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| author | nfenwick <nfenwick@pglaf.org> | 2025-06-10 07:21:03 -0700 |
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Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán + furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor. + + +Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33. + + + + + B. PÉREZ GALDÓS + EPISODIOS NACIONALES + TERCERA SERIE + + DE OÑATE A LA GRANJA + + 14.º millar. + + MADRID + LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO + Calle del Arenal, núm. 11. + — + 1907 + + + + +DE OÑATE A LA GRANJA + +I + + +Debemos dar crédito a los cronistas que consignan el extremado +aburrimiento de los reos políticos, don Fernando Calpena y don Pedro +Hillo, en sus primeros días de cárcel. Y que los subsiguientes también +fueron días muy tristes no debe dudarse, si hemos de suplir con la +buena lógica la falta de históricas referencias. Instaláronse en una +habitación de pago, de las destinadas a los presos que disponían de +dinero, y se pasaban todo el día tumbados en sus camastros, charlando +si se les ocurría algo que decir, o si juzgaban prudente decirse lo que +pensaban, y cuando no, mirábanse taciturnos. El aposento, con ventana +enrejada al primer patio, no hubiera sido más desapacible y feo si +de intento lo construyeran para hacer aborrecible la vida al infeliz +que morara en él. Componíase el mueblaje de dos camas jorobadas, de +una mesa que bailaba en cuanto se ponía un dedo sobre ella, de una +jofaina y jarro en armadura de pino sin pintar, de cuatro sillas de +paja, y una percha con garfios como los de las carnicerías, clavada +torcidamente en la pared. Depositario Hillo de los dineros de la +incógnita, podían permitirse aquel lujo, propio de conspiradores, +que les apartaba de la ingrata compañía de ladrones y asesinos. +Otros presos políticos habíanse aposentado en iguales estancias del +departamento de pago; en ellas han comido el pan del cautiverio, +generación tras generación, innumerables héroes de los clubs y del +periodismo, que desde tales cavernas se han abierto paso, ya por los +aires, ya por bajo tierra, hacia las cómodas salas del Estado. + +Días tardó el señor de Hillo en salir de su cavilación silenciosa; no +estaba conforme, ni mucho menos, con el papel que forzosamente se le +hacía representar en aquella comedia lúgubre, y una noche, después de +cenar malamente, quiso romper ya el freno de la reserva o cortedad que +le impedía dar suelta a las turbaciones de su alma; mas no encontrando +la formulilla propia para empezar, se arrancó con unos versos de don +Francisco Javier de Burgos, a quien tenía por el primer poeta del +siglo, y en tono altisonante recitó: + + De cera en alas se levanta, Julio, + Quien competir con Píndaro ambicione; + Ícaro nuevo, para dar al claro + Piélago nombre... + +—No me recite versos clásicos, don Pedro —le dijo Calpena—, si no +quiere que yo vomite lo que cené... ¡Vaya con lo que sale ahora! + + —O al púgil claro que la elea palma + Al cielo eleva, o rápidos bridones + Inmortalice... + +—Que se calle usted, hombre, o allá le tiro una bota. + +—Ya no me acordaba de que nos hemos hecho románticos. Así estamos. +Hemos caído, _nuevos Ícaros_, derretidas las alitas de cera, y nos +hemos roto el espinazo... + +—Y no en un _claro_ mar, sino en esta cárcel nauseabunda ha venido +usted a purgar el pecado de meterse a redentor... Yo me alegro; créalo, +me alegro como si me hubiera caído la lotería... Porque todo lo que le +pase se lo tiene usted bien merecido. + +—Es verdad; lo reconozco. Y con toda la honradez de mi carácter, +declaro que la conducta de la señora invisible con este su humilde +servidor es la conducta de un sátrapa de Oriente. + +—¿Lo ves, clérigo, lo ves? —dijo riendo Calpena, que empezó a tutearle +con familiaridad desdeñosa—. ¿No me oíste protestar del despotismo de +_la velada_?... Ahora que sientes el palo sobre ti, lo reconoces... + +—Ahora sí, pues si considero natural que la señora incógnita desee que +una persona grave y sesuda custodie al niño en este encierro donde +ha sido forzoso meterle, no me parece bien que arroje sobre mí el +vilipendio de la prisión, sin acordarse de que soy sacerdote, aunque +indigno... + +—Las incógnitas, mi querido clérigo, suelen ser desmemoriadas. Esta +que ahora nos ha metido en el _estaribel_, no se para en pelillos; va +a su objeto, caiga el que caiga. A los que se prestan a servirla, les +convierte pronto en esclavos. + +—Bien sabe Dios —dijo don Pedro suspirando— que me metí en este +negocio de tu corrección con alma y vida, llevado de un sentimiento +fraternal... Ningún sacrificio me parecía bastante. Olvidé hasta mi +dignidad, vistiéndome de seglar y metiéndome en los clubs, donde he +contrariado mis gustos y perdido el estómago, oyendo _de ciega plebe el +vocear insano_... Por amor al bien y a ti, por respeto de esa señora +deidad, hice mil desatinos y ridiculeces. ¿Merecía yo que se arrastrara +por la inmundicia de una cárcel la sagrada orden que profeso? Dime +tú ahora con qué cara me presento yo en una iglesia pidiendo misa. +¿Mas qué digo, si a estas horas ya me habrá retirado el diocesano las +licencias? Verdad que yo ahorqué los hábitos; pero me proponía volver +a ponérmelos cuando lograra mi santo propósito de echarte el lazo y +traerte a la virtud y a la honestidad. ¿Y ahora, quién me quitará +la tacha de clerizonte renegado? ¡Preso por conspiración jacobina, +envilecido mi nombre, pues aunque todo resulte de mentirijillas, a la +opinión no le consta, en lo que me queda de vida, ¡ay!, he de pasar por +un sacrílego, por uno de esos desdichados monstruos, como el organista +de Vitoria en Zaragoza, el infame fray Crisóstomo de Caspe, que de +fraile se trocó en masón, y de revolucionario en asesino! + +—Yo creo —indicó Fernando con sorna— que la señora maga, si ha tenido +poder para meternos en _chirona_ con tanto salero, lo tendrá para darte +a ti, ¡oh venerable capellán!, la reparación que te debe. ¿No dices +que todo esto es pura comedia? Pues luego se te darán satisfacciones: +resultará que te han preso por equivocación, que eres un sacerdote +ejemplar, un santo misionero que ibas a las logias a predicar el amor +al despotismo y la mansedumbre de los carneros de Dios... Como esta +es luz, ten por cierto que la invisible no se quedará corta en la +compensación. Para mí, en cuanto suban los nuestros, digo, los de ella, +te largan una mitra, clérigo, una mitra, y no veo que se puedan tasar +en menos los sofocones que te han dado. + +—¡Mitra! No te burles. + +—Bien te la has ganado, hijo; ya estoy viendo a _Tu Ilustrísima_ +echando bendiciones. Por de pronto, para quitarte el amargor de la +cárcel, te tendrán dispuesta una canonjía..., eso seguro, como si lo +viera... A estas horas tendrá firmado el nombramiento el señor Álvarez +Becerra... + +—¿Crees tú...? Hombre, no puede ser... Pues mira, en justicia... No +es que yo lo pretenda, que soy, como sabes, desinteresado hasta la +pazguatería... Pero... + +—Pero tú debes renunciarlo; debes mantenerte en tu forzado papel de +presbítero de armas tomar, y rebelarte ahora contra la incógnita y +contra todos los poderosos que nos oprimen... Pásate a mi partido; +unámonos contra ese poder oculto que nos trata como a parias; +persigámosle hasta dar con él, y asaltemos esa Bastilla hasta no dejar +piedra sobre piedra. + +—Fernando, no disparates más o quien tira la bota soy yo, y te rompo +con ella las narices. + +—Ahora pienso, mi buen clerizonte, que, en efecto, desvarío, porque la +estoy llamando _incógnita_, y para ti no debe de serlo ya..., para ti, +afortunado mortal eclesiástico, se ha quitado la careta... + +—¡Por san Blas, por san Críspulo, tanto la conozco como a mi +tatarabuela! No, hijo, no se ha quitado la careta; lo que hizo aquel +día fue señalarme los medios perentorios de comunicación con su +escondidísima y siempre encapuchada persona, y por tal medio pude +participarle lo emperrado que estabas en el mal, para que tomara, si +quería, las medidas heroicas... que... ya sabes... ¡Cuán lejos estaba +yo que de la tal medicina heroica me había de tocar a mí esta toma, más +amarga que la hiel!... + +—¿Y en los días que llevamos en este infierno, no has recibido la +cartita de letra menuda? + +Don Pedro, clavados en el techo los aburridos ojos, denegó con la +cabeza; y como el otro insistiese, denegó también con los pies, y por +fin, con la boca. + +—Puedes creer que no ha venido carta. Lo que trajo ayer _Edipo_ fue +recado verbal, que me dio en el rastrillo. No hizo más que preguntarme +si estábamos bien asistidos y si necesitábamos algo: ropa, dinero +y comida buena. Yo contesté que todo lo comprendido en estos tres +sustantivos nos vendrá muy bien, mientras no nos devuelvan la preciosa +libertad. + +—¡De modo —dijo Calpena echando por delante de la frase un sonoro y +descarado terno— que no sabemos cuándo nos sacarán de aquí! Esto es +horrible, criminal. Si en España hubiera justicia, ya veríamos en +qué paraban estas bromas horripilantes. Alguien había de sentirlo... +Y ahora, ¿a quién, a quién, san Cacaseno bendito, hemos de endilgar +nuestros chillidos de rabia y desesperación? ¿Es esto un país +civilizado? ¿Así se prende a las personas; así se priva de libertad a +un ciudadano, aunque sea enchiquerándole en calabozo de preferencia +y pagándole la bazofia? También a los que están en capilla se les da +de comer cuanto piden. ¡Qué sarcasmo! ¡Qué indigna y cruel farsa!... +Ya ves que no ha parecido por aquí ningún cuervo jurídico a tomarnos +declaración. ¿Y aquellas terribles conjuras en que estábamos metidos? +¿Y los delitos de lesa majestad, dónde están? Un país que tal consiente +merece ser gobernado por mi jefe de oficina, el patriarca de los +mansos, don Eduardo Oliván e Iznardi. + +No dijo más, y se volvió hacia la pared, donde se proyectaba su sombra +a la macilenta luz del quinqué. La situación psicológica del antes +protegido y después encarcelado mozo no era fácilmente apreciable y +definible a los pocos días del encierro. La primera noche de prisión +fue terrible: acometido Calpena de violentísimo frenesí, no cesaba de +blasfemar, clavados los dedos en el cráneo; y se arrancaba los cabellos +mostrando su ira en formas destempladas y tremebundas. Trabajillo le +costó a don Pedro contenerle: si no es por él, sabe Dios lo que habría +ocurrido, y a qué extremos de furor y barbarie hubiera llegado el pobre +Fernandito. Vino al siguiente día la sedación, y lentamente fue cayendo +el preso en un estoicismo melancólico. Su pensamiento tejía sin término +el monólogo doliente, inacabable: + +«¿Qué habrá sido de Aura? ¿Qué pensará de mí? ¿Sabe acaso que estoy +preso?». + +Conocedor del temple arrebatado y de la fogosa fantasía de su dama, +no podía menos de temer los efectos de la desesperación. Aura tenía +instintos trágicos: misteriosas querencias la llamaban a los desenlaces +fatalistas, puestos en moda por la literatura... La casa, la infernal +cueva de la Zahón no se apartaba de su mente. ¿Habría llegado el tío +carnal para llevarse a la infeliz huérfana? Y esta, ¿se habría dejado +conducir sin oponer siquiera resistencia pasiva, que es la fuerza de +los débiles? Sin duda pasaban o habían pasado tremendas cosas, y el +no saberlas le abrumaba más que le abrumaría el conocimiento de las +mayores desdichas. + +«Es seguro —pensaba entre pensamientos mil— que esta farsa de mi +prisión concluirá cuando esté conseguido el objeto; cuando Aura, si +es que aún vive, haya salido de Madrid... Habrán tomado precauciones +para que yo ignore el punto a donde se la llevan, y quizás me tengan +aquí más tiempo, pues transcurriendo días entre su partida y mi +libertad, me será más difícil averiguar a dónde tengo que dirigirme +para encontrarla... O quizás confían en la acción del tiempo, en mi +cansancio. Esperan que me dé por vencido, que desmaye mi voluntad... +¡En qué error están, Dios mío! Mi voluntad con el castigo se crece... +Como ignoro a quién debo la vida, digo que mi padre es el _No importa_, +y mi madre el _Más vale así_». + +El tiempo, que en aquel cautiverio tristísimo centuplicaba su +extensión, le llevó a donde menos podía pensar. Es el tiempo un +océano de aguas hondas y corrientes insensibles, que lleva los +objetos flotantes a playas desconocidas y los arroja donde menos se +piensa. Si en las primeras horas de su encierro, veía Calpena en la +desconocida gobernadora de su vida un tirano insoportable, lentamente +fueron ganando otras ideas el campo de su turbado espíritu. Sin dejar +de creerse víctima, sin que se amenguaran los dolores del tremendo +garrotazo que había recibido, la figura ideal de la persona designada +con el vago nombre de mano oculta, fue perdiendo aquel aspecto de +deidad inexorable con que se la representaba su imaginación... Como +se manifiestan indecisas por oriente las primeras luces del alba, +apuntaron en el alma de Fernando sentimientos más benignos respecto a +la desconocida. Y aumentada de hora en hora la intensidad de estos +sentimientos, se modificó su criterio en aquel punto, llegando a ver en +el acto de la prisión algo que podía ser comparado a los procedimientos +de la cirugía, la crueldad y la piedad juntas. La tiranía no podía +negarse; pero ¿cómo dudar que el móvil de ella era un sentimiento +tutelar, intensísimo?... Determinaron estas razones el ansia vivísima +de descubrir a la invisible y arrancarla el velo, para comunicarse con +ella, en la esperanza de llegar a la paz, conciliando las ideas de una +y otro. Tal idea fue la verdadera medicina de su grave turbación, y +acariciándola y fomentándola en su alma, llegó a soportar resignado la +sombría tristeza de la clausura. La idea de que se restableciese pronto +la comunicación con el mundo, donde había dejado sus afectos más vivos, +le alentaba, y deseando diariamente el mañana, esperándolo con fe, +parecía que las horas eran menos pesadas, menos lentas. Viniera pronto +noticia del exterior, aunque fuese mala, viniera pronto carta, papel +o cifra que revelasen el negro misterio de lo sucedido en los días de +cautividad. Que alguna voz sonara en aquella sepulcral caverna, aunque +fuese la fingida voz de la mascarita, de la piadosa tirana. + +No estaba menos inquieto Hillo por la tardanza de algún papel con +explicaciones que confirmaran el carácter inofensivo de aquel +bromazo, pues recelaba verse empapelado para toda su vida, y metido +en deshonrosos líos policíacos o judiciales, Por fin, en la mañanita +que siguió al coloquio que referido queda, fue llamado al despacho +del sotaalcaide el señor don Pedro, y allí recibió de manos del señor +_Edipo_ un voluminoso pliego. ¡_Hosanna_!... La conocida letra del +sobrescrito le colmó de júbilo. Para mayor satisfacción, Fernando, +que había pasado la noche en vela, dormía como un tronco, y así pudo +el buen clérigo entregarse a sus anchas a la lectura, reservándose el +dar cuenta o no a su amiguito del contenido de la carta, según fueran +comunicables o secretas las instrucciones que contenía. + + + + +II + + + «¿Con qué palabras, mi buen Hillo —leyó este—, pediré a usted + perdón por el ultraje que de esta pecadora por caminos tan ocultos + ha recibido? No hay términos para expresar mi pena, como no puede + haberlos para la expresión de su inaudita paciencia y bondad. Porque + no solo ha sabido usted sufrir a Fernando en su demencia, sino que + me sufre a mí en esta locura que padezco, y que voy soportando con + ayuda de las almas caritativas, como el señor don Pedro Hillo... + Sí, mi excelso amigo y capellán: obra mía y de mis artes infernales + es el paso audacísimo, la temeraria estrategia de su detención y + encierro. ¿Verdad que usted aguanta ese atropello y esos sonrojos por + amor al prójimo, por amor a Fernando? ¿Verdad que usted, como buen + sacerdote, sabe padecer por los méritos de Nuestro Señor Jesucristo? + ¿Verdad que en su conciencia siente el gozo del bien obrar, y + desprecia las opiniones humanas? Me consuelo pensando que tales son + sus sentimientos, caro señor mío, y si me equivoco, que Dios me + confunda. Las atrocidades que la demencia de Fernando proyectaba, yo + no podía impedirlas sino encerrándole en una cárcel, único sitio de + donde no se sale a voluntad. Yo no podía dejarle solo en ese antro + sombrío; su desesperación y su abatimiento me daban más miedo que + sus ignominiosos amores. ¿A qué persona en el mundo, como no fuera + usted, podía yo confiar su custodia en tan peregrinas y nunca vistas + circunstancias? ¡Qué hacer, Dios mío! Calcule usted mi ansiedad y + discúlpeme. “A Roma por todo —me dije—, y que Dios y el señor de + Hillo me perdonen”. ¿Hice mal?... Aún no he podido determinarlo en mi + conciencia: solo sé que no podía hacer otra cosa. + + »Pues bien: dicho lo más amargo, voy a manifestar lo que estimo + triaca de tanto veneno. ¿Soy mala, señor mío? Quizás lo haya usted + pensado así. ¿Podré algún día destruir esa desfavorable opinión, + apartando de mi pobre cabeza las maldiciones que arrojado habrá sobre + ella la indignación de mi noble víctima? Lo veremos. Por de pronto, + sepa el señor don Pedro que sobre su respetable persona no recaerá + ningún oprobio por esta prisión; sepa que su nombre figura en los + registros de la cárcel de tal modo desfigurado, que no le conoce ni + el cura que se lo dio en el bautismo; sepa que saldrá sin mácula de + ese muladar, y que sus delitos políticos se cargarán a cualquiera de + los cándidos masones comprendidos en la última redada. No quedará + rastro, señor de Hillo, ni nadie ha de vituperarle. Solo me resta + decirle que, siendo de estricta justicia que mi víctima tenga la + compensación que por su extraordinario desinterés le corresponde, + le doy a escoger entre los dos métodos o caminos para alcanzarla. + ¿Se decide por colgar el manteo, renunciando a la ventaja que pueda + ofrecerle su carácter eclesiástico? Pues no vacile en secularizarse, + y junto a Fernando tendrá usted siempre una posición, no digo de + tutor, sino de amigo, de esos amigos que igualan a los hermanos más + cariñosos. ¿Que no quiere usted renunciar a la carrera sacerdotal? + Muy bien: pues yo le garantizo que tendrá la que más le acomode, y + ya puede ir pensándolo mientras llega la anhelada libertad... Por + hoy, mi buen presbítero, le recomiendo otra pequeña dosis, o toma, + como usted quiera, de aquel precioso elixir que llamamos paciencia, + y que corre en el mundo con la bien acreditada marca de Job. Entre + paréntesis, hay marcas mejores, aunque no son del dominio público. Yo + las conozco... y las uso, ¡ay!». + +Al llegar a este punto, tuvo Hillo que suspender la lectura para +respirar. Sentimientos diversos agobiaban su espíritu y oprimían su +corazón. «¡Extraordinaria mujer! —pensaba—. ¡Cuánto sabe!... Que +quieras que no, Pedro Hillo, perteneces a ella en cuerpo y alma. Con su +garra enguantada te tiene cogido... Ya no escapas, no. Si Dios así lo +quiere, adelante. Sigamos la lectura»: + + «Ya estoy viendo la cara que me pone mi bendito don Pedro al llegar + a este párrafo de mi carta. “Pero esta mujer estrafalaria, ¿hasta + cuándo nos va a tener encerrados aquí?... ¿Me ha tomado a mí por + instrumento de sus artimañas y enredos?... ¡Vive Dios, que ya se me + está subiendo a la coronilla el tal Fernandito! ¿Qué tengo yo que + ver con que se le lleven los demonios, o los Zahones y Negrettis, + que es lo mismo? ¿Ni qué me va ni qué me viene a mí con que esta + dama incógnita quiera o no quiera resguardar al niño y apartarle + de la perdición? ¿Por qué no lo hace ella? ¿Por qué no le llama a + su lado?...”. Esto dice usted, y yo respondo: “Espérese un poco, + carísimo maestro y capellán. Usted es muy bueno, y no se me enfadará + si le digo que puesto ya en el camino del sacrificio y la abnegación, + no hay más remedio que recorrerlo hasta el fin. Todavía, siento + decírselo, tienen ustedes Saladero para un rato, más claro, para unos + días. ¿Qué significa esa corta esclavitud si la comparamos con la de + los infelices magnates que estuvieron encerraditos en la Bastilla + veinte y treinta años? ¿Y los que en otras prisiones o fortalezas, + sin más culpa que la de usted en este caso, entraron jóvenes, + rebosando vida, y salieron encorvados y llenos de canas? Hay que + conformarse, y esperar días, señor don Pedro, porque usted imagínese + que si suelto a Fernando hoy o mañana, poco habremos adelantado, + encontrándonos ante los mismos peligros y cuidados graves de aquella + tristísima noche”. + + »Si son ciertas, como creo, las noticias que me traen, hoy o mañana + debe partir con su tío Negretti, a quien la endosa Mendizábal, la + muñeca romántica por quien ha enloquecido el niño. Pásmese usted, don + Pedro: en su desesperación, creyéndose abandonada de su amante, hizo + el paripé de querer quitarse la vida. Bajo la almohada le encontraron + un cuchillo carnicero. Han tenido que ponerle centinelas de vista... + En fin, que se la llevan con mil demonios, no sé aún adónde. Creo + que al Norte. Me dicen que ese Negretti es hoy armero de don Carlos, + contratista de cartuchos, y fundidor de cañones para la Causa. Nada + de esto me importa: que le hagan a don Carlos cien mil piezas de + artillería, con tal de que me tengan por allá a esa calamidad de niña + hasta el día del Juicio... Ahora conviene que el prisionero no esté + libre hasta que le pase la calentura. Podría volver a las andadas; + podría antojársele correr tras ella. No, no: que no sepa dónde está. + De eso nos cuidaremos oportunamente... Entre paréntesis, señor cura: + tengo que decirle que he comprado el famoso abanico que vio usted + en casa de la Zahón. Era gusto mío, capricho, disculpable vanidad. + Fue allá una persona de toda mi confianza, que conoce la joya, y se + hizo trato por ochocientos duros. Ya lo tengo en mi poder. Es cosa + lindísima, de gran mérito: me paso algunos ratos contemplándolo. + Cuando usted salga, me hará el favor de volver allá, y comprará unas + perlas que necesito, ya le diré cuántas, para emparejar con otras + que poseo... También quiero unos brillantes superiores. Le preparo + una sorpresa a Fernando para cuando sea bueno, y se nos entregue + arrepentido y bien curado de su demencia. Pero es prematuro hablar de + esto. + + »Repito, mi querido capellán, que deseche todo recelo, pues no + figurará usted ni como conspirador, ni como clerizonte renegado... + Las buenas disposiciones de la policía las habrá comprendido usted + por el hecho de no haberle registrado ni retenido sus papeles. Bien + guardaditas habrán quedado allá mis cartas y el aljófar comprado a la + Zahón. Y si se pierde, que se pierda. Volverá usted a casa de Méndez + con la _verídica historia_ de que ha estado ausente por una misión + electoral que le confió el gobierno..., o misión eclesiástica, lo + mismo da...». + +Hillo tomó segunda vez aliento, y se dijo: «¡Pero qué enredadora es +esta madama oculta, y qué cosas discurre! Verdad que arma sus tramoyas +con suma gracia, movida de un elevado y nobilísimo sentimiento. No hay +más remedio que bajar la cabeza, y decir a todo _amén_. Adelante, y +déjeme yo querer hasta que vea en qué paran estas misas». La carta +concluía con varias advertencias: + + «Si tiene usted algo que decirme, escríbalo y dé la carta a _Edipo_. + Pero mucho cuidado, amigo mío: este recurso no debe usted emplearlo + sino en caso urgentísimo y perentorio. No siendo así, vale más que + se guarde sus pensamientos para mejor ocasión. Acompañan a esta + tres pliegos, que son para Fernando. Ya sé que la estancia de pago + en que viven ustedes no es de las peores... ¿Y qué tal les dan de + comer? Supongo que será malísimamente. Veré si puedo mandarles algo + superior... Adiós, mi buen amigo y capellán. Que Dios le asista en + su santa obra; que vigile usted la salud, la vida, el honor de esa + criatura, no por demente menos adorada... Adiós». + +Por los tres pliegos escritos a Calpena pasó rápidamente su vista +don Pedro, y aguardó a que despertara para entregárselos. Dormía el +joven profundamente; en su rostro demacrado advertíanse huellas de +los pasados insomnios, de la cólera y tribulación de aquellos días. +Contemplole el clérigo con entrañable piedad, creyéndole digno de los +extremados sacrificios que por él se hacían. En la sangre juvenil, en +los hervores de la imaginación, en la misma inteligencia soberana de +Fernando, hallaba disculpa de su desvarío, que esperaba sería sofocado +pronto por las hermosas prendas de su alma. «Todo te lo mereces, hijo +—decía—, y andaremos de cabeza hasta llevarte a puerto seguro... Y que +no es floja tarea... _Tantæ molis erat_...». + +En esto despertó Calpena desperezándose, y al verle abrir los ojos, le +dijo Hillo con risueño semblante: + +—¡Lo que te has perdido, hombre, por dormilón!... + +—¿Qué hay..., clérigo maldito? ¿Ha llegado carta? + +—¡Qué carta ni qué niño muerto! ¡Si ha estado aquí la señora deidad, y +te miró dormidito...! + +—¡Aquí!... No fuera malo. Pues mira tú: yo soñé que venía, que entraba +la máscara, con su careta puesta..., y... + +—¿Y qué? ¿No te enteraste de que dejaba para ti estos tres pliegos? + +—¡Me ha escrito!... A ver —gritó Calpena arrojándose del lecho—. ¿Quién +lo ha traído? ¿Qué dice? ¿Y a ti no te escribe? ¿Hasta cuándo nos va a +tener en este panteón? + +—En esta cripta funeraria estaremos hasta que a Su Señoría le dé la +gana. Somos románticos, y la nueva escuela manda que nos tengamos por +felices en la tumba, máxime si hay ciprés. Quédanos el recurso de +tomar un filtro narcotizante que nos haga parecer difuntos, para que +nos lleven a enterrar, y así salimos... Luego le damos una bofetada al +sepulturero y pegamos un brinco... Toma, entérate... + + + + +III + + + «¡Buena la has hecho, niño; buena la has hecho! —leyó Fernando medio + vestido y sentado en la cama—. No te faltaba más que ser preso por + masón y revolucionario, por vociferar en los clubs como el último de + los patriotas hambrones ¿Te parece que está eso bien? Ya ves, ya ves + a dónde conducen las fogosidades políticas, ¡oh mancebo inexperto + y desatinado! ¿Creías tú, nuevo Mirabeau, o Danton en ciernes, que + ibas a traernos con un gesto una revolucioncita a la francesa, + con degollina, Convención y su poquito de _derechos del hombre_? + Vamos, tal vez piensas que el trono de la _angélica Isabelita_ se + tambalea con el aire que hacen tus discursos. ¿Crees que halagando + las orejas de los patrioteros, milicianos y demás alimañas _libres_, + se puede alcanzar otra cosa que vilipendio, cárcel y coscorrones? + Todo te lo tienes muy bien merecido. ¡Vaya que hablar horrores del + _paternal gobierno que nos rige_, y confundir en un mismo anatema al + gabinete Toreno, al gabinete Martínez, al gabinete Cea, y a todos + los gabinetes y camarines que hemos tenido desde que Dios llamó a + su seno al angélico Fernando! Ahora te fastidias, y si esperas que + yo te saque, estás en grave error, pues quiero que recibas el duro + pago de tus delitos contra la patria, contra el orden santísimo, + contra la religión pública, y la libertad de nuestros mayores. De + todos esos sagrados objetos hiciste escarnio, y es justo que caiga + sobre tu cabeza _democratista_ la cortante espada de la ley. No, + no te saco: podría hacerlo con una palabra, y lo que siento es que + no haya en esa Bastilla mazmorras muy oscuritas y muy románticas + donde no veas la luz del día, y sayones que te atormenten, y un + fiero alcaide que te ponga a pan y agua hasta que te quedes diáfano, + transparente, con la melena larga como esclavina, bien enjutito y en + los puros huesos, conforme al ritual de la escuela... Para que tus + ensueños sean reales, quiera Dios que te visiten espectros, que te + rodeen telarañas, que tengas por ropita un sudario y un capuz, que + oigas responsos y _Dies iræ_, que a las rejas de tu cárcel se asomen + los simpáticos murciélagos, y por las grietas del suelo penetren los + diligentes ratones para cantarte la _pitita_ y el _trágala_, únicas + trovas que cuadran a la insulsa canturria de tu romanticismo. Dime + una cosa, niño: ¿qué pensarán de esto Víctor Hugo y Dumas? Llámalos + para que vayan en tu ayuda. ¿Y Robespierre, Saint-Just y Vergniaud, + los románticos de la política, qué hacen que no te sacan? Buena es la + cárcel, buena, buena, buena..., como diría tu amigo Miguelito, porque + en ella han tenido fin las inauditas aventuras de nuestro inflamado + caballero». + +—Puedes creer, amigo Hillo —dijo Fernando, sonriendo por primera vez +desde que estaba en la cárcel—, que me gusta esta señora, quien quiera +que sea, por el donaire que pone en sus burlas despiadadas. ¿Y sostiene +que esto es cariño? No diré que no. Sigamos leyendo, que el cartapacio +parece que trae miga. + + «Soy justa; pero no soy inhumana: no he de acortar el castigo que + mereces; pero quiero y debo hacértelo menos penoso, proporcionándote + algún esparcimiento en tus horas tristes. Te contaré diversas cosas + buenas y malas que van ocurriendo en Madrid durante tu prisión, para + que la soledad no te abrume; para que tus ideas se acompañen de otras + ideas, enviadas a tu calabozo por el mundo de fuera, a que ahora no + perteneces. La noticia, dulce amiga del hombre, te visitará y te + consolará. + + »¡Lo que te has perdido, badulaque, por meterte a politiquear en + tonto! Si hubieras seguido formal y obediente, habrías asistido al + estreno de _El trovador_ en el Príncipe. ¡Qué bonito drama, qué + versos primorosos! Pocas veces ha estado nuestro gran coliseo tan + brillante como aquella noche... ¡Qué selecto gentío, qué lujo, qué + elegancia! La obra es de esas que hacen llorar en algunos pasajes, + y en otros encienden el entusiasmo. Quizás tú la conozcas; el autor + es un jovencito de Chiclana que andaba contigo y con Miguel de los + Santos. Cuentan que la presentó a Grimaldi hace unos meses, y que + este la estimó en poco, determinando que fuese estrenada en la Cruz. + Carlos Latorre fue el primero que vio en _El trovador_, por la + lectura, una obra de éxito probable, y algo de esto hubo de olfatear + Guzmán, porque la escogió para su beneficio. La primera escena, en + prosa, pasó bien; las siguientes, en verso, gustaron: todo el acto + fue bien acogido; el segundo, con las escenas de la gitana, cautivó + al público; el tercero le entusiasmó, y el cuarto le arrebató. + Me parece a mi que este drama esconde una médula revolucionaria + dentro de la vestidura caballeresca: en él se enaltece al pueblo, + al hombre desamparado, de oscuro abolengo, formado y robustecido + en la soledad; hijo, en fin, de sus obras; y salen mal libradas + las clases superiores, presentadas como egoístas, tiránicas, sin + ley ni humanidad. ¡Vaya con lo que sacan ahora estos niños nuevos! + El hecho que constituye la patética emoción del final de la obra, + aquello de resultar hermanos los dos rivales, también tiene su miga: + no es otra cosa que el principio de igualdad, proclamado en forma + dramática. Bueno, bueno. Si he de manifestar lo que pienso, no creo + en la igualdad, digan lo que quieran poetas y filósofos. La prosa + y el verso nos hablarán de igualdad sin lograr convencerme... Pero + ello no quita que en el fingido mundo del teatro admitamos todas las + ideas cuando el artificio que las expone es de buena ley: por eso + aplaudimos a rabiar a ese inspirado chico, después de haber mojado + los pañuelos con nuestras lágrimas... Cree que en uno de los mejores + pasajes me acordé de ti. Al trovador me le tienen encerradito en una + torre, y allí coge el laúd y se pone a cantar. ¡Pobrecito! Y esto lo + hace cuando ya le tienen en capilla y andan pidiendo por su alma los + agonizantes. Pensaba yo si tendrás ahí guitarra o bandurria con que + acompañar las trovas que eches al viento por la reja, y si habrá por + la calle alguna naranjera que te oiga, y, compadecida, riegue con sus + lágrimas el feo muro de tu cárcel... Por fortuna, no estás condenado + a muerte, aunque por menos de lo que tú haces le cortaron la cabeza + al sin ventura Manrique... En fin, que _El trovador_ gustó de veras, + y no contento el público con aplaudir frenéticamente al autor, pidió + que compareciese en las tablas. ¡Ay, qué paso, y cuánto siento que no + lo hubieras visto! ¡Cómo salió allí el pobre hijo, casi arrastrado + por la Concha Rodríguez! Es una criatura; cayó soldado en la quinta + de 100.000 hombres, y se hallaba de guarnición en Leganés, de donde + ha venido a gozar este ruidoso triunfo... ¡Cómo estaría aquella + pobre alma!, digo yo. No sé si tiene madre... Cuentan que en el + teatro estaba vestidito de soldado, y que para salir a las tablas le + quitaron el uniforme y le pusieron una levita de Ventura Vega. Esto + me parece una tontería. Véase cómo los partidarios de la igualdad la + contradicen en los actos corrientes de la vida. ¿Por qué no salió el + hijo del pueblo con su verdadero traje a recibir el homenaje de las + clases altas? ¿A qué esa levita, que es una nueva y postiza ficción? + En fin, no hagas caso; no sé lo que digo. Continúo no creyendo en la + igualdad. + + »Me han dicho que en los pasillos no se hablaba más que del drama, + y de los alientos que se trae este chico. Todo era elogios, + congratulaciones, calor de simpatía, y esperanzas risueñas de días + luminosos para la literatura. Pero no faltaban ratoncillos que entre + los grupos se deslizaran, hincando el envidioso diente. Para que + fuese completo y redondo el éxito de _El trovador_, los roedores, + mordiendo el laurel, lo hicieron más fragante. Uno de los que + mordían, _sotto voce_, era ese amigo tuyo y compañero de oficina, que + está tísico pasado. Para él no hay nada bello, como nada hay puro ni + honrado. Quisieran estos que el universo se volviese tísico, como + ellos; que el sol enflaqueciera, y escupiese con horribles toses la + pálida luna. Ahora me acuerdo: se llama Serrano. ¿No sabes? De ti + cuenta horrores. Tan pronto dice que eres pariente del verdugo, como + que desciendes del moro Muza, y que fue tu nodriza una princesa del + Congo. Asegura que estás preso por haber hociqueado en un complot + para asesinar a Mendizábal... ¡Ya ves qué desatinos! Lo gracioso + es que él habla de su jefe peor que tú, y está libre. Ha dicho que + don Juan y Medio lleva _señoras_ a su despacho ministerial, por las + noches, y que allí trincan y retozan, derrochando el _champagne_. + ¡Qué infamia! ¡Dios mío, en qué repugnante atmósfera de hablillas + indecentes viven nuestros pobres políticos! ¡Con qué armas tan + viles les atacan! No sé cómo hay quien se resigne a ser hombre + público en este país. Ya ves la que le armaron al pobre Toreno el + año pasado con la hermosa gallega, cuyos favores se disputaban él + y el embajador de Inglaterra, Williers... Como que este asunto, y + los catálogos que armaron las lenguas viperinas, contribuyeron no + poco a que el conde saliese del ministerio. La chismografía se ha + tomado en esta desdichada tierra las atribuciones que en otros países + corresponden a la opinión. Y que la manejan bien los españoles. Esto + y las guerrillas son las dos manifestaciones más poderosas del genio + nacional. + + »Quiero hablarte de Mendizábal, para que veas la injusticia con que + le has denigrado en logias y cafés. El hombre está ya con un pie + fuera del poder, aunque crea o aparente creer otra cosa. Es indudable + que _Palacio_ le ha hecho la cruz, y que se aguarda la apertura del + nuevo Estamento para que el puntapié sea parlamentario, parodiando + ridículamente la política inglesa. Está el buen señor tan ciego, tan + penetrado del carácter providencial de su papel político, que no hace + caso de las advertencias de los amigos más leales. Con todo, creo + que la procesión le anda por dentro. Su amor propio no le permite + declararse vencido, fracasado (¡como todos, niño, como todos!); pero + en su _forro interno_, como dice mi peluquero, se siente enfermo + del mal político más grave: del desafecto de _Palacio_. ¡Abajo, + pues, y otra vez será! Esto le decimos, y su cara se pone sombría. + Es realmente hombre de gran mérito por sus cualidades morales, que + no abundan en la gente política de acá. Quiere hacer el bien; su + ambición es espiritual; anhela que perpetúen su nombre los bronces + de la historia... Cree, tal vez, que lo de los frailes le valdrá una + estatua. Podrá ser; pero por de pronto, su ambición de gloria estorba + a otras ambiciones menos desinteresadas, y es forzoso quitarle de + en medio. La prensa se ha desatado en denigrarle. En los corrillos + se pondera su ignorancia, su falta de lecturas, como si nuestros + políticos fueran prodigios de ciencia y erudición. Salvo dos o + tres, la turbamulta no es más que un cúmulo de ignorancia; el craso + desconocimiento de todas las cosas, envuelto en una cascarita de + latín, y con tropezones de abogacía indigesta. + + »Si es injusto tildarle de ignorante, aquí donde hay ministros que + creen que La Habana es camino para Filipinas, la injusticia sube + de punto cuando le tachan de interesado, de poco escrupuloso en la + administración de los dineros del procomún. Tal juicio es absurdo, + villano: no ha gobernado a España hombre más puro, menos picado de + la codicia. En él la pasión patriótica es una verdad, no un papel, + como los que otros desempeñan, mejor o peor aprendido. Por venir a + salvarnos, por la ilusión de implantar en su país ideas nuevas, + este hombre, este niño grande, tiró una fortuna por la ventana. De + aquellas ideas solo ha podido realizar una pequeña parte. Lo demás... + no le han dejado ni siquiera planearlo. Le tiran de los pies, de + las manos, del cabello, de los faldones, y le imposibilitan todo + movimiento. Lo que le falta a don Juan de Dios no es entusiasmo ni + voluntad recta: fáltale coordinación en las ideas, madurez, método. + Quiere hacer muchas cosas a la vez; se encariña demasiado con sus + proyectos, y en su viva imaginación llega a persuadirse de que es + un hecho consumado lo que no es más que deseo ardiente. No conoce + bien el personal político, ni tampoco el país que gobierna. Ha + vivido largo tiempo fuera de España, medio seguro para equivocarse + respecto a cosas y personas de acá. El hombre de Estado se forma en + la realidad, en los negocios públicos, en los escalones bajos de la + administración... No se gobierna con éxito a un país con los resortes + del instinto, de las corazonadas, de los golpes de audacia, de los + ensayos atrevidos. Se necesitan otras dotes que da la práctica, y + que, unidas al entendimiento, producen el perfecto gobernante. Aquí + no hay nadie que valga dos cuartos. Todos son unos intrigantes en la + oposición, y unos caciquillos en el poder». + +—Para, hombre, para —dijo el clérigo echándose atrás en la silla, para +poder expresar más vivamente su entusiasmo— y déjame que extático +admire ese talento sin par... ¿Pero quien esto escribe es una mujer, +o un monstruo compuesto de los siete sabios de Grecia? ¿Has visto, has +conocido quien con más arte y donosura exprese la triste realidad de +nuestras pequeñeces políticas?... No, nuestra incógnita no es una dama. +Estamos en grave error..., es Séneca redivivo, quizás con faldas... ¿Y +tú, gaznápiro, no te admiras, no te deleitas, no pierdes el sentido +ante los esplendores de ese entendimiento, y ante las gallardías de esa +pluma, que sí, sí..., es de mujer, ahora lo veo, por el claro análisis, +por la gotita maliciosa que pone en sus conceptos? Créelo, este +amarguillo me sabe a gloria. Sigue, hijo, sigue, que esto es oro molido. + + + + +IV + + +—Pues si me tomas juramento —dijo Calpena—, declaro que estoy pasando +un rato delicioso con lo que se ha servido escribir para nuestro recreo +la señora tirana. Quien esto escribe es persona corrida, que ha visto +mucho mundo, y adquirido en él fino trato de gentes. Sigo: + + «Como en la cárcel no tendrás periódicos, yo me encargaré de + contarte lo que dicen, y bien puedes agradecérmelo, que no es tarea + fácil ni breve echarse al coleto todo este fárrago. Fuera de _La + Abeja_, que en extremo me agrada, todo el periodismo me resulta + enfadoso, indigesto y de escasa sustancia... Se escribe para los + sectarios, no para la gente pacífica y neutral. Me encantan, eso + sí, las letrillas políticas de Bretón, poniendo en solfa los + acontecimientos de la semana con donaire decoroso, sin tocar jamás + en la grosería, empleando extraños ritmos y consonantes endiablados, + de extraordinario efecto cómico. Se pegan al oído ferozmente estas + coplas; hace tres días que no ceso de repetir: + + _Así, beodo como un atún,_ + _Marat hablaba del procomún._ + _¡Trun, trun, trun!..._ + + »No puedo resistir los artículos que llaman serios, escritos por + jóvenes ilustrados. No negaré su mérito; pero que los lea quien + quiera. Han tomado ahora la muletilla del _espíritu del siglo_, + y a todo sacan el argumento espirituoso. Los del grupo templado + encuentran _anárquico_ cuanto dicen y hacen los de enfrente, y los + _libres_ denigran a los otros, echándoles en cara el _despotismo_, el + _oscurantismo_, las _ideas retrógradas_ y otras cosas muy malas. _El + Jorobado_ ha roto el freno, y no respeta ya ni la vida privada: a tal + extremo llegan su desvergüenza y procacidad. _El Eco del Comercio_, + con buenas formas, reparte navajazos a diestro y siniestro, y sus + biografías continúan dando disgustos. El lance entre el general + Bretón y Fermín Caballero, no ha curado a este de sus mañas: continúa + mordaz, agresivo, y no dice cosa alguna sin intención aviesa. Un + artículo de la semana pasada parece que dará lugar a la dimisión de + Córdova, lo que algunos estiman como la única calamidad que faltaba + para consumar la perdición del país. Háblase de un nuevo periódico + que fundará Carnerero, y que será agridulce, como todos los suyos; + pastelero y anfibio, sin contentar a nadie. En la _Revista Española, + Mensajero de las Cortes_, continúa el anónimo articulista sacudiendo + zurriagazos a Mendizábal. Parece que es Galiano el autor de estas + fraternas. ¡Y eran íntimos amigos! No en vano dice Martínez de la + Rosa, en las tertulias a que asiste, que vivimos _en el caos_, y + propone como único remedio que traigamos, aunque sea embotellado, el + _espíritu del siglo_. Que lo traigan, y en barricas el _justo medio_. + + »Aumentan las desazones por la censura de la prensa. Quién afirma + que de todo este _caos_ tienen la culpa los censores del gobierno, + que no cortan y rajan todo lo que deberían; quién abomina del + demasiado rigor, pidiendo que se permita mayor desenfreno, para que + la libertad, así dicen, cure y cicatrice las mismas heridas que + abre; más claro, que el palo de la libertad es un palo medicinal + como la quina, el regaliz y la cuasia. A los censores les juzga la + opinión, mejor será decir la chismografía, con variados criterios: + a unos, como Ángel Fernández de los Ríos, Lorenzo Feijoo y Miguel + Vitoria, les ponen en el cuerno de la luna, por su tolerancia, por + no prestarse a los rigores extremados, y _dejar correr_ algunos + escritos de solapada oposición. En cambio, ponen cual no digan + dueñas a don Juan Nicasio Gallego, a don Jerónimo de la Escosura + y a Cipriano Clemencín, a quienes llaman _los inquisidores de la + prensa_. Estos son los que aprietan las clavijas. Les acusan de + que, por conservar sus puestos, han hecho escarnio de la sacrosanta + libertad de la imprenta, contraviniendo... _el espíritu del siglo_. + Me consta que a don Juan Nicasio le tiene sin cuidado todo lo que + de él se dice. Por nada se altera, y continúa muy amigo de todo el + mundo, con aquella imperturbable pachorra y aquel cinismo de buen + tono. Es un Diógenes ordenado _in sacris_, que ha tomado la vida + por el lado práctico, aprovechando las bonanzas que nos ofrece, y + presentando a las tempestades el murallón de una filosofía pasiva, de + que son emblema su corpulencia, su sonrisa bonachona y sus epigramas + flemáticos. Como aquí los literatos y poetas no pueden vivir de + la pluma, porque todos los españoles leen los libros prestados, y + las ediciones se hacen cortitas, para regalar, este, como los más, + vive al amparo del gran mecenas de hogaño, que es el gobierno. + Habrás observado que todas las obras maestras de nuestros tiempos + están escritas en papel de oficio, y con la excelente tinta de las + oficinas. Pero hay alguno a quien no le sale la cuenta, pues a + Ventura de la Vega acaban de limpiarle el comedero en _Lo Interior_, + por si escribió o dijo no sé qué. Hoy tienen que tener cuidado esos + señoritos con el chiste, y ponerse el bozal para ir de café en café. + A Espronceda le solicitan para el nuevo periódico que van a publicar + los allegados de Mendizábal (_El Liberal_ creo que se llamará); pero + se resiste: está preparando un folleto que arde. Cuentan también con + Larra; pero este se arrima a los moderados, y ahora proyecta su viaje + a París para sacudirse las murrias. Es de los que no caben aquí, + según dice, y tiene razón. Yo sé de otras personas, no ciertamente + del gremio literario ni político, que se hallan en el mismo caso. + No caben, no encajan, y sin embargo, aquí envejecen, porque a ello + les obligan afecciones sagradas o deberes que cumplir. _Inteligente + paca_, como dice mi peluquero. + + »Ea, niño, que me canso. Tres pliegos llevo escritos, y me parece que + es bastante por hoy. Mi objeto no es otro que crearte con esta dulce + conversación escrita una atmósfera plácida, que sirva de lenitivo a + tu alma enferma. De este modo, te voy infiltrando las ideas sanas, + te adormezco en el _justo medio_, calmo tus locas ansiedades, te + reconcilio con el mundo en que estás destinado a vivir, y voy poquito + a poco restableciendo en ti el equilibrio de humores, y templando, + hasta ponerlas en el son debido, las harto tirantes o harto flojas + cuerdas de tus nervios. Ya no escribo más, que también yo necesito + equilibrio. Otro día continuaré... Espero salvarte. Aún no has + comprendido bien de cuánto es capaz una... Chitón». + +Quedáronse ambos meditabundos, ensimismados, y comentaron luego la +sabrosa carta, leída segunda vez por Hillo. Dos días después la +incógnita escribía: + + «¿No sabes? La belleza marmórea tiene otro novio, Ramón Narváez, no + sé si te acordarás, coronel de ejército, cara dura, dejo andaluz, + carácter de hierro, más propio para manejar soldados y ganar plazas + que para la expugnación de mujeres. Me consta que a la familia de + ella agradan estas relaciones, porque el mozo, según dicen, va para + general: tales condiciones ha demostrado, y fiereza tanta contra + los _anárquicos_ de aquí y los _serviles_ de allá. Pero como sale + dentro de unos días para el Norte a mandar el _Infante_, es fácil + que sea sustituido por otro, quizá perteneciente a la clase civil, + a esa echadura de abogados habladores que la nación empolla para + sacar ministros. Así andará ello. Todos estos niños zangolotinos + que hablan de Benjamín Constant, de Thiers y Guizot, del Parlamento + inglés y del _bill de indemnidad_ me apestan. La petulancia militar, + con ser grande, ofende menos que la de los juristas, por lo que voy + sospechando y temiéndome que los generales han de ser los principales + mangoneadores políticos, cuando lleguemos a la paz. ¿Qué te parece + esta observación? En tiempos de guerra mandan los civiles; en tiempo + de paz mandarán los espadones..., no será floja empolladura la que + nos dejará la guerra civil... + + »Me dicen que en el Prado empieza el calorcillo primaveral. El + tiempo delicioso favorece la aparición de esas humanas flores que se + llaman María Cimera, las dos Malpicas, Pepa Parsent y Encarnación + Camarasa. ¿Qué piensas de esto, niño? ¿Has perdido de tal modo el + gusto y las aficiones de caballero, que no anhelas la libertad para + rendir homenaje a la belleza noble y honrada? ¿No te acuerdas ya + de las ilustres casas que no necesito nombrar? ¿No conociste allí + damas finísimas, cuya conversación tan solo, honesta y graciosa, + te enseñaba las buenas formas, te sugería pensamientos felices, + y educaba tu voluntad y tu inteligencia para un porvenir noble y + hasta glorioso? ¿No se te ha pasado por las mientes, loco de remate, + que podrías hallar, andando el tiempo, y prosiguiendo en el seguro + camino que se te trazó, una compañera de tu vida tan bella, tan + virtuosa y distinguida como la que hoy es marquesa de Selva-Alegre? + ¿Ya no tienes aspiraciones hidalgas? ¿Te has encariñado tanto con + las violencias, con el colorido chillón, con la nota discordante, + con el contraste duro, que eres ya insensible al buen tono, a la + gracia, a la armonía? No, no puedo creerlo... De fijo sientes ya + en tu alma la reversión a los pasados gustos. ¿Verdad que deseas + ver el _Prado por abril de flores lleno_? La novedad de este año + es que se presentarán tres pimpollos, recién salidos del colegio; + tres chiquillas monísimas. ¿No aciertas? Son las de Oñate, Juliana, + Matilde y Carolina... Rabia, que ninguna ha de ser para ti; y si + ante ellas te presentaras, con tu aire jacobino, y esos modales + _anárquicos_ que has adquirido ahora, las pobres niñas se asustarían, + y echarían a correr chillando: “Que se lleven de aquí a este pillo, y + le vuelvan a meter en la cárcel”. Ya ves, ya ves, a lo que has venido + a parar... Me figuro que arrugas el ceño por esta fuerte peluca que + te estoy echando, y casi, casi sientes impulsos de estrujar la carta + y arrojarla sin concluir su lectura. Pues no señor: aguántese usted y + lea hasta el fin, que aún falta lo mejor. + + »Corren voces de que dimite Córdova. Se comprende que el hombre esté + volado. Aquí se le censura porque no da una batalla por la mañana + y otra por la tarde, creyendo que el dar batallas es tan fácil en + el campo como en las mesas de los cafés. Y al paso que se hace una + crítica estúpida de las operaciones militares, no se le mandan al + general los recursos que solicita. Con un ejército descalzo, mal + comido, y sin pagas, quieren campañas victoriosas. Oyes en un café + a cada instante esta opinión impertinente: “¿Por qué no se ocupa + el Baztán?... ¿Por qué no se fortifican los pueblos de la orilla + derecha del Arga?...”. “Sí, hombre, les diría yo: vayan ustedes a + posesionarse del Baztán, a ver si ello es tan divertido como hacer + carambolas en el billar”. Yo mandaría al Norte a los carambolistas de + Madrid, y a los vagos que por matar el aburrimiento se dedican a la + estrategia... A todos les pondría el chopo en la mano, y les diría: + “Hijos míos, id a la guerra y desfogad vuestro bélico ardor, y no + volváis sino trayendo la cabeza del último faccioso...”. La prensa no + hace más que denigrar al general en jefe. _El Jorobado_ le llena de + injurias; el _Eco_ le mortifica con malignas reticencias. Los demás, + o le defienden tibiamente, o callan hipócritas, haciendo más daño con + su silencio que los otros con su procacidad. Esto es indigno: toda + injusticia me subleva, y si en mi mano tuviera yo los rayos, como + dicen que los tenía Júpiter, no haría más que repartirlos a diestro y + siniestro, aniquilando tontos y malvados. + + »¿No piensas tú como yo, pobre iluso?... ¿No ves en Córdova la + gran figura militar y política? ¿Has pensado alguna vez en ese + hombre, que no nos merecemos, no, que se sale del cuadro de nuestras + mezquindades y pequeñeces? Aquí somos miniatura; él retrato de gran + talla. ¿No lo ves así? ¿Por ventura tu inteligencia no se recrea en + estos ejemplos vivos? ¿Los hombres culminantes, que sobresalen en + este hormiguero, no te cautivan ya, despertando en ti la admiración, + ya que no el deseo de imitarlos? Medita un poco; y si tus devaneos + no te han privado de la facultad de discernir, verás en Córdova la + representación más alta de la inteligencia y la voluntad en tres + órdenes distintos, el militar, el político y el diplomático. De ese + ilustre soldado digo lo que ya te indiqué a propósito de Larra: es de + los que no caben aquí. Se me ocurre una comparación, que me parece + que no es mía: es de algún poeta, no sé cuál..., en fin, puede que + sea mía, y allá va. Córdova es un roble plantado en un tiesto. El + árbol crece... Naturalmente el tiesto se rompe...». + +—Quien esto escribe —dijo Calpena con gravedad, suspendiendo la +lectura— no es mujer... No veo aquí a la mujer. + +—Pues yo —replicó Hillo, no menos grave y caviloso que su amigo— te +aseguro que ahora..., en este pasaje..., se me representa más mujer que +nunca. Sigue, sigue. + + + + +V + + + «No pretendo echármelas de Plutarco... Esto sería ridículo. ¿Y qué + podré decirte yo que tú no sepas? Si sigo hablándote de Córdova y + haciendo la debida justicia a sus altas prendas, quizás me digas tú: + “¿Para qué se me ponen ante la vista ejemplos que no he de poder + seguir? Yo no soy militar”. En efecto, militar no eres, porque..., + no es ocasión aún de que sepas este _por qué_: a su tiempo lo + sabrás. ¿Acaso no se abren a tu inteligencia otros caminos que el + de la milicia? La política y la diplomacia ofrecen ancho campo al + talento, si es asistido de dos cualidades preciosas: la honradez + y la independencia. No me digas que hace falta el paso por las + universidades. Eso sí que no: detesto a los leguleyos. Lo que + hace falta es el paso por los libros, y esa facultad todo chico + aplicado y con posibles la tiene en su casa. Te pongo ante los ojos + el ejemplo de Córdova para que veas que los grandes hombres que + descuellan en la humanidad se lo deben todo a sí propios, y son + hechura de su mismo espíritu. La desgracia de este hombre es haber + nacido aquí. En el suelo ancho y fecundo de otro país, habría sido + árbol corpulento. Bonaparte y él se parecen como dos gotas de agua. + El hecho heroico de la Cortadura es hermano gemelo del estreno de + Bonaparte en Tolón. El 7 de julio debía ser otra página como la de + Brumario en las calles de París: si no lo fue, no le culpemos a él, + sino a la estrechez de tierra en el maldito tiesto. Mendigorría es + otro Marengo: si no concluyó la guerra después de aquel brillante + hecho de armas, fue por la misma causa..., el tiesto, niño, el + tiesto... Como diplomático, Berlín, París y Lisboa le conocen. Sus + escritos de cancillería como sus proclamas militares son un modelo, + aquellos de precisión y sagacidad, estas de calurosa elocuencia... + ¿Y dónde me dejas al político? Observa cómo, aplacados los ardores + liberales de la juventud, vino a profesar y sostener el realismo en + su noble pureza. Este no es de los que se encastillan en las ideas + de la primera edad, quedándose para toda la vida, como unos bobos, + en _Las ruinas de Palmira_; este es de los que aprenden a vivir en + la realidad, en los hechos. La monarquía tradicional tuvo y tiene + en él un acérrimo defensor; pero no quiere el brutal absolutismo, + con su siniestro cortejo de verdugos e inquisidores, como lo soñaron + don Víctor Sáez y Calomarde, no. Ya sabrás que declaró la guerra al + sistema de _purificación_ y a las Comisiones militares hasta acabar + con tanta barbarie... Es liberal sin morrión, monárquico sin cogulla. + Cree que el despotismo mata a los pueblos por parálisis, como el + estado continuo de revolución los mata... por el mal de San Vito». + +No pudo refrenar Calpena el comentario que de la mente al labio le +salía, y dijo, apartando los ojos de la carta: + +—Lo que noto yo aquí es una gran incongruencia. ¿A qué viene este +panegírico del general Córdova? En ninguna de sus cartas se ha dedicado +mi señora incógnita a trazar vidas plutarquinas. Casi siempre trata +con dureza o con desdén a los contemporáneos célebres. Las únicas +excepciones son Mendizábal y don Luis Fernández de Córdova; pero a este +me lo pone por encima de todos..., sin venir a cuento..., digo sin +venir a cuento, mi querido Hillo, porque yo y mi prisión, y los motivos +de ella, ¿qué relación pueden tener...? + +—Hijo, la relación quizás no la veamos nosotros; pero que alguna hay, +aunque escondida, no lo dudes. Adelante. + +—Sigo: + + «Te he pintado la figura, antes de decirte que corre por ahí muy + válida la idea de investir a Córdova de las facultades de _dictador_, + para salir del atolladero en que estamos metidos. Asumiría las + atribuciones de general en jefe del ejército y de presidente del + Consejo de Ministros; la corte se trasladaría a Burgos, y los + Estamentos..., probablemente a esas logias legales y públicas se + les echaría la llave hasta que la guerra quedase definitivamente + concluida. ¿Sabes quién ha lanzado esta idea, quién la patrocina + y está catequizando a Córdova para que se deje querer? Pues + Serafín Estébanez Calderón, auditor en Logroño. No te acordarás: + es un malagueño muy despabilado a quien has visto en casa de + Puñonrostro...». + +—¿Pero yo, por vida de Quinto Curcio y de las once mil vírgenes —dijo +Calpena en la mayor confusión—, qué tengo que ver con todo esto? + +Hillo meditaba, la barba apoyada en los dedos, la vista fija en el +tapete mugriento y agujereado de la mesa. + +—¿Qué piensas, clérigo? + +—No, hijo, no pienso nada; no digo nada. Pero en tanto que se nos +descubre el hondo pensamiento de la autora de ese escrito apologético, +hagamos nuestras sus ideas, participemos de su ardiente devoción del +afortunado caudillo. Aquí estamos para la obediencia, y no hemos de +tocar nosotros el pandero, sino ella... Y a fe que está en buenas +manos. A ver, ¿qué más dice? + +—Pues sigue el panegírico del santo. + + «Córdova tiene todas las cualidades de César... Es guerrero y + político... Si él no hace de esta tribu de alborotadores una nación, + perdamos la esperanza de redimirnos. Mendizábal ha fracasado, porque + no ha sabido rematar la suerte... Córdova la rematará... Es el hombre + único... Esperar nuestra salvación del Estatuto o de la Constitución + del 12, es vivir en el reino de las pamplinas... Córdova es el + Bonaparte sin ambición, bello ideal de los dictadores... Una espada + que piense: esto es lo que nos hace falta...». + +—¿Y no dice más? + +—Dice también que me pone ante los ojos esta noble figura militar +y política, para que me familiarice con la grandeza del personaje, +aprendiendo en él a juntar la gallardía caballeresca con los primores +intelectuales. La caballería, aun con su poquito de romanticismo, +encaja, creo yo, dentro de la perfecta disciplina social... + +—Ya, ya voy viendo algo... + +—Pues yo no veo nada... + +—¿Y qué más dice? + +—Nada más. + +Miráronse los dos largo rato, como si cada cual quisiera leer en la +cara del otro un pensamiento, una conjetura, una sospecha... Suspiraron +luego casi al unísono, y algo se dijeron, sin que ninguno diera a +conocer lo que pensaba. + +—Fernandito —indicó Hillo, poniendo término a sus cavilaciones—, ¿no te +parece que debemos pedir que nos den de comer? Porque con estas cosas +de dictaduras, y de generales de la cepa de los Césares y Bonapartes, +se le despierta a uno el apetito de un modo horroroso. + +—Soy de la misma opinión, clérigo insigne, y comeré lo que nos traigan, +aunque sean los hígados de Chaperón, conservados en vinagre. + +El señorito se encontraba en un estado de ánimo favorable a las +picantes bromas. Mientras comían un cocido de caldo flaco y de garbanzo +duro, dijo a su mentor y capellán: + +—En vez de dedicarse con tanto ahínco a la literatura plutarquina, +podía decirnos cuándo piensa sacarnos de aquí. Si esto es una humorada, +que venga Dios y me diga si no es ya insostenible. + +—Dame tu palabra de que irás conmigo a donde yo te lleve, y mañana +mismo estamos en la calle. + +—No puedo dar esa palabra, y si la diera no la cumpliría. Mi voluntad +es libre, ya que mi cuerpo no lo es hoy, por causa de un bárbaro +atropello... Pero esto no puede durar, y si durara, sería preciso creer +que la justicia es aquí un nombre vano. + +—¡Y tan vano! + +—Y la política una farsa. + +—Un sainete que hace llorar a algunos. + +—Y la policía un hato de bandoleros, vendidos a la intriga o a la +venganza... Bien, Señor: murámonos aquí. + +—Morirnos no, porque todo es broma, y por mi cuenta, no han de pasar +las semanas de Daniel sin que se nos eche, por no resultar nada contra +nuestras honradas personas. + +Fernando no dijo más. Antes de concluir de comer abandonó la mesa, y +se puso a medir con febril paseo la habitación, así a lo largo como a +lo ancho. Luego, a media tarde, propuso que dieran una vuelta por los +patios. Esto no le hacía maldita gracia a don Pedro, temeroso de ser +visto de la canalla, y con prudentes razones intentó quitárselo de la +cabeza. Mas tanto machacó el joven prisionero, que no pudo disuadirle +su amigo del propósito de salir. Verdaderamente, tal vida de quietud no +era para llegar a viejo. Deseaba moverse, estirar las piernas, respirar +otro aire, aunque no fuera menos infecto que el de su cuarto; y como +no le importaba nada codearse con la chusma del patio, bajó a dar una +vuelta por aquella triste región. Don Pedro no quiso acompañarle, y se +quedó en el corredor alto, paseando en corto, sin alejarse de la puerta +de su madriguera, para escabullirse dentro en caso de sentir pasos de +carceleros o visitantes. + +Vio Calpena en el patio diferentes tipos de presos y detenidos, algunos +chicos vagabundos, y un cabo que cuidaba del orden en el departamento. +Cuatro hombres de aspecto mísero, las carnes bronceadas del sol, los +vestidos hechos jirones, robustos, con calañés terciado sobre la oreja, +eran los únicos que tenían aspecto de criminales. Hallábanse sentados +en ruedo, jugando con piedrecillas blancas y negras sobre un tablero +trazado con carbón, y no apartaban de su juego la mirada más que para +fijarla en el cabo, que iba de un lado a otro, las manos a la espalda, +y a ratos se aproximaba familiarmente a un grupo de presos pacíficos, +que parecían gente habituada a tal vida y a tal sociedad. El tono +de su conversación, su aire y modos reposados eran como de quien no +siente la menor extrañeza de hallarse donde se halla. Miroles Calpena, +y ellos le miraron, sin denotar curiosidad ni interés alguno. Algo +les dijo el cabo, y siguieron charlando de cosas que debían de ser +amenas, plácidas, quizás de lo buena que es la vida, y de lo acertado +que estuvo Dios al criar al hombre, y este al hacer las leyes y las +cárceles. + +Después de pasear un rato, se fijó Calpena en tres individuos que +permanecían inmóviles, arrimados a la pared junto al portalón cerrado +del segundo patio, que ya en aquel tiempo se llamaba _de los micos_. +Eran jóvenes, mal vestidos; el uno parecía no tener camisa, y se +había levantado el cuello del levitín para disimularlo; otro llevaba +por sombrero una gorra como las de cuartel, y el tercero botas de +montar, zamarra muy ceñida con cordones y un sombrero de ala ancha. +Observó Fernando que ninguno de los tres le quitaba los ojos desde +que le vieron, y le seguían con la vista por donde quiera que fuese, +demostrando, no solo que le conocían, sino que algo y aun algos tenían +que decir de él. No era ciertamente hostil ni burlona la mirada de los +tres desconocidos, por lo cual se le despertó a Calpena la curiosidad, +y después las ganas de entrar en coloquio con ellos. Encendió un +cigarro, y este fue el incidente feliz que determinó la aproximación. +Destacose del grupo el de la gorra de cuartel, y con donaire campechano +pidió a Fernando candela; diósela este, y al devolver el otro el +cigarro, todo con los mejores modos, le dijo: + +—Señor de Calpena, muchas gracias, y que no sea esta la última vez que +tengamos el gusto de verle por este patio. + +—¿Me conoce usted? —dijo Fernando vivamente—. Pues yo a usted..., no +recuerdo. + +—Zoilo Rufete... No se acordará. Soy hermano de un valiente militar +perseguido por sus opiniones libres. + +—En efecto: ese nombre... + +—Nos conocemos de la logia, señor de Calpena; solo que está usted +trascordado... En una misma noche hablamos los dos, y fuimos aplaudidos +bárbaramente. + +—Ya, ya voy haciendo memoria. + +—Usted habló de la responsabilidad ministerial, y de la manera de +hacerla cumplir; yo de la intervención extranjera, sosteniendo que los +españoles nos bastamos y nos sobramos para defender la libertad contra +todos los déspotas de la Europa y del Asia... Después me metí con los +frailes, y probé que entre ellos y los palaciegos nos han traído la +guerra civil... + +—Es verdad, sí... ¿Y qué hacemos por aquí? + +—Pues esperar... Creen que por prendernos adelantan algo... Yo me río +de las prisiones... ¿Qué es ello? _Maquiavelismo_..., y si me apuran, +miedo... Es la cuarta vez que me traen aquí, y aquellos dos compañeros +llevan ya nueve encerronas... Si patriotas entramos, más patriotas +salimos. Hoy más _libres_ que ayer, y mañana más que hoy. ¿No piensa +usted lo mismo? + +—Exactamente lo mismo. Y dígame, ¿nos soltarán pronto? Porque la +verdad, este es un bromazo... + +—No creo que nos suelten hasta que se abran los Estamentos. Están +locos... Créame usted, amigo Calpena: prenden a treinta o cuarenta +por aquello de que vea _Palacio_ que miran por el orden, y mientras +usted y yo, y otros mártires del despotismo, nos aburrimos en este +_pandemonio_, cientos y miles de compañeros trabajan fuera de aquí +por la causa del pueblo, sin meter bulla. Yo soy de los que dicen: +revolución, revolución, y siempre revolución. + +—Siempre, siempre. Vengan terremotos, y encima... el diluvio. + +—Lo que es ahora no tardará en estallar el trueno gordo. ¿Y qué me dice +de la guarnición? ¿La tenemos ya bien catequizada?... + +—¿Sé yo acaso...? + +—¿Que no sabe...? ¡Bah, señor Calpena, misterios conmigo! Si aquí todos +somos unos..., todos _apóstoles_ de la revolución, y cada uno trabaja +en su terreno. + +Comprendiendo que aquel tipo le tomaba por un conspirador de oficio, +Fernando siguió la broma: de algún modo le convenía justificar ante el +vulgo su permanencia en la cárcel. Prisión por _patriotismo_, antes +enaltecía que deshonraba. + +—Pues sí —dijo tomando el tonillo y los aires de un perfecto muñidor de +motines—, el ejército es nuestro. + +—Ya lo sabía yo... ¿Pues por qué está usted aquí sino por ser el que +pone los puntos a la Guardia Real?... Yo se los pongo a la Milicia, y +puedo asegurarle que toda ella respira por la santísima libertad... + +—Así tiene que ser... ¡Buena se armará! + +—¿De modo que la Guardia...? + +—Como un solo hombre. + +—Chitón... El cabo viene para acá. Disimulemos. Si tiene usted +cigarrillos, señor de Calpena, le agradeceríamos que nos prestase media +docena. Andamos mal de tabaco. + +—Tome usted... Coja más. Arriba tengo para muchos días. + +—Basta con diez. Muchísimas gracias. Esta tarde han de traernos tabaco, +y yo pondré a su disposición buenos puros... El cabo nos mira... Me +temo que me diga algo con la vara... Disimulemos... Es muy bruto ese +cabo. Ha sido lego de convento y voluntario realista. + +—Yo me vuelvo a mi cuarto. + +—Usted allá, y nosotros aquí... _Meditemos_..., el triunfo es cosa de +días. Bájese acá mañana, y hablaremos: tenemos mucho que hablar... +Conviene que nos pongamos de acuerdo... + +—Enteramente de acuerdo... + +—Sobre este y el otro punto... ¿Usted qué opina? ¿Constitución del 12? + +—Hombre, pues claro está... + +—No deje de correrse al patio mañana..., antes de la comida, de diez +a once. A esa hora tenemos un cabo muy bueno: Francisco, de apodo +_Resplandor_, uno que estuvo con Porlier... Podremos hablar... Mi +compañero Canencia desea echar con usted un parrafito, para quedar +también de acuerdo... + +—¿Quién es Canencia? + +—El del sombrero ancho y botas. Ahora nos mira y se sonríe. Ha llegado +hace días de Zaragoza. Ese es un lince para los de Artillería. Les +tiene sorbido el seso. + +—¿Y el otro quién es? + +—¿Pero no le conoce? Si es Fonsagrada, primo hermano de los amigos de +usted. + +—¿Los Fonsagrada..., dos mocetones muy guapos, sargentos de la Guardia? + +—Cabal. Este chico vale más que pesa. Tiene minada la Caballería por +dentro, por donde no se ve..., como la carcoma. + +—Conozco a sus primos. + +—Eleuterio, el mayor, estuvo ayer a vernos..., y hablamos de usted..., +y encargó a Zacarías..., así se llama este..., que le diese a usted +memorias, y... + +—¿Y qué más? + +—¡Oído!..., que viene el cabo... Compañero Calpena, hasta mañana. + +—Hasta mañana, compañero Rufete. + + + + +VI + + +Subió Calpena a su cuarto, muy dichoso de haber hecho aquel +conocimiento, no solo porque rompía el monótono y acompasado tedio de +la vida carcelaria, sino porque del trato de aquella desdichada hez de +la plebe turbulenta esperaba obtener noticias de sucesos exteriores +para él muy interesantes. Encontró a Hillo muy embebecido en la lectura +de un librote que el segundo alcaide le había prestado, y era nada +menos que la _Vida de Carlos XII de Suecia_, del amigo Voltaire. + +—¿No sabes, clérigo —le dijo gozoso—, lo que me pasa? Pues sin +sospecharlo, ni tener de ello la menor noticia, he sido un conspirador +terrible... Mi especialidad es seducir a los cabos y sargentos de +la Guardia Real, encariñándoles con la libertad y con el _venerando +código_ del 12. + +—Hijo, de algún modo se ha de justificar tu prisión. ¿Y de mí qué se +dice? + +—¿De ti? Que armabas un complot tremebundo para implantar una +republiquita a estilo ateniense..., poniendo de protector o de _tirano_ +democrático... + +—¿A quién? + +—Al espejo de los caballeros, general Córdova... + +—Pues mira, no estaría mal... Me satisface haber tenido esa idea —dijo +Hillo siguiendo la broma—. Pero en mi calidad de eclesiástico, más +cuerdo sería proponer para cabeza de esa república a fray Cirilo de +Alameda y Brea. + +—¡Si ese está con don Carlos...! + +—Pues entonces..., crearíamos una Tetrarquía que representara los +cuatro brazos, o las cuatro patas del cuerpo social. Yo por el Clero; +tú por la Aristocracia; por el Ejército pondríamos a Rufete, y por el +Pueblo al gran Aviraneta. + +Toda la tarde la entretuvieron con estas bromas. Durmió Calpena +intranquilo, y al despertar sobresaltado, no se apartaba de su mente la +imagen de los dos Fonsagrada, a quienes conocía por las relaciones de +aquella familia con la Zahón. El más joven de ellos era novio de una de +las chicas de Milagro. Lo que le turbaba el sueño era que Eleuterio, +el mayor de los dos hermanos sargentos, le hubiese mandado memorias +con aquellos perdidos del patio. Y según el dicho de Rufete, habían +hablado largamente de él. ¿Qué dirían, santo Dios; qué dirían de Aura? +Ansioso esperaba el día siguiente para entrar en palique con los tres +presos, en quienes vio acabados tipos de _jamancios_, o sea la variedad +política y revolucionaria de los que conspiraban por hambre, metiéndose +en mil trapisondas con la mira de pescar algo de lo que repartían las +logias en vísperas de motín. + +Por la mañana, al salir a dar una vuelta por el pasillo, se encontró a +Iglesias, que al cuarto de un preso de pago se dirigía, y hablaron, no +maravillándose Nicomedes de verle en tal sitio. + +—No todos los corifeos de la Libertad —le dijo con cierta vanagloria— +hemos disfrutado las delicias de un cuchitril de pago... Las dos +temporaditas de prisión política que tengo en mi hoja de servicios, +amigo Calpena, me las cargué en el patio y cuadra correspondiente, +en amigable cohabitación con barateros y asesinos... Usted es de los +privilegiados de la fortuna. También en esta región del martirio +patriótico hay aristocracia, jerarquías... + +—Dígame, querido Iglesias, ¿cuándo se arma? ¿Ha caído Mendizábal..., se +ha sublevado el ejército al grito mágico... de..., vamos, a cualquier +grito mágico? + +—La cosa está muy madura... No puedo decir más. + +—¿También ahora secretos...? ¡Amigo Nicomedes, si me parece que estoy +en la logia! Baja uno a ese inmundo patio, y en cada tipo de calañés y +zamarra le sale un compañero. + +—Naturalmente, la masonería tiene en la cárcel sus ramificaciones. +Aquí se conspira lo mismo que en cualquier otra parte. Comandante he +conocido yo aquí que nos delató porque no quisimos hacerle _Venerable_; +y entre los cabos hay muchos que hasta hace poco cobraban la peseta +diaria que se daba por ciertos trabajos. En los días que estuvo aquí +don Eugenio Aviraneta, el primer genio del mundo en el conspirar, era +este el centro de todos los Orientes grandes y chicos, y aquí venían +comunicaciones cifradas de los institutos armados, de las cancillerías +extranjeras, y hasta de los ministros... En fin, no puedo decir más. +Paciencia, amigo, que pronto, muy pronto ha de cambiar la faz de la +nación... + +—¡Qué gusto! Dígame: será cosa tremenda, desquiciamiento total, +confusión, ruinas... + +—Poco a poco, amigo mío: los que hoy somos _corifeos_ de la Libertad, +nos creemos llamados a gobernar a la nación, no a destruirla. +Trabajamos contra los malos gobiernos, contra las instituciones +opresoras; pero queremos el bien del país. + +—Yo también..., pero el bien del país exige un cataclismo. + +—Lo habrá, hijo, lo habrá... Cataclismo prudente, en beneficio de la +Libertad y de los _libres_... Paciencia, calma, patriotismo. + +—Sea como fuere..., ¿será pronto? + +—¡Oh, eso sí! No puedo decir más. Y usted, mártir ahora de la causa, +esté muy orgulloso y alégrese de su suerte, esperando el día del +triunfo... Pero no me pregunte cuándo será, pues si yo lo supiera, no +se lo diría... Adiós, adiós. Mi enhorabuena. + +Y se metió en el cuarto, donde sufría larga y enfadosa detención, según +Calpena supo luego, un tal Civit, compinche en otros días de Aviraneta, +y que después se lanzó a trabajar por cuenta propia. Jamás salía de su +cuarto. El cabo que servía a los de preferencia contó a Fernando que +el señor Civit se pasaba todo el día y parte de la noche escribiendo. +¿Qué hacía? ¿Fabricaba constituciones, formaba listas de proscripción o +listines de empleados nuevos? Nunca se supo. + +A la hora señalada por Rufete bajó Fernando al patio, y si él fue +puntual, más lo fueron los otros: en el mismo sitio del primer +conocimiento les encontró, y apenas le vieron, abalanzáronse a +recibirle, alentados por la presencia del más benigno de los cabos, el +tal _Resplandor_, hechura de la masonería del año 20. + +El jaquetón de sombrero ancho y botas, con patillitas de _boca e +jacha_, quiso distinguirse por lo cariñoso y expresivo. Saludó con +acento andaluz, qué a Calpena le pareció afectado y mentiroso. En +efecto: el señor Canencia, vástago de una dinastía de conspiradores +que venía alborotando desde la _francesada_, era un andaluz muy +_crúo_, natural de... Candelario. Pero habiendo rodado por Sevilla y +Cádiz, algo también por Melilla, adoptó la pronunciación de aquellas +tierras, por creerla más en armonía con sus pensamientos audaces, +revoltosos y su natural pendenciero. Ceceaba por presunción de guapeza; +su _andalucismo_ era más de cuarteles madrileños que de sevillanos +bodegones. Lo mismo servía para enseñar a los pobres _pistolos_ la +buena doctrina constituyente, que para dirimir las contiendas de +juego, _mojando_ en el primero que se le ponía por delante. Pero si +le apuraban a reñir de verdad, y se encontraba frente a un rival +_poeroso_, se llenaba de prudencia, y decía: _No quiero espuntar +la navaja en er güeso de un amigo_. Era el abanderado de todos los +motines, y el que más bulla metía, el más arrastrado y avieso si en +el motín corría sangre; desplegaba un valor heroico siempre que en la +asonada hubiese tropa _fraternizando_ con el pueblo. En un tiempo en +que las cartas motinescas venían mal dadas, metiose a contrabandista, +allá por Huelva; pero le salió mal la cuenta, y el bromazo le costó dos +años de andar en malos pasos, con _calcetas de Vizcaya_, que pesan como +un demonio. + +Pues, señor, después del primer despotrique de Canencia, que se +declaró conmilitón de don Fernando en la obra grande de exterminar el +despotismo, tomó la palabra Fonsagrada, el que para ocultar la falta de +camisa o por defenderse del frío, llevaba subido el cuello del levitín, +con todos los botones prendidos, y además refuerzo de alfileres allí +donde los botones faltaban. El paño que de sobra lucía en su pescuezo +escaseaba en los codos, no siendo estas las únicas claraboyas por donde +se le ventilaba la carne. Cubría su cabeza con una elegante cachucha, +prenda nuevecita, que formaba vivo contraste con las demás de su atavío. + +—Pues sí, señor de Calpena, ayer cuando le vimos a usted nos dieron +ganas de hablarle; pero la verdad, yo no me atrevía... Ahora que +estamos juntos, congratulémonos de fraternizar aquí, y bendito sea +este martirio, pues por él la igualdad... _es un hecho_. Henos aquí +confundidos sufriendo la misma pena, usted, aristócrata, y nosotros que +nos orgullecemos de ser pueblo. + +—Hoy más pueblo que ayer, y mañana más pueblo que hoy —dijo otro, no +consta cuál. + +—Las masas no son tales masas sino cuando en ellas se mezclan las +clases todas... _Hermanados_ grandes y chicos en una masa, la +revolución... _es un hecho_. Pues a lo que iba, señor de Calpena: mi +primo Eleuterio le conoce a usted mucho, y _antier_ me dio memorias +para usted. + +—Siento no haberle visto. Quizás me diera noticias de personas que me +interesan, y de las cuales nada he sabido desde que esta pillería del +gobierno me prendió. + +—_Es un hecho_ —dijo Rufete— que el gobierno, por venganza, le +ha desterrado a la novia. Lo mismo hicieron conmigo el año 34. +_Maquiavelismo_... pero no les vale, no les vale. + +—No les vale —repitió Calpena—, porque yo, en cuanto me suelten, +revolveré toda la tierra hasta encontrarla... ¿Ha dicho Eleuterio si +mi novia vive, si se la llevó aquel tío que ahora cuida de ella, por +disposición de Mendizábal? + +—Pero, señor, ¿hasta en eso se meten los ministros?... ¿En quitarle a +uno su _jembra_? + +—Sí, señor: vive y está buena; solo que un poco desmejorada. Ya van en +camino de... + +—¿De dónde? + +—Pues mire que no me acuerdo. Pero es cosa de las provincias, allá por +donde anda el Pretendiente con toda su facción. + +—¿Será Fuenterrabía, Tolosa...? + +—Me parece que no... Yo se lo preguntaré a mi primo cuando vuelva. Mi +familia lo sabe todo por Lopresti, a quien despidió la Jacoba, y en +casa le tenemos. + +Tal impresión causaron a Calpena estas noticias rápidamente +comunicadas, que disimular no pudo su alegría. Maquinalmente +estrechó las manos de los tres conspiradores, los cuales atribuyeron +demostración tan cariñosa al entusiasmo de sectario, a una viva efusión +de fraternidad. Contestaron unánimes con igual calor, diciendo el que +ceceaba, en confianzudo y jovial estilo: + +—_Zeñó Carpena, España pa loj españole. Diaquí a poco naide noz toze. +Cuente zumerzé con ezte amigo pa cualziquiera coza de poer._ + +—¿Creen ustedes que estallará pronto el trueno gordo? + +—Ya se le oye retumbando lejos; ya viene la tormenta —aseguró Rufete. + +—Y cuando triunfemos —afirmó Fonsagrada asegurando los alfileres que +cerraban su ropa—, podrá uno comer como buen ciudadano, y vestirse, y +apalear a toda la canalla que nos ha quitado la libertad... Ya verán +esos _maquiavélicos_ lo que es el pueblo, y la soberanía de nuestra +_masa_. + +—Amigos, adiós —dijo Fernando, deseoso de perderles de vista—. Bajaré +mañana para que me den más noticias, pues Eleuterio volverá. + +—Para servirle, don Fernando. + +Pretextando ocupaciones, se alejó Calpena del patio, y la expansión de +su alegría le llevaba por aquellas escaleras arriba como un pájaro. +¡Aura vivía! ¿Qué más podía desear por el momento el desconsolado +amante? Aura vivía; el mundo recobraba su placidez luminosa; el +sol alumbraba placentero, y la cárcel misma era un lugar risueño y +hermoso. Renovadas en él con súbito incendio las energías de su pasión, +comprimidas, que no sofocadas, por el cautiverio, pensó que ante el +hecho de existir Aurora, carecía de importancia su salida de Madrid +bajo el poder del tío carnal. Ya la buscaría y la encontraría su fiel +amante, aunque España fuese diez veces mayor de lo que es... ¡Aura no +había sido víctima de su desesperación!... La catástrofe romántica, ya +con puñal, ya con braserillo de carbón o con veneno, aquel espectro +que había sido espanto del galán en sus noches de insomnio, ya no era +más que un temor disipado. Aura vivía; y en camino para su destierro, +se confortaba con la seguridad de que volaría tras ella su caballero +libertador. ¡Bonita empresa, singular aventura se preparaba, digna +de los Amadises y Esplandianes, por donde había de resultar que las +hermosuras morales de la edad de la caballería, en la nuestra, prosaica +y materialista, gallardamente se renovaban! + +Tan alegre entró en su cuarto, y con tal brillo de los negros ojos, que +Hillo entendió que algún feliz encuentro había tenido en el patio. Y +al verse abrazado por su amigo, no pudo menos de interrogarle inquieto. + +—Estamos de enhorabuena, mi querido clérigo. ¿No adivinas por qué? +Porque se armará pronto... La _cosa_ está madura. La Milicia como un +solo hombre, el Ejército como un hombre solo. + +—¡Que nos coja confesados, hijo! + +—No, que nos coja libres..., y si no, caerán los muros de esta infame +Bastilla. El rugido popular ya se oye, clérigo mío; la indignación de +la masa ya pronto estallará... + +—¿Quién te ha llenado la cabeza, ¡oh joven inexperto!, de ese viento +malsano? + +—¿Pero no sabes? La masonería invade el Saladero; se mete aquí con +los presos políticos, y hace prosélitos de los cabos de vara... Y +ahora, ¿no te parece que debes pedir a nuestra incógnita que nos saque +pronto de este infierno? Si sigo aquí, conspiro, te lo anuncio; haré +la propaganda del degüello de ministros, y créeme que hay en esos +patios gente abonada para merendarse un par de ministerios, y los dos +Estamentos si fuese menester. + +Perplejo y un tanto temeroso, cerró Hillo pausadamente el libro de +Voltaire, y fijó la atención y los ojos en su amigo: + +—Sí, sí, Fernando —dijo tras breve pausa—. Paréceme que ya para bromazo +basta. ¿Qué hacemos aquí? Y si esto es un hervidero de conspiraciones, +como dices, podría resultar que algún pillo nos comprometiera, y que la +humorada se convirtiese en chanza pesadísima. + +—Que yo he de conspirar, liándome con los patriotas calzados y con +los jacobinos descalzos que he tenido el honor de conocer aquí, no lo +dudes. Entré inocente de toda culpa política, y saldré para el motín o +para la horca. + +—¿Y qué quieres que haga yo, Fernandito de mi alma —dijo Hillo +cruzándose de brazos—, si la mascarita no resuelve nuestra libertad, y +da en guardarnos aquí hasta que nos convirtamos en cecina o bacalao? Y +me inquieta que van ya cuatro días sin que el _señor Edipo_ nos traiga +algún consuelo. Desde que recibimos el refuerzo de lengua ahumada, +dátiles de Berbería y vinito blanco, no ha vuelto el tal a parecer. +Y yo digo: ¿si se habrán olvidado de nosotros, y acabaremos por ser +empapelados inicuamente? + +Breve rato permanecieron los dos mirándose. Lo que con sus ojos se +decían no es para traducido en palabras. Con ellas, y bien expresivas, +manifestó Calpena que él discurriría con sus amigos del patio alguna +sutil tramoya para escaparse. Hillo, caviloso y triste, no supo qué +responderle, ni tuvo ánimos para contradecirle. + +Transcurrieron tres días, en los cuales llegaron a Calpena, por el +mismo Eleuterio Fonsagrada, nuevas importantísimas. Primero: que +Aura iba camino de las Provincias Vascongadas con su tío el señor +Negretti, y que entrarían en Francia por Canfranc, para tomar luego +la frontera. El señor Negretti era contratista y constructor de armas +de fuego en el campo carlista. Agregó a estas nuevas el sargento que +_Palacio_ preparaba un cambio político, dando el pasaporte a Mendizábal +y sustituyéndole con Istúriz; que al reunirse los nuevos Estamentos, +procuradores y próceres se tirarían los trastos a la cabeza; que +Lopresti contaba mil donaires del furor de la Zahón, y de las +dramáticas, ruidosas escenas que presenció la casa y gozó el vecindario +al partir la bella Aurorita, desolada y fuera de sí. + +Con estos interesantes informes coincidió carta de la incógnita, que +llegó inopinadamente, cuando los presos comían. ¡Ay, era muy triste; +revelaba inquietudes, aprensiones, amargura y desaliento! + + + + +VII + + + «Estoy enferma —decía la carta—. He pasado unos días crueles, privada + del placer de escribir a mis buenos amigos. Ya estoy mejor; pero no + ha sido, no, mal de mimo, que tan fácilmente padecemos las señoras. + Aquí han creído que me moría. Gracias a Dios, de esta me parece que + no caigo. Y no me mortificaban poco en mi enfermedad la idea y la + imagen de mis prisioneritos. “¡Buena la hemos hecho! —me decía yo, + en mis horas de febril insomnio—. Si ahora me muero, ¿qué va a ser + de mis pobres conspiradores, Dios mío? ¿Quién les amparará, quién + cuidará de ponerles en la calle?...”. Hijos míos, dad gracias a Dios + por mi mejoría, que si llegáis a perderme, trabajillo os habría + costado deshacer el bromazo y recobrar vuestra preciosa libertad. + + »Al volver en mí, no ceso de pensar en vosotros... Mi soledad, mi + tristeza, el miedo a la muerte, cuya descarnada mano he visto tan + próxima, me han sugerido la idea de que debo dar por terminada la + encerrona de mi capellán y de su amiguito. El primer objeto que se + quería lograr con este ingenioso golpe de mano, bien cumplido está. + El objeto segundo, que era extinguir la demencia en el turbado + cerebro de mi señor don Fernandito, no sé si lo hemos conseguido. + Presumo que no. Se hace lo que se puede: no debemos ir más adelante, + so pena de incurrir en crueldad y despotismo. Dispongo, pues, ¡oh + capellán mío, y tú, incauto jovenzuelo!, que se os abran prontito + las puertas de esa mansión de tristeza. Tendreislo entendido, y + os cuidaréis de tomar las medidas conducentes a vuestra próxima + libertad». + +—¡Oh, bien, bien, y viva la incógnita! —exclamó Calpena batiendo +palmas—. Ya somos libres. Clérigo, abrázame. + +—Despacito: veamos lo que dice después... Prosigo. + + «Escribo a los dos, porque deseo abreviar, y porque no hay nada que + Mentor deba reservar de su extraviado Telémaco. Con los dos hablo + a la vez. Estenme atentos. Si después de esta reclusión, que ha + sido barrera contra los malos deseos, castigo de la temeridad, y + garantía del honor, no se da Fernando por limpio y curado de su + mal de aventuras deshonrosas, entiendo que es locura proseguir mi + empresa. No puedo más. Hice cuanto de mí dependía para levantar un + valladar entre su presente ignominioso y el brillante porvenir que he + soñado para él. Le he brindado con la paz, le exigí sumisión. ¿Quiere + someterse y poner su existencia totalmente en mis manos? Me dará con + esto la más grande alegría de mi vida. ¿No se somete, no se da por + vencido, no quiere la paz que le ofrezco, y que para él representa el + bienestar, la posición, el honor y la regularidad de la vida? Pues yo + lloraré sobre su ingratitud; a mí, entonces, me corresponderá darme + por vencida. Llena el alma de dolor, renuncio a proseguir esta ruda + batalla». + +La emoción que el clérigo sentía le cortó la lectura. + +—Fernando, Fernando, hijo mío: ¿este noble lenguaje no hará profundo +surco en tu alma? ¿Eres capaz de rebelarte aún?... ¿No ves cuán grande +es su pena, al suponerte contumaz?... + +—Sigue —dijo Fernando, que ávido de mayor conocimiento, leía por encima +del hombro de su amigo—. Aún falta lo principal. + +—A ello voy: + + «En la puerta de la cárcel, la voz amiga, la voz tutelar dice a + Fernando: “Te ofrezco el destino de Cádiz, a donde partirás con + tu mentor y capellán sin pérdida de tiempo. ¿No quieres? Pues no + volverás a saber de mí. Y por mi parte procuraré que a mí no + lleguen noticias tuyas. Uno a otro nos extenderemos la partida de + defunción... No están los tiempos para vivir en plena zozobra, + añadiendo por nuestra voluntad nuevas tristezas a las que ya nos + rodean, y que pertenecen a la vida común, al conjunto de males + colectivos. La disminución de nuestros sinsabores bien merece la + pérdida de un afecto, aunque al arrancarlo nos duela. Conque ya + sabes. Libertad... Decide ahora de tu suerte”.» + +Quedose Fernando pensativo, dejando vagar sus ideas por el insondable +espacio que las últimas frases de la carta abrían ante él. Hillo le +sacó de su abstracción con severo lenguaje: + +—Ya sabes: a Cádiz conmigo, o solito al infierno. + +—Salgamos, salgamos pronto de aquí —dijo Calpena, paseándose inquieto, +con las manos en los bolsillos—. Dentro de esta cisterna, es imposible +el discernimiento... Salgamos, y al respirar el aire libre decidiré. + +Comprendiendo el presbítero que la resolución de la incógnita había +hecho profunda impresión en su amigo, no quiso desvirtuarla con +razonamientos y nuevas admoniciones. Mejor era dejarle solo con su +conciencia, en la cual la verdad iba labrando el hondo surco. Después +de la enseñanza y severo castigo de aquel encierro; ausente ya la que +había sido causa de su locura, ¿no era razonable esperar que el joven +adquiriese la serenidad suficiente para medir y pesar el pro y el +contra de las acciones humanas?... Confiado en una victoria decisiva, +Hillo recreaba su espíritu en la esperanza de libertad; mas no se veía +totalmente libre de zozobra con las seguridades de que no sufriría +menoscabo en su dignidad ni en su reputación. Por cierto que en la +carta recibida en la cárcel el penúltimo día (en ocasión que Calpena +rondaba por el patio), iba un pliego reservado para don Pedro, en el +cual se le daban nuevas instrucciones, previendo todo lo que pudiera +ocurrir. Si Fernando, sometido incondicionalmente, aceptaba el destino +de Cádiz, las cosas marcharían sin ningún tropiezo, y la situación +de Hillo sería la de mentor o caballero de compañía, liberalmente +remunerado. En caso de rebeldía, la señora no pensaba desentenderse ni +abandonarle, como le había dicho, empleando una ficción argumental, +de la que esperaba gran efecto sedativo. A donde quiera que fuese el +descarriado joven, le seguiría el pensamiento y la acción tutelar de la +deidad misteriosa que le protegía. Pero no atreviéndose a comprometer +en empresas tan arriesgadas a su bondadoso capellán, se manifestaba +dispuesta a desprenderse del incógnito, para él solamente, en plazo no +lejano. La señora y el buen don Pedro celebrarían una conferencia, en +la cual la primera le entregaría la llave de su confianza, el segundo +prometería solemnemente guardar sobre cuanto oyese reserva absoluta, y +entre los dos determinarían los planes más convenientes para ulteriores +campañas. Muy bien le parecieron a don Pedro estas resoluciones, +sobre todo la de arrojar la careta, enseñando el rostro verdadero, +pues la lealtad y abnegación que él en tan delicado asunto mostraba, +bien merecían la supresión del disfraz. Otra cosa sería ya denigrante +para él, ofensiva de su decoro. Tanto se penetró de esta idea el +buen presbítero, que hizo firme propósito de _renunciar el cargo_ si +la señora no le daba prueba palmaria de su confianza abandonando el +misterioso disfraz. Pareciole asimismo muy conveniente y grato lo del +viajecito a Cádiz y el establecerse en aquella ciudad, pues no del +todo tranquilo respecto al efecto moral de su prisión, deseaba perder +de vista a Madrid y a sus conocimientos de acá. Así nadie le haría +preguntas impertinentes acerca de su cautiverio por motivos políticos, +ni tendría que dar explicaciones del error de la policía, de la torpeza +del gobierno... Sí, sí, a Cádiz; lejos, lejos, pues lo de la prisión, +peor era meneallo. + +Subió Calpena del patio, muy excitado, con informes fresquecitos; pero +se guardó bien de comunicárselos a su mentor. Pusiéronse a tratar de +varios asuntos relacionados con su próxima libertad, y lo primero que +dijo Hillo fue que ni él volvería a la casa de Méndez ni Calpena a la +calle de las Urosas, debiendo ambos instalarse juntos en una fonda, +de donde partirían para Cádiz lo más pronto posible. Convino en ello +Fernando, y eligió la _fonda de Genieys_. Designó esta casa, como +hubiera designado la _Posada del Peine_ o el _Parador de los Huevos_, +porque de nada podía enterarse: tan violenta era la tempestad que +desató en su cerebro el reciente coloquio con Eleuterio Fonsagrada. +Estupendas noticias le dio este del martirio de Aura, y de los +dramáticos resortes que fue necesario emplear para llevársela, pues +hasta hubo intervención de la policía, y qué sé yo qué... Con esto, +recayó Calpena en la gravísima dolencia de sus amores furibundos, se +encendió en su cerebro un hirviente volcán de ideas peregrinas, y en su +voluntad resurgieron los estímulos más osados y caballerescos. + +Llegó por fin el ansiado día de libertad, que les fue notificada sin +explicación del motivo por qué entraron y por qué salían, ni de los +términos del sobreseimiento. Entregaron a Calpena un papel, y a Hillo +otro papel, en el cual se le llamaba don Pedro Timoneda; y si esta +burla de las leyes fue del agrado de ambos, no dejaba de inspirarles +profundo desprecio del poder público. Aunque vestido de seglar, no +gustaba Hillo de recorrer la calle en pleno día, y mandó traer un coche +simón donde metieron su escasa impedimenta, y se fueron a la fonda +simulando que venían de Leganés. + +Las mejores habitaciones de Genieys, calle de las Infantas, estaban +ocupadas por el célebre banquero don Alejandro Aguado, que había +llegado de París dos días antes. Viajaba este prócer de la alta banca +con gran aparato, en sillas de postas de su propiedad, y acotaba para +sí, su familia y servidumbre la mejor parte de la única fonda decente +que había en Madrid. Los dos licenciados del Saladero tuvieron que +acomodarse en una celda interior, oscura, con vistas al húmedo patio +donde los cocineros desplumaban las aves y arrojaban los desperdicios +de la cocina. Poco grata era tal residencia, y clamaron por otra mejor; +mas el encargado, un italiano injerto en catalán, les notificó que no +podía mejorarles de cuarto hasta que saliera para Andalucía el señor +banquero, añadiendo por vía de consuelo que en otras ocasiones había +este señor tomado mayor espacio. El año 29, cuando vino con Rossini, +los huéspedes habituales de la casa habían tenido que dormir en los +pasillos. + +Instalados al fin de mala manera, se descolgó por allí Fonsagrada, que +había convenido con Fernando en verse aquella misma noche. No le hizo +gracia a don Pedro tal visita, temeroso de las trapisondas de marras, +y mayor fue su disgusto cuando Fernando le anunció la presentación del +capellán del segundo regimiento de la Guardia, don Víctor Ibraim y +Coronel, que deseaba reanudar una amistad antigua. A Ibraim le conocía +don Pedro de la sacristía del Carmen Descalzo, donde ambos celebraban +años atrás, y nunca hicieron buenas migas, por ser de encontrada índole +y gustos diferentes. A Hillo le cargaba el tal clérigo por andaluz, por +charlatán, entrometido y farfantón. + +Pues, señor, cenaron los tres (convidado Fonsagrada por Calpena), y +cuando estaban en las almendras y pasas, vieron entrar en el comedor, +metiendo bulla y bastoneando fuerte, en traje de paisano, al tal don +Víctor Ibraim, que se fue derecho a Hillo, y previo palmoteo en los +hombros, le dijo: + +—_Grasiaj a Dios, amigo Jiyo, que noj echamo la vista ensima_. + +Y al punto, pegada la hebra, por cada palabra de don Pedro pronunciaba +doscientas el otro: era una taravilla _seseosa_ que agradaba un rato, +y después aburría. De pronto, el señorito Calpena, con la incumbencia +de tener que proveerse de tabaco, guantes y otras cosillas, salió a la +calle con Fonsagrada, dejando a su amigo en las astas del toro. ¡Bonita +noche le esperaba al pobre clérigo, aguantando el jeringazo continuo +de la charla de Ibraim, que hablaba de lo propio y lo ajeno, sin +medida ni pausas, eliminando las zedas de su pronunciación, y usando +voquibles gitanescos! Pero lo que le requemaba a don Pedro era que el +pillo de Calpena, confabulado quizás con Fonsagrada, le había traído +al castrense para que estuviese al _quite_, entreteniendo a Mentor con +su capote, mientras Telémaco hacía un quiebro, y tomaba bonitamente el +olivo. + +«¡A dónde habrá ido ese tunante!... —pensaba el capellán, sin sosiego, +oyendo a Ibraim como se oye el zumbido de un abejón—. ¡Y a qué horas +volverá...!». + + + + +VIII + + +¿Y qué le decía el castrense andaluz? Nada que pudiese interesarle. +Empezó declarándose liberal, atribuyendo el radicalismo de sus ideas a +la influencia de las clases y oficialidad del _ilustrado_ regimiento de +la Guardia en que servía. Refractario al despotismo, Ibraim sostenía +que la Iglesia de Cristo y la Libertad podían comer en un mismo plato. +El clero regular no servía más que para desacreditar con su holganza +la santa religión. Con el clero parroquial, el catedral y el castrense +bastaba para esplendor de la Iglesia, y conservar la pureza del dogma. +Por no enredarse en disputas que excitarían más la verbosidad del +capellán, Hillo daba su asentimiento a las estolideces que oía. Y algo +dijo el otro después que le cargó soberanamente, por ejemplo: que +entre los clérigos amigos de ambos criticaban a Hillo por meterse en +belenes revolucionarios, arrimándose a las logias; y aunque su prisión +había sido, según se contaba, un error de la policía, no le hacía +favor el paso por el Saladero. Por lo demás, le veía con gusto entre +los pocos eclesiásticos que hacían ascos a la facción, y se agarraban +a las falditas de la _angélica Isabé_, pues el carlismo no había de +triunfar, y el porvenir era de los de acá, conforme al _ejpíritu der +siglo_. Él iba siempre con _er siglo_, y por ver en su compañero +iguales ideas, _simpatisaban_. Debía don Pedro mirar con desprecio las +murmuraciones oscurantistas, y seguir adelante, procurando ingresar en +el cuerpo castrense, pues convenía formar un plantel de capellanes, +_gente güena_, que diera la norma del futuro personal eclesiástico; +y si venía una ley (que sí vendría) abriéndole el caminito de los +cabildos catedrales, como descanso y premio del militar servicio, la +carrera _de tropa_ era una _bendisión_. Cierto que la vida de campaña +tenía sus trabajos y penalidades; pero todo se compensaba con lo +divertido de andar entre gente ilustrada y de humor alegre, y con +lo que _uno se solasa_ cuando le toca la _sircustansia_ de un buen +alojamiento. + +Seguía Hillo dando a todo su aquiescencia, por ver si paraba un poco +el molinillo de la palabra de Ibraim; pero ni por esas. Mientras más +conforme aparecía don Pedro, el otro apretaba más en su despotrique, y, +por fin, se metió en la política palpitante. A Mendizábal no le podía +ver, aunque eran casi paisanos (don Víctor había visto la luz en Coria +del Río, _a la verita e Seviya_). Mil ejemplos podría citar el clérigo +hablador del detestable gobierno de don _Juan y Medio_; pero como para +muestra bastaba un botón, denunciaría la incapacidad del ministro con +este solo caso. A poco de sentarse en la poltrona el gaditano, llegó él +(Ibraim) de la propia Sevilla con buenas recomendaciones. No pretendía +cosa mayor: el arcedianato de Morón o la rectoral de Osuna. Trabajó +el asunto; ayudáronle los procuradores sevillanos don Juan Morales +Díez de la Cortina y don Francisco Javier Osuna. Pero cuando ya creía +tener bien trincado lo de Morón, quedose como _er gayo der mismo_, sin +pluma y cacareando, porque el _arrastrao don Juan_ dio la plaza a un +pariente suyo, un tal Méndez, de Chiclana, que en su vida las había +visto más gordas, pues ni latín sabía, y se pasaba el tiempo derribando +vacas. Gestionó luego don Víctor lo de Osuna, y quedose también _per +istam_. Se lo llevó uno que en sus sermones llamaba a los liberales +_loj alurnoj e Lusifé_. Así estaba todo..., lo mismo que en tiempo +de Calomarde. ¡Y para esto traían de _London un ministro santiguaor +que iba a poné la justisia_!... Gracias que el pobre clérigo andaluz, +después de _aquer feo que le hiso_ el ministro, pudo encontrar alguna +protección en su paisano Joaquín Francisco Pacheco, que le metió en lo +castrense con no poco trabajo. + +Deseaba, pues, ardientemente el rencoroso Ibraim que cayese y reventara +pronto _ese tío campanero_, que no era más que un _jormiguiya_, +mucho moverse, mucho proyectar _de fantasía_, y poco _chapitel_. Y +seguramente, sus días estaban contados: abierto el nuevo Estamento, se +armaría la gran _saragata_, y adiós mi don Juan para toda la vida. No +recataba el castrense sus instintos revolucionarios, diciendo: _Debemo +poné en la caye a ese sopenco, y hasé un ministerio de libres, con +Argüeyes a la cabesa_. También con esto hubo de manifestarse conforme +don Pedro, dispuesto a decir amén a las mayores atrocidades; y no +pudiendo aguantar más, indicó con bostezos y pestañeo sus ganas de +dormir, por ver si Ibraim se _najaba_. Lo que este hizo fue invitarle +a ir un ratito al café, con lo cual vio el cielo abierto don Pedro, +porque negándose cortésmente a gandulear tan a deshora, el otro, que +debía de ser un gandul de primera, se marcharía solo. Pero no quiso +Dios que tan a gusto de Hillo pasaran las cosas, porque Ibraim, lejos +de parecer contrariado por la negativa de su colega, se mostró muy +satisfecho, y dijo que mejor y más _desahogaos_ estarían allí. Al +punto tiró de la campanilla, y al mozo que vino le mandó traer copas y +cigarros. + +En vista de esto, no le quedaban a Hillo más que dos partidos que +tomar: o coger una silla y estampársela en la cabeza al enfadoso +castrense, o resignarse y hacer cuenta de que Dios le aceptaría +sufrimiento tan grande en descargo de sus culpas. Prefirió este +último partido, y se recargó de paciencia, invocando mentalmente la +misericordia divina. + +—_Laj onse_ —dijo Ibraim mirando su reloj—. ¡Qué temprano! + +Era el castrense un mocetón como un castillo, bien plantado, esbelto, +de poco más de treinta años, morena y agitanada la tez, los ojos +negros, desmesurados, que habrían podido surtir dos caras, sobrando +todavía un poco de ojos; temple sanguíneo muy acentuado; el testuz con +remolinos de pelo que el corte frecuente hacía más ásperos; el morrillo +formidable, bocado exquisito si cae en manos de antropófagos; no grande +ni fea la pezuña, la mano fuerte, el entrecejo tenebroso por la enorme +cantidad de ceja, la fisonomía poco atractiva, el aire total como de +contrabandista o mayoral de diligencias. Hombre de poquísimas letras, +fue metido en la carrera eclesiástica por no servir para otra cosa. De +muchacho, era el primer gallina del pueblo, y jamás se querelló con +nadie; ni siquiera era fachendoso. Tenía su fuerza en la palabra, en +el hablar sin término, almacenando con prodigiosa retentiva todos los +chismes de cuatro leguas a la redonda. Se hizo cura sin esfuerzo, no +viendo en las pasiones obstáculo grande para tal carrera. Luego fue +adquiriendo vicios con el contagio de la vida de tropa. Midiéndolo por +el nivel medio moral que comúnmente usamos, no fue un mal sacerdote +antes de ser castrense, y hasta llegaron a contarse de él actos de +virtud de los más vulgares. Para el púlpito no servía por su mala +pronunciación y su falta de luces; para el confesonario, tal cual; era +largo en las misas, y algún malicioso dijo que por el afán de hablar, +añadía latines de su cosecha al formulario litúrgico. En funciones de +ceremonia lucía por su gallarda estatura, y como siempre tuvo sonora y +vibrante voz, aunque poco afinada, cantando la Epístola era un hermoso +becerro con dalmática. + +No le clasificó entre los rumiantes el bueno de Hillo, que la noche +aquella, tediosa cual ninguna, hubo de hacer en su mente, para +encontrar el símil de Ibraim, una chabacana combinación zoológica, +fundiendo en una pieza el atún de las almadrabas de Huelva y la cotorra +de las selvas africanas. + +Las once y media, y Fernando no parecía... En el hueco que la ausencia +de Telémaco dejaba en el espíritu del triste Mentor, Ibraim arrojaba +sin cesar conceptos incoherentes, sin conseguir llenarlo. Entre los +diversos temas que iba tomando y dejando al compás de los sorbos +de ron, nada le cargó tanto a Hillo como el impertinente y avieso +comentario que de la conducta de Fernando hizo. Notó don Pedro que +su hablador colega quería fisgonear, enterarse de lo que no sabía, +adoptando el desleal sistema de las preguntas capciosas, y de soltar +mentiras para sorprender verdades. Pero a buena parte iba: Hillo solo +contestaba con vagas expresiones. Entre otras chismografías, Ibraim +soltó la especie de que a Calpena no le habían preso por conspirador, +sino porque se había metido a enamorar a la _hija de Mendizábal_. +Echose a reír el otro clérigo, sin ganas, por dar tono de burla a su +respuesta, y el andaluz insistió en que lo había oído, apelando al +testimonio de personas conocidas de entrambos. + +—_La chica e Mendisába_, hombre; una hija de extranjis, cuarterona +de inglesa, que estaba en _poer_ de una tal que _yaman la Sayona_, +prendera o marchanta de piedras... El _gobierno ha tenido que escondé +a la chavala y prendé a Carpena_. Ya ve en qué se ocupa mi don Juan. + +Negó todo esto resueltamente don Pedro, calificándolo de absurdo y +ridículo; el otro, deseoso de inquirir el origen de don Fernando, +afirmó que alguien le tenía por nacido de altas personas. Hizo Hillo +el papel de quien guarda un secreto, y no sabiendo nada, puso en mayor +curiosidad a Ibraim, que terminó aquel tratado asegurando que él lo +averiguaría. + +Al filo de las doce se descolgó Calpena en la fonda, mostrando en su +rostro aburrimiento y fatiga, como quien ha pasado las horas en pasos +o indagaciones ineficaces. Hillo no le pidió cuentas de su tardanza, +conociéndole en el rostro que no estaba en disposición de darlas. Lo +que dio fue un gran bufido a Ibraim, que a tales horas aún intentaba +pegar la hebra. Tocando retreta, se despidió el hablador hasta el día +siguiente. + +Acostáronse Mentor y Telémaco sin pedirse ni darse explicaciones de +nada, y don Pedro se pasó parte de la noche revolviendo en su mente +nuevas inquietudes por la situación que se presentaba. Pensaba que no +pasaría el día venidero sin que el señor _Edipo_ recalase con una carta +sustanciosa, y trajese, amén de instrucciones, los fondos necesarios +para el viaje a Cádiz, si en efecto lo había; y anticipándose a lo que +el papel dijera, fabricaba el capellán con loca fantasía estupendos +castillos. Pero ¡ay!, la anhelada carta no vino al siguiente día, ni al +otro, ni al otro, lo que, unido a que Calpena salía y entraba sin dar +cuenta de sus actos, puso al clérigo en un estado de nerviosa ansiedad, +semejante a la pasión de ánimo. Al cuarto día el hombre no vivía; +perdió el apetito, el sueño; fue atacado de una especie de histerismo, +que llevaba trazas de trocarse en locura. ¿Por qué callaba la señora +cuando más falta hacían su voz y su autoridad? Tan pronto a enfermedad +lo atribuía, tan pronto a muerte; y hasta llegó a imaginar que en todo +aquello no había más que una refinada burla, de que él era la primera +víctima. La tutelar deidad desaparecía entre nubes cuando llegaba +la ocasión de cumplir el compromiso de desenmascararse. ¿Acaso la +autora de las donosísimas y tiernas cartas era una guasona de primera, +que se había divertido con él metiéndole en la cárcel, ofreciéndole +canonjías y volviéndole más loco que lo estaban los orates de todos +los manicomios del reino? Esto no podía ser, no, no..., la protección +a Fernando bien efectiva era, con el dinerito por delante, y en ello +no cabían chanzas ni sainetes. Y ¿a quién, por san Caralampio bendito, +a quién dirigirse para salir de la horrible duda? ¿Qué camino tomar +para llegarse hasta la incógnita y decirle: «Pues usted no se descubre, +aquí vengo yo a descubrirla, que ya no puedo más, que estoy loco, que +me muero de congoja, de confusión; me muero del mal de ignorancia, el +peor de los males»? No sabiendo qué hacer, echose por las calles en +averiguación de qué señoras de la aristocracia se habían muerto en +aquellos días o estaban _in articulo mortis_. + +Qué tal sería su trastorno, que hasta llegó a encontrar grata la +compañía de Ibraim, y se aventuró a confiarle algo de sus cuitas, +recibiendo de él consuelos y esperanzas, con la oferta de ayuda +fraternal en el trabajo indagatorio. Ya Calpena le había dicho +resueltamente que no contara con él para el viaje a Cádiz; y +reiterándole su amistad franca y leal, le anunciaba que muy pronto +habrían de separarse. Patético y grave estaba don Fernando; don Pedro, +acongojado y lívido, como si le acosaran espectros. El primero dábase +por totalmente abandonado de la divinidad tutelar; el segundo, por +perdido en abismos de confusión y descrédito. No era fácil determinar +si el eclipse de la incógnita causaba gozo a Calpena, pues a veces así +lo parecía; pero de improviso se le veía meditabundo y apenado, como +el que ha perdido una ilusión o un bien positivo. Por otra parte, de +las averiguaciones de Mentor burlábase Telémaco, juzgándolas inútiles, +y este a su vez indagaba con febril actividad cosas de índole diversa. +Tan loco estaba Juan como Pedro: don Víctor mediaba entre ellos, +queriendo conciliar sus respectivas locuras; mas con tan poco arte, que +solo consiguió aburrirles y embarullarles más de lo que estaban. + +Y de las primeras requisitorias tocantes a la probable enfermedad o +muerte de alguna señorona aristocrática, ¿qué había resultado? Nada. +Atribuyéndolo don Pedro a que hacía sus pesquisas en un menguado +círculo social, resolvió subir a más altas esferas. No estaban a su +alcance más que las políticas, y a ellas se dirigió con ánimo resuelto +y las entendederas bien aguzadas. + + + + +IX + + +Para ver _gente buena_, de esa que con un codo toca al pueblo, y con +otro a la aristocracia, ningún sitio como el Estamento de Procuradores, +que en aquellos días inauguraba la nueva legislatura, con Real discurso +y todo el ceremonial de rúbrica. Según el famoso dicho de Larra, no +se abría el Estamento; quien se abría era el señor don Juan Álvarez +Mendizábal, elegido por diez provincias... La política entraba en +honda crisis, resuelto _Palacio_ a cambiar de gobierno, y siendo el +Parlamento, como era, no más que una sombra de régimen, tapadera de +la arbitrariedad, del capricho y de las veleidades cortesanas. Bastó, +pues, que tres hombres de fama, un gran orador, un político hábil y +un eximio poeta, marcasen un magistral cambiazo, y se apartaran de +Mendizábal declarándose devotos ardientes del _justo medio_, que por +entonces, como en todo el reinado siguiente, era el barro de que se +echaba mano para la fabricación de ministros; bastó, digo, que aquellos +tres señores se lanzaran al campo _moderado_, para que los liberales +se vieran mandados a sus casas, y el poder pasase a los otros, a los +de la suprema inteligencia y finas artes de gobierno. ¿Quiénes eran +los tres? Alcalá Galiano, Istúriz, el duque de Rivas. Este fue a la +conjuración llevado por amistades más fuertes que sus convencimientos +políticos, de ningún modo por ambición, pues un hombre que había +hecho el _Don Álvaro_, bien podía conformarse con un papel incoloro y +secundario en aquel teatro todo mentira y rencores. Los otros dos eran +ambiciosos, con motivos para serlo, y su presente y su porvenir estaban +dentro del escenario político. + +La batalla política, dada en el terreno del mensaje, como ordenan la +lógica y la costumbre, era de esas que, repetidas hasta la saciedad +en nuestra historia parlamentaria, siempre con los mismos tonos y +peripecias, resultan, vistas a estas alturas, absolutamente insípidas y +sin ningún interés. Batallas son estas que, por el ruido que en ellas +se hace, parece que entrañan alguna transcendencia; en realidad no +interesan más que a las cuadrillas de desocupados que esperan destinos, +o temen perder los que poseen. En estos oleajes, comúnmente todo es +espuma; en el de abril de 1836, apuraban los oradores un asunto ya +resuelto por el poder Real. Pero se creía necesario un simulacro de +parlamentarismo, por aquello de que era _fashionable_ vestir a la +inglesa, imitando los debates políticos, como se imitaban los fraques. + +—¿Qué hay por aquí? —dijo Hillo, que con Ibraim, los dos vestidos de +seglares, sin collarín ni ningún signo eclesiástico, brujuleaba por los +pasillos del Estamento, llenos de gente inquieta, bulliciosa. + +Y enterado por Iglesias, que le salió al encuentro, de que Istúriz +y Mendizábal se liaban en agrias disputas por un estira y afloja de +conducta o principios..., palabras, hojarasca, juguetería política de +muchachos grandes, expresó con buen sentido esta opinión sintética: + +—¡Qué ganas de perder tiempo y saliva! ¿A qué disputar un poder que ya +se sabe está destinado a la _moderación_? Yo que el señor don Juan, +no me prestaría a esta farsa, y cogiendo mi sombrero, les diría a los +Procuradores: «Compadres: ya sé que estoy de más aquí. Ahí tienen +ustedes el poder, las carteras y las actas y credenciales, que yo me +voy al corral por mi pie, antes que me arrastren las mulillas». Y a la +señora reina le diría: «Señora: para quitarnos los collares y ponerlos +en otros pescuezos, no es preciso que estemos aquí, como rabaneras, +días y más días, apurando el vocablo. Si la opinión no tiene influencia +efectiva, ¿a qué fingirla con nuestros deslavazados, interminables +despotriques? Hoy decimos lo mismo que ayer, y mañana eructaremos lo +de hoy. Conque... ahí tiene Vuestra Majestad la confianza que me dio. +Puesto que ha resuelto quitármela, se la devuelvo, y así le ahorro +el disgusto de despedirme como a un criado. Yo soy un hombre serio y +formal, que amo a mi patria. No he logrado hacerla feliz, como me +propuse y prometí. Mi voluntad ha podido menos que las intrigas y +obstáculos con que desde el primer día han embarazado mi camino los +políticos de profesión, y las camarillas parlamentarias y palaciegas. +Si no hice más, fue porque no me dejaron... De todo se le echa la +culpa al pueblo. El pueblo es el gato, el pueblo es el niño malcriado, +mocoso y llorón que trastorna la casa. Pues si quieren que el pueblo +aprenda a desempeñar su papel político, enséñenle los de arriba con +el exacto y honrado cumplimiento del suyo. Conque... a los reales +pies, _etcétera_..., que yo me voy a mi casa, de donde veré pasar las +revoluciones...». Esto diría yo a ser don Juan de Dios, y me marcharía +cantando bajito, dejando a los Istúriz y Galianos desenvolverse +como pudieran, bajo los auspicios de doña María Cristina y de sus +tertuliantes del Pardo y la Granja. Caballeros... + +No parecieron mal a los circunstantes estas ideas, y alguno, al +comentarlas, extremó la amargura y escepticismo que revelaban. En +aquellos días, la opinión de la gente que politiqueaba y de los +ciudadanos pacíficos empezó a mostrarse favorable a Mendizábal. Todo +el mundo veía el juego que se traían palaciegos y estatuistas para +plantarle en la calle, sustituyéndole con el que había sido su amigo +íntimo, don Javier Istúriz. Hasta Nicomedes Iglesias, que meses antes +echaba de su boca sapos y culebras contra el buen gaditano, reconocía +la injusticia con que se le trataba, y casi casi se inclinaba a +defenderle. Verdad que no era todo generosidad en esta conducta, +pues el infatigable pretendiente, desairado por tercera vez en las +elecciones, había adquirido pruebas de que no fue Mendizábal el +causante de su desventura. Le constaba de un modo indudable que el +ministro, ocho días antes de la elección, había querido sacarle _por +los cabellos_ en la provincia de Gerona; pero le marró la suerte, +por confabulación de intrigas entre moderados y patriotas catalanes. +Viéndose nuevamente detenido en el camino de su ambición, se tragó sus +hieles, deplorando la doblez de algunos amigos que habían trabajado en +contra suya, y empezó a sentirse minado por el desaliento y la falta +de fe. Pues no se le daba el honroso puesto que en la política creía +merecer, lo asaltaría. Cuando no se puede avanzar ordenadamente con +la ley, se avanza saltando con los motines, y pues se le marchitaban +los ideales, daría un sesgo positivista a sus aspiraciones... ¿Con +qué bandera conspiraría? He aquí el problema. Su despecho, a vueltas +de largos insomnios y cálculos, le sugirió que la bandera que +resueltamente debía seguir era la del Éxito. ¡Unirse a los que podían y +debían triunfar! ¿Quiénes eran estos? Nadie sabría determinarlo hasta +la solución de la crisis. + +En esta situación de ánimo, su olfato finísimo le permitió apreciar +que Mendizábal, caído tan a destiempo, víctima de sus propios amigos y +de adversarios envidiosos, quedaría con fuerza moral no menos grande +que la que tuvo al venir de Londres. En cambio, Istúriz y comparsa, al +remontarse en la cucaña, empujados por _Palacio_, triunfaban en pleno +estado de debilidad. «Los vencedores —se dijo Iglesias— son gente +muerta: en cambio, el vencido vivirá». De aquí que se inclinara a +formar en el partido del ministro desairado y aparentemente maltrecho. +Pensaba que don Juan de Dios se lanzaría con resolución a la política +de venganza, que soplando el cuerno revolucionario, haría revivir su +popularidad, para con ella, y los jirones que aún le restaban de sus +desgarrados planes, causar terror y desconcierto en los estatuistas de +viejo y nuevo cuño. El hombre de mañana era precisamente el ministro +despedido y vilipendiado de hoy. Así lo presagiaba el instinto de +Iglesias, y con esta presunción bastábale para saber a qué faldones +agarrarse debía. «Me voy con todo el que apunte alto y sepa hacer +blanco seguro —se decía—. ¿Qué bandera? Supongo que don Juan tremolará +la Constitución del 12, para decirle a _Palacio_ que _al que no quiere +caldo, taza y media_. Presumo que nos apoyaremos en el elemento +popular, la Milicia Urbana. ¡Ay del que toque a la Milicia!». + +Revolviendo en su mente estas ideas, preparaba su probable, casi segura +reconciliación con don Juan Álvarez, hablando de él, en aquellas +críticas circunstancias, con una benevolencia compasiva, que sería +precursora de las alabanzas una vez que el largo cuerpo del gaditano +acabase de caer al suelo. + +—Sí, hay que reconocer que lo que se hace con este hombre es inicuo +—decía en un apretado corrillo en que estaban Trueba y Cossío, Donoso +y otros muchachos inteligentes—. Nadie le ha combatido como yo, cuando +le he visto metido en transacciones peligrosas con el enemigo... +Pero ahora que se le quiere atropellar..., ahora, ¡oh! nosotros, los +patriotas de toda la vida, no tenemos vergüenza si no nos ponemos a su +lado. + +Olózaga, que en aquellos días hizo su estreno parlamentario, sentando +plaza de orador de primer orden, sostenía lo mismo que Iglesias, aunque +con menos ardor, porque su posición le imponía otros miramientos. López +y Caballero aspiraban a formar grupito aparte, y los _santones_, con +Argüelles a la cabeza, se mostraban fríos en la defensa de Mendizábal, +cual si desearan su anulación antes que pudiese adquirir la jefatura +indiscutible del poderoso bando popular. + +Indiferente a la marejada política; poco atento al drama de la sesión +en que unos y otros se peleaban por interpretaciones de conceptos, de +poco valor práctico, don Pedro Hillo practicaba en aquel laberinto sus +extrañas diligencias. Alguien encontró que podía darle luz: parásitos +de las casas grandes; periodistas que democratizaban en las redacciones +o en las logias, después de haber asistido a prima noche, vestiditos de +fraque, a comidas aristocráticas; procuradores noveles, fruto elegante +del nepotismo moderado, que alternaban con lo más florido de Madrid. +No tuvo que hacer don Pedro flojas combinaciones dialécticas para +formular sus interrogatorios con la debida discreción, y al fin, ¿qué +sacó en limpio? Véanse por la muestra los informes que adquirió del +mundo elegante: La condesa de S. A., una de las más bellas Montúfares, +padecía de horroroso dolor de muelas, que privaba a los amigos del +placer de admirar su hermosura. La marquesa de B., ya en meses mayores, +no se presentaba en sociedad; se sentía horriblemente molesta. La +duquesa viuda de H. iba saliendo de su pulmonía, que ofrecía cuidado +por la edad de la señora: ochenta y cinco años. La marquesita de A., la +menor de tres hermanas célebres por su gracia y hermosura, estaba en +cama, de sobreparto; pero iba bien: contaba veintitrés años y meses. + +No satisfacían al buen clérigo estas gacetillas de sociedad, y en el +ardor de su mente empezó a sospechar que quizás era error suponer a +la incógnita perteneciente a la clase más alta de la sociedad. ¿Sería +de familia de comerciantes acaudalados, de banqueros o asentistas? +¿Sería...? El hombre se volvía loco, y cada vez se ennegrecían más +los horizontes que le cercaban, pues también fueron infructuosos los +pasos que dio para buscar a _Edipo_. Este había sido destinado a una +sección de vigilancia en pueblos cercanos a Madrid, y se ignoraba +cuándo volvería. Mas no vencido Hillo con estas contrariedades, +siguió metiendo el cuezo en los Estamentos, aficionándose más al de +Próceres. Una tarde fue sorprendido por la candente noticia de que +Mendizábal e Istúriz se desafiaban. ¡Y habían sido Pílades y Orestes, +camaradas en la adversidad, amigos en la próspera fortuna! Istúriz +dijo al primer ministro, en un arranque de franqueza oratoria, que +_no desempeñaba su destino con dignidad_. Sensación, réplicas airadas +de banco a banco, tumulto... Todo esto se lo contó a don Pedro Luis +González, y luego vino Ibraim a confirmarlo, dándole las proporciones +que el asunto tomó en cuanto lo cogieron de su cuenta las lenguas +de la populachería. Corrieron ambos al otro Estamento, donde ya era +público y notorio que Mendizábal había designado a Seoane para que +le apadrinara, pues estaba decidido a _lavar la afrenta_. Istúriz, +a las primeras de cambio, se negó a dar satisfacciones, nombrando +su representante al conde de las Navas. Este y Seoane trataron de +arreglarlo. A eso de las diez, hallándose los dos clérigos en el café +de Solís, agregados a una bulliciosa partida de periodistas, poetas +y funcionarios públicos, supieron que no había componenda; que los +dos insignes rivales se batirían a pistola, a las seis de la mañana +siguiente, en una posesión del señor de la Coreja, más allá del puente +de Segovia; que el ministro estaba a la sazón en su despacho arreglando +papeles, y dictando las disposiciones que el caso exigía: testamento +político, testamento privado quizás; que las pistolas con que se habían +de fusilar eran de don Andrés Borrego, armas construidas ex profeso +para lances de honor; que aún estaban discutiendo Navas y Seoane si +la tragedia sería a veinte o a treinta pasos; que en las logias, los +patriotas alborotados declaraban que armarían gran tremolina si el +duelo resultaba una _tramoya moderada_ para asesinar al ministro, +_venganza de los frailes_, o _represalias del servilismo_..., con otras +particularidades, y los mil fantásticos comentos que había de producir +un caso tan emocional en aquella situación ya bastante dramatizada por +las trifulcas políticas y militares. Para que el romanticismo, ya bien +manifiesto en la guerra civil, se extendiese a todos los órdenes, como +un contagio epidémico, hasta los ministros presidentes iban al terreno, +pistola en mano, con ánimo caballeresco, para castigar los desmanes de +la oposición. En los campos del Norte, la cuestión dinástica se sometía +al juicio de Dios. Los políticos, ciegos, medio locos ya, no pudiendo +entenderse con la palabra que de todas las bocas afluía sin tasa, +apelaban a la pólvora. + + + + +X + + +Despidiose Hillo de la sabrosa tertulia y del bruto de Ibraim, que aún +permaneció en el café con otros zánganos, para irse desde allí sabe +Dios a qué lugares vitandos y pecaminosos. Alguno de aquellos perdidos +propuso a don Pedro una bonita excursión matinal: largarse todos +temprano al sitio del lance, ya que no para presenciarlo, pues esto era +difícil, para estar a la mira, oír los disparos, ver llegar y partir +a los duelistas y a los padrinos, enterarse pronto del desenlace, y +_acompañar el cadáver_ si del encuentro resultaba, que todo podía +ser..., y hasta resultar podía que los dos contendientes quedaran patas +arriba. + +No quiso ser de la partida don Pedro, conformándose con que le +contasen al otro día lo que diera de sí el tremendo lance; y se +fue a coger la almohada, ávido de soltar sobre ella la balumba de +sus graves pensamientos. Quiso su mala suerte que aquella noche no +pareciese por la fonda el don Fernando, lo que puso a su mentor en +grande intranquilidad, privándole del sueño. Presumió que andaría de +francachela con los chicos de la Guardia, por entonces su sociedad +favorita, y que no dejaría de acudir con ellos o con otros, por la +mañana, a las inmediaciones del lugar del desafío, para curiosear +y traerse a Madrid las primicias informativas del extraordinario +suceso, que lo mismo podía concluir en urbana comedia que en tragedia +lastimosa. Véase por dónde tuvieron los propósitos de Hillo mudanza +total; y no habiendo querido ir a la _feria del duelo_, allá fue, y no +de los últimos, con esperanza de encontrar a su Telémaco y echarle el +lazo. + +No habiendo pegado los ojos en toda la noche, era su cerebro un horno, +sus ideas lúgubres, de una melancolía intensa, como si en el alma se le +fuera metiendo el romanticismo de la clase nocturna y sepulcral, ese +que huele a tierra de osarios y a siemprevivas putrefactas. Caminito +de la puente segoviana iba el hombre muy cabizbajo, revolviendo en su +magín el grave conflicto que le abrumaba: la desaparición o eclipse +inexplicable de la dama incógnita; el tenebroso porvenir del infeliz +joven a quien amaba como a hermano, o como a muchos hermanos juntos, +y su propia situación, que veía ya comprometida para siempre, por +aquel _enredo de comedia de máscaras_ en que tan mansamente y sin +pensarlo se había metido. Recorrió todo el trayecto sin darse cuenta +de su longitud, y hasta más allá del puente no empezó a volver en sí, +fijándose en las personas que encontraba, algunas de las cuales venían +ya de la _feria_. En un grupo de muchachos alegres vio a Miguel de los +Santos, y le paró para preguntarle el resultado del lance. Afectado de +negro pesimismo, creía don Pedro que de los dos combatientes no habían +quedado más que _los rabos_, y su sorpresa fue grande cuando el guasón +y maleante Miguelito le dijo que los curiosos volvían chasqueados, +pidiendo que les devolviesen el dinero. + +—Luego, ¿no ha corrido la sangre? —dijo Hillo. + +A lo que contestó Álvarez que no, que lo que había corrido era bilis. + +—Ha sido un duelo _a primera bilis_, y ya está el honor satisfecho. + +Siguieron los jóvenes su camino y don Pedro el suyo, sin ver a +Fernando ni encontrar a nadie que de él le diera razón. Luis Bravo le +contó que los duelistas habían cambiado un par de tiros a veinte pasos, +sin tocarse; antes de repetir, Istúriz dio satisfacción y todo quedó +terminado, sin que fuese preciso usar el esparadrapo y tafetán. + +—Los dos se han conducido con dignidad y valor. Total, nada. Un +escándalo más; un nuevo motivo para que este don Juan Álvarez se vaya +pronto a su casa y nos deje el campo libre. + +Cuando esto dijo, pasaron los coches que conducían a los rivales, que +acababan de recobrar el honor. El postrero, en que iba Istúriz con Las +Navas, paró, por indicación de este, para recoger a González Bravo, +quien se despidió del presbítero, dejándole en mitad de la carretera. +No había concluido de saludar a los del coche, cuando se llegó a él +un hombracho formidable, los zapatos y el pantalón blanqueados por +el polvo: era Ibraim, que en tal facha, encendido el rostro por las +múltiples mañanas que había tomado, parecía más bárbaro que nunca. +Apartándose de un grupo que venía del _anfiteatro del suseso_ (de este +modo expresaba el capellán andaluz la proximidad del lugar dramático), +se mostró gozoso de encontrar a Hillo. + +—¿No sigue usted con sus amigos? —le dijo don Pedro. + +Y él respondió: + +—No. Son unos locos que le comprometen a uno. Me quedo con _usté, +selebrando_ el encuentro; tengo que hablarle. + +—¿A mí? + +—_A usté. ¿Quié que entremoj antej en un merendero a tomá la mañana?