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+* text=auto
+*.txt text
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+*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 78630 ***
+
+NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
+
+ * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han
+ convertido a MAYÚSCULAS.
+
+ * Los errores de imprenta han sido corregidos.
+
+ * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
+ las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
+
+ * La puntuación también ha sufrido ligeros retoques para su
+ modernización.
+
+ * Las páginas en blanco han sido eliminadas.
+
+ * Se ha compilado y añadido un Índice al final del libro pese a que
+ el original impreso no lo incluye.
+
+
+
+
+Locura y muerte de Nadie
+
+
+
+
+OBRAS DEL AUTOR
+
+
+REVISTA DE OCCIDENTE
+
+_El Profesor inútil._ («Nova Novorum».)
+
+_El cantar de Roldán._ Traducción. («Musas Lejanas».)
+
+_Vida de San Alejo._ (Núm. LXV de la «Revista».)
+
+_Paula y Paulita._ Novela.
+
+_Viviana y Merlín._ (Núm. LXXII de la «Revista».)
+
+
+EDICIONES ORIENTE
+
+_Locura y muerte de Nadie._ Novela.
+
+
+ESPASA-CALPE
+
+_Sor Patrocinio._ Biografía.
+
+_Zumalacarregui._ Biografía. (En prensa.)
+
+_Teoría del Zumbel._ Novela. (En breve.)
+
+
+LA LECTURA
+
+_Ejercicios._ («Cuadernos Literarios».)
+
+
+LA GACETA LITERARIA
+
+_Salón de Estío._ (Andrómeda, Circe, Folletín, Película.)
+
+
+HISTORIA NUEVA
+
+_El convidado de papel._ Novela.
+
+_Amor bajo tres lunas._ Novela. (En preparación.)
+
+
+C. I. A. P.
+
+_Pauta y Arabesco._ Ensayos breves. (En preparación.)
+
+
+
+
+ BENJAMÍN JARNÉS
+
+
+ LOCURA Y MUERTE
+ DE NADIE
+
+ NOVELA
+
+ Primera edición
+
+ [Ilustración]
+
+ EDICIONES ORIENTE
+ MADRID
+
+
+
+
+ ES PROPIEDAD
+ Derechos reservados
+ EDICIONES ORIENTE
+
+
+Imprenta ARGIS. Tarragona, 22. Teléfono 71843.—Madrid.
+
+
+
+
+ Con el lirismo penetra en el arte una sustancia voluble y tornadiza.
+ La intimidad del hombre varía a lo largo de los siglos; el vértice
+ de su sentimentalidad gravita unas veces hacia oriente y otras hacia
+ poniente. Hay tiempos jocundos y tiempos de amargor. Todo depende de
+ que el balance que hace el hombre de su propio valer le parezca, en
+ definitiva, favorable o adverso.
+
+ ...La poesía y todo arte versa sobre lo humano y solo sobre lo
+ humano. El paisaje que se pinta se pinta siempre como un escenario
+ para el hombre. Siendo esto así, no podía menos de seguirse que
+ todas las formas del arte toman su origen de la variación en las
+ interpretaciones del hombre por el hombre. Dime lo que del hombre
+ sientes y decirte he qué arte cultivas.
+
+ ...Por eso la literatura genuina de un tiempo es una confesión
+ general de la intimidad humana entonces.
+
+ JOSÉ ORTEGA Y GASSET.
+
+
+
+
+ Prólogo
+
+
+A fuerza de tropezarme con Juan Sánchez he llegado a intimar con él, a
+quererle; por eso escribo hoy su historia. Me gusta contarla porque en
+ella apenas hay conflictos, aparte del viejo conflicto de todo héroe
+que aparece en este mundo: el de su propia aparición.
+
+Porque, de pronto, cuando las aventuras de la carne se van arrinconando
+—fatigadas— entre los biombos de la frivolidad, se van extinguiendo
+sobre los almohadones del hastío, y la misma Salomé no provoca
+vibración simpática ninguna de no acercarse a los espectadores
+precedida de un costoso y desnudo «conjunto»; cuando la castidad y
+la lujuria, como la suavidad y la cólera —meros productos de una
+concurrencia de humores— apenas logran ya conmover a las gentes; cuando
+todo, en el teatro y en la novela, vacila o cae, se levantan de lo más
+profundo los antiguos signos de interrogación.
+
+La virtud y el vicio, el bien y el mal, fueron perdiendo sus confines;
+pero cada vez se acusa con más brío el problema gigante.
+
+A su lado todos los demás son menudos anecdotarios, rudimentos vitales,
+que saltan —inofensivos, ingenuos— luciendo sus escamas, sus tornasoles
+alrededor del buque, mientras el pulpo, el pulpo voraz, incansable,
+persigue, acosa, avizora, buscando a quién devorar. Todo lo demás
+divierte..., cuando divierte. Solo el gran pulpo estremece, alucina,
+mata.
+
+Juan Sánchez se pasa la vida tentándose el espíritu, de miedo a irlo
+perdiendo entre las garras de su enorme inquietud. Pero no se aparta de
+la barandilla. Su vida es una sucesión de escenas junto al verdugo. El
+espectáculo de su vida es, pues, sombrío, abrumador.
+
+Si yo lo acertase a describir, si yo llegase a inyectar en los nervios
+de las gentes un poco de ese pánico, todo en torno mío quedaría
+crispado, convulso.
+
+Yo he sentido ese miedo, me he sentido desfallecido, aniquilado. Pero
+he preferido siempre no asustar a los demás. Tampoco hoy quisiera
+asustar a mis buenos amigos. ¿Haré que el gran pulpo desaparezca entre
+las ágiles escamas, entre los vivaces tornasoles? ¿No correré el albur
+de que —como otras veces— el aturdido transeúnte solo vea sobre la
+superficie del agua esos racimos revoltosos de cohetes?
+
+Prefiero seguir encendiéndolos a rasgar el vientre al agua y dejar que
+asome el gran pulpo. Al fin, es muy penoso, es muy duro invitar al
+transeúnte a que medite unas horas con su propia calavera entre las
+manos.
+
+
+
+
+ 1
+ El Banco Agrícola
+
+
+Los cangilones de la puerta se van vaciando rítmicamente en el
+vestíbulo. Un campesino, absorto al ver que entre la calle y el zaguán
+gira una estrella en vez de un plano, se agarra tan fuertemente
+a una de las puntas, que en lugar de un semicírculo describe dos
+circunvoluciones.
+
+En el reloj, las doce. En el termómetro, los cien grados. Está ya
+henchida la enorme caldera de mármol y cristal. Explotan las burbujas
+disparando cifras:
+
+—¡El 331!
+
+—¡El 332!
+
+Hiende la rotonda un redondo volumen galoneado de plata —el gran cero
+inquieto, andarín perenne del Banco— que remueve la caldera y acentúa
+la presión.
+
+Hoy en el Banco Agrícola de Augusta todas las cuentas corrientes,
+cansadas de dormitar a la sombra de los panzudos libros, están
+ensayando un cambio de postura. Se escucha el sordo roce de largas
+serpientes de sumandos que reptan por los atriles. Por una ventanilla
+le sonríen a Arturo las cuatro filas de dientes de una «Remington».
+
+Quince troneras, quince ventosas se precipitan a sorber los ahorros del
+campesino, las carteras voluminosas de los clientes. Las ventanillas
+son otros tantos confesionarios en donde absuelven gravemente del
+terrible pecado del miedo. Se ve salir a los penitentes en estado de
+gracia mercantil, con un crédito más a los ojos inapelables del Consejo
+de Administración.
+
+Las ventanillas son también diminutos escenarios por donde asoma la
+cabeza un hábil prestidigitador. Monedas, billetes, papelitos rojos,
+papelitos azules, van, vienen, se desparraman, se enlazan, desaparecen,
+se apiñan. El gran juego del tanto por ciento esparce sobre el tapete
+la baraja entera.
+
+—¡El 333!
+
+—¡El 334!
+
+—¡El 335!
+
+—¡El 336!
+
+Una danza epiléptica de cifras en torno a los dioses de este infierno;
+melocotón, uva, maíz, centeno, remolacha, aceituna. Sagrados nombres
+de dioses, invocados en el torbellino, subrayados por los monótonos
+cuchicheos de las «Underwood», de las «Smith». De pronto surge el Zeus
+Tonante de la mitología bancaria: el trigo.
+
+—A 57.
+
+—No hay ofertas.
+
+—¡El alza!
+
+—Mañana, a 58.
+
+—O a 58,50.
+
+—Se está comprando muy de prisa.
+
+Arturo asiste a la solemne ascensión del dios. Se remonta altanero,
+majestuoso, sobre la conmovida multitud. Una gavilla se yergue —como en
+las eras de Canaán— y recibe el homenaje de once gavillas subordinadas.
+Hacen corro otras más humildes: de cebada, de alfalfa. Arturo ve
+ascender el dios agrícola, mecerse en el aire, esconderse en las nubes.
+
+Queda flotando en el aire una espiga. Una espiga enorme de trigo
+candeal, crujiente grumo de oro que amenaza desgranarse sobre la frente
+de Arturo, medio dormido. Enjambre vivo que defiende una guardia de
+finas lanzas amarillas, ceñidas en hostiles escalones. Cada grano
+destaca su centinela, en orden perfecto de batalla.
+
+Arturo ve iniciarse en la espiga un tránsito del símbolo a la
+geometría. Ve fracasar en ella toda muelle sensualidad. Fruto para goce
+de los ojos, huraño al tacto, casi mineral, enjuto, soberbio de sus
+delgadas cápsulas, donde se esconde el alimento de los hombres y la
+sustancia de los dioses.
+
+Confín de los sentidos. Detrás del racimo dorado se extiende la región
+de lo esquemático, la región innumerable de las místicas metáforas, hoy
+la lenta caravana de los números. Por él ondulan las largas columnas de
+cifras en las falsillas de los libros mayores.
+
+Trigo soberano, cuentas amarillas de un precioso collar, apiñadas en lo
+sumo de una caña delgada, donde pueden tañerse bellos himnos rurales.
+Caña sonora que opone su tañido jocundo a la oquedad ética de las altas
+cañas pensantes que se miran vanidosas en el río fiel.
+
+Hiende el aire la espiga como un hosco insecto aprisionado en los
+mismos umbrales de las formas puras. Rubio dios de los campos,
+convertido en mero nombre por estas gentes codiciosas que, sin saberlo,
+sin poderlo ver en toda su grandeza, lo acogen, lo desechan, lo
+almacenan, lo arrojan, según la veleidad de un tablero de precios.
+
+—¡El 344!
+
+Se dispersa el cortejo de lanzas. La espiga da un estallido y se
+derraman los granos de oro. Pasa el número 344, una espléndida Dánae,
+que con un cheque en la mano va a cobrarse alguna transitoria cesión de
+su belleza. La lluvia de oro desciende sobre el número 344, corre a lo
+largo de sus opulentos flancos...
+
+Dánae abate, al fin, la cabeza. La sumerge en el otro mundo, en el
+mundo de los números y las máquinas. Va a ser guillotinada. La preciosa
+cabeza de ámbar se estremece, se desmelena; las manos de Dánae se
+crispan, arañan un bolso de piel, extraen un poco de encaje... ¡La
+cuchilla va a caer! Arturo sofoca un grito.
+
+Y se incorpora bruscamente. Ha creído ver unas manchas rojas entre
+el amarillo ¿de las espigas, de los bucles? Las manchas rojas se
+desvanecen. Arturo se frota los ojos. La cuchilla no cae. La boca,
+pintada; las mejillas, pintadas desaforadamente... Dánae cierra con un
+chillido metálico su bolso y se va.
+
+La guillotina, ¿no funciona? Forcejean desde dentro, tiemblan un poco
+las cabezas en la platina. Al fin, nada: un cambio de papelitos rojos,
+de papelitos morados.
+
+—¡El 345!
+
+
+ * * *
+
+
+Un codazo del hombre de la izquierda.
+
+Arturo sale de su semivigilia. En su papelito rojo está marcado el
+número 352. El 345 deja libre un asiento que Arturo se apresura a
+ocupar. Incrustado entre un caballero gris y una lozana campesina
+que recuerda a Gabriel y Galán, se dispone a pasar de masa oscilante
+al menor vaivén, donde se reflejan todas las presiones, a cuerpo en
+perfecto equilibrio, inamovible.
+
+El caballero gris se impacienta, le roza un pie, se disculpa:
+
+—Perdone.
+
+Surge el diálogo nutrido de protestas contra la lentitud del Banco. El
+mismo diálogo, entablado, como todos los días, con un número de orden.
+
+El desconocido remira su papelito rojo, como el desconocido de ayer.
+El 351 es el antecesor de Arturo. Así Arturo puede declinar —como
+siempre— su temor de perder turno: basta seguir los pasos del hombre
+desconocido. Le liga a él una relación aritmética a que debe obedecer
+ciegamente, y esta servidumbre —como todas— le extirpa un ojo sobrante,
+le borra un campo inútil de atención.
+
+Ya puede invertir su tiempo en contemplar el vaivén de los números que
+se apiñan en la rotonda. Pocos lugares como un Banco para realizar
+estudios sobre la vulgaridad. Es aquí muy remoto el peligro de
+tropezarse con un genio. Y una escrupulosa vigilancia elimina de los
+clientes lo que pudiera ser considerado como turba. La criba solo deja
+pasar seres intermedios, normales, caras y cuerpos de desesperante
+equilibrio. Un mismo maniquí ha servido para treinta gabanes; igual
+módulo para cien fisonomías; idéntico manual para todos los saludos.
+
+En vano las implacables ventosas pretenden acentuar el perfil de algún
+rostro. La misma emoción ante las subidas de Bolsa. La alegría ante
+un alza de precios es de tipo común. Un mismo coletazo de la larga
+serpiente de cifras produce en cien bocas el mismo gesto de acritud.
+
+En vano la luz de las altas vidrieras pretende subrayar en las
+facciones algún gesto inusitado. Solo consigue éxitos efímeros,
+banales. Sobre tal mejilla color de langostino, se desliza un rayo
+verde que, por un momento, trueca en biliosa la faz placentera de un
+comisionista. Un rostro enflaquecido, color garbanzo, se empapa en un
+chorro granate, trocándose de esquizoide en sensual.
+
+La luz de los cristales se divierte infantilmente en ir cambiando uno
+por uno los temperamentos de los clientes.
+
+—¡El 348!
+
+—¡El 349!
+
+Va bajando el termómetro. Estallan en la tina las últimas burbujas.
+Se apaga, al fin, el hervor. El hombre de galones da plata ya no se
+perfila para atravesar de canto la sala; camina de frente, sin miedo a
+chocar con alguna huraña cuenta corriente.
+
+En alguno de los diminutos proscenios se producen ya entreactos: el
+telón no desciende, pero el héroe suspende sus escamoteos de billetes,
+deja ver, perfectamente enmarcada, una angulosa faz inmóvil, que
+lentamente se va convirtiendo en el retrato de sí mismo.
+
+Los cuatro policías de la sala, obligados antes a multiplicar por
+cuatro su atención sobre la homogénea muchedumbre, pueden ya deshacer
+la operación y seguir su faena con la visión normal.
+
+Las haces policromadas que llovían de las altas vidrieras no
+encuentran ya a su paso frentes y mejillas resignadas a tan frívolo
+bautismo de verbena; se deslizan por bustos, por caderas, por grupas
+descuidados; en enroscan en tobillos, resbalan por zapatos, se pierden
+definitivamente en las baldosas.
+
+Pero, en su tránsito, fueron dibujando ingeniosos bocetos. Los
+perfiles de los clientes pueden afirmar su escasa originalidad
+plástica, en plena holgura. La atención tiene zonas más confinadas y,
+al apretarse, comienzan a surgir escorzos, algunos originales. Tal
+brazo desnudo, oprimido antes por el torso de un enorme almacenista de
+alfalfa, recobra su gracioso ademán. Unos senos se yerguen, sin temor a
+ser punzados por el codo de un tendero enjuto. Todo recobra el sobrante
+de espacio necesario para crearse una atmósfera personal.
+
+—¡El 350!
+
+—¡El 351!
+
+El caballero gris se levanta y llega a la ventanilla, donde unos
+ojos implacables le recorren de arriba a abajo. Arturo le sigue. El
+desconocido alarga su papelito rojo y una mugrienta cédula personal.
+Manotea nerviosamente, replica al empleado, protesta, infla la voz. El
+empleado exige el cumplimiento de un rito. Quiere firmas, créditos,
+certidumbres, evidencias. Pretende que el desconocido deje de serlo,
+que un número cualquiera logre rápidamente, en la batería del diminuto
+proscenio, un carácter definitivo de personalidad. Pretende que aquel
+hombre destacado de la multitud, que viste análogo terno y canta el
+mismo cuplé de todos los demás, adquiera de pronto facciones de héroe.
+
+La contienda termina dramáticamente. El caballero se abre el pecho
+y lo muestra desnudo al empleado. Gesto patricio de los héroes que
+imploraban en el ruedo, ante los césares, piedad para un vencido. A
+cuenta de una individualidad reconocida, pedían el olvido para un ente
+borroso...
+
+Sorpresa, explosión de risas. El empleado alarga unos billetes. El
+hombre desconocido se abrocha precipitadamente y sale del Banco.
+
+Arturo consigue una pronta evasión, y corre en busca del desconocido.
+Lo encuentra en una esquina, le pregunta:
+
+—¿Cobró usted, por fin?
+
+—Cobré. Son bobos. Cada día exigen más firmas. Menos mal que yo llevo
+la mía... Guardo un documento infalible. Cuando no reconocen mi firma,
+me abro el pecho y la muestro grabada en la piel.
+
+—¿Un tatuaje?
+
+—Sí, voy siempre firmado y rubricado. Soy el notario de mí mismo. A mí
+me identifican en seguida. Venga conmigo.
+
+En un zaguán, el desconocido se desabrocha e invita a Arturo a
+contemplar una presumida rúbrica en forma de intestino que sirve de
+pedestal a un nombre: Juan Sánchez y Sánchez.
+
+
+ * * *
+
+
+—¡Qué capricho!
+
+—¡Qué sarcasmo!, querrá usted decir. Porque esto es señal de algo
+terrible. Esta escena del Banco Agrícola se repite diariamente en mi
+vida. Mi tragedia es abrumadora, tiene muy profunda la raíz. Vea usted
+que no se trata de fortuna o desdicha, de obrar bien o mal, de producir
+o de evitar algo nefasto. Se trata de algo anterior a mi voluntad,
+anterior al destino. Se trata de _ser_. Fíjese bien: ¡ni siquiera de
+existir! ¡De ser! Porque a fuerza de pensar mucho en mí mismo, he
+deducido que, aun suponiendo que exista, _no soy_.
+
+
+
+
+ 2
+ Campo magnético
+
+
+En la terraza del bar, ante un _cocktail_ de ginebra, se plantea Juan
+Sánchez un viejo problema filosófico: el de la esencia y la existencia.
+
+Es la hora más banal del día: la hora del aperitivo. Hora de hacer
+el resumen de la mañana y de fraguar los proyectos que la tarde irá
+desbaratando. El orador insiste en convencer a Arturo de que él, Juan
+Sánchez y Sánchez, no es. Entre ese tropel de seres inclasificables, de
+ambos sexos, que luchan desde sus banquetas por reproducir exactamente
+el contorno exterior de una estrella de moda, Juan Sánchez, el hombre
+firmado, de rúbrica en forma de intestino, se revela como un fanático
+perseguidor de su propia esencia.
+
+Es un místico amante de la personalidad. Tiembla ante la idea de gozar
+de una forma sustancial colectiva, de un subconsciente solo colectivo,
+de un alma común. Intentó crearse un rostro, acentuarse, al menos, un
+defecto, estilizarse alguna aberración que pudiera izar como bandera de
+un carácter. Nada logró.
+
+—He intentado —dice— lo absurdo. Llegué a provocar en mí alguna
+enfermedad crónica que modificase, que torciese mi temperamento, que
+me lo cambiase de raíz, a ser posible, para intentar buscarme, con el
+nuevo, otra fisonomía... Hice experiencias inútiles.
+
+—Eso es peligroso. Se expone usted a quebrarse el aparato.
+
+—Es desesperante no tener nada mío. De niño me tomaban siempre por
+mi hermano. Y, ahora, el arcediano de Sos tiene mi misma cara. Y un
+médico. Anteayer me preguntaron reservadamente, en un zaguán, por el
+estado de un cáncer... ¡Si yo pudiese, al menos, no ser nada, pasar
+inadvertido! Pero hay algo peor que todo eso: ser otro cualquiera, uno
+que casi nunca me gustaría ser.
+
+No es fácil estrenar todos los días un amigo, y menos un _universal_,
+un hombre-tipo, como Juan Sánchez, que oculta problemas tan arduos bajo
+su firma y rúbrica grabadas en la piel. Por eso Arturo, además del
+_cocktail_, saborea golosamente este placer de convertirse en minero de
+espíritus, de socavar, estrato por estrato, las entrañas de un nuevo
+continente.
+
+Es delicioso estrenar los amigos como quien estrena un gabán, y reponer
+a tiempo los usados, antes de lamentar su decadencia. No importa que
+la originalidad de muchos se agote al primer día: al menos en este,
+todo espíritu nuevo es capaz de ofrecer cierto curioso lote de gracias
+imprevistas.
+
+Arturo está sentado frente a la viva corriente humana, en la terraza
+del bar; Juan Sánchez, de espaldas a la calle, frente a Arturo, es
+decir, frente a un espejo donde pretende verse en todo su crespo
+interior. Representan dos mundos opuestos. Para Juan Sánchez, Arturo
+es una placa sensitiva donde va a ser escrupulosamente recogido el
+gráfico de una inquietud. Pero en los ojos de Arturo, voluntariamente
+dispersos, se quiebran todos los perfiles de la calle. Su cara es como
+un lago que se quisiera contemplar en azul reposo, y de pronto comienza
+a tiritar bajo la loca lluvia de guijarros de un tropel infantil.
+
+El día, en plena granazón, abre sus pomposos abanicos de emociones
+sazonadas, normales: pavo real de académico civismo, sin audacia
+cromática alguna.
+
+Es la hora de acudir al hogar, donde miles de hembras, también maduras,
+aguardan la dulce confidencia de un alza de bolsa o de un ascenso.
+Todos los caminos que ahora se recorren en la ciudad son claros y
+abiertos: el día está en su punto cimero de doméstica legalidad. Ni la
+religión —como en las primeras horas— desvía los pasos del torturado
+incrédulo hacia algún templo de los suburbios, ni el amor —como en
+las horas últimas— desvía los del impetuoso joven hacia la equívoca
+intimidad de una mujer.
+
+Todo en la calle palpita ordenadamente bajo el signo del trabajo. La
+disciplina social escalona rigurosamente sus ejércitos, instalándolos
+según normas tradicionales: los directores y consejeros se arrellanan
+en opulentos coches; los jefes de contabilidad, en averiados taxis;
+los sencillos empleados se apretujan en un tranvía; los ordenanzas
+van a pie. Apenas se advierten a esta hora las conquistas sociales.
+No se toleraría, como al anochecer, que alguna mecanógrafa inquieta
+y un cajero inmoral rompiesen ahora tan severa ordenación jerárquica
+penetrando en un _Hispano_ a morder el «fruto prohibido».
+
+Nubes de obreros y burócratas cruzan en todos sentidos la calle.
+Han cesado de castañetear las ametralladoras de cifras de todas las
+marcas; todas las ventanillas acaban de guillotinar, uno tras otro, los
+momentos finales de la jornada.
+
+El Banco Agrícola vierte sus empleados en la acera, los desparrama
+a lo largo de los primeros soportales. Un obeso banquero atraviesa
+lentamente la calle, deteniéndose cada tres pasos entre las blasfemias
+contenidas de dos infelices subalternos condenados a marcar idéntico
+compás de marcha, tan salpicado de insoportables calderones.
+
+Se producen nudos, interferencias, cruces a veces dolorosos. Algún pie
+se alza indignado y aplastado por otro más aturdido, que desconoce el
+arte de andar. Se ve que el empleado municipal que yergue virilmente
+su batuta intenta armonizar las masas ambulantes; pero estos
+elementos que han de ejecutar la hirviente sinfonía revelan un total
+desconocimiento de la partitura. Sobreviene un flujo y reflujo de
+espesas resonancias, que solo podrían desaparecer si se inculcase a las
+gentes de a pie cierta virtud que les falta de acomodación a un ritmo.
+
+—Hubo una época —martillea Juan Sánchez— en que llegué a olvidar
+mi nombre. Me complacía no ser más que «el joven que cruza la
+acera de seis a siete», «el que compra _La Crónica_ en el quiosco
+de enfrente»... En una casa me conocían —yo soy comisionista— por
+«Hermanos Vallés. Cementos»; en otra, por «La Bola de Oro»; en otra,
+por «Martorell y Compañía»...
+
+Persiste entre las multitudes el tipo de guerrillero de la circulación,
+que, con grave peligro de sus huesos, se lanza heroicamente a ganar
+batallas de velocidad. Y la masa se complace en destacar esa suerte
+de individuos exteriormente indóciles. Exteriormente —piensa Arturo—,
+porque la docilidad en el hombre apunta en razón inversa de su
+excelencia personal. Por eso el sabio obedece como un niño a los signos
+del agente, mientras se obstina en rebelarse contra un principio de
+Euclides. A un sabio podrá vestirlo cualquier sastre, pero solo le
+provee de ideas un genio...
+
+—Yo sabía —no cesa el zumbido de Juan Sánchez— que en todos los
+escalafones subían y bajaban algunas docenas de Juan Sánchez, y
+desprecié rotundamente mi firma. ¡Caro me costó! Porque esto me condujo
+a la evidencia de que en mí no se escondía un determinado individuo,
+sino un maniquí capaz de soportar una personalidad cualquiera, con
+preferencia una razón social.
+
+En cambio, un pobre diablo acata las ideas del más humilde teorizante
+de café, mientras opone su libre, la que él cree libre, personalidad
+a la blanca mano de un guardia. El orden exterior de la calle —y del
+mundo— no suelen conservarlo íntegramente sino el sabio y el discreto,
+sumisos al polizonte, aunque discutan a Platón.
+
+—Si mi nombre lo usaban algunas docenas de empleados en cada escalafón,
+mi cara, mis gestos, mi andar, toda mi anatomía rodaba al mismo tiempo
+por los vagos recuerdos de cada transeúnte...
+
+Es preciso destruir esa leyenda del sabio distraído que se deja mutilar
+por un vehículo. Por un Curie habrá miles de necios aplastados.
+Los atolondrados son los otros. El distraído es un sujeto que
+ideológicamente —y en el sector sentimental— pertenece a la masa, es
+masa todo él, desde los conceptos políticos y taurinos hasta el dibujo
+de sus corbatas. Al sabio nada le preocupa, ni siquiera la advierte,
+esa porción de materia común que envuelve su rica lumbre personal;
+el hombre vulgar sí la advierte, porque en él es todo masa, y solo
+al amarla se ama a sí mismo. Por eso la defiende contra cualquier
+cinceladura ajena. Cree que en esa porción común radica todo él, y la
+pasea altivamente como se pasea un gabán estandarizado. Capaz es de
+entregar a todas horas su inteligencia al tópico, pero se resiste a
+someter sus pasos a la pauta municipal. La gran muchedumbre se nutre de
+pequeñas rebeldías, mientras al sabio y al discreto solo les estimulan
+las grandes.
+
+—Muchas veces me hurté a desconocidos que se acercaban a hablarme,
+tomándome por un amigo. Fui saludado por centenares de ciudadanos
+miopes, a quienes nunca había visto. Padezco todos los peligros
+del hombre-tipo, sin las felices características del arquetipo. Mi
+característica es no tener acento, ese acento que añade a la estatura
+un codo, por quien las letras alzan la frente y se hacen reinas del
+vocablo.
+
+Ahora, tres Renault, dos carretillas de mano, una motocicleta
+y diecisiete Fords se detienen a contemplar el desfile de una
+institutriz, que arrastra a dos niños, y el de un botones. Hace dos
+siglos a este botones y a esa institutriz les hubieran propinado muchos
+puntapiés los lacayos de alguna favorita de turno. Conquista de los
+tiempos, a la que no corresponde la masa con un asiduo aprendizaje del
+arte de moverse en la vía pública sin producir nudos y elipsis. Admito
+—sigue pensando Arturo— que este público dinamismo atente contra la
+personalidad, que llegue acaso a destruirla, pero, en cambio, robustece
+la expresión colectiva. Puesto que hoy sea inexorable admitir el
+dominio de la masa, ¿por qué no trabajar por hacerla más bella?
+
+—Por eso inventé ese medio pintoresco de identificación. Soy el
+hombre que no tiene señas personales. Ya que no puedo ofrecer un
+rostro, ofreceré al menos una firma. De mi cara se tiraron millones de
+ejemplares, en ediciones económicas. Y de mis ideas. Y de mis ademanes.
+Yo no soy un individuo. Soy un universal ambulante. Es decir: ¡Nadie!
+
+
+ * * *
+
+
+De pronto, para Arturo, todo el paisaje ciudadano enfila sus
+ritmos en un solo sentido, en el de una mujer que avanza cortando
+gentilmente cada grupo en dos porciones. Como esa granalla de hierro
+disciplinadamente repartida en torno a la barra magnética, más cerca
+o más lejos de ella, según índices de docilidad y ligereza, así
+la burocrática muchedumbre se va situando, al paso de esta mujer,
+según una escala de sordas vehemencias harto tiempo adormecidas
+entre facturas y legajos, despiertas ahora, al aire libre, frente al
+ondulante panorama.
+
+Y el surco abierto tras ella lo van llenando algunos manoseados,
+cursis, desfallecidos piropos, como de gentes en ayunas, arriada la
+fantasía, cegados los grifos de la jovialidad.
+
+—Creo en la felicidad del anónimo —contesta por fin Arturo—. La
+tortura de la personalidad, ¿por qué sentirla tan obstinadamente?
+Quizá el individuo, en absoluto personal, no existe. Si persistimos en
+mantenerlo en un punto de nuestra vida, nos petrificamos. Si lo dejamos
+transformarse demasiado, nos tropezamos siempre con una legión de
+nosotros mismos que entorpece nuestro momento actual, que constituye un
+peligro para nuestra libertad de hoy.
+
+—Consuela oírle. ¿Usted escribe?
+
+—De ningún modo.
+
+—Lo hubiera jurado.
+
+—Soy profesor de filosofía, pero vi que es más divertido —y productivo,
+¿sabe?— inspeccionar siniestros.
+
+—¿Cómo?
+
+—Formo parte de una Sociedad de seguros contra incendios. Actúo siempre
+en regiones devastadas. Después del último bombero.
+
+—¡Qué raro!
+
+—Conozco a los hombres al borde de una catástrofe. Me interesan más
+sus violentas reacciones que sus actos normales. Aunque siempre son
+muy divertidos. Los hombres suelen ir almacenando pasado. Cuando
+les pesa mucho, quisieran abandonarlo, pero temen hacerlo porque lo
+creen ya materia propia; como sienten abandonar un diente maltrecho.
+Y aun comprendo que se tenga más cariño a un dedo propio que a toda
+la humanidad; lo que no comprendo es por qué se fija ese cariño en un
+montón de despojos acumulados.
+
+—Toda la vida del hombre es un esfuerzo desesperado por afirmar su
+existencia, por dejar surco de ella. Este es el pobre recurso de los
+artistas.
+
+—¡Bah! Los artistas son unos infelices locos que gastan aturdidamente
+su vida real en fabricarse una posible. El artista es una deliciosa
+aberración de la humanidad. Cree, sencillamente, en otra vida y suele
+sacrificarle esta como un iluminado anacoreta. Teme petrificarse, y no
+recuerda que su último pago —también posible— ha de ser una estatua
+de piedra, construida por algún camarada que, al crearla, afirmará
+que aquello es su obra más personal. Y el primer artista solo habrá
+logrado servir de escalafón para que suba el segundo más de prisa. Me
+he extraviado.
+
+—Siga, siga.
+
+—Creo que puede usted salvarse a fuerza de anécdotas. La acción
+reconstruye, zarandea, remueve, modifica. Ensaye a obrar activamente:
+le surgirán actos originales. Y con el acento, la expresión. Y con la
+expresión, la fisonomía. Métase en danza. Déjese ya del ser y del no
+ser. Eso está muy anticuado. Obre.
+
+—He ensayado sin éxito. ¿Usted cree...?
+
+—Firmemente.
+
+—Me anima usted mucho. Venga por mi casa. Ahí tiene mis señas. Le
+espero a cenar esta noche.
+
+—Iré.
+
+
+ * * *
+
+
+Desde el velador, oculto en la metafísica maraña de problemas que
+suscita el hombre firmado y rubricado, sigue avizorando Arturo la
+menuda tempestad callejera provocada por el tránsito de Rebeca. La
+amante es ahora un termómetro donde poder medir los grados de febril
+irradiación, la pureza de contornos, la dinámica gallardía de cada
+hembra transeúnte; pero también los de procacidad de cada súbito
+admirador.
+
+Traza Rebeca en la plaza una firme diagonal, y se interna en los
+soportales a tiempo que advierte la presencia de Arturo. Y entonces
+todos sus ademanes se embozan en una nube de más refinada coquetería,
+como si de pronto quisiera oscurecer el rico botín de sus encantos,
+envolviéndolo, como en un delgado papel de seda carmín, de un pudor
+visible no solo en las mejillas y en las inquietas manos, sino en toda
+su juguetona fábrica.
+
+Y entonces, los soportales adquieren una preciosa calidad de claustro
+en que la amada transeúnte se va ofreciendo por grados, en progresión
+decreciente, resurgiendo bajo los arcos sucesivos que añaden a cada
+aparición un poco más de seductora lejanía.
+
+Y aunque el primer impulso de Arturo, al ver surgir a Rebeca, es
+lanzarse tras ella a recoger en sus manos la brasa de aquellas, tan
+expertas en artes de acariciar, no se mueve del asiento; le contiene el
+riguroso veto según el cual ambos amantes deben confinar su deleite en
+un rígido programa del que están excluidos todos los azares.
+
+La aventura es desterrada de este amor. Los encuentros fortuitos no
+deben ser aprovechados, puesto que ya en el plan erótico se apuntan
+los precisos para, sin agotarlo, seguir paladeando el goce. (Arturo
+jamás quiso averiguar las causas de este veto, por no dar de bruces
+con alguna doméstica trivialidad, con la pobre anécdota conyugal,
+con algún romántico impulso incomprensible). Refrena su vehemencia,
+progresivamente dulcificada según avanza la serie de sucesivas Rebecas,
+cada vez más borrosas; y el placer de acercarse a ella, de sumergirse
+en su estela voluptuosa, es vencido por el de contemplar el cuadro
+favorito desde muchas distancias, y a distintas luces, multiplicando y
+refinando así su goce, consumado catador de vivas plasticidades.
+
+Ya al quinto arco, de la total estructura se han perdido deliciosos
+fragmentos. Al séptimo arco, aún se divisa el guiño picaresco de los
+ojos, el garabato rosa de la mano que traza en el aire una frase de
+adiós impronunciada.
+
+Por fin, de aquella vibrante sucesión de imágenes, solo queda el
+luminoso residuo de un pañuelo perdido poco a poco en la cromática red,
+hasta poder ser confundido con otro cualquiera, como en los andenes.
+Pero Arturo sigue paladeando algún tiempo el postrer sorbo, el más
+sabroso, de aquella copa emocional bebida en progresión aritmética
+descendente.
+
+Porque este tránsito de Rebeca a través de las pilastras que la ocultan
+y descubren rítmicamente, haciendo más deliciosa su aparición, hoy dos
+veces discreta, es una imagen acabada del otro gran tránsito de su
+belleza palpitante a lo largo de la vida de Arturo, iluminada a trechos
+por la blanca desnudez de su amante.
+
+Aquella hora resume toda una juventud, como aquellos soportales juegan
+el papel de días, días anodinos, opacos, en que Rebeca se oculta en su
+otra vida oscura, doméstica, acaso conyugal alternados con la sucesión
+encantadora de los de verla en el refugio de una dulce intimidad: de
+uno de esos —como el de hoy— en que todas las horas giran locamente en
+torno a una, las siete de la tarde, pidiéndole un poco de su jocunda
+irradiación.
+
+—¡Las siete! ¡Las siete!
+
+Suenan las dos palabras en el oído de Arturo como el jovial tañido
+de una bocina de _Rolls_ que desde lejos reclama virilmente paso
+libre al tropel de horas monótonas, pesadas, carretas crujientes,
+camiones grasientos, que cruzan lentamente la luminosa carretera del
+día. Una hora ardiente, brusca, impetuosa, que irrumpe en la tarde,
+atropellándolo todo con su cínica desenvoltura.
+
+
+
+
+ 3
+ Amor disperso
+
+
+La escalerita del placer suele ser sórdida, oscura, como suele ser
+reverberante, magnífica, la escalera del fastidio. La escalerita del
+placer es un breve tránsito entre la acera y unos brazos ardientes; la
+escalera del fastidio suele ser el preludio de una frívola comedia que
+principia en unas orondas libreas y termina en la falsa sonrisa de un
+caballero gran cruz.
+
+Arturo sube precipitadamente la escalerita del placer; angosto
+desfiladero entre los valles multitudinarios y la solitaria cañada
+donde una mujer le apaga con besos la última frase inútil arrastrada de
+la calle.
+
+De pronto, todas las palabras recobran su sentido esencial. O son meros
+balbuceos. Y todos los ademanes. El instinto, en suma vibración, los
+armoniza, los ordena en el más sencillo pentagrama. El idioma se reduce
+considerablemente: bastan algunas infantiles interjecciones.
+
+Y algún vocablo preñado de sentido histórico. He aquí uno:
+
+¡Incendiaria!
+
+Es el requiebro favorito de Arturo, hallado en cierta excursión
+profesional, extraído del bloque de textos conminatorios que nutrían
+su léxico en las horas de faena, como se suele extraer un gramo de
+_radium_ de entre algunos quintales de mineral.
+
+Al principio se le ofreció en forma de insulto. Pero un insulto se
+convierte fácilmente en un piropo: basta con una dulce inflexión de
+voz. Arturo era ya entonces inspector de _El Cisne_, Sociedad de
+seguros, y se hallaba investigando en el subsuelo ético del propietario
+de _La Rosa Blanca_, almacén de tejidos, las verdaderas causas del
+sospechoso incendio que había reducido a pavesas el establecimiento.
+
+Arturo realizaba una función intermedia entre el confesor y el buzo.
+¡Dura tarea la de extraer de una conciencia tan turbia este grave
+pecado de inmoralidad mercantil! El incendio se había producido en
+un sótano donde fueron halladas, aún humeantes, algunas piezas de
+percal muy pasado de moda. Arturo había bajado al sótano a solas con
+el propietario de _La Rosa Blanca_, cierta sinuosa viuda de treinta
+años que asistía en silencio a la enojosa exploración. Arturo acumulaba
+artículos del Código, argucias tomadas del pliego de instrucciones para
+inspectores de seguros, invitaba a la viuda a llegar a un acuerdo...
+
+En la escaramuza brotó la palabra definitiva:
+
+—¡Incendiaria!
+
+Al apóstrofe le faltó su punto preciso de severidad, y quedó en el
+mismo instante convertido en una apasionada declaración de servidumbre.
+Allí perdió _El Cisne_ gran parte de su prestigio: todo por el matiz
+poco claro de un insulto.
+
+Más tarde, frente al tablero de libros de 2,50 pesetas, Arturo ensayó
+su requiebro en una desconocida...
+
+Su reiteración a flor de oído provocó en ella un atisbo de llama.
+Arturo acudía a la feria a adquirir unas tablas de logaritmos,
+difíciles de encontrar entre aquellos volúmenes «pasionales» de la
+Biblioteca Antorcha que hojeaba una encantadora desconocida.
+
+Ante los ojos de ambos se extendía el mapa sentimental del orbe
+entero, porque la Biblioteca Antorcha acoge en sus volúmenes a
+todos los enamorados del mundo, siempre que no reclamen derechos de
+reproducción. El momento era solemne. Sobre ellos tendían sus redes los
+poetas cordiales, los novelistas del sexo, los filósofos de la rebeldía.
+
+Arturo comenzó también a remover volúmenes, a contemplar
+escrupulosamente los dibujos, la tipografía de las cubiertas, el año
+de la edición. Comprendió que su viaje a la feria de libros exigía
+entonces una explicación de índole emotiva, no algorítmica, y, en
+lugar de las tablas de logaritmos, adquirió un ejemplar de _Tristán e
+Isolda_. Entretanto Rebeca discutía el precio de un tomo de Jorge Sand,
+y pronto se hallaron los dos, frente a frente, blandiendo sendos libros
+de frenético amor.
+
+Arturo recorre precipitadamente la historia, frente a este capítulo
+que diariamente amenaza ser el último. Una pasión cercana al
+desmoronamiento, que se asoma al río del tiempo, sin audacia para
+acabar de sumergirse. Un amor que cada tarde necesita de una fuerte
+dosis de deleite para seguir viviendo.
+
+Y de un gran derroche de cautelas. El balcón entornado da una luz tan
+rezumada que el color nunca podrá hacer fracasar los perfiles desnudos
+de Rebeca. Es tan silenciosa la alcoba, que el ruidillo más tenue
+rozaría los nervios como un alfiler.
+
+Ahora Rebeca divaga por la salita en contacto con ese mundo de
+sensaciones inéditas, que todos podríamos hacer nuestro si nos
+decidiéramos a llevar los pies descalzos, el cuerpo entero desnudo.
+
+Hay entre la piel y las cosas demasiados aisladores, muchas sustancias
+hostiles que desvían la pura sensación, que mixtifican el deleite de
+tantas amorosas presiones. Apenas logra besarnos, desnuda, la rica
+epidermis del mundo.
+
+La sensación se tuerce, se borra. Rodean el cuerpo muros de algodón, de
+cuero, de seda, de lana; atrincheran el campo táctil fosos de sombra,
+empalizadas de tupida materia vegetal, residuos animales, minerales. De
+casi todas las cosas le queda virgen al hombre la epidermis.
+
+Ocurre hundirse en la entraña de un objeto sin haber paseado los ojos
+y las manos, voluptuosamente, por regiones inexploradas de la piel. Se
+contenta con ver pasar por ella las efímeras caravanas del color, tan
+enemigo del dibujo, del firme relieve. Solo ve en ella lo que apenas
+existe, dejando lo duradero, su pura extensión, su frágil materia
+encajada en los compartimientos del aire.
+
+Apenas vislumbra sus deleites, sus amores, cuyo idioma universal
+posee dialectos encantadores que se llaman porosidad, elasticidad,
+blandura... tan salpicados de sugestiones eléctricas, magnéticas,
+luminosas, vibrátiles. Apenas conoce sus odios, cuyo dialecto más
+plebeyo es la viscosidad, y el más noble el que depura cada frase con
+un cincel geométrico, con frialdad de aristas que deliciosamente hacen
+sangrar: la dureza.
+
+Apenas sabe que hay cuerpos blandos y duros, fríos y calientes... Pero
+esto es como saber que hay hombres buenos y hombres malos; es decir, no
+saber nada de los hombres.
+
+—¿No vienes?
+
+—Se me ha extraviado un pendiente.
+
+—¡Déjalo!
+
+¿Por qué hablarán los poetas de nieve y de alabastro al describir la
+desnudez de una mujer? Lo blanco no es nada. O es el refugio de todos
+los que fracasan ante los demás colores. Detrás de una pretensión de
+pureza hay siempre una larga fila de impotencias.
+
+Lo blanco solo existe junto al negro, que también es nada. Pero dos
+valores negativos producen un valor positivo: el claroscuro. Rebeca es
+ahora un prodigio de claroscuro.
+
+Curvada, junto a una silla, construye el arco del placer. Su cuerpo
+es una rama en tensión de la que cuelgan los dos menudos conos, tan
+sabrosos.
+
+¿Por qué la forma cónica es en los senos más dulce de gustar que la
+hemisférica? Misteriosa geometría del placer. También el profundo
+misticismo medieval destruye la redondez de los arcos, e inventa el
+suyo, terminado en punta. Con una rosa de oro por dentro.
+
+En los menudos arcos de esta encantadora fábrica el rosetoncillo va por
+fuera.
+
+—¡Aquí está!
+
+Tiembla toda la rama al erguirse. La recorre una onda fría. Corre a
+esconderse entre los brazos de Arturo.
+
+
+ * * *
+
+
+Van naufragando las ideas, ausente la última tabla —la distancia entre
+dos cuerpos ya anulada—. Rebeca ahuyenta la última abstracción, con
+el último resto de su traje. Por no sentir el rubor de contemplar su
+hermosura, se lleva las manos a los ojos: deliciosa manera de ser
+casta. Una cabeza velada, sobre un cuerpo totalmente desnudo.
+
+Pero al fin quedan libres los ojos, cuando ya solo pueden ver los ojos
+extraviados de Arturo.
+
+El idioma ha perdido definitivamente su estructura. Solo algunas
+palabras, vacías de sentido, quedan flotando en la plena inundación.
+
+—¡Alfredo!
+
+Ha llegado para Arturo el feliz momento de perder su personalidad.
+Placer soberano de ser un hombre u otro, de ver hundirse el individuo
+en un golfo de vibraciones tumultuosas. Rebeca le borra todo rasgo
+personal, y se contenta con vagos caracteres específicos, apenas
+clasificables en sociedad, a los que puede ser aplicado un nombre
+cualquiera.
+
+Arturo se siente resbalar por la deliciosa pendiente que le empuja
+a ser un ente colectivo, un número de masa, un Nadie que desmenuza
+lentamente su gozosa postura de hombre sin ramificaciones sociales, sin
+tentáculos domésticos, sin opiniones, sin prejuicios, sin pasado y sin
+futuro, con un fugaz y encantador presente.
+
+Arturo es un sibarita del anónimo. Le deleita el amor vario, generoso.
+A cada nombre que ahora evocase ardientemente Rebeca, sentiría nacer en
+sí individuos nuevos, posibles vidas originales, que se van perdiendo,
+lamentablemente, por el mezquino y monótono placer de continuar siendo
+uno y el mismo. Análoga sensación de dulce desdoblamiento sentía junto
+a uno de esos filósofos en tan alta cumbre instalados que solo perciben
+de los demás mortales algo así como una bruma espiritual, producida
+por los diversos meteoros de una misma capa atmosférica, sujeta
+a parecidas oscilaciones, por la estación, por el clima, por las
+corrientes emocionales de una edad, a veces de una fecha.
+
+Si Rebeca, en aquel instante cimero de la economía animal, solo veía en
+Arturo cierta nebulosa de materia cósmica universal, el filósofo solo
+advierte un hálito de espiritualidad común a una masa de individuos
+de parecida fisonomía, de algunos caracteres semejantes. De modo
+que el Arturo verdadero quedaba, en uno y otro caso, intacto; el
+Arturo individual y único, quedaba sin aprisionar en los moldes de la
+sensación y del concepto.
+
+Si en esta trepidante coyuntura en que se dejaba definir por Rebeca,
+se sentía trocado apenas en la materialización genérica de «un mozo
+vehemente», capaz de soportar todos los nombres del santoral, en el
+caso del filósofo quedaba convertido en «el joven contemporáneo», en
+una pura abstracción innominada, lejana, como la otra de definir el
+total y verdadero Arturo.
+
+Al fin él recobra su nombre, y ella —ante el espejo— recobra también
+su rostro perdido en la refriega. Arturo piensa en maniobras
+trascendentales, en ágiles tránsitos del individuo a la especie, o
+de la masa al número, por escamoteos de conciencia, por anulaciones
+nirvánicas, por resurrecciones y reencarnaciones a placer, por
+incubaciones artificiales en medios distintos, por adaptaciones audaces
+a climas inéditos.
+
+Arturo, vacío de su propia sensualidad, en el clarividente estado del
+hombre que se ha dejado arrebatar su parte de elementos cósmicos,
+libre y ágil, en ese estado de deleite mental —el supremo— que sigue a
+toda amputación de un sobrante de materia, sueña con una maravillosa
+multiplicación del espíritu, con un espíritu excelso, libre, de
+infinitas acomodaciones a todos los estados, capaz de gozar de las
+delicias de todo el orbe.
+
+Porque hace tiempo que a Arturo no le divierte ya contemplar su propio
+paisaje anímico, tan idéntico a sí mismo; querría tener a mano, como
+una lente nueva, unos ojos bien limpios, de recambio.
+
+Y solo puede lograr —efímeramente—, gracias a la encantadora capacidad
+de olvido de su amante, cambiar alguna vez de nombre.
+
+El idioma recobra su normal fisonomía. Aunque solo se utiliza ya para
+fines utilitarios.
+
+—Hoy llevo prisa, Arturo. Tengo invitados a comer.
+
+—Bien.
+
+Rebeca sale precipitadamente. Desde el balcón —corridos los visillos—,
+Arturo la ve tomar un coche. No oye la dirección:
+
+—Lanuza, 87.
+
+El día se ha consumido. Cesa el último chisporroteo con el postrer
+bocinazo del coche. Quedan unas cenizas que Arturo contempla resignado.
+
+Sale.
+
+La escalerita del placer suele ser angosta, como es ancha la escalera
+del fastidio. Arturo vuelve a recorrer la primera, ahora muy lento. En
+la calle, llama a un chófer:
+
+—Lanuza, 87.
+
+
+
+
+ 4
+ Punto muerto y evasión
+
+
+Los cuatro ángulos del comedor son perfectamente normales: en cada uno
+reposa la vista como en una vieja butaca familiar.
+
+Hay amigos así silenciosos, ubicuos —de puro impersonales—, que nos
+brindan su grata acogida, con el mismo ademán, en todos los lugares del
+mundo: las almohadillas del tren, por ejemplo. No se duelen de ningún
+abandono, nos salen al paso en cada nueva coyuntura, respondiendo
+siempre, fieles a sí mismas, a todas nuestras exigencias de reposo.
+
+Desde los dos ángulos fronteros a la puerta, saludan a Arturo las
+mismas palmeras, iguales maceteros, que siempre vio en docenas de
+comedores idénticos; el mismo filtro a la izquierda —porque el agua
+de Augusta exige todos los días una higiénica depuración— y el mismo
+trinchante a la derecha. Un comedor tan dócil a la pauta común, que
+Arturo cree haber cenado allí todas las noches. Es la pieza que se
+repite en los cromos de novela donde se exalta el amor a la paz
+conyugal.
+
+En las paredes se ven los mismos cuadros: la merienda campestre,
+Ifigenia mirando al mar, el crepúsculo rojo, los corderitos de
+Millet... Y una lozana joven saliendo del baño.
+
+No podía sospechar Arturo la presencia de aquel intruso elemento
+decorativo en el ordenado mosaico del hogar. Es un elemento que hace
+desafinar la pacata orquestación del comedor, como una bacante perdida
+en el claustro de las Huelgas.
+
+Pero, desde la ventanilla del Banco Agrícola, solo sorpresas podían
+esperarse de Juan Sánchez. El lienzo es una interrogante que deja
+perplejo a Arturo.
+
+—¿Qué le parece?
+
+Juan Sánchez lo pregunta con un leve estremecimiento de inquietud. Ve a
+Arturo contemplar a la bañista y espía su gesto más oscuro.
+
+—Bien.
+
+La joven se lleva las manos a la cara, ocultándola por completo, con
+el mismo gesto púdico con que se ofrecería en espectáculo a un millar
+de espectadores. El pintor no tuvo en cuenta la absoluta soledad de la
+bañista, sino la trascendencia doméstica de la representación.
+
+—Es algo atrevido, ¿no?
+
+A Arturo le parece tan edificante como los apiñados corderitos de
+Millet, a pesar de la trémula desnudez de la doncella. De sobra se
+advierte que el dulce rubor de aquella solitaria carne juvenil, solo
+puede ser provocado por una acendrada fe en la presencia de Dios.
+
+—Es una «nota de color» un poco audaz.
+
+Arturo ve entonces una firma bajo el rosado pie que se apoya en la
+esterilla. Es la firma no reconocida en el Banco Agrícola: una firma
+que, para revelarse, necesita ser tenazmente señalada por el índice del
+poseedor.
+
+El cuadro podría ser obra de una Sociedad Anónima de Artes Plásticas,
+pero es del mismo Juan Sánchez: pertenece al mismo estilo común que el
+comedor.
+
+Arturo busca una frase que sirva de antifaz a su criterio. No la
+encuentra y apela al balbuceo:
+
+—Interesante.
+
+—¿Sí?
+
+Arturo, para olvidar aquel fracaso de puros elementos pictóricos,
+aniquilados bajo la mano impersonal de Sánchez, hundidos en la fosa
+común del módulo académico, comienza a recorrer el cuadro, hacia
+arriba, en busca de otros deliciosos territorios, si ajenos al arte, de
+lleno, en cambio, en la curiosa y pintoresca región de las anécdotas.
+
+De la firma salta a los pies; de los pies, a los tobillos; desde los
+tobillos emprende una lenta ascensión, maravillándose, de pronto, de
+estar recorriendo un terreno conocido. Ya lo debió advertir ante el
+gesto de la bañista de llevarse las manos a los ojos, idéntico al de
+Rebeca.
+
+El vientre algo combado, los senos cónicos, los hombros suavemente
+caídos. Es la mujer gótica, reconstruida en un taller actual, terminada
+por un rostro sin otra seducción que su belleza. La fisonomía la tiene
+desigualmente repartida por todo el cuerpo. Apenas le ha llegado a la
+cara. Se cubre con las manos la parte menos delatora de su cuerpo.
+
+Que acaba de ser impersonal en el pelo. Ejemplar de un modelo
+corriente, sin un guiño, sin un acento. Toda la cabeza es un común
+denominador del resto del voluptuoso organismo.
+
+Arturo junta sus reservas de discreción. Oye los pasos del drama. Se
+agazapa. Medita. La mujer del cuadro es la misma que poco antes, entre
+un balcón entreabierto y un solo espectador —Arturo— ha bosquejado
+aquel gesto de cautela.
+
+De cautela, porque ahora se advierte que con él solo se ha intentado
+conservar el anónimo, no el pudor. Y con la diferencia de que en el
+cuadro una luz cruda cayó vorazmente sobre las formas desnudas como una
+esponja implacable que sorbiese relieves y borrase contornos.
+
+Comienza a desarrollarse ante los ojos asombrados de Arturo la crónica
+galante de Rebeca; pero Juan Sánchez da un tijeretazo al celuloide.
+
+—Debí quemar el cuadro. Ya sé que es de unas pretensiones deplorables...
+
+—¡No, no!
+
+—Lo pinté hace tiempo, cuando creí que llegaría a ser pintor. Luego
+escribí música. Al principio, como todos, escribí sonetos... Los
+sonetos, sí los quemé, y la música; pero esto le gusta a mi mujer.
+
+—Lástima de versos.
+
+Arturo acentúa su pena por la desaparición de los versos, para así
+embozar la que sufre por la conservación del cuadro. El momento es
+enmarañado, porque el idioma no tiene recursos para expresar la emoción
+que se siente ante quien, siendo apenas una firma con su rúbrica, ha
+recorrido tantos modos de expresión sin acertar con ninguno. Todas las
+artes le prestan, una tras otra, esos preciosos instrumentos por los
+que puede revelarse el espíritu, sin que Juan Sánchez logre otra cosa
+que manosearlos, arrinconándolos luego en un zaquizamí de ilusiones
+mutiladas.
+
+Juan Sánchez se fue asomando a todas las troneras, desde las cuales es
+posible suscitar la atención del mundo, y el mundo sigue su camino,
+indiferente, sin querer descifrar la firma y rúbrica de Sánchez. Y los
+que podrían ser risueños trofeos no son sino irónicos testigos de una
+franca derrota.
+
+El trance es duro, pero se salva con otro más duro. Rebeca, seguida de
+un mozo robusto, impertinente, asoma por el pasillo. En el umbral del
+comedor, Sánchez presenta a los dos:
+
+—Matilde, mi mujer. Alfredo, mi primo.
+
+Rebeca masculla azoradísima unas palabras inútiles. Alfredo sonríe
+ceremoniosamente. Del conflicto dramático —porque estamos en presencia
+de un profundo conflicto dramático— a Arturo solo le preocupa, en
+primer término, para no precipitar el desenlace, recordar bien el
+verdadero nombre de Rebeca.
+
+Pregunta, medroso, a Juan Sánchez:
+
+—Dijo usted...
+
+—Matilde.
+
+—¡Ah, sí! Matilde.
+
+Respira como si hubiese realizado con éxito una brillante investigación
+filológica. Sería peligroso mezclar aturdidamente en el diálogo el
+falso nombre de Rebeca, que es, sin duda, un bello nombre de batalla.
+
+Acaso Matilde reparte su belleza bajo el manto pudoroso de un grupo de
+nombres bíblicos, con una generosidad que disculpa todo desordenado
+amor al incógnito. De la misma manera que las caritativas damas
+esconden la hermosura de su gesto bajo el doble negro manto de la
+noche y del anónimo, para repartir entre los menesterosos vergonzantes
+dinero y fe: amor, al fin, aunque de calidad muy diferente.
+
+Porque el verdadero amor —como todas sus numerosas falsificaciones—
+gustó siempre de esconderse para repartir sus dones, con el fin de que
+—como acontece en el lamentable retrato de Matilde— una luz desaforada
+no descubra algún torcido perfil, alguna deforme exuberancia. Y esta
+anónima pluralidad de Matilde, este afán de difundir su personalidad,
+de repartirla generosamente, pudo sorprenderla Arturo en esos momentos
+de léxico borroso en que las palabras más pulidas ceden su puesto a
+cualquier turbia interjección. Tampoco Matilde, en el período cósmico
+de su ternura, recuerda bien el nombre de sus colaboradores.
+
+¿Y Alfredo?
+
+Parece el personaje más nebuloso de este drama. Es cierta masa vegetal,
+coronada por un gesto socarrón. De su adolescencia, transcurrida entre
+sacos de legumbres, ha brotado una espesa juventud, de radio corto,
+vivida entre facturas, plazas de toros, mesas de café, vagones de
+ferrocarril y lechos de placer. Su vida es una teoría de sucesos
+extraídos del anecdotario común. Sus ambiciones son dos: las buenas
+comisiones y las mujeres suculentas. Aunque, en trance de elegir,
+prefiere el tanto por ciento.
