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diff --git a/.gitattributes b/.gitattributes new file mode 100644 index 0000000..6833f05 --- /dev/null +++ b/.gitattributes @@ -0,0 +1,3 @@ +* text=auto +*.txt text +*.md text diff --git a/78630-0.txt b/78630-0.txt new file mode 100644 index 0000000..cc3be4f --- /dev/null +++ b/78630-0.txt @@ -0,0 +1,4609 @@ +*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 78630 *** + +NOTA DE TRANSCRIPCIÓN + + * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han + convertido a MAYÚSCULAS. + + * Los errores de imprenta han sido corregidos. + + * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con + las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española. + + * La puntuación también ha sufrido ligeros retoques para su + modernización. + + * Las páginas en blanco han sido eliminadas. + + * Se ha compilado y añadido un Índice al final del libro pese a que + el original impreso no lo incluye. + + + + +Locura y muerte de Nadie + + + + +OBRAS DEL AUTOR + + +REVISTA DE OCCIDENTE + +_El Profesor inútil._ («Nova Novorum».) + +_El cantar de Roldán._ Traducción. («Musas Lejanas».) + +_Vida de San Alejo._ (Núm. LXV de la «Revista».) + +_Paula y Paulita._ Novela. + +_Viviana y Merlín._ (Núm. LXXII de la «Revista».) + + +EDICIONES ORIENTE + +_Locura y muerte de Nadie._ Novela. + + +ESPASA-CALPE + +_Sor Patrocinio._ Biografía. + +_Zumalacarregui._ Biografía. (En prensa.) + +_Teoría del Zumbel._ Novela. (En breve.) + + +LA LECTURA + +_Ejercicios._ («Cuadernos Literarios».) + + +LA GACETA LITERARIA + +_Salón de Estío._ (Andrómeda, Circe, Folletín, Película.) + + +HISTORIA NUEVA + +_El convidado de papel._ Novela. + +_Amor bajo tres lunas._ Novela. (En preparación.) + + +C. I. A. P. + +_Pauta y Arabesco._ Ensayos breves. (En preparación.) + + + + + BENJAMÍN JARNÉS + + + LOCURA Y MUERTE + DE NADIE + + NOVELA + + Primera edición + + [Ilustración] + + EDICIONES ORIENTE + MADRID + + + + + ES PROPIEDAD + Derechos reservados + EDICIONES ORIENTE + + +Imprenta ARGIS. Tarragona, 22. Teléfono 71843.—Madrid. + + + + + Con el lirismo penetra en el arte una sustancia voluble y tornadiza. + La intimidad del hombre varía a lo largo de los siglos; el vértice + de su sentimentalidad gravita unas veces hacia oriente y otras hacia + poniente. Hay tiempos jocundos y tiempos de amargor. Todo depende de + que el balance que hace el hombre de su propio valer le parezca, en + definitiva, favorable o adverso. + + ...La poesía y todo arte versa sobre lo humano y solo sobre lo + humano. El paisaje que se pinta se pinta siempre como un escenario + para el hombre. Siendo esto así, no podía menos de seguirse que + todas las formas del arte toman su origen de la variación en las + interpretaciones del hombre por el hombre. Dime lo que del hombre + sientes y decirte he qué arte cultivas. + + ...Por eso la literatura genuina de un tiempo es una confesión + general de la intimidad humana entonces. + + JOSÉ ORTEGA Y GASSET. + + + + + Prólogo + + +A fuerza de tropezarme con Juan Sánchez he llegado a intimar con él, a +quererle; por eso escribo hoy su historia. Me gusta contarla porque en +ella apenas hay conflictos, aparte del viejo conflicto de todo héroe +que aparece en este mundo: el de su propia aparición. + +Porque, de pronto, cuando las aventuras de la carne se van arrinconando +—fatigadas— entre los biombos de la frivolidad, se van extinguiendo +sobre los almohadones del hastío, y la misma Salomé no provoca +vibración simpática ninguna de no acercarse a los espectadores +precedida de un costoso y desnudo «conjunto»; cuando la castidad y +la lujuria, como la suavidad y la cólera —meros productos de una +concurrencia de humores— apenas logran ya conmover a las gentes; cuando +todo, en el teatro y en la novela, vacila o cae, se levantan de lo más +profundo los antiguos signos de interrogación. + +La virtud y el vicio, el bien y el mal, fueron perdiendo sus confines; +pero cada vez se acusa con más brío el problema gigante. + +A su lado todos los demás son menudos anecdotarios, rudimentos vitales, +que saltan —inofensivos, ingenuos— luciendo sus escamas, sus tornasoles +alrededor del buque, mientras el pulpo, el pulpo voraz, incansable, +persigue, acosa, avizora, buscando a quién devorar. Todo lo demás +divierte..., cuando divierte. Solo el gran pulpo estremece, alucina, +mata. + +Juan Sánchez se pasa la vida tentándose el espíritu, de miedo a irlo +perdiendo entre las garras de su enorme inquietud. Pero no se aparta de +la barandilla. Su vida es una sucesión de escenas junto al verdugo. El +espectáculo de su vida es, pues, sombrío, abrumador. + +Si yo lo acertase a describir, si yo llegase a inyectar en los nervios +de las gentes un poco de ese pánico, todo en torno mío quedaría +crispado, convulso. + +Yo he sentido ese miedo, me he sentido desfallecido, aniquilado. Pero +he preferido siempre no asustar a los demás. Tampoco hoy quisiera +asustar a mis buenos amigos. ¿Haré que el gran pulpo desaparezca entre +las ágiles escamas, entre los vivaces tornasoles? ¿No correré el albur +de que —como otras veces— el aturdido transeúnte solo vea sobre la +superficie del agua esos racimos revoltosos de cohetes? + +Prefiero seguir encendiéndolos a rasgar el vientre al agua y dejar que +asome el gran pulpo. Al fin, es muy penoso, es muy duro invitar al +transeúnte a que medite unas horas con su propia calavera entre las +manos. + + + + + 1 + El Banco Agrícola + + +Los cangilones de la puerta se van vaciando rítmicamente en el +vestíbulo. Un campesino, absorto al ver que entre la calle y el zaguán +gira una estrella en vez de un plano, se agarra tan fuertemente +a una de las puntas, que en lugar de un semicírculo describe dos +circunvoluciones. + +En el reloj, las doce. En el termómetro, los cien grados. Está ya +henchida la enorme caldera de mármol y cristal. Explotan las burbujas +disparando cifras: + +—¡El 331! + +—¡El 332! + +Hiende la rotonda un redondo volumen galoneado de plata —el gran cero +inquieto, andarín perenne del Banco— que remueve la caldera y acentúa +la presión. + +Hoy en el Banco Agrícola de Augusta todas las cuentas corrientes, +cansadas de dormitar a la sombra de los panzudos libros, están +ensayando un cambio de postura. Se escucha el sordo roce de largas +serpientes de sumandos que reptan por los atriles. Por una ventanilla +le sonríen a Arturo las cuatro filas de dientes de una «Remington». + +Quince troneras, quince ventosas se precipitan a sorber los ahorros del +campesino, las carteras voluminosas de los clientes. Las ventanillas +son otros tantos confesionarios en donde absuelven gravemente del +terrible pecado del miedo. Se ve salir a los penitentes en estado de +gracia mercantil, con un crédito más a los ojos inapelables del Consejo +de Administración. + +Las ventanillas son también diminutos escenarios por donde asoma la +cabeza un hábil prestidigitador. Monedas, billetes, papelitos rojos, +papelitos azules, van, vienen, se desparraman, se enlazan, desaparecen, +se apiñan. El gran juego del tanto por ciento esparce sobre el tapete +la baraja entera. + +—¡El 333! + +—¡El 334! + +—¡El 335! + +—¡El 336! + +Una danza epiléptica de cifras en torno a los dioses de este infierno; +melocotón, uva, maíz, centeno, remolacha, aceituna. Sagrados nombres +de dioses, invocados en el torbellino, subrayados por los monótonos +cuchicheos de las «Underwood», de las «Smith». De pronto surge el Zeus +Tonante de la mitología bancaria: el trigo. + +—A 57. + +—No hay ofertas. + +—¡El alza! + +—Mañana, a 58. + +—O a 58,50. + +—Se está comprando muy de prisa. + +Arturo asiste a la solemne ascensión del dios. Se remonta altanero, +majestuoso, sobre la conmovida multitud. Una gavilla se yergue —como en +las eras de Canaán— y recibe el homenaje de once gavillas subordinadas. +Hacen corro otras más humildes: de cebada, de alfalfa. Arturo ve +ascender el dios agrícola, mecerse en el aire, esconderse en las nubes. + +Queda flotando en el aire una espiga. Una espiga enorme de trigo +candeal, crujiente grumo de oro que amenaza desgranarse sobre la frente +de Arturo, medio dormido. Enjambre vivo que defiende una guardia de +finas lanzas amarillas, ceñidas en hostiles escalones. Cada grano +destaca su centinela, en orden perfecto de batalla. + +Arturo ve iniciarse en la espiga un tránsito del símbolo a la +geometría. Ve fracasar en ella toda muelle sensualidad. Fruto para goce +de los ojos, huraño al tacto, casi mineral, enjuto, soberbio de sus +delgadas cápsulas, donde se esconde el alimento de los hombres y la +sustancia de los dioses. + +Confín de los sentidos. Detrás del racimo dorado se extiende la región +de lo esquemático, la región innumerable de las místicas metáforas, hoy +la lenta caravana de los números. Por él ondulan las largas columnas de +cifras en las falsillas de los libros mayores. + +Trigo soberano, cuentas amarillas de un precioso collar, apiñadas en lo +sumo de una caña delgada, donde pueden tañerse bellos himnos rurales. +Caña sonora que opone su tañido jocundo a la oquedad ética de las altas +cañas pensantes que se miran vanidosas en el río fiel. + +Hiende el aire la espiga como un hosco insecto aprisionado en los +mismos umbrales de las formas puras. Rubio dios de los campos, +convertido en mero nombre por estas gentes codiciosas que, sin saberlo, +sin poderlo ver en toda su grandeza, lo acogen, lo desechan, lo +almacenan, lo arrojan, según la veleidad de un tablero de precios. + +—¡El 344! + +Se dispersa el cortejo de lanzas. La espiga da un estallido y se +derraman los granos de oro. Pasa el número 344, una espléndida Dánae, +que con un cheque en la mano va a cobrarse alguna transitoria cesión de +su belleza. La lluvia de oro desciende sobre el número 344, corre a lo +largo de sus opulentos flancos... + +Dánae abate, al fin, la cabeza. La sumerge en el otro mundo, en el +mundo de los números y las máquinas. Va a ser guillotinada. La preciosa +cabeza de ámbar se estremece, se desmelena; las manos de Dánae se +crispan, arañan un bolso de piel, extraen un poco de encaje... ¡La +cuchilla va a caer! Arturo sofoca un grito. + +Y se incorpora bruscamente. Ha creído ver unas manchas rojas entre +el amarillo ¿de las espigas, de los bucles? Las manchas rojas se +desvanecen. Arturo se frota los ojos. La cuchilla no cae. La boca, +pintada; las mejillas, pintadas desaforadamente... Dánae cierra con un +chillido metálico su bolso y se va. + +La guillotina, ¿no funciona? Forcejean desde dentro, tiemblan un poco +las cabezas en la platina. Al fin, nada: un cambio de papelitos rojos, +de papelitos morados. + +—¡El 345! + + + * * * + + +Un codazo del hombre de la izquierda. + +Arturo sale de su semivigilia. En su papelito rojo está marcado el +número 352. El 345 deja libre un asiento que Arturo se apresura a +ocupar. Incrustado entre un caballero gris y una lozana campesina +que recuerda a Gabriel y Galán, se dispone a pasar de masa oscilante +al menor vaivén, donde se reflejan todas las presiones, a cuerpo en +perfecto equilibrio, inamovible. + +El caballero gris se impacienta, le roza un pie, se disculpa: + +—Perdone. + +Surge el diálogo nutrido de protestas contra la lentitud del Banco. El +mismo diálogo, entablado, como todos los días, con un número de orden. + +El desconocido remira su papelito rojo, como el desconocido de ayer. +El 351 es el antecesor de Arturo. Así Arturo puede declinar —como +siempre— su temor de perder turno: basta seguir los pasos del hombre +desconocido. Le liga a él una relación aritmética a que debe obedecer +ciegamente, y esta servidumbre —como todas— le extirpa un ojo sobrante, +le borra un campo inútil de atención. + +Ya puede invertir su tiempo en contemplar el vaivén de los números que +se apiñan en la rotonda. Pocos lugares como un Banco para realizar +estudios sobre la vulgaridad. Es aquí muy remoto el peligro de +tropezarse con un genio. Y una escrupulosa vigilancia elimina de los +clientes lo que pudiera ser considerado como turba. La criba solo deja +pasar seres intermedios, normales, caras y cuerpos de desesperante +equilibrio. Un mismo maniquí ha servido para treinta gabanes; igual +módulo para cien fisonomías; idéntico manual para todos los saludos. + +En vano las implacables ventosas pretenden acentuar el perfil de algún +rostro. La misma emoción ante las subidas de Bolsa. La alegría ante +un alza de precios es de tipo común. Un mismo coletazo de la larga +serpiente de cifras produce en cien bocas el mismo gesto de acritud. + +En vano la luz de las altas vidrieras pretende subrayar en las +facciones algún gesto inusitado. Solo consigue éxitos efímeros, +banales. Sobre tal mejilla color de langostino, se desliza un rayo +verde que, por un momento, trueca en biliosa la faz placentera de un +comisionista. Un rostro enflaquecido, color garbanzo, se empapa en un +chorro granate, trocándose de esquizoide en sensual. + +La luz de los cristales se divierte infantilmente en ir cambiando uno +por uno los temperamentos de los clientes. + +—¡El 348! + +—¡El 349! + +Va bajando el termómetro. Estallan en la tina las últimas burbujas. +Se apaga, al fin, el hervor. El hombre de galones da plata ya no se +perfila para atravesar de canto la sala; camina de frente, sin miedo a +chocar con alguna huraña cuenta corriente. + +En alguno de los diminutos proscenios se producen ya entreactos: el +telón no desciende, pero el héroe suspende sus escamoteos de billetes, +deja ver, perfectamente enmarcada, una angulosa faz inmóvil, que +lentamente se va convirtiendo en el retrato de sí mismo. + +Los cuatro policías de la sala, obligados antes a multiplicar por +cuatro su atención sobre la homogénea muchedumbre, pueden ya deshacer +la operación y seguir su faena con la visión normal. + +Las haces policromadas que llovían de las altas vidrieras no +encuentran ya a su paso frentes y mejillas resignadas a tan frívolo +bautismo de verbena; se deslizan por bustos, por caderas, por grupas +descuidados; en enroscan en tobillos, resbalan por zapatos, se pierden +definitivamente en las baldosas. + +Pero, en su tránsito, fueron dibujando ingeniosos bocetos. Los +perfiles de los clientes pueden afirmar su escasa originalidad +plástica, en plena holgura. La atención tiene zonas más confinadas y, +al apretarse, comienzan a surgir escorzos, algunos originales. Tal +brazo desnudo, oprimido antes por el torso de un enorme almacenista de +alfalfa, recobra su gracioso ademán. Unos senos se yerguen, sin temor a +ser punzados por el codo de un tendero enjuto. Todo recobra el sobrante +de espacio necesario para crearse una atmósfera personal. + +—¡El 350! + +—¡El 351! + +El caballero gris se levanta y llega a la ventanilla, donde unos +ojos implacables le recorren de arriba a abajo. Arturo le sigue. El +desconocido alarga su papelito rojo y una mugrienta cédula personal. +Manotea nerviosamente, replica al empleado, protesta, infla la voz. El +empleado exige el cumplimiento de un rito. Quiere firmas, créditos, +certidumbres, evidencias. Pretende que el desconocido deje de serlo, +que un número cualquiera logre rápidamente, en la batería del diminuto +proscenio, un carácter definitivo de personalidad. Pretende que aquel +hombre destacado de la multitud, que viste análogo terno y canta el +mismo cuplé de todos los demás, adquiera de pronto facciones de héroe. + +La contienda termina dramáticamente. El caballero se abre el pecho +y lo muestra desnudo al empleado. Gesto patricio de los héroes que +imploraban en el ruedo, ante los césares, piedad para un vencido. A +cuenta de una individualidad reconocida, pedían el olvido para un ente +borroso... + +Sorpresa, explosión de risas. El empleado alarga unos billetes. El +hombre desconocido se abrocha precipitadamente y sale del Banco. + +Arturo consigue una pronta evasión, y corre en busca del desconocido. +Lo encuentra en una esquina, le pregunta: + +—¿Cobró usted, por fin? + +—Cobré. Son bobos. Cada día exigen más firmas. Menos mal que yo llevo +la mía... Guardo un documento infalible. Cuando no reconocen mi firma, +me abro el pecho y la muestro grabada en la piel. + +—¿Un tatuaje? + +—Sí, voy siempre firmado y rubricado. Soy el notario de mí mismo. A mí +me identifican en seguida. Venga conmigo. + +En un zaguán, el desconocido se desabrocha e invita a Arturo a +contemplar una presumida rúbrica en forma de intestino que sirve de +pedestal a un nombre: Juan Sánchez y Sánchez. + + + * * * + + +—¡Qué capricho! + +—¡Qué sarcasmo!, querrá usted decir. Porque esto es señal de algo +terrible. Esta escena del Banco Agrícola se repite diariamente en mi +vida. Mi tragedia es abrumadora, tiene muy profunda la raíz. Vea usted +que no se trata de fortuna o desdicha, de obrar bien o mal, de producir +o de evitar algo nefasto. Se trata de algo anterior a mi voluntad, +anterior al destino. Se trata de _ser_. Fíjese bien: ¡ni siquiera de +existir! ¡De ser! Porque a fuerza de pensar mucho en mí mismo, he +deducido que, aun suponiendo que exista, _no soy_. + + + + + 2 + Campo magnético + + +En la terraza del bar, ante un _cocktail_ de ginebra, se plantea Juan +Sánchez un viejo problema filosófico: el de la esencia y la existencia. + +Es la hora más banal del día: la hora del aperitivo. Hora de hacer +el resumen de la mañana y de fraguar los proyectos que la tarde irá +desbaratando. El orador insiste en convencer a Arturo de que él, Juan +Sánchez y Sánchez, no es. Entre ese tropel de seres inclasificables, de +ambos sexos, que luchan desde sus banquetas por reproducir exactamente +el contorno exterior de una estrella de moda, Juan Sánchez, el hombre +firmado, de rúbrica en forma de intestino, se revela como un fanático +perseguidor de su propia esencia. + +Es un místico amante de la personalidad. Tiembla ante la idea de gozar +de una forma sustancial colectiva, de un subconsciente solo colectivo, +de un alma común. Intentó crearse un rostro, acentuarse, al menos, un +defecto, estilizarse alguna aberración que pudiera izar como bandera de +un carácter. Nada logró. + +—He intentado —dice— lo absurdo. Llegué a provocar en mí alguna +enfermedad crónica que modificase, que torciese mi temperamento, que +me lo cambiase de raíz, a ser posible, para intentar buscarme, con el +nuevo, otra fisonomía... Hice experiencias inútiles. + +—Eso es peligroso. Se expone usted a quebrarse el aparato. + +—Es desesperante no tener nada mío. De niño me tomaban siempre por +mi hermano. Y, ahora, el arcediano de Sos tiene mi misma cara. Y un +médico. Anteayer me preguntaron reservadamente, en un zaguán, por el +estado de un cáncer... ¡Si yo pudiese, al menos, no ser nada, pasar +inadvertido! Pero hay algo peor que todo eso: ser otro cualquiera, uno +que casi nunca me gustaría ser. + +No es fácil estrenar todos los días un amigo, y menos un _universal_, +un hombre-tipo, como Juan Sánchez, que oculta problemas tan arduos bajo +su firma y rúbrica grabadas en la piel. Por eso Arturo, además del +_cocktail_, saborea golosamente este placer de convertirse en minero de +espíritus, de socavar, estrato por estrato, las entrañas de un nuevo +continente. + +Es delicioso estrenar los amigos como quien estrena un gabán, y reponer +a tiempo los usados, antes de lamentar su decadencia. No importa que +la originalidad de muchos se agote al primer día: al menos en este, +todo espíritu nuevo es capaz de ofrecer cierto curioso lote de gracias +imprevistas. + +Arturo está sentado frente a la viva corriente humana, en la terraza +del bar; Juan Sánchez, de espaldas a la calle, frente a Arturo, es +decir, frente a un espejo donde pretende verse en todo su crespo +interior. Representan dos mundos opuestos. Para Juan Sánchez, Arturo +es una placa sensitiva donde va a ser escrupulosamente recogido el +gráfico de una inquietud. Pero en los ojos de Arturo, voluntariamente +dispersos, se quiebran todos los perfiles de la calle. Su cara es como +un lago que se quisiera contemplar en azul reposo, y de pronto comienza +a tiritar bajo la loca lluvia de guijarros de un tropel infantil. + +El día, en plena granazón, abre sus pomposos abanicos de emociones +sazonadas, normales: pavo real de académico civismo, sin audacia +cromática alguna. + +Es la hora de acudir al hogar, donde miles de hembras, también maduras, +aguardan la dulce confidencia de un alza de bolsa o de un ascenso. +Todos los caminos que ahora se recorren en la ciudad son claros y +abiertos: el día está en su punto cimero de doméstica legalidad. Ni la +religión —como en las primeras horas— desvía los pasos del torturado +incrédulo hacia algún templo de los suburbios, ni el amor —como en +las horas últimas— desvía los del impetuoso joven hacia la equívoca +intimidad de una mujer. + +Todo en la calle palpita ordenadamente bajo el signo del trabajo. La +disciplina social escalona rigurosamente sus ejércitos, instalándolos +según normas tradicionales: los directores y consejeros se arrellanan +en opulentos coches; los jefes de contabilidad, en averiados taxis; +los sencillos empleados se apretujan en un tranvía; los ordenanzas +van a pie. Apenas se advierten a esta hora las conquistas sociales. +No se toleraría, como al anochecer, que alguna mecanógrafa inquieta +y un cajero inmoral rompiesen ahora tan severa ordenación jerárquica +penetrando en un _Hispano_ a morder el «fruto prohibido». + +Nubes de obreros y burócratas cruzan en todos sentidos la calle. +Han cesado de castañetear las ametralladoras de cifras de todas las +marcas; todas las ventanillas acaban de guillotinar, uno tras otro, los +momentos finales de la jornada. + +El Banco Agrícola vierte sus empleados en la acera, los desparrama +a lo largo de los primeros soportales. Un obeso banquero atraviesa +lentamente la calle, deteniéndose cada tres pasos entre las blasfemias +contenidas de dos infelices subalternos condenados a marcar idéntico +compás de marcha, tan salpicado de insoportables calderones. + +Se producen nudos, interferencias, cruces a veces dolorosos. Algún pie +se alza indignado y aplastado por otro más aturdido, que desconoce el +arte de andar. Se ve que el empleado municipal que yergue virilmente +su batuta intenta armonizar las masas ambulantes; pero estos +elementos que han de ejecutar la hirviente sinfonía revelan un total +desconocimiento de la partitura. Sobreviene un flujo y reflujo de +espesas resonancias, que solo podrían desaparecer si se inculcase a las +gentes de a pie cierta virtud que les falta de acomodación a un ritmo. + +—Hubo una época —martillea Juan Sánchez— en que llegué a olvidar +mi nombre. Me complacía no ser más que «el joven que cruza la +acera de seis a siete», «el que compra _La Crónica_ en el quiosco +de enfrente»... En una casa me conocían —yo soy comisionista— por +«Hermanos Vallés. Cementos»; en otra, por «La Bola de Oro»; en otra, +por «Martorell y Compañía»... + +Persiste entre las multitudes el tipo de guerrillero de la circulación, +que, con grave peligro de sus huesos, se lanza heroicamente a ganar +batallas de velocidad. Y la masa se complace en destacar esa suerte +de individuos exteriormente indóciles. Exteriormente —piensa Arturo—, +porque la docilidad en el hombre apunta en razón inversa de su +excelencia personal. Por eso el sabio obedece como un niño a los signos +del agente, mientras se obstina en rebelarse contra un principio de +Euclides. A un sabio podrá vestirlo cualquier sastre, pero solo le +provee de ideas un genio... + +—Yo sabía —no cesa el zumbido de Juan Sánchez— que en todos los +escalafones subían y bajaban algunas docenas de Juan Sánchez, y +desprecié rotundamente mi firma. ¡Caro me costó! Porque esto me condujo +a la evidencia de que en mí no se escondía un determinado individuo, +sino un maniquí capaz de soportar una personalidad cualquiera, con +preferencia una razón social. + +En cambio, un pobre diablo acata las ideas del más humilde teorizante +de café, mientras opone su libre, la que él cree libre, personalidad +a la blanca mano de un guardia. El orden exterior de la calle —y del +mundo— no suelen conservarlo íntegramente sino el sabio y el discreto, +sumisos al polizonte, aunque discutan a Platón. + +—Si mi nombre lo usaban algunas docenas de empleados en cada escalafón, +mi cara, mis gestos, mi andar, toda mi anatomía rodaba al mismo tiempo +por los vagos recuerdos de cada transeúnte... + +Es preciso destruir esa leyenda del sabio distraído que se deja mutilar +por un vehículo. Por un Curie habrá miles de necios aplastados. +Los atolondrados son los otros. El distraído es un sujeto que +ideológicamente —y en el sector sentimental— pertenece a la masa, es +masa todo él, desde los conceptos políticos y taurinos hasta el dibujo +de sus corbatas. Al sabio nada le preocupa, ni siquiera la advierte, +esa porción de materia común que envuelve su rica lumbre personal; +el hombre vulgar sí la advierte, porque en él es todo masa, y solo +al amarla se ama a sí mismo. Por eso la defiende contra cualquier +cinceladura ajena. Cree que en esa porción común radica todo él, y la +pasea altivamente como se pasea un gabán estandarizado. Capaz es de +entregar a todas horas su inteligencia al tópico, pero se resiste a +someter sus pasos a la pauta municipal. La gran muchedumbre se nutre de +pequeñas rebeldías, mientras al sabio y al discreto solo les estimulan +las grandes. + +—Muchas veces me hurté a desconocidos que se acercaban a hablarme, +tomándome por un amigo. Fui saludado por centenares de ciudadanos +miopes, a quienes nunca había visto. Padezco todos los peligros +del hombre-tipo, sin las felices características del arquetipo. Mi +característica es no tener acento, ese acento que añade a la estatura +un codo, por quien las letras alzan la frente y se hacen reinas del +vocablo. + +Ahora, tres Renault, dos carretillas de mano, una motocicleta +y diecisiete Fords se detienen a contemplar el desfile de una +institutriz, que arrastra a dos niños, y el de un botones. Hace dos +siglos a este botones y a esa institutriz les hubieran propinado muchos +puntapiés los lacayos de alguna favorita de turno. Conquista de los +tiempos, a la que no corresponde la masa con un asiduo aprendizaje del +arte de moverse en la vía pública sin producir nudos y elipsis. Admito +—sigue pensando Arturo— que este público dinamismo atente contra la +personalidad, que llegue acaso a destruirla, pero, en cambio, robustece +la expresión colectiva. Puesto que hoy sea inexorable admitir el +dominio de la masa, ¿por qué no trabajar por hacerla más bella? + +—Por eso inventé ese medio pintoresco de identificación. Soy el +hombre que no tiene señas personales. Ya que no puedo ofrecer un +rostro, ofreceré al menos una firma. De mi cara se tiraron millones de +ejemplares, en ediciones económicas. Y de mis ideas. Y de mis ademanes. +Yo no soy un individuo. Soy un universal ambulante. Es decir: ¡Nadie! + + + * * * + + +De pronto, para Arturo, todo el paisaje ciudadano enfila sus +ritmos en un solo sentido, en el de una mujer que avanza cortando +gentilmente cada grupo en dos porciones. Como esa granalla de hierro +disciplinadamente repartida en torno a la barra magnética, más cerca +o más lejos de ella, según índices de docilidad y ligereza, así +la burocrática muchedumbre se va situando, al paso de esta mujer, +según una escala de sordas vehemencias harto tiempo adormecidas +entre facturas y legajos, despiertas ahora, al aire libre, frente al +ondulante panorama. + +Y el surco abierto tras ella lo van llenando algunos manoseados, +cursis, desfallecidos piropos, como de gentes en ayunas, arriada la +fantasía, cegados los grifos de la jovialidad. + +—Creo en la felicidad del anónimo —contesta por fin Arturo—. La +tortura de la personalidad, ¿por qué sentirla tan obstinadamente? +Quizá el individuo, en absoluto personal, no existe. Si persistimos en +mantenerlo en un punto de nuestra vida, nos petrificamos. Si lo dejamos +transformarse demasiado, nos tropezamos siempre con una legión de +nosotros mismos que entorpece nuestro momento actual, que constituye un +peligro para nuestra libertad de hoy. + +—Consuela oírle. ¿Usted escribe? + +—De ningún modo. + +—Lo hubiera jurado. + +—Soy profesor de filosofía, pero vi que es más divertido —y productivo, +¿sabe?— inspeccionar siniestros. + +—¿Cómo? + +—Formo parte de una Sociedad de seguros contra incendios. Actúo siempre +en regiones devastadas. Después del último bombero. + +—¡Qué raro! + +—Conozco a los hombres al borde de una catástrofe. Me interesan más +sus violentas reacciones que sus actos normales. Aunque siempre son +muy divertidos. Los hombres suelen ir almacenando pasado. Cuando +les pesa mucho, quisieran abandonarlo, pero temen hacerlo porque lo +creen ya materia propia; como sienten abandonar un diente maltrecho. +Y aun comprendo que se tenga más cariño a un dedo propio que a toda +la humanidad; lo que no comprendo es por qué se fija ese cariño en un +montón de despojos acumulados. + +—Toda la vida del hombre es un esfuerzo desesperado por afirmar su +existencia, por dejar surco de ella. Este es el pobre recurso de los +artistas. + +—¡Bah! Los artistas son unos infelices locos que gastan aturdidamente +su vida real en fabricarse una posible. El artista es una deliciosa +aberración de la humanidad. Cree, sencillamente, en otra vida y suele +sacrificarle esta como un iluminado anacoreta. Teme petrificarse, y no +recuerda que su último pago —también posible— ha de ser una estatua +de piedra, construida por algún camarada que, al crearla, afirmará +que aquello es su obra más personal. Y el primer artista solo habrá +logrado servir de escalafón para que suba el segundo más de prisa. Me +he extraviado. + +—Siga, siga. + +—Creo que puede usted salvarse a fuerza de anécdotas. La acción +reconstruye, zarandea, remueve, modifica. Ensaye a obrar activamente: +le surgirán actos originales. Y con el acento, la expresión. Y con la +expresión, la fisonomía. Métase en danza. Déjese ya del ser y del no +ser. Eso está muy anticuado. Obre. + +—He ensayado sin éxito. ¿Usted cree...? + +—Firmemente. + +—Me anima usted mucho. Venga por mi casa. Ahí tiene mis señas. Le +espero a cenar esta noche. + +—Iré. + + + * * * + + +Desde el velador, oculto en la metafísica maraña de problemas que +suscita el hombre firmado y rubricado, sigue avizorando Arturo la +menuda tempestad callejera provocada por el tránsito de Rebeca. La +amante es ahora un termómetro donde poder medir los grados de febril +irradiación, la pureza de contornos, la dinámica gallardía de cada +hembra transeúnte; pero también los de procacidad de cada súbito +admirador. + +Traza Rebeca en la plaza una firme diagonal, y se interna en los +soportales a tiempo que advierte la presencia de Arturo. Y entonces +todos sus ademanes se embozan en una nube de más refinada coquetería, +como si de pronto quisiera oscurecer el rico botín de sus encantos, +envolviéndolo, como en un delgado papel de seda carmín, de un pudor +visible no solo en las mejillas y en las inquietas manos, sino en toda +su juguetona fábrica. + +Y entonces, los soportales adquieren una preciosa calidad de claustro +en que la amada transeúnte se va ofreciendo por grados, en progresión +decreciente, resurgiendo bajo los arcos sucesivos que añaden a cada +aparición un poco más de seductora lejanía. + +Y aunque el primer impulso de Arturo, al ver surgir a Rebeca, es +lanzarse tras ella a recoger en sus manos la brasa de aquellas, tan +expertas en artes de acariciar, no se mueve del asiento; le contiene el +riguroso veto según el cual ambos amantes deben confinar su deleite en +un rígido programa del que están excluidos todos los azares. + +La aventura es desterrada de este amor. Los encuentros fortuitos no +deben ser aprovechados, puesto que ya en el plan erótico se apuntan +los precisos para, sin agotarlo, seguir paladeando el goce. (Arturo +jamás quiso averiguar las causas de este veto, por no dar de bruces +con alguna doméstica trivialidad, con la pobre anécdota conyugal, +con algún romántico impulso incomprensible). Refrena su vehemencia, +progresivamente dulcificada según avanza la serie de sucesivas Rebecas, +cada vez más borrosas; y el placer de acercarse a ella, de sumergirse +en su estela voluptuosa, es vencido por el de contemplar el cuadro +favorito desde muchas distancias, y a distintas luces, multiplicando y +refinando así su goce, consumado catador de vivas plasticidades. + +Ya al quinto arco, de la total estructura se han perdido deliciosos +fragmentos. Al séptimo arco, aún se divisa el guiño picaresco de los +ojos, el garabato rosa de la mano que traza en el aire una frase de +adiós impronunciada. + +Por fin, de aquella vibrante sucesión de imágenes, solo queda el +luminoso residuo de un pañuelo perdido poco a poco en la cromática red, +hasta poder ser confundido con otro cualquiera, como en los andenes. +Pero Arturo sigue paladeando algún tiempo el postrer sorbo, el más +sabroso, de aquella copa emocional bebida en progresión aritmética +descendente. + +Porque este tránsito de Rebeca a través de las pilastras que la ocultan +y descubren rítmicamente, haciendo más deliciosa su aparición, hoy dos +veces discreta, es una imagen acabada del otro gran tránsito de su +belleza palpitante a lo largo de la vida de Arturo, iluminada a trechos +por la blanca desnudez de su amante. + +Aquella hora resume toda una juventud, como aquellos soportales juegan +el papel de días, días anodinos, opacos, en que Rebeca se oculta en su +otra vida oscura, doméstica, acaso conyugal alternados con la sucesión +encantadora de los de verla en el refugio de una dulce intimidad: de +uno de esos —como el de hoy— en que todas las horas giran locamente en +torno a una, las siete de la tarde, pidiéndole un poco de su jocunda +irradiación. + +—¡Las siete! ¡Las siete! + +Suenan las dos palabras en el oído de Arturo como el jovial tañido +de una bocina de _Rolls_ que desde lejos reclama virilmente paso +libre al tropel de horas monótonas, pesadas, carretas crujientes, +camiones grasientos, que cruzan lentamente la luminosa carretera del +día. Una hora ardiente, brusca, impetuosa, que irrumpe en la tarde, +atropellándolo todo con su cínica desenvoltura. + + + + + 3 + Amor disperso + + +La escalerita del placer suele ser sórdida, oscura, como suele ser +reverberante, magnífica, la escalera del fastidio. La escalerita del +placer es un breve tránsito entre la acera y unos brazos ardientes; la +escalera del fastidio suele ser el preludio de una frívola comedia que +principia en unas orondas libreas y termina en la falsa sonrisa de un +caballero gran cruz. + +Arturo sube precipitadamente la escalerita del placer; angosto +desfiladero entre los valles multitudinarios y la solitaria cañada +donde una mujer le apaga con besos la última frase inútil arrastrada de +la calle. + +De pronto, todas las palabras recobran su sentido esencial. O son meros +balbuceos. Y todos los ademanes. El instinto, en suma vibración, los +armoniza, los ordena en el más sencillo pentagrama. El idioma se reduce +considerablemente: bastan algunas infantiles interjecciones. + +Y algún vocablo preñado de sentido histórico. He aquí uno: + +¡Incendiaria! + +Es el requiebro favorito de Arturo, hallado en cierta excursión +profesional, extraído del bloque de textos conminatorios que nutrían +su léxico en las horas de faena, como se suele extraer un gramo de +_radium_ de entre algunos quintales de mineral. + +Al principio se le ofreció en forma de insulto. Pero un insulto se +convierte fácilmente en un piropo: basta con una dulce inflexión de +voz. Arturo era ya entonces inspector de _El Cisne_, Sociedad de +seguros, y se hallaba investigando en el subsuelo ético del propietario +de _La Rosa Blanca_, almacén de tejidos, las verdaderas causas del +sospechoso incendio que había reducido a pavesas el establecimiento. + +Arturo realizaba una función intermedia entre el confesor y el buzo. +¡Dura tarea la de extraer de una conciencia tan turbia este grave +pecado de inmoralidad mercantil! El incendio se había producido en +un sótano donde fueron halladas, aún humeantes, algunas piezas de +percal muy pasado de moda. Arturo había bajado al sótano a solas con +el propietario de _La Rosa Blanca_, cierta sinuosa viuda de treinta +años que asistía en silencio a la enojosa exploración. Arturo acumulaba +artículos del Código, argucias tomadas del pliego de instrucciones para +inspectores de seguros, invitaba a la viuda a llegar a un acuerdo... + +En la escaramuza brotó la palabra definitiva: + +—¡Incendiaria! + +Al apóstrofe le faltó su punto preciso de severidad, y quedó en el +mismo instante convertido en una apasionada declaración de servidumbre. +Allí perdió _El Cisne_ gran parte de su prestigio: todo por el matiz +poco claro de un insulto. + +Más tarde, frente al tablero de libros de 2,50 pesetas, Arturo ensayó +su requiebro en una desconocida... + +Su reiteración a flor de oído provocó en ella un atisbo de llama. +Arturo acudía a la feria a adquirir unas tablas de logaritmos, +difíciles de encontrar entre aquellos volúmenes «pasionales» de la +Biblioteca Antorcha que hojeaba una encantadora desconocida. + +Ante los ojos de ambos se extendía el mapa sentimental del orbe +entero, porque la Biblioteca Antorcha acoge en sus volúmenes a +todos los enamorados del mundo, siempre que no reclamen derechos de +reproducción. El momento era solemne. Sobre ellos tendían sus redes los +poetas cordiales, los novelistas del sexo, los filósofos de la rebeldía. + +Arturo comenzó también a remover volúmenes, a contemplar +escrupulosamente los dibujos, la tipografía de las cubiertas, el año +de la edición. Comprendió que su viaje a la feria de libros exigía +entonces una explicación de índole emotiva, no algorítmica, y, en +lugar de las tablas de logaritmos, adquirió un ejemplar de _Tristán e +Isolda_. Entretanto Rebeca discutía el precio de un tomo de Jorge Sand, +y pronto se hallaron los dos, frente a frente, blandiendo sendos libros +de frenético amor. + +Arturo recorre precipitadamente la historia, frente a este capítulo +que diariamente amenaza ser el último. Una pasión cercana al +desmoronamiento, que se asoma al río del tiempo, sin audacia para +acabar de sumergirse. Un amor que cada tarde necesita de una fuerte +dosis de deleite para seguir viviendo. + +Y de un gran derroche de cautelas. El balcón entornado da una luz tan +rezumada que el color nunca podrá hacer fracasar los perfiles desnudos +de Rebeca. Es tan silenciosa la alcoba, que el ruidillo más tenue +rozaría los nervios como un alfiler. + +Ahora Rebeca divaga por la salita en contacto con ese mundo de +sensaciones inéditas, que todos podríamos hacer nuestro si nos +decidiéramos a llevar los pies descalzos, el cuerpo entero desnudo. + +Hay entre la piel y las cosas demasiados aisladores, muchas sustancias +hostiles que desvían la pura sensación, que mixtifican el deleite de +tantas amorosas presiones. Apenas logra besarnos, desnuda, la rica +epidermis del mundo. + +La sensación se tuerce, se borra. Rodean el cuerpo muros de algodón, de +cuero, de seda, de lana; atrincheran el campo táctil fosos de sombra, +empalizadas de tupida materia vegetal, residuos animales, minerales. De +casi todas las cosas le queda virgen al hombre la epidermis. + +Ocurre hundirse en la entraña de un objeto sin haber paseado los ojos +y las manos, voluptuosamente, por regiones inexploradas de la piel. Se +contenta con ver pasar por ella las efímeras caravanas del color, tan +enemigo del dibujo, del firme relieve. Solo ve en ella lo que apenas +existe, dejando lo duradero, su pura extensión, su frágil materia +encajada en los compartimientos del aire. + +Apenas vislumbra sus deleites, sus amores, cuyo idioma universal +posee dialectos encantadores que se llaman porosidad, elasticidad, +blandura... tan salpicados de sugestiones eléctricas, magnéticas, +luminosas, vibrátiles. Apenas conoce sus odios, cuyo dialecto más +plebeyo es la viscosidad, y el más noble el que depura cada frase con +un cincel geométrico, con frialdad de aristas que deliciosamente hacen +sangrar: la dureza. + +Apenas sabe que hay cuerpos blandos y duros, fríos y calientes... Pero +esto es como saber que hay hombres buenos y hombres malos; es decir, no +saber nada de los hombres. + +—¿No vienes? + +—Se me ha extraviado un pendiente. + +—¡Déjalo! + +¿Por qué hablarán los poetas de nieve y de alabastro al describir la +desnudez de una mujer? Lo blanco no es nada. O es el refugio de todos +los que fracasan ante los demás colores. Detrás de una pretensión de +pureza hay siempre una larga fila de impotencias. + +Lo blanco solo existe junto al negro, que también es nada. Pero dos +valores negativos producen un valor positivo: el claroscuro. Rebeca es +ahora un prodigio de claroscuro. + +Curvada, junto a una silla, construye el arco del placer. Su cuerpo +es una rama en tensión de la que cuelgan los dos menudos conos, tan +sabrosos. + +¿Por qué la forma cónica es en los senos más dulce de gustar que la +hemisférica? Misteriosa geometría del placer. También el profundo +misticismo medieval destruye la redondez de los arcos, e inventa el +suyo, terminado en punta. Con una rosa de oro por dentro. + +En los menudos arcos de esta encantadora fábrica el rosetoncillo va por +fuera. + +—¡Aquí está! + +Tiembla toda la rama al erguirse. La recorre una onda fría. Corre a +esconderse entre los brazos de Arturo. + + + * * * + + +Van naufragando las ideas, ausente la última tabla —la distancia entre +dos cuerpos ya anulada—. Rebeca ahuyenta la última abstracción, con +el último resto de su traje. Por no sentir el rubor de contemplar su +hermosura, se lleva las manos a los ojos: deliciosa manera de ser +casta. Una cabeza velada, sobre un cuerpo totalmente desnudo. + +Pero al fin quedan libres los ojos, cuando ya solo pueden ver los ojos +extraviados de Arturo. + +El idioma ha perdido definitivamente su estructura. Solo algunas +palabras, vacías de sentido, quedan flotando en la plena inundación. + +—¡Alfredo! + +Ha llegado para Arturo el feliz momento de perder su personalidad. +Placer soberano de ser un hombre u otro, de ver hundirse el individuo +en un golfo de vibraciones tumultuosas. Rebeca le borra todo rasgo +personal, y se contenta con vagos caracteres específicos, apenas +clasificables en sociedad, a los que puede ser aplicado un nombre +cualquiera. + +Arturo se siente resbalar por la deliciosa pendiente que le empuja +a ser un ente colectivo, un número de masa, un Nadie que desmenuza +lentamente su gozosa postura de hombre sin ramificaciones sociales, sin +tentáculos domésticos, sin opiniones, sin prejuicios, sin pasado y sin +futuro, con un fugaz y encantador presente. + +Arturo es un sibarita del anónimo. Le deleita el amor vario, generoso. +A cada nombre que ahora evocase ardientemente Rebeca, sentiría nacer en +sí individuos nuevos, posibles vidas originales, que se van perdiendo, +lamentablemente, por el mezquino y monótono placer de continuar siendo +uno y el mismo. Análoga sensación de dulce desdoblamiento sentía junto +a uno de esos filósofos en tan alta cumbre instalados que solo perciben +de los demás mortales algo así como una bruma espiritual, producida +por los diversos meteoros de una misma capa atmosférica, sujeta +a parecidas oscilaciones, por la estación, por el clima, por las +corrientes emocionales de una edad, a veces de una fecha. + +Si Rebeca, en aquel instante cimero de la economía animal, solo veía en +Arturo cierta nebulosa de materia cósmica universal, el filósofo solo +advierte un hálito de espiritualidad común a una masa de individuos +de parecida fisonomía, de algunos caracteres semejantes. De modo +que el Arturo verdadero quedaba, en uno y otro caso, intacto; el +Arturo individual y único, quedaba sin aprisionar en los moldes de la +sensación y del concepto. + +Si en esta trepidante coyuntura en que se dejaba definir por Rebeca, +se sentía trocado apenas en la materialización genérica de «un mozo +vehemente», capaz de soportar todos los nombres del santoral, en el +caso del filósofo quedaba convertido en «el joven contemporáneo», en +una pura abstracción innominada, lejana, como la otra de definir el +total y verdadero Arturo. + +Al fin él recobra su nombre, y ella —ante el espejo— recobra también +su rostro perdido en la refriega. Arturo piensa en maniobras +trascendentales, en ágiles tránsitos del individuo a la especie, o +de la masa al número, por escamoteos de conciencia, por anulaciones +nirvánicas, por resurrecciones y reencarnaciones a placer, por +incubaciones artificiales en medios distintos, por adaptaciones audaces +a climas inéditos. + +Arturo, vacío de su propia sensualidad, en el clarividente estado del +hombre que se ha dejado arrebatar su parte de elementos cósmicos, +libre y ágil, en ese estado de deleite mental —el supremo— que sigue a +toda amputación de un sobrante de materia, sueña con una maravillosa +multiplicación del espíritu, con un espíritu excelso, libre, de +infinitas acomodaciones a todos los estados, capaz de gozar de las +delicias de todo el orbe. + +Porque hace tiempo que a Arturo no le divierte ya contemplar su propio +paisaje anímico, tan idéntico a sí mismo; querría tener a mano, como +una lente nueva, unos ojos bien limpios, de recambio. + +Y solo puede lograr —efímeramente—, gracias a la encantadora capacidad +de olvido de su amante, cambiar alguna vez de nombre. + +El idioma recobra su normal fisonomía. Aunque solo se utiliza ya para +fines utilitarios. + +—Hoy llevo prisa, Arturo. Tengo invitados a comer. + +—Bien. + +Rebeca sale precipitadamente. Desde el balcón —corridos los visillos—, +Arturo la ve tomar un coche. No oye la dirección: + +—Lanuza, 87. + +El día se ha consumido. Cesa el último chisporroteo con el postrer +bocinazo del coche. Quedan unas cenizas que Arturo contempla resignado. + +Sale. + +La escalerita del placer suele ser angosta, como es ancha la escalera +del fastidio. Arturo vuelve a recorrer la primera, ahora muy lento. En +la calle, llama a un chófer: + +—Lanuza, 87. + + + + + 4 + Punto muerto y evasión + + +Los cuatro ángulos del comedor son perfectamente normales: en cada uno +reposa la vista como en una vieja butaca familiar. + +Hay amigos así silenciosos, ubicuos —de puro impersonales—, que nos +brindan su grata acogida, con el mismo ademán, en todos los lugares del +mundo: las almohadillas del tren, por ejemplo. No se duelen de ningún +abandono, nos salen al paso en cada nueva coyuntura, respondiendo +siempre, fieles a sí mismas, a todas nuestras exigencias de reposo. + +Desde los dos ángulos fronteros a la puerta, saludan a Arturo las +mismas palmeras, iguales maceteros, que siempre vio en docenas de +comedores idénticos; el mismo filtro a la izquierda —porque el agua +de Augusta exige todos los días una higiénica depuración— y el mismo +trinchante a la derecha. Un comedor tan dócil a la pauta común, que +Arturo cree haber cenado allí todas las noches. Es la pieza que se +repite en los cromos de novela donde se exalta el amor a la paz +conyugal. + +En las paredes se ven los mismos cuadros: la merienda campestre, +Ifigenia mirando al mar, el crepúsculo rojo, los corderitos de +Millet... Y una lozana joven saliendo del baño. + +No podía sospechar Arturo la presencia de aquel intruso elemento +decorativo en el ordenado mosaico del hogar. Es un elemento que hace +desafinar la pacata orquestación del comedor, como una bacante perdida +en el claustro de las Huelgas. + +Pero, desde la ventanilla del Banco Agrícola, solo sorpresas podían +esperarse de Juan Sánchez. El lienzo es una interrogante que deja +perplejo a Arturo. + +—¿Qué le parece? + +Juan Sánchez lo pregunta con un leve estremecimiento de inquietud. Ve a +Arturo contemplar a la bañista y espía su gesto más oscuro. + +—Bien. + +La joven se lleva las manos a la cara, ocultándola por completo, con +el mismo gesto púdico con que se ofrecería en espectáculo a un millar +de espectadores. El pintor no tuvo en cuenta la absoluta soledad de la +bañista, sino la trascendencia doméstica de la representación. + +—Es algo atrevido, ¿no? + +A Arturo le parece tan edificante como los apiñados corderitos de +Millet, a pesar de la trémula desnudez de la doncella. De sobra se +advierte que el dulce rubor de aquella solitaria carne juvenil, solo +puede ser provocado por una acendrada fe en la presencia de Dios. + +—Es una «nota de color» un poco audaz. + +Arturo ve entonces una firma bajo el rosado pie que se apoya en la +esterilla. Es la firma no reconocida en el Banco Agrícola: una firma +que, para revelarse, necesita ser tenazmente señalada por el índice del +poseedor. + +El cuadro podría ser obra de una Sociedad Anónima de Artes Plásticas, +pero es del mismo Juan Sánchez: pertenece al mismo estilo común que el +comedor. + +Arturo busca una frase que sirva de antifaz a su criterio. No la +encuentra y apela al balbuceo: + +—Interesante. + +—¿Sí? + +Arturo, para olvidar aquel fracaso de puros elementos pictóricos, +aniquilados bajo la mano impersonal de Sánchez, hundidos en la fosa +común del módulo académico, comienza a recorrer el cuadro, hacia +arriba, en busca de otros deliciosos territorios, si ajenos al arte, de +lleno, en cambio, en la curiosa y pintoresca región de las anécdotas. + +De la firma salta a los pies; de los pies, a los tobillos; desde los +tobillos emprende una lenta ascensión, maravillándose, de pronto, de +estar recorriendo un terreno conocido. Ya lo debió advertir ante el +gesto de la bañista de llevarse las manos a los ojos, idéntico al de +Rebeca. + +El vientre algo combado, los senos cónicos, los hombros suavemente +caídos. Es la mujer gótica, reconstruida en un taller actual, terminada +por un rostro sin otra seducción que su belleza. La fisonomía la tiene +desigualmente repartida por todo el cuerpo. Apenas le ha llegado a la +cara. Se cubre con las manos la parte menos delatora de su cuerpo. + +Que acaba de ser impersonal en el pelo. Ejemplar de un modelo +corriente, sin un guiño, sin un acento. Toda la cabeza es un común +denominador del resto del voluptuoso organismo. + +Arturo junta sus reservas de discreción. Oye los pasos del drama. Se +agazapa. Medita. La mujer del cuadro es la misma que poco antes, entre +un balcón entreabierto y un solo espectador —Arturo— ha bosquejado +aquel gesto de cautela. + +De cautela, porque ahora se advierte que con él solo se ha intentado +conservar el anónimo, no el pudor. Y con la diferencia de que en el +cuadro una luz cruda cayó vorazmente sobre las formas desnudas como una +esponja implacable que sorbiese relieves y borrase contornos. + +Comienza a desarrollarse ante los ojos asombrados de Arturo la crónica +galante de Rebeca; pero Juan Sánchez da un tijeretazo al celuloide. + +—Debí quemar el cuadro. Ya sé que es de unas pretensiones deplorables... + +—¡No, no! + +—Lo pinté hace tiempo, cuando creí que llegaría a ser pintor. Luego +escribí música. Al principio, como todos, escribí sonetos... Los +sonetos, sí los quemé, y la música; pero esto le gusta a mi mujer. + +—Lástima de versos. + +Arturo acentúa su pena por la desaparición de los versos, para así +embozar la que sufre por la conservación del cuadro. El momento es +enmarañado, porque el idioma no tiene recursos para expresar la emoción +que se siente ante quien, siendo apenas una firma con su rúbrica, ha +recorrido tantos modos de expresión sin acertar con ninguno. Todas las +artes le prestan, una tras otra, esos preciosos instrumentos por los +que puede revelarse el espíritu, sin que Juan Sánchez logre otra cosa +que manosearlos, arrinconándolos luego en un zaquizamí de ilusiones +mutiladas. + +Juan Sánchez se fue asomando a todas las troneras, desde las cuales es +posible suscitar la atención del mundo, y el mundo sigue su camino, +indiferente, sin querer descifrar la firma y rúbrica de Sánchez. Y los +que podrían ser risueños trofeos no son sino irónicos testigos de una +franca derrota. + +El trance es duro, pero se salva con otro más duro. Rebeca, seguida de +un mozo robusto, impertinente, asoma por el pasillo. En el umbral del +comedor, Sánchez presenta a los dos: + +—Matilde, mi mujer. Alfredo, mi primo. + +Rebeca masculla azoradísima unas palabras inútiles. Alfredo sonríe +ceremoniosamente. Del conflicto dramático —porque estamos en presencia +de un profundo conflicto dramático— a Arturo solo le preocupa, en +primer término, para no precipitar el desenlace, recordar bien el +verdadero nombre de Rebeca. + +Pregunta, medroso, a Juan Sánchez: + +—Dijo usted... + +—Matilde. + +—¡Ah, sí! Matilde. + +Respira como si hubiese realizado con éxito una brillante