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diff --git a/.gitattributes b/.gitattributes new file mode 100644 index 0000000..d7b82bc --- /dev/null +++ b/.gitattributes @@ -0,0 +1,4 @@ +*.txt text eol=lf +*.htm text eol=lf +*.html text eol=lf +*.md text eol=lf diff --git a/75973-0.txt b/75973-0.txt new file mode 100644 index 0000000..01248f8 --- /dev/null +++ b/75973-0.txt @@ -0,0 +1,5704 @@ + +*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 75973 *** + + +NOTA DE TRANSCRIPCIÓN + + * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han + convertido a MAYÚSCULAS. + + * Los errores de imprenta han sido corregidos. + + * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con + las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española. + + * La puntuación y la toponimia también han sufrido ligeros retoques + para su modernización. + + * Se han separado en párrafos distintos las intervenciones dialogadas + allí donde el texto adopta forma de diálogo, añadiendo y espaciando + las rayas según los modernos usos ortotipográficos. + + * Las cartas y misivas se presentan sangradas para mejor distinguirlas + de otros entrecomillados. + + * Se ha compilado y añadido un Índice al final del volumen pese a que + el original impreso no lo incluye. + + + + +Ni Rey ni Roque + + + + + NI REY NI ROQUE + + EPISODIO HISTÓRICO + DEL REINADO DE FELIPE II, + AÑO DE 1595 + + NOVELA ORIGINAL + + ESCRITA + POR DON PATRICIO DE LA ESCOSURA, + AUTOR DEL CONDE DE CANDESPINA + + TOMO I + + Madrid + Imprenta de Repullés + — + AÑO DE 1835 + + + + +AL SEÑOR DON GERÓNIMO DE LA ESCOSURA, _Caballero de la Real y +distinguida Orden Española de Carlos III, del Consejo de Su Majestad, +su Secretario con ejercicio de decretos, Intendente de Provincia de +primera clase, y Vocal de la Real Junta de Fomento de la riqueza del +Reino_. + + En muestra de su cariño y respeto, + + Su hijo, + _Patricio de la Escosura_ + + + ¿De qué, pues, nos sirvieron + Siete siglos de afán, y nuestra sangre + A torrentes verter?... Lanzado en vano + Fue de Castilla el árabe inclemente, + Si otro opresor más pérfido y tirano + Le pone el yugo a su infelice frente. + +Quintana: _Oda a Padilla_. + + + + +INTRODUCCIÓN + + El mentir de las estrellas + Es muy seguro mentir, + Porque ninguno ha de ir + A preguntárselo a ellas. + +Caballero en un rocín cuellilargo, quijotudo y amojamado, su creación +inmemorial, sus jaeces una jáquima bastante antigua y una manta de +muestra no muy moderna, y, a pesar de todo, no mío, paseaba yo no hace +mucho por una sierra del reino de Sevilla. + +Preocupado en diferentes pensamientos, para mí muy importantes, y +habituado ya al país en que me hallaba, confieso francamente que no me +hacía mucho efecto el cuadro que me rodeaba, a pesar de ser una de las +más bellas perspectivas que pueda imaginar el entendimiento. + +Cuanto la vista alcanza a descubrir, desde el punto más elevado de +aquel terreno, ofrece un aspecto lleno de vida y de interés. No hay +allí una llanura que tenga un cuarto de legua en cuadro; y hablando con +propiedad, los que los naturales llaman valles no son más que ramblas o +encañadas, la más ancha de cien toesas, si las tiene. Compónese, pues, +todo aquel país de cerros y colinas, peñascos y precipicios. + +La naturaleza ha hecho tanto en favor de Andalucía que, a pesar de la +indolencia de sus habitantes, la verdura, la frondosidad de la tierra +encantan el alma del que acaba de dejar las áridas llanuras de la +Mancha, donde el viajero se cree más bien en la Arabia desierta que no +en la región meridional de la culta Europa. + +En medio de vastos y fértiles olivares, de montes de robustas encinas, +de viñedos frondosos, de campos cereales, la blancura resplandeciente +de los cortijos, que vistos de lejos tienen alguna semejanza con los +caseríos ingleses, hace un efecto maravilloso. + +A corta distancia unos de otros se descubren muchos pueblos, más o +menos considerables, cuya posición próxima siempre a los pasos precisos +de la sierra, y en puntos que los dominan, descubre que en su origen +fueron puestos militares, establecidos por los moros para defenderse +de las continuas incursiones de los cristianos. Los castillos ruinosos +que en casi todos ellos se ven aún, y sus nombres arábigos, acreditan +suficientemente esta conjetura. + +Verifícase la comunicación entre estos pueblos por medio de unas +veredas, que vistas y andadas parecen, y son más a propósito, para +cabras que para hombres y caballos; pero los naturales de la sierra +las andan con una presteza y agilidad sorprendentes; y el forastero, +animado con su ejemplo, acaba por habituarse y caminar tranquilo por +ellas. En este caso me hallaba yo. + +Andando a la aventura mi rocín acertó a tomar una estrecha senda que +en la mitad de la altura de una cadena de colinas bastante pendientes +corre paralelamente a su base, al pie de la cual se desliza, con manso +ruido entre innumerables piedrecillas de jaspe colorado, un arroyo cuyo +color verdoso y olor azufrado dan claros indicios de ser sus aguas +minerales. Crecen en su orilla el romero, la adelfa y otros muchos +arbustos en profusión, y la flor roja del segundo citado contribuye +a prestar a aquella ribera, si tal nombre merece, un aspecto ameno y +pintoresco. + +Como media legua podría yo haber andado, cuando la lentitud del paso +de mi cuartago, lo lacio de sus orejas y la humilde postura de su +cabeza me revelaron que si no quería volverme a pie a mi domicilio, era +preciso que permitiese descansar un momento a aquella _vera efigies_ de +Rocinante. Eché, pues, pie a tierra, y reconociendo, por la frondosidad +del sitio, que me hallaba en las inmediaciones de un manantial de agua +potable, como la sed empezaba a aquejarme, quise buscarlo. Tuve para +esto que meterme por un angosto desfiladero en el que apenas cabían +dos personas de frente. La elevación de los dos peñascos laterales, y +las ramas de muchas higueras silvestres que de sus hendiduras salían, +formando una bóveda impenetrable a los rayos del sol, hacía también +muy a propósito aquel paraje para madriguera de bandidos, casta de +pájaros en que el país suele abundar. Esta circunstancia dio lugar a +que yo descolgase el retaco que llevaba pendiente del arzón trasero, +según costumbre de Andalucía, y con él terciado y montado entrase en el +desfiladero. + +No bien anduve veinte pasos, sentí a corta distancia el ruido de los +de otro hombre y otro caballo. Debió de sucederle a él lo mismo, y de +formar tan buen concepto de mí como yo de él, pues al descubrirnos nos +apuntamos simultáneamente con los retacos, y ambos preguntamos a un +tiempo: + +—¿Quién va? + +Íbamos los dos vestidos a la jerezana, que es también el uniforme de +los ladrones; pero como llevábamos bigotes el uno y el otro, apenas +nos los vimos cesaron nuestras sospechas, y bajando a un tiempo las +escopetas depusimos el airado ceño y nos saludamos cordialmente con el +nombre de compañeros. + +Mi encuentro era un anciano de robusta complexión y nerviosa fibra. Los +años le habían como curtido, pero conservaba toda la elasticidad de sus +miembros y una estatura elevada, exenta de la curvatura general de los +hombres de su edad. Por debajo del sombrero portugués dejaba ver unos +cabellos espesos, pero blancos como la nieve, y de igual color eran los +poblados bigotes que me le dieron a conocer por hombre honrado. + +—¿Adónde bueno, mocito? —me dijo con cortesía, pero con aquel tono de +superioridad justa que los ancianos toman siempre con los jóvenes. + +—Voy, señor mío —le contesté—, buscando la fuente. + +—Por el acento y el camino que usted toma bien se conoce que no es del +país. Yo también voy a la fuente, y si usted quiere podremos ir juntos. + +Agradecí y acepté la oferta, y echamos a andar hasta el manantial, que +aún distaba más de lo que yo me figuraba. + +El aire cordial, la franqueza, la urbanidad marcial de mi compañero, +me hicieron reconocerle desde luego por un oficial veterano; y en +efecto lo era. A los cinco minutos de estar juntos se estableció +entre nosotros la misma libertad de trato que pudiera haber si nos +conociéramos de diez años antes. + +El anciano me dijo que tenía setenta años, y se llamaba don Sebastián +de Vargas. Había empezado a servir en caballería a los doce años, esto +es, en el de 1776. Había hecho la campaña del año 92; la de Portugal +con los franceses; la de América; y la del año 23 en el bizarro +ejército constitucional de Cataluña. + +Tenía tres heridas, la cruz de San Fernando y otras infinitas por +distintas acciones; y era comandante de escuadrón con grado de coronel; +gracias a la amnistía, pues desdeñando purificarse en la última época, +se había quedado de paisano. Había asistido a más funciones de guerra +que yo tengo meses de vida; y confieso que aunque las refería con harta +prolijidad, le escuchaba con gusto y veneración. + +Dos horas estuvimos juntos, y quedamos tan amigos que me convidó a ir +a pasar algunos días en un cortijo que habitaba a media legua de aquel +paraje. + +—Vivo en el campo —me dijo—, con mi familia, que se reduce a una hija +de veinticuatro años, un sobrino de treinta, mi ama de llaves y mi +asistente, soldado tan antiguo como yo. No recibiremos a usted con +cumplimientos, ni podremos obsequiarle a la moda de la corte; pero +en cambio será usted bien llegado siempre que quiera favorecernos, y +partirá con nosotros una puchera no mal sazonada. + +Dile las gracias por el ofrecimiento, prometiendo no despreciarlo; y +monté a caballo, gozoso con mi nuevo conocimiento. Dos días después fui +al cortijo de Sierra-Carnero, que así se llama el de don Sebastián de +Vargas. + +Su hija es una señorita no destituida de mérito personal, educada con +más esmero del que yo suponía. Ella y su padre me recibieron como +este me lo había prometido. Por la mañana vimos su habitación, que es +una excelente casa de campo, aunque de muy antigua construcción, a la +cual se han ido agregando sucesivamente cuadras, tinaones o establos, +graneros y pajares. No muy lejos de ella está un molino de aceite. +Por la tarde paseamos en las tierras del cortijo, que son vastas, +bien cultivadas y productivas: no faltan en ellas los olivos, encinas +y cepas, además de los sembrados de trigo y cebada, y los prados de +alcacer. Pero lo que me encantó fue una huerta en la que, entre otros +muchos árboles frutales, se veía considerable número de naranjos, +limoneros y granados. + +El sobrino de don Sebastián, que tenía por nombre don Pedro Alcántara +Hinojosa, me pareció un excelente sujeto; pero yo a la cuenta no tuve +igual fortuna con él, pues me trató con notable reserva. + +Mi amistad con aquella familia llegó a hacerse cada día más íntima, +por manera que pasaba semanas enteras en Sierra-Carnero. En una de +estas ocasiones llamó mi atención un retrato, de excelente mano, de una +señora vestida con traje antiguo, pero tan parecida a la hija de mi +huésped que llegué a figurarme sería su madre, que por extravagancia se +hubiese hecho pintar vestida de máscara. + +Cabalmente cuando hice esta observación, Inesita, que tal era el nombre +de la joven, se hallaba sola conmigo. Comuniquela mi pensamiento y +ella, riéndose, me contestó: + +—No es usted solo el que ha tenido esa equivocación, no señor. Esa +no es mi madre: es mi sexta o séptima abuela. Dicen que en la figura +nos parecemos mucho; y si es verdad, como es tradición en la familia, +que pasó muchos disgustos en su vida, me temo que también en eso nos +pareceremos. + +Al concluir estas palabras, la sonrisa de Inesita se convirtió en +una expresión melancólica, y una lágrima se asomó furtivamente a sus +hermosos ojos. + +Yo, que sin poderlo remediar soy muy compasivo con las damas, y un +tantico curioso, pregunté con bastante empeño, y supe de aquella joven +la causa de su disgusto. He aquí cómo sobre poco más o menos me la +refirió: + +—Esa señora que usted ve retratada, dicen que era de una familia muy +ilustre, y que antes de casarse con su marido, que fue un Vargas, pasó +trabajos indecibles. Su hijo único se llamó don Sebastián; y este dejó +muy encargado en su testamento a sus descendientes que a todos sus +primogénitos les pusiesen su mismo nombre. Pero no es esta la cláusula +más singular del tal testamento. Parece que entre el marido de la +abuela doña Inés, que tal era su nombre, y un primo suyo llamado don +Pedro Hinojosa de Vargas, medió una estrecha amistad, por cuya razón +el nieto de aquel se casó con una doña Inés, nieta del último. En +virtud de esto, don Sebastián 1.º de Vargas encargó también que los +primogénitos de sus descendientes en línea recta se casasen con las +primogénitas de la de Hinojosa, siempre que estas llevasen el nombre de +Inés. + +»Desde entonces, hasta mi padre inclusive, se ha seguido sin alteración +alguna la extraña regla de bautismos y matrimonios establecido en +el testamento de don Sebastián; siendo de notar que ninguno de sus +sucesores ha tenido nunca más que un hijo varón. + +»Pero mi desdichada suerte ha querido que justamente variase en mí +este orden constante de sucesión. Mi padre se casó teniendo ya más de +cuarenta años; y mi madre, al darme a luz, expiró. El ama de llaves que +hoy tenemos, y que cuando yo nací estaba ya en casa, me ha asegurado +que no es fácil decidir cuál sentimiento era mayor en mi padre, si el +de la muerte de su mujer, o el de no haber sido un varón lo que había +dado a luz. + +»No puedo quejarme de mi padre: ha llenado sus deberes +escrupulosamente; pero jamás se ha abandonado por completo a la ternura +paternal conmigo; y por más que procura ocultármelo, se le conoce que +me mira como un borrón para el árbol genealógico de la familia. + +»Para colmo de mi desgracia, todas las hembras de la casa de Hinojosa +han muerto, y solo queda un varón, que es mi primo. Nos amamos; y +aunque mi padre lo aprecia no se resuelve a casarnos, porque se llama +Pedro y no Sebastián. Vea usted si tengo motivo de afligirme. + +No es ponderable lo que me interesó esta relación. Por ella comprendí +que la frialdad del primo conmigo provenía de un movimiento celoso, y +me propuse castigar su desconfianza convenciendo a mi anciano amigo +de la ridiculez de su empeño en sostener el extraño testamento de don +Sebastián 1.º de Vargas. + +En la primera ocasión que me pareció oportuna empecé a insinuarme, y el +viejo comandante no tuvo dificultad en entrar en materia. + +—Usted llama debilidad —me dijo— a lo que no es más que respeto y +cariño a mis ascendientes. Seis generaciones han consagrado esa +costumbre y la han hecho inviolable a mis ojos. + +—Y está bien —le repliqué yo—, está bien que usted la respete; y yo +sería de parecer que se observase, a ser posible. Pero usted tiene +setenta años, edad que no es a propósito para casarse; y aunque fuera +más joven no podría hacerlo según sus principios, porque no tiene una +doña Inés Hinojosa con quien enlazarse. Es preciso, pues, que usted +consienta en el matrimonio de su hija con su sobrino, o en ver deshecha +para siempre la unión entre dos ramas de la familia que tan ligadas han +estado hasta aquí. + +—Sí, eso sí: usted tiene razón; pero yo tengo miedo. Sí señor, miedo, +no se asombre usted. Hay en este asunto un misterio que no alcanzo, y +que es lo que más me detiene. + +—¿Y no podré yo saber cuál es? + +—A nadie se lo he revelado hasta ahora; pero haré una excepción en +favor de usted. En el testamento de mi séptimo abuelo don Sebastián, +se dice: que sus herederos, en el caso de no conformarse con sus +disposiciones, incurrirán en su enojo, y que los fundamentos de lo que +ordena se contienen en un rollo de papeles que, cerrados en una caja de +plomo sellada, deja en su biblioteca. Todos hemos respetado esta caja; +pero en tiempo de la guerra de la Independencia, una partida de los +invasores que ocupó la casa, creyendo que en ella se contendría algún +tesoro, la abrió a bayonetazos. Por fortuna se dejaron los papeles, que +el ama de llaves recogió y hoy están en mi poder. + +—¿Y usted no los ha leído? + +—Mil veces lo he intentado; pero están escritos con unos garabatos +infernales, de los cuales no he podido descifrar ni uno. + +—Si usted no tiene inconveniente en confiármelos, yo entiendo algo la +letra antigua, y veremos de traducirlos al castellano moderno. + +—Me hará usted un servicio impagable. + +—Impagable, no tal. Prométame usted que si de esos papeles no resulta +expresamente una prohibición de casarse su hija con su sobrino, cesará +usted de oponerse a sus deseos. + +—Veremos. + +—No hay veremos que valga: o se casan, o no trabajo. + +—Hombre, eso es hacerme la forzosa. + +—Para hacer felices a dos jóvenes que lo merecen, y a usted también. + +—¡Pero señor, qué empeño! + +—Mi coronel, ¿sí, o no? Entre soldados no hay palabras ambiguas. + +—Pues vamos con un sí. + +—Eso es hablar en razón. Vengan esos cinco, mi coronel. + +—Tome usted, mala cabeza. + +Inmediatamente después de esta conversación me entregué de un rollo +de papeles muy voluminoso, que contenía la narración que, sin más +condición que la de variar algunos apellidos, me ha permitido don +Sebastián dar al público. + +Paréceme que ofrecerá la utilidad de dar a conocer en gran parte el +carácter moral, político y religioso de una época interesante de +nuestra historia. Nada más diré, porque el público va a juzgarla, y +sería indisculpable temeridad anticiparme a su fallo. + +He tenido la satisfacción de asistir a la boda de Inesita con don +Pedro Hinojosa, y de ver a este tan trocado que me llama su mejor +amigo. El coronel Vargas sabe ya de memoria este escrito; pero no qué +hacer para probarme lo que agradece mi trabajo. + +Solo falta que el editor de la colección no tenga por qué arrepentirse +de haberlo incluido en ella, y entonces yo también estaré completamente +satisfecho. + +[Ilustración] + + + + +NI REY NI ROQUE + +CAPÍTULO PRIMERO + + DON FÉLIX + El rostro es en vano + Querer ocultarme; + O tú has de matarme, + O yo te veré. + + DON DIEGO + No es verme tan llano + Que baste el querello; + Mal que os pese de ello + Burlaros sabré. + + (_Comedia antigua inédita_). + + +Como a las ocho de la mañana de uno de los primeros días del mes +de julio del año de 1595, se apeó en Madrigal, a la puerta de una +pastelería, un caballero joven, galán y bien portado. Dejando los +caballos al cuidado del sirviente que le acompañaba, entró en la +pastelería con gentil desembarazo, y tocando ligeramente con la mano +el bonete de terciopelo negro que cubría su cabeza, pronunció con voz +clara y apacible la entonces usual fórmula de saludo: + +—Ave María. + +—Sin pecado concebida —contestó la única persona que en la tienda +había, y era una mujer joven, morena, de hermosos ojos, rostro más +agraciado que bello, y aire más grave e imponente del que su edad, +condición y humilde traje prometían. + +Estas observaciones las hizo el caminante sentado ya en uno de los +escaños que había dentro de la misma chimenea, y fuese que su natural +cortesía le moviese a ello, o bien que el aspecto de la huéspeda le +pareciera exigir más respeto del que hasta entonces había mostrado, +el hecho es que se quitó cortésmente el bonete, y dejó ver una cabeza +cubierta de cabellos castaños, cortados según la moda de aquel siglo, +es decir, sobre poco más o menos, de la manera que hoy llamamos a la +inglesa. + +—¿No tendrá usted, señora huéspeda —dijo el caminante después de breves +instantes—, alguna cosa con que aplacar el hambre de un mozo, que ya +esta mañana ha caminado algunas horas? + +No contestó a esta pregunta la persona a quien se hacía, sino que, +levantándose del asiento que ocupaba al frente del viajero, abrió y +examinó el cajón del mostrador, algunas alacenas y el horno, y visto +todo, volvió a su puesto diciendo flemáticamente al mancebo: + +—Nada. + +—Bien por mi vida. ¿Y no hay otra pastelería en el pueblo? + +—Ninguna. + +—¿Y absolutamente no hay nada que darme? + +—Nada, si no se contenta con un pedazo de pan. + +—Corta cosa es, y mi estómago me parece que ahora requiere más +sustancioso refrigerio. Duélase, hermana, de mi necesidad, y no me +obligue a andar en ayunas el resto de la jornada, que por la paga no +quedaremos mal. + +—Mi señor no está en casa —replicó la huéspeda—, además de que, aunque +estuviera, no creo yo que quisiera ahora hacer nada. + +—Válganos Dios, y qué poco amigo de trabajar es el pastelero: sea usted +más caritativa, y alivie mi necesidad, que tengo prisa; el pueblo +a que voy aún está lejos, y no quisiera llegar a él hambriento, y +creyendo que en cuerpo tan bello haya un alma empedernida. + +Estas últimas palabras, pronunciadas en un tono entre galán y jocoso, +arrancaron, por decirlo así, una sonrisa a la grave pastelera; pero +había en ella tanta dignidad, y en su aire tal importancia, que a ser +en una princesa, se dijera que el requiebro la agradaba solo en cuanto +a mujer. Mas el mancebo no estaba entonces para pagarse de sonrisas; el +hambre le aquejaba, y continuó sus instancias, quizás con importunidad; +pero mezclándolas con tantas y tan discretas lisonjas que al cabo dio +al traste con la pereza o el orgullo de la huéspeda. + +—Por oír misa y dar cebada —dijo esta—, ya sabe usted que no se pierde +jornada. Haga, pues, que su criado lleve los caballos al mesón, que +está en la misma calle, y váyase el señor caballero a oír la misa del +padre vicario de Santa María la Real, que dentro de una hora veremos +de dar modo para satisfacer su apetito. + +—¡Una hora! Mucho es; pero sea: oigamos misa, y después volveremos a... + +—A desayunaros. + +—Y a ver los negros ojos de la más bella pastelera de esta tierra. + +—Lisonjas de cortesano. + +—No, sino verdades de hombre honrado. + +—Si se retarda, caballero, no llega a la misa. + +—¿Está lejos la iglesia? + +—A dos pasos. Desde la puerta de casa verá usted la del monasterio. + +Y diciendo así, acompañó al caminante hasta la puerta, y en efecto le +indicó el convento que desde ella se veía. + +Don Juan de Vargas, hermano del marqués de ***, que es el caminante que +hemos visto, era un caballero mozo, de buen parecer, mediana estatura, +rostro blanco, complexión enjuta, humor jovial, muy aficionado a las +armas, y sobradamente a las damas; sirvió al rey en Flandes con honor +algunos años; su valor y nacimiento le alcanzaron una compañía, y en la +ocasión en que le hemos visto se hallaba en España a causa de haberle +llamado su hermano el marqués, que achacoso antes de la vejez, soltero, +y sin inclinación al matrimonio, le propuso hacerle su heredero, con +solo la condición de renunciar el ejercicio de las armas y venirse a +vivir en su compañía. + +Don Juan repugnaba dejar los campos de Marte; pero el agradecimiento a +su hermano, las muchas ventajas que la proposición de este le ofrecía, +y finalmente, algunas desavenencias con el cabo principal del tercio en +que servía, le decidieron a dejar su bandera, con permiso del rey, y +regresar a Valladolid, ciudad donde el marqués residía. + +Este desde luego descargó en su heredero el cuidado de su hacienda y +estados que estaban en Castilla la Vieja, lo que proporcionó a don Juan +hacer frecuentes viajes por la provincia, los cuales hacía siempre a la +ligera con un solo criado, divirtiendo en ellos y en la caza el ocio de +su nueva vida, insoportable para un hombre activo como él, vehemente, +y habituado al continuo movimiento de la guerra. + +Regresaba don Juan a Valladolid, después de haber visitado varios +pueblos del señorío del marqués situados en la sierra de Ávila, y se +había propuesto llegar aquel día, y detenerse algunos en Medina del +Campo, villa ya muy decaída entonces, pero no de tan poca importancia +como lo es en el día. + +Sigámosle al monasterio de Santa María, que lo era de monjas de San +Agustín: dirigiéndose a él, con el piadoso fin de oír misa, iba don +Juan repasando en su memoria el gracejo de la pastelera, y tratando, +por decirlo así, de casar lo plebeyo de su condición con la nobleza de +su porte; el deseo de la ganancia, natural en el tratante de oficio, +con la negligencia y descuido de aquella mujer, que nada tenía en su +casa preparado para la venta; y finalmente, la solícita adulación de +la mayor parte de las gentes dedicadas a aquel tráfico, con el despego +casi grosero de la morena de Madrigal. + +Poco tiempo hacía que don Juan había vuelto de Flandes, donde las +gentes, aunque de suyo poco aficionadas a los españoles, no perdían +nunca la ocasión de ganar con ellos el dinero; los tudescos, +flemáticos, sí, mas no perezosos, saben adoptar siempre el tono +conveniente a la profesión que el interés, o la necesidad, les obliga a +ejercer, y don Juan se olvidaba de que estaba en Castilla la Vieja. + +Embebido, pues, en sus reflexiones, llegó al pórtico de la iglesia, en +donde se hallaba reunido todo el pueblo, pues el día en que principia +nuestra historia era festivo, y la misa del padre vicario la que +siempre oían las personas de más cuenta y las que sin serlo aspiraban a +darse importancia, que ya entonces eran en bastante número. + +Todo en aquel tiempo llevaba en España el sello del carácter severo y +sombrío de su monarca. Cada una de las clases del Estado se distinguía +en todo género de actos por sus insignias, por la calidad y hechura +de sus vestidos. El color más de moda era el negro; los militares +eran acaso los únicos que vestían de color: los adornos eran ricos +y costosos, pero sencillos y graves: un cintillo de diamantes por +presilla en el bonete, una larga y gruesa cadena de oro colgando del +cuello, y dando una o más vueltas sobre el pecho, y una sortija de +valor en algún dedo. + +El traje del siglo era airoso: Van Dyck, dice Walter Scott, lo ha +inmortalizado. En efecto, o es la magia de aquel gracioso pincel, +o verdaderamente el corte y disposición de los tales vestidos era +infinitamente superior a los inconcebibles arreos de que hoy nos vemos +cargados. Confieso ingenuamente que como no sea la idea de asimilarnos +a los monos, no concibo cuál fuese la del inventor de los faldones de +nuestros fraques. El pantalón, a la verdad, ya se entiende; porque la +especie ha degenerado ya tanto que apenas hay pierna masculina capaz de +llevar con honor el calzón ajustado. ¡Pero el chaleco, casaca, y sobre +todo el corbatín! El corbatín, instrumento eterno de suplicio para el +hombre obeso y corto de cuello, a quien no deja respirar, y para el +hético agrullado, cuya cabeza, dejándose ver sobre una columna de raso +o terciopelo, parece blanco puesto allí para diversión de muchachos. El +corbatín, repito, es la más desatinada de las invenciones. + +Pero aún es mayor disparate entretener al lector con tales reflexiones: +para concluir, en general, esta materia, diré que el calzón en aquel +tiempo era ajustado y largo, que llegaba hasta la garganta del pie; +la bota como la de campana; el jubón, ajustado a la forma del cuerpo, +llegaba hasta la cintura, a la cual se ajustaba por medio de un +cinturón, del que ordinariamente pendía la espada; comúnmente estaba, +como entonces decían, acuchillado, es decir, con ciertas aberturas +cubiertas con unos bollos de seda en los ricos, y de lienzo más o menos +fino en los artesanos y demás clases pobres. + +El pueblo andaba de ordinario en cuerpo, y es natural, pues de esta +manera estaba el hombre más desembarazado para entregarse a sus faenas, +y en la cabeza llevaban los plebeyos un sombrero de copa redonda y ala +ancha; al paso que los nobles, los funcionarios públicos, los criados y +demás gente ciudadana, o por una razón o por otra, superior a la plebe, +usaban la capa corta, que no pasaba de la cintura, y un bonete o gorra +semejante, si no igual, a la que vemos en nuestros cómicos cuando +representan las comedias de Lope, Calderón, etc. + +El traje de camino variaba en algún tanto: este era constantemente +de color menos fino y delicado que el de la ciudad; y en lugar de la +capa corta se llevaba el gabán, especie de capotillo sin mangas, y que +cuando la ocasión lo requería, se usaba con forro de pieles, y aun a +veces una capa parecida en las dimensiones a las del día. + +Diremos, al paso, que tal era el vestido que llevaba nuestro don Juan, +y cebando en las digresiones, continuaremos acompañándole en el +pórtico, en donde se paseaba esperando la misa, siendo el objeto de +las miradas de todos, y haciendo por su parte algunas observaciones en +aquellos honrados vecinos. + +El traje de camino, el aire desembarazado y libre de un cortesano, +la osadía del militar, y un cierto no sé qué de seguridad y ninguna +extrañeza, al verse solo entre personas desconocidas, que debía don +Juan a la educación, al ejercicio y a los viajes, eran para Madrigal +una cosa nueva. + +Los individuos de la justicia del pueblo, que con el traje de etiqueta, +la vara en la mano y el alguacil al lado, esperaban que la campana les +diera la señal de ir a