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diff --git a/.gitattributes b/.gitattributes new file mode 100644 index 0000000..9f57f44 --- /dev/null +++ b/.gitattributes @@ -0,0 +1,13 @@ +* text=auto +*.txt text +*.md text +*.htm text +*.html text +*.png binary +*.jpg binary +*.svg text +*.pdf binary +*.bmp binary +*.zip binary +*.midi binary +*.mp3 binary diff --git a/79074-0.txt b/79074-0.txt new file mode 100644 index 0000000..8670281 --- /dev/null +++ b/79074-0.txt @@ -0,0 +1,5991 @@ +*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 79074 *** + +NOTA DE TRANSCRIPCIÓN + + * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han + convertido a MAYÚSCULAS. + + * Los errores de imprenta han sido corregidos. + + * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con + las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española. + + * La puntuación también ha sufrido ligeros retoques para su + modernización. + + + + +NARRACIONES MARAVILLOSAS + + + + + ES PROPIEDAD + DERECHOS RESERVADOS + PARA TODOS LOS PAÍSES + + +IMPRENTA DE RAFAEL CARO RAGGIO: MENDIZÁBAL, 34, MADRID + + + + + MANUEL CHAVES NOGALES + + NARRACIONES MARAVILLOSAS + Y BIOGRAFÍAS EJEMPLARES DE + ALGUNOS GRANDES HOMBRES + HUMILDES Y DESCONOCIDOS + + [Ilustración] + + RAFAEL CARO RAGGIO, EDITOR + MENDIZÁBAL, 34, MADRID + + + + +PROSPECTO + + +Me pide el editor de este libro una nota que informe previamente +al lector sobre su motivación y finalidad y, como no sé hablar sin +jactancia de mi obra, o, mejor dicho, de la intención de mi obra, +advertiré que quise hacer una gran novela y que allegué para ello el +mejor barro de la humanidad que supe discernir; trabajé con amor esta +arcilla cada día y llegué a sentirla quejarse entre mis dedos y decirme +como al alfarero persa: + +«Trátame bien, que yo, como tú, he tenido alma». + +Pero esta blanda humanidad, que yo sentía estremecerse y vivir, estando +aún en el informe montón de lo increado, parecía aletargarse y morir +a medida que la iba vaciando en el molde de una trama novelesca. Al +modelar el torso de mi héroe le hacía exhalar el ánima a mi pesar y, al +fin, entre el muñeco muerto y el barro vivo e informe me quedé con este. + +Ya, sin vanas pretensiones de diosezuelo, jugué a mi albedrío con aquel +barro humano, y tomándolo en pequeñas pellas me limité a dar a cada +una la estructura rudimentaria de una pasioncilla simple y vieja o la +tintura de una idea trabajada y curtida ya en el manoseo de la gente. +Así fueron surgiendo estas narraciones, fragmentos de un solo concepto +de lo humano, que no por vario pierde su unidad, en las que el héroe o +arquetipo roto en cien pedazos es unas veces hombre y otras mujer, niño +o viejo, bueno o malo, torpe o sabio. + +He despersonalizado al héroe novelesco para humanizarlo, convencido +por ahora de lo imposible que me sería dar una síntesis de lo humano +(«nada de lo humano me es ajeno») en un solo protagonista a cuya medida +no quise recortar y constreñir la vida exuberante que mi arcilla me +brindaba. Creo que este afán totalizador es el que hace a muchos +escritores modernos desdeñar la tradicional forma novelesca limitada +por su carácter pictórico a las dos dimensiones de la platitud, aun en +esta época de la cuarta dimensión. + +Hubo además otra razón para que yo no fuese novelista. Quería dar +a mi obra una emoción igual y persistente de blanda y templada +humanidad y para ello venía obligando a excluir todo lo sobrehumano y +lo infrahumano, pigmentos del héroe, que así se descoloría y quedaba +privado del valor épico de todo personaje de novela. + +Estas narraciones deshilvanadas, meros esquicios novelísticos en los +que sensaciones y movimientos se entrecruzan al azar, sin plan ni +concierto remedando el espectáculo del mundo, me ofrecen, no obstante +el escaso valor que aisladas tienen, más garantías de honda y humana +emoción que el ordenado relato de una existencia por heroica, amplia y +múltiple que fuese. + +He atendido, sin embargo, al dramatismo del suceso, aunque pensando, +más que en su comisión, en el porqué y el cómo, y, en fin, para que +esta gente humilde que por aquí pasa en visión cinemática no dejase +solo en la retina la fatiga que ocasionan los desfiles de la multitud +gregaria he dado entrada a lo sobrenatural infiltrándolo por los +intersticios, resquebrajaduras e incongruencias de esta vidilla nuestra +tan vanamente afanosa de lógica. Por eso están insertas aquí las +NARRACIONES MARAVILLOSAS que arbitrariamente dan título al volumen, +cuya maravilla no es otra que la de las almas simples ante el absurdo +del mundo. + +No pretendo haber hallado una forma nueva, ni haber resuelto ningún +problema literario. Escribo conforme a mi temperamento en la forma que +más se pliega a mi propósito, no otro que el de perseguir hasta el fin +el ideal humanista de la cultura occidental, a que pertenezco, dando +una sensación clara y fuerte de lo humano; lo verdaderamente humano, no +sus astutas ficciones. + + EL AUTOR. + + + + + BIOGRAFÍAS EJEMPLARES + DE ALGUNOS GRANDES HOMBRES + HUMILDES Y DESCONOCIDOS + + + + +TRES VIDAS EJEMPLARES + + +A los quince años ingresó de meritorio en un Banco. Le sentaron en un +taburete incómodo, frente a un gran pupitre; púsose unos manguitos +negros y comenzó a escribir: + +«Páguese a la orden de..., páguese a la orden de...». + +Durante medio año repitió millares de veces las mismas palabras +sobre los mismos trozos de papel, y los rasgos de su escritura se +estilizaron, elegantizándose maravillosamente. Entonces le señalaron un +sueldo anual de mil doscientas pesetas, y a lo largo de media docena de +años siguió escribiendo todos los días cientos de veces: + +«Páguese a la orden de..., páguese a la orden de...». + +Cuando tenía veintitantos años, su maestría era indiscutible. Pensó ya +en casarse; pero como su sueldo inicial, acumulados los aumentos de los +primeros quinquenios, era aún bastante exiguo, tuvo que esperar todavía +el ascenso, que no sin tiempo y trabajo consiguió al fin. Abandonó +entonces su viejo pupitre, se encaramó sobre otro taburete más piadoso +con sus huesos ya endurecidos, y comenzó a escribir: + +«Valor recibido en cuenta de..., valor recibido en cuenta de...». + +Se casó y tuvo hijos; el día antes de su boda estuvo trazando con el +mismo afán de siempre las palabras sacramentales; las repitió cien +veces el día que le nació el primer hijo y el día que le dejó huérfano, +el que le descubrió la infidelidad de su esposa, el que lo hizo viejo y +el que le trajo la pulmonía que acabó con él. + +«Páguese a la orden de..., valor recibido en cuenta de...». + +He aquí la historia completa de una vida. + +* * * + +Otro cuento ejemplar: + +Joven aún, le nacieron en las manos dos cafeteras, que ya se le +quedaron adheridas para siempre jamás al metacarpo y a la primera +falange. Una de las cafeteras tenía café, como era natural; la otra, +leche, y no sabemos por qué, puesto que también era cafetera. + +Le vistieron con un traje negro, robado a un muerto decente, y empezó +a moverse al conjuro de un grito inarticulado, que le hacía ir y venir +con sus dos cafeteras humeantes: «¡Eh!» + +—¿Solo? ¿Mucha leche? ¿Así? + +Se le empezó a caer el pelo; recurrió primero a cubrir su calvicie +con las escasas hebras que aún se defendían sobre los parietales; +pero, al fin, su cráneo quedó reluciente y terso. Seguía acercándose +amorosamente a los parroquianos para hacerles sus tres preguntas +eternas: + +—¿Solo? ¿Mucha leche? ¿Así? + +Hubiera deseado ponerse a charlar con aquellos señores; contarles +cómo el reúma se le metía por las piernas arriba, cómo le había +entristecido la muerte de su hijo y la prostitución de su hija, cómo +le sorprendían muchas cosas inexplicables del mundo y cómo resolvía +él otros problemas, que la gente considera abstrusos. Pero aquellos +señores no se lo permitían, no eran cordiales, no le estimaban como a +un semejante. Estaba condenado a un mutismo eterno y toda su vida de +relación eran aquellas cuatro palabras: + +—¿Solo? ¿Mucha leche? ¿Así? + +Se llevó al cementerio el deseo de interpelar a todo el mundo, +preguntar unas cosas y contar otras que se le habían ido repudriendo. +Ahora, los señores gusanos estarán muy divertidos escuchando las +trascendentales revelaciones del echador de café. + +* * * + +Otro cuento aún: + +Mi vecino ha escrito una poesía. Y con frecuencia viene a recitármela. +Es una poesía lírica que empieza diciendo: + + «¡Oh, tú, la de los ojos profundos!» + +Yo creo, sin embargo, que mi vecino hubiera podido superar a Goethe. +Pero la vida le sujeta. Es el hombre que lucha con la vida; mejor +dicho, con la muerte. La miseria le anda siempre alrededor; le coge, +le zarandea durante todo el día, le pega pellizcos en las tripas, le +alambriza las piernas, y, por la noche, le tumba destrozado, sacudido y +vacío sobre su jergón. + +Es el hombre activo e inteligente que se aborta porque no ha podido +vencer la miseria. Yo le veo comprando sus judías, encendiéndose el +fogón, repartiendo prospectos por las calles, conduciendo tranvías, +correteando, arbitrando siempre y siempre, acosado por la necesidad, +que va royéndole constantemente los zancajos. + +Y me permito creer que hubiera podido superar a Goethe. + +* * * + +¿Por qué se aburrirá la gente con estas historias ejemplares? ¿Por qué +no agradan a nadie estos cuentos en los que no hay nada que contar? +¿Por qué ha de pasar algo si en las vidas silenciosas de estos hombres, +a los que no pasa nada, hay gestas gloriosas y grandes epopeyas? + + + + +EL HOMBRE QUE NO FUE NIÑO + + +Este hombre estuvo dormido hasta los catorce años; de su infancia +no tenía el menor recuerdo; su inteligencia —poca o mucha— no tuvo +ocasión de actuar hasta que llegó a esa edad, en la que se despertó +súbitamente, espoleada por la imperiosa necesidad de vivir. Pero +vivir es muy difícil cuando se está solo en el mundo y se ignora +absolutamente todo. Este hombre tuvo, pues, que hacerse a sí mismo; y +hacerse con prisas, con atosigamientos, entreviendo, adivinando. A este +hombre le había faltado la infancia y a los quince años se encontraba +tirado sobre la faz de la tierra, como si hubiese aparecido, ya +talludito, por generación espontánea. + +Trabajó, se afanó día y noche, descubrió muchas veces el Mediterráneo, +anduvo y desanduvo, supo orientarse poniéndose de puntillas entre la +muchedumbre, y a los treinta y tantos años se encontró hombre normal, +civilizado, con una posición firme en la vida, con ideas propias, con +profundas convicciones y un caudal considerable de experiencia. + +Activo, inteligente, dueño absoluto de sí mismo, con un certero +instinto y una extraordinaria lucidez mental, logró honradamente (no +se olvide que esto es un cuento) el disfrute de la paz, el poder, la +justicia y el amor. + +Cuando todo esto lo tuvo conseguido, se permitió mirar sosegadamente a +su alrededor, y advirtió entre las gentes, entre ciertas gentes, una +mal disimulada hostilidad. Al principio atribuyó esta mala voluntad a +envidia en unos, a legítima defensa en otros y a franca estupidez en +los de más allá. No se satisfizo, sin embargo, con esta consideración +y reinó mucho tiempo en el tema. Gentes a las que tenía en mucho le +repudiaban discretamente; hombres a los que jamás había hecho ningún +daño, le odiaban sin reservas; mujeres a las que daba su amor hondo y +honrado, se esforzaban en resistir a la sugestión que en ellas ejercía +su éxito, y no sin repugnancia se le rendían. Todo esto, para un hombre +mentalmente deficiente, no tiene gran importancia; pero para este +hombre, que pretendía la mayor suma de perfección, era un tormento +insufrible. + +Para los aristócratas era un advenedizo; para los artistas, un +filisteo; para los que trabajaban sin éxito, un burgués; para los +sabios, un ignorante. + +¿Burgués? ¿Filisteo? ¿Advenedizo? ¿Ignorante? Este hombre no se +desanimó, y se propuso no ser burgués, ni filisteo, ni advenedizo, ni +ignorante. Y lo consiguió. Aun en la plenitud de su vida, dotado de +una poderosa inteligencia y avezado a síntesis geniales, cursó muchas +y varias disciplinas; aguzó su espíritu en la constante convivencia +con obras y hombres de una fina espiritualidad: olvidose de sí mismo +y puso vital empeño en que nada pasara por alto a su comprensión. Ya +se inclinaba hacia la tierra cuando, sin jactancia, pudo considerarse +superior a casi todos sus contemporáneos. + +Dominaba. Nadie más competente que él, más avizor. Temíase y admirábase +la extensión de sus conocimientos: maravillaba la potencialidad de su +inteligencia, y, sin embargo, hombrecillos desvanecidos, incoherentes +al parecer, faltos de consistencia y de cultura, mantenían la +hostilidad, el menosprecio, el desinterés. Sin saber concretamente por +qué, rechazaban unánimes a este hombre ejemplar que lo había logrado +todo; todo menos una cosa aún indeterminada, incomprensible, todavía +desconocida. No era una trivialidad, aunque debía ser algo tan pequeño +que escapaba a la más fina percepción. ¿Que era lo que faltaba a este +hombre? ¿Qué era lo que hacía inútil, desestimable, toda la labor de su +vida? + +Viejo, muy viejo ya, desesperó, al fin. Prudentemente había decidido +retirarse de la lucha y dedicó el resto exiguo de sus días a rumiar su +propia existencia. + +Frecuentaba los cafés apartados y los jardines públicos. Charlaba +con los viejos que esperan a morirse en el doble fondo de los cafés +de barrio, olvidados y tristes, y con los niños que en los jardines +esperan a vivir. Sus diálogos tenían una fluidez, un cauce soterrado +de agua fresca y fertilizante, de que hasta entonces había carecido el +monólogo reseco de su vida. + +A veces, los niños le hacían preguntas inauditas, maravillosas; en +otras ocasiones tenían respuestas desconcertantes. Aquello le era +completamente desconocido; rebañaba el viejo los recuerdos de su +infancia y no recordaba haber sido niño nunca. Los niños. ¿Qué cosas +más extrañas? ¿Por qué jugarán? ¿Qué es el juego? ¿Qué trascendencia +tiene? + +Cuando ya iba a morirse se dio cuenta de lo que le había faltado +siempre. Ser niño. + +Haber jugado. Él no había hecho más que trabajar; se había hecho él +solo, trabajándose. Por eso era un producto artificial, una obra +imperfecta, una manufactura que los demás repelían y despreciaban. Y +deploró en el alma lo que antes había sido su orgullo: ser hijo de sí +mismo, de su voluntad, de su inteligencia. Y es que un hombre, todo un +hombre, es muy difícil de hacer. + + + + +YO Y YO MISMO + + +Desde hace ya bastante tiempo observo una conducta ejemplar. Amo a mi +familia y cuido de ella, acreciento mi patrimonio, amparo mi prole, +profeso ideas de moderación, ensalzo las virtudes patrias, soy senador +y presidente honorario de varias entidades benéficas y me irrito +contra la inmoralidad, el descreimiento, el desenfreno y la rebelión. +De buena fe, de absoluta buena fe, me he propuesto ser un poderoso +ariete contra todas estas cosas nefandas y gasto gozoso mi energía en +combatir a los enemigos del orden, la religión, la autoridad, la patria +y el capitalismo. + +Pero he aquí que, a raíz de una de mis furibundas campañas +conservadoras, aparece un impío que pretende desautorizarme y ponerme +en la picota exhumando actos y palabras de mi juventud, que contrarían +mis actuales inclinaciones. Si ahora soy profundamente religioso, antes +fui ateo; si hoy ensalzo a la burguesía, antes aparecí como demagogo; +si amo y educo a los hijos de mi mujer, antes abandoné a los de mis +amantes; si ahora combato la trata de blancas, antes las he tratado sin +escrúpulos. Todo esto dicen. Bueno, ¿y qué? + +Confieso que fui yo, yo mismo, quien hizo y dijo cuanto ahora me afean. +Pero ¿qué solidaridad hay entre yo y yo mismo a la vuelta de veinte +años? + +Es verdad que entonces tenía el mismo nombre y los mismos apellidos que +ahora; no es menos cierto que mis ojos eran azules como lo son hoy, si +acaso un poco más claros; aquel tipo mío de los veinte años tenía algo +de este mismo tipo a los cuarenta; pero ¿qué más dato de identidad hay +entre aquel joven y yo? Buscándome a mí mismo estoy rebañando en mi +memoria y apenas encuentro rastro de aquel sujeto que llenó este mismo +espacio que hoy ocupo. Nada de cuanto entonces sentía y pensaba siento +y pienso ahora. Somos seres completamente distintos. + +Y, sin embargo, vienen a pedirme cuentas de lo que hice o dije hace +veinte años. Es como si dentro de veinte años fuesen a pedir cuenta +de estas palabras de ahora a los señores gusanos que me coman o a las +hierbas que me arraiguen en la boca. No hay en mí ni una sola célula, +ni una molécula, ni un átomo de los de entonces. Todo yo soy nuevo, +completamente nuevo; así me lo ha dicho la Biología. Y, sin embargo, +me exigen ahora solidaridad con aquel ser absurdo de los veinte años. +¡Bah! Ocurre con esto lo que con aquel cuchillo de cocina, siempre +nuevo, al que se le había puesto hoja más de veinte veces y otras +tantas se le había renovado el mango. ¿Qué quedaba del primitivo +cuchillo? ¿Qué queda en mi piel, mis nervios y mi sangre de aquel +cuerpo juvenil que hacía y pensaba esas cosas absurdas? + +No pretendo buscar atenuantes, ni digo, en son de disculpa, que la vida +me ha trabajado de este modo. No he claudicado, no. Es que soy otro. + +Creo firmemente que un hombre, desde que viene al mundo hasta que +la tierra se lo traga, nace y muere muchas veces. El mito del Ave +Fénix, renaciendo de sus cenizas, no es más que la intuición de esta +verdad que ahora postulo. Lo que ocurre es que los hombres son lo +suficientemente idiotas para no darse cuenta de cuándo se mueren +y cuándo renacen. Se ponen melancólicos, les entra la morriña, se +les muda el pellejo y, a costa de todo esto, levantan castilletes +psicológicos, y a veces escriben novelas, sin darse cuenta de que la +verdad es que se han muerto y van a renacer. Por una estúpida fidelidad +con el cadáver que dentro de ellos mismos llevan, se obstinan en +conservar todo lo que ya se les ha muerto y podrido. Repito que es lo +mismo que si cuando yo estuviese convertido en polen se me antojara +opinar sobre la guerra de Marruecos. + +No cabe, pues, pedirme solidaridad con aquel jovenzuelo libertino, +descreidote, manirroto y pendenciero que llevaba mi mismo nombre y +apellidos. He liquidado mis cuentas con él; le hice un solemne funeral; +le enterré en un rinconcito discreto de mi memoria y allá voy algunas +tardes a rezarle un poco. ¡Buen muchacho! Le tengo el mismo cariño que +a algunos de mis antepasados. Pero nada más. Alguna vez miro su retrato +y me sorprende que tenga algún parecido conmigo. ¡Pse! Si acaso, el +aire de familia. + + + + +EL GRAN ESTÍMULO + + +A los ocho años fue recadero de un comercio y trotó a diario, con sus +piernecillas endebles, por toda a ciudad. En aquellos primeros años +padeció mucho: hambre, frío, burlas y sofiones. Cuando tenía doce años +era un redomado granuja. Le enseñaron a beber, a jugar y a convivir +con las mujeres que rondan por las noches en los muelles. Pronto vio +dónde estaba el peligro, y, venciendo sus furiosas apetencias, domó su +potro, recogió velas y se puso a trabajar. En aquella época contrajo +deudas, cuyos intereses seguía pagando treinta años después al médico y +al boticario. Y lo que es más doloroso: sabía que no liquidaría hasta +que estuviese bajo tierra. Un poco de alcohol, un poco de nicotina, un +puñado de treponemas pálidos, nada. Lo suficiente para sufrir una tara +durante toda la vida. Menos mal que paró a tiempo. En fin, a vivir. +Durante quince años luchó a brazo partido con la miseria, que cuando +más embebido iba por el mundo le tiraba hacia atrás, cogiéndole por los +faldones de su gabancito raído, o le arrojaba de bruces al arroyo. + +Por fin armó su velamen, y ya experto marinero navegó felizmente en +medio de la borrasca de los talleres, las oficinas, las gerencias y las +direcciones. En equilibrio inestable todavía; quiso casarse, y, al fin, +lo hizo. Nueva lucha. Las necesidades, la mujer paridora y endeblucha, +la suegra hostil, los cuñados... ¡Bah! Aquel hombre tenía buen temple +y salió adelante. Fueron unos años terribles. Cuando regresaba del +trabajo, excesivo y mal remunerado, le aguardaban las miseriucas del +hogar, los lloriqueos de los niños durante la madrugada, las exigencias +de los proveedores, las terribles contingencias. + +Esta tremenda lucha con la necesidad no le dejaba ánimos para afrontar +otras luchas más espirituales, y nuestro hombre, que tenía una fina +sensibilidad, aguardaba siempre el momento feliz de cultivarse un poco, +de ejercitarse en otros medios de vida más elevados. No le fue posible. +Trabajó con toda su alma, y, al fin, hubo de darse por contento con +asegurar el bienestar económico de los suyos. + +Cuando se echó una ojeada a sí mismo tenía pocos pelos en la cabeza, +pocos dientes, muchas arrugas y en el ánimo una sequedad dolorosa, +una fragilidad de fósil que le hacía sentirse calcinado, extinto. Se +sacudía y todo él sonaba a cascado, a hueco. + +No por esto perdió su temple. Comprendió que no en balde había andado +a cuerpo limpio por la vida y se resignó a no ir más allá. Esta +resignación no le fue dolorosa, porque tenía un hijo, y pensó: «Lo que +yo no pueda hacer, lo hará él». Y contento con esta esperanza, decía +gozosamente que él había venido al mundo para servir de abono a su hijo. + +Desde que el hijo nació le había atendido el padre con el mayor +esmero. Cada vez que hacía un sacrificio por su salud o su educación, +el buen hombre pensaba: «Yo no tuve quien hiciese esto por mí; él, +sí». Y redoblaba su celo, pensando que aquel hijo suyo, para el que +atesoraba instrumentos de poder, realizaría su ideal de triunfo. + +El hijo era un chicarrón inteligente, apto, rozagante, con una salud a +prueba de bomba y una fortaleza de espíritu poco común. Nuestro hombre, +enfermucho, cascadito, combatido por cien alifafes, le admiraba y se +llenaba de alegría, como si aquella juventud, aquella potencialidad +fuesen suyas, estuviesen en reserva dentro de su organismo. + +Crecía el hijo a expensas del padre, al que cada vez le chirriaban más +los muelles. Lo natural hubiera sido que en el momento más doloroso +para el padre, el hijo se torciera y maleara quebrando aquella +esperanza del viejo. Pero no fue así. Veréis como fue. + +Pasaron los años y el hijo no dio una sola desazón al padre. Laborioso, +inteligente, mesurado, iba haciendo su camino con un aplomo que +maravillaba al viejecito. Algunas veces se le antojaba, no obstante, +que el hijo era demasiado impasible; acaso su lentitud y su ecuanimidad +eran excesivas. + +Pero no; el viejo rectificaba pronto, diciéndose: «No, no; va bien, +va bien. Los hombres sanos y fuertes tienen esa serenidad; yo he sido +siempre un pobre diablo enfebrecido, al que precipitaba y aturdía la +necesidad. Hay que dar tiempo al tiempo. Él lo conseguirá todo al fin». + +Y ocurrió que el hijo no consiguió nada. Los años transcurrían unos +tras otros sin que el chicarrón avanzase un solo paso en aquella ideal +perfección, en aquel triunfo glorioso que el padre había soñado. Le +faltaba el afán, el estímulo divino, el acicate, que empuja a unos +hombres contra otros. Aquel gran ejemplar de la raza humana era +estéril, inepto para el progreso que el buen viejo había soñado. Él, +con sus errores, con sus defectos y la exigüidad de su energía, había +hecho más, mucho más que el hijo, dotado de todos los instrumentos de +poder. El viejo, caduco ya, agotado, tembloroso, próximo a apagarse, le +excitaba, le sometía al espoleo de su indeclinable avidez. Todo inútil; +al hombrachón inteligente, apto, saludable, laborioso y honesto le +faltaba el gran acicate: el dolor. + +El dolor, máquina de cuanto se hace en la vida y aun de la vida misma. + + + + +EL AUTOR DE TODOS LOS CRÍMENES + + +Cuando me detuvieron por indocumentado llevaba muchos días sin comer +y muchas noches sin guarecerme bajo techado. Así fue que, al verme +recluido, maltratado y transido de frío, me sentí feliz. Tranquilo en +mi celda, no recordaba sino que estuve andando mucho tiempo; no sabía +ni de dónde partí ni por qué me puse a andar; solo conservaba la noción +de que anduve hasta que se me reventaron los pies y caí al borde de la +carretera. + +Unos guardias que iban de correría me sometieron a un interrogatorio y +me registraron. Ni supe contestar a sus preguntas, ni encontraron entre +mis ropas desgarradas indicio alguno de quién yo pudiera ser. Creyeron +que ocultaba mi nombre y condición, por tener sobre mí algún delito, +y fichado como sospechoso pasé a la cárcel. Les parecía inconcebible +que hubiese en el mundo un hombre sensato, al parecer, y medianamente +instruido que ignorase su nombre, estado y naturaleza; un hombre que, +por lo visto, pretendía hacer creer que había nacido, por generación +espontánea, al borde de una carretera. + +Y, sin embargo, era verdad. Juro que no sabía cuáles eran mi nombre y +apellidos, y que ni tenía casa, ni familia, ni origen, ni recuerdos. +Ya suponía que no habría venido al mundo en la carretera donde los +guardias me encontraron, barbado y talludo ya; pero lo cierto y verdad +era que de mi existencia anterior no tenía más vestigios que aquella +trágica caminata, cuyo punto de partida yo no acertaba a definir. +Pudiera decir que salí del caos; pero ¿qué caos era aquel del cual +salía yo, aborto miserable? No pude desentrañarlo. Mi cerebro, normal +en cuanto tocaba al presente y al porvenir, perdía su lucidez tan +pronto como me aventuraba en el pasado. No cabe duda de que se trataba +de un terrible caso de amnesia; pero ¿qué lo había motivado? Renuncié +a investigarlo; había algo más fuerte que mi voluntad, empeñado en que +yo no penetrase en el campo terrible de mis recuerdos. Cuantas veces +lo intentaba, salía vencido por la confusión, la fatiga y una infinita +repugnancia. Renuncié, pues, por completo a mi pasado. + +Pero a los hombres de justicia aquello les parecía inadmisible. Algo +ocultaba yo, y, ternes en su sospecha, me mantuvieron encarcelado. + +Por aquel tiempo había ocurrido un espantoso crimen en una aldehuela +próxima. Unos míseros labradores habían sido asesinados durante la +noche por unos forajidos, codiciosos del puñadito de plata que con +sus hambres y fatigas había logrado reunir aquella pobre gente. No +se supo quiénes eran los asesinos, y de la noche a la mañana me +encontré acusado de haber cometido aquella fechoría. Al principio lo +tomé a broma; pero después reconocí cuán sensato era aquel hombre que +decía: «Si alguna vez me acusasen de haber robado las torres de la +catedral, como primera providencia pondría tierra de por medio; después +procuraría demostrar que la acusación era falsa». + +Cogido entre los términos, proposiciones y silogismos de la gente de +toga, estuve a punto de convencerme a mí mismo de que yo había cometido +aquel doble crimen, tal vez sin saberlo. Fue providencial que los +verdaderos asesinos se dejasen cazar estúpidamente. De no haber sido +por esta circunstancia, yo hubiese expiado en el patíbulo mi supuesto +crimen. + +Todavía no se decidían a soltarme y muchos meses anduve de cárcel en +cárcel. Pero, al fin, recobré la libertad; una libertad relativa, +porque no dejé de estar vigilado. Siempre es sospechoso el hombre que +no sabe explicar la razón de su existencia. En el mundo hay que estar +por algo y para algo; para robar o ser robados, cometer asesinatos o +dejarse matar, gobernar pueblos o sufrir el yugo de los gobernantes. + +Un policía, un juez, un magistrado, convencidos seriamente de que +cumplen una misión providencial, misión para la que han sido creados, +no tolerarán nunca al hombre sin misión que cumplir, al deshilvanado, +al que es brote espontáneo de la naturaleza y vive en el mundo con la +indiferencia de una col. Y esto era yo. + +Un semoviente que, a lo sumo, aspiraba a ser el último súbdito de un +más sencillo reino: el reino vegetal. Si yo entonces hubiese podido +concretar mi ideal, hubiera deseado convertirme en col. Ser humilde, +orondo, fresco y recio; nacer y morir en el mismo sitio, ver salir y +ponerse el sol, beber copiosamente y reposar. Esta era mi inconcreta +aspiración. + +Pero, por desgracia, mi antropomorfismo me condenaba a vivir como los +humanos. Tuve que trabajar y ganarme la vida. No sé cómo, me encontré +un día haciendo zapatos con rara perfección. (Yo no recordaba haber +practicado nunca tal oficio. Después me lo expliqué todo; antes de +sobrevenir la catástrofe, que me hizo perder el recuerdo de mi vida +pretérita, yo había sido dramaturgo). Construir un zapato —ahora lo sé— +es como construir un drama. (De ahí mi técnica zapateril). + +Trabajaba honradamente, confeccionando mis dramas, digo, mis zapatos, +cuando de nuevo me vi encarcelado y sometido a proceso. Se había +cometido un nuevo crimen, y como los autores tampoco fueron habidos, +se suponía que yo, el hombre sospechoso, el extraño sujeto, sin nombre +y sin origen, era el criminal. Creyeron que yo había cometido ya «mi +crimen», el crimen que tarde o temprano yo tendría que realizar, y de +nuevo quisieron ahorcarme. Tampoco lo lograron. Escapé, pero fue por +poco tiempo; meses después se me imputaba una nueva fechoría, y después +otra y otra. + +Llegué a verme acusado del asesinato de un presidente del Consejo, +cuatro asesinatos menores, tres parricidios, dos infanticidios y seis u +ocho robos. Yo era, fatalmente, el autor de todos los crímenes. + +Soltándome un juez y tomándome otro, pasaron cerca de veinte años, +hasta que una buena mañana me encontré acusado de un nuevo crimen. +Tratábase del hallazgo, en una casita de las afueras, de los restos +mortales de dos personas. El doble crimen tenía muchos años de fecha: +unos veinte. Se exhumaron recuerdos, recayeron sospechas sobre mí y +fuimos a la vista, en la que se reconstruyeron los hechos. Hacía +veinte años habitaba la casa del macabro hallazgo un matrimonio joven y +de posición desahogada. De improviso, el marido anunció que, en unión +de su esposa, marcharía al extranjero para fijar allí su residencia. +Liquidó sus asuntos particulares y nadie volvió a acordarse de ellos. +Coincidió esta marcha de los esposos con la desaparición de un joven +ingeniero, al que la Policía buscó en vano durante algunos meses. +Nadie acertó a relacionar ambos hechos, y, al cabo de veinte años, +el hallazgo de un puñado de huesos venía a descubrir la tragedia. +Resultaba que el marido, enamorado apasionadamente de su esposa, +había descubierto que esta sostenía relaciones ilícitas con el joven +ingeniero. Ciego de dolor acechó a los adúlteros, y, al sorprenderles +juntos, descargó sobre ambos su revólver, ocasionándoles la muerte. +Después, con una sangre fría aterradora, preparó la coartada; simuló el +viaje al extranjero, en unión de su esposa; enterró los cadáveres en el +jardín del hotelito y desapareció. + +De este nuevo crimen me acusaban. Yo pensé, ¡bah!, otro período de +molestias. Cuando se celebró la vista, mi abogado hizo de mí una +defensa maravillosa. Ya era ridícula y criminal aquella obstinación en +atribuirme cuantos delitos se cometían; yo no era más que un enfermo, +un infeliz atacado de amnesia total, cuya inocencia se había probado +en innumerables ocasiones. ¿Por qué se me seguía molestando? Los +magistrados se conmovieron, ¡al fin!; desecharon la aberración de mi +culpabilidad y me absolvieron. + +Pero durante las incidencias de la vista yo empecé a sentirme inquieto, +sobresaltado; comencé a recordar algunos detalles sueltos primero, +después algunos nombres. ¡Ah! ¡Aquel era mi crimen! ¡Sí, sí; el mío! +¡El que yo había cometido! ¡Yo, yo maté a los adúlteros! ¡Yo! + +La memoria volvía. Ahora recordaba que, después de cometido mi crimen y +conseguida la impunidad, eché a andar una noche, sin más carga que mi +dolor, mis remordimientos, mi amor fracasado, mi locura... Y anduve..., +anduve... + +¡Ya sabía qué terrible catástrofe me había sumido en la inconsciencia +durante veinte años! ¡Aquel era mi crimen! ¡El mío! + +Cuando quise recordar, me habían absuelto. + + + + +LOS CAMINOS DEL MUNDO + + +Apenas tuvo veinte años, cogió la regla, el compás y el tiralíneas; +tomó cuidadosamente sus medidas y trazó con toda seguridad la parábola +de su vida. Después se quedó muy satisfecho. Vivir es muy difícil y hay +que tomar precauciones. Por eso, él, que no quería andar equivocado, +redujo su vida a una figura geométrica; le puso al pie su escala de +reducción, en la proporción de uno a mil, y comenzó a cubrir, en el +suave transcurso de los días, las etapas del trayecto que previamente +se trazara. La vida de aquel hombre era, pues, uno de esos gráficos en +cuya cuadrícula prenden las estadísticas el curso de la existencia. + +Ya tranquilo y orientado, anduvo con paso firme su camino: era un +camino largo, de penosas ascensiones y peligrosos declives. Pero él +consultaba diariamente su gráfico y no anduvo nunca en balde. La +miseria, la ignorancia y el dolor habían sido su punto de partida. +Venido al mundo, sin tener para qué venir, se encontró vulnerable, +hambriento y dolorido. De chicuelo padeció cuanto había que padecer; +derrochó su energía debatiéndose en el arroyo y le pareció la vida +mucho más absurda e inconexa de lo que ya de por sí es en realidad. +Se asustó; cuando llegaba a la adolescencia estaba acobardado por los +zarpazos que le tiraba el vivir, los empellones, las bofetadas y las +terribles sorpresas que había recibido. + +Se remansó un poco, y en un momento de lucidez cogió a la vida +desprevenida y la encerró en la red de su cuadrícula. Ya está, pensó. +Ahora voy a ser yo el amo. + +Empezó a trabajar en uno de esos humildes menesteres de la vida +moderna: dar y tomar fichas numeradas desde una ventanilla, abrir y +cerrar una puerta, extender cotidianamente una misma fórmula cientos de +veces, poner y quitar gabanes, cambiar papeles por dinero o papeles +por papeles. Cualquier cosa. Esta simple función, esta repetición +maquinal de un solo acto le aseguró los medios de subsistencia y le +dejó holgura para filosofar. Como estaba aspado y dolorido, la quietud, +el achicamiento, le hicieron feliz. Y durante algunos años no sintió +necesidad de nada más. + +Cuando hubo recobrado el equilibrio y notó que empezaba a sobrarle +algo, es decir, que estaba ya por encima de su propia vida, consultó de +nuevo el plan que de antemano se había trazado y emprendió la segunda +etapa del camino. Era la más difícil. Ya se tenía él a él mismo; ahora +se trataba de tener algo más. Pensaba, sencillamente, en casarse. + +Se casó; tuvo mujer e hijos; pero otra vez la necesidad vino a querer +sacarle de sus casillas, o sea de su sabia cuadrícula. Rigió con mano +dura su carrito, y a despecho de su mujer y de sus hijos no se salió +un paso de la sendita estrecha de su vida, y dejó atrás, sin alargar +la mano, las viñas cargadas de fruta, que distraen y pierden a los +caminantes. + +Pero no basta con tenerse a sí mismo, tener el complemento sexual y +desdoblarse en cinco o seis hijuelos que perpetúen nuestras taras. Hay +que proteger todo esto, hay que salvaguardarlo, ponerlo a cubierto de +los vendavales y de las aves de rapiña. Hay, en fin, que tener una casa. + +Este empeño es el más trascendental de la vida de un hombre. La gente +no se da cuenta y vive de precario en las celditas de esas grandes +colmenas urbanas mientras el castrador no quiere desahuciarles. No se +puede vivir honradamente sin tener una casa propia; por eso, tal vez, +haya tanta gente inmoral en el mundo. + +Ahora bien; tener una casa, cuando no se tiene dinero, es muy difícil. +Aunque parece mentira, toda la superficie de la tierra está ya medida, +distribuida y acotada. Es un contrasentido; pero la realidad es que, +cuando un nuevo ciudadano aparece sobre la haz de la tierra, no tiene +ya sitio donde ponerse. Si los hombres no fuesen tan hipócritas y +abordasen las cosas francamente, se podría plantear un gravísimo +problema social, llevando a los niños, cuando nacen, al Registro civil, +y demandando allí que, al mismo tiempo que se le conceden los derechos +civiles y políticos, se les otorgue el derecho a quedarse en algún +sitio. Aquí traigo este niño; dígame usted en qué lugar de la tierra +puedo ponerlo para que viva sin miedo a guardas ni rentistas. + +Así pensando, nuestro hombre ejemplar procuró sustraer a la humanidad +acaparadora un trocito de corteza terrestre, siquiera fuese chico como +un pañuelo, para construir su vivienda. + +Lo consiguió, al fin; mas para ello tuvo que privarse casi por completo +de aquel tenue hilillo de vida que le quedaba. No se aquilata, en +cuanto vale, la heroicidad de estos hombres, que por servir un ideal +modesto sacrifican todas sus horas, privándose de esas pequeñas cosas +que son en realidad toda nuestra vida. La tragedia del hombre que no +tenía dinero y quería construir una casa puede hacer sonreír a mucha +gente; pero seguramente no es una tragedia inferior a la de Prometeo. + +Ese trágico cotidiano era el que consumía el alma de nuestro héroe. +Céntimo a céntimo, ladrillo a ladrillo, hacía su casita. A veces +le asaltaba un furioso deseo de derrochar, de rasgar el gráfico +cuadriculado de su existencia, de irse por el mundo a vivir la vida +inquieta de los desligados. Pero se acordaba de los días dolientes de +su infancia y volvía los ojos con fervor a la línea geométrica por +él trazada y al cénit, ya próximo, de sus aspiraciones. Así trabajó +ferozmente, se privó de todo, domó la vida, poniéndole recias trabas, y +cumplió su misión. + +Cuando la casa estuvo terminada, plantó a su alrededor unos arriates; +colocó en el tejado una veleta, orgulloso de poder clasificar los +vientos; sacó una silla a la puerta y se sentó. Ya era tiempo; más no +hubiese podido hacer. + +Son muy pocos los hombres que cumplen su misión; menos de lo que se +cree. Los malogrados, no son solo los muertos prematuramente, sino +también aquellos otros a los que se les ha muerto el ánima y siguen en +pie. De aquí que nuestro hombre ejemplar, al verse en su casita con +su mujer y sus hijos, se sintiese privilegiado, hombre de excepción +y dotes superiores. Se consideró feliz y dio por bien empleado cuanto +había sufrido. + +Entonces se encontró, por primera vez, en toda la plenitud de su vida. +Tenía cuanto había que tener: familia, hogar, holgura. Lo había logrado +todo. ¡Je, je, je! Cómo se reía él de los idiotas que andan a cuerpo +limpio por el mundo. ¡Búrlense, búrlense de mi cuadrícula! + +Cada día que pasaba sentado a la puerta de su casa, recibiendo la +caricia del sol y el halago de los suyos, le fortalecía aún más. Llegó +a sentirse pujante, como jamás había estado. Respiraba a pleno pulmón; +erguíase, retador, ante los caminantes acansinados: buscaba la lucha, +la fatiga. Esta exuberancia le hacía tener confianza en sí mismo, en su +propia vida. Un día rompió su cuadricula y dejó escapar el torrente de +sus pasiones y de sus apetencias... + +Terminó pegando fuego a su casita y yéndose por el mundo otra vez. + + + + +EL VIEJO ENAMORADO + + +Era viejo, como la cotonía. Allá por el año 70 fue el hombre de moda, +de las conquistas, de los figurines y los desafíos. Tuvo una arrogante +figura; fue terror de suripantas en los bufos de Arderíus; se casó con +una marquesa y enviudó pronto. Volvió a casarse con una exdoncella, +excocota, y enviudó también. Ahora andaba paseando al sol su caducidad +y conservando cuidadosamente las ruinas de su gallardía. + +Ella era jovencita, muy jovencita y muy linda. Traviesa, vivaracha +y un poquitín desvergonzada, comenzó por reírse del viejo y terminó +casándose con él. + +Fueron a la boda orgullosos y satisfechos. La gente, a sus espaldas, +compadecía al uno y criticaba a la otra. + +Todos previeron el ineludible adulterio. Los galanes profesionales +olfatearon pronto la pieza y sobre la recién casadita cayeron +en racimos. El viejo, que estaba ya de vuelta, les dejaba hacer +sosegadamente. Salía de su casa pasito a paso, y erguido, pulcro y +perfumado, cruzaba inalterable junto a los adoradores de su mujercita +e iba a perderse en los rincones amables de los jardines públicos, +donde pasaba las horas muertas echando migajas de pan a los gorriones y +tomando el sol. + +La muchacha, al principio, se aburría un poco; después se aburrió más, +y terminó desesperándose. Le molestaba aquel desinterés del viejo. ¿Por +qué la dejaba sola tanto tiempo? ¿Por qué no evitaba las ocasiones en +que sus adoradores podían cortejarla libremente? + +Recurrió entonces al secular ardid de darle celos; pero no lo +consiguió. Estirado, afable, sonriente, veía el viejo cómo su mujer +hacía guiños de inteligencia a sus cortejadores y cómo cuchicheaba con +ellos cada vez que la ocasión se presentaba. + +Esta indiferencia la irritó aún más. Llegó a tener a su esposo +un verdadero rencor. Pasó por días en los que le despreciaba +profundamente. Era un inmoral, un cínico. Le importaría un bledo que +ella se entregase, uno por uno, a todos sus amigos. + +Pero después reflexionaba más serenamente y comprendía que aquel viejo +impasible, circunspecto, siempre ecuánime y correcto siempre, la quería +de verdad. Adivinaba ella, en las palabras del esposo, una celosa +asistencia y un rendido enamoramiento; pero jamás logró encenderle en +arrebatos pasionales. + +Queriendo romper la frialdad del marido, llegó más allá de donde era +prudente en sus coqueteos. Pero cuando en más de una ocasión se vio +a punto de dar el saltito de la acera al arroyo, sin que nadie se lo +impidiese, tuvo miedo y recogió velas. Estaba convencida de que no +conseguiría soliviantar al marido, y, la verdad, el adulterio, sin el +aliciente del daño que causa, no valía la pena. Así porque sí, y sin +más ni más, no. + +A partir de entonces volvió a la táctica del mimo y el halago; la +seducción plácida y el cariño dulce y constante. El viejo parecía ser +más sensible a esto. + +Ella, alentada, redoblaba sus cuidados y consagraba todos los momentos +de su vida a la seducción del esposo, que se dejaba querer, y +sabiamente acrecía su amor, subiéndolo de tono poco a poco. + +Pasó el tiempo y ella obstinose en la conquista total del marido. Fue +una esclava suya: le ofrendó todos sus instantes, y, cuando el viejo se +murió, se halló trágicamente enamorada de aquella esfinge ruinosa que +jamás le había entregado por entero el caudal de su cariño. + +A los pocos días de su viudez encontró entre los papeles del muerto el +esquema de un sucinto «diario». Entre las notas correspondientes a los +meses que siguieron a su boda, leyó: + +«Ella está a punto de caer; si cae, terminaré mi vida hoy mismo». + + + + +EL GUARDIA PÉREZ + + +El cuartelillo era demasiado pequeño; en él se alojaban cuatro guardias +y un cabo, con sus mujeres y sus hijuelos innumerables; había poco +sitio y tenían que moverse como piojos en costura. Estas molestias +mutuas provocaban frecuentes altercados entre las mujeres y entre los +chicos; pero los guardias eran hombres sensatos y dirimían entre sí +estas querellas amistosamente y con estricta justicia. Amonestaban +gravemente a sus consortes cada vez que entre ellas estallaba la +contienda por la posesión de un trozo de patiezuelo o de un rincón +de cocina, y se reiteraban recíprocamente sus palabras sensatas y +cordiales. + +Además, el campo era muy grande, y, para el guardia que por defenderlo +se esclaviza y afana, todo el campo es suyo. Así, pues, los hijos de +los guardias salíanse gozosos del cuartelillo y gran parte del día +estaban triscando libremente por las estribaciones de la sierra o +tendidos panza arriba al sol en los prados. + +La misión de los guardias era penosísima; se hallaban destacados en +un rinconcillo estratégico de Sierra Morena, y desde allí custodiaban +una considerable extensión de terreno, ya que no contra las hazañas +de los bandidos legendarios, contra las acometidas de los mineros +hambrientos en tiempos de huelgas y lockout y contra los desmanes de +los campesinos, que, cuando se soliviantan, incendian las mieses y +saquean las casas de labor. + +Al poco tiempo de estar apartados del mundo, los alojados en el +cuartelillo se habían hecho algo irritables, sobre todo las mujeres; +aquella perdurable soledad provocaba en todos ellos un mutuo rencor, +acrecentado cada día, que las mujeres no se recataban en mostrarse +y que los hombres intentaban ahogar con las frecuentes apelaciones +a la sensatez que unos a otros se hacían con curiosa insistencia. +Lentamente, aquel aislamiento, aquella soledad, aquel enfrentarse a +diario con la naturaleza bravía de la sierra les había ido quitando y +suprimiendo todos los artificios y convencionalismos que son precisos +para hacer un guardia de un hombre libre. Volvían, pues, sin darse +cuenta, al estado de naturaleza en el que todo yugo es ominoso y +tiránica toda disciplina. + +Una tarde, el guardia Pérez, que volvía sudoroso y aspado de recorrer +las carreteras polvorientas bajo el agobio implacable del solazo +andaluz, encontró a su mujer que lloraba lenta y calladamente en un +rincón de la alcoba. Inquirió el guardia Pérez y supo que su mujer +había sufrido ultrajes de la mujer del cabo González; tranquilizó como +pudo a su compañera y fue en busca del cabo; ambos se reiteraron sus +excusas con machacona insistencia y se apretaron las manos fuertemente +una vez y otra. Cuando volvió al lado de su mujer estuvo consolándola, +con su sobria elocuencia, mientras ella movía lentamente la cabeza. No +pasó más. + +Otra tarde, el guardia Pérez, al regreso de la correría, encontró a su +hijita —una pitusilla tristonzuela escrofulosa y blanca de linfa— con +la cabeza entrapajada; en la frente, un poco de sangre cuajada junto +a un mechoncillo del pelo rubiasco, casi albino, de la nena, hizo al +guardia Pérez sentir que se le iba algo, que debía ser el alma, y +hallarse frío, descarnado, mondo y lirondo, como si bajo el correaje +y el peso del fusil no le hubiese quedado más que el esqueleto y un +gusanillo roedor allá en los recovecos del cerebro. Ya esta vez la +mujer no lloraba: estaba seca y tiesa junto a la pitusilla, con las +pupilas encandiladas y los dedos engarabitados. Cuando el guardia Pérez +quiso saber lo ocurrido, ella se limitó a decir: + +—¿Para qué? ¿Para qué? + +El cabo González, un poco embarazado, vino a contarlo todo. Los chicos +eran tan traviesos..., hacían tantas diabluras..., la mala suerte de +aquella chiquilla..., él no había querido hacerle ningún daño... + +Las convencionales explicaciones fueron aceptadas y los dos hombres se +abrazaron una vez más, nerviosamente, dándose cordiales palmaditas con +las manos crispadas. + +El guardia Pérez y su mujer se acostaron; ella estuvo callada largo +rato, encerrada en un mutismo punzante; ya de madrugada lloró primero y +habló después susurrante, abatida, sugeridora. Cuando el alba se colaba +por las junturas desiguales del ventanillo, los dos estaban febriles y +se acariciaban heroicamente. + +Una hora más tarde, el cabo González y el guardia Pérez salían de +correría. Caminaron silenciosos por los vericuetos de la sierra. Cuando +ya el sol estaba en el cénit, se detuvieron en una altura y sacaron +de las mochilas las frugales meriendas. Soplaba fuerte viento y la +sierra majestuosa infundía a los dos hombres su grandeza, su infinitud, +su fuerza bravía, su libertad. Comieron sosegadamente; al final, +disputaron por un pretexto fútil: una hoja caída de un árbol, el rumbo +del viento, el vuelo de un pájaro... + +Vinieron a las manos, acometiéndose con alaridos de liberación; el cabo +González llevaba las de perder y volvió la espalda a su adversario, +amenazándole: «Ya las pagarás, granuja; ya las pagarás». El guardia +Pérez previó la delación, se echó el fusil a la cara, y, rodilla en +tierra, apuntó lentamente al fugitivo. En el momento oportuno, la bala, +entrando por la espalda, tumbó sobre las jaras al cabo González. + +Se formó juicio sumarísimo y el guardia Pérez fue muy justicieramente +fusilado. + + + + +LA OBLIGACIÓN DE ODIAR + + +Yo sabía que aquel tío venía a pegarme. Me lo había olido desde el +primer momento; no sabría decir por qué. El caso es que, mientras +estuve bailando con Amalia —Amalia era mi novia—, empezó a chocarme. +Nos miraba con descaro, no se recataba en piropear a la muchacha y se +reía de muy buen humor al ver los fondillos y las rodilleras de mi +pantalón blanco, que no era, ciertamente, ningún prodigio de corte ni +de confección. Este tío va a pegarme, pensé. Y así ocurrió. + +Los nervios se me pusieron de punta, tropecé cien veces, di +innumerables pisotones a mi novia, y, al fin, la pobre, no pudiendo +soportar más tiempo mis torpezas, se soltó graciosamente de mi brazo +y fue a charlar con sus amigas. En cuanto me vi sin ella adiviné la +catástrofe. Un sudor frío cubrió mi piel y la sangre se me agolpó a la +cabeza. Para tranquilizarme y cobrar ánimos entré en el ambigú. Él se +vino, como el que no quiere la cosa, tras de mí. A pesar de su sonrisa, +vi claramente su negra intención y me puse a temblar. Estuve por gritar +a mis amigos, diciéndoles: «¿Pero no ven ustedes que viene a matarme?». + +No recuerdo cómo estalló la tormenta. Era fatal. Creo que le di un +pisotón o me lo dio él a mí; no sé. Lo cierto es que de buenas a +primeras me asestó un formidable puñetazo en medio de la cara. No me +dolió mucho al principio, esa es la verdad. Mis dientes crujieron de un +modo lastimoso y sentí un fuerte escozor en las encías. Pero, vamos, +me consideré satisfecho. Los puñetazos que más nos duelen son los que +todavía no nos han dado. Al golpe siguió un largo rosario de insultos; +después, se quedó callado y a la expectativa. + +Yo me pasé la mano por la frente, sudoroso; recogí mi sombrero, que +había desertado frente al enemigo; tomé unas buchadas de cerveza, para +cauterizarme la encía, y me puse a esperar el final de todo aquello. + +No pasó nada más. Dio media vuelta y se marchó, escupiendo por el +colmillo. Entonces me volví, con el propósito de decir a mis amigos: +«¿Pero han visto ustedes la injusticia que ha cometido conmigo?». No +me dejaron; todos a una se arrojaron sobre mí, diciéndome que yo era +un cobarde y que a mi vez había debido pegarle. ¿No era yo más fuerte? +¿Qué me detenía entonces? Era verdad; acostumbrado a cargar de un lado +para otro del almacén, con los pesados fardos de tejidos, no me hubiera +costado gran trabajo coger a aquel sujeto por la cintura, levantarle +en vilo y tirarle por la ventana, como si fuese una pelota; pero no se +me ocurrió; ni remotamente pensé que podía haberlo hecho con un débil +esfuerzo. + +Me abrumaron con sus reconvenciones, se dolieron de mi cobardía y +procuraron excitarme para que tomase venganza. Tentado estuve de echar +a correr, desafiarlo dondequiera que le encontrase y romperle la +crisma. Resistí heroicamente aquel influjo y me marché, deseando no +encontrarme a mi adversario en el camino por no ponerle en el trance de +tener que pegarme otra vez si seguía malhumorado. + +Aquella noche fui a recoger a mi novia para que diésemos, como todos +los domingos, una vuelta hasta el molino. El paseo era muy bonito; a +ambos lados del camino había dos hileras de pinos; a los diez pinos, +yo pretendía enlazar a mi novia por la cintura; a los veinte pinos, +ella se dejaba enlazar; el que hacía veinticinco tenía unas ramas tan +bajas y frondosas, que el camino se estrechaba, no dejando paso más que +a una persona; allí juntábamos nuestras cabezas y nos besábamos. Los +diez pinos, de la familia de los trigésimos, tenían testimonios más +fehacientes aún de nuestro amor. Al cuadragésimo, Amalia sentía frío y +me pedía que regresásemos a su casa. Esto era todo, y era bastante. + +No pude conseguir que Amalia diese aquella noche el acostumbrado paseo. +Tenía el hociquito alargado, y, según dijo, se sentía cansada. Era la +primera vez que le ocurría. Adiviné el motivo de su disgusto. Me había +dejado pegar; ella lo sabía y no le parecía digno de su hermosura besar +un bigote que ha sido aporreado impunemente. Traté de convencerla de la +puerilidad de sus escrúpulos; se puede ser un bizarro amador y un mal +pugilista. No me hizo caso. La dejé llorando y leyendo la historia de +Amadís. + +A pesar de estas contrariedades no podía sentir odio contra el causante +de todo. Estaba convencido de que era un insensato, un pobre diablo +fanfarrón y mal educado. ¿Por qué me había pegado sin yo darle motivo? +¿No era esto una acción reprobable? ¿Por qué los demás no se la +afeaban, y, en cambio, venían a mí con recriminaciones? + +¡Bah! El mundo es estúpido, pensé. Serían capaces de alegrarse si yo +le cogiese ahora y le partiese en dos pedazos. Todos me felicitarían +y mi novia me dejaría sordo a besos. Creo, sin embargo, que ni él +ni yo ganaríamos nada, y por eso no lo hago. ¿Me ha golpeado? Pues +vaya bendito de Dios. Esto, que bien pudiera ser grandeza de alma, lo +interpretaban como una cobardía. Bueno. Y aunque así fuese. ¿Es que no +hay derecho a ser cobarde? Puedo ser cobarde, como soy gordo y rubio, y +no sé por qué he de avergonzarme de ello. + +A la noche siguiente fui a buscar a mi novia; pero no quiso recibirme. +No volví a verla hasta el domingo siguiente; la encontré bailando +con el otro. Cuando los vi juntos, me quedé estupefacto. Aquello era +increíble. Los miraba atentamente y no dejaba de maravillarme. + +El otro lo notó, soltó a Amalia de su brazo y se vino hacia mí, con un +airecillo retador, que me pareció altamente ridículo. + +—¿Querías algo? —me preguntó. + +—No, nada —le respondí balbuceando. + +—¡Como nos mirabas tan fijamente! + +—Me extrañaba que mi novia bailase contigo. + +—Ahora es novia mía. + +—No sabía nada. + +—Pues ya lo sabes. + +El procedimiento me pareció algo incorrecto. Pero, en fin, ¡las mujeres +son tan raras! + +De lo que no me han convencido todavía es de que yo tenga por fuerza +que matar a mi rival. Todo el mundo me lo dice; mi misma madre, cuando +me pone la comida sobre la mesa, viene a acariciarme dulcemente y me +dice con lástima, pasándome la mano por la frente: ¡Pobre hijo mío! +¡Pobre! + +—¿Pobre? ¿Por qué? + + + + +BORRÓN Y CUENTA NUEVA + + +El viejo, con sus ochenta años a la cola, estaba ya jubilado. Su hija, +al casarse, tiró de él, trayéndole a la ciudad. Vivió con ella y con su +yerno, un hombrecito cariñoso y trabajador; le dieron varios nietos, +le obligaron a descansar; no le faltó nunca su camisa limpia y su +paquetito de picadura, y por todo esto se consideró feliz. Ya era hora. +Bien ganado se lo tenía. + +Por la tarde cogía a los nietecillos y se iba con ellos a las afueras +para hacerles respirar el aire del campo. Andaban lentamente hasta +que la ciudad se quedaba atrás, con sus mil ruidos, su hacinamiento +y su cochambre. Cuando llegaban a los primeros sembrados, el viejo +campesino, un poco cohibido en el ambiente denso de la urbe, se +esponjaba, se erguía, volvía a sentirse fuerte y sabio. Los nietos +correteaban buscando florecillas, se revolcaban sobre la hierba, se +rendían gozosos. + +El padre no iba nunca a estos paseos. Salía de la celdita estrecha de +su casa para meterse en la cueva de su oficina; cuando estaba libre +iba al café o al teatro. Tal vez por esto cayó enfermo y terminó +muriéndose. Era un hombrecillo laborioso y bueno, que había pasado +mucha hambre y muchas fatigas correteando con sus piernecillas zambas +por las calles de los grandes comercios, subiendo y bajando escaleras, +encaramado, al fin, frente a un pupitre. Se murió dulcemente diciendo +que aquella noche tenía que sudar su catarro para ir al día siguiente a +la oficina. + +Su jefe lo sintió mucho; fue a visitar a la viuda; le dejó algún +dinero, para que tuviese tiempo de llorar, y se marchó. Ya no volvería +más. Aquella pobre gente comprendió entonces que había quedado roto el +lazo que les unía con el mundo. Se sintieron perdidos, desligados de +todo, como si hubiesen caído en otro planeta. Pronto vino la miseria; +ahuyentando el recuerdo, les sacudió rudamente y les dijo: «A vivir». + +La madre, que se había consagrado por completo al esposo y a los hijos, +estaba quebrantada, envejecida, inútil para la lucha. No tenía más que +ternura, y la ternura no es moneda corriente en el mundo cuando no va +unida a la juventud y a la belleza. Los hijos cabían todos bajo una +canasta. No quedaba más sostén que el abuelo; y a él volvieron los ojos. + +No los volvieron en vano. Con sus ochenta años a la cola salió a +trabajar. Le admitieron como jardinero en una villa. Pero tuvo que +ocultar cuidadosamente a su patrón que tuviese hija y nietos a quienes +mantener. Ganaba un exiguo jornal y la comida; cuando se la llevaban +al pabelloncito en que estaba alojado, juntamente con los perros, y +como un perro más, la ocultaba, y acechando la primera ocasión iba +a llevarla a los nietecillos. Algunas veces se tardaba; los chicos, +asomados al ventanuco, espiaban ansiosos su llegada con las bocas +abiertas como gorriones. Al verle a lo lejos, palmoteaban de júbilo. +«¡El abuelo! ¡El abuelo!», gritaban con todas sus fuerzas. La madre +tendía el mísero mantel, y, lentamente, aquellas cinco criaturas +consumían la ración del viejo, masticando despacio, recogiendo +cuidadosamente las migajas y rociando los escasos manjares con grandes +tragos de agua clara y fresca. + +Así pasó el tiempo; un día, el mayor de los nietos estuvo en edad de +trabajar. El viejo, que no esperaba más que esto, se murió. Antes +se hubiera muerto si antes le hubiera estado permitido morirse. Su +heredero en la cotidiana fatiga era un mozalbete espigado, inteligente, +audaz. Había visto bien la vida. Educado en el dolor, aspiró a +libertarse de su terrible disciplina. No se resignaría; por resignado +murió su padre y se agotó su abuelo. Desechó de su lado la ternura, +la fatal ternura, la comprensión, que tantos impulsos detiene; la +sobriedad, que tantas privaciones consiente. Trepó, agarrándose con +las uñas y los dientes, y pronto se llegó a su madre y le echó con +arrogancia en el regazo el fruto de sus piraterías. La madre se asustó +un poco; pero cuando vio que salían de la miseria, alabó a Dios; por +primera vez la vida les dejaba holgura para respirar y moverse. + +El hijo aquel se echaba valientemente por el mundo; reñía Dios sabe qué +batallas y regresaba después con los suyos, llevando su presa en las +garras. Con el bienestar la madre salió del sopor en que la miseria la +tenía; se permitió echar un vistazo por el mundo y le pareció que era +bastante mejor de como en sus cincuenta años se lo había imaginado. +Se reconcilió con la vida, que al fin le hacía justicia y premiaba el +sacrificio de los suyos; el padre, fuerte, y el esposo, honrado. Como +tenía una vieja apetencia, contenida siempre, gozó acuciosa de cuantos +goces le estaban aún permitidos; dio gracias al cielo, que así abría +puertas a su vejez, y, merced a la fortuna del hijo, fue feliz. No supo +nunca a ciencia cierta cómo ni de dónde venía aquel bienestar, aquel +dinero. Lo traía su hijo; esto era todo lo que sabía. Aquel hijo que +había tenido suerte. La bendita señora no atribuía más que a la suerte +el triunfo de aquel hijo, acaso el más díscolo y menos cariñoso de +todos, el más vicioso y rebelde, el que menos se lo merecía. Echaba de +menos en él la ternura, la humildad, la continencia del abuelo y el +padre. Pero le disculpaba, porque, a pesar de todo, tenía suerte, y, en +definitiva, era el que les había sacado de la miseria. + +* * * + +Cuando se trepa por sitios escarpados no es imposible caerse, y el +hijo aquel se rompió un día las uñas y cayó. Lo recogió la Justicia. +Un negocio sucio, una quiebra fraudulenta, un chantaje, una estafa, +cualquier cosa. El asunto fue escandaloso, y la madre, vieja, se vio +envuelta en el deshonor. + +Entonces salió de su apoteosis. No había sido la suerte la que le +había dado el bienestar. Había sido el delito. La vergüenza le inundó +el alma. Siempre pensó ella que aquel hijo le había salido malo. Se +acordó de su vida de miseria, de su marido y de su padre, honrados, +laboriosos, pobres, pobres hasta el sacrificio, hasta la muerte. Vio la +esterilidad de aquellas vidas sacrificadas y enloquecida por el dolor +se volvió furiosamente contra el hijo delincuente y no supo más que +gritarle con todo el horror y la impiedad de su alma: + +—¡Infame! ¡Has deshonrado tu casta! + + + + +CÓMO SE DESHACE UN HOMBRE + + +Quedó sin ocupar un asiento y ninguno de los que iban en las +plataformas, renegando del agua y el frío, lo había visto. Claro. +Estaba disimulado por el egoísmo esponjoso de aquel militar y aquella +señora dilatada y por el instinto de aislamiento de aquellas dos +beatitas que, en su deseo de no ser molestadas, parecían estirar más +que nunca sus tocas de cartulina. Allí había un sitio, sin embargo, y +nadie lo había visto. + +Nadie, hasta que entró aquel hombre de los ojos claros, tan claros +que parecía no ver. Tenía unas pupilas desteñidas, que no verían gran +cosa, y además había bebido. Seguro que había bebido. Era sábado y la +noche estaba ya bien entrada. No era preciso ser un lince para adivinar +que al salir del trabajo se había rezagado en el rinconcito amable de +alguna taberna. ¡Es tan agradable aguardar a que escampe ante un vaso +de vino! + +Mirando con sus ojuelos claros y ligeros, con esa inconsistencia con +que miran los hombres que todavía no están borrachos, pero que pronto +han de estarlo, vio el sitio, su sitio, el asiento a que tenía derecho, +y que aquellas gentes sin conciencia —el militar, la señora, las +beatas— querían hurtarle. Se irritó un poco, y, tambaleándose, atravesó +el pasillo y reclamó su puesto. Aquellos seres eran tan cobardes como +egoístas; fingieron no haberse dado cuenta de que ocupaban un lugar de +más, y refunfuñando se estrecharon y le dejaron sentar. + +—¡Pues no faltaba más! ¡Ajajá! Cada uno tiene su derecho. ¿Eh? Y se +estaban tan calladitos... + +El hombrezuelo se arrellanó, levantó sus piernecillas zambas y se frotó +los pies uno contra otro; dijo algunas impertinencias y se serenó +pronto. Su vanidad estaba satisfecha. + +Los otros callaron, prudentes y llenos de enojo. Él parecía no +advertirlo y comenzó a sonreír a diestra y siniestra, entornando los +párpados con inocente malicia. Hubo un silencio fastidioso. Cada +cual iba enfundado en sus preocupaciones. En el tranvía es donde la +gente se siente más arisca, más dura y más distinta de la gente. Tan +solo aquel hombrezuelo de los ojos claros pugnaba por establecer la +cordialidad y entablar una corriente de comunidad afectiva entre +aquellos hitos humanos, alineados en las banquetas del tranvía. Sus +esfuerzos, al principio, eran infructuosos; nadie hacia caso de las +miradas de través, las muecas y las sonrisas que venía repartiendo. +Pensaban todos, muy serios y estirados, en sus negocios, sus hambres, +sus pasiones o sus dolores. Logró, sin embargo, captar la atención +de una muchachita de buen carácter —esto saltaba a la vista— que iba +frente a él. Cuando advirtió el pobrete que alguien recogía sus deseos +de expansión, debió alegrarse mucho. Aventuró primero una pregunta, +y pronto su locuacidad llenaba el tranvía con pintorescas imágenes, +carcajadas, comentarios ingeniosos, apostillas, pullas, reticencias y +picardías. Estaba contento aquel hombrezuelo; muy contento. Y había que +disculparle. No dejaba de ser simpática su alegría..., y contagiosa. +Los más entreabrían un poco el portillo de su cordialidad. ¡Qué diablo +de hombre! ¡Cómo se reía el indino! ¡Qué bocaza, sin dientes, más +cómica abría en sus carcajadas! + +¡El pobre! Se adivinaba que había estado trabajando toda una semana, +padeciendo hambre y frío en el tajo, duelos y quebrantos en su casa, +para aquella tarde del sábado cobrar unas monedas de jornal, que +le tintineaban en el bolsillo, y beberse unos vasos de vino que le +alborotaban en el exiguo meollo. + +No dejaba de tener gracia cuanto decía y comentaba. Hasta las beatitas +estiraban los labios, a su pesar, entre la celosía de sus tocas +almidonadas. Y el hombrezuelo aquel charlaba por los codos, reía, +escandalizaba, se retorcía de gusto en su asiento, contemplando los +estrafalarios botines de aquel señor o la pelerina de aquella buena +señora. Era indudable que estaba bebido; un poquito bebido nada más. Se +le podía soportar, sin embargo, salvando algunas de sus impertinencias. +¡Qué diantre! El pobre hombre era feliz y daba gloria verle. + +¿Pues y las cosas que le dijo a una pobre mujer que luchaba a brazo +partido con un ballenato de diez o doce meses, empeñado en dominar con +sus magníficos alaridos el estrépito del viejo y desvencijado tranvía? +Puso el paño al púlpito y durante diez minutos ensalzó donosamente su +moral familiar, su autoridad paternal, la ley que había impuesto a sus +hijos. Y todo esto, riendo, entre chistes y burlas, porque se sentía +satisfecho y feliz. Era un gratísimo espectáculo el de la felicidad +de aquel viejo trabajado, que hablaba con alegría de su casa, de su +pobreza, de su mujer y sus hijos. + +—¡Jamás me faltó al respeto ninguno de mis hijos! ¡A todos los eduqué +en mi ley y mi conciencia! ¡Yo! ¡Yo! —y paseaba una mirada de triunfo +sobre el concurso—. Todos mis hijos han sido honrados. Desde el primero +hasta el último. Y cuenta que fueron quince. ¡Quince hijos! ¡Yo! ¡Yo! + +—¡Eh, abuelo! Ese que grita —le interrumpió una voz dura y zumbona, que +salía de un rincón del tranvía—. ¿Cuántos hijos ha tenido usted? + +—Quince. ¡Yo! ¡Quince! + +—¡Bah! —dijo, volviéndose despectivo hacia otro lado el que le había +interrumpido—. Son muchos hijos para usted solo, abuelo. Algún otro +habrá tenido parte. + +Nadie dijo más. El hombrezuelo calló, como por ensalmo. Se estuvo +quieto, quieto, absorto. Abrió cuanto pudo los ojuelos, dilató las +blanquecinas pupilas y se quedó mirando estúpidamente a quien con tanta +crueldad le había herido. Hallose cara a cara con un mocetón cetrino y +mal encarado, que, al reírsele en sus barbas, le enseñaba una fila de +dientes blancos y afilados como los de un tigre. + +Nadie dijo más. Sobre todos gravitaba el ultraje, el bestial ultraje, +que nada había justificado. Volvió a enfundarse cada cual a sus +preocupaciones, la hostilidad surgió de nuevo y el hombrezuelo se +encontró desamparado, frente a frente con su agresor. + +Largo rato estuvo mirándole a los ojos con una mirada inexpresiva y +pesada. ¿Que ocurría en su alma en aquellos instantes? ¿Qué furiosos +deseos de matar no le acometerían? ¿Qué terrible amargura le subió del +fondo del alma a los labios? ¿Qué vergonzosa duda galopaba desandando +el camino ya recorrido de su vida y ganándole en cada segundo un año +entero de los que para él habían transcurrido antes en la confianza? +¡Cómo debió derrumbarse aquella felicidad agresiva que venía volcando a +torrentes! + +Dejó caer la cabeza sobre el pecho y no dijo más. A poco le asomaron +a los ojos desteñidos dos lágrimas de rabia e impotencia —¡quién sabe +si de resignación!—, y antes de que corrieran bañándole los surcos de +las mejillas, se levantó, y como un autómata descendió del tranvía. +Sus piernecillas zambas y endebles le llevaron vacilante hasta las +callejuelas cuyas sombras habían de tragársele para siempre. + +(Esto se debía titular _Historia de un asesinato_). + + + + +BIOGRAFÍAS CONTEMPORÁNEAS + + +_El millonario._ + +Chico para recados se ofrece. Muy listo y formal. Sabe leer, escribir y +de cuentas. + +Taquígrafo-mecanógrafo muy práctico, modestas pretensiones. +Inmejorables referencias. + +Joven de gran experiencia comercial aceptaría administración o gerencia +de negocio importante, depositando fianza. + +Necesito socio capitalista para gran empresa industrial que rendiría +cuantiosos beneficios. Absolutas garantías. + +Caballero buena presencia, sólida posición, casaría con señorita +acaudalada de padres nonagenarios. Preferiría huérfana. + +Emisión de acciones de la A. I. C. P., Compañía anónima para la +explotación de las minas de salchichón de Vallecas. Capital: 10.000.000 +de pesetas. + + +_La estrella._ + +Oficiala de sastre, muy aventajada, se ofrece. Sabe zurcir +primorosamente. + +Se desearía saber el paradero del joven X. X., antiguo y consecuente +estudiante del tercer curso de Medicina, para informarle de un asunto +de familia y hacerle cargo de un pequeño recuerdo. + +Joven se ofrece para camarera en Madrid o provincias. Atrayente figura, +trato delicioso. + +Tanguista. Lujosísima presentación. Cocainómana y morfinómana. Patina +sobre hielo y domina el paso del camello. + +AURORA BOREAL. — Danzas exóticas y corruscantes. Decorado propio. +Juventud, belleza, arte. + +Señora honesta y retirada del mundo, millonaria y de buen ver todavía, +desea contraer matrimonio con título del Reino, con o sin grandeza, +aunque se halle en precaria situación. + + +_El que pasa sin enterarse._ + +Ha dado a luz un robusto niño la esposa de nuestro distinguido amigo +don H. P. Tanto la madre como el recién nacido se encuentran en +perfecto estado. + +En los exámenes del quinto año del bachillerato ha obtenido brillantes +calificaciones el aprovechado joven don H. P. P. + +En reñidas oposiciones ha obtenido la plaza de auxiliar del Cuerpo +Facultativo de Camelos del Estado el distinguido joven don H. P. P., a +quien auguramos una brillante carrera administrativa. + +Pérdida de una perrita de color canela, con un lucero en la frente y el +rabo cortado. Atiende por «Vidita». Quien la entregue a su dueño, don +H. P. P., será gratificado. + +Se ha concedido la banda del Águila Real al distinguido funcionario +del H. P. P. El Estado ha querido premiar así sus altos méritos y sus +dilatados servicios. + +En la mañana de ayer falleció el ilustre jefe de negociado don H. P. P. +Fue un probo funcionario, un esposo ejemplar y un padre amantísimo. +Descanse en paz. + + +_Higinia._ + +Cocinera para casa grande se ofrece, con derecho a salida todos los +domingos. + +Pérdida en la Bombilla, el domingo último, de un broche, de gran valor +para su dueña, por ser recuerdo de familia. + +Las mejores chuletas de huerta las vende Higinia en su puesto de la +plaza del Progreso. Se guisan callos con esmero. + +HIGINIA LÓPEZ. — Comidas y casa de dormir. Cubierto, 1,25; habitación, +10 pesetas, y una peseta con o sin. + +PENSIÓN HIGINIA. — Caballeros estables, trato de familia. Toda clase de +comodidades. + +HIGINIA PALACE. — El mejor hotel de España. Todo lujo. Brasserie, +jazz-band, té danzant. Cenas aristocráticas. + + +_El equivocado._ + +Bachiller en Ciencias y Letras necesita empleo decente. Laboriosidad y +honradez. + +HALLAZGO DE UNA CARTERA. — En mi domicilio, Pez, 88, se halla, a +disposición de quien acredite ser su dueño, una cartera que contiene +20.000 pesetas y ha sido hallada en la vía pública. + +Necesito préstamo de 50 duros con mi garantía personal. Pagaría altos +intereses. + +INVENTOR. — Vendo en 1000 pesetas el secreto de un invento maravilloso +para hacerse millonario en quince días. + +UN LIBRO INTERESANTE. — Se ha puesto a la venta el libro de versos +_Zarza florida_, original del fecundo poeta e infatigable proyectista... + +CARIDAD. — Se suplica a las personas caritativas acudan en auxilio de +un pobre hombre, inventor infeliz y arbitrista fracasado que se halla +paralítico, viudo y con seis hijos, en un sotabanco de la calle de... + +* * * + +Esta es la verdad, la única verdad. En la vida no hay más que media +docena de anuncios; esos seis anuncios son lo único notable de nuestra +existencia. Todo lo demás son complicaciones inventadas por los +literatos y los filósofos, gentes absurdas que no tienen nada que hacer +y se divierten enredándonos. + + + + + VIDAS CURIOSAS + DE VARIAS MUJERES SIN IMPORTANCIA + + + + +LOS ZARCILLOS + + +No fue que las mayores la abandonaran, no. Salió con ellas del colegio, +y, cogida de la mano, llegó hasta la plazuela. Después, como ocurre +en todas las grandes catástrofes, las versiones eran contradictorias. +Hay quien dice que ella sola se escapó por las callejuelas prohibidas; +otros afirman que se quedó embebecida ante la cacharrería, y otros, en +fin, aseguraban que se durmió allí mismo, en aquel portal, donde ya +anochecido la encontró su madre. + +Lo cierto y verdad era que llegó a la plazuela con las mayores; pero +se pusieron a jugar como unas locas y se olvidaron de ella. Era aún +muy pequeñita, y, además, tenía un alto concepto de sí misma, por lo +que se alejó sin sentimiento de aquella turbamulta, yéndose pasito a +paso hacia el zaguán escondido en el fondo de la plazuela, donde estuvo +revisando sus conceptos del mundo y de la vida. Una personita de una +vara tiene que resolver por sí sola muy arduos problemas de filosofía +si quiere aparecer sensata. + +Los académicos, los profesores, la gente grave y empingorotada del +mundo han dado al acto de reflexionar una exagerada importancia; y +si decimos que aquella chicuela de cuatro años estaba reflexionando, +se volverán contra nosotros. Reflexionaba, sin embargo, y puestos de +acuerdo su corazón de pichoncillo y su cabeza de chorlito, convenían +en reconocer que la vida es francamente grata. Complacíala aquella +suavidad del atardecer, el oro viejo del sol que se posaba en las +azoteas y los miradores, la cantata de la viudita del conde Laurel, +que quiere casarse y no encuentra con quién, y, sobre todo, aquella +libertad de moverse y reírse, ganada en las interminables horas de +inmovilidad y silencio que el colegio imponía. No podía dudarse de que +la vida es buena. + +Para que no le faltase nada, llegó con pasos quedos hasta ella una +pobre mujer, arrebujada en un mantoncillo sucio, que, mirándola +fijamente, le dijo admirativa y cariñosa: + +—¡Oh, qué niña más bonita! + +Había algo extraño en los ojos de la mujer del mantoncillo, y la niña +debió advertirlo. Pero aquellos cuatro palmos de persona tenían ya su +buena ración de vanidad y se rindió al halago. + +—Sí, señor, bonita; muy bonita —siguió diciendo la mujer, mientras la +chicuela se ruborizaba, encogidita de vergüenza. + +Mentía la mujer; la chiquita era fea: tenía las piernas delgadas y +negras, la boca grande, las orejas despegadas. Tal vez por esto fue más +sensible a la adulación y desechó toda sospecha. + +—¿Me quieres dar un beso, preciosa? Ven acá, hija mía; ajajá. ¡Qué +linda! —y la besuqueaba melosa, dejándole sobre la carilla exangüe la +saliva congelada de su bocaza. + +—Así me gustan a mí las niñas, tan seriecitas. ¿Ves? Por eso te quiere +tanto tu mamá y por eso te peina y te compone. Por buena; por buena te +ha comprado estos zarcillos tan bonitos, ¿verdad? + +La chicuela asentía complacida, y, sin poder dominar su orgullo, ladeó +la cabeza, mostrando la orejita traslúcida y el zarcillo de coral fino +que le cosquilleaba en el cuello. + +—¡Preciosos! ¡Preciosos! —exclamaba la mujer—. Yo tengo una niña tan +bonita como tú y voy a comprarle unos zarcillos iguales. + +—¿Tú tienes una niña? + +—Sí, tengo una; pero la pobrecita no tiene zarcillos. + +—Cómprale unos como estos. + +—Sí que se los compraré. Pero ¿cómo voy a encontrarlos tan bonitos? +Verás, déjame esos; voy a la tienda, compro unos iguales y después te +traigo los tuyos, ¿quieres? Mi niña se pondrá tan contenta... Anda, +dámelos. + +La chicuela, complaciente, mostró otra vez la orejita y la mujer abrió +el broche y sacó el zarcillo. Buscó el otro, ya con cierta brusquedad, +y, al cogerlo, tiró nerviosamente, amenazando romper el lóbulo. Dos +grandes lágrimas aparecieron en los ojos de la niña. Iba a llorar; pero +la mujer la consoló, diciéndole: + +—No llores, tonta; te los traeré en seguida. Espérame aquí; espera... + +Y se marchó; la niña la vio cómo corría. Pensó en la alegría que +recibiría la otra niña, la hija de aquella buena mujer, y, sacando del +bolsillo unos guijarros blancos, se puso a jugar, tirándolos hacia lo +alto y recogiéndolos con la misma mano. + +—Una, dos; una, dos, tres, cuatro; una, dos... + +Cuando echó una ojeada a la plazuela se habían ido ya todas las niñas. +¿Tardaba la mujer? No, todavía no. Siguió jugando. + +—Una, dos, tres; una, dos; una, dos, tres... + +Pasó el farolero con su gran palo sobre el hombro; se iluminaron los +balcones de la plazuela y el frío empezó a rondarle las piernas. ¿No +vendría la mujer? Sí, sí vendría; le había dicho que la esperara. + +—Una, dos; una, dos, tres, cuatro... + +El último pájaro de la tarde, perdido su nido, anduvo revoloteando a la +desesperada por la plazuela; aterrorizado, volaba sin tino, chocando +contra las paredes, metiéndose en los zaguanes, abatiéndose sobre el +empedrado. Por fin encontró su camino y se fue. Ya no volvió a oírse +en la plazuela olvidada más que el fuerte compás de unos pasos que de +tiempo en tiempo la cruzaban. + +La chicuela empezó a temer. ¿A qué? No lo sabía; tal vez a todo: al +ruido y al silencio; a la luz y a las sombras. A todo, menos a la +sospecha de que la mujer no volviera. ¡Cómo no había de volver, si se +llevó sus zarcillos y tenía que traérselos! Su confianza era ciega, +absoluta. Volvería; tarde o temprano, volvería. Hay que tener cuatro +años para creer así. + +En tanto, la madre, sobresaltada, iba buscándola calles y plazas. +Cuando la encontró estaba muy acurrucadita en el umbral, jugando +maquinalmente con sus guijarros blancos. + +—Uno, dos, tres; uno, dos... + +Le contó el caso, y la madre, congestionada, puesta en jarras, +prorrumpió en dicterios: + +—¡Puerca! ¡Ladrona! ¡Robar a una niña inocente! + +La chica no se explicaba con claridad todo aquello y siguió sentadita +en el umbral. + +—Y tú, tonta —la interpeló la madre—, ¿qué haces ahí todavía? Anda para +casa. + +—¿A casa? —preguntó horrorizada la chiquilla—. ¡A casa, no! Yo tengo +que esperar a que esa mujer me traiga los zarcillos. + +Ya no anduvo la madre con contemplaciones. La agarró de un brazo y a +rastras se la llevó de allí. + +Furiosa, la chicuela gritaba: + +—¡Que no, que no! ¡Que tengo que esperar a que me traigan mis zarcillos! + +Tardó mucho tiempo, años quizá, en desechar la idea de que había +perdido sus zarcillos porque no la dejaron esperar a que volviese la +mujer. Tardaría, ¿por qué no? Pero volver, ¡vaya si debió volver! + + + + +POR ENCIMA DE LA VOLUNTAD + + +La hija tenía la misma cara bobalicona y redondita que debió tener +su papá; aquel papá remoto, que ganaba un sueldecito decente, y se +murió muy joven porque carecía de la consistencia necesaria para +vivir a cuerpo limpio. La madre, en cambio, tenía una dureza, una +caracterización, una angulosidad sospechosa, que la delataba, a pesar +de sus carnes fofas y del modo inocentón y beato con que se prendía +su velo, sujetándole al pecho con un viejo alfiler de plata, en el +que se leía su nombre. Los comerciantes inteligentes no se dejaban +engañar, y al exponer ante ella sus telas, su bisutería o sus joyas, +les asaltaba el temor de que aquella mujerona, no obstante su empaque y +la sobriedad de sus movimientos, fuera la mechera, la terrible mechera, +que da pesadillas a los dependientes novatos y es para los dueños +de tienda la personificación de todas las perversiones morales y el +grado más alto de la escala de la delincuencia. Pero les desarmaba la +carita inefable de la hija, sus blusitas claras, su modosería y aquel +airecillo de coquetuela inocentona, que hacía de ella la novia ideal de +todos los horteras. + +Eran mecheras, sin embargo, la madre y la hija. Hacía varios años +que ejercían esta profesión, casi como único medio de subsistencia, +y era maravilloso que en tanto tiempo ni una sola vez hubiesen sido +descubiertos sus hurtos; entraban en las tiendas, pedían artículos +extraños y caprichosos, tentujeaban, desesperaban al comerciante, y, +en el momento propicio, la madre ocultaba sabia y precipitadamente la +pieza de encaje costosísimo, la perla, el brillantito o el reloj de +pulsera. Otras veces, ante las mismas narices del dependiente, la madre +daba el objeto robado a la hija, que lo escondía entre los pliegues +de su blusilla de adolescente, mientras paseaba una mirada distraída +por las anaquelerías, mostrando su cara de pascuas tranquilizadora. +La madre fingíase miope, y en las joyerías, otras veces, acercábase +exageradamente a los ojos las pequeñas bateas en que los joyeros le +mostraba sus piedras preciosas, y con la punta de la lengua sorbíase +alguna, que, a partir de aquel momento, pasaba a formar parte de los +bienes de la familia. + +Vivían muy modestamente, a pesar de sus malas artes y de lo que la +chica cosía a destajo para algunas tiendas de ropa blanca. A poco de +morir el padre hubieran podido cambiar de fortuna; un señor influyente, +que había protegido, con la ruin protección de nuestros días, al +cabeza de familia, hizo a la madre determinadas proposiciones que +debían ser aceptadas por la hija. El señor influyente daba toda clase +de seguridades y sugería a las dos infelices las vistas panorámicas +de un bienestar duradero. No aceptaron, sin embargo; hasta llegaron +a escandalizarse; ellas eran honradas, de una honradez secular, +vinculada en la familia, a través de las generaciones; gozaban de un +crédito intachable entre la vecindad y pasarían por todo antes que por +«aquello», sufriendo grandes miserias. El éxito de un día, ese día en +que el hambre, no teniendo qué devorar, se engulle los valores morales, +las empujó a la reincidencia, en su oficio de mecheras, y como hasta +entonces les había salido bien... + +Eran honradas, sin embargo, la madre y la hija, si se las miraba por la +otra cara de la honradez, por la que más cuidadosamente se mira a las +mujeres. Tenían fe en el porvenir; esperaban siempre su liberación, y +cada vez que cometían un latrocinio lo hacían creyendo formalmente que +sería el último a que la vida les obligaría. + +Pero, como era lógico, alguna vez tenía que surgir la catástrofe. Al +fin fueron descubiertas un día en el momento en que la madre ocultaba +entre los cabellos un alfiler de corbata; detenidas y conducidas a la +comisaría próxima, se les registró, encontrándose la alhaja robada bajo +el manto beato de la madre. Pasadas veinticuatro horas, el juez mandó a +la cárcel a la madre y dejó a la hija en libertad, bien por no haberse +podido probar su delincuencia, bien por lástima, si es que los jueces +son capaces de ella. + +Durante algunos días la muchacha estuvo en un estado tal de +inconsciencia, que de nada pudo hacerse cargo. El estupor de la +desgracia había abierto aún más sus ojazos y acentuado la inexpresión +de su cara redonda. Día y noche torturose pensando en las angustias de +la madre encarcelada, en su propia soledad y desamparo y en el deshonor +que había caído sobre ellas. Cuando logró alguna lucidez no halló más +camino de salvación que buscar a aquel señor influyente que había sido +amigo y protector de su padre, contarle toda la verdad e impetrar su +auxilio en favor de la pobre madre encarcelada. + +El señor influyente recibió a la muchacha alborozado; escuchó benévolo +la vergonzosa historia, aseguró que todo se arreglaría felizmente, y, +con exquisito tacto, renovó sus proposiciones de otro tiempo. No había +podido desechar la obsesión que la belleza dulzona de la muchacha le +produjera, y si antes había cejado en su empeño, la ocasión venía +ahora a favorecerle y a renovar el deseo tanto tiempo insatisfecho, +sin cargo alguno de conciencia, pues para el deshonor de aquella hija +de ladrona era alta honra la intimidad que el caballero honorable le +brindaba. + +La muchacha, confusa, avergonzada, resistió sin fuerzas y aplazó su +resolución hasta el día siguiente. Aquel mismo día vio a su madre en el +locutorio de la cárcel, y ambas lloraron largamente, separadas por la +reja. Después volvió la madre a su celda y lloró más amargamente ahora, +con la cabeza cenicienta entre las palmas de las manos. + +Al anochecer, el caballero influyente debía pasar por el cuartito +humilde de la muchacha; saldrían y la acompañaría a cenar. Durante la +tarde ella estuvo vistiéndose sus trapitos mejores; maquinalmente se +peinó y adornó con esmero, y se puso en la cara sus polvos baratos y en +el pecho su agua de colonia desteñida. Llegó la hora, con ella un simón +y en él su protector. + +Fueron a un restaurante elegante; la muchacha estaba silenciosa, +estupefacta; veía los fraques recortados de los camareros, admiraba la +extremada cortesía de los hombres elegantes y sentía envidia frente +a la aureola que circundaba a las mujeres hermosas. Comparó esto +con aquello; aquello era el trabajo no remunerado, las miseriucas +del hogar, el delito, el deshonor, la cárcel... Y salió corriendo. +La empujaba, la hacía huir una invencible repugnancia, una aversión +arraigada en la masa de sangre y más fuerte que su voluntad rendida. + +La madre cumplió condena en la cárcel; una condena durísima, impuesta +por un jurado de tenderos y negociantes. + + + + +LA MUJER A QUIEN ROBARON EL ALMA + + +I + +Ya a punto de casarme, advertí que no sentía el menor afecto por mi +prometida. No; decir esto tal vez sea inexacto; la seguía queriendo +pero... había ocurrido una transmigración; un pequeño lío. Me explicaré. + +Mis relaciones amorosas con la que debía ser mi mujer tenían ya seis +años de fecha. En este tiempo pude convencerme de que mi elección había +sido acertada. Cada día de los transcurridos me había revelado una +nueva virtud de mi prometida que al cabo del tiempo llegó a mostrarse +tal y como yo la había soñado. Con todas aquellas buenas cualidades +y aun —¿por qué no decirlo?