_ + +—Hombre, yo no tomo mañanas ni tardes. Tómelas usted si quiere, aunque +me parece que ya las tiene en el cuerpo. ¿Ha visto a Fernando? + +—_No señó... Der propio señorito hamos de platicá._ + +Fue todo oídos don Pedro, sobresaltado por el tonillo misterioso que +en sus palabras el otro ponía, y no tardó en escuchar de los labios +gitanescos una interesantísima declaración. Don Víctor Ibraim, la noche +anterior, después de las horas pasadas en el café, había tenido ocasión +de ver absolutamente disipadas las tinieblas que rodeaban la persona +de Calpena, su origen, sus padres..., en fin, ya no había enigma. Todo +estaba descubierto y tan claro como la luz del sol. En su estupor, no +pudo articular palabra don Pedro, y a la terrible sorpresa siguieron +ansiosas dudas. O Ibraim se chanceaba, o alguien le había llenado la +cabeza de mentiras. Hubo de insistir en sus terminantes afirmaciones el +capellán de tropa, entrando en la explicación del cómo y cuándo de su +portentoso descubrimiento. + +—¿De modo —dijo Hillo— que ya sabemos quién es la incógnita dama... +que...? + +Preparábase el buen presbítero a oír un retumbante título de princesa +o duquesa, y notó con disgusto que su amigo retardaba la declaración +final, poniendo una cara burlona y guiñando los ojazos del modo más +impertinente. Exasperado Hillo de tal falta de respeto, le incitó a +expresarse claro, pronto, y con la formalidad que el caso requería, +pues la cuestión de parentescos y filiaciones de personas ilustres +no era para tratada como los chismes de café. El demonio del clérigo +gitano, mientras más serio se ponía su colega, más tentado parecía de +la risa. + +—La madre..., la madre..., ¡una gran señora...! —dijo don Pedro, cuya +curiosidad se iba convirtiendo en coraje. + +—Compañero, si _ej usté_ un simple..., si no hay tal gran señora, ni +_prinsesa_, ni archipámpana..., si es una grandísima _coima_... + +Don Pedro sintió que toda su sangre se le agolpaba en la cabeza... se +le nublaron los ojos... se agarró a un árbol. Y el otro, con fiera boca +y alma llena de vileza, continuó su terrible información. La madre +de Calpena era mujer de historia, que había ganado mucho dinero con +tratos nefandos, de esos que la sociedad consiente por una inexplicable +aberración de la moral pública. Su casa era muy conocida en Madrid. +Pronunció Ibraim el nombre, que aquí no se estampa. «La...». Para don +Pedro fue el tal nombre como si le entrara un rayo por el oído. ¿Pero +cómo, cómo había podido averiguar...? No, no tenía ni visos lejanos de +verosimilitud tal infamia. La señora invisible revelaba en sus cartas +una cultura que no podía existir en ninguna hembra de tal estofa... +¡No podía ser..., no, mil veces no! A esto replicó Ibraim que la +persona que había dado el ser a don Fernando Calpena, aunque de origen +humilde y viviendo en la degradación de su comercio vil, era mujer de +excepcionales dotes, de un talento superior no cultivado, y si no sabía +escribir como los primeros literatos, secretarios tenía que le llevaban +la correspondencia, distinguiéndose uno, el íntimo, el favorito, que +era un célebre poeta... + +Por un momento flaqueó la sólida convicción de Hillo; pero se rehizo al +punto, diciendo con gran entereza: + +—Repito que no puede ser. Lo niego rotundamente. Aunque admitiéramos +el engaño del estilo, hay algo en las cartas en que no cabe artificio +ni fingimiento, y es la nobleza..., eso que da el nacimiento, la +clase... No; repito que es un execrable embuste, y extraño mucho que un +sacerdote, un caballero se preste a propalarlo. + +Sin hacer caso de este arañazo, Ibraim prosiguió con fría crueldad, +rebatiendo el argumento de la nobleza, y oponiendo a las razones de su +amigo otras que le desconcertaron. + +—Además, nuestra buena incógnita es persona de posición, de riqueza +—dijo don Pedro creyéndose seguro en este terreno lógico. + +Pero el otro paró el golpe afirmando que la tal poseía un capitalito, +que dedicaba en parte, tocada ya de arrepentimiento, a obras de +caridad, y a sostener parientes pobres. + +—No puede ser... Esto es una farsa injuriosa, una burla sangrienta +—gritó Hillo en tal exaltación, que su amigo hubo de retirarse +cauteloso—. Si usted, señor don Ibraim o don Diablo, no quiere que yo +le tenga por un embustero, ahora mismo, sin perder un minuto, lléveme +a la vivienda de esa mujer; quiero verla, quiero hablarla, quiero +conocer por ella misma el oprobio del desgraciado Fernando, a quien +miro como hermano querido... En otras circunstancias, habría creído +deshonrarme entrando en esa casa, a donde usted me llevará; pero ahora +más puede mi ansiedad que mis escrúpulos, y voy, sí señor, pero ahora +mismo... Vamos. + +Y viendo que el otro vacilaba, se exaltó más, y cogiéndole por un brazo +quiso arrastrarle hacia el puente. + +—No, si no tiene usted más remedio que llevarme. Quiero ir, quiero +ver a esa persona, sea quien fuere, y aunque sus vicios sean tales +que desaten el infierno en derredor suyo, la he de ver, por san Judas +Tadeo... ¿Pues qué, se dicen cosas de tal ignominia, sin probarlas al +instante? + +—Se probará, _señó Jiyo_, se probará —replicaba el otro, acoquinado, +tratando de tomarlo a risa, y luchando con las contracciones de su +rostro, que se le alargaba—. Si quiere _usté que vayamoj, iremo_; pero +sepa que la tal está de cuerpo presente. Ha _fallesido_ anoche. + +Agregó a esto que le habían llamado sus amigos para prestar a una +señora moribunda los auxilios espirituales; pero la muerte le había +cogido la delantera. Subió a la casa, cuyas señas indicó. La difunta +no se había enfriado aún. Las personas de ambos sexos que en la +cámara mortuoria estaban, algunas de las cuales éranle a Ibraim bien +conocidas, le contaron la historia. Cierto que no habían nombrado +a Calpena; pero todas las referencias que del hijo de la muerta +daban aquellas bocas deshonradas, concordaban con el individuo, +circunstancias y calidades del don Fernando. Al llegar a este punto, se +rehizo don Pedro, y vio que se desmoronaba el edificio lógico fabricado +con podridos materiales por don Víctor; pero su curiosidad seguía +siendo ardorosa, y le incitó a seguir narrando, a referir textualmente +lo que en aquel lugar nefando y fúnebre le dijeron, las cosas y objetos +que allí vio, todo, en fin, cuanto pudiera esclarecer el tremendo +enigma, más inexcrutable ahora, representado por una esfinge muerta. + +Contó Ibraim lo que su frágil memoria recordaba, y lo refería mal, con +torpeza y desorden. Las personas que rodeaban el cadáver de la prójima +revelaban sentimiento de su muerte, y ponderaron sus buenas prendas +y excelente corazón, que algo bueno puede existir en los seres más +envilecidos. Mujeres eran cuatro; hombres, tres: una de aquellas debía +de ser parienta de la difunta, pues tenía las llaves de las cómodas y +alacenas donde guardaba sus riquezas la que no había de disfrutarlas +ya. A eso de las dos de la madrugada empezaron a sacar cosas, para +hacer examen y aproximada valoración de todo. ¡Dios, lo que allí +sacaron!... encajes, aderezos, tabaqueras, abanicos, joyas diversas, +pedrería suelta, grandes cantidades de esas perlitas que llaman +_arjofa_, y cartuchitos de onzas y ochentines. La mujer que parecía +parienta, otra más joven que no cesaba de llorar por la muerta, y un +señor de mediana edad, muy calvo, efectuaron el rápido escrutinio, +alumbrados por una vela que hubo de mantener en sus manos el señor de +Ibraim, quien más ganas tenía de largarse a la calle que de hacer el +desairado papel de candelero. Entre tanto, las otras dos individuas y +los dos amigos de Ibraim (uno de ellos oficial de la Guardia) que le +habían llevado a presenciar escenas tan desagradables, ocupábanse en +amortajar a la que pronto había de vestirse de tierra y gusanos. Una de +ellas dijo, besando el cadáver: + +—¡Pobre _tal_..., parece que estás viva! + +—¡Quién sabe si lo estaría! —dijo Hillo, que echaba chispas de puro +nervioso—. Otra cosa: y ese señor calvo, ¿no sabe usted cómo se llama? + +Respondió don Víctor que no había oído su nombre; mas por algo que +habló el tal con las mujeronas, dio a conocer que era de la policía. + +—Bien. Pues ahora, procure usted recordar qué objetos vio en aquel +escrutinio, a la luz del candelero que usted mantenía. ¿Vio retratos de +familia, alhajas de precio...? ¿Y no había paquetes de cartas? + +Contestó Ibraim que había visto sacar, ya de estuches primorosos, ya de +envoltorios de papel, cosas lindísimas: un retrato de militar, joyeles +de diamantes, hilos de perlas, y un abanico que los presentes alabaron +como la mejor y más rara pieza que había en el mundo, tanto por su +antigüedad como por su belleza. + +La cara de Hillo parecía de cera: apenas respiraba. Pidió la +descripción del abanico, y el otro, rascándose la cabeza y plegando los +ojos, como si aquel juego muscular le sirviese para atizar el mortecino +rescoldo de su memoria, refirió que la joya había sido adquirida poco +antes por la difunta, a un alto precio. De la cifra no se acordaba. + +—¿Y el vendedor? + +Creía recordar Ibraim que más bien habían hablado de vendedora; pero +el nombre, si es que lo dijeron, no se le quedó presente. En cuanto +al abanico, era en verdad cosa linda... Varillaje de nácar caladito +con mucho primor, y las figuras de señorío a lo pastoril, con sus +borreguitos correspondientes. En fin, pintura más bonita no se podía +ver. + +—¿Y no reparó usted si al extremo de la derecha, en la base de una +columna decorativa —dijo Hillo, poniendo toda su alma en la pregunta—, +había...? Me refiero al país del abanico... + +—Comprendido. + +—¿No reparó si en ese basamento..., a la derecha, junto a una pastora +con peluca muy alta, había un letrero en latín, una divisa heráldica, +que dice...? + +—¿Qué _dise_? + +—_Virtus in arduis._ + +Tenía don Víctor idea de haber visto unas letras, así como imitando +inscripción en piedra jaspe, al modo de los epitafios..., pero no se +fijó en si expresaban aquellos u otros latines. + +Oído esto, fue acometido el buen Hillo de un temblor epiléptico, y +montando después en cólera, se fue derecho a Ibraim, le agarró de las +solapas, y con tremebunda voz, acompañada de ademanes descompuestos, le +soltó esta andanada: + +—Usted me engaña, usted se ha propuesto burlarme y escarnecerme, usted +es un vil. Hasta aquí he podido oírle con paciencia; pero ya no sufro +más, y le digo a usted que esas historias que me cuenta son fábulas de +su grosera invención... ¡Yo, yo lo digo, y lo sostengo en el terreno +que usted quiera! + +Desprendió el otro con no pequeño esfuerzo sus solapas de la furibunda +garra de Hillo, y de un brinco se puso a seis pasos; de otro brinco a +una distancia considerable, que bien querría fuese de un par de leguas. +Con atropelladas frases protestó de su veracidad, presa de un terror +convulsivo que la espantosa ira del buen don Pedro justificaba. Corrió +este en seguimiento del andaluz, enarbolando el palo, y aterrándole más +con estas roncas expresiones: + +—Sepa usted, mal caballero, que aquí está Pedro Hillo, el hombre +pacífico y apocado, ahora dispuesto a volver por el decoro de una +ilustre dama entre las más ilustres, y a no permitir que ese decoro +sufra la menor mancilla en boca de quien ha intentado confundir su +persona con la de una miserable cortesana. Ahora mismo se desdice usted +de los embustes que ha contado o, de lo contrario, no volveremos los +dos a Madrid: volverá uno solo. + +Echó a correr Ibraim, que era el primer gallina del mundo, con toda su +estampa de perdonavidas, y no hacía más que decir: + +—_¿Se ha güerto loco?... ¡Señó Jiyo..., por lo clavoj e Cristo!_ + +—No hay clavos que valgan —gritaba don Pedro, que invadido se sintió +inopinadamente de un ardor caballeresco, el cual en un punto hizo gran +revolución en su alma—. No habla el sacerdote, no habla el amigo: +habla el caballero, y sostiene que no debe consentir el ultraje que un +deslenguado infiere a la madre de Calpena, a la señora entre todas las +señoras del orbe, a la dama nobilísima... + +El otro, con más miedo que vergüenza, no hacía más que escurrir el +bulto, tratando de calmar a Hillo con expresiones conciliadoras. Había +referido hechos presenciados por él. No respondía de que fuesen una +misma cosa lo que él había visto y oído y la historia de Calpena. +Podía ser, podía no ser. Averiguáralo don Pedro si quería... Esto +dijo en cortadas frases, temblando, casi lloroso, mientras su colega, +cuya mansedumbre se había trocado en bravura, trataba de cogerle las +vueltas y cortarle el paso. Habíanse metido en terrenos sembrados entre +tapiales y casuchas, que debían de ser guarida de gitanos. Don Pedro +gritaba: + +—¡Estamos solos..., en el campo estamos, campo del honor...! ¡Yo te +reto, Ibraim!... ¡No traemos armas!... ¡Oh, quién tuviera las que han +usado hoy esos duelistas de engañifa!... Pero si no hay armas cortantes +ni de fuego, tenemos bastones... ¡Dame satisfacción, menguado Ibraim, +o te verás conmigo en duelo leal..., en lid de caballeros..., aquí +mismo, sin que nadie lo pueda evitar! + +—_Satifasión, Jiyo, satifasión_ —decía el clérigo de tropa, siempre a +distancia. + +—Pero no corras; mala bestia. Ten valor para sostener tus infamias... +Y si no quieres admitir el duelo, si como caballero no sabes responder +de lo que has dicho, estoy decidido a apalearte... ¡So embustero! ¡Ven +acá! ¿Para qué quieres ese corpacho, y ese trapío, y ese testuz, y esos +remos?... + +Despavorido, y sin malditas ganas de aceptar el caballeresco juicio de +Dios que el otro le proponía, don Víctor no pensó más que en ponerse en +salvo, y recogiéndose los largos faldones, apretó a correr con toda la +ligereza de piernas que le permitía su robusta humanidad, de libras. +Sin volver atrás la vista, brincó entre zarzales, franqueó zanjas de +inmundicia, y hasta que no se puso a larga distancia, no tomó resuello. +Don Pedro le persiguió furibundo, esgrimiendo el palo, hasta que +rendida del colosal esfuerzo su máquina respiratoria, cayó en tierra +como un tronco, rezongando: + +—Canalla, me la pagarás... ¡Decir que es tal!... ¡Difamar a mi +señora!... O te desdices, o... + + + + +XI + + +No pudo apreciar el desdichado presbítero el tiempo que tendido estuvo +en aquel terreno, más parecido a muladar que a campo de sembradura. +Harapientas mujeres le ayudaron a levantarse, y le limpiaron parte +mínima del polvo y basura que decoraba su ropa negra. Apenas podía +moverse de dolores agudísimos en todo el cuerpo; tardó un rato en +recobrar el sentido de su situación, y en traer a su mente claras +imágenes de lo que había hecho y dicho. Dudaba de la realidad de la +escena que le reproducía su turbada memoria, y cuando trató de dar las +gracias a las tarascas que le socorrían, su lengua torpe no acertaba a +formular sus pensamientos. Sentáronle sobre una piedra para descansar; +pidió agua; se la dieron, y reponiéndose poco a poco, se determinó al +fin a emprender la marcha hacia el puente y calle de Segovia. + +«No quisiera topar con Ibraim, porque si le veo, me volverá la rabia... +¡Dios mío!, ¿cómo he podido olvidar que soy sacerdote?... ¿Será cierto +que hice y dije todo lo que me va repitiendo la memoria? ¿Y qué fue? +Que perdí el sentido, que al oír los disparates de ese bruto me volví +caballero... ¿Puede uno volverse caballero en momentos dados, aun +siendo sacerdote? Se conoce que sí. He faltado a la moderación, a la +humildad, a la paciencia que me impone el sacramento; he faltado, y +tendré que expiar mi culpa... Es que de algún tiempo acá, desde que +la desconocida mamá de Calpena me fue metiendo con suavidad en este +berenjenal romántico, no me conozco; no soy el Pedro Hillo de antes, +de tantos años pacíficos y oscuros dentro de la paz sacerdotal..., +me he convertido insensiblemente en otro ser, menos de Dios y más +del siglo... Cuando he soportado que me encarcelaran, como un caso +natural, ¿qué me queda ya que ver ni que sentir?... Soy hombre, sí; soy +caballero, y no consiento que la llamen _coima_... Al que me lo diga, +le enseñaré yo quién es _señó Jiyo_, como dice ese bestia... No quiero, +no quiero la deshonra de Fernando, a quien amo con todo mi corazón, y +no le amaría más si le hubiera yo engendrado». + +En todo el trayecto hasta su casa, que fue lento y penoso, sus ideas +sufrían una oscilación de balanza puesta en el fiel, y empujada arriba +y abajo por manos invisibles. Ya creía que lo dicho por Ibraim era +falso, un embuste, una historia equivocada; ya veía en ello una verdad +aterradora; y cuando esta idea de la posible veracidad del odioso +cuento se clavaba en su magín, le entraba de nuevo la furia, y ganas de +emprenderla a bastonazos con el primerito que encontrase... + +«¡Vaya, que si es verdad...! El polizonte, el abanico..., el misterioso +resplandor testifical que irradian de sí las cosas verdaderas...». + +Así pensaba un largo rato, y luego daba en creer que todo era mentira. + +«No puede ser..., no, no. No se finge la nobleza; no hay arte que lleve +el engaño a tal extremo de perfección». + +Había olvidado las señas de la casa mortuoria que le diera don Víctor; +dudaba si había dicho _Fuencarral_ o _Arenal_: era cosa acabada en +_al_. Por san Hermógenes bendito, debía buscar a Ibraim, pedirle perdón +de las injurias, y recoger de su boca la exacta dirección de la difunta +incógnita. ¿Pero qué noticias iba a pedirle a una pobre muerta? ¿Y +quién le aseguraba que los adláteres, el de la policía, las mujeres +malas, no tirarían a sostenerle en el engaño, a embarullarle más, y +acabar de volverle loco? + +Con estas dudas angustiosas llegó a Genieys, y agotadas sus fuerzas se +arrojó en el lecho; no tenía ganas de comer: ningún alimento pasaría +por su abrasado, seco y amarguísimo gaznate. No quería más que dormir, +olvidar... + +Calpena, que, según le dijo el mozo, había ido a las siete, marchándose +después de tomar un copioso desayuno, volvió a casa por la tarde, y le +acompañó largas horas. A ratos lloraba el buen presbítero, sin que su +amigo obtuviese de él explicaciones sobre los motivos de su pena. A +los dos días recobraba la tranquilidad externa; pero su cabeza sufría +extraños accidentes, pérdida repentina de la memoria, seguida del +fenómeno contrario, esto es, extraordinaria viveza de los recuerdos. +Fue Iglesias a visitarle, y se alarmó del lastimoso estado cerebral de +su amigo; y como notara que no se le atendía en la fonda con el esmero +que su delicada salud requería, propuso llevársele otra vez a la casa +de Méndez, lo que realizó aquella misma noche sin aguardar a que el +enfermo lo decidiera. Pagada la fonda con los cortos dineros que a +Hillo le quedaban, fue trasladado a su antiguo hospedaje, a donde le +siguió también Calpena. + +—Amigo Nicomedes —le dijo don Pedro una noche, hallándose solos, el +clérigo en su lecho, el otro sentado, leyéndole periódicos—. Si usted +no se enfada, le diré que no me interesa nada de eso que cuentan los +papeles. Ahórrese el trabajo de leer en alta voz, y lea para sí, que yo +me estaré aquí calladito, pensando en mis cosas. + +—Precisamente, amigo Hillo, leo en alta voz para distraerle de esos +pensamientos que le traen tan extenuado. Es preciso que usted se ponga +en cura resueltamente. + +—A eso voy, y de eso trato. Esta noche pensaba pedirle a usted un +favor, en asunto pertinente a mi salud. + +—Dígalo pronto, y si es cosa que está en mis facultades, delo por hecho. + +—Pues usted, hombre de relaciones, conocerá a los señores de la Junta +de Beneficencia. ¿No son estos los que han de dar licencia para entrar +en las casas de orates? + +—Seguramente. ¿Tiene usted que visitar a algún pariente o amigo que +esté encerrado en el Nuncio de Toledo, o en Zaragoza? + +—Pregunto si hay que dirigirse a esos señores solicitando el ingreso de +un enfermo de enajenación. + +—En efecto: los individuos de la Junta, previo informe de profesores de +Medicina, dan la cédula de ingreso. + +—Pues consígame al instante una cédula. + +—¿Tiene usted pariente o amigo que se halle en ese triste caso? + +—Tengo un amigo íntimo, sí señor; tan íntimo, que usa mi nombre y +apellido. El loco que deseo encerrar soy yo mismo, caro don Nicomedes, +y dese usted prisa, porque los dineros se me acaban; yo no tengo ya +posibles ni de dónde me vengan... y como me siento rematado, en ninguna +parte estaré mejor que en el Nuncio de Toledo. + +Trató el bueno de Iglesias de apartarle de sus melancolías con festivas +bromas; pero Hillo se confirmó más en ellas, añadiendo estas alarmantes +expresiones: + +—Sí, lo digo a boca llena: estoy más perdido que don Quijote, y que +cuantos locos hicieron disparates y simplezas en el mundo. Figúrese +usted si lo sabré yo, que a todas horas no hago más que contemplar +el barullo de mis ideas, los extraños sentimientos de que me veo +acometido. Yo mismo he llegado a tomarme miedo, y quiero que me +encierren, sí, señor, que me encierren y me aíslen... + +—Don Pedro, ningún loco discurre así sobre su propio desvarío. Pues +no me lo diga mucho, porque doy en sospechar si estaré yo también +trastornado. + +—Cuidado, amigo, que así empecé yo —dijo don Pedro incorporándose en +el lecho bruscamente, y mirando a su amigo con refulgentes ojos—. Y no +crea que soy tan pacífico; no se fíe usted de mi natural tranquilo y +manso..., no, no, no se fíe. Que también me dan terribles arrechuchos, +y se me mete en el magín la convicción de que no soy sacerdote, sino +caballero, desfacedor de agravios, como quien dice; y cuando me da esa +tremolina, hago y digo atrocidades sin número. Desafío a todo el que se +me pone por delante, y me siento con ánimo de comerme a bocados al que +no diga y confiese... + +Oyendo esto, y viendo cómo braceaba el clérigo al decirlo, Iglesias +tuvo miedo y retiró hacia atrás la silla en que se sentaba. + +—Confío en que su amistad y sentimientos humanitarios —agregó Hillo, +calmada su excitación— le inducirán a dar los pasos convenientes para +meterme en el Nuncio, antes hoy que mañana. Temo empeorar, ponerme +más perdido... ¿Conque lo toma como cosa suya? Crea usted que se lo +agradezco, y desde mi encierro pediré al Señor que no siga usted mi +camino. + +—Hombre, no..., allá me espere usted largo tiempo —dijo Nicomedes +tomándolo a broma; pero con la pulga en el oído, más inquieto de lo que +parecía. + +Viéndole tranquilo, Iglesias le manifestó que él se sentía también +un poco trastornado por la maldita política. No sabía ya qué camino +tomar, ni a qué aldabas agarrarse, porque ni los caminos conocidos ya +le llevaban a ninguna parte, ni las aldabas, repicadas con furor, le +abrían ninguna puerta. Su juego de acogerse a Mendizábal, casi en el +suelo ya, no parecía resultarle eficaz, porque don Juan de Dios, en su +orgullo, acababa de manifestar el deseo de _caer solo_, sin solicitar +colchones ni paracaídas del partido en que militaba. No quería que los +_santones_ le echaran una mano, ni que le recibieran en las suyas las +sociedades secretas. + +—¿Sabe usted, amigo don Pedro, lo que ha dicho hoy en los pasillos del +_Casón_? Yo mismo se lo oí. «Me voy a una casita que tengo a noventa +millas de Londres, y allí me estaré con mi familia, _viendo la marcha +de las cosas de este país..._». Y luego en otro corrillo le dijo al +propio Argüelles: «Sé vivir con _ochocientos reales mensuales_ en +Londres, con mi familia, y vivir feliz. Traje mucho, y nada me llevo. +Que ustedes se diviertan». + +—Gran filosofía es esa. El señor don Juan Álvarez merece toda mi +admiración. + +—Se retira..., al menos así lo asegura. Y henos aquí abandonados, los +que no hemos querido hacer causa común con el _santonismo_. + +—De modo que ahora se encuentra usted como el alma de Garibay —dijo don +Pedro con una risa atronadora que puso muy en cuidado a su compañero de +casa—. Pues decídase de una vez, Iglesias, y véngase conmigo. + +—¿A dónde? + +—Al Nuncio de Toledo. Allá estaremos tan ricamente, y nos contaremos +uno a otro nuestras cuitas: yo le diré por qué peno, y usted me hará +la historia de sus desairadas tentativas. Créame, no se puede luchar +con el destino, y el mío, como el de usted, es no llegar nunca... Hemos +nacido con desgracia: la obstinación en esta desigual batalla nos ha +trastornado la cabeza. Aún estamos a tiempo, señor don Nicomedes; +vámonos, encerrémonos antes de que salgamos por las calles tirando +piedras. Corremos el peligro de hacer una barbaridad inesperadamente, +y si no coincidimos en la ocasión de hacerla, es fácil que nos +enchiqueren por separado, a mi en una parte, a usted en otra, y en este +caso no hallaremos en la compañía el consuelo que deseamos. + +Al siguiente día, repitió Hillo su cantinela del Nuncio de Toledo, ya +con verdadera reiteración monomaníaca, lo que puso en mayores cuidados +a Iglesias. Conceptuando peligroso contrariarle, le aseguró que ya +había pedido la recomendación para ingresar los dos en cualquier casa +de orates; y a este propósito dijo don Pedro cosas tan oportunas y +juiciosas que Nicomedes hubo de enmendar su opinión respecto a él, +teniéndole por la misma cordura. + +—A usted y a mí, señor de Iglesias, nos pasan tantas desventuras +por habernos salido de nuestra jurisdicción, del terreno en que por +nacimiento, por naturales gustos y por ley del tiempo y de la vida +debimos permanecer. En vez de mantenernos en jurisdicción, nos hemos +ido por los cerros de Úbeda, y henos aquí desorientados, _huidos_, en +una palabra, sin saber qué rumbo tomar, pues ya no hay fin seguro para +nosotros, como no sea el de la perdición. Yo, presbítero, me salí de mi +terreno, arrastrado por un noble afán del bien, eso sí; y aquí me tiene +usted castigado por Dios, que no ha visto con buenos ojos el abandono +de mis deberes eclesiásticos, por meterme en caballerías impropias de +la milicia cristiana a que pertenezco. Verdad que mi conciencia no +me arguye ningún pecado grave; pero en religión, como en moral, no +solo es menester ser bueno, sino parecerlo, y yo no parezco un buen +sacerdote. La nobleza de los fines que me arrastraron a esta vida de +sobresalto no me exime de responsabilidad ante el clero; no, señor, +no me exime, y hoy todo mi afán es volver humilde y sumiso al rebaño +eclesiástico, prosternarme ante el Sacramento y elevar a Dios mi alma, +haciéndome digno de celebrar nuevamente el Santo Sacrificio... Pues +expresada mi situación, voy a la de usted, que estimo muy semejante +a la mía, aunque a primera vista no lo parezca. Por lanzarse a este +vértigo de la política, donde esperaba satisfacer legítimas ambiciones, +abandonó usted el bienestar y la paz rústica de su casa manchega; dio +usted de lado a sus padres y hermanos, y trocó la tranquilidad oscura +y modesta por los afanes ruidosos. Reconozco que sus aspiraciones +eran rectas y nobles: servir al país, ilustrarle; aspiraba usted a +manifestar en las Cortes sus ideas y el fruto de sus estudios, a +desempeñar un ministerio, cosas muy santas y muy buenas... Empezó mi +hombre su campaña con entusiasmo y brío, metiéndose en todo, huroneando +en el periodismo, cultivando amistades; sin sentirlo se fue metiendo +en intrigas de mala ley, porque es la política un terreno movedizo +y desigual, y andando por ella, ya se pone el pie en firme, ya se +hunde en ciénagas malsanas. Cuando ha querido recordar, ya estaba el +hombre metido hasta el cuello. Quizás por su misma inquietud, por el +afán de llegar pronto, se ha perdido en estos laberintos, y ahora los +esfuerzos para salir le meten en mayor confusión y en más cenagosos +atolladeros... Trajo usted con sus aspiraciones legítimas una dosis no +corta de soberbia, amigo mío, y por querer sentar plaza en los altos +puestos, como a su parecer le correspondía, despreció los secundarios +que se le ofrecieron, y ahora se dará con un canto en los pechos si +obtener puede un destinillo de tercero o cuarto orden. No ha sabido +usted esperar; ha olvidado aquel sabio precepto que se atribuye al +último rey: _vísteme despacio, que estoy de prisa_; y por vestirse +atropelladamente se ha puesto el chaleco donde debió estar la camisa, +y la camisa en la cabeza a guisa de turbante. Está usted hecho un +mamarracho. + +Sonreía Iglesias oyendo este retrato, en el cual vio la destreza del +pintor, y alentándole a seguir, continuó el clérigo de este modo: + +—Compare usted está tracamundana en que ahora se encuentra, abandonado +de sus amigos, y sin saber a qué santos o _santones_ encomendarse, con +la paz y la dulce _mediócritas_ de su casa. En su querido Daimiel dejó +usted padres y hermanos labradores; su hacienda bastaba para sostén +de la familia, y con el trabajo de todos podía ser aumentada. Vino +y pan abundantes, caza de lagunas, caza de jarales le sustentaban, +ofreciéndole los esparcimientos y el saludable ejercicio del campo. +Todo lo dejó usted por venir a quitarle motas a don Martín de los +Heros, o a ver escupir por el colmillo a Ramoncito Narváez. De estos +esperaba usted la ínsula que ambicionó su compatriota Sancho Panza, y +la ínsula no parece, y don Martín, don Juan de Dios, don Salustiano, +don Javier, don Francisco y don Fermín no hacen más que marearle y +traerle de Herodes a Pilatos con una soga al pescuezo. Y en tanto su +familia, según usted mismo me ha contado, yo no lo invento, se ha +cargado de deudas por sostenerle aquí, siempre en espera de que llegue +carta con la feliz nueva de que el señorito es procurador, ministro, +o por lo menos director de Rentas, y lo que llega es la requisitoria +angustiosa del madrileño, pidiendo más dinero, más, porque la vida +de la corte es cara, y no se pescan truchas a bragas enjutas; que +si buena cartera se ha de ganar, buenos cuartos le cuestan las +apariencias y ostentaciones que trae consigo la posición política. +Total, que los viejos no saben ya qué hacer para el sostenimiento en +Madrid del hijo _que va para gobernador_, y ya no tienen tierras que +empeñar, ni granos que vender, ni tinajas de vino que malbaratar, y su +único recurso será desprenderse de la camisa que llevan puesta para +atender al grande hombre. ¿Es esto cierto, si o no? ¿No estaría usted +mejor allá, muy tranquilito en su labranza, comiendo buenas sopas de +ajo y suculentas migas, harto más sabrosas, ¡ay!, que los bodrios +indecentes que le da Genieys cuando usted convida o le convidan sus +amigotes? Allá no le dirían que es un Mirabeau en agraz, ni que tiene +el cuerpo lleno de _espíritu del siglo_, ni le meterían en la cabeza +tanto viento y hojarasca; pero viviría usted en paz con Dios y con los +hombres, y sería usted un hijo ejemplar y un buen padre de familia..., +pues usted me ha contado, yo no lo invento, que le tenían preparado +el ayuntarle..., repito que no lo invento..., con una hija de ricos +labradores, _alta de pechos y ademán brioso_, como Dulcinea; y usted +despreció el partido, porque la lozana joven comía cebolla cruda..., +¡vaya una tontería!... Y no es sino que al niño se le metió en la +cabeza que aquí estaban las hijas de duques y marqueses esperándole +para darle su blanca mano, y ambicionaba el trato social muy fino, las +etiquetas y bobadas cortesanas... Confiésemelo: ¿era como lo digo?... +Pues la moza de allá se casó con otro, y ha parido dos hijos ya, como +terneros..., yo no lo invento, y es feliz, y usted anda por aquí con +la cabeza a pájaros, buscando un acomodo que no encuentra, ni en lo +social, ni en lo político, ni en nada, ea. De buena gana, si pudiera +volver los hechos al punto de lo pasado, y desandarlo todo, renegaría +el buen Iglesias de su vida de estos años, amando lo que despreció, +y amparándose a lo que antes tan mal le parecía. Hoy le viniera bien +poder cambiar la fragancia de droguería que usan estas damiselas +enfermizas, como disimulo de las pestilencias de la civilización, por +aquel tufillo de cebolla, compañero de la salud del alma y del cuerpo. +¿Verdad que desharía usted la tela del tiempo, amigo Nicomedes, y la +volvería a tejer con la urdimbre aquella..., y con la labradora de la +Mancha? + + + + +XII + + +Iglesias se reía, ocultando con el humorismo su tristeza. + +—¿No nos vendría bien a los dos —prosiguió el presbítero— volver a +nuestra jurisdicción, yo a mi clerecía y al humilde magisterio de +retórica, usted a la paz de su Daimiel? Diría usted con el gran poeta: + + ¡Oh campo, oh monte, oh río, + oh secreto seguro deleitoso! + Roto casi el navío, + a vuestro almo reposo + huyo de aqueste mar tempestuoso. + +Y a mí me tocaría decir con el mismo poeta, volviendo la espalda al +tráfago social: + + No condeno del mundo + la máquina, pues es de Dios hechura: + en sus abusos fundo + la presente escritura, + cuya verdad el campo me asegura. + +Interrumpió esta grata y al propio tiempo triste conferencia, la +llegada de una esquela para don Pedro, la cual bruscamente llevó +la atención de entrambos a negocio de mayor interés. La letra del +sobrescrito revelaba la mano de Calpena. Hillo se puso de veinticinco +colores previendo una nueva desdicha que llorar, y rogó a Nicomedes que +leyese, pues él sentía gran debilidad de vista y de cerebro. Iglesias +leyó: + + «Amado clérigo, mi dulce amigo, perdóname si me ausento sin + despedirme. La despedida sería harto penosa, y en ella, si mi locura + se viera combatida por tu razón, todos los esfuerzos de esta serían + inútiles, y prefiero que mi desobediencia no vaya precedida de una + discusión inútil. Me voy. ¿Adónde? Ya te lo diré. He averiguado + dónde está el único fin de mi vida, y tras ese fin sin fin corre mi + destino ciego... Nunca te olvida tu — _Fernando_». + +—Y con su poquito de culteranismo —dijo Iglesias dejando la carta sobre +la mesa—. Ese chico está más trastornado que nosotros. + +—¡El romanticismo, el gran monstruo, es la tromba que a todos nos +arrastra! —exclamó don Pedro dando un gran suspiro—. Bien, hijo, bien; +la noticia no me coge de nuevas. Me lo temía. El destino sobre todo... +Arrojémonos a los profundos abismos, pues así lo quiere Dios... Dios, +sí, que obra suya es el romanticismo, como lo es la vida clásica... +Bien, hijo, bien; vete en busca de tu ídolo, y que Dios te ampare y te +guíe por ese despeñadero. Y bien mirado, si eres nacido de _esa_, vale +más que huyas y desaparezcas... Deshonra por deshonra, no sé con cuál +me quede... Pero si me engañó el maldito gitano, si no es _esa_, sino +_aquella_... Dios decidirá de su suerte y de la mía. Venga la luz, y +cualquier forma que traiga la verdad, admitámosla y acatémosla. + +Poco después manifestó deseos de vestirse y echarse a la calle: sentía +vivas ganas de dar un paseo. No se brindó Nicomedes a acompañarle, +porque tenía que acudir al trajín político, ver a _Salustiano_, +recorrer tres o cuatro redacciones, los dos Estamentos y otros lugares +donde hervía la actualidad, y había que comerla calentita. Era hombre +que cuando estaba dos horas sin politiquear no vivía, le faltaba el +aire respirable: tan profundamente metido en el alma tenía el nefando +vicio. Se fue, mientras el otro se vestía presuroso, ávido de rodar por +esos mundos en busca de la puerta de su porvenir, que ni cerrada ni +abierta encontraba ya. Ocurrió en aquellos días la caída de Mendizábal, +suceso que no se efectuó sin estruendo. Aunque en Palacio le tenían +sentenciado desde marzo, y estaba hecha ya la cama para Istúriz, se +esperó una coyuntura decorosa, la propuesta de nombramientos militares +para las Inspecciones de Milicias, Infantería y Artillería. Desconforme +Su Majestad con los ministros, puso a estos en el caso ineludible de +presentar sus dimisiones. Mendizábal soltó la caña del timón, que había +tenido en su mano durante siete meses, y empuñola Istúriz, cuya vida +ministerial había de ser aún más corta. + +Así hemos venido todo el siglo, navegando con sinnúmero de patrones, +y así ha corrido el barco por un mar siempre proceloso, a punto de +estrellarse más de una vez; anegado siempre, rara vez con bonanzas, y +corriendo iguales peligros con tiempo duro y en las calmas chichas. Es +una nave esta que por su mala construcción no va nunca a donde debe ir: +los remiendos de velamen y de toda la obra muerta y viva de costados no +mejoran sus condiciones marineras, pues el defecto capital está en la +quilla, y mientras no se emprenda la reforma por lo hondo, construyendo +de nuevo todo el casco, no hay esperanzas de próspera navegación. Las +cuadrillas de tripulantes que en ella entran y salen se ocupan más +del repuesto de víveres que del buen orden y acierto en las maniobras. +Muchos pasan el viaje tumbados a la bartola, y otros se cuidan, más +que del aparejo, de quitar y poner lindas banderas. Son, digan lo que +quieran, inexpertos marinos: valiera más que se emborracharan, como los +ingleses, y que borrachos perdidos supieran dirigir la embarcación. Los +más se marean, y la horrorosa molestia del mar la combaten comiendo; +algunos, desde la borda, se entretienen en pescar. Todos hablan sin +término, en la falsa creencia de que la palabra es viento que hace +andar la nave. Esta obedece tan mal, que a las veces el timonel quiere +hacerla virar a babor y la condenada se va sobre estribor. De donde +resulta, ¡ay!, que la dejan ir a donde las olas, el viento y los +discursos quieren llevarla. + +Aquella noche hubo en los clubs grande algarada. En el Estamento mismo +no faltó quien propusiera _destronar a la reina_ sin pérdida de tiempo, +y _crear una regencia de otro sexo_. Las logias ardían; los círculos +de la Milicia Nacional eran verdaderos volcanes; el nuevo gobierno, +apoyado en la guarnición, tomó sus medidas para reprimir cualquier +algarada, y preparaba el decreto para disolver las Cortes, elegidas el +mes anterior. ¡Y hasta otra! + +En casa de Seoane, a donde fue Nicomedes por la noche, vio este a +Mendizábal, que recibía parabienes por su caída. La adulación de unos, +la cariñosa amistad de otros, quería pintarle su muerte como su mejor +vida, su batacazo político como un éxito evidente. Iglesias no vaciló +en felicitarle también, augurándole una resurrección como la del Fénix; +pero el despedido ministro no daba gran valor a estos consuelos, y se +aferraba más a la idea de abandonar un terreno en el cual no sabía +moverse con desembarazo. Entre otras cosas dijo estas palabras, que +como textuales se copian aquí: + +—Yo no soy hombre de partido; la prueba es que el que se decía mi +partido me ha abandonado: ¿y por qué? Porque he sido y soy y seré +independiente: esta es mi gloria. + +Y en un grupo que se formó después, agregándose varias señoras, repitió +el grande hombre lo de los _ochocientos reales_ que le bastaban para +vivir con su familia en el _cottage_ que poseía a noventa millas de +Londres. También dijo esto, que es histórico y consta como en escritura: + +—Si tuve ambición de ser ministro, ya lo fui; y si hacemos el +inventario, me parece que estamos mejor que lo estábamos cuando me hice +cargo, en septiembre. Conmigo traje mucho; conmigo no llevaré nada +más que ojos para llorar la desgracia de mi inocente familia, a quien +por la cuarta vez he arrebatado cuanto le pertenecía. Mis enemigos me +llaman honrado y patriota, y esto no es flojo consuelo. Conserve yo +tales motes, y todo lo demás nada me importa. + +Hablando con el propio Nicomedes y con Olózaga, que vaticinaban una +trifulca próxima, y con ella la segura rehabilitación del partido +de Mendizábal y su nuevo llamamiento al poder, se mostró escéptico, +desilusionado, sin entusiasmo por los pronunciamientos y sediciones, +y sin malditas ganas de volver a empuñar el timón de bajel tan +desconcertado y peligroso. + +—Siempre que mi patria me llamó —dijo, y esto es también textual—, me +encontró. Nada quise, nada recibí, nada recibiré. Tengo parientes aptos +para los empleos públicos: no los han obtenido; y para que no me llamen +descastado, les formé un capital de mi pensión por lo que me pedían. En +mi retiro, en mi rincón seré siempre feliz, y podré decir: _Hice lo que +pude, lo que debí; nada le he costado a mi patria_. + +A la una próximamente se retiró a su casa, cuya escalera subió +meditabundo, triste. Su amor propio se resentía de la conmoción del +porrazo. Creíase capaz aún de grandes cosas, y el no poder realizarlas, +ni siquiera emprenderlas, le inspiraba coraje de sí mismo y lástima +de la nación que tal hombre se perdía. Reconociendo sus errores, sus +inexperiencias, de unos y otras se lamentaba en el sombrío examen +de su caída. ¡Oh, si se pudiera empezar de nuevo!... Pensando en su +fama, en la gloria que ambicionaba, no vio muy claro su nombre en las +doradas páginas de la Historia. Pensó también en las calumnias con que +le había obsequiado el vano vulgo antes de su fracaso, y se dijo: «A +estas horas no habrá un solo español que crea que entro en mi casa +con las manos absolutamente limpias... Por Dios que tan limpias las +habrá, pero más no». Al verle salir de casa de Seoane, Joaquín María +López había hecho con cuatro palabras el exacto retrato del ministro de +la Desamortización: «_Alma candorosa y apasionada, cabeza fecunda en +recursos, corazón a la vez de héroe y de niño_». + +Traspasada la puerta de su morada, recibió, como una onda salutífera, +el embate de calor doméstico. Niños, mujeres, salían a su encuentro, +personas queridas, deudos y parientes. Entre la turbamulta distinguió +una modesta figura, un anciano, que en último término permanecía, +medroso de avanzar a saludarle: Era Milagro. Al reconocerle, no sin +dificultad, pues no había exceso de luz en el recibimiento, don Juan de +Dios expresó contrariedad y lástima... + +—¡Por Dios, Milagro, usted aquí todavía! Cuando le dije que se pasara +por mi casa esta noche y me aguardase en ella, no contaba con esta +inesperada cena en casa de Seoane. Dispénseme, amigo mío. Le he dado a +usted un plantón horroroso. + +—No importa, señor —dijo Milagro humilde y atento—. Mucho gusto en +servirle. + +—¿Desde qué hora está usted aquí? + +—Desde las ocho, señor. + +—¡Y es la una! Carambo... Dispénseme. + +—No importa, señor... + +—Carambo, es usted el empleado _no importa_. + +—Dice bien vuecencia: ese es mi lema... Las infinitas cesantías que he +padecido me han obligado a adoptar esa fórmula de resignación. + +—Pues ahora... Cuando las barbas de tu vecino veas arder... + +—Sí, señor: ya..., ya he puesto las mías de remojo. + +—Será ministro de mi ramo el señor Aguirre Solarte, buena persona... +Agárrese usted como pueda... Bueno, pues no quiero detenerle más. Un +momento, señor Milagro. + +Hízole pasar a su despacho, y en pie los dos, el caído ministro dijo al +vacilante funcionario: + +—Pues le he mandado venir a usted porque pienso utilizar sus servicios +en trabajos que preparo para la defensa de mi gestión ministerial, si, +como presumo, soy atacado y acusado con mala fe... Y por de pronto, +antes de encargarle las copias de estados y documentos que tengo ya en +casa, me hará usted un favor de otra índole. + +—Vuecencia me tiene a su disposición para todo. + +—¿Conoce usted a ese Maturana, diamantista que fue de Palacio?... + +—Es grande amigo mío. + +—Perito en alhajas, tasador, comerciante... + +—Y hombre de gran conocimiento en todo lo concerniente a pedrería +y metales preciosos..., muy relacionado con la grandeza, con los +marchantes extranjeros... Trabajó treinta y tantos años para la Casa +Real. + +—Y le despidieron el año 14 por afrancesado, por amigo de Godoy..., +no sé por qué ni me importa. Vamos al caso. Puesto que es tan amigo +de usted, búsquele mañana mismo. Le dice usted que Mendizábal desea +hablarle..., tener con él una conferencia... + +Dicho esto, el exministro permaneció un momento taciturno, fija la +mirada en el suelo, oprimiéndose con dos dedos el labio inferior... + +—Conferencia, sí..., que hablemos detenidamente de un asunto... + +—Bien, señor. Mañana, de nueve a diez, estaré en su casa. + +—Y si accede, como creo, me le trae usted... No saldré de aquí hasta +las doce. + +Con esto quedó despachado el buen don José. Al despedirle, don Juan +Álvarez Mendizábal le vio con pena salir... Era el ministerio, la +poltrona, la oficina, el diario trajín político que cesaban, se perdían +en una triste lontananza absorbidos por el pasado. Suspiró don Juan... +¡Carambo, qué importaba! Mejor: salía del país, y entraba en la familia. + + + + +XIII + + +Ya cargaba don Javier Istúriz, en medio de un gran barullo, la cruz +de la presidencia ministerial, llevando por cirineos a don Ángel de +Saavedra y a don Antonio Alcalá Galiano, cuando el gran Nicomedes +Iglesias, que ningún sendero veía para sus ambiciones fuera de la +travesura revolucionaria, extremaba la oposición al gobierno en la +prensa y en las logias, con la añadidura de su hablar malévolo en cafés +y tertulias, que era la peor y más terrible arma. Una tarde del florido +mayo le encontramos en _Solís_, perorando con todo el veneno del mundo, +en la mesa del rincón, al frente de una pandilla de desocupados, de +los que matan las horas arreglando el país entre terrones de azúcar y +copitas de aguardiente. Asistían al sacro colegio, entre otros puntos, +Eleuterio Fonsagrada, un amigote suyo sargento de la Guardia Real, +cuyo nombre no hace al caso, y el tísico Serrano, que amenazado de +cesantía, llamaba a Cachán con dos tejas. Menos pesimista en lo tocante +a su enfermedad, porque los aires primaverales le habían remendado el +destruido pecho, se forjaba la ilusión de seguir viviendo; pretendía +nada menos que ascender, tener dinero, darse buena vida; y si esto +no podía ser, vinieran pronto las catástrofes a hacer tabla rasa de +todo. Que su cadáver y el del país, su pobreza y la de la nación, +tuvieran una sola inmensísima tumba. Los tiros de aquel destacamento de +patriotas, después de hacer gran destrozo en las cabezas ministeriales, +apuntaban a más altas cabezas. + +—Me parece —dijo Iglesias, medio ronco ya de tanto vociferar— que esa +buena señora tendrá que volverse pronto a su pueblo, a esa Parténope +con que nos han mareado los poetas. + +—En ese caso —indicó Serrano, más ronco todavía que su compañero—, +¿conservaremos la Regencia una, o estableceremos la trina? + +—Tan torcidas pueden venir las cosas —afirmó Iglesias dando a sus +palabras una intención profética y misteriosa— que ni Regencia +necesitemos. ¿Quién sabe lo que puede sobrevenir? Tales disparates +hacen en _Palacio_ y tan ciegos están _allí_, que los cálculos y +previsiones de los más expertos fallan... Esto es ya una casa de locos. +¿Adónde vamos? La honda no sabe a dónde irá a parar la piedra. + +—Pues todavía falta lo mejor. Resueltamente deja el mando del Norte el +general Córdova —dijo Fonsagrada—. ¿A quién nombrarán? + +—A cualquiera —indicó Iglesias—. Para lo que ha de nacer, lo mismo +da Pedro que Juan. Esta guerra no se acaba ya por los procedimientos +comunes. Puesto que no tenemos un Hoche... + +El auditorio se quedó suspenso: ninguno de los presentes sabía quién +era Hoche... + +—Mientras no se haga un escarmiento como el de la Vendée, nada se +conseguirá por las armas. Tendrán que partir a España en dos reinos, +quedando para los liberales, o sea para la _angélica_, los estados de +Getafe y Alcorcón. + +—Madrid —dijo Serrano con humorismo catarral, echando luengas babas— +se constituirá en República de Capricornio, bajo la presidencia de mi +coronado jefe don Eduardo de Oliván e Iznardi... + +—¿Y ese, no quedará cesante? + +—¡Hombre! ¡Qué cosas tiene Iglesias! ¡Cesante el esposo putativo de +la de Oliván! Buena se armaba; sí señor, buena, buena, como dice +Miguelito. Esa, sin ser de Parténope, tiene más poder que la señora de +Muñoz, y como se le atufaran las narices, como le dejaran cesante a su +Eduardito, crujía el Estatuto y se tambaleaba el trono angélico... Ya +lo verán ustedes: no pasan tres días sin que el señor Aguirre Solarte +le dé un ascenso al primer manso de Madrid. Ya sabrá ella manejar el +tinglado. No hay cambio de situación sin que Eduardito dé un paso +adelante en su carrera. Tiene la historia contemporánea claramente +escrita en su cabeza, como los ciervos llevan la cifra de su edad en +cada rama.... pues... + +Echose a reír la pandilla, y Nicomedes afirmó que los tiempos eran +desastrosos, que todo anunciaba próximos cataclismos. + +—Lo que ocurre en todos los órdenes contradice la verdad y la lógica. +La realidad es más peregrina que las invenciones de los poetas. + + Trocádose han las cosas de manera + que nos parece fábula la Historia. + +—Pues espérense ustedes un poco —dijo el de la Guardia, no Fonsagrada, +sino el otro cuyo nombre no hace al caso—, que ahora va a venir lo más +gordo. + +—¿Qué? —preguntaron todos ávidos de mayores desatinos, de mayores +calamidades públicas y privadas. + +—Pues que se están preparando los datos para demostrar que la señora +doña Cristina..., chitón, que esto es muy delicado..., que la señora +doña Cristina, no contenta con los dinerales que le dejó _Narizotas_, y +queriendo meterse en mayores negocios de minas de carbón y saneamiento +de marismas, ha hecho pacotilla de todas las alhajas de la Corona, para +venderlas. Y que no era floja cantidad de pedrerías la que guardaban en +Palacio los reyes, desde el que rabió: cientos de miles de diamantes, +cientos de miles de esmeraldas, celemines de perlas, entre las cuales +había una grandísima, que Felipe IV llevaba en el sombrero, y había +costado una fortuna. + +—Algo de eso oímos anoche en _Tepa_ —dijo otro, anónimo también, pues +el mismo Iglesias no sabía cómo se llamaba, exejecutor de apremios, +encausado tres veces—. Y a lo que parece, el señor Aguado, don +Alejandrón, no ha venido a otra cosa que al negocio ese de las alhajas. + +—Se asegura que el tal Aguado viene a establecer, con dinero de la +reina, una línea de barcos de humo, digo, de vapor. + +—Pues yo, francamente —declaró Iglesias, alardeando siempre de +autoridad—, sin defender a doña Cristina del cargo de allegadora, +sostengo que eso de las alhajas es paparrucha. ¡Si todo el tesoro de +Palacio se lo llevó Murat! + +—Así lo han dicho para despistar a los incautos. Murat afanó lo que +pudo; pero se dejó lo mejor. En fin, ustedes lo verán. + +—¿Y podrá probarse...? + +—En ello andan. No están los palillos en malas manos. + +Presentose en esto don José del Milagro con cara tan mustia que +daba lástima verle. Al llegar a la mesa, dejó sobre ella un fajo de +papelotes que bajo el brazo traía, y se limpió fatigado el sudor de la +calva. + +—¿Que traes, Milagrito? —le dijo uno de los tertulios, que con él tenía +confianza—. ¿Por qué tan patibulario? + +—No es preciso que nos lo cuente —indicó Nicomedes—, pues el pobre trae +escrita en su cara la sentencia fatal. + +—¡Cesante! —exclamó Serrano, lívido, esputando. + +—Hoy, señores, hoy —manifestó Milagro lúgubremente—, al llegar a mi +oficina..., ya me lo anunciaba el corazón..., me encontré el jicarazo. +Ese perro de Aguirre Solarte declara en este papelejo inmundo que el +Estado no necesita de mis servicios... ¿Saben ustedes a quién le dan el +triste hueso que yo roía? Pues al niño mayor de Oliván. ¡Válgame Dios, +qué familia esa! + +—Si apenas le apunta el bozo. + +—Pero le apuntan los botones en la frente —dijo Serrano. + +—¡Luego se espantarán de que haya revoluciones! + +—Y de que arda Madrid. + +—Y de que reviente España como un polvorín, harta de estas vergüenzas y +de tanta injusticia. + +—Pueden creerlo —agregó otro, que no bajaba el embozo de la capa, +muerto de frío en pleno mayo—, la Milicia está que trina. + +—La desarmarán, hombre —dijo Iglesias con amargura pesimista—. Si ya +hemos visto para lo que sirve la Milicia: para formar en las _Minervas_ +y hacer tonterías. + +—¡Desarmarla!... ¿A que no se atreven? + +—¡Pues no se han de atrever! Y el día en que toquen a desarmar, veremos +a los bravos milicianos escondiéndose en las carboneras de sus cocinas, +o entre las faldas de sus mujeres... Ya pasaron los tiempos de la +vergüenza miliciana. Ya no hay un don Benigno Cordero, comerciante de +encajes, que con un puñado de valientes sacuda el polvo a toda una +Guardia Real en el Arco de Boteros. + +—Poco a poco —dijo el sargento incógnito—, no se permiten alusiones +_maquiavélicas_... La Guardia de hoy no es como la de ayer, _órgano_ +del despotismo. Hoy la Guardia es o será _órgano_ del pueblo... + +—De Móstoles querrá usted decir. + +—Digo y repito que el Segundo Regimiento, por lo menos, no _rendirá +parias_ al absolutismo. + +—¡Hombre, _parias_...! + +—En el Segundo Regimiento, que es el más ilustrado, reina un espíritu... + +—¿Cómo es ese espíritu? —dijo Serrano—. No será el _espíritu del +siglo_, que ese lo tienen cogido los moderados. + +—Un espíritu..., muy bueno. + +—Entonces será el de vino, que es el mejor que se conoce. + +Como recayese otra vez la conversación en lo de las alhajas de la +Corona, tomó la palabra Milagro para expresar una opinión, según dijo, +de autoridad irrebatible. La _señora_ era inocente de la sustracción +y venta de pedrerías de Palacio, y las acusaciones que en tal sentido +se le hacían enteramente gratuitas y mentirosas. ¿Quién probaba esto? +Quien tenía medios sobrados de conocimiento para demostrar que el +verdadero y único afanador de aquellos tesoros fue el _señor don +Joaquín Murat_, general de mamelucos y después rey de Nápoles. Y por +de pronto no decía más, aunque algo más sabía: la discreción, la +confianza que en él habían puesto personas ilustres, le vedaban entrar +en pormenores de asunto tan delicado. + +—¿Es cierto, Milagrito —le preguntó el que más familiarmente le +trataba—, que le estás ayudando a _don Juan y Medio_ a escribir la +defensa de los planes que no realizó? + +—Yo no pico tan alto. El señor Mendizábal me ha encargado ciertos +trabajillos; pero yo no le escribo su _Defensa_: en todo caso, lo que +haré será ponerla en limpio... Y ya que hablamos de don Juan de Dios, +diré a usted que la mayor de las infamias es sostener y propalar, como +hacen por ahí más de cuatro deslenguados, que el señor exministro ha +movido este zafarrancho de las alhajas palatinas para vengarse de quien +tan sin razón le ha despedido del gobierno... + +—Pues la cosa es muy lógica —apuntó Iglesias—: don Juan debe tomar el +desquite... Yo en su lugar... + +—Usted en su lugar no lo haría, señor don Nicomedes —afirmó Milagro +con gran entereza, dando porrazos sobre el papelorio que tenía en la +mesa—, porque es usted caballero, ni más ni menos que don Juan Álvarez +Mendizábal, y aquí estoy yo para sostener, como lo sostengo, que +don Juan Álvarez no es el que ha levantado esta polvareda contra la +Gobernadora, sino el que se propone arrojar sobre el susodicho polvo +un gran jarro de agua. Sí, señores y amigos: ese grande hombre, esa +alma nobilísima, le dirá pronto a Su Majestad: «No te apures, hija, que +yo, yo, el caído, el despedido, me dispongo a demostrar al mundo que +no tienes arte ni parte en esa distracción de las piedras finas de tus +mayores. Estate descuidada, que yo pago de este modo los agravios que +recibo. Yo, Juan Álvarez y Méndez, caballero que tiene la verdad por +Dulcinea, yo, yo..., yo lo demostraré». + +Decía esto Milagro con grande vehemencia, dándose un fuerte golpe en la +caja del pecho cada vez que pronunciaba un _yo_. Después le ofrecieron +un vaso de agua, y apagó, bebiéndolo sin respirar, el volcán de +indignación que en su seno ardía. + +—No me parece inverosímil —dijo Iglesias— lo que Milagro nos cuenta. +Mendizábal será lo que se quiera: un loco, un arbitrista, un hombre de +triquiñuelas y de golpes de efecto..., pero le tengo por la persona +más decente que ha calentado una poltrona ministerial... Por lo que +usted nos dice, amigo don José, don Juan le amparará en su cesantía +encargándole trabajillos... + +—Espero que Su Excelencia no me abandonará. Con eso y mis traducciones +daré de comer al ganado de casa. Vean lo que acaba de entregarme +el editor don Tomás Jordán para que se lo traduzca: _El último +Abencerraje_ y las _Cartas Persianas_. También llevo números de _El +almacén universal_, para traducir articulitos de relleno, que me toma +el amigo Mesonero para su _Semanario_, sin perjuicio de las leyendas +caballerescas que pienso escribir para el mismo, género que gusta +mucho. Ya tengo los _Infantes de Lara_ y _La peña de los Enamorados_... +Haré tres o cuatro docenas; todo de asunto español, romántico, pero con +buen fin. + +—Sí —dijo Serrano—: todo torreones, reinas enamoradas, alguno que +otro moro, y luego el indispensable laúd, que lo lleva y lo tañe un +individuo que en los grabados nos pintan con medias muy ceñidas y unos +zapatos de larguísima punta... Señores, yo pregunto cómo se podía andar +por los caminos con semejante calzado... + +En las convulsiones de la tos que le ahogaba, seguía diciendo: + +—Me pongo furioso, furioso..., cuando me quieren hacer creer que hubo +hombres..., ¡qué barbaridad!..., hombres que andaban en tal facha por +los caminos... Mentira, mentira todo... Me ahogo... ¡y con laúd a +cuestas!... + +—Pero, Serranito —le dijo Iglesias, zumbón—, ¿qué nos importa que en la +_Edad Media_ usaran, para andar de viaje, zapatillas puntiagudas? ¿O es +usted de los que no creen en los _siglos medios_? Pues mire, aquí viene +Ibraim, morisco auténtico, trasconejado... + +—Es un caso de _metempsícosis_, como dice Juanito Donoso. + +—Creo yo que este era uno de los que acarreaban ladrillo para la +construcción de la Giralda. + +—Hombre, no: era la acémila que llevaba los trastos de san Fernando y +el cofre de doña Berenguela, cuando iban de viaje... Chitón, que ya le +tenemos encima. + + + + +XIV + + +Acercábase Ibraim a la mesa, diciendo: «_Cabayeros_...», y al instante +empezaban todos a divertirse con su credulidad y falta de seso, +encajándole bolas terribles, que ningún estómago, como no fuera el del +proceroso castrense, habría podido digerir. Muestra de paparruchas: +Aquella misma tarde había junta de rabadanes de la Milicia para acordar +el momento preciso de echarse a la calle toda la fuerza popular, +proclamando la _Niña bonita_, o sea la Constitución del 12, _el mejor +de los códigos_... Ya estaban de acuerdo Quesada, Van Halen, Rodil, +el duque de Almodóvar, el de Ahumada y otros generales para secundar +el movimiento, fraternizando tropa y milicianos... Se le daría el +canuto a doña María Cristina, constituyendo, no Regencia triple, sino +Directorio, formado por don Evaristo San Miguel, Palafox y el divino +Argüelles. Luego sería nombrado Palafox _Primer Cónsul_... Del general +Córdova decíase que se había pasado a don Carlos con parte de su Estado +Mayor. Olózaga formaría el primer ministerio del Directorio, con don +Eduardo Oliván de ministro de Hacienda, y el infante don Francisco +de Marina... La Guardia Real se llamaría en lo sucesivo _la Guardia +amarilla_, uniformándose de este color... Y el rudo capellán tragaba, +tragaba, salvo en los casos de excesiva magnitud del notición que +se le quería ingerir. Después él, llevando la información a otros +círculos, lo trabucaba todo, y hacía unos pistos que corrían por Madrid +y llenaban de confusión a los ciudadanos pacíficos. En el fondo no era +mal hombre; a su amigo don Pedro no le guardaba rencor por la violenta +escena y acometida de marras. Siempre que iba a la _mesa de Solís_, +preguntaba a Iglesias con vivo interés por el señor de _Jiyo_. + +Este no parecía ya por los cafés; pasaba el tiempo en casa, revisando +las cartas de la incógnita, y poniéndolas por orden de fechas en +paquetitos cruzados con balduque, o bien se iba despacio, solito, +por las afueras, meditando en su triste suerte. Sus noches eran casi +siempre malas, y las pasaba de claro en claro, sin poder conciliar +el sueño. Padecía de un mal que tiene su denominación retórica, como +achaque de poetas y de los héroes trágicos y épicos, y consiste en la +presencia de personajes imaginarios que hablan, sombras de entes que +han existido, y que vuelven a este mundo a manifestar algo de interés +para los vivos. A tal forma de personificación llaman los eruditos +_idolopeya_. Comúnmente, a don Pedro se le aparecía la incógnita en +forma cadavérica, que dejaba entrever su hermosura, y se ponía a +decirle cosas... «Me he muerto... ¿No ves que soy difunta?... ¡En +buena te he metido, pobre capellán de secano!... Bien hubiera querido +evitarlo; pero como me morí tan de repente..., ya ves... No puede una +dejar de morirse cuando Dios lo dispone... Hice un gran esfuerzo por +vivir un poco más, anhelando decirte lo que debía, y librar tu alma de +tan grande zozobra, pobre clérigo; pero no pude..., y me morí pensando +en ti y en él... ¡Pobre Fernando!, ¿qué hará?... Me maldice... Mi +alma no halla la paz; la muerte no me ha dado el descanso... Horrible +pena, ansiedad sin nombre me hacen insensible a las llamas del +purgatorio. No me duelen las quemaduras: me duele la conciencia... +Pedro Hillo, perdóname...». Recitado este parlamento u otro no menos +espeluznante, la sombra se iba por donde había venido, y don Pedro se +cubría la cabeza con la sábana, tratando de evitar la repetición de la +_idolopeya_. + +Por fin, ¡alabado sea Dios!, cuando él menos lo pensaba, tuvieron +término feliz las angustias del bendito sacerdote, víctima de su +inmensa bondad. La misma tarde en que ocurría la escena de café que +poco antes se ha referido, quiso espaciar su ánimo don Pedro, y tiró +hacia el Campo de Guardias, en cuya aridez esteparia estuvo dando +vueltas y más vueltas como una media hora, deletreando los cardos +y yerbecillas petisecas del suelo, hasta que sintió un deseo, una +indefinible comezón de volverse a Madrid y a su casa. Ya caía la tarde +cuando entraba por la Puerta de Fuencarral. En la calle del mismo +nombre detúvose para comprar papel de cartas, pues tenía propósito de +reanudar la comunicación epistolar con los parientes que le quedaban +en Zamora; compró asimismo una cajita de obleas, y avivó después el +paso hacia su domicilio, pensando en que para distraerse y evitar las +_idolopeyas_ se pasaría la mayor parte de la noche escribiendo. + +Pues, señor: llega mi hombre a la casa de Méndez, y al abrirle la +puerta, Delfinita le da el jicarazo: + +—¡Vaya unas horas de venir! Aquí ha tenido usted una señora esperándole +toda la tarde. + +El estupor de don Pedro fue tal, que se le atragantó la palabra. Creía +soñar. Añadió la chica nuevas explicaciones, conduciéndole a su cuarto, +pues el pobre clérigo no sabía por dónde andaba y se daba de hocicos +contra las paredes. + +—¡Una señora!... ¿De qué clase?... ¿Gran señora..., mujer..., criada? + +—Bien vestida..., muy decente. Madre dice que parece criada de personas +muy principales. Cansada de esperar se ha ido, dejando una carta. +Mañana volverá por la contestación. + +—¡Una carta!... Delfinita de mi alma, no bromees... Por Dios, una +luz... ¿Dónde está esa carta?..., yo no la veo..., no veo... + +Entró en el cuarto doña Cayetana, con el quinqué encendido. _Fiat lux_. +¡Dios poderoso! Cuando don Pedro cogió con mano trémula la carta y vio +en el sobrescrito la tan conocida y deseada letra de la incógnita, a +punto estuvo de perder el conocimiento. Se dejó caer en una silla. En +sus oídos zumbaba la campana gorda de Toledo. + +—Hijo, no se asuste... —le dijo la patrona—. Le daré una tacita de +caldo. + +Por señas, pues hablar no podía, díjoles don Pedro que no quería caldo, +sino que le dejaran solo con su carta, con su quinqué encendido, con su +sensación hondísima de terror, de júbilo, no sabía de qué... Salieron +las hembras, y lo primero que hizo el hombre, la carta sin abrir en +su mano fría, fue recoger su espíritu y dar gracias a Dios... Era su +letra, su letra, aunque un poco insegura; era ella misma, la divinidad, +que o no se había muerto, o resucitaba en forma epistolar... ¡Ay, +ay!..., ¿qué sería, qué diría..., qué...? Veámoslo. + + «Señor don Pedro, mi grande y fiel amigo: No me he muerto, no... Pero + si así lo ha creído usted, ¡qué poco, ¡Jesús mío!, ha faltado para + que acierte!... He pisado el negro umbral; he visto la inmensidad + eterna... Dios no me dejó dar el último paso, y quiso que atrás me + volviera: me mandó vivir algo más, no sé cuanto..., presumo que + no será mucho... Me sacramentaron..., por muerta me tuvieron. No + duró menos de tres horas aquel simulacro de muerte. Sospecho que + me amortajaron... Volví a este mundo: me encontré de súbito en la + compañía de mis penas, por lo que conocí que vivía... + + »Notará usted que mi pulso flaquea. Con gran esfuerzo puedo escribir + esta, que no será larga, no. Diré no más que lo muy preciso... + Manifestado el motivo de mi largo silencio, no necesitaría pedir a + usted perdón. No obstante, lo pido. Considero lo que habrá sufrido + usted, pobrecito capellán mío, y el sobresalto, la incertidumbre de + su alma generosa. Creo yo que me han vuelto a la vida mi ansiedad, + el deseo ardiente de hablar con usted, de hablar de Fernando, de + proseguir mirando por él y luchando por recobrarle. ¿Le recobraremos? + ¡Ay, mi pena es muy honda!... Pienso que ya no le veré más, que + ha huido de nosotros para siempre, que se va, que se nos pierde + en el torbellino de sus pasiones exaltadas... Quizás tengo yo la + culpa, y esto me quita todo consuelo. Quizás mi intransigencia y + excesivo rigor le alejan de mí..., y no puedo, no puedo resignarme + a ello... Al borde del sepulcro, sintiéndome ligada a la vida por + un solo pensamiento, vi claramente mi error, y juré enmendarlo en + cuanto pudiera. Transijo..., cedo..., cedemos y transigimos, señor + capellán. ¡Deshonor, rebajamiento, palabras vanas! Lo que importa + es que Fernando viva; que esté, ya que no conmigo, cerca de mí; + que yo le sienta próximo; que pueda dirigirle; que yo alimente mi + cariño diciéndole lo que se me ocurra, aunque él no me haga caso. + Comprenderá usted, señor don Pedro, la formidable razón de este + anhelo mío. Nunca quise expresar mis sentimientos con explícita + frase: dejándolos velados, como mi persona, me parecía que eran _más + míos_..., no sé si me explico bien. Pero ya no, ya no más misterios + inútiles..., ya me estorba la discreción, la delicadeza me es + odiosa. Aunque la perspicacia de usted me ha cogido la delantera, yo + quiero decirle lo que ya sabe, y así mi pobre alma se descarga de un + insoportable peso. Fernando es mi hijo... Y esto que escribo quisiera + que él lo leyese, y a él mismo se lo escribiría gozosa, añadiendo: + “Hijo de mi alma, perdóname. Reconozco tu independencia; acato tu + libre albedrío. Tus amores no me gustan, pero los respeto. Acabemos + esta horrenda lucha. Dime tus condiciones, y nos entenderemos”. + + »¿Qué le parece a usted, mi buen amigo? No estoy para más luchas. + Viviré corto tiempo. Depongo mi orgullo, ridiculeces, artificios de + clase y de nacimiento, cuyo valor es nulo ante la naturaleza, ante + los afectos elementales. Me resta poca vida. En esta poca vida quiero + tener un día, un solo día inefable: aquel en que yo pueda decir a + mi Fernando lo que soy para él. Su corazón es noble. Tiene a quien + salir. Confío que él hará muy dulce y bello ese día, ese gran día, + después del cual pocos han de quedarme. + + »¿Y dónde está? ¿A dónde ha ido a parar esa criatura, arrastrada de + su vértigo y demencia? Mis noticias son vagas, incompletas; no me + fío: no me inspiran los informadores que ahora me sirven la confianza + de los que en otros días me comunicaban hasta el respirar de mi + querido Fernando... Lo que sí tengo por indudable es que partió de + Madrid el día 14 en la diligencia de Valladolid y Burgos. Antes + de salir de aquí escribió a su amigote Escosura, que ha vuelto al + servicio activo en el ejército de Córdova. Debo rectificar lo que + dije en nuestra anterior campaña respecto al oficialete de Artillería + y al apoyo y protección que daba a las locuras de Fernando. Un error + de información me hizo atribuir al don Patricio la culpa de otro + tarambana, amigo de los dos, y no menos desordenado en su vida. + Espronceda, el poeta de las pasiones violentas, de los ayes de + desesperación, cantor de piratas, corsarios y ladrones, fue quien + alentó a Fernando a la rebeldía, enseñándole la teoría y práctica + de los raptos de muchachas. El que de niño ya conspiraba, fundando + los _Numantinos_, sociedad de jacobinismo infantil; el que en unión + de otros chicuelos mal educados escandalizó a Madrid con la llamada + _Partida del Trueno_, que se divertía en apalear, romper cristales + y cometer mil desafueros, no podía inspirar cosa buena a ese ángel + echado a perder. ¡Con tal maestro, qué había de hacer Fernando! + + »Me consta de un modo indudable que Espronceda le ha incitado a + correr tras de la chica de Negretti, calentándole los cascos con + la poética al uso, que es en aquellas cabezas destornilladas lo + que los libros de caballerías en la del pobre don Quijote. Esto de + romper todo vínculo social; esto de despreciar toda conveniencia + por satisfacer anhelos del alma soñadora; esto de querer traernos a + la vida presente los hechos de generaciones medio salvajes, falaz + armazón de dramas y poemas; esto de tomar en serio los delirios de + los poetas del día para quienes la vida no es más que una visión de + lo pasado, es muy del carácter de Espronceda, a quien yo metería de + buena gana en una casa de orates. Su simpatía por Fernando se funda + en la comunidad de errores, pues también Espronceda está enfermo + de pasión insana, y corre tras de una _Aura_ que conoció en Lisboa + cuando estuvo emigrado. Por último, mi señor don Pedro, el endiablado + cantor de aventureros, cosacos y otras gentes de mal vivir, ha + facilitado a Fernando su viaje al Norte, poniéndole en relaciones + con un sujeto de historia, que va también hacia allá con fines que + ignoro, aunque me da en la nariz que son políticos. Es el tal un + sujeto llamado Rapella, natural de Palermo, que hace años andaba por + Argel, ejerciendo la medicina; casó allá con una española; vino a + Madrid, donde se estableció como cambiante, logrando injerirse en + Palacio y ser honrado por Su Majestad con diferentes comisiones, + entre ellas la de traer y llevar recados a Nápoles. Él fue quien + acompañó a la princesa que vino a casarse con don Sebastián. Pero + en lo que más se ha lucido el hombre ha sido en tender hábilmente + los hilos de la intriga que ha dado en tierra con nuestro bonísimo + Mendizábal. El siciliano servía de correo de gabinete entre Istúriz + y la reina, y todas las noches iba al Pardo secretamente, no siempre + solo, pues el mismo Istúriz u otros le acompañaron más de una vez. El + viaje de este pájaro al Norte paréceme a mí que significa una nueva + y desesperada tentativa para el arreglo con don Carlos, mediante un + convenio de familia o pastel dinástico, que aún no ha sido puesto al + horno y ya huele a quemado. Allá veremos. + + »Pues bien, mi querido y respetable Hillo: en compañía de ese + intrigante y correveidile salió Fernando de Madrid. Como Rapella + lleva salvoconducto, podrán penetrar en el campo faccioso, en el + campo cristino y donde quieran. ¡Qué cosas vemos en nuestra bendita + nación! Ignoro si ese descarriado hijo intimará verdaderamente con + su acompañante: me figuro que no, por más que cerca de él desempeña + las funciones de secretario, o quizás las de escudero. Esto me + enloquece... ¿Y aún no abrirá los ojos nuestro pobre Telémaco? + + »Ya no puedo más. El esfuerzo que he tenido que hacer para escribir + esta, solo Dios lo sabe. Pero mi voluntad se sobrepone a mi extremada + languidez. Después de esta valentía, estoy más sosegada. No, ya + no le impulsaré a usted a nuevas aventuras, mi pobre Hillo; ya no + comprometeré más su buen nombre, su decoro. Han cambiado las cosas. + Transigimos, y ya no es ocasión de decir a nuestro Mentor que se + lance por senderos tenebrosos tras de su discípulo. Basta, basta de + locuras. Pero si no hemos de perseguirle, pensaremos en averiguar + su paradero, para que usted, con su dulce voz de amigo, le diga: + “Ven, hijo, ven: todo se te perdona y todo se te permite”. Y como + esto hemos de concertarlo juntos, se acabó el incógnito: me quito + la careta. La invisible, la escondida tutora se revela por fin. El + misterio es ya imposible. Mi revelación, eso sí, permanecerá como un + hecho absolutamente reservado, secreta inteligencia entre usted y + yo; no necesito de su juramento para saber que puedo contar con su + incondicional lealtad en este punto. + + »La persona que lleva esta carta es de mi confianza. Me traerá + esta noche su respuesta; todo lo que usted quiera escribirme. + Presumo no serán pocas las cosillas que tiene que contarme. No haga + usted preguntas de ninguna clase a la intermediaria, porque es la + discreción misma, y ya sabe que su única misión es llevar y traer + los recados que se le confíen. Por ella sabrá usted el día y ocasión + en que ha de verme, para que hablemos y dispongamos todo lo que nos + dé la gana. Solo espero a reponerme un poco, dos o tres días no más. + Me siento muy fatigada; vivo de milagro... Que me escriba, señor + capellán; que me diga usted muchas cosas, muchas, aunque sea para + reñirme. Adiós, hasta luego». + +Leyó de nuevo la carta don Pedro, más que gozoso, alborozado; y aunque +la carta no aclaraba por completo las dudas respecto a la condición +social de la mascarita, la promesa que esta le hacía de quitarse el +velo, que así ocultaba su rostro como su personalidad, motivo era de +satisfacción y júbilo. Sin acordarse de comer ni parar mientes en que +para este fin capital le había ya llamado dos veces Delfinita, no pensó +más que en escribir a la velada, pareciéndole poco el papel que al +volver a casa se le había ocurrido comprar. + +«¡Vaya, que no ha sido esta mala corazonada! —se decía sonriente, +preparándose de tintero y pluma—. ¿Por qué me dio aquel súpito de +comprar papel?... ¿Por escribir a los primos? No, no, no era esto: +tres veces les he escrito, y no me han contestado esos tunantes... +Fue que yo barruntaba... Lo presentía dudándolo; lo creía temeroso de +equivocarme... ¿Qué voz secreta me dijo en la calle de Fuencarral que +esta noche necesitaría escribir?... ¿Qué travieso geniecillo...? ¡Oh, +no hablemos de geniecillos los que creemos en el Espíritu Santo!». + + + + +XV + + +Es ahora forzoso que así el que lee como el que escribe corran en +seguimiento del llamado Rapella con toda la celeridad que los medios +de locomoción de aquellos calamitosos tiempos permitan. Ello es que +como el tal siciliano, argelino, o lo que fuese, y las personas que +le acompañan hacia el Norte nos han tomado la delantera en estos +endiablados caminos, no hallaremos galeras bastante veloces ni postas +bastante rápidas para darles alcance, como es nuestro deseo, en los +llanos de Castilla. ¡Y gracias que a todo tirar y a todo correr, +reventando un pobre rucio con alas, degenerada descendencia del Pegaso, +podemos cazarles en un poblado llamado Gamarra, radicante a corta +distancia, por el norte, de la nobilísima ciudad de Vitoria! Gran dicha +fue para los que les perseguíamos que en aquel lugar se detuviesen los +viajeros, pues de continuar su camino con la atroz arrancada que traían +de Madrid, no les cogiéramos en toda la vida. Recorrido en diligencia +el largo trayecto desde Madrid a Burgos, siguieron hasta Miranda en +postas que pudieron conseguir con gran dispendio; de allí en carromato +hasta La Puebla de Arganzón, donde alquilaron caballerías para llegar +a Vitoria, y sin entrar en la ciudad, escabulléndose por las Brígidas +y todo el contorno de poniente, fueron a coger el camino de Bilbao, +hasta dar con sus molidos huesos en Gamarra Mayor. Detuviéronse allí +con el doble objeto de tomar algún descanso y de procurarse medios de +proseguir su caminata, la cual no podía ser ni cómoda ni divertida, +metiéndose, como era su propósito, en un país en armas, en el cráter +mismo de la espantosa guerra civil. + +El parador propiamente dicho hallábase ocupado en aquellos días por +portugueses de la legión mandada por d’Antas; los viajeros hubieron +de albergarse en una casa próxima, casi llena también de soldados +lusitanos y españoles, con mayor número de caballerías que de personas. +Instalados sin ninguna comodidad, el furibundo apetito les sazonaba +la mala comida, y el cansancio les hacía llevaderas las fementidas +camas. Allí se les dijo que el país venía padeciendo desde el año 34 la +continua invasión militar, alternando facciosos con isabelinos. Toda +la Llanada estaba perdida, la labranza muerta, los ganados dispersos; +el invierno había sido muy crudo; el deshielo de las grandes nevadas +aumentaba extraordinariamente el caudal de los ríos, y al humilde +Zadorra se le habían hinchado de tal modo las narices, que ningún +cristiano se atreviera con él para vadearlo. Corría ya la segunda +quincena de mayo, y aún había copiosa nieve en los altos de San Adrián +y la Borunda. + +De tres personas no más constaba la caravana que hemos venido +persiguiendo, y era jefe o capitán de ella un sujeto espigado y enjuto, +en quien podría verse la reproducción exacta de don Quijote, quitando +a este diez años, dándole un poco más de carnes, y una ligera mano de +belleza y frescura en el rostro. Pero si en la figura recordaba al +hidalgo cervantino, en la palabra, dulcificada por el acento italiano, +se perdía toda semejanza, y más aún en la expresión y modales, pues +aunque de perfecta educación y notable finura, el personaje poseía +todas estas prendas sin entonarlas con la gravedad ceremoniosa del gran +caballero de la Mancha. El primer rasgo de carácter que sorprendía el +observador en el aventurero Aníbal Rapella, al echarle la vista encima +en su alojamiento de Gamarra Mayor, era la presunción, el cuidado de +su persona. Llevaba infaliblemente consigo una cajita con los avíos y +menjurjes de la decoración capilar y facial, y ya le cogiera la mañana +navegando con mal tiempo en un falucho entre África y Europa, ya en la +breve parada de diligencia o carromato, rodando por inhospitalarias +tierras, nunca dejaba de consagrar a su _toalleta_, una horita larga, +cuando menos media hora, en casos de premura. A esta devoción del +buen ver unía el siciliano el orgullo de una salud de hierro, de +la que hacía continuo alarde, y el apostolado de ciertos preceptos +higiénicos que entonces ofrecían novedad. Así, en aquella fría mañana +de mayo, entre siete y ocho, le vemos en mangas de camisa, al aire +libre, lavoteándose con agua fría en un artesón que pudo procurarse. +Y entre la admiración y risa de los que le contemplaban, sostenía, +tiritando, que aquello era el puntal de la vida. Lo que hizo después, +metido en su aposento, cuya puerta no se cerraba y cuya ventana tenía +los cristales rotos, debió de ser largo y prolijo, porque el hombre +quedó fresco, refulgente, afeitado con gran esmero, limpio y oloroso; +su largo bigote relucía totalmente negro, y en la ropa no se veía una +mota. Aún no había terminado, cuando se le presentó el que llamaremos +segundo de la caravana, español y navarro, natural de Ablitas, que solo +se parecía al escudero de don Quijote en llamarse Sancho (de apellido, +no de nombre: Ezequiel Sancho), sujeto de mediana estatura y complexión +recia, amarilla la tez, ojos verdosos, y el pelo en escobillón. Habíale +mandado el señor con un recado que, por la razón que traía, debió de +resultar infructuoso. + +—No está el brigadier. Después de recorrer una por una las casas del +pueblo, me ha dicho persona verídica que la brigada que manda ese señor +no está ya en el ejército del Norte, sino en el de Aragón. + +—La brigada podrá estar en otra parte; pero Narváez puede haber quedado +mandando otra división. Al menos así se decía en Madrid. + +—En Madrid dirán lo que quieran; pero el señor don Ramón María Narváez +no está aquí, porque está en Aragón, a no ser que pueda un nombre estar +mismamente en dos partes del mundo, Aragón y la Llanada de Álava. + +—¡Cuerpo de tal, sí!... Como tú, que estás al propio tiempo aquí y en +Babia... ¿Quién te ha dado esos informes? + +—Un señor coronel a quien conozco desde que él tenía diez años. Serví +en su casa: su madre, gran señora; sus hermanos, guapísimos. Como hijos +de militar, arrimados a la milicia... La señora me regañaba porque en +los ratos libres nos poníamos todos, niños y criados, a jugar a los +soldaditos. A este le quise más que a ninguno, y el día que salí de la +casa lloraba el pobrecico... Yo también lloré, porque le quería. Era +un ángel... La señora nos hacía rezar el rosario de rodillas, y él se +ponía junto a mí, haciéndome garatusas... Pues como iba contando, todos +los hermanos siguieron la carrera militar..., este... + +—¿Quién es?... ¡Acaba de una vez, condenado! —exclamó Rapella dando una +patada—. Aburres al Verbo Divino con tus historias. + +—A eso iba. + +—Quién es, te pregunto. + +—Don Leopoldo O’Donnell. + +—Acabáramos. + +—Decía que todos los hermanos, respirando como la madre por el +absolutismo, se han ido a la facción; este es el único que ha dicho: +«¡Pues libertad, ea!», y ahí le tiene usted con veintiséis años y ya +coronel, propuesto para brigadier. ¡Me da un gozo cuando le veo!... +Oiga usted: a los once años ingresó en el _Imperial Alejandro_; a los +quince era la misma formalidad, tan gallardo con su uniformito... + +—Basta... ¡Si no quiero cuentos, Sancho; si me apestan tus historias! +¿Dónde y cuándo has visto a O’Donnell? Te advierto que es amigo mío; +luego nos hemos de ver, y si me cuentas algún embuste o le has contado +a él alguna inconveniencia, ten por seguro que lo he de saber. + +—Le encontré no hace un cuarto de hora, cuando volvía yo para acá, +después de despernarme por todo el pueblo. Salía de su hospedaje, dos +casas más arriba, con cuatro oficiales de su regimiento... + +—¿Manda _Gerona_? + +—_Gerona_, sí, señor. Por cierto que el año 34, siendo Leopoldito +segundo comandante de la Guardia... + +—¡Que no quiero historias, que no quiero historias! —gritó Rapella +fuera de sí, esgrimiendo unas pinzas con que se arrancaba algunos pelos +que asomaban en su nariz—. Adelante... A lo que te pregunto. + +—Pues iba diciendo que en cuanto le vi, me fui derecho a él... ¡Qué +sorpresa, qué alegría! Claro que me reconoció, y dijo: «¡Sancho!», +así, con..., con confianza..., y yo dije: «Niño mío, mi don +Leopoldito...», así, con..., con tristeza, porque me acordaba de +aquellos tiempos felices, que ya no volverán... Me acordaba de cuando +su mamá, aquella respetabilísima y santa señora... + +—Sancho, que te pego. + +—Voy..., voy... Pues hablamos un ratito..., le dije que venía al +servicio de un señor diplomático... + +—Muy bien. + +—Y él se admiró..., y luego..., nada... Notando yo que quería seguir +hablando con sus compañeros, de cosas del servicio, me despedí, y +cuando le besaba la mano tuve el buen acuerdo de preguntar por el señor +brigadier Narváez, y me dijo lo que consta. + +—Vamos, hombre, gracias a Dios que dejas a un lado la paja y vienes al +grano. Pues mira, Sancho, corre al instante en seguimiento del coronel +de _Gerona_, y el mismo recado que te di para Narváez se lo encajas a +él. ¿Has perdido la boleta con mi nombre?... Ahí la tienes: bien... +Pues vas, le sueltas la boleta y le dices que deseo hablarle; que me +señale hora y sitio... ¿Estás? Corre, Sancho amigo, que necesitamos +ganar horas, minutos... + +Salió Sancho presuroso, y el señor Rapella, abreviando los últimos +trámites de su complejo tocador, dio golpes con los nudillos en una +puerta próxima, diciendo a gritos: + +—Fernando, hijo, ¿duermes todavía? + +Como no recibiera contestación, empujó las mal ajustadas tablas +que componían la puerta, y penetró en un camaranchón que recibía la +claridad de un tragaluz del tamaño de medio pliego de papel. Allí, +entre arcones cubiertos de polvo, sacos de paja y viejos instrumentos +de labranza, yacía durmiendo bajo una manta Fernando Calpena, el cual, +si despertó a las voces que daba su amigo, hubo de tardar algún tiempo +en vencer el embrutecimiento que un profundo dormir en cuerpo tan +cansado producía. Viéndole desperezarse, Rapella le dijo: + +—Levántate pronto, y vístete y arréglate. ¿Conoces tú a O’Donnell? + +—¿Enrique? + +—No: Leopoldo. + +—No le conozco. A su hermano sí: en Madrid le dejamos. + +—Porque verás: tropezamos con un grave inconveniente. Mi íntimo +amigo Ramón Narváez, con quien yo contaba para que nos proporcionase +caballos, no está ya en este ejército. Yo, la verdad, aunque traigo +carta para Córdova, no me atrevo a presentarme en el cuartel general +en estas circunstancias... En el momento de iniciarse un movimiento de +avance hacia las líneas de Arlabán, no me parece oportuno dar a conocer +que vamos al cuartel de don Carlos. + +—Sí; podrían creer que llevábamos noticias de los movimientos del +ejército cristino —dijo Calpena sacudiendo la pereza—. ¿Y en efecto, +se mueve Córdova?... Yo creí que soñaba, oyendo desde antes del alba +cornetas y tambores... Soñé, ¡qué desatino!, que debajo de mi jergón se +estaba dando la batalla de Bailén, y que no la ganaba Castaños, sino +Mendizábal. Ya ve usted qué desatino... + +—Intentaré entenderme con O’Donnell: le trato poco; es muy frío; parece +un reverendo inglés. ¿Y a quién conoces tú en el ejército? + +—A muchos. Pero con encontrar a Patricio de la Escosura, tendremos lo +que queramos. + +—Facilillo es hoy cogerle. ¡_Mali pri mia_! —dijo Rapella, lanzando una +exclamación siciliana—. Ya siento que no entráramos en Vitoria. + +—Si el ejército se pone en marcha, será como buscar una aguja en un +pajar. ¡Fuera pereza!... ¡Ah!, también conozco a Juanito Pezuela y a +Ros de Olano. + +—Pues anda, hijo, anda, y mientras tú brujuleas por un lado, yo +procuraré conquistar la fría voluntad del coronel de _Gerona_, y +buscaré a Malibrán, grande amigo mío, y a Pepe Concha. También está +en el cuartel real Mariano Girón, el hermano del duque de Osuna; a +los dos les trato... Pero no es prudente que nos vayamos tan a fondo. +Procurémonos tres caballerías, aunque sean de desecho, y escapemos +hoy mismo por el camino de Villarreal, donde, según lo que allí nos +digan, tomaremos la dirección más expedita para colarnos pronto en la +mismísima corte del señor Pretendiente. + + + + +XVI + + +Arreglose Fernando a toda prisa, chapuzándose en agua fría, que el +mismo Rapella con todo su empaque le trajo en un cubo, y al cuarto +de hora ya corrían los dos por las calles del pueblo, inquiriendo y +tomando lenguas en busca de estos o los otros amigos. El don Leopoldo +recibió al italiano en medio de la calle con glacial cortesía, y +a las primeras de cambio, hubo de oponer a su pretensión reparos +y dificultades que equivalían a una cortante negativa. Así lo +comprendió el otro, y como hombre agudísimo, de larga vista social, no +insistió, absteniéndose al propio tiempo de preguntar cosa alguna que +transcendiese a movimientos de tropas. Con astuta diplomacia, no ocultó +al coronel que llevaba al cuartel de don Carlos una misión reservada +cerca del infante don Sebastián Gabriel: + +—Arreglos de familia, ciertas negociaciones, ¿me entiende usted?, para +las cuales llevo poderes de Su Majestad el rey de las dos Sicilias, de +la princesa Carolina... y de otras elevadísimas personas..., asunto +que, si bien de carácter doméstico, podría influir grandemente en la +cosa pública, en la guerra, en la paz... + +Oyó estas historias don Leopoldo con flemática atención, sin demostrar +un interés muy vivo en tales componendas. Era un chicarrón de alta +estatura y de cabellos de oro, bigote escaso, azules ojos de mirar +sereno y dulce; fisonomía impasible, estatuaria, a prueba de emociones; +para todos los casos, alegres o adversos, tenía la misma sonrisa tenue, +delicada, como de finísima burla a estilo anglosajón. Despidiose, +al fin, cortésmente del estirado Rapella, dejándole en extremo +descorazonado. ¡Ah, si estuviera allí Narváez, aquel temperamento +ardiente, imperioso, altanero, gran servidor de sus amigos! Para las +situaciones de grande apremio, había puesto Dios en el mundo a los +andaluces, con toda la vehemencia de sus afectos y todo el fuego de su +torera sangre. + +Más suerte tuvo don Fernando, que, a fuerza de huronear, metiéndose en +los grupos de oficiales que a lo largo de la carretera encontraba, dio +al fin con Ros de Olano, que a caballo venía con Pepe Cotoner. Grande +y placentera fue la sorpresa de los simpáticos jóvenes al encontrarse +en el propio teatro de la guerra a un disperso amigo de Madrid, con +quien habían alternado _en los dorados salones_, como solía decirse. +Los interrogatorios fueron festivos y breves por una y otra parte, pues +no era ocasión de entretenerse en extensos relatos. Formuló Calpena la +pretensión suya y de su compañero Rapella, a quien de nombre conocían +los otros por la fama de su metimiento en Palacio, y no respondieron +dando esperanzas de una fácil solución. Cuando les notificó que iban +al cuartel de don Carlos, mostraron inquietud y asombro; pero Fernando +se apresuró a quitar por su parte todo matiz político a tan desatinado +viaje, diciéndoles: + +—El objeto de mi compañero es un asunto de la Familia Real, cosas +del rey de Nápoles y del infante don Sebastián; el objeto mío es +apoderarme, por la fuerza o por la astucia, como pueda, de una mujer, +de mi novia, que me ha sido robada infamemente. Es huérfana, señores, +¡cuidado!; se la disputo a un tutor, como en las comedias que ya están +pasadas de moda. + +Acogida fue tal revelación con grandes risotadas, y para predisponerles +más a su favor, encareció Calpena los peligros y el dramático misterio +de la aventura que emprendía sin auxilio de nadie, y en la cual, +puesta resueltamente toda su voluntad, no veía más que dos términos: +la victoria o la muerte. Imaginaciones lozanas, espíritus juveniles +y entusiastas, que adoraban el bien y la belleza, Ros y Cotoner +manifestaron a Fernando una simpatía ardorosa, y a este, que no a otro +resorte, debieron los expedicionarios la solución de la dificultad en +que les puso la ausencia del brigadier don Ramón Narváez. + +A la hora y media de este coloquio de Calpena con sus amigos en medio +del camino, él a pie, los otros a caballo, recibieron los viajeros dos +magníficos jamelgos cojitrancos y un mulo lleno de mataduras, que les +parecieron bajados del cielo, y las más gallardas cabalgaduras que +habían visto en su vida. No quisieron entretenerse allí, temerosos de +que se las quitaran, y tomando a toda prisa un par de bocados y algunos +tragos de vino, picaron espuela por el camino de Villarreal; Rapella +y Fernando caballeros en los rocines, Sancho con las maletas en el +matalón. + +Mientras estuvieron a la vista del pueblo no iban muy tranquilos, y +arrimaban espuela y látigo a las caballerías para ponerse pronto a la +mayor distancia; después aflojaron, porque harto les significaban las +pobres bestias que por su edad y achaques no estaban ellas para largos +trotes. En todo el día, nada les aconteció digno de referirse. A la +caída de la tarde, merendaron de los abastecimientos que el precavido +Sancho había cuidado de recoger en el parador, y a eso de las siete les +dieron el alto las avanzadas carlistas. Como iban con toda seguridad, +pues Rapella llevaba pasaportes y salvoconductos expedidos por quien +podía hacerlo, y además cartas para Villarreal, Guergué y otros a +quienes personalmente conocía, nadie les molestó, y siguiendo hacia el +interior del Estado faccioso, franquearon, con ayuda de un guía del +país, un alto monte hasta dar en un caserío próximo a Arechavaleta, +donde se aposentaron y durmieron unas tres horas. Al siguiente día +continuaron su marcha por laderas pobladas de bosque, hasta salvar la +divisoria entre los ríos Deva y Aránzazu por Beloña, y a media tarde +vieron bajo sus pies las torres y chapiteles de la noble Oñate, en la +cual hicieron su triunfal entrada a punto de las seis. + +Como a tal hora volvían a sus viviendas innumerables paseantes, la +entrada de los tres viajeros en la capital del absolutismo por la +calle _Zarra_ fue objeto de gran curiosidad y sensación. Los grupos de +clérigos y señorones se paraban a contemplarles; los chiquillos corrían +tras ellos; en ventanas y balcones asomaban las mujeres sus lindas +caras. El tipo de caballero noble que a Rapella distinguía, la juvenil +elegancia de Calpena, motivo fueron de comentarios, que corrían de boca +en boca con la rápida transmisión propia del ambiente social de un +pueblo aislado en que moran la ambición y la ansiedad. Favorables a los +viajeros eran las opiniones que a su vista se formulaban aquí y allá, +y el que menos los tenía por aristócratas castellanos o andaluces que +venían a rendir pleito homenaje a la majestad del rey legítimo. Los más +avisados creyéronles extranjeros, plenipotenciarios de alguna de las +cortes del Norte, que llegaban con mensajes y quizás con dinero. + +—Para mí —decía apoyándose en su bastón de puño de oro el señor don +Francisco Bruno Esteban, canónigo dignidad de Osma y Teniente Vicario +general castrense—, vienen de parte del rey de Prusia, y traerán un par +de millones cuando menos, que de este envío y de tal plenipotencia hubo +noticias no hace dos semanas. + +—No hay nada de millones ni de prusianos —afirmó el Ordenador, jefe de +la Hacienda militar y civil, señor Labandero—. Si acaso, traerá buenas +palabras... Me da en la nariz que son de la familia del entusiasta, +del generoso conde Roberto de Custine. ¿No notan ustedes el tipo de +caballeros a la antigua? + +—Ya lo hemos notado —dijo el orondo don Tiburcio Eguiluz, +Superintendente general de Vigilancia pública—. Para mí, no es otro que +el vizconde de la Rochefoucauld Jaquelin. + +—Hombre, me parece que está usted soñando, señor don Tiburcio. + +—Ya veremos quién sueña... + +Por indicación de Sancho, que conocía la localidad, apeáronse junto al +Ayuntamiento, a la entrada de la calle _Barria_, frente a la iglesia de +San Miguel, la mayor y principal del pueblo. Allí les era fácil tomar +lenguas de la mejor posada para los señores y de un parador para las +caballerías. Viéronse al punto rodeados de diversa gente. Militares, +paisanos, viejos, chiquillos y algunos clerizontes se abalanzaban a +ellos deseosos de servirles, con la tradicional afabilidad vascongada. +Sin que lo preguntaran, se les indicó el palacio de Artazcos, +residencia de Su Majestad, quien aquel día se encontraba en Elorrio. +Al oír esto, mostrose Rapella muy contrariado; pero habiéndole dicho +los circunstantes que Su Alteza el infante don Sebastián permanecía en +la villa y que residía en la Universidad, exclamó gozoso y enfático el +siciliano: + +—No podía Su Alteza, mi grande amigo, albergarse más que en el propio +templo de la sabiduría. + +Resolvió entonces entrar en una tienda de licores y pasteles que vio en +el costado de la plaza, sin que le moviera otro propósito que librarse +del enjambre de curiosos impertinentes y de chiquillos pegajosos, y +allá se colaron también dos señores capellanes, extremando su cortesía. + +—El mayor obsequio que pueden hacerme los que tan atentos se muestran, +es llevar al Serenísimo señor Infante un aviso de mi parte. Basta con +decirle que ha llegado su amigo Rapella y que desea pasar a ver a Su +Alteza en cuanto este se digne señalar hora para recibirle. + +No habían transcurrido quince minutos cuando a sus oídos llegaba esta +grata respuesta: + +—Su Alteza acaba de entrar de paseo, y dice que le espera a usted ahora +mismo. + +—Ya sabía yo —dijo reventando de satisfacción el siciliano y dándose un +tono tremendo entre aquella gente—, ya sabía yo que me recibiría sin +pérdida de tiempo. Tú, Fernando, espérame aquí. Si Su Alteza me convida +a cenar, como espero, te mandaré recado. Entre tanto, busca por ahí, en +lugar céntrico, un buen alojamiento para los tres. + +Y partió al instante con un capellán por cada lado y detrás un reguero +de gente diversa. En la puerta de la repostería dieron a Calpena razón +de un alojamiento próximo, añadiendo que tenían que resignarse a vivir +con alguna estrechez, por estar Oñate lleno de gente forastera, con +tanto empleado y tanto señor de oficina. Más que en la comodidad del +pupilaje, el pensamiento de Calpena se fijaba tenaz en el capital +asunto que embargaba su ánimo, y al punto empezó a formular preguntas: + +—¿Conocen ustedes a un señor don Ildefonso Negretti, que ha venido a la +contrata de armas y municiones? + +—¿Cómo dice usted...? ¿Negretti? El nombre no me suena. ¡Vienen tantos, +unos a proponer pólvoras, otros armas, otros provisiones de boca! ¿Es +por casualidad francés? + +—No, pero quizás lo parezca. Ha venido con él una sobrina, hermosa +joven, morena. + +—Ya sé quien es: bajito, la ceja corrida; mira un poco torcido. Trae +consigo una vieja y una señorita que parece tísica. + +—¡Tísica! No puede ser, a menos que... —dijo Fernando en la mayor +confusión—. A ver, denme las señas de esa enferma. Puede una salud +robusta desmejorarse rápidamente con los malos tratos. + +—Una damita flaca —dijéronle en vasco mal castellanizado—, con el pelo +de color de cola de buey. + +—No, no es esa... En fin: llévenme, si gustan, al alojamiento que crean +mejor, y ya emprenderé mis indagaciones con toda calma. + +Dos angelones como de doce a catorce años, guapines, rubios, cuyos +rostros infantiles mostraban ya la seriedad y aplomo de la raza, le +guiaron a la posada, de la cual era patrona la madre de uno de ellos, +el más tierno, de aficiones militares, según contó a Calpena. EL +otro, en quien ya la voz llueca manifestaba el paso de niño a hombre, +estudiaba para cura, y por de pronto, aprendía música con su padre, +organista de la iglesia mayor, y cantaba con él en las funciones. +Hallábase la hospedería en una calle estrecha que pone en comunicación +la _Barria_ con la de Santa María, y sale frente al torreón viejo del +palaciote de Artazcos, morada del rey absoluto. Buena era ciertamente +la tal casa; mas en días de tanta aglomeración resultaba estrecha, +incómoda, y los huéspedes vivían en ella como sardinas en banasta, +acomodándose cuatro en estancias donde tres no habrían tenido +suficiente holgura. A Calpena le metieron en una alcoba donde moraban +dos señores: un capellán nombrado Ibarburu, que del servicio castrense +pasó a desempeñar la secretaría del _Despacho de Gracia y Justicia_, +y un teniente coronel, impedido de una mano, que prestaba servicio +burocrático en la _Junta Provisional Consultiva de Guerra_; llamábase +Cerio, y era hombre muy vehemente, la pura pólvora, de un optimismo +delirante. Con ambos trabó conversación y amistad Calpena en cuanto +se instaló, y en la cena, servida a punto de las ocho, con lentitud y +apreturas, por ser corta la mesa para veinte que a ella se sentaban, +oyó mil noticiones y el animadísimo platicar de toda aquella gente. +Entre los comensales descollaba como número uno de los habladores el +tal don Ceferino Ibarburu, y metían bastante bulla don Teodoro Gelos, +médico de cámara, vocal de la _Junta Superior Gubernativa de Medicina +y Cirugía del Ejército_; don Juan Francisco de Ochoa, intendente, y el +señor Sureda, gentilhombre de Palacio. + +—¡Menuda paliza se habrán llevado a estas horas! —dijo Cerio, el +incorregible soñador de triunfos—. Y si no se la han ganado todavía, se +la ganarán mañana. + +—¡Vaya con las gracias que quiere hacer el señor de Córdova! —dijo +Ibarburu—. ¿Pues no se le ocurre al niño querer tomar las alturas de +Arlabán? + +Una carcajada burlona corrió de boca en boca por toda la mesa, y el +señor Gelos, que se preciaba de táctico, aseguró que las alturas de +Arlabán no las tomarían los cristinos ni con doscientos mil hombres. + +—La desgracia que tuvimos en enero en aquellas posiciones, cuando las +ocupó Narváez, fue por sorpresa... + +—Como que entonces no nos cuidábamos de aquella posición —indicó el +intendente—, y ahora la hemos fortificado. Es un hueso muy duro, donde +se dejarán los dientes esos señores si intentan roerlo. + +—Pero hablamos aquí sin conocimiento de causa —dijo Ibarburu +emprendiéndola con las habichuelas—. ¿Quién asegura que los cristinos +van contra Arlabán? Entiendo que el objeto de Cordovita es una simple +demostración militar hacia la Borunda. Este caballero (_señalando a +Calpena_), que acaba de llegar de Vitoria, nos dirá si las tropas +enemigas se dirigían hacia la Barranca o hacia las lomas de San Adrián. + +Declaró Fernando que a su paso por Vitoria, él y sus compañeros +de viaje habían notado movimiento de tropas, sin poder precisar +qué posiciones tomaban los cristinos ni a qué lugares, para él +desconocidos, se dirigían. + +—¿Pero el señor viene de Castilla? —dijo el gentilhombre Sureda +mirándole con su lente, pues era algo cegato, de formas corteses y +un tanto atildadas, calvo, muy limpio, prototipo de figura palatina +para desempeñar un papel decorativo junto a los candelabros y mesas +barrocas—. Yo entendí que estos señores diplomáticos venían de Francia, +y me dijeron que traían la estafeta de Viena y Berlín. Dispense usted. +No es que yo pretenda saber cuál es su misión. Ya sé que el otro señor +ha sido invitado por Su Alteza. + +—Es, según oí —apuntó Ibarburu—, napolitano, persona ilustradísima, que +en Madrid ayudaba al señor Infante en sus investigaciones arqueológicas. + +A todo asintió Calpena con medias palabras. De pronto, el médico Gelos, +con notoria grosería, se dejó decir: + +—¿Y qué...? ¿Nos traen ustedes _conquibus_? Porque para palabras +bonitas, excusaban de venir... Dispense..., aquí somos muy francotes. +Hace tiempo nos están mareando con el empréstito de Turín, que hoy, que +mañana... Pero el tiempo pasa, y _la mosca_ no parece. Cuando vuelva +usted a las cortes de Europa, señor mío, bien puede decir a esos +caballeros que ya basta de protección platónica; que aquí luchamos por +la causa de todas las potencias, por los tronos legítimos, contra las +revoluciones y el jacobinismo, y que deben ayudar a nuestro excelso +rey, no con _metáforas_ floridas, sino con metálicas razones... _por +cuanto vos contribuisteis_... pues así venceremos más pronto... Digo +más pronto, porque de todos modos, tarde o temprano, la victoria es +segura. Está decretada por el Altísimo, y a donde no lleguen las +valientes tropas de Su Majestad, llegará la intercesión de nuestra +Generalísima invencible, la Virgen de los Dolores. + + + + +XVII + + +De aquel inoportuno y desconsiderado Gelos se contaba que había sido +barbero, luego maestro de cirugía menor, pasando a titularse doctor +en Medicina por una serie de transiciones lentas. No carecía de +habilidad empírica; teníale el rey por un sabio, y puso en sus manos +la asistencia de los heridos de su ejército: fue de los enviados desde +Durango a la cura de Zumalacárregui, que resultó indocta, tardía, +funesta. Distinguíase Gelos en el real de don Carlos por sus opiniones +intransigentes; militaba con rabioso entusiasmo en el partido zaguero, +arrimado a las violencias absolutistas, a la cacería y exterminio de +liberales, partido en quien la barbarie no era inferior a la candidez. +Llamábanse los tales _netos_, _puros_, y su ridículo y brutal fanatismo +ocasionó el _menoscabo y vuelco_ de la Causa, como diría el historiador +Mor de Fuentes. Entre los netos y las principales figuras del ejército +real latía una guerra honda, que se manifestaba en la superficie con +el tiroteo continuo de acusaciones solapadas. Los valientes jefes de +división, sucesores de Zumalacárregui, detestaban a la camarilla, +haciéndola responsable de todas las desdichas. En cambio, los puros, +en cuyo negro enjambre descollaba la frailuna personalidad de don Juan +Echevarría, tenían por traidores a Villarreal, Gómez, Zaratiegui, +soldados valientes que habían ganado palmo a palmo el terreno donde +Carlos V pretendía establecer un ridículo simulacro de organización +política y administrativa. Era un Estado de papel, compuesto de +denominaciones enfáticas, burocracia sin materia administrable, +palaciegos sin palacio, intendencias sin dinero, ministros con las +carteras y las cabezas totalmente vacías. + +En la _posada de Iriarte_, que así llamaban al hospedaje de Calpena, +marcábanse claramente los dos partidos, pues si Gelos y Ochoa se +preciaban de facciosos a machamartillo, Sureda, Cerio, el mismo +Ibarburu y la mayoría de los demás huéspedes no veían con buenos ojos +la insolente preponderancia clerical; reconocían la lealtad y bravura +de los militares, y mostrándose devotos de la Virgen, y asistiendo +con edificación a todas las funciones de iglesia a que les llevaba la +santurrona piedad del rey, fiaban, más que en los rezos y letanías, en +el poder de las armas, en el eficaz aprovisionamiento de las tropas, +en la política seria, dirigida con templanza y arte mundano. A menudo, +en las conversaciones de la mesa salían a relucir estas diferencias, +atemperándose los disputadores al tono forzosamente grave y al matiz +opaco de aquella sociedad, donde eran mal mirados los que hablaban +demasiado fuerte, y tachados de masones los que proferían palabrotas +picantes. + +—Si el señor Gelos me lo permite —dijo con exquisita finura el +palaciego Sureda, echando vinagre en su plato de judías verdes—, +indicaré que de los empréstitos y de levantar fondos en el extranjero +se cuidará nuestro gran ministro don Juan Bautista Erro, que para algo +le ha traído de Londres Su Majestad. + +—Me aseguró ayer el señor obispo de León —manifestó Ibarburu, +impaciente ya por meter su cucharada— que el ministro trae planes +sublimes. Su Ilustrísima y don Juan vinieron juntos hasta la +frontera... Es indudable que al salir de Londres dejó el señor Erro +ultimado un empréstito de algunos milloncitos de libras esterlinas, +_vulgo_ monedas de oro de a cinco pesos. No nos saldrá este grilla, +como les salió a los cristinos el tal don Juan Mendizábal, que se vino +también de Londres con mucho viento en la cabeza, y luego... ¿qué? +Miseria, el inicuo despojo del clero regular, que es un robo, señores; +es como sacarle a uno el reloj del bolsillo... + +—Yo me alegro, sí señor, me alegro —dijo el señor Gelos, congestionado +de tanto comer, y aflojándose el dogal que la servilleta le hacía en +el cuello—. Ese escandaloso robo será la mecha que ponga fuego a la +mina. Los cristinos, en su satánica demencia, desafían a Dios..., ¡le +meten la mano en el bolsillo a Dios, señores, para quitarle lo que +pertenece a la santa Iglesia!... Me alegro, sí, me alegro, para que +vean, para que aprendan los que aún no están convencidos... Hablando +de esto, decíame esta tarde el señor Echevarría: «Es lo único que +faltaba para que Dios y la Virgen Santísima estuviesen de nuestra +parte...». Pues qué, todos esos caudales, ¿de quién son sino de nuestra +Generala? La piedad se los dio, el infierno se los quita. Bien, bien: +esto nos favorece. ¡Imagínense ustedes la cólera de Dios cuando haya +visto...! ¡Están locos, locos!..., y nosotros más locos todavía, si no +nos aprovechamos de estos desaciertos del masonismo, abandonando los +enjuagues y paños calientes para marchar decididos al exterminio de la +impiedad, de la revolución. + +—Muy bien: así habla un devoto fiel de la religión y el trono —dijo, +al extremo de la mesa, uno que se ocupaba en partir nueces para sí +y los inmediatos, y era un antiguo guerrillero cojo, empleado en la +_Superintendencia de Vigilancia pública_. + +—Yo no me meto en dibujos —declaró Cerio, comiendo también nueces, +único postre que había— ni entiendo de si se deben llevar las cosas por +lo blando o por lo duro. No pienso más que en el pie de paliza que a +estas horas habrá dado Villarreal a Cordovita. + +—¿Pero se ha roto el fuego ya? No hemos oído tiros. + +—Yo, sí. Esta tarde, viniendo de paseo por el camino de Aránzazu, +oíamos un espantoso tiroteo. Y unos viejos que bajaban del monte nos +dijeron que ayer rompió el fuego la división de Espartero contra el +castillo de Guevara, y que a la primera embestida quedaron patas arriba +como unos dos mil cristinos; que uno de los muertos es O’Donnell, +coronel del regimiento de _Gerona_, del cual solo han quedado doce +hombres. + +—Me parece, señor don Matías, que no está usted bueno. + +—Hombre, quién sabe, quién sabe... ¿Y dice usted que unos viejos que +venían...? + +—De San Adrián, a donde fueron a retirar cuatro vacas. Pues sí: Ribero, +con su división, atacó por Zuazo de Salvatierra, y toda la caballería +que llevaba se precipitó en un barranco, donde ya pueden ustedes +figurarse cómo quedaría. Desde aquí estoy viendo yo el montón de huesos +de hombres y caballos. + +—¡Bonito montón! También nosotros lo vemos, amigo Urra. + +—No reírse, señores, no reírse —dijo con gravedad el intendente señor +Ochoa—, que bien puede ser verdad lo que nos cuenta el amigo Urra. + +—Y aún se ha dicho más —prosiguió don Matías—. Unas mujeres que venían +de Ulibarri Gamboa contaron que reventó un cañón y mató a Córdova, +entrándole un casco por semejante parte, con perdón... + +—También cae dentro de la jurisdicción de lo posible —dijo don Teodoro +Gelos—; pero hasta que no venga el parte, pongamos en cuarentena +rigurosa todos esos barrancos llenos de caballería muerta, y esos +cañones que se hacen añicos tan oportunamente... Como yo soy de los que +creen en la Providencia..., ¡y lo digo muy alto!..., en la justicia +divina..., no me río de esas noticias..., las oigo y espero. + +El tal don Matías Urra, infeliz veterano del absolutismo, había +comenzado su carrera gloriosa en la Regencia de Urgel y en el servicio +privado del barón de Eroles. Emigrado a Francia, volvió a su tierra +en calidad de ayuda de cámara del conde Penne de Villemur, el cual le +tomó grande afición por su lealtad y esmero en el servicio. Deseando +asegurarle un porvenir decoroso, le colocó, siendo ministro de la +Guerra de don Carlos, en una humilde posición de Provisiones Militares. +Poco después, el señor Arias Teijeiro, prendado de su fidelidad, se lo +llevó a Gracia y Justicia como auxiliar de Secretaría, cargo puramente +nominal, pues le ocupaban en diversos menesteres; tan pronto se le +veía en _Correos_, como en la Comisaría de Vigilancia, siempre leal, +atento a lo que se le ordenaba, celosísimo por la causa del rey y +la religión. Queríalo todo el mundo en la llamada corte, y no por +humildes eran menos apreciados sus servicios. Hombre sencillísimo, +sin pretensiones, con tanta fe en la Causa como en Dios, distinguíase +por su actividad en la transmisión de todas las gratas mentiras que +eran el consuelo de la _ojalatería_ facciosa. No tenía familia, ni +más amor que el rey, por quien habría dado cien veces su inútil vida. +A más de poner en circulación mañana y tarde las nuevas fresquecitas +de descalabros cristinos, del pánico que reinaba en Madrid, de la +fuga de la Gobernadora, se había constituido en _avisador_ de todos +los triduos, novenas, funciones mayores, rosarios y demás religiosos +actos que en las iglesias y oratorios de Oñate se celebraban, para +edificación de las almas y alimento de las esperanzas políticas. El +bueno de Urra informaba puntualmente, preguntáranle o no; y dotado de +actividad prodigiosa, iba de casa en casa anunciando: + +—Esta noche desagravios en San Miguel; mañana trisagio en las +Franciscanas; en Santa Marina completas y salve, y en Bidaurreta +manifiesto y sermón del padre prepósito de San Agustín... + +Continuó picando la conversación en el candente asunto de la embestida +de los cristinos a las posiciones de Arlabán, que unos tenían por +cierto y otros no, y al fin, hartos de judías, huevos cocidos, pescado +en salmuera y nueces, empezaron a desfilar: los más impacientes y +activos resolvieron no acostarse sin ver confirmadas o desmentidas las +noticias guerreras que corrían, y para esto no había cosa mejor que +dirigirse a los _centros_, donde seguramente habrían llegado partes. + +—Yo me voy a _Guerra_ —dijo uno—, que algo sabrán allí. + +—Y yo a Palacio —declaró Sureda—; entro de guardia esta noche. + +—Pues yo —manifestó Ibarburu con retintín— me voy a _Gracia y +Justicia_, donde tenemos multitud de asuntos al despacho, y +francamente, ni el señor Arias Teijeiro ni yo gustamos de que se +aglomeren los negocios. + +Gelos se fue a la tertulia del señor Echevarría, al extremo de calle +_Barria_, y Matías Urra no se acostaba sin meter sus narices en la +botica, primero, y después en casa del señor vicario, su grande amigo. + +Retirose Calpena contento a su dormitorio, porque el trato de aquellos +señores, en general afables y comunicativos, dábale esperanzas del +pronto esclarecimiento de su magno asunto, y fijándose especialmente +en Urra, en quien vio un eficaz correveidile, sabedor de cuanto en el +pueblo ocurría, se propuso utilizar con maña su oficiosa complacencia. +Rendido de sueño, se acostó pensando que tal vez estaba muy cerca de +Aura. Bien podía ser que la enamorada doncella se encontrase a la otra +parte de aquel tabique o pared a que su lecho tocaba... Bien podía +ser, Señor; y si no era tanta la proximidad, en otro cualquier sitio +de la población o de los caseríos del valle se encontraría. Ya la +estaba viendo; la sentía respirar, la alcanzaba con su mano... Quedose +dormido con esta idea, y toda la noche se la pasó en un sueño, del cual +lo sacó Rapella muy de mañana tirándole de una oreja. + +—Levántate —le dijo— que es tarde y tenemos que hablar. Su Alteza me +hizo el honor de invitarme a su mesa. Llegué muy tarde a la posada. +Quisieron acomodarme aquí, en catre de tijera; pero yo, por estar +solo, he preferido un camaranchón alto donde guardan las ristras de +cebollas... Para poder uno arreglarse y hacerse la _toilette_, es +indispensable una habitación independiente, por pequeña y mala que sea. + +Notó Fernando, incorporándose para vestirse, que su amigo y jefe +estaba ya perfectamente revocado en rostro, cabellera y bigotes, bien +cepillado de ropa, limpio y oloroso. Se había sentado a los pies de +la cama, por no hallar silla disponible. Ibarburu, en planta desde +el amanecer, tomaba su chocolate en el comedor próximo. Cerio dormía +entapujado con la sábana, y roncaba. + +—¿Y qué tal? —le preguntó Calpena saltando del lecho—. ¿Cómo andamos de +negociaciones? + +—Chitón. Vístete, arréglate, y en la calle hablaremos. Yo me bajo, que +tengo que dar órdenes a Sancho. Te espero en el pórtico de la iglesia. +Ponte tu mejor ropa: vas a venir conmigo a ver al Infante, que desea +conocerte. + +Antes de veinte minutos se reunían Rapella y Fernando en el pórtico de +San Miguel y lo primero que hicieron fue entrar a oír misa. + +—Aquí, amigo mío —dijo el siciliano—, hay que atemperarse a las +costumbres y a la atmósfera levítica del pueblo. Oigamos misa +devotamente, y si cuadra oír dos, no será malo. + +¡Miren qué casualidad! Por entrar en la iglesia, se les apareció +Urra ofreciéndoles el agua bendita. Calpena se alegró de verle, y +afectuosamente le preguntó: + +—¿Se alcanza esta, amigo don Matías? + +—Ya no... —respondió el vejete, deshaciéndose en amabilidad—. Pero +entren los señores en la capilla del Sagrario y aguarden un poquito, +que va a salir la del señor padre prepósito. + +Oyeron su misa con gran recogimiento, y a la salida volvieron a +encontrarse a Urra, que les embistió amabilísimo: + +—¿No se quedan los señores a misa mayor? + +—Hoy no podemos —dijo Rapella—. Nos aguarda el Infante, y quizás +tengamos que ir antes de mediodía a Elorrio a presentarnos a Su +Majestad. + +—Su Majestad viene esta tarde. Por si no lo sabían, lo advierto a los +señores. También les digo que para confesar, la mejor hora es entre +nueve y diez. Ahora, ya ven los señores cómo están estos confesonarios. +Hoy se nos ha venido junta toda la oficialidad de Artillería, que +comulgará después en la tercera misa del Sagrario... Hasta más ver. Al +señor Infante le hallarán ahora en misa. + +Salieron, y por hacer tiempo hasta la hora de visitar al Infante +y poder charlar a gusto, fuéronse a recorrer el pueblo, que en su +pequeñez ofrece bastante interés, por la grandeza y hermosura de sus +edificios públicos y particulares. Pasaron por delante de _Palacio_, +subieron por la calle de Santa María hasta el camino de Legaspia, +donde echaron un vistazo al convento de Bidaurreta, contemporáneo de +doña Juana la Loca; bajáronse luego hacia San Antón, y cortando las +calles _Zarra_ y su paralela _Ikasola Kalea_, fueron a parar junto al +río, no lejos del gallardísimo edificio de la Universidad. En el curso +de este largo paseo, sin que nadie pudiera oírle, Rapella expresó a +su compañero la pena que sentía por el resultado escaso, más bien +nulo, que en la primera entrevista con el Infante habían tenido sus +negociaciones. + +—Has de saber, y esto es reservadísimo, Fernando, que el tal +don Sebastián no se da a partido. Creían allá que con ofrecerle +dignidades y honores se le ganaba, y todos nos hemos equivocado de +medio a medio. Y no son flojas prebendas las que desprecia o afecta +despreciar: Capitán general del ejército español, reposición en el +Priorato de San Juan de Jerusalén, categoría de Infante de España +con renta fija de medio millón de reales, cesión del Real Sitio de +Aranjuez para su residencia y acomodo de museos y colecciones, con +la Flamenca y demás... Ya se ve: ha jurado odio eterno a la reina +Gobernadora, y estos rencores personales son difíciles de reducir. +Los que tratábamos al Infante en Madrid por los años del 31 al 33, +le teníamos por inclinado al liberalismo templado. Yo frecuentaba +su cuarto, con Martínez de la Rosa, con el matemático Vallejo y el +humanista Tordera. Veíamos que la ilustración y el trato de los sabios +podían en el príncipe más que la tradicional intransigencia borbónica. +Créelo, resplandecía _el espíritu del siglo_ en derredor suyo, y +poco adelantaba su madre, la Princesa de Beira, queriendo rodearle +de tinieblas... Juró a Isabel, como sabes; todos le teníamos por un +decidido campeón de la _angélica_ reina, cuando de la noche a la +mañana, por piques o disensiones que permanecen veladas en el arcano +de la intimidad doméstica, se nos tuerce el buen Infante, prendándose +locamente de las ideas absolutistas... Para mí, y esto es reservado, +Fernando, reservadísimo, para mí el cambiazo de este caballero ilustre +data de los días que precedieron al casamiento secreto de la reina con +Muñoz. No vio don Sebastián en los preliminares de este suceso toda la +dignidad, todo el decoro que debe acompañar a los actos, a las pasiones +mismas de las testas coronadas, y... + +—Oí contar..., estas son hablillas de logias y clubs, que quizás no +tengan fundamento..., pues oí decir que el Serenísimo don Sebastián, +príncipe ilustrado, artista, matemático, políglota, reúne a estas +prendas una mediana ambición..., lo que no tiene nada de particular, +pues quien mucho vale, mucho alienta..., y debemos presumir que su +ambición no se limitaría a los honores del Infantazgo..., soñaba con la +Regencia. + +—¡Qué disparate! Nunca le pasó a don Sebastián por la cabeza tal +pensamiento. + +—Perdone usted..., debieron pasarle ese y otros, si no cuando la muerte +del rey, algún tiempo después..., ¿me entiende usted?... Al tener +noticia del noviazgo, llamémoslo así, de la reina con Muñoz... + +—El Infante se puso furioso... + +—O se alegró..., lo humano es que se alegrara, porque el matrimonio +morganático, en rigor de ley, debía inutilizar a doña Cristina para la +Regencia. + +—Patraña... + +—O realidad. Yo me agarro a la filosofía de la historia, y reconstruyo +con elementos humanos un personaje oscuro. El príncipe se alegró, +diciendo para su sayo: reina casada, regenta eliminada. Pero la +Gobernadora fue más lista; no declaró oficialmente sus nupcias; se +entendió con Roma..., manda sus hijos a criar al campo. Ni siquiera +figuran sus alumbramientos en el registro de la Facultad de Palacio. En +la _Gaceta_, y dentro de las leyes del reino, es tan viuda de Fernando +VII como lo era el 30 de septiembre de 1833, a las veinticuatro horas +de expirar el padre de Isabel II. De modo que su amigo de usted se +vio totalmente chasqueado, y es cosa muy natural y muy humana, que cae +también dentro de la filosofía de la historia, que un príncipe, en tal +situación de amargura y desengaño, se encariñe con el absolutismo y se +lance a pelear por él. + +—No conoces a Su Alteza, carísimo, como le conozco yo, ni estás al +tanto de los acontecimientos. Déjame que te explique... + +—¿Para qué? Doy por verídico lo que usted piensa y quiere contarme, y +retiro mi hipótesis, querido Rapella... no es más que una hipótesis. +¿Qué nos importa, ni qué le importa a nadie que don Sebastián +ambicionara la Regencia? ¡Si no se la han de dar, ni a nosotros han +de darnos nada tampoco por averiguarlo!... Y a propósito, me ha dicho +usted que me lleva a presencia de ese señor Serenísimo, y a eso, +ilustre Rapella, tengo que oponer una resistencia heroica, porque yo no +he venido aquí a ver príncipes más o menos serenos, ni a ocuparme de +nada que no sea el interés grande, para mí inmenso, que me ha traído a +estas tierras. ¿Qué trato hicimos en Madrid cuando nos reunimos para +emprender este viaje? Pues se convino en que yo no le estorbaría a +usted en sus negociaciones, y que usted me ayudaría en las mías todo lo +que pudiese. ¿Fue eso lo tratado? + + + + +XVIII + + +—Eso fue lo convenido y lo cumplo lealmente —prosiguió el siciliano—. +¡Que si te ayudo! ¿Y si yo te dijera que ya no estoy tan ignorante como +tú de la presa que perseguimos? + +—¿Sabe usted algo? Por Dios, dígamelo, dígamelo pronto. + +—Calma, que estas cosas son delicadas... Déjalo, déjalo de mi cuenta... +¿Pero tú sabes con quién hablas? ¿Te has enterado de que tu amigo +Rapella es perro viejo en aventuras de amor? ¿Sabes que tiene sobre +su conciencia de galán empecatado media docena de duelos con maridos +celosos, burlas sin fin de padres severos o tutores ruines, y como +unos diez raptos, dos de los cuales han sido del género novelesco, con +escalamiento nocturno, incendio, pistoletazo y fuga a uña de caballo +con la hembra a la grupa? + +—Eso habrá sido en Sicilia, donde la vida romántica es cosa corriente. + +—Eso ha sido en Italia, en España, también en Argel, con la +circunstancia agravante del uso de cimitarra y del trato con eunucos +y demás gentuza de serrallo. El caso tuyo es una simpleza, una +comedia de principiante. Yo te respondo de que antes de tres días, +si andan por aquí el tío de su sobrina y la sobrina de su tío, les +encontramos, les sorprendemos y cargamos con la niña en pleno Estado +absolutista y patriarcal, burlando tíos, clérigos, monjas, alcaldes, +justicias, pues en ninguna parte son más fáciles las burlas que en +estas sociedades rigoristas, donde se alambica la moral y se extreman +las precauciones... ¿Me aseguras tú que la niña desea que la robes, que +preferirá escaparse contigo a permanecer bajo el poder de su guardián? +¿Estás seguro de eso? + +—Como de mi propia vida. + +—¿Es ella valiente, de estas que corren tras el amor, como la +mariposa tras de la luz, y que prefieren la quemadura y la muerte al +aburrimiento de una vida regular? + +—Es animosa, corazón grande, imaginación viva. + +—Conozco el género. Pierde cuidado, niño. + +—Pero dígame si ha podido averiguar... + +—Cállate ahora. Pon tu asunto en mis manos. + +—No puedo traspasar mi iniciativa. Si no me dice usted pronto lo que +sepa, no le acompaño a la visita del Infante. + +—Pues tú te lo pierdes, carísimo; porque si no me acompañas a la visita +no te diré nada, y tardarás sabe Dios cuanto tiempo en averiguar lo que +quizás sepamos dentro de media hora. + +Calpena se paró en mitad de la calle para mirar fijamente la cara del +italiano, que resplandecía de malicia, de doblez; cara de intrigante +de oficio, curtido en enredos políticos de camarilla y en tramoyas +mujeriles y palaciegas. Su fino sonreír dejaba entrever a Fernando +un mundo de historias y una rutinaria destreza en artes que no se +practican a la luz del día. Por un momento sintió desprecio del +italiano, después miedo. Comprendiendo al fin la inconveniencia de huir +de su lado en tal ocasión y en circunstancias tales, determinó seguir +el impulso adquirido, hasta ver en qué paraban aquellos misterios. + +—Pero yo quiero que me diga usted con sinceridad: ¿qué tengo yo que +pintar en el palacio de Su Alteza, ni en qué bodegón hemos comido +juntos ese señor y yo? + +—Es sencillísimo. Su Alteza me preguntó: «Y ese joven que ha venido +contigo, ¿quién es?». Contesté la verdad: que eres un chico de gran +familia, instruidísimo, de una educación perfecta, así en lo moral como +en lo intelectual..., que posees el latín como Tito Livio y Cicerón, y +eres consumado humanista... + +—Eh..., ¿qué bromas son esas? Me ha puesto usted en ridículo. + +—Que sabes también el griego... + +—Hombre, no. + +—Algo de griego, le dije...; que posees vastísimos conocimientos en +Historia y Arqueología. + +—¡Ya escampa! + +—Hijo mío, la verdad es una diosa muy bonita, que reside en el cielo, +y como allá la obligan a estar siempre en cueros, nunca desciende +a nuestra pobre Tierra... Es muy vergonzosa. Adorámosla como ideal; +pero... + +—Pero la realidad nos impone la idolatría del mentir, ¿no es eso? + +—Sí, porque siendo mentiroso cuanto nos rodea, si blasonamos +de verdaderos, o nos encierran por locos o nos apalean a cada +triquitraque. Falso es todo lo que ves, carísimo, y en esta corte +diminuta no hallarás más verdad que en la grande de Madrid; farsa +es la religiosidad de la mayoría de estos cortesanos; hipócrita la +creencia en el derecho divino de este pobre rey de comedia; engañoso +el entusiasmo de los que mangonean en el ejército y en las oficinas. +Solo es verídico el pueblo en su ignorancia y candidez; por eso es el +burro de las cargas. Él lo hace todo; él pelea, él paga los gastos +de la campaña, él muere, él se pudre en la miseria, para que estos +fantasmones vivan y satisfagan sus apetitos de mando y riquezas. +No imitemos al pueblo, el gran inocente, el eterno bobo del mundo +civilizado, el polichinela sobre cuya joroba recaen todos los palos. Y +pues hemos de comer y de vivir y abrirnos paso en el tumulto de esta +mascarada, pongámonos la careta. Dime, simple, ¿piensas que la empresa +de arrebatar a la mujer que amas es realizable con los procederes de la +verdad? + +—Eso no... + +—Pues entonces déjate conducir. Silencio y entremos a saludar al +Infante. + +A este punto llegaban ante el grandioso edificio de la Universidad, +fundación del oñatiense don Rodrigo de Mercado, obispo de Ávila. +Calpena se detuvo a contemplar la mole gallarda, la elegancia de +sus contrafuertes, exornados de exquisita labor plateresca. La +acción del tiempo y de la humedad, desgastando aquella hermosa pieza +arquitectónica, dábale una pátina musgosa, y espiritualizaba la +morbidez pagana de sus líneas. En el portalón había guardia, por estar +destinado el edificio, en aquel lastimoso imperio de Marte, a cuartel y +oficinas militares. Soldados, oficiales de diversa graduación sin más +distintivo que la espada, entraban y salían, y no faltaban los grupos +de mujeres y chicos que acuden al reclamo de la milicia activa. En dos +de las crujías del claustro bajo, divididas por endebles tabiques, se +habían instalado dependencias, designadas sobre las puertas con toscos +letreros. + +En el claustro alto veíanse también rótulos indicadores de los +diferentes ramos del organismo militar, a excepción de la crujía de +poniente, separada de las demás por una cancela provisional, con +mampara. Por allí se entraba a la rectoral y biblioteca, y a la +residencia del príncipe. Un portero anciano, con casaca amarilla, les +introdujo al instante en la biblioteca, donde comúnmente recibía Su +Alteza las visitas. Era don Sebastián de estatura mediana, tirando a +corta, de pocas carnes, el rostro grave y desapacible, con un poco +de estrabismo en los ojos, bien afeitado, el cabello compuesto al +uso con un poquito de melena ahuecada sobre las orejas, y la raya +al lado izquierdo del cráneo. Si vulgarísimo era por su figura, no +así por sus modales, de exquisita distinción: digno sin altanería, +accesible, cariñoso, conservando siempre la superior postura. Sabía +ser infante de España; sabía sostener su papel de ilustrado, peregrino +papel en príncipes, y aun engalanarse con la flor de la modestia, que +tan difícilmente se cría en la seca atmósfera de la adulación. Muy +grata fue para Calpena la amabilidad con que don Sebastián Gabriel le +recibió. Aunque Su Alteza disponía de poco tiempo, les mandó sentarse +junto a una mesa atestada de mapas y librotes voluminosos. + +—Ya me ha dicho Rapella lo mucho que usted vale. Siento que su venida +a esta ciudad haya sido en ocasión tan impropia para platicar de cosas +de arte, lenguas y literatura. También yo tengo mis aficiones; pero la +guerra, ¡ay!, y esta situación de continua inestabilidad me privan de +consagrarme a mis estudios favoritos. Confío en que vendrán tiempos +mejores; ya iremos a Madrid, y allí, con toda calma... ¿Verdad, amigo +Rapella, que iremos pronto a Madrid? ¿Qué piensa usted? + +—Señor —dijo el siciliano inclinándose respetuoso—, puesto que Vuestra +Alteza anhela volver allá, solo debo manifestarle que Madrid echa +siempre de menos al mantenedor entusiasta de las artes y las letras. + +—El señor Calpena —indicó el príncipe con gracia— no cree que vayamos +pronto a Madrid; estima en poco la _causa_ que aquí defendemos. Se lo +conozco en la cara. Naturalmente, tiene sus ideas, sus preocupaciones; +trae todo el barullo liberal metido en la cabeza. + +—Señor —replicó Fernando con firmeza—, puedo asegurar a Su Alteza que +más de una vez, no solo aquí, sino en Madrid, he considerado posible +y probable que la _causa_, por una serie de victorias decisivas, vea +pronto expedito el camino de la capital de la nación. + +—De eso se trata... —dijo el príncipe con orgullo, y variando al +instante de tema, por ser muy de personas reales el hacer grata la +conversación cambiándola oportunamente, prosiguió así—: Ya sé que es +usted un gran latino. + +—Señor, Rapella me quiere tanto, que abulta espantosamente mis pobres +méritos. + +—Yo también he tenido mis aficiones latinas, y cuando disponía de +tiempo y de tranquilidad, los clásicos eran mi delicia. No crea +usted, también me permití ciertos atrevimientos; traduje la elegía de +Propercio _Ad amicum_... + +—Si, sí..., la conozco. Es una en que se queja de que le han robado a +su amada, y llora y se desespera. Si no recuerdo mal, empieza así: + + _Eripitur nobis jam pridem cara puella._ + +—Justo; y luego dice: + + _Et tu me lacrymas fundere, amice, vetas..._ + +—¡Ah, Propercio me encanta! También yo, con la presunción, con la +audacia que dan los quince años, me metí a traductor... Sí, señor: +traduje en verso libre la elegía _Hora mortis incerta_. + +—¡Oh, sí! —exclamó don Sebastián con júbilo—. Es preciosísima. Comienza: + + _At vos incertam mortales funeris horam_ + _Quæritis, et qua sit mors aditura via..._ + +Aún repitió media docena más de versos, gozoso de mostrar su buena +memoria, y después, cambiando el tono entusiasta por el quejumbroso, +continuó: + +—Ya ve usted si es triste abandonar los ocios dulcísimos de la buena +literatura por esta actividad ansiosa, a que obligan los asuntos de un +Estado incipiente, de un Estado en el cual tenemos que crearlo todo, y +por el estruendo de la guerra, que siempre es cruel y bárbara aunque +sea gloriosa... Desde que llegué a este país, no ne podido abrir un +libro de los que han sido, en épocas más bonancibles, mi mayor deleite. +Encargado por Su Majestad de organizar las Maestranzas de Artillería +y de Ingenieros, y de atender a las mil dificultades que ocurren a +cada paso por falta de utensilios, de material, de personal idóneo, me +paso la vida en un trabajo azaroso, no siempre coronado por el éxito. +Verdad que me ayudan hombres inteligentísimos; pero el entendimiento +nos da ideas, no la materia para traducirlas en hechos. Hemos podido, a +fuerza de tenacidad y de maña, establecer la fabricación de cureñas y +montajes; hemos fundido algunas piezas... En fin, no estoy quejoso, y +la historia dirá con qué pobres elementos hemos realizado trabajos tan +difíciles. Asombra el considerar lo que pueden la inteligencia y la fe, +¿por qué no decirlo?, la fe de estos dignísimos oficiales, ayudada por +la terquedad vizcaína. Con la fe hemos hecho algo que si no es mover +las montañas, se le parece mucho. + +—Y entiendo —agregó Rapella con oficiosidad— que en los proyectiles de +obuses no tiene este ejército nada que envidiar al cristino. + +—Algo hemos adelantado, gracias a las nuevas máquinas que nos ha traído +Negretti... + +Lo que siguió no pudo oírlo Calpena; fue un murmullo, dominado por +la sonora y vibrante voz, que aun después de salir de los labios +del príncipe continuaba sonando con estruendo: ¡Negretti! Era como +un trueno... Tal fue la impresión recibida, que el joven no paró +mientes en que proseguían conversando el Infante y Rapella. ¿De qué +hablaban?... No lo sabía, ni se curaba más que de aquel Negretti que en +sus oídos retumbaba. + +—¿Es usted aficionado a estas materias, a la balística, a la fundición +de metales? + +—Sí, señor —replicó el joven impulsado de su gozo ardiente y del deseo +de seguir tratando aquel tema antes de que Su Alteza pasase a otro—. +Soy muy aficionado. + +Turbose un instante. Comprendiendo al punto que un mentir descarado +podría infundir sospechas, se apresuró a _ponerse en la rectitud_, como +diría Hillo. + +—Dispense Vuestra Alteza mi distracción... Quise decir: aficionado a +Propercio. + +En efecto: nada más imprudente que mostrar interés y conocimiento en +las materias científicas de la Maestranza. Sobre que todo engaño de +esta naturaleza sería pronto descubierto, aconsejaba la más vulgar +discreción aparecer indiferente a tales trabajos, que sin duda se +hacían con cuidadosa reserva, recatándolos de la mirada de gentes +extrañas y forasteras. + +—Soy enteramente lego, señor —repitió Fernando—, en cosas de milicia y +de ciencia militar. + +Y Rapella con seguro instinto acudió a reforzar esta idea, diciendo: + +—Tenemos aquí a un hombre que desde niño ha ejercitado sus facultades +en los estudios históricos y literarios, y fuera de ellos es un ángel +de inocencia. Me permitiré hacer una observación. Su carácter altivo y +la independencia de que goza son causa de que no haya ocupado aún en +la esfera escolástica del reino la posición que le corresponde... Sí, +sí, querido Calpena, hago traición a tu modestia, manifestando a Su +Alteza que acaricias la ilusión de desempeñar en este apartado pueblo, +tan propicio al estudio, el noble ministerio de la enseñanza... No te +atreves a decirlo; pero yo sé que esa es tu idea... Te encanta este +honrado país, te empujan hacia acá tus hábitos metódicos, tu carácter +apacible; te solicita desde aquí, ¿por qué no decirlo de una vez?, la +atracción que ejercen sobre tu espíritu las ideas de estos ilustres +señores y el régimen absoluto. Conocedor de tus pensamientos, porque +poseo tu confianza, quiero ser tu órgano de expresión; la facultad +de la franqueza que te falta, yo la suplo con mi atrevimiento... Sí, +sí, Serenísimo Señor, este joven sería feliz consagrando su vida y su +talento a las tareas de la enseñanza en cualquier localidad de la nueva +monarquía... Pues él no lo dice, lo digo yo, que le quiero como a un +hermano, y no deseo más que su bien. + +Si a las primeras palabras del siciliano, Calpena vacilaba entre el +asombro y la ira, por tan audaz mentir, antes de que Rapella terminase, +ya pudo ver Fernando que aquel giro no era descabellado, y podía servir +a la buena terminación de su asunto. Con la mirada y una leve sonrisa, +prestó asentimiento a la declaración de su amigo, que obtuvo del +Infante esta velada respuesta: + +—Mucho me congratulo de las felices disposiciones y de los deseos de +este joven, y por mi parte no he de oponerme a que los realice. Pero +le advierto que no soy yo quien ha de decidirlo, pues ello incumbe +al señor obispo de León, encargado de la Enseñanza. Para ejercer el +profesorado en esta Universidad, la ley exige condiciones que sin duda +podrá llenar cumplidamente el señor Calpena, aptitudes y conocimientos +bien probados, pruebas también de piedad y de pureza de costumbres. +Toda precaución es poca en las circunstancias de un Estado nuevo que +quiere ser de todo en todo contrario al Estado caduco y corrompido +que tenemos enfrente, y por eso se han establecido los ejercicios de +reválida. + +Diciendo esto, Su Alteza se levantó, señal de haber terminado la visita. + +—Dispénsenme —les dijo alargándoles la mano, que Rapella besó—. Hoy +es día de acontecimientos graves. Es seguro que han atacado nuestras +posiciones por San Adrián. Desde muy temprano se oye tiroteo muy vivo... + +Y no acababa de decirlo cuando entraron presurosos dos señores, uno de +ellos Cerio, el otro un ayudante de González Moreno: traían noticias +que comunicaron a Su Alteza sin que Rapella y su amigo pudieran +enterarse. Las noticias no debían de ser muy buenas, a juzgar por la +cara que puso don Sebastián al oírles. Volviose luego a los visitantes, +con cierta premura, como queriendo significarles de una manera delicada +que tomaran la puerta. + +—No debemos entretener más tiempo a Vuestra Alteza —dijo Rapella. + +Y el príncipe: + +—Nos veremos otra vez... Ya sabe el señor... Reválida para la +incorporación de grados, pruebas de piedad..., juramento de defender +el misterio de la Inmaculada Concepción, de condenar la impía doctrina +del regicidio, la absurda soberanía del pueblo, el filosofismo +anárquico..., juramento de no pertenecer ni haber pertenecido a ninguna +sociedad secreta..., en fin, vea la _Gaceta_, decreto del 9 de abril... +Adiós, señores... + + + + +XIX + + +Observaron al salir a la calle grupos de presurosa gente que iba de +una parte a otra. Por las palabras sueltas que oían, coligieron que no +lejos de Oñate, en las alturas que dominan el valle de Aránzazu, se +estaban batiendo cristinos y facciosos. En la plaza eran más compactos +los grupos, y de ellos se destacaban clérigos y militares que acudían +a _Palacio_ y a la Universidad en busca de noticias. No querían hablar +Rapella y Fernando de lo que les incumbía hasta no encontrar un sitio +solitario; con feliz acuerdo metiéronse en la iglesia, donde había +terminado el culto de la mañana, y recorriéndola, como que admiraban +los retablos, la espaciosa nave y la capilla en que reposan los restos +del fundador de la Universidad, sin más testigos que algunas señoras +y ancianos entregados a sus rezos y meditaciones, charlaron cuanto +quisieron, _sotto voce_, cuidando de disimular al paso de algún +sacristán o clérigo rezagado. + +—A lo que parece, se están batiendo ahí arriba —dijo Rapella—. ¡Qué +bien me vendría que se llevaran estos caballeros una paliza fenomenal! +Confío mucho en Córdova y su gente. + +—Yo también. ¡Pero si les pegan y se ven obligados a salir de Oñate...! + +—Mejor. Derrotados y fugitivos entrarán en negociaciones más fácilmente +que envalentonados y triunfantes. ¡Duro en ellos! + +—Pues si en mi mano estuviera, yo detendría en este momento la espada +de Córdova. Me conviene el _statu quo_ para las averiguaciones que +pienso emprender esta tarde misma: si está Negretti aquí; si le +acompañan su mujer y su sobrina; si no le acompañan; si ha dejado +la familia en otra parte; si ha depositado a la sobrina en algún +convento... + +—Calla, hombre, calla. ¡Si te enterarás al fin de quién es Rapella!... +¡Si cuando tú vas a un punto ya estoy yo de vuelta! Todo eso que +quieres saber, ya lo sé yo... ¿Por quién me tomas? ¡A fe que tengo +bonito genio para estar tanto tiempo ignorante de lo que interesa a mis +amigos! + +La aproximación de un sacerdote que se detuvo en medio de la nave +mirándoles atentamente, les obligó a callar. + +—¿Quieres saberlo? —prosiguió el siciliano, libre ya del importuno +clérigo—. Pues déjame terminar lo que diciendo venía. Para tu asunto +es indiferente que evacúen o no evacúen la gloriosa villa de Oñate, +porque... vamos, aplacaré tu curiosidad: Negretti está aquí; tu niña, +no... Ya te contaré cómo lo supe. + +—Cuéntemelo usted ahora. + +—Silencio, que nos mira aquel tío gordo que parece un fraile vestido de +paisano. Conviene que nos arrodillemos y hagamos como que rezamos un +poco... Mucho cuidado con esta gente. + +—No me tenga usted en esta ansiedad —dijo Fernando de rodillas, +persignándose. + +—Repito que para tu asunto es indiferente —prosiguió Rapella dándose +golpes de pecho—, y para el mío de gran interés que les arreen a +estos caballeros una paliza muy gorda. No encuentro en don Sebastián +las blanduras que yo creía: la amistad y el cariño que en Madrid me +manifestaba se recatan ahora, se revisten, como si dijéramos, de una +capa de desconfianza. Su ambición, que es grande y legítima, no se +rinde a los reclamos de allá mientras de este lado tenga flores el +árbol de la esperanza. Venga un cierzo que arranque toda la flor del +árbol, y la ambición del príncipe no será tan arisca... Pero yo no he +venido aquí a negociar solo con don Sebastián Gabriel. Traigo otro +grande embuchado para su tío, el rey absolutísimo, de quien no sacaré +jugo mientras esté boyante y entero. Pero si sufre un descalabro y le +cojo por ahí, con las manos en la cabeza, entre el barullo de sus +soldados fugitivos, cree que se le aplacarán los humos. La Santísima +Virgen, su inspiradora y Generala, ha de aconsejarle que me oiga, y que +acceda a lo que le propondré... Esto es más que reservado, y no esperes +que te lo diga. + +—Ni me importa saberlo. Lo que ha de decirme usted pronto... + +—Voy... Pues supe que Negretti está en la Maestranza por el señor +Roa, secretario de Su Alteza, con quien habló anoche más de una hora +de cosas de Madrid, de Oñate y de medio mundo. Aquí, sobre todo, hay +materia larga para la historia y la chismografía. Dos partidos que +se aborrecen cordialmente, que sin cesar se vituperan, se calumnian, +tirándose al degüello, minan el suelo del flamante Estado absolutista, +y el mejor día vendrá el terremoto que todo lo convierta en ruinas. +Pero vuelvo a tu asunto. + +—Por Dios, sí..., me tiene usted en ascuas. ¿De modo que el señor +Negretti está en la Maestranza? + +—Y la Maestranza en la planta baja de la Universidad. Hemos pasado +junto a esta oficina cuando subíamos a ver al Infante. + +—¡Ay!, ya me lo dijo el corazón... Allí trabaja Negretti, allí estudia. +¿Acaso vive allí? + +—Eso no lo sé. Lo que sí puedo asegurarte es que tu niña no está en +Oñate. No se separa de ella la mujer de Negretti, que es una vascongada +como un castillo. Hasta hace unos días hallábanse en Durango; pero tu +Aura se puso malucha, calenturas leves, anginas, no sé qué, y su tía se +la llevó a un pueblo de la costa. + +—¿Cuál? ¿Qué pueblo es ese? + +—El nombre no me lo dijo Roa; pero lo sabremos, descuida. + +—Salgamos de aquí. Me ahogo en esta iglesia. + +Echaron un vistazo al claustro y salieron por él a la calle, Rapella +deseando noticias; Fernando ávido de aire, de ver cielo y luz. La +opresión de su pecho no le dejaba respirar. Halláronse en aquella +parte de la plaza donde está cubierto el río, el cual corre un buen +trecho por cauce abovedado, metiéndose por debajo del claustro de la +parroquia. En los pórticos de esta, y en el ángulo que forma con la +mole del claustro, hallaron mucha gente, grupos en que se condensaba la +ansiedad, la avidez de noticias. Allí, mirando a _Palacio_, residencia +del rey (en aquel día ausente), mirando al Ayuntamiento, donde estaban +el _Principal_, el Estado Mayor y además la oficina del llamado +_Ministerio Universal_, los pobres _ojalateros_ ponían su alma en el +suceso del día. En el centro del más nutrido grupo un clérigo alto y +bastote exclamaba, abriendo los brazos: + +—¡Si no puede ser, Señor, si no puede ser! Conozco aquel terreno palmo +a palmo. Conozco las fortificaciones de Arlabán como si las hubiera +parido, y declaro que son intomables. + +—Eso mismo sostengo yo —dijo otro en quien reconoció Calpena a uno de +los huéspedes de su posada—. Si la acción ha sido en Salvatierra, +¿cómo es posible que los nuestros hayan dejado desamparado San +Adrián?... No puede ser, no puede ser. + +—Para mí —apuntó un tercero, que era el mismísimo señor Modet, +personaje en otros días de gran valimiento, entonces en desgracia—, de +lo que ha tratado Córdova es de apoderarse del castillo de Guevara. Por +aquella parte sonaba el gran cañoneo. Llevaban tren de batir. + +—¡Pero si acaban de decirnos..., y esto es para volverse uno loco..., +que Espartero marchaba a las diez de Salvatierra hacia acá, como en +dirección de Elguea! No puede ser, no puede ser. + +Y con el _no puede ser_ lo arreglaban todo. Metiéndose Rapella en el +grupo con la oficiosidad urbana que sabía gastar como nadie, les dijo: + +—Permítanme una observación, señores..., y esto no es discurrir por +conjeturas; es fijar los hechos, hechos indudables que yo he visto. +Vengo de los altos de Aloña, y puedo asegurar que se distinguen +perfectamente los batallones de Su Majestad, corriéndose desde San +Adrián hacia poniente. ¿No es lógico ver en este hecho una hábil +estratagema de Villarreal para caer sobre la retaguardia del enemigo y +destrozarla? + +—Cabalmente: tal era mi idea —dijo muy orgulloso el clérigo, que no era +otro que el propio Echevarría, alma del partido neto—. Y si Villarreal +no ha hecho eso, ¿de qué nos sirve? ¿De qué le ha servido la escuela +de don Tomás? No basta decir: «Me bato, soy valiente». Un general +en jefe es una cabeza, señores, una cabeza que a cada momento debe +inventar algún ardid para engañar al enemigo. + +Y un señorete pequeñín, agobiado bajo el peso de un disforme sombrero +de copa, sujeto de circunstancias que desempeñaba en Gracia y Justicia +el negociado de _Títulos del reino_, expresó con biliosa amargura una +triste opinión: + +—¡Pero si aquí no tenemos cabezas, en lo militar se entiende!... ¡Si +las que parecen llenas las guardamos en casa para simiente, y mandamos +a la guerra las vacías! + +—Prudencia, amigo Barbáchano, y vámonos en busca de la puchera, que es +hora. Esta tarde sabremos la verdad, y Dios y la Virgen nos la deparen +buena. + +Saludáronse, y disuelto el grupo, Rapella y Fernando se fueron a comer +a la posada. En la mesa no se hablaba más que del militar suceso, que +cada cual arreglaba a su gusto, tirando siempre a la favorable. El +bueno de Urra llegó hasta el delirio. + +—Puedo asegurar como si lo hubiera visto, señores, que esta mañana, +a eso de las ocho, Espartero iba en desorden hacia Ulibarri Gamboa, +perseguido por Simón de la Torre... Y me consta también, ¡oído!, me +consta, que el _Requeté_ embistió solo a cuatro batallones, matando +todo lo que quiso, y que quedó sobre el campo un O’Donnell, coronel de +_Gerona_, y la flor de la oficialidad cristina... + +No producían los optimismos de Urra, expresados con vivísima fe, el +entusiasmo de otros días, pues por entre las encontradas noticias +y opiniones flotaba en el espíritu de todos una sombra negra, el +presentimiento de un revés, cuya importancia no podía calcularse +aún. Gelos, bilioso y cejijunto, había perdido el apetito, mostraba +desconfianza de Villarreal, y no se recataba de sostener que fue gran +disparate quitar el mando a Eguía, cuyo único defecto era el carácter +arrebatado, las palabras violentas. ¡Caramelos!, que blasfemase alguna +vez, bregando con soldados, no quería decir que fuese descreído. Al +contrario, era hombre muy pío, soldado de Dios, incapaz de transigir +con la revolución usurpadora. De otros no se podía decir lo mismo, +y..., más valía callar. + +Hizo gala el señor Rapella, en todo el curso de la comida, de su +exquisita urbanidad, y para cada uno de los comensales tuvo una frase +grata. Manifestó que se abstenía delicadamente, porque así se lo +ordenaba su carácter diplomático, de expresar opiniones de _política +interior_ y del _giro de la campaña_, aunque hacía votos por que el +Altísimo bendijera las armas de Carlos V. Buscó y halló coyuntura +para deslizar en la conversación algunas ideas que enaltecieran su +personalidad a los ojos de aquellos inocentes funcionarios de un reino +ilusorio. Véase la muestra: + +—Créanlo ustedes: _en el extranjero_, todas las miradas están fijas en +este naciente reino... Si algo vale mi opinión, no esperen ustedes +gran cosa de Roma. ¡Roma, señores...!, la conozco bien... Roma es +Roma, la cabeza del orbe católico..., pero por lo mismo, por su misión +universal y divina, no puede volver la espalda resueltamente a un +Estado establecido... ¿De Viena y Berlín qué he de decirles? Es un +asunto este del cual me permitirán que no diga nada. Turín y Nápoles +son amigos leales, y harán todo lo que puedan... Pero con quien hay +que tener mucho cuidado es con Londres, con ese _Saint James_ astuto, +cuyo poder en el concierto europeo es indudable. Ya sabrán ustedes que +a Canning le ha sabido mal el decreto de Su Majestad Católica contra +los extranjeros que sirven en el ejército cristino. Este decreto +inhumano no puede ser grato a la Inglaterra; esperamos que el rey don +Carlos acuerde su revocación; de eso se trata... Su Majestad, que es un +entendimiento luminoso, se hará cargo de las razones que se le exponen. + +Y cuando le incitaban a ser más explícito, más se complacía en dejarles +a media miel. Urra y los dos que a su lado machacaban nueces, le oían +con la boca abierta. Gelos, que siempre desentonaba, salió por este +registro: + +—Demos un par de golpes buenos con las armas; inspire la Virgen a +nuestros caudillos; únase la espada de san Miguel a la de estos +valientes, y me río yo de Vienas y Berlines, y de todas esas cortes +que tan mal nos agradecen la gran obra emprendida por nuestro rey +de aplastar la serpiente de la revolución europea. Porque aquí, +para que usted lo sepa y pueda decirlo por esos mundos, estamos +combatiendo contra el filosofismo, y una de dos: o perecemos todos, o +el filosofismo y el ateísmo no levantan más la cabeza. + +—¿Y tendremos el gusto de verle a usted muchos días en Oñate, señor de +Rapella? —le preguntó Sureda rivalizando en finura con el siciliano. + +—¡Ah, oh...! No depende de mí el permanecer mucho en residencia tan +grata... Si Su Majestad viene esta tarde, y tengo mañana el honor de +ser recibido..., no sé..., tal vez... Mejor que nadie comprende usted +que no puedo precisar si Su Majestad me retendrá algunos días, o se +servirá despedirme mañana mismo. + +Una voz tonante gritó en la puerta del comedor: + +—Señores, Su Majestad el rey entra en Oñate. Ya viene como a dos tiros +de fusil de Golibán. + +Tumulto, levantamiento general, golpeteo de innumerables patas de silla: + +—¡A esperar al rey, a recibir y aclamar al soberano! —gritaron a una. + +Y el comedor se quedó vacío, el no muy limpio mantel lleno de migas y +cáscaras de nueces. El pájaro del reloj, asomándose a la ventanita y +haciendo sus cortesías, cantó las dos. + + + + +XX + + +El esquilón de la ermita del Santo Cristo, situada al extremo del +pueblo por el camino de San Prudencio, fue el primer bronce que anunció +la llegada del rey, y bien pronto a su alegre clamor se unieron las +campanas de la parroquia de San Miguel, de las monjitas de Santa +Ana y de los frailes de Bidaurreta, de San Antón y de Santa Marina. +La gente corría presurosa hacia la plaza y calle _Zarra_, por donde +necesariamente había de entrar, y aunque le estaban viendo de continuo, +ni de verle ni de aclamarle se cansaban los buenos oñatienses, +que tenían la dicha, la gloria más bien, de ser convecinos del +representante del trono legítimo y de la santa religión. Le querían de +veras, sin conocerle más que como se conoce a las imágenes de iglesia, +que no hablan ni se mueven, pues si hablasen, quizás muchas de ellas no +tendrían tantos devotos. + +Allá corrieron también Rapella y Fernando, metiéndose entre el gentío +que aguardaba en la plaza el paso del rey de Oñate, y colocados en el +mejor sitio, viéronle pasar caballero en un alazán de mediano pelo, +llevando a su derecha al infante don Sebastián, que había salido a +encontrarle; a su izquierda a González Moreno; detrás la turbamulta +del Estado Mayor: ayudantes, Asesor general, Mayordomo de Palacio, y +otros que iban vestidos de paisano con sombrero de copa. Don Carlos +vestía de capitán general, con sombrero de tres picos, sin más insignia +que la cruz de Carlos III. Era el único faccioso que por razón de +su alta categoría no usaba boina. Aclamado por el pueblo con gritos +castellanos y vascuences, que se mezclaban formando una algarabía +discorde, saludaba con la afabilidad fría y austera que contribuía no +poco a fortalecer su prestigio ante aquella raza creyente, grave. Al +satisfacer su curiosidad, tuvo también Fernando la satisfacción de +que el personaje resultara como él se lo figuraba; que es un gusto +sorprender en la realidad un reflejo de nuestras ideas. Vio, pues, +Calpena en la encarnación del absolutismo el tipo que se había forjado +en su mente; la cara de Fernando VII con menos nariz, más quijada, el +labio grueso, bigote y patillas cortas, la mirada fría y oscura, de +las que no penetran ni alumbran, señal de entendimientos apagados. +Bien podía expresar la mandíbula del rey, más larga que saliente, la +terquedad, que hacía las veces de voluntad firme, y su mirar vago el +fatalismo religioso, que ocupaba el lugar de las ideas. La prolongación +del maxilar hacia muy desapacible el soberano rostro, sin llegar a la +fealdad que al de su hermano daba la trompa que tenía por nariz. Uno +y otro eran diestros jinetes; se asemejaban asimismo en la desmedida +soberbia y en la contumacia de sus creencias acerca del derecho divino, +como enviados al mundo para oprimir a estos desgraciados pueblos. + +Hizo Calpena mental paralelo entre su tocayo _Narizotas_ y el llamado +_Pretendiente_, llegando a la conclusión triste de que si hubiera un +infierno especial para los reyes, en el más calentito rescoldo de este +tártaro regio debían purgar sus pecados contra la humanidad estos dos +señores, que simbolizando la misma idea, por la supuesta ley de sus +derechos mataron o dejaron matar tal número de españoles, que con los +huesos de aquellos nobles muertos, víctimas unos de su ciego fanatismo, +inmolados otros por el deber o en matanzas y represalias feroces, se +podría formar una pira tan alta como el Moncayo. En todos los países, +la fuerza de una idea o la ambición de un hombre han determinado +enormes sacrificios de la vida de nuestros semejantes; pero nunca, ni +aun en las fieras dictaduras de América, se han visto la guerra y la +política tan odiosa y estúpidamente confabuladas con la muerte. La +historia de las persecuciones del 14 al 20, de la reacción del 24, de +las campañas apostólicas y realistas, así como del recíproco exterminio +de españoles en la guerra dinástica hasta el Convenio de Vergara, +causan dolor y espanto, por el contraste que ofrece la grandeza de tan +extraordinario derroche de vidas con la pequeñez de las personas en +cuyo nombre moría o se dejaba matar ciegamente lo más florido de la +nación. + +Considerados en lo moral, grande era la diferencia entre Fernando y +Carlos, pues la bajeza y sentimientos innobles de aquel no tuvieron +imitación en su hermano, varón puro y honrado, con toda la probidad +posible dentro de aquella artificial realeza y de la superstición de +soberanía providencial. Trasladados los dos a la vida privada, donde +no pudieran llamarnos _vasallos_ ni suponerse reyes cogiditos de la +mano de Dios, Fernando hubiera sido siempre un mal hombre; don Carlos +un hombre de bien, sin pena ni gloria. En inteligencia, allá se iban, +ganando Fernando a su hermano, si no en ideas propiamente tales, en +marrullerías y artes de la vida práctica. Las ideas de don Carlos eran +pocas, tenaces, agarradas al magín duro, como el molusco a la roca, +con el conglutinante del formulismo religioso, que en su espíritu +tenía todo el vigor de la fe. De la piedad de Fernando no había mucho +que fiar, como fundada en su propia conveniencia; la de don Carlos +se manifestaba en santurronerías sin sustancia, propias de viejas +histéricas, más que en actos de elevado cristianismo. En sus reveses +políticos, no supo Fernando conservarse tan entero como cuando ejercía +de tiranuelo, comiéndose los niños crudos; don Carlos mantuvo su +dignidad en el ostracismo y en la mala ventura, y acabó sus días amado +de los que le habían servido. Fernando se compuso de manera que, al +morir, los enemigos le aborrecían tanto como le despreciaban los amigos. + +Entró el rey en Palacio, la casa-solar de los Artazcos, en la plaza, +haciendo esquina con la calle de Santa María, no lejos del trinquete +o juego de pelota. Era un bello edificio señorial, del mejor estilo +del país, con airosos contrafuertes terminados en pináculos. Allí +le esperaban don Juan Bautista Erro y el improvisado personal de +dignatarios políticos y palatinos. El gentío continuaba dando vivas a +la religión, al ejército y al rey; pero este no se asomó al balcón, +sin duda porque graves asuntos le solicitaron desde el instante de su +llegada. Vio Calpena que no cesaba de entrar y salir gente de viso, +presurosa, y en la calle se acentuaba la ansiedad por las noticias de +Arlabán. A media tarde, las impresiones no eran ya muy optimistas, +salvo en aquellos que no se convencían nunca, resistiendo heroicos a +toda realidad desfavorable. + +Salió de Palacio don Juan Bautista Erro con cara mustia, incapaz de +disimular las malas nuevas que traía, y al punto fue rodeado por los +curiosos. Calpena se introdujo lo más cerca posible, y le oyó decir: + +—Nada, señores, no nay que apurarse, pues no se acaba el mundo por un +revés pasajero. La acción sigue, y esperamos que Villarreal tome el +desquite mañana mismo. + +Y se abrió paso con esfuerzo de sus brazos vigorosos. Calpena le +observó bien, admirando su alta estatura, no inferior a la de +Mendizábal; como este bien parecido, de edad poco más o menos la +misma, vestido con cierto esmero inglés. Como los liberales a don +Juan Álvarez, los facciosos habían traído de Londres al señor Erro, +movidos de su fama de gran rentista, y entró el hombre en el real de +don Carlos prometiendo atar los perros con longanizas, terminar la +guerra en seis meses, como el otro, y sacar dinero de debajo de las +piedras. Luego resultó que todo era ensueños, cuentas galanas, humo... +Acompañado de su secretario el capellán Ibarburu, salió también el +señor Arias Teijeiro, hombre vulgar y antipático, que improvisándose +faccioso después de haber jurado a Isabel y hecho en Madrid aspavientos +de liberalismo, había ganado el corazón de don Carlos y era en su corte +uno de los más furibundos _ojalateros_. Descollaba por querer meter en +todo el formalismo burocrático, por el flujo de dar y quitar empleos, +y fue una de las más inútiles y maléficas yerbas que crecían en el +campo de la facción, estorbando allí donde no podían hacer daño. Pasó +muy estirado y cejijunto entre la multitud, negándose a satisfacer la +natural ansia de los vasallos del _Pretendiente_; pero menos discreto +Ibarburu, que en ningún caso desmentía su índole locuaz, formó corro al +instante para decir _ore rotundo_: + +—Señores, hay que tener calma y no ver un descalabro en lo que es +pura y simplemente... una fase, una peripecia de la acción, que no +ha terminado todavía. Ya vendrá esta noche el conocimiento total +de la batalla, que ha sido, que es, mejor dicho, empeñadísima, +desarrollándose en una extensión de muchas leguas. Lo que puedo +asegurar, pues de ello se tiene noticia exacta, es que las bajas de los +cristinos han sido horrorosas..., horrorosas. + +—¡Horrorosas! —repitieron los del corrillo, y la palabra resonó +extendiéndose y atenuándose con la distancia, como la onda en la +superficie del agua. + +—Tengamos calma; confiemos en la pericia de nuestros generales..., y +sobre todo, hay que confiar siempre en la protección del cielo, que +no nos abandona, que no puede abandonarnos, porque somos la fe, la +razón, el derecho, la justicia, la honradez... ¡Pues estaría bueno que +el cielo, la suma sabiduría, diera la victoria al filosofismo, a la +usurpación, a las _ateas discordias_!... No puede ser. Repitamos todos +que no puede ser. + +Y se conformaron por el pronto, repitiendo como papagayos que no podía +ser y que no podía ser. Otro de los que abandonaron a media tarde la +regia morada fue don Rafael Maroto, figura de primera magnitud en +el carlismo, que abrazó con ardor desde los primeros días del cisma +dinástico. Había ingresado en la facción con el grado de teniente +general; gozaba fama de ilustración, de práctica guerrera; pero la +inquina que cordialmente le profesaba González Moreno, el brazo +derecho y el seso militar de don Carlos, no le había permitido lucir, +como pudiera, sus excelsas cualidades. La malquerencia entre Maroto +y González Moreno era vieja en el estadillo absolutista, y en su +cuenta se podían cargar casi todos los atascos y tropiezos de la Causa. +Uno y otro tenían sus pandillitas o taifas que fomentaban aquella +discordia, lanzándose fieros dardos de calumnia y dicterios crueles; +pero Moreno llevaba la inmensa ventaja de haberle ganado al otro la +delantera en la confianza lela del rey, quien no respiraba sin previa +consulta con su jefe de Estado Mayor. Ni la paliza que el tal Moreno +se ganó en Mendigorría, ni otros muchos descalabros que en acciones +parciales sufrió, ni los odios que despertaba en el ejército, movieron +a don Carlos a retirarle su gracia. No tiene esto más explicación que +la recóndita simpatía o afinidad que establece la naturaleza entre +dos grandes ineptitudes, como entre dos inteligencias superiores. La +nulidad de Moreno y la de don Carlos se compenetraban. Uno y otro, +formando una sola ceguera, desconocieron a Zumalacárregui; metiéronle +en aquel desastroso empeño de Bilbao, donde perdió la vida el primero +y único capitán del absolutismo. La página histórica que ha dado +más celebridad a González Moreno fue la trampa que armó a Torrijos +en Málaga para fusilarle impía y cobardemente con sus desgraciados +compañeros. Si don Carlos no veía estos borrones, ¿qué había de ver el +pobre señor? + +Pues salió, como se cuenta, el señor Maroto de la real audiencia y +del consejo, presidido por Su Majestad, que acababa de celebrar la +_Junta Provisional Consultiva de Guerra_ (que tales retumbancias +denominativas eran alegría y entretenimiento del flamante Estado), y le +rodearon al punto amigos y prosélitos, ávidos de oír su parecer: + +—¿Y qué han acordado ustedes? ¿Se puede saber? —le preguntó el señor +Ochoa, intendente general. + +—¡Hombre, qué pregunta!... Están ustedes en Babia —replicó Maroto, que +era de boca un poco libre—. Naturalmente, hemos acordado que somos +todos unos imbéciles. Siempre que nos reunimos acordamos lo mismo. + +—Y de Arlabán, ¿qué? + +Soltó don Rafael Maroto dos o tres voquibles muy de tierra castellana, +con lo cual, si no esclarecía el asunto, expresaba su indignación. +Tenía fama de mal hablado el general, costumbre muy conforme con la +rudeza militar y con el ajetreo de mandar tropa. Don Carlos no le +perdonó nunca que en una ocasión de gran aprieto, atravesando los dos +de incógnito una fragosa sierra en Portugal, largase en su presencia +una señora interjección, tan rotunda como expresiva, que hirió las +timoratas orejas del protegido de la Virgen. Y tan no se lo perdonó, +que desde entonces hubo de caer Maroto en desgracia; mas no le sirvió +de lección, porque rara vez hablaba sin remachar su discurso con +aquellos clavos de acero de la elocuencia familiar española. + +—¿De Arlabán, que quieren que diga? ¡Porra! No podía suceder más que lo +que ha sucedido. ¿Qué se puede esperar, ¡porra!, de la dirección que +da a la guerra ese rocín? ¡Porra! + +—Pero si dicen que la acción no ha concluido, que todavía... + +—Que todavía falta... + +—Sí, falta la más negra, ¡porra, contraporra! + +—Ha sido una peripecia. + +—Sí, sí, buena peripecia nos dé Dios, ¡porra! Ha sido..., aquí en +secreto, aquí en gran confianza, una paliza tremenda, una carrera en +pelo como la de Mendigorría... ¡Si no podía ser de otra manera!... Si +lo vengo diciendo. + +—Pero todavía... podría ser que nos rehiciéramos. + +—Sí, sí; para rehacernos está el tiempo. Lo que pueden ustedes rehacer +es la maleta, ¡porra!, porque, o yo me engaño mucho, o esta noche se +plantan aquí. + +—¿Quién? + +—Córdova... Espartero... Qué sé yo. + +Y se fue a su alojamiento, seguido de su comparsa que aún no se +cansaba de oírle. Era don Rafael Maroto de buena presencia, gallardo, +casi atildado, de palabra expresiva y amena conversación, en la que +no era fácil separar la frase feliz del abusivo adorno de _porras_ y +_contraporras_. + + + + +XXI + + +Avanzada la tarde, se fue generalizando en el pueblo la triste idea +de la necesidad de la evacuación. Con un movimiento admirable, +nuevo testimonio de las grandes dotes tácticas del insigne Córdova, +secundadas por los generales de división Espartero y Ribero, el +ejército cristino habíase posesionado con relativa facilidad de las +formidables alturas del puerto de Arlabán, y era dueño de las sierras +de Elguea y del monte de San Adrián, que cae sobre Aránzazu. Desde las +lomas que cercan a Oñate, así como de las torres de las iglesias y de +los tejados de algunas casas, se veía perfectamente esta posición, +ocupada ya por las tropas de la reina. A poco que estas se dejaran +caer, ¡adiós corte de Carlos V, adiós capital del flamante Estado +_absolutamente absoluto_! Y no había tiempo que perder. Antes de +medianoche era forzoso que escapasen del pueblo, en busca de lugar +seguro, el rey con toda su alta y baja servidumbre, el _Ministerio +Universal_ con sus dependencias, las Secretarías llamadas _Ministerios_ +con sus respectivas cáfilas de empleados, el _Estado Mayor_, todos los +ramos y ramilletes de _Guerra_, la _Superintendencia de Vigilancia +Pública_, la _Junta Superior Gubernativa de Medicina y Cirugía_, +las diferentes _Intendencias_, _Contadurías_ y _Pagadurías_, la +_Maestranza_, etcétera, etc..., con todo el papelorio, que en el poco +tiempo de existencia formaba ya una costra formidable, y el balduque, +los tinteros, las obleas, los polvos de secar, y todo, Señor, todo, +pues con ser aquello un reino en miniatura, abultaba ya casi tanto como +la mitad o los dos tercios de un reino grande. + +Y si no era floja impedimenta la caravana eclesiástica que llevaban +por doquiera —capellanes sin número, familiares del obispo de León y +de otros reverendos, confesores, ministros de la Generalísima—, la +caterva militar y palatina la superaba, pues había _Guardias de honor_ +de infantería y caballería para la Real persona, y un cuerpecito de +_Guardias de Corps_, que no tenía más objeto que custodiar y hacer los +honores debidos al estandarte de la Virgen de los Dolores, que don +Carlos llevaba por delante en sus frecuentes correrías de soberano +caracol, siempre con el trono a cuestas... No se veían más que señores +que, desalados, corrían a las oficinas, a empaquetar legajos, y después +a sus casas, con medio palmo de lengua fuera, a guardar las casacas, el +que las tenía, y los trapitos de ceremonia. + +—He de intentar colarme en Palacio, ofreciendo mis servicios al Infante +—dijo Rapella a su amigo, contemplando el inmenso trasiego de gente +presurosa entre Artazcos y el _Principal_—. Y como estamos en peligro +de quedarnos sin caballerías, porque los prófugos echarán mano de +todas las que hay en el pueblo, conviene que mientras yo busco por aquí +quien me introduzca, vayas tú a prevenir a Sancho para que dé un pienso +a nuestros animales, y ensille y disponga todo, que el golpe bueno es +salir antes que nadie, y agregarnos por el camino a la comitiva del rey +o de don Sebastián. + +Cuando esto decía vieron salir de Palacio un grupo, en el cual el +siciliano reconoció a su amigo Roa, secretario del Infante, y se fue +derecho a él. Era un señor de hermosa presencia, mejor vestido que +el príncipe su amo, y de trato afable y meloso. Hablaban rápidamente +de lo difícil que era en momentos tan críticos obtener audiencia del +rey o del Infante, cuando se aproximaron otras personas que azoradas +y medrosas hablaban de preparativos de marcha. Del ayuntamiento salió +un nuevo grupo. El señor Roa, que continuaba en medio de la calle +charlando con Rapella y Fernando, dijo: + +—¿No me preguntaba usted anoche por Negretti, el mecánico de la +Maestranza? Aquí viene. Fíjense: es aquel de alta estatura, moreno, con +boina azul y chaquetón de pana. + +No necesitó más Calpena para poner toda su vista y toda su alma en el +pelotón que del ayuntamiento acababa de salir. Las señas que daba Roa +no permitían confusión, pues Negretti descollaba en el grupo con su +gallardía escueta de ciprés, alto, derecho y oscuro. Calpena le miró; +en aquel punto desaparecieron de su mente la corte, Oñate, Rapella, el +carlismo y cuanto le rodeaba. No vio más que al hombre corpulento, +fornido, de morena tez; no vio más que el rostro meridional, tostado, +casi ennegrecido por el cálido resplandor de la fragua. Representaba +unos cuarenta y cinco años; era su cuerpo de Hércules, su hermosa cara, +de matiz pizarroso en la piel del bigote y barba, afeitados con esmero; +la expresión grave, los ojos dulces. Sus facciones delataban la raza, +la incomparable estirpe de que era ejemplar perfecto la hermosísima +Aurora. Por todo esto y por otros sentimientos que de súbito asaltaron +a Calpena, el Negretti que de lejos veía le fue simpático. Fijose más +en él, aproximándose, y Negretti también le miraba. Como si esta mirada +fuese chispa eléctrica, sintió el joven un terrible sacudimiento dentro +de sí y, sin encomendarse a Dios ni al diablo, movido de irresistible +impulso, se fue derecho a él y descubriéndose cortésmente le dijo: + +—Es usted el señor Negretti... + +—Servidor —replicó el atleta llevándose la mano a la boina con militar +saludo—. Y usted es el señor de Calpena. Le he conocido no sé en qué, +pues es la primera vez que tengo el gusto de verle... Corazonada... En +la manera de mirarme usted le he conocido. Y como el señor Roa me dijo +esta mañana que dos caballeros de Madrid preguntaban con interés por mí +y por mi sobrina... + +—¡Aura! —exclamó Calpena tan turbado que no sabía por dónde empezar—. +Aurora... + +—Sí, ya sé, ya sé... Hace usted bien en hablar conmigo, y en venir +a nosotros por el camino derecho, porque yo no me como la gente; soy +hombre razonable y sé ponerme en lo natural. Venga usted conmigo +si quiere que hablemos un rato, que el tiempo apremia y tengo que +prepararme. + +—Ya sé que la familia —dijo Calpena empezando a recobrar el aliento— +está en un pueblo de la costa. + +—Sí señor... Como siempre me pongo en lo mejor, ese es mi natural, +le supongo a usted con intenciones honradas y de caballero. Dígolo, +porque si viniera con propósito de burlarme y de hacernos algún paso +de comedia, ya puede volverse por donde ha venido, porque soy hombre +que no se deja embromar. En el poco tiempo que lleva Aurora al lado +nuestro, le hemos tomado mi mujer y yo gran cariño. La queremos ya como +si fuera nuestra hija... + +Algo quiso decir Fernando; pero Negretti le tapó la boca con un gesto, +queriendo abreviar, y prosiguió: + +—Ya sabemos la historia. Con lágrimas y suspiros nos ha contado la +niña que le quiere a usted; que no puede querer a otro... Está bien, +muy bien... Ahora, en pocas palabras, señor mío, le manifestaré mi +opinión. Si yo llego a entender que es usted digno de ella, no me +opongo, ni Prudencia, mi esposa, se opondrá tampoco. Demuéstreme el +señor Calpena que es un joven de familia cristiana y limpia; vea yo que +por su honradez, por su seriedad, por sus circunstancias, es merecedor +de tal joya, y ya estamos en vías de acomodarnos. Si me sale con la +gaita de que es poeta o de estos que no tienen más oficio que escribir +en papeles, no hemos hecho nada, señor. Curaremos a la niña de su mal +de amores, lo que podrá ser difícil, pero no imposible, y a rey muerto, +rey puesto. + +Nuevamente quiso hablar Calpena; pero el otro le cortó por segunda vez +la palabra con estas: + +—Poetas y emborronadores de papel no queremos en casa. ¿Es usted por +casualidad propietario? + +—No señor. + +—¿Es usted abogado? ¿Tiene alguna carrera? + +—No señor. + +—Empleado quizás... + +—Lo he sido. Puedo volver a serlo. + +—Los empleados tampoco nos gustan. Pero, en fin, ya que no tiene +usted carrera, de algo sabrá, siquiera sea un oficio... Me consta, +por lo que relata la niña, que en Madrid pasaba usted por hombre de +gran inteligencia... y no sé por qué, se me figura que en esto no va +Aurorita descaminada. La cara del señor Calpena, sus ojos, me revelan +entendimiento... + +—No creo carecer de facultades para cualquier profesión u oficio a que +me dedique. + +—¿Sabe usted matemáticas? + +—Muy poco. + +—¿Latín? + +—Eso sí... y humanidades. + +—Algo es algo... En fin, señor mío, le acojo con benevolencia; pero no +le abro mis brazos todavía; le mantengo a distancia. Ya ve que no soy +tirano, y si usted ha venido con la idea de representar aquí un paso +de teatro quitándome a la niña con burla o con violencia, no es flojo +chasco el que se lleva. + +—No vacilo en confesar a usted —dijo Calpena en un arranque de +sinceridad— que he venido con esas ideas; pero la presencia de usted, +sus palabras, su persona misma y modo de ser me han desconcertado +radicalmente... Hállome aturdido, sin saber qué pensar ni qué decir... +Pero desde luego le aseguro, señor mío, que por nada del mundo he de +renunciar al amor de Aura, y que hacia ella he de ir por el camino que +crea más corto. Si este es el camino de la paz, mejor; por él iré. + +—Está bien; pero debo asegurarle a mi vez que no hay para llegar a ella +más que un camino, y en este camino estoy yo, Ildefonso Negretti; está +también mi esposa. Ya ve que soy benévolo, que le hablo con lealtad, +y de mi lealtad quiero darle aún mayor prueba diciéndole que Aurora +reside con mi mujer en la villa de Bermeo; la he mandado a un puerto +de mar, no solo por ser aquel uno de los lugares más tranquilos dentro +del país en guerra, sino porque espero que los aires de la costa han de +probar bien a su salud, bastante delicada desde que salimos de Madrid. +Viven mi mujer y mi sobrina en Bermeo, _Barrencalle_, número 2. Le +digo a usted la dirección de mi casa para que vea que no le temo, que +confío en que ha de responder con su lealtad a la mía. + +—_Barrencalle_, 2 —repitió Fernando, que habría querido ir allá de un +vuelo. + +—No le doy las señas para que vaya allá, sino para que sabiéndolas se +abstenga de ir, entendiendo que no es mi gusto que vaya, ¿estamos? No +me alborote usted a la niña, ni me le encienda la imaginación, que con +un soplo, como usted sabe, se convierte de rescoldo suave en horno de +ferrería; no me trastorne aquella pobre alma, que fácilmente salta del +sueño al delirio y de la ilusión a la locura, ni me dispare aquellos +nervios que mi mujer y yo, a fuerza de dulzura y paciencia, hemos +conseguido contener y amansar. No, no. Tengamos la fiesta en paz. Si se +planta el novio en Bermeo sin mi permiso, fíjese bien, sin mi permiso, +pues hablo como padre de Aurora, perdemos las amistades y no hay nada +de lo dicho. Por lo que valga, sepa que en la casa de allá no están las +mujeres solas; en ella viven también dos fieras en figura de hombres: +mi cuñado Hilario, capitán de barco, y un primo suyo, que también es +de mar; excelentes personas, bravos y fieles, que no han de consentir +ningún desmán en aquella honrada vivienda. + +Por tercera vez quiso Calpena decir algo; pero el hercúleo Negretti, +que tenía prisa, no le dejó tomar resuello: + +—Aguárdese un poco, y concluimos. Ya he dicho antes que no soy tirano, +y que acostumbro ponerme en lo natural. Sé lo que son jóvenes; yo he +sido algo joven, yo también he probado el amor, y no desconozco lo que +puede en nuestra alma. Sabedor de todo esto, y siendo además hombre +honrado y buen cristiano, le digo al señor don Fernando que no me +opongo, no señor, no me opongo a que ame a la niña, ni a que se case +con ella. Pero he de advertirle que perlas como esta sobrina no están +ahí para el primero que llega. Sobre lo que ella vale, está lo que +posee, lo que ganó honradamente mi pobre hermano Jenaro, y si todo eso, +la niña y su capital, han de ser para usted, no es mucho pedir que me +demuestre ser merecedor de bienes tan grandes. ¿Es esto claro, es esto +real, es esto noble? + +—Si, sí, sí —afirmó Calpena con efusión estrechándole la mano—. En un +momento me ha conquistado usted, me ha hecho suyo, que es el verdadero +camino, bien lo veo, para ser de ella. + +—Pues no necesitamos hablar más por ahora. Antes de ir a Bermeo, irá +usted a donde yo esté... y estaré con la corte, pues no puedo apartarme +del servicio de Maestranza en el real de don Carlos. Hable usted +conmigo, entendiendo que para ganar aquella plaza, tiene que ganar +antes los baluartes que la rodean y defienden, y esos baluartes véalos +en mi. Yo soy la muralla. Póngame usted sitio, y por los medios que +emplee para conquistarme, sabré yo si debo o no debo rendirme. Por de +pronto escribiré a la niña, diciéndole que he visto a su galán, para +que esté tranquila... Conque... + +—Pero ¡qué!, ¿nos separamos ya? —dijo Fernando con ansiedad, sintiendo +que el tal Negretti se le metía en el corazón. + +—Sí, señor. Yo tengo que preparar la salida del material, salvo lo que +por su peso es forzoso dejar aquí. Me parece que ya hemos parlado todo +lo sustancial. Ya sabe dónde me encontrará. + +—Pues separémonos; pero no sin decirle que, contra lo que esperaba, +hallo en usted la suma lealtad y la hombría de bien más pura. Yo me le +figuraba un monstruo, un tirano, el mayor y más fiero enemigo de mi +persona y de mi felicidad; pero ya veo... + +—Adiós, adiós... Me esperan. Vea usted; allí me están llamando... Hasta +que nos veamos; lo dicho, dicho... Adiós. + +Y se metió corriendo en la Universidad, donde multitud de personas, +unas de tipo militar, otras de obreros, le aguardaban inquietas. +Calpena le seguía con sus ojos. ¡Y cuán solo y triste se quedó al verle +desaparecer! En aquel momento ya oscurecía... Lloviznaba... ¡Qué triste +anochecer! + + + + +XXII + + +Como chorro de agua fría derramado en un brasero, fue la presencia +y dichos de Negretti en el espíritu de Calpena, que vio de súbito +convertido en cenizas mojadas todo aquel fuego que encendía su +voluntad; y el drama romántico que el niño se traía, con violencias +y fuertes emociones, con su rapto correspondiente, quizás con +cuchilladas y tiros, se trocó en comedia casera. Verdad que esta +era de las buenas, de las mejores, según se anunciaba; mas, por el +pronto, hubo desilusión, enfriamiento repentino, caída de las alturas, +y esto siempre duele. Un rato estuvo el joven como atontado: casi, +casi llegó a parecerle fantástica la aparición de Negretti, y sus +palabras fingimiento del propio tímpano que las oyera. Por real lo +tuvo reflexionando en ello, y reconoció gozoso que el tío de su amada +era una gran persona, sus palabras sinceras y honradas, en armonía +perfecta con la noble expresión de su rostro. ¡Vaya con los cambiazos +del destino! ¡El enemigo, el tirano, el ogro, convertíase, como por +magia, en un ser bondadoso, de ideas severas, eso sí, pero sanas! ¡Y +con qué firmeza de padre tutelar le había planteado la cuestión de sus +relaciones con Aura! ¡Con qué gracia y donosura había desbaratado el +romántico artificio, como don Quijote acuchillando el retablo de maese +Pedro! ¡Y cuán hábilmente, entre las ruinas del cartón pintado, había +puesto el cimiento angular de la vida razonable, discreta, lógica, como +Dios y la ley la quieren y formulan! Era el tal don Ildefonso todo un +hombre, y no había más remedio que bajar la cabeza ante su voluntad, +juntamente rigorista y protectora, aceptando los procedimientos +pacíficos que proponía, los cuales significaban decencia, lógica y +facilidad. + +Dio vueltas Fernando por frente a la Universidad, sin hacerse cargo de +lo que a su alrededor ocurría; tan metido estaba dentro de sí. Pasado +un rato, y obligado por la llovizna a guarecerse bajo un alero, empezó +a ver lo inmediato y circunstancial. + +«¿Qué tenía yo que hacer, Señor? —se dijo—. ¡Ah! ya me acuerdo: me +mandó que buscase a Sancho y le mandara preparar las caballerías». + +Hallábase al decir esto entre la Universidad y el edificio destinado a +hospital. A dos pasos de allí, en _Ikasola kalea_, estaba el parador +donde a la sazón debía de encontrarse Sancho; pero no acertaba con él: +la noche se había echado encima, oscurísima, y la gente afanosa que por +todas partes bullía le estorbaba el paso. En la puerta posterior de la +Universidad había lo menos diez carros cargando pesados objetos, y en +la Caridad, por un portalón de la huerta, sacaban enfermos en camillas. +El tumulto era grande; alumbraban estas operaciones farolillos mustios, +y el vocerío en vascuence o mal castellano mareaba la cabeza más firme. + +Trató Calpena de abrirse paso hacia el parador, y preguntando a este +y al otro pudo enterarse de que los jamelgos del señor Sancho habían +sido embargados para el transporte de los heridos que bajaban de San +Adrián. Pensó dar conocimiento al gran Rapella de estas novedades, que +sin duda imposibilitarían la partida; ¿pero dónde demonios estaba +el siciliano? Desde que se le apareció Negretti en la plaza, habíale +perdido de vista. Si había logrado meterse en Palacio, y se agregaba a +la comitiva de don Sebastián, ¿cómo se las compondrían Sancho y Calpena +para seguirle, no disponiendo de caballos? En fin, Dios diría. Llenose +de paciencia el aburrido joven y continuó buscando al escudero. De +pronto, vio que los hombres y mujeres que antes se agolpaban junto a la +Universidad, corrían hacia la plaza gritando: + +—Ya vienen, ya vienen... + +Pudo creer el forastero por un momento que los que venían eran los +cristinos victoriosos, posesionándose, con la brutalidad del vencedor, +de la villa y corte indefensas. Pero no; los que venían eran dos +batallones facciosos, el _Requeté_ y el 2.º de Guipúzcoa, que se +retiraban con mediano orden delante del enemigo, trayendo muchos +heridos, hambre, cansancio, ira, y la tristeza del vencimiento. Bajaban +por el camino de Aránzazu, rotas las filas, presurosos. Calpena les +vio entrar en el pueblo por la calle de Santa María: ante el palacio +del rey, dieron algunos vivas con voz apagada y ronca, y pararon luego +en la plaza, en medio de una gran confusión. Oyó los gritos de los +jefes, queriendo ordenar las secciones, para repartirles pan y vino, y +en tanto las mujeres se abalanzaban llorosas a los carros del 2.º de +Guipúzcoa, reconociendo a los heridos, llamándoles por sus nombres, +reconociendo también a los vivos y abrazándoles, si los encontraban. +Era un lastimoso espectáculo que oprimía el corazón, tanto dolor de +una parte, de otra tanta abnegación y entereza, y afligía considerar +el enorme, inútil sacrificio que todas aquellas penas y virtudes +representaban. + +En los balcones de Artazcos se veían luces. Quién decía que Carlos V +estaba cenando sus alubias y su sopita de ajo con un poco de vino, para +emprender la marcha inmediatamente hacia San Prudencio; quién que había +cenado y estaba rezando el rosario con su alta y baja servidumbre y +los señores ministros; y esto lo decían con veneración, con el interés +que inspira la persona más amada. En aquel barullo acertó Calpena +a encontrar al chicuelo organista que le había guiado a la casa de +huéspedes el día anterior, y le cogió del brazo, preguntándole: + +—¿Has visto, por casualidad, al señor diplomático que ayer llegó +conmigo? + +Replicó el chico negativamente, y al punto agregose otro bigardón +afirmando que el caballero flaco había salido de Palacio con el señor +Urra y el señor Echevarría, dirigiéndose al Ayuntamiento, donde se +disponían caballos y coches para el séquito del rey. De Sancho dijeron +que creían haberle visto en la Caridad ayudando a la saca de los +enfermos que debían marchar, y allá corrió Fernando con el organista, +que oficioso se prestó a ser su escudero. + +Nuevamente fue acometido Calpena, en ocasión de tanto apuro, del +recuerdo de Negretti: + +«¡Qué bueno sería —pensaba— que nos encontrásemos ahora y lograra yo +que me llevase consigo en los carros de la Maestranza!». + +Con estas ideas se entremezcló la consideración del cambiazo súbito +que le marcaba su destino, y al decir destino daba este nombre +indebidamente al soberano gobierno de Dios, que dispone a veces, según +su alta voluntad, todo lo contrario de lo que propone nuestra pequeñez +ignorante y ciega. Bastaron unos minutos de coloquio con persona que +trataba por primera vez, para ver alterado totalmente el rumbo de sus +caminos, vueltas del revés sus ideas, y en la esfera de su voluntad +sustituidas unas energías por otras. ¡Cuán lejos estaba el soñador +Fernando de que su destino, Dios mejor dicho, le preparaba desviaciones +más radicales y sorprendentes! + +Entró con su ayudante en el patio grande de la Caridad, donde vieron +algunos enfermos medianamente acondicionados en camillas para partir +con la corte. Eran soldados, oficiales, paisanos, víctimas de la +guerra dinástica. Familia o amigos cuidaban de su transporte, y no +había ya más dificultad que encontrar músculos vigorosos que cargaran +las camillas por lo menos hasta San Prudencio. Los que se hallaban en +mejor disposición se acomodaron en los carros de la Maestranza, entre +bombas, cartuchería y maquinaria, y algunos fueron llevados a la plaza +para agregarse a la impedimenta del _Requeté_ o del 2.º de Guipúzcoa. +Recorrieron todo el patio en busca de Sancho, y en una de estas vueltas +Calpena se sintió cogido de la esclavina de su abrigo; volviose, y vio +a una mujer lacrimosa que, cruzadas las manos y mirándole con vivísima +ansiedad de postulante, como los que apremiados por la miseria imploran +la caridad pública, le dijo: + +—Señor mío, caballero..., no me negará usted que lo es, porque el +que ha nacido caballero no lo puede negar... Si es usted tan noble +y piadoso como me ha parecido, me atrevo a pedirle que ampare a una +familia desgraciada... + +Hizo ademán Calpena de sacar limosna, y ella, retirando su mano, +prosiguió: + +—No, no; la caridad que pido no es esa; pido su auxilio para salir de +aquí, para proteger la vida de mi padre... + +—Señora —dijo Fernando cortés y compasivo—, mucho siento no poder +ampararla... Soy forastero, no conozco a nadie, y busco también quien +me facilite la salida. Perdóneme usted..., no puedo... + +Se alejó; pero no había dado diez pasos cuando sintió en su corazón el +golpetazo de la piedad, en su garganta el ahogo de la conciencia que se +rebela contra el egoísmo, y volvió hacia la mujer, que arrimada al muro +lloraba sin consuelo. + +—Bueno —le dijo—, veamos en qué puedo servirla. No llore y +explíqueme... Difícilmente podré yo... + +—No me equivoqué —replicó ella—, al pensar que es usted persona +hidalga. Entre tantos indiferentes o despiadados, solo en usted, cuando +le vi pasar, vi la esperanza. + +—¿Pero qué puedo hacer? Soy forastero... + +—Yo también. Tanto usted como yo somos aquí gente extraña, enemiga +quizás al sentir de ellos... Bien se ve que no es usted de esta +tierra... + +—En efecto... + +—Ni faccioso quizás. ¿Y qué? También hay en la facción caballeros, y +usted lo es. + +—De tal me precio... Pero... dígame... Lo primero: ¿quién es usted, qué +clase de socorro desea?... + +—Ya sabrá quién soy, quiénes somos, pues conmigo está mi hermanita, +más pequeña que yo. Por el momento, y en este grave apuro, solo digo +que tenemos aquí a nuestro padre enfermo, y queremos llevárnoslo, +huir, escapar de esta casa y de este pueblo. La vida de mi padre +corre peligro... Moriremos nosotros con él, antes que abandonarle... +¿Podremos salir aprovechando esta desbandada? + +—Perdóneme... No acabo de enterarme. Su padre de usted ¿dónde está? + +—Arriba... + +—¿Quién es? + +—Don Alonso de Castro-Amézaga, persona de gran posición y nobleza, +natural de Laguardia, prisionero, enfermo, condenado a muerte un día, y +al siguiente indultado por la piedad de Carlos V; aborrecido del pueblo +oñatiense, y de las tropas y servidores de este rey, de quien no quiero +decir nada malo. Observe usted que no digo nada malo. + +Lo que observó Calpena, en ocasión que los farolillos movibles +alumbraban el rostro de la pobre señora, fue que a esta le cuadraba +más bien la denominación de moza o señorita. A oscuras y desfigurada +por el llanto, habíala creído mujer del pueblo, joven. + +—Soy una persona decente —dijo la llorona, comprendiendo que Calpena +rectificaba su primer juicio—. Aunque me ve usted en este abandono de +vestir, motivado por los trabajos que nos impone nuestra desgracia, +mi hermana y yo somos dos señoritas de una familia rica y noble. Cómo +hemos venido aquí, cómo nos encontramos prisioneras con mi padre, +secuestradas propiamente por nuestro amor filial, sin amparo, sin +consuelo, es cosa muy larga de contar. ¿Será usted bastante discreto +para no pedirme ahora más explicaciones, y bastante generoso para +prestarme, como caballero, antes que se las dé, su apoyo y protección? + +—Sí, sí..., veamos. + +—No tardará usted en conocer por qué circunstancias y casos tan +peregrinos se encuentran aquí dos damitas muy principales, al cuidado +de un noble señor a quien sus entusiasmos locos han traído a esta +terrible situación. + +—Ya voy comprendiendo... Pues apela usted a mi caballerosidad, yo le +aseguro que no ha llamado a la puerta del egoísmo... Señora, en lo que +de mí dependa... Y ahora, ya que me ha dicho usted el nombre de su +desgraciado padre, dígame el suyo. + +—¿El mío? Me llamo Demetria... Mi hermana es Gracia, y solo tiene +catorce años. Yo he cumplido veinte. + +—¡Veinte años! —exclamó Calpena—, ¡y a los veinte años, en posición +decente, encontrarse aquí..., así...! + +Por un momento dudó Fernando. Pero en aquel punto pasó un fraile que +llevaba farol; a la luz de este vio el rostro de la que se había +llamado damita, en el cual efectivamente se revelaban, sin que pudiera +decir cómo, la principalidad y la buena educación. ¿Era bella? A la +fugaz claridad del farol pareciole insignificante. Pero acertó a pasar +otra linterna, y la luz de esta pintó la cara de Demetria con formas y +matices que se aproximaban a una mediana hermosura. + +—Quedamos en que Dios me ha deparado un caballero. Se lo pedí con toda +el alma —declaró la joven mostrando su espíritu, gallardo y animoso, ya +que no su semblante, que continuaba desvanecido en la penumbra—. Vamos, +suba usted conmigo. + +—Si el caballero que Dios concede a usted soy yo, señora —dijo Calpena +con no menos gallardía—, sepa que cuando se trata de amparar al +desvalido no conozco el miedo. Adelante, pues, y Dios sea con nosotros. + + + + +XXIII + + +Subieron a punto que bajaban hombres y mujeres; pero nadie reparó en +ellos: cada cual iba derecho a su asunto sin cuidarse del prójimo. En +un cuarto mísero, lleno de trastos, el primero que a mano derecha se +encontraba, entraron Demetria y su protector, seguidos del chicuelo +organista, a quien Fernando mandó retirarse. En la galería había luz: +abriendo la puerta de la estancia se podía ver a medias el interior de +esta. Demetria entró dando albricias: + +—Ya tenemos quien nos salve. Nuestro salvador aquí está: no le conozco; +pero no importa. Dios me lo ha deparado. + +No distinguía Calpena la figura del don Alonso, que yacía taciturno +sobre un montón de esteras liadas. Destacose la figura de Gracia, +delicada, esbeltísima, bañado también en lágrimas el rostro, y saliendo +a la puerta, expresó su turbación en estos términos: + +—¿Y el señor sabe quienes somos?... ¿Le has dicho...? + +—En este cuarto —dijo la hermana mayor— dormíamos nosotras. Cuando +se empezó a decir que la corte evacuaba la ciudad, no pensamos más +que en la manera más fácil y pronta de escapar de aquí. Felizmente, +señor... Pero no estará de más que me diga usted su nombre, y así nos +entenderemos mejor... Pues sí, señor don Fernando..., felizmente los +celadores y enfermeros no hicieron ningún caso de mi padre, y cuando +empezaban a sacar heridos, echáronle de la cama y de la sala... + +—Como a un perro —añadió la otra niña con rabiosa aflicción. + +—¿Qué hacemos ahora? Incapaces nosotras de determinar nada, nos +entregamos a la voluntad y a la iniciativa de usted. + +—¿Hay algún peligro en que su señor padre salga públicamente... por +entre el vecindario? + +—Sí, señor; lo hay, puede haberlo..., porque..., verá usted... + +En esto llegó arriba presuroso el organista con la nueva feliz de que +el señor Sancho había parecido, y estaba en el patio. Rogó Calpena a +las niñas que aguardasen un momento mientras bajaba en busca de quien +podía prestarle eficaz ayuda en aquel empeño. Presurosa salió Demetria +a la escalera para decirle: + +—Por Dios, no tarde usted mucho. Si usted no volviera o tardara, nos +moriríamos de pena. + +—Esté tranquila. Volveré al instante. + +—¿Cómo demostrarle que no es conveniente exponer a mi padre a que le +vean paisanos y soldados de Oñate en las calles del pueblo? Necesitaría +contar a usted una parte larguísima de esta triste historia para que +lo comprendiese bien. Pero usted, sin explicaciones, me creerá..., me +creerá sin pruebas. ¿Verdad, señor don Fernando? + +—Creo..., sí... —afirmó Calpena; y al decirlo, mirándola de abajo +arriba, pues ella se paraba en los escalones más altos y él descendía +lentamente, vio en sus ojos algo que le infundía ciega fe. Demetria, +bien lo observó entonces, era de estatura más que mediana, esbelta y de +admirable conformación de cuerpo y talle. + +En los últimos peldaños de la escalera le cogió Sancho, endilgándole +apremiantes órdenes de su señor: + +—Don Aníbal se va con el Infante. Me dice que a usted le acomodará en +un birlocho de los señores eclesiásticos, donde irán apretaditos, y a +mí en una mula de los mismos, a la grupa del fraile de menos libras. Me +dice que... + +—¿Más todavía? + +—Que recojamos del alojamiento sus pistolas, el abrigo de monte, la +gorra de ídem, y las demás prendas que allí tienen los señores, y +que con todas estas cosas y nuestras personas nos dejemos caer por +el Ayuntamiento, donde él se encuentra con el señor Erro y otros +principales de acá. + +No necesitó Calpena saber más para concebir con rápido pensamiento un +plan y ponerlo en ejecución con voluntad decidida, en la cual no cabían +dudas ni vacilaciones. + +—Aguárdame aquí: tardaré un cuarto de hora todo lo más. Si no te +encuentro cuando vuelva, Sancho, te aseguro que me la pagas. Obedéceme, +o sabrás quién soy. Aquí..., no te muevas..., te necesito. Un cuarto de +hora... + +Corrió a la calle; veinte minutos después hallábase de vuelta, +trayendo las pistolas y dos capotones de viaje, uno de los cuales +a Rapella pertenecía. El motivo de haber tardado un poco más de lo +presupuesto fue que al salir de casa de Iriarte, recogidos los bártulos +y pagado el hospedaje, encontró interceptado el paso por la comitiva +del rey. Iba Carlos V en su coche, tirado por tres poderosas mulas. +Aun en tan desairada y triste ocasión, el pueblo le aclamaba, adorando +más bien la idea que la persona, a la cual no veía. Con lentitud +atravesó el carruaje la plaza, llena de tropa, y entró en la calle +_Zarra_, seguido de otros coches y de innumerables jinetes, entre los +cuales descollaba por su militar arrogancia la guardia de honor del +estandarte de la Generalísima. Lloviznaba otra vez, y las mujeres se +echaban una enagua por la cabeza: los soldados aguantaban impávidos la +lluvia como poco antes habían resistido las balas. El tambor sonaba +en las calles lejanas, aproximándose por esta parte, alejándose y +perdiéndose por la otra. En los corrillos que a su paso encontraba, oyó +Calpena un alarmante rumor. Venían, venían los cristinos por San Adrián +abajo..., ya estaban cerca de Aránzazu... Antes de amanecer ocuparían +la ciudad... ¡Pobre Oñate, pobres casas, infelices mujeres! + +—¿Y la caja del señor, y el estuche, afeites y pinturas del señor don +Aníbal?... —preguntó Sancho, quedándose como en éxtasis. + +—Sube conmigo, y cállate la boca —dijo Calpena entregándole todo lo +que había traído, menos las pistolas—. El estuche se lo he mandado al +Ayuntamiento con la criada de Iriarte. A nosotros no nos hace falta, +porque no nos pintamos. Lo que pudiéramos necesitar, aquí lo tengo ya. +Vamos, arriba pronto. + +Demetria le salió al encuentro gozosa, cruzando las manos como quien da +gracias a Dios. Ya estaba medio muerta de ansiedad, sespechando que su +protector no volvería. + +—Me detuve, señora doña Demetria, viendo pasar al rey, que ya va camino +de San Prudencio y Vergara... Y dicen por ahí que vienen tropas de Oráa +a ocupar el pueblo. ¿Esto nos favorece o nos perjudica? + +—¡Nos favorece! —exclamó la joven volviendo a cruzar las manos y +elevándolas al cielo—. ¡Dios mío, si fuera verdad...! Pero no perdamos +tiempo, señor don Fernando... ¿Qué tal está de gente la calle? + +—Por aquí escasea ya; en la plaza un gentío inmenso... Vea usted este +abrigo largo. Se lo pondremos a su señor padre. Es de un amigo mío que +se va con la corte. + +—¿Qué trae ahí? Pistolas... ¡Ah! Parece que ha leído usted mis +pensamientos, señor de Calpena, o que viene inspirado por Dios. Ya +pensé yo que debía usted llevar armas por lo que pueda ocurrir. + +—Nos defenderemos si es preciso. ¿Hay alguien aquí que nos estorbe la +salida? + +—Puede ser... no sé. En la confusión de este momento angustioso para +el pueblo, saldremos, o intentaremos salir después de encomendarnos a +Dios fervorosamente. + +Entró Calpena en la estancia precedido por Demetria y seguido de +Sancho. En el suelo había un farol. Don Alonso se había puesto en pie; +miraba con espantados ojos a los dos hombres. Era un señor de tipo +militar, grave, hermoso, tan horriblemente demacrado, que representaba +sesenta años no contando más que cuarenta y siete. + +—Son amigos —le dijo Demetria acariciándole—, amigos de los buenos, que +nos acompañarán fuera de aquí hasta donde queramos; hasta nuestra casa. +¿Verdad, señores, que nos acompañarán? + +—Amigos —balbució el enfermo con torpísima voz, sin quitar de ellos sus +atónitos ojos—. ¿De qué tierra...? + +—De la nuestra, de allá... Vamos, vamos pronto. Póngase el abriguito +que le ha traído este buen señor, y arrópese bien, y cálese la capucha, +que hace mucho frío... Así, así... ¿Ve qué bien está? + +Calpena se ciñó el cinto de las pistolas. En aquel momento entró una +vieja, que presurosa recogió del suelo el farol, diciendo en voz muy +baja: + +—Ocasión como esta para salir, en toda la noche la hallarán. ¡Ánimo +y afuera! Abierto todo... Corpas y Berastegui han ido corriendo a la +plaza. + +—Este buen señor —indicó Calpena viendo que don Alonso se movía con +notoria dificultad— ¿está paralítico? + +—Le llevaremos entre todos —dijo la niña mayor, angustiada. + +—Sancho —ordenó don Fernando a su escudero en tono que no admitía +réplica—, tú que eres fuerte, cógele en brazos. Afuera todo el mundo... +Demetria, agárrese usted de mi abrigo por este lado... Gracia, por la +izquierda. Déjenme los brazos libres... Buena mujer, haga el favor de +llevar este lío de ropa, que es mucho peso para la niña. Yo, con mis +dos mujeres, delante; sígueme tú, Sancho, con el señor a cuestas... +Vamos. Derechos a la salida por la puerta principal. Y luego todo el +mundo a la derecha lo más vivamente posible hasta coger el puente y +ponernos al otro lado del río. ¡Dios sea con nosotros! Saldremos sin +tropiezo, y al que quiera detenernos no le doy tiempo a respirar. + +Salieron en el orden dispuesto, con vivo paso, sin mirar a nadie. Por +fortuna, en el patio había poca gente. Sentía Fernando el temblor de +las dos muchachas, cada una por un lado, y su ardimiento varonil se +centuplicaba entre aquellos dos miedos femeninos... Todo fue muy bien +hasta que, franqueada la puerta y torciendo hacia el río, pasaban +frente a la Universidad. Dos galeras paradas en medio de la calle +obligáronles a un largo rodeo, y en esto se les plantaron delante dos +hombres, con boina blanca (_chapelchuris_), que parecían servidores de +alguna ambulancia: + +—Eh, ¿qué es eso, a dónde van estos pájaros?... Atrás —dijo uno de +ellos revelando en la pureza del habla que no era vascongado. + +Sin contestarle, Calpena le dio un empujón, diciendo a su escudero: + +—¡Vivo, Sancho, vivo! + +—¡Atrás! ¿quién es usted? —gritó el otro _chapelchuri_ cortándole el +paso. + +Fernando le apuntó a la cara diciendo: + +—¿Que quién soy? Vas a verlo. Un hombre que te dejará seco ahora mismo, +si le estorbas el paso... + +Y como los otros retrocedieran, más sorprendidos que atemorizados, +añadió en el mismo tono: + +—Animales, ¿no veis que acompaño a dos señoras? ¿De qué tierra sois, +que no respetáis a las damas?... + +—_Semos_ de Cascante. ¿Y qué? + +—Pues yo soy de _Cascón_. ¡Paso! No somos ladrones... No nos llevamos +nada que no sea nuestro. + +—_Pensemos_ que venían de la cárcel. + +—Abur, amigos... —dijo Calpena avivando el paso, siempre con la +impedimenta de las dos aterradas niñas a un lado y otro—. El que quiera +media onza, venga por ella; el que quiera una bala, también... + +Y diciéndolo llegaron al puente, y pasáronlo a escape, sin mirar atrás. +Las señoritas, adquiriendo por el miedo mismo súbita ligereza, no +corrían, volaban, y Fernando con ellas. Sancho, con supremo esfuerzo de +sus aceradas piernas, se puso prontamente a mayor distancia. La vieja +que cargaba el lío de ropa fue la más rezagada; pero llegó la pobre, +renqueando, sin tropiezo alguno. + +—Si esos brutos —dijo Calpena cuando pudieron tomar aliento— vienen +acá, que escojan entre una buena recompensa por ayudarnos y un par de +tiros bien certeros por perseguirnos. + +—Señor, no hay que temer —dijo sofocado el escudero, dejando en el +suelo a don Alonso—. Esos mostrencos son de Cascante, media legua +de mi pueblo, que es Ablitas. Les conozco: están en la facción por +compromiso. Son de los que llaman _pasados_, y sirven por los nueve +cuartos. Si vienen, con una buena propina le servirán a usted de cabeza. + +—No, no; más vale que no vengan. No quiero nada de Oñate, y menos de +_chaquelchuris_ o _chapeles_ del infierno. Alejémonos un poco más, y +luego tomaremos algún descanso. Ánimo, señoras, que ya estamos fuera. +Y tú, Sancho, imita, hasta donde puedas, al bravo Esain, _el burro de +don Carlos_. Solo que nuestro pobre don Alonso pesa menos que el rey +absoluto. Adelante. Esta buena señora hará el favor de llevar su carga +un poquito más lejos. Allí se ve una luz. ¿Qué es aquello? ¿Hacia dónde +vamos? + +—Es la ermita del Santo Ángel de la Guardia —indicó la vieja. + +—Él nos favorezca y nos acompañe —dijo Demetria más animosa, haciendo +la señal de la cruz. + +—El señor Echevarría ha mandado que se alumbre la imagen toda la noche. + +—¡Qué previsión la del señor confesor del rey!, esa luz piadosa nos +guía en esta oscuridad —dijo Calpena—. Creo que nadie nos sigue... +¡Eh! Sancho, párate un poco. Cruzamos un camino. ¿Hacia dónde se va por +aquí? + +—Tirando a la izquierda, vamos a Lamiátegui. + +—¿Es camino contrario al que lleva la corte? + +—Sí, señor; podremos, faldeando el monte Aloña, subirnos hacia +Aránzazu... + +—Eso, eso —dijo Demetria prontamente—. Aránzazu... Aránzazu es nuestro +camino... + + + + +XXIV + + +Dispuso el jefe de la expedición dirigirse al barrio de Lamiátegui, +donde se procurarían medios para alejarse de la villa con más presteza +y comodidad. Continuaron su marcha silenciosos, y llegado que hubieron +cerca de las primeras casas de la anteiglesia, arrimáronse a un +humilladero que les pareció lugar muy apropiado para descansar y +orientarse. Puesto en pie don Alonso, sostenido por sus dos hijas, +mirábales a todos uno por uno con ojos de sorpresa y terror. + +—¿Dónde está Oñate? —preguntó con ronca voz, y mayor espanto en su +mirada. + +Los cuatro a un tiempo señalaron hacia donde se veían las mortecinas +luces de la villa entre montes y espesuras borrosas..., y le hicieron +notar el triste son de tambores que hacia aquella parte se oía. +Encarose don Alonso, erguido y fiero, con el espacio oscuro salpicado +de luces, y cual si estuviera delante de una persona, blandió su +bastón, exclamando: + +—¡Ca... nallas, lad...! + +No pudo concluir: su lengua era como un trapo, y sus esfuerzos por +hacerla funcionar no producían más que sordos mugidos. Volvió a gritar: + +—¡Ca... nallas! + +Y lo que no pudo decir con la boca, decíalo con el bastón, pues más +de cinco minutos estuvo apaleando la atmósfera, hasta que sus hijas, +haciéndole sentar en el sitio que escogieron como menos incómodo, +trataron de sosegarle con palabras cariñosas. + +—Sí, sí —dijo Demetria mirando a la villa e increpándola con más +amargura que furor—: te hemos maldecido, Oñate; hemos llorado sobre ti +más de lo que pudieran llorar por sus pecados todas las generaciones +que en ti han vivido. Si logramos perderte de vista para siempre, solo +te decimos: «Oñate, quédate con Dios». + +En tanto Calpena daba estas órdenes a Sancho, acompañadas del dinero +preciso: + +—Necesitamos a todo trance víveres y un carro del país. Este pobre +señor no puede moverse; ya lo ves. En caballería, si alguna se +encontrara, tampoco podríamos llevarle. Busca por las casas de +Lamiátegui un carro de bueyes, y lo tratas sin reparar en precio. De +paso que haces esta diligencia, te traes la comida que encuentres, y +un par de botellas de vino, todo bien acondicionado en una cesta. +¡Figúrate qué noche nos espera si nos lanzamos por esos caminos +llevando a cuestas a don Alonso, con estas pobres niñas hambrientas +y nosotros desfallecidos! Si tuviéramos la suerte de que bajaran +tropas cristinas a ocupar a Oñate, menos mal. Pero me temo que no nos +caerá esa breva... Anda, hijo, no perdamos tiempo. Toma más dinero si +quieres, y tráeme lo que te digo. + +—Un carro si lo hay, que no lo habrá..., y víveres si los encuentro, +que los encontraré..., pero no querrán dármelos. Bueno. + +—Anda, y no seas agorero... Ya oíste que las señoritas quieren llegar +hasta Aránzazu. Tratas el carro; si te preguntan qué clase de pasajeros +han de ocuparlo, dices que peregrinos..., que un enfermo..., que un +monje..., en fin, di lo que quieras. A tu talento y agudeza lo fío... +Vete volando. + +Partió el escudero con más diligencia que confianza, desesperanzado +de hallar lo que deseaban los fugitivos, y estos aguardaron su vuelta +sentados al abrigo del humilladero. Don Alonso, arropado por la vieja, +reclinó su cabeza sobre el hombro de Gracia, que le mimaba y arrullaba +como a un niño. A la izquierda de este grupo, Demetria y Fernando +permanecían en silencio, hasta que la joven lo rompió con estas o +parecidas expresiones: + +—Aprovecho este descanso, señor mío, para dar a usted noticia de +las infelices personas a quienes concede hidalgamente su protección +sin conocerlas. Si en todo caso merecería usted nuestra gratitud, +amparándonos sin conocernos merece reconocimiento más grande, de esos +que nunca pueden extinguirse. Sabrá usted, ante todo, que somos de +Laguardia, villa de Álava, tan famosa por su antigüedad como por la +riqueza que le dan sus campos de viñedo y sembradura; sepa también +que mi padre, a quien ve usted en estado tan lastimoso, es uno de +los señores de más ilustre abolengo en el país, y que a su nobleza +corresponde un rico mayorazgo, que se extiende por las mejores tierras +de Páganos y Elciego. No estará de más decirle también que en nuestra +familia no solo es tradicional la nobleza, sino la virtud, y que +tuvimos y conservamos, y Dios quiera que siempre nos dure, el respeto +y el amor de nuestros deudos y convecinos. Perdió mi padre a su +esposa, nuestra querida madre, el año 33, y fue tan extremado nuestro +duelo que no creíamos que el tiempo nos pudiera consolar de aquella +desgracia, porque..., ¡ay!, no tiene usted idea de lo que valía mi +madre, en quien la virtud y la suma discreción se juntaban, persona +única, sin semejante, y tan hermosa además, para que nada le faltara, +que a nosotras nos parecía tener en casa a la Virgen Santísima, así +como veíamos en mi padre al primer caballero del mundo. Solo me falta +decirle, para darle a conocer la familia, que mis padres no tuvieron +hijos varones, y que su única descendencia son estas dos pobres niñas, +mujer y niña más bien, que hoy tiene usted bajo su amparo. + +Fernando la oía con toda su alma, y ella, tomado aliento, prosiguió así: + +—La ocupación constante de mi padre, desde los tiempos que yo puedo +recordar, fue siempre el gobierno de su casa y hacienda, la dirección +de la labranza, en que empleaba, y empleamos aún, muchos caseros y +servidores, el cuidado de los lagares y bodegas, de donde salen los +más afamados, los más ricos vinos de aquella tierra. Distracción única +o descanso de sus quehaceres era la caza, por la que tenía verdadero +delirio. Su colección de escopetas y otros arreos era la envidia de +todos los aficionados de la villa, y sus perros no conocían rivales. +Salía mi buen padre con sus amigos, y se pasaba días enteros en aquel +ejercicio saludable, del cual volvía siempre gozoso, pensando en +nuevas campañas contra los pobres conejos o contra las perdices que en +la Sonsierra tanto abundan. La vida, como usted ve, no podía ser más +placentera en mi casa; los días se sucedían felices, empleados unos +tras otros en el trabajo productivo y sin afanes, como de familia rica +a quien todo le sobra, en socorrer a los necesitados, y en los deberes +religiosos, que entre nosotros se han cumplido siempre con puntualidad +y hasta con rigidez. Toda esta paz la trastornó la muerte de mi madre, +ocurrida el 29 de septiembre del 33, de una enfermedad que empezó sin +inspirar cuidado, hasta que hubo de complicarse con un fuerte mal de +corazón; y acometida de síncopes, en uno de ellos se nos quedó, y la +perdimos, y Dios se llevó, ¡ay!, en un momento toda la felicidad de +mi casa. Fíjese usted, señor, en la coincidencia de que perdimos a mi +madre el día mismo del fallecimiento del rey don Fernando VII, a quien +tengo por causante de los males que nos ocurren, no solo a nosotras, +sino a toda España; hombre funesto, del cual no puedo decir, por estar +en el otro mundo, sino que le perdone Dios el mal que ha hecho... Si se +cansa usted de oírme, callaré, señor don Fernando. + +—No, hija mía, no; estoy encantado. Siga usted. Ya noté la coincidencia +al oír la fecha. Con efecto: ese tiranuelo ha dejado a su patria una +herencia lamentable, la espantosa guerra, estas discordias que hacen y +harán de España por mucho tiempo un inmenso manicomio suelto. A ver: +dígame ahora cómo pudo influir la muerte del rey en las desventuras de +su familia. + +—Pues como ha influido en las de toda la nación, no solo la muerte, +sino la vida de aquel rey que no supo gobernar en paz en sus estados, +teniendo, como tuvo, medios de sobra para hacerlo, solo con apoyarse en +el cariño que le tenían los pueblos cuando vino de Francia. ¿Es esto un +disparate? + +—¿Qué ha de ser, Demetria? No es sino una observación muy atinada, que +revela su buen juicio y superior talento. Adelante. La muerte del rey +desató el infierno, y su padre de usted, que hasta entonces había sido +un señor muy pacífico, atento a sus intereses, se dejó tentar de uno de +los partidos, de una de las banderías en que se dividió la nación... +¿Es esto? + +—Parece que me adivina usted. Es eso mismo, señor don Fernando. Mi +padre, que jamás había parado mientes en la política, pues ni aun +el año 20, según oí contar, tomó partido por nadie, en cuanto se +quedó viudo, por influencia quizás de la soledad y tristeza, varió +completamente de costumbres y aficiones, desviándose hasta de su placer +favorito, la caza. En aquellos días, Laguardia era un torbellino de +pasiones y entusiasmos por esta o la otra causa, por estos o los otros +derechos malditos, y mi padre fue arrastrado en aquellos oleajes, +alzando bandera por la reina niña con tanta fe, con tanto calor, que +nos puso en gran desasosiego a mi hermana y a mí... porque ha de saber +usted que en la villa andaban a tiros cada lunes y cada martes por un +_Quítame allá un Carlos_, o un _Ponme acá una Isabel_. No puede usted +figurarse qué alborotos, qué trapisondas, qué sustos... Siempre había +sido mi padre aficionado a las buenas lecturas, y por las noches, en +las veladas de invierno, se recreaba en su escogida biblioteca, y a mi +madre y a nosotras nos leía masajes entretenidos de viajes, novelas, +o de historias muy interesantes. Pero desde que le tocó la demencia +política, ¿usted sabe los libros y papeles que entraban en casa? Tres +veces por semana nos traía el bagajero de Vitoria un fajo así, de +folletos y periódicos, todos echando chispas, vomitando veneno. Y con +los papelotes chicos venían después carros cargados de enciclopedias, +de obras como misales, que trataban de libertad y cortes, de +revoluciones y demonios coronados. En fin, que mi padre se pasaba +los días y las noches devorando todo aquel fárrago, o discutiendo de +política con los amigos que iban a darle tertulia, y de tanto leer y de +tanto pensar en aquellos maldecidos negocios, se fue poniendo como don +Quijote con los libros de caballería, enteramente perdido de la cabeza, +sin hablar de cosa alguna que no fuera aquel cansado tema, y llegando +hasta creer que Dios le mandaba realizar no sé qué hazañas fabulosas, +por las cuales reinaría en España y en todo el mundo la Dulcinea que +adoraba... Advierta usted que la Dulcinea de mi buen padre era la +Libertad, esa señora hermosísima, según dicen, pero que a mí me parece +tan imaginaria como la del Toboso; vamos, que no existe más que en la +voluntad de los caballeros que la han tomado por divisa y bandera de +sus aventuras. + +(Pausa. Fernando reía). + +—Pero ¡qué!, ¿se ríe usted? + +—Sí señora: tiene usted muchísima gracia. Adelante. + +—Pues a tal extremo llegó su desatino, que abandonó por completo los +asuntos de su casa, y la labranza, y las bodegas, y tuve yo que entrar +a gobernarlo todo, lo que no me fue difícil, por los ejemplos que había +visto en mi madre y en él. Me puse al frente de la casa; me entendí +con los caseros, pastores y criados, y gracias a esto se pudo evitar +el trastorno grande que se nos venía encima. Mi padre, erre que erre +en su política, soñando despierto, inventando constituciones, leyes, y +echando discursos de cortes y embajadas. Mi hermana y yo, asistidas de +un tío de mi madre, cura párroco del pueblo, ideamos quemarle un día +todos los libros y papeles, y tapiarle la puerta de su librería; pero +no nos atrevimos, temiendo que con esto se entristeciera demasiado y +cayese en locuras más peligrosas. Estalló luego la guerra civil, y no +quiero decirle a usted cómo se ponía cuando le contaban las batallas +y encuentros de cristinos y facciosos... Nuestra pobre villa fue de +las primeras que sufrieron la calamidad de la guerra. Un día se nos +entraban allí los liberales, otro los carlistas. Tan pronto estábamos +bajo el poder de Córdova o Rodil como bajo el de Zumalacárregui, y en +uno y otro poder las bodegas y los graneros pagaban el gasto. ¡Qué +días, señor, qué meses angustiosos! Felizmente, llevamos algún tiempo +bajo la dominación cristina, y ojalá no tuviéramos allí más peripecias. + +—Hasta ahora —dijo Fernando— no veo en el buen don Alonso más que un +entusiasmo platónico. Sin duda se lanzó después a empresas de acción... + +—¡Ay, cómo lo acierta usted!... Pues sí, sin decirnos nada, antes bien, +llevando sus propósitos con gran reserva, organizó una partida volante +en la cual entraron algunos caseros de nuestras tierras, y dos o tres +cabezas ligeras de la villa, gente toda muy al caso para cualquier +barbaridad: valientes, cazadores que conocían palmo a palmo toda la +Sonsierra. Una mañana, callandito, salieron por la puerta del corral, y +ya tiene usted a mi padre dispuesto a romper una lanza por Isabel II, y +a comerse crudos a todos los malandrines del otro bando. + +—Ya..., y le derrotaron, y... + +—¡Quiá! espérese un poco... Ahora no ha sido usted muy buen adivino. +Lo que hizo fue dar un palizón tremendo a la partida de un guerrillero +que llaman Lucus, matándole seis hombres y cogiéndole no sé cuántos +prisioneros... A los dos días se batió con la vanguardia de no sé qué +tropa carlista, y también les dio un revolcón muy grande... + +—¡Vamos! + +—¡Como que Oráa le felicitó delante de las tropas, y Córdova le dio +una cruz! ¡Vaya! ¿Pues usted qué se creía? Siguió guerreando por esos +montes, sacudiendo de firme a las partidas que encontraba, hasta que +le hirieron en la cabeza y volvió a casa muy alicaído. Sus compañeros +de hazañas se dispersaron, no quedándole más que dos: un tal Polación +y José Díaz, que le llevaron a Laguardia. Desde entonces se nos volvió +taciturno, desconfiado, de genio regañón; y aunque curó de su herida, +quedó muy propenso a padecer desvaríos, a veces accesos de furor. +Tomamos cuantas precauciones puede usted imaginar para retenerle +y apartarle de aventuras tan peligrosas, hasta que llegó un día +funestísimo en que se alborotó la villa por una cuestión entre alojados +del general Oráa y algunos vecinos del pueblo. Hubo tiros, sustos, +carreras, un infernal barullo. En esta confusión, mi desgraciado padre +saltó por la ventana de la bodega; uniéronsele dos de su anterior +partida, el tal José Díaz y otro muy pendenciero a quien llaman +_Puche_, escaparon a la sierra los tres solitos, a caballo, y de allí +se fueron al cuartel general de Córdova. Sin duda esperaban encontrar +otros desalmados que se les agregaran; tal vez soñaban que el jefe +del ejército les daría soldados, para con ellos y el ardimiento que +los tres llevaban en su alma, conquistar medio mundo. Ante esta nueva +desdicha no pude contenerme; no vi más solución que correr yo misma +en busca de mi padre, y traérmele. Mi genio es vivo, mis resoluciones +prontas. Cuando se me ocurre una idea que creo salvadora, me persuado +de que Dios la inspira. Pensado y hecho. Mandé preparar un coche... Mi +hermana no quiso separarse de mí, y abrazándose a mi cuello, me pidió +llorando que fuésemos juntas; cedí..., salimos una tarde acompañadas +de dos criados de casa, de mi absoluta confianza, y a todo escape +nos dirigimos a Vitoria. Mi pensamiento era suplicar al general que +ordenase a mi padre la vuelta a Laguardia, negándole todo auxilio de +guerra... No creía yo difícil obtener esto. En Vitoria contábamos +con la ayuda de familias que nos aprecian... Todo lo vi fácil, todo +realizado prontamente, conforme a mi deseo... Iba, pues, alentada por +el amor filial, por el recuerdo de mi madre, por la satisfacción de +ver representados en mí los sentimientos de la familia, el honor y la +respetabilidad de nuestro nombre, y no bien llegamos a Vitoria... + +Aquí fue interrumpida la historia por la llegada de Sancho. + + + + +XXV + + +El cual con cara gozosa dio cuenta de haber reunido algunas vituallas, +que fue sacando ordenadamente de una cesta: + +—Cuatro quesitos, dos botellas de vino, tres panes de a dos libras, +docena y media de sardinas saladas, que, si a usted le parece, las +tiraremos, pues esta no es buena comida para señores, y menos en +viaje..., cuatro bizcochos de Oñate más viejos que mi abuelo..., pero, +en fin, valen, y nueces. Ya ve usted cuántas. Las he probado, y más +de la mitad salen fallidas. Del carro le diré que al fin encontré uno +pequeño; pero quieren, por la subida hasta Aránzazu, onza y media, y +además que el señor responda de la pareja, abonando su valor, si la +secuestran carlistas o isabelinos. Esto es un abuso... + +—Mayor abuso es que nos quedemos aquí toda la noche, o que tengamos que +subir a pie, llevando en brazos al señor don Alonso. Anda y cierra +trato en seguida, por lo que quieran, y venga pronto... Cuídate de +que le unten bien los ejes para que no chille, pues no tiene gracia +ir cantando por esos valles..., y haces que pongan un buen fondo de +yerba seca, para que podamos llevar al enfermo acostado. Supongo que el +carro tendrá toldo. Si no, que se lo pongan, y si no quieren ponérselo, +no por eso deje de venir, que a mal tiempo buena cara... Si de paso +encuentras algo más de bucólica, venga, cueste lo que cueste. Deja +aquí la cesta, y llévate las sardinas para tirarlas, si no quieres +comértelas. No te entretengas, que es tarde. + +En el tiempo que duró la segunda ausencia del buen Sancho, siguió la +damisela su interesante relación. En Vitoria no hallaron a su padre; +el general en jefe, a quien se presentó Demetria, le dijo que el señor +de Castro campaba por sus respetos sin sujeción a ninguna disciplina, +y que le mandaría preso y bien custodiado a su pueblo si se lo traían. +De las familias que en la ciudad conocía solo encontró a dos señoras de +Armendáriz, viejas, y a otro vejestorio incapaz, el conde de Samaniego, +arqueólogo y numismático, por el cual supo que don Alonso había ido +hacia Salvatierra, ganoso de gloria. Corrieron allá las dos muchachas, +a quienes el cariño filial daba extraordinario valor y alientos. En +Salvatierra les dijo persona bien informada que el incansable paladín +cristino, con sus dos compañeros y otros tres que se le agregaron, +había partido hacia Galarreta, lugar que se halla en la falda de una +sierra muy áspera, y a la cual no podía subir el coche, por la ruindad +de aquellos pedregosos caminos. Viéronse allí abandonadas de Dios y +de los hombres; mas ni en tan terrible desamparo se abatió el corazón +de la animosa doncella, que resolvió seguir adelante en su empresa +nobilísima, desafiando todas las inclemencias y obstáculos que la +naturaleza y la humanidad le ofrecían. Gracia, agobiada de cansancio, +no hacía más que llorar; Demetria, ya que no acobardada, afligida de la +tribulación de su hermanita, llegó a sentir vacilación y dudas: uno de +los criados aconsejó la retirada, el otro, seguir adelante. Hallábanse +en estas angustiosas deliberaciones, cuando unos soldados trajeron +la noticia de que el señor don Alonso y su gente habían tenido un +desgraciado encuentro con facciosos en el puerto de Arrida, con pérdida +de los dos tercios de su cuadrilla, o sea cuatro hombres, quedando el +jefe desmontado y gravemente herido sobre el campo, mas no prisionero, +porque pudo ir por su pie a una venta próxima, donde le ampararon, +y allí le habían dejado ellos, tendido en un pajar, con la cabeza +vendada, y hecho todo una lástima. + +No necesitó saber más la temeraria joven para decidirse, y allá se +fueron los cuatro monte arriba, encomendándose a Dios y a la Virgen, +único amparo que podían esperar en aquellas soledades. Ni los temores +de encontrar facciosos arredraban a Demetria, pues creía, juzgando +la voluntad de los demás por la suya generosa, que con exponerles el +objeto de su peregrinación, no solo no recibiría de ellos ningún daño, +sino que quizás la favorecerían. Después de un fatigoso caminar toda la +noche y parte de la mañana, llegaron a la venta de Arrida, donde les +esperaban nuevo desengaño y tribulaciones mayores que las pasadas. A +media noche había pasado por allí una avanzada carlista, y descubierto +don Alonso, por los gritos que daba en su desbordada locura, se lo +llevaron prisionero a Oñate: de sus dos conmilitones, el uno logró +escapar saliéndose al tejado; el otro, prisionero iba también con su +señor. + +Ya en este punto las cosas, y presentando tan mal cariz la continuación +del viaje, que exigía penetrar resueltamente en el terreno de la +facción, los dos criados votaron por el retroceso. Gracia lloraba, +asegurando que no se separaría de su hermanita, y esta declaró que +aunque supiera que en ello se jugaba la vida, había de intentar +rescatar a su padre de las autoridades facciosas, presentándose a +cabecillas o generales, al rey mismo si necesario fuese. Dijo a +sus criados que se volvieran si tenían miedo, y ellos ¿qué habían +de hacer más que seguirlas hasta el fin del mundo? Adelante, pues. +No habían andado media legua, cuando encontraron al compañero de +don Alonso que había logrado escapar de la venta, el cual venía +tan azorado y temeroso que daba compasión verle; además, herido, +con un brazo atravesado por bala de fusil, desangrándose. Contó el +infeliz peripecias que partían el corazón: el señor don Alonso estaba +completamente ido del cerebro. Su tema no era ya combatir en el campo, +donde creía haber alcanzado tantas victorias. Precisamente, cuando le +sorprendió la avanzada que le deshizo, dejándole tendido en un zarzal, +iba con una idea desatinada, que sus amigos no podían quitarle de +la cabeza. Se proponía presentarse a don Carlos y retarle a desafío +para decidir en juicio de Dios, peleando con toda lealtad, la grave +cuestión que motivaba la guerra. De este modo, según él discurría con +su trastornado entendimiento, se pondrían en claro los disputados +derechos al trono de España. El duelo había de ser a muerte, en campo +abierto, a caballo los dos paladines, delante de los testigos que una +y otra parte designaran. Todo esto lo decía con gritos desaforados, +y cuando se hallaba en el pajar, los facciosos que entraron en la +venta no le habrían descubierto, a no ser por las tremendas voces +que daba proponiendo a don Carlos, como si delante le tuviera, el +singular combate en que había de decidirse la suerte de España. +Terminó su relato _Puche_, que este era su nombre, diciendo que ya no +podía resistir ni el dolor de sus heridas ni el hambre y sed que le +devoraban, por lo cual no podía volverse en compañía de las señoritas. +Buscaba una cabaña de pastores en que guarecerse, para sanar o +morirse. Don Alonso con José Díaz, que también iba prisionero, debía de +estar ya más abajo de Aránzazu, camino de Oñate. Demetria socorrió al +desgraciado _Puche_ con dinero, y siguieron adelante, siempre con la +idea consoladora de que Dios en trance tan terrible no les abandonaría. + +En este punto de la historia, llegó Sancho con cuatro bizcochones +más y unas ciruelas pasas, y tras él vino el carro, que Fernando y +Demetria vieron con grande alegría, como si les mandara el cielo un +barco encantado, o el mágico clavileño de don Quijote. Sin perder +tiempo acomodaron a don Alonso sobre la yerba olorosa y le cubrieron +con el capote de Rapella, poniéndole por almohada el lío de ropa: el +pobre señor dejábase tratar como cuerpo muerto; les miraba atónito y +no profería una palabra. Tratose luego de si Sancho les acompañaba o +no, y las razones que dio este a Fernando le convencieron de que debía +volverse a Oñate y partir en pos de su amo. Urgía dar al siciliano +alguna explicación de aquellos inesperados sucesos, y del secuestro +de su gabán. Seguramente lo aprobaría, pues era hombre que se pirraba +por las aventuras, por todo lo que fuera intervención de lo inesperado +y sorprendente en las cosas de la vida. Entregó Fernando al escudero +un bolsillo con onzas, propiedad de don Aníbal, cogiendo algunas para +agregarlas a lo suyo, por si le hacían falta en aquella empresa, y le +despidió con estas razones: + +—Le dices que yo, de hoy a mañana, en cuanto deje a esta desgraciada +familia en lugar seguro, de donde pueda volver a su casa, no pararé +hasta reunirme con él y con la corte y séquito del señor Pretendiente. + +Saludó Sancho a las señoritas, deseándoles un buen viaje y el feliz +cumplimiento de sus deseos, y despidiose también la vieja con +expresiones de cariño; Demetria y Gracia subieron al carro, y este +emprendió su marcha lenta y sin chillidos por las cuestas de Aloña. +Lo primero que hizo Calpena fue invitar a las niñas a una frugal +cena, y ellas, que con las esperanzas se veían ya menos agobiadas de +su tristeza, no se hicieron de rogar; partido el pan, dieron a su +libertador una rebanada y medio quesito, pues a él tampoco le venía +mal hacer por la vida. Comiendo se arrimó al boyero para trabar +conversación con él y sondearle, pues de su lealtad y buena disposición +dependía el éxito del viaje. Era un vejete forzudo y de pocas palabras, +que hablaba medianamente el castellano; llamábase Gaínza y no parecía +mal hombre; comentando la guerra, expresó la idea de que el país estaba +ya harto de tanta trapisonda, esquilmado por las sacas continuas de +mozos, forrajes, pan y contribuciones. Lo que el país ansiaba era: o +que don Carlos se sentase en el _trono de todo el reino_, o que se +entendiese con su cuñada para reinar los dos _apareados_. No desagradó +a Fernando esta actitud, y sin mostrarse amigo ni enemigo de la Causa, +le recomendó que llevase su carro por los caminos que creyera menos +frecuentados de tropas, así facciosas como cristinas, añadiendo que +le recompensaría con toda largueza si lograba llevar salvas hasta la +sierra a las dos niñas y a su padre enfermo, el cual era un señor muy +pudiente que había venido a Oñate enviado por el rey de Francia para +tratar con don Carlos de asuntos _católicos_, y habiendo cogido un +aire de perlesía, iba en busca de unos afamados médicos de Vitoria +que curaban este mal con aguas frías y calientes. A esto dijo Gaínza, +picando sus bueyes, que él había oído algo de curar el _paralís_ con +_chorros físicos y destemplados_. + +—¿Querrá usted creer, don Fernando —dijo Demetria a su caballero de +a pie, cuando este acomodó su paso al del carro, apoyando la mano en +el tablón zaguero—, querrá usted creer que esto poquito que hemos +cenado nos ha sabido a gloria? Hacía tiempo que no conocíamos lo que +era apetito, sustancia ni sabor de nada. Comíamos amargura y bebíamos +nuestras lágrimas. + +—Los quesitos son muy buenos, ¿verdad, don Fernando? —dijo Gracia—. Y +los bizcochos, aunque saben a viejo, no están mal... Lo peor es que las +hormigas se me suben por la cara y quieren comerme a mí. + +—Ahora que están ustedes tranquilas, todo les sabe bien... + +—¡Ay! ¿Ya cree usted que no debemos temer nada? Muy pronto lo dice, +don Fernando. Yo no estoy tranquila. Lo dice usted por animarnos, y +nosotros se lo agradecemos mucho... Mi hermana y yo, mientras usted +hablaba con el viejo del carro, decíamos que si no es por usted no +salimos nunca de aquel infierno... Verdaderamente, señor, no vale con +decirle que nuestra gratitud será eterna, pues ni con eternidades se +paga este inmenso beneficio. + +—¡Oh, por Dios, no dé usted valor a un acto tan sencillo, tan +elemental!... El cumplimiento de un deber no merece alabanzas. + +—Ahora se hace usted el chiquito... No, no, que bien grande se nos ha +mostrado. ¡Sabe Dios lo que significa para usted el sacrificio de su +tiempo; sabe Dios los perjuicios que le traerá su buena obra! ¿Y quién +me asegura que no le llamaban a usted a otra parte, esta noche misma, +afecciones, compromisos sagrados, qué sé yo...? + +—¡Oh, para todo hay tiempo! Lo principal, que era sacarlas a ustedes +de su cautiverio, ya está hecho. Pero aún falta un poquito, Demetria. +Veremos si de aquí al día... + +—No me asuste usted. ¿Nos abandonará Dios después de habernos amparado? +No, no lo creo. El corazón me dice que triunfaremos, gracias a usted, a +su firme voluntad y corazón valiente. + +—¡Ay! —dijo Gracia temerosa, sacando la cabeza fuera del toldo para +observar el país que atravesaban—. Me parece que fue aquí... + +—No, mujer, fue más arriba, mucho más arriba... No me lo recuerdes, +que pierdo otra vez los ánimos y se me renueva el terror de aquella +noche... + +—¡Qué...! ¿Les pasó algo en estas soledades cuando bajaban hacia Oñate? + +—¡Ay, si aún no le he contado todo! ¡Si nos han pasado cosas terribles, +señor don Fernando! Aún no sabe usted lo mejor, digo, lo peor de aquel +tristísimo caminar en busca de mi padre... No, no fue por aquí, Gracia; +fue en un lugar muy feo y desolado, donde hay cavernas y abismos +espantosos... ¿En qué quedamos de mi relación? + +—Cuando se encontraron con _Puche_, y lo socorrió usted... + + + + +XXVI + + +—Y seguimos, sí... Pues ahora es cuando empiezan los grandes desastres. +Poco después de medio día, tuvimos un encuentro con soldados facciosos, +que nos dieron el alto. Afortunadamente, el teniente que les mandaba, +alto, delgadito, era todo un caballero; yo me arrodillé delante de él, +y le pedí por Dios que no nos mataran, contándole después lo mejor +que pude el objeto de nuestro viaje. El hombre se portó hidalgamente. +Siento no recordar su nombre, pues si al fin nos salvamos, quisiera +expresarle mi gratitud. Tratonos con miramiento; nos dio agua, pues ya +estábamos muertas de sed, y no contento con esto, nos acompañó un buen +trecho, diciéndonos palabras consoladoras... Pero, ¡ay!, algunas horas +después, ya cerrada la noche, que era de las más oscuras, nos salen +unos tíos, ¡ay, qué gente, señor don Fernando, qué modales, qué voces, +qué aspecto más de bandoleros que de tropa regular! A lo primero que +dije, tratando de interesarles en favor mío, contestaron con injurias +soeces. Uno de mis criados no supo contener su coraje; pero antes de +que pudiera hacer uso de las pistolas que llevaba, le dispararon un +tiro de fusil, que por fortuna no le ocasionó más que una herida leve +en el brazo. Nosotras nos pusimos a chillar pidiendo misericordia, y +el jefe, o más bien capitán de ladrones, ordenó que no se nos hiciera +daño alguno, siempre que los dos hombres entregaran sus armas y se +dieran prisioneros. Ofuscada yo, vacilante, aturdida, creí que las +mejores razones para convencer a aquellos cafres eran las onzas de +oro, y saqué una culebrina que llevaba en el pecho. Nunca tal hiciera, +pues sin aguardar a que yo les diese lo que me parecía sobrado para +comprar su benevolencia y el paso franco que deseábamos, me quitaron +todo el dinero, y nos llevaron presas... ¡Ay, qué paso, señor mío, qué +horas de angustia por aquellos senderos pavorosos, entre bayonetas y +trabucos, como criminales... las personas honradas y buenas conducidas +ignominiosamente por los salteadores de caminos!... Mi hermana y +yo, enlazaditas del brazo, obligadas a llevar el paso presuroso de +aquellas bestias con humana figura, rezábamos; todo el camino lo +pasamos rezando, hasta que al amanecer de Dios, amanecer más triste que +la más negra noche, entrábamos por la plaza de Oñate, y caíamos muertas +de cansancio en las baldosas de la casa de Ayuntamiento, en una cuadra +lóbrega, donde nos encerraron como a fieras dañinas... ¡Ay, no puedo +seguir contando, porque se me nubla la esperanza, la alegría de esta +escapatoria!... Luego seguiré... ¿En dónde estamos? ¿Hemos avanzado +mucho? ¿Traspasaremos la cordillera antes de rayar el día?... ¿No nos +saldrá otra partidita de realistas salteadores?... + +Agotó Fernando los recursos de su palabra para darle alientos y +desvanecer sus inquietudes, demostrándole, hasta donde esto demostrarse +puede, que así como los males vienen siempre encadenados, tirando unos +de otros, al iniciarse el bien vienen asimismo de reata y en creciente +progresión los sucesos favorables. La ley de este fenómeno se esconde a +nuestra penetración; pero su existencia misteriosa revélase a todo el +que sabe vivir por duplicado, esto es: viviendo y observando la vida... +En esto la pobre Gracia, rindiendo al cansancio su endeble naturaleza, +se quedó dormidita, reclinada junto al cuerpo de su padre, que +reposaba en un tranquilo sueño. Manteníase Demetria muy despabilada, +insensible a la fatiga, atenta a los accidentes del país agreste, a +los ruidos próximos y luces lejanas, y por más que Fernando al descanso +la incitaba, no pudo obtener que se reclinara para descabezar un +sueñecillo. Transcurrido un rato sin que ninguno de los dos hablase, +dijo Demetria: + +—Voy completamente entumecida, y no puedo entrar en calor. Si a usted +le parece, bajaré: necesito ejercicio. + +Parado un momento el carro, se apeó de un brinco la viajera, y +siguieron ella y Fernando a pie larguísimo trecho, a ratos delante de +los bueyes, a ratos detrás. + +—¿De modo que los cuatro quedaron presos en el Ayuntamiento? —preguntó +Calpena deseando conocer todas las desventuras de sus protegidas. + +—No señor; a mi hermana y a mi nos llevaron en seguida a la Caridad, +por no haber en Oñate cárcel de mujeres, y nos pusieron en aquel +cuartito donde usted nos ha visto. Los dos criados quedaron allá. El +paso de nuestra separación fue por demás doloroso, como comprenderá +usted; al vernos apartadas de nuestros leales servidores, el cielo +se nos caía encima. Florencio y Sabas fueron conducidos al día +siguiente a Tolosa, donde los carlistas organizan un batallón con los +penados, prófugos y toda la gente advenediza que cae en su poder, así +extranjeros como castellanos, sin diferencias de edades ni talla. Eso +he podido averiguar, pues a mis dos servidores no les he vuelto a ver, +ni he sabido nada de ellos... ¿Ve usted cuánta desdicha? ¿No era esto +para desesperarse y desear la muerte? ¡Y con tantos golpes, nosotras +siempre confiadas en Dios, sacando de nuestra propia tribulación +energía para salvarnos y salvar a nuestro infeliz padre! Cualquiera +se habría rendido a la adversidad, viéndose como yo me veía, presa y +sin ningún amparo, en pueblo desconocido, donde todos eran enemigos, +y nos habían tomado por mujeres malas, de esas que merodean en los +ejércitos de uno y otro bando. ¿Cómo disipar esta mala idea? ¿Cómo +hacerles comprender quiénes eramos y quién era mi padre? ¿Creerá usted +que pasaron dos días sin tener conocimiento de la suerte del infeliz +prisionero, casi convencidas ya de que nos lo habían fusilado? + +—Es verdaderamente horrible —dijo Fernando con inmensa compasión—. +¿Pero no contaba usted con algún conocimiento, con relaciones en ese +maldito pueblo? + +—Verá usted: en aquel conflicto teníamos puesta toda nuestra esperanza +en un señor que sabíamos ocupaba en la corte de este rey una elevada +posición: don Fructuoso Arespacochaga... ¿Le conoce usted? + +—No señora. Entre las personas que he visto aquí no recuerdo a ese +sujeto. + +—¡Cómo le había de ver, si no está! Pues mis carceleros, gente mala +y suspicaz, después de un día de lucha, me permitieron escribir a +don Fructuoso. Es el tal de Vergara, si mal no recuerdo; solía pasar +temporadas en Laguardia, donde tenía intereses; mi padre y él se +hicieron muy amigos, y juntos iban de caza. Creía yo que con decirle +mi nombre y el de mi padre bastaba para que tuvieran término pronto y +feliz las calamidades que nos afligían. La ansiedad con que esperábamos +la vuelta del que llevó la carta ya puede usted figurársela. Cada vez +que sentíamos pasos en la escalera creíamos que subía don Fructuoso. +¡Ay, qué dolor, qué abatimiento cuando nos llevaron la noticia de +que le habían mandado a Viena o qué sé yo adónde, con una misión +diplomática!... ¿Le parece a usted?... ¡Misión diplomática! Hasta los +gatos quieren zapatos. + +—Pero, por Dios, ¿no quedaba en Oñate alguien de la familia de ese don +Fructuoso? + +—Sí, señor..., por lo cual verá usted que no estábamos enteramente +dejadas de la mano de Dios. Mi carta fue a parar a manos de un señor +Ibarburu... + +—¿Clérigo...? + +—Y empleado en lo que llaman aquí el ramo de... no sé qué. + +—De Gracia y Justicia... Le conozco: hemos sido compañeros de vivienda. +Es un capellán joven, con gafas, hablador, bastante fatuo. + +—El mismo, sí señor: muy redicho, de una amabilidad empalagosa, de +estos que se oyen y se felicitan cuando hablan... Pues fue el capellán +a vernos, y nos dijo que, encargado por don Fructuoso de todos los +asuntos de este, deseaba servirnos en lo que de él dependiera, siempre +que no le pidiésemos cosa alguna en detrimento de la santísima Causa +que defendía. Con todas estas rimbombancias y otras que no recuerdo +nos hablaba el señor aquel, más fino que cariñoso, dejando entrever su +egoísmo en sus actos de cortesía. + +—No sé qué es peor, Demetria —dijo Fernando nervioso—, si tratar con +bandidos o con fatuos, intrigantes, como ese clérigo. + +—¡Ay! no diga usted eso, no: que el señor capellán, con toda su vanidad +seca, nos sirvió. Gracias a él logramos ver a mi padre, tenerle a +nuestro lado. Pudo hacer más de lo que hizo; pero hizo bastante: por +mediación de él, Dios, si no puso fin a nuestras desgracias, las +alivió, quitándoles crudeza. ¡Ay, sí! Mucho tenemos que agradecer al +señor Ibarburu, por cuyo valimiento en la corte alcancé la altísima +honra, ¡pásmese usted!, de ser recibida en audiencia por Su Majestad +el rey don Carlos V... ¡Qué! ¿Se ríe usted?... ¡Pero si las cosas +que nos han pasado, todo en el breve término de dos semanas, pues +no ha transcurrido más tiempo desde que salimos de casa, son tales, +que con ellas se podría escribir un libro!... Sucesos tristes, +tristísimos, enlazados y contrapuestos con lances graciosos; horrores +y tragedias por un lado; mil ridiculeces por otro: todo esto ha sido +mi vida en tan breve tiempo. A usted le habrá pasado, leyendo libros +de entretenimiento, que todo le parece mentira, exageración de los +que escriben tales obras; y recreándose en aquellos lances tan bien +urdidos, no les da crédito... Yo he pensado lo mismo; pero ya no, +ya no; creeré cuanto lea, y aún me parecerá pálido todo el cúmulo +de desdichas y calamidades entretejidas que a veces nos ponen, para +cautivar nuestra atención y hacernos sufrir y gozar, los autores de +novelas. No, no: ya sé yo que la vida sabe más que los autores, y lo +inventa mejor, y más doloroso, más intrincado, y con más sorpresas y +novedades. + +—Muy bien. La realidad tiene más talento que los poetas. + +—Y más..., ¿cómo dicen? + +—Más inspiración. + +Oyeron voces, y la inquietud les cortó el sabroso diálogo. Pero los +que venían eran gente de paz: dos muchachos y una vieja que bajaban +con leña. Interrogados en vascuence por Gaínza acerca del avance +de las tropas de Córdova, respondieron los leñadores que no habían +visto sombra de cristinos en aquellas cañadas. Por referencia de unos +carboneros sabían que más arriba de Aránzazu, como a dos tiros de +fusil, la partida carlista de _Basurde_ se había tiroteado al anochecer +con las avanzadas de Espartero, teniendo la partida que correrse hacia +la sierra de Elguea. Y nada más. Buenas noches. + +—Verá usted —dijo Demetria a Fernando— cómo no nos amanece sin algún +mal encuentro, que sería la segunda parte de aquel famoso que le he +contado a usted. Si Dios dispone que cuando creemos tocar la salvación, +perezcamos, cúmplase su santa voluntad. + +Para despejar de temores aquel noble espíritu, Calpena se mostró +alegre, confiado, asegurando que el reciente triunfo de Córdova habría +limpiado de facciosos el país que recorrían. Como soplaba un airecillo +picante, y andado había ya más de un cuarto de legua a pie por suelo +tan desigual, Demetria volvió al carro, encontrando a su hermana como +un tronco, y a su padre despierto. Ocasión era, pues, de darle algún +alimento. Fernando mandó parar. Incorporaron al enfermo; diéronle +pedacitos de pan, queso y bizcocho, que comió con ansia, y encima +traguitos de vino. Dejábase manejar don Alonso sin oponer resistencia a +nada de lo que con él hacían, como hombre que ya hubiera entregado a la +muerte la mayor parte de su ser, y paladeando el vino que su hija en un +vaso le ponía en los labios, decía cada vez que tomaba resuello: + +—¡A casa! + +—Sí, padrecito querido, a casa... Me parece que ya es tiempo, ¡Ay, casa +querida! Ahora..., a dormir otro poquitín. + +Y tendido nuevamente en su lecho de yerba, zarandeado por los +traqueteos del vehículo, siguió repitiendo: + +—¡A casa!... + +No decía más, ni sabía decir otra cosa, porque la parálisis le iba +quitando gradualmente, por zonas, sus energías y facultades, ideas, +memoria, palabras; de estas quedábanle ya muy pocas. Observando que a +cada instante ladeaba la cabeza a una parte y otra, y que se llevaba al +pecho la única mano de que disponía, su hija, inquieta, le preguntó si +sentía alguna molestia o dolor. El denegó con la cabeza, respondiendo +tan solo: + +—A casa... + +Luego pareció más sosegado; cerró los ojos. + +—Duérmase, padrecito, descanse. Ya somos felices..., ya hemos salido de +aquel purgatorio. + +Inmóvil, aletargado, aún dijo tres veces: + +—¡A casa! + + + + +XXVII + + +Condolíase Demetria de que su caballero salvador tuviese que