ocupar en el templo su asiento privilegiado, +y estaban, como de razón, algún tanto separados del resto de la +concurrencia, no fueron por eso los últimos en notar la llegada del +forastero. + +El corregidor, hombre de mediana edad, chico de cuerpo, abultado de +barriga, de rostro circular a manera de luna, con dos ojitos de color +de perla abiertos a punzón, chato y de pocas letras, pero lleno de la +importancia de su empleo, cuya insignia, la golilla, no abandonaba +ni para dormir, y que hasta para pedir la comida o el sombrero creía +necesario un auto de oficio, hubiera de buena gana mandado a su +secretario que fuera a notificar al recién venido se presentase ante +su señoría a declarar en forma su nombre, apellido, profesión, etc., +so pena de diez ducados de multa (que las multas eran lo que mejor le +parecía del oficio); pero como su consorte le había apercibido de que +hablase poco, si no quería exponerse a decir solemnes necedades, y el +buen magistrado era un marido paciente y obediente, se contentó por +entonces con señalar con el dedo a don Juan, llamando la atención del +escribano, y pronunciando gravemente la palabra _visto_. + +—Por mandado de su señoría —respondió maquinalmente el escribano, +especie de autómata legal con todas las apariencias posibles de una +momia. + +El alcalde, los regidores, el personero y el alguacil fijaron también +la vista en el forastero, que acaso se dirigía hacia ellos en su paseo. + +—Es galán —dijo uno de los regidores. + +—Y su porte de cortesano —contestó el personero, que había estado +alguna vez en Valladolid. + +—Más parece soldado que otra cosa —replicó el primero—. Dios tenga de +su mano a las mujeres si ha de pasar algunos días en el pueblo. + +—Y a los mozos si viene de bandera —dijo el alcalde. + +—¿Qué dice su señoría? + +—Conforme —respondió el corregidor. + +Ya en esto don Juan les había vuelto la espalda, y era observado por +otros corros formados por distintas personas del pueblo; pero no +halló cosa en ninguno que le llamase la atención, ni le distrajese +del apetito que el caminar le había excitado; solo notó un hombre +vestido en cuanto a la forma como el resto de los habitantes, es decir, +humildemente; pero que tanto en la calidad del paño de su ropa, que +bien se echaba de ver era finísimo, como en el aire del cuerpo, no +solo lejos de ser grosero y torpe, sino además noble, distinguido y +rigoroso, se hacía notable entre todos. + +Este se paseaba solo como don Juan; pero se conocía que no era +forastero, pues aun cuando los madrigaleños no dejaban de mirarle con +cierta curiosidad, se dejaba ver que era objeto a que sus ojos estaban +acostumbrados. + +El rostro puede decirse que no se le veía, pues el ala inmensa +de su sombrero no daba lugar a ello; pero si alguna vez por un +movimiento brusco se dejaba ver, dos ojos negros como el ébano, vivos, +penetrantes, y entre airados y melancólicos, hacían dudar de si las +arrugas que le cubrían eran efectos de pesares y trabajos, o de una +edad que se aviene mal con tanto fuego y con músculos tan vigorosos en +la apariencia como los suyos. + +Cuando este individuo pasaba por las inmediaciones de algún corrillo +de gente del pueblo, nadie dejaba de saludarle, más respetuosa que +afablemente; los hidalgos y los ricos volvían con tiempo la vista para +no saludarle, ni hacer desaire a su persona, y él ni parecía admirarse +del acatamiento de los unos, ni extrañar la afectada distracción de los +otros. + +La justicia era la que aún le trataba de un modo más extraño. Al pasar +por sus inmediaciones, la mano del para don Juan desconocido personaje +hizo un movimiento como para tocar el sombrero, mas se quedó en el +camino, y aquellos señores hubieron de contentarse con un buenos días +nos dé Dios, pronunciado en voz apenas inteligible. + +Sin embargo todos contestaron, aunque con cierta expresión en la +fisonomía que no era fácil decidir si era de desprecio o de temor. Mas +cualquiera que fuese, al interesado pareció dársele poca pena, pues +continuó sus paseos sin inquietarse en manera alguna de los magistrados +de la villa. + +Cuando el ánimo está libre, cualquier cosa basta a llamar nuestra +atención; así es que don Juan la fijó sin saber por qué en aquel +hombre. Por su parte el incógnito clavó también un instante la vista +en el hermano del marqués. En un momento recorrió toda su persona; +parecía querer penetrar en lo íntimo de su corazón; preguntarle con +su mirar quién era, a qué había venido, por qué le observaba; pero +un momento después, cruzando los brazos sobre el pecho e inclinando +la cabeza, en la apariencia se olvidó de que don Juan estaba allí, y +siguió paseándose. + +Lo que a nosotros nos ha costado algunas páginas decir fue sin embargo +obra a todo más de unos cinco minutos que tardó la campana en sonar el +acostumbrado tercer toque a misa. + +Rompió la marcha el corregidor hacia la iglesia, y siguiole el +ayuntamiento, atravesando la calle que con el sombrero en la mano +formaron los circunstantes, a excepción de don Juan y su incógnito +que por causas distintas no creyeron necesario rendir homenaje al +magistrado. De aquí resultó que ambos fueron también los últimos a +entrar en el templo, lo que verificaron tan a un tiempo que don Juan +esperó poder entonces satisfacer la curiosidad que tenía de verle el +rostro al individuo en cuestión; mas se engañó, pues este antes de +poner el pie en la iglesia hizo un movimiento rápido para colocarse +detrás del caballero, a quien ya no le quedó más partido que el de +continuar su camino. + +No fue sin embargo sin un secreto despecho de verse burlado en el mismo +instante en que ya creía conseguido su designio. Tenaz por carácter, y +no reprimida aún su vehemencia por el hielo de los años ni por la mano +de hierro de la desgracia, era natural que no renunciase fácilmente a +una empresa que ya por sí no presentaba graves dificultades, porque +a la verdad, verle el rostro a un hombre que anda por la calle no es +cosa maravillosa. Ofreciole la fortuna una ocasión, y la agudeza de +su ingenio medios de aprovecharse de ella. No había en la iglesia más +que una sola pila de agua bendita; a ella, pues, había de acudir el +incógnito. Don Juan sentía detrás de sí los pasos de aquel hombre; +llega a la pila, introduce la mano, y se vuelve con rapidez para +ofrecer cortésmente el agua; pero sea que el último hubiese previsto +lo que iba a suceder, sea que por evitar las miradas de otros curiosos +creyera oportuno seguir ocultándose, lo cierto es que con la mano +izquierda llevaba inmediato a la cara un pañuelo, como si sufriera +de dolor de muelas, de manera que no era posible vérsela. Alargó sin +embargo el brazo derecho, recibió de don Juan el agua bendita como si +aquel obsequio le fuera cosa debida, e inclinando apenas la cabeza +en señal de gracias, desapareció detrás de una de las columnas de la +iglesia antes que aquel caballero volviera en sí del asombro que la +presencia de espíritu y gravedad del desconocido le causaron. + +El órgano sonaba ya; las religiosas en el coro habían dado principio +al oficio divino, y don Juan, buen católico, y por otra parte hombre +cuerdo, conoció que ni el paraje ni la ocasión eran a propósito para +empeñarse en seguir a un hombre que visiblemente se obstinaba en no +dejarse encontrar. Renunció, pues, por entonces a su empresa, y púsose +a oír la misa con toda devoción, si bien, a pesar suyo, no cesaba de +mirar por todas partes con objeto de descubrir en algún rincón al +misterioso habitante de Madrigal. + +Mas todo su mirar fue en vano; la misa se concluyó, y ya iba don Juan +a retirarse de la iglesia cuando advirtió que su incógnito iba delante +del sacerdote y en dirección a la sacristía. En el momento tomó el +mismo camino, y acelerando el paso se adelantó al vicario, quedándose +no obstante algo más atrás que el objeto de su curiosidad. + +Este, así que llegó a la puerta de la sacristía, se paró, colocándose +a la derecha de ella de modo que era imposible que el fraile pasase +sin verle. Don Juan, resuelto ya hasta a reñir con aquel hombre, si +necesario fuese, para verle a su gusto, hizo igual movimimiento en +el lado izquierdo de la puerta, quedándose frente a él de manera que +estaban como dos centinelas puestos para guardar un paso importante. + +El de Madrigal, que conservaba el pañuelo puesto en la cara, lanzó una +mirada de furor a don Juan; pero este, que no era hombre de asustarse +por miradas, permaneció intrépido en su puesto, mirándole de hito en +hito. + +En esto ya el vicario llegaba a la sacristía con las manos cruzadas +sobre el pecho, baja la cabeza y en el más profundo recogimiento, +sin advertir en manera alguna a aquellos dos hombres, inmóviles como +estaban, y que acaso eran los únicos que quedaban en la iglesia. + +Ya iba a entrar por la puerta, cuando el desconocido, dejando caer el +brazo izquierdo y descubriéndose por consiguiente el rostro, dijo en +voz clara y sonora, si bien no muy elevada: + +—Fray Miguel de los Santos, guárdeos el cielo. + +Desde la primera palabra levantó el fraile la cabeza, tan despavorido +como si oyera la voz del ángel exterminador, y clavando sus ojos +desencajados de espanto en la fisonomía del que le hablaba: + +—¡Jesús me valga! —exclamó con voz apagada. + +Y cediendo a la fuerza de su temor, se desmayó. + +Venturosamente don Juan estaba tan cerca que pudo impedir su caída, +recibiéndole en los brazos. + +El desconocido entonces, dirigiéndose a él, le dijo entre airado y +pesaroso: + +—Socórrale, y otra vez no sea tan entremetido. + +Dicho esto, volvió la espalda y dejó la iglesia. Don Juan llamó al +sacristán, a quien entregó el vicario sin decirle nada de la causa de +su accidente, y echó a andar apresuradamente pero con ánimo de alcanzar +al singular personaje que acababa de dejar, y obtener de él, de grado o +por fuerza, la explicación de aquel suceso. + +[Ilustración] + + + + +CAPÍTULO II + + Como de leve chispa al solo fuego + Se inflama el bronce vomitando muertes: + Al torpe influjo de calumnia impía + Así la furia popular se enciende. + + (_Canción anónima_). + + +Por más pronto que el sacristán del monasterio acudió a la voz de don +Juan, y a pesar de cuanta prisa se dio este a salir de la iglesia, +no pudo hacerlo con tanta brevedad que alcanzase a la persona que +buscaba. Todavía, cuando don Juan salió, quedaban en el pórtico +algunos corrillos, y uno entre ellos formado por los individuos de la +justicia, que ya conocemos de vista; pero ni con estos ni con ninguno +de los habitantes estaba el incógnito, como don Juan vio después de +haber examinado apresurada y curiosamente la fisonomía de todos los +circunstantes, inclusa la del señor corregidor. + +El aire afanado de don Juan, cierta especie de sobresalto que se +dejaba ver en su rostro, y, sobre todo, el desacato inaudito con que +se atrevía a pasar en revista la fisonomía del primer magistrado de +la villa, llamaron la atención general de un modo tan visible que, a +estar menos preocupado con su designio, conociera nuestro caballero +que su conducta era por lo menos imprudente. Mas ya se ha dicho que +don Juan era obstinado; él mismo lo ha dejado ver en toda su conducta +desde que está a nuestra vista, y además, en el punto a que las cosas +habían llegado entonces, su curiosidad estaba demasiado exaltada para +contenerse por respeto al desagrado de los honrados madrigaleños. + +Sin embargo, todas sus diligencias fueron inútiles. Después de haber +examinado detenidamente todas las inmediaciones de la iglesia, conoció +que correr las calles y un pueblo desconocido en busca de un hombre +cuyo nombre, calidad y empleo ignoraba sería sobre descabellado, +infructuoso. Resolviose, pues, a regresar a la pastelería, con ánimo +de adquirir en ella, si posible fuese, algunas noticias sobre el objeto +en cuestión. + +Pensar y ejecutar eran para el hermano del marqués casi una misma +cosa. Cinco minutos después de tomada su resolución estaba ya sentado +en la pastelería delante de una mesa que la huéspeda le había hecho +preparar durante su ausencia. Mas no estaba cuando don Juan llegó la +agraciada morena; un marmitón mulato, y silencioso como la tumba, fue +quien le hizo seña de ocupar su asiento; y poniéndole delante un asado +de cabrito, medio pan blanco y un frasco de vino, se retiró sin decir +palabra a lo interior de la casa. + +No pudo menos don Juan de sonreírse viéndose recibir de aquella manera, +y de exclamar para sí: + +«¡Por vida de mi padre, que a estar en carnestolendas dijera que estos +señores de Madrigal se han propuesto hacer burla y chacota de mi +persona! Todos son misterios, y voto..., pero comamos, que después +habrá lugar para todo». + +En efecto, don Juan ocupó su asiento, y después de persignado y +santiguado devotamente empezó a embaular bonitamente, unos tras otros, +muchos y no muy pequeños pedazos de cabrito, los que, para que no se +le secaran en el estómago, tenía muy buen cuidado de humedecer con +copiosas libaciones. + +Al paso que iba había cabrito para muy poco tiempo; pero aún no +había concluido cuando, por detrás de él y sin haber precedido ruido +de puerta ni de pasos que se lo anunciase, apareció la huéspeda y, +tocándole ligeramente en el hombro, le dijo sin detenerse y en voz tan +baja que apenas se oía: + +—Guárdese de requebrarme. + +Cuando la última de estas palabras hirió el oído de don Juan, ya la +morena ocupaba el mismo asiento en que la había visto la primera vez, y +su actitud y aparente indolencia eran absolutamente las mismas también +que en aquella ocasión. + +El primer movimiento de don Juan, sintiéndose de improviso tocar en el +hombro, fue llevar la mano al puño de la espada; pero viendo, casi al +mismo tiempo, a la huéspeda, y escuchando las palabras que le decía, +se quedó absorto durante algún tiempo. Recobrado empero, y volviendo +a su humor festivo, se sonrió con la morena, quien le correspondía +igualmente, y animado con tan buen principio, empezó a decir: + +—¿Querrá usted decirme por qué me prohíbe...? + +La huéspeda, conociendo que la palabra _requebrarla_ u otra +equivalente era la que el forastero iba a pronunciar, recorrió rápida +y sobresaltadamente el aposento con la vista, y tomando en seguida +una actitud tan imponente que rayaba en teatral, puso el dedo índice +sobre sus labios, clavando al mismo tiempo sus hermosos ojos en los del +desconcertado caminante, que entonces no sabía qué cosa admirar más, +si la gracia y belleza de la mujer que tenía delante, o aquel aire de +dominio con que sin derecho alguno quería tratarle. + +—Es singular —exclamó—; pero al cabo es mujer —dijo para sí—; no hay +humillación en someterse a ella: variemos la conversación. Paréceme +—continuó en alta voz— que la gente de Madrigal tiene mucha afición al +padre vicario del monasterio, pues según los informes que tengo, poca +gente más será la que hay en el pueblo que la que yo he visto en misa. + +—Muy poca —respondió la morena, que había vuelto a recobrar su primera +apatía. + +—Y no faltan hidalgos en el pueblo. + +—Podrá ser. + +—¿Cómo podrá ser? ¿Pues usted no lo sabe? + +—No, a fe mía. + +—¿Y cómo, estando en la villa y habiendo tal vez nacido en ella? + +—Porque jamás me empeño en averiguar lo que no me importa. + +Y a estas palabras acompañó una mirada tan expresiva, tan burlona, que +confundió a don Juan y suspendió su locuacidad por algún tiempo. + +La pastelera calló también, y al parecer se ocupaba en contar las vigas +del techo, mientras que el caballero, rojo como el carmín, apoyaba +un codo en la mesa, la frente en la mano, y con la otra desmenuzaba +prolijamente una miga de pan como si la destinara a cebar algún +pajarillo. + +Después de algunos segundos, pasados en esta posición, don Juan, +dejándola bruscamente como por efecto de una de aquellas luminosas +reflexiones que, cuando menos esperamos, vienen a facilitarnos la +solución de algún problema que nos parecía imposible resolver, don +Juan, repito, volvió a anudar la interrumpida conversación. + +—¿Conocería, por ventura, vuesa merced a un hombre...? + +—¿Más curioso que siete mujeres? —interrumpió malignamente la huéspeda +con no poca mortificación del preguntante. + +—No es eso lo que voy a decir, hermana —replicó entre vergonzoso y +enojado don Juan—; iba a preguntarle si conocía a un hombre que hoy en +misa ha llamado mi atención. + +—Yo no he ido hoy a oír la misa del padre vicario. + +—Lo sé, pero sin embargo, pudiera ser que las señas que yo diese de +su persona —aquí advirtió don Juan que la huéspeda mudaba de color— +hiciese venir a usted en conocimiento de quién sea. + +—Diga, pues, señor caballero —prorrumpió la huéspeda morena, pero con +visible agitación. + +—Su edad es entre la mocedad y la vejez, su persona parece ser de +hombre robusto y asendereado, sus movimientos anuncian la agilidad que +solo se adquiere con el ejercicio de las armas. + +—O haciendo pasteles —dijo detrás de don Juan la misma voz que en la +iglesia causó el desmayo de fray Miguel de los Santos. + +—Pardiez —exclamó don Juan, que familiarizado ya algún tanto con las +sorpresas, recibió la nueva aparición con menos asombro que era de +creer—; pardiez, hermano, me alegro más de haberos encontrado que si el +rey me hubiera hecho merced de alguna encomienda. + +El incógnito, que llevaba su gran sombrero calado como siempre hasta +las cejas y los brazos cruzados sobre el pecho, dejó a don Juan decir +libremente, y continuó andando hasta colocarse de pie en frente de él +y al lado de la pastelera, cuyos ojos, desde el momento de su entrada, +no se apartaron del suelo. + +El silencio duró algunos instantes; quien lo rompió fue el pastelero. + +—Señor caballero: si en efecto lo es usted, puede saber que la +curiosidad indiscreta es gravísimo defecto, propio más bien de +mujercillas y hombres bajos que de gente noble y principal. Pero usted +es mozo, y como tal no es extraño que aún no haya aprendido a moderar +sus pasiones. Yo no soy ni quiero ser un misterio, y ciertamente creo +que para correr a usted bastaría decirle que el que ahora le está +hablando es el pastelero de Madrigal, su humilde criado. + +El principio de esta arenga inflamó al irascible don Juan; cuanto más +era la razón con que el pastelero le reprendía tanto mayores eran +su mortificación y cólera; pero cuando oyó a aquel hombre concluir +declarando su oficio, sin embargo de que la tal declaración se hizo +con un tono indefinible que ni bien era amargo, ni irónico, ni cortés, +ni grave, fue tan poderosa con él la risa que prorrumpió en una gran +carcajada. + +Esta se prolongó tanto que la pastelera acabó, como a pesar suyo, por +hacer otro tanto, y hasta el mismo dueño de la tienda dio muestras de +abandonar por un momento su austera gravedad. + +Así se pasó algún tiempo, y sabe Dios el que se hubiera pasado si +en medio de aquella inmoderada y acaso intempestiva alegría, no se +dejara ver en la puerta de la calle, que estaba abierta, un hombre, o +esqueleto de tal, alto, flaco, carilargo, ojihundido, vestido de negro, +con un lío de papeles debajo del brazo y un gran tintero de cuerno en +la mano; el escribano, en fin, en cuerpo y alma, si es que la tenía. + +—Abran aquí a la justicia —dijo parándose en el umbral de la puerta. + +Y esta frase fue la primera noticia que de su venida tuvieron los +tres reidores; al oírlas cesó la risa, cada cual fijó los ojos en la +puerta, y don Juan, viéndola abierta de par en par y que el fantasma +que en ella había decía sin embargo que se la abriesen, estuvo por +empezar de nuevo a reírse: contúvole empero la idea de que aquel hombre +era al cabo un ministro de la justicia, y se contentó con decirle: + +—Por más abierta no doy una blanca; entre usted, que bien puede. + +La pastelera se inmutó extraordinariamente; sus manos, que don Juan +notó ser de primorosa estructura y no embrutecidas por el trabajo, +se cruzaron sobre sus faldas con un movimiento convulsivo y casi +involuntario; perdió el color del rostro y echó una mirada al cielo +como pidiéndole protección. + +Del pastelero no fue posible juzgar, pues el ala del sombrero le +cubría, como se ha dicho, toda la cara, y en su persona no se notó +movimiento que anunciase temor ni sorpresa como no fuese el echar la +mano al puño de una daga corta que llevaba casi oculta entre los +pliegues del vestido, y aun esto con tanta negligencia y espacio, que +más parecía movimiento casual que de precaución. + +No bastó la invitación de don Juan para que el escribano pasase +adelante, sino que despreciando el aviso del caballero se dirigió de +nuevo al dueño de la casa, repitiéndole en su falsete: + +—Abran aquí a la justicia. + +—Abierto está; entre la justicia cuando quiera —respondió el pastelero. + +Y entonces el escribano entró, seguido de dos alguaciles y cuatro +robustos mozos armados con alabardas, mohosas, sí, mas de un tamaño +respetable. + +«Este Madrigal —dijo para sí don Juan viendo aquello— es villa +maravillosa, o se ha trastornado desde que estoy en ella: ¿qué va a que +se llevan preso a mi huésped?». + +Mientras hacía estas reflexiones, dos de los alabarderos se quedaron +guardando la puerta, y otros dos se colocaron a los costados del +escribano, quien tranquilo al parecer con aquella escolta, empezó a +decir: + +—Gabriel de Espinosa: el rey nuestro señor, y en su nombre el señor +corregidor de esta villa, y yo, por comisión de su señoría, expedida en +debida forma, según más latamente consta en autos, os requerimos para +que en este mismo instante nos entreguéis, para que puesto en lugar +de seguridad y juzgado, y _secundum alegata et probata_, conforme a +derecho, sufra la pena a que haya lugar, la persona de un asesino que +tenéis en vuestra casa pastelería, sita en la villa de Madrigal, en el +reino de Castilla la Vieja. + +—Señor escribano, mi casa no es, ni ha sido nunca, asilo de +malhechores. Usted viene engañado, pues en ella no hay persona alguna +forastera, como no sea ese gentilhombre que usted está viendo, que +seguramente no tiene trazas de asesino. + +—Nada más engañoso que la apariencia —replicó gravemente el escribano—. +Cierto no es el hábito que acostumbra vestir la gente maleante el +que vemos en la persona que usted nos señala; pero como por lo demás +convienen en ello todas las señas contenidas en el auto de oficio y +mandato de prisión de su señoría, fuerza será reconocer en este buen +hombre el asesino que buscamos. + +—Mentís como un bellaco —gritó furioso don Juan, irritado con tan +rigorosa y no merecida acusación. + +—Favor a la justicia —exclamó el escribano. + +Y al mismo tiempo sus dos satélites, enristrando las lanzas, le +pusieron a don Juan las puntas al pecho obligándole a retroceder hasta +la pared, sin darle tiempo para tirar de la espada. + +Sin embargo de verse en tan crítica posición, aún pudo tirar de un +puñal, y hacía ademán de resistirse con él. Los alabarderos, por su +parte, irritados con sus amenazas, le apretaban tanto con sus armas que +hubo momento en que realmente pudo decirse que estuvo a un dedo de la +muerte. + +El escribano se había retirado hacia la puerta: el pastelero miraba +desde el lugar en que le cogió el principio de aquella escena singular +el valor de don Juan; pero la morena, más sensible y arrojada, corrió a +los mozos, separó con sus manos las puntas de las alabardas del pecho +del caballero, y poniéndose delante de él, le dijo: + +—Entréguese usted a la justicia; si es inocente, como lo creo, no +estará mucho tiempo en sus manos; y si fuese culpado, sobre que la +resistencia sería inútil, no haría más que perjudicarle en su causa. + +El raciocinio era concluyente; pero todavía más que su evidencia +pudo con don Juan la dulzura de la voz, el tierno interés con que se +pronunció, y la expresión hechicera del rostro de la que con razón +llamó su libertadora. + +—Usted —contestó— acaba de salvarme la vida, y justo es que yo ponga +mis armas a sus pies —y, en efecto, lo hizo así—: disponga, pues, vuesa +merced de mi persona, y crea que desde este instante se ha ganado un +amigo, que lo será mientras viva. + +No replicó la pastelera, sino que cogiendo la espada y puñal de don +Juan los puso sobre una mesa, y dirigiéndose al escribano, le dijo +desdeñosamente: + +—Ya puede hacer su oficio. + +Don Juan, adelantándose entonces hacia el secretario, sin soberbia ni +humildad le dijo: + +—Soy vuestro preso; pero acordaos que soy noble, y mi familia poderosa. + +Concluidas estas palabras, los cuatro mozos de las alabardas cogieron +en medio al hermano del marqués y salieron procesionalmente de la +pastelería, cerrando la marcha el escribano, y dirigiéndose todos hacia +la casa-posada del señor corregidor, que estaba esperando al presunto +reo con alguna impaciencia. + +En el tránsito se agregaron muchas personas, que ya el aparato +desplegado por la autoridad en la prisión de don Juan había reunido a +la puerta de la pastelería; la mayor parte de ellas que andaban por las +calles, y no pocas de las que estaban en sus casas y vieron pasar el +singular acompañamiento de nuestro caballero. + +—¿Por qué llevan preso a ese mancebo? —preguntó uno de modo que el +interesado pudo oírlo. + +—No sé —respondió otro—, pero, según dicen, ha cometido un asesinato. + +—Imposible —interrumpió una mujer—, imposible: ¡si es tan galán! + +—Sí, como él sea galán, nada malo puede hacer —exclamó gruñendo un +hombre que, por la amabilidad que con ella usaba, se conocía ser su +marido. + +—Señores, es un hereje. + +—Judaizante, judaizante. + +—No hay tal, señores, es un morisco disfrazado. + +Todas estas conjeturas más divertían a don Juan que le mortificaban, +pues, seguro de su inocencia, lo estaba de justificarse de cualquier +crimen que se le imputara. + +Pero de repente, y de entre las personas del pueblo que más distantes +estaban del preso, sale una voz de trueno gritando: + +—Matadle, matadle al asesino, al sacrílego. + +Este apóstrofe produjo un momento de horror y profundo silencio; pero a +poco se oyó un ruido sordo como el del mar en el momento de empezarse +una tempestad. + +Los habitantes se hablaban entre sí, y casi todos a un tiempo: la +pregunta «¿Y qué es lo que ha hecho?» vuela de boca en boca. Pero el +estrépito es tal, la diferencia de voces y la agitación tan grandes, +que la respuesta no se da, o no puede llegar a los oídos del interesado. + +Un momento después, la voz de «¡Muera!, ¡matadle!, ¡a la hoguera!» es +general; los alabarderos, los alguaciles y el escribano bastan apenas +con amenazas, con razones y ruegos, a contener aquellos furiosos, que +más de una vez estuvieron a punto de arrojarse sobre la persona de don +Juan, y de hacerle pedazos. + +Decir que este caballero iba tranquilo en tan amargo trance sería +falso, inverosímil. El amor a la vida es natural, y perderla inocente, +sin esperanza de gloria y por el necio capricho del vulgo ignorante, +será siempre muy cruel, por más que suceda alguna vez en todos siglos y +épocas. + +Sin embargo, fuera de ponérsele el rostro amarillo como la cera, no +dio nuestro don Juan otra señal de temor. De buena gana se hubiera +tapado los oídos para no escuchar las horrendas imprecaciones que de +todas partes, y sin cesar, llovían sobre él; pero conoció que sobre +no poder excusarse de oír lo que le mortificaba, pues los pulmones +de los madrigaleños eran de bronce, o tal le parecían, dar aquella +prueba de debilidad sería indecoroso y a propósito para alentar en sus +sanguinarios proyectos a aquellos amotinados. + +Uno de estos hubo tan osado que, deslizándose por entre dos de los +alabarderos, llegó a coger un brazo al preso; mas este, conociendo +lo crítico de su situación y que solo arrostrándolo todo era como le +quedaba alguna esperanza de salvarse, le descargó en la cabeza un golpe +tan furioso y tan bien aplicado que dio con él en el suelo, en donde +se quedó como muerto. Tal fue el aturdimiento que tuvo. + +Los alabarderos viendo aquello, e interesándose como es natural por un +hombre indefenso y expuesto a la ira de todos, y que sin embargo tan +valiente se mostraba, enristraron las alabardas, y cerrándose en torno +de él, lograron, no sin trabajo, abrirse paso por medio de la multitud +que por todas partes les rodeaba. + +El escribano intentó al principio resistir al tumulto con autoridad, +conminando a los amotinados con diversas penas si al punto no le +dejaban el camino expedito para que la justicia pudiera ejercer +libremente sus funciones. Pero nadie le hizo caso, y hubo quien llegó a +contestarle con muy poca cortesía. + +Visto esto varió de rumbo, empezó conviniendo con los habitantes en la +enormidad del delito del prisionero, y la justicia del castigo que para +él pedían; pero les suplicaba que dejasen a cargo de los magistrados +puestos por el rey aplicar la pena que conviniese, citándoles en apoyo +de su opinión cuantos aforismos, leyes, comentarios