieron felicísimos ensayos y se comenzaron a construir
+los edificios gigantescos de unas grandes fábricas de niños. El
+procedimiento era sencillísimo. Llegaban los presuntos padres,
+depositaban una moneda por una ranura, una máquina automática les
+extraía de un brazo, o de donde fuese, una pequeña porción de sustancia
+vital, se hacía de ella un cuidadoso cultivo y sin más molestia que la
+de pasar nueve meses después a recoger el encargo, cátate a un padre y
+una madre hechos y derechos. ¿Era sencillo?</p>
+
+<p>Pues ni así iban. Y las fábricas sovietistas de bebés al por mayor
+quebraron por falta de clientes.</p>
+
+<p>Los gobiernos, frente al fracaso de este sistema de incubadoras y
+ante los apremios del tiempo pues la humanidad se extinguía a toda
+prisa, volvieron de nuevo los ojos a los sabios. Les acortaron aún más
+la ración, les prohibieron terminantemente las deliberaciones, las
+consultas y los congresos, y esperaron inquietos sus soluciones.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_189">p. 189</span></p>
+
+<p>Al fin se presentó una, genial, radicalísima, salvadora. El mundo
+no se acabaría porque, quieras que no, nacerían hijos y en grandes
+cantidades de hijos, como lo demandaba aquella terrible amenaza. Se
+había encontrado el medio de que toda semilla vital fuese fecundada. No
+habría escapatoria: mediante unos injertos maravillosos de no sabemos
+qué glándula de pescado, las mujeres tendrían hijos por cientos, por
+millares, por millones. El estudio de los fenómenos de la reproducción
+en los peces había dado la clave del problema. Se había llegado a la
+hueva humana.</p>
+
+<p>Se empezó a usar el procedimiento y los resultados fueron
+prodigiosos. Matrimonios que en veinte años no habían tenido un solo
+descendiente, se encontraban con tres o cuatro mil hijos en pocos
+meses. Hubo entonces que resolver otro grave problema; el de asegurar
+la vida a las miríadas de seres que iban apareciendo. Nuevo injerto a
+las huevas y los niños en formación adquirían tal vitalidad, que ni
+el calor ni el frío, ni el hambre ni la sed podían aniquilarlos. Se
+consiguió captar de la atmósfera los elementos de nutrición necesarios,
+y bastaba que los chicos aspirasen un poco de aire libre para que se
+sintiesen hartos, como al desprenderse del pecho de las nodrizas.</p>
+
+<p>Empezó a poblarse el mundo con una rapidez incalculable. A la vuelta
+de cuatro o cinco años las casas estaban abarrotadas de seres; en las
+calles la <span class="pagenum" id="Page_190">p. 190</span>gente,
+desbordándose de las aceras, inundaba el arroyo e interceptaban la
+circulación de vehículos, los campos se cubrían de seres humanos que no
+cabían en las ciudades, y pronto la avalancha humana llegó hasta las
+orillas de los mares, cayendo al agua muchos miles de personas que no
+tenían un palmo de tierra para posar la planta.</p>
+
+<p>Cuando el Supremo Hacedor, en uno de sus ratos de ocio, revolvió el
+arca de sus viejas producciones, encontró a la tierra en tan terrible
+situación. Se horrorizó, no dejó de reprocharse su descuido, y cogiendo
+el mundo con unas tenazas, lo sacudió violentamente en el espacio para
+desprender aquella humanidad parásita. Después, lo lavó cuidadosamente
+con un poderoso desinfectante, lo envolvió en unas gasas deletéreas,
+y, junto con unas bolitas de naftalina celestial, lo envió al museo
+arqueológico que para su solaz y recreo tienen los dioses. Porque por
+allá arriba son muy aficionados a la arqueología.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+
+<div class="chapter" id="Ch307">
+ <h3 class="dcha ws1">DOS GRANDES ERRORES</h3>
+</div>
+
+<p>Sabemos con absoluta precisión cuando hemos de morirnos. Esto,
+claro es, no se dice por ahí porque los que ya están avisados tienen
+miedo y lo callan. Los otros, los que aún no están sujetos al
+emplazamiento fatal, creen que la muerte es un agente extraño, <span
+class="pagenum" id="Page_191">p. 191</span>algo así como el recaudador
+de contribuciones de la divinidad y les satisface mantener el mito de
+la Pálida, terrible huéspeda que avanza campos y ciudades provista de
+sudario y la guadaña, viejas prendas que alguna vez sirvieron a la
+poesía lírica, y hoy, pasadas ya de moda, apenas si preocupan a tal o
+cual Hamlet de aldea.</p>
+
+<p>Sabemos cuándo hemos de morimos, podemos apreciar la cuerda que nos
+queda y a veces paseamos años y años por el mundo con nuestra papeleta
+de defunción escondida en el fondo de la conciencia. Este conocimiento
+de nuestro fin no es un aviso milagroso de la Providencia ni tiene
+complicaciones taumatúrgicas, no. Es suficiente que pongamos un poco
+de atención en nosotros mismos; nos basta auscultar cuidadosamente
+nuestro ser para adivinar lo que nos resta de vida. Un poco de reposo,
+un día entero de lluvia o viento encerrados en nuestra habitación,
+una noche de insomnio nos permiten escuchar todos los ronquidos,
+estertores y fracasos de nuestro organismo. El que atiende a esos
+indicios pronto se entera de cómo está su máquina y calcula su duración
+como un experto relojero podría calcular la de un reloj. Esta es una
+vieja verdad; ya en los siglos <span class="asc">XV</span> y <span
+class="asc">XVI</span> la postulaban unos buenos hombres que anunciaban
+solemnemente el día preciso en que había de morirse de muerte natural.
+El pueblo los tomó a broma y se divirtió mucho con sus errores de
+cálculo; la Inquisición <span class="pagenum" id="Page_192">p.
+192</span>los tomó en serio y dio en la manía de quemarlos. Error
+gravísimo; porque una vez cogidos sí que podían predecir su muerte.</p>
+
+<p>Consecuente con mi teoría, yo supe hace algunos años el tiempo que
+me quedaba de vida. Y a juzgar por cómo se me hacían agua en la cabeza
+no pocas cosas sólidas y cómo me chasqueaban y crujían otras muchas en
+el hígado y en el corazón, deduje que pronto había de morir.</p>
+
+<p>Hombre sensato, deseché las preocupaciones sobrenaturales y me puse
+a ordenar mis asuntos. Pensé entonces que, pues me había de morir y
+el trance estaba próximo, era una insensatez el seguir afanándose por
+las cosas terrenas. Suspendí todos mis trabajos y me di de lleno a
+escucharme, a inquirir en los entresijos de mi quebrantada humanidad.
+Pero por desgracia yo no tenía bienes y, mientras atendía a las
+palpitaciones de mi pobre hígado, mi mujer y mis hijos pasaban grandes
+hambres. Tuve que escribir cartas a los amigos pidiéndoles dinero. El
+resultado fue menos que mediano. En cambio logré una sólida reputación
+de vago y de sablista. ¡Idiotas! ¿Cómo querían que trabajase un
+moribundo? Echado día y noche sobre mi jergón, percibía uno por uno los
+íntimos derrumbamientos de mi ser, las muertes chiquitas que anunciaban
+inexorables la muerte grande y definitiva.</p>
+
+<p>Así transcurrieron unos meses, un año, varios años. <span
+class="pagenum" id="Page_193">p. 193</span>Mi situación de futuro
+cadáver era ya dificilísima. Seguí pidiendo dinero; ya entonces
+revelé algo a los amigos más íntimos; les dije, en una palabra, que
+me hallaba moribundo y se apiadaron algo más, no mucho. Pero los muy
+brutos, viendo al poco tiempo que no me moría, volvieron a cerrar sus
+bolsas. Estaba desacreditado. Si me hubiese muerto —pensaba—, estaría
+en buen lugar ante ellos, elogiarían mi memoria y darían dinero a mi
+viuda y a mis hijos. De improviso, ¡qué idea!, discurrí que el mejor
+medio de asegurar un pasajero vivir a los míos después de mi muerte
+era encomendarlos a la piedad de mis amigos en emocionantes cartas
+redactadas casi en la agonía. No hay hombre capaz de resistirse a la
+súplica de un moribundo. Redacté pues numerosas cartas preñadas de
+lúgubres imágenes, de trágicos emplazamientos para la otra vida, de
+súplicas, de estertores... Llegué a dominar por completo esto que
+pudiéramos llamar literatura agónica. Aquello era una idea genial;
+el sablazo de ultratumba. Hice un cálculo de mis amigos y de sus
+posibilidades; se me presentaba un pingüe negocio. Hay que morir, me
+dije.</p>
+
+<p>Pero no moría aún; son demasiadas las cosas que tienen que
+quebrársele a uno allá dentro para morir del todo. Ya me faltaba muy
+poco, casi nada. Y, sin embargo, no era posible que esperásemos más.</p>
+
+<p>Decidí aligerar el desenlace. Quiero decir que pensé suicidarme.
+No hay que asustarse. Lo mío no tenía <span class="pagenum"
+id="Page_194">p. 194</span>realmente los caracteres de un suicidio. Era
+un empujoncito, un empujoncito nada más lo que me faltaba. Cogí una
+gran pistola, herencia de mi abuelo, y estuve preparándola. Al examinar
+la carga me alarmé un poco. ¿No era demasiado grande aquel pedazo de
+plomo para matar una cosa tan nimia, tan insignificante como lo que
+de mí estaba vivo? ¿No era demasiada pólvora, demasiada detonación,
+demasiado escándalo? Una pueril cerbatana hubiese sido suficiente;
+pero, por desgracia, la cerbatana es en nuestros días un arma ineficaz
+para el suicidio y además un poco ridícula.</p>
+
+<p>Me resigné; moví aquel pistolón y me hice polvo. Creo que fallecí
+antes de que el plomo me llegase a los sesos.</p>
+
+<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div>
+
+<p>¿Quieren ustedes creer que me equivoqué? Créanlo; las famosas cartas
+no dieron un solo céntimo a mi pobre viuda. En cuanto a mi muerte y a
+sus claros indicios...</p>
+
+<p>Baste decirles que hace diez años que yazgo dos varas bajo tierra
+y aún siento aquí en la calavera algo que no me deja sosegar: un
+gusanillo, un gusanillo...</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+
+<div class="chapter" id="Ch308">
+ <h3 class="dcha ws1">EL BROMAZO</h3>
+</div>
+
+<p>Mi proceso ha sido sonado. El crimen que se me imputaba era una
+verdadera obra de arte, con la que los gacetilleros consiguieron
+emocionar a los burgueses <span class="pagenum" id="Page_195">p.
+195</span>de suyo indiferentes y estólidos. Una mujer, una pobre
+mujer, había aparecido asesinada en su lecho y junto se encontraron
+los cadáveres espantosamente mutilados de sus dos hijitos; además, los
+muebles se hallaban en desorden y la pobre gaveta descerrajada y sin un
+céntimo.</p>
+
+<p>La mujer era viuda; sostenía conmigo relaciones amorosas; algunas
+veces me había dado un poco de dinero, y por esto, y porque los niños
+no eran muy agradables ni me miraban bien, reñíamos frecuentemente.
+Dieron en decir que yo había sido el asesino y me encarcelaron.</p>
+
+<p>Negué con energía; pero no pude probar nada. Viendo que no hacían
+caso de mis protestas, decidí fugarme. Lo conseguí a poco. Mi propósito
+era buscar por mí mismo las pruebas de mi inocencia, ya que nadie, ni
+siquiera mi defensor, creía en mis palabras. Yo era inocente —ya no
+tengo empeño en que lo creáis— y había un medio de demostrarlo.</p>
+
+<p>La noche del crimen estuve en casa de mi amante y disputamos; los
+vecinos me vieron entrar y me oyeron dar voces. Hacia la media noche
+me marché sin que nadie pudiera sentirme. Camino de mi casa encontré a
+un sujeto extraño; me pidió le orientase, pues se había perdido en el
+dédalo de las callejuelas del barrio. Parecía extranjero; vestía mal y
+hablaba peor. Adiviné en él un tipo interesante y charlamos como buenos
+amigos. Era uno de esos sujetos estrafalarios <span class="pagenum"
+id="Page_196">p. 196</span>que andan perdidos por el mundo, de los
+que se puede decir que son la avidez en dos piernas y unos ojillos
+curiosos. No supe cómo se llamaba, adónde iba ni de dónde venía. Mostró
+empeño en escudriñar aquel barrio viejo y pintoresco a la luz de la
+luna de enero y durante tres horas recorrimos todas las callejuelas,
+llegamos a los muelles, pasamos el puente y acodados en el pretil
+estuvimos viendo cómo la luna hacía cosquillas al río. Ya al amanecer
+nos separamos. Me hizo saber tan solo que al día siguiente abandonaría
+la ciudad y poco después el territorio. No he vuelto a saber nada de
+él.</p>
+
+<p>Transido de frío y lleno de fango llegué a casa y me acosté. Tuve
+alguna fiebre y estuve delirando. La patrona ha declarado después que
+me oyó pronunciar palabras ininteligibles con gran excitación. Cinco
+horas más tarde vino la policía y me condujo ante el juez. Yo era el
+asesino de mi amante y de sus hijos.</p>
+
+<p>Únicamente podría probar lo contrario si lograba encontrar a aquel
+vagamundo. Así lo dije; hicieron algunas pesquisas infructuosas y
+no me atendieron más. Entonces me fugué y durante tres meses empleé
+toda mi astucia y mi energía en buscar al maldito extranjero y en
+huir de la Justicia. Creí adivinar que había marchado al país vecino
+y allí fui a buscarle. Puse anuncios en los periódicos, inquirí en
+cárceles, hospitales y cuarteles. Nada. Desesperé, y en este momento
+volvió a cazarme la policía. Se consiguió mi <span class="pagenum"
+id="Page_197">p. 197</span>extradición y volví a mi antigua cárcel,
+corroborando con mi huida al extranjero la sospecha de que yo fuese el
+asesino. Los inocentes no huyen nunca, dicen con toda gravedad esos
+absurdos y axiomáticos magistrados.</p>
+
+<p>Negando yo y agobiándome ellos con sus acusaciones, se celebró la
+vista de la causa. Todos los testigos me han sido adversos; el fiscal,
+después de despreciar las pruebas por innecesarias, ha llamado la
+atención del Tribunal sobre mi cinismo. El idiota de mi defensor, harto
+ya de exhortarme a la confesión, ha dicho una interminable serie de
+majaderías. La pasión, la miseria, los hijos del otro, el atavismo...