echarse +a pechos, a pie, los empinados y ásperos vericuetos por donde iban, +sin tomarse ningún descanso ni dormir siquiera un par de horas; pero +Fernando le aseguró estar muy acostumbrado a pasar malos días y peores +noches, encareciendo la urgencia de ganar tiempo y zafarse pronto de +la peligrosa divisoria entre la España de don Carlos y la de Isabel. +Reanudó entonces Demetria la historia de sus _dos semanas_, refiriendo +que la causa de que el señor Ibarburu no pudiese resolver el conflicto +de la familia de Castro fue una inesperada complicación, que parecía +obra del mismo demonio. Por aquellos días fue descubierto un complot +para matar a don Carlos. Un desalmado catalán que había pertenecido a +la Compañía de Jesús, de la cual le expulsaron en 1819, que después +sirvió en el ejército carlista, y fue condenado a muerte por intento +de vender al enemigo una compañía, logrando salvar la pelleja con una +audaz escapatoria, entró en Guipúzcoa por Alsasua, con dos mujeres +jóvenes que vendían baratijas. Proponíase quitar de en medio a don +Carlos. Delatado y cogido cerca de Oñate, le llevaron codo con codo +a la cárcel de Vergara, y se empezó a formar una causa en que los +señores del Consejo de Guerra quisieron sin duda lucirse, complicando +en ella a toda persona desconocida que a la sazón aportara por allí. +La coincidencia diabólica de que el presunto asesino se llamase Juan +Díaz, y José Díaz el compañero de don Alonso; la también endiablada +circunstancia de que este, en su triste locura, no hablase más que +de resolver la cuestión dinástica, cuerpo a cuerpo, entre él y don +Carlos, en el campo del honor, fue parte a que metieran al pobre don +Alonso y al cuitado de Díaz en aquel embrollo, no pudiendo eximirse +de culpabilidad las pobres niñas, como hijas del Castro, _según +declaración propia_, y sobrinas, _según indicios_, del Díaz. Gracias +que el señor Ibarburu, única persona que las amparaba, no creía en tal +complicidad, y cediendo a los ruegos de la valerosa joven, gestionó que +don Carlos la concediese el honor de recibirla en audiencia. + +Dos días fueron empleados en este negocio, desplegando Ibarburu toda +la solicitud que su egoísmo le permitía. Aconsejó a Demetria que tanto +ella como su hermana confesasen y comulgasen en la capilla de la +Caridad, pues les convenía dar público testimonio de su catolicismo +y devoción, encomendándose además a la Virgen de los Dolores, abogada +de los que sufren persecución de la justicia, patrona santísima de la +Causa y Generala de sus ejércitos. Insistía Ibarburu en recomendar +esta demostración religiosa, porque Su Majestad, monarca muy atento a +las conciencias de sus vasallos, se enteraba de quién cumplía y quién +no cumplía con Dios en el naciente reino. Gozosas se apresuraron las +dos niñas a seguir el consejo del capellán, en lo cual satisfacían +un deseo vivísimo de sus piadosos corazones, y al día siguiente fue +Demetria a la audiencia, el alma llena de zozobra, avergonzada del +deterioro en que se hallaba su traje, sin recursos para vestirse como +le correspondía por su posición. A pesar de esto, rechazó la oferta que +le hizo una señora presa de facilitarle un vestido de merino azul, pues +prefería ir mal a ponerse ropa prestada. + +—¡Ay, qué cosas, qué incidentes, señor don Fernando! La pobre señora se +empeñó en peinarme a la moda y en ponerme sus peinetas, y no sabe usted +el trabajo que me costó evitarlo sin que se ofendiera. + +Recibió don Carlos a Demetria momentos antes de salir para Elorrio. +Hallábanse junto a él en la Real Cámara (una sala destartalada, muy +fea, con cortinas amarillas y unos cuadros grandes de pasajes de la +Biblia), dos señores muy estirados, uno de los cuales entendió Demetria +que era el señor Erro; el otro, eclesiástico rudo y agreste, como un +tronco sin descortezar, debía de ser el señor Echevarría; mal gesto, +ojos suspicaces. Más que su turbación pudo en el ánimo de Demetria el +grave anhelo que llevaba a _las gradas del trono_, el martirio de su +padre inocente, y arrodillándose delante de la pretendida Realeza, +expuso con claridad y modestia su cuita. Don Carlos, en pie, la +mandó levantarse, dándole a besar su real mano, y se mostró benigno, +sin abandonar la tiesura y frialdad de rostro estatuario que le +caracterizaban. Hombre de buenos sentimientos en lo que no tocara a +sus derechos y pretensiones, los manifestaba con austeridad, parco en +palabras cariñosas: + +—Ya se dispuso —dijo— la suspensión de la sentencia, y hoy he mandado +que el preso sea trasladado de la cárcel a la Caridad, donde podrán +cuidarle sus hijas. Su estado mental exige asistencia médica... Pero +no estará libre de responsabilidad hasta que informen los facultativos +acerca de si es o no fingida su locura, que todo puede ser... + +Atreviose la joven a exponer tímidamente una opinión respecto al +carácter de su padre, refractario a la mentira. Pero Carlos V, oyéndola +con benevolencia, agregó que no insistiera sobre aquel punto, pues +harto había conseguido, y, ante todo, él tenía que cuidar de que se +cumplieran las leyes. En esto de cumplir las leyes puso un acento de +convicción honrada, candorosa, señal de que estaba el buen señor con +las leyes como chiquillo con zapatos nuevos, cosa muy natural en estos +reinados de creación repentina. Y no hubo más: salió Demetria, si no +enteramente satisfecha, consolada en su grande aflicción. Aquella misma +tarde tuvieron las niñas de Castro el inmenso gozo de abrazar a su +padre. + +—Pero, ¡ay!, señor don Fernando: nuestro gozo fue muy incompleto, +muy amargado por la realidad, pues aquel hombre que estrechábamos en +nuestros brazos, que besábamos con delirio, no era ya más que una +sombra de nuestro padre. Un ataque de perlesía que en la prisión le +dio, no sabemos en qué fecha, le tenía como usted le ve, sin vida más +que en la mitad de su cuerpo, y esa tan débil y mermada, que tememos +llegue a extinguirse cuando menos se piense: la inteligencia limitada a +un corto espacio de ideas; estas muy apagadas; la palabra balbuciente, +reducida a unos cuantos términos que repite sin cesar. ¡Dios mío, qué +lastimoso cuadro! ¿Y será posible que Dios nos conceda, siquiera como +compensación de tan atroz martirio, que logremos con nuestros cuidados, +ya que no volverle la salud y la vida, al menos mejorarle, conservarle +algún tiempo para nosotras, para su familia y para sus amigos? + +—Sí, Demetria —afirmó Fernando sin creer lo que decía—: el hogar +propio, el ambiente doméstico, hacen prodigios en estas dolencias. +Tenga usted esperanza, convénzase de que Dios le ha de conceder al fin +muchos bienes en desquite de tantos males..., que parecen injustos, +arrojados sobre estas cabezas inocentes... Dígame usted otra cosa: ¿y +Díaz? + +—A ese infeliz no le han soltado. En la cárcel está, según dicen, _a +las resultas_, y sabe Dios hasta cuándo durará su martirio. + +—Con tiempo y buenas relaciones, créalo usted, gestionaremos para que +le den libertad... Supongo, Demetria, que con el último pasaje de su +historia ha puesto usted punto final a sus desdichas... + +—¡Oh, no, todavía hay más, mucho más! No sigo por no cansarle, que +esto ha de agobiar el espíritu del que lo oye, como agobia el de quien +lo recuerda. No me pida usted más tristezas... Procuremos confortar +nuestras almas con la esperanza; olvidemos..., miremos al mañana, +pensando que el mañana será hermoso... ¿Qué hora es? + +—La una. + +—¡Oh!, pronto será de día... En esta temporada tristísima, he +aprendido, con ayuda de los insomnios, a leer en el cielo la hora en +que principia el día. A las tres y media ya clarea el horizonte; a las +dos cantarán los gallitos, y luego de tres a cuatro. Por aquí no hay +gallitos que le digan a una la hora. + +—Más adelante los oíremos; descuide usted. Paréceme, Demetria, que +tiene usted un sueño que no se lo merece. Recline la cabeza en el +toldo, y duerma un poquito. Yo voy al cuidado de todo. + +—Sí que intentaré descabezar un sueñecito; pero si canta algún gallo, +despiérteme: quiero oírlo. + +—Bueno, bueno; a dormir hasta que cante el gallo. + +Durmiose Demetria profundamente, y a la media hora despertó Gracia +sobresaltada. Creyó Fernando que la oía llorar, que la oía quejarse. +Acercose. + +—Gracia, ¿qué ocurre, qué le pasa a usted? + +—¿Dónde está mi hermana? —dijo la pequeña con gran azoramiento y +aflicción—. Padre está muy malo... ¿En dónde está mi padre? + +—Pero si ahí le tiene usted dormidito, y tan sosegado. + +—No..., le toco y no le siento... Yo he visto a mi padre muy malo, yo +le he sentido decirnos adiós. + +—Vamos, un mal sueño, Gracia, una pesadilla. Dormía usted con una +postura muy molesta. + +Despertó a las voces la otra hermana, y con aquel terror que la +costumbre de sus desventuras solía dar a su acento en ocasiones +críticas, preguntó qué ocurría: ¿Venían ladrones, partida volante, +carceleros del rey? + +—Padre está muy malo —dijo Gracia llorando—. He visto que está muy +malo... Yo me creía dormida; yo no sé si estaba despierta..., pero +padre no puede mirarnos ya... + +—¿Cómo habías de ver en esta oscuridad? Por Dios, me pones en zozobra +—dijo Demetria, acudiendo a examinar al enfermo y acariciándole el +rostro. + +En esto don Alonso movió ligeramente la cabeza, y sin abrir los ojos +pronunció bien claro y distinto su invariable tema: + +—¡A casa! + +—¿Ves, Gracia, cómo no hay ninguna novedad? Pero no estoy tranquila, +no sé por qué... Paréceme que se enfría un poco. Arropémosle mejor. +Quítate de ahí, Gracia, pásate a este lado... ¡Ay!, con estos balances, +no podemos. Fernando, hágame el favor de mandar parar un momento... Yo +me paso ahí, me siento en la delantera de modo que pueda poner sobre mí +la cabeza de padre... Pásate tú aquí... ¡Ay, canta un gallito!... Don +Fernando, ¿lo ha oído usted?... ¡Que me gusta!... Son las dos. + + + + +XXVIII + + +Colocáronse las dos señoritas en la disposición ordenada por Demetria, +y emprendida de nuevo la marcha, no recobró la valerosa doncella +su tranquilidad. Oía la respiración de su padre más bronca que de +ordinario, como si sufriera presión muy fuerte o cerramiento de la +garganta. + +—¡A casa, sí, a casita! —le dijo para animarle. + +Y no obteniendo contestación, añadió: + +—Padrecito, le vamos a dar una sopita en vino; mandaré parar para que +la tome con descanso... ¿Quiere que le incorporemos? Se aburre, ¿no +es verdad?, de tanto tiempo tendido a lo largo. ¿Se atrevería mi +padrecito a fumarse un cigarro, que le encendería este caballero que +nos acompaña, que nos guía, que nos ha sacado de la cautividad de Oñate? + +Don Alonso no se movía ni daba acuerdo de sí. Esperó Demetria un ratito +más, y de pronto se oyó como un gran suspiro, que al salir a los labios +permitió la articulación tenue del invariable «a casa». + +En los breves ratos en que la atención de Calpena quedaba libre del +cuidado de las simpáticas niñas y de su infeliz padre, se abstraía, +metiéndose en la contemplación de sus propias tristezas. Veía la +gallarda figura de Negretti; oía su palabra severa y franca; las calles +y casas de Bermeo tomaban apariencias de realidad en su mente, y allá, +en los cantiles batidos por el oleaje cantábrico, se le representaba +de continuo la persona de Aura, melancólica, como imagen de la poesía +osiánica, que une sus lamentos al mugido de las tempestades. Guardada +en su alma, como en el sagrario la custodia, la pasión de Aura, le +tributaba culto respetuoso y mudo, anhelando acercarse pronto al objeto +de su devoción, y verlo y adorarlo, aunque se interpusieran cristales +tan opacos como el señor Negretti y su esposa doña Prudencia. En +esto pensaba, cuando sintió rebullicio en el carro. Gracia chillaba, +Demetria dijo con voz angustiosa: + +—Don Fernando, por Dios, venga usted... + +Parados los bueyes, Calpena subió; mas en la oscuridad no pudo hacerse +cargo de nada. Demetria decía que el enfermo había perdido el habla +en absoluto, pues notó en él esfuerzos inútiles para articular alguna +palabra. Gracia, besando el frío rostro de don Alonso, decía: + +—Yo te aseguro que así, puestas cara con cara, le oí decir: «a casa»; +pero tan bajito lo dijo, que nadie más que yo pudo oírlo. + +—Mi padre está muy malo, mi padre se muere —dijo Demetria con la +entereza que le daba el hábito del infortunio—. Don Fernando, haga +usted el favor, tómele el pulso; yo no se lo encuentro. ¡Dios mío, esta +oscuridad! ¿En dónde estamos? ¿Hay cerca de aquí alguna casa donde +puedan prestarnos socorro? + +Buscó Fernando inútilmente señales de vida en las dos manos del señor +de Castro, y no las encontró. En sus sienes no percibió ni un vago +latido. + +—¿Y el corazón? —dijo ansiosa la hija mayor. + +Pensó el joven engañarla; pero ¿a qué tales supercherías en situación +como aquella, excepcional, de las que reclaman verdad y valor? Los +consuelos caritativos habían de ser tan poco duraderos, que valía más +afrontar la dolorosa certidumbre. + +—Pues... el corazón..., la verdad, no lo siento... ¡Carretero! ¿Dónde +estamos? ¿Hemos pasado de Aránzazu? + +Dijo el guipuzcoano que el monasterio quedaba allá, a la izquierda, +pues había tomado por un atajo para cortar camino y evitar el paso por +lugares poblados... + +—¿No hay allí monjes? + +—¡Qué ha de haber, señor! No hay más que ruinas. Hace dos años, el +general Rodil, cuando vino a Oñate con tantos miles de hombres, cogió +presos a los frailes y mandó pegar fuego al convento. Yo le vi arder +por los cuatro costados. + +Diciendo esto, oyose el canto de un gallo hacia la parte donde el +carretero señalaba las ruinas. + +—Pero ahí vive gente... Oiga usted..., canta un gallo..., y otro. + +—Sí señor, gente hay: pastores y carboneros miserables de estos montes, +que en las ruinas han hecho sus albergues al amparo de los muros que +quedan, y aprovechando las bóvedas que no se han caído. + +Como añadiese que en un par de leguas a la redonda no había pueblo, ni +aldea, ni más viviendas que las de los infelices que se aposentaban en +Aránzazu, mandó Calpena guiar hacia el destruido convento. La noche +cerrada, el húmedo frío, la aflictiva situación de los viajeros, con la +inmensidad oscura delante de sí y la muerte entre sus brazos, eran para +humillar los ánimos más valerosos. Acertado fue dirigirse en busca de +seres humanos, aunque estos fueran los más pobres y humildes: alguna +puerta hospitalaria se les abriría; verían rostros compasivos... En +aquel trayecto, más que ninguno lento y fatigante, pues el carro no +pudo descender sino dando un largo rodeo por sendas inverosímiles, +las niñas lloraban silenciosas, encalmadas en la hondura de su pena +con resignación sublime. Si Gracia manifestó esperanzas, Demetria +no, afirmándose en la seguridad de que Dios les mandaba apurar hasta +el fin las amargas heces del cáliz. Fernando no les decía nada. ¡Ni +qué había de decirles! Aseguró Gaínza, cuando ya estaban cerca, que +los habitantes de las ruinas abandonaban sus madrigueras antes del +día, para ir al trabajo. Por fin detúvose el carro ante la masa negra +del incendiado monasterio: no se sentía ruido alguno que anunciase +la proximidad de seres vivos, como no fuese el cantar de gallo, que +resonaba dentro de los muros. El único consuelo que Calpena pudo dar a +las pobres niñas fue anunciarles el día, y como si quisiera apresurar +el amanecer con su deseo, aseguro que se iniciaba por oriente la dulce +claridad del alba. + +Gaínza y don Fernando dieron fuertísimos golpes en el portalón que +delante tenían, sin que nadie respondiera, ni se oyese rumor alguno. +La parada junto a las ruinas en espera de alma cristiana a quien pedir +socorro fue un siglo para el caballero y las dos damitas. Estas rezaban +atribuladas, y con más dolor que miedo contemplaban el misterio inmenso +de la muerte, explorando con los ojos del espíritu los espacios que +tras de ese misterio señala la convicción... Por fin, al apremiante +llamar de los viajeros, respondió una voz cascada y lúgubre. Poco +después se abrió la puerta. Dirigiose Calpena al que abría, anciano +de alta estatura, venerable hermoso, vestido con pobreza, pero sin +andrajos, y en pocas palabras elocuentes le informó del doloroso caso +que motivaba la petición de auxilio tan a deshora. El viejo entendía +el castellano, pero no lo hablaba. Ayudado por el carretero, logró +que se enterara Fernando de estas sinceras manifestaciones: él era +muy pobre, y no podía ofrecer a los viajeros más que un rincón del +claustro en que con vigas medio quemadas y pedazos de cascote se había +compuesto un humildísimo albergue donde vivía con su mujer. Pero en el +mismo claustro había viviendas mejores, y hasta cómodas, habitadas por +familias menos pobres que el que hablaba, y allí seguramente podrían +encontrar los señores su remedio. En esto apareció una mujer con un +farol, que no fue poca suerte para Calpena, pues no sabía por dónde +andaba en aquella lobreguez, y tras la mujer presentose un hombre, no +tan viejo como el anterior, con un capote por la cabeza, figura que +al pronto imponía miedo. Lo mismo que había dicho antes, repitiolo el +joven con mayor vehemencia, y no tardó en oír palabras de consuelo. +Ofreciéronle aquellos desdichados cuanto tenían, y le mostraron su +casita, hábilmente construida en el coro bajo de la iglesia, la única +parte del edificio totalmente respetada por la catástrofe. Al punto +salió Fernando a comunicar a las pobres viajeras su hallazgo y el plan +que imaginó rápidamente ante los apuros de aquel caso inaudito. + +—Demetria, lo más urgente es que ustedes entren, y descansen, y +se repongan de tanta ansiedad y pena tan grande. Hay aquí gentes +bondadosas, caritativas, que no desean más que amparar a los +desgraciados. Adentro pues, y mientras ustedes se tranquilizan, estos +buenos amigos y yo veremos qué remedios debemos aplicar a don Alonso. + +Oyó esto Demetria con el respeto que su favorecedor le merecía; mas no +hizo ademán de moverse del lado de don Alonso, pues aunque tenía el +convencimiento de que era cadáver, hay lazos que ni en las ocasiones de +necesidad suma pueden romperse fácilmente. + +—No quisiéramos separarnos de nuestro pobre padre; pero pues usted +lo cree preciso, y así nos lo manda, obedecemos, que aquí no hay más +voluntad que la de nuestro salvador. + +A pesar de esta demostración, costó trabajo sacarlas del carro. +Abrazadas al inanimado cuerpo, no se hartaban de besarle. + +—Vamos. Yo acompaño a ustedes, y luego me vuelvo aquí —dijo Fernando +por decir algo, que en tal situación no hay frase que sea oportuna, ni +consuelo que no resulte una tontería. + +Gracia se desmayó al bajar, y en brazos hubo de llevarla Gaínza; +Demetria, agarrándose con mano convulsa al abrigo de su libertador, +y apretándose el pañuelo contra la boca, le seguía con paso lento. +De este modo entraron en el claustro, y precedidos de la mujer que +alumbraba, llegaron a la vivienda labrada en el coro, la cual en su +pobreza no carecía de acomodo. Los vetustos muebles revelaban en sus +remiendos y composturas una mano habilidosa. + +Lo primero que hizo Demetria al entrar en aquel tugurio, fue ponerse +a rezar de rodillas sobre un ruedo de estera, y lo mismo hizo Gracia, +cuando volvió de su desvanecimiento. + +—Sí, sí —les dijo Calpena—, recen un ratito. Aunque no lo parece, aquí +están en la iglesia. Vean estos machones de sillería gótica. Por allí +aparecen los pies de un santo, y en aquella otra parte asoma una cabeza +con nimbo. + +En esto salieron de un cuchitril próximo dos preciosas chicuelas +que se brindaron a servir a las señoritas en todo lo que se les +mandase. Llegaron luego otros vecinos, un matrimonio joven, dos viejas +muy despabiladas, y todos se mostraron sinceramente caritativos, +misericordiosos. + +Cuando ya aclaraba el día, salió Fernando acompañado del dueño de la +covacha, hombre obsequioso, alavés fronterizo de Burgos, que hablaba +perfectamente el castellano, y mostraba conocimiento práctico de mil +cosas diversas. Examinaron el cuerpo del infeliz don Alonso; reuniose +allí todo el vecindario con el propio objeto; de la inspección de unos +y otros resultó la tristísima verdad de que el señor estaba muerto, +y la opinión de que el fallecimiento había ocurrido dos o tres horas +antes. Sin ninguna duda respecto a la muerte, lo primero en que pensó +Fernando fue en disponer que se diese a las niñas algún alimento, y +ofreciendo recompensar con largueza los servicios que en tan crítica +situación se les prestaran, mandó a sus aposentadores encender lumbre +y preparar lo que tuviesen, con la mayor prontitud posible. Entró de +nuevo en la casucha, donde pensaba que era indispensable su presencia. +Aunque Demetria, perdida toda esperanza, se abrazaba a la resignación, +le miró a la cara, atenta a las impresiones de él para modificar o +sostener las suyas. Pero el rostro del caballero solo expresaba un +dolor calmoso. + +—No necesita usted decirnos que somos huérfanas... Ya lo sabemos... +Pero aunque lo sepamos y usted nos lo diga, yo lo dudo..., no puedo +creerlo..., no, no es verdad: mi padre vive. + +Y se lanzó como una loca fuera del cuarto, antes que pudieran +sujetarla. Juzgó Calpena inconveniente que por sí misma se cerciorase +de la tremenda verdad, y corrió tras ella; no quería llevarla, y la +llevó, sintiéndose sin autoridad para impedir escena tan aflictiva. +Tuvo ánimo Demetria para examinar el rostro del que fue don Alonso, +para besarle una y mil veces cara y manos, y no perdió el conocimiento +ni la firmeza de su alma, hecha sin duda para los grandes empeños de +la vida. Con dificultad apartáronla del carro, que había venido a ser +lecho fúnebre, y volvió por su pie al mísero albergue donde había +dejado a su hermana vencida del dolor... + +—Somos huérfanas —le dijo, abrazándose las dos estrechamente—; somos +huérfanas, Dios no ha querido que entremos en casa con nuestro padre. + +Ninguno de los presentes dejó de poner de su parte cuanto le inspiraba +la compasión para calmar tanta pena. Palabras tiernas, ofrecimientos de +proporcionar a las señoritas descanso, comodidad, alguna distracción, +todo lo agotaron aquellos infelices. Reunido lo mejor de cada casa, +arreglaron dos camas bastante bien apañaditas para que las huérfanas +descansasen. + +—Al entrar aquí —le dijo Fernando a Demetria—, aseguró usted que me +obedecería. ¿No fue así? Pues bien, empiezo a usar la autoridad que se +ha dignado darme, y con ella dispongo que no se ocupen ustedes más que +de reparar sus fuerzas en la medida que sea posible. Yo me encargo de +todo, y sabré cumplir cuanto me ordenan la ley de Dios y la conciencia +de mi deber. + +—Sé que mejor que nosotras mismas sabrá usted disponer lo que aún +falta. No es fácil que descansemos; sí lo es que tengamos confianza +plena en la disposición, en la inagotable caridad de nuestro salvador. + +—No merezco ese nombre. Soy su criado: en esta ocasión me glorío de +serlo, y en ello tengo mucha honra. + +—Criado, nunca. Mirándole como amigo, como protector de mi familia +en tan terrible ocasión, estas pobres huérfanas ruegan a usted que +se sirva dar cumplimiento a las resoluciones que voy a manifestarle. +Dios ha querido afligirnos hasta el extremo de arrebatarnos la vida de +nuestro padre en lugar tan desamparado. Ni hemos podido disponer de +un médico que le asistiera moribundo, ni, muerto, podemos tributar +a sus pobres restos la asistencia religiosa. No hay aquí, ni en los +contornos, sacerdote alguno, y mi buen padre ha de ser sepultado sin +las oraciones de la Iglesia, que no faltan al último de los mendigos. +Imposible también llevarle con nosotras, por la larga distancia y +por dificultades materiales superiores a nuestro deseo. Por tanto, +es nuestra voluntad que se dé tierra a mi padre a la hora que usted +disponga y en el lugar que designe, que bien podrá ser la cripta o +panteón de los frailes de este monasterio. Bien señalado por usted el +lugar de la sepultura, nosotras nos cuidaremos, en el plazo consentido +por las leyes, de trasladar estos queridos restos al enterramiento de +la familia en Laguardia. Asimismo hacemos voto solemne de socorrer a +las humildes personas que nos han dado asilo y amparo en trance tan +horrible. Dios ha querido que nuestro padre, en vida poderoso y rico, +haya terminado sus días en medio de los seres más pobres, entre los +pequeños, entre los desgraciados; que en su muerte no reciba honores +mundanos ni religiosos; que su sepultura sea la misma humildad, la +suma pobreza. Así acaban las grandezas humanas, y con estas lecciones +nos dice el Señor que no somos nada. Pues bien: no por vanidad, sino +por efusión de nuestras almas, mi hermana y yo ofrecemos que si +llegamos a Laguardia con vida y salud, estos pobres, a cuya cristiandad +confiamos el cuerpo de nuestro padre, serán socorridos en lo que les +reste de vida. El que hoy viva de limosna, no tendrá que pedirla +más. Nosotras les agregamos a nuestra familia, y cuidaremos de que +tengan pan y vivienda segura. Estos son los honores fúnebres que las +pobres huérfanas tributan al noble caballero cristiano don Alonso de +Castro-Amézaga. + + + + +XXIX + + +Oyeron todos los presentes con emoción muy viva las sentidas +demostraciones de la infeliz doncella, y don Fernando se cuidó de +rodear a las que llamaba sus amas de las comodidades posibles en la +morada de los _Peciñas_, que este era el nombre de los carboneros +dueños de aquel escondrijo. Confinándolas dentro de él, sin permitirles +salir, para obligarlas más al reposo, se ocupó en disponer, de acuerdo +con los habitantes de las ruinas, el sepelio de don Alonso, el cual +se efectuó por la tarde en la cripta que bajo la iglesia servía de +enterramiento a los franciscanos. En espíritu asistieron Demetria y +Gracia a estos actos, tan penetradas de ellos como si los vieran con +sus ojos, y tan confiadas en don Fernando para tan tristes diligencias +como en persona de la familia. Por la noche les fue servida una pobre +cena; tratando de la continuación del viaje, manifestó Demetria que +por su gusto se detendría un día más en las ruinas, como un tributo de +presencia a las caras cenizas de don Alonso, y el caballero lo aprobó +sin reparo, pues así era mayor el descanso de las huérfanas. Dos días +pasaron allí, y a la segunda noche se dispuso todo para continuar +de madrugada. Gaínza recibió de Calpena aumento de lo estipulado, +comprometiéndose a llevarles hasta el primer puesto de tropas +cristinas. La despedida fue tiernísima, y los pobres habitantes de los +tugurios les vieron partir con duelo y emoción. A Gracia la venció +la pena; a Demetria no, porque los repetidos sufrimientos habíanla +enseñado a soportar con cristiana entereza los males que humanamente no +tenían remedio. + +Despejose el cielo a poco de amanecer, anunciándoles un buen día +de viaje. Instaba Demetria a su caballero libertador a que entrase +también en el carro; pero él no quiso, por ser más propio y galante +ir fuera, y por no mermar el espacio que las niñas necesitaban para +su comodidad. Suponiendo que toda la cordillera estaría ocupada por +soldados de Isabel II, deliberaron acerca del camino más corto para +ponerse en salvo, y como opinase el boyero que debían picar hacia la +venta de Arrida, se acordó tomar aquella dirección, aunque el nombre de +la maldita venta fue un mal presagio para las huérfanas, que no podían +olvidar las tristísimas ocurrencias de su viaje de ida. Transcurrió +toda la mañana sin ninguna novedad. Admiraban los grandiosos +espectáculos que a una parte y otra les ofrecía la ingente cordillera, +los inaccesibles picachos, los abismos insondables. El sendero se +escurría tímidamente al pie de las eminencias y al borde de las simas, +evitando el caer en estas, deslizándose como reptil por las angosturas. +Gracias al conocimiento de Gaínza y a la pausa cautelosa con que +andaban los bueyes, pudieron franquear los peligros de la montaña sin +perecer en ellos. + +Hacia el mediodía hicieron alto en un abrigo para comer del repuesto +que les habían dado los pobres, y emprendida la marcha charlaron de +diferentes cosas. No queriendo Demetria volver sobre las desdichas +pasadas, por no entristecer su espíritu más de lo que estaba, dijo a su +libertador: + +—Cuando nos hallemos completamente tranquilas contaré a usted la última +parte de nuestro cautiverio, que es la peor y más dolorosa. Bástele +ahora saber que, cuando mi padre fue conducido desde su prisión a la +Caridad, quisieron matarle en medio de la calle. Pueblo y soldadesca +le acosaban maldiciéndole... Y después, en la Caridad, ¡ay!... Los dos +últimos días fueron terribles. En la propia sala de los enfermos, un +herido gravísimo, delirante, saltó furioso de su lecho para lanzarse +sobre mi padre... No teniendo armas para herirle, le mordió... ¡Dios +mío, qué terrible escena!... Un señor Corpas, guardián o administrador +de la casa, nos trataba con grosería y crueldad. Decíanos a cada +instante que a mi padre no le valdría su fingida locura para librarse +de un tremendo castigo por desafiar al rey, y qué sé yo... No, no +quiero recordarlo. Hay penas que con gozo conservamos en nuestra +memoria; otras piden olvido, olvido. + +En estas y otras conversaciones llegaron a un punto desde donde +divisaban inmenso horizonte. Comenzaba el descenso, y a las plantas de +los viajeros se desarrollaban en inmenso paisaje los rápidos declives, +las corrientes y barranqueras que caían hacia el sur en busca del cauce +del Zadorra. De pronto paró el carro, y Gaínza dijo a Calpena: + +—Señor, por aquella loma..., mire, por aquí, enfilando estas +encinas..., vienen hombres armados. + +—¿Distingue usted desde aquí si son cristinos o facciosos? + +Mientras las dos niñas, muertas de miedo, se encomendaban a la +misericordia divina, Fernando y el boyero se apartaron un poco para +explorar el peligro, y, en efecto, vieron unos seis hombres, con +escopetas, que avanzaban subiendo, como a distancia de tiro de fusil. + +—Parécenme facciosos —dijo Calpena—. Sean lo que fueren, adelante, y no +entiendan que les tenemos miedo. + +Tranquilizó como pudo a las damas, y siguieron. En las revueltas del +camino, los escopeteros desaparecían y volvían a presentarse, cada +vez más cerca. Por último, cuando estuvieron al habla se adelantó +Fernando, viendo que también del grupo se destacaba uno, al modo de +parlamentario. + +Las primeras palabras fueron: + +—¡Alto! ¡Viva Carlos V! + +Y Fernando respondió: + +—Viva quien usted quiera; pero no nos estorbe el paso, que nosotros +somos gente de paz... Vean ustedes: dos señoras y yo que las acompaño. +Vamos a Salvatierra para asuntos de familia. Si cobra usted peaje, +porque así se lo ordenan, estoy dispuesto a pagarlo. Pero no me pida +que detenga mi viaje, porque esto no puede ser. + +—Ya, ya veo las mujeres —dijo el escopetero, un mocetón guapo, de +marcial apostura, que por el habla parecía vasco—. No estorbo el viaje, +no molestaré a las señoras, ni tampoco al caballero. Pero necesitamos +los bueyes. Vengan pronto los bueyes. + +Puso el grito en el cielo el dueño de los pacíficos animales, soltando +una retahíla en vascuence, colérico y fuera de sí, y el otro le +contestó lo mismo. El _gurri gurri_ llegó a tomar tonos tan violentos, +que poco faltó para que vinieran a las manos. Y mientras, Gracia y +Demetria chillaban: + +—Sí, sí, que se lleven los bueyes..., seguiremos a pie; don Fernando, +diga usted que sí. + +Calpena contestó a la intimación que no podía dar la pareja porque no +era suya; que daría, en todo caso, una cantidad por peaje, siempre +que no se les molestara más, y se retirara la _fuerza_ que a corta +distancia permanecía arma al brazo, en actitud no muy tranquilizadora. +Y el bárbaro insistía: + +—Los bueyes, vengan pronto los bueyes —haciendo ademán de desuncirlos +para llevárselos. + +En esto se oyeron disparos a la parte de una profunda encañada que +desde allí no se veía, por interponerse formidables peñas, y lo +mismo fue oírlos, que se demudó el que parecía capitán de aquellos +desalmados. Miró hacia donde estaban los suyos; les gritó en vascuence; +los de abajo, antes de contestarle, apretaron a correr, no sin dirigir +miradas de zozobra hacia la encañada por donde sonaron los tiros. Uno +de ellos, más valeroso que sus compañeros, les abandonó en la veloz +fuga y subió como en ayuda del jefe. Este vociferaba, incitándole a +correr más ligero, y luego se volvía para repetir nervioso y hostil su +intimación: + +—¡Los bueyes, pronto los bueyes! + +Ciego de coraje ya, Calpena requirió su pistola y le soltó un tiro +a boca de jarro, sin darle tiempo a hacer uso del fusil; vaciló el +escopetero, braceando y echando maldiciones por aquella boca, y Gaínza, +más pronto que el rayo, le quitó el arma, y empuñándola vigorosamente +por el cañón le estampó la culata sobre el cráneo con tan rápido +acierto, que el hombre cayó como tronco al borde del camino. Y mientras +el boyero con ferocidad trataba de rematarle, Fernando gritaba al otro: + +—Ven, ven pronto tú también, canalla; aquí te espero. + +Debió el segundo escopetero comprender con seguro instinto que venían +mal dadas, y que estaba expuesto a caer en peores peligros si no +escurría el bulto, porque apretó a correr como un gamo en demanda +de sus compañeros. Estos se detuvieron en un cerro frontero al +camino, separado de este por profundo barranco, y al amparo de las +peñas hicieron una descarga cerrada, último escarceo de su frustrada +escaramuza. El boyero seguía machacando al otro con la escopeta y con +piedras de gran calibre. Hasta que corrió don Fernando a comunicar +su victoria a las dos niñas, que de rodillas en el carro llamaban en +su ayuda a todas las vírgenes y santos de la corte celestial, no se +hizo cargo de que estaba herido. En la descarga que hicieron aquellos +tunantes, le habían metido una bala en la pierna derecha. + +—Ya no hay miedo; nos hemos salvado... Gracias a Dios y a que está +próximo un destacamento de tropas, hemos puesto en fuga a esos +bribones. Si nos cogen solos, nos quedamos sin bueyes... Gaínza, +adelante..., vámonos. Por aquí, a la revuelta, vienen cristinos... +¡Viva Isabel II!... Avancemos un poco para encontrarles pronto... ¡Ay!, +me han herido esos perros... + +—¡Herido! ¡Jesús me valga! —exclamó Gracia. + +—¡Herido! ¡Santo Dios, qué desdicha!... + +Y las dos quisieron echarse del carro. + +—¡Si no ha sido nada!... ¿A ver?... Aquí, más abajo de la rodilla. Me +duele y no me duele... No, no bajen ustedes que seguimos... No es nada; +ya ven, puedo andar... + +Y antes de que el armatoste anduviera veinte varas, cojeaba Fernando +horriblemente. + +—No puedo, no puedo andar —dijo—. Pero no es nada, nada; no hay que +asustarse, niñas... Para, para, que voy a subir. + + + + +XXX + + +A los cinco minutos encontraron la tropa isabelina, mandada por un +capitán, que fue como ver abiertas las puertas del cielo. En un +instante, cambiadas rápidamente las informaciones de unos y otros, +tuvieron todos noticia exacta de lo ocurrido, y el capitán felicitó +a don Fernando por su comportamiento en el lance con el jefe de la +partida. + +—Ha sido terrible —dijo Demetria—; nuestro caballero se portó como un +héroe. + +—No haga usted caso; salimos del conflicto como pudimos, por pura +chiripa... Hay cuartos de hora felices, como los hay desgraciados, y +este mío no ha sido de los mejores, porque me atizaron una bala..., +aquí... en esta pierna. + +—No hay que apurarse —dijo el capitán—; le curaremos para que continúe +su viaje sin molestia. Aquí tengo un muchacho que le hará a usted la +primera cura. + +Era el capitán un mozo de lo más vivo y simpático que se pudiera +imaginar, mediana estatura, rostro agraciadísimo y sonriente, edad +poco más o menos la de Calpena. Este no cesaba de mirarle queriendo +reconocerle: + +—Sí, sí —dijo acudiendo a la memoria del otro para avivar la suya—; yo +le conozco a usted, mi capitán, yo le he visto, yo le he hablado, pero +no puedo recordar... + +—Eso mismo pensaba yo en este momento. + +—Usted es... + +—Francisco Serrano Domínguez, para servir a usted y a estas +señoritas... Nos hemos visto no hace mucho, allá por febrero debió de +ser, en casa de mi madre, en Madrid. Mi madre tiene una tertulia a que +concurren personas muy distinguidas, y usted fue una noche llevado por +Miguel de los Santos. + +—¡Oh, sí, ya!... ¡Pues poco que hablamos aquella noche! Fernando +Calpena, para servirle. Deme usted esos cinco, señor Serrano, y hágame +el favor de mandar a su médico, o al albéitar si lo trae, que me mire +esta pierna y me ponga algo que aplaque los dolores que empiezo a +sentir. + +—Al momento. Esperar un poco. + +Y cuando le vieron alejarse, las dos niñas, consternadas, trataron +de curar a su libertador. Mientras Gracia cortaba el pantalón hasta +descubrir el sitio del balazo, Demetria reunía todos los pañuelos que +llevaban para improvisar un vendaje conveniente. Volvió a la sazón +Serrano muy satisfecho; venía de ver el cadáver del escopetero, y dijo +a Calpena: + +—No sabe usted bien el servicio que nos ha hecho librándonos de ese +bandido, el más malo, el más sagaz de cuantos andan por aquí. Merece +usted que se le proponga para una cruz. + +—Pues si buena cruz hemos ganado, buen balazo nos cuesta. + +—Eso no vale nada. Yo llevo ya cinco en diferentes partes de mi cuerpo, +y ya ve usted... Con suerte, siempre con suerte. A ver, Roldán, ven +acá: examina esta herida y dinos que no es de cuidado. ¡Ay de ti si te +equivocas! Luego le curas de primera intención para que pueda llegar a +Salvatierra, donde hallará médicos de sobra. + +El llamado Roldán, que era un sargento practicante, dijo que estaba +dentro la bala, y que no le parecía la herida peligrosa, por no +interesar la rodilla. Si el señor no sentía dolores muy vivos, era +que la bala no había tocado el hueso. No cuadraba más tratamiento +que vendarle, aplicada una unturilla que ellos traían, y después que +cuidara el herido de evitar todo movimiento. + +—Pues me divierto —dijo Fernando—. Ya no puedo andar. Pero, en fin, +sea lo que Dios quiera, y cúmplase el destino que está marcado a cada +criatura. + +Y mientras Roldán, asistido de las dos doncellas, le curaba, Serrano +le informó de la gran victoria que habían alcanzado días antes con la +ocupación de San Adrián, añadiendo que no bajaron a Oñate porque el +general no lo estimaba práctico ni provechoso, y prefería conservar +aquellas posiciones y tener asegurada la comunicación con Vitoria y +Alsasua. Hablando de sus propios servicios en la campaña, declaró +Serrano que se sentía con alientos para tomar parte en mil y un +combates y avanzar en su carrera. No conocía el miedo; confiaba salir +salvo de todos los encuentros; le enardecía el ruido de los combates, +le embriagaba el olor de la pólvora. Había venido días antes del +ejército de Aragón, donde servía a las órdenes de Palarea, y aunque +sus deseos eran permanecer en el Norte, porque allí se presentaban +más ocasiones de lucimiento militar que en ningún otro campo, pronto +tendría que marchar a Barcelona, donde le reclamaba por ayudante su +padre, el mariscal de campo Serrano y Cuenca. Allá no faltarían quizás +ocasiones de entrar en fuego, que era su delicia; y bien seguro de que +las balas no le tocaban, permitíase jugar al heroísmo, en lo que no +había ningún mérito. + +—¡Qué gracioso es este capitán, y qué buen genio el suyo para la +guerra! —dijo Demetria cuando se quedaron solos. + +—¡Y qué guapo es, y qué ojos tan pillines los suyos! —observó Gracia. + +Convencido el jefe de la fuerza cristina de que no podía dar alcance +a la partida facciosa, resolvió volver a Salvatierra. Los soldados se +entretuvieron en arrojar al fondo del barranco el cadáver del jefe +de los escopeteros, al cual llamaban _Basurde_, que es _Jabalí_ en +lengua éuskara. Para los viajeros fue motivo de alegría que Serrano no +continuase la persecución, porque así tendrían custodia militar hasta +Salvatierra, con lo que podían darse por definitivamente salvados y +libres de todo peligro. Marcharon, pues, hacia abajo, precedidos de +un coro de soldados que alegremente cantaban, llevando _al estribo_ al +capitán, que obsequioso daba conversación a las damas. La tristeza de +estas era honda, no solo por haberse dejado en Aránzazu la mitad de su +alma, sino por aquel funesto accidente de la herida de Calpena, que les +aguaba el contento de su salvación. Toda aquella tarde la pasaron bien: +a Fernando le molestaba poco la pierna agujereada; los tres comieron +algo de los fiambres exquisitos que Serrano les dio, y bebieron en +vaso de metal un poquito de ron, mezclado con agua de los cristalinos +manantiales que encontraban al paso. + +Sobre las diez de la noche llegaron a Salvatierra: Calpena iba +intranquilo, un poco febril, empezando a sentir molestia en su herida. +No quisieron las niñas aceptar el estrecho alojamiento que Serrano +les ofreció, prefiriendo aguardar dentro del carro el próximo día. +Ya Demetria no temía nada: en Salvatierra encontraría conocimientos, +recursos para trasladarse a su casa con toda comodidad. Su mayor pena +era la incertidumbre respecto al estado de su libertador, que no le +parecía favorable, a pesar de los esfuerzos con que él disimulaba los +agudos dolores que hacia media noche le atormentaron. Apenas despuntó +el día, partió la joven, acompañada de Gaínza, en busca de los señores +que allí conocía, y no tardó en volver gozosa con un séquito de cuatro +personas, que no deseaban más que ocasiones de servirla. Supo entonces +que dos días antes habían pasado por allí, camino de San Adrián, tres +criados de la casa y varios deudos y amigos, desalados, buscando a las +señoritas y al señor don Alonso. Habíanse repartido por diferentes +senderos, y alguno de ellos no pensaba parar hasta Oñate. + +No quiso la valerosa y avisada joven perder el tiempo en inútiles +referencias, y dada cuenta de la pérdida lastimosa de su buen padre, +requirió a los señores de Guinea (que tal era el nombre de aquellos +sujetos, acomodado labrador el uno, el otro extractor de maderas), +para que le proporcionasen inmediatamente: primero, el mejor médico +que hubiese en la villa; después un buen coche, y si no lo había, una +cómoda galera para continuar el viaje; todo ello acompañado del dinero +que las ricas huérfanas necesitaban hasta llegar a Laguardia. Esta +última petición fue prontamente y con creces satisfecha. Facilísimo +estimaron también lo del médico, pues había físicos de tropa, +excelentes, y en cuanto a vehículo, que era lo difícil, ofrecieron +revolver el pueblo y sus alrededores hasta lograr lo que la señorita +deseaba. + +—Oiga usted, Demetria —dijo Fernando cuando los tres se quedaron +nuevamente solos—. De mí no hay para qué ocuparse ya. Puesto que se +encuentran ustedes en lugar seguro, donde les sobran medios para +volver a su casa sin ningún peligro, deben ustedes partir sin pérdida +de tiempo, y dejarme aquí, que ya me arreglaré yo con mis amigos del +ejército, para que me proporcionen un alojamiento donde me cure de este +maldito balazo que ha venido a trastornar todos mis planes. + +—Al pedirme que le abandonemos —replicó Demetria con gravedad—, +hallándose enfermo, y enfermo por nosotras, pues recibió la herida en +nuestra defensa, me pide usted la cosa más contraria a los sentimientos +de mi hermana y míos... ¡Abandonarle, habiendo recibido de usted la +salvación, la vida!..., porque allí nos habríamos muerto de terror, si +usted no nos saca... No, don Fernando, lo que usted propone no puede +ser: o lo ha dicho por probarnos, o le trastorna el delirio, en cuyo +caso, estando usted peor, no seríamos quien somos si le abandonásemos. +Quiero demostrarle que en mi raza no existe ni puede existir la +ingratitud. + +—Nada de lo que usted dice me sorprende, pues en el corto tiempo +nuestro trato, he podido conocer cuanta bondad y nobleza atesora su +alma. Pero yo debo advertirle que me precisa seguir rumbo distinto del +que usted lleva. Me llaman a otra parte deberes sagrados, afecciones +tan hondas, tan estimulantes como las que la llaman a usted a su casa. +Póngase en lo razonable y... + +—Me pongo en la razón misma, y le contesto que cuando esté bueno tomará +el rumbo que quiera; pero ¿a dónde va en tal estado el pobrecito don +Fernando, cojo, sin poderse valer? Si le dejamos a usted, de aquí no +podrá moverse en algún tiempo, que esa cura es lenta, si ha de hacerse +bien y sin complicaciones... Y no hablemos más por ahora, que ya viene +el buen Guinea con un señor que debe de ser el médico militar. De lo +que diga depende lo que resolvamos, lo que yo resuelva, pues ahora +se han trocado los papeles, amiguito. Ya no es usted el jefe de la +expedición. Yo he tomado el mando, y a usted toca obedecerme. + +Minucioso fue el examen facultativo. Demetria y el físico sostuvieron +breve diálogo: + +—¿La bala...? + +—Evidentemente no está dentro. En la región superior de la pantorrilla +se ve el rasgón de la salida. + +—¿Es grave la herida? + +—No, no. La gravedad resultaría si el señor no se sometiese a un +absoluto reposo. + +—¿Cuánto tiempo? + +—Un mes. + +—Bien. ¿Y qué hay que hacer ahora? + +—Aplicarle un vendaje que yo prepararé; renovar cada seis horas la +planchuela de Bálsamo Samaritano. Permanecer acostado y con buen abrigo +en todo el cuerpo. + +—Perfectamente. ¿Puede el herido hacer un viaje, en coche, con toda +comodidad? + +—Sin duda, observando lo que prescribo: la renovación de la planchuela, +el abrigo y la quietud posible dentro de un coche o galera bien +acondicionada, que vaya al paso. + +No se habló más. Hizo el médico la cura, y proveyó a Demetria de +bálsamo para tres días. Al ver partir al físico, Gracia rompió en +joviales demostraciones de afecto hacia su libertador, diciéndole: + +—Ahora, señor don Fernandito, se ha fastidiado usted, y no tiene más +remedio que ser nuestro prisionero. + +—Nos le llevamos encantado —dijo Demetria, que en aquel punto recibió +la noticia de tener dispuesta una hermosa galera—; encantadito en una +jaula, como llevaron a don Quijote a su pueblo. + +—¿Pero de veras —dijo Fernando con extrañeza matizada de susto— me +llevan ustedes a Laguardia? + +—¡Pues estaría bueno que no! ¿Al hombre que nos ha salvado la vida, +habíamos de dejarle en manos mercenarias, en un pueblo como este, +donde los accidentes de la guerra podrían ponerle en la necesidad de +huir con su patita coja? No señor; por ley de Dios estamos obligadas +a pagar a usted sus beneficios, si no en la misma moneda, porque no +la tenemos, en otra de un valor aproximado. A nuestra casa se viene +usted calladito, y no se moverá de ella hasta que recobre la salud. +Sano y bueno nos envió Dios el caballero que le pedíamos; sano y bueno +deseamos devolvérselo. Y no hay más que hablar ni que discutir. Yo sé +lo que dispongo; ya que no otras cualidades, tengo la de hacerme cargo +fácilmente de mis obligaciones. Ahora el señor don Fernando calla y +obedece, que bien sumisas y obedientes hemos sido nosotras cuando era +él quien mandaba. + +Algo contestó Calpena; pero sus razonamientos resultaban débiles ante +la poderosa dialéctica de la huérfana de Castro. ¿A dónde iba, herido +y expuesto a una inflamación de consecuencias mortales? Obligado al +reposo, ¿dónde estaría como bajo la tutela y cuidado de las personas +que le debían eterna gratitud? El destino, Dios, mejor dicho, le +presentaba su abrumadora sentencia revestida de una lógica soberana, +y torciéndole sus caminos, mientras él lanzaba todo su espíritu con +irresistible querencia hacia el norte, le decía: «¿Al norte? pues yo +mando que al sur, y al sur has de ir por el derecho carril que te +trazo». Conformábase el hombre, no sin interiores refunfuños, y pensaba +que, si no el corazón, la pierna derecha había de agradecer aquel +mandato inflexible de la Divina Voluntad. + +Mientras Demetria, con actividad prodigiosa en que revelaba sus dotes +de gobierno, preparaba el viaje, arreglando el interior de la galera +con los mayores refinamientos de comodidad, el pobre cojo, viéndola +ir y venir tan dispuesta, no pudo menos de admirar en ella un raro +prodigio de la voluntad humana. Al propio tiempo creía que si la +discreción se encarnara en algún ser de los que andan por la tierra, +no podía tomar otro cuerpo que el de la doncella mayor de Castro. +Desde que llegó a Salvatierra se había transformado; ya su mirada no +expresaba el sobresalto y la fatiga; ya despedían sus ojos el rayo +que determina la acción; ya no era la mujercita encogida y trémula +de la Caridad de Oñate; era la señora que campaba y disponía, con +medios para ello, en su terreno propio; su mal vestir no desvirtuaba +la gallardía de su cuerpo, reflejo de la resolución y aplomo de su +alma. Más agraciada que bella, sin ser una hermosura lo parecía casi +siempre, sobre todo cuando daba órdenes a los inferiores, cuando +expresaba su pensamiento con aquella sencillez persuasiva que no +admitía controversia. Su frente serena y pura, su boca un poco grande, +pero fresca y llena de gracias, componían admirablemente su rostro. El +cabello advirtió Calpena que era castaño, abundantísimo; no pudiendo +en aquel trajín peinarse a su gusto, se lo arreglaba de cualquier +modo, cruzándose en derredor de la cabeza, a la buena de Dios, las +apretadas trenzas. Gracia era más bonita; temple delicado, de esos +que son infantiles aun después de pasada la tierna edad; quejumbrosa, +paliducha, un poco lánguida, las manos no pequeñas, el cuerpo escueto, +el cabello del propio color castaño, mas no tan fuerte como el de su +hermana, blanca la dentadura, pero de un conjunto menos simétrico, la +mirada dulce, amorosa, pasiva... + + + + +XXXI + + +«Por lo que veo —se decía Fernando haciendo análisis de su propia +existencia—, mi destino es sucumbir siempre a las _tiranías cariñosas_. +Quiero tener acción propia y no puedo... Pero ya la tendré, que esto no +ha de durar. Un mes ha dicho el físico. Pues no está mal que me cure +y recobre el uso de mis dos piernas... Porque, lo que dice Demetria: +¿a dónde demonios voy así? Estoy inútil, estoy inválido... ¡Pícaro +destino!... ¡Imposibilitarme cuando más necesito de toda mi energía, +de mi fuerza corporal!... A estas horas el señor Negretti habrá +escrito a Aura diciéndole que me ha visto... ¿Y qué pensará Aura de +mí, si transcurre mucho tiempo sin noticias...? En la primera parada +que hagamos escribiré a don Ildefonso... Pero sabe Dios si recibirá +la carta... Dudo que haya correos regulares entre este país y la +corte trashumante... Veremos, me informaré. Y adelante, cúmplase el +destino... Nuestras pobres vidas obedecen a un gobierno superior y como +dice Miguel de los Santos, nada podemos contra la soberana disposición +que nos arroja al sur como pelota cuando queremos ir al norte... +¡Felices los pájaros, que van a donde quieren...!». + +No eran aún las diez, cuando ya Demetria había dispuesto con primor +minucioso la galera destinada a Fernando. Excelentes colchones y +almohadas, mantas de abrigo, cortinas que por ambas bocas del toldo +resguardaran del frío el interior, nada faltaba. Mirando también a +la decencia, determinó que el herido fuese solo en la galera mayor, +arreglándose las dos hermanas en otra más pequeña, tampoco desprovista +de comodidades. En la pequeña metieron varias cestas con víveres y +bebidas, lo mejor que se pudo encontrar en el pueblo. Como tenía la +mayorazga barro a mano, de nada quiso privarse, y el viaje había de ser +como a personas tan principales correspondía. Pensó tomar dos mozos +de la servidumbre del señor Guinea, que les acompañarían en todo el +camino: uno para que fuese al cuidado de don Fernando en el primer +vehículo, y otro al de ellas en el segundo; pero poco antes de partir +presentose uno de los criados de Castro que habían salido a buscarlas, +de lo que se alegraron y se entristecieron las dos niñas, porque el +gozo de verle se amargaba con la pena de notificarle la pérdida del +amo y señor de todos, don Alonso. Lloraron un poquito las huérfanas y +su servidor, que se llamaba Bernardo, mozo muy despierto que valía por +dos, y no faltando ya nada, dio la señora orden de partir. Despidiose +el carretero de Lamiátegui, no sin que mediara una breve querella entre +Fernando y Demetria sobre cuál de los dos le pagaba. Pero la de Castro +cedió sin mostrarse obstinada, dejando al caballero todo el goce de +su delicadeza. Bueyes tiraban de las galeras, por no haber animales +de paso más vivo, lo que en realidad no era desventajoso, porque con +el lento andar de los rumiantes iba más reposado el herido, y lo que +perdían en tiempo ganaríanlo en comodidad. Salió Serrano a despedirles, +acompañado de otro oficial, como él guapín, simpático, con ricitos +sobre la blanca frente, y al presentarle añadió: + +—Dice Alaminos (tal era el nombre del camarada) que han venido al +cuartel general cartas para usted, señor Calpena. + +—Venían dirigidas a Fernando Córdova, el hermano del general en jefe. +Pero ha salido para Madrid, y las ha dejado no sé si a Echagüe o a +Pepe Concha, para que las entregaran a usted si venía por aquí. Ayer +hablaban de esto. + +—¿Es cierto que el general ha ido a Madrid? + +—Sí señor; ayer ha salido de Vitoria con su hermano y sus ayudantes, +Casasola, Mariano Girón y el príncipe de Anglona. Pero volverá pronto. +Ya digo: Fernando Córdova habló delante de mí a Pepe Concha de dejarle +las cartas que recibió para usted; pero como luego se trató de si +Concha iba también a Madrid o se quedaba, me parece que debe de +tenerlas Echagüe, porque le oí que se ofreció a desempeñar este encargo. + +—Echagüe manda los _chapelgorris_. + +—Justamente; y hoy está en la división de Espartero. Ayer le vi en +Vitoria, donde permanecerá unos días restableciéndose de sus heridas. + +—Pues tanto al señor Serrano como al señor Alaminos —dijo Demetria— les +suplico yo que cuiden de que esas cartas no se extravíen. + +—¡Oh! sí, yo averiguaré quién las tiene... + +—Y yo. + +—Y lo demás es muy fácil. Que envíen las cartas a Laguardia, a la casa +de esta servidora de ustedes. + +—Allá irán. Queda de nuestra cuenta. Cumpliremos, señora. + +—Y nos reiteramos _humildes súbditos... a los reales pies de Vuestra +Majestad_... + +Con esto apretáronse todos las manos, picaron los mayorales, y las +galeras emprendieron su marcha pausada por la calle principal del +pueblo, hasta salir al camino que atraviesa el ameno valle del +Zadorra. No habían traspasado aún las últimas casas, cuando se les +agregaron otra vez Serrano y Alaminos a caballo, y fueron dando parola +a las niñas larguísimo trecho. Nada les ocurrió en el resto del día, +transcurrido felizmente, ni en el curso del viaje sobrevino ningún +accidente desgraciado. Todo era, pues, bonanza, y por añadidura +el tiempo primaveral les favorecía grandemente. Sin detenerse en +Vitoria más que para dar corto descanso a los bueyes, continuaron en +dirección del Condado de Treviño, y cuanto más avanzaban hacia el +sur, más risueño se les presentaba el paisaje y más lisonjero todo. +Al aproximarse a Peñacerrada, empezaron a encontrar las huérfanas +personas conocidas: aquí pastores de la casa de Castro; allá campesinas +y labriegos, algún cura; de todos recibían noticias de la ansiedad +que reinaba por la ausencia de las niñas, y a todos las daban de sus +trabajos y penalidades, así como de la muerte de don Alonso. Menos de +dos días duró el plácido viaje, pues habiendo salido de Salvatierra +un sábado antes de mediodía, pasaban la sierra de Toloño al amanecer +del lunes, y entraban en la feraz campiña de Páganos a punto de las +ocho. Allí fueron tantos los encuentros de amigos y deudos, servidores, +aldeanos, diversa gente del pueblo campestre, que hubieron de parar las +galeras para dar espacio y tiempo a tanto saludo, a tantos plácemes y +pésames, al incansable besuqueo en las manos de las dos señoritas, que +lloraban de gratitud y emoción. + +El mozo que iba al servicio de don Fernando, sin apartarse de su lado, +le dijo: + +—¿Ve usted este término con _tantisma_ viña, que parece la gloria de +Dios? ¿Ve usted aquellos trigos en que ahora juega el viento, y ya los +pone verdes, ya amarillos? ¿Ve usted aquel prado y aquel monte con +tantas ovejas? Pues todo es de las señoritas... Sí, señor; son más +ricas que el _Putosín_, y a cuenta que ahora no han de faltarles novios. + +Admiró Fernando la belleza de los campos feraces, inundados de sol, +y celebró mucho, en su mente, que todo aquello perteneciese a quien +por sus altas prendas merecía cuantos bienes hay en la tierra. Y no +pudieron recrearse sus ojos en tanta belleza, porque sentía en su +pierna herida tirantez horrible, y de rato en rato punzadas acerbas, +que acrecían con el afán de disimularlas para que no se alarmasen sus +bienhechoras. Con esto y con la pena de verse extraviado de su natural +camino, su alma sobrenadaba en ondas melancólicas. Verdaderamente, era +un prisionero que ya podía dar gracias a Dios por haber caído en tales +manos: admiraba a sus tiranas; teníalas por hermosa hechura de Dios; +pero no concluía de conformarse con aquel giro que a sus planes daba +el destino... ¡Todo por una bala miserable! Si él estuviera bueno, ya +habría revuelto toda Guipúzcoa, Vizcaya entera, en busca del bien de +su vida... Pero ¿qué había de hacer? Paciencia. Dios manda, y en su +nombre, en tal ocasión, las niñas de Castro-Amézaga. Contrariado y +triste, ¡ay!, no podía menos de bendecirlas. + +A la salida de Páganos llegose al convoy un anciano cura, que venía por +la carretera adelante con balandrán y gorro negro, bastoneando fuerte. +Era un gozo verle dar abrazos y besos a Demetria y Gracia, como si +quisiera comérselas: tan grande cariño les tenía el pobre viejo. Ya se +sabía en Laguardia, por un propio que mandaron de Peñacerrada, el gran +acontecimiento de la vuelta de las niñas, salvadas milagrosamente por +un cristiano, noble y animoso caballero; sabíase también el desgraciado +fin de don Alonso a mitad del camino de salvación, y uno y otro suceso +fue motivo para que el bendito cura estuviera unos diez minutos +empapando en lágrimas su luengo pañuelo de yerbas. + +—¡Ay, hijas, qué días hemos pasado, sin saber de vosotras, maldiciendo +a hora en que tuvisteis la temeridad increíble de lanzaros por esos +mundos en busca del pobre Alonso; pidiendo a Dios que no os perdiérais, +que no os mataran, que volvieseis sanas y salvas a vuestra casita, y a +los brazos amantes de este viejo que os adora, y al pueblo que también +os quiere y os estima como a hijas predilectas!... Pero ya estáis aquí. +¡La Virgen Santísima, a quien después de vuestra partida rezamos todas +las tardes Salve solemne, no nos ha concedido todo lo que le pedíamos, +puesto que no traéis a vuestro padre; pero nos ha concedido mucho, sí, +remucho (vuelta a los besos y a la emisión de lágrimas y babas), porque +os ha traído a vosotras, cielos míos, perlas de la casa y del mundo! + +Informado por las niñas de que su generoso salvador, instrumento en +aquel caso de la divina voluntad, era el viajero ocupante del otro +carro; sabedor asimismo de que la herida que le postraba había sido +alcanzada en terrible lid por defenderlas, corrió allá entusiasmado el +buen cura, y quitándose el gorro, húmedo aún el rostro del llanto que +vertía, le dijo: + +—Señor mío, este pobre viejo desea el honor de estrechar la mano del +noble caballero a quien debemos el rescate de estos ángeles. No sabe +usted el bien que ha hecho, señor. Dios se lo premiará como mejor le +convenga... Aquí me tiene usted a su servicio, aunque nada valgo... +José María de Navarridas, cura párroco de Santa María..., tío carnal +de la madre de estas dos perlas... ¡Bendito sea mil veces el que nos +ha devuelto nuestro tesoro, y corónele Dios de gloria, rodéele de +bienaventuranzas por su obra hermosísima! + +Respondió Calpena mostrándose avergonzado de tales elogios, a lo que +dijo el párroco con muy buen juicio que la modestia siempre ha sido +inseparable del verdadero mérito. Cuando se ponían de nuevo en marcha, +llegaron dos mujeres que hartaron también de besos a las niñas, y don +José María, por no recargar la segunda galera, se subió a la de don +Fernando, diciendo a voces: + +—Chicas, yo me subo aquí a dar palique a este caballero, que parece va +un poco triste. Seguid vosotras con esas. + +Y después de informarse de las circunstancias y proceso de la herida, y +de aventurar un favorable pronóstico, asegurando que solo con el buen +trato, la dulce quietud y el rico vinito de la tierra se curaría en un +periquete, repitió la cantinela del criado: + +—¿Ve usted esta inmensa campiña?... ¡Qué hermoso viñedo, qué gloria +de Dios! ¿Ve usted aquellos trigos que parecen un mar con sus olas +y su vaivén? Pues todo es de estos ángeles... ¡Pobre Alonso! Ya +venía el infeliz tan trastornado, que no podía parar en bien... ¿Le +parece a usted? ¡Desafiar a Carlos V!... Luego la temeridad de estas +muchachas... ¡Lo que bregué con Demetria para quitarle de la cabeza la +idea de ese viaje! «Pero, tío, si no vamos más que hasta Salvatierra, +donde de fijo le encontraremos». Y ya ve usted... Lo que pasa..., que +un poquito más allá, que otro poquito..., y a Oñate. ¡Jesús mío, nada +menos que a Oñate se fueron, como unas bobas!... Pues si Dios no les +depara esta buena alma, este brazo valeroso, no sé qué habría sido de +mis pobres ángeles... ¡Ay, chiquillas, de buena habéis escapado! Bien +os lo dije cuando salisteis... «Demetria, mira lo que haces». Pero ya +habrá usted conocido que esta niña mayor es una voluntad de hierro, +dispuesta como ella sola, tenaz en sus empeños, y cuando dice «por aquí +voy», ya pueden todos echarse a temblar. + +No habían andado quince minutos, cuando aparecieron nuevos amigos, +el cirujano don Segundo Crispijana, dos señores de capa, mujeres, y +detrás medio pueblo. Omítense por fastidiosas las escenas de besuqueo y +lágrimas. El don Segundo, señorete de rebajada estatura, cara redonda +con sotabarba, la nariz decorada con dos verrugas, los ojuelos muy +perspicaces, edad como de sesenta años bien llevados, se llegó a la +galera de Fernando, después del saludo a las señoras, y empezó a +funcionar facultativamente a la primera insinuación. + +—Eso no es nada. En cuanto lleguemos se dará un vistazo... Cuestión +de un poco de reposo... ¿Y qué, duele? Tirantez de la piel, afectando +hasta los músculos del tobillo... Perfectamente. ¿Qué médico le vio +a usted en Salvatierra? ¿Aseguró que había salido la bala?... Eso lo +veremos..., calma..., lo veremos... ¿Conque... duele? + +—Sí señor; no puedo ocultarlo ya... Me duele, ¡ay!, horrorosamente. + +—Pues no lo disimule, caray... Chille todo lo que le salga de dentro. + +—No señor, no chillo..., le aseguro a usted que no chillo... Sé sufrir; +sé comerme mis dolores... No quiero que las señoritas se alarmen..., se +disgusten. + +—Ya estamos en casa. Vea usted la ilustre villa de Laguardia. + +Mirando por la delantera, vio Fernando una ciudad medieval, en lo +alto de una escueta colina elíptica, rodeada de almenados muros con +gallardos torreones. De entre aquella cintura de piedra se destacaba +el caserío en agrupación cónica, con el remate de un castillo, torres, +esbeltos campanarios, techumbres de peregrina forma. La vista de la +ciudad fantástica, que surgía del suelo más bien como un hermoso +embuste de la leyenda o del teatro que como una verdad de la historia, +embelesó los sentidos del pobre viajero, amortiguando por un instante +sus dolores. + + + + +XXXII + + +Entraron por la puerta de Páganos, al oeste de la población, con lento +andar por causa de la pendiente y del gentío que en torno a las galeras +se agolpaba, y dieron fondo, no lejos de la puerta, en la señorial +casa de Castro-Amézaga, la cual con sus anejos le pareció a Fernando +tan grande como una mediana ciudad. Al gran patio principal, en cuyo +fondo arrancaba la escalera, acudieron diferentes personas, muchedumbre +de criadas, familias pobres, familias ricas, que aguardaban a las +viajeras: los unos para darles el parabién y el pésame, las otras, para +besuquearlas; y en medio del tumulto salieron también tres, cuatro, +seis o más perros de diferentes castas, cazadores los más, que armaron +terrible algazara de ladridos, brincos y demostraciones de alegría. +Para todos tuvieron caricias las huérfanas llorosas, principalmente +para dos magníficos galgos, favoritos de don Alonso, los cuales no las +dejaban dar un paso, echándoles sus patas al pecho y lamiéndoles las +manos. + +Todo esto lo vio Fernando, mientras le bajaban en volandas de la +galera, pues él no podía moverse, y le subían cuidadosamente dos +robustos criados, bajo la inspección del señor cura, que puso sus +cinco sentidos en tan delicada operación. Sin duda porque su estado +febril le agrandaba los objetos, a Calpena se le representaba la casa +con dimensiones colosales, como de castillo o alcázar de reyes; los +corredores que daban vuelta al primer patio, en forma claustral, no se +acababan nunca; las habitaciones por donde le pasaron eran inmensas +cuadras de elevado techo; todo grandísimo, todo limpio y respirando +bienestar y opulencia; mucho nogal oscuro y brillante; los pisos de +baldosines rojos bien bruñidos; las paredes, o blancas como la pura +cal, o pintadas con festones y guirnaldas al temple; aquí cortinas de +damasco; allá muselinas tiesas; severa elegancia, riqueza de pueblo y +acumulación de cosas pasadas, con escasas novedades y desprecio de las +modas. + +Lo primero de que se ocupó la familia fue de preparar el lecho en +que debía descansar el herido, en uno de los más claros y hermosos +aposentos de la casa. Era el tal mueble imitación de un navío de +tres puentes, el _Santísima Trinidad_ de los lechos, con cabeceras +de nogal, popa y proa, en las cuales el tallado adorno de patos o +cisnes completaba la semejanza con los artefactos destinados a la +navegación. Bien abarrotada de mullidos colchones y con su cobertor de +damasco rojo, era una cama olímpica. No bien acostaron a don Fernando +y repararon sus fuerzas con caldo y vino, le tomó de su cuenta el +señor Crispijana, que por orden expresa de las señoritas quería +proceder sin pérdida de tiempo al examen y cura de la herida. Poseía +don Segundo gran conocimiento y práctica en achaques de traumatismo, y +no tardó en dominar con ojo certero el caso que allí se le presentaba. +Positivamente, la bala no había quedado dentro: en el lado interno de +la pierna se veía el punto de salida más grande que el de entrada, +mediando un conducto bastante extenso, sin tocar en el hueso. La +articulación estaba completamente indemne. Las molestias que sentía don +Fernando y las que sentiría después eran motivadas por el flemón que +se le formaba, complicación harto frecuente en esta clase de heridas. +El caso, sencillísimo, no ofrecía peligro alguno, y don Segundo lo +había tratado mil veces con feliz éxito en su vida profesional. El +tratamiento que comúnmente practicaba era el de las incisiones o +desbridamientos, si el flemón venía difuso, sistema que le había +enseñado su maestro el afamado cirujano de Torrecilla don Ángel Asuero. +Por de pronto, quietud y cataplasmas. + +Descansó Calpena sus huesos en aquel lecho magnífico, mas no pudo +conciliar un sueño reparador, porque la agudeza de sus dolores no +le dejaba dormir sino a ratitos; por la noche tuvo fiebre intensa; +su turbado cerebro se atormentaba con la idea de reposar en un +panteón de damasco encarnado. La profusión de esta rica tela en +colcha, almohadones y cortinas le colmaba de inquietud y ansiedad. +En la estancia había dos o tres arcas de nogal, sillones de vaqueta +claveteados, y un cuadro de san Francisco en éxtasis que le infundía +pavor... Reinaba en la casa silencio sepulcral, turbado tan solo por +lejanos ladridos de perros. Por la mañana, el criado que entró a +llevarle el desayuno le enteró de que allí se comía cinco veces al +día, empezando por el chocolate, acompañado de bollitos hechos en casa +y de fruta de sartén. No tardó en presentarse Gracia, a quien Calpena +encontró completamente transformada, vestidita según su clase, muy +graciosa y elegante dentro de la modestia campesina y de los rigores +del luto. Iba la niña dispuesta a estar en su compañía todo el tiempo +que fuese menester, sin molestarle: le daría conversación si esta le +agradaba, y le leería si la lectura no le causaba enojos. En la casa +había muchos y buenos libros. + +Agradecido a tantas bondades, Fernando preguntó por Demetria, de la +cual dijo su hermana que vendría a visitar al enfermo cuando le diesen +respiro las distintas tareas que embargaban absolutamente su persona +durante la mañana, pues todo el trajín de casa tan grande estaba debajo +de su jurisdicción y cuidado. Entretanto, Gracia abrió las maderas de +la ventana que caía frente al lecho por la fachada sur de la casa, y +don Fernando pudo admirar el grandioso paisaje de la sierra de Cameros +por aquella parte. El sol, que inundaba montes y llanuras, penetró +también en la estancia, rehaciendo el abatido ánimo del enfermo, quien +no pudo menos de ver en Gracia un ángel que le llevaba la luz y la vida. + +Entre la lectura y la conversación, Fernando optó por esta, gozando +extraordinariamente con lo que la niña le contaba del pueblo y de +la familia. Como durante la ausencia de las huérfanas no iban los +trabajos de labranza y gobierno doméstico con la debida regularidad, +y estaban las cuentas atrasadas y muchas cosas sin hacer, Demetria +daba ejemplo con su diligencia y actividad al escuadrón de servidores +de ambos sexos. En planta desde antes de amanecer, y consagrada la +primera hora de la mañana al aseo de su persona, recorrió luego las +varias dependencias de la casa, dando sus disposiciones y previniendo +las diversas faenas del día. Esto lo hacía la niña mayor desde que, +por muerte de su madre, se hizo cargo de las llaves y tomó el mando +doméstico, en el cual no mostraba menos desenvoltura y facultades +que aquella. La dolencia del padre la obligó a dar extensión a su +autoridad; no tuvo más remedio que encargarse de dirigir y administrar +la labranza, de atender a los ganados, al laboreo de montes, +explotación de leñas, y todas las demás faenas que abarcaba la extensa +propiedad del opulento mayorazgo. La cooperación de servidores y +mayordomos antiguos le facilitó los conocimientos necesarios para el +manejo de tan grandes intereses, y a los pocos meses de tener bajo +su mano la cuantiosa hacienda de Castro-Amézaga, ya sabía más que +todos. Habíala dotado Dios de un sentido práctico que ya lo quisieran +muchos hombres para sí, y de la facultad de ver claro y pronto en los +asuntos más complejos. Era un portento Demetria, y a todo atender sabía +sin embarullarse, siendo tal su método, que siempre le sobraba algún +ratito para labores y cuidados que más pertenecían a la presunción que +a la utilidad. Todo esto lo explicaba Gracia con ingenua admiración +de su hermanita, declarándose incapaz de imitarla, y desprovista de +aquel saber práctico hasta cierto punto vulgar. Fernando se deleitaba +oyéndola, pues aunque había estimado a Demetria como una hembra +superior, nunca pensó que sus méritos y aptitudes llegaran a un grado +tan excelso. + +—Mi hermana —prosiguió la niña en su relato— tiene el don de hacerlo +todo bien y pronto, sin ruido. A sus órdenes, los mozos y criadas +parece que tienen cuatro manos en vez de dos, y entre tanto trajín, +no oirá usted una voz más alta que otra. Grandes y chicos en su +obligación, y adelante. Hoy es día de los de más faena: tenemos amasijo +y horno, porque en casa se hace todas las semanas el pan para los +pastores y para los trabajadores del campo. Se les reparte en hogazas +de cinco libras... En el patio grande, donde está el horno, había usted +de ver a mi hermana al amanecer de Dios, mirando si miden bien las +cantidades de harina y moyuelo, inspeccionando a los amasadores, y +vigilando las cochuras. Luego viene el reparto de hogazas: primero los +pastores; siguen los peones de Páganos, y después los de Samaniego. +Mi hermana les lleva sus cuentas de pan, y de las ollas de habas +que se les van entregando. Y al mismo tiempo que hace todo esto, la +tiene usted disponiendo lo de cocina y despensa, dando las órdenes +para lo que hemos de comer cada día, y para el sustento del sinnúmero +de criados de esta casa. Más tarde la verá usted atareada con lo de +bodegas: el vino que sale, el que hay que mandar a los alambiques +porque se ha torcido; ordenar las cuentas de los marchantes, que unos +pagan al contado, otros conforme van cobrando por los pueblos; ver si +se necesitan cubas nuevas o adobar las antiguas; oír a los campesinos +que calculan si la cosecha del año será tanto más cuánto, y si se +necesitarán más o menos cubas... Pues las cuentas del trigo que sale de +nuestros graneros, por ventas, del que se lleva al molino para el gasto +de casa, de la cebada que consumen nuestras mulas y del sobrante que +vendemos, la obliga a llenar de números unos grandes librotes. Por la +noche vienen los arrendatarios, los caseros, y la enteran de cómo está +el campo. Se decide entre ellos y el ama si es conveniente un riego más +en las huertas, si tal o cual tierra necesita otra cava, si se dejan +descansar estos tableros o los otros, si sembramos garbanzos o habas, o +si metemos o no metemos el ganado en tal pieza para que estercole... +Pues no le quiero decir a usted cuando vienen las grandes labores, la +siega, la vendimia, o la trasquila de las ovejas... Entonces mi hermana +se multiplica; tan engolfada la ve usted en su trabajo, que de nadie +hace caso, y no hay que hablarle más que de fanegas de trigo, de cubas +de mosto o de vellones de lana... + +Interrumpió en este punto el poema doméstico trazado por Gracia la +entrada de la heroína, en quien vio Fernando una transformación +radical. Entre la muchacha encogidita, de dudosa hermosura, desfigurada +por el miedo, la angustia y el mal vestir, a la mujer gallardísima, +en quien la serenidad era una gracia más y la confianza en sí misma +una real belleza, belleza y gracia que a las de su rostro se añadían +para darle una armonía seductora, había tanta diferencia como de la +oscura noche al día claro. Vestía Demetria de luto, sin afectación de +elegancia, sencillísimo traje casero, y con el blanco delantal, que +al modo de escapulario le caía desde el pecho hasta los pies, habría +parecido una guapa monjita si no tuviera lo que es raro ver en monjas: +talle, cintura y formas corporales superiores. Reparó Calpena en el +donaire con que se peinaba, recogiendo sus trenzas copiosas en copete +de tres potencias; reparó también su limpieza ideal, su aire señoril, +la gravedad y el reposo que se pintaban en su frente marmórea, la +penetración de su mirada, al propio tiempo dulce y picaresca sin +malicia, la frescura de su boca grande; todo, Señor, todo lo reparó, y +porque nada se le quedara, fijose en los manojos de llaves de diversos +tamaños que pendían de su cintura. + +—Aquí estábamos hablando horrores de usted, Demetria —le dijo Fernando, +mientras observaba lo que se indica—. Ya sé que está usted muy +atareada, que no tiene un momento de reposo. + +—¡Ay, don Fernando!..., lo corriente, lo de todos los días, y nada más. +Parece que no, y cuando falto de aquí no van las cosas como debieran. +Por esto ha de dispensarme que no le acompañe. Gracia, que no tiene +nada que hacer, se encarga de entretenerle para que no se aburra. ¡Ay, +si supiera usted qué pena me da verle así!... ¡Y que eso le haya pasado +por nosotras!... ¡Que se vea usted privado de acudir a sus negocios! En +fin, Dios lo ha querido así..., no hay más remedio que conformarse... +Pero me ha dicho don Segundo que la herida es leve; que todo se reduce +a que se resigne usted a ser nuestro prisionero unos cuantos días, +quizás mes y medio. + +—¡Bendita cárcel y benditas carceleras! —exclamó Fernando con tanta +admiración hacia las niñas como agradecimiento a sus bondades—. Lo que +usted dice: Dios lo ha querido así. Sea lo que Dios quiere. + +—Pensemos en que lo bueno y lo malo que nos envía es lo que nos +conviene. + +—Justo... Y vivamos siempre contentos, sin incomodarnos por nada de lo +que nos pasa. + +—Salvo alguna vez que otra. Mire usted: aquí donde usted me ve, hoy +tengo mal humor, estoy enojada... + +—¿Por que, Demetria? ¿Qué le pasa a usted? + +—Que en el tiempo que hemos estado fuera se me han muerto tres +gallinas... ¡Mire usted qué contratiempo...! + +—Sí que lo es... Pues mire usted, lo siento yo también. + +—Las tres más bonitas, las más ponedoras que tenía. + +—¡Qué lástima! + +—No, no se ría... A pesar de estas bajas comerá usted huevos bien +frescos. No hay que apurarse... Pero me estoy entreteniendo aquí como +una tonta. Dispénseme, don Fernando. Hasta ahora. + +Viéndola salir tan dispuesta, tan dueña de sí y en pleno dominio de su +misión doméstica y social, cayó Fernando en tristes meditaciones, y +después de reconocer cuán grandes prodigios hace la naturaleza, dio en +considerar los contrastes que la fecundidad de esa universal madre nos +ofrece. + +«¡Espantosa desigualdad! —se dijo—. Veo a esta mujer tan útil, tan +activa, repartiendo alegrías en torno suyo y aumentando el bienestar +humano. Luego miro para dentro de mí y observo mi inutilidad, mi +insuficiencia. Necesito de estos ejemplos para cerciorarme de que +no sirvo para nada, de que no soy nada, de que mi existencia es +absolutamente estéril..., al menos hasta ahora... He aquí un hombre +sin carrera, sin profesión, que no sabe cómo vive hoy ni cómo vivirá +mañana..., un hombre que todo lo espera del acaso, que apoya sus +cálculos en lo desconocido..., un hombre que desconoce el trabajo, y +que no da señales de vida en la sociedad más que para perturbarla». + + + + +XXXIII + + +Acrecieron las molestias del herido en los días subsiguientes, +manifestándose fiebre intensa y aumento de la hinchazón, que hacia +la región femoral se corría. Noches malísimas pasó, y sus ánimos se +abatieron grandemente. A la semana de estar allí, habiéndose iniciado +la supuración, practicó el cirujano los desbridamientos con tanta +habilidad y destreza, que el enfermo no tardó en sentir alivio. Como +entonces no se usaban anestésicos, hubo de soportar Fernando el acerbo +dolor que con sus cuchilladas le producía don Segundo; pero trincaba +bien los dientes y no exhalaba una queja, como varón cristiano y +animoso. + +Durante aquella semana tristísima, tuvo horas de verdadero +aniquilamiento, en las cuales no era un ser de este mundo, sino un +soñador, un delirante que moraba en negros y lejanos espacios. Apenas +podía fijar la atención en lo que su ángel guardián, la encantadora +Gracia, le contaba. Demetria subía todos los días a verle; pero solo +permanecía breves instantes, por causa de sus quehaceres. En cambio le +acompañaba el buen don José María de Navarridas, que se había instalado +en la casa de Castro con su hermana doña María Tirgo. El motivo de +este traslado de vivienda lo supo Fernando cuando se serenaron sus +espíritus con la mejoría de la pierna. Fue que al llegar las niñas +con su caballero libertador, surgieron en la familia dudas acerca de +la conveniencia de aposentarle en la propia casa. Al discutirse punto +tan delicado, los tíos plantearon la cuestión en estos términos: dos +niñas solas, solteras, hospedan en su morada a un caballero joven, +soltero también... Esto podía dar lugar a necias interpretaciones en +el pueblo, aunque la fama de discreción, pureza y honestidad de las +huérfanas sería de fijo un valladar contra la suspicacia maliciosa. +La respetabilidad de la casa era reconocida y acatada por todo el +vecindario; mas no convenía exponerla a menoscabo, siquiera este +fuese por una inocente contravención de las reglas sociales. Demetria +manifestó con firmeza que la gratitud exigía que las dos hermanas +cuidasen por sí mismas al que había contraído tan grave dolencia +por defenderlas y salvarlas; que ella, firme en su conciencia, tan +segura de su honradez como de que la opinión del pueblo ni un momento +se pronunciaría en contra suya, no estimaba indecoroso alojar al +herido en su propia casa; pero si sus buenos tíos opinaban de otro +modo, ella se sometería gustosa a lo que resolviesen. La hermana del +párroco, doña María Navarridas, viuda, designada comúnmente con el +apellido de su difunto esposo (Tirgo), señora excelente, bondadosa, +discreta, algo cominera, bonita en su vejez como una santa Ana, opinó +que no desmerecía la demostración de agradecimiento llevándose a +don Fernando a la casa del cura, donde estaría como en la gloria. +Reconociendo lo acertado de estas razones, en principio, Demetria les +opuso un argumento que echó por tierra la firme dialéctica de los tíos +venerables. + +—Efectivamente —dijo—, don Fernando estará muy bien en la rectoral, +asistido con esmero, ¿quién lo duda?, pero como tendrá tan cerca las +campanas de la parroquia, y estas no cesan de tocar a todas las horas +del día y de echar al viento repiques estrepitosos, el pobrecito no +podrá descansar ni un momento. ¡Buena le espera con aquel toca que toca +continuo en los mismos oídos! + +—Tiene razón la chica —dijo don José María, dándose una fuerte palmada +en la rodilla y levantándose airoso—. Ea, ya tengo la solución... +Puesto que Demetria, con su raro entendimiento, nos ha hecho ver esa +gravísima contra de las campanas, no irá, no, el enfermo a donde +carecería de la tranquilidad y silencio que exige su estado, y para +obviar el inconveniente de que se trata, yo y tú, María, nos venimos +a vivir aquí, mientras aquí more el caballero a quien todos debemos +eterna gratitud. De este modo, con nuestra garantía ante el pueblo, no +hay, no puede haber ni asomos de duda en lo que toca al buen parecer, +al decoro de las niñas. + +Pareciole muy bien a doña María Tirgo esta fórmula, que ponía en +salvo las conveniencias sociales, y aquella misma tarde se mudaron, +con grandísima complacencia de las huérfanas, que así gozaban de la +continua presencia de sus amados tíos. + +A la guardia que hacía Gracia en el cuarto del enfermo, se agregó desde +el segundo día el bondadoso párroco, que sabía distraer a Calpena sin +molestarle con habladurías importunas. ¡Y con qué esmero, con qué +solicitud y cariño le cuidaban todos! No harían más por un hermano +querido ni por su propio padre. ¡Vaya unos calditos sustanciosos que +le daban! ¡Y qué vinitos puros, confortativos, de antiguas cosechas, +elegidos con esmero por el propio don José María en las ricas bodegas +de Castro! Como durante las dos semanas primeras de su encantamiento +la inapetencia de Fernando era absoluta, Demetria y doña María Tirgo, +maestra en artes culinarias, no hacían más que discurrir platitos +sustanciosos, agradables y que no cargasen el estómago, a ver si así +le devolvían las ganas de comer. La impresión del joven era estar +encantado en el más bello alcázar de Jauja y servido por hadas o +serafines. A la hermana mayor la veía poco, mejor dicho, no la veía lo +bastante para darle gracias por tan delicadas atenciones, y como se +quejara de ello un día, Navarridas le dijo: + +—A Demetria hemos de dejarla en sus ocupaciones de gobierno. Es una +niña esa que tiene dentro de sí todos los dones del Espíritu Santo. +Para mí está de non en el mundo: yo no he visto otro caso, ni creo que +lo haya. Por más que usted discurra no hallará una virtud que ella no +posea, ni un mérito que no sea suyo. + +Así lo reconoció Calpena, y no habían pasado diez minutos, cuando +entraba Demetria con un pliego en la mano, el cual mostró al enfermo +desde la puerta, diciéndole: + +—¿Se acuerda, don Fernando, de que los oficiales Serrano y Alaminos nos +dijeron que habían llegado al cuartel general cartas para usted? Pues +temiéndome yo que aquellos loquinarios no se cuidarían del encargo que +les hicimos, mandé un propio a Vitoria por las cartas, y aquí las tiene +usted. + +Algo se afectó Fernando al ver las cartas, que seguramente eran de +Madrid: el sobrescrito era letra de Hillo. + +—Gracia, si me hiciera el favor de abrirlas..., o usted, señor don José +María, y decirme dónde están fechadas, y quién las firma. Supongo que +serán largas, y no tengo ahora la cabeza en disposición de leer mucho. + +Abiertas las cartas por el señor cura, este leyó en una: _La Granja, 30 +de mayo_; y en otra: _La Granja, 8 de junio_. La firma en ambas decía: +«Tu cariñoso amigo y capellán — _Pedro Hillo_». + +Guardó el enfermo bajo su almohada las cartas con intención de irlas +leyendo a ratos, y no cesaba de pensar a qué habría ido a La Granja +el bueno de Hillo. Un parrafito ahora, otro después, llegó al total +conocimiento del contenido de ambas epístolas. La síntesis de ello era +que la señora incógnita, a la sazón residente en San Ildefonso, había +llamado al clérigo para conferenciar con él. No decía claramente si +la dama se había descubierto o no; pero de algunas expresiones de don +Pedro se desprendía que entre el Mentor y la deidad no había ya ningún +velo. Lo que mayormente sorprendió a Calpena, causándole alegría, era +que la incógnita tirana se inclinaba a la transacción. Por conducto de +Hillo incitábale a declarar su paradero, ofreciéndole respetarle en sus +amores, y repitiendo una de las fórmulas de avenencia empleadas por la +misteriosa entidad en sus cartas de Madrid: «Tus amores no me gustan; +pero acato los hechos consumados». Ignorante de su residencia, dirigía +las cartas a los amigos de él en el cuartel general, con la esperanza +de que a sus manos llegasen, y por duplicado las enviaba también a +personas conocidas del interior de Guipúzcoa y Vizcaya, entre ellas, al +propio don Juan Bautista Erro, ministro universal de don Carlos. Por +uno u otro conducto esperaba establecer la comunicación. Insistía don +Pedro con verdadera pesadez en que Fernando, si recibía las cartas, +le escribiese al punto a La Granja, declarando su residencia (con +señas bien explícitas), a fin de poder remitirle con toda prontitud +el dinero que necesitase y nuevas expresiones de la tolerancia de la +incógnita en la delicada cuestión de amores. Por un lado, se alegraba +Calpena de estas noticias; por otro, se entristecía, pues continuaba +bajo el despótico poder de persona desconocida, y aunque algo se iba +transparentando el carácter de tal despotismo, quería el joven mayor +esclarecimiento de aquella oscura faz de su vida. Por de pronto, +era gran ventaja que no existiese ya la formidable oposición al +inquebrantable propósito de recobrar a Aura y hacerla suya, el cual +llenaba su corazón y su voluntad, sin que lo amenguara lo más mínimo su +encantamiento en la dorada Jauja. + +Cuando pudo manejar la pluma sirviole Gracia los avíos necesarios, y +escribió a Hillo notificándole simplemente dónde se encontraba, sin más +explicaciones. Al propio tiempo escribió también a Negretti, dándole +conocimiento del accidente que le imposibilitaba de ir a tratar con él +de sus honrados fines, y dirigió la carta a Durango, donde le dijeron +que a la sazón residían don Carlos y don Sebastián. + +Aunque la mejoría era franca a fines de junio, todavía tenía para +un rato, pues persistía algo de inflamación, que exigió nuevo +desbridamiento. A principios de julio empezó a recobrar el apetito +y a reponerse de su grande extenuación. El pobrecillo, con tan larga +inmovilidad, y con las intensas fiebres y dolorosos insomnios que +sufrido había, estaba en los puros huesos: su cara era toda ojos, y +en estos todo espíritu. Al recobrar las ganitas de comer, extremaron +Demetria y Doña María Tirgo sus habilidades culinarias para ofrecerle +sabrosos manjares en cantidad discreta. En cada una de las cinco +comidas que se hacían en aquella Jauja, preparaba Demetria alguna +sorpresa para su enfermo. No hay que hablar de la abundancia, que en +tal casa era como un continuo chorro vivificante de los múltiples dones +de la naturaleza. Allí, las carnes suculentas de cabrito y carnero; +allí, la caza de monte y la pesca de río; allí, las riquísimas verduras +y las frutas tempranas; allí, los sabrosos esquilmos del cerdo; allí, +la miel, la monjil repostería, formaban como una caudalosa corriente +entre la naturaleza y el estómago, entre el divino crear y el humano +digerir, corriente que por la variedad de sus dones no permitía el +cansancio. Bien decía don José María, paladeando su vinito: + +—En esta tierra de bendición, señor don Fernando, el que se muere es +porque quiere. + +Empezaban a hacer por la vida a las siete de la mañana, con el rico +soconusco de la tarea que labraba en casa el mejor chocolatero de +la villa, y lo acompañaban de unos bollos en que lucían su primor +doña María Tirgo y las cocineras de ambas familias. A las nueve se +servía la sopita de ajo con chorizo, infalible tentempié en aquella +hora, y ya estaban todos como un reloj hasta las doce en punto, en +que se servía la comida con todo el ceremonial de rúbrica. Rompía +plaza la sopa dorada, de pan, bastante a matar el hambre de los menos +favorecidos por la fortuna, y luego entraba el cocido... ¡Compadre, +vaya un cocido! La carne de cebón y los aditamentos cerdosos dábanle +poder para resucitar un muerto; tras él llegaba la verdura exquisita, +con su indispensable oreja, y _ainda mais_, morcilla. De principio, +entraban los pollos asados bien doraditos, tiernos, o los barbos +del río, o la enroscada anguila; y de postre, el dulce de cabello +(también hecho en casa o mandado por las monjas), el mostillo, las +nueces, el queso (también de casa), la miel, el sin fin de frutas +espléndidas que recreaban el gusto, la vista y el olfato..., y, por +último, la indispensable copita de anís. A las cuatro sentíanse ya +desfallecidos, y por vía de sostén tomaban otra vez chocolate con los +correspondientes bollitos. Gracias a esto podían tirar hasta la cena, +a las ocho en punto, empezando por la ensalada cruda, como aperitivo, +siguiendo las sopas de ajo con chorizo, los huevos pasados; luego la +chuletilla de cordero, la trucha frita, el plato de guisantes, judías +verdes o tirabeques, y, por fin, la compota..., esta no podía faltar, +como tampoco un plato de leche, sin contar la interminable tanda de +golosinas..., y otra vez la copita de anís, que tan bien ayuda la +digestión... + +A Fernando servíanle en su cuarto, en una mesita con mantelería limpia +como el oro, que junto a su cama ponían, y así estuvo comiendo hasta +muy avanzado julio, en que don Segundo le permitía levantarse algunos +ratos; pero sin andar ni moverse del aposento. Con el trato continuo, +Gracia, que le acompañaba y le servía gozosa, tomó la confianza de +tutearle. Comúnmente le llevaba noticias de las cositas buenas que su +hermana y la tía estaban haciendo para él. + +—Hoy te van a poner unos pescaditos al horno, que te vas a chupar los +dedos. + +Otra vez entraba con un par de palomos muertos: + +—¿Ves esto? —le decía—: pues te los van a poner con arroz. Toca, mira +qué pechugas... + +O bien entraba con cestas de frutas riquísimas, acabadas de traer de +las huertas de Páganos, peras de a cuarterón, manzanas fragantes, +cerezas gordas, y se las mostraba, encareciendo su abundancia y +hermosura. + +—De todo has de probar hoy, Fernandito. Demetria ha dicho que te haga +comer un poquito de cada cosa, para que veas todo lo bueno que crían +nuestras tierras. + +—Sí, hija mía, sí —respondía Fernando, no tan alegre como debiera—: ya +veo, ya veo que Dios os ha dado muchos, muchísimos bienes; pero con ser +tantos, no llegan a lo que vosotras merecéis. + + + + +XXXIV + + +Un mes largo tardó en llegar nueva carta de Hillo, sin duda porque +los correos en tiempo tan desdichado no iban y venían con la debida +regularidad. Manifestaba el buen capellán inquietud por no haber dado +Fernando en su breve carta las explicaciones que se le pidieron. ¿Qué +casa era aquella donde moraba? ¿Por qué decía que no podría salir en +dos meses? ¿Acaso estaba enfermo, herido? ¿Entre qué gentes o con qué +familia vivía? De todo esto se esperaban pronto informes detallados. +Por el pronto se le remitían 20 onzas por un oficial de Ingenieros que +iba a Vitoria. Cuidárase él de recogerlas en dicho pueblo por persona +de confianza. Aguardó Fernando a recibir el dinero para contestar, y +en esto se pasaron otros quince días, pues el propio que se envió tras +el oficial portador de las onzas, no dio con él sino después de muchas +vueltas de una parte a otra. En agosto se recibió nueva epístola de +Hillo, en ocasión que Fernando, convaleciente ya, había dejado el lecho +y podía pasearse por la habitación agarrado al brazo de Gracia o al de +don José María. Continuaba el buen Mentor en La Granja, y hablando en +nombre y por encargo de la próvida divinidad, anunciaba a Telémaco que +esta le escribiría directamente de asuntos interesantísimos. De quien +Fernando no tuvo carta ni noticia, fue de Negretti, lo que le causaba +grande zozobra. ¡Qué habría ocurrido, santo Dios! No veía las santas +horas de recobrar su salud para correr hacia el país vasco, pues tanto +tiempo sin saber de Aura en extremo le afligía. Su encantamiento le +pesaba, era ya una monótona esclavitud; deseaba que el día último de su +prisión llegase, sin dejar por esto de rendir a la gran Demetria, su +nueva tirana, los homenajes que por su virtud, su gracia y adorables +prendas merecía. + +Avanzado agosto, llegó carta de la incógnita, que no contenía +revelación alguna de lo que Fernando quería saber. Era el mismo estilo +de antes, la misma voz dulce y un tanto burlona debajo de la careta. Le +expresaba cariñosamente la idea de transacción; le permitía encenderse +y achicharrarse en el amor de Aura; llevaba con paciencia hasta que la +hiciera su esposa; rogábale que no dilatase su vuelta a Madrid, donde +se le arreglaría una posición en armonía con sus méritos, abriéndole +camino brillante en la política; para hacerle el paladar a los sainetes +(en el doble sentido de esta palabra) de la vida pública, le refería +sucesos graves ocurridos en la Villa y Corte por aquellos días, y +presagiaba que en San Ildefonso no irían las cosas por los caminos +derechos. Una carta de Hillo, dos o tres días después, terminaba con +un alarmante párrafo: + + «En este momento me dicen que se ha sublevado la Guardia Real, de + guarnición en este Real Sitio, y que los sargentos se dirigen a + Palacio a pedir a Su Majestad que restablezca, proclame y jure la + Constitución del 12... ¡Dios nos tenga de su mano!». + +El mismo día en que tales nuevas recibía don Fernando, y más aún +al siguiente, corrieron por el pueblo rumores de serios trastornos +políticos en Madrid y en La Granja. Los amigos de la casa de Castro, +sabedores de que el huésped de ella se carteaba con personajes del +Real Sitio, acudieron allá por noticias frescas. ¡Válgame Dios, qué +especiotas corrían de boca en boca entre el vecindario! Al coronel que +allí mandaba la fuerza cristina dijéronle que los sargentos habían +atropellado a la reina, llevándola presa al cuartel, porque se negaba +a jurar la _Niña bonita_. En Madrid los milicianos sublevados habían +cometido mil tropelías, asesinando generales y ministros. Total: que se +venía encima una revolución tan terrible y sangrienta como la francesa. + +Mostroles don Fernando el conciso párrafo del clérigo; pero bien pronto +pudo satisfacer la curiosidad de sus convecinos, porque recibió segunda +carta de la incógnita, en que le refería con preciosos pormenores la +inaudita trapisonda de La Granja, como persona que todo lo presenciara. +Era, pues, aquel relato la misma verdad, una página histórica, fresca, +real, viva. + +—Nada, señores —dijo don Fernando a los notables del pueblo que +invadieron su cuarto en busca de noticias—, no ha ocurrido nada: +ello ha sido un nuevo trámite de la revolución española que venimos +elaborando entre todos desde el año 12. El caso es sencillísimo, +propiamente español, producto de casos anteriores, engendro de nuestro +carácter. La novedad bien a la vista está: lo que otras veces han hecho +los oficiales de mediana y alta graduación, lo han hecho ahora los +sargentos de la Guardia Real. Es la obra del pueblo, el cual, entre +nosotros, no sabe actuar por sí, y se infiltra en las clases militares +para dar forma, realidad tangible a sus ideas. Cómo ha podido suceder +que el espíritu popular, encarnado en la humanidad de cuatro sargentos, +haya sabido burlar la vigilancia de los guardianes de la corte y +sobreponerse a toda disciplina hasta llegar a la reina; cómo han +tenido los tales sargentos energía y discreción bastantes, pues todo +se necesita, para imponer a la Gobernadora nada menos que el cambio +de Constitución, es cosa muy compleja, de la cual no he podido aún +hacerme cargo. La carta que he recibido es extensísima; ya ven: seis +pliegos de letra menuda. He pasado la vista rápidamente por algunos +párrafos; cuando despacio la lea y la relea, daré a ustedes noticia +circunstanciada del suceso tal como me lo cuenta, con pelos y señales, +un testigo presencial. + +Los comentarios que hicieron el coronel, el alcalde y otras personas de +viso que visitaban al huésped de Castro, eran muy pesimistas. Vista la +trifulca de La Granja desde tan lejos, resultaba la impresión de que el +mundo se venía abajo; de que España se acababa, con aquel vilipendio +de la autoridad real, pisoteada por cuatro sargentos que probablemente +estarían borrachos. A esto dijo Calpena que no traería el tal suceso +revolucionario más catástrofes que las usuales y corrientes: el cambio +de empleados, el desconcierto de todo, la continuación de la guerra. +Era la enfermedad general, ya crónica, que se agravaba. Mas no por ello +moría el enfermo: España tenía fibra y agallas para resistir tanta +calamidad; su sobriedad de mendigo le garantizaba la existencia; su +pasividad fatalista le permitía seguir arrastrándose y dando tumbos, +hasta que vinieran hombres y tiempos mejores, los cuales..., ¡ay!, +también podría suceder que no vinieran. En esto llegaban diariamente +a Laguardia pormenores de lo ocurrido y papeles que lo traían todo +muy bien parlado. Pero nada era tan sincero, tan profundamente humano +y vivo como el cuadro descrito con femenino análisis y observación +exquisita por la señora incógnita, el cual no cabe en estas páginas por +su excesiva extensión. Podrá leerlo en otras quien tenga en igual grado +la curiosidad y la paciencia. + +Entró Demetria a ver a don Fernando, aplaudiendo la gallardía con que +se determinaba a dar solito algunos pasos con la ayuda de su bastón, y +le dijo gozosa: + +—Por dos motivos estoy alegre hoy: el primero es que me ha dicho +don Segundo que pronto será usted dado de alta. ¡Cuánto ha pasado, +pobrecito, en esta esclavitud! Ya sé lo que me dirá: que le hemos +tratado muy bien. ¡Pues no faltaba otra cosa! Eso del buen trato no +hay que decirlo, porque es verdad y porque no tiene ningún mérito: el +cumplimiento de un deber, sin hacer nada extraordinario, no merece +elogios. + +—¿Y el otro motivo de alegría se puede saber? + +—Que han vuelto los dos criados que fueron con nosotras a Oñate, y +quedaron presos en la cárcel cuando a nosotras nos llevaron a la +Caridad. ¡Pobrecillos, qué gozo he tenido al verles! Les llevaron a +Vergara; después a Tolosa; de allí pudieron escaparse a Francia, donde +se embarcaron para Santoña... Ya no pueden tardar los que fueron a +llevar nuestra ofrenda a los infelices que nos dieron socorro en las +ruinas de Aránzazu... De quien no hemos tenido noticia es del pobre +Díaz. ¿Qué habrá sido de él? ¿Le habrán matado; estará preso aún? + +—Escribiremos a mi amigo el señor Rapella, para que gestione la +libertad de Díaz mientras llega la ocasión de que pueda hacerlo yo +mismo. En cuanto me asegure en la convalecencia, señora castellana de +este noble castillo, me voy a Guipúzcoa y Vizcaya. + +—Ya sé, ya sé que en Bermeo está su novia. Me lo ha contado el tío, con +quien tiene usted sus confianzas —dijo Demetria con toda la serenidad +del mundo—. Permita Dios que se le allanen a usted todos los caminos; +que llegue a donde quiere llegar..., y encuentre a su novia buena de +salud, firme de voluntad, siempre amante y fiel... Quiera Dios que esa +señora nos perdone este secuestro de su galán; que no haya sufrido con +harta crudeza el mal de impaciencia; que sepa ser constante en los +afectos, fuerte en la adversidad... Porque fíjese usted bien, fuerte +en las bienandanzas lo es cualquiera; pero fuerte en el infortunio, en +las largas ausencias, eso ya es harina de otro costal, eso sí que es +mérito, señor don Fernando... Ea, no quiero cansarle; me llaman abajo +para medir la hornada de mañana. Hasta ahora... + +Y dio media vuelta para marcharse. + +—Eh..., señora castellana, no sea usted tan ejecutiva. Con sus hornadas +y sus continuos quehaceres, ha olvidado usted mis encargos. Le he +pedido que mande venir sastre o costurera que me haga la ropa que +necesito... ¿O es que he de marcharme así, como un triste estudiante +que no lleva más que lo puesto? + +—Ya he mandado recado a quien le hará la ropita... El ejecutivo es +usted, que no quiere más sino que le sirvan geniecillos, hadas, y qué +sé yo... Eso; lo de los cuentos de niños: dar una patadita, y ya está +aquí el duende que dice: «Pide por esa boca». + +—Aquí no hay más hada, ni más duende, ni más genio que usted... Genio, +sí, y noto que lo va echando malo. De ayer a hoy me ha reñido usted +tres veces. + +—Sí, señor, y le riño la cuarta... por impaciente... No parece sino +que le tratamos tan mal aquí. Pues sepa usted, señor fuguilla, que la +opinión de don Segundo es que aún debe estarse quietecito otro mes, +pues si se lanza por esos caminos a caballo o en carreta, está muy +expuesto a una recaída, sí, señor, y a que empeore la pierna, sí, +señor, y la otra pierna, y la cabeza..., sí, señor... Ea, ya no riño +más; y aunque usted no quiera, me voy. + +Quedose Calpena meditabundo, pensando en su partida, que con ardor +deseaba, aunque presumía que no podría efectuarla sin pesadumbre. Por +su mente fecundísima pasó una idea. ¡Vaya una idea! La formulaba de +este modo: + +«Quisiera tener un amigo muy íntimo, uno de esos amigos que son como +hermanos, uno de esos amigos a quienes amamos entrañablemente... Y +mi mayor gozo sería que este amigo se hiciera amar de Demetria, y +que él la amase a ella, cosa en verdad facilísima. ¡Qué gusto verles +casados, ver a mi amigo compartiendo con ella el gobierno de esta gran +casa!... ¡Ah, se me olvidaba!, es preciso, indispensable, que el amigo +tenga patrimonio para poder realizar decorosamente la feliz coyunda... +¿Pero dónde voy yo a buscar este amigo, dónde? Si al menos tuviera +yo familia, quizás lo encontraría entre mis parientes... ¡Vaya con +el tesoro que se llevaba el tal!... Pues he de buscarlo en cuanto me +vea libre, he de buscarlo, sí... Feliz yo que ya tengo resuelto el +problema de amor; que no sé, ni quiero, ni puedo desviarme de la línea +trazada por mi destino. Al extremo de acá de esta línea, estoy yo; +al otro extremo la verdadera castellana de los alcázares del cielo, +Aura divina, Aura humana, Aura total. Hacia ella me voy pronto, y por +el camino, por todos mis caminos, buscare el amigo, el hermano que +necesito para Demetria...». + +Esto pensó, y solicitado luego de la curiosidad, se puso a leer la +extensísima carta, que contenía una prolija narración política, páginas +llenas de vida y color. Atenta a la variedad, como grande artista, +entreveraba los relatos de motines y trastornos con párrafos cariñosos, +íntimos, o apreciaciones burlescas de la corte y de la sociedad que +la rodeaba... Volvía luego a la pintura de escenas, ora cuartelescas, +ora palatinas, conjunción absurda de la grosería popular y del regio +orgullo, en aquel caso desvirtuado por el miedo y la debilidad. +Por transiciones bruscas, la emprendía después con su protegido, +riñéndole amorosa, señalándole los caminos para recobrar su gracia; +consintiéndole sus locuras, siempre que no rebasaran de cierta medida +prudencial; y, entre otros conceptos tan delicados como ingeniosos, le +decía: + + «Esa casa donde estás, ¿qué casa es?... ¿Con quién vives? ¿Has + encontrado a tu Aura? ¿La tienes contigo?... No; si no te riño. + Quiérela: te lo permito... ¡Viva don Fernando y viva con su _pepita_, + digo, con su Aurita!... Pero has de contármelo todo; no me ocultes + por modestia lo bueno que haces, ni por miedo a mi severidad me + ocultes lo malo... ¡Dichosa severidad! Cansada del sinnúmero de + medicinas que he tomado para calmar mis penas, probé la indulgencia, + y no me va mal con esta droga... Tontín, ¿no sabes? Entre el bueno + de Hillo y yo hemos descubierto a una pobre señora que te quiere con + delirio, sin haberte tratado nunca, y esto es lo más raro. ¡Lo que te + pierdes! Pues te diré: esa tu enamorada no te ha visto de cerca más + que una vez, ¡y tan de cerca! De esto hace hoy, fíjate en la fecha de + mi carta, veintitrés años justos y cabales... Rabia, que no te digo + más». + + +Santander (San Quintín), octubre-noviembre de 1898. + + +FIN DE «DE OÑATE A LA GRANJA» + + + + +*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 76264 *** diff --git a/76264-h/76264-h.htm b/76264-h/76264-h.htm new file mode 100644 index 0000000..a79bbb3 --- /dev/null +++ b/76264-h/76264-h.htm @@ -0,0 +1,9640 @@ +<!DOCTYPE html> +<html lang="es"> +<head> + <meta charset="UTF-8"> + <title> + De Oñate a La Granja | Project Gutenberg + </title> + <link rel="icon" href="images/cover.jpg" type="image/x-cover"> + <style> + +.formato { margin: 0 auto; width: 26em; max-width: 26em; font-size: 125%; } +.x-ebookmaker .formato { width: 100%; max-width: 100%; font-size: medium; } + +p { margin: 0; text-align: justify; text-indent: 1.25em; line-height: normal; } + +h1, h2 { text-align: center; font-weight: normal; text-indent: 0; } + +h1.faux { margin: 0; font-size: xx-small; visibility: hidden; } +h2 { margin: 2em 0 0 0; font-size: 140%; } +h2.nobreak { page-break-before: avoid; 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+ font-size: smaller; margin: 2em 0; padding: 1em 0; } +#tnote ul { list-style-type: inherit; margin: 0 0 0 1.5em; padding: 0 2em 0.5em 1em; } +#tnote li { margin-top: 0.5em; text-align: justify; } +.tnotetit { font-weight: bold; text-align: center; text-indent: 0; margin-bottom: 1em; } + + </style> +</head> + +<body> +<div style='text-align:center'>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 76264 ***</div> +<div class="formato"> + +<div class="front"> + <hr class="full"> + <p class="rol">Índice:</p> + <p class="txt"> + <a href="#Ch1">I</a>, + <a href="#Ch2">II</a>, + <a href="#Ch3">III</a>, + <a href="#Ch4">IV</a>, + <a href="#Ch5">V</a>, + <a href="#Ch6">VI</a>, + <a href="#Ch7">VII</a>, + <a href="#Ch8">VIII</a>, + <a href="#Ch9">IX</a>, + <a href="#Ch10">X</a>, + <a href="#Ch11">XI</a>, + <a href="#Ch12">XII</a>, + <a href="#Ch13">XIII</a>, + <a href="#Ch14">XIV</a>, + <a href="#Ch15">XV</a>, + <a href="#Ch16">XVI</a>, + <a href="#Ch17">XVII</a>, + <a href="#Ch18">XVIII</a>, + <a href="#Ch19">XIX</a>, + <a href="#Ch20">XX</a>, + <a href="#Ch21">XXI</a>, + <a href="#Ch22">XXII</a>, + <a href="#Ch23">XXIII</a>, + <a href="#Ch24">XXIV</a>, + <a href="#Ch25">XXV</a>, + <a href="#Ch26">XXVI</a>, + <a href="#Ch27">XXVII</a>, + <a href="#Ch28">XXVIII</a>, + <a href="#Ch29">XXIX</a>, + <a href="#Ch30">XXX</a>, + <a href="#Ch31">XXXI</a>, + <a href="#Ch32">XXXII</a>, + <a href="#Ch33">XXXIII</a>, + <a href="#Ch34">XXXIV</a>. + </p> + <h1 class="faux">De Oñate a La Granja</h1> +</div> + +<div class="transnote" id="tnote"> + <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p> + <ul> + <li>Los errores de imprenta han sido corregidos.</li> + + <li>La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con + las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.</li> + + <li>La puntuación también ha sufrido ligeros retoques para su + modernización, así como la toponimia y los leísmos y laísmos más + patentes.</li> + + <li>Las rayas intrapárrafos han sido espaciadas según los modernos + usos ortotipográficos.</li> + + <li>Las cartas y misivas se presentan sangradas para mejor distinguirlas + de otros entrecomillados.</li> + </ul> +</div> + + +<div class="screenonly x-ebookmaker-drop"> + <hr class="chap"> + <div class="figcenter"> + <img class="thin" + style="width: 26em; height: auto;" + src="images/cover.jpg" + alt="Cubierta del libro"> + </div> +</div> + + +<div class="tit pt6"> + <hr class="chap"> + <p><span class="pagenum" id="Page_1">p. 1</span></p> + <p class="lh150 g0 ws1">EPISODIOS NACIONALES</p> + <hr class="tir"> + <p class="fs150 lh150 g1 ws1">DE OÑATE A LA GRANJA</p> + <hr class="chap"> +</div> + + +<div class="chapter pt6"> + <div class="legal"> + <p><span class="pagenum" id="Page_2">p. 2</span>Es propiedad. Queda + hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que + no lleven el sello del autor.</p> + </div> + <p class="pie_imp">Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33.</p> +</div> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="tit"> + <p><span class="pagenum" id="Page_3">p. 3</span></p> + <p class="fs120 lh150 ws1">B. PÉREZ GALDÓS</p> + <p class="fs140 lh150 ws1">EPISODIOS NACIONALES</p> + <p class="smaller lh150 negr g0 ws1 mt05">TERCERA SERIE</p> + <hr class="fil"> + + <p class="fs250 lh150 g0 ws1 mt05">DE OÑATE<br> A LA GRANJA</p> + <hr class="tir"> + <p class="fs110 g0 ws1 mt15">14.º millar.</p> + + <div class="figcenter mt3"> + <img src="images/logo.jpg" + style="width: 6em; height: auto;" + alt="Logotipo del editor"> + </div> + + <p class="fs110 g1 mt3">MADRID</p> + <p class="smaller ws1">LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO</p> + <p class="smaller ws1">Calle del Arenal, núm. 11.</p> + <p>—</p> + <p class="negr g0">1907</p> +</div> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch1"> + <p><span class="pagenum" id="Page_5">p. 5</span></p> + <p class="centra fs150 g0 ws1">DE OÑATE A LA GRANJA</p> + <hr class="tir"> + <h2 class="nobreak">I</h2> +</div> + +<p>Debemos dar crédito a los cronistas que consignan el extremado +aburrimiento de los reos políticos, don Fernando Calpena y don Pedro +Hillo, en sus primeros días de cárcel. Y que los subsiguientes también +fueron días muy tristes no debe dudarse, si hemos de suplir con la +buena lógica la falta de históricas referencias. Instaláronse en una +habitación de pago, de las destinadas a los presos que disponían de +dinero, y se pasaban todo el día tumbados en sus camastros, charlando +si se les ocurría algo que decir, o si juzgaban prudente decirse lo que +pensaban, y cuando no, mirábanse taciturnos. El aposento, con ventana +enrejada al primer patio, no hubiera sido más desapacible y feo si +de intento lo construyeran para hacer aborrecible la vida al infeliz +que morara en él. Componíase el mueblaje de dos camas jorobadas, de +una mesa que bailaba en cuanto se ponía un dedo sobre ella, de una +jofaina y jarro en armadura de pino sin pintar, de cuatro sillas<span +class="pagenum" id="Page_6">p. 6</span> de paja, y una percha con +garfios como los de las carnicerías, clavada torcidamente en la pared. +Depositario Hillo de los dineros de la incógnita, podían permitirse +aquel lujo, propio de conspiradores, que les apartaba de la ingrata +compañía de ladrones y asesinos. Otros presos políticos habíanse +aposentado en iguales estancias del departamento de pago; en ellas han +comido el pan del cautiverio, generación tras generación, innumerables +héroes de los clubs y del periodismo, que desde tales cavernas se han +abierto paso, ya por los aires, ya por bajo tierra, hacia las cómodas +salas del Estado.</p> + +<p>Días tardó el señor de Hillo en salir de su cavilación silenciosa; +no estaba conforme, ni mucho menos, con el papel que forzosamente se le +hacía representar en aquella comedia lúgubre, y una noche, después de +cenar malamente, quiso romper ya el freno de la reserva o cortedad que +le impedía dar suelta a las turbaciones de su alma; mas no encontrando +la formulilla propia para empezar, se arrancó con unos versos de don +Francisco Javier de Burgos, a quien tenía por el primer poeta del +siglo, y en tono altisonante recitó:</p> + +<div class="poetry-container"> +<div class="poetry"> + <div class="stanza"> + <div class="verse indent2">De cera en alas se levanta, Julio,</div> + <div class="verse indent0">Quien competir con Píndaro ambicione;</div> + <div class="verse indent0">Ícaro nuevo, para dar al claro</div> + <div class="verse indent8">Piélago nombre...</div> + </div> +</div> +</div> + +<p>—No me recite versos clásicos, don Pedro —le dijo Calpena—, si no +quiere que yo vomite lo que cené... ¡Vaya con lo que sale ahora!</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_7">p. 7</span></p> + +<div class="poetry-container"> +<div class="poetry"> + <div class="stanza"> + <div class="verse indent2">—O al púgil claro que la elea palma</div> + <div class="verse indent0">Al cielo eleva, o rápidos bridones</div> + <div class="verse indent0">Inmortalice...</div> + </div> +</div> +</div> + +<p>—Que se calle usted, hombre, o allá le tiro una bota.</p> + +<p>—Ya no me acordaba de que nos hemos hecho románticos. Así estamos. +Hemos caído, <i>nuevos Ícaros</i>, derretidas las alitas de cera, y nos +hemos roto el espinazo...</p> + +<p>—Y no en un <i>claro</i> mar, sino en esta cárcel nauseabunda ha +venido usted a purgar el pecado de meterse a redentor... Yo me alegro; +créalo, me alegro como si me hubiera caído la lotería... Porque todo lo +que le pase se lo tiene usted bien merecido.</p> + +<p>—Es verdad; lo reconozco. Y con toda la honradez de mi carácter, +declaro que la conducta de la señora invisible con este su humilde +servidor es la conducta de un sátrapa de Oriente.</p> + +<p>—¿Lo ves, clérigo, lo ves? —dijo riendo Calpena, que empezó a +tutearle con familiaridad desdeñosa—. ¿No me oíste protestar del +despotismo de <i>la velada</i>?... Ahora que sientes el palo sobre ti, +lo reconoces...</p> + +<p>—Ahora sí, pues si considero natural que la señora incógnita desee +que una persona grave y sesuda custodie al niño en este encierro donde +ha sido forzoso meterle, no me parece bien que arroje sobre mí el +vilipendio de la prisión, sin acordarse de que soy sacerdote, aunque +indigno...</p> + +<p>—Las incógnitas, mi querido clérigo, suelen ser desmemoriadas. Esta +que ahora nos<span class="pagenum" id="Page_8">p. 8</span> ha metido +en el <i>estaribel</i>, no se para en pelillos; va a su objeto, caiga +el que caiga. A los que se prestan a servirla, les convierte pronto en +esclavos.</p> + +<p>—Bien sabe Dios —dijo don Pedro suspirando— que me metí en este +negocio de tu corrección con alma y vida, llevado de un sentimiento +fraternal... Ningún sacrificio me parecía bastante. Olvidé hasta mi +dignidad, vistiéndome de seglar y metiéndome en los clubs, donde he +contrariado mis gustos y perdido el estómago, oyendo <i>de ciega +plebe el vocear insano</i>... Por amor al bien y a ti, por respeto +de esa señora deidad, hice mil desatinos y ridiculeces. ¿Merecía yo +que se arrastrara por la inmundicia de una cárcel la sagrada orden +que profeso? Dime tú ahora con qué cara me presento yo en una iglesia +pidiendo misa. ¿Mas qué digo, si a estas horas ya me habrá retirado +el diocesano las licencias? Verdad que yo ahorqué los hábitos; pero +me proponía volver a ponérmelos cuando lograra mi santo propósito +de echarte el lazo y traerte a la virtud y a la honestidad. ¿Y +ahora, quién me quitará la tacha de clerizonte renegado? ¡Preso +por conspiración jacobina, envilecido mi nombre, pues aunque todo +resulte de mentirijillas, a la opinión no le consta, en lo que me +queda de vida, ¡ay!, he de pasar por un sacrílego, por uno de esos +desdichados monstruos, como el organista de Vitoria en Zaragoza, el +infame fray Crisóstomo de Caspe, que de fraile se trocó en masón, y de +revolucionario en asesino!</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_9">p. 9</span>—Yo creo —indicó +Fernando con sorna— que la señora maga, si ha tenido poder para +meternos en <i>chirona</i> con tanto salero, lo tendrá para darte a ti, +¡oh venerable capellán!, la reparación que te debe. ¿No dices que todo +esto es pura comedia? Pues luego se te darán satisfacciones: resultará +que te han preso por equivocación, que eres un sacerdote ejemplar, un +santo misionero que ibas a las logias a predicar el amor al despotismo +y la mansedumbre de los carneros de Dios... Como esta es luz, ten por +cierto que la invisible no se quedará corta en la compensación. Para +mí, en cuanto suban los nuestros, digo, los de ella, te largan una +mitra, clérigo, una mitra, y no veo que se puedan tasar en menos los +sofocones que te han dado.</p> + +<p>—¡Mitra! No te burles.</p> + +<p>—Bien te la has ganado, hijo; ya estoy viendo a <i>Tu +Ilustrísima</i> echando bendiciones. Por de pronto, para quitarte el +amargor de la cárcel, te tendrán dispuesta una canonjía..., eso seguro, +como si lo viera... A estas horas tendrá firmado el nombramiento el +señor Álvarez Becerra...</p> + +<p>—¿Crees tú...? Hombre, no puede ser... Pues mira, en justicia... +No es que yo lo pretenda, que soy, como sabes, desinteresado hasta la +pazguatería... Pero...</p> + +<p>—Pero tú debes renunciarlo; debes mantenerte en tu forzado papel +de presbítero de armas tomar, y rebelarte ahora contra la incógnita +y contra todos los poderosos que nos oprimen... Pásate a mi partido; +unámonos<span class="pagenum" id="Page_10">p. 10</span> contra ese +poder oculto que nos trata como a parias; persigámosle hasta dar con +él, y asaltemos esa Bastilla hasta no dejar piedra sobre piedra.</p> + +<p>—Fernando, no disparates más o quien tira la bota soy yo, y te rompo +con ella las narices.</p> + +<p>—Ahora pienso, mi buen clerizonte, que, en efecto, desvarío, porque +la estoy llamando <i>incógnita</i>, y para ti no debe de serlo ya..., +para ti, afortunado mortal eclesiástico, se ha quitado la careta...</p> + +<p>—¡Por san Blas, por san Críspulo, tanto la conozco como a mi +tatarabuela! No, hijo, no se ha quitado la careta; lo que hizo aquel +día fue señalarme los medios perentorios de comunicación con su +escondidísima y siempre encapuchada persona, y por tal medio pude +participarle lo emperrado que estabas en el mal, para que tomara, si +quería, las medidas heroicas... que... ya sabes... ¡Cuán lejos estaba +yo que de la tal medicina heroica me había de tocar a mí esta toma, más +amarga que la hiel!...</p> + +<p>—¿Y en los días que llevamos en este infierno, no has recibido la +cartita de letra menuda?</p> + +<p>Don Pedro, clavados en el techo los aburridos ojos, denegó con la +cabeza; y como el otro insistiese, denegó también con los pies, y por +fin, con la boca.</p> + +<p>—Puedes creer que no ha venido carta. Lo que trajo ayer <i>Edipo</i> +fue recado verbal, que me dio en el rastrillo. No hizo más que +preguntarme<span class="pagenum" id="Page_11">p. 11</span> si +estábamos bien asistidos y si necesitábamos algo: ropa, dinero y comida +buena. Yo contesté que todo lo comprendido en estos tres sustantivos +nos vendrá muy bien, mientras no nos devuelvan la preciosa libertad.</p> + +<p>—¡De modo —dijo Calpena echando por delante de la frase un sonoro +y descarado terno— que no sabemos cuándo nos sacarán de aquí! Esto +es horrible, criminal. Si en España hubiera justicia, ya veríamos en +qué paraban estas bromas horripilantes. Alguien había de sentirlo... +Y ahora, ¿a quién, a quién, san Cacaseno bendito, hemos de endilgar +nuestros chillidos de rabia y desesperación? ¿Es esto un país +civilizado? ¿Así se prende a las personas; así se priva de libertad a +un ciudadano, aunque sea enchiquerándole en calabozo de preferencia +y pagándole la bazofia? También a los que están en capilla se les da +de comer cuanto piden. ¡Qué sarcasmo! ¡Qué indigna y cruel farsa!... +Ya ves que no ha parecido por aquí ningún cuervo jurídico a tomarnos +declaración. ¿Y aquellas terribles conjuras en que estábamos metidos? +¿Y los delitos de lesa majestad, dónde están? Un país que tal consiente +merece ser gobernado por mi jefe de oficina, el patriarca de los +mansos, don Eduardo Oliván e Iznardi.</p> + +<p>No dijo más, y se volvió hacia la pared, donde se proyectaba su +sombra a la macilenta luz del quinqué. La situación psicológica del +antes protegido y después encarcelado mozo no era fácilmente apreciable +y<span class="pagenum" id="Page_12">p. 12</span> definible a los pocos +días del encierro. La primera noche de prisión fue terrible: acometido +Calpena de violentísimo frenesí, no cesaba de blasfemar, clavados los +dedos en el cráneo; y se arrancaba los cabellos mostrando su ira en +formas destempladas y tremebundas. Trabajillo le costó a don Pedro +contenerle: si no es por él, sabe Dios lo que habría ocurrido, y a qué +extremos de furor y barbarie hubiera llegado el pobre Fernandito. Vino +al siguiente día la sedación, y lentamente fue cayendo el preso en un +estoicismo melancólico. Su pensamiento tejía sin término el monólogo +doliente, inacabable:</p> + +<p>«¿Qué habrá sido de Aura? ¿Qué pensará de mí? ¿Sabe acaso que estoy +preso?».</p> + +<p>Conocedor del temple arrebatado y de la fogosa fantasía de su dama, +no podía menos de temer los efectos de la desesperación. Aura tenía +instintos trágicos: misteriosas querencias la llamaban a los desenlaces +fatalistas, puestos en moda por la literatura... La casa, la infernal +cueva de la Zahón no se apartaba de su mente. ¿Habría llegado el tío +carnal para llevarse a la infeliz huérfana? Y esta, ¿se habría dejado +conducir sin oponer siquiera resistencia pasiva, que es la fuerza de +los débiles? Sin duda pasaban o habían pasado tremendas cosas, y el +no saberlas le abrumaba más que le abrumaría el conocimiento de las +mayores desdichas.</p> + +<p>«Es seguro —pensaba entre pensamientos mil— que esta farsa de mi +prisión concluirá cuando esté conseguido el objeto; cuando Aura, si +es que aún vive, haya<span class="pagenum" id="Page_13">p. 13</span> +salido de Madrid... Habrán tomado precauciones para que yo ignore el +punto a donde se la llevan, y quizás me tengan aquí más tiempo, pues +transcurriendo días entre su partida y mi libertad, me será más difícil +averiguar a dónde tengo que dirigirme para encontrarla... O quizás +confían en la acción del tiempo, en mi cansancio. Esperan que me dé por +vencido, que desmaye mi voluntad... ¡En qué error están, Dios mío! Mi +voluntad con el castigo se crece... Como ignoro a quién debo la vida, +digo que mi padre es el <i>No importa</i>, y mi madre el <i>Más vale +así</i>».</p> + +<p>El tiempo, que en aquel cautiverio tristísimo centuplicaba su +extensión, le llevó a donde menos podía pensar. Es el tiempo un +océano de aguas hondas y corrientes insensibles, que lleva los +objetos flotantes a playas desconocidas y los arroja donde menos se +piensa. Si en las primeras horas de su encierro, veía Calpena en la +desconocida gobernadora de su vida un tirano insoportable, lentamente +fueron ganando otras ideas el campo de su turbado espíritu. Sin dejar +de creerse víctima, sin que se amenguaran los dolores del tremendo +garrotazo que había recibido, la figura ideal de la persona designada +con el vago nombre de mano oculta, fue perdiendo aquel aspecto de +deidad inexorable con que se la representaba su imaginación... Como +se manifiestan indecisas por oriente las primeras luces del alba, +apuntaron en el alma de Fernando sentimientos más benignos respecto +a la desconocida. Y aumentada<span class="pagenum" id="Page_14">p. +14</span> de hora en hora la intensidad de estos sentimientos, se +modificó su criterio en aquel punto, llegando a ver en el acto de +la prisión algo que podía ser comparado a los procedimientos de la +cirugía, la crueldad y la piedad juntas. La tiranía no podía negarse; +pero ¿cómo dudar que el móvil de ella era un sentimiento tutelar, +intensísimo?... Determinaron estas razones el ansia vivísima de +descubrir a la invisible y arrancarla el velo, para comunicarse con +ella, en la esperanza de llegar a la paz, conciliando las ideas de una +y otro. Tal idea fue la verdadera medicina de su grave turbación, y +acariciándola y fomentándola en su alma, llegó a soportar resignado la +sombría tristeza de la clausura. La idea de que se restableciese pronto +la comunicación con el mundo, donde había dejado sus afectos más vivos, +le alentaba, y deseando diariamente el mañana, esperándolo con fe, +parecía que las horas eran menos pesadas, menos lentas. Viniera pronto +noticia del exterior, aunque fuese mala, viniera pronto carta, papel +o cifra que revelasen el negro misterio de lo sucedido en los días de +cautividad. Que alguna voz sonara en aquella sepulcral caverna, aunque +fuese la fingida voz de la mascarita, de la piadosa tirana.