y pragmáticas le +vinieron a la memoria. Mas ni nadie atendía a su aflautado y meloso +acento, ni aunque hubiesen atendido sirviera de nada, pues una vez rota +por el pueblo la barrera del orden, ¿adónde pararán sus extravíos? Dios +solo alcanza saberlo. + +A pesar de todo permaneció firme en su puesto el escribano hasta la +ocurrencia de que últimamente hemos hablado, pues así que vio caer a un +hombre en el suelo, fue tan pánico el terror que de él se apoderó que, +escabullándose por entre los circunstantes, encorvado para que se le +viese menos, se dio tan buena maña que en pocos instantes se vio fuera +del campo de batalla con no poca satisfacción suya. + +Entre tanto los mozos de las alabardas, valientes como castellanos +de entonces, continuaban lenta y penosamente su marcha, y el pueblo +gritaba a más y mejor contra el pobre don Juan, que daba al diablo la +hora en que se le antojó venir por Madrigal, y quisiera más entonces +habérselas con todos los tudescos del mundo que con sus furiosos +compatriotas. + +Llegaron por fin al umbral de la casa del corregidor y la hallaron +cerrada, gracias a la prudencia de la consorte de este, doña Petronila, +que informada por un oficioso vecino de lo que ocurría en el pueblo, +dispuso tomar a todo evento la precaución de no dejar que nadie entrase +en su casa hasta que todo estuviese sosegado. + +Por más que los alabarderos llamaron, por más que suplicaron, la puerta +no se abría. + +El corregidor, puesto a la ventana del piso principal, colocada +precisamente encima de una de las rejas del cuarto bajo, decía +constantemente: + +—Hijos, no puedo abrir; mi mujer tiene la llave. + +—Ya se ve que la tengo —exclamaba desde el interior del aposento la +voz cascada de la dueña—, ya se ve que la tengo, y no la daré. + +Los amotinados se agolpaban; su furia, lejos de disminuirse, iba +tomando incremento, y era visible que en breve todos los esfuerzos de +los cuatro alabarderos serían inútiles para salvar al infeliz don Juan. + +Este, conociendo desde luego toda la intensidad del peligro, echó una +mirada en rededor de sí, ve la reja, da un salto, gatea por ella, +alcanza la ventana a que el corregidor estaba asomado, y entra por ella +en el aposento. + +Inmediatamente coge al magistrado absorto por el brazo, le retira de la +ventana, cierra vidrieras y contraventanas, y rendido de fatiga y de +sobresalto se arroja sobre un sillón. + +Al ver el pueblo el arrojo de don Juan, todo él prorrumpió en un grito +de espanto, del que se formará una idea el que haya oído exclamación +universal de los concurrentes a la elevación de un globo en cuya +barquilla se ve algún atrevido areonauta. + +Pero a la admiración sucedió el furor y el grito de derribar la puerta, +que sonó en los oídos del corregidor como la sentencia de su muerte. + +[Ilustración] + + + + +CAPÍTULO III + + Doleos la dueña. + Doleos de mí + Si no me amparades + Es fuerza morir. + —Mal hora que os coja, + ¿Por qué aquí venís? + Ni sé vuestro nombre, + Ni jamás os vi. + —Salvadme, que os juro, + Que voy a morir + Sin culpa ninguna. + —Mancebo, venid, + Que soy compasiva + Y mujer al fin. + + (_Romance inédito_). + + +Mientras que en la calle se discutía tumultuariamente sobre si sería +más conveniente echar abajo la puerta de la casa del corregidor, o +cercarla tomando todas las avenidas a ella, de manera que el fugitivo +no pudiera absolutamente escaparse de sus manos, es imponderable la +apurada situación del magistrado, su mujer y don Juan. + +Por de pronto, la sorpresa en los dos primeros, y en el último el deseo +de la conservación, no dieron lugar a ningún otro pensamiento; pero +pocos minutos bastaron para que cada uno de ellos hiciera reflexiones +sobre su posición, y análogas a su carácter. + +El corregidor repasaba en la memoria las penas impuestas por la ley +al escalamiento; pero al mismo tiempo veía con disgusto no serían +aplicables en aquel caso, porque era claro que solo el inminente +peligro de su vida movió al acusado a tomar por asalto la audiencia de +su señoría. Sin embargo, lo que más le mortificaba era cierto escrúpulo +sobre si tendría o no que inhibirse del conocimiento de aquella causa, +pues como testigo presencial del escalamiento su deposición se hacía +necesaria, y le imposibilitaba de ser juez en ella. + +Doña Petronila empezó por ceder a la timidez de que en general +adolece su sexo, y aun estuvo muy cerca de tener un desmayo; pero +venturosamente se hizo cargo de que su ilustre esposo tenía demasiado +miedo para socorrerla entonces, y el recién venido cosas de más +importancia en qué pensar, y resolvió contentarse con derramar algunas +lágrimas por el momento. + +Don Juan, después de recobrado algún tanto, prestó la mayor atención a +las voces de los amotinados, y a poco se hizo cargo de sus intentos, +los que fácilmente se figurará cualquiera, que le alarmaron en extremo. + +—Amigo, quien quiera que seáis —dijo dirigiéndose al magistrado—, en +vuestra mano está salvar la vida de un hombre que sin saber por qué, ni +haber cometido crimen alguno, es el objeto de la furia de esa canalla. + +—Doña Petronila, esposa, ya oís lo que dice este hombre. + +—Sí, ya oigo, y más valiera que ese hidalgo no hubiera venido a +ponernos en tan grave peligro. + +—Señora, el peligro en que yo mismo me hallaba es mi disculpa. + +—¿Y quién le mandó ponerse en él, señor mío? + +—El demonio, que sin duda me inspiró el pensamiento de venir a este +malaventurado pueblo. + +—¡El demonio! —murmuró aparte el corregidor—; _vade retro_. Este hombre +tiene pacto. + +—Sí, sí —contestó la corregidora, que iba cobrando aliento—; echa la +culpa al pueblo de lo que la tienen sus malas mañas. + +—¿Pero qué malas mañas, pecador de mí? ¿Qué mañas? ¿De qué me acusan? +Sépalo yo al menos. + +—Traslado —respondió el magistrado. + +—Le acusan —dijo su mujer—, del asesinato que ha cometido. + +—¡Válganme todos los santos del cielo! ¡Yo asesino! ¿Y quién lo dice? + +—Oiga, hermano, y escuchará cómo se lo dice todo el pueblo. + +—¿Y eso basta? + +—_Vox populi, vox Dei_ —dijo el juez. + +Aquí interrumpió la conversación el estrépito horrible de las voces +de los amotinados, que con más furia que nunca gritaban «¡Abajo la +puerta!», y como por vía de acompañamiento se oían los golpes que daban +en ella algunos impacientes con las astas de las alabardas que habían +logrado arrancar de manos de sus dueños, en tanto que recibían las +hachas que habían enviado a buscar. + +—Toda discusión es ociosa, señores; dentro de algunos minutos seremos +todos víctimas de la rabia de esos desalmados si por caridad no me +indican vuesas mercedes un medio para huir de aquí. + +Doña Petronila, mujer al fin, y conmovida con el riesgo a que conocía +se hallaba expuesta, quiso echar una mirada sobre su extraño huésped, a +quien hasta entonces no había examinado, temiendo hallarle espantoso; +pero cuando vio un mancebo tan bien dispuesto, y sereno hasta +cierto punto aun puesto en aquel duro trance, sintió enternecérsele +el corazón, y empezó a pensar en qué paraje podría ocultarle para +sustraerle a la espantosa muerte que sin duda le aguardaba. + +Mujer que quiere, pocas veces no puede; un retrete en su propia alcoba, +cuya entrada, dispuesta ya con arte para que no se notase, era todavía +menos visible a causa de la oscuridad del lugar en que estaba, fue el +paraje que doña Petronila creyó a propósito para ocultar a don Juan. Y +en efecto, levantándose de su asiento le asió de la mano, diciéndole: + +—Sígueme. + +El hermano del marqués, en el entusiasmo de su gratitud, no vio ni los +sesenta años de doña Petronila, ni su figura colosal y descarnada, ni +los ojos a manera de perdiz, ni la mano semejante a la de una parca; +nada vio, repito, en aquella mujer sino un ángel tutelar que venía a +arrancarle de las garras de la muerte. Así es que imprimió en la mano +que le llevaba un beso tan ardiente como hubiera podido hacerlo en +la de la misma diosa Venus si en persona se le hubiese presentado a +ofrecerle sus favores. + +No habían aún puesto el pie fuera del aposento la dueña y el +caballero, cuando les hizo pararse una voz que se oyó en la calle, +primero a lo lejos y repetida a pequeños intervalos, después muy +próxima, últimamente inmediata a la misma casa y universal, diciendo: +«¡Milagro, milagro!». + +Casi al mismo tiempo cesaron los golpes de la puerta, y el ruido de +las pisadas anunció que los amotinados se retiraban, pero con tanta +precipitación que era una verdadera fuga, y repitiendo sin cesar el +grito de «¡Milagro, milagro!», que, debilitándose progresivamente, +acabó por dejarlo todo en el más profundo silencio. + +Cuando llegó este caso, don Juan, que había permanecido en pie, y +siempre asido de la mano de doña Petronila, exclamó como maquinal e +involuntariamente: + +—¡Milagro! + +—¡Milagro! —repitió la dueña. + +—¡Milagro! —tartamudeó el corregidor. + +Después que ya fue evidente la partida de los amotinados, cada cual +se fue serenando progresivamente, y, como es natural, la curiosidad +sucedió desde luego al temor. + +Lo ocurrido era, a la verdad, para tenerla. Don Juan, en un pueblo en que +a nadie conocía, en el que apenas hacía dos horas que se hallaba, sin +que durante ellas se hubiese querellado con persona alguna, se veía de +repente acusado, preso por la justicia, perseguido por el pueblo, y de +repente, también como por encanto, a la voz de «¡Milagro!» se verifica +en efecto el de dispersarse espontáneamente el tumulto, y esto en el +momento en que era muy probable consiguiesen su intento los amotinados. + +Por su parte, el corregidor y su esposa, aunque enterados del crimen de +que se acusaba a aquel caballero, comprendían aún menos que él mismo la +dispersión del motín. + +No tardaron mucho ni unos ni otros en salir de sus dudas; pero para +hacer inteligible la solución del misterio en cuestión nos es forzoso +volver atrás por un momento con el hilo de nuestra historia. + +Recuérdese que hemos dicho que el aguijoneado don Juan, por el deseo +de conocer al que después vio ser el pastelero, había dejado al +vicario del monasterio de Santa María la Real desmayado, en brazos del +sacristán del mismo, y que inmediatamente echó a andar en busca de su +incógnito. + +Sucedió, pues, que no pudiendo el sacristán entrar solo al fraile +desmayado en la sacristía, llamó en su auxilio a dos monaguillos, que +en efecto le ayudaron a echar al vicario sobre un banco y prodigarle +los socorros ordinarios en tales casos, como rociarle el rostro con +agua, hacerle oler vinagre, despojarle de parte del vestido, etc., etc. + +Pero como a pesar de todos sus esfuerzos, y del movimiento que recibía +el cuerpo del padre vicario, no volvía de su parasismo, el pobre +sacristán, hombre pacato y de poco espíritu, exclamó afligidísimo: + +—¡Válgame Dios: está como muerto el buen señor! + +No aguardaron a oír más los dos monaguillos, muchachos de diez a once +años ambos, sino que echando a llorar amargamente salieron corriendo de +la sacristía dando grandes alaridos, en los cuales no se les oían más +palabras inteligibles que las de «Ha muerto el padre vicario». + +Ya en esto, la mayor parte o todas las personas que quedaban aún en el +pórtico cuando salió don Juan de la iglesia, se habían retirado a sus +casas; los mismos individuos del ayuntamiento se habían dispersado, y +solos el corregidor y el escribano, con algún otro rezagado, estaban +bastante próximos a la iglesia para oír las lamentables exclamaciones +de los dos acólitos. + +—Homicidio —dijo el corregidor. + +—Homicidio —repitió el escribano. + +Y recordando entonces con infernal sagacidad la salida de don Juan +de la iglesia después de todos los demás circunstantes, infirió como +consecuencia de la prisa y azoramiento que en él advirtió entonces, +que él era sin duda el asesino del padre vicario, e inmediatamente se +le comunicó a su señoría, quien contestó: + +—Préndasele, y le ahorcaremos. + +Con tan buenas intenciones, el escribano, hombre diligentísimo en +tales ocasiones, dispuso la prisión de don Juan en la forma que hemos +visto se verificó en la pastelería, y su ánimo era llevarle a casa del +corregidor para tomarle inmediatamente las primeras declaraciones. + +La casualidad hizo que las primeras personas que se reunieron a la +comitiva de don Juan no estuviesen enteradas del crimen de que se le +acusaba; pero ya cuando se aumentó el concurso, se agregaron a él +uno o dos sujetos que, habiendo oído la conversación del juez con su +secretario en las inmediaciones de la iglesia, hicieron correr la voz +de que aquel hombre iba preso por haber asesinado al padre vicario en +la iglesia misma en el momento de acabar de decir misa, y revestido aún +de las sagradas ropas. + +El delito era enorme en sí, atroz por la persona en quien se cometía, +y sacrílego por el paraje en que se suponía haberse cometido y +circunstancias que le acompañaban. + +Pero sin embargo, para comprender bien el furor que encendió en el +pueblo, es preciso saber lo que amaba al que creía muerto. + +Fray Miguel de los Santos era religioso del orden de San Agustín, y +portugués de nación, provincial de su orden en Lisboa, predicador, +confesor, y amigo del desgraciado rey don Sebastián: se unió, después +de su pérdida, en estrecha amistad con don Antonio, prior de Crato, que +fue, como es cosa bien sabida, uno de los pretendientes más obstinados +a la corona de aquel reino. + +Fray Miguel debía a la naturaleza un carácter vehemente, entusiasta y +arrojado; así es que no supo sustraer a la suspicacia de Felipe su mal +reprimida adhesión a don Antonio. + +El monarca español le hizo traer a Castilla encerrado en un coche con +guardias de a caballo, y le tuvo preso algún tiempo, hasta que, por +fin, o creyendo que el fraile se habría demudado con el infortunio, o +cediendo a empeños de poderosos, le concedió su libertad, enviándole +de vicario al monasterio de Madrigal, en el cual era monja profesa +la señora doña Ana de Austria, hija natural del inmortal vencedor de +Lepanto. + +Costumbres irreprensibles, moral pura e indulgente para los demás +y severa para sí mismo, ayunos, penitencias, limosnas, la práctica +constante de todos los ritos exteriores de la religión, con más el +ejercicio, en cuanto le era posible, de las virtudes reconciliadas, +adquirieron a fray Miguel en Madrigal la reputación merecida de un +varón justo y un sacerdote ejemplar. + +Nunca la miseria acudió en vano a la caridad de fray Miguel; y si +los socorros que daba no eran siempre tan cuantiosos como él hubiera +deseado, iban por lo menos acompañados de buenos consejos y palabras +compasivas, lenitivo muchas veces, si no remedio a nuestros males. + +Con estos antecedentes es fácil hacerse cargo de la inflamación +extraordinaria y portentosa de los habitantes de Madrigal contra don +Juan de Vargas, que ni siquiera podía sospechar qué había hecho para +que tan mal le quisiesen. + +Pero el pueblo estaba firmemente persuadido de que aquel caballero +había asesinado al vicario, y el castigo que la justicia le impusiera +le parecía tardo y suave; no se trataba ya de castigar un crimen +oscuro, sino de vengar a una población entera privada del protector +de los pobres, y lavar la afrenta hecha al templo del Señor con un +atentado inaudito. + +Personas de Madrigal que por carácter, estado y edad no se hubieran +mezclado en el motín en ninguna otra ocasión, se unieron a él en +aquella. Hombres naturalmente compasivos pedían a voz en grito el fuego +y los tormentos más terribles para el que juzgaban culpado, y esto sin +tener la menor seguridad de que el crimen se hubiese cometido, mucho +menos aún de que ya que fuera así, fuese su autor el desgraciado a +quien quería sacrificar. Tal es el efecto de las conmociones populares, +movidas a veces para un solo fin, nunca muy honrado, pero que por +circunstancias podrá ser provechoso en un momento dado, y jamás se +contentan con lograrlo; como los graves aumentan velocidad en cada +instante sucesivo de su descenso, y como este aumento de velocidad +acrecienta la fuerza de la masa que desciende, así el tumulto aumenta +continuamente sus exigencias, se aumenta también sin cesar una especie +de fuego eléctrico que se comunica de hombre a hombre, los inflama a +todos, los funde, por decirlo así, en un solo cuerpo monstruoso, capaz +de todo lo malo, y nunca de nada bueno. + +¿Son exageraciones? ¿Son frases de escritor? ¡Ojalá! Pero dígalo la +historia, y no hay necesidad de ir a buscar la antigua. + +Volvamos a Madrigal. Las hachas acababan de llegar; ya dos de los más +robustos amotinados se habían apoderado de ellas, y se disponían a +empezar la obra de destrucción, cuando el grito de «¡Milagro!» se +oyó por primera vez en las últimas filas de los circunstantes, y los +que la formaban dieron a huir como gamos por calles y callejuelas, +persignándose al mismo tiempo con toda la devoción que la prisa les +permitía, y encomendándose cada uno al santo de quien era más devoto. + +¿Cuál era la causa de su espanto y gritos? ¿Cuál el milagro que +anunciaban? La resurrección de fray Miguel de los Santos nada menos: +este religioso llegó a saber el peligro inminente en que se hallaba un +hombre acusado de haberle muerto; y a pesar de que su desmayo le había +puesto realmente enfermo, dijo la causa inmediatamente para salvar a +aquel infeliz. + +La palidez de su rostro, su andar mal seguro, y la expresión +melancólica de su fisonomía le daban cierto aire poco común. ¿Qué más +necesitaba el pueblo para creer que era un muerto resucitado? + +La palabra «milagro» volaba de boca en boca. Unos corrían porque habían +visto a fray Miguel; otros porque oyeron que venía; otros porque veían +correr a los demás; y finalmente, algunos porque temieron, quedándose +solos, pagar la culpa de todos por el desacato cometido contra la +justicia. + +Así se disipó aquella tempestad; cada uno se fue a su casa sabiendo +menos sobre el asunto en cuestión que cuando salió de ella, ronco de +gritar, molido de encontrones y otros azares (pero al cabo contento +por haber sacudido por un instante el yugo de las leyes, aunque +nada hubiese conseguido). No faltó tampoco quien hallase de menos +el pañuelo, el dinero, o alguna alhaja de valor que llevaba en el +bolsillo; debió consolarse con la idea de que había pasado a manos de +alguno de sus cohermanos del motín, y probablemente no de los menos +celosos por el bien general. + +Pero el hecho es que el motín se disipó, y que a pesar de lo que el +pobre vicario se esforzaba en gritar que no había milagro ninguno en +andar por las calles un hombre de carne y hueso, y que él no había +muerto, que viniesen y le tocasen verían como estaba vivo, aquellos +señores, cuanto más los llamaba, más huían, diciendo que no querían +nada con muertos. + +Vista la inutilidad de sus razones, continuó fray Miguel su marcha +hasta la puerta de casa del corregidor, y llegando a ella dio dos o +tres golpes con el aldabón. + +Oírlos el juez y pegar un salto, de resultas del cual se quedó en +cuclillas, como una mona, sobre el sillón que ocupaba, todo fue uno. + +Doña Petronila, creyendo también que volvía a empezar de nuevo la +persecución, quería llevarse a don Juan adonde ya tenía proyectado +esconderle; pero Vargas, más acostumbrado a los peligros que los dos +esposos, no quiso consentir en ello. + +—No, señora —dijo—; estos golpes no son ya de persona que intenta +forzar la puerta, sino de uno que pretende que se la abran. Además, el +profundo silencio en que estamos es prueba evidente de que la canalla, +por milagro en efecto, ha abandonado el campo. Tal vez el que llama +es algún amigo: veámoslo. Y sin esperar respuesta ni dar lugar a +reflexiones, abrió la ventana, y viendo, con no poca satisfacción suya, +la calle enteramente desembarazada, preguntó: + +—¿Quién va? + +—Fray Miguel de los Santos —respondió el fraile. + +El corregidor se tiró desde el sillón al suelo, se tapó la cara con las +manos, y además se puso como si besara la tierra, no cesando de decir +apresuradamente y sin intermisión: + +—¡Abrenuncio, Satanás; abrenuncio, Satanás! + +Su mujer, más atrevida, sacó inmediatamente su rosario, y adelantándose +hacia la ventana, haciendo la señal de la cruz empezó a decir: + +—«De parte de Dios te digo, ánima de fray Miguel, que me digas a qué +vienes, y si estás en pena, por qué, y qué quieres que hagamos para +sacarte de tan mal estado». + +Durante esta arenga, que el pobre juez acompañaba con su refrán de +«Abrenuncio, Satanás», el cual producía un zumbido muy semejante al +del moscón, don Juan, absorto, hubo un momento en que estuvo tentado a +tener miedo y ponerse también a rezar por su parte; pero juzgó después +más prudente pedirle la explicación de aquel misterio al fraile, +que con paciencia admirable estaba esperando a que doña Petronila +concluyese su exorcismo. + +—¿Qué es esto, padre? Dígame vuesa reverencia si la gente de Madrigal +pierde el seso periódicamente tal día como hoy en cada año. + +—Señor caballero, que tal lo parece usted —dijo fray Miguel—, esa +señora me cree muerto, y por mano de usted. + +—¡Jesús!, ¿y cómo? + +—Eso se alcanzará si usted logra que se convenzan de que, gracias a +Dios, vivo todavía, estoy bueno y sano, y lejos de haber recibido de +usted el menor insulto, aún tengo que agradecerle algún servicio. + +Era menester ser muy necio o muy obstinado para negarse a dar crédito +a un hombre que con tan buenas razones probaba que vivía. Doña +Petronila, que si bien no era joven ni agraciada, y sí dominante y un +tanto colérica, tenía sin embargo una cantidad de razón regular, se +convenció, pues, de que en el supuesto asesinato del vicario había +habido algún extraño error: desde luego mandó a su esposo que creyese +que realmente estaba en esta vida fray Miguel. + +—Doña Petronila, ¿estáis segura? + +—¿Cómo es eso?, ¿cuándo no estoy yo segura de lo que digo? + +—Ya, pero cuando son cosas sobrenaturales... + +—¿No basta que os lo diga yo? Id noramala, y mandad que abran la puerta +a su reverencia. Ya van, fray Miguel, ya van. Vamos, muévase. + +El pobre corregidor, a pesar de que conservaba su recelo, no tuvo más +remedio que obedecer, y, gracias a sus providencias, a poco tiempo +entró fray Miguel en el aposento que fue teatro de la escena de que +acabamos de ser testigos. + +Haciendo una ligera inclinación de cabeza a la dueña de la casa, se +dirigió el vicario hacia don Juan, diciéndole: + +—Señor mío, en cuanto hoy ha pasado espero que usted me hará la +justicia de creer que yo no he tenido la menor parte. Un parasismo que +al retirarme de decir misa me sorprendió a la entrada de la sacristía... + +—Del que fui testigo felizmente, pues evité que vuestra reverencia +viniese al suelo. + +—Favor que ya sospechaba deberos, y a que estaré eternamente +agradecido; ese parasismo, pues, ha dado lugar a creer, por una +combinación de concomitancias que sería muy prolijo explicar ahora, +que yo había sido víctima de un asesinato y vos el homicida. El señor +corregidor, y perdóneme su señoría que se lo diga, ha obrado con +vos ligeramente, dando lugar a cuantos desórdenes han ocurrido, y +exponiendo a una persona inocente a gravísimos riesgos. Usted, señor +caballero, tiene sin duda derecho a reclamar daños y perjuicios; pero +yo fío en que por amor de la paz, y por mi intercesión, si de ningún +valor por lo escaso de mis méritos, de algún peso a lo menos por el +santo hábito que visto, querrá usted darse por contento con que yo en +nombre de todo el pueblo le pida perdón por lo ocurrido, y perdonando, +en efecto, como buen cristiano, se vendrá conmigo a mi celda por el +tiempo que tenga a bien pasar en este pueblo y honrar a su servidor. + +Don Juan contestó a este razonamiento aviniéndose a todo; y dando +gracias a la corregidora, y aun al corregidor, salió de su casa +acompañado del fraile y razonando con él sobre lo ocurrido en aquella +mañana. + +No podía Vargas menos de conocer en su interior que a todo había dado +lugar su curiosidad verdaderamente pueril; pero a pesar de ello, lo que +más sentía era el no haber podido descubrir el misterio del desmayo de +fray Miguel al nombrarle el pastelero. + +Cuántas penas le costó su fatal empeño, lo veremos en el curso de esta +historia si nos alcanza la paciencia, al lector para hacerse cargo de +ella, y a mí para concluirla. + +[Ilustración] + + + + +CAPÍTULO IV + + Pero estorbóselo una carreta que salió al través del camino, cargada + de los más diversos y estraños personajes y figuras que pudieron + imaginarse. + + (Cervantes: _Don Quijote_, parte 2.