+
+El tanto por ciento es su único amor. Matilde es, por ahora, su único
+deseo. Los negocios decadentes de Juan Sánchez exigen la manipulación
+de Alfredo. La voracidad erótica de Matilde también recaba el concurso
+impersonal del negociante. No es el amigo, no es el camarada ni el
+amante. Es el cómplice. Un cómplice a quien es preciso ceder mesa y
+lecho, para robustecer su complicidad.
+
+—Con un puntal así —piensa Arturo— persistirá durante mucho tiempo esta
+estructura doméstica donde yo soy un miembro esporádico.
+
+Y sigue, relumbre a relumbre, repasando las insolentes piedras
+repartidas por los dedos, por la cadena del reloj, por la corbata de
+Alfredo. Toda su personalidad la ha reducido a toscos productos de
+joyería. La ostenta, fanfarrón, en desafío.
+
+Son la vanguardia deslumbrante de una opaca fisonomía. El mismo guiño
+truhan de sus ojos apenas es una chispa desdeñable entre tanta ceniza.
+
+
+ * * *
+
+
+Se sitúan los cuatro comensales a los extremos de una cruz. Arturo
+queda frente a Matilde y Alfredo frente a Juan Sánchez. Las cuatro
+miradas y los cuatro silencios se cruzan perpendicularmente en un
+punto: en un punto gris, como el formado por cuatro rayos de color
+diferente.
+
+Punto muerto. En vano se intenta reavivarlo con algunas palabras
+insustanciales, ajenas al nudo dramático. El punto crece, se ensancha,
+amenaza anegar a los cuatro. Lo componen los residuos espirituales más
+vergonzosos de cada comensal. Es a saber:
+
+El cinismo de Matilde, que, al mismo borde del despeñadero, ha
+recobrado su desenvoltura.
+
+La timidez de Arturo, incapaz de abandonar aquel curioso cepo doméstico.
+
+La socarronería de Alfredo, que calcula íntimamente las fuerzas
+irrisorias del evidente enemigo nuevo.
+
+Y la flaqueza mental de Sánchez.
+
+Cada uno se instala dentro de su cabaña tejida de tupidas hojarascas;
+apaga todas las luces de su espíritu, se hunde en una bruma común,
+desliza frases opacas, mates.
+
+Un halo plomizo enturbia las frentes. De sus pensamientos escogen el
+más vulgar, el de tipo más conocido, el más lejano de su inquietud;
+de sus ademanes, el más blando, el menos auténtico, el más fácil de
+olvidar. Va inundando el comedor una nube cenicienta, nutrida por
+espesas oleadas, alimentada por los cuadros, por las palmeras, por
+el filtro, por el trinchante, por los comensales, por todo lo allí
+agrupado, inerte o vivo.
+
+Ensaya Arturo esfuerzos sobrehumanos para avizorar en la niebla. Le
+empuja una invencible curiosidad de conocer en cada espíritu sus
+relieves y fronteras. De aquellos tres paisajes interiores solo conoce
+un vaho soñoliento, y él sabe que entre la nube algodonosa y la médula
+del terruño hay siempre declives imprevistos.
+
+Le desespera no hallar en los ojos de Matilde ningún hito de avance.
+Matilde cerró herméticamente el cofrecito de sus verdaderas miradas
+y distribuye, en lotes iguales, entre los tres, unas sonrisas y unos
+mohines apócrifos.
+
+Y esta misma ausencia de elementos concretos le empuja a mirar a sus
+compañeros de mesa como elementos abstractos de un drama latente, de un
+juego cuyas cartas nadie se atreve a arrojar sobre la mesa.
+
+Arturo —que por complacer a la fracasada Rebeca, está leyendo estos
+días un lote copioso de novelas del siglo XIX— define en esta vaga
+fórmula la extraña situación íntima del grupo:
+
+—Sobre nosotros se cierne la tragedia.
+
+Arturo siente volar sobre las cuatro cabezas, el gran pajarraco negro.
+Calcula el ímpetu de los cruentos picotazos...
+
+A juzgar por el número de los personajes, la tragedia se ofrece
+algo disminuida; una ligera meditación acerca del número cuatro
+comienza a tranquilizarle sobre el posible final, como el examen de
+las sustancias combinadas en la probeta hace posible precisar las
+consecuencias del cuerpo explosivo resultante.
+
+Del número uno al tres, las posibilidades de tragedia crecen
+rápidamente. Un solo personaje apenas puede plantearse sino problemas
+metafísicos: ser, conocer, existir. Es el monólogo, con toda su total
+ausencia de choques vitales. Hamlet dando paseos por dentro de sí
+mismo, persiguiendo fantasmas.
+
+Para que surja el conflicto dramático real es preciso contar al menos
+con dos seres que se atraigan o repelan, que se entable el diálogo, y
+surjan conflictos que serán fáciles de resolver porque se limitarán a
+desacuerdos temperamentales, a transitorias ansias de libertad, si se
+trata de disturbios domésticos.
+
+La tragedia reviste su verdadero carácter al llegar al número tres, en
+que un tercero rompe el equilibrio definitivamente. El grupo social
+puede admitir al tercero como elemento de armonía, como el «mediador»,
+pero en el grupo dramático el tercero es siempre un disociador, la
+dinamita que hace estallar los bloques más recios.
+
+El número tres es fatal en la tragedia bien planteada, que ya solo
+podrá disminuir, desvanecerse, con la expulsión de un término.
+
+Pero la tragedia comienza asimismo a reducirse de tamaño, al crecer
+el número de actores esenciales. Cuatro principian a ser excesivos.
+Comienza a intervenir el elemento irónico. Tres mantienen la escena,
+y uno contempla: y todo el que verdaderamente contempla, termina por
+desgajarse de lo contemplado.
+
+En cinco, se relajan ya tanto las cuerdas patéticas, que solo falta un
+leve empuje para penetrar de rondón en los dominios de la comedia de
+enredo. Seis o siete personajes ya solo pueden producir un coro; pocas
+veces consiguen encontrar su autor.
+
+Ahora, en esta mesa, Arturo señala mentalmente los papeles.
+
+El marido.
+
+La mujer.
+
+Amante primero.
+
+Amante segundo.
+
+El amante primero es Alfredo. Lo delatan sus recios músculos de
+atleta, capaces de adjudicarle el campeonato en todos los concursos de
+fisiología galante. Arturo no vacila en asignarse el cuarto papel, se
+reduce a la baja condición de amante subalterno.
+
+Y de contemplador que ya va pensando en desgajarse del grupo.
+
+En esta partida doméstica, como en las de tantos juegos de azar, se
+llamó a un cuarto jugador para que así pudiera continuar el juego: a
+ese cuarto que frecuentemente pierde, porque, reclutado a la ventura,
+no conoce las tretas del resto del grupo. Arturo se siente allí como el
+verso-ripio en una cuarteta pasional.
+
+Será preciso eliminarse, cautamente, aun a trueque de agudizar
+el drama. Tres meses de ternura amorosa comienzan a agotar sus
+posibilidades de tragedia. Como otras veces, renuncia al goce que acaba
+de disfrutar. Todos sus propósitos podrían medirse por su distancia al
+deleite.
+
+Fatigada, en declive, su carne obedece, sumisa, al imperativo del
+espíritu.
+
+La tragedia, cansada ya de cernerse sobre las cuatro cabezas, se aburre
+y se va, dejando abiertas las ventanas al tedio. Matilde se lleva las
+manos a los ojos: es su gesto favorito, que ahora lo utiliza para
+simular una jaqueca.
+
+Sale y se enrollan todos los bastidores de la escena. Ni un gesto, ni
+una sonrisa. Al estrechar las manos deja en cada oído una fecha.
+
+Lejos de Matilde se sienten los tres más cercanos. El recuerdo de
+Matilde es mejor aglutinante que su real presencia.
+
+Alguien propone una excursión nocturna. Se sentirán más apiñados en una
+mesa de café. Silenciosamente van penetrando en la calle, desembocan en
+una plazoleta oscura. Alfredo ordena :
+
+—A La Perla.
+
+Es el caudillo. Uno a uno van entrando en el zaguán.
+
+
+
+
+ 5
+ Noche de placer
+
+
+Dentro del cabaret, los modos de fascinar están ya tan gastados
+que algunas muchachas inteligentes pretenden ir cambiando todo el
+repertorio. En vez del pícaro juego de las miradas utilizan la preciosa
+geometría de las piernas.
+
+A la insolencia ha sucedido el ingenio. Son modales que la sociedad
+ensaya allí —como en una granja agrícola se ensaya una familia
+importada de membrillos—, para trasplantarlos luego a los salones.
+
+Una tanguista arrebata a Alfredo, y Juan Sánchez intenta continuar sus
+confesiones. Arturo ensaya una piel especial de oidor de confidencias
+por la que resbalen sin dejar huella, como el mercurio. Atiende,
+resignado.
+
+Se necesita una sabia flexibilidad para ir acomodándose a las
+ondulaciones emocionales del confidente, a su intensidad, tono y
+timbre. El oidor de confidencias debe buscar un rodrigón, un punto de
+apoyo para no flaquear en la larga cuerda floja. Y Arturo encuentra
+felizmente ese punto en una media de seda que comienza a disgregarse
+en el opulento arranque de una curva: punto de patetismo superior al
+de muchas falsas escenas de caballeros con la mano en el pecho.
+
+Arturo contempla, emocionado, aquella pierna profesional, mientras Juan
+Sánchez persiste en su sombría locura:
+
+—Ser o no ser. Hallarse a merced de un registro civil, de una cédula
+falsificada, de un pasaporte. Esperar a que alguien nos diga qué
+somos...
+
+Las piernas inician un delicioso vaivén para escamotear el punto
+suelto. Se quiebra la armonía de la mujer sentada, que todo lo fio a la
+parte inferior, tan esquemática.
+
+Un movimiento torpe produce otro más torpe. Si estudiamos la torpeza en
+sus dos aspectos sinónimos, dinámico y voluptuoso, veríamos que un caso
+de torpeza rítmica destruye totalmente la sensual. Nada suscitan unas
+piernas en franco desnivel armonioso.
+
+—Porque nuestro ser es tan frágil que el más leve control lo
+desvanece...
+
+Un punto es todo y es nada. El geómetra no puede atraparlo, y se lo
+inventa en el cruce de dos caminos. Es un átomo de la línea, es la
+larva de un poliedro. Sin gozar de ninguna dimensión puede engendrar
+las tres.
+
+Este punto que examina Arturo esta describiendo una línea recta. Se
+agranda, se ensancha, anula la distancia de su mesa a la de Arturo;
+unas manos se posan en los hombros de Juan Sánchez, le tapan los ojos,
+le vuelven la cabeza, le zarandean, le golpean...
+
+—Pero, ¿no me conoces, Juanito?
+
+Juan Sánchez abre los ojos, atónito; quiere recordar. La muchacha ríe,
+alborozada.
+
+—¡Pero este Juanito!
+
+—No recuerdo.
+
+—¡Si eres inconfundible! Tu cara no se olvida nunca. ¿Convidas? ¿Vienes?
+
+Juan Sánchez, estremecido, renaciente, se deja arrastrar
+(¡Inconfundible! ¡Inconfundible!), mientras Arturo recorre el cabaret
+con los ojos, buscando otro punto de apoyo para mover aquel menudo
+universo de sus imágenes fatigadas.
+
+Bebe. Queda medio adormilado. Le despierta la explosión de aplausos
+que provoca Nené, la atracción de La Perla, bello ejemplar de cocota
+que se ofrece en el ruedo totalmente desnuda bajo una lluvia de gasas
+negras. Juega con sus encantos al escondite. Se desliza friolenta,
+arropándose en las sombras, tiritando bajo la cruda luz de un reflector.
+
+Finge su rostro un mortal abatimiento. De pronto, da un grito, se
+arranca la máscara de tristeza. Cínicamente reta a los espectadores,
+adelantando, sonriendo, entre las apretadas nieblas, un seno.
+
+Un vientre redondo gira en torno de su eje, que ahora es el eje de todo
+el cabaret; ahuyentó las nubes, y una luna rosada describe lentamente
+glotonas espirales. En el centro ríe un primoroso hoyuelo, boca pintada
+de grana, que de pronto se pierde entre el ceñudo aluvión de sombras.
+
+Sobre la desnudez siempre en fuga, se van plegando dócilmente los
+jirones de humo. Nené hace de él cascadas, nubes, rosas enormes. Sujeta
+en alto las sombras, se las derrama a capricho sobre su carne que se
+acoge o se hurta a ellas, felina, ondulante.
+
+Alza un puñado sobre la frente, lo deja caer sobre sus senos, por su
+espalda, como una ducha; se lo ciñe a la cintura, a las caderas; se
+forja peregrinas cúpulas o temblorosos zócalos de bruma sobre los
+cuales se estremece toda la fábrica voluptuosa.
+
+A veces, del volumen de sombras solo queda una enorme flor patética
+prendida sobre el sexo azorado, o una empalizada tras de la cual
+blanquea, romántica, la pudorosa azucena de su rostro.
+
+Finge el pudor, como finge la suprema lascivia.
+
+Borra sus propios perfiles, cambia de acento su sonrisa, se ofrece o se
+niega, es impúdica o candorosa, dócil, altiva, según el gesto de esa
+mano que empuña a su placer el cetro del claroscuro.
+
+Nené es la dueña absoluta de su total geometría, y la esconde o la cede
+a su antojo, como se da a morder una fruta, sin soltarla de la mano.
+
+Nunca vio Arturo sufrir tan deliciosas transformaciones al perfil de
+una mujer. Miembros tersos, flexibles, temblorosos o inmóviles bajo
+una ráfaga de aire negro, cuya ruta se tuerce cada minuto. Ágiles
+miembros cuya belleza se va multiplicando, según el complejo sombrío
+—diáfano, denso— que sobre ellos se acumula.
+
+Poco a poco, la sensualidad que despertó Nené se va apagando. Se van
+repitiendo —van cansando— las circunvoluciones. Su gracia movediza
+va retrocediendo por los mismos signos del zodíaco. Nace en los
+espectadores la serena contemplación, como nace una corola clásica de
+un puñado barroco de hojas verdes.
+
+La mirada de Arturo brinca del blanco vientre —risueña luna— de Nené
+hacia su propio vientre. Se convierte en un Buda, hincados los ojos del
+espíritu en su propia intimidad.
+
+—Nuestra vida —se dice— es también así: un juego de sombras. Algo
+cándido, fraguado con materia infantil, blanca, primitiva, que hacemos
+ir recorriendo desfiladeros de nubes. Pasan las sombras por esa
+blancura temblorosa como pasan las inquietudes por nuestro espíritu.
+
+Ateridos bajo una lluvia de oscuras incertidumbres —sigue pensando
+Arturo—, sucumbimos o resurgimos, según nuestra capacidad de voltear,
+de domeñar, nuestros propios fantasmas. Toda nuestra vida es una
+perenne maniobra para escamotear nuestra esencial desnudez, la verdad
+fundamental de nuestra vida. Danza patética de la que acaso salimos
+sin saber otra cosa que nuestra propia fatiga, nuestros íntimos
+derrumbamientos.
+
+
+ * * *
+
+
+El eje de la atención de algunos clientes de La Perla sigue pasando por
+el ombligo de Nené, y Arturo recuerda las graves palabras del filósofo:
+«Serio es aquello por donde pasa el eje de nuestra existencia», y
+piensa en lo cómico de la actitud de estas gentes que, por un momento,
+parecen haber abandonado su verdadero eje para hacer piruetas en el eje
+provisional de aquella voluptuosa perspectiva.
+
+Arturo arranca de sí aquel pulpo tiránico que por unos momentos le ha
+sorbido la atención, y aloja a Nené, con todos sus brumosos subrayados,
+a Nené aún presente, en el mundo de los frívolos recuerdos.
+
+Nené ya no existe. Arturo solo atiende con los ojos: dócil sentido
+donde suele refugiarse la pereza. Atender con los ojos es la primera
+fase del buen entendedor. También suele ser la última del cauto
+distraído. El espíritu reserva para los demás infinitas coqueterías:
+una de ellas está encomendada a los ojos, por los que nunca suele
+asomarse el alma.
+
+El espíritu, ante las cosas que le cautivan, comienza por abrir mucho
+los ojos; pero termina, si las ha capturado bien, por cerrarlos
+herméticamente para no dejar huir sus maravillosas prisioneras, las
+imágenes. Ante las que le dejan indiferente, sigue abriéndolos como
+embobado. Salir y entrar libremente.
+
+Esta frase de abandonar el eje de nuestra vida, simulando una decisiva
+atracción del contorno, es la farsa mayor de nuestro espíritu. Lo que
+nos rodea existe en cuanto sumerge, al menos un costado, en nuestra
+propia irradiación. Lo demás, lo no hundido en nuestra atmósfera, son
+fríos astros, goce metálico de las ciencias cartujas.
+
+Vibramos, movemos en derredor nuestro un poco de aire viciado por
+nuestra propia emanación: cuanto no respire el mismo aire nos es
+indiferente.
+
+Por eso es tan duro llegar a conocer ninguna auténtica fisonomía. Hay
+que traspasar esas capas enrarecidas. No podemos fiarnos de su, a
+veces, petulante transparencia. Lo normal es desistir de conocer a los
+hombres, porque ir en busca de su verdadero rostro es un comienzo de
+locura.
+
+Y pretender que los demás conozcan la nuestra es una infantil
+ingenuidad. Solo nos conocerán cuando una arista de nuestro ser roce el
+suyo, les hiera, les haga volver los ojos.
+
+Arturo vuelve los suyos hacia la vida de Alfredo. Cada vez que el azar
+le trae una palabra suya —Alfredo bebe y ríe en una mesa cercana, entre
+dos tanguistas— se despierta en Arturo el apetito de irrumpir en la
+intimidad de aquel hombre. Lo advierte un solitario espectador.
+
+—Perdóname, amigo mío. Supongo que Alfredo no lo será tuyo.
+
+—¿Qué quieres decir con eso?
+
+—He venido observando vuestro grupo desde que entrasteis al cabaret.
+Es mi profesión de estas horas. Elegí este lugar porque aquí los
+hombres suelen obrar con más desembarazo. Se acercan más a sus propios
+instintos. Aquí la gente viene a desnudarse de su traje de sociedad;
+suele exigir el pago de una semana, de un mes de trabajo encasillado.
+Suele reclamar cínicamente su plus de goce... Alfredo es de estos
+hombres. Lo conozco bien. Soy un especialista en esta parcela de
+humanidad, porque suelo venir frecuentemente; me siento en este mismo
+sitio, veo cruzar muchas veces los mismos hombres, con sus mismos
+deseos. Tú eres aquí nuevo.
+
+—Cierto.
+
+—Lo conocí en seguida. Para ti, entrar aquí constituyó una excepción,
+mientras para Alfredo solo es continuar una actitud. Esto le hace
+despreciable. Me sorprende veros juntos.
+
+—Nos ha juntado el azar.
+
+—Vuestras vidas no pueden ser paralelas.
+
+—Se encuentran, efectivamente, en un punto.
+
+—¿Dónde?
+
+—En una mujer.
+
+—Es la que suele trazar esos ángulos. Debí figurármelo. Ahora, todo lo
+comprendo mejor.
+
+—Dime.
+
+—Eres el complemento de Alfredo. La mitad superior de un hombre.
+
+—Gracias por la noticia. Pero yo también me siento inferior.
+
+—Hablo de la que domina. ¿No has observado la oblicuidad de los ojos de
+Alfredo? ¿Y sus labios redondos, gruesos, de glotón, de ente inmundo?
+¿Y su nariz curvada hacia la boca? Debes aprender los signos de la
+repulsión.
+
+—Todo lo confío a mi instinto. Que no suele engañarme. Había reparado
+en ese retrato de traidor de melodrama que me acabas de pintar. Pero no
+le temo.
+
+—No te burles, y controla al mismo instinto. Suele dormirse. Puesto que
+Alfredo es tu mitad inferior, aprende bien sus características.
+
+—No creo en la maldad absoluta. Apelaré a su tanto por ciento de bondad.
+
+—Eres excesivamente generoso.
+
+—Soy muy egoísta. Y la generosidad es una forma superior del egoísmo.
+
+—Eres incorregible. Adiós.
+
+
+ * * *
+
+
+En la calle, Juan Sánchez y Ruth van quebrando su propia dirección,
+trazan figuras de infinitos lados que tienen por vértices los faroles,
+los serenos, los taxis. Y los pálidos supervivientes de algún naufragio
+lunático —gárgolas perdidas, mojones del vago reino de las sombras—,
+empapados de versos y de vino: los falsos poetas. Ruth va empujando
+a su amigo hacia un portal flanqueado por dos aburridas hembras que
+esperan vanamente un cambio de tedio. Entre tantas herméticas, foscas,
+una dócil puerta se deja violar. Un pasillo oscuro, que Juan Sánchez
+alumbra con un encendedor...
+
+Juan Sánchez persigue una extraña voluptuosidad. Le arrastra no la boca
+ni el sexo de Ruth, sino aquel dedo de contera de nácar, aquel dedo
+redondo, fascinador, que acaba de señalarle entre la multitud. Una
+manecita acaba de afirmarlo como ente personal: Juan sigue el rastro
+de aquella manecita con el propósito de verla de nuevo, extendida hacia
+él, señalándole, alborozada:
+
+—¡Tú! ¡Eres tú!
+
+Si no padeciese tan intensa alucinación, dudaría un poco de esta
+alegría de Ruth, provocada no por el hallazgo de un generoso amigo,
+menos por la esperanza de un deleite, sino por su fe en la pronta
+nivelación de un presupuesto. Juan Sánchez se lanza con tal ímpetu a
+morder esta golosina de la predilección de Ruth, que el espectáculo
+lamentable de la alcoba no logra prendérsele en la retina; como esas
+últimas estaciones, ya muy próximas a la gran ciudad, que el viajero no
+advierte en su fiebre del último minuto, al poner en orden su corbata,
+su sombrero, su atuendo personal. Ni el mismo espectáculo de Ruth, que,
+excesivamente ilusionada por el éxito económico de su desnudo, olvida
+aturdidamente muchos recursos de seducción; y lo que pudo en ella ser
+fina y cotizable coquetería apenas resulta un cinismo depreciado.
+Mezcla sin ritmo la golosa intimidad con el descoco, y todos los
+valores plásticos de la escena se reducen mucho de calidad. Pero Juan
+Sánchez nada advierte. El placer más vivo de aquella belleza dinámica
+no será nada ante esta suma embriaguez del individuo que, por fin, se
+siente destacado del grupo innumerable, con una crucecita en aspa.
+
+Ruth busca algo en una cómoda, se arquea levemente sobre el cajón
+superior, acentúa el arco sobre el cajón más bajo, termina la curva
+sobre el inferior. Si Juan Sánchez no padeciese tan turbia alucinación,
+desdeñaría las demás voluptuosidades por seguir la sucesión de
+estos arcos imprevistos, que multiplican en Ruth, graciosamente,
+sus posibilidades de belleza, mientras le afirman y reafirman en
+su condición de lindo animalejo de placer. Porque toda la sabrosa
+arquitectura, al enroscarse sobre sí misma, va perdiendo el último
+resto de cínica altivez derrochado en la calle, y adquiere una nueva
+fascinación de fruta. Al doblarse, vuelto el rostro hacia la tierra,
+su carne esboza ademanes de oferta; como al doblarse, vuelto el rostro
+hacia el techo, esbozan un ademán de tortura las _Tres Hermanas
+Argelinas, Tres_, que ahora recogen toda la atención dispersa del
+cabaret. Con los pies y las manos en la alfombra, las _Tres Hermanas
+Argelinas, Tres_ parecen disponerse al martirio, tenderse sumisas
+en un potro. Esos viejos aparatos de martirio que suelen instalarse
+en los circos, en el ruedo de este cabaret solo están aludidos por
+rectas ideales, que las tres muchachas recorren con la sonrisa en la
+boca atrozmente grana, cereza y sangre, respectivamente; porque si
+las tres coinciden acaso en el modo de besar, que aprendieron en la
+misma revista de cinema, no coinciden en el modo de preparar el cálido
+instrumento del beso. Arqueadas, vientre arriba, los tres cuerpos
+comienzan a perder su calidad humana y a acercarse a la de pulpo.
+Los frágiles sostenes se atirantan, el vientre amenaza abrirse en
+dos gajos, de tan tenso. Al fin recuperan, de un salto, su posición
+normal. Se les perdona la tortura, y las tres reparten besos ideales
+entre aquella fauna mixta de libertinos profesionales y libertinos de
+afición. Desnudas hasta el punto —extremo— que toleran los preceptos
+municipales, juntos los pies por los talones y las manos sobre las
+cabezas, construyen luego una ánfora griega, donde los senos se
+adelantan en cornisa, y los muslos, de piel morena y apretada, tiemblan
+un poco bajo la lluvia de miradas.
+
+
+ * * *
+
+
+Le despierta Juan Sánchez.
+
+—¡Arturo!
+
+Viene solo, desencajado, lívido. Vencido.
+
+—¿Lo ve? ¡Una ilusión de esa imbécil!
+
+—¿Cómo?
+
+—Nos encerramos. Quería obsequiarme con una cara, con un garbo
+originales. Yo estallaba de alegría. Por fin, alguien me confería una
+personalidad. Algo dudosa, pero muy halagüeña. Pues bien... ¡Nada!
+Buscaba a un tal Juan Martínez.
+
+—¿Cómo advirtió su error?
+
+—Al desnudarme, vio la firma y rúbrica, y comenzó a palmotear: «¡Eres
+otro! ¡Eres otro!». Yo le arrojé un vaso a la cabeza. Chilló, anduvo
+corriendo por la casa, medio desnuda. Quería llamar a la Policía...
+Por fin, todo se arregló con unas pesetas. Pero sus gritos se me
+hincaron en el cerebro: «¡Eres otro! ¡Eres otro!».
+
+—Culpa de usted. ¿Por qué se ha grabado en la piel su cédula personal?
+
+—Se quedó estupefacta. Luego comenzó a gritarme: «¡Eres otro! ¡Eres
+otro!».
+
+—¿Va usted a hacer caso de una ramera?
+
+—¡No, no es una ramera! ¡Es un testimonio! Y ya lo ve usted. Yo siempre
+soy otro cualquiera. Es decir, soy Nadie. ¡Nadie!
+
+
+
+
+ 6
+ Viraje
+
+
+—Felicíteme, Arturo.
+
+—¿Por qué?
+
+—Mi salvación está aquí.
+
+—¿Dónde?
+
+—En esta carta. Léala.
+
+Es de la condesa viuda de Monte Azul. Invita a Juan Sánchez a visitar
+una antigua finca de los condes, situada a pocos kilómetros de Augusta.
+
+—No comprendo.
+
+—Es muy largo de contar. Esa finca está llena de misterios.
+
+—Como todo.
+
+—La tenían olvidada los condes desde hace muchos años, desde la
+juventud borrascosa del conde... ¿Comprende? Esa finca, escondida ahí
+entre robles, entre cerros, era el refugio galante de don Juan de Monte
+Azul. Porque se llamaba don Juan.
+
+—Como cualquiera.
+
+—Es que importa, me importa mucho que se llamase así. Porque ese don
+Juan... ¡era mi padre!
+
+—¿Cómo?
+
+—No tengo aún pruebas concluyentes, pero lo presiento, lo voy viendo
+clarísimo. Porque, verá usted...
+
+El júbilo ha transformado su rostro, le hace precipitar locamente el
+relato. Se atropella, quieren las palabras brotar a un mismo tiempo. Es
+un relato enmarañado, sobre el que flota, como un globo grotesco, una
+afirmación lanzada al aire con la máxima audacia, con una irrefrenada
+alegría:
+
+—¡Soy hijo de...!
+
+Juan Sánchez va descendiendo al sótano más profundo de sus deseos. Ha
+acariciado durante mucho tiempo esta voluptuosidad de ser el fin de una
+vehemente aventura, no el eslabón de una cadena doméstica burguesa.
+
+Ha soñado con ser fruto del deseo, no de la costumbre. Quiere tener
+tras de sí una cadena forjada con todos los metales —plata de nobleza,
+cobre plebeyo, hierro de tizonas, oro fino mental—. Quiere tener por
+ascendencia guerreros, poetas, cortesanas, garridas mozas plebeyas
+de anchas caderas, gañanes de robusto pecho, reconstituyentes de los
+flácidos linajes. Quiere llevar en su sangre todas las posibilidades
+del genio, todas las borrascas subterráneas, capaces de hacer surgir
+en la superficie de la tierra una maravilla vegetal, o un ejemplar
+magnífico de bestia, o un espléndido hombre resumen, una síntesis
+humana original.
+
+—Porque yo sé —sigue diciendo atropelladamente Juan Sánchez— que una
+plena confianza en mi yo interior, en esa cadena de yos anteriores, ha
+de empujarme a desarrollar algún escondido, hasta hoy insospechado,
+germen de personalidad. Ya la tengo, ya tengo esa fe. Conocer, como ya
+comienzo a conocer, cuál es la verdadera materia de que estoy fraguado,
+es el acontecimiento más decisivo de mi vida, el más risueño, el más
+consolador... Fíjese bien, Arturo. ¡Soy hijo de una noche de locura!
+Acaso de la ramera más hermosa del contorno, acaso de una patética
+violación, quizá de una joven púdica que comenzó aquella noche a
+enloquecer de amor... Porque el conde era un ladino, un experto
+catador de bellezas.
+
+—Pero de esa carta no se desprende...
+
+—Se desprende. Yo sospechaba alguna cosa. Cartas, alusiones,
+desemejanzas... Siempre creí no ser hijo de mis padres, y eso para mí
+fue siempre un vago lenitivo. Lo conozco en que siempre he despreciado
+a los que legalmente aparecen como antecesores míos en el mundo. Unos
+miserables tenderos. Lo conozco en que los gastos de mi educación no
+correspondieron nunca a la posición económica de mi falso padre. El
+conde de Monte Azul medió siempre, como protector... Dicen que conocía
+a mi padre desde niño. Que mi abuelo fue ayuda de cámara del primer
+conde de Monte Azul. Que mi madre...
+
+—Pienso que, al menos, respetará la memoria de su madre.
+
+—¿Por qué?
+
+—Es sagrada. Así lo dicen.
+
+Juan Sánchez ríe nerviosamente. ¡Sagrada! Un delicioso animalejo cogido
+al pasar por un robusto macho; estrujado, exprimido, hasta agotar en
+él todas las venas del goce, hasta apurar el último poso del deleite...
+¡Sagrada! Una encantadora bestia, erizada de caprichos, estremecida de
+sensualidad, vibrante de lujuria, de cínica lujuria. Una espléndida
+máquina donde tirar docenas de ejemplares de hombres. Un aparato de
+reproducir, que luego olvida lo reproducido, que lo entrega a manos
+mercenarias... Eso, ¿puede ser sagrado?
+
+Arturo no quiere interrumpir el frenético chorro. Va conociendo
+a jirones la historia del advenimiento al mundo de Juan Sánchez;
+historia supuesta, porque la carta nada prueba definitivamente. Juan
+Sánchez quiere vislumbrar en ella toda una razón de vivir. Cree haber
+encontrado un firme zócalo para edificar una existencia personal.
+Piensa en razones científicas que le ayuden a soportar la pesadumbre de
+su calidad de masa, que le empujen a asomar la cabeza sobre la multitud.
+
+—Yo sé que entre mis ascendientes hubo guerreros, poetas, cortesanas,
+filósofos. Algo de su espíritu habrá llegado hasta mí. Me siento hervir
+en proyectos, en gérmenes de aventuras.
+
+—Puede usted equivocarse de antepasados. En la carta no veo claro.
+
+—Estoy seguro, quiero estar seguro. Mañana se confirmará todo. No me
+engaño, no quiero engañarme. Otras veces he descendido hasta el sótano
+y solo hallé raíces triviales, despojos comunes...
+
+Porque él lo sabe, Juan Sánchez. Lo leyó en un libro. Desciende uno a
+escudriñar en su propio subterráneo y puede encontrar varias capas.
+Él siempre tropezó con esa red en la que los peces aprisionados son
+comunes a toda la Humanidad. Así comenzó su locura. Por eso su vida
+fue un prolongado martirio. Él era cualquiera de los demás, puesto que
+solo había sido uno de tantos. Con sus mismos impulsos, con sus mismas
+experiencias, con sus mismas anécdotas representativas.
+
+Había deseado a la mujer, la había gozado, como todo el mundo. Había
+deseado ser rico, se había enriquecido, como todos sus semejantes,
+colocados en feliz o adversa coyuntura. Encontraba en esa región
+subterránea la misma admiración por la _Cena_, el mismo respeto a
+Víctor Hugo que siempre vio en los demás mortales. Si se detenía un
+poco, en seguida flotaba la misma frase —colectiva— ante el _Cardenal_
+de Rafael, ante la Venus de Milo, que oyó pronunciar un millar de veces
+en los museos. Regresaba furioso de esa zona hacia donde le empujaba no
+sé qué instinto de docilidad, de obediencia al gran ejército sin nombre.
+
+—Pero, hace unos días...
+
+—¿Perdió usted la llave del sótano?
+
+—No, me detuve en otro piso. Yo lo sé, yo lo he leído. Había otro piso.
+Otro piso más noble. Con las mismas tinieblas, con el mismo hervor,
+con el mismo laberinto; pero allí me cogieron del brazo fantasmas
+totalmente desconocidos, tropecé con larvas de pensamientos, de deseos
+originales... Nunca había conocido ese germen de odio a la máquina
+de carne que nos produjo. Advertí que tal odio no es colectivo. Creí
+que por él comenzaba a redimirme del ideario común. Creí también que
+ese germen fue por alguien, por algo, depositado allí. No flotaba en
+vano entre mis larvas ideales. ¿Iba a ser _una broma_ de los poderes
+cósmicos ese grano de sal? ¿Por qué iba yo a ser la masa a quien, por
+una coquetería de los dioses, se le concede un momento el darse cuenta
+de su condición de masa? Sería tan cruel como darle al barro la chispa
+de sabiduría para que conociese su distancia del jaspe. Los dioses, si
+existen, no pueden ser tan crueles.
+
+—Creo que existen. Es algo que también flota en esa zona común: la fe
+en los dioses. Pero también hay allí indicios de su crueldad.
+
+—Mañana lo veremos. Venga conmigo a Monte Azul. Es un caserón que casi
+nadie ha visto. Recuerdo haber estado allí, muy niño, con mi padre, el
+tendero. Ha estado cerrado mucho tiempo. La condesa quiso restaurarlo,
+pero su marido no se precipitó a acceder a los deseos de ella. El
+caserón era un testigo de su vida mejor: no quería destruirlo, al
+restaurarlo. Así quedó hasta su muerte. Ahora, no sé... ¿Vendrá conmigo?
+
+—Iré.
+
+
+ * * *
+
+
+Una excursión al pasado de Juan Sánchez. El coche avanza entre chopos
+vendados, ceñidos los pies por una faja blanca: un paisaje ortopédico.
+
+Al través de los chopos, montañas. Cimas de color de rosa; colinas
+redondas, que blanquea un rebaño; ondulantes, voluptuosas caderas de
+color de trigo; cráneos morenos, grises, amarillos, erizados por la
+siega reciente; rastrojos salpicados de ababoles, de mielgas moradas,
+de cardos.
+
+Laderas aún verdes, de olivos, de viñedos, de alfalfa; senos de ámbar,
+rayados por venillas ocres, por senderillos que abren las ovejas por
+donde resbalan los recentales hacia lo profundo de la curva.
+
+Montañas dormidas al sol. Bruscas y rojas vertientes: un gigantón ha
+rebanado la tierra. Sus tajos le duelen al campo, rezuman por él su
+esponjosa entraña.
+
+Más lejos, grupos enormes de centauros, hombros de cíclopes que rozan
+las nubes. Montañas violeta, montañas azules, montañas de todos los
+colores inefables, de todas las curvas imprecisas. El horizonte.
+Perfil último y borroso.
+
+Tres, cuatro paisajes. El que nos va dando con los codos, humorístico,
+de clínica, de algodón en rama. Luego, el paisaje real, con sus
+relieves duros, inatacables por el ácido inútil de la ironía; sugeridor
+de un subsuelo fértil, de una entraña opulenta.
+
+Y el paisaje de ensueño, intangible, que huye bajo nuestros pies, que
+va dando brincos hacia atrás, sonriendo melancólico, fino, sutil,
+levemente burlón, de colores elaborados por el aire y la distancia.
+
+Y, por fin, el remoto paisaje apenas vislumbrado. Lo permanente, que no
+sabemos si existe. La bruma que flota detrás del horizonte, de la que
+ya no sabemos si es bruma, si es nube, si es nada.
+
+Avanzan en silencio Arturo y Juan Sánchez. Arturo va pensando en el
+camino, Juan en el término del viaje: brecha abierta hacia la cueva
+donde es elaborado su destino. Arturo va situando en cada paisaje un
+índice humano. Va escalonando —como en los retablos de gloria— todos
+los hombres y mujeres que conoce.
+
+Plano humorístico, plano desnudo y permanente, plano brumoso y fugaz,
+plano irreal, ilusorio.
+
+En cada uno va situando espíritus. Los más próximos no sufren tanta
+cercanía. No podemos verlos en plenitud, y andamos buscándoles una
+arista divertida que nos compense de la ignorancia del resto. Son los
+entes familiares los más desconocidos. Una deformación nos los esconde.
+Como de estos chopos solo vemos su risible faja ortopédica, de un
+hombre solo solemos ver su ceceo, su cojera, del cuerpo o del espíritu.
+
+Los del segundo escalón, sí podemos verlos. Son los que giran en
+derredor nuestro dentro de los aros de nuestra intimidad. Intimidad:
+sagrado y claro recinto. Solo con su luz podemos ver reflejada en un
+rostro la inquietud de una mano que se prende a la nuestra; solo dentro
+de su silencio podemos medir la vibración de un pulso paralelo al
+nuestro.
+
+En la tercera zona los seres van apiñándose, un poco desdeñados,
+borrosos, movedizos, cediéndose unos a otros los perfiles. No tocan los
+confines de nuestra intimidad, los vemos pasar un momento y desaparecer
+en la última zona, en la remota cadena de seres que gira en derredor
+nuestro, en el mismo límite de nuestra vida, donde comienza para
+nosotros el no ser, en el punto donde todo vacila o muere. La cuarta
+zona es el país de la abstracción.
+
+Arturo va instalando a sus amigos en el nuevo casillero. A Juan
+Sánchez, en la zona inmediata de la familiaridad; a este Juan Sánchez
+de quien solo se conoce su angustiosa inquietud que, a fuerza de
+subrayársela, llega a ser cómica, pintoresca, como toda prolongación
+desmesurada de un brote emocional. Le ha nacido en el espíritu un
+tumor, que la vida no pudo hasta hoy extirpar. Se le ve, lleno de
+ansiedad, chispeantes los ojos de impaciencia por llegar a ver clara su
+nebulosa cuna.
+
+—Faltan seis kilómetros.
+
+—No corra tanto. La carretera no está buena. Frene un poco.
+
+A Matilde la instalará en la región de la intimidad, donde la
+reiterada concentración del espíritu todo lo va viendo rasgo a rasgo,
+gesto a gesto. Por eso, de la intimidad se retorna bruscamente, se
+arranca el espíritu inexorablemente, cuando un gesto o una palabra
+desnuda al otro espíritu.
+
+La familiaridad es una estación que puede tomarse y dejarse a
+capricho. En ella podemos salir y entrar cuando queremos. Pero en
+la intimidad solo dejamos penetrar a los demás una sola vez. Cuando
+resiste la prueba, allí permanecerá siempre; si no la resiste —si no la
+resistimos—, la expulsión es definitiva.
+
+Matilde no puede abandonar ya la intimidad de Arturo. Porque Matilde se
+ha dejado comprender tan dócilmente, que la salva su misma claridad,
+la redime de todos sus punibles intentos de poseer el hombre integral,
+unas veces vencedor por el espíritu y otras por la carne.
+
+Matilde descansa de todas sus vehemencias alternativamente, y su juego
+es infantil y perdonable. Sabe cederse a dos fuerzas que en ella
+confluyen silenciosamente, a espaldas de este ser borroso, en perpetuo
+desequilibrio, que solo persigue conocer —sin conseguirlo nunca— su
+propio relieve. Hombre a caza de su sombra.
+
+—Falta algo más de dos kilómetros. Pero no podemos seguir por
+carretera. Hay que tomar una senda. La finca está allí, a mano derecha,
+detrás de aquellos chopos.
+
+—Iremos a pie. El coche pueden guardarlo esos labriegos.
+
+Por una senda vemos avanzar hacia nosotros el roído caserón de los
+condes de Monte Azul. Avanza con la boca abierta, amenazándonos con
+engullirnos.
+
+Deben estar polvorientas sus entrañas, su corazón estará amojamado,
+apergaminada su lengua. Vamos viendo los ojos del monstruo, sus
+ventanas desportilladas, la visera de su casco rojo. La enmarañada
+pelambre de hiedra que cuelga por sus sienes.
+
+Una docena de chopos altísimos escolta a la desmoronada mansión. Una
+tapia de ladrillo la ciñe. Hay alguien cerca de la verja, un campesino
+que poda unos rosales.
+
+—¿Y la condesa?
+
+—Vuelve en seguida del pueblo. En casa les dirán.
+
+En el vestíbulo surge la negación de aquel paraje: la doncella de la
+señora, una deliciosa muchacha con atisbos de bulevar, con guiños
+pícaros de cabaret, con la vivacidad de charla que nunca puede
+aprenderse en el campo, siempre lento, sin prisa.
+
+—Pues verán ustedes, la señora condesa salió muy de mañanita al
+pueblo...
+
+—Esperaremos.
+
+Entran los dos en una sala. Juan va delante, conmovido, concentrada en
+los ojos toda su vida. Frente a él, dentro de un marco de roble, le
+mira fijamente un militar.
+
+—¡Yo!
+
+—¿Cómo?
+
+—Mire. ¡Soy yo! ¡Yo mismo!
+
+Allí está Juan Sánchez, erguido altaneramente, con la mano en la
+empuñadura de un sable. Hay una desoladora expresión de vacía
+arrogancia en sus pupilas. Cuelgan en su pecho unas medallas. Se empina
+su bigote. Su uniforme impecable, acusa el corte más fino.
+
+—Cierto. Se le parece mucho.
+
+—¡Soy yo! ¡Yo mismo!
+
+Juan Sánchez contempla un largo rato al militar de la mano en el sable.
+Al volver los ojos hacia la derecha, no puede contener un grito:
+
+—¡Yo! ¡Soy yo!
+
+—¿Quién?
+
+Allí está Juan Sánchez con la mano en la pluma, posada sobre un montón
+de volúmenes. Sus ojos miran al mundo compasivamente, como desde lo
+alto del Parnaso.
+
+Arturo lee en el lomo de algunos libros: _Cervantes, Dante, Milton_...
+Una gran corbata negra subraya el rostro pálido de aquel Juan Sánchez
+olímpico, lamentable. Sus guedejas sombrías se enmarañan un poco. Posa
+junto a una ventana, y el viento le mece el pelo y le trae «ráfagas de
+ardiente inspiración».
+
+El tercer Juan Sánchez lo descubre Arturo. Se asoma al cuadro de la
+izquierda. Abate los ojos sobre un plano. Su mano se apoya en una rueda.
+
+—¡Es usted mismo!
+
+—¡Yo, otro yo!
+
+Un hombre de ciencia, un inventor. Sobre la mesa, una esfera armilar,
+cartas geográficas, una miniatura de máquina trilladora, una escuadra,
+un paralelepípedo. Sus ojos, sin brillo, contemplan un ángulo rojo
+trazado en el papel.
+
+—Tiene usted entre sus antepasados hombres de ciencia, poetas,
+caudillos. Le felicito, Juan Sánchez. Puede usted ir licenciando
+sus dudas. El pasado le guardaba sorpresas. Hará de usted un hombre
+original. Todos los gérmenes están aquí, en estos muros.
+
+Juan Sánchez contempla, abrumado, el bosquejo de trilladora mecánica;
+el paralelepípedo.
+
+—¡Una trilladora! —murmura—. La misma que yo quise inventar hace seis
+años.
+
+—No le sorprenda. Seguramente, ese poeta que ahí está recibiendo un
+chorro de ardiente inspiración, comenzaría a escribir las quintillas
+que usted ha terminado ayer.
+
+—¿Se burla usted de mí?
+
+—Todo se burla de nosotros, Juan Sánchez. El único partido serio para
+nosotros es tomar parte en la burla.
+
+Se sienta bajo una panoplia donde se enmohecen algunas espadas sin
+gloria. Hojean un volumen donde amarillean ristras de sonetos, silvas y
+aleluyas.
+
+—¡Qué espléndido libro para una antología de lo cursi!
+
+—Debe de ser mi abuelo. Lea algún verso.
+
+—Este. «A tu pelo»:
+
+ _¿Si eres de miel, por qué tu amor amarga?_
+ _¿Si eres de cera, por qué no te derrites?_
+ _¿Si con el sol en abrasar compites..._
+
+
+ * * *
+
+
+—Señores —interrumpe un anciano que acaba de entrar—, perdonen que
+interrumpa su lectura. Soy el mayordomo de los condes. La señora les
+suplica...
+
+—Vamos en seguida —dice Juan Sánchez, levantándose—. Estoy impaciente.
+
+—Comprendo su impaciencia. Pero la señora condesa desearía que la
+releven del penoso deber de recordar un pasado muy triste para ella. Yo
+podría sustituirla, si ustedes quieren. Soy ya muy viejo. Lo conozco
+todo... Mejor que ella. Permítanme que yo les revele...
+
+El mayordomo mira receloso a Arturo.
+
+—Puede usted hablar sin reservas. Es como un hermano mío.
+
+—En ese caso...
+
+—Diga, diga —replica, nerviosamente, Juan Sánchez.
+
+—Hace unos treinta y cinco años, ¡yo llevo cuarenta en la casa!, «esta
+finca era un vergel. Las madreselvas escalaban los muros, los rosales
+bordeaban las avenidas, una bóveda de espesos álamos sombreaba la
+quinta; los pavos reales paseaban altivos la pompa de...».
+
+—Señor, estoy impaciente por conocer mi pasado.
+
+—Eso es también su pasado. Es una descripción de la finca, escrita por
+uno de sus parientes, señor.
+
+—Entonces, ¿es cierto...?
+
+—Lo es —y el mayordomo inclina gravemente la cabeza—. Usted nació aquí.
+Venga a ver su cuna.
+
+Se levantan los tres y penetran en un aposento destartalado.
+
+—Uno de esos muebles desvencijados es su cuna. Hubiera querido aderezar
+esto un poco, pero resultaba imposible...
+
+—E inútil —añade Arturo.
+
+—Seguramente —agrega el mayordomo.
+
+—De modo es que aquí... Cuente.
+
+Vuelven a sentarse bajo la panoplia, y el mayordomo dice:
+
+—Fue un año de locura, de frenesí. «Sueltas las riendas de la fogosa
+imaginación, el conde se dejó arrastrar por los ímpetus...».
+
+—Señor, estoy impaciente por conocer mi pasado —interrumpe Juan.
+
+—-Perdone. Esto corresponde a su pasado. Está tomado de una carta del
+arcediano de Sos, hermano del señor conde.
+
+—¿El arcediano de Sos? Le suponía de la familia. Siga.
+
+—En fin, señor, me apena mucho decirle que usted es hijo de...
+
+—Sí, de prostituta.
+
+—No me atrevería a decirlo así. Su señora madre era una tiple de
+Marsella, de la que se enamoró locamente el señor conde.
+
+—¡Una artista! ¿Lo oye usted, Arturo? ¡Una artista! Una triunfadora por
+su belleza, por su talento musical, por el encanto de su voz.
+
+Juan Sánchez se exalta. Poco a poco va alzando el tono de sus frases.
+Vibra como nunca. Revive. Se transfigura. El mayordomo le mira,
+sorprendido.
+
+—¡El arte! ¡El poder del arte! Un telón que se alza, una mujer que
+irrumpe en escena cantando su pasión, asomándose a la zona de los
+espectadores para verter sobre ellos carbones encendidos...
+
+—¡Juan Sánchez!
+
+—Una mujer en las baterías recogiendo en su regazo millares de flechas,
+prendiendo en millares de pechos la misma llama. Fue al remate del
+gran siglo turbulento, Arturo, en el enorme siglo de la pasión
+desenfrenada. Una mujer convulsa por el arte y el amor que le queman
+las entrañas, avanza hasta el público y lo pone en pie, y le arranca un
+furioso oleaje de aplausos... Un joven, desde un palco, la contempla
+embelesado, le envía un ramillete. Sale al pasillo, llega al camerino,
+besa conmovido la mano de la artista... El amor hace el resto. El
+amor viene a ocultarse púdicamente entre estos robles. Aquí da sus
+frutos... Arturo, amigo mío, de ese regazo acribillado por millares de
+deseos, nací yo, Juan Sánchez. De un súbito oleaje de pasión, de una
+vehemencia, de un latigazo ardiente del deseo que empuja los mundos.
+Arturo, estoy redimido. ¡Soy hijo de la más deliciosa aventura!
+
+—Si el señor me lo permite..., quisiera rectificar un poco... —insinúa,
+entre zumbón y compasivo, el mayordomo—. Su señora madre era,
+efectivamente, una artista, pero siempre que se adelantó hasta las
+baterías lo hacía acompañada de treinta y nueve más. Era una señorita
+del coro.
+
+—¿Qué dice usted?
+
+Juan Sánchez se alza bruscamente del asiento, se abalanza al mayordomo,
+le agarra por las solapas, lo sacude furiosamente.
+
+—¡Del coro! ¡Del coro! ¿Sabe usted lo que dice?
+
+—Señor mío...
+
+—¿Sabe usted lo que eso significa para mí?
+
+—Yo no sé... Esa es, sencillamente, la verdad.
+
+Arturo interviene. Juan reacciona, se deja caer, derrumbar, en la
+butaca; se lleva las manos a los ojos.
+
+—¡Del coro!
+
+—Tenía muy poca voz, pero unas piernas maravillosas. Aquí las tiene
+usted. La tercera, comenzando por la derecha.
+
+—¿Del actor? —pregunta Arturo.
+
+—Del espectador.
+
+Juan Sánchez contempla ávidamente una página de revista de espectáculos
+que le ofrece el mayordomo.
+
+—Señor, ¡he aquí a su madre!
+
+—Arturo, ¡he aquí a su hijo!
+
+Cae en una postración aterradora. Sus manos, febriles, parecen querer
+hacer añicos la revista. Jadea, se debate en lo más profundo de su
+impotencia.
+
+—¡Cálmese!
+
+Intenta sonreír. Le brota una mueca.
+
+—¡Del coro! —Y, más sombrío—: ¡De la masa!
+
+Allí está, desnuda, guiñando picarescamente el ojo al joven del palco.
+Por todo traje lleva unos claveles y una gasa.
+
+—Si usted quiere —sigue diciendo el mayordomo—, puede seguir por esta
+revista la vida de su señora madre en aquel tiempo. Hay de ella muchas
+«fotos». Era el libro que prefería el señor conde.
+
+—¡Del coro!
+
+—La tercera de la derecha, señor. Era magnífica, como usted ve...
+
+—¡Cállese ya!
+
+—Debo continuar mi historia. Es la última voluntad del señor conde,
+que la señora condesa me transmite. El señor conde no volvió a Madrid
+en mucho tiempo. Trajo aquí a Margot. Vivieron ocultos algunos meses.
+Cuando usted nació, nadie lo supo, excepto algún criado. El conde tenía
+aquí un administrador sin hijos. De pronto, la mujer del administrador
+se trajo de París un niño: era usted. Porque usted ha venido de París,
+señor. Allí actuó a los pocos días su señora madre, más bella que
+nunca... Véala, en esta página. Es la quinta de la izquierda.
+
+—¿Del espectador? —pregunta Arturo.
+
+—Del actor —contesta, impasible, el mayordomo—. ¿Tan desfigurada está?
+
+—Un poco. Al fin, ha pasado por ella una vida. La de Juan Sánchez.
+Sonríe, eso sí, con la misma picardía. ¿Y el conde?
+
+—No volvió a acordarse de ella. El hijo fue bautizado aquí. Es otro
+Sánchez y Sánchez. Pero, en realidad, señor, sois un Monte Azul.
+
+—¡Soy Nadie!
+
+—En la provincia sois varias sociedades anónimas de firme crédito. No
+podéis pedir más.
+
+—Bien, vámonos.
+
+—Perdón. He de completar mi misión. Al morir el señor conde, que, como
+todos saben, derrochó una fortuna con...
+
+—Sí, con señoritas del conjunto.
+
+—También con «estrellas», señor. Su señora madre fue una excepción, una
+honrosísima excepción.
+
+—Siga.
+
+—Al morir el conde, dejó una cláusula en su testamento por la que se
+instituye a usted heredero de todo su pasado.
+
+—¡Estúpida herencia!
+
+—De modo es que esta misma revista y todos los cuadros de sus abuelos
+le pertenecen. Con algunos muebles utilizables de esta casa. La de
+Madrid pertenece a la señora condesa. Y esta finca pertenece a un
+usurero.
+
+—He de cargar con un montón de trastos viejos.
+
+—Yo diría con un tesoro de recuerdos, señor. Os queda ese poeta, ese
+ingeniero, ese militar. Os quedan esas «fotos» de Margot, sonetos...
+
+—¡Todos del coro! ¡Nadie!
+
+—Son vuestros antepasados. Nacieron, ambicionaron, figuraron...
+
+—Sí, el tercero de la izquierda, del actor o del espectador, según los
+casos.
+
+—... y murieron. Margot falleció hace seis años. Se había retirado ya.
+Pedía dinero al señor conde. Yo le giré algunas cantidades. Un día,
+este periódico dio cuenta de un accidente... Un camión había aplastado
+a una anciana... Un suceso triste. Lea...
+
+Juan Sánchez aparta, horrorizado, el periódico.
+
+—¡Un camión!
+
+—Algo horrible. La eliminó del mundo, como una goma de borrar.
+
+
+ * * *
+
+
+Otra vez en la carretera. De nuevo las filas monótonas de chopos con
+la espinilla vendada. Cada vez se va quedando más lejos el paisaje
+espontáneo. La industria va engrasando los caminos para que el hombre
+se deslice por ellos más rápidamente; los va dejando inútiles para el
+antiguo caminante, para el sencillo hombre de a pie.
+
+Y sitúa a lo largo del viaje esos graciosos monumentos rojos a la
+velocidad, que van distribuyendo energía. Las ciudades acortan entre
+sí las distancias; se reducen las posibilidades de tedio y de novela.
+Un viaje, que antes podía originar largas pasiones románticas, ahora,
+a noventa kilómetros por hora, apenas logra producir un brusco roce
+epidérmico. Los espíritus no se desnudan bien sino en reposo. O en una
+diligencia, en un coche de tercera...
+
+La carretera ha perdido su color poético y se va empapando de color
+de alquitrán. Suprime algunas imágenes usadas, suscita otras. Suprime
+algunas peripecias gastadas, como el atraco; suscita el choque
+violento, la _panne_, la mutilación aparatosa, el vuelo de un cerebro
+por las ramas. La carretera atiende, solícita, a destruir la monotonía
+de la existencia humana.
+
+—Haré un auto de fe con mi pasado.
+
+Juan Sánchez continúa allí, en el fondo del coche. Arturo se había
+olvidado de él. Creyó haberlo dejado en la sala patética del álbum y
+los lienzos, entre dos cornucopias, frente al hombre de la mano en el
+puño de la espada, de la mano en la pluma, de la mano en la rueda.
+
+—Su pasado es magnífico. Es una admirable novela.
+
+—Haré un auto de fe. Quemaré a mis ascendientes. Entrarán
+definitivamente en la nada.
+
+—Pero no podrá rasparlos de su árbol genealógico.
+
+—Ese no es mi árbol oficial. Todos esos peleles sin fisonomía son
+como los monos que se entrometen, que se cuelgan a las ramas sin que
+nadie los llame. Mi árbol está libre de danzantes, de esos monos de la
+tierra, ridículos imitadores del artista, del político, del sabio. Mi
+árbol está plantado por tenderos. Quiero ser un tendero, un comerciante
+más.
+
+Su voz suena a hueco, lúgubre, rajada, desesperante. Poco a poco se va
+apagando. De Juan Sánchez solo queda un montón borroso de escombros,
+agazapados en el ángulo del coche, torvo residuo de las alegres
+llamaradas —tan fugaces— de aquel día.
+
+
+
+
+ 7
+ Auto, bodegón y celos
+
+
+El balcón da a una avenida histórica donde quedan unos pedruscos
+acribillados por un diluvio de balas enemigas. Alguna vez estos
+pedruscos formaron una puerta, pero hoy solo son un espectáculo. Los
+cerca un jardinillo, como a la estatua de un poeta acribillado por un
+diluvio de flechas amorosas. La ciudad inventa un decorado único para
+el arte y la gloria, para la ruda piedra y el frágil verso. A cada
+hombre o cosa le asigna un fragmento de césped —fondo neutro— salpicado
+de algunas flores raquíticas.
+
+La ciudad contempla a su puerta heroica, como a una venerable abuelita
+que hace más de un siglo se resistió bizarramente a una violación. El
+enemigo acumuló allí toda su energía. Aquella puerta era el sexo de la
+ciudad.
+
+Puerta que adquirió su personalidad cuando precisamente se obstinaba
+en perderla, y de lugar de acceso a las entrañas urbanas prefirió
+convertirse en un muro hermético. Vive por haber resistido a un
+apremiante deseo. El hombre y la cosa originales se producen
+súbitamente en momentos de rebeldía también súbita. Los modos lentos
+conducen al fracaso, porque las gentes prefieren que la originalidad
+estalle, para volver a ella los ojos.