— con aquellos vicios y defectos que me +hubiese agradado encontrar en mi mujer ya que la ilusión amorosa, hasta +la más pura, tanto se alimenta de vicios como de virtudes. Parecía como +si una benévola deidad hubiese ido dotando a aquella mujer de todos +los atributos que a mi imaginación se le antojaban. Y, sin embargo, +estuve a punto de adquirir la certidumbre de que me era en absoluto +indiferente. + +Pasaba las tardes junto a ella sumido en una verdadera inconsciencia +y todavía recuerdo con horror el desgano, la acedía de aquellas +interminables entrevistas con mi novia en los últimos tiempos. La +madre, atenta a las faenas de la casa, andaba de acá para allá +deslizándose suavemente sobre su zapatillas de orillo; a veces nos +dejaba solos y a veces nos quedábamos en compañía de mi cuñadita, una +chicuela alborotada, seis años más joven que mi prometida, que nos +entretenía con sus cancioncillas, sus bromas y su melosería. Cuando +ella estaba con nosotros la escena era soportable, pero cuando mi novia +y yo nos quedábamos solos la tirantez, la violencia de mi situación +era insufrible. Mi novia con una constancia irritante bordaba un ajuar +eterno. Me parecía que llevaba miles de años viéndola enlazar nuestras +iniciales que adoptaban ya posturas descoyuntadas y francamente +obscenas para hacer gráfica y ostensible nuestra futura unión. + +—¿Qué tienes? ¿Estás malo? —me preguntaba. + +—No. + +—¿Triste? + +—Pse. + +—¿No me quieres? + +—Sí. + +—¡Cómo te aburres a mi lado!... + +—No. + +Felizmente mi cuñadita hacia irrupción en la sala y con sus mimos +y sus risas el ambiente me parecía más respirable; evitaba ella al +interponerse entre mi novia y yo aquella sensación clara de asfixia que +al verme a solas con mi prometida no podía desechar. Y así matábamos el +tiempo. + +Al principio no me di cuenta cabal de lo que me sucedía; a pesar del +agobio, del verdadero tormento que para mí representaba el continuar +aquellas relaciones, jamás pensé en cortarlas. Iba por las tardes a +casa de mi novia empujado por una fervorosa ilusión; la misma ilusión +que me llevó hacia ella seis años antes. No habían cambiado en nada mis +sentimientos. Me precio de ser un hombre sensato, sé el verdadero valor +de las pasiones, conozco mi consecuencia, mi lealtad a mis propios +sentimientos y aquel desgano para con mi prometida, aquel cansancio, +aquel aburrimiento que me dominaban por encima de toda reflexión, y +aun soterrando arbitrariamente una ilusión, una ternura y un deseo +insatisfechos, vivos allá en el doble fondo de mi ser, me irritaban +hasta el punto de dejarme sumido en una perplejidad de idiota. No +podía convencerme, por más que hacía, de la realidad de aquel desamor. +¡Claro! ¡Como que no había tal desamor! ¡Como que lejos de haberme +cansado de mi prometida —al fin lo supe—, cada día la deseaba más! +Sino que no en ella..., en su hermana. + +Seis años se llevaban mi novia y mi cuñadita y seis años tenía de fecha +mi noviazgo. ¿Qué había de extraño en el hecho de que, andando el +tiempo, a punto ya de casarme, encontrase, no en mi novia sino en su +hermana seis años más joven que ella, aquella gracia, aquel indefinible +encanto que fueron el acicate de mi amor? Charlando lánguidamente con +mi prometida observaba codicioso a mi cuñadita, acechaba sus gestos +y sus ademanes, escudriñaba su alma y, para tormento de la mía, +encontraba en ella, con prodigiosa fidelidad, los mismos atractivos +que antes me arrastraron hacia la hermana, entonces tan distinta y +tan alejada de sí misma. No estaba en mí la inconsecuencia; no era +una versatilidad de mi carácter; yo era el mismo, siempre fiel a mis +apetencias. Era ella la que había transmigrado su gracia a la hermanita +adolescente. + + +II + +Soy profesor de filosofía, joven profesor de filosofía, y estoy ya +a cien leguas de Kant y de su imperativo categórico. No encontré, +pues, razones bastantes en mi ciencia para renunciar a mi amor por +la pequeña. Además, el parecido físico de mi cuñadita a mi novia se +completó con la semejanza espiritual. Advertí alborozado que así como +antes yo había sido del agrado de la hermana mayor, ahora era recibido +por la más pequeña con el mismo agrado, con idéntica ternura. Si eran +una y la misma, ¿cómo hubiera podido ser que una me quisiera y la otra +no? + +No sabría decir exactamente cómo se reveló nuestro amor. Desde el +primer momento ella y yo lo tomamos como cosa sabida, como viejos +amantes que éramos, entre los que por algún tiempo se hubiese +interpuesto una ausencia. Recuerdo que una tarde mi cuñadita me +acompañó por el pasillo hasta la escalera. Siempre, al despedirme, le +dedicaba una breve caricia fraternal: aquella tarde, no sé por qué, +sin el alucinante trémolo de las iniciaciones de amor, naturalmente, +con absoluta serenidad, la cogí por la cintura y la besé en la boca +con ese sosiego, con ese regodeo con que besamos los labios que han +sido nuestros muchas veces. Ella no se inmutó tampoco; esperaba, +seguramente, aquel beso desde hacía mucho tiempo. + +—Adiós. + +—Adiós; no dejes de venir mañana. + +Ni una palabra más. La hermana quedó para siempre ensombrecida, +difuminada; ya nunca volví a verla con netitud; era como una +sombra sobrenatural, un alma en pena que bordaba un ajuar eterno. +Esquivándola, rehuyendo su inoportuna presencia, mi cuñadita y yo +cubrimos en desenfrenada carrera las primeras etapas de nuestra pasión. + +Fue milagroso que mi prometida no advirtiese lo que ocurría. A ninguna +mujer se le hubiese ocultado aquella traición; pero mi prometida no era +realmente una mujer, era una supervivencia, un pobre cuerpo sin alma. +El alma, única e indivisible, había huido de su cuerpo endurecido por +el tiempo para aposentarse en la blanda y armoniosa envoltura carnal de +mi cuñadita. Había que creer en la transmigración de las almas. + +Esta acomodaticia creencia aventó todos mis escrúpulos y mis +remordimientos. Me entregué por completo al amor de la pequeña y fui +feliz. Es difícil comprender mi felicidad de entonces. + + +III + +Imaginad que poseéis un tesoro y que el tiempo os ha ido arruinando +insensiblemente mientras pasabais hambre y sed por conservarlo intacto. +Esto es lo que me había ocurrido con mi novia; en seis años su lozanía, +su gracia, su frescura, se habían perdido para siempre y cuando al fin +me hallaba en situación de desposarla la encontraba dura ya, reseca, +envejecida. El caudal de mi felicidad se me había ido de entre las +manos sin acercarlo a mi boca sedienta. ¡Qué alegría cuando lo vi +renacer por un verdadero milagro en las formas blandas y armoniosas de +mi cuñadita adolescente! + +Gozamos mucho. Por las mañanas nos veíamos en el fondo de los +jardines más escondidos y penumbrosos de la urbe. Eran las horas +limpias y claras de nuestro amor. Nos olvidábamos de todo y libres de +remordimientos reíamos, reíamos inocentes como los chiquillos y los +pájaros, comíamos golosinas, inventábamos travesuras y nos alegrábamos, +con una alegría tan sana que yo pensaba al recordar, no sin esfuerzo, +la tragedia de la otra, de la despojada del alma, si estaríamos +privados de sentido moral, si habríamos extirpado en nosotros la +conciencia. + +Por las tardes, en cambio, nuestro amor adquiría las negras tintas +de la tragedia, las alucinantes sombras del pecado. Delante de mi +prometida, más dura y más reseca cada vez, gozábamos también de nuestro +amor, pero ya sin aquella fragancia matinal, saturados de dolor, +revolcándonos criminalmente en el malsano placer de la traición, +buscando nuestras manos por debajo de la mesa, y nuestras bocas en la +penumbra de los pasillos. Fue esta plena conciencia del delito, este +ambiente morboso, lo que nos empujó al uno contra el otro haciéndonos +solidarios de una culpa irredimible y privándonos para siempre de +aquella pureza inefable que tenía nuestro amor en los encuentros +matinales orquestados por los pájaros y los niños reidores. + +Una noche, estando a solas con mi prometida hice una de aquellas +furtivas salidas al pasillo, en cuyos recodos poblados de sombras, +siempre encontraba propicias a las palmas de mis manos las formas +blandas de mi cuñadita. Allí, en la penumbra, estuvimos acariciándonos +largamente. De súbito se abrió la puerta del gabinete y lanzó sobre +el pasillo un rectángulo de luz en el que se recortaba netamente la +silueta de mi novia. Avanzó hacia nosotros, que, mal disimulados por +la sombra de unos cortinones, permanecimos sobrecogidos de espanto. +Pasó a nuestro lado, alta, erguida, rígida, moviéndose a compás con un +escalofriante automatismo. Miró hacia donde nosotros estábamos ¿Nos +vio? Creo que nos miró sin ver o más bien que sus ojos nos vieron +pero se negaron a llevar hasta la conciencia la terrible noticia +de nuestra traición. No se enteró. No se hubiese enterado nunca la +pobre «desalmada». Hay algo más fuerte que la realidad y ese algo, +esa incapacidad de los sentidos para percibir lo que cae fuera de +toda previsión, de toda preconciencia fue lo que encubrió nuestras +liviandades. Así hubiésemos continuado sabe Dios cuánto tiempo a no +haber sido por la concurrencia, solo por nosotros imprevista, de una +circunstancia que nos forzaba a poner término a aquella situación +dentro de un plazo fijo. + +Cuando por boca de mi cuñadita supe lo que ocurría, no tuve ni un +momento de duda. Busqué una solución con ahinco, a la desesperada. Y la +encontré. Era terrible; pero había que encontrarla y la encontré. Días +después, yo emprendía un inopinado viaje a provincias. + + +IV + +En una de esas ciudades escondidas, ciudades empozadas de las que +apenas escapa de tiempo en tiempo un murmullo, caí enfermo. Así +lo comuniqué en una carta a mi prometida. Dos días después recibí +contestación suya. Era una carta llena de ternura y dolor en la +que a vuelta de mil recomendaciones favorables a mi salud me pedía +atemorizada diese por terminado mi viaje. + +Dejé pasar unas fechas y volví a escribir; seguía postrado en el lecho +pero la enfermedad parecía ceder. A esta carta siguieron otras; en +todas ellas daba cuenta detallada de mi enfermedad. Las respuestas de +mi prometida llegaban hasta mí como gritos de angustia de un corazón +que se deshacía en el dolor. Rasgaba los sobres de sus cartas con la +fría convicción de que iba rompiendo un alma en pedazos. Pero ¿es que +para mí tenía alma aquella mujer? + +En poco más de veinte días mi enfermedad sufrió varias alternativas que +fueron otros tantos escalones hacia la gravedad de mi estado. A las +cartas, cada vez más pesimistas por mi parte y más acongojadas por la +suya, sucedieron los despachos telegráficos más breves y terribles a +medida que avanzaban los días. La gravedad llegó por fin a un límite +extremo. Y fallecí. + +No me fue muy difícil dar una absoluta verosimilitud a mi muerte. Por +fortuna, carecía de parientes próximos que hubiesen podido complicar +el asunto y mis amigos eran tan pocos y tan superficiales que no había +peligro de que descubriesen con su solicitud el fraude. Un pobre +profesor de filosofía tiene por otra parte tan poca actualidad, tan +poco relieve en el mundo que bien puede desaparecer de él sin dejar +rastro de su humilde existencia. La familia de mi prometida hacía una +vida tan retraída y aislada en el turbión de la metrópoli que jamás +hubiese podido informarse de lo ocurrido allá en el fondo de una ciudad +dormida en la que hasta los grandes hechos se apagan y enmudecen para +dejar oír el confuso rumor de los siglos pasando y repasando sobre ella +en históricas cabalgadas. Supe escoger a conciencia el lugar donde +había de ocurrir mi fallecimiento. + + +V + +Por lo que después supe mi prometida me amaba más de lo que yo la creía +capaz. Siempre tendré en mi vida el remordimiento, no ya de haberla +hecho sufrir de aquel modo, sino de haber dejado que se perdiese y +arruinase aquella ternura. ¡Hay ya tan poca ternura en el mundo! + +En los primeros momentos de mi gravedad intentó volar a mi lado; de no +haberlo impedido su hermana luchando con ella heroicamente, nuestra +superchería se hubiese descubierto. Fue espantosa la lucha que mi +cuñadita tuvo que sostener con ella para contenerla. Aún me maravilla +imaginar la fuerza de voluntad, el tesón, la sobrehumana crueldad de +aquella chiquilla que presenció hora tras hora el infinito dolor de su +hermana con la impasibilidad de un dios. Empedernido es mi corazón, +fríos y cerebralistas son mis movimientos en la vida, pero no hubiese +sido capaz de contemplar día por día el espectáculo de aquella tragedia +teniendo en mis labios la palabra reveladora que podía deshacerla como +la espuma. Pero las mujeres —una mujer enamorada— están más allá del +bien y del mal. Son como diosas, y por esta naturaleza divina, que +las hace implacables, es acaso por lo que las adoramos. Al imaginar +la inhumana crueldad de mi cuñadita para con mi prometida, siempre me +estremezco de terror, y muchas veces he pensado si aquella chiquilla +no sería un monstruo, privado de toda humana condición. Pero no; de su +blanda humanidad, de su ternura, he tenido después infinitas pruebas. + +Hubo, sobre todo, en la alucinante procesión de aquellos días, en los +que se desgarraba la vida de mi prometida, un momento culminante, cuya +grandeza dramática fue superior a cuanto he conocido. + +Mi cuñadita y mi novia dormían en una misma habitación, separadas +las dos camas virginales por una mesilla de noche en la que ardía +una lamparilla, parpadeando sobre su lecho de aceite. Mi prometida, +arrebujada en las sábanas, sollozaba, con unos sollozos largos, +ahogados. Había recibido, por la tarde, uno de aquellos telegramas que +iban despojándola de toda esperanza. Mi cuñadita, inmóvil, con los ojos +muy abiertos, fijos en el techo, oíala gemir, contemplando insensible +cómo la luz vacilante de la lamparilla luchaba a duras penas con las +sombras, que por momentos parecía iban a vencerla y extinguirla. + +Pasaron las horas. Mi prometida seguía llorando, torciéndose de dolor, +arremolinando sobre su cuerpo enfebrecido la revuelta cobertura. + +—Sosiégate, hermana —le decía mi cuñadita. + +—No; no puedo. + +—Sosiégate, duerme; no le pasará nada. + +—El corazón, hermana, me dice que está muy grave. Que va a morir. + +—No digas eso, hermana. + +—Sí; va a morir. + +—Te digo que deliras. + +—Va a morir. + +—Estás loca; anda, sosiégate. + +—Va a morir, va a morir. + +—No digas locuras. Vivirá, vivirá. + +—No; el corazón me ha dicho que le pierdo, y mi corazón no me engaña +nunca. ¿Qué sabes tú de estas angustias? + +Guardó silencio la hermana, temblándole en los labios la palabra +reveladora. ¿Qué fuerza, superior a ella misma, le hizo no decirla? + +Así llegó el conticinio; sobre la ciudad, dormida, pasó esa ráfaga de +frío, precursora del amanecer. Siempre en este momento de la madrugada +hay algo que cruje o chasca; algo vivo, persona, animal, vegetal o cosa +que perece para siempre jamás. + +Las dos mujeres, adormecidas por el dolor, oyeron como en sueños aquel +chasquido y abrieron los ojos alucinados. + +—¡Hermana! ¡Hermana! ¡Él ha muerto! —gimió mi prometida. + +—¡Ha muerto! ¡Ha muerto! —repitió la otra maquinalmente, obedeciendo +a una irresistible sugestión. Y fue tan fuerte el latido de aquellas +palabras, que ella misma, que estaba en el secreto, para desvirtuarlas, +para no creer en ellas y volver a la realidad, tuvo que gritarse, +tapándose la boca con la almohada: «No ha muerto. No ha muerto. Para +mí, no ha muerto». + + +VI + +La infeliz novia-viuda recibió pocos días después mi esquela de +defunción, mi cartera, un mechón de mis cabellos —auténticos cabellos +míos, que me hicieron lucir durante algún tiempo una terrible +trasquiladura, que era como la marca infamante de un crimen— y +algunos recuerdos más. Todo esto, que yo fríamente urdía en el +cuarto desmantelado de mi fonda, perdida en los recovecos de aquella +ciudad, disimulada en el mundo, causó horas de dolor imponderable a +mi prometida. Solo imaginar el sufrimiento de aquella pobre mujer me +crispa aún los nervios. Pero ¡no había más remedio! El tiempo corría y +pronto mi cuñadita no podría disimular las señales de nuestro amor. + +Inmovilizada por el dolor, mi prometida dejó pasar los días sin frío +ni calor para ella, sin nubes y sin sol; días muertos, que eran para +la infeliz «desalmada» como un desfile eterno de almas en pena. Un +poco más vieja todas las mañanas, acabó de arruinarse y extinguirse en +poco tiempo. Guardó entonces bajo siete estados de la tierra su inútil +canastilla de boda, enfundose en unas ropas negras y ya puede decirse +que dejó de existir. Nuestro propósito estaba logrado. La habíamos +matado y ya éramos libres. + +Dos meses después de mi fallecimiento solicité mi traslado a otra +ciudad no menos empozada y perdida que aquella, en la que se había +fraguado la farsa de mi óbito. Hice mis preparativos con verdadera +ilusión. Tomé en arrendamiento una alegre casita, encaramada en un +altozano de las afueras, por cuyas laderas reptaban los naranjos y los +olivos. Era en las tierras cálidas del sur y la cal viva de las paredes +explotaba en la luz del sol, envolviendo en diafanidad los cuerpos y +las almas. Así continué gozoso preparando mi felicidad minuciosamente, +con esa inefable infantilidad, ese alborozo, que yo hasta entonces creí +privativo de las almas limpias de pecado. Aderecé mi nido con unas +cretonas claras y unos juguetillos divertidos. Cuando todo lo tuve +dispuesto, me tumbé en una hamaca, encendí un cigarrillo y me puse a +esperar sosegadamente. + + +VII + +Algunos días después de mi fallecimiento empezó a rondar a mi cuñadita +un apuesto joven, cazado, acaso, por aquella diabla durante alguna +de las misas que en sufragio por mi alma hizo decir mi malograda +prometida. Por cierto que, a estas horas, no sé qué se habrá hecho de +la intención de aquellas misas; algún ánima necesitada de sufragios +y poco escrupulosa se las habrá adjudicado. Hago mención de estas +pequeñas cosas para que se vea hasta qué inconcebibles maquiavelismos +era capaz de urdir aquella personilla enamorada. No sé si aquel +inocente joven fue cazado con alevosía por mi cuñadita, ya con la +intención preconcebida de destinarle al sacrificio, o si él mismo, o, +mejor dicho, su implacable destino, sugirieron la diabólica idea a la +muchacha, al ir hacia ella reiteradamente y estrecharla en el cortejo. +Con alevosía o sin ella, supo mi cuñadita enzarzar en la red de sus +miradas dulzonas de chicuela a aquel joven, digno de mejor suerte, +que en pocos días hizo, llevado de su pasión, todas las estupideces +necesarias para que la madre y la hermana le considerasen nocivo y +amonestasen a la pequeña, pretendiendo obligarla a que no diese alas a +la pasión de aquel joven insensato. + +El insensato estaba gozoso, que no cabía en el pellejo. Era un +hombrecito rubio, blanco y blando, presumidillo, estiradete, con una +gran ansia de gozar la vida, que entonces comenzaba a entrever, y sin +dos adarmes de sal en la mollera. De haberlos tenido, no le hubiese +podido hacer mi cuñadita la jugarreta que le hizo. + +¿Cómo se ingenió la muy indina para soliviantarle, hasta el punto +de hacerle realizar las mayores gansadas, sin que ella llegase a +comprometerse nunca? En pocos días le hizo entrar en la casa, hablar +formalmente con la madre, pedir permiso para continuar las relaciones +y después cometer tal serie de inconveniencias y locuras que la buena +señora, por buena y desentendida que fuera, no tuvo más remedio que +plantarle de patitas en la calle. Ya estaba. El amor contrariado. Lo +que ella necesitaba para su plan. + +Lloró, gimoteó y amenazó con suicidarse, todo con tanta propiedad, +con tanta gracia, que la pobre madre llegó a creer firmemente en el +infortunio de su hija empujada por un amor imposible. Diose tal maña, +que supo hacer de un tonto un personaje diabólico, y de un capricho +juvenil, un terrible apasionamiento. La madre y la hermana leían +frecuentemente novelas. Y creyeron en la tragedia. + +Llegó a creer en ella el mismo inocente cortejador que, sin saber cómo, +sin comerlo ni beberlo, se vio asimismo héroe novelesco, seductor +terrible, fiero amante, capaz de todo por lograr su amor. Cuando el +horno estuvo para bollos, aquel geniecillo del mal con faldas empezó +a sugerir al mozo su atrevido plan en cartas que clandestinamente +se cruzaban, y en furtivas entrevistas que iban arrebatando y +enloqueciendo al pobre bobalicón, metido de hoz y coz en aquella +maravillosa aventura. + +Pero nuestro hombre no era tan insensato como parecía. Náufrago en +medio del oleaje pasional que le movía mi cuñadita se agarraba a la +realidad como a un leño, y se resistía heroicamente a ser arrastrado. +No quería seguir adelante. Ni él era un terrible seductor ni el +cristo que lo fundó, ni aquello debía tomar otros derroteros que los +que son lógicos y naturales. Fueron precisas toda la astucia, toda la +tenacidad y la malicia del mundo para desprender a aquel mastuerzo +de la realidad, a la que se aferraba como un alcornoque a la tierra, +balancearle en el vacío y lanzarle al espacio como un pelele. Al fin +perdió pie, se dejó arrastrar y pensó en raptar a la muchacha. + +Con sus dengues, sus escrúpulos y su hipocresía, avivó ella el furor +satánico de aquel buenazo, que llegó a creerse de buena fe que aquella +perversa idea del rapto se había cocido en el puchero que tenía sobre +los hombros, y que habían sido sus palabras, sus diabólicas palabras de +seducción, las que habían enloquecido a su inocente amada, víctima de +sus asechanzas. + +Ultimaron cuidadosamente todos los detalles de la fuga. Ella dejó +escrita una carta, dirigida a su madre y su hermana, a las que +anunciaba su huida con aquel joven, «al que amaba más que a su propia +vida». Les pedía perdón y olvido. Hizo, además, que el joven donjuán +escribiese una carta análoga a sus padres, y ya se encargó él, sin +necesidad de nadie que se lo recomendase, de divulgar, ufano, la +noticia de su conquista entre sus amigos. La fuga de mi cuñadita fue, +pues, casi una ceremonia pública, y tuvo toda la repercusión que a ella +y a mí nos convenía que tuviese. + +Una tarde quedaron citados en la puerta misma de su casa; procuró ella +que les viese la portera y juntos marcharon después hacia la estación +del Mediodía, donde tomaron billetes para el tren correo, que diez +minutos después partía en dirección al sudoeste. A la tercera estación +del trayecto, la línea se bifurcaba y el correo daba paso al expreso +del sudeste, el mismo que ya al amanecer pasaba allá, a lo lejos, +frente a mi casita, desde cuyas ventanas yo lo veía ir, esperando +siempre el día que había de traerme la felicidad en forma de una +viajerita recién casada que ha perdido al esposo y trae los azahares de +la boda guardados en el cabás porque el viaje no se los marchite. + +Así vi llegar a la mañana siguiente a mi cuñadita. + + +VIII + +No será necesario contar la jugarreta que mi amada había hecho al +inocente conquistador. Declaro que no tuve en ella arte ni parte, y +que, hasta el momento en que ella vino a mí, yo no supe por qué caminos +había llegado. Una vez consumada la farsa de mi fallecimiento, y +refugiado en aquel rincón amable, hice saber a mi joven amor el lugar +del mundo adonde yo había ido a esconderme, y, como dije antes, me +senté a esperar, sosegado. Yo sabía que no tardaría en venir. + +Alborozada, nerviosa, riéndose con limpias y sonoras carcajadas, me +contaba los incidentes de la fuga, sus sobresaltos, sus picardías, +la astucia que había tenido que emplear para repeler cortésmente las +caricias que entusiasmado se obstinaba en prodigarle su compañero de +fuga, hasta que llegaron al cruce con el expreso, en cuyo instante +ella, con un pretexto cualquiera, salió, dejando muy sosegadito al +novio, y subió al otro tren. + +—No creas —me decía ella—, pasé un miedo espantoso. Me costó mucho +trabajo convencerle de que no me acompañase ni se asomase a la +ventanilla, porque iba a darle una sorpresa; y cuando lo logré y me +encontré, al fin, en tierra, ya habían dado la salida del expreso. +Crucé el andén en dos zancadas, con la falda levantada hasta la +rodilla, para poder correr velozmente. Sentí mucho que me viesen las +piernas; pero no había más remedio. Cuando pude subir el expreso iba ya +en marcha. ¡Que horror! ¡Figúrate que no hubiese podido escaparme! ¿Qué +hubiese hecho con aquel pasmarote? O, mejor dicho, ¿qué hubiese hecho +él conmigo? + +—Siempre hubieras sabido escurrirte, diabla. + +—En fin, allá se quedó muy quietecito, en su vagón, esperando la +sorpresa. + +—¿Qué habrá hecho al darse cuenta de la burla que le has gastado? + +—Reflexiones. ¿Qué quieres que haga? + +—¿Y no temes que cuente lo ocurrido a tu madre y tu hermana, o lo diga +por ahí y llegue hasta ellas? + +—No; no lo dirá. Se arrancará la lengua antes de confesar que ha hecho +el ridículo. Es lo suficientemente necio para ello. + +—Sí; pero más adelante... + +—Más adelante, él dirá, jactancioso, que me abandonó; la gente lo +creerá, y todos supondrán que ando por algún escenario cantando y +bailando, o tal vez metida en algo peor; me creerán perdida para +siempre. Y lo estoy; perdida para todos y para siempre. Como tú. + +—Cierto; el amor nos ha hecho perdernos en el mundo. No te apures; él +nos ayudará a encontrarnos a nosotros mismos. + +—Ya nos hemos encontrado —me dijo maliciosamente, tan maliciosamente +que de momento yo no pude descubrir su malicia y ella tuvo que dármelo +a entender a cucharadas. + + +IX + +¿Será una monstruosidad decir que fuimos felices y que tuvimos hijos +que fueron una bendición del cielo? Confieso que, al principio, anduve +algo desazonado. No eran remordimientos por lo que habíamos hecho +con aquella infeliz mujer. Mi corazón se ha mostrado siempre tan +empedernido, que jamás se dejó vencer por la sensiblería. Era, más +que remordimiento, miedo. Miedo a la crueldad de aquella mujercita +amorosa, cuya impasibilidad ante el dolor yo conocía como nadie. ¿Era +posible que un corazón tan seco, tan implacable; un corazón que había +dejado desgarrarse otro corazón fraterno, por no soltar la prenda que +le había robado, se sintiese alguna vez blandamente conmovido por una +emoción desinteresada? Esta duda puso a prueba mi amor, que, al fin, +salió triunfante. Tuve mil ocasiones de contrastar la delicadeza de +sentimientos de mi mujercita, su capacidad de emoción, su ternura, +su desinterés. Y, por si alguna duda me quedase, no tuve más que +escudriñar en el fondo de mi alma. ¿No había sido yo tan cruel como +ella, y, sin embargo, creía amarla con el más puro afecto y me creía +capaz de cuantos sacrificios pudiera exigirme? + +En cuanto a la infeliz a quien habíamos robado el alma, no nos +importunó mucho. Algunas veces la evocábamos, enfundada en sus +tocas negras, inmovilizada por el dolor, vieja, triste y sola. Pero +pronto la evocación cedía el paso a cualquiera otra imagen vistosa +y esmaltada de nuestro presente o nuestro porvenir. Aquel solazo +vivificador del Mediodía, que empalidecía los daguerrotipos de mis +antepasados, acristalados en las paredes de mi despacho, iba también +desdibujando la doliente figura de mi prometida, hasta el punto de que +llegaba a costarme un gran esfuerzo mental el reconstituir las líneas +fundamentales de su figura, que debieran estar marcadas en nuestra +mente con el hierro del crimen. A la vuelta de dos años se había +borrado por completo su imagen; ya solo me quedaba el recuerdo de los +hechos, y, antes de que estos se me pierdan también de vista, quiero +fijarlos de algún modo, y por eso he urdido este relato, que conservo, +y de tiempo en tiempo leo, porque el recordar, el revivir aquellos días +es la única expiación de mi culpa, ya que la divinidad ha sido benévola +conmigo y me ha concedido el ser feliz. Esto es para mí una cosa +inexplicable. + +Jamás he podido comprender cómo nos fue posible, lo mismo a mí que a +mi amada, soterrar tan hondo en la conciencia el crimen que habíamos +cometido. Ni una sola vez turbó el remordimiento nuestra felicidad; +ni por un momento se nos interpuso la infeliz muerta en vida. Nunca, +nunca... + + ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... + +Hasta que una vez ella pasó a nuestro lado, arrebujada en sus tocas +negras. Con sus pupilas dilatadas por el espanto nos vio ir. ¿Qué +pasaría por su alma en aquel minuto? + + + + +LA ÓRBITA + + +Operaba en un gran hotel y conocía y practicaba todas las malas artes +de seducción. Con sus amaneramientos de actriz de la Comedia Francesa, +sus trajes firmados por los más célebres modistos y su melosería +meridional, sabía engatusar a los fugitivos huéspedes de aquel +espléndido palacio de trashumantes adinerados, cuya gerencia la tenía +contratada para retenerles y hacerles agradable el suntuoso hospedaje. +Era gente a la que no duele el dinero: diplomáticos, banqueros, +negociantes en auge, terratenientes que vienen a urdir sus trabacuentas +con el Estado, ganaderos que contratan suministros, directores de +fábricas, alcaldes de poblaciones de más de cien mil almas, turistas, +presidentes profesionales de cuanto pueda ser presidido, diputaditos +espigados que esperan ser ministros antes de que se les acabe la +hijuela y traman sus maquiavelismos en el _hall_ del hotel e improvisan +sus disertaciones y su fama en el ámbito desnudo e infecundo de sus +_appartements_. Esta era su clientela. + +Se hacía llamar Palmira, y se decía casada. En efecto; de vez en cuando +aparecía en el _hall_, en el comedor, en el salón de baile, o en la +_brasserie_, del brazo de su esposo, caballero grave y distinguido, +sumido siempre en hondas preocupaciones y afanosos trabajos. Su esposa +le traicionaba con cuanta frecuencia se lo permitía la renovación de +los huéspedes en el hotel, y sus cómplices, en el cotidiano adulterio, +pagaban por la traición tanto como por el placer. El esposo respetable +y distinguido que se dejaba engañar era la salsa del pecado. Y los +buenos _gourmands_ prefieren la salsa a la tajada. + +También se decía porteña, aunque con extraordinaria facilidad cambiaba +de un punto a otro del planeta el lugar de su nacimiento. En realidad, +este es un dato que, para practicar el amor, no tiene una exagerada +importancia. Lo cierto es que había nacido en Sevilla y que salió de +allí para ejercer dignamente la prostitución, como en Francia salen +de Marsella casi todas las beneméritas propagadoras del mal gálico, +que extiende su patriótico influjo por todo el universo. El Mediodía +aporta, en todas las naciones, un gran contingente a la prostitución y +a la poesía lírica. + +Había nacido en un viejo corral de un barrio silencioso y evocador de +Sevilla, en cuyas callejuelas crecía la hierba por entre los guijarros +del empedrado, y se hacían sonoros, claros y distintos los pasos de los +transeúntes. Entonces no vivía mal la gente corralera; los corrales +eran auténticos palacios, venidos a menos; conservaban cierto señorío, +cierta holgura, que fortalecían a sus pobres moradores, haciéndoles +un poco hidalgos arruinados, firmes y orgullosos, como si también +ellos hubiesen venido a menos. Las modernas casas de vecindad con su +horrible construcción tendinosa, sus patios de cemento y sus celditas +estrechas, son una anticipación de la cárcel, del cuartel o del +hospital. + +Pero, sobre todo, aquel patio inmenso del corral, con su fuente de +piedra en el centro y sus arcadas blancas, en las que explotaba el +sol, era la delicia de la chiquillería. Palmira, que entonces no se +llamaba así, y tenía en vez de sus rizados bucles una trenza enhiesta +en el cogote, como el rabo de una lagartija, se pasaba el día entero +en aquel patio del corral con otras cien chiquillas corraleras, que +ejercitaban sus cuerpecillos, casi desnudos y tostados por el sol, en +el aprendizaje de las danzas populares de Andalucía, que dan a las +mujeres esa plasticidad, esa gracia, que después se pagan a tan buen +precio en los prostíbulos. + +Palmira recordaba su infancia con agrado. Había mucha hambre y poco +pan en la talega: mal humor en su madre, malos tratos en el padre +alcoholizado, egoísmo en los hermanos y crueldad en las vecinas. Pero +había un solazo vivificador, un desgaire, una exuberancia, un tan claro +optimismo en aquel ambiente mísero de sus primeros años, que la negra +pobreza se arrebolaba y encendía, fingiendo un bienestar y una holgura +que bastaban a la sobriedad de aquellas gentes trabajadoras. + +Cuando tuvo diez años y empezó a apetecer todas las superfluidades +fue cuando notó la miseria que la rodeaba. La miseria es una creación +nuestra. No hay nadie en el mundo lo suficientemente pobre para que se +le considere desdichado. A la vida le basta con muy poco, casi nada; +todo lo demás es superfluo. Esta superfluidad llega, sin embargo, +a tener una importancia vital; hay quien fracasa en conseguir una +fruslería cualquiera, un cintajo honorífico, un título de dominio o +unos billetes de Banco, y, por fracasar, se muere realmente de dolor, +como se muere el padre que no consigue preferencias y comodidades para +sus hijos. Y tan superfluo es lo uno como lo otro. Palmira empezó a +desear y se hizo desdichada. + +En aquel tiempo, sus padres quisieron comenzar a resarcirse de los +sacrificios que por ella debieron haber hecho y la pusieron a trabajar +en una fábrica. Aprendió el valor del dinero: tantas horas de trabajo +eran tantas pesetas, y tantas pesetas eran unas medias de seda, y +tantas unos zapatos de charol, y cuantas una blusa o unos pendientes. +Así valoradas las cosas, o, mejor dicho, realzado su valor por el +esfuerzo que costaba conseguirlas, se exarcebó su ansia de poseerlas. +Estas fruslerías tomaron a sus ojos tal prestigio, que se le hizo +imposible vivir sin ellas. + +En la convivencia con las obrerillas viciosas y ambiciosas de su taller +supo que ella tenía una moneda con la que se podían comprar todas +las superfluidades anheladas, y precipitadamente, antes de tiempo, +siendo aún una niña, cambió su moneda a un experto cambista, ansioso +numismático, coleccionador de estas monedas vivas, las únicas monedas +que tienen un origen divino. Y se prostituyó. + +Hay quienes cuentan que la prostitución de Palmira fue una desgarradora +tragedia. De un lado, el hambre, el desamparo, la bestialidad del +padre, la insensibilidad maternal y el dolor del trabajo agotador y +no remunerado; de otra parte, el ansia de vivir, el bienestar y la +tentación constante de las viejas alcahuetas que rastrean a diario +los barrios bajos, husmeando la miseria y la belleza, para servir el +apetito de esos ogros modernos, que de ordinario se contentan con +husmar la carne de las niñas nada más. + +Pero este aparato terrorífico es un poco exagerado. Palmira cayó, +si a esto puede llamarse caída, por lo que caen todas las que caen. +Porque les apetece. No hay que buscar complicadas argumentaciones para +justificar un acto tan natural como este. Puede creerse que en el amor +la mujer no pone más que una cosa, bien material y palpable por cierto; +todas las demás cosas las pone la imaginación del varón. + +Palmira tuvo suerte en su nueva vida. No es muy corriente, pero tuvo +suerte. Iniciada en el rincón más oculto y profundo de la prostitución, +supo elevarse pronto, gracias al ajetreo laborioso de sus caderas, que +al poco tiempo se hicieron fuertes y rotundas, como se desarrollan +los bíceps de los empedradores y los cargadores del muelle. Sorteó +milagrosamente el escollo de los males secretos, esquivó los bajos +fondos del sentimentalismo y a los dieciocho años estaba hecha toda +una mujer y salía a flote entre las espumas de la sociedad. Empezó +a frecuentar los teatros y los paseos; las señoras decentes se +acostumbraron a verla, desde muy cerca, en las plateas y los salones de +té, y esto hizo que crecieran las pujas a la llana, que decidían sus +favores. Físicamente estaba ya lograda; usó con gran sagacidad de las +artes cosméticas, dio regalo a su cuerpo, que es como decir que cuidó +su herramienta de trabajo, y pudo esperar que aquella lozanía, aquella +frescura de su tez, aquella juventud, fuesen eternas, a lo menos en +el concepto que de la eternidad puede tener una amorosa de dieciocho +años. En otro aspecto, basta notar que el comercio de la carne aviva +la vigilancia del espíritu, y ella, que tan en grande comerciaba con +su cuerpo, tuvo que buscar el equilibrio en algunas satisfacciones +espirituales, logradas a poca costa si, en su caso, se dispone de una +gran intuición y de poderosas ambiciones. No quiere esto decir que se +hiciese literata, no. Pero llegó a tener una noción bastante aproximada +del mundo y de la vida. Ya es bastante; algunos intelectuales no la +tienen, ni siquiera remota. + +Pensó entonces que, aunque la prostitución tiene un origen sagrado y +una estirpe nobilísima, en los tiempos que corren no basta su ejercicio +para encumbrarse, y vio que le faltaban algunos factores para el éxito. +Tenía dos caminos por los cuales la mujer prostituida puede hoy +lavarse de toda culpa y contratar de igual por igual con la sociedad: +el matrimonio o el arte. Casándose, o haciéndose artista, era como +únicamente podía seguir avanzando en su carrera. Resistió heroicamente +la tentación de consagrarse al arte y decidió casarse. Esta fue +una de sus mayores pruebas de clarividencia, porque, tratándose de +ennoblecer y purificar su vida, la elección entre cualquiera de los +dos términos aparece dudosa. Cierto que el matrimonio es uno de los +siete sacramentos de la Iglesia; pero, ¡caramba!, las _varietés_, por +ejemplo, son una cosa muy seria; no falta, seguramente, quien les haya +encontrado antecedentes bíblicos y orígenes celestes. + +Y se casó; es decir, no se casó, pero fue lo mismo que si se +casara. Andan por el mundo algunos sujetos meritísimos, correctos, +instruidos, laboriosos, a los que no sabemos por qué la corriente de +la vida pone al margen. Son esos sujetos que a veces nos encontramos +como naufragados en el remolino de las calles céntricas. Eran +buenas personas, iban derechamente a un sitio fijo, tenían quién +les aguardase, y, sin embargo, se han perdido, y después de dar +estúpidamente muchas vueltas, se han remansado en una acera, como los +ciegos, los mudos, sordos y tullidos, que piden limosnas en la carrera. + +Hay que creer que también a esos sujetos, como a los mendigos, les ha +faltado de pronto algún sentido oculto, alguno de esos misteriosos +sentidos que indudablemente nos sirven con la misma eficacia que los +cinco sentidos corporales. Acaso es que les falla el sentido común, o +que han perdido la brújula, o que se han olvidado de su itinerario. +¿Quién sabe? Lo cierto es que se quedan detenidos en algún cantillo, +inanimados, muertos, real y verdaderamente muertos. Cuando ya empiezan +a corromperse, viene la miseria, con su gran escoba de barrendera +municipal, y les quita de aquel sitio céntrico, llevándoles a los +grandes depósitos de detritus, donde han de esperar en fermentación a +que los utilicen como abonos. + +Esperando a que lo barrieran, y con claros síntomas de descomposición, +se hallaba don Gonzalo de los Reyes Pérez, hombre de gran espíritu, +licenciado en Derecho, técnico de numerosas técnicas y profesional de +varios órdenes, cuando Palmira, en trance de buscar esposo que diese +realce y solvencia a su comercio, le echó una mano cariñosa. + +Se entendieron pronto. Las capitulaciones de aquel pacto fueron +curiosísimas. Don Gonzalo contraería matrimonio canónico con Palmira: +no era necesario cubrir las formalidades del caso; bastaba divulgar +la noticia, vestida con todas las garantías posibles. Palmira, en su +vida privada, conservaría toda su libertad de acción; pero en la vida +pública aparecería sometida a la tutela conyugal. Fue muy difícil +delimitar cuál era la vida privada de Palmira; pero, al fin, se +consiguió, pasando como sobre ascuas por ciertas escabrosidades. Don +Gonzalo no tendría derecho a reclamar el débito conyugal en ningún +caso, y se obligaba a observar una vida regular, austera, digna y, +al parecer, laboriosa. En cambio, Palmira le facilitaría todos los +recursos necesarios para que ambos viviesen en grandes hoteles, le +vestiría con lujo, le costearía sus investigaciones técnicas y su +coñac, poniendo al mismo tiempo en juego sus influencias para que fuese +reconocido y patentizado el claro talento y la constante laboriosidad +de su noble esposo. Y así se hizo. + +Don Gonzalo, que se veía perdido en medio del arroyo, quitándose el +hambre a bofetadas, ensayando el chantaje y fracasando en la esgrima, +aceptó alborozado. Palmira, por su parte, vio con gusto que se hallaba +en posesión de un esposo correcto, sabio y distinguido, con una +venerable barba cenicienta y una prestancia intelectual y académica que +provocaría, seguramente, la intromisión frecuente y productiva de ese +agente maligno que en la intimidad hace infelices y astados a tantos +sabios venerables. + +Se casaron —a lo menos dieron publicidad al enlace—, y poco después +se trasladaban a la corte, instalándose suntuosamente en aquel gran +hotel, donde Palmira iba a tender sus deliciosas redes. La pesca no +pasó por alto a la gerencia del hotel, muy celosa de la inmoralidad que +no produce dinero, y como además Palmira vio que había que moderar, +en lo posible, los gastos de la industria, tuvieron don Gonzalo y +su cónyuge que tratar en secreto con el gerente de la casa, que, a +partir de entonces, fue a la parte en las ganancias, reduciéndoles, en +cambio, el precio del hospedaje y dando a Palmira todas las facilidades +estratégicas que fueron precisas. + +El negocio iba bien. Don Gonzalo se portaba, en su papel, a las mil +maravillas, y Palmira llegó, en las artes de seducción, a un completo +triunfo. En dos o tres temporadas ahorró unos cuantos miles de pesetas, +que colgó de su cuello y sus orejas, con lo que subieron de precio las +ofertas. Merced a sus tratos íntimos con un ministro de la corona, +llegó don Gonzalo a ser miembro de algunas entidades fundamentales +para la vida del Estado, y, entre tanto, la vida, fácil, muelle, +acariciadora, iba dando plenitud y aristocracia a Palmira y ensanchando +la frente y el abdomen de su venerable cónyuge, que alguna vez, por no +irle a la zaga, llegaría a ser hombre público también. + +Pero don Gonzalo se consagró al coñac y al humorismo. Tener un gran +espíritu es peligrosísimo para andar por el mundo. Hubiera sido don +Gonzalo una mala bestia, y es seguro que Palmira le hubiese levantado +cien codos sobre la multitutd llevándole incluso a los más altos +puestos, porque para eso disponía ella sabiamente del punto de apoyo +que pedía Arquímedes para mover el mundo, o por lo menos de un punto +de apoyo que sirve para mover a los hombres que mueven el mundo. Don +Gonzalo, que realmente tenía talento, cuando se vio adulado y envuelto +en nubes de incienso por los que iban a cortejar a su mujer, no pudo +disimular la risilla irónica que le retozaba en el cuerpo y empezó a +perder su prestancia. En vez de consolidar un prestigio tan fácilmente +ganado, comenzó a burlarse de sí mismo y de los que le atacaban, se +dedicó a fraguar frases ingeniosas que fueron consideradas de un pésimo +gusto, hizo befa y chacota de muchas cosas respetables y no tardó en +crearse una peligrosa reputación de hombre extravagante y pernicioso. +Esto y algunos excesos de coñac estaban a punto de dar al traste con su +personalidad y por ende con el pingüe negocio de Palmira. + +Adivinó esta con su certero instinto el peligro que la amenazaba y +decidió dar el golpe definitivo, triunfar de una vez y para siempre. +Había llegado el momento preciso de saltar, de conquistar de un golpe +la riqueza. No era difícil. En el mundo hay mucha más gente absurda +de lo que puede creerse y entre aquella turbamulta acaudalada que +desfilaba por el gran hotel había no pocos homunculejos forrados +de dinero que se hubiesen arruinado por Palmira o por cualquiera +otra bestezuela de lujo semejante. Se habla de terribles pasiones, +se complican las cosas, se urden complejidades psicológicas y el +resultado es que un honorable caballero pone sus títulos nobiliarios, +sus billetes de Banco o su talento en manos de una zorra cualquiera +que sabe aderezarse con esmero. Esto es muy divertido y hasta si se +quiere beneficioso y meritorio para la república. Lo repugnante es +el artificio sentimental de que se rodean estas uniones desiguales +que para ser aceptadas en la sociedad, tiene que llevar la cédula de +penitencia de un apasionamiento fatal y melodramático. + +Palmira había provocado ya algunas pasiones terribles; pero hasta +entonces sus apasionados habían sido adolescentes de escasa solvencia. +Fue curiosísimo el incidente a que dio lugar con sus arrebatos uno +de estos jovenzuelos exaltados que perseguía día y noche a Palmira, +espiándola e impidiéndola con sus impertinencias el ejercicio de su +profesión. Decidió Palmira desengañarle de una vez y aprovechando la +circunstancia de hallarle una noche en uno de los desiertos pasillos +del hotel, le hizo pasar a su habitación. Justo es consignar que le +llevó sin ningún propósito alevoso. Iba simplemente a desengañarle. + +Ocurrió que don Gonzalo, contra lo que ella suponía, se hallaba +allí tumbado en un inefable butacón y entre sorbo y sorbo de coñac +y filosofía. Al ver entrar a su cónyuge levantó el campo y fue a +refugiarse en el cuarto de baño sin desamparar en su fuga su preciada +botella de Domecq. Palmira se dio cuenta y disimuladamente entró +a advertirle que no había peligro. Se trataba simplemente de una +explicación con aquel jovenzuelo. Prometió a don Gonzalo que no +perdería su verticalidad y con esta promesa el sabio se tranquilizó y +se dispuso a esperar tras el débil tabique. + +Pero estas cosas de amor no salen nunca a golpe cantado. El jovenzuelo +se expresaba con un ardor romántico digno de ochocientos treinta y +por añadidura tenía una sugestiva figura. El diálogo subió de punto +y don Gonzalo oyó pronto algunas frases que no hubiera querido oír. +Unas pausas, unas sospechosas pausas, le alarmaron aún más. «¡Diablo, +esto se complica!», pensó para su capote. Pidió auxilio a su coñac +y media hora después, estaba completamente beodo. Había conseguido +impermeabilizarse y ya todo el globo terráqueo se le antojaba una +fruslería. + +Ideando una interpretación racionalista del Apocalipsis estaba +ya, cuando vino a alarmarle un confuso rumor. No era ese batir de +alas de que hablan los poetas, no. Era algo más alarmante todavía. +Palmira, después de escuchar conmovida todos los razonamientos del +joven recobró su presencia de ánimo y su posición normal. Entonces le +hizo ver la insensatez de su aspiraciones, le amonestó cariñosamente +y ya con cierta dureza le anunció que no seguiría permitiendo sus +asechanzas. Aquella entrevista había sido una liquidación. En todos los +presupuestos que se consagran a las atenciones públicas hay un capitulo +destinado a la beneficencia; Palmira acababa de agotar en aquel momento +su consignación y el joven insolvente y apasionado debía, pues, +retirarse para siempre. Decir esto Palmira y ponerse por las nubes +el fogoso amador fue todo uno. Vinieron apóstrofes, imprecaciones, +amenazas, desesperación. El joven romántico llegó a maltratar a Palmira +de palabra y obra, anunciando que estaba dispuesto a todo antes que +perderla. Don Gonzalo, desde su escondite, se hacía cruces ante la +insensatez de aquel caballerete. + +Furiosa por tal insistencia Palmira se cruzó de brazos y piernas +rechazando con desconcertante frialdad las quejas del enamorado. +Llegado este al punto culminante de la desesperación, sacó rápidamente +una pistola automática y la asestó al pecho de Palmira. Esta apenas +pudo lanzar un grito: + +—¡Gonzalo! + +Gonzalo la oyó y pensó con la celeridad del rayo: ¿Salgo o no salgo? +Dudó unos momentos; la interrogación de Hamlet no era seguramente más +trascendental. ¿Salgo o no salgo? + +Salió al fin; pero ya era tarde. Palmira, por instinto de conservación +había sacrificado una vez más su honestidad y el insensato estaba +a punto de quedar inerme. La aparición heroica de don Gonzalo, +esgrimiendo vacilante la barra del toallero, fue épica. + +Decidida a que tuviesen término aquellas inquietudes, Palmira puso más +carne en el anzuelo. Se descotó aun más y cruzó las piernas con mayor +holgura. Había que hacer la jugada definitiva, esa jugada que lo mismo +en la vida de los hombres que en la de las mujeres determina el camino +que ya se ha de seguir siempre de modo inexorable. Había que prender +a un amante definitivo; lo suficientemente idiota para enamorarse de +verdad; lo suficientemente rico para poder otorgarle a perpetuidad la +exclusiva. + +Y fueron cayendo. Ya hemos dicho que hay mucha más gente absurda de +la que parece. Al final de aquella temporada, cuando ya el mundo +galante deriva hacia las playas de lujo, Palmira se encontró con su +aspiración triplemente satisfecha. Tenía tres amantes ideales entre +quienes escoger; tres hombres maravillosos, cargados de dinero, que +anhelaban consagrarle sus vidas. Era feliz. Había inspirado pasiones +avasalladoras a hombres solventes y había llegado, por lo tanto, al +término de su carrera, ya que las pasiones, que por sí solas nada +valen, se miden y estiman por la responsabilidad económica que llevan +aparejada. + +El conflicto estaba en elegir a uno de ellos. En cuanto al dinero, los +tres estaban igualmente dotados; no había diferencia sensible y Palmira +se encontraba perpleja, porque por primera vez en su vida no venía don +dinerito a inclinar de un lado la balanza en que pesaba sus decisiones. +Había, pues, que decidirse aquilatando calidades y no cantidades. +Esto era nuevo para ella. Se encontraba vacilante como esas ingenuas +pastorcitas de los cuentos de hadas que de improviso tienen que escoger +entre tres príncipes igualmente rubios y esbeltos. «Si los tres tienen +todo lo que yo puedo desear, ¿cómo escoger a uno? Si los tres son ricos +en la misma medida, ¿a cuál doy mi preferencia?», pensaba Palmira. + +Era preciso mirarlos desde otro punto de vista distinto del interés. +Entonces recordó que vagamente había oído hablar alguna vez de +cualidades morales. «Veamos qué es eso», pensó, y no tardó en enterarse. + +Cuando supo formular algunos juicios sobre cosas inmateriales —ella, +que no había sabido más que contar—, aplicó sus nociones metafísicas a +sus tres amantes; pero le ocurrió entonces una cosa terrible. Los tres +tenían idéntica categoría moral o, mejor dicho, los tres padecían la +misma ausencia de valores morales. + +El primero era un tipo exótico. Venido sabe Dios de dónde, recorría el +mundo sin descanso, dejando a su paso una estela de plata ganada en +fantásticas empresas radicadas en remotos países. Era difícil saber en +qué rincón del mundo trabajaban y sufrían los mineros, los campesinos o +los artífices que creaban con dolor aquella fabulosa riqueza. Más que +un hombre, era un mito; el mito de la moderna civilización. Tenía algo +de diosezuelo y se movía entre los simples mortales con esa dejadez, +esa inconsistencia, esa ruindad de los antiguos monarcas absolutos a +quienes pesaba demasiado la corona. A duras penas podía entendérsele +cuando hablaba; su idioma natural era un galimatías formado con voces +de todas las lenguas del mundo y en sus hábitos mentales como en sus +costumbres traía el arrastre de vidas exóticas conocidas por él en +sus remotas excursiones. Palmira, que en el fondo de su manera de +ser tenía una rancia solera, una fuerte raigambre en la vida, honda, +sana y natural del pueblo, rechazaba instintivamente aquel artificio, +aquella artificiosa humanidad del millonario incomprensible, refinado, +maniático, ligado únicamente al mundo por el lazo de su dinero. Pensó +que sería muy desdichada uniendo su vida a la de aquel hombre desasido. + +Otro de los amantes de Palmira era un viejo prócer de la más acrisolada +aristocracia castellana. Viudo dos veces y enredado siempre con mujeres +galantes, al final ya de su larga vida de placer y ociosidad se había +enamorado de Palmira con toda la insensatez de la senectud. La vida +se le iba a chorros y quería retenerla, fundiéndose con la rozagante +juventud de aquella mujer espléndida. También era inmensamente rico; +los gnomos que creaban su riqueza eran un formidable ejército de +trabajadores, que acampaba disciplinado y silencioso a lo largo de +los valles y los montes, sin pedir jamás aumento en la soldada ni +exigir cuenta de los beneficios que rendía. Eran los alcornoques, los +valientes alcornoques, obreros laboriosos a cuya sobriedad bastaba +un poco de agua y de sol. El viejo aristócrata había derrochado sin +tasa durante toda su vida; pero aquella riqueza, en vez de menguar, +crecía. Invirtió aquel caudal inagotable en pervertir a los demás y en +pervertirse a sí mismo. En el amor, como en los demás movimientos de su +alma, gozó siempre con las torceduras y los desequilibrios inauditos. +Vivió escandalosamente hozando en todos los vicios y cuando encontró +a Palmira era su cuerpo una ruina, hueso y baba, repugnante caracol +blasonado. + +El tercero de aquellos modernos príncipes era un cincuentón sebáceo, +rezumante, ventrudo. Como Palmira, procedía del pueblo: pero al +enriquecerse había conservado toda la miseria, toda la podredumbre y +grosería de los necesitados, realzándolas y poniéndolas en evidencia. +Sus manazas ensortijadas y su corpachón de cerdo envuelto en seda +promovían una sensación de asco invencible. Tenía mucho dinero; lo +había conseguido explotando la miseria de los demás; la basura es acaso +lo que más dinero deja y aquel gran cochino sensual había comerciado +con basura. Casas de préstamo, burdeles, salas de juego, bailes y +operaciones usurarias habían sido sus negocios favoritos, y gracias +a ellos, su riqueza era imponderable. Cuando tuvo dinero se limitó a +exaltar sus groseros instintos, y era, en resumen, la animalidad más +baja y ruin consagrada por los ritos de la civilización. + +Palmira no supo decidirse. Cuando no miraba a sus tres amadores por +el lado del interés le parecían igualmente horripilantes. Había que +cerrar los ojos y escoger a uno cualquiera, el que fuese. Después de +todo, ¿qué más le daba? Pero ya se había metido en demasiadas honduras; +pudiéramos decir que había perdido su ingenuidad de prostituta, su +angelical ingenuidad que le había hecho caer siempre con los ojos +cerrados del lado del dinero. + +* * * + +El tiempo apremiaba y Palmira no sabía decidirse. Consultó con Gonzalo; +a pesar del lugar secundario que este hombre eminente desempeñaba al +lado de Palmira, ella no dejaba de tenerle cierta consideración y un +tierno afecto. Le expuso sus dudas y le pidió consejo. + +—Tú tienes mucho talento, chiquita —le dijo el falso esposo—, y puedes +enredar a los tres. Eres mucha mujer para uno solo. Creo que al final +ellos mismos te lo agradecerían. + +—No se trata de eso —repuso Palmira—; tengo que decidirme por uno de +los tres y consagrarme a él para toda mi vida. + +—¿Y conmigo, qué piensas hacer? + +—Tendrás una jubilación decorosa. Decididamente, voy a retirarme de la +vida pública. + +—¿Cuál tiene más dinero? + +—Los tres son igualmente ricos. + +—¿Cuál es el que te quiere más? + +—Los tres me desean furiosamente. + +—¿A cuál prefieres tú por su carácter, por su género de vida, por sus +inclinaciones? + +—A ninguno. + +—Pues cierra los ojos y carga con cualquiera. + +—Eso es terrible. Son unos hombres tan extraños a mí, tan distintos, +tan incomprensibles que temo sufrir un error, que sería fatal. ¿Y si +después no nos entendemos? + +—Déjate de tonterías. Tú, si quieres, podrás entenderte con todos los +hombres de la tierra y creo que si bajara por aquí algún selenita no +se escaparía seguramente a tu... comprensión. Las mujeres tenéis una +maravillosa facilidad para adaptaros. Lo mismo te harías a la vida de +los indios patagones que a la de los esquimales, si unos y otros tenían +dinero. + +—Pero es que yo quiero ahora proporcionarme de una vez y para siempre +una vida que satisfaga algo mis inclinaciones. No quiero vivir para los +demás, sino para mí misma. Para conseguir esto anhelo el dinero. + +—Eso es más difícil para ti que poseer el oro a montones. Déjate de +sensiblerías. Haberte quedado en tu salita del corral allá en Sevilla; +te hubieses casado con un buen mozo que te daría hijos y porrazos. +Andarías sucia, abandonada, envejecida... Pero en cambio vivirías +de verdad, en lo que es tuyo, en lo que realmente puede conmover +tu alma. Todo esto que ahora te rodea, este lujo, esta molicie, son +postizos para ti, lo comprendo; te parecerá falso y despreciable pero +es lo único que tienes. Lo otro, lo hondo, lo sincero, lo que desde el +subsuelo te subía al corazón y te florecía en la boca lo has perdido +para siempre. Sigue bizarramente tu camino. Adelante. La morriña es el +azote de los aventureros. + +—Tienes razón, Gonzalo. Sin embargo, una vez conseguida la riqueza, +¿por qué no aspirar a lo otro? ¡Sería yo tan feliz! ¡Volver con los +míos! ¡Llegar con las manos llenas de oro! Triunfar entre ellos, entre +las vecindonas del corral, entre las amigotas de la plazuela, entre +aquella pobre gente que se maravillaría al verme joven, hermosa y rica. +¿Es pueril, verdad? Pues esto valdría para mí más que la admiración de +todos los príncipes de la tierra. Tener después una casita, la misma en +que viví con los míos, en la misma callejuela escondida, respaldada en +la misma iglesia a cuya Virgen haría yo el regalo de mis mejores joyas. +Esta sería mi felicidad, mi verdadera vida. + +—Pues eso a bien poca costa puedes conseguirlo. Renuncia a la vida +fastuosa que esos amantes extraños te ofrecen: renuncia a tus sueños de +grandeza y ve a esconderte en tu rincón. Después de todo, lo mismo se +vive en un palacio que en un chozo. + +—¿No crees tú que al fin me desesperaría y terminaría por lanzarme +otra vez, ya sin fuerzas, al torbellino del mundo? + +—No; en todas partes se puede vivir con la misma intensidad, con el +mismo espíritu. Las preocupaciones de ambiente son para los incapaces. +El turista, al dar la vuelta al mundo, no recibe seguramente más +emociones que el enfermo postrado en su lecho, que alza los ojos al +cielo, traspasando el cuadro angosto de su ventanita. Todo depende de +la capacidad de sensación que se posea. + +—¿Me aconsejas entonces que lo deje todo, que olvide mis sueños de +poderío? + +—No te aconsejo nada. Pero sí quiero que sepas algo que yo mismo he +creído observar. Casi todas las heroínas del mundo, y tú eres una de +ellas, luchan, fracasan o triunfan; pero al poeta, como al espectador, +no le interesan más que los accidentes de esa lucha, la eficacia de +los golpes que se dan o se reciben y el temple de las armas. Al final +de la epopeya, un epitafio o un arco de triunfo. Pero ¿y después? Yo +te creo capaz de unir tu vida a la de uno de esos potentados. Habrías +triunfado, mas ¿qué sería de ti entonces? + +—Gozaría de todos los bienes del mundo. + +—Son demasiados bienes para almas tan chiquitas como las nuestras. +Los poderosos tienen un momento de estupor, de infelicidad, cada +vez que se dan cuenta de que no pueden gozar más que de una porción +insignificante de lo que poseen. Es la misma pena que a mí me +atormenta al considerar que puedo comprar mucho más coñac del que me es +posible beber. Figúrate cuál sería mi dolor si poseyendo todo el oro +del mundo —es decir, todo el coñac del mundo— me sintiera omnipotente +en la vida, pero a condición de no sorber jamás una copita. ¿Sería una +verdadera tragedia, verdad? Pues esa es tu misma tragedia, la de todas +las mujeres que como tú triunfan y para triunfar han de arrancarse del +alma su propia vida, su verdadero apetito, su copita de coñac. En unas +es el amor de hijas o el amor de madres, en otras la sinceridad, en +otras el pudor, en estas la ternura, en aquellas la veneración a los +penates. Eso, que en definitiva es lo único verdadero en el alma de +las mujeres, tienen que arrasarlo las que como tú esperan triunfar. +Renuncia a tus sueños ambiciosos, olvida para siempre la quimera del +oro y si no te resignas, si eres fuerte y ambiciosa todavía, arranca de +tu alma lo que aún te hace ser mujer, quémalo, avienta sus cenizas y +adelante. + +* * * + +En un callejoncito de un barrio silencioso, donde crece la hierba entre +los guijarros del empedrado y se hacen sonoros, claros y distintos los +pasos de los transeúntes, hay una casa humilde y llena de vejez, cuyas +paredes pulquérrimas están siempre dispuestas al halago de la cal. +Tiene la casa un pequeño zaguán que una viejecita meticulosa aljofifa +a diario; en él se quedan como cuajados los armoniosos pregones +callejeros, los cantares y las risas de las niñas que juegan en la +plazuela y los trinos de los canarios que filosofan en el patio. Es la +casa de Palmira. + +Palmira es ya la esposa real y verdadera de don Gonzalo. Hace una +vida ejemplar, cuida su casa, escatima su dinero, rinde culto a la +Virgen de su barrio y, poco a poco, lentamente, ha ido captándose la +consideración de sus humildes vecinos. Don Gonzalo tiene un destinito, +bebe con moderación e idolatra a su esposa. En la azotea ha construido +él mismo un palomar y dedica sus tardes a observar atentamente —acaso +por una indesechable aberración— las complicaciones sexuales de sus +avecillas, sus arrullos, sus celos, sus leyes morales e inmoralidad. +Tal vez se divertía antes como ahora. + +El matrimonio vive con gran modestia. Llegaron con un poquito de +dinero, compraron aquella casita, la arreglaron cuidadosamente, él +se agenció lo necesario para ir viviendo y jamás dieron que hablar +a la vecindad. Doña Palmira hace algunas obras de misericordia y da +saludables consejos a las mocitas del barrio; conserva algunas joyas +de valor que lucen sobre el pecho de la Madre de Dios en la Semana +Santa, mima sus macetas de claveles y albahaca, hace sus novenas y +toda su vida es de una gran ejemplaridad. Dicen que su juventud fue +algo turbulenta; pero, ¡bah!, de todas las mujeres hermosas se dice +lo mismo. Es una santa, no hay más que verla. ¡Qué recato! ¡Qué viva +indignación siente contra la inmoralidad! + +No es farsa; no. Es que estas grandes pecadoras, cuando se arrepienten +y pasan los años, son de una santa intransigencia. + + + + +AZUCENA + + +Antes había sido casa de labranza; pero al fin de sus días se convirtió +en burdel. Uno de esos burdeles rurales a los que van los señoritos +todos los días y los braceros todas las semanas. Era una casa chata, +grande y vieja, emplazada en el extremo meridional del pueblo y +separada un tanto de las otras casas hacinadas que reptan empujándose y +sosteniéndose hasta la meseta central, donde se abre la plaza mayor con +su iglesia, su ayuntamiento y su estanco. + +En la vieja casona de labradores, el olor fuerte de las lociones +medicamentosas que se daban las nuevas pupilas y el perfume gordo +y molesto de las esencias, los polvos y las cremas que usaban no +habían podido desterrar las añejas y fragantes esencias que pueblan +el ámbito silencioso de estas humildes moradas campesinas; a través +de la penumbra grata que hay siempre en las salas húmedas y austeras +de las gañanías, la luz del sol iba a explotar en la cal viva de las +gruesas paredes, furiosamente enjalbegadas; lucen polícromas las guijas +pequeñitas y pulcras del piso; zumban los moscardones allá entre la +trabazón de las vigas carcomidas; en el alcarracero, las tallas de +barro dejan caer sus gruesas gotas de sudor y las viejas cortinas de +encaje rejuvenecen cuando sus tules remendados y deleznables arden +triunfales como amianto en la llama del sol. + +En aquel ámbito poblado de gravedad fue la tía Lunanca a poner su +burdel. La moralidad aldeana lanzó entonces su anatema contra la +venerable casa de labranza, cuya vejez así se veía profanada, y las +mocitas del pueblo pasaban aprisa por aquel lugar, temerosas de que por +los ojos entornados de aquellas ventanas les acechase el Pecado para +sorbérselas como se sorbe el camaleón a las moscas; mosquitas muertas +que ellas se hacían. + +También algunas tardes, sobre todo cuando se santificaban las +fiestas, bajaban del pueblo en bandada quince o veinte igorrotes que +se ejercitaban en lapidar la fachada de la casa con el beneplácito +y regocijo del honrado vecindario. Los guijarros de la chiquillería +penetraban inclementes por los huecos de la casa en vergüenza, +rebotaban en los hierros de las ventanas, quebraban los vidrios de +las puertas, desgarraban las cortinas y saltaban impetuosos sobre la +cómoda encinta o los lechos empingorotados cuyos tableros de nogal +tenían frecuentes impactos de las injurias infantiles. La Lunanca, +cerrando puertas y ventanas, maldecía y pedía a sus santos males, +terribles condenaciones para toda aquella tropa de pequeños honderos; +sus huéspedas, displicentes y habituadas ya, buscaban refugio en la +cocina mientras pasaba la nube, suspendiendo sus difíciles toaletas. +Sueltas las matas de pelo abundantísimo, lavadas las caras, cuyos +poros transpiraban dolidos de los afeites baratos, laxos los cuerpos +viciosos de barraganas que cubrían con sus batas de percal exiguas y +entreabiertas, iban a tenderse en los poyos de piedra del hogar, duros +y esquinados como para recibir los cuerpos curtidos de los braceros +que allí se sentarían antes para cambiarse sus escasas palabras de +sobriedad y trabajo. + +* * * + +Azucena parecía dormida con los ojos abiertos. Largo rato hacía que la +Verduga la contemplaba a su sabor y cada vez admirábase y sobrecogíase +más ante la belleza incomparable de aquella muchacha que sentada junto +a la ventana se bañaba en la luz fuerte de la luna estival, cuyos +reflejos tenían una dura angulosidad sobre las líneas armoniosas de +aquel rostro sereno. La Verduga, haciendo un alto en el trajinar +asqueroso de sus manos humildes y suspendiendo el torpe devanar de sus +pocas y ruines ideas librábase momentáneamente de su dura esclavitud +de sirvienta en el burdel cuando se plantaba silenciosa y conmovida +ante la plácida hermosura de Azucena. + +Contemplándola en silencio, con los brazos amarillos cruzados sobre el +alto vientre satisfacía la Verduga su ansia de belleza, esa imprecisa +aspiración de todas las almas, aun de las más humildes y abyectas. +Llegó a sentir una verdadera veneración por la muchacha. + +El origen de Azucena era humildísimo. En el olivar, una pobre mujer +aceitunera sintiose un mediodía dolorosamente desgarrada y apenas bajó +del árbol chato cuyos frutos recogía afanosamente, depositó sobre el +santo suelo aterronado una criatura blanca y primorosamente redondeada, +que las aceituneras recogieron como un fruto más de aquella tierra +secularmente próvida. Los braceros festejaron a la recién nacida +levantándola en alto sobre sus cabezas hirsutas y tostadas, y el sol +de fuego de aquel mediodía, el mismo sol que durante todo el verano +había curvado las espaldas de los segadores y encendido las hojas +de las hoces, clavó su saeta implacable en las pupilas de la recién +nacida velándolas para siempre. Aquellos ojos claros de la hija del +olivar no vieron más que aquel día ígneo y después quedaron eternamente +deslumbrados. + +La niña nació ciega; las aceituneras, torpes comadres de parir, no +pudieron evitarlo ni advertirlo y todo aquel día la criaturita redonda +y blanca, el pan más blanco y tierno que aquella tierra había dado, +anduvo de mano en mano entre las rudas fiestas de los hombres que +acabaron de cegarla haciendo cabrillear las hojas pulidas de sus hoces +ante los ojuelos blanquecinos de la recién nacida. + +Al pie de los olivos, sobre los terrones, frente al sol, la niña +ciega habíase criado y aquella masa blanca y fofa fue teniendo una +corteza morena y dorada, como la de esos grandes panes familiares que +se conservan blandos durante los siete días de la semana, en el fondo +húmedo de las tinajas de barro empotradas en los hogares. + +A los quince años era alta, trigueña y fuerte; sus ojos continuaban +quietos y abiertos con las pupilas desteñidas y los párpados rígidos, +pero sus mejillas se habían hecho armoniosas y una intensa vibración +de vida las coloreaba y encendía; el reposo, la contemplación de sus +paisajes interiores alborotados únicamente por los gritos inarticulados +de los mayorales y los silbidos largos de los pastores habían dado +a su cuerpo una serenidad augusta. Sus formas habíanse ido haciendo +suavemente sin el dolor de las faenas duras que tuercen y arruinan los +cuerpecillos cimbreantes de las adolescentes en el agro y ofrecían una +armonía clásica, una promesa firme de belleza perfecta, realzada por +la inquietud y el misterio de aquellos ojos descoloridos que habían +cegado para siempre, después de ver el triunfo del sol en el cénit +cuando están candentes los almiares y los olivos, ahítos de sol, piden +doloridos que libren sus brazos de la preciosa carga. + +El amo de la finca, de los olivos y de los gañanes se fijó un día en +ella y la hizo suya sin rodeos. En una de las cuadras del cortijo, +húmeda, silenciosa, sembrada de aperos de labranza, ejerció el amo su +prerrogativa y la niña ciega fue para él como un fruto más de aquella +tierra generosa. Certero y sabio hizo presa con sus dientes en el +cuello de la muchacha, gozándose en las nuevas formas expresivas que el +placer y el dolor, el agridulce de la iniciación, hallaban en aquellas +carnes temblorosas y vibrantes que supieron suplir la inexpresión de +las muertas pupilas, traduciendo al lenguaje torpe de los músculos, +los nervios y la piel la divina palabra que en los instantes de la +conjunción canta en las pupilas húmedas de la iniciada. + +Gozó el amo aquel extraño placer dejándolo a un lado cuando ya lo +hubo gustado muchas veces, que la niña ciega fue gustosa también en +la frecuente práctica de aquella transfiguración, de aquellos dones +que hacía de su sensibilidad depurada por la dificultad expresiva de +sus ojos apagados. Jamás pensó que aquella entrega fuese un sacrificio +y cuando el amo no volvió a requerirla, solo se advirtió un poco +apesadumbrada, algo más ciega y ensombrecida de lo que hasta allí +había estado. No supo de odios ni vergüenzas y si algún resquemor +doloroso le quedó, fue su esterilidad, que, en aquellas tierras solares +donde los hijos agarran en la entraña de las madres con la misma +facilidad que las simientes en los surcos, no hay unión natural y noble +que no sea santificada por la fecundidad. + +Quedó un poco más hermética y un poco más cerca de la plenitud y +la armonía: su silencio adquirió cierto tinte de eternidad, pero +su alma conturbada que quería irradiar y hallaba una densa cortina +ante las ventanas naturales de los ojos, buscaba en todo el cuerpo +una expansión, quería salir a flor de piel y así era toda ella una +vibración múltiple, un largo estremecimiento que había conseguido +plasticidad en aquellas formas quietas y ardorosas. + +Siguió presidiendo inmutables las fiestas y las labores del campo. Pero +no podía resignarse a la esterilidad y como sus ojos no vieron nunca +los rasgos fisonómicos del poseedor, sino que su epidermis lo sentía +sobre ella, no halló razones bastantes para no buscar en otros hombres +la cuerda tensa que hacía vibrar el diapasón de su sensibilidad. Y +como estaba consumiéndose en aquella natural necesidad de ser poseída, +atraía hacia el olivo que le servía de dosel a los braceros cuyos +silbos y gritos le parecían más sonoros, juntándose con ellos en aquel +interminable estremecimiento que era la razón de su gracia. + +Las mujerucas tristes de los braceros —el pañuelo negro sobre el rodete +nunca destrenzado y con las puntas anudadas bajo la barbilla— se +soliviantaron pronto y Azucena tuvo que huir de aquellas furias castas +y atormentadas. + +Halló refugio en lo profundo de las torrenteras a donde los campesinos +iban a llevarle las pomas, los racimos de uva y las flores, hasta que +un día la tía Lunanca con su certero instinto fue a sacarla de entre +los jarales para confinarla en su burdel que a partir de entonces tuvo +algo de santuario al que los hombres iban ya con cierta compunción para +gozar de aquel sereno goce que a todos por igual brindaban las carnes +blancas y castas de Azucena. + +La Lunanca misma y las compañeras de burdel y hasta la Verduga, la +hedionda sirvienta, llegaron a sentir la supremacía que aquella mujer +ciega y hermosa ejercía sobre las gentes y sobre las cosas, sobre todas +las cosas, que se ennoblecían y purificaban al rodearla y tocar de +cerca su indiscutible aristocracia. + +Así, la Verduga pasábase las horas muertas ante ja figura inmóvil de +Azucena en cuyo rostro plácido hallaba alguna luz para sus ojuelos +pitarrosos llenos de sombras. + +Seis días de la semana andaba la Verduga limpiando los fondos de +aquel bajo fondo social con un trajinar fatigoso y repugnante y al +séptimo día descansaba llorando sin interrupción ni consuelo el largo +rosario de sus desdichas. Durante toda la semana se la veía ir y venir +silenciosa, de un lado para otro, atenta únicamente a sus faenas con +los ojos secos y los labios cárdenos pegados con una saliva congelada +que debía de amargarle el alma. Pero cuando llegaban los domingos +cesaba la Verduga en su afanoso trajinar, vestíase toda de negro, +echábase el pañuelo negro también sobre la frente y acurrucada en el +rincón más escondido del burdel poníase a llorar quedamente con largos +y difíciles suspiros hasta que con los ojos abotargados íbase a su +jergón al toque de oraciones para descansar de sus penas que ya no le +saldrían a flor de labio hasta el siguiente domingo. + +En estos festines de dolor era cuando la Verduga se enfrontaba +con Azucena y le hacía entre sollozo y sollozo el relato de sus +pesadumbres. Casó en su juventud con un mocetón aventurero que a poco +de rodar aspeado por todos los caminos, dio en ser el ejecutor de la +Justicia. Y cuando al fin sintió ella en su cuerpo la repulsión hacia +aquellas manazas holgazanas que por holgar se ensangrentaban, volvió +al pueblo prefiriendo el contacto con todas las podredumbres a la +convivencia con aquel hombrachón carnicero que le asqueaba el alma. En +el pueblo la llamaron la Verduga y no hubo un amo que le arrojase un +pedazo de pan. Únicamente la Lunanca la tomó a su servicio y a cambio +de las labores vergonzosas que en el burdel hacía, diole una escudilla +de bazofia y un pañuelo negro para la cabeza. + +* * * + +Los hombres iban en busca de Azucena y ella los recibía a todos con +la misma ilusión, el mismo estremecimiento de sus carnes sensibles. +Iban los señoritos como jayanes, los enfebrecidos por el juego y los +sacudidos por el alcohol; los que buscan en el burdel la gracia y +el optimismo que en el hogar extinguen el afán por los ochavos, la +religión y el miedo al agua clara; los que pagan con el dinero de las +mujeres desangeladas a las que uncieron, los que derrochan en unas +décadas el patrimonio familiar y los que gastan y triunfan encaramados +sobre los torsos vencidos de los jornaleros. Iban también los viejos +laboriosos que se abstuvieron siempre hasta lograr sus títulos, sus +menciones honoríficas, sus credenciales o sus onzas de oro, y los +ruines comerciantes establecidos en los soportales de la plaza con sus +géneros averiados y sus balanzas ladronas, y los trajinantes rumbosos +y los mercaderes viajeros que buscaban escépticos aquel encanto de la +hembra ciega, y los colonos afanosos que juntaban para la renta y para +holgar un día con Azucena y los pegujaleros y los mocitos imberbes que +sacaban el dinero a sus hermanas a hurtadillas de los padres. + +Todos posaban sobre ella que por igual se les ofrecía sumisa e +ilusionada. Aquellas cohortes de hombres diversos eran para Azucena +como un solo hombre, el hombre, que iba a ella siempre enamorado, +siempre ardiente y deseoso; la ciega no supo nunca de desdenes ni de +infidelidades y siempre tuvo propicio al amado que cada día mostraba +ante ella nuevos matices de su alma compleja. Jamás hubo en ella la +sombra del hastío y todas las noches esperaba hallar en las palabras +del amado o en sus varias caricias una grata sorpresa, que reavivara el +fuego de su amor. + +Advertir la diferencia de unos hombres y otros era para Azucena un +complicado cinematismo que no podía llegar a su conciencia estando +veladas sus pupilas, y, como eran los otros sentidos, más torpes y +groseros, los informadores, la ciega no llegó a enterarse nunca de las +promiscuidades y admitía el goce de los nervios, los músculos y la +epidermis