ª, cap. 11). + + +Sosegado el pueblo de Madrigal, y enterado después de algunas horas +de la falsedad del hecho que dio lugar al motín, volvieron las cosas +al orden regular. La tarde del mismo día del tumulto, aprovechando la +hermosura del tiempo, salieron a paseo a una pradera inmediata a la +villa gran parte de sus habitantes. + +Acostumbraban los mozos a reunirse en aquel paraje los días festivos, +con objeto de recrearse en diversos ejercicios corporales, haciendo en +ellos alarde cada cual de su fuerza y habilidad. + +La barra, la carrera y la lucha para los plebeyos; montar a caballo, +arrojar una lanza, tirar al blanco y correr sortijas para los nobles. + +Las mujeres asistían a estos espectáculos, como a todos, para ver y ser +vistas. Su presencia servía de estímulo al valor de los combatientes; +hombre que en las circunstancias ordinarias no hubiera levantado del +suelo un peso de dos arrobas, levantaba seis solo por estar delante +su amada. ¿Qué esfuerzos no hará un hombre por no verse humillado a +presencia de su dama? El que amando no es valiente, seguro es que nunca +lo será. + +Habíale sido forzoso a don Juan ceder a las instancias de fray Miguel +y acompañarle a su celda a comer con él. Durante la comida intentó +Vargas diversas veces hacer que la conversación recayese sobre el lance +de aquella mañana en la iglesia; mas el vicario se obstinó en eludir +constantemente sus deseos, y viéndose ya últimamente muy apretado por +el caballero, pretextó ocupaciones importantes y rompió la conferencia +más apresurada que cortésmente. + +Libre don Juan, se encaminó sin detención a la pastelería, pero la +encontró desierta. Su criado, que estaba en la puerta del mesón, le +dijo que los pasteleros habían salido con ánimo, según creía, de +pasearse en la pradera. + +Informádose entonces de dónde estaba esta, y dirigido por una persona +que la casualidad hizo pasase por allí para ir al paseo, el caballero +se resolvió a hacer otro tanto. Su llegada causó alguna sensación +en la concurrencia, pero como ya se sabía la inocencia de Vargas, +avergonzadas las gentes de su proceder con él, más bien le mostraron +atención que curiosidad indiscreta. + +Él por su parte, como hombre de mundo, mostró haber ya olvidado lo +ocurrido, y tomó parte en las diversiones como uno de tantos. + +Aquí seis u ocho robustos mozos, labradores por las trazas, arrojaban +una pesadísima barra como si fuera un junco; más allá otros levantaban +piedras enormes con las manos o los dientes. + +Dos amigos luchaban a brazo partido a presencia de un concurso +numeroso; sus músculos tendidos, su arrebatado color y sus esfuerzos +repetidos y constantes, hacían un singular contraste con la sonrisa que +se dejaba ver en los labios de ambos y las palabras cariñosas que se +dirigían; mientras que por el contrario, en otro corro, dos rivales en +amor, desafiados al salto, y combatiendo delante de su dama, se miraban +con un ceño espantoso, y hacían unos esfuerzos desmesurados para +obtener la victoria. + +Corría sucesivamente Vargas todos los grupos, y en todos ellos, aunque +formados en gran parte por los mismos que habían querido quemarle vivo +aquella mañana, encontró la más urbana acogida, pues siempre se le +abrió paso para que ocupando la primera fila gozase con mayor comodidad +del espectáculo. + +Aquí le consultaban sobre un lance dudoso; allí le pedían su aprobación +como necesaria para confirmar el triunfo del vencedor; en una palabra, +todos a porfía se esmeraban en reparar el agravio que le habían hecho. + +No pudo menos Vargas de corresponder lo mejor que supo a tanta +cortesía, alabando a los felices, consolando y animando a los vencidos, +y sobre todo, ponderando con encarecimiento cuanto presenciaba, como si +nunca tal maravilla hubiese visto. + +Pero ya empezaba a fatigarse de un espectáculo que muy poca o ninguna +diversión podía ofrecer a un cortesano, soldado y viajero, cuando de un +extremo de la pradera salió una voz estentórea diciendo: + +—Aquí, aquí, caballeros, van los comediantes a ofrecer a vuesas +mercedes la más extraña y bien dispuesta farsa que nunca han oído. + +Este cartel parlante, repetido algunas veces y que, como ya se ha +visto, prueba la antigüedad de las notas laudatorias y preventivas +conservadas hasta nuestros días en los anuncios teatrales, con no poca +ventaja de gran parte del público que, poco acostumbrado a formar +juicios, se encuentra ya hecho el de la pieza que va a ver, y esto +regularmente por mano del autor, que es quien mejor debe conocer el +parto de su entendimiento y juzgarlo con más imparcialidad, este +cartel, digo, deshizo todos los corrillos, reuniendo al público entero +delante del paraje en que iba a hacerse la representación. + +Desde luego nadie creerá que se tratase de teatro: nada menos que eso; +ni siquiera una barraca como las que los tratantes forman hoy en las +ferias y romerías. + +Todo el aparato consistía en cuatro puntales hincados a mano en el +suelo, y que terminándose en forma de horquillas por su extremo +superior, servían de apoyo a otros cuatro palos horizontalmente +colocados y dispuestos en forma de figura cuadrada. + +De estos pendían, no sé si diga cortinas o harapos, que cerrando tres +lados del rectángulo solo dejaban uno descubierto, para que por él +pudieran los concurrentes gozar del espectáculo. + +Detrás de la cortina del fondo estaba colocada la música, mejor diré +el músico, que tocaba una dulzaina y a más un tamboril guarnecido de +sonajas, instrumentos que producían una armonía grata, por lo menos a +la mayor parte de los oídos para los que estaba destinada. + +Una carreta como la que Cervantes describe con la gracia inimitable +de su genio condujo a una compañía de farsantes a Madrigal, por +casualidad, el día en que nos hallamos. + +Al pasar por la pradera, y viéndola llena de gente, le pareció bien al +autor de ella dar una representación _in promptu_ para sufragar con +ella los gastos que en aquella noche habrían de hacer. + +En un instante saltó a tierra la _turba alegre y regocijada_, plantó +los palos, colgó las cortinas, y el gracioso anunció la función. + +Entre tanto, y en el mismo paraje en que el de la dulzaina soplaba +a más y mejor, agitando cuanto podía las sonajas del tamboril, los +actores se vestían o se desnudaban, que la cosa ofrece sus dudas, y el +anunciante, vestido de mogiganga y cargado de cascabeles, recorría con +el sombrero en la mano la concurrencia, con el piadoso fin de recoger +lo que cada uno tuviese voluntad de dar, o él maña suficiente para +sacarle. + +—Ea, caballeros, sean generosos con los pobres farsantes que hacen +oficios de disipar sus melancolías, muchas veces a costa de haber de +tragarse las suyas, y no pocas sin tener que tragar. Usted, señor +galán, que tan embebido está contemplando, no quiero decir a qué dama, +sea garboso en su presencia, que nada cautiva más a las mujeres que la +liberalidad. Dele Dios tan buena suerte en amores, señor mío, que nunca +encuentre mujer con quien casarse. + +—¿Cómo, deslenguado, así trata a quien le ha dado más él solo que +cuantos hasta aquí le han hecho limosna? + +—Limosna, señor gentilhombre, es la que se da de buena voluntad, y sin +más interés que el de servir a Dios; pero no lo es lo que se le paga a +un hombre por solazarse, viéndole hacer sus pocas o muchas habilidades. + +—Insolente... + +—No se enoje, que yo la llamaré limosna, si en eso estriba la paz; +¿pero por qué se queja, si en pago de su liberalidad le deseo tanta +suerte en amores, que no encuentre mujer con quien casarse? ¿Pues, +pecador de mí, no se acaban para el que se casa los galanteos? Y ya que +el tal casado lo sea tan malo que aún conserve tales aficiones, ¿qué +mujer que no sea la que ninguno de nosotros quisiera que fuera la suya +ha de dar oído a sus requiebros? + +Diciendo así, continuó su camino el farsante, dejando corrido a su +contrario. + +Al pasar por delante de don Juan de Vargas, cierta especie de instinto +de su profesión le hizo conocer que no era persona a propósito para +irle con bufonadas, y así se contentó con alargar el sombrero, en el +cual recibió una ofrenda tal que le obligó a inclinarse profundamente +por dos veces seguidas. + +Pidiendo a unos, burlando a otros, y sacando más o menos de casi todos, +iba ya el gracioso o bobo, como entonces se llamaban, a retirarse; +pero viendo llegar a la reunión tres personas más, le pareció mejor +esperarlas para ver qué podían dar de sí. + +—Más vale tarde que nunca, señores míos; sean vuesas mercedes muy bien +venidos, y por vida del inventor del arte que profeso, que hubiera sido +gran lástima no viesen nuestra función los dos ojos más bellos que en +cara de mujer se han visto. + +El pastelero, que él era quien con la morena y el mulato acababa de +llegar, como siempre con el sombrero calado hasta las orejas, no +respondió palabra al agasajo que a su compañera se le hacía, sino que +metiendo la mano en el bolsillo y sacando una moneda de plata la echó +desdeñosamente en el sombrero del que pedía, diciéndole: + +—Está entendido. + +El cómico se retiró contento con lo que había recogido, y anunciando +que la función iba a empezarse. + +—Vecina, ¿ha visto lo que ha dado el pastelero? —dijo una vieja a otra +que estaba a su lado y cerca como ella del objeto de la pregunta. + +—No, tía Juana: ¿ha dado algún pastel? + +—¡Bien!, no sé de qué les sirven los ojos a algunas personas. ¿Pastel +había de dar? Menester era para darlos que empezara por hacerlos; ha +dado una moneda de plata. + +—¡Moneda de plata! ¡Virgen santa! ¡Moneda de plata un pastelero! ¿Quién +vio tal? Y un pastelero que no hace pasteles, y que nadie sabe cómo +vive. + +—Verdad es, vecina, que me tiene asombrada este hombre. Yo no sé, ni he +podido saber nunca quién es, ni de dónde vino. Un mes hace que está en +el pueblo, y en todo él no he cesado de averiguar... + +—Sí, sí, bonito es él para averiguarle la vida; ni aun el rostro he +podido verle a mi gusto, y eso que el otro día encontrándomelo de manos +a boca en la calle, que íbamos frente a frente, al llegar a él hice +como que se me caía algo de la mano inclinándome a cogerlo, me metí +debajo de sus mismas narices, pero qué, ni por esas: me conoció la +intención, y apenas yo me bajé dio un salto por encima de mí con más +ligereza que un corzo, dejándome afrentada y no poco medrosa. + +—Pues no digo nada, vecina, de esa mujer que vive con él. + +—Callen noramala las brujas —interrumpió un muchacho de unos catorce +años, que habiéndose presentado de los últimos logró sin embargo a +fuerza de codazos y empujones llegar hasta donde se hallaban las dos +vecinas, que era bastante cerca del estrado, si así podía llamársele. + +—Deslenguado —replicó furiosa la que había dado principio al diálogo. + +—Eso quisieran, abuelas, que lo fuese para que no pudiera haberlas +llamado por su nombre. + +—Yo te aseguro, rapaz... + +—¡Qué!, ¿qué vendrá a chuparme por la noche? Ya soy grandecito +para eso, madre mía, y cállese noramala, que no nos deja oír a los +representantes. + +—Silencio, silencio —se oyó alrededor. + +Y fuerza les fue a las dos Megueras tragar por entonces las injurias +del atrevido rapaz, quien de cuando en cuando las miraba con cierta +risa burlona, bastante a hacerlas desesperar. + +En esto ya la representación había comenzado. El arte estaba +verdaderamente en su infancia. Solo un principio, o por mejor decir +un fin, era el que se proponían los autores: divertir al público. La +moral, si la había, era una cosa secundaria; riérase el espectador, +y el fin estaba conseguido. Las gracias, de que realmente abundaban +aquellas primeras composiciones, no eran siempre del mejor gusto. +La cultura del siglo se echaba de ver en las obras dramáticas; pero +obsérvese que al paso que gracioso y chocarrero en el teatro eran una +misma cosa, el espíritu de metafísica y controversia, que entonces +dominaba de tal modo que puede decirse era el carácter de la época, se +extendía hasta los diálogos de los personajes cómicos. + +El amor sobre todo era el tema perpetuo de sus disertaciones, y lo más +singular que los disertantes eran siempre los mismos enamorados. + +Que diserte del amor el que no ama; que el filósofo lo mire como una +aberración del entendimiento cuando ya ha cumplido los sesenta años; +que el fisiólogo nos diga que en el orden moral es una enfermedad, ni +más ni menos como en el físico lo es un tabardillo pintado, todo esto +se entiende y explica; pero que el poeta cómico, cuyo principal, cuyo +único estudio debe ser el del corazón humano, ponga en boca de personas +que quiere hacer pasar por enamoradas las más extrañas sutilezas sobre +el amor, y que haga pasar el tiempo a los amantes discurriendo en vez +de acariciarse, es cosa verdaderamente intolerable. Apelo si no al +testimonio de mis amables lectoras; díganme sinceramente qué pensarían +si el hombre que distinguen al llegarse a ellas, en vez de ponderar sus +atractivos, encarecer su cariño y ver por todos los medios posibles de +arrancar un dulce _sí_, entrara explicándolas el efecto de las pasiones +en el corazón y la cabeza, probando que cuando el hombre está dominado +por ellas es un demente, o citando como don Hermógenes a toda la +antigüedad para demostrar las que gustan de ellas. + +Como quiera que sea, la farsa que se representó en Madrigal en la +ocasión que nos ocupa adolecía menos del tal defecto que otras muchas +de su especie. + +El artificio era sencillo hasta no más. Un soldado que volvía manco +a su pueblo después de haber hecho la guerra algunos años era el +protagonista. Este personaje era el más entendido de la pieza, y en +un monólogo con que daba principio a ella regalaba al público con la +relación de sus trabajos interpolada con tres o cuatro batallas, que no +había más que pedir. En ellas, como de razón, el partido del narrador +era siempre el victorioso, pero con la singularidad de que la muerte de +tres o cuatro millares de enemigos nunca costaba a los vencedores más +pérdida que la de uno o dos contusos. + +Extraña, peregrina y cómoda manera de pelear. + +La familia de nuestro soldado había toda perecido durante su ausencia, +lo que unido a la ocupación judicial de sus bienes le dejaba realmente +en la calle; desgracia de que se lamentaba justamente, aunque con +alguna afectación y comparaciones un sí es no es forzadas, pues +revolvió, hablando de sus desdichas, la botánica entera, la astrología +y su poquito de historia, queriendo ponerse en parangón nada menos que +con Mario sobre las ruinas de Cartago. + +En esto le deparó su buena ventura una zagaleja (papel que desempeñaba +un muchacho) inocente y compasiva, tratada de casar con Gilote, solemne +majadero a quien el autor escogió para gracioso de la pieza. + +El resto se redujo a los amores del manco con la zagala, a los +ridículos celos de Gilote, y por último, a que este, burlado y +apaleado por el único brazo de su rival, tuvo que cederle el campo, +terminándose la función con una cantinela por el orden de lo que había +precedido, y que el público aplaudía a rabiar. Los concurrentes a +esta representación estaban todos de pie, formando un semicírculo +alrededor de la escena, de manera que la posición de ningún individuo +era constante. + +La gente de edad avanzada no se avenía muy bien con la movilidad casi +perpetua de los jóvenes, pues de ella resultaba que muchas veces +perdían parte del diálogo; pero los muchachos, que en la facultad +de variar de puesto hallaban unos el medio de aproximarse al objeto +querido, otros el de comunicar sus observaciones a un amigo, y todos +finalmente el placer del movimiento, que en cierta edad es tan +necesario como el pan, oían con desprecio o no oían los gruñidos de sus +mayores, y continuaban andando de un lado para otro. + +Vargas, así que vio presentarse al pastelero y a la morena en el +círculo de los concurrentes, formó el proyecto de unirse a ellos, y +al cabo lo logró después de sufrir pacientemente razonable número +de pisadas, encontrones, y aun dicterios de tal o cual anciano +atrabiliario por delante del cual tuvo que pasar en su marcha. + +Todo lo dio sin embargo por bien empleado, y aun lo olvidó cuando por +fin pudo colocarse al lado de la morena. + +Un movimiento casi imperceptible de cabeza y una mirada rápida de la +pastelera hicieron conocer a don Juan que esta le había visto. + +«¿Será su marido este hombre, cuando tan tímida está en su presencia? +¡Pero qué diablos! Por más marido y más celoso que sea no podrá impedir +que yo agradezca el servicio que me ha hecho». + +Pensando así, se aproximó a la morena, y en voz ni bien tan baja que lo +que decía llevara el aire de un misterio, ni tan alta que alcanzasen +las personas inmediatas a oír más de alguna palabra suelta de cuando en +cuando, dijo: + +—Si tan flaca de memoria es usted, señora mía, que en pocas horas +olvida los beneficios que hace, yo presumo por mi parte de tan +agradecido, que sé decir de mí que viviera cien años sin olvidar la +merced que de su generoso corazón he recibido. + +—Si habla de lo de su prisión —contestó la bella—, nada hay que +agradecerme en lo que hice, que no fue más que cumplir con mi +obligación. + +Estas palabras se dijeron en tono natural, pero en seguida y tan bajas +que apenas pudo oírlo don Juan, a pesar de que en sus mejillas sentía +el suave aliento de su huéspeda, la cual añadió: + +—Por Dios que se separe de mí, si no quiere por su cortesanía hacerme +graves perjuicios. + +Gabriel de Espinosa, que distaba algunos pasos de los dos +interlocutores, y cuya atención durante su diálogo estaba al parecer +embebida en la farsa de los representantes, debió sin embargó oír lo +que la morena decía, pues en el momento en que don Juan, siguiendo su +aviso, iba a retirarse, volviéndose el pastelero a ella, dijo: + +—¿Y por qué recibir con tan poca cortesía a ese caballero? Una +cosa es, Inés, que yo os tenga dicho que no gusto de galanteos, y +otra que no cumpláis como quien sois, quiero decir, como persona de +buena crianza, con quien tan buenos modos usa con vos. Usted, señor +caballero, siga si gusta al lado de esa mujer, que nadie en el mundo +pudiera impedírselo sino yo, y yo vengo en ello. + +Dicho esto, y sin esperar respuesta, volvió la espalda, ocupándose como +antes exclusivamente en el espectáculo. + +Mientras duraba su arenga Inés no hizo movimiento ni dio señal de +aplauso ni reprobación; pero cuando, ya concluida, volvió la cabeza y +vio a Vargas inmóvil como una estatua y con los ojos clavados en las +espaldas del pastelero, como si aún esperase a que añadiera algo a lo +dicho, no pudo menos de dejar escapar una de aquellas risas malignas +que ya habían desconcertado a don Juan más de una vez en la pastelería. + +Perdíase en conjeturas el buen caballero, pues a pesar de ser bastante +despreocupado para su siglo, pertenecía sin embargo a él, y su claro +ingenio no bastaba a libertarle de la influencia de las ideas y +preocupaciones generales entonces. + +Ya lo hemos dicho otra vez, las jerarquías sociales se hallaban +entonces más marcadas, o por mejor decir, tenían una existencia de +hecho, a más de la de derecho que conservan hoy, aunque mutilada. + +Esta existencia era visible; un noble no solo tenía en su casa ahumados +pergaminos y vistosos escudos de armas, sino que en virtud de ello +gozaba de ciertos privilegios, y estaba sujeto a determinadas cargas +enteramente distintas de las que pesaban sobre el que no lo era. + +De aquí resultaba como consecuencia precisa que la educación de la +nobleza era especial, las maneras de sus individuos peculiar a la +clase, y distintas enteramente de las del resto de la sociedad. + +Por su parte, los órdenes inferiores del Estado, nacidos para la +agricultura, las artes y el comercio, a los que entonces, por +desgracia, no se daba aún la importancia que merecen, se habituaban +desde la niñez a usar de gran deferencia con los nobles, y era raro ver +que se apartasen de tal sistema, pues cuando algún espíritu revoltoso +quería salir de su esfera, tardaba poco en experimentar los malos +efectos de querer volar más alto con cortas alas. + +En tal estado de cosas era, en efecto, un fenómeno que un hombre que +por su profesión pertenecía no ya al estado llano, sino a la clase +ínfima, y que no lo ocultaba, afectase sin embargo modales que podrían +parecer soberbios aun en un caballero. + +Por otra parte la misma Inés dejaba ver cierto señorío en sus modales, +no menos disonante con su profesión que el orgullo del pastelero. + +Pero lo que a Vargas le tenía perplejo no eran tanto estas +observaciones, como el no saber qué conducta observar con aquella +gente. + +Si consultaba su gusto, la cuestión estaba pronto resuelta. Los ojos de +la morena habían producido su efecto, y el hombre, en cuanto hombre no +más, resiste pocas veces a este género de seducción. + +Mas recibir órdenes de un pastelero, usar de un permiso concedido por +él para hablar a Inés, y deberse un favor y entrar con él en relaciones +no ya de igual a igual, sino como un protegido con su protector... La +sangre goda se revelaba contra tal idea. + +Separarse, pues, era el partido único que juiciosamente le quedaba a +don Juan, y así lo resolvió en efecto; al ponerse en marcha, en vez de +tomar el camino que en su cabeza se proponía tomó el preferido por su +corazón, y casi sin saberlo él mismo, al primer paso se halló al lado +de la hermosa pastelera. + +Mas una especie de fatalidad en amor, en que algunos no creen porque +no sienten ni pueden sentir con vehemencia, y otros porque viven como +los irracionales, sin tomarse el trabajo de observar ni siquiera sus +propias sensaciones, pero que tenemos por irresistibles, perseguía a +don Juan. + +Cuando esta fatalidad pesa sobre el hombre, en vano es luchar contra +ella. Más poderosa que cuantas consideraciones sociales e intereses +individuales pueden oponérsele, es un torrente impetuoso que, +engrosado en las montañas con el deshielo de la nieve, baja por ellas +arrastrándolo todo, y si algún obstáculo encuentra, se embravece +más con él, parece que en la lucha ha adquirido nuevas fuerzas para +vencerlo, y el único medio de salvarse de su furia es huirle si se +puede. + +Don Juan quiso y no pudo. Que al empezar la vida un joven, que al +entrar en el mundo, como hoy decimos, enmudezca al lado de la primera +mujer que hizo palpitar su corazón, se entiende, y debe ser así; pero +que pasados ya los veinticinco años, después de una campaña, y de más +de unos amores, Vargas al lado de una mujer de baja extracción no +supiera cómo entablar la conversación, es una cosa que solo se concibe +poniéndola a cargo de la fatalidad. + +Como quiera que sea, lo cierto es que don Juan, colocado a la izquierda +de Inés, quería y no podía hablar verdades, que en cambio de lo que su +lengua callaba, sus ojos clavados siempre en el mismo objeto indicaban +bastante qué género de pensamientos le asaltaban. + +Inés, con los ojos bajos y el rostro encendido como una grana, al +parecer no miraba; pero hay opiniones de que, repasando entre los dedos +las cuentas del rosario que llevaba pendiente de la cintura, halló +medio de observar todos los movimientos de nuestro caballero. + +Pero el tiempo vuela, mal que le pese a los amantes, y así se concluyó +la farsa antes que Vargas se resolviera a hablar, ni su bella hubiera +acabado de recorrer las cuentas del rosario. + +Gabriel, sin cuidarse de uno ni de otro, echó a andar como para +continuar su camino, y la pastelera, que debía de estar acostumbrada +a sus maneras, se dispuso a seguirle, pero no lo hizo sin echar antes +una mirada sobre don Juan, en la cual, al través de cierto aire de +despecho, se descubría un no sé qué de afectuoso que prometía no ser +muy duradero su enojo. + +Conoció entonces Vargas que se había portado como muchacho de escuela, +y aún debía de tener intenciones de enmendarse: parece notó en sus +labios un movimiento como para querer hablar; mas ya era tarde, y una +tierna y expresiva mirada fue la única consternación que pudo dirigir +a Inés, quien, respondiendo con una sonrisa, continuó su camino en pos +del pastelero, seguida por el mulato. + +Don Juan, caviloso más acaso que lo había estado en su vida, seguía a +corta distancia a la hermosa morena, cuando del camino real que pasaba +por cerca de la pradera vio venir un hombre caballero en un hermoso +caballo negro, pero que, o por haberse asombrado, o por acosarle fuera +de tiempo su jinete, se había desbocado. + +Tal era la rapidez de la carrera del fogoso animal, que verle salvar +una zanja que separaba el campo del camino, arrojar a su jinete de un +solo bote en el suelo, que llegó casi a arrojarse sobre las gentes +que paseaban, puede decirse que fue obra de un solo instante. Sucedió +entonces lo que generalmente sucede en semejantes ocasiones: el +temor, desterrando la serenidad, hizo que todos los circunstantes se +atropellaran unos a otros: hubo desmayos, alaridos, y todo género de +accidentes. Las madres apretaban a los hijos contra sus pechos, con +riesgo de sofocarlos; los muchachos, enredándose entre las piernas de +las gentes, daban con ellas en el suelo; en un caído tropezaban veinte, +este suplicaba, el otro maldecía, y nadie se cuidada de lo importante +que era saber la dirección del caballo desbocado. + +Sin saber cómo, se halló colocada Inés frente al ciego animal. El +peligro era evidente y visible, y su inmediación la privó de todo +discurso y no acertó a hacer otra cosa más que taparse los ojos con +ambas manos, lanzando un ¡ay! de aquellos que parten realmente del +corazón. + +Pero dos hombres se lanzan detrás de ella como dos saetas, y se +interponen entre el bruto y la que iba a ser su víctima. + +Don Juan y Gabriel eran estos dos hombres. El primero sin reflexión +ninguna se arroja sobre la cabeza del animal; pero ni sus fuerzas, ni +acaso las de Hércules, bastaban para detenerlo. Vargas, despedido como +una pelota, fue a caer a los pies mismos de Inés, y ella y él hubieran +sido infaliblemente atropellados sin la admirable serenidad, fuerza y +destreza del pastelero. + +Este, conociendo lo inútil que sería luchar de frente con el caballo, +se corrió sobre un costado, y cogiendo una de las riendas que llevaba +sobre el cuello con ambas manos, tiró de ella con tal brío, apoyando su +cuerpo en la espalda del animal, que le hizo dar mal de su grado una +media vuelta completa. + +En el mismo instante, y con agilidad sorprendente, de un solo salto se +plantó en la silla, y por más esfuerzos que el caballo despechado hizo +para sacarle de ella permaneció firme, más como estatua ecuestre que +como hombre a caballo. + +Un aplauso general y prolongado fue la muestra de la admiración +general; pero si aquella ocurrencia produjo sensación en el pueblo, más +fuerte, al parecer, la experimentaba el mismo Gabriel. + +En su estatura parecía aumentarse repentinamente; era tal su gallardía +a caballo, tal la gracia y agilidad de todos sus miembros, que no +hubo circunstante que no jurara que aquel hombre era el más perfecto +jinete que jamás había visto. Al saltar a caballo se le había caído el +sombrero; veíasele por consecuencia el rostro agraciado e imponente, y +unos ojos que pocos hombres hubieran mirado frente a frente sin bajar +los suyos. Olvidado al parecer de que allí hubiese reunido un pueblo +entero, Gabriel solo se ocupaba en humillar la soberbia del bridón, +cuyos lomos oprimía. Caracoleando y haciendo escarceos recorría la +pradera, y así llegó al paraje en que poco antes varios hidalgos del +pueblo habían estado recreándose en correr sortijas. La casualidad hizo +que se hallase arrimado a un árbol un lanzón que por lo pesado y macizo +servía para prueba de fuerza y habilidad, pues eran pocos en Madrigal +los que podían y sabían manejarlo. Esta particularidad debía de saberla +el pastelero, porque era público en la villa, y esta harto pequeña para +que dejase de haber llegado a noticia suya cosa tan conocida de todos. +Pero supiésela o no, el hecho es que, llevando el caballo a media +rienda por junto al árbol, agarró el lanzón con la mano derecha sin +pararse, y levantándole como si fuera una caña, lo blandió en el aire +sobre su cabeza con tal pujanza que, rompiéndose, fueron a parar las +astillas a más de cincuenta pasos. + +Aquí la admiración de los madrigaleños es imposible de encarecer. +«¡Viva Gabriel, viva nuestro pastelero!» era el grito general; pero sea +que el amor propio de este le faltase, el triunfo conseguido, o que +fuera tan filósofo que creyera que con el pueblo es tan peligroso estar +muy bien como estar muy mal, se dio por contento y entregó el caballo a +su dueño, que no habiendo recibido daño en su caída, llegó a reclamarlo. + +Vitoreado, aplaudido y escoltado por el pueblo, y cansado ya de +dar gracias a todos y de suplicarles que no se molestasen más en +acompañarle, llega Gabriel a su casa, y entrando en ella se halló que +ocupaba su propio lecho don Juan de Vargas, y que a la cabecera estaba +en persona el médico de la villa. Sin darle tiempo a preguntar cosa +alguna, Inés se le acercó para decirle que habiendo don Juan perdido +el sentido de resultas del golpe, y herídose además la cabeza, había +creído deber trasladarle a su casa, pues en obsequio de su persona +había expuesto la suya. + +—Bien hecho, Inés; ese mozo es valiente, aunque demasiadamente +entremetido. + +Dicho esto, volvió la espalda y salió del aposento. + +[Ilustración] + + + + +CAPÍTULO V + + Siempre que la ignorancia no halla la explicación de un fenómeno + cualquiera, acude a las causas sobrenaturales. Semejantes + supersticiones son una calamidad por la que han pasado todos los + pueblos de la tierra. + + (_Discurso inédito sobre duendes y brujas_). + + +Sabida cosa es que Felipe II vivió en sus últimos años encerrado, +por decirlo así, en el monasterio del Escorial. Allí se ocupaba +incesantemente en los negocios políticos, sus devociones y la obra del +monasterio, que con razón se llama la octava maravilla. El sitio de +San Lorenzo era, pues, propiamente la corte de España, a pesar de que +Madrid llevaba el nombre de tal; y Valladolid, recientemente despojada +de su grandeza, conservaba aún sus pretensiones como las conservan +algunas mujeres que fueron buenas mozas mucho tiempo después de dejarlo +de ser. + +La extensión de Valladolid es considerable; sus calles, para los +tiempos en que se hicieron, muy buenas; numerosos sus monasterios, y +sus alrededores fértiles en viñas y cereales, si bien presentan el +aspecto triste y monótono de casi todos los países llanos. + +Aun hoy, cuando se anda la ciudad, se nota en sus calles cierto +vacío que aflige, y proviene indudablemente de que la población es +muy reducida para el casco del pueblo; pero en la época a que nos +referimos, siendo muy reciente la salida de la corte, la falta de gente +se hacía más notable y sensible para sus habitantes. + +Por descontado, todos los extranjeros, que eran los que casi +exclusivamente ejercían entonces las artes industriales, siguieron al +gobierno, y fueron a establecerse a Madrid. + +Los criados de la real casa, los asentistas, los pretendientes, el +enjambre, en fin, de gentes que dependen de una corte, todo se ausentó, +quedando solo en Valladolid sus naturales y tal cual cortesano +retirado ya del mundo, y que solo aspiraba a vivir tranquilamente el +resto de sus días. En este número se contaba el marqués, hermano de +don Juan de Vargas, que ocupaba una casa de las mejores del pueblo en +cierta calle no muy distante de la Plaza Mayor: a esta casa nos es +fuerza por ahora trasladar la escena, y por lo mismo diremos algo sobre +ella y sus moradores. + +El marqués, criado desde su infancia por una madre indiscretamente +tierna y cuidadosa, y por un padre que quería educar a sus hijos como +monjas, vivió hasta los veinte años de edad sin salir de casa más que +los días serenos en que no había ni mucho calor ni mucho frío. + +En cualquiera de estos dos últimos casos oía misa en un oratorio de su +propia casa, y después se le permitía hacer ejercicio durante una hora +en un salón herméticamente cerrado por todas partes. + +Enseñáronle a leer, a escribir y a rezar; el blasón por adorno; pero en +cuanto a armas, jamás quiso consentir su madre en que tomara en las +manos ni un alfiler. + +Esta educación, recibida por un hombre de complexión naturalmente +débil, contribuyó a hacer de él un valetudinario desde la juventud. + +Perdió el marqués a su padre cuando solo tenía veinte años, y su madre +tardó poco en seguir a su marido al sepulcro, dejando a más de él otro +hijo, que fue don Juan, de edad entonces de diez años. + +Después de pasados los dos primeros años consagrados a llorar la +pérdida de los autores de sus días, empezó el marqués a ver el mundo, y +empezó por la corte. + +Rico y joven, no podía menos de encontrar muchos amigos, es decir, +muchos hombres que, amantes de todos los vicios, y privados ya por sus +desórdenes de medios para darles pábulo, fueron a buscar en el bolsillo +del novicio lo que en los suyos faltaba. + +El humo del incienso de la adulación cegó al marqués; sus parásitos +le parecieron cada uno un Pílades, y su