</p> + +<p>No estaba menos inquieto Hillo por la tardanza de algún papel +con explicaciones que confirmaran el carácter inofensivo de aquel +bromazo, pues recelaba verse empapelado para toda su vida, y metido +en deshonrosos<span class="pagenum" id="Page_15">p. 15</span> líos +policíacos o judiciales, Por fin, en la mañanita que siguió al coloquio +que referido queda, fue llamado al despacho del sotaalcaide el señor +don Pedro, y allí recibió de manos del señor <i>Edipo</i> un voluminoso +pliego. ¡<i>Hosanna</i>!... La conocida letra del sobrescrito le colmó +de júbilo. Para mayor satisfacción, Fernando, que había pasado la noche +en vela, dormía como un tronco, y así pudo el buen clérigo entregarse a +sus anchas a la lectura, reservándose el dar cuenta o no a su amiguito +del contenido de la carta, según fueran comunicables o secretas las +instrucciones que contenía.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch2"> + <h2 class="nobreak g1">II</h2> +</div> + +<blockquote> + +<p>«¿Con qué palabras, mi buen Hillo —leyó este—, pediré a usted +perdón por el ultraje que de esta pecadora por caminos tan ocultos +ha recibido? No hay términos para expresar mi pena, como no puede +haberlos para la expresión de su inaudita paciencia y bondad. Porque +no solo ha sabido usted sufrir a Fernando en su demencia, sino que +me sufre a mí en esta locura que padezco, y que voy soportando con +ayuda de las almas caritativas, como el señor don Pedro Hillo... Sí, +mi excelso amigo y capellán: obra mía y de mis artes infernales es el +paso audacísimo, la<span class="pagenum" id="Page_16">p. 16</span> +temeraria estrategia de su detención y encierro. ¿Verdad que usted +aguanta ese atropello y esos sonrojos por amor al prójimo, por amor +a Fernando? ¿Verdad que usted, como buen sacerdote, sabe padecer por +los méritos de Nuestro Señor Jesucristo? ¿Verdad que en su conciencia +siente el gozo del bien obrar, y desprecia las opiniones humanas? Me +consuelo pensando que tales son sus sentimientos, caro señor mío, y si +me equivoco, que Dios me confunda. Las atrocidades que la demencia de +Fernando proyectaba, yo no podía impedirlas sino encerrándole en una +cárcel, único sitio de donde no se sale a voluntad. Yo no podía dejarle +solo en ese antro sombrío; su desesperación y su abatimiento me daban +más miedo que sus ignominiosos amores. ¿A qué persona en el mundo, como +no fuera usted, podía yo confiar su custodia en tan peregrinas y nunca +vistas circunstancias? ¡Qué hacer, Dios mío! Calcule usted mi ansiedad +y discúlpeme. “A Roma por todo —me dije—, y que Dios y el señor de +Hillo me perdonen”. ¿Hice mal?... Aún no he podido determinarlo en mi +conciencia: solo sé que no podía hacer otra cosa.</p> + +<p>»Pues bien: dicho lo más amargo, voy a manifestar lo que estimo +triaca de tanto veneno. ¿Soy mala, señor mío? Quizás lo haya usted +pensado así. ¿Podré algún día destruir esa desfavorable opinión, +apartando de mi pobre cabeza las maldiciones que arrojado habrá sobre +ella la indignación de mi noble víctima? Lo veremos. Por de pronto, +sepa el<span class="pagenum" id="Page_17">p. 17</span> señor don Pedro +que sobre su respetable persona no recaerá ningún oprobio por esta +prisión; sepa que su nombre figura en los registros de la cárcel de +tal modo desfigurado, que no le conoce ni el cura que se lo dio en el +bautismo; sepa que saldrá sin mácula de ese muladar, y que sus delitos +políticos se cargarán a cualquiera de los cándidos masones comprendidos +en la última redada. No quedará rastro, señor de Hillo, ni nadie ha de +vituperarle. Solo me resta decirle que, siendo de estricta justicia que +mi víctima tenga la compensación que por su extraordinario desinterés +le corresponde, le doy a escoger entre los dos métodos o caminos para +alcanzarla. ¿Se decide por colgar el manteo, renunciando a la ventaja +que pueda ofrecerle su carácter eclesiástico? Pues no vacile en +secularizarse, y junto a Fernando tendrá usted siempre una posición, no +digo de tutor, sino de amigo, de esos amigos que igualan a los hermanos +más cariñosos. ¿Que no quiere usted renunciar a la carrera sacerdotal? +Muy bien: pues yo le garantizo que tendrá la que más le acomode, y ya +puede ir pensándolo mientras llega la anhelada libertad... Por hoy, mi +buen presbítero, le recomiendo otra pequeña dosis, o toma, como usted +quiera, de aquel precioso elixir que llamamos paciencia, y que corre +en el mundo con la bien acreditada marca de Job. Entre paréntesis, hay +marcas mejores, aunque no son del dominio público. Yo las conozco... y +las uso, ¡ay!».</p> + +</blockquote> + +<p>Al llegar a este punto, tuvo Hillo que<span class="pagenum" +id="Page_18">p. 18</span> suspender la lectura para respirar. +Sentimientos diversos agobiaban su espíritu y oprimían su corazón. +«¡Extraordinaria mujer! —pensaba—. ¡Cuánto sabe!... Que quieras que +no, Pedro Hillo, perteneces a ella en cuerpo y alma. Con su garra +enguantada te tiene cogido... Ya no escapas, no. Si Dios así lo quiere, +adelante. Sigamos la lectura»:</p> + +<blockquote> + +<p>«Ya estoy viendo la cara que me pone mi bendito don Pedro al llegar +a este párrafo de mi carta. “Pero esta mujer estrafalaria, ¿hasta +cuándo nos va a tener encerrados aquí?... ¿Me ha tomado a mí por +instrumento de sus artimañas y enredos?... ¡Vive Dios, que ya se me +está subiendo a la coronilla el tal Fernandito! ¿Qué tengo yo que ver +con que se le lleven los demonios, o los Zahones y Negrettis, que es lo +mismo? ¿Ni qué me va ni qué me viene a mí con que esta dama incógnita +quiera o no quiera resguardar al niño y apartarle de la perdición? ¿Por +qué no lo hace ella? ¿Por qué no le llama a su lado?...”. Esto dice +usted, y yo respondo: “Espérese un poco, carísimo maestro y capellán. +Usted es muy bueno, y no se me enfadará si le digo que puesto ya en +el camino del sacrificio y la abnegación, no hay más remedio que +recorrerlo hasta el fin. Todavía, siento decírselo, tienen ustedes +Saladero para un rato, más claro, para unos días. ¿Qué significa esa +corta esclavitud si la comparamos con la de los infelices magnates +que estuvieron encerraditos en la Bastilla veinte y treinta años? +¿Y los que en otras prisiones<span class="pagenum" id="Page_19">p. +19</span> o fortalezas, sin más culpa que la de usted en este caso, +entraron jóvenes, rebosando vida, y salieron encorvados y llenos de +canas? Hay que conformarse, y esperar días, señor don Pedro, porque +usted imagínese que si suelto a Fernando hoy o mañana, poco habremos +adelantado, encontrándonos ante los mismos peligros y cuidados graves +de aquella tristísima noche”.</p> + +<p>»Si son ciertas, como creo, las noticias que me traen, hoy o mañana +debe partir con su tío Negretti, a quien la endosa Mendizábal, la +muñeca romántica por quien ha enloquecido el niño. Pásmese usted, don +Pedro: en su desesperación, creyéndose abandonada de su amante, hizo +el paripé de querer quitarse la vida. Bajo la almohada le encontraron +un cuchillo carnicero. Han tenido que ponerle centinelas de vista... +En fin, que se la llevan con mil demonios, no sé aún adónde. Creo +que al Norte. Me dicen que ese Negretti es hoy armero de don Carlos, +contratista de cartuchos, y fundidor de cañones para la Causa. Nada +de esto me importa: que le hagan a don Carlos cien mil piezas de +artillería, con tal de que me tengan por allá a esa calamidad de niña +hasta el día del Juicio... Ahora conviene que el prisionero no esté +libre hasta que le pase la calentura. Podría volver a las andadas; +podría antojársele correr tras ella. No, no: que no sepa dónde está. +De eso nos cuidaremos oportunamente... Entre paréntesis, señor cura: +tengo que decirle que he comprado el famoso<span class="pagenum" +id="Page_20">p. 20</span> abanico que vio usted en casa de la Zahón. +Era gusto mío, capricho, disculpable vanidad. Fue allá una persona de +toda mi confianza, que conoce la joya, y se hizo trato por ochocientos +duros. Ya lo tengo en mi poder. Es cosa lindísima, de gran mérito: +me paso algunos ratos contemplándolo. Cuando usted salga, me hará el +favor de volver allá, y comprará unas perlas que necesito, ya le diré +cuántas, para emparejar con otras que poseo... También quiero unos +brillantes superiores. Le preparo una sorpresa a Fernando para cuando +sea bueno, y se nos entregue arrepentido y bien curado de su demencia. +Pero es prematuro hablar de esto.</p> + +<p>»Repito, mi querido capellán, que deseche todo recelo, pues no +figurará usted ni como conspirador, ni como clerizonte renegado... +Las buenas disposiciones de la policía las habrá comprendido usted +por el hecho de no haberle registrado ni retenido sus papeles. Bien +guardaditas habrán quedado allá mis cartas y el aljófar comprado a la +Zahón. Y si se pierde, que se pierda. Volverá usted a casa de Méndez +con la <i>verídica historia</i> de que ha estado ausente por una misión +electoral que le confió el gobierno..., o misión eclesiástica, lo mismo +da...».</p> + +</blockquote> + +<p>Hillo tomó segunda vez aliento, y se dijo: «¡Pero qué enredadora es +esta madama oculta, y qué cosas discurre! Verdad que arma sus tramoyas +con suma gracia, movida de un elevado y nobilísimo sentimiento. No +hay más remedio que bajar la cabeza, y decir a<span class="pagenum" +id="Page_21">p. 21</span> todo <i>amén</i>. Adelante, y déjeme yo +querer hasta que vea en qué paran estas misas». La carta concluía con +varias advertencias:</p> + +<blockquote> + +<p>«Si tiene usted algo que decirme, escríbalo y dé la carta a +<i>Edipo</i>. Pero mucho cuidado, amigo mío: este recurso no debe +usted emplearlo sino en caso urgentísimo y perentorio. No siendo así, +vale más que se guarde sus pensamientos para mejor ocasión. Acompañan +a esta tres pliegos, que son para Fernando. Ya sé que la estancia de +pago en que viven ustedes no es de las peores... ¿Y qué tal les dan +de comer? Supongo que será malísimamente. Veré si puedo mandarles +algo superior... Adiós, mi buen amigo y capellán. Que Dios le asista +en su santa obra; que vigile usted la salud, la vida, el honor de esa +criatura, no por demente menos adorada... Adiós».</p> + +</blockquote> + +<p>Por los tres pliegos escritos a Calpena pasó rápidamente su vista +don Pedro, y aguardó a que despertara para entregárselos. Dormía el +joven profundamente; en su rostro demacrado advertíanse huellas de +los pasados insomnios, de la cólera y tribulación de aquellos días. +Contemplole el clérigo con entrañable piedad, creyéndole digno de los +extremados sacrificios que por él se hacían. En la sangre juvenil, en +los hervores de la imaginación, en la misma inteligencia soberana de +Fernando, hallaba disculpa de su desvarío, que esperaba sería sofocado +pronto por las hermosas prendas de su alma. «Todo te lo mereces, hijo +—decía—, y andaremos de<span class="pagenum" id="Page_22">p. 22</span> +cabeza hasta llevarte a puerto seguro... Y que no es floja tarea... +<i>Tantæ molis erat</i>...».</p> + +<p>En esto despertó Calpena desperezándose, y al verle abrir los ojos, +le dijo Hillo con risueño semblante:</p> + +<p>—¡Lo que te has perdido, hombre, por dormilón!...</p> + +<p>—¿Qué hay..., clérigo maldito? ¿Ha llegado carta?</p> + +<p>—¡Qué carta ni qué niño muerto! ¡Si ha estado aquí la señora deidad, +y te miró dormidito...!</p> + +<p>—¡Aquí!... No fuera malo. Pues mira tú: yo soñé que venía, que +entraba la máscara, con su careta puesta..., y...</p> + +<p>—¿Y qué? ¿No te enteraste de que dejaba para ti estos tres +pliegos?</p> + +<p>—¡Me ha escrito!... A ver —gritó Calpena arrojándose del lecho—. +¿Quién lo ha traído? ¿Qué dice? ¿Y a ti no te escribe? ¿Hasta cuándo +nos va a tener en este panteón?</p> + +<p>—En esta cripta funeraria estaremos hasta que a Su Señoría le dé +la gana. Somos románticos, y la nueva escuela manda que nos tengamos +por felices en la tumba, máxime si hay ciprés. Quédanos el recurso de +tomar un filtro narcotizante que nos haga parecer difuntos, para que +nos lleven a enterrar, y así salimos... Luego le damos una bofetada al +sepulturero y pegamos un brinco... Toma, entérate...</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch3"> + <p><span class="pagenum" id="Page_23">p. 23</span></p> + <h2 class="nobreak g1">III</h2> +</div> + +<blockquote> + +<p>«¡Buena la has hecho, niño; buena la has hecho! —leyó Fernando medio +vestido y sentado en la cama—. No te faltaba más que ser preso por +masón y revolucionario, por vociferar en los clubs como el último de +los patriotas hambrones ¿Te parece que está eso bien? Ya ves, ya ves +a dónde conducen las fogosidades políticas, ¡oh mancebo inexperto y +desatinado! ¿Creías tú, nuevo Mirabeau, o Danton en ciernes, que ibas a +traernos con un gesto una revolucioncita a la francesa, con degollina, +Convención y su poquito de <i>derechos del hombre</i>? Vamos, tal vez +piensas que el trono de la <i>angélica Isabelita</i> se tambalea con +el aire que hacen tus discursos. ¿Crees que halagando las orejas de +los patrioteros, milicianos y demás alimañas <i>libres</i>, se puede +alcanzar otra cosa que vilipendio, cárcel y coscorrones? Todo te lo +tienes muy bien merecido. ¡Vaya que hablar horrores del <i>paternal +gobierno que nos rige</i>, y confundir en un mismo anatema al gabinete +Toreno, al gabinete Martínez, al gabinete Cea, y a todos los gabinetes +y camarines que hemos tenido desde que Dios llamó a su seno al angélico +Fernando! Ahora te fastidias, y si esperas que yo te saque, estás en +grave error,<span class="pagenum" id="Page_24">p. 24</span> pues +quiero que recibas el duro pago de tus delitos contra la patria, +contra el orden santísimo, contra la religión pública, y la libertad +de nuestros mayores. De todos esos sagrados objetos hiciste escarnio, +y es justo que caiga sobre tu cabeza <i>democratista</i> la cortante +espada de la ley. No, no te saco: podría hacerlo con una palabra, y lo +que siento es que no haya en esa Bastilla mazmorras muy oscuritas y muy +románticas donde no veas la luz del día, y sayones que te atormenten, y +un fiero alcaide que te ponga a pan y agua hasta que te quedes diáfano, +transparente, con la melena larga como esclavina, bien enjutito y +en los puros huesos, conforme al ritual de la escuela... Para que +tus ensueños sean reales, quiera Dios que te visiten espectros, que +te rodeen telarañas, que tengas por ropita un sudario y un capuz, +que oigas responsos y <i>Dies iræ</i>, que a las rejas de tu cárcel +se asomen los simpáticos murciélagos, y por las grietas del suelo +penetren los diligentes ratones para cantarte la <i>pitita</i> y el +<i>trágala</i>, únicas trovas que cuadran a la insulsa canturria de +tu romanticismo. Dime una cosa, niño: ¿qué pensarán de esto Víctor +Hugo y Dumas? Llámalos para que vayan en tu ayuda. ¿Y Robespierre, +Saint-Just y Vergniaud, los románticos de la política, qué hacen que +no te sacan? Buena es la cárcel, buena, buena, buena..., como diría tu +amigo Miguelito, porque en ella han tenido fin las inauditas aventuras +de nuestro inflamado caballero».</p> + +</blockquote> + +<p><span class="pagenum" id="Page_25">p. 25</span></p> + +<p>—Puedes creer, amigo Hillo —dijo Fernando, sonriendo por primera vez +desde que estaba en la cárcel—, que me gusta esta señora, quien quiera +que sea, por el donaire que pone en sus burlas despiadadas. ¿Y sostiene +que esto es cariño? No diré que no. Sigamos leyendo, que el cartapacio +parece que trae miga.</p> + +<blockquote> + +<p>«Soy justa; pero no soy inhumana: no he de acortar el castigo que +mereces; pero quiero y debo hacértelo menos penoso, proporcionándote +algún esparcimiento en tus horas tristes. Te contaré diversas cosas +buenas y malas que van ocurriendo en Madrid durante tu prisión, para +que la soledad no te abrume; para que tus ideas se acompañen de otras +ideas, enviadas a tu calabozo por el mundo de fuera, a que ahora no +perteneces. La noticia, dulce amiga del hombre, te visitará y te +consolará.</p> + +<p>»¡Lo que te has perdido, badulaque, por meterte a politiquear en +tonto! Si hubieras seguido formal y obediente, habrías asistido al +estreno de <i>El trovador</i> en el Príncipe. ¡Qué bonito drama, qué +versos primorosos! Pocas veces ha estado nuestro gran coliseo tan +brillante como aquella noche... ¡Qué selecto gentío, qué lujo, qué +elegancia! La obra es de esas que hacen llorar en algunos pasajes, +y en otros encienden el entusiasmo. Quizás tú la conozcas; el autor +es un jovencito de Chiclana que andaba contigo y con Miguel de los +Santos. Cuentan que la presentó a Grimaldi hace unos meses, y que<span +class="pagenum" id="Page_26">p. 26</span> este la estimó en poco, +determinando que fuese estrenada en la Cruz. Carlos Latorre fue el +primero que vio en <i>El trovador</i>, por la lectura, una obra de +éxito probable, y algo de esto hubo de olfatear Guzmán, porque la +escogió para su beneficio. La primera escena, en prosa, pasó bien; +las siguientes, en verso, gustaron: todo el acto fue bien acogido; el +segundo, con las escenas de la gitana, cautivó al público; el tercero +le entusiasmó, y el cuarto le arrebató. Me parece a mi que este drama +esconde una médula revolucionaria dentro de la vestidura caballeresca: +en él se enaltece al pueblo, al hombre desamparado, de oscuro abolengo, +formado y robustecido en la soledad; hijo, en fin, de sus obras; y +salen mal libradas las clases superiores, presentadas como egoístas, +tiránicas, sin ley ni humanidad. ¡Vaya con lo que sacan ahora estos +niños nuevos! El hecho que constituye la patética emoción del final de +la obra, aquello de resultar hermanos los dos rivales, también tiene +su miga: no es otra cosa que el principio de igualdad, proclamado en +forma dramática. Bueno, bueno. Si he de manifestar lo que pienso, +no creo en la igualdad, digan lo que quieran poetas y filósofos. La +prosa y el verso nos hablarán de igualdad sin lograr convencerme... +Pero ello no quita que en el fingido mundo del teatro admitamos todas +las ideas cuando el artificio que las expone es de buena ley: por eso +aplaudimos a rabiar a ese inspirado chico, después de haber mojado los +pañuelos con nuestras<span class="pagenum" id="Page_27">p. 27</span> +lágrimas... Cree que en uno de los mejores pasajes me acordé de ti. Al +trovador me le tienen encerradito en una torre, y allí coge el laúd +y se pone a cantar. ¡Pobrecito! Y esto lo hace cuando ya le tienen +en capilla y andan pidiendo por su alma los agonizantes. Pensaba yo +si tendrás ahí guitarra o bandurria con que acompañar las trovas que +eches al viento por la reja, y si habrá por la calle alguna naranjera +que te oiga, y, compadecida, riegue con sus lágrimas el feo muro de tu +cárcel... Por fortuna, no estás condenado a muerte, aunque por menos +de lo que tú haces le cortaron la cabeza al sin ventura Manrique... En +fin, que <i>El trovador</i> gustó de veras, y no contento el público +con aplaudir frenéticamente al autor, pidió que compareciese en las +tablas. ¡Ay, qué paso, y cuánto siento que no lo hubieras visto! ¡Cómo +salió allí el pobre hijo, casi arrastrado por la Concha Rodríguez! +Es una criatura; cayó soldado en la quinta de 100.000 hombres, y se +hallaba de guarnición en Leganés, de donde ha venido a gozar este +ruidoso triunfo... ¡Cómo estaría aquella pobre alma!, digo yo. No sé si +tiene madre... Cuentan que en el teatro estaba vestidito de soldado, y +que para salir a las tablas le quitaron el uniforme y le pusieron una +levita de Ventura Vega. Esto me parece una tontería. Véase cómo los +partidarios de la igualdad la contradicen en los actos corrientes de +la vida. ¿Por qué no salió el hijo del pueblo con su verdadero traje +a recibir el homenaje<span class="pagenum" id="Page_28">p. 28</span> +de las clases altas? ¿A qué esa levita, que es una nueva y postiza +ficción? En fin, no hagas caso; no sé lo que digo. Continúo no creyendo +en la igualdad.</p> + +<p>»Me han dicho que en los pasillos no se hablaba más que del +drama, y de los alientos que se trae este chico. Todo era elogios, +congratulaciones, calor de simpatía, y esperanzas risueñas de días +luminosos para la literatura. Pero no faltaban ratoncillos que entre +los grupos se deslizaran, hincando el envidioso diente. Para que fuese +completo y redondo el éxito de <i>El trovador</i>, los roedores, +mordiendo el laurel, lo hicieron más fragante. Uno de los que mordían, +<i>sotto voce</i>, era ese amigo tuyo y compañero de oficina, que +está tísico pasado. Para él no hay nada bello, como nada hay puro ni +honrado. Quisieran estos que el universo se volviese tísico, como +ellos; que el sol enflaqueciera, y escupiese con horribles toses la +pálida luna. Ahora me acuerdo: se llama Serrano. ¿No sabes? De ti +cuenta horrores. Tan pronto dice que eres pariente del verdugo, como +que desciendes del moro Muza, y que fue tu nodriza una princesa del +Congo. Asegura que estás preso por haber hociqueado en un complot para +asesinar a Mendizábal... ¡Ya ves qué desatinos! Lo gracioso es que él +habla de su jefe peor que tú, y está libre. Ha dicho que don Juan y +Medio lleva <i>señoras</i> a su despacho ministerial, por las noches, +y que allí trincan y retozan, derrochando el <i>champagne</i>. ¡Qué +infamia! ¡Dios mío, en qué repugnante atmósfera<span class="pagenum" +id="Page_29">p. 29</span> de hablillas indecentes viven nuestros +pobres políticos! ¡Con qué armas tan viles les atacan! No sé cómo hay +quien se resigne a ser hombre público en este país. Ya ves la que le +armaron al pobre Toreno el año pasado con la hermosa gallega, cuyos +favores se disputaban él y el embajador de Inglaterra, Williers... Como +que este asunto, y los catálogos que armaron las lenguas viperinas, +contribuyeron no poco a que el conde saliese del ministerio. La +chismografía se ha tomado en esta desdichada tierra las atribuciones +que en otros países corresponden a la opinión. Y que la manejan bien +los españoles. Esto y las guerrillas son las dos manifestaciones más +poderosas del genio nacional.</p> + +<p>»Quiero hablarte de Mendizábal, para que veas la injusticia con +que le has denigrado en logias y cafés. El hombre está ya con un +pie fuera del poder, aunque crea o aparente creer otra cosa. Es +indudable que <i>Palacio</i> le ha hecho la cruz, y que se aguarda la +apertura del nuevo Estamento para que el puntapié sea parlamentario, +parodiando ridículamente la política inglesa. Está el buen señor tan +ciego, tan penetrado del carácter providencial de su papel político, +que no hace caso de las advertencias de los amigos más leales. Con +todo, creo que la procesión le anda por dentro. Su amor propio no +le permite declararse vencido, fracasado (¡como todos, niño, como +todos!); pero en su <i>forro interno</i>, como dice mi peluquero, se +siente enfermo<span class="pagenum" id="Page_30">p. 30</span> del mal +político más grave: del desafecto de <i>Palacio</i>. ¡Abajo, pues, y +otra vez será! Esto le decimos, y su cara se pone sombría. Es realmente +hombre de gran mérito por sus cualidades morales, que no abundan en la +gente política de acá. Quiere hacer el bien; su ambición es espiritual; +anhela que perpetúen su nombre los bronces de la historia... Cree, +tal vez, que lo de los frailes le valdrá una estatua. Podrá ser; pero +por de pronto, su ambición de gloria estorba a otras ambiciones menos +desinteresadas, y es forzoso quitarle de en medio. La prensa se ha +desatado en denigrarle. En los corrillos se pondera su ignorancia, +su falta de lecturas, como si nuestros políticos fueran prodigios de +ciencia y erudición. Salvo dos o tres, la turbamulta no es más que un +cúmulo de ignorancia; el craso desconocimiento de todas las cosas, +envuelto en una cascarita de latín, y con tropezones de abogacía +indigesta.</p> + +<p>»Si es injusto tildarle de ignorante, aquí donde hay ministros +que creen que La Habana es camino para Filipinas, la injusticia sube +de punto cuando le tachan de interesado, de poco escrupuloso en la +administración de los dineros del procomún. Tal juicio es absurdo, +villano: no ha gobernado a España hombre más puro, menos picado de +la codicia. En él la pasión patriótica es una verdad, no un papel, +como los que otros desempeñan, mejor o peor aprendido. Por venir a +salvarnos, por la ilusión de implantar en su país<span class="pagenum" +id="Page_31">p. 31</span> ideas nuevas, este hombre, este niño grande, +tiró una fortuna por la ventana. De aquellas ideas solo ha podido +realizar una pequeña parte. Lo demás... no le han dejado ni siquiera +planearlo. Le tiran de los pies, de las manos, del cabello, de los +faldones, y le imposibilitan todo movimiento. Lo que le falta a don +Juan de Dios no es entusiasmo ni voluntad recta: fáltale coordinación +en las ideas, madurez, método. Quiere hacer muchas cosas a la vez; se +encariña demasiado con sus proyectos, y en su viva imaginación llega +a persuadirse de que es un hecho consumado lo que no es más que deseo +ardiente. No conoce bien el personal político, ni tampoco el país que +gobierna. Ha vivido largo tiempo fuera de España, medio seguro para +equivocarse respecto a cosas y personas de acá. El hombre de Estado se +forma en la realidad, en los negocios públicos, en los escalones bajos +de la administración... No se gobierna con éxito a un país con los +resortes del instinto, de las corazonadas, de los golpes de audacia, +de los ensayos atrevidos. Se necesitan otras dotes que da la práctica, +y que, unidas al entendimiento, producen el perfecto gobernante. Aquí +no hay nadie que valga dos cuartos. Todos son unos intrigantes en la +oposición, y unos caciquillos en el poder».</p> + +</blockquote> + +<p>—Para, hombre, para —dijo el clérigo echándose atrás en la +silla, para poder expresar más vivamente su entusiasmo— y déjame +que extático admire ese talento sin par... ¿Pero quien esto escribe +es una mujer,<span class="pagenum" id="Page_32">p. 32</span> o un +monstruo compuesto de los siete sabios de Grecia? ¿Has visto, has +conocido quien con más arte y donosura exprese la triste realidad de +nuestras pequeñeces políticas?... No, nuestra incógnita no es una dama. +Estamos en grave error..., es Séneca redivivo, quizás con faldas... ¿Y +tú, gaznápiro, no te admiras, no te deleitas, no pierdes el sentido +ante los esplendores de ese entendimiento, y ante las gallardías de +esa pluma, que sí, sí..., es de mujer, ahora lo veo, por el claro +análisis, por la gotita maliciosa que pone en sus conceptos? Créelo, +este amarguillo me sabe a gloria. Sigue, hijo, sigue, que esto es oro +molido.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch4"> + <h2 class="nobreak g1">IV</h2> +</div> + +<p>—Pues si me tomas juramento —dijo Calpena—, declaro que estoy +pasando un rato delicioso con lo que se ha servido escribir para +nuestro recreo la señora tirana. Quien esto escribe es persona corrida, +que ha visto mucho mundo, y adquirido en él fino trato de gentes. +Sigo:</p> + +<blockquote> + +<p>«Como en la cárcel no tendrás periódicos, yo me encargaré de +contarte lo que dicen, y bien puedes agradecérmelo, que no es tarea +fácil ni breve echarse al coleto todo este fárrago. Fuera de <i>La +Abeja</i>, que en extremo me agrada, todo el periodismo<span +class="pagenum" id="Page_33">p. 33</span> me resulta enfadoso, +indigesto y de escasa sustancia... Se escribe para los sectarios, no +para la gente pacífica y neutral. Me encantan, eso sí, las letrillas +políticas de Bretón, poniendo en solfa los acontecimientos de la +semana con donaire decoroso, sin tocar jamás en la grosería, empleando +extraños ritmos y consonantes endiablados, de extraordinario efecto +cómico. Se pegan al oído ferozmente estas coplas; hace tres días que no +ceso de repetir:</p> + +<div class="poetry-container"> +<div class="poetry"> + <div class="stanza"> + <div class="verse indent0"><i>Así, beodo como un atún,</i></div> + <div class="verse indent0"><i>Marat hablaba del procomún.</i></div> + <div class="verse indent4"><i>¡Trun, trun, trun!...</i></div> + </div> +</div> +</div> + +<p>»No puedo resistir los artículos que llaman serios, escritos por +jóvenes ilustrados. No negaré su mérito; pero que los lea quien +quiera. Han tomado ahora la muletilla del <i>espíritu del siglo</i>, +y a todo sacan el argumento espirituoso. Los del grupo templado +encuentran <i>anárquico</i> cuanto dicen y hacen los de enfrente, +y los <i>libres</i> denigran a los otros, echándoles en cara el +<i>despotismo</i>, el <i>oscurantismo</i>, las <i>ideas retrógradas</i> +y otras cosas muy malas. <i>El Jorobado</i> ha roto el freno, y no +respeta ya ni la vida privada: a tal extremo llegan su desvergüenza +y procacidad. <i>El Eco del Comercio</i>, con buenas formas, reparte +navajazos a diestro y siniestro, y sus biografías continúan dando +disgustos. El lance entre el general Bretón y Fermín Caballero, no ha +curado a este de sus mañas: continúa mordaz, agresivo, y no dice cosa +alguna<span class="pagenum" id="Page_34">p. 34</span> sin intención +aviesa. Un artículo de la semana pasada parece que dará lugar a la +dimisión de Córdova, lo que algunos estiman como la única calamidad +que faltaba para consumar la perdición del país. Háblase de un nuevo +periódico que fundará Carnerero, y que será agridulce, como todos los +suyos; pastelero y anfibio, sin contentar a nadie. En la <i>Revista +Española, Mensajero de las Cortes</i>, continúa el anónimo articulista +sacudiendo zurriagazos a Mendizábal. Parece que es Galiano el autor de +estas fraternas. ¡Y eran íntimos amigos! No en vano dice Martínez de +la Rosa, en las tertulias a que asiste, que vivimos <i>en el caos</i>, +y propone como único remedio que traigamos, aunque sea embotellado, el +<i>espíritu del siglo</i>. Que lo traigan, y en barricas el <i>justo +medio</i>.</p> + +<p>»Aumentan las desazones por la censura de la prensa. Quién afirma +que de todo este <i>caos</i> tienen la culpa los censores del gobierno, +que no cortan y rajan todo lo que deberían; quién abomina del demasiado +rigor, pidiendo que se permita mayor desenfreno, para que la libertad, +así dicen, cure y cicatrice las mismas heridas que abre; más claro, +que el palo de la libertad es un palo medicinal como la quina, el +regaliz y la cuasia. A los censores les juzga la opinión, mejor será +decir la chismografía, con variados criterios: a unos, como Ángel +Fernández de los Ríos, Lorenzo Feijoo y Miguel Vitoria, les ponen +en el cuerno de la luna, por su tolerancia, por no prestarse a los +rigores<span class="pagenum" id="Page_35">p. 35</span> extremados, +y <i>dejar correr</i> algunos escritos de solapada oposición. En +cambio, ponen cual no digan dueñas a don Juan Nicasio Gallego, a don +Jerónimo de la Escosura y a Cipriano Clemencín, a quienes llaman <i>los +inquisidores de la prensa</i>. Estos son los que aprietan las clavijas. +Les acusan de que, por conservar sus puestos, han hecho escarnio de la +sacrosanta libertad de la imprenta, contraviniendo... <i>el espíritu +del siglo</i>. Me consta que a don Juan Nicasio le tiene sin cuidado +todo lo que de él se dice. Por nada se altera, y continúa muy amigo de +todo el mundo, con aquella imperturbable pachorra y aquel cinismo de +buen tono. Es un Diógenes ordenado <i>in sacris</i>, que ha tomado la +vida por el lado práctico, aprovechando las bonanzas que nos ofrece, y +presentando a las tempestades el murallón de una filosofía pasiva, de +que son emblema su corpulencia, su sonrisa bonachona y sus epigramas +flemáticos. Como aquí los literatos y poetas no pueden vivir de la +pluma, porque todos los españoles leen los libros prestados, y las +ediciones se hacen cortitas, para regalar, este, como los más, vive al +amparo del gran mecenas de hogaño, que es el gobierno. Habrás observado +que todas las obras maestras de nuestros tiempos están escritas en +papel de oficio, y con la excelente tinta de las oficinas. Pero hay +alguno a quien no le sale la cuenta, pues a Ventura de la Vega acaban +de limpiarle el comedero en <i>Lo Interior</i>, por si escribió o dijo +no sé qué. Hoy tienen que tener cuidado esos<span class="pagenum" +id="Page_36">p. 36</span> señoritos con el chiste, y ponerse el bozal +para ir de café en café. A Espronceda le solicitan para el nuevo +periódico que van a publicar los allegados de Mendizábal (<i>El +Liberal</i> creo que se llamará); pero se resiste: está preparando un +folleto que arde. Cuentan también con Larra; pero este se arrima a +los moderados, y ahora proyecta su viaje a París para sacudirse las +murrias. Es de los que no caben aquí, según dice, y tiene razón. Yo sé +de otras personas, no ciertamente del gremio literario ni político, que +se hallan en el mismo caso. No caben, no encajan, y sin embargo, aquí +envejecen, porque a ello les obligan afecciones sagradas o deberes que +cumplir. <i>Inteligente paca</i>, como dice mi peluquero.</p> + +<p>»Ea, niño, que me canso. Tres pliegos llevo escritos, y me parece +que es bastante por hoy. Mi objeto no es otro que crearte con esta +dulce conversación escrita una atmósfera plácida, que sirva de lenitivo +a tu alma enferma. De este modo, te voy infiltrando las ideas sanas, +te adormezco en el <i>justo medio</i>, calmo tus locas ansiedades, te +reconcilio con el mundo en que estás destinado a vivir, y voy poquito a +poco restableciendo en ti el equilibrio de humores, y templando, hasta +ponerlas en el son debido, las harto tirantes o harto flojas cuerdas +de tus nervios. Ya no escribo más, que también yo necesito equilibrio. +Otro día continuaré... Espero salvarte. Aún no has comprendido bien de +cuánto es capaz una... Chitón».</p> + +</blockquote> + +<p><span class="pagenum" id="Page_37">p. 37</span></p> + +<p>Quedáronse ambos meditabundos, ensimismados, y comentaron luego +la sabrosa carta, leída segunda vez por Hillo. Dos días después la +incógnita escribía:</p> + +<blockquote> + +<p>«¿No sabes? La belleza marmórea tiene otro novio, Ramón Narváez, +no sé si te acordarás, coronel de ejército, cara dura, dejo andaluz, +carácter de hierro, más propio para manejar soldados y ganar plazas +que para la expugnación de mujeres. Me consta que a la familia de +ella agradan estas relaciones, porque el mozo, según dicen, va para +general: tales condiciones ha demostrado, y fiereza tanta contra los +<i>anárquicos</i> de aquí y los <i>serviles</i> de allá. Pero como sale +dentro de unos días para el Norte a mandar el <i>Infante</i>, es fácil +que sea sustituido por otro, quizá perteneciente a la clase civil, a +esa echadura de abogados habladores que la nación empolla para sacar +ministros. Así andará ello. Todos estos niños zangolotinos que hablan +de Benjamín Constant, de Thiers y Guizot, del Parlamento inglés y del +<i>bill de indemnidad</i> me apestan. La petulancia militar, con ser +grande, ofende menos que la de los juristas, por lo que voy sospechando +y temiéndome que los generales han de ser los principales mangoneadores +políticos, cuando lleguemos a la paz. ¿Qué te parece esta observación? +En tiempos de guerra mandan los civiles; en tiempo de paz mandarán los +espadones..., no será floja empolladura la que nos dejará la guerra +civil...</p> + +<p>»Me dicen que en el Prado empieza el calorcillo<span +class="pagenum" id="Page_38">p. 38</span> primaveral. El tiempo +delicioso favorece la aparición de esas humanas flores que se llaman +María Cimera, las dos Malpicas, Pepa Parsent y Encarnación Camarasa. +¿Qué piensas de esto, niño? ¿Has perdido de tal modo el gusto y las +aficiones de caballero, que no anhelas la libertad para rendir homenaje +a la belleza noble y honrada? ¿No te acuerdas ya de las ilustres casas +que no necesito nombrar? ¿No conociste allí damas finísimas, cuya +conversación tan solo, honesta y graciosa, te enseñaba las buenas +formas, te sugería pensamientos felices, y educaba tu voluntad y tu +inteligencia para un porvenir noble y hasta glorioso? ¿No se te ha +pasado por las mientes, loco de remate, que podrías hallar, andando +el tiempo, y prosiguiendo en el seguro camino que se te trazó, una +compañera de tu vida tan bella, tan virtuosa y distinguida como la que +hoy es marquesa de Selva-Alegre? ¿Ya no tienes aspiraciones hidalgas? +¿Te has encariñado tanto con las violencias, con el colorido chillón, +con la nota discordante, con el contraste duro, que eres ya insensible +al buen tono, a la gracia, a la armonía? No, no puedo creerlo... De +fijo sientes ya en tu alma la reversión a los pasados gustos. ¿Verdad +que deseas ver el <i>Prado por abril de flores lleno</i>? La novedad +de este año es que se presentarán tres pimpollos, recién salidos del +colegio; tres chiquillas monísimas. ¿No aciertas? Son las de Oñate, +Juliana, Matilde y Carolina... Rabia, que ninguna ha de ser para +ti;<span class="pagenum" id="Page_39">p. 39</span> y si ante ellas te +presentaras, con tu aire jacobino, y esos modales <i>anárquicos</i> +que has adquirido ahora, las pobres niñas se asustarían, y echarían a +correr chillando: “Que se lleven de aquí a este pillo, y le vuelvan a +meter en la cárcel”. Ya ves, ya ves, a lo que has venido a parar... Me +figuro que arrugas el ceño por esta fuerte peluca que te estoy echando, +y casi, casi sientes impulsos de estrujar la carta y arrojarla sin +concluir su lectura. Pues no señor: aguántese usted y lea hasta el fin, +que aún falta lo mejor.</p> + +<p>»Corren voces de que dimite Córdova. Se comprende que el hombre +esté volado. Aquí se le censura porque no da una batalla por la mañana +y otra por la tarde, creyendo que el dar batallas es tan fácil en el +campo como en las mesas de los cafés. Y al paso que se hace una crítica +estúpida de las operaciones militares, no se le mandan al general los +recursos que solicita. Con un ejército descalzo, mal comido, y sin +pagas, quieren campañas victoriosas. Oyes en un café a cada instante +esta opinión impertinente: “¿Por qué no se ocupa el Baztán?... ¿Por +qué no se fortifican los pueblos de la orilla derecha del Arga?...”. +“Sí, hombre, les diría yo: vayan ustedes a posesionarse del Baztán, a +ver si ello es tan divertido como hacer carambolas en el billar”. Yo +mandaría al Norte a los carambolistas de Madrid, y a los vagos que por +matar el aburrimiento se dedican a la estrategia... A todos les pondría +el chopo en la mano, y les diría: “Hijos míos, id a la guerra<span +class="pagenum" id="Page_40">p. 40</span> y desfogad vuestro bélico +ardor, y no volváis sino trayendo la cabeza del último faccioso...”. La +prensa no hace más que denigrar al general en jefe. <i>El Jorobado</i> +le llena de injurias; el <i>Eco</i> le mortifica con malignas +reticencias. Los demás, o le defienden tibiamente, o callan hipócritas, +haciendo más daño con su silencio que los otros con su procacidad. Esto +es indigno: toda injusticia me subleva, y si en mi mano tuviera yo los +rayos, como dicen que los tenía Júpiter, no haría más que repartirlos a +diestro y siniestro, aniquilando tontos y malvados.</p> + +<p>»¿No piensas tú como yo, pobre iluso?... ¿No ves en Córdova la gran +figura militar y política? ¿Has pensado alguna vez en ese hombre, que +no nos merecemos, no, que se sale del cuadro de nuestras mezquindades +y pequeñeces? Aquí somos miniatura; él retrato de gran talla. ¿No lo +ves así? ¿Por ventura tu inteligencia no se recrea en estos ejemplos +vivos? ¿Los hombres culminantes, que sobresalen en este hormiguero, no +te cautivan ya, despertando en ti la admiración, ya que no el deseo de +imitarlos? Medita un poco; y si tus devaneos no te han privado de la +facultad de discernir, verás en Córdova la representación más alta de +la inteligencia y la voluntad en tres órdenes distintos, el militar, +el político y el diplomático. De ese ilustre soldado digo lo que ya +te indiqué a propósito de Larra: es de los que no caben aquí. Se me +ocurre una comparación, que me parece que no es mía: es de algún<span +class="pagenum" id="Page_41">p. 41</span> poeta, no sé cuál..., en +fin, puede que sea mía, y allá va. Córdova es un roble plantado en un +tiesto. El árbol crece... Naturalmente el tiesto se rompe...».</p> + +</blockquote> + +<p>—Quien esto escribe —dijo Calpena con gravedad, suspendiendo la +lectura— no es mujer... No veo aquí a la mujer.</p> + +<p>—Pues yo —replicó Hillo, no menos grave y caviloso que su amigo— te +aseguro que ahora..., en este pasaje..., se me representa más mujer que +nunca. Sigue, sigue.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch5"> + <h2 class="nobreak">V</h2> +</div> + +<blockquote> + +<p>«No pretendo echármelas de Plutarco... Esto sería ridículo. ¿Y +qué podré decirte yo que tú no sepas? Si sigo hablándote de Córdova +y haciendo la debida justicia a sus altas prendas, quizás me digas +tú: “¿Para qué se me ponen ante la vista ejemplos que no he de poder +seguir? Yo no soy militar”. En efecto, militar no eres, porque..., +no es ocasión aún de que sepas este <i>por qué</i>: a su tiempo lo +sabrás. ¿Acaso no se abren a tu inteligencia otros caminos que el +de la milicia? La política y la diplomacia ofrecen ancho campo al +talento, si es asistido de dos cualidades preciosas: la honradez +y la independencia. No me digas que hace falta el paso por las +universidades. Eso sí que no: detesto a los<span class="pagenum" +id="Page_42">p. 42</span> leguleyos. Lo que hace falta es el paso por +los libros, y esa facultad todo chico aplicado y con posibles la tiene +en su casa. Te pongo ante los ojos el ejemplo de Córdova para que veas +que los grandes hombres que descuellan en la humanidad se lo deben +todo a sí propios, y son hechura de su mismo espíritu. La desgracia +de este hombre es haber nacido aquí. En el suelo ancho y fecundo de +otro país, habría sido árbol corpulento. Bonaparte y él se parecen +como dos gotas de agua. El hecho heroico de la Cortadura es hermano +gemelo del estreno de Bonaparte en Tolón. El 7 de julio debía ser otra +página como la de Brumario en las calles de París: si no lo fue, no +le culpemos a él, sino a la estrechez de tierra en el maldito tiesto. +Mendigorría es otro Marengo: si no concluyó la guerra después de aquel +brillante hecho de armas, fue por la misma causa..., el tiesto, niño, +el tiesto... Como diplomático, Berlín, París y Lisboa le conocen. Sus +escritos de cancillería como sus proclamas militares son un modelo, +aquellos de precisión y sagacidad, estas de calurosa elocuencia... +¿Y dónde me dejas al político? Observa cómo, aplacados los ardores +liberales de la juventud, vino a profesar y sostener el realismo en +su noble pureza. Este no es de los que se encastillan en las ideas de +la primera edad, quedándose para toda la vida, como unos bobos, en +<i>Las ruinas de Palmira</i>; este es de los que aprenden a vivir en la +realidad, en los hechos. La monarquía tradicional tuvo y tiene<span +class="pagenum" id="Page_43">p. 43</span> en él un acérrimo defensor; +pero no quiere el brutal absolutismo, con su siniestro cortejo de +verdugos e inquisidores, como lo soñaron don Víctor Sáez y Calomarde, +no. Ya sabrás que declaró la guerra al sistema de <i>purificación</i> +y a las Comisiones militares hasta acabar con tanta barbarie... Es +liberal sin morrión, monárquico sin cogulla. Cree que el despotismo +mata a los pueblos por parálisis, como el estado continuo de revolución +los mata... por el mal de San Vito».</p> + +</blockquote> + +<p>No pudo refrenar Calpena el comentario que de la mente al labio le +salía, y dijo, apartando los ojos de la carta:</p> + +<p>—Lo que noto yo aquí es una gran incongruencia. ¿A qué viene este +panegírico del general Córdova? En ninguna de sus cartas se ha dedicado +mi señora incógnita a trazar vidas plutarquinas. Casi siempre trata +con dureza o con desdén a los contemporáneos célebres. Las únicas +excepciones son Mendizábal y don Luis Fernández de Córdova; pero a este +me lo pone por encima de todos..., sin venir a cuento..., digo sin +venir a cuento, mi querido Hillo, porque yo y mi prisión, y los motivos +de ella, ¿qué relación pueden tener...?</p> + +<p>—Hijo, la relación quizás no la veamos nosotros; pero que alguna +hay, aunque escondida, no lo dudes. Adelante.</p> + +<p>—Sigo:</p> + +<blockquote> + +<p>«Te he pintado la figura, antes de decirte que corre por ahí +muy válida la idea de investir a Córdova de las facultades de +<i>dictador</i>, para salir del atolladero en que estamos metidos. +Asumiría las atribuciones de<span class="pagenum" id="Page_44">p. +44</span> general en jefe del ejército y de presidente del Consejo +de Ministros; la corte se trasladaría a Burgos, y los Estamentos..., +probablemente a esas logias legales y públicas se les echaría la llave +hasta que la guerra quedase definitivamente concluida. ¿Sabes quién ha +lanzado esta idea, quién la patrocina y está catequizando a Córdova +para que se deje querer? Pues Serafín Estébanez Calderón, auditor en +Logroño. No te acordarás: es un malagueño muy despabilado a quien has +visto en casa de Puñonrostro...».</p> + +</blockquote> + +<p>—¿Pero yo, por vida de Quinto Curcio y de las once mil vírgenes +—dijo Calpena en la mayor confusión—, qué tengo que ver con todo +esto?</p> + +<p>Hillo meditaba, la barba apoyada en los dedos, la vista fija en el +tapete mugriento y agujereado de la mesa.</p> + +<p>—¿Qué piensas, clérigo?</p> + +<p>—No, hijo, no pienso nada; no digo nada. Pero en tanto que se nos +descubre el hondo pensamiento de la autora de ese escrito apologético, +hagamos nuestras sus ideas, participemos de su ardiente devoción del +afortunado caudillo. Aquí estamos para la obediencia, y no hemos de +tocar nosotros el pandero, sino ella... Y a fe que está en buenas +manos. A ver, ¿qué más dice?</p> + +<p>—Pues sigue el panegírico del santo.</p> + +<blockquote> + +<p>«Córdova tiene todas las cualidades de César... Es guerrero +y político... Si él no hace de esta tribu de alborotadores una +nación, perdamos la esperanza de redimirnos. Mendizábal ha<span +class="pagenum" id="Page_45">p. 45</span> fracasado, porque no ha +sabido rematar la suerte... Córdova la rematará... Es el hombre +único... Esperar nuestra salvación del Estatuto o de la Constitución +del 12, es vivir en el reino de las pamplinas... Córdova es el +Bonaparte sin ambición, bello ideal de los dictadores... Una espada que +piense: esto es lo que nos hace falta...».</p> + +</blockquote> + +<p>—¿Y no dice más?</p> + +<p>—Dice también que me pone ante los ojos esta noble figura militar +y política, para que me familiarice con la grandeza del personaje, +aprendiendo en él a juntar la gallardía caballeresca con los primores +intelectuales. La caballería, aun con su poquito de romanticismo, +encaja, creo yo, dentro de la perfecta disciplina social...</p> + +<p>—Ya, ya voy viendo algo...</p> + +<p>—Pues yo no veo nada...</p> + +<p>—¿Y qué más dice?</p> + +<p>—Nada más.</p> + +<p>Miráronse los dos largo rato, como si cada cual quisiera leer en la +cara del otro un pensamiento, una conjetura, una sospecha... Suspiraron +luego casi al unísono, y algo se dijeron, sin que ninguno diera a +conocer lo que pensaba.</p> + +<p>—Fernandito —indicó Hillo, poniendo término a sus cavilaciones—, +¿no te parece que debemos pedir que nos den de comer? Porque con +estas cosas de dictaduras, y de generales de la cepa de los Césares y +Bonapartes, se le despierta a uno el apetito de un modo horroroso.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_46">p. 46</span></p> + +<p>—Soy de la misma opinión, clérigo insigne, y comeré lo que +nos traigan, aunque sean los hígados de Chaperón, conservados en +vinagre.</p> + +<p>El señorito se encontraba en un estado de ánimo favorable a las +picantes bromas. Mientras comían un cocido de caldo flaco y de garbanzo +duro, dijo a su mentor y capellán:</p> + +<p>—En vez de dedicarse con tanto ahínco a la literatura plutarquina, +podía decirnos cuándo piensa sacarnos de aquí. Si esto es una humorada, +que venga Dios y me diga si no es ya insostenible.</p> + +<p>—Dame tu palabra de que irás conmigo a donde yo te lleve, y mañana +mismo estamos en la calle.</p> + +<p>—No puedo dar esa palabra, y si la diera no la cumpliría. Mi +voluntad es libre, ya que mi cuerpo no lo es hoy, por causa de un +bárbaro atropello... Pero esto no puede durar, y si durara, sería +preciso creer que la justicia es aquí un nombre vano.</p> + +<p>—¡Y tan vano!</p> + +<p>—Y la política una farsa.</p> + +<p>—Un sainete que hace llorar a algunos.</p> + +<p>—Y la policía un hato de bandoleros, vendidos a la intriga o a la +venganza... Bien, Señor: murámonos aquí.</p> + +<p>—Morirnos no, porque todo es broma, y por mi cuenta, no han de pasar +las semanas de Daniel sin que se nos eche, por no resultar nada contra +nuestras honradas personas.</p> + +<p>Fernando no dijo más. Antes de concluir de comer abandonó la mesa, +y se puso a medir<span class="pagenum" id="Page_47">p. 47</span> con +febril paseo la habitación, así a lo largo como a lo ancho. Luego, +a media tarde, propuso que dieran una vuelta por los patios. Esto +no le hacía maldita gracia a don Pedro, temeroso de ser visto de la +canalla, y con prudentes razones intentó quitárselo de la cabeza. Mas +tanto machacó el joven prisionero, que no pudo disuadirle su amigo del +propósito de salir. Verdaderamente, tal vida de quietud no era para +llegar a viejo. Deseaba moverse, estirar las piernas, respirar otro +aire, aunque no fuera menos infecto que el de su cuarto; y como no le +importaba nada codearse con la chusma del patio, bajó a dar una vuelta +por aquella triste región. Don Pedro no quiso acompañarle, y se quedó +en el corredor alto, paseando en corto, sin alejarse de la puerta de +su madriguera, para escabullirse dentro en caso de sentir pasos de +carceleros o visitantes.</p> + +<p>Vio Calpena en el patio diferentes tipos de presos y detenidos, +algunos chicos vagabundos, y un cabo que cuidaba del orden en el +departamento. Cuatro hombres de aspecto mísero, las carnes bronceadas +del sol, los vestidos hechos jirones, robustos, con calañés terciado +sobre la oreja, eran los únicos que tenían aspecto de criminales. +Hallábanse sentados en ruedo, jugando con piedrecillas blancas y negras +sobre un tablero trazado con carbón, y no apartaban de su juego la +mirada más que para fijarla en el cabo, que iba de un lado a otro, +las manos a la espalda, y a ratos se aproximaba familiarmente<span +class="pagenum" id="Page_48">p. 48</span> a un grupo de presos +pacíficos, que parecían gente habituada a tal vida y a tal sociedad. +El tono de su conversación, su aire y modos reposados eran como de +quien no siente la menor extrañeza de hallarse donde se halla. Miroles +Calpena, y ellos le miraron, sin denotar curiosidad ni interés alguno. +Algo les dijo el cabo, y siguieron charlando de cosas que debían de ser +amenas, plácidas, quizás de lo buena que es la vida, y de lo acertado +que estuvo Dios al criar al hombre, y este al hacer las leyes y las +cárceles.</p> + +<p>Después de pasear un rato, se fijó Calpena en tres individuos +que permanecían inmóviles, arrimados a la pared junto al portalón +cerrado del segundo patio, que ya en aquel tiempo se llamaba <i>de +los micos</i>. Eran jóvenes, mal vestidos; el uno parecía no tener +camisa, y se había levantado el cuello del levitín para disimularlo; +otro llevaba por sombrero una gorra como las de cuartel, y el tercero +botas de montar, zamarra muy ceñida con cordones y un sombrero de +ala ancha. Observó Fernando que ninguno de los tres le quitaba los +ojos desde que le vieron, y le seguían con la vista por donde quiera +que fuese, demostrando, no solo que le conocían, sino que algo y aun +algos tenían que decir de él. No era ciertamente hostil ni burlona la +mirada de los tres desconocidos, por lo cual se le despertó a Calpena +la curiosidad, y después las ganas de entrar en coloquio con ellos. +Encendió un cigarro, y este fue el incidente feliz que determinó la +aproximación.<span class="pagenum" id="Page_49">p. 49</span> Destacose +del grupo el de la gorra de cuartel, y con donaire campechano pidió a +Fernando candela; diósela este, y al devolver el otro el cigarro, todo +con los mejores modos, le dijo:</p> + +<p>—Señor de Calpena, muchas gracias, y que no sea esta la última vez +que tengamos el gusto de verle por este patio.</p> + +<p>—¿Me conoce usted? —dijo Fernando vivamente—. Pues yo a usted..., no +recuerdo.</p> + +<p>—Zoilo Rufete... No se acordará. Soy hermano de un valiente militar +perseguido por sus opiniones libres.</p> + +<p>—En efecto: ese nombre...</p> + +<p>—Nos conocemos de la logia, señor de Calpena; solo que está usted +trascordado... En una misma noche hablamos los dos, y fuimos aplaudidos +bárbaramente.</p> + +<p>—Ya, ya voy haciendo memoria.</p> + +<p>—Usted habló de la responsabilidad ministerial, y de la manera de +hacerla cumplir; yo de la intervención extranjera, sosteniendo que los +españoles nos bastamos y nos sobramos para defender la libertad contra +todos los déspotas de la Europa y del Asia... Después me metí con los +frailes, y probé que entre ellos y los palaciegos nos han traído la +guerra civil...</p> + +<p>—Es verdad, sí... ¿Y qué hacemos por aquí?</p> + +<p>—Pues esperar... Creen que por prendernos adelantan algo... Yo me +río de las prisiones... ¿Qué es ello? <i>Maquiavelismo</i>..., y si me +apuran, miedo... Es la cuarta vez que me traen aquí, y aquellos dos +compañeros llevan<span class="pagenum" id="Page_50">p. 50</span> ya +nueve encerronas... Si patriotas entramos, más patriotas salimos. Hoy +más <i>libres</i> que ayer, y mañana más que hoy. ¿No piensa usted lo +mismo?</p> + +<p>—Exactamente lo mismo. Y dígame, ¿nos soltarán pronto? Porque la +verdad, este es un bromazo...</p> + +<p>—No creo que nos suelten hasta que se abran los Estamentos. Están +locos... Créame usted, amigo Calpena: prenden a treinta o cuarenta por +aquello de que vea <i>Palacio</i> que miran por el orden, y mientras +usted y yo, y otros mártires del despotismo, nos aburrimos en este +<i>pandemonio</i>, cientos y miles de compañeros trabajan fuera de aquí +por la causa del pueblo, sin meter bulla. Yo soy de los que dicen: +revolución, revolución, y siempre revolución.</p> + +<p>—Siempre, siempre. Vengan terremotos, y encima... el diluvio.</p> + +<p>—Lo que es ahora no tardará en estallar el trueno gordo. ¿Y qué me +dice de la guarnición? ¿La tenemos ya bien catequizada?...</p> + +<p>—¿Sé yo acaso...?</p> + +<p>—¿Que no sabe...? ¡Bah, señor Calpena, misterios conmigo! Si aquí +todos somos unos..., todos <i>apóstoles</i> de la revolución, y cada +uno trabaja en su terreno.</p> + +<p>Comprendiendo que aquel tipo le tomaba por un conspirador de oficio, +Fernando siguió la broma: de algún modo le convenía justificar ante +el vulgo su permanencia en la cárcel. Prisión por <i>patriotismo</i>, +antes enaltecía que deshonraba.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_51">p. 51</span></p> + +<p>—Pues sí —dijo tomando el tonillo y los aires de un perfecto muñidor +de motines—, el ejército es nuestro.</p> + +<p>—Ya lo sabía yo... ¿Pues por qué está usted aquí sino por ser el que +pone los puntos a la Guardia Real?... Yo se los pongo a la Milicia, y +puedo asegurarle que toda ella respira por la santísima libertad...</p> + +<p>—Así tiene que ser... ¡Buena se armará!</p> + +<p>—¿De modo que la Guardia...?</p> + +<p>—Como un solo hombre.</p> + +<p>—Chitón... El cabo viene para acá. Disimulemos. Si tiene usted +cigarrillos, señor de Calpena, le agradeceríamos que nos prestase media +docena. Andamos mal de tabaco.</p> + +<p>—Tome usted... Coja más. Arriba tengo para muchos días.</p> + +<p>—Basta con diez. Muchísimas gracias. Esta tarde han de traernos +tabaco, y yo pondré a su disposición buenos puros... El cabo nos +mira... Me temo que me diga algo con la vara... Disimulemos... Es muy +bruto ese cabo. Ha sido lego de convento y voluntario realista.</p> + +<p>—Yo me vuelvo a mi cuarto.</p> + +<p>—Usted allá, y nosotros aquí... <i>Meditemos</i>..., el triunfo +es cosa de días. Bájese acá mañana, y hablaremos: tenemos mucho que +hablar... Conviene que nos pongamos de acuerdo...</p> + +<p>—Enteramente de acuerdo...</p> + +<p>—Sobre este y el otro punto... ¿Usted qué opina? ¿Constitución del +12?</p> + +<p>—Hombre, pues claro está...</p> + +<p>—No deje de correrse al patio mañana...,<span class="pagenum" +id="Page_52">p. 52</span> antes de la comida, de diez a once. A esa +hora tenemos un cabo muy bueno: Francisco, de apodo <i>Resplandor</i>, +uno que estuvo con Porlier... Podremos hablar... Mi compañero +Canencia desea echar con usted un parrafito, para quedar también de +acuerdo...</p> + +<p>—¿Quién es Canencia?</p> + +<p>—El del sombrero ancho y botas. Ahora nos mira y se sonríe. Ha +llegado hace días de Zaragoza. Ese es un lince para los de Artillería. +Les tiene sorbido el seso.</p> + +<p>—¿Y el otro quién es?</p> + +<p>—¿Pero no le conoce? Si es Fonsagrada, primo hermano de los amigos +de usted.</p> + +<p>—¿Los Fonsagrada..., dos mocetones muy guapos, sargentos de la +Guardia?</p> + +<p>—Cabal. Este chico vale más que pesa. Tiene minada la Caballería por +dentro, por donde no se ve..., como la carcoma.</p> + +<p>—Conozco a sus primos.</p> + +<p>—Eleuterio, el mayor, estuvo ayer a vernos..., y hablamos de +usted..., y encargó a Zacarías..., así se llama este..., que le diese a +usted memorias, y...</p> + +<p>—¿Y qué más?</p> + +<p>—¡Oído!..., que viene el cabo... Compañero Calpena, hasta mañana.</p> + +<p>—Hasta mañana, compañero Rufete.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch6"> + <p><span class="pagenum" id="Page_53">p. 53</span></p> + <h2 class="nobreak g1">VI</h2> +</div> + +<p>Subió Calpena a su cuarto, muy dichoso de haber hecho aquel +conocimiento, no solo porque rompía el monótono y acompasado tedio +de la vida carcelaria, sino porque del trato de aquella desdichada +hez de la plebe turbulenta esperaba obtener noticias de sucesos +exteriores para él muy interesantes. Encontró a Hillo muy embebecido +en la lectura de un librote que el segundo alcaide le había prestado, +y era nada menos que la <i>Vida de Carlos XII de Suecia</i>, del amigo +Voltaire.</p> + +<p>—¿No sabes, clérigo —le dijo gozoso—, lo que me pasa? Pues sin +sospecharlo, ni tener de ello la menor noticia, he sido un conspirador +terrible... Mi especialidad es seducir a los cabos y sargentos de la +Guardia Real, encariñándoles con la libertad y con el <i>venerando +código</i> del 12.</p> + +<p>—Hijo, de algún modo se ha de justificar tu prisión. ¿Y de mí qué se +dice?</p> + +<p>—¿De ti? Que armabas un complot tremebundo para implantar una +republiquita a estilo ateniense..., poniendo de protector o de +<i>tirano</i> democrático...</p> + +<p>—¿A quién?</p> + +<p>—Al espejo de los caballeros, general Córdova...</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_54">p. 54</span></p> + +<p>—Pues mira, no estaría mal... Me satisface haber tenido esa idea +—dijo Hillo siguiendo la broma—. Pero en mi calidad de eclesiástico, +más cuerdo sería proponer para cabeza de esa república a fray Cirilo de +Alameda y Brea.</p> + +<p>—¡Si ese está con don Carlos...!</p> + +<p>—Pues entonces..., crearíamos una Tetrarquía que representara los +cuatro brazos, o las cuatro patas del cuerpo social. Yo por el Clero; +tú por la Aristocracia; por el Ejército pondríamos a Rufete, y por el +Pueblo al gran Aviraneta.</p> + +<p>Toda la tarde la entretuvieron con estas bromas. Durmió Calpena +intranquilo, y al despertar sobresaltado, no se apartaba de su mente la +imagen de los dos Fonsagrada, a quienes conocía por las relaciones de +aquella familia con la Zahón. El más joven de ellos era novio de una de +las chicas de Milagro. Lo que le turbaba el sueño era que Eleuterio, el +mayor de los dos hermanos sargentos, le hubiese mandado memorias con +aquellos perdidos del patio. Y según el dicho de Rufete, habían hablado +largamente de él. ¿Qué dirían, santo Dios; qué dirían de Aura? Ansioso +esperaba el día siguiente para entrar en palique con los tres presos, +en quienes vio acabados tipos de <i>jamancios</i>, o sea la variedad +política y revolucionaria de los que conspiraban por hambre, metiéndose +en mil trapisondas con la mira de pescar algo de lo que repartían las +logias en vísperas de motín.</p> + +<p>Por la mañana, al salir a dar una vuelta<span class="pagenum" +id="Page_55">p. 55</span> por el pasillo, se encontró a Iglesias, que +al cuarto de un preso de pago se dirigía, y hablaron, no maravillándose +Nicomedes de verle en tal sitio.</p> + +<p>—No todos los corifeos de la Libertad —le dijo con cierta +vanagloria— hemos disfrutado las delicias de un cuchitril de pago... +Las dos temporaditas de prisión política que tengo en mi hoja +de servicios, amigo Calpena, me las cargué en el patio y cuadra +correspondiente, en amigable cohabitación con barateros y asesinos... +Usted es de los privilegiados de la fortuna. También en esta región del +martirio patriótico hay aristocracia, jerarquías...</p> + +<p>—Dígame, querido Iglesias, ¿cuándo se arma? ¿Ha caído Mendizábal..., +se ha sublevado el ejército al grito mágico... de..., vamos, a +cualquier grito mágico?</p> + +<p>—La cosa está muy madura... No puedo decir más.</p> + +<p>—¿También ahora secretos...? ¡Amigo Nicomedes, si me parece que +estoy en la logia! Baja uno a ese inmundo patio, y en cada tipo de +calañés y zamarra le sale un compañero.</p> + +<p>—Naturalmente, la masonería tiene en la cárcel sus ramificaciones. +Aquí se conspira lo mismo que en cualquier otra parte. Comandante +he conocido yo aquí que nos delató porque no quisimos hacerle +<i>Venerable</i>; y entre los cabos hay muchos que hasta hace poco +cobraban la peseta diaria que se daba por ciertos trabajos. En los días +que estuvo aquí don Eugenio Aviraneta, el primer genio del mundo en el +conspirar, era este el centro<span class="pagenum" id="Page_56">p. +56</span> de todos los Orientes grandes y chicos, y aquí venían +comunicaciones cifradas de los institutos armados, de las cancillerías +extranjeras, y hasta de los ministros... En fin, no puedo decir más. +Paciencia, amigo, que pronto, muy pronto ha de cambiar la faz de la +nación...</p> + +<p>—¡Qué gusto! Dígame: será cosa tremenda, desquiciamiento total, +confusión, ruinas...</p> + +<p>—Poco a poco, amigo mío: los que hoy somos <i>corifeos</i> de la +Libertad, nos creemos llamados a gobernar a la nación, no a destruirla. +Trabajamos contra los malos gobiernos, contra las instituciones +opresoras; pero queremos el bien del país.</p> + +<p>—Yo también..., pero el bien del país exige un cataclismo.</p> + +<p>—Lo habrá, hijo, lo habrá... Cataclismo prudente, en beneficio de la +Libertad y de los <i>libres</i>... Paciencia, calma, patriotismo.</p> + +<p>—Sea como fuere..., ¿será pronto?</p> + +<p>—¡Oh, eso sí! No puedo decir más. Y usted, mártir ahora de la causa, +esté muy orgulloso y alégrese de su suerte, esperando el día del +triunfo... Pero no me pregunte cuándo será, pues si yo lo supiera, no +se lo diría... Adiós, adiós. Mi enhorabuena.</p> + +<p>Y se metió en el cuarto, donde sufría larga y enfadosa detención, +según Calpena supo luego, un tal Civit, compinche en otros días de +Aviraneta, y que después se lanzó a trabajar por cuenta propia. +Jamás salía de su cuarto. El cabo que servía a los de preferencia +contó a Fernando que el señor Civit se pasaba<span class="pagenum" +id="Page_57">p. 57</span> todo el día y parte de la noche escribiendo. +¿Qué hacía? ¿Fabricaba constituciones, formaba listas de proscripción o +listines de empleados nuevos? Nunca se supo.</p> + +<p>A la hora señalada por Rufete bajó Fernando al patio, y si él +fue puntual, más lo fueron los otros: en el mismo sitio del primer +conocimiento les encontró, y apenas le vieron, abalanzáronse a +recibirle, alentados por la presencia del más benigno de los cabos, el +tal <i>Resplandor</i>, hechura de la masonería del año 20.</p> + +<p>El jaquetón de sombrero ancho y botas, con patillitas de <i>boca +e jacha</i>, quiso distinguirse por lo cariñoso y expresivo. Saludó +con acento andaluz, qué a Calpena le pareció afectado y mentiroso. En +efecto: el señor Canencia, vástago de una dinastía de conspiradores +que venía alborotando desde la <i>francesada</i>, era un andaluz muy +<i>crúo</i>, natural de... Candelario. Pero habiendo rodado por Sevilla +y Cádiz, algo también por Melilla, adoptó la pronunciación de aquellas +tierras, por creerla más en armonía con sus pensamientos audaces, +revoltosos y su natural pendenciero. Ceceaba por presunción de guapeza; +su <i>andalucismo</i> era más de cuarteles madrileños que de sevillanos +bodegones. Lo mismo servía para enseñar a los pobres <i>pistolos</i> +la buena doctrina constituyente, que para dirimir las contiendas de +juego, <i>mojando</i> en el primero que se le ponía por delante. Pero +si le apuraban a reñir de verdad, y se encontraba frente a un rival +<i>poeroso</i>, se llenaba de<span class="pagenum" id="Page_58">p. +58</span> prudencia, y decía: <i>No quiero espuntar la navaja en er +güeso de un amigo</i>. Era el abanderado de todos los motines, y el +que más bulla metía, el más arrastrado y avieso si en el motín corría +sangre; desplegaba un valor heroico siempre que en la asonada hubiese +tropa <i>fraternizando</i> con el pueblo. En un tiempo en que las +cartas motinescas venían mal dadas, metiose a contrabandista, allá por +Huelva; pero le salió mal la cuenta, y el bromazo le costó dos años de +andar en malos pasos, con <i>calcetas de Vizcaya</i>, que pesan como un +demonio.</p> + +<p>Pues, señor, después del primer despotrique de Canencia, que se +declaró conmilitón de don Fernando en la obra grande de exterminar el +despotismo, tomó la palabra Fonsagrada, el que para ocultar la falta de +camisa o por defenderse del frío, llevaba subido el cuello del levitín, +con todos los botones prendidos, y además refuerzo de alfileres allí +donde los botones faltaban. El paño que de sobra lucía en su pescuezo +escaseaba en los codos, no siendo estas las únicas claraboyas por donde +se le ventilaba la carne. Cubría su cabeza con una elegante cachucha, +prenda nuevecita, que formaba vivo contraste con las demás de su +atavío.</p> + +<p>—Pues sí, señor de Calpena, ayer cuando le vimos a usted nos dieron +ganas de hablarle; pero la verdad, yo no me atrevía... Ahora que +estamos juntos, congratulémonos de fraternizar aquí, y bendito sea este +martirio, pues por él la igualdad... <i>es un hecho</i>. Henos<span +class="pagenum" id="Page_59">p. 59</span> aquí confundidos sufriendo la +misma pena, usted, aristócrata, y nosotros que nos orgullecemos de ser +pueblo.</p> + +<p>—Hoy más pueblo que ayer, y mañana más pueblo que hoy —dijo otro, no +consta cuál.</p> + +<p>—Las masas no son tales masas sino cuando en ellas se mezclan las +clases todas... <i>Hermanados</i> grandes y chicos en una masa, la +revolución... <i>es un hecho</i>. Pues a lo que iba, señor de Calpena: +mi primo Eleuterio le conoce a usted mucho, y <i>antier</i> me dio +memorias para usted.</p> + +<p>—Siento no haberle visto. Quizás me diera noticias de personas que +me interesan, y de las cuales nada he sabido desde que esta pillería +del gobierno me prendió.</p> + +<p>—<i>Es un hecho</i> —dijo Rufete— que el gobierno, por venganza, +le ha desterrado a la novia. Lo mismo hicieron conmigo el año 34. +<i>Maquiavelismo</i>... pero no les vale, no les vale.</p> + +<p>—No les vale —repitió Calpena—, porque yo, en cuanto me suelten, +revolveré toda la tierra hasta encontrarla... ¿Ha dicho Eleuterio si +mi novia vive, si se la llevó aquel tío que ahora cuida de ella, por +disposición de Mendizábal?</p> + +<p>—Pero, señor, ¿hasta en eso se meten los ministros?... ¿En quitarle +a uno su <i>jembra</i>?</p> + +<p>—Sí, señor: vive y está buena; solo que un poco desmejorada. Ya van +en camino de...</p> + +<p>—¿De dónde?</p> + +<p>—Pues mire que no me acuerdo. Pero es<span class="pagenum" +id="Page_60">p. 60</span> cosa de las provincias, allá por donde anda +el Pretendiente con toda su facción.</p> + +<p>—¿Será Fuenterrabía, Tolosa...?</p> + +<p>—Me parece que no... Yo se lo preguntaré a mi primo cuando vuelva. +Mi familia lo sabe todo por Lopresti, a quien despidió la Jacoba, y en +casa le tenemos.</p> + +<p>Tal impresión causaron a Calpena estas noticias rápidamente +comunicadas, que disimular no pudo su alegría. Maquinalmente +estrechó las manos de los tres conspiradores, los cuales atribuyeron +demostración tan cariñosa al entusiasmo de sectario, a una viva efusión +de fraternidad. Contestaron unánimes con igual calor, diciendo el que +ceceaba, en confianzudo y jovial estilo:</p> + +<p>—<i>Zeñó Carpena, España pa loj españole. Diaquí a poco naide +noz toze. Cuente zumerzé con ezte amigo pa cualziquiera coza de +poer.</i></p> + +<p>—¿Creen ustedes que estallará pronto el trueno gordo?</p> + +<p>—Ya se le oye retumbando lejos; ya viene la tormenta —aseguró +Rufete.</p> + +<p>—Y cuando triunfemos —afirmó Fonsagrada asegurando los alfileres que +cerraban su ropa—, podrá uno comer como buen ciudadano, y vestirse, y +apalear a toda la canalla que nos ha quitado la libertad... Ya verán +esos <i>maquiavélicos</i> lo que es el pueblo, y la soberanía de +nuestra <i>masa</i>.</p> + +<p>—Amigos, adiós —dijo Fernando, deseoso de perderles de vista—. +Bajaré mañana para que me den más noticias, pues Eleuterio volverá.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_61">p. 61</span></p> + +<p>—Para servirle, don Fernando.</p> + +<p>Pretextando ocupaciones, se alejó Calpena del patio, y la expansión +de su alegría le llevaba por aquellas escaleras arriba como un pájaro. +¡Aura vivía! ¿Qué más podía desear por el momento el desconsolado +amante? Aura vivía; el mundo recobraba su placidez luminosa; el +sol alumbraba placentero, y la cárcel misma era un lugar risueño y +hermoso. Renovadas en él con súbito incendio las energías de su pasión, +comprimidas, que no sofocadas, por el cautiverio, pensó que ante el +hecho de existir Aurora, carecía de importancia su salida de Madrid +bajo el poder del tío carnal. Ya la buscaría y la encontraría su fiel +amante, aunque España fuese diez veces mayor de lo que es... ¡Aura no +había sido víctima de su desesperación!... La catástrofe romántica, ya +con puñal, ya con braserillo de carbón o con veneno, aquel espectro +que había sido espanto del galán en sus noches de insomnio, ya no era +más que un temor disipado. Aura vivía; y en camino para su destierro, +se confortaba con la seguridad de que volaría tras ella su caballero +libertador. ¡Bonita empresa, singular aventura se preparaba, digna +de los Amadises y Esplandianes, por donde había de resultar que las +hermosuras morales de la edad de la caballería, en la nuestra, prosaica +y materialista, gallardamente se renovaban!</p> + +<p>Tan alegre entró en su cuarto, y con tal brillo de los negros ojos, +que Hillo entendió que algún feliz encuentro había tenido en el<span +class="pagenum" id="Page_62">p. 62</span> patio. Y al verse abrazado +por su amigo, no pudo menos de interrogarle inquieto.</p> + +<p>—Estamos de enhorabuena, mi querido clérigo. ¿No adivinas por qué? +Porque se armará pronto... La <i>cosa</i> está madura. La Milicia como +un solo hombre, el Ejército como un hombre solo.</p> + +<p>—¡Que nos coja confesados, hijo!</p> + +<p>—No, que nos coja libres..., y si no, caerán los muros de esta +infame Bastilla. El rugido popular ya se oye, clérigo mío; la +indignación de la masa ya pronto estallará...</p> + +<p>—¿Quién te ha llenado la cabeza, ¡oh joven inexperto!, de ese viento +malsano?</p> + +<p>—¿Pero no sabes? La masonería invade el Saladero; se mete aquí +con los presos políticos, y hace prosélitos de los cabos de vara... +Y ahora, ¿no te parece que debes pedir a nuestra incógnita que nos +saque pronto de este infierno? Si sigo aquí, conspiro, te lo anuncio; +haré la propaganda del degüello de ministros, y créeme que hay en esos +patios gente abonada para merendarse un par de ministerios, y los dos +Estamentos si fuese menester.</p> + +<p>Perplejo y un tanto temeroso, cerró Hillo pausadamente el libro de +Voltaire, y fijó la atención y los ojos en su amigo:</p> + +<p>—Sí, sí, Fernando —dijo tras breve pausa—. Paréceme que ya +para bromazo basta. ¿Qué hacemos aquí? Y si esto es un hervidero +de conspiraciones, como dices, podría resultar que algún pillo +nos comprometiera, y que la humorada se convirtiese en chanza +pesadísima.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_63">p. 63</span></p> + +<p>—Que yo he de conspirar, liándome con los patriotas calzados y con +los jacobinos descalzos que he tenido el honor de conocer aquí, no lo +dudes. Entré inocente de toda culpa política, y saldré para el motín o +para la horca.</p> + +<p>—¿Y qué quieres que haga yo, Fernandito de mi alma —dijo Hillo +cruzándose de brazos—, si la mascarita no resuelve nuestra libertad, y +da en guardarnos aquí hasta que nos convirtamos en cecina o bacalao? +Y me inquieta que van ya cuatro días sin que el <i>señor Edipo</i> +nos traiga algún consuelo. Desde que recibimos el refuerzo de lengua +ahumada, dátiles de Berbería y vinito blanco, no ha vuelto el tal a +parecer. Y yo digo: ¿si se habrán olvidado de nosotros, y acabaremos +por ser empapelados inicuamente?</p> + +<p>Breve rato permanecieron los dos mirándose. Lo que con sus ojos se +decían no es para traducido en palabras. Con ellas, y bien expresivas, +manifestó Calpena que él discurriría con sus amigos del patio alguna +sutil tramoya para escaparse. Hillo, caviloso y triste, no supo qué +responderle, ni tuvo ánimos para contradecirle.</p> + +<p>Transcurrieron tres días, en los cuales llegaron a Calpena, por el +mismo Eleuterio Fonsagrada, nuevas importantísimas. Primero: que Aura +iba camino de las Provincias Vascongadas con su tío el señor Negretti, +y que entrarían en Francia por Canfranc, para tomar luego la frontera. +El señor Negretti era contratista y constructor de armas de fuego<span +class="pagenum" id="Page_64">p. 64</span> en el campo carlista. Agregó +a estas nuevas el sargento que <i>Palacio</i> preparaba un cambio +político, dando el pasaporte a Mendizábal y sustituyéndole con Istúriz; +que al reunirse los nuevos Estamentos, procuradores y próceres se +tirarían los trastos a la cabeza; que Lopresti contaba mil donaires del +furor de la Zahón, y de las dramáticas, ruidosas escenas que presenció +la casa y gozó el vecindario al partir la bella Aurorita, desolada y +fuera de sí.</p> + +<p>Con estos interesantes informes coincidió carta de la incógnita, que +llegó inopinadamente, cuando los presos comían. ¡Ay, era muy triste; +revelaba inquietudes, aprensiones, amargura y desaliento!</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch7"> + <h2 class="nobreak g1">VII</h2> +</div> + +<blockquote> + +<p>«Estoy enferma —decía la carta—. He pasado unos días crueles, +privada del placer de escribir a mis buenos amigos. Ya estoy mejor; +pero no ha sido, no, mal de mimo, que tan fácilmente padecemos las +señoras. Aquí han creído que me moría. Gracias a Dios, de esta me +parece que no caigo. Y no me mortificaban poco en mi enfermedad la +idea y la imagen de mis prisioneritos. “¡Buena la hemos hecho! —me +decía yo, en mis horas de febril insomnio—. Si ahora me muero,<span +class="pagenum" id="Page_65">p. 65</span> ¿qué va a ser de mis pobres +conspiradores, Dios mío? ¿Quién les amparará, quién cuidará de ponerles +en la calle?...”. Hijos míos, dad gracias a Dios por mi mejoría, que si +llegáis a perderme, trabajillo os habría costado deshacer el bromazo y +recobrar vuestra preciosa libertad.</p> + +<p>»Al volver en mí, no ceso de pensar en vosotros... Mi soledad, mi +tristeza, el miedo a la muerte, cuya descarnada mano he visto tan +próxima, me han sugerido la idea de que debo dar por terminada la +encerrona de mi capellán y de su amiguito. El primer objeto que se +quería lograr con este ingenioso golpe de mano, bien cumplido está. El +objeto segundo, que era extinguir la demencia en el turbado cerebro +de mi señor don Fernandito, no sé si lo hemos conseguido. Presumo que +no. Se hace lo que se puede: no debemos ir más adelante, so pena de +incurrir en crueldad y despotismo. Dispongo, pues, ¡oh capellán mío, y +tú, incauto jovenzuelo!, que se os abran prontito las puertas de esa +mansión de tristeza. Tendreislo entendido, y os cuidaréis de tomar las +medidas conducentes a vuestra próxima libertad».</p> + +</blockquote> + +<p>—¡Oh, bien, bien, y viva la incógnita! —exclamó Calpena batiendo +palmas—. Ya somos libres. Clérigo, abrázame.</p> + +<p>—Despacito: veamos lo que dice después... Prosigo.</p> + +<blockquote> + +<p>«Escribo a los dos, porque deseo abreviar, y porque no hay nada +que Mentor deba reservar de su extraviado Telémaco. Con los dos hablo +a la vez. Estenme atentos.<span class="pagenum" id="Page_66">p. +66</span> Si después de esta reclusión, que ha sido barrera contra los +malos deseos, castigo de la temeridad, y garantía del honor, no se +da Fernando por limpio y curado de su mal de aventuras deshonrosas, +entiendo que es locura proseguir mi empresa. No puedo más. Hice cuanto +de mí dependía para levantar un valladar entre su presente ignominioso +y el brillante porvenir que he soñado para él. Le he brindado con +la paz, le exigí sumisión. ¿Quiere someterse y poner su existencia +totalmente en mis manos? Me dará con esto la más grande alegría de mi +vida. ¿No se somete, no se da por vencido, no quiere la paz que le +ofrezco, y que para él representa el bienestar, la posición, el honor y +la regularidad de la vida? Pues yo lloraré sobre su ingratitud; a mí, +entonces, me corresponderá darme por vencida. Llena el alma de dolor, +renuncio a proseguir esta ruda batalla».</p> + +</blockquote> + +<p>La emoción que el clérigo sentía le cortó la lectura.</p> + +<p>—Fernando, Fernando, hijo mío: ¿este noble lenguaje no hará profundo +surco en tu alma? ¿Eres capaz de rebelarte aún?... ¿No ves cuán grande +es su pena, al suponerte contumaz?...</p> + +<p>—Sigue —dijo Fernando, que ávido de mayor conocimiento, leía por +encima del hombro de su amigo—. Aún falta lo principal.</p> + +<p>—A ello voy:</p> + +<blockquote> + +<p>«En la puerta de la cárcel, la voz amiga, la voz tutelar dice a +Fernando: “Te ofrezco el destino de Cádiz, a donde partirás con tu +mentor y capellán sin pérdida de tiempo. ¿No quieres? Pues no volverás +a<span class="pagenum" id="Page_67">p. 67</span> saber de mí. Y por +mi parte procuraré que a mí no lleguen noticias tuyas. Uno a otro nos +extenderemos la partida de defunción... No están los tiempos para vivir +en plena zozobra, añadiendo por nuestra voluntad nuevas tristezas a las +que ya nos rodean, y que pertenecen a la vida común, al conjunto de +males colectivos. La disminución de nuestros sinsabores bien merece la +pérdida de un afecto, aunque al arrancarlo nos duela. Conque ya sabes. +Libertad... Decide ahora de tu suerte”.»</p> + +</blockquote> + +<p>Quedose Fernando pensativo, dejando vagar sus ideas por el +insondable espacio que las últimas frases de la carta abrían ante él. +Hillo le sacó de su abstracción con severo lenguaje:</p> + +<p>—Ya sabes: a Cádiz conmigo, o solito al infierno.</p> + +<p>—Salgamos, salgamos pronto de aquí —dijo Calpena, paseándose +inquieto, con las manos en los bolsillos—. Dentro de esta cisterna, es +imposible el discernimiento... Salgamos, y al respirar el aire libre +decidiré.</p> + +<p>Comprendiendo el presbítero que la resolución de la incógnita +había hecho profunda impresión en su amigo, no quiso desvirtuarla con +razonamientos y nuevas admoniciones. Mejor era dejarle solo con su +conciencia, en la cual la verdad iba labrando el hondo surco. Después +de la enseñanza y severo castigo de aquel encierro; ausente ya la +que había sido causa de su locura, ¿no era razonable esperar que el +joven adquiriese la serenidad suficiente para medir y pesar<span +class="pagenum" id="Page_68">p. 68</span> el pro y el contra de las +acciones humanas?... Confiado en una victoria decisiva, Hillo recreaba +su espíritu en la esperanza de libertad; mas no se veía totalmente +libre de zozobra con las seguridades de que no sufriría menoscabo en +su dignidad ni en su reputación. Por cierto que en la carta recibida +en la cárcel el penúltimo día (en ocasión que Calpena rondaba por +el patio), iba un pliego reservado para don Pedro, en el cual se le +daban nuevas instrucciones, previendo todo lo que pudiera ocurrir. Si +Fernando, sometido incondicionalmente, aceptaba el destino de Cádiz, +las cosas marcharían sin ningún tropiezo, y la situación de Hillo sería +la de mentor o caballero de compañía, liberalmente remunerado. En caso +de rebeldía, la señora no pensaba desentenderse ni abandonarle, como +le había dicho, empleando una ficción argumental, de la que esperaba +gran efecto sedativo. A donde quiera que fuese el descarriado joven, +le seguiría el pensamiento y la acción tutelar de la deidad misteriosa +que le protegía. Pero no atreviéndose a comprometer en empresas tan +arriesgadas a su bondadoso capellán, se manifestaba dispuesta a +desprenderse del incógnito, para él solamente, en plazo no lejano. La +señora y el buen don Pedro celebrarían una conferencia, en la cual la +primera le entregaría la llave de su confianza, el segundo prometería +solemnemente guardar sobre cuanto oyese reserva absoluta, y entre +los dos determinarían los planes más convenientes para ulteriores +campañas.<span class="pagenum" id="Page_69">p. 69</span> Muy bien le +parecieron a don Pedro estas resoluciones, sobre todo la de arrojar la +careta, enseñando el rostro verdadero, pues la lealtad y abnegación +que él en tan delicado asunto mostraba, bien merecían la supresión +del disfraz. Otra cosa sería ya denigrante para él, ofensiva de su +decoro. Tanto se penetró de esta idea el buen presbítero, que hizo +firme propósito de <i>renunciar el cargo</i> si la señora no le daba +prueba palmaria de su confianza abandonando el misterioso disfraz. +Pareciole asimismo muy conveniente y grato lo del viajecito a Cádiz y +el establecerse en aquella ciudad, pues no del todo tranquilo respecto +al efecto moral de su prisión, deseaba perder de vista a Madrid y a +sus conocimientos de acá. Así nadie le haría preguntas impertinentes +acerca de su cautiverio por motivos políticos, ni tendría que dar +explicaciones del error de la policía, de la torpeza del gobierno... +Sí, sí, a Cádiz; lejos, lejos, pues lo de la prisión, peor era +meneallo.</p> + +<p>Subió Calpena del patio, muy excitado, con informes fresquecitos; +pero se guardó bien de comunicárselos a su mentor. Pusiéronse a tratar +de varios asuntos relacionados con su próxima libertad, y lo primero +que dijo Hillo fue que ni él volvería a la casa de Méndez ni Calpena a +la calle de las Urosas, debiendo ambos instalarse juntos en una fonda, +de donde partirían para Cádiz lo más pronto posible. Convino en ello +Fernando, y eligió la <i>fonda de Genieys</i>. Designó esta casa,<span +class="pagenum" id="Page_70">p. 70</span> como hubiera designado la +<i>Posada del Peine</i> o el <i>Parador de los Huevos</i>, porque de +nada podía enterarse: tan violenta era la tempestad que desató en su +cerebro el reciente coloquio con Eleuterio Fonsagrada. Estupendas +noticias le dio este del martirio de Aura, y de los dramáticos resortes +que fue necesario emplear para llevársela, pues hasta hubo intervención +de la policía, y qué sé yo qué... Con esto, recayó Calpena en la +gravísima dolencia de sus amores furibundos, se encendió en su cerebro +un hirviente volcán de ideas peregrinas, y en su voluntad resurgieron +los estímulos más osados y caballerescos.</p> + +<p>Llegó por fin el ansiado día de libertad, que les fue notificada sin +explicación del motivo por qué entraron y por qué salían, ni de los +términos del sobreseimiento. Entregaron a Calpena un papel, y a Hillo +otro papel, en el cual se le llamaba don Pedro Timoneda; y si esta +burla de las leyes fue del agrado de ambos, no dejaba de inspirarles +profundo desprecio del poder público. Aunque vestido de seglar, no +gustaba Hillo de recorrer la calle en pleno día, y mandó traer un coche +simón donde metieron su escasa impedimenta, y se fueron a la fonda +simulando que venían de Leganés.</p> + +<p>Las mejores habitaciones de Genieys, calle de las Infantas, +estaban ocupadas por el célebre banquero don Alejandro Aguado, que +había llegado de París dos días antes. Viajaba este prócer de la alta +banca con gran aparato, en sillas de postas de su propiedad, y<span +class="pagenum" id="Page_71">p. 71</span> acotaba para sí, su familia +y servidumbre la mejor parte de la única fonda decente que había en +Madrid. Los dos licenciados del Saladero tuvieron que acomodarse en una +celda interior, oscura, con vistas al húmedo patio donde los cocineros +desplumaban las aves y arrojaban los desperdicios de la cocina. Poco +grata era tal residencia, y clamaron por otra mejor; mas el encargado, +un italiano injerto en catalán, les notificó que no podía mejorarles de +cuarto hasta que saliera para Andalucía el señor banquero, añadiendo +por vía de consuelo que en otras ocasiones había este señor tomado +mayor espacio. El año 29, cuando vino con Rossini, los huéspedes +habituales de la casa habían tenido que dormir en los pasillos.</p> + +<p>Instalados al fin de mala manera, se descolgó por allí Fonsagrada, +que había convenido con Fernando en verse aquella misma noche. No +le hizo gracia a don Pedro tal visita, temeroso de las trapisondas +de marras, y mayor fue su disgusto cuando Fernando le anunció la +presentación del capellán del segundo regimiento de la Guardia, don +Víctor Ibraim y Coronel, que deseaba reanudar una amistad antigua. A +Ibraim le conocía don Pedro de la sacristía del Carmen Descalzo, donde +ambos celebraban años atrás, y nunca hicieron buenas migas, por ser +de encontrada índole y gustos diferentes. A Hillo le cargaba el tal +clérigo por andaluz, por charlatán, entrometido y farfantón.</p> + +<p>Pues, señor, cenaron los tres (convidado<span class="pagenum" +id="Page_72">p. 72</span> Fonsagrada por Calpena), y cuando estaban en +las almendras y pasas, vieron entrar en el comedor, metiendo bulla y +bastoneando fuerte, en traje de paisano, al tal don Víctor Ibraim, que +se fue derecho a Hillo, y previo palmoteo en los hombros, le dijo:</p> + +<p>—<i>Grasiaj a Dios, amigo Jiyo, que noj echamo la vista +ensima</i>.</p> + +<p>Y al punto, pegada la hebra, por cada palabra de don Pedro +pronunciaba doscientas el otro: era una taravilla <i>seseosa</i> que +agradaba un rato, y después aburría. De pronto, el señorito Calpena, +con la incumbencia de tener que proveerse de tabaco, guantes y otras +cosillas, salió a la calle con Fonsagrada, dejando a su amigo en +las astas del toro. ¡Bonita noche le esperaba al pobre clérigo, +aguantando el jeringazo continuo de la charla de Ibraim, que hablaba +de lo propio y lo ajeno, sin medida ni pausas, eliminando las zedas +de su pronunciación, y usando voquibles gitanescos! Pero lo que le +requemaba a don Pedro era que el pillo de Calpena, confabulado quizás +con Fonsagrada, le había traído al castrense para que estuviese al +<i>quite</i>, entreteniendo a Mentor con su capote, mientras Telémaco +hacía un quiebro, y tomaba bonitamente el olivo.</p> + +<p>«¡A dónde habrá ido ese tunante!... —pensaba el capellán, sin +sosiego, oyendo a Ibraim como se oye el zumbido de un abejón—. ¡Y a qué +horas volverá...!».</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch8"> + <p><span class="pagenum" id="Page_73">p. 73</span></p> + <h2 class="nobreak g1">VIII</h2> +</div> + +<p>¿Y qué le decía el castrense andaluz? Nada que pudiese interesarle. +Empezó declarándose liberal, atribuyendo el radicalismo de sus ideas +a la influencia de las clases y oficialidad del <i>ilustrado</i> +regimiento de la Guardia en que servía. Refractario al despotismo, +Ibraim sostenía que la Iglesia de Cristo y la Libertad podían comer en +un mismo plato. El clero regular no servía más que para desacreditar +con su holganza la santa religión. Con el clero parroquial, el catedral +y el castrense bastaba para esplendor de la Iglesia, y conservar la +pureza del dogma. Por no enredarse en disputas que excitarían más la +verbosidad del capellán, Hillo daba su asentimiento a las estolideces +que oía. Y algo dijo el otro después que le cargó soberanamente, por +ejemplo: que entre los clérigos amigos de ambos criticaban a Hillo por +meterse en belenes revolucionarios, arrimándose a las logias; y aunque +su prisión había sido, según se contaba, un error de la policía, no le +hacía favor el paso por el Saladero. Por lo demás, le veía con gusto +entre los pocos eclesiásticos que hacían ascos a la facción, y se +agarraban a las falditas de la <i>angélica Isabé</i>, pues el carlismo +no había de<span class="pagenum" id="Page_74">p. 74</span> triunfar, y +el porvenir era de los de acá, conforme al <i>ejpíritu der siglo</i>. +Él iba siempre con <i>er siglo</i>, y por ver en su compañero iguales +ideas, <i>simpatisaban</i>. Debía don Pedro mirar con desprecio +las murmuraciones oscurantistas, y seguir adelante, procurando +ingresar en el cuerpo castrense, pues convenía formar un plantel +de capellanes, <i>gente güena</i>, que diera la norma del futuro +personal eclesiástico; y si venía una ley (que sí vendría) abriéndole +el caminito de los cabildos catedrales, como descanso y premio del +militar servicio, la carrera <i>de tropa</i> era una <i>bendisión</i>. +Cierto que la vida de campaña tenía sus trabajos y penalidades; pero +todo se compensaba con lo divertido de andar entre gente ilustrada y +de humor alegre, y con lo que <i>uno se solasa</i> cuando le toca la +<i>sircustansia</i> de un buen alojamiento.</p> + +<p>Seguía Hillo dando a todo su aquiescencia, por ver si paraba un poco +el molinillo de la palabra de Ibraim; pero ni por esas. Mientras más +conforme aparecía don Pedro, el otro apretaba más en su despotrique, y, +por fin, se metió en la política palpitante. A Mendizábal no le podía +ver, aunque eran casi paisanos (don Víctor había visto la luz en Coria +del Río, <i>a la verita e Seviya</i>). Mil ejemplos podría citar el +clérigo hablador del detestable gobierno de don <i>Juan y Medio</i>; +pero como para muestra bastaba un botón, denunciaría la incapacidad +del ministro con este solo caso. A poco de sentarse en la poltrona el +gaditano, llegó él (Ibraim) de la propia Sevilla<span class="pagenum" +id="Page_75">p. 75</span> con buenas recomendaciones. No pretendía +cosa mayor: el arcedianato de Morón o la rectoral de Osuna. Trabajó el +asunto; ayudáronle los procuradores sevillanos don Juan Morales Díez +de la Cortina y don Francisco Javier Osuna. Pero cuando ya creía tener +bien trincado lo de Morón, quedose como <i>er gayo der mismo</i>, sin +pluma y cacareando, porque el <i>arrastrao don Juan</i> dio la plaza a +un pariente suyo, un tal Méndez, de Chiclana, que en su vida las había +visto más gordas, pues ni latín sabía, y se pasaba el tiempo derribando +vacas. Gestionó luego don Víctor lo de Osuna, y quedose también <i>per +istam</i>. Se lo llevó uno que en sus sermones llamaba a los liberales +<i>loj alurnoj e Lusifé</i>. Así estaba todo..., lo mismo que en tiempo +de Calomarde. ¡Y para esto traían de <i>London un ministro santiguaor +que iba a poné la justisia</i>!... Gracias que el pobre clérigo +andaluz, después de <i>aquer feo que le hiso</i> el ministro, pudo +encontrar alguna protección en su paisano Joaquín Francisco Pacheco, +que le metió en lo castrense con no poco trabajo.</p> + +<p>Deseaba, pues, ardientemente el rencoroso Ibraim que cayese y +reventara pronto <i>ese tío campanero</i>, que no era más que un +<i>jormiguiya</i>, mucho moverse, mucho proyectar <i>de fantasía</i>, +y poco <i>chapitel</i>. Y seguramente, sus días estaban contados: +abierto el nuevo Estamento, se armaría la gran <i>saragata</i>, y +adiós mi don Juan para toda la vida. No recataba el castrense sus +instintos revolucionarios, diciendo: <i>Debemo poné en la caye a ese +sopenco,<span class="pagenum" id="Page_76">p. 76</span> y hasé un +ministerio de libres, con Argüeyes a la cabesa</i>. También con esto +hubo de manifestarse conforme don Pedro, dispuesto a decir amén a las +mayores atrocidades; y no pudiendo aguantar más, indicó con bostezos y +pestañeo sus ganas de dormir, por ver si Ibraim se <i>najaba</i>. Lo +que este hizo fue invitarle a ir un ratito al café, con lo cual vio +el cielo abierto don Pedro, porque negándose cortésmente a gandulear +tan a deshora, el otro, que debía de ser un gandul de primera, se +marcharía solo. Pero no quiso Dios que tan a gusto de Hillo pasaran +las cosas, porque Ibraim, lejos de parecer contrariado por la negativa +de su colega, se mostró muy satisfecho, y dijo que mejor y más +<i>desahogaos</i> estarían allí. Al punto tiró de la campanilla, y al +mozo que vino le mandó traer copas y cigarros.</p> + +<p>En vista de esto, no le quedaban a Hillo más que dos partidos que +tomar: o coger una silla y estampársela en la cabeza al enfadoso +castrense, o resignarse y hacer cuenta de que Dios le aceptaría +sufrimiento tan grande en descargo de sus culpas. Prefirió este +último partido, y se recargó de paciencia, invocando mentalmente la +misericordia divina.</p> + +<p>—<i>Laj onse</i> —dijo Ibraim mirando su reloj—. ¡Qué temprano!</p> + +<p>Era el castrense un mocetón como un castillo, bien plantado, +esbelto, de poco más de treinta años, morena y agitanada la tez, +los ojos negros, desmesurados, que habrían podido surtir dos caras, +sobrando todavía un<span class="pagenum" id="Page_77">p. 77</span> +poco de ojos; temple sanguíneo muy acentuado; el testuz con remolinos +de pelo que el corte frecuente hacía más ásperos; el morrillo +formidable, bocado exquisito si cae en manos de antropófagos; no grande +ni fea la pezuña, la mano fuerte, el entrecejo tenebroso por la enorme +cantidad de ceja, la fisonomía poco atractiva, el aire total como de +contrabandista o mayoral de diligencias. Hombre de poquísimas letras, +fue metido en la carrera eclesiástica por no servir para otra cosa. De +muchacho, era el primer gallina del pueblo, y jamás se querelló con +nadie; ni siquiera era fachendoso. Tenía su fuerza en la palabra, en +el hablar sin término, almacenando con prodigiosa retentiva todos los +chismes de cuatro leguas a la redonda. Se hizo cura sin esfuerzo, no +viendo en las pasiones obstáculo grande para tal carrera. Luego fue +adquiriendo vicios con el contagio de la vida de tropa. Midiéndolo por +el nivel medio moral que comúnmente usamos, no fue un mal sacerdote +antes de ser castrense, y hasta llegaron a contarse de él actos de +virtud de los más vulgares. Para el púlpito no servía por su mala +pronunciación y su falta de luces; para el confesonario, tal cual; era +largo en las misas, y algún malicioso dijo que por el afán de hablar, +añadía latines de su cosecha al formulario litúrgico. En funciones de +ceremonia lucía por su gallarda estatura, y como siempre tuvo sonora y +vibrante voz, aunque poco afinada, cantando la Epístola era un hermoso +becerro con dalmática.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_78">p. 78</span></p> + +<p>No le clasificó entre los rumiantes el bueno de Hillo, que la +noche aquella, tediosa cual ninguna, hubo de hacer en su mente, para +encontrar el símil de Ibraim, una chabacana combinación zoológica, +fundiendo en una pieza el atún de las almadrabas de Huelva y la cotorra +de las selvas africanas.</p> + +<p>Las once y media, y Fernando no parecía... En el hueco que la +ausencia de Telémaco dejaba en el espíritu del triste Mentor, Ibraim +arrojaba sin cesar conceptos incoherentes, sin conseguir llenarlo. +Entre los diversos temas que iba tomando y dejando al compás de los +sorbos de ron, nada le cargó tanto a Hillo como el impertinente y +avieso comentario que de la conducta de Fernando hizo. Notó don Pedro +que su hablador colega quería fisgonear, enterarse de lo que no sabía, +adoptando el desleal sistema de las preguntas capciosas, y de soltar +mentiras para sorprender verdades. Pero a buena parte iba: Hillo solo +contestaba con vagas expresiones. Entre otras chismografías, Ibraim +soltó la especie de que a Calpena no le habían preso por conspirador, +sino porque se había metido a enamorar a la <i>hija de Mendizábal</i>. +Echose a reír el otro clérigo, sin ganas, por dar tono de burla a su +respuesta, y el andaluz insistió en que lo había oído, apelando al +testimonio de personas conocidas de entrambos.</p> + +<p>—<i>La chica e Mendisába</i>, hombre; una hija de extranjis, +cuarterona de inglesa, que estaba en <i>poer</i> de una tal que +<i>yaman la Sayona</i>, prendera o marchanta de piedras... El +<i>gobierno ha tenido<span class="pagenum" id="Page_79">p. 79</span> +que escondé a la chavala y prendé a Carpena</i>. Ya ve en qué se ocupa +mi don Juan.</p> + +<p>Negó todo esto resueltamente don Pedro, calificándolo de absurdo +y ridículo; el otro, deseoso de inquirir el origen de don Fernando, +afirmó que alguien le tenía por nacido de altas personas. Hizo Hillo +el papel de quien guarda un secreto, y no sabiendo nada, puso en mayor +curiosidad a Ibraim, que terminó aquel tratado asegurando que él lo +averiguaría.</p> + +<p>Al filo de las doce se descolgó Calpena en la fonda, mostrando en su +rostro aburrimiento y fatiga, como quien ha pasado las horas en pasos +o indagaciones ineficaces. Hillo no le pidió cuentas de su tardanza, +conociéndole en el rostro que no estaba en disposición de darlas. Lo +que dio fue un gran bufido a Ibraim, que a tales horas aún intentaba +pegar la hebra. Tocando retreta, se despidió el hablador hasta el día +siguiente.</p> + +<p>Acostáronse Mentor y Telémaco sin pedirse ni darse explicaciones de +nada, y don Pedro se pasó parte de la noche revolviendo en su mente +nuevas inquietudes por la situación que se presentaba. Pensaba que +no pasaría el día venidero sin que el señor <i>Edipo</i> recalase +con una carta sustanciosa, y trajese, amén de instrucciones, los +fondos necesarios para el viaje a Cádiz, si en efecto lo había; y +anticipándose a lo que el papel dijera, fabricaba el capellán con +loca fantasía estupendos castillos. Pero ¡ay!, la anhelada carta no +vino al siguiente día, ni al otro, ni al otro,<span class="pagenum" +id="Page_80">p. 80</span> lo que, unido a que Calpena salía y entraba +sin dar cuenta de sus actos, puso al clérigo en un estado de nerviosa +ansiedad, semejante a la pasión de ánimo. Al cuarto día el hombre no +vivía; perdió el apetito, el sueño; fue atacado de una especie de +histerismo, que llevaba trazas de trocarse en locura. ¿Por qué callaba +la señora cuando más falta hacían su voz y su autoridad? Tan pronto a +enfermedad lo atribuía, tan pronto a muerte; y hasta llegó a imaginar +que en todo aquello no había más que una refinada burla, de que él +era la primera víctima. La tutelar deidad desaparecía entre nubes +cuando llegaba la ocasión de cumplir el compromiso de desenmascararse. +¿Acaso la autora de las donosísimas y tiernas cartas era una guasona +de primera, que se había divertido con él metiéndole en la cárcel, +ofreciéndole canonjías y volviéndole más loco que lo estaban los orates +de todos los manicomios del reino? Esto no podía ser, no, no..., la +protección a Fernando bien efectiva era, con el dinerito por delante, y +en ello no cabían chanzas ni sainetes. Y ¿a quién, por san Caralampio +bendito, a quién dirigirse para salir de la horrible duda? ¿Qué camino +tomar para llegarse hasta la incógnita y decirle: «Pues usted no se +descubre, aquí vengo yo a descubrirla, que ya no puedo más, que estoy +loco, que me muero de congoja, de confusión; me muero del mal de +ignorancia, el peor de los males»? No sabiendo qué hacer, echose por +las calles en averiguación de qué señoras de<span class="pagenum" +id="Page_81">p. 81</span> la aristocracia se habían muerto en aquellos +días o estaban <i>in articulo mortis</i>.</p> + +<p>Qué tal sería su trastorno, que hasta llegó a encontrar grata +la compañía de Ibraim, y se aventuró a confiarle algo de sus +cuitas, recibiendo de él consuelos y esperanzas, con la oferta de +ayuda fraternal en el trabajo indagatorio. Ya Calpena le había +dicho resueltamente que no contara con él para el viaje a Cádiz; y +reiterándole su amistad franca y leal, le anunciaba que muy pronto +habrían de separarse. Patético y grave estaba don Fernando; don Pedro, +acongojado y lívido, como si le acosaran espectros. El primero dábase +por totalmente abandonado de la divinidad tutelar; el segundo, por +perdido en abismos de confusión y descrédito. No era fácil determinar +si el eclipse de la incógnita causaba gozo a Calpena, pues a veces así +lo parecía; pero de improviso se le veía meditabundo y apenado, como +el que ha perdido una ilusión o un bien positivo. Por otra parte, de +las averiguaciones de Mentor burlábase Telémaco, juzgándolas inútiles, +y este a su vez indagaba con febril actividad cosas de índole diversa. +Tan loco estaba Juan como Pedro: don Víctor mediaba entre ellos, +queriendo conciliar sus respectivas locuras; mas con tan poco arte, que +solo consiguió aburrirles y embarullarles más de lo que estaban.</p> + +<p>Y de las primeras requisitorias tocantes a la probable enfermedad o +muerte de alguna señorona aristocrática, ¿qué había resultado? Nada. +Atribuyéndolo don Pedro a que<span class="pagenum" id="Page_82">p. +82</span> hacía sus pesquisas en un menguado círculo social, resolvió +subir a más altas esferas. No estaban a su alcance más que las +políticas, y a ellas se dirigió con ánimo resuelto y las entendederas +bien aguzadas.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch9"> + <h2 class="nobreak g1">IX</h2> +</div> + +<p>Para ver <i>gente buena</i>, de esa que con un codo toca al pueblo, +y con otro a la aristocracia, ningún sitio como el Estamento de +Procuradores, que en aquellos días inauguraba la nueva legislatura, +con Real discurso y todo el ceremonial de rúbrica. Según el famoso +dicho de Larra, no se abría el Estamento; quien se abría era el +señor don Juan Álvarez Mendizábal, elegido por diez provincias... La +política entraba en honda crisis, resuelto <i>Palacio</i> a cambiar de +gobierno, y siendo el Parlamento, como era, no más que una sombra de +régimen, tapadera de la arbitrariedad, del capricho y de las veleidades +cortesanas. Bastó, pues, que tres hombres de fama, un gran orador, un +político hábil y un eximio poeta, marcasen un magistral cambiazo, y se +apartaran de Mendizábal declarándose devotos ardientes del <i>justo +medio</i>, que por entonces, como en todo el reinado siguiente, era el +barro de que se echaba mano para la fabricación de ministros; bastó, +digo, que aquellos tres señores se lanzaran al<span class="pagenum" +id="Page_83">p. 83</span> campo <i>moderado</i>, para que los liberales +se vieran mandados a sus casas, y el poder pasase a los otros, a los +de la suprema inteligencia y finas artes de gobierno. ¿Quiénes eran +los tres? Alcalá Galiano, Istúriz, el duque de Rivas. Este fue a la +conjuración llevado por amistades más fuertes que sus convencimientos +políticos, de ningún modo por ambición, pues un hombre que había hecho +el <i>Don Álvaro</i>, bien podía conformarse con un papel incoloro y +secundario en aquel teatro todo mentira y rencores. Los otros dos eran +ambiciosos, con motivos para serlo, y su presente y su porvenir estaban +dentro del escenario político.</p> + +<p>La batalla política, dada en el terreno del mensaje, como ordenan +la lógica y la costumbre, era de esas que, repetidas hasta la saciedad +en nuestra historia parlamentaria, siempre con los mismos tonos y +peripecias, resultan, vistas a estas alturas, absolutamente insípidas y +sin ningún interés. Batallas son estas que, por el ruido que en ellas +se hace, parece que entrañan alguna transcendencia; en realidad no +interesan más que a las cuadrillas de desocupados que esperan destinos, +o temen perder los que poseen. En estos oleajes, comúnmente todo es +espuma; en el de abril de 1836, apuraban los oradores un asunto ya +resuelto por el poder Real. Pero se creía necesario un simulacro de +parlamentarismo, por aquello de que era <i>fashionable</i> vestir +a la inglesa, imitando los debates políticos, como se imitaban los +fraques.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_84">p. 84</span></p> + +<p>—¿Qué hay por aquí? —dijo Hillo, que con Ibraim, los dos vestidos de +seglares, sin collarín ni ningún signo eclesiástico, brujuleaba por los +pasillos del Estamento, llenos de gente inquieta, bulliciosa.</p> + +<p>Y enterado por Iglesias, que le salió al encuentro, de que Istúriz +y Mendizábal se liaban en agrias disputas por un estira y afloja de +conducta o principios..., palabras, hojarasca, juguetería política de +muchachos grandes, expresó con buen sentido esta opinión sintética:</p> + +<p>—¡Qué ganas de perder tiempo y saliva! ¿A qué disputar un poder +que ya se sabe está destinado a la <i>moderación</i>? Yo que el señor +don Juan, no me prestaría a esta farsa, y cogiendo mi sombrero, les +diría a los Procuradores: «Compadres: ya sé que estoy de más aquí. +Ahí tienen ustedes el poder, las carteras y las actas y credenciales, +que yo me voy al corral por mi pie, antes que me arrastren las +mulillas». Y a la señora reina le diría: «Señora: para quitarnos los +collares y ponerlos en otros pescuezos, no es preciso que estemos +aquí, como rabaneras, días y más días, apurando el vocablo. Si la +opinión no tiene influencia efectiva, ¿a qué fingirla con nuestros +deslavazados, interminables despotriques? Hoy decimos lo mismo que +ayer, y mañana eructaremos lo de hoy. Conque... ahí tiene Vuestra +Majestad la confianza que me dio. Puesto que ha resuelto quitármela, +se la devuelvo, y así le ahorro el disgusto de despedirme como a un +criado. Yo soy un hombre serio y formal, que amo a mi patria. No he +logrado hacerla<span class="pagenum" id="Page_85">p. 85</span> feliz, +como me propuse y prometí. Mi voluntad ha podido menos que las intrigas +y obstáculos con que desde el primer día han embarazado mi camino los +políticos de profesión, y las camarillas parlamentarias y palaciegas. +Si no hice más, fue porque no me dejaron... De todo se le echa la +culpa al pueblo. El pueblo es el gato, el pueblo es el niño malcriado, +mocoso y llorón que trastorna la casa. Pues si quieren que el pueblo +aprenda a desempeñar su papel político, enséñenle los de arriba con el +exacto y honrado cumplimiento del suyo. Conque... a los reales pies, +<i>etcétera</i>..., que yo me voy a mi casa, de donde veré pasar las +revoluciones...». Esto diría yo a ser don Juan de Dios, y me marcharía +cantando bajito, dejando a los Istúriz y Galianos desenvolverse +como pudieran, bajo los auspicios de doña María Cristina y de sus +tertuliantes del Pardo y la Granja. Caballeros...</p> + +<p>No parecieron mal a los circunstantes estas ideas, y alguno, al +comentarlas, extremó la amargura y escepticismo que revelaban. En +aquellos días, la opinión de la gente que politiqueaba y de los +ciudadanos pacíficos empezó a mostrarse favorable a Mendizábal. Todo +el mundo veía el juego que se traían palaciegos y estatuistas para +plantarle en la calle, sustituyéndole con el que había sido su amigo +íntimo, don Javier Istúriz. Hasta Nicomedes Iglesias, que meses antes +echaba de su boca sapos y culebras contra el buen gaditano, reconocía +la injusticia con que se le trataba, y casi casi se inclinaba<span +class="pagenum" id="Page_86">p. 86</span> a defenderle. Verdad +que no era todo generosidad en esta conducta, pues el infatigable +pretendiente, desairado por tercera vez en las elecciones, había +adquirido pruebas de que no fue Mendizábal el causante de su +desventura. Le constaba de un modo indudable que el ministro, ocho días +antes de la elección, había querido sacarle <i>por los cabellos</i> en +la provincia de Gerona; pero le marró la suerte, por confabulación de +intrigas entre moderados y patriotas catalanes. Viéndose nuevamente +detenido en el camino de su ambición, se tragó sus hieles, deplorando +la doblez de algunos amigos que habían trabajado en contra suya, y +empezó a sentirse minado por el desaliento y la falta de fe. Pues no +se le daba el honroso puesto que en la política creía merecer, lo +asaltaría. Cuando no se puede avanzar ordenadamente con la ley, se +avanza saltando con los motines, y pues se le marchitaban los ideales, +daría un sesgo positivista a sus aspiraciones... ¿Con qué bandera +conspiraría? He aquí el problema. Su despecho, a vueltas de largos +insomnios y cálculos, le sugirió que la bandera que resueltamente debía +seguir era la del Éxito. ¡Unirse a los que podían y debían triunfar! +¿Quiénes eran estos? Nadie sabría determinarlo hasta la solución de la +crisis.</p> + +<p>En esta situación de ánimo, su olfato finísimo le permitió apreciar +que Mendizábal, caído tan a destiempo, víctima de sus propios amigos +y de adversarios envidiosos,<span class="pagenum" id="Page_87">p. +87</span> quedaría con fuerza moral no menos grande que la que tuvo +al venir de Londres. En cambio, Istúriz y comparsa, al remontarse en +la cucaña, empujados por <i>Palacio</i>, triunfaban en pleno estado +de debilidad. «Los vencedores —se dijo Iglesias— son gente muerta: en +cambio, el vencido vivirá». De aquí que se inclinara a formar en el +partido del ministro desairado y aparentemente maltrecho. Pensaba que +don Juan de Dios se lanzaría con resolución a la política de venganza, +que soplando el cuerno revolucionario, haría revivir su popularidad, +para con ella, y los jirones que aún le restaban de sus desgarrados +planes, causar terror y desconcierto en los estatuistas de viejo y +nuevo cuño. El hombre de mañana era precisamente el ministro despedido +y vilipendiado de hoy. Así lo presagiaba el instinto de Iglesias, y con +esta presunción bastábale para saber a qué faldones agarrarse debía. +«Me voy con todo el que apunte alto y sepa hacer blanco seguro —se +decía—. ¿Qué bandera? Supongo que don Juan tremolará la Constitución +del 12, para decirle a <i>Palacio</i> que <i>al que no quiere caldo, +taza y media</i>. Presumo que nos apoyaremos en el elemento popular, la +Milicia Urbana. ¡Ay del que toque a la Milicia!».</p> + +<p>Revolviendo en su mente estas ideas, preparaba su probable, casi +segura reconciliación con don Juan Álvarez, hablando de él, en +aquellas críticas circunstancias, con una benevolencia compasiva, que +sería precursora de las alabanzas una vez que el largo cuerpo<span +class="pagenum" id="Page_88">p. 88</span> del gaditano acabase de caer +al suelo.</p> + +<p>—Sí, hay que reconocer que lo que se hace con este hombre es inicuo +—decía en un apretado corrillo en que estaban Trueba y Cossío, Donoso +y otros muchachos inteligentes—. Nadie le ha combatido como yo, cuando +le he visto metido en transacciones peligrosas con el enemigo... +Pero ahora que se le quiere atropellar..., ahora, ¡oh! nosotros, los +patriotas de toda la vida, no tenemos vergüenza si no nos ponemos a su +lado.</p> + +<p>Olózaga, que en aquellos días hizo su estreno parlamentario, +sentando plaza de orador de primer orden, sostenía lo mismo que +Iglesias, aunque con menos ardor, porque su posición le imponía otros +miramientos. López y Caballero aspiraban a formar grupito aparte, y los +<i>santones</i>, con Argüelles a la cabeza, se mostraban fríos en la +defensa de Mendizábal, cual si desearan su anulación antes que pudiese +adquirir la jefatura indiscutible del poderoso bando popular.</p> + +<p>Indiferente a la marejada política; poco atento al drama de la +sesión en que unos y otros se peleaban por interpretaciones de +conceptos, de poco valor práctico, don Pedro Hillo practicaba en aquel +laberinto sus extrañas diligencias. Alguien encontró que podía darle +luz: parásitos de las casas grandes; periodistas que democratizaban +en las redacciones o en las logias, después de haber asistido a prima +noche, vestiditos de fraque, a comidas aristocráticas; procuradores +noveles, fruto elegante del nepotismo moderado, que alternaban<span +class="pagenum" id="Page_89">p. 89</span> con lo más florido de Madrid. +No tuvo que hacer don Pedro flojas combinaciones dialécticas para +formular sus interrogatorios con la debida discreción, y al fin, ¿qué +sacó en limpio? Véanse por la muestra los informes que adquirió del +mundo elegante: La condesa de S. A., una de las más bellas Montúfares, +padecía de horroroso dolor de muelas, que privaba a los amigos del +placer de admirar su hermosura. La marquesa de B., ya en meses mayores, +no se presentaba en sociedad; se sentía horriblemente molesta. La +duquesa viuda de H. iba saliendo de su pulmonía, que ofrecía cuidado +por la edad de la señora: ochenta y cinco años. La marquesita de A., la +menor de tres hermanas célebres por su gracia y hermosura, estaba en +cama, de sobreparto; pero iba bien: contaba veintitrés años y meses.</p> + +<p>No satisfacían al buen clérigo estas gacetillas de sociedad, y en +el ardor de su mente empezó a sospechar que quizás era error suponer a +la incógnita perteneciente a la clase más alta de la sociedad. ¿Sería +de familia de comerciantes acaudalados, de banqueros o asentistas? +¿Sería...? El hombre se volvía loco, y cada vez se ennegrecían más +los horizontes que le cercaban, pues también fueron infructuosos los +pasos que dio para buscar a <i>Edipo</i>. Este había sido destinado a +una sección de vigilancia en pueblos cercanos a Madrid, y se ignoraba +cuándo volvería. Mas no vencido Hillo con estas contrariedades, +siguió metiendo el cuezo en los Estamentos,<span class="pagenum" +id="Page_90">p. 90</span> aficionándose más al de Próceres. Una tarde +fue sorprendido por la candente noticia de que Mendizábal e Istúriz +se desafiaban. ¡Y habían sido Pílades y Orestes, camaradas en la +adversidad, amigos en la próspera fortuna! Istúriz dijo al primer +ministro, en un arranque de franqueza oratoria, que <i>no desempeñaba +su destino con dignidad</i>. Sensación, réplicas airadas de banco a +banco, tumulto... Todo esto se lo contó a don Pedro Luis González, y +luego vino Ibraim a confirmarlo, dándole las proporciones que el asunto +tomó en cuanto lo cogieron de su cuenta las lenguas de la populachería. +Corrieron ambos al otro Estamento, donde ya era público y notorio +que Mendizábal había designado a Seoane para que le apadrinara, pues +estaba decidido a <i>lavar la afrenta</i>. Istúriz, a las primeras de +cambio, se negó a dar satisfacciones, nombrando su representante al +conde de las Navas. Este y Seoane trataron de arreglarlo. A eso de las +diez, hallándose los dos clérigos en el café de Solís, agregados a una +bulliciosa partida de periodistas, poetas y funcionarios públicos, +supieron que no había componenda; que los dos insignes rivales se +batirían a pistola, a las seis de la mañana siguiente, en una posesión +del señor de la Coreja, más allá del puente de Segovia; que el ministro +estaba a la sazón en su despacho arreglando papeles, y dictando las +disposiciones que el caso exigía: testamento político, testamento +privado quizás; que las pistolas con que se habían de fusilar eran de +don Andrés Borrego,<span class="pagenum" id="Page_91">p. 91</span> +armas construidas ex profeso para lances de honor; que aún estaban +discutiendo Navas y Seoane si la tragedia sería a veinte o a treinta +pasos; que en las logias, los patriotas alborotados declaraban +que armarían gran tremolina si el duelo resultaba una <i>tramoya +moderada</i> para asesinar al ministro, <i>venganza de los frailes</i>, +o <i>represalias del servilismo</i>..., con otras particularidades, +y los mil fantásticos comentos que había de producir un caso tan +emocional en aquella situación ya bastante dramatizada por las +trifulcas políticas y militares. Para que el romanticismo, ya bien +manifiesto en la guerra civil, se extendiese a todos los órdenes, como +un contagio epidémico, hasta los ministros presidentes iban al terreno, +pistola en mano, con ánimo caballeresco, para castigar los desmanes de +la oposición. En los campos del Norte, la cuestión dinástica se sometía +al juicio de Dios. Los políticos, ciegos, medio locos ya, no pudiendo +entenderse con la palabra que de todas las bocas afluía sin tasa, +apelaban a la pólvora.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch10"> + <h2 class="nobreak">X</h2> +</div> + +<p>Despidiose Hillo de la sabrosa tertulia y del bruto de Ibraim, que +aún permaneció en el café con otros zánganos, para irse desde allí +sabe Dios a qué lugares vitandos y pecaminosos.<span class="pagenum" +id="Page_92">p. 92</span> Alguno de aquellos perdidos propuso a don +Pedro una bonita excursión matinal: largarse todos temprano al sitio +del lance, ya que no para presenciarlo, pues esto era difícil, para +estar a la mira, oír los disparos, ver llegar y partir a los duelistas +y a los padrinos, enterarse pronto del desenlace, y <i>acompañar el +cadáver</i> si del encuentro resultaba, que todo podía ser..., y hasta +resultar podía que los dos contendientes quedaran patas arriba.</p> + +<p>No quiso ser de la partida don Pedro, conformándose con que le +contasen al otro día lo que diera de sí el tremendo lance; y se +fue a coger la almohada, ávido de soltar sobre ella la balumba de +sus graves pensamientos. Quiso su mala suerte que aquella noche no +pareciese por la fonda el don Fernando, lo que puso a su mentor en +grande intranquilidad, privándole del sueño. Presumió que andaría de +francachela con los chicos de la Guardia, por entonces su sociedad +favorita, y que no dejaría de acudir con ellos o con otros, por la +mañana, a las inmediaciones del lugar del desafío, para curiosear +y traerse a Madrid las primicias informativas del extraordinario +suceso, que lo mismo podía concluir en urbana comedia que en tragedia +lastimosa. Véase por dónde tuvieron los propósitos de Hillo mudanza +total; y no habiendo querido ir a la <i>feria del duelo</i>, allá fue, +y no de los últimos, con esperanza de encontrar a su Telémaco y echarle +el lazo.</p> + +<p>No habiendo pegado los ojos en toda la<span class="pagenum" +id="Page_93">p. 93</span> noche, era su cerebro un horno, sus ideas +lúgubres, de una melancolía intensa, como si en el alma se le fuera +metiendo el romanticismo de la clase nocturna y sepulcral, ese que +huele a tierra de osarios y a siemprevivas putrefactas. Caminito de +la puente segoviana iba el hombre muy cabizbajo, revolviendo en su +magín el grave conflicto que le abrumaba: la desaparición o eclipse +inexplicable de la dama incógnita; el tenebroso porvenir del infeliz +joven a quien amaba como a hermano, o como a muchos hermanos juntos, +y su propia situación, que veía ya comprometida para siempre, por +aquel <i>enredo de comedia de máscaras</i> en que tan mansamente y sin +pensarlo se había metido. Recorrió todo el trayecto sin darse cuenta +de su longitud, y hasta más allá del puente no empezó a volver en sí, +fijándose en las personas que encontraba, algunas de las cuales venían +ya de la <i>feria</i>. En un grupo de muchachos alegres vio a Miguel de +los Santos, y le paró para preguntarle el resultado del lance. Afectado +de negro pesimismo, creía don Pedro que de los dos combatientes no +habían quedado más que <i>los rabos</i>, y su sorpresa fue grande +cuando el guasón y maleante Miguelito le dijo que los curiosos volvían +chasqueados, pidiendo que les devolviesen el dinero.</p> + +<p>—Luego, ¿no ha corrido la sangre? —dijo Hillo.</p> + +<p>A lo que contestó Álvarez que no, que lo que había corrido era +bilis.</p> + +<p>—Ha sido un duelo <i>a primera bilis</i>, y ya está el honor +satisfecho.</p> + +<p>Siguieron los jóvenes<span class="pagenum" id="Page_94">p. +94</span> su camino y don Pedro el suyo, sin ver a Fernando ni +encontrar a nadie que de él le diera razón. Luis Bravo le contó que los +duelistas habían cambiado un par de tiros a veinte pasos, sin tocarse; +antes de repetir, Istúriz dio satisfacción y todo quedó terminado, sin +que fuese preciso usar el esparadrapo y tafetán.</p> + +<p>—Los dos se han conducido con dignidad y valor. Total, nada. Un +escándalo más; un nuevo motivo para que este don Juan Álvarez se vaya +pronto a su casa y nos deje el campo libre.</p> + +<p>Cuando esto dijo, pasaron los coches que conducían a los rivales, +que acababan de recobrar el honor. El postrero, en que iba Istúriz con +Las Navas, paró, por indicación de este, para recoger a González Bravo, +quien se despidió del presbítero, dejándole en mitad de la carretera. +No había concluido de saludar a los del coche, cuando se llegó a él +un hombracho formidable, los zapatos y el pantalón blanqueados por +el polvo: era Ibraim, que en tal facha, encendido el rostro por las +múltiples mañanas que había tomado, parecía más bárbaro que nunca. +Apartándose de un grupo que venía del <i>anfiteatro del suseso</i> +(de este modo expresaba el capellán andaluz la proximidad del lugar +dramático), se mostró gozoso de encontrar a Hillo.</p> + +<p>—¿No sigue usted con sus amigos? —le dijo don Pedro.</p> + +<p>Y él respondió:</p> + +<p>—No. Son unos locos que le comprometen a uno. Me quedo con <i>usté, +selebrando</i> el encuentro; tengo que hablarle.</p> + +<p>—¿A mí?</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_95">p. 95</span></p> + +<p>—<i>A usté. ¿Quié que entremoj antej en un merendero a tomá la +mañana?</i></p> + +<p>—Hombre, yo no tomo mañanas ni tardes. Tómelas usted si quiere, +aunque me parece que ya las tiene en el cuerpo. ¿Ha visto a +Fernando?</p> + +<p>—<i>No señó... Der propio señorito hamos de platicá.</i></p> + +<p>Fue todo oídos don Pedro, sobresaltado por el tonillo misterioso que +en sus palabras el otro ponía, y no tardó en escuchar de los labios +gitanescos una interesantísima declaración. Don Víctor Ibraim, la noche +anterior, después de las horas pasadas en el café, había tenido ocasión +de ver absolutamente disipadas las tinieblas que rodeaban la persona +de Calpena, su origen, sus padres..., en fin, ya no había enigma. Todo +estaba descubierto y tan claro como la luz del sol. En su estupor, no +pudo articular palabra don Pedro, y a la terrible sorpresa siguieron +ansiosas dudas. O Ibraim se chanceaba, o alguien le había llenado la +cabeza de mentiras. Hubo de insistir en sus terminantes afirmaciones el +capellán de tropa, entrando en la explicación del cómo y cuándo de su +portentoso descubrimiento.</p> + +<p>—¿De modo —dijo Hillo— que ya sabemos quién es la incógnita dama... +que...?</p> + +<p>Preparábase el buen presbítero a oír un retumbante título de +princesa o duquesa, y notó con disgusto que su amigo retardaba la +declaración final, poniendo una cara burlona y guiñando los ojazos +del modo más impertinente. Exasperado Hillo de tal falta de<span +class="pagenum" id="Page_96">p. 96</span> respeto, le incitó a +expresarse claro, pronto, y con la formalidad que el caso requería, +pues la cuestión de parentescos y filiaciones de personas ilustres +no era para tratada como los chismes de café. El demonio del clérigo +gitano, mientras más serio se ponía su colega, más tentado parecía de +la risa.</p> + +<p>—La madre..., la madre..., ¡una gran señora...! —dijo don Pedro, +cuya curiosidad se iba convirtiendo en coraje.</p> + +<p>—Compañero, si <i>ej usté</i> un simple..., si no hay tal gran +señora, ni <i>prinsesa</i>, ni archipámpana..., si es una grandísima +<i>coima</i>...