como una función santificada. Amor purísimo y no liviandad +era, pues, para la hembra ciega aquel darse a todos sin la media tinta +de un recato ni la expiación de una repugnancia. Su ceguera la libraba +del contagio en aquel desfilar de hombres encendidos por la lujuria +y era la castidad misma reflejada en la serenidad de su rostro, en +la frescura de su piel y en la honesta condición que a su contacto +adquirían las cosas prostituidas del burdel. + +Mientras las otras mujercitas del prostíbulo se iban agotando +sacrificadas en el ara de la tía Lunanca, Azucena se hacía más ancha y +plena, más luminosa y más fuerte y sus formas adquirieron pronto cierta +rotundidad triunfal, porque no había en aquellos constantes contactos +carnales el virus de ningún vicio. + +* * * + +Un día llegó al burdel de la Lunanca una mujerona de esas que salen +de la ciudad para hacer por pueblos y aldeas su recluta de hembras de +placer. Puso empeño en llevarse a la ciega y lo consiguió. Abandonó +Azucena la vieja casona de labranza y fue a parar a uno de los +prostíbulos elegantes de la capital. Era una casa silenciosa en la que +los pies se deslizaban quedamente sobre el terciopelo y había un cálido +aliento en el ambiente de los salones, verdaderos laberintos, para +ella, por el desplazamiento irregular y aventurado de los chirimbolos +frágiles, los inútiles objetos de fantasía que se quebraban con +estrépito al roce de las manos inhábiles de la ciega. + +Como había de ser explotada su ceguera, el dueño de la mancebía aderezó +hábilmente el retrete de Azucena acomodándolo a aquella extraña +condición de su nueva pupila. Pintó de un solo tono claro las paredes +y el techo, perdió la luz en la pudibundez de los focos esmerilados, +llevose todos los espejos, hasta los que se inclinaban desvergonzados +sobre el lecho y dotó a la nueva pupila de unas largas batas blancas y +unas pieles blancas también en las que se arrebujaba ella complacida. +Y una vez hechos el ambiente y el reclamo comenzaron a llegar los +curiosos tocados de lujuria. + +Eran hombres extraños, incomprensibles, frágiles, como aquellas +porcelanas que Azucena derribaba a cada momento, con sus manos +perdidas. Igual que las tanagrillas y las figuras de biscuit, se le +rompían y fracasaban los sutiles y aristocráticos amadores entre el +ritmo acentuado e igual de sus anchas caderas y la simplicidad de sus +caricias que tenían un sabor monótono y ritual para los habituados a +otros placeres. + +Ella imaginaba que el amado, su único amado, había envejecido +prematuramente, y recibía siempre una clara sensación de acabamiento +y ruina en aquel varón antes prepotente que sabía conmoverla y +sentirse conmovido con las caricias duras e intensas. También llegaban +frecuentemente unos ancianos estirados y olorosos cuyas carnes +maceradas por el placer constante no tenían aquella viril rugosidad, +aquel sabor a sarmiento de los viejecillos abstinentes del agro. Y +Azucena sentíase desasida por aquel su fiel enamorado que durante las +mil y una noches la hizo vibrar en una larga y múltiple sonoridad. + +Pronto se sintió avergonzada y cohibida; hasta entonces todo había sido +en ella expresión clara y concreta de la naturaleza y había en aquella +prostitución rural que practicaba algo que la santificaba y ennoblecía. +Pero en el nuevo ambiente artificioso, entre aquella borrachera de +perfumes exóticos de la que nunca salía al aire libre y sano, en los +brazos de aquel amado lleno de perversión y bubas íbase borrando el +sentimiento de la naturaleza y por primera vez mordieron en su alma el +asco, la vergüenza, el horror de su condición, y el miedo a su culpa. +Entonces sintió el dolor de la deshonrosa misión que hasta allí había +ejercido como un sacerdocio y comenzó a perder en este punto y hora +aquella su augusta serenidad. + +* * * + +Azucena había perdido su gracia y nunca más volvió a recobrar su +indefinible encanto. Los hombres huyeron de ella definitivamente y +solo muy de tarde en tarde caía un huésped extravagante que tocase, +quedamente con los nudillos, en el olvidado cuartito de la ciega. + +El amado de siempre la desdeñaba al fin y entonces vino a embargarle +una infinita tristeza que la hacía sentirse más hundida, más ciega, más +penumbrosa que nunca. Esta pesadumbre que era una losa sobre el corazón +era para los extraños el «mal ángel». + +No volvió a sonar el diapasón de su alma y la eternidad, toda +una eternidad, corría con silencio de tumba en aquella estancia +confortable. El frío se le metió en los huesos, traspasando +misteriosamente las pieles blancas y el fuego de sus carnes jóvenes +aún. Era un frío interior que sacudía su cuerpo haciéndolo encogerse, +engarabitarse atormentado por aquellos dardos que le amorataban las +carnes. + +A veces, se templaba en el recuerdo de aquellos días felices cuando los +braceros iban jubilosos a poseerla sobre los terrones infundiéndole +aquel optimismo, aquella clara y honda satisfacción de haber pagado la +deuda reclamada por la naturaleza. Recordaba el bienestar de entonces +que la hacía extenderse gozosa en una vibrante distensión de sus +miembros complacidos después de aquellas uniones, y se bañaba en la +evocación de aquella plenitud, de aquella inefable calma, de aquella +honradez. + +Ahora se miraba prostituida, sacerdotisa de un rito repugnante y +criminal, mancillada por el contacto viscoso de aquellas manos finas y +ensortijadas incapaces de aquella presión fuerte y sana que sobre sus +carnes estallantes ejercían aquellas otras manos ásperas, y la amargura +la hacía estarse acurrucada junto a los tizones de la chimenea. +Definitivamente Azucena había perdido su gracia. + +Era una mujerona desangelada y torpe cuyos brazos oprimían +dolorosamente a los yacentes o les abandonaban laxos y desganados. + +Ante aquel fracaso pensaba entristecida en la veneración que le +guardaban los jornaleros de su tierra y el respeto que infundía a +los señoritos impíos que iban a la casona de la tía Lunanca, un poco +recatados y conmovidos, porque allí estaba la ciega hermosa con sus +sahumerios, sus macetas de albahaca en la ventana y su alto lecho +tallado en el que habían de entrar siempre un poco emocionados al +contacto de las sábanas grandes y bastas, que tenían ese olor fragante +de los membrillos guardados en las cómodas entre la ropa blanca. + +Esta ruina de su señorío entre gentes aturdidas, refinadas y bárbaras, +le quemaba los ojos fríos y daba una odiosa rigidez a sus brazos, +un ridículo automatismo a todo su cuerpo antes flexible y suave, +ejercitado en esa ondulación de las palmeras y las mieses en las +tierras cálidas favoritas del sol. + +En la olvidada estancia de Azucena era una noche interminable. Fuera, +en las otras estancias fastuosas del gineceo triunfaban otras gracias +exóticas, creadas en los laboratorios ciudadanos, conseguidas como se +logra la espuma sobre el turbión de las grandes civilizaciones. Eran +gracias inconsútiles, movedizas sobre un revuelto mar de pasiones, +perversión, exaltaciones, ansias imprecisas y vejez. + +Entre aquellas gracias artificiosas fracasaba la gracia lenta, rítmica, +engarfiada en el terruño, dimanada directamente de la naturaleza que se +había hecho carne en la carne vibrante de Azucena. + +El dueño de la mancebía, que estaba atento al fracaso de Azucena con +su clientela, pensó luego en deshacerse de ella y no le fue difícil +trasladarla a otro prostíbulo de menos fuste, donde las burlas fueron +más sangrientas y aún más terrible la perversión entre aquellos +oficinistas encorvados de unas largas y lujurias negras que llevaban un +olorcillo agrio en sus ropas sudadas y su piel sebácea. + +Allí palpó Azucena con sus manos largas y susceptibles todas las +miserias de esa mesocracia atormentada y anhelante, que sustrae unas +monedas del guisote familiar y del abrigo de los hijuelos encanijados, +para satisfacer sus ansias burguesas en el saloncillo de una mancebía +entre cocineras insumisas o en la sala de un casino con las fatales +posibilidades de un tapete verde. + +Eran aquellos unos hombres miopes, apresurados, incapaces, que tenían +siempre un mismo sobresalto, un mismo malestar, como de no hallarse +satisfechos de sus vidas. Topillos desgraciados de las grandes ciudades +que salen precipitados del agujero de sus oficinas, para meterse en +el otro agujero de sus viviendas estrechas, no podían nunca pararse a +contemplar la gracia de Azucena, ni siquiera su suave tristeza. Les +irritaba aquella parsimonia de la hembra ciega, aquella normalidad, +aquella resignación. + +Pasados los días curiosos en que aquellos buenos hombres +acudían extrañados a poseer a la hembra ciega, esta tuvo escasos +requerimientos. La patrona quiso a su vez lanzarla de su triste +gineceo, pero Azucena temía verse perdida en aquel caos de las grandes +vías urbanas y se resistía a marchar sufriendo silenciosa las afrentas +de aquel monstruo enfaldado que se propuso hacerle la vida imposible. + +Por el prostíbulo iba un ente estrafalario, guitarrista, alcahuete, a +veces recadero diplomático, a ratos valentón, a intervalos sablista, +vago de nativitate, enredador, parlanchín y borracho a cuyo expediente +recurrió el ama para verse libre de la ciega. + +Este sujeto habló largas horas con la pobre mujer adolorida y supo +ganar su voluntad incierta. Azucena tuvo confianza en él y se prestó +a abandonar en su compañía la casa sucia de la mesocracia, el último +baluarte de su infame comercio. + +La llevó a un tugurio, el más oculto y estrecho de una de esas grandes +colmenas ciudadanas y allí la dejó abandonada a su ceguera. Pasaron +unos días; Azucena sentada en el borde de su camastro se movía +apenas para tomar el mísero alimento que las vecindonas compasivas +iban a comprarle con las escasas monedas que la quedaban. Cuando se +le acabaron vendió sus pieles, sus vestidos y sus medias de seda. +Arrebujada en harapos esperó silenciosa. + +El abandono, la ceguera y la miseria no la impresionaban. Le parecía +que había salido de una triste cárcel y tenía una dulce conformidad, +una suave satisfacción interior que aliviaban su alma. + +* * * + +El hambre la echó a la calle, haciéndola caminar a la ventura. Sin +saber cómo llegó después de mucho andar a los jardines públicos; +tropezó con un banco y cayó en él rendida. Envolvíala un airecillo +suave, viejo amigo que le silbaba en los oídos una antigua canción, y +reían lejanos unos chiquillos y unos pájaros. + +Entonces, se dio cuenta de su soledad y le subió del pecho a los labios +una terrible congoja. Estuvo a punto de gritar desesperada; el mismo +miedo la contuvo y unos instantes hallose anodada, como herida por un +terrible golpe. Seguían sonando de vez en vez las carcajadas armoniosas +de los niños y la interminable cantata de los pájaros; las horas se +consumían lentamente y el vientecillo íbase creciendo y subiendo de +punto. + +Poco a poco Azucena fue serenándose un tanto, orientándose en aquella +total desorientación en que había caído. La noche venía aprisa y se oía +a los pequeñuelos alejarse charloteando acuciosos con sus ayas, y a +los pajarillos aletear inquietos alrededor de sus nidos. El jardín se +hundía rápidamente en el silencio y ya solo se oía el confuso rumor que +a distancia producen los cien mil estrépitos de las grandes ciudades. +Pasaban perezosos los últimos paseantes y cuando se hubo perdido el +quedo rumor de los pasos sobre los senderos enarenados nada volvió a +oírse. + +Azucena se estuvo quieta, quieta, con las manos entrelazadas sobre el +regazo. Después de la emoción de verse abandonada fue recobrándose y +a poco que corrió el tiempo logró cierta calma, mejor dicho, cierta +insensibilidad. + +El frío húmedo del jardín bloqueaba sus pies y sus manos y el viento +castigaba su frente, pero había llegado a tan profunda abstracción +que los agentes exteriores se estrellaban incapaces, ante aquella +figura hierática que tenía la misma impenetrabilidad que las figuras +arrancadas del mármol. Mármol amorosamente trabajado parecía aquella +figura blanca de Azucena, que la luz cambiante de la luna iba +contrastando al cubrir su parábola. + +Así llegó suavemente el conticinio; acabaron de morir los ruidos +ininteligibles de la urbe y en el silencio absoluto del jardín, +Azucena, que sentía en el fondo del alma una espantosa lucha, halló al +fin la calma, recobró su espíritu y se sintió feliz. Al amanecer se +halló purificada, limpia de toda culpa; con los primeros rayos de sol +fue invadida por una inefable confianza. Vio el sol en el fondo de su +alma y se regocijó. + +Ya no volvió a moverse de aquel jardín amable. Halló en la ciudad un +agujerillo limpio donde puso su lecho pobrísimo y todos los días antes +de que amaneciese, íbase con su andar balbuciente hasta aquel banco del +jardín, en el que pasaba los días interminables del verano y los días +fugacísimos del invierno. + +Le daban limosnas; pocas, que los más de los transeúntes apenas la +veían en aquel remanso. Pero iban siempre aquellos niños reidores y +nunca le faltó algún resto de las ricas meriendas que las ayas llevaban +en sus faldriqueras enormes. + +Los chiquillos fueron acostumbrándose a verla siempre en su banco +escondido y a poco se familiarizaron con ella y llegaron a entenderla +y a amarla. Ella les contaba unos cuentos vistosos, esmaltados, +brillantes, en los que ponía todo el afán cromático de sus pupilas +desteñidas; los chiquillos, conmovidos, enamorados, le daban sus +empanadas sabrosas. + +Azucena con el tiempo íbase venciendo. Aún podía imaginarse que era +hermosa pero su extremada sobriedad, aquellas frugalísimas colaciones +que le deparaban la conmiseración infantil, la habían hecho enjuta y la +habían endurecido. Los días inclementes pasados a la intemperie habían +curtido su piel, que lentamente se resquebrajaba tomando ese tinte +amarillento que componían los imagineros para sus crucificados. + +No volvió a sentirse desdichada. En el jardín, entre los niños sanos, +fuertes, alegres, escuchando aquel lejano runrún que los afanes +ciudadanos le traían, saludada por todos los vientos, purificada por +su austeridad, ennoblecida por el dolor resignado y suave de los días +sin pan, sumisa por la mendicidad, aromada por la eterna florescencia +del jardín, templada por los rayos de sol en el invierno y esponjada en +la sombra durante el estío, Azucena volvió a poseer su gracia, aquella +gracia natural surgida de entre los terrones al pie de los olivos. + +Los niños escuchándola refrenaban sus imaginaciones zigzagueantes al +paso tardío de la palabra amorosa y cálida de aquella mujer ciega que +les hablaba lentamente de las labores penosas de la tierra, de los +sacrificios, de las virtudes legendarias, de las canciones populares, +de las penas de las mujerucas, de las ansias imprecisas de los mozuelos +ambiciosos, del señorito fuerte, del gañán sufrido, de las bestias +incansables con sus altos ejemplos, del viento, del sol y de la lluvia +que en su boca tenían una calidad insospechada, una caracterización +de hadas buenas o de espíritus maléficos con los que los hombres se +debatían para hacer sus vidas fuertes y honradas, extraídas de la +naturaleza, conseguidas como florescencias maravillosas de aquella +tierra secularmente próvida. Y así, hasta que se murió. + + + + +LA TÍA CONCHITA + + +La tía Conchita fue siempre la preocupación de su familia. Era aquella +una dilatada familia de comerciantes, industriales, militares y +burócratas, gente toda de trapa y garduña, retoñada bravamente de un +recio tronco secular, cuya figura simpática y fuerte se perpetuaba +con honores de icono en los estrados de sus numerosos descendientes, +caracterizado de una vez y para siempre por su testa rapada y +cenicienta, su prognatismo, su levita desencajada y su leontina de oro. + +Esta gran familia, que a semejanza de la de Noé se había esparcido por +el universo mundo, no tenía más antecedentes ni más árbol genealógico +que aquel abuelo salido de la nada, cuya vida intensa y laboriosa, a +ratos pintoresca y a ratos sublime, ofrecía constantes ocasiones de +ejemplaridad y era, no obstante los años transcurridos desde su muerte, +el estímulo y el guion más decisivo en las vidas de sus nietos. + +Muy poco se sabía de él. Salió como grumete en un velero con rumbo a la +América española que aún era tal. Decíase que ya hombre hecho y derecho +comerció en el «ébano» trayendo y llevando preciosos cargamentos de +esclavos que hicieron la base de su fortuna. Después comerció en mil +cosas diversas, fundó ingenios y haciendas, descubrió y colonizó, ganó +o robó el oro a manos llenas y ya, a la postre, volvió a España, +anduvo en juntas y conspiraciones, se le acusó de filibustero, fue jefe +político, se le otorgaron cruces y murió beatamente a los ciento cinco +años entre las piadosas manos de un sacerdote jesuita. + +Tuvo muchos hijos que fincaron unos en España y otros en América +heredando todos aquel ansia posesoria del fundador. Se multiplicaron +en nietos y la vasta red de la familia llegó a ser una verdadera +masonería intercontinental cuya doctrina estribaba en la fuerza, la +tenacidad y el dominio. Aves de presa todos ellos, si estos tiempos +creasen nobleza por derecho propio les corresponderían las águilas +heráldicas. Cual más, cual menos, unos en las covachuelas, otros en las +gerencias, otros en los mismos talleres, todos dedicaron sus vidas a la +consecución del bienestar económico, al acrecentamiento del patrimonio +familiar, que, al escindirse en cada generación, recomenzaba luego a +engrosar ávidamente. Todos tenían el mismo afán. Todos eran hechura del +progenitor. Todos, menos la tía Conchita. + +La pobre señora jamás hizo cosas a derechas. Casó mal, error +imperdonable en el seno de aquella familia, en la que hasta las hembras +en el tálamo nupcial procuraban por el bienestar y la riqueza. El +marido después de arruinarla la abandonó y fue pronto a morirse en un +rincón infecto. Quedó viuda, joven y pobre. + +Volvió al amparo de la gran familia y tácitamente convinieron sus +deudos en irla manteniendo por turno hasta el fin de sus días. Así, +de unos en otros, resignada y amorosa, vivió desde entonces al margen +siempre de los afanes de sus parientes que ella, en su desasimiento +y renuncia, no supo comprender jamás. Se hizo querer de todos; los +innumerables sobrinos adoraron en la tía Conchita y no deseó más. + +Diez o doce años llevaba de viudez cuando un acontecimiento insólito +la arrancó de cuajo de aquella vida muelle y triste de renunciamiento. +Apareció entonces en escena uno de sus primos lejanos, a la sazón +comandante o teniente coronel del ejército, quien en aquellos días +había sido movilizado por causa de la última guerra colonial que +comenzaba a enzarzarse. Era soltero, ya cuarentón, fuerte aún y +típicamente bizarro. Días después debía partir para el campo de +operaciones y bromeando con su familia anunciaba lo improbable de su +regreso. La guerra era dura para los nuestros, había centenares de +bajas, él estaba ya viejo, y, además, ¡le importaba todo tan poco! Era +de los que se quedarían allí. Y con esto echaba sus bravatas. + +Alguien de la familia insinuó entonces la peregrina idea. Hubo muchos +cabildeos y cuando el militar se enteró de la endiablada maquinación +comenzó riéndose y terminó aceptando. Tratábase de hacer una obra de +caridad. La pobre tía Conchita no tenía sobre qué caerse muerta; era +una carga para todos. Él, en cambio, tenía una paga considerable y en +el desgraciado caso de que muriese sobre el campo de batalla, a su +viuda le correspondería una pingüe pensión. Claro que como era soltero +ese dinero se lo ahorraría el Estado y..., era una lástima, porque allí +estaba la tía Conchita ¡a quien hacía tanta falta! + +Dispuesto a quedarse por allá, como él decía, le daba igual y aceptó. +Ahora bien; era preciso que la ingeniosa y caritativa idea pasase +inadvertida para la tía Conchita cuya susceptibilidad no soportaría +seguramente la humillante donación. + +Fue necesario que el militar fingiera una avasalladora pasión por la +tía Concha, que esta correspondiese al amoroso requerimiento, que se +anduviesen los trámites de rigor y se casasen, todo al vuelo. La farsa +se llevó a cabo sin obstáculos en ocho o diez días y cuando a la mañana +siguiente de consumado el matrimonio partió el militar para el campo de +batalla, la pobre tía Conchita quedó anonadada, estupefacta, sin saber +lo que le había pasado y perdida en tales emociones y tal confusión que +ya nunca lo sabría. + +Pasó el tiempo y poco a poco fue recobrando su serenidad, caviló +muchas noches sobre aquel extraño suceso, agigantó el recuerdo de los +escasos días en que convivió con el militar, contempló horas y horas +los retratos del esposo y no tardó en sentirse enamorada, blanda y +profundamente enamorada de aquel sujeto casi desconocido, que en seis +días abrió un nuevo cauce a su vida e hizo correr los veneros ocultos +de su corazón. + +Las noticias de la campaña eran pocas y tardías. La tía Conchita no +tuvo de su esposo más que algunas referencias indirectas. A la grata +sensación de su enamoramiento sucedieron la inquietud, la zozobra, la +angustia. ¿Por qué no escribiría? ¿Por qué la olvidaba? Los parientes +no fueron tan impíos que le dijesen la verdad y la tía Conchita comenzó +a consumirse en desesperación. Lloraba, rezaba, invocaba a sus Vírgenes +y a sus santos familiares pidiéndoles milagros que salvaguardasen la +vida del amado; todas sus horas estaban dedicadas al culto fervoroso +del ausente. + +Pasaron unos meses más. No recibió ninguna noticia. El militar no tuvo +jamás un recuerdo para aquella parienta pobre y tontona a la que había +hecho el regalo de lo que le sobraría después de muerto porque no podía +consumirlo en vida. Guerreó bravamente y cuando le tocó caer murió +con la misma entereza con que había vivido y pensando en que a nadie +causaría pesar su fin. + +No fue así. + +Tuvieron la culpa aquellos parientes astutos, aquella gran familia de +aves de presa devenida del negrero que creyendo salvar de la miseria +a la tía Conchita labró su infelicidad, su inefable tragedia. Lo que +hicieron con ella fue un crimen. + + + + +EL DINERITO DE LA PORDIOSERA + + +Se le hizo tarde. Estaba helando y aún le faltaba una legua de camino. +Ya no tenía fuerzas; sus resortes, aquellos acerados resortes de sus +nervios que siempre la sacaron triunfante del hambre, el frío y el +cansancio respondían mal al espoleo de su voluntad. Temblando, las +manos heladas, las piernas torpes y la vista incierta, anduvo hasta que +cerró la noche. El viento la trabajaba con dureza batiéndole el flanco +derrengado por el reúma y la arterioesclerosis, y la infeliz sentía con +terrible netitud que se le iba quedando helada la osamenta allá en el +fondo de los harapos y el pellejo. + +Después comenzó a sentirse bien. Ya no le apretaban tanto el hambre y +el frío. Las manos, racimos de huesos empezaron a llenársele de sangre +calentita y pronto las tuvo negras e hinchadas como dos morcillas. +Estaba a gusto, muy a gusto. Tanto que se sentó en el borde del camino +y sentada se quedó dormida. + +Ya entonces le fue más fácil al viento terminar su tarea. De un +empujón la echó a rodar; la metió la nariz entre la grava húmeda +donde empezaban a formarse los cristalitos de la helada y allá se fue +silbando tan satisfecho de su obra. Hora tras hora cayó encima de la +vieja muy acurrucadita sobre el suelo el frío de aquella noche clara. + +Fue ya al amanecer cuando la encontraron. En la casa de socorro hubo +que trabajar de firme con ella pero al fin la hicieron reaccionar. + +A la primera gota de sangre que entró en su corazón, tan pronto como +tuvo un hálito de vida, se revolvió desesperada. ¡Sus ropas! ¡Sus +ropas! La habían despojado de sus harapos y allí estaban arrebujados en +un rincón. Quiso cogerlos, se lo impidieron, rabió, lloró, luchó por +alcanzarlos y en la lucha las pobres ropas se rasgaron. + +Cosidos a las entretelas se hallaron hasta veinte billetes de mil +pesetas. La pordiosera era capitalista; una modesta capitalista. El +caso no deja de ser frecuente. + +Hubo un buen hombre con puntas y ribetes de filántropo que tomó sobre +sí la tarea de sacar a la vieja de su miseria. Dura tarea porque +habituada a la mendicidad desde que se sintió vivir, la miseria era en +ella una segunda naturaleza, el cansancio su descanso, el hambre su +satisfacción, y el frío su amigo de siempre. Su mano tendida al mundo +durante cincuenta años de limosnera estaba ya anquilosada y a su pesar +conservaba el ademán pedigüeño. + +Pero aquel era un hombre paciente. A sus claros razonamientos la +pordiosera tuvo que rendirse y cambiar de vida. Con aquellos mugrientos +billetes que en años interminables de miseria había ido ensartando en +la mugre de sus ropas le hizo comprar vestidos, arrendar una casita +soleada de las afueras, adquirir muebles, tomar una criada... + +La vieja, resignada, veía cómo mermaba su tesoro a medida que alrededor +suyo se acumulaban los instrumentos de bienestar que aquel hombre creía +indispensables para ella. Con ojos asombrados veía cómo las cargas de +leña rellenaban su carbonera, cómo las sábanas blancas y las mantas +tibias guardaban sus caricias en el fondo de las cómodas henchidas de +ropa y cómo la despensa bien abastecida esparcía un grato olorcillo de +los jamones, los quesos y la fruta. Todo aquella era suyo; suyas las +blandas mecedoras en cuyo regazo los huesos doloridos descansaban al +fin, suyas las pieles, las alfombras y suyo aquel gran fuego del hogar +cuya humareda empenachaba la pulcra casita bañada en sol, dulce sol del +invierno, aprisionado por los cristales de colores de la galería. + +Cuando así la tuvo instalada el hombre aquel se marchó satisfecho de +su obra. Ya estaba redimida. Le hizo gastar una buena parte de sus +codiciados billetes pero la había dado una vida más fácil, más holgada +y más limpia. + +Al verse sola la vieja empezó a dar vueltas a todo aquello. Tentujeaba +las ropas, repasaba los cacharros, palpaba con manos insistentes de +ciega las cortinas, los cuadros y los muebles, abría y cerraba los +innumerables cajones, iba y venía cada vez más aturdida comprendiendo +menos cada vez. + +Sentíase extraña. Un agudo sentimiento de extrañeza le hizo irse +retrayendo del contacto frecuente con cuanto le rodeaba. Se recluyó +poco a poco en un cuartito estrecho y oscuro; todo lo demás de la +casa le sobraba y aun dentro de aquella celda no sabía ir más allá de +los cuatro ladrillos en que había de posarse. Despidió a la criada y +su último dispendio fue la adquisición de unos fuertes candados que +taparon las bocas imprudentes de cajones y puertas. Y ya se encerró +—para siempre jamás— en aquel zaquizamí sombrío, ancho mundo inagotable +para sus necesidades. Lo demás de la casa fue empolvándose primero, +agrietándose después y desmoronándose por último. + +Se equivocó aquel hombre bien intencionado. La vieja no necesitaba todo +aquello y fue un error y una crueldad imponérselo. Aunque pueda parecer +una blasfemia hay que decir que la necesidad no es igual para todos. + +Otra madrugada unos traperos encontraron junto a la carretera el +cadáver de una vieja harapienta muerta de hambre y de frío al parecer. +En su faltriquera se halló junto con unos mendrugos un manojito de +llaves herrumbrosas. + + + + +LA NECROFILIA + + +Mi abuela, por lo menos en los tiempos en que yo pude conocerla, rendía +un fervoroso culto a los muertos. Acaso esta necrofilia fuese en ella +una pasión puramente senil, ya que según noticias que posteriormente +pude adquirir, la bendita señora había tenido en su juventud otras +muchas pasiones bien distantes de su final preocupación, aunque de +la intensidad con que amó la vida pudiera deducirse exactamente su +extremada consideración a la muerte. + +Metíase en la cama —una cama altísima de roble primorosamente tallado, +vestida con unas sábanas de Holanda saturadas de olor a fruta— poco +después del toque de ánimas; pero antes sentábase sosegadamente en +una butaquita colocada a los pies del lecho, y allí, a oscuras casi, +perdiéndose y apareciendo entre las vacilaciones de una mariposa +de aceite con la que alumbraba a sus imágenes, rezaba lentamente +credos, avemarías y padrenuestros por las almas de sus padres y de +sus abuelos, de sus hijos muertos, de sus parientes acabados, de los +navegantes, de los combatientes, de los que estaban en pecado mortal. +A veces quedábase aletargada a la mitad de sus rezos y el ánima que en +aquellos momentos salía del purgatorio a sus instancias, debía sufrir +horriblemente ante el temor de que mi abuela se quedase definitivamente +dormida. Ella se daba cuenta perfecta de los sufrimientos de estas +pobres almas pecadoras a las que en sus cabezadas somnolientas, dejaba +colgadas del débil hilo de su piedad y al despabilarse rezaba de nuevo +precipitadamente tal vez pensando que las ánimas salían de su cárcel a +paletadas entre el runrunear de sus oraciones. + +El mes grande de mi abuela era el de noviembre; su día, su gran día, el +de difuntos. + +Levantábase al amanecer; oía muchas misas en diversas iglesias con gran +atosigamiento, y después, cargada de coronas y ramos de flores, íbase +al cementerio. Visitaba las tumbas de los parientes próximos, después, +las de los parientes remotos, los amigos y los simplemente conocidos; +parábase por último ante los panteones de los potentados, considerando +atentamente las bellezas artísticas de cada uno de los mausoleos y no +salía nunca de la necrópolis sin dar también una vueltecita por los +sepulcros de los hombres que habían sido célebres en su buena época. +Charlaba y discutía amigablemente con los sepultureros, los empleados +del cementerio, los lampisteros, los limpiadores de nichos, los +lapidarios y los chamarileros que le ofrecían verjas y cruces para las +sepulturas. + +Cuando el frío de la tarde la amedrentaba, volvíase a su casa con un +puñadito de castañas asadas y unos dulces. En su alcoba, frente al +lecho, tenía ya sobre su cómoda una gran vasija llena de aceite hasta +los bordes en la que ardían veinte o treinta lamparillas, por cuyas +lengüecitas de fuego se quejaban las almas en pena de sendos deudos de +mi abuela. Volvía ella a sus rezos mientras las campanas de la iglesia +próxima doblaban desesperadamente y de tiempo en tiempo levantábase +sobresaltada para colocar una nueva lamparilla en la vasija por algún +alma amiga injustamente olvidada. + +Y siempre así; a toda hora, en cualquiera época del año mi benditísima +abuela encontraba ocasión de rendir su culto a los muertos. Eran +para ella una preocupación indesechable, una aberración. Habíase +familiarizado con la muerte y en cualquier momento nos hablaba con +gran serenidad de los detalles de su sepelio que quería tener bien +dispuesto, de las oraciones que habíamos de rezar por su alma y de los +cuidados que habíamos de tener con sus pobres huesos y su piel amarilla +cuando fuéramos a darles tierra. + +Yo, que entre los terrores pánicos de mi adolescencia tenía en primer +lugar el terror a la muerte, admiraba a mi abuela como a un ser +sobrenatural por la sencillez, la afabilidad con que se volvía de cara +a la nada. Me daba la impresión de que ella había hecho ya el viaje de +retorno y por una gracia única de la divinidad estaba con nosotros. +Tales eran la seguridad, el aplomo, la certeza que había logrado en su +comercio diario con los muertos, a los que ella agasajaba con aquel +mimo y aquella suavidad que en su juventud tuvo —dicen— para sus +amadores. Yo esperaba que algún día ni abuela cerrase sus ojos en una +de sus cabezadas somnolientas y que en ese momento sus amados de ahora +viniesen a raptarla, llevándosela envuelta blandamente en sus finos +sudarios; y en cierto modo no dejaba yo de envidiar aquella serenidad +de la anciana, dispuesta siempre para un tránsito felicísimo. + +Cuando le llegó la hora, mi abuela se murió. Yo, que aquella noche +andaba desazonado al advertir la proximidad de la Intrusa, estuve +largas horas en acecho y pude seguir paso a paso la agonía de la pobre +abuela; fue una verdadera agonía; su resistencia física era grande y +luchó a brazo partido con la muerte; gritaba, revolvíase, fundíase al +fin en un ronco estertor en que su cuerpo, todo su cuerpo protestaba. +Cuando en el conticinio se declaró vencida, le quedó cuajada en los +ojos una mirada de espanto. + +He sospechado siempre que mi abuela anduvo algo descaminada en sus +relaciones con los muertos. Estos, sus íntimos amigos, debieron de +informarla mal; seguramente no le dijeron toda la verdad y la pobre +llegó algo engañada; el espanto que se pintó en sus ojos decía +claramente que «aquello» no era lo previsto. Entonces empecé a +desconfiar de los muertos y alejé de mí la necrofilia. + +Y empecé a creer que la muerte no nos otorga su amistad ni su confianza +a cambio de la ornamentación barroca con que la adornamos para hacerla +presentable en sociedad. + + + + + NARRACIONES MARAVILLOSAS + + + + +EL DESCONTENTADIZO + + +Primero pasé grandes apuros que me hicieron recordar la parábola del +camello y el ojo de la aguja; después, anduvieron manoseándome sin +compasión y cuando al fin pude darme cuenta de mi estado, me encontré +fajadito y cubierto de encajes sobre una hermosa cuna. En una rápida +ojeada a los muebles y a las paredes ricamente tapizadas, comprendí +que había venido a caer entre gentes acomodadas. Me resigné a ser un +burguesito ejemplar y en el acto reconocí que las nodrizas, los idiomas +y las asignaturas de Derecho, las izquierdas, la ruleta, el bacarrá y +la dispepsia serían mis enemigos naturales. Descorrido en parte el velo +de mi porvenir, opté por dormirme beatíficamente y esperar sosegado los +acontecimientos. + +—¡Oh, qué feo es! + +Oí que una voz bastante desagradable —después supe que era la de una +tía solterona, que veinte años más tarde debía resistir heroicamente +a mis peticiones de dinero— pronunciaba estas ofensivas palabras y +abriendo un ojo como Dios y mi falta de costumbre me hacían entender +que debía abrirse, le lancé una mirada furibunda. Ya verás, arpía +—quise decirle—, lo que este feo va a costarte. + +Cuando advirtieron que yo estaba despierto, vinieron a importunarme, +uno tras otro, todos los miembros de mi respetable familia. Acudió mi +señor padre, muy alborozado y, a lo que yo pude colegir, más orgulloso +de ser mi padre que de que yo fuese su hijo; advertí en aquel instante +que en el cariño paternal hay mucho de egolatría, y si todos los recién +nacidos adivinasen esto como lo adiviné yo, no se pondrían tan tontos +ni andarían tan envanecidos; acudieron también mis dos hermanitas, +muy lindas y discretas, aunque me pareció que ya se inclinaban más al +cultivo de las artes de seducción que a otras disciplinas domésticas. +Esto me dio mala espina, pues la perspectiva de ser hermano terrible y +calderoniano de dos señoritas de la buena sociedad, en estos años en +que vine a nacer, no me hacía maldita la gracia. + +El tío Pepe vino también a arañarme la mejilla con los cañones de su +barba y a atufarme con su peste a coñac. Al tío Pepe todos le querían +mal en casa; era el menos respetable de mi respetable familia; bebía, +jugaba, malversaba fondos y, a no ser por las influencias de papá, ya +hubiese parado en la cárcel. Creo que, ya viejo, llegó a ser jefe de +administración de no sé qué cosa. El tío Lorenzo, antípoda del tío +Pepe, llegó después a rozarme la cara con sus labios fríos y delgados; +dijo que él se encargaría de hacerme un buen comerciante y se marchó. +Yo no sé lo que él entendería por un buen comerciante, o mejor dicho, +lo sé y por pudor lo callo. + +Todos me besuquearon y trajeron en palmitas cuanto les vino en ganas, +asegurando todos que me querían muchísimo, pero sin atender a que el +mejor modo de quererme sería el dejarme descansar de mi largo y penoso +viaje. Así son los mayores; nos miman y nos zarandean por lo que +esto les divierte y entretiene, no por el placer que este traernos y +llevarnos como panderetillo de bruja pueda producirnos. + +Al fin, se fueron con mil diablos, y yo volví afanosamente a mi +sueño. Cuando desperté de nuevo debía de ser ya muy tarde; papá y +mamá, acostados charlaban animadamente. Fui todo oídos, que no es ser +gran cosa dada mi insignificancia física, y pronto pude entender que +hablaban de mí, de mi porvenir, de mi carrera, de mi posición social. +Me horroricé. Mamá creía que yo debía de estudiar una carrerita corta, +que me permitiera zambullirme en una covachuela administrativa, un +archivo, una cátedra de escaso empeño, o cosa así. Debía esmerarme en +mi educación —también callo por pudor lo que mi señora madre tomaba +por educación—, y bien relacionado, con un sueldecito seguro y unas +pesetejas de herencia, esperar una buena proporción; una señorita rica, +quién sabe si millonaria. + +Papá se indignaba —en casa el dinero era de mamá— y quería a su hijo +para más altos empeños. Él había sido hombre de un certero instinto y +de un constante dominio de la realidad; pero para triunfar le había +faltado la base, la cultura inicial. Yo tenía que aprender todas las +cosas que él había ignorado, ¡terrible labor!, y aprovechando su +tingladillo, no recuerdo si político o económico, consagrar con mi +futura sapiencia todas las artimañas, todas las habilidades y despojos +llevados a cabo por mi laborioso y aprovechado progenitor, que en +determinado ramo de la actividad social había conseguido fundar un +valioso cacicato de cuyos pingües beneficios yo sería usufructuario. + +Largas horas estuve meditando sobre estas dos inexorables decisiones +que el destino me imponía; pesé y sopesé el pro y el contra de cada +una; consulté a mi conciencia, virginal hasta entonces, pero cuya +doncellez no pasaría más adelante; preví los peligros que toda rebeldía +me traería aparejados... + +Y decidí morirme. En efecto; a la mañana siguiente, para morir como +buen burguesito, tomé tal atracón de leche materna, que horas después, +y con gran sentimiento de los míos, que habían visto en mí el modo de +descargar sus monstruosidades y darles perpetuidad, volví al limbo de +donde no debía de haber salido. + + + + +EL MUERTO INSEPULTO Y TRANSEÚNTE + + +Yo era peluquero y en mi oficio llegué a gozar de una envidiable +reputación. Reconozco que jamás tuve ocasión de salir de las modestas +peluquerías de los barrios extremos, pero esto no me quita mérito. +Debía esta postergación a mi modestia, a mi carácter pusilánime. Nada +más. Pero no tenía tampoco mayores aspiraciones. En mi pequeña barbería +me sentía muy a gusto y mi arte, la suavidad de mis manos y la dulzura +de mis maneras, eran dotes apreciadas en cuanto valían por mis humildes +parroquianos. + +Cuando cumplí veinte años, me hicieron soldado, ingresé en el cuartel +y pasé días horribles entre aquellos hombres violentos e implacables. +Me abrumaban con el peso de armas y correajes, me rendían con caminatas +terribles y ejercicios sin fin y toda mi blandura, mi naturaleza +dulzona y aristocrática de oficial de barbería hubo de resentirse +gravemente. Cuando se convencieron de que yo no servía para aquel +bárbaro ajetreo me mandaron a la peluquería del regimiento donde +recobré algo el sosiego. Allí estuve algún tiempo y todos los soldados +reconocieron que yo era un hombre superior por la inusitada suavidad, +el miramiento con que rapaba sus testas esquinadas y sus barbas +salvajes. Vuelto así a mi elemento me sentí orgulloso de mí mismo y de +mi arte. + +Pero se declaró la guerra; nos movilizaron y de la noche a la mañana, +me encontré sobre el campo de batalla frente a unos feroces enemigos +y cargado otra vez con armas y correajes. Allí no había escapatoria; +en la guerra la gente no se corta el pelo ni se deja afeitar —de ello +deduzco yo la barbarie de las guerras—, y quieras que no, se empeñaron +en hacer un bravo guerrero de un humildísimo rapabarbas. Puse todo mi +empeño en conseguirlo, pero no me fue dable. + +Así las cosas, nos metieron en fuego por primera vez. Yo iba desde el +primer instante más muerto que vivo. Al poco rato de avanzar frente al +enemigo, comenzaron a silbar las balas. Un soldado que marchaba junto a +mí dio de pronto una zapateta bastante ridícula y se cayó de espaldas +echando sangre por la boca. No pude ver más; se me cerraron los ojos y +así seguí avanzando, a tientas, mientras oía a lo lejos el zumbido de +las balas. + +De pronto oí un silbido más fuerte que los demás; aquella bala venía +por mí. En efecto; sentí un terrible golpe en el pecho y me di cuenta +de que caía mortalmente herido. Unos minutos después yo fallecía; +estaba muerto, irremisiblemente muerto. + +Yo me daba cuenta aún de algo de lo que por fuera pasaba pero por +dentro de mí, en los entresijos de mi ser, muerto y bien muerto me +sentía. + +Así estuve varias horas; me preocupaba mucho la posibilidad de que +los buitres viniesen a comerme; pero no veía el medio de evitarlo. +Indudablemente me comerían. Y vendrían también los cuervos y me +sacarían los ojos... + +Vinieron unos camilleros y unos médicos. Me recogieron con pocos +miramientos y dándome trastazos, me arrumbaron en un furgón automóvil. +¡Oh, si los cadáveres pudiéramos quejarnos! + +Cuando ya se disponían a enterrarme, como era su obligación, uno de +aquellos médicos estuvo registrándome y atosigándome de una manera +cruel. Le oí decir que yo no estaba muerto, cosa que me hizo reír de +buena gana para mi calavera, que es como únicamente podemos reírnos los +muertos aún no descarnados. Aquel bárbaro insistió en sus masajes, sus +inyecciones y sus inhalaciones fatigosas hasta hacerme abrir los ojos e +incorporarme. Aquello era de una crueldad inaudita pues lo menos que se +puede hacer con los muertos es dejarlos descansar en paz. + +Obligado fieramente, acosado por todas partes, de tal modo que el mismo +médico estaba ya exasperado, me hicieron hablar, no sé cómo, pues no +recuerdo el caso de ningún cadáver parlante. + +Cuando pude hacer uso de la palabra, la empleé en manifestar a aquellos +señores el deseo de reposo eterno que, como buen cadáver, tenía. +Formulé, pues, la petición de que me enterrasen para que aquellos +caballeros perdiesen las vanas sospechas que tenían de que yo estuviese +aún vivo. + +Estas palabras, sensatas, les dejaron estupefactos y como yo las +repitiera muy cuerda y respetuosamente, lo tomaron a mal y, poniéndose +en pie sobre mis inseguras piernas de fallecido me atizaron tal +puntapié en el trasero, que yo admití la posibilidad de morirme por +segunda vez. + +De entonces acá mi vida de cadáver insepulto y viandante ha sido un +verdadero martirio. He escuchado los mayores insultos y he sufrido los +castigos más atroces. + +Ante mi obstinación en declarar mi estado, se han burlado de mí y me +han desmentido categóricamente llamándome impostor. ¡Claro! Como no he +podido sacar la cédula de cadáver que por clasificación me corresponde, +nadie me cree. Me han formado consejos de guerra, me han encarcelado, +he sido deportado y últimamente me he visto convertido en quincenario +profesional. + +¿Y todo por qué? Por mantener firmemente la íntima convicción de que +soy un fallecido; una víctima del heroísmo. Nadie me cree. + +Y ahora, en secreto, yo mismo he empezado a dudar. Muerto, bien muerto +estoy aunque me hagan andar, hablar y moverme artificialmente. Desasido +de todas las cosas de este mundo me hallo, y ni voluntad, ni amor, ni +nada de lo que los vivos tienen he conservado. Pero de vez en cuando, +me asalta una irrefrenable apetencia de callos, longaniza o chuletas de +huerta. Y la verdad, soy el primer cadáver con apetito que conozco. + +Esto me hace tener mis dudas. + + + + +LA LIBRE REPÚBLICA DE LAS BESTIAS + + +Este hombre era un arbitrista con muy pocos arbitrios; un arbitrista +que tenía por todo caudal y por toda familia un perro; un perrillo +costroso con unos ojuelos tristes y un rabito calvo más triste aún. El +perro y el amo eran intelectuales. Y les iba mal en la vida. + +El amo, por toda ocupación se plantaba en la Puerta del Sol y arrimado +a una farola se pasaba las horas muertas mordiéndose las uñas con +una voracidad digna de mejor empleo e imaginando al mismo tiempo, +fantásticos arbitrios. Mientras, el perrillo, huroneaba en los montones +de basura de los mercados. + +Al anochecer volvía el perrillo en busca del amo. En aquel momento +cambiaban una mirada de inteligencia y mutua conmiseración. + +—¿Qué tal te ha ido, perro? + +—Mal; muy mal, hombre. ¡Esos guardias! ¿Y a ti? + +—Peor. ¡Esos gobiernos! + +Pasito a paso íbanse entonces de recogida al agujero en que moraban. +Un mismo jergón se apiadaba de los huesos maltrechos del hombre y el +perro; juntos se prestaban calor el uno al otro. + +Un día de hambre —un día— el perro y el hombre al regreso de sus +correrías se miraron a los ojos largamente. Al hombre le pareció que +aquella mirada dulce y pesada del perro era más intelectual que de +costumbre. Lo que el perro quería decirle con los ojos debía de estar +muy claro. Pero el hombre no supo entenderlo. «¡Qué brutos son los +animales racionales!», pensaría el perro. + +Aunque habituado a los rasgos de inteligencia del perrillo, se conmovió +el hombre ante la vivacidad, el espíritu que denotaba aquella larga +mirada del can. Y pensando en ello discurrió la más peregrina teoría +que puede imaginarse. + +Empezó poniendo todo su empeño en descifrar lo que el perro quería +decirle con los ojos. Sujetándole la cabeza le obligó a mirarle +fijamente mientras él con los ojos muy abiertos escrutaba en el fondo +de las pupilas desteñidas del animalejo con la misma furia y encono +que los hipnotizadores. El pobre perrillo no podía sostener aquella +mirada inquisitiva que se le metía pupilas adentro produciéndole en la +espina dorsal escalofríos que le obligaban a dar fuertes sacudidas. + +El signo más claro de la irracionalidad está precisamente en ese terror +instintivo que obliga a todos los animales a bajar la vista cuando se +les mira trente a frente. No hay ningún animal capaz de soportar la +mirada fija del hombre. + +Aquel bichejo tan inteligente, tan humano, no tenía más mérito ni más +superioridad que esa; la de haberse acostumbrado a mirar sin miedo +los ojos fascinadores de su amo hambriento. ¡Y cómo estaba preñada de +inteligencia aquella mirada del perro! ¡Cuántas cosas quería decir y en +realidad decía! + +«Si de ordinario —pensaba el arbitrista— pudiésemos mirar con atención +a los ojos de los animales, es posible que les concediésemos un poquito, +siquiera un poquito de raciocinio. Les consideramos irracionales porque +no hemos sabido leer en sus ojos y no hemos visto en ellos la chispa de +la inteligencia. Mi perro la tiene, eso es indudable. Pues bien; yo voy +a cultivar esa inteligencia rudimentaria. Voy a dar cultura a mi perro». + +Esta fue desde entonces su preocupación ídola. Consultó a varios +biólogos, tomó lecciones de un hipnotizador y sometió a su perro al +plan que se había trazado. Estaba dispuesto a sugestionarle hasta el +punto de sacudir la inteligencia de la bestezuela y despertarla del +sueño eterno a que había sido condenada por el Supremo Hacedor. Miraba +a los ojos del animalejo hasta ponerse bizco y consiguió acostumbrarle +a aquella extraña comunicación espiritual. + +El perro se cansaba algunas veces y le miraba estúpidamente con aquella +estúpida tristeza que tienen en los ojos algunos hombres a quienes la +vida les viene ancha. Otras veces el perrillo parecía enloquecer bajo +la mirada del amo y se volvía furioso como atacado de epilepsia. Pero +de vez en cuando, el bichejo, concentrando todas sus potencias, poníase +a pensar las mismas cosas que iba pensando el magnetizador. Era un +simple fenómeno de telepatía. Esto no es extraño; los rayos del sol +concentrados por una lente encienden el fuego y nadie se maravilla. Lo +mismo, exactamente lo mismo hizo el arbitrista con los destellos de +inteligencia de su perro. + +En estos mudos coloquios el hombre infundió al perro, primero, algunas +ideas generales, varios principios teológicos, algo de filosofía, +letras y biología. El perro recorrió guiado por su dueño toda la +evolución del pensamiento humano. Cuando ya lo tuvo suficientemente +iniciado en las disciplinas del espíritu, quiso hacer de él un técnico +para que no hiciese mal papel si andando el tiempo quería ser ministro. +Acto seguido le confirió el título de doctor _honoris causa_ y salió +con él a la conquista del mundo. Iba contento. Poseer un animal que +sabe cosas trascendentales es tener la llave del mundo. Algunos +igorrotes han triunfado en la vida solo porque poseían uno o varios +animales bimanos que sabían cosas. Ese es el secreto de todos los +caciques políticos. + +Pero de momento el perro sabio no tenía más que un campo abierto a su +actividad. La pista de un circo. Y a ella fueron a dar. Ante el público +estupefacto el arbitrista y su can daban lecciones de hipnotismo. +El perro sabía escribir y vuelto de lomo hacia su amo contestaba +por escrito a las preguntas que al oído hacían los espectadores +al arbitrista. La sensatez con que el perro daba sus respuestas, +la claridad y concisión con que las redactaba de su pata y letra +promovieron una revolución. + +Aquel triunfo fue incomensurable. El arbitrista millonario en pocos +meses constituido en empresario del perro sabio pensó entonces en +ampliar su teoría. + +Escogió tres o cuatro caballos, dos tigres, tres leones, un elefante y +algunas bestias más. Los sometió al mismo procedimiento que al perrillo +y después de muchos días de terrible labor consiguió por medio del +hipnotismo concentrar las potencias de aquellas bestias haciendo saltar +en todas ellas la chispa de la inteligencia. A todos ellos les hizo +bachilleres y después obligó a cada uno a cursar las disciplinas más +oportunas a sus facultades. + +Por fin llegó el momento trascendental de presentarlos en el mundo. +Temblando de emoción dio su última clase a los animales; pero cuando +al final de la lección les anunció que a la noche siguiente los +presentaría ante el público, vio con gran estupefacción que se negaban +a ello categóricamente. + +—Nada de exhibicionismos —decía el elefante que se había hecho +bibliófilo. + +—Debemos ser respetados —agregaba el tigre convertido en un formidable +economista. + +—¡Desprestigios, no! —gritaban todos. + +El hombre quiso imponerse por la fuerza; se exasperó ante la +resistencia de las bestias y requirió el látigo para castigarlas. +Los animales se reunieron acto seguido en consejo y tras una breve +deliberación acordaron sentenciar a muerte al hombre como reo de lesa +superanimalidad. La sentencia fue ejecutada y el hombre pereció a patas +de la justicia. En aquel momento los animales constituidos en asamblea +acordaron proclamar la libre república de las bestias, declarar la +guerra al género humano y de momento, hasta hallarse en condiciones de +presentar la batalla, retirarse prudentemente a la selva. + +Así lo hicieron. Nadie ha sabido esto. Pero dentro de algunos años los +exanimales que poseerán ya una cultura vendrán a precipitarse sobre la +humanidad. Dios se lo pague al infortunado arbitrista. + + + + +EL PURGATORIO DE LOS TONTOS + + +No iba descontento. Llevaba detrás un landó y veinticinco simones. +No iba descontento. Mi entierro se verificaba con toda la pompa y +solemnidad que yo había deseado y previsto. + +Me dejaba llevar camino de la necrópolis muy serio y estirado dentro +de una caja de ébano. Hacía una buena tarde de sol y me agradaba pasar +solemnemente ante la buena gente trabajadora que me saludaba con todo +respeto al ver cruzar mi carroza fúnebre seguida de tan lucido cortejo. + +En el camino anoté cuidadosamente en mi memoria quienes habían acudido +a mi sepelio y quienes no. Mi espíritu volaba de un simón a otro y si +bien es verdad que oí no pocas conversaciones inconvenientes, quedé +complacido de la corrección de mis deudos, amigos y conocidos, de sus +buenas maneras y de su irreprochable indumento. No se crea que yo era +un muerto frívolo porque me preocupaba de estas minucias, no. Es que +no se muere uno más que una vez en la vida y en definitiva es para +esto, para que le entierren a uno con decencia, para lo que se afana y +atosiga uno en los últimos años de su vida. + +Un rato después de haberse verificado mi inhumación sin incidentes, +me asaltó el temor de que me hubiesen enterrado vivo. Los casos de +catalepsia son frecuentes y, además, ¿qué muerto era yo que andaba +después de enterrado pensando en pompas y vanidades mundanas? Una +terrible congoja me dominó y anhelé salir de aquel encierro pero apenas +formulé mi deseo me encontré libre, sano y salvo sobre la haz de la +tierra. Esto me tranquilizó. ¿Si no estuviese muerto del todo cómo me +sería posible andar así desencarnado? Y ya con absoluto sosiego, pasito +a paso, me torné a Madrid. + +Dejé pasar la noche y muy de mañana fui a parar sin saber cómo ante +la puerta de mi oficina en la que entré sin ser visto. Los ordenanzas +no me saludaron. Iba a reprenderles pero recordé que estalla muerto. +¡Miserables! ¡Ya no me saludarían más! Había perdido de un solo golpe +mi alta jerarquía administrativa. + +Penetré en mi negociado. Pérez con las patas —esto es, las patas— +encima de la mesa leía una revista pornográfica. He aquí el triste +resultado —me dije—, de quince años de amonestaciones y sanos consejos +morales. López liaba cigarrillos, tarareando un chotis y García, el +irreverente García, adueñado interinamente de mi mesa, se complacía en +alterarlo y revolverlo todo. Mudaba de sitio el tintero, el frasco de +la goma y las tijeras, revolvía los expedientes y curioseaba en los +cajones. ¡Oh, terrible perturbador! ¡Cómo gozabas de mi impotencia! +¡Cómo disfrutabas provocando el desorden y el caos! ¿No sabes, +desgraciado, que cada cosa tiene en este mundo un sitio inmutable y que +la prosperidad de un país, su sana administración y creciente riqueza +dependen tal vez de que se sepan colocar en su sitio exacto desde el +más alto jefe de administración hasta el último pisapapeles del reino? + +Allí estuve las cuatro horas de oficina que fueron otras tantas horas +de tormento para mí. Los malsines de mis subordinados discutían, +chillaban y escarnecían mi memoria. Estuve decidido a marcharme muchas +veces pero una fuerza irresistible ataba mi alma desencarnada al +ambiente de aquella sala infecta en la que transcurriera la mitad de mi +vida. + +Sin saber por qué al salir de la oficina seguí haciendo mi vida normal. +Fui a casa, asistí a la comida, estuve después en el café, presidí +la tertulia, subí al billar, paseé por Recoletos, compré unos dulces +a Pepita y me planté en su casa. Pero un sospechoso rumor hizo que +mi alma se detuviese sobresaltada a la puerta de su alcoba. Y, ¡la +verdad!, ni en espíritu me atreví a entrar. + +Volví a casa y me tumbé en mi cama. Al día siguiente se repitió mi +tormento. Estuve en la oficina, en el café, en Recoletos y en casa de +Pepita. Allí parecía que me llamaban con campanillas. O aquella chica +era un prodigio de laboriosidad o yo era un alma en pena bastante +indiscreta. No sé. + +Día tras día hice durante algunos meses la misma vida sobrenatural +que, aparte de mi incorporeidad, maldito lo que de sobrenatural tenía. +Llegué a desesperarme y a estar aun en el límite de la desesperación, +pasado el cual no sé adónde se va. ¡Para esto no valía la pena morirse! + +Yo había creído que al morir abandonaba uno por completo todas las +miserias, las preocupaciones y los dolores de la vida terrena, pero +al cabo de un año de estar muerto y enterrado me encontraba atado a +cuanto en la vida fue mi obsesión. ¿No dicen que los muertos tienen +una gloria, un purgatorio y un infierno? ¿No se llama reposo eterno +a la muerte? ¿Por qué andaba yo como panderetillo de bruja sin poder +libertarme de tanta y tanta majadería como me rodeó en vida? ¿Qué me +importaba en fin de cuentas que González hiciese las carambolas por +chamba? Pues y las infidelidades de Pepita, ¿qué se me daban ya? + +La gracia divina me ha permitido al fin conocer mi culpa y mi castigo. +Esta vida carnal sin carne, este atadijo a las pequeñeces de la +existencia terrenal no es otra cosa que el purgatorio de los tontos. +Por un decreto de la divinidad, los tontos, los memos, los que no +supimos ver más allá de nuestras narices, los que jamás tuvimos una +idea pura, ni un pensamiento elevado, ni una abstracción, ni un atisbo +siquiera del más allá, tenemos aquí nuestro purgatorio, entre los +nuestros, entre nuestros chismes cotidianos y nuestras preocupaciones +habituales. Es un terrible castigo. Imaginarlo en todo su dolor es casi +imposible. ¡Es espantoso este purgatorio de los tontos! + +Yo algunas veces tengo un poco de lucidez y comprendo no solo mi dolor +sino el ridículo que hago divagando por el mundo. Antiguamente por lo +menos se nos temía y se nos llamaba almas en pena, trasgos y endriagos; +pero ahora es vergonzoso. + +Los espiritistas se entretienen haciéndonos acudir a las patas de +sus odiosos veladores, y por si este ultraje fuera poco han dado en +llamarnos ¡kamarrupas! ¡Yo, un kamarrupa! + +Hago estas revelaciones en beneficio de la humanidad entontecida. Hay +que despertarse, abrir el ojo y alambicar un poco. Este purgatorio de +los tontos es terrible. + +Voy escribiendo estas revelaciones con tinta simpática en un montoncito +de cuartillas que hay en el fondo del segundo cajón a mano derecha de +mi mesa de trabajo... ¡Ojalá alguno acierte a descifrarlas y sirvan +algún día para aviso de ingenuos! + + + + +LAS MIL PESETAS QUE HAY EN EL MUNDO + + +Jamás ha habido en el mundo una cantidad de dinero superior a mil +pesetas o a su equivalencia en francos, marcos, chelines, dólares, +rublos, plumas o cuentas de vidrio. Sobre ese dinero, el único que hay +de verdad, el único que existe, bien por donación espontánea de la +naturaleza, bien por las propinas de la divinidad a los santos varones +que con más celo la sirvieron, se ha levantado el gigantesco edificio +de la economía. Unos hombres que no tenían brazos para producir, ni +ánimos para mover guerras, ni cabezas para pensar, inventaron el +agio. A partir de entonces y merced a los infinitos sofismas de que +se valieron, el dinero inicial, el verdadero patrimonio de Adán ha +ido multiplicándose maravillosamente. Con el advenimiento de la Edad +Moderna, la creación de los bancos, los empréstitos de los estados, +el papel moneda y las sociedades por acciones el dinero ha aumentado +fabulosamente. Se habla de miles de millones con un desconcertante +aplomo. La estafa universal de la moderna economía no reconoce límites +y millares de empleados se inclinan ocho horas diarias sobre las +ventanillas y los pupitres de los Bancos, trabajando afanosamente. +Hace algún tiempo yo no podía explicarme en qué consistía esa labor +abrumadora de los infinitos empleados de banca. Pero ahora estoy +en el secreto y cuando por incidencia tengo trato con ellos procuro +abrocharme cuidadosamente y no dejar de la mano mis escasas monedas de +metal. Esos hombres son capaces de todo. Lo que no me explico es cómo +meten en la cárcel a los que dan el timo del portugués y en cambio +dejan en libertad de operar a esos hombres, mucho más peligrosos. + +Pues bien; este secreto de las mil pesetas, únicas que hay en el mundo, +fue descubierto hace seis u ocho años por un judío alemán que ambicioso +de poder emprendió la más atrevida empresa que puede imaginarse. El +vasto plan del judío consistía en apoderarse una por una de las mil +monedas que han servido de base a la monstruosa hipérbole de la moderna +ciencia crematística y una vez capturado todo el dinero que hay de +verdad, no sus astutas ficciones, soplar el castillete de naipes de la +economía universal y verlo caer grotescamente. + +La guerra europea vino a favorecerle y mientras los beligerantes se +partían el alma a gloriosos trastazos el judío recorrió Alemania, +Austria, Hungría y Rusia, llevándose los treinta o cuarenta dineros +que por allí había. Pronto empezaron a sentirse los efectos; el falso +dinero iba dando la cara de su falsedad y la gente empezó a rechazar +los billetes de banco, las láminas y los títulos. Los bolcheviques +dándoselas de sinceros quisieron abolir el dinero cuando el dinero se +había abolido a sí mismo al desaparecer la media docena de auténticos +kopecs que el judío alemán pudo encontrar en todas las Rusias. + +Los austriacos vieron con espanto que sus coronas de papel tenían la +misma realidad y consistencia que el derecho divino de sus reyes, y +los marcos al sentirse amenazados acrecieron en la multiplicación pero +pronto quedó patente su invalidez. + +Así, por donde quiera que el hijo de Israel va pasando se deshace la +ficción monetaria. En Portugal el reis se pierde ya en los recovecos +del cálculo infinitesimal y en España, donde los cuatro cuartos que hay +están en manos de tres toreros y seis tahúres, pronto sobrevendrá la +catástrofe. A menos que Romanones se dé cuenta, que todo puede ser, y +mal negocio entonces para el judío alemán. + +Leal y desinteresadamente hago esta advertencia. Desinteresadamente +por que no poseo un solo céntimo y en definitiva me da igual que mi +hipotético dinero esté en las manos del judío alemán o en las del +editor. Tan mal ha de irme con uno como con el otro. + +Pero tened cuidado; si el judío se alza al fin con las únicas mil +pesetas que hay en el mundo, tal vez volvamos los ojos con amor a la +memoria de nuestros ilustres financieros. + + + + +EL DESASTROSO FIN DE LA HUMANIDAD + + +La vida era cada vez más difícil y el malthusianismo crecía. Sus +abominables prácticas habíanse extendido no solo por las grandes +ciudades, sino por las villas y aldeas, y la sencilla pastora como la +dama de gran mundo sabían pecar y eludir la penitencia. + +Llegó un momento en que nadie tenía hijos. La humanidad iba a terminar +de un momento a otro. El egoísmo de esta generación postrera no +se contentaba con alargarse la vida todo lo posible, merced a los +repetidos injertos de glándula intersticial, sino que cortaba el camino +implacablemente a todo nuevo ser. No nacían niños. Y eso que los curas +se partían el alma echando bendiciones nupciales y aún se escribían +novelas de gran sentimentalismo. + +Próximo ya al acabamiento del género humano, se enteraron los políticos +de lo que ocurría. Los sociólogos dijeron que ellos estaban al cabo de +la calle hacía muchísimo tiempo, pero la verdad es que nadie se dio +cuenta del peligro mientras no faltaron diez o doce años, a lo sumo, +para que se precipitase el juicio final. + +Cundió la alarma y los soviets de todo el mundo —porque todo el mundo +era sovietista— estudiaron atentamente el problema y resolvieron +sacar a los sabios de las mazmorras en que a pan y agua los tenían +demandándoles una solución inmediata para el pavoroso problema. +Los sabios —que eran más sabios desde que no comían ostras, ni se +daban banquetes, ni fumaban grandes puros— aguzaron el intelecto, y +propusieron que en adelante los niños se hiciesen en laboratorios +especiales, en los que unos matraces de nueva invención sustituirían +con ventaja al anticuado e incómodo claustro materno. + +Se hicieron felicísimos ensayos y se comenzaron a construir los +edificios gigantescos de unas grandes fábricas de niños. El +procedimiento era sencillísimo. Llegaban los presuntos padres, +depositaban una moneda por una ranura, una máquina automática les +extraía de un brazo, o de donde fuese, una pequeña porción de sustancia +vital, se hacía de ella un cuidadoso cultivo y sin más molestia que la +de pasar nueve meses después a recoger el encargo, cátate a un padre y +una madre hechos y derechos. ¿Era sencillo? + +Pues ni así iban. Y las fábricas sovietistas de bebés al por mayor +quebraron por falta de clientes. + +Los gobiernos, frente al fracaso de este sistema de incubadoras y +ante los apremios del tiempo pues la humanidad se extinguía a toda +prisa, volvieron de nuevo los ojos a los sabios. Les acortaron aún más +la ración, les prohibieron terminantemente las deliberaciones, las +consultas y los congresos, y esperaron inquietos sus soluciones. + +Al fin se presentó una, genial, radicalísima, salvadora. El mundo +no se acabaría porque, quieras que no, nacerían hijos y en grandes +cantidades de hijos, como lo demandaba aquella terrible amenaza. Se +había encontrado el medio de que toda semilla vital fuese fecundada. No +habría escapatoria: mediante unos injertos maravillosos de no sabemos +qué glándula de pescado, las mujeres tendrían hijos por cientos, por +millares, por millones. El estudio de los fenómenos de la reproducción +en los peces había dado la clave del problema. Se había llegado a la +hueva humana. + +Se empezó a usar el procedimiento y los resultados fueron prodigiosos. +Matrimonios que en veinte años no habían tenido un solo descendiente, +se encontraban con tres o cuatro mil hijos en pocos meses. Hubo +entonces que resolver otro grave problema; el de asegurar la vida a +las miríadas de seres que iban apareciendo. Nuevo injerto a las huevas +y los niños en formación adquirían tal vitalidad, que ni el calor ni +el frío, ni el hambre ni la sed podían aniquilarlos. Se consiguió +captar de la atmósfera los elementos de nutrición necesarios, y bastaba +que los chicos aspirasen un poco de aire libre para que se sintiesen +hartos, como al desprenderse del pecho de las nodrizas. + +Empezó a poblarse el mundo con una rapidez incalculable. A la vuelta +de cuatro o cinco años las casas estaban abarrotadas de seres; en las +calles la gente, desbordándose de las aceras, inundaba el arroyo e +interceptaban la circulación de vehículos, los campos se cubrían de +seres humanos que no cabían en las ciudades, y pronto la avalancha +humana llegó hasta las orillas de los mares, cayendo al agua muchos +miles de personas que no tenían un palmo de tierra para posar la planta. + +Cuando el Supremo Hacedor, en uno de sus ratos de ocio, revolvió el +arca de sus viejas producciones, encontró a la tierra en tan terrible +situación. Se horrorizó, no dejó de reprocharse su descuido, y cogiendo +el mundo con unas tenazas, lo sacudió violentamente en el espacio para +desprender aquella humanidad parásita. Después, lo lavó cuidadosamente +con un poderoso desinfectante, lo envolvió en unas gasas deletéreas, +y, junto con unas bolitas de naftalina celestial, lo envió al museo +arqueológico que para su solaz y recreo tienen los dioses. Porque por +allá arriba son muy aficionados a la arqueología. + + + + +DOS GRANDES ERRORES + + +Sabemos con absoluta precisión cuando hemos de morirnos. Esto, claro +es, no se dice por ahí porque los que ya están avisados tienen miedo +y lo callan. Los otros, los que aún no están sujetos al emplazamiento +fatal, creen que la muerte es un agente extraño, algo así como el +recaudador de contribuciones de la divinidad y les satisface mantener +el mito de la Pálida, terrible huéspeda que avanza campos y ciudades +provista de sudario y la guadaña, viejas prendas que alguna vez +sirvieron a la poesía lírica, y hoy, pasadas ya de moda, apenas si +preocupan a tal o cual Hamlet de aldea. + +Sabemos cuándo hemos de morimos, podemos apreciar la cuerda que nos +queda y a veces paseamos años y años por el mundo con nuestra papeleta +de defunción escondida en el fondo de la conciencia. Este conocimiento +de nuestro fin no es un aviso milagroso de la Providencia ni tiene +complicaciones taumatúrgicas, no. Es suficiente que pongamos un poco +de atención en nosotros mismos; nos basta auscultar cuidadosamente +nuestro ser para adivinar lo que nos resta de vida. Un poco de reposo, +un día entero de lluvia o viento encerrados en nuestra habitación, una +noche de insomnio nos permiten escuchar todos los ronquidos, estertores +y fracasos de nuestro organismo. El que atiende a esos indicios +pronto se entera de cómo está su máquina y calcula su duración como +un experto relojero podría calcular la de un reloj. Esta es una vieja +verdad; ya en los siglos XV y XVI la postulaban unos buenos hombres +que anunciaban solemnemente el día preciso en que había de morirse de +muerte natural. El pueblo los tomó a broma y se divirtió mucho con sus +errores de cálculo; la Inquisición los tomó en serio y dio en la manía +de quemarlos. Error gravísimo; porque una vez cogidos sí que podían +predecir su muerte. + +Consecuente con mi teoría, yo supe hace algunos años el tiempo que me +quedaba de vida. Y a juzgar por cómo se me hacían agua en la cabeza no +pocas cosas sólidas y cómo me chasqueaban y crujían otras muchas en el +hígado y en el corazón, deduje que pronto había de morir. + +Hombre sensato, deseché las preocupaciones sobrenaturales y me puse +a ordenar mis asuntos. Pensé entonces que, pues me había de morir y +el trance estaba próximo, era una insensatez el seguir afanándose por +las cosas terrenas. Suspendí todos mis trabajos y me di de lleno a +escucharme, a inquirir en los entresijos de mi quebrantada humanidad. +Pero por desgracia yo no tenía bienes y, mientras atendía a las +palpitaciones de mi pobre hígado, mi mujer y mis hijos pasaban grandes +hambres. Tuve que escribir cartas a los amigos pidiéndoles dinero. El +resultado fue menos que mediano. En cambio logré una sólida reputación +de vago y de sablista. ¡Idiotas! ¿Cómo querían que trabajase un +moribundo? Echado día y noche sobre mi jergón, percibía uno por uno los +íntimos derrumbamientos de mi ser, las muertes chiquitas que anunciaban +inexorables la muerte grande y definitiva. + +Así transcurrieron unos meses, un año, varios años. Mi situación de +futuro cadáver era ya dificilísima. Seguí pidiendo dinero; ya entonces +revelé algo a los amigos más íntimos; les dije, en una palabra, que +me hallaba moribundo y se apiadaron algo más, no mucho. Pero los muy +brutos, viendo al poco tiempo que no me moría, volvieron a cerrar sus +bolsas. Estaba desacreditado. Si me hubiese muerto —pensaba—, estaría +en buen lugar ante ellos, elogiarían mi memoria y darían dinero a mi +viuda y a mis hijos. De improviso, ¡qué idea!, discurrí que el mejor +medio de asegurar un pasajero vivir a los míos después de mi muerte +era encomendarlos a la piedad de mis amigos en emocionantes cartas +redactadas casi en la agonía. No hay hombre capaz de resistirse a la +súplica de un moribundo. Redacté pues numerosas cartas preñadas de +lúgubres imágenes, de trágicos emplazamientos para la otra vida, de +súplicas, de estertores... Llegué a dominar por completo esto que +pudiéramos llamar literatura agónica. Aquello era una idea genial; +el sablazo de ultratumba. Hice un cálculo de mis amigos y de sus +posibilidades; se me presentaba un pingüe negocio. Hay que morir, me +dije. + +Pero no moría aún; son demasiadas las cosas que tienen que quebrársele +a uno allá dentro para morir del todo. Ya me faltaba muy poco, casi +nada. Y, sin embargo, no era posible que esperásemos más. + +Decidí aligerar el desenlace. Quiero decir que pensé suicidarme. +No hay que asustarse. Lo mío no tenía realmente los caracteres de +un suicidio. Era un empujoncito, un empujoncito nada más lo que me +faltaba. Cogí una gran pistola, herencia de mi abuelo, y estuve +preparándola. Al examinar la carga me alarmé un poco. ¿No era +demasiado grande aquel pedazo de plomo para matar una cosa tan nimia, +tan insignificante como lo que de mí estaba vivo? ¿No era demasiada +pólvora, demasiada detonación, demasiado escándalo? Una pueril +cerbatana hubiese sido suficiente; pero, por desgracia, la cerbatana +es en nuestros días un arma ineficaz para el suicidio y además un poco +ridícula. + +Me resigné; moví aquel pistolón y me hice polvo. Creo que fallecí antes +de que el plomo me llegase a los sesos. + +* * * + +¿Quieren ustedes creer que me equivoqué? Créanlo; las famosas cartas no +dieron un solo céntimo a mi pobre viuda. En cuanto a mi muerte y a sus +claros indicios... + +Baste decirles que hace diez años que yazgo dos varas bajo tierra y aún +siento aquí en la calavera algo que no me deja sosegar: un gusanillo, +un gusanillo... + + + + +EL BROMAZO + + +Mi proceso ha sido sonado. El crimen que se me imputaba era una +verdadera obra de arte, con la que los gacetilleros consiguieron +emocionar a los burgueses de suyo indiferentes y estólidos. Una +mujer, una pobre mujer, había aparecido asesinada en su lecho y junto +se encontraron los cadáveres espantosamente mutilados de sus dos +hijitos; además, los muebles se hallaban en desorden y la pobre gaveta +descerrajada y sin un céntimo. + +La mujer era viuda; sostenía conmigo relaciones amorosas; algunas veces +me había dado un poco de dinero, y por esto, y porque los niños no eran +muy agradables ni me miraban bien, reñíamos frecuentemente. Dieron en +decir que yo había sido el asesino y me encarcelaron. + +Negué con energía; pero no pude probar nada. Viendo que no hacían caso +de mis protestas, decidí fugarme. Lo conseguí a poco. Mi propósito +era buscar por mí mismo las pruebas de mi inocencia, ya que nadie, ni +siquiera mi defensor, creía en mis palabras. Yo era inocente —ya no +tengo empeño en que lo creáis— y había un medio de demostrarlo. + +La noche del crimen estuve en casa de mi amante y disputamos; los +vecinos me vieron entrar y me oyeron dar voces. Hacia la media noche +me marché sin que nadie pudiera sentirme. Camino de mi casa encontré a +un sujeto extraño; me pidió le orientase, pues se había perdido en el +dédalo de las callejuelas del barrio. Parecía extranjero; vestía mal y +hablaba peor. Adiviné en él un tipo interesante y charlamos como buenos +amigos. Era uno de esos sujetos estrafalarios que andan perdidos por +el mundo, de los que se puede decir que son la avidez en dos piernas y +unos ojillos curiosos. No supe cómo se llamaba, adónde iba ni de dónde +venía. Mostró empeño en escudriñar aquel barrio viejo y pintoresco a +la luz de la luna de enero y durante tres horas recorrimos todas las +callejuelas, llegamos a los muelles, pasamos el puente y acodados en +el pretil estuvimos viendo cómo la luna hacía cosquillas al río. Ya al +amanecer nos separamos. Me hizo saber tan solo que al día siguiente +abandonaría la ciudad y poco después el territorio. No he vuelto a +saber nada de él. + +Transido de frío y lleno de fango llegué a casa y me acosté. Tuve +alguna fiebre y estuve delirando. La patrona ha declarado después que +me oyó pronunciar palabras ininteligibles con gran excitación. Cinco +horas más tarde vino la policía y me condujo ante el juez. Yo era el +asesino de mi amante y de sus hijos. + +Únicamente podría probar lo contrario si lograba encontrar a aquel +vagamundo. Así lo dije; hicieron algunas pesquisas infructuosas y no +me atendieron más. Entonces me fugué y durante tres meses empleé toda +mi astucia y mi energía en buscar al maldito extranjero y en huir de +la Justicia. Creí adivinar que había marchado al país vecino y allí +fui a buscarle. Puse anuncios en los periódicos, inquirí en cárceles, +hospitales y cuarteles. Nada. Desesperé, y en este momento volvió a +cazarme la policía. Se consiguió mi extradición y volví a mi antigua +cárcel, corroborando con mi huida al extranjero la sospecha de que yo +fuese el asesino. Los inocentes no huyen nunca, dicen con toda gravedad +esos absurdos y axiomáticos magistrados. + +Negando yo y agobiándome ellos con sus acusaciones, se celebró la +vista de la causa. Todos los testigos me han sido adversos; el fiscal, +después de despreciar las pruebas por innecesarias, ha llamado la +atención del Tribunal sobre mi cinismo. El idiota de mi defensor, harto +ya de exhortarme a la confesión, ha dicho una interminable serie de +majaderías. La pasión, la miseria, los hijos del otro, el atavismo... +¡Puaf! + +Echando requiebros al jurado estaba mi defensor cuando me asaltó una +invencible repugnancia por todo aquello. Aquel gran aparato, aquellas +enfadosas pruebas, aquellos graves peritos, aquella ciencia, aquellas +calvas, aquellas togas y birretes, y hasta las chaquetas negras +y llenas de arrugas de los menestrales del jurado, me parecieron +ridículas, terriblemente ridículas. + +Ante mis ojos y ante mi conciencia, todo, hasta lo más sagrado, se +estaba poniendo en evidencia, en ridículo. Nada podía yo hacer para +desbaratar el error, el formidable error de aquellos sabios y hombres +buenos. Les grité a la cara; me hicieron callar. Después de un ataque +de ira me asaltó una terrible angustia, y, por último, no supe hacer +más que insultarlos y reírme a carcajadas. + +Sus términos, sus proposiciones, sus silogismos y sus razonamientos me +parecían espantosamente cómicos. Ya los había dejado por imposible, +y les oía desbarrar y decir sutilezas mientras me reía a mandíbula +batiente. Palabra que me reía con toda mi alma. Así deben reírse los +dioses viendo errar a las criaturas. + +Me condenaron a muerte. Al leérseme la sentencia volví a indignarme +y a gritarles. Como si no. Muy metidos en sus togas y sus librotes, +aquellos señores habían fallado en justicia. ¡En justicia! ¡Ja, ja, ja! +Entre carcajadas me volvieron a la celda. + +A los pocos días debían ejecutarme en garrote vil. Empleé aquel +tiempo en pensar serenamente sobre lo sucedido y poco a poco conseguí +calmarme. Me daba cuenta exacta de cómo el error, semejante a un +diablillo maligno, se había apoderado de cada una de aquellas +privilegiadas cabezas de los que me condenaron y, ¡qué diantre!, era +divertido verles machacar en el error, darle vueltas, tomarlo, sobarlo, +medirlo, y, al fin, consagrarlo con una monstruosidad: la sentencia. +¿Cómo se atreverán esos presuntuosos a sentenciar y dar muerte a +un hombre? ¿No piensan que si se equivocan, yo, un pobre diablo +cualquiera, puede escupirles a la cara y reírse de ellos? + +Y esto es lo que hacía. Reírme; reírme con espantosas carcajadas. + +En la mañana de la ejecución vino a verme un sacerdote. + +—¿Sabe usted algo, padre? —le pregunté anhelante. + +—No, hijo. + +—Pues vaya usted con Dios —le dije por no agraviarle. + +Me ejecutaron con toda la solemnidad y aparato con que estas cosas +se hacen. El público, llevado allí para la ejemplaridad de la pena, +presenciaba conmovido aquel ceremonial que a mí se me antojaba +altamente grotesco. Quise decirles muchas cosas. Mas ¿para qué? + +Di el cuello al verdugo; hizo este funcionar su máquina, y en aquel +momento os juro que mi satisfacción, mi alegría por estar solo en el +secreto, por haber burlado a aquellos graves hombres, me hizo feliz. +Quise reírme por última vez, pero ya no pude. Entonces, no sabiendo qué +hacer para mostrar mi desprecio, mi burla hacia toda aquella gente, +saqué un palmo de lengua. + +No lo entendieron. ¡Qué brutos! Menudo bromazo les he jugado. Porque... +¡¡Soy inocente!! + + + + +EL SUICIDIO DEL CADÁVER + + +Nació; le bautizaron; a fuerza de chupetones y rabietas consiguió +tenerse en dos pies; articuló primero unos gritos y se hizo entender +después con las mismas palabras que usaban sus padres; más tarde +reconoció esas mismas palabras, escritas o impresas; en adelante, +le torturaron con otras muchas cosas que maldito si le importaban; +aprendió que la tierra tiene dos movimientos, uno de rotación y otro de +traslación, y el corazón, otros dos, sístole y diástole; reconoció la +soberanía de las Cortes con el rey; se convenció de que dos y dos son +cuatro; tuvo que creer que a don Favila se lo comió un oso y que San +Hermenegildo fue mártir; aprendió la ley de la gravedad y otras muchas +leyes naturales y contra natura; amó a su patria, temió a Dios, respetó +a la Guardia civil, leyó el _Quijote_ y se hizo bachiller. Entonces +olvidó casi todas estas cosas y aprendió otras que fueron olvidadas +igualmente cuando se hizo licenciado. Tomando y dejando cosas se formó +al fin; prestó dilatados servicios a su patria en cualquier menester +burocrático; hizo el amor, le casaron, le nacieron hijos, y como +suyos los inscribió en el Registro civil; se le cayeron el pelo y los +dientes; le concedieron una gran cruz y se murió. + +Muerto y enterrado —pomposamente enterrado— estaba hacía algunos años +cuando por primera vez se puso a pensar seriamente y a fondo. Esto de +pensar en la tumba no es extraño. Los biólogos dicen a todo el que +les quiere oír que no nos morimos de una vez, sino poquito a poco. +Empezamos a morirnos cuando se nos cae el primer diente, cuando nos +sale la primera cana, y muriéndonos tiramos años y lustros, hasta que +nos entierran, o mejor dicho hasta mucho después de habernos enterrado, +porque a veces aunque se nos haya muerto el corazón y estemos tiesos +y estirados, mondos y lirondos, dándonos a la carcoma, aún hay en +nosotros partes vivas que si pudieran actuar libremente protestarían +contra el sepelio prematuro. Hay muertos a los que les crecen las uñas; +prueba de nuestra tesis es también que a veces los cirujanos remiendan +a los vivos averiados con trozos de la piel de esos muertos a medias; +popular es la frase de morirse a pedazos y la de estar medio muerto, y +por si esto fuera poco yo tengo mis dudas respecto de