+
+En el balcón, Matilde y Arturo. Juan Sánchez pasea nerviosamente por la
+sala, aguardando la llegada de su herencia. Su pasado viene dentro de
+un camión: un pasado sucinto; épocas en extracto, amores sintetizados
+en una redondilla; ambiciones reducidas a un diploma; fiebres prensadas
+—marchitas, secas, lamentables— entre dos páginas de novela... Volutas,
+metáforas, caracoleos de roble y de idioma. Una vieja cama barroca,
+retratos, rollos amarillos de papel.
+
+—Parece que tarda, ¿no? —pregunta Juan Sánchez.
+
+Y advierte sorprendido que nadie le contesta. Que Matilde y Arturo
+prosiguen una escrupulosa inspección de la puerta inmortal; que algo
+muy profundo les tiene sumergidos en la calle. Vuelve a preguntar:
+
+—¿Verdad que tardan?
+
+Nada. Arturo está hablando casi al oído de Matilde. Flotan, entre los
+rizos de Matilde, frases mutiladas.
+
+—...una hora..., tardanza...
+
+—...siniestro difícil..., director..., urgente...
+
+—...falso..., catástrofes de pega...
+
+—...porvenir..., comisión muy aceptable..., debes comprender...
+
+Juan Sánchez está allí, a dos pasos. Vagamente llegan a él hilachas de
+un diálogo desflecado por la cautela. Pero de las últimas palabras se
+desprende un tuteo sospechoso. Aguza el oído. Frases completas.
+
+—Mi fortuna se fragua entre escombros.
+
+—Se ve que te enamoran los conflictos.
+
+—Por eso estoy entre vosotros, en vez de enseñar lógica en un instituto
+enmohecido..., donde todos los problemas se dan como resueltos.
+
+—Tienen fe.
+
+—No tienen curiosidad.
+
+—Tú no crees en nada.
+
+Dulcemente, muy bajo:
+
+—...ni siquiera en mí.
+
+A Juan Sánchez solo le llega el _mí_, un _mí_ ardiente, afilado,
+inconfundible.
+
+—No es fe, es deseo. Creo que te basta.
+
+Juan Sánchez está allí, sumergido en un turbio presente. No puede oír
+la respuesta de Arturo, de Arturo, siempre correcto, frío, inmóvil,
+que sigue contemplando la puerta gloriosa, mientras Matilde vibra de
+impaciencia, hace esfuerzos para no gritar su inquietud. Juan Sánchez
+aguarda una frase nueva, definitiva. Los dos callan. Los pasos de Juan
+Sánchez han cesado. Un silencio hostil pone en guardia a los amantes.
+
+Y el ruido de un camión que se detiene ante el umbral.
+
+—¡Ya está aquí mi pasado!
+
+Salen todos a recibirlo.
+
+
+ * * *
+
+
+La destrucción del pasado de Juan Sánchez se realiza sin patetismo
+alguno. Folio a folio van desapareciendo los libros, el álbum. Astilla
+a astilla van sumergiéndose los marcos en la chimenea. Los lienzos se
+enrollan, se resisten al aniquilamiento. Al fin, la llama lo unifica
+todo.
+
+Juan Sánchez va arrojando antepasados al fuego. Un pintor que solo
+llegó a copiar la realidad, que nunca pudo inventarse otra. Un político
+que solo llegó a ser cacique. Un guerrero de latón, que nunca ganó
+más empresas que las del campo de maniobras. Un héroe que ganó el
+campeonato de las carreras a pie en cierta catástrofe militar. Un
+poeta, de los llamados _chirles_, cantor de frondas y arroyuelos,
+constructor de dos mil cuartetas y tres mil ochocientas quintillas. Un
+farsante sin genialidad, es decir, un payaso triste.
+
+Al caer en sus manos el hombre de la mano en la pluma, Juan Sánchez le
+dedica una sorda oración fúnebre.
+
+—Entra definitivamente en el olvido, abuelo mío. Te pasaste la vida
+buscando consonantes, como quien busca sellos de correo. Fuiste un
+coleccionista más. Recorriste de álbum en álbum todos los salones
+cursis de tu siglo. Cantabas a la patria que te vio nacer y a las nubes
+que recogían tus estúpidas miradas. Construiste poemas a medida, hechos
+de metáforas tradicionales, burdamente cosidas con alambre retórico
+barato. No llegaste a decir nada del sol ni de la luna y los campos,
+porque todo quedaba oscurecido entre la niebla de tu estilo común. Las
+cosas quedaron enfundadas en tupidas arpilleras; no las pudiste mostrar
+desnudas. No tuviste ni aun ingenio para disimular tu incultura, como
+tantos de nuestros poetas que aún viven. Hablabas del corazón humano,
+y nunca llegaste a conocerlo, como no lo conocieron tampoco la mayor
+parte de tus compañeros de rimas enchufadas. Lo simplificabais hasta
+el extremo de anularlo. Le asignabais dos o tres vulgares resortes,
+y de toda la complicada máquina emotiva solo visteis alguna patente
+ruedecilla. Ni siquiera pudisteis señalar los verdaderos estímulos
+eróticos, ni siquiera los verdaderos resortes de la voluntad. Por
+eso forjabais los personajes de una pieza, y todas sus posibilidades
+de acción se reducían al programa preestablecido. Escribíais para el
+público, sin saber que el público acaba por despreciar a los que solo
+escriben para él. Erais Nadie, porque no lograbais añadir un verso al
+precioso mundo lírico de vuestros antepasados. Tú eras Nadie, porque
+tus versos estaban tomados a crédito a la historia, y deformados y
+trivializados luego, en vez de devolverlos bien bruñidos, con aderezo
+nuevo. Eras Nadie, como yo, tu descendiente, a quien legaste un vago
+afán de conmover a los hombres por la palabra sonora. Pensaba en un
+arpa y solo llegaste a manejar la ocarina. ¡Vete al fuego, pobre idiota
+ilusionado!
+
+La llama le transfigura, le redime. Hay en su mirada una extraña
+irradiación. En su voz hay una falsa mansedumbre.
+
+—Desaparecéis en absoluto, porque vuestras risibles obras ya hace
+tiempo que se borraron del mundo, y vuestras vidas solo prendieron en
+las otras por bestiales contactos, por lazos oscuros de sexualidad que
+nunca podrán hacer de un Nadie un Alguien... ¡Se acabó!
+
+Juan Sánchez se vuelve hacia Matilde y Arturo. Se acentúa la
+anormalidad de sus gestos, de su mirada. Matilde, azorada, se acerca
+más a Arturo como buscando refugio.
+
+—Ahora a cultivar el presente. Le obedeceré, Arturo. ¡Acción, acción!
+Me entregaré a la acción. El pensamiento no fragua individuos.
+
+—Es su espuma, su perfume, nada más.
+
+—Y yo quiero robustecer mis huesos, endurecer mis músculos, templar
+mis nervios, para que den su sinfonía personal. ¡Voy a entregarme a la
+acción!
+
+Lo dice fieramente, clavando sus ojos en Matilde que, cada vez más
+azorada, solo acierta a decir:
+
+—Bien. Vamos a comer.
+
+Arturo se despide. Sale en seguida para el habitual escenario de su
+vida: un incendio. Detective de falsas catástrofes, baja, sobresaltado,
+la escalera, pensando en la mirada oscura de Juan Sánchez.
+
+
+ * * *
+
+
+—Mañana nos veremos en casa —le había dicho Matilde—, Juan sale de
+viaje. Acude pronto. Merendaremos juntos.
+
+Y Arturo viene dócilmente a merendar. Ahora, con el amor, alternan
+otras golosinas. Matilde, hembra cauta, sabe disponerlas a tiempo.
+
+Un gran silencio en la casa. Al fin del pasillo, una puerta se
+entreabre; una doncella invita a entrar. Sonríe, como se sonríe a todo
+cómplice.
+
+—La señorita va a venir. Pase al comedor.
+
+Hay sobre el tapete, a cuadros rojos y ocres, un azafate y sobre él
+una pirámide de fruta recién cogida. Entra Arturo en la habitación y
+se detiene a contemplar, desde lejos, aquella voluptuosa agrupación de
+formas redondas que realizan todas las travesuras de la curva. Mientras
+aguarda a Matilde se divierte en extraer del frutero su esencia
+cristalina: una pirámide.
+
+Este fugaz momento de esperar solo puede llenarse con contenidos
+infantiles, de tránsito entre dos graves problemas: ahora aplica un
+método escolar a la percepción geométrica de la fruta. Si circunscribe
+al conjunto un poliedro cualquiera, el puñado de curvas perderá
+en deleite lo que gane en precisión; mientras que inscribiéndolo,
+conservará toda su delicia, aunque pierda en geometría.
+
+Bien está asignar su sostén a la fragante arquitectura, pero dejándolo
+bien oculto. No como andamio, sino como esqueleto.
+
+—Juan ha salido —dice entrando Matilde, recalcando una extraña
+frialdad—. Tenga la bondad de esperarle. Tome asiento.
+
+De pie ante la mesa, Arturo balbucea unas palabras de excusa. De
+pronto advierte que Matilde le hace un guiño impreciso... Acaso anda
+cerca algún criado... Reacciona súbitamente. Y, en la duda, permanece
+callado, dispuesto a aguardar lo imprevisto.
+
+Continúa la espera. Matilde es allí un objeto más. Se acerca a la
+pirámide, se sitúa en la baldosa exacta desde donde el azafate puede
+ser percibido con la máxima luz. El balcón está entreabierto, los
+visillos apenas empañan el cristal. Más lejos, solo vería manchas
+inconcretas de color; más próximo, algún matiz insolente apagaría el
+resto. Llega de la calle la porción de sol que pide cada escorzo,
+porque Matilde supo administrar bien la luz cruda de la tarde.
+
+Abre la fruta tres horizontes, cada uno con peculiares deleites: el del
+color, el del aroma, el del contacto. Son los ojos espías vivaces de la
+voluptuosidad, de la que suelen consumir la porción más rica, dejando
+a los otros sentidos el despojo. Traza el aroma anchos círculos sutiles
+que, según se aprietan, van finamente esclavizando la avidez.
+
+Y, por fin, el mismo contorno de las cosas, su forma plena, su piel,
+abre el último horizonte, la onda más cercana que cada ser provoca al
+sumergirse en el espacio: onda que se confunde con el perfil, donde se
+sacia o naufraga definitivamente el deseo.
+
+Arturo se enamora súbitamente de la fruta, pero quiere irla poseyendo
+por grados. A todo gran amor corresponde una lenta fruición en apurar
+el lote de goces que origina. Solo se precipitan los que no saben amar.
+Por haberse precipitado un poco en el amor de Matilde ha perdido para
+siempre deliciosos instantes.
+
+Arturo penetra despacio en el aro de los perfumes; aunque cierre los
+ojos, ya conoce dónde podrá hallar las manzanas, dónde el moscatel y
+las granadas. Llega con suavidad al último círculo, donde los ojos
+deben ya prescindir de la visión total y repartirse de escorzo en
+escorzo, donde ya cada poro se sorbe una sola proyección de belleza.
+
+En el azafate hay tres manzanas gemelas, tan tersas, tan bruñidas, que
+parecen de metal. Son verdes, de un verde provocativo, como los ojos de
+aquella hurí que empujaban a los donceles cristianos hacia un abismo
+cubierto de rosas donde se ocultaba Lucifer. Arturo conoce aquellos
+ojos por un cromo, y los anda siempre buscando en sus amigas. Ojos
+fascinadores, ojos duros, insolentes, de huraña malaquita.
+
+Arturo acaricia las manzanas; resbalan sus dedos por la fría
+superficie, rechinando un poco, como en las bolas de bronce de la
+escalera. Al contacto se apaga toda gula, porque ya el helado roce es
+el máximo deleite que pudiese provocar la posesión. En la curva piel
+metálica parece terminar la irradiación de su belleza.
+
+Se siente que aquellas lindas esferas, tan cercanas a la pura
+geometría, no tienen corazón, como otras frutas; sino una línea de
+cruce de infinitos planos. Lo mismo ocurre en muchos cuerpos de mujer,
+donde el espíritu fue desalojado por una estación telefónica de
+innumerables, de opuestas intenciones.
+
+Pero Arturo está cansado de esas otras frutas vivas y sigue
+contemplando estas tres, tan hurañas, que arrojan fuera de sí la imagen
+del mundo en torno.
+
+Y hay otras dos manzanas: lindos orbes azucarados que tienen dibujado
+un mapa con sus diminutos continentes rojos sobre amarillo claro, con
+sus islotes rosas, carmesíes.
+
+Hay tres melocotones aterciopelados, de línea perfecta, cerrada,
+aristocrática, de un dulce amarillo surcado por una faja granate.
+Ofrece el mayor la graciosa hendidura de una lozana grupa de
+adolescente. Arturo la toca, siente resbalar sus yemas por el fino
+terciopelo, que, a contraluz, se tiñe suavemente de plata, de un rocío
+blanquecino, como si la luz que retrocedía en las tersas manzanas
+quisiera ahora sumirse por cada poro, levantando al borde de los
+microscópicos abismos una leve espuma.
+
+La luz se reparte amorosamente por toda la superficie del melocotón,
+se prende a cada brizna de pelusilla, muere allí, en un dulce ahogo,
+risueñamente.
+
+Arturo prefiere las frutas donde el misterio de la miel traspasa la
+epidermis; no corre al encuentro del sol, jugando con él como un
+balón de fuego, pero lo atrapa y lo derrota en la misma superficie,
+chupándole los colores más lindos. La manzana es una vanidosa que
+solo persigue el infantil devaneo, y hace de su piel un curvo espejo
+deformador.
+
+Y hay una pera rechoncha, verdusca, elaborada a martillazos, deforme
+aún y sin pulir, con su faja terrosa ceñida al vientre, apelotonada,
+ridícula. Aunque Arturo sabe que bajo aquella piel monótona, agreste,
+hay una mansa dulcedumbre, blanda, jugosa, sin vanidad alguna.
+
+—Coma. ¿Le gustan?
+
+Arturo esboza un gesto dudoso; desconoce el arte de las comedias de
+enredo y no sabe qué banales palabras serían ahora oportunas.
+
+Ve a mano un cuchillo. Podría ir arrancando tiras de piel de esta grupa
+encantadora de chiquilla, hasta dejar los músculos palpitantes, con
+todos sus zumos destilando en plena desnudez.
+
+«El melocotón —piensa— es como una pella de tierna carne virginal
+donde la gula pierde sus brutales acometidas y se convierte en tierna
+voluptuosidad».
+
+Arturo prefiere hincar los dientes, súbitos, sañudos, en la piel
+insolente de una manzana. Y, al escoger una en el frutero, se queda con
+la mano en alto, en la actitud de un ladrón sorprendido.
+
+Juan Sánchez entra en el comedor, saludando torpemente. No se oyó
+timbre alguno; no se produjo en la casa ese pequeño rebullicio que
+acompaña a la entrada o salida de alguien. Juan Sánchez estaría
+acechando...
+
+—Les dejo. Tengo que salir —dice Matilde.
+
+Cuando se quedan solos se oye la voz trémula de Juan Sánchez, que
+confiesa:
+
+—Perdóneme. Iba a matarle a usted.
+
+—¿A mí?
+
+—Le había preparado esta encerrona. Tuve desde hace tiempo la esperanza
+de que entre usted y Matilde... No ha sido así. No es culpa mía. Reto a
+la tragedia, pero la tragedia no acude. Tampoco logré nada con Alfredo.
+
+Un gesto de asombro. Arturo permanece mudo.
+
+—Pasaré por el mundo entre bastidores, como un pobre comparsa. Mi vida
+es de oscuro pasillo de un teatro... «¡Acción, acción!», me dicen
+todos. «Así un día logrará encontrarse a sí mismo». Ya ve, intento
+obrar, y los resortes no responden. Nada estalla. Nada se rompe. Todo
+es fiel. Todo es dócil. Mi vida tiene excesivamente engrasadas sus
+ruedas. Creo que cuando muera será durmiendo. Y me despertaré entre
+millones de comparsas, de coristas. ¡Una eternidad cantando salmos,
+donde ya ni el suicidio puede remediar nada! No creo que mi vida
+merezca otro premio que el de perpetuo corista, ¿comprende? No ser
+nunca nada, ni antes ni después de existir.
+
+Arturo no contesta. Mira lleno de estupor a Juan Sánchez, el
+infortunado tramoyista de su propia tragedia. No consigue ni aun
+el derecho a ser actor en el drama de su misma vida conyugal tan
+compartida.
+
+Quizá la verdadera interpretación de la tragedia de Juan Sánchez sea
+esta: tropezar siempre con la cuarta dimensión, ser víctima de las
+bromas inflexibles de la cuarta dimensión.
+
+Juan Sánchez llega demasiado tarde a los hombres y las cosas. Nunca
+puede verlos en su minuto de máxima tensión, en la usual temperatura
+en que los héroes respiran. Le sucede como al que llega a una pirámide
+cuando ya el vértice es un redondo muñón y las vertientes son de tronco
+de cono, todo gastado, arañado por los días, sin hoscas aristas, sin
+hirsutos filos.
+
+Juan Sánchez presintió su drama conyugal; pero al llegar a rozarlo
+con los dedos, el drama había perdido su temperatura hostil. Si
+Sánchez irrumpiese en un bosque salvaje, las fieras le verían llegar
+indiferentes, porque en aquel momento estarían en plena digestión de
+alguna caravana acabada de engullir.
+
+Cuando Juan Sánchez se acerca a las cosas, todas se le acercan,
+lamiéndole irónicamente la mano, fatigadas, rendidas. El mundo está
+nutrido de arcos tensos, pero Juan Sánchez los encuentra siempre
+relajados.
+
+La verdadera tragedia de Juan Sánchez es, quizá, su excesiva realidad.
+En la realidad, los espíritus extremos, las sumas tensiones del
+espíritu mediocre, pocas veces aciertan a encontrarse para producir esa
+chispa fascinadora que marca niveles ilusorios de humanidad heroica.
+
+En la realidad, pasan, se cruzan, se rozan apenas los espíritus. Son
+casi siempre tangenciales al aro de luz que traza en torno suyo cada
+ente original; sin que, unas veces por su silencio, y otras por su
+excesiva charla, logren juntarse para encender temperaturas cumbres.
+
+Tal pasión —la de Arturo— entra aquí en juego cuando apenas es ya una
+sombra. Tal vanidad —la de Alfredo— viene a escena cuando ya logró
+plenamente saciarse. Todas las pasiones han perdido sus filos, su
+pólvora, cuando Juan Sánchez quiere jugar con ellas, utilizarlas como
+armas arrojadizas.
+
+Solo un astuto novelador consigue armonizar en el tiempo este gran
+sistema de fuerzas que constituye el tejido dramático: el punto de
+sazón del deseo femenino, del ímpetu viril de los amantes, la extrema
+temperatura de una cólera, el período de celo de toda bestia humana.
+
+Solo un falso novelador puede recortar de aquí y allí trozos singulares
+de vida y acoplarlos —como los líquidos en un matraz— para hacerlos
+hervir ruidosamente, en un momento prefijado. En este breve relato, en
+este fragmento de la vida de Juan Sánchez, no se tuvo la fortuna de
+hallar a los personajes en su punto de más alta tensión.
+
+Para alguno se adelantó, para otro se retrasó la novela. Aquí aparecen
+según vivían al ser llamados a figurar en este sencillo relato.
+
+
+
+
+ 8
+ Las dos muchedumbres
+
+
+Arturo sigue escribiendo su informe: «...un ingenuo amanecer, limpio
+y desnudo. Sin auras ni alondras, sin murmullos en el campo ni nubes
+teñidas de rosa. Una de estas mañanas en que el sol sale de incógnito,
+ya cansado de escoltas de nubes amarillas y de orquestas de gorriones.
+Una mañana color ceniza, todo ceniza muda, neutral, como a quien le
+da lo mismo el sol que las estrellas, y elige un tono indefinido que
+borra los confines del día y de la noche. Solo mi reloj es capaz de
+asegurarme la verdadera fecha».
+
+—Mi informe va a ser interminable. Además, esta indecisión de los tonos
+ceniza no va a interesarle al jefe. Ceniza... Ceniza... ¡Siempre la
+obsesión del siniestro!
+
+Arturo destruye la hoja de papel, y, en otra, escribe :
+
+«Son las seis treinta de la mañana. El tren me vuelca en la estación
+de Los Olmos, con tres fardos de _Blas Pérez y Sobrino_ y una jaula.
+Es un tren mixto. Un jefe huraño desdeña mi billete y un mozuelo
+soñoliento arrastra mi maleta. El pueblo dista dos kilómetros, y no hay
+coche. El ferrocarril dejó en un total abandono al pueblo, o viceversa;
+solo hay entre ellos un leve contacto: un rapaz que lleva y trae la
+correspondencia...».
+
+—Esto se prolonga mucho. Creo que la psicología de una estación de
+tercera clase no va a interesar al jefe.
+
+Arturo destruye la hoja de papel, y, en otra, escribe:
+
+«Son las seis treinta de la mañana. Desembarco en Los Olmos. Un mozo
+recoge mi maleta y me propongo comenzar por él mi indagación. Le
+pregunto, distraídamente, si conoce a la actual propietaria de _El
+Canastillo_, y me contesta adormilado que sí. A los tres minutos
+pretendo arrancarle la confesión del verdadero estado civil de la que
+yo llamo _siniestrada_ en mi lamentable argot, y él balbucea unas
+palabras en cierto idioma impreciso, solo utilizable por sonámbulos.
+Insisto. Averiguo que esta imprecisión no nace del estado de
+semivigilia del mozo, sino del dudoso estado civil de...».
+
+—Parecen unas memorias íntimas. El jefe debe ignorar mi desprecio por
+el _argot_ de la casa.
+
+Destruye la hoja de papel; en otra escribe:
+
+«Son las seis treinta de la mañana. Desembarco en Los Olmos. Comienzo
+mis gestiones preguntando al mozo que me lleva la maleta acerca del
+estado civil de la siniestrada. Parece que esta en su conducta privada
+deja mucho que desear. Su estado civil es poco claro. Avanzo por un
+caminito empapado de jugos matinales. Los Olmos me sirve un amanecer
+en su propia salsa. El rocío me empapa las rodillas. De vez en cuando,
+una zarza me hace cariñosamente guiños, me sujeta por la americana, me
+hace entablar una escaramuza infantil con ella. El paisaje me ofrece su
+sentido hostil, aunque de una suave hostilidad. Las zarzas son jóvenes,
+son blandos sus dedos, apenas sus uñas han comenzado a afilarse. Es un
+sendero verde, amarillo y violeta, todo embozado en tules ceniza. La
+ceniza lo traspasa todo...».
+
+—Ceniza... ¡Siempre la obsesión del siniestro! Además, el jefe va a
+reírse de mi sentido de hostilidad del paisaje.
+
+Otra hoja de papel hecha pedazos. Cuando comienza la quinta, un
+disparo, otro, otro. Toda la fonda se estremece. Arturo corre al balcón.
+
+Abajo, comienzan a correr las gentes. Primero, su actitud es de huida.
+Poco después, de pesquisa. Por fin, de curiosidad. Los que huían,
+vuelven; los que giraban en derredor la vista, la fijan en un punto;
+todos se van apiñando. Fluyen de todas las calles, salen de todas las
+puertas, asoman por todas las ventanas, gritan en todos los tonos,
+protestan, alzan los brazos...
+
+—¡Señorito, señorito!
+
+—¿Qué ocurre?
+
+—¡Dos hombres muertos!
+
+—¿Dónde?
+
+—Ahí, abajo. En esa esquina. Eran dos de la luz... ¡Ay, Dios mío!
+
+En seguida circula la noticia. Son dos empleados del municipio, que
+acaban de ser asesinados. Arturo presencia, desde el balcón, la
+conducción de los cadáveres a una farmacia; la muchedumbre se agolpa,
+irrumpe en nuevas oleadas. Pronto se llenan todos los claros; la plaza
+está cuajada de cabezas vibrantes, de ojos que chispean, de puños
+que se levantan pidiendo justicia. Se inician al punto en ella los
+vaivenes de un mar. Embestidas, corrientes bruscas, contracorrientes.
+Una espuma de sombreros, de cráneos mondos, de pañuelos. Asoman las
+menudas tragedias que siempre corean a la grande: violentos pisotones,
+llantos de niño perdido, codazos impertinentes. Una joven se siente
+foco de un remolino de presiones táctiles; un grupo de mozuelos ruge
+en torno de ella, a un tiempo azorada y envanecida. Guardias a caballo
+recorren penosamente el recinto; desembocan en la plaza los entes
+representativos, sin gran lujo de atuendo, porque la noticia les
+alcanzó en pleno traje y espíritu de diario. Precipitadamente se han
+vestido un traje de luto, y se han compuesto una faz de circunstancias.
+Cruzan la muchedumbre con un aire dolorido, con un gesto dramático
+provisional. Las gentes les abren paso, repiten sus nombres —el
+presidente González, el teniente alcalde Pérez...—. En cada calle, una
+fila de tranvías detenidos contempla el oleaje. La multitud crece, no
+cabe ya en la plaza y comienza a enroscarse a los postes, a rebasar por
+las terrazas, a invadir los tranvías. La multitud convierte la plaza
+en un circo máximo, cuyas localidades improvisa, como los asesinos han
+improvisado el espectáculo.
+
+De pronto, unos hombres audaces surcan las olas con un frágil esquife
+cargado de imágenes. Son operadores. Van a recoger, a prender en sus
+cintas aquella espléndida fiebre humana. Se instalan en un ángulo de
+la plaza, luego en otro. Aquella multitud no perecerá, no se destruirá
+al disgregarse. Giran los manubrios. Las gentes se dan cuenta. Se
+rehacen. Comienza en ellas a perderse la espontaneidad. Se preparan
+a cruzar por la pantalla. Una muchacha se adereza el pelo, otra se
+fija escrupulosamente un clavel, aquella se abre algo más el escote.
+Algún mozuelo se engalla, enciende un puro, se ladea el sombrero. La
+muchedumbre recibe de golpe esta profunda impresión: ¡También ella es
+espectáculo! Y se dispone a serlo. Se inventan sonrisas, se avivan
+miradas, se atusan rizos, se ensayan posturas. Se olvida de que se
+prepara un espectáculo donde cada espectador puede ser un personaje.
+
+Arturo mira con los gemelos. Recorre los racimos de cabezas que
+irrumpen en el terreno batido por la máquina. De pronto, en medio de
+un grupo, ve surgir la cabeza de Juan Sánchez. Juan Sánchez que se
+adelanta hacia el aparato, que lo mira gravemente, que vuelve a pasar
+y a mirar. Siempre al frente del grupo, como su quintaesencia; fiel
+extracto de multitud, ente representativo, delegado insigne de la masa.
+
+Arturo se aparta del balcón. Vuelve a su informe. Los periódicos le
+enterarán del resto del suceso. _El Cisne_ aguarda el resultado de una
+investigación. Arturo comienza otra vez sus notas:
+
+«Las seis treinta de la mañana. Me apeo en Los Olmos. Comienzo mi
+investigación interrogando al mozo que conduce mi equipaje. Dista el
+pueblo unos dos kilómetros. Al llegar al pueblo, comienzan a parpadear
+las ventanas, a gemir los goznes, a sonar las campanas, a asomar caras
+frescas de muchachas...».
+
+Arturo rompe esta hoja. Y la siguiente. Aburrido de no poder llegar
+nunca al lugar del siniestro, detenido por todas las mujeres, por todas
+las ventanas, por todos los latidos, abandona el informe y baja a
+encontrar a Juan Sánchez.
+
+
+ * * *
+
+
+Pasean por la ciudad salpicada de héroes de piedra. Frente a uno de
+ellos, Juan Sánchez oprime fuertemente el brazo a Arturo.
+
+—Aquí tiene usted un hombre que apenas existió y sigue _siendo_
+eternamente. No era nada, como yo; pero un día soltó cuatro trabucazos
+a tiempo, le contestaron con otros, le abrieron el pecho, como a esos
+dos empleados, y dentro del corazón le grabaron la firma. Por el
+agujero de una sien se le huyó el anonimato. Ahí le tiene.
+
+—En cambio —piensa Arturo—, el escultor no existe. Es preciso acercarse
+a ver la firma, como en el cuadro de Matilde.
+
+—Ahí le tiene —recalca Juan Sánchez—. Inmortal. Tan inmortal como
+Augusta.
+
+—Busque usted una causa cualquiera, justa o injusta, y mátese por
+ella. Le erigirán una estatua.
+
+—La mía solo podría ser la estatua del soldado desconocido.
+
+—La inmortalidad por estos rápidos caminos, va siendo ya muy difícil.
+Podrá seguir habiendo guerras, también guerras sociales; pero ya apenas
+hay «hondas convicciones», y, al extinguirse estas, quedan suprimidos
+considerablemente los «trances heroicos». La vida moderna va eliminando
+del mapa dramático, situación tras situación, conflicto tras conflicto.
+Pronto, borradas las cordilleras, cegados los grandes ríos, el ambiente
+de emociones pasará por el mundo como sobre una equilibrada estepa.
+Porque los problemas de la inteligencia no levantan más que espuma,
+ráfagas de aire. Dejará de producirse el héroe. Pero aún es tiempo.
+Aprovéchelo.
+
+—Se burla usted de mí.
+
+—Le invito a aprovechar los últimos instantes de una vida heroica que
+se extingue. Pronto, si algún héroe surge, se sonreirá aburridamente
+de su propio heroísmo. El mundo va adoptando posturas inteligentes;
+es decir, va suprimiendo las posturas. Pronto no quedarán héroes
+«monumentalizables». La vida moderna está reduciendo el rostro del
+mundo a esquemas simplicísimos, a geometrías colectivas, donde no caben
+profundas contracciones individuales.
+
+—¿Va a extinguirse la personalidad?
+
+—Van a reducirse los tipos originales. Se llegará quizá a una
+estandarización del hombre.
+
+—Quedan las grandes hazañas del aire, del mar...
+
+—Queda el éxito, que suele no tener nada que ver con la personalidad.
+Como el cartel que nada tiene que ver con el muro que, por azar,
+lo ostenta o lo soporta. Detrás del éxito puede haber un hombre
+cualquiera, en quien las gracias se han complacido en acumular
+coyunturas favorables. Un mismo aviador llega o puede no llegar. El que
+no llega, se borra. Y acaso lo borró una brizna de aire.
+
+—Quedan los grandes negocios...
+
+—Sí, tal vez el héroe moderno está llamado a ser el gran jugador de
+Bolsa. Pero un jugador de Bolsa no suele soñar con estatuas, sino con
+millones.
+
+—Quedan los grandes amores, las grandes tragedias del amor.
+
+—Si no van acompañadas del asesinato, no creo que destaquen mucho a
+nadie... De todos modos, el drama pasional arguye en los actores una
+gran pobreza imaginativa. Los inteligentes suelen desviarlo hacia
+terrenos más fáciles en sorpresas. El ruidoso drama pasional es ya solo
+patrimonio de la plebe. De una u otra plebe.
+
+—Quedan los escándalos.
+
+—¿Cuáles?
+
+—El gran robo, la gran estafa.
+
+—Es posible que aún quede algún espléndido collar de reina que robar.
+Alguna caja de caudales que violar. Pero esto ya va pasando al terreno
+de la fábula. Las perlas suelen ser ya falsas y los valores de
+complicada realización. Las cajas de caudales cada día se ciñen más
+cinturones de castidad. Además, el gran estafador desaparece en seguida
+de la celebridad. En cuanto lo encierran en un presidio, a menos que
+se escape. El mundo va intensificando cada día más su capacidad de
+olvido. El héroe antiguo persistía en la memoria y en la piedra; el
+héroe actual —el campeón de boxeo o el bolsista— durará lo que dure la
+operación de bolsa o el _match_. Se desvanecen después de una rápida
+fulguración. Como los grandes criminales, su persistencia en el mundo
+durará lo que dure su proceso.
+
+—No comprendo bien.
+
+—La razón es porque el mundo, nuestro mundo, comienza a ser toda la
+tierra. Un grupo de soldados griegos, en una diminuta parcela del orbe,
+pudo atender recíprocamente a sus idas y venidas, a sus menudos lances
+de amor. El mundo estaba muy reducido de tamaño, y podía seguirse,
+grado por grado, segundo a segundo, el gráfico de la cólera de Aquiles
+o la historia patológica del erotismo de Elena. Hoy estas menudencias
+no serían ya capaces de atraer las miradas del mundo ni de inaugurar
+una espléndida literatura de viajes. (Porque, penoso es decirlo, pero
+toda la literatura occidental tiene por base unos menudos trapicheos
+de coqueta, una deliciosa comadrería de campamento). El mundo va
+borrando de su tablero de ajedrez las grandes piezas, y prefiere
+seguir la partida con los peones solos, a quienes, de vez en cuando,
+les endosa una caperuza de caudillo. El novelista nuevo rebana el
+cuello a los altos fantasmones y prefiere manipular con las masas. Ya
+los principales personajes de la novela actual tienen cien mil cabezas.
+A casi nadie le interesa un problema individual. El mundo entero está
+cansado de monólogos.
+
+—Queda el arte, ¡el gran arte!
+
+—Es posible. Quedará siempre el animador, en el papel, de esas
+multitudes. El que expresa la gran inquietud de esas cien mil
+cabezas... En un foso de la gran guerra se desplegó más heroísmo que en
+toda la guerra de Troya junta. Un sencillo «peludo» ha podido rivalizar
+con Héctor; y un espía cualquiera, con el sagaz Ulises. No existen,
+quizá, los héroes; pero sí existen los poetas.
+
+—Yo intenté...
+
+—No importa. El poeta y su tema viven siempre juntos. Busque, Juan
+Sánchez, una anécdota cualquiera de usted; haga que la cante un
+poeta, y ambos pasarán a la posteridad. Aún queda un margen para el
+individuo... Pero no se retrase mucho, porque todo va a sufrir una
+profunda mutación. Vea, amigo mío, algunos de los títulos que llenan
+nuestros escaparates de libros: «Cemento», «Chocolate», «Petróleo»,
+«Gas»...
+
+—-¡Es verdad!
+
+—Se trata, óigalo bien, de libros, aunque parece tratarse de artículos
+de primera o segunda necesidad. Ya van desapareciendo los «Adolfos» y
+los «Pedros Infinitos». En cada uno de esos «Cementos» o «Chocolates»
+hay una muchedumbre que ama y odia, trabaja, goza y sufre. Como en
+las óperas de Wagner, los tenores deben sujetarse estrictamente a la
+tiranía de la partitura. Son novelas o poemas sin fermatas, en que
+el divo no tiene por qué adelantarse a la batería. Son novelas sin
+enfoques unipersonales. Su personaje central es el coro. Es una masa.
+
+—La masa es siempre algo borroso, sin perfil.
+
+—Eso depende del operador que se instale ante ella. De la avidez y
+potencia de su máquina. La masa tiene también sus perfiles, aunque
+innumerables. Exige un poder más robusto de selección y arquitectura.
+Quien posea esta virtud creará el nuevo personaje. Creará la novela
+red.
+
+—¿Cómo?
+
+—La novela poligráfica, en lugar de la ya aburrida monografía.
+
+—Aún no comprendo.
+
+—El hombre no es un pino o una palmera que crecen sueltos, en el norte
+o en el sur; es un peón de ajedrez que tiene un claro —o misterioso—
+enlace con gran número de otros peones o piezas mayores. El novelista,
+el poeta épico actual debe saber jugar muy bien a ese ajedrez.
+
+—¿Y el lírico?
+
+—Demos su parte a Narciso. Que siga cantando a la luna o a su propia
+zampoña. Al poeta puede eximírsele de conocer el perfil de los hombres
+si conoce maravillosamente el perfil de una ola. O el del aire. Aunque
+yo les aconsejaría a todos que aprendiesen a jugar al ajedrez. Narciso
+va siendo insoportable. Y monótono. Todos acaban por mirarse en la
+misma fuente... Y con la misma cara.
+
+—¡El verso! ¡Las maravillas del verso!
+
+—Óigalo bien, Juan Sánchez... El verso comienza ya a no tener sentido
+entre nosotros. Pronto solo escribirán en verso quienes no sientan la
+gran poesía de los hombres: los artífices cartujos, cuya sola poesía
+está en el aparato.
+
+
+ * * *
+
+
+En la puerta del palco, el acomodador sonríe levemente a Arturo. Un
+bosquejo de alusión que para Arturo es más doloroso que una bofetada.
+Porque el acomodador es el único testigo del amor subterráneo de
+Matilde y Arturo, en sus dos primeras etapas. El acomodador no ha
+asistido a la tercera y siguientes, pero su ladina percepción de las
+curvas inexorables que describe el deseo amoroso le ha llevado a
+conocer que los amantes, transcurrido el primer ciclo frenético de
+su pasión, pretenden reanudar la feliz trayectoria, buscando en el
+recuerdo fruiciones que ya no pueden hallar en la misma voluptuosidad
+presente. Aquel hombre de faz dúctil, según índices de generosidad en
+los amantes, ha asistido desde la sombra a la explosión de un deseo
+cuyos gérmenes juntó el azar en un puesto de libros. La primera etapa
+—el orden es inmutable en cada caso— transcurre en el antepalco,
+corridas las cortinas; la segunda también, pero ya en pleno hermetismo,
+redoblado el sigilo y la propina. El acomodador sabe que se suceden
+luego otras etapas en las que él no actúa. El amor en creciente busca
+otros más amplios escenarios, un hermetismo en nada sujeto a las
+bruscas alternativas de la luz, a las peripecias de una máquina, a
+los descuidos de un operador. Solo cuando la curva completa ha sido
+descrita, los amantes regresan al punto de partida y, durante un buen
+espacio de tiempo, se nutre de sus propias imágenes.
+
+El acomodador sabe que, poco después de Arturo, se deslizará por
+el pasillo Matilde, como una consonante forzosa en esta trivial
+rima de amor. Y así es, en efecto: Matilde se adelanta y recibe en
+pleno rostro la sonrisa de bienvenida, que ella hace fracasar con un
+guiño angustioso. Porque, tres pasos más atrás, viene Juan Sánchez.
+Y el acomodador conoce, en la propina, los grados de normalidad de
+aquel fenómeno. Lo anormal ha sido hoy eliminado de aquella pasión
+tan generosa un tiempo. Y el acomodador, cuya vida económica sería
+lamentable entre amores legítimos, cierra la puerta y se retira
+malhumorado.
+
+—Quizá venga después un caballero —le ha dicho, al entrar, Matilde.
+Pero el acomodador, que hubiese recuperado su alegría si Matilde le
+hubiese anunciado a una señora, rezonga displicente :
+
+—Está bien.
+
+La sala está completamente a oscuras, salvo esos residuos mortecinos
+que se van refugiando en el foso donde rebulle la fauna rubia y negra
+de músicos e instrumentos. La ondulación de las butacas, que avanza en
+filas simétricas hacia la ribera clara, es apenas perceptible gracias
+a esas diminutas linternas que andan buscando entre las ondas negras
+algún espacio náufrago. Pronto, aguzadas las pupilas, se va viendo en
+lo sumo de cada onda la pálida espuma de los rostros.
+
+Arturo va repartiendo sus miradas entre ambos espectáculos, entre ambas
+muchedumbres. En la pantalla, la muchedumbre elaborada; frente a ella,
+la muchedumbre en estado nativo. En la pantalla, un film ruso, una
+multitud desorbitada que va empujando cruelmente a un gran duque hecho
+jirones.
+
+Multitud expresiva y multitud en estado nativo. Multitud armónica y
+multitud simétrica, repartida en filas, diseminada en palcos, sin
+realidad apenas. La sala está llena de rostros agrupados al azar, por
+contagio, mediante la presentación en la puerta de unos papelitos rojos
+y azules. Un hilo de curiosidad los fue arrastrando hacia el film. No
+tienen representación alguna, cohesión alguna. En un momento de peligro
+se destrozarían unos a otros. Un momento de placer les hace sonreír a
+compás.
+
+Un haz de fisonomías sin sentido colectivo, frente a una armonizada
+muchedumbre, a la que no comprenden. Solo les complace el divo.
+Reaccionan ante el que les fustiga, ante el que les tortura los
+nervios, ante cualquier ente —individual y voceado por los carteles—,
+no porque realice una labor personal artística, sino porque su nombre
+es el primero en el programa. En el cinema se busca la estrella —casi
+siempre específica, impersonal—, como en la ópera se busca al lindo
+barítono.
+
+—De todos modos —rezonga Juan Sánchez—, ese hombre ya no ha pasado en
+vano por la tierra.
+
+—Exacto. Ha pasado velozmente, pero algo queda de él en el mundo.
+Mañana sus trajes y sus gestos divertirán mucho a nuestros hijos, como
+a nosotros nos divierten las perillas y las moscas de nuestros abuelos.
+
+—¿Y su gesto? Es algo más que un maniquí.
+
+—Su gesto perdurará mucho tiempo, si ha sabido ser original. Pero dudo
+que, aparte una docena de rostros, encontremos en el cinema individuos
+originales.
+
+—Que además sean fotogénicos —añade burlonamente Matilde; mientras,
+apoya su pie en el de Arturo, continuando una cadena de mudas
+insinuaciones sin ningún éxito.
+
+—Lo será siempre, si es original. Por eso los hombres, donde se da
+con alguna mayor frecuencia el gesto personal, son más fotogénicos.
+La mujer soporta menos la pantalla. Se le tolera casi siempre por su
+seducción epidérmica... Pero hay otras bellezas más firmes, poco menos
+que inencontrables en la mujer.
+
+Entonces el pie no insinúa, tortura.
+
+—Me abruma su delicadeza, Arturo —dice Matilde, mientras le dice al
+oído—: ¡Pedante!
+
+—La pantalla prefiere, a la desnudez de la carne, la desnudez de un
+espíritu, que solo fueron capaces de fijar algunos pintores geniales.
+La de la carne puede ser puesta en conserva por cualquier pintorcillo,
+para estimulante de las muchedumbres. La piel se pinta fácilmente. El
+espíritu necesita de otro. Esta prueba de la pantalla solo yendo del
+brazo con otro podría resistirla.
+
+Arturo sigue divagando entre la indiferencia de sus dos oyentes y los
+insistentes pisotones de Matilde. Uno de ellos es tan doloroso que la
+cara de Arturo se contrae en una mueca. Al mismo tiempo dan luz a la
+sala, y la mueca, precipitadamente, se convierte en sonrisa.
+
+—Me esperan ahí fuera —dice, levantándose, Juan Sánchez—. Vuelvo en
+seguida.
+
+—Eres insoportable, Arturo, con esa manía de especializarte en
+multitudes.
+
+—Es mi profesión. Avanzo en mi carrera, según mi habilidad en
+distinguir en un rostro la lealtad o la farsa. Y en un siniestro, lo
+casual o lo previsto. No atentes contra mis intereses. ¡Quieta! Están
+mirando.
+
+De pronto, la sala va enfocando sus miles de pupilas hacia el palco.
+Alguien ha sorprendido la ausencia de Juan Sánchez y un ademán dudoso
+de Matilde, y el resto, dócilmente, va siguiendo el cauce abierto por
+los ojos del primero. Cuando todos están ya fijos en el grupo, dice
+Arturo:
+
+—Ahí tienes ya tu público. Has conseguido convertirte en espectáculo.
+Regocíjate.
+
+—Son necios.
+
+—Son la masa. Tú has conseguido cosquillearle un poco la médula, y como
+un monstruo de mil cabezas, se vuelve a mirarte, sin saber por qué.
+
+—¡Qué pena! Están destruyendo nuestra intimidad. Tendremos que
+recomponerla esta tarde, ¿quieres?
+
+—Tengo un incendio difícil.
+
+—El inevitable incendio.
+
+—Además, ¿ya estás segura de que podremos recomponerla?
+
+—Lo estoy.
+
+—Está muy averiada.
+
+Matilde se transfigura.
+
+—¡Que lo esté!
+
+Como en ella han confluido tantas luces —verdes, azules, negras,
+doradas— de pupilas, las suyas, ahora más ricas, más confiadas que
+nunca en su poder de seducción, se clavan insolentes en Arturo. Una
+voluptuosidad nueva enlaza las dos miradas. La de Matilde desafía; la
+de Arturo se somete.
+
+—Nos miran.
+
+—¿Quién? Dos o tres amigos que nos conocen. El resto no ve nada: a
+lo más, una pareja anónima. Tienes la manía de las masas. Las masas
+no existen aquí. Existen algunos espíritus suspicaces. Yo los veo,
+porque suelo ver la gente al detalle, no como tú, en globo. Harías mal
+novelista. Yo veo el matiz. Tú solo ves la mancha descomunal. Ahora
+estás viendo la de aceite, la de la calumnia, que se extiende por el
+teatro... ¡Qué divertido eres!
+
+—Tú solo ves algún hecho menudo. Yo veo conjuntos. Tú solo comprendes
+un ademán; yo, una corriente de opinión... que ahora nos favorece muy
+poco.
+
+—Tú no ves nada. El mundo hay que verlo pieza a pieza.
+
+—Y la mujer, palmo a palmo, ¿no es eso?
+
+—Quizá. Ir de la epidermis hacia adentro, no al revés. Porque... Ahí
+viene Juan.
+
+—Ahora proyectan el crimen de anteayer —entra diciendo Juan Sánchez—.
+Por poco no lo presencian los operadores. Acudieron inmediatamente.
+
+—En obsequio al público, los asesinos debían avisar a las casas
+productoras de films la fecha y hora de los atentados —dice Arturo.
+
+—Algunos conspiradores lo han hecho. Claro es que por cobrar la
+comisión.
+
+—¡Cállense ya! —replica Matilde—. Están llamando la atención.
+
+La orquesta inicia una piadosa obertura y los espectadores se disponen
+a una discreta compunción. Aparece en la pantalla el «lugar del
+suceso», la misma plaza hirviente y dolorida que vio Arturo desde
+el balcón. Vuelve a aparecer el teniente alcalde y el gobernador,
+el hombre morado y el hombre caqui. Severos, torturados, llenos de
+toda la pesadumbre de la ciudad —de la ciudad religiosa, de la ciudad
+municipal, de la ciudad marciana, que cada uno representa—. Cruzan
+por la pantalla todas las instituciones, befadas, agredidas hoy por
+una mano insensata. Y, tras ellos, otra vez, y siempre, la multitud.
+Ahora se advierte bien en ella cómo ha respondido a la agresión. Unas
+caras están contraídas por la cólera; otras, sencillamente alteradas;
+algunas, indiferentes; no falta rostro donde se delate cierto placer.
+Allí pueden irse anotando grados muy diversos de ciudadanía, grados muy
+diferentes de sentido ético. No toda la muchedumbre vibra con la misma
+intensidad. Un pentagrama se extiende a lo largo de la avenida, donde
+se hacen visibles las notas agudas del terror, las profundas de la
+tragedia, las notas medias de la serenidad, que aquí es indiferencia.
+
+La muchedumbre sigue con avidez contemplándose a sí misma. Todos los
+espectadores son ahora un solo Narciso, un Narciso descomunal que
+se mira estremecer en el agua neutral de la pantalla. A unos ojos
+desorbitados de allá, corresponden otros ojos desorbitados de acá.
+Suenan exclamaciones:
+
+—¡Ese, ese eres tú!
+
+—¡Ahora vengo yo!
+
+—¡Aquella es Paulita!
+
+—¡El general!
+
+—¡El guardia 47, mi portero!
+
+—¡Ella!
+
+—¡Él!
+
+Por fin, zarandeado por un grupo de mozalbetes, aparece Juan Sánchez.
+Matilde da con el codo a Arturo. Juan Sánchez, apresurado, impaciente
+por sumergirse en la zona milagrosa que abarca el ojo del aparato, en
+esa zona donde se consigue la inmortalidad, una plástica inmortalidad.
+
+Callan los tres. El Juan Sánchez de la pantalla se va acercando. El
+Juan Sánchez del palco, recoge con avidez cada frunce de las cejas
+de sí mismo, cada gesto de las manos que pugnan por lograr el primer
+puesto en la masa anónima. Que llega a lograrlo. De pronto, Juan
+Sánchez, un lamentable Juan Sánchez se instala al mismo borde del
+marco de sombras, conquista todo el rectángulo, crece prodigiosamente,
+la masa desaparece detrás de unas mejillas, detrás de una boca, detrás
+de unos ojos sin brillo —impersonales, comunes, ventanas a la nada,
+troneras hacia un paisaje ceniza.
+
+Dura la visión unos momentos. Los ojos lamentables, los obstinados
+ojos, contemplan a la muchedumbre, se contemplan a sí mismos, se
+asoman, siguen asomándose al implacable espejo.
+
+Solo unos momentos. El frenético oleaje le arranca de los bordes, le
+empuja hacia el abismo.
+
+Él forcejea, se defiende inútilmente.
+
+De las dos muchedumbres brotan gestos de impaciencia.
+
+Pasan por encima, lo sumen, lo funden en la turbia corriente.
+
+Desaparece, entre unas risas burlonas.
+
+En el palco, los tres siguen —conmovidos— en silencio.
+
+
+
+
+ 9
+ Anécdota
+
+
+—Vea usted este devocionario —dice a Arturo el librero de lance—.
+Tafilete, broche de oro.
+
+El librito, juguete voluptuoso para la inquietud de unas manos, resbala
+por los dedos, se acurruca entre ellos, como un mimoso gatito. Es un
+suave cojín para los dedos fatigados, un pretexto para agruparse en
+torno.
+
+—Muy lindo. ¿Cómo ha llegado aquí?
+
+El librero le dice al oído, socarronamente:
+
+—Es una pieza de convicción. ¿Quiere reconstruir el crimen? Llévelo.
+
+—Es el _Áncora de Salvación_ ¿Algún naufragio?
+
+El librero cuenta la historia del naufragio. Apareció una mañana,
+junto a una botella, en uno de los reservados de _Villa Juanita_,
+restorán abierto a unos kilómetros de Augusta, lugar de esparcimiento
+para las gentes que no ven entre cada día un muro de sombras, sino un
+amplio casillero donde ir alojando sus caprichos menos confesables.
+Es el restorán donde el adulterio, el estupro, la estafa y otros
+fenómenos, al parecer repudiables, van perdiendo su empaque jurídico,
+convirtiéndose en algo amorfo, apenas definible, silenciado siempre; en
+algo tan familiar como secreto.
+
+El camarero halló el _Áncora_ sobre un diván. Acaso el librito fue el
+indiferente espectador de un naufragio. El camarero, consciente de
+su deber, lo guardó en rehenes algunas semanas, esperando el precio
+del rescate, y al fin se decidió a hundirlo en el mar insondable de
+un puesto de libros también náufragos. También el librero espera
+obtener de él una ganancia fabulosa, si surge el comprador interesado;
+discreta, si el desinteresado.
+
+Arturo hojea, indaga, husmea, sin poder hallar rastro de la aturdida
+enamorada que, de algún templo, tan frío como recatado, salió un
+amanecer huyendo hacia _Villa Juanita_ buscando algún amor más cálido,
+pero también más turbio.
+
+—Se lo doy barato, por ser usted.
+
+En las tiendas, cada cliente se ve investido plenamente de toda su
+personalidad, como ante el comisario del distrito que examina las
+huellas dactilográficas. Las ventas se realizan mejor así, entre un
+buen tasador y un individuo que lo sea plenamente.
+
+—No lo necesito.
+
+—Para un regalo.
+
+Arturo no se desprenderá ya de aquel librito. Se le va durmiendo entre
+los dedos, caliente ya bajo las reiteradas caricias. Es la pieza de un
+sumario en que el delito es el amor.
+
+Arturo repasa las hojas, curiosea unas estampitas candorosas
+intercaladas en el texto, un recordatorio de defunción. Aspira el
+perfume. Muy fino, tenue, voluptuoso.
+
+—Es acacia.
+
+—Sí, huele muy bien. Se ve que ella...
+
+El librero se detiene en aquel punto sin saber a punto fijo lo que se
+ve. Arturo lee despacio los nombres de dos adolescentes que acaban de
+recibir el Pan divino y aún conservan, en la estampita, su aire de
+serafín. Las dos muchachas y el difunto del recordatorio le ofrecen
+sus nombres y su edad, como esos tres puntos por donde podría trazarse
+una circunferencia cuyo centro es, sin duda, la mujer frágil, quizá la
+mujer adúltera.
+
+¿Cómo averiguar el nombre de esa hembra situada en el cruce de las
+líneas cordiales que parten de estas tres figuras acusadoras? Las
+niñas se llaman Estrella y Mónica. El difunto, Luis. Sus apellidos
+determinan, poco a poco, exactamente, el lugar que ocuparon u ocupan en
+el espacio...
+
+Ya, ya es fácil hallar el centro. El centro es Matilde. Primero, lo
+supone; después, lo cree ciegamente. El perfume era ya un indicio.
+
+Una mañana, Matilde, desde el templo al que suele concurrir casi a
+diario, se decidió a dar, cínicamente, el brinco preciso para saltarse
+toda una biblioteca de moral piadosa. Matilde ha visto amanecer en
+_Villa Juanita_, en esa región difusa donde el día y la noche se
+relevan sin límite exacto de presencia, donde muchos programas normales
+de vida se quebrantan con números de fuerza, con invasiones efímeras,
+pero intensas, de otras vidas.
+
+Matilde ha visto amanecer, en brazos de otro hombre, seguramente
+Alfredo. No perdona al día ningún crepúsculo, y utiliza indistintamente
+el matutino o vespertino, para así disfrutar de toda la jornada.
+
+—Bien. Me lo llevo.
+
+Esto es más que un libro. Es cierto punto de partida para realizar una
+investigación.
+
+—Dice usted que un camarero...
+
+—Sí, sí. En _Villa Juanita_.
+
+—Es curioso.
+
+—Suelen ir allí señoras..., a oír misa de alba.
+
+—Ya.
+
+Arturo guarda el librito, con el propósito de devolverlo a su dueña
+en la primera coyuntura. Una tarde cualquiera, en que el amor hecho
+costumbre se haya extinguido totalmente, Arturo extraerá aquel _Áncora_
+del bolsillo y la ofrecerá a Matilde con estas palabras:
+
+—Amiga mía: Aquí tienes la prueba de una doble infidelidad. No quiero
+utilizarla contra nadie, porque se convertiría para mí en un arma de
+dos filos. Probablemente, yo no soy en este caso más que la mitad de un
+amigo, la mitad más débil, y es necio revolverse contra la otra mitad.
+No puedo yo mismo darme un pisotón sin pecar de estupidez. Triste es
+confesarlo, pero así es: para ti soy, amiga mía, la mitad superior
+de un hombre, del cual Alfredo es la inferior. Mis condiciones de
+superioridad sobre la segunda parcela solo pueden revelarse en este
+breve discurso. Al dar tu mano a Juan Sánchez, viste con sorpresa
+que te habías entregado a Nadie. Entonces quisiste desdoblar tu amor
+en dos, porque Alfredo es un robusto ejemplar de la raza y yo soy un
+frágil estuche de pensamientos que quieres tener siempre a mano como se
+tiene a mano un frasco de perfume. No sé si deplorarlo o felicitarte.
+Tampoco me decido a obrar: no suelo nunca decidirme. Podría, un
+amanecer cualquiera, espiar y seguir tus huellas hasta _Villa Juanita_,
+atisbar allí la llegada del jayán, sorprenderos... Pero esto a nada
+conduciría, si no es a intentar una lamentable fusión de dos hostiles
+mitades de hombre, incapaces de soldadura alguna. Bien es cierto que
+el hombre integral apenas existe, y, si queda algún ejemplar, tú no
+mereces poseerlo. Lo perderías en cualquier diván, como el devocionario.
+
+Aquella tarde, Matilde no acude a la cita de las siete. Arturo
+aguarda, en vano, dos horas, y sale de la casa decidido a perderse por
+cualquier encrucijada de Augusta. Tampoco acude al día siguiente, y ya
+entonces Arturo decide investigar la conducta matutina de la ausente.
+Admite el total desmoronamiento de aquella pasión iniciada ante un
+depósito literario de cadáveres, pero le complace averiguar todas sus
+vicisitudes. En él eso constituye un deber profesional. Es un detective
+de catástrofes improvisadas. De incendios apagados.
+
+Recorre los alrededores de la ciudad y, maquinalmente, se encuentra
+sentado en la terraza de _Villa Juanita_ ante un bien perfilado
+camarero y una barroca minuta.
+
+Es media noche. Faltan cinco horas para el suceso. Las cinco horas
+menos propicias para mantener caliente un deseo. Es junio, y la
+estación aún guarda para el corazón de sus noches sus nostalgias
+del invierno. Pronto queda solo en la terraza. Los clientes se
+han repartido por las celdillas silenciosas donde se elabora el
+amor comercial. Hay trasiegos frecuentes. Los coches van y vienen
+conduciendo tedios y vehemencias. La ciudad envía a _Villa Juanita_
+remesas variables de locura, siempre de acuerdo con la temperatura de
+la noche.
+
+Ha callado el _jazz-band_. Las caras van perfilando su gesto más
+turbio. Las líneas se relajan, los colores se empañan; algún ebrio deja
+caer la copa, que rueda a veces bajo la mesa, acabando con un estrépito
+el torpe y oscuro gesto de las manos. Hay un momento en que la noche
+solo se mueve con ademanes de cansancio. Esta prolongación del día, que
+con tal ímpetu ha irrumpido en el siguiente, va perdiendo vivacidad;
+las válvulas de sus gritos han perdido su tensión; a veces, quedan
+abiertas, dando paso a plebeyas caravanas de bostezos.
+
+Arturo queda adormilado. Se abre dentro de él la puerta de comunicación
+entre el sótano de las imágenes olvidadas y su taller de reparación y
+reconstrucción. Los menudos obreros —siempre aturdidos— barajan las
+piezas a capricho, y el primer amor —¡tan púdico!— de Arturo asoma la
+cabeza guiñando los ojos como el último —¡tan cínico!—, como la última
+atracción del programa.
+
+Una pierna desnuda, primorosamente modelada, rematada por un zapatito
+de piel de serpiente, se alza en el aire, retando a Arturo, que desliza
+sus ojos por aquellas revoltosas curvas hasta acariciar el redondo
+arranque, el zócalo movedizo que se prolonga en otros volúmenes
+esféricos levemente enfundados en seda granate.