investigación +filológica. Sería peligroso mezclar aturdidamente en el diálogo el +falso nombre de Rebeca, que es, sin duda, un bello nombre de batalla. + +Acaso Matilde reparte su belleza bajo el manto pudoroso de un grupo de +nombres bíblicos, con una generosidad que disculpa todo desordenado +amor al incógnito. De la misma manera que las caritativas damas +esconden la hermosura de su gesto bajo el doble negro manto de la +noche y del anónimo, para repartir entre los menesterosos vergonzantes +dinero y fe: amor, al fin, aunque de calidad muy diferente. + +Porque el verdadero amor —como todas sus numerosas falsificaciones— +gustó siempre de esconderse para repartir sus dones, con el fin de que +—como acontece en el lamentable retrato de Matilde— una luz desaforada +no descubra algún torcido perfil, alguna deforme exuberancia. Y esta +anónima pluralidad de Matilde, este afán de difundir su personalidad, +de repartirla generosamente, pudo sorprenderla Arturo en esos momentos +de léxico borroso en que las palabras más pulidas ceden su puesto a +cualquier turbia interjección. Tampoco Matilde, en el período cósmico +de su ternura, recuerda bien el nombre de sus colaboradores. + +¿Y Alfredo? + +Parece el personaje más nebuloso de este drama. Es cierta masa vegetal, +coronada por un gesto socarrón. De su adolescencia, transcurrida entre +sacos de legumbres, ha brotado una espesa juventud, de radio corto, +vivida entre facturas, plazas de toros, mesas de café, vagones de +ferrocarril y lechos de placer. Su vida es una teoría de sucesos +extraídos del anecdotario común. Sus ambiciones son dos: las buenas +comisiones y las mujeres suculentas. Aunque, en trance de elegir, +prefiere el tanto por ciento. + +El tanto por ciento es su único amor. Matilde es, por ahora, su único +deseo. Los negocios decadentes de Juan Sánchez exigen la manipulación +de Alfredo. La voracidad erótica de Matilde también recaba el concurso +impersonal del negociante. No es el amigo, no es el camarada ni el +amante. Es el cómplice. Un cómplice a quien es preciso ceder mesa y +lecho, para robustecer su complicidad. + +—Con un puntal así —piensa Arturo— persistirá durante mucho tiempo esta +estructura doméstica donde yo soy un miembro esporádico. + +Y sigue, relumbre a relumbre, repasando las insolentes piedras +repartidas por los dedos, por la cadena del reloj, por la corbata de +Alfredo. Toda su personalidad la ha reducido a toscos productos de +joyería. La ostenta, fanfarrón, en desafío. + +Son la vanguardia deslumbrante de una opaca fisonomía. El mismo guiño +truhan de sus ojos apenas es una chispa desdeñable entre tanta ceniza. + + + * * * + + +Se sitúan los cuatro comensales a los extremos de una cruz. Arturo +queda frente a Matilde y Alfredo frente a Juan Sánchez. Las cuatro +miradas y los cuatro silencios se cruzan perpendicularmente en un +punto: en un punto gris, como el formado por cuatro rayos de color +diferente. + +Punto muerto. En vano se intenta reavivarlo con algunas palabras +insustanciales, ajenas al nudo dramático. El punto crece, se ensancha, +amenaza anegar a los cuatro. Lo componen los residuos espirituales más +vergonzosos de cada comensal. Es a saber: + +El cinismo de Matilde, que, al mismo borde del despeñadero, ha +recobrado su desenvoltura. + +La timidez de Arturo, incapaz de abandonar aquel curioso cepo doméstico. + +La socarronería de Alfredo, que calcula íntimamente las fuerzas +irrisorias del evidente enemigo nuevo. + +Y la flaqueza mental de Sánchez. + +Cada uno se instala dentro de su cabaña tejida de tupidas hojarascas; +apaga todas las luces de su espíritu, se hunde en una bruma común, +desliza frases opacas, mates. + +Un halo plomizo enturbia las frentes. De sus pensamientos escogen el +más vulgar, el de tipo más conocido, el más lejano de su inquietud; +de sus ademanes, el más blando, el menos auténtico, el más fácil de +olvidar. Va inundando el comedor una nube cenicienta, nutrida por +espesas oleadas, alimentada por los cuadros, por las palmeras, por +el filtro, por el trinchante, por los comensales, por todo lo allí +agrupado, inerte o vivo. + +Ensaya Arturo esfuerzos sobrehumanos para avizorar en la niebla. Le +empuja una invencible curiosidad de conocer en cada espíritu sus +relieves y fronteras. De aquellos tres paisajes interiores solo conoce +un vaho soñoliento, y él sabe que entre la nube algodonosa y la médula +del terruño hay siempre declives imprevistos. + +Le desespera no hallar en los ojos de Matilde ningún hito de avance. +Matilde cerró herméticamente el cofrecito de sus verdaderas miradas +y distribuye, en lotes iguales, entre los tres, unas sonrisas y unos +mohines apócrifos. + +Y esta misma ausencia de elementos concretos le empuja a mirar a sus +compañeros de mesa como elementos abstractos de un drama latente, de un +juego cuyas cartas nadie se atreve a arrojar sobre la mesa. + +Arturo —que por complacer a la fracasada Rebeca, está leyendo estos +días un lote copioso de novelas del siglo XIX— define en esta vaga +fórmula la extraña situación íntima del grupo: + +—Sobre nosotros se cierne la tragedia. + +Arturo siente volar sobre las cuatro cabezas, el gran pajarraco negro. +Calcula el ímpetu de los cruentos picotazos... + +A juzgar por el número de los personajes, la tragedia se ofrece +algo disminuida; una ligera meditación acerca del número cuatro +comienza a tranquilizarle sobre el posible final, como el examen de +las sustancias combinadas en la probeta hace posible precisar las +consecuencias del cuerpo explosivo resultante. + +Del número uno al tres, las posibilidades de tragedia crecen +rápidamente. Un solo personaje apenas puede plantearse sino problemas +metafísicos: ser, conocer, existir. Es el monólogo, con toda su total +ausencia de choques vitales. Hamlet dando paseos por dentro de sí +mismo, persiguiendo fantasmas. + +Para que surja el conflicto dramático real es preciso contar al menos +con dos seres que se atraigan o repelan, que se entable el diálogo, y +surjan conflictos que serán fáciles de resolver porque se limitarán a +desacuerdos temperamentales, a transitorias ansias de libertad, si se +trata de disturbios domésticos. + +La tragedia reviste su verdadero carácter al llegar al número tres, en +que un tercero rompe el equilibrio definitivamente. El grupo social +puede admitir al tercero como elemento de armonía, como el «mediador», +pero en el grupo dramático el tercero es siempre un disociador, la +dinamita que hace estallar los bloques más recios. + +El número tres es fatal en la tragedia bien planteada, que ya solo +podrá disminuir, desvanecerse, con la expulsión de un término. + +Pero la tragedia comienza asimismo a reducirse de tamaño, al crecer +el número de actores esenciales. Cuatro principian a ser excesivos. +Comienza a intervenir el elemento irónico. Tres mantienen la escena, +y uno contempla: y todo el que verdaderamente contempla, termina por +desgajarse de lo contemplado. + +En cinco, se relajan ya tanto las cuerdas patéticas, que solo falta un +leve empuje para penetrar de rondón en los dominios de la comedia de +enredo. Seis o siete personajes ya solo pueden producir un coro; pocas +veces consiguen encontrar su autor. + +Ahora, en esta mesa, Arturo señala mentalmente los papeles. + +El marido. + +La mujer. + +Amante primero. + +Amante segundo. + +El amante primero es Alfredo. Lo delatan sus recios músculos de +atleta, capaces de adjudicarle el campeonato en todos los concursos de +fisiología galante. Arturo no vacila en asignarse el cuarto papel, se +reduce a la baja condición de amante subalterno. + +Y de contemplador que ya va pensando en desgajarse del grupo. + +En esta partida doméstica, como en las de tantos juegos de azar, se +llamó a un cuarto jugador para que así pudiera continuar el juego: a +ese cuarto que frecuentemente pierde, porque, reclutado a la ventura, +no conoce las tretas del resto del grupo. Arturo se siente allí como el +verso-ripio en una cuarteta pasional. + +Será preciso eliminarse, cautamente, aun a trueque de agudizar +el drama. Tres meses de ternura amorosa comienzan a agotar sus +posibilidades de tragedia. Como otras veces, renuncia al goce que acaba +de disfrutar. Todos sus propósitos podrían medirse por su distancia al +deleite. + +Fatigada, en declive, su carne obedece, sumisa, al imperativo del +espíritu. + +La tragedia, cansada ya de cernerse sobre las cuatro cabezas, se aburre +y se va, dejando abiertas las ventanas al tedio. Matilde se lleva las +manos a los ojos: es su gesto favorito, que ahora lo utiliza para +simular una jaqueca. + +Sale y se enrollan todos los bastidores de la escena. Ni un gesto, ni +una sonrisa. Al estrechar las manos deja en cada oído una fecha. + +Lejos de Matilde se sienten los tres más cercanos. El recuerdo de +Matilde es mejor aglutinante que su real presencia. + +Alguien propone una excursión nocturna. Se sentirán más apiñados en una +mesa de café. Silenciosamente van penetrando en la calle, desembocan en +una plazoleta oscura. Alfredo ordena : + +—A La Perla. + +Es el caudillo. Uno a uno van entrando en el zaguán. + + + + + 5 + Noche de placer + + +Dentro del cabaret, los modos de fascinar están ya tan gastados +que algunas muchachas inteligentes pretenden ir cambiando todo el +repertorio. En vez del pícaro juego de las miradas utilizan la preciosa +geometría de las piernas. + +A la insolencia ha sucedido el ingenio. Son modales que la sociedad +ensaya allí —como en una granja agrícola se ensaya una familia +importada de membrillos—, para trasplantarlos luego a los salones. + +Una tanguista arrebata a Alfredo, y Juan Sánchez intenta continuar sus +confesiones. Arturo ensaya una piel especial de oidor de confidencias +por la que resbalen sin dejar huella, como el mercurio. Atiende, +resignado. + +Se necesita una sabia flexibilidad para ir acomodándose a las +ondulaciones emocionales del confidente, a su intensidad, tono y +timbre. El oidor de confidencias debe buscar un rodrigón, un punto de +apoyo para no flaquear en la larga cuerda floja. Y Arturo encuentra +felizmente ese punto en una media de seda que comienza a disgregarse +en el opulento arranque de una curva: punto de patetismo superior al +de muchas falsas escenas de caballeros con la mano en el pecho. + +Arturo contempla, emocionado, aquella pierna profesional, mientras Juan +Sánchez persiste en su sombría locura: + +—Ser o no ser. Hallarse a merced de un registro civil, de una cédula +falsificada, de un pasaporte. Esperar a que alguien nos diga qué +somos... + +Las piernas inician un delicioso vaivén para escamotear el punto +suelto. Se quiebra la armonía de la mujer sentada, que todo lo fio a la +parte inferior, tan esquemática. + +Un movimiento torpe produce otro más torpe. Si estudiamos la torpeza en +sus dos aspectos sinónimos, dinámico y voluptuoso, veríamos que un caso +de torpeza rítmica destruye totalmente la sensual. Nada suscitan unas +piernas en franco desnivel armonioso. + +—Porque nuestro ser es tan frágil que el más leve control lo +desvanece... + +Un punto es todo y es nada. El geómetra no puede atraparlo, y se lo +inventa en el cruce de dos caminos. Es un átomo de la línea, es la +larva de un poliedro. Sin gozar de ninguna dimensión puede engendrar +las tres. + +Este punto que examina Arturo esta describiendo una línea recta. Se +agranda, se ensancha, anula la distancia de su mesa a la de Arturo; +unas manos se posan en los hombros de Juan Sánchez, le tapan los ojos, +le vuelven la cabeza, le zarandean, le golpean... + +—Pero, ¿no me conoces, Juanito? + +Juan Sánchez abre los ojos, atónito; quiere recordar. La muchacha ríe, +alborozada. + +—¡Pero este Juanito! + +—No recuerdo. + +—¡Si eres inconfundible! Tu cara no se olvida nunca. ¿Convidas? ¿Vienes? + +Juan Sánchez, estremecido, renaciente, se deja arrastrar +(¡Inconfundible! ¡Inconfundible!), mientras Arturo recorre el cabaret +con los ojos, buscando otro punto de apoyo para mover aquel menudo +universo de sus imágenes fatigadas. + +Bebe. Queda medio adormilado. Le despierta la explosión de aplausos +que provoca Nené, la atracción de La Perla, bello ejemplar de cocota +que se ofrece en el ruedo totalmente desnuda bajo una lluvia de gasas +negras. Juega con sus encantos al escondite. Se desliza friolenta, +arropándose en las sombras, tiritando bajo la cruda luz de un reflector. + +Finge su rostro un mortal abatimiento. De pronto, da un grito, se +arranca la máscara de tristeza. Cínicamente reta a los espectadores, +adelantando, sonriendo, entre las apretadas nieblas, un seno. + +Un vientre redondo gira en torno de su eje, que ahora es el eje de todo +el cabaret; ahuyentó las nubes, y una luna rosada describe lentamente +glotonas espirales. En el centro ríe un primoroso hoyuelo, boca pintada +de grana, que de pronto se pierde entre el ceñudo aluvión de sombras. + +Sobre la desnudez siempre en fuga, se van plegando dócilmente los +jirones de humo. Nené hace de él cascadas, nubes, rosas enormes. Sujeta +en alto las sombras, se las derrama a capricho sobre su carne que se +acoge o se hurta a ellas, felina, ondulante. + +Alza un puñado sobre la frente, lo deja caer sobre sus senos, por su +espalda, como una ducha; se lo ciñe a la cintura, a las caderas; se +forja peregrinas cúpulas o temblorosos zócalos de bruma sobre los +cuales se estremece toda la fábrica voluptuosa. + +A veces, del volumen de sombras solo queda una enorme flor patética +prendida sobre el sexo azorado, o una empalizada tras de la cual +blanquea, romántica, la pudorosa azucena de su rostro. + +Finge el pudor, como finge la suprema lascivia. + +Borra sus propios perfiles, cambia de acento su sonrisa, se ofrece o se +niega, es impúdica o candorosa, dócil, altiva, según el gesto de esa +mano que empuña a su placer el cetro del claroscuro. + +Nené es la dueña absoluta de su total geometría, y la esconde o la cede +a su antojo, como se da a morder una fruta, sin soltarla de la mano. + +Nunca vio Arturo sufrir tan deliciosas transformaciones al perfil de +una mujer. Miembros tersos, flexibles, temblorosos o inmóviles bajo +una ráfaga de aire negro, cuya ruta se tuerce cada minuto. Ágiles +miembros cuya belleza se va multiplicando, según el complejo sombrío +—diáfano, denso— que sobre ellos se acumula. + +Poco a poco, la sensualidad que despertó Nené se va apagando. Se van +repitiendo —van cansando— las circunvoluciones. Su gracia movediza +va retrocediendo por los mismos signos del zodíaco. Nace en los +espectadores la serena contemplación, como nace una corola clásica de +un puñado barroco de hojas verdes. + +La mirada de Arturo brinca del blanco vientre —risueña luna— de Nené +hacia su propio vientre. Se convierte en un Buda, hincados los ojos del +espíritu en su propia intimidad. + +—Nuestra vida —se dice— es también así: un juego de sombras. Algo +cándido, fraguado con materia infantil, blanca, primitiva, que hacemos +ir recorriendo desfiladeros de nubes. Pasan las sombras por esa +blancura temblorosa como pasan las inquietudes por nuestro espíritu. + +Ateridos bajo una lluvia de oscuras incertidumbres —sigue pensando +Arturo—, sucumbimos o resurgimos, según nuestra capacidad de voltear, +de domeñar, nuestros propios fantasmas. Toda nuestra vida es una +perenne maniobra para escamotear nuestra esencial desnudez, la verdad +fundamental de nuestra vida. Danza patética de la que acaso salimos +sin saber otra cosa que nuestra propia fatiga, nuestros íntimos +derrumbamientos. + + + * * * + + +El eje de la atención de algunos clientes de La Perla sigue pasando por +el ombligo de Nené, y Arturo recuerda las graves palabras del filósofo: +«Serio es aquello por donde pasa el eje de nuestra existencia», y +piensa en lo cómico de la actitud de estas gentes que, por un momento, +parecen haber abandonado su verdadero eje para hacer piruetas en el eje +provisional de aquella voluptuosa perspectiva. + +Arturo arranca de sí aquel pulpo tiránico que por unos momentos le ha +sorbido la atención, y aloja a Nené, con todos sus brumosos subrayados, +a Nené aún presente, en el mundo de los frívolos recuerdos. + +Nené ya no existe. Arturo solo atiende con los ojos: dócil sentido +donde suele refugiarse la pereza. Atender con los ojos es la primera +fase del buen entendedor. También suele ser la última del cauto +distraído. El espíritu reserva para los demás infinitas coqueterías: +una de ellas está encomendada a los ojos, por los que nunca suele +asomarse el alma. + +El espíritu, ante las cosas que le cautivan, comienza por abrir mucho +los ojos; pero termina, si las ha capturado bien, por cerrarlos +herméticamente para no dejar huir sus maravillosas prisioneras, las +imágenes. Ante las que le dejan indiferente, sigue abriéndolos como +embobado. Salir y entrar libremente. + +Esta frase de abandonar el eje de nuestra vida, simulando una decisiva +atracción del contorno, es la farsa mayor de nuestro espíritu. Lo que +nos rodea existe en cuanto sumerge, al menos un costado, en nuestra +propia irradiación. Lo demás, lo no hundido en nuestra atmósfera, son +fríos astros, goce metálico de las ciencias cartujas. + +Vibramos, movemos en derredor nuestro un poco de aire viciado por +nuestra propia emanación: cuanto no respire el mismo aire nos es +indiferente. + +Por eso es tan duro llegar a conocer ninguna auténtica fisonomía. Hay +que traspasar esas capas enrarecidas. No podemos fiarnos de su, a +veces, petulante transparencia. Lo normal es desistir de conocer a los +hombres, porque ir en busca de su verdadero rostro es un comienzo de +locura. + +Y pretender que los demás conozcan la nuestra es una infantil +ingenuidad. Solo nos conocerán cuando una arista de nuestro ser roce el +suyo, les hiera, les haga volver los ojos. + +Arturo vuelve los suyos hacia la vida de Alfredo. Cada vez que el azar +le trae una palabra suya —Alfredo bebe y ríe en una mesa cercana, entre +dos tanguistas— se despierta en Arturo el apetito de irrumpir en la +intimidad de aquel hombre. Lo advierte un solitario espectador. + +—Perdóname, amigo mío. Supongo que Alfredo no lo será tuyo. + +—¿Qué quieres decir con eso? + +—He venido observando vuestro grupo desde que entrasteis al cabaret. +Es mi profesión de estas horas. Elegí este lugar porque aquí los +hombres suelen obrar con más desembarazo. Se acercan más a sus propios +instintos. Aquí la gente viene a desnudarse de su traje de sociedad; +suele exigir el pago de una semana, de un mes de trabajo encasillado. +Suele reclamar cínicamente su plus de goce... Alfredo es de estos +hombres. Lo conozco bien. Soy un especialista en esta parcela de +humanidad, porque suelo venir frecuentemente; me siento en este mismo +sitio, veo cruzar muchas veces los mismos hombres, con sus mismos +deseos. Tú eres aquí nuevo. + +—Cierto. + +—Lo conocí en seguida. Para ti, entrar aquí constituyó una excepción, +mientras para Alfredo solo es continuar una actitud. Esto le hace +despreciable. Me sorprende veros juntos. + +—Nos ha juntado el azar. + +—Vuestras vidas no pueden ser paralelas. + +—Se encuentran, efectivamente, en un punto. + +—¿Dónde? + +—En una mujer. + +—Es la que suele trazar esos ángulos. Debí figurármelo. Ahora, todo lo +comprendo mejor. + +—Dime. + +—Eres el complemento de Alfredo. La mitad superior de un hombre. + +—Gracias por la noticia. Pero yo también me siento inferior. + +—Hablo de la que domina. ¿No has observado la oblicuidad de los ojos de +Alfredo? ¿Y sus labios redondos, gruesos, de glotón, de ente inmundo? +¿Y su nariz curvada hacia la boca? Debes aprender los signos de la +repulsión. + +—Todo lo confío a mi instinto. Que no suele engañarme. Había reparado +en ese retrato de traidor de melodrama que me acabas de pintar. Pero no +le temo. + +—No te burles, y controla al mismo instinto. Suele dormirse. Puesto que +Alfredo es tu mitad inferior, aprende bien sus características. + +—No creo en la maldad absoluta. Apelaré a su tanto por ciento de bondad. + +—Eres excesivamente generoso. + +—Soy muy egoísta. Y la generosidad es una forma superior del egoísmo. + +—Eres incorregible. Adiós. + + + * * * + + +En la calle, Juan Sánchez y Ruth van quebrando su propia dirección, +trazan figuras de infinitos lados que tienen por vértices los faroles, +los serenos, los taxis. Y los pálidos supervivientes de algún naufragio +lunático —gárgolas perdidas, mojones del vago reino de las sombras—, +empapados de versos y de vino: los falsos poetas. Ruth va empujando +a su amigo hacia un portal flanqueado por dos aburridas hembras que +esperan vanamente un cambio de tedio. Entre tantas herméticas, foscas, +una dócil puerta se deja violar. Un pasillo oscuro, que Juan Sánchez +alumbra con un encendedor... + +Juan Sánchez persigue una extraña voluptuosidad. Le arrastra no la boca +ni el sexo de Ruth, sino aquel dedo de contera de nácar, aquel dedo +redondo, fascinador, que acaba de señalarle entre la multitud. Una +manecita acaba de afirmarlo como ente personal: Juan sigue el rastro +de aquella manecita con el propósito de verla de nuevo, extendida hacia +él, señalándole, alborozada: + +—¡Tú! ¡Eres tú! + +Si no padeciese tan intensa alucinación, dudaría un poco de esta +alegría de Ruth, provocada no por el hallazgo de un generoso amigo, +menos por la esperanza de un deleite, sino por su fe en la pronta +nivelación de un presupuesto. Juan Sánchez se lanza con tal ímpetu a +morder esta golosina de la predilección de Ruth, que el espectáculo +lamentable de la alcoba no logra prendérsele en la retina; como esas +últimas estaciones, ya muy próximas a la gran ciudad, que el viajero no +advierte en su fiebre del último minuto, al poner en orden su corbata, +su sombrero, su atuendo personal. Ni el mismo espectáculo de Ruth, que, +excesivamente ilusionada por el éxito económico de su desnudo, olvida +aturdidamente muchos recursos de seducción; y lo que pudo en ella ser +fina y cotizable coquetería apenas resulta un cinismo depreciado. +Mezcla sin ritmo la golosa intimidad con el descoco, y todos los +valores plásticos de la escena se reducen mucho de calidad. Pero Juan +Sánchez nada advierte. El placer más vivo de aquella belleza dinámica +no será nada ante esta suma embriaguez del individuo que, por fin, se +siente destacado del grupo innumerable, con una crucecita en aspa. + +Ruth busca algo en una cómoda, se arquea levemente sobre el cajón +superior, acentúa el arco sobre el cajón más bajo, termina la curva +sobre el inferior. Si Juan Sánchez no padeciese tan turbia alucinación, +desdeñaría las demás voluptuosidades por seguir la sucesión de +estos arcos imprevistos, que multiplican en Ruth, graciosamente, +sus posibilidades de belleza, mientras le afirman y reafirman en +su condición de lindo animalejo de placer. Porque toda la sabrosa +arquitectura, al enroscarse sobre sí misma, va perdiendo el último +resto de cínica altivez derrochado en la calle, y adquiere una nueva +fascinación de fruta. Al doblarse, vuelto el rostro hacia la tierra, +su carne esboza ademanes de oferta; como al doblarse, vuelto el rostro +hacia el techo, esbozan un ademán de tortura las _Tres Hermanas +Argelinas, Tres_, que ahora recogen toda la atención dispersa del +cabaret. Con los pies y las manos en la alfombra, las _Tres Hermanas +Argelinas, Tres_ parecen disponerse al martirio, tenderse sumisas +en un potro. Esos viejos aparatos de martirio que suelen instalarse +en los circos, en el ruedo de este cabaret solo están aludidos por +rectas ideales, que las tres muchachas recorren con la sonrisa en la +boca atrozmente grana, cereza y sangre, respectivamente; porque si +las tres coinciden acaso en el modo de besar, que aprendieron en la +misma revista de cinema, no coinciden en el modo de preparar el cálido +instrumento del beso. Arqueadas, vientre arriba, los tres cuerpos +comienzan a perder su calidad humana y a acercarse a la de pulpo. +Los frágiles sostenes se atirantan, el vientre amenaza abrirse en +dos gajos, de tan tenso. Al fin recuperan, de un salto, su posición +normal. Se les perdona la tortura, y las tres reparten besos ideales +entre aquella fauna mixta de libertinos profesionales y libertinos de +afición. Desnudas hasta el punto —extremo— que toleran los preceptos +municipales, juntos los pies por los talones y las manos sobre las +cabezas, construyen luego una ánfora griega, donde los senos se +adelantan en cornisa, y los muslos, de piel morena y apretada, tiemblan +un poco bajo la lluvia de miradas. + + + * * * + + +Le despierta Juan Sánchez. + +—¡Arturo! + +Viene solo, desencajado, lívido. Vencido. + +—¿Lo ve? ¡Una ilusión de esa imbécil! + +—¿Cómo? + +—Nos encerramos. Quería obsequiarme con una cara, con un garbo +originales. Yo estallaba de alegría. Por fin, alguien me confería una +personalidad. Algo dudosa, pero muy halagüeña. Pues bien... ¡Nada! +Buscaba a un tal Juan Martínez. + +—¿Cómo advirtió su error? + +—Al desnudarme, vio la firma y rúbrica, y comenzó a palmotear: «¡Eres +otro! ¡Eres otro!». Yo le arrojé un vaso a la cabeza. Chilló, anduvo +corriendo por la casa, medio desnuda. Quería llamar a la Policía... +Por fin, todo se arregló con unas pesetas. Pero sus gritos se me +hincaron en el cerebro: «¡Eres otro! ¡Eres otro!». + +—Culpa de usted. ¿Por qué se ha grabado en la piel su cédula personal? + +—Se quedó estupefacta. Luego comenzó a gritarme: «¡Eres otro! ¡Eres +otro!». + +—¿Va usted a hacer caso de una ramera? + +—¡No, no es una ramera! ¡Es un testimonio! Y ya lo ve usted. Yo siempre +soy otro cualquiera. Es decir, soy Nadie. ¡Nadie! + + + + + 6 + Viraje + + +—Felicíteme, Arturo. + +—¿Por qué? + +—Mi salvación está aquí. + +—¿Dónde? + +—En esta carta. Léala. + +Es de la condesa viuda de Monte Azul. Invita a Juan Sánchez a visitar +una antigua finca de los condes, situada a pocos kilómetros de Augusta. + +—No comprendo. + +—Es muy largo de contar. Esa finca está llena de misterios. + +—Como todo. + +—La tenían olvidada los condes desde hace muchos años, desde la +juventud borrascosa del conde... ¿Comprende? Esa finca, escondida ahí +entre robles, entre cerros, era el refugio galante de don Juan de Monte +Azul. Porque se llamaba don Juan. + +—Como cualquiera. + +—Es que importa, me importa mucho que se llamase así. Porque ese don +Juan... ¡era mi padre! + +—¿Cómo? + +—No tengo aún pruebas concluyentes, pero lo presiento, lo voy viendo +clarísimo. Porque, verá usted... + +El júbilo ha transformado su rostro, le hace precipitar locamente el +relato. Se atropella, quieren las palabras brotar a un mismo tiempo. Es +un relato enmarañado, sobre el que flota, como un globo grotesco, una +afirmación lanzada al aire con la máxima audacia, con una irrefrenada +alegría: + +—¡Soy hijo de...! + +Juan Sánchez va descendiendo al sótano más profundo de sus deseos. Ha +acariciado durante mucho tiempo esta voluptuosidad de ser el fin de una +vehemente aventura, no el eslabón de una cadena doméstica burguesa. + +Ha soñado con ser fruto del deseo, no de la costumbre. Quiere tener +tras de sí una cadena forjada con todos los metales —plata de nobleza, +cobre plebeyo, hierro de tizonas, oro fino mental—. Quiere tener por +ascendencia guerreros, poetas, cortesanas, garridas mozas plebeyas +de anchas caderas, gañanes de robusto pecho, reconstituyentes de los +flácidos linajes. Quiere llevar en su sangre todas las posibilidades +del genio, todas las borrascas subterráneas, capaces de hacer surgir +en la superficie de la tierra una maravilla vegetal, o un ejemplar +magnífico de bestia, o un espléndido hombre resumen, una síntesis +humana original. + +—Porque yo sé —sigue diciendo atropelladamente Juan Sánchez— que una +plena confianza en mi yo interior, en esa cadena de yos anteriores, ha +de empujarme a desarrollar algún escondido, hasta hoy insospechado, +germen de personalidad. Ya la tengo, ya tengo esa fe. Conocer, como ya +comienzo a conocer, cuál es la verdadera materia de que estoy fraguado, +es el acontecimiento más decisivo de mi vida, el más risueño, el más +consolador... Fíjese bien, Arturo. ¡Soy hijo de una noche de locura! +Acaso de la ramera más hermosa del contorno, acaso de una patética +violación, quizá de una joven púdica que comenzó aquella noche a +enloquecer de amor... Porque el conde era un ladino, un experto +catador de bellezas. + +—Pero de esa carta no se desprende... + +—Se desprende. Yo sospechaba alguna cosa. Cartas, alusiones, +desemejanzas... Siempre creí no ser hijo de mis padres, y eso para mí +fue siempre un vago lenitivo. Lo conozco en que siempre he despreciado +a los que legalmente aparecen como antecesores míos en el mundo. Unos +miserables tenderos. Lo conozco en que los gastos de mi educación no +correspondieron nunca a la posición económica de mi falso padre. El +conde de Monte Azul medió siempre, como protector... Dicen que conocía +a mi padre desde niño. Que mi abuelo fue ayuda de cámara del primer +conde de Monte Azul. Que mi madre... + +—Pienso que, al menos, respetará la memoria de su madre. + +—¿Por qué? + +—Es sagrada. Así lo dicen. + +Juan Sánchez ríe nerviosamente. ¡Sagrada! Un delicioso animalejo cogido +al pasar por un robusto macho; estrujado, exprimido, hasta agotar en +él todas las venas del goce, hasta apurar el último poso del deleite... +¡Sagrada! Una encantadora bestia, erizada de caprichos, estremecida de +sensualidad, vibrante de lujuria, de cínica lujuria. Una espléndida +máquina donde tirar docenas de ejemplares de hombres. Un aparato de +reproducir, que luego olvida lo reproducido, que lo entrega a manos +mercenarias... Eso, ¿puede ser sagrado? + +Arturo no quiere interrumpir el frenético chorro. Va conociendo +a jirones la historia del advenimiento al mundo de Juan Sánchez; +historia supuesta, porque la carta nada prueba definitivamente. Juan +Sánchez quiere vislumbrar en ella toda una razón de vivir. Cree haber +encontrado un firme zócalo para edificar una existencia personal. +Piensa en razones científicas que le ayuden a soportar la pesadumbre de +su calidad de masa, que le empujen a asomar la cabeza sobre la multitud. + +—Yo sé que entre mis ascendientes hubo guerreros, poetas, cortesanas, +filósofos. Algo de su espíritu habrá llegado hasta mí. Me siento hervir +en proyectos, en gérmenes de aventuras. + +—Puede usted equivocarse de antepasados. En la carta no veo claro. + +—Estoy seguro, quiero estar seguro. Mañana se confirmará todo. No me +engaño, no quiero engañarme. Otras veces he descendido hasta el sótano +y solo hallé raíces triviales, despojos comunes... + +Porque él lo sabe, Juan Sánchez. Lo leyó en un libro. Desciende uno a +escudriñar en su propio subterráneo y puede encontrar varias capas. +Él siempre tropezó con esa red en la que los peces aprisionados son +comunes a toda la Humanidad. Así comenzó su locura. Por eso su vida +fue un prolongado martirio. Él era cualquiera de los demás, puesto que +solo había sido uno de tantos. Con sus mismos impulsos, con sus mismas +experiencias, con sus mismas anécdotas representativas. + +Había deseado a la mujer, la había gozado, como todo el mundo. Había +deseado ser rico, se había enriquecido, como todos sus semejantes, +colocados en feliz o adversa coyuntura. Encontraba en esa región +subterránea la misma admiración por la _Cena_, el mismo respeto a +Víctor Hugo que siempre vio en los demás mortales. Si se detenía un +poco, en seguida flotaba la misma frase —colectiva— ante el _Cardenal_ +de Rafael, ante la Venus de Milo, que oyó pronunciar un millar de veces +en los museos. Regresaba furioso de esa zona hacia donde le empujaba no +sé qué instinto de docilidad, de obediencia al gran ejército sin nombre. + +—Pero, hace unos días... + +—¿Perdió usted la llave del sótano? + +—No, me detuve en otro piso. Yo lo sé, yo lo he leído. Había otro piso. +Otro piso más noble. Con las mismas tinieblas, con el mismo hervor, +con el mismo laberinto; pero allí me cogieron del brazo fantasmas +totalmente desconocidos, tropecé con larvas de pensamientos, de deseos +originales... Nunca había conocido ese germen de odio a la máquina +de carne que nos produjo. Advertí que tal odio no es colectivo. Creí +que por él comenzaba a redimirme del ideario común. Creí también que +ese germen fue por alguien, por algo, depositado allí. No flotaba en +vano entre mis larvas ideales. ¿Iba a ser _una broma_ de los poderes +cósmicos ese grano de sal? ¿Por qué iba yo a ser la masa a quien, por +una coquetería de los dioses, se le concede un momento el darse cuenta +de su condición de masa? Sería tan cruel como darle al barro la chispa +de sabiduría para que conociese su distancia del jaspe. Los dioses, si +existen, no pueden ser tan crueles. + +—Creo que existen. Es algo que también flota en esa zona común: la fe +en los dioses. Pero también hay allí indicios de su crueldad. + +—Mañana lo veremos. Venga conmigo a Monte Azul. Es un caserón que casi +nadie ha visto. Recuerdo haber estado allí, muy niño, con mi padre, el +tendero. Ha estado cerrado mucho tiempo. La condesa quiso restaurarlo, +pero su marido no se precipitó a acceder a los deseos de ella. El +caserón era un testigo de su vida mejor: no quería destruirlo, al +restaurarlo. Así quedó hasta su muerte. Ahora, no sé... ¿Vendrá conmigo? + +—Iré. + + + * * * + + +Una excursión al pasado de Juan Sánchez. El coche avanza entre chopos +vendados, ceñidos los pies por una faja blanca: un paisaje ortopédico. + +Al través de los chopos, montañas. Cimas de color de rosa; colinas +redondas, que blanquea un rebaño; ondulantes, voluptuosas caderas de +color de trigo; cráneos morenos, grises, amarillos, erizados por la +siega reciente; rastrojos salpicados de ababoles, de mielgas moradas, +de cardos. + +Laderas aún verdes, de olivos, de viñedos, de alfalfa; senos de ámbar, +rayados por venillas ocres, por senderillos que abren las ovejas por +donde resbalan los recentales hacia lo profundo de la curva. + +Montañas dormidas al sol. Bruscas y rojas vertientes: un gigantón ha +rebanado la tierra. Sus tajos le duelen al campo, rezuman por él su +esponjosa entraña. + +Más lejos, grupos enormes de centauros, hombros de cíclopes que rozan +las nubes. Montañas violeta, montañas azules, montañas de todos los +colores inefables, de todas las curvas imprecisas. El horizonte. +Perfil último y borroso. + +Tres, cuatro paisajes. El que nos va dando con los codos, humorístico, +de clínica, de algodón en rama. Luego, el paisaje real, con sus +relieves duros, inatacables por el ácido inútil de la ironía; sugeridor +de un subsuelo fértil, de una entraña opulenta. + +Y el paisaje de ensueño, intangible, que huye bajo nuestros pies, que +va dando brincos hacia atrás, sonriendo melancólico, fino, sutil, +levemente burlón, de colores elaborados por el aire y la distancia. + +Y, por fin, el remoto paisaje apenas vislumbrado. Lo permanente, que no +sabemos si existe. La bruma que flota detrás del horizonte, de la que +ya no sabemos si es bruma, si es nube, si es nada. + +Avanzan en silencio Arturo y Juan Sánchez. Arturo va pensando en el +camino, Juan en el término del viaje: brecha abierta hacia la cueva +donde es elaborado su destino. Arturo va situando en cada paisaje un +índice humano. Va escalonando —como en los retablos de gloria— todos +los hombres y mujeres que conoce. + +Plano humorístico, plano desnudo y permanente, plano brumoso y fugaz, +plano irreal, ilusorio. + +En cada uno va situando espíritus. Los más próximos no sufren tanta +cercanía. No podemos verlos en plenitud, y andamos buscándoles una +arista divertida que nos compense de la ignorancia del resto. Son los +entes familiares los más desconocidos. Una deformación nos los esconde. +Como de estos chopos solo vemos su risible faja ortopédica, de un +hombre solo solemos ver su ceceo, su cojera, del cuerpo o del espíritu. + +Los del segundo escalón, sí podemos verlos. Son los que giran en +derredor nuestro dentro de los aros de nuestra intimidad. Intimidad: +sagrado y claro recinto. Solo con su luz podemos ver reflejada en un +rostro la inquietud de una mano que se prende a la nuestra; solo dentro +de su silencio podemos medir la vibración de un pulso paralelo al +nuestro. + +En la tercera zona los seres van apiñándose, un poco desdeñados, +borrosos, movedizos, cediéndose unos a otros los perfiles. No tocan los +confines de nuestra intimidad, los vemos pasar un momento y desaparecer +en la última zona, en la remota cadena de seres que gira en derredor +nuestro, en el mismo límite de nuestra vida, donde comienza para +nosotros el no ser, en el punto donde todo vacila o muere. La cuarta +zona es el país de la abstracción. + +Arturo va instalando a sus amigos en el nuevo casillero. A Juan +Sánchez, en la zona inmediata de la familiaridad; a este Juan Sánchez +de quien solo se conoce su angustiosa inquietud que, a fuerza de +subrayársela, llega a ser cómica, pintoresca, como toda prolongación +desmesurada de un brote emocional. Le ha nacido en el espíritu un +tumor, que la vida no pudo hasta hoy extirpar. Se le ve, lleno de +ansiedad, chispeantes los ojos de impaciencia por llegar a ver clara su +nebulosa cuna. + +—Faltan seis kilómetros. + +—No corra tanto. La carretera no está buena. Frene un poco. + +A Matilde la instalará en la región de la intimidad, donde la +reiterada concentración del espíritu todo lo va viendo rasgo a rasgo, +gesto a gesto. Por eso, de la intimidad se retorna bruscamente, se +arranca el espíritu inexorablemente, cuando un gesto o una palabra +desnuda al otro espíritu. + +La familiaridad es una estación que puede tomarse y dejarse a +capricho. En ella podemos salir y entrar cuando queremos. Pero en +la intimidad solo dejamos penetrar a los demás una sola vez. Cuando +resiste la prueba, allí permanecerá siempre; si no la resiste —si no la +resistimos—, la expulsión es definitiva. + +Matilde no puede abandonar ya la intimidad de Arturo. Porque Matilde se +ha dejado comprender tan dócilmente, que la salva su misma claridad, +la redime de todos sus punibles intentos de poseer el hombre integral, +unas veces vencedor por el espíritu y otras por la carne. + +Matilde descansa de todas sus vehemencias alternativamente, y su juego +es infantil y perdonable. Sabe cederse a dos fuerzas que en ella +confluyen silenciosamente, a espaldas de este ser borroso, en perpetuo +desequilibrio, que solo persigue conocer —sin conseguirlo nunca— su +propio relieve. Hombre a caza de su sombra. + +—Falta algo más de dos kilómetros. Pero no podemos seguir por +carretera. Hay que tomar una senda. La finca está allí, a mano derecha, +detrás de aquellos chopos. + +—Iremos a pie. El coche pueden guardarlo esos labriegos. + +Por una senda vemos avanzar hacia nosotros el roído caserón de los +condes de Monte Azul. Avanza con la boca abierta, amenazándonos con +engullirnos. + +Deben estar polvorientas sus entrañas, su corazón estará amojamado, +apergaminada su lengua. Vamos viendo los ojos del monstruo, sus +ventanas desportilladas, la visera de su casco rojo. La enmarañada +pelambre de hiedra que cuelga por sus sienes. + +Una docena de chopos altísimos escolta a la desmoronada mansión. Una +tapia de ladrillo la ciñe. Hay alguien cerca de la verja, un campesino +que poda unos rosales. + +—¿Y la condesa? + +—Vuelve en seguida del pueblo. En casa les dirán. + +En el vestíbulo surge la negación de aquel paraje: la doncella de la +señora, una deliciosa muchacha con atisbos de bulevar, con guiños +pícaros de cabaret, con la vivacidad de charla que nunca puede +aprenderse en el campo, siempre lento, sin prisa. + +—Pues verán ustedes, la señora condesa salió muy de mañanita al +pueblo... + +—Esperaremos. + +Entran los dos en una sala. Juan va delante, conmovido, concentrada en +los ojos toda su vida. Frente a él, dentro de un marco de roble, le +mira fijamente un militar. + +—¡Yo! + +—¿Cómo? + +—Mire. ¡Soy yo! ¡Yo mismo! + +Allí está Juan Sánchez, erguido altaneramente, con la mano en la +empuñadura de un sable. Hay una desoladora expresión de vacía +arrogancia en sus pupilas. Cuelgan en su pecho unas medallas. Se empina +su bigote. Su uniforme impecable, acusa el corte más fino. + +—Cierto. Se le parece mucho. + +—¡Soy yo! ¡Yo mismo! + +Juan Sánchez contempla un largo rato al militar de la mano en el sable. +Al volver los ojos hacia la derecha, no puede contener un grito: + +—¡Yo! ¡Soy yo! + +—¿Quién? + +Allí está Juan Sánchez con la mano en la pluma, posada sobre un montón +de volúmenes. Sus ojos miran al mundo compasivamente, como desde lo +alto del Parnaso. + +Arturo lee en el lomo de algunos libros: _Cervantes, Dante, Milton_... +Una gran corbata negra subraya el rostro pálido de aquel Juan Sánchez +olímpico, lamentable. Sus guedejas sombrías se enmarañan un poco. Posa +junto a una ventana, y el viento le mece el pelo y le trae «ráfagas de +ardiente inspiración». + +El tercer Juan Sánchez lo descubre Arturo. Se asoma al cuadro de la +izquierda. Abate los ojos sobre un plano. Su mano se apoya en una rueda. + +—¡Es usted mismo! + +—¡Yo, otro yo! + +Un hombre de ciencia, un inventor. Sobre la mesa, una esfera armilar, +cartas geográficas, una miniatura de máquina trilladora, una escuadra, +un paralelepípedo. Sus ojos, sin brillo, contemplan un ángulo rojo +trazado en el papel. + +—Tiene usted entre sus antepasados hombres de ciencia, poetas, +caudillos. Le felicito, Juan Sánchez. Puede usted ir licenciando +sus dudas. El pasado le guardaba sorpresas. Hará de usted un hombre +original. Todos los gérmenes están aquí, en estos muros. + +Juan Sánchez contempla, abrumado, el bosquejo de trilladora mecánica; +el paralelepípedo. + +—¡Una trilladora! —murmura—. La misma que yo quise inventar hace seis +años. + +—No le sorprenda. Seguramente, ese poeta que ahí está recibiendo un +chorro de ardiente inspiración, comenzaría a escribir las quintillas +que usted ha terminado ayer. + +—¿Se burla usted de mí? + +—Todo se burla de nosotros, Juan Sánchez. El único partido serio para +nosotros es tomar parte en la burla. + +Se sienta bajo una panoplia donde se enmohecen algunas espadas sin +gloria. Hojean un volumen donde amarillean ristras de sonetos, silvas y +aleluyas. + +—¡Qué espléndido libro para una antología de lo cursi! + +—Debe de ser mi abuelo. Lea algún verso. + +—Este. «A tu pelo»: + + _¿Si eres de miel, por qué tu amor amarga?_ + _¿Si eres de cera, por qué no te derrites?_ + _¿Si con el sol en abrasar compites..._ + + + * * * + + +—Señores —interrumpe un anciano que acaba de entrar—, perdonen que +interrumpa su lectura. Soy el mayordomo de los condes. La señora les +suplica... + +—Vamos en seguida —dice Juan Sánchez, levantándose—. Estoy impaciente. + +—Comprendo su impaciencia. Pero la señora condesa desearía que la +releven del penoso deber de recordar un pasado muy triste para ella. Yo +podría sustituirla, si ustedes quieren. Soy ya muy viejo. Lo conozco +todo... Mejor que ella. Permítanme que yo les revele... + +El mayordomo mira receloso a Arturo. + +—Puede usted hablar sin reservas. Es como un hermano mío. + +—En ese caso... + +—Diga, diga —replica, nerviosamente, Juan Sánchez. + +—Hace unos treinta y cinco años, ¡yo llevo cuarenta en la casa!, «esta +finca era un vergel. Las madreselvas escalaban los muros, los rosales +bordeaban las avenidas, una bóveda de espesos álamos sombreaba la +quinta; los pavos reales paseaban altivos la pompa de...». + +—Señor, estoy impaciente por conocer mi pasado. + +—Eso es también su pasado. Es una descripción de la finca, escrita por +uno de sus parientes, señor. + +—Entonces, ¿es cierto...? + +—Lo es —y el mayordomo inclina gravemente la cabeza—. Usted nació aquí. +Venga a ver su cuna. + +Se levantan los tres y penetran en un aposento destartalado. + +—Uno de esos muebles desvencijados es su cuna. Hubiera querido aderezar +esto un poco, pero resultaba imposible... + +—E inútil —añade Arturo. + +—Seguramente —agrega el mayordomo. + +—De modo es que aquí... Cuente. + +Vuelven a sentarse bajo la panoplia, y el mayordomo dice: + +—Fue un año de locura, de frenesí. «Sueltas las riendas de la fogosa +imaginación, el conde se dejó arrastrar por los ímpetus...». + +—Señor, estoy impaciente por conocer mi pasado —interrumpe Juan. + +—-Perdone. Esto corresponde a su pasado. Está tomado de una carta del +arcediano de Sos, hermano del señor conde. + +—¿El arcediano de Sos? Le suponía de la familia. Siga. + +—En fin, señor, me apena mucho decirle que usted es hijo de... + +—Sí, de prostituta. + +—No me atrevería a decirlo así. Su señora madre era una tiple de +Marsella, de la que se enamoró locamente el señor conde. + +—¡Una artista! ¿Lo oye usted, Arturo? ¡Una artista! Una triunfadora por +su belleza, por su talento musical, por el encanto de su voz. + +Juan Sánchez se exalta. Poco a poco va alzando el tono de sus frases. +Vibra como nunca. Revive. Se transfigura. El mayordomo le mira, +sorprendido. + +—¡El arte! ¡El poder del arte! Un telón que se alza, una mujer que +irrumpe en escena cantando su pasión, asomándose a la zona de los +espectadores para verter sobre ellos carbones encendidos... + +—¡Juan Sánchez! + +—Una mujer en las baterías recogiendo en su regazo millares de flechas, +prendiendo en millares de pechos la misma llama. Fue al remate del +gran siglo turbulento, Arturo, en el enorme siglo de la pasión +desenfrenada. Una mujer convulsa por el arte y el amor que le queman +las entrañas, avanza hasta el público y lo pone en pie, y le arranca un +furioso oleaje de aplausos... Un joven, desde un palco, la contempla +embelesado, le envía un ramillete. Sale al pasillo, llega al camerino, +besa conmovido la mano de la artista... El amor hace el resto. El +amor viene a ocultarse púdicamente entre estos robles. Aquí da sus +frutos... Arturo, amigo mío, de ese regazo acribillado por millares de +deseos, nací yo, Juan Sánchez. De un súbito oleaje de pasión, de una +vehemencia, de un latigazo ardiente del deseo que empuja los mundos. +Arturo, estoy redimido. ¡Soy hijo de la más deliciosa aventura! + +—Si el señor me lo permite..., quisiera rectificar un poco... —insinúa, +entre zumbón y compasivo, el mayordomo—. Su señora madre era, +efectivamente, una artista, pero siempre que se adelantó hasta las +baterías lo hacía acompañada de treinta y nueve más. Era una señorita +del coro. + +—¿Qué dice usted? + +Juan Sánchez se alza bruscamente del asiento, se abalanza al mayordomo, +le agarra por las solapas, lo sacude furiosamente. + +—¡Del coro! ¡Del coro! ¿Sabe usted lo que dice? + +—Señor mío... + +—¿Sabe usted lo que eso significa para mí? + +—Yo no sé... Esa es, sencillamente, la verdad. + +Arturo interviene. Juan reacciona, se deja caer, derrumbar, en la +butaca; se lleva las manos a los ojos. + +—¡Del coro! + +—Tenía muy poca voz, pero unas piernas maravillosas. Aquí las tiene +usted. La tercera, comenzando por la derecha. + +—¿Del actor? —pregunta Arturo. + +—Del espectador. + +Juan Sánchez contempla ávidamente una página de revista de espectáculos +que le ofrece el mayordomo. + +—Señor, ¡he aquí a su madre! + +—Arturo, ¡he aquí a su hijo! + +Cae en una postración aterradora. Sus manos, febriles, parecen querer +hacer añicos la revista. Jadea, se debate en lo más profundo de su +impotencia. + +—¡Cálmese! + +Intenta sonreír. Le brota una mueca. + +—¡Del coro! —Y, más sombrío—: ¡De la masa! + +Allí está, desnuda, guiñando picarescamente el ojo al joven del palco. +Por todo traje lleva unos claveles y una gasa. + +—Si usted quiere —sigue diciendo el mayordomo—, puede seguir por esta +revista la vida de su señora madre en aquel tiempo. Hay de ella muchas +«fotos». Era el libro que prefería el señor conde. + +—¡Del coro! + +—La tercera de la derecha, señor. Era magnífica, como usted ve... + +—¡Cállese ya! + +—Debo continuar mi historia. Es la última voluntad del señor conde, +que la señora condesa me transmite. El señor conde no volvió a Madrid +en mucho tiempo. Trajo aquí a Margot. Vivieron ocultos algunos meses. +Cuando usted nació, nadie lo supo, excepto algún criado. El conde tenía +aquí un administrador sin hijos. De pronto, la mujer del administrador +se trajo de París un niño: era usted. Porque usted ha venido de París, +señor. Allí actuó a los pocos días su señora madre, más bella que +nunca... Véala, en esta página. Es la quinta de la izquierda. + +—¿Del espectador? —pregunta Arturo. + +—Del actor —contesta, impasible, el mayordomo—. ¿Tan desfigurada está? + +—Un poco. Al fin, ha pasado por ella una vida. La de Juan Sánchez. +Sonríe, eso sí, con la misma picardía. ¿Y el conde? + +—No volvió a acordarse de ella. El hijo fue bautizado aquí. Es otro +Sánchez y Sánchez. Pero, en realidad, señor, sois un Monte Azul. + +—¡Soy Nadie! + +—En la provincia sois varias sociedades anónimas de firme crédito. No +podéis pedir más. + +—Bien, vámonos. + +—Perdón. He de completar mi misión. Al morir el señor conde, que, como +todos saben, derrochó una fortuna con... + +—Sí, con señoritas del conjunto. + +—También con «estrellas», señor. Su señora madre fue una excepción, una +honrosísima excepción. + +—Siga. + +—Al morir el conde, dejó una cláusula en su testamento por la que se +instituye a usted heredero de todo su pasado. + +—¡Estúpida herencia! + +—De modo es que esta misma revista y todos los cuadros de sus abuelos +le pertenecen. Con algunos muebles utilizables de esta casa. La de +Madrid pertenece a la señora condesa. Y esta finca pertenece a un +usurero. + +—He de cargar con un montón de trastos viejos. + +—Yo diría con un tesoro de recuerdos, señor. Os queda ese poeta, ese +ingeniero, ese militar. Os quedan esas «fotos» de Margot, sonetos... + +—¡Todos del coro! ¡Nadie! + +—Son vuestros antepasados. Nacieron, ambicionaron, figuraron... + +—Sí, el tercero de la izquierda, del actor o del espectador, según los +casos. + +—... y murieron. Margot falleció hace seis años. Se había retirado ya. +Pedía dinero al señor conde. Yo le giré algunas cantidades. Un día, +este periódico dio cuenta de un accidente... Un camión había aplastado +a una anciana... Un suceso triste. Lea... + +Juan Sánchez aparta, horrorizado, el periódico. + +—¡Un camión! + +—Algo horrible. La eliminó del mundo, como una goma de borrar. + + + * * * + + +Otra vez en la carretera. De nuevo las filas monótonas de chopos con +la espinilla vendada. Cada vez se va quedando más lejos el paisaje +espontáneo. La industria va engrasando los caminos para que el hombre +se deslice por ellos más rápidamente; los va dejando inútiles para el +antiguo caminante, para el sencillo hombre de a pie. + +Y sitúa a lo largo del viaje esos graciosos monumentos rojos a la +velocidad, que van distribuyendo energía. Las ciudades acortan entre +sí las distancias; se reducen las posibilidades de tedio y de novela. +Un viaje, que antes podía originar largas pasiones románticas, ahora, +a noventa kilómetros por hora, apenas logra producir un brusco roce +epidérmico. Los espíritus no se desnudan bien sino en reposo. O en una +diligencia, en un coche de tercera... + +La carretera ha perdido su color poético y se va empapando de color +de alquitrán. Suprime algunas imágenes usadas, suscita otras. Suprime +algunas peripecias gastadas, como el atraco; suscita el choque +violento, la _panne_, la mutilación aparatosa, el vuelo de un cerebro +por las ramas. La carretera atiende, solícita, a destruir la monotonía +de la existencia humana. + +—Haré un auto de fe con mi pasado. + +Juan Sánchez continúa allí, en el fondo del coche. Arturo se había +olvidado de él. Creyó haberlo dejado en la sala patética del álbum y +los lienzos, entre dos cornucopias, frente al hombre de la mano en el +puño de la espada, de la mano en la pluma, de la mano en la rueda. + +—Su pasado es magnífico. Es una admirable novela. + +—Haré un auto de fe. Quemaré a mis ascendientes. Entrarán +definitivamente en la nada. + +—Pero no podrá rasparlos de su árbol genealógico. + +—Ese no es mi árbol oficial. Todos esos peleles sin fisonomía son +como los monos que se entrometen, que se cuelgan a las ramas sin que +nadie los llame. Mi árbol está libre de danzantes, de esos monos de la +tierra, ridículos imitadores del artista, del político, del sabio. Mi +árbol está plantado por tenderos. Quiero ser un tendero, un comerciante +más. + +Su voz suena a hueco, lúgubre, rajada, desesperante. Poco a poco se va +apagando. De Juan Sánchez solo queda un montón borroso de escombros, +agazapados en el ángulo del coche, torvo residuo de las alegres +llamaradas —tan fugaces— de aquel día. + + + + + 7 + Auto, bodegón y celos + + +El balcón da a una avenida histórica donde quedan unos pedruscos +acribillados por un diluvio de balas enemigas. Alguna vez estos +pedruscos formaron