las momias. ¿Por +qué ha de estar muerto Tutankamen y no han de estarlo ciertos senadores +que yo me sé? + +No es pues extraño que nuestro ilustre cadáver a los diez o doce +años de estar domiciliado en la huesa se pusiese a pensar. Es por el +contrario naturalísimo. Jamás había pensado nada mientras anduvo por +el mundo. Su pensamiento fue virgen al féretro, no había sufrido el +menor desgaste, no tenía pues por qué morir y en aquella paz del +sepulcro comenzó a actuar vigorosamente. A medida que el difunto fue +desencarnando empezó a moverse el pensamiento con cierta libertad +dentro de su calavera. La poca costumbre de pensar hizo creer al muerto +en los primeros tiempos que aquello que le escarbaba en el occipital +era un gusanillo demasiado ansioso. Pero no; pronto se convenció de que +era él, él mismo, su propia sustancia, lo que le escarabajeaba. + +Pensando, pensando, con toda la gravedad y circunspección que le +prestaba su respetable condición de cadáver, abominó de aquel trasiego +de cosas en que se había empleado el venerable puchero que sobre los +hombros sostuvo durante cincuenta o sesenta años. Aquel tomar y dejar +ideas, que por una oreja le entraban y por la otra le salían, le +pareció despreciable. Reconoció que su cerebro había sido un cedazo +por el que la linfa se filtraba, mientras en el meollo se le iban +depositando las arenas de aluvión y los cantos rodados. Nada más. + +A los doscientos años de estar dos metros bajo tierra había conseguido +tal lucidez, estaba tan limpio de envoltura carnal, que el pensamiento +rodaba vertiginoso por la órbita de su calavera, proporcionándole ideas +maravillosas. Sus conclusiones fueron radicalmente distintas de las que +obtuvo mientras vivió a flor de tierra. Adquirió el convencimiento de +que la humanidad insepulta es perfectamente estúpida. ¿Para qué ese +ajetreo de la vida? ¿Para qué tanto afán? ¿Por qué apasionarse por tan +grandes errores? Poquito que se reía él de Ptolomeo, Newton y Einstein. + +Pero esta clarividencia le llevó a ser humorista y más tarde se le +agrió el humor. Le entró una rabia sorda contra su anterior vida. Había +sido un majadero. ¡Si él hubiese pensado las cosas mientras tuvo cédula +como las pensaba a los doscientos años de estar muerto y enterrado! Le +irritaba la idiotez de los vivos. De buena gana hubiese salido por el +mundo a insultar a la gente; pero no podía. Cuatro metros cúbicos de +tierra sobre su menguado esqueleto pesaban demasiado. Se enfureció por +su impotencia. Tenía que salir de allí y hacer curiosas revelaciones +a la humanidad. Se volvió loco. El gusanillo de su pensamiento, como +una luciérnaga, saltaba frenético dentro de la calavera. No pudo +resistir más. Se dio un chocazo contra el féretro y los dos parietales +desencajados se apretaron el uno contra el otro cogiendo en medio al +bichito de luz, al terrible pensamiento, que murió como un piojo entre +dos uñas. El muerto se había suicidado. + + + + +HISTORIA DE UN HOMBRECITO QUE NO NACIÓ + + +I + +No me apesadumbra esta muerte inminente a que estoy sin remisión +condenado. Es más: creo que ya he vivido bastante y que poco, muy poco +de cuanto hay en el mundo me queda que conocer y sentir. Desde hace +varios meses padezco una conciencia adulta, que prematuramente se hizo +parásita de esta masa gelatinosa de que estoy formado. ¿Para qué seguir +soportando su tiranía por más tiempo? + +Sé que pertenezco, o he debido pertenecer, al género humano, que tengo +el signo de varón y que, de haber sucedido las cosas de modo normal, +yo hubiese sido dado a luz dentro de unos días; dentro de unos meses +habría aprendido a tenerme en dos pies; pasados unos años sabría +engendrar nuevos seres, y ocurrido poco más de medio siglo, volvería a +la nada. + +No ha sido así; muero nonnato y, ¡qué diablo!, muero feliz, gracias +a la milagrosa plenitud de mi conciencia, que en esta redoma en que +yazgo me ha permitido seguir exactamente el curso que dan a su vida +los humanos, nada grato, por cierto. No se tome a mala parte este mi +pesimismo. Creo que si todos los hombres tuviesen plena conciencia +desde el momento en que son concebidos, muy pocos se prestarían a +seguir adelante. + +Voy a morir y aún no soy más que un feto informe, o mejor dicho, un +concepto no desarrollado. Pero ¿es que todos los conceptos valen acaso +la pena del desarrollo? + +No lo creo; por eso muero a gusto. Y porque no quede en el aire como +una petulancia juvenil esta conformidad con mi destino, expondré +someramente cuanto en mis escasos meses de conciencia he podido +aprender del mundo y de los hombres. + + +II + +Mi padre es una buena alimaña del Señor, que trabaja, suda, sufre, +bebe, canta y hace sufrir a los demás. Creo que en el mundo hay unos +Códigos, producto de la sabiduría universal, que determinan exactamente +lo que en cada momento mi padre debe hacer. De esto, que yo ya sé +hace algún tiempo, él no se ha enterado todavía y viénenle de esta +ignorancia graves daños. En este momento, según mis noticias, gime +encarcelado, bajo la terrible acusación de parricida e incestuoso, +y por los indicios que he podido recoger supongo que no tardarán en +llevarle al matadero, aunque todavía no he podido poner muy en claro +para qué han de matarle, si no han de comérsele. Parece ser que le +inmolan a una diosa bárbara, llamada Justicia, cuyo culto primitivo +se conserva entre los civilizados. Disculpen estas perplejidades e +incongruencias mías; pero con solo unos meses de conciencia, mis +conocimientos del mundo y de la vida son muy fragmentarios. No creo, +sin embargo, que lo sean menos los vuestros. + +Por todas estas cosas, la buena gente de la aldea se ha congratulado +de que yo no venga al mundo. ¡Pobre! —decían—. ¿Qué sería de ese +desdichado aborto del infierno, hijo del incesto y del crimen? +¡Angelito! ¡Más le ha valido haberse muerto! + +Yo, pese a todo esto, no tengo muchos motivos para estar quejoso de mi +padre. Es más: me siento un poco orgulloso de ser su hijo. Mi padre +es joven, fuerte y hermoso. Ningún muchacho de la aldea tira la barra +de hierro más lejos que él ni muerde en el cuello con más ardor a las +mujeres. Repito que es una sana y alegre alimaña de Dios, que en una +época de debilidades, claudicaciones y tristezas ha sabido conservar +fieramente su entereza ejemplar, su noble gallardía de bestia entera, +confiada en sus garras, sus dientes y su destino. + +Mi padre era pastor. Durante el tiempo que conviví con él le admiré +rendidamente. Tiraba de la honda como un guerrero balear, silbaba como +un fauno, corría como el viento y su larga cayada arremolinaba en +torno suyo a los rebaños, sumisos y complacidos. Yo pensé que con tan +buenas prendas mi padre triunfaría en el mundo. Creí que no tardarían +en hacerle obispo o cosa así. Pero me equivoqué. + + +III + +Un día llegó hasta el hato en que mi padre y yo con él sesteábamos, +una mujer, joven todavía, ancha, fuerte y hermosa. Mi padre le dedicó +desde el primer momento sus toscas zalemas, le hizo probar su queso más +fresco, sus piñones y sus nueces. Ella le regaló un pañizuelo bordado y +le hizo beber el agua fría del regato en la cuenca rosada de sus manos. +Hecho esto, se marchó riendo y no volvió más. + +Inquieto se quedó mi padre. Cuando llegó la noche dejó el rebaño al +cuidado de los mastines y echó cuesta abajo hacia la masía. Rondando +las paredes de la casona estuvo hasta que las estrellas le dijeron que +iba a venir el alba, y entonces, pasito a paso, se volvió a la montaña. + +Bajamos también a la noche siguiente y a la otra. A la cuarta noche, mi +padre, encaramado en unos aperos, tocó con los nudillos, quedamente, en +el marco de un alto ventanuco, por cuyas rendijas había él atisbado el +cuartito estrecho de aquella mujer que le sonsacara. + +La mujer se sobresaltó un tanto; pero pronto logró mi padre calmarla +con sus caricias, que ella gustó a poco sin rebozo. Desde entonces, mi +padre dejaba todas las noches el ganado a la custodia de los perros, +y a buen andar íbase contento y satisfecho hacia la masía, por cuyas +paredes trepaba hasta meterse por aquel ventanuco en cuyo alféizar le +recogían los arremangados brazos de aquella buena y complaciente mujer, +que ya le retenían afanosos hasta la madrugada. Regalábanse entrambos +con mutuas caricias; dábanse el uno al otro fehacientes testimonios de +su amor, y en uno de aquellos transportes mi padre me dio a mí, que ya +no volví con él a la majada. + + +IV + +Empezó para mí una nueva vida. Me sentí tan a placer en mi flamante +morada, tan bien asistido, que pronto empecé a crecer y desarrollarme. +Me hallaba bien acondicionado, progresaba y empezaba a ser algo en el +mundo. Entonces fue cuando por primera vez di en el hábito de filosofar. + +Pero aquel sosiego, que favorecía mi rápido desarrollo, trajo a mi +madre —ya entonces supe que aquella había de ser mi madre— espantosas +desdichas. Pronto empezó a hacerse notar mi existencia, no obstante el +cuidado con que la pobre mujer apretaba los cordones de su corpiño, +reduciendo hasta lo inverosímil la estrecha cárcel que me aprisionaba. + +En aquel entonces hubo en la masía un movimiento inusitado. Por lo +que después pude saber había llegado el amo. El amo de la casona, los +ganados, los pastos; el amo de mi madre, de mi padre, y creo que amo +mío también. Aquella llegada del que yo suponía buen dios posesor +desazonó a mi madre sobremanera, y largas horas la sentí llorar con +lentos y difíciles sollozos, allá en el último rincón del sobrado, +donde nadie pudiese verla. + +Una noche, después de la cena, sobrevino la catástrofe. El amo había +cenado bien; la morcilla, el tasajo, los alcaparrones y el queso +picante le habían hecho beber mucho vino y los ojos debían brillarle +como dos diamantes negros. Yo adiviné esta furia de sus ojos en el +estremecimiento de terror de mi madre cuando, mandada llamar por él, se +presentó sumisa a su deseo. + +El amo estaba contento y quiso que de su alegría participase mi infeliz +madre. Por una vez el amo la libraba de su monótona vida de sirvienta y +la elevaba hasta él, dándole parte de su exuberancia. Había que estarle +agradecida. + +Pero mi madre no quería; resistiose largo rato a los deseos de +expansión del amo, hasta que este, fuera de sí, quiso tomar por fuerza +lo que de buen grado no le daban. + +—Ven acá, mala pécora —decía con terribles voces—. ¿Qué remilgos para +conmigo son esos? A buena hora mangas verdes, hipocritona. + +—Déjeme, mi amo, déjeme —suspiraba mi madre. + +—¿Dejarte? ¿A santo de qué? ¿No eres mía, lagarta? ¿No lo has sido +siempre? + +—Eso fue antes, amo. Era yo una chiquilla... + +—Antes, ahora y después. ¿Olvidas que fui yo mismo quien te quitó de +ser mocita, quien te hizo madre y quien te evitó que cayeses después en +un burdel? ¿No comes honradamente el pan de mi casa, en vez de andar +rodando por las ferias? Anda, déjate de gazmoñerías. Todavía eres joven +y hermosa para arrepentirte, morena. + +—No quiero, no quiero. + +—Pues querrás, como siempre quisiste, vaca vieja. + +—No; aquello se acabó. Sanseacabó. ¡Por estas! + +—¿Y por qué, paloma? + +—Porque quiero a otro hombre. + +—Buena cosa, nena. Yo no te lo impido. Si quieres a otro hombre, yo te +casaré con él, mi reina; tendrás la dote prometida y te diré al fin qué +fue de nuestro hijo para que tu hombre y tú lo recojáis. + +—¡Mi hijo! + +—Hecho un hombre está. Dieciocho años tiene y gloria da verle. + +—Dime, por caridad, dónde está mi hijo. + +—Dime tú antes quién es ese hombre a quien quieres. + +—Ese hombre es... + +—¿Quién? + +—Un niño todavía. El zagal que pastorea el rebaño detrás del robledo. + +—¿Juan Sin Nombre, el zagal? + +—Juan Sin Nombre el zagal, el mismo. + +—¡Dios de Dios! + +Un nuevo estremecimiento de mi madre me hizo adivinar que algo terrible +había pasado por los ojos del amo. Debieron apagársele las luces de la +lujuria; algo espantoso debió ocurrirle en el alma y, cuando volvió a +hablar, su voz era honda, dura y seca. + +—Vete, maldita; vete, perra. Vete, maldición de mi casa y de mi vida. + +Sollozando, mi madre se salió de la pieza. Sus lágrimas no podían +disimular su contento por haberse librado milagrosamente de las +zarpas del amo, y no bien entró en su cuartito, abrió la ventana, +recogió entre sus brazos a mi padre, que allí la esperaba, y juntos se +descolgaron por el paredón de la masía y juntos corrieron, sin volver +atrás la cara, mientras el vientecillo de la sierra les azotaba el +perfil, y los perros cortijeros, uno a uno, iban llevando la noticia +del rapto hasta el fin del mundo con sus intermitentes ladridos. + + +V + +Mi padre y mi madre se amaban impetuosamente. Tuve certeza de ello +en aquellos días en los que mi madre, huida de la masía, se escondía +en un socavón, con honores de vivienda, allá en los cerros donde +pastoreaba el ganado. Allí iba mi padre a llevarle sus sabrosos +presentes. La miel, la leche, la fruta que compraba o robaba por los +alrededores. Dormía mi madre en aquella cueva sobre un lecho de hojas +secas; servíanle de fogaril unas trébedes y un agujero abierto en el +techo natural de la cueva, y aún tenía, a pocos pasos, un regato, que +de espejo, baño y fuente le servía. Creo que mi madre se sentía allí +dichosa, y, a mi juicio, aquellos tres o cuatro días fueron los únicos +de paz y gozo que tuvo la infeliz. + +El amo no se resignó con su desaparición. Hízola buscar cielo y tierra, +y ya, desesperado de encontrarla, se fue hacia el hato y llamando +aparte a mi padre le abordó sin rodeos. + +Con la fría crueldad de un dios o un demonio le hizo saber que estaba +al corriente de sus relaciones con mi madre. Díjole que no le parecían +bien aquellos amoríos, que mi madre era mujer de su casa y servicio y +que para su casa y para sí la quería. Él era el amo y allí no había de +hacerse más que su santa voluntad. + +Le oyó mi padre con paciencia felina. Con un poco de imaginación se le +hubiese visto mover el rabo a compás de un lado para otro, y más de una +vez, a lo largo de la filípica, gruñó sordamente, amenazando con saltar +al cuello del amo. + +Contúvose, sin embargo; no creo que lo hiciese por prudencia, sino +porque estaba satisfecho y porque tenía a la hembra en su cubil y entre +las zarpas su formidable cayada. + +—Búsquela, nostramo, búsquela —le decía con sorna. + +—No la buscaré más; has de ser tú quien me la traiga. Ese encargo te +doy. + +—No podré cumplirlo, amo. + +—Vaya si podrás. Podrás, porque esa mujer, que hasta aquí fue mía, será +mañana de otro, de cualquiera. Menos tuya. + +—¿Y por qué no mía? + +Irguiose el amo, temblando de furor, y rugió al fin: + +—¡Porque es tu madre! + +—¡Bah! —repuso el pastor—. ¡Mi madre! ¡Bah! Es mi amante. + +—Es tu madre, idiota. + +—¡Mi madre! ¡Mi madre! ¡Ea!, largo de aquí con sus cuentos, viejo zorro. + +—Ven acá, imbécil. Esa mujer, criada de mi casa, de quien yo dispuse +siempre a mi antojo y a quien le hice un hijo, que eres tú, podrá no +volver a la masía, pero ya nunca será tuya. + +—Pero ¿por qué ha de ser mi madre, si yo la quiero para mí, mía, como +hombre y mujer, lobo y loba? Fuera de aquí, ¡ea! ¡Mi madre! ¡Mi madre! +¡Mi hembra! Largo de aquí. Ya verás, amo, para lo que me sirven tus +historias. ¡Largo! + +Y, enarbolando la cayada, la volteó sobre su cabeza y la descargó +furiosamente sobre las espaldas del amo, que cuando se repuso y quiso +hacerle cara no consiguió sino que mi padre tirase lejos la cayada, y +ya con uñas, dientes y pezuñas le agredió gozoso, pateándole con furia. +Cuando se cansó le dejó respirar, incorporarse y huir, mientras iba +descargando contra él las piedras más certeras que salieron de su mano +a impulso del brazo más templado de toda la serranía. + +Vibrante, excitado por la lucha, la pelambrera revuelta, el pecho +jadeante, al descubierto por entre los jirones de la camisa, +echó a correr hacia el socavón donde mi madre le aguardaba, +sumisa y enamorada, y allí yació con ella a su placer con fieros +estremecimientos de tigre en celo, que rindieron para siempre a la +hembra. Ya dije que tenía mis motivos para estar orgulloso de mi padre. + + +VI + +No creo que al principio la noticia del incesto conturbase mucho a mi +padre. ¡Qué sabía él! El instinto le había llevado hacia una mujer y +el instinto nada le decía en contra de esta querencia, aun después de +saber que aquella hembra era su madre. + +Se dispuso a seguir queriéndola, como hasta allí la había querido, +dándosele un ardite de la extraña y absurda circunstancia que infundía +un sentido criminal a su noble y sana apetencia. + +Pero aquel que en los primeros momentos se le antojó levísimo +contratiempo, empezó a escarabajearle en el meollo y ya no le dejó +sosegar. Me imagino la estupefacción de mi padre al ver que una cosa +tan nimia, tan insignificante, se le oponía tenaz, dispuesta a torcer +su voluntad. Presto a defender su hembra contra los mayores obstáculos +del mundo, a los que él otorgaba una representación plástica de grandes +moles de granito, hierros, llamas, garras, dientes, veíase acometido +por una imperceptible dificultad, que él no creyó nunca tuviese +valor alguno. Decir a mi padre que una imposibilidad moral había de +obligarle a refrenar su apetito era como torcer el curso de un río con +procedimientos suasorios. + +Desgraciadamente, no era mi padre tan entera alimaña como debió ser, y +no obstante su fortaleza contra los corpóreos enemigos, se dejó tomar y +vencer por aquel inaprensible adversario de su dicha. + +La agresión de que había hecho objeto al amo le aconsejaba huir de +aquellos parajes, y cuando fue de noche, mi padre, mi madre y yo +emprendimos la marcha, siguiendo los más difíciles atajos y las sendas +más extraviadas. + +Durante el camino caviló mucho mi padre, tomado ya por aquel artero +adversario de su instinto, y no tardé mucho en darme cuenta de cómo sin +querer empezó a repeler a la hembra que, atemorizada por la noche y el +frío, buscaba su cobijo. + +Anduvimos hasta el amanecer y ya entrado el día topamos con una +cuadrilla de segadores nómadas, a los que nos unimos. Dos o tres +semanas vivimos en su compañía. A lo largo de aquellos días yo pude +darme cuenta de cómo el asco iba venciendo en mi padre aquella +inclinación primera que le llevó al incesto. La cavilación, el dar +y dar vueltas del exiguo meollo en torno a aquella infranqueable +barrera fueron arruinándole y dejándole requemado, correoso, extinto. +Repudiaba, al principio con dulzura, luego con furor, a la infeliz +madre de entrambos, cuyas entrañas no habían sabido adivinar la +tragedia, y pronto la vida fue imposible a su lado. Se separó de los +segadores y muchos días estuvimos vagando y merodeando por los caseríos +de la comarca. Mi madre proveía a nuestra subsistencia buscando +raíces, hurtando racimos, trabajando, a veces, en las duras faenas +del campo, allí donde por caridad querían darle quehacer. Mi padre, +más ensombrecido cada día, íbase, desde que apuntaba el día, a la +bodeguilla, y allí se estaba bebiendo en silencio, jarro tras jarro, +el vino turbio y agrio, hasta que anochecido se reunía con mi madre en +cualquier chozo abandonado. Ella, rendida de la faena del día, de sus +hambres y sus dolores, aún tenía ánimos para ofrecérsele blandamente +enamorada. Entonces él se desataba en denuestos y la golpeaba. Yo he +sentido alguno de aquellos golpes sobre la tersa esfericidad de su +vientre y por ella temí más que por mí. + +De mal en peor seguimos arrastrando nuestro dolor por todos los +caminos. Un fatal designio nos iba acercando a nuestra aldea. Creo que +era mi madre la que, sintiéndose próxima a dar a luz, derivaba hacia +el viejo campanario tan amado. Mi padre se dejaba llevar insensible a +todo lo que no fuese su furor. Una tarde que no había bebido demasiado +le sentí llegar suavemente hasta mi madre. Parecía contento. Cantaba, +silbaba, reía con estrépito y se dejaba acariciar por las manos +destrozadas de mi madre, que lloraba de alegría, viéndole otra vez +junto a sí. El infeliz estaba contento aquella tarde. ¡Pobre padre +mío! ¿Por qué te dejaste vencer por aquel invisible enemigo? ¿Por +qué perdiste tu recia animalidad? ¿Por qué dejaste de ser una buena +alimaña de Dios para convertirte en algo menos que un hombre y que una +bestia? + +Aquella tarde se dejó llevar de las caricias de mi madre y fue +incestuoso una vez más. + + +VII + +Pero a la otra mañana, cuando al lucir el sol vio claramente su pecado +recortado en el azul del cielo, sintió un asco invencible, una infinita +repugnancia. Y apaleó a mi madre. + +¿Cuánto sufrió aquella mujer? ¿Cómo se explicaría la desdichada +aquellos ramalazos de locura de su amado? ¿Qué infinita bondad no +habría en su alma cuando se los perdonaba? + +Trabajando, padeciendo, hambrienta, odiada y apaleada cada día, como un +perro sarnoso, llegó mi madre al noveno mes de su embarazo. No dudo de +que grandes debieron ser sus pecados; mas dificulto que haya habido una +tan terrible expiación como la suya. + +Hace no más que veinticuatro horas estaba en un rincón de nuestra +cueva, a la que habíamos vuelto, y era tal su congoja, tan +incomensurable su dolor, que pedía a todos los poderes de la tierra y +del cielo la librasen de la vida. + +Los poderes incógnitos no fueron sordos a su súplica. Una vez más +llegó mi padre ebrio de dolor y de vino, y una vez más fustigó las +carnes maceradas de la infeliz. Revolviose ella, por primera vez, +contra el castigo y pidió a mi padre que por los clavos de Cristo no la +martirizase más, o por lo menos le dijese qué causas tenía aquel odio +salvaje. + +Mi padre no pudo contenerse por más tiempo y se lo escupió a la cara, +al mismo tiempo que, echándole las manos al cuello, le apretó con +furia, no sé si de odio o de apetito. No sé. + +Como no sé tampoco si mi madre murió víctima de la presión de los dedos +de mi padre, engarbados a su cuello, o del horror y el asco de su +crimen. + + +VIII + +De esto hace ya unas horas. Mi padre cayó minutos después en las garras +de la justicia, que lo ahorcará bonitamente. En cuanto a mí, pocos son +los que se han ocupado de salvarme. Creen que ya estoy muerto y que el +mundo no ha debido ver la aparición de un engendro tal del crimen cual +yo debiera ser. ¡Pse! Tal vez tengan razón. + +Unas aldeanas piadosas están velando el cadáver de mi madre, en cuyo +centro esta redoma en que yazgo va enfriándose por segundos. Pronto +dejaré de existir. + +Y no me pesa. + + + + +EL ÁNIMA DE LA VIEJA + + +Cuando la conocí ya estaba hecha una pavesita. Era vieja, tan +retevieja, que hasta la cuenta de los años había perdido. Vivía en uno +de los cuartos del desván desde hacía quién sabe el tiempo y pudiera +creerse que la vertiente del tejado, pesando sobre su cabeza cana, +había ido humillándola, hasta clavarle la barbilla en el esternón y +hacer que su espinazo se arquease tenso ya y a punto de lanzar al +espacio la flecha de su alma. + +La mitad de sus días se le iba con el rosario entre las manos y +sentada ante la angosta buhardilla, desde la que admiraba, con sus +ojuelos quietos y blanquecinos, la inmensidad del mundo, la grandeza +del creador y el gracioso ir y venir de las nubes, en las que a veces +cabalgaba su fantasía, yéndose con ellas, en dilatados viajes, a +regiones de ensueño, pobladas con loca confusión por los esmaltes y +colores de su infancia, las tintas planas y aurirrojas de su juventud, +las perlas de sus sartas de lágrimas y el oro viejo de la liturgia. +Entonces era cuando se le iba el santo al cielo. + +Un viejo bote de tomates, lleno de tierra negra y coronado de +hierbabuena, representaba ante ella el milagro de la vida inagotable, +y al otro lado de la ventana un jilguero cautivo le renovaba cada día +el espectáculo del dolor. Eran sus asideros a la realidad. Sin la +hierbabuena y el pájaro, la vieja, arrebatada por las nubes, se hubiera +perdido fácilmente en el espacio. + +La otra mitad de la escasa vida que ya le restaba se la llevaba la +escalera. Eran ciento y pico de escalones, que ella, al subir y al +bajar, repasaba cuidadosamente, tanteándolos una vez y otra con el +balbuceo de sus piernas, trabadas por el reúma, que de tiempo en +tiempo le obligaba a guardar unas grandes pausas, ilustradas con +hondos suspiros. Arrebujada en sus trapitos negros y recorriendo este +calvario de la escalera la vi por primera vez. Otras muchas veces la +hallé después en el mismo sitio, cobrando fuerzas en los descansillos o +ganando trabajosamente los peldaños. + +Mi relación con ella no pasó de ahí. Padecía, según me dijeron, un mal +genio insoportable y no pocas rarezas; esto la hacía andar por el mundo +más sola y desamparada aún, ya que la acritud de carácter, las rarezas +y manías favorecen y disculpan nuestra impiedad para con los viejos. +Vivía con una gran miseria, clara y limpia, eso sí, de la menguada +caridad de unos parientes remotos, que no querían turbar su conciencia +dejando que abiertamente se muriese de hambre. Y así iba tirando la +pobre. Jamás hablé con ella ni le mostré interés alguno. ¡Bah! —me +dije—. Una pobre vieja que espera a morirse del todo después de una +vida humilde y vulgar. + +Supe después que aquel invierno lo había pasado muy mal; mi mujer le +envió algunos días un poco de calor para sus pobres huesos ateridos, +unas medicinas, unos alimentos, no sé. Esto me valió, cuando de nuevo +la encontraba en la escalera, unas largas miradas de gratitud, de las +que ni siquiera supe descubrir el significado. ¡Qué pocas veces nos +merecemos la gratitud que se nos tiene! + +Un día antes de que llegase la primavera, cuando ya la habían venteado +los gorriones que anidan en el alero, la vieja se sentó una tarde +ante el cuadro azul de su buhardilla y, mirando embelesada al cielo, +satisfizo su aspiración de diluirse en él. Su cuerpo, ya sin vida, +quedose sentado ante la guardilla, mirando con los ojos, más abiertos +que nunca, aquella teoría de tejados y azoteas, que habían constituido +para ella, en los últimos años, todo el espectáculo del mundo. Ni +la hierbabuena ni el pájaro, que seguían trabajando y sufriendo, se +enteraron de lo que había ocurrido. + +Cuando se encontraron muerta a la vieja, vinieron a preguntarnos +si queríamos hacer algo por ella, ya que éramos sus protectores. +Advierto que este pomposo título nos había costado apenas el trabajo +de alargarle unas cuantas cosas inservibles. Dispuse todo lo necesario +para su enterramiento, hice decir unas misas por su alma y mandé +recoger del desván sus trastos y cachivaches para conservarlos, por si +alguien aparecía reclamándolos. No vino nadie. + +La buena vieja estaba más sola de lo que se creía. Todo su mundo había +desaparecido en el transcurso de unos años y unos tras otros habían +ido hundiéndose en el polvo los parientes, los amigos, los conocidos. +Sin darse cuenta exacta de la catástrofe que presenciaban sus ojos en +aquellos últimos veinte años, veía cómo la muerte barría las lilas +de las personas amadas o simplemente conocidas. Hoy era un hermano, +mañana aquel amigo, el otro tal o cual grande hombre de su época. Había +llegado el fin del mundo y solo ella quedaba ya para llorarlos a todos +y rezar por ellos, sola, trágicamente sola, en un mundo nuevo, con +cuyos habitantes no llegaría a entenderse. + +Y no eran solo las personas las que le abandonaban: eran también +las cosas, todas las cosas de aquel viejo mundo tan amado, las que +se deshacían en polvo, disueltas en aquella gran tragedia de su +longevidad. Todo había desaparecido al transformarse, al encarnar en la +carne de aquella nueva humanidad que desconocía la vieja. Las casas, +las calles, los jardines, la ciudad entera habían desaparecido, e +inútilmente buscaba la longeva las antiguas sugestiones del mundo, los +gratos lugares de su juventud, recorriendo torpemente las tradicionales +sendas, que a duras penas podía reconocer. Envuelta en sus tocas +asomábase alguna vez al mundo, después de la gran catástrofe del +tiempo, y los grandes comercios, las calles amplias y rectas, pobladas +de monstruosos palacios, los cafés y las cervecerías, los trenes, la +luz y el estruendo le hacían perder la pista de las viejas veredas +urbanas, por entre las que andaba como entre unas ruinas. Aquella gran +ciudad, enjoyada de luz, cubierta de mármoles y bronces, no era para la +viejecita más que una ruina. La ruina de un mundo, el suyo, aquel para +el que prematuramente había sonado la hora final. + +Al morirse murió con ella para siempre aquel mundo a que había +pertenecido. Ya nadie, después de ella, podrá evocarlo con limpieza y +netitud. La nueva humanidad creerá que tiene apresada en sus museos +y sus archivos el alma de aquellas horas, y hasta algunos insensatos +pretenderán hacerla revivir artificialmente con sus evocaciones; pero +la verdad es que aquello murió y jamás volverá a ser vivido. Podremos +escudriñar en el porvenir y saber acaso con absoluta precisión lo que +ha de pasar; pero el secreto del pasado es impenetrable para nosotros. +De lo que fue, nunca sabremos nada. Ha habido en el mundo muchos +profetas; pero nadie ha tenido el don de la historia, de la verdadera +historia. + +Esta íntima convicción de nuestra incapacidad historicista me hacía +mirar los viejos trastos que pertenecieron a la vieja con el mismo +respeto con que miro el hacha de sílex en los museos de prehistoria. + +Pronto la figurilla feble de la vieja fue borrándose de nuestra +memoria. La hubiésemos olvidado del todo a no ser por la presencia +de aquellos cachivaches que le pertenecieron, y que conservábamos, +aun a sabiendas de que nadie vendría ya a reclamarlos. Me parecía que +malbaratar aquello era como aventar las cenizas de la vieja, borrar +el rastro que había dejado en el mundo. ¡Es tan insignificante lo que +queda de una vida! + +La curiosidad de mi mujer profanó un día aquellos despojos. Anduvo +revolviendo en los apolillados cajones de una cómoda de la vieja, que +conservaba intactos los últimos hálitos de su existir, y —Eva siempre— +me hizo tomar parte en aquella profanación. + +—Ven, mira las cosas que tenía la vieja. + +Toda una tarde estuvimos revolviendo sin piedad en aquellos cajones, +atestados de viejos vestidos de seda, galas convertidas en jirones, +ropa blanca de un blanco ahuesado por el tiempo, refajos remendados, +pelerinas y cortinas de encaje, cuyos tules finísimos se deshacían +entre los dedos. Mi mujer se dedicó al expurgo de los trapos y yo me +apoderé de un crucifijo de marfil y unos paquetes de cartas, documentos +y daguerrotipos. Fue un infame saqueo. + +De entre todos los trapajos que conservaba la vieja, únicamente se +halló en buen uso un vestido de seda tornasolada, a la moda isabelina, +que debió satisfacer, con el énfasis de sus encajes, la pompa de +su corte amplio y el brillo de sus lentejuelas, la aspiración de +fastuosidad de la pobre vieja, allá en el momento culminante de su +existencia. + +Se me antojó hacer un retrato a mi mujer, vestida con aquellas galas, a +las que por excepción no encontraba ese desconcertante sabor a disfraz +que tienen todos los trajes de época. Le hice, pues, ponerse aquel +vestido y componer su peinado a tono con los figurines del período +isabelino: requerí la paleta y los pinceles y me puse a pintar. + +Trabajé con fervor, intentando seguir la sugestión de aquel traje; +ajusté mi técnica a la de aquella época germinadora del impresionismo +y creí hacer una buena obra de arte. No lo conseguí, a pesar de mi +obstinación y mi entusiasmo. Lo que ha sido, no volverá a ser; y como +no me satisfacía aquel pastiche que mi perseverancia fraguaba, empecé a +desesperar. + +En cambio, mi mujer, que había vestido aquel traje de difícil +conformación con cierta repugnancia, empezaba a saberlo llevar con +gracia. Al principio le parecieron absurdas aquellas mangas quebradas, +insoportable aquel acinturamiento y entorpecedora y fea aquella cola +redonda que envaraba sus movimientos. No en vano estaba habituada a +las flojas y someras vestiduras de nuestros días. Pero a poco de posar +ante el lienzo, y mientras yo luchaba inútilmente con líneas y colores, +ella había conseguido humanizar de nuevo el traje muerto, se había +identificado con él y sabía interpretarlo fielmente con el ademán, el +gesto y la actitud. + +Esto hizo que cada vez pintase menos y mirase más. Me convencí de +la inutilidad de mi esfuerzo y tuve que contentarme con admirar la +instintiva capacidad artística de mi mujer, muy superior a mi impotente +capacidad profesional. + +Un día de buen humor hice que mi mujer vistiese el traje de seda +de la vieja, no para posar ante el lienzo, sino para sentarse a la +mesa. Comimos, charlando de cosas indiferentes, que más que nada +eran pretextos para que mi mujer hiciese jugar las vetustas sedas, +que exhalaban suaves murmullos de gozo, estremecidas por el contacto +con la juventud de aquella mujer hermosa, grato contacto con el que +seguramente habían soñado años y años, arrugaditas en el fondo de su +humilde sarcófago. + +Mi mujer, identificada ya con el alma del vestido, estuvo deliciosa y +yo fui feliz por unas horas, y conocí entonces toda la sana alegría, el +optimismo y el contento de estar vivo que atesoran esos encantadores +lienzos de los maestros holandeses, titulados, invariablemente, «El +pintor y su esposa». + +Al final de la comida hice destapar unas botellas de mistela y de +licor de rosa que había capturado en las profundidades de una antigua +bodega. El inocente licor de rosa tiene, no obstante su candorosa +dulzarronería, una hipócrita malicia de niño travieso que desataba las +lenguas de nuestras abuelas y hacia brillar sus ojos en los saraos +entre las celosías de las mantillas y los pericones. + + + + +LA MUERTE DEL ESPÍRITU ADÚLTERO + + +I + +Una hora después de haber cenado, mediada ya la botella de licor de +rosa y cansados mi mujer y yo de nuestras incursiones por frívolos +andurriales, fuimos tomando en nuestra charla el empaque de dos tipos +auténticos de la época romántica en sus últimos años. + +En cuanto a mí no me sorprendía verme representando aquel panel tan +fácil, tan hecho, tan visto en libros, museos, archivos y escenarios. +¿Pero y mi mujer? Con la misma gracia, mitad dengosa, mitad desgarrada +—entre el romanticismo y el naturalismo— de una dama de la corte +isabelina, evocaba gestos, ademanes y actitudes de la época que yo +no recordaba haber descubierto jamás en los cuadros de aquel tiempo +ni siquiera en aquellos primeros daguerrotipos que ya hoy tienen la +calidad artística y el valor expresivo de una visión personal. Puedo +decir que en sus maneras, lenguaje e inflexiones de voz revivía +exactamente el espíritu del romanticismo en sus postrimerías. Fue +en aquella ocasión cuando aprendí de una vez para siempre el tono +romántico que desespera a mis émulos y desconcierta a mis críticos, +imposibilitados para contrastarlo. + +Debo advertir que mi mujer es adorablemente inculta; no tiene la menor +idea de nada. Es de una blanda humanidad en la que yo con mis pulgares +he impreso algunas huellas y en todo momento me reconozco a mí mismo +allí donde mi mujer se acusa. Pero en aquella ocasión empecé a sentirla +extraña y terminé reconociéndola reveladora. + + +II + +No soy un espíritu ni otorgo el menor crédito a los cándidos +investigadores de lo sobrenatural. No hay más espíritu que el mío. +Es posible que a mi alrededor vaguen cientos y cientos de almas en +pena, pero todas esas almas no son más que reflejos de una: de la mía. +Las tolero mientras me divierten; cuando empiezan a molestarme las +mato. No concibo, pues, los remordimientos ni todas esas zarandajas +inventadas para hacer odioso el delito. Si el ánima de mi padre viniese +a importunarme, la estrangularía y me iría a tomar el sol. No tengo, +sin embargo, necesidad de usar procedimientos de violencia. Cojo las +almas en pena y las convierto; todas sirven a mis necesidades. Unas me +impulsan al bien, otras a la verdad, otras a la belleza; algunas me +dan saludables lecciones; otras otorgan plasticidad a mi pensamiento; +otras, en fin, me advierten cuándo debo limpiar mi estómago... He hecho +de ellas mis más fieles servidores. A todas las reconozco en cualquier +momento y bajo cualquier disfraz como reconozco la sombra de mi cuerpo +por muy desfigurada que la perspectiva me la presente. Analizo estas +proyecciones de mi alma con la meticulosidad de un profesor alemán; sé, +al céntimo, cómo está con ella mi economía; descubro cuánto me deben +los espíritus superiores y reconozco mi deuda para con los que llamo +kamarrupas. Y, sin embargo... + +He aquí una proyección con la que no he podido identificarme. + + +III + +Imaginad el desdichado papel que uno de nuestros cómicos actuales, +caracterizado a la usanza del año sesenta, representaría con su +desentono, sus anacronismos y su incomprensión en una auténtica +tertulia de por aquellas fechas. Esta era exactamente mi situación +respecto a mi mujer aquella noche. Milagrosamente, aparecía ella como +un tan fiel trasunto de la juventud de su abuela que, en cada palabra, +en cada gesto, se desviaba medio siglo de mí mostrando lo artificioso +y falso de mi incompleta reconstrucción espiritual de la época. Por +primera vez mi mujer era distinta de ella misma y de mí. No nos +entendíamos. El espíritu de alguien —el de la vieja del desván acaso— +se había metido de por medio. + +Al principio hice inauditos esfuerzos por ponerme a tono. Evidenciaba, +sin embargo, a cada momento la naturaleza histriónica de aquella +resurrección mientras mi mujer seguía jugando con maravillosa soltura +aquel vestido de seda tornasol de tan gozoso modo que yo sospeché que +el cuerpo juvenil de mi esposa había estado penando hasta hallar su +propio y natural completo en aquel hábito. + +Y así, sugestionado, procuré seguir la farsa. + + +IV + +No tardó esta en hacérsenos imperceptible. Nos creímos que habíamos +vuelto a nuestra sinceridad, nos olvidamos de la máscara y, ya sin +precauciones, seguimos charlando a placer arrellanados en un diván que +arrastré cerca de la chimenea. Dejé el comedor a media luz y allí, +enlazando por la cintura a mi mujer, me dejé llevar por el encanto de +aquella confortable y sugeridora ocasión. + +Permanecimos algún tiempo en silencio. Mi mujer alargaba sus +piececillos hasta la chimenea y parecía obsesionada con el lengüeteo de +las llamas. Su cara, entintada en rojo, parecía la cara de esas muñecas +de cera furiosamente carmíneas y por un momento temí se derritiese al +calor de la lumbre. Su ensimismamiento era más hondo cada vez. Para +contestar a mis preguntas parecía hacer un largo viaje a través de +unas remotas regiones en las que le sorprendían mis llamadas. Eludía +mis interpelaciones con un monosílabo y volvía a irse. ¿A dónde? Yo +no lo sabía y empecé a sentirme molesto. Le costaba un gran trabajo +atenderme. Hacía visibles esfuerzos para venir conmigo, pero creo que +contra su voluntad volvía a escapar a sus paisajes ideales, por más que +yo la retenía, la acosaba a preguntas y la estrechaba entre mis brazos. + +Esta insistencia empezó a causarle molestia. Cada vez contestaba de +peor gana a mis requerimientos. Llegué a serle insufrible; me contestó +al fin violentamente y se separó de mí colocándose al otro extremo del +diván con la cara entre las palmas de las manos y las pupilas fijas en +el fuego. + +Me levanté airado ante aquella inexplicable actitud y comencé a medir +la habitación con largos y fuertes pasos. Empecé entonces el monólogo +de las recriminaciones. Debo declarar que al principio fui un poco +farsante. Es más; me agradaba aquella actitud desdeñosa de mi mujer. +Y como me gustaba la escena que estábamos representando, extraje +cuidadosamente de la realidad todas las raíces de los minúsculos +hechos cotidianos que podían hacer florecer en mis labios el reproche. +Estaba muy contento de mi inventiva. Mis quejas sonaban bien. Reproché +a mi mujer su falta de cariño, su desdén por mis preocupaciones, su +incomprensión para mis inquietudes espirituales. Aquel monólogo +tenía emoción y fui subiéndolo de tono con cautela al principio, con +desapoderado entusiasmo después. + +Ella, a medida que crecía el énfasis de mis acusaciones, mostrábase +más ceñuda. Estaba a tono también. Mantenía su mutismo con una gran +entereza, una llamita roja ardía en sus pupilas, y sus labios, +aplastados el uno contra el otro, eran como un signo de dolor. Yo, que +la miraba de reojo mientras recitaba mi monólogo, me desconcerté un +poco. Hice una transición, y ya sinceramente y a lo que yo creí sin +farsa, la interrogué: + +—¿Pero qué es lo que ha pasado entre nosotros, mujer? ¿Por qué estás +así? ¿Te han dolido mis reproches? Ea, dejémonos de farsas. Mis +reproches no han sido sinceros. Son ganas de jugar a sufrir. A veces, +esta naturaleza nuestra tan adicta al dolor se irrita cuando no lo +siente cerca y, ¡ya ves qué tontería!, lo finge. ¿No te ha pasado igual +algunas veces, chiquita? El dolor es tan consustancial para nosotros +que cuando no aparece en nuestra vida, tenemos necesidad de inventarlo. +¿No has sentido tú nunca el deseo de padecer, y por padecer has +inventado tú misma un sufrimiento? Pues así han sido mis quejas para +contigo. Dolor imaginario. Ganas de sufrir que tiene esta carne viciosa +de que estamos hechos. ¿Qué tengo yo que reprocharme, mi alma? + +No respondió la mujer a estas sensatas y sinceras palabras. Seguía +impenetrable, extraña. Sus ojos continuaban fijos en un punto ideal y +su boca contraída hacía una mueca de enojo tan exacta que me exasperé y +cogiéndola por un brazo la sacudí con fuerza: + +—Mírame. + +No me contestó tampoco. Furioso por aquella estúpida terquedad estuve +a punto de golpearla. Pero sentí la carne de su brazo tan blanda bajo +la presión de mis dedos atenazadores que la solté temiendo desgarrarla. +Volví a mis razonamientos. Jamás he sido tan sensato, tan paciente. Y +eso que una furia infernal iba tomándome por dentro, encendiéndome la +sangre en las venas y cegando los veneros de mi razón. + +Conteniendo mi ira me propuse forzar su dureza y llegar hasta el fondo +de su alma con suasorias palabras. Ya entonces no discurseaba. Me +preguntaba a mí mismo qué había ocurrido entre mi mujer y yo para que +de improviso nos sintiéramos extraños, remotos, desconocidos. ¿Qué +era lo que se había interpuesto? ¿Qué obstáculo me había cortado el +camino de su corazón, ancha vía siempre abierta a mi deseo? Suavemente +fui envolviendo a mi mujer en mis blandas caricias. Era indudable +que había sufrido una especie de letargo espiritual y había que +hacerla reaccionar. Extremé mi amoroso afán y entonces sonaba ya mi +voz con aquel mismo tono mayor de las declamaciones románticas. Era +absolutamente sincero, sin embargo. + +Me deslicé a los pies de mi mujer y allí, abrazado a sus rodillas, hice +desgarradas invocaciones a su alma, conjurándola para que abandonase +sus lejanías y volviese a mí. Este tono mayor debió ser más eficaz, +porque advertí en mi mujer algunos indicios de una honda lucha y, +creyendo llegado el instante de romper el encantamiento, le sujeté la +cabeza con las manos y alzándola le pedí: + +—Mírame. + +Lentamente, como obra de un sobrehumano esfuerzo, fue alzando hasta +mí el rostro; pero cuando sus ojos dieron con los míos no pudieron +resistir mi mirada y los vi fundirse en lágrimas y cerrarse vencidos. +Cayó sobre el pecho la cabeza; con un furioso ademán me rechazaron sus +brazos, y allá se fue sollozando avergonzada al más sombrío rincón +de la estancia, donde, con la cara escondida bajo el brazo, estuvo +llorando sin consuelo, tomada de una congoja tal que parecía haber +caído sobre ella todo el dolor del mundo. + + +V + +Fue tal el desconcierto que me produjo aquella actitud de mi mujer que +tardé algún tiempo en reaccionar. Menos aún que su enojo me explicaba +su dolor. ¿Qué pasaba en el alma de mi mujer? Me esforcé en dar una +interpretación racional a tales estados de alma y a poco que medité +creí haber descubierto el sentido de aquel desdén primero y aquellas +lágrimas que le habían seguido. Es indudable —pensé— que mi mujer se +declara culpable. ¿Culpable? ¿De qué? ¿Adulterio? Empecé rechazando la +hipótesis por absurda. Habituado a una absoluta sumisión de mi mujer, +no concebía que su alma, modelada a imagen y semejanza, se volviese +contra mí. Cierto que nunca le presté una extraordinaria atención; pero +no era menos cierto que ella no la requería. A veces estaba días y +días sin dedicar una hora a mi esposa; pero yo sabía a ciencia cierta +que una frase mía, un gesto, bastaban para cubrir sus necesidades +espirituales durante una semana. Tenía un alma pequeñita, a cuya +sustancia subvenía yo con largueza. Mi mujer no necesitaba más. + +Reconocer por otra parte la posibilidad de un adulterio de naturaleza +puramente física me parecía más absurdo aún y apenas formulé la +suposición. + +Pero allí estaba, sin embargo, mi mujer llorando, con tan claro llanto +de culpable, con la cara escondida y rehuyendo mi contacto con tal +repugnancia que la hipótesis iba tomando cuerpo y perfilándose al +fin netamente como síntesis de la dolorosa escena. Quise rechazar el +supuesto, pero ya no podía. ¿No era así, con aquellas mismas actitudes +e idéntico ademán como todas las heroínas del mundo se han declarado +culpables? + +Menos trabajo me costaba aceptar la idea de la culpabilidad de mi +mujer que explicármela. Esto se hallaba fuera de toda previsión y +toda lógica. Pero estaba tan terminada la escena que acabábamos de +representar, tenía tanta plasticidad aquella tácita confesión, que tuve +que rendirme a la evidencia. Mi habitual sensatez, mi cerebralismo, si +se quiere, me hacían rechazar de plano el supuesto, pero son tantos los +hombres sensatos que han hablado de lo ilógico y absurdo de la mujer +en sus relaciones sexuales, se ha dicho tantas veces que las mujeres +son arcanos insondables y que el amor no resiste las disciplinas de +la razón, que abdiqué de mis convicciones, y ya en el vacío, una vez +otorgada personalidad al absurdo, me convencí de que mi mujer podía muy +bien haberme estado engañando a mansalva. + +La amargura que este reconocimiento me trajo no fue tanta por el dolor +de sentirme engañado como por el desencanto de ver fallidas todas +mis previsiones. Era un fracaso moral tan grande que a su lado se +empequeñecía la molestia física de sentirse cornudo. + +Al rato de estar rumiando pacientemente este dolor, este fracaso, +me revolví airado contra mí. ¿Qué hombrezuelo miserable era yo que +así me entretenía en desmenuzar mi desdicha? Había que dejarse +de disquisiciones. «Ya ves —me decía— a lo que te han traído tus +especulaciones psicológicas. Mientras tú creías jugar con el corazón +de tu mujer como un diosezuelo, ese corazón navegaba a la deriva por +el mundo a merced de las olas y de los pescadores. Sacude tu estúpido +cerebralismo, olvida tus proposiciones y tus razonamientos, alza los +brazos y la voz, grita, patalea, ruge, sé hombre alguna vez. ¿Crees que +ser hombre es encadenar tus sensaciones y tus movimientos a ese eterno +y silencioso devanar de tu conciencia? ¡A vivir, majadero! ¡Triste +cornudo reflexivo! Grita, lucha. ¿No ves que tu mujer se huelga con +algún hermoso animal mientras tú estás rumiando tus meditaciones?». + + +VI + +Sentí el acicate en los ijares y me alcé magnífico yendo con mensurados +pasos hacia el rincón donde mi mujer yacía entregada a sus lloros. Iba +amasando mis insultos, disponiéndome a echarle las garras al cuello y +convenciéndome de que mi honor (mi honor, mi honor, cómo retumbaba la +palabreja allá dentro) exigía una cruenta satisfacción. Pero al mismo +tiempo había en mí otro yo, cándido y simple que procuraba asirse a +la realidad diciéndose que todo era una fantasía, que no había tal +adulterio y que pasadas unas horas aquella lucubración dolorosa se +desvanecería. Y aun había dentro de mí un tercer personaje, diablillo +maligno que asistía como espectador a la tragedia o el sainete, que +se preparaba frotándose las manos de contento mientras repasaba el +programa de la función. + +Cuando sintió que me acercaba, mi mujer se alzó con presteza, sacó sus +ojos con sobrio ademán y me conminó: + +—No te acerques a mí. + +—Como quieras. De cerca o de lejos hemos de hablar —le respondí. + +—No hablemos más; no me atormentes ni exijas de mí una explicación que +no sabría darte. + +—¿Eres de verdad culpable? + +Un prolongado silencio y una leve inclinación de su cabeza, cuyos ojos +se cerraron, me dieron la respuesta. Aquella certeza de mi mal acabó +con todos mis distingos. Ya no había en mí más que aquel extraño ser +que quería acusar su hombría, su animalidad. Era un tipejo bárbaro con +los ojuelos encendidos de furor, los labios gruesos, el pecho cubierto +de vello y las piernas musculosas y torcidas que se agazapaba dentro +de mí, dispuesto a saltar sobre su presa. Le tiré de la cadena y seguí +interrogando a mi mujer. + +—¿Por qué me has abandonado? + +—No me preguntes nada. No sé. + +—¿Cómo has podido mentir un día y otro? ¿Es posible que tu alma no te +haya traicionado? + +—No sé; no sé. + +—¿Cómo has podido aceptar sin repugnancia mis caricias siendo culpable? +¿No has sentido siquiera el deseo de librarte de mí? Si no me amabas, +si querías a otro, ¿por qué no me lo dijiste? + +—Ahora te lo he dicho. + +—Ahora es tarde ya. Me has injuriado sin necesidad. Tú sabes que te +hubiese dejado seguir libremente tu deseo. Has sido así conmigo porque +eres torpe y ruin. Solo quisiste ofenderme. Nada sé de culpa, pero +adivino que tu caída ha sido una baja apetencia de bestezuela sensual. +¿No amas a ningún otro hombre? Si verdaderamente estuvieses enamorada +de tu amante, ¿le hubieses hecho pasar por la abyección de compartir tu +cuerpo entre él y yo? No digas que le quieres, ramera. + +—Le quiero; por quererle con toda mi alma soy culpable. Tuya soy; te +pertenezco; puedes vengarte en mí; pega, insulta, mata, que por amor de +ese hombre he de sufrirlo todo. + +—Mientes, mientes. No le quieres, dime que no le quieres. Ningún daño +te haré; pero no me digas que le quieres. Dime que caíste con él +porque sí, porque te vino en gana; que caíste con él y con otro y con +otro. Pero no mientas, no blasfemes invocando el amor para cubrir tus +liviandades de cortesana. + +A mi pesar, el tono exaltado que empleaba mi mujer íbame arrastrando +las palabras, las inusitadas y retumbantes palabras de los melodramas +que salían de mis labios, llegaron a sugestionarme. El hombrezuelo +bárbaro saltaba y el diablillo no recataba su contento. + +—Puedes ofenderme cuanto quieras —repuso con voz sombría mi mujer—; +pero no me harás renegar de este cariño a un hombre por quien lo +he sacrificado todo. Le amo más que a mi propia vida. No me hagas +repetirlo. Castiga, insulta, mas no intentes arrancarme una confesión +de liviandad que sería un engaño más. Bastante te he mentido ya. + +—Mientes ahora, como mentiste antes. Quieres a ese hombre como a mí; te +burlarás de él como a mí me has burlado. Yo te daré libertad. Te irás +con él y cuando más confiado esté en tu cariño iré yo o irá otro y con +flores, con golosinas o dinero, ¿con dinero mejor, verdad?, te haremos +mentir de nuevo. ¡Pobre hombre si cree en ti, pobre! + +—Basta, basta. + +—¿Crees que no lo sé? Tú te vendes a poco precio y hay muchos +compradores para golosina tan deseada como tú. ¿Qué? ¿Cuándo le serás +infiel? ¿Por qué no le engañas ya? ¿A qué esperas? ¿Y por qué no ahora? +¿Y con quién mejor que conmigo? + +Al decir esto me acerqué a ella suavemente. En mis labios había una +sonrisa que debió parecerle feroz, porque apartó los ojos de mí +horrorizada y con una entereza dramática que no pude prever cogió +uno de los largos y terribles agujones de su peinado y asestándolo +exactamente al lado del corazón, me dijo: + +—Si te acercas, me mato. + +Vacilé un momento; pronto me repuse; sin embargo, vi claramente el +ridículo de aquella actitud, me pareció todo aquello tan inusitado, tan +absurdo y grotesco que me eché a reír con una carcajada tan honda que +no creo fuese yo quien la lanzase; más me inclino a creer que fuese +cosa del diablillo que seguía muy complacido presenciando la escena +desde la última butaca de mi conciencia. + +Cautelosamente me acerqué a mi mujer y de improviso, con un rápido +ademán le sujeté la mano, torcí el blanco brazo y arranqué de entre +los dedos el aguijón que aspiraba a honores de arma mortífera. No +resistió ella más y volvió a echarse de bruces en el diván, llorando +sin consuelo. + +—Vete, vete —me decía. + +—¿Tanto le quieres? —le pregunté—. Es raro. Dicen que el amor no puede +estar oculto y yo nunca te he notado ese desaforado amor. + +—Vete, vete —repetía acongojada. + +—Me iré —le dije—; no volverás a verme; tuya será esta casa, tuyo +cuanto tengo. No oirás de mis labios un reproche ni una queja. Pero +pruébame que es cierto ese amor. Demuéstrame que tu traición ha +tenido por causa una noble apetencia y me iré. Te dejaré ser feliz si +me convences de que mereces serlo. No me digas que amas a ese hombre; +pruébamelo. ¿Callas? ¿Qué pruebas de amor podrás dar tú que no sea el +ardoroso contacto de tu piel? + +Se levantó furiosa. + +—¿Quieres saber cómo le amo? —me preguntó. + +—Sí. + +—Espera. + +Salió un momento; la sentí revolviendo en su secreter y a poco volvió +con un paquete de cartas que sin mirarme arrojó sobre la mesa. + +—Ahí tienes —dijo— el rastro de mi amor. + +Se volvió hacia la chimenea. Cubrió sus desnudos hombros con un chal de +cachemira y allí, de espaldas a mí, se quedó quieta y silenciosa. + + +VII + +Recogí aquel paquete de cartas que me atrevería a decir me quemaba las +manos si no fuese porque aún había un resto de sensatez en mí que me +hacía ver todo lo que estaba ocurriendo con un desapasionado interés +capaz de resistir a las fuertes sugestiones de la escena. + +Dejando a mi mujer frente a los leños, me fui a mi estudio. Encendí +allí una lamparita eléctrica que había sobre la mesa y su luz cayó +sobre el paquete de cartas. Lo demás de la vasta pieza quedó en +sombras, poblado por los mil y un espectros de mis preocupaciones +artísticas. Desaté la cinta que unía aquellas cartas y empecé a +repasarlas profundamente emocionado. + +Había triunfado en mí el diablillo espectador, sobreponiéndose a todos +los otros yo que pugnaban por salirme a la superficie. El diablillo +les hizo callar a todos, golpeándoles con sus vejigas, mientras yo +me arrellanaba en el sillón y me disponía a leer aquellas cartas del +amante de mi mujer, un poco complacido. ¡Qué diablo! No tengo más +remedio que decirlo. + +Esperaba hallar uno de esos estúpidos epistolarios amatorios que sirven +de burdo disfraz al apetito sexual y me regodeaba pensando que mi +espíritu crítico iba a desnudar a mi rival, dejándolo a la intemperie. + +Leí la primera carta. Si no hubiese seguido leyendo todo, se habría +evitado. Era una carta tan desconcertante, tan extraña, tan anacrónica, +que parecía mentira hubiese sido escrita por uno de esos hombres que +andan por la calle, suben a los _taxis_, presencian los partidos de +fútbol y se adueñan de las mujercitas inconsistentes de esos otros +hombres distraídos que comentan a Spengler y asisten a los congresos +científicos y las exposiciones artísticas. ¿Cómo no vi el anacronismo +de aquellas cartas? No sé; esperaba hallar algo tan distinto, fue +tan grande mi sorpresa que como por encanto perdí pie y me lancé al +absurdo. Únicamente así me explico cómo pude dar crédito y realidad a +lo que leía. + +Hallé en aquellas cartas tal énfasis, tal engolamiento, una tan +retórica versión del sentimiento amatorio, una tan plástica concepción +de las pasiones que, por encima de todo principio, me arrastró el +dramatismo de aquellas cartas, y ya abierto y vulnerable sucumbí +fácilmente a la emoción que destilaban los ayes lastimeros, el rendido +enamoramiento, el desesperanzado afán y el furioso deseo de aquel +desconocido amador, que tan alto rango poético daba a su inclinación +por mi mujer. + +Me dejé llevar. Leyendo aquellas cartas obtuve la misma satisfacción +que me proporcionaría el mejor poema romántico. Olvidé por completo la +realidad, me desprendí de mi propia vida y durante una hora no alenté +más que en pos de aquella avasalladora pasión. Admiraba la resistencia +de la heroína, que se adivinaba a través de las apremiantes súplicas +del enamorado doncel; medía el alcance de su dolor fluctuante entre el +deber inexorable y el deseo invencible. A medida que las cartas iban +pasando veía cómo su voluntad se quebrantaba a los certeros golpes +de aquel inflamado amor, que con tan altas y vibrantes palabras se +ofrecía, y llegó a parecerme excesiva su esquivez, fría su condición y +empedernido su pecho. + +Únicamente cuando se hablaba de él, del otro —el otro era yo—, +recobraba el sentido de la realidad, dejaba a un lado la emoción +retórica y examinaba fríamente la situación: pero aun entonces lo +hacía como el actor principal de una comedia que atiende cuidadoso al +desempeño fiel del papel que se le fía. Pero a poco que seguía leyendo +volvía a dominarme la grandilocuencia del amante y ya no sentía más +que el interés novelesco de aquella pieza retórica que tenía entre las +manos. + +En el orden cronológico de las cartas había una laguna. Aunque no +estaban fechadas, se adivinaba que el epistolario se hallaba dividido +por un lapso, en el que los amantes debieron verse y hablarse a diario. +Había sido un verano, durante el cual el esposo —tenía que hacer un +gran esfuerzo para recordar que el esposo era yo— había estado ausente. +Dejé las cartas sobre la mesa y calculé. Aquella laguna correspondía +a los meses del verano anterior, que yo dediqué a viajar por Italia. +Esto me hizo identificar ya exactamente aquella novela epistolar con mi +propia idea, el adulterio de mi mujer y la infelicidad que tan inocente +y desprevenido me cogía. + +Se me llenó el alma de amargura. Seguí leyendo. Aquellas cartas eran ya +las cartas del amante. Durante mi ausencia, mi mujer había sucumbido. +El amante, que había probado las mieles de la convivencia con el objeto +de su amor, no se resignaba a la separación que mi regreso había +impuesto y, un poco tirano ya, obligaba a mi mujer a dedicársele +por entero. Menudeaban las furtivas citas. La espoleaba para que me +abandonase. Ella debía resistir heroicamente aquellas sugestiones, y +él, desesperado a veces, clamaba al cielo y a la tierra por su amada +cautiva en el argel de mi hogar, mezquina y sombría cárcel para el amor +que uno y otro se tenían. + +¡Qué tristeza más grande la de ver mi casa tan clara, tan confortable y +reidora, convertida en dura cárcel de un amor castigado! ¡Qué infeliz +papel el mío, trocado de amante esposo en brutal cancerbero, guarda +roñosa de un tesoro vivo, anhelante por sortear a cuerpo limpio las +asechanzas del mundo, el demonio y la carne! + +Las últimas cartas eran cada vez más apremiantes. Loco de amor, de +celos y de rabia, el amante de mi mujer la obligaba a abandonarme, +esgrimiendo contra ella terribles amenazas. La última carta fijaba un +plazo improrrogable: mañana... + +Miré la ventana. Pronto estaría alboreando. + + +VIII + +Sentí un desconsuelo imponderable. El frío del conticinio se me había +metido en los huesos. Tosí, y aquella tos seca de fumador impenitente +me hizo sentir cómo estaba de desganado por dentro. Advertí por +primera vez todo el asco y la podredumbre de una muela que nos ha +roído la carie; todo el frío de las canas que se acusan como alfileres +en los parietales entre la negrura del cabello, fuerte aún. Me +molestaban los omóplatos: mis piernas habían adelgazado, y la barba, +crecida en unas horas, se me antojó la excrecencia de mi sangre, que se +fosilizaba allá dentro. Volví los ojos hacía mi interior y me encontré +reseco, extinto. Bajo la bóveda craneana un gusanillo tragón rebañaba +lo poco que de mi sustancia quedaba ya. + +Me levanté con la premiosidad de una maquinaria desarticulada. Alcé el +brazo hacia una de las panoplias que decoraban mi estudio y engarfié +una pesada pistola de desafío. Metí el ojo por la boca del cañón. ¿Cómo +se cargaban estas pistolas? —pensé—. ¡Ah, sí! Se cargaban por la boca. +Saqué de un armario la carga. Esto es, el fulminante, la pólvora, la +bala... Ahora hay que atascarla bien con la baqueta. Hay que ajustarla +bien: luego fallan y se hace el ridículo. Ea, ya está. Ahora... + +Abrí la ventana y el jardín se escondió más aún en la sombra y se quedó +muy calladito, esperando en qué pararía aquello. ¡Cómo va a retumbar la +detonación! + +Volví a sentarme a la mesa con la pistola en la mano. ¿Qué me falta? +Nada, nada. Me sonreí. Había pensado en un espejo. ¡Qué tonterías se le +ocurren a uno! Es muy difícil, a veces, mantener la serenidad, por muy +discreto que se sea. + +Alcé la pistola hasta la sien... + + +IX + +—¿Qué vas a hacer? + +Mi mujer asomaba entre las cortinas su cara de cera, los planchados y +brillantes bandos de su tocado y un brazo, envuelto en seda tornasolada. + +—Nada —contesté—; hacía un simulacro de suicidio. Esto siempre es +grato... no llegando hasta el final. + +Y guardé la pistola impertérrito en uno de los cajones de la mesa. + +—¿No piensas realmente en matarte? + +—No. ¿Por qué he de pensarlo? + +Me hizo mucha gracia la cara de espanto y desconcierto que tenía mi +mujer. + +Por un momento pensé, a seguida, que todo aquello había sido una farsa +y que debía terminar ya. + +—Bueno: dejémonos de tonterías. Es muy tarde; vamos a acostarnos —le +dije con la mayor naturalidad, a tiempo que acudí a enlazarla por la +cintura. Fue la última vez que toqué la realidad con la punta del pie. +Mi mujer vaciló un momento; pero después me rechazó con asco. + +—¿Olvidas que no soy tuya, que pertenezco a otro hombre? + +¡Otra vez el obstáculo! ¡Qué lata! Era como cuando se hace un nudo en +los cordones del zapato. Y como cuando esto ocurre, me puse furioso. +Habrá que cortar ese nudo —me decía sin remates—. Y lo corté. + + +X + +No recuerdo exactamente las palabras que precedieron al suceso. Sé +que mi mujer me repitió muchas veces que no podía ser mía, que me +odiaba. Yo apuré hasta el último instante mi paciencia. Cuando esta se +acabó, cogí un puñalito que de cortapapeles me servía y con él corté +el nudo de mi zapato en la garganta de mi mujer, que de allí a poco se +extinguió, repitiendo dulcemente el nombre el su amante. + + +XI + +Todo esto es cierto, rigurosamente cierto. Yo maté a mi mujer una noche +en que me confesó que tenía un amante, al que quería más que a su +propia vida. + +Lo triste es que aquel amante no existió nunca, y que, aun en el +caso de haber existido, yo no hubiese matado por ello a mi mujer. Mi +cultura, mis convicciones, mis sentimientos, todo, hasta el instinto +mismo, me lo vedaba. Pero lo cierto es que cometí aquel bárbaro crimen. + +Y que jamás creí ni creo pudiera cometerlo. + +Y que ni siquiera hubo tal adulterio. + + +XII + +—¿Y las cartas acusadoras? —me preguntará alguno. + +¡Bah! Eran las cartas que conservaba la vieja del desván; la vieja que +prestó su vestido y su espíritu a mi mujer aquella noche. En cuanto fue +de día, lo vi claramente. + +¿Que por qué se dejó matar ella? ¿Que por qué fue dócil, hasta el +último instante de su vida, a la estúpida alucinación de creerse +adúltera? + +¡Ah! ¿Qué sé yo? + + +F I N + + + + +ÍNDICE + + + Págs. + + Prospecto 7 + + + BIOGRAFÍAS EJEMPLARES DE ALGUNOS GRANDES HOMBRES HUMILDES Y DESCONOCIDOS + + Tres vidas ejemplares 13 + El hombre que no fue niño 17 + Yo y yo mismo 20 + El gran estímulo 24 + El autor de todos los crímenes 27 + Los caminos del mundo 33 + El viejo enamorado 38 + El guardia Pérez 41 + La obligación de odiar 45 + Borrón y cuenta nueva 50 + Cómo se deshace un hombre 54 + Bibliografías contemporáneas: + El millonario 60 + La estrella 61 + El que pasa sin enterarse 62 + Higinia 63 + El equivocado 64 + + + VIDAS CURIOSAS DE VARIAS MUJERES SIN IMPORTANCIA + + Los zarcillos 69 + Por encima de la voluntad 74 + La mujer a quien robaron el alma 79 + La órbita 102 + Azucena 126 + La tía Conchita 148 + El dinerito de la pordiosera 153 + La necrofilia 157 + + + NARRACIONES MARAVILLOSAS + + El descontentadizo 165 + El muerto insepulto y transeúnte 169 + La libre república de las bestias 173 + El purgatorio de los tontos 179 + Las mil pesetas que hay en el mundo 184 + El desastroso fin de la humanidad 187 + Dos grandes errores 190 + El bromazo 194 + El suicidio del cadáver 200 + Historia de un hombrecito que no nació 204 + El ánima de la vieja 220 + La muerte del espíritu adúltero 229 + +*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 79074 *** diff --git a/79074-h/79074-h.htm b/79074-h/79074-h.htm new file mode 100644 index 0000000..6b345b5 --- /dev/null +++ b/79074-h/79074-h.htm @@ -0,0 +1,6628 @@ +<!DOCTYPE html> +<html lang="es"> +<head> + <meta charset="UTF-8"> + <meta name="viewport" content="width=device-width, initial-scale=1"> + <meta name="format-detection" content="telephone=no,date=no,address=no,email=no,url=no"> + <title> + Narraciones maravillosas | Project Gutenberg + </title> + <link rel="icon" href="images/cover.jpg" type="image/x-cover"> + <style> + +.formato { margin: 0 auto; 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text-indent: 0; margin-bottom: 1em; } + + </style> +</head> + + +<body> +<div style='text-align:center'>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 79074 ***</div> + +<main> +<div class="formato"> + +<div class="front"> + <hr class="full"> + <p><a href="#ToC">Índice</a></p> + <h1 class="faux">Narraciones maravillosas y biografías ejemplares de + algunos grandes hombres humildes y desconocidos</h1> +</div> + +<div class="transnote" id="tnote"> + <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p> + <ul> + <li>Los errores de imprenta han sido corregidos.</li> + + <li>La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con + las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.</li> + + <li>La puntuación también ha sufrido ligeros retoques para su + modernización.</li> + </ul> +</div> + + +<div class="screenonly x-ebookmaker-drop"> + <hr class="chap"> + <div class="figcenter"> + <img class="thin" + style="width: 22em; height: auto;" + src="images/cover.jpg" + alt="Cubierta del libro"> + </div> +</div> + + +<div class="tit pt6"> + <hr class="chap"> + <p><span class="pagenum" id="Page_3">p. 3</span></p> + <p class="fs130 g0 ws1">NARRACIONES MARAVILLOSAS</p> + <hr class="chap"> +</div> + + +<div class="tit pt6"> + <p><span class="pagenum" id="Page_4">p. 4</span></p> + <p class="lh150 asc g0 ws1">ES PROPIEDAD</p> + <p class="lh150 asc g3 ws2">DERECHOS RESERVADOS</p> + <p class="lh150 asc ws1">PARA TODOS LOS PAÍSES</p> + <hr class="chap"> +</div> + +<p class="centra smaller asc ws1">IMPRENTA DE RAFAEL CARO RAGGIO: +MENDIZÁBAL, 34, MADRID</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + + +<div class="tit"> + <p><span class="pagenum" id="Page_5">p. 5</span></p> + <p class="fs110 lh150 ws1">MANUEL CHAVES NOGALES</p> + + <p class="fs140 lh150 g0 ws1 mt2">NARRACIONES MARAVILLOSAS<br> + Y BIOGRAFÍAS EJEMPLARES DE<br> + ALGUNOS GRANDES HOMBRES<br> + HUMILDES Y DESCONOCIDOS</p> + + <div class="figcenter mt3"> + <img src="images/logo.jpg" + style="width: 4em; height: auto;" + alt="Logotipo del editor"> + </div> + + <p class="smaller lh150 asc g3 ws1 mt3">RAFAEL CARO RAGGIO, EDITOR</p> + <p class="smaller lh150 asc g4 ws1">MENDIZÁBAL, 34, MADRID</p> +</div> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + + +<div class="chapter" id="Ch0"> + <p><span class="pagenum" id="Page_7">p. 7</span></p> + <h2 class="nobreak fs130 g5">PROSPECTO</h2> +</div> + +<p>Me pide el editor de este libro una nota que informe previamente +al lector sobre su motivación y finalidad y, como no sé hablar sin +jactancia de mi obra, o, mejor dicho, de la intención de mi obra, +advertiré que quise hacer una gran novela y que allegué para ello el +mejor barro de la humanidad que supe discernir; trabajé con amor esta +arcilla cada día y llegué a sentirla quejarse entre mis dedos y decirme +como al alfarero persa:</p> + +<p>«Trátame bien, que yo, como tú, he tenido alma».</p> + +<p>Pero esta blanda humanidad, que yo sentía estremecerse y vivir, +estando aún en el informe montón de lo increado, parecía aletargarse y +morir a medida que la iba vaciando en el molde de una trama novelesca. +Al modelar el torso de mi héroe le hacía exhalar el ánima a mi pesar y, +al fin, entre el muñeco muerto y el barro vivo e informe me quedé con +este.</p> + +<p>Ya, sin vanas pretensiones de diosezuelo, jugué a mi albedrío con +aquel barro humano, y tomándolo en pequeñas pellas me limité a dar a +cada una la estructura rudimentaria de una pasioncilla simple y vieja +o la tintura de una idea trabajada y curtida ya en el manoseo de la +gente. Así fueron surgiendo estas narraciones, fragmentos de un solo +concepto de lo humano, que no por vario pierde su unidad, en las <span +class="pagenum" id="Page_8">p. 8</span>que el héroe o arquetipo roto en +cien pedazos es unas veces hombre y otras mujer, niño o viejo, bueno o +malo, torpe o sabio.</p> + +<p>He despersonalizado al héroe novelesco para humanizarlo, convencido +por ahora de lo imposible que me sería dar una síntesis de lo humano +(«nada de lo humano me es ajeno») en un solo protagonista a cuya medida +no quise recortar y constreñir la vida exuberante que mi arcilla me +brindaba. Creo que este afán totalizador es el que hace a muchos +escritores modernos desdeñar la tradicional forma novelesca limitada +por su carácter pictórico a las dos dimensiones de la platitud, aun en +esta época de la cuarta dimensión.</p> + +<p>Hubo además otra razón para que yo no fuese novelista. Quería +dar a mi obra una emoción igual y persistente de blanda y templada +humanidad y para ello venía obligando a excluir todo lo sobrehumano y +lo infrahumano, pigmentos del héroe, que así se descoloría y quedaba +privado del valor épico de todo personaje de novela.</p> + +<p>Estas narraciones deshilvanadas, meros esquicios novelísticos en +los que sensaciones y movimientos se entrecruzan al azar, sin plan ni +concierto remedando el espectáculo del mundo, me ofrecen, no obstante +el escaso valor que aisladas tienen, más garantías de honda y humana +emoción que el ordenado relato de una existencia por heroica, amplia y +múltiple que fuese.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_9">p. 9</span></p> + +<p>He atendido, sin embargo, al dramatismo del suceso, aunque pensando, +más que en su comisión, en el porqué y el cómo, y, en fin, para que +esta gente humilde que por aquí pasa en visión cinemática no dejase +solo en la retina la fatiga que ocasionan los desfiles de la multitud +gregaria he dado entrada a lo sobrenatural infiltrándolo por los +intersticios, resquebrajaduras e incongruencias de esta vidilla nuestra +tan vanamente afanosa de lógica. Por eso están insertas aquí las +<span class="sc">Narraciones maravillosas</span> que arbitrariamente +dan título al volumen, cuya maravilla no es otra que la de las almas +simples ante el absurdo del mundo.</p> + +<p>No pretendo haber hallado una forma nueva, ni haber resuelto ningún +problema literario. Escribo conforme a mi temperamento en la forma que +más se pliega a mi propósito, no otro que el de perseguir hasta el fin +el ideal humanista de la cultura occidental, a que pertenezco, dando +una sensación clara y fuerte de lo humano; lo verdaderamente humano, no +sus astutas ficciones.</p> + +<p class="firma sc">El Autor.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + + +<div class="chapter" id="Ch1"> + <p><span class="pagenum" id="Page_11">p. 11</span></p> + <h2 class="nobreak fs120 g0 ws1">BIOGRAFÍAS EJEMPLARES<br> + DE ALGUNOS GRANDES HOMBRES<br> + HUMILDES Y DESCONOCIDOS</h2> +</div> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + + +<div class="chapter" id="Ch101"> + <p><span class="pagenum" id="Page_13">p. 13</span></p> + <h3 class="dcha ws1">TRES VIDAS EJEMPLARES</h3> +</div> + +<p>A los quince años ingresó de meritorio en un Banco. Le sentaron en +un taburete incómodo, frente a un gran pupitre; púsose unos manguitos +negros y comenzó a escribir:</p> + +<p>«Páguese a la orden de..., páguese a la orden de...».</p> + +<p>Durante medio año repitió millares de veces las mismas palabras +sobre los mismos trozos de papel, y los rasgos de su escritura se +estilizaron, elegantizándose maravillosamente. Entonces le señalaron un +sueldo anual de mil doscientas pesetas, y a lo largo de media docena de +años siguió escribiendo todos los días cientos de veces:</p> + +<p>«Páguese a la orden de..., páguese a la orden de...».</p> + +<p>Cuando tenía veintitantos años, su maestría era indiscutible. Pensó +ya en casarse; pero como su sueldo inicial, acumulados los aumentos de +los primeros quinquenios, era aún bastante exiguo, tuvo que esperar +todavía el ascenso, que no sin tiempo y trabajo <span class="pagenum" +id="Page_14">p. 14</span>consiguió al fin. Abandonó entonces su viejo +pupitre, se encaramó sobre otro taburete más piadoso con sus huesos ya +endurecidos, y comenzó a escribir:</p> + +<p>«Valor recibido en cuenta de..., valor recibido en cuenta de...».</p> + +<p>Se casó y tuvo hijos; el día antes de su boda estuvo trazando con +el mismo afán de siempre las palabras sacramentales; las repitió cien +veces el día que le nació el primer hijo y el día que le dejó huérfano, +el que le descubrió la infidelidad de su esposa, el que lo hizo viejo y +el que le trajo la pulmonía que acabó con él.</p> + +<p>«Páguese a la orden de..., valor recibido en cuenta de...».</p> + +<p>He aquí la historia completa de una vida.</p> + +<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div> + +<p>Otro cuento ejemplar:</p> + +<p>Joven aún, le nacieron en las manos dos cafeteras, que ya se le +quedaron adheridas para siempre jamás al metacarpo y a la primera +falange. Una de las cafeteras tenía café, como era natural; la otra, +leche, y no sabemos por qué, puesto que también era cafetera.</p> + +<p>Le vistieron con un traje negro, robado a un muerto decente, y +empezó a moverse al conjuro de un grito inarticulado, que le hacía ir y +venir con sus dos cafeteras humeantes: «¡Eh!»</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_15">p. 15</span></p> + +<p>—¿Solo? ¿Mucha leche? ¿Así?</p> + +<p>Se le empezó a caer el pelo; recurrió primero a cubrir su calvicie +con las escasas hebras que aún se defendían sobre los parietales; +pero, al fin, su cráneo quedó reluciente y terso. Seguía acercándose +amorosamente a los parroquianos para hacerles sus tres preguntas +eternas:</p> + +<p>—¿Solo? ¿Mucha leche? ¿Así?</p> + +<p>Hubiera deseado ponerse a charlar con aquellos señores; contarles +cómo el reúma se le metía por las piernas arriba, cómo le había +entristecido la muerte de su hijo y la prostitución de su hija, cómo +le sorprendían muchas cosas inexplicables del mundo y cómo resolvía +él otros problemas, que la gente considera abstrusos. Pero aquellos +señores no se lo permitían, no eran cordiales, no le estimaban como a +un semejante. Estaba condenado a un mutismo eterno y toda su vida de +relación eran aquellas cuatro palabras:</p> + +<p>—¿Solo? ¿Mucha leche? ¿Así?</p> + +<p>Se llevó al cementerio el deseo de interpelar a todo el mundo, +preguntar unas cosas y contar otras que se le habían ido repudriendo. +Ahora, los señores gusanos estarán muy divertidos escuchando las +trascendentales revelaciones del echador de café.</p> + +<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div> + +<p>Otro cuento aún:</p> + +<p>Mi vecino ha escrito una poesía. Y con frecuencia <span +class="pagenum" id="Page_16">p. 16</span>viene a recitármela. Es una +poesía lírica que empieza diciendo:</p> + +<div class="poetry-container"> + <div class="poetry"> + <div class="stanza"> + <div class="verse indent0">«¡Oh, tú, la de los ojos profundos!»</div> + </div> + </div> +</div> + +<p>Yo creo, sin embargo, que mi vecino hubiera podido superar a Goethe. +Pero la vida le sujeta. Es el hombre que lucha con la vida; mejor +dicho, con la muerte. La miseria le anda siempre alrededor; le coge, +le zarandea durante todo el día, le pega pellizcos en las tripas, le +alambriza las piernas, y, por la noche, le tumba destrozado, sacudido y +vacío sobre su jergón.</p> + +<p>Es el hombre activo e inteligente que se aborta porque no ha podido +vencer la miseria. Yo le veo comprando sus judías, encendiéndose el +fogón, repartiendo prospectos por las calles, conduciendo tranvías, +correteando, arbitrando siempre y siempre, acosado por la necesidad, +que va royéndole constantemente los zancajos.</p> + +<p>Y me permito creer que hubiera podido superar a Goethe.</p> + +<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div> + +<p>¿Por qué se aburrirá la gente con estas historias ejemplares? ¿Por +qué no agradan a nadie estos cuentos en los que no hay nada que contar? +¿Por qué ha de pasar algo si en las vidas silenciosas de estos hombres, +<span class="pagenum" id="Page_17">p. 17</span>a los que no pasa nada, +hay gestas gloriosas y grandes epopeyas?</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + + +<div class="chapter" id="Ch102"> + <h3 class="dcha ws1">EL HOMBRE<br> QUE NO FUE NIÑO</h3> +</div> + +<p>Este hombre estuvo dormido hasta los catorce años; de su infancia +no tenía el menor recuerdo; su inteligencia —poca o mucha— no tuvo +ocasión de actuar hasta que llegó a esa edad, en la que se despertó +súbitamente, espoleada por la imperiosa necesidad de vivir. Pero +vivir es muy difícil cuando se está solo en el mundo y se ignora +absolutamente todo. Este hombre tuvo, pues, que hacerse a sí mismo; y +hacerse con prisas, con atosigamientos, entreviendo, adivinando. A este +hombre le había faltado la infancia y a los quince años se encontraba +tirado sobre la faz de la tierra, como si hubiese aparecido, ya +talludito, por generación espontánea.</p> + +<p>Trabajó, se afanó día y noche, descubrió muchas veces el +Mediterráneo, anduvo y desanduvo, supo orientarse poniéndose de +puntillas entre la muchedumbre, y a los treinta y tantos años se +encontró hombre normal, civilizado, con una posición firme en la vida, +con ideas propias, con profundas convicciones y un caudal considerable +de experiencia.</p> + +<p>Activo, inteligente, dueño absoluto de sí mismo, con un certero +instinto y una extraordinaria lucidez mental, logró honradamente (no se +olvide que esto es <span class="pagenum" id="Page_18">p. 18</span>un +cuento) el disfrute de la paz, el poder, la justicia y el amor.</p> + +<p>Cuando todo esto lo tuvo conseguido, se permitió mirar sosegadamente +a su alrededor, y advirtió entre las gentes, entre ciertas gentes, una +mal disimulada hostilidad. Al principio atribuyó esta mala voluntad a +envidia en unos, a legítima defensa en otros y a franca estupidez en +los de más allá. No se satisfizo, sin embargo, con esta consideración +y reinó mucho tiempo en el tema. Gentes a las que tenía en mucho le +repudiaban discretamente; hombres a los que jamás había hecho ningún +daño, le odiaban sin reservas; mujeres a las que daba su amor hondo y +honrado, se esforzaban en resistir a la sugestión que en ellas ejercía +su éxito, y no sin repugnancia se le rendían. Todo esto, para un hombre +mentalmente deficiente, no tiene gran importancia; pero para este +hombre, que pretendía la mayor suma de perfección, era un tormento +insufrible.</p> + +<p>Para los aristócratas era un advenedizo; para los artistas, un +filisteo; para los que trabajaban sin éxito, un burgués; para los +sabios, un ignorante.</p> + +<p>¿Burgués? ¿Filisteo? ¿Advenedizo? ¿Ignorante? Este hombre no se +desanimó, y se propuso no ser burgués, ni filisteo, ni advenedizo, +ni ignorante. Y lo consiguió. Aun en la plenitud de su vida, dotado +de una poderosa inteligencia y avezado a síntesis geniales, cursó +muchas y varias disciplinas; aguzó su espíritu <span class="pagenum" +id="Page_19">p. 19</span>en la constante convivencia con obras y +hombres de una fina espiritualidad: olvidose de sí mismo y puso vital +empeño en que nada pasara por alto a su comprensión. Ya se inclinaba +hacia la tierra cuando, sin jactancia, pudo considerarse superior a +casi todos sus contemporáneos.</p> + +<p>Dominaba. Nadie más competente que él, más avizor. Temíase +y admirábase la extensión de sus conocimientos: maravillaba la +potencialidad de su inteligencia, y, sin embargo, hombrecillos +desvanecidos, incoherentes al parecer, faltos de consistencia y de +cultura, mantenían la hostilidad, el menosprecio, el desinterés. Sin +saber concretamente por qué, rechazaban unánimes a este hombre ejemplar +que lo había logrado todo; todo menos una cosa aún indeterminada, +incomprensible, todavía desconocida. No era una trivialidad, aunque +debía ser algo tan pequeño que escapaba a la más fina percepción. +¿Que era lo que faltaba a este hombre? ¿Qué era lo que hacía inútil, +desestimable, toda la labor de su vida?</p> + +<p>Viejo, muy viejo ya, desesperó, al fin. Prudentemente había decidido +retirarse de la lucha y dedicó el resto exiguo de sus días a rumiar su +propia existencia.