+
+Una pierna desnuda que apunta infantilmente a las estrellas como si con
+ella quisiera soportar todo el peso de la noche. Como si quisiera ser
+el eje del orbe. Arturo le va buscando la cara que coquetonamente se le
+esconde entre los senos, a punto de brincar del sostén. Cuando logra
+verla, aparta los ojos horrorizado...
+
+¡Es Matilde, Matilde, que rueda por la alfombra, ofreciendo sus
+piernas, alternativamente, a la contemplación de los ángeles! Sus
+piernas se elevan al cielo como impuras oraciones. Profanan la
+serenidad indiferente de la noche. Repiten las plegarias del librito,
+las lanzan con los pies hacia arriba, mientras el cuerpo se remueve
+voluptuoso bajo la seda color ámbar que apenas le cubre el regazo y los
+senos. Su ombligo palpita nerviosamente, queriendo emular a un sexo.
+
+Arturo se frota los ojos, queda unos momentos alerta, en plena vigilia.
+Una risa menuda le hace volver la cabeza.
+
+Nadie. Un camarero, a lo lejos, le mira sorprendido. No suele ver
+consumidores puentes, noctámbulos que se decidan a unir dos días de
+crápula con tan soñolienta, con tan silenciosa pasarela.
+
+Vuelve Arturo a dormitar. Su frente se apoya resueltamente en la mano.
+Ofrece el perfil de un buzo filosófico, hundido hasta la entraña de un
+problema. Pero en lo más hondo solo hay una pierna, el coral rosado
+de una pierna, que vuelve a removerse, a disparar sus jaculatorias al
+cielo. De pronto, surge también un brazo, un brazo redondo y desnudo
+terminando en un rubí, en otra rama de coral, que se posa en la cabeza
+de Arturo.
+
+—Perdona, creí que eras Pepe.
+
+—Puedo serlo, si quieres.
+
+—Antes, acaba de despertarte.
+
+En ese estado intermedio, Arturo puede asumir —ya lo hemos visto
+así en brazos de Rebeca— todas las personalidades. Hay un vestíbulo
+donde la especie puede adjudicarse el bastón y el sombrero —y la voz
+y el rostro— de todos los que circulan por la casa. Para salir a la
+intemperie, Arturo no vacila en tomar del perchero todo lo que allí ha
+dejado Pepe.
+
+Irrumpe en la cruda realidad. La pierna. La pierna está allí con su
+zapatito de piel de serpiente.
+
+—Tienes unas piernas deliciosas. ¿Muy caras?
+
+—Han bailado mucho. Todo les será perdonado porque bailaron mucho.
+
+Ríe como después de haber cometido una juguetona profanación.
+
+—Hablas como el _Áncora_.
+
+—¿Qué?
+
+—No puedes comprenderme.
+
+—¿Misterio?
+
+—Quizá no pasa de tontería.
+
+—¿Te gustan mis piernas? Me gusta invitar con ellas a los amigos. El
+baile las tornea, las endurece. Fíjate en esa línea, cómo nace y cómo
+muere.
+
+—Nada muere en ti. Donde acaba un perfil, arranca un haz de curvas.
+Como al final de un tallo se abre una estrella.
+
+—¿Eres poeta?
+
+—No; debí ser filósofo, pero soy agente de seguros.
+
+—¿De vida?
+
+—Contra incendios. Pero he fracasado. No puedo ser cliente de mí mismo.
+Yo no puedo asegurarme.
+
+—¡Qué gracioso!
+
+—Me prende cada llama. Me hace arder cada cohete. Las emociones que en
+otro son momentáneas centellas, en mí encienden largas, interminables
+hogueras. Soy el peor cliente de mí mismo.
+
+—Funda una sociedad de seguros contra el frío. O contra la cursilería.
+
+—Me crees cursi.
+
+—Corres el peligro de serlo, si sigues esperando lindas tapadas de
+cuatro a seis de la madrugada. El amor tiene sus horas, como el
+comercio.
+
+—El amor comercial.
+
+—Ese no es amor. Es algo más serio. Es deleite puro.
+
+—Puro deleite.
+
+—Lo mismo da. Quería decirte que el amanecer es bueno para el puro
+apetito o el apetito puro, como quieras, no para el amor dramático.
+Porque supongo que tu amor será un amor dramático.
+
+—No mucho. Está hace tiempo en decadencia.
+
+—Te la deseo muy alegre. A estas horas no se piensa ni se maquina. Se
+desea, sencillamente. El frío del amanecer estimula..., lo sé.
+
+—Sí, ya veo que conoces bien las bromas del instinto.
+
+—Las maravillas del instinto. Yo sé que un poco de frialdad y otro poco
+de dureza le sientan muy bien.
+
+Ríen jovialmente. Ella se sienta junto a Arturo, le enlaza, coquetona.
+
+—¿Me convidas?
+
+—Bien.
+
+—¿De veras esperas a alguien?
+
+—Sí, pero faltan dos o tres horas... Mi amiga no trasnocha, madruga.
+
+—Eres un modelo de paciencia.
+
+—No quiero acostarme. Y me canso de dar vueltas por la ciudad. La noche
+tiene pocas sorpresas.
+
+—Excepto yo.
+
+—Excepto tú. Porque, además de tus primorosas piernas, tendrás algo que
+decirme. Cuéntame tu vida.
+
+—No tengo.
+
+—Por lo menos tendrás imaginación para inventarla.
+
+—Ni eso. No opero por fantasías, opero por cálculos.
+
+—Me parece muy bien. Pero comenzarías con algún momento patético,
+incalculado...
+
+—¡Oh! Es el que más números me costó. Nunca he escrito tantas cifras.
+El negocio era entonces más serio.
+
+—Me das frío.
+
+—Sí, estoy asegurada de incendios. Haría buena cliente tuya. ¿Firmamos
+el contrato?
+
+—Espero a esa amiga... no profesional del cálculo, aunque muy poco
+asegurada.
+
+—¿La conozco?
+
+—No sé. Todo es posible.
+
+—Lo que yo decía. Plan romántico.
+
+—No es plan, es un problema. Bebe.
+
+Ella subraya con el mosconeo de una zarzuelilla el mutismo de Arturo.
+Riendo estúpidamente, irrumpen en la terraza dos parejas. Dos últimos
+«juerguistas» se complacen en hacer retroceder todo lo posible los
+minutos postreros de su minuta de deleites, mientras las infelices
+alquiladas bostezan sin ningún escrúpulo.
+
+Las tres. Arturo mira el reloj, sorprendido.
+
+—Te has engullido una hora en cinco minutos. Sígueme hablando. Cuéntame
+el éxito de tu primer... cálculo. De tu caída.
+
+—Yo no caí. No he caído nunca. Eso son cosas de los tangos.
+
+—De los tangos, es cierto. Pero, no creas, hay una larga tradición. Eso
+se ha llegado a complicar con la prehistoria.
+
+—No me importa. En mí todo ha sido, sencillamente, una cadena de
+contratos.
+
+—Que apenas puede ser una cadena de conflictos.
+
+—Lo fue a veces para algún amigo. Creo que también he provocado amores
+eternos. No soy responsable de que algún mozo no sea tu cliente.
+Debéis activar la propaganda. La juventud es inexperta.
+
+Guiña picarescamente los ojos. El rojo de sus labios se mantiene
+impecable. Hay en sus dientes una fragante juventud, y en sus manos una
+sabia destreza para recorrer los nervios de Arturo.
+
+—¿Cuánto hace que trabajas?
+
+—Siempre. Desde niña. Con mucha suerte y malos y buenos empresarios.
+Ahora hay que bregar un poco. Hay mucha competencia, no de gente que
+siente la profesión, eso no... De gente que la lamenta. Y hay muchas
+aficionadas. ¿No bebes?
+
+—Bebe tú.
+
+—Podríamos seguir charlando ahí dentro. Me molestan esos estúpidos y la
+noche refresca mucho.
+
+—Bien.
+
+En el reservado, las manos de ella se posan de nuevo en la frente de
+Arturo.
+
+—Estás triste.
+
+—Sí. Un poco.
+
+—Voy a alegrarte.
+
+—Prueba. No me opongo.
+
+—Cuando acuda tu dramática amiga, la podrás recibir sin fiebre. Yo te
+devuelvo la serenidad. Tengo primores en esa clase de reconstituyentes.
+
+—Los supongo.
+
+—¿Crees conocer todos los matices? Conmigo hay sorpresas.
+
+—¡Vanidosa!
+
+—Recorrí Europa. Me llevaba un hombre de ciencia que tenía que asistir
+a unos congresos de Histología, o no sé qué... Durante las sesiones, yo
+recorría las calles, las plazas, husmeaba, sonsacaba, cazaba maravillas
+exóticas. Al regreso de Berlín, mi sabio me dejó por una mecanógrafa.
+Porque, según él, yo solo era una preciosa bestia inútil, excesivamente
+alegre para un especialista en enfermedades del corazón.
+
+—Podía haber estudiado el tuyo.
+
+—No tengo.
+
+Las cuatro. Las cuatro y media. Ella se ha dormido en los brazos de
+Arturo. Comienza a marchitarse el cereza de sus labios. El amanecer va
+diluyendo su helada ceniza sobre el grupo, también marchito.
+
+—Vete, pequeña. Va a comenzar la representación. Gracias por este
+delicioso entreacto. Toma.
+
+—Gracias. Pero no le llames entreacto. Quizá vale por el espectáculo
+entero. En todo caso ha sido un puente entre tu tedio y el amor
+friolento que va a venir. No le llames entreacto. Es uno de los
+momentos más graves de tu vida, porque en él has llegado a ser tu
+propio cliente. Yo, deleite puro, amor que se adquiere como una
+corbata, te aseguro hoy de muchos formidables incendios. Quedas
+inmunizado. Ahí te dejo, ya solo con la razón. Verás qué bien te sale
+la escena. Podrás acomodarla al gusto clásico, hacerla perfecta, de
+orden frío. Porque el instinto no te dictará ninguna voluta barroca.
+Estás por encima del deseo. Eres dueño de ti, estás _plenamente
+asegurado_.
+
+—Vete.
+
+—Salud. ¿Lo oyes? ¡_Plenamente asegurado_!
+
+Sale riendo, un poco soñolienta, sin brillo en los ojos, arriada toda
+su belleza. Se sume en un coche, desaparece.
+
+
+ * * *
+
+
+El día —de agonía artificialmente prolongada— muere definitivamente. Su
+último aliento ya nadie lo advierte ante la llegada del día niño que
+llega frenético, intactas sus fuerzas, tenso y vibrante como un dardo.
+
+El primer coche que anuncia el día vuelca en _Villa Juanita_ una
+muchacha azorada, casi una adolescente, en brazos de su maduro
+iniciador. Rápidamente se sumergen en un reservado... Acaso la mañana
+comienza inaugurando una mujer.
+
+Arturo, de espaldas a la luz, avizora la carretera. Las figuras se
+desprenden de los coches al modo impresionista, arrastrando aún los
+residuos de la noche. Han acabado las complicadas toaletas, inventadas
+para la cruda luz, y se suceden las elaboradas para escamotearlas, para
+mejor escabullirse en las sombras.
+
+El día —recién venido— va arrojando de su cuna los últimos
+profanadores del día muerto, y destaca una guerrilla de pudores
+domésticos, una avanzada de sentimentalidad, todo muy mal avenido,
+aún mal fundido en una clara y cínica intención. Porque en muchas de
+las escenas de esta hora estratégica —como todas las de transición—
+suelen intervenir dos vidas, almas a dos vertientes. Al cinismo de las
+actrices profesionales que ya abandonaron el campo de batalla, dejando
+tras ellas un puñado de copas rotas y unas espléndidas facturas, sucede
+el recato de estas otras, mediocres actrices de incógnito, cuya voz
+apenas se oye; cuyo rostro apenas se adivina; cuyo paso es vacilante,
+mudo; cuya efervescencia se concentra en solo el pecho —volcánico,
+desbordado—, por cuyas desgarraduras se ve asomar tímidamente una vida
+monótona, sumisa, que se resiste a ser zarandeada, violada, bruscamente
+rota por estos números excepcionales que provoca su presencia en _Villa
+Juanita_.
+
+La mañana, con sus riendas de hielo, va frenando su espumoso lirismo.
+Arturo siente frío; le acomete el ansia de arrebujarse en su lecho
+de todos los olvidos, de sumirse en el día nuevo, bien bañado de
+adherencias enfermizas, restañando de tizne anecdótica, podado el
+último retoño pasional hacia Matilde; le acomete la tentación de
+arrojar el _Áncora_ al río y renunciar el goce de una inútil escena
+dramática, de la cual va se siente espectador, más que actor. Pero un
+_taxi_ que llega en aquel momento va a torcer todos estos propósitos
+de inhibición. Porque del _taxi_, cauta, desfigurada por un velo, se
+desliza Matilde y, discretamente, como si tuviera ya bien conocido
+el plan de maniobras galantes, se oculta en un reservado, seguida
+discretamente por el mozo.
+
+Sola.
+
+Arturo, con las manos en la cara, ha contemplado, al través de la reja
+de sus dedos, la cautelosa maniobra. Matilde, como en el crepúsculo de
+la tarde, observa en todos los preliminares el más escrupuloso régimen.
+
+Para salir a escena solo hay ya dispuestos dos personajes. Falta
+Alfredo, falta Juan Sánchez... En aquel reservado, frente al congelado
+amanecer, podría ahora llegarse al decoroso fin de este relato; pero el
+alba es una gran disociadora, el momento menos propicio del día para
+ejecutar —cálido, frenético— un razonable epílogo, un buen último acto
+de drama.
+
+Todo lo más característico del hombre está en él dormido; apenas
+queda de Arturo un poco de carne desmoronada que tiende a apagarse, a
+borrarse entre materias blandas —pluma, lana, algodón— y esperar allí
+una resurrección de energías.
+
+Alfredo no acaba de llegar. El sol ha invadido los aleros, corretea por
+los montes, siempre juvenil, retozando entre dos nubes. Arturo recibe
+el sol como un leve estimulante, le tiende los pies para que se los
+dore; le ofrece la cabeza desnuda, todo su cuerpo y su espíritu para
+que se los caliente.
+
+Se levanta y, con esta inyección luminosa, se siente más acometedor;
+piensa —rápidamente— poner fin por sí mismo a la escena, sin aguardar
+más actores. Aprovecha la coyuntura de volverse de espaldas el
+centinela del proscenio, y llama con los nudillos.
+
+—Pasa, pasa, Alfredo.
+
+No se produce ni siquiera el «¡Ah, eres tú!» de todo melodrama
+acreditado. Matilde, que está sentada junto al balconcillo, recibe con
+una mirada de asombro al inesperado visitante. Arturo se adelanta
+hacia ella y, tendiéndole el _Áncora_, dice sencillamente:
+
+—Te olvidaste aquí el libro hace unos días, y vengo a devolvértelo.
+
+Todo es pregunta en los ojos de Matilde; angustiosa pregunta.
+
+—No creas por esto que pretendí ser tu detective, no. Ha sido un
+caprichoso azar... Al parecer, no todos los camareros conocen bien a
+sus clientes. Alguien hubo aquí poco discreto, y el librito corrió una
+pequeña aventura: fue a parar al mismo punto donde nos conocimos. Sin
+duda, con el fin de separarnos.
+
+—Perdóname, Arturo.
+
+—Un pintoresco lance que yo quizá no he comprendido bien. He alargado
+un poco la anécdota. Debí devolvértelo en silencio, sin frases... Pero
+no fue así. A mi vez te ruego que me perdones, y me permitas salir.
+
+—No.
+
+—Mi hora —si aún quedan de esas horas— es otra. Te aguardo al otro
+crepúsculo, más cálido, pero más fatigado que el de estos instantes.
+Yo lamento que en este amor a dos vertientes me haya tocado a mí la
+hora de la tarde. Quizá en ella no hiciste sino recapitular, resumir un
+poco la anterior.
+
+—¡Arturo!
+
+—No es un reproche. Ni una ironía. Es un producto de mi modesta
+experiencia. Un día me cambiaste el nombre. Me llamaste Alfredo, y yo
+advertí desde entonces que tu amor se duplicaba con cierta falta de
+justicia. Al menos, hay que otorgar a cada uno su propio nombre, no
+convertirlo en un ente específico, es decir, en un Nadie.
+
+Matilde no responde, oculta la cara entre las manos. Un momento alza
+los ojos y Arturo le sorprende una lágrima. Se acerca a ella, la
+acaricia.
+
+—Perdón, Matilde. Estuve insufrible y más injusto que tú. He sentido
+un momento esa ridícula idea de dominio que suele sentir un marido
+cualquiera que ve codiciada a su mujer. Te dejo.
+
+—No te vayas. Alfredo no viene. No viene hace tres días. Estoy
+desesperada.
+
+—¿Tanto le quieres?
+
+—No, no es eso... Es que... Óyeme como a una hermana. Yo sé que están
+tramando no sé qué... Una operación ruidosa. Un golpe de mano...
+
+—¿Quiénes?
+
+—Juan y él... No sé qué... En el Banco Agrícola. Andan entre
+cuchicheos, entre misterios. Ya conoces a Juan.
+
+—Sí.
+
+—Está loco. Siempre lo estuvo. Se ha pasado la vida inventando modos de
+llamar la atención.
+
+—Modos de sentirse ser.
+
+—Y no acertó nunca. Ahora se metió en negocios. Perdió mucho dinero.
+Estamos casi arruinados, Arturo. Yo salvé alguna cosa, a espaldas
+suyas. ¡Está loco! Quería hablar de esto con Alfredo, que conoce
+nuestros asuntos; pero a Alfredo no puedo verlo solo; no abandona ya a
+mi pobre loco. ¿No podríamos salvarlo?
+
+—Por lo pronto, vámonos de aquí.
+
+—Como quieras. Llévame.
+
+—Salvarlo es inútil. Volverá a su locura.
+
+Salen. _Villa Juanita_ queda vacía de sus últimos clientes. El coche va
+recorriendo paisajes ya recién reconstruidos por el sol. A lo largo de
+los campos se arrastran perezosamente las yuntas.
+
+Matilde, friolenta, estremecida, se acurruca entre los brazos de
+Arturo. El coche los deja a la puerta de un templo. Matilde baja
+precipitadamente y se sume en el vestíbulo, entre plañidos de dos
+mendigas.
+
+Arturo, quebrantado, soñoliento, hunde un poco más tarde su cuerpo
+desnudo entre oleadas de blancura que le anegan definitivamente,
+náufrago de un día turbulento, inconcluso.
+
+
+
+
+ 10
+ El robo
+
+
+Arturo se siente fuertemente sujeto por un brazo. Es Juan Sánchez,
+tembloroso, desencajado.
+
+—¡Por fin!
+
+—Por fin, ¿qué?
+
+—Hoy se hablará de mí en toda la ciudad. Mañana, en toda España.
+
+Arturo teme por la razón del amigo firmado y rubricado. Abre los ojos,
+preguntando:
+
+—Diga.
+
+A borbotones se le derrama la confesión. Juan Sánchez habla de una
+estafa magnífica al Banco Agrícola. ¡Una estafa genial! Miles y miles
+de pesetas. Familias en la miseria. Muchos empleados comprometidos...
+Arturo comienza a no creer sino en el definitivo fracaso mental de Juan
+Sánchez.
+
+—Y aquí me ve usted, encaramado sobre mi propia obra. Subido a la
+catástrofe, poniéndome por pedestal mi propia deshonra. ¡Todo, todo,
+antes que pasar borrado por el mundo!
+
+Arrostrará los insultos, las blasfemias, los gemidos de las víctimas.
+Será el «blanco de las iras» de Augusta, acosado por la Prensa,
+zarandeado vivamente por la popularidad.
+
+—¿Qué ha hecho usted?
+
+—Lo he sacrificado todo: posición social, amigos, hogar. Pero mi
+triunfo será definitivo.
+
+—¡Huya usted!
+
+—No.
+
+—Hágalo por Matilde.
+
+—No. Espéreme aquí. Van a detenerme de un momento a otro. Mire la
+gente. Ha corrido ya el rumor. Se miran sorprendidos, preocupados.
+¡Es mi obra! Espié los alrededores del Banco Agrícola. ¡Un delicioso
+espectáculo! Gentes apresuradas que preguntan llenas de zozobra, que
+recorren los pasillos, las ventanillas. Sollozos de viudas, rugidos de
+cuentacorrentistas... Verá usted: todo irá concentrándose en derredor
+mío. Seré llevado en triunfo a la cárcel. Un triunfo al revés, pero con
+igual número de espectadores.
+
+—Vámonos de esta plaza. Subiremos a Bella Vista. Desde allí esperaremos
+los sucesos.
+
+—No. Váyase usted, Arturo. Prevenga a Matilde. Yo escribiré desde la
+cárcel.
+
+—Es inútil. No le abandono. Venga conmigo.
+
+Juan Sánchez se resiste a abandonar el punto estratégico desde donde
+quiere ver surgir la multitud. Se sientan en una terraza de bar.
+
+—Aquí esperaré la policía.
+
+De pronto, un grito :
+
+—¡_La Crónica_!
+
+—¡Ahí está!
+
+—¡_La Crónica_, con la estafa al Banco Agrícola!
+
+La multitud se arroja sobre el primer rapaz que llega con un fajo de
+periódicos.
+
+—¡_La Crónica_, con el retrato del criminal!
+
+—¡Mi retrato! ¡Ahí está mi retrato!
+
+Hiende Juan la muchedumbre y arranca un periódico de manos del rapaz.
+Arturo adquiere, precipitadamente, otro. Lo abre nervioso, torpe. Lo
+desgarra.
+
+—¡Ah!
+
+Allí está el retrato de Alfredo.
+
+—¡Esto es un robo inicuo! —aúlla Juan Sánchez.
+
+El detenido es Alfredo. Es él, el famoso autor de la estafa. Juan
+Sánchez está a punto de caer desvanecido.
+
+—¡Esto es un robo! —sigue gritando.
+
+La multitud le rodea, compativa. Un caballero apunta al oído de otro:
+
+—¡Ahí tiene usted una de las víctimas! Se ve que es un hombre de bien.
+¿Por qué se habrá fiado así de esas gentes?
+
+—Sí, el pobre tiene cara de haber sido engañado.
+
+—¡Esto es un error! ¡Esto es un robo!
+
+—El pobrecillo tiene para volverse loco. Los ahorros de toda su vida se
+los come ahora cualquier truhan.
+
+—¡Ladrón! ¡Ladrón! —sigue gritando, convulso, Juan Sánchez.
+
+Acude la policía. Dos guardias le atienden, solícitos:
+
+—¡Cálmese, cálmese! No es usted solo. La indignación es justa,
+justísima... Pero debemos evitar este escándalo.
+
+—¿Quién es? —pregunta un transeúnte.
+
+—Nadie. Uno de los estafados.
+
+Juan Sánchez estruja violentamente el periódico. Las gentes van
+pasando. Le miran un momento, compasivas, y se alejan. Los guardias
+intentan llevarlo a una Casa de Socorro, a una farmacia.
+
+—Yo le asistiré —interviene Arturo—. Muchas gracias. Le llevo a su casa.
+
+—¡Un error! ¡Un robo! ¡Este canalla solo es un cómplice vulgar! La
+idea, los planos, todo, todo, todo es mío. ¡Todo! ¡Él ha sido un
+obrero! ¡Ladrón! ¡Me han robado!
+
+—-¡Pobre!
+
+—Está loco.
+
+—Habrá perdido mucho.
+
+—Tiene cara de haber sido engañado.
+
+—¿Quién es?
+
+—Nadie. Un estafado.
+
+—¡Le mataré!
+
+—Calle, calle —dice Arturo, arrastrando a Juan Sánchez—. Venga conmigo.
+
+—Me han robado mi personalidad.
+
+—Pues preséntese a la Policía a que se la restituyan.
+
+—No me creerán. Me tienen por muy honrado, por incapaz. Son estúpidos.
+Tendría que probarlo de tal modo que demostraría, según ellos, todo lo
+contrario. Me tendrían por loco. ¡Qué estafa!
+
+—Déjelo ya. Ellos lo averiguarán en el sumario. Aún puede usted
+disfrutar de alguna cosa. También hay cómplices geniales. Usted será el
+cómplice genial.
+
+—La última ocasión... ¿La última?
+
+—¿Qué?
+
+Juan Sánchez se queda pensativo. De súbito, una luz cárdena en los ojos.
+
+—-No. ¡No es la última! —añade con voz ronca—. ¡Me queda otra! ¡Otra!
+
+—¿Cuál? Me asusta.
+
+—¡Desaparecer bruscamente del mundo!
+
+—¡Bah!
+
+Arturo le deja hablar, con la esperanza de verlo tranquilizarse.
+Juan Sánchez le arrastra a un café. Pide papel de cartas. Comienza a
+escribir.
+
+—Una para el juez. Otra para Matilde.
+
+—Bien, bien. Escriba todo lo que quiera.
+
+Por la mesas del café, los clientes se van repitiendo las información
+de la gran estafa. Se oyen risas de los no perjudicados. Blasfemias
+de los demás y vivaces comentarios de todos. Anochece. El retrato de
+Alfredo será contemplado en todas las sobremesas por millares de ojos
+indignados o curiosos. De pronto, toda la ciudad gira en torno de una
+fisonomía vulgar, subrayada por un frío cinismo.
+
+—Se ve que es un truhan.
+
+—Pero con talento.
+
+—Claro, para dar esos golpes...
+
+Una muchacha contempla el retrato embelesada. Fragua un amor imposible.
+Una huida, un rapto recíproco.
+
+Una madre lo muestra a sus hijos.
+
+—Ahí lo tenéis. En la cárcel. ¡Por criminal!
+
+Va creciendo precipitadamente la popularidad de Alfredo. Los mismos
+guardias de la Comisaría le contemplan con una mezcla de respeto y
+asombro.
+
+
+ * * *
+
+
+Juan Sánchez termina sus dos cartas. Una larguísima, para Matilde. Otra
+breve, para el juez. Sale del café, seguido de Arturo, y se dirige a un
+buzón.
+
+—¡No! Traiga esas cartas.
+
+Es imposible evitarlo. Las cartas se deslizaron ya por la garganta del
+monstruo de piedra.
+
+—No importa; yo iré a rectificar inmediatamente. Con usted.
+
+—Yo me voy a aprovechar mi última ocasión. ¡Adiós, Arturo!
+
+—No le dejo.
+
+Arturo piensa ya en reclamar el auxilio de un guardia, pero se detiene
+al ver algo más reposado a Juan Sánchez, que toma el camino del arrabal.
+
+—Vamos un rato al pretil.
+
+—Preferiría ir un rato a casa —responde Arturo.
+
+—Bien, luego.
+
+En el pretil, Juan Sánchez adopta un tono solemne y dice:
+
+—Adiós, Arturo. Vele por Matilde. Sé que no le es indiferente. Ahí le
+queda, con todos sus amigos. Distribúyansela equitativamente, puesto
+que ella aspira a un perfecto equilibrio de valores humanos. Busca a
+cierto hombre integral, que yo no pude llegar a ser. Como no lo halló,
+va buscando las características de su hombre-tipo entre una porción
+de ciudadanos. Del hombre que anhela poseer, tiene usted una porción
+muy aceptable. En usted ama el cerebro. No le importe el que luego
+complete su tipo ideal con órganos tomados de otros cuerpos. Matilde
+es resignada, y comprende que poseer una síntesis humana es aspirar a
+demasiado. Resígnese también usted, Arturo. Yo no pude serlo, y, por
+eso, me suicido. ¡Vele usted por Matilde! ¡Velen ustedes por Matilde!
+
+—¡Ea! ¡Basta de bromas!
+
+—Mi vida no puede continuar. Mañana iría a una cárcel... Lo corriente.
+Este momento supremo que me acaba de robar Alfredo, nunca podrá ya
+reproducirse. Siempre seré el comparsa, el cómplice. ¡No!
+
+—Huya. Sale un tren dentro de quince minutos. Ahí tiene usted la
+estación... Invéntese usted un tipo de gran criminal fugitivo.
+Fórjese usted un antifaz de ente original, ya que no supo destacar
+su originalidad verdadera. Paséela usted por lugares apartados,
+donde nadie vaya a arañar la costra de farsa que a usted le encubra.
+Ahí tiene la estación. Aún es tiempo. ¡Huya! ¡Sea usted un falso
+personaje, puesto que de nada le sirve el verdadero!
+
+—¿Y mi firma, y mi rúbrica?
+
+—Eso no es nada. Solo la verán las mujeres. Diga que se trata del
+nombre del mejor amigo. La firma y la rúbrica no son nada. Nuestra
+firma y rúbrica la vamos dejando nosotros en el pecho de los demás,
+en la medida en que influimos en su vida. Nuestra personalidad está
+repartida entre todos los pechos que nos aman o nos odian. Nada
+llevamos con nosotros; son los demás quienes fabricaron y guardan
+nuestra personalidad. En el punto en que los amores o los odios de
+todos coincidan; en el punto en que el pensamiento de todos acerca de
+nosotros coincida, en ese punto de cruce está nuestro verdadero ser,
+nuestra verdadera personalidad. Nosotros solo hacemos ir desmintiéndola
+por todas partes, con nuestras vacilaciones, con nuestras fragilidades,
+con nuestro incauto exceso de ambición. ¡Váyase al extranjero, Juan
+Sánchez, y repártase allí entre muchos hombres inteligentes que son
+los únicos que pueden forjar una personalidad! ¡Constrúyase un antifaz
+discreto! ¡Adiós!
+
+—Quizá... Claro...
+
+—Se le ofrecerán nuevas posibilidades. No renuncie a ser plenamente lo
+que aún puede ser. ¡Huya!
+
+Arturo extiende trágicamente la mano, contagiado por este momento de
+solemne folletín. Abajo, el Ebro subraya con su magistral zumbido el
+canto llano de la escena. Juan Sánchez va y viene a lo largo del pretil.
+
+—No pierda tiempo.
+
+El Ebro invita a prolongar la gran disquisición. A veces hay en el agua
+irónicos siseos. Juan Sánchez mira hacia el fondo, se inclina... Se le
+cae al agua el sombrero, y Juan Sánchez intenta lanzarse tras él.
+
+—¡No, no! ¡La huida!
+
+Arturo repite su patético ademán.
+
+Juan Sánchez se arranca de la barandilla y, al fin, decide seguir
+viviendo. Echa a andar hacia la estación del ferrocarril.
+
+A los pocos pasos, se detiene, se vuelve a Arturo, en medio de la
+avenida. Van a despedirse definitivamente.
+
+Los dos están conmovidos. En el instante hay un hueco para un
+latiguillo escénico. Juan Sánchez se dispone a llenar el hueco.
+
+—¡Adiós, amigo mío!
+
+—¡Adiós!
+
+—Vele usted por Ma...
+
+Un camión que surge de improviso de un recodo, que brota
+precipitadamente de las sombras —abrumador, fatal— rebana el solemne
+latiguillo. En un segundo, con un frío, con un desdeñoso ademán,
+elimina de la tierra la firma y rúbrica y problema de Juan Sánchez.
+
+Como una goma de borrar.
+
+
+
+
+ Epílogo
+
+
+El hombre de galones de plata se infla hasta convertirse en un globo
+que todos los clientes del Banco Agrícola se apresuran a desinflar,
+apretándolo, apretándolo hasta reducirlo a las estrictas dimensiones de
+un conserje. Siguen girando, sumergidos en los cangilones de la puerta,
+campesinos azorados. Uno de ellos se dispara contra el hombre del
+pisapapeles, preguntándole angustiado:
+
+—¿Suspenden pagos? ¡Hablan de un robo, de suspensión de pagos! ¡De
+suspensión de pagos!
+
+El hombre desinflado resopla, muge, estruja al campesino, enfila
+hacia su cara las puntas aceradas del bigote, le arrastra hacia una
+ventanilla, le hunde la cabeza en un golfo de guarismos que le sofocan,
+le dejan sin aliento, le asesinan. Insinúa, intenta rogar, tímidamente,
+que le dejen ver su dinero, que se lo dejen acariciar un minuto para
+cerciorarse de que continúa allí, a salvo de estafas; la súplica se
+le enrolla en la garganta, se anuda a su lengua, le hace enmudecer,
+arrancar de allí la cabeza despavorida, huir, siempre seguido de cerca
+por la puntas aceradas del bigote, penetrar de nuevo en el cangilón,
+volver a aparecer ante el globo estrujado, desaparecer al fin,
+escamoteado por los diedros de cristal.
+
+Junio, al terminar sus días, va restando opacidad a los trajes
+femeninos y añadiendo jugosidad a la piel, que descubre por etapas
+discretas. Desnuda brazos, entorna —coquetón— escotes. Hoy es el
+primer día en que podemos ya contar el número de sostenes que hacen
+posible en la mujer una prudente estabilización de las más aventuradas
+transparencias; en que podemos, color a color, seguir la ruta fugaz de
+un desnudo. La piel va perdiendo sus misterios y el equipo va ganando
+agilidad. Algunos abanicos imprimen al aire velocidades frenéticas,
+empujándolo hacia cada ventanilla donde remece esos largos papeles
+—cheques, letras, facturas— por donde pasan en filas cerradas los
+números, en su marcha interminable hacia los grandes libros, estaciones
+de reposo. El empleado huraño contiene bruscamente un cheque que se
+lanzó a bailar, azuzado por el viento, lo aplasta con un lingote de
+hierro, sigue contando monedas.
+
+El verano es buen cliente de la casa. Para recibirlo han bruñido los
+bronces y cambiado el papel verde de todos los secafirmas. Han abierto
+unas hojas del techo de cristales, y ya desde la rotonda es posible
+mirar directamente las nubes. Han destruido la armonía clásica de la
+techumbre por dar paso a la aventura. Solo a trechos se descompone ya
+la luz. Aquella luz de ámbar que se filtraba por las gavillas de Ceres
+ha dejado pasar un chorro discreto de luz impura, es decir, blanca.
+Quedan esos menudos grifos de luz simplificada que van ganando en
+sencillez cuanto pierden en claridad, hasta llegar al violeta, luz
+penosa e inservible para el uso común, de tan pura.
+
+Arturo se reserva un hilo naranja que se le anuda a la corbata y le
+cosquillea la nariz; vuelve a leer su número en el papelito rojo y se
+dispone a llenar los minutos de su espera con un tropel de imágenes
+advenedizas que está oyendo cuchichear impacientes, nerviosas, al otro
+lado del muro: valquirias febriles que sueñan con galopar a su capricho
+por la memoria de Arturo. Acuden de cerca y de lejos, de la infancia
+y de la juventud, de las tardes en que el amor se despereza, de las
+noches en que el amor se agota, se desmorona, se queda convertido en
+un aburrido gesto. Hembras ubicuas, jánicas; rostros que se barajan,
+que se ceden los rasgos, el color de la boca, la falsedad de sus perlas
+y de sus risas, los modos nuevos de fascinar. Rebeca, el moribundo
+amor que cambia de nombre al renovar sus encantos; Matilde, el
+doliente fantasma —un poco de crespón negro sobre una carne apretada,
+de inquietud hoy sin brújula—, irrumpe como siempre en el tropel,
+arrollándolo todo con su cínica desenvoltura. Regresa a sus paisajes
+del sur, a recomenzar su vida entre rejas prendidas de claveles, en el
+patio oloroso a menta donde se reveló al hombre firmado y rubricado,
+una tarde en que recorrían juntos cierto muestrario de sedas —Hijos de
+Jaime González y Compañía—. Corre ahora el expreso por tierras planas,
+sin un frunce, en que algún árbol se suicida, torturado por su inútil
+soledad, o se refugia en una interminable huida, cuando no tiene la
+fortuna de tropezar, a orillas de un arroyo, con algún meditabundo
+camarada. Matilde se asoma al paisaje esquemático, que ella va
+poblando de espectros, destocada la frente, donde su historia podría
+ser escrita en cuatro renglones, sencillamente: infancia juguetona,
+adolescencia febril, juventud esperanzada, madurez prematura a fuerza
+de tedios junto al hombre del muestrario. Y un deseo frenético de
+poseer el hombre definitivo, inencontrable. Alguien penetra en el
+vagón, y ella vuelve a su butaca y a su libro, sin levantar los ojos,
+sin saber que frente a ella está Arturo, en el mismo diván del Banco
+Agrícola, que le mira en silencio a los ojos, húmedos ojos por donde
+estos días cruzó una borrasca de llanto. Quizá no lo conozca ya,
+como si sobre ese rostro hallado al azar entre unos volúmenes sin
+fortuna hubiese ido cayendo el polvillo de dos centurias. Aunque se
+viesen, nada tendrían que decirse. Entre ellos no ha pasado nada. Ni
+un rival, ni un problema, ni una mujer, ni un hombre. Un día hallaron
+en sí mismos un hueco que acertaron a llenar de alegres vibraciones,
+de sonoros besos, de dulces contactos. La vida de cada uno se metió
+efímeramente en la del otro. El azar dejó caer entre ellos un imán,
+y ellos giraban en torno a él, hasta que el imán se convirtió en un
+lingote más de hierro, sin polarización alguna. El empleado huraño lo
+coloca sobre los cheques que amenazan siempre con alzar el vuelo. Saca
+de la maleta un libro y se dispone también a leer, sin preocuparse de
+Arturo ni de Rebeca. Ha entrado no se sabe por dónde. Lleva una boina
+y un traje oscuro. Su boca no habrá sonreído nunca, porque alrededor
+de esos labios nadie podría ver ni el surco más tenue de una arruga.
+Y el libro será algún horrendo folletín donde los nudos sentimentales
+solo pueden romperse a trabucazos. Otra vez vuelve a asomarse Rebeca
+a contemplar la huida del único árbol del paisaje, mientras Arturo
+prefiere salir al pasillo a contemplar el paisaje opuesto, donde se
+extiende en filas bien ordenadas un ejército de muchachas al mando
+del conde de Monte Azul, que señala con un puntero las piernas de
+la quinta, a partir de la izquierda del actor. Las muchachas mueven
+sus piernas a compás; avanzan rítmicamente, acribilladas por dardos
+invisibles que van dejando en ellas huecos. La quinta de la izquierda
+desaparece en un torbellino de carcajadas, y en su lugar, enlazado a
+las muchachas, aparece el hombre firmado y rubricado, hundiendo sus
+ojos tristísimos en el público que se asoma a lo largo del pasillo del
+vagón. Pero de pronto una raquítica alameda se engulle una a una las
+señoritas del coro y se precipita a lo largo a lavarse los pies en una
+acequia. El revisor le da a Arturo con el codo.
+
+—¿Me hace el favor?
+
+Van a llamarle a Caja. Le piden su número, pero Arturo rechaza otra
+vez al revisor. Ha perdido el billete. Lo busca por los bolsillos.
+Como el empleado insiste, Arturo le ofrece un cigarrillo, diciendo
+familiarmente:
+
+—He perdido el kilométrico.
+
+—Claro, claro —contesta el revisor—. Este Banco siempre a paso de buey.
+
+Arturo se arrepiente de haber abandonado a la viajera, sola en el
+departamento, y se apresura a volver a su butaca, frente al hombre del
+folletín, que en el momento de asomar Arturo se arroja sobre Rebeca,
+la oprime entre sus brazos de jayán, la besa golosamente. Es robusto,
+es agreste, es Alfredo, Alfredo, que ha huido de la cárcel; habrán
+tramado juntos la fuga, y ahora miran a Arturo estúpidamente, sin
+conocerlo. El revisor vuelve a pedirle el billete. Rebeca, Alfredo y el
+hombre de los galones de plata le dicen a coro:
+
+—Venga a la ventanilla. Le ha llegado el turno.
+
+Arturo mira por la ventanilla, completamente solo, dentro de una cabina
+gris que se detiene frente a una estación donde tres mujerucas abrazan
+a Rebeca, y un mozuelo se la bebe con los ojos embobados. La zarandean,
+la quebrantan, le sorben el color a besos. Su crespón negro se lo lleva
+el aire y lo deja colgado en una rama de chopo. Su combinación, sus
+zapatos, sus medias, su pulsera, todo se lo reparten las mujerucas, el
+mozuelo. La dejan desnuda, trémula, en medio del andén.
+
+—¡Desnuda vuelves a los brazos de tu madre! ¡Pobre hija mía! —dice la
+más anciana—. ¡Desnuda, pero con toda la honra del mundo!
+
+Y vuelven a abrazar todos a Rebeca, y siguen repartiéndose el equipaje.
+
+—¡Desnuda salí también de aquí, madre! No debemos quejamos.
+
+Y entre plañidos la van empujando hacia el rebaño de casas agrupadas
+alrededor de una torre. Arturo quiere apuntar la escena en un papel y
+saca uno del bolsillo, un papel ya escrito, la carta de Rebeca:
+
+«...me muero de fastidio; llévame, porque me muero. Estoy desesperada
+entre estos majagranzas que me acosan, me manchan con sus ojos, con sus
+piropos soeces. Cuando llegué me recibieron como a un despojo. ¡Como
+apenas me quedó dinero...! Sobre lo poco que traje se arrojaron como
+buitres, los míos...». Se van alejando. La desnudez de Rebeca apenas es
+ya una manchita blanca entre los burdos trajes negros de las mujerucas.
+El mozuelo sigue engulléndosela con los ojos. El tren comienza a
+trepidar. Un túnel se lo traga todo: Rebeca desnuda, las mujerucas,
+el mozuelo, las casas en racimo. Arturo se hunde en un lago de tinta,
+bracea desesperadamente, mientras el empleado huraño golpea su mesa con
+el pisapapeles.
+
+—¡El número 142! ¿Quién tiene el 142?
+
+—¿Quién tiene el 142? —repite broncamente el hombre desinflado,
+dirigiéndose hacia los cuatro puntos cardinales.
+
+Arturo mira asombrado su billete de ferrocarril. ¡El 142! Va saliendo
+del túnel. Se acerca a la ventanilla bajo las miradas furibundas del
+revisor. En el camino aún le detiene el espectáculo de un viajero que
+intenta en vano explicar su personalidad.
+
+—Esta no es la misma firma.
+
+—Es la misma, de hace cinco años.
+
+—Dos testigos. Traiga dos testigos.
+
+—¡Soy yo mismo!
+
+—¡Otra firma que responda!
+
+Por fin Arturo se arranca del conflicto y se dirige al huraño cajero
+del pisapapeles que le recibe encolerizado.
+
+—Pero ¿no oía usted que le llamaban? ¿En qué estaba pensado?
+
+—En nada.
+
+
+
+
+ ESTE LIBRO
+ SE ACABÓ
+ DE IMPRIMIR
+ EN LA
+ IMPRENTA ARGIS
+ EL 25
+ DE OCTUBRE
+ DE 1929
+
+
+
+
+ Índice
+
+
+ Presentación de Ortega y Gasset 7
+
+ Prólogo 9
+
+ 1. El Banco Agrícola 15
+
+ 2. Campo magnético 29
+
+ 3. Amor disperso 49
+
+ 4. Punto muerto y evasión 63
+
+ 5. Noche de placer 81
+
+ 6. Viraje 101
+
+ 7. Auto, bodegon y celos 133
+
+ 8. Las dos muchedumbres 155
+
+ 9. Anécdota 185
+
+ 10. El robo 213
+
+ Epílogo 227
+
+*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 78630 ***
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+ Locura y muerte de Nadie | Project Gutenberg
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+<div class="front">
+ <hr class="full">
+ <p><a href="#Obras">Obras del autor</a></p>
+ <p><a href="#ToC">Índice</a></p>
+ <h1 class="faux">Locura y muerte de Nadie</h1>
+</div>
+
+<div class="transnote" id="tnote">
+ <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p>
+ <ul>
+ <li>Los errores de imprenta han sido corregidos.</li>
+
+ <li>La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
+ las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.</li>
+
+ <li>La puntuación también ha sufrido ligeros retoques para su
+ modernización.</li>
+
+ <li>Las páginas en blanco han sido eliminadas.</li>
+
+ <li>Se ha compilado y añadido un <a href="#ToC">Índice</a> al final del libro pese a que el
+ original impreso no lo incluye.</li>
+ </ul>
+</div>
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+<div class="screenonly x-ebookmaker-drop">
+ <hr class="chap">
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+ alt="Cubierta del libro">
+ </div>
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+
+
+<div class="tit">
+ <hr class="chap">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_3">p. 3</span></p>
+ <p class="fs130 g0 ws1 mt05">Locura y muerte de Nadie</p>
+ <hr class="chap">
+</div>
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Obras">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_4">p. 4</span></p>
+ <h2 class="nobreak g1 ws1">OBRAS DEL AUTOR</h2>
+ <hr class="tir">
+</div>
+
+
+<p class="centra ws1">REVISTA DE OCCIDENTE</p>
+
+<p><i>El Profesor inútil.</i> («Nova Novorum».)</p>
+
+<p><i>El cantar de Roldán.</i> Traducción. («Musas Lejanas».)</p>
+
+<p><i>Vida de San Alejo.</i> (Núm. LXV de la «Revista».)</p>
+
+<p><i>Paula y Paulita.</i> Novela.</p>
+
+<p><i>Viviana y Merlín.</i> (Núm. LXXII de la «Revista».)</p>
+
+
+<p class="centra ws1 mt1">EDICIONES ORIENTE</p>
+
+<p><i>Locura y muerte de Nadie.</i> Novela.</p>
+
+
+<p class="centra ws1 mt1">ESPASA-CALPE</p>
+
+<p><i>Sor Patrocinio.</i> Biografía.</p>
+
+<p><i>Zumalacarregui.</i> Biografía. (En prensa.)</p>
+
+<p><i>Teoría del Zumbel.</i> Novela. (En breve.)</p>
+
+
+<p class="centra ws1 mt1">LA LECTURA</p>
+
+<p><i>Ejercicios.</i> («Cuadernos Literarios».)</p>
+
+
+<p class="centra ws1 mt1">LA GACETA LITERARIA</p>
+
+<p><i>Salón de Estío.</i> (Andrómeda, Circe, Folletín, Película.)</p>
+
+
+<p class="centra ws1 mt1">HISTORIA NUEVA</p>
+
+<p><i>El convidado de papel.</i> Novela.</p>
+
+<p><i>Amor bajo tres lunas.</i> Novela. (En preparación.)</p>
+
+
+<p class="centra ws1 mt1">C. I. A. P.</p>
+
+<p><i>Pauta y Arabesco.</i> Ensayos breves. (En preparación.)</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="tit">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_5">p. 5</span></p>
+ <p class="fs120 g2 ws2">BENJAMÍN JARNÉS</p>
+ <hr class="sep0">
+
+ <p class="fs175 g0 ws1 mt15">LOCURA Y MUERTE<br> DE NADIE</p>
+ <p class="smaller g2 mt1">NOVELA</p>
+ <p class="smaller ital g0 mt15">Primera edición</p>
+
+ <div class="figcenter mt3">
+ <img src="images/logo.jpg"
+ style="width: 2.5em; height: auto;"
+ alt="Logotipo del editor">
+ </div>
+
+ <p class="smaller ital g0 ws1 mt3">EDICIONES ORIENTE</p>
+ <p class="ital g9">MADRID</p>
+</div>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt6">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_6">p. 6</span></p>
+ <div class="legal">
+ <p class="g3 ws1">ES PROPIEDAD</p>
+ <p class="g1 ws1">Derechos reservados</p>
+ <p class="g0 ws1">EDICIONES ORIENTE</p>
+ </div>
+</div>
+
+<p class="pie_imp">Imprenta ARGIS. Tarragona, 22. Teléfono 71843.—Madrid.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch01">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_7">p. 7</span></p>
+
+ <div class="estrecho smaller">
+
+ <p class="ital">Con el lirismo penetra en el arte una sustancia
+ voluble y tornadiza. La intimidad del hombre varía a lo largo de los
+ siglos; el vértice de su sentimentalidad gravita unas veces hacia
+ oriente y otras hacia poniente. Hay tiempos jocundos y tiempos de
+ amargor. Todo depende de que el balance que hace el hombre de su
+ propio valer le parezca, en definitiva, favorable o adverso.</p>
+
+ <p class="ital">...La poesía y todo arte versa sobre lo humano y solo
+ sobre lo humano. El paisaje que se pinta se pinta siempre como un
+ escenario para el hombre. Siendo esto así, no podía menos de seguirse
+ que todas las formas del arte toman su origen de la variación en las
+ interpretaciones del hombre por el hombre. Dime lo que del hombre
+ sientes y decirte he qué arte cultivas.</p>
+
+ <p class="ital">...Por eso la literatura genuina de un tiempo es una
+ confesión general de la intimidad humana entonces.</p>
+
+ <p class="firma sc">José Ortega y Gasset.</p>
+
+ </div>
+</div>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch02">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_9">p. 9</span></p>
+ <h2 class="nobreak g1">Prólogo</h2>
+</div>
+
+<div class="ital">
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_11">p. 11</span>A fuerza de
+tropezarme con Juan Sánchez he llegado a intimar con él, a quererle;
+por eso escribo hoy su historia. Me gusta contarla porque en ella
+apenas hay conflictos, aparte del viejo conflicto de todo héroe que
+aparece en este mundo: el de su propia aparición.</p>
+
+<p>Porque, de pronto, cuando las aventuras de la carne se van
+arrinconando —fatigadas— entre los biombos de la frivolidad, se van
+extinguiendo sobre los almohadones del hastío, y la misma Salomé no
+provoca vibración simpática ninguna de no acercarse a los espectadores
+precedida de un costoso y desnudo «conjunto»; cuando la castidad y
+la lujuria, como la suavidad y la cólera —meros productos de una
+concurrencia de humores— apenas logran ya conmover a las gentes; cuando
+todo, en el teatro y en la novela, vacila o cae, se levantan de lo más
+profundo los antiguos signos de interrogación.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_12">p. 12</span></p>
+
+<p>La virtud y el vicio, el bien y el mal, fueron perdiendo sus
+confines; pero cada vez se acusa con más brío el problema gigante.</p>
+
+<p>A su lado todos los demás son menudos anecdotarios, rudimentos
+vitales, que saltan —inofensivos, ingenuos— luciendo sus escamas, sus
+tornasoles alrededor del buque, mientras el pulpo, el pulpo voraz,
+incansable, persigue, acosa, avizora, buscando a quién devorar. Todo
+lo demás divierte..., cuando divierte. Solo el gran pulpo estremece,
+alucina, mata.</p>
+
+<p>Juan Sánchez se pasa la vida tentándose el espíritu, de miedo a irlo
+perdiendo entre las garras de su enorme inquietud. Pero no se aparta de
+la barandilla. Su vida es una sucesión de escenas junto al verdugo. El
+espectáculo de su vida es, pues, sombrío, abrumador.</p>
+
+<p>Si yo lo acertase a describir, si yo llegase a inyectar en los
+nervios de las gentes un poco de ese pánico, todo en torno mío quedaría
+crispado, convulso.</p>
+
+<p>Yo he sentido ese miedo, me he sentido desfallecido, aniquilado.
+Pero he preferido siempre no asustar a los demás. Tampoco hoy quisiera
+<span class="pagenum" id="Page_13">p. 13</span>asustar a mis buenos
+amigos. ¿Haré que el gran pulpo desaparezca entre las ágiles escamas,
+entre los vivaces tornasoles? ¿No correré el albur de que —como otras
+veces— el aturdido transeúnte solo vea sobre la superficie del agua
+esos racimos revoltosos de cohetes?</p>
+
+<p>Prefiero seguir encendiéndolos a rasgar el vientre al agua y dejar
+que asome el gran pulpo. Al fin, es muy penoso, es muy duro invitar al
+transeúnte a que medite unas horas con su propia calavera entre las
+manos.</p>
+
+</div>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch1">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_15">p. 15</span></p>
+ <h2 class="nobreak g0" title="1. El Banco Agrícola">
+ <span class="fs165">1</span><br>El Banco Agrícola</h2>
+</div>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_17">p. 17</span>Los cangilones
+de la puerta se van vaciando rítmicamente en el vestíbulo. Un
+campesino, absorto al ver que entre la calle y el zaguán gira
+una estrella en vez de un plano, se agarra tan fuertemente a
+una de las puntas, que en lugar de un semicírculo describe dos
+circunvoluciones.</p>
+
+<p>En el reloj, las doce. En el termómetro, los cien grados. Está ya
+henchida la enorme caldera de mármol y cristal. Explotan las burbujas
+disparando cifras:</p>
+
+<p>—¡El 331!</p>
+
+<p>—¡El 332!</p>
+
+<p>Hiende la rotonda un redondo volumen galoneado de plata —el gran
+cero inquieto, andarín perenne del Banco— que remueve la caldera y
+acentúa la presión.</p>
+
+<p>Hoy en el Banco Agrícola de Augusta todas las cuentas corrientes,
+cansadas de dormitar a la sombra de los panzudos libros, están
+ensayando un cambio de postura. Se escucha el sordo roce de largas
+serpientes de sumandos que <span class="pagenum" id="Page_18">p.
+18</span>reptan por los atriles. Por una ventanilla le sonríen a Arturo
+las cuatro filas de dientes de una «Remington».</p>
+
+<p>Quince troneras, quince ventosas se precipitan a sorber los
+ahorros del campesino, las carteras voluminosas de los clientes.
+Las ventanillas son otros tantos confesionarios en donde absuelven
+gravemente del terrible pecado del miedo. Se ve salir a los penitentes
+en estado de gracia mercantil, con un crédito más a los ojos
+inapelables del Consejo de Administración.</p>
+
+<p>Las ventanillas son también diminutos escenarios por donde asoma la
+cabeza un hábil prestidigitador. Monedas, billetes, papelitos rojos,
+papelitos azules, van, vienen, se desparraman, se enlazan, desaparecen,
+se apiñan. El gran juego del tanto por ciento esparce sobre el tapete
+la baraja entera.</p>
+
+<p>—¡El 333!</p>
+
+<p>—¡El 334!</p>
+
+<p>—¡El 335!</p>
+
+<p>—¡El 336!</p>
+
+<p>Una danza epiléptica de cifras en torno a los dioses de este
+infierno; melocotón, uva, maíz, <span class="pagenum" id="Page_19">p.
+19</span>centeno, remolacha, aceituna. Sagrados nombres de dioses,
+invocados en el torbellino, subrayados por los monótonos cuchicheos de
+las «Underwood», de las «Smith». De pronto surge el Zeus Tonante de la
+mitología bancaria: el trigo.</p>
+
+<p>—A 57.</p>
+
+<p>—No hay ofertas.</p>
+
+<p>—¡El alza!</p>
+
+<p>—Mañana, a 58.</p>
+
+<p>—O a 58,50.</p>
+
+<p>—Se está comprando muy de prisa.</p>
+
+<p>Arturo asiste a la solemne ascensión del dios. Se remonta altanero,
+majestuoso, sobre la conmovida multitud. Una gavilla se yergue —como en
+las eras de Canaán— y recibe el homenaje de once gavillas subordinadas.
+Hacen corro otras más humildes: de cebada, de alfalfa. Arturo ve
+ascender el dios agrícola, mecerse en el aire, esconderse en las
+nubes.</p>
+
+<p>Queda flotando en el aire una espiga. Una espiga enorme de trigo
+candeal, crujiente grumo de oro que amenaza desgranarse sobre la frente
+de Arturo, medio dormido. Enjambre vivo que defiende una guardia
+de finas lanzas amarillas, <span class="pagenum" id="Page_20">p.
+20</span>ceñidas en hostiles escalones. Cada grano destaca su
+centinela, en orden perfecto de batalla.</p>
+
+<p>Arturo ve iniciarse en la espiga un tránsito del símbolo a la
+geometría. Ve fracasar en ella toda muelle sensualidad. Fruto para goce
+de los ojos, huraño al tacto, casi mineral, enjuto, soberbio de sus
+delgadas cápsulas, donde se esconde el alimento de los hombres y la
+sustancia de los dioses.</p>
+
+<p>Confín de los sentidos. Detrás del racimo dorado se extiende la
+región de lo esquemático, la región innumerable de las místicas
+metáforas, hoy la lenta caravana de los números. Por él ondulan las
+largas columnas de cifras en las falsillas de los libros mayores.</p>
+
+<p>Trigo soberano, cuentas amarillas de un precioso collar, apiñadas
+en lo sumo de una caña delgada, donde pueden tañerse bellos himnos
+rurales. Caña sonora que opone su tañido jocundo a la oquedad ética de
+las altas cañas pensantes que se miran vanidosas en el río fiel.</p>
+
+<p>Hiende el aire la espiga como un hosco insecto aprisionado en
+los mismos umbrales de las <span class="pagenum" id="Page_21">p.
+21</span>formas puras. Rubio dios de los campos, convertido en mero
+nombre por estas gentes codiciosas que, sin saberlo, sin poderlo ver
+en toda su grandeza, lo acogen, lo desechan, lo almacenan, lo arrojan,
+según la veleidad de un tablero de precios.</p>
+
+<p>—¡El 344!</p>
+
+<p>Se dispersa el cortejo de lanzas. La espiga da un estallido y se
+derraman los granos de oro. Pasa el número 344, una espléndida Dánae,
+que con un cheque en la mano va a cobrarse alguna transitoria cesión de
+su belleza. La lluvia de oro desciende sobre el número 344, corre a lo
+largo de sus opulentos flancos...</p>
+
+<p>Dánae abate, al fin, la cabeza. La sumerge en el otro mundo, en el
+mundo de los números y las máquinas. Va a ser guillotinada. La preciosa
+cabeza de ámbar se estremece, se desmelena; las manos de Dánae se
+crispan, arañan un bolso de piel, extraen un poco de encaje... ¡La
+cuchilla va a caer! Arturo sofoca un grito.</p>
+
+<p>Y se incorpora bruscamente. Ha creído ver unas manchas rojas entre
+el amarillo ¿de las espigas, de los bucles? Las manchas rojas se
+desvanecen. <span class="pagenum" id="Page_22">p. 22</span>Arturo se
+frota los ojos. La cuchilla no cae. La boca, pintada; las mejillas,
+pintadas desaforadamente... Dánae cierra con un chillido metálico su
+bolso y se va.</p>
+
+<p>La guillotina, ¿no funciona? Forcejean desde dentro, tiemblan un
+poco las cabezas en la platina. Al fin, nada: un cambio de papelitos
+rojos, de papelitos morados.</p>
+
+<p>—¡El 345!</p>
+
+
+<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div>
+
+
+<p>Un codazo del hombre de la izquierda.</p>
+
+<p>Arturo sale de su semivigilia. En su papelito rojo está marcado
+el número 352. El 345 deja libre un asiento que Arturo se apresura
+a ocupar. Incrustado entre un caballero gris y una lozana campesina
+que recuerda a Gabriel y Galán, se dispone a pasar de masa oscilante
+al menor vaivén, donde se reflejan todas las presiones, a cuerpo en
+perfecto equilibrio, inamovible.</p>
+
+<p>El caballero gris se impacienta, le roza un pie, se disculpa:</p>
+
+<p>—Perdone.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_23">p. 23</span></p>
+
+<p>Surge el diálogo nutrido de protestas contra la lentitud del Banco.