casa y bolsa se abrieron para +todos. + +Pero aún no le bastaba esto: tenía que tropezar en un escollo fatal, y +tropezó en efecto. + +El amor, esta pasión irresistible, inherente a la juventud, cuyo +germen depositó la naturaleza en nuestros corazones como garantía para +conservación de la especie, el amor le reservaba sus tormentos. + +El hombre cuya sociedad se compone de cortesanos corrompidos, ¿qué +mujeres ha de frecuentar que no sean dignas de tal sociedad? + +¡Pobre marqués! Lleváronle sus amigos a casa de la viuda de un contador +de Indias, mujer interesante, de amable trato y graciosa figura, que +rayaba ya en los treinta; pero tan bien conservada, tan compuesta, que +a otro más experto le hubiera hecho creer que apenas tenía veintidós +años. + +Fácil es de inferir, por lo que se ha dicho de la educación del +marqués, que solo conocía el amor por oídas; pero es de advertir que +le había caído en las manos tal cual libro de caballería, en el cual +aprendió que una mujer puede ser muy honrada corriendo montes y valles +en compañía de un hombre, y que primero morirá que faltar a la fe +jurada a su amante. + +Con estos preliminares se deja entender que el desdichado tardó poco en +caer en la red, y tan de veras, que trataba nada menos que de casarse +con su Dulcinea, y así se lo hizo entender a ella misma. + +Otra menos diestra hubiera desde luego acogido con ansia aquella +proposición y prestádose a ella; pero Violante, que así se llamaba +la ninfa, conocía su posición y se negó abiertamente, diciendo que +prefería sacrificar su virtud para hacer la felicidad de su amante +a exponer a este a romper con su familia e iguales, como en efecto +sucedería a causa de tan desigual matrimonio. + +La verdad es que Violante, cuya reputación estaba ya hecha, conoció que +en el momento en que el marqués anunciase su casamiento no habría en la +corte quien no se apresurara a abrir los ojos del ciego amante; y que +aun suponiendo que la ceguera del marqués fuese tal que se negase a la +evidencia, la cosa podría llegar a oídos del rey, y su severidad era +harto notoria para exponerse a sufrir sus efectos. + +Mas como estas reflexiones no se le alcanzaban al interesado, no vio en +la conducta de su dama sino un proceder sobremanera generoso y noble, +y no perdonó sacrificio alguno para compensar el que suponía que, +prestándose a sus deseos, hacía Violante. + +Pasáronse así algunos años, durante los cuales don Juan, a quien su +hermano quería como a hijo, recibió una educación distinguida, pues la +intención de este era que siguiese la carrera de las leyes; mas a pesar +de todo, el fogoso joven se empeñó en ser soldado, y el marqués, débil +por carácter y por cariño, accedió a sus deseos enviándole a Flandes, +en donde, como se ha dicho, probó que en efecto la naturaleza le había +hecho más a propósito para las armas que para las letras, aun cuando su +ingenio y aplicación eran notables. + +Mientras que don Juan añadía a los antiguos blasones de su casa nuevos +timbres con los laureles con que en Flandes se coronaba, vegetaba su +hermano al lado de Violante, amándola cada día más. + +Así le hubiera tal vez sorprendido la muerte sin el incidente que vamos +a referir. + +Un primo hermano del marqués, llamado don Pedro Hinojosa de Vargas, +comendador del hábito de Santiago, hombre de poca más edad que él +pero de mucho más mundo, experiencia y penetración, fue a la corte a +establecerse, y, como era natural, lo hizo en casa de su pariente. + +Era el comendador uno de aquellos hombres que han aprendido a conocer +el mundo a fuerza de repetidas y dolorosas experiencias, y que aunque +dotados de bastante rectitud de conciencia para no convertirse de +víctimas en verdugos, conservan, sin embargo, para lo sucesivo la +memoria de los pasados extravíos, y jamás dan un paso sin estar seguros +de la firmeza del terreno en que sientan el pie. Para obrar así es +preciso ser observador. Hinojosa, pues, lo era; como no era necesaria +demasiada perspicacia para conocer de qué pie cojeaban los acompañantes +de su primo, a los ocho días de estar en su casa vio, desde luego, que +este era juguete de sus pretendidos amigos. + +Las relaciones del marqués con Violante le parecieron sospechosas, +sin más que saber su origen, y a poco que averiguó tuvo motivos de +confirmarse en el propósito formado de desembarazar a su pariente de +tan vergonzosos lazos. + +El medio para conseguirlo no era fácil de hallar; la menor insinuación +que se le hiciese al marqués contra su amada y amigos le sacaban +realmente de sus casillas. Razones eran, pues, excusadas; hechos, y +hechos claros y evidentes, eran los únicos que podían convencer al +engañado amante. + +Como el comendador estaba íntimamente convencido de que la dama no +podía menos de hacer de las suyas, su único objeto fue hallar manera +para hacer testigo a su primo de algunas de sus hazañas; y sabiendo +que no hay medio más seguro para conocer las flaquezas de los amos que +preguntárselas a sus criados, hizo sobornar una sirvienta de Violante +que a fuerza de oro prometió servirle completamente, y lo cumplió en +efecto. + +Para abreviar: Hinojosa tuvo maña para hacer al marqués testigo +presencial de una de las infinitas infidelidades de su dama. Encarecer +el sentimiento del engañado amante es imposible. Su melancolía fue tal, +que produjo una obstinada ictericia que estuvo a pique de costarle la +vida. Mas el tiempo, su índole apática, y los cuidados y reflexiones +del comendador, acabaron por suavizar, si no extinguir, enteramente su +pena. + +Vivían con el marqués, además de Hinojosa, un capellán sexagenario, +hombre de bien, pero sobradamente pedante, que había sido su ayo y +su mayordomo, sujeto tan aritmético como una tabla pitagórica, y la +servidumbre, que no dejaba de ser numerosa. + +Una tarde, como a las dos de ella, y una hora después de haber comido, +estaban reunidos, en el comedor de la casa del marqués, este, don Juan, +el comendador y el capellán. + +Jugaban los dos últimos al ajedrez con el silencio y recogimiento que +acompañan infaliblemente a la tal ocupación, tan impropiamente llamada +juego. + +El marqués, sentado en un sillón de maciza madera, guarnecido de clavos +dorados, y forrado de terciopelo carmesí, se conservaba a la cabecera +de la mesa, con los ojos cerrados como si durmiera; pero no lo hacía, +o soñaba en cosas tristes, pues dos lágrimas bajaban por sus lívidas +mejillas tan despacio que parecía que se avergonzaban de humedecer el +rostro de un hombre. + +Nuestro don Juan, no muy lejos de su hermano, estaba también sentado a +la mesa con la cabeza apoyada en una mano, el semblante descolorido, el +ademán pensativo, y los ojos fijos que daba temor mirarle. + +Desde que este joven había regresado de Flandes perdió la casa +del marqués cierto aspecto claustral que aún conservaba desde el +tiempo de su padre. La natural alegría de don Juan, y hasta su mismo +aturdimiento, encantaban al marqués y daban más libertad a las +restantes personas de la casa para desembarazarse alguna vez de las +severas formas que en aquel tiempo prescribía la etiqueta. + +Esto, y el ser él naturalmente bondadoso, le granjearon el afecto +general de tal manera que podía decirse que más amo era él en la casa +que su mismo dueño. + +Como un mes antes de la tarde en que nos hallamos regresó don Juan +de Valladolid después de una ausencia de más de tres semanas; viósele +entonces enteramente distinto de lo que era al partir. Entonces, lleno +de salud, impetuoso, decidor y alegre; después, descolorido, pensativo, +callado y melancólico. + +Todos se admiraron, y todos anhelaban saber la causa de aquella +metamorfosis; pero nadie llegó a conseguirlo. A cuantas preguntas se le +hacían contestaba: + +—Nada tengo; no sean aprensivos, yo estoy bueno, estoy alegre. + +Nadie le creía una palabra, porque todos veían lo contrario de lo que +afirmaba; mas cansados de preguntar, conjeturaron, y cansados también +de conjeturar, dedujeron sabiamente que pues don Juan estaba triste +y enfermo, y ellos no sabían la causa, o se había vuelto loco, o le +habían hechizado. + +Cada una de estas dos opiniones tenían en la casa su partido, aunque no +faltaba quien adoptase las dos a un tiempo. + +El comendador, cuya manía favorita era la de creerse el más profundo +de los observadores, era el que capitaneaba el partido de la locura; +y el capellán, que no encontraba placer compatible en este mundo +sublunar al de combatir a hisopazos y exorcismos con un espíritu +maligno, afirmaba que el mancebo estaba hechizado. El marqués era +el justo medio, pues no creía que estuviese loco ni poseído; creía +alternativamente lo uno y lo otro, y a veces lo creía todo a un tiempo. + +Descrito ya el teatro y los actores, vengamos a la acción. + +—Jaque al rey, padre capellán —dijo el comendador dando un salto en la +silla y frotándose las manos con visible satisfacción. + +El capellán, arrugando las cejas y con la mano tendida hacia el +tablero, iba a contestar no se sabe qué, cuando, encendiéndosele el +rostro repentinamente a don Juan, se alzó de su asiento, y descargando +el puño sobre la mesa, exclamó: + +—Imposible. Jamás. + +Y como desatinado se salió del aposento apresuradamente. + +—¿Cómo imposible? —dijo el comendador creyendo que don Juan hablaba de +su jugada; pero volviéndose al mismo tiempo de decir esto, y viendo los +movimientos de su primo, no pudo menos de exclamar—: Lo que yo digo; +pobre mozo, loco rematado. Para hacer esto sin haber yo averiguado la +causa, no puede menos de estar loco. + +—Loco... lo será el que no vea en los desatinos de ese mancebo la mano +de Astorot que le atormenta —replicó el capellán. + +—Padre Teobaldo, ¡un Vargas endemoniado! Primo, un pariente loco... +Pero en efecto..., pudiera..., no sé..., veremos... —interrumpió el +marqués, despavorido y absorto con lo que pasaba. + +—Un Vargas, señor marqués, está tan sujeto a calamidades de esta +especie como el más miserable jornalero. Nabucodonosor, rey de +Babilonia, fue bruto muchos años, y... + +—Desde entonces acá no nos faltan ejemplos de grandes personajes que +lo han sido toda su vida —repuso el comendador—: El rey Saúl estuvo +poseído del espíritu maligno, y el mismo David nos dice: _¿Quare +tristis incedo dum afligit me inimicus? Sic est_, que el señor don Juan +de Vargas, aunque de ilustre nacimiento, es infinitamente inferior al +pagano Nabucodonosor, al ungido Saúl, y al rey profeta. _Ergo_, don +Juan puede muy bien estar endemoniado. + +—No lo niego —dijo el marqués, cediendo al peso de tan poderosos +argumentos. + +—Yo no niego el _posse_ por mi parte; lo que niego, primo, es, que +vuestro hermano esté ahora endemoniado —contestó Hinojosa. + +—_Probo_ —exclamó el capellán. + +—Dejémonos de argumentos, padre. Yo soy observador, muy observador, y +me intereso demasiado en el bienestar de don Juan para que en más de un +mes que hace que le vemos así no haya estudiado su enfermedad. Estoy +seguro, segurísimo, de que los que padecen una demencia absoluta... + +—_Veritas veritatum_. + +—Nada de latines, capellán, y menos de desvergüenzas: razones, y no +citas ni insolencias, son las que aquí necesitamos. + +—¡Paz, paz, por Dios santo! En mi casa no quiero riñas. + +—Ni reñimos tampoco: marqués, ya sabéis que los doctores se tiran los +bonetes en un acto, y luego salen de él tan amigos como entraron. +Ministerio es de paz y... + +—No se hable más de ello, que será peor. Lo que importa es descubrir +cuál es en efecto el mal de don Juan y ponerle remedio. + +—Sí, sí, eso es lo que importa, primo Hinojosa, ponerle remedio, como +vos decís. + +—Las armas espirituales... son eficacísimas y excelentes a su tiempo, +pero por ahora no las necesitamos. + +—¡Oh pertinacia, oh ceguedad! + +—Dejad hablar al padre, primo: si le interrumpís siempre, ¿cómo ha de +explicarse? + +Con esta insinuación del marqués calló el comendador y pudo el capellán +explayar su erudición, de la cual haremos gracia a los lectores, +contentándonos con decir que en un largo, difuso y embrollado discurso, +después de explicar muy por menor los síntomas que se advierten en +los endemoniados, quiso probar que la melancolía, las frecuentes +distracciones, y los repentinos accesos de cólera que se notaban en don +Juan, eran otras tantas señales de hallarse el infeliz sirviendo de +posada a algún diablo, y no de los de menor importancia, en el infierno. + +Don Pedro le escuchó como quien oye llover; mas no así el marqués, que, +acostumbrado desde la infancia a mirar al padre como un oráculo, y +persuadido por otra parte de que sus últimos disgustos habían provenido +de haberse apartado del camino que en sus consejos le trazaba el +capellán, se sintió extrañamente conmovido, y no solo consintió, sino +que suplicó a su antiguo ayo que desde luego pusiese mano a la obra de +echarle los demonios del cuerpo a su hermano. + +Esto era justamente lo que el padre Teobaldo quería, pues en todo el +discurso de su dilatada vida nunca se le había presentado una ocasión +de habérselas cara a cara con el señor demonio. Así es que, tomándole +la palabra al marqués, salió inmediatamente de la sala temiendo que el +comendador no le hiciese volverse atrás. + +Iba en efecto Hinojosa a tronar contra tan desatinada idea; pero la +retirada del capellán y la del marqués, que, temiendo la tormenta, se +marchó también en pos de él, se lo imposibilitaron. + +Parecerá a un lector del siglo XIX que el padre Teobaldo y su alumno +debían de ser muy necios para creer en el endiablamiento del pobre don +Juan, y sin embargo se desengañará medio a medio. + +No solo en el siglo XVI, sino en mucho después, el último monarca +español de la casa de Austria, Carlos II, se hizo atormentar +voluntariamente por espacio de muchos años consecutivos para que le +sacaran del cuerpo los demonios, que estaba muy lejos de tener en él. + +Este ejemplo bastará para probar cuáles eran en la materia las ideas +de aquellos tiempos, pues si en el trono había tales preocupaciones, +fácil es de inferir que más abajo no faltarían. + +Media hora después de terminada la discusión entre el marqués, el +comendador y el capellán, entró este último en la estancia de don Juan, +vestido de sobrepelliz y estola, con el bonete en la cabeza, en la mano +derecha un hisopo, y en la izquierda un misal abierto. + +Seguíale un lacayo con un caldero de agua bendita, otro con una taza de +aceite, el marqués y su mayordomo, y dos o tres criados más, todos con +el rosario en la mano. + +Don Juan estaba aletargado sobre su lecho, encima del cual se había +arrojado cuando salió del comedor con la precipitación que se ha visto, +y, como el padre Teobaldo y su comitiva entraron silenciosamente en su +aposento, nada sintió. + +Rodearon, pues, su cama y, quedándose el capellán a los pies, comenzó +a leer en voz baja algunas oraciones del misal, respondiendo los +circunstantes _amén_ cada vez que terminaba una de ellas. + +Al cabo de algunos minutos de rezo le pareció bien al padre rociar al +demonio con agua bendita, y mojando el hisopo en el caldero, le mojó +la cara a su sabor, con lo que despertó al pobre don Juan; incorporose +este en la cama, y no sin algún sobresalto contemplaba el extraño +grupo que veía, cuando una segunda descarga del hisopo le inundó +completamente el rostro. + +—Váyanse a todos los diablos —exclamó colérico—, o por vida... + +—Hermano don Juan, sosegaos, que por vuestro bien se hace todo esto —le +interrumpió el marqués, asiéndole de un brazo. + +Le coge Vargas la cara lo mejor que pudo, y se encaró con su hermano, +mirándolo de hito en hito para asegurarse de que en efecto era él quien +le hablaba, y que no era un sueño cuanto estaba sucediendo. + +Entre tanto el capellán rezaba y rociaba intrépidamente, y el +mayordomo y las criadas respondían _amén_ siempre que les tocaba. + +Viendo don Juan que de todo aquello no le resultaba más mal que el de +mojarse alguna cosa, y que su hermano parecía tener particular empeño +en que siguiera la operación, resolvió tolerarlo y, cruzándose de +brazos, permaneció inmóvil, limitándose a observar cuidadosamente los +movimientos de cuantos le rodeaban. + +A cierta seña del capellán, el criado de la taza de aceite se aproximó +al marqués, y este, tomándola en las manos, se la acercó a los labios a +su hermano: + +—Bebed, don Juan —le dijo—, bebed, siquiera por amor de mí. + +Tomó Vargas la taza con mucho sosiego, y se disponía tal vez a beberla, +pero el olor del aceite, en el cual iban además algunos granos de +incienso, era tan fuerte, que lo percibió inmediatamente. + +Entonces miró el brebaje de la taza, y volviéndose al marqués le +preguntó: + +—¿Esto queréis que beba, hermano? + +—Sí, hermano, bébela, y sanaréis de vuestra dolencia. + +—Yo no estoy enfermo; estáis engañado, no estoy enfermo. + +—Enfermo estáis —dijo el capellán—, y de enfermedad mortal. + +—Padre, no estoy enfermo; mi salud es cabal, nada me duele. + +—El alma, el alma, es la enferma. + +—Tal vez. + +—Bebed, don Juan —volvió a decir el marqués. + +—No, no, hermano, no; este brebaje me haría reventar. + +—Es preciso beberla —exclamó el capellán. + +—Es preciso —repitió el marqués. + +—Es preciso, es preciso —dijeron en coro los criados. + +—Pues no la bebo, señores, no la bebo —replicó el interesado volviendo +a poner la taza en el plato que tenía el marqués en la mano. + +Este se la entregó al mayordomo, y al mismo tiempo echó a andar +para salir del aposento, y en efecto salió. Entonces dos criados se +aproximaron a don Juan para obligarle a beber; mas él, conociéndolo, +cogió de nuevo la taza, bautizó con ella al mayordomo, y saltando en +seguida de la cama, asió la espada que a la cabecera de ella tenía, y +dio tras de todos a palos. + +La puerta les parecía estrecha para salir por ella a cuantos había en +el cuarto, incluso el capellán, y con tanta precipitación quisieron +huir, que al llegar a una escalera, por que precisamente tenían que +pasar, se le enredaron las piernas al mayordomo entre las del que +llevaba la caldera, y uno y otro rodaron de alto a bajo, poniendo el +grito en el cielo; la caldera suelta soltó toda el agua que contenía, y +después con estrépito notable siguió a su portador hasta el piso bajo. + +Los perros del marqués, que eran bastantes, comenzaron a ladrar, y uno +de ellos, abalanzándose a los dos caídos, sacó en triunfo el peluquín +del mayordomo, que maltrecho yacía al pie de la escalera. + +El capellán y los restantes llegaron sin tropiezo hasta aquel punto, +pero allí tropezaron en los dos que por bajar más de prisa llegaron +antes. + +Los primeros poseedores del suelo renovaron sus aullidos al recibir +encima a sus compañeros, y estos, enredados unos con otros, y no +acertando a levantarse, gritaban también cuanto podían. + +Tan extraordinario rumor alarmó a toda la casa, de modo que +inmediatamente acudieron el marqués, el comendador, el cocinero, sus +ayudantes, los pinches, etc. + +Hinojosa soltó la carcajada viendo el singular grupo de hombres y +perros que había al pie de la escalera, y a don Juan, que con la espada +en la mano lo contemplaba desde lo alto de ella. + +Era en efecto difícil no reírse: la calva del mayordomo salía de entre +las piernas de un lacayo, y las narices del padre capellán hacían parte +integrante del posterior de otro. + +Un podenco se había sentado sobre la espalda de uno con la peluca en la +boca, y otros dos o tres se entretenían con las piernas de los pobres +caídos. + +El primer cuidado de los recién venidos fue levantarlos a todos, y +examinar si tenían alguna herida, pero felizmente no hallaron más que +tal cual chichón, aunque no había uno que no se quejase como si se +hallara en la hora de la muerte. + +Puesto ya en pie el capellán, y recobrada su estola, que había perdido +en la retirada, volvió la cabeza a la escalera, y viendo en ella a don +Juan, como ya se ha dicho, echó a huir de nuevo diciendo: + +—Te conjuro, espíritu rebelde, te conjuro en nombre de Dios. + +El comendador mandó retirar a todos los caídos, y habiéndolo hecho +por sí el marqués, sentido del mal éxito de aquella empresa, se quedó +Hinojosa solo con don Juan, a quien rogó que pasara con él a su cuarto, +en lo que este consintió sin dificultad. + +Solos ya, y sentados ambos pacíficamente, pasaron algunos minutos en +silencio, reflexionando don Juan en sus asuntos particulares, o en lo +que acababa de suceder, y su primo en la manera más a propósito para +entablar la conversación. Bien hubiera querido Hinojosa que el hermano +del marqués rompiese la barrera haciéndole alguna pregunta; mas, viendo +que no lo hacía, hubo de determinarse a romper el silencio. + +—Estaréis asombrado, don Juan, con lo que acaba de pasaros. + +—¡Asombrado!... ¿De qué puedo asombrarme ya en este mundo? + +—Sin embargo, primo, no es cosa que sucede todos los días a un +caballero esto de exorcizarle. + +—No, en efecto, y a la verdad no concibo qué extraño capricho ha sido +el de mi hermano en hacerme esta burla tan intempestiva. + +—Os engañáis, don Juan, tomando a burla cuanto acaba de suceder. El +marqués os ama de veras, y es incapaz de tan pesada chanza. No, primo, +nadie ha tratado de burlarse de vos. El camino se ha errado, y yo bien +se lo he dicho; pero las intenciones han sido las mejores del mundo. + +—Pero ¿no me diréis a qué viene el rociarme con agua de pies a cabeza, +el rezarme, y sobre todo, el quererme hacer beber una taza de aceite? + +—Creeros endemoniado. + +—¡Jesús! El Señor me libre en lo sucesivo de semejante trabajo, como +hasta aquí lo ha hecho. + +—Amén. Ya os he dicho que estoy persuadido de la falsedad de semejante +suposición. Y, sin embargo, ¿qué queréis que crean los que observan +sin cesar vuestra extraña conducta, sin que aparezca ni remotamente +motivo para ella? ¡Don Juan, don Juan! ¿Merece el marqués, que os ama +como un padre, y que tantos años hace os sirve de tal, merezco yo, mozo +ingrato, merece la fidelidad de vuestro criado, que a todos nos tengáis +con el alma en un hilo, viéndoos perder la salud y hacer extrañas +locuras? ¡Qué hemos de creer! Decidlo vos mismo. + +Mientras que Hinojosa declamaba así con bastante vehemencia, don Juan, +levantándose de su asiento, comenzó a dar vueltas por el aposento, con +visible agitación, y aun algunas lágrimas fugitivas se escaparon de sus +ojos. + +Viéndolo así enternecido, no quiso el comendador atormentarle más ni +perder la ventaja conseguida, y para conciliar ambos extremos se fue a +su primo, y tomándole la mano afectuosamente continuó diciendo: + +—En vuestra mano está hacer cesar en un punto todos nuestros temores. + +—Decid el medio, comendador. + +—Romped ese obstinado silencio, reveladnos la causa de vuestro padecer. +Si ella es tal que admita remedio, se le aplicará, y si por desgracia +no lo tiene, lloraremos con vos. + +A esta última proposición soltó don Juan la mano de Hinojosa, y dio +dos o tres pasos sumamente aprisa; el comendador volvió a ocupar su +asiento, esperando en él el resultado de aquel acceso. + +No fue este muy duradero, pues apenas pasaron dos minutos, sentándose +Vargas de nuevo empezó a hablar de esta manera: + +—Si hay, primo, en este mundo personas que por todos títulos merezcan +mi confianza, sois mi hermano y vos. Pero escuchadme bien, y sea esta +la última vez que hablemos de semejante materia. + +»Dentro de mi corazón hay una pena que me devora, que me seguirá hasta +el sepulcro y más allá, si después de la muerte conservamos la más +pequeña parte de nuestra existencia. + +»Mi honor está por ahora comprometido a no revelar la causa de mis +disgustos. He dado mi palabra de no hablar. Excusad, pues, súplicas y +razones. Los más crueles tormentos no me arrancarían una sílaba más de +lo dicho. + +»Nada me digáis, comendador, para agradecer la tierna solicitud de mis +parientes: bastante he hecho, pues confesando que tengo un secreto os +he revelado ya más de la mitad de él. + +»Compadecedme; pero no os obstinéis en saber más de lo que puedo +deciros. + +»Grabad en la memoria lo que voy a deciros: Si mi propio padre, +saliendo del sepulcro, solo para ello diera un paso para sorprender mi +secreto, pudiera ser que le arrancase la vida. + +»Comendador, dadme la mano; nuestra amistad será eterna, como el +agradecimiento que me inspiran vuestros cuidados, pero, lo repito, +jamás, jamás volveremos a hablar de esta materia. + +En tanto que don Juan estuvo hablando no apartó Hinojosa los ojos de su +semblante, y si bien en algunos momentos se agitaba extraordinariamente +Vargas, es cierto que no advirtió en él síntoma alguno de demencia. + +Convenciose, pues, de que en efecto la situación de aquel mancebo +dependía de causas naturales, aunque solo conocidas del mismo +interesado, y renunció a su primera idea. + +—Os he escuchado —dijo— con la mayor atención, y no pretenderé saber +lo que como hombre honrado no podéis decirme. No se hable más en ello. +Pero voy a hacer una súplica que está en vuestra mano concederme. +Ocultad lo que podáis al menos en presencia del marqués: don Juan, +conocida es por vos su melancolía. No queráis aumentarla. Ninguna +gloria es mejor que la de vencerse a sí mismo. + +—Yo me esforzaré para complaceros. Recibid mi promesa. + +—Cuento con ella. + +—Quedad, primo, con Dios, y si alguna vez necesitáis de un pecho fiel +y de una espada que en sus tiempos tuvo buenos filos, el comendador +Hinojosa no necesita saber en qué ni por qué le empleáis; su vida es +vuestra. + +—No quiera Dios que yo os envuelva en mis males; pero jamás olvidaré +tan generosa oferta. Dadme los brazos. + +—Y el alma con ellos. + +Abrazáronse en efecto los dos primos con la mayor ternura, y el +comendador salió del aposento para dirigirse a la habitación del +marqués, a quien encontró en conferencia con el capellán y el mayordomo +sobre los medios de renovar con menos riesgo y mejor éxito el pasado +exorcismo. + +La llegada de Hinojosa puso término a la discusión y al proyecto. + +Dijo el comendador a aquellos tres personajes que acababa de tener +una larga conversación con su primo, en la cual había acreditado +completamente que se hallaba en su sano juicio. + +—Me ha confesado —anadió— que tiene penas que su honor le prohíbe +revelar. Vuestra merced, padre capellán, se ha engañado, y yo también. +Don Juan no está endemoniado, y menos loco. Probablemente su pena será +algún amorío: es enfermedad de la edad. Los años la curarán. Entre +tanto, dejémosle en paz por nuestra parte; harto tiene que hacer el +desdichado con lo que se conoce que sufre interiormente. + +Esto bastó por entonces a que el marqués prohibiera al padre Teobaldo +la continuación de sus combates espirituales, y gracias a la tal +medida, pudo don Juan dormir tranquilo, sin temer que al despertarse le +ofreciesen por desayuno una taza de aceite bendito. + + +FIN DEL TOMO PRIMERO + + + + +Ni Rey ni Roque + + + + + NI REY NI ROQUE + + EPISODIO HISTÓRICO + DEL REINADO DE FELIPE II, + AÑO DE 1595 + + NOVELA ORIGINAL + + ESCRITA + POR DON PATRICIO DE LA ESCOSURA, + AUTOR DEL CONDE DE CANDESPINA + + TOMO II + + Madrid + Imprenta de Repullés + — + AÑO DE 1835 + + + + +NI REY NI ROQUE + +CAPÍTULO PRIMERO + + MORONDO + Que me llevan los demonios + . . . . . . . . . . . . . . + Voto a Cristo que me llevan. + + TEODORA + ¿Adónde? + + MORONDO + No me lo han dicho, + Porque traen orden secreta. + + (_La Adúltera Penitente_, comedia de tres ingenios: Cáncer, Moreto, y + Matos). + + +Fiel a su palabra, procuró don Juan disimular su melancolía en +presencia del marqués, y aunque a la verdad no pudo conseguir mostrarse +alegre, por lo menos dejó de abandonarse a ciertos accesos, como el que +dio lugar a que le exorcizase el padre capellán, y que antes de aquel +suceso eran sumamente frecuentes. + +Su tristeza era sin embargo la misma. Evitaba toda sociedad cuanto +podía, y más de una vez aconteció que el comendador le sorprendiese +con los ojos inundados de lágrimas; mas como Hinojosa había prometido +solemnemente a su primo no volverle a preguntar la causa de su pena +y ni siquiera hablarle de ella, se veía en la imposibilidad hasta de +consolarle. + +En este estado de cosas transcurrieron algunos días, hasta que en la +noche de uno Vargas anunció a su hermano y primo que al siguiente por +la mañana se ponía en camino para visitar cierta hacienda, en la cual +era necesaria su presencia. + +Convino el marqués, y el comendador aplaudió el proyecto, creyendo, no +sin fundamento, que la variación de aires y la agitación de un viaje +serían muy a propósito para distraer a Vargas de sus disgustos, y tanto +más cuanto que, con sola aquella idea de él, se notaba ya mucho más +alegre que se le había visto en la última temporada. + +Toda aquella noche estuvo Vargas amabilísimo, colmando de caricias +a su hermano, al comendador, y aun al mismo padre Teobaldo, quien no +dejaba de atribuir parte de