</p> + +<p>Don Pedro sintió que toda su sangre se le agolpaba en la cabeza... +se le nublaron los ojos... se agarró a un árbol. Y el otro, con fiera +boca y alma llena de vileza, continuó su terrible información. La madre +de Calpena era mujer de historia, que había ganado mucho dinero con +tratos nefandos, de esos que la sociedad consiente por una inexplicable +aberración de la moral pública. Su casa era muy conocida en Madrid. +Pronunció Ibraim el nombre, que aquí no se estampa. «La...». Para don +Pedro fue el tal nombre como si le entrara un rayo por el oído. ¿Pero +cómo, cómo había podido averiguar...? No, no tenía ni visos lejanos de +verosimilitud tal infamia. La señora invisible revelaba en sus cartas +una cultura que no podía existir en ninguna hembra de tal estofa... ¡No +podía ser..., no, mil veces no! A esto replicó Ibraim que la persona +que había dado el ser a don Fernando Calpena, aunque de origen humilde +y viviendo en la<span class="pagenum" id="Page_97">p. 97</span> +degradación de su comercio vil, era mujer de excepcionales dotes, de un +talento superior no cultivado, y si no sabía escribir como los primeros +literatos, secretarios tenía que le llevaban la correspondencia, +distinguiéndose uno, el íntimo, el favorito, que era un célebre +poeta...</p> + +<p>Por un momento flaqueó la sólida convicción de Hillo; pero se rehizo +al punto, diciendo con gran entereza:</p> + +<p>—Repito que no puede ser. Lo niego rotundamente. Aunque admitiéramos +el engaño del estilo, hay algo en las cartas en que no cabe artificio +ni fingimiento, y es la nobleza..., eso que da el nacimiento, la +clase... No; repito que es un execrable embuste, y extraño mucho que un +sacerdote, un caballero se preste a propalarlo.</p> + +<p>Sin hacer caso de este arañazo, Ibraim prosiguió con fría crueldad, +rebatiendo el argumento de la nobleza, y oponiendo a las razones de su +amigo otras que le desconcertaron.</p> + +<p>—Además, nuestra buena incógnita es persona de posición, de riqueza +—dijo don Pedro creyéndose seguro en este terreno lógico.</p> + +<p>Pero el otro paró el golpe afirmando que la tal poseía un +capitalito, que dedicaba en parte, tocada ya de arrepentimiento, a +obras de caridad, y a sostener parientes pobres.</p> + +<p>—No puede ser... Esto es una farsa injuriosa, una burla sangrienta +—gritó Hillo en tal exaltación, que su amigo hubo de retirarse +cauteloso—. Si usted, señor don Ibraim o don Diablo, no quiere que yo +le tenga por un embustero, ahora mismo, sin perder un minuto,<span +class="pagenum" id="Page_98">p. 98</span> lléveme a la vivienda de esa +mujer; quiero verla, quiero hablarla, quiero conocer por ella misma el +oprobio del desgraciado Fernando, a quien miro como hermano querido... +En otras circunstancias, habría creído deshonrarme entrando en esa +casa, a donde usted me llevará; pero ahora más puede mi ansiedad que +mis escrúpulos, y voy, sí señor, pero ahora mismo... Vamos.</p> + +<p>Y viendo que el otro vacilaba, se exaltó más, y cogiéndole por un +brazo quiso arrastrarle hacia el puente.</p> + +<p>—No, si no tiene usted más remedio que llevarme. Quiero ir, quiero +ver a esa persona, sea quien fuere, y aunque sus vicios sean tales +que desaten el infierno en derredor suyo, la he de ver, por san Judas +Tadeo... ¿Pues qué, se dicen cosas de tal ignominia, sin probarlas al +instante?</p> + +<p>—Se probará, <i>señó Jiyo</i>, se probará —replicaba el otro, +acoquinado, tratando de tomarlo a risa, y luchando con las +contracciones de su rostro, que se le alargaba—. Si quiere <i>usté que +vayamoj, iremo</i>; pero sepa que la tal está de cuerpo presente. Ha +<i>fallesido</i> anoche.</p> + +<p>Agregó a esto que le habían llamado sus amigos para prestar a +una señora moribunda los auxilios espirituales; pero la muerte le +había cogido la delantera. Subió a la casa, cuyas señas indicó. La +difunta no se había enfriado aún. Las personas de ambos sexos que en +la cámara mortuoria estaban, algunas de las cuales éranle a Ibraim +bien conocidas, le contaron la historia. Cierto que no habían<span +class="pagenum" id="Page_99">p. 99</span> nombrado a Calpena; pero +todas las referencias que del hijo de la muerta daban aquellas bocas +deshonradas, concordaban con el individuo, circunstancias y calidades +del don Fernando. Al llegar a este punto, se rehizo don Pedro, y vio +que se desmoronaba el edificio lógico fabricado con podridos materiales +por don Víctor; pero su curiosidad seguía siendo ardorosa, y le incitó +a seguir narrando, a referir textualmente lo que en aquel lugar nefando +y fúnebre le dijeron, las cosas y objetos que allí vio, todo, en fin, +cuanto pudiera esclarecer el tremendo enigma, más inexcrutable ahora, +representado por una esfinge muerta.</p> + +<p>Contó Ibraim lo que su frágil memoria recordaba, y lo refería mal, +con torpeza y desorden. Las personas que rodeaban el cadáver de la +prójima revelaban sentimiento de su muerte, y ponderaron sus buenas +prendas y excelente corazón, que algo bueno puede existir en los seres +más envilecidos. Mujeres eran cuatro; hombres, tres: una de aquellas +debía de ser parienta de la difunta, pues tenía las llaves de las +cómodas y alacenas donde guardaba sus riquezas la que no había de +disfrutarlas ya. A eso de las dos de la madrugada empezaron a sacar +cosas, para hacer examen y aproximada valoración de todo. ¡Dios, lo +que allí sacaron!... encajes, aderezos, tabaqueras, abanicos, joyas +diversas, pedrería suelta, grandes cantidades de esas perlitas que +llaman <i>arjofa</i>, y cartuchitos de onzas y ochentines. La mujer que +parecía<span class="pagenum" id="Page_100">p. 100</span> parienta, +otra más joven que no cesaba de llorar por la muerta, y un señor de +mediana edad, muy calvo, efectuaron el rápido escrutinio, alumbrados +por una vela que hubo de mantener en sus manos el señor de Ibraim, +quien más ganas tenía de largarse a la calle que de hacer el desairado +papel de candelero. Entre tanto, las otras dos individuas y los dos +amigos de Ibraim (uno de ellos oficial de la Guardia) que le habían +llevado a presenciar escenas tan desagradables, ocupábanse en amortajar +a la que pronto había de vestirse de tierra y gusanos. Una de ellas +dijo, besando el cadáver:</p> + +<p>—¡Pobre <i>tal</i>..., parece que estás viva!</p> + +<p>—¡Quién sabe si lo estaría! —dijo Hillo, que echaba chispas de +puro nervioso—. Otra cosa: y ese señor calvo, ¿no sabe usted cómo se +llama?</p> + +<p>Respondió don Víctor que no había oído su nombre; mas por algo que +habló el tal con las mujeronas, dio a conocer que era de la policía.</p> + +<p>—Bien. Pues ahora, procure usted recordar qué objetos vio en aquel +escrutinio, a la luz del candelero que usted mantenía. ¿Vio retratos de +familia, alhajas de precio...? ¿Y no había paquetes de cartas?</p> + +<p>Contestó Ibraim que había visto sacar, ya de estuches primorosos, +ya de envoltorios de papel, cosas lindísimas: un retrato de militar, +joyeles de diamantes, hilos de perlas, y un abanico que los presentes +alabaron como la mejor y más rara pieza que había en el mundo, tanto +por su antigüedad como por su belleza.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_101">p. 101</span></p> + +<p>La cara de Hillo parecía de cera: apenas respiraba. Pidió la +descripción del abanico, y el otro, rascándose la cabeza y plegando los +ojos, como si aquel juego muscular le sirviese para atizar el mortecino +rescoldo de su memoria, refirió que la joya había sido adquirida poco +antes por la difunta, a un alto precio. De la cifra no se acordaba.</p> + +<p>—¿Y el vendedor?</p> + +<p>Creía recordar Ibraim que más bien habían hablado de vendedora; pero +el nombre, si es que lo dijeron, no se le quedó presente. En cuanto +al abanico, era en verdad cosa linda... Varillaje de nácar caladito +con mucho primor, y las figuras de señorío a lo pastoril, con sus +borreguitos correspondientes. En fin, pintura más bonita no se podía +ver.</p> + +<p>—¿Y no reparó usted si al extremo de la derecha, en la base de una +columna decorativa —dijo Hillo, poniendo toda su alma en la pregunta—, +había...? Me refiero al país del abanico...</p> + +<p>—Comprendido.</p> + +<p>—¿No reparó si en ese basamento..., a la derecha, junto a una +pastora con peluca muy alta, había un letrero en latín, una divisa +heráldica, que dice...?</p> + +<p>—¿Qué <i>dise</i>?</p> + +<p>—<i>Virtus in arduis.</i></p> + +<p>Tenía don Víctor idea de haber visto unas letras, así como imitando +inscripción en piedra jaspe, al modo de los epitafios..., pero no se +fijó en si expresaban aquellos u otros latines.</p> + +<p>Oído esto, fue acometido el buen Hillo de<span class="pagenum" +id="Page_102">p. 102</span> un temblor epiléptico, y montando después +en cólera, se fue derecho a Ibraim, le agarró de las solapas, y con +tremebunda voz, acompañada de ademanes descompuestos, le soltó esta +andanada:</p> + +<p>—Usted me engaña, usted se ha propuesto burlarme y escarnecerme, +usted es un vil. Hasta aquí he podido oírle con paciencia; pero ya +no sufro más, y le digo a usted que esas historias que me cuenta son +fábulas de su grosera invención... ¡Yo, yo lo digo, y lo sostengo en el +terreno que usted quiera!</p> + +<p>Desprendió el otro con no pequeño esfuerzo sus solapas de la +furibunda garra de Hillo, y de un brinco se puso a seis pasos; de +otro brinco a una distancia considerable, que bien querría fuese de +un par de leguas. Con atropelladas frases protestó de su veracidad, +presa de un terror convulsivo que la espantosa ira del buen don Pedro +justificaba. Corrió este en seguimiento del andaluz, enarbolando el +palo, y aterrándole más con estas roncas expresiones:</p> + +<p>—Sepa usted, mal caballero, que aquí está Pedro Hillo, el hombre +pacífico y apocado, ahora dispuesto a volver por el decoro de una +ilustre dama entre las más ilustres, y a no permitir que ese decoro +sufra la menor mancilla en boca de quien ha intentado confundir su +persona con la de una miserable cortesana. Ahora mismo se desdice usted +de los embustes que ha contado o, de lo contrario, no volveremos los +dos a Madrid: volverá uno solo.</p> + +<p>Echó a correr Ibraim, que era el primer<span class="pagenum" +id="Page_103">p. 103</span> gallina del mundo, con toda su estampa de +perdonavidas, y no hacía más que decir:</p> + +<p>—<i>¿Se ha güerto loco?... ¡Señó Jiyo..., por lo clavoj e +Cristo!</i></p> + +<p>—No hay clavos que valgan —gritaba don Pedro, que invadido se sintió +inopinadamente de un ardor caballeresco, el cual en un punto hizo gran +revolución en su alma—. No habla el sacerdote, no habla el amigo: +habla el caballero, y sostiene que no debe consentir el ultraje que un +deslenguado infiere a la madre de Calpena, a la señora entre todas las +señoras del orbe, a la dama nobilísima...</p> + +<p>El otro, con más miedo que vergüenza, no hacía más que escurrir +el bulto, tratando de calmar a Hillo con expresiones conciliadoras. +Había referido hechos presenciados por él. No respondía de que fuesen +una misma cosa lo que él había visto y oído y la historia de Calpena. +Podía ser, podía no ser. Averiguáralo don Pedro si quería... Esto +dijo en cortadas frases, temblando, casi lloroso, mientras su colega, +cuya mansedumbre se había trocado en bravura, trataba de cogerle las +vueltas y cortarle el paso. Habíanse metido en terrenos sembrados entre +tapiales y casuchas, que debían de ser guarida de gitanos. Don Pedro +gritaba:</p> + +<p>—¡Estamos solos..., en el campo estamos, campo del honor...! ¡Yo +te reto, Ibraim!... ¡No traemos armas!... ¡Oh, quién tuviera las que +han usado hoy esos duelistas de engañifa!... Pero si no hay armas +cortantes ni de fuego, tenemos bastones... ¡Dame<span class="pagenum" +id="Page_104">p. 104</span> satisfacción, menguado Ibraim, o te verás +conmigo en duelo leal..., en lid de caballeros..., aquí mismo, sin que +nadie lo pueda evitar!</p> + +<p>—<i>Satifasión, Jiyo, satifasión</i> —decía el clérigo de tropa, +siempre a distancia.</p> + +<p>—Pero no corras; mala bestia. Ten valor para sostener tus +infamias... Y si no quieres admitir el duelo, si como caballero no +sabes responder de lo que has dicho, estoy decidido a apalearte... ¡So +embustero! ¡Ven acá! ¿Para qué quieres ese corpacho, y ese trapío, y +ese testuz, y esos remos?...</p> + +<p>Despavorido, y sin malditas ganas de aceptar el caballeresco juicio +de Dios que el otro le proponía, don Víctor no pensó más que en ponerse +en salvo, y recogiéndose los largos faldones, apretó a correr con toda +la ligereza de piernas que le permitía su robusta humanidad, de libras. +Sin volver atrás la vista, brincó entre zarzales, franqueó zanjas de +inmundicia, y hasta que no se puso a larga distancia, no tomó resuello. +Don Pedro le persiguió furibundo, esgrimiendo el palo, hasta que +rendida del colosal esfuerzo su máquina respiratoria, cayó en tierra +como un tronco, rezongando:</p> + +<p>—Canalla, me la pagarás... ¡Decir que es tal!... ¡Difamar a mi +señora!... O te desdices, o...</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch11"> + <p><span class="pagenum" id="Page_105">p. 105</span></p> + <h2 class="nobreak g1">XI</h2> +</div> + +<p>No pudo apreciar el desdichado presbítero el tiempo que tendido +estuvo en aquel terreno, más parecido a muladar que a campo de +sembradura. Harapientas mujeres le ayudaron a levantarse, y le +limpiaron parte mínima del polvo y basura que decoraba su ropa negra. +Apenas podía moverse de dolores agudísimos en todo el cuerpo; tardó +un rato en recobrar el sentido de su situación, y en traer a su mente +claras imágenes de lo que había hecho y dicho. Dudaba de la realidad +de la escena que le reproducía su turbada memoria, y cuando trató de +dar las gracias a las tarascas que le socorrían, su lengua torpe no +acertaba a formular sus pensamientos. Sentáronle sobre una piedra +para descansar; pidió agua; se la dieron, y reponiéndose poco a poco, +se determinó al fin a emprender la marcha hacia el puente y calle de +Segovia.</p> + +<p>«No quisiera topar con Ibraim, porque si le veo, me volverá la +rabia... ¡Dios mío!, ¿cómo he podido olvidar que soy sacerdote?... +¿Será cierto que hice y dije todo lo que me va repitiendo la memoria? +¿Y qué fue? Que perdí el sentido, que al oír los disparates de +ese bruto me volví caballero... ¿Puede uno volverse caballero en +momentos<span class="pagenum" id="Page_106">p. 106</span> dados, aun +siendo sacerdote? Se conoce que sí. He faltado a la moderación, a la +humildad, a la paciencia que me impone el sacramento; he faltado, y +tendré que expiar mi culpa... Es que de algún tiempo acá, desde que +la desconocida mamá de Calpena me fue metiendo con suavidad en este +berenjenal romántico, no me conozco; no soy el Pedro Hillo de antes, +de tantos años pacíficos y oscuros dentro de la paz sacerdotal..., +me he convertido insensiblemente en otro ser, menos de Dios y más +del siglo... Cuando he soportado que me encarcelaran, como un caso +natural, ¿qué me queda ya que ver ni que sentir?... Soy hombre, sí; soy +caballero, y no consiento que la llamen <i>coima</i>... Al que me lo +diga, le enseñaré yo quién es <i>señó Jiyo</i>, como dice ese bestia... +No quiero, no quiero la deshonra de Fernando, a quien amo con todo mi +corazón, y no le amaría más si le hubiera yo engendrado».</p> + +<p>En todo el trayecto hasta su casa, que fue lento y penoso, sus ideas +sufrían una oscilación de balanza puesta en el fiel, y empujada arriba +y abajo por manos invisibles. Ya creía que lo dicho por Ibraim era +falso, un embuste, una historia equivocada; ya veía en ello una verdad +aterradora; y cuando esta idea de la posible veracidad del odioso +cuento se clavaba en su magín, le entraba de nuevo la furia, y ganas de +emprenderla a bastonazos con el primerito que encontrase...</p> + +<p>«¡Vaya, que si es verdad...! El polizonte, el abanico..., el +misterioso resplandor testifical<span class="pagenum" id="Page_107">p. +107</span> que irradian de sí las cosas verdaderas...».</p> + +<p>Así pensaba un largo rato, y luego daba en creer que todo era +mentira.</p> + +<p>«No puede ser..., no, no. No se finge la nobleza; no hay arte que +lleve el engaño a tal extremo de perfección».</p> + +<p>Había olvidado las señas de la casa mortuoria que le diera don +Víctor; dudaba si había dicho <i>Fuencarral</i> o <i>Arenal</i>: era +cosa acabada en <i>al</i>. Por san Hermógenes bendito, debía buscar a +Ibraim, pedirle perdón de las injurias, y recoger de su boca la exacta +dirección de la difunta incógnita. ¿Pero qué noticias iba a pedirle a +una pobre muerta? ¿Y quién le aseguraba que los adláteres, el de la +policía, las mujeres malas, no tirarían a sostenerle en el engaño, a +embarullarle más, y acabar de volverle loco?</p> + +<p>Con estas dudas angustiosas llegó a Genieys, y agotadas sus fuerzas +se arrojó en el lecho; no tenía ganas de comer: ningún alimento pasaría +por su abrasado, seco y amarguísimo gaznate. No quería más que dormir, +olvidar...</p> + +<p>Calpena, que, según le dijo el mozo, había ido a las siete, +marchándose después de tomar un copioso desayuno, volvió a casa por la +tarde, y le acompañó largas horas. A ratos lloraba el buen presbítero, +sin que su amigo obtuviese de él explicaciones sobre los motivos de +su pena. A los dos días recobraba la tranquilidad externa; pero su +cabeza sufría extraños accidentes, pérdida repentina de la memoria, +seguida del fenómeno contrario, esto es, extraordinaria viveza<span +class="pagenum" id="Page_108">p. 108</span> de los recuerdos. Fue +Iglesias a visitarle, y se alarmó del lastimoso estado cerebral de su +amigo; y como notara que no se le atendía en la fonda con el esmero +que su delicada salud requería, propuso llevársele otra vez a la casa +de Méndez, lo que realizó aquella misma noche sin aguardar a que el +enfermo lo decidiera. Pagada la fonda con los cortos dineros que a +Hillo le quedaban, fue trasladado a su antiguo hospedaje, a donde le +siguió también Calpena.</p> + +<p>—Amigo Nicomedes —le dijo don Pedro una noche, hallándose solos, el +clérigo en su lecho, el otro sentado, leyéndole periódicos—. Si usted +no se enfada, le diré que no me interesa nada de eso que cuentan los +papeles. Ahórrese el trabajo de leer en alta voz, y lea para sí, que yo +me estaré aquí calladito, pensando en mis cosas.</p> + +<p>—Precisamente, amigo Hillo, leo en alta voz para distraerle de esos +pensamientos que le traen tan extenuado. Es preciso que usted se ponga +en cura resueltamente.</p> + +<p>—A eso voy, y de eso trato. Esta noche pensaba pedirle a usted un +favor, en asunto pertinente a mi salud.</p> + +<p>—Dígalo pronto, y si es cosa que está en mis facultades, delo por +hecho.</p> + +<p>—Pues usted, hombre de relaciones, conocerá a los señores de la +Junta de Beneficencia. ¿No son estos los que han de dar licencia para +entrar en las casas de orates?</p> + +<p>—Seguramente. ¿Tiene usted que visitar a algún pariente o amigo que +esté encerrado<span class="pagenum" id="Page_109">p. 109</span> en el +Nuncio de Toledo, o en Zaragoza?</p> + +<p>—Pregunto si hay que dirigirse a esos señores solicitando el ingreso +de un enfermo de enajenación.</p> + +<p>—En efecto: los individuos de la Junta, previo informe de profesores +de Medicina, dan la cédula de ingreso.</p> + +<p>—Pues consígame al instante una cédula.</p> + +<p>—¿Tiene usted pariente o amigo que se halle en ese triste caso?</p> + +<p>—Tengo un amigo íntimo, sí señor; tan íntimo, que usa mi nombre y +apellido. El loco que deseo encerrar soy yo mismo, caro don Nicomedes, +y dese usted prisa, porque los dineros se me acaban; yo no tengo ya +posibles ni de dónde me vengan... y como me siento rematado, en ninguna +parte estaré mejor que en el Nuncio de Toledo.</p> + +<p>Trató el bueno de Iglesias de apartarle de sus melancolías con +festivas bromas; pero Hillo se confirmó más en ellas, añadiendo estas +alarmantes expresiones:</p> + +<p>—Sí, lo digo a boca llena: estoy más perdido que don Quijote, y que +cuantos locos hicieron disparates y simplezas en el mundo. Figúrese +usted si lo sabré yo, que a todas horas no hago más que contemplar +el barullo de mis ideas, los extraños sentimientos de que me veo +acometido. Yo mismo he llegado a tomarme miedo, y quiero que me +encierren, sí, señor, que me encierren y me aíslen...</p> + +<p>—Don Pedro, ningún loco discurre así sobre su propio desvarío. Pues +no me lo diga mucho,<span class="pagenum" id="Page_110">p. 110</span> +porque doy en sospechar si estaré yo también trastornado.</p> + +<p>—Cuidado, amigo, que así empecé yo —dijo don Pedro incorporándose en +el lecho bruscamente, y mirando a su amigo con refulgentes ojos—. Y no +crea que soy tan pacífico; no se fíe usted de mi natural tranquilo y +manso..., no, no, no se fíe. Que también me dan terribles arrechuchos, +y se me mete en el magín la convicción de que no soy sacerdote, sino +caballero, desfacedor de agravios, como quien dice; y cuando me da esa +tremolina, hago y digo atrocidades sin número. Desafío a todo el que se +me pone por delante, y me siento con ánimo de comerme a bocados al que +no diga y confiese...</p> + +<p>Oyendo esto, y viendo cómo braceaba el clérigo al decirlo, Iglesias +tuvo miedo y retiró hacia atrás la silla en que se sentaba.</p> + +<p>—Confío en que su amistad y sentimientos humanitarios —agregó Hillo, +calmada su excitación— le inducirán a dar los pasos convenientes para +meterme en el Nuncio, antes hoy que mañana. Temo empeorar, ponerme +más perdido... ¿Conque lo toma como cosa suya? Crea usted que se lo +agradezco, y desde mi encierro pediré al Señor que no siga usted mi +camino.</p> + +<p>—Hombre, no..., allá me espere usted largo tiempo —dijo Nicomedes +tomándolo a broma; pero con la pulga en el oído, más inquieto de lo que +parecía.</p> + +<p>Viéndole tranquilo, Iglesias le manifestó que él se sentía también +un poco trastornado<span class="pagenum" id="Page_111">p. 111</span> +por la maldita política. No sabía ya qué camino tomar, ni a qué +aldabas agarrarse, porque ni los caminos conocidos ya le llevaban a +ninguna parte, ni las aldabas, repicadas con furor, le abrían ninguna +puerta. Su juego de acogerse a Mendizábal, casi en el suelo ya, no +parecía resultarle eficaz, porque don Juan de Dios, en su orgullo, +acababa de manifestar el deseo de <i>caer solo</i>, sin solicitar +colchones ni paracaídas del partido en que militaba. No quería que los +<i>santones</i> le echaran una mano, ni que le recibieran en las suyas +las sociedades secretas.</p> + +<p>—¿Sabe usted, amigo don Pedro, lo que ha dicho hoy en los pasillos +del <i>Casón</i>? Yo mismo se lo oí. «Me voy a una casita que tengo a +noventa millas de Londres, y allí me estaré con mi familia, <i>viendo +la marcha de las cosas de este país...</i>». Y luego en otro corrillo +le dijo al propio Argüelles: «Sé vivir con <i>ochocientos reales +mensuales</i> en Londres, con mi familia, y vivir feliz. Traje mucho, y +nada me llevo. Que ustedes se diviertan».</p> + +<p>—Gran filosofía es esa. El señor don Juan Álvarez merece toda mi +admiración.</p> + +<p>—Se retira..., al menos así lo asegura. Y henos aquí abandonados, +los que no hemos querido hacer causa común con el <i>santonismo</i>.</p> + +<p>—De modo que ahora se encuentra usted como el alma de Garibay +—dijo don Pedro con una risa atronadora que puso muy en cuidado a su +compañero de casa—. Pues decídase de una vez, Iglesias, y véngase +conmigo.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_112">p. 112</span></p> + +<p>—¿A dónde?</p> + +<p>—Al Nuncio de Toledo. Allá estaremos tan ricamente, y nos contaremos +uno a otro nuestras cuitas: yo le diré por qué peno, y usted me hará +la historia de sus desairadas tentativas. Créame, no se puede luchar +con el destino, y el mío, como el de usted, es no llegar nunca... Hemos +nacido con desgracia: la obstinación en esta desigual batalla nos ha +trastornado la cabeza. Aún estamos a tiempo, señor don Nicomedes; +vámonos, encerrémonos antes de que salgamos por las calles tirando +piedras. Corremos el peligro de hacer una barbaridad inesperadamente, +y si no coincidimos en la ocasión de hacerla, es fácil que nos +enchiqueren por separado, a mi en una parte, a usted en otra, y en este +caso no hallaremos en la compañía el consuelo que deseamos.</p> + +<p>Al siguiente día, repitió Hillo su cantinela del Nuncio de Toledo, +ya con verdadera reiteración monomaníaca, lo que puso en mayores +cuidados a Iglesias. Conceptuando peligroso contrariarle, le aseguró +que ya había pedido la recomendación para ingresar los dos en cualquier +casa de orates; y a este propósito dijo don Pedro cosas tan oportunas +y juiciosas que Nicomedes hubo de enmendar su opinión respecto a él, +teniéndole por la misma cordura.</p> + +<p>—A usted y a mí, señor de Iglesias, nos pasan tantas desventuras +por habernos salido de nuestra jurisdicción, del terreno en que +por nacimiento, por naturales gustos y por<span class="pagenum" +id="Page_113">p. 113</span> ley del tiempo y de la vida debimos +permanecer. En vez de mantenernos en jurisdicción, nos hemos ido por +los cerros de Úbeda, y henos aquí desorientados, <i>huidos</i>, en una +palabra, sin saber qué rumbo tomar, pues ya no hay fin seguro para +nosotros, como no sea el de la perdición. Yo, presbítero, me salí de mi +terreno, arrastrado por un noble afán del bien, eso sí; y aquí me tiene +usted castigado por Dios, que no ha visto con buenos ojos el abandono +de mis deberes eclesiásticos, por meterme en caballerías impropias de +la milicia cristiana a que pertenezco. Verdad que mi conciencia no +me arguye ningún pecado grave; pero en religión, como en moral, no +solo es menester ser bueno, sino parecerlo, y yo no parezco un buen +sacerdote. La nobleza de los fines que me arrastraron a esta vida de +sobresalto no me exime de responsabilidad ante el clero; no, señor, +no me exime, y hoy todo mi afán es volver humilde y sumiso al rebaño +eclesiástico, prosternarme ante el Sacramento y elevar a Dios mi alma, +haciéndome digno de celebrar nuevamente el Santo Sacrificio... Pues +expresada mi situación, voy a la de usted, que estimo muy semejante +a la mía, aunque a primera vista no lo parezca. Por lanzarse a este +vértigo de la política, donde esperaba satisfacer legítimas ambiciones, +abandonó usted el bienestar y la paz rústica de su casa manchega; dio +usted de lado a sus padres y hermanos, y trocó la tranquilidad oscura +y modesta<span class="pagenum" id="Page_114">p. 114</span> por los +afanes ruidosos. Reconozco que sus aspiraciones eran rectas y nobles: +servir al país, ilustrarle; aspiraba usted a manifestar en las Cortes +sus ideas y el fruto de sus estudios, a desempeñar un ministerio, cosas +muy santas y muy buenas... Empezó mi hombre su campaña con entusiasmo +y brío, metiéndose en todo, huroneando en el periodismo, cultivando +amistades; sin sentirlo se fue metiendo en intrigas de mala ley, porque +es la política un terreno movedizo y desigual, y andando por ella, ya +se pone el pie en firme, ya se hunde en ciénagas malsanas. Cuando ha +querido recordar, ya estaba el hombre metido hasta el cuello. Quizás +por su misma inquietud, por el afán de llegar pronto, se ha perdido +en estos laberintos, y ahora los esfuerzos para salir le meten en +mayor confusión y en más cenagosos atolladeros... Trajo usted con sus +aspiraciones legítimas una dosis no corta de soberbia, amigo mío, y +por querer sentar plaza en los altos puestos, como a su parecer le +correspondía, despreció los secundarios que se le ofrecieron, y ahora +se dará con un canto en los pechos si obtener puede un destinillo de +tercero o cuarto orden. No ha sabido usted esperar; ha olvidado aquel +sabio precepto que se atribuye al último rey: <i>vísteme despacio, que +estoy de prisa</i>; y por vestirse atropelladamente se ha puesto el +chaleco donde debió estar la camisa, y la camisa en la cabeza a guisa +de turbante. Está usted hecho un mamarracho.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_115">p. 115</span></p> + +<p>Sonreía Iglesias oyendo este retrato, en el cual vio la destreza del +pintor, y alentándole a seguir, continuó el clérigo de este modo:</p> + +<p>—Compare usted está tracamundana en que ahora se encuentra, +abandonado de sus amigos, y sin saber a qué santos o <i>santones</i> +encomendarse, con la paz y la dulce <i>mediócritas</i> de su casa. +En su querido Daimiel dejó usted padres y hermanos labradores; su +hacienda bastaba para sostén de la familia, y con el trabajo de +todos podía ser aumentada. Vino y pan abundantes, caza de lagunas, +caza de jarales le sustentaban, ofreciéndole los esparcimientos y el +saludable ejercicio del campo. Todo lo dejó usted por venir a quitarle +motas a don Martín de los Heros, o a ver escupir por el colmillo a +Ramoncito Narváez. De estos esperaba usted la ínsula que ambicionó +su compatriota Sancho Panza, y la ínsula no parece, y don Martín, +don Juan de Dios, don Salustiano, don Javier, don Francisco y don +Fermín no hacen más que marearle y traerle de Herodes a Pilatos con +una soga al pescuezo. Y en tanto su familia, según usted mismo me ha +contado, yo no lo invento, se ha cargado de deudas por sostenerle aquí, +siempre en espera de que llegue carta con la feliz nueva de que el +señorito es procurador, ministro, o por lo menos director de Rentas, +y lo que llega es la requisitoria angustiosa del madrileño, pidiendo +más dinero, más, porque la vida de la corte es cara, y no se pescan +truchas a bragas enjutas; que si buena cartera<span class="pagenum" +id="Page_116">p. 116</span> se ha de ganar, buenos cuartos le cuestan +las apariencias y ostentaciones que trae consigo la posición política. +Total, que los viejos no saben ya qué hacer para el sostenimiento en +Madrid del hijo <i>que va para gobernador</i>, y ya no tienen tierras +que empeñar, ni granos que vender, ni tinajas de vino que malbaratar, +y su único recurso será desprenderse de la camisa que llevan puesta +para atender al grande hombre. ¿Es esto cierto, si o no? ¿No estaría +usted mejor allá, muy tranquilito en su labranza, comiendo buenas sopas +de ajo y suculentas migas, harto más sabrosas, ¡ay!, que los bodrios +indecentes que le da Genieys cuando usted convida o le convidan sus +amigotes? Allá no le dirían que es un Mirabeau en agraz, ni que tiene +el cuerpo lleno de <i>espíritu del siglo</i>, ni le meterían en la +cabeza tanto viento y hojarasca; pero viviría usted en paz con Dios +y con los hombres, y sería usted un hijo ejemplar y un buen padre de +familia..., pues usted me ha contado, yo no lo invento, que le tenían +preparado el ayuntarle..., repito que no lo invento..., con una hija +de ricos labradores, <i>alta de pechos y ademán brioso</i>, como +Dulcinea; y usted despreció el partido, porque la lozana joven comía +cebolla cruda..., ¡vaya una tontería!... Y no es sino que al niño se +le metió en la cabeza que aquí estaban las hijas de duques y marqueses +esperándole para darle su blanca mano, y ambicionaba el trato social +muy fino, las etiquetas y bobadas cortesanas... Confiésemelo: ¿era +como lo<span class="pagenum" id="Page_117">p. 117</span> digo?... +Pues la moza de allá se casó con otro, y ha parido dos hijos ya, como +terneros..., yo no lo invento, y es feliz, y usted anda por aquí con +la cabeza a pájaros, buscando un acomodo que no encuentra, ni en lo +social, ni en lo político, ni en nada, ea. De buena gana, si pudiera +volver los hechos al punto de lo pasado, y desandarlo todo, renegaría +el buen Iglesias de su vida de estos años, amando lo que despreció, +y amparándose a lo que antes tan mal le parecía. Hoy le viniera bien +poder cambiar la fragancia de droguería que usan estas damiselas +enfermizas, como disimulo de las pestilencias de la civilización, por +aquel tufillo de cebolla, compañero de la salud del alma y del cuerpo. +¿Verdad que desharía usted la tela del tiempo, amigo Nicomedes, y la +volvería a tejer con la urdimbre aquella..., y con la labradora de la +Mancha?</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch12"> + <h2 class="nobreak g1">XII</h2> +</div> + +<p>Iglesias se reía, ocultando con el humorismo su tristeza.</p> + +<p>—¿No nos vendría bien a los dos —prosiguió el presbítero— volver +a nuestra jurisdicción, yo a mi clerecía y al humilde magisterio +de retórica, usted a la paz de su Daimiel? Diría usted con el gran +poeta:</p> + +<div class="poetry-container"> +<div class="poetry"> + <div class="stanza"> + <div class="verse indent2"><span class="pagenum" id="Page_118">p. 118</span>¡Oh campo, oh monte, oh río,</div> + <div class="verse indent0">oh secreto seguro deleitoso!</div> + <div class="verse indent0">Roto casi el navío,</div> + <div class="verse indent0">a vuestro almo reposo</div> + <div class="verse indent0">huyo de aqueste mar tempestuoso.</div> + </div> +</div> +</div> + +<p>Y a mí me tocaría decir con el mismo poeta, volviendo la espalda al +tráfago social:</p> + +<div class="poetry-container"> +<div class="poetry"> + <div class="stanza"> + <div class="verse indent2">No condeno del mundo</div> + <div class="verse indent0">la máquina, pues es de Dios hechura:</div> + <div class="verse indent0">en sus abusos fundo</div> + <div class="verse indent0">la presente escritura,</div> + <div class="verse indent0">cuya verdad el campo me asegura.</div> + </div> +</div> +</div> + +<p>Interrumpió esta grata y al propio tiempo triste conferencia, la +llegada de una esquela para don Pedro, la cual bruscamente llevó +la atención de entrambos a negocio de mayor interés. La letra del +sobrescrito revelaba la mano de Calpena. Hillo se puso de veinticinco +colores previendo una nueva desdicha que llorar, y rogó a Nicomedes que +leyese, pues él sentía gran debilidad de vista y de cerebro. Iglesias +leyó:</p> + +<blockquote> + +<p>«Amado clérigo, mi dulce amigo, perdóname si me ausento sin +despedirme. La despedida sería harto penosa, y en ella, si mi locura +se viera combatida por tu razón, todos los esfuerzos de esta serían +inútiles, y prefiero que mi desobediencia no vaya precedida de una +discusión inútil. Me voy. ¿Adónde? Ya te lo diré. He averiguado +dónde está el único fin de mi<span class="pagenum" id="Page_119">p. +119</span> vida, y tras ese fin sin fin corre mi destino ciego... Nunca +te olvida tu — <i>Fernando</i>».</p> + +</blockquote> + +<p>—Y con su poquito de culteranismo —dijo Iglesias dejando la carta +sobre la mesa—. Ese chico está más trastornado que nosotros.</p> + +<p>—¡El romanticismo, el gran monstruo, es la tromba que a todos nos +arrastra! —exclamó don Pedro dando un gran suspiro—. Bien, hijo, bien; +la noticia no me coge de nuevas. Me lo temía. El destino sobre todo... +Arrojémonos a los profundos abismos, pues así lo quiere Dios... Dios, +sí, que obra suya es el romanticismo, como lo es la vida clásica... +Bien, hijo, bien; vete en busca de tu ídolo, y que Dios te ampare y te +guíe por ese despeñadero. Y bien mirado, si eres nacido de <i>esa</i>, +vale más que huyas y desaparezcas... Deshonra por deshonra, no sé +con cuál me quede... Pero si me engañó el maldito gitano, si no es +<i>esa</i>, sino <i>aquella</i>... Dios decidirá de su suerte y de la +mía. Venga la luz, y cualquier forma que traiga la verdad, admitámosla +y acatémosla.</p> + +<p>Poco después manifestó deseos de vestirse y echarse a la calle: +sentía vivas ganas de dar un paseo. No se brindó Nicomedes a +acompañarle, porque tenía que acudir al trajín político, ver a +<i>Salustiano</i>, recorrer tres o cuatro redacciones, los dos +Estamentos y otros lugares donde hervía la actualidad, y había +que comerla calentita. Era hombre que cuando estaba dos horas sin +politiquear no vivía, le faltaba el aire respirable: tan profundamente +metido en el alma tenía el<span class="pagenum" id="Page_120">p. +120</span> nefando vicio. Se fue, mientras el otro se vestía presuroso, +ávido de rodar por esos mundos en busca de la puerta de su porvenir, +que ni cerrada ni abierta encontraba ya. Ocurrió en aquellos días la +caída de Mendizábal, suceso que no se efectuó sin estruendo. Aunque +en Palacio le tenían sentenciado desde marzo, y estaba hecha ya la +cama para Istúriz, se esperó una coyuntura decorosa, la propuesta de +nombramientos militares para las Inspecciones de Milicias, Infantería +y Artillería. Desconforme Su Majestad con los ministros, puso a estos +en el caso ineludible de presentar sus dimisiones. Mendizábal soltó +la caña del timón, que había tenido en su mano durante siete meses, y +empuñola Istúriz, cuya vida ministerial había de ser aún más corta.</p> + +<p>Así hemos venido todo el siglo, navegando con sinnúmero de patrones, +y así ha corrido el barco por un mar siempre proceloso, a punto de +estrellarse más de una vez; anegado siempre, rara vez con bonanzas, y +corriendo iguales peligros con tiempo duro y en las calmas chichas. Es +una nave esta que por su mala construcción no va nunca a donde debe ir: +los remiendos de velamen y de toda la obra muerta y viva de costados no +mejoran sus condiciones marineras, pues el defecto capital está en la +quilla, y mientras no se emprenda la reforma por lo hondo, construyendo +de nuevo todo el casco, no hay esperanzas de próspera navegación. Las +cuadrillas de tripulantes que en ella entran y<span class="pagenum" +id="Page_121">p. 121</span> salen se ocupan más del repuesto de víveres +que del buen orden y acierto en las maniobras. Muchos pasan el viaje +tumbados a la bartola, y otros se cuidan, más que del aparejo, de +quitar y poner lindas banderas. Son, digan lo que quieran, inexpertos +marinos: valiera más que se emborracharan, como los ingleses, y que +borrachos perdidos supieran dirigir la embarcación. Los más se marean, +y la horrorosa molestia del mar la combaten comiendo; algunos, desde +la borda, se entretienen en pescar. Todos hablan sin término, en la +falsa creencia de que la palabra es viento que hace andar la nave. +Esta obedece tan mal, que a las veces el timonel quiere hacerla virar +a babor y la condenada se va sobre estribor. De donde resulta, ¡ay!, +que la dejan ir a donde las olas, el viento y los discursos quieren +llevarla.</p> + +<p>Aquella noche hubo en los clubs grande algarada. En el Estamento +mismo no faltó quien propusiera <i>destronar a la reina</i> sin pérdida +de tiempo, y <i>crear una regencia de otro sexo</i>. Las logias ardían; +los círculos de la Milicia Nacional eran verdaderos volcanes; el nuevo +gobierno, apoyado en la guarnición, tomó sus medidas para reprimir +cualquier algarada, y preparaba el decreto para disolver las Cortes, +elegidas el mes anterior. ¡Y hasta otra!</p> + +<p>En casa de Seoane, a donde fue Nicomedes por la noche, vio este +a Mendizábal, que recibía parabienes por su caída. La adulación de +unos, la cariñosa amistad de otros, quería<span class="pagenum" +id="Page_122">p. 122</span> pintarle su muerte como su mejor vida, +su batacazo político como un éxito evidente. Iglesias no vaciló en +felicitarle también, augurándole una resurrección como la del Fénix; +pero el despedido ministro no daba gran valor a estos consuelos, y se +aferraba más a la idea de abandonar un terreno en el cual no sabía +moverse con desembarazo. Entre otras cosas dijo estas palabras, que +como textuales se copian aquí:</p> + +<p>—Yo no soy hombre de partido; la prueba es que el que se decía mi +partido me ha abandonado: ¿y por qué? Porque he sido y soy y seré +independiente: esta es mi gloria.</p> + +<p>Y en un grupo que se formó después, agregándose varias señoras, +repitió el grande hombre lo de los <i>ochocientos reales</i> que le +bastaban para vivir con su familia en el <i>cottage</i> que poseía a +noventa millas de Londres. También dijo esto, que es histórico y consta +como en escritura:</p> + +<p>—Si tuve ambición de ser ministro, ya lo fui; y si hacemos el +inventario, me parece que estamos mejor que lo estábamos cuando me hice +cargo, en septiembre. Conmigo traje mucho; conmigo no llevaré nada +más que ojos para llorar la desgracia de mi inocente familia, a quien +por la cuarta vez he arrebatado cuanto le pertenecía. Mis enemigos me +llaman honrado y patriota, y esto no es flojo consuelo. Conserve yo +tales motes, y todo lo demás nada me importa.</p> + +<p>Hablando con el propio Nicomedes y con Olózaga, que vaticinaban una +trifulca próxima,<span class="pagenum" id="Page_123">p. 123</span> +y con ella la segura rehabilitación del partido de Mendizábal y su +nuevo llamamiento al poder, se mostró escéptico, desilusionado, sin +entusiasmo por los pronunciamientos y sediciones, y sin malditas ganas +de volver a empuñar el timón de bajel tan desconcertado y peligroso.</p> + +<p>—Siempre que mi patria me llamó —dijo, y esto es también textual—, +me encontró. Nada quise, nada recibí, nada recibiré. Tengo parientes +aptos para los empleos públicos: no los han obtenido; y para que no +me llamen descastado, les formé un capital de mi pensión por lo que +me pedían. En mi retiro, en mi rincón seré siempre feliz, y podré +decir: <i>Hice lo que pude, lo que debí; nada le he costado a mi +patria</i>.</p> + +<p>A la una próximamente se retiró a su casa, cuya escalera subió +meditabundo, triste. Su amor propio se resentía de la conmoción del +porrazo. Creíase capaz aún de grandes cosas, y el no poder realizarlas, +ni siquiera emprenderlas, le inspiraba coraje de sí mismo y lástima +de la nación que tal hombre se perdía. Reconociendo sus errores, sus +inexperiencias, de unos y otras se lamentaba en el sombrío examen de su +caída. ¡Oh, si se pudiera empezar de nuevo!... Pensando en su fama, en +la gloria que ambicionaba, no vio muy claro su nombre en las doradas +páginas de la Historia. Pensó también en las calumnias con que le había +obsequiado el vano vulgo antes de su fracaso, y se dijo: «A estas horas +no habrá un solo español que<span class="pagenum" id="Page_124">p. +124</span> crea que entro en mi casa con las manos absolutamente +limpias... Por Dios que tan limpias las habrá, pero más no». Al verle +salir de casa de Seoane, Joaquín María López había hecho con cuatro +palabras el exacto retrato del ministro de la Desamortización: «<i>Alma +candorosa y apasionada, cabeza fecunda en recursos, corazón a la vez de +héroe y de niño</i>».</p> + +<p>Traspasada la puerta de su morada, recibió, como una onda +salutífera, el embate de calor doméstico. Niños, mujeres, salían +a su encuentro, personas queridas, deudos y parientes. Entre la +turbamulta distinguió una modesta figura, un anciano, que en último +término permanecía, medroso de avanzar a saludarle: Era Milagro. Al +reconocerle, no sin dificultad, pues no había exceso de luz en el +recibimiento, don Juan de Dios expresó contrariedad y lástima...</p> + +<p>—¡Por Dios, Milagro, usted aquí todavía! Cuando le dije que se +pasara por mi casa esta noche y me aguardase en ella, no contaba con +esta inesperada cena en casa de Seoane. Dispénseme, amigo mío. Le he +dado a usted un plantón horroroso.</p> + +<p>—No importa, señor —dijo Milagro humilde y atento—. Mucho gusto en +servirle.</p> + +<p>—¿Desde qué hora está usted aquí?</p> + +<p>—Desde las ocho, señor.</p> + +<p>—¡Y es la una! Carambo... Dispénseme.</p> + +<p>—No importa, señor...</p> + +<p>—Carambo, es usted el empleado <i>no importa</i>.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_125">p. 125</span></p> + +<p>—Dice bien vuecencia: ese es mi lema... Las infinitas cesantías que +he padecido me han obligado a adoptar esa fórmula de resignación.</p> + +<p>—Pues ahora... Cuando las barbas de tu vecino veas arder...</p> + +<p>—Sí, señor: ya..., ya he puesto las mías de remojo.</p> + +<p>—Será ministro de mi ramo el señor Aguirre Solarte, buena persona... +Agárrese usted como pueda... Bueno, pues no quiero detenerle más. Un +momento, señor Milagro.</p> + +<p>Hízole pasar a su despacho, y en pie los dos, el caído ministro dijo +al vacilante funcionario:</p> + +<p>—Pues le he mandado venir a usted porque pienso utilizar sus +servicios en trabajos que preparo para la defensa de mi gestión +ministerial, si, como presumo, soy atacado y acusado con mala fe... Y +por de pronto, antes de encargarle las copias de estados y documentos +que tengo ya en casa, me hará usted un favor de otra índole.</p> + +<p>—Vuecencia me tiene a su disposición para todo.</p> + +<p>—¿Conoce usted a ese Maturana, diamantista que fue de Palacio?...</p> + +<p>—Es grande amigo mío.</p> + +<p>—Perito en alhajas, tasador, comerciante...</p> + +<p>—Y hombre de gran conocimiento en todo lo concerniente a pedrería +y metales preciosos..., muy relacionado con la grandeza, con los +marchantes extranjeros... Trabajó treinta y tantos años para la Casa +Real.</p> + +<p>—Y le despidieron el año 14 por afrancesado,<span class="pagenum" +id="Page_126">p. 126</span> por amigo de Godoy..., no sé por qué ni +me importa. Vamos al caso. Puesto que es tan amigo de usted, búsquele +mañana mismo. Le dice usted que Mendizábal desea hablarle..., tener con +él una conferencia...</p> + +<p>Dicho esto, el exministro permaneció un momento taciturno, fija la +mirada en el suelo, oprimiéndose con dos dedos el labio inferior...</p> + +<p>—Conferencia, sí..., que hablemos detenidamente de un asunto...</p> + +<p>—Bien, señor. Mañana, de nueve a diez, estaré en su casa.</p> + +<p>—Y si accede, como creo, me le trae usted... No saldré de aquí hasta +las doce.</p> + +<p>Con esto quedó despachado el buen don José. Al despedirle, don +Juan Álvarez Mendizábal le vio con pena salir... Era el ministerio, +la poltrona, la oficina, el diario trajín político que cesaban, se +perdían en una triste lontananza absorbidos por el pasado. Suspiró don +Juan... ¡Carambo, qué importaba! Mejor: salía del país, y entraba en la +familia.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch13"> + <h2 class="nobreak g1">XIII</h2> +</div> + +<p>Ya cargaba don Javier Istúriz, en medio de un gran barullo, la cruz +de la presidencia ministerial, llevando por cirineos a don Ángel de +Saavedra y a don Antonio Alcalá<span class="pagenum" id="Page_127">p. +127</span> Galiano, cuando el gran Nicomedes Iglesias, que ningún +sendero veía para sus ambiciones fuera de la travesura revolucionaria, +extremaba la oposición al gobierno en la prensa y en las logias, con +la añadidura de su hablar malévolo en cafés y tertulias, que era la +peor y más terrible arma. Una tarde del florido mayo le encontramos +en <i>Solís</i>, perorando con todo el veneno del mundo, en la mesa +del rincón, al frente de una pandilla de desocupados, de los que matan +las horas arreglando el país entre terrones de azúcar y copitas de +aguardiente. Asistían al sacro colegio, entre otros puntos, Eleuterio +Fonsagrada, un amigote suyo sargento de la Guardia Real, cuyo nombre no +hace al caso, y el tísico Serrano, que amenazado de cesantía, llamaba +a Cachán con dos tejas. Menos pesimista en lo tocante a su enfermedad, +porque los aires primaverales le habían remendado el destruido pecho, +se forjaba la ilusión de seguir viviendo; pretendía nada menos que +ascender, tener dinero, darse buena vida; y si esto no podía ser, +vinieran pronto las catástrofes a hacer tabla rasa de todo. Que su +cadáver y el del país, su pobreza y la de la nación, tuvieran una +sola inmensísima tumba. Los tiros de aquel destacamento de patriotas, +después de hacer gran destrozo en las cabezas ministeriales, apuntaban +a más altas cabezas.</p> + +<p>—Me parece —dijo Iglesias, medio ronco ya de tanto vociferar— que +esa buena señora tendrá que volverse pronto a su pueblo, a<span +class="pagenum" id="Page_128">p. 128</span> esa Parténope con que nos +han mareado los poetas.</p> + +<p>—En ese caso —indicó Serrano, más ronco todavía que su compañero—, +¿conservaremos la Regencia una, o estableceremos la trina?</p> + +<p>—Tan torcidas pueden venir las cosas —afirmó Iglesias dando a +sus palabras una intención profética y misteriosa— que ni Regencia +necesitemos. ¿Quién sabe lo que puede sobrevenir? Tales disparates +hacen en <i>Palacio</i> y tan ciegos están <i>allí</i>, que los +cálculos y previsiones de los más expertos fallan... Esto es ya una +casa de locos. ¿Adónde vamos? La honda no sabe a dónde irá a parar la +piedra.</p> + +<p>—Pues todavía falta lo mejor. Resueltamente deja el mando del Norte +el general Córdova —dijo Fonsagrada—. ¿A quién nombrarán?</p> + +<p>—A cualquiera —indicó Iglesias—. Para lo que ha de nacer, lo mismo +da Pedro que Juan. Esta guerra no se acaba ya por los procedimientos +comunes. Puesto que no tenemos un Hoche...</p> + +<p>El auditorio se quedó suspenso: ninguno de los presentes sabía quién +era Hoche...</p> + +<p>—Mientras no se haga un escarmiento como el de la Vendée, nada se +conseguirá por las armas. Tendrán que partir a España en dos reinos, +quedando para los liberales, o sea para la <i>angélica</i>, los estados +de Getafe y Alcorcón.</p> + +<p>—Madrid —dijo Serrano con humorismo<span class="pagenum" +id="Page_129">p. 129</span> catarral, echando luengas babas— se +constituirá en República de Capricornio, bajo la presidencia de mi +coronado jefe don Eduardo de Oliván e Iznardi...</p> + +<p>—¿Y ese, no quedará cesante?</p> + +<p>—¡Hombre! ¡Qué cosas tiene Iglesias! ¡Cesante el esposo putativo +de la de Oliván! Buena se armaba; sí señor, buena, buena, como dice +Miguelito. Esa, sin ser de Parténope, tiene más poder que la señora de +Muñoz, y como se le atufaran las narices, como le dejaran cesante a su +Eduardito, crujía el Estatuto y se tambaleaba el trono angélico... Ya +lo verán ustedes: no pasan tres días sin que el señor Aguirre Solarte +le dé un ascenso al primer manso de Madrid. Ya sabrá ella manejar el +tinglado. No hay cambio de situación sin que Eduardito dé un paso +adelante en su carrera. Tiene la historia contemporánea claramente +escrita en su cabeza, como los ciervos llevan la cifra de su edad en +cada rama.... pues...</p> + +<p>Echose a reír la pandilla, y Nicomedes afirmó que los tiempos eran +desastrosos, que todo anunciaba próximos cataclismos.</p> + +<p>—Lo que ocurre en todos los órdenes contradice la verdad y la +lógica. La realidad es más peregrina que las invenciones de los +poetas.</p> + +<div class="poetry-container"> +<div class="poetry"> + <div class="stanza"> + <div class="verse indent0">Trocádose han las cosas de manera</div> + <div class="verse indent0">que nos parece fábula la Historia.</div> + </div> +</div> +</div> + +<p>—Pues espérense ustedes un poco —dijo el de la Guardia, no +Fonsagrada, sino el otro<span class="pagenum" id="Page_130">p. +130</span> cuyo nombre no hace al caso—, que ahora va a venir lo más +gordo.</p> + +<p>—¿Qué? —preguntaron todos ávidos de mayores desatinos, de mayores +calamidades públicas y privadas.</p> + +<p>—Pues que se están preparando los datos para demostrar que la +señora doña Cristina..., chitón, que esto es muy delicado..., que +la señora doña Cristina, no contenta con los dinerales que le dejó +<i>Narizotas</i>, y queriendo meterse en mayores negocios de minas +de carbón y saneamiento de marismas, ha hecho pacotilla de todas las +alhajas de la Corona, para venderlas. Y que no era floja cantidad +de pedrerías la que guardaban en Palacio los reyes, desde el que +rabió: cientos de miles de diamantes, cientos de miles de esmeraldas, +celemines de perlas, entre las cuales había una grandísima, que Felipe +IV llevaba en el sombrero, y había costado una fortuna.</p> + +<p>—Algo de eso oímos anoche en <i>Tepa</i> —dijo otro, anónimo +también, pues el mismo Iglesias no sabía cómo se llamaba, exejecutor de +apremios, encausado tres veces—. Y a lo que parece, el señor Aguado, +don Alejandrón, no ha venido a otra cosa que al negocio ese de las +alhajas.</p> + +<p>—Se asegura que el tal Aguado viene a establecer, con dinero de la +reina, una línea de barcos de humo, digo, de vapor.</p> + +<p>—Pues yo, francamente —declaró Iglesias, alardeando siempre de +autoridad—, sin defender a doña Cristina del cargo de allegadora,<span +class="pagenum" id="Page_131">p. 131</span> sostengo que eso de las +alhajas es paparrucha. ¡Si todo el tesoro de Palacio se lo llevó +Murat!</p> + +<p>—Así lo han dicho para despistar a los incautos. Murat afanó lo que +pudo; pero se dejó lo mejor. En fin, ustedes lo verán.</p> + +<p>—¿Y podrá probarse...?</p> + +<p>—En ello andan. No están los palillos en malas manos.</p> + +<p>Presentose en esto don José del Milagro con cara tan mustia que +daba lástima verle. Al llegar a la mesa, dejó sobre ella un fajo de +papelotes que bajo el brazo traía, y se limpió fatigado el sudor de la +calva.</p> + +<p>—¿Que traes, Milagrito? —le dijo uno de los tertulios, que con él +tenía confianza—. ¿Por qué tan patibulario?</p> + +<p>—No es preciso que nos lo cuente —indicó Nicomedes—, pues el pobre +trae escrita en su cara la sentencia fatal.</p> + +<p>—¡Cesante! —exclamó Serrano, lívido, esputando.</p> + +<p>—Hoy, señores, hoy —manifestó Milagro lúgubremente—, al llegar a mi +oficina..., ya me lo anunciaba el corazón..., me encontré el jicarazo. +Ese perro de Aguirre Solarte declara en este papelejo inmundo que el +Estado no necesita de mis servicios... ¿Saben ustedes a quién le dan el +triste hueso que yo roía? Pues al niño mayor de Oliván. ¡Válgame Dios, +qué familia esa!</p> + +<p>—Si apenas le apunta el bozo.</p> + +<p>—Pero le apuntan los botones en la frente —dijo Serrano.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_132">p. 132</span></p> + +<p>—¡Luego se espantarán de que haya revoluciones!</p> + +<p>—Y de que arda Madrid.</p> + +<p>—Y de que reviente España como un polvorín, harta de estas +vergüenzas y de tanta injusticia.</p> + +<p>—Pueden creerlo —agregó otro, que no bajaba el embozo de la capa, +muerto de frío en pleno mayo—, la Milicia está que trina.</p> + +<p>—La desarmarán, hombre —dijo Iglesias con amargura pesimista—. +Si ya hemos visto para lo que sirve la Milicia: para formar en las +<i>Minervas</i> y hacer tonterías.</p> + +<p>—¡Desarmarla!... ¿A que no se atreven?</p> + +<p>—¡Pues no se han de atrever! Y el día en que toquen a desarmar, +veremos a los bravos milicianos escondiéndose en las carboneras de sus +cocinas, o entre las faldas de sus mujeres... Ya pasaron los tiempos de +la vergüenza miliciana. Ya no hay un don Benigno Cordero, comerciante +de encajes, que con un puñado de valientes sacuda el polvo a toda una +Guardia Real en el Arco de Boteros.</p> + +<p>—Poco a poco —dijo el sargento incógnito—, no se permiten alusiones +<i>maquiavélicas</i>... La Guardia de hoy no es como la de ayer, +<i>órgano</i> del despotismo. Hoy la Guardia es o será <i>órgano</i> +del pueblo...</p> + +<p>—De Móstoles querrá usted decir.</p> + +<p>—Digo y repito que el Segundo Regimiento, por lo menos, no +<i>rendirá parias</i> al absolutismo.</p> + +<p>—¡Hombre, <i>parias</i>...!</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_133">p. 133</span></p> + +<p>—En el Segundo Regimiento, que es el más ilustrado, reina un +espíritu...</p> + +<p>—¿Cómo es ese espíritu? —dijo Serrano—. No será el <i>espíritu del +siglo</i>, que ese lo tienen cogido los moderados.</p> + +<p>—Un espíritu..., muy bueno.</p> + +<p>—Entonces será el de vino, que es el mejor que se conoce.</p> + +<p>Como recayese otra vez la conversación en lo de las alhajas de +la Corona, tomó la palabra Milagro para expresar una opinión, según +dijo, de autoridad irrebatible. La <i>señora</i> era inocente de +la sustracción y venta de pedrerías de Palacio, y las acusaciones +que en tal sentido se le hacían enteramente gratuitas y mentirosas. +¿Quién probaba esto? Quien tenía medios sobrados de conocimiento para +demostrar que el verdadero y único afanador de aquellos tesoros fue +el <i>señor don Joaquín Murat</i>, general de mamelucos y después rey +de Nápoles. Y por de pronto no decía más, aunque algo más sabía: la +discreción, la confianza que en él habían puesto personas ilustres, le +vedaban entrar en pormenores de asunto tan delicado.</p> + +<p>—¿Es cierto, Milagrito —le preguntó el que más familiarmente le +trataba—, que le estás ayudando a <i>don Juan y Medio</i> a escribir la +defensa de los planes que no realizó?</p> + +<p>—Yo no pico tan alto. El señor Mendizábal me ha encargado ciertos +trabajillos; pero yo no le escribo su <i>Defensa</i>: en todo caso, lo +que haré será ponerla en limpio... Y ya que hablamos de don Juan de +Dios, diré a usted<span class="pagenum" id="Page_134">p. 134</span> +que la mayor de las infamias es sostener y propalar, como hacen por +ahí más de cuatro deslenguados, que el señor exministro ha movido este +zafarrancho de las alhajas palatinas para vengarse de quien tan sin +razón le ha despedido del gobierno...</p> + +<p>—Pues la cosa es muy lógica —apuntó Iglesias—: don Juan debe tomar +el desquite... Yo en su lugar...</p> + +<p>—Usted en su lugar no lo haría, señor don Nicomedes —afirmó Milagro +con gran entereza, dando porrazos sobre el papelorio que tenía en la +mesa—, porque es usted caballero, ni más ni menos que don Juan Álvarez +Mendizábal, y aquí estoy yo para sostener, como lo sostengo, que +don Juan Álvarez no es el que ha levantado esta polvareda contra la +Gobernadora, sino el que se propone arrojar sobre el susodicho polvo +un gran jarro de agua. Sí, señores y amigos: ese grande hombre, esa +alma nobilísima, le dirá pronto a Su Majestad: «No te apures, hija, que +yo, yo, el caído, el despedido, me dispongo a demostrar al mundo que +no tienes arte ni parte en esa distracción de las piedras finas de tus +mayores. Estate descuidada, que yo pago de este modo los agravios que +recibo. Yo, Juan Álvarez y Méndez, caballero que tiene la verdad por +Dulcinea, yo, yo..., yo lo demostraré».</p> + +<p>Decía esto Milagro con grande vehemencia, dándose un fuerte +golpe en la caja del pecho cada vez que pronunciaba un <i>yo</i>. +Después le ofrecieron un vaso de agua, y apagó,<span class="pagenum" +id="Page_135">p. 135</span> bebiéndolo sin respirar, el volcán de +indignación que en su seno ardía.</p> + +<p>—No me parece inverosímil —dijo Iglesias— lo que Milagro nos cuenta. +Mendizábal será lo que se quiera: un loco, un arbitrista, un hombre de +triquiñuelas y de golpes de efecto..., pero le tengo por la persona +más decente que ha calentado una poltrona ministerial... Por lo que +usted nos dice, amigo don José, don Juan le amparará en su cesantía +encargándole trabajillos...</p> + +<p>—Espero que Su Excelencia no me abandonará. Con eso y mis +traducciones daré de comer al ganado de casa. Vean lo que acaba de +entregarme el editor don Tomás Jordán para que se lo traduzca: <i>El +último Abencerraje</i> y las <i>Cartas Persianas</i>. También llevo +números de <i>El almacén universal</i>, para traducir articulitos de +relleno, que me toma el amigo Mesonero para su <i>Semanario</i>, sin +perjuicio de las leyendas caballerescas que pienso escribir para el +mismo, género que gusta mucho. Ya tengo los <i>Infantes de Lara</i> y +<i>La peña de los Enamorados</i>... Haré tres o cuatro docenas; todo de +asunto español, romántico, pero con buen fin.</p> + +<p>—Sí —dijo Serrano—: todo torreones, reinas enamoradas, alguno que +otro moro, y luego el indispensable laúd, que lo lleva y lo tañe un +individuo que en los grabados nos pintan con medias muy ceñidas y unos +zapatos de larguísima punta... Señores, yo pregunto cómo se podía andar +por los caminos con semejante calzado...</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_136">p. 136</span></p> + +<p>En las convulsiones de la tos que le ahogaba, seguía diciendo:</p> + +<p>—Me pongo furioso, furioso..., cuando me quieren hacer creer que +hubo hombres..., ¡qué barbaridad!..., hombres que andaban en tal facha +por los caminos... Mentira, mentira todo... Me ahogo... ¡y con laúd a +cuestas!...</p> + +<p>—Pero, Serranito —le dijo Iglesias, zumbón—, ¿qué nos importa +que en la <i>Edad Media</i> usaran, para andar de viaje, zapatillas +puntiagudas? ¿O es usted de los que no creen en los <i>siglos +medios</i>? Pues mire, aquí viene Ibraim, morisco auténtico, +trasconejado...</p> + +<p>—Es un caso de <i>metempsícosis</i>, como dice Juanito Donoso.</p> + +<p>—Creo yo que este era uno de los que acarreaban ladrillo para la +construcción de la Giralda.</p> + +<p>—Hombre, no: era la acémila que llevaba los trastos de san Fernando +y el cofre de doña Berenguela, cuando iban de viaje... Chitón, que ya +le tenemos encima.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch14"> + <h2 class="nobreak g1">XIV</h2> +</div> + +<p>Acercábase Ibraim a la mesa, diciendo: «<i>Cabayeros</i>...», y al +instante empezaban todos a divertirse con su credulidad y falta de +seso, encajándole bolas terribles, que ningún estómago, como no fuera +el del proceroso castrense, habría podido digerir. Muestra de<span +class="pagenum" id="Page_137">p. 137</span> paparruchas: Aquella misma +tarde había junta de rabadanes de la Milicia para acordar el momento +preciso de echarse a la calle toda la fuerza popular, proclamando +la <i>Niña bonita</i>, o sea la Constitución del 12, <i>el mejor de +los códigos</i>... Ya estaban de acuerdo Quesada, Van Halen, Rodil, +el duque de Almodóvar, el de Ahumada y otros generales para secundar +el movimiento, fraternizando tropa y milicianos... Se le daría el +canuto a doña María Cristina, constituyendo, no Regencia triple, sino +Directorio, formado por don Evaristo San Miguel, Palafox y el divino +Argüelles. Luego sería nombrado Palafox <i>Primer Cónsul</i>... Del +general Córdova decíase que se había pasado a don Carlos con parte de +su Estado Mayor. Olózaga formaría el primer ministerio del Directorio, +con don Eduardo Oliván de ministro de Hacienda, y el infante don +Francisco de Marina... La Guardia Real se llamaría en lo sucesivo +<i>la Guardia amarilla</i>, uniformándose de este color... Y el rudo +capellán tragaba, tragaba, salvo en los casos de excesiva magnitud del +notición que se le quería ingerir. Después él, llevando la información +a otros círculos, lo trabucaba todo, y hacía unos pistos que corrían +por Madrid y llenaban de confusión a los ciudadanos pacíficos. En el +fondo no era mal hombre; a su amigo don Pedro no le guardaba rencor por +la violenta escena y acometida de marras. Siempre que iba a la <i>mesa +de Solís</i>, preguntaba a Iglesias con vivo interés por el señor de +<i>Jiyo</i>.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_138">p. 138</span></p> + +<p>Este no parecía ya por los cafés; pasaba el tiempo en casa, +revisando las cartas de la incógnita, y poniéndolas por orden de fechas +en paquetitos cruzados con balduque, o bien se iba despacio, solito, +por las afueras, meditando en su triste suerte. Sus noches eran casi +siempre malas, y las pasaba de claro en claro, sin poder conciliar +el sueño. Padecía de un mal que tiene su denominación retórica, como +achaque de poetas y de los héroes trágicos y épicos, y consiste en la +presencia de personajes imaginarios que hablan, sombras de entes que +han existido, y que vuelven a este mundo a manifestar algo de interés +para los vivos. A tal forma de personificación llaman los eruditos +<i>idolopeya</i>. Comúnmente, a don Pedro se le aparecía la incógnita +en forma cadavérica, que dejaba entrever su hermosura, y se ponía a +decirle cosas... «Me he muerto... ¿No ves que soy difunta?... ¡En +buena te he metido, pobre capellán de secano!... Bien hubiera querido +evitarlo; pero como me morí tan de repente..., ya ves... No puede una +dejar de morirse cuando Dios lo dispone... Hice un gran esfuerzo por +vivir un poco más, anhelando decirte lo que debía, y librar tu alma de +tan grande zozobra, pobre clérigo; pero no pude..., y me morí pensando +en ti y en él... ¡Pobre Fernando!, ¿qué hará?... Me maldice... Mi alma +no halla la paz; la muerte no me ha dado el descanso... Horrible pena, +ansiedad sin nombre me hacen insensible a las llamas del purgatorio. +No me<span class="pagenum" id="Page_139">p. 139</span> duelen las +quemaduras: me duele la conciencia... Pedro Hillo, perdóname...». +Recitado este parlamento u otro no menos espeluznante, la sombra se iba +por donde había venido, y don Pedro se cubría la cabeza con la sábana, +tratando de evitar la repetición de la <i>idolopeya</i>.</p> + +<p>Por fin, ¡alabado sea Dios!, cuando él menos lo pensaba, tuvieron +término feliz las angustias del bendito sacerdote, víctima de su +inmensa bondad. La misma tarde en que ocurría la escena de café que +poco antes se ha referido, quiso espaciar su ánimo don Pedro, y tiró +hacia el Campo de Guardias, en cuya aridez esteparia estuvo dando +vueltas y más vueltas como una media hora, deletreando los cardos +y yerbecillas petisecas del suelo, hasta que sintió un deseo, una +indefinible comezón de volverse a Madrid y a su casa. Ya caía la tarde +cuando entraba por la Puerta de Fuencarral. En la calle del mismo +nombre detúvose para comprar papel de cartas, pues tenía propósito de +reanudar la comunicación epistolar con los parientes que le quedaban +en Zamora; compró asimismo una cajita de obleas, y avivó después el +paso hacia su domicilio, pensando en que para distraerse y evitar las +<i>idolopeyas</i> se pasaría la mayor parte de la noche escribiendo.</p> + +<p>Pues, señor: llega mi hombre a la casa de Méndez, y al abrirle la +puerta, Delfinita le da el jicarazo:</p> + +<p>—¡Vaya unas horas de venir! Aquí ha tenido usted una señora +esperándole toda la tarde.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_140">p. 140</span></p> + +<p>El estupor de don Pedro fue tal, que se le atragantó la palabra. +Creía soñar. Añadió la chica nuevas explicaciones, conduciéndole a su +cuarto, pues el pobre clérigo no sabía por dónde andaba y se daba de +hocicos contra las paredes.</p> + +<p>—¡Una señora!... ¿De qué clase?... ¿Gran señora..., mujer..., +criada?</p> + +<p>—Bien vestida..., muy decente. Madre dice que parece criada de +personas muy principales. Cansada de esperar se ha ido, dejando una +carta. Mañana volverá por la contestación.</p> + +<p>—¡Una carta!... Delfinita de mi alma, no bromees... Por Dios, una +luz... ¿Dónde está esa carta?..., yo no la veo..., no veo...</p> + +<p>Entró en el cuarto doña Cayetana, con el quinqué encendido. <i>Fiat +lux</i>. ¡Dios poderoso! Cuando don Pedro cogió con mano trémula la +carta y vio en el sobrescrito la tan conocida y deseada letra de la +incógnita, a punto estuvo de perder el conocimiento. Se dejó caer en +una silla. En sus oídos zumbaba la campana gorda de Toledo.</p> + +<p>—Hijo, no se asuste... —le dijo la patrona—. Le daré una tacita de +caldo.</p> + +<p>Por señas, pues hablar no podía, díjoles don Pedro que no quería +caldo, sino que le dejaran solo con su carta, con su quinqué encendido, +con su sensación hondísima de terror, de júbilo, no sabía de qué... +Salieron las hembras, y lo primero que hizo el hombre, la carta +sin abrir en su mano fría, fue recoger su espíritu y dar gracias a +Dios...<span class="pagenum" id="Page_141">p. 141</span> Era su letra, +su letra, aunque un poco insegura; era ella misma, la divinidad, que +o no se había muerto, o resucitaba en forma epistolar... ¡Ay, ay!..., +¿qué sería, qué diría..., qué...? Veámoslo.</p> + +<blockquote> + +<p>«Señor don Pedro, mi grande y fiel amigo: No me he muerto, no... +Pero si así lo ha creído usted, ¡qué poco, ¡Jesús mío!, ha faltado +para que acierte!... He pisado el negro umbral; he visto la inmensidad +eterna... Dios no me dejó dar el último paso, y quiso que atrás me +volviera: me mandó vivir algo más, no sé cuanto..., presumo que no será +mucho... Me sacramentaron..., por muerta me tuvieron. No duró menos de +tres horas aquel simulacro de muerte. Sospecho que me amortajaron... +Volví a este mundo: me encontré de súbito en la compañía de mis penas, +por lo que conocí que vivía...</p> + +<p>»Notará usted que mi pulso flaquea. Con gran esfuerzo puedo escribir +esta, que no será larga, no. Diré no más que lo muy preciso... +Manifestado el motivo de mi largo silencio, no necesitaría pedir a +usted perdón. No obstante, lo pido. Considero lo que habrá sufrido +usted, pobrecito capellán mío, y el sobresalto, la incertidumbre de +su alma generosa. Creo yo que me han vuelto a la vida mi ansiedad, el +deseo ardiente de hablar con usted, de hablar de Fernando, de proseguir +mirando por él y luchando por recobrarle. ¿Le recobraremos? ¡Ay, mi +pena es muy honda!... Pienso que ya no le veré más, que ha huido de +nosotros para siempre, que<span class="pagenum" id="Page_142">p. +142</span> se va, que se nos pierde en el torbellino de sus pasiones +exaltadas... Quizás tengo yo la culpa, y esto me quita todo consuelo. +Quizás mi intransigencia y excesivo rigor le alejan de mí..., y no +puedo, no puedo resignarme a ello... Al borde del sepulcro, sintiéndome +ligada a la vida por un solo pensamiento, vi claramente mi error, y +juré enmendarlo en cuanto pudiera. Transijo..., cedo..., cedemos y +transigimos, señor capellán. ¡Deshonor, rebajamiento, palabras vanas! +Lo que importa es que Fernando viva; que esté, ya que no conmigo, +cerca de mí; que yo le sienta próximo; que pueda dirigirle; que yo +alimente mi cariño diciéndole lo que se me ocurra, aunque él no me +haga caso. Comprenderá usted, señor don Pedro, la formidable razón de +este anhelo mío. Nunca quise expresar mis sentimientos con explícita +frase: dejándolos velados, como mi persona, me parecía que eran +<i>más míos</i>..., no sé si me explico bien. Pero ya no, ya no más +misterios inútiles..., ya me estorba la discreción, la delicadeza me es +odiosa. Aunque la perspicacia de usted me ha cogido la delantera, yo +quiero decirle lo que ya sabe, y así mi pobre alma se descarga de un +insoportable peso. Fernando es mi hijo... Y esto que escribo quisiera +que él lo leyese, y a él mismo se lo escribiría gozosa, añadiendo: +“Hijo de mi alma, perdóname. Reconozco tu independencia; acato tu libre +albedrío. Tus amores no me gustan, pero los respeto. Acabemos esta +horrenda lucha. Dime tus condiciones, y nos entenderemos”.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_143">p. 143</span></p> + +<p>»¿Qué le parece a usted, mi buen amigo? No estoy para más luchas. +Viviré corto tiempo. Depongo mi orgullo, ridiculeces, artificios de +clase y de nacimiento, cuyo valor es nulo ante la naturaleza, ante los +afectos elementales. Me resta poca vida. En esta poca vida quiero tener +un día, un solo día inefable: aquel en que yo pueda decir a mi Fernando +lo que soy para él. Su corazón es noble. Tiene a quien salir. Confío +que él hará muy dulce y bello ese día, ese gran día, después del cual +pocos han de quedarme.</p> + +<p>»¿Y dónde está? ¿A dónde ha ido a parar esa criatura, arrastrada de +su vértigo y demencia? Mis noticias son vagas, incompletas; no me fío: +no me inspiran los informadores que ahora me sirven la confianza de +los que en otros días me comunicaban hasta el respirar de mi querido +Fernando... Lo que sí tengo por indudable es que partió de Madrid el +día 14 en la diligencia de Valladolid y Burgos. Antes de salir de aquí +escribió a su amigote Escosura, que ha vuelto al servicio activo en el +ejército de Córdova. Debo rectificar lo que dije en nuestra anterior +campaña respecto al oficialete de Artillería y al apoyo y protección +que daba a las locuras de Fernando. Un error de información me hizo +atribuir al don Patricio la culpa de otro tarambana, amigo de los +dos, y no menos desordenado en su vida. Espronceda, el poeta de las +pasiones violentas, de los ayes de desesperación, cantor de piratas, +corsarios y ladrones, fue quien alentó a Fernando<span class="pagenum" +id="Page_144">p. 144</span> a la rebeldía, enseñándole la teoría y +práctica de los raptos de muchachas. El que de niño ya conspiraba, +fundando los <i>Numantinos</i>, sociedad de jacobinismo infantil; el +que en unión de otros chicuelos mal educados escandalizó a Madrid con +la llamada <i>Partida del Trueno</i>, que se divertía en apalear, +romper cristales y cometer mil desafueros, no podía inspirar cosa buena +a ese ángel echado a perder. ¡Con tal maestro, qué había de hacer +Fernando!</p> + +<p>»Me consta de un modo indudable que Espronceda le ha incitado a +correr tras de la chica de Negretti, calentándole los cascos con la +poética al uso, que es en aquellas cabezas destornilladas lo que los +libros de caballerías en la del pobre don Quijote. Esto de romper todo +vínculo social; esto de despreciar toda conveniencia por satisfacer +anhelos del alma soñadora; esto de querer traernos a la vida presente +los hechos de generaciones medio salvajes, falaz armazón de dramas +y poemas; esto de tomar en serio los delirios de los poetas del día +para quienes la vida no es más que una visión de lo pasado, es muy +del carácter de Espronceda, a quien yo metería de buena gana en una +casa de orates. Su simpatía por Fernando se funda en la comunidad +de errores, pues también Espronceda está enfermo de pasión insana, +y corre tras de una <i>Aura</i> que conoció en Lisboa cuando estuvo +emigrado. Por último, mi señor don Pedro, el endiablado cantor de +aventureros, cosacos y otras gentes de mal vivir, ha facilitado<span +class="pagenum" id="Page_145">p. 145</span> a Fernando su viaje al +Norte, poniéndole en relaciones con un sujeto de historia, que va +también hacia allá con fines que ignoro, aunque me da en la nariz +que son políticos. Es el tal un sujeto llamado Rapella, natural de +Palermo, que hace años andaba por Argel, ejerciendo la medicina; +casó allá con una española; vino a Madrid, donde se estableció como +cambiante, logrando injerirse en Palacio y ser honrado por Su Majestad +con diferentes comisiones, entre ellas la de traer y llevar recados a +Nápoles. Él fue quien acompañó a la princesa que vino a casarse con don +Sebastián. Pero en lo que más se ha lucido el hombre ha sido en tender +hábilmente los hilos de la intriga que ha dado en tierra con nuestro +bonísimo Mendizábal. El siciliano servía de correo de gabinete entre +Istúriz y la reina, y todas las noches iba al Pardo secretamente, no +siempre solo, pues el mismo Istúriz u otros le acompañaron más de una +vez. El viaje de este pájaro al Norte paréceme a mí que significa una +nueva y desesperada tentativa para el arreglo con don Carlos, mediante +un convenio de familia o pastel dinástico, que aún no ha sido puesto al +horno y ya huele a quemado. Allá veremos.</p> + +<p>»Pues bien, mi querido y respetable Hillo: en compañía de ese +intrigante y correveidile salió Fernando de Madrid. Como Rapella lleva +salvoconducto, podrán penetrar en el campo faccioso, en el campo +cristino y donde quieran. ¡Qué cosas vemos en<span class="pagenum" +id="Page_146">p. 146</span> nuestra bendita nación! Ignoro si ese +descarriado hijo intimará verdaderamente con su acompañante: me figuro +que no, por más que cerca de él desempeña las funciones de secretario, +o quizás las de escudero. Esto me enloquece... ¿Y aún no abrirá los +ojos nuestro pobre Telémaco?</p> + +<p>»Ya no puedo más. El esfuerzo que he tenido que hacer para +escribir esta, solo Dios lo sabe. Pero mi voluntad se sobrepone a mi +extremada languidez. Después de esta valentía, estoy más sosegada. +No, ya no le impulsaré a usted a nuevas aventuras, mi pobre Hillo; +ya no comprometeré más su buen nombre, su decoro. Han cambiado las +cosas. Transigimos, y ya no es ocasión de decir a nuestro Mentor que +se lance por senderos tenebrosos tras de su discípulo. Basta, basta +de locuras. Pero si no hemos de perseguirle, pensaremos en averiguar +su paradero, para que usted, con su dulce voz de amigo, le diga: +“Ven, hijo, ven: todo se te perdona y todo se te permite”. Y como +esto hemos de concertarlo juntos, se acabó el incógnito: me quito +la careta. La invisible, la escondida tutora se revela por fin. El +misterio es ya imposible. Mi revelación, eso sí, permanecerá como un +hecho absolutamente reservado, secreta inteligencia entre usted y +yo; no necesito de su juramento para saber que puedo contar con su +incondicional lealtad en este punto.</p> + +<p>»La persona que lleva esta carta es de mi confianza. Me traerá esta +noche su respuesta;<span class="pagenum" id="Page_147">p. 147</span> +todo lo que usted quiera escribirme. Presumo no serán pocas las +cosillas que tiene que contarme. No haga usted preguntas de ninguna +clase a la intermediaria, porque es la discreción misma, y ya sabe +que su única misión es llevar y traer los recados que se le confíen. +Por ella sabrá usted el día y ocasión en que ha de verme, para que +hablemos y dispongamos todo lo que nos dé la gana. Solo espero a +reponerme un poco, dos o tres días no más. Me siento muy fatigada; +vivo de milagro... Que me escriba, señor capellán; que me diga usted +muchas cosas, muchas, aunque sea para reñirme. Adiós, hasta luego».</p> + +</blockquote> + +<p>Leyó de nuevo la carta don Pedro, más que gozoso, alborozado; y +aunque la carta no aclaraba por completo las dudas respecto a la +condición social de la mascarita, la promesa que esta le hacía de +quitarse el velo, que así ocultaba su rostro como su personalidad, +motivo era de satisfacción y júbilo. Sin acordarse de comer ni parar +mientes en que para este fin capital le había ya llamado dos veces +Delfinita, no pensó más que en escribir a la velada, pareciéndole poco +el papel que al volver a casa se le había ocurrido comprar.</p> + +<p>«¡Vaya, que no ha sido esta mala corazonada! —se decía sonriente, +preparándose de tintero y pluma—. ¿Por qué me dio aquel súpito de +comprar papel?... ¿Por escribir a los primos? No, no, no era esto: +tres veces les he escrito, y no me han contestado esos tunantes... +Fue que yo barruntaba... Lo presentía dudándolo; lo creía temeroso +de equivocarme...<span class="pagenum" id="Page_148">p. 148</span> +¿Qué voz secreta me dijo en la calle de Fuencarral que esta noche +necesitaría escribir?... ¿Qué travieso geniecillo...? ¡Oh, no hablemos +de geniecillos los que creemos en el Espíritu Santo!».</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch15"> + <h2 class="nobreak g1">XV</h2> +</div> + +<p>Es ahora forzoso que así el que lee como el que escribe corran en +seguimiento del llamado Rapella con toda la celeridad que los medios +de locomoción de aquellos calamitosos tiempos permitan. Ello es que +como el tal siciliano, argelino, o lo que fuese, y las personas que +le acompañan hacia el Norte nos han tomado la delantera en estos +endiablados caminos, no hallaremos galeras bastante veloces ni postas +bastante rápidas para darles alcance, como es nuestro deseo, en los +llanos de Castilla. ¡Y gracias que a todo tirar y a todo correr, +reventando un pobre rucio con alas, degenerada descendencia del Pegaso, +podemos cazarles en un poblado llamado Gamarra, radicante a corta +distancia, por el norte, de la nobilísima ciudad de Vitoria! Gran dicha +fue para los que les perseguíamos que en aquel lugar se detuviesen +los viajeros, pues de continuar su camino con la atroz arrancada que +traían de Madrid, no les cogiéramos en toda la vida. Recorrido<span +class="pagenum" id="Page_149">p. 149</span> en diligencia el largo +trayecto desde Madrid a Burgos, siguieron hasta Miranda en postas que +pudieron conseguir con gran dispendio; de allí en carromato hasta La +Puebla de Arganzón, donde alquilaron caballerías para llegar a Vitoria, +y sin entrar en la ciudad, escabulléndose por las Brígidas y todo el +contorno de poniente, fueron a coger el camino de Bilbao, hasta dar con +sus molidos huesos en Gamarra Mayor. Detuviéronse allí con el doble +objeto de tomar algún descanso y de procurarse medios de proseguir su +caminata, la cual no podía ser ni cómoda ni divertida, metiéndose, +como era su propósito, en un país en armas, en el cráter mismo de la +espantosa guerra civil.</p> + +<p>El parador propiamente dicho hallábase ocupado en aquellos días por +portugueses de la legión mandada por d’Antas; los viajeros hubieron +de albergarse en una casa próxima, casi llena también de soldados +lusitanos y españoles, con mayor número de caballerías que de personas. +Instalados sin ninguna comodidad, el furibundo apetito les sazonaba +la mala comida, y el cansancio les hacía llevaderas las fementidas +camas. Allí se les dijo que el país venía padeciendo desde el año 34 la +continua invasión militar, alternando facciosos con isabelinos. Toda +la Llanada estaba perdida, la labranza muerta, los ganados dispersos; +el invierno había sido muy crudo; el deshielo de las grandes nevadas +aumentaba extraordinariamente el caudal de los ríos, y al humilde +Zadorra se le<span class="pagenum" id="Page_150">p. 150</span> habían +hinchado de tal modo las narices, que ningún cristiano se atreviera con +él para vadearlo. Corría ya la segunda quincena de mayo, y aún había +copiosa nieve en los altos de San Adrián y la Borunda.</p> + +<p>De tres personas no más constaba la caravana que hemos venido +persiguiendo, y era jefe o capitán de ella un sujeto espigado y enjuto, +en quien podría verse la reproducción exacta de don Quijote, quitando +a este diez años, dándole un poco más de carnes, y una ligera mano de +belleza y frescura en el rostro. Pero si en la figura recordaba al +hidalgo cervantino, en la palabra, dulcificada por el acento italiano, +se perdía toda semejanza, y más aún en la expresión y modales, pues +aunque de perfecta educación y notable finura, el personaje poseía +todas estas prendas sin entonarlas con la gravedad ceremoniosa del gran +caballero de la Mancha. El primer rasgo de carácter que sorprendía el +observador en el aventurero Aníbal Rapella, al echarle la vista encima +en su alojamiento de Gamarra Mayor, era la presunción, el cuidado de +su persona. Llevaba infaliblemente consigo una cajita con los avíos y +menjurjes de la decoración capilar y facial, y ya le cogiera la mañana +navegando con mal tiempo en un falucho entre África y Europa, ya en la +breve parada de diligencia o carromato, rodando por inhospitalarias +tierras, nunca dejaba de consagrar a su <i>toalleta</i>, una +horita larga, cuando menos media hora, en casos de premura.<span +class="pagenum" id="Page_151">p. 151</span> A esta devoción del buen +ver unía el siciliano el orgullo de una salud de hierro, de la que +hacía continuo alarde, y el apostolado de ciertos preceptos higiénicos +que entonces ofrecían novedad. Así, en aquella fría mañana de mayo, +entre siete y ocho, le vemos en mangas de camisa, al aire libre, +lavoteándose con agua fría en un artesón que pudo procurarse. Y entre +la admiración y risa de los que le contemplaban, sostenía, tiritando, +que aquello era el puntal de la vida. Lo que hizo después, metido en su +aposento, cuya puerta no se cerraba y cuya ventana tenía los cristales +rotos, debió de ser largo y prolijo, porque el hombre quedó fresco, +refulgente, afeitado con gran esmero, limpio y oloroso; su largo +bigote relucía totalmente negro, y en la ropa no se veía una mota. Aún +no había terminado, cuando se le presentó el que llamaremos segundo +de la caravana, español y navarro, natural de Ablitas, que solo se +parecía al escudero de don Quijote en llamarse Sancho (de apellido, no +de nombre: Ezequiel Sancho), sujeto de mediana estatura y complexión +recia, amarilla la tez, ojos verdosos, y el pelo en escobillón. Habíale +mandado el señor con un recado que, por la razón que traía, debió de +resultar infructuoso.</p> + +<p>—No está el brigadier. Después de recorrer una por una las casas del +pueblo, me ha dicho persona verídica que la brigada que manda ese señor +no está ya en el ejército del Norte, sino en el de Aragón.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_152">p. 152</span></p> + +<p>—La brigada podrá estar en otra parte; pero Narváez puede haber +quedado mandando otra división. Al menos así se decía en Madrid.</p> + +<p>—En Madrid dirán lo que quieran; pero el señor don Ramón María +Narváez no está aquí, porque está en Aragón, a no ser que pueda un +nombre estar mismamente en dos partes del mundo, Aragón y la Llanada de +Álava.</p> + +<p>—¡Cuerpo de tal, sí!... Como tú, que estás al propio tiempo aquí y +en Babia... ¿Quién te ha dado esos informes?</p> + +<p>—Un señor coronel a quien conozco desde que él tenía diez años. +Serví en su casa: su madre, gran señora; sus hermanos, guapísimos. +Como hijos de militar, arrimados a la milicia... La señora me regañaba +porque en los ratos libres nos poníamos todos, niños y criados, a jugar +a los soldaditos. A este le quise más que a ninguno, y el día que salí +de la casa lloraba el pobrecico... Yo también lloré, porque le quería. +Era un ángel... La señora nos hacía rezar el rosario de rodillas, y él +se ponía junto a mí, haciéndome garatusas... Pues como iba contando, +todos los hermanos siguieron la carrera militar..., este...</p> + +<p>—¿Quién es?... ¡Acaba de una vez, condenado! —exclamó Rapella dando +una patada—. Aburres al Verbo Divino con tus historias.</p> + +<p>—A eso iba.</p> + +<p>—Quién es, te pregunto.</p> + +<p>—Don Leopoldo O’Donnell.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_153">p. 153</span></p> + +<p>—Acabáramos.</p> + +<p>—Decía que todos los hermanos, respirando como la madre por +el absolutismo, se han ido a la facción; este es el único que ha +dicho: «¡Pues libertad, ea!», y ahí le tiene usted con veintiséis +años y ya coronel, propuesto para brigadier. ¡Me da un gozo cuando +le veo!... Oiga usted: a los once años ingresó en el <i>Imperial +Alejandro</i>; a los quince era la misma formalidad, tan gallardo con +su uniformito...</p> + +<p>—Basta... ¡Si no quiero cuentos, Sancho; si me apestan tus +historias! ¿Dónde y cuándo has visto a O’Donnell? Te advierto que es +amigo mío; luego nos hemos de ver, y si me cuentas algún embuste o le +has contado a él alguna inconveniencia, ten por seguro que lo he de +saber.</p> + +<p>—Le encontré no hace un cuarto de hora, cuando volvía yo para acá, +después de despernarme por todo el pueblo. Salía de su hospedaje, dos +casas más arriba, con cuatro oficiales de su regimiento...</p> + +<p>—¿Manda <i>Gerona</i>?</p> + +<p>—<i>Gerona</i>, sí, señor. Por cierto que el año 34, siendo +Leopoldito segundo comandante de la Guardia...</p> + +<p>—¡Que no quiero historias, que no quiero historias! —gritó Rapella +fuera de sí, esgrimiendo unas pinzas con que se arrancaba algunos pelos +que asomaban en su nariz—. Adelante... A lo que te pregunto.</p> + +<p>—Pues iba diciendo que en cuanto le vi, me fui derecho a él... +¡Qué sorpresa, qué alegría!<span class="pagenum" id="Page_154">p. +154</span> Claro que me reconoció, y dijo: «¡Sancho!», así, con..., con +confianza..., y yo dije: «Niño mío, mi don Leopoldito...», así, con..., +con tristeza, porque me acordaba de aquellos tiempos felices, que ya no +volverán... Me acordaba de cuando su mamá, aquella respetabilísima y +santa señora...</p> + +<p>—Sancho, que te pego.</p> + +<p>—Voy..., voy... Pues hablamos un ratito..., le dije que venía al +servicio de un señor diplomático...</p> + +<p>—Muy bien.</p> + +<p>—Y él se admiró..., y luego..., nada... Notando yo que quería seguir +hablando con sus compañeros, de cosas del servicio, me despedí, y +cuando le besaba la mano tuve el buen acuerdo de preguntar por el señor +brigadier Narváez, y me dijo lo que consta.</p> + +<p>—Vamos, hombre, gracias a Dios que dejas a un lado la paja y vienes +al grano. Pues mira, Sancho, corre al instante en seguimiento del +coronel de <i>Gerona</i>, y el mismo recado que te di para Narváez +se lo encajas a él. ¿Has perdido la boleta con mi nombre?... Ahí la +tienes: bien... Pues vas, le sueltas la boleta y le dices que deseo +hablarle; que me señale hora y sitio... ¿Estás? Corre, Sancho amigo, +que necesitamos ganar horas, minutos...</p> + +<p>Salió Sancho presuroso, y el señor Rapella, abreviando los últimos +trámites de su complejo tocador, dio golpes con los nudillos en una +puerta próxima, diciendo a gritos:</p> + +<p>—Fernando, hijo, ¿duermes todavía?</p> + +<p>Como no recibiera<span class="pagenum" id="Page_155">p. 155</span> +contestación, empujó las mal ajustadas tablas que componían la puerta, +y penetró en un camaranchón que recibía la claridad de un tragaluz +del tamaño de medio pliego de papel. Allí, entre arcones cubiertos de +polvo, sacos de paja y viejos instrumentos de labranza, yacía durmiendo +bajo una manta Fernando Calpena, el cual, si despertó a las voces que +daba su amigo, hubo de tardar algún tiempo en vencer el embrutecimiento +que un profundo dormir en cuerpo tan cansado producía. Viéndole +desperezarse, Rapella le dijo:</p> + +<p>—Levántate pronto, y vístete y arréglate. ¿Conoces tú a +O’Donnell?</p> + +<p>—¿Enrique?</p> + +<p>—No: Leopoldo.</p> + +<p>—No le conozco. A su hermano sí: en Madrid le dejamos.</p> + +<p>—Porque verás: tropezamos con un grave inconveniente. Mi íntimo +amigo Ramón Narváez, con quien yo contaba para que nos proporcionase +caballos, no está ya en este ejército. Yo, la verdad, aunque traigo +carta para Córdova, no me atrevo a presentarme en el cuartel general +en estas circunstancias... En el momento de iniciarse un movimiento de +avance hacia las líneas de Arlabán, no me parece oportuno dar a conocer +que vamos al cuartel de don Carlos.</p> + +<p>—Sí; podrían creer que llevábamos noticias de los movimientos del +ejército cristino —dijo Calpena sacudiendo la pereza—. ¿Y en efecto, +se mueve Córdova?... Yo creí<span class="pagenum" id="Page_156">p. +156</span> que soñaba, oyendo desde antes del alba cornetas y +tambores... Soñé, ¡qué desatino!, que debajo de mi jergón se estaba +dando la batalla de Bailén, y que no la ganaba Castaños, sino +Mendizábal. Ya ve usted qué desatino...</p> + +<p>—Intentaré entenderme con O’Donnell: le trato poco; es muy frío; +parece un reverendo inglés. ¿Y a quién conoces tú en el ejército?</p> + +<p>—A muchos. Pero con encontrar a Patricio de la Escosura, tendremos +lo que queramos.</p> + +<p>—Facilillo es hoy cogerle. ¡<i>Mali pri mia</i>! —dijo Rapella, +lanzando una exclamación siciliana—. Ya siento que no entráramos en +Vitoria.</p> + +<p>—Si el ejército se pone en marcha, será como buscar una aguja en un +pajar. ¡Fuera pereza!... ¡Ah!, también conozco a Juanito Pezuela y a +Ros de Olano.</p> + +<p>—Pues anda, hijo, anda, y mientras tú brujuleas por un lado, yo +procuraré conquistar la fría voluntad del coronel de <i>Gerona</i>, y +buscaré a Malibrán, grande amigo mío, y a Pepe Concha. También está +en el cuartel real Mariano Girón, el hermano del duque de Osuna; a +los dos les trato... Pero no es prudente que nos vayamos tan a fondo. +Procurémonos tres caballerías, aunque sean de desecho, y escapemos +hoy mismo por el camino de Villarreal, donde, según lo que allí nos +digan, tomaremos la dirección más expedita para colarnos pronto en la +mismísima corte del señor Pretendiente.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch16"> + <p><span class="pagenum" id="Page_157">p. 157</span></p> + <h2 class="nobreak g1">XVI</h2> +</div> + +<p>Arreglose Fernando a toda prisa, chapuzándose en agua fría, que el +mismo Rapella con todo su empaque le trajo en un cubo, y al cuarto +de hora ya corrían los dos por las calles del pueblo, inquiriendo y +tomando lenguas en busca de estos o los otros amigos. El don Leopoldo +recibió al italiano en medio de la calle con glacial cortesía, y +a las primeras de cambio, hubo de oponer a su pretensión reparos +y dificultades que equivalían a una cortante negativa. Así lo +comprendió el otro, y como hombre agudísimo, de larga vista social, no +insistió, absteniéndose al propio tiempo de preguntar cosa alguna que +transcendiese a movimientos de tropas. Con astuta diplomacia, no ocultó +al coronel que llevaba al cuartel de don Carlos una misión reservada +cerca del infante don Sebastián Gabriel:</p> + +<p>—Arreglos de familia, ciertas negociaciones, ¿me entiende +usted?, para las cuales llevo poderes de Su Majestad el rey de las +dos Sicilias, de la princesa Carolina... y de otras elevadísimas +personas..., asunto que, si bien de carácter doméstico, podría influir +grandemente en la cosa pública, en la guerra, en la paz...</p> + +<p>Oyó estas historias don Leopoldo con flemática<span class="pagenum" +id="Page_158">p. 158</span> atención, sin demostrar un interés muy vivo +en tales componendas. Era un chicarrón de alta estatura y de cabellos +de oro, bigote escaso, azules ojos de mirar sereno y dulce; fisonomía +impasible, estatuaria, a prueba de emociones; para todos los casos, +alegres o adversos, tenía la misma sonrisa tenue, delicada, como de +finísima burla a estilo anglosajón. Despidiose, al fin, cortésmente del +estirado Rapella, dejándole en extremo descorazonado. ¡Ah, si estuviera +allí Narváez, aquel temperamento ardiente, imperioso, altanero, gran +servidor de sus amigos! Para las situaciones de grande apremio, había +puesto Dios en el mundo a los andaluces, con toda la vehemencia de sus +afectos y todo el fuego de su torera sangre.</p> + +<p>Más suerte tuvo don Fernando, que, a fuerza de huronear, metiéndose +en los grupos de oficiales que a lo largo de la carretera encontraba, +dio al fin con Ros de Olano, que a caballo venía con Pepe Cotoner. +Grande y placentera fue la sorpresa de los simpáticos jóvenes al +encontrarse en el propio teatro de la guerra a un disperso amigo de +Madrid, con quien habían alternado <i>en los dorados salones</i>, como +solía decirse. Los interrogatorios fueron festivos y breves por una y +otra parte, pues no era ocasión de entretenerse en extensos relatos. +Formuló Calpena la pretensión suya y de su compañero Rapella, a quien +de nombre conocían los otros por la fama de su metimiento en Palacio, +y no respondieron dando esperanzas de una fácil solución. Cuando<span +class="pagenum" id="Page_159">p. 159</span> les notificó que iban al +cuartel de don Carlos, mostraron inquietud y asombro; pero Fernando se +apresuró a quitar por su parte todo matiz político a tan desatinado +viaje, diciéndoles:</p> + +<p>—El objeto de mi compañero es un asunto de la Familia Real, cosas +del rey de Nápoles y del infante don Sebastián; el objeto mío es +apoderarme, por la fuerza o por la astucia, como pueda, de una mujer, +de mi novia, que me ha sido robada infamemente. Es huérfana, señores, +¡cuidado!; se la disputo a un tutor, como en las comedias que ya están +pasadas de moda.</p> + +<p>Acogida fue tal revelación con grandes risotadas, y para +predisponerles más a su favor, encareció Calpena los peligros y el +dramático misterio de la aventura que emprendía sin auxilio de nadie, +y en la cual, puesta resueltamente toda su voluntad, no veía más +que dos términos: la victoria o la muerte. Imaginaciones lozanas, +espíritus juveniles y entusiastas, que adoraban el bien y la belleza, +Ros y Cotoner manifestaron a Fernando una simpatía ardorosa, y a este, +que no a otro resorte, debieron los expedicionarios la solución de +la dificultad en que les puso la ausencia del brigadier don Ramón +Narváez.</p> + +<p>A la hora y media de este coloquio de Calpena con sus amigos en +medio del camino, él a pie, los otros a caballo, recibieron los +viajeros dos magníficos jamelgos cojitrancos y un mulo lleno de +mataduras, que les parecieron bajados del cielo, y las más gallardas +cabalgaduras que habían visto en<span class="pagenum" id="Page_160">p. +160</span> su vida. No quisieron entretenerse allí, temerosos de que +se las quitaran, y tomando a toda prisa un par de bocados y algunos +tragos de vino, picaron espuela por el camino de Villarreal; Rapella +y Fernando caballeros en los rocines, Sancho con las maletas en el +matalón.</p> + +<p>Mientras estuvieron a la vista del pueblo no iban muy tranquilos, y +arrimaban espuela y látigo a las caballerías para ponerse pronto a la +mayor distancia; después aflojaron, porque harto les significaban las +pobres bestias que por su edad y achaques no estaban ellas para largos +trotes. En todo el día, nada les aconteció digno de referirse. A la +caída de la tarde, merendaron de los abastecimientos que el precavido +Sancho había cuidado de recoger en el parador, y a eso de las siete les +dieron el alto las avanzadas carlistas. Como iban con toda seguridad, +pues Rapella llevaba pasaportes y salvoconductos expedidos por quien +podía hacerlo, y además cartas para Villarreal, Guergué y otros a +quienes personalmente conocía, nadie les molestó, y siguiendo hacia el +interior del Estado faccioso, franquearon, con ayuda de un guía del +país, un alto monte hasta dar en un caserío próximo a Arechavaleta, +donde se aposentaron y durmieron unas tres horas. Al siguiente día +continuaron su marcha por laderas pobladas de bosque, hasta salvar la +divisoria entre los ríos Deva y Aránzazu por Beloña, y a media tarde +vieron bajo sus pies las torres y chapiteles<span class="pagenum" +id="Page_161">p. 161</span> de la noble Oñate, en la cual hicieron su +triunfal entrada a punto de las seis.</p> + +<p>Como a tal hora volvían a sus viviendas innumerables paseantes, la +entrada de los tres viajeros en la capital del absolutismo por la calle +<i>Zarra</i> fue objeto de gran curiosidad y sensación. Los grupos de +clérigos y señorones se paraban a contemplarles; los chiquillos corrían +tras ellos; en ventanas y balcones asomaban las mujeres sus lindas +caras. El tipo de caballero noble que a Rapella distinguía, la juvenil +elegancia de Calpena, motivo fueron de comentarios, que corrían de boca +en boca con la rápida transmisión propia del ambiente social de un +pueblo aislado en que moran la ambición y la ansiedad. Favorables a los +viajeros eran las opiniones que a su vista se formulaban aquí y allá, +y el que menos los tenía por aristócratas castellanos o andaluces que +venían a rendir pleito homenaje a la majestad del rey legítimo. Los más +avisados creyéronles extranjeros, plenipotenciarios de alguna de las +cortes del Norte, que llegaban con mensajes y quizás con dinero.</p> + +<p>—Para mí —decía apoyándose en su bastón de puño de oro el señor don +Francisco Bruno Esteban, canónigo dignidad de Osma y Teniente Vicario +general castrense—, vienen de parte del rey de Prusia, y traerán un par +de millones cuando menos, que de este envío y de tal plenipotencia hubo +noticias no hace dos semanas.</p> + +<p>—No hay nada de millones ni de prusianos —afirmó el Ordenador, +jefe de la Hacienda<span class="pagenum" id="Page_162">p. 162</span> +militar y civil, señor Labandero—. Si acaso, traerá buenas palabras... +Me da en la nariz que son de la familia del entusiasta, del generoso +conde Roberto de Custine. ¿No notan ustedes el tipo de caballeros a la +antigua?</p> + +<p>—Ya lo hemos notado —dijo el orondo don Tiburcio Eguiluz, +Superintendente general de Vigilancia pública—. Para mí, no es otro que +el vizconde de la Rochefoucauld Jaquelin.</p> + +<p>—Hombre, me parece que está usted soñando, señor don Tiburcio.</p> + +<p>—Ya veremos quién sueña...</p> + +<p>Por indicación de Sancho, que conocía la localidad, apeáronse junto +al Ayuntamiento, a la entrada de la calle <i>Barria</i>, frente a +la iglesia de San Miguel, la mayor y principal del pueblo. Allí les +era fácil tomar lenguas de la mejor posada para los señores y de un +parador para las caballerías. Viéronse al punto rodeados de diversa +gente. Militares, paisanos, viejos, chiquillos y algunos clerizontes +se abalanzaban a ellos deseosos de servirles, con la tradicional +afabilidad vascongada. Sin que lo preguntaran, se les indicó el +palacio de Artazcos, residencia de Su Majestad, quien aquel día se +encontraba en Elorrio. Al oír esto, mostrose Rapella muy contrariado; +pero habiéndole dicho los circunstantes que Su Alteza el infante don +Sebastián permanecía en la villa y que residía en la Universidad, +exclamó gozoso y enfático el siciliano:</p> + +<p>—No podía Su Alteza, mi<span class="pagenum" id="Page_163">p. +163</span> grande amigo, albergarse más que en el propio templo de la +sabiduría.</p> + +<p>Resolvió entonces entrar en una tienda de licores y pasteles que +vio en el costado de la plaza, sin que le moviera otro propósito +que librarse del enjambre de curiosos impertinentes y de chiquillos +pegajosos, y allá se colaron también dos señores capellanes, extremando +su cortesía.</p> + +<p>—El mayor obsequio que pueden hacerme los que tan atentos se +muestran, es llevar al Serenísimo señor Infante un aviso de mi parte. +Basta con decirle que ha llegado su amigo Rapella y que desea pasar a +ver a Su Alteza en cuanto este se digne señalar hora para recibirle.</p> + +<p>No habían transcurrido quince minutos cuando a sus oídos llegaba +esta grata respuesta:</p> + +<p>—Su Alteza acaba de entrar de paseo, y dice que le espera a usted +ahora mismo.</p> + +<p>—Ya sabía yo —dijo reventando de satisfacción el siciliano y dándose +un tono tremendo entre aquella gente—, ya sabía yo que me recibiría sin +pérdida de tiempo. Tú, Fernando, espérame aquí. Si Su Alteza me convida +a cenar, como espero, te mandaré recado. Entre tanto, busca por ahí, en +lugar céntrico, un buen alojamiento para los tres.</p> + +<p>Y partió al instante con un capellán por cada lado y detrás un +reguero de gente diversa. En la puerta de la repostería dieron a +Calpena razón de un alojamiento próximo, añadiendo que tenían que +resignarse a vivir con alguna estrechez, por estar Oñate lleno +de gente forastera, con tanto empleado<span class="pagenum" +id="Page_164">p. 164</span> y tanto señor de oficina. Más que en la +comodidad del pupilaje, el pensamiento de Calpena se fijaba tenaz en +el capital asunto que embargaba su ánimo, y al punto empezó a formular +preguntas:</p> + +<p>—¿Conocen ustedes a un señor don Ildefonso Negretti, que ha venido a +la contrata de armas y municiones?</p> + +<p>—¿Cómo dice usted...? ¿Negretti? El nombre no me suena. ¡Vienen +tantos, unos a proponer pólvoras, otros armas, otros provisiones de +boca! ¿Es por casualidad francés?</p> + +<p>—No, pero quizás lo parezca. Ha venido con él una sobrina, hermosa +joven, morena.</p> + +<p>—Ya sé quien es: bajito, la ceja corrida; mira un poco torcido. Trae +consigo una vieja y una señorita que parece tísica.</p> + +<p>—¡Tísica! No puede ser, a menos que... —dijo Fernando en la mayor +confusión—. A ver, denme las señas de esa enferma. Puede una salud +robusta desmejorarse rápidamente con los malos tratos.</p> + +<p>—Una damita flaca —dijéronle en vasco mal castellanizado—, con el +pelo de color de cola de buey.</p> + +<p>—No, no es esa... En fin: llévenme, si gustan, al alojamiento que +crean mejor, y ya emprenderé mis indagaciones con toda calma.</p> + +<p>Dos angelones como de doce a catorce años, guapines, rubios, +cuyos rostros infantiles mostraban ya la seriedad y aplomo de la +raza, le guiaron a la posada, de la cual era patrona la madre de +uno de ellos, el más tierno, de aficiones militares, según contó +a<span class="pagenum" id="Page_165">p. 165</span> Calpena. EL otro, +en quien ya la voz llueca manifestaba el paso de niño a hombre, +estudiaba para cura, y por de pronto, aprendía música con su padre, +organista de la iglesia mayor, y cantaba con él en las funciones. +Hallábase la hospedería en una calle estrecha que pone en comunicación +la <i>Barria</i> con la de Santa María, y sale frente al torreón +viejo del palaciote de Artazcos, morada del rey absoluto. Buena era +ciertamente la tal casa; mas en días de tanta aglomeración resultaba +estrecha, incómoda, y los huéspedes vivían en ella como sardinas +en banasta, acomodándose cuatro en estancias donde tres no habrían +tenido suficiente holgura. A Calpena le metieron en una alcoba donde +moraban dos señores: un capellán nombrado Ibarburu, que del servicio +castrense pasó a desempeñar la secretaría del <i>Despacho de Gracia +y Justicia</i>, y un teniente coronel, impedido de una mano, que +prestaba servicio burocrático en la <i>Junta Provisional Consultiva +de Guerra</i>; llamábase Cerio, y era hombre muy vehemente, la pura +pólvora, de un optimismo delirante. Con ambos trabó conversación y +amistad Calpena en cuanto se instaló, y en la cena, servida a punto de +las ocho, con lentitud y apreturas, por ser corta la mesa para veinte +que a ella se sentaban, oyó mil noticiones y el animadísimo platicar +de toda aquella gente. Entre los comensales descollaba como número +uno de los habladores el tal don Ceferino Ibarburu, y metían bastante +bulla don Teodoro Gelos, médico<span class="pagenum" id="Page_166">p. +166</span> de cámara, vocal de la <i>Junta Superior Gubernativa de +Medicina y Cirugía del Ejército</i>; don Juan Francisco de Ochoa, +intendente, y el señor Sureda, gentilhombre de Palacio.</p> + +<p>—¡Menuda paliza se habrán llevado a estas horas! —dijo Cerio, el +incorregible soñador de triunfos—. Y si no se la han ganado todavía, se +la ganarán mañana.</p> + +<p>—¡Vaya con las gracias que quiere hacer el señor de Córdova! —dijo +Ibarburu—. ¿Pues no se le ocurre al niño querer tomar las alturas de +Arlabán?</p> + +<p>Una carcajada burlona corrió de boca en boca por toda la mesa, y el +señor Gelos, que se preciaba de táctico, aseguró que las alturas de +Arlabán no las tomarían los cristinos ni con doscientos mil hombres.</p> + +<p>—La desgracia que tuvimos en enero en aquellas posiciones, cuando +las ocupó Narváez, fue por sorpresa...</p> + +<p>—Como que entonces no nos cuidábamos de aquella posición —indicó el +intendente—, y ahora la hemos fortificado. Es un hueso muy duro, donde +se dejarán los dientes esos señores si intentan roerlo.</p> + +<p>—Pero hablamos aquí sin conocimiento de causa —dijo Ibarburu +emprendiéndola con las habichuelas—. ¿Quién asegura que los cristinos +van contra Arlabán? Entiendo que el objeto de Cordovita es una simple +demostración militar hacia la Borunda. Este caballero (<i>señalando +a Calpena</i>), que acaba de llegar de Vitoria, nos dirá si las +tropas<span class="pagenum" id="Page_167">p. 167</span> enemigas se +dirigían hacia la Barranca o hacia las lomas de San Adrián.</p> + +<p>Declaró Fernando que a su paso por Vitoria, él y sus compañeros +de viaje habían notado movimiento de tropas, sin poder precisar +qué posiciones tomaban los cristinos ni a qué lugares, para él +desconocidos, se dirigían.</p> + +<p>—¿Pero el señor viene de Castilla? —dijo el gentilhombre Sureda +mirándole con su lente, pues era algo cegato, de formas corteses y +un tanto atildadas, calvo, muy limpio, prototipo de figura palatina +para desempeñar un papel decorativo junto a los candelabros y mesas +barrocas—. Yo entendí que estos señores diplomáticos venían de Francia, +y me dijeron que traían la estafeta de Viena y Berlín. Dispense usted. +No es que yo pretenda saber cuál es su misión. Ya sé que el otro señor +ha sido invitado por Su Alteza.</p> + +<p>—Es, según oí —apuntó Ibarburu—, napolitano, persona ilustradísima, +que en Madrid ayudaba al señor Infante en sus investigaciones +arqueológicas.</p> + +<p>A todo asintió Calpena con medias palabras. De pronto, el médico +Gelos, con notoria grosería, se dejó decir:</p> + +<p>—¿Y qué...? ¿Nos traen ustedes <i>conquibus</i>? Porque para +palabras bonitas, excusaban de venir... Dispense..., aquí somos muy +francotes. Hace tiempo nos están mareando con el empréstito de Turín, +que hoy, que mañana... Pero el tiempo pasa, y <i>la mosca</i> no +parece. Cuando vuelva usted a las cortes de Europa, señor mío, bien +puede decir<span class="pagenum" id="Page_168">p. 168</span> a esos +caballeros que ya basta de protección platónica; que aquí luchamos por +la causa de todas las potencias, por los tronos legítimos, contra las +revoluciones y el jacobinismo, y que deben ayudar a nuestro excelso +rey, no con <i>metáforas</i> floridas, sino con metálicas razones... +<i>por cuanto vos contribuisteis</i>... pues así venceremos más +pronto... Digo más pronto, porque de todos modos, tarde o temprano, +la victoria es segura. Está decretada por el Altísimo, y a donde no +lleguen las valientes tropas de Su Majestad, llegará la intercesión de +nuestra Generalísima invencible, la Virgen de los Dolores.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch17"> + <h2 class="nobreak g1">XVII</h2> +</div> + +<p>De aquel inoportuno y desconsiderado Gelos se contaba que había +sido barbero, luego maestro de cirugía menor, pasando a titularse +doctor en Medicina por una serie de transiciones lentas. No carecía +de habilidad empírica; teníale el rey por un sabio, y puso en sus +manos la asistencia de los heridos de su ejército: fue de los enviados +desde Durango a la cura de Zumalacárregui, que resultó indocta, +tardía, funesta. Distinguíase Gelos en el real de don Carlos por sus +opiniones intransigentes; militaba con rabioso<span class="pagenum" +id="Page_169">p. 169</span> entusiasmo en el partido zaguero, arrimado +a las violencias absolutistas, a la cacería y exterminio de liberales, +partido en quien la barbarie no era inferior a la candidez. Llamábanse +los tales <i>netos</i>, <i>puros</i>, y su ridículo y brutal fanatismo +ocasionó el <i>menoscabo y vuelco</i> de la Causa, como diría el +historiador Mor de Fuentes. Entre los netos y las principales figuras +del ejército real latía una guerra honda, que se manifestaba en la +superficie con el tiroteo continuo de acusaciones solapadas. Los +valientes jefes de división, sucesores de Zumalacárregui, detestaban +a la camarilla, haciéndola responsable de todas las desdichas. En +cambio, los puros, en cuyo negro enjambre descollaba la frailuna +personalidad de don Juan Echevarría, tenían por traidores a Villarreal, +Gómez, Zaratiegui, soldados valientes que habían ganado palmo a +palmo el terreno donde Carlos V pretendía establecer un ridículo +simulacro de organización política y administrativa. Era un Estado de +papel, compuesto de denominaciones enfáticas, burocracia sin materia +administrable, palaciegos sin palacio, intendencias sin dinero, +ministros con las carteras y las cabezas totalmente vacías.</p> + +<p>En la <i>posada de Iriarte</i>, que así llamaban al hospedaje +de Calpena, marcábanse claramente los dos partidos, pues si Gelos +y Ochoa se preciaban de facciosos a machamartillo, Sureda, Cerio, +el mismo Ibarburu y la mayoría de los demás huéspedes no<span +class="pagenum" id="Page_170">p. 170</span> veían con buenos ojos la +insolente preponderancia clerical; reconocían la lealtad y bravura +de los militares, y mostrándose devotos de la Virgen, y asistiendo +con edificación a todas las funciones de iglesia a que les llevaba la +santurrona piedad del rey, fiaban, más que en los rezos y letanías, en +el poder de las armas, en el eficaz aprovisionamiento de las tropas, +en la política seria, dirigida con templanza y arte mundano. A menudo, +en las conversaciones de la mesa salían a relucir estas diferencias, +atemperándose los disputadores al tono forzosamente grave y al matiz +opaco de aquella sociedad, donde eran mal mirados los que hablaban +demasiado fuerte, y tachados de masones los que proferían palabrotas +picantes.</p> + +<p>—Si el señor Gelos me lo permite —dijo con exquisita finura el +palaciego Sureda, echando vinagre en su plato de judías verdes—, +indicaré que de los empréstitos y de levantar fondos en el extranjero +se cuidará nuestro gran ministro don Juan Bautista Erro, que para algo +le ha traído de Londres Su Majestad.</p> + +<p>—Me aseguró ayer el señor obispo de León —manifestó Ibarburu, +impaciente ya por meter su cucharada— que el ministro trae planes +sublimes. Su Ilustrísima y don Juan vinieron juntos hasta la +frontera... Es indudable que al salir de Londres dejó el señor Erro +ultimado un empréstito de algunos milloncitos de libras esterlinas, +<i>vulgo</i> monedas de oro de a cinco pesos. No nos saldrá este +grilla,<span class="pagenum" id="Page_171">p. 171</span> como les +salió a los cristinos el tal don Juan Mendizábal, que se vino también +de Londres con mucho viento en la cabeza, y luego... ¿qué? Miseria, +el inicuo despojo del clero regular, que es un robo, señores; es como +sacarle a uno el reloj del bolsillo...</p> + +<p>—Yo me alegro, sí señor, me alegro —dijo el señor Gelos, +congestionado de tanto comer, y aflojándose el dogal que la +servilleta le hacía en el cuello—. Ese escandaloso robo será la +mecha que ponga fuego a la mina. Los cristinos, en su satánica +demencia, desafían a Dios..., ¡le meten la mano en el bolsillo a +Dios, señores, para quitarle lo que pertenece a la santa Iglesia!... +Me alegro, sí, me alegro, para que vean, para que aprendan los que +aún no están convencidos... Hablando de esto, decíame esta tarde +el señor Echevarría: «Es lo único que faltaba para que Dios y la +Virgen Santísima estuviesen de nuestra parte...». Pues qué, todos +esos caudales, ¿de quién son sino de nuestra Generala? La piedad se +los dio, el infierno se los quita. Bien, bien: esto nos favorece. +¡Imagínense ustedes la cólera de Dios cuando haya visto...! ¡Están +locos, locos!..., y nosotros más locos todavía, si no nos aprovechamos +de estos desaciertos del masonismo, abandonando los enjuagues y paños +calientes para marchar decididos al exterminio de la impiedad, de la +revolución.</p> + +<p>—Muy bien: así habla un devoto fiel de la religión y el trono —dijo, +al extremo de la mesa, uno que se ocupaba en partir nueces<span +class="pagenum" id="Page_172">p. 172</span> para sí y los inmediatos, y +era un antiguo guerrillero cojo, empleado en la <i>Superintendencia de +Vigilancia pública</i>.</p> + +<p>—Yo no me meto en dibujos —declaró Cerio, comiendo también nueces, +único postre que había— ni entiendo de si se deben llevar las cosas por +lo blando o por lo duro. No pienso más que en el pie de paliza que a +estas horas habrá dado Villarreal a Cordovita.</p> + +<p>—¿Pero se ha roto el fuego ya? No hemos oído tiros.</p> + +<p>—Yo, sí. Esta tarde, viniendo de paseo por el camino de Aránzazu, +oíamos un espantoso tiroteo. Y unos viejos que bajaban del monte nos +dijeron que ayer rompió el fuego la división de Espartero contra el +castillo de Guevara, y que a la primera embestida quedaron patas arriba +como unos dos mil cristinos; que uno de los muertos es O’Donnell, +coronel del regimiento de <i>Gerona</i>, del cual solo han quedado doce +hombres.</p> + +<p>—Me parece, señor don Matías, que no está usted bueno.</p> + +<p>—Hombre, quién sabe, quién sabe... ¿Y dice usted que unos viejos que +venían...?</p> + +<p>—De San Adrián, a donde fueron a retirar cuatro vacas. Pues sí: +Ribero, con su división, atacó por Zuazo de Salvatierra, y toda la +caballería que llevaba se precipitó en un barranco, donde ya pueden +ustedes figurarse cómo quedaría. Desde aquí estoy viendo yo el montón +de huesos de hombres y caballos.</p> + +<p>—¡Bonito montón! También nosotros lo vemos, amigo Urra.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_173">p. 173</span></p> + +<p>—No reírse, señores, no reírse —dijo con gravedad el intendente +señor Ochoa—, que bien puede ser verdad lo que nos cuenta el amigo +Urra.</p> + +<p>—Y aún se ha dicho más —prosiguió don Matías—. Unas mujeres que +venían de Ulibarri Gamboa contaron que reventó un cañón y mató a +Córdova, entrándole un casco por semejante parte, con perdón...</p> + +<p>—También cae dentro de la jurisdicción de lo posible —dijo don +Teodoro Gelos—; pero hasta que no venga el parte, pongamos en +cuarentena rigurosa todos esos barrancos llenos de caballería muerta, +y esos cañones que se hacen añicos tan oportunamente... Como yo soy +de los que creen en la Providencia..., ¡y lo digo muy alto!..., en +la justicia divina..., no me río de esas noticias..., las oigo y +espero.</p> + +<p>El tal don Matías Urra, infeliz veterano del absolutismo, había +comenzado su carrera gloriosa en la Regencia de Urgel y en el servicio +privado del barón de Eroles. Emigrado a Francia, volvió a su tierra +en calidad de ayuda de cámara del conde Penne de Villemur, el cual +le tomó grande afición por su lealtad y esmero en el servicio. +Deseando asegurarle un porvenir decoroso, le colocó, siendo ministro +de la Guerra de don Carlos, en una humilde posición de Provisiones +Militares. Poco después, el señor Arias Teijeiro, prendado de su +fidelidad, se lo llevó a Gracia y Justicia como auxiliar de Secretaría, +cargo puramente nominal, pues le ocupaban<span class="pagenum" +id="Page_174">p. 174</span> en diversos menesteres; tan pronto se le +veía en <i>Correos</i>, como en la Comisaría de Vigilancia, siempre +leal, atento a lo que se le ordenaba, celosísimo por la causa del rey +y la religión. Queríalo todo el mundo en la llamada corte, y no por +humildes eran menos apreciados sus servicios. Hombre sencillísimo, sin +pretensiones, con tanta fe en la Causa como en Dios, distinguíase por +su actividad en la transmisión de todas las gratas mentiras que eran +el consuelo de la <i>ojalatería</i> facciosa. No tenía familia, ni más +amor que el rey, por quien habría dado cien veces su inútil vida. A +más de poner en circulación mañana y tarde las nuevas fresquecitas de +descalabros cristinos, del pánico que reinaba en Madrid, de la fuga +de la Gobernadora, se había constituido en <i>avisador</i> de todos +los triduos, novenas, funciones mayores, rosarios y demás religiosos +actos que en las iglesias y oratorios de Oñate se celebraban, para +edificación de las almas y alimento de las esperanzas políticas. El +bueno de Urra informaba puntualmente, preguntáranle o no; y dotado de +actividad prodigiosa, iba de casa en casa anunciando:</p> + +<p>—Esta noche desagravios en San Miguel; mañana trisagio en las +Franciscanas; en Santa Marina completas y salve, y en Bidaurreta +manifiesto y sermón del padre prepósito de San Agustín...</p> + +<p>Continuó picando la conversación en el candente asunto de la +embestida de los cristinos a las posiciones de Arlabán, que unos<span +class="pagenum" id="Page_175">p. 175</span> tenían por cierto y otros +no, y al fin, hartos de judías, huevos cocidos, pescado en salmuera y +nueces, empezaron a desfilar: los más impacientes y activos resolvieron +no acostarse sin ver confirmadas o desmentidas las noticias guerreras +que corrían, y para esto no había cosa mejor que dirigirse a los +<i>centros</i>, donde seguramente habrían llegado partes.</p> + +<p>—Yo me voy a <i>Guerra</i> —dijo uno—, que algo sabrán allí.</p> + +<p>—Y yo a Palacio —declaró Sureda—; entro de guardia esta noche.</p> + +<p>—Pues yo —manifestó Ibarburu con retintín— me voy a <i>Gracia +y Justicia</i>, donde tenemos multitud de asuntos al despacho, y +francamente, ni el señor Arias Teijeiro ni yo gustamos de que se +aglomeren los negocios.</p> + +<p>Gelos se fue a la tertulia del señor Echevarría, al extremo de calle +<i>Barria</i>, y Matías Urra no se acostaba sin meter sus narices en +la botica, primero, y después en casa del señor vicario, su grande +amigo.</p> + +<p>Retirose Calpena contento a su dormitorio, porque el trato +de aquellos señores, en general afables y comunicativos, dábale +esperanzas del pronto esclarecimiento de su magno asunto, y fijándose +especialmente en Urra, en quien vio un eficaz correveidile, sabedor +de cuanto en el pueblo ocurría, se propuso utilizar con maña su +oficiosa complacencia. Rendido de sueño, se acostó pensando que tal +vez estaba muy cerca de Aura. Bien podía ser que la enamorada doncella +se encontrase a la otra parte de aquel tabique o pared a que su lecho +tocaba... Bien podía ser,<span class="pagenum" id="Page_176">p. +176</span> Señor; y si no era tanta la proximidad, en otro cualquier +sitio de la población o de los caseríos del valle se encontraría. Ya la +estaba viendo; la sentía respirar, la alcanzaba con su mano... Quedose +dormido con esta idea, y toda la noche se la pasó en un sueño, del cual +lo sacó Rapella muy de mañana tirándole de una oreja.</p> + +<p>—Levántate —le dijo— que es tarde y tenemos que hablar. Su Alteza +me hizo el honor de invitarme a su mesa. Llegué muy tarde a la posada. +Quisieron acomodarme aquí, en catre de tijera; pero yo, por estar +solo, he preferido un camaranchón alto donde guardan las ristras de +cebollas... Para poder uno arreglarse y hacerse la <i>toilette</i>, +es indispensable una habitación independiente, por pequeña y mala que +sea.</p> + +<p>Notó Fernando, incorporándose para vestirse, que su amigo y jefe +estaba ya perfectamente revocado en rostro, cabellera y bigotes, bien +cepillado de ropa, limpio y oloroso. Se había sentado a los pies de +la cama, por no hallar silla disponible. Ibarburu, en planta desde +el amanecer, tomaba su chocolate en el comedor próximo. Cerio dormía +entapujado con la sábana, y roncaba.</p> + +<p>—¿Y qué tal? —le preguntó Calpena saltando del lecho—. ¿Cómo andamos +de negociaciones?</p> + +<p>—Chitón. Vístete, arréglate, y en la calle hablaremos. Yo me +bajo, que tengo que dar órdenes a Sancho. Te espero en el pórtico de +la iglesia. Ponte tu mejor ropa: vas a venir<span class="pagenum" +id="Page_177">p. 177</span> conmigo a ver al Infante, que desea +conocerte.</p> + +<p>Antes de veinte minutos se reunían Rapella y Fernando en el pórtico +de San Miguel y lo primero que hicieron fue entrar a oír misa.</p> + +<p>—Aquí, amigo mío —dijo el siciliano—, hay que atemperarse a +las costumbres y a la atmósfera levítica del pueblo. Oigamos misa +devotamente, y si cuadra oír dos, no será malo.</p> + +<p>¡Miren qué casualidad! Por entrar en la iglesia, se les apareció +Urra ofreciéndoles el agua bendita. Calpena se alegró de verle, y +afectuosamente le preguntó:</p> + +<p>—¿Se alcanza esta, amigo don Matías?</p> + +<p>—Ya no... —respondió el vejete, deshaciéndose en amabilidad—. Pero +entren los señores en la capilla del Sagrario y aguarden un poquito, +que va a salir la del señor padre prepósito.</p> + +<p>Oyeron su misa con gran recogimiento, y a la salida volvieron a +encontrarse a Urra, que les embistió amabilísimo:</p> + +<p>—¿No se quedan los señores a misa mayor?</p> + +<p>—Hoy no podemos —dijo Rapella—. Nos aguarda el Infante, y quizás +tengamos que ir antes de mediodía a Elorrio a presentarnos a Su +Majestad.</p> + +<p>—Su Majestad viene esta tarde. Por si no lo sabían, lo advierto a +los señores. También les digo que para confesar, la mejor hora es entre +nueve y diez. Ahora, ya ven los señores cómo están estos confesonarios. +Hoy se nos ha venido junta toda la oficialidad de<span class="pagenum" +id="Page_178">p. 178</span> Artillería, que comulgará después en +la tercera misa del Sagrario... Hasta más ver. Al señor Infante le +hallarán ahora en misa.</p> + +<p>Salieron, y por hacer tiempo hasta la hora de visitar al Infante +y poder charlar a gusto, fuéronse a recorrer el pueblo, que en +su pequeñez ofrece bastante interés, por la grandeza y hermosura +de sus edificios públicos y particulares. Pasaron por delante de +<i>Palacio</i>, subieron por la calle de Santa María hasta el camino +de Legaspia, donde echaron un vistazo al convento de Bidaurreta, +contemporáneo de doña Juana la Loca; bajáronse luego hacia San Antón, +y cortando las calles <i>Zarra</i> y su paralela <i>Ikasola Kalea</i>, +fueron a parar junto al río, no lejos del gallardísimo edificio de la +Universidad. En el curso de este largo paseo, sin que nadie pudiera +oírle, Rapella expresó a su compañero la pena que sentía por el +resultado escaso, más bien nulo, que en la primera entrevista con el +Infante habían tenido sus negociaciones.</p> + +<p>—Has de saber, y esto es reservadísimo, Fernando, que el tal don +Sebastián no se da a partido. Creían allá que con ofrecerle dignidades +y honores se le ganaba, y todos nos hemos equivocado de medio a medio. +Y no son flojas prebendas las que desprecia o afecta despreciar: +Capitán general del ejército español, reposición en el Priorato de +San Juan de Jerusalén, categoría de Infante de España con renta fija +de medio millón de reales, cesión del Real Sitio de Aranjuez para su +residencia y acomodo<span class="pagenum" id="Page_179">p. 179</span> +de museos y colecciones, con la Flamenca y demás... Ya se ve: ha +jurado odio eterno a la reina Gobernadora, y estos rencores personales +son difíciles de reducir. Los que tratábamos al Infante en Madrid +por los años del 31 al 33, le teníamos por inclinado al liberalismo +templado. Yo frecuentaba su cuarto, con Martínez de la Rosa, con el +matemático Vallejo y el humanista Tordera. Veíamos que la ilustración +y el trato de los sabios podían en el príncipe más que la tradicional +intransigencia borbónica. Créelo, resplandecía <i>el espíritu del +siglo</i> en derredor suyo, y poco adelantaba su madre, la Princesa de +Beira, queriendo rodearle de tinieblas... Juró a Isabel, como sabes; +todos le teníamos por un decidido campeón de la <i>angélica</i> reina, +cuando de la noche a la mañana, por piques o disensiones que permanecen +veladas en el arcano de la intimidad doméstica, se nos tuerce el buen +Infante, prendándose locamente de las ideas absolutistas... Para mí, +y esto es reservado, Fernando, reservadísimo, para mí el cambiazo de +este caballero ilustre data de los días que precedieron al casamiento +secreto de la reina con Muñoz. No vio don Sebastián en los preliminares +de este suceso toda la dignidad, todo el decoro que debe acompañar a +los actos, a las pasiones mismas de las testas coronadas, y...