una puerta, pero hoy solo son un espectáculo. Los +cerca un jardinillo, como a la estatua de un poeta acribillado por un +diluvio de flechas amorosas. La ciudad inventa un decorado único para +el arte y la gloria, para la ruda piedra y el frágil verso. A cada +hombre o cosa le asigna un fragmento de césped —fondo neutro— salpicado +de algunas flores raquíticas. + +La ciudad contempla a su puerta heroica, como a una venerable abuelita +que hace más de un siglo se resistió bizarramente a una violación. El +enemigo acumuló allí toda su energía. Aquella puerta era el sexo de la +ciudad. + +Puerta que adquirió su personalidad cuando precisamente se obstinaba +en perderla, y de lugar de acceso a las entrañas urbanas prefirió +convertirse en un muro hermético. Vive por haber resistido a un +apremiante deseo. El hombre y la cosa originales se producen +súbitamente en momentos de rebeldía también súbita. Los modos lentos +conducen al fracaso, porque las gentes prefieren que la originalidad +estalle, para volver a ella los ojos. + +En el balcón, Matilde y Arturo. Juan Sánchez pasea nerviosamente por la +sala, aguardando la llegada de su herencia. Su pasado viene dentro de +un camión: un pasado sucinto; épocas en extracto, amores sintetizados +en una redondilla; ambiciones reducidas a un diploma; fiebres prensadas +—marchitas, secas, lamentables— entre dos páginas de novela... Volutas, +metáforas, caracoleos de roble y de idioma. Una vieja cama barroca, +retratos, rollos amarillos de papel. + +—Parece que tarda, ¿no? —pregunta Juan Sánchez. + +Y advierte sorprendido que nadie le contesta. Que Matilde y Arturo +prosiguen una escrupulosa inspección de la puerta inmortal; que algo +muy profundo les tiene sumergidos en la calle. Vuelve a preguntar: + +—¿Verdad que tardan? + +Nada. Arturo está hablando casi al oído de Matilde. Flotan, entre los +rizos de Matilde, frases mutiladas. + +—...una hora..., tardanza... + +—...siniestro difícil..., director..., urgente... + +—...falso..., catástrofes de pega... + +—...porvenir..., comisión muy aceptable..., debes comprender... + +Juan Sánchez está allí, a dos pasos. Vagamente llegan a él hilachas de +un diálogo desflecado por la cautela. Pero de las últimas palabras se +desprende un tuteo sospechoso. Aguza el oído. Frases completas. + +—Mi fortuna se fragua entre escombros. + +—Se ve que te enamoran los conflictos. + +—Por eso estoy entre vosotros, en vez de enseñar lógica en un instituto +enmohecido..., donde todos los problemas se dan como resueltos. + +—Tienen fe. + +—No tienen curiosidad. + +—Tú no crees en nada. + +Dulcemente, muy bajo: + +—...ni siquiera en mí. + +A Juan Sánchez solo le llega el _mí_, un _mí_ ardiente, afilado, +inconfundible. + +—No es fe, es deseo. Creo que te basta. + +Juan Sánchez está allí, sumergido en un turbio presente. No puede oír +la respuesta de Arturo, de Arturo, siempre correcto, frío, inmóvil, +que sigue contemplando la puerta gloriosa, mientras Matilde vibra de +impaciencia, hace esfuerzos para no gritar su inquietud. Juan Sánchez +aguarda una frase nueva, definitiva. Los dos callan. Los pasos de Juan +Sánchez han cesado. Un silencio hostil pone en guardia a los amantes. + +Y el ruido de un camión que se detiene ante el umbral. + +—¡Ya está aquí mi pasado! + +Salen todos a recibirlo. + + + * * * + + +La destrucción del pasado de Juan Sánchez se realiza sin patetismo +alguno. Folio a folio van desapareciendo los libros, el álbum. Astilla +a astilla van sumergiéndose los marcos en la chimenea. Los lienzos se +enrollan, se resisten al aniquilamiento. Al fin, la llama lo unifica +todo. + +Juan Sánchez va arrojando antepasados al fuego. Un pintor que solo +llegó a copiar la realidad, que nunca pudo inventarse otra. Un político +que solo llegó a ser cacique. Un guerrero de latón, que nunca ganó +más empresas que las del campo de maniobras. Un héroe que ganó el +campeonato de las carreras a pie en cierta catástrofe militar. Un +poeta, de los llamados _chirles_, cantor de frondas y arroyuelos, +constructor de dos mil cuartetas y tres mil ochocientas quintillas. Un +farsante sin genialidad, es decir, un payaso triste. + +Al caer en sus manos el hombre de la mano en la pluma, Juan Sánchez le +dedica una sorda oración fúnebre. + +—Entra definitivamente en el olvido, abuelo mío. Te pasaste la vida +buscando consonantes, como quien busca sellos de correo. Fuiste un +coleccionista más. Recorriste de álbum en álbum todos los salones +cursis de tu siglo. Cantabas a la patria que te vio nacer y a las nubes +que recogían tus estúpidas miradas. Construiste poemas a medida, hechos +de metáforas tradicionales, burdamente cosidas con alambre retórico +barato. No llegaste a decir nada del sol ni de la luna y los campos, +porque todo quedaba oscurecido entre la niebla de tu estilo común. Las +cosas quedaron enfundadas en tupidas arpilleras; no las pudiste mostrar +desnudas. No tuviste ni aun ingenio para disimular tu incultura, como +tantos de nuestros poetas que aún viven. Hablabas del corazón humano, +y nunca llegaste a conocerlo, como no lo conocieron tampoco la mayor +parte de tus compañeros de rimas enchufadas. Lo simplificabais hasta +el extremo de anularlo. Le asignabais dos o tres vulgares resortes, +y de toda la complicada máquina emotiva solo visteis alguna patente +ruedecilla. Ni siquiera pudisteis señalar los verdaderos estímulos +eróticos, ni siquiera los verdaderos resortes de la voluntad. Por +eso forjabais los personajes de una pieza, y todas sus posibilidades +de acción se reducían al programa preestablecido. Escribíais para el +público, sin saber que el público acaba por despreciar a los que solo +escriben para él. Erais Nadie, porque no lograbais añadir un verso al +precioso mundo lírico de vuestros antepasados. Tú eras Nadie, porque +tus versos estaban tomados a crédito a la historia, y deformados y +trivializados luego, en vez de devolverlos bien bruñidos, con aderezo +nuevo. Eras Nadie, como yo, tu descendiente, a quien legaste un vago +afán de conmover a los hombres por la palabra sonora. Pensaba en un +arpa y solo llegaste a manejar la ocarina. ¡Vete al fuego, pobre idiota +ilusionado! + +La llama le transfigura, le redime. Hay en su mirada una extraña +irradiación. En su voz hay una falsa mansedumbre. + +—Desaparecéis en absoluto, porque vuestras risibles obras ya hace +tiempo que se borraron del mundo, y vuestras vidas solo prendieron en +las otras por bestiales contactos, por lazos oscuros de sexualidad que +nunca podrán hacer de un Nadie un Alguien... ¡Se acabó! + +Juan Sánchez se vuelve hacia Matilde y Arturo. Se acentúa la +anormalidad de sus gestos, de su mirada. Matilde, azorada, se acerca +más a Arturo como buscando refugio. + +—Ahora a cultivar el presente. Le obedeceré, Arturo. ¡Acción, acción! +Me entregaré a la acción. El pensamiento no fragua individuos. + +—Es su espuma, su perfume, nada más. + +—Y yo quiero robustecer mis huesos, endurecer mis músculos, templar +mis nervios, para que den su sinfonía personal. ¡Voy a entregarme a la +acción! + +Lo dice fieramente, clavando sus ojos en Matilde que, cada vez más +azorada, solo acierta a decir: + +—Bien. Vamos a comer. + +Arturo se despide. Sale en seguida para el habitual escenario de su +vida: un incendio. Detective de falsas catástrofes, baja, sobresaltado, +la escalera, pensando en la mirada oscura de Juan Sánchez. + + + * * * + + +—Mañana nos veremos en casa —le había dicho Matilde—, Juan sale de +viaje. Acude pronto. Merendaremos juntos. + +Y Arturo viene dócilmente a merendar. Ahora, con el amor, alternan +otras golosinas. Matilde, hembra cauta, sabe disponerlas a tiempo. + +Un gran silencio en la casa. Al fin del pasillo, una puerta se +entreabre; una doncella invita a entrar. Sonríe, como se sonríe a todo +cómplice. + +—La señorita va a venir. Pase al comedor. + +Hay sobre el tapete, a cuadros rojos y ocres, un azafate y sobre él +una pirámide de fruta recién cogida. Entra Arturo en la habitación y +se detiene a contemplar, desde lejos, aquella voluptuosa agrupación de +formas redondas que realizan todas las travesuras de la curva. Mientras +aguarda a Matilde se divierte en extraer del frutero su esencia +cristalina: una pirámide. + +Este fugaz momento de esperar solo puede llenarse con contenidos +infantiles, de tránsito entre dos graves problemas: ahora aplica un +método escolar a la percepción geométrica de la fruta. Si circunscribe +al conjunto un poliedro cualquiera, el puñado de curvas perderá +en deleite lo que gane en precisión; mientras que inscribiéndolo, +conservará toda su delicia, aunque pierda en geometría. + +Bien está asignar su sostén a la fragante arquitectura, pero dejándolo +bien oculto. No como andamio, sino como esqueleto. + +—Juan ha salido —dice entrando Matilde, recalcando una extraña +frialdad—. Tenga la bondad de esperarle. Tome asiento. + +De pie ante la mesa, Arturo balbucea unas palabras de excusa. De +pronto advierte que Matilde le hace un guiño impreciso... Acaso anda +cerca algún criado... Reacciona súbitamente. Y, en la duda, permanece +callado, dispuesto a aguardar lo imprevisto. + +Continúa la espera. Matilde es allí un objeto más. Se acerca a la +pirámide, se sitúa en la baldosa exacta desde donde el azafate puede +ser percibido con la máxima luz. El balcón está entreabierto, los +visillos apenas empañan el cristal. Más lejos, solo vería manchas +inconcretas de color; más próximo, algún matiz insolente apagaría el +resto. Llega de la calle la porción de sol que pide cada escorzo, +porque Matilde supo administrar bien la luz cruda de la tarde. + +Abre la fruta tres horizontes, cada uno con peculiares deleites: el del +color, el del aroma, el del contacto. Son los ojos espías vivaces de la +voluptuosidad, de la que suelen consumir la porción más rica, dejando +a los otros sentidos el despojo. Traza el aroma anchos círculos sutiles +que, según se aprietan, van finamente esclavizando la avidez. + +Y, por fin, el mismo contorno de las cosas, su forma plena, su piel, +abre el último horizonte, la onda más cercana que cada ser provoca al +sumergirse en el espacio: onda que se confunde con el perfil, donde se +sacia o naufraga definitivamente el deseo. + +Arturo se enamora súbitamente de la fruta, pero quiere irla poseyendo +por grados. A todo gran amor corresponde una lenta fruición en apurar +el lote de goces que origina. Solo se precipitan los que no saben amar. +Por haberse precipitado un poco en el amor de Matilde ha perdido para +siempre deliciosos instantes. + +Arturo penetra despacio en el aro de los perfumes; aunque cierre los +ojos, ya conoce dónde podrá hallar las manzanas, dónde el moscatel y +las granadas. Llega con suavidad al último círculo, donde los ojos +deben ya prescindir de la visión total y repartirse de escorzo en +escorzo, donde ya cada poro se sorbe una sola proyección de belleza. + +En el azafate hay tres manzanas gemelas, tan tersas, tan bruñidas, que +parecen de metal. Son verdes, de un verde provocativo, como los ojos de +aquella hurí que empujaban a los donceles cristianos hacia un abismo +cubierto de rosas donde se ocultaba Lucifer. Arturo conoce aquellos +ojos por un cromo, y los anda siempre buscando en sus amigas. Ojos +fascinadores, ojos duros, insolentes, de huraña malaquita. + +Arturo acaricia las manzanas; resbalan sus dedos por la fría +superficie, rechinando un poco, como en las bolas de bronce de la +escalera. Al contacto se apaga toda gula, porque ya el helado roce es +el máximo deleite que pudiese provocar la posesión. En la curva piel +metálica parece terminar la irradiación de su belleza. + +Se siente que aquellas lindas esferas, tan cercanas a la pura +geometría, no tienen corazón, como otras frutas; sino una línea de +cruce de infinitos planos. Lo mismo ocurre en muchos cuerpos de mujer, +donde el espíritu fue desalojado por una estación telefónica de +innumerables, de opuestas intenciones. + +Pero Arturo está cansado de esas otras frutas vivas y sigue +contemplando estas tres, tan hurañas, que arrojan fuera de sí la imagen +del mundo en torno. + +Y hay otras dos manzanas: lindos orbes azucarados que tienen dibujado +un mapa con sus diminutos continentes rojos sobre amarillo claro, con +sus islotes rosas, carmesíes. + +Hay tres melocotones aterciopelados, de línea perfecta, cerrada, +aristocrática, de un dulce amarillo surcado por una faja granate. +Ofrece el mayor la graciosa hendidura de una lozana grupa de +adolescente. Arturo la toca, siente resbalar sus yemas por el fino +terciopelo, que, a contraluz, se tiñe suavemente de plata, de un rocío +blanquecino, como si la luz que retrocedía en las tersas manzanas +quisiera ahora sumirse por cada poro, levantando al borde de los +microscópicos abismos una leve espuma. + +La luz se reparte amorosamente por toda la superficie del melocotón, +se prende a cada brizna de pelusilla, muere allí, en un dulce ahogo, +risueñamente. + +Arturo prefiere las frutas donde el misterio de la miel traspasa la +epidermis; no corre al encuentro del sol, jugando con él como un +balón de fuego, pero lo atrapa y lo derrota en la misma superficie, +chupándole los colores más lindos. La manzana es una vanidosa que +solo persigue el infantil devaneo, y hace de su piel un curvo espejo +deformador. + +Y hay una pera rechoncha, verdusca, elaborada a martillazos, deforme +aún y sin pulir, con su faja terrosa ceñida al vientre, apelotonada, +ridícula. Aunque Arturo sabe que bajo aquella piel monótona, agreste, +hay una mansa dulcedumbre, blanda, jugosa, sin vanidad alguna. + +—Coma. ¿Le gustan? + +Arturo esboza un gesto dudoso; desconoce el arte de las comedias de +enredo y no sabe qué banales palabras serían ahora oportunas. + +Ve a mano un cuchillo. Podría ir arrancando tiras de piel de esta grupa +encantadora de chiquilla, hasta dejar los músculos palpitantes, con +todos sus zumos destilando en plena desnudez. + +«El melocotón —piensa— es como una pella de tierna carne virginal +donde la gula pierde sus brutales acometidas y se convierte en tierna +voluptuosidad». + +Arturo prefiere hincar los dientes, súbitos, sañudos, en la piel +insolente de una manzana. Y, al escoger una en el frutero, se queda con +la mano en alto, en la actitud de un ladrón sorprendido. + +Juan Sánchez entra en el comedor, saludando torpemente. No se oyó +timbre alguno; no se produjo en la casa ese pequeño rebullicio que +acompaña a la entrada o salida de alguien. Juan Sánchez estaría +acechando... + +—Les dejo. Tengo que salir —dice Matilde. + +Cuando se quedan solos se oye la voz trémula de Juan Sánchez, que +confiesa: + +—Perdóneme. Iba a matarle a usted. + +—¿A mí? + +—Le había preparado esta encerrona. Tuve desde hace tiempo la esperanza +de que entre usted y Matilde... No ha sido así. No es culpa mía. Reto a +la tragedia, pero la tragedia no acude. Tampoco logré nada con Alfredo. + +Un gesto de asombro. Arturo permanece mudo. + +—Pasaré por el mundo entre bastidores, como un pobre comparsa. Mi vida +es de oscuro pasillo de un teatro... «¡Acción, acción!», me dicen +todos. «Así un día logrará encontrarse a sí mismo». Ya ve, intento +obrar, y los resortes no responden. Nada estalla. Nada se rompe. Todo +es fiel. Todo es dócil. Mi vida tiene excesivamente engrasadas sus +ruedas. Creo que cuando muera será durmiendo. Y me despertaré entre +millones de comparsas, de coristas. ¡Una eternidad cantando salmos, +donde ya ni el suicidio puede remediar nada! No creo que mi vida +merezca otro premio que el de perpetuo corista, ¿comprende? No ser +nunca nada, ni antes ni después de existir. + +Arturo no contesta. Mira lleno de estupor a Juan Sánchez, el +infortunado tramoyista de su propia tragedia. No consigue ni aun +el derecho a ser actor en el drama de su misma vida conyugal tan +compartida. + +Quizá la verdadera interpretación de la tragedia de Juan Sánchez sea +esta: tropezar siempre con la cuarta dimensión, ser víctima de las +bromas inflexibles de la cuarta dimensión. + +Juan Sánchez llega demasiado tarde a los hombres y las cosas. Nunca +puede verlos en su minuto de máxima tensión, en la usual temperatura +en que los héroes respiran. Le sucede como al que llega a una pirámide +cuando ya el vértice es un redondo muñón y las vertientes son de tronco +de cono, todo gastado, arañado por los días, sin hoscas aristas, sin +hirsutos filos. + +Juan Sánchez presintió su drama conyugal; pero al llegar a rozarlo +con los dedos, el drama había perdido su temperatura hostil. Si +Sánchez irrumpiese en un bosque salvaje, las fieras le verían llegar +indiferentes, porque en aquel momento estarían en plena digestión de +alguna caravana acabada de engullir. + +Cuando Juan Sánchez se acerca a las cosas, todas se le acercan, +lamiéndole irónicamente la mano, fatigadas, rendidas. El mundo está +nutrido de arcos tensos, pero Juan Sánchez los encuentra siempre +relajados. + +La verdadera tragedia de Juan Sánchez es, quizá, su excesiva realidad. +En la realidad, los espíritus extremos, las sumas tensiones del +espíritu mediocre, pocas veces aciertan a encontrarse para producir esa +chispa fascinadora que marca niveles ilusorios de humanidad heroica. + +En la realidad, pasan, se cruzan, se rozan apenas los espíritus. Son +casi siempre tangenciales al aro de luz que traza en torno suyo cada +ente original; sin que, unas veces por su silencio, y otras por su +excesiva charla, logren juntarse para encender temperaturas cumbres. + +Tal pasión —la de Arturo— entra aquí en juego cuando apenas es ya una +sombra. Tal vanidad —la de Alfredo— viene a escena cuando ya logró +plenamente saciarse. Todas las pasiones han perdido sus filos, su +pólvora, cuando Juan Sánchez quiere jugar con ellas, utilizarlas como +armas arrojadizas. + +Solo un astuto novelador consigue armonizar en el tiempo este gran +sistema de fuerzas que constituye el tejido dramático: el punto de +sazón del deseo femenino, del ímpetu viril de los amantes, la extrema +temperatura de una cólera, el período de celo de toda bestia humana. + +Solo un falso novelador puede recortar de aquí y allí trozos singulares +de vida y acoplarlos —como los líquidos en un matraz— para hacerlos +hervir ruidosamente, en un momento prefijado. En este breve relato, en +este fragmento de la vida de Juan Sánchez, no se tuvo la fortuna de +hallar a los personajes en su punto de más alta tensión. + +Para alguno se adelantó, para otro se retrasó la novela. Aquí aparecen +según vivían al ser llamados a figurar en este sencillo relato. + + + + + 8 + Las dos muchedumbres + + +Arturo sigue escribiendo su informe: «...un ingenuo amanecer, limpio +y desnudo. Sin auras ni alondras, sin murmullos en el campo ni nubes +teñidas de rosa. Una de estas mañanas en que el sol sale de incógnito, +ya cansado de escoltas de nubes amarillas y de orquestas de gorriones. +Una mañana color ceniza, todo ceniza muda, neutral, como a quien le +da lo mismo el sol que las estrellas, y elige un tono indefinido que +borra los confines del día y de la noche. Solo mi reloj es capaz de +asegurarme la verdadera fecha». + +—Mi informe va a ser interminable. Además, esta indecisión de los tonos +ceniza no va a interesarle al jefe. Ceniza... Ceniza... ¡Siempre la +obsesión del siniestro! + +Arturo destruye la hoja de papel, y, en otra, escribe : + +«Son las seis treinta de la mañana. El tren me vuelca en la estación +de Los Olmos, con tres fardos de _Blas Pérez y Sobrino_ y una jaula. +Es un tren mixto. Un jefe huraño desdeña mi billete y un mozuelo +soñoliento arrastra mi maleta. El pueblo dista dos kilómetros, y no hay +coche. El ferrocarril dejó en un total abandono al pueblo, o viceversa; +solo hay entre ellos un leve contacto: un rapaz que lleva y trae la +correspondencia...». + +—Esto se prolonga mucho. Creo que la psicología de una estación de +tercera clase no va a interesar al jefe. + +Arturo destruye la hoja de papel, y, en otra, escribe: + +«Son las seis treinta de la mañana. Desembarco en Los Olmos. Un mozo +recoge mi maleta y me propongo comenzar por él mi indagación. Le +pregunto, distraídamente, si conoce a la actual propietaria de _El +Canastillo_, y me contesta adormilado que sí. A los tres minutos +pretendo arrancarle la confesión del verdadero estado civil de la que +yo llamo _siniestrada_ en mi lamentable argot, y él balbucea unas +palabras en cierto idioma impreciso, solo utilizable por sonámbulos. +Insisto. Averiguo que esta imprecisión no nace del estado de +semivigilia del mozo, sino del dudoso estado civil de...». + +—Parecen unas memorias íntimas. El jefe debe ignorar mi desprecio por +el _argot_ de la casa. + +Destruye la hoja de papel; en otra escribe: + +«Son las seis treinta de la mañana. Desembarco en Los Olmos. Comienzo +mis gestiones preguntando al mozo que me lleva la maleta acerca del +estado civil de la siniestrada. Parece que esta en su conducta privada +deja mucho que desear. Su estado civil es poco claro. Avanzo por un +caminito empapado de jugos matinales. Los Olmos me sirve un amanecer +en su propia salsa. El rocío me empapa las rodillas. De vez en cuando, +una zarza me hace cariñosamente guiños, me sujeta por la americana, me +hace entablar una escaramuza infantil con ella. El paisaje me ofrece su +sentido hostil, aunque de una suave hostilidad. Las zarzas son jóvenes, +son blandos sus dedos, apenas sus uñas han comenzado a afilarse. Es un +sendero verde, amarillo y violeta, todo embozado en tules ceniza. La +ceniza lo traspasa todo...». + +—Ceniza... ¡Siempre la obsesión del siniestro! Además, el jefe va a +reírse de mi sentido de hostilidad del paisaje. + +Otra hoja de papel hecha pedazos. Cuando comienza la quinta, un +disparo, otro, otro. Toda la fonda se estremece. Arturo corre al balcón. + +Abajo, comienzan a correr las gentes. Primero, su actitud es de huida. +Poco después, de pesquisa. Por fin, de curiosidad. Los que huían, +vuelven; los que giraban en derredor la vista, la fijan en un punto; +todos se van apiñando. Fluyen de todas las calles, salen de todas las +puertas, asoman por todas las ventanas, gritan en todos los tonos, +protestan, alzan los brazos... + +—¡Señorito, señorito! + +—¿Qué ocurre? + +—¡Dos hombres muertos! + +—¿Dónde? + +—Ahí, abajo. En esa esquina. Eran dos de la luz... ¡Ay, Dios mío! + +En seguida circula la noticia. Son dos empleados del municipio, que +acaban de ser asesinados. Arturo presencia, desde el balcón, la +conducción de los cadáveres a una farmacia; la muchedumbre se agolpa, +irrumpe en nuevas oleadas. Pronto se llenan todos los claros; la plaza +está cuajada de cabezas vibrantes, de ojos que chispean, de puños +que se levantan pidiendo justicia. Se inician al punto en ella los +vaivenes de un mar. Embestidas, corrientes bruscas, contracorrientes. +Una espuma de sombreros, de cráneos mondos, de pañuelos. Asoman las +menudas tragedias que siempre corean a la grande: violentos pisotones, +llantos de niño perdido, codazos impertinentes. Una joven se siente +foco de un remolino de presiones táctiles; un grupo de mozuelos ruge +en torno de ella, a un tiempo azorada y envanecida. Guardias a caballo +recorren penosamente el recinto; desembocan en la plaza los entes +representativos, sin gran lujo de atuendo, porque la noticia les +alcanzó en pleno traje y espíritu de diario. Precipitadamente se han +vestido un traje de luto, y se han compuesto una faz de circunstancias. +Cruzan la muchedumbre con un aire dolorido, con un gesto dramático +provisional. Las gentes les abren paso, repiten sus nombres —el +presidente González, el teniente alcalde Pérez...—. En cada calle, una +fila de tranvías detenidos contempla el oleaje. La multitud crece, no +cabe ya en la plaza y comienza a enroscarse a los postes, a rebasar por +las terrazas, a invadir los tranvías. La multitud convierte la plaza +en un circo máximo, cuyas localidades improvisa, como los asesinos han +improvisado el espectáculo. + +De pronto, unos hombres audaces surcan las olas con un frágil esquife +cargado de imágenes. Son operadores. Van a recoger, a prender en sus +cintas aquella espléndida fiebre humana. Se instalan en un ángulo de +la plaza, luego en otro. Aquella multitud no perecerá, no se destruirá +al disgregarse. Giran los manubrios. Las gentes se dan cuenta. Se +rehacen. Comienza en ellas a perderse la espontaneidad. Se preparan +a cruzar por la pantalla. Una muchacha se adereza el pelo, otra se +fija escrupulosamente un clavel, aquella se abre algo más el escote. +Algún mozuelo se engalla, enciende un puro, se ladea el sombrero. La +muchedumbre recibe de golpe esta profunda impresión: ¡También ella es +espectáculo! Y se dispone a serlo. Se inventan sonrisas, se avivan +miradas, se atusan rizos, se ensayan posturas. Se olvida de que se +prepara un espectáculo donde cada espectador puede ser un personaje. + +Arturo mira con los gemelos. Recorre los racimos de cabezas que +irrumpen en el terreno batido por la máquina. De pronto, en medio de +un grupo, ve surgir la cabeza de Juan Sánchez. Juan Sánchez que se +adelanta hacia el aparato, que lo mira gravemente, que vuelve a pasar +y a mirar. Siempre al frente del grupo, como su quintaesencia; fiel +extracto de multitud, ente representativo, delegado insigne de la masa. + +Arturo se aparta del balcón. Vuelve a su informe. Los periódicos le +enterarán del resto del suceso. _El Cisne_ aguarda el resultado de una +investigación. Arturo comienza otra vez sus notas: + +«Las seis treinta de la mañana. Me apeo en Los Olmos. Comienzo mi +investigación interrogando al mozo que conduce mi equipaje. Dista el +pueblo unos dos kilómetros. Al llegar al pueblo, comienzan a parpadear +las ventanas, a gemir los goznes, a sonar las campanas, a asomar caras +frescas de muchachas...». + +Arturo rompe esta hoja. Y la siguiente. Aburrido de no poder llegar +nunca al lugar del siniestro, detenido por todas las mujeres, por todas +las ventanas, por todos los latidos, abandona el informe y baja a +encontrar a Juan Sánchez. + + + * * * + + +Pasean por la ciudad salpicada de héroes de piedra. Frente a uno de +ellos, Juan Sánchez oprime fuertemente el brazo a Arturo. + +—Aquí tiene usted un hombre que apenas existió y sigue _siendo_ +eternamente. No era nada, como yo; pero un día soltó cuatro trabucazos +a tiempo, le contestaron con otros, le abrieron el pecho, como a esos +dos empleados, y dentro del corazón le grabaron la firma. Por el +agujero de una sien se le huyó el anonimato. Ahí le tiene. + +—En cambio —piensa Arturo—, el escultor no existe. Es preciso acercarse +a ver la firma, como en el cuadro de Matilde. + +—Ahí le tiene —recalca Juan Sánchez—. Inmortal. Tan inmortal como +Augusta. + +—Busque usted una causa cualquiera, justa o injusta, y mátese por +ella. Le erigirán una estatua. + +—La mía solo podría ser la estatua del soldado desconocido. + +—La inmortalidad por estos rápidos caminos, va siendo ya muy difícil. +Podrá seguir habiendo guerras, también guerras sociales; pero ya apenas +hay «hondas convicciones», y, al extinguirse estas, quedan suprimidos +considerablemente los «trances heroicos». La vida moderna va eliminando +del mapa dramático, situación tras situación, conflicto tras conflicto. +Pronto, borradas las cordilleras, cegados los grandes ríos, el ambiente +de emociones pasará por el mundo como sobre una equilibrada estepa. +Porque los problemas de la inteligencia no levantan más que espuma, +ráfagas de aire. Dejará de producirse el héroe. Pero aún es tiempo. +Aprovéchelo. + +—Se burla usted de mí. + +—Le invito a aprovechar los últimos instantes de una vida heroica que +se extingue. Pronto, si algún héroe surge, se sonreirá aburridamente +de su propio heroísmo. El mundo va adoptando posturas inteligentes; +es decir, va suprimiendo las posturas. Pronto no quedarán héroes +«monumentalizables». La vida moderna está reduciendo el rostro del +mundo a esquemas simplicísimos, a geometrías colectivas, donde no caben +profundas contracciones individuales. + +—¿Va a extinguirse la personalidad? + +—Van a reducirse los tipos originales. Se llegará quizá a una +estandarización del hombre. + +—Quedan las grandes hazañas del aire, del mar... + +—Queda el éxito, que suele no tener nada que ver con la personalidad. +Como el cartel que nada tiene que ver con el muro que, por azar, +lo ostenta o lo soporta. Detrás del éxito puede haber un hombre +cualquiera, en quien las gracias se han complacido en acumular +coyunturas favorables. Un mismo aviador llega o puede no llegar. El que +no llega, se borra. Y acaso lo borró una brizna de aire. + +—Quedan los grandes negocios... + +—Sí, tal vez el héroe moderno está llamado a ser el gran jugador de +Bolsa. Pero un jugador de Bolsa no suele soñar con estatuas, sino con +millones. + +—Quedan los grandes amores, las grandes tragedias del amor. + +—Si no van acompañadas del asesinato, no creo que destaquen mucho a +nadie... De todos modos, el drama pasional arguye en los actores una +gran pobreza imaginativa. Los inteligentes suelen desviarlo hacia +terrenos más fáciles en sorpresas. El ruidoso drama pasional es ya solo +patrimonio de la plebe. De una u otra plebe. + +—Quedan los escándalos. + +—¿Cuáles? + +—El gran robo, la gran estafa. + +—Es posible que aún quede algún espléndido collar de reina que robar. +Alguna caja de caudales que violar. Pero esto ya va pasando al terreno +de la fábula. Las perlas suelen ser ya falsas y los valores de +complicada realización. Las cajas de caudales cada día se ciñen más +cinturones de castidad. Además, el gran estafador desaparece en seguida +de la celebridad. En cuanto lo encierran en un presidio, a menos que +se escape. El mundo va intensificando cada día más su capacidad de +olvido. El héroe antiguo persistía en la memoria y en la piedra; el +héroe actual —el campeón de boxeo o el bolsista— durará lo que dure la +operación de bolsa o el _match_. Se desvanecen después de una rápida +fulguración. Como los grandes criminales, su persistencia en el mundo +durará lo que dure su proceso. + +—No comprendo bien. + +—La razón es porque el mundo, nuestro mundo, comienza a ser toda la +tierra. Un grupo de soldados griegos, en una diminuta parcela del orbe, +pudo atender recíprocamente a sus idas y venidas, a sus menudos lances +de amor. El mundo estaba muy reducido de tamaño, y podía seguirse, +grado por grado, segundo a segundo, el gráfico de la cólera de Aquiles +o la historia patológica del erotismo de Elena. Hoy estas menudencias +no serían ya capaces de atraer las miradas del mundo ni de inaugurar +una espléndida literatura de viajes. (Porque, penoso es decirlo, pero +toda la literatura occidental tiene por base unos menudos trapicheos +de coqueta, una deliciosa comadrería de campamento). El mundo va +borrando de su tablero de ajedrez las grandes piezas, y prefiere +seguir la partida con los peones solos, a quienes, de vez en cuando, +les endosa una caperuza de caudillo. El novelista nuevo rebana el +cuello a los altos fantasmones y prefiere manipular con las masas. Ya +los principales personajes de la novela actual tienen cien mil cabezas. +A casi nadie le interesa un problema individual. El mundo entero está +cansado de monólogos. + +—Queda el arte, ¡el gran arte! + +—Es posible. Quedará siempre el animador, en el papel, de esas +multitudes. El que expresa la gran inquietud de esas cien mil +cabezas... En un foso de la gran guerra se desplegó más heroísmo que en +toda la guerra de Troya junta. Un sencillo «peludo» ha podido rivalizar +con Héctor; y un espía cualquiera, con el sagaz Ulises. No existen, +quizá, los héroes; pero sí existen los poetas. + +—Yo intenté... + +—No importa. El poeta y su tema viven siempre juntos. Busque, Juan +Sánchez, una anécdota cualquiera de usted; haga que la cante un +poeta, y ambos pasarán a la posteridad. Aún queda un margen para el +individuo... Pero no se retrase mucho, porque todo va a sufrir una +profunda mutación. Vea, amigo mío, algunos de los títulos que llenan +nuestros escaparates de libros: «Cemento», «Chocolate», «Petróleo», +«Gas»... + +—-¡Es verdad! + +—Se trata, óigalo bien, de libros, aunque parece tratarse de artículos +de primera o segunda necesidad. Ya van desapareciendo los «Adolfos» y +los «Pedros Infinitos». En cada uno de esos «Cementos» o «Chocolates» +hay una muchedumbre que ama y odia, trabaja, goza y sufre. Como en +las óperas de Wagner, los tenores deben sujetarse estrictamente a la +tiranía de la partitura. Son novelas o poemas sin fermatas, en que +el divo no tiene por qué adelantarse a la batería. Son novelas sin +enfoques unipersonales. Su personaje central es el coro. Es una masa. + +—La masa es siempre algo borroso, sin perfil. + +—Eso depende del operador que se instale ante ella. De la avidez y +potencia de su máquina. La masa tiene también sus perfiles, aunque +innumerables. Exige un poder más robusto de selección y arquitectura. +Quien posea esta virtud creará el nuevo personaje. Creará la novela +red. + +—¿Cómo? + +—La novela poligráfica, en lugar de la ya aburrida monografía. + +—Aún no comprendo. + +—El hombre no es un pino o una palmera que crecen sueltos, en el norte +o en el sur; es un peón de ajedrez que tiene un claro —o misterioso— +enlace con gran número de otros peones o piezas mayores. El novelista, +el poeta épico actual debe saber jugar muy bien a ese ajedrez. + +—¿Y el lírico? + +—Demos su parte a Narciso. Que siga cantando a la luna o a su propia +zampoña. Al poeta puede eximírsele de conocer el perfil de los hombres +si conoce maravillosamente el perfil de una ola. O el del aire. Aunque +yo les aconsejaría a todos que aprendiesen a jugar al ajedrez. Narciso +va siendo insoportable. Y monótono. Todos acaban por mirarse en la +misma fuente... Y con la misma cara. + +—¡El verso! ¡Las maravillas del verso! + +—Óigalo bien, Juan Sánchez... El verso comienza ya a no tener sentido +entre nosotros. Pronto solo escribirán en verso quienes no sientan la +gran poesía de los hombres: los artífices cartujos, cuya sola poesía +está en el aparato. + + + * * * + + +En la puerta del palco, el acomodador sonríe levemente a Arturo. Un +bosquejo de alusión que para Arturo es más doloroso que una bofetada. +Porque el acomodador es el único testigo del amor subterráneo de +Matilde y Arturo, en sus dos primeras etapas. El acomodador no ha +asistido a la tercera y siguientes, pero su ladina percepción de las +curvas inexorables que describe el deseo amoroso le ha llevado a +conocer que los amantes, transcurrido el primer ciclo frenético de +su pasión, pretenden reanudar la feliz trayectoria, buscando en el +recuerdo fruiciones que ya no pueden hallar en la misma voluptuosidad +presente. Aquel hombre de faz dúctil, según índices de generosidad en +los amantes, ha asistido desde la sombra a la explosión de un deseo +cuyos gérmenes juntó el azar en un puesto de libros. La primera etapa +—el orden es inmutable en cada caso— transcurre en el antepalco, +corridas las cortinas; la segunda también, pero ya en pleno hermetismo, +redoblado el sigilo y la propina. El acomodador sabe que se suceden +luego otras etapas en las que él no actúa. El amor en creciente busca +otros más amplios escenarios, un hermetismo en nada sujeto a las +bruscas alternativas de la luz, a las peripecias de una máquina, a +los descuidos de un operador. Solo cuando la curva completa ha sido +descrita, los amantes regresan al punto de partida y, durante un buen +espacio de tiempo, se nutre de sus propias imágenes. + +El acomodador sabe que, poco después de Arturo, se deslizará por +el pasillo Matilde, como una consonante forzosa en esta trivial +rima de amor. Y así es, en efecto: Matilde se adelanta y recibe en +pleno rostro la sonrisa de bienvenida, que ella hace fracasar con un +guiño angustioso. Porque, tres pasos más atrás, viene Juan Sánchez. +Y el acomodador conoce, en la propina, los grados de normalidad de +aquel fenómeno. Lo anormal ha sido hoy eliminado de aquella pasión +tan generosa un tiempo. Y el acomodador, cuya vida económica sería +lamentable entre amores legítimos, cierra la puerta y se retira +malhumorado. + +—Quizá venga después un caballero —le ha dicho, al entrar, Matilde. +Pero el acomodador, que hubiese recuperado su alegría si Matilde le +hubiese anunciado a una señora, rezonga displicente : + +—Está bien. + +La sala está completamente a oscuras, salvo esos residuos mortecinos +que se van refugiando en el foso donde rebulle la fauna rubia y negra +de músicos e instrumentos. La ondulación de las butacas, que avanza en +filas simétricas hacia la ribera clara, es apenas perceptible gracias +a esas diminutas linternas que andan buscando entre las ondas negras +algún espacio náufrago. Pronto, aguzadas las pupilas, se va viendo en +lo sumo de cada onda la pálida espuma de los rostros. + +Arturo va repartiendo sus miradas entre ambos espectáculos, entre ambas +muchedumbres. En la pantalla, la muchedumbre elaborada; frente a ella, +la muchedumbre en estado nativo. En la pantalla, un film ruso, una +multitud desorbitada que va empujando cruelmente a un gran duque hecho +jirones. + +Multitud expresiva y multitud en estado nativo. Multitud armónica y +multitud simétrica, repartida en filas, diseminada en palcos, sin +realidad apenas. La sala está llena de rostros agrupados al azar, por +contagio, mediante la presentación en la puerta de unos papelitos rojos +y azules. Un hilo de curiosidad los fue arrastrando hacia el film. No +tienen representación alguna, cohesión alguna. En un momento de peligro +se destrozarían unos a otros. Un momento de placer les hace sonreír a +compás. + +Un haz de fisonomías sin sentido colectivo, frente a una armonizada +muchedumbre, a la que no comprenden. Solo les complace el divo. +Reaccionan ante el que les fustiga, ante el que les tortura los +nervios, ante cualquier ente —individual y voceado por los carteles—, +no porque realice una labor personal artística, sino porque su nombre +es el primero en el programa. En el cinema se busca la estrella —casi +siempre específica, impersonal—, como en la ópera se busca al lindo +barítono. + +—De todos modos —rezonga Juan Sánchez—, ese hombre ya no ha pasado en +vano por la tierra. + +—Exacto. Ha pasado velozmente, pero algo queda de él en el mundo. +Mañana sus trajes y sus gestos divertirán mucho a nuestros hijos, como +a nosotros nos divierten las perillas y las moscas de nuestros abuelos. + +—¿Y su gesto? Es algo más que un maniquí. + +—Su gesto perdurará mucho tiempo, si ha sabido ser original. Pero dudo +que, aparte una docena de rostros, encontremos en el cinema individuos +originales. + +—Que además sean fotogénicos —añade burlonamente Matilde; mientras, +apoya su pie en el de Arturo, continuando una cadena de mudas +insinuaciones sin ningún éxito. + +—Lo será siempre, si es original. Por eso los hombres, donde se da +con alguna mayor frecuencia el gesto personal, son más fotogénicos. +La mujer soporta menos la pantalla. Se le tolera casi siempre por su +seducción epidérmica... Pero hay otras bellezas más firmes, poco menos +que inencontrables en la mujer. + +Entonces el pie no insinúa, tortura. + +—Me abruma su delicadeza, Arturo —dice Matilde, mientras le dice al +oído—: ¡Pedante! + +—La pantalla prefiere, a la desnudez de la carne, la desnudez de un +espíritu, que solo fueron capaces de fijar algunos pintores geniales. +La de la carne puede ser puesta en conserva por cualquier pintorcillo, +para estimulante de las muchedumbres. La piel se pinta fácilmente. El +espíritu necesita de otro. Esta prueba de la pantalla solo yendo del +brazo con otro podría resistirla. + +Arturo sigue divagando entre la indiferencia de sus dos oyentes y los +insistentes pisotones de Matilde. Uno de ellos es tan doloroso que la +cara de Arturo se contrae en una mueca. Al mismo tiempo dan luz a la +sala, y la mueca, precipitadamente, se convierte en sonrisa. + +—Me esperan ahí fuera —dice, levantándose, Juan Sánchez—. Vuelvo en +seguida. + +—Eres insoportable, Arturo, con esa manía de especializarte en +multitudes. + +—Es mi profesión. Avanzo en mi carrera, según mi habilidad en +distinguir en un rostro la lealtad o la farsa. Y en un siniestro, lo +casual o lo previsto. No atentes contra mis intereses. ¡Quieta! Están +mirando. + +De pronto, la sala va enfocando sus miles de pupilas hacia el palco. +Alguien ha sorprendido la ausencia de Juan Sánchez y un ademán dudoso +de Matilde, y el resto, dócilmente, va siguiendo el cauce abierto por +los ojos del primero. Cuando todos están ya fijos en el grupo, dice +Arturo: + +—Ahí tienes ya tu público. Has conseguido convertirte en espectáculo. +Regocíjate. + +—Son necios. + +—Son la masa. Tú has conseguido cosquillearle un poco la médula, y como +un monstruo de mil cabezas, se vuelve a mirarte, sin saber por qué. + +—¡Qué pena! Están destruyendo nuestra intimidad. Tendremos que +recomponerla esta tarde, ¿quieres? + +—Tengo un incendio difícil. + +—El inevitable incendio. + +—Además, ¿ya estás segura de que podremos recomponerla? + +—Lo estoy. + +—Está muy averiada. + +Matilde se transfigura. + +—¡Que lo esté! + +Como en ella han confluido tantas luces —verdes, azules, negras, +doradas— de pupilas, las suyas, ahora más ricas, más confiadas que +nunca en su poder de seducción, se clavan insolentes en Arturo. Una +voluptuosidad nueva enlaza las dos miradas. La de Matilde desafía; la +de Arturo se somete. + +—Nos miran. + +—¿Quién? Dos o tres amigos que nos conocen. El resto no ve nada: a +lo más, una pareja anónima. Tienes la manía de las masas. Las masas +no existen aquí. Existen algunos espíritus suspicaces. Yo los veo, +porque suelo ver la gente al detalle, no como tú, en globo. Harías mal +novelista. Yo veo el matiz. Tú solo ves la mancha descomunal. Ahora +estás viendo la de aceite, la de la calumnia, que se extiende por el +teatro... ¡Qué divertido eres! + +—Tú solo ves algún hecho menudo. Yo veo conjuntos. Tú solo comprendes +un ademán; yo, una corriente de opinión... que ahora nos favorece muy +poco. + +—Tú no ves nada. El mundo hay que verlo pieza a pieza. + +—Y la mujer, palmo a palmo, ¿no es eso? + +—Quizá. Ir de la epidermis hacia adentro, no al revés. Porque... Ahí +viene Juan. + +—Ahora proyectan el crimen de anteayer —entra diciendo Juan Sánchez—. +Por poco no lo presencian los operadores. Acudieron inmediatamente. + +—En obsequio al público, los asesinos debían avisar a las casas +productoras de films la fecha y hora de los atentados —dice Arturo. + +—Algunos conspiradores lo han hecho. Claro es que por cobrar la +comisión. + +—¡Cállense ya! —replica Matilde—. Están llamando la atención. + +La orquesta inicia una piadosa obertura y los espectadores se disponen +a una discreta compunción. Aparece en la pantalla el «lugar del +suceso», la misma plaza hirviente y dolorida que vio Arturo desde +el balcón. Vuelve a aparecer el teniente alcalde y el gobernador, +el hombre morado y el hombre caqui. Severos, torturados, llenos de +toda la pesadumbre de la ciudad —de la ciudad religiosa, de la ciudad +municipal, de la ciudad marciana, que cada uno representa—. Cruzan +por la pantalla todas las instituciones, befadas, agredidas hoy por +una mano insensata. Y, tras ellos, otra vez, y siempre, la multitud. +Ahora se advierte bien en ella cómo ha respondido a la agresión. Unas +caras están contraídas por la cólera; otras, sencillamente alteradas; +algunas, indiferentes; no falta rostro donde se delate cierto placer. +Allí pueden irse anotando grados muy diversos de ciudadanía, grados muy +diferentes de sentido ético. No toda la muchedumbre vibra con la misma +intensidad. Un pentagrama se extiende a lo largo de la avenida, donde +se hacen visibles las notas agudas del terror, las profundas de la +tragedia, las notas medias de la serenidad, que aquí es indiferencia. + +La muchedumbre sigue con avidez contemplándose a sí misma. Todos los +espectadores son ahora un solo Narciso, un Narciso descomunal que +se mira estremecer en el agua neutral de la pantalla. A unos ojos +desorbitados de allá, corresponden otros ojos desorbitados de acá. +Suenan exclamaciones: + +—¡Ese, ese eres tú! + +—¡Ahora vengo yo! + +—¡Aquella es Paulita! + +—¡El general! + +—¡El guardia 47, mi portero! + +—¡Ella! + +—¡Él! + +Por fin, zarandeado por un grupo de mozalbetes, aparece Juan Sánchez. +Matilde da con el codo a Arturo. Juan Sánchez, apresurado, impaciente +por sumergirse en la zona milagrosa que abarca el ojo del aparato, en +esa zona donde se consigue la inmortalidad, una plástica inmortalidad. + +Callan los tres. El Juan Sánchez de la pantalla se va acercando. El +Juan Sánchez del palco, recoge con avidez cada frunce de las cejas +de sí mismo, cada gesto de las manos que pugnan por lograr el primer +puesto en la masa anónima. Que llega a lograrlo. De pronto, Juan +Sánchez, un lamentable Juan Sánchez se instala al mismo borde del +marco de sombras, conquista todo el rectángulo, crece prodigiosamente, +la masa desaparece detrás de unas mejillas, detrás de una boca, detrás +de unos ojos sin brillo —impersonales, comunes, ventanas a la nada, +troneras hacia un paisaje ceniza. + +Dura la visión unos momentos. Los ojos lamentables, los obstinados +ojos, contemplan a la muchedumbre, se contemplan a sí mismos, se +asoman, siguen asomándose al implacable espejo. + +Solo unos momentos. El frenético oleaje le arranca de los bordes, le +empuja hacia el abismo. + +Él forcejea, se defiende inútilmente. + +De las dos muchedumbres brotan gestos de impaciencia. + +Pasan por encima, lo sumen, lo funden en la turbia corriente. + +Desaparece, entre unas risas burlonas. + +En el palco, los tres siguen —conmovidos— en silencio. + + + + + 9 + Anécdota + + +—Vea usted este devocionario —dice a Arturo el librero de lance—. +Tafilete, broche de oro. + +El librito, juguete voluptuoso para la inquietud de unas manos, resbala +por los dedos, se acurruca entre ellos, como un mimoso gatito. Es un +suave cojín para los dedos fatigados, un pretexto para agruparse en +torno. + +—Muy lindo. ¿Cómo ha llegado aquí? + +El librero le dice al oído, socarronamente: + +—Es una pieza de convicción. ¿Quiere reconstruir el crimen? Llévelo. + +—Es el _Áncora de Salvación_ ¿Algún naufragio? + +El librero cuenta la historia del naufragio. Apareció una mañana, +junto a una botella, en uno de los reservados de _Villa Juanita_, +restorán abierto a unos kilómetros de Augusta, lugar de esparcimiento +para las gentes que no ven entre cada día un muro de sombras, sino un +amplio casillero donde ir alojando sus caprichos menos confesables. +Es el restorán donde el adulterio, el estupro, la estafa y otros +fenómenos, al parecer repudiables, van perdiendo su empaque jurídico, +convirtiéndose en algo amorfo, apenas definible, silenciado siempre; en +algo tan familiar como secreto. + +El camarero halló el _Áncora_ sobre un diván. Acaso el librito fue el +indiferente espectador de un naufragio. El camarero, consciente de +su deber, lo guardó en rehenes algunas semanas, esperando el precio +del rescate, y al fin se decidió a hundirlo en el mar insondable de +un puesto de libros también náufragos. También el librero espera +obtener de él una ganancia fabulosa, si surge el comprador interesado; +discreta, si el desinteresado. + +Arturo hojea, indaga, husmea, sin poder hallar rastro de la aturdida +enamorada que, de algún templo, tan frío como recatado, salió un +amanecer huyendo hacia _Villa Juanita_ buscando algún amor más cálido, +pero también más turbio. + +—Se lo doy barato, por ser usted. + +En las tiendas, cada cliente se ve investido plenamente de toda su +personalidad, como ante el comisario del distrito que examina las +huellas dactilográficas. Las ventas se realizan mejor así, entre un +buen tasador y un individuo que lo sea plenamente. + +—No lo necesito. + +—Para un regalo. + +Arturo no se desprenderá ya de aquel librito. Se le va durmiendo entre +los dedos, caliente ya bajo las reiteradas caricias. Es la pieza de un +sumario en que el delito es el amor. + +Arturo repasa las hojas, curiosea unas estampitas candorosas +intercaladas en el texto, un recordatorio de defunción. Aspira el +perfume. Muy fino, tenue, voluptuoso. + +—Es acacia. + +—Sí, huele muy bien. Se ve que ella... + +El librero se detiene en aquel punto sin saber a punto fijo lo que se +ve. Arturo lee despacio los nombres de dos adolescentes que acaban de +recibir el Pan divino y aún conservan, en la estampita, su aire de +serafín. Las dos muchachas y el difunto del recordatorio le ofrecen +sus nombres y su edad, como esos tres puntos por donde podría trazarse +una circunferencia cuyo centro es, sin duda, la mujer frágil, quizá la +mujer adúltera. + +¿Cómo averiguar el nombre de esa hembra situada en el cruce de las +líneas cordiales que parten de estas tres figuras acusadoras? Las +niñas se llaman Estrella y Mónica. El difunto, Luis. Sus apellidos +determinan, poco a poco, exactamente, el lugar que ocuparon u ocupan en +el espacio... + +Ya, ya es fácil hallar el centro. El centro es Matilde. Primero, lo +supone; después, lo cree ciegamente. El perfume era ya un indicio. + +Una mañana, Matilde, desde el templo al que suele concurrir casi a +diario, se decidió a dar, cínicamente, el brinco preciso para saltarse +toda una biblioteca de moral piadosa. Matilde ha visto amanecer en +_Villa Juanita_, en esa región difusa donde el día y la noche se +relevan sin límite exacto de presencia, donde muchos programas normales +de vida se quebrantan con números de fuerza, con invasiones efímeras, +pero intensas, de otras vidas. + +Matilde ha visto amanecer, en brazos de otro hombre, seguramente +Alfredo. No perdona al día ningún crepúsculo, y utiliza indistintamente +el matutino o vespertino, para así disfrutar de toda la jornada. + +—Bien. Me lo llevo. + +Esto es más que un libro. Es cierto punto de partida para realizar una +investigación. + +—Dice usted que un camarero... + +—Sí, sí. En _Villa Juanita_. + +—Es curioso. + +—Suelen ir allí señoras..., a oír misa de alba. + +—Ya. + +Arturo guarda el librito, con el propósito de devolverlo a su dueña +en la primera coyuntura. Una tarde cualquiera, en que el amor hecho +costumbre se haya extinguido totalmente, Arturo extraerá aquel _Áncora_ +del bolsillo y la ofrecerá a Matilde con estas palabras: + +—Amiga mía: Aquí tienes la prueba de una doble infidelidad. No quiero +utilizarla contra nadie, porque se convertiría para mí en un arma de +dos filos. Probablemente, yo no soy en este caso más que la mitad de un +amigo, la mitad más débil, y es necio revolverse contra la otra mitad. +No puedo yo mismo darme un pisotón sin pecar de estupidez. Triste es +confesarlo, pero así es: para ti soy, amiga mía, la mitad superior +de un hombre, del cual Alfredo es la inferior. Mis condiciones de +superioridad sobre la segunda parcela solo pueden revelarse en este +breve discurso. Al dar tu mano a Juan Sánchez, viste con sorpresa +que te habías entregado a Nadie. Entonces quisiste desdoblar tu amor +en dos, porque Alfredo es un robusto ejemplar de la raza y yo soy un +frágil estuche de pensamientos que quieres tener siempre a mano como se +tiene a mano un frasco de perfume. No sé si deplorarlo o felicitarte. +Tampoco me decido a obrar: no suelo nunca decidirme. Podría, un +amanecer cualquiera, espiar y seguir tus huellas hasta _Villa Juanita_, +atisbar allí la llegada del jayán, sorprenderos... Pero esto a nada +conduciría, si no es a intentar una lamentable fusión de dos hostiles +mitades de hombre, incapaces de soldadura alguna. Bien es cierto que +el hombre integral apenas existe, y, si queda algún ejemplar, tú no +mereces poseerlo. Lo perderías en cualquier diván, como el devocionario. + +Aquella tarde, Matilde no acude a la cita de las siete. Arturo +aguarda, en vano, dos horas, y sale de la casa decidido a perderse por +cualquier encrucijada de Augusta. Tampoco acude al día siguiente, y ya +entonces Arturo decide investigar la conducta matutina de la ausente. +Admite el total desmoronamiento de aquella pasión iniciada ante un +depósito literario de cadáveres, pero le complace averiguar todas sus +vicisitudes. En él eso constituye un deber profesional. Es un detective +de catástrofes improvisadas. De incendios apagados. + +Recorre los alrededores de la ciudad y, maquinalmente, se encuentra +sentado en la terraza de _Villa Juanita_ ante un bien perfilado +camarero y una barroca minuta. + +Es media noche. Faltan cinco horas para el suceso. Las cinco horas +menos propicias para mantener caliente un deseo. Es junio, y la +estación aún guarda para el corazón de sus noches sus nostalgias +del invierno. Pronto queda solo en la terraza. Los clientes se +han repartido por las celdillas silenciosas donde se elabora el +amor comercial. Hay trasiegos frecuentes. Los coches van y vienen +conduciendo tedios y vehemencias. La ciudad envía a _Villa Juanita_ +remesas variables de locura, siempre de acuerdo con la temperatura de +la noche. + +Ha callado el _jazz-band_. Las caras van perfilando su gesto más +turbio. Las líneas se relajan, los colores se empañan; algún ebrio deja +caer la copa, que rueda a veces bajo la mesa, acabando con un estrépito +el torpe y oscuro gesto de las manos. Hay un momento en que la noche +solo se mueve con ademanes de cansancio. Esta prolongación del día, que +con tal ímpetu ha irrumpido en el siguiente, va perdiendo vivacidad; +las válvulas de sus gritos han perdido su tensión; a veces, quedan +abiertas, dando paso a plebeyas caravanas de bostezos. + +Arturo queda adormilado. Se abre dentro de él la puerta de comunicación +entre el sótano de las imágenes olvidadas y su taller de reparación y +reconstrucción. Los menudos obreros —siempre aturdidos— barajan las +piezas a capricho, y el primer amor —¡tan púdico!