tan inesperada mudanza a sus hisopazos y +conjuros. En el momento de separarse, don Juan los abrazó a los tres +con ternura, encargándoles que no le olvidasen. + +—Olvidaros —dijo el marqués—, y en el corto tiempo que habéis de faltar +de aquí, no es posible. + +—Mi ausencia, hermano, podrá ser más larga de lo que yo mismo creo. + +—Norabuena; por mucho que se tarde en concluir la obra que vais a +dirigir, será cosa de pocas semanas. + +—Decís bien, hermano; comendador, conservadme vuestra amistad. + +—Don Juan, mis ocupaciones aquí son ningunas; si habéis menester de un +amigo que os acompañe, mi persona es vuestra. + +—No, primo, no; vos podéis y debéis quedaros. ¿Qué sería del marqués +viéndose solo? Adiós, pues. + +—Adiós, y Él os acompañe en vuestro viaje. Amén. + +—Amén. + +Antes de salir el sol estaba Vargas en camino, sin más compañía que la +de un criado, que era el que siempre le seguía y estaba en su servicio +desde la niñez. Callado, fiel y obediente, Pedro no conocía más ley que +la voluntad de su señor, de cuyas acciones nunca veía más de lo que se +quería que viese. Tan fácil hubiera sido saber por boca de un cadáver +la enfermedad que le redujo a tal, como de la de Pedro nada de los +asuntos de su dueño. Este, pues, le estimaba como a una joya preciosa, +que no tenía reemplazo si una vez llagaba a perderse, y depositaba en +él sus secretos con una confianza sin límites. + +Una legua habrían andado los dos caminantes, cuando deteniendo don Juan +su caballo, dio lugar a que emparejase con él su criado. + +—Pedro —le dijo—, vamos a Madrigal. + +—Adonde usted mande. + +—Es preciso que tú te adelantes. Nada importa reventar el caballo; esta +noche has de dormir allá. + +—Muy bien. + +—Toma esta carta, que entregarás también esta noche misma, si llegares, +como deseo, antes del toque de ánimas. Gabriel no estará entonces en su +casa. + +—Está entendido, señor. + +—Si llegas después de ánimas, mañana... + +—¿Cuando el pastelero esté en misa? + +—Perfectamente, Pedro. + +—¿Y la respuesta? + +—No la tiene. Marcha, y en habiendo entregado la carta métete en el +mesón, y no salgas de él por ningún pretexto. ¿Me entiendes? + +—Sí, señor. + +—Nadie ha de conocerte antes ni después. + +—Estoy al cabo. + +—Fío en tu obediencia. Espérame allí, que o yo iré, o te daré noticias +de mi persona. Marcha, Pedro. ¡Ah!, ¿llevas dinero? + +—Poco. + +—Toma diez doblones. Silencio y agilidad. Buen viaje. + +—Dios guarde a usted, amo mío. + +Diciendo esto arrimó Pedro las espuelas a su caballo, y poco tiempo +después le perdió don Juan de vista. + +No nos tomaremos el trabajo de seguir al amo ni al criado en todo su +camino, sino que dejándolo en claro trasladaremos la escena de un +golpe de pluma al siguiente día, en el momento de oscurecer, a espaldas +de una ermita que distaba como un tiro de bala de Madrigal. + +Atado a un pino tascaba impacientemente el freno el caballo de don +Juan, y este con no mucha más resignación se paseaba aceleradamente +al pie de los muros de la ermita. De cuando en cuando asomaba con +precaución la cabeza por una de las esquinas, y examinaba con aire de +inquietud y ansiedad el camino que guiaba a la villa, y en el cual no +se veían ni perros. + +—Ya casi es de noche... No viene... Si acaso Gabriel... ¿Pero qué tan +necio había de ser Pedro que se dejase sorprender? Infeliz de él como +así fuese... Un bulto... La oscuridad no me deja distinguir quién sea: +¿si será ella?... ¿Y quién ha de ser a estas horas por este paraje? +Inés será. Respiremos. + +En esto el bulto se venía acercando a toda prisa; pero en vez de +seguir hasta la ermita, tomó por una vereda que se apartaba de aquel +camino como unos cincuenta pasos antes de llegar a ella. + +—¡Maldición! No es Inés. Ya no viene. + +Cualquiera que haya esperado alguna vez, y tratándose de asunto +importante, concebirá fácilmente la extrema impaciencia de Vargas, a la +cual se agregaba la duda en que se hallaba sobre si el mensaje había +llegado sin novedad a su destino, y de que, aun cuando así fuese, se +prestara Inés a sus deseos. + +Tan presto se paseaba don Juan presuroso, como haciendo alto de repente +recogía hasta el aliento, y aplicaba el oído a la tierra para percibir +aun el más ligero ruido. Ya se sentaba sobre una piedra, ya corría +despeñado a ponerse en acecho, todo quejándose de su mala estrella y +votando como un desesperado, y todo en vano también. + +Cerca de una hora pasó en aquel tormento hasta que, ya perdida la +paciencia, y olvidándose de sus proyectos mismos, abandonó la posición +que ocupaba y echó a andar hacia Madrigal; ¿a qué?, él mismo no lo +sabía; pero hay circunstancias en que el variar de posición, sea +como fuese, es indispensable. Cincuenta pasos habría andado con una +agitación extremada, cuando vio salir de la villa a un bulto negro. + +La noche era ya extremada, el firmamento cubierto de opacas nubes que +impedían el paso a los rayos de la naciente luna, y el horizonte oscuro +como el abismo, y que de cuando en cuando iluminaba la luz rojiza y +fugaz de los relámpagos, anunciaban una próxima tempestad. + +Agitadas por el presentimiento que les inspira su instinto, las aves +nocturnas, con vuelo rastrero y desigual cruzaban el campo en todas +direcciones. El lejano ladrido de los perros, el son lúgubre de una +campana, y hasta el susurro del viento en los sembrados, todo, en una +palabra, contribuía, en el momento de que hablamos, a dar al paraje en +que se hallaba Vargas el más siniestro aspecto. + +Al ver, pues, el bulto de que se ha hecho mención, y olvidado de que un +momento hacía hubiera dado cuanto le hubieran pedido por verlo en el +camino, se sobrecogió un instante. + +En efecto, la persona que a él se acercaba, cubierta de un traje +talar que flotando a merced del viento le prestaba aparentemente +más corpulencia que la que realmente tenía, no parecía andar, sino +deslizarse por el camino; tales eran la ligereza de su paso y la +rectitud con que caminaba. + +En las circunstancias ordinarias, don Juan, que por una parte había +nacido valiente, y por otra era noble y castellano, hubiera visto con +indiferencia, y tal vez no habría reparado en la circunstancia de +caminar de este o del otro modo una persona que pasaba por el camino. + +Pero la hora, la disposición del cielo, el paraje en que se hallaba, y +que él mismo había elegido como más seguro para su intento, pues era +pública voz en Madrigal que en las inmediaciones de aquella ermita, +que hoy no existe, se verificaban frecuentes y espantosas apariciones, +y sobre todo la agitación en que estaba su espíritu le tenían tan +trastornado que la vista de la persona que se le acercaba le sobresaltó +en efecto. + +Hizo, pues, alto, y maquinalmente se persignó y sacó la espada. El +bulto continuó marchando intrépidamente hasta estar a unos diez pasos +de don Juan, que entonces ya cesó de andar. + +Pocos momentos bastaron para que, volviendo este en sí, reconociese la +ridiculez de su conducta y, avergonzado de ella, envainó la espada. + +—Proseguid —dijo dirigiéndose a la inmóvil persona que delante tenía—, +proseguid vuestro camino, quien quiera que seáis, que así en mí no +hallaréis impedimento. + +—Don Juan —exclamaron—, ¿sois vos? + +—Inés, al fin habéis venido. + +—Sí, aquí estoy. Bien sabéis que arriesgo mi vida; pero en fin, ¿qué me +queréis? + +—Aquí no estamos bien, Inés; cualquiera que pase puede vernos. Vamos a +la ermita. + +—¿A la ermita, don Juan?... + +—¿Y por qué no? Jamás os he conocido medrosa. + +—Verdad es, pero... + +—No perdamos el tiempo, que para nadie es más precioso que para vos. +Seguidme. + +Al decir esto asió del brazo a Inés, y en aquella disposición llegaron +ambos a la espalda de la ermita, a la cual estaban unidos los restos de +un pequeño edificio, que probablemente en tiempos antiguos habría sido +habitación del ermitaño, pues aunque inutilizada, conservaba una puerta +de comunicación con la iglesia. + +Ya en la época de que hablamos hacía muchos años que la ermita tenía su +cura, que habitaba en la villa, y la habitación, abandonada, se había +ido arruinando progresivamente hasta no quedar más que un solo ángulo, +en el cual se conservaba parte del tejadillo. + +A este ángulo, pues, se dirigieron Inés y don Juan sin proferir una +sola palabra. Así que llegaron, don Juan dispuso lo menos mal que pudo +un asiento de piedra para la pastelera, a quien dijo: + +—Sentaos, Inés. + +Hízolo así esta, y en seguida: + +—¿Y vos? —preguntó. + +—Bien estoy en pie. ¿Conque habéis recibido mi carta? + +—Anoche me la entregó Pedro. + +—¿Y Gabriel? + +—No le he visto. No estaba en casa. + +—Bien. + +Parose aquí un momento como para recordar las especies, y en seguida +continuó: + +—Inés, repetiros que os adoro es inútil; bien lo sabes. + +—Me lo habéis dicho, don Juan; pero no sé si será una prueba de ello +estar un mes ausente sin darme noticia de vuestra persona ni siquiera +por cortesía. + +—Tenéis razón. ¿Qué responder a esto?... ¡Qué responder! Yo responderé; +pero no interrumpáis, o de una conferencia que debe ser muy breve +haréis una conversación eterna. Os adoro, repito, y os adoraré mientras +viva, Inés. ¿Y cómo no adoraros? Yo que os he visto a la cabecera de mi +cama noche y día sin separarnos un momento, yo que os debo la vida... + +—¿Y por quién la expusisteis?... + +—Más me valiera perecer entonces. + +—¡¡Don Juan!! + +—Inés, tanta hermosura, tanta discreción, y ese carácter angélico, esa +dulzura celestial, bastantes a hacer la dicha de cualquiera mortal, han +hecho de mí un frenético. Ya sabes que solo vivo a tu lado. Ya ves tú +que lejos de ti mi vida es un infierno. Inés, Inés, apiádate de mí. + +—Sosegaos, don Juan. ¿Así cumplís las promesas que me hacéis en vuestra +carta? Hablemos en razón. Cuando postrado aún en el lecho, gracias a +la temeridad con que os expusisteis por salvarme, me dijisteis vuestro +amor, don Juan, yo no os oculté que también os amaba. Ya entonces era +inútil que mi boca repitiese lo que debíais haber adivinado en mis +ojos; pero también os dije que Inés no se envilecería jamás a los ojos +de su amante, arrojándose en sus brazos sin ser antes su esposa, y +vuestra esposa Inés no puede, no debe serlo por ahora. + +—Inés, verdad habéis dicho en todo. Lo que entonces me dijisteis está +grabado en mi corazón con caracteres indelebles. ¿Pero cuál es el +obstáculo que ponéis a nuestra unión? ¿La desigualdad de condiciones? +Mujer celestial, ¿quién es más en el mundo que tú para mí? Yo también +he querido luchar, y también he opuesto a mi pasión todo género de +reflexiones, y todas han sido inútiles. He venido a ser tu esposo, a +vivir contigo eternamente, a morir a tus pies de dolor. + +Mientras que don Juan hablaba así con una vehemencia extraordinaria, +Inés enternecida lloraba sin cesar. El llanto le impedía hablar durante +algún tiempo, pero al cabo entre sollozos y suspiros prorrumpió: + +—Vargas, ¿qué decís? Sin conocerme, sin saber de mí más que el nombre +de Inés, viéndome en tan oscura condición en compañía de Gabriel... + +—Una sola cosa exijo de ti, Inés, para darte mi mano, una sola cosa. +Con una palabra vas a disipar una duda que pesa sobre mi corazón, y le +oprime y le agobia. + +—Decid, don Juan. + +—Antes jura decirme la verdad. + +—Si es secreto en que yo sola esté interesada, juro por el Dios que nos +escucha, y que sabe leer el fondo de nuestros corazones, que sabréis la +verdad entera, y nada más que la verdad. + +—Pues bien, Inés, perdóname si tal vez mi duda te ofende; yo mismo +me he reconvenido millares de veces por ella; pero es más poderosa +esta amarga duda que cuantos diques le opongo. Si tú supieras que en +solo concebirla he sufrido yo más tormentos que puede haber en los +infiernos, me perdonarías. + +—Y bien, perdonado estáis. + +—Decid: Clarita, la hija de Gabriel, ¿es tu hija? + +—No, don Juan, no es mi hija. + +—Dios omnipotente, yo te doy gracias: tú eres digna de mi amor. + +Un profundo silencio reinó en las ruinas después de proferida por don +Juan esta última exclamación. + +El amor propio de Inés y su virtud misma se rebelaban contra la +suposición de Vargas, y era menester toda la fuerza del amor y el peso +de las razones que ella misma conocía haber tenido aquel caballero +para concebir semejantes sospechas, para que no diese muestras de su +indignación. + +Vargas, como el que acaba de arrojar de sí una pesada y molesta carga, +aunque gozoso por verse libre de ella, estaba como enajenado; y además, +conociendo también que su amada no podía estar muy satisfecha con +su pregunta, no sabía cómo anudar de nuevo la conversación sin que +volviese a recaer sobre tan delicado y desagradable objeto. + +Estando así ambos amantes, la tempestad que desde antes de ponerse el +sol se había ido preparando descargó con tremenda furia. + +Un relámpago, a cuyo resplandor parecía incendiado el lejano horizonte, +seguido de un espantoso trueno fue el principio de la tormenta, que en +seguida ya fue general y terrible. + +—Todos los santos del cielo me amparen —exclamó Inés, retirándose +asustada al último rincón de las ruinas. + +—¿Qué temes? —dijo don Juan, siguiéndola, y pasándole un brazo por +la cintura, con ánimo sin duda de prestarla así su protección más +inmediatamente—. ¿Estando conmigo, qué temes, Inés? + +—Vuestra protección, don Juan, no creo que sea muy eficaz contra los +rayos del cielo. + +—La tempestad no puede ser duradera: en la estación en que nos hallamos +son frecuentes, pero momentáneas. + +—Por poco que dure siempre será lo bastante para que yo, a menos de +ponerme en camino diluviando como está, llegue a casa después que +Gabriel, y entonces... + +—Entonces, infeliz de él si se atreviera a ofender a la esposa de +Vargas. + +—La esposa de Vargas no lo soy aún, tal vez no lo seré nunca, y entre +tanto a su autoridad estoy sujeta. + +—¿Y quién le ha dado esos derechos sobre ti? + +—Mi destino. + +—¿Y cómo? + +—Este es un misterio que ni vos debéis preguntarme, ni yo revelarlo. +Dejemos, pues, de hablar de ello, y separémonos también. + +—¡Cómo, Inés! ¿Sin que hayas decidido de mi suerte? + +—Nos volveremos a ver dentro de ocho días en este mismo paraje, y a la +misma hora. Entonces tal vez me será lícito hablar más de lo que hoy +puedo hacerlo. + +—¿No me dirás al menos si me amas? + +—¡Ingrato! Harto lo sabes. + +—¡Inés mía! + +—Don Juan, adiós. + +—Espera: es imposible que con esta lluvia te pongas en camino. + +—Lo que es imposible es detenerme más sin grave riesgo; tal vez es ya +demasiado tarde. + +—Pues bien... Pero ahora se me ocurre: yo puedo llevarte hasta la villa +en mi caballo, cubierta con mi capa, y desde la entrada hasta tu casa +poco hay que andar. + +—Vamos, pues. + +Salió don Juan de las ruinas en busca de su montura, pero la oscuridad +de la noche era tal, que a dos pasos no se divisaba un árbol. Fuele, +pues, preciso marchar muy despacio y a tientas, buscando los únicos +cuatro pinos que a unos seis u ocho pasos de la ermita estaban, y a uno +de los cuales había atado su caballo: tropezó por fin con uno de los +pinos, pero no era aquel el que buscaba; fue al segundo, y le sucedió +lo mismo, y otro tanto con el tercero y cuarto. + +«Vamos —dijo para sí—, he perdido enteramente el tino; no daré en toda +la noche con el caballo». + +Volvió de nuevo a recorrer los pinos, y viendo que tampoco en ninguno +de ellos estaba, comenzó a dudar de si habría tal vez más árboles de +los que él creía haber contado; pero un relámpago, iluminando por un +instante todo el lugar de la escena, le hizo ver que no se había +equivocado al contar los árboles, y que su caballo no estaba ni en el +paraje que lo había dejado, ni cerca de él. + +—¡Confunda Dios al pícaro ladrón que se lo ha llevado! —exclamó furioso +dando una patada en el suelo—. ¡Buenos estamos! A pie y sin dinero me +deja, y ahora Inés habrá de andar a pie por ese camino, que está hecho +un mar sin duda. + +Mohíno además y pesaroso, dio la vuelta Vargas; no sin dificultad atinó +a entrar de nuevo en las ruinas contiguas a la ermita, y así que estuvo +dentro empezó a decir: + +—¡Pobre Inés! Estamos a pie: o el caballo espantado con los truenos ha +roto las riendas y echado a huir por esos campos, o algún ratero se lo +ha llevado. ¿Tendrás que irte a pie? ¿No respondes? + +El ruido solo de la lluvia, que impelida por el viento se estrellaba +contra los muros de la ermita, fue la contestación que recibió don Juan +a su pregunta. + +—Inés, responded por Dios santo... ¿Se habrá ido? ¿Capaz es?... ¡Inés, +Inés! ¿Os parece este momento para chancearos?... Ahí estáis, si yo os +siento andar... ¿Me huyes?... Responde, o es... + +—Silencio, o muerto sois, caballero —dijo al oído una voz de hombre +para él desconocida, y al mismo tiempo asido de ambos brazos, sin saber +por quién ni cómo, se halló en la imposibilidad de hacer el menor +movimiento contra la voluntad de sus guardianes. + +—¡Traidores! —dijo con rabia. + +—Silencio —repitió la misma voz que primero había hablado—: andad con +nosotros, en la inteligencia de que si no queréis hacerlo por vuestro +pie vendréis arrastrando. Silencio, repito, si amáis la vida, que no +tratamos de quitárosla, ni aun de ofenderos si a ello no nos fuerza +vuestra imprudencia. + +Concluida esta horrible oración echaron a andar los que tenían agarrado +a Vargas, y él también hubo de hacerlo con ellos mal que le pesase. + +Durante algún tiempo conoció don Juan que caminaban por las ruinas en +razón a la desigualdad del terreno y a la multitud de escombros con +que continuamente tropezaba; y aunque la extensión que en diferentes +direcciones le hicieron andar le pareciese mayor que las que las mismas +ruinas tenían, lo atribuyó en parte a su turbación, y en parte a error +en su primer cálculo. + +Yendo así le taparon el rostro con un pañuelo o capa que le echaron +sobre la cabeza; precaución bien excusada, pues que, como ya se ha +dicho, la noche era sumamente oscura. A poco rato el piso ya se ofrecía +unido y de nivel, y sus propios pasos, repetidos por un eco no muy +claro, resonaban en los oídos del prisionero; en seguida le hicieron +bajar una escalera, volver a andar por terreno llano, subir otra +escalera, y al cabo bajar una tercera; desde allí atravesar una zanja; +y por último, saliendo de ella, sentarse en uno que le pareció escaño +de madera. + +En todo el tiempo no oyó don Juan proferir una palabra, de manera que +la única conjetura que sobre su situación pudo formar fue, por el rumor +de los pasos, la de ser tres las personas que con él iban, una delante +y dos asiéndole de ambos brazos. + +La circunstancia de faltarle el caballo le hizo creer que se hallaba +en poder de ladrones, lo que le era sumamente sensible, no por él, +sino por Inés, que era ya de suponer se hallaba en sus manos. En la +situación en que se hallaba solo un recurso se le ofrecía para salvar +a su amada de las garras de aquellos malvados, que era el de ofrecerle +por la persona de la pastelera un rescate considerable en dinero, y +así propuso hacerlo tan luego como hubiese terminado su caminata y le +diesen los ladrones lugar para ello. + +En medio de estos proyectos, y como a pesar suyo, resonaba una voz +en su conciencia, que le decía: «¿Por qué te obstinas en venir a +Madrigal, si cuanto haces y dices en él redunda en daño tuyo?». El +corazón respondía: «Estoy enamorado, y yo mando». La cabeza podía haber +replicado en el gusano de la fábula: «Usted tiene razón: así va ello». + +[Ilustración] + + + + +CAPÍTULO II + + ¿Dónde estás, señora mía, + Que no te duele mi mal? + O no lo sabes, señora, + O eres falsa y desleal. + + (_Romance autógrafo_). + + +Uno de los infinitos y más agradables privilegios que el género +romántico concede a los que lo cultivan es el de decir las cosas cuándo +y cómo les viene a cuento, dispensándolos de la prolija obligación +de empezar una historia por su principio, de referir hasta las veces +que el protagonista fue azotado por el _dómine_ en su infancia, y de +seguirle paso a paso en el discurso de su vida sin hacer gracia al +lector de uno solo de sus pensamientos, por insignificante y necio que +parezca. + +El autor romántico, como que puede hacer todo aquello a que su ingenio +alcance, cuando no más, se ríe del orden cronológico; su fin es unas +veces divertir, otras horrorizar, pero siempre inspirar interés, y +usando en toda su latitud de aquella máxima de no sé qué autor, que +establece que _el fin santifica los medios_, sigue el camino que +su fantasía le dicta, despreciando reglas, hollando preceptos, y +preguntando solo a sus oyentes: «¿Se divierten ustedes? ¿Sí? Pues +bueno va». + +En uso de mis facultades, y como ejemplo práctico, he puesto el exordio +de este capítulo, con el cual respondo de antemano a la objeción +que sin duda me hará la crítica clásica de andar algo descosido en +mi novela, y hago solemne protesta de que por ahora, y siempre que +me convenga, seré romántico, reservándome empero refugiarme en el +clasicismo cuando las circunstancias lo exijan. + +Poco más fastidiado que deberá estarlo el que ahora me lea con la +impertinente disertación que precede, se hallaba don Juan de Vargas +en el mismo paraje y situación en que le dejamos al fin del capítulo +anterior, esperando con ansia el resultado de una conferencia que +indudablemente se estaba celebrando a pocos pasos de él, pues el rumor +de varias voces, aunque vagas, hería sus oídos. + +Pareciole al cautivo que los que hablaban no pasarían de cuatro o +cinco personas, y entre ellas creyó distinguir el eco de una que debía +serle conocida; pero como su turbación no permitiese que recordara +entonces quién era, se persuadía a que aquel hombre podría muy bien +tener semejanza en la voz con algún conocido suyo, y serle sin embargo +enteramente extraño. + +Después de hablar un rato en voz tan baja que nada de su conversación +pudo percibir don Juan, animándose la discusión, uno exclamó en tono +más desagradable, aunque lo que decía y con acento gallego, o muy +parecido a él: + +—Mateislu. + +Toda la sangre se le heló en las venas al hermano del marqués al oír +tan terrible sentencia. + +—Sí, sí —dijeron a un tiempo dos o tres de los que conferenciaban. + +—Es lo más seguro —exclamó el que había hablado a Vargas, y estaba +entonces sujetándole en el escaño. + +Y acompañó su exclamación con un movimiento del brazo derecho, que +a pesar de estar cubierto no pudo menos de distinguir el preso, +quien, dándose ya por muerto, hizo mental y fervorosamente un acto de +contrición. + +—Teneos —gritó entonces la voz que a Vargas le parecía conocer—, +teneos. ¿Quién os ha dado derecho para disponer de la vida de ese +hombre? + +—Nuestra seguridad lo exige —replicó ásperamente el de las ruinas. + +—Mateislu —volvió a decir el que hizo la proposición. + +—Os lo prohíbo —insistió el piadoso—; no tenéis facultad para ello. +Solo Dios es árbitro de la vida de los hombres. + +—Y el rey —contestó una voz que hasta entonces no se había oído. + +—Sí, sí, y el rey —repitieron todos a coro. + +—Bien —dijo el defensor de Vargas—, y el rey; esperemos su decisión, +y tiemblen todos su justicia si se atreven a tocar en ese mancebo sin +orden suya. + +—Esperemos norabuena. + +—Esperemos. + +—Esperemos. + +Y el silencio más completo volvió a establecerse en torno del preso. + +El primer movimiento de este fue dar gracias a Dios por haberle +libertado de tan grande peligro, deparándole en medio de aquellos +forajidos un alma compasiva que intercediese por él. Pero concluido +este acto de piedad, y tranquilo ya por su vida, empezó a reflexionar +sobre la última parte de la discusión que sobre su suerte acababa de +tener lugar, y cuanto más meditaba menos la comprendía. + +Un salteador de caminos, estableciendo que solo Dios tiene derecho a +quitar la vida a los hombres, y los demás tan celosos por el monarca +que al momento le replican que también es el de dar muerte uno de los +derechos del rey, a la verdad son cosas no muy comprensibles si no se +toman en sentido crónico; pero que para disponer de la suerte de un +caballero que está en sus manos esperen los ladrones la resolución del +rey, era lo que volvía loco a don Juan, y hubiera enloquecido también a +cualquiera. + +Tal vez si la cuestión se le hubiese propuesto siendo otro el paciente, +y estando él tranquilo en casa de su hermano, hubiera atinado con la +única solución racional que podía dársele, y era la de suponer que +los ladrones llamaban rey al forajido que los mandaba, y que tal vez +estaría ausente; pero como, a la verdad, la situación de Vargas no era +la más a propósito para acertar enigmas, daba vueltas y más vueltas al +asunto, y cada vez lo entendía menos. + +Diremos sin embargo, en defensa de su ingenio y honor de la verdad, que +no le era fácil hacer raciocinio alguno seguido, pues la ignorancia en +que estaba sobre la suerte de Inés le afligía aún más que su propio +peligro. + +La última y lejana campanada del reloj de la villa acababa de sonar +las nueve de la noche cuando distrajo a don Juan de sus reflexiones +el ruido que al levantarse de los asientos que ocupaban todos los +salteadores, a excepción de sus dos guardianes, que permanecieron +inmóviles. + +—El rey —se oyó decir en voz baja todo alrededor. + +«¡El rey!», exclamó para sí don Juan. «¡El rey! ¿Si estaré soñando?». + +—Caballeros —empezó a decir una voz todavía más familiar a los oídos de +Vargas que la del que primero hemos hablado, pero reparando sin duda en +el prisionero, se interrumpió, exclamando—: ¿Qué es esto? + +—Yo lo diré, señor —contestó el que había intercedido por nuestro +caballero; y el ruido de sus pasos anunció que se acercaba el recién +venido para enterarle sin duda de lo que había pasado. + +Después de un breve rato dijo riéndose el que don Juan suponía ser el +llamado rey: + +—Yo lo sabía; pero se me olvidó advertíroslo. ¡Buen susto habrán +pasado! ¡Coello! + +—¿Señor? —respondió el de las ruinas. + +—Venid. + +—¿Y este hombre? + +—Dejadlo, con Sousa basta. + +Entonces obedeció Coello, y Vargas pudo disponer de su brazo derecho; +mas conociendo que habría temeridad en intentar retirarse, resolvió +someterse pacientemente a su suerte, y permaneció tranquilo. + +Poco tardó en volver Coello a su puesto, y decir: + +—Soltad, señor Sousa, a ese caballero. Señor don Juan de Vargas, poned +la mano derecha sobre el puño de vuestra espada. + +—Está puesta. + +—Levantaos. + +—Ya estoy en pie. + +—¿Juráis, por el signo de nuestra redención, por Dios y su Santísima +Madre, y prometéis a fe de caballero sobre vuestro honor, que si os +permitiese salir de aquí, sano y salvo, jamás revelaréis de manera +alguna la menor circunstancia de cuanto acaba de pasaros? + +—Antes de jurar me es fuerza hacer una pregunta, señor... + +—Que diga. + +—Decid. + +—En el mismo paraje en donde me habéis sorprendido, estaba en mi +compañía una dama... + +—Está segura, tranquilizaos. + +—¿Quién me lo asegura? + +—¿Bastará —dijo el que mandaba—, bastará que ella os lo diga? + +—Sí —contestó Vargas después de algunos instantes de reflexión. + +Separose Coello de Vargas, y al cabo de algunos minutos volvió +acompañado de Inés, quien, dirigiéndose a su amante, le dijo: + +—Don Juan, no temáis por mí, segura estoy. Jurad lo que os han dicho y +retiraos. + +—Inés, no me engañéis. Si hay el menor peligro... + +—Ninguno, os lo protesto. Jurad, siquiera por que yo os lo ruego. + +—Repetid lo que queréis que jure. + +Hízolo así Coello, y don Juan juró. Concluido este acto, el mismo +Coello, asiéndole de la mano, le mandó que le siguiese, y echando ambos +a andar, y sin saltar zanja ni subir más de una escalera, se halló +Vargas en el mismo paraje en que fue sorprendido. Quitole Coello la +capa que le cubría la cabeza, y retirándose precipitadamente, sin que +su prisionero supiese por dónde, le dejó enteramente libre. + +La tormenta había pasado, la luna, abriéndose paso al través de algunas +nubes que aún quedaban, iluminaba la campiña, que aún conservaba cierto +aspecto melancólico y abatido, y el silencio no era interrumpido por +sonido alguno. + +Don Juan necesitó de algunos minutos para recobrar enteramente sus +sentidos, y aún no muy sosegado salió de las ruinas, con ánimo de irse +a pie hasta Madrigal; mas con harta sorpresa suya veía su caballo atado +al mismo árbol, y en la misma forma que lo había puesto él por la +tarde, sin que faltase nada de cuanto encima tenía. + +Montó, pues, y en breve tiempo llegó al mesón, donde su fiel Pedro le +estaba esperando. + +[Ilustración] + + + + +CAPÍTULO III + + Vivir con ella en ignorado asilo, + Sus sienes coronar de mirto y rosa, + Y una mirada dulce, cariñosa, + En premio recibid de mi desvelo, + Es mi sola ambición, mi solo anhelo. + + (_Oda inédita_). + + +La mala cama, el ruido de las caballerías y, más que todo, su agitación +no permitieron a Vargas disfrutar en la posada