+¡Puaf!</p>
+
+<p>Echando requiebros al jurado estaba mi defensor cuando me asaltó
+una invencible repugnancia por todo aquello. Aquel gran aparato,
+aquellas enfadosas pruebas, aquellos graves peritos, aquella ciencia,
+aquellas calvas, aquellas togas y birretes, y hasta las chaquetas
+negras y llenas de arrugas de los menestrales del jurado, me parecieron
+ridículas, terriblemente ridículas.</p>
+
+<p>Ante mis ojos y ante mi conciencia, todo, hasta lo más sagrado,
+se estaba poniendo en evidencia, en ridículo. Nada podía yo hacer
+para desbaratar el error, el formidable error de aquellos sabios y
+hombres buenos. Les grité a la cara; me hicieron callar. Después de un
+ataque de ira me asaltó una terrible angustia, <span class="pagenum"
+id="Page_198">p. 198</span>y, por último, no supe hacer más que
+insultarlos y reírme a carcajadas.</p>
+
+<p>Sus términos, sus proposiciones, sus silogismos y sus razonamientos
+me parecían espantosamente cómicos. Ya los había dejado por imposible,
+y les oía desbarrar y decir sutilezas mientras me reía a mandíbula
+batiente. Palabra que me reía con toda mi alma. Así deben reírse los
+dioses viendo errar a las criaturas.</p>
+
+<p>Me condenaron a muerte. Al leérseme la sentencia volví a indignarme
+y a gritarles. Como si no. Muy metidos en sus togas y sus librotes,
+aquellos señores habían fallado en justicia. ¡En justicia! ¡Ja, ja, ja!
+Entre carcajadas me volvieron a la celda.</p>
+
+<p>A los pocos días debían ejecutarme en garrote vil. Empleé aquel
+tiempo en pensar serenamente sobre lo sucedido y poco a poco conseguí
+calmarme. Me daba cuenta exacta de cómo el error, semejante a un
+diablillo maligno, se había apoderado de cada una de aquellas
+privilegiadas cabezas de los que me condenaron y, ¡qué diantre!, era
+divertido verles machacar en el error, darle vueltas, tomarlo, sobarlo,
+medirlo, y, al fin, consagrarlo con una monstruosidad: la sentencia.
+¿Cómo se atreverán esos presuntuosos a sentenciar y dar muerte a
+un hombre? ¿No piensan que si se equivocan, yo, un pobre diablo
+cualquiera, puede escupirles a la cara y reírse de ellos?</p>
+
+<p>Y esto es lo que hacía. Reírme; reírme con espantosas carcajadas.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_199">p. 199</span></p>
+
+<p>En la mañana de la ejecución vino a verme un sacerdote.</p>
+
+<p>—¿Sabe usted algo, padre? —le pregunté anhelante.</p>
+
+<p>—No, hijo.</p>
+
+<p>—Pues vaya usted con Dios —le dije por no agraviarle.</p>
+
+<p>Me ejecutaron con toda la solemnidad y aparato con que estas
+cosas se hacen. El público, llevado allí para la ejemplaridad de la
+pena, presenciaba conmovido aquel ceremonial que a mí se me antojaba
+altamente grotesco. Quise decirles muchas cosas. Mas ¿para qué?</p>
+
+<p>Di el cuello al verdugo; hizo este funcionar su máquina, y en aquel
+momento os juro que mi satisfacción, mi alegría por estar solo en el
+secreto, por haber burlado a aquellos graves hombres, me hizo feliz.
+Quise reírme por última vez, pero ya no pude. Entonces, no sabiendo qué
+hacer para mostrar mi desprecio, mi burla hacia toda aquella gente,
+saqué un palmo de lengua.</p>
+
+<p>No lo entendieron. ¡Qué brutos! Menudo bromazo les he jugado.
+Porque... ¡¡Soy inocente!!</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+
+<div class="chapter" id="Ch309">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_200">p. 200</span></p>
+ <h3 class="dcha ws1">EL SUICIDIO DEL CADÁVER</h3>
+</div>
+
+<p>Nació; le bautizaron; a fuerza de chupetones y rabietas consiguió
+tenerse en dos pies; articuló primero unos gritos y se hizo entender
+después con las mismas palabras que usaban sus padres; más tarde
+reconoció esas mismas palabras, escritas o impresas; en adelante,
+le torturaron con otras muchas cosas que maldito si le importaban;
+aprendió que la tierra tiene dos movimientos, uno de rotación y otro
+de traslación, y el corazón, otros dos, sístole y diástole; reconoció
+la soberanía de las Cortes con el rey; se convenció de que dos y dos
+son cuatro; tuvo que creer que a don Favila se lo comió un oso y que
+San Hermenegildo fue mártir; aprendió la ley de la gravedad y otras
+muchas leyes naturales y contra natura; amó a su patria, temió a Dios,
+respetó a la Guardia civil, leyó el <i>Quijote</i> y se hizo bachiller.
+Entonces olvidó casi todas estas cosas y aprendió otras que fueron
+olvidadas igualmente cuando se hizo licenciado. Tomando y dejando cosas
+se formó al fin; prestó dilatados servicios a su patria en cualquier
+menester burocrático; hizo el amor, le casaron, le nacieron hijos, y
+como suyos los inscribió en el Registro civil; se le cayeron el pelo y
+los dientes; le concedieron una gran cruz y se murió.</p>
+
+<p>Muerto y enterrado —pomposamente enterrado— estaba <span
+class="pagenum" id="Page_201">p. 201</span>hacía algunos años cuando
+por primera vez se puso a pensar seriamente y a fondo. Esto de pensar
+en la tumba no es extraño. Los biólogos dicen a todo el que les quiere
+oír que no nos morimos de una vez, sino poquito a poco. Empezamos a
+morirnos cuando se nos cae el primer diente, cuando nos sale la primera
+cana, y muriéndonos tiramos años y lustros, hasta que nos entierran, o
+mejor dicho hasta mucho después de habernos enterrado, porque a veces
+aunque se nos haya muerto el corazón y estemos tiesos y estirados,
+mondos y lirondos, dándonos a la carcoma, aún hay en nosotros partes
+vivas que si pudieran actuar libremente protestarían contra el sepelio
+prematuro. Hay muertos a los que les crecen las uñas; prueba de nuestra
+tesis es también que a veces los cirujanos remiendan a los vivos
+averiados con trozos de la piel de esos muertos a medias; popular es la
+frase de morirse a pedazos y la de estar medio muerto, y por si esto
+fuera poco yo tengo mis dudas respecto de las momias. ¿Por qué ha de
+estar muerto Tutankamen y no han de estarlo ciertos senadores que yo me
+sé?</p>
+
+<p>No es pues extraño que nuestro ilustre cadáver a los diez o doce
+años de estar domiciliado en la huesa se pusiese a pensar. Es por el
+contrario naturalísimo. Jamás había pensado nada mientras anduvo por
+el mundo. Su pensamiento fue virgen al féretro, no había sufrido el
+menor desgaste, no tenía pues <span class="pagenum" id="Page_202">p.
+202</span>por qué morir y en aquella paz del sepulcro comenzó a actuar
+vigorosamente. A medida que el difunto fue desencarnando empezó a
+moverse el pensamiento con cierta libertad dentro de su calavera. La
+poca costumbre de pensar hizo creer al muerto en los primeros tiempos
+que aquello que le escarbaba en el occipital era un gusanillo demasiado
+ansioso. Pero no; pronto se convenció de que era él, él mismo, su
+propia sustancia, lo que le escarabajeaba.</p>
+
+<p>Pensando, pensando, con toda la gravedad y circunspección que le
+prestaba su respetable condición de cadáver, abominó de aquel trasiego
+de cosas en que se había empleado el venerable puchero que sobre los
+hombros sostuvo durante cincuenta o sesenta años. Aquel tomar y dejar
+ideas, que por una oreja le entraban y por la otra le salían, le
+pareció despreciable. Reconoció que su cerebro había sido un cedazo
+por el que la linfa se filtraba, mientras en el meollo se le iban
+depositando las arenas de aluvión y los cantos rodados. Nada más.</p>
+
+<p>A los doscientos años de estar dos metros bajo tierra había
+conseguido tal lucidez, estaba tan limpio de envoltura carnal, que
+el pensamiento rodaba vertiginoso por la órbita de su calavera,
+proporcionándole ideas maravillosas. Sus conclusiones fueron
+radicalmente distintas de las que obtuvo mientras vivió a flor de
+tierra. Adquirió el convencimiento de que la humanidad insepulta es
+perfectamente estúpida. ¿Para <span class="pagenum" id="Page_203">p.
+203</span>qué ese ajetreo de la vida? ¿Para qué tanto afán? ¿Por
+qué apasionarse por tan grandes errores? Poquito que se reía él de
+Ptolomeo, Newton y Einstein.</p>
+
+<p>Pero esta clarividencia le llevó a ser humorista y más tarde se le
+agrió el humor. Le entró una rabia sorda contra su anterior vida. Había
+sido un majadero. ¡Si él hubiese pensado las cosas mientras tuvo cédula
+como las pensaba a los doscientos años de estar muerto y enterrado! Le
+irritaba la idiotez de los vivos. De buena gana hubiese salido por el
+mundo a insultar a la gente; pero no podía. Cuatro metros cúbicos de
+tierra sobre su menguado esqueleto pesaban demasiado. Se enfureció por
+su impotencia. Tenía que salir de allí y hacer curiosas revelaciones
+a la humanidad. Se volvió loco. El gusanillo de su pensamiento, como
+una luciérnaga, saltaba frenético dentro de la calavera. No pudo
+resistir más. Se dio un chocazo contra el féretro y los dos parietales
+desencajados se apretaron el uno contra el otro cogiendo en medio al
+bichito de luz, al terrible pensamiento, que murió como un piojo entre
+dos uñas. El muerto se había suicidado.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+
+<div class="chapter" id="Ch310">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_204">p. 204</span></p>
+ <h3 class="dcha ws1">HISTORIA DE UN HOMBRECITO<br> QUE NO NACIÓ</h3>
+</div>
+
+
+<h4 class="romano">I</h4>
+
+<p>No me apesadumbra esta muerte inminente a que estoy sin remisión
+condenado. Es más: creo que ya he vivido bastante y que poco, muy poco
+de cuanto hay en el mundo me queda que conocer y sentir. Desde hace
+varios meses padezco una conciencia adulta, que prematuramente se hizo
+parásita de esta masa gelatinosa de que estoy formado. ¿Para qué seguir
+soportando su tiranía por más tiempo?</p>
+
+<p>Sé que pertenezco, o he debido pertenecer, al género humano, que
+tengo el signo de varón y que, de haber sucedido las cosas de modo
+normal, yo hubiese sido dado a luz dentro de unos días; dentro de unos
+meses habría aprendido a tenerme en dos pies; pasados unos años sabría
+engendrar nuevos seres, y ocurrido poco más de medio siglo, volvería a
+la nada.</p>
+
+<p>No ha sido así; muero nonnato y, ¡qué diablo!, muero feliz, gracias
+a la milagrosa plenitud de mi conciencia, que en esta redoma en que
+yazgo me ha permitido seguir exactamente el curso que dan a su vida
+los humanos, nada grato, por cierto. No se tome <span class="pagenum"
+id="Page_205">p. 205</span>a mala parte este mi pesimismo. Creo que si
+todos los hombres tuviesen plena conciencia desde el momento en que son
+concebidos, muy pocos se prestarían a seguir adelante.</p>
+
+<p>Voy a morir y aún no soy más que un feto informe, o mejor dicho, un
+concepto no desarrollado. Pero ¿es que todos los conceptos valen acaso
+la pena del desarrollo?</p>
+
+<p>No lo creo; por eso muero a gusto. Y porque no quede en el aire
+como una petulancia juvenil esta conformidad con mi destino, expondré
+someramente cuanto en mis escasos meses de conciencia he podido
+aprender del mundo y de los hombres.</p>
+
+
+<h4 class="romano g0">II</h4>
+
+<p>Mi padre es una buena alimaña del Señor, que trabaja, suda, sufre,
+bebe, canta y hace sufrir a los demás. Creo que en el mundo hay unos
+Códigos, producto de la sabiduría universal, que determinan exactamente
+lo que en cada momento mi padre debe hacer. De esto, que yo ya sé
+hace algún tiempo, él no se ha enterado todavía y viénenle de esta
+ignorancia graves daños. En este momento, según mis noticias, gime
+encarcelado, bajo la terrible acusación de parricida e incestuoso,
+y por los indicios que he podido recoger supongo que no tardarán en
+llevarle<span class="pagenum" id="Page_206">p. 206</span> al matadero,
+aunque todavía no he podido poner muy en claro para qué han de
+matarle, si no han de comérsele. Parece ser que le inmolan a una diosa
+bárbara, llamada Justicia, cuyo culto primitivo se conserva entre los
+civilizados. Disculpen estas perplejidades e incongruencias mías; pero
+con solo unos meses de conciencia, mis conocimientos del mundo y de la
+vida son muy fragmentarios. No creo, sin embargo, que lo sean menos los
+vuestros.</p>
+
+<p>Por todas estas cosas, la buena gente de la aldea se ha congratulado
+de que yo no venga al mundo. ¡Pobre! —decían—. ¿Qué sería de ese
+desdichado aborto del infierno, hijo del incesto y del crimen?