+El mismo diálogo, entablado, como todos los días, con un número de
+orden.</p>
+
+<p>El desconocido remira su papelito rojo, como el desconocido de ayer.
+El 351 es el antecesor de Arturo. Así Arturo puede declinar —como
+siempre— su temor de perder turno: basta seguir los pasos del hombre
+desconocido. Le liga a él una relación aritmética a que debe obedecer
+ciegamente, y esta servidumbre —como todas— le extirpa un ojo sobrante,
+le borra un campo inútil de atención.</p>
+
+<p>Ya puede invertir su tiempo en contemplar el vaivén de los
+números que se apiñan en la rotonda. Pocos lugares como un Banco
+para realizar estudios sobre la vulgaridad. Es aquí muy remoto el
+peligro de tropezarse con un genio. Y una escrupulosa vigilancia
+elimina de los clientes lo que pudiera ser considerado como turba. La
+criba solo deja pasar seres intermedios, normales, caras y cuerpos
+de desesperante equilibrio. Un mismo maniquí ha servido para treinta
+<span class="pagenum" id="Page_24">p. 24</span>gabanes; igual módulo
+para cien fisonomías; idéntico manual para todos los saludos.</p>
+
+<p>En vano las implacables ventosas pretenden acentuar el perfil de
+algún rostro. La misma emoción ante las subidas de Bolsa. La alegría
+ante un alza de precios es de tipo común. Un mismo coletazo de la larga
+serpiente de cifras produce en cien bocas el mismo gesto de acritud.</p>
+
+<p>En vano la luz de las altas vidrieras pretende subrayar en las
+facciones algún gesto inusitado. Solo consigue éxitos efímeros,
+banales. Sobre tal mejilla color de langostino, se desliza un rayo
+verde que, por un momento, trueca en biliosa la faz placentera de un
+comisionista. Un rostro enflaquecido, color garbanzo, se empapa en un
+chorro granate, trocándose de esquizoide en sensual.</p>
+
+<p>La luz de los cristales se divierte infantilmente en ir cambiando
+uno por uno los temperamentos de los clientes.</p>
+
+<p>—¡El 348!</p>
+
+<p>—¡El 349!</p>
+
+<p>Va bajando el termómetro. Estallan en la <span class="pagenum"
+id="Page_25">p. 25</span>tina las últimas burbujas. Se apaga, al
+fin, el hervor. El hombre de galones da plata ya no se perfila para
+atravesar de canto la sala; camina de frente, sin miedo a chocar con
+alguna huraña cuenta corriente.</p>
+
+<p>En alguno de los diminutos proscenios se producen ya entreactos: el
+telón no desciende, pero el héroe suspende sus escamoteos de billetes,
+deja ver, perfectamente enmarcada, una angulosa faz inmóvil, que
+lentamente se va convirtiendo en el retrato de sí mismo.</p>
+
+<p>Los cuatro policías de la sala, obligados antes a multiplicar por
+cuatro su atención sobre la homogénea muchedumbre, pueden ya deshacer
+la operación y seguir su faena con la visión normal.</p>
+
+<p>Las haces policromadas que llovían de las altas vidrieras no
+encuentran ya a su paso frentes y mejillas resignadas a tan frívolo
+bautismo de verbena; se deslizan por bustos, por caderas, por grupas
+descuidados; en enroscan en tobillos, resbalan por zapatos, se pierden
+definitivamente en las baldosas.</p>
+
+<p>Pero, en su tránsito, fueron dibujando ingeniosos <span
+class="pagenum" id="Page_26">p. 26</span>bocetos. Los perfiles de los
+clientes pueden afirmar su escasa originalidad plástica, en plena
+holgura. La atención tiene zonas más confinadas y, al apretarse,
+comienzan a surgir escorzos, algunos originales. Tal brazo desnudo,
+oprimido antes por el torso de un enorme almacenista de alfalfa,
+recobra su gracioso ademán. Unos senos se yerguen, sin temor a ser
+punzados por el codo de un tendero enjuto. Todo recobra el sobrante de
+espacio necesario para crearse una atmósfera personal.</p>
+
+<p>—¡El 350!</p>
+
+<p>—¡El 351!</p>
+
+<p>El caballero gris se levanta y llega a la ventanilla, donde unos
+ojos implacables le recorren de arriba a abajo. Arturo le sigue. El
+desconocido alarga su papelito rojo y una mugrienta cédula personal.
+Manotea nerviosamente, replica al empleado, protesta, infla la
+voz. El empleado exige el cumplimiento de un rito. Quiere firmas,
+créditos, certidumbres, evidencias. Pretende que el desconocido deje
+de serlo, que un número cualquiera logre rápidamente, en la batería
+del diminuto proscenio, un carácter definitivo <span class="pagenum"
+id="Page_27">p. 27</span>de personalidad. Pretende que aquel hombre
+destacado de la multitud, que viste análogo terno y canta el mismo
+cuplé de todos los demás, adquiera de pronto facciones de héroe.</p>
+
+<p>La contienda termina dramáticamente. El caballero se abre el pecho
+y lo muestra desnudo al empleado. Gesto patricio de los héroes que
+imploraban en el ruedo, ante los césares, piedad para un vencido. A
+cuenta de una individualidad reconocida, pedían el olvido para un ente
+borroso...</p>
+
+<p>Sorpresa, explosión de risas. El empleado alarga unos billetes. El
+hombre desconocido se abrocha precipitadamente y sale del Banco.</p>
+
+<p>Arturo consigue una pronta evasión, y corre en busca del
+desconocido. Lo encuentra en una esquina, le pregunta:</p>
+
+<p>—¿Cobró usted, por fin?</p>
+
+<p>—Cobré. Son bobos. Cada día exigen más firmas. Menos mal que yo
+llevo la mía... Guardo un documento infalible. Cuando no reconocen mi
+firma, me abro el pecho y la muestro grabada en la piel.</p>
+
+<p>—¿Un tatuaje?</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_28">p. 28</span></p>
+
+<p>—Sí, voy siempre firmado y rubricado. Soy el notario de mí mismo. A
+mí me identifican en seguida. Venga conmigo.</p>
+
+<p>En un zaguán, el desconocido se desabrocha e invita a Arturo a
+contemplar una presumida rúbrica en forma de intestino que sirve de
+pedestal a un nombre: Juan Sánchez y Sánchez.</p>
+
+
+<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div>
+
+
+<p>—¡Qué capricho!</p>
+
+<p>—¡Qué sarcasmo!, querrá usted decir. Porque esto es señal de algo
+terrible. Esta escena del Banco Agrícola se repite diariamente en mi
+vida. Mi tragedia es abrumadora, tiene muy profunda la raíz. Vea usted
+que no se trata de fortuna o desdicha, de obrar bien o mal, de producir
+o de evitar algo nefasto. Se trata de algo anterior a mi voluntad,
+anterior al destino. Se trata de <i>ser</i>. Fíjese bien: ¡ni siquiera
+de existir! ¡De ser! Porque a fuerza de pensar mucho en mí mismo, he
+deducido que, aun suponiendo que exista, <i>no soy</i>.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch2">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_29">p. 29</span></p>
+ <h2 class="nobreak g0" title="2. Campo magnético">
+ <span class="fs165">2</span><br>
+ Campo magnético</h2>
+</div>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_31">p. 31</span>En la terraza del
+bar, ante un <i>cocktail</i> de ginebra, se plantea Juan Sánchez un
+viejo problema filosófico: el de la esencia y la existencia.</p>
+
+<p>Es la hora más banal del día: la hora del aperitivo. Hora de hacer
+el resumen de la mañana y de fraguar los proyectos que la tarde irá
+desbaratando. El orador insiste en convencer a Arturo de que él, Juan
+Sánchez y Sánchez, no es. Entre ese tropel de seres inclasificables, de
+ambos sexos, que luchan desde sus banquetas por reproducir exactamente
+el contorno exterior de una estrella de moda, Juan Sánchez, el hombre
+firmado, de rúbrica en forma de intestino, se revela como un fanático
+perseguidor de su propia esencia.</p>
+
+<p>Es un místico amante de la personalidad. Tiembla ante la idea de
+gozar de una forma sustancial colectiva, de un subconsciente solo
+colectivo, de un alma común. Intentó crearse un rostro, acentuarse, al
+menos, un defecto, estilizarse alguna aberración que pudiera izar como
+bandera de un carácter. Nada logró.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_32">p. 32</span></p>
+
+<p>—He intentado —dice— lo absurdo. Llegué a provocar en mí alguna
+enfermedad crónica que modificase, que torciese mi temperamento, que
+me lo cambiase de raíz, a ser posible, para intentar buscarme, con el
+nuevo, otra fisonomía... Hice experiencias inútiles.</p>
+
+<p>—Eso es peligroso. Se expone usted a quebrarse el aparato.</p>
+
+<p>—Es desesperante no tener nada mío. De niño me tomaban siempre por
+mi hermano. Y, ahora, el arcediano de Sos tiene mi misma cara. Y un
+médico. Anteayer me preguntaron reservadamente, en un zaguán, por el
+estado de un cáncer... ¡Si yo pudiese, al menos, no ser nada, pasar
+inadvertido! Pero hay algo peor que todo eso: ser otro cualquiera, uno
+que casi nunca me gustaría ser.</p>
+
+<p>No es fácil estrenar todos los días un amigo, y menos un
+<i>universal</i>, un hombre-tipo, como Juan Sánchez, que oculta
+problemas tan arduos bajo su firma y rúbrica grabadas en la piel. Por
+eso Arturo, además del <i>cocktail</i>, saborea golosamente este placer
+de convertirse en minero de <span class="pagenum" id="Page_33">p.
+33</span>espíritus, de socavar, estrato por estrato, las entrañas de un
+nuevo continente.</p>
+
+<p>Es delicioso estrenar los amigos como quien estrena un gabán, y
+reponer a tiempo los usados, antes de lamentar su decadencia. No
+importa que la originalidad de muchos se agote al primer día: al menos
+en este, todo espíritu nuevo es capaz de ofrecer cierto curioso lote de
+gracias imprevistas.</p>
+
+<p>Arturo está sentado frente a la viva corriente humana, en la terraza
+del bar; Juan Sánchez, de espaldas a la calle, frente a Arturo, es
+decir, frente a un espejo donde pretende verse en todo su crespo
+interior. Representan dos mundos opuestos. Para Juan Sánchez, Arturo
+es una placa sensitiva donde va a ser escrupulosamente recogido el
+gráfico de una inquietud. Pero en los ojos de Arturo, voluntariamente
+dispersos, se quiebran todos los perfiles de la calle. Su cara es como
+un lago que se quisiera contemplar en azul reposo, y de pronto comienza
+a tiritar bajo la loca lluvia de guijarros de un tropel infantil.</p>
+
+<p>El día, en plena granazón, abre sus pomposos <span class="pagenum"
+id="Page_34">p. 34</span>abanicos de emociones sazonadas, normales:
+pavo real de académico civismo, sin audacia cromática alguna.</p>
+
+<p>Es la hora de acudir al hogar, donde miles de hembras, también
+maduras, aguardan la dulce confidencia de un alza de bolsa o de
+un ascenso. Todos los caminos que ahora se recorren en la ciudad
+son claros y abiertos: el día está en su punto cimero de doméstica
+legalidad. Ni la religión —como en las primeras horas— desvía los pasos
+del torturado incrédulo hacia algún templo de los suburbios, ni el amor
+—como en las horas últimas— desvía los del impetuoso joven hacia la
+equívoca intimidad de una mujer.</p>
+
+<p>Todo en la calle palpita ordenadamente bajo el signo del trabajo. La
+disciplina social escalona rigurosamente sus ejércitos, instalándolos
+según normas tradicionales: los directores y consejeros se arrellanan
+en opulentos coches; los jefes de contabilidad, en averiados taxis;
+los sencillos empleados se apretujan en un tranvía; los ordenanzas
+van a pie. Apenas se advierten a esta hora las conquistas sociales.
+No se toleraría, como al anochecer, que alguna mecanógrafa <span
+class="pagenum" id="Page_35">p. 35</span>inquieta y un cajero inmoral
+rompiesen ahora tan severa ordenación jerárquica penetrando en un
+<i>Hispano</i> a morder el «fruto prohibido».</p>
+
+<p>Nubes de obreros y burócratas cruzan en todos sentidos la calle.
+Han cesado de castañetear las ametralladoras de cifras de todas las
+marcas; todas las ventanillas acaban de guillotinar, uno tras otro, los
+momentos finales de la jornada.</p>
+
+<p>El Banco Agrícola vierte sus empleados en la acera, los desparrama
+a lo largo de los primeros soportales. Un obeso banquero atraviesa
+lentamente la calle, deteniéndose cada tres pasos entre las blasfemias
+contenidas de dos infelices subalternos condenados a marcar idéntico
+compás de marcha, tan salpicado de insoportables calderones.</p>
+
+<p>Se producen nudos, interferencias, cruces a veces dolorosos. Algún
+pie se alza indignado y aplastado por otro más aturdido, que desconoce
+el arte de andar. Se ve que el empleado municipal que yergue virilmente
+su batuta intenta armonizar las masas ambulantes; pero estos elementos
+<span class="pagenum" id="Page_36">p. 36</span>que han de ejecutar la
+hirviente sinfonía revelan un total desconocimiento de la partitura.
+Sobreviene un flujo y reflujo de espesas resonancias, que solo podrían
+desaparecer si se inculcase a las gentes de a pie cierta virtud que les
+falta de acomodación a un ritmo.</p>
+
+<p>—Hubo una época —martillea Juan Sánchez— en que llegué a olvidar
+mi nombre. Me complacía no ser más que «el joven que cruza la acera
+de seis a siete», «el que compra <i>La Crónica</i> en el quiosco
+de enfrente»... En una casa me conocían —yo soy comisionista— por
+«Hermanos Vallés. Cementos»; en otra, por «La Bola de Oro»; en otra,
+por «Martorell y Compañía»...</p>
+
+<p>Persiste entre las multitudes el tipo de guerrillero de la
+circulación, que, con grave peligro de sus huesos, se lanza
+heroicamente a ganar batallas de velocidad. Y la masa se complace
+en destacar esa suerte de individuos exteriormente indóciles.
+Exteriormente —piensa Arturo—, porque la docilidad en el hombre apunta
+en razón inversa de su excelencia personal. Por eso el sabio obedece
+como un niño a los signos del agente, mientras se obstina en rebelarse
+contra <span class="pagenum" id="Page_37">p. 37</span>un principio
+de Euclides. A un sabio podrá vestirlo cualquier sastre, pero solo le
+provee de ideas un genio...</p>
+
+<p>—Yo sabía —no cesa el zumbido de Juan Sánchez— que en todos los
+escalafones subían y bajaban algunas docenas de Juan Sánchez, y
+desprecié rotundamente mi firma. ¡Caro me costó! Porque esto me condujo
+a la evidencia de que en mí no se escondía un determinado individuo,
+sino un maniquí capaz de soportar una personalidad cualquiera, con
+preferencia una razón social.</p>
+
+<p>En cambio, un pobre diablo acata las ideas del más humilde
+teorizante de café, mientras opone su libre, la que él cree libre,
+personalidad a la blanca mano de un guardia. El orden exterior de la
+calle —y del mundo— no suelen conservarlo íntegramente sino el sabio y
+el discreto, sumisos al polizonte, aunque discutan a Platón.</p>
+
+<p>—Si mi nombre lo usaban algunas docenas de empleados en cada
+escalafón, mi cara, mis gestos, mi andar, toda mi anatomía rodaba al
+mismo tiempo por los vagos recuerdos de cada transeúnte...</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_38">p. 38</span></p>
+
+<p>Es preciso destruir esa leyenda del sabio distraído que se deja
+mutilar por un vehículo. Por un Curie habrá miles de necios aplastados.
+Los atolondrados son los otros. El distraído es un sujeto que
+ideológicamente —y en el sector sentimental— pertenece a la masa, es
+masa todo él, desde los conceptos políticos y taurinos hasta el dibujo
+de sus corbatas. Al sabio nada le preocupa, ni siquiera la advierte,
+esa porción de materia común que envuelve su rica lumbre personal;
+el hombre vulgar sí la advierte, porque en él es todo masa, y solo
+al amarla se ama a sí mismo. Por eso la defiende contra cualquier
+cinceladura ajena. Cree que en esa porción común radica todo él, y la
+pasea altivamente como se pasea un gabán estandarizado. Capaz es de
+entregar a todas horas su inteligencia al tópico, pero se resiste a
+someter sus pasos a la pauta municipal. La gran muchedumbre se nutre de
+pequeñas rebeldías, mientras al sabio y al discreto solo les estimulan
+las grandes.</p>
+
+<p>—Muchas veces me hurté a desconocidos que se acercaban a hablarme,
+tomándome por un amigo. Fui saludado por centenares de ciudadanos
+<span class="pagenum" id="Page_39">p. 39</span>miopes, a quienes
+nunca había visto. Padezco todos los peligros del hombre-tipo, sin las
+felices características del arquetipo. Mi característica es no tener
+acento, ese acento que añade a la estatura un codo, por quien las
+letras alzan la frente y se hacen reinas del vocablo.</p>
+
+<p>Ahora, tres Renault, dos carretillas de mano, una motocicleta
+y diecisiete Fords se detienen a contemplar el desfile de una
+institutriz, que arrastra a dos niños, y el de un botones. Hace dos
+siglos a este botones y a esa institutriz les hubieran propinado muchos
+puntapiés los lacayos de alguna favorita de turno. Conquista de los
+tiempos, a la que no corresponde la masa con un asiduo aprendizaje del
+arte de moverse en la vía pública sin producir nudos y elipsis. Admito
+—sigue pensando Arturo— que este público dinamismo atente contra la
+personalidad, que llegue acaso a destruirla, pero, en cambio, robustece
+la expresión colectiva. Puesto que hoy sea inexorable admitir el
+dominio de la masa, ¿por qué no trabajar por hacerla más bella?</p>
+
+<p>—Por eso inventé ese medio pintoresco de identificación. Soy el
+hombre que no tiene señas <span class="pagenum" id="Page_40">p.
+40</span>personales. Ya que no puedo ofrecer un rostro, ofreceré al
+menos una firma. De mi cara se tiraron millones de ejemplares, en
+ediciones económicas. Y de mis ideas. Y de mis ademanes. Yo no soy un
+individuo. Soy un universal ambulante. Es decir: ¡Nadie!</p>
+
+
+<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div>
+
+
+<p>De pronto, para Arturo, todo el paisaje ciudadano enfila sus
+ritmos en un solo sentido, en el de una mujer que avanza cortando
+gentilmente cada grupo en dos porciones. Como esa granalla de hierro
+disciplinadamente repartida en torno a la barra magnética, más cerca
+o más lejos de ella, según índices de docilidad y ligereza, así
+la burocrática muchedumbre se va situando, al paso de esta mujer,
+según una escala de sordas vehemencias harto tiempo adormecidas
+entre facturas y legajos, despiertas ahora, al aire libre, frente al
+ondulante panorama.</p>
+
+<p>Y el surco abierto tras ella lo van llenando algunos manoseados,
+cursis, desfallecidos piropos, <span class="pagenum" id="Page_41">p.
+41</span>como de gentes en ayunas, arriada la fantasía, cegados los
+grifos de la jovialidad.</p>
+
+<p>—Creo en la felicidad del anónimo —contesta por fin Arturo—. La
+tortura de la personalidad, ¿por qué sentirla tan obstinadamente?
+Quizá el individuo, en absoluto personal, no existe. Si persistimos en
+mantenerlo en un punto de nuestra vida, nos petrificamos. Si lo dejamos
+transformarse demasiado, nos tropezamos siempre con una legión de
+nosotros mismos que entorpece nuestro momento actual, que constituye un
+peligro para nuestra libertad de hoy.</p>
+
+<p>—Consuela oírle. ¿Usted escribe?</p>
+
+<p>—De ningún modo.</p>
+
+<p>—Lo hubiera jurado.</p>
+
+<p>—Soy profesor de filosofía, pero vi que es más divertido —y
+productivo, ¿sabe?— inspeccionar siniestros.</p>
+
+<p>—¿Cómo?</p>
+
+<p>—Formo parte de una Sociedad de seguros contra incendios. Actúo
+siempre en regiones devastadas. Después del último bombero.</p>
+
+<p>—¡Qué raro!</p>
+
+<p>—Conozco a los hombres al borde de una catástrofe. <span
+class="pagenum" id="Page_42">p. 42</span>Me interesan más sus violentas
+reacciones que sus actos normales. Aunque siempre son muy divertidos.
+Los hombres suelen ir almacenando pasado. Cuando les pesa mucho,
+quisieran abandonarlo, pero temen hacerlo porque lo creen ya materia
+propia; como sienten abandonar un diente maltrecho. Y aun comprendo que
+se tenga más cariño a un dedo propio que a toda la humanidad; lo que
+no comprendo es por qué se fija ese cariño en un montón de despojos
+acumulados.</p>
+
+<p>—Toda la vida del hombre es un esfuerzo desesperado por afirmar su
+existencia, por dejar surco de ella. Este es el pobre recurso de los
+artistas.</p>
+
+<p>—¡Bah! Los artistas son unos infelices locos que gastan
+aturdidamente su vida real en fabricarse una posible. El artista es
+una deliciosa aberración de la humanidad. Cree, sencillamente, en
+otra vida y suele sacrificarle esta como un iluminado anacoreta. Teme
+petrificarse, y no recuerda que su último pago —también posible— ha
+de ser una estatua de piedra, construida por algún camarada que,
+al crearla, afirmará que <span class="pagenum" id="Page_43">p.
+43</span>aquello es su obra más personal. Y el primer artista solo
+habrá logrado servir de escalafón para que suba el segundo más de
+prisa. Me he extraviado.</p>
+
+<p>—Siga, siga.</p>
+
+<p>—Creo que puede usted salvarse a fuerza de anécdotas. La acción
+reconstruye, zarandea, remueve, modifica. Ensaye a obrar activamente:
+le surgirán actos originales. Y con el acento, la expresión. Y con la
+expresión, la fisonomía. Métase en danza. Déjese ya del ser y del no
+ser. Eso está muy anticuado. Obre.</p>
+
+<p>—He ensayado sin éxito. ¿Usted cree...?</p>
+
+<p>—Firmemente.</p>
+
+<p>—Me anima usted mucho. Venga por mi casa. Ahí tiene mis señas. Le
+espero a cenar esta noche.</p>
+
+<p>—Iré.</p>
+
+
+<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div>
+
+
+<p>Desde el velador, oculto en la metafísica maraña de problemas
+que suscita el hombre firmado y rubricado, sigue avizorando Arturo
+la <span class="pagenum" id="Page_44">p. 44</span>menuda tempestad
+callejera provocada por el tránsito de Rebeca. La amante es ahora un
+termómetro donde poder medir los grados de febril irradiación, la
+pureza de contornos, la dinámica gallardía de cada hembra transeúnte;
+pero también los de procacidad de cada súbito admirador.</p>
+
+<p>Traza Rebeca en la plaza una firme diagonal, y se interna en los
+soportales a tiempo que advierte la presencia de Arturo. Y entonces
+todos sus ademanes se embozan en una nube de más refinada coquetería,
+como si de pronto quisiera oscurecer el rico botín de sus encantos,
+envolviéndolo, como en un delgado papel de seda carmín, de un pudor
+visible no solo en las mejillas y en las inquietas manos, sino en toda
+su juguetona fábrica.</p>
+
+<p>Y entonces, los soportales adquieren una preciosa calidad de
+claustro en que la amada transeúnte se va ofreciendo por grados, en
+progresión decreciente, resurgiendo bajo los arcos sucesivos que añaden
+a cada aparición un poco más de seductora lejanía.</p>
+
+<p>Y aunque el primer impulso de Arturo, al <span class="pagenum"
+id="Page_45">p. 45</span>ver surgir a Rebeca, es lanzarse tras ella a
+recoger en sus manos la brasa de aquellas, tan expertas en artes de
+acariciar, no se mueve del asiento; le contiene el riguroso veto según
+el cual ambos amantes deben confinar su deleite en un rígido programa
+del que están excluidos todos los azares.</p>
+
+<p>La aventura es desterrada de este amor. Los encuentros fortuitos no
+deben ser aprovechados, puesto que ya en el plan erótico se apuntan
+los precisos para, sin agotarlo, seguir paladeando el goce. (Arturo
+jamás quiso averiguar las causas de este veto, por no dar de bruces
+con alguna doméstica trivialidad, con la pobre anécdota conyugal,
+con algún romántico impulso incomprensible). Refrena su vehemencia,
+progresivamente dulcificada según avanza la serie de sucesivas Rebecas,
+cada vez más borrosas; y el placer de acercarse a ella, de sumergirse
+en su estela voluptuosa, es vencido por el de contemplar el cuadro
+favorito desde muchas distancias, y a distintas luces, multiplicando y
+refinando así su goce, consumado catador de vivas plasticidades.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_46">p. 46</span></p>
+
+<p>Ya al quinto arco, de la total estructura se han perdido deliciosos
+fragmentos. Al séptimo arco, aún se divisa el guiño picaresco de los
+ojos, el garabato rosa de la mano que traza en el aire una frase de
+adiós impronunciada.</p>
+
+<p>Por fin, de aquella vibrante sucesión de imágenes, solo queda el
+luminoso residuo de un pañuelo perdido poco a poco en la cromática red,
+hasta poder ser confundido con otro cualquiera, como en los andenes.
+Pero Arturo sigue paladeando algún tiempo el postrer sorbo, el más
+sabroso, de aquella copa emocional bebida en progresión aritmética
+descendente.</p>
+
+<p>Porque este tránsito de Rebeca a través de las pilastras que la
+ocultan y descubren rítmicamente, haciendo más deliciosa su aparición,
+hoy dos veces discreta, es una imagen acabada del otro gran tránsito
+de su belleza palpitante a lo largo de la vida de Arturo, iluminada a
+trechos por la blanca desnudez de su amante.</p>
+
+<p>Aquella hora resume toda una juventud, como aquellos soportales
+juegan el papel de días, días anodinos, opacos, en que Rebeca se
+oculta en su otra vida oscura, doméstica, acaso conyugal <span
+class="pagenum" id="Page_47">p. 47</span>alternados con la sucesión
+encantadora de los de verla en el refugio de una dulce intimidad: de
+uno de esos —como el de hoy— en que todas las horas giran locamente en
+torno a una, las siete de la tarde, pidiéndole un poco de su jocunda
+irradiación.</p>
+
+<p>—¡Las siete! ¡Las siete!</p>
+
+<p>Suenan las dos palabras en el oído de Arturo como el jovial tañido
+de una bocina de <i>Rolls</i> que desde lejos reclama virilmente paso
+libre al tropel de horas monótonas, pesadas, carretas crujientes,
+camiones grasientos, que cruzan lentamente la luminosa carretera del
+día. Una hora ardiente, brusca, impetuosa, que irrumpe en la tarde,
+atropellándolo todo con su cínica desenvoltura.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch3">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_49">p. 49</span></p>
+ <h2 class="nobreak g0" title="3. Amor disperso">
+ <span class="fs165">3</span><br>
+ Amor disperso</h2>
+</div>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_51">p. 51</span>La escalerita
+del placer suele ser sórdida, oscura, como suele ser reverberante,
+magnífica, la escalera del fastidio. La escalerita del placer es un
+breve tránsito entre la acera y unos brazos ardientes; la escalera del
+fastidio suele ser el preludio de una frívola comedia que principia en
+unas orondas libreas y termina en la falsa sonrisa de un caballero gran
+cruz.</p>
+
+<p>Arturo sube precipitadamente la escalerita del placer; angosto
+desfiladero entre los valles multitudinarios y la solitaria cañada
+donde una mujer le apaga con besos la última frase inútil arrastrada de
+la calle.</p>
+
+<p>De pronto, todas las palabras recobran su sentido esencial. O son
+meros balbuceos. Y todos los ademanes. El instinto, en suma vibración,
+los armoniza, los ordena en el más sencillo pentagrama. El idioma se
+reduce considerablemente: bastan algunas infantiles interjecciones.</p>
+
+<p>Y algún vocablo preñado de sentido histórico. He aquí uno:</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_52">p. 52</span></p>
+
+<p>¡Incendiaria!</p>
+
+<p>Es el requiebro favorito de Arturo, hallado en cierta excursión
+profesional, extraído del bloque de textos conminatorios que nutrían
+su léxico en las horas de faena, como se suele extraer un gramo de
+<i>radium</i> de entre algunos quintales de mineral.</p>
+
+<p>Al principio se le ofreció en forma de insulto. Pero un insulto se
+convierte fácilmente en un piropo: basta con una dulce inflexión de
+voz. Arturo era ya entonces inspector de <i>El Cisne</i>, Sociedad de
+seguros, y se hallaba investigando en el subsuelo ético del propietario
+de <i>La Rosa Blanca</i>, almacén de tejidos, las verdaderas causas del
+sospechoso incendio que había reducido a pavesas el establecimiento.</p>
+
+<p>Arturo realizaba una función intermedia entre el confesor y el
+buzo. ¡Dura tarea la de extraer de una conciencia tan turbia este
+grave pecado de inmoralidad mercantil! El incendio se había producido
+en un sótano donde fueron halladas, aún humeantes, algunas piezas de
+percal muy pasado de moda. Arturo había bajado al sótano a solas con
+el propietario de <i>La Rosa <span class="pagenum" id="Page_53">p.
+53</span>Blanca</i>, cierta sinuosa viuda de treinta años que asistía
+en silencio a la enojosa exploración. Arturo acumulaba artículos del
+Código, argucias tomadas del pliego de instrucciones para inspectores
+de seguros, invitaba a la viuda a llegar a un acuerdo...</p>
+
+<p>En la escaramuza brotó la palabra definitiva:</p>
+
+<p>—¡Incendiaria!</p>
+
+<p>Al apóstrofe le faltó su punto preciso de severidad, y quedó en el
+mismo instante convertido en una apasionada declaración de servidumbre.
+Allí perdió <i>El Cisne</i> gran parte de su prestigio: todo por el
+matiz poco claro de un insulto.</p>
+
+<p>Más tarde, frente al tablero de libros de 2,50 pesetas, Arturo
+ensayó su requiebro en una desconocida...</p>
+
+<p>Su reiteración a flor de oído provocó en ella un atisbo de llama.
+Arturo acudía a la feria a adquirir unas tablas de logaritmos,
+difíciles de encontrar entre aquellos volúmenes «pasionales» de la
+Biblioteca Antorcha que hojeaba una encantadora desconocida.</p>
+
+<p>Ante los ojos de ambos se extendía el mapa <span class="pagenum"
+id="Page_54">p. 54</span>sentimental del orbe entero, porque la
+Biblioteca Antorcha acoge en sus volúmenes a todos los enamorados del
+mundo, siempre que no reclamen derechos de reproducción. El momento
+era solemne. Sobre ellos tendían sus redes los poetas cordiales, los
+novelistas del sexo, los filósofos de la rebeldía.</p>
+
+<p>Arturo comenzó también a remover volúmenes, a contemplar
+escrupulosamente los dibujos, la tipografía de las cubiertas, el año
+de la edición. Comprendió que su viaje a la feria de libros exigía
+entonces una explicación de índole emotiva, no algorítmica, y, en
+lugar de las tablas de logaritmos, adquirió un ejemplar de <i>Tristán
+e Isolda</i>. Entretanto Rebeca discutía el precio de un tomo de Jorge
+Sand, y pronto se hallaron los dos, frente a frente, blandiendo sendos
+libros de frenético amor.</p>
+
+<p>Arturo recorre precipitadamente la historia, frente a este
+capítulo que diariamente amenaza ser el último. Una pasión cercana
+al desmoronamiento, que se asoma al río del tiempo, sin audacia
+para acabar de sumergirse. Un amor que <span class="pagenum"
+id="Page_55">p. 55</span>cada tarde necesita de una fuerte dosis de
+deleite para seguir viviendo.</p>
+
+<p>Y de un gran derroche de cautelas. El balcón entornado da una luz
+tan rezumada que el color nunca podrá hacer fracasar los perfiles
+desnudos de Rebeca. Es tan silenciosa la alcoba, que el ruidillo más
+tenue rozaría los nervios como un alfiler.</p>
+
+<p>Ahora Rebeca divaga por la salita en contacto con ese mundo de
+sensaciones inéditas, que todos podríamos hacer nuestro si nos
+decidiéramos a llevar los pies descalzos, el cuerpo entero desnudo.</p>
+
+<p>Hay entre la piel y las cosas demasiados aisladores, muchas
+sustancias hostiles que desvían la pura sensación, que mixtifican el
+deleite de tantas amorosas presiones. Apenas logra besarnos, desnuda,
+la rica epidermis del mundo.</p>
+
+<p>La sensación se tuerce, se borra. Rodean el cuerpo muros de algodón,
+de cuero, de seda, de lana; atrincheran el campo táctil fosos de
+sombra, empalizadas de tupida materia vegetal, residuos animales,
+minerales. De casi todas las cosas le queda virgen al hombre la
+epidermis.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_56">p. 56</span></p>
+
+<p>Ocurre hundirse en la entraña de un objeto sin haber paseado los
+ojos y las manos, voluptuosamente, por regiones inexploradas de la
+piel. Se contenta con ver pasar por ella las efímeras caravanas del
+color, tan enemigo del dibujo, del firme relieve. Solo ve en ella lo
+que apenas existe, dejando lo duradero, su pura extensión, su frágil
+materia encajada en los compartimientos del aire.</p>
+
+<p>Apenas vislumbra sus deleites, sus amores, cuyo idioma universal
+posee dialectos encantadores que se llaman porosidad, elasticidad,
+blandura... tan salpicados de sugestiones eléctricas, magnéticas,
+luminosas, vibrátiles. Apenas conoce sus odios, cuyo dialecto más
+plebeyo es la viscosidad, y el más noble el que depura cada frase con
+un cincel geométrico, con frialdad de aristas que deliciosamente hacen
+sangrar: la dureza.</p>
+
+<p>Apenas sabe que hay cuerpos blandos y duros, fríos y calientes...
+Pero esto es como saber que hay hombres buenos y hombres malos; es
+decir, no saber nada de los hombres.</p>
+
+<p>—¿No vienes?</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_57">p. 57</span></p>
+
+<p>—Se me ha extraviado un pendiente.</p>
+
+<p>—¡Déjalo!</p>
+
+<p>¿Por qué hablarán los poetas de nieve y de alabastro al describir la
+desnudez de una mujer? Lo blanco no es nada. O es el refugio de todos
+los que fracasan ante los demás colores. Detrás de una pretensión de
+pureza hay siempre una larga fila de impotencias.</p>
+
+<p>Lo blanco solo existe junto al negro, que también es nada. Pero dos
+valores negativos producen un valor positivo: el claroscuro. Rebeca es
+ahora un prodigio de claroscuro.</p>
+
+<p>Curvada, junto a una silla, construye el arco del placer. Su cuerpo
+es una rama en tensión de la que cuelgan los dos menudos conos, tan
+sabrosos.</p>
+
+<p>¿Por qué la forma cónica es en los senos más dulce de gustar que
+la hemisférica? Misteriosa geometría del placer. También el profundo
+misticismo medieval destruye la redondez de los arcos, e inventa el
+suyo, terminado en punta. Con una rosa de oro por dentro.</p>
+
+<p>En los menudos arcos de esta encantadora fábrica el rosetoncillo va
+por fuera.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_58">p. 58</span></p>
+
+<p>—¡Aquí está!</p>
+
+<p>Tiembla toda la rama al erguirse. La recorre una onda fría. Corre a
+esconderse entre los brazos de Arturo.</p>
+
+
+<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div>
+
+
+<p>Van naufragando las ideas, ausente la última tabla —la distancia
+entre dos cuerpos ya anulada—. Rebeca ahuyenta la última abstracción,
+con el último resto de su traje. Por no sentir el rubor de contemplar
+su hermosura, se lleva las manos a los ojos: deliciosa manera de ser
+casta. Una cabeza velada, sobre un cuerpo totalmente desnudo.</p>
+
+<p>Pero al fin quedan libres los ojos, cuando ya solo pueden ver los
+ojos extraviados de Arturo.</p>
+
+<p>El idioma ha perdido definitivamente su estructura. Solo algunas
+palabras, vacías de sentido, quedan flotando en la plena inundación.</p>
+
+<p>—¡Alfredo!</p>
+
+<p>Ha llegado para Arturo el feliz momento de perder su personalidad.
+Placer soberano de ser un hombre u otro, de ver hundirse el individuo
+<span class="pagenum" id="Page_59">p. 59</span>en un golfo de
+vibraciones tumultuosas. Rebeca le borra todo rasgo personal, y se
+contenta con vagos caracteres específicos, apenas clasificables en
+sociedad, a los que puede ser aplicado un nombre cualquiera.</p>
+
+<p>Arturo se siente resbalar por la deliciosa pendiente que le empuja
+a ser un ente colectivo, un número de masa, un Nadie que desmenuza
+lentamente su gozosa postura de hombre sin ramificaciones sociales, sin
+tentáculos domésticos, sin opiniones, sin prejuicios, sin pasado y sin
+futuro, con un fugaz y encantador presente.</p>
+
+<p>Arturo es un sibarita del anónimo. Le deleita el amor vario,
+generoso. A cada nombre que ahora evocase ardientemente Rebeca,
+sentiría nacer en sí individuos nuevos, posibles vidas originales,
+que se van perdiendo, lamentablemente, por el mezquino y monótono
+placer de continuar siendo uno y el mismo. Análoga sensación de dulce
+desdoblamiento sentía junto a uno de esos filósofos en tan alta cumbre
+instalados que solo perciben de los demás mortales algo así como una
+bruma espiritual, producida por los diversos meteoros de una misma capa
+atmosférica, <span class="pagenum" id="Page_60">p. 60</span>sujeta
+a parecidas oscilaciones, por la estación, por el clima, por las
+corrientes emocionales de una edad, a veces de una fecha.</p>
+
+<p>Si Rebeca, en aquel instante cimero de la economía animal, solo
+veía en Arturo cierta nebulosa de materia cósmica universal, el
+filósofo solo advierte un hálito de espiritualidad común a una masa de
+individuos de parecida fisonomía, de algunos caracteres semejantes. De
+modo que el Arturo verdadero quedaba, en uno y otro caso, intacto; el
+Arturo individual y único, quedaba sin aprisionar en los moldes de la
+sensación y del concepto.</p>
+
+<p>Si en esta trepidante coyuntura en que se dejaba definir por Rebeca,
+se sentía trocado apenas en la materialización genérica de «un mozo
+vehemente», capaz de soportar todos los nombres del santoral, en el
+caso del filósofo quedaba convertido en «el joven contemporáneo», en
+una pura abstracción innominada, lejana, como la otra de definir el
+total y verdadero Arturo.</p>
+
+<p>Al fin él recobra su nombre, y ella —ante el espejo— recobra
+también su rostro perdido en la refriega. Arturo piensa en maniobras
+trascendentales, <span class="pagenum" id="Page_61">p. 61</span>en
+ágiles tránsitos del individuo a la especie, o de la masa al
+número, por escamoteos de conciencia, por anulaciones nirvánicas,
+por resurrecciones y reencarnaciones a placer, por incubaciones
+artificiales en medios distintos, por adaptaciones audaces a climas
+inéditos.</p>
+
+<p>Arturo, vacío de su propia sensualidad, en el clarividente estado
+del hombre que se ha dejado arrebatar su parte de elementos cósmicos,
+libre y ágil, en ese estado de deleite mental —el supremo— que sigue a
+toda amputación de un sobrante de materia, sueña con una maravillosa
+multiplicación del espíritu, con un espíritu excelso, libre, de
+infinitas acomodaciones a todos los estados, capaz de gozar de las
+delicias de todo el orbe.</p>
+
+<p>Porque hace tiempo que a Arturo no le divierte ya contemplar su
+propio paisaje anímico, tan idéntico a sí mismo; querría tener a mano,
+como una lente nueva, unos ojos bien limpios, de recambio.</p>
+
+<p>Y solo puede lograr —efímeramente—, gracias a la encantadora
+capacidad de olvido de su amante, cambiar alguna vez de nombre.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_62">p. 62</span></p>
+
+<p>El idioma recobra su normal fisonomía. Aunque solo se utiliza ya
+para fines utilitarios.</p>
+
+<p>—Hoy llevo prisa, Arturo. Tengo invitados a comer.</p>
+
+<p>—Bien.</p>
+
+<p>Rebeca sale precipitadamente. Desde el balcón —corridos los
+visillos—, Arturo la ve tomar un coche. No oye la dirección:</p>
+
+<p>—Lanuza, 87.</p>
+
+<p>El día se ha consumido. Cesa el último chisporroteo con el
+postrer bocinazo del coche. Quedan unas cenizas que Arturo contempla
+resignado.</p>
+
+<p>Sale.</p>
+
+<p>La escalerita del placer suele ser angosta, como es ancha la
+escalera del fastidio. Arturo vuelve a recorrer la primera, ahora muy
+lento. En la calle, llama a un chófer:</p>
+
+<p>—Lanuza, 87.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch4">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_63">p. 63</span></p>
+ <h2 class="nobreak g0" title="4. Punto muerto y evasión">
+ <span class="fs165">4</span><br>
+ Punto muerto y evasión</h2>
+</div>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_65">p. 65</span>Los cuatro ángulos
+del comedor son perfectamente normales: en cada uno reposa la vista
+como en una vieja butaca familiar.</p>
+
+<p>Hay amigos así silenciosos, ubicuos —de puro impersonales—, que nos
+brindan su grata acogida, con el mismo ademán, en todos los lugares del
+mundo: las almohadillas del tren, por ejemplo. No se duelen de ningún
+abandono, nos salen al paso en cada nueva coyuntura, respondiendo
+siempre, fieles a sí mismas, a todas nuestras exigencias de reposo.</p>
+
+<p>Desde los dos ángulos fronteros a la puerta, saludan a Arturo
+las mismas palmeras, iguales maceteros, que siempre vio en docenas
+de comedores idénticos; el mismo filtro a la izquierda —porque el
+agua de Augusta exige todos los días una higiénica depuración— y el
+mismo trinchante a la derecha. Un comedor tan dócil a la pauta común,
+que Arturo cree haber cenado allí todas las noches. Es la pieza que
+se repite en los cromos de novela donde se exalta el amor a la paz
+conyugal.</p>
+
+<p>En las paredes se ven los mismos cuadros: la <span class="pagenum"
+id="Page_66">p. 66</span>merienda campestre, Ifigenia mirando al mar,
+el crepúsculo rojo, los corderitos de Millet... Y una lozana joven
+saliendo del baño.</p>
+
+<p>No podía sospechar Arturo la presencia de aquel intruso elemento
+decorativo en el ordenado mosaico del hogar. Es un elemento que hace
+desafinar la pacata orquestación del comedor, como una bacante perdida
+en el claustro de las Huelgas.</p>
+
+<p>Pero, desde la ventanilla del Banco Agrícola, solo sorpresas podían
+esperarse de Juan Sánchez. El lienzo es una interrogante que deja
+perplejo a Arturo.</p>
+
+<p>—¿Qué le parece?</p>
+
+<p>Juan Sánchez lo pregunta con un leve estremecimiento de inquietud.
+Ve a Arturo contemplar a la bañista y espía su gesto más oscuro.</p>
+
+<p>—Bien.</p>
+
+<p>La joven se lleva las manos a la cara, ocultándola por completo, con
+el mismo gesto púdico con que se ofrecería en espectáculo a un millar
+de espectadores. El pintor no tuvo en cuenta la absoluta soledad de la
+bañista, sino la trascendencia doméstica de la representación.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_67">p. 67</span></p>
+
+<p>—Es algo atrevido, ¿no?</p>
+
+<p>A Arturo le parece tan edificante como los apiñados corderitos de
+Millet, a pesar de la trémula desnudez de la doncella. De sobra se
+advierte que el dulce rubor de aquella solitaria carne juvenil, solo
+puede ser provocado por una acendrada fe en la presencia de Dios.</p>
+
+<p>—Es una «nota de color» un poco audaz.</p>
+
+<p>Arturo ve entonces una firma bajo el rosado pie que se apoya en la
+esterilla. Es la firma no reconocida en el Banco Agrícola: una firma
+que, para revelarse, necesita ser tenazmente señalada por el índice del
+poseedor.</p>
+
+<p>El cuadro podría ser obra de una Sociedad Anónima de Artes
+Plásticas, pero es del mismo Juan Sánchez: pertenece al mismo estilo
+común que el comedor.</p>
+
+<p>Arturo busca una frase que sirva de antifaz a su criterio. No la
+encuentra y apela al balbuceo:</p>
+
+<p>—Interesante.</p>
+
+<p>—¿Sí?</p>
+
+<p>Arturo, para olvidar aquel fracaso de puros elementos pictóricos,
+aniquilados bajo la mano <span class="pagenum" id="Page_68">p.
+68</span>impersonal de Sánchez, hundidos en la fosa común del módulo
+académico, comienza a recorrer el cuadro, hacia arriba, en busca de
+otros deliciosos territorios, si ajenos al arte, de lleno, en cambio,
+en la curiosa y pintoresca región de las anécdotas.</p>
+
+<p>De la firma salta a los pies; de los pies, a los tobillos; desde
+los tobillos emprende una lenta ascensión, maravillándose, de pronto,
+de estar recorriendo un terreno conocido. Ya lo debió advertir ante el
+gesto de la bañista de llevarse las manos a los ojos, idéntico al de
+Rebeca.</p>
+
+<p>El vientre algo combado, los senos cónicos, los hombros suavemente
+caídos. Es la mujer gótica, reconstruida en un taller actual, terminada
+por un rostro sin otra seducción que su belleza. La fisonomía la tiene
+desigualmente repartida por todo el cuerpo. Apenas le ha llegado a la
+cara. Se cubre con las manos la parte menos delatora de su cuerpo.</p>
+
+<p>Que acaba de ser impersonal en el pelo. Ejemplar de un modelo
+corriente, sin un guiño, sin un acento. Toda la cabeza es un común
+denominador del resto del voluptuoso organismo.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_69">p. 69</span></p>
+
+<p>Arturo junta sus reservas de discreción. Oye los pasos del drama. Se
+agazapa. Medita. La mujer del cuadro es la misma que poco antes, entre
+un balcón entreabierto y un solo espectador —Arturo— ha bosquejado
+aquel gesto de cautela.</p>
+
+<p>De cautela, porque ahora se advierte que con él solo se ha intentado
+conservar el anónimo, no el pudor. Y con la diferencia de que en el
+cuadro una luz cruda cayó vorazmente sobre las formas desnudas como una
+esponja implacable que sorbiese relieves y borrase contornos.</p>
+
+<p>Comienza a desarrollarse ante los ojos asombrados de Arturo la
+crónica galante de Rebeca; pero Juan Sánchez da un tijeretazo al
+celuloide.</p>
+
+<p>—Debí quemar el cuadro. Ya sé que es de unas pretensiones
+deplorables...</p>
+
+<p>—¡No, no!</p>
+
+<p>—Lo pinté hace tiempo, cuando creí que llegaría a ser pintor. Luego
+escribí música. Al principio, como todos, escribí sonetos... Los
+sonetos, sí los quemé, y la música; pero esto le gusta a mi mujer.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_70">p. 70</span></p>
+
+<p>—Lástima de versos.</p>
+
+<p>Arturo acentúa su pena por la desaparición de los versos, para así
+embozar la que sufre por la conservación del cuadro. El momento es
+enmarañado, porque el idioma no tiene recursos para expresar la emoción
+que se siente ante quien, siendo apenas una firma con su rúbrica, ha
+recorrido tantos modos de expresión sin acertar con ninguno. Todas las
+artes le prestan, una tras otra, esos preciosos instrumentos por los
+que puede revelarse el espíritu, sin que Juan Sánchez logre otra cosa
+que manosearlos, arrinconándolos luego en un zaquizamí de ilusiones
+mutiladas.</p>
+
+<p>Juan Sánchez se fue asomando a todas las troneras, desde las cuales
+es posible suscitar la atención del mundo, y el mundo sigue su camino,
+indiferente, sin querer descifrar la firma y rúbrica de Sánchez. Y los
+que podrían ser risueños trofeos no son sino irónicos testigos de una
+franca derrota.</p>
+
+<p>El trance es duro, pero se salva con otro más duro. Rebeca,
+seguida de un mozo robusto, impertinente, <span class="pagenum"
+id="Page_71">p. 71</span>asoma por el pasillo. En el umbral del
+comedor, Sánchez presenta a los dos:</p>
+
+<p>—Matilde, mi mujer. Alfredo, mi primo.</p>
+
+<p>Rebeca masculla azoradísima unas palabras inútiles. Alfredo sonríe
+ceremoniosamente. Del conflicto dramático —porque estamos en presencia
+de un profundo conflicto dramático— a Arturo solo le preocupa, en
+primer término, para no precipitar el desenlace, recordar bien el
+verdadero nombre de Rebeca.</p>
+
+<p>Pregunta, medroso, a Juan Sánchez:</p>
+
+<p>—Dijo usted...</p>
+
+<p>—Matilde.</p>
+
+<p>—¡Ah, sí! Matilde.</p>
+
+<p>Respira como si hubiese realizado con éxito una brillante
+investigación filológica. Sería peligroso mezclar aturdidamente en el
+diálogo el falso nombre de Rebeca, que es, sin duda, un bello nombre de
+batalla.</p>
+
+<p>Acaso Matilde reparte su belleza bajo el manto pudoroso de un
+grupo de nombres bíblicos, con una generosidad que disculpa todo
+desordenado amor al incógnito. De la misma manera que las caritativas
+damas esconden la hermosura de <span class="pagenum" id="Page_72">p.
+72</span>su gesto bajo el doble negro manto de la noche y del anónimo,
+para repartir entre los menesterosos vergonzantes dinero y fe: amor, al
+fin, aunque de calidad muy diferente.</p>
+
+<p>Porque el verdadero amor —como todas sus numerosas falsificaciones—
+gustó siempre de esconderse para repartir sus dones, con el fin de que
+—como acontece en el lamentable retrato de Matilde— una luz desaforada
+no descubra algún torcido perfil, alguna deforme exuberancia. Y esta
+anónima pluralidad de Matilde, este afán de difundir su personalidad,
+de repartirla generosamente, pudo sorprenderla Arturo en esos momentos
+de léxico borroso en que las palabras más pulidas ceden su puesto a
+cualquier turbia interjección. Tampoco Matilde, en el período cósmico
+de su ternura, recuerda bien el nombre de sus colaboradores.</p>
+
+<p>¿Y Alfredo?</p>
+
+<p>Parece el personaje más nebuloso de este drama. Es cierta masa
+vegetal, coronada por un gesto socarrón. De su adolescencia,
+transcurrida entre sacos de legumbres, ha brotado una espesa juventud,
+de radio corto, vivida entre facturas, <span class="pagenum"
+id="Page_73">p. 73</span>plazas de toros, mesas de café, vagones de
+ferrocarril y lechos de placer. Su vida es una teoría de sucesos
+extraídos del anecdotario común. Sus ambiciones son dos: las buenas
+comisiones y las mujeres suculentas. Aunque, en trance de elegir,
+prefiere el tanto por ciento.</p>
+
+<p>El tanto por ciento es su único amor. Matilde es, por ahora,
+su único deseo. Los negocios decadentes de Juan Sánchez exigen la
+manipulación de Alfredo. La voracidad erótica de Matilde también
+recaba el concurso impersonal del negociante. No es el amigo, no es el
+camarada ni el amante. Es el cómplice. Un cómplice a quien es preciso
+ceder mesa y lecho, para robustecer su complicidad.</p>
+
+<p>—Con un puntal así —piensa Arturo— persistirá durante mucho tiempo
+esta estructura doméstica donde yo soy un miembro esporádico.</p>
+
+<p>Y sigue, relumbre a relumbre, repasando las insolentes piedras
+repartidas por los dedos, por la cadena del reloj, por la corbata de
+Alfredo. Toda su personalidad la ha reducido a toscos productos de
+joyería. La ostenta, fanfarrón, en desafío.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_74">p. 74</span></p>
+
+<p>Son la vanguardia deslumbrante de una opaca fisonomía. El mismo
+guiño truhan de sus ojos apenas es una chispa desdeñable entre tanta
+ceniza.</p>
+
+
+<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div>
+
+
+<p>Se sitúan los cuatro comensales a los extremos de una cruz. Arturo
+queda frente a Matilde y Alfredo frente a Juan Sánchez. Las cuatro
+miradas y los cuatro silencios se cruzan perpendicularmente en un
+punto: en un punto gris, como el formado por cuatro rayos de color
+diferente.</p>
+
+<p>Punto muerto. En vano se intenta reavivarlo con algunas palabras
+insustanciales, ajenas al nudo dramático. El punto crece, se ensancha,
+amenaza anegar a los cuatro. Lo componen los residuos espirituales más
+vergonzosos de cada comensal. Es a saber:</p>
+
+<p>El cinismo de Matilde, que, al mismo borde del despeñadero, ha
+recobrado su desenvoltura.</p>
+
+<p>La timidez de Arturo, incapaz de abandonar aquel curioso cepo
+doméstico.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_75">p. 75</span></p>
+
+<p>La socarronería de Alfredo, que calcula íntimamente las fuerzas
+irrisorias del evidente enemigo nuevo.</p>
+
+<p>Y la flaqueza mental de Sánchez.</p>
+
+<p>Cada uno se instala dentro de su cabaña tejida de tupidas
+hojarascas; apaga todas las luces de su espíritu, se hunde en una bruma
+común, desliza frases opacas, mates.</p>
+
+<p>Un halo plomizo enturbia las frentes. De sus pensamientos escogen
+el más vulgar, el de tipo más conocido, el más lejano de su inquietud;
+de sus ademanes, el más blando, el menos auténtico, el más fácil de
+olvidar. Va inundando el comedor una nube cenicienta, nutrida por
+espesas oleadas, alimentada por los cuadros, por las palmeras, por
+el filtro, por el trinchante, por los comensales, por todo lo allí
+agrupado, inerte o vivo.</p>
+
+<p>Ensaya Arturo esfuerzos sobrehumanos para avizorar en la niebla.
+Le empuja una invencible curiosidad de conocer en cada espíritu sus
+relieves y fronteras. De aquellos tres paisajes interiores solo conoce
+un vaho soñoliento, y él <span class="pagenum" id="Page_76">p.
+76</span>sabe que entre la nube algodonosa y la médula del terruño hay
+siempre declives imprevistos.</p>
+
+<p>Le desespera no hallar en los ojos de Matilde ningún hito de avance.
+Matilde cerró herméticamente el cofrecito de sus verdaderas miradas
+y distribuye, en lotes iguales, entre los tres, unas sonrisas y unos
+mohines apócrifos.</p>
+
+<p>Y esta misma ausencia de elementos concretos le empuja a mirar a sus
+compañeros de mesa como elementos abstractos de un drama latente, de un
+juego cuyas cartas nadie se atreve a arrojar sobre la mesa.</p>
+
+<p>Arturo —que por complacer a la fracasada Rebeca, está leyendo estos
+días un lote copioso de novelas del siglo <span class="asc">XIX</span>—
+define en esta vaga fórmula la extraña situación íntima del grupo:</p>
+
+<p>—Sobre nosotros se cierne la tragedia.</p>
+
+<p>Arturo siente volar sobre las cuatro cabezas, el gran pajarraco
+negro. Calcula el ímpetu de los cruentos picotazos...</p>
+
+<p>A juzgar por el número de los personajes, la tragedia se ofrece algo
+disminuida; una ligera meditación acerca del número cuatro comienza a
+tranquilizarle sobre el posible final, como el <span class="pagenum"
+id="Page_77">p. 77</span>examen de las sustancias combinadas en la
+probeta hace posible precisar las consecuencias del cuerpo explosivo
+resultante.</p>
+
+<p>Del número uno al tres, las posibilidades de tragedia crecen
+rápidamente. Un solo personaje apenas puede plantearse sino problemas
+metafísicos: ser, conocer, existir. Es el monólogo, con toda su total
+ausencia de choques vitales. Hamlet dando paseos por dentro de sí
+mismo, persiguiendo fantasmas.</p>
+
+<p>Para que surja el conflicto dramático real es preciso contar al
+menos con dos seres que se atraigan o repelan, que se entable el
+diálogo, y surjan conflictos que serán fáciles de resolver porque se
+limitarán a desacuerdos temperamentales, a transitorias ansias de
+libertad, si se trata de disturbios domésticos.</p>
+
+<p>La tragedia reviste su verdadero carácter al llegar al número tres,
+en que un tercero rompe el equilibrio definitivamente. El grupo social
+puede admitir al tercero como elemento de armonía, como el «mediador»,
+pero en el grupo dramático el tercero es siempre un disociador, la
+dinamita <span class="pagenum" id="Page_78">p. 78</span>que hace
+estallar los bloques más recios.</p>
+
+<p>El número tres es fatal en la tragedia bien planteada, que ya solo
+podrá disminuir, desvanecerse, con la expulsión de un término.</p>
+
+<p>Pero la tragedia comienza asimismo a reducirse de tamaño, al crecer
+el número de actores esenciales. Cuatro principian a ser excesivos.