de un solo instante de +reposo. + +Representábanse sin cesar en su fantasía las escenas del principio +de la noche, y el peligro que acababa de correr le parecía aún mayor +después de pasado que cuando en él se hallaba, sucediéndole lo que +al caminante que a fuerza de penas logra verse en lo más alto de +una escarpada roca, que ya en su cima se horroriza contemplando el +precipicio a cuya orilla pasó. + +Pero lo que más le mortificaba era cierto escrúpulo de conciencia sobre +haber creído ligeramente en la seguridad de Inés, que sin cesar se le +ocurría. En vano se recordaba a sí mismo la absoluta imposibilidad +de defender a su querida en que se hallaba cuando se le exigió el +juramento que prestó para obtener su libertad; en vano la misma Inés +le había rogado que jurase. A todas sus reflexiones se decía: «Yo debí +morir a su lado o salvarla conmigo». + +En estos pensamientos le sorprendió el alba y, apenas el primer rayo de +luz penetró en su aposento, se vistió apresuradamente y envuelto en una +gran capa, con su sombrero de ala ancha calado hasta las cejas, se puso +en la calle. + +Dirigiose inmediatamente a la pastelería, que como de razón encontró +cerrada. Cediendo a su impetuosidad iba a llamar a la puerta, pero por +fortuna suya cuando ya tenía el aldabón en la mano le detuvieron el +brazo por detrás. + +—¿Quién se atreve a ponerme la mano encima? —dijo Vargas lleno de +cólera y sacando al mismo tiempo la daga. + +—Yo, señor don Juan. + +—Fray Miguel, ¿y con qué derecho? Seguid vuestro camino, y dad gracias +a ese hábito si no lleváis el premio que merece vuestra insolencia. + +—Caballero, vuestra cólera ni me asusta ni me enoja; sois mozo y +soldado; yo anciano y religioso. ¿Qué gloria ni qué provecho os +reportaría el maltratarme? + +—Padre mío, conclúyase la conversación; siga vuestra paternidad por +donde iba, y déjeme a mí acudir a mis negocios, que, por Dios santo, no +estoy para sermones. + +Y al concluir estas palabras volvió a asir el aldabón; mas fray Miguel +se opuso también segunda vez a sus intentos. + +—Fraile, o demonio en figura de tal, ¿has salido del averno solo para +precipitarme? Retírate al momento, o te mato si mil vidas tuvieras +—exclamó Vargas loco ya de furia, y desembozándose enseñó la daga +desnuda al vicario de Santa María. + +Mas este, impávido, sin mudar siquiera de color y permaneciendo inmóvil +delante de la puerta de Gabriel de Espinosa, le contestó mostrándole el +pecho: + +—Herid, señor don Juan de Vargas, herid norabuena si tan ciego estáis +que desconozcáis no solo vuestros propios intereses, sino los de la +persona misma a quien queréis servir. Sacad de esta vida miserable a un +hombre que, resignado con la voluntad de Dios, siempre está pronto a +comparecer ante su trono; pero creedme: de no pasar sobre mi cadáver, +no cometeréis ahora la imprudencia de llamar a esta puerta. + +La sangre fría de fray Miguel, su tono solemne, y la firme decisión que +en su rostro se mostraba de llevar adelante su propósito, paralizaron +los efectos de la cólera de Vargas: con los brazos caídos, baja la +cabeza, y oído atento, escuchó cuanto el fraile quiso decirle, y aun +después de haber concluido aquel de hablar permaneció algún tiempo en +silencio. + +—Fray Miguel, he andado sobradamente ligero, lo confieso; pero vuestra +paternidad me ha provocado. Sea como quiera, respeto vuestro carácter, +y voy a daros una prueba de ello sometiéndome a hacer explicaciones +que a nadie debo. Si presumís que mi venida a esta casa tiene algo de +hostil, os engañáis. Deseo solo saber que una persona de ella... + +—¿Inés? + +—Sí, Inés: puesto que lo habéis dicho, deseo saber si está en su casa. + +—Lo está. + +—¿Quién os lo ha dicho? + +—Yo la he visto. + +—¿Cuándo? + +—Anoche. + +—¿A qué hora? + +—A las diez de ella. + +—¿No me engañáis? + +—Mancebo, estas canas y este hábito ¿merecen por ventura tan injuriosa +desconfianza? + +—No, fray Miguel. Dadme esa mano: seamos amigos. + +—Yo lo soy vuestro más de lo que pensáis, señor don Juan, y voy a daros +pruebas de ello si tenéis la bondad de seguirme. + +—Vamos. Pero permitidme que os pregunte cómo, a hora en que nadie anda +por las calles, os halláis vos en ella. + +—Señor don Juan, el temor que tenía de que usted intentase lo que ha +tratado de hacer. + +—¿Pues cómo podrá vuestra paternidad sospecharlo cuando yo mismo no he +formado el designio de visitar a Gabriel hasta hace media hora? + +—¿Y de qué servirían mis años y mi experiencia si no pudiera yo preveer +las acciones de un hombre apasionado antes que él mismo? Yo he sido +joven como usted, señor caballero, antes de vestir este hábito; también +las pasiones me han atormentado. + +—Norabuena; pero ¿qué antecedente tenía usted, padre vicario, para +creerme desasosegado por Inés? + +—¿Qué antecedente? El habérmelo dicho ella misma. + +—¿Ella? ¿Y os ha dicho que...? + +—Me ha dicho que la amáis, que os ama. + +—Fray Miguel, si tratáis de sorprenderme, os habéis engañado; yo no... + +—Deteneos, que yo no os pido que confeséis ni neguéis cosa alguna: voy +simplemente a referiros lo que Inés me ha dicho. Se reduce, pues, a +que entre ambos median relaciones amorosas, y que ayer en una cita +las circunstancias fueron tales que al separarse de vos debía quedaros +alguna inquietud por ella. La pintura que en seguida me hizo del +carácter vehemente del señor don Juan de Vargas, y el conocimiento que +yo tengo del de Espinosa... + +—¿Conque le conocéis? + +—Sí, le conozco: dejadme concluir. Temí, pues, el paso que queríais +dar, del cual no hubierais sacado más fruto que comprometer a vuestra +amada. Ved aquí por qué, a pesar de esa capa y ese sombrero, os he +conocido. + +Calló el fraile, y Vargas, perdido, por decirlo así, en su laberinto de +conjeturas, no acertó tampoco a decir palabra hasta hallarse dentro del +monasterio y en la celda del vicario. + +En ella hizo su dueño los honores a don Juan con toda cortesía, y +sentados ambos volvió a tomar la palabra el vicario. + +—En vista de la manera con que esta mañana han sido recibidos mis +buenos oficios, tal vez, señor don Juan, debiera yo abstenerme de +mezclarme en asuntos ajenos. Pero mi deber, como ministro del altar, +es sacrificarme por conservar la paz en las familias, y además, +por razones que tal vez antes de mucho podrán ser públicas, estoy +particularmente interesado en el negocio en que vamos a hablar. Será +preciso, pues, que se me escuche con paciencia. + +—Contad con ella, fray Miguel, y decid cuanto se ocurra —contestó +Vargas reprimiendo a duras penas la expresión del enojo que tantos +exordios y preñeces le causaban. + +—Usaré de esa licencia —repuso el vicario— y procuraré ser breve. +Vuestro nacimiento es ilustre, y yo me complazco en creer que no +trataréis de oscurecer su nobleza con acción ninguna que de él desdiga. + +—Padre vicario, no habléis más de eso: nadie ha dudado hasta hoy de la +honradez de los hijos de mi padre, y... + +—No se exalte, que tampoco dudo yo; lo que he dicho ha sido solo para +haceros conocer el inminente peligro en que una loca pasión os pone. + +—Mi pasión no es loca. + +—Sí lo es; y lo probaré. ¿Conocéis a Inés? + +—¿Si la conozco? Mejor que a mí mismo. Bella, sensible, generosa, +honrada, y de nobles pensamientos, Inés ha nacido para ocupar un trono. +Sí la conozco, fray Miguel; y el día que la conocí decidió del destino +de mi vida entera. + +—Joven infeliz, si eso es así, os compadezco. + +—¿Y por qué? Si amo, también soy amado: en breve un lazo santo nos +unirá. + +—Os engañáis. + +—¿Y quién se atrevería a oponerse a la firme voluntad de ambos? ¿Quién +mientras Vargas tenga brazo y espada le impedirá que sea esposo de +Inés? La familia de Vargas no podrá impedirlo, yo os lo fío. + +—¿Y Gabriel? + +—¿Tiene ese hombre más de una vida? + +—¿Paréceos el homicidio buen camino para llegar a la felicidad? + +—No sé, ni quiero saber más que Inés ha de ser mía. + +—La pasión es quien habla, don Juan, no vos. Atendedme os ruego. +Dejemos por un momento a Gabriel a un lado, y hablemos de vos solo y +de vuestra familia. De Inés, como ella misma os ha dicho, nada más +conocéis que el nombre. + +—Y el alma. + +—Creéis conocerla, y tal vez... + +—Tal vez arrancaré la lengua al que fuere osado a ponerla en la que +adoro. + +—No es ese mi ánimo. Pienso como vos. + +—Inés es capaz de hacer feliz a su marido. ¿No es verdad, padre mío? + +—Así lo creo, pero Inés hoy es muy poco para ser vuestra esposa; mañana +tal vez será demasiado. + +—No os entiendo a fe mía. + +—Ni yo puedo explicarme más. + +—Norabuena. Cuantos me hablan de algún tiempo a esta parte lo hacen +misteriosamente; ya me voy habituando. Continuad, padre. + +—Si vuestra familia llega a saber los proyectos que formáis, ¿cuál será +el resultado? Una persecución violenta caerá sobre la infeliz Inés; y +esta no cesará hasta que se la ponga en posición que os sea imposible +llegar a ella. Un matrimonio clandestino, Inés no consentirá en él; +vivid seguro de ello. ¿Qué partido os queda? + +—Casarme hoy mismo con ella, y hoy mismo huir con ella a país +extranjero. + +—Y allí, sin recursos de ninguna especie, don Juan de Vargas mendigará +el sustento para él y su esposa, ¿no es cierto? La miseria y cuantos +males la acompañan son el presente que vuestro amor quiere hacer a la +mujer que idolatráis. Don Juan, por ella y por lo mismo escuchad la voz +de la razón: es forzoso que renunciéis a Inés. + +—Antes morir mil veces. + +—Mancebo, corréis a vuestra perdición. + +—¿Qué importa? Sin ella no puedo ser nunca feliz; esto es cierto, +ciertísimo, fray Miguel. + +—Señor don Juan, este negocio es harto ajeno de mis años y mi carácter; +pero me intereso tan de veras por Inés y por vos, que consiento tomarlo +a mi cargo si me prometéis no dar en él paso ninguno sin anuencia mía. + +—¿Y vuestra paternidad me promete que no abusará jamás de mi confianza +para alejarme de Inés? + +—¡Qué suspicacia! Sí, prometo. + +—Pues yo también. + +—Está dicho. Un solo medio hay por el que tal vez podéis llegar a ser +esposo de Inés. + +—¡Ah! Decid cuál, y veréis que estoy pronto. + +—Exige de vuestra parte grandes sacrificios. + +—Ninguno habrá que me lo parezca siendo por ella. + +—Exponeros a riesgos inminentes. + +—Más de una vez he expuesto ya el pecho a las balas. + +—Son también necesarios la paciencia... + +—Tendré la de un santo. + +—La sumisión... + +—Seré un esclavo. + +—El silencio. + +—Callaré como un muerto. + +—Todo os parece fácil ahora. + +—A la prueba me remito. + +—Acepto la promesa. + +—¿Pero Inés será mía? + +—Tal vez. + +—¿Tal vez no más? + +—Vuestra será. + +—Sois mi ángel tutelar. + +Y el pobre fraile se vio abrazado, besado, acariciado de todas las +maneras posibles, y a pesar de su gravedad, no pudo menos de sonreírse +y enternecerse con el entusiasmo de Vargas. + +Más fácil es imaginar que describir el extraño grupo que formaban un +fraile anciano y un caballero mozo, estrechamente abrazados y llorando +como dos chiquillos. + +Vargas, enajenado de gozo, fray Miguel, enternecido, se miraban el uno +al otro con una expresión tan singular, tan dulce, que más parecían +padre e hijo que dos extraños. + +En esta situación los sorprendió Gabriel de Espinosa, que sin pedir +licencia ni llamar, abrió la puerta de la celda y entró en ella como +pudiera hacerlo en su casa. + +Iba el vicario a levantarse de su asiento, mas a una seña del pastelero +permaneció tranquilo. + +—Fray Miguel de los Santos, guárdeos el cielo —dijo Espinosa con el +mismo tono de voz que ya le había oído don Juan cuando le vio por +primera vez. Pero entonces no se desmayó el fraile, sino que haciéndole +una reverencia, le respondió: + +—Señor Gabriel, él venga con vos. + +Al escuchar el saludo del pastelero, Vargas se estremeció sin saber +él mismo por qué. Verdad es que aun cuando don Juan pasó en casa de +Espinosa más de quince días para curarse de la herida que recibió en la +pradera, puede decirse que apenas le vio. + +Pasábanse en efecto los días enteros sin que Gabriel entrase en la +habitación que ocupaba su huésped, y cuando lo hacía era por pocos +minutos, limitándose su conversación a preguntar por la salud del +enfermo y desearle un pronto restablecimiento. + +Tan extraña conducta no pudo menos de llamar la atención del hermano +del marqués; pero a cuantas preguntas hizo a Inés sobre la materia +jamás oyó otra respuesta que la de que aquel hombre era de carácter +naturalmente áspero y oscuro. + +Por otra parte, Vargas, continuamente en compañía de Inés, y enamorado +hasta no más de ella, no echaba mucho de menos la sociedad de Gabriel: +de manera que cuando llegó el caso de volverse a Valladolid, sus +relaciones con él eran poco más o menos las mismas que el primer día de +haberse visto. + +No había, pues, entre ambos la mayor intimidad, y no sabía don Juan, +en la ocasión de que hablamos, cómo tratarle; pero Espinosa zanjó +la dificultad llegándose a él con aire afable, aunque sobradamente +familiar, y diciéndole: + +—¿Pues cómo, señor don Juan de Vargas, vos en Madrigal, y no en mi casa +que tan vuestra es? + +Tomó entonces fray Miguel la palabra, y contestando por Vargas, dijo +que al llegar este a la villa, aquella misma mañana, le había él +encontrado y llevado consigo, sin darle lugar a otra cosa. Con esto +tuvo don Juan el tiempo suficiente para recobrarse, y contestando al +cumplimiento del pastelero con no menos cortesanía que la suya, la +conversación se hizo general, fácil e indiferente. + +Ya en esto se acercaban las ocho de la mañana, hora en que el vicario +decía diariamente la misa, y con este motivo se retiró a hacer oración +para prepararse a celebrar dignamente tan santo sacrificio. + +Quedáronse, pues, solos don Juan y Espinosa, y este manifestó en la +conversación un talento tan claro, tan vasta instrucción, y sobre todo, +un conocimiento de los hombres que sorprendió a Vargas. + +Hizo don Juan caer la conversación sobre la política de la época, y el +pastelero en breve le manifestó que estaba muy al corriente de ella. + +Habló de toda España, de Italia y de Flandes, como hombre que todo lo +había corrido, y con aprovechamiento. Los asuntos de Portugal los tocó +ligeramente, y esto lo atribuyó Vargas al justo temor que entonces se +tenía de tratar semejante materia, pues Felipe no consentía sobre ella +la menor discusión. + +Como quiera que fuese, el hecho es que cuando se trató de ir a oír la +misa, Vargas estaba prendado del pastelero, y lleno de asombro de que +un hombre de oficio tan bajo tuviese tal instrucción y discernimiento. +Lo que únicamente le disgustaba en él era cierto aire de iniciativa y +decisión que tomaba en las conversaciones. Decía en efecto las cosas no +como quien anuncia una opinión, sino a manera de axioma. Si el oyente +le replicaba, solía satisfacer a su objeción con fuerza y brevedad; +pero si aun se le oponían, cesaba de hablar, arrugaba el ceño, y ya no +era posible hacerle volver a entrar en materia. + +Este proceder tan contrario a lo que su oficio prometía; su ninguna +aplicación al trabajo; su amistad con fray Miguel, y sobre todo, Inés +tan dama, tan llena de honrado orgullo, persuadieron a don Juan de que +en la historia de aquel hombre se encerraba algún extraño misterio, y +que de él dependían todas las reticencias que notaba en su querida y en +el vicario. + +A juzgar por las apariencias, no iba en esto Vargas muy descaminado; +mas, mirando el asunto más despacio, no parece que fuese cosa +extremadamente sorprendente el que un hombre de baja esfera viajase +mucho, pues al cabo pasteleros en todas partes los hay. Los misterios +de Inés y los del vicario eran a la verdad incomprensibles; pero por lo +mismo, todo cálculo fundado sobre ellos debía ser de ningún valor. + +Acabada la misa, el vicario, Vargas y Espinosa tomaron chocolate juntos +en la celda del primero, y ya terminado el desayuno pidió licencia fray +Miguel a don Juan para tratar con él de cierto asunto de la comunidad. + +Vargas se retiró inmediatamente, y ofreciendo volver en breve a verse +con el vicario, tomó, casi sin saberlo, el camino de la pastelería. + +Entró en ella, y en la tienda le recibió el mulato con toda la +afabilidad que en él cabía, y era sobre poco más o menos la de un perro +de presa, que si no muerde a su amo, no deja tampoco de enseñarle los +dientes. + +—Domingo —dijo don Juan—, ¿y tu ama? + +—¿Qué ama? + +—Inés. ¿No está en casa? + +—No. + +—¿Adónde ha ido? + +—No sé. + +—¿Y volverá pronto? + +—No sé. + +—¿Hace mucho que ha salido? + +—No sé. + +—¿Pero cómo no has de saber cuánto tiempo hace que se marchó? + +—No sé. Ya he dicho que no sé. ¿A qué viene tanta pregunta? + +Como Vargas conocía el carácter de Domingo, no se obstinó en hacerle +más preguntas, y aunque como buen enamorado estaba lleno de impaciencia +por saber de su dama, no quiso proseguir un interrogatorio que +indudablemente había de ser inútil. + +Trataba sin embargo de buscar medio para ver a Inés, cuando +inesperadamente se abrió una de las puertas que comunicaban de lo +interior de la casa a la tienda, y entró en esta una niña de tres +a cuatro años de edad, en cuyas facciones se notaba una semejanza +extraordinaria con las de Inés. La única diferencia que entre ambos +rostros había era el de ser algo menos fiera y mucho más dulce la +expresión habitual del de la niña que el de la mujer. El color de la +primera era también más blanco que el de la segunda, pero una y otra +circunstancia podían muy bien atribuirse, y se atribuían en efecto por +el vulgo, a las distintas edades de las personas comparadas. + +Así que la niña vio a Vargas corrió hacia él, y pagó con un sin número +de inocentes caricias las infinitas que le hizo el caballero. + +—Juanito mío, ¿me quieres todavía? —preguntó a don Juan. + +—Sí, hija mía, más que nunca. ¿Y tú a mí, Clarita? + +—Mucho, mucho. + +—Me alegro; pero ¿qué tienes? ¿Estás llorosa? + +—Sí, he llorado. + +—¿Y por qué has llorado, ángel mío? + +—Porque tía Inés se ha ido y no me ha querido llevar. + +—¡Hay tal! Déjala que venga, verás cómo le reñimos. + +—Si ya no viene. + +—¿Qué dices, Clarita? + +—Que ya no viene en mucho tiempo. + +—¿Quién te lo ha dicho? + +—Papá. + +—Habrá sido por engañarte. Estará en misa, o a comprarte dulces. + +—No lo creas, Juanito. Ha salido en un caballo, y dos señores la han +ido acompañando. + +—¡El cielo me valga! ¿Y cuándo se han ido? + +—Esta mañana muy tempranito. + +—Vaya, tú me engañas, Clarita. + +—No te engaño; mira, y se han ido por la puerta del corral. Tía Inés +lloraba, y papá estaba tan serio, tan serio, ¿sabes? + +—¿No sabes dónde ha ido? + +—No, pero muy lejos. Ya se lo diré a la señora, que me hacen rabiar. + +Estas últimas palabras de la niña ya no las escuchaba don Juan, a quien +la sorpresa y disgusto embargaban los sentidos, y tenían como fuera de +sí. + +Viendo Clarita que su Juanito, como ella decía, no contestaba, alzó +el rostro para mirarle, y viéndole encendido como una grana, y con +los ojos que parecían iban a saltársele del cráneo, fue tanto lo que +se asustó, que inmediatamente saltó desde sus rodillas, en que estaba +sentada, al suelo, y se echó a llorar amargamente. + +El mulato se acercó al instante, y con el ruido del llanto, volviendo +don Juan en sí, acudió a ver qué ocurría. + +—¿Qué tienes, niña? ¿Por qué lloras? ¿Por qué te has enojado conmigo? +No, inocente, no; vamos, calla. Si sabes que te quiero. Un poco de agua +para esta criatura, Domingo. + +Este, que parecía conmovido, trajo un vaso de agua, y poniéndose de +rodillas presentó a la niña en la mano; pero Clarita, apartándole de sí +con mucho despego, le dijo: + +—Yo no bebo sin salvilla, Domingo. + +—Déjate ahora de eso —replicó Vargas—, bebe. + +—No, no; papá y la señora no quieren. + +Domingo, sin replicar palabra, echó una mirada en rededor de sí, y no +viendo con qué suplir la falta de la salvilla, echó mano de su propio +sombrero, y colocándolo debajo del vaso se volvió a acercar a Clarita, +quien, a fuer de niña, celebró con una sonrisa la invención del mulato +y bebió. + +Vargas en seguida la dio un beso, y prometiendo volver pronto echó a +andar para el monasterio, resuelto a adquirir de un modo o de otro +noticias de su Inés. + +Pero el destino lo tenía ordenado de otra manera. Ni el fraile ni el +portero estaban en la celda, ni en parte alguna del monasterio. + +No por esto perdía don Juan la esperanza. Volviose al mesón, mandó +ensillar los caballos, y montando, seguido de su criado, emprendió +nada menos que correr todas las cercanías de la villa, con objeto de +descubrir la dirección que habían tomado Inés y los dos hombres que +según Clarita la acompañaban. + +En esta penosa faena emplearon todo aquel día amo y criado. Aquí se +hacía un labriego estúpido repetir veinte veces una pregunta, que al +cabo no comprendía. Más allá les contaban un cuento muy largo para +decirles que tres días antes habían pasado por aquel paraje unos +arrieros, pero que nada habían visto de lo que se les preguntaba. + +En resumen, a las oraciones no sabía Vargas otra cosa más que lo que +le dijo un trabajador, de que estando en las viñas había visto a lo +lejos tres caballerías; que en las dos de los costados le parecían iban +caballeros dos hombres, pero que en la del medio no distinguió más que +un bulto negro o carga. Lo único que el trabajador aseguró fue que se +dirigían por el camino de Medina del Campo. + +Esta noticia era bien escasa y vaga. Lo natural hubiera sido volverse a +Madrigal y tomar informes de fray Miguel, pero la impaciencia de Vargas +no conoció límites. Así pues, envió a Pedro al monasterio con un +recado para el vicario, suplicándole que valiéndose del mismo conducto +le hiciese saber por escrito lo que pudiese sobre el viaje de Inés, y +él continuó el suyo para Medina. + +[Ilustración] + + + + +CAPÍTULO IV + + Hagamos un esfuerzo generoso, + Algún auxilio en nuestro mal busquemos; + Si el cielo nos le niega, perezcamos, + Que menos malo, y doloroso menos, + Es de una vez el renunciar la vida, + Que ser esclavos y existir sufriendo. + + +Cuatro leguas de Castilla que andar en un caballo, cansado ya de correr +durante un día entero, es pesada tarea, y más para el que aun volando +hubiera creído andar despacio. Pero, mal que le pese a don Juan, le fue +menester tardar seis horas en su camino, llegar por consiguiente a su +destino pasada la media noche, hora en que ya no se veía alma viviente +por las calles, ni puerta alguna que no estuviera cerrada. + +Ni el jinete ni el caballo habían tomado alimento alguno en todo +aquel día, y uno y otro estaban desfallecidos. Don Juan, con el +aturdimiento, perdió el tino al ir a la posada en que acostumbraba a +parar, y cuando después de andar media hora por calles y encrucijadas +quiso recordar, ya se halló fuera de camino y enteramente desorientado. +Lo peor del caso fue que a fuerza de dar vueltas se había salido de la +villa, y estaba, a su parecer, en el extremo opuesto al de su entrada. + +¿Qué remedio? Volverse atrás; pero el caballo dijo que no podía más +y se tendió. Don Juan, que felizmente no recibió lesión alguna en la +caída, hubo de resignarse a esperar que con el alba pasara algún alma +compasiva que ayudándole a desembarazar la pierna derecha que tenía +debajo del caballo le sacase del purgatorio. + +Dejamos a la consideración del lector la desesperación, las +imprecaciones y penas del buen caballero, y por él y por nosotros nos +apresuraremos a referir cómo salió de tan mala posición. + +Empezaba apenas a iluminar el horizonte la dudosa luz del crepúsculo +cuando el ruido de los pasos de algunos caballos en el extremo de la +calle en que estaba tendido Vargas le anunció que se aproximaba el +instante de su libertad. + +—¿Qué diablos está haciendo ahí? —preguntó uno de los que venían. + +—¿No lo ve, pese a mi vida? —respondió don Juan—: estoy preso debajo de +este maldito rocín, que Dios confunda. + +—¡Ah!, ¡ah!, ¡ah! Y es verdad. Divertido está el buen hombre. + +—Lo que importa es que usted, señor hidalgo, me ayude a salir de aquí. + +—Vamos de prisa, hermano, no puede ser. Adiós. + +—No daré un paso más antes de que se ayude a ese caballero a ponerse +en pie —dijo en voz baja, pero con firmeza, una mujer que con los +caminantes iba. + +Oído esto, los que la acompañaban sin replicar palabra echaron pie +a tierra, y en breves instantes pusieron en pie al pobre Vargas. +Este, a pesar de lo mohíno y maltrecho que se hallaba, se acercó +inmediatamente a la dama, que permanecía a caballo, y con las más +corteses expresiones agradeció el favor recibido. + +Mientras él hacia su arenga, montaban a caballo los que le habían +auxiliado, y la dama, aprovechándose para no ser oída de ellos del +ruido que hacían, dijo en tono apenas inteligible a Vargas: + +—El domingo próximo a la oración en el Carmen de Valladolid; si no, el +siguiente en la ermita de Madrigal. + +Dicho esto, sin esperar respuesta, se alejó con viveza, y en +seguimiento suyo fueron los demás, que eran tres hombres a caballo. + +«Es Inés, no tiene duda. El domingo próximo... Bien; ¿pero no sería +mejor seguirla ahora mismo? Sí, por cierto... El caballo no puede con +su pellejo... Esperemos, no hay otro remedio». + +En ejecución tan loable y necesario proyecto echó Vargas a andar en +busca de la posada, con la cual dio por fin, no sin trabajo, y por +aquella vez triunfaron el cansancio y el hambre del amor y la inquietud. + +Dejémosle descansar, que bien lo necesita, y veamos cómo Pedro +desempeñó su comisión. + +Inmediatamente que se separó de su amo se dirigió al monasterio, mas le +fue imposible ver por entonces al vicario, pues se le dijo que en aquel +momento se hallaba en el locutorio con la señora doña Ana de Austria. + +Pedro, paciente como el que más, dijo que estaba bien, que esperaría; y +en efecto esperó nada menos que dos horas, al cabo de las cuales salió +de su conferencia fray Miguel, pero no solo, sino acompañado de Gabriel +de Espinosa. + +Como criado en casa de un título de Castilla, y acostumbrado por +consiguiente a ver desde la infancia observadas rigorosamente las leyes +de la etiqueta y distinción de jerarquías, no pudo menos de sorprender +extraordinariamente al sirviente de Vargas que un pastelero gozase +de tan alto favor, que una persona de sangre real le admitiese en su +presencia, y nada menos que por más de dos horas. + +No tuvo sin embargo tiempo de hacer reflexiones el criado, pues apenas +le hubo visto el vicario se acercó a preguntarle qué se le ofrecía. + +Como Gabriel estaba presente, Pedro no quiso decir el verdadero objeto +que allí le tenía, y se contentó con decir que su amo le enviaba a +informarse de la salud de su reverencia. + +—Buena, a Dios gracias —dijo Espinosa, riéndose maliciosamente—, muy +buena: desde esta mañana acá, no ha sufrido alteración. Hermano Pedro, +desempeñad vuestra comisión, que yo, que soy quien lo impide, me +apartaré lo suficiente para no oíros, aunque es inútil, pues antes de +que habléis sé ya lo que vais a decir. + +Quedose Pedro al oír estas palabras como petrificado, y como el +pastelero continuaba mirándole con cierta expresión burlona, y hasta el +fraile mismo, a pesar de su gravedad, dejaba ver en el rostro no poco +de mofa, el pobre criado no acertaba a hablar. + +Viendo esto, volvió Gabriel a tomar la palabra: + +—Andad, Pedro, y decid a vuestro amo que se vuelva a Valladolid, que no +tardará mucho en tener noticias de la que desea. + +Mientras que Espinosa hablaba así, Pedro, recobrando su espíritu y +llenándose del orgullo que la librea de la casa ilustre de los Vargas +le inspiraba, se indignó de qué aquel miserable quisiese darle órdenes +a su noble amo. + +—Señor Gabriel —dijo en tono bastante animado—, mi amo el señor don +Juan de Vargas no me ha dado para vos comisión ninguna, ni sé yo qué +relaciones pueda un pastelero tener con él para tener la osadía de +mandarle a decir lo que ha de hacer o no hacer. + +En tanto que hablaba Pedro se obró en la fisonomía de Espinosa una +revolución completa. A la expresión irónica sucedieron instantáneamente +la gravedad, el desprecio y la cólera. + +Sus cejas largas y pobladas se unieron por un movimiento de contracción +en los músculos de la frente; los ojos le brotaban fuego, los labios +se le pusieron lívidos, y los dientes empezaron a chocar entre sí con +violencia. + +—Es claro —exclamó, no pudiendo ya contenerse—: calla, o pagas con la +vida tu atrevimiento. + +Y hablando así echaba mano a la daga de que ya hemos hecho mención. + +Pedro, que no era cobarde, y también llevaba una especie de cuchillo +de monte, lo empuñó para defenderse, y sabe Dios cuál hubiera sido +el resultado de aquella escena, a no haber interpuesto el fraile su +mediación. + +—¡Qué imprudencia, señor, qué imprudencia! —dijo, dirigiéndose al +pastelero—. ¿Sabe acaso con quién habla? + +—Tenéis razón; pero esto ya es