+¡Angelito! ¡Más le ha valido haberse muerto!</p>
+
+<p>Yo, pese a todo esto, no tengo muchos motivos para estar quejoso de
+mi padre. Es más: me siento un poco orgulloso de ser su hijo. Mi padre
+es joven, fuerte y hermoso. Ningún muchacho de la aldea tira la barra
+de hierro más lejos que él ni muerde en el cuello con más ardor a las
+mujeres. Repito que es una sana y alegre alimaña de Dios, que en una
+época de debilidades, claudicaciones y tristezas ha sabido conservar
+fieramente su entereza ejemplar, su noble gallardía de bestia entera,
+confiada en sus garras, sus dientes y su destino.</p>
+
+<p>Mi padre era pastor. Durante el tiempo que conviví con él le admiré
+rendidamente. Tiraba de la honda como un guerrero balear, silbaba como
+un fauno,<span class="pagenum" id="Page_207">p. 207</span> corría como
+el viento y su larga cayada arremolinaba en torno suyo a los rebaños,
+sumisos y complacidos. Yo pensé que con tan buenas prendas mi padre
+triunfaría en el mundo. Creí que no tardarían en hacerle obispo o cosa
+así. Pero me equivoqué.</p>
+
+
+<h4 class="romano g0">III</h4>
+
+<p>Un día llegó hasta el hato en que mi padre y yo con él sesteábamos,
+una mujer, joven todavía, ancha, fuerte y hermosa. Mi padre le dedicó
+desde el primer momento sus toscas zalemas, le hizo probar su queso más
+fresco, sus piñones y sus nueces. Ella le regaló un pañizuelo bordado y
+le hizo beber el agua fría del regato en la cuenca rosada de sus manos.
+Hecho esto, se marchó riendo y no volvió más.</p>
+
+<p>Inquieto se quedó mi padre. Cuando llegó la noche dejó el rebaño al
+cuidado de los mastines y echó cuesta abajo hacia la masía. Rondando
+las paredes de la casona estuvo hasta que las estrellas le dijeron
+que iba a venir el alba, y entonces, pasito a paso, se volvió a la
+montaña.</p>
+
+<p>Bajamos también a la noche siguiente y a la otra. A la cuarta noche,
+mi padre, encaramado en unos aperos, tocó con los nudillos, quedamente,
+en el marco de un alto ventanuco, por cuyas rendijas había él <span
+class="pagenum" id="Page_208">p. 208</span>atisbado el cuartito
+estrecho de aquella mujer que le sonsacara.</p>
+
+<p>La mujer se sobresaltó un tanto; pero pronto logró mi padre calmarla
+con sus caricias, que ella gustó a poco sin rebozo. Desde entonces, mi
+padre dejaba todas las noches el ganado a la custodia de los perros,
+y a buen andar íbase contento y satisfecho hacia la masía, por cuyas
+paredes trepaba hasta meterse por aquel ventanuco en cuyo alféizar le
+recogían los arremangados brazos de aquella buena y complaciente mujer,
+que ya le retenían afanosos hasta la madrugada. Regalábanse entrambos
+con mutuas caricias; dábanse el uno al otro fehacientes testimonios de
+su amor, y en uno de aquellos transportes mi padre me dio a mí, que ya
+no volví con él a la majada.</p>
+
+
+<h4 class="romano g0">IV</h4>
+
+<p>Empezó para mí una nueva vida. Me sentí tan a placer en mi flamante
+morada, tan bien asistido, que pronto empecé a crecer y desarrollarme.
+Me hallaba bien acondicionado, progresaba y empezaba a ser algo en
+el mundo. Entonces fue cuando por primera vez di en el hábito de
+filosofar.</p>
+
+<p>Pero aquel sosiego, que favorecía mi rápido desarrollo, trajo a mi
+madre —ya entonces supe que <span class="pagenum" id="Page_209">p.
+209</span>aquella había de ser mi madre— espantosas desdichas. Pronto
+empezó a hacerse notar mi existencia, no obstante el cuidado con que la
+pobre mujer apretaba los cordones de su corpiño, reduciendo hasta lo
+inverosímil la estrecha cárcel que me aprisionaba.</p>
+
+<p>En aquel entonces hubo en la masía un movimiento inusitado. Por
+lo que después pude saber había llegado el amo. El amo de la casona,
+los ganados, los pastos; el amo de mi madre, de mi padre, y creo que
+amo mío también. Aquella llegada del que yo suponía buen dios posesor
+desazonó a mi madre sobremanera, y largas horas la sentí llorar con
+lentos y difíciles sollozos, allá en el último rincón del sobrado,
+donde nadie pudiese verla.</p>
+
+<p>Una noche, después de la cena, sobrevino la catástrofe. El amo
+había cenado bien; la morcilla, el tasajo, los alcaparrones y el queso
+picante le habían hecho beber mucho vino y los ojos debían brillarle
+como dos diamantes negros. Yo adiviné esta furia de sus ojos en el
+estremecimiento de terror de mi madre cuando, mandada llamar por él, se
+presentó sumisa a su deseo.</p>
+
+<p>El amo estaba contento y quiso que de su alegría participase mi
+infeliz madre. Por una vez el amo la libraba de su monótona vida de
+sirvienta y la elevaba hasta él, dándole parte de su exuberancia. Había
+que estarle agradecida.</p>
+
+<p>Pero mi madre no quería; resistiose largo rato a <span
+class="pagenum" id="Page_210">p. 210</span>los deseos de expansión del
+amo, hasta que este, fuera de sí, quiso tomar por fuerza lo que de buen
+grado no le daban.</p>
+
+<p>—Ven acá, mala pécora —decía con terribles voces—. ¿Qué remilgos
+para conmigo son esos? A buena hora mangas verdes, hipocritona.</p>
+
+<p>—Déjeme, mi amo, déjeme —suspiraba mi madre.</p>
+
+<p>—¿Dejarte? ¿A santo de qué? ¿No eres mía, lagarta? ¿No lo has sido
+siempre?</p>
+
+<p>—Eso fue antes, amo. Era yo una chiquilla...</p>
+
+<p>—Antes, ahora y después. ¿Olvidas que fui yo mismo quien te quitó de
+ser mocita, quien te hizo madre y quien te evitó que cayeses después en
+un burdel? ¿No comes honradamente el pan de mi casa, en vez de andar
+rodando por las ferias? Anda, déjate de gazmoñerías. Todavía eres joven
+y hermosa para arrepentirte, morena.</p>
+
+<p>—No quiero, no quiero.</p>
+
+<p>—Pues querrás, como siempre quisiste, vaca vieja.</p>
+
+<p>—No; aquello se acabó. Sanseacabó. ¡Por estas!</p>
+
+<p>—¿Y por qué, paloma?</p>
+
+<p>—Porque quiero a otro hombre.</p>
+
+<p>—Buena cosa, nena. Yo no te lo impido. Si quieres a otro hombre, yo
+te casaré con él, mi reina; tendrás la dote prometida y te diré al fin
+qué fue de nuestro hijo para que tu hombre y tú lo recojáis.</p>
+
+<p>—¡Mi hijo!</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_211">p. 211</span></p>
+
+<p>—Hecho un hombre está. Dieciocho años tiene y gloria da verle.</p>
+
+<p>—Dime, por caridad, dónde está mi hijo.</p>
+
+<p>—Dime tú antes quién es ese hombre a quien quieres.</p>
+
+<p>—Ese hombre es...</p>
+
+<p>—¿Quién?</p>
+
+<p>—Un niño todavía. El zagal que pastorea el rebaño detrás del
+robledo.</p>
+
+<p>—¿Juan Sin Nombre, el zagal?</p>
+
+<p>—Juan Sin Nombre el zagal, el mismo.</p>
+
+<p>—¡Dios de Dios!</p>
+
+<p>Un nuevo estremecimiento de mi madre me hizo adivinar que algo
+terrible había pasado por los ojos del amo. Debieron apagársele las
+luces de la lujuria; algo espantoso debió ocurrirle en el alma y,
+cuando volvió a hablar, su voz era honda, dura y seca.</p>
+
+<p>—Vete, maldita; vete, perra. Vete, maldición de mi casa y de mi
+vida.</p>
+
+<p>Sollozando, mi madre se salió de la pieza. Sus lágrimas no podían
+disimular su contento por haberse librado milagrosamente de las
+zarpas del amo, y no bien entró en su cuartito, abrió la ventana,
+recogió entre sus brazos a mi padre, que allí la esperaba, y juntos se
+descolgaron por el paredón de la masía y juntos corrieron, sin volver
+atrás la cara, mientras el vientecillo de la sierra les azotaba el
+perfil, y los perros cortijeros, uno a uno, iban llevando la noticia
+<span class="pagenum" id="Page_212">p. 212</span>del rapto hasta el
+fin del mundo con sus intermitentes ladridos.</p>
+
+
+<h4 class="romano">V</h4>
+
+<p>Mi padre y mi madre se amaban impetuosamente. Tuve certeza de
+ello en aquellos días en los que mi madre, huida de la masía, se
+escondía en un socavón, con honores de vivienda, allá en los cerros
+donde pastoreaba el ganado. Allí iba mi padre a llevarle sus sabrosos
+presentes. La miel, la leche, la fruta que compraba o robaba por los
+alrededores. Dormía mi madre en aquella cueva sobre un lecho de hojas
+secas; servíanle de fogaril unas trébedes y un agujero abierto en el
+techo natural de la cueva, y aún tenía, a pocos pasos, un regato, que
+de espejo, baño y fuente le servía. Creo que mi madre se sentía allí
+dichosa, y, a mi juicio, aquellos tres o cuatro días fueron los únicos
+de paz y gozo que tuvo la infeliz.</p>
+
+<p>El amo no se resignó con su desaparición. Hízola buscar cielo y
+tierra, y ya, desesperado de encontrarla, se fue hacia el hato y
+llamando aparte a mi padre le abordó sin rodeos.</p>
+
+<p>Con la fría crueldad de un dios o un demonio le hizo saber que
+estaba al corriente de sus relaciones con mi madre. Díjole que no le
+parecían bien aquellos amoríos, que mi madre era mujer de su casa y
+<span class="pagenum" id="Page_213">p. 213</span>servicio y que para
+su casa y para sí la quería. Él era el amo y allí no había de hacerse
+más que su santa voluntad.</p>
+
+<p>Le oyó mi padre con paciencia felina. Con un poco de imaginación se
+le hubiese visto mover el rabo a compás de un lado para otro, y más de
+una vez, a lo largo de la filípica, gruñó sordamente, amenazando con
+saltar al cuello del amo.</p>
+
+<p>Contúvose, sin embargo; no creo que lo hiciese por prudencia, sino
+porque estaba satisfecho y porque tenía a la hembra en su cubil y entre
+las zarpas su formidable cayada.</p>
+
+<p>—Búsquela, nostramo, búsquela —le decía con sorna.</p>
+
+<p>—No la buscaré más; has de ser tú quien me la traiga. Ese encargo te
+doy.</p>
+
+<p>—No podré cumplirlo, amo.</p>
+
+<p>—Vaya si podrás. Podrás, porque esa mujer, que hasta aquí fue mía,
+será mañana de otro, de cualquiera. Menos tuya.</p>
+
+<p>—¿Y por qué no mía?</p>
+
+<p>Irguiose el amo, temblando de furor, y rugió al fin:</p>
+
+<p>—¡Porque es tu madre!</p>
+
+<p>—¡Bah! —repuso el pastor—. ¡Mi madre! ¡Bah! Es mi amante.</p>
+
+<p>—Es tu madre, idiota.</p>
+
+<p>—¡Mi madre! ¡Mi madre! ¡Ea!, largo de aquí con sus cuentos, viejo
+zorro.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_214">p. 214</span></p>
+
+<p>—Ven acá, imbécil. Esa mujer, criada de mi casa, de quien yo dispuse
+siempre a mi antojo y a quien le hice un hijo, que eres tú, podrá no
+volver a la masía, pero ya nunca será tuya.</p>
+
+<p>—Pero ¿por qué ha de ser mi madre, si yo la quiero para mí, mía,
+como hombre y mujer, lobo y loba? Fuera de aquí, ¡ea! ¡Mi madre! ¡Mi
+madre! ¡Mi hembra! Largo de aquí. Ya verás, amo, para lo que me sirven
+tus historias. ¡Largo!</p>
+
+<p>Y, enarbolando la cayada, la volteó sobre su cabeza y la descargó
+furiosamente sobre las espaldas del amo, que cuando se repuso y quiso
+hacerle cara no consiguió sino que mi padre tirase lejos la cayada, y
+ya con uñas, dientes y pezuñas le agredió gozoso, pateándole con furia.