— de Arturo asoma la +cabeza guiñando los ojos como el último —¡tan cínico!—, como la última +atracción del programa. + +Una pierna desnuda, primorosamente modelada, rematada por un zapatito +de piel de serpiente, se alza en el aire, retando a Arturo, que desliza +sus ojos por aquellas revoltosas curvas hasta acariciar el redondo +arranque, el zócalo movedizo que se prolonga en otros volúmenes +esféricos levemente enfundados en seda granate. + +Una pierna desnuda que apunta infantilmente a las estrellas como si con +ella quisiera soportar todo el peso de la noche. Como si quisiera ser +el eje del orbe. Arturo le va buscando la cara que coquetonamente se le +esconde entre los senos, a punto de brincar del sostén. Cuando logra +verla, aparta los ojos horrorizado... + +¡Es Matilde, Matilde, que rueda por la alfombra, ofreciendo sus +piernas, alternativamente, a la contemplación de los ángeles! Sus +piernas se elevan al cielo como impuras oraciones. Profanan la +serenidad indiferente de la noche. Repiten las plegarias del librito, +las lanzan con los pies hacia arriba, mientras el cuerpo se remueve +voluptuoso bajo la seda color ámbar que apenas le cubre el regazo y los +senos. Su ombligo palpita nerviosamente, queriendo emular a un sexo. + +Arturo se frota los ojos, queda unos momentos alerta, en plena vigilia. +Una risa menuda le hace volver la cabeza. + +Nadie. Un camarero, a lo lejos, le mira sorprendido. No suele ver +consumidores puentes, noctámbulos que se decidan a unir dos días de +crápula con tan soñolienta, con tan silenciosa pasarela. + +Vuelve Arturo a dormitar. Su frente se apoya resueltamente en la mano. +Ofrece el perfil de un buzo filosófico, hundido hasta la entraña de un +problema. Pero en lo más hondo solo hay una pierna, el coral rosado +de una pierna, que vuelve a removerse, a disparar sus jaculatorias al +cielo. De pronto, surge también un brazo, un brazo redondo y desnudo +terminando en un rubí, en otra rama de coral, que se posa en la cabeza +de Arturo. + +—Perdona, creí que eras Pepe. + +—Puedo serlo, si quieres. + +—Antes, acaba de despertarte. + +En ese estado intermedio, Arturo puede asumir —ya lo hemos visto +así en brazos de Rebeca— todas las personalidades. Hay un vestíbulo +donde la especie puede adjudicarse el bastón y el sombrero —y la voz +y el rostro— de todos los que circulan por la casa. Para salir a la +intemperie, Arturo no vacila en tomar del perchero todo lo que allí ha +dejado Pepe. + +Irrumpe en la cruda realidad. La pierna. La pierna está allí con su +zapatito de piel de serpiente. + +—Tienes unas piernas deliciosas. ¿Muy caras? + +—Han bailado mucho. Todo les será perdonado porque bailaron mucho. + +Ríe como después de haber cometido una juguetona profanación. + +—Hablas como el _Áncora_. + +—¿Qué? + +—No puedes comprenderme. + +—¿Misterio? + +—Quizá no pasa de tontería. + +—¿Te gustan mis piernas? Me gusta invitar con ellas a los amigos. El +baile las tornea, las endurece. Fíjate en esa línea, cómo nace y cómo +muere. + +—Nada muere en ti. Donde acaba un perfil, arranca un haz de curvas. +Como al final de un tallo se abre una estrella. + +—¿Eres poeta? + +—No; debí ser filósofo, pero soy agente de seguros. + +—¿De vida? + +—Contra incendios. Pero he fracasado. No puedo ser cliente de mí mismo. +Yo no puedo asegurarme. + +—¡Qué gracioso! + +—Me prende cada llama. Me hace arder cada cohete. Las emociones que en +otro son momentáneas centellas, en mí encienden largas, interminables +hogueras. Soy el peor cliente de mí mismo. + +—Funda una sociedad de seguros contra el frío. O contra la cursilería. + +—Me crees cursi. + +—Corres el peligro de serlo, si sigues esperando lindas tapadas de +cuatro a seis de la madrugada. El amor tiene sus horas, como el +comercio. + +—El amor comercial. + +—Ese no es amor. Es algo más serio. Es deleite puro. + +—Puro deleite. + +—Lo mismo da. Quería decirte que el amanecer es bueno para el puro +apetito o el apetito puro, como quieras, no para el amor dramático. +Porque supongo que tu amor será un amor dramático. + +—No mucho. Está hace tiempo en decadencia. + +—Te la deseo muy alegre. A estas horas no se piensa ni se maquina. Se +desea, sencillamente. El frío del amanecer estimula..., lo sé. + +—Sí, ya veo que conoces bien las bromas del instinto. + +—Las maravillas del instinto. Yo sé que un poco de frialdad y otro poco +de dureza le sientan muy bien. + +Ríen jovialmente. Ella se sienta junto a Arturo, le enlaza, coquetona. + +—¿Me convidas? + +—Bien. + +—¿De veras esperas a alguien? + +—Sí, pero faltan dos o tres horas... Mi amiga no trasnocha, madruga. + +—Eres un modelo de paciencia. + +—No quiero acostarme. Y me canso de dar vueltas por la ciudad. La noche +tiene pocas sorpresas. + +—Excepto yo. + +—Excepto tú. Porque, además de tus primorosas piernas, tendrás algo que +decirme. Cuéntame tu vida. + +—No tengo. + +—Por lo menos tendrás imaginación para inventarla. + +—Ni eso. No opero por fantasías, opero por cálculos. + +—Me parece muy bien. Pero comenzarías con algún momento patético, +incalculado... + +—¡Oh! Es el que más números me costó. Nunca he escrito tantas cifras. +El negocio era entonces más serio. + +—Me das frío. + +—Sí, estoy asegurada de incendios. Haría buena cliente tuya. ¿Firmamos +el contrato? + +—Espero a esa amiga... no profesional del cálculo, aunque muy poco +asegurada. + +—¿La conozco? + +—No sé. Todo es posible. + +—Lo que yo decía. Plan romántico. + +—No es plan, es un problema. Bebe. + +Ella subraya con el mosconeo de una zarzuelilla el mutismo de Arturo. +Riendo estúpidamente, irrumpen en la terraza dos parejas. Dos últimos +«juerguistas» se complacen en hacer retroceder todo lo posible los +minutos postreros de su minuta de deleites, mientras las infelices +alquiladas bostezan sin ningún escrúpulo. + +Las tres. Arturo mira el reloj, sorprendido. + +—Te has engullido una hora en cinco minutos. Sígueme hablando. Cuéntame +el éxito de tu primer... cálculo. De tu caída. + +—Yo no caí. No he caído nunca. Eso son cosas de los tangos. + +—De los tangos, es cierto. Pero, no creas, hay una larga tradición. Eso +se ha llegado a complicar con la prehistoria. + +—No me importa. En mí todo ha sido, sencillamente, una cadena de +contratos. + +—Que apenas puede ser una cadena de conflictos. + +—Lo fue a veces para algún amigo. Creo que también he provocado amores +eternos. No soy responsable de que algún mozo no sea tu cliente. +Debéis activar la propaganda. La juventud es inexperta. + +Guiña picarescamente los ojos. El rojo de sus labios se mantiene +impecable. Hay en sus dientes una fragante juventud, y en sus manos una +sabia destreza para recorrer los nervios de Arturo. + +—¿Cuánto hace que trabajas? + +—Siempre. Desde niña. Con mucha suerte y malos y buenos empresarios. +Ahora hay que bregar un poco. Hay mucha competencia, no de gente que +siente la profesión, eso no... De gente que la lamenta. Y hay muchas +aficionadas. ¿No bebes? + +—Bebe tú. + +—Podríamos seguir charlando ahí dentro. Me molestan esos estúpidos y la +noche refresca mucho. + +—Bien. + +En el reservado, las manos de ella se posan de nuevo en la frente de +Arturo. + +—Estás triste. + +—Sí. Un poco. + +—Voy a alegrarte. + +—Prueba. No me opongo. + +—Cuando acuda tu dramática amiga, la podrás recibir sin fiebre. Yo te +devuelvo la serenidad. Tengo primores en esa clase de reconstituyentes. + +—Los supongo. + +—¿Crees conocer todos los matices? Conmigo hay sorpresas. + +—¡Vanidosa! + +—Recorrí Europa. Me llevaba un hombre de ciencia que tenía que asistir +a unos congresos de Histología, o no sé qué... Durante las sesiones, yo +recorría las calles, las plazas, husmeaba, sonsacaba, cazaba maravillas +exóticas. Al regreso de Berlín, mi sabio me dejó por una mecanógrafa. +Porque, según él, yo solo era una preciosa bestia inútil, excesivamente +alegre para un especialista en enfermedades del corazón. + +—Podía haber estudiado el tuyo. + +—No tengo. + +Las cuatro. Las cuatro y media. Ella se ha dormido en los brazos de +Arturo. Comienza a marchitarse el cereza de sus labios. El amanecer va +diluyendo su helada ceniza sobre el grupo, también marchito. + +—Vete, pequeña. Va a comenzar la representación. Gracias por este +delicioso entreacto. Toma. + +—Gracias. Pero no le llames entreacto. Quizá vale por el espectáculo +entero. En todo caso ha sido un puente entre tu tedio y el amor +friolento que va a venir. No le llames entreacto. Es uno de los +momentos más graves de tu vida, porque en él has llegado a ser tu +propio cliente. Yo, deleite puro, amor que se adquiere como una +corbata, te aseguro hoy de muchos formidables incendios. Quedas +inmunizado. Ahí te dejo, ya solo con la razón. Verás qué bien te sale +la escena. Podrás acomodarla al gusto clásico, hacerla perfecta, de +orden frío. Porque el instinto no te dictará ninguna voluta barroca. +Estás por encima del deseo. Eres dueño de ti, estás _plenamente +asegurado_. + +—Vete. + +—Salud. ¿Lo oyes? ¡_Plenamente asegurado_! + +Sale riendo, un poco soñolienta, sin brillo en los ojos, arriada toda +su belleza. Se sume en un coche, desaparece. + + + * * * + + +El día —de agonía artificialmente prolongada— muere definitivamente. Su +último aliento ya nadie lo advierte ante la llegada del día niño que +llega frenético, intactas sus fuerzas, tenso y vibrante como un dardo. + +El primer coche que anuncia el día vuelca en _Villa Juanita_ una +muchacha azorada, casi una adolescente, en brazos de su maduro +iniciador. Rápidamente se sumergen en un reservado... Acaso la mañana +comienza inaugurando una mujer. + +Arturo, de espaldas a la luz, avizora la carretera. Las figuras se +desprenden de los coches al modo impresionista, arrastrando aún los +residuos de la noche. Han acabado las complicadas toaletas, inventadas +para la cruda luz, y se suceden las elaboradas para escamotearlas, para +mejor escabullirse en las sombras. + +El día —recién venido— va arrojando de su cuna los últimos +profanadores del día muerto, y destaca una guerrilla de pudores +domésticos, una avanzada de sentimentalidad, todo muy mal avenido, +aún mal fundido en una clara y cínica intención. Porque en muchas de +las escenas de esta hora estratégica —como todas las de transición— +suelen intervenir dos vidas, almas a dos vertientes. Al cinismo de las +actrices profesionales que ya abandonaron el campo de batalla, dejando +tras ellas un puñado de copas rotas y unas espléndidas facturas, sucede +el recato de estas otras, mediocres actrices de incógnito, cuya voz +apenas se oye; cuyo rostro apenas se adivina; cuyo paso es vacilante, +mudo; cuya efervescencia se concentra en solo el pecho —volcánico, +desbordado—, por cuyas desgarraduras se ve asomar tímidamente una vida +monótona, sumisa, que se resiste a ser zarandeada, violada, bruscamente +rota por estos números excepcionales que provoca su presencia en _Villa +Juanita_. + +La mañana, con sus riendas de hielo, va frenando su espumoso lirismo. +Arturo siente frío; le acomete el ansia de arrebujarse en su lecho +de todos los olvidos, de sumirse en el día nuevo, bien bañado de +adherencias enfermizas, restañando de tizne anecdótica, podado el +último retoño pasional hacia Matilde; le acomete la tentación de +arrojar el _Áncora_ al río y renunciar el goce de una inútil escena +dramática, de la cual va se siente espectador, más que actor. Pero un +_taxi_ que llega en aquel momento va a torcer todos estos propósitos +de inhibición. Porque del _taxi_, cauta, desfigurada por un velo, se +desliza Matilde y, discretamente, como si tuviera ya bien conocido +el plan de maniobras galantes, se oculta en un reservado, seguida +discretamente por el mozo. + +Sola. + +Arturo, con las manos en la cara, ha contemplado, al través de la reja +de sus dedos, la cautelosa maniobra. Matilde, como en el crepúsculo de +la tarde, observa en todos los preliminares el más escrupuloso régimen. + +Para salir a escena solo hay ya dispuestos dos personajes. Falta +Alfredo, falta Juan Sánchez... En aquel reservado, frente al congelado +amanecer, podría ahora llegarse al decoroso fin de este relato; pero el +alba es una gran disociadora, el momento menos propicio del día para +ejecutar —cálido, frenético— un razonable epílogo, un buen último acto +de drama. + +Todo lo más característico del hombre está en él dormido; apenas +queda de Arturo un poco de carne desmoronada que tiende a apagarse, a +borrarse entre materias blandas —pluma, lana, algodón— y esperar allí +una resurrección de energías. + +Alfredo no acaba de llegar. El sol ha invadido los aleros, corretea por +los montes, siempre juvenil, retozando entre dos nubes. Arturo recibe +el sol como un leve estimulante, le tiende los pies para que se los +dore; le ofrece la cabeza desnuda, todo su cuerpo y su espíritu para +que se los caliente. + +Se levanta y, con esta inyección luminosa, se siente más acometedor; +piensa —rápidamente— poner fin por sí mismo a la escena, sin aguardar +más actores. Aprovecha la coyuntura de volverse de espaldas el +centinela del proscenio, y llama con los nudillos. + +—Pasa, pasa, Alfredo. + +No se produce ni siquiera el «¡Ah, eres tú!» de todo melodrama +acreditado. Matilde, que está sentada junto al balconcillo, recibe con +una mirada de asombro al inesperado visitante. Arturo se adelanta +hacia ella y, tendiéndole el _Áncora_, dice sencillamente: + +—Te olvidaste aquí el libro hace unos días, y vengo a devolvértelo. + +Todo es pregunta en los ojos de Matilde; angustiosa pregunta. + +—No creas por esto que pretendí ser tu detective, no. Ha sido un +caprichoso azar... Al parecer, no todos los camareros conocen bien a +sus clientes. Alguien hubo aquí poco discreto, y el librito corrió una +pequeña aventura: fue a parar al mismo punto donde nos conocimos. Sin +duda, con el fin de separarnos. + +—Perdóname, Arturo. + +—Un pintoresco lance que yo quizá no he comprendido bien. He alargado +un poco la anécdota. Debí devolvértelo en silencio, sin frases... Pero +no fue así. A mi vez te ruego que me perdones, y me permitas salir. + +—No. + +—Mi hora —si aún quedan de esas horas— es otra. Te aguardo al otro +crepúsculo, más cálido, pero más fatigado que el de estos instantes. +Yo lamento que en este amor a dos vertientes me haya tocado a mí la +hora de la tarde. Quizá en ella no hiciste sino recapitular, resumir un +poco la anterior. + +—¡Arturo! + +—No es un reproche. Ni una ironía. Es un producto de mi modesta +experiencia. Un día me cambiaste el nombre. Me llamaste Alfredo, y yo +advertí desde entonces que tu amor se duplicaba con cierta falta de +justicia. Al menos, hay que otorgar a cada uno su propio nombre, no +convertirlo en un ente específico, es decir, en un Nadie. + +Matilde no responde, oculta la cara entre las manos. Un momento alza +los ojos y Arturo le sorprende una lágrima. Se acerca a ella, la +acaricia. + +—Perdón, Matilde. Estuve insufrible y más injusto que tú. He sentido +un momento esa ridícula idea de dominio que suele sentir un marido +cualquiera que ve codiciada a su mujer. Te dejo. + +—No te vayas. Alfredo no viene. No viene hace tres días. Estoy +desesperada. + +—¿Tanto le quieres? + +—No, no es eso... Es que... Óyeme como a una hermana. Yo sé que están +tramando no sé qué... Una operación ruidosa. Un golpe de mano... + +—¿Quiénes? + +—Juan y él... No sé qué... En el Banco Agrícola. Andan entre +cuchicheos, entre misterios. Ya conoces a Juan. + +—Sí. + +—Está loco. Siempre lo estuvo. Se ha pasado la vida inventando modos de +llamar la atención. + +—Modos de sentirse ser. + +—Y no acertó nunca. Ahora se metió en negocios. Perdió mucho dinero. +Estamos casi arruinados, Arturo. Yo salvé alguna cosa, a espaldas +suyas. ¡Está loco! Quería hablar de esto con Alfredo, que conoce +nuestros asuntos; pero a Alfredo no puedo verlo solo; no abandona ya a +mi pobre loco. ¿No podríamos salvarlo? + +—Por lo pronto, vámonos de aquí. + +—Como quieras. Llévame. + +—Salvarlo es inútil. Volverá a su locura. + +Salen. _Villa Juanita_ queda vacía de sus últimos clientes. El coche va +recorriendo paisajes ya recién reconstruidos por el sol. A lo largo de +los campos se arrastran perezosamente las yuntas. + +Matilde, friolenta, estremecida, se acurruca entre los brazos de +Arturo. El coche los deja a la puerta de un templo. Matilde baja +precipitadamente y se sume en el vestíbulo, entre plañidos de dos +mendigas. + +Arturo, quebrantado, soñoliento, hunde un poco más tarde su cuerpo +desnudo entre oleadas de blancura que le anegan definitivamente, +náufrago de un día turbulento, inconcluso. + + + + + 10 + El robo + + +Arturo se siente fuertemente sujeto por un brazo. Es Juan Sánchez, +tembloroso, desencajado. + +—¡Por fin! + +—Por fin, ¿qué? + +—Hoy se hablará de mí en toda la ciudad. Mañana, en toda España. + +Arturo teme por la razón del amigo firmado y rubricado. Abre los ojos, +preguntando: + +—Diga. + +A borbotones se le derrama la confesión. Juan Sánchez habla de una +estafa magnífica al Banco Agrícola. ¡Una estafa genial! Miles y miles +de pesetas. Familias en la miseria. Muchos empleados comprometidos... +Arturo comienza a no creer sino en el definitivo fracaso mental de Juan +Sánchez. + +—Y aquí me ve usted, encaramado sobre mi propia obra. Subido a la +catástrofe, poniéndome por pedestal mi propia deshonra. ¡Todo, todo, +antes que pasar borrado por el mundo! + +Arrostrará los insultos, las blasfemias, los gemidos de las víctimas. +Será el «blanco de las iras» de Augusta, acosado por la Prensa, +zarandeado vivamente por la popularidad. + +—¿Qué ha hecho usted? + +—Lo he sacrificado todo: posición social, amigos, hogar. Pero mi +triunfo será definitivo. + +—¡Huya usted! + +—No. + +—Hágalo por Matilde. + +—No. Espéreme aquí. Van a detenerme de un momento a otro. Mire la +gente. Ha corrido ya el rumor. Se miran sorprendidos, preocupados. +¡Es mi obra! Espié los alrededores del Banco Agrícola. ¡Un delicioso +espectáculo! Gentes apresuradas que preguntan llenas de zozobra, que +recorren los pasillos, las ventanillas. Sollozos de viudas, rugidos de +cuentacorrentistas... Verá usted: todo irá concentrándose en derredor +mío. Seré llevado en triunfo a la cárcel. Un triunfo al revés, pero con +igual número de espectadores. + +—Vámonos de esta plaza. Subiremos a Bella Vista. Desde allí esperaremos +los sucesos. + +—No. Váyase usted, Arturo. Prevenga a Matilde. Yo escribiré desde la +cárcel. + +—Es inútil. No le abandono. Venga conmigo. + +Juan Sánchez se resiste a abandonar el punto estratégico desde donde +quiere ver surgir la multitud. Se sientan en una terraza de bar. + +—Aquí esperaré la policía. + +De pronto, un grito : + +—¡_La Crónica_! + +—¡Ahí está! + +—¡_La Crónica_, con la estafa al Banco Agrícola! + +La multitud se arroja sobre el primer rapaz que llega con un fajo de +periódicos. + +—¡_La Crónica_, con el retrato del criminal! + +—¡Mi retrato! ¡Ahí está mi retrato! + +Hiende Juan la muchedumbre y arranca un periódico de manos del rapaz. +Arturo adquiere, precipitadamente, otro. Lo abre nervioso, torpe. Lo +desgarra. + +—¡Ah! + +Allí está el retrato de Alfredo. + +—¡Esto es un robo inicuo! —aúlla Juan Sánchez. + +El detenido es Alfredo. Es él, el famoso autor de la estafa. Juan +Sánchez está a punto de caer desvanecido. + +—¡Esto es un robo! —sigue gritando. + +La multitud le rodea, compativa. Un caballero apunta al oído de otro: + +—¡Ahí tiene usted una de las víctimas! Se ve que es un hombre de bien. +¿Por qué se habrá fiado así de esas gentes? + +—Sí, el pobre tiene cara de haber sido engañado. + +—¡Esto es un error! ¡Esto es un robo! + +—El pobrecillo tiene para volverse loco. Los ahorros de toda su vida se +los come ahora cualquier truhan. + +—¡Ladrón! ¡Ladrón! —sigue gritando, convulso, Juan Sánchez. + +Acude la policía. Dos guardias le atienden, solícitos: + +—¡Cálmese, cálmese! No es usted solo. La indignación es justa, +justísima... Pero debemos evitar este escándalo. + +—¿Quién es? —pregunta un transeúnte. + +—Nadie. Uno de los estafados. + +Juan Sánchez estruja violentamente el periódico. Las gentes van +pasando. Le miran un momento, compasivas, y se alejan. Los guardias +intentan llevarlo a una Casa de Socorro, a una farmacia. + +—Yo le asistiré —interviene Arturo—. Muchas gracias. Le llevo a su casa. + +—¡Un error! ¡Un robo! ¡Este canalla solo es un cómplice vulgar! La +idea, los planos, todo, todo, todo es mío. ¡Todo! ¡Él ha sido un +obrero! ¡Ladrón! ¡Me han robado! + +—-¡Pobre! + +—Está loco. + +—Habrá perdido mucho. + +—Tiene cara de haber sido engañado. + +—¿Quién es? + +—Nadie. Un estafado. + +—¡Le mataré! + +—Calle, calle —dice Arturo, arrastrando a Juan Sánchez—. Venga conmigo. + +—Me han robado mi personalidad. + +—Pues preséntese a la Policía a que se la restituyan. + +—No me creerán. Me tienen por muy honrado, por incapaz. Son estúpidos. +Tendría que probarlo de tal modo que demostraría, según ellos, todo lo +contrario. Me tendrían por loco. ¡Qué estafa! + +—Déjelo ya. Ellos lo averiguarán en el sumario. Aún puede usted +disfrutar de alguna cosa. También hay cómplices geniales. Usted será el +cómplice genial. + +—La última ocasión... ¿La última? + +—¿Qué? + +Juan Sánchez se queda pensativo. De súbito, una luz cárdena en los ojos. + +—-No. ¡No es la última! —añade con voz ronca—. ¡Me queda otra! ¡Otra! + +—¿Cuál? Me asusta. + +—¡Desaparecer bruscamente del mundo! + +—¡Bah! + +Arturo le deja hablar, con la esperanza de verlo tranquilizarse. +Juan Sánchez le arrastra a un café. Pide papel de cartas. Comienza a +escribir. + +—Una para el juez. Otra para Matilde. + +—Bien, bien. Escriba todo lo que quiera. + +Por la mesas del café, los clientes se van repitiendo las información +de la gran estafa. Se oyen risas de los no perjudicados. Blasfemias +de los demás y vivaces comentarios de todos. Anochece. El retrato de +Alfredo será contemplado en todas las sobremesas por millares de ojos +indignados o curiosos. De pronto, toda la ciudad gira en torno de una +fisonomía vulgar, subrayada por un frío cinismo. + +—Se ve que es un truhan. + +—Pero con talento. + +—Claro, para dar esos golpes... + +Una muchacha contempla el retrato embelesada. Fragua un amor imposible. +Una huida, un rapto recíproco. + +Una madre lo muestra a sus hijos. + +—Ahí lo tenéis. En la cárcel. ¡Por criminal! + +Va creciendo precipitadamente la popularidad de Alfredo. Los mismos +guardias de la Comisaría le contemplan con una mezcla de respeto y +asombro. + + + * * * + + +Juan Sánchez termina sus dos cartas. Una larguísima, para Matilde. Otra +breve, para el juez. Sale del café, seguido de Arturo, y se dirige a un +buzón. + +—¡No! Traiga esas cartas. + +Es imposible evitarlo. Las cartas se deslizaron ya por la garganta del +monstruo de piedra. + +—No importa; yo iré a rectificar inmediatamente. Con usted. + +—Yo me voy a aprovechar mi última ocasión. ¡Adiós, Arturo! + +—No le dejo. + +Arturo piensa ya en reclamar el auxilio de un guardia, pero se detiene +al ver algo más reposado a Juan Sánchez, que toma el camino del arrabal. + +—Vamos un rato al pretil. + +—Preferiría ir un rato a casa —responde Arturo. + +—Bien, luego. + +En el pretil, Juan Sánchez adopta un tono solemne y dice: + +—Adiós, Arturo. Vele por Matilde. Sé que no le es indiferente. Ahí le +queda, con todos sus amigos. Distribúyansela equitativamente, puesto +que ella aspira a un perfecto equilibrio de valores humanos. Busca a +cierto hombre integral, que yo no pude llegar a ser. Como no lo halló, +va buscando las características de su hombre-tipo entre una porción +de ciudadanos. Del hombre que anhela poseer, tiene usted una porción +muy aceptable. En usted ama el cerebro. No le importe el que luego +complete su tipo ideal con órganos tomados de otros cuerpos. Matilde +es resignada, y comprende que poseer una síntesis humana es aspirar a +demasiado. Resígnese también usted, Arturo. Yo no pude serlo, y, por +eso, me suicido. ¡Vele usted por Matilde! ¡Velen ustedes por Matilde! + +—¡Ea! ¡Basta de bromas! + +—Mi vida no puede continuar. Mañana iría a una cárcel... Lo corriente. +Este momento supremo que me acaba de robar Alfredo, nunca podrá ya +reproducirse. Siempre seré el comparsa, el cómplice. ¡No! + +—Huya. Sale un tren dentro de quince minutos. Ahí tiene usted la +estación... Invéntese usted un tipo de gran criminal fugitivo. +Fórjese usted un antifaz de ente original, ya que no supo destacar +su originalidad verdadera. Paséela usted por lugares apartados, +donde nadie vaya a arañar la costra de farsa que a usted le encubra. +Ahí tiene la estación. Aún es tiempo. ¡Huya! ¡Sea usted un falso +personaje, puesto que de nada le sirve el verdadero! + +—¿Y mi firma, y mi rúbrica? + +—Eso no es nada. Solo la verán las mujeres. Diga que se trata del +nombre del mejor amigo. La firma y la rúbrica no son nada. Nuestra +firma y rúbrica la vamos dejando nosotros en el pecho de los demás, +en la medida en que influimos en su vida. Nuestra personalidad está +repartida entre todos los pechos que nos aman o nos odian. Nada +llevamos con nosotros; son los demás quienes fabricaron y guardan +nuestra personalidad. En el punto en que los amores o los odios de +todos coincidan; en el punto en que el pensamiento de todos acerca de +nosotros coincida, en ese punto de cruce está nuestro verdadero ser, +nuestra verdadera personalidad. Nosotros solo hacemos ir desmintiéndola +por todas partes, con nuestras vacilaciones, con nuestras fragilidades, +con nuestro incauto exceso de ambición. ¡Váyase al extranjero, Juan +Sánchez, y repártase allí entre muchos hombres inteligentes que son +los únicos que pueden forjar una personalidad! ¡Constrúyase un antifaz +discreto! ¡Adiós! + +—Quizá... Claro... + +—Se le ofrecerán nuevas posibilidades. No renuncie a ser plenamente lo +que aún puede ser. ¡Huya! + +Arturo extiende trágicamente la mano, contagiado por este momento de +solemne folletín. Abajo, el Ebro subraya con su magistral zumbido el +canto llano de la escena. Juan Sánchez va y viene a lo largo del pretil. + +—No pierda tiempo. + +El Ebro invita a prolongar la gran disquisición. A veces hay en el agua +irónicos siseos. Juan Sánchez mira hacia el fondo, se inclina... Se le +cae al agua el sombrero, y Juan Sánchez intenta lanzarse tras él. + +—¡No, no! ¡La huida! + +Arturo repite su patético ademán. + +Juan Sánchez se arranca de la barandilla y, al fin, decide seguir +viviendo. Echa a andar hacia la estación del ferrocarril. + +A los pocos pasos, se detiene, se vuelve a Arturo, en medio de la +avenida. Van a despedirse definitivamente. + +Los dos están conmovidos. En el instante hay un hueco para un +latiguillo escénico. Juan Sánchez se dispone a llenar el hueco. + +—¡Adiós, amigo mío! + +—¡Adiós! + +—Vele usted por Ma... + +Un camión que surge de improviso de un recodo, que brota +precipitadamente de las sombras —abrumador, fatal— rebana el solemne +latiguillo. En un segundo, con un frío, con un desdeñoso ademán, +elimina de la tierra la firma y rúbrica y problema de Juan Sánchez. + +Como una goma de borrar. + + + + + Epílogo + + +El hombre de galones de plata se infla hasta convertirse en un globo +que todos los clientes del Banco Agrícola se apresuran a desinflar, +apretándolo, apretándolo hasta reducirlo a las estrictas dimensiones de +un conserje. Siguen girando, sumergidos en los cangilones de la puerta, +campesinos azorados. Uno de ellos se dispara contra el hombre del +pisapapeles, preguntándole angustiado: + +—¿Suspenden pagos? ¡Hablan de un robo, de suspensión de pagos! ¡De +suspensión de pagos! + +El hombre desinflado resopla, muge, estruja al campesino, enfila +hacia su cara las puntas aceradas del bigote, le arrastra hacia una +ventanilla, le hunde la cabeza en un golfo de guarismos que le sofocan, +le dejan sin aliento, le asesinan. Insinúa, intenta rogar, tímidamente, +que le dejen ver su dinero, que se lo dejen acariciar un minuto para +cerciorarse de que continúa allí, a salvo de estafas; la súplica se +le enrolla en la garganta, se anuda a su lengua, le hace enmudecer, +arrancar de allí la cabeza despavorida, huir, siempre seguido de cerca +por la puntas aceradas del bigote, penetrar de nuevo en el cangilón, +volver a aparecer ante el globo estrujado, desaparecer al fin, +escamoteado por los diedros de cristal. + +Junio, al terminar sus días, va restando opacidad a los trajes +femeninos y añadiendo jugosidad a la piel, que descubre por etapas +discretas. Desnuda brazos, entorna —coquetón— escotes. Hoy es el +primer día en que podemos ya contar el número de sostenes que hacen +posible en la mujer una prudente estabilización de las más aventuradas +transparencias; en que podemos, color a color, seguir la ruta fugaz de +un desnudo. La piel va perdiendo sus misterios y el equipo va ganando +agilidad. Algunos abanicos imprimen al aire velocidades frenéticas, +empujándolo hacia cada ventanilla donde remece esos largos papeles +—cheques, letras, facturas— por donde pasan en filas cerradas los +números, en su marcha interminable hacia los grandes libros, estaciones +de reposo. El empleado huraño contiene bruscamente un cheque que se +lanzó a bailar, azuzado por el viento, lo aplasta con un lingote de +hierro, sigue contando monedas. + +El verano es buen cliente de la casa. Para recibirlo han bruñido los +bronces y cambiado el papel verde de todos los secafirmas. Han abierto +unas hojas del techo de cristales, y ya desde la rotonda es posible +mirar directamente las nubes. Han destruido la armonía clásica de la +techumbre por dar paso a la aventura. Solo a trechos se descompone ya +la luz. Aquella luz de ámbar que se filtraba por las gavillas de Ceres +ha dejado pasar un chorro discreto de luz impura, es decir, blanca. +Quedan esos menudos grifos de luz simplificada que van ganando en +sencillez cuanto pierden en claridad, hasta llegar al violeta, luz +penosa e inservible para el uso común, de tan pura. + +Arturo se reserva un hilo naranja que se le anuda a la corbata y le +cosquillea la nariz; vuelve a leer su número en el papelito rojo y se +dispone a llenar los minutos de su espera con un tropel de imágenes +advenedizas que está oyendo cuchichear impacientes, nerviosas, al otro +lado del muro: valquirias febriles que sueñan con galopar a su capricho +por la memoria de Arturo. Acuden de cerca y de lejos, de la infancia +y de la juventud, de las tardes en que el amor se despereza, de las +noches en que el amor se agota, se desmorona, se queda convertido en +un aburrido gesto. Hembras ubicuas, jánicas; rostros que se barajan, +que se ceden los rasgos, el color de la boca, la falsedad de sus perlas +y de sus risas, los modos nuevos de fascinar. Rebeca, el moribundo +amor que cambia de nombre al renovar sus encantos; Matilde, el +doliente fantasma —un poco de crespón negro sobre una carne apretada, +de inquietud hoy sin brújula—, irrumpe como siempre en el tropel, +arrollándolo todo con su cínica desenvoltura. Regresa a sus paisajes +del sur, a recomenzar su vida entre rejas prendidas de claveles, en el +patio oloroso a menta donde se reveló al hombre firmado y rubricado, +una tarde en que recorrían juntos cierto muestrario de sedas —Hijos de +Jaime González y Compañía—. Corre ahora el expreso por tierras planas, +sin un frunce, en que algún árbol se suicida, torturado por su inútil +soledad, o se refugia en una interminable huida, cuando no tiene la +fortuna de tropezar, a orillas de un arroyo, con algún meditabundo +camarada. Matilde se asoma al paisaje esquemático, que ella va +poblando de espectros, destocada la frente, donde su historia podría +ser escrita en cuatro renglones, sencillamente: infancia juguetona, +adolescencia febril, juventud esperanzada, madurez prematura a fuerza +de tedios junto al hombre del muestrario. Y un deseo frenético de +poseer el hombre definitivo, inencontrable. Alguien penetra en el +vagón, y ella vuelve a su butaca y a su libro, sin levantar los ojos, +sin saber que frente a ella está Arturo, en el mismo diván del Banco +Agrícola, que le mira en silencio a los ojos, húmedos ojos por donde +estos días cruzó una borrasca de llanto. Quizá no lo conozca ya, +como si sobre ese rostro hallado al azar entre unos volúmenes sin +fortuna hubiese ido cayendo el polvillo de dos centurias. Aunque se +viesen, nada tendrían que decirse. Entre ellos no ha pasado nada. Ni +un rival, ni un problema, ni una mujer, ni un hombre. Un día hallaron +en sí mismos un hueco que acertaron a llenar de alegres vibraciones, +de sonoros besos, de dulces contactos. La vida de cada uno se metió +efímeramente en la del otro. El azar dejó caer entre ellos un imán, +y ellos giraban en torno a él, hasta que el imán se convirtió en un +lingote más de hierro, sin polarización alguna. El empleado huraño lo +coloca sobre los cheques que amenazan siempre con alzar el vuelo. Saca +de la maleta un libro y se dispone también a leer, sin preocuparse de +Arturo ni de Rebeca. Ha entrado no se sabe por dónde. Lleva una boina +y un traje oscuro. Su boca no habrá sonreído nunca, porque alrededor +de esos labios nadie podría ver ni el surco más tenue de una arruga. +Y el libro será algún horrendo folletín donde los nudos sentimentales +solo pueden romperse a trabucazos. Otra vez vuelve a asomarse Rebeca +a contemplar la huida del único árbol del paisaje, mientras Arturo +prefiere salir al pasillo a contemplar el paisaje opuesto, donde se +extiende en filas bien ordenadas un ejército de muchachas al mando +del conde de Monte Azul, que señala con un puntero las piernas de +la quinta, a partir de la izquierda del actor. Las muchachas mueven +sus piernas a compás; avanzan rítmicamente, acribilladas por dardos +invisibles que van dejando en ellas huecos. La quinta de la izquierda +desaparece en un torbellino de carcajadas, y en su lugar, enlazado a +las muchachas, aparece el hombre firmado y rubricado, hundiendo sus +ojos tristísimos en el público que se asoma a lo largo del pasillo del +vagón. Pero de pronto una raquítica alameda se engulle una a una las +señoritas del coro y se precipita a lo largo a lavarse los pies en una +acequia. El revisor le da a Arturo con el codo. + +—¿Me hace el favor? + +Van a llamarle a Caja. Le piden su número, pero Arturo rechaza otra +vez al revisor. Ha perdido el billete. Lo busca por los bolsillos. +Como el empleado insiste, Arturo le ofrece un cigarrillo, diciendo +familiarmente: + +—He perdido el kilométrico. + +—Claro, claro —contesta el revisor—. Este Banco siempre a paso de buey. + +Arturo se arrepiente de haber abandonado a la viajera, sola en el +departamento, y se apresura a volver a su butaca, frente al hombre del +folletín, que en el momento de asomar Arturo se arroja sobre Rebeca, +la oprime entre sus brazos de jayán, la besa golosamente. Es robusto, +es agreste, es Alfredo, Alfredo, que ha huido de la cárcel; habrán +tramado juntos la fuga, y ahora miran a Arturo estúpidamente, sin +conocerlo. El revisor vuelve a pedirle el billete. Rebeca, Alfredo y el +hombre de los galones de plata le dicen a coro: + +—Venga a la ventanilla. Le ha llegado el turno. + +Arturo mira por la ventanilla, completamente solo, dentro de una cabina +gris que se detiene frente a una estación donde tres mujerucas abrazan +a Rebeca, y un mozuelo se la bebe con los ojos embobados. La zarandean, +la quebrantan, le sorben el color a besos. Su crespón negro se lo lleva +el aire y lo deja colgado en una rama de chopo. Su combinación, sus +zapatos, sus medias, su pulsera, todo se lo reparten las mujerucas, el +mozuelo. La dejan desnuda, trémula, en medio del andén. + +—¡Desnuda vuelves a los brazos de tu madre! ¡Pobre hija mía! —dice la +más anciana—. ¡Desnuda, pero con toda la honra del mundo! + +Y vuelven a abrazar todos a Rebeca, y siguen repartiéndose el equipaje. + +—¡Desnuda salí también de aquí, madre! No debemos quejamos. + +Y entre plañidos la van empujando hacia el rebaño de casas agrupadas +alrededor de una torre. Arturo quiere apuntar la escena en un papel y +saca uno del bolsillo, un papel ya escrito, la carta de Rebeca: + +«...me muero de fastidio; llévame, porque me muero. Estoy desesperada +entre estos majagranzas que me acosan, me manchan con sus ojos, con sus +piropos soeces. Cuando llegué me recibieron como a un despojo. ¡Como +apenas me quedó dinero...! Sobre lo poco que traje se arrojaron como +buitres, los míos...». Se van alejando. La desnudez de Rebeca apenas es +ya una manchita blanca entre los burdos trajes negros de las mujerucas. +El mozuelo sigue engulléndosela con los ojos. El tren comienza a +trepidar. Un túnel se lo traga todo: Rebeca desnuda, las mujerucas, +el mozuelo, las casas en racimo. Arturo se hunde en un lago de tinta, +bracea desesperadamente, mientras el empleado huraño golpea su mesa con +el pisapapeles. + +—¡El número 142! ¿Quién tiene el 142? + +—¿Quién tiene el 142? —repite broncamente el hombre desinflado, +dirigiéndose hacia los cuatro puntos cardinales. + +Arturo mira asombrado su billete de ferrocarril. ¡El 142! Va saliendo +del túnel. Se acerca a la ventanilla bajo las miradas furibundas del +revisor. En el camino aún le detiene el espectáculo de un viajero que +intenta en vano explicar su personalidad. + +—Esta no es la misma firma. + +—Es la misma, de hace cinco años. + +—Dos testigos. Traiga dos testigos. + +—¡Soy yo mismo! + +—¡Otra firma que responda! + +Por fin Arturo se arranca del conflicto y se dirige al huraño cajero +del pisapapeles que le recibe encolerizado. + +—Pero ¿no oía usted que le llamaban? ¿En qué estaba pensado? + +—En nada. + + + + + ESTE LIBRO + SE ACABÓ + DE IMPRIMIR + EN LA + IMPRENTA ARGIS + EL 25 + DE OCTUBRE + DE 1929 + + + + + Índice + + + Presentación de Ortega y Gasset 7 + + Prólogo 9 + + 1. El Banco Agrícola 15 + + 2. Campo magnético 29 + + 3. Amor disperso 49 + + 4. Punto muerto y evasión 63 + + 5. Noche de placer 81 + + 6. Viraje 101 + + 7. Auto, bodegon y celos 133 + + 8. Las dos muchedumbres 155 + + 9. Anécdota 185 + + 10. El robo 213 + + Epílogo 227 + +*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 78630 *** diff --git a/78630-h/78630-h.htm b/78630-h/78630-h.htm new file mode 100644 index 0000000..57c8e7d --- /dev/null +++ b/78630-h/78630-h.htm @@ -0,0 +1,5154 @@ +<!DOCTYPE html> +<html lang="es"> +<head> + <meta charset="UTF-8"> + <meta name="viewport" content="width=device-width, initial-scale=1"> + <meta name="format-detection" content="telephone=no,date=no,address=no,email=no,url=no"> + <title> + Locura y muerte de Nadie | Project Gutenberg + </title> + <link rel="icon" href="images/cover.jpg" type="image/x-cover"> + <style> + +.formato { margin: 0 auto; width: 26em; max-width: 26em; font-size: 125%; } +.x-ebookmaker .formato { width: 100%; max-width: 100%; font-size: medium; } + +p { margin: 0; text-align: justify; text-indent: 1.25em; line-height: 150%; } +.x-ebookmaker p { line-height: normal; } + +h1, h2 { + text-align: center; font-weight: normal; clear: both; +} +h1.faux { margin: 0; font-size: xx-small; 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height: auto;" + src="images/cover.jpg" + alt="Cubierta del libro"> + </div> +</div> + + +<div class="tit"> + <hr class="chap"> + <p><span class="pagenum" id="Page_3">p. 3</span></p> + <p class="fs130 g0 ws1 mt05">Locura y muerte de Nadie</p> + <hr class="chap"> +</div> + + +<div class="chapter pt3" id="Obras"> + <p><span class="pagenum" id="Page_4">p. 4</span></p> + <h2 class="nobreak g1 ws1">OBRAS DEL AUTOR</h2> + <hr class="tir"> +</div> + + +<p class="centra ws1">REVISTA DE OCCIDENTE</p> + +<p><i>El Profesor inútil.</i> («Nova Novorum».)</p> + +<p><i>El cantar de Roldán.</i> Traducción. («Musas Lejanas».)</p> + +<p><i>Vida de San Alejo.</i> (Núm. LXV de la «Revista».)</p> + +<p><i>Paula y Paulita.</i> Novela.</p> + +<p><i>Viviana y Merlín.</i> (Núm. LXXII de la «Revista».)</p> + + +<p class="centra ws1 mt1">EDICIONES ORIENTE</p> + +<p><i>Locura y muerte de Nadie.</i> Novela.</p> + + +<p class="centra ws1 mt1">ESPASA-CALPE</p> + +<p><i>Sor Patrocinio.</i> Biografía.</p> + +<p><i>Zumalacarregui.</i> Biografía. (En prensa.)</p> + +<p><i>Teoría del Zumbel.</i> Novela. (En breve.)</p> + + +<p class="centra ws1 mt1">LA LECTURA</p> + +<p><i>Ejercicios.</i> («Cuadernos Literarios».)</p> + + +<p class="centra ws1 mt1">LA GACETA LITERARIA</p> + +<p><i>Salón de Estío.</i> (Andrómeda, Circe, Folletín, Película.)</p> + + +<p class="centra ws1 mt1">HISTORIA NUEVA</p> + +<p><i>El convidado de papel.</i> Novela.</p> + +<p><i>Amor bajo tres lunas.</i> Novela. (En preparación.)</p> + + +<p class="centra ws1 mt1">C. I. A. P.</p> + +<p><i>Pauta y Arabesco.</i> Ensayos breves. (En preparación.)</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="tit"> + <p><span class="pagenum" id="Page_5">p. 5</span></p> + <p class="fs120 g2 ws2">BENJAMÍN JARNÉS</p> + <hr class="sep0"> + + <p class="fs175 g0 ws1 mt15">LOCURA Y MUERTE<br> DE NADIE</p> + <p class="smaller g2 mt1">NOVELA</p> + <p class="smaller ital g0 mt15">Primera edición</p> + + <div class="figcenter mt3"> + <img src="images/logo.jpg" + style="width: 2.5em; height: auto;" + alt="Logotipo del editor"> + </div> + + <p class="smaller ital g0 ws1 mt3">EDICIONES ORIENTE</p> + <p class="ital g9">MADRID</p> +</div> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt6"> + <p><span class="pagenum" id="Page_6">p. 6</span></p> + <div class="legal"> + <p class="g3 ws1">ES PROPIEDAD</p> + <p class="g1 ws1">Derechos reservados</p> + <p class="g0 ws1">EDICIONES ORIENTE</p> + </div> +</div> + +<p class="pie_imp">Imprenta ARGIS. Tarragona, 22. Teléfono 71843.—Madrid.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch01"> + <p><span class="pagenum" id="Page_7">p. 7</span></p> + + <div class="estrecho smaller"> + + <p class="ital">Con el lirismo penetra en el arte una sustancia + voluble y tornadiza. La intimidad del hombre varía a lo largo de los + siglos; el vértice de su sentimentalidad gravita unas veces hacia + oriente y otras hacia poniente. Hay tiempos jocundos y tiempos de + amargor. Todo depende de que el balance que hace el hombre de su + propio valer le parezca, en definitiva, favorable o adverso.</p> + + <p class="ital">...La poesía y todo arte versa sobre lo humano y solo + sobre lo humano. El paisaje que se pinta se pinta siempre como un + escenario para el hombre. Siendo esto así, no podía menos de seguirse + que todas las formas del arte toman su origen de la variación en las + interpretaciones del hombre por el hombre. Dime lo que del hombre + sientes y decirte he qué arte cultivas.</p> + + <p class="ital">...Por eso la literatura genuina de un tiempo es una + confesión general de la intimidad humana entonces.</p> + + <p class="firma sc">José Ortega y Gasset.</p> + + </div> +</div> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch02"> + <p><span class="pagenum" id="Page_9">p. 9</span></p> + <h2 class="nobreak g1">Prólogo</h2> +</div> + +<div class="ital"> + +<p><span class="pagenum" id="Page_11">p. 11</span>A fuerza de +tropezarme con Juan Sánchez he llegado a intimar con él, a quererle; +por eso escribo hoy su historia. Me gusta contarla porque en ella +apenas hay conflictos, aparte del viejo conflicto de todo héroe que +aparece en este mundo: el de su propia aparición.</p> + +<p>Porque, de pronto, cuando las aventuras de la carne se van +arrinconando —fatigadas— entre los biombos de la frivolidad, se van +extinguiendo sobre los almohadones del hastío, y la misma Salomé no +provoca vibración simpática ninguna de no acercarse a los espectadores +precedida de un costoso y desnudo «conjunto»; cuando la castidad y +la lujuria, como la suavidad y la cólera —meros productos de una +concurrencia de humores— apenas logran ya conmover a las gentes; cuando +todo, en el teatro y en la novela, vacila o cae, se levantan de lo más +profundo los antiguos signos de interrogación.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_12">p. 12</span></p> + +<p>La virtud y el vicio, el bien y el mal, fueron perdiendo sus +confines; pero cada vez se acusa con más brío el problema gigante.</p> + +<p>A su lado todos los demás son menudos anecdotarios, rudimentos +vitales, que saltan —inofensivos, ingenuos— luciendo sus escamas, sus +tornasoles alrededor del buque, mientras el pulpo, el pulpo voraz, +incansable, persigue, acosa, avizora, buscando a quién devorar. Todo +lo demás divierte..., cuando divierte. Solo el gran pulpo estremece, +alucina, mata.</p> + +<p>Juan Sánchez se pasa la vida tentándose el espíritu, de miedo a irlo +perdiendo entre las garras de su enorme inquietud. Pero no se aparta de +la barandilla. Su vida es una sucesión de escenas junto al verdugo. El +espectáculo de su vida es, pues, sombrío, abrumador.</p> + +<p>Si yo lo acertase a describir, si yo llegase a inyectar en los +nervios de las gentes un poco de ese pánico, todo en torno mío quedaría +crispado, convulso.</p> + +<p>Yo he sentido ese miedo, me he sentido desfallecido, aniquilado. +Pero he preferido siempre no asustar a los demás. Tampoco hoy quisiera +<span class="pagenum" id="Page_13">p. 13</span>asustar a mis buenos +amigos. ¿Haré que el gran pulpo desaparezca entre las ágiles escamas, +entre los vivaces tornasoles? ¿No correré el albur de que —como otras +veces— el aturdido transeúnte solo vea sobre la superficie del agua +esos racimos revoltosos de cohetes?</p> + +<p>Prefiero seguir encendiéndolos a rasgar el vientre al agua y dejar +que asome el gran pulpo. Al fin, es muy penoso, es muy duro invitar al +transeúnte a que medite unas horas con su propia calavera entre las +manos.</p> + +</div> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch1"> + <p><span class="pagenum" id="Page_15">p. 15</span></p> + <h2 class="nobreak g0" title="1. El Banco Agrícola"> + <span class="fs165">1</span><br>El Banco Agrícola</h2> +</div> + +<p><span class="pagenum" id="Page_17">p. 17</span>Los cangilones +de la puerta se van vaciando rítmicamente en el vestíbulo. Un +campesino, absorto al ver que entre la calle y el zaguán gira +una estrella en vez de un plano, se agarra tan fuertemente a +una de las puntas, que en lugar de un semicírculo describe dos +circunvoluciones.</p> + +<p>En el reloj, las doce. En el termómetro, los cien grados. Está ya +henchida la enorme caldera de mármol y cristal. Explotan las burbujas +disparando cifras:</p> + +<p>—¡El 331!</p> + +<p>—¡El 332!</p> + +<p>Hiende la rotonda un redondo volumen galoneado de plata —el gran +cero inquieto, andarín perenne del Banco— que remueve la caldera y +acentúa la presión.</p> + +<p>Hoy en el Banco Agrícola de Augusta todas las cuentas corrientes, +cansadas de dormitar a la sombra de los panzudos libros, están +ensayando un cambio de postura. Se escucha el sordo roce de largas +serpientes de sumandos que <span class="pagenum" id="Page_18">p. +18</span>reptan por los atriles. Por una ventanilla le sonríen a Arturo +las cuatro filas de dientes de una «Remington».</p> + +<p>Quince troneras, quince ventosas se precipitan a sorber los +ahorros del campesino, las carteras voluminosas de los clientes. +Las ventanillas son otros tantos confesionarios en donde absuelven +gravemente del terrible pecado del miedo. Se ve salir a los penitentes +en estado de gracia mercantil, con un crédito más a los ojos +inapelables del Consejo de Administración.</p> + +<p>Las ventanillas son también diminutos escenarios por donde asoma la +cabeza un hábil prestidigitador. Monedas, billetes, papelitos rojos, +papelitos azules, van, vienen, se desparraman, se enlazan, desaparecen, +se apiñan. El gran juego del tanto por ciento esparce sobre el tapete +la baraja entera.</p> + +<p>—¡El 333!</p> + +<p>—¡El 334!</p> + +<p>—¡El 335!</p> + +<p>—¡El 336!</p> + +<p>Una danza epiléptica de cifras en torno a los dioses de este +infierno; melocotón, uva, maíz, <span class="pagenum" id="Page_19">p. +19</span>centeno, remolacha, aceituna. Sagrados nombres de dioses, +invocados en el torbellino, subrayados por los monótonos cuchicheos de +las «Underwood», de las «Smith». De pronto surge el Zeus Tonante de la +mitología bancaria: el trigo.</p> + +<p>—A 57.</p> + +<p>—No hay ofertas.</p> + +<p>—¡El alza!</p> + +<p>—Mañana, a 58.</p> + +<p>—O a 58,50.</p> + +<p>—Se está comprando muy de prisa.</p> + +<p>Arturo asiste a la solemne ascensión del dios. Se remonta altanero, +majestuoso, sobre la conmovida multitud. Una gavilla se yergue —como en +las eras de Canaán— y recibe el homenaje de once gavillas subordinadas. +Hacen corro otras más humildes: de cebada, de alfalfa. Arturo ve +ascender el dios agrícola, mecerse en el aire, esconderse en las +nubes.</p> + +<p>Queda flotando en el aire una espiga. Una espiga enorme de trigo +candeal, crujiente grumo de oro que amenaza desgranarse sobre la frente +de Arturo, medio dormido. Enjambre vivo que defiende una guardia +de finas lanzas amarillas, <span class="pagenum" id="Page_20">p. +20</span>ceñidas en hostiles escalones. Cada grano destaca su +centinela, en orden perfecto de batalla.</p> + +<p>Arturo ve iniciarse en la espiga un tránsito del símbolo a la +geometría. Ve fracasar en ella toda muelle sensualidad. Fruto para goce +de los ojos, huraño al tacto, casi mineral, enjuto, soberbio de sus +delgadas cápsulas, donde se esconde el alimento de los hombres y la +sustancia de los dioses.</p> + +<p>Confín de los sentidos. Detrás del racimo dorado se extiende la +región de lo esquemático, la región innumerable de las místicas +metáforas, hoy la lenta caravana de los números. Por él ondulan las +largas columnas de cifras en las falsillas de los libros mayores.</p> + +<p>Trigo soberano, cuentas amarillas de un precioso collar, apiñadas +en lo sumo de una caña delgada, donde pueden tañerse bellos himnos +rurales. Caña sonora que opone su tañido jocundo a la oquedad ética de +las altas cañas pensantes que se miran vanidosas en el río fiel.</p> + +<p>Hiende el aire la espiga como un hosco insecto aprisionado en +los mismos umbrales de las <span class="pagenum" id="Page_21">p. +21</span>formas puras. Rubio dios de los campos, convertido en mero +nombre por estas gentes codiciosas que, sin saberlo, sin poderlo ver +en toda su grandeza, lo acogen, lo desechan, lo almacenan, lo arrojan, +según la veleidad de un tablero de precios.</p> + +<p>—¡El 344!</p> + +<p>Se dispersa el cortejo de lanzas. La espiga da un estallido y se +derraman los granos de oro. Pasa el número 344, una espléndida Dánae, +que con un cheque en la mano va a cobrarse alguna transitoria cesión de +su belleza. La lluvia de oro desciende sobre el número 344, corre a lo +largo de sus opulentos flancos...</p> + +<p>Dánae abate, al fin, la cabeza. La sumerge en el otro mundo, en el +mundo de los números y las máquinas. Va a ser guillotinada. La preciosa +cabeza de ámbar se estremece, se desmelena; las manos de Dánae se +crispan, arañan un bolso de piel, extraen un poco de encaje... ¡La +cuchilla va a caer! Arturo sofoca un grito.</p> + +<p>Y se incorpora bruscamente. Ha creído ver unas manchas rojas entre +el amarillo ¿de las espigas, de los bucles? Las manchas rojas se +desvanecen. <span class="pagenum" id="Page_22">p. 22</span>Arturo se +frota los ojos. La cuchilla no cae. La boca, pintada; las mejillas, +pintadas desaforadamente... Dánae cierra con un chillido metálico su +bolso y se va.</p> + +<p>La guillotina, ¿no funciona? Forcejean desde dentro, tiemblan un +poco las cabezas en la platina. Al fin, nada: un cambio de papelitos +rojos, de papelitos morados.</p> + +<p>—¡El 345!