+Comienza a intervenir el elemento irónico. Tres mantienen la escena,
+y uno contempla: y todo el que verdaderamente contempla, termina por
+desgajarse de lo contemplado.</p>
+
+<p>En cinco, se relajan ya tanto las cuerdas patéticas, que solo falta
+un leve empuje para penetrar de rondón en los dominios de la comedia de
+enredo. Seis o siete personajes ya solo pueden producir un coro; pocas
+veces consiguen encontrar su autor.</p>
+
+<p>Ahora, en esta mesa, Arturo señala mentalmente los papeles.</p>
+
+<p>El marido.</p>
+
+<p>La mujer.</p>
+
+<p>Amante primero.</p>
+
+<p>Amante segundo.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_79">p. 79</span></p>
+
+<p>El amante primero es Alfredo. Lo delatan sus recios músculos de
+atleta, capaces de adjudicarle el campeonato en todos los concursos de
+fisiología galante. Arturo no vacila en asignarse el cuarto papel, se
+reduce a la baja condición de amante subalterno.</p>
+
+<p>Y de contemplador que ya va pensando en desgajarse del grupo.</p>
+
+<p>En esta partida doméstica, como en las de tantos juegos de azar, se
+llamó a un cuarto jugador para que así pudiera continuar el juego: a
+ese cuarto que frecuentemente pierde, porque, reclutado a la ventura,
+no conoce las tretas del resto del grupo. Arturo se siente allí como el
+verso-ripio en una cuarteta pasional.</p>
+
+<p>Será preciso eliminarse, cautamente, aun a trueque de agudizar
+el drama. Tres meses de ternura amorosa comienzan a agotar sus
+posibilidades de tragedia. Como otras veces, renuncia al goce que acaba
+de disfrutar. Todos sus propósitos podrían medirse por su distancia al
+deleite.</p>
+
+<p>Fatigada, en declive, su carne obedece, sumisa, al imperativo del
+espíritu.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_80">p. 80</span></p>
+
+<p>La tragedia, cansada ya de cernerse sobre las cuatro cabezas, se
+aburre y se va, dejando abiertas las ventanas al tedio. Matilde se
+lleva las manos a los ojos: es su gesto favorito, que ahora lo utiliza
+para simular una jaqueca.</p>
+
+<p>Sale y se enrollan todos los bastidores de la escena. Ni un gesto,
+ni una sonrisa. Al estrechar las manos deja en cada oído una fecha.</p>
+
+<p>Lejos de Matilde se sienten los tres más cercanos. El recuerdo de
+Matilde es mejor aglutinante que su real presencia.</p>
+
+<p>Alguien propone una excursión nocturna. Se sentirán más apiñados
+en una mesa de café. Silenciosamente van penetrando en la calle,
+desembocan en una plazoleta oscura. Alfredo ordena:</p>
+
+<p>—A La Perla.</p>
+
+<p>Es el caudillo. Uno a uno van entrando en el zaguán.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch5">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_81">p. 81</span></p>
+ <h2 class="nobreak g0" title="5. Noche de placer">
+ <span class="fs165">5</span><br>
+ Noche de placer</h2>
+</div>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_83">p. 83</span>Dentro del cabaret,
+los modos de fascinar están ya tan gastados que algunas muchachas
+inteligentes pretenden ir cambiando todo el repertorio. En vez del
+pícaro juego de las miradas utilizan la preciosa geometría de las
+piernas.</p>
+
+<p>A la insolencia ha sucedido el ingenio. Son modales que la sociedad
+ensaya allí —como en una granja agrícola se ensaya una familia
+importada de membrillos—, para trasplantarlos luego a los salones.</p>
+
+<p>Una tanguista arrebata a Alfredo, y Juan Sánchez intenta continuar
+sus confesiones. Arturo ensaya una piel especial de oidor de
+confidencias por la que resbalen sin dejar huella, como el mercurio.
+Atiende, resignado.</p>
+
+<p>Se necesita una sabia flexibilidad para ir acomodándose a las
+ondulaciones emocionales del confidente, a su intensidad, tono y
+timbre. El oidor de confidencias debe buscar un rodrigón, un punto de
+apoyo para no flaquear en la larga cuerda floja. Y Arturo encuentra
+felizmente ese punto en una media de seda que comienza a disgregarse
+<span class="pagenum" id="Page_84">p. 84</span>en el opulento arranque
+de una curva: punto de patetismo superior al de muchas falsas escenas
+de caballeros con la mano en el pecho.</p>
+
+<p>Arturo contempla, emocionado, aquella pierna profesional, mientras
+Juan Sánchez persiste en su sombría locura:</p>
+
+<p>—Ser o no ser. Hallarse a merced de un registro civil, de una cédula
+falsificada, de un pasaporte. Esperar a que alguien nos diga qué
+somos...</p>
+
+<p>Las piernas inician un delicioso vaivén para escamotear el punto
+suelto. Se quiebra la armonía de la mujer sentada, que todo lo fio a la
+parte inferior, tan esquemática.</p>
+
+<p>Un movimiento torpe produce otro más torpe. Si estudiamos la torpeza
+en sus dos aspectos sinónimos, dinámico y voluptuoso, veríamos que un
+caso de torpeza rítmica destruye totalmente la sensual. Nada suscitan
+unas piernas en franco desnivel armonioso.</p>
+
+<p>—Porque nuestro ser es tan frágil que el más leve control lo
+desvanece...</p>
+
+<p>Un punto es todo y es nada. El geómetra no <span class="pagenum"
+id="Page_85">p. 85</span>puede atraparlo, y se lo inventa en el cruce
+de dos caminos. Es un átomo de la línea, es la larva de un poliedro.
+Sin gozar de ninguna dimensión puede engendrar las tres.</p>
+
+<p>Este punto que examina Arturo esta describiendo una línea recta. Se
+agranda, se ensancha, anula la distancia de su mesa a la de Arturo;
+unas manos se posan en los hombros de Juan Sánchez, le tapan los ojos,
+le vuelven la cabeza, le zarandean, le golpean...</p>
+
+<p>—Pero, ¿no me conoces, Juanito?</p>
+
+<p>Juan Sánchez abre los ojos, atónito; quiere recordar. La muchacha
+ríe, alborozada.</p>
+
+<p>—¡Pero este Juanito!</p>
+
+<p>—No recuerdo.</p>
+
+<p>—¡Si eres inconfundible! Tu cara no se olvida nunca. ¿Convidas?
+¿Vienes?</p>
+
+<p>Juan Sánchez, estremecido, renaciente, se deja arrastrar
+(¡Inconfundible! ¡Inconfundible!), mientras Arturo recorre el cabaret
+con los ojos, buscando otro punto de apoyo para mover aquel menudo
+universo de sus imágenes fatigadas.</p>
+
+<p>Bebe. Queda medio adormilado. Le despierta la explosión de
+aplausos que provoca Nené, la <span class="pagenum" id="Page_86">p.
+86</span>atracción de La Perla, bello ejemplar de cocota que se ofrece
+en el ruedo totalmente desnuda bajo una lluvia de gasas negras. Juega
+con sus encantos al escondite. Se desliza friolenta, arropándose en las
+sombras, tiritando bajo la cruda luz de un reflector.</p>
+
+<p>Finge su rostro un mortal abatimiento. De pronto, da un grito, se
+arranca la máscara de tristeza. Cínicamente reta a los espectadores,
+adelantando, sonriendo, entre las apretadas nieblas, un seno.</p>
+
+<p>Un vientre redondo gira en torno de su eje, que ahora es el eje
+de todo el cabaret; ahuyentó las nubes, y una luna rosada describe
+lentamente glotonas espirales. En el centro ríe un primoroso hoyuelo,
+boca pintada de grana, que de pronto se pierde entre el ceñudo aluvión
+de sombras.</p>
+
+<p>Sobre la desnudez siempre en fuga, se van plegando dócilmente los
+jirones de humo. Nené hace de él cascadas, nubes, rosas enormes. Sujeta
+en alto las sombras, se las derrama a capricho sobre su carne que se
+acoge o se hurta a ellas, felina, ondulante.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_87">p. 87</span></p>
+
+<p>Alza un puñado sobre la frente, lo deja caer sobre sus senos, por
+su espalda, como una ducha; se lo ciñe a la cintura, a las caderas;
+se forja peregrinas cúpulas o temblorosos zócalos de bruma sobre los
+cuales se estremece toda la fábrica voluptuosa.</p>
+
+<p>A veces, del volumen de sombras solo queda una enorme flor patética
+prendida sobre el sexo azorado, o una empalizada tras de la cual
+blanquea, romántica, la pudorosa azucena de su rostro.</p>
+
+<p>Finge el pudor, como finge la suprema lascivia.</p>
+
+<p>Borra sus propios perfiles, cambia de acento su sonrisa, se ofrece o
+se niega, es impúdica o candorosa, dócil, altiva, según el gesto de esa
+mano que empuña a su placer el cetro del claroscuro.</p>
+
+<p>Nené es la dueña absoluta de su total geometría, y la esconde o la
+cede a su antojo, como se da a morder una fruta, sin soltarla de la
+mano.</p>
+
+<p>Nunca vio Arturo sufrir tan deliciosas transformaciones al perfil
+de una mujer. Miembros tersos, flexibles, temblorosos o inmóviles bajo
+<span class="pagenum" id="Page_88">p. 88</span>una ráfaga de aire
+negro, cuya ruta se tuerce cada minuto. Ágiles miembros cuya belleza se
+va multiplicando, según el complejo sombrío —diáfano, denso— que sobre
+ellos se acumula.</p>
+
+<p>Poco a poco, la sensualidad que despertó Nené se va apagando. Se
+van repitiendo —van cansando— las circunvoluciones. Su gracia movediza
+va retrocediendo por los mismos signos del zodíaco. Nace en los
+espectadores la serena contemplación, como nace una corola clásica de
+un puñado barroco de hojas verdes.</p>
+
+<p>La mirada de Arturo brinca del blanco vientre —risueña luna— de Nené
+hacia su propio vientre. Se convierte en un Buda, hincados los ojos del
+espíritu en su propia intimidad.</p>
+
+<p>—Nuestra vida —se dice— es también así: un juego de sombras. Algo
+cándido, fraguado con materia infantil, blanca, primitiva, que hacemos
+ir recorriendo desfiladeros de nubes. Pasan las sombras por esa
+blancura temblorosa como pasan las inquietudes por nuestro espíritu.</p>
+
+<p>Ateridos bajo una lluvia de oscuras incertidumbres —sigue pensando
+Arturo—, sucumbimos o resurgimos, según nuestra capacidad de <span
+class="pagenum" id="Page_89">p. 89</span>voltear, de domeñar, nuestros
+propios fantasmas. Toda nuestra vida es una perenne maniobra para
+escamotear nuestra esencial desnudez, la verdad fundamental de nuestra
+vida. Danza patética de la que acaso salimos sin saber otra cosa que
+nuestra propia fatiga, nuestros íntimos derrumbamientos.</p>
+
+
+<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div>
+
+
+<p>El eje de la atención de algunos clientes de La Perla sigue
+pasando por el ombligo de Nené, y Arturo recuerda las graves palabras
+del filósofo: «Serio es aquello por donde pasa el eje de nuestra
+existencia», y piensa en lo cómico de la actitud de estas gentes que,
+por un momento, parecen haber abandonado su verdadero eje para hacer
+piruetas en el eje provisional de aquella voluptuosa perspectiva.</p>
+
+<p>Arturo arranca de sí aquel pulpo tiránico que por unos momentos
+le ha sorbido la atención, y aloja a Nené, con todos sus brumosos
+subrayados, a Nené aún presente, en el mundo de los frívolos
+recuerdos.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_90">p. 90</span></p>
+
+<p>Nené ya no existe. Arturo solo atiende con los ojos: dócil sentido
+donde suele refugiarse la pereza. Atender con los ojos es la primera
+fase del buen entendedor. También suele ser la última del cauto
+distraído. El espíritu reserva para los demás infinitas coqueterías:
+una de ellas está encomendada a los ojos, por los que nunca suele
+asomarse el alma.</p>
+
+<p>El espíritu, ante las cosas que le cautivan, comienza por abrir
+mucho los ojos; pero termina, si las ha capturado bien, por cerrarlos
+herméticamente para no dejar huir sus maravillosas prisioneras, las
+imágenes. Ante las que le dejan indiferente, sigue abriéndolos como
+embobado. Salir y entrar libremente.</p>
+
+<p>Esta frase de abandonar el eje de nuestra vida, simulando una
+decisiva atracción del contorno, es la farsa mayor de nuestro espíritu.
+Lo que nos rodea existe en cuanto sumerge, al menos un costado,
+en nuestra propia irradiación. Lo demás, lo no hundido en nuestra
+atmósfera, son fríos astros, goce metálico de las ciencias cartujas.</p>
+
+<p>Vibramos, movemos en derredor nuestro un <span class="pagenum"
+id="Page_91">p. 91</span>poco de aire viciado por nuestra propia
+emanación: cuanto no respire el mismo aire nos es indiferente.</p>
+
+<p>Por eso es tan duro llegar a conocer ninguna auténtica fisonomía.
+Hay que traspasar esas capas enrarecidas. No podemos fiarnos de su, a
+veces, petulante transparencia. Lo normal es desistir de conocer a los
+hombres, porque ir en busca de su verdadero rostro es un comienzo de
+locura.</p>
+
+<p>Y pretender que los demás conozcan la nuestra es una infantil
+ingenuidad. Solo nos conocerán cuando una arista de nuestro ser roce el
+suyo, les hiera, les haga volver los ojos.</p>
+
+<p>Arturo vuelve los suyos hacia la vida de Alfredo. Cada vez que el
+azar le trae una palabra suya —Alfredo bebe y ríe en una mesa cercana,
+entre dos tanguistas— se despierta en Arturo el apetito de irrumpir en
+la intimidad de aquel hombre. Lo advierte un solitario espectador.</p>
+
+<p>—Perdóname, amigo mío. Supongo que Alfredo no lo será tuyo.</p>
+
+<p>—¿Qué quieres decir con eso?</p>
+
+<p>—He venido observando vuestro grupo desde <span class="pagenum"
+id="Page_92">p. 92</span>que entrasteis al cabaret. Es mi profesión de
+estas horas. Elegí este lugar porque aquí los hombres suelen obrar con
+más desembarazo. Se acercan más a sus propios instintos. Aquí la gente
+viene a desnudarse de su traje de sociedad; suele exigir el pago de una
+semana, de un mes de trabajo encasillado. Suele reclamar cínicamente
+su plus de goce... Alfredo es de estos hombres. Lo conozco bien. Soy
+un especialista en esta parcela de humanidad, porque suelo venir
+frecuentemente; me siento en este mismo sitio, veo cruzar muchas veces
+los mismos hombres, con sus mismos deseos. Tú eres aquí nuevo.</p>
+
+<p>—Cierto.</p>
+
+<p>—Lo conocí en seguida. Para ti, entrar aquí constituyó una
+excepción, mientras para Alfredo solo es continuar una actitud. Esto le
+hace despreciable. Me sorprende veros juntos.</p>
+
+<p>—Nos ha juntado el azar.</p>
+
+<p>—Vuestras vidas no pueden ser paralelas.</p>
+
+<p>—Se encuentran, efectivamente, en un punto.</p>
+
+<p>—¿Dónde?</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_93">p. 93</span></p>
+
+<p>—En una mujer.</p>
+
+<p>—Es la que suele trazar esos ángulos. Debí figurármelo. Ahora, todo
+lo comprendo mejor.</p>
+
+<p>—Dime.</p>
+
+<p>—Eres el complemento de Alfredo. La mitad superior de un hombre.</p>
+
+<p>—Gracias por la noticia. Pero yo también me siento inferior.</p>
+
+<p>—Hablo de la que domina. ¿No has observado la oblicuidad de los
+ojos de Alfredo? ¿Y sus labios redondos, gruesos, de glotón, de ente
+inmundo? ¿Y su nariz curvada hacia la boca? Debes aprender los signos
+de la repulsión.</p>
+
+<p>—Todo lo confío a mi instinto. Que no suele engañarme. Había
+reparado en ese retrato de traidor de melodrama que me acabas de
+pintar. Pero no le temo.</p>
+
+<p>—No te burles, y controla al mismo instinto. Suele dormirse. Puesto
+que Alfredo es tu mitad inferior, aprende bien sus características.</p>
+
+<p>—No creo en la maldad absoluta. Apelaré a su tanto por ciento de
+bondad.</p>
+
+<p>—Eres excesivamente generoso.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_94">p. 94</span></p>
+
+<p>—Soy muy egoísta. Y la generosidad es una forma superior del
+egoísmo.</p>
+
+<p>—Eres incorregible. Adiós.</p>
+
+
+<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div>
+
+
+<p>En la calle, Juan Sánchez y Ruth van quebrando su propia dirección,
+trazan figuras de infinitos lados que tienen por vértices los faroles,
+los serenos, los taxis. Y los pálidos supervivientes de algún naufragio
+lunático —gárgolas perdidas, mojones del vago reino de las sombras—,
+empapados de versos y de vino: los falsos poetas. Ruth va empujando
+a su amigo hacia un portal flanqueado por dos aburridas hembras que
+esperan vanamente un cambio de tedio. Entre tantas herméticas, foscas,
+una dócil puerta se deja violar. Un pasillo oscuro, que Juan Sánchez
+alumbra con un encendedor...</p>
+
+<p>Juan Sánchez persigue una extraña voluptuosidad. Le arrastra no la
+boca ni el sexo de Ruth, sino aquel dedo de contera de nácar, aquel
+dedo redondo, fascinador, que acaba de señalarle entre la multitud.
+Una manecita acaba de afirmarlo <span class="pagenum" id="Page_95">p.
+95</span>como ente personal: Juan sigue el rastro de aquella manecita
+con el propósito de verla de nuevo, extendida hacia él, señalándole,
+alborozada:</p>
+
+<p>—¡Tú! ¡Eres tú!</p>
+
+<p>Si no padeciese tan intensa alucinación, dudaría un poco de esta
+alegría de Ruth, provocada no por el hallazgo de un generoso amigo,
+menos por la esperanza de un deleite, sino por su fe en la pronta
+nivelación de un presupuesto. Juan Sánchez se lanza con tal ímpetu a
+morder esta golosina de la predilección de Ruth, que el espectáculo
+lamentable de la alcoba no logra prendérsele en la retina; como esas
+últimas estaciones, ya muy próximas a la gran ciudad, que el viajero no
+advierte en su fiebre del último minuto, al poner en orden su corbata,
+su sombrero, su atuendo personal. Ni el mismo espectáculo de Ruth, que,
+excesivamente ilusionada por el éxito económico de su desnudo, olvida
+aturdidamente muchos recursos de seducción; y lo que pudo en ella ser
+fina y cotizable coquetería apenas resulta un cinismo depreciado.
+Mezcla sin ritmo la golosa intimidad con <span class="pagenum"
+id="Page_96">p. 96</span>el descoco, y todos los valores plásticos de
+la escena se reducen mucho de calidad. Pero Juan Sánchez nada advierte.
+El placer más vivo de aquella belleza dinámica no será nada ante esta
+suma embriaguez del individuo que, por fin, se siente destacado del
+grupo innumerable, con una crucecita en aspa.</p>
+
+<p>Ruth busca algo en una cómoda, se arquea levemente sobre el cajón
+superior, acentúa el arco sobre el cajón más bajo, termina la curva
+sobre el inferior. Si Juan Sánchez no padeciese tan turbia alucinación,
+desdeñaría las demás voluptuosidades por seguir la sucesión de
+estos arcos imprevistos, que multiplican en Ruth, graciosamente,
+sus posibilidades de belleza, mientras le afirman y reafirman en
+su condición de lindo animalejo de placer. Porque toda la sabrosa
+arquitectura, al enroscarse sobre sí misma, va perdiendo el último
+resto de cínica altivez derrochado en la calle, y adquiere una nueva
+fascinación de fruta. Al doblarse, vuelto el rostro hacia la tierra,
+su carne esboza ademanes de oferta; como al doblarse, vuelto el rostro
+hacia el techo, esbozan un ademán de tortura <span class="pagenum"
+id="Page_97">p. 97</span>las <i>Tres Hermanas Argelinas, Tres</i>,
+que ahora recogen toda la atención dispersa del cabaret. Con los pies
+y las manos en la alfombra, las <i>Tres Hermanas Argelinas, Tres</i>
+parecen disponerse al martirio, tenderse sumisas en un potro. Esos
+viejos aparatos de martirio que suelen instalarse en los circos, en el
+ruedo de este cabaret solo están aludidos por rectas ideales, que las
+tres muchachas recorren con la sonrisa en la boca atrozmente grana,
+cereza y sangre, respectivamente; porque si las tres coinciden acaso
+en el modo de besar, que aprendieron en la misma revista de cinema,
+no coinciden en el modo de preparar el cálido instrumento del beso.
+Arqueadas, vientre arriba, los tres cuerpos comienzan a perder su
+calidad humana y a acercarse a la de pulpo. Los frágiles sostenes se
+atirantan, el vientre amenaza abrirse en dos gajos, de tan tenso. Al
+fin recuperan, de un salto, su posición normal. Se les perdona la
+tortura, y las tres reparten besos ideales entre aquella fauna mixta
+de libertinos profesionales y libertinos de afición. Desnudas hasta
+el punto —extremo— que toleran los preceptos municipales, juntos los
+<span class="pagenum" id="Page_98">p. 98</span>pies por los talones
+y las manos sobre las cabezas, construyen luego una ánfora griega,
+donde los senos se adelantan en cornisa, y los muslos, de piel morena y
+apretada, tiemblan un poco bajo la lluvia de miradas.</p>
+
+
+<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div>
+
+
+<p>Le despierta Juan Sánchez.</p>
+
+<p>—¡Arturo!</p>
+
+<p>Viene solo, desencajado, lívido. Vencido.</p>
+
+<p>—¿Lo ve? ¡Una ilusión de esa imbécil!</p>
+
+<p>—¿Cómo?</p>
+
+<p>—Nos encerramos. Quería obsequiarme con una cara, con un garbo
+originales. Yo estallaba de alegría. Por fin, alguien me confería una
+personalidad. Algo dudosa, pero muy halagüeña. Pues bien... ¡Nada!
+Buscaba a un tal Juan Martínez.</p>
+
+<p>—¿Cómo advirtió su error?</p>
+
+<p>—Al desnudarme, vio la firma y rúbrica, y comenzó a palmotear:
+«¡Eres otro! ¡Eres otro!». Yo le arrojé un vaso a la cabeza.
+Chilló, anduvo corriendo por la casa, medio desnuda. Quería <span
+class="pagenum" id="Page_99">p. 99</span>llamar a la Policía... Por
+fin, todo se arregló con unas pesetas. Pero sus gritos se me hincaron
+en el cerebro: «¡Eres otro! ¡Eres otro!».</p>
+
+<p>—Culpa de usted. ¿Por qué se ha grabado en la piel su cédula
+personal?</p>
+
+<p>—Se quedó estupefacta. Luego comenzó a gritarme: «¡Eres otro! ¡Eres
+otro!».</p>
+
+<p>—¿Va usted a hacer caso de una ramera?</p>
+
+<p>—¡No, no es una ramera! ¡Es un testimonio! Y ya lo ve usted. Yo
+siempre soy otro cualquiera. Es decir, soy Nadie. ¡Nadie!</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch6">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_101">p. 101</span></p>
+ <h2 class="nobreak g0" title="6. Viraje">
+ <span class="fs165">6</span><br>Viraje</h2>
+</div>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_103">p. 103</span>—Felicíteme,
+Arturo.</p>
+
+<p>—¿Por qué?</p>
+
+<p>—Mi salvación está aquí.</p>
+
+<p>—¿Dónde?</p>
+
+<p>—En esta carta. Léala.</p>
+
+<p>Es de la condesa viuda de Monte Azul. Invita a Juan Sánchez a
+visitar una antigua finca de los condes, situada a pocos kilómetros de
+Augusta.</p>
+
+<p>—No comprendo.</p>
+
+<p>—Es muy largo de contar. Esa finca está llena de misterios.</p>
+
+<p>—Como todo.</p>
+
+<p>—La tenían olvidada los condes desde hace muchos años, desde la
+juventud borrascosa del conde... ¿Comprende? Esa finca, escondida ahí
+entre robles, entre cerros, era el refugio galante de don Juan de Monte
+Azul. Porque se llamaba don Juan.</p>
+
+<p>—Como cualquiera.</p>
+
+<p>—Es que importa, me importa mucho que se <span class="pagenum"
+id="Page_104">p. 104</span>llamase así. Porque ese don Juan... ¡era mi
+padre!</p>
+
+<p>—¿Cómo?</p>
+
+<p>—No tengo aún pruebas concluyentes, pero lo presiento, lo voy viendo
+clarísimo. Porque, verá usted...</p>
+
+<p>El júbilo ha transformado su rostro, le hace precipitar locamente el
+relato. Se atropella, quieren las palabras brotar a un mismo tiempo. Es
+un relato enmarañado, sobre el que flota, como un globo grotesco, una
+afirmación lanzada al aire con la máxima audacia, con una irrefrenada
+alegría:</p>
+
+<p>—¡Soy hijo de...!</p>
+
+<p>Juan Sánchez va descendiendo al sótano más profundo de sus deseos.
+Ha acariciado durante mucho tiempo esta voluptuosidad de ser el fin
+de una vehemente aventura, no el eslabón de una cadena doméstica
+burguesa.</p>
+
+<p>Ha soñado con ser fruto del deseo, no de la costumbre. Quiere tener
+tras de sí una cadena forjada con todos los metales —plata de nobleza,
+cobre plebeyo, hierro de tizonas, oro fino mental—. Quiere tener
+por ascendencia guerreros, <span class="pagenum" id="Page_105">p.
+105</span>poetas, cortesanas, garridas mozas plebeyas de anchas
+caderas, gañanes de robusto pecho, reconstituyentes de los flácidos
+linajes. Quiere llevar en su sangre todas las posibilidades del genio,
+todas las borrascas subterráneas, capaces de hacer surgir en la
+superficie de la tierra una maravilla vegetal, o un ejemplar magnífico
+de bestia, o un espléndido hombre resumen, una síntesis humana
+original.</p>
+
+<p>—Porque yo sé —sigue diciendo atropelladamente Juan Sánchez— que una
+plena confianza en mi yo interior, en esa cadena de yos anteriores, ha
+de empujarme a desarrollar algún escondido, hasta hoy insospechado,
+germen de personalidad. Ya la tengo, ya tengo esa fe. Conocer, como ya
+comienzo a conocer, cuál es la verdadera materia de que estoy fraguado,
+es el acontecimiento más decisivo de mi vida, el más risueño, el más
+consolador... Fíjese bien, Arturo. ¡Soy hijo de una noche de locura!
+Acaso de la ramera más hermosa del contorno, acaso de una patética
+violación, quizá de una joven púdica que comenzó aquella noche a
+enloquecer de <span class="pagenum" id="Page_106">p. 106</span>amor...
+Porque el conde era un ladino, un experto catador de bellezas.</p>
+
+<p>—Pero de esa carta no se desprende...</p>
+
+<p>—Se desprende. Yo sospechaba alguna cosa. Cartas, alusiones,
+desemejanzas... Siempre creí no ser hijo de mis padres, y eso para mí
+fue siempre un vago lenitivo. Lo conozco en que siempre he despreciado
+a los que legalmente aparecen como antecesores míos en el mundo. Unos
+miserables tenderos. Lo conozco en que los gastos de mi educación no
+correspondieron nunca a la posición económica de mi falso padre. El
+conde de Monte Azul medió siempre, como protector... Dicen que conocía
+a mi padre desde niño. Que mi abuelo fue ayuda de cámara del primer
+conde de Monte Azul. Que mi madre...</p>
+
+<p>—Pienso que, al menos, respetará la memoria de su madre.</p>
+
+<p>—¿Por qué?</p>
+
+<p>—Es sagrada. Así lo dicen.</p>
+
+<p>Juan Sánchez ríe nerviosamente. ¡Sagrada! Un delicioso animalejo
+cogido al pasar por un robusto macho; estrujado, exprimido, hasta
+agotar <span class="pagenum" id="Page_107">p. 107</span>en él todas
+las venas del goce, hasta apurar el último poso del deleite...
+¡Sagrada! Una encantadora bestia, erizada de caprichos, estremecida de
+sensualidad, vibrante de lujuria, de cínica lujuria. Una espléndida
+máquina donde tirar docenas de ejemplares de hombres. Un aparato de
+reproducir, que luego olvida lo reproducido, que lo entrega a manos
+mercenarias... Eso, ¿puede ser sagrado?</p>
+
+<p>Arturo no quiere interrumpir el frenético chorro. Va conociendo
+a jirones la historia del advenimiento al mundo de Juan Sánchez;
+historia supuesta, porque la carta nada prueba definitivamente. Juan
+Sánchez quiere vislumbrar en ella toda una razón de vivir. Cree haber
+encontrado un firme zócalo para edificar una existencia personal.
+Piensa en razones científicas que le ayuden a soportar la pesadumbre
+de su calidad de masa, que le empujen a asomar la cabeza sobre la
+multitud.</p>
+
+<p>—Yo sé que entre mis ascendientes hubo guerreros, poetas,
+cortesanas, filósofos. Algo de su espíritu habrá llegado hasta mí. Me
+siento hervir en proyectos, en gérmenes de aventuras.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_108">p. 108</span></p>
+
+<p>—Puede usted equivocarse de antepasados. En la carta no veo
+claro.</p>
+
+<p>—Estoy seguro, quiero estar seguro. Mañana se confirmará todo. No me
+engaño, no quiero engañarme. Otras veces he descendido hasta el sótano
+y solo hallé raíces triviales, despojos comunes...</p>
+
+<p>Porque él lo sabe, Juan Sánchez. Lo leyó en un libro. Desciende uno
+a escudriñar en su propio subterráneo y puede encontrar varias capas.
+Él siempre tropezó con esa red en la que los peces aprisionados son
+comunes a toda la Humanidad. Así comenzó su locura. Por eso su vida
+fue un prolongado martirio. Él era cualquiera de los demás, puesto que
+solo había sido uno de tantos. Con sus mismos impulsos, con sus mismas
+experiencias, con sus mismas anécdotas representativas.</p>
+
+<p>Había deseado a la mujer, la había gozado, como todo el mundo. Había
+deseado ser rico, se había enriquecido, como todos sus semejantes,
+colocados en feliz o adversa coyuntura. Encontraba en esa región
+subterránea la misma admiración por la <i>Cena</i>, el mismo respeto
+a Víctor <span class="pagenum" id="Page_109">p. 109</span>Hugo que
+siempre vio en los demás mortales. Si se detenía un poco, en seguida
+flotaba la misma frase —colectiva— ante el <i>Cardenal</i> de Rafael,
+ante la Venus de Milo, que oyó pronunciar un millar de veces en los
+museos. Regresaba furioso de esa zona hacia donde le empujaba no sé qué
+instinto de docilidad, de obediencia al gran ejército sin nombre.</p>
+
+<p>—Pero, hace unos días...</p>
+
+<p>—¿Perdió usted la llave del sótano?</p>
+
+<p>—No, me detuve en otro piso. Yo lo sé, yo lo he leído. Había otro
+piso. Otro piso más noble. Con las mismas tinieblas, con el mismo
+hervor, con el mismo laberinto; pero allí me cogieron del brazo
+fantasmas totalmente desconocidos, tropecé con larvas de pensamientos,
+de deseos originales... Nunca había conocido ese germen de odio a la
+máquina de carne que nos produjo. Advertí que tal odio no es colectivo.
+Creí que por él comenzaba a redimirme del ideario común. Creí también
+que ese germen fue por alguien, por algo, depositado allí. No flotaba
+en vano entre mis larvas ideales. ¿Iba a ser <i>una broma</i> de los
+poderes cósmicos ese grano de <span class="pagenum" id="Page_110">p.
+110</span>sal? ¿Por qué iba yo a ser la masa a quien, por una
+coquetería de los dioses, se le concede un momento el darse cuenta de
+su condición de masa? Sería tan cruel como darle al barro la chispa de
+sabiduría para que conociese su distancia del jaspe. Los dioses, si
+existen, no pueden ser tan crueles.</p>
+
+<p>—Creo que existen. Es algo que también flota en esa zona común: la
+fe en los dioses. Pero también hay allí indicios de su crueldad.</p>
+
+<p>—Mañana lo veremos. Venga conmigo a Monte Azul. Es un caserón que
+casi nadie ha visto. Recuerdo haber estado allí, muy niño, con mi
+padre, el tendero. Ha estado cerrado mucho tiempo. La condesa quiso
+restaurarlo, pero su marido no se precipitó a acceder a los deseos de
+ella. El caserón era un testigo de su vida mejor: no quería destruirlo,
+al restaurarlo. Así quedó hasta su muerte. Ahora, no sé... ¿Vendrá
+conmigo?</p>
+
+<p>—Iré.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_111">p. 111</span></p>
+
+
+<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div>
+
+
+<p>Una excursión al pasado de Juan Sánchez. El coche avanza entre
+chopos vendados, ceñidos los pies por una faja blanca: un paisaje
+ortopédico.</p>
+
+<p>Al través de los chopos, montañas. Cimas de color de rosa; colinas
+redondas, que blanquea un rebaño; ondulantes, voluptuosas caderas de
+color de trigo; cráneos morenos, grises, amarillos, erizados por la
+siega reciente; rastrojos salpicados de ababoles, de mielgas moradas,
+de cardos.</p>
+
+<p>Laderas aún verdes, de olivos, de viñedos, de alfalfa; senos de
+ámbar, rayados por venillas ocres, por senderillos que abren las ovejas
+por donde resbalan los recentales hacia lo profundo de la curva.</p>
+
+<p>Montañas dormidas al sol. Bruscas y rojas vertientes: un gigantón
+ha rebanado la tierra. Sus tajos le duelen al campo, rezuman por él su
+esponjosa entraña.</p>
+
+<p>Más lejos, grupos enormes de centauros, hombros de cíclopes que
+rozan las nubes. Montañas violeta, montañas azules, montañas de todos
+los colores inefables, de todas las curvas <span class="pagenum"
+id="Page_112">p. 112</span>imprecisas. El horizonte. Perfil último y
+borroso.</p>
+
+<p>Tres, cuatro paisajes. El que nos va dando con los codos,
+humorístico, de clínica, de algodón en rama. Luego, el paisaje real,
+con sus relieves duros, inatacables por el ácido inútil de la ironía;
+sugeridor de un subsuelo fértil, de una entraña opulenta.</p>
+
+<p>Y el paisaje de ensueño, intangible, que huye bajo nuestros pies,
+que va dando brincos hacia atrás, sonriendo melancólico, fino, sutil,
+levemente burlón, de colores elaborados por el aire y la distancia.</p>
+
+<p>Y, por fin, el remoto paisaje apenas vislumbrado. Lo permanente, que
+no sabemos si existe. La bruma que flota detrás del horizonte, de la
+que ya no sabemos si es bruma, si es nube, si es nada.</p>
+
+<p>Avanzan en silencio Arturo y Juan Sánchez. Arturo va pensando
+en el camino, Juan en el término del viaje: brecha abierta hacia
+la cueva donde es elaborado su destino. Arturo va situando en cada
+paisaje un índice humano. Va <span class="pagenum" id="Page_113">p.
+113</span>escalonando —como en los retablos de gloria— todos los
+hombres y mujeres que conoce.</p>
+
+<p>Plano humorístico, plano desnudo y permanente, plano brumoso y
+fugaz, plano irreal, ilusorio.</p>
+
+<p>En cada uno va situando espíritus. Los más próximos no sufren tanta
+cercanía. No podemos verlos en plenitud, y andamos buscándoles una
+arista divertida que nos compense de la ignorancia del resto. Son
+los entes familiares los más desconocidos. Una deformación nos los
+esconde. Como de estos chopos solo vemos su risible faja ortopédica,
+de un hombre solo solemos ver su ceceo, su cojera, del cuerpo o del
+espíritu.</p>
+
+<p>Los del segundo escalón, sí podemos verlos. Son los que giran en
+derredor nuestro dentro de los aros de nuestra intimidad. Intimidad:
+sagrado y claro recinto. Solo con su luz podemos ver reflejada en un
+rostro la inquietud de una mano que se prende a la nuestra; solo dentro
+de su silencio podemos medir la vibración de un pulso paralelo al
+nuestro.</p>
+
+<p>En la tercera zona los seres van apiñándose, un <span
+class="pagenum" id="Page_114">p. 114</span>poco desdeñados, borrosos,
+movedizos, cediéndose unos a otros los perfiles. No tocan los confines
+de nuestra intimidad, los vemos pasar un momento y desaparecer en la
+última zona, en la remota cadena de seres que gira en derredor nuestro,
+en el mismo límite de nuestra vida, donde comienza para nosotros el no
+ser, en el punto donde todo vacila o muere. La cuarta zona es el país
+de la abstracción.</p>
+
+<p>Arturo va instalando a sus amigos en el nuevo casillero. A Juan
+Sánchez, en la zona inmediata de la familiaridad; a este Juan Sánchez
+de quien solo se conoce su angustiosa inquietud que, a fuerza de
+subrayársela, llega a ser cómica, pintoresca, como toda prolongación
+desmesurada de un brote emocional. Le ha nacido en el espíritu un
+tumor, que la vida no pudo hasta hoy extirpar. Se le ve, lleno de
+ansiedad, chispeantes los ojos de impaciencia por llegar a ver clara su
+nebulosa cuna.</p>
+
+<p>—Faltan seis kilómetros.</p>
+
+<p>—No corra tanto. La carretera no está buena. Frene un poco.</p>
+
+<p>A Matilde la instalará en la región de la intimidad, <span
+class="pagenum" id="Page_115">p. 115</span>donde la reiterada
+concentración del espíritu todo lo va viendo rasgo a rasgo, gesto a
+gesto. Por eso, de la intimidad se retorna bruscamente, se arranca el
+espíritu inexorablemente, cuando un gesto o una palabra desnuda al otro
+espíritu.</p>
+
+<p>La familiaridad es una estación que puede tomarse y dejarse a
+capricho. En ella podemos salir y entrar cuando queremos. Pero en
+la intimidad solo dejamos penetrar a los demás una sola vez. Cuando
+resiste la prueba, allí permanecerá siempre; si no la resiste —si no la
+resistimos—, la expulsión es definitiva.</p>
+
+<p>Matilde no puede abandonar ya la intimidad de Arturo. Porque Matilde
+se ha dejado comprender tan dócilmente, que la salva su misma claridad,
+la redime de todos sus punibles intentos de poseer el hombre integral,
+unas veces vencedor por el espíritu y otras por la carne.</p>
+
+<p>Matilde descansa de todas sus vehemencias alternativamente, y su
+juego es infantil y perdonable. Sabe cederse a dos fuerzas que en ella
+confluyen silenciosamente, a espaldas de este ser borroso, en perpetuo
+desequilibrio, que solo <span class="pagenum" id="Page_116">p.
+116</span>persigue conocer —sin conseguirlo nunca— su propio relieve.
+Hombre a caza de su sombra.</p>
+
+<p>—Falta algo más de dos kilómetros. Pero no podemos seguir por
+carretera. Hay que tomar una senda. La finca está allí, a mano derecha,
+detrás de aquellos chopos.</p>
+
+<p>—Iremos a pie. El coche pueden guardarlo esos labriegos.</p>
+
+<p>Por una senda vemos avanzar hacia nosotros el roído caserón de los
+condes de Monte Azul. Avanza con la boca abierta, amenazándonos con
+engullirnos.</p>
+
+<p>Deben estar polvorientas sus entrañas, su corazón estará amojamado,
+apergaminada su lengua. Vamos viendo los ojos del monstruo, sus
+ventanas desportilladas, la visera de su casco rojo. La enmarañada
+pelambre de hiedra que cuelga por sus sienes.</p>
+
+<p>Una docena de chopos altísimos escolta a la desmoronada mansión. Una
+tapia de ladrillo la ciñe. Hay alguien cerca de la verja, un campesino
+que poda unos rosales.</p>
+
+<p>—¿Y la condesa?</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_117">p. 117</span></p>
+
+<p>—Vuelve en seguida del pueblo. En casa les dirán.</p>
+
+<p>En el vestíbulo surge la negación de aquel paraje: la doncella
+de la señora, una deliciosa muchacha con atisbos de bulevar, con
+guiños pícaros de cabaret, con la vivacidad de charla que nunca puede
+aprenderse en el campo, siempre lento, sin prisa.</p>
+
+<p>—Pues verán ustedes, la señora condesa salió muy de mañanita al
+pueblo...</p>
+
+<p>—Esperaremos.</p>
+
+<p>Entran los dos en una sala. Juan va delante, conmovido, concentrada
+en los ojos toda su vida. Frente a él, dentro de un marco de roble, le
+mira fijamente un militar.</p>
+
+<p>—¡Yo!</p>
+
+<p>—¿Cómo?</p>
+
+<p>—Mire. ¡Soy yo! ¡Yo mismo!</p>
+
+<p>Allí está Juan Sánchez, erguido altaneramente, con la mano en
+la empuñadura de un sable. Hay una desoladora expresión de vacía
+arrogancia en sus pupilas. Cuelgan en su pecho unas medallas. Se empina
+su bigote. Su uniforme impecable, acusa el corte más fino.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_118">p. 118</span></p>
+
+<p>—Cierto. Se le parece mucho.</p>
+
+<p>—¡Soy yo! ¡Yo mismo!</p>
+
+<p>Juan Sánchez contempla un largo rato al militar de la mano en el
+sable. Al volver los ojos hacia la derecha, no puede contener un
+grito:</p>
+
+<p>—¡Yo! ¡Soy yo!</p>
+
+<p>—¿Quién?</p>
+
+<p>Allí está Juan Sánchez con la mano en la pluma, posada sobre un
+montón de volúmenes. Sus ojos miran al mundo compasivamente, como desde
+lo alto del Parnaso.</p>
+
+<p>Arturo lee en el lomo de algunos libros: <i>Cervantes, Dante,
+Milton</i>... Una gran corbata negra subraya el rostro pálido de aquel
+Juan Sánchez olímpico, lamentable. Sus guedejas sombrías se enmarañan
+un poco. Posa junto a una ventana, y el viento le mece el pelo y le
+trae «ráfagas de ardiente inspiración».</p>
+
+<p>El tercer Juan Sánchez lo descubre Arturo. Se asoma al cuadro de
+la izquierda. Abate los ojos sobre un plano. Su mano se apoya en una
+rueda.</p>
+
+<p>—¡Es usted mismo!</p>
+
+<p>—¡Yo, otro yo!</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_119">p. 119</span></p>
+
+<p>Un hombre de ciencia, un inventor. Sobre la mesa, una esfera
+armilar, cartas geográficas, una miniatura de máquina trilladora, una
+escuadra, un paralelepípedo. Sus ojos, sin brillo, contemplan un ángulo
+rojo trazado en el papel.</p>
+
+<p>—Tiene usted entre sus antepasados hombres de ciencia, poetas,
+caudillos. Le felicito, Juan Sánchez. Puede usted ir licenciando
+sus dudas. El pasado le guardaba sorpresas. Hará de usted un hombre
+original. Todos los gérmenes están aquí, en estos muros.</p>
+
+<p>Juan Sánchez contempla, abrumado, el bosquejo de trilladora
+mecánica; el paralelepípedo.</p>
+
+<p>—¡Una trilladora! —murmura—. La misma que yo quise inventar hace
+seis años.</p>
+
+<p>—No le sorprenda. Seguramente, ese poeta que ahí está recibiendo un
+chorro de ardiente inspiración, comenzaría a escribir las quintillas
+que usted ha terminado ayer.</p>
+
+<p>—¿Se burla usted de mí?</p>
+
+<p>—Todo se burla de nosotros, Juan Sánchez. El único partido serio
+para nosotros es tomar parte en la burla.</p>
+
+<p>Se sienta bajo una panoplia donde se enmohecen <span
+class="pagenum" id="Page_120">p. 120</span>algunas espadas sin gloria.
+Hojean un volumen donde amarillean ristras de sonetos, silvas y
+aleluyas.</p>
+
+<p>—¡Qué espléndido libro para una antología de lo cursi!</p>
+
+<p>—Debe de ser mi abuelo. Lea algún verso.</p>
+
+<p>—Este. «A tu pelo»:</p>
+
+<div class="poetry-container">
+ <div class="poetry">
+ <div class="stanza">
+ <div class="verse indent0"><i>¿Si eres de miel, por qué tu amor amarga?</i></div>
+ <div class="verse indent0"><i>¿Si eres de cera, por qué no te derrites?</i></div>
+ <div class="verse indent0"><i>¿Si con el sol en abrasar compites...</i></div>
+ </div>
+ </div>
+</div>
+
+
+<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div>
+
+
+<p>—Señores —interrumpe un anciano que acaba de entrar—, perdonen que
+interrumpa su lectura. Soy el mayordomo de los condes. La señora les
+suplica...</p>
+
+<p>—Vamos en seguida —dice Juan Sánchez, levantándose—. Estoy
+impaciente.</p>
+
+<p>—Comprendo su impaciencia. Pero la señora condesa desearía que la
+releven del penoso deber de recordar un pasado muy triste para ella.
+Yo podría sustituirla, si ustedes quieren. Soy <span class="pagenum"
+id="Page_121">p. 121</span>ya muy viejo. Lo conozco todo... Mejor que
+ella. Permítanme que yo les revele...</p>
+
+<p>El mayordomo mira receloso a Arturo.</p>
+
+<p>—Puede usted hablar sin reservas. Es como un hermano mío.</p>
+
+<p>—En ese caso...</p>
+
+<p>—Diga, diga —replica, nerviosamente, Juan Sánchez.</p>
+
+<p>—Hace unos treinta y cinco años, ¡yo llevo cuarenta en la casa!,
+«esta finca era un vergel. Las madreselvas escalaban los muros, los
+rosales bordeaban las avenidas, una bóveda de espesos álamos sombreaba
+la quinta; los pavos reales paseaban altivos la pompa de...».</p>
+
+<p>—Señor, estoy impaciente por conocer mi pasado.</p>
+
+<p>—Eso es también su pasado. Es una descripción de la finca, escrita
+por uno de sus parientes, señor.</p>
+
+<p>—Entonces, ¿es cierto...?</p>
+
+<p>—Lo es —y el mayordomo inclina gravemente la cabeza—. Usted nació
+aquí. Venga a ver su cuna.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_122">p. 122</span></p>
+
+<p>Se levantan los tres y penetran en un aposento destartalado.</p>
+
+<p>—Uno de esos muebles desvencijados es su cuna. Hubiera querido
+aderezar esto un poco, pero resultaba imposible...</p>
+
+<p>—E inútil —añade Arturo.</p>
+
+<p>—Seguramente —agrega el mayordomo.</p>
+
+<p>—De modo es que aquí... Cuente.</p>
+
+<p>Vuelven a sentarse bajo la panoplia, y el mayordomo dice:</p>
+
+<p>—Fue un año de locura, de frenesí. «Sueltas las riendas de la fogosa
+imaginación, el conde se dejó arrastrar por los ímpetus...».</p>
+
+<p>—Señor, estoy impaciente por conocer mi pasado —interrumpe Juan.</p>
+
+<p>—-Perdone. Esto corresponde a su pasado. Está tomado de una carta
+del arcediano de Sos, hermano del señor conde.</p>
+
+<p>—¿El arcediano de Sos? Le suponía de la familia. Siga.</p>
+
+<p>—En fin, señor, me apena mucho decirle que usted es hijo de...</p>
+
+<p>—Sí, de prostituta.</p>
+
+<p>—No me atrevería a decirlo así. Su señora madre <span
+class="pagenum" id="Page_123">p. 123</span>era una tiple de Marsella,
+de la que se enamoró locamente el señor conde.</p>
+
+<p>—¡Una artista! ¿Lo oye usted, Arturo? ¡Una artista! Una triunfadora
+por su belleza, por su talento musical, por el encanto de su voz.</p>
+
+<p>Juan Sánchez se exalta. Poco a poco va alzando el tono de sus
+frases. Vibra como nunca. Revive. Se transfigura. El mayordomo le mira,
+sorprendido.</p>
+
+<p>—¡El arte! ¡El poder del arte! Un telón que se alza, una mujer que
+irrumpe en escena cantando su pasión, asomándose a la zona de los
+espectadores para verter sobre ellos carbones encendidos...</p>
+
+<p>—¡Juan Sánchez!</p>
+
+<p>—Una mujer en las baterías recogiendo en su regazo millares de
+flechas, prendiendo en millares de pechos la misma llama. Fue al remate
+del gran siglo turbulento, Arturo, en el enorme siglo de la pasión
+desenfrenada. Una mujer convulsa por el arte y el amor que le queman
+las entrañas, avanza hasta el público y lo pone en pie, y le arranca un
+furioso oleaje de aplausos... Un joven, desde un palco, la contempla
+embelesado, <span class="pagenum" id="Page_124">p. 124</span>le envía
+un ramillete. Sale al pasillo, llega al camerino, besa conmovido la
+mano de la artista... El amor hace el resto. El amor viene a ocultarse
+púdicamente entre estos robles. Aquí da sus frutos... Arturo, amigo
+mío, de ese regazo acribillado por millares de deseos, nací yo,
+Juan Sánchez. De un súbito oleaje de pasión, de una vehemencia, de
+un latigazo ardiente del deseo que empuja los mundos. Arturo, estoy
+redimido. ¡Soy hijo de la más deliciosa aventura!</p>
+
+<p>—Si el señor me lo permite..., quisiera rectificar un poco...
+—insinúa, entre zumbón y compasivo, el mayordomo—. Su señora madre era,
+efectivamente, una artista, pero siempre que se adelantó hasta las
+baterías lo hacía acompañada de treinta y nueve más. Era una señorita
+del coro.</p>
+
+<p>—¿Qué dice usted?</p>
+
+<p>Juan Sánchez se alza bruscamente del asiento, se abalanza al
+mayordomo, le agarra por las solapas, lo sacude furiosamente.</p>
+
+<p>—¡Del coro! ¡Del coro! ¿Sabe usted lo que dice?</p>
+
+<p>—Señor mío...</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_125">p. 125</span></p>
+
+<p>—¿Sabe usted lo que eso significa para mí?</p>
+
+<p>—Yo no sé... Esa es, sencillamente, la verdad.</p>
+
+<p>Arturo interviene. Juan reacciona, se deja caer, derrumbar, en la
+butaca; se lleva las manos a los ojos.</p>
+
+<p>—¡Del coro!</p>
+
+<p>—Tenía muy poca voz, pero unas piernas maravillosas. Aquí las tiene
+usted. La tercera, comenzando por la derecha.</p>
+
+<p>—¿Del actor? —pregunta Arturo.</p>
+
+<p>—Del espectador.</p>
+
+<p>Juan Sánchez contempla ávidamente una página de revista de
+espectáculos que le ofrece el mayordomo.</p>
+
+<p>—Señor, ¡he aquí a su madre!</p>
+
+<p>—Arturo, ¡he aquí a su hijo!</p>
+
+<p>Cae en una postración aterradora. Sus manos, febriles, parecen
+querer hacer añicos la revista. Jadea, se debate en lo más profundo de
+su impotencia.</p>
+
+<p>—¡Cálmese!</p>
+
+<p>Intenta sonreír. Le brota una mueca.</p>
+
+<p>—¡Del coro! —Y, más sombrío—: ¡De la masa!</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_126">p. 126</span></p>
+
+<p>Allí está, desnuda, guiñando picarescamente el ojo al joven del
+palco. Por todo traje lleva unos claveles y una gasa.</p>
+
+<p>—Si usted quiere —sigue diciendo el mayordomo—, puede seguir por
+esta revista la vida de su señora madre en aquel tiempo. Hay de ella
+muchas «fotos». Era el libro que prefería el señor conde.</p>
+
+<p>—¡Del coro!</p>
+
+<p>—La tercera de la derecha, señor. Era magnífica, como usted ve...</p>
+
+<p>—¡Cállese ya!</p>
+
+<p>—Debo continuar mi historia. Es la última voluntad del señor conde,
+que la señora condesa me transmite. El señor conde no volvió a Madrid
+en mucho tiempo. Trajo aquí a Margot. Vivieron ocultos algunos meses.
+Cuando usted nació, nadie lo supo, excepto algún criado. El conde tenía
+aquí un administrador sin hijos. De pronto, la mujer del administrador
+se trajo de París un niño: era usted. Porque usted ha venido de París,
+señor. Allí actuó a los pocos días su señora madre, más bella que
+nunca... Véala, en esta página. Es la quinta de la izquierda.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_127">p. 127</span></p>
+
+<p>—¿Del espectador? —pregunta Arturo.</p>
+
+<p>—Del actor —contesta, impasible, el mayordomo—. ¿Tan desfigurada
+está?</p>
+
+<p>—Un poco. Al fin, ha pasado por ella una vida. La de Juan Sánchez.
+Sonríe, eso sí, con la misma picardía. ¿Y el conde?</p>
+
+<p>—No volvió a acordarse de ella. El hijo fue bautizado aquí. Es otro
+Sánchez y Sánchez. Pero, en realidad, señor, sois un Monte Azul.</p>
+
+<p>—¡Soy Nadie!</p>
+
+<p>—En la provincia sois varias sociedades anónimas de firme crédito.
+No podéis pedir más.</p>
+
+<p>—Bien, vámonos.</p>
+
+<p>—Perdón. He de completar mi misión. Al morir el señor conde, que,
+como todos saben, derrochó una fortuna con...</p>
+
+<p>—Sí, con señoritas del conjunto.</p>
+
+<p>—También con «estrellas», señor. Su señora madre fue una excepción,
+una honrosísima excepción.</p>
+
+<p>—Siga.</p>
+
+<p>—Al morir el conde, dejó una cláusula en su testamento por la que se
+instituye a usted heredero de todo su pasado.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_128">p. 128</span></p>
+
+<p>—¡Estúpida herencia!</p>
+
+<p>—De modo es que esta misma revista y todos los cuadros de sus
+abuelos le pertenecen. Con algunos muebles utilizables de esta casa. La
+de Madrid pertenece a la señora condesa. Y esta finca pertenece a un
+usurero.</p>
+
+<p>—He de cargar con un montón de trastos viejos.</p>
+
+<p>—Yo diría con un tesoro de recuerdos, señor. Os queda ese poeta, ese
+ingeniero, ese militar. Os quedan esas «fotos» de Margot, sonetos...</p>
+
+<p>—¡Todos del coro! ¡Nadie!</p>
+
+<p>—Son vuestros antepasados. Nacieron, ambicionaron, figuraron...</p>
+
+<p>—Sí, el tercero de la izquierda, del actor o del espectador, según
+los casos.</p>
+
+<p>—... y murieron. Margot falleció hace seis años. Se había retirado
+ya. Pedía dinero al señor conde. Yo le giré algunas cantidades. Un día,
+este periódico dio cuenta de un accidente... Un camión había aplastado
+a una anciana... Un suceso triste. Lea...</p>
+
+<p>Juan Sánchez aparta, horrorizado, el periódico.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_129">p. 129</span></p>
+
+<p>—¡Un camión!</p>
+
+<p>—Algo horrible. La eliminó del mundo, como una goma de borrar.</p>
+
+
+<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div>
+
+
+<p>Otra vez en la carretera. De nuevo las filas monótonas de chopos
+con la espinilla vendada. Cada vez se va quedando más lejos el paisaje
+espontáneo. La industria va engrasando los caminos para que el hombre
+se deslice por ellos más rápidamente; los va dejando inútiles para el
+antiguo caminante, para el sencillo hombre de a pie.</p>
+
+<p>Y sitúa a lo largo del viaje esos graciosos monumentos rojos a la
+velocidad, que van distribuyendo energía. Las ciudades acortan entre
+sí las distancias; se reducen las posibilidades de tedio y de novela.
+Un viaje, que antes podía originar largas pasiones románticas, ahora,
+a noventa kilómetros por hora, apenas logra producir un brusco roce
+epidérmico. Los espíritus no se desnudan bien sino en reposo. O en una
+diligencia, en un coche de tercera...</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_130">p. 130</span></p>
+
+<p>La carretera ha perdido su color poético y se va empapando de
+color de alquitrán. Suprime algunas imágenes usadas, suscita otras.
+Suprime algunas peripecias gastadas, como el atraco; suscita el choque
+violento, la <i>panne</i>, la mutilación aparatosa, el vuelo de un
+cerebro por las ramas. La carretera atiende, solícita, a destruir la
+monotonía de la existencia humana.</p>
+
+<p>—Haré un auto de fe con mi pasado.</p>
+
+<p>Juan Sánchez continúa allí, en el fondo del coche. Arturo se había
+olvidado de él. Creyó haberlo dejado en la sala patética del álbum y
+los lienzos, entre dos cornucopias, frente al hombre de la mano en el
+puño de la espada, de la mano en la pluma, de la mano en la rueda.</p>
+
+<p>—Su pasado es magnífico. Es una admirable novela.</p>
+
+<p>—Haré un auto de fe. Quemaré a mis ascendientes. Entrarán
+definitivamente en la nada.</p>
+
+<p>—Pero no podrá rasparlos de su árbol genealógico.</p>
+
+<p>—Ese no es mi árbol oficial. Todos esos peleles sin fisonomía son
+como los monos que se entrometen, que se cuelgan a las ramas sin <span
+class="pagenum" id="Page_131">p. 131</span>que nadie los llame. Mi
+árbol está libre de danzantes, de esos monos de la tierra, ridículos
+imitadores del artista, del político, del sabio. Mi árbol está plantado
+por tenderos. Quiero ser un tendero, un comerciante más.</p>
+
+<p>Su voz suena a hueco, lúgubre, rajada, desesperante. Poco a poco se
+va apagando. De Juan Sánchez solo queda un montón borroso de escombros,
+agazapados en el ángulo del coche, torvo residuo de las alegres
+llamaradas —tan fugaces— de aquel día.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch7">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_133">p. 133</span></p>
+ <h2 class="nobreak g0" title="7. Auto, bodegón y celos">
+ <span class="fs165">7</span><br>Auto, bodegón y celos</h2>
+</div>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_135">p. 135</span>El balcón da a
+una avenida histórica donde quedan unos pedruscos acribillados por un
+diluvio de balas enemigas. Alguna vez estos pedruscos formaron una
+puerta, pero hoy solo son un espectáculo. Los cerca un jardinillo,
+como a la estatua de un poeta acribillado por un diluvio de flechas
+amorosas. La ciudad inventa un decorado único para el arte y la gloria,
+para la ruda piedra y el frágil verso. A cada hombre o cosa le asigna
+un fragmento de césped —fondo neutro— salpicado de algunas flores
+raquíticas.</p>
+
+<p>La ciudad contempla a su puerta heroica, como a una venerable
+abuelita que hace más de un siglo se resistió bizarramente a una
+violación. El enemigo acumuló allí toda su energía. Aquella puerta era
+el sexo de la ciudad.</p>
+
+<p>Puerta que adquirió su personalidad cuando precisamente se obstinaba
+en perderla, y de lugar de acceso a las entrañas urbanas prefirió
+convertirse en un muro hermético. Vive por haber resistido a un
+apremiante deseo. El hombre <span class="pagenum" id="Page_136">p.