</p> + +<p>Frecuentaba los cafés apartados y los jardines públicos. Charlaba +con los viejos que esperan a morirse en el doble fondo de los cafés +de barrio, olvidados y tristes, y con los niños que en los jardines +esperan a <span class="pagenum" id="Page_20">p. 20</span>vivir. Sus +diálogos tenían una fluidez, un cauce soterrado de agua fresca y +fertilizante, de que hasta entonces había carecido el monólogo reseco +de su vida.</p> + +<p>A veces, los niños le hacían preguntas inauditas, maravillosas; +en otras ocasiones tenían respuestas desconcertantes. Aquello le era +completamente desconocido; rebañaba el viejo los recuerdos de su +infancia y no recordaba haber sido niño nunca. Los niños. ¿Qué cosas +más extrañas? ¿Por qué jugarán? ¿Qué es el juego? ¿Qué trascendencia +tiene?</p> + +<p>Cuando ya iba a morirse se dio cuenta de lo que le había faltado +siempre. Ser niño.</p> + +<p>Haber jugado. Él no había hecho más que trabajar; se había hecho +él solo, trabajándose. Por eso era un producto artificial, una obra +imperfecta, una manufactura que los demás repelían y despreciaban. Y +deploró en el alma lo que antes había sido su orgullo: ser hijo de sí +mismo, de su voluntad, de su inteligencia. Y es que un hombre, todo un +hombre, es muy difícil de hacer.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + + +<div class="chapter" id="Ch103"> + <h3 class="dcha ws1">YO Y YO MISMO</h3> +</div> + +<p>Desde hace ya bastante tiempo observo una conducta ejemplar. Amo a +mi familia y cuido de ella, acreciento mi patrimonio, amparo mi prole, +profeso ideas de moderación, ensalzo las virtudes patrias, soy senador +y presidente honorario de varias entidades <span class="pagenum" +id="Page_21">p. 21</span>benéficas y me irrito contra la inmoralidad, +el descreimiento, el desenfreno y la rebelión. De buena fe, de absoluta +buena fe, me he propuesto ser un poderoso ariete contra todas estas +cosas nefandas y gasto gozoso mi energía en combatir a los enemigos del +orden, la religión, la autoridad, la patria y el capitalismo.</p> + +<p>Pero he aquí que, a raíz de una de mis furibundas campañas +conservadoras, aparece un impío que pretende desautorizarme y ponerme +en la picota exhumando actos y palabras de mi juventud, que contrarían +mis actuales inclinaciones. Si ahora soy profundamente religioso, antes +fui ateo; si hoy ensalzo a la burguesía, antes aparecí como demagogo; +si amo y educo a los hijos de mi mujer, antes abandoné a los de mis +amantes; si ahora combato la trata de blancas, antes las he tratado sin +escrúpulos. Todo esto dicen. Bueno, ¿y qué?</p> + +<p>Confieso que fui yo, yo mismo, quien hizo y dijo cuanto ahora me +afean. Pero ¿qué solidaridad hay entre yo y yo mismo a la vuelta de +veinte años?</p> + +<p>Es verdad que entonces tenía el mismo nombre y los mismos apellidos +que ahora; no es menos cierto que mis ojos eran azules como lo son hoy, +si acaso un poco más claros; aquel tipo mío de los veinte años tenía +algo de este mismo tipo a los cuarenta; pero ¿qué más dato de identidad +hay entre aquel joven y yo? Buscándome a mí mismo estoy rebañando en +mi <span class="pagenum" id="Page_22">p. 22</span>memoria y apenas +encuentro rastro de aquel sujeto que llenó este mismo espacio que hoy +ocupo. Nada de cuanto entonces sentía y pensaba siento y pienso ahora. +Somos seres completamente distintos.</p> + +<p>Y, sin embargo, vienen a pedirme cuentas de lo que hice o dije hace +veinte años. Es como si dentro de veinte años fuesen a pedir cuenta +de estas palabras de ahora a los señores gusanos que me coman o a las +hierbas que me arraiguen en la boca. No hay en mí ni una sola célula, +ni una molécula, ni un átomo de los de entonces. Todo yo soy nuevo, +completamente nuevo; así me lo ha dicho la Biología. Y, sin embargo, +me exigen ahora solidaridad con aquel ser absurdo de los veinte años. +¡Bah! Ocurre con esto lo que con aquel cuchillo de cocina, siempre +nuevo, al que se le había puesto hoja más de veinte veces y otras +tantas se le había renovado el mango. ¿Qué quedaba del primitivo +cuchillo? ¿Qué queda en mi piel, mis nervios y mi sangre de aquel +cuerpo juvenil que hacía y pensaba esas cosas absurdas?</p> + +<p>No pretendo buscar atenuantes, ni digo, en son de disculpa, que la +vida me ha trabajado de este modo. No he claudicado, no. Es que soy +otro.</p> + +<p>Creo firmemente que un hombre, desde que viene al mundo hasta que +la tierra se lo traga, nace y muere muchas veces. El mito del Ave +Fénix, renaciendo de sus cenizas, no es más que la intuición de esta +verdad que ahora postulo. Lo que ocurre es que los hombres <span +class="pagenum" id="Page_23">p. 23</span>son lo suficientemente idiotas +para no darse cuenta de cuándo se mueren y cuándo renacen. Se ponen +melancólicos, les entra la morriña, se les muda el pellejo y, a costa +de todo esto, levantan castilletes psicológicos, y a veces escriben +novelas, sin darse cuenta de que la verdad es que se han muerto y van a +renacer. Por una estúpida fidelidad con el cadáver que dentro de ellos +mismos llevan, se obstinan en conservar todo lo que ya se les ha muerto +y podrido. Repito que es lo mismo que si cuando yo estuviese convertido +en polen se me antojara opinar sobre la guerra de Marruecos.</p> + +<p>No cabe, pues, pedirme solidaridad con aquel jovenzuelo libertino, +descreidote, manirroto y pendenciero que llevaba mi mismo nombre y +apellidos. He liquidado mis cuentas con él; le hice un solemne funeral; +le enterré en un rinconcito discreto de mi memoria y allá voy algunas +tardes a rezarle un poco. ¡Buen muchacho! Le tengo el mismo cariño que +a algunos de mis antepasados. Pero nada más. Alguna vez miro su retrato +y me sorprende que tenga algún parecido conmigo. ¡Pse! Si acaso, el +aire de familia.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + + +<div class="chapter" id="Ch104"> + <p><span class="pagenum" id="Page_24">p. 24</span></p> + <h3 class="dcha ws1">EL GRAN ESTÍMULO</h3> +</div> + +<p>A los ocho años fue recadero de un comercio y trotó a diario, con +sus piernecillas endebles, por toda a ciudad. En aquellos primeros años +padeció mucho: hambre, frío, burlas y sofiones. Cuando tenía doce años +era un redomado granuja. Le enseñaron a beber, a jugar y a convivir +con las mujeres que rondan por las noches en los muelles. Pronto vio +dónde estaba el peligro, y, venciendo sus furiosas apetencias, domó su +potro, recogió velas y se puso a trabajar. En aquella época contrajo +deudas, cuyos intereses seguía pagando treinta años después al médico y +al boticario. Y lo que es más doloroso: sabía que no liquidaría hasta +que estuviese bajo tierra. Un poco de alcohol, un poco de nicotina, un +puñado de treponemas pálidos, nada. Lo suficiente para sufrir una tara +durante toda la vida. Menos mal que paró a tiempo. En fin, a vivir. +Durante quince años luchó a brazo partido con la miseria, que cuando +más embebido iba por el mundo le tiraba hacia atrás, cogiéndole por los +faldones de su gabancito raído, o le arrojaba de bruces al arroyo.</p> + +<p>Por fin armó su velamen, y ya experto marinero navegó felizmente +en medio de la borrasca de los talleres, las oficinas, las gerencias +y las direcciones. En equilibrio inestable todavía; quiso casarse, +y, al fin, lo hizo. Nueva lucha. Las necesidades, la mujer paridora +<span class="pagenum" id="Page_25">p. 25</span>y endeblucha, la suegra +hostil, los cuñados... ¡Bah! Aquel hombre tenía buen temple y salió +adelante. Fueron unos años terribles. Cuando regresaba del trabajo, +excesivo y mal remunerado, le aguardaban las miseriucas del hogar, los +lloriqueos de los niños durante la madrugada, las exigencias de los +proveedores, las terribles contingencias.</p> + +<p>Esta tremenda lucha con la necesidad no le dejaba ánimos para +afrontar otras luchas más espirituales, y nuestro hombre, que tenía una +fina sensibilidad, aguardaba siempre el momento feliz de cultivarse +un poco, de ejercitarse en otros medios de vida más elevados. No le +fue posible. Trabajó con toda su alma, y, al fin, hubo de darse por +contento con asegurar el bienestar económico de los suyos.</p> + +<p>Cuando se echó una ojeada a sí mismo tenía pocos pelos en la cabeza, +pocos dientes, muchas arrugas y en el ánimo una sequedad dolorosa, +una fragilidad de fósil que le hacía sentirse calcinado, extinto. Se +sacudía y todo él sonaba a cascado, a hueco.</p> + +<p>No por esto perdió su temple. Comprendió que no en balde había +andado a cuerpo limpio por la vida y se resignó a no ir más allá. Esta +resignación no le fue dolorosa, porque tenía un hijo, y pensó: «Lo que +yo no pueda hacer, lo hará él». Y contento con esta esperanza, decía +gozosamente que él había venido al mundo para servir de abono a su +hijo.</p> + +<p>Desde que el hijo nació le había atendido el padre <span +class="pagenum" id="Page_26">p. 26</span>con el mayor esmero. Cada vez +que hacía un sacrificio por su salud o su educación, el buen hombre +pensaba: «Yo no tuve quien hiciese esto por mí; él, sí». Y redoblaba su +celo, pensando que aquel hijo suyo, para el que atesoraba instrumentos +de poder, realizaría su ideal de triunfo.</p> + +<p>El hijo era un chicarrón inteligente, apto, rozagante, con una +salud a prueba de bomba y una fortaleza de espíritu poco común. +Nuestro hombre, enfermucho, cascadito, combatido por cien alifafes, le +admiraba y se llenaba de alegría, como si aquella juventud, aquella +potencialidad fuesen suyas, estuviesen en reserva dentro de su +organismo.</p> + +<p>Crecía el hijo a expensas del padre, al que cada vez le chirriaban +más los muelles. Lo natural hubiera sido que en el momento más doloroso +para el padre, el hijo se torciera y maleara quebrando aquella +esperanza del viejo. Pero no fue así. Veréis como fue.</p> + +<p>Pasaron los años y el hijo no dio una sola desazón al padre. +Laborioso, inteligente, mesurado, iba haciendo su camino con un +aplomo que maravillaba al viejecito. Algunas veces se le antojaba, no +obstante, que el hijo era demasiado impasible; acaso su lentitud y su +ecuanimidad eran excesivas.</p> + +<p>Pero no; el viejo rectificaba pronto, diciéndose: «No, no; va bien, +va bien. Los hombres sanos y fuertes tienen esa serenidad; yo he sido +siempre un pobre diablo enfebrecido, al que precipitaba y aturdía la +necesidad. <span class="pagenum" id="Page_27">p. 27</span>Hay que dar +tiempo al tiempo. Él lo conseguirá todo al fin».</p> + +<p>Y ocurrió que el hijo no consiguió nada. Los años transcurrían +unos tras otros sin que el chicarrón avanzase un solo paso en aquella +ideal perfección, en aquel triunfo glorioso que el padre había soñado. +Le faltaba el afán, el estímulo divino, el acicate, que empuja a +unos hombres contra otros. Aquel gran ejemplar de la raza humana era +estéril, inepto para el progreso que el buen viejo había soñado. Él, +con sus errores, con sus defectos y la exigüidad de su energía, había +hecho más, mucho más que el hijo, dotado de todos los instrumentos de +poder. El viejo, caduco ya, agotado, tembloroso, próximo a apagarse, le +excitaba, le sometía al espoleo de su indeclinable avidez. Todo inútil; +al hombrachón inteligente, apto, saludable, laborioso y honesto le +faltaba el gran acicate: el dolor.</p> + +<p>El dolor, máquina de cuanto se hace en la vida y aun de la vida +misma.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + + +<div class="chapter" id="Ch105"> + <h3 class="dcha ws1">EL AUTOR<br> DE TODOS LOS CRÍMENES</h3> +</div> + +<p>Cuando me detuvieron por indocumentado llevaba muchos días sin comer +y muchas noches sin guarecerme bajo techado. Así fue que, al verme +recluido, maltratado y transido de frío, me sentí feliz. Tranquilo en +mi celda, no recordaba sino que estuve andando <span class="pagenum" +id="Page_28">p. 28</span>mucho tiempo; no sabía ni de dónde partí ni +por qué me puse a andar; solo conservaba la noción de que anduve hasta +que se me reventaron los pies y caí al borde de la carretera.</p> + +<p>Unos guardias que iban de correría me sometieron a un interrogatorio +y me registraron. Ni supe contestar a sus preguntas, ni encontraron +entre mis ropas desgarradas indicio alguno de quién yo pudiera ser. +Creyeron que ocultaba mi nombre y condición, por tener sobre mí algún +delito, y fichado como sospechoso pasé a la cárcel. Les parecía +inconcebible que hubiese en el mundo un hombre sensato, al parecer, y +medianamente instruido que ignorase su nombre, estado y naturaleza; un +hombre que, por lo visto, pretendía hacer creer que había nacido, por +generación espontánea, al borde de una carretera.</p> + +<p>Y, sin embargo, era verdad. Juro que no sabía cuáles eran mi nombre +y apellidos, y que ni tenía casa, ni familia, ni origen, ni recuerdos. +Ya suponía que no habría venido al mundo en la carretera donde los +guardias me encontraron, barbado y talludo ya; pero lo cierto y verdad +era que de mi existencia anterior no tenía más vestigios que aquella +trágica caminata, cuyo punto de partida yo no acertaba a definir. +Pudiera decir que salí del caos; pero ¿qué caos era aquel del cual +salía yo, aborto miserable? No pude desentrañarlo. Mi cerebro, normal +en cuanto tocaba al presente y al porvenir, perdía su lucidez tan +pronto como me aventuraba en el pasado. No cabe duda de que se <span +class="pagenum" id="Page_29">p. 29</span>trataba de un terrible caso +de amnesia; pero ¿qué lo había motivado? Renuncié a investigarlo; +había algo más fuerte que mi voluntad, empeñado en que yo no penetrase +en el campo terrible de mis recuerdos. Cuantas veces lo intentaba, +salía vencido por la confusión, la fatiga y una infinita repugnancia. +Renuncié, pues, por completo a mi pasado.</p> + +<p>Pero a los hombres de justicia aquello les parecía inadmisible. Algo +ocultaba yo, y, ternes en su sospecha, me mantuvieron encarcelado.</p> + +<p>Por aquel tiempo había ocurrido un espantoso crimen en una aldehuela +próxima. Unos míseros labradores habían sido asesinados durante la +noche por unos forajidos, codiciosos del puñadito de plata que con +sus hambres y fatigas había logrado reunir aquella pobre gente. No +se supo quiénes eran los asesinos, y de la noche a la mañana me +encontré acusado de haber cometido aquella fechoría. Al principio lo +tomé a broma; pero después reconocí cuán sensato era aquel hombre que +decía: «Si alguna vez me acusasen de haber robado las torres de la +catedral, como primera providencia pondría tierra de por medio; después +procuraría demostrar que la acusación era falsa».</p> + +<p>Cogido entre los términos, proposiciones y silogismos de la gente +de toga, estuve a punto de convencerme a mí mismo de que yo había +cometido aquel doble crimen, tal vez sin saberlo. Fue providencial +que los verdaderos asesinos se dejasen cazar estúpidamente. <span +class="pagenum" id="Page_30">p. 30</span>De no haber sido por esta +circunstancia, yo hubiese expiado en el patíbulo mi supuesto crimen.</p> + +<p>Todavía no se decidían a soltarme y muchos meses anduve de cárcel +en cárcel. Pero, al fin, recobré la libertad; una libertad relativa, +porque no dejé de estar vigilado. Siempre es sospechoso el hombre que +no sabe explicar la razón de su existencia. En el mundo hay que estar +por algo y para algo; para robar o ser robados, cometer asesinatos o +dejarse matar, gobernar pueblos o sufrir el yugo de los gobernantes.</p> + +<p>Un policía, un juez, un magistrado, convencidos seriamente de que +cumplen una misión providencial, misión para la que han sido creados, +no tolerarán nunca al hombre sin misión que cumplir, al deshilvanado, +al que es brote espontáneo de la naturaleza y vive en el mundo con la +indiferencia de una col. Y esto era yo.</p> + +<p>Un semoviente que, a lo sumo, aspiraba a ser el último súbdito de +un más sencillo reino: el reino vegetal. Si yo entonces hubiese podido +concretar mi ideal, hubiera deseado convertirme en col. Ser humilde, +orondo, fresco y recio; nacer y morir en el mismo sitio, ver salir y +ponerse el sol, beber copiosamente y reposar. Esta era mi inconcreta +aspiración.</p> + +<p>Pero, por desgracia, mi antropomorfismo me condenaba a vivir como +los humanos. Tuve que trabajar y ganarme la vida. No sé cómo, me +encontré un día haciendo zapatos con rara perfección. (Yo no recordaba +haber practicado nunca tal oficio. Después me <span class="pagenum" +id="Page_31">p. 31</span>lo expliqué todo; antes de sobrevenir la +catástrofe, que me hizo perder el recuerdo de mi vida pretérita, yo +había sido dramaturgo). Construir un zapato —ahora lo sé— es como +construir un drama. (De ahí mi técnica zapateril).</p> + +<p>Trabajaba honradamente, confeccionando mis dramas, digo, mis +zapatos, cuando de nuevo me vi encarcelado y sometido a proceso. Se +había cometido un nuevo crimen, y como los autores tampoco fueron +habidos, se suponía que yo, el hombre sospechoso, el extraño sujeto, +sin nombre y sin origen, era el criminal. Creyeron que yo había +cometido ya «mi crimen», el crimen que tarde o temprano yo tendría que +realizar, y de nuevo quisieron ahorcarme. Tampoco lo lograron. Escapé, +pero fue por poco tiempo; meses después se me imputaba una nueva +fechoría, y después otra y otra.</p> + +<p>Llegué a verme acusado del asesinato de un presidente del Consejo, +cuatro asesinatos menores, tres parricidios, dos infanticidios y seis u +ocho robos. Yo era, fatalmente, el autor de todos los crímenes.</p> + +<p>Soltándome un juez y tomándome otro, pasaron cerca de veinte años, +hasta que una buena mañana me encontré acusado de un nuevo crimen. +Tratábase del hallazgo, en una casita de las afueras, de los restos +mortales de dos personas. El doble crimen tenía muchos años de fecha: +unos veinte. Se exhumaron recuerdos, recayeron sospechas sobre mí y +fuimos a la <span class="pagenum" id="Page_32">p. 32</span>vista, en +la que se reconstruyeron los hechos. Hacía veinte años habitaba la casa +del macabro hallazgo un matrimonio joven y de posición desahogada. De +improviso, el marido anunció que, en unión de su esposa, marcharía +al extranjero para fijar allí su residencia. Liquidó sus asuntos +particulares y nadie volvió a acordarse de ellos. Coincidió esta marcha +de los esposos con la desaparición de un joven ingeniero, al que la +Policía buscó en vano durante algunos meses. Nadie acertó a relacionar +ambos hechos, y, al cabo de veinte años, el hallazgo de un puñado +de huesos venía a descubrir la tragedia. Resultaba que el marido, +enamorado apasionadamente de su esposa, había descubierto que esta +sostenía relaciones ilícitas con el joven ingeniero. Ciego de dolor +acechó a los adúlteros, y, al sorprenderles juntos, descargó sobre +ambos su revólver, ocasionándoles la muerte. Después, con una sangre +fría aterradora, preparó la coartada; simuló el viaje al extranjero, en +unión de su esposa; enterró los cadáveres en el jardín del hotelito y +desapareció.</p> + +<p>De este nuevo crimen me acusaban. Yo pensé, ¡bah!, otro período +de molestias. Cuando se celebró la vista, mi abogado hizo de mí una +defensa maravillosa. Ya era ridícula y criminal aquella obstinación +en atribuirme cuantos delitos se cometían; yo no era más que un +enfermo, un infeliz atacado de amnesia total, cuya inocencia se había +probado en innumerables ocasiones. ¿Por qué se me seguía molestando? +Los magistrados <span class="pagenum" id="Page_33">p. 33</span>se +conmovieron, ¡al fin!; desecharon la aberración de mi culpabilidad y me +absolvieron.</p> + +<p>Pero durante las incidencias de la vista yo empecé a sentirme +inquieto, sobresaltado; comencé a recordar algunos detalles sueltos +primero, después algunos nombres. ¡Ah! ¡Aquel era mi crimen! ¡Sí, +sí; el mío! ¡El que yo había cometido! ¡Yo, yo maté a los adúlteros! +¡Yo!</p> + +<p>La memoria volvía. Ahora recordaba que, después de cometido mi +crimen y conseguida la impunidad, eché a andar una noche, sin más carga +que mi dolor, mis remordimientos, mi amor fracasado, mi locura... Y +anduve..., anduve...</p> + +<p>¡Ya sabía qué terrible catástrofe me había sumido en la +inconsciencia durante veinte años! ¡Aquel era mi crimen! ¡El mío!</p> + +<p>Cuando quise recordar, me habían absuelto.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + + +<div class="chapter" id="Ch106"> + <h3 class="dcha ws1">LOS CAMINOS DEL MUNDO</h3> +</div> + +<p>Apenas tuvo veinte años, cogió la regla, el compás y el tiralíneas; +tomó cuidadosamente sus medidas y trazó con toda seguridad la parábola +de su vida. Después se quedó muy satisfecho. Vivir es muy difícil +y hay que tomar precauciones. Por eso, él, que no quería andar +equivocado, redujo su vida a una figura geométrica; le puso al pie +su escala de reducción, en la <span class="pagenum" id="Page_34">p. +34</span>proporción de uno a mil, y comenzó a cubrir, en el suave +transcurso de los días, las etapas del trayecto que previamente se +trazara. La vida de aquel hombre era, pues, uno de esos gráficos en +cuya cuadrícula prenden las estadísticas el curso de la existencia.</p> + +<p>Ya tranquilo y orientado, anduvo con paso firme su camino: era +un camino largo, de penosas ascensiones y peligrosos declives. Pero +él consultaba diariamente su gráfico y no anduvo nunca en balde. La +miseria, la ignorancia y el dolor habían sido su punto de partida. +Venido al mundo, sin tener para qué venir, se encontró vulnerable, +hambriento y dolorido. De chicuelo padeció cuanto había que padecer; +derrochó su energía debatiéndose en el arroyo y le pareció la vida +mucho más absurda e inconexa de lo que ya de por sí es en realidad. +Se asustó; cuando llegaba a la adolescencia estaba acobardado por los +zarpazos que le tiraba el vivir, los empellones, las bofetadas y las +terribles sorpresas que había recibido.</p> + +<p>Se remansó un poco, y en un momento de lucidez cogió a la vida +desprevenida y la encerró en la red de su cuadrícula. Ya está, pensó. +Ahora voy a ser yo el amo.</p> + +<p>Empezó a trabajar en uno de esos humildes menesteres de la vida +moderna: dar y tomar fichas numeradas desde una ventanilla, abrir +y cerrar una puerta, extender cotidianamente una misma fórmula +cientos de veces, poner y quitar gabanes, cambiar papeles por <span +class="pagenum" id="Page_35">p. 35</span>dinero o papeles por papeles. +Cualquier cosa. Esta simple función, esta repetición maquinal de un +solo acto le aseguró los medios de subsistencia y le dejó holgura para +filosofar. Como estaba aspado y dolorido, la quietud, el achicamiento, +le hicieron feliz. Y durante algunos años no sintió necesidad de nada +más.</p> + +<p>Cuando hubo recobrado el equilibrio y notó que empezaba a sobrarle +algo, es decir, que estaba ya por encima de su propia vida, consultó de +nuevo el plan que de antemano se había trazado y emprendió la segunda +etapa del camino. Era la más difícil. Ya se tenía él a él mismo; ahora +se trataba de tener algo más. Pensaba, sencillamente, en casarse.</p> + +<p>Se casó; tuvo mujer e hijos; pero otra vez la necesidad vino a +querer sacarle de sus casillas, o sea de su sabia cuadrícula. Rigió +con mano dura su carrito, y a despecho de su mujer y de sus hijos no +se salió un paso de la sendita estrecha de su vida, y dejó atrás, sin +alargar la mano, las viñas cargadas de fruta, que distraen y pierden a +los caminantes.</p> + +<p>Pero no basta con tenerse a sí mismo, tener el complemento sexual +y desdoblarse en cinco o seis hijuelos que perpetúen nuestras taras. +Hay que proteger todo esto, hay que salvaguardarlo, ponerlo a cubierto +de los vendavales y de las aves de rapiña. Hay, en fin, que tener una +casa.</p> + +<p>Este empeño es el más trascendental de la vida de un hombre. La +gente no se da cuenta y vive de precario <span class="pagenum" +id="Page_36">p. 36</span>en las celditas de esas grandes colmenas +urbanas mientras el castrador no quiere desahuciarles. No se puede +vivir honradamente sin tener una casa propia; por eso, tal vez, haya +tanta gente inmoral en el mundo.</p> + +<p>Ahora bien; tener una casa, cuando no se tiene dinero, es muy +difícil. Aunque parece mentira, toda la superficie de la tierra está ya +medida, distribuida y acotada. Es un contrasentido; pero la realidad es +que, cuando un nuevo ciudadano aparece sobre la haz de la tierra, no +tiene ya sitio donde ponerse. Si los hombres no fuesen tan hipócritas +y abordasen las cosas francamente, se podría plantear un gravísimo +problema social, llevando a los niños, cuando nacen, al Registro civil, +y demandando allí que, al mismo tiempo que se le conceden los derechos +civiles y políticos, se les otorgue el derecho a quedarse en algún +sitio. Aquí traigo este niño; dígame usted en qué lugar de la tierra +puedo ponerlo para que viva sin miedo a guardas ni rentistas.</p> + +<p>Así pensando, nuestro hombre ejemplar procuró sustraer a la +humanidad acaparadora un trocito de corteza terrestre, siquiera fuese +chico como un pañuelo, para construir su vivienda.</p> + +<p>Lo consiguió, al fin; mas para ello tuvo que privarse casi por +completo de aquel tenue hilillo de vida que le quedaba. No se aquilata, +en cuanto vale, la heroicidad de estos hombres, que por servir un ideal +<span class="pagenum" id="Page_37">p. 37</span>modesto sacrifican +todas sus horas, privándose de esas pequeñas cosas que son en realidad +toda nuestra vida. La tragedia del hombre que no tenía dinero y quería +construir una casa puede hacer sonreír a mucha gente; pero seguramente +no es una tragedia inferior a la de Prometeo.</p> + +<p>Ese trágico cotidiano era el que consumía el alma de nuestro +héroe. Céntimo a céntimo, ladrillo a ladrillo, hacía su casita. A +veces le asaltaba un furioso deseo de derrochar, de rasgar el gráfico +cuadriculado de su existencia, de irse por el mundo a vivir la vida +inquieta de los desligados. Pero se acordaba de los días dolientes de +su infancia y volvía los ojos con fervor a la línea geométrica por +él trazada y al cénit, ya próximo, de sus aspiraciones. Así trabajó +ferozmente, se privó de todo, domó la vida, poniéndole recias trabas, y +cumplió su misión.</p> + +<p>Cuando la casa estuvo terminada, plantó a su alrededor unos +arriates; colocó en el tejado una veleta, orgulloso de poder clasificar +los vientos; sacó una silla a la puerta y se sentó. Ya era tiempo; más +no hubiese podido hacer.</p> + +<p>Son muy pocos los hombres que cumplen su misión; menos de lo que +se cree. Los malogrados, no son solo los muertos prematuramente, sino +también aquellos otros a los que se les ha muerto el ánima y siguen en +pie. De aquí que nuestro hombre ejemplar, al verse en su casita con su +mujer y sus hijos, se sintiese <span class="pagenum" id="Page_38">p. +38</span>privilegiado, hombre de excepción y dotes superiores. Se +consideró feliz y dio por bien empleado cuanto había sufrido.</p> + +<p>Entonces se encontró, por primera vez, en toda la plenitud de su +vida. Tenía cuanto había que tener: familia, hogar, holgura. Lo había +logrado todo. ¡Je, je, je! Cómo se reía él de los idiotas que andan a +cuerpo limpio por el mundo. ¡Búrlense, búrlense de mi cuadrícula!</p> + +<p>Cada día que pasaba sentado a la puerta de su casa, recibiendo la +caricia del sol y el halago de los suyos, le fortalecía aún más. Llegó +a sentirse pujante, como jamás había estado. Respiraba a pleno pulmón; +erguíase, retador, ante los caminantes acansinados: buscaba la lucha, +la fatiga. Esta exuberancia le hacía tener confianza en sí mismo, en su +propia vida. Un día rompió su cuadricula y dejó escapar el torrente de +sus pasiones y de sus apetencias...</p> + +<p>Terminó pegando fuego a su casita y yéndose por el mundo otra +vez.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + + +<div class="chapter" id="Ch107"> + <h3 class="dcha ws1">EL VIEJO ENAMORADO</h3> +</div> + +<p>Era viejo, como la cotonía. Allá por el año 70 fue el hombre de +moda, de las conquistas, de los figurines y los desafíos. Tuvo una +arrogante figura; fue terror de suripantas en los bufos de Arderíus; +se casó con una marquesa y enviudó pronto. Volvió a casarse <span +class="pagenum" id="Page_39">p. 39</span>con una exdoncella, excocota, +y enviudó también. Ahora andaba paseando al sol su caducidad y +conservando cuidadosamente las ruinas de su gallardía.</p> + +<p>Ella era jovencita, muy jovencita y muy linda. Traviesa, vivaracha +y un poquitín desvergonzada, comenzó por reírse del viejo y terminó +casándose con él.</p> + +<p>Fueron a la boda orgullosos y satisfechos. La gente, a sus espaldas, +compadecía al uno y criticaba a la otra.</p> + +<p>Todos previeron el ineludible adulterio. Los galanes profesionales +olfatearon pronto la pieza y sobre la recién casadita cayeron +en racimos. El viejo, que estaba ya de vuelta, les dejaba hacer +sosegadamente. Salía de su casa pasito a paso, y erguido, pulcro y +perfumado, cruzaba inalterable junto a los adoradores de su mujercita +e iba a perderse en los rincones amables de los jardines públicos, +donde pasaba las horas muertas echando migajas de pan a los gorriones y +tomando el sol.</p> + +<p>La muchacha, al principio, se aburría un poco; después se aburrió +más, y terminó desesperándose. Le molestaba aquel desinterés del viejo. +¿Por qué la dejaba sola tanto tiempo? ¿Por qué no evitaba las ocasiones +en que sus adoradores podían cortejarla libremente ?</p> + +<p>Recurrió entonces al secular ardid de darle celos; pero no lo +consiguió. Estirado, afable, sonriente, veía <span class="pagenum" +id="Page_40">p. 40</span>el viejo cómo su mujer hacía guiños de +inteligencia a sus cortejadores y cómo cuchicheaba con ellos cada vez +que la ocasión se presentaba.</p> + +<p>Esta indiferencia la irritó aún más. Llegó a tener a su esposo +un verdadero rencor. Pasó por días en los que le despreciaba +profundamente. Era un inmoral, un cínico. Le importaría un bledo que +ella se entregase, uno por uno, a todos sus amigos.</p> + +<p>Pero después reflexionaba más serenamente y comprendía que aquel +viejo impasible, circunspecto, siempre ecuánime y correcto siempre, +la quería de verdad. Adivinaba ella, en las palabras del esposo, +una celosa asistencia y un rendido enamoramiento; pero jamás logró +encenderle en arrebatos pasionales.</p> + +<p>Queriendo romper la frialdad del marido, llegó más allá de donde +era prudente en sus coqueteos. Pero cuando en más de una ocasión se +vio a punto de dar el saltito de la acera al arroyo, sin que nadie se +lo impidiese, tuvo miedo y recogió velas. Estaba convencida de que no +conseguiría soliviantar al marido, y, la verdad, el adulterio, sin el +aliciente del daño que causa, no valía la pena. Así porque sí, y sin +más ni más, no.</p> + +<p>A partir de entonces volvió a la táctica del mimo y el halago; la +seducción plácida y el cariño dulce y constante. El viejo parecía ser +más sensible a esto.</p> + +<p>Ella, alentada, redoblaba sus cuidados y consagraba todos +los momentos de su vida a la seducción <span class="pagenum" +id="Page_41">p. 41</span>del esposo, que se dejaba querer, y sabiamente +acrecía su amor, subiéndolo de tono poco a poco.</p> + +<p>Pasó el tiempo y ella obstinose en la conquista total del marido. +Fue una esclava suya: le ofrendó todos sus instantes, y, cuando el +viejo se murió, se halló trágicamente enamorada de aquella esfinge +ruinosa que jamás le había entregado por entero el caudal de su +cariño.</p> + +<p>A los pocos días de su viudez encontró entre los papeles del muerto +el esquema de un sucinto «diario». Entre las notas correspondientes a +los meses que siguieron a su boda, leyó:</p> + +<p>«Ella está a punto de caer; si cae, terminaré mi vida hoy mismo».</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + + +<div class="chapter" id="Ch108"> + <h3 class="dcha ws1">EL GUARDIA PÉREZ</h3> +</div> + +<p>El cuartelillo era demasiado pequeño; en él se alojaban cuatro +guardias y un cabo, con sus mujeres y sus hijuelos innumerables; había +poco sitio y tenían que moverse como piojos en costura. Estas molestias +mutuas provocaban frecuentes altercados entre las mujeres y entre los +chicos; pero los guardias eran hombres sensatos y dirimían entre sí +estas querellas amistosamente y con estricta justicia. Amonestaban +gravemente a sus consortes cada vez que entre ellas estallaba la +contienda por la posesión de un trozo de <span class="pagenum" +id="Page_42">p. 42</span>patiezuelo o de un rincón de cocina, y se +reiteraban recíprocamente sus palabras sensatas y cordiales.</p> + +<p>Además, el campo era muy grande, y, para el guardia que por +defenderlo se esclaviza y afana, todo el campo es suyo. Así, pues, los +hijos de los guardias salíanse gozosos del cuartelillo y gran parte del +día estaban triscando libremente por las estribaciones de la sierra o +tendidos panza arriba al sol en los prados.</p> + +<p>La misión de los guardias era penosísima; se hallaban destacados en +un rinconcillo estratégico de Sierra Morena, y desde allí custodiaban +una considerable extensión de terreno, ya que no contra las hazañas +de los bandidos legendarios, contra las acometidas de los mineros +hambrientos en tiempos de huelgas y lockout y contra los desmanes de +los campesinos, que, cuando se soliviantan, incendian las mieses y +saquean las casas de labor.</p> + +<p>Al poco tiempo de estar apartados del mundo, los alojados en el +cuartelillo se habían hecho algo irritables, sobre todo las mujeres; +aquella perdurable soledad provocaba en todos ellos un mutuo rencor, +acrecentado cada día, que las mujeres no se recataban en mostrarse +y que los hombres intentaban ahogar con las frecuentes apelaciones +a la sensatez que unos a otros se hacían con curiosa insistencia. +Lentamente, aquel aislamiento, aquella soledad, aquel enfrentarse +a diario con la naturaleza bravía de la sierra les había ido +quitando y suprimiendo todos los artificios y <span class="pagenum" +id="Page_43">p. 43</span>convencionalismos que son precisos para hacer +un guardia de un hombre libre. Volvían, pues, sin darse cuenta, al +estado de naturaleza en el que todo yugo es ominoso y tiránica toda +disciplina.</p> + +<p>Una tarde, el guardia Pérez, que volvía sudoroso y aspado de +recorrer las carreteras polvorientas bajo el agobio implacable del +solazo andaluz, encontró a su mujer que lloraba lenta y calladamente en +un rincón de la alcoba. Inquirió el guardia Pérez y supo que su mujer +había sufrido ultrajes de la mujer del cabo González; tranquilizó como +pudo a su compañera y fue en busca del cabo; ambos se reiteraron sus +excusas con machacona insistencia y se apretaron las manos fuertemente +una vez y otra. Cuando volvió al lado de su mujer estuvo consolándola, +con su sobria elocuencia, mientras ella movía lentamente la cabeza. No +pasó más.</p> + +<p>Otra tarde, el guardia Pérez, al regreso de la correría, encontró a +su hijita —una pitusilla tristonzuela escrofulosa y blanca de linfa— +con la cabeza entrapajada; en la frente, un poco de sangre cuajada +junto a un mechoncillo del pelo rubiasco, casi albino, de la nena, +hizo al guardia Pérez sentir que se le iba algo, que debía ser el +alma, y hallarse frío, descarnado, mondo y lirondo, como si bajo el +correaje y el peso del fusil no le hubiese quedado más que el esqueleto +y un gusanillo roedor allá en los recovecos del cerebro. Ya esta vez +la mujer no lloraba: estaba <span class="pagenum" id="Page_44">p. +44</span>seca y tiesa junto a la pitusilla, con las pupilas +encandiladas y los dedos engarabitados. Cuando el guardia Pérez quiso +saber lo ocurrido, ella se limitó a decir:</p> + +<p>—¿Para qué? ¿Para qué?</p> + +<p>El cabo González, un poco embarazado, vino a contarlo todo. Los +chicos eran tan traviesos..., hacían tantas diabluras..., la mala +suerte de aquella chiquilla..., él no había querido hacerle ningún +daño...</p> + +<p>Las convencionales explicaciones fueron aceptadas y los dos hombres +se abrazaron una vez más, nerviosamente, dándose cordiales palmaditas +con las manos crispadas.</p> + +<p>El guardia Pérez y su mujer se acostaron; ella estuvo callada largo +rato, encerrada en un mutismo punzante; ya de madrugada lloró primero y +habló después susurrante, abatida, sugeridora. Cuando el alba se colaba +por las junturas desiguales del ventanillo, los dos estaban febriles y +se acariciaban heroicamente.</p> + +<p>Una hora más tarde, el cabo González y el guardia Pérez salían +de correría. Caminaron silenciosos por los vericuetos de la sierra. +Cuando ya el sol estaba en el cénit, se detuvieron en una altura y +sacaron de las mochilas las frugales meriendas. Soplaba fuerte viento +y la sierra majestuosa infundía a los dos hombres su grandeza, su +infinitud, su fuerza bravía, su libertad. Comieron sosegadamente; al +final, disputaron por un pretexto fútil: una hoja caída de <span +class="pagenum" id="Page_45">p. 45</span>un árbol, el rumbo del viento, +el vuelo de un pájaro...</p> + +<p>Vinieron a las manos, acometiéndose con alaridos de liberación; +el cabo González llevaba las de perder y volvió la espalda a su +adversario, amenazándole: «Ya las pagarás, granuja; ya las pagarás». +El guardia Pérez previó la delación, se echó el fusil a la cara, +y, rodilla en tierra, apuntó lentamente al fugitivo. En el momento +oportuno, la bala, entrando por la espalda, tumbó sobre las jaras al +cabo González.</p> + +<p>Se formó juicio sumarísimo y el guardia Pérez fue muy +justicieramente fusilado.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + + +<div class="chapter" id="Ch109"> + <h3 class="dcha ws1">LA OBLIGACIÓN DE ODIAR</h3> +</div> + +<p>Yo sabía que aquel tío venía a pegarme. Me lo había olido desde +el primer momento; no sabría decir por qué. El caso es que, mientras +estuve bailando con Amalia —Amalia era mi novia—, empezó a chocarme. +Nos miraba con descaro, no se recataba en piropear a la muchacha y se +reía de muy buen humor al ver los fondillos y las rodilleras de mi +pantalón blanco, que no era, ciertamente, ningún prodigio de corte ni +de confección. Este tío va a pegarme, pensé. Y así ocurrió.</p> + +<p>Los nervios se me pusieron de punta, tropecé cien veces, +di innumerables pisotones a mi novia, y, al fin, la pobre, no +pudiendo soportar más tiempo mis torpezas, <span class="pagenum" +id="Page_46">p. 46</span>se soltó graciosamente de mi brazo y fue a +charlar con sus amigas. En cuanto me vi sin ella adiviné la catástrofe. +Un sudor frío cubrió mi piel y la sangre se me agolpó a la cabeza. Para +tranquilizarme y cobrar ánimos entré en el ambigú. Él se vino, como el +que no quiere la cosa, tras de mí. A pesar de su sonrisa, vi claramente +su negra intención y me puse a temblar. Estuve por gritar a mis amigos, +diciéndoles: «¿Pero no ven ustedes que viene a matarme?».</p> + +<p>No recuerdo cómo estalló la tormenta. Era fatal. Creo que le di +un pisotón o me lo dio él a mí; no sé. Lo cierto es que de buenas a +primeras me asestó un formidable puñetazo en medio de la cara. No me +dolió mucho al principio, esa es la verdad. Mis dientes crujieron de un +modo lastimoso y sentí un fuerte escozor en las encías. Pero, vamos, +me consideré satisfecho. Los puñetazos que más nos duelen son los que +todavía no nos han dado. Al golpe siguió un largo rosario de insultos; +después, se quedó callado y a la expectativa.</p> + +<p>Yo me pasé la mano por la frente, sudoroso; recogí mi sombrero, que +había desertado frente al enemigo; tomé unas buchadas de cerveza, para +cauterizarme la encía, y me puse a esperar el final de todo aquello.</p> + +<p>No pasó nada más. Dio media vuelta y se marchó, escupiendo por +el colmillo. Entonces me volví, con el propósito de decir a mis +amigos: «¿Pero han visto <span class="pagenum" id="Page_47">p. +47</span>ustedes la injusticia que ha cometido conmigo?». No me +dejaron; todos a una se arrojaron sobre mí, diciéndome que yo era un +cobarde y que a mi vez había debido pegarle. ¿No era yo más fuerte? +¿Qué me detenía entonces? Era verdad; acostumbrado a cargar de un lado +para otro del almacén, con los pesados fardos de tejidos, no me hubiera +costado gran trabajo coger a aquel sujeto por la cintura, levantarle +en vilo y tirarle por la ventana, como si fuese una pelota; pero no se +me ocurrió; ni remotamente pensé que podía haberlo hecho con un débil +esfuerzo.</p> + +<p>Me abrumaron con sus reconvenciones, se dolieron de mi cobardía +y procuraron excitarme para que tomase venganza. Tentado estuve de +echar a correr, desafiarlo dondequiera que le encontrase y romperle la +crisma. Resistí heroicamente aquel influjo y me marché, deseando no +encontrarme a mi adversario en el camino por no ponerle en el trance de +tener que pegarme otra vez si seguía malhumorado.</p> + +<p>Aquella noche fui a recoger a mi novia para que diésemos, como todos +los domingos, una vuelta hasta el molino. El paseo era muy bonito; a +ambos lados del camino había dos hileras de pinos; a los diez pinos, yo +pretendía enlazar a mi novia por la cintura; a los veinte pinos, ella +se dejaba enlazar; el que hacía veinticinco tenía unas ramas tan bajas +y frondosas, que el camino se estrechaba, no dejando paso más que a +una persona; allí juntábamos nuestras cabezas y <span class="pagenum" +id="Page_48">p. 48</span>nos besábamos. Los diez pinos, de la familia +de los trigésimos, tenían testimonios más fehacientes aún de nuestro +amor. Al cuadragésimo, Amalia sentía frío y me pedía que regresásemos a +su casa. Esto era todo, y era bastante.</p> + +<p>No pude conseguir que Amalia diese aquella noche el acostumbrado +paseo. Tenía el hociquito alargado, y, según dijo, se sentía cansada. +Era la primera vez que le ocurría. Adiviné el motivo de su disgusto. Me +había dejado pegar; ella lo sabía y no le parecía digno de su hermosura +besar un bigote que ha sido aporreado impunemente. Traté de convencerla +de la puerilidad de sus escrúpulos; se puede ser un bizarro amador y un +mal pugilista. No me hizo caso. La dejé llorando y leyendo la historia +de Amadís.</p> + +<p>A pesar de estas contrariedades no podía sentir odio contra el +causante de todo. Estaba convencido de que era un insensato, un pobre +diablo fanfarrón y mal educado. ¿Por qué me había pegado sin yo darle +motivo? ¿No era esto una acción reprobable? ¿Por qué los demás no se la +afeaban, y, en cambio, venían a mí con recriminaciones?</p> + +<p>¡Bah! El mundo es estúpido, pensé. Serían capaces de alegrarse si yo +le cogiese ahora y le partiese en dos pedazos. Todos me felicitarían +y mi novia me dejaría sordo a besos. Creo, sin embargo, que ni él ni +yo ganaríamos nada, y por eso no lo hago. ¿Me <span class="pagenum" +id="Page_49">p. 49</span>ha golpeado? Pues vaya bendito de Dios. +Esto, que bien pudiera ser grandeza de alma, lo interpretaban como +una cobardía. Bueno. Y aunque así fuese. ¿Es que no hay derecho a ser +cobarde? Puedo ser cobarde, como soy gordo y rubio, y no sé por qué he +de avergonzarme de ello.</p> + +<p>A la noche siguiente fui a buscar a mi novia; pero no quiso +recibirme. No volví a verla hasta el domingo siguiente; la encontré +bailando con el otro. Cuando los vi juntos, me quedé estupefacto. +Aquello era increíble. Los miraba atentamente y no dejaba de +maravillarme.</p> + +<p>El otro lo notó, soltó a Amalia de su brazo y se vino hacia mí, con +un airecillo retador, que me pareció altamente ridículo.</p> + +<p>—¿Querías algo? —me preguntó.</p> + +<p>—No, nada —le respondí balbuceando.</p> + +<p>—¡Como nos mirabas tan fijamente!</p> + +<p>—Me extrañaba que mi novia bailase contigo.</p> + +<p>—Ahora es novia mía.</p> + +<p>—No sabía nada.</p> + +<p>—Pues ya lo sabes.</p> + +<p>El procedimiento me pareció algo incorrecto. Pero, en fin, ¡las +mujeres son tan raras!</p> + +<p>De lo que no me han convencido todavía es de que yo tenga por +fuerza que matar a mi rival. Todo el mundo me lo dice; mi misma madre, +cuando me pone la comida sobre la mesa, viene a acariciarme dulcemente +<span class="pagenum" id="Page_50">p. 50</span>y me dice con lástima, +pasándome la mano por la frente: ¡Pobre hijo mío! ¡Pobre!</p> + +<p>—¿Pobre? ¿Por qué?</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + + +<div class="chapter" id="Ch110"> + <h3 class="dcha ws1">BORRÓN Y CUENTA NUEVA</h3> +</div> + +<p>El viejo, con sus ochenta años a la cola, estaba ya jubilado. Su +hija, al casarse, tiró de él, trayéndole a la ciudad. Vivió con ella +y con su yerno, un hombrecito cariñoso y trabajador; le dieron varios +nietos, le obligaron a descansar; no le faltó nunca su camisa limpia y +su paquetito de picadura, y por todo esto se consideró feliz. Ya era +hora. Bien ganado se lo tenía.</p> + +<p>Por la tarde cogía a los nietecillos y se iba con ellos a las +afueras para hacerles respirar el aire del campo. Andaban lentamente +hasta que la ciudad se quedaba atrás, con sus mil ruidos, su +hacinamiento y su cochambre. Cuando llegaban a los primeros sembrados, +el viejo campesino, un poco cohibido en el ambiente denso de la urbe, +se esponjaba, se erguía, volvía a sentirse fuerte y sabio. Los nietos +correteaban buscando florecillas, se revolcaban sobre la hierba, se +rendían gozosos.</p> + +<p>El padre no iba nunca a estos paseos. Salía de la celdita estrecha +de su casa para meterse en la cueva de su oficina; cuando estaba libre +iba al café o al teatro. Tal vez por esto cayó enfermo y terminó +muriéndose. <span class="pagenum" id="Page_51">p. 51</span>Era un +hombrecillo laborioso y bueno, que había pasado mucha hambre y muchas +fatigas correteando con sus piernecillas zambas por las calles de los +grandes comercios, subiendo y bajando escaleras, encaramado, al fin, +frente a un pupitre. Se murió dulcemente diciendo que aquella noche +tenía que sudar su catarro para ir al día siguiente a la oficina.</p> + +<p>Su jefe lo sintió mucho; fue a visitar a la viuda; le dejó algún +dinero, para que tuviese tiempo de llorar, y se marchó. Ya no volvería +más. Aquella pobre gente comprendió entonces que había quedado roto +el lazo que les unía con el mundo. Se sintieron perdidos, desligados +de todo, como si hubiesen caído en otro planeta. Pronto vino la +miseria; ahuyentando el recuerdo, les sacudió rudamente y les dijo: «A +vivir».</p> + +<p>La madre, que se había consagrado por completo al esposo y a los +hijos, estaba quebrantada, envejecida, inútil para la lucha. No tenía +más que ternura, y la ternura no es moneda corriente en el mundo cuando +no va unida a la juventud y a la belleza. Los hijos cabían todos bajo +una canasta. No quedaba más sostén que el abuelo; y a él volvieron los +ojos.</p> + +<p>No los volvieron en vano. Con sus ochenta años a la cola salió +a trabajar. Le admitieron como jardinero en una villa. Pero tuvo +que ocultar cuidadosamente a su patrón que tuviese hija y nietos a +quienes mantener. Ganaba un exiguo jornal y la comida; cuando <span +class="pagenum" id="Page_52">p. 52</span>se la llevaban al pabelloncito +en que estaba alojado, juntamente con los perros, y como un perro +más, la ocultaba, y acechando la primera ocasión iba a llevarla a +los nietecillos. Algunas veces se tardaba; los chicos, asomados al +ventanuco, espiaban ansiosos su llegada con las bocas abiertas como +gorriones. Al verle a lo lejos, palmoteaban de júbilo. «¡El abuelo! ¡El +abuelo!», gritaban con todas sus fuerzas. La madre tendía el mísero +mantel, y, lentamente, aquellas cinco criaturas consumían la ración +del viejo, masticando despacio, recogiendo cuidadosamente las migajas +y rociando los escasos manjares con grandes tragos de agua clara y +fresca.</p> + +<p>Así pasó el tiempo; un día, el mayor de los nietos estuvo en edad +de trabajar. El viejo, que no esperaba más que esto, se murió. Antes +se hubiera muerto si antes le hubiera estado permitido morirse. Su +heredero en la cotidiana fatiga era un mozalbete espigado, inteligente, +audaz. Había visto bien la vida. Educado en el dolor, aspiró a +libertarse de su terrible disciplina. No se resignaría; por resignado +murió su padre y se agotó su abuelo. Desechó de su lado la ternura, +la fatal ternura, la comprensión, que tantos impulsos detiene; la +sobriedad, que tantas privaciones consiente. Trepó, agarrándose con +las uñas y los dientes, y pronto se llegó a su madre y le echó con +arrogancia en el regazo el fruto de sus piraterías. La madre se asustó +un poco; pero cuando vio <span class="pagenum" id="Page_53">p. +53</span>que salían de la miseria, alabó a Dios; por primera vez la +vida les dejaba holgura para respirar y moverse.</p> + +<p>El hijo aquel se echaba valientemente por el mundo; reñía Dios sabe +qué batallas y regresaba después con los suyos, llevando su presa en +las garras. Con el bienestar la madre salió del sopor en que la miseria +la tenía; se permitió echar un vistazo por el mundo y le pareció que +era bastante mejor de como en sus cincuenta años se lo había imaginado. +Se reconcilió con la vida, que al fin le hacía justicia y premiaba el +sacrificio de los suyos; el padre, fuerte, y el esposo, honrado. Como +tenía una vieja apetencia, contenida siempre, gozó acuciosa de cuantos +goces le estaban aún permitidos; dio gracias al cielo, que así abría +puertas a su vejez, y, merced a la fortuna del hijo, fue feliz. No supo +nunca a ciencia cierta cómo ni de dónde venía aquel bienestar, aquel +dinero. Lo traía su hijo; esto era todo lo que sabía. Aquel hijo que +había tenido suerte. La bendita señora no atribuía más que a la suerte +el triunfo de aquel hijo, acaso el más díscolo y menos cariñoso de +todos, el más vicioso y rebelde, el que menos se lo merecía. Echaba de +menos en él la ternura, la humildad, la continencia del abuelo y el +padre. Pero le disculpaba, porque, a pesar de todo, tenía suerte, y, en +definitiva, era el que les había sacado de la miseria.</p> + +<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div> + +<p><span class="pagenum" id="Page_54">p. 54</span></p> + +<p>Cuando se trepa por sitios escarpados no es imposible caerse, y el +hijo aquel se rompió un día las uñas y cayó. Lo recogió la Justicia. +Un negocio sucio, una quiebra fraudulenta, un chantaje, una estafa, +cualquier cosa. El asunto fue escandaloso, y la madre, vieja, se vio +envuelta en el deshonor.</p> + +<p>Entonces salió de su apoteosis. No había sido la suerte la que le +había dado el bienestar. Había sido el delito. La vergüenza le inundó +el alma. Siempre pensó ella que aquel hijo le había salido malo. Se +acordó de su vida de miseria, de su marido y de su padre, honrados, +laboriosos, pobres, pobres hasta el sacrificio, hasta la muerte. Vio la +esterilidad de aquellas vidas sacrificadas y enloquecida por el dolor +se volvió furiosamente contra el hijo delincuente y no supo más que +gritarle con todo el horror y la impiedad de su alma:</p> + +<p>—¡Infame! ¡Has deshonrado tu casta!</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + + +<div class="chapter" id="Ch111"> + <h3 class="dcha ws1">CÓMO SE DESHACE<br> UN HOMBRE</h3> +</div> + +<p>Quedó sin ocupar un asiento y ninguno de los que iban en las +plataformas, renegando del agua y el frío, lo había visto. Claro. +Estaba disimulado por el egoísmo esponjoso de aquel militar y aquella +señora dilatada y por el instinto de aislamiento de aquellas dos +beatitas que, en su deseo de no ser molestadas, parecían <span +class="pagenum" id="Page_55">p. 55</span>estirar más que nunca sus +tocas de cartulina. Allí había un sitio, sin embargo, y nadie lo había +visto.</p> + +<p>Nadie, hasta que entró aquel hombre de los ojos claros, tan claros +que parecía no ver. Tenía unas pupilas desteñidas, que no verían gran +cosa, y además había bebido. Seguro que había bebido. Era sábado y la +noche estaba ya bien entrada. No era preciso ser un lince para adivinar +que al salir del trabajo se había rezagado en el rinconcito amable de +alguna taberna. ¡Es tan agradable aguardar a que escampe ante un vaso +de vino!</p> + +<p>Mirando con sus ojuelos claros y ligeros, con esa inconsistencia con +que miran los hombres que todavía no están borrachos, pero que pronto +han de estarlo, vio el sitio, su sitio, el asiento a que tenía derecho, +y que aquellas gentes sin conciencia —el militar, la señora, las +beatas— querían hurtarle. Se irritó un poco, y, tambaleándose, atravesó +el pasillo y reclamó su puesto. Aquellos seres eran tan cobardes como +egoístas; fingieron no haberse dado cuenta de que ocupaban un lugar de +más, y refunfuñando se estrecharon y le dejaron sentar.</p> + +<p>—¡Pues no faltaba más! ¡Ajajá! Cada uno tiene su derecho. ¿Eh? Y se +estaban tan calladitos...</p> + +<p>El hombrezuelo se arrellanó, levantó sus piernecillas zambas y se +frotó los pies uno contra otro; dijo algunas impertinencias y se serenó +pronto. Su vanidad estaba satisfecha.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_56">p. 56</span></p> + +<p>Los otros callaron, prudentes y llenos de enojo. Él parecía no +advertirlo y comenzó a sonreír a diestra y siniestra, entornando los +párpados con inocente malicia. Hubo un silencio fastidioso. Cada +cual iba enfundado en sus preocupaciones. En el tranvía es donde la +gente se siente más arisca, más dura y más distinta de la gente. Tan +solo aquel hombrezuelo de los ojos claros pugnaba por establecer la +cordialidad y entablar una corriente de comunidad afectiva entre +aquellos hitos humanos, alineados en las banquetas del tranvía. Sus +esfuerzos, al principio, eran infructuosos; nadie hacia caso de las +miradas de través, las muecas y las sonrisas que venía repartiendo. +Pensaban todos, muy serios y estirados, en sus negocios, sus hambres, +sus pasiones o sus dolores. Logró, sin embargo, captar la atención +de una muchachita de buen carácter —esto saltaba a la vista— que iba +frente a él. Cuando advirtió el pobrete que alguien recogía sus deseos +de expansión, debió alegrarse mucho. Aventuró primero una pregunta, +y pronto su locuacidad llenaba el tranvía con pintorescas imágenes, +carcajadas, comentarios ingeniosos, apostillas, pullas, reticencias y +picardías. Estaba contento aquel hombrezuelo; muy contento. Y había que +disculparle. No dejaba de ser simpática su alegría..., y contagiosa. +Los más entreabrían un poco el portillo de su cordialidad. ¡Qué diablo +de hombre! ¡Cómo se reía el indino! ¡Qué bocaza, sin dientes, más +cómica abría en sus carcajadas!</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_57">p. 57</span></p> + +<p>¡El pobre! Se adivinaba que había estado trabajando toda una semana, +padeciendo hambre y frío en el tajo, duelos y quebrantos en su casa, +para aquella tarde del sábado cobrar unas monedas de jornal, que +le tintineaban en el bolsillo, y beberse unos vasos de vino que le +alborotaban en el exiguo meollo.</p> + +<p>No dejaba de tener gracia cuanto decía y comentaba. Hasta las +beatitas estiraban los labios, a su pesar, entre la celosía de sus +tocas almidonadas. Y el hombrezuelo aquel charlaba por los codos, reía, +escandalizaba, se retorcía de gusto en su asiento, contemplando los +estrafalarios botines de aquel señor o la pelerina de aquella buena +señora. Era indudable que estaba bebido; un poquito bebido nada más. Se +le podía soportar, sin embargo, salvando algunas de sus impertinencias. +¡Qué diantre! El pobre hombre era feliz y daba gloria verle.</p> + +<p>¿Pues y las cosas que le dijo a una pobre mujer que luchaba a brazo +partido con un ballenato de diez o doce meses, empeñado en dominar con +sus magníficos alaridos el estrépito del viejo y desvencijado tranvía? +Puso el paño al púlpito y durante diez minutos ensalzó donosamente +su moral familiar, su autoridad paternal, la ley que había impuesto +a sus hijos. Y todo esto, riendo, entre chistes y burlas, porque se +sentía satisfecho y feliz. Era un gratísimo espectáculo el de la +felicidad de aquel viejo trabajado, que hablaba <span class="pagenum" +id="Page_58">p. 58</span>con alegría de su casa, de su pobreza, de su +mujer y sus hijos.</p> + +<p>—¡Jamás me faltó al respeto ninguno de mis hijos! ¡A todos los +eduqué en mi ley y mi conciencia! ¡Yo! ¡Yo! —y paseaba una mirada de +triunfo sobre el concurso—. Todos mis hijos han sido honrados. Desde +el primero hasta el último. Y cuenta que fueron quince. ¡Quince hijos! +¡Yo! ¡Yo!</p> + +<p>—¡Eh, abuelo! Ese que grita —le interrumpió una voz dura y zumbona, +que salía de un rincón del tranvía—. ¿Cuántos hijos ha tenido usted?</p> + +<p>—Quince. ¡Yo! ¡Quince!</p> + +<p>—¡Bah! —dijo, volviéndose despectivo hacia otro lado el que le había +interrumpido—. Son muchos hijos para usted solo, abuelo. Algún otro +habrá tenido parte.</p> + +<p>Nadie dijo más. El hombrezuelo calló, como por ensalmo. Se estuvo +quieto, quieto, absorto. Abrió cuanto pudo los ojuelos, dilató las +blanquecinas pupilas y se quedó mirando estúpidamente a quien con tanta +crueldad le había herido. Hallose cara a cara con un mocetón cetrino y +mal encarado, que, al reírsele en sus barbas, le enseñaba una fila de +dientes blancos y afilados como los de un tigre.</p> + +<p>Nadie dijo más. Sobre todos gravitaba el ultraje, el bestial +ultraje, que nada había justificado. Volvió <span class="pagenum" +id="Page_59">p. 59</span>a enfundarse cada cual a sus preocupaciones, +la hostilidad surgió de nuevo y el hombrezuelo se encontró desamparado, +frente a frente con su agresor.</p> + +<p>Largo rato estuvo mirándole a los ojos con una mirada inexpresiva y +pesada. ¿Que ocurría en su alma en aquellos instantes? ¿Qué furiosos +deseos de matar no le acometerían? ¿Qué terrible amargura le subió del +fondo del alma a los labios? ¿Qué vergonzosa duda galopaba desandando +el camino ya recorrido de su vida y ganándole en cada segundo un año +entero de los que para él habían transcurrido antes en la confianza? +¡Cómo debió derrumbarse aquella felicidad agresiva que venía volcando a +torrentes!</p> + +<p>Dejó caer la cabeza sobre el pecho y no dijo más. A poco le asomaron +a los ojos desteñidos dos lágrimas de rabia e impotencia —¡quién sabe +si de resignación!—, y antes de que corrieran bañándole los surcos de +las mejillas, se levantó, y como un autómata descendió del tranvía. +Sus piernecillas zambas y endebles le llevaron vacilante hasta las +callejuelas cuyas sombras habían de tragársele para siempre.</p> + +<p>(Esto se debía titular <i>Historia de un asesinato</i>).</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + + +<div class="chapter" id="Ch112"> + <p><span class="pagenum" id="Page_60">p. 60</span></p> + <h3 class="dcha ws1">BIOGRAFÍAS<br> CONTEMPORÁNEAS</h3> +</div> + + + +<h4 id="Ch11201"><i>El millonario.</i></h4> + +<p>Chico para recados se ofrece. Muy listo y formal. Sabe leer, +escribir y de cuentas.</p> + +<p>Taquígrafo-mecanógrafo muy práctico, modestas pretensiones. +Inmejorables referencias.</p> + +<p>Joven de gran experiencia comercial aceptaría administración o +gerencia de negocio importante, depositando fianza.</p> + +<p>Necesito socio capitalista para gran empresa industrial que rendiría +cuantiosos beneficios. Absolutas garantías.</p> + +<p>Caballero buena presencia, sólida posición, casaría con señorita +acaudalada de padres nonagenarios. Preferiría huérfana.</p> + +<p>Emisión de acciones de la A. I. C. P., Compañía anónima para la +explotación de las minas de salchichón de Vallecas. Capital: 10.000.000 +de pesetas.</p> + + +<h4 title="La estrella" id="Ch11202"><span class="pagenum" id="Page_61">p. 61</span><i>La estrella.</i></h4> + +<p>Oficiala de sastre, muy aventajada, se ofrece. Sabe zurcir +primorosamente.</p> + +<p>Se desearía saber el paradero del joven X. X., antiguo y consecuente +estudiante del tercer curso de Medicina, para informarle de un asunto +de familia y hacerle cargo de un pequeño recuerdo.</p> + +<p>Joven se ofrece para camarera en Madrid o provincias. Atrayente +figura, trato delicioso.</p> + +<p>Tanguista. Lujosísima presentación. Cocainómana y morfinómana. +Patina sobre hielo y domina el paso del camello.</p> + +<p><span class="sc">Aurora boreal.</span> — Danzas exóticas y +corruscantes. Decorado propio. Juventud, belleza, arte.</p> + +<p>Señora honesta y retirada del mundo, millonaria y de buen ver +todavía, desea contraer matrimonio con título del reino, con o sin +grandeza, aunque se halle en precaria situación.</p> + + +<h4 title="El que pasa sin enterarse" id="Ch11203"><span +class="pagenum" id="Page_62">p. 62</span><i>El que pasa sin +enterarse.</i></h4> + +<p>Ha dado a luz un robusto niño la esposa de nuestro distinguido +amigo don H. P. Tanto la madre como el recién nacido se encuentran en +perfecto estado.</p> + +<p>En los exámenes del quinto año del bachillerato ha obtenido +brillantes calificaciones el aprovechado joven don H. P. P.</p> + +<p>En reñidas oposiciones ha obtenido la plaza de auxiliar del Cuerpo +Facultativo de Camelos del Estado el distinguido joven don H. P. P., a +quien auguramos una brillante carrera administrativa.</p> + +<p>Pérdida de una perrita de color canela, con un lucero en la frente +y el rabo cortado. Atiende por «Vidita». Quien la entregue a su dueño, +don H. P. P., será gratificado.</p> + +<p>Se ha concedido la banda del Águila Real al distinguido funcionario +del H. P. P. El Estado ha querido premiar así sus altos méritos y sus +dilatados servicios.</p> + +<p>En la mañana de ayer falleció el ilustre jefe de negociado don H. P. +P. Fue un probo funcionario, un <span class="pagenum" id="Page_63">p. +63</span>esposo ejemplar y un padre amantísimo. Descanse en paz.</p> + + +<h4 id="Ch11204"><i>Higinia.</i></h4> + +<p>Cocinera para casa grande se ofrece, con derecho a salida todos los +domingos.</p> + +<p>Pérdida en la Bombilla, el domingo último, de un broche, de gran +valor para su dueña, por ser recuerdo de familia.</p> + +<p>Las mejores chuletas de huerta las vende Higinia en su puesto de la +plaza del Progreso. Se guisan callos con esmero.</p> + +<p><span class="sc">Higinia López</span>. — Comidas y casa de dormir. +Cubierto, 1,25; habitación, 10 pesetas, y una peseta con o sin.</p> + +<p><span class="sc">Pensión Higinia</span>. — Caballeros estables, +trato de familia. Toda clase de comodidades.</p> + +<p><span class="sc">Higinia Palace</span>. — El mejor hotel de España. +Todo lujo. Brasserie, jazz-band, té danzant. Cenas aristocráticas.</p> + + +<h4 title="El equivocado" id="Ch11205"><span class="pagenum" +id="Page_64">p. 64</span><i>El equivocado.</i></h4> + +<p>Bachiller en Ciencias y Letras necesita empleo decente. Laboriosidad y +honradez.</p> + +<p><span class="sc">Hallazgo de una cartera</span>. — En mi domicilio, +Pez, 88, se halla, a disposición de quien acredite ser su dueño, +una cartera que contiene 20.000 pesetas y ha sido hallada en la vía +pública.</p> + +<p>Necesito préstamo de 50 duros con mi garantía personal. Pagaría +altos intereses.</p> + +<p><span class="sc">Inventor</span>. — Vendo en 1000 pesetas el secreto +de un invento maravilloso para hacerse millonario en quince días.</p> + +<p><span class="sc">Un libro interesante</span>. — Se ha puesto a la +venta el libro de versos <i>Zarza florida</i>, original del fecundo +poeta e infatigable proyectista...</p> + +<p><span class="sc">Caridad</span>. — Se suplica a las personas +caritativas acudan en auxilio de un pobre hombre, inventor infeliz y +arbitrista fracasado que se halla paralítico, viudo y con seis hijos, +en un sotabanco de la calle de...</p> + +<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div> + +<p>Esta es la verdad, la única verdad. En la vida no <span +class="pagenum" id="Page_65">p. 65</span>hay más que media docena +de anuncios; esos seis anuncios son lo único notable de nuestra +existencia. Todo lo demás son complicaciones inventadas por los +literatos y los filósofos, gentes absurdas que no tienen nada que hacer +y se divierten enredándonos.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + + +<div class="chapter" id="Ch2"> + <p><span class="pagenum" id="Page_67">p. 67</span></p> + <h2 class="nobreak fs120 g0 ws1">VIDAS CURIOSAS<br> + DE VARIAS MUJERES<br> + SIN IMPORTANCIA</h2> +</div> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + + +<div class="chapter" id="Ch201"> + <p><span class="pagenum" id="Page_69">p. 69</span></p> + <h3 class="dcha ws1">LOS ZARCILLOS</h3> +</div> + +<p>No fue que las mayores la abandonaran, no. Salió con ellas del +colegio, y, cogida de la mano, llegó hasta la plazuela. Después, +como ocurre en todas las grandes catástrofes, las versiones eran +contradictorias. Hay quien dice que ella sola se escapó por las +callejuelas prohibidas; otros afirman que se quedó embebecida ante la +cacharrería, y otros, en fin, aseguraban que se durmió allí mismo, en +aquel portal, donde ya anochecido la encontró su madre.</p> + +<p>Lo cierto y verdad era que llegó a la plazuela con las mayores; pero +se pusieron a jugar como unas locas y se olvidaron de ella. Era aún +muy pequeñita, y, además, tenía un alto concepto de sí misma, por lo +que se alejó sin sentimiento de aquella turbamulta, yéndose pasito a +paso hacia el zaguán escondido en el fondo de la plazuela, donde estuvo +revisando sus conceptos del mundo y de la vida. Una personita de una +vara tiene que resolver por sí sola muy arduos problemas de filosofía +si quiere aparecer sensata.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_70">p. 70</span></p> + +<p>Los académicos, los profesores, la gente grave y empingorotada del +mundo han dado al acto de reflexionar una exagerada importancia; y +si decimos que aquella chicuela de cuatro años estaba reflexionando, +se volverán contra nosotros. Reflexionaba, sin embargo, y puestos de +acuerdo su corazón de pichoncillo y su cabeza de chorlito, convenían +en reconocer que la vida es francamente grata. Complacíala aquella +suavidad del atardecer, el oro viejo del sol que se posaba en las +azoteas y los miradores, la cantata de la viudita del conde Laurel, +que quiere casarse y no encuentra con quién, y, sobre todo, aquella +libertad de moverse y reírse, ganada en las interminables horas de +inmovilidad y silencio que el colegio imponía. No podía dudarse de que +la vida es buena.</p> + +<p>Para que no le faltase nada, llegó con pasos quedos hasta ella +una pobre mujer, arrebujada en un mantoncillo sucio, que, mirándola +fijamente, le dijo admirativa y cariñosa:</p> + +<p>—¡Oh, qué niña más bonita!</p> + +<p>Había algo extraño en los ojos de la mujer del mantoncillo, y la +niña debió advertirlo. Pero aquellos cuatro palmos de persona tenían ya +su buena ración de vanidad y se rindió al halago.</p> + +<p>—Sí, señor, bonita; muy bonita —siguió diciendo la mujer, mientras +la chicuela se ruborizaba, encogidita de vergüenza.</p> + +<p>Mentía la mujer; la chiquita era fea: tenía las piernas <span +class="pagenum" id="Page_71">p. 71</span>delgadas y negras, la boca +grande, las orejas despegadas. Tal vez por esto fue más sensible a la +adulación y desechó toda sospecha.</p> + +<p>—¿Me quieres dar un beso, preciosa? Ven acá, hija mía; ajajá. ¡Qué +linda! —y la besuqueaba melosa, dejándole sobre la carilla exangüe la +saliva congelada de su bocaza.</p> + +<p>—Así me gustan a mí las niñas, tan seriecitas. ¿Ves? Por eso te +quiere tanto tu mamá y por eso te peina y te compone. Por buena; por +buena te ha comprado estos zarcillos tan bonitos, ¿verdad?</p> + +<p>La chicuela asentía complacida, y, sin poder dominar su orgullo, +ladeó la cabeza, mostrando la orejita traslúcida y el zarcillo de coral +fino que le cosquilleaba en el cuello.</p> + +<p>—¡Preciosos! ¡Preciosos! —exclamaba la mujer—. Yo tengo una niña tan +bonita como tú y voy a comprarle unos zarcillos iguales.</p> + +<p>—¿Tú tienes una niña?</p> + +<p>—Sí, tengo una; pero la pobrecita no tiene zarcillos.</p> + +<p>—Cómprale unos como estos.</p> + +<p>—Sí que se los compraré. Pero ¿cómo voy a encontrarlos tan bonitos? +Verás, déjame esos; voy a la tienda, compro unos iguales y después te +traigo los tuyos, ¿quieres? Mi niña se pondrá tan contenta... Anda, +dámelos.</p> + +<p>La chicuela, complaciente, mostró otra vez la orejita <span +class="pagenum" id="Page_72">p. 72</span>y la mujer abrió el broche +y sacó el zarcillo. Buscó el otro, ya con cierta brusquedad, y, al +cogerlo, tiró nerviosamente, amenazando romper el lóbulo. Dos grandes +lágrimas aparecieron en los ojos de la niña. Iba a llorar; pero la +mujer la consoló, diciéndole:</p> + +<p>—No llores, tonta; te los traeré en seguida. Espérame aquí; +espera...</p> + +<p>Y se marchó; la niña la vio cómo corría. Pensó en la alegría que +recibiría la otra niña, la hija de aquella buena mujer, y, sacando del +bolsillo unos guijarros blancos, se puso a jugar, tirándolos hacia lo +alto y recogiéndolos con la misma mano.</p> + +<p>—Una, dos; una, dos, tres, cuatro; una, dos...</p> + +<p>Cuando echó una ojeada a la plazuela se habían ido ya todas las +niñas. ¿Tardaba la mujer? No, todavía no. Siguió jugando.</p> + +<p>—Una, dos, tres; una, dos; una, dos, tres...</p> + +<p>Pasó el farolero con su gran palo sobre el hombro; se iluminaron los +balcones de la plazuela y el frío empezó a rondarle las piernas. ¿No +vendría la mujer? Sí, sí vendría; le había dicho que la esperara.</p> + +<p>—Una, dos; una, dos, tres, cuatro...</p> + +<p>El último pájaro de la tarde, perdido su nido, anduvo revoloteando +a la desesperada por la plazuela; aterrorizado, volaba sin tino, +chocando contra las paredes, metiéndose en los zaguanes, abatiéndose +sobre <span class="pagenum" id="Page_73">p. 73</span>el empedrado. Por +fin encontró su camino y se fue. Ya no volvió a oírse en la plazuela +olvidada más que el fuerte compás de unos pasos que de tiempo en tiempo +la cruzaban.</p> + +<p>La chicuela empezó a temer. ¿A qué? No lo sabía; tal vez a todo: +al ruido y al silencio; a la luz y a las sombras. A todo, menos a la +sospecha de que la mujer no volviera. ¡Cómo no había de volver, si se +llevó sus zarcillos y tenía que traérselos! Su confianza era ciega, +absoluta. Volvería; tarde o temprano, volvería. Hay que tener cuatro +años para creer así.</p> + +<p>En tanto, la madre, sobresaltada, iba buscándola calles y plazas. +Cuando la encontró estaba muy acurrucadita en el umbral, jugando +maquinalmente con sus guijarros blancos.</p> + +<p>—Uno, dos, tres; uno, dos...</p> + +<p>Le contó el caso, y la madre, congestionada, puesta en jarras, +prorrumpió en dicterios:</p> + +<p>—¡Puerca! ¡Ladrona! ¡Robar a una niña inocente!</p> + +<p>La chica no se explicaba con claridad todo aquello y siguió +sentadita en el umbral.</p> + +<p>—Y tú, tonta —la interpeló la madre—, ¿qué haces ahí todavía? Anda +para casa.</p> + +<p>—¿A casa? —preguntó horrorizada la chiquilla—. ¡A casa, no! Yo tengo +que esperar a que esa mujer me traiga los zarcillos.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_74">p. 74</span></p> + +<p>Ya no anduvo la madre con contemplaciones. La agarró de un brazo y a +rastras se la llevó de allí.</p> + +<p>Furiosa, la chicuela gritaba:</p> + +<p>—¡Que no, que no! ¡Que tengo que esperar a que me traigan mis +zarcillos!</p> + +<p>Tardó mucho tiempo, años quizá, en desechar la idea de que había +perdido sus zarcillos porque no la dejaron esperar a que volviese la +mujer. Tardaría, ¿por qué no? Pero volver, ¡vaya si debió volver!</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + + +<div class="chapter" id="Ch202"> + <h3 class="dcha ws1">POR ENCIMA<br> DE LA VOLUNTAD</h3> +</div> + +<p>La hija tenía la misma cara bobalicona y redondita que debió tener +su papá; aquel papá remoto, que ganaba un sueldecito decente, y se +murió muy joven porque carecía de la consistencia necesaria para +vivir a cuerpo limpio. La madre, en cambio, tenía una dureza, una +caracterización, una angulosidad sospechosa, que la delataba, a pesar +de sus carnes fofas y del modo inocentón y beato con que se prendía +su velo, sujetándole al pecho con un viejo alfiler de plata, en el +que se leía su nombre. Los comerciantes inteligentes no se dejaban +engañar, y al exponer ante ella sus telas, su bisutería o sus joyas, +les asaltaba el temor de que aquella mujerona, no obstante su empaque y +la sobriedad de sus movimientos, fuera la mechera, la terrible mechera, +que da pesadillas a <span class="pagenum" id="Page_75">p. 75</span>los +dependientes novatos y es para los dueños de tienda la personificación +de todas las perversiones morales y el grado más alto de la escala de +la delincuencia. Pero les desarmaba la carita inefable de la hija, +sus blusitas claras, su modosería y aquel airecillo de coquetuela +inocentona, que hacía de ella la novia ideal de todos los horteras.</p> + +<p>Eran mecheras, sin embargo, la madre y la hija. Hacía varios años +que ejercían esta profesión, casi como único medio de subsistencia, +y era maravilloso que en tanto tiempo ni una sola vez hubiesen sido +descubiertos sus hurtos; entraban en las tiendas, pedían artículos +extraños y caprichosos, tentujeaban, desesperaban al comerciante, y, +en el momento propicio, la madre ocultaba sabia y precipitadamente la +pieza de encaje costosísimo, la perla, el brillantito o el reloj de +pulsera. Otras veces, ante las mismas narices del dependiente, la madre +daba el objeto robado a la hija, que lo escondía entre los pliegues +de su blusilla de adolescente, mientras paseaba una mirada distraída +por las anaquelerías, mostrando su cara de pascuas tranquilizadora. +La madre fingíase miope, y en las joyerías, otras veces, acercábase +exageradamente a los ojos las pequeñas bateas en que los joyeros le +mostraba sus piedras preciosas, y con la punta de la lengua sorbíase +alguna, que, a partir de aquel momento, pasaba a formar parte de los +bienes de la familia.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_76">p. 76</span></p> + +<p>Vivían muy modestamente, a pesar de sus malas artes y de lo que la +chica cosía a destajo para algunas tiendas de ropa blanca. A poco de +morir el padre hubieran podido cambiar de fortuna; un señor influyente, +que había protegido, con la ruin protección de nuestros días, al +cabeza de familia, hizo a la madre determinadas proposiciones que +debían ser aceptadas por la hija. El señor influyente daba toda clase +de seguridades y sugería a las dos infelices las vistas panorámicas +de un bienestar duradero. No aceptaron, sin embargo; hasta llegaron +a escandalizarse; ellas eran honradas, de una honradez secular, +vinculada en la familia, a través de las generaciones; gozaban de un +crédito intachable entre la vecindad y pasarían por todo antes que por +«aquello», sufriendo grandes miserias. El éxito de un día, ese día en +que el hambre, no teniendo qué devorar, se engulle los valores morales, +las empujó a la reincidencia, en su oficio de mecheras, y como hasta +entonces les había salido bien...</p> + +<p>Eran honradas, sin embargo, la madre y la hija, si se las miraba por +la otra cara de la honradez, por la que más cuidadosamente se mira a +las mujeres. Tenían fe en el porvenir; esperaban siempre su liberación, +y cada vez que cometían un latrocinio lo hacían creyendo formalmente +que sería el último a que la vida les obligaría.</p> + +<p>Pero, como era lógico, alguna vez tenía que surgir la catástrofe. +Al fin fueron descubiertas un día en el <span class="pagenum" +id="Page_77">p. 77</span>momento en que la madre ocultaba entre los +cabellos un alfiler de corbata; detenidas y conducidas a la comisaría +próxima, se les registró, encontrándose la alhaja robada bajo el manto +beato de la madre. Pasadas veinticuatro horas, el juez mandó a la +cárcel a la madre y dejó a la hija en libertad, bien por no haberse +podido probar su delincuencia, bien por lástima, si es que los jueces +son capaces de ella.</p> + +<p>Durante algunos días la muchacha estuvo en un estado tal de +inconsciencia, que de nada pudo hacerse cargo. El estupor de la +desgracia había abierto aún más sus ojazos y acentuado la inexpresión +de su cara redonda. Día y noche torturose pensando en las angustias de +la madre encarcelada, en su propia soledad y desamparo y en el deshonor +que había caído sobre ellas. Cuando logró alguna lucidez no halló más +camino de salvación que buscar a aquel señor influyente que había sido +amigo y protector de su padre, contarle toda la verdad e impetrar su +auxilio en favor de la pobre madre encarcelada.</p> + +<p>El señor influyente recibió a la muchacha alborozado; escuchó +benévolo la vergonzosa historia, aseguró que todo se arreglaría +felizmente, y, con exquisito tacto, renovó sus proposiciones de otro +tiempo. No había podido desechar la obsesión que la belleza dulzona +de la muchacha le produjera, y si antes había cejado en su empeño, la +ocasión venía ahora a favorecerle y a renovar el deseo tanto tiempo +insatisfecho, <span class="pagenum" id="Page_78">p. 78</span>sin cargo +alguno de conciencia, pues para el deshonor de aquella hija de ladrona +era alta honra la intimidad que el caballero honorable le brindaba.</p> + +<p>La muchacha, confusa, avergonzada, resistió sin fuerzas y aplazó su +resolución hasta el día siguiente. Aquel mismo día vio a su madre en el +locutorio de la cárcel, y ambas lloraron largamente, separadas por la +reja. Después volvió la madre a su celda y lloró más amargamente ahora, +con la cabeza cenicienta entre las palmas de las manos.</p> + +<p>Al anochecer, el caballero influyente debía pasar por el cuartito +humilde de la muchacha; saldrían y la acompañaría a cenar. Durante la +tarde ella estuvo vistiéndose sus trapitos mejores; maquinalmente se +peinó y adornó con esmero, y se puso en la cara sus polvos baratos y en +el pecho su agua de colonia desteñida. Llegó la hora, con ella un simón +y en él su protector.</p> + +<p>Fueron a un restaurante elegante; la muchacha estaba silenciosa, +estupefacta; veía los fraques recortados de los camareros, admiraba la +extremada cortesía de los hombres elegantes y sentía envidia frente +a la aureola que circundaba a las mujeres hermosas. Comparó esto con +aquello; aquello era el trabajo no remunerado, las miseriucas del +hogar, el delito, el deshonor, la cárcel... Y salió corriendo. La +empujaba, la hacía huir una invencible repugnancia, una aversión <span +class="pagenum" id="Page_79">p. 79</span>arraigada en la masa de sangre +y más fuerte que su voluntad rendida.</p> + +<p>La madre cumplió condena en la cárcel; una condena durísima, +impuesta por un jurado de tenderos y negociantes.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + + +<div class="chapter" id="Ch203"> + <h3 class="dcha ws1">LA MUJER A QUIEN<br> ROBARON EL ALMA</h3> +</div> + + +<h4 class="romano">I</h4> + +<p>Ya a punto de casarme, advertí que no sentía el menor afecto +por mi prometida. No; decir esto tal vez sea inexacto; la seguía +queriendo pero... había ocurrido una transmigración; un pequeño lío. Me +explicaré.</p> + +<p>Mis relaciones amorosas con la que debía ser mi mujer tenían ya seis +años de fecha. En este tiempo pude convencerme de que mi elección había +sido acertada. Cada día de los transcurridos me había revelado una +nueva virtud de mi prometida que al cabo del tiempo llegó a mostrarse +tal y como yo la había soñado. Con todas aquellas buenas cualidades +y aun —¿por qué no decirlo?— con aquellos vicios y defectos que me +hubiese agradado encontrar en mi mujer ya que la ilusión amorosa, hasta +la más pura, tanto se alimenta de vicios como de virtudes. Parecía como +si una benévola deidad hubiese ido dotando a aquella mujer de todos +<span class="pagenum" id="Page_80">p. 80</span>los atributos que a mi +imaginación se le antojaban. Y, sin embargo, estuve a punto de adquirir +la certidumbre de que me era en absoluto indiferente.</p> + +<p>Pasaba las tardes junto a ella sumido en una verdadera inconsciencia +y todavía recuerdo con horror el desgano, la acedía de aquellas +interminables entrevistas con mi novia en los últimos tiempos. La +madre, atenta a las faenas de la casa, andaba de acá para allá +deslizándose suavemente sobre su zapatillas de orillo; a veces nos +dejaba solos y a veces nos quedábamos en compañía de mi cuñadita, una +chicuela alborotada, seis años más joven que mi prometida, que nos +entretenía con sus cancioncillas, sus bromas y su melosería. Cuando +ella estaba con nosotros la escena era soportable, pero cuando mi novia +y yo nos quedábamos solos la tirantez, la violencia de mi situación +era insufrible. Mi novia con una constancia irritante bordaba un ajuar +eterno. Me parecía que llevaba miles de años viéndola enlazar nuestras +iniciales que adoptaban ya posturas descoyuntadas y francamente +obscenas para hacer gráfica y ostensible nuestra futura unión.</p> + +<p>—¿Qué tienes? ¿Estás malo? —me preguntaba.</p> + +<p>—No.</p> + +<p>—¿Triste?</p> + +<p>—Pse.</p> + +<p>—¿No me quieres?</p> + +<p>—Sí.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_81">p. 81</span></p> + +<p>—¡Cómo te aburres a mi lado!...</p> + +<p>—No.</p> + +<p>Felizmente mi cuñadita hacia irrupción en la sala y con sus mimos +y sus risas el ambiente me parecía más respirable; evitaba ella al +interponerse entre mi novia y yo aquella sensación clara de asfixia que +al verme a solas con mi prometida no podía desechar. Y así matábamos el +tiempo.