</p> + + +<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div> + + +<p>Un codazo del hombre de la izquierda.</p> + +<p>Arturo sale de su semivigilia. En su papelito rojo está marcado +el número 352. El 345 deja libre un asiento que Arturo se apresura +a ocupar. Incrustado entre un caballero gris y una lozana campesina +que recuerda a Gabriel y Galán, se dispone a pasar de masa oscilante +al menor vaivén, donde se reflejan todas las presiones, a cuerpo en +perfecto equilibrio, inamovible.</p> + +<p>El caballero gris se impacienta, le roza un pie, se disculpa:</p> + +<p>—Perdone.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_23">p. 23</span></p> + +<p>Surge el diálogo nutrido de protestas contra la lentitud del Banco. +El mismo diálogo, entablado, como todos los días, con un número de +orden.</p> + +<p>El desconocido remira su papelito rojo, como el desconocido de ayer. +El 351 es el antecesor de Arturo. Así Arturo puede declinar —como +siempre— su temor de perder turno: basta seguir los pasos del hombre +desconocido. Le liga a él una relación aritmética a que debe obedecer +ciegamente, y esta servidumbre —como todas— le extirpa un ojo sobrante, +le borra un campo inútil de atención.</p> + +<p>Ya puede invertir su tiempo en contemplar el vaivén de los +números que se apiñan en la rotonda. Pocos lugares como un Banco +para realizar estudios sobre la vulgaridad. Es aquí muy remoto el +peligro de tropezarse con un genio. Y una escrupulosa vigilancia +elimina de los clientes lo que pudiera ser considerado como turba. La +criba solo deja pasar seres intermedios, normales, caras y cuerpos +de desesperante equilibrio. Un mismo maniquí ha servido para treinta +<span class="pagenum" id="Page_24">p. 24</span>gabanes; igual módulo +para cien fisonomías; idéntico manual para todos los saludos.</p> + +<p>En vano las implacables ventosas pretenden acentuar el perfil de +algún rostro. La misma emoción ante las subidas de Bolsa. La alegría +ante un alza de precios es de tipo común. Un mismo coletazo de la larga +serpiente de cifras produce en cien bocas el mismo gesto de acritud.</p> + +<p>En vano la luz de las altas vidrieras pretende subrayar en las +facciones algún gesto inusitado. Solo consigue éxitos efímeros, +banales. Sobre tal mejilla color de langostino, se desliza un rayo +verde que, por un momento, trueca en biliosa la faz placentera de un +comisionista. Un rostro enflaquecido, color garbanzo, se empapa en un +chorro granate, trocándose de esquizoide en sensual.</p> + +<p>La luz de los cristales se divierte infantilmente en ir cambiando +uno por uno los temperamentos de los clientes.</p> + +<p>—¡El 348!</p> + +<p>—¡El 349!</p> + +<p>Va bajando el termómetro. Estallan en la <span class="pagenum" +id="Page_25">p. 25</span>tina las últimas burbujas. Se apaga, al +fin, el hervor. El hombre de galones da plata ya no se perfila para +atravesar de canto la sala; camina de frente, sin miedo a chocar con +alguna huraña cuenta corriente.</p> + +<p>En alguno de los diminutos proscenios se producen ya entreactos: el +telón no desciende, pero el héroe suspende sus escamoteos de billetes, +deja ver, perfectamente enmarcada, una angulosa faz inmóvil, que +lentamente se va convirtiendo en el retrato de sí mismo.</p> + +<p>Los cuatro policías de la sala, obligados antes a multiplicar por +cuatro su atención sobre la homogénea muchedumbre, pueden ya deshacer +la operación y seguir su faena con la visión normal.</p> + +<p>Las haces policromadas que llovían de las altas vidrieras no +encuentran ya a su paso frentes y mejillas resignadas a tan frívolo +bautismo de verbena; se deslizan por bustos, por caderas, por grupas +descuidados; en enroscan en tobillos, resbalan por zapatos, se pierden +definitivamente en las baldosas.</p> + +<p>Pero, en su tránsito, fueron dibujando ingeniosos <span +class="pagenum" id="Page_26">p. 26</span>bocetos. Los perfiles de los +clientes pueden afirmar su escasa originalidad plástica, en plena +holgura. La atención tiene zonas más confinadas y, al apretarse, +comienzan a surgir escorzos, algunos originales. Tal brazo desnudo, +oprimido antes por el torso de un enorme almacenista de alfalfa, +recobra su gracioso ademán. Unos senos se yerguen, sin temor a ser +punzados por el codo de un tendero enjuto. Todo recobra el sobrante de +espacio necesario para crearse una atmósfera personal.</p> + +<p>—¡El 350!</p> + +<p>—¡El 351!</p> + +<p>El caballero gris se levanta y llega a la ventanilla, donde unos +ojos implacables le recorren de arriba a abajo. Arturo le sigue. El +desconocido alarga su papelito rojo y una mugrienta cédula personal. +Manotea nerviosamente, replica al empleado, protesta, infla la +voz. El empleado exige el cumplimiento de un rito. Quiere firmas, +créditos, certidumbres, evidencias. Pretende que el desconocido deje +de serlo, que un número cualquiera logre rápidamente, en la batería +del diminuto proscenio, un carácter definitivo <span class="pagenum" +id="Page_27">p. 27</span>de personalidad. Pretende que aquel hombre +destacado de la multitud, que viste análogo terno y canta el mismo +cuplé de todos los demás, adquiera de pronto facciones de héroe.</p> + +<p>La contienda termina dramáticamente. El caballero se abre el pecho +y lo muestra desnudo al empleado. Gesto patricio de los héroes que +imploraban en el ruedo, ante los césares, piedad para un vencido. A +cuenta de una individualidad reconocida, pedían el olvido para un ente +borroso...</p> + +<p>Sorpresa, explosión de risas. El empleado alarga unos billetes. El +hombre desconocido se abrocha precipitadamente y sale del Banco.</p> + +<p>Arturo consigue una pronta evasión, y corre en busca del +desconocido. Lo encuentra en una esquina, le pregunta:</p> + +<p>—¿Cobró usted, por fin?</p> + +<p>—Cobré. Son bobos. Cada día exigen más firmas. Menos mal que yo +llevo la mía... Guardo un documento infalible. Cuando no reconocen mi +firma, me abro el pecho y la muestro grabada en la piel.</p> + +<p>—¿Un tatuaje?</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_28">p. 28</span></p> + +<p>—Sí, voy siempre firmado y rubricado. Soy el notario de mí mismo. A +mí me identifican en seguida. Venga conmigo.</p> + +<p>En un zaguán, el desconocido se desabrocha e invita a Arturo a +contemplar una presumida rúbrica en forma de intestino que sirve de +pedestal a un nombre: Juan Sánchez y Sánchez.</p> + + +<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div> + + +<p>—¡Qué capricho!</p> + +<p>—¡Qué sarcasmo!, querrá usted decir. Porque esto es señal de algo +terrible. Esta escena del Banco Agrícola se repite diariamente en mi +vida. Mi tragedia es abrumadora, tiene muy profunda la raíz. Vea usted +que no se trata de fortuna o desdicha, de obrar bien o mal, de producir +o de evitar algo nefasto. Se trata de algo anterior a mi voluntad, +anterior al destino. Se trata de <i>ser</i>. Fíjese bien: ¡ni siquiera +de existir! ¡De ser! Porque a fuerza de pensar mucho en mí mismo, he +deducido que, aun suponiendo que exista, <i>no soy</i>.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch2"> + <p><span class="pagenum" id="Page_29">p. 29</span></p> + <h2 class="nobreak g0" title="2. Campo magnético"> + <span class="fs165">2</span><br> + Campo magnético</h2> +</div> + +<p><span class="pagenum" id="Page_31">p. 31</span>En la terraza del +bar, ante un <i>cocktail</i> de ginebra, se plantea Juan Sánchez un +viejo problema filosófico: el de la esencia y la existencia.</p> + +<p>Es la hora más banal del día: la hora del aperitivo. Hora de hacer +el resumen de la mañana y de fraguar los proyectos que la tarde irá +desbaratando. El orador insiste en convencer a Arturo de que él, Juan +Sánchez y Sánchez, no es. Entre ese tropel de seres inclasificables, de +ambos sexos, que luchan desde sus banquetas por reproducir exactamente +el contorno exterior de una estrella de moda, Juan Sánchez, el hombre +firmado, de rúbrica en forma de intestino, se revela como un fanático +perseguidor de su propia esencia.</p> + +<p>Es un místico amante de la personalidad. Tiembla ante la idea de +gozar de una forma sustancial colectiva, de un subconsciente solo +colectivo, de un alma común. Intentó crearse un rostro, acentuarse, al +menos, un defecto, estilizarse alguna aberración que pudiera izar como +bandera de un carácter. Nada logró.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_32">p. 32</span></p> + +<p>—He intentado —dice— lo absurdo. Llegué a provocar en mí alguna +enfermedad crónica que modificase, que torciese mi temperamento, que +me lo cambiase de raíz, a ser posible, para intentar buscarme, con el +nuevo, otra fisonomía... Hice experiencias inútiles.</p> + +<p>—Eso es peligroso. Se expone usted a quebrarse el aparato.</p> + +<p>—Es desesperante no tener nada mío. De niño me tomaban siempre por +mi hermano. Y, ahora, el arcediano de Sos tiene mi misma cara. Y un +médico. Anteayer me preguntaron reservadamente, en un zaguán, por el +estado de un cáncer... ¡Si yo pudiese, al menos, no ser nada, pasar +inadvertido! Pero hay algo peor que todo eso: ser otro cualquiera, uno +que casi nunca me gustaría ser.</p> + +<p>No es fácil estrenar todos los días un amigo, y menos un +<i>universal</i>, un hombre-tipo, como Juan Sánchez, que oculta +problemas tan arduos bajo su firma y rúbrica grabadas en la piel. Por +eso Arturo, además del <i>cocktail</i>, saborea golosamente este placer +de convertirse en minero de <span class="pagenum" id="Page_33">p. +33</span>espíritus, de socavar, estrato por estrato, las entrañas de un +nuevo continente.</p> + +<p>Es delicioso estrenar los amigos como quien estrena un gabán, y +reponer a tiempo los usados, antes de lamentar su decadencia. No +importa que la originalidad de muchos se agote al primer día: al menos +en este, todo espíritu nuevo es capaz de ofrecer cierto curioso lote de +gracias imprevistas.</p> + +<p>Arturo está sentado frente a la viva corriente humana, en la terraza +del bar; Juan Sánchez, de espaldas a la calle, frente a Arturo, es +decir, frente a un espejo donde pretende verse en todo su crespo +interior. Representan dos mundos opuestos. Para Juan Sánchez, Arturo +es una placa sensitiva donde va a ser escrupulosamente recogido el +gráfico de una inquietud. Pero en los ojos de Arturo, voluntariamente +dispersos, se quiebran todos los perfiles de la calle. Su cara es como +un lago que se quisiera contemplar en azul reposo, y de pronto comienza +a tiritar bajo la loca lluvia de guijarros de un tropel infantil.</p> + +<p>El día, en plena granazón, abre sus pomposos <span class="pagenum" +id="Page_34">p. 34</span>abanicos de emociones sazonadas, normales: +pavo real de académico civismo, sin audacia cromática alguna.</p> + +<p>Es la hora de acudir al hogar, donde miles de hembras, también +maduras, aguardan la dulce confidencia de un alza de bolsa o de +un ascenso. Todos los caminos que ahora se recorren en la ciudad +son claros y abiertos: el día está en su punto cimero de doméstica +legalidad. Ni la religión —como en las primeras horas— desvía los pasos +del torturado incrédulo hacia algún templo de los suburbios, ni el amor +—como en las horas últimas— desvía los del impetuoso joven hacia la +equívoca intimidad de una mujer.</p> + +<p>Todo en la calle palpita ordenadamente bajo el signo del trabajo. La +disciplina social escalona rigurosamente sus ejércitos, instalándolos +según normas tradicionales: los directores y consejeros se arrellanan +en opulentos coches; los jefes de contabilidad, en averiados taxis; +los sencillos empleados se apretujan en un tranvía; los ordenanzas +van a pie. Apenas se advierten a esta hora las conquistas sociales. +No se toleraría, como al anochecer, que alguna mecanógrafa <span +class="pagenum" id="Page_35">p. 35</span>inquieta y un cajero inmoral +rompiesen ahora tan severa ordenación jerárquica penetrando en un +<i>Hispano</i> a morder el «fruto prohibido».</p> + +<p>Nubes de obreros y burócratas cruzan en todos sentidos la calle. +Han cesado de castañetear las ametralladoras de cifras de todas las +marcas; todas las ventanillas acaban de guillotinar, uno tras otro, los +momentos finales de la jornada.</p> + +<p>El Banco Agrícola vierte sus empleados en la acera, los desparrama +a lo largo de los primeros soportales. Un obeso banquero atraviesa +lentamente la calle, deteniéndose cada tres pasos entre las blasfemias +contenidas de dos infelices subalternos condenados a marcar idéntico +compás de marcha, tan salpicado de insoportables calderones.</p> + +<p>Se producen nudos, interferencias, cruces a veces dolorosos. Algún +pie se alza indignado y aplastado por otro más aturdido, que desconoce +el arte de andar. Se ve que el empleado municipal que yergue virilmente +su batuta intenta armonizar las masas ambulantes; pero estos elementos +<span class="pagenum" id="Page_36">p. 36</span>que han de ejecutar la +hirviente sinfonía revelan un total desconocimiento de la partitura. +Sobreviene un flujo y reflujo de espesas resonancias, que solo podrían +desaparecer si se inculcase a las gentes de a pie cierta virtud que les +falta de acomodación a un ritmo.</p> + +<p>—Hubo una época —martillea Juan Sánchez— en que llegué a olvidar +mi nombre. Me complacía no ser más que «el joven que cruza la acera +de seis a siete», «el que compra <i>La Crónica</i> en el quiosco +de enfrente»... En una casa me conocían —yo soy comisionista— por +«Hermanos Vallés. Cementos»; en otra, por «La Bola de Oro»; en otra, +por «Martorell y Compañía»...</p> + +<p>Persiste entre las multitudes el tipo de guerrillero de la +circulación, que, con grave peligro de sus huesos, se lanza +heroicamente a ganar batallas de velocidad. Y la masa se complace +en destacar esa suerte de individuos exteriormente indóciles. +Exteriormente —piensa Arturo—, porque la docilidad en el hombre apunta +en razón inversa de su excelencia personal. Por eso el sabio obedece +como un niño a los signos del agente, mientras se obstina en rebelarse +contra <span class="pagenum" id="Page_37">p. 37</span>un principio +de Euclides. A un sabio podrá vestirlo cualquier sastre, pero solo le +provee de ideas un genio...</p> + +<p>—Yo sabía —no cesa el zumbido de Juan Sánchez— que en todos los +escalafones subían y bajaban algunas docenas de Juan Sánchez, y +desprecié rotundamente mi firma. ¡Caro me costó! Porque esto me condujo +a la evidencia de que en mí no se escondía un determinado individuo, +sino un maniquí capaz de soportar una personalidad cualquiera, con +preferencia una razón social.</p> + +<p>En cambio, un pobre diablo acata las ideas del más humilde +teorizante de café, mientras opone su libre, la que él cree libre, +personalidad a la blanca mano de un guardia. El orden exterior de la +calle —y del mundo— no suelen conservarlo íntegramente sino el sabio y +el discreto, sumisos al polizonte, aunque discutan a Platón.</p> + +<p>—Si mi nombre lo usaban algunas docenas de empleados en cada +escalafón, mi cara, mis gestos, mi andar, toda mi anatomía rodaba al +mismo tiempo por los vagos recuerdos de cada transeúnte...</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_38">p. 38</span></p> + +<p>Es preciso destruir esa leyenda del sabio distraído que se deja +mutilar por un vehículo. Por un Curie habrá miles de necios aplastados. +Los atolondrados son los otros. El distraído es un sujeto que +ideológicamente —y en el sector sentimental— pertenece a la masa, es +masa todo él, desde los conceptos políticos y taurinos hasta el dibujo +de sus corbatas. Al sabio nada le preocupa, ni siquiera la advierte, +esa porción de materia común que envuelve su rica lumbre personal; +el hombre vulgar sí la advierte, porque en él es todo masa, y solo +al amarla se ama a sí mismo. Por eso la defiende contra cualquier +cinceladura ajena. Cree que en esa porción común radica todo él, y la +pasea altivamente como se pasea un gabán estandarizado. Capaz es de +entregar a todas horas su inteligencia al tópico, pero se resiste a +someter sus pasos a la pauta municipal. La gran muchedumbre se nutre de +pequeñas rebeldías, mientras al sabio y al discreto solo les estimulan +las grandes.</p> + +<p>—Muchas veces me hurté a desconocidos que se acercaban a hablarme, +tomándome por un amigo. Fui saludado por centenares de ciudadanos +<span class="pagenum" id="Page_39">p. 39</span>miopes, a quienes +nunca había visto. Padezco todos los peligros del hombre-tipo, sin las +felices características del arquetipo. Mi característica es no tener +acento, ese acento que añade a la estatura un codo, por quien las +letras alzan la frente y se hacen reinas del vocablo.</p> + +<p>Ahora, tres Renault, dos carretillas de mano, una motocicleta +y diecisiete Fords se detienen a contemplar el desfile de una +institutriz, que arrastra a dos niños, y el de un botones. Hace dos +siglos a este botones y a esa institutriz les hubieran propinado muchos +puntapiés los lacayos de alguna favorita de turno. Conquista de los +tiempos, a la que no corresponde la masa con un asiduo aprendizaje del +arte de moverse en la vía pública sin producir nudos y elipsis. Admito +—sigue pensando Arturo— que este público dinamismo atente contra la +personalidad, que llegue acaso a destruirla, pero, en cambio, robustece +la expresión colectiva. Puesto que hoy sea inexorable admitir el +dominio de la masa, ¿por qué no trabajar por hacerla más bella?</p> + +<p>—Por eso inventé ese medio pintoresco de identificación. Soy el +hombre que no tiene señas <span class="pagenum" id="Page_40">p. +40</span>personales. Ya que no puedo ofrecer un rostro, ofreceré al +menos una firma. De mi cara se tiraron millones de ejemplares, en +ediciones económicas. Y de mis ideas. Y de mis ademanes. Yo no soy un +individuo. Soy un universal ambulante. Es decir: ¡Nadie!</p> + + +<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div> + + +<p>De pronto, para Arturo, todo el paisaje ciudadano enfila sus +ritmos en un solo sentido, en el de una mujer que avanza cortando +gentilmente cada grupo en dos porciones. Como esa granalla de hierro +disciplinadamente repartida en torno a la barra magnética, más cerca +o más lejos de ella, según índices de docilidad y ligereza, así +la burocrática muchedumbre se va situando, al paso de esta mujer, +según una escala de sordas vehemencias harto tiempo adormecidas +entre facturas y legajos, despiertas ahora, al aire libre, frente al +ondulante panorama.</p> + +<p>Y el surco abierto tras ella lo van llenando algunos manoseados, +cursis, desfallecidos piropos, <span class="pagenum" id="Page_41">p. +41</span>como de gentes en ayunas, arriada la fantasía, cegados los +grifos de la jovialidad.</p> + +<p>—Creo en la felicidad del anónimo —contesta por fin Arturo—. La +tortura de la personalidad, ¿por qué sentirla tan obstinadamente? +Quizá el individuo, en absoluto personal, no existe. Si persistimos en +mantenerlo en un punto de nuestra vida, nos petrificamos. Si lo dejamos +transformarse demasiado, nos tropezamos siempre con una legión de +nosotros mismos que entorpece nuestro momento actual, que constituye un +peligro para nuestra libertad de hoy.</p> + +<p>—Consuela oírle. ¿Usted escribe?</p> + +<p>—De ningún modo.</p> + +<p>—Lo hubiera jurado.</p> + +<p>—Soy profesor de filosofía, pero vi que es más divertido —y +productivo, ¿sabe?— inspeccionar siniestros.</p> + +<p>—¿Cómo?</p> + +<p>—Formo parte de una Sociedad de seguros contra incendios. Actúo +siempre en regiones devastadas. Después del último bombero.</p> + +<p>—¡Qué raro!</p> + +<p>—Conozco a los hombres al borde de una catástrofe. <span +class="pagenum" id="Page_42">p. 42</span>Me interesan más sus violentas +reacciones que sus actos normales. Aunque siempre son muy divertidos. +Los hombres suelen ir almacenando pasado. Cuando les pesa mucho, +quisieran abandonarlo, pero temen hacerlo porque lo creen ya materia +propia; como sienten abandonar un diente maltrecho. Y aun comprendo que +se tenga más cariño a un dedo propio que a toda la humanidad; lo que +no comprendo es por qué se fija ese cariño en un montón de despojos +acumulados.</p> + +<p>—Toda la vida del hombre es un esfuerzo desesperado por afirmar su +existencia, por dejar surco de ella. Este es el pobre recurso de los +artistas.</p> + +<p>—¡Bah! Los artistas son unos infelices locos que gastan +aturdidamente su vida real en fabricarse una posible. El artista es +una deliciosa aberración de la humanidad. Cree, sencillamente, en +otra vida y suele sacrificarle esta como un iluminado anacoreta. Teme +petrificarse, y no recuerda que su último pago —también posible— ha +de ser una estatua de piedra, construida por algún camarada que, +al crearla, afirmará que <span class="pagenum" id="Page_43">p. +43</span>aquello es su obra más personal. Y el primer artista solo +habrá logrado servir de escalafón para que suba el segundo más de +prisa. Me he extraviado.</p> + +<p>—Siga, siga.</p> + +<p>—Creo que puede usted salvarse a fuerza de anécdotas. La acción +reconstruye, zarandea, remueve, modifica. Ensaye a obrar activamente: +le surgirán actos originales. Y con el acento, la expresión. Y con la +expresión, la fisonomía. Métase en danza. Déjese ya del ser y del no +ser. Eso está muy anticuado. Obre.</p> + +<p>—He ensayado sin éxito. ¿Usted cree...?</p> + +<p>—Firmemente.</p> + +<p>—Me anima usted mucho. Venga por mi casa. Ahí tiene mis señas. Le +espero a cenar esta noche.</p> + +<p>—Iré.</p> + + +<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div> + + +<p>Desde el velador, oculto en la metafísica maraña de problemas +que suscita el hombre firmado y rubricado, sigue avizorando Arturo +la <span class="pagenum" id="Page_44">p. 44</span>menuda tempestad +callejera provocada por el tránsito de Rebeca. La amante es ahora un +termómetro donde poder medir los grados de febril irradiación, la +pureza de contornos, la dinámica gallardía de cada hembra transeúnte; +pero también los de procacidad de cada súbito admirador.</p> + +<p>Traza Rebeca en la plaza una firme diagonal, y se interna en los +soportales a tiempo que advierte la presencia de Arturo. Y entonces +todos sus ademanes se embozan en una nube de más refinada coquetería, +como si de pronto quisiera oscurecer el rico botín de sus encantos, +envolviéndolo, como en un delgado papel de seda carmín, de un pudor +visible no solo en las mejillas y en las inquietas manos, sino en toda +su juguetona fábrica.</p> + +<p>Y entonces, los soportales adquieren una preciosa calidad de +claustro en que la amada transeúnte se va ofreciendo por grados, en +progresión decreciente, resurgiendo bajo los arcos sucesivos que añaden +a cada aparición un poco más de seductora lejanía.</p> + +<p>Y aunque el primer impulso de Arturo, al <span class="pagenum" +id="Page_45">p. 45</span>ver surgir a Rebeca, es lanzarse tras ella a +recoger en sus manos la brasa de aquellas, tan expertas en artes de +acariciar, no se mueve del asiento; le contiene el riguroso veto según +el cual ambos amantes deben confinar su deleite en un rígido programa +del que están excluidos todos los azares.</p> + +<p>La aventura es desterrada de este amor. Los encuentros fortuitos no +deben ser aprovechados, puesto que ya en el plan erótico se apuntan +los precisos para, sin agotarlo, seguir paladeando el goce. (Arturo +jamás quiso averiguar las causas de este veto, por no dar de bruces +con alguna doméstica trivialidad, con la pobre anécdota conyugal, +con algún romántico impulso incomprensible). Refrena su vehemencia, +progresivamente dulcificada según avanza la serie de sucesivas Rebecas, +cada vez más borrosas; y el placer de acercarse a ella, de sumergirse +en su estela voluptuosa, es vencido por el de contemplar el cuadro +favorito desde muchas distancias, y a distintas luces, multiplicando y +refinando así su goce, consumado catador de vivas plasticidades.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_46">p. 46</span></p> + +<p>Ya al quinto arco, de la total estructura se han perdido deliciosos +fragmentos. Al séptimo arco, aún se divisa el guiño picaresco de los +ojos, el garabato rosa de la mano que traza en el aire una frase de +adiós impronunciada.</p> + +<p>Por fin, de aquella vibrante sucesión de imágenes, solo queda el +luminoso residuo de un pañuelo perdido poco a poco en la cromática red, +hasta poder ser confundido con otro cualquiera, como en los andenes. +Pero Arturo sigue paladeando algún tiempo el postrer sorbo, el más +sabroso, de aquella copa emocional bebida en progresión aritmética +descendente.</p> + +<p>Porque este tránsito de Rebeca a través de las pilastras que la +ocultan y descubren rítmicamente, haciendo más deliciosa su aparición, +hoy dos veces discreta, es una imagen acabada del otro gran tránsito +de su belleza palpitante a lo largo de la vida de Arturo, iluminada a +trechos por la blanca desnudez de su amante.</p> + +<p>Aquella hora resume toda una juventud, como aquellos soportales +juegan el papel de días, días anodinos, opacos, en que Rebeca se +oculta en su otra vida oscura, doméstica, acaso conyugal <span +class="pagenum" id="Page_47">p. 47</span>alternados con la sucesión +encantadora de los de verla en el refugio de una dulce intimidad: de +uno de esos —como el de hoy— en que todas las horas giran locamente en +torno a una, las siete de la tarde, pidiéndole un poco de su jocunda +irradiación.</p> + +<p>—¡Las siete! ¡Las siete!</p> + +<p>Suenan las dos palabras en el oído de Arturo como el jovial tañido +de una bocina de <i>Rolls</i> que desde lejos reclama virilmente paso +libre al tropel de horas monótonas, pesadas, carretas crujientes, +camiones grasientos, que cruzan lentamente la luminosa carretera del +día. Una hora ardiente, brusca, impetuosa, que irrumpe en la tarde, +atropellándolo todo con su cínica desenvoltura.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch3"> + <p><span class="pagenum" id="Page_49">p. 49</span></p> + <h2 class="nobreak g0" title="3. Amor disperso"> + <span class="fs165">3</span><br> + Amor disperso</h2> +</div> + +<p><span class="pagenum" id="Page_51">p. 51</span>La escalerita +del placer suele ser sórdida, oscura, como suele ser reverberante, +magnífica, la escalera del fastidio. La escalerita del placer es un +breve tránsito entre la acera y unos brazos ardientes; la escalera del +fastidio suele ser el preludio de una frívola comedia que principia en +unas orondas libreas y termina en la falsa sonrisa de un caballero gran +cruz.</p> + +<p>Arturo sube precipitadamente la escalerita del placer; angosto +desfiladero entre los valles multitudinarios y la solitaria cañada +donde una mujer le apaga con besos la última frase inútil arrastrada de +la calle.</p> + +<p>De pronto, todas las palabras recobran su sentido esencial. O son +meros balbuceos. Y todos los ademanes. El instinto, en suma vibración, +los armoniza, los ordena en el más sencillo pentagrama. El idioma se +reduce considerablemente: bastan algunas infantiles interjecciones.</p> + +<p>Y algún vocablo preñado de sentido histórico. He aquí uno:</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_52">p. 52</span></p> + +<p>¡Incendiaria!</p> + +<p>Es el requiebro favorito de Arturo, hallado en cierta excursión +profesional, extraído del bloque de textos conminatorios que nutrían +su léxico en las horas de faena, como se suele extraer un gramo de +<i>radium</i> de entre algunos quintales de mineral.</p> + +<p>Al principio se le ofreció en forma de insulto. Pero un insulto se +convierte fácilmente en un piropo: basta con una dulce inflexión de +voz. Arturo era ya entonces inspector de <i>El Cisne</i>, Sociedad de +seguros, y se hallaba investigando en el subsuelo ético del propietario +de <i>La Rosa Blanca</i>, almacén de tejidos, las verdaderas causas del +sospechoso incendio que había reducido a pavesas el establecimiento.</p> + +<p>Arturo realizaba una función intermedia entre el confesor y el +buzo. ¡Dura tarea la de extraer de una conciencia tan turbia este +grave pecado de inmoralidad mercantil! El incendio se había producido +en un sótano donde fueron halladas, aún humeantes, algunas piezas de +percal muy pasado de moda. Arturo había bajado al sótano a solas con +el propietario de <i>La Rosa <span class="pagenum" id="Page_53">p. +53</span>Blanca</i>, cierta sinuosa viuda de treinta años que asistía +en silencio a la enojosa exploración. Arturo acumulaba artículos del +Código, argucias tomadas del pliego de instrucciones para inspectores +de seguros, invitaba a la viuda a llegar a un acuerdo...</p> + +<p>En la escaramuza brotó la palabra definitiva:</p> + +<p>—¡Incendiaria!</p> + +<p>Al apóstrofe le faltó su punto preciso de severidad, y quedó en el +mismo instante convertido en una apasionada declaración de servidumbre. +Allí perdió <i>El Cisne</i> gran parte de su prestigio: todo por el +matiz poco claro de un insulto.</p> + +<p>Más tarde, frente al tablero de libros de 2,50 pesetas, Arturo +ensayó su requiebro en una desconocida...</p> + +<p>Su reiteración a flor de oído provocó en ella un atisbo de llama. +Arturo acudía a la feria a adquirir unas tablas de logaritmos, +difíciles de encontrar entre aquellos volúmenes «pasionales» de la +Biblioteca Antorcha que hojeaba una encantadora desconocida.</p> + +<p>Ante los ojos de ambos se extendía el mapa <span class="pagenum" +id="Page_54">p. 54</span>sentimental del orbe entero, porque la +Biblioteca Antorcha acoge en sus volúmenes a todos los enamorados del +mundo, siempre que no reclamen derechos de reproducción. El momento +era solemne. Sobre ellos tendían sus redes los poetas cordiales, los +novelistas del sexo, los filósofos de la rebeldía.</p> + +<p>Arturo comenzó también a remover volúmenes, a contemplar +escrupulosamente los dibujos, la tipografía de las cubiertas, el año +de la edición. Comprendió que su viaje a la feria de libros exigía +entonces una explicación de índole emotiva, no algorítmica, y, en +lugar de las tablas de logaritmos, adquirió un ejemplar de <i>Tristán +e Isolda</i>. Entretanto Rebeca discutía el precio de un tomo de Jorge +Sand, y pronto se hallaron los dos, frente a frente, blandiendo sendos +libros de frenético amor.</p> + +<p>Arturo recorre precipitadamente la historia, frente a este +capítulo que diariamente amenaza ser el último. Una pasión cercana +al desmoronamiento, que se asoma al río del tiempo, sin audacia +para acabar de sumergirse. Un amor que <span class="pagenum" +id="Page_55">p. 55</span>cada tarde necesita de una fuerte dosis de +deleite para seguir viviendo.</p> + +<p>Y de un gran derroche de cautelas. El balcón entornado da una luz +tan rezumada que el color nunca podrá hacer fracasar los perfiles +desnudos de Rebeca. Es tan silenciosa la alcoba, que el ruidillo más +tenue rozaría los nervios como un alfiler.</p> + +<p>Ahora Rebeca divaga por la salita en contacto con ese mundo de +sensaciones inéditas, que todos podríamos hacer nuestro si nos +decidiéramos a llevar los pies descalzos, el cuerpo entero desnudo.</p> + +<p>Hay entre la piel y las cosas demasiados aisladores, muchas +sustancias hostiles que desvían la pura sensación, que mixtifican el +deleite de tantas amorosas presiones. Apenas logra besarnos, desnuda, +la rica epidermis del mundo.</p> + +<p>La sensación se tuerce, se borra. Rodean el cuerpo muros de algodón, +de cuero, de seda, de lana; atrincheran el campo táctil fosos de +sombra, empalizadas de tupida materia vegetal, residuos animales, +minerales. De casi todas las cosas le queda virgen al hombre la +epidermis.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_56">p. 56</span></p> + +<p>Ocurre hundirse en la entraña de un objeto sin haber paseado los +ojos y las manos, voluptuosamente, por regiones inexploradas de la +piel. Se contenta con ver pasar por ella las efímeras caravanas del +color, tan enemigo del dibujo, del firme relieve. Solo ve en ella lo +que apenas existe, dejando lo duradero, su pura extensión, su frágil +materia encajada en los compartimientos del aire.</p> + +<p>Apenas vislumbra sus deleites, sus amores, cuyo idioma universal +posee dialectos encantadores que se llaman porosidad, elasticidad, +blandura... tan salpicados de sugestiones eléctricas, magnéticas, +luminosas, vibrátiles. Apenas conoce sus odios, cuyo dialecto más +plebeyo es la viscosidad, y el más noble el que depura cada frase con +un cincel geométrico, con frialdad de aristas que deliciosamente hacen +sangrar: la dureza.</p> + +<p>Apenas sabe que hay cuerpos blandos y duros, fríos y calientes... +Pero esto es como saber que hay hombres buenos y hombres malos; es +decir, no saber nada de los hombres.</p> + +<p>—¿No vienes?</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_57">p. 57</span></p> + +<p>—Se me ha extraviado un pendiente.</p> + +<p>—¡Déjalo!</p> + +<p>¿Por qué hablarán los poetas de nieve y de alabastro al describir la +desnudez de una mujer? Lo blanco no es nada. O es el refugio de todos +los que fracasan ante los demás colores. Detrás de una pretensión de +pureza hay siempre una larga fila de impotencias.</p> + +<p>Lo blanco solo existe junto al negro, que también es nada. Pero dos +valores negativos producen un valor positivo: el claroscuro. Rebeca es +ahora un prodigio de claroscuro.</p> + +<p>Curvada, junto a una silla, construye el arco del placer. Su cuerpo +es una rama en tensión de la que cuelgan los dos menudos conos, tan +sabrosos.</p> + +<p>¿Por qué la forma cónica es en los senos más dulce de gustar que +la hemisférica? Misteriosa geometría del placer. También el profundo +misticismo medieval destruye la redondez de los arcos, e inventa el +suyo, terminado en punta. Con una rosa de oro por dentro.</p> + +<p>En los menudos arcos de esta encantadora fábrica el rosetoncillo va +por fuera.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_58">p. 58</span></p> + +<p>—¡Aquí está!</p> + +<p>Tiembla toda la rama al erguirse. La recorre una onda fría. Corre a +esconderse entre los brazos de Arturo.</p> + + +<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div> + + +<p>Van naufragando las ideas, ausente la última tabla —la distancia +entre dos cuerpos ya anulada—. Rebeca ahuyenta la última abstracción, +con el último resto de su traje. Por no sentir el rubor de contemplar +su hermosura, se lleva las manos a los ojos: deliciosa manera de ser +casta. Una cabeza velada, sobre un cuerpo totalmente desnudo.</p> + +<p>Pero al fin quedan libres los ojos, cuando ya solo pueden ver los +ojos extraviados de Arturo.</p> + +<p>El idioma ha perdido definitivamente su estructura. Solo algunas +palabras, vacías de sentido, quedan flotando en la plena inundación.</p> + +<p>—¡Alfredo!</p> + +<p>Ha llegado para Arturo el feliz momento de perder su personalidad. +Placer soberano de ser un hombre u otro, de ver hundirse el individuo +<span class="pagenum" id="Page_59">p. 59</span>en un golfo de +vibraciones tumultuosas. Rebeca le borra todo rasgo personal, y se +contenta con vagos caracteres específicos, apenas clasificables en +sociedad, a los que puede ser aplicado un nombre cualquiera.</p> + +<p>Arturo se siente resbalar por la deliciosa pendiente que le empuja +a ser un ente colectivo, un número de masa, un Nadie que desmenuza +lentamente su gozosa postura de hombre sin ramificaciones sociales, sin +tentáculos domésticos, sin opiniones, sin prejuicios, sin pasado y sin +futuro, con un fugaz y encantador presente.</p> + +<p>Arturo es un sibarita del anónimo. Le deleita el amor vario, +generoso. A cada nombre que ahora evocase ardientemente Rebeca, +sentiría nacer en sí individuos nuevos, posibles vidas originales, +que se van perdiendo, lamentablemente, por el mezquino y monótono +placer de continuar siendo uno y el mismo. Análoga sensación de dulce +desdoblamiento sentía junto a uno de esos filósofos en tan alta cumbre +instalados que solo perciben de los demás mortales algo así como una +bruma espiritual, producida por los diversos meteoros de una misma capa +atmosférica, <span class="pagenum" id="Page_60">p. 60</span>sujeta +a parecidas oscilaciones, por la estación, por el clima, por las +corrientes emocionales de una edad, a veces de una fecha.</p> + +<p>Si Rebeca, en aquel instante cimero de la economía animal, solo +veía en Arturo cierta nebulosa de materia cósmica universal, el +filósofo solo advierte un hálito de espiritualidad común a una masa de +individuos de parecida fisonomía, de algunos caracteres semejantes. De +modo que el Arturo verdadero quedaba, en uno y otro caso, intacto; el +Arturo individual y único, quedaba sin aprisionar en los moldes de la +sensación y del concepto.</p> + +<p>Si en esta trepidante coyuntura en que se dejaba definir por Rebeca, +se sentía trocado apenas en la materialización genérica de «un mozo +vehemente», capaz de soportar todos los nombres del santoral, en el +caso del filósofo quedaba convertido en «el joven contemporáneo», en +una pura abstracción innominada, lejana, como la otra de definir el +total y verdadero Arturo.</p> + +<p>Al fin él recobra su nombre, y ella —ante el espejo— recobra +también su rostro perdido en la refriega. Arturo piensa en maniobras +trascendentales, <span class="pagenum" id="Page_61">p. 61</span>en +ágiles tránsitos del individuo a la especie, o de la masa al +número, por escamoteos de conciencia, por anulaciones nirvánicas, +por resurrecciones y reencarnaciones a placer, por incubaciones +artificiales en medios distintos, por adaptaciones audaces a climas +inéditos.</p> + +<p>Arturo, vacío de su propia sensualidad, en el clarividente estado +del hombre que se ha dejado arrebatar su parte de elementos cósmicos, +libre y ágil, en ese estado de deleite mental —el supremo— que sigue a +toda amputación de un sobrante de materia, sueña con una maravillosa +multiplicación del espíritu, con un espíritu excelso, libre, de +infinitas acomodaciones a todos los estados, capaz de gozar de las +delicias de todo el orbe.</p> + +<p>Porque hace tiempo que a Arturo no le divierte ya contemplar su +propio paisaje anímico, tan idéntico a sí mismo; querría tener a mano, +como una lente nueva, unos ojos bien limpios, de recambio.</p> + +<p>Y solo puede lograr —efímeramente—, gracias a la encantadora +capacidad de olvido de su amante, cambiar alguna vez de nombre.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_62">p. 62</span></p> + +<p>El idioma recobra su normal fisonomía. Aunque solo se utiliza ya +para fines utilitarios.</p> + +<p>—Hoy llevo prisa, Arturo. Tengo invitados a comer.</p> + +<p>—Bien.</p> + +<p>Rebeca sale precipitadamente. Desde el balcón —corridos los +visillos—, Arturo la ve tomar un coche. No oye la dirección:</p> + +<p>—Lanuza, 87.</p> + +<p>El día se ha consumido. Cesa el último chisporroteo con el +postrer bocinazo del coche. Quedan unas cenizas que Arturo contempla +resignado.</p> + +<p>Sale.</p> + +<p>La escalerita del placer suele ser angosta, como es ancha la +escalera del fastidio. Arturo vuelve a recorrer la primera, ahora muy +lento. En la calle, llama a un chófer:</p> + +<p>—Lanuza, 87.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch4"> + <p><span class="pagenum" id="Page_63">p. 63</span></p> + <h2 class="nobreak g0" title="4. Punto muerto y evasión"> + <span class="fs165">4</span><br> + Punto muerto y evasión</h2> +</div> + +<p><span class="pagenum" id="Page_65">p. 65</span>Los cuatro ángulos +del comedor son perfectamente normales: en cada uno reposa la vista +como en una vieja butaca familiar.</p> + +<p>Hay amigos así silenciosos, ubicuos —de puro impersonales—, que nos +brindan su grata acogida, con el mismo ademán, en todos los lugares del +mundo: las almohadillas del tren, por ejemplo. No se duelen de ningún +abandono, nos salen al paso en cada nueva coyuntura, respondiendo +siempre, fieles a sí mismas, a todas nuestras exigencias de reposo.</p> + +<p>Desde los dos ángulos fronteros a la puerta, saludan a Arturo +las mismas palmeras, iguales maceteros, que siempre vio en docenas +de comedores idénticos; el mismo filtro a la izquierda —porque el +agua de Augusta exige todos los días una higiénica depuración— y el +mismo trinchante a la derecha. Un comedor tan dócil a la pauta común, +que Arturo cree haber cenado allí todas las noches. Es la pieza que +se repite en los cromos de novela donde se exalta el amor a la paz +conyugal.</p> + +<p>En las paredes se ven los mismos cuadros: la <span class="pagenum" +id="Page_66">p. 66</span>merienda campestre, Ifigenia mirando al mar, +el crepúsculo rojo, los corderitos de Millet... Y una lozana joven +saliendo del baño.</p> + +<p>No podía sospechar Arturo la presencia de aquel intruso elemento +decorativo en el ordenado mosaico del hogar. Es un elemento que hace +desafinar la pacata orquestación del comedor, como una bacante perdida +en el claustro de las Huelgas.</p> + +<p>Pero, desde la ventanilla del Banco Agrícola, solo sorpresas podían +esperarse de Juan Sánchez. El lienzo es una interrogante que deja +perplejo a Arturo.</p> + +<p>—¿Qué le parece?</p> + +<p>Juan Sánchez lo pregunta con un leve estremecimiento de inquietud. +Ve a Arturo contemplar a la bañista y espía su gesto más oscuro.</p> + +<p>—Bien.</p> + +<p>La joven se lleva las manos a la cara, ocultándola por completo, con +el mismo gesto púdico con que se ofrecería en espectáculo a un millar +de espectadores. El pintor no tuvo en cuenta la absoluta soledad de la +bañista, sino la trascendencia doméstica de la representación.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_67">p. 67</span></p> + +<p>—Es algo atrevido, ¿no?</p> + +<p>A Arturo le parece tan edificante como los apiñados corderitos de +Millet, a pesar de la trémula desnudez de la doncella. De sobra se +advierte que el dulce rubor de aquella solitaria carne juvenil, solo +puede ser provocado por una acendrada fe en la presencia de Dios.</p> + +<p>—Es una «nota de color» un poco audaz.</p> + +<p>Arturo ve entonces una firma bajo el rosado pie que se apoya en la +esterilla. Es la firma no reconocida en el Banco Agrícola: una firma +que, para revelarse, necesita ser tenazmente señalada por el índice del +poseedor.</p> + +<p>El cuadro podría ser obra de una Sociedad Anónima de Artes +Plásticas, pero es del mismo Juan Sánchez: pertenece al mismo estilo +común que el comedor.</p> + +<p>Arturo busca una frase que sirva de antifaz a su criterio. No la +encuentra y apela al balbuceo:</p> + +<p>—Interesante.</p> + +<p>—¿Sí?</p> + +<p>Arturo, para olvidar aquel fracaso de puros elementos pictóricos, +aniquilados bajo la mano <span class="pagenum" id="Page_68">p. +68</span>impersonal de Sánchez, hundidos en la fosa común del módulo +académico, comienza a recorrer el cuadro, hacia arriba, en busca de +otros deliciosos territorios, si ajenos al arte, de lleno, en cambio, +en la curiosa y pintoresca región de las anécdotas.</p> + +<p>De la firma salta a los pies; de los pies, a los tobillos; desde +los tobillos emprende una lenta ascensión, maravillándose, de pronto, +de estar recorriendo un terreno conocido. Ya lo debió advertir ante el +gesto de la bañista de llevarse las manos a los ojos, idéntico al de +Rebeca.</p> + +<p>El vientre algo combado, los senos cónicos, los hombros suavemente +caídos. Es la mujer gótica, reconstruida en un taller actual, terminada +por un rostro sin otra seducción que su belleza. La fisonomía la tiene +desigualmente repartida por todo el cuerpo. Apenas le ha llegado a la +cara. Se cubre con las manos la parte menos delatora de su cuerpo.</p> + +<p>Que acaba de ser impersonal en el pelo. Ejemplar de un modelo +corriente, sin un guiño, sin un acento. Toda la cabeza es un común +denominador del resto del voluptuoso organismo.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_69">p. 69</span></p> + +<p>Arturo junta sus reservas de discreción. Oye los pasos del drama. Se +agazapa. Medita. La mujer del cuadro es la misma que poco antes, entre +un balcón entreabierto y un solo espectador —Arturo— ha bosquejado +aquel gesto de cautela.</p> + +<p>De cautela, porque ahora se advierte que con él solo se ha intentado +conservar el anónimo, no el pudor. Y con la diferencia de que en el +cuadro una luz cruda cayó vorazmente sobre las formas desnudas como una +esponja implacable que sorbiese relieves y borrase contornos.</p> + +<p>Comienza a desarrollarse ante los ojos asombrados de Arturo la +crónica galante de Rebeca; pero Juan Sánchez da un tijeretazo al +celuloide.</p> + +<p>—Debí quemar el cuadro. Ya sé que es de unas pretensiones +deplorables...</p> + +<p>—¡No, no!</p> + +<p>—Lo pinté hace tiempo, cuando creí que llegaría a ser pintor. Luego +escribí música. Al principio, como todos, escribí sonetos... Los +sonetos, sí los quemé, y la música; pero esto le gusta a mi mujer.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_70">p. 70</span></p> + +<p>—Lástima de versos.</p> + +<p>Arturo acentúa su pena por la desaparición de los versos, para así +embozar la que sufre por la conservación del cuadro. El momento es +enmarañado, porque el idioma no tiene recursos para expresar la emoción +que se siente ante quien, siendo apenas una firma con su rúbrica, ha +recorrido tantos modos de expresión sin acertar con ninguno. Todas las +artes le prestan, una tras otra, esos preciosos instrumentos por los +que puede revelarse el espíritu, sin que Juan Sánchez logre otra cosa +que manosearlos, arrinconándolos luego en un zaquizamí de ilusiones +mutiladas.</p> + +<p>Juan Sánchez se fue asomando a todas las troneras, desde las cuales +es posible suscitar la atención del mundo, y el mundo sigue su camino, +indiferente, sin querer descifrar la firma y rúbrica de Sánchez. Y los +que podrían ser risueños trofeos no son sino irónicos testigos de una +franca derrota.</p> + +<p>El trance es duro, pero se salva con otro más duro. Rebeca, +seguida de un mozo robusto, impertinente, <span class="pagenum" +id="Page_71">p. 71</span>asoma por el pasillo. En el umbral del +comedor, Sánchez presenta a los dos:</p> + +<p>—Matilde, mi mujer. Alfredo, mi primo.</p> + +<p>Rebeca masculla azoradísima unas palabras inútiles. Alfredo sonríe +ceremoniosamente. Del conflicto dramático —porque estamos en presencia +de un profundo conflicto dramático— a Arturo solo le preocupa, en +primer término, para no precipitar el desenlace, recordar bien el +verdadero nombre de Rebeca.</p> + +<p>Pregunta, medroso, a Juan Sánchez:</p> + +<p>—Dijo usted...</p> + +<p>—Matilde.</p> + +<p>—¡Ah, sí! Matilde.</p> + +<p>Respira como si hubiese realizado con éxito una brillante +investigación filológica. Sería peligroso mezclar aturdidamente en el +diálogo el falso nombre de Rebeca, que es, sin duda, un bello nombre de +batalla.</p> + +<p>Acaso Matilde reparte su belleza bajo el manto pudoroso de un +grupo de nombres bíblicos, con una generosidad que disculpa todo +desordenado amor al incógnito. De la misma manera que las caritativas +damas esconden la hermosura de <span class="pagenum" id="Page_72">p. +72</span>su gesto bajo el doble negro manto de la noche y del anónimo, +para repartir entre los menesterosos vergonzantes dinero y fe: amor, al +fin, aunque de calidad muy diferente.</p> + +<p>Porque el verdadero amor —como todas sus numerosas falsificaciones— +gustó siempre de esconderse para repartir sus dones, con el fin de que +—como acontece en el lamentable retrato de Matilde— una luz desaforada +no descubra algún torcido perfil, alguna deforme exuberancia. Y esta +anónima pluralidad de Matilde, este afán de difundir su personalidad, +de repartirla generosamente, pudo sorprenderla Arturo en esos momentos +de léxico borroso en que las palabras más pulidas ceden su puesto a +cualquier turbia interjección. Tampoco Matilde, en el período cósmico +de su ternura, recuerda bien el nombre de sus colaboradores.</p> + +<p>¿Y Alfredo?</p> + +<p>Parece el personaje más nebuloso de este drama. Es cierta masa +vegetal, coronada por un gesto socarrón. De su adolescencia, +transcurrida entre sacos de legumbres, ha brotado una espesa juventud, +de radio corto, vivida entre facturas, <span class="pagenum" +id="Page_73">p. 73</span>plazas de toros, mesas de café, vagones de +ferrocarril y lechos de placer. Su vida es una teoría de sucesos +extraídos del anecdotario común. Sus ambiciones son dos: las buenas +comisiones y las mujeres suculentas. Aunque, en trance de elegir, +prefiere el tanto por ciento.</p> + +<p>El tanto por ciento es su único amor. Matilde es, por ahora, +su único deseo. Los negocios decadentes de Juan Sánchez exigen la +manipulación de Alfredo. La voracidad erótica de Matilde también +recaba el concurso impersonal del negociante. No es el amigo, no es el +camarada ni el amante. Es el cómplice. Un cómplice a quien es preciso +ceder mesa y lecho, para robustecer su complicidad.</p> + +<p>—Con un puntal así —piensa Arturo— persistirá durante mucho tiempo +esta estructura doméstica donde yo soy un miembro esporádico.</p> + +<p>Y sigue, relumbre a relumbre, repasando las insolentes piedras +repartidas por los dedos, por la cadena del reloj, por la corbata de +Alfredo. Toda su personalidad la ha reducido a toscos productos de +joyería. La ostenta, fanfarrón, en desafío.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_74">p. 74</span></p> + +<p>Son la vanguardia deslumbrante de una opaca fisonomía. El mismo +guiño truhan de sus ojos apenas es una chispa desdeñable entre tanta +ceniza.</p> + + +<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div> + + +<p>Se sitúan los cuatro comensales a los extremos de una cruz. Arturo +queda frente a Matilde y Alfredo frente a Juan Sánchez. Las cuatro +miradas y los cuatro silencios se cruzan perpendicularmente en un +punto: en un punto gris, como el formado por cuatro rayos de color +diferente.</p> + +<p>Punto muerto. En vano se intenta reavivarlo con algunas palabras +insustanciales, ajenas al nudo dramático. El punto crece, se ensancha, +amenaza anegar a los cuatro. Lo componen los residuos espirituales más +vergonzosos de cada comensal. Es a saber:</p> + +<p>El cinismo de Matilde, que, al mismo borde del despeñadero, ha +recobrado su desenvoltura.</p> + +<p>La timidez de Arturo, incapaz de abandonar aquel curioso cepo +doméstico.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_75">p. 75</span></p> + +<p>La socarronería de Alfredo, que calcula íntimamente las fuerzas +irrisorias del evidente enemigo nuevo.</p> + +<p>Y la flaqueza mental de Sánchez.</p> + +<p>Cada uno se instala dentro de su cabaña tejida de tupidas +hojarascas; apaga todas las luces de su espíritu, se hunde en una bruma +común, desliza frases opacas, mates.</p> + +<p>Un halo plomizo enturbia las frentes. De sus pensamientos escogen +el más vulgar, el de tipo más conocido, el más lejano de su inquietud; +de sus ademanes, el más blando, el menos auténtico, el más fácil de +olvidar. Va inundando el comedor una nube cenicienta, nutrida por +espesas oleadas, alimentada por los cuadros, por las palmeras, por +el filtro, por el trinchante, por los comensales, por todo lo allí +agrupado, inerte o vivo.</p> + +<p>Ensaya Arturo esfuerzos sobrehumanos para avizorar en la niebla. +Le empuja una invencible curiosidad de conocer en cada espíritu sus +relieves y fronteras. De aquellos tres paisajes interiores solo conoce +un vaho soñoliento, y él <span class="pagenum" id="Page_76">p. +76</span>sabe que entre la nube algodonosa y la médula del terruño hay +siempre declives imprevistos.</p> + +<p>Le desespera no hallar en los ojos de Matilde ningún hito de avance. +Matilde cerró herméticamente el cofrecito de sus verdaderas miradas +y distribuye, en lotes iguales, entre los tres, unas sonrisas y unos +mohines apócrifos.</p> + +<p>Y esta misma ausencia de elementos concretos le empuja a mirar a sus +compañeros de mesa como elementos abstractos de un drama latente, de un +juego cuyas cartas nadie se atreve a arrojar sobre la mesa.</p> + +<p>Arturo —que por complacer a la fracasada Rebeca, está leyendo estos +días un lote copioso de novelas del siglo <span class="asc">XIX</span>— +define en esta vaga fórmula la extraña situación íntima del grupo:</p> + +<p>—Sobre nosotros se cierne la tragedia.</p> + +<p>Arturo siente volar sobre las cuatro cabezas, el gran pajarraco +negro. Calcula el ímpetu de los cruentos picotazos...</p> + +<p>A juzgar por el número de los personajes, la tragedia se ofrece algo +disminuida; una ligera meditación acerca del número cuatro comienza a +tranquilizarle sobre el posible final, como el <span class="pagenum" +id="Page_77">p. 77</span>examen de las sustancias combinadas en la +probeta hace posible precisar las consecuencias del cuerpo explosivo +resultante.