+Cuando se cansó le dejó respirar, incorporarse y huir, mientras iba
+descargando contra él las piedras más certeras que salieron de su mano
+a impulso del brazo más templado de toda la serranía.</p>
+
+<p>Vibrante, excitado por la lucha, la pelambrera revuelta, el
+pecho jadeante, al descubierto por entre los jirones de la camisa,
+echó a correr hacia el socavón donde mi madre le aguardaba,
+sumisa y enamorada, y allí yació con ella a su placer con fieros
+estremecimientos de tigre en celo, que rindieron para siempre a la
+hembra. Ya dije que tenía mis motivos para estar orgulloso de mi
+padre.</p>
+
+
+<h4 class="romano g0" title="VI"><span class="pagenum" id="Page_215">p.
+215</span>VI</h4>
+
+<p>No creo que al principio la noticia del incesto conturbase mucho a
+mi padre. ¡Qué sabía él! El instinto le había llevado hacia una mujer y
+el instinto nada le decía en contra de esta querencia, aun después de
+saber que aquella hembra era su madre.</p>
+
+<p>Se dispuso a seguir queriéndola, como hasta allí la había querido,
+dándosele un ardite de la extraña y absurda circunstancia que infundía
+un sentido criminal a su noble y sana apetencia.</p>
+
+<p>Pero aquel que en los primeros momentos se le antojó levísimo
+contratiempo, empezó a escarabajearle en el meollo y ya no le dejó
+sosegar. Me imagino la estupefacción de mi padre al ver que una cosa
+tan nimia, tan insignificante, se le oponía tenaz, dispuesta a torcer
+su voluntad. Presto a defender su hembra contra los mayores obstáculos
+del mundo, a los que él otorgaba una representación plástica de grandes
+moles de granito, hierros, llamas, garras, dientes, veíase acometido
+por una imperceptible dificultad, que él no creyó nunca tuviese
+valor alguno. Decir a mi padre que una imposibilidad moral había de
+obligarle a refrenar su apetito era como torcer el curso de un río con
+procedimientos suasorios.</p>
+
+<p>Desgraciadamente, no era mi padre tan entera alimaña <span
+class="pagenum" id="Page_216">p. 216</span>como debió ser, y no
+obstante su fortaleza contra los corpóreos enemigos, se dejó tomar y
+vencer por aquel inaprensible adversario de su dicha.</p>
+
+<p>La agresión de que había hecho objeto al amo le aconsejaba huir
+de aquellos parajes, y cuando fue de noche, mi padre, mi madre y yo
+emprendimos la marcha, siguiendo los más difíciles atajos y las sendas
+más extraviadas.</p>
+
+<p>Durante el camino caviló mucho mi padre, tomado ya por aquel artero
+adversario de su instinto, y no tardé mucho en darme cuenta de cómo sin
+querer empezó a repeler a la hembra que, atemorizada por la noche y el
+frío, buscaba su cobijo.</p>
+
+<p>Anduvimos hasta el amanecer y ya entrado el día topamos con una
+cuadrilla de segadores nómadas, a los que nos unimos. Dos o tres
+semanas vivimos en su compañía. A lo largo de aquellos días yo pude
+darme cuenta de cómo el asco iba venciendo en mi padre aquella
+inclinación primera que le llevó al incesto. La cavilación, el dar
+y dar vueltas del exiguo meollo en torno a aquella infranqueable
+barrera fueron arruinándole y dejándole requemado, correoso, extinto.
+Repudiaba, al principio con dulzura, luego con furor, a la infeliz
+madre de entrambos, cuyas entrañas no habían sabido adivinar la
+tragedia, y pronto la vida fue imposible a su lado. Se separó de los
+segadores y muchos días estuvimos vagando y merodeando por los caseríos
+de la comarca. Mi madre <span class="pagenum" id="Page_217">p.
+217</span>proveía a nuestra subsistencia buscando raíces, hurtando
+racimos, trabajando, a veces, en las duras faenas del campo, allí
+donde por caridad querían darle quehacer. Mi padre, más ensombrecido
+cada día, íbase, desde que apuntaba el día, a la bodeguilla, y allí
+se estaba bebiendo en silencio, jarro tras jarro, el vino turbio y
+agrio, hasta que anochecido se reunía con mi madre en cualquier chozo
+abandonado. Ella, rendida de la faena del día, de sus hambres y sus
+dolores, aún tenía ánimos para ofrecérsele blandamente enamorada.
+Entonces él se desataba en denuestos y la golpeaba. Yo he sentido
+alguno de aquellos golpes sobre la tersa esfericidad de su vientre y
+por ella temí más que por mí.</p>
+
+<p>De mal en peor seguimos arrastrando nuestro dolor por todos los
+caminos. Un fatal designio nos iba acercando a nuestra aldea. Creo
+que era mi madre la que, sintiéndose próxima a dar a luz, derivaba
+hacia el viejo campanario tan amado. Mi padre se dejaba llevar
+insensible a todo lo que no fuese su furor. Una tarde que no había
+bebido demasiado le sentí llegar suavemente hasta mi madre. Parecía
+contento. Cantaba, silbaba, reía con estrépito y se dejaba acariciar
+por las manos destrozadas de mi madre, que lloraba de alegría, viéndole
+otra vez junto a sí. El infeliz estaba contento aquella tarde. ¡Pobre
+padre mío! ¿Por qué te dejaste vencer por aquel invisible enemigo?
+¿Por qué perdiste tu recia animalidad? ¿Por <span class="pagenum"
+id="Page_218">p. 218</span>qué dejaste de ser una buena alimaña de Dios
+para convertirte en algo menos que un hombre y que una bestia?</p>
+
+<p>Aquella tarde se dejó llevar de las caricias de mi madre y fue
+incestuoso una vez más.</p>
+
+
+<h4 class="romano g0">VII</h4>
+
+<p>Pero a la otra mañana, cuando al lucir el sol vio claramente su
+pecado recortado en el azul del cielo, sintió un asco invencible, una
+infinita repugnancia. Y apaleó a mi madre.</p>
+
+<p>¿Cuánto sufrió aquella mujer? ¿Cómo se explicaría la desdichada
+aquellos ramalazos de locura de su amado? ¿Qué infinita bondad no
+habría en su alma cuando se los perdonaba?</p>
+
+<p>Trabajando, padeciendo, hambrienta, odiada y apaleada cada día, como
+un perro sarnoso, llegó mi madre al noveno mes de su embarazo. No dudo
+de que grandes debieron ser sus pecados; mas dificulto que haya habido
+una tan terrible expiación como la suya.</p>
+
+<p>Hace no más que veinticuatro horas estaba en un rincón de
+nuestra cueva, a la que habíamos vuelto, y era tal su congoja, tan
+incomensurable su dolor, que pedía a todos los poderes de la tierra y
+del cielo la librasen de la vida.</p>
+
+<p>Los poderes incógnitos no fueron sordos a su súplica. <span
+class="pagenum" id="Page_219">p. 219</span>Una vez más llegó mi padre
+ebrio de dolor y de vino, y una vez más fustigó las carnes maceradas de
+la infeliz. Revolviose ella, por primera vez, contra el castigo y pidió
+a mi padre que por los clavos de Cristo no la martirizase más, o por lo
+menos le dijese qué causas tenía aquel odio salvaje.</p>
+
+<p>Mi padre no pudo contenerse por más tiempo y se lo escupió a la
+cara, al mismo tiempo que, echándole las manos al cuello, le apretó con
+furia, no sé si de odio o de apetito. No sé.</p>
+
+<p>Como no sé tampoco si mi madre murió víctima de la presión de los
+dedos de mi padre, engarbados a su cuello, o del horror y el asco de su
+crimen.</p>
+
+
+<h4 class="romano g0">VIII</h4>
+
+<p>De esto hace ya unas horas. Mi padre cayó minutos después en las
+garras de la justicia, que lo ahorcará bonitamente. En cuanto a mí,
+pocos son los que se han ocupado de salvarme. Creen que ya estoy muerto
+y que el mundo no ha debido ver la aparición de un engendro tal del
+crimen cual yo debiera ser. ¡Pse! Tal vez tengan razón.</p>
+
+<p>Unas aldeanas piadosas están velando el cadáver de mi madre, en cuyo
+centro esta redoma en que yazgo va enfriándose por segundos. Pronto
+dejaré de existir.</p>
+
+<p>Y no me pesa.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+
+<div class="chapter" id="Ch311">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_220">p. 220</span></p>
+ <h3 class="dcha ws1">EL ÁNIMA DE LA VIEJA</h3>
+</div>
+
+<p>Cuando la conocí ya estaba hecha una pavesita. Era vieja, tan
+retevieja, que hasta la cuenta de los años había perdido. Vivía en uno
+de los cuartos del desván desde hacía quién sabe el tiempo y pudiera
+creerse que la vertiente del tejado, pesando sobre su cabeza cana,
+había ido humillándola, hasta clavarle la barbilla en el esternón y
+hacer que su espinazo se arquease tenso ya y a punto de lanzar al
+espacio la flecha de su alma.</p>
+
+<p>La mitad de sus días se le iba con el rosario entre las manos y
+sentada ante la angosta buhardilla, desde la que admiraba, con sus
+ojuelos quietos y blanquecinos, la inmensidad del mundo, la grandeza
+del creador y el gracioso ir y venir de las nubes, en las que a veces
+cabalgaba su fantasía, yéndose con ellas, en dilatados viajes, a
+regiones de ensueño, pobladas con loca confusión por los esmaltes y
+colores de su infancia, las tintas planas y aurirrojas de su juventud,
+las perlas de sus sartas de lágrimas y el oro viejo de la liturgia.
+Entonces era cuando se le iba el santo al cielo.</p>
+
+<p>Un viejo bote de tomates, lleno de tierra negra y coronado de
+hierbabuena, representaba ante ella el milagro de la vida inagotable,
+y al otro lado de la ventana un jilguero cautivo le renovaba cada día
+el <span class="pagenum" id="Page_221">p. 221</span>espectáculo del
+dolor. Eran sus asideros a la realidad. Sin la hierbabuena y el pájaro,
+la vieja, arrebatada por las nubes, se hubiera perdido fácilmente en el
+espacio.</p>
+
+<p>La otra mitad de la escasa vida que ya le restaba se la llevaba
+la escalera. Eran ciento y pico de escalones, que ella, al subir y
+al bajar, repasaba cuidadosamente, tanteándolos una vez y otra con
+el balbuceo de sus piernas, trabadas por el reúma, que de tiempo en
+tiempo le obligaba a guardar unas grandes pausas, ilustradas con
+hondos suspiros. Arrebujada en sus trapitos negros y recorriendo este
+calvario de la escalera la vi por primera vez. Otras muchas veces la
+hallé después en el mismo sitio, cobrando fuerzas en los descansillos o
+ganando trabajosamente los peldaños.</p>
+
+<p>Mi relación con ella no pasó de ahí. Padecía, según me dijeron, un
+mal genio insoportable y no pocas rarezas; esto la hacía andar por
+el mundo más sola y desamparada aún, ya que la acritud de carácter,
+las rarezas y manías favorecen y disculpan nuestra impiedad para con
+los viejos. Vivía con una gran miseria, clara y limpia, eso sí, de la
+menguada caridad de unos parientes remotos, que no querían turbar su
+conciencia dejando que abiertamente se muriese de hambre. Y así iba
+tirando la pobre. Jamás hablé con ella ni le mostré interés alguno.