</p> + +<p>—Oí contar..., estas son hablillas de logias y clubs, que quizás +no tengan fundamento..., pues oí decir que el Serenísimo don +Sebastián,<span class="pagenum" id="Page_180">p. 180</span> príncipe +ilustrado, artista, matemático, políglota, reúne a estas prendas una +mediana ambición..., lo que no tiene nada de particular, pues quien +mucho vale, mucho alienta..., y debemos presumir que su ambición no se +limitaría a los honores del Infantazgo..., soñaba con la Regencia.</p> + +<p>—¡Qué disparate! Nunca le pasó a don Sebastián por la cabeza tal +pensamiento.</p> + +<p>—Perdone usted..., debieron pasarle ese y otros, si no cuando la +muerte del rey, algún tiempo después..., ¿me entiende usted?... Al +tener noticia del noviazgo, llamémoslo así, de la reina con Muñoz...</p> + +<p>—El Infante se puso furioso...</p> + +<p>—O se alegró..., lo humano es que se alegrara, porque el matrimonio +morganático, en rigor de ley, debía inutilizar a doña Cristina para la +Regencia.</p> + +<p>—Patraña...</p> + +<p>—O realidad. Yo me agarro a la filosofía de la historia, y +reconstruyo con elementos humanos un personaje oscuro. El príncipe se +alegró, diciendo para su sayo: reina casada, regenta eliminada. Pero +la Gobernadora fue más lista; no declaró oficialmente sus nupcias; se +entendió con Roma..., manda sus hijos a criar al campo. Ni siquiera +figuran sus alumbramientos en el registro de la Facultad de Palacio. +En la <i>Gaceta</i>, y dentro de las leyes del reino, es tan viuda +de Fernando VII como lo era el 30 de septiembre de 1833, a las +veinticuatro horas de expirar el padre de Isabel II. De modo que su +amigo<span class="pagenum" id="Page_181">p. 181</span> de usted se +vio totalmente chasqueado, y es cosa muy natural y muy humana, que cae +también dentro de la filosofía de la historia, que un príncipe, en tal +situación de amargura y desengaño, se encariñe con el absolutismo y se +lance a pelear por él.</p> + +<p>—No conoces a Su Alteza, carísimo, como le conozco yo, ni estás al +tanto de los acontecimientos. Déjame que te explique...</p> + +<p>—¿Para qué? Doy por verídico lo que usted piensa y quiere contarme, +y retiro mi hipótesis, querido Rapella... no es más que una hipótesis. +¿Qué nos importa, ni qué le importa a nadie que don Sebastián +ambicionara la Regencia? ¡Si no se la han de dar, ni a nosotros han +de darnos nada tampoco por averiguarlo!... Y a propósito, me ha dicho +usted que me lleva a presencia de ese señor Serenísimo, y a eso, +ilustre Rapella, tengo que oponer una resistencia heroica, porque yo no +he venido aquí a ver príncipes más o menos serenos, ni a ocuparme de +nada que no sea el interés grande, para mí inmenso, que me ha traído a +estas tierras. ¿Qué trato hicimos en Madrid cuando nos reunimos para +emprender este viaje? Pues se convino en que yo no le estorbaría a +usted en sus negociaciones, y que usted me ayudaría en las mías todo lo +que pudiese. ¿Fue eso lo tratado?</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch18"> + <p><span class="pagenum" id="Page_182">p. 182</span></p> + <h2 class="nobreak g1">XVIII</h2> +</div> + +<p>—Eso fue lo convenido y lo cumplo lealmente —prosiguió el +siciliano—. ¡Que si te ayudo! ¿Y si yo te dijera que ya no estoy tan +ignorante como tú de la presa que perseguimos?</p> + +<p>—¿Sabe usted algo? Por Dios, dígamelo, dígamelo pronto.</p> + +<p>—Calma, que estas cosas son delicadas... Déjalo, déjalo de mi +cuenta... ¿Pero tú sabes con quién hablas? ¿Te has enterado de que tu +amigo Rapella es perro viejo en aventuras de amor? ¿Sabes que tiene +sobre su conciencia de galán empecatado media docena de duelos con +maridos celosos, burlas sin fin de padres severos o tutores ruines, y +como unos diez raptos, dos de los cuales han sido del género novelesco, +con escalamiento nocturno, incendio, pistoletazo y fuga a uña de +caballo con la hembra a la grupa?</p> + +<p>—Eso habrá sido en Sicilia, donde la vida romántica es cosa +corriente.</p> + +<p>—Eso ha sido en Italia, en España, también en Argel, con la +circunstancia agravante del uso de cimitarra y del trato con eunucos y +demás gentuza de serrallo. El caso tuyo es una simpleza, una comedia +de principiante.<span class="pagenum" id="Page_183">p. 183</span> Yo +te respondo de que antes de tres días, si andan por aquí el tío de su +sobrina y la sobrina de su tío, les encontramos, les sorprendemos y +cargamos con la niña en pleno Estado absolutista y patriarcal, burlando +tíos, clérigos, monjas, alcaldes, justicias, pues en ninguna parte +son más fáciles las burlas que en estas sociedades rigoristas, donde +se alambica la moral y se extreman las precauciones... ¿Me aseguras +tú que la niña desea que la robes, que preferirá escaparse contigo a +permanecer bajo el poder de su guardián? ¿Estás seguro de eso?</p> + +<p>—Como de mi propia vida.</p> + +<p>—¿Es ella valiente, de estas que corren tras el amor, como la +mariposa tras de la luz, y que prefieren la quemadura y la muerte al +aburrimiento de una vida regular?</p> + +<p>—Es animosa, corazón grande, imaginación viva.</p> + +<p>—Conozco el género. Pierde cuidado, niño.</p> + +<p>—Pero dígame si ha podido averiguar...</p> + +<p>—Cállate ahora. Pon tu asunto en mis manos.</p> + +<p>—No puedo traspasar mi iniciativa. Si no me dice usted pronto lo que +sepa, no le acompaño a la visita del Infante.</p> + +<p>—Pues tú te lo pierdes, carísimo; porque si no me acompañas a la +visita no te diré nada, y tardarás sabe Dios cuanto tiempo en averiguar +lo que quizás sepamos dentro de media hora.</p> + +<p>Calpena se paró en mitad de la calle para mirar fijamente la cara +del italiano, que resplandecía<span class="pagenum" id="Page_184">p. +184</span> de malicia, de doblez; cara de intrigante de oficio, curtido +en enredos políticos de camarilla y en tramoyas mujeriles y palaciegas. +Su fino sonreír dejaba entrever a Fernando un mundo de historias y una +rutinaria destreza en artes que no se practican a la luz del día. Por +un momento sintió desprecio del italiano, después miedo. Comprendiendo +al fin la inconveniencia de huir de su lado en tal ocasión y en +circunstancias tales, determinó seguir el impulso adquirido, hasta ver +en qué paraban aquellos misterios.</p> + +<p>—Pero yo quiero que me diga usted con sinceridad: ¿qué tengo yo +que pintar en el palacio de Su Alteza, ni en qué bodegón hemos comido +juntos ese señor y yo?</p> + +<p>—Es sencillísimo. Su Alteza me preguntó: «Y ese joven que ha venido +contigo, ¿quién es?». Contesté la verdad: que eres un chico de gran +familia, instruidísimo, de una educación perfecta, así en lo moral como +en lo intelectual..., que posees el latín como Tito Livio y Cicerón, y +eres consumado humanista...</p> + +<p>—Eh..., ¿qué bromas son esas? Me ha puesto usted en ridículo.</p> + +<p>—Que sabes también el griego...</p> + +<p>—Hombre, no.</p> + +<p>—Algo de griego, le dije...; que posees vastísimos conocimientos en +Historia y Arqueología.</p> + +<p>—¡Ya escampa!</p> + +<p>—Hijo mío, la verdad es una diosa muy bonita, que reside en el +cielo, y como allá<span class="pagenum" id="Page_185">p. 185</span> +la obligan a estar siempre en cueros, nunca desciende a nuestra pobre +Tierra... Es muy vergonzosa. Adorámosla como ideal; pero...</p> + +<p>—Pero la realidad nos impone la idolatría del mentir, ¿no es eso?</p> + +<p>—Sí, porque siendo mentiroso cuanto nos rodea, si blasonamos +de verdaderos, o nos encierran por locos o nos apalean a cada +triquitraque. Falso es todo lo que ves, carísimo, y en esta corte +diminuta no hallarás más verdad que en la grande de Madrid; farsa +es la religiosidad de la mayoría de estos cortesanos; hipócrita la +creencia en el derecho divino de este pobre rey de comedia; engañoso +el entusiasmo de los que mangonean en el ejército y en las oficinas. +Solo es verídico el pueblo en su ignorancia y candidez; por eso es el +burro de las cargas. Él lo hace todo; él pelea, él paga los gastos +de la campaña, él muere, él se pudre en la miseria, para que estos +fantasmones vivan y satisfagan sus apetitos de mando y riquezas. +No imitemos al pueblo, el gran inocente, el eterno bobo del mundo +civilizado, el polichinela sobre cuya joroba recaen todos los palos. Y +pues hemos de comer y de vivir y abrirnos paso en el tumulto de esta +mascarada, pongámonos la careta. Dime, simple, ¿piensas que la empresa +de arrebatar a la mujer que amas es realizable con los procederes de la +verdad?</p> + +<p>—Eso no...</p> + +<p>—Pues entonces déjate conducir. Silencio y entremos a saludar al +Infante.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_186">p. 186</span></p> + +<p>A este punto llegaban ante el grandioso edificio de la Universidad, +fundación del oñatiense don Rodrigo de Mercado, obispo de Ávila. +Calpena se detuvo a contemplar la mole gallarda, la elegancia de +sus contrafuertes, exornados de exquisita labor plateresca. La +acción del tiempo y de la humedad, desgastando aquella hermosa pieza +arquitectónica, dábale una pátina musgosa, y espiritualizaba la +morbidez pagana de sus líneas. En el portalón había guardia, por estar +destinado el edificio, en aquel lastimoso imperio de Marte, a cuartel y +oficinas militares. Soldados, oficiales de diversa graduación sin más +distintivo que la espada, entraban y salían, y no faltaban los grupos +de mujeres y chicos que acuden al reclamo de la milicia activa. En dos +de las crujías del claustro bajo, divididas por endebles tabiques, se +habían instalado dependencias, designadas sobre las puertas con toscos +letreros.</p> + +<p>En el claustro alto veíanse también rótulos indicadores de los +diferentes ramos del organismo militar, a excepción de la crujía de +poniente, separada de las demás por una cancela provisional, con +mampara. Por allí se entraba a la rectoral y biblioteca, y a la +residencia del príncipe. Un portero anciano, con casaca amarilla, les +introdujo al instante en la biblioteca, donde comúnmente recibía Su +Alteza las visitas. Era don Sebastián de estatura mediana, tirando +a corta, de pocas carnes, el rostro grave y desapacible,<span +class="pagenum" id="Page_187">p. 187</span> con un poco de estrabismo +en los ojos, bien afeitado, el cabello compuesto al uso con un poquito +de melena ahuecada sobre las orejas, y la raya al lado izquierdo del +cráneo. Si vulgarísimo era por su figura, no así por sus modales, +de exquisita distinción: digno sin altanería, accesible, cariñoso, +conservando siempre la superior postura. Sabía ser infante de España; +sabía sostener su papel de ilustrado, peregrino papel en príncipes, y +aun engalanarse con la flor de la modestia, que tan difícilmente se +cría en la seca atmósfera de la adulación. Muy grata fue para Calpena +la amabilidad con que don Sebastián Gabriel le recibió. Aunque Su +Alteza disponía de poco tiempo, les mandó sentarse junto a una mesa +atestada de mapas y librotes voluminosos.</p> + +<p>—Ya me ha dicho Rapella lo mucho que usted vale. Siento que su +venida a esta ciudad haya sido en ocasión tan impropia para platicar de +cosas de arte, lenguas y literatura. También yo tengo mis aficiones; +pero la guerra, ¡ay!, y esta situación de continua inestabilidad me +privan de consagrarme a mis estudios favoritos. Confío en que vendrán +tiempos mejores; ya iremos a Madrid, y allí, con toda calma... ¿Verdad, +amigo Rapella, que iremos pronto a Madrid? ¿Qué piensa usted?</p> + +<p>—Señor —dijo el siciliano inclinándose respetuoso—, puesto que +Vuestra Alteza anhela volver allá, solo debo manifestarle que Madrid +echa siempre de menos al mantenedor entusiasta de las artes y las +letras.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_188">p. 188</span></p> + +<p>—El señor Calpena —indicó el príncipe con gracia— no cree que +vayamos pronto a Madrid; estima en poco la <i>causa</i> que aquí +defendemos. Se lo conozco en la cara. Naturalmente, tiene sus ideas, +sus preocupaciones; trae todo el barullo liberal metido en la +cabeza.</p> + +<p>—Señor —replicó Fernando con firmeza—, puedo asegurar a Su Alteza +que más de una vez, no solo aquí, sino en Madrid, he considerado +posible y probable que la <i>causa</i>, por una serie de victorias +decisivas, vea pronto expedito el camino de la capital de la nación.</p> + +<p>—De eso se trata... —dijo el príncipe con orgullo, y variando al +instante de tema, por ser muy de personas reales el hacer grata la +conversación cambiándola oportunamente, prosiguió así—: Ya sé que es +usted un gran latino.</p> + +<p>—Señor, Rapella me quiere tanto, que abulta espantosamente mis +pobres méritos.</p> + +<p>—Yo también he tenido mis aficiones latinas, y cuando disponía +de tiempo y de tranquilidad, los clásicos eran mi delicia. No crea +usted, también me permití ciertos atrevimientos; traduje la elegía de +Propercio <i>Ad amicum</i>...</p> + +<p>—Si, sí..., la conozco. Es una en que se queja de que le han robado +a su amada, y llora y se desespera. Si no recuerdo mal, empieza así:</p> + +<div class="poetry-container"> +<div class="poetry"> + <div class="stanza"> + <div class="verse indent0"><i>Eripitur nobis jam pridem cara puella.</i></div> + </div> +</div> +</div> + +<p><span class="pagenum" id="Page_189">p. 189</span></p> + +<p>—Justo; y luego dice:</p> + +<div class="poetry-container"> +<div class="poetry"> + <div class="stanza"> + <div class="verse indent0"><i>Et tu me lacrymas fundere, amice, vetas...</i></div> + </div> +</div> +</div> + +<p>—¡Ah, Propercio me encanta! También yo, con la presunción, con la +audacia que dan los quince años, me metí a traductor... Sí, señor: +traduje en verso libre la elegía <i>Hora mortis incerta</i>.</p> + +<p>—¡Oh, sí! —exclamó don Sebastián con júbilo—. Es preciosísima. +Comienza:</p> + +<div class="poetry-container"> +<div class="poetry"> + <div class="stanza"> + <div class="verse indent0"><i>At vos incertam mortales funeris horam</i></div> + <div class="verse indent0"><i>Quæritis, et qua sit mors aditura via...</i></div> + </div> +</div> +</div> + +<p>Aún repitió media docena más de versos, gozoso de mostrar su buena +memoria, y después, cambiando el tono entusiasta por el quejumbroso, +continuó:</p> + +<p>—Ya ve usted si es triste abandonar los ocios dulcísimos de la buena +literatura por esta actividad ansiosa, a que obligan los asuntos de un +Estado incipiente, de un Estado en el cual tenemos que crearlo todo, y +por el estruendo de la guerra, que siempre es cruel y bárbara aunque +sea gloriosa... Desde que llegué a este país, no ne podido abrir un +libro de los que han sido, en épocas más bonancibles, mi mayor deleite. +Encargado por Su Majestad de organizar las Maestranzas de Artillería +y de Ingenieros, y de atender a las mil dificultades que ocurren a +cada paso por falta de utensilios, de material, de personal idóneo, me +paso la vida en un trabajo azaroso, no siempre<span class="pagenum" +id="Page_190">p. 190</span> coronado por el éxito. Verdad que me +ayudan hombres inteligentísimos; pero el entendimiento nos da ideas, +no la materia para traducirlas en hechos. Hemos podido, a fuerza de +tenacidad y de maña, establecer la fabricación de cureñas y montajes; +hemos fundido algunas piezas... En fin, no estoy quejoso, y la historia +dirá con qué pobres elementos hemos realizado trabajos tan difíciles. +Asombra el considerar lo que pueden la inteligencia y la fe, ¿por +qué no decirlo?, la fe de estos dignísimos oficiales, ayudada por la +terquedad vizcaína. Con la fe hemos hecho algo que si no es mover las +montañas, se le parece mucho.</p> + +<p>—Y entiendo —agregó Rapella con oficiosidad— que en los proyectiles +de obuses no tiene este ejército nada que envidiar al cristino.</p> + +<p>—Algo hemos adelantado, gracias a las nuevas máquinas que nos ha +traído Negretti...</p> + +<p>Lo que siguió no pudo oírlo Calpena; fue un murmullo, dominado +por la sonora y vibrante voz, que aun después de salir de los labios +del príncipe continuaba sonando con estruendo: ¡Negretti! Era como +un trueno... Tal fue la impresión recibida, que el joven no paró +mientes en que proseguían conversando el Infante y Rapella. ¿De qué +hablaban?... No lo sabía, ni se curaba más que de aquel Negretti que en +sus oídos retumbaba.</p> + +<p>—¿Es usted aficionado a estas materias, a la balística, a la +fundición de metales?</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_191">p. 191</span></p> + +<p>—Sí, señor —replicó el joven impulsado de su gozo ardiente y del +deseo de seguir tratando aquel tema antes de que Su Alteza pasase a +otro—. Soy muy aficionado.</p> + +<p>Turbose un instante. Comprendiendo al punto que un mentir descarado +podría infundir sospechas, se apresuró a <i>ponerse en la rectitud</i>, +como diría Hillo.</p> + +<p>—Dispense Vuestra Alteza mi distracción... Quise decir: aficionado a +Propercio.</p> + +<p>En efecto: nada más imprudente que mostrar interés y conocimiento +en las materias científicas de la Maestranza. Sobre que todo engaño +de esta naturaleza sería pronto descubierto, aconsejaba la más vulgar +discreción aparecer indiferente a tales trabajos, que sin duda se +hacían con cuidadosa reserva, recatándolos de la mirada de gentes +extrañas y forasteras.</p> + +<p>—Soy enteramente lego, señor —repitió Fernando—, en cosas de milicia +y de ciencia militar.</p> + +<p>Y Rapella con seguro instinto acudió a reforzar esta idea, +diciendo:</p> + +<p>—Tenemos aquí a un hombre que desde niño ha ejercitado sus +facultades en los estudios históricos y literarios, y fuera de ellos +es un ángel de inocencia. Me permitiré hacer una observación. Su +carácter altivo y la independencia de que goza son causa de que no +haya ocupado aún en la esfera escolástica del reino la posición que le +corresponde... Sí, sí, querido Calpena, hago traición a tu modestia, +manifestando a Su Alteza que acaricias la<span class="pagenum" +id="Page_192">p. 192</span> ilusión de desempeñar en este apartado +pueblo, tan propicio al estudio, el noble ministerio de la enseñanza... +No te atreves a decirlo; pero yo sé que esa es tu idea... Te encanta +este honrado país, te empujan hacia acá tus hábitos metódicos, tu +carácter apacible; te solicita desde aquí, ¿por qué no decirlo de +una vez?, la atracción que ejercen sobre tu espíritu las ideas de +estos ilustres señores y el régimen absoluto. Conocedor de tus +pensamientos, porque poseo tu confianza, quiero ser tu órgano de +expresión; la facultad de la franqueza que te falta, yo la suplo +con mi atrevimiento... Sí, sí, Serenísimo Señor, este joven sería +feliz consagrando su vida y su talento a las tareas de la enseñanza +en cualquier localidad de la nueva monarquía... Pues él no lo dice, +lo digo yo, que le quiero como a un hermano, y no deseo más que su +bien.</p> + +<p>Si a las primeras palabras del siciliano, Calpena vacilaba entre el +asombro y la ira, por tan audaz mentir, antes de que Rapella terminase, +ya pudo ver Fernando que aquel giro no era descabellado, y podía servir +a la buena terminación de su asunto. Con la mirada y una leve sonrisa, +prestó asentimiento a la declaración de su amigo, que obtuvo del +Infante esta velada respuesta:</p> + +<p>—Mucho me congratulo de las felices disposiciones y de los deseos +de este joven, y por mi parte no he de oponerme a que los realice. +Pero le advierto que no soy yo quien ha de decidirlo, pues ello +incumbe al señor<span class="pagenum" id="Page_193">p. 193</span> +obispo de León, encargado de la Enseñanza. Para ejercer el profesorado +en esta Universidad, la ley exige condiciones que sin duda podrá +llenar cumplidamente el señor Calpena, aptitudes y conocimientos bien +probados, pruebas también de piedad y de pureza de costumbres. Toda +precaución es poca en las circunstancias de un Estado nuevo que quiere +ser de todo en todo contrario al Estado caduco y corrompido que tenemos +enfrente, y por eso se han establecido los ejercicios de reválida.</p> + +<p>Diciendo esto, Su Alteza se levantó, señal de haber terminado la +visita.</p> + +<p>—Dispénsenme —les dijo alargándoles la mano, que Rapella besó—. Hoy +es día de acontecimientos graves. Es seguro que han atacado nuestras +posiciones por San Adrián. Desde muy temprano se oye tiroteo muy +vivo...</p> + +<p>Y no acababa de decirlo cuando entraron presurosos dos señores, uno +de ellos Cerio, el otro un ayudante de González Moreno: traían noticias +que comunicaron a Su Alteza sin que Rapella y su amigo pudieran +enterarse. Las noticias no debían de ser muy buenas, a juzgar por la +cara que puso don Sebastián al oírles. Volviose luego a los visitantes, +con cierta premura, como queriendo significarles de una manera delicada +que tomaran la puerta.</p> + +<p>—No debemos entretener más tiempo a Vuestra Alteza —dijo Rapella.</p> + +<p>Y el príncipe:</p> + +<p>—Nos veremos otra vez... Ya sabe el señor...<span class="pagenum" +id="Page_194">p. 194</span> Reválida para la incorporación de grados, +pruebas de piedad..., juramento de defender el misterio de la +Inmaculada Concepción, de condenar la impía doctrina del regicidio, la +absurda soberanía del pueblo, el filosofismo anárquico..., juramento +de no pertenecer ni haber pertenecido a ninguna sociedad secreta..., +en fin, vea la <i>Gaceta</i>, decreto del 9 de abril... Adiós, +señores...</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch19"> + <h2 class="nobreak g1">XIX</h2> +</div> + +<p>Observaron al salir a la calle grupos de presurosa gente que iba de +una parte a otra. Por las palabras sueltas que oían, coligieron que no +lejos de Oñate, en las alturas que dominan el valle de Aránzazu, se +estaban batiendo cristinos y facciosos. En la plaza eran más compactos +los grupos, y de ellos se destacaban clérigos y militares que acudían +a <i>Palacio</i> y a la Universidad en busca de noticias. No querían +hablar Rapella y Fernando de lo que les incumbía hasta no encontrar +un sitio solitario; con feliz acuerdo metiéronse en la iglesia, donde +había terminado el culto de la mañana, y recorriéndola, como que +admiraban los retablos, la espaciosa nave y la capilla en que reposan +los restos del fundador de la Universidad, sin más testigos que algunas +señoras y ancianos<span class="pagenum" id="Page_195">p. 195</span> +entregados a sus rezos y meditaciones, charlaron cuanto quisieron, +<i>sotto voce</i>, cuidando de disimular al paso de algún sacristán o +clérigo rezagado.</p> + +<p>—A lo que parece, se están batiendo ahí arriba —dijo Rapella—. ¡Qué +bien me vendría que se llevaran estos caballeros una paliza fenomenal! +Confío mucho en Córdova y su gente.</p> + +<p>—Yo también. ¡Pero si les pegan y se ven obligados a salir de +Oñate...!</p> + +<p>—Mejor. Derrotados y fugitivos entrarán en negociaciones más +fácilmente que envalentonados y triunfantes. ¡Duro en ellos!</p> + +<p>—Pues si en mi mano estuviera, yo detendría en este momento +la espada de Córdova. Me conviene el <i>statu quo</i> para las +averiguaciones que pienso emprender esta tarde misma: si está Negretti +aquí; si le acompañan su mujer y su sobrina; si no le acompañan; si ha +dejado la familia en otra parte; si ha depositado a la sobrina en algún +convento...</p> + +<p>—Calla, hombre, calla. ¡Si te enterarás al fin de quién es +Rapella!... ¡Si cuando tú vas a un punto ya estoy yo de vuelta! Todo +eso que quieres saber, ya lo sé yo... ¿Por quién me tomas? ¡A fe que +tengo bonito genio para estar tanto tiempo ignorante de lo que interesa +a mis amigos!</p> + +<p>La aproximación de un sacerdote que se detuvo en medio de la nave +mirándoles atentamente, les obligó a callar.</p> + +<p>—¿Quieres saberlo? —prosiguió el siciliano, libre ya del importuno +clérigo—. Pues déjame<span class="pagenum" id="Page_196">p. 196</span> +terminar lo que diciendo venía. Para tu asunto es indiferente que +evacúen o no evacúen la gloriosa villa de Oñate, porque... vamos, +aplacaré tu curiosidad: Negretti está aquí; tu niña, no... Ya te +contaré cómo lo supe.</p> + +<p>—Cuéntemelo usted ahora.</p> + +<p>—Silencio, que nos mira aquel tío gordo que parece un fraile vestido +de paisano. Conviene que nos arrodillemos y hagamos como que rezamos un +poco... Mucho cuidado con esta gente.</p> + +<p>—No me tenga usted en esta ansiedad —dijo Fernando de rodillas, +persignándose.</p> + +<p>—Repito que para tu asunto es indiferente —prosiguió Rapella dándose +golpes de pecho—, y para el mío de gran interés que les arreen a +estos caballeros una paliza muy gorda. No encuentro en don Sebastián +las blanduras que yo creía: la amistad y el cariño que en Madrid me +manifestaba se recatan ahora, se revisten, como si dijéramos, de una +capa de desconfianza. Su ambición, que es grande y legítima, no se +rinde a los reclamos de allá mientras de este lado tenga flores el +árbol de la esperanza. Venga un cierzo que arranque toda la flor del +árbol, y la ambición del príncipe no será tan arisca... Pero yo no he +venido aquí a negociar solo con don Sebastián Gabriel. Traigo otro +grande embuchado para su tío, el rey absolutísimo, de quien no sacaré +jugo mientras esté boyante y entero. Pero si sufre un descalabro y le +cojo por ahí, con las manos<span class="pagenum" id="Page_197">p. +197</span> en la cabeza, entre el barullo de sus soldados fugitivos, +cree que se le aplacarán los humos. La Santísima Virgen, su inspiradora +y Generala, ha de aconsejarle que me oiga, y que acceda a lo que le +propondré... Esto es más que reservado, y no esperes que te lo diga.</p> + +<p>—Ni me importa saberlo. Lo que ha de decirme usted pronto...</p> + +<p>—Voy... Pues supe que Negretti está en la Maestranza por el señor +Roa, secretario de Su Alteza, con quien habló anoche más de una hora +de cosas de Madrid, de Oñate y de medio mundo. Aquí, sobre todo, hay +materia larga para la historia y la chismografía. Dos partidos que +se aborrecen cordialmente, que sin cesar se vituperan, se calumnian, +tirándose al degüello, minan el suelo del flamante Estado absolutista, +y el mejor día vendrá el terremoto que todo lo convierta en ruinas. +Pero vuelvo a tu asunto.</p> + +<p>—Por Dios, sí..., me tiene usted en ascuas. ¿De modo que el señor +Negretti está en la Maestranza?</p> + +<p>—Y la Maestranza en la planta baja de la Universidad. Hemos pasado +junto a esta oficina cuando subíamos a ver al Infante.</p> + +<p>—¡Ay!, ya me lo dijo el corazón... Allí trabaja Negretti, allí +estudia. ¿Acaso vive allí?</p> + +<p>—Eso no lo sé. Lo que sí puedo asegurarte es que tu niña no está en +Oñate. No se separa de ella la mujer de Negretti, que es una vascongada +como un castillo. Hasta hace unos días hallábanse en Durango; +pero<span class="pagenum" id="Page_198">p. 198</span> tu Aura se puso +malucha, calenturas leves, anginas, no sé qué, y su tía se la llevó a +un pueblo de la costa.</p> + +<p>—¿Cuál? ¿Qué pueblo es ese?</p> + +<p>—El nombre no me lo dijo Roa; pero lo sabremos, descuida.</p> + +<p>—Salgamos de aquí. Me ahogo en esta iglesia.</p> + +<p>Echaron un vistazo al claustro y salieron por él a la calle, Rapella +deseando noticias; Fernando ávido de aire, de ver cielo y luz. La +opresión de su pecho no le dejaba respirar. Halláronse en aquella +parte de la plaza donde está cubierto el río, el cual corre un buen +trecho por cauce abovedado, metiéndose por debajo del claustro de la +parroquia. En los pórticos de esta, y en el ángulo que forma con la +mole del claustro, hallaron mucha gente, grupos en que se condensaba +la ansiedad, la avidez de noticias. Allí, mirando a <i>Palacio</i>, +residencia del rey (en aquel día ausente), mirando al Ayuntamiento, +donde estaban el <i>Principal</i>, el Estado Mayor y además la oficina +del llamado <i>Ministerio Universal</i>, los pobres <i>ojalateros</i> +ponían su alma en el suceso del día. En el centro del más nutrido grupo +un clérigo alto y bastote exclamaba, abriendo los brazos:</p> + +<p>—¡Si no puede ser, Señor, si no puede ser! Conozco aquel terreno +palmo a palmo. Conozco las fortificaciones de Arlabán como si las +hubiera parido, y declaro que son intomables.</p> + +<p>—Eso mismo sostengo yo —dijo otro en quien reconoció Calpena a uno +de los huéspedes<span class="pagenum" id="Page_199">p. 199</span> de +su posada—. Si la acción ha sido en Salvatierra, ¿cómo es posible que +los nuestros hayan dejado desamparado San Adrián?... No puede ser, no +puede ser.</p> + +<p>—Para mí —apuntó un tercero, que era el mismísimo señor Modet, +personaje en otros días de gran valimiento, entonces en desgracia—, de +lo que ha tratado Córdova es de apoderarse del castillo de Guevara. Por +aquella parte sonaba el gran cañoneo. Llevaban tren de batir.</p> + +<p>—¡Pero si acaban de decirnos..., y esto es para volverse uno +loco..., que Espartero marchaba a las diez de Salvatierra hacia acá, +como en dirección de Elguea! No puede ser, no puede ser.</p> + +<p>Y con el <i>no puede ser</i> lo arreglaban todo. Metiéndose Rapella +en el grupo con la oficiosidad urbana que sabía gastar como nadie, les +dijo:</p> + +<p>—Permítanme una observación, señores..., y esto no es discurrir +por conjeturas; es fijar los hechos, hechos indudables que yo he +visto. Vengo de los altos de Aloña, y puedo asegurar que se distinguen +perfectamente los batallones de Su Majestad, corriéndose desde San +Adrián hacia poniente. ¿No es lógico ver en este hecho una hábil +estratagema de Villarreal para caer sobre la retaguardia del enemigo y +destrozarla?</p> + +<p>—Cabalmente: tal era mi idea —dijo muy orgulloso el clérigo, que +no era otro que el propio Echevarría, alma del partido neto—. Y si +Villarreal no ha hecho eso, ¿de qué nos sirve? ¿De qué le ha servido +la escuela de<span class="pagenum" id="Page_200">p. 200</span> don +Tomás? No basta decir: «Me bato, soy valiente». Un general en jefe es +una cabeza, señores, una cabeza que a cada momento debe inventar algún +ardid para engañar al enemigo.</p> + +<p>Y un señorete pequeñín, agobiado bajo el peso de un disforme +sombrero de copa, sujeto de circunstancias que desempeñaba en Gracia y +Justicia el negociado de <i>Títulos del reino</i>, expresó con biliosa +amargura una triste opinión:</p> + +<p>—¡Pero si aquí no tenemos cabezas, en lo militar se entiende!... ¡Si +las que parecen llenas las guardamos en casa para simiente, y mandamos +a la guerra las vacías!</p> + +<p>—Prudencia, amigo Barbáchano, y vámonos en busca de la puchera, +que es hora. Esta tarde sabremos la verdad, y Dios y la Virgen nos la +deparen buena.</p> + +<p>Saludáronse, y disuelto el grupo, Rapella y Fernando se fueron a +comer a la posada. En la mesa no se hablaba más que del militar suceso, +que cada cual arreglaba a su gusto, tirando siempre a la favorable. El +bueno de Urra llegó hasta el delirio.</p> + +<p>—Puedo asegurar como si lo hubiera visto, señores, que esta mañana, +a eso de las ocho, Espartero iba en desorden hacia Ulibarri Gamboa, +perseguido por Simón de la Torre... Y me consta también, ¡oído!, me +consta, que el <i>Requeté</i> embistió solo a cuatro batallones, +matando todo lo que quiso, y que quedó sobre el campo un O’Donnell, +coronel de <i>Gerona</i>, y la flor de la oficialidad cristina...</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_201">p. 201</span></p> + +<p>No producían los optimismos de Urra, expresados con vivísima fe, +el entusiasmo de otros días, pues por entre las encontradas noticias +y opiniones flotaba en el espíritu de todos una sombra negra, el +presentimiento de un revés, cuya importancia no podía calcularse +aún. Gelos, bilioso y cejijunto, había perdido el apetito, mostraba +desconfianza de Villarreal, y no se recataba de sostener que fue gran +disparate quitar el mando a Eguía, cuyo único defecto era el carácter +arrebatado, las palabras violentas. ¡Caramelos!, que blasfemase alguna +vez, bregando con soldados, no quería decir que fuese descreído. Al +contrario, era hombre muy pío, soldado de Dios, incapaz de transigir +con la revolución usurpadora. De otros no se podía decir lo mismo, +y..., más valía callar.</p> + +<p>Hizo gala el señor Rapella, en todo el curso de la comida, de +su exquisita urbanidad, y para cada uno de los comensales tuvo una +frase grata. Manifestó que se abstenía delicadamente, porque así +se lo ordenaba su carácter diplomático, de expresar opiniones de +<i>política interior</i> y del <i>giro de la campaña</i>, aunque hacía +votos por que el Altísimo bendijera las armas de Carlos V. Buscó +y halló coyuntura para deslizar en la conversación algunas ideas +que enaltecieran su personalidad a los ojos de aquellos inocentes +funcionarios de un reino ilusorio. Véase la muestra:</p> + +<p>—Créanlo ustedes: <i>en el extranjero</i>, todas las miradas están +fijas en este naciente reino... Si algo vale mi opinión, no esperen +ustedes<span class="pagenum" id="Page_202">p. 202</span> gran cosa de +Roma. ¡Roma, señores...!, la conozco bien... Roma es Roma, la cabeza +del orbe católico..., pero por lo mismo, por su misión universal +y divina, no puede volver la espalda resueltamente a un Estado +establecido... ¿De Viena y Berlín qué he de decirles? Es un asunto este +del cual me permitirán que no diga nada. Turín y Nápoles son amigos +leales, y harán todo lo que puedan... Pero con quien hay que tener +mucho cuidado es con Londres, con ese <i>Saint James</i> astuto, cuyo +poder en el concierto europeo es indudable. Ya sabrán ustedes que a +Canning le ha sabido mal el decreto de Su Majestad Católica contra +los extranjeros que sirven en el ejército cristino. Este decreto +inhumano no puede ser grato a la Inglaterra; esperamos que el rey don +Carlos acuerde su revocación; de eso se trata... Su Majestad, que es +un entendimiento luminoso, se hará cargo de las razones que se le +exponen.</p> + +<p>Y cuando le incitaban a ser más explícito, más se complacía en +dejarles a media miel. Urra y los dos que a su lado machacaban nueces, +le oían con la boca abierta. Gelos, que siempre desentonaba, salió por +este registro:</p> + +<p>—Demos un par de golpes buenos con las armas; inspire la Virgen +a nuestros caudillos; únase la espada de san Miguel a la de estos +valientes, y me río yo de Vienas y Berlines, y de todas esas cortes +que tan mal nos agradecen la gran obra emprendida por nuestro rey +de aplastar la serpiente de la revolución europea. Porque<span +class="pagenum" id="Page_203">p. 203</span> aquí, para que usted lo +sepa y pueda decirlo por esos mundos, estamos combatiendo contra el +filosofismo, y una de dos: o perecemos todos, o el filosofismo y el +ateísmo no levantan más la cabeza.</p> + +<p>—¿Y tendremos el gusto de verle a usted muchos días en Oñate, +señor de Rapella? —le preguntó Sureda rivalizando en finura con el +siciliano.</p> + +<p>—¡Ah, oh...! No depende de mí el permanecer mucho en residencia tan +grata... Si Su Majestad viene esta tarde, y tengo mañana el honor de +ser recibido..., no sé..., tal vez... Mejor que nadie comprende usted +que no puedo precisar si Su Majestad me retendrá algunos días, o se +servirá despedirme mañana mismo.</p> + +<p>Una voz tonante gritó en la puerta del comedor:</p> + +<p>—Señores, Su Majestad el rey entra en Oñate. Ya viene como a dos +tiros de fusil de Golibán.</p> + +<p>Tumulto, levantamiento general, golpeteo de innumerables patas de +silla:</p> + +<p>—¡A esperar al rey, a recibir y aclamar al soberano! —gritaron a +una.</p> + +<p>Y el comedor se quedó vacío, el no muy limpio mantel lleno de migas +y cáscaras de nueces. El pájaro del reloj, asomándose a la ventanita y +haciendo sus cortesías, cantó las dos.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch20"> + <p><span class="pagenum" id="Page_204">p. 204</span></p> + <h2 class="nobreak g1">XX</h2> +</div> + +<p>El esquilón de la ermita del Santo Cristo, situada al extremo del +pueblo por el camino de San Prudencio, fue el primer bronce que anunció +la llegada del rey, y bien pronto a su alegre clamor se unieron las +campanas de la parroquia de San Miguel, de las monjitas de Santa Ana +y de los frailes de Bidaurreta, de San Antón y de Santa Marina. La +gente corría presurosa hacia la plaza y calle <i>Zarra</i>, por donde +necesariamente había de entrar, y aunque le estaban viendo de continuo, +ni de verle ni de aclamarle se cansaban los buenos oñatienses, +que tenían la dicha, la gloria más bien, de ser convecinos del +representante del trono legítimo y de la santa religión. Le querían de +veras, sin conocerle más que como se conoce a las imágenes de iglesia, +que no hablan ni se mueven, pues si hablasen, quizás muchas de ellas no +tendrían tantos devotos.</p> + +<p>Allá corrieron también Rapella y Fernando, metiéndose entre +el gentío que aguardaba en la plaza el paso del rey de Oñate, y +colocados en el mejor sitio, viéronle pasar caballero en un alazán +de mediano pelo, llevando a su derecha al infante don Sebastián, que +había salido a encontrarle; a su izquierda<span class="pagenum" +id="Page_205">p. 205</span> a González Moreno; detrás la turbamulta +del Estado Mayor: ayudantes, Asesor general, Mayordomo de Palacio, y +otros que iban vestidos de paisano con sombrero de copa. Don Carlos +vestía de capitán general, con sombrero de tres picos, sin más insignia +que la cruz de Carlos III. Era el único faccioso que por razón de +su alta categoría no usaba boina. Aclamado por el pueblo con gritos +castellanos y vascuences, que se mezclaban formando una algarabía +discorde, saludaba con la afabilidad fría y austera que contribuía no +poco a fortalecer su prestigio ante aquella raza creyente, grave. Al +satisfacer su curiosidad, tuvo también Fernando la satisfacción de +que el personaje resultara como él se lo figuraba; que es un gusto +sorprender en la realidad un reflejo de nuestras ideas. Vio, pues, +Calpena en la encarnación del absolutismo el tipo que se había forjado +en su mente; la cara de Fernando VII con menos nariz, más quijada, el +labio grueso, bigote y patillas cortas, la mirada fría y oscura, de +las que no penetran ni alumbran, señal de entendimientos apagados. +Bien podía expresar la mandíbula del rey, más larga que saliente, la +terquedad, que hacía las veces de voluntad firme, y su mirar vago el +fatalismo religioso, que ocupaba el lugar de las ideas. La prolongación +del maxilar hacia muy desapacible el soberano rostro, sin llegar a la +fealdad que al de su hermano daba la trompa que tenía por nariz. Uno +y otro eran diestros jinetes;<span class="pagenum" id="Page_206">p. +206</span> se asemejaban asimismo en la desmedida soberbia y en la +contumacia de sus creencias acerca del derecho divino, como enviados al +mundo para oprimir a estos desgraciados pueblos.</p> + +<p>Hizo Calpena mental paralelo entre su tocayo <i>Narizotas</i> y el +llamado <i>Pretendiente</i>, llegando a la conclusión triste de que +si hubiera un infierno especial para los reyes, en el más calentito +rescoldo de este tártaro regio debían purgar sus pecados contra la +humanidad estos dos señores, que simbolizando la misma idea, por la +supuesta ley de sus derechos mataron o dejaron matar tal número de +españoles, que con los huesos de aquellos nobles muertos, víctimas +unos de su ciego fanatismo, inmolados otros por el deber o en matanzas +y represalias feroces, se podría formar una pira tan alta como el +Moncayo. En todos los países, la fuerza de una idea o la ambición de +un hombre han determinado enormes sacrificios de la vida de nuestros +semejantes; pero nunca, ni aun en las fieras dictaduras de América, +se han visto la guerra y la política tan odiosa y estúpidamente +confabuladas con la muerte. La historia de las persecuciones del 14 al +20, de la reacción del 24, de las campañas apostólicas y realistas, +así como del recíproco exterminio de españoles en la guerra dinástica +hasta el Convenio de Vergara, causan dolor y espanto, por el contraste +que ofrece la grandeza de tan extraordinario derroche de vidas con +la pequeñez de las personas<span class="pagenum" id="Page_207">p. +207</span> en cuyo nombre moría o se dejaba matar ciegamente lo más +florido de la nación.</p> + +<p>Considerados en lo moral, grande era la diferencia entre Fernando +y Carlos, pues la bajeza y sentimientos innobles de aquel no tuvieron +imitación en su hermano, varón puro y honrado, con toda la probidad +posible dentro de aquella artificial realeza y de la superstición de +soberanía providencial. Trasladados los dos a la vida privada, donde +no pudieran llamarnos <i>vasallos</i> ni suponerse reyes cogiditos +de la mano de Dios, Fernando hubiera sido siempre un mal hombre; don +Carlos un hombre de bien, sin pena ni gloria. En inteligencia, allá se +iban, ganando Fernando a su hermano, si no en ideas propiamente tales, +en marrullerías y artes de la vida práctica. Las ideas de don Carlos +eran pocas, tenaces, agarradas al magín duro, como el molusco a la +roca, con el conglutinante del formulismo religioso, que en su espíritu +tenía todo el vigor de la fe. De la piedad de Fernando no había mucho +que fiar, como fundada en su propia conveniencia; la de don Carlos +se manifestaba en santurronerías sin sustancia, propias de viejas +histéricas, más que en actos de elevado cristianismo. En sus reveses +políticos, no supo Fernando conservarse tan entero como cuando ejercía +de tiranuelo, comiéndose los niños crudos; don Carlos mantuvo su +dignidad en el ostracismo y en la mala ventura, y acabó sus días amado +de los que le habían servido. Fernando se compuso de manera que,<span +class="pagenum" id="Page_208">p. 208</span> al morir, los enemigos le +aborrecían tanto como le despreciaban los amigos.</p> + +<p>Entró el rey en Palacio, la casa-solar de los Artazcos, en la +plaza, haciendo esquina con la calle de Santa María, no lejos del +trinquete o juego de pelota. Era un bello edificio señorial, del mejor +estilo del país, con airosos contrafuertes terminados en pináculos. +Allí le esperaban don Juan Bautista Erro y el improvisado personal de +dignatarios políticos y palatinos. El gentío continuaba dando vivas a +la religión, al ejército y al rey; pero este no se asomó al balcón, +sin duda porque graves asuntos le solicitaron desde el instante de su +llegada. Vio Calpena que no cesaba de entrar y salir gente de viso, +presurosa, y en la calle se acentuaba la ansiedad por las noticias de +Arlabán. A media tarde, las impresiones no eran ya muy optimistas, +salvo en aquellos que no se convencían nunca, resistiendo heroicos a +toda realidad desfavorable.</p> + +<p>Salió de Palacio don Juan Bautista Erro con cara mustia, incapaz de +disimular las malas nuevas que traía, y al punto fue rodeado por los +curiosos. Calpena se introdujo lo más cerca posible, y le oyó decir:</p> + +<p>—Nada, señores, no nay que apurarse, pues no se acaba el mundo por +un revés pasajero. La acción sigue, y esperamos que Villarreal tome el +desquite mañana mismo.</p> + +<p>Y se abrió paso con esfuerzo de sus brazos vigorosos. Calpena +le observó bien, admirando su alta estatura, no inferior a la de +Mendizábal; como este bien<span class="pagenum" id="Page_209">p. +209</span> parecido, de edad poco más o menos la misma, vestido con +cierto esmero inglés. Como los liberales a don Juan Álvarez, los +facciosos habían traído de Londres al señor Erro, movidos de su fama de +gran rentista, y entró el hombre en el real de don Carlos prometiendo +atar los perros con longanizas, terminar la guerra en seis meses, como +el otro, y sacar dinero de debajo de las piedras. Luego resultó que +todo era ensueños, cuentas galanas, humo... Acompañado de su secretario +el capellán Ibarburu, salió también el señor Arias Teijeiro, hombre +vulgar y antipático, que improvisándose faccioso después de haber +jurado a Isabel y hecho en Madrid aspavientos de liberalismo, había +ganado el corazón de don Carlos y era en su corte uno de los más +furibundos <i>ojalateros</i>. Descollaba por querer meter en todo el +formalismo burocrático, por el flujo de dar y quitar empleos, y fue una +de las más inútiles y maléficas yerbas que crecían en el campo de la +facción, estorbando allí donde no podían hacer daño. Pasó muy estirado +y cejijunto entre la multitud, negándose a satisfacer la natural ansia +de los vasallos del <i>Pretendiente</i>; pero menos discreto Ibarburu, +que en ningún caso desmentía su índole locuaz, formó corro al instante +para decir <i>ore rotundo</i>:</p> + +<p>—Señores, hay que tener calma y no ver un descalabro en lo que es +pura y simplemente... una fase, una peripecia de la acción, que no ha +terminado todavía. Ya vendrá esta noche el conocimiento total de la +batalla, que ha sido,<span class="pagenum" id="Page_210">p. 210</span> +que es, mejor dicho, empeñadísima, desarrollándose en una extensión de +muchas leguas. Lo que puedo asegurar, pues de ello se tiene noticia +exacta, es que las bajas de los cristinos han sido horrorosas..., +horrorosas.</p> + +<p>—¡Horrorosas! —repitieron los del corrillo, y la palabra resonó +extendiéndose y atenuándose con la distancia, como la onda en la +superficie del agua.</p> + +<p>—Tengamos calma; confiemos en la pericia de nuestros generales..., +y sobre todo, hay que confiar siempre en la protección del cielo, que +no nos abandona, que no puede abandonarnos, porque somos la fe, la +razón, el derecho, la justicia, la honradez... ¡Pues estaría bueno que +el cielo, la suma sabiduría, diera la victoria al filosofismo, a la +usurpación, a las <i>ateas discordias</i>!... No puede ser. Repitamos +todos que no puede ser.</p> + +<p>Y se conformaron por el pronto, repitiendo como papagayos que no +podía ser y que no podía ser. Otro de los que abandonaron a media tarde +la regia morada fue don Rafael Maroto, figura de primera magnitud en +el carlismo, que abrazó con ardor desde los primeros días del cisma +dinástico. Había ingresado en la facción con el grado de teniente +general; gozaba fama de ilustración, de práctica guerrera; pero la +inquina que cordialmente le profesaba González Moreno, el brazo +derecho y el seso militar de don Carlos, no le había permitido lucir, +como pudiera, sus excelsas cualidades. La malquerencia entre Maroto y +González Moreno era vieja en<span class="pagenum" id="Page_211">p. +211</span> el estadillo absolutista, y en su cuenta se podían cargar +casi todos los atascos y tropiezos de la Causa. Uno y otro tenían sus +pandillitas o taifas que fomentaban aquella discordia, lanzándose +fieros dardos de calumnia y dicterios crueles; pero Moreno llevaba la +inmensa ventaja de haberle ganado al otro la delantera en la confianza +lela del rey, quien no respiraba sin previa consulta con su jefe de +Estado Mayor. Ni la paliza que el tal Moreno se ganó en Mendigorría, +ni otros muchos descalabros que en acciones parciales sufrió, ni los +odios que despertaba en el ejército, movieron a don Carlos a retirarle +su gracia. No tiene esto más explicación que la recóndita simpatía o +afinidad que establece la naturaleza entre dos grandes ineptitudes, +como entre dos inteligencias superiores. La nulidad de Moreno y la de +don Carlos se compenetraban. Uno y otro, formando una sola ceguera, +desconocieron a Zumalacárregui; metiéronle en aquel desastroso empeño +de Bilbao, donde perdió la vida el primero y único capitán del +absolutismo. La página histórica que ha dado más celebridad a González +Moreno fue la trampa que armó a Torrijos en Málaga para fusilarle impía +y cobardemente con sus desgraciados compañeros. Si don Carlos no veía +estos borrones, ¿qué había de ver el pobre señor?</p> + +<p>Pues salió, como se cuenta, el señor Maroto de la real audiencia +y del consejo, presidido por Su Majestad, que acababa de celebrar +la <i>Junta Provisional Consultiva de Guerra</i> (que<span +class="pagenum" id="Page_212">p. 212</span> tales retumbancias +denominativas eran alegría y entretenimiento del flamante Estado), y le +rodearon al punto amigos y prosélitos, ávidos de oír su parecer:</p> + +<p>—¿Y qué han acordado ustedes? ¿Se puede saber? —le preguntó el señor +Ochoa, intendente general.</p> + +<p>—¡Hombre, qué pregunta!... Están ustedes en Babia —replicó Maroto, +que era de boca un poco libre—. Naturalmente, hemos acordado que somos +todos unos imbéciles. Siempre que nos reunimos acordamos lo mismo.</p> + +<p>—Y de Arlabán, ¿qué?</p> + +<p>Soltó don Rafael Maroto dos o tres voquibles muy de tierra +castellana, con lo cual, si no esclarecía el asunto, expresaba su +indignación. Tenía fama de mal hablado el general, costumbre muy +conforme con la rudeza militar y con el ajetreo de mandar tropa. +Don Carlos no le perdonó nunca que en una ocasión de gran aprieto, +atravesando los dos de incógnito una fragosa sierra en Portugal, +largase en su presencia una señora interjección, tan rotunda como +expresiva, que hirió las timoratas orejas del protegido de la Virgen. +Y tan no se lo perdonó, que desde entonces hubo de caer Maroto en +desgracia; mas no le sirvió de lección, porque rara vez hablaba sin +remachar su discurso con aquellos clavos de acero de la elocuencia +familiar española.</p> + +<p>—¿De Arlabán, que quieren que diga? ¡Porra! No podía suceder más +que lo que ha sucedido. ¿Qué se puede esperar, ¡porra!, de<span +class="pagenum" id="Page_213">p. 213</span> la dirección que da a la +guerra ese rocín? ¡Porra!</p> + +<p>—Pero si dicen que la acción no ha concluido, que todavía...</p> + +<p>—Que todavía falta...</p> + +<p>—Sí, falta la más negra, ¡porra, contraporra!</p> + +<p>—Ha sido una peripecia.</p> + +<p>—Sí, sí, buena peripecia nos dé Dios, ¡porra! Ha sido..., aquí en +secreto, aquí en gran confianza, una paliza tremenda, una carrera en +pelo como la de Mendigorría... ¡Si no podía ser de otra manera!... Si +lo vengo diciendo.</p> + +<p>—Pero todavía... podría ser que nos rehiciéramos.</p> + +<p>—Sí, sí; para rehacernos está el tiempo. Lo que pueden ustedes +rehacer es la maleta, ¡porra!, porque, o yo me engaño mucho, o esta +noche se plantan aquí.</p> + +<p>—¿Quién?</p> + +<p>—Córdova... Espartero... Qué sé yo.</p> + +<p>Y se fue a su alojamiento, seguido de su comparsa que aún no se +cansaba de oírle. Era don Rafael Maroto de buena presencia, gallardo, +casi atildado, de palabra expresiva y amena conversación, en la que no +era fácil separar la frase feliz del abusivo adorno de <i>porras</i> y +<i>contraporras</i>.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch21"> + <p><span class="pagenum" id="Page_214">p. 214</span></p> + <h2 class="nobreak g1">XXI</h2> +</div> + +<p>Avanzada la tarde, se fue generalizando en el pueblo la triste +idea de la necesidad de la evacuación. Con un movimiento admirable, +nuevo testimonio de las grandes dotes tácticas del insigne Córdova, +secundadas por los generales de división Espartero y Ribero, el +ejército cristino habíase posesionado con relativa facilidad de +las formidables alturas del puerto de Arlabán, y era dueño de las +sierras de Elguea y del monte de San Adrián, que cae sobre Aránzazu. +Desde las lomas que cercan a Oñate, así como de las torres de las +iglesias y de los tejados de algunas casas, se veía perfectamente +esta posición, ocupada ya por las tropas de la reina. A poco que +estas se dejaran caer, ¡adiós corte de Carlos V, adiós capital del +flamante Estado <i>absolutamente absoluto</i>! Y no había tiempo que +perder. Antes de medianoche era forzoso que escapasen del pueblo, en +busca de lugar seguro, el rey con toda su alta y baja servidumbre, +el <i>Ministerio Universal</i> con sus dependencias, las Secretarías +llamadas <i>Ministerios</i> con sus respectivas cáfilas de empleados, +el <i>Estado Mayor</i>, todos los ramos y ramilletes de <i>Guerra</i>, +la <i>Superintendencia de Vigilancia Pública</i>, la <i>Junta Superior +Gubernativa de Medicina<span class="pagenum" id="Page_215">p. +215</span> y Cirugía</i>, las diferentes <i>Intendencias</i>, +<i>Contadurías</i> y <i>Pagadurías</i>, la <i>Maestranza</i>, etcétera, +etc..., con todo el papelorio, que en el poco tiempo de existencia +formaba ya una costra formidable, y el balduque, los tinteros, las +obleas, los polvos de secar, y todo, Señor, todo, pues con ser aquello +un reino en miniatura, abultaba ya casi tanto como la mitad o los dos +tercios de un reino grande.</p> + +<p>Y si no era floja impedimenta la caravana eclesiástica que llevaban +por doquiera —capellanes sin número, familiares del obispo de León y de +otros reverendos, confesores, ministros de la Generalísima—, la caterva +militar y palatina la superaba, pues había <i>Guardias de honor</i> +de infantería y caballería para la Real persona, y un cuerpecito de +<i>Guardias de Corps</i>, que no tenía más objeto que custodiar y hacer +los honores debidos al estandarte de la Virgen de los Dolores, que don +Carlos llevaba por delante en sus frecuentes correrías de soberano +caracol, siempre con el trono a cuestas... No se veían más que señores +que, desalados, corrían a las oficinas, a empaquetar legajos, y después +a sus casas, con medio palmo de lengua fuera, a guardar las casacas, el +que las tenía, y los trapitos de ceremonia.</p> + +<p>—He de intentar colarme en Palacio, ofreciendo mis servicios al +Infante —dijo Rapella a su amigo, contemplando el inmenso trasiego de +gente presurosa entre Artazcos y el <i>Principal</i>—. Y como estamos +en peligro de quedarnos sin caballerías, porque los prófugos<span +class="pagenum" id="Page_216">p. 216</span> echarán mano de todas las +que hay en el pueblo, conviene que mientras yo busco por aquí quien +me introduzca, vayas tú a prevenir a Sancho para que dé un pienso a +nuestros animales, y ensille y disponga todo, que el golpe bueno es +salir antes que nadie, y agregarnos por el camino a la comitiva del rey +o de don Sebastián.</p> + +<p>Cuando esto decía vieron salir de Palacio un grupo, en el cual el +siciliano reconoció a su amigo Roa, secretario del Infante, y se fue +derecho a él. Era un señor de hermosa presencia, mejor vestido que +el príncipe su amo, y de trato afable y meloso. Hablaban rápidamente +de lo difícil que era en momentos tan críticos obtener audiencia del +rey o del Infante, cuando se aproximaron otras personas que azoradas +y medrosas hablaban de preparativos de marcha. Del ayuntamiento salió +un nuevo grupo. El señor Roa, que continuaba en medio de la calle +charlando con Rapella y Fernando, dijo:</p> + +<p>—¿No me preguntaba usted anoche por Negretti, el mecánico de la +Maestranza? Aquí viene. Fíjense: es aquel de alta estatura, moreno, con +boina azul y chaquetón de pana.</p> + +<p>No necesitó más Calpena para poner toda su vista y toda su alma +en el pelotón que del ayuntamiento acababa de salir. Las señas que +daba Roa no permitían confusión, pues Negretti descollaba en el grupo +con su gallardía escueta de ciprés, alto, derecho y oscuro. Calpena +le miró; en aquel punto desaparecieron de su mente la corte, Oñate, +Rapella, el carlismo<span class="pagenum" id="Page_217">p. 217</span> +y cuanto le rodeaba. No vio más que al hombre corpulento, fornido, +de morena tez; no vio más que el rostro meridional, tostado, casi +ennegrecido por el cálido resplandor de la fragua. Representaba unos +cuarenta y cinco años; era su cuerpo de Hércules, su hermosa cara, de +matiz pizarroso en la piel del bigote y barba, afeitados con esmero; +la expresión grave, los ojos dulces. Sus facciones delataban la raza, +la incomparable estirpe de que era ejemplar perfecto la hermosísima +Aurora. Por todo esto y por otros sentimientos que de súbito asaltaron +a Calpena, el Negretti que de lejos veía le fue simpático. Fijose más +en él, aproximándose, y Negretti también le miraba. Como si esta mirada +fuese chispa eléctrica, sintió el joven un terrible sacudimiento dentro +de sí y, sin encomendarse a Dios ni al diablo, movido de irresistible +impulso, se fue derecho a él y descubriéndose cortésmente le dijo:</p> + +<p>—Es usted el señor Negretti...</p> + +<p>—Servidor —replicó el atleta llevándose la mano a la boina con +militar saludo—. Y usted es el señor de Calpena. Le he conocido no +sé en qué, pues es la primera vez que tengo el gusto de verle... +Corazonada... En la manera de mirarme usted le he conocido. Y como el +señor Roa me dijo esta mañana que dos caballeros de Madrid preguntaban +con interés por mí y por mi sobrina...</p> + +<p>—¡Aura! —exclamó Calpena tan turbado que no sabía por dónde +empezar—. Aurora...</p> + +<p>—Sí, ya sé, ya sé... Hace usted bien en<span class="pagenum" +id="Page_218">p. 218</span> hablar conmigo, y en venir a nosotros por +el camino derecho, porque yo no me como la gente; soy hombre razonable +y sé ponerme en lo natural. Venga usted conmigo si quiere que hablemos +un rato, que el tiempo apremia y tengo que prepararme.</p> + +<p>—Ya sé que la familia —dijo Calpena empezando a recobrar el aliento— +está en un pueblo de la costa.</p> + +<p>—Sí señor... Como siempre me pongo en lo mejor, ese es mi natural, +le supongo a usted con intenciones honradas y de caballero. Dígolo, +porque si viniera con propósito de burlarme y de hacernos algún paso +de comedia, ya puede volverse por donde ha venido, porque soy hombre +que no se deja embromar. En el poco tiempo que lleva Aurora al lado +nuestro, le hemos tomado mi mujer y yo gran cariño. La queremos ya como +si fuera nuestra hija...</p> + +<p>Algo quiso decir Fernando; pero Negretti le tapó la boca con un +gesto, queriendo abreviar, y prosiguió:</p> + +<p>—Ya sabemos la historia. Con lágrimas y suspiros nos ha contado la +niña que le quiere a usted; que no puede querer a otro... Está bien, +muy bien... Ahora, en pocas palabras, señor mío, le manifestaré mi +opinión. Si yo llego a entender que es usted digno de ella, no me +opongo, ni Prudencia, mi esposa, se opondrá tampoco. Demuéstreme el +señor Calpena que es un joven de familia cristiana y limpia; vea yo que +por su honradez, por su seriedad, por sus circunstancias, es merecedor +de tal joya, y ya<span class="pagenum" id="Page_219">p. 219</span> +estamos en vías de acomodarnos. Si me sale con la gaita de que es poeta +o de estos que no tienen más oficio que escribir en papeles, no hemos +hecho nada, señor. Curaremos a la niña de su mal de amores, lo que +podrá ser difícil, pero no imposible, y a rey muerto, rey puesto.</p> + +<p>Nuevamente quiso hablar Calpena; pero el otro le cortó por segunda +vez la palabra con estas:</p> + +<p>—Poetas y emborronadores de papel no queremos en casa. ¿Es usted por +casualidad propietario?</p> + +<p>—No señor.</p> + +<p>—¿Es usted abogado? ¿Tiene alguna carrera?</p> + +<p>—No señor.</p> + +<p>—Empleado quizás...</p> + +<p>—Lo he sido. Puedo volver a serlo.</p> + +<p>—Los empleados tampoco nos gustan. Pero, en fin, ya que no tiene +usted carrera, de algo sabrá, siquiera sea un oficio... Me consta, +por lo que relata la niña, que en Madrid pasaba usted por hombre de +gran inteligencia... y no sé por qué, se me figura que en esto no va +Aurorita descaminada. La cara del señor Calpena, sus ojos, me revelan +entendimiento...</p> + +<p>—No creo carecer de facultades para cualquier profesión u oficio a +que me dedique.</p> + +<p>—¿Sabe usted matemáticas?</p> + +<p>—Muy poco.</p> + +<p>—¿Latín?</p> + +<p>—Eso sí... y humanidades.</p> + +<p>—Algo es algo... En fin, señor mío, le acojo<span class="pagenum" +id="Page_220">p. 220</span> con benevolencia; pero no le abro mis +brazos todavía; le mantengo a distancia. Ya ve que no soy tirano, y +si usted ha venido con la idea de representar aquí un paso de teatro +quitándome a la niña con burla o con violencia, no es flojo chasco el +que se lleva.</p> + +<p>—No vacilo en confesar a usted —dijo Calpena en un arranque de +sinceridad— que he venido con esas ideas; pero la presencia de usted, +sus palabras, su persona misma y modo de ser me han desconcertado +radicalmente... Hállome aturdido, sin saber qué pensar ni qué decir... +Pero desde luego le aseguro, señor mío, que por nada del mundo he de +renunciar al amor de Aura, y que hacia ella he de ir por el camino que +crea más corto. Si este es el camino de la paz, mejor; por él iré.</p> + +<p>—Está bien; pero debo asegurarle a mi vez que no hay para llegar a +ella más que un camino, y en este camino estoy yo, Ildefonso Negretti; +está también mi esposa. Ya ve que soy benévolo, que le hablo con +lealtad, y de mi lealtad quiero darle aún mayor prueba diciéndole que +Aurora reside con mi mujer en la villa de Bermeo; la he mandado a un +puerto de mar, no solo por ser aquel uno de los lugares más tranquilos +dentro del país en guerra, sino porque espero que los aires de la costa +han de probar bien a su salud, bastante delicada desde que salimos de +Madrid. Viven mi mujer y mi sobrina en Bermeo, <i>Barrencalle</i>, +número 2. Le digo a usted la dirección de mi casa para que vea<span +class="pagenum" id="Page_221">p. 221</span> que no le temo, que confío +en que ha de responder con su lealtad a la mía.</p> + +<p>—<i>Barrencalle</i>, 2 —repitió Fernando, que habría querido ir allá +de un vuelo.</p> + +<p>—No le doy las señas para que vaya allá, sino para que sabiéndolas +se abstenga de ir, entendiendo que no es mi gusto que vaya, ¿estamos? +No me alborote usted a la niña, ni me le encienda la imaginación, +que con un soplo, como usted sabe, se convierte de rescoldo suave en +horno de ferrería; no me trastorne aquella pobre alma, que fácilmente +salta del sueño al delirio y de la ilusión a la locura, ni me dispare +aquellos nervios que mi mujer y yo, a fuerza de dulzura y paciencia, +hemos conseguido contener y amansar. No, no. Tengamos la fiesta en +paz. Si se planta el novio en Bermeo sin mi permiso, fíjese bien, sin +mi permiso, pues hablo como padre de Aurora, perdemos las amistades y +no hay nada de lo dicho. Por lo que valga, sepa que en la casa de allá +no están las mujeres solas; en ella viven también dos fieras en figura +de hombres: mi cuñado Hilario, capitán de barco, y un primo suyo, que +también es de mar; excelentes personas, bravos y fieles, que no han de +consentir ningún desmán en aquella honrada vivienda.</p> + +<p>Por tercera vez quiso Calpena decir algo; pero el hercúleo Negretti, +que tenía prisa, no le dejó tomar resuello:</p> + +<p>—Aguárdese un poco, y concluimos. Ya he dicho antes que no soy +tirano, y que acostumbro ponerme en lo natural. Sé lo que son jóvenes; +yo he<span class="pagenum" id="Page_222">p. 222</span> sido algo +joven, yo también he probado el amor, y no desconozco lo que puede en +nuestra alma. Sabedor de todo esto, y siendo además hombre honrado y +buen cristiano, le digo al señor don Fernando que no me opongo, no +señor, no me opongo a que ame a la niña, ni a que se case con ella. +Pero he de advertirle que perlas como esta sobrina no están ahí para el +primero que llega. Sobre lo que ella vale, está lo que posee, lo que +ganó honradamente mi pobre hermano Jenaro, y si todo eso, la niña y su +capital, han de ser para usted, no es mucho pedir que me demuestre ser +merecedor de bienes tan grandes. ¿Es esto claro, es esto real, es esto +noble?</p> + +<p>—Si, sí, sí —afirmó Calpena con efusión estrechándole la mano—. +En un momento me ha conquistado usted, me ha hecho suyo, que es el +verdadero camino, bien lo veo, para ser de ella.</p> + +<p>—Pues no necesitamos hablar más por ahora. Antes de ir a Bermeo, +irá usted a donde yo esté... y estaré con la corte, pues no puedo +apartarme del servicio de Maestranza en el real de don Carlos. Hable +usted conmigo, entendiendo que para ganar aquella plaza, tiene que +ganar antes los baluartes que la rodean y defienden, y esos baluartes +véalos en mi. Yo soy la muralla. Póngame usted sitio, y por los medios +que emplee para conquistarme, sabré yo si debo o no debo rendirme. Por +de pronto escribiré a la niña, diciéndole que he visto a su galán, para +que esté tranquila... Conque...</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_223">p. 223</span></p> + +<p>—Pero ¡qué!, ¿nos separamos ya? —dijo Fernando con ansiedad, +sintiendo que el tal Negretti se le metía en el corazón.</p> + +<p>—Sí, señor. Yo tengo que preparar la salida del material, salvo lo +que por su peso es forzoso dejar aquí. Me parece que ya hemos parlado +todo lo sustancial. Ya sabe dónde me encontrará.</p> + +<p>—Pues separémonos; pero no sin decirle que, contra lo que esperaba, +hallo en usted la suma lealtad y la hombría de bien más pura. Yo me le +figuraba un monstruo, un tirano, el mayor y más fiero enemigo de mi +persona y de mi felicidad; pero ya veo...</p> + +<p>—Adiós, adiós... Me esperan. Vea usted; allí me están llamando... +Hasta que nos veamos; lo dicho, dicho... Adiós.</p> + +<p>Y se metió corriendo en la Universidad, donde multitud de personas, +unas de tipo militar, otras de obreros, le aguardaban inquietas. +Calpena le seguía con sus ojos. ¡Y cuán solo y triste se quedó al verle +desaparecer! En aquel momento ya oscurecía... Lloviznaba... ¡Qué triste +anochecer!</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch22"> + <h2 class="nobreak g1">XXII</h2> +</div> + +<p>Como chorro de agua fría derramado en un brasero, fue la +presencia y dichos de Negretti en el espíritu de Calpena, que vio +de súbito convertido en cenizas mojadas todo<span class="pagenum" +id="Page_224">p. 224</span> aquel fuego que encendía su voluntad; y +el drama romántico que el niño se traía, con violencias y fuertes +emociones, con su rapto correspondiente, quizás con cuchilladas +y tiros, se trocó en comedia casera. Verdad que esta era de las +buenas, de las mejores, según se anunciaba; mas, por el pronto, +hubo desilusión, enfriamiento repentino, caída de las alturas, y +esto siempre duele. Un rato estuvo el joven como atontado: casi, +casi llegó a parecerle fantástica la aparición de Negretti, y sus +palabras fingimiento del propio tímpano que las oyera. Por real lo +tuvo reflexionando en ello, y reconoció gozoso que el tío de su amada +era una gran persona, sus palabras sinceras y honradas, en armonía +perfecta con la noble expresión de su rostro. ¡Vaya con los cambiazos +del destino! ¡El enemigo, el tirano, el ogro, convertíase, como por +magia, en un ser bondadoso, de ideas severas, eso sí, pero sanas! ¡Y +con qué firmeza de padre tutelar le había planteado la cuestión de sus +relaciones con Aura! ¡Con qué gracia y donosura había desbaratado el +romántico artificio, como don Quijote acuchillando el retablo de maese +Pedro! ¡Y cuán hábilmente, entre las ruinas del cartón pintado, había +puesto el cimiento angular de la vida razonable, discreta, lógica, como +Dios y la ley la quieren y formulan! Era el tal don Ildefonso todo un +hombre, y no había más remedio que bajar la cabeza ante su voluntad, +juntamente rigorista y protectora, aceptando los procedimientos +pacíficos<span class="pagenum" id="Page_225">p. 225</span> que +proponía, los cuales significaban decencia, lógica y facilidad.</p> + +<p>Dio vueltas Fernando por frente a la Universidad, sin hacerse cargo +de lo que a su alrededor ocurría; tan metido estaba dentro de sí. +Pasado un rato, y obligado por la llovizna a guarecerse bajo un alero, +empezó a ver lo inmediato y circunstancial.</p> + +<p>«¿Qué tenía yo que hacer, Señor? —se dijo—. ¡Ah! ya me acuerdo: me +mandó que buscase a Sancho y le mandara preparar las caballerías».</p> + +<p>Hallábase al decir esto entre la Universidad y el edificio +destinado a hospital. A dos pasos de allí, en <i>Ikasola kalea</i>, +estaba el parador donde a la sazón debía de encontrarse Sancho; pero +no acertaba con él: la noche se había echado encima, oscurísima, y +la gente afanosa que por todas partes bullía le estorbaba el paso. +En la puerta posterior de la Universidad había lo menos diez carros +cargando pesados objetos, y en la Caridad, por un portalón de la +huerta, sacaban enfermos en camillas. El tumulto era grande; alumbraban +estas operaciones farolillos mustios, y el vocerío en vascuence o mal +castellano mareaba la cabeza más firme.</p> + +<p>Trató Calpena de abrirse paso hacia el parador, y preguntando a este +y al otro pudo enterarse de que los jamelgos del señor Sancho habían +sido embargados para el transporte de los heridos que bajaban de San +Adrián. Pensó dar conocimiento al gran Rapella de estas novedades, que +sin duda imposibilitarían la partida; ¿pero dónde demonios estaba<span +class="pagenum" id="Page_226">p. 226</span> el siciliano? Desde que +se le apareció Negretti en la plaza, habíale perdido de vista. Si +había logrado meterse en Palacio, y se agregaba a la comitiva de don +Sebastián, ¿cómo se las compondrían Sancho y Calpena para seguirle, +no disponiendo de caballos? En fin, Dios diría. Llenose de paciencia +el aburrido joven y continuó buscando al escudero. De pronto, vio que +los hombres y mujeres que antes se agolpaban junto a la Universidad, +corrían hacia la plaza gritando:</p> + +<p>—Ya vienen, ya vienen...</p> + +<p>Pudo creer el forastero por un momento que los que venían eran los +cristinos victoriosos, posesionándose, con la brutalidad del vencedor, +de la villa y corte indefensas. Pero no; los que venían eran dos +batallones facciosos, el <i>Requeté</i> y el 2.º de Guipúzcoa, que +se retiraban con mediano orden delante del enemigo, trayendo muchos +heridos, hambre, cansancio, ira, y la tristeza del vencimiento. Bajaban +por el camino de Aránzazu, rotas las filas, presurosos. Calpena les +vio entrar en el pueblo por la calle de Santa María: ante el palacio +del rey, dieron algunos vivas con voz apagada y ronca, y pararon luego +en la plaza, en medio de una gran confusión. Oyó los gritos de los +jefes, queriendo ordenar las secciones, para repartirles pan y vino, y +en tanto las mujeres se abalanzaban llorosas a los carros del 2.º de +Guipúzcoa, reconociendo a los heridos, llamándoles por sus nombres, +reconociendo también a los vivos y abrazándoles, si los encontraban. +Era un lastimoso espectáculo<span class="pagenum" id="Page_227">p. +227</span> que oprimía el corazón, tanto dolor de una parte, de otra +tanta abnegación y entereza, y afligía considerar el enorme, inútil +sacrificio que todas aquellas penas y virtudes representaban.</p> + +<p>En los balcones de Artazcos se veían luces. Quién decía que Carlos V +estaba cenando sus alubias y su sopita de ajo con un poco de vino, para +emprender la marcha inmediatamente hacia San Prudencio; quién que había +cenado y estaba rezando el rosario con su alta y baja servidumbre y +los señores ministros; y esto lo decían con veneración, con el interés +que inspira la persona más amada. En aquel barullo acertó Calpena +a encontrar al chicuelo organista que le había guiado a la casa de +huéspedes el día anterior, y le cogió del brazo, preguntándole:</p> + +<p>—¿Has visto, por casualidad, al señor diplomático que ayer llegó +conmigo?</p> + +<p>Replicó el chico negativamente, y al punto agregose otro bigardón +afirmando que el caballero flaco había salido de Palacio con el señor +Urra y el señor Echevarría, dirigiéndose al Ayuntamiento, donde se +disponían caballos y coches para el séquito del rey. De Sancho dijeron +que creían haberle visto en la Caridad ayudando a la saca de los +enfermos que debían marchar, y allá corrió Fernando con el organista, +que oficioso se prestó a ser su escudero.</p> + +<p>Nuevamente fue acometido Calpena, en ocasión de tanto apuro, del +recuerdo de Negretti:</p> + +<p>«¡Qué bueno sería —pensaba— que nos encontrásemos ahora y lograra +yo que me<span class="pagenum" id="Page_228">p. 228</span> llevase +consigo en los carros de la Maestranza!».</p> + +<p>Con estas ideas se entremezcló la consideración del cambiazo +súbito que le marcaba su destino, y al decir destino daba este nombre +indebidamente al soberano gobierno de Dios, que dispone a veces, según +su alta voluntad, todo lo contrario de lo que propone nuestra pequeñez +ignorante y ciega. Bastaron unos minutos de coloquio con persona que +trataba por primera vez, para ver alterado totalmente el rumbo de sus +caminos, vueltas del revés sus ideas, y en la esfera de su voluntad +sustituidas unas energías por otras. ¡Cuán lejos estaba el soñador +Fernando de que su destino, Dios mejor dicho, le preparaba desviaciones +más radicales y sorprendentes!</p> + +<p>Entró con su ayudante en el patio grande de la Caridad, donde vieron +algunos enfermos medianamente acondicionados en camillas para partir +con la corte. Eran soldados, oficiales, paisanos, víctimas de la guerra +dinástica. Familia o amigos cuidaban de su transporte, y no había +ya más dificultad que encontrar músculos vigorosos que cargaran las +camillas por lo menos hasta San Prudencio. Los que se hallaban en mejor +disposición se acomodaron en los carros de la Maestranza, entre bombas, +cartuchería y maquinaria, y algunos fueron llevados a la plaza para +agregarse a la impedimenta del <i>Requeté</i> o del 2.º de Guipúzcoa. +Recorrieron todo el patio en busca de Sancho, y en una de estas vueltas +Calpena se sintió cogido de<span class="pagenum" id="Page_229">p. +229</span> la esclavina de su abrigo; volviose, y vio a una mujer +lacrimosa que, cruzadas las manos y mirándole con vivísima ansiedad de +postulante, como los que apremiados por la miseria imploran la caridad +pública, le dijo:</p> + +<p>—Señor mío, caballero..., no me negará usted que lo es, porque el +que ha nacido caballero no lo puede negar... Si es usted tan noble +y piadoso como me ha parecido, me atrevo a pedirle que ampare a una +familia desgraciada...</p> + +<p>Hizo ademán Calpena de sacar limosna, y ella, retirando su mano, +prosiguió:</p> + +<p>—No, no; la caridad que pido no es esa; pido su auxilio para salir +de aquí, para proteger la vida de mi padre...</p> + +<p>—Señora —dijo Fernando cortés y compasivo—, mucho siento no poder +ampararla... Soy forastero, no conozco a nadie, y busco también quien +me facilite la salida. Perdóneme usted..., no puedo...</p> + +<p>Se alejó; pero no había dado diez pasos cuando sintió en su corazón +el golpetazo de la piedad, en su garganta el ahogo de la conciencia que +se rebela contra el egoísmo, y volvió hacia la mujer, que arrimada al +muro lloraba sin consuelo.</p> + +<p>—Bueno —le dijo—, veamos en qué puedo servirla. No llore y +explíqueme... Difícilmente podré yo...</p> + +<p>—No me equivoqué —replicó ella—, al pensar que es usted persona +hidalga. Entre tantos indiferentes o despiadados, solo en usted, cuando +le vi pasar, vi la esperanza.</p> + +<p>—¿Pero qué puedo hacer? Soy forastero...</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_230">p. 230</span></p> + +<p>—Yo también. Tanto usted como yo somos aquí gente extraña, enemiga +quizás al sentir de ellos... Bien se ve que no es usted de esta +tierra...</p> + +<p>—En efecto...</p> + +<p>—Ni faccioso quizás. ¿Y qué? También hay en la facción caballeros, y +usted lo es.</p> + +<p>—De tal me precio... Pero... dígame... Lo primero: ¿quién es usted, +qué clase de socorro desea?...</p> + +<p>—Ya sabrá quién soy, quiénes somos, pues conmigo está mi hermanita, +más pequeña que yo. Por el momento, y en este grave apuro, solo digo +que tenemos aquí a nuestro padre enfermo, y queremos llevárnoslo, +huir, escapar de esta casa y de este pueblo. La vida de mi padre +corre peligro... Moriremos nosotros con él, antes que abandonarle... +¿Podremos salir aprovechando esta desbandada?</p> + +<p>—Perdóneme... No acabo de enterarme. Su padre de usted ¿dónde +está?</p> + +<p>—Arriba...</p> + +<p>—¿Quién es?</p> + +<p>—Don Alonso de Castro-Amézaga, persona de gran posición y nobleza, +natural de Laguardia, prisionero, enfermo, condenado a muerte un día, +y al siguiente indultado por la piedad de Carlos V; aborrecido del +pueblo oñatiense, y de las tropas y servidores de este rey, de quien no +quiero decir nada malo. Observe usted que no digo nada malo.</p> + +<p>Lo que observó Calpena, en ocasión que los farolillos movibles +alumbraban el rostro de la<span class="pagenum" id="Page_231">p. +231</span> pobre señora, fue que a esta le cuadraba más bien la +denominación de moza o señorita. A oscuras y desfigurada por el llanto, +habíala creído mujer del pueblo, joven.</p> + +<p>—Soy una persona decente —dijo la llorona, comprendiendo que +Calpena rectificaba su primer juicio—. Aunque me ve usted en este +abandono de vestir, motivado por los trabajos que nos impone nuestra +desgracia, mi hermana y yo somos dos señoritas de una familia rica +y noble. Cómo hemos venido aquí, cómo nos encontramos prisioneras +con mi padre, secuestradas propiamente por nuestro amor filial, sin +amparo, sin consuelo, es cosa muy larga de contar. ¿Será usted bastante +discreto para no pedirme ahora más explicaciones, y bastante generoso +para prestarme, como caballero, antes que se las dé, su apoyo y +protección?</p> + +<p>—Sí, sí..., veamos.</p> + +<p>—No tardará usted en conocer por qué circunstancias y casos tan +peregrinos se encuentran aquí dos damitas muy principales, al cuidado +de un noble señor a quien sus entusiasmos locos han traído a esta +terrible situación.</p> + +<p>—Ya voy comprendiendo... Pues apela usted a mi caballerosidad, yo +le aseguro que no ha llamado a la puerta del egoísmo... Señora, en lo +que de mí dependa... Y ahora, ya que me ha dicho usted el nombre de su +desgraciado padre, dígame el suyo.</p> + +<p>—¿El mío? Me llamo Demetria... Mi hermana<span class="pagenum" +id="Page_232">p. 232</span> es Gracia, y solo tiene catorce años. Yo he +cumplido veinte.</p> + +<p>—¡Veinte años! —exclamó Calpena—, ¡y a los veinte años, en posición +decente, encontrarse aquí..., así...!</p> + +<p>Por un momento dudó Fernando. Pero en aquel punto pasó un fraile +que llevaba farol; a la luz de este vio el rostro de la que se había +llamado damita, en el cual efectivamente se revelaban, sin que pudiera +decir cómo, la principalidad y la buena educación. ¿Era bella? A la +fugaz claridad del farol pareciole insignificante. Pero acertó a pasar +otra linterna, y la luz de esta pintó la cara de Demetria con formas y +matices que se aproximaban a una mediana hermosura.</p> + +<p>—Quedamos en que Dios me ha deparado un caballero. Se lo pedí +con toda el alma —declaró la joven mostrando su espíritu, gallardo +y animoso, ya que no su semblante, que continuaba desvanecido en la +penumbra—. Vamos, suba usted conmigo.</p> + +<p>—Si el caballero que Dios concede a usted soy yo, señora —dijo +Calpena con no menos gallardía—, sepa que cuando se trata de amparar +al desvalido no conozco el miedo. Adelante, pues, y Dios sea con +nosotros.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch23"> + <p><span class="pagenum" id="Page_233">p. 233</span></p> + <h2 class="nobreak g1">XXIII</h2> +</div> + +<p>Subieron a punto que bajaban hombres y mujeres; pero nadie reparó +en ellos: cada cual iba derecho a su asunto sin cuidarse del prójimo. +En un cuarto mísero, lleno de trastos, el primero que a mano derecha +se encontraba, entraron Demetria y su protector, seguidos del chicuelo +organista, a quien Fernando mandó retirarse. En la galería había luz: +abriendo la puerta de la estancia se podía ver a medias el interior de +esta. Demetria entró dando albricias:</p> + +<p>—Ya tenemos quien nos salve. Nuestro salvador aquí está: no le +conozco; pero no importa. Dios me lo ha deparado.</p> + +<p>No distinguía Calpena la figura del don Alonso, que yacía taciturno +sobre un montón de esteras liadas. Destacose la figura de Gracia, +delicada, esbeltísima, bañado también en lágrimas el rostro, y saliendo +a la puerta, expresó su turbación en estos términos:</p> + +<p>—¿Y el señor sabe quienes somos?... ¿Le has dicho...?</p> + +<p>—En este cuarto —dijo la hermana mayor— dormíamos nosotras. Cuando +se empezó a decir que la corte evacuaba la ciudad, no pensamos más +que en la manera más fácil y pronta de escapar de aquí. Felizmente, +señor... Pero no estará de más que me diga usted su nombre, y así nos +entenderemos mejor...<span class="pagenum" id="Page_234">p. 234</span> +Pues sí, señor don Fernando..., felizmente los celadores y enfermeros +no hicieron ningún caso de mi padre, y cuando empezaban a sacar +heridos, echáronle de la cama y de la sala...</p> + +<p>—Como a un perro —añadió la otra niña con rabiosa aflicción.</p> + +<p>—¿Qué hacemos ahora? Incapaces nosotras de determinar nada, nos +entregamos a la voluntad y a la iniciativa de usted.</p> + +<p>—¿Hay algún peligro en que su señor padre salga públicamente... por +entre el vecindario?</p> + +<p>—Sí, señor; lo hay, puede haberlo..., porque..., verá usted...</p> + +<p>En esto llegó arriba presuroso el organista con la nueva feliz de +que el señor Sancho había parecido, y estaba en el patio. Rogó Calpena +a las niñas que aguardasen un momento mientras bajaba en busca de quien +podía prestarle eficaz ayuda en aquel empeño. Presurosa salió Demetria +a la escalera para decirle:</p> + +<p>—Por Dios, no tarde usted mucho. Si usted no volviera o tardara, nos +moriríamos de pena.</p> + +<p>—Esté tranquila. Volveré al instante.</p> + +<p>—¿Cómo demostrarle que no es conveniente exponer a mi padre a que le +vean paisanos y soldados de Oñate en las calles del pueblo? Necesitaría +contar a usted una parte larguísima de esta triste historia para que +lo comprendiese bien. Pero usted, sin explicaciones, me creerá..., me +creerá sin pruebas. ¿Verdad, señor don Fernando?</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_235">p. 235</span></p> + +<p>—Creo..., sí... —afirmó Calpena; y al decirlo, mirándola de abajo +arriba, pues ella se paraba en los escalones más altos y él descendía +lentamente, vio en sus ojos algo que le infundía ciega fe. Demetria, +bien lo observó entonces, era de estatura más que mediana, esbelta y de +admirable conformación de cuerpo y talle.</p> + +<p>En los últimos peldaños de la escalera le cogió Sancho, endilgándole +apremiantes órdenes de su señor:</p> + +<p>—Don Aníbal se va con el Infante. Me dice que a usted le acomodará +en un birlocho de los señores eclesiásticos, donde irán apretaditos, y +a mí en una mula de los mismos, a la grupa del fraile de menos libras. +Me dice que...</p> + +<p>—¿Más todavía?</p> + +<p>—Que recojamos del alojamiento sus pistolas, el abrigo de monte, +la gorra de ídem, y las demás prendas que allí tienen los señores, y +que con todas estas cosas y nuestras personas nos dejemos caer por +el Ayuntamiento, donde él se encuentra con el señor Erro y otros +principales de acá.</p> + +<p>No necesitó Calpena saber más para concebir con rápido pensamiento +un plan y ponerlo en ejecución con voluntad decidida, en la cual no +cabían dudas ni vacilaciones.</p> + +<p>—Aguárdame aquí: tardaré un cuarto de hora todo lo más. Si no te +encuentro cuando vuelva, Sancho, te aseguro que me la pagas. Obedéceme, +o sabrás quién soy. Aquí..., no te muevas..., te necesito. Un cuarto de +hora...</p> + +<p>Corrió a la calle; veinte minutos después<span class="pagenum" +id="Page_236">p. 236</span> hallábase de vuelta, trayendo las pistolas +y dos capotones de viaje, uno de los cuales a Rapella pertenecía. El +motivo de haber tardado un poco más de lo presupuesto fue que al salir +de casa de Iriarte, recogidos los bártulos y pagado el hospedaje, +encontró interceptado el paso por la comitiva del rey. Iba Carlos V +en su coche, tirado por tres poderosas mulas. Aun en tan desairada y +triste ocasión, el pueblo le aclamaba, adorando más bien la idea que +la persona, a la cual no veía. Con lentitud atravesó el carruaje la +plaza, llena de tropa, y entró en la calle <i>Zarra</i>, seguido de +otros coches y de innumerables jinetes, entre los cuales descollaba +por su militar arrogancia la guardia de honor del estandarte de la +Generalísima. Lloviznaba otra vez, y las mujeres se echaban una enagua +por la cabeza: los soldados aguantaban impávidos la lluvia como poco +antes habían resistido las balas. El tambor sonaba en las calles +lejanas, aproximándose por esta parte, alejándose y perdiéndose por +la otra. En los corrillos que a su paso encontraba, oyó Calpena un +alarmante rumor. Venían, venían los cristinos por San Adrián abajo..., +ya estaban cerca de Aránzazu... Antes de amanecer ocuparían la +ciudad... ¡Pobre Oñate, pobres casas, infelices mujeres!</p> + +<p>—¿Y la caja del señor, y el estuche, afeites y pinturas del señor +don Aníbal?... —preguntó Sancho, quedándose como en éxtasis.</p> + +<p>—Sube conmigo, y cállate la boca —dijo<span class="pagenum" +id="Page_237">p. 237</span> Calpena entregándole todo lo que +había traído, menos las pistolas—. El estuche se lo he mandado al +Ayuntamiento con la criada de Iriarte. A nosotros no nos hace falta, +porque no nos pintamos. Lo que pudiéramos necesitar, aquí lo tengo ya. +Vamos, arriba pronto.</p> + +<p>Demetria le salió al encuentro gozosa, cruzando las manos como quien +da gracias a Dios. Ya estaba medio muerta de ansiedad, sespechando que +su protector no volvería.</p> + +<p>—Me detuve, señora doña Demetria, viendo pasar al rey, que ya va +camino de San Prudencio y Vergara... Y dicen por ahí que vienen tropas +de Oráa a ocupar el pueblo. ¿Esto nos favorece o nos perjudica?</p> + +<p>—¡Nos favorece! —exclamó la joven volviendo a cruzar las manos y +elevándolas al cielo—. ¡Dios mío, si fuera verdad...! Pero no perdamos +tiempo, señor don Fernando... ¿Qué tal está de gente la calle?</p> + +<p>—Por aquí escasea ya; en la plaza un gentío inmenso... Vea usted +este abrigo largo. Se lo pondremos a su señor padre. Es de un amigo mío +que se va con la corte.</p> + +<p>—¿Qué trae ahí? Pistolas... ¡Ah! Parece que ha leído usted mis +pensamientos, señor de Calpena, o que viene inspirado por Dios. Ya +pensé yo que debía usted llevar armas por lo que pueda ocurrir.</p> + +<p>—Nos defenderemos si es preciso. ¿Hay alguien aquí que nos estorbe +la salida?</p> + +<p>—Puede ser... no sé. En la confusión de<span class="pagenum" +id="Page_238">p. 238</span> este momento angustioso para el pueblo, +saldremos, o intentaremos salir después de encomendarnos a Dios +fervorosamente.</p> + +<p>Entró Calpena en la estancia precedido por Demetria y seguido de +Sancho. En el suelo había un farol. Don Alonso se había puesto en pie; +miraba con espantados ojos a los dos hombres. Era un señor de tipo +militar, grave, hermoso, tan horriblemente demacrado, que representaba +sesenta años no contando más que cuarenta y siete.</p> + +<p>—Son amigos —le dijo Demetria acariciándole—, amigos de los buenos, +que nos acompañarán fuera de aquí hasta donde queramos; hasta nuestra +casa. ¿Verdad, señores, que nos acompañarán?</p> + +<p>—Amigos —balbució el enfermo con torpísima voz, sin quitar de ellos +sus atónitos ojos—. ¿De qué tierra...?</p> + +<p>—De la nuestra, de allá... Vamos, vamos pronto. Póngase el abriguito +que le ha traído este buen señor, y arrópese bien, y cálese la capucha, +que hace mucho frío... Así, así... ¿Ve qué bien está?</p> + +<p>Calpena se ciñó el cinto de las pistolas. En aquel momento entró una +vieja, que presurosa recogió del suelo el farol, diciendo en voz muy +baja:</p> + +<p>—Ocasión como esta para salir, en toda la noche la hallarán. ¡Ánimo +y afuera! Abierto todo... Corpas y Berastegui han ido corriendo a la +plaza.</p> + +<p>—Este buen señor —indicó Calpena viendo que don Alonso se movía con +notoria dificultad— ¿está paralítico?</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_239">p. 239</span></p> + +<p>—Le llevaremos entre todos —dijo la niña mayor, angustiada.</p> + +<p>—Sancho —ordenó don Fernando a su escudero en tono que no admitía +réplica—, tú que eres fuerte, cógele en brazos. Afuera todo el mundo... +Demetria, agárrese usted de mi abrigo por este lado... Gracia, por la +izquierda. Déjenme los brazos libres... Buena mujer, haga el favor de +llevar este lío de ropa, que es mucho peso para la niña. Yo, con mis +dos mujeres, delante; sígueme tú, Sancho, con el señor a cuestas... +Vamos. Derechos a la salida por la puerta principal. Y luego todo el +mundo a la derecha lo más vivamente posible hasta coger el puente y +ponernos al otro lado del río. ¡Dios sea con nosotros! Saldremos sin +tropiezo, y al que quiera detenernos no le doy tiempo a respirar.</p> + +<p>Salieron en el orden dispuesto, con vivo paso, sin mirar a nadie. +Por fortuna, en el patio había poca gente. Sentía Fernando el temblor +de las dos muchachas, cada una por un lado, y su ardimiento varonil +se centuplicaba entre aquellos dos miedos femeninos... Todo fue muy +bien hasta que, franqueada la puerta y torciendo hacia el río, pasaban +frente a la Universidad. Dos galeras paradas en medio de la calle +obligáronles a un largo rodeo, y en esto se les plantaron delante +dos hombres, con boina blanca (<i>chapelchuris</i>), que parecían +servidores de alguna ambulancia:</p> + +<p>—Eh, ¿qué es eso, a dónde van estos pájaros?... Atrás —dijo +uno<span class="pagenum" id="Page_240">p. 240</span> de ellos +revelando en la pureza del habla que no era vascongado.</p> + +<p>Sin contestarle, Calpena le dio un empujón, diciendo a su +escudero:</p> + +<p>—¡Vivo, Sancho, vivo!</p> + +<p>—¡Atrás! ¿quién es usted? —gritó el otro <i>chapelchuri</i> +cortándole el paso.</p> + +<p>Fernando le apuntó a la cara diciendo:</p> + +<p>—¿Que quién soy? Vas a verlo. Un hombre que te dejará seco ahora +mismo, si le estorbas el paso...</p> + +<p>Y como los otros retrocedieran, más sorprendidos que atemorizados, +añadió en el mismo tono:</p> + +<p>—Animales, ¿no veis que acompaño a dos señoras? ¿De qué tierra sois, +que no respetáis a las damas?...</p> + +<p>—<i>Semos</i> de Cascante. ¿Y qué?</p> + +<p>—Pues yo soy de <i>Cascón</i>. ¡Paso! No somos ladrones... No nos +llevamos nada que no sea nuestro.</p> + +<p>—<i>Pensemos</i> que venían de la cárcel.</p> + +<p>—Abur, amigos... —dijo Calpena avivando el paso, siempre con la +impedimenta de las dos aterradas niñas a un lado y otro—. El que quiera +media onza, venga por ella; el que quiera una bala, también...</p> + +<p>Y diciéndolo llegaron al puente, y pasáronlo a escape, sin mirar +atrás. Las señoritas, adquiriendo por el miedo mismo súbita ligereza, +no corrían, volaban, y Fernando con ellas. Sancho, con supremo esfuerzo +de sus aceradas piernas, se puso prontamente a mayor distancia. La +vieja que cargaba el lío de ropa fue la más rezagada; pero llegó la +pobre, renqueando, sin tropiezo alguno.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_241">p. 241</span></p> + +<p>—Si esos brutos —dijo Calpena cuando pudieron tomar aliento— vienen +acá, que escojan entre una buena recompensa por ayudarnos y un par de +tiros bien certeros por perseguirnos.</p> + +<p>—Señor, no hay que temer —dijo sofocado el escudero, dejando en +el suelo a don Alonso—. Esos mostrencos son de Cascante, media legua +de mi pueblo, que es Ablitas. Les conozco: están en la facción por +compromiso. Son de los que llaman <i>pasados</i>, y sirven por los +nueve cuartos. Si vienen, con una buena propina le servirán a usted de +cabeza.</p> + +<p>—No, no; más vale que no vengan. No quiero nada de Oñate, y menos +de <i>chaquelchuris</i> o <i>chapeles</i> del infierno. Alejémonos un +poco más, y luego tomaremos algún descanso. Ánimo, señoras, que ya +estamos fuera. Y tú, Sancho, imita, hasta donde puedas, al bravo Esain, +<i>el burro de don Carlos</i>. Solo que nuestro pobre don Alonso pesa +menos que el rey absoluto. Adelante. Esta buena señora hará el favor +de llevar su carga un poquito más lejos. Allí se ve una luz. ¿Qué es +aquello? ¿Hacia dónde vamos?</p> + +<p>—Es la ermita del Santo Ángel de la Guardia —indicó la vieja.</p> + +<p>—Él nos favorezca y nos acompañe —dijo Demetria más animosa, +haciendo la señal de la cruz.</p> + +<p>—El señor Echevarría ha mandado que se alumbre la imagen toda la +noche.</p> + +<p>—¡Qué previsión la del señor confesor del rey!, esa luz piadosa +nos guía en esta oscuridad<span class="pagenum" id="Page_242">p. +242</span> —dijo Calpena—. Creo que nadie nos sigue... ¡Eh! Sancho, +párate un poco. Cruzamos un camino. ¿Hacia dónde se va por aquí?</p> + +<p>—Tirando a la izquierda, vamos a Lamiátegui.</p> + +<p>—¿Es camino contrario al que lleva la corte?</p> + +<p>—Sí, señor; podremos, faldeando el monte Aloña, subirnos hacia +Aránzazu...</p> + +<p>—Eso, eso —dijo Demetria prontamente—. Aránzazu... Aránzazu es +nuestro camino...</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch24"> + <h2 class="nobreak g1">XXIV</h2> +</div> + +<p>Dispuso el jefe de la expedición dirigirse al barrio de Lamiátegui, +donde se procurarían medios para alejarse de la villa con más presteza +y comodidad. Continuaron su marcha silenciosos, y llegado que hubieron +cerca de las primeras casas de la anteiglesia, arrimáronse a un +humilladero que les pareció lugar muy apropiado para descansar y +orientarse. Puesto en pie don Alonso, sostenido por sus dos hijas, +mirábales a todos uno por uno con ojos de sorpresa y terror.</p> + +<p>—¿Dónde está Oñate? —preguntó con ronca voz, y mayor espanto en su +mirada.</p> + +<p>Los cuatro a un tiempo señalaron hacia donde se veían las mortecinas +luces de la villa entre montes y espesuras borrosas..., y le<span +class="pagenum" id="Page_243">p. 243</span> hicieron notar el triste +son de tambores que hacia aquella parte se oía. Encarose don Alonso, +erguido y fiero, con el espacio oscuro salpicado de luces, y cual si +estuviera delante de una persona, blandió su bastón, exclamando:</p> + +<p>—¡Ca... nallas, lad...!</p> + +<p>No pudo concluir: su lengua era como un trapo, y sus esfuerzos +por hacerla funcionar no producían más que sordos mugidos. Volvió a +gritar:</p> + +<p>—¡Ca... nallas!</p> + +<p>Y lo que no pudo decir con la boca, decíalo con el bastón, pues más +de cinco minutos estuvo apaleando la atmósfera, hasta que sus hijas, +haciéndole sentar en el sitio que escogieron como menos incómodo, +trataron de sosegarle con palabras cariñosas.</p> + +<p>—Sí, sí —dijo Demetria mirando a la villa e increpándola con más +amargura que furor—: te hemos maldecido, Oñate; hemos llorado sobre ti +más de lo que pudieran llorar por sus pecados todas las generaciones +que en ti han vivido. Si logramos perderte de vista para siempre, solo +te decimos: «Oñate, quédate con Dios».</p> + +<p>En tanto Calpena daba estas órdenes a Sancho, acompañadas del dinero +preciso:</p> + +<p>—Necesitamos a todo trance víveres y un carro del país. Este +pobre señor no puede moverse; ya lo ves. En caballería, si alguna +se encontrara, tampoco podríamos llevarle. Busca por las casas de +Lamiátegui un carro de bueyes, y lo tratas sin reparar en precio. De +paso que haces esta diligencia, te traes la comida que encuentres, y +un par de botellas<span class="pagenum" id="Page_244">p. 244</span> +de vino, todo bien acondicionado en una cesta. ¡Figúrate qué noche +nos espera si nos lanzamos por esos caminos llevando a cuestas a don +Alonso, con estas pobres niñas hambrientas y nosotros desfallecidos! Si +tuviéramos la suerte de que bajaran tropas cristinas a ocupar a Oñate, +menos mal. Pero me temo que no nos caerá esa breva... Anda, hijo, +no perdamos tiempo. Toma más dinero si quieres, y tráeme lo que te +digo.</p> + +<p>—Un carro si lo hay, que no lo habrá..., y víveres si los encuentro, +que los encontraré..., pero no querrán dármelos. Bueno.</p> + +<p>—Anda, y no seas agorero... Ya oíste que las señoritas quieren +llegar hasta Aránzazu. Tratas el carro; si te preguntan qué clase de +pasajeros han de ocuparlo, dices que peregrinos..., que un enfermo..., +que un monje..., en fin, di lo que quieras. A tu talento y agudeza lo +fío... Vete volando.</p> + +<p>Partió el escudero con más diligencia que confianza, desesperanzado +de hallar lo que deseaban los fugitivos, y estos aguardaron su vuelta +sentados al abrigo del humilladero. Don Alonso, arropado por la vieja, +reclinó su cabeza sobre el hombro de Gracia, que le mimaba y arrullaba +como a un niño. A la izquierda de este grupo, Demetria y Fernando +permanecían en silencio, hasta que la joven lo rompió con estas o +parecidas expresiones:</p> + +<p>—Aprovecho este descanso, señor mío, para dar a usted noticia de +las infelices personas a quienes concede hidalgamente su protección +sin conocerlas. Si en todo caso merecería<span class="pagenum" +id="Page_245">p. 245</span> usted nuestra gratitud, amparándonos sin +conocernos merece reconocimiento más grande, de esos que nunca pueden +extinguirse. Sabrá usted, ante todo, que somos de Laguardia, villa de +Álava, tan famosa por su antigüedad como por la riqueza que le dan sus +campos de viñedo y sembradura; sepa también que mi padre, a quien ve +usted en estado tan lastimoso, es uno de los señores de más ilustre +abolengo en el país, y que a su nobleza corresponde un rico mayorazgo, +que se extiende por las mejores tierras de Páganos y Elciego. No estará +de más decirle también que en nuestra familia no solo es tradicional la +nobleza, sino la virtud, y que tuvimos y conservamos, y Dios quiera que +siempre nos dure, el respeto y el amor de nuestros deudos y convecinos. +Perdió mi padre a su esposa, nuestra querida madre, el año 33, y fue +tan extremado nuestro duelo que no creíamos que el tiempo nos pudiera +consolar de aquella desgracia, porque..., ¡ay!, no tiene usted idea +de lo que valía mi madre, en quien la virtud y la suma discreción se +juntaban, persona única, sin semejante, y tan hermosa además, para +que nada le faltara, que a nosotras nos parecía tener en casa a la +Virgen Santísima, así como veíamos en mi padre al primer caballero del +mundo. Solo me falta decirle, para darle a conocer la familia, que mis +padres no tuvieron hijos varones, y que su única descendencia son estas +dos pobres niñas, mujer y niña más bien, que hoy tiene usted bajo su +amparo.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_246">p. 246</span></p> + +<p>Fernando la oía con toda su alma, y ella, tomado aliento, prosiguió +así:</p> + +<p>—La ocupación constante de mi padre, desde los tiempos que yo puedo +recordar, fue siempre el gobierno de su casa y hacienda, la dirección +de la labranza, en que empleaba, y empleamos aún, muchos caseros y +servidores, el cuidado de los lagares y bodegas, de donde salen los +más afamados, los más ricos vinos de aquella tierra. Distracción única +o descanso de sus quehaceres era la caza, por la que tenía verdadero +delirio. Su colección de escopetas y otros arreos era la envidia de +todos los aficionados de la villa, y sus perros no conocían rivales. +Salía mi buen padre con sus amigos, y se pasaba días enteros en aquel +ejercicio saludable, del cual volvía siempre gozoso, pensando en +nuevas campañas contra los pobres conejos o contra las perdices que en +la Sonsierra tanto abundan. La vida, como usted ve, no podía ser más +placentera en mi casa; los días se sucedían felices, empleados unos +tras otros en el trabajo productivo y sin afanes, como de familia rica +a quien todo le sobra, en socorrer a los necesitados, y en los deberes +religiosos, que entre nosotros se han cumplido siempre con puntualidad +y hasta con rigidez. Toda esta paz la trastornó la muerte de mi madre, +ocurrida el 29 de septiembre del 33, de una enfermedad que empezó sin +inspirar cuidado, hasta que hubo de complicarse con un fuerte mal de +corazón; y acometida de síncopes, en uno de ellos se nos quedó, y la +perdimos, y<span class="pagenum" id="Page_247">p. 247</span> Dios se +llevó, ¡ay!, en un momento toda la felicidad de mi casa. Fíjese usted, +señor, en la coincidencia de que perdimos a mi madre el día mismo del +fallecimiento del rey don Fernando VII, a quien tengo por causante de +los males que nos ocurren, no solo a nosotras, sino a toda España; +hombre funesto, del cual no puedo decir, por estar en el otro mundo, +sino que le perdone Dios el mal que ha hecho... Si se cansa usted de +oírme, callaré, señor don Fernando.</p> + +<p>—No, hija mía, no; estoy encantado. Siga usted. Ya noté la +coincidencia al oír la fecha. Con efecto: ese tiranuelo ha dejado a su +patria una herencia lamentable, la espantosa guerra, estas discordias +que hacen y harán de España por mucho tiempo un inmenso manicomio +suelto. A ver: dígame ahora cómo pudo influir la muerte del rey en las +desventuras de su familia.</p> + +<p>—Pues como ha influido en las de toda la nación, no solo la muerte, +sino la vida de aquel rey que no supo gobernar en paz en sus estados, +teniendo, como tuvo, medios de sobra para hacerlo, solo con apoyarse en +el cariño que le tenían los pueblos cuando vino de Francia. ¿Es esto un +disparate?</p> + +<p>—¿Qué ha de ser, Demetria? No es sino una observación muy atinada, +que revela su buen juicio y superior talento. Adelante. La muerte del +rey desató el infierno, y su padre de usted, que hasta entonces había +sido un señor muy pacífico, atento a sus intereses, se dejó tentar de +uno de los partidos,<span class="pagenum" id="Page_248">p. 248</span> +de una de las banderías en que se dividió la nación... ¿Es esto?</p> + +<p>—Parece que me adivina usted. Es eso mismo, señor don Fernando. +Mi padre, que jamás había parado mientes en la política, pues ni aun +el año 20, según oí contar, tomó partido por nadie, en cuanto se +quedó viudo, por influencia quizás de la soledad y tristeza, varió +completamente de costumbres y aficiones, desviándose hasta de su placer +favorito, la caza. En aquellos días, Laguardia era un torbellino +de pasiones y entusiasmos por esta o la otra causa, por estos o +los otros derechos malditos, y mi padre fue arrastrado en aquellos +oleajes, alzando bandera por la reina niña con tanta fe, con tanto +calor, que nos puso en gran desasosiego a mi hermana y a mí... porque +ha de saber usted que en la villa andaban a tiros cada lunes y cada +martes por un <i>Quítame allá un Carlos</i>, o un <i>Ponme acá una +Isabel</i>. No puede usted figurarse qué alborotos, qué trapisondas, +qué sustos... Siempre había sido mi padre aficionado a las buenas +lecturas, y por las noches, en las veladas de invierno, se recreaba +en su escogida biblioteca, y a mi madre y a nosotras nos leía masajes +entretenidos de viajes, novelas, o de historias muy interesantes. +Pero desde que le tocó la demencia política, ¿usted sabe los libros +y papeles que entraban en casa? Tres veces por semana nos traía el +bagajero de Vitoria un fajo así, de folletos y periódicos, todos +echando chispas, vomitando veneno. Y con los papelotes chicos venían +después<span class="pagenum" id="Page_249">p. 249</span> carros +cargados de enciclopedias, de obras como misales, que trataban de +libertad y cortes, de revoluciones y demonios coronados. En fin, que mi +padre se pasaba los días y las noches devorando todo aquel fárrago, o +discutiendo de política con los amigos que iban a darle tertulia, y de +tanto leer y de tanto pensar en aquellos maldecidos negocios, se fue +poniendo como don Quijote con los libros de caballería, enteramente +perdido de la cabeza, sin hablar de cosa alguna que no fuera aquel +cansado tema, y llegando hasta creer que Dios le mandaba realizar no sé +qué hazañas fabulosas, por las cuales reinaría en España y en todo el +mundo la Dulcinea que adoraba... Advierta usted que la Dulcinea de mi +buen padre era la Libertad, esa señora hermosísima, según dicen, pero +que a mí me parece tan imaginaria como la del Toboso; vamos, que no +existe más que en la voluntad de los caballeros que la han tomado por +divisa y bandera de sus aventuras.</p> + +<p>(Pausa. Fernando reía).</p> + +<p>—Pero ¡qué!, ¿se ríe usted?</p> + +<p>—Sí señora: tiene usted muchísima gracia. Adelante.</p> + +<p>—Pues a tal extremo llegó su desatino, que abandonó por completo los +asuntos de su casa, y la labranza, y las bodegas, y tuve yo que entrar +a gobernarlo todo, lo que no me fue difícil, por los ejemplos que había +visto en mi madre y en él. Me puse al frente de la casa; me entendí con +los caseros, pastores y criados, y gracias a esto se pudo evitar<span +class="pagenum" id="Page_250">p. 250</span> el trastorno grande que +se nos venía encima. Mi padre, erre que erre en su política, soñando +despierto, inventando constituciones, leyes, y echando discursos de +cortes y embajadas. Mi hermana y yo, asistidas de un tío de mi madre, +cura párroco del pueblo, ideamos quemarle un día todos los libros y +papeles, y tapiarle la puerta de su librería; pero no nos atrevimos, +temiendo que con esto se entristeciera demasiado y cayese en locuras +más peligrosas. Estalló luego la guerra civil, y no quiero decirle a +usted cómo se ponía cuando le contaban las batallas y encuentros de +cristinos y facciosos... Nuestra pobre villa fue de las primeras que +sufrieron la calamidad de la guerra. Un día se nos entraban allí los +liberales, otro los carlistas. Tan pronto estábamos bajo el poder de +Córdova o Rodil como bajo el de Zumalacárregui, y en uno y otro poder +las bodegas y los graneros pagaban el gasto. ¡Qué días, señor, qué +meses angustiosos! Felizmente, llevamos algún tiempo bajo la dominación +cristina, y ojalá no tuviéramos allí más peripecias.</p> + +<p>—Hasta ahora —dijo Fernando— no veo en el buen don Alonso más que +un entusiasmo platónico. Sin duda se lanzó después a empresas de +acción...</p> + +<p>—¡Ay, cómo lo acierta usted!... Pues sí, sin decirnos nada, antes +bien, llevando sus propósitos con gran reserva, organizó una partida +volante en la cual entraron algunos caseros de nuestras tierras, y +dos o tres cabezas<span class="pagenum" id="Page_251">p. 251</span> +ligeras de la villa, gente toda muy al caso para cualquier barbaridad: +valientes, cazadores que conocían palmo a palmo toda la Sonsierra. Una +mañana, callandito, salieron por la puerta del corral, y ya tiene usted +a mi padre dispuesto a romper una lanza por Isabel II, y a comerse +crudos a todos los malandrines del otro bando.</p> + +<p>—Ya..., y le derrotaron, y...</p> + +<p>—¡Quiá! espérese un poco... Ahora no ha sido usted muy buen adivino. +Lo que hizo fue dar un palizón tremendo a la partida de un guerrillero +que llaman Lucus, matándole seis hombres y cogiéndole no sé cuántos +prisioneros... A los dos días se batió con la vanguardia de no sé qué +tropa carlista, y también les dio un revolcón muy grande...</p> + +<p>—¡Vamos!</p> + +<p>—¡Como que Oráa le felicitó delante de las tropas, y Córdova le dio +una cruz! ¡Vaya! ¿Pues usted qué se creía? Siguió guerreando por esos +montes, sacudiendo de firme a las partidas que encontraba, hasta que +le hirieron en la cabeza y volvió a casa muy alicaído. Sus compañeros +de hazañas se dispersaron, no quedándole más que dos: un tal Polación +y José Díaz, que le llevaron a Laguardia. Desde entonces se nos volvió +taciturno, desconfiado, de genio regañón; y aunque curó de su herida, +quedó muy propenso a padecer desvaríos, a veces accesos de furor. +Tomamos cuantas precauciones puede usted imaginar para retenerle +y apartarle de aventuras tan peligrosas, hasta que llegó un<span +class="pagenum" id="Page_252">p. 252</span> día funestísimo en que se +alborotó la villa por una cuestión entre alojados del general Oráa y +algunos vecinos del pueblo. Hubo tiros, sustos, carreras, un infernal +barullo. En esta confusión, mi desgraciado padre saltó por la ventana +de la bodega; uniéronsele dos de su anterior partida, el tal José +Díaz y otro muy pendenciero a quien llaman <i>Puche</i>, escaparon a +la sierra los tres solitos, a caballo, y de allí se fueron al cuartel +general de Córdova. Sin duda esperaban encontrar otros desalmados +que se les agregaran; tal vez soñaban que el jefe del ejército les +daría soldados, para con ellos y el ardimiento que los tres llevaban +en su alma, conquistar medio mundo. Ante esta nueva desdicha no pude +contenerme; no vi más solución que correr yo misma en busca de mi +padre, y traérmele. Mi genio es vivo, mis resoluciones prontas. Cuando +se me ocurre una idea que creo salvadora, me persuado de que Dios la +inspira. Pensado y hecho. Mandé preparar un coche... Mi hermana no +quiso separarse de mí, y abrazándose a mi cuello, me pidió llorando que +fuésemos juntas; cedí..., salimos una tarde acompañadas de dos criados +de casa, de mi absoluta confianza, y a todo escape nos dirigimos a +Vitoria. Mi pensamiento era suplicar al general que ordenase a mi padre +la vuelta a Laguardia, negándole todo auxilio de guerra... No creía yo +difícil obtener esto. En Vitoria contábamos con la ayuda de familias +que nos aprecian... Todo lo vi fácil, todo realizado prontamente, +conforme a mi<span class="pagenum" id="Page_253">p. 253</span> +deseo... Iba, pues, alentada por el amor filial, por el recuerdo de mi +madre, por la satisfacción de ver representados en mí los sentimientos +de la familia, el honor y la respetabilidad de nuestro nombre, y no +bien llegamos a Vitoria...</p> + +<p>Aquí fue interrumpida la historia por la llegada de Sancho.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch25"> + <h2 class="nobreak g1">XXV</h2> +</div> + +<p>El cual con cara gozosa dio cuenta de haber reunido algunas +vituallas, que fue sacando ordenadamente de una cesta:</p> + +<p>—Cuatro quesitos, dos botellas de vino, tres panes de a dos libras, +docena y media de sardinas saladas, que, si a usted le parece, las +tiraremos, pues esta no es buena comida para señores, y menos en +viaje..., cuatro bizcochos de Oñate más viejos que mi abuelo..., pero, +en fin, valen, y nueces. Ya ve usted cuántas. Las he probado, y más +de la mitad salen fallidas. Del carro le diré que al fin encontré uno +pequeño; pero quieren, por la subida hasta Aránzazu, onza y media, y +además que el señor responda de la pareja, abonando su valor, si la +secuestran carlistas o isabelinos. Esto es un abuso...</p> + +<p>—Mayor abuso es que nos quedemos aquí toda la noche, o que tengamos +que subir a<span class="pagenum" id="Page_254">p. 254</span> pie, +llevando en brazos al señor don Alonso. Anda y cierra trato en seguida, +por lo que quieran, y venga pronto... Cuídate de que le unten bien los +ejes para que no chille, pues no tiene gracia ir cantando por esos +valles..., y haces que pongan un buen fondo de yerba seca, para que +podamos llevar al enfermo acostado. Supongo que el carro tendrá toldo. +Si no, que se lo pongan, y si no quieren ponérselo, no por eso deje +de venir, que a mal tiempo buena cara... Si de paso encuentras algo +más de bucólica, venga, cueste lo que cueste. Deja aquí la cesta, y +llévate las sardinas para tirarlas, si no quieres comértelas. No te +entretengas, que es tarde.</p> + +<p>En el tiempo que duró la segunda ausencia del buen Sancho, siguió +la damisela su interesante relación. En Vitoria no hallaron a su +padre; el general en jefe, a quien se presentó Demetria, le dijo que +el señor de Castro campaba por sus respetos sin sujeción a ninguna +disciplina, y que le mandaría preso y bien custodiado a su pueblo si +se lo traían. De las familias que en la ciudad conocía solo encontró +a dos señoras de Armendáriz, viejas, y a otro vejestorio incapaz, el +conde de Samaniego, arqueólogo y numismático, por el cual supo que +don Alonso había ido hacia Salvatierra, ganoso de gloria. Corrieron +allá las dos muchachas, a quienes el cariño filial daba extraordinario +valor y alientos. En Salvatierra les dijo persona bien informada que +el incansable paladín cristino, con sus dos compañeros y otros tres +que se le<span class="pagenum" id="Page_255">p. 255</span> agregaron, +había partido hacia Galarreta, lugar que se halla en la falda de una +sierra muy áspera, y a la cual no podía subir el coche, por la ruindad +de aquellos pedregosos caminos. Viéronse allí abandonadas de Dios y +de los hombres; mas ni en tan terrible desamparo se abatió el corazón +de la animosa doncella, que resolvió seguir adelante en su empresa +nobilísima, desafiando todas las inclemencias y obstáculos que la +naturaleza y la humanidad le ofrecían. Gracia, agobiada de cansancio, +no hacía más que llorar; Demetria, ya que no acobardada, afligida de la +tribulación de su hermanita, llegó a sentir vacilación y dudas: uno de +los criados aconsejó la retirada, el otro, seguir adelante. Hallábanse +en estas angustiosas deliberaciones, cuando unos soldados trajeron +la noticia de que el señor don Alonso y su gente habían tenido un +desgraciado encuentro con facciosos en el puerto de Arrida, con pérdida +de los dos tercios de su cuadrilla, o sea cuatro hombres, quedando el +jefe desmontado y gravemente herido sobre el campo, mas no prisionero, +porque pudo ir por su pie a una venta próxima, donde le ampararon, +y allí le habían dejado ellos, tendido en un pajar, con la cabeza +vendada, y hecho todo una lástima.</p> + +<p>No necesitó saber más la temeraria joven para decidirse, y allá +se fueron los cuatro monte arriba, encomendándose a Dios y a la +Virgen, único amparo que podían esperar en aquellas soledades. Ni los +temores de<span class="pagenum" id="Page_256">p. 256</span> encontrar +facciosos arredraban a Demetria, pues creía, juzgando la voluntad de +los demás por la suya generosa, que con exponerles el objeto de su +peregrinación, no solo no recibiría de ellos ningún daño, sino que +quizás la favorecerían. Después de un fatigoso caminar toda la noche y +parte de la mañana, llegaron a la venta de Arrida, donde les esperaban +nuevo desengaño y tribulaciones mayores que las pasadas. A media +noche había pasado por allí una avanzada carlista, y descubierto don +Alonso, por los gritos que daba en su desbordada locura, se lo llevaron +prisionero a Oñate: de sus dos conmilitones, el uno logró escapar +saliéndose al tejado; el otro, prisionero iba también con su señor.</p> + +<p>Ya en este punto las cosas, y presentando tan mal cariz la +continuación del viaje, que exigía penetrar resueltamente en el terreno +de la facción, los dos criados votaron por el retroceso. Gracia +lloraba, asegurando que no se separaría de su hermanita, y esta declaró +que aunque supiera que en ello se jugaba la vida, había de intentar +rescatar a su padre de las autoridades facciosas, presentándose a +cabecillas o generales, al rey mismo si necesario fuese. Dijo a sus +criados que se volvieran si tenían miedo, y ellos ¿qué habían de hacer +más que seguirlas hasta el fin del mundo? Adelante, pues. No habían +andado media legua, cuando encontraron al compañero de don Alonso que +había logrado escapar de la venta, el cual venía tan azorado<span +class="pagenum" id="Page_257">p. 257</span> y temeroso que daba +compasión verle; además, herido, con un brazo atravesado por bala +de fusil, desangrándose. Contó el infeliz peripecias que partían el +corazón: el señor don Alonso estaba completamente ido del cerebro. +Su tema no era ya combatir en el campo, donde creía haber alcanzado +tantas victorias. Precisamente, cuando le sorprendió la avanzada que le +deshizo, dejándole tendido en un zarzal, iba con una idea desatinada, +que sus amigos no podían quitarle de la cabeza. Se proponía presentarse +a don Carlos y retarle a desafío para decidir en juicio de Dios, +peleando con toda lealtad, la grave cuestión que motivaba la guerra. +De este modo, según él discurría con su trastornado entendimiento, se +pondrían en claro los disputados derechos al trono de España. El duelo +había de ser a muerte, en campo abierto, a caballo los dos paladines, +delante de los testigos que una y otra parte designaran. Todo esto lo +decía con gritos desaforados, y cuando se hallaba en el pajar, los +facciosos que entraron en la venta no le habrían descubierto, a no +ser por las tremendas voces que daba proponiendo a don Carlos, como +si delante le tuviera, el singular combate en que había de decidirse +la suerte de España. Terminó su relato <i>Puche</i>, que este era su +nombre, diciendo que ya no podía resistir ni el dolor de sus heridas +ni el hambre y sed que le devoraban, por lo cual no podía volverse +en compañía de las señoritas. Buscaba una cabaña de pastores en que +guarecerse,<span class="pagenum" id="Page_258">p. 258</span> para +sanar o morirse. Don Alonso con José Díaz, que también iba prisionero, +debía de estar ya más abajo de Aránzazu, camino de Oñate. Demetria +socorrió al desgraciado <i>Puche</i> con dinero, y siguieron adelante, +siempre con la idea consoladora de que Dios en trance tan terrible no +les abandonaría.</p> + +<p>En este punto de la historia, llegó Sancho con cuatro bizcochones +más y unas ciruelas pasas, y tras él vino el carro, que Fernando y +Demetria vieron con grande alegría, como si les mandara el cielo un +barco encantado, o el mágico clavileño de don Quijote. Sin perder +tiempo acomodaron a don Alonso sobre la yerba olorosa y le cubrieron +con el capote de Rapella, poniéndole por almohada el lío de ropa: el +pobre señor dejábase tratar como cuerpo muerto; les miraba atónito y +no profería una palabra. Tratose luego de si Sancho les acompañaba o +no, y las razones que dio este a Fernando le convencieron de que debía +volverse a Oñate y partir en pos de su amo. Urgía dar al siciliano +alguna explicación de aquellos inesperados sucesos, y del secuestro +de su gabán. Seguramente lo aprobaría, pues era hombre que se pirraba +por las aventuras, por todo lo que fuera intervención de lo inesperado +y sorprendente en las cosas de la vida. Entregó Fernando al escudero +un bolsillo con onzas, propiedad de don Aníbal, cogiendo algunas para +agregarlas a lo suyo, por si le hacían falta en aquella empresa, y le +despidió con estas razones:</p> + +<p>—Le<span class="pagenum" id="Page_259">p. 259</span> dices que yo, +de hoy a mañana, en cuanto deje a esta desgraciada familia en lugar +seguro, de donde pueda volver a su casa, no pararé hasta reunirme con +él y con la corte y séquito del señor Pretendiente.</p> + +<p>Saludó Sancho a las señoritas, deseándoles un buen viaje y el +feliz cumplimiento de sus deseos, y despidiose también la vieja con +expresiones de cariño; Demetria y Gracia subieron al carro, y este +emprendió su marcha lenta y sin chillidos por las cuestas de Aloña. +Lo primero que hizo Calpena fue invitar a las niñas a una frugal +cena, y ellas, que con las esperanzas se veían ya menos agobiadas de +su tristeza, no se hicieron de rogar; partido el pan, dieron a su +libertador una rebanada y medio quesito, pues a él tampoco le venía +mal hacer por la vida. Comiendo se arrimó al boyero para trabar +conversación con él y sondearle, pues de su lealtad y buena disposición +dependía el éxito del viaje. Era un vejete forzudo y de pocas palabras, +que hablaba medianamente el castellano; llamábase Gaínza y no parecía +mal hombre; comentando la guerra, expresó la idea de que el país estaba +ya harto de tanta trapisonda, esquilmado por las sacas continuas de +mozos, forrajes, pan y contribuciones. Lo que el país ansiaba era: o +que don Carlos se sentase en el <i>trono de todo el reino</i>, o que +se entendiese con su cuñada para reinar los dos <i>apareados</i>. No +desagradó a Fernando esta actitud, y sin mostrarse amigo ni enemigo +de la Causa, le recomendó que llevase su<span class="pagenum" +id="Page_260">p. 260</span> carro por los caminos que creyera menos +frecuentados de tropas, así facciosas como cristinas, añadiendo que +le recompensaría con toda largueza si lograba llevar salvas hasta la +sierra a las dos niñas y a su padre enfermo, el cual era un señor muy +pudiente que había venido a Oñate enviado por el rey de Francia para +tratar con don Carlos de asuntos <i>católicos</i>, y habiendo cogido +un aire de perlesía, iba en busca de unos afamados médicos de Vitoria +que curaban este mal con aguas frías y calientes. A esto dijo Gaínza, +picando sus bueyes, que él había oído algo de curar el <i>paralís</i> +con <i>chorros físicos y destemplados</i>.</p> + +<p>—¿Querrá usted creer, don Fernando —dijo Demetria a su caballero +de a pie, cuando este acomodó su paso al del carro, apoyando la mano +en el tablón zaguero—, querrá usted creer que esto poquito que hemos +cenado nos ha sabido a gloria? Hacía tiempo que no conocíamos lo que +era apetito, sustancia ni sabor de nada. Comíamos amargura y bebíamos +nuestras lágrimas.</p> + +<p>—Los quesitos son muy buenos, ¿verdad, don Fernando? —dijo Gracia—. +Y los bizcochos, aunque saben a viejo, no están mal... Lo peor es que +las hormigas se me suben por la cara y quieren comerme a mí.</p> + +<p>—Ahora que están ustedes tranquilas, todo les sabe bien...</p> + +<p>—¡Ay! ¿Ya cree usted que no debemos temer nada? Muy pronto lo dice, +don Fernando. Yo no estoy tranquila. Lo dice usted por animarnos,<span +class="pagenum" id="Page_261">p. 261</span> y nosotros se lo +agradecemos mucho... Mi hermana y yo, mientras usted hablaba con el +viejo del carro, decíamos que si no es por usted no salimos nunca +de aquel infierno... Verdaderamente, señor, no vale con decirle que +nuestra gratitud será eterna, pues ni con eternidades se paga este +inmenso beneficio.</p> + +<p>—¡Oh, por Dios, no dé usted valor a un acto tan sencillo, tan +elemental!... El cumplimiento de un deber no merece alabanzas.</p> + +<p>—Ahora se hace usted el chiquito... No, no, que bien grande se nos +ha mostrado. ¡Sabe Dios lo que significa para usted el sacrificio de su +tiempo; sabe Dios los perjuicios que le traerá su buena obra! ¿Y quién +me asegura que no le llamaban a usted a otra parte, esta noche misma, +afecciones, compromisos sagrados, qué sé yo...?</p> + +<p>—¡Oh, para todo hay tiempo! Lo principal, que era sacarlas a ustedes +de su cautiverio, ya está hecho. Pero aún falta un poquito, Demetria. +Veremos si de aquí al día...</p> + +<p>—No me asuste usted. ¿Nos abandonará Dios después de habernos +amparado? No, no lo creo. El corazón me dice que triunfaremos, gracias +a usted, a su firme voluntad y corazón valiente.</p> + +<p>—¡Ay! —dijo Gracia temerosa, sacando la cabeza fuera del toldo para +observar el país que atravesaban—. Me parece que fue aquí...</p> + +<p>—No, mujer, fue más arriba, mucho más arriba... No me lo recuerdes, +que pierdo otra<span class="pagenum" id="Page_262">p. 262</span> vez +los ánimos y se me renueva el terror de aquella noche...</p> + +<p>—¡Qué...! ¿Les pasó algo en estas soledades cuando bajaban hacia +Oñate?</p> + +<p>—¡Ay, si aún no le he contado todo! ¡Si nos han pasado cosas +terribles, señor don Fernando! Aún no sabe usted lo mejor, digo, lo +peor de aquel tristísimo caminar en busca de mi padre... No, no fue por +aquí, Gracia; fue en un lugar muy feo y desolado, donde hay cavernas y +abismos espantosos... ¿En qué quedamos de mi relación?</p> + +<p>—Cuando se encontraron con <i>Puche</i>, y lo socorrió usted...</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch26"> + <h2 class="nobreak g1">XXVI</h2> +</div> + +<p>—Y seguimos, sí... Pues ahora es cuando empiezan los grandes +desastres. Poco después de medio día, tuvimos un encuentro con soldados +facciosos, que nos dieron el alto. Afortunadamente, el teniente que +les mandaba, alto, delgadito, era todo un caballero; yo me arrodillé +delante de él, y le pedí por Dios que no nos mataran, contándole +después lo mejor que pude el objeto de nuestro viaje. El hombre se +portó hidalgamente. Siento no recordar su nombre, pues si al fin nos +salvamos, quisiera expresarle mi gratitud. Tratonos con miramiento; +nos dio agua, pues ya estábamos<span class="pagenum" id="Page_263">p. +263</span> muertas de sed, y no contento con esto, nos acompañó un +buen trecho, diciéndonos palabras consoladoras... Pero, ¡ay!, algunas +horas después, ya cerrada la noche, que era de las más oscuras, nos +salen unos tíos, ¡ay, qué gente, señor don Fernando, qué modales, +qué voces, qué aspecto más de bandoleros que de tropa regular! A lo +primero que dije, tratando de interesarles en favor mío, contestaron +con injurias soeces. Uno de mis criados no supo contener su coraje; +pero antes de que pudiera hacer uso de las pistolas que llevaba, le +dispararon un tiro de fusil, que por fortuna no le ocasionó más que +una herida leve en el brazo. Nosotras nos pusimos a chillar pidiendo +misericordia, y el jefe, o más bien capitán de ladrones, ordenó que +no se nos hiciera daño alguno, siempre que los dos hombres entregaran +sus armas y se dieran prisioneros. Ofuscada yo, vacilante, aturdida, +creí que las mejores razones para convencer a aquellos cafres eran las +onzas de oro, y saqué una culebrina que llevaba en el pecho. Nunca +tal hiciera, pues sin aguardar a que yo les diese lo que me parecía +sobrado para comprar su benevolencia y el paso franco que deseábamos, +me quitaron todo el dinero, y nos llevaron presas... ¡Ay, qué paso, +señor mío, qué horas de angustia por aquellos senderos pavorosos, +entre bayonetas y trabucos, como criminales... las personas honradas y +buenas conducidas ignominiosamente por los salteadores de caminos!... +Mi hermana y yo, enlazaditas del brazo,<span class="pagenum" +id="Page_264">p. 264</span> obligadas a llevar el paso presuroso de +aquellas bestias con humana figura, rezábamos; todo el camino lo +pasamos rezando, hasta que al amanecer de Dios, amanecer más triste que +la más negra noche, entrábamos por la plaza de Oñate, y caíamos muertas +de cansancio en las baldosas de la casa de Ayuntamiento, en una cuadra +lóbrega, donde nos encerraron como a fieras dañinas... ¡Ay, no puedo +seguir contando, porque se me nubla la esperanza, la alegría de esta +escapatoria!... Luego seguiré... ¿En dónde estamos? ¿Hemos avanzado +mucho? ¿Traspasaremos la cordillera antes de rayar el día?... ¿No nos +saldrá otra partidita de realistas salteadores?...