</p> + +<p>Del número uno al tres, las posibilidades de tragedia crecen +rápidamente. Un solo personaje apenas puede plantearse sino problemas +metafísicos: ser, conocer, existir. Es el monólogo, con toda su total +ausencia de choques vitales. Hamlet dando paseos por dentro de sí +mismo, persiguiendo fantasmas.</p> + +<p>Para que surja el conflicto dramático real es preciso contar al +menos con dos seres que se atraigan o repelan, que se entable el +diálogo, y surjan conflictos que serán fáciles de resolver porque se +limitarán a desacuerdos temperamentales, a transitorias ansias de +libertad, si se trata de disturbios domésticos.</p> + +<p>La tragedia reviste su verdadero carácter al llegar al número tres, +en que un tercero rompe el equilibrio definitivamente. El grupo social +puede admitir al tercero como elemento de armonía, como el «mediador», +pero en el grupo dramático el tercero es siempre un disociador, la +dinamita <span class="pagenum" id="Page_78">p. 78</span>que hace +estallar los bloques más recios.</p> + +<p>El número tres es fatal en la tragedia bien planteada, que ya solo +podrá disminuir, desvanecerse, con la expulsión de un término.</p> + +<p>Pero la tragedia comienza asimismo a reducirse de tamaño, al crecer +el número de actores esenciales. Cuatro principian a ser excesivos. +Comienza a intervenir el elemento irónico. Tres mantienen la escena, +y uno contempla: y todo el que verdaderamente contempla, termina por +desgajarse de lo contemplado.</p> + +<p>En cinco, se relajan ya tanto las cuerdas patéticas, que solo falta +un leve empuje para penetrar de rondón en los dominios de la comedia de +enredo. Seis o siete personajes ya solo pueden producir un coro; pocas +veces consiguen encontrar su autor.</p> + +<p>Ahora, en esta mesa, Arturo señala mentalmente los papeles.</p> + +<p>El marido.</p> + +<p>La mujer.</p> + +<p>Amante primero.</p> + +<p>Amante segundo.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_79">p. 79</span></p> + +<p>El amante primero es Alfredo. Lo delatan sus recios músculos de +atleta, capaces de adjudicarle el campeonato en todos los concursos de +fisiología galante. Arturo no vacila en asignarse el cuarto papel, se +reduce a la baja condición de amante subalterno.</p> + +<p>Y de contemplador que ya va pensando en desgajarse del grupo.</p> + +<p>En esta partida doméstica, como en las de tantos juegos de azar, se +llamó a un cuarto jugador para que así pudiera continuar el juego: a +ese cuarto que frecuentemente pierde, porque, reclutado a la ventura, +no conoce las tretas del resto del grupo. Arturo se siente allí como el +verso-ripio en una cuarteta pasional.</p> + +<p>Será preciso eliminarse, cautamente, aun a trueque de agudizar +el drama. Tres meses de ternura amorosa comienzan a agotar sus +posibilidades de tragedia. Como otras veces, renuncia al goce que acaba +de disfrutar. Todos sus propósitos podrían medirse por su distancia al +deleite.</p> + +<p>Fatigada, en declive, su carne obedece, sumisa, al imperativo del +espíritu.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_80">p. 80</span></p> + +<p>La tragedia, cansada ya de cernerse sobre las cuatro cabezas, se +aburre y se va, dejando abiertas las ventanas al tedio. Matilde se +lleva las manos a los ojos: es su gesto favorito, que ahora lo utiliza +para simular una jaqueca.</p> + +<p>Sale y se enrollan todos los bastidores de la escena. Ni un gesto, +ni una sonrisa. Al estrechar las manos deja en cada oído una fecha.</p> + +<p>Lejos de Matilde se sienten los tres más cercanos. El recuerdo de +Matilde es mejor aglutinante que su real presencia.</p> + +<p>Alguien propone una excursión nocturna. Se sentirán más apiñados +en una mesa de café. Silenciosamente van penetrando en la calle, +desembocan en una plazoleta oscura. Alfredo ordena:</p> + +<p>—A La Perla.</p> + +<p>Es el caudillo. Uno a uno van entrando en el zaguán.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch5"> + <p><span class="pagenum" id="Page_81">p. 81</span></p> + <h2 class="nobreak g0" title="5. Noche de placer"> + <span class="fs165">5</span><br> + Noche de placer</h2> +</div> + +<p><span class="pagenum" id="Page_83">p. 83</span>Dentro del cabaret, +los modos de fascinar están ya tan gastados que algunas muchachas +inteligentes pretenden ir cambiando todo el repertorio. En vez del +pícaro juego de las miradas utilizan la preciosa geometría de las +piernas.</p> + +<p>A la insolencia ha sucedido el ingenio. Son modales que la sociedad +ensaya allí —como en una granja agrícola se ensaya una familia +importada de membrillos—, para trasplantarlos luego a los salones.</p> + +<p>Una tanguista arrebata a Alfredo, y Juan Sánchez intenta continuar +sus confesiones. Arturo ensaya una piel especial de oidor de +confidencias por la que resbalen sin dejar huella, como el mercurio. +Atiende, resignado.</p> + +<p>Se necesita una sabia flexibilidad para ir acomodándose a las +ondulaciones emocionales del confidente, a su intensidad, tono y +timbre. El oidor de confidencias debe buscar un rodrigón, un punto de +apoyo para no flaquear en la larga cuerda floja. Y Arturo encuentra +felizmente ese punto en una media de seda que comienza a disgregarse +<span class="pagenum" id="Page_84">p. 84</span>en el opulento arranque +de una curva: punto de patetismo superior al de muchas falsas escenas +de caballeros con la mano en el pecho.</p> + +<p>Arturo contempla, emocionado, aquella pierna profesional, mientras +Juan Sánchez persiste en su sombría locura:</p> + +<p>—Ser o no ser. Hallarse a merced de un registro civil, de una cédula +falsificada, de un pasaporte. Esperar a que alguien nos diga qué +somos...</p> + +<p>Las piernas inician un delicioso vaivén para escamotear el punto +suelto. Se quiebra la armonía de la mujer sentada, que todo lo fio a la +parte inferior, tan esquemática.</p> + +<p>Un movimiento torpe produce otro más torpe. Si estudiamos la torpeza +en sus dos aspectos sinónimos, dinámico y voluptuoso, veríamos que un +caso de torpeza rítmica destruye totalmente la sensual. Nada suscitan +unas piernas en franco desnivel armonioso.</p> + +<p>—Porque nuestro ser es tan frágil que el más leve control lo +desvanece...</p> + +<p>Un punto es todo y es nada. El geómetra no <span class="pagenum" +id="Page_85">p. 85</span>puede atraparlo, y se lo inventa en el cruce +de dos caminos. Es un átomo de la línea, es la larva de un poliedro. +Sin gozar de ninguna dimensión puede engendrar las tres.</p> + +<p>Este punto que examina Arturo esta describiendo una línea recta. Se +agranda, se ensancha, anula la distancia de su mesa a la de Arturo; +unas manos se posan en los hombros de Juan Sánchez, le tapan los ojos, +le vuelven la cabeza, le zarandean, le golpean...</p> + +<p>—Pero, ¿no me conoces, Juanito?</p> + +<p>Juan Sánchez abre los ojos, atónito; quiere recordar. La muchacha +ríe, alborozada.</p> + +<p>—¡Pero este Juanito!</p> + +<p>—No recuerdo.</p> + +<p>—¡Si eres inconfundible! Tu cara no se olvida nunca. ¿Convidas? +¿Vienes?</p> + +<p>Juan Sánchez, estremecido, renaciente, se deja arrastrar +(¡Inconfundible! ¡Inconfundible!), mientras Arturo recorre el cabaret +con los ojos, buscando otro punto de apoyo para mover aquel menudo +universo de sus imágenes fatigadas.</p> + +<p>Bebe. Queda medio adormilado. Le despierta la explosión de +aplausos que provoca Nené, la <span class="pagenum" id="Page_86">p. +86</span>atracción de La Perla, bello ejemplar de cocota que se ofrece +en el ruedo totalmente desnuda bajo una lluvia de gasas negras. Juega +con sus encantos al escondite. Se desliza friolenta, arropándose en las +sombras, tiritando bajo la cruda luz de un reflector.</p> + +<p>Finge su rostro un mortal abatimiento. De pronto, da un grito, se +arranca la máscara de tristeza. Cínicamente reta a los espectadores, +adelantando, sonriendo, entre las apretadas nieblas, un seno.</p> + +<p>Un vientre redondo gira en torno de su eje, que ahora es el eje +de todo el cabaret; ahuyentó las nubes, y una luna rosada describe +lentamente glotonas espirales. En el centro ríe un primoroso hoyuelo, +boca pintada de grana, que de pronto se pierde entre el ceñudo aluvión +de sombras.</p> + +<p>Sobre la desnudez siempre en fuga, se van plegando dócilmente los +jirones de humo. Nené hace de él cascadas, nubes, rosas enormes. Sujeta +en alto las sombras, se las derrama a capricho sobre su carne que se +acoge o se hurta a ellas, felina, ondulante.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_87">p. 87</span></p> + +<p>Alza un puñado sobre la frente, lo deja caer sobre sus senos, por +su espalda, como una ducha; se lo ciñe a la cintura, a las caderas; +se forja peregrinas cúpulas o temblorosos zócalos de bruma sobre los +cuales se estremece toda la fábrica voluptuosa.</p> + +<p>A veces, del volumen de sombras solo queda una enorme flor patética +prendida sobre el sexo azorado, o una empalizada tras de la cual +blanquea, romántica, la pudorosa azucena de su rostro.</p> + +<p>Finge el pudor, como finge la suprema lascivia.</p> + +<p>Borra sus propios perfiles, cambia de acento su sonrisa, se ofrece o +se niega, es impúdica o candorosa, dócil, altiva, según el gesto de esa +mano que empuña a su placer el cetro del claroscuro.</p> + +<p>Nené es la dueña absoluta de su total geometría, y la esconde o la +cede a su antojo, como se da a morder una fruta, sin soltarla de la +mano.</p> + +<p>Nunca vio Arturo sufrir tan deliciosas transformaciones al perfil +de una mujer. Miembros tersos, flexibles, temblorosos o inmóviles bajo +<span class="pagenum" id="Page_88">p. 88</span>una ráfaga de aire +negro, cuya ruta se tuerce cada minuto. Ágiles miembros cuya belleza se +va multiplicando, según el complejo sombrío —diáfano, denso— que sobre +ellos se acumula.</p> + +<p>Poco a poco, la sensualidad que despertó Nené se va apagando. Se +van repitiendo —van cansando— las circunvoluciones. Su gracia movediza +va retrocediendo por los mismos signos del zodíaco. Nace en los +espectadores la serena contemplación, como nace una corola clásica de +un puñado barroco de hojas verdes.</p> + +<p>La mirada de Arturo brinca del blanco vientre —risueña luna— de Nené +hacia su propio vientre. Se convierte en un Buda, hincados los ojos del +espíritu en su propia intimidad.</p> + +<p>—Nuestra vida —se dice— es también así: un juego de sombras. Algo +cándido, fraguado con materia infantil, blanca, primitiva, que hacemos +ir recorriendo desfiladeros de nubes. Pasan las sombras por esa +blancura temblorosa como pasan las inquietudes por nuestro espíritu.</p> + +<p>Ateridos bajo una lluvia de oscuras incertidumbres —sigue pensando +Arturo—, sucumbimos o resurgimos, según nuestra capacidad de <span +class="pagenum" id="Page_89">p. 89</span>voltear, de domeñar, nuestros +propios fantasmas. Toda nuestra vida es una perenne maniobra para +escamotear nuestra esencial desnudez, la verdad fundamental de nuestra +vida. Danza patética de la que acaso salimos sin saber otra cosa que +nuestra propia fatiga, nuestros íntimos derrumbamientos.</p> + + +<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div> + + +<p>El eje de la atención de algunos clientes de La Perla sigue +pasando por el ombligo de Nené, y Arturo recuerda las graves palabras +del filósofo: «Serio es aquello por donde pasa el eje de nuestra +existencia», y piensa en lo cómico de la actitud de estas gentes que, +por un momento, parecen haber abandonado su verdadero eje para hacer +piruetas en el eje provisional de aquella voluptuosa perspectiva.</p> + +<p>Arturo arranca de sí aquel pulpo tiránico que por unos momentos +le ha sorbido la atención, y aloja a Nené, con todos sus brumosos +subrayados, a Nené aún presente, en el mundo de los frívolos +recuerdos.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_90">p. 90</span></p> + +<p>Nené ya no existe. Arturo solo atiende con los ojos: dócil sentido +donde suele refugiarse la pereza. Atender con los ojos es la primera +fase del buen entendedor. También suele ser la última del cauto +distraído. El espíritu reserva para los demás infinitas coqueterías: +una de ellas está encomendada a los ojos, por los que nunca suele +asomarse el alma.</p> + +<p>El espíritu, ante las cosas que le cautivan, comienza por abrir +mucho los ojos; pero termina, si las ha capturado bien, por cerrarlos +herméticamente para no dejar huir sus maravillosas prisioneras, las +imágenes. Ante las que le dejan indiferente, sigue abriéndolos como +embobado. Salir y entrar libremente.</p> + +<p>Esta frase de abandonar el eje de nuestra vida, simulando una +decisiva atracción del contorno, es la farsa mayor de nuestro espíritu. +Lo que nos rodea existe en cuanto sumerge, al menos un costado, +en nuestra propia irradiación. Lo demás, lo no hundido en nuestra +atmósfera, son fríos astros, goce metálico de las ciencias cartujas.</p> + +<p>Vibramos, movemos en derredor nuestro un <span class="pagenum" +id="Page_91">p. 91</span>poco de aire viciado por nuestra propia +emanación: cuanto no respire el mismo aire nos es indiferente.</p> + +<p>Por eso es tan duro llegar a conocer ninguna auténtica fisonomía. +Hay que traspasar esas capas enrarecidas. No podemos fiarnos de su, a +veces, petulante transparencia. Lo normal es desistir de conocer a los +hombres, porque ir en busca de su verdadero rostro es un comienzo de +locura.</p> + +<p>Y pretender que los demás conozcan la nuestra es una infantil +ingenuidad. Solo nos conocerán cuando una arista de nuestro ser roce el +suyo, les hiera, les haga volver los ojos.</p> + +<p>Arturo vuelve los suyos hacia la vida de Alfredo. Cada vez que el +azar le trae una palabra suya —Alfredo bebe y ríe en una mesa cercana, +entre dos tanguistas— se despierta en Arturo el apetito de irrumpir en +la intimidad de aquel hombre. Lo advierte un solitario espectador.</p> + +<p>—Perdóname, amigo mío. Supongo que Alfredo no lo será tuyo.</p> + +<p>—¿Qué quieres decir con eso?</p> + +<p>—He venido observando vuestro grupo desde <span class="pagenum" +id="Page_92">p. 92</span>que entrasteis al cabaret. Es mi profesión de +estas horas. Elegí este lugar porque aquí los hombres suelen obrar con +más desembarazo. Se acercan más a sus propios instintos. Aquí la gente +viene a desnudarse de su traje de sociedad; suele exigir el pago de una +semana, de un mes de trabajo encasillado. Suele reclamar cínicamente +su plus de goce... Alfredo es de estos hombres. Lo conozco bien. Soy +un especialista en esta parcela de humanidad, porque suelo venir +frecuentemente; me siento en este mismo sitio, veo cruzar muchas veces +los mismos hombres, con sus mismos deseos. Tú eres aquí nuevo.</p> + +<p>—Cierto.</p> + +<p>—Lo conocí en seguida. Para ti, entrar aquí constituyó una +excepción, mientras para Alfredo solo es continuar una actitud. Esto le +hace despreciable. Me sorprende veros juntos.</p> + +<p>—Nos ha juntado el azar.</p> + +<p>—Vuestras vidas no pueden ser paralelas.</p> + +<p>—Se encuentran, efectivamente, en un punto.</p> + +<p>—¿Dónde?</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_93">p. 93</span></p> + +<p>—En una mujer.</p> + +<p>—Es la que suele trazar esos ángulos. Debí figurármelo. Ahora, todo +lo comprendo mejor.</p> + +<p>—Dime.</p> + +<p>—Eres el complemento de Alfredo. La mitad superior de un hombre.</p> + +<p>—Gracias por la noticia. Pero yo también me siento inferior.</p> + +<p>—Hablo de la que domina. ¿No has observado la oblicuidad de los +ojos de Alfredo? ¿Y sus labios redondos, gruesos, de glotón, de ente +inmundo? ¿Y su nariz curvada hacia la boca? Debes aprender los signos +de la repulsión.</p> + +<p>—Todo lo confío a mi instinto. Que no suele engañarme. Había +reparado en ese retrato de traidor de melodrama que me acabas de +pintar. Pero no le temo.</p> + +<p>—No te burles, y controla al mismo instinto. Suele dormirse. Puesto +que Alfredo es tu mitad inferior, aprende bien sus características.</p> + +<p>—No creo en la maldad absoluta. Apelaré a su tanto por ciento de +bondad.</p> + +<p>—Eres excesivamente generoso.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_94">p. 94</span></p> + +<p>—Soy muy egoísta. Y la generosidad es una forma superior del +egoísmo.</p> + +<p>—Eres incorregible. Adiós.</p> + + +<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div> + + +<p>En la calle, Juan Sánchez y Ruth van quebrando su propia dirección, +trazan figuras de infinitos lados que tienen por vértices los faroles, +los serenos, los taxis. Y los pálidos supervivientes de algún naufragio +lunático —gárgolas perdidas, mojones del vago reino de las sombras—, +empapados de versos y de vino: los falsos poetas. Ruth va empujando +a su amigo hacia un portal flanqueado por dos aburridas hembras que +esperan vanamente un cambio de tedio. Entre tantas herméticas, foscas, +una dócil puerta se deja violar. Un pasillo oscuro, que Juan Sánchez +alumbra con un encendedor...</p> + +<p>Juan Sánchez persigue una extraña voluptuosidad. Le arrastra no la +boca ni el sexo de Ruth, sino aquel dedo de contera de nácar, aquel +dedo redondo, fascinador, que acaba de señalarle entre la multitud. +Una manecita acaba de afirmarlo <span class="pagenum" id="Page_95">p. +95</span>como ente personal: Juan sigue el rastro de aquella manecita +con el propósito de verla de nuevo, extendida hacia él, señalándole, +alborozada:</p> + +<p>—¡Tú! ¡Eres tú!</p> + +<p>Si no padeciese tan intensa alucinación, dudaría un poco de esta +alegría de Ruth, provocada no por el hallazgo de un generoso amigo, +menos por la esperanza de un deleite, sino por su fe en la pronta +nivelación de un presupuesto. Juan Sánchez se lanza con tal ímpetu a +morder esta golosina de la predilección de Ruth, que el espectáculo +lamentable de la alcoba no logra prendérsele en la retina; como esas +últimas estaciones, ya muy próximas a la gran ciudad, que el viajero no +advierte en su fiebre del último minuto, al poner en orden su corbata, +su sombrero, su atuendo personal. Ni el mismo espectáculo de Ruth, que, +excesivamente ilusionada por el éxito económico de su desnudo, olvida +aturdidamente muchos recursos de seducción; y lo que pudo en ella ser +fina y cotizable coquetería apenas resulta un cinismo depreciado. +Mezcla sin ritmo la golosa intimidad con <span class="pagenum" +id="Page_96">p. 96</span>el descoco, y todos los valores plásticos de +la escena se reducen mucho de calidad. Pero Juan Sánchez nada advierte. +El placer más vivo de aquella belleza dinámica no será nada ante esta +suma embriaguez del individuo que, por fin, se siente destacado del +grupo innumerable, con una crucecita en aspa.</p> + +<p>Ruth busca algo en una cómoda, se arquea levemente sobre el cajón +superior, acentúa el arco sobre el cajón más bajo, termina la curva +sobre el inferior. Si Juan Sánchez no padeciese tan turbia alucinación, +desdeñaría las demás voluptuosidades por seguir la sucesión de +estos arcos imprevistos, que multiplican en Ruth, graciosamente, +sus posibilidades de belleza, mientras le afirman y reafirman en +su condición de lindo animalejo de placer. Porque toda la sabrosa +arquitectura, al enroscarse sobre sí misma, va perdiendo el último +resto de cínica altivez derrochado en la calle, y adquiere una nueva +fascinación de fruta. Al doblarse, vuelto el rostro hacia la tierra, +su carne esboza ademanes de oferta; como al doblarse, vuelto el rostro +hacia el techo, esbozan un ademán de tortura <span class="pagenum" +id="Page_97">p. 97</span>las <i>Tres Hermanas Argelinas, Tres</i>, +que ahora recogen toda la atención dispersa del cabaret. Con los pies +y las manos en la alfombra, las <i>Tres Hermanas Argelinas, Tres</i> +parecen disponerse al martirio, tenderse sumisas en un potro. Esos +viejos aparatos de martirio que suelen instalarse en los circos, en el +ruedo de este cabaret solo están aludidos por rectas ideales, que las +tres muchachas recorren con la sonrisa en la boca atrozmente grana, +cereza y sangre, respectivamente; porque si las tres coinciden acaso +en el modo de besar, que aprendieron en la misma revista de cinema, +no coinciden en el modo de preparar el cálido instrumento del beso. +Arqueadas, vientre arriba, los tres cuerpos comienzan a perder su +calidad humana y a acercarse a la de pulpo. Los frágiles sostenes se +atirantan, el vientre amenaza abrirse en dos gajos, de tan tenso. Al +fin recuperan, de un salto, su posición normal. Se les perdona la +tortura, y las tres reparten besos ideales entre aquella fauna mixta +de libertinos profesionales y libertinos de afición. Desnudas hasta +el punto —extremo— que toleran los preceptos municipales, juntos los +<span class="pagenum" id="Page_98">p. 98</span>pies por los talones +y las manos sobre las cabezas, construyen luego una ánfora griega, +donde los senos se adelantan en cornisa, y los muslos, de piel morena y +apretada, tiemblan un poco bajo la lluvia de miradas.</p> + + +<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div> + + +<p>Le despierta Juan Sánchez.</p> + +<p>—¡Arturo!</p> + +<p>Viene solo, desencajado, lívido. Vencido.</p> + +<p>—¿Lo ve? ¡Una ilusión de esa imbécil!</p> + +<p>—¿Cómo?</p> + +<p>—Nos encerramos. Quería obsequiarme con una cara, con un garbo +originales. Yo estallaba de alegría. Por fin, alguien me confería una +personalidad. Algo dudosa, pero muy halagüeña. Pues bien... ¡Nada! +Buscaba a un tal Juan Martínez.</p> + +<p>—¿Cómo advirtió su error?</p> + +<p>—Al desnudarme, vio la firma y rúbrica, y comenzó a palmotear: +«¡Eres otro! ¡Eres otro!». Yo le arrojé un vaso a la cabeza. +Chilló, anduvo corriendo por la casa, medio desnuda. Quería <span +class="pagenum" id="Page_99">p. 99</span>llamar a la Policía... Por +fin, todo se arregló con unas pesetas. Pero sus gritos se me hincaron +en el cerebro: «¡Eres otro! ¡Eres otro!».</p> + +<p>—Culpa de usted. ¿Por qué se ha grabado en la piel su cédula +personal?</p> + +<p>—Se quedó estupefacta. Luego comenzó a gritarme: «¡Eres otro! ¡Eres +otro!».</p> + +<p>—¿Va usted a hacer caso de una ramera?</p> + +<p>—¡No, no es una ramera! ¡Es un testimonio! Y ya lo ve usted. Yo +siempre soy otro cualquiera. Es decir, soy Nadie. ¡Nadie!</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch6"> + <p><span class="pagenum" id="Page_101">p. 101</span></p> + <h2 class="nobreak g0" title="6. Viraje"> + <span class="fs165">6</span><br>Viraje</h2> +</div> + +<p><span class="pagenum" id="Page_103">p. 103</span>—Felicíteme, +Arturo.</p> + +<p>—¿Por qué?</p> + +<p>—Mi salvación está aquí.</p> + +<p>—¿Dónde?</p> + +<p>—En esta carta. Léala.</p> + +<p>Es de la condesa viuda de Monte Azul. Invita a Juan Sánchez a +visitar una antigua finca de los condes, situada a pocos kilómetros de +Augusta.</p> + +<p>—No comprendo.</p> + +<p>—Es muy largo de contar. Esa finca está llena de misterios.</p> + +<p>—Como todo.</p> + +<p>—La tenían olvidada los condes desde hace muchos años, desde la +juventud borrascosa del conde... ¿Comprende? Esa finca, escondida ahí +entre robles, entre cerros, era el refugio galante de don Juan de Monte +Azul. Porque se llamaba don Juan.</p> + +<p>—Como cualquiera.</p> + +<p>—Es que importa, me importa mucho que se <span class="pagenum" +id="Page_104">p. 104</span>llamase así. Porque ese don Juan... ¡era mi +padre!</p> + +<p>—¿Cómo?</p> + +<p>—No tengo aún pruebas concluyentes, pero lo presiento, lo voy viendo +clarísimo. Porque, verá usted...</p> + +<p>El júbilo ha transformado su rostro, le hace precipitar locamente el +relato. Se atropella, quieren las palabras brotar a un mismo tiempo. Es +un relato enmarañado, sobre el que flota, como un globo grotesco, una +afirmación lanzada al aire con la máxima audacia, con una irrefrenada +alegría:</p> + +<p>—¡Soy hijo de...!</p> + +<p>Juan Sánchez va descendiendo al sótano más profundo de sus deseos. +Ha acariciado durante mucho tiempo esta voluptuosidad de ser el fin +de una vehemente aventura, no el eslabón de una cadena doméstica +burguesa.</p> + +<p>Ha soñado con ser fruto del deseo, no de la costumbre. Quiere tener +tras de sí una cadena forjada con todos los metales —plata de nobleza, +cobre plebeyo, hierro de tizonas, oro fino mental—. Quiere tener +por ascendencia guerreros, <span class="pagenum" id="Page_105">p. +105</span>poetas, cortesanas, garridas mozas plebeyas de anchas +caderas, gañanes de robusto pecho, reconstituyentes de los flácidos +linajes. Quiere llevar en su sangre todas las posibilidades del genio, +todas las borrascas subterráneas, capaces de hacer surgir en la +superficie de la tierra una maravilla vegetal, o un ejemplar magnífico +de bestia, o un espléndido hombre resumen, una síntesis humana +original.</p> + +<p>—Porque yo sé —sigue diciendo atropelladamente Juan Sánchez— que una +plena confianza en mi yo interior, en esa cadena de yos anteriores, ha +de empujarme a desarrollar algún escondido, hasta hoy insospechado, +germen de personalidad. Ya la tengo, ya tengo esa fe. Conocer, como ya +comienzo a conocer, cuál es la verdadera materia de que estoy fraguado, +es el acontecimiento más decisivo de mi vida, el más risueño, el más +consolador... Fíjese bien, Arturo. ¡Soy hijo de una noche de locura! +Acaso de la ramera más hermosa del contorno, acaso de una patética +violación, quizá de una joven púdica que comenzó aquella noche a +enloquecer de <span class="pagenum" id="Page_106">p. 106</span>amor... +Porque el conde era un ladino, un experto catador de bellezas.</p> + +<p>—Pero de esa carta no se desprende...</p> + +<p>—Se desprende. Yo sospechaba alguna cosa. Cartas, alusiones, +desemejanzas... Siempre creí no ser hijo de mis padres, y eso para mí +fue siempre un vago lenitivo. Lo conozco en que siempre he despreciado +a los que legalmente aparecen como antecesores míos en el mundo. Unos +miserables tenderos. Lo conozco en que los gastos de mi educación no +correspondieron nunca a la posición económica de mi falso padre. El +conde de Monte Azul medió siempre, como protector... Dicen que conocía +a mi padre desde niño. Que mi abuelo fue ayuda de cámara del primer +conde de Monte Azul. Que mi madre...</p> + +<p>—Pienso que, al menos, respetará la memoria de su madre.</p> + +<p>—¿Por qué?</p> + +<p>—Es sagrada. Así lo dicen.</p> + +<p>Juan Sánchez ríe nerviosamente. ¡Sagrada! Un delicioso animalejo +cogido al pasar por un robusto macho; estrujado, exprimido, hasta +agotar <span class="pagenum" id="Page_107">p. 107</span>en él todas +las venas del goce, hasta apurar el último poso del deleite... +¡Sagrada! Una encantadora bestia, erizada de caprichos, estremecida de +sensualidad, vibrante de lujuria, de cínica lujuria. Una espléndida +máquina donde tirar docenas de ejemplares de hombres. Un aparato de +reproducir, que luego olvida lo reproducido, que lo entrega a manos +mercenarias... Eso, ¿puede ser sagrado?</p> + +<p>Arturo no quiere interrumpir el frenético chorro. Va conociendo +a jirones la historia del advenimiento al mundo de Juan Sánchez; +historia supuesta, porque la carta nada prueba definitivamente. Juan +Sánchez quiere vislumbrar en ella toda una razón de vivir. Cree haber +encontrado un firme zócalo para edificar una existencia personal. +Piensa en razones científicas que le ayuden a soportar la pesadumbre +de su calidad de masa, que le empujen a asomar la cabeza sobre la +multitud.</p> + +<p>—Yo sé que entre mis ascendientes hubo guerreros, poetas, +cortesanas, filósofos. Algo de su espíritu habrá llegado hasta mí. Me +siento hervir en proyectos, en gérmenes de aventuras.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_108">p. 108</span></p> + +<p>—Puede usted equivocarse de antepasados. En la carta no veo +claro.</p> + +<p>—Estoy seguro, quiero estar seguro. Mañana se confirmará todo. No me +engaño, no quiero engañarme. Otras veces he descendido hasta el sótano +y solo hallé raíces triviales, despojos comunes...</p> + +<p>Porque él lo sabe, Juan Sánchez. Lo leyó en un libro. Desciende uno +a escudriñar en su propio subterráneo y puede encontrar varias capas. +Él siempre tropezó con esa red en la que los peces aprisionados son +comunes a toda la Humanidad. Así comenzó su locura. Por eso su vida +fue un prolongado martirio. Él era cualquiera de los demás, puesto que +solo había sido uno de tantos. Con sus mismos impulsos, con sus mismas +experiencias, con sus mismas anécdotas representativas.</p> + +<p>Había deseado a la mujer, la había gozado, como todo el mundo. Había +deseado ser rico, se había enriquecido, como todos sus semejantes, +colocados en feliz o adversa coyuntura. Encontraba en esa región +subterránea la misma admiración por la <i>Cena</i>, el mismo respeto +a Víctor <span class="pagenum" id="Page_109">p. 109</span>Hugo que +siempre vio en los demás mortales. Si se detenía un poco, en seguida +flotaba la misma frase —colectiva— ante el <i>Cardenal</i> de Rafael, +ante la Venus de Milo, que oyó pronunciar un millar de veces en los +museos. Regresaba furioso de esa zona hacia donde le empujaba no sé qué +instinto de docilidad, de obediencia al gran ejército sin nombre.</p> + +<p>—Pero, hace unos días...</p> + +<p>—¿Perdió usted la llave del sótano?</p> + +<p>—No, me detuve en otro piso. Yo lo sé, yo lo he leído. Había otro +piso. Otro piso más noble. Con las mismas tinieblas, con el mismo +hervor, con el mismo laberinto; pero allí me cogieron del brazo +fantasmas totalmente desconocidos, tropecé con larvas de pensamientos, +de deseos originales... Nunca había conocido ese germen de odio a la +máquina de carne que nos produjo. Advertí que tal odio no es colectivo. +Creí que por él comenzaba a redimirme del ideario común. Creí también +que ese germen fue por alguien, por algo, depositado allí. No flotaba +en vano entre mis larvas ideales. ¿Iba a ser <i>una broma</i> de los +poderes cósmicos ese grano de <span class="pagenum" id="Page_110">p. +110</span>sal? ¿Por qué iba yo a ser la masa a quien, por una +coquetería de los dioses, se le concede un momento el darse cuenta de +su condición de masa? Sería tan cruel como darle al barro la chispa de +sabiduría para que conociese su distancia del jaspe. Los dioses, si +existen, no pueden ser tan crueles.</p> + +<p>—Creo que existen. Es algo que también flota en esa zona común: la +fe en los dioses. Pero también hay allí indicios de su crueldad.</p> + +<p>—Mañana lo veremos. Venga conmigo a Monte Azul. Es un caserón que +casi nadie ha visto. Recuerdo haber estado allí, muy niño, con mi +padre, el tendero. Ha estado cerrado mucho tiempo. La condesa quiso +restaurarlo, pero su marido no se precipitó a acceder a los deseos de +ella. El caserón era un testigo de su vida mejor: no quería destruirlo, +al restaurarlo. Así quedó hasta su muerte. Ahora, no sé... ¿Vendrá +conmigo?</p> + +<p>—Iré.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_111">p. 111</span></p> + + +<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div> + + +<p>Una excursión al pasado de Juan Sánchez. El coche avanza entre +chopos vendados, ceñidos los pies por una faja blanca: un paisaje +ortopédico.</p> + +<p>Al través de los chopos, montañas. Cimas de color de rosa; colinas +redondas, que blanquea un rebaño; ondulantes, voluptuosas caderas de +color de trigo; cráneos morenos, grises, amarillos, erizados por la +siega reciente; rastrojos salpicados de ababoles, de mielgas moradas, +de cardos.</p> + +<p>Laderas aún verdes, de olivos, de viñedos, de alfalfa; senos de +ámbar, rayados por venillas ocres, por senderillos que abren las ovejas +por donde resbalan los recentales hacia lo profundo de la curva.</p> + +<p>Montañas dormidas al sol. Bruscas y rojas vertientes: un gigantón +ha rebanado la tierra. Sus tajos le duelen al campo, rezuman por él su +esponjosa entraña.</p> + +<p>Más lejos, grupos enormes de centauros, hombros de cíclopes que +rozan las nubes. Montañas violeta, montañas azules, montañas de todos +los colores inefables, de todas las curvas <span class="pagenum" +id="Page_112">p. 112</span>imprecisas. El horizonte. Perfil último y +borroso.</p> + +<p>Tres, cuatro paisajes. El que nos va dando con los codos, +humorístico, de clínica, de algodón en rama. Luego, el paisaje real, +con sus relieves duros, inatacables por el ácido inútil de la ironía; +sugeridor de un subsuelo fértil, de una entraña opulenta.</p> + +<p>Y el paisaje de ensueño, intangible, que huye bajo nuestros pies, +que va dando brincos hacia atrás, sonriendo melancólico, fino, sutil, +levemente burlón, de colores elaborados por el aire y la distancia.</p> + +<p>Y, por fin, el remoto paisaje apenas vislumbrado. Lo permanente, que +no sabemos si existe. La bruma que flota detrás del horizonte, de la +que ya no sabemos si es bruma, si es nube, si es nada.</p> + +<p>Avanzan en silencio Arturo y Juan Sánchez. Arturo va pensando +en el camino, Juan en el término del viaje: brecha abierta hacia +la cueva donde es elaborado su destino. Arturo va situando en cada +paisaje un índice humano. Va <span class="pagenum" id="Page_113">p. +113</span>escalonando —como en los retablos de gloria— todos los +hombres y mujeres que conoce.</p> + +<p>Plano humorístico, plano desnudo y permanente, plano brumoso y +fugaz, plano irreal, ilusorio.</p> + +<p>En cada uno va situando espíritus. Los más próximos no sufren tanta +cercanía. No podemos verlos en plenitud, y andamos buscándoles una +arista divertida que nos compense de la ignorancia del resto. Son +los entes familiares los más desconocidos. Una deformación nos los +esconde. Como de estos chopos solo vemos su risible faja ortopédica, +de un hombre solo solemos ver su ceceo, su cojera, del cuerpo o del +espíritu.</p> + +<p>Los del segundo escalón, sí podemos verlos. Son los que giran en +derredor nuestro dentro de los aros de nuestra intimidad. Intimidad: +sagrado y claro recinto. Solo con su luz podemos ver reflejada en un +rostro la inquietud de una mano que se prende a la nuestra; solo dentro +de su silencio podemos medir la vibración de un pulso paralelo al +nuestro.</p> + +<p>En la tercera zona los seres van apiñándose, un <span +class="pagenum" id="Page_114">p. 114</span>poco desdeñados, borrosos, +movedizos, cediéndose unos a otros los perfiles. No tocan los confines +de nuestra intimidad, los vemos pasar un momento y desaparecer en la +última zona, en la remota cadena de seres que gira en derredor nuestro, +en el mismo límite de nuestra vida, donde comienza para nosotros el no +ser, en el punto donde todo vacila o muere. La cuarta zona es el país +de la abstracción.</p> + +<p>Arturo va instalando a sus amigos en el nuevo casillero. A Juan +Sánchez, en la zona inmediata de la familiaridad; a este Juan Sánchez +de quien solo se conoce su angustiosa inquietud que, a fuerza de +subrayársela, llega a ser cómica, pintoresca, como toda prolongación +desmesurada de un brote emocional. Le ha nacido en el espíritu un +tumor, que la vida no pudo hasta hoy extirpar. Se le ve, lleno de +ansiedad, chispeantes los ojos de impaciencia por llegar a ver clara su +nebulosa cuna.</p> + +<p>—Faltan seis kilómetros.</p> + +<p>—No corra tanto. La carretera no está buena. Frene un poco.</p> + +<p>A Matilde la instalará en la región de la intimidad, <span +class="pagenum" id="Page_115">p. 115</span>donde la reiterada +concentración del espíritu todo lo va viendo rasgo a rasgo, gesto a +gesto. Por eso, de la intimidad se retorna bruscamente, se arranca el +espíritu inexorablemente, cuando un gesto o una palabra desnuda al otro +espíritu.</p> + +<p>La familiaridad es una estación que puede tomarse y dejarse a +capricho. En ella podemos salir y entrar cuando queremos. Pero en +la intimidad solo dejamos penetrar a los demás una sola vez. Cuando +resiste la prueba, allí permanecerá siempre; si no la resiste —si no la +resistimos—, la expulsión es definitiva.</p> + +<p>Matilde no puede abandonar ya la intimidad de Arturo. Porque Matilde +se ha dejado comprender tan dócilmente, que la salva su misma claridad, +la redime de todos sus punibles intentos de poseer el hombre integral, +unas veces vencedor por el espíritu y otras por la carne.</p> + +<p>Matilde descansa de todas sus vehemencias alternativamente, y su +juego es infantil y perdonable. Sabe cederse a dos fuerzas que en ella +confluyen silenciosamente, a espaldas de este ser borroso, en perpetuo +desequilibrio, que solo <span class="pagenum" id="Page_116">p. +116</span>persigue conocer —sin conseguirlo nunca— su propio relieve. +Hombre a caza de su sombra.</p> + +<p>—Falta algo más de dos kilómetros. Pero no podemos seguir por +carretera. Hay que tomar una senda. La finca está allí, a mano derecha, +detrás de aquellos chopos.</p> + +<p>—Iremos a pie. El coche pueden guardarlo esos labriegos.</p> + +<p>Por una senda vemos avanzar hacia nosotros el roído caserón de los +condes de Monte Azul. Avanza con la boca abierta, amenazándonos con +engullirnos.</p> + +<p>Deben estar polvorientas sus entrañas, su corazón estará amojamado, +apergaminada su lengua. Vamos viendo los ojos del monstruo, sus +ventanas desportilladas, la visera de su casco rojo. La enmarañada +pelambre de hiedra que cuelga por sus sienes.</p> + +<p>Una docena de chopos altísimos escolta a la desmoronada mansión. Una +tapia de ladrillo la ciñe. Hay alguien cerca de la verja, un campesino +que poda unos rosales.</p> + +<p>—¿Y la condesa?</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_117">p. 117</span></p> + +<p>—Vuelve en seguida del pueblo. En casa les dirán.</p> + +<p>En el vestíbulo surge la negación de aquel paraje: la doncella +de la señora, una deliciosa muchacha con atisbos de bulevar, con +guiños pícaros de cabaret, con la vivacidad de charla que nunca puede +aprenderse en el campo, siempre lento, sin prisa.</p> + +<p>—Pues verán ustedes, la señora condesa salió muy de mañanita al +pueblo...</p> + +<p>—Esperaremos.</p> + +<p>Entran los dos en una sala. Juan va delante, conmovido, concentrada +en los ojos toda su vida. Frente a él, dentro de un marco de roble, le +mira fijamente un militar.</p> + +<p>—¡Yo!</p> + +<p>—¿Cómo?</p> + +<p>—Mire. ¡Soy yo! ¡Yo mismo!</p> + +<p>Allí está Juan Sánchez, erguido altaneramente, con la mano en +la empuñadura de un sable. Hay una desoladora expresión de vacía +arrogancia en sus pupilas. Cuelgan en su pecho unas medallas. Se empina +su bigote. Su uniforme impecable, acusa el corte más fino.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_118">p. 118</span></p> + +<p>—Cierto. Se le parece mucho.</p> + +<p>—¡Soy yo! ¡Yo mismo!</p> + +<p>Juan Sánchez contempla un largo rato al militar de la mano en el +sable. Al volver los ojos hacia la derecha, no puede contener un +grito:</p> + +<p>—¡Yo! ¡Soy yo!</p> + +<p>—¿Quién?</p> + +<p>Allí está Juan Sánchez con la mano en la pluma, posada sobre un +montón de volúmenes. Sus ojos miran al mundo compasivamente, como desde +lo alto del Parnaso.</p> + +<p>Arturo lee en el lomo de algunos libros: <i>Cervantes, Dante, +Milton</i>... Una gran corbata negra subraya el rostro pálido de aquel +Juan Sánchez olímpico, lamentable. Sus guedejas sombrías se enmarañan +un poco. Posa junto a una ventana, y el viento le mece el pelo y le +trae «ráfagas de ardiente inspiración».</p> + +<p>El tercer Juan Sánchez lo descubre Arturo. Se asoma al cuadro de +la izquierda. Abate los ojos sobre un plano. Su mano se apoya en una +rueda.</p> + +<p>—¡Es usted mismo!</p> + +<p>—¡Yo, otro yo!</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_119">p. 119</span></p> + +<p>Un hombre de ciencia, un inventor. Sobre la mesa, una esfera +armilar, cartas geográficas, una miniatura de máquina trilladora, una +escuadra, un paralelepípedo. Sus ojos, sin brillo, contemplan un ángulo +rojo trazado en el papel.</p> + +<p>—Tiene usted entre sus antepasados hombres de ciencia, poetas, +caudillos. Le felicito, Juan Sánchez. Puede usted ir licenciando +sus dudas. El pasado le guardaba sorpresas. Hará de usted un hombre +original. Todos los gérmenes están aquí, en estos muros.</p> + +<p>Juan Sánchez contempla, abrumado, el bosquejo de trilladora +mecánica; el paralelepípedo.</p> + +<p>—¡Una trilladora! —murmura—. La misma que yo quise inventar hace +seis años.</p> + +<p>—No le sorprenda. Seguramente, ese poeta que ahí está recibiendo un +chorro de ardiente inspiración, comenzaría a escribir las quintillas +que usted ha terminado ayer.</p> + +<p>—¿Se burla usted de mí?</p> + +<p>—Todo se burla de nosotros, Juan Sánchez. El único partido serio +para nosotros es tomar parte en la burla.</p> + +<p>Se sienta bajo una panoplia donde se enmohecen <span +class="pagenum" id="Page_120">p. 120</span>algunas espadas sin gloria. +Hojean un volumen donde amarillean ristras de sonetos, silvas y +aleluyas.</p> + +<p>—¡Qué espléndido libro para una antología de lo cursi!</p> + +<p>—Debe de ser mi abuelo. Lea algún verso.</p> + +<p>—Este. «A tu pelo»:</p> + +<div class="poetry-container"> + <div class="poetry"> + <div class="stanza"> + <div class="verse indent0"><i>¿Si eres de miel, por qué tu amor amarga?</i></div> + <div class="verse indent0"><i>¿Si eres de cera, por qué no te derrites?</i></div> + <div class="verse indent0"><i>¿Si con el sol en abrasar compites...</i></div> + </div> + </div> +</div> + + +<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div> + + +<p>—Señores —interrumpe un anciano que acaba de entrar—, perdonen que +interrumpa su lectura. Soy el mayordomo de los condes. La señora les +suplica...</p> + +<p>—Vamos en seguida —dice Juan Sánchez, levantándose—. Estoy +impaciente.</p> + +<p>—Comprendo su impaciencia. Pero la señora condesa desearía que la +releven del penoso deber de recordar un pasado muy triste para ella. +Yo podría sustituirla, si ustedes quieren. Soy <span class="pagenum" +id="Page_121">p. 121</span>ya muy viejo. Lo conozco todo... Mejor que +ella. Permítanme que yo les revele...</p> + +<p>El mayordomo mira receloso a Arturo.</p> + +<p>—Puede usted hablar sin reservas. Es como un hermano mío.</p> + +<p>—En ese caso...</p> + +<p>—Diga, diga —replica, nerviosamente, Juan Sánchez.</p> + +<p>—Hace unos treinta y cinco años, ¡yo llevo cuarenta en la casa!, +«esta finca era un vergel. Las madreselvas escalaban los muros, los +rosales bordeaban las avenidas, una bóveda de espesos álamos sombreaba +la quinta; los pavos reales paseaban altivos la pompa de...».</p> + +<p>—Señor, estoy impaciente por conocer mi pasado.</p> + +<p>—Eso es también su pasado. Es una descripción de la finca, escrita +por uno de sus parientes, señor.</p> + +<p>—Entonces, ¿es cierto...?</p> + +<p>—Lo es —y el mayordomo inclina gravemente la cabeza—. Usted nació +aquí. Venga a ver su cuna.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_122">p. 122</span></p> + +<p>Se levantan los tres y penetran en un aposento destartalado.</p> + +<p>—Uno de esos muebles desvencijados es su cuna. Hubiera querido +aderezar esto un poco, pero resultaba imposible...</p> + +<p>—E inútil —añade Arturo.</p> + +<p>—Seguramente —agrega el mayordomo.</p> + +<p>—De modo es que aquí... Cuente.</p> + +<p>Vuelven a sentarse bajo la panoplia, y el mayordomo dice:</p> + +<p>—Fue un año de locura, de frenesí. «Sueltas las riendas de la fogosa +imaginación, el conde se dejó arrastrar por los ímpetus...».</p> + +<p>—Señor, estoy impaciente por conocer mi pasado —interrumpe Juan.</p> + +<p>—-Perdone. Esto corresponde a su pasado. Está tomado de una carta +del arcediano de Sos, hermano del señor conde.</p> + +<p>—¿El arcediano de Sos? Le suponía de la familia. Siga.</p> + +<p>—En fin, señor, me apena mucho decirle que usted es hijo de...</p> + +<p>—Sí, de prostituta.</p> + +<p>—No me atrevería a decirlo así. Su señora madre <span +class="pagenum" id="Page_123">p. 123</span>era una tiple de Marsella, +de la que se enamoró locamente el señor conde.</p> + +<p>—¡Una artista! ¿Lo oye usted, Arturo? ¡Una artista! Una triunfadora +por su belleza, por su talento musical, por el encanto de su voz.</p> + +<p>Juan Sánchez se exalta. Poco a poco va alzando el tono de sus +frases. Vibra como nunca. Revive. Se transfigura. El mayordomo le mira, +sorprendido.</p> + +<p>—¡El arte! ¡El poder del arte! Un telón que se alza, una mujer que +irrumpe en escena cantando su pasión, asomándose a la zona de los +espectadores para verter sobre ellos carbones encendidos...</p> + +<p>—¡Juan Sánchez!</p> + +<p>—Una mujer en las baterías recogiendo en su regazo millares de +flechas, prendiendo en millares de pechos la misma llama. Fue al remate +del gran siglo turbulento, Arturo, en el enorme siglo de la pasión +desenfrenada. Una mujer convulsa por el arte y el amor que le queman +las entrañas, avanza hasta el público y lo pone en pie, y le arranca un +furioso oleaje de aplausos... Un joven, desde un palco, la contempla +embelesado, <span class="pagenum" id="Page_124">p. 124</span>le envía +un ramillete. Sale al pasillo, llega al camerino, besa conmovido la +mano de la artista... El amor hace el resto. El amor viene a ocultarse +púdicamente entre estos robles. Aquí da sus frutos... Arturo, amigo +mío, de ese regazo acribillado por millares de deseos, nací yo, +Juan Sánchez. De un súbito oleaje de pasión, de una vehemencia, de +un latigazo ardiente del deseo que empuja los mundos. Arturo, estoy +redimido. ¡Soy hijo de la más deliciosa aventura!</p> + +<p>—Si el señor me lo permite..., quisiera rectificar un poco... +—insinúa, entre zumbón y compasivo, el mayordomo—. Su señora madre era, +efectivamente, una artista, pero siempre que se adelantó hasta las +baterías lo hacía acompañada de treinta y nueve más. Era una señorita +del coro.</p> + +<p>—¿Qué dice usted?</p> + +<p>Juan Sánchez se alza bruscamente del asiento, se abalanza al +mayordomo, le agarra por las solapas, lo sacude furiosamente.</p> + +<p>—¡Del coro! ¡Del coro! ¿Sabe usted lo que dice?</p> + +<p>—Señor mío...</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_125">p. 125</span></p> + +<p>—¿Sabe usted lo que eso significa para mí?</p> + +<p>—Yo no sé... Esa es, sencillamente, la verdad.</p> + +<p>Arturo interviene. Juan reacciona, se deja caer, derrumbar, en la +butaca; se lleva las manos a los ojos.</p> + +<p>—¡Del coro!</p> + +<p>—Tenía muy poca voz, pero unas piernas maravillosas. Aquí las tiene +usted. La tercera, comenzando por la derecha.</p> + +<p>—¿Del actor? —pregunta Arturo.</p> + +<p>—Del espectador.</p> + +<p>Juan Sánchez contempla ávidamente una página de revista de +espectáculos que le ofrece el mayordomo.</p> + +<p>—Señor, ¡he aquí a su madre!</p> + +<p>—Arturo, ¡he aquí a su hijo!</p> + +<p>Cae en una postración aterradora. Sus manos, febriles, parecen +querer hacer añicos la revista. Jadea, se debate en lo más profundo de +su impotencia.</p> + +<p>—¡Cálmese!</p> + +<p>Intenta sonreír. Le brota una mueca.</p> + +<p>—¡Del coro! —Y, más sombrío—: ¡De la masa!</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_126">p. 126</span></p> + +<p>Allí está, desnuda, guiñando picarescamente el ojo al joven del +palco. Por todo traje lleva unos claveles y una gasa.</p> + +<p>—Si usted quiere —sigue diciendo el mayordomo—, puede seguir por +esta revista la vida de su señora madre en aquel tiempo. Hay de ella +muchas «fotos». Era el libro que prefería el señor conde.</p> + +<p>—¡Del coro!</p> + +<p>—La tercera de la derecha, señor. Era magnífica, como usted ve...</p> + +<p>—¡Cállese ya!</p> + +<p>—Debo continuar mi historia. Es la última voluntad del señor conde, +que la señora condesa me transmite. El señor conde no volvió a Madrid +en mucho tiempo. Trajo aquí a Margot. Vivieron ocultos algunos meses. +Cuando usted nació, nadie lo supo, excepto algún criado. El conde tenía +aquí un administrador sin hijos. De pronto, la mujer del administrador +se trajo de París un niño: era usted. Porque usted ha venido de París, +señor. Allí actuó a los pocos días su señora madre, más bella que +nunca... Véala, en esta página. Es la quinta de la izquierda.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_127">p. 127</span></p> + +<p>—¿Del espectador? —pregunta Arturo.</p> + +<p>—Del actor —contesta, impasible, el mayordomo—. ¿Tan desfigurada +está?</p> + +<p>—Un poco. Al fin, ha pasado por ella una vida. La de Juan Sánchez. +Sonríe, eso sí, con la misma picardía. ¿Y el conde?</p> + +<p>—No volvió a acordarse de ella. El hijo fue bautizado aquí. Es otro +Sánchez y Sánchez. Pero, en realidad, señor, sois un Monte Azul.</p> + +<p>—¡Soy Nadie!</p> + +<p>—En la provincia sois varias sociedades anónimas de firme crédito. +No podéis pedir más.</p> + +<p>—Bien, vámonos.</p> + +<p>—Perdón. He de completar mi misión. Al morir el señor conde, que, +como todos saben, derrochó una fortuna con...</p> + +<p>—Sí, con señoritas del conjunto.</p> + +<p>—También con «estrellas», señor. Su señora madre fue una excepción, +una honrosísima excepción.</p> + +<p>—Siga.</p> + +<p>—Al morir el conde, dejó una cláusula en su testamento por la que se +instituye a usted heredero de todo su pasado.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_128">p. 128</span></p> + +<p>—¡Estúpida herencia!</p> + +<p>—De modo es que esta misma revista y todos los cuadros de sus +abuelos le pertenecen. Con algunos muebles utilizables de esta casa. La +de Madrid pertenece a la señora condesa. Y esta finca pertenece a un +usurero.</p> + +<p>—He de cargar con un montón de trastos viejos.</p> + +<p>—Yo diría con un tesoro de recuerdos, señor. Os queda ese poeta, ese +ingeniero, ese militar. Os quedan esas «fotos» de Margot, sonetos...</p> + +<p>—¡Todos del coro! ¡Nadie!</p> + +<p>—Son vuestros antepasados. Nacieron, ambicionaron, figuraron...</p> + +<p>—Sí, el tercero de la izquierda, del actor o del espectador, según +los casos.</p> + +<p>—... y murieron. Margot falleció hace seis años. Se había retirado +ya. Pedía dinero al señor conde. Yo le giré algunas cantidades. Un día, +este periódico dio cuenta de un accidente... Un camión había aplastado +a una anciana... Un suceso triste. Lea...</p> + +<p>Juan Sánchez aparta, horrorizado, el periódico.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_129">p. 129</span></p> + +<p>—¡Un camión!</p> + +<p>—Algo horrible. La eliminó del mundo, como una goma de borrar.</p> + + +<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div> + + +<p>Otra vez en la carretera. De nuevo las filas monótonas de chopos +con la espinilla vendada. Cada vez se va quedando más lejos el paisaje +espontáneo. La industria va engrasando los caminos para que el hombre +se deslice por ellos más rápidamente; los va dejando inútiles para el +antiguo caminante, para el sencillo hombre de a pie.</p> + +<p>Y sitúa a lo largo del viaje esos graciosos monumentos rojos a la +velocidad, que van distribuyendo energía. Las ciudades acortan entre +sí las distancias; se reducen las posibilidades de tedio y de novela. +Un viaje, que antes podía originar largas pasiones románticas, ahora, +a noventa kilómetros por hora, apenas logra producir un brusco roce +epidérmico. Los espíritus no se desnudan bien sino en reposo. O en una +diligencia, en un coche de tercera...</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_130">p. 130</span></p> + +<p>La carretera ha perdido su color poético y se va empapando de +color de alquitrán. Suprime algunas imágenes usadas, suscita otras. +Suprime algunas peripecias gastadas, como el atraco; suscita el choque +violento, la <i>panne</i>, la mutilación aparatosa, el vuelo de un +cerebro por las ramas. La carretera atiende, solícita, a destruir la +monotonía de la existencia humana.</p> + +<p>—Haré un auto de fe con mi pasado.</p> + +<p>Juan Sánchez continúa allí, en el fondo del coche. Arturo se había +olvidado de él. Creyó haberlo dejado en la sala patética del álbum y +los lienzos, entre dos cornucopias, frente al hombre de la mano en el +puño de la espada, de la mano en la pluma, de la mano en la rueda.</p> + +<p>—Su pasado es magnífico. Es una admirable novela.</p> + +<p>—Haré un auto de fe. Quemaré a mis ascendientes. Entrarán +definitivamente en la nada.</p> + +<p>—Pero no podrá rasparlos de su árbol genealógico.</p> + +<p>—Ese no es mi árbol oficial. Todos esos peleles sin fisonomía son +como los monos que se entrometen, que se cuelgan a las ramas sin <span +class="pagenum" id="Page_131">p. 131</span>que nadie los llame. Mi +árbol está libre de danzantes, de esos monos de la tierra, ridículos +imitadores del artista, del político, del sabio. Mi árbol está plantado +por tenderos. Quiero ser un tendero, un comerciante más.</p> + +<p>Su voz suena a hueco, lúgubre, rajada, desesperante. Poco a poco se +va apagando. De Juan Sánchez solo queda un montón borroso de escombros, +agazapados en el ángulo del coche, torvo residuo de las alegres +llamaradas —tan fugaces— de aquel día.