+¡Bah! —me dije—. Una pobre vieja que espera a morirse del todo después
+de una vida humilde y vulgar.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_222">p. 222</span></p>
+
+<p>Supe después que aquel invierno lo había pasado muy mal; mi mujer le
+envió algunos días un poco de calor para sus pobres huesos ateridos,
+unas medicinas, unos alimentos, no sé. Esto me valió, cuando de nuevo
+la encontraba en la escalera, unas largas miradas de gratitud, de las
+que ni siquiera supe descubrir el significado. ¡Qué pocas veces nos
+merecemos la gratitud que se nos tiene!</p>
+
+<p>Un día antes de que llegase la primavera, cuando ya la habían
+venteado los gorriones que anidan en el alero, la vieja se sentó una
+tarde ante el cuadro azul de su buhardilla y, mirando embelesada al
+cielo, satisfizo su aspiración de diluirse en él. Su cuerpo, ya sin
+vida, quedose sentado ante la guardilla, mirando con los ojos, más
+abiertos que nunca, aquella teoría de tejados y azoteas, que habían
+constituido para ella, en los últimos años, todo el espectáculo del
+mundo. Ni la hierbabuena ni el pájaro, que seguían trabajando y
+sufriendo, se enteraron de lo que había ocurrido.</p>
+
+<p>Cuando se encontraron muerta a la vieja, vinieron a preguntarnos
+si queríamos hacer algo por ella, ya que éramos sus protectores.
+Advierto que este pomposo título nos había costado apenas el trabajo
+de alargarle unas cuantas cosas inservibles. Dispuse todo lo necesario
+para su enterramiento, hice decir unas misas por su alma y mandé
+recoger del desván sus <span class="pagenum" id="Page_223">p.
+223</span>trastos y cachivaches para conservarlos, por si alguien
+aparecía reclamándolos. No vino nadie.</p>
+
+<p>La buena vieja estaba más sola de lo que se creía. Todo su mundo
+había desaparecido en el transcurso de unos años y unos tras otros
+habían ido hundiéndose en el polvo los parientes, los amigos, los
+conocidos. Sin darse cuenta exacta de la catástrofe que presenciaban
+sus ojos en aquellos últimos veinte años, veía cómo la muerte barría
+las lilas de las personas amadas o simplemente conocidas. Hoy era un
+hermano, mañana aquel amigo, el otro tal o cual grande hombre de su
+época. Había llegado el fin del mundo y solo ella quedaba ya para
+llorarlos a todos y rezar por ellos, sola, trágicamente sola, en un
+mundo nuevo, con cuyos habitantes no llegaría a entenderse.</p>
+
+<p>Y no eran solo las personas las que le abandonaban: eran también
+las cosas, todas las cosas de aquel viejo mundo tan amado, las que
+se deshacían en polvo, disueltas en aquella gran tragedia de su
+longevidad. Todo había desaparecido al transformarse, al encarnar en la
+carne de aquella nueva humanidad que desconocía la vieja. Las casas,
+las calles, los jardines, la ciudad entera habían desaparecido, e
+inútilmente buscaba la longeva las antiguas sugestiones del mundo, los
+gratos lugares de su juventud, recorriendo torpemente las tradicionales
+sendas, que a duras penas podía reconocer. Envuelta en sus tocas
+asomábase alguna vez al mundo, después de la gran catástrofe <span
+class="pagenum" id="Page_224">p. 224</span>del tiempo, y los grandes
+comercios, las calles amplias y rectas, pobladas de monstruosos
+palacios, los cafés y las cervecerías, los trenes, la luz y el
+estruendo le hacían perder la pista de las viejas veredas urbanas,
+por entre las que andaba como entre unas ruinas. Aquella gran ciudad,
+enjoyada de luz, cubierta de mármoles y bronces, no era para la
+viejecita más que una ruina. La ruina de un mundo, el suyo, aquel para
+el que prematuramente había sonado la hora final.</p>
+
+<p>Al morirse murió con ella para siempre aquel mundo a que había
+pertenecido. Ya nadie, después de ella, podrá evocarlo con limpieza y
+netitud. La nueva humanidad creerá que tiene apresada en sus museos
+y sus archivos el alma de aquellas horas, y hasta algunos insensatos
+pretenderán hacerla revivir artificialmente con sus evocaciones; pero
+la verdad es que aquello murió y jamás volverá a ser vivido. Podremos
+escudriñar en el porvenir y saber acaso con absoluta precisión lo que
+ha de pasar; pero el secreto del pasado es impenetrable para nosotros.
+De lo que fue, nunca sabremos nada. Ha habido en el mundo muchos
+profetas; pero nadie ha tenido el don de la historia, de la verdadera
+historia.</p>
+
+<p>Esta íntima convicción de nuestra incapacidad historicista me hacía
+mirar los viejos trastos que pertenecieron a la vieja con el mismo
+respeto con que miro el hacha de sílex en los museos de prehistoria.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_225">p. 225</span></p>
+
+<p>Pronto la figurilla feble de la vieja fue borrándose de nuestra
+memoria. La hubiésemos olvidado del todo a no ser por la presencia
+de aquellos cachivaches que le pertenecieron, y que conservábamos,
+aun a sabiendas de que nadie vendría ya a reclamarlos. Me parecía que
+malbaratar aquello era como aventar las cenizas de la vieja, borrar
+el rastro que había dejado en el mundo. ¡Es tan insignificante lo que
+queda de una vida!</p>
+
+<p>La curiosidad de mi mujer profanó un día aquellos despojos. Anduvo
+revolviendo en los apolillados cajones de una cómoda de la vieja, que
+conservaba intactos los últimos hálitos de su existir, y —Eva siempre—
+me hizo tomar parte en aquella profanación.</p>
+
+<p>—Ven, mira las cosas que tenía la vieja.</p>
+
+<p>Toda una tarde estuvimos revolviendo sin piedad en aquellos cajones,
+atestados de viejos vestidos de seda, galas convertidas en jirones,
+ropa blanca de un blanco ahuesado por el tiempo, refajos remendados,
+pelerinas y cortinas de encaje, cuyos tules finísimos se deshacían
+entre los dedos. Mi mujer se dedicó al expurgo de los trapos y yo me
+apoderé de un crucifijo de marfil y unos paquetes de cartas, documentos
+y daguerrotipos. Fue un infame saqueo.</p>
+
+<p>De entre todos los trapajos que conservaba la vieja, únicamente se
+halló en buen uso un vestido de seda tornasolada, a la moda isabelina,
+que debió satisfacer, <span class="pagenum" id="Page_226">p.
+226</span>con el énfasis de sus encajes, la pompa de su corte amplio y
+el brillo de sus lentejuelas, la aspiración de fastuosidad de la pobre
+vieja, allá en el momento culminante de su existencia.</p>
+
+<p>Se me antojó hacer un retrato a mi mujer, vestida con aquellas
+galas, a las que por excepción no encontraba ese desconcertante
+sabor a disfraz que tienen todos los trajes de época. Le hice, pues,
+ponerse aquel vestido y componer su peinado a tono con los figurines
+del período isabelino: requerí la paleta y los pinceles y me puse a
+pintar.</p>
+
+<p>Trabajé con fervor, intentando seguir la sugestión de aquel traje;
+ajusté mi técnica a la de aquella época germinadora del impresionismo
+y creí hacer una buena obra de arte. No lo conseguí, a pesar de mi
+obstinación y mi entusiasmo. Lo que ha sido, no volverá a ser; y como
+no me satisfacía aquel pastiche que mi perseverancia fraguaba, empecé a
+desesperar.</p>
+
+<p>En cambio, mi mujer, que había vestido aquel traje de difícil
+conformación con cierta repugnancia, empezaba a saberlo llevar con
+gracia. Al principio le parecieron absurdas aquellas mangas quebradas,
+insoportable aquel acinturamiento y entorpecedora y fea aquella cola
+redonda que envaraba sus movimientos. No en vano estaba habituada
+a las flojas y someras vestiduras de nuestros días. Pero a poco de
+posar ante el lienzo, y mientras yo luchaba inútilmente con líneas y
+colores, ella había conseguido <span class="pagenum" id="Page_227">p.
+227</span>humanizar de nuevo el traje muerto, se había identificado
+con él y sabía interpretarlo fielmente con el ademán, el gesto y la
+actitud.</p>
+
+<p>Esto hizo que cada vez pintase menos y mirase más. Me convencí de
+la inutilidad de mi esfuerzo y tuve que contentarme con admirar la
+instintiva capacidad artística de mi mujer, muy superior a mi impotente
+capacidad profesional.</p>
+
+<p>Un día de buen humor hice que mi mujer vistiese el traje de seda
+de la vieja, no para posar ante el lienzo, sino para sentarse a la
+mesa. Comimos, charlando de cosas indiferentes, que más que nada
+eran pretextos para que mi mujer hiciese jugar las vetustas sedas,
+que exhalaban suaves murmullos de gozo, estremecidas por el contacto
+con la juventud de aquella mujer hermosa, grato contacto con el que
+seguramente habían soñado años y años, arrugaditas en el fondo de su
+humilde sarcófago.</p>
+
+<p>Mi mujer, identificada ya con el alma del vestido, estuvo deliciosa
+y yo fui feliz por unas horas, y conocí entonces toda la sana alegría,
+el optimismo y el contento de estar vivo que atesoran esos encantadores
+lienzos de los maestros holandeses, titulados, invariablemente, «El
+pintor y su esposa».</p>
+
+<p>Al final de la comida hice destapar unas botellas de mistela y
+de licor de rosa que había capturado en las profundidades de una
+antigua bodega. El inocente <span class="pagenum" id="Page_228">p.
+228</span>licor de rosa tiene, no obstante su candorosa dulzarronería,
+una hipócrita malicia de niño travieso que desataba las lenguas de
+nuestras abuelas y hacia brillar sus ojos en los saraos entre las
+celosías de las mantillas y los pericones.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+
+<div class="chapter" id="Ch312">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_229">p. 229</span></p>
+ <h3 class="dcha ws1">LA MUERTE<br> DEL ESPÍRITU ADÚLTERO</h3>
+</div>
+
+
+<h4 class="romano">I</h4>
+
+<p>Una hora después de haber cenado, mediada ya la botella de licor
+de rosa y cansados mi mujer y yo de nuestras incursiones por frívolos
+andurriales, fuimos tomando en nuestra charla el empaque de dos tipos
+auténticos de la época romántica en sus últimos años.</p>
+
+<p>En cuanto a mí no me sorprendía verme representando aquel panel tan
+fácil, tan hecho, tan visto en libros, museos, archivos y escenarios.
+¿Pero y mi mujer? Con la misma gracia, mitad dengosa, mitad desgarrada
+—entre el romanticismo y el naturalismo— de una dama de la corte
+isabelina, evocaba gestos, ademanes y actitudes de la época que yo
+no recordaba haber descubierto jamás en los cuadros de aquel tiempo
+ni siquiera en aquellos primeros daguerrotipos que ya hoy tienen la
+calidad artística y el valor expresivo de una visión personal. Puedo
+decir que en sus maneras, lenguaje e inflexiones de voz revivía
+exactamente el espíritu del romanticismo en sus postrimerías. Fue
+en aquella ocasión cuando aprendí de una vez para siempre el tono
+romántico que desespera a mis émulos y desconcierta a mis críticos,
+imposibilitados para contrastarlo.</p>
+
+<p>Debo advertir que mi mujer es adorablemente inculta; no tiene
+la menor idea de nada. Es de una blanda <span class="pagenum"
+id="Page_230">p. 230</span>humanidad en la que yo con mis pulgares he
+impreso algunas huellas y en todo momento me reconozco a mí mismo allí
+donde mi mujer se acusa. Pero en aquella ocasión empecé a sentirla
+extraña y terminé reconociéndola reveladora.</p>
+
+
+<h4 class="romano g0">II</h4>
+
+<p>No soy un espíritu ni otorgo el menor crédito a los cándidos
+investigadores de lo sobrenatural. No hay más espíritu que el mío.
+Es posible que a mi alrededor vaguen cientos y cientos de almas en
+pena, pero todas esas almas no son más que reflejos de una: de la mía.