</p> + +<p>Al principio no me di cuenta cabal de lo que me sucedía; a pesar del +agobio, del verdadero tormento que para mí representaba el continuar +aquellas relaciones, jamás pensé en cortarlas. Iba por las tardes a +casa de mi novia empujado por una fervorosa ilusión; la misma ilusión +que me llevó hacia ella seis años antes. No habían cambiado en nada +mis sentimientos. Me precio de ser un hombre sensato, sé el verdadero +valor de las pasiones, conozco mi consecuencia, mi lealtad a mis +propios sentimientos y aquel desgano para con mi prometida, aquel +cansancio, aquel aburrimiento que me dominaban por encima de toda +reflexión, y aun soterrando arbitrariamente una ilusión, una ternura +y un deseo insatisfechos, vivos allá en el doble fondo de mi ser, +me irritaban hasta el punto de dejarme sumido en una perplejidad de +idiota. No podía convencerme, por más que hacía, de la realidad de +aquel desamor. ¡Claro! ¡Como que no había tal desamor! ¡Como que lejos +de haberme cansado de mi prometida —al fin lo supe—, cada día la <span +class="pagenum" id="Page_82">p. 82</span>deseaba más! Sino que no en +ella..., en su hermana.</p> + +<p>Seis años se llevaban mi novia y mi cuñadita y seis años tenía de +fecha mi noviazgo. ¿Qué había de extraño en el hecho de que, andando el +tiempo, a punto ya de casarme, encontrase, no en mi novia sino en su +hermana seis años más joven que ella, aquella gracia, aquel indefinible +encanto que fueron el acicate de mi amor? Charlando lánguidamente con +mi prometida observaba codicioso a mi cuñadita, acechaba sus gestos +y sus ademanes, escudriñaba su alma y, para tormento de la mía, +encontraba en ella, con prodigiosa fidelidad, los mismos atractivos +que antes me arrastraron hacia la hermana, entonces tan distinta y +tan alejada de sí misma. No estaba en mí la inconsecuencia; no era +una versatilidad de mi carácter; yo era el mismo, siempre fiel a mis +apetencias. Era ella la que había transmigrado su gracia a la hermanita +adolescente.</p> + + +<h4 class="romano g0">II</h4> + +<p>Soy profesor de filosofía, joven profesor de filosofía, y estoy +ya a cien leguas de Kant y de su imperativo categórico. No encontré, +pues, razones bastantes en mi ciencia para renunciar a mi amor por +la pequeña. Además, el parecido físico de mi cuñadita a mi novia se +completó con la semejanza espiritual. Advertí alborozado que así +como antes yo había sido del <span class="pagenum" id="Page_83">p. +83</span>agrado de la hermana mayor, ahora era recibido por la más +pequeña con el mismo agrado, con idéntica ternura. Si eran una y la +misma, ¿cómo hubiera podido ser que una me quisiera y la otra no?</p> + +<p>No sabría decir exactamente cómo se reveló nuestro amor. Desde el +primer momento ella y yo lo tomamos como cosa sabida, como viejos +amantes que éramos, entre los que por algún tiempo se hubiese +interpuesto una ausencia. Recuerdo que una tarde mi cuñadita me +acompañó por el pasillo hasta la escalera. Siempre, al despedirme, le +dedicaba una breve caricia fraternal: aquella tarde, no sé por qué, +sin el alucinante trémolo de las iniciaciones de amor, naturalmente, +con absoluta serenidad, la cogí por la cintura y la besé en la boca +con ese sosiego, con ese regodeo con que besamos los labios que han +sido nuestros muchas veces. Ella no se inmutó tampoco; esperaba, +seguramente, aquel beso desde hacía mucho tiempo.</p> + +<p>—Adiós.</p> + +<p>—Adiós; no dejes de venir mañana.</p> + +<p>Ni una palabra más. La hermana quedó para siempre ensombrecida, +difuminada; ya nunca volví a verla con netitud; era como una +sombra sobrenatural, un alma en pena que bordaba un ajuar eterno. +Esquivándola, rehuyendo su inoportuna presencia, mi cuñadita y yo +cubrimos en desenfrenada carrera las primeras etapas de nuestra +pasión.</p> + +<p>Fue milagroso que mi prometida no advirtiese lo <span +class="pagenum" id="Page_84">p. 84</span>que ocurría. A ninguna mujer +se le hubiese ocultado aquella traición; pero mi prometida no era +realmente una mujer, era una supervivencia, un pobre cuerpo sin alma. +El alma, única e indivisible, había huido de su cuerpo endurecido por +el tiempo para aposentarse en la blanda y armoniosa envoltura carnal de +mi cuñadita. Había que creer en la transmigración de las almas.</p> + +<p>Esta acomodaticia creencia aventó todos mis escrúpulos y mis +remordimientos. Me entregué por completo al amor de la pequeña y fui +feliz. Es difícil comprender mi felicidad de entonces.</p> + + +<h4 class="romano g0">III</h4> + +<p>Imaginad que poseéis un tesoro y que el tiempo os ha ido arruinando +insensiblemente mientras pasabais hambre y sed por conservarlo intacto. +Esto es lo que me había ocurrido con mi novia; en seis años su lozanía, +su gracia, su frescura, se habían perdido para siempre y cuando al fin +me hallaba en situación de desposarla la encontraba dura ya, reseca, +envejecida. El caudal de mi felicidad se me había ido de entre las +manos sin acercarlo a mi boca sedienta. ¡Qué alegría cuando lo vi +renacer por un verdadero milagro en las formas blandas y armoniosas de +mi cuñadita adolescente!</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_85">p. 85</span></p> + +<p>Gozamos mucho. Por las mañanas nos veíamos en el fondo de los +jardines más escondidos y penumbrosos de la urbe. Eran las horas +limpias y claras de nuestro amor. Nos olvidábamos de todo y libres de +remordimientos reíamos, reíamos inocentes como los chiquillos y los +pájaros, comíamos golosinas, inventábamos travesuras y nos alegrábamos, +con una alegría tan sana que yo pensaba al recordar, no sin esfuerzo, +la tragedia de la otra, de la despojada del alma, si estaríamos +privados de sentido moral, si habríamos extirpado en nosotros la +conciencia.</p> + +<p>Por las tardes, en cambio, nuestro amor adquiría las negras tintas +de la tragedia, las alucinantes sombras del pecado. Delante de mi +prometida, más dura y más reseca cada vez, gozábamos también de nuestro +amor, pero ya sin aquella fragancia matinal, saturados de dolor, +revolcándonos criminalmente en el malsano placer de la traición, +buscando nuestras manos por debajo de la mesa, y nuestras bocas en la +penumbra de los pasillos. Fue esta plena conciencia del delito, este +ambiente morboso, lo que nos empujó al uno contra el otro haciéndonos +solidarios de una culpa irredimible y privándonos para siempre de +aquella pureza inefable que tenía nuestro amor en los encuentros +matinales orquestados por los pájaros y los niños reidores.</p> + +<p>Una noche, estando a solas con mi prometida hice una de aquellas +furtivas salidas al pasillo, en cuyos recodos <span class="pagenum" +id="Page_86">p. 86</span>poblados de sombras, siempre encontraba +propicias a las palmas de mis manos las formas blandas de mi cuñadita. +Allí, en la penumbra, estuvimos acariciándonos largamente. De súbito +se abrió la puerta del gabinete y lanzó sobre el pasillo un rectángulo +de luz en el que se recortaba netamente la silueta de mi novia. Avanzó +hacia nosotros, que, mal disimulados por la sombra de unos cortinones, +permanecimos sobrecogidos de espanto. Pasó a nuestro lado, alta, +erguida, rígida, moviéndose a compás con un escalofriante automatismo. +Miró hacia donde nosotros estábamos ¿Nos vio? Creo que nos miró sin ver +o más bien que sus ojos nos vieron pero se negaron a llevar hasta la +conciencia la terrible noticia de nuestra traición. No se enteró. No se +hubiese enterado nunca la pobre «desalmada». Hay algo más fuerte que +la realidad y ese algo, esa incapacidad de los sentidos para percibir +lo que cae fuera de toda previsión, de toda preconciencia fue lo que +encubrió nuestras liviandades. Así hubiésemos continuado sabe Dios +cuánto tiempo a no haber sido por la concurrencia, solo por nosotros +imprevista, de una circunstancia que nos forzaba a poner término a +aquella situación dentro de un plazo fijo.</p> + +<p>Cuando por boca de mi cuñadita supe lo que ocurría, no tuve ni un +momento de duda. Busqué una solución con ahinco, a la desesperada. Y +la encontré. Era terrible; pero había que encontrarla y la encontré. +<span class="pagenum" id="Page_87">p. 87</span>Días después, yo +emprendía un inopinado viaje a provincias.</p> + + +<h4 class="romano g0">IV</h4> + +<p>En una de esas ciudades escondidas, ciudades empozadas de las +que apenas escapa de tiempo en tiempo un murmullo, caí enfermo. Así +lo comuniqué en una carta a mi prometida. Dos días después recibí +contestación suya. Era una carta llena de ternura y dolor en la +que a vuelta de mil recomendaciones favorables a mi salud me pedía +atemorizada diese por terminado mi viaje.</p> + +<p>Dejé pasar unas fechas y volví a escribir; seguía postrado en el +lecho pero la enfermedad parecía ceder. A esta carta siguieron otras; +en todas ellas daba cuenta detallada de mi enfermedad. Las respuestas +de mi prometida llegaban hasta mí como gritos de angustia de un corazón +que se deshacía en el dolor. Rasgaba los sobres de sus cartas con la +fría convicción de que iba rompiendo un alma en pedazos. Pero ¿es que +para mí tenía alma aquella mujer?</p> + +<p>En poco más de veinte días mi enfermedad sufrió varias alternativas +que fueron otros tantos escalones hacia la gravedad de mi estado. A +las cartas, cada vez más pesimistas por mi parte y más acongojadas +por la suya, sucedieron los despachos telegráficos más breves y +terribles a medida que avanzaban los días. La <span class="pagenum" +id="Page_88">p. 88</span>gravedad llegó por fin a un límite extremo. Y +fallecí.</p> + +<p>No me fue muy difícil dar una absoluta verosimilitud a mi muerte. +Por fortuna, carecía de parientes próximos que hubiesen podido +complicar el asunto y mis amigos eran tan pocos y tan superficiales que +no había peligro de que descubriesen con su solicitud el fraude. Un +pobre profesor de filosofía tiene por otra parte tan poca actualidad, +tan poco relieve en el mundo que bien puede desaparecer de él sin dejar +rastro de su humilde existencia. La familia de mi prometida hacía una +vida tan retraída y aislada en el turbión de la metrópoli que jamás +hubiese podido informarse de lo ocurrido allá en el fondo de una ciudad +dormida en la que hasta los grandes hechos se apagan y enmudecen para +dejar oír el confuso rumor de los siglos pasando y repasando sobre ella +en históricas cabalgadas. Supe escoger a conciencia el lugar donde +había de ocurrir mi fallecimiento.</p> + + +<h4 class="romano">V</h4> + +<p>Por lo que después supe mi prometida me amaba más de lo que yo +la creía capaz. Siempre tendré en mi vida el remordimiento, no ya +de haberla hecho sufrir de aquel modo, sino de haber dejado que se +perdiese y arruinase aquella ternura. ¡Hay ya tan poca ternura en el +mundo!</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_89">p. 89</span></p> + +<p>En los primeros momentos de mi gravedad intentó volar a mi lado; de +no haberlo impedido su hermana luchando con ella heroicamente, nuestra +superchería se hubiese descubierto. Fue espantosa la lucha que mi +cuñadita tuvo que sostener con ella para contenerla. Aún me maravilla +imaginar la fuerza de voluntad, el tesón, la sobrehumana crueldad de +aquella chiquilla que presenció hora tras hora el infinito dolor de su +hermana con la impasibilidad de un dios. Empedernido es mi corazón, +fríos y cerebralistas son mis movimientos en la vida, pero no hubiese +sido capaz de contemplar día por día el espectáculo de aquella tragedia +teniendo en mis labios la palabra reveladora que podía deshacerla como +la espuma. Pero las mujeres —una mujer enamorada— están más allá del +bien y del mal. Son como diosas, y por esta naturaleza divina, que +las hace implacables, es acaso por lo que las adoramos. Al imaginar +la inhumana crueldad de mi cuñadita para con mi prometida, siempre me +estremezco de terror, y muchas veces he pensado si aquella chiquilla +no sería un monstruo, privado de toda humana condición. Pero no; +de su blanda humanidad, de su ternura, he tenido después infinitas +pruebas.</p> + +<p>Hubo, sobre todo, en la alucinante procesión de aquellos días, en +los que se desgarraba la vida de mi prometida, un momento culminante, +cuya grandeza dramática fue superior a cuanto he conocido.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_90">p. 90</span></p> + +<p>Mi cuñadita y mi novia dormían en una misma habitación, separadas +las dos camas virginales por una mesilla de noche en la que ardía +una lamparilla, parpadeando sobre su lecho de aceite. Mi prometida, +arrebujada en las sábanas, sollozaba, con unos sollozos largos, +ahogados. Había recibido, por la tarde, uno de aquellos telegramas que +iban despojándola de toda esperanza. Mi cuñadita, inmóvil, con los ojos +muy abiertos, fijos en el techo, oíala gemir, contemplando insensible +cómo la luz vacilante de la lamparilla luchaba a duras penas con las +sombras, que por momentos parecía iban a vencerla y extinguirla.</p> + +<p>Pasaron las horas. Mi prometida seguía llorando, torciéndose +de dolor, arremolinando sobre su cuerpo enfebrecido la revuelta +cobertura.</p> + +<p>—Sosiégate, hermana —le decía mi cuñadita.</p> + +<p>—No; no puedo.</p> + +<p>—Sosiégate, duerme; no le pasará nada.</p> + +<p>—El corazón, hermana, me dice que está muy grave. Que va a morir.</p> + +<p>—No digas eso, hermana.</p> + +<p>—Sí; va a morir.</p> + +<p>—Te digo que deliras.</p> + +<p>—Va a morir.</p> + +<p>—Estás loca; anda, sosiégate.</p> + +<p>—Va a morir, va a morir.</p> + +<p>—No digas locuras. Vivirá, vivirá.</p> + +<p>—No; el corazón me ha dicho que le pierdo, y mi <span +class="pagenum" id="Page_91">p. 91</span>corazón no me engaña nunca. +¿Qué sabes tú de estas angustias?</p> + +<p>Guardó silencio la hermana, temblándole en los labios la palabra +reveladora. ¿Qué fuerza, superior a ella misma, le hizo no decirla?</p> + +<p>Así llegó el conticinio; sobre la ciudad, dormida, pasó esa ráfaga +de frío, precursora del amanecer. Siempre en este momento de la +madrugada hay algo que cruje o chasca; algo vivo, persona, animal, +vegetal o cosa que perece para siempre jamás.</p> + +<p>Las dos mujeres, adormecidas por el dolor, oyeron como en sueños +aquel chasquido y abrieron los ojos alucinados.</p> + +<p>—¡Hermana! ¡Hermana! ¡Él ha muerto! —gimió mi prometida.</p> + +<p>—¡Ha muerto! ¡Ha muerto! —repitió la otra maquinalmente, obedeciendo +a una irresistible sugestión. Y fue tan fuerte el latido de aquellas +palabras, que ella misma, que estaba en el secreto, para desvirtuarlas, +para no creer en ellas y volver a la realidad, tuvo que gritarse, +tapándose la boca con la almohada: «No ha muerto. No ha muerto. Para +mí, no ha muerto».</p> + + +<h4 class="romano g0" title="VI"><span class="pagenum" id="Page_92">p. +92</span>VI</h4> + +<p>La infeliz novia-viuda recibió pocos días después mi esquela +de defunción, mi cartera, un mechón de mis cabellos —auténticos +cabellos míos, que me hicieron lucir durante algún tiempo una +terrible trasquiladura, que era como la marca infamante de un crimen— +y algunos recuerdos más. Todo esto, que yo fríamente urdía en el +cuarto desmantelado de mi fonda, perdida en los recovecos de aquella +ciudad, disimulada en el mundo, causó horas de dolor imponderable a +mi prometida. Solo imaginar el sufrimiento de aquella pobre mujer me +crispa aún los nervios. Pero ¡no había más remedio! El tiempo corría y +pronto mi cuñadita no podría disimular las señales de nuestro amor.</p> + +<p>Inmovilizada por el dolor, mi prometida dejó pasar los días sin frío +ni calor para ella, sin nubes y sin sol; días muertos, que eran para +la infeliz «desalmada» como un desfile eterno de almas en pena. Un +poco más vieja todas las mañanas, acabó de arruinarse y extinguirse en +poco tiempo. Guardó entonces bajo siete estados de la tierra su inútil +canastilla de boda, enfundose en unas ropas negras y ya puede decirse +que dejó de existir. Nuestro propósito estaba logrado. La habíamos +matado y ya éramos libres.</p> + +<p>Dos meses después de mi fallecimiento solicité mi <span +class="pagenum" id="Page_93">p. 93</span>traslado a otra ciudad no +menos empozada y perdida que aquella, en la que se había fraguado la +farsa de mi óbito. Hice mis preparativos con verdadera ilusión. Tomé +en arrendamiento una alegre casita, encaramada en un altozano de las +afueras, por cuyas laderas reptaban los naranjos y los olivos. Era en +las tierras cálidas del sur y la cal viva de las paredes explotaba en +la luz del sol, envolviendo en diafanidad los cuerpos y las almas. +Así continué gozoso preparando mi felicidad minuciosamente, con esa +inefable infantilidad, ese alborozo, que yo hasta entonces creí +privativo de las almas limpias de pecado. Aderecé mi nido con unas +cretonas claras y unos juguetillos divertidos. Cuando todo lo tuve +dispuesto, me tumbé en una hamaca, encendí un cigarrillo y me puse a +esperar sosegadamente.</p> + + +<h4 class="romano g0">VII</h4> + +<p>Algunos días después de mi fallecimiento empezó a rondar a mi +cuñadita un apuesto joven, cazado, acaso, por aquella diabla durante +alguna de las misas que en sufragio por mi alma hizo decir mi malograda +prometida. Por cierto que, a estas horas, no sé qué se habrá hecho de +la intención de aquellas misas; algún ánima necesitada de sufragios +y poco escrupulosa se las habrá adjudicado. Hago mención de <span +class="pagenum" id="Page_94">p. 94</span>estas pequeñas cosas para +que se vea hasta qué inconcebibles maquiavelismos era capaz de urdir +aquella personilla enamorada. No sé si aquel inocente joven fue cazado +con alevosía por mi cuñadita, ya con la intención preconcebida de +destinarle al sacrificio, o si él mismo, o, mejor dicho, su implacable +destino, sugirieron la diabólica idea a la muchacha, al ir hacia ella +reiteradamente y estrecharla en el cortejo. Con alevosía o sin ella, +supo mi cuñadita enzarzar en la red de sus miradas dulzonas de chicuela +a aquel joven, digno de mejor suerte, que en pocos días hizo, llevado +de su pasión, todas las estupideces necesarias para que la madre y la +hermana le considerasen nocivo y amonestasen a la pequeña, pretendiendo +obligarla a que no diese alas a la pasión de aquel joven insensato.</p> + +<p>El insensato estaba gozoso, que no cabía en el pellejo. Era un +hombrecito rubio, blanco y blando, presumidillo, estiradete, con una +gran ansia de gozar la vida, que entonces comenzaba a entrever, y sin +dos adarmes de sal en la mollera. De haberlos tenido, no le hubiese +podido hacer mi cuñadita la jugarreta que le hizo.</p> + +<p>¿Cómo se ingenió la muy indina para soliviantarle, hasta el punto +de hacerle realizar las mayores gansadas, sin que ella llegase +a comprometerse nunca? En pocos días le hizo entrar en la casa, +hablar formalmente con la madre, pedir permiso para continuar <span +class="pagenum" id="Page_95">p. 95</span>las relaciones y después +cometer tal serie de inconveniencias y locuras que la buena señora, +por buena y desentendida que fuera, no tuvo más remedio que plantarle +de patitas en la calle. Ya estaba. El amor contrariado. Lo que ella +necesitaba para su plan.</p> + +<p>Lloró, gimoteó y amenazó con suicidarse, todo con tanta propiedad, +con tanta gracia, que la pobre madre llegó a creer firmemente en el +infortunio de su hija empujada por un amor imposible. Diose tal maña, +que supo hacer de un tonto un personaje diabólico, y de un capricho +juvenil, un terrible apasionamiento. La madre y la hermana leían +frecuentemente novelas. Y creyeron en la tragedia.</p> + +<p>Llegó a creer en ella el mismo inocente cortejador que, sin saber +cómo, sin comerlo ni beberlo, se vio asimismo héroe novelesco, seductor +terrible, fiero amante, capaz de todo por lograr su amor. Cuando el +horno estuvo para bollos, aquel geniecillo del mal con faldas empezó +a sugerir al mozo su atrevido plan en cartas que clandestinamente +se cruzaban, y en furtivas entrevistas que iban arrebatando y +enloqueciendo al pobre bobalicón, metido de hoz y coz en aquella +maravillosa aventura.</p> + +<p>Pero nuestro hombre no era tan insensato como parecía. Náufrago en +medio del oleaje pasional que le movía mi cuñadita se agarraba a la +realidad como a un leño, y se resistía heroicamente a ser arrastrado. +No quería seguir adelante. Ni él era un terrible seductor <span +class="pagenum" id="Page_96">p. 96</span>ni el cristo que lo fundó, +ni aquello debía tomar otros derroteros que los que son lógicos y +naturales. Fueron precisas toda la astucia, toda la tenacidad y la +malicia del mundo para desprender a aquel mastuerzo de la realidad, a +la que se aferraba como un alcornoque a la tierra, balancearle en el +vacío y lanzarle al espacio como un pelele. Al fin perdió pie, se dejó +arrastrar y pensó en raptar a la muchacha.</p> + +<p>Con sus dengues, sus escrúpulos y su hipocresía, avivó ella el furor +satánico de aquel buenazo, que llegó a creerse de buena fe que aquella +perversa idea del rapto se había cocido en el puchero que tenía sobre +los hombros, y que habían sido sus palabras, sus diabólicas palabras de +seducción, las que habían enloquecido a su inocente amada, víctima de +sus asechanzas.</p> + +<p>Ultimaron cuidadosamente todos los detalles de la fuga. Ella +dejó escrita una carta, dirigida a su madre y su hermana, a las que +anunciaba su huida con aquel joven, «al que amaba más que a su propia +vida». Les pedía perdón y olvido. Hizo, además, que el joven donjuán +escribiese una carta análoga a sus padres, y ya se encargó él, sin +necesidad de nadie que se lo recomendase, de divulgar, ufano, la +noticia de su conquista entre sus amigos. La fuga de mi cuñadita fue, +pues, casi una ceremonia pública, y tuvo toda la repercusión que a ella +y a mí nos convenía que tuviese.</p> + +<p>Una tarde quedaron citados en la puerta misma de <span +class="pagenum" id="Page_97">p. 97</span>su casa; procuró ella que +les viese la portera y juntos marcharon después hacia la estación del +Mediodía, donde tomaron billetes para el tren correo, que diez minutos +después partía en dirección al sudoeste. A la tercera estación del +trayecto, la línea se bifurcaba y el correo daba paso al expreso del +sudeste, el mismo que ya al amanecer pasaba allá, a lo lejos, frente +a mi casita, desde cuyas ventanas yo lo veía ir, esperando siempre +el día que había de traerme la felicidad en forma de una viajerita +recién casada que ha perdido al esposo y trae los azahares de la boda +guardados en el cabás porque el viaje no se los marchite.</p> + +<p>Así vi llegar a la mañana siguiente a mi cuñadita.</p> + + +<h4 class="romano g0">VIII</h4> + +<p>No será necesario contar la jugarreta que mi amada había hecho al +inocente conquistador. Declaro que no tuve en ella arte ni parte, y +que, hasta el momento en que ella vino a mí, yo no supe por qué caminos +había llegado. Una vez consumada la farsa de mi fallecimiento, y +refugiado en aquel rincón amable, hice saber a mi joven amor el lugar +del mundo adonde yo había ido a esconderme, y, como dije antes, me +senté a esperar, sosegado. Yo sabía que no tardaría en venir.</p> + +<p>Alborozada, nerviosa, riéndose con limpias y sonoras <span +class="pagenum" id="Page_98">p. 98</span>carcajadas, me contaba los +incidentes de la fuga, sus sobresaltos, sus picardías, la astucia que +había tenido que emplear para repeler cortésmente las caricias que +entusiasmado se obstinaba en prodigarle su compañero de fuga, hasta +que llegaron al cruce con el expreso, en cuyo instante ella, con un +pretexto cualquiera, salió, dejando muy sosegadito al novio, y subió al +otro tren.</p> + +<p>—No creas —me decía ella—, pasé un miedo espantoso. Me costó +mucho trabajo convencerle de que no me acompañase ni se asomase a la +ventanilla, porque iba a darle una sorpresa; y cuando lo logré y me +encontré, al fin, en tierra, ya habían dado la salida del expreso. +Crucé el andén en dos zancadas, con la falda levantada hasta la +rodilla, para poder correr velozmente. Sentí mucho que me viesen las +piernas; pero no había más remedio. Cuando pude subir el expreso iba ya +en marcha. ¡Que horror! ¡Figúrate que no hubiese podido escaparme! ¿Qué +hubiese hecho con aquel pasmarote? O, mejor dicho, ¿qué hubiese hecho +él conmigo?</p> + +<p>—Siempre hubieras sabido escurrirte, diabla.</p> + +<p>—En fin, allá se quedó muy quietecito, en su vagón, esperando la +sorpresa.</p> + +<p>—¿Qué habrá hecho al darse cuenta de la burla que le has gastado?</p> + +<p>—Reflexiones. ¿Qué quieres que haga?</p> + +<p>—¿Y no temes que cuente lo ocurrido a tu madre <span +class="pagenum" id="Page_99">p. 99</span>y tu hermana, o lo diga por +ahí y llegue hasta ellas?</p> + +<p>—No; no lo dirá. Se arrancará la lengua antes de confesar que ha +hecho el ridículo. Es lo suficientemente necio para ello.</p> + +<p>—Sí; pero más adelante...</p> + +<p>—Más adelante, él dirá, jactancioso, que me abandonó; la gente +lo creerá, y todos supondrán que ando por algún escenario cantando +y bailando, o tal vez metida en algo peor; me creerán perdida para +siempre. Y lo estoy; perdida para todos y para siempre. Como tú.</p> + +<p>—Cierto; el amor nos ha hecho perdernos en el mundo. No te apures; +él nos ayudará a encontrarnos a nosotros mismos.</p> + +<p>—Ya nos hemos encontrado —me dijo maliciosamente, tan maliciosamente +que de momento yo no pude descubrir su malicia y ella tuvo que dármelo +a entender a cucharadas.</p> + + +<h4 class="romano g0">IX</h4> + +<p>¿Será una monstruosidad decir que fuimos felices y que tuvimos +hijos que fueron una bendición del cielo? Confieso que, al principio, +anduve algo desazonado. No eran remordimientos por lo que habíamos +hecho con aquella infeliz mujer. Mi corazón se ha mostrado siempre tan +empedernido, que jamás se dejó <span class="pagenum" id="Page_100">p. +100</span>vencer por la sensiblería. Era, más que remordimiento, +miedo. Miedo a la crueldad de aquella mujercita amorosa, cuya +impasibilidad ante el dolor yo conocía como nadie. ¿Era posible que +un corazón tan seco, tan implacable; un corazón que había dejado +desgarrarse otro corazón fraterno, por no soltar la prenda que le +había robado, se sintiese alguna vez blandamente conmovido por una +emoción desinteresada? Esta duda puso a prueba mi amor, que, al fin, +salió triunfante. Tuve mil ocasiones de contrastar la delicadeza de +sentimientos de mi mujercita, su capacidad de emoción, su ternura, +su desinterés. Y, por si alguna duda me quedase, no tuve más que +escudriñar en el fondo de mi alma. ¿No había sido yo tan cruel como +ella, y, sin embargo, creía amarla con el más puro afecto y me creía +capaz de cuantos sacrificios pudiera exigirme?</p> + +<p>En cuanto a la infeliz a quien habíamos robado el alma, no nos +importunó mucho. Algunas veces la evocábamos, enfundada en sus tocas +negras, inmovilizada por el dolor, vieja, triste y sola. Pero pronto la +evocación cedía el paso a cualquiera otra imagen vistosa y esmaltada +de nuestro presente o nuestro porvenir. Aquel solazo vivificador +del Mediodía, que empalidecía los daguerrotipos de mis antepasados, +acristalados en las paredes de mi despacho, iba también desdibujando +la doliente figura de mi prometida, hasta el punto de que llegaba a +costarme un gran esfuerzo <span class="pagenum" id="Page_101">p. +101</span>mental el reconstituir las líneas fundamentales de su figura, +que debieran estar marcadas en nuestra mente con el hierro del crimen. +A la vuelta de dos años se había borrado por completo su imagen; ya +solo me quedaba el recuerdo de los hechos, y, antes de que estos se me +pierdan también de vista, quiero fijarlos de algún modo, y por eso he +urdido este relato, que conservo, y de tiempo en tiempo leo, porque el +recordar, el revivir aquellos días es la única expiación de mi culpa, +ya que la divinidad ha sido benévola conmigo y me ha concedido el ser +feliz. Esto es para mí una cosa inexplicable.</p> + +<p>Jamás he podido comprender cómo nos fue posible, lo mismo a mí que +a mi amada, soterrar tan hondo en la conciencia el crimen que habíamos +cometido. Ni una sola vez turbó el remordimiento nuestra felicidad; +ni por un momento se nos interpuso la infeliz muerta en vida. Nunca, +nunca...</p> + +<p class="centra g2">... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...</p> + +<p>Hasta que una vez ella pasó a nuestro lado, arrebujada en sus tocas +negras. Con sus pupilas dilatadas por el espanto nos vio ir. ¿Qué +pasaría por su alma en aquel minuto?</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + + +<div class="chapter" id="Ch204"> + <p><span class="pagenum" id="Page_102">p. 102</span></p> + <h3 class="dcha ws1">LA ÓRBITA</h3> +</div> + +<p>Operaba en un gran hotel y conocía y practicaba todas las malas +artes de seducción. Con sus amaneramientos de actriz de la Comedia +Francesa, sus trajes firmados por los más célebres modistos y su +melosería meridional, sabía engatusar a los fugitivos huéspedes de +aquel espléndido palacio de trashumantes adinerados, cuya gerencia +la tenía contratada para retenerles y hacerles agradable el suntuoso +hospedaje. Era gente a la que no duele el dinero: diplomáticos, +banqueros, negociantes en auge, terratenientes que vienen a urdir +sus trabacuentas con el Estado, ganaderos que contratan suministros, +directores de fábricas, alcaldes de poblaciones de más de cien mil +almas, turistas, presidentes profesionales de cuanto pueda ser +presidido, diputaditos espigados que esperan ser ministros antes de que +se les acabe la hijuela y traman sus maquiavelismos en el <i lang="en">hall</i> +del hotel e improvisan sus disertaciones y su fama en el ámbito desnudo +e infecundo de sus <i lang="fr">appartements</i>. Esta era su clientela.</p> + +<p>Se hacía llamar Palmira, y se decía casada. En efecto; de vez en +cuando aparecía en el <i lang="en">hall</i>, en el comedor, en el salón de baile, +o en la <i lang="fr">brasserie</i>, del brazo de su esposo, caballero grave +y distinguido, sumido siempre en hondas preocupaciones y afanosos +trabajos. Su esposa le traicionaba con cuanta frecuencia se lo +permitía la renovación de los huéspedes en el <span class="pagenum" +id="Page_103">p. 103</span>hotel, y sus cómplices, en el cotidiano +adulterio, pagaban por la traición tanto como por el placer. El esposo +respetable y distinguido que se dejaba engañar era la salsa del pecado. +Y los buenos <i lang="fr">gourmands</i> prefieren la salsa a la tajada.</p> + +<p>También se decía porteña, aunque con extraordinaria facilidad +cambiaba de un punto a otro del planeta el lugar de su nacimiento. +En realidad, este es un dato que, para practicar el amor, no tiene +una exagerada importancia. Lo cierto es que había nacido en Sevilla +y que salió de allí para ejercer dignamente la prostitución, como en +Francia salen de Marsella casi todas las beneméritas propagadoras del +mal gálico, que extiende su patriótico influjo por todo el universo. +El Mediodía aporta, en todas las naciones, un gran contingente a la +prostitución y a la poesía lírica.</p> + +<p>Había nacido en un viejo corral de un barrio silencioso y evocador +de Sevilla, en cuyas callejuelas crecía la hierba por entre los +guijarros del empedrado, y se hacían sonoros, claros y distintos los +pasos de los transeúntes. Entonces no vivía mal la gente corralera; +los corrales eran auténticos palacios, venidos a menos; conservaban +cierto señorío, cierta holgura, que fortalecían a sus pobres moradores, +haciéndoles un poco hidalgos arruinados, firmes y orgullosos, como si +también ellos hubiesen venido a menos. Las modernas casas de vecindad +con su horrible construcción tendinosa, <span class="pagenum" +id="Page_104">p. 104</span>sus patios de cemento y sus celditas +estrechas, son una anticipación de la cárcel, del cuartel o del +hospital.</p> + +<p>Pero, sobre todo, aquel patio inmenso del corral, con su fuente de +piedra en el centro y sus arcadas blancas, en las que explotaba el +sol, era la delicia de la chiquillería. Palmira, que entonces no se +llamaba así, y tenía en vez de sus rizados bucles una trenza enhiesta +en el cogote, como el rabo de una lagartija, se pasaba el día entero +en aquel patio del corral con otras cien chiquillas corraleras, que +ejercitaban sus cuerpecillos, casi desnudos y tostados por el sol, en +el aprendizaje de las danzas populares de Andalucía, que dan a las +mujeres esa plasticidad, esa gracia, que después se pagan a tan buen +precio en los prostíbulos.</p> + +<p>Palmira recordaba su infancia con agrado. Había mucha hambre y poco +pan en la talega: mal humor en su madre, malos tratos en el padre +alcoholizado, egoísmo en los hermanos y crueldad en las vecinas. Pero +había un solazo vivificador, un desgaire, una exuberancia, un tan claro +optimismo en aquel ambiente mísero de sus primeros años, que la negra +pobreza se arrebolaba y encendía, fingiendo un bienestar y una holgura +que bastaban a la sobriedad de aquellas gentes trabajadoras.</p> + +<p>Cuando tuvo diez años y empezó a apetecer todas las superfluidades +fue cuando notó la miseria que la rodeaba. La miseria es una +creación nuestra. No hay <span class="pagenum" id="Page_105">p. +105</span>nadie en el mundo lo suficientemente pobre para que se le +considere desdichado. A la vida le basta con muy poco, casi nada; todo +lo demás es superfluo. Esta superfluidad llega, sin embargo, a tener +una importancia vital; hay quien fracasa en conseguir una fruslería +cualquiera, un cintajo honorífico, un título de dominio o unos billetes +de Banco, y, por fracasar, se muere realmente de dolor, como se muere +el padre que no consigue preferencias y comodidades para sus hijos. Y +tan superfluo es lo uno como lo otro. Palmira empezó a desear y se hizo +desdichada.</p> + +<p>En aquel tiempo, sus padres quisieron comenzar a resarcirse de los +sacrificios que por ella debieron haber hecho y la pusieron a trabajar +en una fábrica. Aprendió el valor del dinero: tantas horas de trabajo +eran tantas pesetas, y tantas pesetas eran unas medias de seda, y +tantas unos zapatos de charol, y cuantas una blusa o unos pendientes. +Así valoradas las cosas, o, mejor dicho, realzado su valor por el +esfuerzo que costaba conseguirlas, se exarcebó su ansia de poseerlas. +Estas fruslerías tomaron a sus ojos tal prestigio, que se le hizo +imposible vivir sin ellas.</p> + +<p>En la convivencia con las obrerillas viciosas y ambiciosas de +su taller supo que ella tenía una moneda con la que se podían +comprar todas las superfluidades anheladas, y precipitadamente, +antes de tiempo, siendo aún una niña, cambió su moneda a un experto +cambista, ansioso numismático, coleccionador de estas monedas <span +class="pagenum" id="Page_106">p. 106</span>vivas, las únicas monedas +que tienen un origen divino. Y se prostituyó.</p> + +<p>Hay quienes cuentan que la prostitución de Palmira fue una +desgarradora tragedia. De un lado, el hambre, el desamparo, la +bestialidad del padre, la insensibilidad maternal y el dolor del +trabajo agotador y no remunerado; de otra parte, el ansia de vivir, +el bienestar y la tentación constante de las viejas alcahuetas que +rastrean a diario los barrios bajos, husmeando la miseria y la belleza, +para servir el apetito de esos ogros modernos, que de ordinario se +contentan con husmar la carne de las niñas nada más.</p> + +<p>Pero este aparato terrorífico es un poco exagerado. Palmira cayó, +si a esto puede llamarse caída, por lo que caen todas las que caen. +Porque les apetece. No hay que buscar complicadas argumentaciones para +justificar un acto tan natural como este. Puede creerse que en el amor +la mujer no pone más que una cosa, bien material y palpable por cierto; +todas las demás cosas las pone la imaginación del varón.</p> + +<p>Palmira tuvo suerte en su nueva vida. No es muy corriente, pero +tuvo suerte. Iniciada en el rincón más oculto y profundo de la +prostitución, supo elevarse pronto, gracias al ajetreo laborioso de +sus caderas, que al poco tiempo se hicieron fuertes y rotundas, como +se desarrollan los bíceps de los empedradores y los cargadores del +muelle. Sorteó milagrosamente el escollo de los males secretos, esquivó +los bajos fondos <span class="pagenum" id="Page_107">p. 107</span>del +sentimentalismo y a los dieciocho años estaba hecha toda una mujer y +salía a flote entre las espumas de la sociedad. Empezó a frecuentar los +teatros y los paseos; las señoras decentes se acostumbraron a verla, +desde muy cerca, en las plateas y los salones de té, y esto hizo que +crecieran las pujas a la llana, que decidían sus favores. Físicamente +estaba ya lograda; usó con gran sagacidad de las artes cosméticas, +dio regalo a su cuerpo, que es como decir que cuidó su herramienta de +trabajo, y pudo esperar que aquella lozanía, aquella frescura de su +tez, aquella juventud, fuesen eternas, a lo menos en el concepto que +de la eternidad puede tener una amorosa de dieciocho años. En otro +aspecto, basta notar que el comercio de la carne aviva la vigilancia +del espíritu, y ella, que tan en grande comerciaba con su cuerpo, +tuvo que buscar el equilibrio en algunas satisfacciones espirituales, +logradas a poca costa si, en su caso, se dispone de una gran intuición +y de poderosas ambiciones. No quiere esto decir que se hiciese +literata, no. Pero llegó a tener una noción bastante aproximada del +mundo y de la vida. Ya es bastante; algunos intelectuales no la tienen, +ni siquiera remota.</p> + +<p>Pensó entonces que, aunque la prostitución tiene un origen sagrado y +una estirpe nobilísima, en los tiempos que corren no basta su ejercicio +para encumbrarse, y vio que le faltaban algunos factores para el +éxito. Tenía dos caminos por los cuales la mujer prostituida <span +class="pagenum" id="Page_108">p. 108</span>puede hoy lavarse de toda +culpa y contratar de igual por igual con la sociedad: el matrimonio o +el arte. Casándose, o haciéndose artista, era como únicamente podía +seguir avanzando en su carrera. Resistió heroicamente la tentación de +consagrarse al arte y decidió casarse. Esta fue una de sus mayores +pruebas de clarividencia, porque, tratándose de ennoblecer y purificar +su vida, la elección entre cualquiera de los dos términos aparece +dudosa. Cierto que el matrimonio es uno de los siete sacramentos de +la Iglesia; pero, ¡caramba!, las <i lang="fr">varietés</i>, por ejemplo, son +una cosa muy seria; no falta, seguramente, quien les haya encontrado +antecedentes bíblicos y orígenes celestes.</p> + +<p>Y se casó; es decir, no se casó, pero fue lo mismo que si se +casara. Andan por el mundo algunos sujetos meritísimos, correctos, +instruidos, laboriosos, a los que no sabemos por qué la corriente de +la vida pone al margen. Son esos sujetos que a veces nos encontramos +como naufragados en el remolino de las calles céntricas. Eran +buenas personas, iban derechamente a un sitio fijo, tenían quién +les aguardase, y, sin embargo, se han perdido, y después de dar +estúpidamente muchas vueltas, se han remansado en una acera, como +los ciegos, los mudos, sordos y tullidos, que piden limosnas en la +carrera.</p> + +<p>Hay que creer que también a esos sujetos, como a los mendigos, +les ha faltado de pronto algún sentido oculto, alguno de esos +misteriosos sentidos que indudablemente <span class="pagenum" +id="Page_109">p. 109</span>nos sirven con la misma eficacia que los +cinco sentidos corporales. Acaso es que les falla el sentido común, o +que han perdido la brújula, o que se han olvidado de su itinerario. +¿Quién sabe? Lo cierto es que se quedan detenidos en algún cantillo, +inanimados, muertos, real y verdaderamente muertos. Cuando ya empiezan +a corromperse, viene la miseria, con su gran escoba de barrendera +municipal, y les quita de aquel sitio céntrico, llevándoles a los +grandes depósitos de detritus, donde han de esperar en fermentación a +que los utilicen como abonos.</p> + +<p>Esperando a que lo barrieran, y con claros síntomas de +descomposición, se hallaba don Gonzalo de los Reyes Pérez, hombre de +gran espíritu, licenciado en Derecho, técnico de numerosas técnicas +y profesional de varios órdenes, cuando Palmira, en trance de buscar +esposo que diese realce y solvencia a su comercio, le echó una mano +cariñosa.</p> + +<p>Se entendieron pronto. Las capitulaciones de aquel pacto fueron +curiosísimas. Don Gonzalo contraería matrimonio canónico con Palmira: +no era necesario cubrir las formalidades del caso; bastaba divulgar +la noticia, vestida con todas las garantías posibles. Palmira, en su +vida privada, conservaría toda su libertad de acción; pero en la vida +pública aparecería sometida a la tutela conyugal. Fue muy difícil +delimitar cuál era la vida privada de Palmira; pero, al fin, se +consiguió, pasando como sobre ascuas por ciertas escabrosidades. <span +class="pagenum" id="Page_110">p. 110</span>Don Gonzalo no tendría +derecho a reclamar el débito conyugal en ningún caso, y se obligaba a +observar una vida regular, austera, digna y, al parecer, laboriosa. En +cambio, Palmira le facilitaría todos los recursos necesarios para que +ambos viviesen en grandes hoteles, le vestiría con lujo, le costearía +sus investigaciones técnicas y su coñac, poniendo al mismo tiempo +en juego sus influencias para que fuese reconocido y patentizado el +claro talento y la constante laboriosidad de su noble esposo. Y así se +hizo.</p> + +<p>Don Gonzalo, que se veía perdido en medio del arroyo, quitándose el +hambre a bofetadas, ensayando el chantaje y fracasando en la esgrima, +aceptó alborozado. Palmira, por su parte, vio con gusto que se hallaba +en posesión de un esposo correcto, sabio y distinguido, con una +venerable barba cenicienta y una prestancia intelectual y académica que +provocaría, seguramente, la intromisión frecuente y productiva de ese +agente maligno que en la intimidad hace infelices y astados a tantos +sabios venerables.</p> + +<p>Se casaron —a lo menos dieron publicidad al enlace—, y poco después +se trasladaban a la corte, instalándose suntuosamente en aquel gran +hotel, donde Palmira iba a tender sus deliciosas redes. La pesca no +pasó por alto a la gerencia del hotel, muy celosa de la inmoralidad que +no produce dinero, y como además Palmira vio que había que moderar, en +lo posible, los gastos de la industria, tuvieron don Gonzalo <span +class="pagenum" id="Page_111">p. 111</span>y su cónyuge que tratar +en secreto con el gerente de la casa, que, a partir de entonces, fue +a la parte en las ganancias, reduciéndoles, en cambio, el precio del +hospedaje y dando a Palmira todas las facilidades estratégicas que +fueron precisas.</p> + +<p>El negocio iba bien. Don Gonzalo se portaba, en su papel, a las mil +maravillas, y Palmira llegó, en las artes de seducción, a un completo +triunfo. En dos o tres temporadas ahorró unos cuantos miles de pesetas, +que colgó de su cuello y sus orejas, con lo que subieron de precio las +ofertas. Merced a sus tratos íntimos con un ministro de la corona, +llegó don Gonzalo a ser miembro de algunas entidades fundamentales +para la vida del Estado, y, entre tanto, la vida, fácil, muelle, +acariciadora, iba dando plenitud y aristocracia a Palmira y ensanchando +la frente y el abdomen de su venerable cónyuge, que alguna vez, por no +irle a la zaga, llegaría a ser hombre público también.</p> + +<p>Pero don Gonzalo se consagró al coñac y al humorismo. Tener un gran +espíritu es peligrosísimo para andar por el mundo. Hubiera sido don +Gonzalo una mala bestia, y es seguro que Palmira le hubiese levantado +cien codos sobre la multitutd llevándole incluso a los más altos +puestos, porque para eso disponía ella sabiamente del punto de apoyo +que pedía Arquímedes para mover el mundo, o por lo menos de un punto +de apoyo que sirve para mover a los hombres que mueven el mundo. +Don Gonzalo, que realmente <span class="pagenum" id="Page_112">p. +112</span>tenía talento, cuando se vio adulado y envuelto en nubes de +incienso por los que iban a cortejar a su mujer, no pudo disimular +la risilla irónica que le retozaba en el cuerpo y empezó a perder su +prestancia. En vez de consolidar un prestigio tan fácilmente ganado, +comenzó a burlarse de sí mismo y de los que le atacaban, se dedicó a +fraguar frases ingeniosas que fueron consideradas de un pésimo gusto, +hizo befa y chacota de muchas cosas respetables y no tardó en crearse +una peligrosa reputación de hombre extravagante y pernicioso. Esto +y algunos excesos de coñac estaban a punto de dar al traste con su +personalidad y por ende con el pingüe negocio de Palmira.</p> + +<p>Adivinó esta con su certero instinto el peligro que la amenazaba y +decidió dar el golpe definitivo, triunfar de una vez y para siempre. +Había llegado el momento preciso de saltar, de conquistar de un golpe +la riqueza. No era difícil. En el mundo hay mucha más gente absurda +de lo que puede creerse y entre aquella turbamulta acaudalada que +desfilaba por el gran hotel había no pocos homunculejos forrados +de dinero que se hubiesen arruinado por Palmira o por cualquiera +otra bestezuela de lujo semejante. Se habla de terribles pasiones, +se complican las cosas, se urden complejidades psicológicas y el +resultado es que un honorable caballero pone sus títulos nobiliarios, +sus billetes de Banco o su talento en manos de <span class="pagenum" +id="Page_113">p. 113</span>una zorra cualquiera que sabe aderezarse +con esmero. Esto es muy divertido y hasta si se quiere beneficioso y +meritorio para la república. Lo repugnante es el artificio sentimental +de que se rodean estas uniones desiguales que para ser aceptadas en la +sociedad, tiene que llevar la cédula de penitencia de un apasionamiento +fatal y melodramático.</p> + +<p>Palmira había provocado ya algunas pasiones terribles; pero hasta +entonces sus apasionados habían sido adolescentes de escasa solvencia. +Fue curiosísimo el incidente a que dio lugar con sus arrebatos uno +de estos jovenzuelos exaltados que perseguía día y noche a Palmira, +espiándola e impidiéndola con sus impertinencias el ejercicio de su +profesión. Decidió Palmira desengañarle de una vez y aprovechando la +circunstancia de hallarle una noche en uno de los desiertos pasillos +del hotel, le hizo pasar a su habitación. Justo es consignar que le +llevó sin ningún propósito alevoso. Iba simplemente a desengañarle.</p> + +<p>Ocurrió que don Gonzalo, contra lo que ella suponía, se hallaba +allí tumbado en un inefable butacón y entre sorbo y sorbo de coñac +y filosofía. Al ver entrar a su cónyuge levantó el campo y fue a +refugiarse en el cuarto de baño sin desamparar en su fuga su preciada +botella de Domecq. Palmira se dio cuenta y disimuladamente entró +a advertirle que no había peligro. Se trataba simplemente de una +explicación con aquel jovenzuelo. Prometió a don Gonzalo que no <span +class="pagenum" id="Page_114">p. 114</span>perdería su verticalidad y +con esta promesa el sabio se tranquilizó y se dispuso a esperar tras el +débil tabique.</p> + +<p>Pero estas cosas de amor no salen nunca a golpe cantado. El +jovenzuelo se expresaba con un ardor romántico digno de ochocientos +treinta y por añadidura tenía una sugestiva figura. El diálogo subió +de punto y don Gonzalo oyó pronto algunas frases que no hubiera +querido oír. Unas pausas, unas sospechosas pausas, le alarmaron +aún más. «¡Diablo, esto se complica!», pensó para su capote. Pidió +auxilio a su coñac y media hora después, estaba completamente beodo. +Había conseguido impermeabilizarse y ya todo el globo terráqueo se le +antojaba una fruslería.</p> + +<p>Ideando una interpretación racionalista del Apocalipsis estaba +ya, cuando vino a alarmarle un confuso rumor. No era ese batir de +alas de que hablan los poetas, no. Era algo más alarmante todavía. +Palmira, después de escuchar conmovida todos los razonamientos del +joven recobró su presencia de ánimo y su posición normal. Entonces le +hizo ver la insensatez de su aspiraciones, le amonestó cariñosamente +y ya con cierta dureza le anunció que no seguiría permitiendo sus +asechanzas. Aquella entrevista había sido una liquidación. En todos los +presupuestos que se consagran a las atenciones públicas hay un capitulo +destinado a la beneficencia; Palmira acababa de agotar en aquel momento +su consignación y el joven <span class="pagenum" id="Page_115">p. +115</span>insolvente y apasionado debía, pues, retirarse para siempre. +Decir esto Palmira y ponerse por las nubes el fogoso amador fue todo +uno. Vinieron apóstrofes, imprecaciones, amenazas, desesperación. +El joven romántico llegó a maltratar a Palmira de palabra y obra, +anunciando que estaba dispuesto a todo antes que perderla. Don Gonzalo, +desde su escondite, se hacía cruces ante la insensatez de aquel +caballerete.</p> + +<p>Furiosa por tal insistencia Palmira se cruzó de brazos y piernas +rechazando con desconcertante frialdad las quejas del enamorado. +Llegado este al punto culminante de la desesperación, sacó rápidamente +una pistola automática y la asestó al pecho de Palmira. Esta apenas +pudo lanzar un grito:</p> + +<p>—¡Gonzalo!</p> + +<p>Gonzalo la oyó y pensó con la celeridad del rayo: ¿Salgo o no salgo? +Dudó unos momentos; la interrogación de Hamlet no era seguramente más +trascendental. ¿Salgo o no salgo?</p> + +<p>Salió al fin; pero ya era tarde. Palmira, por instinto de +conservación había sacrificado una vez más su honestidad y el insensato +estaba a punto de quedar inerme. La aparición heroica de don Gonzalo, +esgrimiendo vacilante la barra del toallero, fue épica.</p> + +<p>Decidida a que tuviesen término aquellas inquietudes, Palmira puso +más carne en el anzuelo. Se descotó aun más y cruzó las piernas con +mayor holgura. Había que hacer la jugada definitiva, esa jugada que +lo mismo en la vida de los hombres que en la <span class="pagenum" +id="Page_116">p. 116</span>de las mujeres determina el camino que +ya se ha de seguir siempre de modo inexorable. Había que prender a +un amante definitivo; lo suficientemente idiota para enamorarse de +verdad; lo suficientemente rico para poder otorgarle a perpetuidad la +exclusiva.</p> + +<p>Y fueron cayendo. Ya hemos dicho que hay mucha más gente absurda +de la que parece. Al final de aquella temporada, cuando ya el mundo +galante deriva hacia las playas de lujo, Palmira se encontró con su +aspiración triplemente satisfecha. Tenía tres amantes ideales entre +quienes escoger; tres hombres maravillosos, cargados de dinero, que +anhelaban consagrarle sus vidas. Era feliz. Había inspirado pasiones +avasalladoras a hombres solventes y había llegado, por lo tanto, al +término de su carrera, ya que las pasiones, que por sí solas nada +valen, se miden y estiman por la responsabilidad económica que llevan +aparejada.</p> + +<p>El conflicto estaba en elegir a uno de ellos. En cuanto al dinero, +los tres estaban igualmente dotados; no había diferencia sensible y +Palmira se encontraba perpleja, porque por primera vez en su vida no +venía don dinerito a inclinar de un lado la balanza en que pesaba sus +decisiones. Había, pues, que decidirse aquilatando calidades y no +cantidades. Esto era nuevo para ella. Se encontraba vacilante como +esas ingenuas pastorcitas de los cuentos de hadas que de improviso +tienen que escoger entre tres príncipes <span class="pagenum" +id="Page_117">p. 117</span>igualmente rubios y esbeltos. «Si los tres +tienen todo lo que yo puedo desear, ¿cómo escoger a uno? Si los tres +son ricos en la misma medida, ¿a cuál doy mi preferencia?», pensaba +Palmira.</p> + +<p>Era preciso mirarlos desde otro punto de vista distinto del +interés. Entonces recordó que vagamente había oído hablar alguna vez +de cualidades morales. «Veamos qué es eso», pensó, y no tardó en +enterarse.</p> + +<p>Cuando supo formular algunos juicios sobre cosas inmateriales —ella, +que no había sabido más que contar—, aplicó sus nociones metafísicas a +sus tres amantes; pero le ocurrió entonces una cosa terrible. Los tres +tenían idéntica categoría moral o, mejor dicho, los tres padecían la +misma ausencia de valores morales.</p> + +<p>El primero era un tipo exótico. Venido sabe Dios de dónde, recorría +el mundo sin descanso, dejando a su paso una estela de plata ganada en +fantásticas empresas radicadas en remotos países. Era difícil saber en +qué rincón del mundo trabajaban y sufrían los mineros, los campesinos +o los artífices que creaban con dolor aquella fabulosa riqueza. Más +que un hombre, era un mito; el mito de la moderna civilización. Tenía +algo de diosezuelo y se movía entre los simples mortales con esa +dejadez, esa inconsistencia, esa ruindad de los antiguos monarcas +absolutos a quienes pesaba demasiado la corona. A duras penas podía +entendérsele cuando hablaba; su idioma <span class="pagenum" +id="Page_118">p. 118</span>natural era un galimatías formado con voces +de todas las lenguas del mundo y en sus hábitos mentales como en sus +costumbres traía el arrastre de vidas exóticas conocidas por él en +sus remotas excursiones. Palmira, que en el fondo de su manera de +ser tenía una rancia solera, una fuerte raigambre en la vida, honda, +sana y natural del pueblo, rechazaba instintivamente aquel artificio, +aquella artificiosa humanidad del millonario incomprensible, refinado, +maniático, ligado únicamente al mundo por el lazo de su dinero. +Pensó que sería muy desdichada uniendo su vida a la de aquel hombre +desasido.</p> + +<p>Otro de los amantes de Palmira era un viejo prócer de la más +acrisolada aristocracia castellana. Viudo dos veces y enredado siempre +con mujeres galantes, al final ya de su larga vida de placer y +ociosidad se había enamorado de Palmira con toda la insensatez de la +senectud. La vida se le iba a chorros y quería retenerla, fundiéndose +con la rozagante juventud de aquella mujer espléndida. También era +inmensamente rico; los gnomos que creaban su riqueza eran un formidable +ejército de trabajadores, que acampaba disciplinado y silencioso a lo +largo de los valles y los montes, sin pedir jamás aumento en la soldada +ni exigir cuenta de los beneficios que rendía. Eran los alcornoques, +los valientes alcornoques, obreros laboriosos a cuya sobriedad bastaba +un poco de agua y de sol. El viejo aristócrata había derrochado sin +tasa <span class="pagenum" id="Page_119">p. 119</span>durante toda su +vida; pero aquella riqueza, en vez de menguar, crecía. Invirtió aquel +caudal inagotable en pervertir a los demás y en pervertirse a sí mismo. +En el amor, como en los demás movimientos de su alma, gozó siempre con +las torceduras y los desequilibrios inauditos. Vivió escandalosamente +hozando en todos los vicios y cuando encontró a Palmira era su cuerpo +una ruina, hueso y baba, repugnante caracol blasonado.</p> + +<p>El tercero de aquellos modernos príncipes era un cincuentón sebáceo, +rezumante, ventrudo. Como Palmira, procedía del pueblo: pero al +enriquecerse había conservado toda la miseria, toda la podredumbre y +grosería de los necesitados, realzándolas y poniéndolas en evidencia. +Sus manazas ensortijadas y su corpachón de cerdo envuelto en seda +promovían una sensación de asco invencible. Tenía mucho dinero; lo +había conseguido explotando la miseria de los demás; la basura es acaso +lo que más dinero deja y aquel gran cochino sensual había comerciado +con basura. Casas de préstamo, burdeles, salas de juego, bailes y +operaciones usurarias habían sido sus negocios favoritos, y gracias +a ellos, su riqueza era imponderable. Cuando tuvo dinero se limitó a +exaltar sus groseros instintos, y era, en resumen, la animalidad más +baja y ruin consagrada por los ritos de la civilización.</p> + +<p>Palmira no supo decidirse. Cuando no miraba a sus tres amadores por +el lado del interés le parecían <span class="pagenum" id="Page_120">p. +120</span>igualmente horripilantes. Había que cerrar los ojos y escoger +a uno cualquiera, el que fuese. Después de todo, ¿qué más le daba? Pero +ya se había metido en demasiadas honduras; pudiéramos decir que había +perdido su ingenuidad de prostituta, su angelical ingenuidad que le +había hecho caer siempre con los ojos cerrados del lado del dinero.</p> + +<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div> + +<p>El tiempo apremiaba y Palmira no sabía decidirse. Consultó con +Gonzalo; a pesar del lugar secundario que este hombre eminente +desempeñaba al lado de Palmira, ella no dejaba de tenerle cierta +consideración y un tierno afecto. Le expuso sus dudas y le pidió +consejo.</p> + +<p>—Tú tienes mucho talento, chiquita —le dijo el falso esposo—, y +puedes enredar a los tres. Eres mucha mujer para uno solo. Creo que al +final ellos mismos te lo agradecerían.</p> + +<p>—No se trata de eso —repuso Palmira—; tengo que decidirme por uno de +los tres y consagrarme a él para toda mi vida.</p> + +<p>—¿Y conmigo, qué piensas hacer?</p> + +<p>—Tendrás una jubilación decorosa. Decididamente, voy a retirarme de +la vida pública.</p> + +<p>—¿Cuál tiene más dinero?</p> + +<p>—Los tres son igualmente ricos.</p> + +<p>—¿Cuál es el que te quiere más?</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_121">p. 121</span></p> + +<p>—Los tres me desean furiosamente.</p> + +<p>—¿A cuál prefieres tú por su carácter, por su género de vida, por +sus inclinaciones?</p> + +<p>—A ninguno.</p> + +<p>—Pues cierra los ojos y carga con cualquiera.</p> + +<p>—Eso es terrible. Son unos hombres tan extraños a mí, tan distintos, +tan incomprensibles que temo sufrir un error, que sería fatal. ¿Y si +después no nos entendemos?</p> + +<p>—Déjate de tonterías. Tú, si quieres, podrás entenderte con todos +los hombres de la tierra y creo que si bajara por aquí algún selenita +no se escaparía seguramente a tu... comprensión. Las mujeres tenéis una +maravillosa facilidad para adaptaros. Lo mismo te harías a la vida de +los indios patagones que a la de los esquimales, si unos y otros tenían +dinero.</p> + +<p>—Pero es que yo quiero ahora proporcionarme de una vez y para +siempre una vida que satisfaga algo mis inclinaciones. No quiero vivir +para los demás, sino para mí misma. Para conseguir esto anhelo el +dinero.</p> + +<p>—Eso es más difícil para ti que poseer el oro a montones. Déjate +de sensiblerías. Haberte quedado en tu salita del corral allá en +Sevilla; te hubieses casado con un buen mozo que te daría hijos y +porrazos. Andarías sucia, abandonada, envejecida... Pero en cambio +vivirías de verdad, en lo que es tuyo, en lo <span class="pagenum" +id="Page_122">p. 122</span>que realmente puede conmover tu alma. Todo +esto que ahora te rodea, este lujo, esta molicie, son postizos para +ti, lo comprendo; te parecerá falso y despreciable pero es lo único +que tienes. Lo otro, lo hondo, lo sincero, lo que desde el subsuelo te +subía al corazón y te florecía en la boca lo has perdido para siempre. +Sigue bizarramente tu camino. Adelante. La morriña es el azote de los +aventureros.</p> + +<p>—Tienes razón, Gonzalo. Sin embargo, una vez conseguida la riqueza, +¿por qué no aspirar a lo otro? ¡Sería yo tan feliz! ¡Volver con los +míos! ¡Llegar con las manos llenas de oro! Triunfar entre ellos, entre +las vecindonas del corral, entre las amigotas de la plazuela, entre +aquella pobre gente que se maravillaría al verme joven, hermosa y rica. +¿Es pueril, verdad? Pues esto valdría para mí más que la admiración de +todos los príncipes de la tierra. Tener después una casita, la misma en +que viví con los míos, en la misma callejuela escondida, respaldada en +la misma iglesia a cuya Virgen haría yo el regalo de mis mejores joyas. +Esta sería mi felicidad, mi verdadera vida.</p> + +<p>—Pues eso a bien poca costa puedes conseguirlo. Renuncia a la vida +fastuosa que esos amantes extraños te ofrecen: renuncia a tus sueños de +grandeza y ve a esconderte en tu rincón. Después de todo, lo mismo se +vive en un palacio que en un chozo.</p> + +<p>—¿No crees tú que al fin me desesperaría y terminaría <span +class="pagenum" id="Page_123">p. 123</span>por lanzarme otra vez, ya +sin fuerzas, al torbellino del mundo?</p> + +<p>—No; en todas partes se puede vivir con la misma intensidad, con el +mismo espíritu. Las preocupaciones de ambiente son para los incapaces. +El turista, al dar la vuelta al mundo, no recibe seguramente más +emociones que el enfermo postrado en su lecho, que alza los ojos al +cielo, traspasando el cuadro angosto de su ventanita. Todo depende de +la capacidad de sensación que se posea.</p> + +<p>—¿Me aconsejas entonces que lo deje todo, que olvide mis sueños de +poderío?</p> + +<p>—No te aconsejo nada. Pero sí quiero que sepas algo que yo mismo he +creído observar. Casi todas las heroínas del mundo, y tú eres una de +ellas, luchan, fracasan o triunfan; pero al poeta, como al espectador, +no le interesan más que los accidentes de esa lucha, la eficacia de +los golpes que se dan o se reciben y el temple de las armas. Al final +de la epopeya, un epitafio o un arco de triunfo. Pero ¿y después? Yo +te creo capaz de unir tu vida a la de uno de esos potentados. Habrías +triunfado, mas ¿qué sería de ti entonces?</p> + +<p>—Gozaría de todos los bienes del mundo.</p> + +<p>—Son demasiados bienes para almas tan chiquitas como las nuestras. +Los poderosos tienen un momento de estupor, de infelicidad, cada vez +que se dan cuenta de que no pueden gozar más que de una porción <span +class="pagenum" id="Page_124">p. 124</span>insignificante de lo que +poseen. Es la misma pena que a mí me atormenta al considerar que puedo +comprar mucho más coñac del que me es posible beber. Figúrate cuál +sería mi dolor si poseyendo todo el oro del mundo —es decir, todo el +coñac del mundo— me sintiera omnipotente en la vida, pero a condición +de no sorber jamás una copita. ¿Sería una verdadera tragedia, verdad? +Pues esa es tu misma tragedia, la de todas las mujeres que como tú +triunfan y para triunfar han de arrancarse del alma su propia vida, +su verdadero apetito, su copita de coñac. En unas es el amor de hijas +o el amor de madres, en otras la sinceridad, en otras el pudor, en +estas la ternura, en aquellas la veneración a los penates. Eso, que +en definitiva es lo único verdadero en el alma de las mujeres, tienen +que arrasarlo las que como tú esperan triunfar. Renuncia a tus sueños +ambiciosos, olvida para siempre la quimera del oro y si no te resignas, +si eres fuerte y ambiciosa todavía, arranca de tu alma lo que aún te +hace ser mujer, quémalo, avienta sus cenizas y adelante.</p> + +<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div> + +<p>En un callejoncito de un barrio silencioso, donde crece la hierba +entre los guijarros del empedrado y se hacen sonoros, claros y +distintos los pasos de los transeúntes, hay una casa humilde y llena +de vejez, cuyas paredes pulquérrimas están siempre dispuestas <span +class="pagenum" id="Page_125">p. 125</span>al halago de la cal. Tiene +la casa un pequeño zaguán que una viejecita meticulosa aljofifa +a diario; en él se quedan como cuajados los armoniosos pregones +callejeros, los cantares y las risas de las niñas que juegan en la +plazuela y los trinos de los canarios que filosofan en el patio. Es la +casa de Palmira.</p> + +<p>Palmira es ya la esposa real y verdadera de don Gonzalo. Hace una +vida ejemplar, cuida su casa, escatima su dinero, rinde culto a la +Virgen de su barrio y, poco a poco, lentamente, ha ido captándose la +consideración de sus humildes vecinos. Don Gonzalo tiene un destinito, +bebe con moderación e idolatra a su esposa. En la azotea ha construido +él mismo un palomar y dedica sus tardes a observar atentamente —acaso +por una indesechable aberración— las complicaciones sexuales de sus +avecillas, sus arrullos, sus celos, sus leyes morales e inmoralidad. +Tal vez se divertía antes como ahora.</p> + +<p>El matrimonio vive con gran modestia. Llegaron con un poquito de +dinero, compraron aquella casita, la arreglaron cuidadosamente, él +se agenció lo necesario para ir viviendo y jamás dieron que hablar +a la vecindad. Doña Palmira hace algunas obras de misericordia y da +saludables consejos a las mocitas del barrio; conserva algunas joyas +de valor que lucen sobre el pecho de la Madre de Dios en la Semana +Santa, mima sus macetas de claveles y albahaca, hace sus novenas y +toda su vida es de una gran ejemplaridad. <span class="pagenum" +id="Page_126">p. 126</span>Dicen que su juventud fue algo turbulenta; +pero, ¡bah!, de todas las mujeres hermosas se dice lo mismo. Es una +santa, no hay más que verla. ¡Qué recato! ¡Qué viva indignación siente +contra la inmoralidad!</p> + +<p>No es farsa; no. Es que estas grandes pecadoras, cuando se +arrepienten y pasan los años, son de una santa intransigencia.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + + +<div class="chapter" id="Ch205"> + <h3 class="dcha">AZUCENA</h3> +</div> + +<p>Antes había sido casa de labranza; pero al fin de sus días se +convirtió en burdel. Uno de esos burdeles rurales a los que van los +señoritos todos los días y los braceros todas las semanas. Era una casa +chata, grande y vieja, emplazada en el extremo meridional del pueblo y +separada un tanto de las otras casas hacinadas que reptan empujándose y +sosteniéndose hasta la meseta central, donde se abre la plaza mayor con +su iglesia, su ayuntamiento y su estanco.</p> + +<p>En la vieja casona de labradores, el olor fuerte de las lociones +medicamentosas que se daban las nuevas pupilas y el perfume gordo +y molesto de las esencias, los polvos y las cremas que usaban no +habían podido desterrar las añejas y fragantes esencias que pueblan +el ámbito silencioso de estas humildes moradas campesinas; a través +de la penumbra grata que hay siempre en las salas húmedas y austeras +de las <span class="pagenum" id="Page_127">p. 127</span>gañanías, +la luz del sol iba a explotar en la cal viva de las gruesas paredes, +furiosamente enjalbegadas; lucen polícromas las guijas pequeñitas y +pulcras del piso; zumban los moscardones allá entre la trabazón de las +vigas carcomidas; en el alcarracero, las tallas de barro dejan caer +sus gruesas gotas de sudor y las viejas cortinas de encaje rejuvenecen +cuando sus tules remendados y deleznables arden triunfales como amianto +en la llama del sol.</p> + +<p>En aquel ámbito poblado de gravedad fue la tía Lunanca a poner +su burdel. La moralidad aldeana lanzó entonces su anatema contra la +venerable casa de labranza, cuya vejez así se veía profanada, y las +mocitas del pueblo pasaban aprisa por aquel lugar, temerosas de que por +los ojos entornados de aquellas ventanas les acechase el Pecado para +sorbérselas como se sorbe el camaleón a las moscas; mosquitas muertas +que ellas se hacían.</p> + +<p>También algunas tardes, sobre todo cuando se santificaban las +fiestas, bajaban del pueblo en bandada quince o veinte igorrotes que +se ejercitaban en lapidar la fachada de la casa con el beneplácito +y regocijo del honrado vecindario. Los guijarros de la chiquillería +penetraban inclementes por los huecos de la casa en vergüenza, +rebotaban en los hierros de las ventanas, quebraban los vidrios de +las puertas, desgarraban las cortinas y saltaban impetuosos sobre la +cómoda encinta o los lechos empingorotados cuyos <span class="pagenum" +id="Page_128">p. 128</span>tableros de nogal tenían frecuentes impactos +de las injurias infantiles. La Lunanca, cerrando puertas y ventanas, +maldecía y pedía a sus santos males, terribles condenaciones para +toda aquella tropa de pequeños honderos; sus huéspedas, displicentes +y habituadas ya, buscaban refugio en la cocina mientras pasaba la +nube, suspendiendo sus difíciles toaletas. Sueltas las matas de pelo +abundantísimo, lavadas las caras, cuyos poros transpiraban dolidos +de los afeites baratos, laxos los cuerpos viciosos de barraganas +que cubrían con sus batas de percal exiguas y entreabiertas, iban a +tenderse en los poyos de piedra del hogar, duros y esquinados como para +recibir los cuerpos curtidos de los braceros que allí se sentarían +antes para cambiarse sus escasas palabras de sobriedad y trabajo.</p> + +<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div> + +<p>Azucena parecía dormida con los ojos abiertos. Largo rato hacía +que la Verduga la contemplaba a su sabor y cada vez admirábase y +sobrecogíase más ante la belleza incomparable de aquella muchacha +que sentada junto a la ventana se bañaba en la luz fuerte de la +luna estival, cuyos reflejos tenían una dura angulosidad sobre las +líneas armoniosas de aquel rostro sereno. La Verduga, haciendo un +alto en el trajinar asqueroso de sus manos humildes y suspendiendo +el torpe devanar de sus pocas y ruines ideas <span class="pagenum" +id="Page_129">p. 129</span>librábase momentáneamente de su dura +esclavitud de sirvienta en el burdel cuando se plantaba silenciosa y +conmovida ante la plácida hermosura de Azucena.</p> + +<p>Contemplándola en silencio, con los brazos amarillos cruzados +sobre el alto vientre satisfacía la Verduga su ansia de belleza, esa +imprecisa aspiración de todas las almas, aun de las más humildes y +abyectas. Llegó a sentir una verdadera veneración por la muchacha.</p> + +<p>El origen de Azucena era humildísimo. En el olivar, una pobre mujer +aceitunera sintiose un mediodía dolorosamente desgarrada y apenas bajó +del árbol chato cuyos frutos recogía afanosamente, depositó sobre el +santo suelo aterronado una criatura blanca y primorosamente redondeada, +que las aceituneras recogieron como un fruto más de aquella tierra +secularmente próvida. Los braceros festejaron a la recién nacida +levantándola en alto sobre sus cabezas hirsutas y tostadas, y el sol +de fuego de aquel mediodía, el mismo sol que durante todo el verano +había curvado las espaldas de los segadores y encendido las hojas +de las hoces, clavó su saeta implacable en las pupilas de la recién +nacida velándolas para siempre. Aquellos ojos claros de la hija del +olivar no vieron más que aquel día ígneo y después quedaron eternamente +deslumbrados.</p> + +<p>La niña nació ciega; las aceituneras, torpes comadres de parir, no +pudieron evitarlo ni advertirlo <span class="pagenum" id="Page_130">p. +130</span>y todo aquel día la criaturita redonda y blanca, el pan más +blanco y tierno que aquella tierra había dado, anduvo de mano en mano +entre las rudas fiestas de los hombres que acabaron de cegarla haciendo +cabrillear las hojas pulidas de sus hoces ante los ojuelos blanquecinos +de la recién nacida.</p> + +<p>Al pie de los olivos, sobre los terrones, frente al sol, la niña +ciega habíase criado y aquella masa blanca y fofa fue teniendo una +corteza morena y dorada, como la de esos grandes panes familiares que +se conservan blandos durante los siete días de la semana, en el fondo +húmedo de las tinajas de barro empotradas en los hogares.</p> + +<p>A los quince años era alta, trigueña y fuerte; sus ojos continuaban +quietos y abiertos con las pupilas desteñidas y los párpados rígidos, +pero sus mejillas se habían hecho armoniosas y una intensa vibración +de vida las coloreaba y encendía; el reposo, la contemplación de sus +paisajes interiores alborotados únicamente por los gritos inarticulados +de los mayorales y los silbidos largos de los pastores habían dado +a su cuerpo una serenidad augusta. Sus formas habíanse ido haciendo +suavemente sin el dolor de las faenas duras que tuercen y arruinan los +cuerpecillos cimbreantes de las adolescentes en el agro y ofrecían una +armonía clásica, una promesa firme de belleza perfecta, realzada por +la inquietud y el misterio de aquellos ojos descoloridos que habían +cegado <span class="pagenum" id="Page_131">p. 131</span>para siempre, +después de ver el triunfo del sol en el cénit cuando están candentes +los almiares y los olivos, ahítos de sol, piden doloridos que libren +sus brazos de la preciosa carga.</p> + +<p>El amo de la finca, de los olivos y de los gañanes se fijó un día +en ella y la hizo suya sin rodeos. En una de las cuadras del cortijo, +húmeda, silenciosa, sembrada de aperos de labranza, ejerció el amo su +prerrogativa y la niña ciega fue para él como un fruto más de aquella +tierra generosa. Certero y sabio hizo presa con sus dientes en el +cuello de la muchacha, gozándose en las nuevas formas expresivas que el +placer y el dolor, el agridulce de la iniciación, hallaban en aquellas +carnes temblorosas y vibrantes que supieron suplir la inexpresión de +las muertas pupilas, traduciendo al lenguaje torpe de los músculos, +los nervios y la piel la divina palabra que en los instantes de la +conjunción canta en las pupilas húmedas de la iniciada.</p> + +<p>Gozó el amo aquel extraño placer dejándolo a un lado cuando ya lo +hubo gustado muchas veces, que la niña ciega fue gustosa también en +la frecuente práctica de aquella transfiguración, de aquellos dones +que hacía de su sensibilidad depurada por la dificultad expresiva de +sus ojos apagados. Jamás pensó que aquella entrega fuese un sacrificio +y cuando el amo no volvió a requerirla, solo se advirtió un poco +apesadumbrada, algo más ciega y ensombrecida <span class="pagenum" +id="Page_132">p. 132</span>de lo que hasta allí había estado. No supo +de odios ni vergüenzas y si algún resquemor doloroso le quedó, fue su +esterilidad, que, en aquellas tierras solares donde los hijos agarran +en la entraña de las madres con la misma facilidad que las simientes en +los surcos, no hay unión natural y noble que no sea santificada por la +fecundidad.</p> + +<p>Quedó un poco más hermética y un poco más cerca de la plenitud +y la armonía: su silencio adquirió cierto tinte de eternidad, pero +su alma conturbada que quería irradiar y hallaba una densa cortina +ante las ventanas naturales de los ojos, buscaba en todo el cuerpo +una expansión, quería salir a flor de piel y así era toda ella una +vibración múltiple, un largo estremecimiento que había conseguido +plasticidad en aquellas formas quietas y ardorosas.</p> + +<p>Siguió presidiendo inmutables las fiestas y las labores del campo. +Pero no podía resignarse a la esterilidad y como sus ojos no vieron +nunca los rasgos fisonómicos del poseedor, sino que su epidermis +lo sentía sobre ella, no halló razones bastantes para no buscar en +otros hombres la cuerda tensa que hacía vibrar el diapasón de su +sensibilidad. Y como estaba consumiéndose en aquella natural necesidad +de ser poseída, atraía hacia el olivo que le servía de dosel a los +braceros cuyos silbos y gritos le parecían más sonoros, juntándose con +ellos en aquel interminable estremecimiento que era la razón de su +gracia.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_133">p. 133</span></p> + +<p>Las mujerucas tristes de los braceros —el pañuelo negro sobre el +rodete nunca destrenzado y con las puntas anudadas bajo la barbilla— se +soliviantaron pronto y Azucena tuvo que huir de aquellas furias castas +y atormentadas.</p> + +<p>Halló refugio en lo profundo de las torrenteras a donde los +campesinos iban a llevarle las pomas, los racimos de uva y las flores, +hasta que un día la tía Lunanca con su certero instinto fue a sacarla +de entre los jarales para confinarla en su burdel que a partir de +entonces tuvo algo de santuario al que los hombres iban ya con cierta +compunción para gozar de aquel sereno goce que a todos por igual +brindaban las carnes blancas y castas de Azucena.</p> + +<p>La Lunanca misma y las compañeras de burdel y hasta la Verduga, la +hedionda sirvienta, llegaron a sentir la supremacía que aquella mujer +ciega y hermosa ejercía sobre las gentes y sobre las cosas, sobre todas +las cosas, que se ennoblecían y purificaban al rodearla y tocar de +cerca su indiscutible aristocracia.</p> + +<p>Así, la Verduga pasábase las horas muertas ante ja figura inmóvil +de Azucena en cuyo rostro plácido hallaba alguna luz para sus ojuelos +pitarrosos llenos de sombras.</p> + +<p>Seis días de la semana andaba la Verduga limpiando los fondos de +aquel bajo fondo social con un trajinar fatigoso y repugnante y al +séptimo día descansaba llorando sin interrupción ni consuelo el largo +<span class="pagenum" id="Page_134">p. 134</span>rosario de sus +desdichas. Durante toda la semana se la veía ir y venir silenciosa, de +un lado para otro, atenta únicamente a sus faenas con los ojos secos +y los labios cárdenos pegados con una saliva congelada que debía de +amargarle el alma. Pero cuando llegaban los domingos cesaba la Verduga +en su afanoso trajinar, vestíase toda de negro, echábase el pañuelo +negro también sobre la frente y acurrucada en el rincón más escondido +del burdel poníase a llorar quedamente con largos y difíciles suspiros +hasta que con los ojos abotargados íbase a su jergón al toque de +oraciones para descansar de sus penas que ya no le saldrían a flor de +labio hasta el siguiente domingo.</p> + +<p>En estos festines de dolor era cuando la Verduga se enfrontaba +con Azucena y le hacía entre sollozo y sollozo el relato de sus +pesadumbres. Casó en su juventud con un mocetón aventurero que a poco +de rodar aspeado por todos los caminos, dio en ser el ejecutor de la +Justicia. Y cuando al fin sintió ella en su cuerpo la repulsión hacia +aquellas manazas holgazanas que por holgar se ensangrentaban, volvió +al pueblo prefiriendo el contacto con todas las podredumbres a la +convivencia con aquel hombrachón carnicero que le asqueaba el alma. En +el pueblo la llamaron la Verduga y no hubo un amo que le arrojase un +pedazo de pan. Únicamente la Lunanca la tomó a su servicio y a cambio +de las labores vergonzosas <span class="pagenum" id="Page_135">p. +135</span>que en el burdel hacía, diole una escudilla de bazofia y un +pañuelo negro para la cabeza.</p> + +<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div> + +<p>Los hombres iban en busca de Azucena y ella los recibía a todos con +la misma ilusión, el mismo estremecimiento de sus carnes sensibles. +Iban los señoritos como jayanes, los enfebrecidos por el juego y los +sacudidos por el alcohol; los que buscan en el burdel la gracia y +el optimismo que en el hogar extinguen el afán por los ochavos, la +religión y el miedo al agua clara; los que pagan con el dinero de las +mujeres desangeladas a las que uncieron, los que derrochan en unas +décadas el patrimonio familiar y los que gastan y triunfan encaramados +sobre los torsos vencidos de los jornaleros. Iban también los viejos +laboriosos que se abstuvieron siempre hasta lograr sus títulos, sus +menciones honoríficas, sus credenciales o sus onzas de oro, y los +ruines comerciantes establecidos en los soportales de la plaza con sus +géneros averiados y sus balanzas ladronas, y los trajinantes rumbosos +y los mercaderes viajeros que buscaban escépticos aquel encanto de la +hembra ciega, y los colonos afanosos que juntaban para la renta y para +holgar un día con Azucena y los pegujaleros y los mocitos imberbes que +sacaban el dinero a sus hermanas a hurtadillas de los padres.</p> + +<p>Todos posaban sobre ella que por igual se les ofrecía <span +class="pagenum" id="Page_136">p. 136</span>sumisa e ilusionada. +Aquellas cohortes de hombres diversos eran para Azucena como un solo +hombre, el hombre, que iba a ella siempre enamorado, siempre ardiente +y deseoso; la ciega no supo nunca de desdenes ni de infidelidades y +siempre tuvo propicio al amado que cada día mostraba ante ella nuevos +matices de su alma compleja. Jamás hubo en ella la sombra del hastío +y todas las noches esperaba hallar en las palabras del amado o en +sus varias caricias una grata sorpresa, que reavivara el fuego de su +amor.</p> + +<p>Advertir la diferencia de unos hombres y otros era para Azucena un +complicado cinematismo que no podía llegar a su conciencia estando +veladas sus pupilas, y, como eran los otros sentidos, más torpes y +groseros, los informadores, la ciega no llegó a enterarse nunca de las +promiscuidades y admitía el goce de los nervios, los músculos y la +epidermis como una función santificada. Amor purísimo y no liviandad +era, pues, para la hembra ciega aquel darse a todos sin la media tinta +de un recato ni la expiación de una repugnancia. Su ceguera la libraba +del contagio en aquel desfilar de hombres encendidos por la lujuria +y era la castidad misma reflejada en la serenidad de su rostro, en +la frescura de su piel y en la honesta condición que a su contacto +adquirían las cosas prostituidas del burdel.</p> + +<p>Mientras las otras mujercitas del prostíbulo se iban <span +class="pagenum" id="Page_137">p. 137</span>agotando sacrificadas en +el ara de la tía Lunanca, Azucena se hacía más ancha y plena, más +luminosa y más fuerte y sus formas adquirieron pronto cierta rotundidad +triunfal, porque no había en aquellos constantes contactos carnales el +virus de ningún vicio.</p> + +<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div> + +<p>Un día llegó al burdel de la Lunanca una mujerona de esas que salen +de la ciudad para hacer por pueblos y aldeas su recluta de hembras de +placer. Puso empeño en llevarse a la ciega y lo consiguió. Abandonó +Azucena la vieja casona de labranza y fue a parar a uno de los +prostíbulos elegantes de la capital. Era una casa silenciosa en la que +los pies se deslizaban quedamente sobre el terciopelo y había un cálido +aliento en el ambiente de los salones, verdaderos laberintos, para +ella, por el desplazamiento irregular y aventurado de los chirimbolos +frágiles, los inútiles objetos de fantasía que se quebraban con +estrépito al roce de las manos inhábiles de la ciega.