+136</span>y la cosa originales se producen súbitamente en momentos de
+rebeldía también súbita. Los modos lentos conducen al fracaso, porque
+las gentes prefieren que la originalidad estalle, para volver a ella
+los ojos.</p>
+
+<p>En el balcón, Matilde y Arturo. Juan Sánchez pasea nerviosamente
+por la sala, aguardando la llegada de su herencia. Su pasado viene
+dentro de un camión: un pasado sucinto; épocas en extracto, amores
+sintetizados en una redondilla; ambiciones reducidas a un diploma;
+fiebres prensadas —marchitas, secas, lamentables— entre dos páginas
+de novela... Volutas, metáforas, caracoleos de roble y de idioma. Una
+vieja cama barroca, retratos, rollos amarillos de papel.</p>
+
+<p>—Parece que tarda, ¿no? —pregunta Juan Sánchez.</p>
+
+<p>Y advierte sorprendido que nadie le contesta. Que Matilde y Arturo
+prosiguen una escrupulosa inspección de la puerta inmortal; que algo
+muy profundo les tiene sumergidos en la calle. Vuelve a preguntar:</p>
+
+<p>—¿Verdad que tardan?</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_137">p. 137</span></p>
+
+<p>Nada. Arturo está hablando casi al oído de Matilde. Flotan, entre
+los rizos de Matilde, frases mutiladas.</p>
+
+<p>—...una hora..., tardanza...</p>
+
+<p>—...siniestro difícil..., director..., urgente...</p>
+
+<p>—...falso..., catástrofes de pega...</p>
+
+<p>—...porvenir..., comisión muy aceptable..., debes comprender...</p>
+
+<p>Juan Sánchez está allí, a dos pasos. Vagamente llegan a él hilachas
+de un diálogo desflecado por la cautela. Pero de las últimas palabras
+se desprende un tuteo sospechoso. Aguza el oído. Frases completas.</p>
+
+<p>—Mi fortuna se fragua entre escombros.</p>
+
+<p>—Se ve que te enamoran los conflictos.</p>
+
+<p>—Por eso estoy entre vosotros, en vez de enseñar lógica en un
+instituto enmohecido..., donde todos los problemas se dan como
+resueltos.</p>
+
+<p>—Tienen fe.</p>
+
+<p>—No tienen curiosidad.</p>
+
+<p>—Tú no crees en nada.</p>
+
+<p>Dulcemente, muy bajo:</p>
+
+<p>—...ni siquiera en mí.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_138">p. 138</span></p>
+
+<p>A Juan Sánchez solo le llega el <i>mí</i>, un <i>mí</i> ardiente,
+afilado, inconfundible.</p>
+
+<p>—No es fe, es deseo. Creo que te basta.</p>
+
+<p>Juan Sánchez está allí, sumergido en un turbio presente. No puede
+oír la respuesta de Arturo, de Arturo, siempre correcto, frío, inmóvil,
+que sigue contemplando la puerta gloriosa, mientras Matilde vibra de
+impaciencia, hace esfuerzos para no gritar su inquietud. Juan Sánchez
+aguarda una frase nueva, definitiva. Los dos callan. Los pasos de
+Juan Sánchez han cesado. Un silencio hostil pone en guardia a los
+amantes.</p>
+
+<p>Y el ruido de un camión que se detiene ante el umbral.</p>
+
+<p>—¡Ya está aquí mi pasado!</p>
+
+<p>Salen todos a recibirlo.</p>
+
+
+<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div>
+
+
+<p>La destrucción del pasado de Juan Sánchez se realiza sin patetismo
+alguno. Folio a folio van desapareciendo los libros, el álbum. Astilla
+a astilla van sumergiéndose los marcos en la chimenea. Los lienzos
+se enrollan, se resisten al <span class="pagenum" id="Page_139">p.
+139</span>aniquilamiento. Al fin, la llama lo unifica todo.</p>
+
+<p>Juan Sánchez va arrojando antepasados al fuego. Un pintor que
+solo llegó a copiar la realidad, que nunca pudo inventarse otra. Un
+político que solo llegó a ser cacique. Un guerrero de latón, que nunca
+ganó más empresas que las del campo de maniobras. Un héroe que ganó
+el campeonato de las carreras a pie en cierta catástrofe militar. Un
+poeta, de los llamados <i>chirles</i>, cantor de frondas y arroyuelos,
+constructor de dos mil cuartetas y tres mil ochocientas quintillas. Un
+farsante sin genialidad, es decir, un payaso triste.</p>
+
+<p>Al caer en sus manos el hombre de la mano en la pluma, Juan Sánchez
+le dedica una sorda oración fúnebre.</p>
+
+<p>—Entra definitivamente en el olvido, abuelo mío. Te pasaste la
+vida buscando consonantes, como quien busca sellos de correo. Fuiste
+un coleccionista más. Recorriste de álbum en álbum todos los salones
+cursis de tu siglo. Cantabas a la patria que te vio nacer y a las nubes
+que recogían tus estúpidas miradas. Construiste poemas a medida, hechos
+de metáforas tradicionales, <span class="pagenum" id="Page_140">p.
+140</span>burdamente cosidas con alambre retórico barato. No llegaste
+a decir nada del sol ni de la luna y los campos, porque todo quedaba
+oscurecido entre la niebla de tu estilo común. Las cosas quedaron
+enfundadas en tupidas arpilleras; no las pudiste mostrar desnudas. No
+tuviste ni aun ingenio para disimular tu incultura, como tantos de
+nuestros poetas que aún viven. Hablabas del corazón humano, y nunca
+llegaste a conocerlo, como no lo conocieron tampoco la mayor parte de
+tus compañeros de rimas enchufadas. Lo simplificabais hasta el extremo
+de anularlo. Le asignabais dos o tres vulgares resortes, y de toda la
+complicada máquina emotiva solo visteis alguna patente ruedecilla.
+Ni siquiera pudisteis señalar los verdaderos estímulos eróticos, ni
+siquiera los verdaderos resortes de la voluntad. Por eso forjabais
+los personajes de una pieza, y todas sus posibilidades de acción se
+reducían al programa preestablecido. Escribíais para el público, sin
+saber que el público acaba por despreciar a los que solo escriben
+para él. Erais Nadie, porque no lograbais añadir un verso <span
+class="pagenum" id="Page_141">p. 141</span>al precioso mundo lírico de
+vuestros antepasados. Tú eras Nadie, porque tus versos estaban tomados
+a crédito a la historia, y deformados y trivializados luego, en vez de
+devolverlos bien bruñidos, con aderezo nuevo. Eras Nadie, como yo, tu
+descendiente, a quien legaste un vago afán de conmover a los hombres
+por la palabra sonora. Pensaba en un arpa y solo llegaste a manejar la
+ocarina. ¡Vete al fuego, pobre idiota ilusionado!</p>
+
+<p>La llama le transfigura, le redime. Hay en su mirada una extraña
+irradiación. En su voz hay una falsa mansedumbre.</p>
+
+<p>—Desaparecéis en absoluto, porque vuestras risibles obras ya hace
+tiempo que se borraron del mundo, y vuestras vidas solo prendieron en
+las otras por bestiales contactos, por lazos oscuros de sexualidad que
+nunca podrán hacer de un Nadie un Alguien... ¡Se acabó!</p>
+
+<p>Juan Sánchez se vuelve hacia Matilde y Arturo. Se acentúa la
+anormalidad de sus gestos, de su mirada. Matilde, azorada, se acerca
+más a Arturo como buscando refugio.</p>
+
+<p>—Ahora a cultivar el presente. Le obedeceré, <span class="pagenum"
+id="Page_142">p. 142</span>Arturo. ¡Acción, acción! Me entregaré a la
+acción. El pensamiento no fragua individuos.</p>
+
+<p>—Es su espuma, su perfume, nada más.</p>
+
+<p>—Y yo quiero robustecer mis huesos, endurecer mis músculos, templar
+mis nervios, para que den su sinfonía personal. ¡Voy a entregarme a la
+acción!</p>
+
+<p>Lo dice fieramente, clavando sus ojos en Matilde que, cada vez más
+azorada, solo acierta a decir:</p>
+
+<p>—Bien. Vamos a comer.</p>
+
+<p>Arturo se despide. Sale en seguida para el habitual escenario de su
+vida: un incendio. Detective de falsas catástrofes, baja, sobresaltado,
+la escalera, pensando en la mirada oscura de Juan Sánchez.</p>
+
+
+<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div>
+
+
+<p>—Mañana nos veremos en casa —le había dicho Matilde—, Juan sale de
+viaje. Acude pronto. Merendaremos juntos.</p>
+
+<p>Y Arturo viene dócilmente a merendar. Ahora, con el amor,
+alternan otras golosinas. <span class="pagenum" id="Page_143">p.
+143</span>Matilde, hembra cauta, sabe disponerlas a tiempo.</p>
+
+<p>Un gran silencio en la casa. Al fin del pasillo, una puerta se
+entreabre; una doncella invita a entrar. Sonríe, como se sonríe a todo
+cómplice.</p>
+
+<p>—La señorita va a venir. Pase al comedor.</p>
+
+<p>Hay sobre el tapete, a cuadros rojos y ocres, un azafate y sobre él
+una pirámide de fruta recién cogida. Entra Arturo en la habitación y
+se detiene a contemplar, desde lejos, aquella voluptuosa agrupación de
+formas redondas que realizan todas las travesuras de la curva. Mientras
+aguarda a Matilde se divierte en extraer del frutero su esencia
+cristalina: una pirámide.</p>
+
+<p>Este fugaz momento de esperar solo puede llenarse con contenidos
+infantiles, de tránsito entre dos graves problemas: ahora aplica un
+método escolar a la percepción geométrica de la fruta. Si circunscribe
+al conjunto un poliedro cualquiera, el puñado de curvas perderá
+en deleite lo que gane en precisión; mientras que inscribiéndolo,
+conservará toda su delicia, aunque pierda en geometría.</p>
+
+<p>Bien está asignar su sostén a la fragante arquitectura, <span
+class="pagenum" id="Page_144">p. 144</span>pero dejándolo bien oculto.
+No como andamio, sino como esqueleto.</p>
+
+<p>—Juan ha salido —dice entrando Matilde, recalcando una extraña
+frialdad—. Tenga la bondad de esperarle. Tome asiento.</p>
+
+<p>De pie ante la mesa, Arturo balbucea unas palabras de excusa. De
+pronto advierte que Matilde le hace un guiño impreciso... Acaso anda
+cerca algún criado... Reacciona súbitamente. Y, en la duda, permanece
+callado, dispuesto a aguardar lo imprevisto.</p>
+
+<p>Continúa la espera. Matilde es allí un objeto más. Se acerca a la
+pirámide, se sitúa en la baldosa exacta desde donde el azafate puede
+ser percibido con la máxima luz. El balcón está entreabierto, los
+visillos apenas empañan el cristal. Más lejos, solo vería manchas
+inconcretas de color; más próximo, algún matiz insolente apagaría el
+resto. Llega de la calle la porción de sol que pide cada escorzo,
+porque Matilde supo administrar bien la luz cruda de la tarde.</p>
+
+<p>Abre la fruta tres horizontes, cada uno con peculiares deleites: el
+del color, el del aroma, el del contacto. Son los ojos espías vivaces
+de la <span class="pagenum" id="Page_145">p. 145</span>voluptuosidad,
+de la que suelen consumir la porción más rica, dejando a los otros
+sentidos el despojo. Traza el aroma anchos círculos sutiles que, según
+se aprietan, van finamente esclavizando la avidez.</p>
+
+<p>Y, por fin, el mismo contorno de las cosas, su forma plena, su piel,
+abre el último horizonte, la onda más cercana que cada ser provoca al
+sumergirse en el espacio: onda que se confunde con el perfil, donde se
+sacia o naufraga definitivamente el deseo.</p>
+
+<p>Arturo se enamora súbitamente de la fruta, pero quiere irla
+poseyendo por grados. A todo gran amor corresponde una lenta fruición
+en apurar el lote de goces que origina. Solo se precipitan los que no
+saben amar. Por haberse precipitado un poco en el amor de Matilde ha
+perdido para siempre deliciosos instantes.</p>
+
+<p>Arturo penetra despacio en el aro de los perfumes; aunque cierre
+los ojos, ya conoce dónde podrá hallar las manzanas, dónde el moscatel
+y las granadas. Llega con suavidad al último círculo, donde los ojos
+deben ya prescindir de la visión total y repartirse de escorzo en
+escorzo, <span class="pagenum" id="Page_146">p. 146</span>donde ya
+cada poro se sorbe una sola proyección de belleza.</p>
+
+<p>En el azafate hay tres manzanas gemelas, tan tersas, tan bruñidas,
+que parecen de metal. Son verdes, de un verde provocativo, como los
+ojos de aquella hurí que empujaban a los donceles cristianos hacia
+un abismo cubierto de rosas donde se ocultaba Lucifer. Arturo conoce
+aquellos ojos por un cromo, y los anda siempre buscando en sus amigas.
+Ojos fascinadores, ojos duros, insolentes, de huraña malaquita.</p>
+
+<p>Arturo acaricia las manzanas; resbalan sus dedos por la fría
+superficie, rechinando un poco, como en las bolas de bronce de la
+escalera. Al contacto se apaga toda gula, porque ya el helado roce es
+el máximo deleite que pudiese provocar la posesión. En la curva piel
+metálica parece terminar la irradiación de su belleza.</p>
+
+<p>Se siente que aquellas lindas esferas, tan cercanas a la pura
+geometría, no tienen corazón, como otras frutas; sino una línea
+de cruce de infinitos planos. Lo mismo ocurre en muchos cuerpos
+de mujer, donde el espíritu fue desalojado <span class="pagenum"
+id="Page_147">p. 147</span>por una estación telefónica de innumerables,
+de opuestas intenciones.</p>
+
+<p>Pero Arturo está cansado de esas otras frutas vivas y sigue
+contemplando estas tres, tan hurañas, que arrojan fuera de sí la imagen
+del mundo en torno.</p>
+
+<p>Y hay otras dos manzanas: lindos orbes azucarados que tienen
+dibujado un mapa con sus diminutos continentes rojos sobre amarillo
+claro, con sus islotes rosas, carmesíes.</p>
+
+<p>Hay tres melocotones aterciopelados, de línea perfecta, cerrada,
+aristocrática, de un dulce amarillo surcado por una faja granate.
+Ofrece el mayor la graciosa hendidura de una lozana grupa de
+adolescente. Arturo la toca, siente resbalar sus yemas por el fino
+terciopelo, que, a contraluz, se tiñe suavemente de plata, de un rocío
+blanquecino, como si la luz que retrocedía en las tersas manzanas
+quisiera ahora sumirse por cada poro, levantando al borde de los
+microscópicos abismos una leve espuma.</p>
+
+<p>La luz se reparte amorosamente por toda la superficie del melocotón,
+se prende a cada brizna <span class="pagenum" id="Page_148">p.
+148</span>de pelusilla, muere allí, en un dulce ahogo, risueñamente.</p>
+
+<p>Arturo prefiere las frutas donde el misterio de la miel traspasa
+la epidermis; no corre al encuentro del sol, jugando con él como un
+balón de fuego, pero lo atrapa y lo derrota en la misma superficie,
+chupándole los colores más lindos. La manzana es una vanidosa que
+solo persigue el infantil devaneo, y hace de su piel un curvo espejo
+deformador.</p>
+
+<p>Y hay una pera rechoncha, verdusca, elaborada a martillazos, deforme
+aún y sin pulir, con su faja terrosa ceñida al vientre, apelotonada,
+ridícula. Aunque Arturo sabe que bajo aquella piel monótona, agreste,
+hay una mansa dulcedumbre, blanda, jugosa, sin vanidad alguna.</p>
+
+<p>—Coma. ¿Le gustan?</p>
+
+<p>Arturo esboza un gesto dudoso; desconoce el arte de las comedias de
+enredo y no sabe qué banales palabras serían ahora oportunas.</p>
+
+<p>Ve a mano un cuchillo. Podría ir arrancando tiras de piel de esta
+grupa encantadora de chiquilla, hasta dejar los músculos palpitantes,
+con todos sus zumos destilando en plena desnudez.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_149">p. 149</span></p>
+
+<p>«El melocotón —piensa— es como una pella de tierna carne virginal
+donde la gula pierde sus brutales acometidas y se convierte en tierna
+voluptuosidad».</p>
+
+<p>Arturo prefiere hincar los dientes, súbitos, sañudos, en la piel
+insolente de una manzana. Y, al escoger una en el frutero, se queda con
+la mano en alto, en la actitud de un ladrón sorprendido.</p>
+
+<p>Juan Sánchez entra en el comedor, saludando torpemente. No se
+oyó timbre alguno; no se produjo en la casa ese pequeño rebullicio
+que acompaña a la entrada o salida de alguien. Juan Sánchez estaría
+acechando...</p>
+
+<p>—Les dejo. Tengo que salir —dice Matilde.</p>
+
+<p>Cuando se quedan solos se oye la voz trémula de Juan Sánchez, que
+confiesa:</p>
+
+<p>—Perdóneme. Iba a matarle a usted.</p>
+
+<p>—¿A mí?</p>
+
+<p>—Le había preparado esta encerrona. Tuve desde hace tiempo la
+esperanza de que entre usted y Matilde... No ha sido así. No es culpa
+mía. Reto a la tragedia, pero la tragedia no acude. Tampoco logré nada
+con Alfredo.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_150">p. 150</span></p>
+
+<p>Un gesto de asombro. Arturo permanece mudo.</p>
+
+<p>—Pasaré por el mundo entre bastidores, como un pobre comparsa. Mi
+vida es de oscuro pasillo de un teatro... «¡Acción, acción!», me dicen
+todos. «Así un día logrará encontrarse a sí mismo». Ya ve, intento
+obrar, y los resortes no responden. Nada estalla. Nada se rompe. Todo
+es fiel. Todo es dócil. Mi vida tiene excesivamente engrasadas sus
+ruedas. Creo que cuando muera será durmiendo. Y me despertaré entre
+millones de comparsas, de coristas. ¡Una eternidad cantando salmos,
+donde ya ni el suicidio puede remediar nada! No creo que mi vida
+merezca otro premio que el de perpetuo corista, ¿comprende? No ser
+nunca nada, ni antes ni después de existir.</p>
+
+<p>Arturo no contesta. Mira lleno de estupor a Juan Sánchez, el
+infortunado tramoyista de su propia tragedia. No consigue ni aun
+el derecho a ser actor en el drama de su misma vida conyugal tan
+compartida.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_151">p. 151</span></p>
+
+<p>Quizá la verdadera interpretación de la tragedia de Juan Sánchez
+sea esta: tropezar siempre con la cuarta dimensión, ser víctima de las
+bromas inflexibles de la cuarta dimensión.</p>
+
+<p>Juan Sánchez llega demasiado tarde a los hombres y las cosas. Nunca
+puede verlos en su minuto de máxima tensión, en la usual temperatura
+en que los héroes respiran. Le sucede como al que llega a una pirámide
+cuando ya el vértice es un redondo muñón y las vertientes son de tronco
+de cono, todo gastado, arañado por los días, sin hoscas aristas, sin
+hirsutos filos.</p>
+
+<p>Juan Sánchez presintió su drama conyugal; pero al llegar a rozarlo
+con los dedos, el drama había perdido su temperatura hostil. Si
+Sánchez irrumpiese en un bosque salvaje, las fieras le verían llegar
+indiferentes, porque en aquel momento estarían en plena digestión de
+alguna caravana acabada de engullir.</p>
+
+<p>Cuando Juan Sánchez se acerca a las cosas, todas se le acercan,
+lamiéndole irónicamente la mano, fatigadas, rendidas. El mundo está
+nutrido de arcos tensos, pero Juan Sánchez los encuentra siempre
+relajados.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_152">p. 152</span></p>
+
+<p>La verdadera tragedia de Juan Sánchez es, quizá, su excesiva
+realidad. En la realidad, los espíritus extremos, las sumas tensiones
+del espíritu mediocre, pocas veces aciertan a encontrarse para producir
+esa chispa fascinadora que marca niveles ilusorios de humanidad
+heroica.</p>
+
+<p>En la realidad, pasan, se cruzan, se rozan apenas los espíritus.
+Son casi siempre tangenciales al aro de luz que traza en torno suyo
+cada ente original; sin que, unas veces por su silencio, y otras por su
+excesiva charla, logren juntarse para encender temperaturas cumbres.</p>
+
+<p>Tal pasión —la de Arturo— entra aquí en juego cuando apenas es ya
+una sombra. Tal vanidad —la de Alfredo— viene a escena cuando ya logró
+plenamente saciarse. Todas las pasiones han perdido sus filos, su
+pólvora, cuando Juan Sánchez quiere jugar con ellas, utilizarlas como
+armas arrojadizas.</p>
+
+<p>Solo un astuto novelador consigue armonizar en el tiempo este
+gran sistema de fuerzas que constituye el tejido dramático: el
+punto de sazón del deseo femenino, del ímpetu viril de los <span
+class="pagenum" id="Page_153">p. 153</span>amantes, la extrema
+temperatura de una cólera, el período de celo de toda bestia humana.</p>
+
+<p>Solo un falso novelador puede recortar de aquí y allí trozos
+singulares de vida y acoplarlos —como los líquidos en un matraz— para
+hacerlos hervir ruidosamente, en un momento prefijado. En este breve
+relato, en este fragmento de la vida de Juan Sánchez, no se tuvo la
+fortuna de hallar a los personajes en su punto de más alta tensión.</p>
+
+<p>Para alguno se adelantó, para otro se retrasó la novela. Aquí
+aparecen según vivían al ser llamados a figurar en este sencillo
+relato.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch8">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_155">p. 155</span></p>
+ <h2 class="nobreak g0" title="8. Las dos muchedumbres">
+ <span class="fs165">8</span><br>Las dos muchedumbres</h2>
+</div>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_157">p. 157</span>Arturo sigue
+escribiendo su informe: «...un ingenuo amanecer, limpio y desnudo. Sin
+auras ni alondras, sin murmullos en el campo ni nubes teñidas de rosa.
+Una de estas mañanas en que el sol sale de incógnito, ya cansado de
+escoltas de nubes amarillas y de orquestas de gorriones. Una mañana
+color ceniza, todo ceniza muda, neutral, como a quien le da lo mismo
+el sol que las estrellas, y elige un tono indefinido que borra los
+confines del día y de la noche. Solo mi reloj es capaz de asegurarme la
+verdadera fecha».</p>
+
+<p>—Mi informe va a ser interminable. Además, esta indecisión de los
+tonos ceniza no va a interesarle al jefe. Ceniza... Ceniza... ¡Siempre
+la obsesión del siniestro!</p>
+
+<p>Arturo destruye la hoja de papel, y, en otra, escribe :</p>
+
+<p>«Son las seis treinta de la mañana. El tren me vuelca en la estación
+de Los Olmos, con tres fardos de <i>Blas Pérez y Sobrino</i> y una
+jaula. Es un tren mixto. Un jefe huraño desdeña mi billete <span
+class="pagenum" id="Page_158">p. 158</span>y un mozuelo soñoliento
+arrastra mi maleta. El pueblo dista dos kilómetros, y no hay coche.
+El ferrocarril dejó en un total abandono al pueblo, o viceversa;
+solo hay entre ellos un leve contacto: un rapaz que lleva y trae la
+correspondencia...».</p>
+
+<p>—Esto se prolonga mucho. Creo que la psicología de una estación de
+tercera clase no va a interesar al jefe.</p>
+
+<p>Arturo destruye la hoja de papel, y, en otra, escribe:</p>
+
+<p>«Son las seis treinta de la mañana. Desembarco en Los Olmos. Un
+mozo recoge mi maleta y me propongo comenzar por él mi indagación.
+Le pregunto, distraídamente, si conoce a la actual propietaria de
+<i>El Canastillo</i>, y me contesta adormilado que sí. A los tres
+minutos pretendo arrancarle la confesión del verdadero estado civil
+de la que yo llamo <i>siniestrada</i> en mi lamentable argot, y él
+balbucea unas palabras en cierto idioma impreciso, solo utilizable por
+sonámbulos. Insisto. Averiguo que esta imprecisión no nace del estado
+de semivigilia del mozo, sino del dudoso estado civil de...».</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_159">p. 159</span></p>
+
+<p>—Parecen unas memorias íntimas. El jefe debe ignorar mi desprecio
+por el <i>argot</i> de la casa.</p>
+
+<p>Destruye la hoja de papel; en otra escribe:</p>
+
+<p>«Son las seis treinta de la mañana. Desembarco en Los Olmos.
+Comienzo mis gestiones preguntando al mozo que me lleva la maleta
+acerca del estado civil de la siniestrada. Parece que esta en su
+conducta privada deja mucho que desear. Su estado civil es poco claro.
+Avanzo por un caminito empapado de jugos matinales. Los Olmos me sirve
+un amanecer en su propia salsa. El rocío me empapa las rodillas. De
+vez en cuando, una zarza me hace cariñosamente guiños, me sujeta por
+la americana, me hace entablar una escaramuza infantil con ella. El
+paisaje me ofrece su sentido hostil, aunque de una suave hostilidad.
+Las zarzas son jóvenes, son blandos sus dedos, apenas sus uñas han
+comenzado a afilarse. Es un sendero verde, amarillo y violeta, todo
+embozado en tules ceniza. La ceniza lo traspasa todo...».</p>
+
+<p>—Ceniza... ¡Siempre la obsesión del siniestro! <span
+class="pagenum" id="Page_160">p. 160</span>Además, el jefe va a reírse
+de mi sentido de hostilidad del paisaje.</p>
+
+<p>Otra hoja de papel hecha pedazos. Cuando comienza la quinta, un
+disparo, otro, otro. Toda la fonda se estremece. Arturo corre al
+balcón.</p>
+
+<p>Abajo, comienzan a correr las gentes. Primero, su actitud es de
+huida. Poco después, de pesquisa. Por fin, de curiosidad. Los que
+huían, vuelven; los que giraban en derredor la vista, la fijan en un
+punto; todos se van apiñando. Fluyen de todas las calles, salen de
+todas las puertas, asoman por todas las ventanas, gritan en todos los
+tonos, protestan, alzan los brazos...</p>
+
+<p>—¡Señorito, señorito!</p>
+
+<p>—¿Qué ocurre?</p>
+
+<p>—¡Dos hombres muertos!</p>
+
+<p>—¿Dónde?</p>
+
+<p>—Ahí, abajo. En esa esquina. Eran dos de la luz... ¡Ay, Dios mío!</p>
+
+<p>En seguida circula la noticia. Son dos empleados del municipio,
+que acaban de ser asesinados. Arturo presencia, desde el balcón,
+la conducción de los cadáveres a una farmacia; la muchedumbre se
+agolpa, irrumpe en nuevas <span class="pagenum" id="Page_161">p.
+161</span>oleadas. Pronto se llenan todos los claros; la plaza está
+cuajada de cabezas vibrantes, de ojos que chispean, de puños que se
+levantan pidiendo justicia. Se inician al punto en ella los vaivenes de
+un mar. Embestidas, corrientes bruscas, contracorrientes. Una espuma
+de sombreros, de cráneos mondos, de pañuelos. Asoman las menudas
+tragedias que siempre corean a la grande: violentos pisotones, llantos
+de niño perdido, codazos impertinentes. Una joven se siente foco
+de un remolino de presiones táctiles; un grupo de mozuelos ruge en
+torno de ella, a un tiempo azorada y envanecida. Guardias a caballo
+recorren penosamente el recinto; desembocan en la plaza los entes
+representativos, sin gran lujo de atuendo, porque la noticia les
+alcanzó en pleno traje y espíritu de diario. Precipitadamente se han
+vestido un traje de luto, y se han compuesto una faz de circunstancias.
+Cruzan la muchedumbre con un aire dolorido, con un gesto dramático
+provisional. Las gentes les abren paso, repiten sus nombres —el
+presidente González, el teniente alcalde Pérez...—. En cada calle, una
+fila de tranvías detenidos contempla el oleaje. <span class="pagenum"
+id="Page_162">p. 162</span>La multitud crece, no cabe ya en la plaza
+y comienza a enroscarse a los postes, a rebasar por las terrazas,
+a invadir los tranvías. La multitud convierte la plaza en un circo
+máximo, cuyas localidades improvisa, como los asesinos han improvisado
+el espectáculo.</p>
+
+<p>De pronto, unos hombres audaces surcan las olas con un frágil
+esquife cargado de imágenes. Son operadores. Van a recoger, a prender
+en sus cintas aquella espléndida fiebre humana. Se instalan en un
+ángulo de la plaza, luego en otro. Aquella multitud no perecerá, no
+se destruirá al disgregarse. Giran los manubrios. Las gentes se dan
+cuenta. Se rehacen. Comienza en ellas a perderse la espontaneidad.
+Se preparan a cruzar por la pantalla. Una muchacha se adereza el
+pelo, otra se fija escrupulosamente un clavel, aquella se abre algo
+más el escote. Algún mozuelo se engalla, enciende un puro, se ladea
+el sombrero. La muchedumbre recibe de golpe esta profunda impresión:
+¡También ella es espectáculo! Y se dispone a serlo. Se inventan
+sonrisas, se avivan miradas, se atusan rizos, se ensayan posturas.
+Se olvida de que se prepara <span class="pagenum" id="Page_163">p.
+163</span>un espectáculo donde cada espectador puede ser un
+personaje.</p>
+
+<p>Arturo mira con los gemelos. Recorre los racimos de cabezas que
+irrumpen en el terreno batido por la máquina. De pronto, en medio de
+un grupo, ve surgir la cabeza de Juan Sánchez. Juan Sánchez que se
+adelanta hacia el aparato, que lo mira gravemente, que vuelve a pasar
+y a mirar. Siempre al frente del grupo, como su quintaesencia; fiel
+extracto de multitud, ente representativo, delegado insigne de la
+masa.</p>
+
+<p>Arturo se aparta del balcón. Vuelve a su informe. Los periódicos le
+enterarán del resto del suceso. <i>El Cisne</i> aguarda el resultado de
+una investigación. Arturo comienza otra vez sus notas:</p>
+
+<p>«Las seis treinta de la mañana. Me apeo en Los Olmos. Comienzo mi
+investigación interrogando al mozo que conduce mi equipaje. Dista el
+pueblo unos dos kilómetros. Al llegar al pueblo, comienzan a parpadear
+las ventanas, a gemir los goznes, a sonar las campanas, a asomar caras
+frescas de muchachas...».</p>
+
+<p>Arturo rompe esta hoja. Y la siguiente. Aburrido <span
+class="pagenum" id="Page_164">p. 164</span>de no poder llegar nunca
+al lugar del siniestro, detenido por todas las mujeres, por todas las
+ventanas, por todos los latidos, abandona el informe y baja a encontrar
+a Juan Sánchez.</p>
+
+
+<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div>
+
+
+<p>Pasean por la ciudad salpicada de héroes de piedra. Frente a uno de
+ellos, Juan Sánchez oprime fuertemente el brazo a Arturo.</p>
+
+<p>—Aquí tiene usted un hombre que apenas existió y sigue <i>siendo</i>
+eternamente. No era nada, como yo; pero un día soltó cuatro trabucazos
+a tiempo, le contestaron con otros, le abrieron el pecho, como a esos
+dos empleados, y dentro del corazón le grabaron la firma. Por el
+agujero de una sien se le huyó el anonimato. Ahí le tiene.</p>
+
+<p>—En cambio —piensa Arturo—, el escultor no existe. Es preciso
+acercarse a ver la firma, como en el cuadro de Matilde.</p>
+
+<p>—Ahí le tiene —recalca Juan Sánchez—. Inmortal. Tan inmortal como
+Augusta.</p>
+
+<p>—Busque usted una causa cualquiera, justa o <span class="pagenum"
+id="Page_165">p. 165</span>injusta, y mátese por ella. Le erigirán una
+estatua.</p>
+
+<p>—La mía solo podría ser la estatua del soldado desconocido.</p>
+
+<p>—La inmortalidad por estos rápidos caminos, va siendo ya muy
+difícil. Podrá seguir habiendo guerras, también guerras sociales; pero
+ya apenas hay «hondas convicciones», y, al extinguirse estas, quedan
+suprimidos considerablemente los «trances heroicos». La vida moderna va
+eliminando del mapa dramático, situación tras situación, conflicto tras
+conflicto. Pronto, borradas las cordilleras, cegados los grandes ríos,
+el ambiente de emociones pasará por el mundo como sobre una equilibrada
+estepa. Porque los problemas de la inteligencia no levantan más que
+espuma, ráfagas de aire. Dejará de producirse el héroe. Pero aún es
+tiempo. Aprovéchelo.</p>
+
+<p>—Se burla usted de mí.</p>
+
+<p>—Le invito a aprovechar los últimos instantes de una vida
+heroica que se extingue. Pronto, si algún héroe surge, se sonreirá
+aburridamente de su propio heroísmo. El mundo va adoptando posturas
+inteligentes; es decir, va suprimiendo <span class="pagenum"
+id="Page_166">p. 166</span>las posturas. Pronto no quedarán héroes
+«monumentalizables». La vida moderna está reduciendo el rostro del
+mundo a esquemas simplicísimos, a geometrías colectivas, donde no caben
+profundas contracciones individuales.</p>
+
+<p>—¿Va a extinguirse la personalidad?</p>
+
+<p>—Van a reducirse los tipos originales. Se llegará quizá a una
+estandarización del hombre.</p>
+
+<p>—Quedan las grandes hazañas del aire, del mar...</p>
+
+<p>—Queda el éxito, que suele no tener nada que ver con la
+personalidad. Como el cartel que nada tiene que ver con el muro que,
+por azar, lo ostenta o lo soporta. Detrás del éxito puede haber un
+hombre cualquiera, en quien las gracias se han complacido en acumular
+coyunturas favorables. Un mismo aviador llega o puede no llegar. El que
+no llega, se borra. Y acaso lo borró una brizna de aire.</p>
+
+<p>—Quedan los grandes negocios...</p>
+
+<p>—Sí, tal vez el héroe moderno está llamado a ser el gran jugador de
+Bolsa. Pero un jugador de Bolsa no suele soñar con estatuas, sino con
+millones.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_167">p. 167</span></p>
+
+<p>—Quedan los grandes amores, las grandes tragedias del amor.</p>
+
+<p>—Si no van acompañadas del asesinato, no creo que destaquen mucho
+a nadie... De todos modos, el drama pasional arguye en los actores
+una gran pobreza imaginativa. Los inteligentes suelen desviarlo hacia
+terrenos más fáciles en sorpresas. El ruidoso drama pasional es ya solo
+patrimonio de la plebe. De una u otra plebe.</p>
+
+<p>—Quedan los escándalos.</p>
+
+<p>—¿Cuáles?</p>
+
+<p>—El gran robo, la gran estafa.</p>
+
+<p>—Es posible que aún quede algún espléndido collar de reina que
+robar. Alguna caja de caudales que violar. Pero esto ya va pasando al
+terreno de la fábula. Las perlas suelen ser ya falsas y los valores de
+complicada realización. Las cajas de caudales cada día se ciñen más
+cinturones de castidad. Además, el gran estafador desaparece en seguida
+de la celebridad. En cuanto lo encierran en un presidio, a menos que se
+escape. El mundo va intensificando cada día más su capacidad de olvido.
+El héroe antiguo persistía en la memoria y en la piedra; el héroe
+<span class="pagenum" id="Page_168">p. 168</span>actual —el campeón
+de boxeo o el bolsista— durará lo que dure la operación de bolsa o el
+<i>match</i>. Se desvanecen después de una rápida fulguración. Como los
+grandes criminales, su persistencia en el mundo durará lo que dure su
+proceso.</p>
+
+<p>—No comprendo bien.</p>
+
+<p>—La razón es porque el mundo, nuestro mundo, comienza a ser toda la
+tierra. Un grupo de soldados griegos, en una diminuta parcela del orbe,
+pudo atender recíprocamente a sus idas y venidas, a sus menudos lances
+de amor. El mundo estaba muy reducido de tamaño, y podía seguirse,
+grado por grado, segundo a segundo, el gráfico de la cólera de Aquiles
+o la historia patológica del erotismo de Elena. Hoy estas menudencias
+no serían ya capaces de atraer las miradas del mundo ni de inaugurar
+una espléndida literatura de viajes. (Porque, penoso es decirlo, pero
+toda la literatura occidental tiene por base unos menudos trapicheos de
+coqueta, una deliciosa comadrería de campamento). El mundo va borrando
+de su tablero de ajedrez las grandes piezas, y <span class="pagenum"
+id="Page_169">p. 169</span>prefiere seguir la partida con los peones
+solos, a quienes, de vez en cuando, les endosa una caperuza de
+caudillo. El novelista nuevo rebana el cuello a los altos fantasmones
+y prefiere manipular con las masas. Ya los principales personajes de
+la novela actual tienen cien mil cabezas. A casi nadie le interesa un
+problema individual. El mundo entero está cansado de monólogos.</p>
+
+<p>—Queda el arte, ¡el gran arte!</p>
+
+<p>—Es posible. Quedará siempre el animador, en el papel, de esas
+multitudes. El que expresa la gran inquietud de esas cien mil
+cabezas... En un foso de la gran guerra se desplegó más heroísmo que en
+toda la guerra de Troya junta. Un sencillo «peludo» ha podido rivalizar
+con Héctor; y un espía cualquiera, con el sagaz Ulises. No existen,
+quizá, los héroes; pero sí existen los poetas.</p>
+
+<p>—Yo intenté...</p>
+
+<p>—No importa. El poeta y su tema viven siempre juntos. Busque, Juan
+Sánchez, una anécdota cualquiera de usted; haga que la cante un poeta,
+y ambos pasarán a la posteridad. Aún queda un <span class="pagenum"
+id="Page_170">p. 170</span>margen para el individuo... Pero no se
+retrase mucho, porque todo va a sufrir una profunda mutación. Vea,
+amigo mío, algunos de los títulos que llenan nuestros escaparates de
+libros: «Cemento», «Chocolate», «Petróleo», «Gas»...</p>
+
+<p>—-¡Es verdad!</p>
+
+<p>—Se trata, óigalo bien, de libros, aunque parece tratarse de
+artículos de primera o segunda necesidad. Ya van desapareciendo los
+«Adolfos» y los «Pedros Infinitos». En cada uno de esos «Cementos» o
+«Chocolates» hay una muchedumbre que ama y odia, trabaja, goza y sufre.
+Como en las óperas de Wagner, los tenores deben sujetarse estrictamente
+a la tiranía de la partitura. Son novelas o poemas sin fermatas, en
+que el divo no tiene por qué adelantarse a la batería. Son novelas
+sin enfoques unipersonales. Su personaje central es el coro. Es una
+masa.</p>
+
+<p>—La masa es siempre algo borroso, sin perfil.</p>
+
+<p>—Eso depende del operador que se instale ante ella. De la avidez
+y potencia de su máquina. La masa tiene también sus perfiles, aunque
+innumerables. Exige un poder más robusto de selección y arquitectura.
+Quien posea esta virtud <span class="pagenum" id="Page_171">p.
+171</span>creará el nuevo personaje. Creará la novela red.</p>
+
+<p>—¿Cómo?</p>
+
+<p>—La novela poligráfica, en lugar de la ya aburrida monografía.</p>
+
+<p>—Aún no comprendo.</p>
+
+<p>—El hombre no es un pino o una palmera que crecen sueltos, en
+el norte o en el sur; es un peón de ajedrez que tiene un claro —o
+misterioso— enlace con gran número de otros peones o piezas mayores.
+El novelista, el poeta épico actual debe saber jugar muy bien a ese
+ajedrez.</p>
+
+<p>—¿Y el lírico?</p>
+
+<p>—Demos su parte a Narciso. Que siga cantando a la luna o a su propia
+zampoña. Al poeta puede eximírsele de conocer el perfil de los hombres
+si conoce maravillosamente el perfil de una ola. O el del aire. Aunque
+yo les aconsejaría a todos que aprendiesen a jugar al ajedrez. Narciso
+va siendo insoportable. Y monótono. Todos acaban por mirarse en la
+misma fuente... Y con la misma cara.</p>
+
+<p>—¡El verso! ¡Las maravillas del verso!</p>
+
+<p>—Óigalo bien, Juan Sánchez... El verso comienza <span
+class="pagenum" id="Page_172">p. 172</span>ya a no tener sentido entre
+nosotros. Pronto solo escribirán en verso quienes no sientan la gran
+poesía de los hombres: los artífices cartujos, cuya sola poesía está en
+el aparato.</p>
+
+
+<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div>
+
+
+<p>En la puerta del palco, el acomodador sonríe levemente a Arturo. Un
+bosquejo de alusión que para Arturo es más doloroso que una bofetada.
+Porque el acomodador es el único testigo del amor subterráneo de
+Matilde y Arturo, en sus dos primeras etapas. El acomodador no ha
+asistido a la tercera y siguientes, pero su ladina percepción de las
+curvas inexorables que describe el deseo amoroso le ha llevado a
+conocer que los amantes, transcurrido el primer ciclo frenético de
+su pasión, pretenden reanudar la feliz trayectoria, buscando en el
+recuerdo fruiciones que ya no pueden hallar en la misma voluptuosidad
+presente. Aquel hombre de faz dúctil, según índices de generosidad
+en los amantes, ha asistido desde la sombra a la explosión de <span
+class="pagenum" id="Page_173">p. 173</span>un deseo cuyos gérmenes
+juntó el azar en un puesto de libros. La primera etapa —el orden es
+inmutable en cada caso— transcurre en el antepalco, corridas las
+cortinas; la segunda también, pero ya en pleno hermetismo, redoblado
+el sigilo y la propina. El acomodador sabe que se suceden luego
+otras etapas en las que él no actúa. El amor en creciente busca
+otros más amplios escenarios, un hermetismo en nada sujeto a las
+bruscas alternativas de la luz, a las peripecias de una máquina, a
+los descuidos de un operador. Solo cuando la curva completa ha sido
+descrita, los amantes regresan al punto de partida y, durante un buen
+espacio de tiempo, se nutre de sus propias imágenes.</p>
+
+<p>El acomodador sabe que, poco después de Arturo, se deslizará por
+el pasillo Matilde, como una consonante forzosa en esta trivial rima
+de amor. Y así es, en efecto: Matilde se adelanta y recibe en pleno
+rostro la sonrisa de bienvenida, que ella hace fracasar con un guiño
+angustioso. Porque, tres pasos más atrás, viene Juan Sánchez. Y el
+acomodador conoce, en la propina, los grados de normalidad de aquel
+fenómeno. Lo <span class="pagenum" id="Page_174">p. 174</span>anormal
+ha sido hoy eliminado de aquella pasión tan generosa un tiempo. Y
+el acomodador, cuya vida económica sería lamentable entre amores
+legítimos, cierra la puerta y se retira malhumorado.</p>
+
+<p>—Quizá venga después un caballero —le ha dicho, al entrar, Matilde.
+Pero el acomodador, que hubiese recuperado su alegría si Matilde le
+hubiese anunciado a una señora, rezonga displicente :</p>
+
+<p>—Está bien.</p>
+
+<p>La sala está completamente a oscuras, salvo esos residuos mortecinos
+que se van refugiando en el foso donde rebulle la fauna rubia y negra
+de músicos e instrumentos. La ondulación de las butacas, que avanza en
+filas simétricas hacia la ribera clara, es apenas perceptible gracias
+a esas diminutas linternas que andan buscando entre las ondas negras
+algún espacio náufrago. Pronto, aguzadas las pupilas, se va viendo en
+lo sumo de cada onda la pálida espuma de los rostros.</p>
+
+<p>Arturo va repartiendo sus miradas entre ambos espectáculos, entre
+ambas muchedumbres. En <span class="pagenum" id="Page_175">p.
+175</span>la pantalla, la muchedumbre elaborada; frente a ella, la
+muchedumbre en estado nativo. En la pantalla, un film ruso, una
+multitud desorbitada que va empujando cruelmente a un gran duque hecho
+jirones.</p>
+
+<p>Multitud expresiva y multitud en estado nativo. Multitud armónica
+y multitud simétrica, repartida en filas, diseminada en palcos, sin
+realidad apenas. La sala está llena de rostros agrupados al azar, por
+contagio, mediante la presentación en la puerta de unos papelitos rojos
+y azules. Un hilo de curiosidad los fue arrastrando hacia el film. No
+tienen representación alguna, cohesión alguna. En un momento de peligro
+se destrozarían unos a otros. Un momento de placer les hace sonreír a
+compás.</p>
+
+<p>Un haz de fisonomías sin sentido colectivo, frente a una
+armonizada muchedumbre, a la que no comprenden. Solo les complace el
+divo. Reaccionan ante el que les fustiga, ante el que les tortura
+los nervios, ante cualquier ente —individual y voceado por los
+carteles—, no porque realice una labor personal artística, sino
+porque su nombre es el primero en el programa. En el cinema <span
+class="pagenum" id="Page_176">p. 176</span>se busca la estrella —casi
+siempre específica, impersonal—, como en la ópera se busca al lindo
+barítono.</p>
+
+<p>—De todos modos —rezonga Juan Sánchez—, ese hombre ya no ha pasado
+en vano por la tierra.</p>
+
+<p>—Exacto. Ha pasado velozmente, pero algo queda de él en el mundo.
+Mañana sus trajes y sus gestos divertirán mucho a nuestros hijos,
+como a nosotros nos divierten las perillas y las moscas de nuestros
+abuelos.</p>
+
+<p>—¿Y su gesto? Es algo más que un maniquí.</p>
+
+<p>—Su gesto perdurará mucho tiempo, si ha sabido ser original. Pero
+dudo que, aparte una docena de rostros, encontremos en el cinema
+individuos originales.</p>
+
+<p>—Que además sean fotogénicos —añade burlonamente Matilde; mientras,
+apoya su pie en el de Arturo, continuando una cadena de mudas
+insinuaciones sin ningún éxito.</p>
+
+<p>—Lo será siempre, si es original. Por eso los hombres, donde se da
+con alguna mayor frecuencia el gesto personal, son más fotogénicos.
+La mujer soporta menos la pantalla. Se le tolera casi <span
+class="pagenum" id="Page_177">p. 177</span>siempre por su seducción
+epidérmica... Pero hay otras bellezas más firmes, poco menos que
+inencontrables en la mujer.</p>
+
+<p>Entonces el pie no insinúa, tortura.</p>
+
+<p>—Me abruma su delicadeza, Arturo —dice Matilde, mientras le dice al
+oído—: ¡Pedante!</p>
+
+<p>—La pantalla prefiere, a la desnudez de la carne, la desnudez de un
+espíritu, que solo fueron capaces de fijar algunos pintores geniales.
+La de la carne puede ser puesta en conserva por cualquier pintorcillo,
+para estimulante de las muchedumbres. La piel se pinta fácilmente. El
+espíritu necesita de otro. Esta prueba de la pantalla solo yendo del
+brazo con otro podría resistirla.</p>
+
+<p>Arturo sigue divagando entre la indiferencia de sus dos oyentes y
+los insistentes pisotones de Matilde. Uno de ellos es tan doloroso que
+la cara de Arturo se contrae en una mueca. Al mismo tiempo dan luz a la
+sala, y la mueca, precipitadamente, se convierte en sonrisa.</p>
+
+<p>—Me esperan ahí fuera —dice, levantándose, Juan Sánchez—. Vuelvo en
+seguida.</p>
+
+<p>—Eres insoportable, Arturo, con esa manía de especializarte en
+multitudes.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_178">p. 178</span></p>
+
+<p>—Es mi profesión. Avanzo en mi carrera, según mi habilidad en
+distinguir en un rostro la lealtad o la farsa. Y en un siniestro, lo
+casual o lo previsto. No atentes contra mis intereses. ¡Quieta! Están
+mirando.</p>
+
+<p>De pronto, la sala va enfocando sus miles de pupilas hacia el palco.
+Alguien ha sorprendido la ausencia de Juan Sánchez y un ademán dudoso
+de Matilde, y el resto, dócilmente, va siguiendo el cauce abierto por
+los ojos del primero. Cuando todos están ya fijos en el grupo, dice
+Arturo:</p>
+
+<p>—Ahí tienes ya tu público. Has conseguido convertirte en
+espectáculo. Regocíjate.</p>
+
+<p>—Son necios.</p>
+
+<p>—Son la masa. Tú has conseguido cosquillearle un poco la médula, y
+como un monstruo de mil cabezas, se vuelve a mirarte, sin saber por
+qué.</p>
+
+<p>—¡Qué pena! Están destruyendo nuestra intimidad. Tendremos que
+recomponerla esta tarde, ¿quieres?</p>
+
+<p>—Tengo un incendio difícil.</p>
+
+<p>—El inevitable incendio.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_179">p. 179</span></p>
+
+<p>—Además, ¿ya estás segura de que podremos recomponerla?</p>
+
+<p>—Lo estoy.</p>
+
+<p>—Está muy averiada.</p>
+
+<p>Matilde se transfigura.</p>
+
+<p>—¡Que lo esté!</p>
+
+<p>Como en ella han confluido tantas luces —verdes, azules, negras,
+doradas— de pupilas, las suyas, ahora más ricas, más confiadas que
+nunca en su poder de seducción, se clavan insolentes en Arturo. Una
+voluptuosidad nueva enlaza las dos miradas. La de Matilde desafía; la
+de Arturo se somete.</p>
+
+<p>—Nos miran.</p>
+
+<p>—¿Quién? Dos o tres amigos que nos conocen. El resto no ve nada: a
+lo más, una pareja anónima. Tienes la manía de las masas. Las masas
+no existen aquí. Existen algunos espíritus suspicaces. Yo los veo,
+porque suelo ver la gente al detalle, no como tú, en globo. Harías mal
+novelista. Yo veo el matiz. Tú solo ves la mancha descomunal. Ahora
+estás viendo la de aceite, la de la calumnia, que se extiende por el
+teatro... ¡Qué divertido eres!</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_180">p. 180</span></p>
+
+<p>—Tú solo ves algún hecho menudo. Yo veo conjuntos. Tú solo
+comprendes un ademán; yo, una corriente de opinión... que ahora nos
+favorece muy poco.</p>
+
+<p>—Tú no ves nada. El mundo hay que verlo pieza a pieza.</p>
+
+<p>—Y la mujer, palmo a palmo, ¿no es eso?</p>
+
+<p>—Quizá. Ir de la epidermis hacia adentro, no al revés. Porque... Ahí
+viene Juan.</p>
+
+<p>—Ahora proyectan el crimen de anteayer —entra diciendo Juan
+Sánchez—. Por poco no lo presencian los operadores. Acudieron
+inmediatamente.</p>
+
+<p>—En obsequio al público, los asesinos debían avisar a las casas
+productoras de films la fecha y hora de los atentados —dice Arturo.</p>
+
+<p>—Algunos conspiradores lo han hecho. Claro es que por cobrar la
+comisión.</p>
+
+<p>—¡Cállense ya! —replica Matilde—. Están llamando la atención.</p>
+
+<p>La orquesta inicia una piadosa obertura y los espectadores se
+disponen a una discreta compunción. Aparece en la pantalla el «lugar
+del suceso», la misma plaza hirviente y dolorida que vio <span
+class="pagenum" id="Page_181">p. 181</span>Arturo desde el balcón.
+Vuelve a aparecer el teniente alcalde y el gobernador, el hombre morado
+y el hombre caqui. Severos, torturados, llenos de toda la pesadumbre de
+la ciudad —de la ciudad religiosa, de la ciudad municipal, de la ciudad
+marciana, que cada uno representa—. Cruzan por la pantalla todas las
+instituciones, befadas, agredidas hoy por una mano insensata. Y, tras
+ellos, otra vez, y siempre, la multitud. Ahora se advierte bien en ella
+cómo ha respondido a la agresión. Unas caras están contraídas por la
+cólera; otras, sencillamente alteradas; algunas, indiferentes; no falta
+rostro donde se delate cierto placer. Allí pueden irse anotando grados
+muy diversos de ciudadanía, grados muy diferentes de sentido ético. No
+toda la muchedumbre vibra con la misma intensidad. Un pentagrama se
+extiende a lo largo de la avenida, donde se hacen visibles las notas
+agudas del terror, las profundas de la tragedia, las notas medias de la
+serenidad, que aquí es indiferencia.</p>
+
+<p>La muchedumbre sigue con avidez contemplándose a sí misma. Todos
+los espectadores son ahora un solo Narciso, un Narciso descomunal que
+<span class="pagenum" id="Page_182">p. 182</span>se mira estremecer
+en el agua neutral de la pantalla. A unos ojos desorbitados de allá,
+corresponden otros ojos desorbitados de acá. Suenan exclamaciones:</p>
+
+<p>—¡Ese, ese eres tú!</p>
+
+<p>—¡Ahora vengo yo!</p>
+
+<p>—¡Aquella es Paulita!</p>
+
+<p>—¡El general!</p>
+
+<p>—¡El guardia 47, mi portero!</p>
+
+<p>—¡Ella!</p>
+
+<p>—¡Él!</p>
+
+<p>Por fin, zarandeado por un grupo de mozalbetes, aparece Juan
+Sánchez. Matilde da con el codo a Arturo. Juan Sánchez, apresurado,
+impaciente por sumergirse en la zona milagrosa que abarca el ojo del
+aparato, en esa zona donde se consigue la inmortalidad, una plástica
+inmortalidad.</p>
+
+<p>Callan los tres. El Juan Sánchez de la pantalla se va acercando.
+El Juan Sánchez del palco, recoge con avidez cada frunce de las
+cejas de sí mismo, cada gesto de las manos que pugnan por lograr
+el primer puesto en la masa anónima. Que llega a lograrlo. De
+pronto, Juan Sánchez, un <span class="pagenum" id="Page_183">p.
+183</span>lamentable Juan Sánchez se instala al mismo borde del marco
+de sombras, conquista todo el rectángulo, crece prodigiosamente, la
+masa desaparece detrás de unas mejillas, detrás de una boca, detrás
+de unos ojos sin brillo —impersonales, comunes, ventanas a la nada,
+troneras hacia un paisaje ceniza.</p>
+
+<p>Dura la visión unos momentos. Los ojos lamentables, los obstinados
+ojos, contemplan a la muchedumbre, se contemplan a sí mismos, se
+asoman, siguen asomándose al implacable espejo.</p>
+
+<p>Solo unos momentos. El frenético oleaje le arranca de los bordes, le
+empuja hacia el abismo.</p>
+
+<p>Él forcejea, se defiende inútilmente.</p>
+
+<p>De las dos muchedumbres brotan gestos de impaciencia.</p>
+
+<p>Pasan por encima, lo sumen, lo funden en la turbia corriente.</p>
+
+<p>Desaparece, entre unas risas burlonas.</p>
+
+<p>En el palco, los tres siguen —conmovidos— en silencio.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch9">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_185">p. 185</span></p>
+ <h2 class="nobreak g0" title="9. Anécdota">
+ <span class="fs165">9</span><br>Anécdota</h2>
+</div>
+
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_187">p. 187</span>—Vea usted este
+devocionario —dice a Arturo el librero de lance—. Tafilete, broche de
+oro.</p>
+
+<p>El librito, juguete voluptuoso para la inquietud de unas manos,
+resbala por los dedos, se acurruca entre ellos, como un mimoso gatito.
+Es un suave cojín para los dedos fatigados, un pretexto para agruparse
+en torno.</p>
+
+<p>—Muy lindo. ¿Cómo ha llegado aquí?</p>
+
+<p>El librero le dice al oído, socarronamente:</p>
+
+<p>—Es una pieza de convicción. ¿Quiere reconstruir el crimen?
+Llévelo.</p>
+
+<p>—Es el <i>Áncora de Salvación</i> ¿Algún naufragio?</p>
+
+<p>El librero cuenta la historia del naufragio. Apareció una mañana,
+junto a una botella, en uno de los reservados de <i>Villa Juanita</i>,
+restorán abierto a unos kilómetros de Augusta, lugar de esparcimiento
+para las gentes que no ven entre cada día un muro de sombras, sino un
+amplio casillero donde ir alojando sus caprichos menos confesables.
+Es el restorán donde el adulterio, el estupro, la estafa y otros
+fenómenos, al parecer <span class="pagenum" id="Page_188">p.