</p> + +<p>Agotó Fernando los recursos de su palabra para darle alientos y +desvanecer sus inquietudes, demostrándole, hasta donde esto demostrarse +puede, que así como los males vienen siempre encadenados, tirando unos +de otros, al iniciarse el bien vienen asimismo de reata y en creciente +progresión los sucesos favorables. La ley de este fenómeno se esconde a +nuestra penetración; pero su existencia misteriosa revélase a todo el +que sabe vivir por duplicado, esto es: viviendo y observando la vida... +En esto la pobre Gracia, rindiendo al cansancio su endeble naturaleza, +se quedó dormidita, reclinada junto al cuerpo de su padre, que reposaba +en un tranquilo sueño. Manteníase Demetria muy despabilada, insensible +a la fatiga, atenta a los accidentes del país agreste, a<span +class="pagenum" id="Page_265">p. 265</span> los ruidos próximos y +luces lejanas, y por más que Fernando al descanso la incitaba, no pudo +obtener que se reclinara para descabezar un sueñecillo. Transcurrido un +rato sin que ninguno de los dos hablase, dijo Demetria:</p> + +<p>—Voy completamente entumecida, y no puedo entrar en calor. Si a +usted le parece, bajaré: necesito ejercicio.</p> + +<p>Parado un momento el carro, se apeó de un brinco la viajera, y +siguieron ella y Fernando a pie larguísimo trecho, a ratos delante de +los bueyes, a ratos detrás.</p> + +<p>—¿De modo que los cuatro quedaron presos en el Ayuntamiento? +—preguntó Calpena deseando conocer todas las desventuras de sus +protegidas.</p> + +<p>—No señor; a mi hermana y a mi nos llevaron en seguida a la Caridad, +por no haber en Oñate cárcel de mujeres, y nos pusieron en aquel +cuartito donde usted nos ha visto. Los dos criados quedaron allá. El +paso de nuestra separación fue por demás doloroso, como comprenderá +usted; al vernos apartadas de nuestros leales servidores, el cielo +se nos caía encima. Florencio y Sabas fueron conducidos al día +siguiente a Tolosa, donde los carlistas organizan un batallón con los +penados, prófugos y toda la gente advenediza que cae en su poder, así +extranjeros como castellanos, sin diferencias de edades ni talla. Eso +he podido averiguar, pues a mis dos servidores no les he vuelto a ver, +ni he sabido nada de ellos... ¿Ve usted cuánta desdicha? ¿No era esto +para desesperarse<span class="pagenum" id="Page_266">p. 266</span> +y desear la muerte? ¡Y con tantos golpes, nosotras siempre confiadas +en Dios, sacando de nuestra propia tribulación energía para salvarnos +y salvar a nuestro infeliz padre! Cualquiera se habría rendido a la +adversidad, viéndose como yo me veía, presa y sin ningún amparo, en +pueblo desconocido, donde todos eran enemigos, y nos habían tomado +por mujeres malas, de esas que merodean en los ejércitos de uno y +otro bando. ¿Cómo disipar esta mala idea? ¿Cómo hacerles comprender +quiénes eramos y quién era mi padre? ¿Creerá usted que pasaron dos +días sin tener conocimiento de la suerte del infeliz prisionero, casi +convencidas ya de que nos lo habían fusilado?</p> + +<p>—Es verdaderamente horrible —dijo Fernando con inmensa compasión—. +¿Pero no contaba usted con algún conocimiento, con relaciones en ese +maldito pueblo?</p> + +<p>—Verá usted: en aquel conflicto teníamos puesta toda nuestra +esperanza en un señor que sabíamos ocupaba en la corte de este rey una +elevada posición: don Fructuoso Arespacochaga... ¿Le conoce usted?</p> + +<p>—No señora. Entre las personas que he visto aquí no recuerdo a ese +sujeto.</p> + +<p>—¡Cómo le había de ver, si no está! Pues mis carceleros, gente +mala y suspicaz, después de un día de lucha, me permitieron escribir +a don Fructuoso. Es el tal de Vergara, si mal no recuerdo; solía +pasar temporadas en Laguardia, donde tenía intereses; mi padre y él +se hicieron muy amigos, y<span class="pagenum" id="Page_267">p. +267</span> juntos iban de caza. Creía yo que con decirle mi nombre +y el de mi padre bastaba para que tuvieran término pronto y feliz +las calamidades que nos afligían. La ansiedad con que esperábamos la +vuelta del que llevó la carta ya puede usted figurársela. Cada vez +que sentíamos pasos en la escalera creíamos que subía don Fructuoso. +¡Ay, qué dolor, qué abatimiento cuando nos llevaron la noticia de +que le habían mandado a Viena o qué sé yo adónde, con una misión +diplomática!... ¿Le parece a usted?... ¡Misión diplomática! Hasta los +gatos quieren zapatos.</p> + +<p>—Pero, por Dios, ¿no quedaba en Oñate alguien de la familia de ese +don Fructuoso?</p> + +<p>—Sí, señor..., por lo cual verá usted que no estábamos enteramente +dejadas de la mano de Dios. Mi carta fue a parar a manos de un señor +Ibarburu...</p> + +<p>—¿Clérigo...?</p> + +<p>—Y empleado en lo que llaman aquí el ramo de... no sé qué.</p> + +<p>—De Gracia y Justicia... Le conozco: hemos sido compañeros de +vivienda. Es un capellán joven, con gafas, hablador, bastante fatuo.</p> + +<p>—El mismo, sí señor: muy redicho, de una amabilidad empalagosa, +de estos que se oyen y se felicitan cuando hablan... Pues fue el +capellán a vernos, y nos dijo que, encargado por don Fructuoso de todos +los asuntos de este, deseaba servirnos en lo que de él dependiera, +siempre que no le pidiésemos cosa alguna en detrimento de la santísima +Causa<span class="pagenum" id="Page_268">p. 268</span> que defendía. +Con todas estas rimbombancias y otras que no recuerdo nos hablaba el +señor aquel, más fino que cariñoso, dejando entrever su egoísmo en sus +actos de cortesía.</p> + +<p>—No sé qué es peor, Demetria —dijo Fernando nervioso—, si tratar con +bandidos o con fatuos, intrigantes, como ese clérigo.</p> + +<p>—¡Ay! no diga usted eso, no: que el señor capellán, con toda su +vanidad seca, nos sirvió. Gracias a él logramos ver a mi padre, tenerle +a nuestro lado. Pudo hacer más de lo que hizo; pero hizo bastante: +por mediación de él, Dios, si no puso fin a nuestras desgracias, las +alivió, quitándoles crudeza. ¡Ay, sí! Mucho tenemos que agradecer al +señor Ibarburu, por cuyo valimiento en la corte alcancé la altísima +honra, ¡pásmese usted!, de ser recibida en audiencia por Su Majestad +el rey don Carlos V... ¡Qué! ¿Se ríe usted?... ¡Pero si las cosas +que nos han pasado, todo en el breve término de dos semanas, pues +no ha transcurrido más tiempo desde que salimos de casa, son tales, +que con ellas se podría escribir un libro!... Sucesos tristes, +tristísimos, enlazados y contrapuestos con lances graciosos; horrores +y tragedias por un lado; mil ridiculeces por otro: todo esto ha sido +mi vida en tan breve tiempo. A usted le habrá pasado, leyendo libros +de entretenimiento, que todo le parece mentira, exageración de los +que escriben tales obras; y recreándose en aquellos lances tan bien +urdidos, no les da crédito... Yo he pensado lo mismo; pero ya no, ya +no; creeré<span class="pagenum" id="Page_269">p. 269</span> cuanto +lea, y aún me parecerá pálido todo el cúmulo de desdichas y calamidades +entretejidas que a veces nos ponen, para cautivar nuestra atención y +hacernos sufrir y gozar, los autores de novelas. No, no: ya sé yo que +la vida sabe más que los autores, y lo inventa mejor, y más doloroso, +más intrincado, y con más sorpresas y novedades.</p> + +<p>—Muy bien. La realidad tiene más talento que los poetas.</p> + +<p>—Y más..., ¿cómo dicen?</p> + +<p>—Más inspiración.</p> + +<p>Oyeron voces, y la inquietud les cortó el sabroso diálogo. Pero los +que venían eran gente de paz: dos muchachos y una vieja que bajaban +con leña. Interrogados en vascuence por Gaínza acerca del avance +de las tropas de Córdova, respondieron los leñadores que no habían +visto sombra de cristinos en aquellas cañadas. Por referencia de +unos carboneros sabían que más arriba de Aránzazu, como a dos tiros +de fusil, la partida carlista de <i>Basurde</i> se había tiroteado +al anochecer con las avanzadas de Espartero, teniendo la partida que +correrse hacia la sierra de Elguea. Y nada más. Buenas noches.</p> + +<p>—Verá usted —dijo Demetria a Fernando— cómo no nos amanece sin algún +mal encuentro, que sería la segunda parte de aquel famoso que le he +contado a usted. Si Dios dispone que cuando creemos tocar la salvación, +perezcamos, cúmplase su santa voluntad.</p> + +<p>Para despejar de temores aquel noble espíritu,<span class="pagenum" +id="Page_270">p. 270</span> Calpena se mostró alegre, confiado, +asegurando que el reciente triunfo de Córdova habría limpiado de +facciosos el país que recorrían. Como soplaba un airecillo picante, y +andado había ya más de un cuarto de legua a pie por suelo tan desigual, +Demetria volvió al carro, encontrando a su hermana como un tronco, +y a su padre despierto. Ocasión era, pues, de darle algún alimento. +Fernando mandó parar. Incorporaron al enfermo; diéronle pedacitos de +pan, queso y bizcocho, que comió con ansia, y encima traguitos de vino. +Dejábase manejar don Alonso sin oponer resistencia a nada de lo que con +él hacían, como hombre que ya hubiera entregado a la muerte la mayor +parte de su ser, y paladeando el vino que su hija en un vaso le ponía +en los labios, decía cada vez que tomaba resuello:</p> + +<p>—¡A casa!</p> + +<p>—Sí, padrecito querido, a casa... Me parece que ya es tiempo, ¡Ay, +casa querida! Ahora..., a dormir otro poquitín.</p> + +<p>Y tendido nuevamente en su lecho de yerba, zarandeado por los +traqueteos del vehículo, siguió repitiendo:</p> + +<p>—¡A casa!...</p> + +<p>No decía más, ni sabía decir otra cosa, porque la parálisis le iba +quitando gradualmente, por zonas, sus energías y facultades, ideas, +memoria, palabras; de estas quedábanle ya muy pocas. Observando que a +cada instante ladeaba la cabeza a una parte y otra, y que se llevaba +al pecho la única mano de que disponía, su hija, inquieta, le preguntó +si sentía alguna molestia o dolor. El denegó con<span class="pagenum" +id="Page_271">p. 271</span> la cabeza, respondiendo tan solo:</p> + +<p>—A casa...</p> + +<p>Luego pareció más sosegado; cerró los ojos.</p> + +<p>—Duérmase, padrecito, descanse. Ya somos felices..., ya hemos salido +de aquel purgatorio.</p> + +<p>Inmóvil, aletargado, aún dijo tres veces:</p> + +<p>—¡A casa!</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch27"> + <h2 class="nobreak g1">XXVII</h2> +</div> + +<p>Condolíase Demetria de que su caballero salvador tuviese que echarse +a pechos, a pie, los empinados y ásperos vericuetos por donde iban, +sin tomarse ningún descanso ni dormir siquiera un par de horas; pero +Fernando le aseguró estar muy acostumbrado a pasar malos días y peores +noches, encareciendo la urgencia de ganar tiempo y zafarse pronto de +la peligrosa divisoria entre la España de don Carlos y la de Isabel. +Reanudó entonces Demetria la historia de sus <i>dos semanas</i>, +refiriendo que la causa de que el señor Ibarburu no pudiese resolver +el conflicto de la familia de Castro fue una inesperada complicación, +que parecía obra del mismo demonio. Por aquellos días fue descubierto +un complot para matar a don Carlos. Un desalmado catalán que había +pertenecido a la Compañía de Jesús, de la cual le expulsaron en 1819, +que después sirvió en el ejército carlista, y fue condenado a muerte +por intento de vender al<span class="pagenum" id="Page_272">p. +272</span> enemigo una compañía, logrando salvar la pelleja con una +audaz escapatoria, entró en Guipúzcoa por Alsasua, con dos mujeres +jóvenes que vendían baratijas. Proponíase quitar de en medio a don +Carlos. Delatado y cogido cerca de Oñate, le llevaron codo con codo +a la cárcel de Vergara, y se empezó a formar una causa en que los +señores del Consejo de Guerra quisieron sin duda lucirse, complicando +en ella a toda persona desconocida que a la sazón aportara por allí. +La coincidencia diabólica de que el presunto asesino se llamase Juan +Díaz, y José Díaz el compañero de don Alonso; la también endiablada +circunstancia de que este, en su triste locura, no hablase más que +de resolver la cuestión dinástica, cuerpo a cuerpo, entre él y don +Carlos, en el campo del honor, fue parte a que metieran al pobre don +Alonso y al cuitado de Díaz en aquel embrollo, no pudiendo eximirse +de culpabilidad las pobres niñas, como hijas del Castro, <i>según +declaración propia</i>, y sobrinas, <i>según indicios</i>, del Díaz. +Gracias que el señor Ibarburu, única persona que las amparaba, no +creía en tal complicidad, y cediendo a los ruegos de la valerosa +joven, gestionó que don Carlos la concediese el honor de recibirla en +audiencia.</p> + +<p>Dos días fueron empleados en este negocio, desplegando Ibarburu +toda la solicitud que su egoísmo le permitía. Aconsejó a Demetria +que tanto ella como su hermana confesasen y comulgasen en la capilla +de la Caridad, pues les convenía dar público testimonio de<span +class="pagenum" id="Page_273">p. 273</span> su catolicismo y devoción, +encomendándose además a la Virgen de los Dolores, abogada de los que +sufren persecución de la justicia, patrona santísima de la Causa +y Generala de sus ejércitos. Insistía Ibarburu en recomendar esta +demostración religiosa, porque Su Majestad, monarca muy atento a las +conciencias de sus vasallos, se enteraba de quién cumplía y quién no +cumplía con Dios en el naciente reino. Gozosas se apresuraron las +dos niñas a seguir el consejo del capellán, en lo cual satisfacían +un deseo vivísimo de sus piadosos corazones, y al día siguiente fue +Demetria a la audiencia, el alma llena de zozobra, avergonzada del +deterioro en que se hallaba su traje, sin recursos para vestirse como +le correspondía por su posición. A pesar de esto, rechazó la oferta que +le hizo una señora presa de facilitarle un vestido de merino azul, pues +prefería ir mal a ponerse ropa prestada.</p> + +<p>—¡Ay, qué cosas, qué incidentes, señor don Fernando! La pobre señora +se empeñó en peinarme a la moda y en ponerme sus peinetas, y no sabe +usted el trabajo que me costó evitarlo sin que se ofendiera.</p> + +<p>Recibió don Carlos a Demetria momentos antes de salir para Elorrio. +Hallábanse junto a él en la Real Cámara (una sala destartalada, muy +fea, con cortinas amarillas y unos cuadros grandes de pasajes de la +Biblia), dos señores muy estirados, uno de los cuales entendió Demetria +que era el señor Erro; el otro, eclesiástico rudo y agreste, como un +tronco sin descortezar, debía de<span class="pagenum" id="Page_274">p. +274</span> ser el señor Echevarría; mal gesto, ojos suspicaces. Más que +su turbación pudo en el ánimo de Demetria el grave anhelo que llevaba +a <i>las gradas del trono</i>, el martirio de su padre inocente, y +arrodillándose delante de la pretendida Realeza, expuso con claridad +y modestia su cuita. Don Carlos, en pie, la mandó levantarse, dándole +a besar su real mano, y se mostró benigno, sin abandonar la tiesura y +frialdad de rostro estatuario que le caracterizaban. Hombre de buenos +sentimientos en lo que no tocara a sus derechos y pretensiones, los +manifestaba con austeridad, parco en palabras cariñosas:</p> + +<p>—Ya se dispuso —dijo— la suspensión de la sentencia, y hoy he +mandado que el preso sea trasladado de la cárcel a la Caridad, donde +podrán cuidarle sus hijas. Su estado mental exige asistencia médica... +Pero no estará libre de responsabilidad hasta que informen los +facultativos acerca de si es o no fingida su locura, que todo puede +ser...</p> + +<p>Atreviose la joven a exponer tímidamente una opinión respecto al +carácter de su padre, refractario a la mentira. Pero Carlos V, oyéndola +con benevolencia, agregó que no insistiera sobre aquel punto, pues +harto había conseguido, y, ante todo, él tenía que cuidar de que se +cumplieran las leyes. En esto de cumplir las leyes puso un acento +de convicción honrada, candorosa, señal de que estaba el buen señor +con las leyes como chiquillo con zapatos nuevos, cosa muy natural +en estos reinados de creación repentina. Y<span class="pagenum" +id="Page_275">p. 275</span> no hubo más: salió Demetria, si no +enteramente satisfecha, consolada en su grande aflicción. Aquella misma +tarde tuvieron las niñas de Castro el inmenso gozo de abrazar a su +padre.</p> + +<p>—Pero, ¡ay!, señor don Fernando: nuestro gozo fue muy incompleto, +muy amargado por la realidad, pues aquel hombre que estrechábamos en +nuestros brazos, que besábamos con delirio, no era ya más que una +sombra de nuestro padre. Un ataque de perlesía que en la prisión le +dio, no sabemos en qué fecha, le tenía como usted le ve, sin vida más +que en la mitad de su cuerpo, y esa tan débil y mermada, que tememos +llegue a extinguirse cuando menos se piense: la inteligencia limitada a +un corto espacio de ideas; estas muy apagadas; la palabra balbuciente, +reducida a unos cuantos términos que repite sin cesar. ¡Dios mío, qué +lastimoso cuadro! ¿Y será posible que Dios nos conceda, siquiera como +compensación de tan atroz martirio, que logremos con nuestros cuidados, +ya que no volverle la salud y la vida, al menos mejorarle, conservarle +algún tiempo para nosotras, para su familia y para sus amigos?</p> + +<p>—Sí, Demetria —afirmó Fernando sin creer lo que decía—: el hogar +propio, el ambiente doméstico, hacen prodigios en estas dolencias. +Tenga usted esperanza, convénzase de que Dios le ha de conceder al fin +muchos bienes en desquite de tantos males..., que parecen injustos, +arrojados sobre estas<span class="pagenum" id="Page_276">p. 276</span> +cabezas inocentes... Dígame usted otra cosa: ¿y Díaz?</p> + +<p>—A ese infeliz no le han soltado. En la cárcel está, según dicen, +<i>a las resultas</i>, y sabe Dios hasta cuándo durará su martirio.</p> + +<p>—Con tiempo y buenas relaciones, créalo usted, gestionaremos para +que le den libertad... Supongo, Demetria, que con el último pasaje de +su historia ha puesto usted punto final a sus desdichas...</p> + +<p>—¡Oh, no, todavía hay más, mucho más! No sigo por no cansarle, que +esto ha de agobiar el espíritu del que lo oye, como agobia el de quien +lo recuerda. No me pida usted más tristezas... Procuremos confortar +nuestras almas con la esperanza; olvidemos..., miremos al mañana, +pensando que el mañana será hermoso... ¿Qué hora es?</p> + +<p>—La una.</p> + +<p>—¡Oh!, pronto será de día... En esta temporada tristísima, he +aprendido, con ayuda de los insomnios, a leer en el cielo la hora en +que principia el día. A las tres y media ya clarea el horizonte; a las +dos cantarán los gallitos, y luego de tres a cuatro. Por aquí no hay +gallitos que le digan a una la hora.</p> + +<p>—Más adelante los oíremos; descuide usted. Paréceme, Demetria, que +tiene usted un sueño que no se lo merece. Recline la cabeza en el +toldo, y duerma un poquito. Yo voy al cuidado de todo.</p> + +<p>—Sí que intentaré descabezar un sueñecito; pero si canta algún +gallo, despiérteme: quiero oírlo.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_277">p. 277</span></p> + +<p>—Bueno, bueno; a dormir hasta que cante el gallo.</p> + +<p>Durmiose Demetria profundamente, y a la media hora despertó Gracia +sobresaltada. Creyó Fernando que la oía llorar, que la oía quejarse. +Acercose.</p> + +<p>—Gracia, ¿qué ocurre, qué le pasa a usted?</p> + +<p>—¿Dónde está mi hermana? —dijo la pequeña con gran azoramiento y +aflicción—. Padre está muy malo... ¿En dónde está mi padre?</p> + +<p>—Pero si ahí le tiene usted dormidito, y tan sosegado.</p> + +<p>—No..., le toco y no le siento... Yo he visto a mi padre muy malo, +yo le he sentido decirnos adiós.</p> + +<p>—Vamos, un mal sueño, Gracia, una pesadilla. Dormía usted con una +postura muy molesta.</p> + +<p>Despertó a las voces la otra hermana, y con aquel terror que la +costumbre de sus desventuras solía dar a su acento en ocasiones +críticas, preguntó qué ocurría: ¿Venían ladrones, partida volante, +carceleros del rey?</p> + +<p>—Padre está muy malo —dijo Gracia llorando—. He visto que está muy +malo... Yo me creía dormida; yo no sé si estaba despierta..., pero +padre no puede mirarnos ya...</p> + +<p>—¿Cómo habías de ver en esta oscuridad? Por Dios, me pones en +zozobra —dijo Demetria, acudiendo a examinar al enfermo y acariciándole +el rostro.</p> + +<p>En esto don Alonso movió ligeramente la cabeza, y sin abrir los +ojos<span class="pagenum" id="Page_278">p. 278</span> pronunció bien +claro y distinto su invariable tema:</p> + +<p>—¡A casa!</p> + +<p>—¿Ves, Gracia, cómo no hay ninguna novedad? Pero no estoy tranquila, +no sé por qué... Paréceme que se enfría un poco. Arropémosle mejor. +Quítate de ahí, Gracia, pásate a este lado... ¡Ay!, con estos balances, +no podemos. Fernando, hágame el favor de mandar parar un momento... Yo +me paso ahí, me siento en la delantera de modo que pueda poner sobre mí +la cabeza de padre... Pásate tú aquí... ¡Ay, canta un gallito!... Don +Fernando, ¿lo ha oído usted?... ¡Que me gusta!... Son las dos.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch28"> + <h2 class="nobreak g1">XXVIII</h2> +</div> + +<p>Colocáronse las dos señoritas en la disposición ordenada por +Demetria, y emprendida de nuevo la marcha, no recobró la valerosa +doncella su tranquilidad. Oía la respiración de su padre más bronca que +de ordinario, como si sufriera presión muy fuerte o cerramiento de la +garganta.</p> + +<p>—¡A casa, sí, a casita! —le dijo para animarle.</p> + +<p>Y no obteniendo contestación, añadió:</p> + +<p>—Padrecito, le vamos a dar una sopita en vino; mandaré parar para +que la tome con descanso... ¿Quiere que le incorporemos? Se aburre, ¿no +es verdad?, de tanto tiempo tendido a lo largo. ¿Se atrevería<span +class="pagenum" id="Page_279">p. 279</span> mi padrecito a fumarse un +cigarro, que le encendería este caballero que nos acompaña, que nos +guía, que nos ha sacado de la cautividad de Oñate?</p> + +<p>Don Alonso no se movía ni daba acuerdo de sí. Esperó Demetria un +ratito más, y de pronto se oyó como un gran suspiro, que al salir a los +labios permitió la articulación tenue del invariable «a casa».</p> + +<p>En los breves ratos en que la atención de Calpena quedaba libre del +cuidado de las simpáticas niñas y de su infeliz padre, se abstraía, +metiéndose en la contemplación de sus propias tristezas. Veía la +gallarda figura de Negretti; oía su palabra severa y franca; las calles +y casas de Bermeo tomaban apariencias de realidad en su mente, y allá, +en los cantiles batidos por el oleaje cantábrico, se le representaba +de continuo la persona de Aura, melancólica, como imagen de la poesía +osiánica, que une sus lamentos al mugido de las tempestades. Guardada +en su alma, como en el sagrario la custodia, la pasión de Aura, le +tributaba culto respetuoso y mudo, anhelando acercarse pronto al objeto +de su devoción, y verlo y adorarlo, aunque se interpusieran cristales +tan opacos como el señor Negretti y su esposa doña Prudencia. En +esto pensaba, cuando sintió rebullicio en el carro. Gracia chillaba, +Demetria dijo con voz angustiosa:</p> + +<p>—Don Fernando, por Dios, venga usted...</p> + +<p>Parados los bueyes, Calpena subió; mas en la oscuridad no pudo +hacerse cargo de<span class="pagenum" id="Page_280">p. 280</span> +nada. Demetria decía que el enfermo había perdido el habla en absoluto, +pues notó en él esfuerzos inútiles para articular alguna palabra. +Gracia, besando el frío rostro de don Alonso, decía:</p> + +<p>—Yo te aseguro que así, puestas cara con cara, le oí decir: «a +casa»; pero tan bajito lo dijo, que nadie más que yo pudo oírlo.</p> + +<p>—Mi padre está muy malo, mi padre se muere —dijo Demetria con la +entereza que le daba el hábito del infortunio—. Don Fernando, haga +usted el favor, tómele el pulso; yo no se lo encuentro. ¡Dios mío, esta +oscuridad! ¿En dónde estamos? ¿Hay cerca de aquí alguna casa donde +puedan prestarnos socorro?</p> + +<p>Buscó Fernando inútilmente señales de vida en las dos manos del +señor de Castro, y no las encontró. En sus sienes no percibió ni un +vago latido.</p> + +<p>—¿Y el corazón? —dijo ansiosa la hija mayor.</p> + +<p>Pensó el joven engañarla; pero ¿a qué tales supercherías en +situación como aquella, excepcional, de las que reclaman verdad y +valor? Los consuelos caritativos habían de ser tan poco duraderos, que +valía más afrontar la dolorosa certidumbre.</p> + +<p>—Pues... el corazón..., la verdad, no lo siento... ¡Carretero! +¿Dónde estamos? ¿Hemos pasado de Aránzazu?</p> + +<p>Dijo el guipuzcoano que el monasterio quedaba allá, a la izquierda, +pues había tomado por un atajo para cortar camino y evitar el paso por +lugares poblados...</p> + +<p>—¿No hay allí monjes?</p> + +<p>—¡Qué ha de haber, señor! No hay más<span class="pagenum" +id="Page_281">p. 281</span> que ruinas. Hace dos años, el general +Rodil, cuando vino a Oñate con tantos miles de hombres, cogió presos +a los frailes y mandó pegar fuego al convento. Yo le vi arder por los +cuatro costados.</p> + +<p>Diciendo esto, oyose el canto de un gallo hacia la parte donde el +carretero señalaba las ruinas.</p> + +<p>—Pero ahí vive gente... Oiga usted..., canta un gallo..., y otro.</p> + +<p>—Sí señor, gente hay: pastores y carboneros miserables de estos +montes, que en las ruinas han hecho sus albergues al amparo de los +muros que quedan, y aprovechando las bóvedas que no se han caído.</p> + +<p>Como añadiese que en un par de leguas a la redonda no había pueblo, +ni aldea, ni más viviendas que las de los infelices que se aposentaban +en Aránzazu, mandó Calpena guiar hacia el destruido convento. La noche +cerrada, el húmedo frío, la aflictiva situación de los viajeros, con la +inmensidad oscura delante de sí y la muerte entre sus brazos, eran para +humillar los ánimos más valerosos. Acertado fue dirigirse en busca de +seres humanos, aunque estos fueran los más pobres y humildes: alguna +puerta hospitalaria se les abriría; verían rostros compasivos... En +aquel trayecto, más que ninguno lento y fatigante, pues el carro no +pudo descender sino dando un largo rodeo por sendas inverosímiles, +las niñas lloraban silenciosas, encalmadas en la hondura de<span +class="pagenum" id="Page_282">p. 282</span> su pena con resignación +sublime. Si Gracia manifestó esperanzas, Demetria no, afirmándose en +la seguridad de que Dios les mandaba apurar hasta el fin las amargas +heces del cáliz. Fernando no les decía nada. ¡Ni qué había de decirles! +Aseguró Gaínza, cuando ya estaban cerca, que los habitantes de las +ruinas abandonaban sus madrigueras antes del día, para ir al trabajo. +Por fin detúvose el carro ante la masa negra del incendiado monasterio: +no se sentía ruido alguno que anunciase la proximidad de seres vivos, +como no fuese el cantar de gallo, que resonaba dentro de los muros. El +único consuelo que Calpena pudo dar a las pobres niñas fue anunciarles +el día, y como si quisiera apresurar el amanecer con su deseo, aseguro +que se iniciaba por oriente la dulce claridad del alba.</p> + +<p>Gaínza y don Fernando dieron fuertísimos golpes en el portalón +que delante tenían, sin que nadie respondiera, ni se oyese rumor +alguno. La parada junto a las ruinas en espera de alma cristiana a +quien pedir socorro fue un siglo para el caballero y las dos damitas. +Estas rezaban atribuladas, y con más dolor que miedo contemplaban el +misterio inmenso de la muerte, explorando con los ojos del espíritu +los espacios que tras de ese misterio señala la convicción... Por +fin, al apremiante llamar de los viajeros, respondió una voz cascada +y lúgubre. Poco después se abrió la puerta. Dirigiose Calpena al que +abría, anciano de alta estatura, venerable<span class="pagenum" +id="Page_283">p. 283</span> hermoso, vestido con pobreza, pero sin +andrajos, y en pocas palabras elocuentes le informó del doloroso caso +que motivaba la petición de auxilio tan a deshora. El viejo entendía +el castellano, pero no lo hablaba. Ayudado por el carretero, logró +que se enterara Fernando de estas sinceras manifestaciones: él era +muy pobre, y no podía ofrecer a los viajeros más que un rincón del +claustro en que con vigas medio quemadas y pedazos de cascote se había +compuesto un humildísimo albergue donde vivía con su mujer. Pero en el +mismo claustro había viviendas mejores, y hasta cómodas, habitadas por +familias menos pobres que el que hablaba, y allí seguramente podrían +encontrar los señores su remedio. En esto apareció una mujer con un +farol, que no fue poca suerte para Calpena, pues no sabía por dónde +andaba en aquella lobreguez, y tras la mujer presentose un hombre, no +tan viejo como el anterior, con un capote por la cabeza, figura que +al pronto imponía miedo. Lo mismo que había dicho antes, repitiolo el +joven con mayor vehemencia, y no tardó en oír palabras de consuelo. +Ofreciéronle aquellos desdichados cuanto tenían, y le mostraron su +casita, hábilmente construida en el coro bajo de la iglesia, la única +parte del edificio totalmente respetada por la catástrofe. Al punto +salió Fernando a comunicar a las pobres viajeras su hallazgo y el plan +que imaginó rápidamente ante los apuros de aquel caso inaudito.</p> + +<p>—Demetria, lo más urgente es que ustedes entren, y descansen,<span +class="pagenum" id="Page_284">p. 284</span> y se repongan de tanta +ansiedad y pena tan grande. Hay aquí gentes bondadosas, caritativas, +que no desean más que amparar a los desgraciados. Adentro pues, y +mientras ustedes se tranquilizan, estos buenos amigos y yo veremos qué +remedios debemos aplicar a don Alonso.</p> + +<p>Oyó esto Demetria con el respeto que su favorecedor le merecía; mas +no hizo ademán de moverse del lado de don Alonso, pues aunque tenía el +convencimiento de que era cadáver, hay lazos que ni en las ocasiones de +necesidad suma pueden romperse fácilmente.</p> + +<p>—No quisiéramos separarnos de nuestro pobre padre; pero pues usted +lo cree preciso, y así nos lo manda, obedecemos, que aquí no hay más +voluntad que la de nuestro salvador.</p> + +<p>A pesar de esta demostración, costó trabajo sacarlas del carro. +Abrazadas al inanimado cuerpo, no se hartaban de besarle.</p> + +<p>—Vamos. Yo acompaño a ustedes, y luego me vuelvo aquí —dijo Fernando +por decir algo, que en tal situación no hay frase que sea oportuna, ni +consuelo que no resulte una tontería.</p> + +<p>Gracia se desmayó al bajar, y en brazos hubo de llevarla Gaínza; +Demetria, agarrándose con mano convulsa al abrigo de su libertador, +y apretándose el pañuelo contra la boca, le seguía con paso lento. +De este modo entraron en el claustro, y precedidos de la mujer que +alumbraba, llegaron a la vivienda labrada en el coro, la cual en su +pobreza no carecía de acomodo. Los vetustos muebles revelaban<span +class="pagenum" id="Page_285">p. 285</span> en sus remiendos y +composturas una mano habilidosa.</p> + +<p>Lo primero que hizo Demetria al entrar en aquel tugurio, fue ponerse +a rezar de rodillas sobre un ruedo de estera, y lo mismo hizo Gracia, +cuando volvió de su desvanecimiento.</p> + +<p>—Sí, sí —les dijo Calpena—, recen un ratito. Aunque no lo parece, +aquí están en la iglesia. Vean estos machones de sillería gótica. Por +allí aparecen los pies de un santo, y en aquella otra parte asoma una +cabeza con nimbo.</p> + +<p>En esto salieron de un cuchitril próximo dos preciosas chicuelas +que se brindaron a servir a las señoritas en todo lo que se les +mandase. Llegaron luego otros vecinos, un matrimonio joven, dos viejas +muy despabiladas, y todos se mostraron sinceramente caritativos, +misericordiosos.</p> + +<p>Cuando ya aclaraba el día, salió Fernando acompañado del dueño de la +covacha, hombre obsequioso, alavés fronterizo de Burgos, que hablaba +perfectamente el castellano, y mostraba conocimiento práctico de mil +cosas diversas. Examinaron el cuerpo del infeliz don Alonso; reuniose +allí todo el vecindario con el propio objeto; de la inspección de unos +y otros resultó la tristísima verdad de que el señor estaba muerto, +y la opinión de que el fallecimiento había ocurrido dos o tres horas +antes. Sin ninguna duda respecto a la muerte, lo primero en que pensó +Fernando fue en disponer que se diese a las niñas algún alimento, y +ofreciendo recompensar con largueza los servicios que en tan<span +class="pagenum" id="Page_286">p. 286</span> crítica situación se les +prestaran, mandó a sus aposentadores encender lumbre y preparar lo que +tuviesen, con la mayor prontitud posible. Entró de nuevo en la casucha, +donde pensaba que era indispensable su presencia. Aunque Demetria, +perdida toda esperanza, se abrazaba a la resignación, le miró a la +cara, atenta a las impresiones de él para modificar o sostener las +suyas. Pero el rostro del caballero solo expresaba un dolor calmoso.</p> + +<p>—No necesita usted decirnos que somos huérfanas... Ya lo sabemos... +Pero aunque lo sepamos y usted nos lo diga, yo lo dudo..., no puedo +creerlo..., no, no es verdad: mi padre vive.</p> + +<p>Y se lanzó como una loca fuera del cuarto, antes que pudieran +sujetarla. Juzgó Calpena inconveniente que por sí misma se cerciorase +de la tremenda verdad, y corrió tras ella; no quería llevarla, y la +llevó, sintiéndose sin autoridad para impedir escena tan aflictiva. +Tuvo ánimo Demetria para examinar el rostro del que fue don Alonso, +para besarle una y mil veces cara y manos, y no perdió el conocimiento +ni la firmeza de su alma, hecha sin duda para los grandes empeños de +la vida. Con dificultad apartáronla del carro, que había venido a ser +lecho fúnebre, y volvió por su pie al mísero albergue donde había +dejado a su hermana vencida del dolor...</p> + +<p>—Somos huérfanas —le dijo, abrazándose las dos estrechamente—; +somos huérfanas, Dios no ha querido que entremos en casa con nuestro +padre.</p> + +<p>Ninguno de los presentes dejó de poner de<span class="pagenum" +id="Page_287">p. 287</span> su parte cuanto le inspiraba la +compasión para calmar tanta pena. Palabras tiernas, ofrecimientos de +proporcionar a las señoritas descanso, comodidad, alguna distracción, +todo lo agotaron aquellos infelices. Reunido lo mejor de cada casa, +arreglaron dos camas bastante bien apañaditas para que las huérfanas +descansasen.</p> + +<p>—Al entrar aquí —le dijo Fernando a Demetria—, aseguró usted que me +obedecería. ¿No fue así? Pues bien, empiezo a usar la autoridad que se +ha dignado darme, y con ella dispongo que no se ocupen ustedes más que +de reparar sus fuerzas en la medida que sea posible. Yo me encargo de +todo, y sabré cumplir cuanto me ordenan la ley de Dios y la conciencia +de mi deber.</p> + +<p>—Sé que mejor que nosotras mismas sabrá usted disponer lo que aún +falta. No es fácil que descansemos; sí lo es que tengamos confianza +plena en la disposición, en la inagotable caridad de nuestro +salvador.</p> + +<p>—No merezco ese nombre. Soy su criado: en esta ocasión me glorío de +serlo, y en ello tengo mucha honra.</p> + +<p>—Criado, nunca. Mirándole como amigo, como protector de mi familia +en tan terrible ocasión, estas pobres huérfanas ruegan a usted que +se sirva dar cumplimiento a las resoluciones que voy a manifestarle. +Dios ha querido afligirnos hasta el extremo de arrebatarnos la vida +de nuestro padre en lugar tan desamparado. Ni hemos podido disponer +de un médico que le asistiera moribundo, ni,<span class="pagenum" +id="Page_288">p. 288</span> muerto, podemos tributar a sus pobres +restos la asistencia religiosa. No hay aquí, ni en los contornos, +sacerdote alguno, y mi buen padre ha de ser sepultado sin las +oraciones de la Iglesia, que no faltan al último de los mendigos. +Imposible también llevarle con nosotras, por la larga distancia y +por dificultades materiales superiores a nuestro deseo. Por tanto, +es nuestra voluntad que se dé tierra a mi padre a la hora que usted +disponga y en el lugar que designe, que bien podrá ser la cripta o +panteón de los frailes de este monasterio. Bien señalado por usted el +lugar de la sepultura, nosotras nos cuidaremos, en el plazo consentido +por las leyes, de trasladar estos queridos restos al enterramiento de +la familia en Laguardia. Asimismo hacemos voto solemne de socorrer a +las humildes personas que nos han dado asilo y amparo en trance tan +horrible. Dios ha querido que nuestro padre, en vida poderoso y rico, +haya terminado sus días en medio de los seres más pobres, entre los +pequeños, entre los desgraciados; que en su muerte no reciba honores +mundanos ni religiosos; que su sepultura sea la misma humildad, la suma +pobreza. Así acaban las grandezas humanas, y con estas lecciones nos +dice el Señor que no somos nada. Pues bien: no por vanidad, sino por +efusión de nuestras almas, mi hermana y yo ofrecemos que si llegamos a +Laguardia con vida y salud, estos pobres, a cuya cristiandad confiamos +el cuerpo de nuestro padre, serán socorridos en lo que les<span +class="pagenum" id="Page_289">p. 289</span> reste de vida. El que hoy +viva de limosna, no tendrá que pedirla más. Nosotras les agregamos a +nuestra familia, y cuidaremos de que tengan pan y vivienda segura. +Estos son los honores fúnebres que las pobres huérfanas tributan al +noble caballero cristiano don Alonso de Castro-Amézaga.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch29"> + <h2 class="nobreak g1">XXIX</h2> +</div> + +<p>Oyeron todos los presentes con emoción muy viva las sentidas +demostraciones de la infeliz doncella, y don Fernando se cuidó de +rodear a las que llamaba sus amas de las comodidades posibles en la +morada de los <i>Peciñas</i>, que este era el nombre de los carboneros +dueños de aquel escondrijo. Confinándolas dentro de él, sin permitirles +salir, para obligarlas más al reposo, se ocupó en disponer, de acuerdo +con los habitantes de las ruinas, el sepelio de don Alonso, el cual +se efectuó por la tarde en la cripta que bajo la iglesia servía de +enterramiento a los franciscanos. En espíritu asistieron Demetria y +Gracia a estos actos, tan penetradas de ellos como si los vieran con +sus ojos, y tan confiadas en don Fernando para tan tristes diligencias +como en persona de la familia. Por la noche les fue servida una pobre +cena; tratando de la continuación del viaje, manifestó Demetria<span +class="pagenum" id="Page_290">p. 290</span> que por su gusto se +detendría un día más en las ruinas, como un tributo de presencia a las +caras cenizas de don Alonso, y el caballero lo aprobó sin reparo, pues +así era mayor el descanso de las huérfanas. Dos días pasaron allí, +y a la segunda noche se dispuso todo para continuar de madrugada. +Gaínza recibió de Calpena aumento de lo estipulado, comprometiéndose a +llevarles hasta el primer puesto de tropas cristinas. La despedida fue +tiernísima, y los pobres habitantes de los tugurios les vieron partir +con duelo y emoción. A Gracia la venció la pena; a Demetria no, porque +los repetidos sufrimientos habíanla enseñado a soportar con cristiana +entereza los males que humanamente no tenían remedio.</p> + +<p>Despejose el cielo a poco de amanecer, anunciándoles un buen día +de viaje. Instaba Demetria a su caballero libertador a que entrase +también en el carro; pero él no quiso, por ser más propio y galante +ir fuera, y por no mermar el espacio que las niñas necesitaban para +su comodidad. Suponiendo que toda la cordillera estaría ocupada por +soldados de Isabel II, deliberaron acerca del camino más corto para +ponerse en salvo, y como opinase el boyero que debían picar hacia +la venta de Arrida, se acordó tomar aquella dirección, aunque el +nombre de la maldita venta fue un mal presagio para las huérfanas, +que no podían olvidar las tristísimas ocurrencias de su viaje de ida. +Transcurrió toda la mañana sin ninguna novedad.<span class="pagenum" +id="Page_291">p. 291</span> Admiraban los grandiosos espectáculos que +a una parte y otra les ofrecía la ingente cordillera, los inaccesibles +picachos, los abismos insondables. El sendero se escurría tímidamente +al pie de las eminencias y al borde de las simas, evitando el caer +en estas, deslizándose como reptil por las angosturas. Gracias al +conocimiento de Gaínza y a la pausa cautelosa con que andaban los +bueyes, pudieron franquear los peligros de la montaña sin perecer en +ellos.</p> + +<p>Hacia el mediodía hicieron alto en un abrigo para comer del repuesto +que les habían dado los pobres, y emprendida la marcha charlaron de +diferentes cosas. No queriendo Demetria volver sobre las desdichas +pasadas, por no entristecer su espíritu más de lo que estaba, dijo a su +libertador:</p> + +<p>—Cuando nos hallemos completamente tranquilas contaré a usted la +última parte de nuestro cautiverio, que es la peor y más dolorosa. +Bástele ahora saber que, cuando mi padre fue conducido desde su +prisión a la Caridad, quisieron matarle en medio de la calle. Pueblo +y soldadesca le acosaban maldiciéndole... Y después, en la Caridad, +¡ay!... Los dos últimos días fueron terribles. En la propia sala de los +enfermos, un herido gravísimo, delirante, saltó furioso de su lecho +para lanzarse sobre mi padre... No teniendo armas para herirle, le +mordió... ¡Dios mío, qué terrible escena!... Un señor Corpas, guardián +o administrador de la casa, nos trataba con grosería y crueldad. +Decíanos a cada instante que<span class="pagenum" id="Page_292">p. +292</span> a mi padre no le valdría su fingida locura para librarse de +un tremendo castigo por desafiar al rey, y qué sé yo... No, no quiero +recordarlo. Hay penas que con gozo conservamos en nuestra memoria; +otras piden olvido, olvido.</p> + +<p>En estas y otras conversaciones llegaron a un punto desde donde +divisaban inmenso horizonte. Comenzaba el descenso, y a las plantas de +los viajeros se desarrollaban en inmenso paisaje los rápidos declives, +las corrientes y barranqueras que caían hacia el sur en busca del cauce +del Zadorra. De pronto paró el carro, y Gaínza dijo a Calpena:</p> + +<p>—Señor, por aquella loma..., mire, por aquí, enfilando estas +encinas..., vienen hombres armados.</p> + +<p>—¿Distingue usted desde aquí si son cristinos o facciosos?</p> + +<p>Mientras las dos niñas, muertas de miedo, se encomendaban a la +misericordia divina, Fernando y el boyero se apartaron un poco +para explorar el peligro, y, en efecto, vieron unos seis hombres, +con escopetas, que avanzaban subiendo, como a distancia de tiro de +fusil.</p> + +<p>—Parécenme facciosos —dijo Calpena—. Sean lo que fueren, adelante, y +no entiendan que les tenemos miedo.</p> + +<p>Tranquilizó como pudo a las damas, y siguieron. En las revueltas del +camino, los escopeteros desaparecían y volvían a presentarse, cada vez +más cerca. Por último, cuando estuvieron al habla se adelantó Fernando, +viendo que también del grupo se<span class="pagenum" id="Page_293">p. +293</span> destacaba uno, al modo de parlamentario.</p> + +<p>Las primeras palabras fueron:</p> + +<p>—¡Alto! ¡Viva Carlos V!</p> + +<p>Y Fernando respondió:</p> + +<p>—Viva quien usted quiera; pero no nos estorbe el paso, que nosotros +somos gente de paz... Vean ustedes: dos señoras y yo que las acompaño. +Vamos a Salvatierra para asuntos de familia. Si cobra usted peaje, +porque así se lo ordenan, estoy dispuesto a pagarlo. Pero no me pida +que detenga mi viaje, porque esto no puede ser.</p> + +<p>—Ya, ya veo las mujeres —dijo el escopetero, un mocetón guapo, de +marcial apostura, que por el habla parecía vasco—. No estorbo el viaje, +no molestaré a las señoras, ni tampoco al caballero. Pero necesitamos +los bueyes. Vengan pronto los bueyes.</p> + +<p>Puso el grito en el cielo el dueño de los pacíficos animales, +soltando una retahíla en vascuence, colérico y fuera de sí, y el otro +le contestó lo mismo. El <i>gurri gurri</i> llegó a tomar tonos tan +violentos, que poco faltó para que vinieran a las manos. Y mientras, +Gracia y Demetria chillaban:</p> + +<p>—Sí, sí, que se lleven los bueyes..., seguiremos a pie; don +Fernando, diga usted que sí.</p> + +<p>Calpena contestó a la intimación que no podía dar la pareja porque +no era suya; que daría, en todo caso, una cantidad por peaje, siempre +que no se les molestara más, y se retirara la <i>fuerza</i> que a corta +distancia permanecía arma al brazo, en actitud no muy tranquilizadora. +Y el bárbaro insistía:</p> + +<p>—Los bueyes, vengan pronto los bueyes —haciendo<span +class="pagenum" id="Page_294">p. 294</span> ademán de desuncirlos para +llevárselos.</p> + +<p>En esto se oyeron disparos a la parte de una profunda encañada +que desde allí no se veía, por interponerse formidables peñas, y lo +mismo fue oírlos, que se demudó el que parecía capitán de aquellos +desalmados. Miró hacia donde estaban los suyos; les gritó en vascuence; +los de abajo, antes de contestarle, apretaron a correr, no sin dirigir +miradas de zozobra hacia la encañada por donde sonaron los tiros. Uno +de ellos, más valeroso que sus compañeros, les abandonó en la veloz +fuga y subió como en ayuda del jefe. Este vociferaba, incitándole a +correr más ligero, y luego se volvía para repetir nervioso y hostil su +intimación:</p> + +<p>—¡Los bueyes, pronto los bueyes!</p> + +<p>Ciego de coraje ya, Calpena requirió su pistola y le soltó un tiro +a boca de jarro, sin darle tiempo a hacer uso del fusil; vaciló el +escopetero, braceando y echando maldiciones por aquella boca, y Gaínza, +más pronto que el rayo, le quitó el arma, y empuñándola vigorosamente +por el cañón le estampó la culata sobre el cráneo con tan rápido +acierto, que el hombre cayó como tronco al borde del camino. Y mientras +el boyero con ferocidad trataba de rematarle, Fernando gritaba al +otro:</p> + +<p>—Ven, ven pronto tú también, canalla; aquí te espero.</p> + +<p>Debió el segundo escopetero comprender con seguro instinto que +venían mal dadas, y que estaba expuesto a caer en peores peligros si +no escurría el bulto, porque apretó a correr como un gamo en demanda +de sus<span class="pagenum" id="Page_295">p. 295</span> compañeros. +Estos se detuvieron en un cerro frontero al camino, separado de este +por profundo barranco, y al amparo de las peñas hicieron una descarga +cerrada, último escarceo de su frustrada escaramuza. El boyero seguía +machacando al otro con la escopeta y con piedras de gran calibre. Hasta +que corrió don Fernando a comunicar su victoria a las dos niñas, que de +rodillas en el carro llamaban en su ayuda a todas las vírgenes y santos +de la corte celestial, no se hizo cargo de que estaba herido. En la +descarga que hicieron aquellos tunantes, le habían metido una bala en +la pierna derecha.</p> + +<p>—Ya no hay miedo; nos hemos salvado... Gracias a Dios y a que +está próximo un destacamento de tropas, hemos puesto en fuga a esos +bribones. Si nos cogen solos, nos quedamos sin bueyes... Gaínza, +adelante..., vámonos. Por aquí, a la revuelta, vienen cristinos... +¡Viva Isabel II!... Avancemos un poco para encontrarles pronto... ¡Ay!, +me han herido esos perros...</p> + +<p>—¡Herido! ¡Jesús me valga! —exclamó Gracia.</p> + +<p>—¡Herido! ¡Santo Dios, qué desdicha!...</p> + +<p>Y las dos quisieron echarse del carro.</p> + +<p>—¡Si no ha sido nada!... ¿A ver?... Aquí, más abajo de la rodilla. +Me duele y no me duele... No, no bajen ustedes que seguimos... No es +nada; ya ven, puedo andar...</p> + +<p>Y antes de que el armatoste anduviera veinte varas, cojeaba Fernando +horriblemente.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_296">p. 296</span></p> + +<p>—No puedo, no puedo andar —dijo—. Pero no es nada, nada; no hay que +asustarse, niñas... Para, para, que voy a subir.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch30"> + <h2 class="nobreak g1">XXX</h2> +</div> + +<p>A los cinco minutos encontraron la tropa isabelina, mandada por +un capitán, que fue como ver abiertas las puertas del cielo. En un +instante, cambiadas rápidamente las informaciones de unos y otros, +tuvieron todos noticia exacta de lo ocurrido, y el capitán felicitó +a don Fernando por su comportamiento en el lance con el jefe de la +partida.</p> + +<p>—Ha sido terrible —dijo Demetria—; nuestro caballero se portó como +un héroe.</p> + +<p>—No haga usted caso; salimos del conflicto como pudimos, por pura +chiripa... Hay cuartos de hora felices, como los hay desgraciados, y +este mío no ha sido de los mejores, porque me atizaron una bala..., +aquí... en esta pierna.</p> + +<p>—No hay que apurarse —dijo el capitán—; le curaremos para que +continúe su viaje sin molestia. Aquí tengo un muchacho que le hará a +usted la primera cura.</p> + +<p>Era el capitán un mozo de lo más vivo y simpático que se pudiera +imaginar, mediana estatura, rostro agraciadísimo y sonriente, edad +poco más o menos la de Calpena. Este no cesaba de mirarle queriendo +reconocerle:</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_297">p. 297</span></p> + +<p>—Sí, sí —dijo acudiendo a la memoria del otro para avivar la suya—; +yo le conozco a usted, mi capitán, yo le he visto, yo le he hablado, +pero no puedo recordar...</p> + +<p>—Eso mismo pensaba yo en este momento.</p> + +<p>—Usted es...</p> + +<p>—Francisco Serrano Domínguez, para servir a usted y a estas +señoritas... Nos hemos visto no hace mucho, allá por febrero debió de +ser, en casa de mi madre, en Madrid. Mi madre tiene una tertulia a que +concurren personas muy distinguidas, y usted fue una noche llevado por +Miguel de los Santos.</p> + +<p>—¡Oh, sí, ya!... ¡Pues poco que hablamos aquella noche! Fernando +Calpena, para servirle. Deme usted esos cinco, señor Serrano, y hágame +el favor de mandar a su médico, o al albéitar si lo trae, que me mire +esta pierna y me ponga algo que aplaque los dolores que empiezo a +sentir.</p> + +<p>—Al momento. Esperar un poco.</p> + +<p>Y cuando le vieron alejarse, las dos niñas, consternadas, trataron +de curar a su libertador. Mientras Gracia cortaba el pantalón hasta +descubrir el sitio del balazo, Demetria reunía todos los pañuelos que +llevaban para improvisar un vendaje conveniente. Volvió a la sazón +Serrano muy satisfecho; venía de ver el cadáver del escopetero, y dijo +a Calpena:</p> + +<p>—No sabe usted bien el servicio que nos ha hecho librándonos de ese +bandido, el más malo, el más sagaz de cuantos andan por aquí. Merece +usted que se le proponga para una cruz.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_298">p. 298</span></p> + +<p>—Pues si buena cruz hemos ganado, buen balazo nos cuesta.</p> + +<p>—Eso no vale nada. Yo llevo ya cinco en diferentes partes de mi +cuerpo, y ya ve usted... Con suerte, siempre con suerte. A ver, Roldán, +ven acá: examina esta herida y dinos que no es de cuidado. ¡Ay de ti si +te equivocas! Luego le curas de primera intención para que pueda llegar +a Salvatierra, donde hallará médicos de sobra.</p> + +<p>El llamado Roldán, que era un sargento practicante, dijo que +estaba dentro la bala, y que no le parecía la herida peligrosa, por +no interesar la rodilla. Si el señor no sentía dolores muy vivos, era +que la bala no había tocado el hueso. No cuadraba más tratamiento +que vendarle, aplicada una unturilla que ellos traían, y después que +cuidara el herido de evitar todo movimiento.</p> + +<p>—Pues me divierto —dijo Fernando—. Ya no puedo andar. Pero, en fin, +sea lo que Dios quiera, y cúmplase el destino que está marcado a cada +criatura.</p> + +<p>Y mientras Roldán, asistido de las dos doncellas, le curaba, +Serrano le informó de la gran victoria que habían alcanzado días antes +con la ocupación de San Adrián, añadiendo que no bajaron a Oñate +porque el general no lo estimaba práctico ni provechoso, y prefería +conservar aquellas posiciones y tener asegurada la comunicación con +Vitoria y Alsasua. Hablando de sus propios servicios en la campaña, +declaró Serrano que se sentía con alientos para tomar parte en<span +class="pagenum" id="Page_299">p. 299</span> mil y un combates y avanzar +en su carrera. No conocía el miedo; confiaba salir salvo de todos los +encuentros; le enardecía el ruido de los combates, le embriagaba el +olor de la pólvora. Había venido días antes del ejército de Aragón, +donde servía a las órdenes de Palarea, y aunque sus deseos eran +permanecer en el Norte, porque allí se presentaban más ocasiones de +lucimiento militar que en ningún otro campo, pronto tendría que marchar +a Barcelona, donde le reclamaba por ayudante su padre, el mariscal de +campo Serrano y Cuenca. Allá no faltarían quizás ocasiones de entrar +en fuego, que era su delicia; y bien seguro de que las balas no le +tocaban, permitíase jugar al heroísmo, en lo que no había ningún +mérito.</p> + +<p>—¡Qué gracioso es este capitán, y qué buen genio el suyo para la +guerra! —dijo Demetria cuando se quedaron solos.</p> + +<p>—¡Y qué guapo es, y qué ojos tan pillines los suyos! —observó +Gracia.</p> + +<p>Convencido el jefe de la fuerza cristina de que no podía dar alcance +a la partida facciosa, resolvió volver a Salvatierra. Los soldados se +entretuvieron en arrojar al fondo del barranco el cadáver del jefe de +los escopeteros, al cual llamaban <i>Basurde</i>, que es <i>Jabalí</i> +en lengua éuskara. Para los viajeros fue motivo de alegría que Serrano +no continuase la persecución, porque así tendrían custodia militar +hasta Salvatierra, con lo que podían darse por definitivamente +salvados y libres de todo peligro. Marcharon, pues, hacia abajo,<span +class="pagenum" id="Page_300">p. 300</span> precedidos de un coro +de soldados que alegremente cantaban, llevando <i>al estribo</i> al +capitán, que obsequioso daba conversación a las damas. La tristeza de +estas era honda, no solo por haberse dejado en Aránzazu la mitad de su +alma, sino por aquel funesto accidente de la herida de Calpena, que les +aguaba el contento de su salvación. Toda aquella tarde la pasaron bien: +a Fernando le molestaba poco la pierna agujereada; los tres comieron +algo de los fiambres exquisitos que Serrano les dio, y bebieron en +vaso de metal un poquito de ron, mezclado con agua de los cristalinos +manantiales que encontraban al paso.</p> + +<p>Sobre las diez de la noche llegaron a Salvatierra: Calpena iba +intranquilo, un poco febril, empezando a sentir molestia en su herida. +No quisieron las niñas aceptar el estrecho alojamiento que Serrano +les ofreció, prefiriendo aguardar dentro del carro el próximo día. +Ya Demetria no temía nada: en Salvatierra encontraría conocimientos, +recursos para trasladarse a su casa con toda comodidad. Su mayor pena +era la incertidumbre respecto al estado de su libertador, que no le +parecía favorable, a pesar de los esfuerzos con que él disimulaba los +agudos dolores que hacia media noche le atormentaron. Apenas despuntó +el día, partió la joven, acompañada de Gaínza, en busca de los señores +que allí conocía, y no tardó en volver gozosa con un séquito de +cuatro personas, que no deseaban más que ocasiones de servirla.<span +class="pagenum" id="Page_301">p. 301</span> Supo entonces que dos días +antes habían pasado por allí, camino de San Adrián, tres criados de la +casa y varios deudos y amigos, desalados, buscando a las señoritas y al +señor don Alonso. Habíanse repartido por diferentes senderos, y alguno +de ellos no pensaba parar hasta Oñate.</p> + +<p>No quiso la valerosa y avisada joven perder el tiempo en inútiles +referencias, y dada cuenta de la pérdida lastimosa de su buen padre, +requirió a los señores de Guinea (que tal era el nombre de aquellos +sujetos, acomodado labrador el uno, el otro extractor de maderas), +para que le proporcionasen inmediatamente: primero, el mejor médico +que hubiese en la villa; después un buen coche, y si no lo había, una +cómoda galera para continuar el viaje; todo ello acompañado del dinero +que las ricas huérfanas necesitaban hasta llegar a Laguardia. Esta +última petición fue prontamente y con creces satisfecha. Facilísimo +estimaron también lo del médico, pues había físicos de tropa, +excelentes, y en cuanto a vehículo, que era lo difícil, ofrecieron +revolver el pueblo y sus alrededores hasta lograr lo que la señorita +deseaba.</p> + +<p>—Oiga usted, Demetria —dijo Fernando cuando los tres se quedaron +nuevamente solos—. De mí no hay para qué ocuparse ya. Puesto que se +encuentran ustedes en lugar seguro, donde les sobran medios para +volver a su casa sin ningún peligro, deben ustedes partir sin pérdida +de tiempo, y dejarme aquí,<span class="pagenum" id="Page_302">p. +302</span> que ya me arreglaré yo con mis amigos del ejército, para que +me proporcionen un alojamiento donde me cure de este maldito balazo que +ha venido a trastornar todos mis planes.</p> + +<p>—Al pedirme que le abandonemos —replicó Demetria con gravedad—, +hallándose enfermo, y enfermo por nosotras, pues recibió la herida en +nuestra defensa, me pide usted la cosa más contraria a los sentimientos +de mi hermana y míos... ¡Abandonarle, habiendo recibido de usted la +salvación, la vida!..., porque allí nos habríamos muerto de terror, si +usted no nos saca... No, don Fernando, lo que usted propone no puede +ser: o lo ha dicho por probarnos, o le trastorna el delirio, en cuyo +caso, estando usted peor, no seríamos quien somos si le abandonásemos. +Quiero demostrarle que en mi raza no existe ni puede existir la +ingratitud.</p> + +<p>—Nada de lo que usted dice me sorprende, pues en el corto tiempo +nuestro trato, he podido conocer cuanta bondad y nobleza atesora su +alma. Pero yo debo advertirle que me precisa seguir rumbo distinto del +que usted lleva. Me llaman a otra parte deberes sagrados, afecciones +tan hondas, tan estimulantes como las que la llaman a usted a su casa. +Póngase en lo razonable y...</p> + +<p>—Me pongo en la razón misma, y le contesto que cuando esté bueno +tomará el rumbo que quiera; pero ¿a dónde va en tal estado el pobrecito +don Fernando, cojo, sin poderse valer? Si le dejamos a usted, de +aquí<span class="pagenum" id="Page_303">p. 303</span> no podrá moverse +en algún tiempo, que esa cura es lenta, si ha de hacerse bien y sin +complicaciones... Y no hablemos más por ahora, que ya viene el buen +Guinea con un señor que debe de ser el médico militar. De lo que diga +depende lo que resolvamos, lo que yo resuelva, pues ahora se han +trocado los papeles, amiguito. Ya no es usted el jefe de la expedición. +Yo he tomado el mando, y a usted toca obedecerme.</p> + +<p>Minucioso fue el examen facultativo. Demetria y el físico +sostuvieron breve diálogo:</p> + +<p>—¿La bala...?</p> + +<p>—Evidentemente no está dentro. En la región superior de la +pantorrilla se ve el rasgón de la salida.</p> + +<p>—¿Es grave la herida?</p> + +<p>—No, no. La gravedad resultaría si el señor no se sometiese a un +absoluto reposo.</p> + +<p>—¿Cuánto tiempo?</p> + +<p>—Un mes.</p> + +<p>—Bien. ¿Y qué hay que hacer ahora?</p> + +<p>—Aplicarle un vendaje que yo prepararé; renovar cada seis horas la +planchuela de Bálsamo Samaritano. Permanecer acostado y con buen abrigo +en todo el cuerpo.</p> + +<p>—Perfectamente. ¿Puede el herido hacer un viaje, en coche, con toda +comodidad?</p> + +<p>—Sin duda, observando lo que prescribo: la renovación de la +planchuela, el abrigo y la quietud posible dentro de un coche o galera +bien acondicionada, que vaya al paso.</p> + +<p>No se habló más. Hizo el médico la cura, y proveyó a Demetria de +bálsamo para tres<span class="pagenum" id="Page_304">p. 304</span> +días. Al ver partir al físico, Gracia rompió en joviales demostraciones +de afecto hacia su libertador, diciéndole:</p> + +<p>—Ahora, señor don Fernandito, se ha fastidiado usted, y no tiene más +remedio que ser nuestro prisionero.</p> + +<p>—Nos le llevamos encantado —dijo Demetria, que en aquel punto +recibió la noticia de tener dispuesta una hermosa galera—; encantadito +en una jaula, como llevaron a don Quijote a su pueblo.</p> + +<p>—¿Pero de veras —dijo Fernando con extrañeza matizada de susto— me +llevan ustedes a Laguardia?</p> + +<p>—¡Pues estaría bueno que no! ¿Al hombre que nos ha salvado la vida, +habíamos de dejarle en manos mercenarias, en un pueblo como este, +donde los accidentes de la guerra podrían ponerle en la necesidad de +huir con su patita coja? No señor; por ley de Dios estamos obligadas +a pagar a usted sus beneficios, si no en la misma moneda, porque no +la tenemos, en otra de un valor aproximado. A nuestra casa se viene +usted calladito, y no se moverá de ella hasta que recobre la salud. +Sano y bueno nos envió Dios el caballero que le pedíamos; sano y bueno +deseamos devolvérselo. Y no hay más que hablar ni que discutir. Yo sé +lo que dispongo; ya que no otras cualidades, tengo la de hacerme cargo +fácilmente de mis obligaciones. Ahora el señor don Fernando calla y +obedece, que bien sumisas y obedientes hemos sido nosotras cuando era +él quien mandaba.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_305">p. 305</span></p> + +<p>Algo contestó Calpena; pero sus razonamientos resultaban débiles +ante la poderosa dialéctica de la huérfana de Castro. ¿A dónde iba, +herido y expuesto a una inflamación de consecuencias mortales? Obligado +al reposo, ¿dónde estaría como bajo la tutela y cuidado de las personas +que le debían eterna gratitud? El destino, Dios, mejor dicho, le +presentaba su abrumadora sentencia revestida de una lógica soberana, +y torciéndole sus caminos, mientras él lanzaba todo su espíritu con +irresistible querencia hacia el norte, le decía: «¿Al norte? pues yo +mando que al sur, y al sur has de ir por el derecho carril que te +trazo». Conformábase el hombre, no sin interiores refunfuños, y pensaba +que, si no el corazón, la pierna derecha había de agradecer aquel +mandato inflexible de la Divina Voluntad.</p> + +<p>Mientras Demetria, con actividad prodigiosa en que revelaba sus +dotes de gobierno, preparaba el viaje, arreglando el interior de la +galera con los mayores refinamientos de comodidad, el pobre cojo, +viéndola ir y venir tan dispuesta, no pudo menos de admirar en ella un +raro prodigio de la voluntad humana. Al propio tiempo creía que si la +discreción se encarnara en algún ser de los que andan por la tierra, +no podía tomar otro cuerpo que el de la doncella mayor de Castro. +Desde que llegó a Salvatierra se había transformado; ya su mirada no +expresaba el sobresalto y la fatiga; ya despedían sus ojos el rayo +que determina la acción; ya no era la mujercita<span class="pagenum" +id="Page_306">p. 306</span> encogida y trémula de la Caridad de Oñate; +era la señora que campaba y disponía, con medios para ello, en su +terreno propio; su mal vestir no desvirtuaba la gallardía de su cuerpo, +reflejo de la resolución y aplomo de su alma. Más agraciada que bella, +sin ser una hermosura lo parecía casi siempre, sobre todo cuando daba +órdenes a los inferiores, cuando expresaba su pensamiento con aquella +sencillez persuasiva que no admitía controversia. Su frente serena y +pura, su boca un poco grande, pero fresca y llena de gracias, componían +admirablemente su rostro. El cabello advirtió Calpena que era castaño, +abundantísimo; no pudiendo en aquel trajín peinarse a su gusto, se lo +arreglaba de cualquier modo, cruzándose en derredor de la cabeza, a la +buena de Dios, las apretadas trenzas. Gracia era más bonita; temple +delicado, de esos que son infantiles aun después de pasada la tierna +edad; quejumbrosa, paliducha, un poco lánguida, las manos no pequeñas, +el cuerpo escueto, el cabello del propio color castaño, mas no tan +fuerte como el de su hermana, blanca la dentadura, pero de un conjunto +menos simétrico, la mirada dulce, amorosa, pasiva...</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch31"> + <p><span class="pagenum" id="Page_307">p. 307</span></p> + <h2 class="nobreak g1">XXXI</h2> +</div> + +<p>«Por lo que veo —se decía Fernando haciendo análisis de su propia +existencia—, mi destino es sucumbir siempre a las <i>tiranías +cariñosas</i>. Quiero tener acción propia y no puedo... Pero ya la +tendré, que esto no ha de durar. Un mes ha dicho el físico. Pues no +está mal que me cure y recobre el uso de mis dos piernas... Porque, +lo que dice Demetria: ¿a dónde demonios voy así? Estoy inútil, estoy +inválido... ¡Pícaro destino!... ¡Imposibilitarme cuando más necesito +de toda mi energía, de mi fuerza corporal!... A estas horas el señor +Negretti habrá escrito a Aura diciéndole que me ha visto... ¿Y qué +pensará Aura de mí, si transcurre mucho tiempo sin noticias...? En la +primera parada que hagamos escribiré a don Ildefonso... Pero sabe Dios +si recibirá la carta... Dudo que haya correos regulares entre este país +y la corte trashumante... Veremos, me informaré. Y adelante, cúmplase +el destino... Nuestras pobres vidas obedecen a un gobierno superior +y como dice Miguel de los Santos, nada podemos contra la soberana +disposición que nos arroja al sur como pelota cuando queremos ir al +norte... ¡Felices los pájaros, que van a donde quieren...!».</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_308">p. 308</span></p> + +<p>No eran aún las diez, cuando ya Demetria había dispuesto con primor +minucioso la galera destinada a Fernando. Excelentes colchones y +almohadas, mantas de abrigo, cortinas que por ambas bocas del toldo +resguardaran del frío el interior, nada faltaba. Mirando también a +la decencia, determinó que el herido fuese solo en la galera mayor, +arreglándose las dos hermanas en otra más pequeña, tampoco desprovista +de comodidades. En la pequeña metieron varias cestas con víveres y +bebidas, lo mejor que se pudo encontrar en el pueblo. Como tenía la +mayorazga barro a mano, de nada quiso privarse, y el viaje había de ser +como a personas tan principales correspondía. Pensó tomar dos mozos +de la servidumbre del señor Guinea, que les acompañarían en todo el +camino: uno para que fuese al cuidado de don Fernando en el primer +vehículo, y otro al de ellas en el segundo; pero poco antes de partir +presentose uno de los criados de Castro que habían salido a buscarlas, +de lo que se alegraron y se entristecieron las dos niñas, porque el +gozo de verle se amargaba con la pena de notificarle la pérdida del +amo y señor de todos, don Alonso. Lloraron un poquito las huérfanas y +su servidor, que se llamaba Bernardo, mozo muy despierto que valía por +dos, y no faltando ya nada, dio la señora orden de partir. Despidiose +el carretero de Lamiátegui, no sin que mediara una breve querella entre +Fernando y Demetria sobre cuál de los dos le pagaba. Pero la de Castro +cedió sin<span class="pagenum" id="Page_309">p. 309</span> mostrarse +obstinada, dejando al caballero todo el goce de su delicadeza. Bueyes +tiraban de las galeras, por no haber animales de paso más vivo, lo +que en realidad no era desventajoso, porque con el lento andar de +los rumiantes iba más reposado el herido, y lo que perdían en tiempo +ganaríanlo en comodidad. Salió Serrano a despedirles, acompañado de +otro oficial, como él guapín, simpático, con ricitos sobre la blanca +frente, y al presentarle añadió:</p> + +<p>—Dice Alaminos (tal era el nombre del camarada) que han venido al +cuartel general cartas para usted, señor Calpena.</p> + +<p>—Venían dirigidas a Fernando Córdova, el hermano del general en +jefe. Pero ha salido para Madrid, y las ha dejado no sé si a Echagüe o +a Pepe Concha, para que las entregaran a usted si venía por aquí. Ayer +hablaban de esto.</p> + +<p>—¿Es cierto que el general ha ido a Madrid?</p> + +<p>—Sí señor; ayer ha salido de Vitoria con su hermano y sus ayudantes, +Casasola, Mariano Girón y el príncipe de Anglona. Pero volverá pronto. +Ya digo: Fernando Córdova habló delante de mí a Pepe Concha de +dejarle las cartas que recibió para usted; pero como luego se trató +de si Concha iba también a Madrid o se quedaba, me parece que debe +de tenerlas Echagüe, porque le oí que se ofreció a desempeñar este +encargo.</p> + +<p>—Echagüe manda los <i>chapelgorris</i>.</p> + +<p>—Justamente; y hoy está en la división<span class="pagenum" +id="Page_310">p. 310</span> de Espartero. Ayer le vi en Vitoria, donde +permanecerá unos días restableciéndose de sus heridas.</p> + +<p>—Pues tanto al señor Serrano como al señor Alaminos —dijo Demetria— +les suplico yo que cuiden de que esas cartas no se extravíen.</p> + +<p>—¡Oh! sí, yo averiguaré quién las tiene...</p> + +<p>—Y yo.</p> + +<p>—Y lo demás es muy fácil. Que envíen las cartas a Laguardia, a la +casa de esta servidora de ustedes.</p> + +<p>—Allá irán. Queda de nuestra cuenta. Cumpliremos, señora.</p> + +<p>—Y nos reiteramos <i>humildes súbditos... a los reales pies de +Vuestra Majestad</i>...</p> + +<p>Con esto apretáronse todos las manos, picaron los mayorales, y +las galeras emprendieron su marcha pausada por la calle principal +del pueblo, hasta salir al camino que atraviesa el ameno valle del +Zadorra. No habían traspasado aún las últimas casas, cuando se les +agregaron otra vez Serrano y Alaminos a caballo, y fueron dando parola +a las niñas larguísimo trecho. Nada les ocurrió en el resto del día, +transcurrido felizmente, ni en el curso del viaje sobrevino ningún +accidente desgraciado. Todo era, pues, bonanza, y por añadidura +el tiempo primaveral les favorecía grandemente. Sin detenerse en +Vitoria más que para dar corto descanso a los bueyes, continuaron en +dirección del Condado de Treviño, y cuanto más avanzaban hacia el +sur, más risueño se<span class="pagenum" id="Page_311">p. 311</span> +les presentaba el paisaje y más lisonjero todo. Al aproximarse a +Peñacerrada, empezaron a encontrar las huérfanas personas conocidas: +aquí pastores de la casa de Castro; allá campesinas y labriegos, +algún cura; de todos recibían noticias de la ansiedad que reinaba +por la ausencia de las niñas, y a todos las daban de sus trabajos y +penalidades, así como de la muerte de don Alonso. Menos de dos días +duró el plácido viaje, pues habiendo salido de Salvatierra un sábado +antes de mediodía, pasaban la sierra de Toloño al amanecer del lunes, +y entraban en la feraz campiña de Páganos a punto de las ocho. Allí +fueron tantos los encuentros de amigos y deudos, servidores, aldeanos, +diversa gente del pueblo campestre, que hubieron de parar las galeras +para dar espacio y tiempo a tanto saludo, a tantos plácemes y pésames, +al incansable besuqueo en las manos de las dos señoritas, que lloraban +de gratitud y emoción.</p> + +<p>El mozo que iba al servicio de don Fernando, sin apartarse de su +lado, le dijo:</p> + +<p>—¿Ve usted este término con <i>tantisma</i> viña, que parece la +gloria de Dios? ¿Ve usted aquellos trigos en que ahora juega el viento, +y ya los pone verdes, ya amarillos? ¿Ve usted aquel prado y aquel monte +con tantas ovejas? Pues todo es de las señoritas... Sí, señor; son más +ricas que el <i>Putosín</i>, y a cuenta que ahora no han de faltarles +novios.</p> + +<p>Admiró Fernando la belleza de los campos feraces, inundados de sol, +y celebró mucho,<span class="pagenum" id="Page_312">p. 312</span> en +su mente, que todo aquello perteneciese a quien por sus altas prendas +merecía cuantos bienes hay en la tierra. Y no pudieron recrearse sus +ojos en tanta belleza, porque sentía en su pierna herida tirantez +horrible, y de rato en rato punzadas acerbas, que acrecían con el +afán de disimularlas para que no se alarmasen sus bienhechoras. Con +esto y con la pena de verse extraviado de su natural camino, su alma +sobrenadaba en ondas melancólicas. Verdaderamente, era un prisionero +que ya podía dar gracias a Dios por haber caído en tales manos: +admiraba a sus tiranas; teníalas por hermosa hechura de Dios; pero +no concluía de conformarse con aquel giro que a sus planes daba el +destino... ¡Todo por una bala miserable! Si él estuviera bueno, ya +habría revuelto toda Guipúzcoa, Vizcaya entera, en busca del bien de +su vida... Pero ¿qué había de hacer? Paciencia. Dios manda, y en su +nombre, en tal ocasión, las niñas de Castro-Amézaga. Contrariado y +triste, ¡ay!, no podía menos de bendecirlas.</p> + +<p>A la salida de Páganos llegose al convoy un anciano cura, que venía +por la carretera adelante con balandrán y gorro negro, bastoneando +fuerte. Era un gozo verle dar abrazos y besos a Demetria y Gracia, +como si quisiera comérselas: tan grande cariño les tenía el pobre +viejo. Ya se sabía en Laguardia, por un propio que mandaron de +Peñacerrada, el gran acontecimiento de la vuelta de las niñas, salvadas +milagrosamente<span class="pagenum" id="Page_313">p. 313</span> por un +cristiano, noble y animoso caballero; sabíase también el desgraciado +fin de don Alonso a mitad del camino de salvación, y uno y otro suceso +fue motivo para que el bendito cura estuviera unos diez minutos +empapando en lágrimas su luengo pañuelo de yerbas.</p> + +<p>—¡Ay, hijas, qué días hemos pasado, sin saber de vosotras, +maldiciendo a hora en que tuvisteis la temeridad increíble de lanzaros +por esos mundos en busca del pobre Alonso; pidiendo a Dios que no os +perdiérais, que no os mataran, que volvieseis sanas y salvas a vuestra +casita, y a los brazos amantes de este viejo que os adora, y al pueblo +que también os quiere y os estima como a hijas predilectas!... Pero ya +estáis aquí. ¡La Virgen Santísima, a quien después de vuestra partida +rezamos todas las tardes Salve solemne, no nos ha concedido todo lo +que le pedíamos, puesto que no traéis a vuestro padre; pero nos ha +concedido mucho, sí, remucho (vuelta a los besos y a la emisión de +lágrimas y babas), porque os ha traído a vosotras, cielos míos, perlas +de la casa y del mundo!</p> + +<p>Informado por las niñas de que su generoso salvador, instrumento +en aquel caso de la divina voluntad, era el viajero ocupante del otro +carro; sabedor asimismo de que la herida que le postraba había sido +alcanzada en terrible lid por defenderlas, corrió allá entusiasmado el +buen cura, y quitándose el gorro, húmedo aún el rostro del llanto que +vertía, le dijo:</p> + +<p>—Señor mío, este pobre viejo<span class="pagenum" id="Page_314">p. +314</span> desea el honor de estrechar la mano del noble caballero +a quien debemos el rescate de estos ángeles. No sabe usted el bien +que ha hecho, señor. Dios se lo premiará como mejor le convenga... +Aquí me tiene usted a su servicio, aunque nada valgo... José María de +Navarridas, cura párroco de Santa María..., tío carnal de la madre +de estas dos perlas... ¡Bendito sea mil veces el que nos ha devuelto +nuestro tesoro, y corónele Dios de gloria, rodéele de bienaventuranzas +por su obra hermosísima!</p> + +<p>Respondió Calpena mostrándose avergonzado de tales elogios, a lo que +dijo el párroco con muy buen juicio que la modestia siempre ha sido +inseparable del verdadero mérito. Cuando se ponían de nuevo en marcha, +llegaron dos mujeres que hartaron también de besos a las niñas, y don +José María, por no recargar la segunda galera, se subió a la de don +Fernando, diciendo a voces:</p> + +<p>—Chicas, yo me subo aquí a dar palique a este caballero, que parece +va un poco triste. Seguid vosotras con esas.</p> + +<p>Y después de informarse de las circunstancias y proceso de la +herida, y de aventurar un favorable pronóstico, asegurando que solo +con el buen trato, la dulce quietud y el rico vinito de la tierra se +curaría en un periquete, repitió la cantinela del criado:</p> + +<p>—¿Ve usted esta inmensa campiña?... ¡Qué hermoso viñedo, qué gloria +de Dios! ¿Ve usted aquellos trigos que parecen un mar con sus olas +y su vaivén? Pues todo es de estos ángeles...<span class="pagenum" +id="Page_315">p. 315</span> ¡Pobre Alonso! Ya venía el infeliz tan +trastornado, que no podía parar en bien... ¿Le parece a usted? +¡Desafiar a Carlos V!... Luego la temeridad de estas muchachas... ¡Lo +que bregué con Demetria para quitarle de la cabeza la idea de ese +viaje! «Pero, tío, si no vamos más que hasta Salvatierra, donde de fijo +le encontraremos». Y ya ve usted... Lo que pasa..., que un poquito más +allá, que otro poquito..., y a Oñate. ¡Jesús mío, nada menos que a +Oñate se fueron, como unas bobas!... Pues si Dios no les depara esta +buena alma, este brazo valeroso, no sé qué habría sido de mis pobres +ángeles... ¡Ay, chiquillas, de buena habéis escapado! Bien os lo dije +cuando salisteis... «Demetria, mira lo que haces». Pero ya habrá usted +conocido que esta niña mayor es una voluntad de hierro, dispuesta como +ella sola, tenaz en sus empeños, y cuando dice «por aquí voy», ya +pueden todos echarse a temblar.</p> + +<p>No habían andado quince minutos, cuando aparecieron nuevos amigos, +el cirujano don Segundo Crispijana, dos señores de capa, mujeres, y +detrás medio pueblo. Omítense por fastidiosas las escenas de besuqueo y +lágrimas. El don Segundo, señorete de rebajada estatura, cara redonda +con sotabarba, la nariz decorada con dos verrugas, los ojuelos muy +perspicaces, edad como de sesenta años bien llevados, se llegó a la +galera de Fernando, después del saludo a las señoras, y empezó a +funcionar facultativamente a la primera insinuación.</p> + +<p>—Eso no es nada. En<span class="pagenum" id="Page_316">p. +316</span> cuanto lleguemos se dará un vistazo... Cuestión de un poco +de reposo... ¿Y qué, duele? Tirantez de la piel, afectando hasta los +músculos del tobillo... Perfectamente. ¿Qué médico le vio a usted en +Salvatierra? ¿Aseguró que había salido la bala?... Eso lo veremos..., +calma..., lo veremos... ¿Conque... duele?</p> + +<p>—Sí señor; no puedo ocultarlo ya... Me duele, ¡ay!, +horrorosamente.</p> + +<p>—Pues no lo disimule, caray... Chille todo lo que le salga de +dentro.</p> + +<p>—No señor, no chillo..., le aseguro a usted que no chillo... Sé +sufrir; sé comerme mis dolores... No quiero que las señoritas se +alarmen..., se disgusten.</p> + +<p>—Ya estamos en casa. Vea usted la ilustre villa de Laguardia.</p> + +<p>Mirando por la delantera, vio Fernando una ciudad medieval, en lo +alto de una escueta colina elíptica, rodeada de almenados muros con +gallardos torreones. De entre aquella cintura de piedra se destacaba +el caserío en agrupación cónica, con el remate de un castillo, torres, +esbeltos campanarios, techumbres de peregrina forma. La vista de la +ciudad fantástica, que surgía del suelo más bien como un hermoso +embuste de la leyenda o del teatro que como una verdad de la historia, +embelesó los sentidos del pobre viajero, amortiguando por un instante +sus dolores.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch32"> + <p><span class="pagenum" id="Page_317">p. 317</span></p> + <h2 class="nobreak g1">XXXII</h2> +</div> + +<p>Entraron por la puerta de Páganos, al oeste de la población, con +lento andar por causa de la pendiente y del gentío que en torno a las +galeras se agolpaba, y dieron fondo, no lejos de la puerta, en la +señorial casa de Castro-Amézaga, la cual con sus anejos le pareció a +Fernando tan grande como una mediana ciudad. Al gran patio principal, +en cuyo fondo arrancaba la escalera, acudieron diferentes personas, +muchedumbre de criadas, familias pobres, familias ricas, que aguardaban +a las viajeras: los unos para darles el parabién y el pésame, las +otras, para besuquearlas; y en medio del tumulto salieron también tres, +cuatro, seis o más perros de diferentes castas, cazadores los más, +que armaron terrible algazara de ladridos, brincos y demostraciones +de alegría. Para todos tuvieron caricias las huérfanas llorosas, +principalmente para dos magníficos galgos, favoritos de don Alonso, +los cuales no las dejaban dar un paso, echándoles sus patas al pecho y +lamiéndoles las manos.</p> + +<p>Todo esto lo vio Fernando, mientras le bajaban en volandas de +la galera, pues él no podía moverse, y le subían cuidadosamente +dos robustos criados, bajo la inspección<span class="pagenum" +id="Page_318">p. 318</span> del señor cura, que puso sus cinco +sentidos en tan delicada operación. Sin duda porque su estado febril +le agrandaba los objetos, a Calpena se le representaba la casa con +dimensiones colosales, como de castillo o alcázar de reyes; los +corredores que daban vuelta al primer patio, en forma claustral, no se +acababan nunca; las habitaciones por donde le pasaron eran inmensas +cuadras de elevado techo; todo grandísimo, todo limpio y respirando +bienestar y opulencia; mucho nogal oscuro y brillante; los pisos de +baldosines rojos bien bruñidos; las paredes, o blancas como la pura +cal, o pintadas con festones y guirnaldas al temple; aquí cortinas de +damasco; allá muselinas tiesas; severa elegancia, riqueza de pueblo y +acumulación de cosas pasadas, con escasas novedades y desprecio de las +modas.</p> + +<p>Lo primero de que se ocupó la familia fue de preparar el lecho en +que debía descansar el herido, en uno de los más claros y hermosos +aposentos de la casa. Era el tal mueble imitación de un navío de tres +puentes, el <i>Santísima Trinidad</i> de los lechos, con cabeceras +de nogal, popa y proa, en las cuales el tallado adorno de patos o +cisnes completaba la semejanza con los artefactos destinados a la +navegación. Bien abarrotada de mullidos colchones y con su cobertor +de damasco rojo, era una cama olímpica. No bien acostaron a don +Fernando y repararon sus fuerzas con caldo y vino, le tomó de su +cuenta el señor Crispijana, que por orden<span class="pagenum" +id="Page_319">p. 319</span> expresa de las señoritas quería proceder +sin pérdida de tiempo al examen y cura de la herida. Poseía don +Segundo gran conocimiento y práctica en achaques de traumatismo, y no +tardó en dominar con ojo certero el caso que allí se le presentaba. +Positivamente, la bala no había quedado dentro: en el lado interno de +la pierna se veía el punto de salida más grande que el de entrada, +mediando un conducto bastante extenso, sin tocar en el hueso. La +articulación estaba completamente indemne. Las molestias que sentía don +Fernando y las que sentiría después eran motivadas por el flemón que +se le formaba, complicación harto frecuente en esta clase de heridas. +El caso, sencillísimo, no ofrecía peligro alguno, y don Segundo lo +había tratado mil veces con feliz éxito en su vida profesional. El +tratamiento que comúnmente practicaba era el de las incisiones o +desbridamientos, si el flemón venía difuso, sistema que le había +enseñado su maestro el afamado cirujano de Torrecilla don Ángel Asuero. +Por de pronto, quietud y cataplasmas.</p> + +<p>Descansó Calpena sus huesos en aquel lecho magnífico, mas no pudo +conciliar un sueño reparador, porque la agudeza de sus dolores no le +dejaba dormir sino a ratitos; por la noche tuvo fiebre intensa; su +turbado cerebro se atormentaba con la idea de reposar en un panteón +de damasco encarnado. La profusión de esta rica tela en colcha, +almohadones y cortinas le colmaba de inquietud<span class="pagenum" +id="Page_320">p. 320</span> y ansiedad. En la estancia había dos o +tres arcas de nogal, sillones de vaqueta claveteados, y un cuadro de +san Francisco en éxtasis que le infundía pavor... Reinaba en la casa +silencio sepulcral, turbado tan solo por lejanos ladridos de perros. +Por la mañana, el criado que entró a llevarle el desayuno le enteró +de que allí se comía cinco veces al día, empezando por el chocolate, +acompañado de bollitos hechos en casa y de fruta de sartén. No +tardó en presentarse Gracia, a quien Calpena encontró completamente +transformada, vestidita según su clase, muy graciosa y elegante dentro +de la modestia campesina y de los rigores del luto. Iba la niña +dispuesta a estar en su compañía todo el tiempo que fuese menester, +sin molestarle: le daría conversación si esta le agradaba, y le leería +si la lectura no le causaba enojos. En la casa había muchos y buenos +libros.</p> + +<p>Agradecido a tantas bondades, Fernando preguntó por Demetria, de la +cual dijo su hermana que vendría a visitar al enfermo cuando le diesen +respiro las distintas tareas que embargaban absolutamente su persona +durante la mañana, pues todo el trajín de casa tan grande estaba debajo +de su jurisdicción y cuidado. Entretanto, Gracia abrió las maderas de +la ventana que caía frente al lecho por la fachada sur de la casa, y +don Fernando pudo admirar el grandioso paisaje de la sierra de Cameros +por aquella parte. El sol, que inundaba montes y llanuras,<span +class="pagenum" id="Page_321">p. 321</span> penetró también en la +estancia, rehaciendo el abatido ánimo del enfermo, quien no pudo menos +de ver en Gracia un ángel que le llevaba la luz y la vida.</p> + +<p>Entre la lectura y la conversación, Fernando optó por esta, gozando +extraordinariamente con lo que la niña le contaba del pueblo y de +la familia. Como durante la ausencia de las huérfanas no iban los +trabajos de labranza y gobierno doméstico con la debida regularidad, +y estaban las cuentas atrasadas y muchas cosas sin hacer, Demetria +daba ejemplo con su diligencia y actividad al escuadrón de servidores +de ambos sexos. En planta desde antes de amanecer, y consagrada la +primera hora de la mañana al aseo de su persona, recorrió luego las +varias dependencias de la casa, dando sus disposiciones y previniendo +las diversas faenas del día. Esto lo hacía la niña mayor desde que, +por muerte de su madre, se hizo cargo de las llaves y tomó el mando +doméstico, en el cual no mostraba menos desenvoltura y facultades +que aquella. La dolencia del padre la obligó a dar extensión a su +autoridad; no tuvo más remedio que encargarse de dirigir y administrar +la labranza, de atender a los ganados, al laboreo de montes, +explotación de leñas, y todas las demás faenas que abarcaba la extensa +propiedad del opulento mayorazgo. La cooperación de servidores y +mayordomos antiguos le facilitó los conocimientos necesarios para +el manejo de tan grandes intereses, y a los pocos meses de<span +class="pagenum" id="Page_322">p. 322</span> tener bajo su mano la +cuantiosa hacienda de Castro-Amézaga, ya sabía más que todos. Habíala +dotado Dios de un sentido práctico que ya lo quisieran muchos hombres +para sí, y de la facultad de ver claro y pronto en los asuntos más +complejos. Era un portento Demetria, y a todo atender sabía sin +embarullarse, siendo tal su método, que siempre le sobraba algún +ratito para labores y cuidados que más pertenecían a la presunción que +a la utilidad. Todo esto lo explicaba Gracia con ingenua admiración +de su hermanita, declarándose incapaz de imitarla, y desprovista de +aquel saber práctico hasta cierto punto vulgar. Fernando se deleitaba +oyéndola, pues aunque había estimado a Demetria como una hembra +superior, nunca pensó que sus méritos y aptitudes llegaran a un grado +tan excelso.</p> + +<p>—Mi hermana —prosiguió la niña en su relato— tiene el don de hacerlo +todo bien y pronto, sin ruido. A sus órdenes, los mozos y criadas +parece que tienen cuatro manos en vez de dos, y entre tanto trajín, +no oirá usted una voz más alta que otra. Grandes y chicos en su +obligación, y adelante. Hoy es día de los de más faena: tenemos amasijo +y horno, porque en casa se hace todas las semanas el pan para los +pastores y para los trabajadores del campo. Se les reparte en hogazas +de cinco libras... En el patio grande, donde está el horno, había usted +de ver a mi hermana al amanecer de Dios, mirando si miden bien las +cantidades de harina y moyuelo,<span class="pagenum" id="Page_323">p. +323</span> inspeccionando a los amasadores, y vigilando las cochuras. +Luego viene el reparto de hogazas: primero los pastores; siguen los +peones de Páganos, y después los de Samaniego. Mi hermana les lleva sus +cuentas de pan, y de las ollas de habas que se les van entregando. Y +al mismo tiempo que hace todo esto, la tiene usted disponiendo lo de +cocina y despensa, dando las órdenes para lo que hemos de comer cada +día, y para el sustento del sinnúmero de criados de esta casa. Más +tarde la verá usted atareada con lo de bodegas: el vino que sale, el +que hay que mandar a los alambiques porque se ha torcido; ordenar las +cuentas de los marchantes, que unos pagan al contado, otros conforme +van cobrando por los pueblos; ver si se necesitan cubas nuevas o adobar +las antiguas; oír a los campesinos que calculan si la cosecha del año +será tanto más cuánto, y si se necesitarán más o menos cubas... Pues +las cuentas del trigo que sale de nuestros graneros, por ventas, del +que se lleva al molino para el gasto de casa, de la cebada que consumen +nuestras mulas y del sobrante que vendemos, la obliga a llenar de +números unos grandes librotes. Por la noche vienen los arrendatarios, +los caseros, y la enteran de cómo está el campo. Se decide entre ellos +y el ama si es conveniente un riego más en las huertas, si tal o +cual tierra necesita otra cava, si se dejan descansar estos tableros +o los otros, si sembramos garbanzos o habas, o si metemos<span +class="pagenum" id="Page_324">p. 324</span> o no metemos el ganado en +tal pieza para que estercole... Pues no le quiero decir a usted cuando +vienen las grandes labores, la siega, la vendimia, o la trasquila de +las ovejas... Entonces mi hermana se multiplica; tan engolfada la ve +usted en su trabajo, que de nadie hace caso, y no hay que hablarle más +que de fanegas de trigo, de cubas de mosto o de vellones de lana...</p> + +<p>Interrumpió en este punto el poema doméstico trazado por Gracia +la entrada de la heroína, en quien vio Fernando una transformación +radical. Entre la muchacha encogidita, de dudosa hermosura, desfigurada +por el miedo, la angustia y el mal vestir, a la mujer gallardísima, +en quien la serenidad era una gracia más y la confianza en sí misma +una real belleza, belleza y gracia que a las de su rostro se añadían +para darle una armonía seductora, había tanta diferencia como de la +oscura noche al día claro. Vestía Demetria de luto, sin afectación de +elegancia, sencillísimo traje casero, y con el blanco delantal, que +al modo de escapulario le caía desde el pecho hasta los pies, habría +parecido una guapa monjita si no tuviera lo que es raro ver en monjas: +talle, cintura y formas corporales superiores. Reparó Calpena en el +donaire con que se peinaba, recogiendo sus trenzas copiosas en copete +de tres potencias; reparó también su limpieza ideal, su aire señoril, +la gravedad y el reposo que se pintaban en su frente marmórea, la +penetración de su mirada, al propio tiempo dulce<span class="pagenum" +id="Page_325">p. 325</span> y picaresca sin malicia, la frescura de su +boca grande; todo, Señor, todo lo reparó, y porque nada se le quedara, +fijose en los manojos de llaves de diversos tamaños que pendían de su +cintura.</p> + +<p>—Aquí estábamos hablando horrores de usted, Demetria —le dijo +Fernando, mientras observaba lo que se indica—. Ya sé que está usted +muy atareada, que no tiene un momento de reposo.</p> + +<p>—¡Ay, don Fernando!..., lo corriente, lo de todos los días, y nada +más. Parece que no, y cuando falto de aquí no van las cosas como +debieran. Por esto ha de dispensarme que no le acompañe. Gracia, que +no tiene nada que hacer, se encarga de entretenerle para que no se +aburra. ¡Ay, si supiera usted qué pena me da verle así!... ¡Y que eso +le haya pasado por nosotras!... ¡Que se vea usted privado de acudir a +sus negocios! En fin, Dios lo ha querido así..., no hay más remedio que +conformarse... Pero me ha dicho don Segundo que la herida es leve; que +todo se reduce a que se resigne usted a ser nuestro prisionero unos +cuantos días, quizás mes y medio.</p> + +<p>—¡Bendita cárcel y benditas carceleras! —exclamó Fernando con tanta +admiración hacia las niñas como agradecimiento a sus bondades—. Lo que +usted dice: Dios lo ha querido así. Sea lo que Dios quiere.</p> + +<p>—Pensemos en que lo bueno y lo malo que nos envía es lo que nos +conviene.</p> + +<p>—Justo... Y vivamos siempre contentos, sin incomodarnos por nada de +lo que nos pasa.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_326">p. 326</span></p> + +<p>—Salvo alguna vez que otra. Mire usted: aquí donde usted me ve, hoy +tengo mal humor, estoy enojada...</p> + +<p>—¿Por que, Demetria? ¿Qué le pasa a usted?</p> + +<p>—Que en el tiempo que hemos estado fuera se me han muerto tres +gallinas... ¡Mire usted qué contratiempo...!</p> + +<p>—Sí que lo es... Pues mire usted, lo siento yo también.</p> + +<p>—Las tres más bonitas, las más ponedoras que tenía.</p> + +<p>—¡Qué lástima!</p> + +<p>—No, no se ría... A pesar de estas bajas comerá usted huevos bien +frescos. No hay que apurarse... Pero me estoy entreteniendo aquí como +una tonta. Dispénseme, don Fernando. Hasta ahora.</p> + +<p>Viéndola salir tan dispuesta, tan dueña de sí y en pleno dominio de +su misión doméstica y social, cayó Fernando en tristes meditaciones, y +después de reconocer cuán grandes prodigios hace la naturaleza, dio en +considerar los contrastes que la fecundidad de esa universal madre nos +ofrece.</p> + +<p>«¡Espantosa desigualdad! —se dijo—. Veo a esta mujer tan útil, tan +activa, repartiendo alegrías en torno suyo y aumentando el bienestar +humano. Luego miro para dentro de mí y observo mi inutilidad, mi +insuficiencia. Necesito de estos ejemplos para cerciorarme de que +no sirvo para nada, de que no soy nada, de que mi existencia es +absolutamente estéril..., al menos hasta ahora... He aquí<span +class="pagenum" id="Page_327">p. 327</span> un hombre sin carrera, +sin profesión, que no sabe cómo vive hoy ni cómo vivirá mañana..., +un hombre que todo lo espera del acaso, que apoya sus cálculos en lo +desconocido..., un hombre que desconoce el trabajo, y que no da señales +de vida en la sociedad más que para perturbarla».</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch33"> + <h2 class="nobreak g1">XXXIII</h2> +</div> + +<p>Acrecieron las molestias del herido en los días subsiguientes, +manifestándose fiebre intensa y aumento de la hinchazón, que hacia +la región femoral se corría. Noches malísimas pasó, y sus ánimos se +abatieron grandemente. A la semana de estar allí, habiéndose iniciado +la supuración, practicó el cirujano los desbridamientos con tanta +habilidad y destreza, que el enfermo no tardó en sentir alivio. Como +entonces no se usaban anestésicos, hubo de soportar Fernando el acerbo +dolor que con sus cuchilladas le producía don Segundo; pero trincaba +bien los dientes y no exhalaba una queja, como varón cristiano y +animoso.</p> + +<p>Durante aquella semana tristísima, tuvo horas de verdadero +aniquilamiento, en las cuales no era un ser de este mundo, sino +un<span class="pagenum" id="Page_328">p. 328</span> soñador, un +delirante que moraba en negros y lejanos espacios. Apenas podía fijar +la atención en lo que su ángel guardián, la encantadora Gracia, le +contaba. Demetria subía todos los días a verle; pero solo permanecía +breves instantes, por causa de sus quehaceres. En cambio le acompañaba +el buen don José María de Navarridas, que se había instalado en +la casa de Castro con su hermana doña María Tirgo. El motivo de +este traslado de vivienda lo supo Fernando cuando se serenaron sus +espíritus con la mejoría de la pierna. Fue que al llegar las niñas +con su caballero libertador, surgieron en la familia dudas acerca de +la conveniencia de aposentarle en la propia casa. Al discutirse punto +tan delicado, los tíos plantearon la cuestión en estos términos: dos +niñas solas, solteras, hospedan en su morada a un caballero joven, +soltero también... Esto podía dar lugar a necias interpretaciones en +el pueblo, aunque la fama de discreción, pureza y honestidad de las +huérfanas sería de fijo un valladar contra la suspicacia maliciosa. +La respetabilidad de la casa era reconocida y acatada por todo el +vecindario; mas no convenía exponerla a menoscabo, siquiera este +fuese por una inocente contravención de las reglas sociales. Demetria +manifestó con firmeza que la gratitud exigía que las dos hermanas +cuidasen por sí mismas al que había contraído tan grave dolencia por +defenderlas y salvarlas; que ella, firme en su conciencia, tan segura +de su honradez como<span class="pagenum" id="Page_329">p. 329</span> +de que la opinión del pueblo ni un momento se pronunciaría en contra +suya, no estimaba indecoroso alojar al herido en su propia casa; pero +si sus buenos tíos opinaban de otro modo, ella se sometería gustosa +a lo que resolviesen. La hermana del párroco, doña María Navarridas, +viuda, designada comúnmente con el apellido de su difunto esposo +(Tirgo), señora excelente, bondadosa, discreta, algo cominera, bonita +en su vejez como una santa Ana, opinó que no desmerecía la demostración +de agradecimiento llevándose a don Fernando a la casa del cura, donde +estaría como en la gloria. Reconociendo lo acertado de estas razones, +en principio, Demetria les opuso un argumento que echó por tierra la +firme dialéctica de los tíos venerables.</p> + +<p>—Efectivamente —dijo—, don Fernando estará muy bien en la rectoral, +asistido con esmero, ¿quién lo duda?, pero como tendrá tan cerca las +campanas de la parroquia, y estas no cesan de tocar a todas las horas +del día y de echar al viento repiques estrepitosos, el pobrecito no +podrá descansar ni un momento. ¡Buena le espera con aquel toca que toca +continuo en los mismos oídos!</p> + +<p>—Tiene razón la chica —dijo don José María, dándose una fuerte +palmada en la rodilla y levantándose airoso—. Ea, ya tengo la +solución... Puesto que Demetria, con su raro entendimiento, nos +ha hecho ver esa gravísima contra de las campanas, no irá, no, el +enfermo a donde carecería de la tranquilidad<span class="pagenum" +id="Page_330">p. 330</span> y silencio que exige su estado, y para +obviar el inconveniente de que se trata, yo y tú, María, nos venimos +a vivir aquí, mientras aquí more el caballero a quien todos debemos +eterna gratitud. De este modo, con nuestra garantía ante el pueblo, no +hay, no puede haber ni asomos de duda en lo que toca al buen parecer, +al decoro de las niñas.</p> + +<p>Pareciole muy bien a doña María Tirgo esta fórmula, que ponía en +salvo las conveniencias sociales, y aquella misma tarde se mudaron, +con grandísima complacencia de las huérfanas, que así gozaban de la +continua presencia de sus amados tíos.</p> + +<p>A la guardia que hacía Gracia en el cuarto del enfermo, se agregó +desde el segundo día el bondadoso párroco, que sabía distraer a Calpena +sin molestarle con habladurías importunas. ¡Y con qué esmero, con qué +solicitud y cariño le cuidaban todos! No harían más por un hermano +querido ni por su propio padre. ¡Vaya unos calditos sustanciosos que +le daban! ¡Y qué vinitos puros, confortativos, de antiguas cosechas, +elegidos con esmero por el propio don José María en las ricas bodegas +de Castro! Como durante las dos semanas primeras de su encantamiento +la inapetencia de Fernando era absoluta, Demetria y doña María Tirgo, +maestra en artes culinarias, no hacían más que discurrir platitos +sustanciosos, agradables y que no cargasen el estómago, a ver si así +le devolvían las ganas de comer. La impresión del joven era estar +encantado en el más bello<span class="pagenum" id="Page_331">p. +331</span> alcázar de Jauja y servido por hadas o serafines. A la +hermana mayor la veía poco, mejor dicho, no la veía lo bastante para +darle gracias por tan delicadas atenciones, y como se quejara de ello +un día, Navarridas le dijo:</p> + +<p>—A Demetria hemos de dejarla en sus ocupaciones de gobierno. Es una +niña esa que tiene dentro de sí todos los dones del Espíritu Santo. +Para mí está de non en el mundo: yo no he visto otro caso, ni creo que +lo haya. Por más que usted discurra no hallará una virtud que ella no +posea, ni un mérito que no sea suyo.</p> + +<p>Así lo reconoció Calpena, y no habían pasado diez minutos, cuando +entraba Demetria con un pliego en la mano, el cual mostró al enfermo +desde la puerta, diciéndole:</p> + +<p>—¿Se acuerda, don Fernando, de que los oficiales Serrano y Alaminos +nos dijeron que habían llegado al cuartel general cartas para usted? +Pues temiéndome yo que aquellos loquinarios no se cuidarían del encargo +que les hicimos, mandé un propio a Vitoria por las cartas, y aquí las +tiene usted.</p> + +<p>Algo se afectó Fernando al ver las cartas, que seguramente eran de +Madrid: el sobrescrito era letra de Hillo.</p> + +<p>—Gracia, si me hiciera el favor de abrirlas..., o usted, señor don +José María, y decirme dónde están fechadas, y quién las firma. Supongo +que serán largas, y no tengo ahora la cabeza en disposición de leer +mucho.</p> + +<p>Abiertas las cartas por el señor cura, este leyó en una: <i>La +Granja, 30 de mayo</i>; y en<span class="pagenum" id="Page_332">p. +332</span> otra: <i>La Granja, 8 de junio</i>. La firma en ambas decía: +«Tu cariñoso amigo y capellán — <i>Pedro Hillo</i>».</p> + +<p>Guardó el enfermo bajo su almohada las cartas con intención de irlas +leyendo a ratos, y no cesaba de pensar a qué habría ido a La Granja +el bueno de Hillo. Un parrafito ahora, otro después, llegó al total +conocimiento del contenido de ambas epístolas. La síntesis de ello era +que la señora incógnita, a la sazón residente en San Ildefonso, había +llamado al clérigo para conferenciar con él. No decía claramente si +la dama se había descubierto o no; pero de algunas expresiones de don +Pedro se desprendía que entre el Mentor y la deidad no había ya ningún +velo. Lo que mayormente sorprendió a Calpena, causándole alegría, era +que la incógnita tirana se inclinaba a la transacción. Por conducto de +Hillo incitábale a declarar su paradero, ofreciéndole respetarle en sus +amores, y repitiendo una de las fórmulas de avenencia empleadas por la +misteriosa entidad en sus cartas de Madrid: «Tus amores no me gustan; +pero acato los hechos consumados». Ignorante de su residencia, dirigía +las cartas a los amigos de él en el cuartel general, con la esperanza +de que a sus manos llegasen, y por duplicado las enviaba también a +personas conocidas del interior de Guipúzcoa y Vizcaya, entre ellas, al +propio don Juan Bautista Erro, ministro universal de don Carlos. Por +uno u otro conducto esperaba establecer la comunicación. Insistía don +Pedro con<span class="pagenum" id="Page_333">p. 333</span> verdadera +pesadez en que Fernando, si recibía las cartas, le escribiese al punto +a La Granja, declarando su residencia (con señas bien explícitas), a +fin de poder remitirle con toda prontitud el dinero que necesitase y +nuevas expresiones de la tolerancia de la incógnita en la delicada +cuestión de amores. Por un lado, se alegraba Calpena de estas noticias; +por otro, se entristecía, pues continuaba bajo el despótico poder de +persona desconocida, y aunque algo se iba transparentando el carácter +de tal despotismo, quería el joven mayor esclarecimiento de aquella +oscura faz de su vida. Por de pronto, era gran ventaja que no existiese +ya la formidable oposición al inquebrantable propósito de recobrar a +Aura y hacerla suya, el cual llenaba su corazón y su voluntad, sin que +lo amenguara lo más mínimo su encantamiento en la dorada Jauja.</p> + +<p>Cuando pudo manejar la pluma sirviole Gracia los avíos necesarios, y +escribió a Hillo notificándole simplemente dónde se encontraba, sin más +explicaciones. Al propio tiempo escribió también a Negretti, dándole +conocimiento del accidente que le imposibilitaba de ir a tratar con él +de sus honrados fines, y dirigió la carta a Durango, donde le dijeron +que a la sazón residían don Carlos y don Sebastián.</p> + +<p>Aunque la mejoría era franca a fines de junio, todavía tenía +para un rato, pues persistía algo de inflamación, que exigió nuevo +desbridamiento. A principios de julio empezó<span class="pagenum" +id="Page_334">p. 334</span> a recobrar el apetito y a reponerse de su +grande extenuación. El pobrecillo, con tan larga inmovilidad, y con +las intensas fiebres y dolorosos insomnios que sufrido había, estaba +en los puros huesos: su cara era toda ojos, y en estos todo espíritu. +Al recobrar las ganitas de comer, extremaron Demetria y Doña María +Tirgo sus habilidades culinarias para ofrecerle sabrosos manjares en +cantidad discreta. En cada una de las cinco comidas que se hacían en +aquella Jauja, preparaba Demetria alguna sorpresa para su enfermo. No +hay que hablar de la abundancia, que en tal casa era como un continuo +chorro vivificante de los múltiples dones de la naturaleza. Allí, las +carnes suculentas de cabrito y carnero; allí, la caza de monte y la +pesca de río; allí, las riquísimas verduras y las frutas tempranas; +allí, los sabrosos esquilmos del cerdo; allí, la miel, la monjil +repostería, formaban como una caudalosa corriente entre la naturaleza y +el estómago, entre el divino crear y el humano digerir, corriente que +por la variedad de sus dones no permitía el cansancio. Bien decía don +José María, paladeando su vinito:</p> + +<p>—En esta tierra de bendición, señor don Fernando, el que se muere es +porque quiere.</p> + +<p>Empezaban a hacer por la vida a las siete de la mañana, con el rico +soconusco de la tarea que labraba en casa el mejor chocolatero de la +villa, y lo acompañaban de unos bollos en que lucían su primor doña +María Tirgo y las cocineras de ambas familias. A las nueve se servía +la<span class="pagenum" id="Page_335">p. 335</span> sopita de ajo +con chorizo, infalible tentempié en aquella hora, y ya estaban todos +como un reloj hasta las doce en punto, en que se servía la comida con +todo el ceremonial de rúbrica. Rompía plaza la sopa dorada, de pan, +bastante a matar el hambre de los menos favorecidos por la fortuna, y +luego entraba el cocido... ¡Compadre, vaya un cocido! La carne de cebón +y los aditamentos cerdosos dábanle poder para resucitar un muerto; +tras él llegaba la verdura exquisita, con su indispensable oreja, y +<i>ainda mais</i>, morcilla. De principio, entraban los pollos asados +bien doraditos, tiernos, o los barbos del río, o la enroscada anguila; +y de postre, el dulce de cabello (también hecho en casa o mandado por +las monjas), el mostillo, las nueces, el queso (también de casa), la +miel, el sin fin de frutas espléndidas que recreaban el gusto, la +vista y el olfato..., y, por último, la indispensable copita de anís. +A las cuatro sentíanse ya desfallecidos, y por vía de sostén tomaban +otra vez chocolate con los correspondientes bollitos. Gracias a esto +podían tirar hasta la cena, a las ocho en punto, empezando por la +ensalada cruda, como aperitivo, siguiendo las sopas de ajo con chorizo, +los huevos pasados; luego la chuletilla de cordero, la trucha frita, +el plato de guisantes, judías verdes o tirabeques, y, por fin, la +compota..., esta no podía faltar, como tampoco un plato de leche, sin +contar la interminable tanda de golosinas..., y otra vez la copita de +anís, que tan bien ayuda la digestión...</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_336">p. 336</span></p> + +<p>A Fernando servíanle en su cuarto, en una mesita con mantelería +limpia como el oro, que junto a su cama ponían, y así estuvo comiendo +hasta muy avanzado julio, en que don Segundo le permitía levantarse +algunos ratos; pero sin andar ni moverse del aposento. Con el trato +continuo, Gracia, que le acompañaba y le servía gozosa, tomó la +confianza de tutearle. Comúnmente le llevaba noticias de las cositas +buenas que su hermana y la tía estaban haciendo para él.</p> + +<p>—Hoy te van a poner unos pescaditos al horno, que te vas a chupar +los dedos.</p> + +<p>Otra vez entraba con un par de palomos muertos:</p> + +<p>—¿Ves esto? —le decía—: pues te los van a poner con arroz. Toca, +mira qué pechugas...</p> + +<p>O bien entraba con cestas de frutas riquísimas, acabadas de traer +de las huertas de Páganos, peras de a cuarterón, manzanas fragantes, +cerezas gordas, y se las mostraba, encareciendo su abundancia y +hermosura.</p> + +<p>—De todo has de probar hoy, Fernandito. Demetria ha dicho que te +haga comer un poquito de cada cosa, para que veas todo lo bueno que +crían nuestras tierras.</p> + +<p>—Sí, hija mía, sí —respondía Fernando, no tan alegre como debiera—: +ya veo, ya veo que Dios os ha dado muchos, muchísimos bienes; pero con +ser tantos, no llegan a lo que vosotras merecéis.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch34"> + <p><span class="pagenum" id="Page_337">p. 337</span></p> + <h2 class="nobreak g1">XXXIV</h2> +</div> + +<p>Un mes largo tardó en llegar nueva carta de Hillo, sin duda porque +los correos en tiempo tan desdichado no iban y venían con la debida +regularidad. Manifestaba el buen capellán inquietud por no haber dado +Fernando en su breve carta las explicaciones que se le pidieron. ¿Qué +casa era aquella donde moraba? ¿Por qué decía que no podría salir en +dos meses? ¿Acaso estaba enfermo, herido? ¿Entre qué gentes o con qué +familia vivía? De todo esto se esperaban pronto informes detallados. +Por el pronto se le remitían 20 onzas por un oficial de Ingenieros que +iba a Vitoria. Cuidárase él de recogerlas en dicho pueblo por persona +de confianza. Aguardó Fernando a recibir el dinero para contestar, +y en esto se pasaron otros quince días, pues el propio que se envió +tras el oficial portador de las onzas, no dio con él sino después de +muchas vueltas de una parte a otra. En agosto se recibió nueva epístola +de Hillo, en ocasión que Fernando, convaleciente ya, había dejado el +lecho y podía pasearse por la habitación agarrado al brazo de Gracia +o al de don José María. Continuaba el buen Mentor en La Granja, y +hablando en nombre y por encargo de la próvida<span class="pagenum" +id="Page_338">p. 338</span> divinidad, anunciaba a Telémaco que esta le +escribiría directamente de asuntos interesantísimos. De quien Fernando +no tuvo carta ni noticia, fue de Negretti, lo que le causaba grande +zozobra. ¡Qué habría ocurrido, santo Dios! No veía las santas horas de +recobrar su salud para correr hacia el país vasco, pues tanto tiempo +sin saber de Aura en extremo le afligía. Su encantamiento le pesaba, +era ya una monótona esclavitud; deseaba que el día último de su prisión +llegase, sin dejar por esto de rendir a la gran Demetria, su nueva +tirana, los homenajes que por su virtud, su gracia y adorables prendas +merecía.</p> + +<p>Avanzado agosto, llegó carta de la incógnita, que no contenía +revelación alguna de lo que Fernando quería saber. Era el mismo +estilo de antes, la misma voz dulce y un tanto burlona debajo de la +careta. Le expresaba cariñosamente la idea de transacción; le permitía +encenderse y achicharrarse en el amor de Aura; llevaba con paciencia +hasta que la hiciera su esposa; rogábale que no dilatase su vuelta a +Madrid, donde se le arreglaría una posición en armonía con sus méritos, +abriéndole camino brillante en la política; para hacerle el paladar a +los sainetes (en el doble sentido de esta palabra) de la vida pública, +le refería sucesos graves ocurridos en la Villa y Corte por aquellos +días, y presagiaba que en San Ildefonso no irían las cosas por los +caminos derechos. Una carta de Hillo, dos o tres días después,<span +class="pagenum" id="Page_339">p. 339</span> terminaba con un alarmante +párrafo:</p> + +<blockquote> + +<p>«En este momento me dicen que se ha sublevado la Guardia Real, de +guarnición en este Real Sitio, y que los sargentos se dirigen a Palacio +a pedir a Su Majestad que restablezca, proclame y jure la Constitución +del 12... ¡Dios nos tenga de su mano!».</p> + +</blockquote> + +<p>El mismo día en que tales nuevas recibía don Fernando, y más aún +al siguiente, corrieron por el pueblo rumores de serios trastornos +políticos en Madrid y en La Granja. Los amigos de la casa de Castro, +sabedores de que el huésped de ella se carteaba con personajes del +Real Sitio, acudieron allá por noticias frescas. ¡Válgame Dios, qué +especiotas corrían de boca en boca entre el vecindario! Al coronel que +allí mandaba la fuerza cristina dijéronle que los sargentos habían +atropellado a la reina, llevándola presa al cuartel, porque se negaba +a jurar la <i>Niña bonita</i>. En Madrid los milicianos sublevados +habían cometido mil tropelías, asesinando generales y ministros. Total: +que se venía encima una revolución tan terrible y sangrienta como la +francesa.</p> + +<p>Mostroles don Fernando el conciso párrafo del clérigo; pero bien +pronto pudo satisfacer la curiosidad de sus convecinos, porque recibió +segunda carta de la incógnita, en que le refería con preciosos +pormenores la inaudita trapisonda de La Granja, como persona que todo +lo presenciara. Era, pues, aquel relato la misma verdad, una página +histórica, fresca, real, viva.</p> + +<p>—Nada, señores —dijo don<span class="pagenum" id="Page_340">p. +340</span> Fernando a los notables del pueblo que invadieron su +cuarto en busca de noticias—, no ha ocurrido nada: ello ha sido un +nuevo trámite de la revolución española que venimos elaborando entre +todos desde el año 12. El caso es sencillísimo, propiamente español, +producto de casos anteriores, engendro de nuestro carácter. La novedad +bien a la vista está: lo que otras veces han hecho los oficiales de +mediana y alta graduación, lo han hecho ahora los sargentos de la +Guardia Real. Es la obra del pueblo, el cual, entre nosotros, no sabe +actuar por sí, y se infiltra en las clases militares para dar forma, +realidad tangible a sus ideas. Cómo ha podido suceder que el espíritu +popular, encarnado en la humanidad de cuatro sargentos, haya sabido +burlar la vigilancia de los guardianes de la corte y sobreponerse a +toda disciplina hasta llegar a la reina; cómo han tenido los tales +sargentos energía y discreción bastantes, pues todo se necesita, para +imponer a la Gobernadora nada menos que el cambio de Constitución, es +cosa muy compleja, de la cual no he podido aún hacerme cargo. La carta +que he recibido es extensísima; ya ven: seis pliegos de letra menuda. +He pasado la vista rápidamente por algunos párrafos; cuando despacio la +lea y la relea, daré a ustedes noticia circunstanciada del suceso tal +como me lo cuenta, con pelos y señales, un testigo presencial.</p> + +<p>Los comentarios que hicieron el coronel, el alcalde y otras personas +de viso que visitaban<span class="pagenum" id="Page_341">p. 341</span> +al huésped de Castro, eran muy pesimistas. Vista la trifulca de La +Granja desde tan lejos, resultaba la impresión de que el mundo se +venía abajo; de que España se acababa, con aquel vilipendio de la +autoridad real, pisoteada por cuatro sargentos que probablemente +estarían borrachos. A esto dijo Calpena que no traería el tal suceso +revolucionario más catástrofes que las usuales y corrientes: el cambio +de empleados, el desconcierto de todo, la continuación de la guerra. +Era la enfermedad general, ya crónica, que se agravaba. Mas no por ello +moría el enfermo: España tenía fibra y agallas para resistir tanta +calamidad; su sobriedad de mendigo le garantizaba la existencia; su +pasividad fatalista le permitía seguir arrastrándose y dando tumbos, +hasta que vinieran hombres y tiempos mejores, los cuales..., ¡ay!, +también podría suceder que no vinieran. En esto llegaban diariamente +a Laguardia pormenores de lo ocurrido y papeles que lo traían todo +muy bien parlado. Pero nada era tan sincero, tan profundamente humano +y vivo como el cuadro descrito con femenino análisis y observación +exquisita por la señora incógnita, el cual no cabe en estas páginas por +su excesiva extensión. Podrá leerlo en otras quien tenga en igual grado +la curiosidad y la paciencia.</p> + +<p>Entró Demetria a ver a don Fernando, aplaudiendo la gallardía con +que se determinaba a dar solito algunos pasos con la ayuda de su +bastón, y le dijo gozosa:</p> + +<p>—Por dos motivos<span class="pagenum" id="Page_342">p. 342</span> +estoy alegre hoy: el primero es que me ha dicho don Segundo que +pronto será usted dado de alta. ¡Cuánto ha pasado, pobrecito, en esta +esclavitud! Ya sé lo que me dirá: que le hemos tratado muy bien. ¡Pues +no faltaba otra cosa! Eso del buen trato no hay que decirlo, porque es +verdad y porque no tiene ningún mérito: el cumplimiento de un deber, +sin hacer nada extraordinario, no merece elogios.</p> + +<p>—¿Y el otro motivo de alegría se puede saber?</p> + +<p>—Que han vuelto los dos criados que fueron con nosotras a Oñate, +y quedaron presos en la cárcel cuando a nosotras nos llevaron a la +Caridad. ¡Pobrecillos, qué gozo he tenido al verles! Les llevaron a +Vergara; después a Tolosa; de allí pudieron escaparse a Francia, donde +se embarcaron para Santoña... Ya no pueden tardar los que fueron a +llevar nuestra ofrenda a los infelices que nos dieron socorro en las +ruinas de Aránzazu... De quien no hemos tenido noticia es del pobre +Díaz. ¿Qué habrá sido de él? ¿Le habrán matado; estará preso aún?</p> + +<p>—Escribiremos a mi amigo el señor Rapella, para que gestione la +libertad de Díaz mientras llega la ocasión de que pueda hacerlo yo +mismo. En cuanto me asegure en la convalecencia, señora castellana de +este noble castillo, me voy a Guipúzcoa y Vizcaya.</p> + +<p>—Ya sé, ya sé que en Bermeo está su novia. Me lo ha contado el +tío, con quien tiene usted sus confianzas —dijo Demetria con toda +la serenidad del mundo—. Permita Dios que<span class="pagenum" +id="Page_343">p. 343</span> se le allanen a usted todos los caminos; +que llegue a donde quiere llegar..., y encuentre a su novia buena de +salud, firme de voluntad, siempre amante y fiel... Quiera Dios que esa +señora nos perdone este secuestro de su galán; que no haya sufrido con +harta crudeza el mal de impaciencia; que sepa ser constante en los +afectos, fuerte en la adversidad... Porque fíjese usted bien, fuerte +en las bienandanzas lo es cualquiera; pero fuerte en el infortunio, en +las largas ausencias, eso ya es harina de otro costal, eso sí que es +mérito, señor don Fernando... Ea, no quiero cansarle; me llaman abajo +para medir la hornada de mañana. Hasta ahora...</p> + +<p>Y dio media vuelta para marcharse.</p> + +<p>—Eh..., señora castellana, no sea usted tan ejecutiva. Con sus +hornadas y sus continuos quehaceres, ha olvidado usted mis encargos. Le +he pedido que mande venir sastre o costurera que me haga la ropa que +necesito... ¿O es que he de marcharme así, como un triste estudiante +que no lleva más que lo puesto?</p> + +<p>—Ya he mandado recado a quien le hará la ropita... El ejecutivo es +usted, que no quiere más sino que le sirvan geniecillos, hadas, y qué +sé yo... Eso; lo de los cuentos de niños: dar una patadita, y ya está +aquí el duende que dice: «Pide por esa boca».</p> + +<p>—Aquí no hay más hada, ni más duende, ni más genio que usted... +Genio, sí, y noto que lo va echando malo. De ayer a hoy me ha reñido +usted tres veces.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_344">p. 344</span></p> + +<p>—Sí, señor, y le riño la cuarta... por impaciente... No parece +sino que le tratamos tan mal aquí. Pues sepa usted, señor fuguilla, +que la opinión de don Segundo es que aún debe estarse quietecito otro +mes, pues si se lanza por esos caminos a caballo o en carreta, está +muy expuesto a una recaída, sí, señor, y a que empeore la pierna, sí, +señor, y la otra pierna, y la cabeza..., sí, señor... Ea, ya no riño +más; y aunque usted no quiera, me voy.</p> + +<p>Quedose Calpena meditabundo, pensando en su partida, que con ardor +deseaba, aunque presumía que no podría efectuarla sin pesadumbre. Por +su mente fecundísima pasó una idea. ¡Vaya una idea! La formulaba de +este modo:</p> + +<p>«Quisiera tener un amigo muy íntimo, uno de esos amigos que son +como hermanos, uno de esos amigos a quienes amamos entrañablemente... +Y mi mayor gozo sería que este amigo se hiciera amar de Demetria, y +que él la amase a ella, cosa en verdad facilísima. ¡Qué gusto verles +casados, ver a mi amigo compartiendo con ella el gobierno de esta +gran casa!... ¡Ah, se me olvidaba!, es preciso, indispensable, que +el amigo tenga patrimonio para poder realizar decorosamente la feliz +coyunda... ¿Pero dónde voy yo a buscar este amigo, dónde? Si al menos +tuviera yo familia, quizás lo encontraría entre mis parientes... ¡Vaya +con el tesoro que se llevaba el tal!... Pues he de buscarlo en cuanto +me vea libre, he de buscarlo, sí... Feliz yo que ya tengo resuelto +el<span class="pagenum" id="Page_345">p. 345</span> problema de amor; +que no sé, ni quiero, ni puedo desviarme de la línea trazada por mi +destino. Al extremo de acá de esta línea, estoy yo; al otro extremo +la verdadera castellana de los alcázares del cielo, Aura divina, Aura +humana, Aura total. Hacia ella me voy pronto, y por el camino, por +todos mis caminos, buscare el amigo, el hermano que necesito para +Demetria...».</p> + +<p>Esto pensó, y solicitado luego de la curiosidad, se puso a leer la +extensísima carta, que contenía una prolija narración política, páginas +llenas de vida y color. Atenta a la variedad, como grande artista, +entreveraba los relatos de motines y trastornos con párrafos cariñosos, +íntimos, o apreciaciones burlescas de la corte y de la sociedad que +la rodeaba... Volvía luego a la pintura de escenas, ora cuartelescas, +ora palatinas, conjunción absurda de la grosería popular y del regio +orgullo, en aquel caso desvirtuado por el miedo y la debilidad. +Por transiciones bruscas, la emprendía después con su protegido, +riñéndole amorosa, señalándole los caminos para recobrar su gracia; +consintiéndole sus locuras, siempre que no rebasaran de cierta medida +prudencial; y, entre otros conceptos tan delicados como ingeniosos, le +decía:</p> + +<blockquote> + +<p>«Esa casa donde estás, ¿qué casa es?... ¿Con quién vives? +¿Has encontrado a tu Aura? ¿La tienes contigo?... No; si no te +riño. Quiérela: te lo permito... ¡Viva don Fernando y viva con +su <i>pepita</i>, digo, con su Aurita!... Pero has de contármelo +todo;<span class="pagenum" id="Page_346">p. 346</span> no me ocultes +por modestia lo bueno que haces, ni por miedo a mi severidad me ocultes +lo malo... ¡Dichosa severidad! Cansada del sinnúmero de medicinas que +he tomado para calmar mis penas, probé la indulgencia, y no me va mal +con esta droga... Tontín, ¿no sabes? Entre el bueno de Hillo y yo hemos +descubierto a una pobre señora que te quiere con delirio, sin haberte +tratado nunca, y esto es lo más raro. ¡Lo que te pierdes! Pues te diré: +esa tu enamorada no te ha visto de cerca más que una vez, ¡y tan de +cerca! De esto hace hoy, fíjate en la fecha de mi carta, veintitrés +años justos y cabales... Rabia, que no te digo más».</p> + +</blockquote> + + +<p class="smaller mt3">Santander (San Quintín), octubre-noviembre de +1898.</p> + + +<p class="fin">FIN DE «DE OÑATE A LA GRANJA»</p> + +<hr class="chap"> + + +<hr class="full"> + +</div> +<div style='text-align:center'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 76264 ***</div> +</body> +</html> + diff --git a/76264-h/images/cover.jpg b/76264-h/images/cover.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..c710f71 --- /dev/null +++ b/76264-h/images/cover.jpg diff --git a/76264-h/images/logo.jpg b/76264-h/images/logo.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..3957043 --- /dev/null +++ b/76264-h/images/logo.jpg diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt new file mode 100644 index 0000000..b5dba15 --- /dev/null +++ b/LICENSE.txt @@ -0,0 +1,11 @@ +This book, including all associated images, markup, improvements, +metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be +in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES. + +Procedures for determining public domain status are described in +the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org. + +No investigation has been made concerning possible copyrights in +jurisdictions other than the United States. 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