</p> + +<p>Como había de ser explotada su ceguera, el dueño de la mancebía +aderezó hábilmente el retrete de Azucena acomodándolo a aquella extraña +condición de su nueva pupila. Pintó de un solo tono claro las paredes +y el techo, perdió la luz en la pudibundez de los focos esmerilados, +llevose todos los espejos, hasta los que se inclinaban desvergonzados +sobre el lecho <span class="pagenum" id="Page_138">p. 138</span>y dotó +a la nueva pupila de unas largas batas blancas y unas pieles blancas +también en las que se arrebujaba ella complacida. Y una vez hechos +el ambiente y el reclamo comenzaron a llegar los curiosos tocados de +lujuria.</p> + +<p>Eran hombres extraños, incomprensibles, frágiles, como aquellas +porcelanas que Azucena derribaba a cada momento, con sus manos +perdidas. Igual que las tanagrillas y las figuras de biscuit, se le +rompían y fracasaban los sutiles y aristocráticos amadores entre el +ritmo acentuado e igual de sus anchas caderas y la simplicidad de sus +caricias que tenían un sabor monótono y ritual para los habituados a +otros placeres.</p> + +<p>Ella imaginaba que el amado, su único amado, había envejecido +prematuramente, y recibía siempre una clara sensación de acabamiento +y ruina en aquel varón antes prepotente que sabía conmoverla y +sentirse conmovido con las caricias duras e intensas. También llegaban +frecuentemente unos ancianos estirados y olorosos cuyas carnes +maceradas por el placer constante no tenían aquella viril rugosidad, +aquel sabor a sarmiento de los viejecillos abstinentes del agro. Y +Azucena sentíase desasida por aquel su fiel enamorado que durante las +mil y una noches la hizo vibrar en una larga y múltiple sonoridad.</p> + +<p>Pronto se sintió avergonzada y cohibida; hasta entonces todo había +sido en ella expresión clara y <span class="pagenum" id="Page_139">p. +139</span>concreta de la naturaleza y había en aquella prostitución +rural que practicaba algo que la santificaba y ennoblecía. Pero en +el nuevo ambiente artificioso, entre aquella borrachera de perfumes +exóticos de la que nunca salía al aire libre y sano, en los brazos de +aquel amado lleno de perversión y bubas íbase borrando el sentimiento +de la naturaleza y por primera vez mordieron en su alma el asco, la +vergüenza, el horror de su condición, y el miedo a su culpa. Entonces +sintió el dolor de la deshonrosa misión que hasta allí había ejercido +como un sacerdocio y comenzó a perder en este punto y hora aquella su +augusta serenidad.</p> + +<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div> + +<p>Azucena había perdido su gracia y nunca más volvió a recobrar su +indefinible encanto. Los hombres huyeron de ella definitivamente y +solo muy de tarde en tarde caía un huésped extravagante que tocase, +quedamente con los nudillos, en el olvidado cuartito de la ciega.</p> + +<p>El amado de siempre la desdeñaba al fin y entonces vino a embargarle +una infinita tristeza que la hacía sentirse más hundida, más ciega, más +penumbrosa que nunca. Esta pesadumbre que era una losa sobre el corazón +era para los extraños el «mal ángel».</p> + +<p>No volvió a sonar el diapasón de su alma y la eternidad, +toda una eternidad, corría con silencio de tumba en aquella +estancia confortable. El frío se le metió <span class="pagenum" +id="Page_140">p. 140</span>en los huesos, traspasando misteriosamente +las pieles blancas y el fuego de sus carnes jóvenes aún. Era un frío +interior que sacudía su cuerpo haciéndolo encogerse, engarabitarse +atormentado por aquellos dardos que le amorataban las carnes.</p> + +<p>A veces, se templaba en el recuerdo de aquellos días felices cuando +los braceros iban jubilosos a poseerla sobre los terrones infundiéndole +aquel optimismo, aquella clara y honda satisfacción de haber pagado la +deuda reclamada por la naturaleza. Recordaba el bienestar de entonces +que la hacía extenderse gozosa en una vibrante distensión de sus +miembros complacidos después de aquellas uniones, y se bañaba en la +evocación de aquella plenitud, de aquella inefable calma, de aquella +honradez.</p> + +<p>Ahora se miraba prostituida, sacerdotisa de un rito repugnante y +criminal, mancillada por el contacto viscoso de aquellas manos finas y +ensortijadas incapaces de aquella presión fuerte y sana que sobre sus +carnes estallantes ejercían aquellas otras manos ásperas, y la amargura +la hacía estarse acurrucada junto a los tizones de la chimenea. +Definitivamente Azucena había perdido su gracia.</p> + +<p>Era una mujerona desangelada y torpe cuyos brazos oprimían +dolorosamente a los yacentes o les abandonaban laxos y desganados.</p> + +<p>Ante aquel fracaso pensaba entristecida en la veneración que +le guardaban los jornaleros de su tierra <span class="pagenum" +id="Page_141">p. 141</span>y el respeto que infundía a los señoritos +impíos que iban a la casona de la tía Lunanca, un poco recatados y +conmovidos, porque allí estaba la ciega hermosa con sus sahumerios, sus +macetas de albahaca en la ventana y su alto lecho tallado en el que +habían de entrar siempre un poco emocionados al contacto de las sábanas +grandes y bastas, que tenían ese olor fragante de los membrillos +guardados en las cómodas entre la ropa blanca.</p> + +<p>Esta ruina de su señorío entre gentes aturdidas, refinadas y +bárbaras, le quemaba los ojos fríos y daba una odiosa rigidez a sus +brazos, un ridículo automatismo a todo su cuerpo antes flexible y +suave, ejercitado en esa ondulación de las palmeras y las mieses en las +tierras cálidas favoritas del sol.</p> + +<p>En la olvidada estancia de Azucena era una noche interminable. +Fuera, en las otras estancias fastuosas del gineceo triunfaban otras +gracias exóticas, creadas en los laboratorios ciudadanos, conseguidas +como se logra la espuma sobre el turbión de las grandes civilizaciones. +Eran gracias inconsútiles, movedizas sobre un revuelto mar de pasiones, +perversión, exaltaciones, ansias imprecisas y vejez.</p> + +<p>Entre aquellas gracias artificiosas fracasaba la gracia lenta, +rítmica, engarfiada en el terruño, dimanada directamente de la +naturaleza que se había hecho carne en la carne vibrante de Azucena.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_142">p. 142</span></p> + +<p>El dueño de la mancebía, que estaba atento al fracaso de Azucena +con su clientela, pensó luego en deshacerse de ella y no le fue +difícil trasladarla a otro prostíbulo de menos fuste, donde las burlas +fueron más sangrientas y aún más terrible la perversión entre aquellos +oficinistas encorvados de unas largas y lujurias negras que llevaban un +olorcillo agrio en sus ropas sudadas y su piel sebácea.</p> + +<p>Allí palpó Azucena con sus manos largas y susceptibles todas las +miserias de esa mesocracia atormentada y anhelante, que sustrae unas +monedas del guisote familiar y del abrigo de los hijuelos encanijados, +para satisfacer sus ansias burguesas en el saloncillo de una mancebía +entre cocineras insumisas o en la sala de un casino con las fatales +posibilidades de un tapete verde.</p> + +<p>Eran aquellos unos hombres miopes, apresurados, incapaces, que +tenían siempre un mismo sobresalto, un mismo malestar, como de no +hallarse satisfechos de sus vidas. Topillos desgraciados de las +grandes ciudades que salen precipitados del agujero de sus oficinas, +para meterse en el otro agujero de sus viviendas estrechas, no podían +nunca pararse a contemplar la gracia de Azucena, ni siquiera su suave +tristeza. Les irritaba aquella parsimonia de la hembra ciega, aquella +normalidad, aquella resignación.</p> + +<p>Pasados los días curiosos en que aquellos buenos <span +class="pagenum" id="Page_143">p. 143</span>hombres acudían extrañados a +poseer a la hembra ciega, esta tuvo escasos requerimientos. La patrona +quiso a su vez lanzarla de su triste gineceo, pero Azucena temía verse +perdida en aquel caos de las grandes vías urbanas y se resistía a +marchar sufriendo silenciosa las afrentas de aquel monstruo enfaldado +que se propuso hacerle la vida imposible.</p> + +<p>Por el prostíbulo iba un ente estrafalario, guitarrista, alcahuete, +a veces recadero diplomático, a ratos valentón, a intervalos sablista, +vago de nativitate, enredador, parlanchín y borracho a cuyo expediente +recurrió el ama para verse libre de la ciega.</p> + +<p>Este sujeto habló largas horas con la pobre mujer adolorida y supo +ganar su voluntad incierta. Azucena tuvo confianza en él y se prestó +a abandonar en su compañía la casa sucia de la mesocracia, el último +baluarte de su infame comercio.</p> + +<p>La llevó a un tugurio, el más oculto y estrecho de una de esas +grandes colmenas ciudadanas y allí la dejó abandonada a su ceguera. +Pasaron unos días; Azucena sentada en el borde de su camastro se movía +apenas para tomar el mísero alimento que las vecindonas compasivas +iban a comprarle con las escasas monedas que la quedaban. Cuando se +le acabaron vendió sus pieles, sus vestidos y sus medias de seda. +Arrebujada en harapos esperó silenciosa.</p> + +<p>El abandono, la ceguera y la miseria no la impresionaban. Le parecía +que había salido de una triste <span class="pagenum" id="Page_144">p. +144</span>cárcel y tenía una dulce conformidad, una suave satisfacción +interior que aliviaban su alma.</p> + +<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div> + +<p>El hambre la echó a la calle, haciéndola caminar a la ventura. +Sin saber cómo llegó después de mucho andar a los jardines públicos; +tropezó con un banco y cayó en él rendida. Envolvíala un airecillo +suave, viejo amigo que le silbaba en los oídos una antigua canción, y +reían lejanos unos chiquillos y unos pájaros.</p> + +<p>Entonces, se dio cuenta de su soledad y le subió del pecho a los +labios una terrible congoja. Estuvo a punto de gritar desesperada; el +mismo miedo la contuvo y unos instantes hallose anodada, como herida +por un terrible golpe. Seguían sonando de vez en vez las carcajadas +armoniosas de los niños y la interminable cantata de los pájaros; +las horas se consumían lentamente y el vientecillo íbase creciendo y +subiendo de punto.</p> + +<p>Poco a poco Azucena fue serenándose un tanto, orientándose en +aquella total desorientación en que había caído. La noche venía aprisa +y se oía a los pequeñuelos alejarse charloteando acuciosos con sus +ayas, y a los pajarillos aletear inquietos alrededor de sus nidos. El +jardín se hundía rápidamente en el silencio y ya solo se oía el confuso +rumor que a distancia producen los cien mil estrépitos de las grandes +<span class="pagenum" id="Page_145">p. 145</span>ciudades. Pasaban +perezosos los últimos paseantes y cuando se hubo perdido el quedo rumor +de los pasos sobre los senderos enarenados nada volvió a oírse.</p> + +<p>Azucena se estuvo quieta, quieta, con las manos entrelazadas sobre +el regazo. Después de la emoción de verse abandonada fue recobrándose +y a poco que corrió el tiempo logró cierta calma, mejor dicho, cierta +insensibilidad.</p> + +<p>El frío húmedo del jardín bloqueaba sus pies y sus manos y el +viento castigaba su frente, pero había llegado a tan profunda +abstracción que los agentes exteriores se estrellaban incapaces, ante +aquella figura hierática que tenía la misma impenetrabilidad que las +figuras arrancadas del mármol. Mármol amorosamente trabajado parecía +aquella figura blanca de Azucena, que la luz cambiante de la luna iba +contrastando al cubrir su parábola.</p> + +<p>Así llegó suavemente el conticinio; acabaron de morir los ruidos +ininteligibles de la urbe y en el silencio absoluto del jardín, +Azucena, que sentía en el fondo del alma una espantosa lucha, halló al +fin la calma, recobró su espíritu y se sintió feliz. Al amanecer se +halló purificada, limpia de toda culpa; con los primeros rayos de sol +fue invadida por una inefable confianza. Vio el sol en el fondo de su +alma y se regocijó.</p> + +<p>Ya no volvió a moverse de aquel jardín amable. <span +class="pagenum" id="Page_146">p. 146</span>Halló en la ciudad un +agujerillo limpio donde puso su lecho pobrísimo y todos los días antes +de que amaneciese, íbase con su andar balbuciente hasta aquel banco del +jardín, en el que pasaba los días interminables del verano y los días +fugacísimos del invierno.</p> + +<p>Le daban limosnas; pocas, que los más de los transeúntes apenas la +veían en aquel remanso. Pero iban siempre aquellos niños reidores y +nunca le faltó algún resto de las ricas meriendas que las ayas llevaban +en sus faldriqueras enormes.</p> + +<p>Los chiquillos fueron acostumbrándose a verla siempre en su banco +escondido y a poco se familiarizaron con ella y llegaron a entenderla +y a amarla. Ella les contaba unos cuentos vistosos, esmaltados, +brillantes, en los que ponía todo el afán cromático de sus pupilas +desteñidas; los chiquillos, conmovidos, enamorados, le daban sus +empanadas sabrosas.</p> + +<p>Azucena con el tiempo íbase venciendo. Aún podía imaginarse que era +hermosa pero su extremada sobriedad, aquellas frugalísimas colaciones +que le deparaban la conmiseración infantil, la habían hecho enjuta y la +habían endurecido. Los días inclementes pasados a la intemperie habían +curtido su piel, que lentamente se resquebrajaba tomando ese tinte +amarillento que componían los imagineros para sus crucificados.</p> + +<p>No volvió a sentirse desdichada. En el jardín, entre <span +class="pagenum" id="Page_147">p. 147</span>los niños sanos, fuertes, +alegres, escuchando aquel lejano runrún que los afanes ciudadanos le +traían, saludada por todos los vientos, purificada por su austeridad, +ennoblecida por el dolor resignado y suave de los días sin pan, sumisa +por la mendicidad, aromada por la eterna florescencia del jardín, +templada por los rayos de sol en el invierno y esponjada en la sombra +durante el estío, Azucena volvió a poseer su gracia, aquella gracia +natural surgida de entre los terrones al pie de los olivos.</p> + +<p>Los niños escuchándola refrenaban sus imaginaciones zigzagueantes +al paso tardío de la palabra amorosa y cálida de aquella mujer ciega +que les hablaba lentamente de las labores penosas de la tierra, de los +sacrificios, de las virtudes legendarias, de las canciones populares, +de las penas de las mujerucas, de las ansias imprecisas de los mozuelos +ambiciosos, del señorito fuerte, del gañán sufrido, de las bestias +incansables con sus altos ejemplos, del viento, del sol y de la lluvia +que en su boca tenían una calidad insospechada, una caracterización +de hadas buenas o de espíritus maléficos con los que los hombres se +debatían para hacer sus vidas fuertes y honradas, extraídas de la +naturaleza, conseguidas como florescencias maravillosas de aquella +tierra secularmente próvida. Y así, hasta que se murió.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + + +<div class="chapter" id="Ch206"> + <p><span class="pagenum" id="Page_148">p. 148</span></p> + <h3 class="dcha ws1">LA TÍA CONCHITA</h3> +</div> + +<p>La tía Conchita fue siempre la preocupación de su familia. Era +aquella una dilatada familia de comerciantes, industriales, militares +y burócratas, gente toda de trapa y garduña, retoñada bravamente de +un recio tronco secular, cuya figura simpática y fuerte se perpetuaba +con honores de icono en los estrados de sus numerosos descendientes, +caracterizado de una vez y para siempre por su testa rapada y +cenicienta, su prognatismo, su levita desencajada y su leontina de +oro.</p> + +<p>Esta gran familia, que a semejanza de la de Noé se había esparcido +por el universo mundo, no tenía más antecedentes ni más árbol +genealógico que aquel abuelo salido de la nada, cuya vida intensa y +laboriosa, a ratos pintoresca y a ratos sublime, ofrecía constantes +ocasiones de ejemplaridad y era, no obstante los años transcurridos +desde su muerte, el estímulo y el guion más decisivo en las vidas de +sus nietos.</p> + +<p>Muy poco se sabía de él. Salió como grumete en un velero con +rumbo a la América española que aún era tal. Decíase que ya hombre +hecho y derecho comerció en el «ébano» trayendo y llevando preciosos +cargamentos de esclavos que hicieron la base de su fortuna. Después +comerció en mil cosas diversas, fundó ingenios y haciendas, descubrió y +colonizó, ganó o robó el oro a manos llenas y ya, a la postre, <span +class="pagenum" id="Page_149">p. 149</span>volvió a España, anduvo en +juntas y conspiraciones, se le acusó de filibustero, fue jefe político, +se le otorgaron cruces y murió beatamente a los ciento cinco años entre +las piadosas manos de un sacerdote jesuita.</p> + +<p>Tuvo muchos hijos que fincaron unos en España y otros en América +heredando todos aquel ansia posesoria del fundador. Se multiplicaron +en nietos y la vasta red de la familia llegó a ser una verdadera +masonería intercontinental cuya doctrina estribaba en la fuerza, la +tenacidad y el dominio. Aves de presa todos ellos, si estos tiempos +creasen nobleza por derecho propio les corresponderían las águilas +heráldicas. Cual más, cual menos, unos en las covachuelas, otros en las +gerencias, otros en los mismos talleres, todos dedicaron sus vidas a la +consecución del bienestar económico, al acrecentamiento del patrimonio +familiar, que, al escindirse en cada generación, recomenzaba luego a +engrosar ávidamente. Todos tenían el mismo afán. Todos eran hechura del +progenitor. Todos, menos la tía Conchita.</p> + +<p>La pobre señora jamás hizo cosas a derechas. Casó mal, error +imperdonable en el seno de aquella familia, en la que hasta las hembras +en el tálamo nupcial procuraban por el bienestar y la riqueza. El +marido después de arruinarla la abandonó y fue pronto a morirse en un +rincón infecto. Quedó viuda, joven y pobre.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_150">p. 150</span></p> + +<p>Volvió al amparo de la gran familia y tácitamente convinieron sus +deudos en irla manteniendo por turno hasta el fin de sus días. Así, +de unos en otros, resignada y amorosa, vivió desde entonces al margen +siempre de los afanes de sus parientes que ella, en su desasimiento +y renuncia, no supo comprender jamás. Se hizo querer de todos; los +innumerables sobrinos adoraron en la tía Conchita y no deseó más.</p> + +<p>Diez o doce años llevaba de viudez cuando un acontecimiento insólito +la arrancó de cuajo de aquella vida muelle y triste de renunciamiento. +Apareció entonces en escena uno de sus primos lejanos, a la sazón +comandante o teniente coronel del ejército, quien en aquellos días +había sido movilizado por causa de la última guerra colonial que +comenzaba a enzarzarse. Era soltero, ya cuarentón, fuerte aún y +típicamente bizarro. Días después debía partir para el campo de +operaciones y bromeando con su familia anunciaba lo improbable de su +regreso. La guerra era dura para los nuestros, había centenares de +bajas, él estaba ya viejo, y, además, ¡le importaba todo tan poco! Era +de los que se quedarían allí. Y con esto echaba sus bravatas.</p> + +<p>Alguien de la familia insinuó entonces la peregrina idea. Hubo +muchos cabildeos y cuando el militar se enteró de la endiablada +maquinación comenzó riéndose y terminó aceptando. Tratábase de hacer +una obra de caridad. La pobre tía Conchita no tenía sobre <span +class="pagenum" id="Page_151">p. 151</span>qué caerse muerta; era una +carga para todos. Él, en cambio, tenía una paga considerable y en el +desgraciado caso de que muriese sobre el campo de batalla, a su viuda +le correspondería una pingüe pensión. Claro que como era soltero ese +dinero se lo ahorraría el Estado y..., era una lástima, porque allí +estaba la tía Conchita ¡a quien hacía tanta falta!</p> + +<p>Dispuesto a quedarse por allá, como él decía, le daba igual y +aceptó. Ahora bien; era preciso que la ingeniosa y caritativa idea +pasase inadvertida para la tía Conchita cuya susceptibilidad no +soportaría seguramente la humillante donación.</p> + +<p>Fue necesario que el militar fingiera una avasalladora pasión por la +tía Concha, que esta correspondiese al amoroso requerimiento, que se +anduviesen los trámites de rigor y se casasen, todo al vuelo. La farsa +se llevó a cabo sin obstáculos en ocho o diez días y cuando a la mañana +siguiente de consumado el matrimonio partió el militar para el campo de +batalla, la pobre tía Conchita quedó anonadada, estupefacta, sin saber +lo que le había pasado y perdida en tales emociones y tal confusión que +ya nunca lo sabría.</p> + +<p>Pasó el tiempo y poco a poco fue recobrando su serenidad, caviló +muchas noches sobre aquel extraño suceso, agigantó el recuerdo de los +escasos días en que convivió con el militar, contempló horas y horas +los retratos del esposo y no tardó en sentirse enamorada, <span +class="pagenum" id="Page_152">p. 152</span>blanda y profundamente +enamorada de aquel sujeto casi desconocido, que en seis días abrió +un nuevo cauce a su vida e hizo correr los veneros ocultos de su +corazón.</p> + +<p>Las noticias de la campaña eran pocas y tardías. La tía Conchita no +tuvo de su esposo más que algunas referencias indirectas. A la grata +sensación de su enamoramiento sucedieron la inquietud, la zozobra, la +angustia. ¿Por qué no escribiría? ¿Por qué la olvidaba? Los parientes +no fueron tan impíos que le dijesen la verdad y la tía Conchita comenzó +a consumirse en desesperación. Lloraba, rezaba, invocaba a sus Vírgenes +y a sus santos familiares pidiéndoles milagros que salvaguardasen la +vida del amado; todas sus horas estaban dedicadas al culto fervoroso +del ausente.</p> + +<p>Pasaron unos meses más. No recibió ninguna noticia. El militar no +tuvo jamás un recuerdo para aquella parienta pobre y tontona a la que +había hecho el regalo de lo que le sobraría después de muerto porque +no podía consumirlo en vida. Guerreó bravamente y cuando le tocó caer +murió con la misma entereza con que había vivido y pensando en que a +nadie causaría pesar su fin.</p> + +<p>No fue así.</p> + +<p>Tuvieron la culpa aquellos parientes astutos, aquella gran familia +de aves de presa devenida del negrero que creyendo salvar de la +miseria a la tía Conchita <span class="pagenum" id="Page_153">p. +153</span>labró su infelicidad, su inefable tragedia. Lo que hicieron +con ella fue un crimen.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + + +<div class="chapter" id="Ch207"> + <h3 class="dcha ws1">EL DINERITO<br> DE LA PORDIOSERA</h3> +</div> + +<p>Se le hizo tarde. Estaba helando y aún le faltaba una legua de +camino. Ya no tenía fuerzas; sus resortes, aquellos acerados resortes +de sus nervios que siempre la sacaron triunfante del hambre, el frío y +el cansancio respondían mal al espoleo de su voluntad. Temblando, las +manos heladas, las piernas torpes y la vista incierta, anduvo hasta que +cerró la noche. El viento la trabajaba con dureza batiéndole el flanco +derrengado por el reúma y la arterioesclerosis, y la infeliz sentía con +terrible netitud que se le iba quedando helada la osamenta allá en el +fondo de los harapos y el pellejo.</p> + +<p>Después comenzó a sentirse bien. Ya no le apretaban tanto el +hambre y el frío. Las manos, racimos de huesos empezaron a llenársele +de sangre calentita y pronto las tuvo negras e hinchadas como dos +morcillas. Estaba a gusto, muy a gusto. Tanto que se sentó en el borde +del camino y sentada se quedó dormida.</p> + +<p>Ya entonces le fue más fácil al viento terminar su tarea. De +un empujón la echó a rodar; la metió la <span class="pagenum" +id="Page_154">p. 154</span>nariz entre la grava húmeda donde empezaban +a formarse los cristalitos de la helada y allá se fue silbando tan +satisfecho de su obra. Hora tras hora cayó encima de la vieja muy +acurrucadita sobre el suelo el frío de aquella noche clara.</p> + +<p>Fue ya al amanecer cuando la encontraron. En la casa de socorro hubo +que trabajar de firme con ella pero al fin la hicieron reaccionar.</p> + +<p>A la primera gota de sangre que entró en su corazón, tan pronto +como tuvo un hálito de vida, se revolvió desesperada. ¡Sus ropas! ¡Sus +ropas! La habían despojado de sus harapos y allí estaban arrebujados en +un rincón. Quiso cogerlos, se lo impidieron, rabió, lloró, luchó por +alcanzarlos y en la lucha las pobres ropas se rasgaron.</p> + +<p>Cosidos a las entretelas se hallaron hasta veinte billetes de mil +pesetas. La pordiosera era capitalista; una modesta capitalista. El +caso no deja de ser frecuente.</p> + +<p>Hubo un buen hombre con puntas y ribetes de filántropo que tomó +sobre sí la tarea de sacar a la vieja de su miseria. Dura tarea porque +habituada a la mendicidad desde que se sintió vivir, la miseria era en +ella una segunda naturaleza, el cansancio su descanso, el hambre su +satisfacción, y el frío su amigo de siempre. Su mano tendida al mundo +durante cincuenta años de limosnera estaba ya anquilosada y a su pesar +conservaba el ademán pedigüeño.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_155">p. 155</span></p> + +<p>Pero aquel era un hombre paciente. A sus claros razonamientos la +pordiosera tuvo que rendirse y cambiar de vida. Con aquellos mugrientos +billetes que en años interminables de miseria había ido ensartando en +la mugre de sus ropas le hizo comprar vestidos, arrendar una casita +soleada de las afueras, adquirir muebles, tomar una criada...</p> + +<p>La vieja, resignada, veía cómo mermaba su tesoro a medida que +alrededor suyo se acumulaban los instrumentos de bienestar que aquel +hombre creía indispensables para ella. Con ojos asombrados veía cómo +las cargas de leña rellenaban su carbonera, cómo las sábanas blancas +y las mantas tibias guardaban sus caricias en el fondo de las cómodas +henchidas de ropa y cómo la despensa bien abastecida esparcía un grato +olorcillo de los jamones, los quesos y la fruta. Todo aquella era +suyo; suyas las blandas mecedoras en cuyo regazo los huesos doloridos +descansaban al fin, suyas las pieles, las alfombras y suyo aquel gran +fuego del hogar cuya humareda empenachaba la pulcra casita bañada en +sol, dulce sol del invierno, aprisionado por los cristales de colores +de la galería.</p> + +<p>Cuando así la tuvo instalada el hombre aquel se marchó satisfecho +de su obra. Ya estaba redimida. Le hizo gastar una buena parte de sus +codiciados billetes pero la había dado una vida más fácil, más holgada +y más limpia.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_156">p. 156</span></p> + +<p>Al verse sola la vieja empezó a dar vueltas a todo aquello. +Tentujeaba las ropas, repasaba los cacharros, palpaba con manos +insistentes de ciega las cortinas, los cuadros y los muebles, abría y +cerraba los innumerables cajones, iba y venía cada vez más aturdida +comprendiendo menos cada vez.</p> + +<p>Sentíase extraña. Un agudo sentimiento de extrañeza le hizo irse +retrayendo del contacto frecuente con cuanto le rodeaba. Se recluyó +poco a poco en un cuartito estrecho y oscuro; todo lo demás de la +casa le sobraba y aun dentro de aquella celda no sabía ir más allá de +los cuatro ladrillos en que había de posarse. Despidió a la criada y +su último dispendio fue la adquisición de unos fuertes candados que +taparon las bocas imprudentes de cajones y puertas. Y ya se encerró +—para siempre jamás— en aquel zaquizamí sombrío, ancho mundo inagotable +para sus necesidades. Lo demás de la casa fue empolvándose primero, +agrietándose después y desmoronándose por último.</p> + +<p>Se equivocó aquel hombre bien intencionado. La vieja no necesitaba +todo aquello y fue un error y una crueldad imponérselo. Aunque pueda +parecer una blasfemia hay que decir que la necesidad no es igual para +todos.</p> + +<p>Otra madrugada unos traperos encontraron junto a la carretera el +cadáver de una vieja harapienta muerta de hambre y de frío al parecer. +En su faltriquera <span class="pagenum" id="Page_157">p. 157</span>se +halló junto con unos mendrugos un manojito de llaves herrumbrosas.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + + +<div class="chapter" id="Ch208"> + <h3 class="dcha ws1">LA NECROFILIA</h3> +</div> + +<p>Mi abuela, por lo menos en los tiempos en que yo pude conocerla, +rendía un fervoroso culto a los muertos. Acaso esta necrofilia +fuese en ella una pasión puramente senil, ya que según noticias que +posteriormente pude adquirir, la bendita señora había tenido en su +juventud otras muchas pasiones bien distantes de su final preocupación, +aunque de la intensidad con que amó la vida pudiera deducirse +exactamente su extremada consideración a la muerte.</p> + +<p>Metíase en la cama —una cama altísima de roble primorosamente +tallado, vestida con unas sábanas de Holanda saturadas de olor a fruta— +poco después del toque de ánimas; pero antes sentábase sosegadamente +en una butaquita colocada a los pies del lecho, y allí, a oscuras +casi, perdiéndose y apareciendo entre las vacilaciones de una mariposa +de aceite con la que alumbraba a sus imágenes, rezaba lentamente +credos, avemarías y padrenuestros por las almas de sus padres y de +sus abuelos, de sus hijos muertos, de sus parientes acabados, de los +navegantes, de los combatientes, de los que estaban en pecado mortal. +A veces quedábase aletargada a la mitad de sus rezos y el ánima que en +aquellos momentos salía del <span class="pagenum" id="Page_158">p. +158</span>purgatorio a sus instancias, debía sufrir horriblemente +ante el temor de que mi abuela se quedase definitivamente dormida. +Ella se daba cuenta perfecta de los sufrimientos de estas pobres +almas pecadoras a las que en sus cabezadas somnolientas, dejaba +colgadas del débil hilo de su piedad y al despabilarse rezaba de nuevo +precipitadamente tal vez pensando que las ánimas salían de su cárcel a +paletadas entre el runrunear de sus oraciones.</p> + +<p>El mes grande de mi abuela era el de noviembre; su día, su gran día, +el de difuntos.</p> + +<p>Levantábase al amanecer; oía muchas misas en diversas iglesias con +gran atosigamiento, y después, cargada de coronas y ramos de flores, +íbase al cementerio. Visitaba las tumbas de los parientes próximos, +después, las de los parientes remotos, los amigos y los simplemente +conocidos; parábase por último ante los panteones de los potentados, +considerando atentamente las bellezas artísticas de cada uno de los +mausoleos y no salía nunca de la necrópolis sin dar también una +vueltecita por los sepulcros de los hombres que habían sido célebres en +su buena época. Charlaba y discutía amigablemente con los sepultureros, +los empleados del cementerio, los lampisteros, los limpiadores de +nichos, los lapidarios y los chamarileros que le ofrecían verjas y +cruces para las sepulturas.</p> + +<p>Cuando el frío de la tarde la amedrentaba, volvíase <span +class="pagenum" id="Page_159">p. 159</span>a su casa con un puñadito de +castañas asadas y unos dulces. En su alcoba, frente al lecho, tenía ya +sobre su cómoda una gran vasija llena de aceite hasta los bordes en la +que ardían veinte o treinta lamparillas, por cuyas lengüecitas de fuego +se quejaban las almas en pena de sendos deudos de mi abuela. Volvía +ella a sus rezos mientras las campanas de la iglesia próxima doblaban +desesperadamente y de tiempo en tiempo levantábase sobresaltada +para colocar una nueva lamparilla en la vasija por algún alma amiga +injustamente olvidada.</p> + +<p>Y siempre así; a toda hora, en cualquiera época del año mi +benditísima abuela encontraba ocasión de rendir su culto a los muertos. +Eran para ella una preocupación indesechable, una aberración. Habíase +familiarizado con la muerte y en cualquier momento nos hablaba con +gran serenidad de los detalles de su sepelio que quería tener bien +dispuesto, de las oraciones que habíamos de rezar por su alma y de los +cuidados que habíamos de tener con sus pobres huesos y su piel amarilla +cuando fuéramos a darles tierra.</p> + +<p>Yo, que entre los terrores pánicos de mi adolescencia tenía en +primer lugar el terror a la muerte, admiraba a mi abuela como a un ser +sobrenatural por la sencillez, la afabilidad con que se volvía de cara +a la nada. Me daba la impresión de que ella había hecho ya el viaje +de retorno y por una gracia <span class="pagenum" id="Page_160">p. +160</span>única de la divinidad estaba con nosotros. Tales eran la +seguridad, el aplomo, la certeza que había logrado en su comercio +diario con los muertos, a los que ella agasajaba con aquel mimo y +aquella suavidad que en su juventud tuvo —dicen— para sus amadores. +Yo esperaba que algún día ni abuela cerrase sus ojos en una de sus +cabezadas somnolientas y que en ese momento sus amados de ahora +viniesen a raptarla, llevándosela envuelta blandamente en sus finos +sudarios; y en cierto modo no dejaba yo de envidiar aquella serenidad +de la anciana, dispuesta siempre para un tránsito felicísimo.</p> + +<p>Cuando le llegó la hora, mi abuela se murió. Yo, que aquella noche +andaba desazonado al advertir la proximidad de la Intrusa, estuve +largas horas en acecho y pude seguir paso a paso la agonía de la pobre +abuela; fue una verdadera agonía; su resistencia física era grande y +luchó a brazo partido con la muerte; gritaba, revolvíase, fundíase al +fin en un ronco estertor en que su cuerpo, todo su cuerpo protestaba. +Cuando en el conticinio se declaró vencida, le quedó cuajada en los +ojos una mirada de espanto.</p> + +<p>He sospechado siempre que mi abuela anduvo algo descaminada en +sus relaciones con los muertos. Estos, sus íntimos amigos, debieron +de informarla mal; seguramente no le dijeron toda la verdad y la +pobre llegó algo engañada; el espanto que se pintó en sus ojos decía +claramente que «aquello» no <span class="pagenum" id="Page_161">p. +161</span>era lo previsto. Entonces empecé a desconfiar de los muertos +y alejé de mí la necrofilia.</p> + +<p>Y empecé a creer que la muerte no nos otorga su amistad ni su +confianza a cambio de la ornamentación barroca con que la adornamos +para hacerla presentable en sociedad.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + + +<div class="chapter" id="Ch3"> + <p><span class="pagenum" id="Page_163">p. 163</span></p> + <h2 class="nobreak fs120 g0 ws1">NARRACIONES<br> MARAVILLOSAS</h2> +</div> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + + +<div class="chapter" id="Ch301"> + <p><span class="pagenum" id="Page_165">p. 165</span></p> + <h3 class="dcha ws1">EL DESCONTENTADIZO</h3> +</div> + +<p>Primero pasé grandes apuros que me hicieron recordar la parábola +del camello y el ojo de la aguja; después, anduvieron manoseándome sin +compasión y cuando al fin pude darme cuenta de mi estado, me encontré +fajadito y cubierto de encajes sobre una hermosa cuna. En una rápida +ojeada a los muebles y a las paredes ricamente tapizadas, comprendí +que había venido a caer entre gentes acomodadas. Me resigné a ser un +burguesito ejemplar y en el acto reconocí que las nodrizas, los idiomas +y las asignaturas de Derecho, las izquierdas, la ruleta, el bacarrá y +la dispepsia serían mis enemigos naturales. Descorrido en parte el velo +de mi porvenir, opté por dormirme beatíficamente y esperar sosegado los +acontecimientos.</p> + +<p>—¡Oh, qué feo es!</p> + +<p>Oí que una voz bastante desagradable —después supe que era la de una +tía solterona, que veinte años más tarde debía resistir heroicamente +a mis peticiones <span class="pagenum" id="Page_166">p. 166</span>de +dinero— pronunciaba estas ofensivas palabras y abriendo un ojo como +Dios y mi falta de costumbre me hacían entender que debía abrirse, le +lancé una mirada furibunda. Ya verás, arpía —quise decirle—, lo que +este feo va a costarte.</p> + +<p>Cuando advirtieron que yo estaba despierto, vinieron a importunarme, +uno tras otro, todos los miembros de mi respetable familia. Acudió mi +señor padre, muy alborozado y, a lo que yo pude colegir, más orgulloso +de ser mi padre que de que yo fuese su hijo; advertí en aquel instante +que en el cariño paternal hay mucho de egolatría, y si todos los recién +nacidos adivinasen esto como lo adiviné yo, no se pondrían tan tontos +ni andarían tan envanecidos; acudieron también mis dos hermanitas, +muy lindas y discretas, aunque me pareció que ya se inclinaban más al +cultivo de las artes de seducción que a otras disciplinas domésticas. +Esto me dio mala espina, pues la perspectiva de ser hermano terrible y +calderoniano de dos señoritas de la buena sociedad, en estos años en +que vine a nacer, no me hacía maldita la gracia.</p> + +<p>El tío Pepe vino también a arañarme la mejilla con los cañones +de su barba y a atufarme con su peste a coñac. Al tío Pepe todos +le querían mal en casa; era el menos respetable de mi respetable +familia; bebía, jugaba, malversaba fondos y, a no ser por las +influencias de papá, ya hubiese parado en la <span class="pagenum" +id="Page_167">p. 167</span>cárcel. Creo que, ya viejo, llegó a ser jefe +de administración de no sé qué cosa. El tío Lorenzo, antípoda del tío +Pepe, llegó después a rozarme la cara con sus labios fríos y delgados; +dijo que él se encargaría de hacerme un buen comerciante y se marchó. +Yo no sé lo que él entendería por un buen comerciante, o mejor dicho, +lo sé y por pudor lo callo.</p> + +<p>Todos me besuquearon y trajeron en palmitas cuanto les vino en +ganas, asegurando todos que me querían muchísimo, pero sin atender a +que el mejor modo de quererme sería el dejarme descansar de mi largo y +penoso viaje. Así son los mayores; nos miman y nos zarandean por lo que +esto les divierte y entretiene, no por el placer que este traernos y +llevarnos como panderetillo de bruja pueda producirnos.</p> + +<p>Al fin, se fueron con mil diablos, y yo volví afanosamente a mi +sueño. Cuando desperté de nuevo debía de ser ya muy tarde; papá y +mamá, acostados charlaban animadamente. Fui todo oídos, que no es ser +gran cosa dada mi insignificancia física, y pronto pude entender que +hablaban de mí, de mi porvenir, de mi carrera, de mi posición social. +Me horroricé. Mamá creía que yo debía de estudiar una carrerita corta, +que me permitiera zambullirme en una covachuela administrativa, un +archivo, una cátedra de escaso empeño, o cosa así. Debía esmerarme +en mi educación —también callo por pudor lo que mi señora <span +class="pagenum" id="Page_168">p. 168</span>madre tomaba por educación—, +y bien relacionado, con un sueldecito seguro y unas pesetejas de +herencia, esperar una buena proporción; una señorita rica, quién sabe +si millonaria.</p> + +<p>Papá se indignaba —en casa el dinero era de mamá— y quería a su hijo +para más altos empeños. Él había sido hombre de un certero instinto y +de un constante dominio de la realidad; pero para triunfar le había +faltado la base, la cultura inicial. Yo tenía que aprender todas las +cosas que él había ignorado, ¡terrible labor!, y aprovechando su +tingladillo, no recuerdo si político o económico, consagrar con mi +futura sapiencia todas las artimañas, todas las habilidades y despojos +llevados a cabo por mi laborioso y aprovechado progenitor, que en +determinado ramo de la actividad social había conseguido fundar un +valioso cacicato de cuyos pingües beneficios yo sería usufructuario.</p> + +<p>Largas horas estuve meditando sobre estas dos inexorables decisiones +que el destino me imponía; pesé y sopesé el pro y el contra de cada +una; consulté a mi conciencia, virginal hasta entonces, pero cuya +doncellez no pasaría más adelante; preví los peligros que toda rebeldía +me traería aparejados...</p> + +<p>Y decidí morirme. En efecto; a la mañana siguiente, para morir como +buen burguesito, tomé tal atracón de leche materna, que horas después, +y con gran sentimiento de los míos, que habían visto en mí el <span +class="pagenum" id="Page_169">p. 169</span>modo de descargar sus +monstruosidades y darles perpetuidad, volví al limbo de donde no debía +de haber salido.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + + +<div class="chapter" id="Ch302"> + <h3 class="dcha ws1">EL MUERTO INSEPULTO<br> Y TRANSEÚNTE</h3> +</div> + +<p>Yo era peluquero y en mi oficio llegué a gozar de una envidiable +reputación. Reconozco que jamás tuve ocasión de salir de las modestas +peluquerías de los barrios extremos, pero esto no me quita mérito. +Debía esta postergación a mi modestia, a mi carácter pusilánime. Nada +más. Pero no tenía tampoco mayores aspiraciones. En mi pequeña barbería +me sentía muy a gusto y mi arte, la suavidad de mis manos y la dulzura +de mis maneras, eran dotes apreciadas en cuanto valían por mis humildes +parroquianos.</p> + +<p>Cuando cumplí veinte años, me hicieron soldado, ingresé en el +cuartel y pasé días horribles entre aquellos hombres violentos e +implacables. Me abrumaban con el peso de armas y correajes, me rendían +con caminatas terribles y ejercicios sin fin y toda mi blandura, mi +naturaleza dulzona y aristocrática de oficial de barbería hubo de +resentirse gravemente. Cuando se convencieron de que yo no servía para +aquel bárbaro ajetreo me mandaron a la peluquería del regimiento donde +recobré algo el sosiego. Allí estuve algún tiempo y todos los soldados +reconocieron <span class="pagenum" id="Page_170">p. 170</span>que yo +era un hombre superior por la inusitada suavidad, el miramiento con que +rapaba sus testas esquinadas y sus barbas salvajes. Vuelto así a mi +elemento me sentí orgulloso de mí mismo y de mi arte.</p> + +<p>Pero se declaró la guerra; nos movilizaron y de la noche a la +mañana, me encontré sobre el campo de batalla frente a unos feroces +enemigos y cargado otra vez con armas y correajes. Allí no había +escapatoria; en la guerra la gente no se corta el pelo ni se deja +afeitar —de ello deduzco yo la barbarie de las guerras—, y quieras +que no, se empeñaron en hacer un bravo guerrero de un humildísimo +rapabarbas. Puse todo mi empeño en conseguirlo, pero no me fue +dable.</p> + +<p>Así las cosas, nos metieron en fuego por primera vez. Yo iba desde +el primer instante más muerto que vivo. Al poco rato de avanzar frente +al enemigo, comenzaron a silbar las balas. Un soldado que marchaba +junto a mí dio de pronto una zapateta bastante ridícula y se cayó de +espaldas echando sangre por la boca. No pude ver más; se me cerraron +los ojos y así seguí avanzando, a tientas, mientras oía a lo lejos el +zumbido de las balas.</p> + +<p>De pronto oí un silbido más fuerte que los demás; aquella bala venía +por mí. En efecto; sentí un terrible golpe en el pecho y me di cuenta +de que caía mortalmente herido. Unos minutos después yo fallecía; +estaba muerto, irremisiblemente muerto.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_171">p. 171</span></p> + +<p>Yo me daba cuenta aún de algo de lo que por fuera pasaba pero por +dentro de mí, en los entresijos de mi ser, muerto y bien muerto me +sentía.</p> + +<p>Así estuve varias horas; me preocupaba mucho la posibilidad de que +los buitres viniesen a comerme; pero no veía el medio de evitarlo. +Indudablemente me comerían. Y vendrían también los cuervos y me +sacarían los ojos...</p> + +<p>Vinieron unos camilleros y unos médicos. Me recogieron con pocos +miramientos y dándome trastazos, me arrumbaron en un furgón automóvil. +¡Oh, si los cadáveres pudiéramos quejarnos!</p> + +<p>Cuando ya se disponían a enterrarme, como era su obligación, uno +de aquellos médicos estuvo registrándome y atosigándome de una manera +cruel. Le oí decir que yo no estaba muerto, cosa que me hizo reír de +buena gana para mi calavera, que es como únicamente podemos reírnos los +muertos aún no descarnados. Aquel bárbaro insistió en sus masajes, sus +inyecciones y sus inhalaciones fatigosas hasta hacerme abrir los ojos e +incorporarme. Aquello era de una crueldad inaudita pues lo menos que se +puede hacer con los muertos es dejarlos descansar en paz.</p> + +<p>Obligado fieramente, acosado por todas partes, de tal modo que el +mismo médico estaba ya exasperado, me hicieron hablar, no sé cómo, pues +no recuerdo el caso de ningún cadáver parlante.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_172">p. 172</span></p> + +<p>Cuando pude hacer uso de la palabra, la empleé en manifestar a +aquellos señores el deseo de reposo eterno que, como buen cadáver, +tenía. Formulé, pues, la petición de que me enterrasen para que +aquellos caballeros perdiesen las vanas sospechas que tenían de que yo +estuviese aún vivo.</p> + +<p>Estas palabras, sensatas, les dejaron estupefactos y como yo las +repitiera muy cuerda y respetuosamente, lo tomaron a mal y, poniéndose +en pie sobre mis inseguras piernas de fallecido me atizaron tal +puntapié en el trasero, que yo admití la posibilidad de morirme por +segunda vez.</p> + +<p>De entonces acá mi vida de cadáver insepulto y viandante ha sido un +verdadero martirio. He escuchado los mayores insultos y he sufrido los +castigos más atroces.</p> + +<p>Ante mi obstinación en declarar mi estado, se han burlado de mí y me +han desmentido categóricamente llamándome impostor. ¡Claro! Como no he +podido sacar la cédula de cadáver que por clasificación me corresponde, +nadie me cree. Me han formado consejos de guerra, me han encarcelado, +he sido deportado y últimamente me he visto convertido en quincenario +profesional.</p> + +<p>¿Y todo por qué? Por mantener firmemente la íntima convicción de que +soy un fallecido; una víctima del heroísmo. Nadie me cree.</p> + +<p>Y ahora, en secreto, yo mismo he empezado a dudar. <span +class="pagenum" id="Page_173">p. 173</span>Muerto, bien muerto estoy +aunque me hagan andar, hablar y moverme artificialmente. Desasido de +todas las cosas de este mundo me hallo, y ni voluntad, ni amor, ni nada +de lo que los vivos tienen he conservado. Pero de vez en cuando, me +asalta una irrefrenable apetencia de callos, longaniza o chuletas de +huerta. Y la verdad, soy el primer cadáver con apetito que conozco.</p> + +<p>Esto me hace tener mis dudas.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + + +<div class="chapter" id="Ch303"> + <h3 class="dcha ws1">LA LIBRE REPÚBLICA<br> DE LAS BESTIAS</h3> +</div> + +<p>Este hombre era un arbitrista con muy pocos arbitrios; un arbitrista +que tenía por todo caudal y por toda familia un perro; un perrillo +costroso con unos ojuelos tristes y un rabito calvo más triste aún. El +perro y el amo eran intelectuales. Y les iba mal en la vida.</p> + +<p>El amo, por toda ocupación se plantaba en la Puerta del Sol y +arrimado a una farola se pasaba las horas muertas mordiéndose las uñas +con una voracidad digna de mejor empleo e imaginando al mismo tiempo, +fantásticos arbitrios. Mientras, el perrillo, huroneaba en los montones +de basura de los mercados.</p> + +<p>Al anochecer volvía el perrillo en busca del amo. <span +class="pagenum" id="Page_174">p. 174</span>En aquel momento cambiaban +una mirada de inteligencia y mutua conmiseración.</p> + +<p>—¿Qué tal te ha ido, perro?</p> + +<p>—Mal; muy mal, hombre. ¡Esos guardias! ¿Y a ti?</p> + +<p>—Peor. ¡Esos gobiernos!</p> + +<p>Pasito a paso íbanse entonces de recogida al agujero en que moraban. +Un mismo jergón se apiadaba de los huesos maltrechos del hombre y el +perro; juntos se prestaban calor el uno al otro.</p> + +<p>Un día de hambre —un día— el perro y el hombre al regreso de sus +correrías se miraron a los ojos largamente. Al hombre le pareció que +aquella mirada dulce y pesada del perro era más intelectual que de +costumbre. Lo que el perro quería decirle con los ojos debía de estar +muy claro. Pero el hombre no supo entenderlo. «¡Qué brutos son los +animales racionales!», pensaría el perro.</p> + +<p>Aunque habituado a los rasgos de inteligencia del perrillo, se +conmovió el hombre ante la vivacidad, el espíritu que denotaba aquella +larga mirada del can. Y pensando en ello discurrió la más peregrina +teoría que puede imaginarse.</p> + +<p>Empezó poniendo todo su empeño en descifrar lo que el perro quería +decirle con los ojos. Sujetándole la cabeza le obligó a mirarle +fijamente mientras él con los ojos muy abiertos escrutaba en el +fondo de las pupilas desteñidas del animalejo con la misma <span +class="pagenum" id="Page_175">p. 175</span>furia y encono que los +hipnotizadores. El pobre perrillo no podía sostener aquella mirada +inquisitiva que se le metía pupilas adentro produciéndole en la espina +dorsal escalofríos que le obligaban a dar fuertes sacudidas.</p> + +<p>El signo más claro de la irracionalidad está precisamente en ese +terror instintivo que obliga a todos los animales a bajar la vista +cuando se les mira trente a frente. No hay ningún animal capaz de +soportar la mirada fija del hombre.</p> + +<p>Aquel bichejo tan inteligente, tan humano, no tenía más mérito ni +más superioridad que esa; la de haberse acostumbrado a mirar sin miedo +los ojos fascinadores de su amo hambriento. ¡Y cómo estaba preñada de +inteligencia aquella mirada del perro! ¡Cuántas cosas quería decir y en +realidad decía!</p> + +<p>«Si de ordinario —pensaba el arbitrista— pudiésemos mirar con +atención a los ojos de los animales, es posible que les concediésemos +un poquito, siquiera un poquito de raciocinio. Les consideramos +irracionales porque no hemos sabido leer en sus ojos y no hemos visto +en ellos la chispa de la inteligencia. Mi perro la tiene, eso es +indudable. Pues bien; yo voy a cultivar esa inteligencia rudimentaria. +Voy a dar cultura a mi perro».</p> + +<p>Esta fue desde entonces su preocupación ídola. Consultó a varios +biólogos, tomó lecciones de un hipnotizador y sometió a su perro al +plan que se había trazado. <span class="pagenum" id="Page_176">p. +176</span>Estaba dispuesto a sugestionarle hasta el punto de sacudir +la inteligencia de la bestezuela y despertarla del sueño eterno a que +había sido condenada por el Supremo Hacedor. Miraba a los ojos del +animalejo hasta ponerse bizco y consiguió acostumbrarle a aquella +extraña comunicación espiritual.</p> + +<p>El perro se cansaba algunas veces y le miraba estúpidamente con +aquella estúpida tristeza que tienen en los ojos algunos hombres a +quienes la vida les viene ancha. Otras veces el perrillo parecía +enloquecer bajo la mirada del amo y se volvía furioso como atacado +de epilepsia. Pero de vez en cuando, el bichejo, concentrando todas +sus potencias, poníase a pensar las mismas cosas que iba pensando el +magnetizador. Era un simple fenómeno de telepatía. Esto no es extraño; +los rayos del sol concentrados por una lente encienden el fuego y nadie +se maravilla. Lo mismo, exactamente lo mismo hizo el arbitrista con los +destellos de inteligencia de su perro.</p> + +<p>En estos mudos coloquios el hombre infundió al perro, primero, +algunas ideas generales, varios principios teológicos, algo de +filosofía, letras y biología. El perro recorrió guiado por su +dueño toda la evolución del pensamiento humano. Cuando ya lo tuvo +suficientemente iniciado en las disciplinas del espíritu, quiso hacer +de él un técnico para que no hiciese mal papel si andando el tiempo +quería ser ministro. Acto <span class="pagenum" id="Page_177">p. +177</span>seguido le confirió el título de doctor <i lang="la">honoris causa</i> +y salió con él a la conquista del mundo. Iba contento. Poseer un animal +que sabe cosas trascendentales es tener la llave del mundo. Algunos +igorrotes han triunfado en la vida solo porque poseían uno o varios +animales bimanos que sabían cosas. Ese es el secreto de todos los +caciques políticos.</p> + +<p>Pero de momento el perro sabio no tenía más que un campo abierto +a su actividad. La pista de un circo. Y a ella fueron a dar. Ante +el público estupefacto el arbitrista y su can daban lecciones de +hipnotismo. El perro sabía escribir y vuelto de lomo hacia su amo +contestaba por escrito a las preguntas que al oído hacían los +espectadores al arbitrista. La sensatez con que el perro daba sus +respuestas, la claridad y concisión con que las redactaba de su pata y +letra promovieron una revolución.</p> + +<p>Aquel triunfo fue incomensurable. El arbitrista millonario en pocos +meses constituido en empresario del perro sabio pensó entonces en +ampliar su teoría.</p> + +<p>Escogió tres o cuatro caballos, dos tigres, tres leones, un +elefante y algunas bestias más. Los sometió al mismo procedimiento +que al perrillo y después de muchos días de terrible labor consiguió +por medio del hipnotismo concentrar las potencias de aquellas bestias +haciendo saltar en todas ellas la chispa de la inteligencia. A todos +ellos les hizo bachilleres y <span class="pagenum" id="Page_178">p. +178</span>después obligó a cada uno a cursar las disciplinas más +oportunas a sus facultades.</p> + +<p>Por fin llegó el momento trascendental de presentarlos en el mundo. +Temblando de emoción dio su última clase a los animales; pero cuando +al final de la lección les anunció que a la noche siguiente los +presentaría ante el público, vio con gran estupefacción que se negaban +a ello categóricamente.</p> + +<p>—Nada de exhibicionismos —decía el elefante que se había hecho +bibliófilo.</p> + +<p>—Debemos ser respetados —agregaba el tigre convertido en un +formidable economista.</p> + +<p>—¡Desprestigios, no! —gritaban todos.</p> + +<p>El hombre quiso imponerse por la fuerza; se exasperó ante la +resistencia de las bestias y requirió el látigo para castigarlas. +Los animales se reunieron acto seguido en consejo y tras una breve +deliberación acordaron sentenciar a muerte al hombre como reo de lesa +superanimalidad. La sentencia fue ejecutada y el hombre pereció a patas +de la justicia. En aquel momento los animales constituidos en asamblea +acordaron proclamar la libre república de las bestias, declarar la +guerra al género humano y de momento, hasta hallarse en condiciones de +presentar la batalla, retirarse prudentemente a la selva.</p> + +<p>Así lo hicieron. Nadie ha sabido esto. Pero dentro de algunos años +los exanimales que poseerán ya una cultura vendrán a precipitarse sobre +la humanidad. Dios se lo pague al infortunado arbitrista.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + + +<div class="chapter" id="Ch304"> + <p><span class="pagenum" id="Page_179">p. 179</span></p> + <h3 class="dcha ws1">EL PURGATORIO<br> DE LOS TONTOS</h3> +</div> + +<p>No iba descontento. Llevaba detrás un landó y veinticinco simones. +No iba descontento. Mi entierro se verificaba con toda la pompa y +solemnidad que yo había deseado y previsto.</p> + +<p>Me dejaba llevar camino de la necrópolis muy serio y estirado dentro +de una caja de ébano. Hacía una buena tarde de sol y me agradaba pasar +solemnemente ante la buena gente trabajadora que me saludaba con +todo respeto al ver cruzar mi carroza fúnebre seguida de tan lucido +cortejo.</p> + +<p>En el camino anoté cuidadosamente en mi memoria quienes habían +acudido a mi sepelio y quienes no. Mi espíritu volaba de un simón a +otro y si bien es verdad que oí no pocas conversaciones inconvenientes, +quedé complacido de la corrección de mis deudos, amigos y conocidos, de +sus buenas maneras y de su irreprochable indumento. No se crea que yo +era un muerto frívolo porque me preocupaba de estas minucias, no. Es +que no se muere uno más que una vez en la vida y en definitiva es para +esto, para que le entierren a uno con decencia, para lo que se afana y +atosiga uno en los últimos años de su vida.</p> + +<p>Un rato después de haberse verificado mi inhumación sin +incidentes, me asaltó el temor de que me hubiesen enterrado vivo. +Los casos de catalepsia son <span class="pagenum" id="Page_180">p. +180</span>frecuentes y, además, ¿qué muerto era yo que andaba después +de enterrado pensando en pompas y vanidades mundanas? Una terrible +congoja me dominó y anhelé salir de aquel encierro pero apenas formulé +mi deseo me encontré libre, sano y salvo sobre la haz de la tierra. +Esto me tranquilizó. ¿Si no estuviese muerto del todo cómo me sería +posible andar así desencarnado? Y ya con absoluto sosiego, pasito a +paso, me torné a Madrid.</p> + +<p>Dejé pasar la noche y muy de mañana fui a parar sin saber cómo ante +la puerta de mi oficina en la que entré sin ser visto. Los ordenanzas +no me saludaron. Iba a reprenderles pero recordé que estalla muerto. +¡Miserables! ¡Ya no me saludarían más! Había perdido de un solo golpe +mi alta jerarquía administrativa.</p> + +<p>Penetré en mi negociado. Pérez con las patas —esto es, las patas— +encima de la mesa leía una revista pornográfica. He aquí el triste +resultado —me dije—, de quince años de amonestaciones y sanos consejos +morales. López liaba cigarrillos, tarareando un chotis y García, el +irreverente García, adueñado interinamente de mi mesa, se complacía +en alterarlo y revolverlo todo. Mudaba de sitio el tintero, el frasco +de la goma y las tijeras, revolvía los expedientes y curioseaba +en los cajones. ¡Oh, terrible perturbador! ¡Cómo gozabas de mi +impotencia! ¡Cómo disfrutabas provocando el desorden y el caos! <span +class="pagenum" id="Page_181">p. 181</span>¿No sabes, desgraciado, que +cada cosa tiene en este mundo un sitio inmutable y que la prosperidad +de un país, su sana administración y creciente riqueza dependen tal vez +de que se sepan colocar en su sitio exacto desde el más alto jefe de +administración hasta el último pisapapeles del reino?</p> + +<p>Allí estuve las cuatro horas de oficina que fueron otras tantas +horas de tormento para mí. Los malsines de mis subordinados discutían, +chillaban y escarnecían mi memoria. Estuve decidido a marcharme muchas +veces pero una fuerza irresistible ataba mi alma desencarnada al +ambiente de aquella sala infecta en la que transcurriera la mitad de mi +vida.</p> + +<p>Sin saber por qué al salir de la oficina seguí haciendo mi vida +normal. Fui a casa, asistí a la comida, estuve después en el café, +presidí la tertulia, subí al billar, paseé por Recoletos, compré unos +dulces a Pepita y me planté en su casa. Pero un sospechoso rumor hizo +que mi alma se detuviese sobresaltada a la puerta de su alcoba. Y, ¡la +verdad!, ni en espíritu me atreví a entrar.</p> + +<p>Volví a casa y me tumbé en mi cama. Al día siguiente se repitió mi +tormento. Estuve en la oficina, en el café, en Recoletos y en casa de +Pepita. Allí parecía que me llamaban con campanillas. O aquella chica +era un prodigio de laboriosidad o yo era un alma en pena bastante +indiscreta. No sé.</p> + +<p>Día tras día hice durante algunos meses la misma <span +class="pagenum" id="Page_182">p. 182</span>vida sobrenatural que, +aparte de mi incorporeidad, maldito lo que de sobrenatural tenía. +Llegué a desesperarme y a estar aun en el límite de la desesperación, +pasado el cual no sé adónde se va. ¡Para esto no valía la pena +morirse!</p> + +<p>Yo había creído que al morir abandonaba uno por completo todas las +miserias, las preocupaciones y los dolores de la vida terrena, pero +al cabo de un año de estar muerto y enterrado me encontraba atado a +cuanto en la vida fue mi obsesión. ¿No dicen que los muertos tienen +una gloria, un purgatorio y un infierno? ¿No se llama reposo eterno +a la muerte? ¿Por qué andaba yo como panderetillo de bruja sin poder +libertarme de tanta y tanta majadería como me rodeó en vida? ¿Qué me +importaba en fin de cuentas que González hiciese las carambolas por +chamba? Pues y las infidelidades de Pepita, ¿qué se me daban ya?</p> + +<p>La gracia divina me ha permitido al fin conocer mi culpa y mi +castigo. Esta vida carnal sin carne, este atadijo a las pequeñeces +de la existencia terrenal no es otra cosa que el purgatorio de los +tontos. Por un decreto de la divinidad, los tontos, los memos, los que +no supimos ver más allá de nuestras narices, los que jamás tuvimos +una idea pura, ni un pensamiento elevado, ni una abstracción, ni +un atisbo siquiera del más allá, tenemos aquí nuestro purgatorio, +entre los nuestros, entre nuestros chismes <span class="pagenum" +id="Page_183">p. 183</span>cotidianos y nuestras preocupaciones +habituales. Es un terrible castigo. Imaginarlo en todo su dolor es casi +imposible. ¡Es espantoso este purgatorio de los tontos!</p> + +<p>Yo algunas veces tengo un poco de lucidez y comprendo no solo mi +dolor sino el ridículo que hago divagando por el mundo. Antiguamente +por lo menos se nos temía y se nos llamaba almas en pena, trasgos y +endriagos; pero ahora es vergonzoso.</p> + +<p>Los espiritistas se entretienen haciéndonos acudir a las patas de +sus odiosos veladores, y por si este ultraje fuera poco han dado en +llamarnos ¡kamarrupas! ¡Yo, un kamarrupa!</p> + +<p>Hago estas revelaciones en beneficio de la humanidad entontecida. +Hay que despertarse, abrir el ojo y alambicar un poco. Este purgatorio +de los tontos es terrible.</p> + +<p>Voy escribiendo estas revelaciones con tinta simpática en un +montoncito de cuartillas que hay en el fondo del segundo cajón a mano +derecha de mi mesa de trabajo... ¡Ojalá alguno acierte a descifrarlas y +sirvan algún día para aviso de ingenuos!</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + +<div class="chapter" id="Ch305"> + <p><span class="pagenum" id="Page_184">p. 184</span></p> + <h3 class="dcha ws1">LAS MIL PESETAS<br> QUE HAY EN EL MUNDO</h3> +</div> + +<p>Jamás ha habido en el mundo una cantidad de dinero superior a mil +pesetas o a su equivalencia en francos, marcos, chelines, dólares, +rublos, plumas o cuentas de vidrio. Sobre ese dinero, el único que hay +de verdad, el único que existe, bien por donación espontánea de la +naturaleza, bien por las propinas de la divinidad a los santos varones +que con más celo la sirvieron, se ha levantado el gigantesco edificio +de la economía. Unos hombres que no tenían brazos para producir, ni +ánimos para mover guerras, ni cabezas para pensar, inventaron el +agio. A partir de entonces y merced a los infinitos sofismas de que +se valieron, el dinero inicial, el verdadero patrimonio de Adán ha +ido multiplicándose maravillosamente. Con el advenimiento de la Edad +Moderna, la creación de los bancos, los empréstitos de los estados, +el papel moneda y las sociedades por acciones el dinero ha aumentado +fabulosamente. Se habla de miles de millones con un desconcertante +aplomo. La estafa universal de la moderna economía no reconoce límites +y millares de empleados se inclinan ocho horas diarias sobre las +ventanillas y los pupitres de los Bancos, trabajando afanosamente. +Hace algún tiempo yo no podía explicarme en qué consistía esa labor +<span class="pagenum" id="Page_185">p. 185</span>abrumadora de los +infinitos empleados de banca. Pero ahora estoy en el secreto y cuando +por incidencia tengo trato con ellos procuro abrocharme cuidadosamente +y no dejar de la mano mis escasas monedas de metal. Esos hombres son +capaces de todo. Lo que no me explico es cómo meten en la cárcel a los +que dan el timo del portugués y en cambio dejan en libertad de operar a +esos hombres, mucho más peligrosos.</p> + +<p>Pues bien; este secreto de las mil pesetas, únicas que hay en el +mundo, fue descubierto hace seis u ocho años por un judío alemán +que ambicioso de poder emprendió la más atrevida empresa que puede +imaginarse. El vasto plan del judío consistía en apoderarse una por una +de las mil monedas que han servido de base a la monstruosa hipérbole de +la moderna ciencia crematística y una vez capturado todo el dinero que +hay de verdad, no sus astutas ficciones, soplar el castillete de naipes +de la economía universal y verlo caer grotescamente.</p> + +<p>La guerra europea vino a favorecerle y mientras los beligerantes +se partían el alma a gloriosos trastazos el judío recorrió Alemania, +Austria, Hungría y Rusia, llevándose los treinta o cuarenta dineros +que por allí había. Pronto empezaron a sentirse los efectos; el +falso dinero iba dando la cara de su falsedad y la gente empezó +a rechazar los billetes de banco, las láminas y los títulos. Los +bolcheviques dándoselas de sinceros quisieron abolir el dinero <span +class="pagenum" id="Page_186">p. 186</span>cuando el dinero se había +abolido a sí mismo al desaparecer la media docena de auténticos kopecs +que el judío alemán pudo encontrar en todas las Rusias.</p> + +<p>Los austriacos vieron con espanto que sus coronas de papel tenían +la misma realidad y consistencia que el derecho divino de sus reyes, y +los marcos al sentirse amenazados acrecieron en la multiplicación pero +pronto quedó patente su invalidez.</p> + +<p>Así, por donde quiera que el hijo de Israel va pasando se deshace la +ficción monetaria. En Portugal el reis se pierde ya en los recovecos +del cálculo infinitesimal y en España, donde los cuatro cuartos que hay +están en manos de tres toreros y seis tahúres, pronto sobrevendrá la +catástrofe. A menos que Romanones se dé cuenta, que todo puede ser, y +mal negocio entonces para el judío alemán.</p> + +<p>Leal y desinteresadamente hago esta advertencia. Desinteresadamente +por que no poseo un solo céntimo y en definitiva me da igual que mi +hipotético dinero esté en las manos del judío alemán o en las del +editor. Tan mal ha de irme con uno como con el otro.</p> + +<p>Pero tened cuidado; si el judío se alza al fin con las únicas mil +pesetas que hay en el mundo, tal vez volvamos los ojos con amor a la +memoria de nuestros ilustres financieros.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + +<div class="chapter" id="Ch306"> + <p><span class="pagenum" id="Page_187">p. 187</span></p> + <h3 class="dcha ws1">EL DESASTROSO FIN<br> DE LA HUMANIDAD</h3> +</div> + +<p>La vida era cada vez más difícil y el malthusianismo crecía. Sus +abominables prácticas habíanse extendido no solo por las grandes +ciudades, sino por las villas y aldeas, y la sencilla pastora como la +dama de gran mundo sabían pecar y eludir la penitencia.</p> + +<p>Llegó un momento en que nadie tenía hijos. La humanidad iba a +terminar de un momento a otro. El egoísmo de esta generación postrera +no se contentaba con alargarse la vida todo lo posible, merced a los +repetidos injertos de glándula intersticial, sino que cortaba el camino +implacablemente a todo nuevo ser. No nacían niños. Y eso que los curas +se partían el alma echando bendiciones nupciales y aún se escribían +novelas de gran sentimentalismo.</p> + +<p>Próximo ya al acabamiento del género humano, se enteraron los +políticos de lo que ocurría. Los sociólogos dijeron que ellos estaban +al cabo de la calle hacía muchísimo tiempo, pero la verdad es que nadie +se dio cuenta del peligro mientras no faltaron diez o doce años, a lo +sumo, para que se precipitase el juicio final.</p> + +<p>Cundió la alarma y los soviets de todo el mundo —porque todo el +mundo era sovietista— estudiaron atentamente el problema y resolvieron +sacar a <span class="pagenum" id="Page_188">p. 188</span>los sabios +de las mazmorras en que a pan y agua los tenían demandándoles una +solución inmediata para el pavoroso problema. Los sabios —que eran más +sabios desde que no comían ostras, ni se daban banquetes, ni fumaban +grandes puros— aguzaron el intelecto, y propusieron que en adelante los +niños se hiciesen en laboratorios especiales, en los que unos matraces +de nueva invención sustituirían con ventaja al anticuado e incómodo +claustro materno.</p> + +<p>Se hicieron felicísimos ensayos y se comenzaron a construir +los edificios gigantescos de unas grandes fábricas de niños. El +procedimiento era sencillísimo. Llegaban los presuntos padres, +depositaban una moneda por una ranura, una máquina automática les +extraía de un brazo, o de donde fuese, una pequeña porción de sustancia +vital, se hacía de ella un cuidadoso cultivo y sin más molestia que la +de pasar nueve meses después a recoger el encargo, cátate a un padre y +una madre hechos y derechos. ¿Era sencillo?</p> + +<p>Pues ni así iban. Y las fábricas sovietistas de bebés al por mayor +quebraron por falta de clientes.</p> + +<p>Los gobiernos, frente al fracaso de este sistema de incubadoras y +ante los apremios del tiempo pues la humanidad se extinguía a toda +prisa, volvieron de nuevo los ojos a los sabios. Les acortaron aún más +la ración, les prohibieron terminantemente las deliberaciones, las +consultas y los congresos, y esperaron inquietos sus soluciones.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_189">p. 189</span></p> + +<p>Al fin se presentó una, genial, radicalísima, salvadora. El mundo +no se acabaría porque, quieras que no, nacerían hijos y en grandes +cantidades de hijos, como lo demandaba aquella terrible amenaza. Se +había encontrado el medio de que toda semilla vital fuese fecundada. No +habría escapatoria: mediante unos injertos maravillosos de no sabemos +qué glándula de pescado, las mujeres tendrían hijos por cientos, por +millares, por millones. El estudio de los fenómenos de la reproducción +en los peces había dado la clave del problema. Se había llegado a la +hueva humana.</p> + +<p>Se empezó a usar el procedimiento y los resultados fueron +prodigiosos. Matrimonios que en veinte años no habían tenido un solo +descendiente, se encontraban con tres o cuatro mil hijos en pocos +meses. Hubo entonces que resolver otro grave problema; el de asegurar +la vida a las miríadas de seres que iban apareciendo. Nuevo injerto a +las huevas y los niños en formación adquirían tal vitalidad, que ni +el calor ni el frío, ni el hambre ni la sed podían aniquilarlos. Se +consiguió captar de la atmósfera los elementos de nutrición necesarios, +y bastaba que los chicos aspirasen un poco de aire libre para que se +sintiesen hartos, como al desprenderse del pecho de las nodrizas.</p> + +<p>Empezó a poblarse el mundo con una rapidez incalculable. A la vuelta +de cuatro o cinco años las casas estaban abarrotadas de seres; en las +calles la <span class="pagenum" id="Page_190">p. 190</span>gente, +desbordándose de las aceras, inundaba el arroyo e interceptaban la +circulación de vehículos, los campos se cubrían de seres humanos que no +cabían en las ciudades, y pronto la avalancha humana llegó hasta las +orillas de los mares, cayendo al agua muchos miles de personas que no +tenían un palmo de tierra para posar la planta.</p> + +<p>Cuando el Supremo Hacedor, en uno de sus ratos de ocio, revolvió el +arca de sus viejas producciones, encontró a la tierra en tan terrible +situación. Se horrorizó, no dejó de reprocharse su descuido, y cogiendo +el mundo con unas tenazas, lo sacudió violentamente en el espacio para +desprender aquella humanidad parásita. Después, lo lavó cuidadosamente +con un poderoso desinfectante, lo envolvió en unas gasas deletéreas, +y, junto con unas bolitas de naftalina celestial, lo envió al museo +arqueológico que para su solaz y recreo tienen los dioses. Porque por +allá arriba son muy aficionados a la arqueología.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + + +<div class="chapter" id="Ch307"> + <h3 class="dcha ws1">DOS GRANDES ERRORES</h3> +</div> + +<p>Sabemos con absoluta precisión cuando hemos de morirnos. Esto, +claro es, no se dice por ahí porque los que ya están avisados tienen +miedo y lo callan. Los otros, los que aún no están sujetos al +emplazamiento fatal, creen que la muerte es un agente extraño, <span +class="pagenum" id="Page_191">p. 191</span>algo así como el recaudador +de contribuciones de la divinidad y les satisface mantener el mito de +la Pálida, terrible huéspeda que avanza campos y ciudades provista de +sudario y la guadaña, viejas prendas que alguna vez sirvieron a la +poesía lírica, y hoy, pasadas ya de moda, apenas si preocupan a tal o +cual Hamlet de aldea.</p> + +<p>Sabemos cuándo hemos de morimos, podemos apreciar la cuerda que nos +queda y a veces paseamos años y años por el mundo con nuestra papeleta +de defunción escondida en el fondo de la conciencia. Este conocimiento +de nuestro fin no es un aviso milagroso de la Providencia ni tiene +complicaciones taumatúrgicas, no. Es suficiente que pongamos un poco +de atención en nosotros mismos; nos basta auscultar cuidadosamente +nuestro ser para adivinar lo que nos resta de vida. Un poco de reposo, +un día entero de lluvia o viento encerrados en nuestra habitación, +una noche de insomnio nos permiten escuchar todos los ronquidos, +estertores y fracasos de nuestro organismo. El que atiende a esos +indicios pronto se entera de cómo está su máquina y calcula su duración +como un experto relojero podría calcular la de un reloj. Esta es una +vieja verdad; ya en los siglos <span class="asc">XV</span> y <span +class="asc">XVI</span> la postulaban unos buenos hombres que anunciaban +solemnemente el día preciso en que había de morirse de muerte natural. +El pueblo los tomó a broma y se divirtió mucho con sus errores de +cálculo; la Inquisición <span class="pagenum" id="Page_192">p. +192</span>los tomó en serio y dio en la manía de quemarlos. Error +gravísimo; porque una vez cogidos sí que podían predecir su muerte.</p> + +<p>Consecuente con mi teoría, yo supe hace algunos años el tiempo que +me quedaba de vida. Y a juzgar por cómo se me hacían agua en la cabeza +no pocas cosas sólidas y cómo me chasqueaban y crujían otras muchas en +el hígado y en el corazón, deduje que pronto había de morir.</p> + +<p>Hombre sensato, deseché las preocupaciones sobrenaturales y me puse +a ordenar mis asuntos. Pensé entonces que, pues me había de morir y +el trance estaba próximo, era una insensatez el seguir afanándose por +las cosas terrenas. Suspendí todos mis trabajos y me di de lleno a +escucharme, a inquirir en los entresijos de mi quebrantada humanidad. +Pero por desgracia yo no tenía bienes y, mientras atendía a las +palpitaciones de mi pobre hígado, mi mujer y mis hijos pasaban grandes +hambres. Tuve que escribir cartas a los amigos pidiéndoles dinero. El +resultado fue menos que mediano. En cambio logré una sólida reputación +de vago y de sablista. ¡Idiotas! ¿Cómo querían que trabajase un +moribundo? Echado día y noche sobre mi jergón, percibía uno por uno los +íntimos derrumbamientos de mi ser, las muertes chiquitas que anunciaban +inexorables la muerte grande y definitiva.</p> + +<p>Así transcurrieron unos meses, un año, varios años. <span +class="pagenum" id="Page_193">p. 193</span>Mi situación de futuro +cadáver era ya dificilísima. Seguí pidiendo dinero; ya entonces +revelé algo a los amigos más íntimos; les dije, en una palabra, que +me hallaba moribundo y se apiadaron algo más, no mucho. Pero los muy +brutos, viendo al poco tiempo que no me moría, volvieron a cerrar sus +bolsas. Estaba desacreditado. Si me hubiese muerto —pensaba—, estaría +en buen lugar ante ellos, elogiarían mi memoria y darían dinero a mi +viuda y a mis hijos. De improviso, ¡qué idea!, discurrí que el mejor +medio de asegurar un pasajero vivir a los míos después de mi muerte +era encomendarlos a la piedad de mis amigos en emocionantes cartas +redactadas casi en la agonía. No hay hombre capaz de resistirse a la +súplica de un moribundo. Redacté pues numerosas cartas preñadas de +lúgubres imágenes, de trágicos emplazamientos para la otra vida, de +súplicas, de estertores... Llegué a dominar por completo esto que +pudiéramos llamar literatura agónica. Aquello era una idea genial; +el sablazo de ultratumba. Hice un cálculo de mis amigos y de sus +posibilidades; se me presentaba un pingüe negocio. Hay que morir, me +dije.</p> + +<p>Pero no moría aún; son demasiadas las cosas que tienen que +quebrársele a uno allá dentro para morir del todo. Ya me faltaba muy +poco, casi nada. Y, sin embargo, no era posible que esperásemos más.</p> + +<p>Decidí aligerar el desenlace. Quiero decir que pensé suicidarme. +No hay que asustarse. Lo mío no tenía <span class="pagenum" +id="Page_194">p. 194</span>realmente los caracteres de un suicidio. Era +un empujoncito, un empujoncito nada más lo que me faltaba. Cogí una +gran pistola, herencia de mi abuelo, y estuve preparándola. Al examinar +la carga me alarmé un poco. ¿No era demasiado grande aquel pedazo de +plomo para matar una cosa tan nimia, tan insignificante como lo que +de mí estaba vivo? ¿No era demasiada pólvora, demasiada detonación, +demasiado escándalo? Una pueril cerbatana hubiese sido suficiente; +pero, por desgracia, la cerbatana es en nuestros días un arma ineficaz +para el suicidio y además un poco ridícula.</p> + +<p>Me resigné; moví aquel pistolón y me hice polvo. Creo que fallecí +antes de que el plomo me llegase a los sesos.</p> + +<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div> + +<p>¿Quieren ustedes creer que me equivoqué? Créanlo; las famosas cartas +no dieron un solo céntimo a mi pobre viuda. En cuanto a mi muerte y a +sus claros indicios...</p> + +<p>Baste decirles que hace diez años que yazgo dos varas bajo tierra +y aún siento aquí en la calavera algo que no me deja sosegar: un +gusanillo, un gusanillo...</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + + +<div class="chapter" id="Ch308"> + <h3 class="dcha ws1">EL BROMAZO</h3> +</div> + +<p>Mi proceso ha sido sonado. El crimen que se me imputaba era una +verdadera obra de arte, con la que los gacetilleros consiguieron +emocionar a los burgueses <span class="pagenum" id="Page_195">p. +195</span>de suyo indiferentes y estólidos. Una mujer, una pobre +mujer, había aparecido asesinada en su lecho y junto se encontraron +los cadáveres espantosamente mutilados de sus dos hijitos; además, los +muebles se hallaban en desorden y la pobre gaveta descerrajada y sin un +céntimo.</p> + +<p>La mujer era viuda; sostenía conmigo relaciones amorosas; algunas +veces me había dado un poco de dinero, y por esto, y porque los niños +no eran muy agradables ni me miraban bien, reñíamos frecuentemente. +Dieron en decir que yo había sido el asesino y me encarcelaron.</p> + +<p>Negué con energía; pero no pude probar nada. Viendo que no hacían +caso de mis protestas, decidí fugarme. Lo conseguí a poco. Mi propósito +era buscar por mí mismo las pruebas de mi inocencia, ya que nadie, ni +siquiera mi defensor, creía en mis palabras. Yo era inocente —ya no +tengo empeño en que lo creáis— y había un medio de demostrarlo.</p> + +<p>La noche del crimen estuve en casa de mi amante y disputamos; los +vecinos me vieron entrar y me oyeron dar voces. Hacia la media noche +me marché sin que nadie pudiera sentirme. Camino de mi casa encontré a +un sujeto extraño; me pidió le orientase, pues se había perdido en el +dédalo de las callejuelas del barrio. Parecía extranjero; vestía mal y +hablaba peor. Adiviné en él un tipo interesante y charlamos como buenos +amigos. Era uno de esos sujetos estrafalarios <span class="pagenum" +id="Page_196">p. 196</span>que andan perdidos por el mundo, de los +que se puede decir que son la avidez en dos piernas y unos ojillos +curiosos. No supe cómo se llamaba, adónde iba ni de dónde venía. Mostró +empeño en escudriñar aquel barrio viejo y pintoresco a la luz de la +luna de enero y durante tres horas recorrimos todas las callejuelas, +llegamos a los muelles, pasamos el puente y acodados en el pretil +estuvimos viendo cómo la luna hacía cosquillas al río. Ya al amanecer +nos separamos. Me hizo saber tan solo que al día siguiente abandonaría +la ciudad y poco después el territorio. No he vuelto a saber nada de +él.</p> + +<p>Transido de frío y lleno de fango llegué a casa y me acosté. Tuve +alguna fiebre y estuve delirando. La patrona ha declarado después que +me oyó pronunciar palabras ininteligibles con gran excitación. Cinco +horas más tarde vino la policía y me condujo ante el juez. Yo era el +asesino de mi amante y de sus hijos.</p> + +<p>Únicamente podría probar lo contrario si lograba encontrar a aquel +vagamundo. Así lo dije; hicieron algunas pesquisas infructuosas y +no me atendieron más. Entonces me fugué y durante tres meses empleé +toda mi astucia y mi energía en buscar al maldito extranjero y en +huir de la Justicia. Creí adivinar que había marchado al país vecino +y allí fui a buscarle. Puse anuncios en los periódicos, inquirí en +cárceles, hospitales y cuarteles. Nada. Desesperé, y en este momento +volvió a cazarme la policía. Se consiguió mi <span class="pagenum" +id="Page_197">p. 197</span>extradición y volví a mi antigua cárcel, +corroborando con mi huida al extranjero la sospecha de que yo fuese el +asesino. Los inocentes no huyen nunca, dicen con toda gravedad esos +absurdos y axiomáticos magistrados.</p> + +<p>Negando yo y agobiándome ellos con sus acusaciones, se celebró la +vista de la causa. Todos los testigos me han sido adversos; el fiscal, +después de despreciar las pruebas por innecesarias, ha llamado la +atención del Tribunal sobre mi cinismo. El idiota de mi defensor, harto +ya de exhortarme a la confesión, ha dicho una interminable serie de +majaderías. La pasión, la miseria, los hijos del otro, el atavismo... +¡Puaf!</p> + +<p>Echando requiebros al jurado estaba mi defensor cuando me asaltó +una invencible repugnancia por todo aquello. Aquel gran aparato, +aquellas enfadosas pruebas, aquellos graves peritos, aquella ciencia, +aquellas calvas, aquellas togas y birretes, y hasta las chaquetas +negras y llenas de arrugas de los menestrales del jurado, me parecieron +ridículas, terriblemente ridículas.</p> + +<p>Ante mis ojos y ante mi conciencia, todo, hasta lo más sagrado, +se estaba poniendo en evidencia, en ridículo. Nada podía yo hacer +para desbaratar el error, el formidable error de aquellos sabios y +hombres buenos. Les grité a la cara; me hicieron callar. Después de un +ataque de ira me asaltó una terrible angustia, <span class="pagenum" +id="Page_198">p. 198</span>y, por último, no supe hacer más que +insultarlos y reírme a carcajadas.