+188</span>repudiables, van perdiendo su empaque jurídico,
+convirtiéndose en algo amorfo, apenas definible, silenciado siempre; en
+algo tan familiar como secreto.</p>
+
+<p>El camarero halló el <i>Áncora</i> sobre un diván. Acaso el librito
+fue el indiferente espectador de un naufragio. El camarero, consciente
+de su deber, lo guardó en rehenes algunas semanas, esperando el precio
+del rescate, y al fin se decidió a hundirlo en el mar insondable de
+un puesto de libros también náufragos. También el librero espera
+obtener de él una ganancia fabulosa, si surge el comprador interesado;
+discreta, si el desinteresado.</p>
+
+<p>Arturo hojea, indaga, husmea, sin poder hallar rastro de la aturdida
+enamorada que, de algún templo, tan frío como recatado, salió un
+amanecer huyendo hacia <i>Villa Juanita</i> buscando algún amor más
+cálido, pero también más turbio.</p>
+
+<p>—Se lo doy barato, por ser usted.</p>
+
+<p>En las tiendas, cada cliente se ve investido plenamente de toda
+su personalidad, como ante el comisario del distrito que examina las
+huellas dactilográficas. Las ventas se realizan mejor así, <span
+class="pagenum" id="Page_189">p. 189</span>entre un buen tasador y un
+individuo que lo sea plenamente.</p>
+
+<p>—No lo necesito.</p>
+
+<p>—Para un regalo.</p>
+
+<p>Arturo no se desprenderá ya de aquel librito. Se le va durmiendo
+entre los dedos, caliente ya bajo las reiteradas caricias. Es la pieza
+de un sumario en que el delito es el amor.</p>
+
+<p>Arturo repasa las hojas, curiosea unas estampitas candorosas
+intercaladas en el texto, un recordatorio de defunción. Aspira el
+perfume. Muy fino, tenue, voluptuoso.</p>
+
+<p>—Es acacia.</p>
+
+<p>—Sí, huele muy bien. Se ve que ella...</p>
+
+<p>El librero se detiene en aquel punto sin saber a punto fijo lo que
+se ve. Arturo lee despacio los nombres de dos adolescentes que acaban
+de recibir el Pan divino y aún conservan, en la estampita, su aire de
+serafín. Las dos muchachas y el difunto del recordatorio le ofrecen
+sus nombres y su edad, como esos tres puntos por donde podría trazarse
+una circunferencia cuyo centro es, sin duda, la mujer frágil, quizá la
+mujer adúltera.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_190">p. 190</span></p>
+
+<p>¿Cómo averiguar el nombre de esa hembra situada en el cruce de las
+líneas cordiales que parten de estas tres figuras acusadoras? Las
+niñas se llaman Estrella y Mónica. El difunto, Luis. Sus apellidos
+determinan, poco a poco, exactamente, el lugar que ocuparon u ocupan en
+el espacio...</p>
+
+<p>Ya, ya es fácil hallar el centro. El centro es Matilde. Primero, lo
+supone; después, lo cree ciegamente. El perfume era ya un indicio.</p>
+
+<p>Una mañana, Matilde, desde el templo al que suele concurrir casi a
+diario, se decidió a dar, cínicamente, el brinco preciso para saltarse
+toda una biblioteca de moral piadosa. Matilde ha visto amanecer en
+<i>Villa Juanita</i>, en esa región difusa donde el día y la noche se
+relevan sin límite exacto de presencia, donde muchos programas normales
+de vida se quebrantan con números de fuerza, con invasiones efímeras,
+pero intensas, de otras vidas.</p>
+
+<p>Matilde ha visto amanecer, en brazos de otro hombre, seguramente
+Alfredo. No perdona al día ningún crepúsculo, y utiliza indistintamente
+el <span class="pagenum" id="Page_191">p. 191</span>matutino o
+vespertino, para así disfrutar de toda la jornada.</p>
+
+<p>—Bien. Me lo llevo.</p>
+
+<p>Esto es más que un libro. Es cierto punto de partida para realizar
+una investigación.</p>
+
+<p>—Dice usted que un camarero...</p>
+
+<p>—Sí, sí. En <i>Villa Juanita</i>.</p>
+
+<p>—Es curioso.</p>
+
+<p>—Suelen ir allí señoras..., a oír misa de alba.</p>
+
+<p>—Ya.</p>
+
+<p>Arturo guarda el librito, con el propósito de devolverlo a su
+dueña en la primera coyuntura. Una tarde cualquiera, en que el amor
+hecho costumbre se haya extinguido totalmente, Arturo extraerá
+aquel <i>Áncora</i> del bolsillo y la ofrecerá a Matilde con estas
+palabras:</p>
+
+<p>—Amiga mía: Aquí tienes la prueba de una doble infidelidad. No
+quiero utilizarla contra nadie, porque se convertiría para mí en un
+arma de dos filos. Probablemente, yo no soy en este caso más que
+la mitad de un amigo, la mitad más débil, y es necio revolverse
+contra la otra mitad. No puedo yo mismo darme un pisotón sin pecar
+de estupidez. Triste es confesarlo, pero <span class="pagenum"
+id="Page_192">p. 192</span>así es: para ti soy, amiga mía, la mitad
+superior de un hombre, del cual Alfredo es la inferior. Mis condiciones
+de superioridad sobre la segunda parcela solo pueden revelarse en este
+breve discurso. Al dar tu mano a Juan Sánchez, viste con sorpresa
+que te habías entregado a Nadie. Entonces quisiste desdoblar tu amor
+en dos, porque Alfredo es un robusto ejemplar de la raza y yo soy un
+frágil estuche de pensamientos que quieres tener siempre a mano como se
+tiene a mano un frasco de perfume. No sé si deplorarlo o felicitarte.
+Tampoco me decido a obrar: no suelo nunca decidirme. Podría, un
+amanecer cualquiera, espiar y seguir tus huellas hasta <i>Villa
+Juanita</i>, atisbar allí la llegada del jayán, sorprenderos... Pero
+esto a nada conduciría, si no es a intentar una lamentable fusión de
+dos hostiles mitades de hombre, incapaces de soldadura alguna. Bien
+es cierto que el hombre integral apenas existe, y, si queda algún
+ejemplar, tú no mereces poseerlo. Lo perderías en cualquier diván, como
+el devocionario.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_193">p. 193</span></p>
+
+<p>Aquella tarde, Matilde no acude a la cita de las siete. Arturo
+aguarda, en vano, dos horas, y sale de la casa decidido a perderse por
+cualquier encrucijada de Augusta. Tampoco acude al día siguiente, y ya
+entonces Arturo decide investigar la conducta matutina de la ausente.
+Admite el total desmoronamiento de aquella pasión iniciada ante un
+depósito literario de cadáveres, pero le complace averiguar todas sus
+vicisitudes. En él eso constituye un deber profesional. Es un detective
+de catástrofes improvisadas. De incendios apagados.</p>
+
+<p>Recorre los alrededores de la ciudad y, maquinalmente, se encuentra
+sentado en la terraza de <i>Villa Juanita</i> ante un bien perfilado
+camarero y una barroca minuta.</p>
+
+<p>Es media noche. Faltan cinco horas para el suceso. Las cinco
+horas menos propicias para mantener caliente un deseo. Es junio, y
+la estación aún guarda para el corazón de sus noches sus nostalgias
+del invierno. Pronto queda solo en la terraza. Los clientes se han
+repartido por las celdillas silenciosas donde se elabora el amor
+comercial. Hay trasiegos frecuentes. Los coches <span class="pagenum"
+id="Page_194">p. 194</span>van y vienen conduciendo tedios y
+vehemencias. La ciudad envía a <i>Villa Juanita</i> remesas variables
+de locura, siempre de acuerdo con la temperatura de la noche.</p>
+
+<p>Ha callado el <i>jazz-band</i>. Las caras van perfilando su gesto
+más turbio. Las líneas se relajan, los colores se empañan; algún ebrio
+deja caer la copa, que rueda a veces bajo la mesa, acabando con un
+estrépito el torpe y oscuro gesto de las manos. Hay un momento en que
+la noche solo se mueve con ademanes de cansancio. Esta prolongación
+del día, que con tal ímpetu ha irrumpido en el siguiente, va perdiendo
+vivacidad; las válvulas de sus gritos han perdido su tensión; a veces,
+quedan abiertas, dando paso a plebeyas caravanas de bostezos.</p>
+
+<p>Arturo queda adormilado. Se abre dentro de él la puerta de
+comunicación entre el sótano de las imágenes olvidadas y su taller de
+reparación y reconstrucción. Los menudos obreros —siempre aturdidos—
+barajan las piezas a capricho, y el primer amor —¡tan púdico!— de
+Arturo asoma la cabeza guiñando los ojos como el último —¡tan cínico!—,
+como la última atracción del programa.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_195">p. 195</span></p>
+
+<p>Una pierna desnuda, primorosamente modelada, rematada por un
+zapatito de piel de serpiente, se alza en el aire, retando a Arturo,
+que desliza sus ojos por aquellas revoltosas curvas hasta acariciar el
+redondo arranque, el zócalo movedizo que se prolonga en otros volúmenes
+esféricos levemente enfundados en seda granate.</p>
+
+<p>Una pierna desnuda que apunta infantilmente a las estrellas como si
+con ella quisiera soportar todo el peso de la noche. Como si quisiera
+ser el eje del orbe. Arturo le va buscando la cara que coquetonamente
+se le esconde entre los senos, a punto de brincar del sostén. Cuando
+logra verla, aparta los ojos horrorizado...</p>
+
+<p>¡Es Matilde, Matilde, que rueda por la alfombra, ofreciendo sus
+piernas, alternativamente, a la contemplación de los ángeles! Sus
+piernas se elevan al cielo como impuras oraciones. Profanan la
+serenidad indiferente de la noche. Repiten las plegarias del librito,
+las lanzan con los pies hacia arriba, mientras el cuerpo se remueve
+voluptuoso bajo la seda color ámbar que apenas le cubre el regazo y los
+senos. Su ombligo palpita nerviosamente, queriendo emular a un sexo.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_196">p. 196</span></p>
+
+<p>Arturo se frota los ojos, queda unos momentos alerta, en plena
+vigilia. Una risa menuda le hace volver la cabeza.</p>
+
+<p>Nadie. Un camarero, a lo lejos, le mira sorprendido. No suele ver
+consumidores puentes, noctámbulos que se decidan a unir dos días de
+crápula con tan soñolienta, con tan silenciosa pasarela.</p>
+
+<p>Vuelve Arturo a dormitar. Su frente se apoya resueltamente en
+la mano. Ofrece el perfil de un buzo filosófico, hundido hasta la
+entraña de un problema. Pero en lo más hondo solo hay una pierna, el
+coral rosado de una pierna, que vuelve a removerse, a disparar sus
+jaculatorias al cielo. De pronto, surge también un brazo, un brazo
+redondo y desnudo terminando en un rubí, en otra rama de coral, que se
+posa en la cabeza de Arturo.</p>
+
+<p>—Perdona, creí que eras Pepe.</p>
+
+<p>—Puedo serlo, si quieres.</p>
+
+<p>—Antes, acaba de despertarte.</p>
+
+<p>En ese estado intermedio, Arturo puede asumir —ya lo hemos visto así
+en brazos de Rebeca— todas las personalidades. Hay un vestíbulo <span
+class="pagenum" id="Page_197">p. 197</span>donde la especie puede
+adjudicarse el bastón y el sombrero —y la voz y el rostro— de todos los
+que circulan por la casa. Para salir a la intemperie, Arturo no vacila
+en tomar del perchero todo lo que allí ha dejado Pepe.</p>
+
+<p>Irrumpe en la cruda realidad. La pierna. La pierna está allí con su
+zapatito de piel de serpiente.</p>
+
+<p>—Tienes unas piernas deliciosas. ¿Muy caras?</p>
+
+<p>—Han bailado mucho. Todo les será perdonado porque bailaron
+mucho.</p>
+
+<p>Ríe como después de haber cometido una juguetona profanación.</p>
+
+<p>—Hablas como el <i>Áncora</i>.</p>
+
+<p>—¿Qué?</p>
+
+<p>—No puedes comprenderme.</p>
+
+<p>—¿Misterio?</p>
+
+<p>—Quizá no pasa de tontería.</p>
+
+<p>—¿Te gustan mis piernas? Me gusta invitar con ellas a los amigos. El
+baile las tornea, las endurece. Fíjate en esa línea, cómo nace y cómo
+muere.</p>
+
+<p>—Nada muere en ti. Donde acaba un perfil, <span class="pagenum"
+id="Page_198">p. 198</span>arranca un haz de curvas. Como al final de
+un tallo se abre una estrella.</p>
+
+<p>—¿Eres poeta?</p>
+
+<p>—No; debí ser filósofo, pero soy agente de seguros.</p>
+
+<p>—¿De vida?</p>
+
+<p>—Contra incendios. Pero he fracasado. No puedo ser cliente de mí
+mismo. Yo no puedo asegurarme.</p>
+
+<p>—¡Qué gracioso!</p>
+
+<p>—Me prende cada llama. Me hace arder cada cohete. Las emociones
+que en otro son momentáneas centellas, en mí encienden largas,
+interminables hogueras. Soy el peor cliente de mí mismo.</p>
+
+<p>—Funda una sociedad de seguros contra el frío. O contra la
+cursilería.</p>
+
+<p>—Me crees cursi.</p>
+
+<p>—Corres el peligro de serlo, si sigues esperando lindas tapadas
+de cuatro a seis de la madrugada. El amor tiene sus horas, como el
+comercio.</p>
+
+<p>—El amor comercial.</p>
+
+<p>—Ese no es amor. Es algo más serio. Es deleite puro.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_199">p. 199</span></p>
+
+<p>—Puro deleite.</p>
+
+<p>—Lo mismo da. Quería decirte que el amanecer es bueno para el puro
+apetito o el apetito puro, como quieras, no para el amor dramático.
+Porque supongo que tu amor será un amor dramático.</p>
+
+<p>—No mucho. Está hace tiempo en decadencia.</p>
+
+<p>—Te la deseo muy alegre. A estas horas no se piensa ni se maquina.
+Se desea, sencillamente. El frío del amanecer estimula..., lo sé.</p>
+
+<p>—Sí, ya veo que conoces bien las bromas del instinto.</p>
+
+<p>—Las maravillas del instinto. Yo sé que un poco de frialdad y otro
+poco de dureza le sientan muy bien.</p>
+
+<p>Ríen jovialmente. Ella se sienta junto a Arturo, le enlaza,
+coquetona.</p>
+
+<p>—¿Me convidas?</p>
+
+<p>—Bien.</p>
+
+<p>—¿De veras esperas a alguien?</p>
+
+<p>—Sí, pero faltan dos o tres horas... Mi amiga no trasnocha,
+madruga.</p>
+
+<p>—Eres un modelo de paciencia.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_200">p. 200</span></p>
+
+<p>—No quiero acostarme. Y me canso de dar vueltas por la ciudad. La
+noche tiene pocas sorpresas.</p>
+
+<p>—Excepto yo.</p>
+
+<p>—Excepto tú. Porque, además de tus primorosas piernas, tendrás algo
+que decirme. Cuéntame tu vida.</p>
+
+<p>—No tengo.</p>
+
+<p>—Por lo menos tendrás imaginación para inventarla.</p>
+
+<p>—Ni eso. No opero por fantasías, opero por cálculos.</p>
+
+<p>—Me parece muy bien. Pero comenzarías con algún momento patético,
+incalculado...</p>
+
+<p>—¡Oh! Es el que más números me costó. Nunca he escrito tantas
+cifras. El negocio era entonces más serio.</p>
+
+<p>—Me das frío.</p>
+
+<p>—Sí, estoy asegurada de incendios. Haría buena cliente tuya.
+¿Firmamos el contrato?</p>
+
+<p>—Espero a esa amiga... no profesional del cálculo, aunque muy poco
+asegurada.</p>
+
+<p>—¿La conozco?</p>
+
+<p>—No sé. Todo es posible.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_201">p. 201</span></p>
+
+<p>—Lo que yo decía. Plan romántico.</p>
+
+<p>—No es plan, es un problema. Bebe.</p>
+
+<p>Ella subraya con el mosconeo de una zarzuelilla el mutismo de
+Arturo. Riendo estúpidamente, irrumpen en la terraza dos parejas. Dos
+últimos «juerguistas» se complacen en hacer retroceder todo lo posible
+los minutos postreros de su minuta de deleites, mientras las infelices
+alquiladas bostezan sin ningún escrúpulo.</p>
+
+<p>Las tres. Arturo mira el reloj, sorprendido.</p>
+
+<p>—Te has engullido una hora en cinco minutos. Sígueme hablando.
+Cuéntame el éxito de tu primer... cálculo. De tu caída.</p>
+
+<p>—Yo no caí. No he caído nunca. Eso son cosas de los tangos.</p>
+
+<p>—De los tangos, es cierto. Pero, no creas, hay una larga tradición.
+Eso se ha llegado a complicar con la prehistoria.</p>
+
+<p>—No me importa. En mí todo ha sido, sencillamente, una cadena de
+contratos.</p>
+
+<p>—Que apenas puede ser una cadena de conflictos.</p>
+
+<p>—Lo fue a veces para algún amigo. Creo que también he provocado
+amores eternos. No soy <span class="pagenum" id="Page_202">p.
+202</span>responsable de que algún mozo no sea tu cliente. Debéis
+activar la propaganda. La juventud es inexperta.</p>
+
+<p>Guiña picarescamente los ojos. El rojo de sus labios se mantiene
+impecable. Hay en sus dientes una fragante juventud, y en sus manos una
+sabia destreza para recorrer los nervios de Arturo.</p>
+
+<p>—¿Cuánto hace que trabajas?</p>
+
+<p>—Siempre. Desde niña. Con mucha suerte y malos y buenos empresarios.
+Ahora hay que bregar un poco. Hay mucha competencia, no de gente que
+siente la profesión, eso no... De gente que la lamenta. Y hay muchas
+aficionadas. ¿No bebes?</p>
+
+<p>—Bebe tú.</p>
+
+<p>—Podríamos seguir charlando ahí dentro. Me molestan esos estúpidos y
+la noche refresca mucho.</p>
+
+<p>—Bien.</p>
+
+<p>En el reservado, las manos de ella se posan de nuevo en la frente de
+Arturo.</p>
+
+<p>—Estás triste.</p>
+
+<p>—Sí. Un poco.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_203">p. 203</span></p>
+
+<p>—Voy a alegrarte.</p>
+
+<p>—Prueba. No me opongo.</p>
+
+<p>—Cuando acuda tu dramática amiga, la podrás recibir sin fiebre.
+Yo te devuelvo la serenidad. Tengo primores en esa clase de
+reconstituyentes.</p>
+
+<p>—Los supongo.</p>
+
+<p>—¿Crees conocer todos los matices? Conmigo hay sorpresas.</p>
+
+<p>—¡Vanidosa!</p>
+
+<p>—Recorrí Europa. Me llevaba un hombre de ciencia que tenía que
+asistir a unos congresos de Histología, o no sé qué... Durante las
+sesiones, yo recorría las calles, las plazas, husmeaba, sonsacaba,
+cazaba maravillas exóticas. Al regreso de Berlín, mi sabio me dejó por
+una mecanógrafa. Porque, según él, yo solo era una preciosa bestia
+inútil, excesivamente alegre para un especialista en enfermedades del
+corazón.</p>
+
+<p>—Podía haber estudiado el tuyo.</p>
+
+<p>—No tengo.</p>
+
+<p>Las cuatro. Las cuatro y media. Ella se ha dormido en los brazos de
+Arturo. Comienza a marchitarse el cereza de sus labios. El amanecer
+<span class="pagenum" id="Page_204">p. 204</span>va diluyendo su
+helada ceniza sobre el grupo, también marchito.</p>
+
+<p>—Vete, pequeña. Va a comenzar la representación. Gracias por este
+delicioso entreacto. Toma.</p>
+
+<p>—Gracias. Pero no le llames entreacto. Quizá vale por el
+espectáculo entero. En todo caso ha sido un puente entre tu tedio
+y el amor friolento que va a venir. No le llames entreacto. Es uno
+de los momentos más graves de tu vida, porque en él has llegado a
+ser tu propio cliente. Yo, deleite puro, amor que se adquiere como
+una corbata, te aseguro hoy de muchos formidables incendios. Quedas
+inmunizado. Ahí te dejo, ya solo con la razón. Verás qué bien te sale
+la escena. Podrás acomodarla al gusto clásico, hacerla perfecta, de
+orden frío. Porque el instinto no te dictará ninguna voluta barroca.
+Estás por encima del deseo. Eres dueño de ti, estás <i>plenamente
+asegurado</i>.</p>
+
+<p>—Vete.</p>
+
+<p>—Salud. ¿Lo oyes? ¡<i>Plenamente asegurado</i>!</p>
+
+<p>Sale riendo, un poco soñolienta, sin brillo en <span
+class="pagenum" id="Page_205">p. 205</span>los ojos, arriada toda su
+belleza. Se sume en un coche, desaparece.</p>
+
+
+<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div>
+
+
+<p>El día —de agonía artificialmente prolongada— muere definitivamente.
+Su último aliento ya nadie lo advierte ante la llegada del día niño
+que llega frenético, intactas sus fuerzas, tenso y vibrante como un
+dardo.</p>
+
+<p>El primer coche que anuncia el día vuelca en <i>Villa Juanita</i>
+una muchacha azorada, casi una adolescente, en brazos de su maduro
+iniciador. Rápidamente se sumergen en un reservado... Acaso la mañana
+comienza inaugurando una mujer.</p>
+
+<p>Arturo, de espaldas a la luz, avizora la carretera. Las figuras se
+desprenden de los coches al modo impresionista, arrastrando aún los
+residuos de la noche. Han acabado las complicadas toaletas, inventadas
+para la cruda luz, y se suceden las elaboradas para escamotearlas, para
+mejor escabullirse en las sombras.</p>
+
+<p>El día —recién venido— va arrojando de su <span class="pagenum"
+id="Page_206">p. 206</span>cuna los últimos profanadores del día
+muerto, y destaca una guerrilla de pudores domésticos, una avanzada de
+sentimentalidad, todo muy mal avenido, aún mal fundido en una clara
+y cínica intención. Porque en muchas de las escenas de esta hora
+estratégica —como todas las de transición— suelen intervenir dos vidas,
+almas a dos vertientes. Al cinismo de las actrices profesionales que
+ya abandonaron el campo de batalla, dejando tras ellas un puñado de
+copas rotas y unas espléndidas facturas, sucede el recato de estas
+otras, mediocres actrices de incógnito, cuya voz apenas se oye;
+cuyo rostro apenas se adivina; cuyo paso es vacilante, mudo; cuya
+efervescencia se concentra en solo el pecho —volcánico, desbordado—,
+por cuyas desgarraduras se ve asomar tímidamente una vida monótona,
+sumisa, que se resiste a ser zarandeada, violada, bruscamente rota
+por estos números excepcionales que provoca su presencia en <i>Villa
+Juanita</i>.</p>
+
+<p>La mañana, con sus riendas de hielo, va frenando su espumoso
+lirismo. Arturo siente frío; le acomete el ansia de arrebujarse en su
+lecho de todos los olvidos, de sumirse en el día nuevo, bien <span
+class="pagenum" id="Page_207">p. 207</span>bañado de adherencias
+enfermizas, restañando de tizne anecdótica, podado el último
+retoño pasional hacia Matilde; le acomete la tentación de arrojar
+el <i>Áncora</i> al río y renunciar el goce de una inútil escena
+dramática, de la cual va se siente espectador, más que actor. Pero
+un <i>taxi</i> que llega en aquel momento va a torcer todos estos
+propósitos de inhibición. Porque del <i>taxi</i>, cauta, desfigurada
+por un velo, se desliza Matilde y, discretamente, como si tuviera ya
+bien conocido el plan de maniobras galantes, se oculta en un reservado,
+seguida discretamente por el mozo.</p>
+
+<p>Sola.</p>
+
+<p>Arturo, con las manos en la cara, ha contemplado, al través de
+la reja de sus dedos, la cautelosa maniobra. Matilde, como en el
+crepúsculo de la tarde, observa en todos los preliminares el más
+escrupuloso régimen.</p>
+
+<p>Para salir a escena solo hay ya dispuestos dos personajes. Falta
+Alfredo, falta Juan Sánchez... En aquel reservado, frente al congelado
+amanecer, podría ahora llegarse al decoroso fin de este relato;
+pero el alba es una gran disociadora, el momento menos propicio del
+día para ejecutar —cálido, <span class="pagenum" id="Page_208">p.
+208</span>frenético— un razonable epílogo, un buen último acto de
+drama.</p>
+
+<p>Todo lo más característico del hombre está en él dormido; apenas
+queda de Arturo un poco de carne desmoronada que tiende a apagarse, a
+borrarse entre materias blandas —pluma, lana, algodón— y esperar allí
+una resurrección de energías.</p>
+
+<p>Alfredo no acaba de llegar. El sol ha invadido los aleros, corretea
+por los montes, siempre juvenil, retozando entre dos nubes. Arturo
+recibe el sol como un leve estimulante, le tiende los pies para que se
+los dore; le ofrece la cabeza desnuda, todo su cuerpo y su espíritu
+para que se los caliente.</p>
+
+<p>Se levanta y, con esta inyección luminosa, se siente más acometedor;
+piensa —rápidamente— poner fin por sí mismo a la escena, sin aguardar
+más actores. Aprovecha la coyuntura de volverse de espaldas el
+centinela del proscenio, y llama con los nudillos.</p>
+
+<p>—Pasa, pasa, Alfredo.</p>
+
+<p>No se produce ni siquiera el «¡Ah, eres tú!» de todo melodrama
+acreditado. Matilde, que está sentada junto al balconcillo, recibe con
+una mirada <span class="pagenum" id="Page_209">p. 209</span>de asombro
+al inesperado visitante. Arturo se adelanta hacia ella y, tendiéndole
+el <i>Áncora</i>, dice sencillamente:</p>
+
+<p>—Te olvidaste aquí el libro hace unos días, y vengo a
+devolvértelo.</p>
+
+<p>Todo es pregunta en los ojos de Matilde; angustiosa pregunta.</p>
+
+<p>—No creas por esto que pretendí ser tu detective, no. Ha sido un
+caprichoso azar... Al parecer, no todos los camareros conocen bien a
+sus clientes. Alguien hubo aquí poco discreto, y el librito corrió una
+pequeña aventura: fue a parar al mismo punto donde nos conocimos. Sin
+duda, con el fin de separarnos.</p>
+
+<p>—Perdóname, Arturo.</p>
+
+<p>—Un pintoresco lance que yo quizá no he comprendido bien. He
+alargado un poco la anécdota. Debí devolvértelo en silencio, sin
+frases... Pero no fue así. A mi vez te ruego que me perdones, y me
+permitas salir.</p>
+
+<p>—No.</p>
+
+<p>—Mi hora —si aún quedan de esas horas— es otra. Te aguardo al otro
+crepúsculo, más cálido, pero más fatigado que el de estos instantes.
+<span class="pagenum" id="Page_210">p. 210</span>Yo lamento que
+en este amor a dos vertientes me haya tocado a mí la hora de la
+tarde. Quizá en ella no hiciste sino recapitular, resumir un poco la
+anterior.</p>
+
+<p>—¡Arturo!</p>
+
+<p>—No es un reproche. Ni una ironía. Es un producto de mi modesta
+experiencia. Un día me cambiaste el nombre. Me llamaste Alfredo, y yo
+advertí desde entonces que tu amor se duplicaba con cierta falta de
+justicia. Al menos, hay que otorgar a cada uno su propio nombre, no
+convertirlo en un ente específico, es decir, en un Nadie.</p>
+
+<p>Matilde no responde, oculta la cara entre las manos. Un momento
+alza los ojos y Arturo le sorprende una lágrima. Se acerca a ella, la
+acaricia.</p>
+
+<p>—Perdón, Matilde. Estuve insufrible y más injusto que tú. He sentido
+un momento esa ridícula idea de dominio que suele sentir un marido
+cualquiera que ve codiciada a su mujer. Te dejo.</p>
+
+<p>—No te vayas. Alfredo no viene. No viene hace tres días. Estoy
+desesperada.</p>
+
+<p>—¿Tanto le quieres?</p>
+
+<p>—No, no es eso... Es que... Óyeme como a una <span class="pagenum"
+id="Page_211">p. 211</span>hermana. Yo sé que están tramando no sé
+qué... Una operación ruidosa. Un golpe de mano...</p>
+
+<p>—¿Quiénes?</p>
+
+<p>—Juan y él... No sé qué... En el Banco Agrícola. Andan entre
+cuchicheos, entre misterios. Ya conoces a Juan.</p>
+
+<p>—Sí.</p>
+
+<p>—Está loco. Siempre lo estuvo. Se ha pasado la vida inventando modos
+de llamar la atención.</p>
+
+<p>—Modos de sentirse ser.</p>
+
+<p>—Y no acertó nunca. Ahora se metió en negocios. Perdió mucho dinero.
+Estamos casi arruinados, Arturo. Yo salvé alguna cosa, a espaldas
+suyas. ¡Está loco! Quería hablar de esto con Alfredo, que conoce
+nuestros asuntos; pero a Alfredo no puedo verlo solo; no abandona ya a
+mi pobre loco. ¿No podríamos salvarlo?</p>
+
+<p>—Por lo pronto, vámonos de aquí.</p>
+
+<p>—Como quieras. Llévame.</p>
+
+<p>—Salvarlo es inútil. Volverá a su locura.</p>
+
+<p>Salen. <i>Villa Juanita</i> queda vacía de sus últimos clientes. El
+coche va recorriendo paisajes ya recién reconstruidos por el sol. A lo
+largo de los campos se arrastran perezosamente las yuntas.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_212">p. 212</span></p>
+
+<p>Matilde, friolenta, estremecida, se acurruca entre los brazos de
+Arturo. El coche los deja a la puerta de un templo. Matilde baja
+precipitadamente y se sume en el vestíbulo, entre plañidos de dos
+mendigas.</p>
+
+<p>Arturo, quebrantado, soñoliento, hunde un poco más tarde su cuerpo
+desnudo entre oleadas de blancura que le anegan definitivamente,
+náufrago de un día turbulento, inconcluso.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch10">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_213">p. 213</span></p>
+ <h2 class="nobreak g0" title="10. El robo">
+ <span class="fs165">10</span><br>El robo</h2>
+</div>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_215">p. 215</span>Arturo se siente
+fuertemente sujeto por un brazo. Es Juan Sánchez, tembloroso,
+desencajado.</p>
+
+<p>—¡Por fin!</p>
+
+<p>—Por fin, ¿qué?</p>
+
+<p>—Hoy se hablará de mí en toda la ciudad. Mañana, en toda España.</p>
+
+<p>Arturo teme por la razón del amigo firmado y rubricado. Abre los
+ojos, preguntando:</p>
+
+<p>—Diga.</p>
+
+<p>A borbotones se le derrama la confesión. Juan Sánchez habla de una
+estafa magnífica al Banco Agrícola. ¡Una estafa genial! Miles y miles
+de pesetas. Familias en la miseria. Muchos empleados comprometidos...
+Arturo comienza a no creer sino en el definitivo fracaso mental de Juan
+Sánchez.</p>
+
+<p>—Y aquí me ve usted, encaramado sobre mi propia obra. Subido a la
+catástrofe, poniéndome por pedestal mi propia deshonra. ¡Todo, todo,
+antes que pasar borrado por el mundo!</p>
+
+<p>Arrostrará los insultos, las blasfemias, los gemidos de
+las víctimas. Será el «blanco de las <span class="pagenum"
+id="Page_216">p. 216</span>iras» de Augusta, acosado por la Prensa,
+zarandeado vivamente por la popularidad.</p>
+
+<p>—¿Qué ha hecho usted?</p>
+
+<p>—Lo he sacrificado todo: posición social, amigos, hogar. Pero mi
+triunfo será definitivo.</p>
+
+<p>—¡Huya usted!</p>
+
+<p>—No.</p>
+
+<p>—Hágalo por Matilde.</p>
+
+<p>—No. Espéreme aquí. Van a detenerme de un momento a otro. Mire la
+gente. Ha corrido ya el rumor. Se miran sorprendidos, preocupados.
+¡Es mi obra! Espié los alrededores del Banco Agrícola. ¡Un delicioso
+espectáculo! Gentes apresuradas que preguntan llenas de zozobra, que
+recorren los pasillos, las ventanillas. Sollozos de viudas, rugidos de
+cuentacorrentistas... Verá usted: todo irá concentrándose en derredor
+mío. Seré llevado en triunfo a la cárcel. Un triunfo al revés, pero con
+igual número de espectadores.</p>
+
+<p>—Vámonos de esta plaza. Subiremos a Bella Vista. Desde allí
+esperaremos los sucesos.</p>
+
+<p>—No. Váyase usted, Arturo. Prevenga a Matilde. Yo escribiré desde la
+cárcel.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_217">p. 217</span></p>
+
+<p>—Es inútil. No le abandono. Venga conmigo.</p>
+
+<p>Juan Sánchez se resiste a abandonar el punto estratégico desde donde
+quiere ver surgir la multitud. Se sientan en una terraza de bar.</p>
+
+<p>—Aquí esperaré la policía.</p>
+
+<p>De pronto, un grito :</p>
+
+<p>—¡<i>La Crónica</i>!</p>
+
+<p>—¡Ahí está!</p>
+
+<p>—¡<i>La Crónica</i>, con la estafa al Banco Agrícola!</p>
+
+<p>La multitud se arroja sobre el primer rapaz que llega con un fajo de
+periódicos.</p>
+
+<p>—¡<i>La Crónica</i>, con el retrato del criminal!</p>
+
+<p>—¡Mi retrato! ¡Ahí está mi retrato!</p>
+
+<p>Hiende Juan la muchedumbre y arranca un periódico de manos del
+rapaz. Arturo adquiere, precipitadamente, otro. Lo abre nervioso,
+torpe. Lo desgarra.</p>
+
+<p>—¡Ah!</p>
+
+<p>Allí está el retrato de Alfredo.</p>
+
+<p>—¡Esto es un robo inicuo! —aúlla Juan Sánchez.</p>
+
+<p>El detenido es Alfredo. Es él, el famoso autor <span
+class="pagenum" id="Page_218">p. 218</span>de la estafa. Juan Sánchez
+está a punto de caer desvanecido.</p>
+
+<p>—¡Esto es un robo! —sigue gritando.</p>
+
+<p>La multitud le rodea, compativa. Un caballero apunta al oído de
+otro:</p>
+
+<p>—¡Ahí tiene usted una de las víctimas! Se ve que es un hombre de
+bien. ¿Por qué se habrá fiado así de esas gentes?</p>
+
+<p>—Sí, el pobre tiene cara de haber sido engañado.</p>
+
+<p>—¡Esto es un error! ¡Esto es un robo!</p>
+
+<p>—El pobrecillo tiene para volverse loco. Los ahorros de toda su vida
+se los come ahora cualquier truhan.</p>
+
+<p>—¡Ladrón! ¡Ladrón! —sigue gritando, convulso, Juan Sánchez.</p>
+
+<p>Acude la policía. Dos guardias le atienden, solícitos:</p>
+
+<p>—¡Cálmese, cálmese! No es usted solo. La indignación es justa,
+justísima... Pero debemos evitar este escándalo.</p>
+
+<p>—¿Quién es? —pregunta un transeúnte.</p>
+
+<p>—Nadie. Uno de los estafados.</p>
+
+<p>Juan Sánchez estruja violentamente el periódico. <span
+class="pagenum" id="Page_219">p. 219</span>Las gentes van pasando.
+Le miran un momento, compasivas, y se alejan. Los guardias intentan
+llevarlo a una Casa de Socorro, a una farmacia.</p>
+
+<p>—Yo le asistiré —interviene Arturo—. Muchas gracias. Le llevo a su
+casa.</p>
+
+<p>—¡Un error! ¡Un robo! ¡Este canalla solo es un cómplice vulgar!
+La idea, los planos, todo, todo, todo es mío. ¡Todo! ¡Él ha sido un
+obrero! ¡Ladrón! ¡Me han robado!</p>
+
+<p>—-¡Pobre!</p>
+
+<p>—Está loco.</p>
+
+<p>—Habrá perdido mucho.</p>
+
+<p>—Tiene cara de haber sido engañado.</p>
+
+<p>—¿Quién es?</p>
+
+<p>—Nadie. Un estafado.</p>
+
+<p>—¡Le mataré!</p>
+
+<p>—Calle, calle —dice Arturo, arrastrando a Juan Sánchez—. Venga
+conmigo.</p>
+
+<p>—Me han robado mi personalidad.</p>
+
+<p>—Pues preséntese a la Policía a que se la restituyan.</p>
+
+<p>—No me creerán. Me tienen por muy honrado, por incapaz. Son
+estúpidos. Tendría que probarlo <span class="pagenum" id="Page_220">p.
+220</span>de tal modo que demostraría, según ellos, todo lo contrario.
+Me tendrían por loco. ¡Qué estafa!</p>
+
+<p>—Déjelo ya. Ellos lo averiguarán en el sumario. Aún puede usted
+disfrutar de alguna cosa. También hay cómplices geniales. Usted será el
+cómplice genial.</p>
+
+<p>—La última ocasión... ¿La última?</p>
+
+<p>—¿Qué?</p>
+
+<p>Juan Sánchez se queda pensativo. De súbito, una luz cárdena en los
+ojos.</p>
+
+<p>—-No. ¡No es la última! —añade con voz ronca—. ¡Me queda otra!
+¡Otra!</p>
+
+<p>—¿Cuál? Me asusta.</p>
+
+<p>—¡Desaparecer bruscamente del mundo!</p>
+
+<p>—¡Bah!</p>
+
+<p>Arturo le deja hablar, con la esperanza de verlo tranquilizarse.
+Juan Sánchez le arrastra a un café. Pide papel de cartas. Comienza a
+escribir.</p>
+
+<p>—Una para el juez. Otra para Matilde.</p>
+
+<p>—Bien, bien. Escriba todo lo que quiera.</p>
+
+<p>Por la mesas del café, los clientes se van repitiendo las
+información de la gran estafa. Se oyen risas de los no perjudicados.
+Blasfemias de los demás y vivaces comentarios de todos. Anochece.
+<span class="pagenum" id="Page_221">p. 221</span>El retrato de
+Alfredo será contemplado en todas las sobremesas por millares de ojos
+indignados o curiosos. De pronto, toda la ciudad gira en torno de una
+fisonomía vulgar, subrayada por un frío cinismo.</p>
+
+<p>—Se ve que es un truhan.</p>
+
+<p>—Pero con talento.</p>
+
+<p>—Claro, para dar esos golpes...</p>
+
+<p>Una muchacha contempla el retrato embelesada. Fragua un amor
+imposible. Una huida, un rapto recíproco.</p>
+
+<p>Una madre lo muestra a sus hijos.</p>
+
+<p>—Ahí lo tenéis. En la cárcel. ¡Por criminal!</p>
+
+<p>Va creciendo precipitadamente la popularidad de Alfredo. Los mismos
+guardias de la Comisaría le contemplan con una mezcla de respeto y
+asombro.</p>
+
+
+<div class="aster"><sub>*</sub><sup>*</sup><sub>*</sub></div>
+
+
+<p>Juan Sánchez termina sus dos cartas. Una larguísima, para Matilde.
+Otra breve, para el juez. Sale del café, seguido de Arturo, y se dirige
+a un buzón.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_222">p. 222</span></p>
+
+<p>—¡No! Traiga esas cartas.</p>
+
+<p>Es imposible evitarlo. Las cartas se deslizaron ya por la garganta
+del monstruo de piedra.</p>
+
+<p>—No importa; yo iré a rectificar inmediatamente. Con usted.</p>
+
+<p>—Yo me voy a aprovechar mi última ocasión. ¡Adiós, Arturo!</p>
+
+<p>—No le dejo.</p>
+
+<p>Arturo piensa ya en reclamar el auxilio de un guardia, pero se
+detiene al ver algo más reposado a Juan Sánchez, que toma el camino del
+arrabal.</p>
+
+<p>—Vamos un rato al pretil.</p>
+
+<p>—Preferiría ir un rato a casa —responde Arturo.</p>
+
+<p>—Bien, luego.</p>
+
+<p>En el pretil, Juan Sánchez adopta un tono solemne y dice:</p>
+
+<p>—Adiós, Arturo. Vele por Matilde. Sé que no le es indiferente.
+Ahí le queda, con todos sus amigos. Distribúyansela equitativamente,
+puesto que ella aspira a un perfecto equilibrio de valores humanos.
+Busca a cierto hombre integral, que yo no pude llegar a ser. Como no
+lo halló, va buscando las características de su hombre-tipo <span
+class="pagenum" id="Page_223">p. 223</span>entre una porción de
+ciudadanos. Del hombre que anhela poseer, tiene usted una porción
+muy aceptable. En usted ama el cerebro. No le importe el que luego
+complete su tipo ideal con órganos tomados de otros cuerpos. Matilde
+es resignada, y comprende que poseer una síntesis humana es aspirar
+a demasiado. Resígnese también usted, Arturo. Yo no pude serlo, y,
+por eso, me suicido. ¡Vele usted por Matilde! ¡Velen ustedes por
+Matilde!</p>
+
+<p>—¡Ea! ¡Basta de bromas!</p>
+
+<p>—Mi vida no puede continuar. Mañana iría a una cárcel... Lo
+corriente. Este momento supremo que me acaba de robar Alfredo, nunca
+podrá ya reproducirse. Siempre seré el comparsa, el cómplice. ¡No!</p>
+
+<p>—Huya. Sale un tren dentro de quince minutos. Ahí tiene usted
+la estación... Invéntese usted un tipo de gran criminal fugitivo.
+Fórjese usted un antifaz de ente original, ya que no supo destacar su
+originalidad verdadera. Paséela usted por lugares apartados, donde
+nadie vaya a arañar la costra de farsa que a usted le encubra. Ahí
+tiene la estación. Aún es tiempo. ¡Huya! ¡Sea <span class="pagenum"
+id="Page_224">p. 224</span>usted un falso personaje, puesto que de nada
+le sirve el verdadero!</p>
+
+<p>—¿Y mi firma, y mi rúbrica?</p>
+
+<p>—Eso no es nada. Solo la verán las mujeres. Diga que se trata del
+nombre del mejor amigo. La firma y la rúbrica no son nada. Nuestra
+firma y rúbrica la vamos dejando nosotros en el pecho de los demás,
+en la medida en que influimos en su vida. Nuestra personalidad está
+repartida entre todos los pechos que nos aman o nos odian. Nada
+llevamos con nosotros; son los demás quienes fabricaron y guardan
+nuestra personalidad. En el punto en que los amores o los odios de
+todos coincidan; en el punto en que el pensamiento de todos acerca de
+nosotros coincida, en ese punto de cruce está nuestro verdadero ser,
+nuestra verdadera personalidad. Nosotros solo hacemos ir desmintiéndola
+por todas partes, con nuestras vacilaciones, con nuestras fragilidades,
+con nuestro incauto exceso de ambición. ¡Váyase al extranjero, Juan
+Sánchez, y repártase allí entre muchos hombres inteligentes que son
+los únicos que pueden forjar una personalidad! ¡Constrúyase un antifaz
+discreto! ¡Adiós!</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_225">p. 225</span></p>
+
+<p>—Quizá... Claro...</p>
+
+<p>—Se le ofrecerán nuevas posibilidades. No renuncie a ser plenamente
+lo que aún puede ser. ¡Huya!</p>
+
+<p>Arturo extiende trágicamente la mano, contagiado por este momento
+de solemne folletín. Abajo, el Ebro subraya con su magistral zumbido
+el canto llano de la escena. Juan Sánchez va y viene a lo largo del
+pretil.</p>
+
+<p>—No pierda tiempo.</p>
+
+<p>El Ebro invita a prolongar la gran disquisición. A veces hay en el
+agua irónicos siseos. Juan Sánchez mira hacia el fondo, se inclina...
+Se le cae al agua el sombrero, y Juan Sánchez intenta lanzarse tras
+él.</p>
+
+<p>—¡No, no! ¡La huida!</p>
+
+<p>Arturo repite su patético ademán.</p>
+
+<p>Juan Sánchez se arranca de la barandilla y, al fin, decide seguir
+viviendo. Echa a andar hacia la estación del ferrocarril.</p>
+
+<p>A los pocos pasos, se detiene, se vuelve a Arturo, en medio de la
+avenida. Van a despedirse definitivamente.</p>
+
+<p>Los dos están conmovidos. En el instante hay <span class="pagenum"
+id="Page_226">p. 226</span>un hueco para un latiguillo escénico. Juan
+Sánchez se dispone a llenar el hueco.</p>
+
+<p>—¡Adiós, amigo mío!</p>
+
+<p>—¡Adiós!</p>
+
+<p>—Vele usted por Ma...</p>
+
+<p>Un camión que surge de improviso de un recodo, que brota
+precipitadamente de las sombras —abrumador, fatal— rebana el solemne
+latiguillo. En un segundo, con un frío, con un desdeñoso ademán,
+elimina de la tierra la firma y rúbrica y problema de Juan Sánchez.</p>
+
+<p>Como una goma de borrar.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch11">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_227">p. 227</span></p>
+ <h2 class="nobreak g1">Epílogo</h2>
+</div>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_229">p. 229</span>El hombre de
+galones de plata se infla hasta convertirse en un globo que todos los
+clientes del Banco Agrícola se apresuran a desinflar, apretándolo,
+apretándolo hasta reducirlo a las estrictas dimensiones de un conserje.
+Siguen girando, sumergidos en los cangilones de la puerta, campesinos
+azorados. Uno de ellos se dispara contra el hombre del pisapapeles,
+preguntándole angustiado:</p>
+
+<p>—¿Suspenden pagos? ¡Hablan de un robo, de suspensión de pagos! ¡De
+suspensión de pagos!</p>
+
+<p>El hombre desinflado resopla, muge, estruja al campesino, enfila
+hacia su cara las puntas aceradas del bigote, le arrastra hacia
+una ventanilla, le hunde la cabeza en un golfo de guarismos que le
+sofocan, le dejan sin aliento, le asesinan. Insinúa, intenta rogar,
+tímidamente, que le dejen ver su dinero, que se lo dejen acariciar un
+minuto para cerciorarse de que continúa allí, a salvo de estafas; la
+súplica se le enrolla en la garganta, se anuda a su lengua, le hace
+enmudecer, arrancar de allí la cabeza despavorida, huir, siempre <span
+class="pagenum" id="Page_230">p. 230</span>seguido de cerca por la
+puntas aceradas del bigote, penetrar de nuevo en el cangilón, volver a
+aparecer ante el globo estrujado, desaparecer al fin, escamoteado por
+los diedros de cristal.</p>
+
+<p>Junio, al terminar sus días, va restando opacidad a los trajes
+femeninos y añadiendo jugosidad a la piel, que descubre por etapas
+discretas. Desnuda brazos, entorna —coquetón— escotes. Hoy es el
+primer día en que podemos ya contar el número de sostenes que hacen
+posible en la mujer una prudente estabilización de las más aventuradas
+transparencias; en que podemos, color a color, seguir la ruta fugaz de
+un desnudo. La piel va perdiendo sus misterios y el equipo va ganando
+agilidad. Algunos abanicos imprimen al aire velocidades frenéticas,
+empujándolo hacia cada ventanilla donde remece esos largos papeles
+—cheques, letras, facturas— por donde pasan en filas cerradas los
+números, en su marcha interminable hacia los grandes libros, estaciones
+de reposo. El empleado huraño contiene bruscamente un cheque que se
+lanzó a bailar, azuzado por el viento, lo aplasta con un lingote de
+hierro, sigue contando monedas.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_231">p. 231</span></p>
+
+<p>El verano es buen cliente de la casa. Para recibirlo han bruñido los
+bronces y cambiado el papel verde de todos los secafirmas. Han abierto
+unas hojas del techo de cristales, y ya desde la rotonda es posible
+mirar directamente las nubes. Han destruido la armonía clásica de la
+techumbre por dar paso a la aventura. Solo a trechos se descompone ya
+la luz. Aquella luz de ámbar que se filtraba por las gavillas de Ceres
+ha dejado pasar un chorro discreto de luz impura, es decir, blanca.
+Quedan esos menudos grifos de luz simplificada que van ganando en
+sencillez cuanto pierden en claridad, hasta llegar al violeta, luz
+penosa e inservible para el uso común, de tan pura.</p>
+
+<p>Arturo se reserva un hilo naranja que se le anuda a la corbata y le
+cosquillea la nariz; vuelve a leer su número en el papelito rojo y se
+dispone a llenar los minutos de su espera con un tropel de imágenes
+advenedizas que está oyendo cuchichear impacientes, nerviosas, al otro
+lado del muro: valquirias febriles que sueñan con galopar a su capricho
+por la memoria de Arturo. Acuden de cerca y de lejos, de la infancia y
+de la <span class="pagenum" id="Page_232">p. 232</span>juventud, de
+las tardes en que el amor se despereza, de las noches en que el amor se
+agota, se desmorona, se queda convertido en un aburrido gesto. Hembras
+ubicuas, jánicas; rostros que se barajan, que se ceden los rasgos, el
+color de la boca, la falsedad de sus perlas y de sus risas, los modos
+nuevos de fascinar. Rebeca, el moribundo amor que cambia de nombre
+al renovar sus encantos; Matilde, el doliente fantasma —un poco de
+crespón negro sobre una carne apretada, de inquietud hoy sin brújula—,
+irrumpe como siempre en el tropel, arrollándolo todo con su cínica
+desenvoltura. Regresa a sus paisajes del sur, a recomenzar su vida
+entre rejas prendidas de claveles, en el patio oloroso a menta donde
+se reveló al hombre firmado y rubricado, una tarde en que recorrían
+juntos cierto muestrario de sedas —Hijos de Jaime González y Compañía—.
+Corre ahora el expreso por tierras planas, sin un frunce, en que algún
+árbol se suicida, torturado por su inútil soledad, o se refugia en una
+interminable huida, cuando no tiene la fortuna de tropezar, a orillas
+de un arroyo, con algún meditabundo camarada. Matilde se asoma al
+paisaje <span class="pagenum" id="Page_233">p. 233</span>esquemático,
+que ella va poblando de espectros, destocada la frente, donde su
+historia podría ser escrita en cuatro renglones, sencillamente:
+infancia juguetona, adolescencia febril, juventud esperanzada,
+madurez prematura a fuerza de tedios junto al hombre del muestrario.
+Y un deseo frenético de poseer el hombre definitivo, inencontrable.
+Alguien penetra en el vagón, y ella vuelve a su butaca y a su libro,
+sin levantar los ojos, sin saber que frente a ella está Arturo, en el
+mismo diván del Banco Agrícola, que le mira en silencio a los ojos,
+húmedos ojos por donde estos días cruzó una borrasca de llanto. Quizá
+no lo conozca ya, como si sobre ese rostro hallado al azar entre unos
+volúmenes sin fortuna hubiese ido cayendo el polvillo de dos centurias.
+Aunque se viesen, nada tendrían que decirse. Entre ellos no ha pasado
+nada. Ni un rival, ni un problema, ni una mujer, ni un hombre. Un
+día hallaron en sí mismos un hueco que acertaron a llenar de alegres
+vibraciones, de sonoros besos, de dulces contactos. La vida de cada
+uno se metió efímeramente en la del otro. <span class="pagenum"
+id="Page_234">p. 234</span>El azar dejó caer entre ellos un imán, y
+ellos giraban en torno a él, hasta que el imán se convirtió en un
+lingote más de hierro, sin polarización alguna. El empleado huraño lo
+coloca sobre los cheques que amenazan siempre con alzar el vuelo. Saca
+de la maleta un libro y se dispone también a leer, sin preocuparse de
+Arturo ni de Rebeca. Ha entrado no se sabe por dónde. Lleva una boina
+y un traje oscuro. Su boca no habrá sonreído nunca, porque alrededor
+de esos labios nadie podría ver ni el surco más tenue de una arruga.
+Y el libro será algún horrendo folletín donde los nudos sentimentales
+solo pueden romperse a trabucazos. Otra vez vuelve a asomarse Rebeca
+a contemplar la huida del único árbol del paisaje, mientras Arturo
+prefiere salir al pasillo a contemplar el paisaje opuesto, donde se
+extiende en filas bien ordenadas un ejército de muchachas al mando
+del conde de Monte Azul, que señala con un puntero las piernas de
+la quinta, a partir de la izquierda del actor. Las muchachas mueven
+sus piernas a compás; avanzan rítmicamente, acribilladas por dardos
+invisibles que van dejando en ellas huecos. La <span class="pagenum"
+id="Page_235">p. 235</span>quinta de la izquierda desaparece en un
+torbellino de carcajadas, y en su lugar, enlazado a las muchachas,
+aparece el hombre firmado y rubricado, hundiendo sus ojos tristísimos
+en el público que se asoma a lo largo del pasillo del vagón. Pero de
+pronto una raquítica alameda se engulle una a una las señoritas del
+coro y se precipita a lo largo a lavarse los pies en una acequia. El
+revisor le da a Arturo con el codo.</p>
+
+<p>—¿Me hace el favor?</p>
+
+<p>Van a llamarle a Caja. Le piden su número, pero Arturo rechaza otra
+vez al revisor. Ha perdido el billete. Lo busca por los bolsillos.
+Como el empleado insiste, Arturo le ofrece un cigarrillo, diciendo
+familiarmente:</p>
+
+<p>—He perdido el kilométrico.</p>
+
+<p>—Claro, claro —contesta el revisor—. Este Banco siempre a paso de
+buey.</p>
+
+<p>Arturo se arrepiente de haber abandonado a la viajera, sola en el
+departamento, y se apresura a volver a su butaca, frente al hombre del
+folletín, que en el momento de asomar Arturo se arroja sobre Rebeca, la
+oprime entre sus brazos de jayán, la besa golosamente. Es robusto, es
+agreste, <span class="pagenum" id="Page_236">p. 236</span>es Alfredo,
+Alfredo, que ha huido de la cárcel; habrán tramado juntos la fuga, y
+ahora miran a Arturo estúpidamente, sin conocerlo. El revisor vuelve a
+pedirle el billete. Rebeca, Alfredo y el hombre de los galones de plata
+le dicen a coro:</p>
+
+<p>—Venga a la ventanilla. Le ha llegado el turno.</p>
+
+<p>Arturo mira por la ventanilla, completamente solo, dentro de una
+cabina gris que se detiene frente a una estación donde tres mujerucas
+abrazan a Rebeca, y un mozuelo se la bebe con los ojos embobados.
+La zarandean, la quebrantan, le sorben el color a besos. Su crespón
+negro se lo lleva el aire y lo deja colgado en una rama de chopo. Su
+combinación, sus zapatos, sus medias, su pulsera, todo se lo reparten
+las mujerucas, el mozuelo. La dejan desnuda, trémula, en medio del
+andén.</p>
+
+<p>—¡Desnuda vuelves a los brazos de tu madre! ¡Pobre hija mía! —dice
+la más anciana—. ¡Desnuda, pero con toda la honra del mundo!</p>
+
+<p>Y vuelven a abrazar todos a Rebeca, y siguen repartiéndose el
+equipaje.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_237">p. 237</span></p>
+
+<p>—¡Desnuda salí también de aquí, madre! No debemos quejamos.</p>
+
+<p>Y entre plañidos la van empujando hacia el rebaño de casas agrupadas
+alrededor de una torre. Arturo quiere apuntar la escena en un papel y
+saca uno del bolsillo, un papel ya escrito, la carta de Rebeca:</p>
+
+<p>«...me muero de fastidio; llévame, porque me muero. Estoy
+desesperada entre estos majagranzas que me acosan, me manchan con sus
+ojos, con sus piropos soeces. Cuando llegué me recibieron como a un
+despojo. ¡Como apenas me quedó dinero...! Sobre lo poco que traje se
+arrojaron como buitres, los míos...». Se van alejando. La desnudez de
+Rebeca apenas es ya una manchita blanca entre los burdos trajes negros
+de las mujerucas. El mozuelo sigue engulléndosela con los ojos. El tren
+comienza a trepidar. Un túnel se lo traga todo: Rebeca desnuda, las
+mujerucas, el mozuelo, las casas en racimo. Arturo se hunde en un lago
+de tinta, bracea desesperadamente, mientras el empleado huraño golpea
+su mesa con el pisapapeles.</p>
+
+<p>—¡El número 142! ¿Quién tiene el 142?</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_238">p. 238</span></p>
+
+<p>—¿Quién tiene el 142? —repite broncamente el hombre desinflado,
+dirigiéndose hacia los cuatro puntos cardinales.</p>
+
+<p>Arturo mira asombrado su billete de ferrocarril. ¡El 142! Va
+saliendo del túnel. Se acerca a la ventanilla bajo las miradas
+furibundas del revisor. En el camino aún le detiene el espectáculo de
+un viajero que intenta en vano explicar su personalidad.</p>
+
+<p>—Esta no es la misma firma.</p>
+
+<p>—Es la misma, de hace cinco años.</p>
+
+<p>—Dos testigos. Traiga dos testigos.</p>
+
+<p>—¡Soy yo mismo!</p>
+
+<p>—¡Otra firma que responda!</p>
+
+<p>Por fin Arturo se arranca del conflicto y se dirige al huraño cajero
+del pisapapeles que le recibe encolerizado.</p>
+
+<p>—Pero ¿no oía usted que le llamaban? ¿En qué estaba pensado?</p>
+
+<p>—En nada.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt6">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_239">p. 239</span></p>
+ <p class="centra asc ws1">ESTE LIBRO<br>SE ACABÓ<br>DE
+ IMPRIMIR<br>EN LA<br>IMPRENTA ARGIS<br>EL 25<br>DE OCTUBRE<br>DE
+ 1929</p>
+</div>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="ToC">
+ <h2 class="nobreak g1">Índice</h2>
+</div>
+
+<table class="toc">
+ <tr>
+ <td><a href="#Ch01">Presentación</a> de Ortega y Gasset</td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_7">7</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td><a href="#Ch02">Prólogo</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_9">9</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td>1. &nbsp; <a href="#Ch1">El Banco Agrícola</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_15">15</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td>2. &nbsp; <a href="#Ch2">Campo magnético</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_29">29</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td>3. &nbsp; <a href="#Ch3">Amor disperso</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_49">49</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td>4. &nbsp; <a href="#Ch4">Punto muerto y evasión</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_63">63</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td>5. &nbsp; <a href="#Ch5">Noche de placer</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_81">81</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td>6. &nbsp; <a href="#Ch6">Viraje</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_101">101</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td>7. &nbsp; <a href="#Ch7">Auto, bodegon y celos</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_133">133</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td>8. &nbsp; <a href="#Ch8">Las dos muchedumbres</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_155">155</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td>9. &nbsp; <a href="#Ch9">Anécdota</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_185">185</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td>10. &nbsp; <a href="#Ch10">El robo</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_213">213</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td><a href="#Ch11">Epílogo</a></td>
+ <td class="tdrb"><a href="#Page_227">227</a></td>
+ </tr>
+</table>
+
+<hr class="chap">
+
+
+<hr class="full">
+
+</div>
+<div style='text-align:center'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 78630 ***</div>
+</body>
+</html>
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