+Las tolero mientras me divierten; cuando empiezan a molestarme las
+mato. No concibo, pues, los remordimientos ni todas esas zarandajas
+inventadas para hacer odioso el delito. Si el ánima de mi padre viniese
+a importunarme, la estrangularía y me iría a tomar el sol. No tengo,
+sin embargo, necesidad de usar procedimientos de violencia. Cojo las
+almas en pena y las convierto; todas sirven a mis necesidades. Unas me
+impulsan al bien, otras a la verdad, otras a la belleza; algunas me
+dan saludables lecciones; otras otorgan plasticidad a mi pensamiento;
+otras, en fin, me advierten cuándo debo limpiar mi estómago... He
+hecho de ellas mis más fieles servidores. A todas las reconozco en
+cualquier momento y bajo cualquier disfraz como <span class="pagenum"
+id="Page_231">p. 231</span>reconozco la sombra de mi cuerpo por
+muy desfigurada que la perspectiva me la presente. Analizo estas
+proyecciones de mi alma con la meticulosidad de un profesor alemán; sé,
+al céntimo, cómo está con ella mi economía; descubro cuánto me deben
+los espíritus superiores y reconozco mi deuda para con los que llamo
+kamarrupas. Y, sin embargo...</p>
+
+<p>He aquí una proyección con la que no he podido identificarme.</p>
+
+
+<h4 class="romano g0">III</h4>
+
+<p>Imaginad el desdichado papel que uno de nuestros cómicos actuales,
+caracterizado a la usanza del año sesenta, representaría con su
+desentono, sus anacronismos y su incomprensión en una auténtica
+tertulia de por aquellas fechas. Esta era exactamente mi situación
+respecto a mi mujer aquella noche. Milagrosamente, aparecía ella como
+un tan fiel trasunto de la juventud de su abuela que, en cada palabra,
+en cada gesto, se desviaba medio siglo de mí mostrando lo artificioso
+y falso de mi incompleta reconstrucción espiritual de la época. Por
+primera vez mi mujer era distinta de ella misma y de mí. No nos
+entendíamos. El espíritu de alguien —el de la vieja del desván acaso—
+se había metido de por medio.</p>
+
+<p>Al principio hice inauditos esfuerzos por ponerme <span
+class="pagenum" id="Page_232">p. 232</span>a tono. Evidenciaba,
+sin embargo, a cada momento la naturaleza histriónica de aquella
+resurrección mientras mi mujer seguía jugando con maravillosa soltura
+aquel vestido de seda tornasol de tan gozoso modo que yo sospeché que
+el cuerpo juvenil de mi esposa había estado penando hasta hallar su
+propio y natural completo en aquel hábito.</p>
+
+<p>Y así, sugestionado, procuré seguir la farsa.</p>
+
+
+<h4 class="romano g0">IV</h4>
+
+<p>No tardó esta en hacérsenos imperceptible. Nos creímos que habíamos
+vuelto a nuestra sinceridad, nos olvidamos de la máscara y, ya sin
+precauciones, seguimos charlando a placer arrellanados en un diván que
+arrastré cerca de la chimenea. Dejé el comedor a media luz y allí,
+enlazando por la cintura a mi mujer, me dejé llevar por el encanto de
+aquella confortable y sugeridora ocasión.</p>
+
+<p>Permanecimos algún tiempo en silencio. Mi mujer alargaba sus
+piececillos hasta la chimenea y parecía obsesionada con el lengüeteo de
+las llamas. Su cara, entintada en rojo, parecía la cara de esas muñecas
+de cera furiosamente carmíneas y por un momento temí se derritiese al
+calor de la lumbre. Su ensimismamiento era más hondo cada vez. Para
+contestar a mis preguntas parecía hacer un largo viaje a través de
+<span class="pagenum" id="Page_233">p. 233</span>unas remotas regiones
+en las que le sorprendían mis llamadas. Eludía mis interpelaciones con
+un monosílabo y volvía a irse. ¿A dónde? Yo no lo sabía y empecé a
+sentirme molesto. Le costaba un gran trabajo atenderme. Hacía visibles
+esfuerzos para venir conmigo, pero creo que contra su voluntad volvía a
+escapar a sus paisajes ideales, por más que yo la retenía, la acosaba a
+preguntas y la estrechaba entre mis brazos.</p>
+
+<p>Esta insistencia empezó a causarle molestia. Cada vez contestaba de
+peor gana a mis requerimientos. Llegué a serle insufrible; me contestó
+al fin violentamente y se separó de mí colocándose al otro extremo del
+diván con la cara entre las palmas de las manos y las pupilas fijas en
+el fuego.</p>
+
+<p>Me levanté airado ante aquella inexplicable actitud y comencé a
+medir la habitación con largos y fuertes pasos. Empecé entonces el
+monólogo de las recriminaciones. Debo declarar que al principio fui
+un poco farsante. Es más; me agradaba aquella actitud desdeñosa de mi
+mujer. Y como me gustaba la escena que estábamos representando, extraje
+cuidadosamente de la realidad todas las raíces de los minúsculos
+hechos cotidianos que podían hacer florecer en mis labios el reproche.
+Estaba muy contento de mi inventiva. Mis quejas sonaban bien. Reproché
+a mi mujer su falta de cariño, su desdén por mis preocupaciones,
+su incomprensión para mis inquietudes <span class="pagenum"
+id="Page_234">p. 234</span>espirituales. Aquel monólogo tenía emoción
+y fui subiéndolo de tono con cautela al principio, con desapoderado
+entusiasmo después.</p>
+
+<p>Ella, a medida que crecía el énfasis de mis acusaciones, mostrábase
+más ceñuda. Estaba a tono también. Mantenía su mutismo con una gran
+entereza, una llamita roja ardía en sus pupilas, y sus labios,
+aplastados el uno contra el otro, eran como un signo de dolor. Yo, que
+la miraba de reojo mientras recitaba mi monólogo, me desconcerté un
+poco. Hice una transición, y ya sinceramente y a lo que yo creí sin
+farsa, la interrogué:</p>
+
+<p>—¿Pero qué es lo que ha pasado entre nosotros, mujer? ¿Por qué
+estás así? ¿Te han dolido mis reproches? Ea, dejémonos de farsas. Mis
+reproches no han sido sinceros. Son ganas de jugar a sufrir. A veces,
+esta naturaleza nuestra tan adicta al dolor se irrita cuando no lo
+siente cerca y, ¡ya ves qué tontería!, lo finge. ¿No te ha pasado igual
+algunas veces, chiquita? El dolor es tan consustancial para nosotros
+que cuando no aparece en nuestra vida, tenemos necesidad de inventarlo.
+¿No has sentido tú nunca el deseo de padecer, y por padecer has
+inventado tú misma un sufrimiento? Pues así han sido mis quejas para
+contigo. Dolor imaginario. Ganas de sufrir que tiene esta carne viciosa
+de que estamos hechos. ¿Qué tengo yo que reprocharme, mi alma?</p>
+
+<p>No respondió la mujer a estas sensatas y sinceras <span
+class="pagenum" id="Page_235">p. 235</span>palabras. Seguía
+impenetrable, extraña. Sus ojos continuaban fijos en un punto ideal y
+su boca contraída hacía una mueca de enojo tan exacta que me exasperé y
+cogiéndola por un brazo la sacudí con fuerza:</p>
+
+<p>—Mírame.</p>
+
+<p>No me contestó tampoco. Furioso por aquella estúpida terquedad
+estuve a punto de golpearla. Pero sentí la carne de su brazo tan
+blanda bajo la presión de mis dedos atenazadores que la solté temiendo
+desgarrarla. Volví a mis razonamientos. Jamás he sido tan sensato,
+tan paciente. Y eso que una furia infernal iba tomándome por dentro,
+encendiéndome la sangre en las venas y cegando los veneros de mi
+razón.</p>
+
+<p>Conteniendo mi ira me propuse forzar su dureza y llegar hasta el
+fondo de su alma con suasorias palabras. Ya entonces no discurseaba.
+Me preguntaba a mí mismo qué había ocurrido entre mi mujer y yo para
+que de improviso nos sintiéramos extraños, remotos, desconocidos. ¿Qué
+era lo que se había interpuesto? ¿Qué obstáculo me había cortado el
+camino de su corazón, ancha vía siempre abierta a mi deseo? Suavemente
+fui envolviendo a mi mujer en mis blandas caricias. Era indudable que
+había sufrido una especie de letargo espiritual y había que hacerla
+reaccionar. Extremé mi amoroso afán y entonces sonaba ya mi voz con
+aquel mismo tono mayor de las declamaciones <span class="pagenum"
+id="Page_236">p. 236</span>románticas. Era absolutamente sincero, sin
+embargo.</p>
+
+<p>Me deslicé a los pies de mi mujer y allí, abrazado a sus rodillas,
+hice desgarradas invocaciones a su alma, conjurándola para que
+abandonase sus lejanías y volviese a mí. Este tono mayor debió ser más
+eficaz, porque advertí en mi mujer algunos indicios de una honda lucha
+y, creyendo llegado el instante de romper el encantamiento, le sujeté
+la cabeza con las manos y alzándola le pedí:</p>
+
+<p>—Mírame.</p>
+
+<p>Lentamente, como obra de un sobrehumano esfuerzo, fue alzando hasta
+mí el rostro; pero cuando sus ojos dieron con los míos no pudieron
+resistir mi mirada y los vi fundirse en lágrimas y cerrarse vencidos.
+Cayó sobre el pecho la cabeza; con un furioso ademán me rechazaron sus
+brazos, y allá se fue sollozando avergonzada al más sombrío rincón
+de la estancia, donde, con la cara escondida bajo el brazo, estuvo
+llorando sin consuelo, tomada de una congoja tal que parecía haber
+caído sobre ella todo el dolor del mundo.</p>
+
+
+<h4 class="romano">V</h4>
+
+<p>Fue tal el desconcierto que me produjo aquella actitud de mi
+mujer que tardé algún tiempo en reaccionar. <span class="pagenum"
+id="Page_237">p. 237</span>Menos aún que su enojo me explicaba su
+dolor. ¿Qué pasaba en el alma de mi mujer? Me esforcé en dar una
+interpretación racional a tales estados de alma y a poco que medité
+creí haber descubierto el sentido de aquel desdén primero y aquellas
+lágrimas que le habían seguido. Es indudable —pensé— que mi mujer se
+declara culpable. ¿Culpable? ¿De qué? ¿Adulterio? Empecé rechazando la
+hipótesis por absurda. Habituado a una absoluta sumisión de mi mujer,
+no concebía que su alma, modelada a imagen y semejanza, se volviese
+contra mí. Cierto que nunca le presté una extraordinaria atención; pero
+no era menos cierto que ella no la requería. A veces estaba días y
+días sin dedicar una hora a mi esposa; pero yo sabía a ciencia cierta
+que una frase mía, un gesto, bastaban para cubrir sus necesidades
+espirituales durante una semana. Tenía un alma pequeñita, a cuya
+sustancia subvenía yo con largueza. Mi mujer no necesitaba más.</p>
+
+<p>Reconocer por otra parte la posibilidad de un adulterio de
+naturaleza puramente física me parecía más absurdo aún y apenas formulé
+la suposición.</p>
+
+<p>Pero allí estaba, sin embargo, mi mujer llorando, con tan claro
+llanto de culpable, con la cara escondida y rehuyendo mi contacto con
+tal repugnancia que la hipótesis iba tomando cuerpo y perfilándose
+al fin netamente como síntesis de la dolorosa escena. Quise rechazar
+el supuesto, pero ya no podía. ¿No era <span class="pagenum"
+id="Page_238">p. 238</span>así, con aquellas mismas actitudes e
+idéntico ademán como todas las heroínas del mundo se han declarado
+culpables?</p>
+
+<p>Menos trabajo me costaba aceptar la idea de la culpabilidad de mi
+mujer que explicármela. Esto se hallaba fuera de toda previsión y
+toda lógica. Pero estaba tan terminada la escena que acabábamos de
+representar, tenía tanta plasticidad aquella tácita confesión, que tuve
+que rendirme a la evidencia. Mi habitual sensatez, mi cerebralismo, si
+se quiere, me hacían rechazar de plano el supuesto, pero son tantos los
+hombres sensatos que han hablado de lo ilógico y absurdo de la mujer
+en sus relaciones sexuales, se ha dicho tantas veces que las mujeres
+son arcanos insondables y que el amor no resiste las disciplinas de
+la razón, que abdiqué de mis convicciones, y ya en el vacío, una vez
+otorgada personalidad al absurdo, me convencí de que mi mujer podía muy
+bien haberme estado engañando a mansalva.</p>
+
+<p>La amargura que este reconocimiento me trajo no fue tanta por el
+dolor de sentirme engañado como por el desencanto de ver fallidas todas
+mis previsiones. Era un fracaso moral tan grande que a su lado se
+empequeñecía la molestia física de sentirse cornudo.</p>
+
+<p>Al rato de estar rumiando pacientemente este dolor, este fracaso,
+me revolví airado contra mí. ¿Qué hombrezuelo miserable era yo que así
+me entretenía <span class="pagenum" id="Page_239">p. 239</span>en
+desmenuzar mi desdicha? Había que dejarse de disquisiciones. «Ya ves
+—me decía— a lo que te han traído tus especulaciones psicológicas.