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch7"> + <p><span class="pagenum" id="Page_133">p. 133</span></p> + <h2 class="nobreak g0" title="7. Auto, bodegón y celos"> + <span class="fs165">7</span><br>Auto, bodegón y celos</h2> +</div> + +<p><span class="pagenum" id="Page_135">p. 135</span>El balcón da a +una avenida histórica donde quedan unos pedruscos acribillados por un +diluvio de balas enemigas. Alguna vez estos pedruscos formaron una +puerta, pero hoy solo son un espectáculo. Los cerca un jardinillo, +como a la estatua de un poeta acribillado por un diluvio de flechas +amorosas. La ciudad inventa un decorado único para el arte y la gloria, +para la ruda piedra y el frágil verso. A cada hombre o cosa le asigna +un fragmento de césped —fondo neutro— salpicado de algunas flores +raquíticas.</p> + +<p>La ciudad contempla a su puerta heroica, como a una venerable +abuelita que hace más de un siglo se resistió bizarramente a una +violación. El enemigo acumuló allí toda su energía. Aquella puerta era +el sexo de la ciudad.</p> + +<p>Puerta que adquirió su personalidad cuando precisamente se obstinaba +en perderla, y de lugar de acceso a las entrañas urbanas prefirió +convertirse en un muro hermético. Vive por haber resistido a un +apremiante deseo. El hombre <span class="pagenum" id="Page_136">p. +136</span>y la cosa originales se producen súbitamente en momentos de +rebeldía también súbita. Los modos lentos conducen al fracaso, porque +las gentes prefieren que la originalidad estalle, para volver a ella +los ojos.</p> + +<p>En el balcón, Matilde y Arturo. Juan Sánchez pasea nerviosamente +por la sala, aguardando la llegada de su herencia. Su pasado viene +dentro de un camión: un pasado sucinto; épocas en extracto, amores +sintetizados en una redondilla; ambiciones reducidas a un diploma; +fiebres prensadas —marchitas, secas, lamentables— entre dos páginas +de novela... Volutas, metáforas, caracoleos de roble y de idioma. Una +vieja cama barroca, retratos, rollos amarillos de papel.</p> + +<p>—Parece que tarda, ¿no? —pregunta Juan Sánchez.</p> + +<p>Y advierte sorprendido que nadie le contesta. Que Matilde y Arturo +prosiguen una escrupulosa inspección de la puerta inmortal; que algo +muy profundo les tiene sumergidos en la calle. Vuelve a preguntar:</p> + +<p>—¿Verdad que tardan?</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_137">p. 137</span></p> + +<p>Nada. Arturo está hablando casi al oído de Matilde. Flotan, entre +los rizos de Matilde, frases mutiladas.</p> + +<p>—...una hora..., tardanza...</p> + +<p>—...siniestro difícil..., director..., urgente...</p> + +<p>—...falso..., catástrofes de pega...</p> + +<p>—...porvenir..., comisión muy aceptable..., debes comprender...</p> + +<p>Juan Sánchez está allí, a dos pasos. Vagamente llegan a él hilachas +de un diálogo desflecado por la cautela. Pero de las últimas palabras +se desprende un tuteo sospechoso. Aguza el oído. Frases completas.</p> + +<p>—Mi fortuna se fragua entre escombros.</p> + +<p>—Se ve que te enamoran los conflictos.</p> + +<p>—Por eso estoy entre vosotros, en vez de enseñar lógica en un +instituto enmohecido..., donde todos los problemas se dan como +resueltos.</p> + +<p>—Tienen fe.</p> + +<p>—No tienen curiosidad.</p> + +<p>—Tú no crees en nada.</p> + +<p>Dulcemente, muy bajo:</p> + +<p>—...ni siquiera en mí.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_138">p. 138</span></p> + +<p>A Juan Sánchez solo le llega el <i>mí</i>, un <i>mí</i> ardiente, +afilado, inconfundible.</p> + +<p>—No es fe, es deseo. Creo que te basta.</p> + +<p>Juan Sánchez está allí, sumergido en un turbio presente. No puede +oír la respuesta de Arturo, de Arturo, siempre correcto, frío, inmóvil, +que sigue contemplando la puerta gloriosa, mientras Matilde vibra de +impaciencia, hace esfuerzos para no gritar su inquietud. Juan Sánchez +aguarda una frase nueva, definitiva. Los dos callan. Los pasos de +Juan Sánchez han cesado. Un silencio hostil pone en guardia a los +amantes.</p> + +<p>Y el ruido de un camión que se detiene ante el umbral.</p> + +<p>—¡Ya está aquí mi pasado!</p> + +<p>Salen todos a recibirlo.</p> + + +<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div> + + +<p>La destrucción del pasado de Juan Sánchez se realiza sin patetismo +alguno. Folio a folio van desapareciendo los libros, el álbum. Astilla +a astilla van sumergiéndose los marcos en la chimenea. Los lienzos +se enrollan, se resisten al <span class="pagenum" id="Page_139">p. +139</span>aniquilamiento. Al fin, la llama lo unifica todo.</p> + +<p>Juan Sánchez va arrojando antepasados al fuego. Un pintor que +solo llegó a copiar la realidad, que nunca pudo inventarse otra. Un +político que solo llegó a ser cacique. Un guerrero de latón, que nunca +ganó más empresas que las del campo de maniobras. Un héroe que ganó +el campeonato de las carreras a pie en cierta catástrofe militar. Un +poeta, de los llamados <i>chirles</i>, cantor de frondas y arroyuelos, +constructor de dos mil cuartetas y tres mil ochocientas quintillas. Un +farsante sin genialidad, es decir, un payaso triste.</p> + +<p>Al caer en sus manos el hombre de la mano en la pluma, Juan Sánchez +le dedica una sorda oración fúnebre.</p> + +<p>—Entra definitivamente en el olvido, abuelo mío. Te pasaste la +vida buscando consonantes, como quien busca sellos de correo. Fuiste +un coleccionista más. Recorriste de álbum en álbum todos los salones +cursis de tu siglo. Cantabas a la patria que te vio nacer y a las nubes +que recogían tus estúpidas miradas. Construiste poemas a medida, hechos +de metáforas tradicionales, <span class="pagenum" id="Page_140">p. +140</span>burdamente cosidas con alambre retórico barato. No llegaste +a decir nada del sol ni de la luna y los campos, porque todo quedaba +oscurecido entre la niebla de tu estilo común. Las cosas quedaron +enfundadas en tupidas arpilleras; no las pudiste mostrar desnudas. No +tuviste ni aun ingenio para disimular tu incultura, como tantos de +nuestros poetas que aún viven. Hablabas del corazón humano, y nunca +llegaste a conocerlo, como no lo conocieron tampoco la mayor parte de +tus compañeros de rimas enchufadas. Lo simplificabais hasta el extremo +de anularlo. Le asignabais dos o tres vulgares resortes, y de toda la +complicada máquina emotiva solo visteis alguna patente ruedecilla. +Ni siquiera pudisteis señalar los verdaderos estímulos eróticos, ni +siquiera los verdaderos resortes de la voluntad. Por eso forjabais +los personajes de una pieza, y todas sus posibilidades de acción se +reducían al programa preestablecido. Escribíais para el público, sin +saber que el público acaba por despreciar a los que solo escriben +para él. Erais Nadie, porque no lograbais añadir un verso <span +class="pagenum" id="Page_141">p. 141</span>al precioso mundo lírico de +vuestros antepasados. Tú eras Nadie, porque tus versos estaban tomados +a crédito a la historia, y deformados y trivializados luego, en vez de +devolverlos bien bruñidos, con aderezo nuevo. Eras Nadie, como yo, tu +descendiente, a quien legaste un vago afán de conmover a los hombres +por la palabra sonora. Pensaba en un arpa y solo llegaste a manejar la +ocarina. ¡Vete al fuego, pobre idiota ilusionado!</p> + +<p>La llama le transfigura, le redime. Hay en su mirada una extraña +irradiación. En su voz hay una falsa mansedumbre.</p> + +<p>—Desaparecéis en absoluto, porque vuestras risibles obras ya hace +tiempo que se borraron del mundo, y vuestras vidas solo prendieron en +las otras por bestiales contactos, por lazos oscuros de sexualidad que +nunca podrán hacer de un Nadie un Alguien... ¡Se acabó!</p> + +<p>Juan Sánchez se vuelve hacia Matilde y Arturo. Se acentúa la +anormalidad de sus gestos, de su mirada. Matilde, azorada, se acerca +más a Arturo como buscando refugio.</p> + +<p>—Ahora a cultivar el presente. Le obedeceré, <span class="pagenum" +id="Page_142">p. 142</span>Arturo. ¡Acción, acción! Me entregaré a la +acción. El pensamiento no fragua individuos.</p> + +<p>—Es su espuma, su perfume, nada más.</p> + +<p>—Y yo quiero robustecer mis huesos, endurecer mis músculos, templar +mis nervios, para que den su sinfonía personal. ¡Voy a entregarme a la +acción!</p> + +<p>Lo dice fieramente, clavando sus ojos en Matilde que, cada vez más +azorada, solo acierta a decir:</p> + +<p>—Bien. Vamos a comer.</p> + +<p>Arturo se despide. Sale en seguida para el habitual escenario de su +vida: un incendio. Detective de falsas catástrofes, baja, sobresaltado, +la escalera, pensando en la mirada oscura de Juan Sánchez.</p> + + +<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div> + + +<p>—Mañana nos veremos en casa —le había dicho Matilde—, Juan sale de +viaje. Acude pronto. Merendaremos juntos.</p> + +<p>Y Arturo viene dócilmente a merendar. Ahora, con el amor, +alternan otras golosinas. <span class="pagenum" id="Page_143">p. +143</span>Matilde, hembra cauta, sabe disponerlas a tiempo.</p> + +<p>Un gran silencio en la casa. Al fin del pasillo, una puerta se +entreabre; una doncella invita a entrar. Sonríe, como se sonríe a todo +cómplice.</p> + +<p>—La señorita va a venir. Pase al comedor.</p> + +<p>Hay sobre el tapete, a cuadros rojos y ocres, un azafate y sobre él +una pirámide de fruta recién cogida. Entra Arturo en la habitación y +se detiene a contemplar, desde lejos, aquella voluptuosa agrupación de +formas redondas que realizan todas las travesuras de la curva. Mientras +aguarda a Matilde se divierte en extraer del frutero su esencia +cristalina: una pirámide.</p> + +<p>Este fugaz momento de esperar solo puede llenarse con contenidos +infantiles, de tránsito entre dos graves problemas: ahora aplica un +método escolar a la percepción geométrica de la fruta. Si circunscribe +al conjunto un poliedro cualquiera, el puñado de curvas perderá +en deleite lo que gane en precisión; mientras que inscribiéndolo, +conservará toda su delicia, aunque pierda en geometría.</p> + +<p>Bien está asignar su sostén a la fragante arquitectura, <span +class="pagenum" id="Page_144">p. 144</span>pero dejándolo bien oculto. +No como andamio, sino como esqueleto.</p> + +<p>—Juan ha salido —dice entrando Matilde, recalcando una extraña +frialdad—. Tenga la bondad de esperarle. Tome asiento.</p> + +<p>De pie ante la mesa, Arturo balbucea unas palabras de excusa. De +pronto advierte que Matilde le hace un guiño impreciso... Acaso anda +cerca algún criado... Reacciona súbitamente. Y, en la duda, permanece +callado, dispuesto a aguardar lo imprevisto.</p> + +<p>Continúa la espera. Matilde es allí un objeto más. Se acerca a la +pirámide, se sitúa en la baldosa exacta desde donde el azafate puede +ser percibido con la máxima luz. El balcón está entreabierto, los +visillos apenas empañan el cristal. Más lejos, solo vería manchas +inconcretas de color; más próximo, algún matiz insolente apagaría el +resto. Llega de la calle la porción de sol que pide cada escorzo, +porque Matilde supo administrar bien la luz cruda de la tarde.</p> + +<p>Abre la fruta tres horizontes, cada uno con peculiares deleites: el +del color, el del aroma, el del contacto. Son los ojos espías vivaces +de la <span class="pagenum" id="Page_145">p. 145</span>voluptuosidad, +de la que suelen consumir la porción más rica, dejando a los otros +sentidos el despojo. Traza el aroma anchos círculos sutiles que, según +se aprietan, van finamente esclavizando la avidez.</p> + +<p>Y, por fin, el mismo contorno de las cosas, su forma plena, su piel, +abre el último horizonte, la onda más cercana que cada ser provoca al +sumergirse en el espacio: onda que se confunde con el perfil, donde se +sacia o naufraga definitivamente el deseo.</p> + +<p>Arturo se enamora súbitamente de la fruta, pero quiere irla +poseyendo por grados. A todo gran amor corresponde una lenta fruición +en apurar el lote de goces que origina. Solo se precipitan los que no +saben amar. Por haberse precipitado un poco en el amor de Matilde ha +perdido para siempre deliciosos instantes.</p> + +<p>Arturo penetra despacio en el aro de los perfumes; aunque cierre +los ojos, ya conoce dónde podrá hallar las manzanas, dónde el moscatel +y las granadas. Llega con suavidad al último círculo, donde los ojos +deben ya prescindir de la visión total y repartirse de escorzo en +escorzo, <span class="pagenum" id="Page_146">p. 146</span>donde ya +cada poro se sorbe una sola proyección de belleza.</p> + +<p>En el azafate hay tres manzanas gemelas, tan tersas, tan bruñidas, +que parecen de metal. Son verdes, de un verde provocativo, como los +ojos de aquella hurí que empujaban a los donceles cristianos hacia +un abismo cubierto de rosas donde se ocultaba Lucifer. Arturo conoce +aquellos ojos por un cromo, y los anda siempre buscando en sus amigas. +Ojos fascinadores, ojos duros, insolentes, de huraña malaquita.</p> + +<p>Arturo acaricia las manzanas; resbalan sus dedos por la fría +superficie, rechinando un poco, como en las bolas de bronce de la +escalera. Al contacto se apaga toda gula, porque ya el helado roce es +el máximo deleite que pudiese provocar la posesión. En la curva piel +metálica parece terminar la irradiación de su belleza.</p> + +<p>Se siente que aquellas lindas esferas, tan cercanas a la pura +geometría, no tienen corazón, como otras frutas; sino una línea +de cruce de infinitos planos. Lo mismo ocurre en muchos cuerpos +de mujer, donde el espíritu fue desalojado <span class="pagenum" +id="Page_147">p. 147</span>por una estación telefónica de innumerables, +de opuestas intenciones.</p> + +<p>Pero Arturo está cansado de esas otras frutas vivas y sigue +contemplando estas tres, tan hurañas, que arrojan fuera de sí la imagen +del mundo en torno.</p> + +<p>Y hay otras dos manzanas: lindos orbes azucarados que tienen +dibujado un mapa con sus diminutos continentes rojos sobre amarillo +claro, con sus islotes rosas, carmesíes.</p> + +<p>Hay tres melocotones aterciopelados, de línea perfecta, cerrada, +aristocrática, de un dulce amarillo surcado por una faja granate. +Ofrece el mayor la graciosa hendidura de una lozana grupa de +adolescente. Arturo la toca, siente resbalar sus yemas por el fino +terciopelo, que, a contraluz, se tiñe suavemente de plata, de un rocío +blanquecino, como si la luz que retrocedía en las tersas manzanas +quisiera ahora sumirse por cada poro, levantando al borde de los +microscópicos abismos una leve espuma.</p> + +<p>La luz se reparte amorosamente por toda la superficie del melocotón, +se prende a cada brizna <span class="pagenum" id="Page_148">p. +148</span>de pelusilla, muere allí, en un dulce ahogo, risueñamente.</p> + +<p>Arturo prefiere las frutas donde el misterio de la miel traspasa +la epidermis; no corre al encuentro del sol, jugando con él como un +balón de fuego, pero lo atrapa y lo derrota en la misma superficie, +chupándole los colores más lindos. La manzana es una vanidosa que +solo persigue el infantil devaneo, y hace de su piel un curvo espejo +deformador.</p> + +<p>Y hay una pera rechoncha, verdusca, elaborada a martillazos, deforme +aún y sin pulir, con su faja terrosa ceñida al vientre, apelotonada, +ridícula. Aunque Arturo sabe que bajo aquella piel monótona, agreste, +hay una mansa dulcedumbre, blanda, jugosa, sin vanidad alguna.</p> + +<p>—Coma. ¿Le gustan?</p> + +<p>Arturo esboza un gesto dudoso; desconoce el arte de las comedias de +enredo y no sabe qué banales palabras serían ahora oportunas.</p> + +<p>Ve a mano un cuchillo. Podría ir arrancando tiras de piel de esta +grupa encantadora de chiquilla, hasta dejar los músculos palpitantes, +con todos sus zumos destilando en plena desnudez.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_149">p. 149</span></p> + +<p>«El melocotón —piensa— es como una pella de tierna carne virginal +donde la gula pierde sus brutales acometidas y se convierte en tierna +voluptuosidad».</p> + +<p>Arturo prefiere hincar los dientes, súbitos, sañudos, en la piel +insolente de una manzana. Y, al escoger una en el frutero, se queda con +la mano en alto, en la actitud de un ladrón sorprendido.</p> + +<p>Juan Sánchez entra en el comedor, saludando torpemente. No se +oyó timbre alguno; no se produjo en la casa ese pequeño rebullicio +que acompaña a la entrada o salida de alguien. Juan Sánchez estaría +acechando...</p> + +<p>—Les dejo. Tengo que salir —dice Matilde.</p> + +<p>Cuando se quedan solos se oye la voz trémula de Juan Sánchez, que +confiesa:</p> + +<p>—Perdóneme. Iba a matarle a usted.</p> + +<p>—¿A mí?</p> + +<p>—Le había preparado esta encerrona. Tuve desde hace tiempo la +esperanza de que entre usted y Matilde... No ha sido así. No es culpa +mía. Reto a la tragedia, pero la tragedia no acude. Tampoco logré nada +con Alfredo.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_150">p. 150</span></p> + +<p>Un gesto de asombro. Arturo permanece mudo.</p> + +<p>—Pasaré por el mundo entre bastidores, como un pobre comparsa. Mi +vida es de oscuro pasillo de un teatro... «¡Acción, acción!», me dicen +todos. «Así un día logrará encontrarse a sí mismo». Ya ve, intento +obrar, y los resortes no responden. Nada estalla. Nada se rompe. Todo +es fiel. Todo es dócil. Mi vida tiene excesivamente engrasadas sus +ruedas. Creo que cuando muera será durmiendo. Y me despertaré entre +millones de comparsas, de coristas. ¡Una eternidad cantando salmos, +donde ya ni el suicidio puede remediar nada! No creo que mi vida +merezca otro premio que el de perpetuo corista, ¿comprende? No ser +nunca nada, ni antes ni después de existir.</p> + +<p>Arturo no contesta. Mira lleno de estupor a Juan Sánchez, el +infortunado tramoyista de su propia tragedia. No consigue ni aun +el derecho a ser actor en el drama de su misma vida conyugal tan +compartida.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_151">p. 151</span></p> + +<p>Quizá la verdadera interpretación de la tragedia de Juan Sánchez +sea esta: tropezar siempre con la cuarta dimensión, ser víctima de las +bromas inflexibles de la cuarta dimensión.</p> + +<p>Juan Sánchez llega demasiado tarde a los hombres y las cosas. Nunca +puede verlos en su minuto de máxima tensión, en la usual temperatura +en que los héroes respiran. Le sucede como al que llega a una pirámide +cuando ya el vértice es un redondo muñón y las vertientes son de tronco +de cono, todo gastado, arañado por los días, sin hoscas aristas, sin +hirsutos filos.</p> + +<p>Juan Sánchez presintió su drama conyugal; pero al llegar a rozarlo +con los dedos, el drama había perdido su temperatura hostil. Si +Sánchez irrumpiese en un bosque salvaje, las fieras le verían llegar +indiferentes, porque en aquel momento estarían en plena digestión de +alguna caravana acabada de engullir.</p> + +<p>Cuando Juan Sánchez se acerca a las cosas, todas se le acercan, +lamiéndole irónicamente la mano, fatigadas, rendidas. El mundo está +nutrido de arcos tensos, pero Juan Sánchez los encuentra siempre +relajados.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_152">p. 152</span></p> + +<p>La verdadera tragedia de Juan Sánchez es, quizá, su excesiva +realidad. En la realidad, los espíritus extremos, las sumas tensiones +del espíritu mediocre, pocas veces aciertan a encontrarse para producir +esa chispa fascinadora que marca niveles ilusorios de humanidad +heroica.</p> + +<p>En la realidad, pasan, se cruzan, se rozan apenas los espíritus. +Son casi siempre tangenciales al aro de luz que traza en torno suyo +cada ente original; sin que, unas veces por su silencio, y otras por su +excesiva charla, logren juntarse para encender temperaturas cumbres.</p> + +<p>Tal pasión —la de Arturo— entra aquí en juego cuando apenas es ya +una sombra. Tal vanidad —la de Alfredo— viene a escena cuando ya logró +plenamente saciarse. Todas las pasiones han perdido sus filos, su +pólvora, cuando Juan Sánchez quiere jugar con ellas, utilizarlas como +armas arrojadizas.</p> + +<p>Solo un astuto novelador consigue armonizar en el tiempo este +gran sistema de fuerzas que constituye el tejido dramático: el +punto de sazón del deseo femenino, del ímpetu viril de los <span +class="pagenum" id="Page_153">p. 153</span>amantes, la extrema +temperatura de una cólera, el período de celo de toda bestia humana.</p> + +<p>Solo un falso novelador puede recortar de aquí y allí trozos +singulares de vida y acoplarlos —como los líquidos en un matraz— para +hacerlos hervir ruidosamente, en un momento prefijado. En este breve +relato, en este fragmento de la vida de Juan Sánchez, no se tuvo la +fortuna de hallar a los personajes en su punto de más alta tensión.</p> + +<p>Para alguno se adelantó, para otro se retrasó la novela. Aquí +aparecen según vivían al ser llamados a figurar en este sencillo +relato.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch8"> + <p><span class="pagenum" id="Page_155">p. 155</span></p> + <h2 class="nobreak g0" title="8. Las dos muchedumbres"> + <span class="fs165">8</span><br>Las dos muchedumbres</h2> +</div> + +<p><span class="pagenum" id="Page_157">p. 157</span>Arturo sigue +escribiendo su informe: «...un ingenuo amanecer, limpio y desnudo. Sin +auras ni alondras, sin murmullos en el campo ni nubes teñidas de rosa. +Una de estas mañanas en que el sol sale de incógnito, ya cansado de +escoltas de nubes amarillas y de orquestas de gorriones. Una mañana +color ceniza, todo ceniza muda, neutral, como a quien le da lo mismo +el sol que las estrellas, y elige un tono indefinido que borra los +confines del día y de la noche. Solo mi reloj es capaz de asegurarme la +verdadera fecha».</p> + +<p>—Mi informe va a ser interminable. Además, esta indecisión de los +tonos ceniza no va a interesarle al jefe. Ceniza... Ceniza... ¡Siempre +la obsesión del siniestro!</p> + +<p>Arturo destruye la hoja de papel, y, en otra, escribe :</p> + +<p>«Son las seis treinta de la mañana. El tren me vuelca en la estación +de Los Olmos, con tres fardos de <i>Blas Pérez y Sobrino</i> y una +jaula. Es un tren mixto. Un jefe huraño desdeña mi billete <span +class="pagenum" id="Page_158">p. 158</span>y un mozuelo soñoliento +arrastra mi maleta. El pueblo dista dos kilómetros, y no hay coche. +El ferrocarril dejó en un total abandono al pueblo, o viceversa; +solo hay entre ellos un leve contacto: un rapaz que lleva y trae la +correspondencia...».</p> + +<p>—Esto se prolonga mucho. Creo que la psicología de una estación de +tercera clase no va a interesar al jefe.</p> + +<p>Arturo destruye la hoja de papel, y, en otra, escribe:</p> + +<p>«Son las seis treinta de la mañana. Desembarco en Los Olmos. Un +mozo recoge mi maleta y me propongo comenzar por él mi indagación. +Le pregunto, distraídamente, si conoce a la actual propietaria de +<i>El Canastillo</i>, y me contesta adormilado que sí. A los tres +minutos pretendo arrancarle la confesión del verdadero estado civil +de la que yo llamo <i>siniestrada</i> en mi lamentable argot, y él +balbucea unas palabras en cierto idioma impreciso, solo utilizable por +sonámbulos. Insisto. Averiguo que esta imprecisión no nace del estado +de semivigilia del mozo, sino del dudoso estado civil de...».</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_159">p. 159</span></p> + +<p>—Parecen unas memorias íntimas. El jefe debe ignorar mi desprecio +por el <i>argot</i> de la casa.</p> + +<p>Destruye la hoja de papel; en otra escribe:</p> + +<p>«Son las seis treinta de la mañana. Desembarco en Los Olmos. +Comienzo mis gestiones preguntando al mozo que me lleva la maleta +acerca del estado civil de la siniestrada. Parece que esta en su +conducta privada deja mucho que desear. Su estado civil es poco claro. +Avanzo por un caminito empapado de jugos matinales. Los Olmos me sirve +un amanecer en su propia salsa. El rocío me empapa las rodillas. De +vez en cuando, una zarza me hace cariñosamente guiños, me sujeta por +la americana, me hace entablar una escaramuza infantil con ella. El +paisaje me ofrece su sentido hostil, aunque de una suave hostilidad. +Las zarzas son jóvenes, son blandos sus dedos, apenas sus uñas han +comenzado a afilarse. Es un sendero verde, amarillo y violeta, todo +embozado en tules ceniza. La ceniza lo traspasa todo...».</p> + +<p>—Ceniza... ¡Siempre la obsesión del siniestro! <span +class="pagenum" id="Page_160">p. 160</span>Además, el jefe va a reírse +de mi sentido de hostilidad del paisaje.</p> + +<p>Otra hoja de papel hecha pedazos. Cuando comienza la quinta, un +disparo, otro, otro. Toda la fonda se estremece. Arturo corre al +balcón.</p> + +<p>Abajo, comienzan a correr las gentes. Primero, su actitud es de +huida. Poco después, de pesquisa. Por fin, de curiosidad. Los que +huían, vuelven; los que giraban en derredor la vista, la fijan en un +punto; todos se van apiñando. Fluyen de todas las calles, salen de +todas las puertas, asoman por todas las ventanas, gritan en todos los +tonos, protestan, alzan los brazos...</p> + +<p>—¡Señorito, señorito!</p> + +<p>—¿Qué ocurre?</p> + +<p>—¡Dos hombres muertos!</p> + +<p>—¿Dónde?</p> + +<p>—Ahí, abajo. En esa esquina. Eran dos de la luz... ¡Ay, Dios mío!</p> + +<p>En seguida circula la noticia. Son dos empleados del municipio, +que acaban de ser asesinados. Arturo presencia, desde el balcón, +la conducción de los cadáveres a una farmacia; la muchedumbre se +agolpa, irrumpe en nuevas <span class="pagenum" id="Page_161">p. +161</span>oleadas. Pronto se llenan todos los claros; la plaza está +cuajada de cabezas vibrantes, de ojos que chispean, de puños que se +levantan pidiendo justicia. Se inician al punto en ella los vaivenes de +un mar. Embestidas, corrientes bruscas, contracorrientes. Una espuma +de sombreros, de cráneos mondos, de pañuelos. Asoman las menudas +tragedias que siempre corean a la grande: violentos pisotones, llantos +de niño perdido, codazos impertinentes. Una joven se siente foco +de un remolino de presiones táctiles; un grupo de mozuelos ruge en +torno de ella, a un tiempo azorada y envanecida. Guardias a caballo +recorren penosamente el recinto; desembocan en la plaza los entes +representativos, sin gran lujo de atuendo, porque la noticia les +alcanzó en pleno traje y espíritu de diario. Precipitadamente se han +vestido un traje de luto, y se han compuesto una faz de circunstancias. +Cruzan la muchedumbre con un aire dolorido, con un gesto dramático +provisional. Las gentes les abren paso, repiten sus nombres —el +presidente González, el teniente alcalde Pérez...—. En cada calle, una +fila de tranvías detenidos contempla el oleaje. <span class="pagenum" +id="Page_162">p. 162</span>La multitud crece, no cabe ya en la plaza +y comienza a enroscarse a los postes, a rebasar por las terrazas, +a invadir los tranvías. La multitud convierte la plaza en un circo +máximo, cuyas localidades improvisa, como los asesinos han improvisado +el espectáculo.</p> + +<p>De pronto, unos hombres audaces surcan las olas con un frágil +esquife cargado de imágenes. Son operadores. Van a recoger, a prender +en sus cintas aquella espléndida fiebre humana. Se instalan en un +ángulo de la plaza, luego en otro. Aquella multitud no perecerá, no +se destruirá al disgregarse. Giran los manubrios. Las gentes se dan +cuenta. Se rehacen. Comienza en ellas a perderse la espontaneidad. +Se preparan a cruzar por la pantalla. Una muchacha se adereza el +pelo, otra se fija escrupulosamente un clavel, aquella se abre algo +más el escote. Algún mozuelo se engalla, enciende un puro, se ladea +el sombrero. La muchedumbre recibe de golpe esta profunda impresión: +¡También ella es espectáculo! Y se dispone a serlo. Se inventan +sonrisas, se avivan miradas, se atusan rizos, se ensayan posturas. +Se olvida de que se prepara <span class="pagenum" id="Page_163">p. +163</span>un espectáculo donde cada espectador puede ser un +personaje.</p> + +<p>Arturo mira con los gemelos. Recorre los racimos de cabezas que +irrumpen en el terreno batido por la máquina. De pronto, en medio de +un grupo, ve surgir la cabeza de Juan Sánchez. Juan Sánchez que se +adelanta hacia el aparato, que lo mira gravemente, que vuelve a pasar +y a mirar. Siempre al frente del grupo, como su quintaesencia; fiel +extracto de multitud, ente representativo, delegado insigne de la +masa.</p> + +<p>Arturo se aparta del balcón. Vuelve a su informe. Los periódicos le +enterarán del resto del suceso. <i>El Cisne</i> aguarda el resultado de +una investigación. Arturo comienza otra vez sus notas:</p> + +<p>«Las seis treinta de la mañana. Me apeo en Los Olmos. Comienzo mi +investigación interrogando al mozo que conduce mi equipaje. Dista el +pueblo unos dos kilómetros. Al llegar al pueblo, comienzan a parpadear +las ventanas, a gemir los goznes, a sonar las campanas, a asomar caras +frescas de muchachas...».</p> + +<p>Arturo rompe esta hoja. Y la siguiente. Aburrido <span +class="pagenum" id="Page_164">p. 164</span>de no poder llegar nunca +al lugar del siniestro, detenido por todas las mujeres, por todas las +ventanas, por todos los latidos, abandona el informe y baja a encontrar +a Juan Sánchez.</p> + + +<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div> + + +<p>Pasean por la ciudad salpicada de héroes de piedra. Frente a uno de +ellos, Juan Sánchez oprime fuertemente el brazo a Arturo.</p> + +<p>—Aquí tiene usted un hombre que apenas existió y sigue <i>siendo</i> +eternamente. No era nada, como yo; pero un día soltó cuatro trabucazos +a tiempo, le contestaron con otros, le abrieron el pecho, como a esos +dos empleados, y dentro del corazón le grabaron la firma. Por el +agujero de una sien se le huyó el anonimato. Ahí le tiene.</p> + +<p>—En cambio —piensa Arturo—, el escultor no existe. Es preciso +acercarse a ver la firma, como en el cuadro de Matilde.</p> + +<p>—Ahí le tiene —recalca Juan Sánchez—. Inmortal. Tan inmortal como +Augusta.</p> + +<p>—Busque usted una causa cualquiera, justa o <span class="pagenum" +id="Page_165">p. 165</span>injusta, y mátese por ella. Le erigirán una +estatua.</p> + +<p>—La mía solo podría ser la estatua del soldado desconocido.</p> + +<p>—La inmortalidad por estos rápidos caminos, va siendo ya muy +difícil. Podrá seguir habiendo guerras, también guerras sociales; pero +ya apenas hay «hondas convicciones», y, al extinguirse estas, quedan +suprimidos considerablemente los «trances heroicos». La vida moderna va +eliminando del mapa dramático, situación tras situación, conflicto tras +conflicto. Pronto, borradas las cordilleras, cegados los grandes ríos, +el ambiente de emociones pasará por el mundo como sobre una equilibrada +estepa. Porque los problemas de la inteligencia no levantan más que +espuma, ráfagas de aire. Dejará de producirse el héroe. Pero aún es +tiempo. Aprovéchelo.</p> + +<p>—Se burla usted de mí.</p> + +<p>—Le invito a aprovechar los últimos instantes de una vida +heroica que se extingue. Pronto, si algún héroe surge, se sonreirá +aburridamente de su propio heroísmo. El mundo va adoptando posturas +inteligentes; es decir, va suprimiendo <span class="pagenum" +id="Page_166">p. 166</span>las posturas. Pronto no quedarán héroes +«monumentalizables». La vida moderna está reduciendo el rostro del +mundo a esquemas simplicísimos, a geometrías colectivas, donde no caben +profundas contracciones individuales.</p> + +<p>—¿Va a extinguirse la personalidad?</p> + +<p>—Van a reducirse los tipos originales. Se llegará quizá a una +estandarización del hombre.</p> + +<p>—Quedan las grandes hazañas del aire, del mar...</p> + +<p>—Queda el éxito, que suele no tener nada que ver con la +personalidad. Como el cartel que nada tiene que ver con el muro que, +por azar, lo ostenta o lo soporta. Detrás del éxito puede haber un +hombre cualquiera, en quien las gracias se han complacido en acumular +coyunturas favorables. Un mismo aviador llega o puede no llegar. El que +no llega, se borra. Y acaso lo borró una brizna de aire.</p> + +<p>—Quedan los grandes negocios...</p> + +<p>—Sí, tal vez el héroe moderno está llamado a ser el gran jugador de +Bolsa. Pero un jugador de Bolsa no suele soñar con estatuas, sino con +millones.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_167">p. 167</span></p> + +<p>—Quedan los grandes amores, las grandes tragedias del amor.</p> + +<p>—Si no van acompañadas del asesinato, no creo que destaquen mucho +a nadie... De todos modos, el drama pasional arguye en los actores +una gran pobreza imaginativa. Los inteligentes suelen desviarlo hacia +terrenos más fáciles en sorpresas. El ruidoso drama pasional es ya solo +patrimonio de la plebe. De una u otra plebe.</p> + +<p>—Quedan los escándalos.</p> + +<p>—¿Cuáles?</p> + +<p>—El gran robo, la gran estafa.</p> + +<p>—Es posible que aún quede algún espléndido collar de reina que +robar. Alguna caja de caudales que violar. Pero esto ya va pasando al +terreno de la fábula. Las perlas suelen ser ya falsas y los valores de +complicada realización. Las cajas de caudales cada día se ciñen más +cinturones de castidad. Además, el gran estafador desaparece en seguida +de la celebridad. En cuanto lo encierran en un presidio, a menos que se +escape. El mundo va intensificando cada día más su capacidad de olvido. +El héroe antiguo persistía en la memoria y en la piedra; el héroe +<span class="pagenum" id="Page_168">p. 168</span>actual —el campeón +de boxeo o el bolsista— durará lo que dure la operación de bolsa o el +<i>match</i>. Se desvanecen después de una rápida fulguración. Como los +grandes criminales, su persistencia en el mundo durará lo que dure su +proceso.</p> + +<p>—No comprendo bien.</p> + +<p>—La razón es porque el mundo, nuestro mundo, comienza a ser toda la +tierra. Un grupo de soldados griegos, en una diminuta parcela del orbe, +pudo atender recíprocamente a sus idas y venidas, a sus menudos lances +de amor. El mundo estaba muy reducido de tamaño, y podía seguirse, +grado por grado, segundo a segundo, el gráfico de la cólera de Aquiles +o la historia patológica del erotismo de Elena. Hoy estas menudencias +no serían ya capaces de atraer las miradas del mundo ni de inaugurar +una espléndida literatura de viajes. (Porque, penoso es decirlo, pero +toda la literatura occidental tiene por base unos menudos trapicheos de +coqueta, una deliciosa comadrería de campamento). El mundo va borrando +de su tablero de ajedrez las grandes piezas, y <span class="pagenum" +id="Page_169">p. 169</span>prefiere seguir la partida con los peones +solos, a quienes, de vez en cuando, les endosa una caperuza de +caudillo. El novelista nuevo rebana el cuello a los altos fantasmones +y prefiere manipular con las masas. Ya los principales personajes de +la novela actual tienen cien mil cabezas. A casi nadie le interesa un +problema individual. El mundo entero está cansado de monólogos.</p> + +<p>—Queda el arte, ¡el gran arte!</p> + +<p>—Es posible. Quedará siempre el animador, en el papel, de esas +multitudes. El que expresa la gran inquietud de esas cien mil +cabezas... En un foso de la gran guerra se desplegó más heroísmo que en +toda la guerra de Troya junta. Un sencillo «peludo» ha podido rivalizar +con Héctor; y un espía cualquiera, con el sagaz Ulises. No existen, +quizá, los héroes; pero sí existen los poetas.</p> + +<p>—Yo intenté...</p> + +<p>—No importa. El poeta y su tema viven siempre juntos. Busque, Juan +Sánchez, una anécdota cualquiera de usted; haga que la cante un poeta, +y ambos pasarán a la posteridad. Aún queda un <span class="pagenum" +id="Page_170">p. 170</span>margen para el individuo... Pero no se +retrase mucho, porque todo va a sufrir una profunda mutación. Vea, +amigo mío, algunos de los títulos que llenan nuestros escaparates de +libros: «Cemento», «Chocolate», «Petróleo», «Gas»...</p> + +<p>—-¡Es verdad!</p> + +<p>—Se trata, óigalo bien, de libros, aunque parece tratarse de +artículos de primera o segunda necesidad. Ya van desapareciendo los +«Adolfos» y los «Pedros Infinitos». En cada uno de esos «Cementos» o +«Chocolates» hay una muchedumbre que ama y odia, trabaja, goza y sufre. +Como en las óperas de Wagner, los tenores deben sujetarse estrictamente +a la tiranía de la partitura. Son novelas o poemas sin fermatas, en +que el divo no tiene por qué adelantarse a la batería. Son novelas +sin enfoques unipersonales. Su personaje central es el coro. Es una +masa.</p> + +<p>—La masa es siempre algo borroso, sin perfil.</p> + +<p>—Eso depende del operador que se instale ante ella. De la avidez +y potencia de su máquina. La masa tiene también sus perfiles, aunque +innumerables. Exige un poder más robusto de selección y arquitectura. +Quien posea esta virtud <span class="pagenum" id="Page_171">p. +171</span>creará el nuevo personaje. Creará la novela red.</p> + +<p>—¿Cómo?</p> + +<p>—La novela poligráfica, en lugar de la ya aburrida monografía.</p> + +<p>—Aún no comprendo.</p> + +<p>—El hombre no es un pino o una palmera que crecen sueltos, en +el norte o en el sur; es un peón de ajedrez que tiene un claro —o +misterioso— enlace con gran número de otros peones o piezas mayores. +El novelista, el poeta épico actual debe saber jugar muy bien a ese +ajedrez.</p> + +<p>—¿Y el lírico?</p> + +<p>—Demos su parte a Narciso. Que siga cantando a la luna o a su propia +zampoña. Al poeta puede eximírsele de conocer el perfil de los hombres +si conoce maravillosamente el perfil de una ola. O el del aire. Aunque +yo les aconsejaría a todos que aprendiesen a jugar al ajedrez. Narciso +va siendo insoportable. Y monótono. Todos acaban por mirarse en la +misma fuente... Y con la misma cara.</p> + +<p>—¡El verso! ¡Las maravillas del verso!</p> + +<p>—Óigalo bien, Juan Sánchez... El verso comienza <span +class="pagenum" id="Page_172">p. 172</span>ya a no tener sentido entre +nosotros. Pronto solo escribirán en verso quienes no sientan la gran +poesía de los hombres: los artífices cartujos, cuya sola poesía está en +el aparato.</p> + + +<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div> + + +<p>En la puerta del palco, el acomodador sonríe levemente a Arturo. Un +bosquejo de alusión que para Arturo es más doloroso que una bofetada. +Porque el acomodador es el único testigo del amor subterráneo de +Matilde y Arturo, en sus dos primeras etapas. El acomodador no ha +asistido a la tercera y siguientes, pero su ladina percepción de las +curvas inexorables que describe el deseo amoroso le ha llevado a +conocer que los amantes, transcurrido el primer ciclo frenético de +su pasión, pretenden reanudar la feliz trayectoria, buscando en el +recuerdo fruiciones que ya no pueden hallar en la misma voluptuosidad +presente. Aquel hombre de faz dúctil, según índices de generosidad +en los amantes, ha asistido desde la sombra a la explosión de <span +class="pagenum" id="Page_173">p. 173</span>un deseo cuyos gérmenes +juntó el azar en un puesto de libros. La primera etapa —el orden es +inmutable en cada caso— transcurre en el antepalco, corridas las +cortinas; la segunda también, pero ya en pleno hermetismo, redoblado +el sigilo y la propina. El acomodador sabe que se suceden luego +otras etapas en las que él no actúa. El amor en creciente busca +otros más amplios escenarios, un hermetismo en nada sujeto a las +bruscas alternativas de la luz, a las peripecias de una máquina, a +los descuidos de un operador. Solo cuando la curva completa ha sido +descrita, los amantes regresan al punto de partida y, durante un buen +espacio de tiempo, se nutre de sus propias imágenes.</p> + +<p>El acomodador sabe que, poco después de Arturo, se deslizará por +el pasillo Matilde, como una consonante forzosa en esta trivial rima +de amor. Y así es, en efecto: Matilde se adelanta y recibe en pleno +rostro la sonrisa de bienvenida, que ella hace fracasar con un guiño +angustioso. Porque, tres pasos más atrás, viene Juan Sánchez. Y el +acomodador conoce, en la propina, los grados de normalidad de aquel +fenómeno. Lo <span class="pagenum" id="Page_174">p. 174</span>anormal +ha sido hoy eliminado de aquella pasión tan generosa un tiempo. Y +el acomodador, cuya vida económica sería lamentable entre amores +legítimos, cierra la puerta y se retira malhumorado.</p> + +<p>—Quizá venga después un caballero —le ha dicho, al entrar, Matilde. +Pero el acomodador, que hubiese recuperado su alegría si Matilde le +hubiese anunciado a una señora, rezonga displicente :</p> + +<p>—Está bien.</p> + +<p>La sala está completamente a oscuras, salvo esos residuos mortecinos +que se van refugiando en el foso donde rebulle la fauna rubia y negra +de músicos e instrumentos. La ondulación de las butacas, que avanza en +filas simétricas hacia la ribera clara, es apenas perceptible gracias +a esas diminutas linternas que andan buscando entre las ondas negras +algún espacio náufrago. Pronto, aguzadas las pupilas, se va viendo en +lo sumo de cada onda la pálida espuma de los rostros.</p> + +<p>Arturo va repartiendo sus miradas entre ambos espectáculos, entre +ambas muchedumbres. En <span class="pagenum" id="Page_175">p. +175</span>la pantalla, la muchedumbre elaborada; frente a ella, la +muchedumbre en estado nativo. En la pantalla, un film ruso, una +multitud desorbitada que va empujando cruelmente a un gran duque hecho +jirones.</p> + +<p>Multitud expresiva y multitud en estado nativo. Multitud armónica +y multitud simétrica, repartida en filas, diseminada en palcos, sin +realidad apenas. La sala está llena de rostros agrupados al azar, por +contagio, mediante la presentación en la puerta de unos papelitos rojos +y azules. Un hilo de curiosidad los fue arrastrando hacia el film. No +tienen representación alguna, cohesión alguna. En un momento de peligro +se destrozarían unos a otros. Un momento de placer les hace sonreír a +compás.</p> + +<p>Un haz de fisonomías sin sentido colectivo, frente a una +armonizada muchedumbre, a la que no comprenden. Solo les complace el +divo. Reaccionan ante el que les fustiga, ante el que les tortura +los nervios, ante cualquier ente —individual y voceado por los +carteles—, no porque realice una labor personal artística, sino +porque su nombre es el primero en el programa. En el cinema <span +class="pagenum" id="Page_176">p. 176</span>se busca la estrella —casi +siempre específica, impersonal—, como en la ópera se busca al lindo +barítono.</p> + +<p>—De todos modos —rezonga Juan Sánchez—, ese hombre ya no ha pasado +en vano por la tierra.</p> + +<p>—Exacto. Ha pasado velozmente, pero algo queda de él en el mundo. +Mañana sus trajes y sus gestos divertirán mucho a nuestros hijos, +como a nosotros nos divierten las perillas y las moscas de nuestros +abuelos.</p> + +<p>—¿Y su gesto? Es algo más que un maniquí.</p> + +<p>—Su gesto perdurará mucho tiempo, si ha sabido ser original. Pero +dudo que, aparte una docena de rostros, encontremos en el cinema +individuos originales.</p> + +<p>—Que además sean fotogénicos —añade burlonamente Matilde; mientras, +apoya su pie en el de Arturo, continuando una cadena de mudas +insinuaciones sin ningún éxito.</p> + +<p>—Lo será siempre, si es original. Por eso los hombres, donde se da +con alguna mayor frecuencia el gesto personal, son más fotogénicos. +La mujer soporta menos la pantalla. Se le tolera casi <span +class="pagenum" id="Page_177">p. 177</span>siempre por su seducción +epidérmica... Pero hay otras bellezas más firmes, poco menos que +inencontrables en la mujer.</p> + +<p>Entonces el pie no insinúa, tortura.</p> + +<p>—Me abruma su delicadeza, Arturo —dice Matilde, mientras le dice al +oído—: ¡Pedante!</p> + +<p>—La pantalla prefiere, a la desnudez de la carne, la desnudez de un +espíritu, que solo fueron capaces de fijar algunos pintores geniales. +La de la carne puede ser puesta en conserva por cualquier pintorcillo, +para estimulante de las muchedumbres. La piel se pinta fácilmente. El +espíritu necesita de otro. Esta prueba de la pantalla solo yendo del +brazo con otro podría resistirla.</p> + +<p>Arturo sigue divagando entre la indiferencia de sus dos oyentes y +los insistentes pisotones de Matilde. Uno de ellos es tan doloroso que +la cara de Arturo se contrae en una mueca. Al mismo tiempo dan luz a la +sala, y la mueca, precipitadamente, se convierte en sonrisa.</p> + +<p>—Me esperan ahí fuera —dice, levantándose, Juan Sánchez—. Vuelvo en +seguida.</p> + +<p>—Eres insoportable, Arturo, con esa manía de especializarte en +multitudes.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_178">p. 178</span></p> + +<p>—Es mi profesión. Avanzo en mi carrera, según mi habilidad en +distinguir en un rostro la lealtad o la farsa. Y en un siniestro, lo +casual o lo previsto. No atentes contra mis intereses. ¡Quieta! Están +mirando.</p> + +<p>De pronto, la sala va enfocando sus miles de pupilas hacia el palco. +Alguien ha sorprendido la ausencia de Juan Sánchez y un ademán dudoso +de Matilde, y el resto, dócilmente, va siguiendo el cauce abierto por +los ojos del primero. Cuando todos están ya fijos en el grupo, dice +Arturo:</p> + +<p>—Ahí tienes ya tu público. Has conseguido convertirte en +espectáculo. Regocíjate.</p> + +<p>—Son necios.</p> + +<p>—Son la masa. Tú has conseguido cosquillearle un poco la médula, y +como un monstruo de mil cabezas, se vuelve a mirarte, sin saber por +qué.</p> + +<p>—¡Qué pena! Están destruyendo nuestra intimidad. Tendremos que +recomponerla esta tarde, ¿quieres?</p> + +<p>—Tengo un incendio difícil.</p> + +<p>—El inevitable incendio.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_179">p. 179</span></p> + +<p>—Además, ¿ya estás segura de que podremos recomponerla?</p> + +<p>—Lo estoy.</p> + +<p>—Está muy averiada.</p> + +<p>Matilde se transfigura.</p> + +<p>—¡Que lo esté!</p> + +<p>Como en ella han confluido tantas luces —verdes, azules, negras, +doradas— de pupilas, las suyas, ahora más ricas, más confiadas que +nunca en su poder de seducción, se clavan insolentes en Arturo. Una +voluptuosidad nueva enlaza las dos miradas. La de Matilde desafía; la +de Arturo se somete.</p> + +<p>—Nos miran.</p> + +<p>—¿Quién? Dos o tres amigos que nos conocen. El resto no ve nada: a +lo más, una pareja anónima. Tienes la manía de las masas. Las masas +no existen aquí. Existen algunos espíritus suspicaces. Yo los veo, +porque suelo ver la gente al detalle, no como tú, en globo. Harías mal +novelista. Yo veo el matiz. Tú solo ves la mancha descomunal. Ahora +estás viendo la de aceite, la de la calumnia, que se extiende por el +teatro... ¡Qué divertido eres!</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_180">p. 180</span></p> + +<p>—Tú solo ves algún hecho menudo. Yo veo conjuntos. Tú solo +comprendes un ademán; yo, una corriente de opinión... que ahora nos +favorece muy poco.</p> + +<p>—Tú no ves nada. El mundo hay que verlo pieza a pieza.</p> + +<p>—Y la mujer, palmo a palmo, ¿no es eso?</p> + +<p>—Quizá. Ir de la epidermis hacia adentro, no al revés. Porque... Ahí +viene Juan.</p> + +<p>—Ahora proyectan el crimen de anteayer —entra diciendo Juan +Sánchez—. Por poco no lo presencian los operadores. Acudieron +inmediatamente.</p> + +<p>—En obsequio al público, los asesinos debían avisar a las casas +productoras de films la fecha y hora de los atentados —dice Arturo.</p> + +<p>—Algunos conspiradores lo han hecho. Claro es que por cobrar la +comisión.</p> + +<p>—¡Cállense ya! —replica Matilde—. Están llamando la atención.</p> + +<p>La orquesta inicia una piadosa obertura y los espectadores se +disponen a una discreta compunción. Aparece en la pantalla el «lugar +del suceso», la misma plaza hirviente y dolorida que vio <span +class="pagenum" id="Page_181">p. 181</span>Arturo desde el balcón. +Vuelve a aparecer el teniente alcalde y el gobernador, el hombre morado +y el hombre caqui. Severos, torturados, llenos de toda la pesadumbre de +la ciudad —de la ciudad religiosa, de la ciudad municipal, de la ciudad +marciana, que cada uno representa—. Cruzan por la pantalla todas las +instituciones, befadas, agredidas hoy por una mano insensata. Y, tras +ellos, otra vez, y siempre, la multitud. Ahora se advierte bien en ella +cómo ha respondido a la agresión. Unas caras están contraídas por la +cólera; otras, sencillamente alteradas; algunas, indiferentes; no falta +rostro donde se delate cierto placer. Allí pueden irse anotando grados +muy diversos de ciudadanía, grados muy diferentes de sentido ético. No +toda la muchedumbre vibra con la misma intensidad. Un pentagrama se +extiende a lo largo de la avenida, donde se hacen visibles las notas +agudas del terror, las profundas de la tragedia, las notas medias de la +serenidad, que aquí es indiferencia.</p> + +<p>La muchedumbre sigue con avidez contemplándose a sí misma. Todos +los espectadores son ahora un solo Narciso, un Narciso descomunal que +<span class="pagenum" id="Page_182">p. 182</span>se mira estremecer +en el agua neutral de la pantalla. A unos ojos desorbitados de allá, +corresponden otros ojos desorbitados de acá. Suenan exclamaciones:</p> + +<p>—¡Ese, ese eres tú!</p> + +<p>—¡Ahora vengo yo!</p> + +<p>—¡Aquella es Paulita!</p> + +<p>—¡El general!</p> + +<p>—¡El guardia 47, mi portero!</p> + +<p>—¡Ella!</p> + +<p>—¡Él!</p> + +<p>Por fin, zarandeado por un grupo de mozalbetes, aparece Juan +Sánchez. Matilde da con el codo a Arturo. Juan Sánchez, apresurado, +impaciente por sumergirse en la zona milagrosa que abarca el ojo del +aparato, en esa zona donde se consigue la inmortalidad, una plástica +inmortalidad.</p> + +<p>Callan los tres. El Juan Sánchez de la pantalla se va acercando. +El Juan Sánchez del palco, recoge con avidez cada frunce de las +cejas de sí mismo, cada gesto de las manos que pugnan por lograr +el primer puesto en la masa anónima. Que llega a lograrlo. De +pronto, Juan Sánchez, un <span class="pagenum" id="Page_183">p. +183</span>lamentable Juan Sánchez se instala al mismo borde del marco +de sombras, conquista todo el rectángulo, crece prodigiosamente, la +masa desaparece detrás de unas mejillas, detrás de una boca, detrás +de unos ojos sin brillo —impersonales, comunes, ventanas a la nada, +troneras hacia un paisaje ceniza.</p> + +<p>Dura la visión unos momentos. Los ojos lamentables, los obstinados +ojos, contemplan a la muchedumbre, se contemplan a sí mismos, se +asoman, siguen asomándose al implacable espejo.</p> + +<p>Solo unos momentos. El frenético oleaje le arranca de los bordes, le +empuja hacia el abismo.</p> + +<p>Él forcejea, se defiende inútilmente.</p> + +<p>De las dos muchedumbres brotan gestos de impaciencia.</p> + +<p>Pasan por encima, lo sumen, lo funden en la turbia corriente.</p> + +<p>Desaparece, entre unas risas burlonas.</p> + +<p>En el palco, los tres siguen —conmovidos— en silencio.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch9"> + <p><span class="pagenum" id="Page_185">p. 185</span></p> + <h2 class="nobreak g0" title="9. Anécdota"> + <span class="fs165">9</span><br>Anécdota</h2> +</div> + + +<p><span class="pagenum" id="Page_187">p. 187</span>—Vea usted este +devocionario —dice a Arturo el librero de lance—. Tafilete, broche de +oro.</p> + +<p>El librito, juguete voluptuoso para la inquietud de unas manos, +resbala por los dedos, se acurruca entre ellos, como un mimoso gatito. +Es un suave cojín para los dedos fatigados, un pretexto para agruparse +en torno.</p> + +<p>—Muy lindo. ¿Cómo ha llegado aquí?</p> + +<p>El librero le dice al oído, socarronamente:</p> + +<p>—Es una pieza de convicción. ¿Quiere reconstruir el crimen? +Llévelo.</p> + +<p>—Es el <i>Áncora de Salvación</i> ¿Algún naufragio?</p> + +<p>El librero cuenta la historia del naufragio. Apareció una mañana, +junto a una botella, en uno de los reservados de <i>Villa Juanita</i>, +restorán abierto a unos kilómetros de Augusta, lugar de esparcimiento +para las gentes que no ven entre cada día un muro de sombras, sino un +amplio casillero donde ir alojando sus caprichos menos confesables. +Es el restorán donde el adulterio, el estupro, la estafa y otros +fenómenos, al parecer <span class="pagenum" id="Page_188">p. +188</span>repudiables, van perdiendo su empaque jurídico, +convirtiéndose en algo amorfo, apenas definible, silenciado siempre; en +algo tan familiar como secreto.</p> + +<p>El camarero halló el <i>Áncora</i> sobre un diván. Acaso el librito +fue el indiferente espectador de un naufragio. El camarero, consciente +de su deber, lo guardó en rehenes algunas semanas, esperando el precio +del rescate, y al fin se decidió a hundirlo en el mar insondable de +un puesto de libros también náufragos. También el librero espera +obtener de él una ganancia fabulosa, si surge el comprador interesado; +discreta, si el desinteresado.</p> + +<p>Arturo hojea, indaga, husmea, sin poder hallar rastro de la aturdida +enamorada que, de algún templo, tan frío como recatado, salió un +amanecer huyendo hacia <i>Villa Juanita</i> buscando algún amor más +cálido, pero también más turbio.