</p> + +<p>Sus términos, sus proposiciones, sus silogismos y sus razonamientos +me parecían espantosamente cómicos. Ya los había dejado por imposible, +y les oía desbarrar y decir sutilezas mientras me reía a mandíbula +batiente. Palabra que me reía con toda mi alma. Así deben reírse los +dioses viendo errar a las criaturas.</p> + +<p>Me condenaron a muerte. Al leérseme la sentencia volví a indignarme +y a gritarles. Como si no. Muy metidos en sus togas y sus librotes, +aquellos señores habían fallado en justicia. ¡En justicia! ¡Ja, ja, ja! +Entre carcajadas me volvieron a la celda.</p> + +<p>A los pocos días debían ejecutarme en garrote vil. Empleé aquel +tiempo en pensar serenamente sobre lo sucedido y poco a poco conseguí +calmarme. Me daba cuenta exacta de cómo el error, semejante a un +diablillo maligno, se había apoderado de cada una de aquellas +privilegiadas cabezas de los que me condenaron y, ¡qué diantre!, era +divertido verles machacar en el error, darle vueltas, tomarlo, sobarlo, +medirlo, y, al fin, consagrarlo con una monstruosidad: la sentencia. +¿Cómo se atreverán esos presuntuosos a sentenciar y dar muerte a +un hombre? ¿No piensan que si se equivocan, yo, un pobre diablo +cualquiera, puede escupirles a la cara y reírse de ellos?</p> + +<p>Y esto es lo que hacía. Reírme; reírme con espantosas carcajadas.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_199">p. 199</span></p> + +<p>En la mañana de la ejecución vino a verme un sacerdote.</p> + +<p>—¿Sabe usted algo, padre? —le pregunté anhelante.</p> + +<p>—No, hijo.</p> + +<p>—Pues vaya usted con Dios —le dije por no agraviarle.</p> + +<p>Me ejecutaron con toda la solemnidad y aparato con que estas +cosas se hacen. El público, llevado allí para la ejemplaridad de la +pena, presenciaba conmovido aquel ceremonial que a mí se me antojaba +altamente grotesco. Quise decirles muchas cosas. Mas ¿para qué?</p> + +<p>Di el cuello al verdugo; hizo este funcionar su máquina, y en aquel +momento os juro que mi satisfacción, mi alegría por estar solo en el +secreto, por haber burlado a aquellos graves hombres, me hizo feliz. +Quise reírme por última vez, pero ya no pude. Entonces, no sabiendo qué +hacer para mostrar mi desprecio, mi burla hacia toda aquella gente, +saqué un palmo de lengua.</p> + +<p>No lo entendieron. ¡Qué brutos! Menudo bromazo les he jugado. +Porque... ¡¡Soy inocente!!</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + + +<div class="chapter" id="Ch309"> + <p><span class="pagenum" id="Page_200">p. 200</span></p> + <h3 class="dcha ws1">EL SUICIDIO DEL CADÁVER</h3> +</div> + +<p>Nació; le bautizaron; a fuerza de chupetones y rabietas consiguió +tenerse en dos pies; articuló primero unos gritos y se hizo entender +después con las mismas palabras que usaban sus padres; más tarde +reconoció esas mismas palabras, escritas o impresas; en adelante, +le torturaron con otras muchas cosas que maldito si le importaban; +aprendió que la tierra tiene dos movimientos, uno de rotación y otro +de traslación, y el corazón, otros dos, sístole y diástole; reconoció +la soberanía de las Cortes con el rey; se convenció de que dos y dos +son cuatro; tuvo que creer que a don Favila se lo comió un oso y que +San Hermenegildo fue mártir; aprendió la ley de la gravedad y otras +muchas leyes naturales y contra natura; amó a su patria, temió a Dios, +respetó a la Guardia civil, leyó el <i>Quijote</i> y se hizo bachiller. +Entonces olvidó casi todas estas cosas y aprendió otras que fueron +olvidadas igualmente cuando se hizo licenciado. Tomando y dejando cosas +se formó al fin; prestó dilatados servicios a su patria en cualquier +menester burocrático; hizo el amor, le casaron, le nacieron hijos, y +como suyos los inscribió en el Registro civil; se le cayeron el pelo y +los dientes; le concedieron una gran cruz y se murió.</p> + +<p>Muerto y enterrado —pomposamente enterrado— estaba <span +class="pagenum" id="Page_201">p. 201</span>hacía algunos años cuando +por primera vez se puso a pensar seriamente y a fondo. Esto de pensar +en la tumba no es extraño. Los biólogos dicen a todo el que les quiere +oír que no nos morimos de una vez, sino poquito a poco. Empezamos a +morirnos cuando se nos cae el primer diente, cuando nos sale la primera +cana, y muriéndonos tiramos años y lustros, hasta que nos entierran, o +mejor dicho hasta mucho después de habernos enterrado, porque a veces +aunque se nos haya muerto el corazón y estemos tiesos y estirados, +mondos y lirondos, dándonos a la carcoma, aún hay en nosotros partes +vivas que si pudieran actuar libremente protestarían contra el sepelio +prematuro. Hay muertos a los que les crecen las uñas; prueba de nuestra +tesis es también que a veces los cirujanos remiendan a los vivos +averiados con trozos de la piel de esos muertos a medias; popular es la +frase de morirse a pedazos y la de estar medio muerto, y por si esto +fuera poco yo tengo mis dudas respecto de las momias. ¿Por qué ha de +estar muerto Tutankamen y no han de estarlo ciertos senadores que yo me +sé?</p> + +<p>No es pues extraño que nuestro ilustre cadáver a los diez o doce +años de estar domiciliado en la huesa se pusiese a pensar. Es por el +contrario naturalísimo. Jamás había pensado nada mientras anduvo por +el mundo. Su pensamiento fue virgen al féretro, no había sufrido el +menor desgaste, no tenía pues <span class="pagenum" id="Page_202">p. +202</span>por qué morir y en aquella paz del sepulcro comenzó a actuar +vigorosamente. A medida que el difunto fue desencarnando empezó a +moverse el pensamiento con cierta libertad dentro de su calavera. La +poca costumbre de pensar hizo creer al muerto en los primeros tiempos +que aquello que le escarbaba en el occipital era un gusanillo demasiado +ansioso. Pero no; pronto se convenció de que era él, él mismo, su +propia sustancia, lo que le escarabajeaba.</p> + +<p>Pensando, pensando, con toda la gravedad y circunspección que le +prestaba su respetable condición de cadáver, abominó de aquel trasiego +de cosas en que se había empleado el venerable puchero que sobre los +hombros sostuvo durante cincuenta o sesenta años. Aquel tomar y dejar +ideas, que por una oreja le entraban y por la otra le salían, le +pareció despreciable. Reconoció que su cerebro había sido un cedazo +por el que la linfa se filtraba, mientras en el meollo se le iban +depositando las arenas de aluvión y los cantos rodados. Nada más.</p> + +<p>A los doscientos años de estar dos metros bajo tierra había +conseguido tal lucidez, estaba tan limpio de envoltura carnal, que +el pensamiento rodaba vertiginoso por la órbita de su calavera, +proporcionándole ideas maravillosas. Sus conclusiones fueron +radicalmente distintas de las que obtuvo mientras vivió a flor de +tierra. Adquirió el convencimiento de que la humanidad insepulta es +perfectamente estúpida. ¿Para <span class="pagenum" id="Page_203">p. +203</span>qué ese ajetreo de la vida? ¿Para qué tanto afán? ¿Por +qué apasionarse por tan grandes errores? Poquito que se reía él de +Ptolomeo, Newton y Einstein.</p> + +<p>Pero esta clarividencia le llevó a ser humorista y más tarde se le +agrió el humor. Le entró una rabia sorda contra su anterior vida. Había +sido un majadero. ¡Si él hubiese pensado las cosas mientras tuvo cédula +como las pensaba a los doscientos años de estar muerto y enterrado! Le +irritaba la idiotez de los vivos. De buena gana hubiese salido por el +mundo a insultar a la gente; pero no podía. Cuatro metros cúbicos de +tierra sobre su menguado esqueleto pesaban demasiado. Se enfureció por +su impotencia. Tenía que salir de allí y hacer curiosas revelaciones +a la humanidad. Se volvió loco. El gusanillo de su pensamiento, como +una luciérnaga, saltaba frenético dentro de la calavera. No pudo +resistir más. Se dio un chocazo contra el féretro y los dos parietales +desencajados se apretaron el uno contra el otro cogiendo en medio al +bichito de luz, al terrible pensamiento, que murió como un piojo entre +dos uñas. El muerto se había suicidado.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + + +<div class="chapter" id="Ch310"> + <p><span class="pagenum" id="Page_204">p. 204</span></p> + <h3 class="dcha ws1">HISTORIA DE UN HOMBRECITO<br> QUE NO NACIÓ</h3> +</div> + + +<h4 class="romano">I</h4> + +<p>No me apesadumbra esta muerte inminente a que estoy sin remisión +condenado. Es más: creo que ya he vivido bastante y que poco, muy poco +de cuanto hay en el mundo me queda que conocer y sentir. Desde hace +varios meses padezco una conciencia adulta, que prematuramente se hizo +parásita de esta masa gelatinosa de que estoy formado. ¿Para qué seguir +soportando su tiranía por más tiempo?</p> + +<p>Sé que pertenezco, o he debido pertenecer, al género humano, que +tengo el signo de varón y que, de haber sucedido las cosas de modo +normal, yo hubiese sido dado a luz dentro de unos días; dentro de unos +meses habría aprendido a tenerme en dos pies; pasados unos años sabría +engendrar nuevos seres, y ocurrido poco más de medio siglo, volvería a +la nada.</p> + +<p>No ha sido así; muero nonnato y, ¡qué diablo!, muero feliz, gracias +a la milagrosa plenitud de mi conciencia, que en esta redoma en que +yazgo me ha permitido seguir exactamente el curso que dan a su vida +los humanos, nada grato, por cierto. No se tome <span class="pagenum" +id="Page_205">p. 205</span>a mala parte este mi pesimismo. Creo que si +todos los hombres tuviesen plena conciencia desde el momento en que son +concebidos, muy pocos se prestarían a seguir adelante.</p> + +<p>Voy a morir y aún no soy más que un feto informe, o mejor dicho, un +concepto no desarrollado. Pero ¿es que todos los conceptos valen acaso +la pena del desarrollo?</p> + +<p>No lo creo; por eso muero a gusto. Y porque no quede en el aire +como una petulancia juvenil esta conformidad con mi destino, expondré +someramente cuanto en mis escasos meses de conciencia he podido +aprender del mundo y de los hombres.</p> + + +<h4 class="romano g0">II</h4> + +<p>Mi padre es una buena alimaña del Señor, que trabaja, suda, sufre, +bebe, canta y hace sufrir a los demás. Creo que en el mundo hay unos +Códigos, producto de la sabiduría universal, que determinan exactamente +lo que en cada momento mi padre debe hacer. De esto, que yo ya sé +hace algún tiempo, él no se ha enterado todavía y viénenle de esta +ignorancia graves daños. En este momento, según mis noticias, gime +encarcelado, bajo la terrible acusación de parricida e incestuoso, +y por los indicios que he podido recoger supongo que no tardarán en +llevarle<span class="pagenum" id="Page_206">p. 206</span> al matadero, +aunque todavía no he podido poner muy en claro para qué han de +matarle, si no han de comérsele. Parece ser que le inmolan a una diosa +bárbara, llamada Justicia, cuyo culto primitivo se conserva entre los +civilizados. Disculpen estas perplejidades e incongruencias mías; pero +con solo unos meses de conciencia, mis conocimientos del mundo y de la +vida son muy fragmentarios. No creo, sin embargo, que lo sean menos los +vuestros.</p> + +<p>Por todas estas cosas, la buena gente de la aldea se ha congratulado +de que yo no venga al mundo. ¡Pobre! —decían—. ¿Qué sería de ese +desdichado aborto del infierno, hijo del incesto y del crimen? +¡Angelito! ¡Más le ha valido haberse muerto!</p> + +<p>Yo, pese a todo esto, no tengo muchos motivos para estar quejoso de +mi padre. Es más: me siento un poco orgulloso de ser su hijo. Mi padre +es joven, fuerte y hermoso. Ningún muchacho de la aldea tira la barra +de hierro más lejos que él ni muerde en el cuello con más ardor a las +mujeres. Repito que es una sana y alegre alimaña de Dios, que en una +época de debilidades, claudicaciones y tristezas ha sabido conservar +fieramente su entereza ejemplar, su noble gallardía de bestia entera, +confiada en sus garras, sus dientes y su destino.</p> + +<p>Mi padre era pastor. Durante el tiempo que conviví con él le admiré +rendidamente. Tiraba de la honda como un guerrero balear, silbaba como +un fauno,<span class="pagenum" id="Page_207">p. 207</span> corría como +el viento y su larga cayada arremolinaba en torno suyo a los rebaños, +sumisos y complacidos. Yo pensé que con tan buenas prendas mi padre +triunfaría en el mundo. Creí que no tardarían en hacerle obispo o cosa +así. Pero me equivoqué.</p> + + +<h4 class="romano g0">III</h4> + +<p>Un día llegó hasta el hato en que mi padre y yo con él sesteábamos, +una mujer, joven todavía, ancha, fuerte y hermosa. Mi padre le dedicó +desde el primer momento sus toscas zalemas, le hizo probar su queso más +fresco, sus piñones y sus nueces. Ella le regaló un pañizuelo bordado y +le hizo beber el agua fría del regato en la cuenca rosada de sus manos. +Hecho esto, se marchó riendo y no volvió más.</p> + +<p>Inquieto se quedó mi padre. Cuando llegó la noche dejó el rebaño al +cuidado de los mastines y echó cuesta abajo hacia la masía. Rondando +las paredes de la casona estuvo hasta que las estrellas le dijeron +que iba a venir el alba, y entonces, pasito a paso, se volvió a la +montaña.</p> + +<p>Bajamos también a la noche siguiente y a la otra. A la cuarta noche, +mi padre, encaramado en unos aperos, tocó con los nudillos, quedamente, +en el marco de un alto ventanuco, por cuyas rendijas había él <span +class="pagenum" id="Page_208">p. 208</span>atisbado el cuartito +estrecho de aquella mujer que le sonsacara.</p> + +<p>La mujer se sobresaltó un tanto; pero pronto logró mi padre calmarla +con sus caricias, que ella gustó a poco sin rebozo. Desde entonces, mi +padre dejaba todas las noches el ganado a la custodia de los perros, +y a buen andar íbase contento y satisfecho hacia la masía, por cuyas +paredes trepaba hasta meterse por aquel ventanuco en cuyo alféizar le +recogían los arremangados brazos de aquella buena y complaciente mujer, +que ya le retenían afanosos hasta la madrugada. Regalábanse entrambos +con mutuas caricias; dábanse el uno al otro fehacientes testimonios de +su amor, y en uno de aquellos transportes mi padre me dio a mí, que ya +no volví con él a la majada.</p> + + +<h4 class="romano g0">IV</h4> + +<p>Empezó para mí una nueva vida. Me sentí tan a placer en mi flamante +morada, tan bien asistido, que pronto empecé a crecer y desarrollarme. +Me hallaba bien acondicionado, progresaba y empezaba a ser algo en +el mundo. Entonces fue cuando por primera vez di en el hábito de +filosofar.</p> + +<p>Pero aquel sosiego, que favorecía mi rápido desarrollo, trajo a mi +madre —ya entonces supe que <span class="pagenum" id="Page_209">p. +209</span>aquella había de ser mi madre— espantosas desdichas. Pronto +empezó a hacerse notar mi existencia, no obstante el cuidado con que la +pobre mujer apretaba los cordones de su corpiño, reduciendo hasta lo +inverosímil la estrecha cárcel que me aprisionaba.</p> + +<p>En aquel entonces hubo en la masía un movimiento inusitado. Por +lo que después pude saber había llegado el amo. El amo de la casona, +los ganados, los pastos; el amo de mi madre, de mi padre, y creo que +amo mío también. Aquella llegada del que yo suponía buen dios posesor +desazonó a mi madre sobremanera, y largas horas la sentí llorar con +lentos y difíciles sollozos, allá en el último rincón del sobrado, +donde nadie pudiese verla.</p> + +<p>Una noche, después de la cena, sobrevino la catástrofe. El amo +había cenado bien; la morcilla, el tasajo, los alcaparrones y el queso +picante le habían hecho beber mucho vino y los ojos debían brillarle +como dos diamantes negros. Yo adiviné esta furia de sus ojos en el +estremecimiento de terror de mi madre cuando, mandada llamar por él, se +presentó sumisa a su deseo.</p> + +<p>El amo estaba contento y quiso que de su alegría participase mi +infeliz madre. Por una vez el amo la libraba de su monótona vida de +sirvienta y la elevaba hasta él, dándole parte de su exuberancia. Había +que estarle agradecida.</p> + +<p>Pero mi madre no quería; resistiose largo rato a <span +class="pagenum" id="Page_210">p. 210</span>los deseos de expansión del +amo, hasta que este, fuera de sí, quiso tomar por fuerza lo que de buen +grado no le daban.</p> + +<p>—Ven acá, mala pécora —decía con terribles voces—. ¿Qué remilgos +para conmigo son esos? A buena hora mangas verdes, hipocritona.</p> + +<p>—Déjeme, mi amo, déjeme —suspiraba mi madre.</p> + +<p>—¿Dejarte? ¿A santo de qué? ¿No eres mía, lagarta? ¿No lo has sido +siempre?</p> + +<p>—Eso fue antes, amo. Era yo una chiquilla...</p> + +<p>—Antes, ahora y después. ¿Olvidas que fui yo mismo quien te quitó de +ser mocita, quien te hizo madre y quien te evitó que cayeses después en +un burdel? ¿No comes honradamente el pan de mi casa, en vez de andar +rodando por las ferias? Anda, déjate de gazmoñerías. Todavía eres joven +y hermosa para arrepentirte, morena.</p> + +<p>—No quiero, no quiero.</p> + +<p>—Pues querrás, como siempre quisiste, vaca vieja.</p> + +<p>—No; aquello se acabó. Sanseacabó. ¡Por estas!</p> + +<p>—¿Y por qué, paloma?</p> + +<p>—Porque quiero a otro hombre.</p> + +<p>—Buena cosa, nena. Yo no te lo impido. Si quieres a otro hombre, yo +te casaré con él, mi reina; tendrás la dote prometida y te diré al fin +qué fue de nuestro hijo para que tu hombre y tú lo recojáis.</p> + +<p>—¡Mi hijo!</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_211">p. 211</span></p> + +<p>—Hecho un hombre está. Dieciocho años tiene y gloria da verle.</p> + +<p>—Dime, por caridad, dónde está mi hijo.</p> + +<p>—Dime tú antes quién es ese hombre a quien quieres.</p> + +<p>—Ese hombre es...</p> + +<p>—¿Quién?</p> + +<p>—Un niño todavía. El zagal que pastorea el rebaño detrás del +robledo.</p> + +<p>—¿Juan Sin Nombre, el zagal?</p> + +<p>—Juan Sin Nombre el zagal, el mismo.</p> + +<p>—¡Dios de Dios!</p> + +<p>Un nuevo estremecimiento de mi madre me hizo adivinar que algo +terrible había pasado por los ojos del amo. Debieron apagársele las +luces de la lujuria; algo espantoso debió ocurrirle en el alma y, +cuando volvió a hablar, su voz era honda, dura y seca.</p> + +<p>—Vete, maldita; vete, perra. Vete, maldición de mi casa y de mi +vida.</p> + +<p>Sollozando, mi madre se salió de la pieza. Sus lágrimas no podían +disimular su contento por haberse librado milagrosamente de las +zarpas del amo, y no bien entró en su cuartito, abrió la ventana, +recogió entre sus brazos a mi padre, que allí la esperaba, y juntos se +descolgaron por el paredón de la masía y juntos corrieron, sin volver +atrás la cara, mientras el vientecillo de la sierra les azotaba el +perfil, y los perros cortijeros, uno a uno, iban llevando la noticia +<span class="pagenum" id="Page_212">p. 212</span>del rapto hasta el +fin del mundo con sus intermitentes ladridos.</p> + + +<h4 class="romano">V</h4> + +<p>Mi padre y mi madre se amaban impetuosamente. Tuve certeza de +ello en aquellos días en los que mi madre, huida de la masía, se +escondía en un socavón, con honores de vivienda, allá en los cerros +donde pastoreaba el ganado. Allí iba mi padre a llevarle sus sabrosos +presentes. La miel, la leche, la fruta que compraba o robaba por los +alrededores. Dormía mi madre en aquella cueva sobre un lecho de hojas +secas; servíanle de fogaril unas trébedes y un agujero abierto en el +techo natural de la cueva, y aún tenía, a pocos pasos, un regato, que +de espejo, baño y fuente le servía. Creo que mi madre se sentía allí +dichosa, y, a mi juicio, aquellos tres o cuatro días fueron los únicos +de paz y gozo que tuvo la infeliz.</p> + +<p>El amo no se resignó con su desaparición. Hízola buscar cielo y +tierra, y ya, desesperado de encontrarla, se fue hacia el hato y +llamando aparte a mi padre le abordó sin rodeos.</p> + +<p>Con la fría crueldad de un dios o un demonio le hizo saber que +estaba al corriente de sus relaciones con mi madre. Díjole que no le +parecían bien aquellos amoríos, que mi madre era mujer de su casa y +<span class="pagenum" id="Page_213">p. 213</span>servicio y que para +su casa y para sí la quería. Él era el amo y allí no había de hacerse +más que su santa voluntad.</p> + +<p>Le oyó mi padre con paciencia felina. Con un poco de imaginación se +le hubiese visto mover el rabo a compás de un lado para otro, y más de +una vez, a lo largo de la filípica, gruñó sordamente, amenazando con +saltar al cuello del amo.</p> + +<p>Contúvose, sin embargo; no creo que lo hiciese por prudencia, sino +porque estaba satisfecho y porque tenía a la hembra en su cubil y entre +las zarpas su formidable cayada.</p> + +<p>—Búsquela, nostramo, búsquela —le decía con sorna.</p> + +<p>—No la buscaré más; has de ser tú quien me la traiga. Ese encargo te +doy.</p> + +<p>—No podré cumplirlo, amo.</p> + +<p>—Vaya si podrás. Podrás, porque esa mujer, que hasta aquí fue mía, +será mañana de otro, de cualquiera. Menos tuya.</p> + +<p>—¿Y por qué no mía?</p> + +<p>Irguiose el amo, temblando de furor, y rugió al fin:</p> + +<p>—¡Porque es tu madre!</p> + +<p>—¡Bah! —repuso el pastor—. ¡Mi madre! ¡Bah! Es mi amante.</p> + +<p>—Es tu madre, idiota.</p> + +<p>—¡Mi madre! ¡Mi madre! ¡Ea!, largo de aquí con sus cuentos, viejo +zorro.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_214">p. 214</span></p> + +<p>—Ven acá, imbécil. Esa mujer, criada de mi casa, de quien yo dispuse +siempre a mi antojo y a quien le hice un hijo, que eres tú, podrá no +volver a la masía, pero ya nunca será tuya.</p> + +<p>—Pero ¿por qué ha de ser mi madre, si yo la quiero para mí, mía, +como hombre y mujer, lobo y loba? Fuera de aquí, ¡ea! ¡Mi madre! ¡Mi +madre! ¡Mi hembra! Largo de aquí. Ya verás, amo, para lo que me sirven +tus historias. ¡Largo!</p> + +<p>Y, enarbolando la cayada, la volteó sobre su cabeza y la descargó +furiosamente sobre las espaldas del amo, que cuando se repuso y quiso +hacerle cara no consiguió sino que mi padre tirase lejos la cayada, y +ya con uñas, dientes y pezuñas le agredió gozoso, pateándole con furia. +Cuando se cansó le dejó respirar, incorporarse y huir, mientras iba +descargando contra él las piedras más certeras que salieron de su mano +a impulso del brazo más templado de toda la serranía.</p> + +<p>Vibrante, excitado por la lucha, la pelambrera revuelta, el +pecho jadeante, al descubierto por entre los jirones de la camisa, +echó a correr hacia el socavón donde mi madre le aguardaba, +sumisa y enamorada, y allí yació con ella a su placer con fieros +estremecimientos de tigre en celo, que rindieron para siempre a la +hembra. Ya dije que tenía mis motivos para estar orgulloso de mi +padre.</p> + + +<h4 class="romano g0" title="VI"><span class="pagenum" id="Page_215">p. +215</span>VI</h4> + +<p>No creo que al principio la noticia del incesto conturbase mucho a +mi padre. ¡Qué sabía él! El instinto le había llevado hacia una mujer y +el instinto nada le decía en contra de esta querencia, aun después de +saber que aquella hembra era su madre.</p> + +<p>Se dispuso a seguir queriéndola, como hasta allí la había querido, +dándosele un ardite de la extraña y absurda circunstancia que infundía +un sentido criminal a su noble y sana apetencia.</p> + +<p>Pero aquel que en los primeros momentos se le antojó levísimo +contratiempo, empezó a escarabajearle en el meollo y ya no le dejó +sosegar. Me imagino la estupefacción de mi padre al ver que una cosa +tan nimia, tan insignificante, se le oponía tenaz, dispuesta a torcer +su voluntad. Presto a defender su hembra contra los mayores obstáculos +del mundo, a los que él otorgaba una representación plástica de grandes +moles de granito, hierros, llamas, garras, dientes, veíase acometido +por una imperceptible dificultad, que él no creyó nunca tuviese +valor alguno. Decir a mi padre que una imposibilidad moral había de +obligarle a refrenar su apetito era como torcer el curso de un río con +procedimientos suasorios.</p> + +<p>Desgraciadamente, no era mi padre tan entera alimaña <span +class="pagenum" id="Page_216">p. 216</span>como debió ser, y no +obstante su fortaleza contra los corpóreos enemigos, se dejó tomar y +vencer por aquel inaprensible adversario de su dicha.</p> + +<p>La agresión de que había hecho objeto al amo le aconsejaba huir +de aquellos parajes, y cuando fue de noche, mi padre, mi madre y yo +emprendimos la marcha, siguiendo los más difíciles atajos y las sendas +más extraviadas.</p> + +<p>Durante el camino caviló mucho mi padre, tomado ya por aquel artero +adversario de su instinto, y no tardé mucho en darme cuenta de cómo sin +querer empezó a repeler a la hembra que, atemorizada por la noche y el +frío, buscaba su cobijo.</p> + +<p>Anduvimos hasta el amanecer y ya entrado el día topamos con una +cuadrilla de segadores nómadas, a los que nos unimos. Dos o tres +semanas vivimos en su compañía. A lo largo de aquellos días yo pude +darme cuenta de cómo el asco iba venciendo en mi padre aquella +inclinación primera que le llevó al incesto. La cavilación, el dar +y dar vueltas del exiguo meollo en torno a aquella infranqueable +barrera fueron arruinándole y dejándole requemado, correoso, extinto. +Repudiaba, al principio con dulzura, luego con furor, a la infeliz +madre de entrambos, cuyas entrañas no habían sabido adivinar la +tragedia, y pronto la vida fue imposible a su lado. Se separó de los +segadores y muchos días estuvimos vagando y merodeando por los caseríos +de la comarca. Mi madre <span class="pagenum" id="Page_217">p. +217</span>proveía a nuestra subsistencia buscando raíces, hurtando +racimos, trabajando, a veces, en las duras faenas del campo, allí +donde por caridad querían darle quehacer. Mi padre, más ensombrecido +cada día, íbase, desde que apuntaba el día, a la bodeguilla, y allí +se estaba bebiendo en silencio, jarro tras jarro, el vino turbio y +agrio, hasta que anochecido se reunía con mi madre en cualquier chozo +abandonado. Ella, rendida de la faena del día, de sus hambres y sus +dolores, aún tenía ánimos para ofrecérsele blandamente enamorada. +Entonces él se desataba en denuestos y la golpeaba. Yo he sentido +alguno de aquellos golpes sobre la tersa esfericidad de su vientre y +por ella temí más que por mí.</p> + +<p>De mal en peor seguimos arrastrando nuestro dolor por todos los +caminos. Un fatal designio nos iba acercando a nuestra aldea. Creo +que era mi madre la que, sintiéndose próxima a dar a luz, derivaba +hacia el viejo campanario tan amado. Mi padre se dejaba llevar +insensible a todo lo que no fuese su furor. Una tarde que no había +bebido demasiado le sentí llegar suavemente hasta mi madre. Parecía +contento. Cantaba, silbaba, reía con estrépito y se dejaba acariciar +por las manos destrozadas de mi madre, que lloraba de alegría, viéndole +otra vez junto a sí. El infeliz estaba contento aquella tarde. ¡Pobre +padre mío! ¿Por qué te dejaste vencer por aquel invisible enemigo? +¿Por qué perdiste tu recia animalidad? ¿Por <span class="pagenum" +id="Page_218">p. 218</span>qué dejaste de ser una buena alimaña de Dios +para convertirte en algo menos que un hombre y que una bestia?</p> + +<p>Aquella tarde se dejó llevar de las caricias de mi madre y fue +incestuoso una vez más.</p> + + +<h4 class="romano g0">VII</h4> + +<p>Pero a la otra mañana, cuando al lucir el sol vio claramente su +pecado recortado en el azul del cielo, sintió un asco invencible, una +infinita repugnancia. Y apaleó a mi madre.</p> + +<p>¿Cuánto sufrió aquella mujer? ¿Cómo se explicaría la desdichada +aquellos ramalazos de locura de su amado? ¿Qué infinita bondad no +habría en su alma cuando se los perdonaba?</p> + +<p>Trabajando, padeciendo, hambrienta, odiada y apaleada cada día, como +un perro sarnoso, llegó mi madre al noveno mes de su embarazo. No dudo +de que grandes debieron ser sus pecados; mas dificulto que haya habido +una tan terrible expiación como la suya.</p> + +<p>Hace no más que veinticuatro horas estaba en un rincón de +nuestra cueva, a la que habíamos vuelto, y era tal su congoja, tan +incomensurable su dolor, que pedía a todos los poderes de la tierra y +del cielo la librasen de la vida.</p> + +<p>Los poderes incógnitos no fueron sordos a su súplica. <span +class="pagenum" id="Page_219">p. 219</span>Una vez más llegó mi padre +ebrio de dolor y de vino, y una vez más fustigó las carnes maceradas de +la infeliz. Revolviose ella, por primera vez, contra el castigo y pidió +a mi padre que por los clavos de Cristo no la martirizase más, o por lo +menos le dijese qué causas tenía aquel odio salvaje.</p> + +<p>Mi padre no pudo contenerse por más tiempo y se lo escupió a la +cara, al mismo tiempo que, echándole las manos al cuello, le apretó con +furia, no sé si de odio o de apetito. No sé.</p> + +<p>Como no sé tampoco si mi madre murió víctima de la presión de los +dedos de mi padre, engarbados a su cuello, o del horror y el asco de su +crimen.</p> + + +<h4 class="romano g0">VIII</h4> + +<p>De esto hace ya unas horas. Mi padre cayó minutos después en las +garras de la justicia, que lo ahorcará bonitamente. En cuanto a mí, +pocos son los que se han ocupado de salvarme. Creen que ya estoy muerto +y que el mundo no ha debido ver la aparición de un engendro tal del +crimen cual yo debiera ser. ¡Pse! Tal vez tengan razón.</p> + +<p>Unas aldeanas piadosas están velando el cadáver de mi madre, en cuyo +centro esta redoma en que yazgo va enfriándose por segundos. Pronto +dejaré de existir.</p> + +<p>Y no me pesa.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + + +<div class="chapter" id="Ch311"> + <p><span class="pagenum" id="Page_220">p. 220</span></p> + <h3 class="dcha ws1">EL ÁNIMA DE LA VIEJA</h3> +</div> + +<p>Cuando la conocí ya estaba hecha una pavesita. Era vieja, tan +retevieja, que hasta la cuenta de los años había perdido. Vivía en uno +de los cuartos del desván desde hacía quién sabe el tiempo y pudiera +creerse que la vertiente del tejado, pesando sobre su cabeza cana, +había ido humillándola, hasta clavarle la barbilla en el esternón y +hacer que su espinazo se arquease tenso ya y a punto de lanzar al +espacio la flecha de su alma.</p> + +<p>La mitad de sus días se le iba con el rosario entre las manos y +sentada ante la angosta buhardilla, desde la que admiraba, con sus +ojuelos quietos y blanquecinos, la inmensidad del mundo, la grandeza +del creador y el gracioso ir y venir de las nubes, en las que a veces +cabalgaba su fantasía, yéndose con ellas, en dilatados viajes, a +regiones de ensueño, pobladas con loca confusión por los esmaltes y +colores de su infancia, las tintas planas y aurirrojas de su juventud, +las perlas de sus sartas de lágrimas y el oro viejo de la liturgia. +Entonces era cuando se le iba el santo al cielo.</p> + +<p>Un viejo bote de tomates, lleno de tierra negra y coronado de +hierbabuena, representaba ante ella el milagro de la vida inagotable, +y al otro lado de la ventana un jilguero cautivo le renovaba cada día +el <span class="pagenum" id="Page_221">p. 221</span>espectáculo del +dolor. Eran sus asideros a la realidad. Sin la hierbabuena y el pájaro, +la vieja, arrebatada por las nubes, se hubiera perdido fácilmente en el +espacio.</p> + +<p>La otra mitad de la escasa vida que ya le restaba se la llevaba +la escalera. Eran ciento y pico de escalones, que ella, al subir y +al bajar, repasaba cuidadosamente, tanteándolos una vez y otra con +el balbuceo de sus piernas, trabadas por el reúma, que de tiempo en +tiempo le obligaba a guardar unas grandes pausas, ilustradas con +hondos suspiros. Arrebujada en sus trapitos negros y recorriendo este +calvario de la escalera la vi por primera vez. Otras muchas veces la +hallé después en el mismo sitio, cobrando fuerzas en los descansillos o +ganando trabajosamente los peldaños.</p> + +<p>Mi relación con ella no pasó de ahí. Padecía, según me dijeron, un +mal genio insoportable y no pocas rarezas; esto la hacía andar por +el mundo más sola y desamparada aún, ya que la acritud de carácter, +las rarezas y manías favorecen y disculpan nuestra impiedad para con +los viejos. Vivía con una gran miseria, clara y limpia, eso sí, de la +menguada caridad de unos parientes remotos, que no querían turbar su +conciencia dejando que abiertamente se muriese de hambre. Y así iba +tirando la pobre. Jamás hablé con ella ni le mostré interés alguno. +¡Bah! —me dije—. Una pobre vieja que espera a morirse del todo después +de una vida humilde y vulgar.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_222">p. 222</span></p> + +<p>Supe después que aquel invierno lo había pasado muy mal; mi mujer le +envió algunos días un poco de calor para sus pobres huesos ateridos, +unas medicinas, unos alimentos, no sé. Esto me valió, cuando de nuevo +la encontraba en la escalera, unas largas miradas de gratitud, de las +que ni siquiera supe descubrir el significado. ¡Qué pocas veces nos +merecemos la gratitud que se nos tiene!</p> + +<p>Un día antes de que llegase la primavera, cuando ya la habían +venteado los gorriones que anidan en el alero, la vieja se sentó una +tarde ante el cuadro azul de su buhardilla y, mirando embelesada al +cielo, satisfizo su aspiración de diluirse en él. Su cuerpo, ya sin +vida, quedose sentado ante la guardilla, mirando con los ojos, más +abiertos que nunca, aquella teoría de tejados y azoteas, que habían +constituido para ella, en los últimos años, todo el espectáculo del +mundo. Ni la hierbabuena ni el pájaro, que seguían trabajando y +sufriendo, se enteraron de lo que había ocurrido.</p> + +<p>Cuando se encontraron muerta a la vieja, vinieron a preguntarnos +si queríamos hacer algo por ella, ya que éramos sus protectores. +Advierto que este pomposo título nos había costado apenas el trabajo +de alargarle unas cuantas cosas inservibles. Dispuse todo lo necesario +para su enterramiento, hice decir unas misas por su alma y mandé +recoger del desván sus <span class="pagenum" id="Page_223">p. +223</span>trastos y cachivaches para conservarlos, por si alguien +aparecía reclamándolos. No vino nadie.</p> + +<p>La buena vieja estaba más sola de lo que se creía. Todo su mundo +había desaparecido en el transcurso de unos años y unos tras otros +habían ido hundiéndose en el polvo los parientes, los amigos, los +conocidos. Sin darse cuenta exacta de la catástrofe que presenciaban +sus ojos en aquellos últimos veinte años, veía cómo la muerte barría +las lilas de las personas amadas o simplemente conocidas. Hoy era un +hermano, mañana aquel amigo, el otro tal o cual grande hombre de su +época. Había llegado el fin del mundo y solo ella quedaba ya para +llorarlos a todos y rezar por ellos, sola, trágicamente sola, en un +mundo nuevo, con cuyos habitantes no llegaría a entenderse.</p> + +<p>Y no eran solo las personas las que le abandonaban: eran también +las cosas, todas las cosas de aquel viejo mundo tan amado, las que +se deshacían en polvo, disueltas en aquella gran tragedia de su +longevidad. Todo había desaparecido al transformarse, al encarnar en la +carne de aquella nueva humanidad que desconocía la vieja. Las casas, +las calles, los jardines, la ciudad entera habían desaparecido, e +inútilmente buscaba la longeva las antiguas sugestiones del mundo, los +gratos lugares de su juventud, recorriendo torpemente las tradicionales +sendas, que a duras penas podía reconocer. Envuelta en sus tocas +asomábase alguna vez al mundo, después de la gran catástrofe <span +class="pagenum" id="Page_224">p. 224</span>del tiempo, y los grandes +comercios, las calles amplias y rectas, pobladas de monstruosos +palacios, los cafés y las cervecerías, los trenes, la luz y el +estruendo le hacían perder la pista de las viejas veredas urbanas, +por entre las que andaba como entre unas ruinas. Aquella gran ciudad, +enjoyada de luz, cubierta de mármoles y bronces, no era para la +viejecita más que una ruina. La ruina de un mundo, el suyo, aquel para +el que prematuramente había sonado la hora final.</p> + +<p>Al morirse murió con ella para siempre aquel mundo a que había +pertenecido. Ya nadie, después de ella, podrá evocarlo con limpieza y +netitud. La nueva humanidad creerá que tiene apresada en sus museos +y sus archivos el alma de aquellas horas, y hasta algunos insensatos +pretenderán hacerla revivir artificialmente con sus evocaciones; pero +la verdad es que aquello murió y jamás volverá a ser vivido. Podremos +escudriñar en el porvenir y saber acaso con absoluta precisión lo que +ha de pasar; pero el secreto del pasado es impenetrable para nosotros. +De lo que fue, nunca sabremos nada. Ha habido en el mundo muchos +profetas; pero nadie ha tenido el don de la historia, de la verdadera +historia.</p> + +<p>Esta íntima convicción de nuestra incapacidad historicista me hacía +mirar los viejos trastos que pertenecieron a la vieja con el mismo +respeto con que miro el hacha de sílex en los museos de prehistoria.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_225">p. 225</span></p> + +<p>Pronto la figurilla feble de la vieja fue borrándose de nuestra +memoria. La hubiésemos olvidado del todo a no ser por la presencia +de aquellos cachivaches que le pertenecieron, y que conservábamos, +aun a sabiendas de que nadie vendría ya a reclamarlos. Me parecía que +malbaratar aquello era como aventar las cenizas de la vieja, borrar +el rastro que había dejado en el mundo. ¡Es tan insignificante lo que +queda de una vida!</p> + +<p>La curiosidad de mi mujer profanó un día aquellos despojos. Anduvo +revolviendo en los apolillados cajones de una cómoda de la vieja, que +conservaba intactos los últimos hálitos de su existir, y —Eva siempre— +me hizo tomar parte en aquella profanación.</p> + +<p>—Ven, mira las cosas que tenía la vieja.</p> + +<p>Toda una tarde estuvimos revolviendo sin piedad en aquellos cajones, +atestados de viejos vestidos de seda, galas convertidas en jirones, +ropa blanca de un blanco ahuesado por el tiempo, refajos remendados, +pelerinas y cortinas de encaje, cuyos tules finísimos se deshacían +entre los dedos. Mi mujer se dedicó al expurgo de los trapos y yo me +apoderé de un crucifijo de marfil y unos paquetes de cartas, documentos +y daguerrotipos. Fue un infame saqueo.</p> + +<p>De entre todos los trapajos que conservaba la vieja, únicamente se +halló en buen uso un vestido de seda tornasolada, a la moda isabelina, +que debió satisfacer, <span class="pagenum" id="Page_226">p. +226</span>con el énfasis de sus encajes, la pompa de su corte amplio y +el brillo de sus lentejuelas, la aspiración de fastuosidad de la pobre +vieja, allá en el momento culminante de su existencia.</p> + +<p>Se me antojó hacer un retrato a mi mujer, vestida con aquellas +galas, a las que por excepción no encontraba ese desconcertante +sabor a disfraz que tienen todos los trajes de época. Le hice, pues, +ponerse aquel vestido y componer su peinado a tono con los figurines +del período isabelino: requerí la paleta y los pinceles y me puse a +pintar.</p> + +<p>Trabajé con fervor, intentando seguir la sugestión de aquel traje; +ajusté mi técnica a la de aquella época germinadora del impresionismo +y creí hacer una buena obra de arte. No lo conseguí, a pesar de mi +obstinación y mi entusiasmo. Lo que ha sido, no volverá a ser; y como +no me satisfacía aquel pastiche que mi perseverancia fraguaba, empecé a +desesperar.</p> + +<p>En cambio, mi mujer, que había vestido aquel traje de difícil +conformación con cierta repugnancia, empezaba a saberlo llevar con +gracia. Al principio le parecieron absurdas aquellas mangas quebradas, +insoportable aquel acinturamiento y entorpecedora y fea aquella cola +redonda que envaraba sus movimientos. No en vano estaba habituada +a las flojas y someras vestiduras de nuestros días. Pero a poco de +posar ante el lienzo, y mientras yo luchaba inútilmente con líneas y +colores, ella había conseguido <span class="pagenum" id="Page_227">p. +227</span>humanizar de nuevo el traje muerto, se había identificado +con él y sabía interpretarlo fielmente con el ademán, el gesto y la +actitud.</p> + +<p>Esto hizo que cada vez pintase menos y mirase más. Me convencí de +la inutilidad de mi esfuerzo y tuve que contentarme con admirar la +instintiva capacidad artística de mi mujer, muy superior a mi impotente +capacidad profesional.</p> + +<p>Un día de buen humor hice que mi mujer vistiese el traje de seda +de la vieja, no para posar ante el lienzo, sino para sentarse a la +mesa. Comimos, charlando de cosas indiferentes, que más que nada +eran pretextos para que mi mujer hiciese jugar las vetustas sedas, +que exhalaban suaves murmullos de gozo, estremecidas por el contacto +con la juventud de aquella mujer hermosa, grato contacto con el que +seguramente habían soñado años y años, arrugaditas en el fondo de su +humilde sarcófago.</p> + +<p>Mi mujer, identificada ya con el alma del vestido, estuvo deliciosa +y yo fui feliz por unas horas, y conocí entonces toda la sana alegría, +el optimismo y el contento de estar vivo que atesoran esos encantadores +lienzos de los maestros holandeses, titulados, invariablemente, «El +pintor y su esposa».</p> + +<p>Al final de la comida hice destapar unas botellas de mistela y +de licor de rosa que había capturado en las profundidades de una +antigua bodega. El inocente <span class="pagenum" id="Page_228">p. +228</span>licor de rosa tiene, no obstante su candorosa dulzarronería, +una hipócrita malicia de niño travieso que desataba las lenguas de +nuestras abuelas y hacia brillar sus ojos en los saraos entre las +celosías de las mantillas y los pericones.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + + +<div class="chapter" id="Ch312"> + <p><span class="pagenum" id="Page_229">p. 229</span></p> + <h3 class="dcha ws1">LA MUERTE<br> DEL ESPÍRITU ADÚLTERO</h3> +</div> + + +<h4 class="romano">I</h4> + +<p>Una hora después de haber cenado, mediada ya la botella de licor +de rosa y cansados mi mujer y yo de nuestras incursiones por frívolos +andurriales, fuimos tomando en nuestra charla el empaque de dos tipos +auténticos de la época romántica en sus últimos años.</p> + +<p>En cuanto a mí no me sorprendía verme representando aquel panel tan +fácil, tan hecho, tan visto en libros, museos, archivos y escenarios. +¿Pero y mi mujer? Con la misma gracia, mitad dengosa, mitad desgarrada +—entre el romanticismo y el naturalismo— de una dama de la corte +isabelina, evocaba gestos, ademanes y actitudes de la época que yo +no recordaba haber descubierto jamás en los cuadros de aquel tiempo +ni siquiera en aquellos primeros daguerrotipos que ya hoy tienen la +calidad artística y el valor expresivo de una visión personal. Puedo +decir que en sus maneras, lenguaje e inflexiones de voz revivía +exactamente el espíritu del romanticismo en sus postrimerías. Fue +en aquella ocasión cuando aprendí de una vez para siempre el tono +romántico que desespera a mis émulos y desconcierta a mis críticos, +imposibilitados para contrastarlo.</p> + +<p>Debo advertir que mi mujer es adorablemente inculta; no tiene +la menor idea de nada. Es de una blanda <span class="pagenum" +id="Page_230">p. 230</span>humanidad en la que yo con mis pulgares he +impreso algunas huellas y en todo momento me reconozco a mí mismo allí +donde mi mujer se acusa. Pero en aquella ocasión empecé a sentirla +extraña y terminé reconociéndola reveladora.</p> + + +<h4 class="romano g0">II</h4> + +<p>No soy un espíritu ni otorgo el menor crédito a los cándidos +investigadores de lo sobrenatural. No hay más espíritu que el mío. +Es posible que a mi alrededor vaguen cientos y cientos de almas en +pena, pero todas esas almas no son más que reflejos de una: de la mía. +Las tolero mientras me divierten; cuando empiezan a molestarme las +mato. No concibo, pues, los remordimientos ni todas esas zarandajas +inventadas para hacer odioso el delito. Si el ánima de mi padre viniese +a importunarme, la estrangularía y me iría a tomar el sol. No tengo, +sin embargo, necesidad de usar procedimientos de violencia. Cojo las +almas en pena y las convierto; todas sirven a mis necesidades. Unas me +impulsan al bien, otras a la verdad, otras a la belleza; algunas me +dan saludables lecciones; otras otorgan plasticidad a mi pensamiento; +otras, en fin, me advierten cuándo debo limpiar mi estómago... He +hecho de ellas mis más fieles servidores. A todas las reconozco en +cualquier momento y bajo cualquier disfraz como <span class="pagenum" +id="Page_231">p. 231</span>reconozco la sombra de mi cuerpo por +muy desfigurada que la perspectiva me la presente. Analizo estas +proyecciones de mi alma con la meticulosidad de un profesor alemán; sé, +al céntimo, cómo está con ella mi economía; descubro cuánto me deben +los espíritus superiores y reconozco mi deuda para con los que llamo +kamarrupas. Y, sin embargo...</p> + +<p>He aquí una proyección con la que no he podido identificarme.</p> + + +<h4 class="romano g0">III</h4> + +<p>Imaginad el desdichado papel que uno de nuestros cómicos actuales, +caracterizado a la usanza del año sesenta, representaría con su +desentono, sus anacronismos y su incomprensión en una auténtica +tertulia de por aquellas fechas. Esta era exactamente mi situación +respecto a mi mujer aquella noche. Milagrosamente, aparecía ella como +un tan fiel trasunto de la juventud de su abuela que, en cada palabra, +en cada gesto, se desviaba medio siglo de mí mostrando lo artificioso +y falso de mi incompleta reconstrucción espiritual de la época. Por +primera vez mi mujer era distinta de ella misma y de mí. No nos +entendíamos. El espíritu de alguien —el de la vieja del desván acaso— +se había metido de por medio.</p> + +<p>Al principio hice inauditos esfuerzos por ponerme <span +class="pagenum" id="Page_232">p. 232</span>a tono. Evidenciaba, +sin embargo, a cada momento la naturaleza histriónica de aquella +resurrección mientras mi mujer seguía jugando con maravillosa soltura +aquel vestido de seda tornasol de tan gozoso modo que yo sospeché que +el cuerpo juvenil de mi esposa había estado penando hasta hallar su +propio y natural completo en aquel hábito.</p> + +<p>Y así, sugestionado, procuré seguir la farsa.</p> + + +<h4 class="romano g0">IV</h4> + +<p>No tardó esta en hacérsenos imperceptible. Nos creímos que habíamos +vuelto a nuestra sinceridad, nos olvidamos de la máscara y, ya sin +precauciones, seguimos charlando a placer arrellanados en un diván que +arrastré cerca de la chimenea. Dejé el comedor a media luz y allí, +enlazando por la cintura a mi mujer, me dejé llevar por el encanto de +aquella confortable y sugeridora ocasión.</p> + +<p>Permanecimos algún tiempo en silencio. Mi mujer alargaba sus +piececillos hasta la chimenea y parecía obsesionada con el lengüeteo de +las llamas. Su cara, entintada en rojo, parecía la cara de esas muñecas +de cera furiosamente carmíneas y por un momento temí se derritiese al +calor de la lumbre. Su ensimismamiento era más hondo cada vez. Para +contestar a mis preguntas parecía hacer un largo viaje a través de +<span class="pagenum" id="Page_233">p. 233</span>unas remotas regiones +en las que le sorprendían mis llamadas. Eludía mis interpelaciones con +un monosílabo y volvía a irse. ¿A dónde? Yo no lo sabía y empecé a +sentirme molesto. Le costaba un gran trabajo atenderme. Hacía visibles +esfuerzos para venir conmigo, pero creo que contra su voluntad volvía a +escapar a sus paisajes ideales, por más que yo la retenía, la acosaba a +preguntas y la estrechaba entre mis brazos.</p> + +<p>Esta insistencia empezó a causarle molestia. Cada vez contestaba de +peor gana a mis requerimientos. Llegué a serle insufrible; me contestó +al fin violentamente y se separó de mí colocándose al otro extremo del +diván con la cara entre las palmas de las manos y las pupilas fijas en +el fuego.</p> + +<p>Me levanté airado ante aquella inexplicable actitud y comencé a +medir la habitación con largos y fuertes pasos. Empecé entonces el +monólogo de las recriminaciones. Debo declarar que al principio fui +un poco farsante. Es más; me agradaba aquella actitud desdeñosa de mi +mujer. Y como me gustaba la escena que estábamos representando, extraje +cuidadosamente de la realidad todas las raíces de los minúsculos +hechos cotidianos que podían hacer florecer en mis labios el reproche. +Estaba muy contento de mi inventiva. Mis quejas sonaban bien. Reproché +a mi mujer su falta de cariño, su desdén por mis preocupaciones, +su incomprensión para mis inquietudes <span class="pagenum" +id="Page_234">p. 234</span>espirituales. Aquel monólogo tenía emoción +y fui subiéndolo de tono con cautela al principio, con desapoderado +entusiasmo después.</p> + +<p>Ella, a medida que crecía el énfasis de mis acusaciones, mostrábase +más ceñuda. Estaba a tono también. Mantenía su mutismo con una gran +entereza, una llamita roja ardía en sus pupilas, y sus labios, +aplastados el uno contra el otro, eran como un signo de dolor. Yo, que +la miraba de reojo mientras recitaba mi monólogo, me desconcerté un +poco. Hice una transición, y ya sinceramente y a lo que yo creí sin +farsa, la interrogué:</p> + +<p>—¿Pero qué es lo que ha pasado entre nosotros, mujer? ¿Por qué +estás así? ¿Te han dolido mis reproches? Ea, dejémonos de farsas. Mis +reproches no han sido sinceros. Son ganas de jugar a sufrir. A veces, +esta naturaleza nuestra tan adicta al dolor se irrita cuando no lo +siente cerca y, ¡ya ves qué tontería!, lo finge. ¿No te ha pasado igual +algunas veces, chiquita? El dolor es tan consustancial para nosotros +que cuando no aparece en nuestra vida, tenemos necesidad de inventarlo. +¿No has sentido tú nunca el deseo de padecer, y por padecer has +inventado tú misma un sufrimiento? Pues así han sido mis quejas para +contigo. Dolor imaginario. Ganas de sufrir que tiene esta carne viciosa +de que estamos hechos. ¿Qué tengo yo que reprocharme, mi alma?</p> + +<p>No respondió la mujer a estas sensatas y sinceras <span +class="pagenum" id="Page_235">p. 235</span>palabras. Seguía +impenetrable, extraña. Sus ojos continuaban fijos en un punto ideal y +su boca contraída hacía una mueca de enojo tan exacta que me exasperé y +cogiéndola por un brazo la sacudí con fuerza:</p> + +<p>—Mírame.</p> + +<p>No me contestó tampoco. Furioso por aquella estúpida terquedad +estuve a punto de golpearla. Pero sentí la carne de su brazo tan +blanda bajo la presión de mis dedos atenazadores que la solté temiendo +desgarrarla. Volví a mis razonamientos. Jamás he sido tan sensato, +tan paciente. Y eso que una furia infernal iba tomándome por dentro, +encendiéndome la sangre en las venas y cegando los veneros de mi +razón.</p> + +<p>Conteniendo mi ira me propuse forzar su dureza y llegar hasta el +fondo de su alma con suasorias palabras. Ya entonces no discurseaba. +Me preguntaba a mí mismo qué había ocurrido entre mi mujer y yo para +que de improviso nos sintiéramos extraños, remotos, desconocidos. ¿Qué +era lo que se había interpuesto? ¿Qué obstáculo me había cortado el +camino de su corazón, ancha vía siempre abierta a mi deseo? Suavemente +fui envolviendo a mi mujer en mis blandas caricias. Era indudable que +había sufrido una especie de letargo espiritual y había que hacerla +reaccionar. Extremé mi amoroso afán y entonces sonaba ya mi voz con +aquel mismo tono mayor de las declamaciones <span class="pagenum" +id="Page_236">p. 236</span>románticas. Era absolutamente sincero, sin +embargo.</p> + +<p>Me deslicé a los pies de mi mujer y allí, abrazado a sus rodillas, +hice desgarradas invocaciones a su alma, conjurándola para que +abandonase sus lejanías y volviese a mí. Este tono mayor debió ser más +eficaz, porque advertí en mi mujer algunos indicios de una honda lucha +y, creyendo llegado el instante de romper el encantamiento, le sujeté +la cabeza con las manos y alzándola le pedí:</p> + +<p>—Mírame.</p> + +<p>Lentamente, como obra de un sobrehumano esfuerzo, fue alzando hasta +mí el rostro; pero cuando sus ojos dieron con los míos no pudieron +resistir mi mirada y los vi fundirse en lágrimas y cerrarse vencidos. +Cayó sobre el pecho la cabeza; con un furioso ademán me rechazaron sus +brazos, y allá se fue sollozando avergonzada al más sombrío rincón +de la estancia, donde, con la cara escondida bajo el brazo, estuvo +llorando sin consuelo, tomada de una congoja tal que parecía haber +caído sobre ella todo el dolor del mundo.</p> + + +<h4 class="romano">V</h4> + +<p>Fue tal el desconcierto que me produjo aquella actitud de mi +mujer que tardé algún tiempo en reaccionar. <span class="pagenum" +id="Page_237">p. 237</span>Menos aún que su enojo me explicaba su +dolor. ¿Qué pasaba en el alma de mi mujer? Me esforcé en dar una +interpretación racional a tales estados de alma y a poco que medité +creí haber descubierto el sentido de aquel desdén primero y aquellas +lágrimas que le habían seguido. Es indudable —pensé— que mi mujer se +declara culpable. ¿Culpable? ¿De qué? ¿Adulterio? Empecé rechazando la +hipótesis por absurda. Habituado a una absoluta sumisión de mi mujer, +no concebía que su alma, modelada a imagen y semejanza, se volviese +contra mí. Cierto que nunca le presté una extraordinaria atención; pero +no era menos cierto que ella no la requería. A veces estaba días y +días sin dedicar una hora a mi esposa; pero yo sabía a ciencia cierta +que una frase mía, un gesto, bastaban para cubrir sus necesidades +espirituales durante una semana. Tenía un alma pequeñita, a cuya +sustancia subvenía yo con largueza. Mi mujer no necesitaba más.</p> + +<p>Reconocer por otra parte la posibilidad de un adulterio de +naturaleza puramente física me parecía más absurdo aún y apenas formulé +la suposición.</p> + +<p>Pero allí estaba, sin embargo, mi mujer llorando, con tan claro +llanto de culpable, con la cara escondida y rehuyendo mi contacto con +tal repugnancia que la hipótesis iba tomando cuerpo y perfilándose +al fin netamente como síntesis de la dolorosa escena. Quise rechazar +el supuesto, pero ya no podía. ¿No era <span class="pagenum" +id="Page_238">p. 238</span>así, con aquellas mismas actitudes e +idéntico ademán como todas las heroínas del mundo se han declarado +culpables?</p> + +<p>Menos trabajo me costaba aceptar la idea de la culpabilidad de mi +mujer que explicármela. Esto se hallaba fuera de toda previsión y +toda lógica. Pero estaba tan terminada la escena que acabábamos de +representar, tenía tanta plasticidad aquella tácita confesión, que tuve +que rendirme a la evidencia. Mi habitual sensatez, mi cerebralismo, si +se quiere, me hacían rechazar de plano el supuesto, pero son tantos los +hombres sensatos que han hablado de lo ilógico y absurdo de la mujer +en sus relaciones sexuales, se ha dicho tantas veces que las mujeres +son arcanos insondables y que el amor no resiste las disciplinas de +la razón, que abdiqué de mis convicciones, y ya en el vacío, una vez +otorgada personalidad al absurdo, me convencí de que mi mujer podía muy +bien haberme estado engañando a mansalva.</p> + +<p>La amargura que este reconocimiento me trajo no fue tanta por el +dolor de sentirme engañado como por el desencanto de ver fallidas todas +mis previsiones. Era un fracaso moral tan grande que a su lado se +empequeñecía la molestia física de sentirse cornudo.</p> + +<p>Al rato de estar rumiando pacientemente este dolor, este fracaso, +me revolví airado contra mí. ¿Qué hombrezuelo miserable era yo que así +me entretenía <span class="pagenum" id="Page_239">p. 239</span>en +desmenuzar mi desdicha? Había que dejarse de disquisiciones. «Ya ves +—me decía— a lo que te han traído tus especulaciones psicológicas. +Mientras tú creías jugar con el corazón de tu mujer como un diosezuelo, +ese corazón navegaba a la deriva por el mundo a merced de las olas +y de los pescadores. Sacude tu estúpido cerebralismo, olvida tus +proposiciones y tus razonamientos, alza los brazos y la voz, grita, +patalea, ruge, sé hombre alguna vez. ¿Crees que ser hombre es encadenar +tus sensaciones y tus movimientos a ese eterno y silencioso devanar de +tu conciencia? ¡A vivir, majadero! ¡Triste cornudo reflexivo! Grita, +lucha. ¿No ves que tu mujer se huelga con algún hermoso animal mientras +tú estás rumiando tus meditaciones?».</p> + + +<h4 class="romano g0">VI</h4> + +<p>Sentí el acicate en los ijares y me alcé magnífico yendo con +mensurados pasos hacia el rincón donde mi mujer yacía entregada a +sus lloros. Iba amasando mis insultos, disponiéndome a echarle las +garras al cuello y convenciéndome de que mi honor (mi honor, mi +honor, cómo retumbaba la palabreja allá dentro) exigía una cruenta +satisfacción. Pero al mismo tiempo había en mí otro yo, cándido y +simple que procuraba asirse a la realidad diciéndose que todo <span +class="pagenum" id="Page_240">p. 240</span>era una fantasía, que no +había tal adulterio y que pasadas unas horas aquella lucubración +dolorosa se desvanecería. Y aun había dentro de mí un tercer personaje, +diablillo maligno que asistía como espectador a la tragedia o el +sainete, que se preparaba frotándose las manos de contento mientras +repasaba el programa de la función.</p> + +<p>Cuando sintió que me acercaba, mi mujer se alzó con presteza, sacó +sus ojos con sobrio ademán y me conminó:</p> + +<p>—No te acerques a mí.</p> + +<p>—Como quieras. De cerca o de lejos hemos de hablar —le respondí.</p> + +<p>—No hablemos más; no me atormentes ni exijas de mí una explicación +que no sabría darte.</p> + +<p>—¿Eres de verdad culpable?</p> + +<p>Un prolongado silencio y una leve inclinación de su cabeza, cuyos +ojos se cerraron, me dieron la respuesta. Aquella certeza de mi mal +acabó con todos mis distingos. Ya no había en mí más que aquel extraño +ser que quería acusar su hombría, su animalidad. Era un tipejo bárbaro +con los ojuelos encendidos de furor, los labios gruesos, el pecho +cubierto de vello y las piernas musculosas y torcidas que se agazapaba +dentro de mí, dispuesto a saltar sobre su presa. Le tiré de la cadena y +seguí interrogando a mi mujer.</p> + +<p>—¿Por qué me has abandonado?</p> + +<p>—No me preguntes nada. No sé.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_241">p. 241</span></p> + +<p>—¿Cómo has podido mentir un día y otro? ¿Es posible que tu alma no +te haya traicionado?</p> + +<p>—No sé; no sé.</p> + +<p>—¿Cómo has podido aceptar sin repugnancia mis caricias siendo +culpable? ¿No has sentido siquiera el deseo de librarte de mí? Si no me +amabas, si querías a otro, ¿por qué no me lo dijiste?</p> + +<p>—Ahora te lo he dicho.</p> + +<p>—Ahora es tarde ya. Me has injuriado sin necesidad. Tú sabes que te +hubiese dejado seguir libremente tu deseo. Has sido así conmigo porque +eres torpe y ruin. Solo quisiste ofenderme. Nada sé de culpa, pero +adivino que tu caída ha sido una baja apetencia de bestezuela sensual. +¿No amas a ningún otro hombre? Si verdaderamente estuvieses enamorada +de tu amante, ¿le hubieses hecho pasar por la abyección de compartir tu +cuerpo entre él y yo? No digas que le quieres, ramera.</p> + +<p>—Le quiero; por quererle con toda mi alma soy culpable. Tuya soy; te +pertenezco; puedes vengarte en mí; pega, insulta, mata, que por amor de +ese hombre he de sufrirlo todo.</p> + +<p>—Mientes, mientes. No le quieres, dime que no le quieres. Ningún +daño te haré; pero no me digas que le quieres. Dime que caíste con él +porque sí, porque te vino en gana; que caíste con él y con otro y con +otro. Pero no mientas, no blasfemes invocando el amor para cubrir tus +liviandades de cortesana.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_242">p. 242</span></p> + +<p>A mi pesar, el tono exaltado que empleaba mi mujer íbame arrastrando +las palabras, las inusitadas y retumbantes palabras de los melodramas +que salían de mis labios, llegaron a sugestionarme. El hombrezuelo +bárbaro saltaba y el diablillo no recataba su contento.</p> + +<p>—Puedes ofenderme cuanto quieras —repuso con voz sombría mi mujer—; +pero no me harás renegar de este cariño a un hombre por quien lo +he sacrificado todo. Le amo más que a mi propia vida. No me hagas +repetirlo. Castiga, insulta, mas no intentes arrancarme una confesión +de liviandad que sería un engaño más. Bastante te he mentido ya.</p> + +<p>—Mientes ahora, como mentiste antes. Quieres a ese hombre como a mí; +te burlarás de él como a mí me has burlado. Yo te daré libertad. Te +irás con él y cuando más confiado esté en tu cariño iré yo o irá otro +y con flores, con golosinas o dinero, ¿con dinero mejor, verdad?, te +haremos mentir de nuevo. ¡Pobre hombre si cree en ti, pobre!</p> + +<p>—Basta, basta.</p> + +<p>—¿Crees que no lo sé? Tú te vendes a poco precio y hay muchos +compradores para golosina tan deseada como tú. ¿Qué? ¿Cuándo le serás +infiel? ¿Por qué no le engañas ya? ¿A qué esperas? ¿Y por qué no ahora? +¿Y con quién mejor que conmigo?</p> + +<p>Al decir esto me acerqué a ella suavemente. En mis labios había +una sonrisa que debió parecerle feroz, <span class="pagenum" +id="Page_243">p. 243</span>porque apartó los ojos de mí horrorizada y +con una entereza dramática que no pude prever cogió uno de los largos y +terribles agujones de su peinado y asestándolo exactamente al lado del +corazón, me dijo:</p> + +<p>—Si te acercas, me mato.</p> + +<p>Vacilé un momento; pronto me repuse; sin embargo, vi claramente el +ridículo de aquella actitud, me pareció todo aquello tan inusitado, tan +absurdo y grotesco que me eché a reír con una carcajada tan honda que +no creo fuese yo quien la lanzase; más me inclino a creer que fuese +cosa del diablillo que seguía muy complacido presenciando la escena +desde la última butaca de mi conciencia.</p> + +<p>Cautelosamente me acerqué a mi mujer y de improviso, con un rápido +ademán le sujeté la mano, torcí el blanco brazo y arranqué de entre +los dedos el aguijón que aspiraba a honores de arma mortífera. No +resistió ella más y volvió a echarse de bruces en el diván, llorando +sin consuelo.</p> + +<p>—Vete, vete —me decía.</p> + +<p>—¿Tanto le quieres? —le pregunté—. Es raro. Dicen que el amor no +puede estar oculto y yo nunca te he notado ese desaforado amor.</p> + +<p>—Vete, vete —repetía acongojada.</p> + +<p>—Me iré —le dije—; no volverás a verme; tuya será esta casa, +tuyo cuanto tengo. No oirás de mis labios un reproche ni una queja. +Pero pruébame que es cierto ese amor. Demuéstrame que tu <span +class="pagenum" id="Page_244">p. 244</span>traición ha tenido por causa +una noble apetencia y me iré. Te dejaré ser feliz si me convences de +que mereces serlo. No me digas que amas a ese hombre; pruébamelo. +¿Callas? ¿Qué pruebas de amor podrás dar tú que no sea el ardoroso +contacto de tu piel?</p> + +<p>Se levantó furiosa.</p> + +<p>—¿Quieres saber cómo le amo? —me preguntó.</p> + +<p>—Sí.</p> + +<p>—Espera.</p> + +<p>Salió un momento; la sentí revolviendo en su secreter y a poco +volvió con un paquete de cartas que sin mirarme arrojó sobre la +mesa.</p> + +<p>—Ahí tienes —dijo— el rastro de mi amor.</p> + +<p>Se volvió hacia la chimenea. Cubrió sus desnudos hombros con un chal +de cachemira y allí, de espaldas a mí, se quedó quieta y silenciosa.</p> + + +<h4 class="romano g0">VII</h4> + +<p>Recogí aquel paquete de cartas que me atrevería a decir me quemaba +las manos si no fuese porque aún había un resto de sensatez en mí que +me hacía ver todo lo que estaba ocurriendo con un desapasionado interés +capaz de resistir a las fuertes sugestiones de la escena.</p> + +<p>Dejando a mi mujer frente a los leños, me fui a mi estudio. +Encendí allí una lamparita eléctrica que había <span class="pagenum" +id="Page_245">p. 245</span>sobre la mesa y su luz cayó sobre el paquete +de cartas. Lo demás de la vasta pieza quedó en sombras, poblado por +los mil y un espectros de mis preocupaciones artísticas. Desaté la +cinta que unía aquellas cartas y empecé a repasarlas profundamente +emocionado.</p> + +<p>Había triunfado en mí el diablillo espectador, sobreponiéndose +a todos los otros yo que pugnaban por salirme a la superficie. El +diablillo les hizo callar a todos, golpeándoles con sus vejigas, +mientras yo me arrellanaba en el sillón y me disponía a leer aquellas +cartas del amante de mi mujer, un poco complacido. ¡Qué diablo! No +tengo más remedio que decirlo.</p> + +<p>Esperaba hallar uno de esos estúpidos epistolarios amatorios que +sirven de burdo disfraz al apetito sexual y me regodeaba pensando +que mi espíritu crítico iba a desnudar a mi rival, dejándolo a la +intemperie.</p> + +<p>Leí la primera carta. Si no hubiese seguido leyendo todo, se habría +evitado. Era una carta tan desconcertante, tan extraña, tan anacrónica, +que parecía mentira hubiese sido escrita por uno de esos hombres que +andan por la calle, suben a los <i>taxis</i>, presencian los partidos +de fútbol y se adueñan de las mujercitas inconsistentes de esos otros +hombres distraídos que comentan a Spengler y asisten a los congresos +científicos y las exposiciones artísticas. ¿Cómo no vi el anacronismo +de aquellas cartas? No sé; esperaba hallar algo tan distinto, fue +tan grande mi sorpresa que <span class="pagenum" id="Page_246">p. +246</span>como por encanto perdí pie y me lancé al absurdo. Únicamente +así me explico cómo pude dar crédito y realidad a lo que leía.</p> + +<p>Hallé en aquellas cartas tal énfasis, tal engolamiento, una tan +retórica versión del sentimiento amatorio, una tan plástica concepción +de las pasiones que, por encima de todo principio, me arrastró el +dramatismo de aquellas cartas, y ya abierto y vulnerable sucumbí +fácilmente a la emoción que destilaban los ayes lastimeros, el rendido +enamoramiento, el desesperanzado afán y el furioso deseo de aquel +desconocido amador, que tan alto rango poético daba a su inclinación +por mi mujer.</p> + +<p>Me dejé llevar. Leyendo aquellas cartas obtuve la misma satisfacción +que me proporcionaría el mejor poema romántico. Olvidé por completo la +realidad, me desprendí de mi propia vida y durante una hora no alenté +más que en pos de aquella avasalladora pasión. Admiraba la resistencia +de la heroína, que se adivinaba a través de las apremiantes súplicas +del enamorado doncel; medía el alcance de su dolor fluctuante entre el +deber inexorable y el deseo invencible. A medida que las cartas iban +pasando veía cómo su voluntad se quebrantaba a los certeros golpes +de aquel inflamado amor, que con tan altas y vibrantes palabras se +ofrecía, y llegó a parecerme excesiva su esquivez, fría su condición y +empedernido su pecho.</p> + +<p>Únicamente cuando se hablaba de él, del otro —el <span +class="pagenum" id="Page_247">p. 247</span>otro era yo—, recobraba +el sentido de la realidad, dejaba a un lado la emoción retórica y +examinaba fríamente la situación: pero aun entonces lo hacía como el +actor principal de una comedia que atiende cuidadoso al desempeño +fiel del papel que se le fía. Pero a poco que seguía leyendo volvía +a dominarme la grandilocuencia del amante y ya no sentía más que +el interés novelesco de aquella pieza retórica que tenía entre las +manos.</p> + +<p>En el orden cronológico de las cartas había una laguna. Aunque no +estaban fechadas, se adivinaba que el epistolario se hallaba dividido +por un lapso, en el que los amantes debieron verse y hablarse a diario. +Había sido un verano, durante el cual el esposo —tenía que hacer un +gran esfuerzo para recordar que el esposo era yo— había estado ausente. +Dejé las cartas sobre la mesa y calculé. Aquella laguna correspondía +a los meses del verano anterior, que yo dediqué a viajar por Italia. +Esto me hizo identificar ya exactamente aquella novela epistolar con mi +propia idea, el adulterio de mi mujer y la infelicidad que tan inocente +y desprevenido me cogía.</p> + +<p>Se me llenó el alma de amargura. Seguí leyendo. Aquellas cartas +eran ya las cartas del amante. Durante mi ausencia, mi mujer +había sucumbido. El amante, que había probado las mieles de la +convivencia con el objeto de su amor, no se resignaba a la separación +que mi regreso había impuesto y, un poco <span class="pagenum" +id="Page_248">p. 248</span>tirano ya, obligaba a mi mujer a dedicársele +por entero. Menudeaban las furtivas citas. La espoleaba para que me +abandonase. Ella debía resistir heroicamente aquellas sugestiones, y +él, desesperado a veces, clamaba al cielo y a la tierra por su amada +cautiva en el argel de mi hogar, mezquina y sombría cárcel para el amor +que uno y otro se tenían.</p> + +<p>¡Qué tristeza más grande la de ver mi casa tan clara, tan +confortable y reidora, convertida en dura cárcel de un amor castigado! +¡Qué infeliz papel el mío, trocado de amante esposo en brutal +cancerbero, guarda roñosa de un tesoro vivo, anhelante por sortear a +cuerpo limpio las asechanzas del mundo, el demonio y la carne!</p> + +<p>Las últimas cartas eran cada vez más apremiantes. Loco de amor, de +celos y de rabia, el amante de mi mujer la obligaba a abandonarme, +esgrimiendo contra ella terribles amenazas. La última carta fijaba un +plazo improrrogable: mañana...</p> + +<p>Miré la ventana. Pronto estaría alboreando.</p> + + +<h4 class="romano g0">VIII</h4> + +<p>Sentí un desconsuelo imponderable. El frío del conticinio se me +había metido en los huesos. Tosí, y aquella tos seca de fumador +impenitente me hizo sentir cómo estaba de desganado por dentro. Advertí +por <span class="pagenum" id="Page_249">p. 249</span>primera vez todo +el asco y la podredumbre de una muela que nos ha roído la carie; todo +el frío de las canas que se acusan como alfileres en los parietales +entre la negrura del cabello, fuerte aún. Me molestaban los omóplatos: +mis piernas habían adelgazado, y la barba, crecida en unas horas, se +me antojó la excrecencia de mi sangre, que se fosilizaba allá dentro. +Volví los ojos hacía mi interior y me encontré reseco, extinto. Bajo +la bóveda craneana un gusanillo tragón rebañaba lo poco que de mi +sustancia quedaba ya.</p> + +<p>Me levanté con la premiosidad de una maquinaria desarticulada. Alcé +el brazo hacia una de las panoplias que decoraban mi estudio y engarfié +una pesada pistola de desafío. Metí el ojo por la boca del cañón. ¿Cómo +se cargaban estas pistolas? —pensé—. ¡Ah, sí! Se cargaban por la boca. +Saqué de un armario la carga. Esto es, el fulminante, la pólvora, la +bala... Ahora hay que atascarla bien con la baqueta. Hay que ajustarla +bien: luego fallan y se hace el ridículo. Ea, ya está. Ahora...</p> + +<p>Abrí la ventana y el jardín se escondió más aún en la sombra y se +quedó muy calladito, esperando en qué pararía aquello. ¡Cómo va a +retumbar la detonación!</p> + +<p>Volví a sentarme a la mesa con la pistola en la mano. ¿Qué me falta? +Nada, nada. Me sonreí. Había pensado en un espejo. ¡Qué tonterías se +le ocurren a <span class="pagenum" id="Page_250">p. 250</span>uno! Es +muy difícil, a veces, mantener la serenidad, por muy discreto que se +sea.</p> + +<p>Alcé la pistola hasta la sien...</p> + + +<h4 class="romano g0">IX</h4> + +<p>—¿Qué vas a hacer?</p> + +<p>Mi mujer asomaba entre las cortinas su cara de cera, los planchados +y brillantes bandos de su tocado y un brazo, envuelto en seda +tornasolada.</p> + +<p>—Nada —contesté—; hacía un simulacro de suicidio. Esto siempre es +grato... no llegando hasta el final.</p> + +<p>Y guardé la pistola impertérrito en uno de los cajones de la +mesa.</p> + +<p>—¿No piensas realmente en matarte?</p> + +<p>—No. ¿Por qué he de pensarlo?</p> + +<p>Me hizo mucha gracia la cara de espanto y desconcierto que tenía mi +mujer.</p> + +<p>Por un momento pensé, a seguida, que todo aquello había sido una +farsa y que debía terminar ya.</p> + +<p>—Bueno: dejémonos de tonterías. Es muy tarde; vamos a acostarnos —le +dije con la mayor naturalidad, a tiempo que acudí a enlazarla por la +cintura. Fue la última vez que toqué la realidad con la punta del pie. +Mi mujer vaciló un momento; pero después me rechazó con asco.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_251">p. 251</span></p> + +<p>—¿Olvidas que no soy tuya, que pertenezco a otro hombre?</p> + +<p>¡Otra vez el obstáculo! ¡Qué lata! Era como cuando se hace un nudo +en los cordones del zapato. Y como cuando esto ocurre, me puse furioso. +Habrá que cortar ese nudo —me decía sin remates—. Y lo corté.</p> + + +<h4 class="romano">X</h4> + +<p>No recuerdo exactamente las palabras que precedieron al suceso. +Sé que mi mujer me repitió muchas veces que no podía ser mía, que me +odiaba. Yo apuré hasta el último instante mi paciencia. Cuando esta se +acabó, cogí un puñalito que de cortapapeles me servía y con él corté +el nudo de mi zapato en la garganta de mi mujer, que de allí a poco se +extinguió, repitiendo dulcemente el nombre el su amante.</p> + + +<h4 class="romano g0">XI</h4> + +<p>Todo esto es cierto, rigurosamente cierto. Yo maté a mi mujer una +noche en que me confesó que tenía un amante, al que quería más que a su +propia vida.</p> + +<p>Lo triste es que aquel amante no existió nunca, y que, aun en el +caso de haber existido, yo no hubiese matado por ello a mi mujer. Mi +cultura, mis convicciones, <span class="pagenum" id="Page_252">p. +252</span>mis sentimientos, todo, hasta el instinto mismo, me lo +vedaba. Pero lo cierto es que cometí aquel bárbaro crimen.</p> + +<p>Y que jamás creí ni creo pudiera cometerlo.</p> + +<p>Y que ni siquiera hubo tal adulterio.</p> + + +<h4 class="romano g0">XII</h4> + +<p>—¿Y las cartas acusadoras? —me preguntará alguno.</p> + +<p>¡Bah! Eran las cartas que conservaba la vieja del desván; la vieja +que prestó su vestido y su espíritu a mi mujer aquella noche. En cuanto +fue de día, lo vi claramente.</p> + +<p>¿Que por qué se dejó matar ella? ¿Que por qué fue dócil, hasta +el último instante de su vida, a la estúpida alucinación de creerse +adúltera?</p> + +<p>¡Ah! ¿Qué sé yo?</p> + + +<p class="fin">F I N</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop" aria-hidden="true"> + +<nav> +<div class="chapter" id="ToC"> + <p><span class="pagenum" id="Page_253">p. 253</span></p> + <h2 class="nobreak centra g2">ÍNDICE</h2> +</div> + +<table class="toc"> + <tr> + <td> </td> + <td class="tdrb smaller bb">Págs.</td> + </tr> + <tr> + <td class="sc pt1"><a href="#Ch0">Prospecto</a></td> + <td class="tdrb pt1"><a href="#Page_7">7</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdc asc pt1"><a href="#Ch1">BIOGRAFÍAS EJEMPLARES DE ALGUNOS + GRANDES HOMBRES HUMILDES Y DESCONOCIDOS</a></td> + <td> </td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl pt1"><a href="#Ch101">Tres vidas ejemplares</a></td> + <td class="tdrb pt1"><a href="#Page_13">13</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl"><a href="#Ch102">El hombre que no fue niño</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_17">17</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl"><a href="#Ch103">Yo y yo mismo</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_20">20</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl"><a href="#Ch104">El gran estímulo</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_24">24</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl"><a href="#Ch105">El autor de todos los crímenes</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_27">27</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl"><a href="#Ch106">Los caminos del mundo</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_33">33</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl"><a href="#Ch107">El viejo enamorado</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_38">38</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl"><a href="#Ch108">El guardia Pérez</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_41">41</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl"><a href="#Ch109">La obligación de odiar</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_45">45</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl"><a href="#Ch110">Borrón y cuenta nueva</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_50">50</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl"><a href="#Ch111">Cómo se deshace un hombre</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_54">54</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl"><a href="#Ch112">Bibliografías contemporáneas:</a></td> + <td class="tdrb"> </td> + </tr> + <tr> + <td class="tdh"><a href="#Ch11201">El millonario</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_60">60</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdh"><a href="#Ch11202">La estrella</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_61">61</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdh"><a href="#Ch11203">El que pasa sin enterarse</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_62">62</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdh"><a href="#Ch11204">Higinia</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_63">63</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdh"><a href="#Ch11205">El equivocado</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_64">64</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdc asc pt1"><a href="#Ch2">VIDAS CURIOSAS DE VARIAS + MUJERES SIN IMPORTANCIA</a></td> + <td> </td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl pt1"><a href="#Ch201">Los zarcillos</a></td> + <td class="tdrb pt1"><a href="#Page_69">69</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl"><a href="#Ch202">Por encima de la voluntad</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_74">74</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl"><a href="#Ch203">La mujer a quien robaron el alma</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_79">79</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl"><a href="#Ch204"><span class="pagenum" id="Page_254">p. + 254</span>La órbita</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_102">102</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl"><a href="#Ch205">Azucena</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_126">126</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl"><a href="#Ch206">La tía Conchita</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_148">148</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl"><a href="#Ch207">El dinerito de la pordiosera</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_153">153</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl"><a href="#Ch208">La necrofilia</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_157">157</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdc asc pt1"><a href="#Ch3">NARRACIONES MARAVILLOSAS</a></td> + <td> </td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl pt1"><a href="#Ch301">El descontentadizo</a></td> + <td class="tdrb pt1"><a href="#Page_165">165</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl"><a href="#Ch302">El muerto insepulto y transeúnte</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_169">169</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl"><a href="#Ch303">La libre república de las bestias</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_173">173</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl"><a href="#Ch304">El purgatorio de los tontos</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_179">179</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl"><a href="#Ch305">Las mil pesetas que hay en el mundo</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_184">184</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl"><a href="#Ch306">El desastroso fin de la humanidad</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_187">187</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl"><a href="#Ch307">Dos grandes errores</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_190">190</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl"><a href="#Ch308">El bromazo</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_194">194</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl"><a href="#Ch309">El suicidio del cadáver</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_200">200</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl"><a href="#Ch310">Historia de un hombrecito que no nació</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_204">204</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl"><a href="#Ch311">El ánima de la vieja</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_220">220</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl"><a href="#Ch312">La muerte del espíritu adúltero</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_229">229</a></td> + </tr> +</table> +</nav> + +<hr class="chap"> + + +<hr class="full"> + +</div> +</main> +<div style='text-align:center'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 79074 ***</div> +</body> +</html> diff --git a/79074-h/images/cover.jpg b/79074-h/images/cover.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..ab3590f --- /dev/null +++ b/79074-h/images/cover.jpg diff --git a/79074-h/images/logo.jpg b/79074-h/images/logo.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..52c6509 --- /dev/null +++ b/79074-h/images/logo.jpg diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt new file mode 100644 index 0000000..6c72794 --- /dev/null +++ b/LICENSE.txt @@ -0,0 +1,11 @@ +This book, including all associated images, markup, improvements, +metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be +in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES. + +Procedures for determining public domain status are described in +the "Copyright How-To" at 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