+Mientras tú creías jugar con el corazón de tu mujer como un diosezuelo,
+ese corazón navegaba a la deriva por el mundo a merced de las olas
+y de los pescadores. Sacude tu estúpido cerebralismo, olvida tus
+proposiciones y tus razonamientos, alza los brazos y la voz, grita,
+patalea, ruge, sé hombre alguna vez. ¿Crees que ser hombre es encadenar
+tus sensaciones y tus movimientos a ese eterno y silencioso devanar de
+tu conciencia? ¡A vivir, majadero! ¡Triste cornudo reflexivo! Grita,
+lucha. ¿No ves que tu mujer se huelga con algún hermoso animal mientras
+tú estás rumiando tus meditaciones?».</p>
+
+
+<h4 class="romano g0">VI</h4>
+
+<p>Sentí el acicate en los ijares y me alcé magnífico yendo con
+mensurados pasos hacia el rincón donde mi mujer yacía entregada a
+sus lloros. Iba amasando mis insultos, disponiéndome a echarle las
+garras al cuello y convenciéndome de que mi honor (mi honor, mi
+honor, cómo retumbaba la palabreja allá dentro) exigía una cruenta
+satisfacción. Pero al mismo tiempo había en mí otro yo, cándido y
+simple que procuraba asirse a la realidad diciéndose que todo <span
+class="pagenum" id="Page_240">p. 240</span>era una fantasía, que no
+había tal adulterio y que pasadas unas horas aquella lucubración
+dolorosa se desvanecería. Y aun había dentro de mí un tercer personaje,
+diablillo maligno que asistía como espectador a la tragedia o el
+sainete, que se preparaba frotándose las manos de contento mientras
+repasaba el programa de la función.</p>
+
+<p>Cuando sintió que me acercaba, mi mujer se alzó con presteza, sacó
+sus ojos con sobrio ademán y me conminó:</p>
+
+<p>—No te acerques a mí.</p>
+
+<p>—Como quieras. De cerca o de lejos hemos de hablar —le respondí.</p>
+
+<p>—No hablemos más; no me atormentes ni exijas de mí una explicación
+que no sabría darte.</p>
+
+<p>—¿Eres de verdad culpable?</p>
+
+<p>Un prolongado silencio y una leve inclinación de su cabeza, cuyos
+ojos se cerraron, me dieron la respuesta. Aquella certeza de mi mal
+acabó con todos mis distingos. Ya no había en mí más que aquel extraño
+ser que quería acusar su hombría, su animalidad. Era un tipejo bárbaro
+con los ojuelos encendidos de furor, los labios gruesos, el pecho
+cubierto de vello y las piernas musculosas y torcidas que se agazapaba
+dentro de mí, dispuesto a saltar sobre su presa. Le tiré de la cadena y
+seguí interrogando a mi mujer.</p>
+
+<p>—¿Por qué me has abandonado?</p>
+
+<p>—No me preguntes nada. No sé.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_241">p. 241</span></p>
+
+<p>—¿Cómo has podido mentir un día y otro? ¿Es posible que tu alma no
+te haya traicionado?</p>
+
+<p>—No sé; no sé.</p>
+
+<p>—¿Cómo has podido aceptar sin repugnancia mis caricias siendo
+culpable? ¿No has sentido siquiera el deseo de librarte de mí? Si no me
+amabas, si querías a otro, ¿por qué no me lo dijiste?</p>
+
+<p>—Ahora te lo he dicho.</p>
+
+<p>—Ahora es tarde ya. Me has injuriado sin necesidad. Tú sabes que te
+hubiese dejado seguir libremente tu deseo. Has sido así conmigo porque
+eres torpe y ruin. Solo quisiste ofenderme. Nada sé de culpa, pero
+adivino que tu caída ha sido una baja apetencia de bestezuela sensual.
+¿No amas a ningún otro hombre? Si verdaderamente estuvieses enamorada
+de tu amante, ¿le hubieses hecho pasar por la abyección de compartir tu
+cuerpo entre él y yo? No digas que le quieres, ramera.</p>
+
+<p>—Le quiero; por quererle con toda mi alma soy culpable. Tuya soy; te
+pertenezco; puedes vengarte en mí; pega, insulta, mata, que por amor de
+ese hombre he de sufrirlo todo.</p>
+
+<p>—Mientes, mientes. No le quieres, dime que no le quieres. Ningún
+daño te haré; pero no me digas que le quieres. Dime que caíste con él
+porque sí, porque te vino en gana; que caíste con él y con otro y con
+otro. Pero no mientas, no blasfemes invocando el amor para cubrir tus
+liviandades de cortesana.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_242">p. 242</span></p>
+
+<p>A mi pesar, el tono exaltado que empleaba mi mujer íbame arrastrando
+las palabras, las inusitadas y retumbantes palabras de los melodramas
+que salían de mis labios, llegaron a sugestionarme. El hombrezuelo
+bárbaro saltaba y el diablillo no recataba su contento.</p>
+
+<p>—Puedes ofenderme cuanto quieras —repuso con voz sombría mi mujer—;
+pero no me harás renegar de este cariño a un hombre por quien lo
+he sacrificado todo. Le amo más que a mi propia vida. No me hagas
+repetirlo. Castiga, insulta, mas no intentes arrancarme una confesión
+de liviandad que sería un engaño más. Bastante te he mentido ya.</p>
+
+<p>—Mientes ahora, como mentiste antes. Quieres a ese hombre como a mí;
+te burlarás de él como a mí me has burlado. Yo te daré libertad. Te
+irás con él y cuando más confiado esté en tu cariño iré yo o irá otro
+y con flores, con golosinas o dinero, ¿con dinero mejor, verdad?, te
+haremos mentir de nuevo. ¡Pobre hombre si cree en ti, pobre!</p>
+
+<p>—Basta, basta.</p>
+
+<p>—¿Crees que no lo sé? Tú te vendes a poco precio y hay muchos
+compradores para golosina tan deseada como tú. ¿Qué? ¿Cuándo le serás
+infiel? ¿Por qué no le engañas ya? ¿A qué esperas? ¿Y por qué no ahora?
+¿Y con quién mejor que conmigo?</p>
+
+<p>Al decir esto me acerqué a ella suavemente. En mis labios había
+una sonrisa que debió parecerle feroz, <span class="pagenum"
+id="Page_243">p. 243</span>porque apartó los ojos de mí horrorizada y
+con una entereza dramática que no pude prever cogió uno de los largos y
+terribles agujones de su peinado y asestándolo exactamente al lado del
+corazón, me dijo:</p>
+
+<p>—Si te acercas, me mato.</p>
+
+<p>Vacilé un momento; pronto me repuse; sin embargo, vi claramente el
+ridículo de aquella actitud, me pareció todo aquello tan inusitado, tan
+absurdo y grotesco que me eché a reír con una carcajada tan honda que
+no creo fuese yo quien la lanzase; más me inclino a creer que fuese
+cosa del diablillo que seguía muy complacido presenciando la escena
+desde la última butaca de mi conciencia.</p>
+
+<p>Cautelosamente me acerqué a mi mujer y de improviso, con un rápido
+ademán le sujeté la mano, torcí el blanco brazo y arranqué de entre
+los dedos el aguijón que aspiraba a honores de arma mortífera. No
+resistió ella más y volvió a echarse de bruces en el diván, llorando
+sin consuelo.</p>
+
+<p>—Vete, vete —me decía.</p>
+
+<p>—¿Tanto le quieres? —le pregunté—. Es raro. Dicen que el amor no
+puede estar oculto y yo nunca te he notado ese desaforado amor.</p>
+
+<p>—Vete, vete —repetía acongojada.</p>
+
+<p>—Me iré —le dije—; no volverás a verme; tuya será esta casa,
+tuyo cuanto tengo. No oirás de mis labios un reproche ni una queja.
+Pero pruébame que es cierto ese amor. Demuéstrame que tu <span
+class="pagenum" id="Page_244">p. 244</span>traición ha tenido por causa
+una noble apetencia y me iré. Te dejaré ser feliz si me convences de
+que mereces serlo. No me digas que amas a ese hombre; pruébamelo.
+¿Callas? ¿Qué pruebas de amor podrás dar tú que no sea el ardoroso
+contacto de tu piel?</p>
+
+<p>Se levantó furiosa.</p>
+
+<p>—¿Quieres saber cómo le amo? —me preguntó.</p>
+
+<p>—Sí.</p>
+
+<p>—Espera.</p>
+
+<p>Salió un momento; la sentí revolviendo en su secreter y a poco
+volvió con un paquete de cartas que sin mirarme arrojó sobre la
+mesa.</p>
+
+<p>—Ahí tienes —dijo— el rastro de mi amor.</p>
+
+<p>Se volvió hacia la chimenea. Cubrió sus desnudos hombros con un chal
+de cachemira y allí, de espaldas a mí, se quedó quieta y silenciosa.</p>
+
+
+<h4 class="romano g0">VII</h4>
+
+<p>Recogí aquel paquete de cartas que me atrevería a decir me quemaba
+las manos si no fuese porque aún había un resto de sensatez en mí que
+me hacía ver todo lo que estaba ocurriendo con un desapasionado interés
+capaz de resistir a las fuertes sugestiones de la escena.</p>
+
+<p>Dejando a mi mujer frente a los leños, me fui a mi estudio.
+Encendí allí una lamparita eléctrica que había <span class="pagenum"
+id="Page_245">p. 245</span>sobre la mesa y su luz cayó sobre el paquete
+de cartas. Lo demás de la vasta pieza quedó en sombras, poblado por
+los mil y un espectros de mis preocupaciones artísticas. Desaté la
+cinta que unía aquellas cartas y empecé a repasarlas profundamente
+emocionado.</p>
+
+<p>Había triunfado en mí el diablillo espectador, sobreponiéndose
+a todos los otros yo que pugnaban por salirme a la superficie. El
+diablillo les hizo callar a todos, golpeándoles con sus vejigas,
+mientras yo me arrellanaba en el sillón y me disponía a leer aquellas
+cartas del amante de mi mujer, un poco complacido. ¡Qué diablo! No
+tengo más remedio que decirlo.</p>
+
+<p>Esperaba hallar uno de esos estúpidos epistolarios amatorios que
+sirven de burdo disfraz al apetito sexual y me regodeaba pensando
+que mi espíritu crítico iba a desnudar a mi rival, dejándolo a la
+intemperie.</p>
+
+<p>Leí la primera carta. Si no hubiese seguido leyendo todo, se habría
+evitado. Era una carta tan desconcertante, tan extraña, tan anacrónica,
+que parecía mentira hubiese sido escrita por uno de esos hombres que
+andan por la calle, suben a los <i>taxis</i>, presencian los partidos
+de fútbol y se adueñan de las mujercitas inconsistentes de esos otros
+hombres distraídos que comentan a Spengler y asisten a los congresos
+científicos y las exposiciones artísticas. ¿Cómo no vi el anacronismo
+de aquellas cartas? No sé; esperaba hallar algo tan distinto, fue
+tan grande mi sorpresa que <span class="pagenum" id="Page_246">p.
+246</span>como por encanto perdí pie y me lancé al absurdo. Únicamente
+así me explico cómo pude dar crédito y realidad a lo que leía.</p>
+
+<p>Hallé en aquellas cartas tal énfasis, tal engolamiento, una tan
+retórica versión del sentimiento amatorio, una tan plástica concepción
+de las pasiones que, por encima de todo principio, me arrastró el
+dramatismo de aquellas cartas, y ya abierto y vulnerable sucumbí
+fácilmente a la emoción que destilaban los ayes lastimeros, el rendido
+enamoramiento, el desesperanzado afán y el furioso deseo de aquel
+desconocido amador, que tan alto rango poético daba a su inclinación
+por mi mujer.</p>
+
+<p>Me dejé llevar. Leyendo aquellas cartas obtuve la misma satisfacción
+que me proporcionaría el mejor poema romántico. Olvidé por completo la
+realidad, me desprendí de mi propia vida y durante una hora no alenté
+más que en pos de aquella avasalladora pasión. Admiraba la resistencia
+de la heroína, que se adivinaba a través de las apremiantes súplicas
+del enamorado doncel; medía el alcance de su dolor fluctuante entre el
+deber inexorable y el deseo invencible. A medida que las cartas iban
+pasando veía cómo su voluntad se quebrantaba a los certeros golpes
+de aquel inflamado amor, que con tan altas y vibrantes palabras se
+ofrecía, y llegó a parecerme excesiva su esquivez, fría su condición y
+empedernido su pecho.</p>
+
+<p>Únicamente cuando se hablaba de él, del otro —el <span
+class="pagenum" id="Page_247">p. 247</span>otro era yo—, recobraba
+el sentido de la realidad, dejaba a un lado la emoción retórica y
+examinaba fríamente la situación: pero aun entonces lo hacía como el
+actor principal de una comedia que atiende cuidadoso al desempeño
+fiel del papel que se le fía. Pero a poco que seguía leyendo volvía
+a dominarme la grandilocuencia del amante y ya no sentía más que
+el interés novelesco de aquella pieza retórica que tenía entre las
+manos.</p>
+
+<p>En el orden cronológico de las cartas había una laguna. Aunque no
+estaban fechadas, se adivinaba que el epistolario se hallaba dividido
+por un lapso, en el que los amantes debieron verse y hablarse a diario.