</p> + +<p>—Se lo doy barato, por ser usted.</p> + +<p>En las tiendas, cada cliente se ve investido plenamente de toda +su personalidad, como ante el comisario del distrito que examina las +huellas dactilográficas. Las ventas se realizan mejor así, <span +class="pagenum" id="Page_189">p. 189</span>entre un buen tasador y un +individuo que lo sea plenamente.</p> + +<p>—No lo necesito.</p> + +<p>—Para un regalo.</p> + +<p>Arturo no se desprenderá ya de aquel librito. Se le va durmiendo +entre los dedos, caliente ya bajo las reiteradas caricias. Es la pieza +de un sumario en que el delito es el amor.</p> + +<p>Arturo repasa las hojas, curiosea unas estampitas candorosas +intercaladas en el texto, un recordatorio de defunción. Aspira el +perfume. Muy fino, tenue, voluptuoso.</p> + +<p>—Es acacia.</p> + +<p>—Sí, huele muy bien. Se ve que ella...</p> + +<p>El librero se detiene en aquel punto sin saber a punto fijo lo que +se ve. Arturo lee despacio los nombres de dos adolescentes que acaban +de recibir el Pan divino y aún conservan, en la estampita, su aire de +serafín. Las dos muchachas y el difunto del recordatorio le ofrecen +sus nombres y su edad, como esos tres puntos por donde podría trazarse +una circunferencia cuyo centro es, sin duda, la mujer frágil, quizá la +mujer adúltera.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_190">p. 190</span></p> + +<p>¿Cómo averiguar el nombre de esa hembra situada en el cruce de las +líneas cordiales que parten de estas tres figuras acusadoras? Las +niñas se llaman Estrella y Mónica. El difunto, Luis. Sus apellidos +determinan, poco a poco, exactamente, el lugar que ocuparon u ocupan en +el espacio...</p> + +<p>Ya, ya es fácil hallar el centro. El centro es Matilde. Primero, lo +supone; después, lo cree ciegamente. El perfume era ya un indicio.</p> + +<p>Una mañana, Matilde, desde el templo al que suele concurrir casi a +diario, se decidió a dar, cínicamente, el brinco preciso para saltarse +toda una biblioteca de moral piadosa. Matilde ha visto amanecer en +<i>Villa Juanita</i>, en esa región difusa donde el día y la noche se +relevan sin límite exacto de presencia, donde muchos programas normales +de vida se quebrantan con números de fuerza, con invasiones efímeras, +pero intensas, de otras vidas.</p> + +<p>Matilde ha visto amanecer, en brazos de otro hombre, seguramente +Alfredo. No perdona al día ningún crepúsculo, y utiliza indistintamente +el <span class="pagenum" id="Page_191">p. 191</span>matutino o +vespertino, para así disfrutar de toda la jornada.</p> + +<p>—Bien. Me lo llevo.</p> + +<p>Esto es más que un libro. Es cierto punto de partida para realizar +una investigación.</p> + +<p>—Dice usted que un camarero...</p> + +<p>—Sí, sí. En <i>Villa Juanita</i>.</p> + +<p>—Es curioso.</p> + +<p>—Suelen ir allí señoras..., a oír misa de alba.</p> + +<p>—Ya.</p> + +<p>Arturo guarda el librito, con el propósito de devolverlo a su +dueña en la primera coyuntura. Una tarde cualquiera, en que el amor +hecho costumbre se haya extinguido totalmente, Arturo extraerá +aquel <i>Áncora</i> del bolsillo y la ofrecerá a Matilde con estas +palabras:</p> + +<p>—Amiga mía: Aquí tienes la prueba de una doble infidelidad. No +quiero utilizarla contra nadie, porque se convertiría para mí en un +arma de dos filos. Probablemente, yo no soy en este caso más que +la mitad de un amigo, la mitad más débil, y es necio revolverse +contra la otra mitad. No puedo yo mismo darme un pisotón sin pecar +de estupidez. Triste es confesarlo, pero <span class="pagenum" +id="Page_192">p. 192</span>así es: para ti soy, amiga mía, la mitad +superior de un hombre, del cual Alfredo es la inferior. Mis condiciones +de superioridad sobre la segunda parcela solo pueden revelarse en este +breve discurso. Al dar tu mano a Juan Sánchez, viste con sorpresa +que te habías entregado a Nadie. Entonces quisiste desdoblar tu amor +en dos, porque Alfredo es un robusto ejemplar de la raza y yo soy un +frágil estuche de pensamientos que quieres tener siempre a mano como se +tiene a mano un frasco de perfume. No sé si deplorarlo o felicitarte. +Tampoco me decido a obrar: no suelo nunca decidirme. Podría, un +amanecer cualquiera, espiar y seguir tus huellas hasta <i>Villa +Juanita</i>, atisbar allí la llegada del jayán, sorprenderos... Pero +esto a nada conduciría, si no es a intentar una lamentable fusión de +dos hostiles mitades de hombre, incapaces de soldadura alguna. Bien +es cierto que el hombre integral apenas existe, y, si queda algún +ejemplar, tú no mereces poseerlo. Lo perderías en cualquier diván, como +el devocionario.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_193">p. 193</span></p> + +<p>Aquella tarde, Matilde no acude a la cita de las siete. Arturo +aguarda, en vano, dos horas, y sale de la casa decidido a perderse por +cualquier encrucijada de Augusta. Tampoco acude al día siguiente, y ya +entonces Arturo decide investigar la conducta matutina de la ausente. +Admite el total desmoronamiento de aquella pasión iniciada ante un +depósito literario de cadáveres, pero le complace averiguar todas sus +vicisitudes. En él eso constituye un deber profesional. Es un detective +de catástrofes improvisadas. De incendios apagados.</p> + +<p>Recorre los alrededores de la ciudad y, maquinalmente, se encuentra +sentado en la terraza de <i>Villa Juanita</i> ante un bien perfilado +camarero y una barroca minuta.</p> + +<p>Es media noche. Faltan cinco horas para el suceso. Las cinco +horas menos propicias para mantener caliente un deseo. Es junio, y +la estación aún guarda para el corazón de sus noches sus nostalgias +del invierno. Pronto queda solo en la terraza. Los clientes se han +repartido por las celdillas silenciosas donde se elabora el amor +comercial. Hay trasiegos frecuentes. Los coches <span class="pagenum" +id="Page_194">p. 194</span>van y vienen conduciendo tedios y +vehemencias. La ciudad envía a <i>Villa Juanita</i> remesas variables +de locura, siempre de acuerdo con la temperatura de la noche.</p> + +<p>Ha callado el <i>jazz-band</i>. Las caras van perfilando su gesto +más turbio. Las líneas se relajan, los colores se empañan; algún ebrio +deja caer la copa, que rueda a veces bajo la mesa, acabando con un +estrépito el torpe y oscuro gesto de las manos. Hay un momento en que +la noche solo se mueve con ademanes de cansancio. Esta prolongación +del día, que con tal ímpetu ha irrumpido en el siguiente, va perdiendo +vivacidad; las válvulas de sus gritos han perdido su tensión; a veces, +quedan abiertas, dando paso a plebeyas caravanas de bostezos.</p> + +<p>Arturo queda adormilado. Se abre dentro de él la puerta de +comunicación entre el sótano de las imágenes olvidadas y su taller de +reparación y reconstrucción. Los menudos obreros —siempre aturdidos— +barajan las piezas a capricho, y el primer amor —¡tan púdico!— de +Arturo asoma la cabeza guiñando los ojos como el último —¡tan cínico!—, +como la última atracción del programa.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_195">p. 195</span></p> + +<p>Una pierna desnuda, primorosamente modelada, rematada por un +zapatito de piel de serpiente, se alza en el aire, retando a Arturo, +que desliza sus ojos por aquellas revoltosas curvas hasta acariciar el +redondo arranque, el zócalo movedizo que se prolonga en otros volúmenes +esféricos levemente enfundados en seda granate.</p> + +<p>Una pierna desnuda que apunta infantilmente a las estrellas como si +con ella quisiera soportar todo el peso de la noche. Como si quisiera +ser el eje del orbe. Arturo le va buscando la cara que coquetonamente +se le esconde entre los senos, a punto de brincar del sostén. Cuando +logra verla, aparta los ojos horrorizado...</p> + +<p>¡Es Matilde, Matilde, que rueda por la alfombra, ofreciendo sus +piernas, alternativamente, a la contemplación de los ángeles! Sus +piernas se elevan al cielo como impuras oraciones. Profanan la +serenidad indiferente de la noche. Repiten las plegarias del librito, +las lanzan con los pies hacia arriba, mientras el cuerpo se remueve +voluptuoso bajo la seda color ámbar que apenas le cubre el regazo y los +senos. Su ombligo palpita nerviosamente, queriendo emular a un sexo.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_196">p. 196</span></p> + +<p>Arturo se frota los ojos, queda unos momentos alerta, en plena +vigilia. Una risa menuda le hace volver la cabeza.</p> + +<p>Nadie. Un camarero, a lo lejos, le mira sorprendido. No suele ver +consumidores puentes, noctámbulos que se decidan a unir dos días de +crápula con tan soñolienta, con tan silenciosa pasarela.</p> + +<p>Vuelve Arturo a dormitar. Su frente se apoya resueltamente en +la mano. Ofrece el perfil de un buzo filosófico, hundido hasta la +entraña de un problema. Pero en lo más hondo solo hay una pierna, el +coral rosado de una pierna, que vuelve a removerse, a disparar sus +jaculatorias al cielo. De pronto, surge también un brazo, un brazo +redondo y desnudo terminando en un rubí, en otra rama de coral, que se +posa en la cabeza de Arturo.</p> + +<p>—Perdona, creí que eras Pepe.</p> + +<p>—Puedo serlo, si quieres.</p> + +<p>—Antes, acaba de despertarte.</p> + +<p>En ese estado intermedio, Arturo puede asumir —ya lo hemos visto así +en brazos de Rebeca— todas las personalidades. Hay un vestíbulo <span +class="pagenum" id="Page_197">p. 197</span>donde la especie puede +adjudicarse el bastón y el sombrero —y la voz y el rostro— de todos los +que circulan por la casa. Para salir a la intemperie, Arturo no vacila +en tomar del perchero todo lo que allí ha dejado Pepe.</p> + +<p>Irrumpe en la cruda realidad. La pierna. La pierna está allí con su +zapatito de piel de serpiente.</p> + +<p>—Tienes unas piernas deliciosas. ¿Muy caras?</p> + +<p>—Han bailado mucho. Todo les será perdonado porque bailaron +mucho.</p> + +<p>Ríe como después de haber cometido una juguetona profanación.</p> + +<p>—Hablas como el <i>Áncora</i>.</p> + +<p>—¿Qué?</p> + +<p>—No puedes comprenderme.</p> + +<p>—¿Misterio?</p> + +<p>—Quizá no pasa de tontería.</p> + +<p>—¿Te gustan mis piernas? Me gusta invitar con ellas a los amigos. El +baile las tornea, las endurece. Fíjate en esa línea, cómo nace y cómo +muere.</p> + +<p>—Nada muere en ti. Donde acaba un perfil, <span class="pagenum" +id="Page_198">p. 198</span>arranca un haz de curvas. Como al final de +un tallo se abre una estrella.</p> + +<p>—¿Eres poeta?</p> + +<p>—No; debí ser filósofo, pero soy agente de seguros.</p> + +<p>—¿De vida?</p> + +<p>—Contra incendios. Pero he fracasado. No puedo ser cliente de mí +mismo. Yo no puedo asegurarme.</p> + +<p>—¡Qué gracioso!</p> + +<p>—Me prende cada llama. Me hace arder cada cohete. Las emociones +que en otro son momentáneas centellas, en mí encienden largas, +interminables hogueras. Soy el peor cliente de mí mismo.</p> + +<p>—Funda una sociedad de seguros contra el frío. O contra la +cursilería.</p> + +<p>—Me crees cursi.</p> + +<p>—Corres el peligro de serlo, si sigues esperando lindas tapadas +de cuatro a seis de la madrugada. El amor tiene sus horas, como el +comercio.</p> + +<p>—El amor comercial.</p> + +<p>—Ese no es amor. Es algo más serio. Es deleite puro.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_199">p. 199</span></p> + +<p>—Puro deleite.</p> + +<p>—Lo mismo da. Quería decirte que el amanecer es bueno para el puro +apetito o el apetito puro, como quieras, no para el amor dramático. +Porque supongo que tu amor será un amor dramático.</p> + +<p>—No mucho. Está hace tiempo en decadencia.</p> + +<p>—Te la deseo muy alegre. A estas horas no se piensa ni se maquina. +Se desea, sencillamente. El frío del amanecer estimula..., lo sé.</p> + +<p>—Sí, ya veo que conoces bien las bromas del instinto.</p> + +<p>—Las maravillas del instinto. Yo sé que un poco de frialdad y otro +poco de dureza le sientan muy bien.</p> + +<p>Ríen jovialmente. Ella se sienta junto a Arturo, le enlaza, +coquetona.</p> + +<p>—¿Me convidas?</p> + +<p>—Bien.</p> + +<p>—¿De veras esperas a alguien?</p> + +<p>—Sí, pero faltan dos o tres horas... Mi amiga no trasnocha, +madruga.</p> + +<p>—Eres un modelo de paciencia.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_200">p. 200</span></p> + +<p>—No quiero acostarme. Y me canso de dar vueltas por la ciudad. La +noche tiene pocas sorpresas.</p> + +<p>—Excepto yo.</p> + +<p>—Excepto tú. Porque, además de tus primorosas piernas, tendrás algo +que decirme. Cuéntame tu vida.</p> + +<p>—No tengo.</p> + +<p>—Por lo menos tendrás imaginación para inventarla.</p> + +<p>—Ni eso. No opero por fantasías, opero por cálculos.</p> + +<p>—Me parece muy bien. Pero comenzarías con algún momento patético, +incalculado...</p> + +<p>—¡Oh! Es el que más números me costó. Nunca he escrito tantas +cifras. El negocio era entonces más serio.</p> + +<p>—Me das frío.</p> + +<p>—Sí, estoy asegurada de incendios. Haría buena cliente tuya. +¿Firmamos el contrato?</p> + +<p>—Espero a esa amiga... no profesional del cálculo, aunque muy poco +asegurada.</p> + +<p>—¿La conozco?</p> + +<p>—No sé. Todo es posible.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_201">p. 201</span></p> + +<p>—Lo que yo decía. Plan romántico.</p> + +<p>—No es plan, es un problema. Bebe.</p> + +<p>Ella subraya con el mosconeo de una zarzuelilla el mutismo de +Arturo. Riendo estúpidamente, irrumpen en la terraza dos parejas. Dos +últimos «juerguistas» se complacen en hacer retroceder todo lo posible +los minutos postreros de su minuta de deleites, mientras las infelices +alquiladas bostezan sin ningún escrúpulo.</p> + +<p>Las tres. Arturo mira el reloj, sorprendido.</p> + +<p>—Te has engullido una hora en cinco minutos. Sígueme hablando. +Cuéntame el éxito de tu primer... cálculo. De tu caída.</p> + +<p>—Yo no caí. No he caído nunca. Eso son cosas de los tangos.</p> + +<p>—De los tangos, es cierto. Pero, no creas, hay una larga tradición. +Eso se ha llegado a complicar con la prehistoria.</p> + +<p>—No me importa. En mí todo ha sido, sencillamente, una cadena de +contratos.</p> + +<p>—Que apenas puede ser una cadena de conflictos.</p> + +<p>—Lo fue a veces para algún amigo. Creo que también he provocado +amores eternos. No soy <span class="pagenum" id="Page_202">p. +202</span>responsable de que algún mozo no sea tu cliente. Debéis +activar la propaganda. La juventud es inexperta.</p> + +<p>Guiña picarescamente los ojos. El rojo de sus labios se mantiene +impecable. Hay en sus dientes una fragante juventud, y en sus manos una +sabia destreza para recorrer los nervios de Arturo.</p> + +<p>—¿Cuánto hace que trabajas?</p> + +<p>—Siempre. Desde niña. Con mucha suerte y malos y buenos empresarios. +Ahora hay que bregar un poco. Hay mucha competencia, no de gente que +siente la profesión, eso no... De gente que la lamenta. Y hay muchas +aficionadas. ¿No bebes?</p> + +<p>—Bebe tú.</p> + +<p>—Podríamos seguir charlando ahí dentro. Me molestan esos estúpidos y +la noche refresca mucho.</p> + +<p>—Bien.</p> + +<p>En el reservado, las manos de ella se posan de nuevo en la frente de +Arturo.</p> + +<p>—Estás triste.</p> + +<p>—Sí. Un poco.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_203">p. 203</span></p> + +<p>—Voy a alegrarte.</p> + +<p>—Prueba. No me opongo.</p> + +<p>—Cuando acuda tu dramática amiga, la podrás recibir sin fiebre. +Yo te devuelvo la serenidad. Tengo primores en esa clase de +reconstituyentes.</p> + +<p>—Los supongo.</p> + +<p>—¿Crees conocer todos los matices? Conmigo hay sorpresas.</p> + +<p>—¡Vanidosa!</p> + +<p>—Recorrí Europa. Me llevaba un hombre de ciencia que tenía que +asistir a unos congresos de Histología, o no sé qué... Durante las +sesiones, yo recorría las calles, las plazas, husmeaba, sonsacaba, +cazaba maravillas exóticas. Al regreso de Berlín, mi sabio me dejó por +una mecanógrafa. Porque, según él, yo solo era una preciosa bestia +inútil, excesivamente alegre para un especialista en enfermedades del +corazón.</p> + +<p>—Podía haber estudiado el tuyo.</p> + +<p>—No tengo.</p> + +<p>Las cuatro. Las cuatro y media. Ella se ha dormido en los brazos de +Arturo. Comienza a marchitarse el cereza de sus labios. El amanecer +<span class="pagenum" id="Page_204">p. 204</span>va diluyendo su +helada ceniza sobre el grupo, también marchito.</p> + +<p>—Vete, pequeña. Va a comenzar la representación. Gracias por este +delicioso entreacto. Toma.</p> + +<p>—Gracias. Pero no le llames entreacto. Quizá vale por el +espectáculo entero. En todo caso ha sido un puente entre tu tedio +y el amor friolento que va a venir. No le llames entreacto. Es uno +de los momentos más graves de tu vida, porque en él has llegado a +ser tu propio cliente. Yo, deleite puro, amor que se adquiere como +una corbata, te aseguro hoy de muchos formidables incendios. Quedas +inmunizado. Ahí te dejo, ya solo con la razón. Verás qué bien te sale +la escena. Podrás acomodarla al gusto clásico, hacerla perfecta, de +orden frío. Porque el instinto no te dictará ninguna voluta barroca. +Estás por encima del deseo. Eres dueño de ti, estás <i>plenamente +asegurado</i>.</p> + +<p>—Vete.</p> + +<p>—Salud. ¿Lo oyes? ¡<i>Plenamente asegurado</i>!</p> + +<p>Sale riendo, un poco soñolienta, sin brillo en <span +class="pagenum" id="Page_205">p. 205</span>los ojos, arriada toda su +belleza. Se sume en un coche, desaparece.</p> + + +<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div> + + +<p>El día —de agonía artificialmente prolongada— muere definitivamente. +Su último aliento ya nadie lo advierte ante la llegada del día niño +que llega frenético, intactas sus fuerzas, tenso y vibrante como un +dardo.</p> + +<p>El primer coche que anuncia el día vuelca en <i>Villa Juanita</i> +una muchacha azorada, casi una adolescente, en brazos de su maduro +iniciador. Rápidamente se sumergen en un reservado... Acaso la mañana +comienza inaugurando una mujer.</p> + +<p>Arturo, de espaldas a la luz, avizora la carretera. Las figuras se +desprenden de los coches al modo impresionista, arrastrando aún los +residuos de la noche. Han acabado las complicadas toaletas, inventadas +para la cruda luz, y se suceden las elaboradas para escamotearlas, para +mejor escabullirse en las sombras.</p> + +<p>El día —recién venido— va arrojando de su <span class="pagenum" +id="Page_206">p. 206</span>cuna los últimos profanadores del día +muerto, y destaca una guerrilla de pudores domésticos, una avanzada de +sentimentalidad, todo muy mal avenido, aún mal fundido en una clara +y cínica intención. Porque en muchas de las escenas de esta hora +estratégica —como todas las de transición— suelen intervenir dos vidas, +almas a dos vertientes. Al cinismo de las actrices profesionales que +ya abandonaron el campo de batalla, dejando tras ellas un puñado de +copas rotas y unas espléndidas facturas, sucede el recato de estas +otras, mediocres actrices de incógnito, cuya voz apenas se oye; +cuyo rostro apenas se adivina; cuyo paso es vacilante, mudo; cuya +efervescencia se concentra en solo el pecho —volcánico, desbordado—, +por cuyas desgarraduras se ve asomar tímidamente una vida monótona, +sumisa, que se resiste a ser zarandeada, violada, bruscamente rota +por estos números excepcionales que provoca su presencia en <i>Villa +Juanita</i>.</p> + +<p>La mañana, con sus riendas de hielo, va frenando su espumoso +lirismo. Arturo siente frío; le acomete el ansia de arrebujarse en su +lecho de todos los olvidos, de sumirse en el día nuevo, bien <span +class="pagenum" id="Page_207">p. 207</span>bañado de adherencias +enfermizas, restañando de tizne anecdótica, podado el último +retoño pasional hacia Matilde; le acomete la tentación de arrojar +el <i>Áncora</i> al río y renunciar el goce de una inútil escena +dramática, de la cual va se siente espectador, más que actor. Pero +un <i>taxi</i> que llega en aquel momento va a torcer todos estos +propósitos de inhibición. Porque del <i>taxi</i>, cauta, desfigurada +por un velo, se desliza Matilde y, discretamente, como si tuviera ya +bien conocido el plan de maniobras galantes, se oculta en un reservado, +seguida discretamente por el mozo.</p> + +<p>Sola.</p> + +<p>Arturo, con las manos en la cara, ha contemplado, al través de +la reja de sus dedos, la cautelosa maniobra. Matilde, como en el +crepúsculo de la tarde, observa en todos los preliminares el más +escrupuloso régimen.</p> + +<p>Para salir a escena solo hay ya dispuestos dos personajes. Falta +Alfredo, falta Juan Sánchez... En aquel reservado, frente al congelado +amanecer, podría ahora llegarse al decoroso fin de este relato; +pero el alba es una gran disociadora, el momento menos propicio del +día para ejecutar —cálido, <span class="pagenum" id="Page_208">p. +208</span>frenético— un razonable epílogo, un buen último acto de +drama.</p> + +<p>Todo lo más característico del hombre está en él dormido; apenas +queda de Arturo un poco de carne desmoronada que tiende a apagarse, a +borrarse entre materias blandas —pluma, lana, algodón— y esperar allí +una resurrección de energías.</p> + +<p>Alfredo no acaba de llegar. El sol ha invadido los aleros, corretea +por los montes, siempre juvenil, retozando entre dos nubes. Arturo +recibe el sol como un leve estimulante, le tiende los pies para que se +los dore; le ofrece la cabeza desnuda, todo su cuerpo y su espíritu +para que se los caliente.</p> + +<p>Se levanta y, con esta inyección luminosa, se siente más acometedor; +piensa —rápidamente— poner fin por sí mismo a la escena, sin aguardar +más actores. Aprovecha la coyuntura de volverse de espaldas el +centinela del proscenio, y llama con los nudillos.</p> + +<p>—Pasa, pasa, Alfredo.</p> + +<p>No se produce ni siquiera el «¡Ah, eres tú!» de todo melodrama +acreditado. Matilde, que está sentada junto al balconcillo, recibe con +una mirada <span class="pagenum" id="Page_209">p. 209</span>de asombro +al inesperado visitante. Arturo se adelanta hacia ella y, tendiéndole +el <i>Áncora</i>, dice sencillamente:</p> + +<p>—Te olvidaste aquí el libro hace unos días, y vengo a +devolvértelo.</p> + +<p>Todo es pregunta en los ojos de Matilde; angustiosa pregunta.</p> + +<p>—No creas por esto que pretendí ser tu detective, no. Ha sido un +caprichoso azar... Al parecer, no todos los camareros conocen bien a +sus clientes. Alguien hubo aquí poco discreto, y el librito corrió una +pequeña aventura: fue a parar al mismo punto donde nos conocimos. Sin +duda, con el fin de separarnos.</p> + +<p>—Perdóname, Arturo.</p> + +<p>—Un pintoresco lance que yo quizá no he comprendido bien. He +alargado un poco la anécdota. Debí devolvértelo en silencio, sin +frases... Pero no fue así. A mi vez te ruego que me perdones, y me +permitas salir.</p> + +<p>—No.</p> + +<p>—Mi hora —si aún quedan de esas horas— es otra. Te aguardo al otro +crepúsculo, más cálido, pero más fatigado que el de estos instantes. +<span class="pagenum" id="Page_210">p. 210</span>Yo lamento que +en este amor a dos vertientes me haya tocado a mí la hora de la +tarde. Quizá en ella no hiciste sino recapitular, resumir un poco la +anterior.</p> + +<p>—¡Arturo!</p> + +<p>—No es un reproche. Ni una ironía. Es un producto de mi modesta +experiencia. Un día me cambiaste el nombre. Me llamaste Alfredo, y yo +advertí desde entonces que tu amor se duplicaba con cierta falta de +justicia. Al menos, hay que otorgar a cada uno su propio nombre, no +convertirlo en un ente específico, es decir, en un Nadie.</p> + +<p>Matilde no responde, oculta la cara entre las manos. Un momento +alza los ojos y Arturo le sorprende una lágrima. Se acerca a ella, la +acaricia.</p> + +<p>—Perdón, Matilde. Estuve insufrible y más injusto que tú. He sentido +un momento esa ridícula idea de dominio que suele sentir un marido +cualquiera que ve codiciada a su mujer. Te dejo.</p> + +<p>—No te vayas. Alfredo no viene. No viene hace tres días. Estoy +desesperada.</p> + +<p>—¿Tanto le quieres?</p> + +<p>—No, no es eso... Es que... Óyeme como a una <span class="pagenum" +id="Page_211">p. 211</span>hermana. Yo sé que están tramando no sé +qué... Una operación ruidosa. Un golpe de mano...</p> + +<p>—¿Quiénes?</p> + +<p>—Juan y él... No sé qué... En el Banco Agrícola. Andan entre +cuchicheos, entre misterios. Ya conoces a Juan.</p> + +<p>—Sí.</p> + +<p>—Está loco. Siempre lo estuvo. Se ha pasado la vida inventando modos +de llamar la atención.</p> + +<p>—Modos de sentirse ser.</p> + +<p>—Y no acertó nunca. Ahora se metió en negocios. Perdió mucho dinero. +Estamos casi arruinados, Arturo. Yo salvé alguna cosa, a espaldas +suyas. ¡Está loco! Quería hablar de esto con Alfredo, que conoce +nuestros asuntos; pero a Alfredo no puedo verlo solo; no abandona ya a +mi pobre loco. ¿No podríamos salvarlo?</p> + +<p>—Por lo pronto, vámonos de aquí.</p> + +<p>—Como quieras. Llévame.</p> + +<p>—Salvarlo es inútil. Volverá a su locura.</p> + +<p>Salen. <i>Villa Juanita</i> queda vacía de sus últimos clientes. El +coche va recorriendo paisajes ya recién reconstruidos por el sol. A lo +largo de los campos se arrastran perezosamente las yuntas.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_212">p. 212</span></p> + +<p>Matilde, friolenta, estremecida, se acurruca entre los brazos de +Arturo. El coche los deja a la puerta de un templo. Matilde baja +precipitadamente y se sume en el vestíbulo, entre plañidos de dos +mendigas.</p> + +<p>Arturo, quebrantado, soñoliento, hunde un poco más tarde su cuerpo +desnudo entre oleadas de blancura que le anegan definitivamente, +náufrago de un día turbulento, inconcluso.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch10"> + <p><span class="pagenum" id="Page_213">p. 213</span></p> + <h2 class="nobreak g0" title="10. El robo"> + <span class="fs165">10</span><br>El robo</h2> +</div> + +<p><span class="pagenum" id="Page_215">p. 215</span>Arturo se siente +fuertemente sujeto por un brazo. Es Juan Sánchez, tembloroso, +desencajado.</p> + +<p>—¡Por fin!</p> + +<p>—Por fin, ¿qué?</p> + +<p>—Hoy se hablará de mí en toda la ciudad. Mañana, en toda España.</p> + +<p>Arturo teme por la razón del amigo firmado y rubricado. Abre los +ojos, preguntando:</p> + +<p>—Diga.</p> + +<p>A borbotones se le derrama la confesión. Juan Sánchez habla de una +estafa magnífica al Banco Agrícola. ¡Una estafa genial! Miles y miles +de pesetas. Familias en la miseria. Muchos empleados comprometidos... +Arturo comienza a no creer sino en el definitivo fracaso mental de Juan +Sánchez.</p> + +<p>—Y aquí me ve usted, encaramado sobre mi propia obra. Subido a la +catástrofe, poniéndome por pedestal mi propia deshonra. ¡Todo, todo, +antes que pasar borrado por el mundo!</p> + +<p>Arrostrará los insultos, las blasfemias, los gemidos de +las víctimas. Será el «blanco de las <span class="pagenum" +id="Page_216">p. 216</span>iras» de Augusta, acosado por la Prensa, +zarandeado vivamente por la popularidad.</p> + +<p>—¿Qué ha hecho usted?</p> + +<p>—Lo he sacrificado todo: posición social, amigos, hogar. Pero mi +triunfo será definitivo.</p> + +<p>—¡Huya usted!</p> + +<p>—No.</p> + +<p>—Hágalo por Matilde.</p> + +<p>—No. Espéreme aquí. Van a detenerme de un momento a otro. Mire la +gente. Ha corrido ya el rumor. Se miran sorprendidos, preocupados. +¡Es mi obra! Espié los alrededores del Banco Agrícola. ¡Un delicioso +espectáculo! Gentes apresuradas que preguntan llenas de zozobra, que +recorren los pasillos, las ventanillas. Sollozos de viudas, rugidos de +cuentacorrentistas... Verá usted: todo irá concentrándose en derredor +mío. Seré llevado en triunfo a la cárcel. Un triunfo al revés, pero con +igual número de espectadores.</p> + +<p>—Vámonos de esta plaza. Subiremos a Bella Vista. Desde allí +esperaremos los sucesos.</p> + +<p>—No. Váyase usted, Arturo. Prevenga a Matilde. Yo escribiré desde la +cárcel.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_217">p. 217</span></p> + +<p>—Es inútil. No le abandono. Venga conmigo.</p> + +<p>Juan Sánchez se resiste a abandonar el punto estratégico desde donde +quiere ver surgir la multitud. Se sientan en una terraza de bar.</p> + +<p>—Aquí esperaré la policía.</p> + +<p>De pronto, un grito :</p> + +<p>—¡<i>La Crónica</i>!</p> + +<p>—¡Ahí está!</p> + +<p>—¡<i>La Crónica</i>, con la estafa al Banco Agrícola!</p> + +<p>La multitud se arroja sobre el primer rapaz que llega con un fajo de +periódicos.</p> + +<p>—¡<i>La Crónica</i>, con el retrato del criminal!</p> + +<p>—¡Mi retrato! ¡Ahí está mi retrato!</p> + +<p>Hiende Juan la muchedumbre y arranca un periódico de manos del +rapaz. Arturo adquiere, precipitadamente, otro. Lo abre nervioso, +torpe. Lo desgarra.</p> + +<p>—¡Ah!</p> + +<p>Allí está el retrato de Alfredo.</p> + +<p>—¡Esto es un robo inicuo! —aúlla Juan Sánchez.</p> + +<p>El detenido es Alfredo. Es él, el famoso autor <span +class="pagenum" id="Page_218">p. 218</span>de la estafa. Juan Sánchez +está a punto de caer desvanecido.</p> + +<p>—¡Esto es un robo! —sigue gritando.</p> + +<p>La multitud le rodea, compativa. Un caballero apunta al oído de +otro:</p> + +<p>—¡Ahí tiene usted una de las víctimas! Se ve que es un hombre de +bien. ¿Por qué se habrá fiado así de esas gentes?</p> + +<p>—Sí, el pobre tiene cara de haber sido engañado.</p> + +<p>—¡Esto es un error! ¡Esto es un robo!</p> + +<p>—El pobrecillo tiene para volverse loco. Los ahorros de toda su vida +se los come ahora cualquier truhan.</p> + +<p>—¡Ladrón! ¡Ladrón! —sigue gritando, convulso, Juan Sánchez.</p> + +<p>Acude la policía. Dos guardias le atienden, solícitos:</p> + +<p>—¡Cálmese, cálmese! No es usted solo. La indignación es justa, +justísima... Pero debemos evitar este escándalo.</p> + +<p>—¿Quién es? —pregunta un transeúnte.</p> + +<p>—Nadie. Uno de los estafados.</p> + +<p>Juan Sánchez estruja violentamente el periódico. <span +class="pagenum" id="Page_219">p. 219</span>Las gentes van pasando. +Le miran un momento, compasivas, y se alejan. Los guardias intentan +llevarlo a una Casa de Socorro, a una farmacia.</p> + +<p>—Yo le asistiré —interviene Arturo—. Muchas gracias. Le llevo a su +casa.</p> + +<p>—¡Un error! ¡Un robo! ¡Este canalla solo es un cómplice vulgar! +La idea, los planos, todo, todo, todo es mío. ¡Todo! ¡Él ha sido un +obrero! ¡Ladrón! ¡Me han robado!</p> + +<p>—-¡Pobre!</p> + +<p>—Está loco.</p> + +<p>—Habrá perdido mucho.</p> + +<p>—Tiene cara de haber sido engañado.</p> + +<p>—¿Quién es?</p> + +<p>—Nadie. Un estafado.</p> + +<p>—¡Le mataré!</p> + +<p>—Calle, calle —dice Arturo, arrastrando a Juan Sánchez—. Venga +conmigo.</p> + +<p>—Me han robado mi personalidad.</p> + +<p>—Pues preséntese a la Policía a que se la restituyan.</p> + +<p>—No me creerán. Me tienen por muy honrado, por incapaz. Son +estúpidos. Tendría que probarlo <span class="pagenum" id="Page_220">p. +220</span>de tal modo que demostraría, según ellos, todo lo contrario. +Me tendrían por loco. ¡Qué estafa!</p> + +<p>—Déjelo ya. Ellos lo averiguarán en el sumario. Aún puede usted +disfrutar de alguna cosa. También hay cómplices geniales. Usted será el +cómplice genial.</p> + +<p>—La última ocasión... ¿La última?</p> + +<p>—¿Qué?</p> + +<p>Juan Sánchez se queda pensativo. De súbito, una luz cárdena en los +ojos.</p> + +<p>—-No. ¡No es la última! —añade con voz ronca—. ¡Me queda otra! +¡Otra!</p> + +<p>—¿Cuál? Me asusta.</p> + +<p>—¡Desaparecer bruscamente del mundo!</p> + +<p>—¡Bah!</p> + +<p>Arturo le deja hablar, con la esperanza de verlo tranquilizarse. +Juan Sánchez le arrastra a un café. Pide papel de cartas. Comienza a +escribir.</p> + +<p>—Una para el juez. Otra para Matilde.</p> + +<p>—Bien, bien. Escriba todo lo que quiera.</p> + +<p>Por la mesas del café, los clientes se van repitiendo las +información de la gran estafa. Se oyen risas de los no perjudicados. +Blasfemias de los demás y vivaces comentarios de todos. Anochece. +<span class="pagenum" id="Page_221">p. 221</span>El retrato de +Alfredo será contemplado en todas las sobremesas por millares de ojos +indignados o curiosos. De pronto, toda la ciudad gira en torno de una +fisonomía vulgar, subrayada por un frío cinismo.</p> + +<p>—Se ve que es un truhan.</p> + +<p>—Pero con talento.</p> + +<p>—Claro, para dar esos golpes...</p> + +<p>Una muchacha contempla el retrato embelesada. Fragua un amor +imposible. Una huida, un rapto recíproco.</p> + +<p>Una madre lo muestra a sus hijos.</p> + +<p>—Ahí lo tenéis. En la cárcel. ¡Por criminal!</p> + +<p>Va creciendo precipitadamente la popularidad de Alfredo. Los mismos +guardias de la Comisaría le contemplan con una mezcla de respeto y +asombro.</p> + + +<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div> + + +<p>Juan Sánchez termina sus dos cartas. Una larguísima, para Matilde. +Otra breve, para el juez. Sale del café, seguido de Arturo, y se dirige +a un buzón.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_222">p. 222</span></p> + +<p>—¡No! Traiga esas cartas.</p> + +<p>Es imposible evitarlo. Las cartas se deslizaron ya por la garganta +del monstruo de piedra.</p> + +<p>—No importa; yo iré a rectificar inmediatamente. Con usted.</p> + +<p>—Yo me voy a aprovechar mi última ocasión. ¡Adiós, Arturo!</p> + +<p>—No le dejo.</p> + +<p>Arturo piensa ya en reclamar el auxilio de un guardia, pero se +detiene al ver algo más reposado a Juan Sánchez, que toma el camino del +arrabal.</p> + +<p>—Vamos un rato al pretil.</p> + +<p>—Preferiría ir un rato a casa —responde Arturo.</p> + +<p>—Bien, luego.</p> + +<p>En el pretil, Juan Sánchez adopta un tono solemne y dice:</p> + +<p>—Adiós, Arturo. Vele por Matilde. Sé que no le es indiferente. +Ahí le queda, con todos sus amigos. Distribúyansela equitativamente, +puesto que ella aspira a un perfecto equilibrio de valores humanos. +Busca a cierto hombre integral, que yo no pude llegar a ser. Como no +lo halló, va buscando las características de su hombre-tipo <span +class="pagenum" id="Page_223">p. 223</span>entre una porción de +ciudadanos. Del hombre que anhela poseer, tiene usted una porción +muy aceptable. En usted ama el cerebro. No le importe el que luego +complete su tipo ideal con órganos tomados de otros cuerpos. Matilde +es resignada, y comprende que poseer una síntesis humana es aspirar +a demasiado. Resígnese también usted, Arturo. Yo no pude serlo, y, +por eso, me suicido. ¡Vele usted por Matilde! ¡Velen ustedes por +Matilde!</p> + +<p>—¡Ea! ¡Basta de bromas!</p> + +<p>—Mi vida no puede continuar. Mañana iría a una cárcel... Lo +corriente. Este momento supremo que me acaba de robar Alfredo, nunca +podrá ya reproducirse. Siempre seré el comparsa, el cómplice. ¡No!</p> + +<p>—Huya. Sale un tren dentro de quince minutos. Ahí tiene usted +la estación... Invéntese usted un tipo de gran criminal fugitivo. +Fórjese usted un antifaz de ente original, ya que no supo destacar su +originalidad verdadera. Paséela usted por lugares apartados, donde +nadie vaya a arañar la costra de farsa que a usted le encubra. Ahí +tiene la estación. Aún es tiempo. ¡Huya! ¡Sea <span class="pagenum" +id="Page_224">p. 224</span>usted un falso personaje, puesto que de nada +le sirve el verdadero!</p> + +<p>—¿Y mi firma, y mi rúbrica?</p> + +<p>—Eso no es nada. Solo la verán las mujeres. Diga que se trata del +nombre del mejor amigo. La firma y la rúbrica no son nada. Nuestra +firma y rúbrica la vamos dejando nosotros en el pecho de los demás, +en la medida en que influimos en su vida. Nuestra personalidad está +repartida entre todos los pechos que nos aman o nos odian. Nada +llevamos con nosotros; son los demás quienes fabricaron y guardan +nuestra personalidad. En el punto en que los amores o los odios de +todos coincidan; en el punto en que el pensamiento de todos acerca de +nosotros coincida, en ese punto de cruce está nuestro verdadero ser, +nuestra verdadera personalidad. Nosotros solo hacemos ir desmintiéndola +por todas partes, con nuestras vacilaciones, con nuestras fragilidades, +con nuestro incauto exceso de ambición. ¡Váyase al extranjero, Juan +Sánchez, y repártase allí entre muchos hombres inteligentes que son +los únicos que pueden forjar una personalidad! ¡Constrúyase un antifaz +discreto! ¡Adiós!</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_225">p. 225</span></p> + +<p>—Quizá... Claro...</p> + +<p>—Se le ofrecerán nuevas posibilidades. No renuncie a ser plenamente +lo que aún puede ser. ¡Huya!</p> + +<p>Arturo extiende trágicamente la mano, contagiado por este momento +de solemne folletín. Abajo, el Ebro subraya con su magistral zumbido +el canto llano de la escena. Juan Sánchez va y viene a lo largo del +pretil.</p> + +<p>—No pierda tiempo.</p> + +<p>El Ebro invita a prolongar la gran disquisición. A veces hay en el +agua irónicos siseos. Juan Sánchez mira hacia el fondo, se inclina... +Se le cae al agua el sombrero, y Juan Sánchez intenta lanzarse tras +él.</p> + +<p>—¡No, no! ¡La huida!</p> + +<p>Arturo repite su patético ademán.</p> + +<p>Juan Sánchez se arranca de la barandilla y, al fin, decide seguir +viviendo. Echa a andar hacia la estación del ferrocarril.</p> + +<p>A los pocos pasos, se detiene, se vuelve a Arturo, en medio de la +avenida. Van a despedirse definitivamente.</p> + +<p>Los dos están conmovidos. En el instante hay <span class="pagenum" +id="Page_226">p. 226</span>un hueco para un latiguillo escénico. Juan +Sánchez se dispone a llenar el hueco.</p> + +<p>—¡Adiós, amigo mío!</p> + +<p>—¡Adiós!</p> + +<p>—Vele usted por Ma...</p> + +<p>Un camión que surge de improviso de un recodo, que brota +precipitadamente de las sombras —abrumador, fatal— rebana el solemne +latiguillo. En un segundo, con un frío, con un desdeñoso ademán, +elimina de la tierra la firma y rúbrica y problema de Juan Sánchez.</p> + +<p>Como una goma de borrar.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch11"> + <p><span class="pagenum" id="Page_227">p. 227</span></p> + <h2 class="nobreak g1">Epílogo</h2> +</div> + +<p><span class="pagenum" id="Page_229">p. 229</span>El hombre de +galones de plata se infla hasta convertirse en un globo que todos los +clientes del Banco Agrícola se apresuran a desinflar, apretándolo, +apretándolo hasta reducirlo a las estrictas dimensiones de un conserje. +Siguen girando, sumergidos en los cangilones de la puerta, campesinos +azorados. Uno de ellos se dispara contra el hombre del pisapapeles, +preguntándole angustiado:</p> + +<p>—¿Suspenden pagos? ¡Hablan de un robo, de suspensión de pagos! ¡De +suspensión de pagos!</p> + +<p>El hombre desinflado resopla, muge, estruja al campesino, enfila +hacia su cara las puntas aceradas del bigote, le arrastra hacia +una ventanilla, le hunde la cabeza en un golfo de guarismos que le +sofocan, le dejan sin aliento, le asesinan. Insinúa, intenta rogar, +tímidamente, que le dejen ver su dinero, que se lo dejen acariciar un +minuto para cerciorarse de que continúa allí, a salvo de estafas; la +súplica se le enrolla en la garganta, se anuda a su lengua, le hace +enmudecer, arrancar de allí la cabeza despavorida, huir, siempre <span +class="pagenum" id="Page_230">p. 230</span>seguido de cerca por la +puntas aceradas del bigote, penetrar de nuevo en el cangilón, volver a +aparecer ante el globo estrujado, desaparecer al fin, escamoteado por +los diedros de cristal.</p> + +<p>Junio, al terminar sus días, va restando opacidad a los trajes +femeninos y añadiendo jugosidad a la piel, que descubre por etapas +discretas. Desnuda brazos, entorna —coquetón— escotes. Hoy es el +primer día en que podemos ya contar el número de sostenes que hacen +posible en la mujer una prudente estabilización de las más aventuradas +transparencias; en que podemos, color a color, seguir la ruta fugaz de +un desnudo. La piel va perdiendo sus misterios y el equipo va ganando +agilidad. Algunos abanicos imprimen al aire velocidades frenéticas, +empujándolo hacia cada ventanilla donde remece esos largos papeles +—cheques, letras, facturas— por donde pasan en filas cerradas los +números, en su marcha interminable hacia los grandes libros, estaciones +de reposo. El empleado huraño contiene bruscamente un cheque que se +lanzó a bailar, azuzado por el viento, lo aplasta con un lingote de +hierro, sigue contando monedas.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_231">p. 231</span></p> + +<p>El verano es buen cliente de la casa. Para recibirlo han bruñido los +bronces y cambiado el papel verde de todos los secafirmas. Han abierto +unas hojas del techo de cristales, y ya desde la rotonda es posible +mirar directamente las nubes. Han destruido la armonía clásica de la +techumbre por dar paso a la aventura. Solo a trechos se descompone ya +la luz. Aquella luz de ámbar que se filtraba por las gavillas de Ceres +ha dejado pasar un chorro discreto de luz impura, es decir, blanca. +Quedan esos menudos grifos de luz simplificada que van ganando en +sencillez cuanto pierden en claridad, hasta llegar al violeta, luz +penosa e inservible para el uso común, de tan pura.</p> + +<p>Arturo se reserva un hilo naranja que se le anuda a la corbata y le +cosquillea la nariz; vuelve a leer su número en el papelito rojo y se +dispone a llenar los minutos de su espera con un tropel de imágenes +advenedizas que está oyendo cuchichear impacientes, nerviosas, al otro +lado del muro: valquirias febriles que sueñan con galopar a su capricho +por la memoria de Arturo. Acuden de cerca y de lejos, de la infancia y +de la <span class="pagenum" id="Page_232">p. 232</span>juventud, de +las tardes en que el amor se despereza, de las noches en que el amor se +agota, se desmorona, se queda convertido en un aburrido gesto. Hembras +ubicuas, jánicas; rostros que se barajan, que se ceden los rasgos, el +color de la boca, la falsedad de sus perlas y de sus risas, los modos +nuevos de fascinar. Rebeca, el moribundo amor que cambia de nombre +al renovar sus encantos; Matilde, el doliente fantasma —un poco de +crespón negro sobre una carne apretada, de inquietud hoy sin brújula—, +irrumpe como siempre en el tropel, arrollándolo todo con su cínica +desenvoltura. Regresa a sus paisajes del sur, a recomenzar su vida +entre rejas prendidas de claveles, en el patio oloroso a menta donde +se reveló al hombre firmado y rubricado, una tarde en que recorrían +juntos cierto muestrario de sedas —Hijos de Jaime González y Compañía—. +Corre ahora el expreso por tierras planas, sin un frunce, en que algún +árbol se suicida, torturado por su inútil soledad, o se refugia en una +interminable huida, cuando no tiene la fortuna de tropezar, a orillas +de un arroyo, con algún meditabundo camarada. Matilde se asoma al +paisaje <span class="pagenum" id="Page_233">p. 233</span>esquemático, +que ella va poblando de espectros, destocada la frente, donde su +historia podría ser escrita en cuatro renglones, sencillamente: +infancia juguetona, adolescencia febril, juventud esperanzada, +madurez prematura a fuerza de tedios junto al hombre del muestrario. +Y un deseo frenético de poseer el hombre definitivo, inencontrable. +Alguien penetra en el vagón, y ella vuelve a su butaca y a su libro, +sin levantar los ojos, sin saber que frente a ella está Arturo, en el +mismo diván del Banco Agrícola, que le mira en silencio a los ojos, +húmedos ojos por donde estos días cruzó una borrasca de llanto. Quizá +no lo conozca ya, como si sobre ese rostro hallado al azar entre unos +volúmenes sin fortuna hubiese ido cayendo el polvillo de dos centurias. +Aunque se viesen, nada tendrían que decirse. Entre ellos no ha pasado +nada. Ni un rival, ni un problema, ni una mujer, ni un hombre. Un +día hallaron en sí mismos un hueco que acertaron a llenar de alegres +vibraciones, de sonoros besos, de dulces contactos. La vida de cada +uno se metió efímeramente en la del otro. <span class="pagenum" +id="Page_234">p. 234</span>El azar dejó caer entre ellos un imán, y +ellos giraban en torno a él, hasta que el imán se convirtió en un +lingote más de hierro, sin polarización alguna. El empleado huraño lo +coloca sobre los cheques que amenazan siempre con alzar el vuelo. Saca +de la maleta un libro y se dispone también a leer, sin preocuparse de +Arturo ni de Rebeca. Ha entrado no se sabe por dónde. Lleva una boina +y un traje oscuro. Su boca no habrá sonreído nunca, porque alrededor +de esos labios nadie podría ver ni el surco más tenue de una arruga. +Y el libro será algún horrendo folletín donde los nudos sentimentales +solo pueden romperse a trabucazos. Otra vez vuelve a asomarse Rebeca +a contemplar la huida del único árbol del paisaje, mientras Arturo +prefiere salir al pasillo a contemplar el paisaje opuesto, donde se +extiende en filas bien ordenadas un ejército de muchachas al mando +del conde de Monte Azul, que señala con un puntero las piernas de +la quinta, a partir de la izquierda del actor. Las muchachas mueven +sus piernas a compás; avanzan rítmicamente, acribilladas por dardos +invisibles que van dejando en ellas huecos. La <span class="pagenum" +id="Page_235">p. 235</span>quinta de la izquierda desaparece en un +torbellino de carcajadas, y en su lugar, enlazado a las muchachas, +aparece el hombre firmado y rubricado, hundiendo sus ojos tristísimos +en el público que se asoma a lo largo del pasillo del vagón. Pero de +pronto una raquítica alameda se engulle una a una las señoritas del +coro y se precipita a lo largo a lavarse los pies en una acequia. El +revisor le da a Arturo con el codo.</p> + +<p>—¿Me hace el favor?</p> + +<p>Van a llamarle a Caja. Le piden su número, pero Arturo rechaza otra +vez al revisor. Ha perdido el billete. Lo busca por los bolsillos. +Como el empleado insiste, Arturo le ofrece un cigarrillo, diciendo +familiarmente:</p> + +<p>—He perdido el kilométrico.</p> + +<p>—Claro, claro —contesta el revisor—. Este Banco siempre a paso de +buey.</p> + +<p>Arturo se arrepiente de haber abandonado a la viajera, sola en el +departamento, y se apresura a volver a su butaca, frente al hombre del +folletín, que en el momento de asomar Arturo se arroja sobre Rebeca, la +oprime entre sus brazos de jayán, la besa golosamente. Es robusto, es +agreste, <span class="pagenum" id="Page_236">p. 236</span>es Alfredo, +Alfredo, que ha huido de la cárcel; habrán tramado juntos la fuga, y +ahora miran a Arturo estúpidamente, sin conocerlo. El revisor vuelve a +pedirle el billete. Rebeca, Alfredo y el hombre de los galones de plata +le dicen a coro:</p> + +<p>—Venga a la ventanilla. Le ha llegado el turno.</p> + +<p>Arturo mira por la ventanilla, completamente solo, dentro de una +cabina gris que se detiene frente a una estación donde tres mujerucas +abrazan a Rebeca, y un mozuelo se la bebe con los ojos embobados. +La zarandean, la quebrantan, le sorben el color a besos. Su crespón +negro se lo lleva el aire y lo deja colgado en una rama de chopo. Su +combinación, sus zapatos, sus medias, su pulsera, todo se lo reparten +las mujerucas, el mozuelo. La dejan desnuda, trémula, en medio del +andén.</p> + +<p>—¡Desnuda vuelves a los brazos de tu madre! ¡Pobre hija mía! —dice +la más anciana—. ¡Desnuda, pero con toda la honra del mundo!</p> + +<p>Y vuelven a abrazar todos a Rebeca, y siguen repartiéndose el +equipaje.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_237">p. 237</span></p> + +<p>—¡Desnuda salí también de aquí, madre! No debemos quejamos.</p> + +<p>Y entre plañidos la van empujando hacia el rebaño de casas agrupadas +alrededor de una torre. Arturo quiere apuntar la escena en un papel y +saca uno del bolsillo, un papel ya escrito, la carta de Rebeca:</p> + +<p>«...me muero de fastidio; llévame, porque me muero. Estoy +desesperada entre estos majagranzas que me acosan, me manchan con sus +ojos, con sus piropos soeces. Cuando llegué me recibieron como a un +despojo. ¡Como apenas me quedó dinero...! Sobre lo poco que traje se +arrojaron como buitres, los míos...». Se van alejando. La desnudez de +Rebeca apenas es ya una manchita blanca entre los burdos trajes negros +de las mujerucas. El mozuelo sigue engulléndosela con los ojos. El tren +comienza a trepidar. Un túnel se lo traga todo: Rebeca desnuda, las +mujerucas, el mozuelo, las casas en racimo. Arturo se hunde en un lago +de tinta, bracea desesperadamente, mientras el empleado huraño golpea +su mesa con el pisapapeles.</p> + +<p>—¡El número 142! ¿Quién tiene el 142?</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_238">p. 238</span></p> + +<p>—¿Quién tiene el 142? —repite broncamente el hombre desinflado, +dirigiéndose hacia los cuatro puntos cardinales.</p> + +<p>Arturo mira asombrado su billete de ferrocarril. ¡El 142! Va +saliendo del túnel. Se acerca a la ventanilla bajo las miradas +furibundas del revisor. En el camino aún le detiene el espectáculo de +un viajero que intenta en vano explicar su personalidad.</p> + +<p>—Esta no es la misma firma.</p> + +<p>—Es la misma, de hace cinco años.</p> + +<p>—Dos testigos. Traiga dos testigos.</p> + +<p>—¡Soy yo mismo!</p> + +<p>—¡Otra firma que responda!</p> + +<p>Por fin Arturo se arranca del conflicto y se dirige al huraño cajero +del pisapapeles que le recibe encolerizado.</p> + +<p>—Pero ¿no oía usted que le llamaban? ¿En qué estaba pensado?</p> + +<p>—En nada.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt6"> + <p><span class="pagenum" id="Page_239">p. 239</span></p> + <p class="centra asc ws1">ESTE LIBRO<br>SE ACABÓ<br>DE + IMPRIMIR<br>EN LA<br>IMPRENTA ARGIS<br>EL 25<br>DE OCTUBRE<br>DE + 1929</p> +</div> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="ToC"> + <h2 class="nobreak g1">Índice</h2> +</div> + +<table class="toc"> + <tr> + <td><a href="#Ch01">Presentación</a> de Ortega y Gasset</td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_7">7</a></td> + </tr> + <tr> + <td><a href="#Ch02">Prólogo</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_9">9</a></td> + </tr> + <tr> + <td>1. <a href="#Ch1">El Banco Agrícola</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_15">15</a></td> + </tr> + <tr> + <td>2. <a href="#Ch2">Campo magnético</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_29">29</a></td> + </tr> + <tr> + <td>3. <a href="#Ch3">Amor disperso</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_49">49</a></td> + </tr> + <tr> + <td>4. <a href="#Ch4">Punto muerto y evasión</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_63">63</a></td> + </tr> + <tr> + <td>5. <a href="#Ch5">Noche de placer</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_81">81</a></td> + </tr> + <tr> + <td>6. <a href="#Ch6">Viraje</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_101">101</a></td> + </tr> + <tr> + <td>7. <a href="#Ch7">Auto, bodegon y celos</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_133">133</a></td> + </tr> + <tr> + <td>8. <a href="#Ch8">Las dos muchedumbres</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_155">155</a></td> + </tr> + <tr> + <td>9. <a href="#Ch9">Anécdota</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_185">185</a></td> + </tr> + <tr> + <td>10. <a href="#Ch10">El robo</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_213">213</a></td> + </tr> + <tr> + <td><a href="#Ch11">Epílogo</a></td> + <td class="tdrb"><a href="#Page_227">227</a></td> + </tr> +</table> + +<hr class="chap"> + + +<hr class="full"> + +</div> +<div style='text-align:center'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 78630 ***</div> +</body> +</html> diff --git a/78630-h/images/cover.jpg b/78630-h/images/cover.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..5af9576 --- /dev/null +++ b/78630-h/images/cover.jpg diff --git a/78630-h/images/logo.jpg b/78630-h/images/logo.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..8bb0187 --- /dev/null +++ b/78630-h/images/logo.jpg diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt new file mode 100644 index 0000000..6c72794 --- /dev/null +++ b/LICENSE.txt @@ -0,0 +1,11 @@ +This book, including all associated images, markup, improvements, +metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be +in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES. + +Procedures for determining public domain status are described in +the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org. + +No investigation has been made concerning possible copyrights in +jurisdictions other than the United States. Anyone seeking to utilize +this eBook outside of the United States should confirm copyright +status under the laws that apply to them. diff --git a/README.md b/README.md new file mode 100644 index 0000000..7b39ff5 --- /dev/null +++ b/README.md @@ -0,0 +1,2 @@ +Project Gutenberg (https://www.gutenberg.org) public repository for eBook #78630 +(https://www.gutenberg.org/ebooks/78630) |