+Había sido un verano, durante el cual el esposo —tenía que hacer un
+gran esfuerzo para recordar que el esposo era yo— había estado ausente.
+Dejé las cartas sobre la mesa y calculé. Aquella laguna correspondía
+a los meses del verano anterior, que yo dediqué a viajar por Italia.
+Esto me hizo identificar ya exactamente aquella novela epistolar con mi
+propia idea, el adulterio de mi mujer y la infelicidad que tan inocente
+y desprevenido me cogía.</p>
+
+<p>Se me llenó el alma de amargura. Seguí leyendo. Aquellas cartas
+eran ya las cartas del amante. Durante mi ausencia, mi mujer
+había sucumbido. El amante, que había probado las mieles de la
+convivencia con el objeto de su amor, no se resignaba a la separación
+que mi regreso había impuesto y, un poco <span class="pagenum"
+id="Page_248">p. 248</span>tirano ya, obligaba a mi mujer a dedicársele
+por entero. Menudeaban las furtivas citas. La espoleaba para que me
+abandonase. Ella debía resistir heroicamente aquellas sugestiones, y
+él, desesperado a veces, clamaba al cielo y a la tierra por su amada
+cautiva en el argel de mi hogar, mezquina y sombría cárcel para el amor
+que uno y otro se tenían.</p>
+
+<p>¡Qué tristeza más grande la de ver mi casa tan clara, tan
+confortable y reidora, convertida en dura cárcel de un amor castigado!
+¡Qué infeliz papel el mío, trocado de amante esposo en brutal
+cancerbero, guarda roñosa de un tesoro vivo, anhelante por sortear a
+cuerpo limpio las asechanzas del mundo, el demonio y la carne!</p>
+
+<p>Las últimas cartas eran cada vez más apremiantes. Loco de amor, de
+celos y de rabia, el amante de mi mujer la obligaba a abandonarme,
+esgrimiendo contra ella terribles amenazas. La última carta fijaba un
+plazo improrrogable: mañana...</p>
+
+<p>Miré la ventana. Pronto estaría alboreando.</p>
+
+
+<h4 class="romano g0">VIII</h4>
+
+<p>Sentí un desconsuelo imponderable. El frío del conticinio se me
+había metido en los huesos. Tosí, y aquella tos seca de fumador
+impenitente me hizo sentir cómo estaba de desganado por dentro. Advertí
+por <span class="pagenum" id="Page_249">p. 249</span>primera vez todo
+el asco y la podredumbre de una muela que nos ha roído la carie; todo
+el frío de las canas que se acusan como alfileres en los parietales
+entre la negrura del cabello, fuerte aún. Me molestaban los omóplatos:
+mis piernas habían adelgazado, y la barba, crecida en unas horas, se
+me antojó la excrecencia de mi sangre, que se fosilizaba allá dentro.
+Volví los ojos hacía mi interior y me encontré reseco, extinto. Bajo
+la bóveda craneana un gusanillo tragón rebañaba lo poco que de mi
+sustancia quedaba ya.</p>
+
+<p>Me levanté con la premiosidad de una maquinaria desarticulada. Alcé
+el brazo hacia una de las panoplias que decoraban mi estudio y engarfié
+una pesada pistola de desafío. Metí el ojo por la boca del cañón. ¿Cómo
+se cargaban estas pistolas? —pensé—. ¡Ah, sí! Se cargaban por la boca.
+Saqué de un armario la carga. Esto es, el fulminante, la pólvora, la
+bala... Ahora hay que atascarla bien con la baqueta. Hay que ajustarla
+bien: luego fallan y se hace el ridículo. Ea, ya está. Ahora...</p>
+
+<p>Abrí la ventana y el jardín se escondió más aún en la sombra y se
+quedó muy calladito, esperando en qué pararía aquello. ¡Cómo va a
+retumbar la detonación!</p>
+
+<p>Volví a sentarme a la mesa con la pistola en la mano. ¿Qué me falta?
+Nada, nada. Me sonreí. Había pensado en un espejo. ¡Qué tonterías se
+le ocurren a <span class="pagenum" id="Page_250">p. 250</span>uno! Es
+muy difícil, a veces, mantener la serenidad, por muy discreto que se
+sea.</p>
+
+<p>Alcé la pistola hasta la sien...</p>
+
+
+<h4 class="romano g0">IX</h4>
+
+<p>—¿Qué vas a hacer?</p>
+
+<p>Mi mujer asomaba entre las cortinas su cara de cera, los planchados
+y brillantes bandos de su tocado y un brazo, envuelto en seda
+tornasolada.</p>
+
+<p>—Nada —contesté—; hacía un simulacro de suicidio. Esto siempre es
+grato... no llegando hasta el final.</p>
+
+<p>Y guardé la pistola impertérrito en uno de los cajones de la
+mesa.</p>
+
+<p>—¿No piensas realmente en matarte?</p>
+
+<p>—No. ¿Por qué he de pensarlo?</p>
+
+<p>Me hizo mucha gracia la cara de espanto y desconcierto que tenía mi
+mujer.</p>
+
+<p>Por un momento pensé, a seguida, que todo aquello había sido una
+farsa y que debía terminar ya.</p>
+
+<p>—Bueno: dejémonos de tonterías. Es muy tarde; vamos a acostarnos —le
+dije con la mayor naturalidad, a tiempo que acudí a enlazarla por la
+cintura. Fue la última vez que toqué la realidad con la punta del pie.
+Mi mujer vaciló un momento; pero después me rechazó con asco.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_251">p. 251</span></p>
+
+<p>—¿Olvidas que no soy tuya, que pertenezco a otro hombre?</p>
+
+<p>¡Otra vez el obstáculo! ¡Qué lata! Era como cuando se hace un nudo
+en los cordones del zapato. Y como cuando esto ocurre, me puse furioso.
+Habrá que cortar ese nudo —me decía sin remates—. Y lo corté.</p>
+
+
+<h4 class="romano">X</h4>
+
+<p>No recuerdo exactamente las palabras que precedieron al suceso.
+Sé que mi mujer me repitió muchas veces que no podía ser mía, que me
+odiaba. Yo apuré hasta el último instante mi paciencia. Cuando esta se
+acabó, cogí un puñalito que de cortapapeles me servía y con él corté
+el nudo de mi zapato en la garganta de mi mujer, que de allí a poco se
+extinguió, repitiendo dulcemente el nombre el su amante.</p>
+
+
+<h4 class="romano g0">XI</h4>
+
+<p>Todo esto es cierto, rigurosamente cierto. Yo maté a mi mujer una
+noche en que me confesó que tenía un amante, al que quería más que a su
+propia vida.</p>
+
+<p>Lo triste es que aquel amante no existió nunca, y que, aun en el
+caso de haber existido, yo no hubiese matado por ello a mi mujer. Mi
+cultura, mis convicciones, <span class="pagenum" id="Page_252">p.
+252</span>mis sentimientos, todo, hasta el instinto mismo, me lo
+vedaba. Pero lo cierto es que cometí aquel bárbaro crimen.</p>
+
+<p>Y que jamás creí ni creo pudiera cometerlo.</p>
+
+<p>Y que ni siquiera hubo tal adulterio.</p>
+
+
+<h4 class="romano g0">XII</h4>
+
+<p>—¿Y las cartas acusadoras? —me preguntará alguno.</p>
+
+<p>¡Bah! Eran las cartas que conservaba la vieja del desván; la vieja
+que prestó su vestido y su espíritu a mi mujer aquella noche. En cuanto
+fue de día, lo vi claramente.</p>
+
+<p>¿Que por qué se dejó matar ella? ¿Que por qué fue dócil, hasta
+el último instante de su vida, a la estúpida alucinación de creerse
+adúltera?</p>
+
+<p>¡Ah! ¿Qué sé yo?</p>
+
+
+<p class="fin">F I N</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true">
+
+<nav>
+<div class="chapter" id="ToC">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_253">p. 253</span></p>
+ <h2 class="nobreak centra g2">ÍNDICE</h2>
+</div>
+
+<table class="toc">
+ <tr>
+ <td>&nbsp;</td>
+ <td class="tdrb smaller bb">Págs.</td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="sc pt1"><a href="#Ch0">Prospecto</a></td>
+ <td class="tdrb pt1"><a href="#Page_7">7</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdc asc pt1"><a href="#Ch1">BIOGRAFÍAS EJEMPLARES DE ALGUNOS
+ GRANDES HOMBRES HUMILDES Y DESCONOCIDOS</a></td>
+ <td>&nbsp;</td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl pt1"><a href="#Ch101">Tres vidas ejemplares</a></td>
+ <td class="tdrb pt1"><a href="#Page_13">13</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl"><a href="#Ch102">El hombre que no fue niño</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_17">17</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl"><a href="#Ch103">Yo y yo mismo</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_20">20</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl"><a href="#Ch104">El gran estímulo</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_24">24</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl"><a href="#Ch105">El autor de todos los crímenes</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_27">27</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl"><a href="#Ch106">Los caminos del mundo</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_33">33</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl"><a href="#Ch107">El viejo enamorado</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_38">38</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl"><a href="#Ch108">El guardia Pérez</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_41">41</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl"><a href="#Ch109">La obligación de odiar</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_45">45</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl"><a href="#Ch110">Borrón y cuenta nueva</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_50">50</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl"><a href="#Ch111">Cómo se deshace un hombre</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_54">54</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl"><a href="#Ch112">Bibliografías contemporáneas:</a></td>
+ <td class="tdrb">&nbsp;</td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdh"><a href="#Ch11201">El millonario</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_60">60</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdh"><a href="#Ch11202">La estrella</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_61">61</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdh"><a href="#Ch11203">El que pasa sin enterarse</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_62">62</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdh"><a href="#Ch11204">Higinia</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_63">63</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdh"><a href="#Ch11205">El equivocado</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_64">64</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdc asc pt1"><a href="#Ch2">VIDAS CURIOSAS DE VARIAS
+ MUJERES SIN IMPORTANCIA</a></td>
+ <td>&nbsp;</td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl pt1"><a href="#Ch201">Los zarcillos</a></td>
+ <td class="tdrb pt1"><a href="#Page_69">69</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl"><a href="#Ch202">Por encima de la voluntad</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_74">74</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl"><a href="#Ch203">La mujer a quien robaron el alma</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_79">79</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl"><a href="#Ch204"><span class="pagenum" id="Page_254">p.
+ 254</span>La órbita</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_102">102</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl"><a href="#Ch205">Azucena</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_126">126</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl"><a href="#Ch206">La tía Conchita</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_148">148</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl"><a href="#Ch207">El dinerito de la pordiosera</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_153">153</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl"><a href="#Ch208">La necrofilia</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_157">157</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdc asc pt1"><a href="#Ch3">NARRACIONES MARAVILLOSAS</a></td>
+ <td>&nbsp;</td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl pt1"><a href="#Ch301">El descontentadizo</a></td>
+ <td class="tdrb pt1"><a href="#Page_165">165</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl"><a href="#Ch302">El muerto insepulto y transeúnte</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_169">169</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl"><a href="#Ch303">La libre república de las bestias</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_173">173</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl"><a href="#Ch304">El purgatorio de los tontos</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_179">179</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl"><a href="#Ch305">Las mil pesetas que hay en el mundo</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_184">184</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl"><a href="#Ch306">El desastroso fin de la humanidad</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_187">187</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl"><a href="#Ch307">Dos grandes errores</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_190">190</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl"><a href="#Ch308">El bromazo</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_194">194</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl"><a href="#Ch309">El suicidio del cadáver</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_200">200</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl"><a href="#Ch310">Historia de un hombrecito que no nació</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_204">204</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl"><a href="#Ch311">El ánima de la vieja</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_220">220</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl"><a href="#Ch312">La muerte del espíritu adúltero</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_229">229</a></td>
+ </tr>
+</table>
+</nav>
+
+<hr class="chap">
+
+
+<hr class="full">
+
+</div>
+</main>
+<div style='text-align:center'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 79074 ***</div>
+</body>
+</html>
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Binary files differ
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+This book, including all associated images, markup, improvements,
+metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be
+in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES.
+
+Procedures for determining public domain status are described in
+the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org.
+
+No investigation has been made concerning possible copyrights in
+jurisdictions other than the United States. Anyone seeking to utilize
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+status under the laws that apply to them.
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+[Project Gutenberg](https://www.gutenberg.org) public repository for eBook [#79074](https://www.gutenberg.org/ebooks/79074)