insufrible. Prefiero mil veces la muerte +a vivir así envilecido. + +—No está lejos el día. Y vos, Pedro, retiraos, y dad a vuestro amo de +mi parte el recado que habéis oído de boca del señor Espinosa. + +Obedeció el criado, pero no fue sin extremada repugnancia y mayor +admiración. + +«Este Gabriel —iba diciendo entre sí—, Dios me lo perdone, pero no +puede ser cosa buena; y el padre, el padre, fuera de la corona, tampoco +me fío mucho de él. Dios quiera que no le den que sentir a mi pobre +amo. En fin, yo soy mandado; con obedecer cumplo, y sea lo que Dios +quiera». + +—Fray Miguel —dijo gravemente Espinosa después que Pedro se hallaba a +suficiente distancia para no poder oírlo—, ya lo veis, es preciso que +terminéis de una vez. + +—Señor... + +—Hablad con Espinosa. + +—Pues bien, señor Espinosa, usted sabe que no se perdona medio para +llegar al deseado término. La señora doña Ana... + +—No hablemos de ella: ¡ojalá todos tuvieran su celo! + +—Yo... + +—Estoy satisfecho de vuestros servicios. + +—Ahora los demás... + +—Los demás, los demás, en todos hay morosidad, tibieza, y miedo sobre +todo. Felipe y su Inquisición hacen temblar a los que yo tenía por más +valientes. + +—Cierto es que así sucede; pero no por eso debemos desalentar. + +—Gracias a los sacrificios que la señora doña Ana está pronta a hacer, +habrá fondos con que hacer frente a los primeros gastos. + +—Yo no quiero que doña Ana se desprenda de sus alhajas. + +—Sin embargo, es indispensable que así sea, so pena de renunciar para +siempre a lo que de derecho es del señor Gabriel de Espinosa. La +comunicación con nuestros amigos de Portugal es tan difícil, que raya +en lo imposible. Los agentes del monarca español tienen minada toda la +nación, y, dolor da decirlo, hay portugueses tan viles, que les sirven +de espías. Usted sabe tan bien como yo las inmensas dificultades que +han tenido que vencer los pocos que hasta aquí han llegado, y que estos +vienen en estado de no poder contribuir más que con su persona. Cuanto +había ilustre y amigo de usted en aquel reino ha sido proscrito, ya con +un pretexto, ya con otro, y si alguno se ha salvado maravillosamente +del naufragio común, se halla más en disposición de necesitar auxilio +que de prestarlo. Todo esto es notorio a usted; tampoco se oculta a su +penetración que son muchas las razones que le autorizan; y más diré, le +obligan a aceptar las ofertas de la señora doña Ana. Señor, no hacerlo +desde luego no solo es desacertado, sino criminal. + +—¡Criminal, fray Miguel! Os olvidáis... + +—No me olvido, no señor; pero mi celo, mi santo ministerio, y la +urgencia de las circunstancias exigen que diga la verdad desnuda, aun +a riesgo de enojar a usted, cosa que en otro caso no haría por cuanto +hay en el mundo. + +Durante el largo razonamiento de fray Miguel, se paseaba Espinosa por +el claustro en que se hallaban, y el vicario le seguía hablando, sí +con energía, pero no con menos respeto. Gabriel dejaba ver en toda su +persona el aire de un hombre acostumbrado a tales deferencias, y que +por consiguiente las recibe sin orgullo ni admiración. + +Después de algunos instantes de meditación rompió el silencio el +pastelero. + +—Fray Miguel, meditaremos detenidamente esta noche vuestra proposición, +y sabréis mañana lo que resolvemos. + +Por toda contestación el vicario se inclinó humildemente, en señal de +quedar enterado. + +Espinosa, sin mirarle siquiera, continuó diciendo: + +—La adquisición de Vargas nos va a ser preciosa. Su familia tiene +prestigio y dinero; él es entusiasta y valiente, y estas dotes son muy +a propósito para casos de esta especie. + +—Ciertamente —contestó el fraile—; pero usted sabe sin duda que don +Juan desea... + +—¿Y qué me importa a mí lo que don Juan desea? Sírvanos, que después a +cargo de nuestra munificencia queda el recompensarle. + +—Es que para que nos sirva como usted desea, no hay más que un medio. + +—Inés. Lo sé, lo he visto antes que vos. Desde el instante en que la +vio se le trastornó la cabeza. Con mi larga peregrinación he aprendido, +fray Miguel, a conocer a los hombres. No es el oro, ni la gloria, ni +las recompensas, la manera de gobernarlos; cada uno de ellos lleva +dentro de sí el medio para servir de juguete al que sabe estudiarlos. +Las pasiones, padre mío, son el resorte que hay que tocar: ser diestro +en la fantasmagoría. Enseñad a cada uno, en perspectiva y abultado, el +objeto a que su corazón le inclina, y los veréis corriendo tras de una +sombra, abandonar todas las realidades posibles. La dificultad está en +graduar la luz proporcionalmente a la vista de cada uno. Los hay que +en una piedra ven un trono, o un tesoro, o una belleza, porque todo lo +miran a través del prisma de sus deseos. Para otros es necesario más +artificio; pero al cabo pocos son los que no caen en la red. + +—¿Y está ya el señor Espinosa resuelto a servirse de don Juan? + +—El tiempo dirá lo que debe hacerse. Fray Miguel, quedad con Dios. + +—Él os guarde, como yo se lo ruego sin cesar. + +Humillose el fraile al decir esto; Gabriel inclinó ligeramente la +cabeza, y saludando graciosamente con la mano, salió a paso largo del +claustro. + +Contemplábale el vicario inmóvil, y al perderlo de vista exclamó en +tono bajo y doloroso: + +«¿Cuándo se moderarán esa impetuosidad y ese orgullo excesivo, que son +los que nos han traído a este punto? Jamás». + +En tanto caminaba Pedro a Medina del Campo, adonde llegó mucho antes +que su amo se presentase en la posada, lo que le inquietó sobremanera, +y sin duda se hubiera puesto en marcha de nuevo para adquirir noticias +de él si su montura, no menos cansada que la de Vargas, se lo hubiera +permitido. Gracias a esta circunstancia, halló don Juan a su sirviente +en la posada, y supo de él cuanto había ocurrido con fray Miguel +y Espinosa; y como el aviso de este convenía con la cita de Inés, +desde luego resolvió el hermano del marqués regresar a Valladolid; +sin embargo, antes pasó por la hacienda a que supuso se dirigía su +viaje, y dando en ella las disposiciones convenientes se encaminó a la +residencia de su hermano. + +[Ilustración] + + + + +CAPÍTULO V + + . . . . ¿Y su frente + Pudo orlar impudente + La vil posteridad con lauros de oro? + + (Quintana: _Oda a Padilla_). + + +Don Juan de Austria, hijo natural del emperador Carlos V, primer rey de +su nombre en España, tuvo fuera también de matrimonio, en una señora +madrileña, dos hijas, de las cuales una era la señora doña Ana, monja +profesa en el monasterio de Santa María la Real de la villa de Madrigal. + +La misma política estrecha, mezquina y tiránica que jamás concedió al +vencedor de Lepanto las prerrogativas de infante de España, que impidió +siempre los distintos enlaces que se le ofrecían a aquel príncipe, +verdaderamente grande, y que por último abrevió acaso sus días en +medio de la juventud y de la gloria de que en Flandes se estaba +cubriendo, esa misma hizo monja a doña Ana. + +Bien conocía el malogrado héroe el carácter suspicaz, sombrío y cruel +de su hermano, y la prueba de ello es que tuvo siempre oculta la +existencia de sus hijas, hasta que en la hora de la muerte confió aquel +secreto a su digno amigo el duque de Parma Alejandro Farnesio, capitán +insigne, príncipe magnánimo, y sobre todo modelo de los caballeros de +su siglo. + +Imposible hubiera sido ocultar a Felipe II que su hermano dejaba dos +hijas, por razones que, sobre ser muy obvias, serían harto prolijas +de explicar; hízoselo, pues, saber Farnesio, recomendándoselas en +su nombre, y en el del difunto príncipe. La conducta del rey fue en +aquella ocasión precisamente la misma que había sido la de don Juan +de Austria. Recibió la noticia con agrado, acogió a las huérfanas con +hipócrita habilidad, y al poner su mano sobre sus cabezas, como para +bendecirlas, puede asegurarse que impuso sobre el cuello de aquellas +dos inocentes el yugo de hierro que había de agobiarlas toda su vida. + +Cobarde, como su padre valiente; cruel, como aquel generoso; y +fanático, como religioso era Carlos, ningún crimen arredraba a Felipe +cuando se trataba de su seguridad, de su venganza, o de los mal +entendidos intereses de su religión. + +Parricida en el príncipe don Carlos, fatricida en don Juan de Austria, +¿qué podía esperarse que hiciese con sus sobrinas? + +Relativamente hablando, su conducta con ellas fue excelente, pues se +limitó a sepultar a ambas en el claustro, contentándose con extinguir +así la descendencia de un hombre que aun muerto le causaba celos. + +Por lo demás, la señora doña Ana había recibido la promesa de ser +prelada de su monasterio, y entre tanto vivía en él con la posible +independencia. En vez de estar reducida como las demás religiosas a una +sola celda, tenía una habitación espaciosa y decorosamente amueblada. +Concediósela un locutorio aparte para dar audiencia en él; conservó +el tratamiento de excelencia, y sus obligaciones se limitaron a la +asistencia al coro, y aun de esta se podía dispensar siempre que le +acomadaba. Dos religiosas profesas, ambas nobles de nacimiento, servían +inmediatamente a su persona, y otras varias legas desempeñaban los +oficios mecánicos de su obligación. En una palabra, sus grillos se +doraron con esmero, mas no por eso dejaron de ser grillos. + +La figura de la señora doña Ana era como la de la mayor parte de +las hembras de la casa de Austria, más bien imponente que bella, +más agradecida que afable; pero no así su carácter, verdaderamente +angelical. + +Educada por su madre en el mayor recogimiento, y habituada a una vida +monótona y silenciosa, de la cual salió para entrar en el claustro, su +espíritu había tomado cierta tendencia a la meditación, que, dejándose +ver en su rostro, hacía muy a menudo parecer que estaba en éxtasis. + +No hallando en el momento de desenvolverse la sensibilidad en su +corazón objeto en que emplearla, naturalmente recayó toda ella en su +madre y en sus augustos parientes; pero esto no bastaba. La juventud +buscaba siempre un objeto ideal, no siendo suficiente la imperfección +de los que le rodean a satisfacer sus inmensos deseos. Para los que +viven en libertad se encarga el amor de realizar estas ilusiones, y +las realiza en efecto, si bien suele pagarse la corta felicidad que +proporciona con amargos desengaños; pero la infeliz religiosa, ¿qué +recurso tiene? La devoción. + +Cuando esta es sincera, cuando no se limita a prácticas ridículamente +supersticiosas, sino que va acompañada de una fe pura, de una +conciencia tranquila y un corazón sencillo, ¡dichoso el que la ejerce! +En ella encuentra refugio y esperanza, consuelo y remedio para todas +las calamidades de la vida. + +Doña Ana, pues, era devota, sinceramente devota; y si bien tenía todas +las supersticiones que pocos dejaban de tener en España en aquel siglo, +había por lo menos en lo íntimo de su corazón un fondo inagotable de +piedad, y aun de tolerancia, virtud verdaderamente rara en la época en +que vivió. + +Sin embargo, a pesar de toda su devoción, de haber estado en su mano +decidir sobre su suerte, no hubiera seguramente tomado el hábito. La +naturaleza la había hecho más para madre de familia que para religiosa, +y ella misma lo conocía. La vista de un niño producía en aquella señora +una sensación difícil de explicar. Sin que la reflexión bastase a +impedirlo, suspiraba, contemplando cuán sin culpa ni voluntad se +veía obligada a renunciar hasta a su esperanza de recibir nunca las +inocentes caricias de que veía colmadas por sus hijos a otras mujeres. + +Entonces hubiera querido haber debido el ser a un oscuro jornalero, y +ser dueña de su persona, más bien que ser hija de un príncipe de la +ilustre casa de Austria, a tanta costa. + +Por más esfuerzos que hagan la superstición y el fanatismo para +violentar la naturaleza, su voz se dejará siempre oír en el fondo de +nuestros corazones; y las desdichadas víctimas de las instituciones de +los hombres, luchando entre la fuerza de sus propios sentimientos y +los horrores en que una educación viciosa les ha imbuido, vivieron en +perpetua y espantosa agonía. + +¿No es ya tiempo de que desaparezcan de las naciones cultas tan +monstruosos abusos? + +Tales eran las disposiciones y situación de doña Ana cuando fray +Miguel, nombrado vicario de su monasterio y su confesor, se presentó en +Madrigal. + +Uno y otro tardaron poco en hacerse justicia respetuosamente, y de aquí +resultó entre ambos la más estrecha y sincera amistad. + +Fray Miguel amaba a doña Ana como un padre a su hija, y no podía menos +de ser así porque aquella señora había heredado todas las excelentes +cualidades del infeliz príncipe a quien debía el ser. + +Poco tardaron en no tener secretos el uno con el otro. El vicario supo +de mano de doña Ana lo que sobre sus sentimientos hemos dicho ya; y la +noble religiosa recibió la confianza de las pocas que atormentaban a +fray Miguel, y de que aún no hemos hablado. + +Ya hemos dicho que el vicario de Santa María, antes de serlo, había +sido confesor del rey don Sebastián de Portugal, y todo el mundo sabe +que este monarca, habiendo hecho, contra el dictamen de todos sus +consejeros, o al menos de los más hábiles, una expedición a África, +desapareció en una batalla que dio delante de Tánger, en la cual fueron +los cristianos completamente derrotados, sin ser posible encontrar el +cadáver del rey entre los demás, ni saber su paradero. + +El cardenal don Enrique ocupó entonces el trono de Portugal, y habiendo +muerto sin sucesión, a pesar de haber obtenido del papa dispensa de sus +votos para casarse, le sucedió en la corona Felipe II, en virtud de sus +derechos, apoyados en un ejército que, a las órdenes del duque de Alba, +derrotó a don Antonio, prior de Crato, príncipe que los portugueses +hubieran preferido con razón al rey de España. + +Pero a pesar de que todo esto sucedía, suponiéndose como cierta la +muerte del rey don Sebastián, no faltaban en Portugal personas que +creyesen que aún existía. Y esto no solo entre el vulgo, sino en las +clases más elevadas del Estado. + +En el número de los que seguían esta opinión se hallaba fray Miguel, +fundándola en la circunstancia positiva de que no había uno solo de los +que habían escapado con vida de la batalla que dijese que había visto +morir al rey, y sí alguno que aseguraba que se había retirado herido +gravemente con dirección a la costa. + +Además, durante el corto reinado de don Enrique corrieron distintas +veces rumores de que don Sebastián se había presentado ya en un punto +ya en otro de la costa, siendo de observar que tanto el rey cardenal +como Felipe II, cada uno en su tiempo, castigaron con la mayor +severidad no solo al que decía haber visto en vida al don Sebastián, +sino aun a aquellos que se limitaban a opinar que era posible que no +hubiese muerto. + +Si la historia de Felipe no ofreciese en cada una de sus páginas mil +pruebas de su hipocresía, su conducta en esta ocasión bastaría solo a +destruir la cualidad de eminentemente religioso con que sus parciales +han querido honrarle. Un hombre timorato cualquiera da a cada uno lo +que legítimamente le pertenece; y cuando las circunstancias le hacen +dueño de un objeto al cual pueda parecer dudoso su dominio, no descansa +hasta aclararlo, porque prefiere la tranquilidad de su conciencia a +cuantos tesoros encierran las entrañas de la tierra. + +Tal vez se dirá que en política hay ocasiones en que los principios de +la estricta justicia deben plegarse a las circunstancias del momento, +y que acaso de una pequeña infracción de ellos, en perjuicio de uno o +de algunos particulares, resultan bienes infinitamente superiores a +la masa. Esto se ha dicho hace muchos siglos, se dice en el nuestro, +y se dirá en los futuros, siempre que los gobiernos quieren, o por +malicia o por ignorancia, infringir los pactos sociales, que tácitos o +expresos existen en todas las naciones, inclusa la Turquía, donde lo es +el Alcorán; pero como no porque todos digan una cosa por eso es buena, +habrán de permitirnos que les digamos humildemente nuestra triste +opinión, y es que en general jamás de una mala acción resulta un bien; +que si tal vez a primera vista aparece así, es indudable que, examinada +la cosa a fondo y despacio, se hallará que no es lo que parece; y por +último, que al mismo resultado, aun suponiéndolo bueno, se hubiera +podido llegar sin cometer el crimen, con un poco más de paciencia y de +trabajo. + +De cualquiera modo, Felipe procedió siempre con su severidad +característica contra todos los sebastianistas, y era igual el placer +que su corazón de tigre recibía viendo quemar vivo al infeliz que acaso +cantó por distracción + + ¿Si ha venido o no ha venido + El Mesías prometido? + No ha venido, + +o se mudó de camisa un sábado, o tuvo la desdicha de no nacer +aficionado a la carne de cerdo, que al que era bastante osado para +decir que su penúltimo rey acaso aún viviría. + +No conocíamos en aquella época los españoles la sutil invención de la +policía, mas en cambio teníamos la Inquisición, que no le va en zaga, y +aun le lleva ventajas, y no pocas. + +Gracias a las luces del siglo, la policía encuentra pocos delatores +fuera de la clase abyecta de la sociedad, y aun en ella se avergüenzan +los hombres de ser ministros de tal institución. + +Por el contrario, el difunto Santo Oficio, desde el monarca hasta su +último vasallo, contaba con otros tantos servidores. Las personas +reales se honraban llevando un hacecito de leña para freír algún +desventurado hereje; una junta de sus calificadores decidió de la +suerte del príncipe de Asturias don Carlos. + +Los grandes de España ansiaban verse alguaciles mayores, y desempeñar +otros oficios del nefando tribunal. + +La cruz verde de familiar deshonraba el pecho de un número considerable +de nobles y funcionarios públicos. + +En una palabra, no parece sino que eclesiásticos y seculares, nobles +y plebeyos, toda la nación, en fin, quiso hacerse cómplice de los +millares de asesinatos jurídicos cometidos por la Inquisición, al paso +que la mayor afrenta que hoy puede hacérsele a un hombre es llamarle +_esbirro_. + +Fray Miguel, después de haber sufrido valerosamente la más cruel de las +persecuciones, y llevado con resignación la reclusión en que se le tuvo +algunos años, aprendió a ser cauto. Cesó de hablar de su malogrado rey, +e interpretándose su silencio como prueba de hallarse convencido de la +muerte de don Sebastián, lograron sus valedores, no sin trabajo, que +se le pusiera en libertad y se le agraciase con el vicariato de Santa +María, destino, a la verdad, poco apetecible para un provincial, pero +preferible siempre a un encierro. + +Allí, como hemos dicho, encontró a la señora doña Ana, y se interesó +por ella vivamente tan luego como llegó a conocer sus excelentes +prendas. + +La hija de don Juan de Austria se consideraba, con razón, como víctima +de la política de su tío el rey, y así fray Miguel llevaba en el mero +hecho de ser perseguido por el mismo una gran recomendación para ella. + +Las conversaciones entre el portugués proscrito y la religiosa versaban +constantemente sobre dos solos puntos: la gloria y desgracia del +vencedor de Lepanto, y la aciaga batalla de Tánger. + +Insensiblemente, las opiniones del vicario sobre esta última materia +fueron inculcándose en doña Ana, de modo que a muy poco tiempo llegó +a ser tanto o más celosa sebastianista que él mismo. Si fray Miguel +hacía una penitencia, una oferta cualquiera a un santo para lograr por +su mediación la deseada vuelta de su rey, doña Ana no solo le imitaba, +sino que en ocasiones llegaba a sobrepujarle en celo. Una rica lámpara +de plata ardía de continuo en el coro alto de su monasterio, ante una +imagen de nuestra Señora, en muestra del ardiente deseo que la hija +de don Juan de Austria tenía de ver restituido a su trono al rey don +Sebastián. Jamás oraba sin dirigir al cielo repetidas súplicas con el +mismo fin; y, en resumen, su pensamiento dominante, único más bien, era +el del regreso de aquel malhadado príncipe a su país. + +Pero la verdad nos obliga a decir que, además de la compasión que las +desgracias del rey de Portugal inspiraban al sensible corazón de la +augusta religiosa, y del cariño que le profesaba por ser hijo de la +princesa doña Juana, hermana predilecta de su padre, había un motivo, +tal vez más poderoso, para que doña Ana se interesase tanto en que don +Sebastián viniese y volviese a reinar. + +Era este motivo la persuasión en que se hallaba, gracias a los +continuos y repetidos esfuerzos que para ello hizo fray Miguel, de que +en el caso de verificarse lo que tanto deseaba, y de contribuir aquella +señora tan eficazmente como pensaba hacerlo al restablecimiento de la +independencia de Portugal, don Sebastián obtendría del sumo pontífice +que dispensaría a la señora doña Ana de sus votos, y se uniría a ella +con el lazo del matrimonio. + +Preciso es confesar que el vicario, en esta ocasión, prescindió un +poco de su carácter habitualmente candoroso, y fue político en toda +la extensión de la palabra, ofreciendo a la vista de la reclusa una +perspectiva tan halagüeña que no podía menos de obligarla a entrar en +sus planes, y prometiendo más acaso de lo que hubiera podido cumplir +aun cuando don Sebastián no hubiese en efecto muerto y pudiera +recobrar su corona, ambas cosas por lo menos harto problemáticas. + +Pero háblesele a un amante de estrechar entre sus brazos a la que ama; +a un prisionero de la libertad: por más incierto, por más peligroso, y +acaso imposible, que al indiferente parezca conseguir lo uno o lo otro, +a los interesados no les parece nunca que ofrece la menor dificultad, +y apenas tocando la barrera de diamante que el destino opone a sus +deseos, creen en ella. + +Tal fue el caso de la señora doña Ana. A las primeras insinuaciones +que el vicario la hizo sobre la materia, su fantasía se inflamó. Aquel +corazón, a quien jamás la idea del amor se había presentado sino +asociada con la del crimen, pudo, en fin, conseguir la esperanza de +amar un día sin delito, y de amar a un guerrero esforzado, célebre por +su valor y sus desgracias, y rey en fin. + +Recobrar de una vez la libertad, sus derechos de mujer, la clase en +que su ilustre nacimiento la colocó, salir de la estrechez del claustro +al esplendor del trono, y sacudir las cadenas de Felipe, eran para +doña Ana consecuencias inmediatas y precisas de la aparición de don +Sebastián. + +¿Qué mucho que con tales esperanzas no dejase en sosiego a un solo +santo del cielo para conseguir se realizasen? + +Sin embargo, empezó por oponer algunas resistencias al proyecto del +matrimonio, y como fray Miguel, conociendo que aquello solo era por +el bien parecer, insistiese sin cesar en ello, acabó por convenir en +que se prestaría, _aunque con repugnancia, a los deseos de su augusto +primo, y a las órdenes del santo padre_. + +Conformidad admirable, tanto más cuanto su augusto primo probablemente +no existía, y el _santo padre_ en lo que menos pensaba era en sacarla +de su monasterio. + +Además de la señora doña Ana, contaba fray Miguel en el monasterio +con el amor de casi todas las religiosas, a quienes su vida austera +y penitente había inspirado una veneración sin límites; y desde que +se hallaba en Madrigal había vuelto a anudar algunas relaciones en +Portugal con la mayor cautela y tan buena maña, que logró sustraer su +correspondencia a la vigilancia de los agentes de Felipe. + +Valiose para ello de un médico portugués establecido en el mismo +Madrigal, de quien en lo sucesivo tendremos ocasión de hablar. + +Este era el estado de fray Miguel y la señora doña Ana cuando don Juan +de Vargas se presentó en Madrigal por la vez primera. + +[Ilustración] + + + + +CAPÍTULO VI + + Los días que apresurado + Quieres hora apresurar + Un tiempo te ha de pesar + Que hayan tan presto llegado. + + +Los días que transcurrieron hasta el domingo en que Inés había +prometido a don Juan de Vargas verse con él a la hora de la oración en +el Carmen de Valladolid, caminaron para el impaciente amante con una +lentitud insoportable. + +Todas las tardes su paseo, sin preceder deliberación, era hacia el +lugar de la cita, y en él su ocupación calcular hasta por minutos +el tiempo que debía transcurrir hasta el deseado instante. Triste +condición la del hombre que con ridícula inconsecuencia desea abreviar +el curso de su corta vida por acelerar tal época de placer que acaso +nunca llega. + +Cinco días mortales se pasaron hasta que amaneció el domingo señalado. +Don Juan oyó misa en el Carmen, paseó hasta la hora de comer por sus +inmediaciones, y por la tarde volvió también al mismo paraje. + +La oración sonó: en lo que menos pensó Vargas fue en rezar. Recorrió +con la vista la larga extensión del Campo Grande, que así se llama +el paraje en que se halla en Valladolid el convento del Carmen; pero +aunque en él vio diferentes personas, ninguna se acercó al punto +convenido en largo tiempo. + +Por fin, dos hombres embozados hasta los ojos, y dejando ver por debajo +de las capas cada uno una espada de tremenda longitud, se dirigieron al +pórtico del convento con aire, aunque resuelto, cauteloso. + +Don Juan los miró un momento; pero preocupado con la idea de ver venir +a Inés, apenas paró la atención en aquellos dos hombres. Por su parte +los embozados parece que tampoco hicieron reparo en él, y dieron +vuelta a aquellos alrededores registrándolos escrupulosamente, con el +objeto sin duda de buscar en ellos a alguna persona, o de asegurarse de +que ninguna había oculta. Terminado este examen, que fue de bastante +duración, uno de ellos se acercó a Vargas, que también iba embozado, y +sin saludarle, ni andar en más ceremonias, le dijo: + +—Amigo, háganos el gusto de despejar el campo, que habemos menester +estar solos. + +El hermano del marqués, impaciente con la tardanza de su amada, +contrariado además con la importuna llegada de aquellos hombres, y poco +acostumbrado a verse tratar con tan poca cortesía, sintió impulsos de +responder a estocadas a tan grosera intimación; pero reflexionando que +empeñar entonces una querella era lo mismo que imposibilitarse de ver a +Inés, se contuvo, no sin trabajo, y respondió con aparente flema: + +—Caballeros, un negocio de importancia me impide darles gusto por +ahora. Tal vez me convendría a mí también estar solo; mas por amor de +la paz me convendré a que vuesas mercedes estén aquí también. + +Iba el que dio principio a esta conversación a responder no sabemos +qué, cuando el otro embozado, que hasta entonces había permanecido a +alguna distancia, acercándose precipitadamente a su compañero, le dijo: + +—O el oído me engaña, o ese hombre es don Juan de Vargas, y a fe que me +alegrara. + +—Alegraos, pues, replicó el amante de Inés mostrándole el rostro a +descubierto, que yo soy en persona. + +—¿Qué vais a hacer? —exclamó el que primero había hablado de los dos. + +—Lo veréis —respondió el segundo; y separándose de él, y dirigiéndose +a don Juan, continuó diciendo—: Si no ando errado, señor don Juan, vos +amáis a una mujer que tiene por nombre el de Inés. + +Toda la sangre de Vargas se inflamó al oír tal interpelación. El que +entonces le hablaba, ni era Espinosa, ni fray Miguel, y solo ellos dos +y su criado Pedro tenían algún indicio de sus amores. ¿Cómo, pues, +aquel desconocido se mostraba tan al corriente de ellos? + +«Es un rival —dijo para sí—; solo un rival, y rival favorecido, puede +saber que yo amo a Inés». + +El raciocinio no era muy exacto; pero de tal modo se le asentó en la +cabeza a don Juan aquella idea que, desde luego, se resolvió a reñir +con aquel hombre, y así le contestó con sobrado desabrimiento: + +—Señor mío, no estoy acostumbrado a dar cuenta de mis pensamientos al +primer impertinente que tiene la osadía de venir a interrogarme; y +así, si no queréis llevar respuesta de que os pese, iros norabuena, y +dejadme en paz. + +—Esa arrogancia podrá convenir con vuestros criados, pero no con los +que cuando menos son tanto como vos. + +—Si en efecto sois caballero —replicó Vargas lleno de ira—, yo os +responderé como conviene. + +Y al acabar estas palabras echó mano a la espada. No anduvo perezoso su +contrario, pues empuñó la suya diciendo: + +—A esto quería yo venir a parar. + +—Hubiéraislo dicho desde luego, y ahorráramos palabras —repuso don Juan +ya riñendo. + +Su enemigo, para pelear, hubo de desembozarse y dejar ver un rostro +de hombre en extremo blanco. El cabello era rubio y rizado, los ojos +azules, y la fisonomía, aunque podía pasar por bella, sin embargo +carecía de viveza y gracia. + +Vargas reñía con serenidad, pero airado; su antagonista con valor, +pero sin gran vehemencia. Ambos eran jóvenes, robustos, y diestros, al +parecer, en el manejo de las armas. + +El embozado que primero habló, aunque daba de cuando en cuando algunas +muestras de descontento por lo que presenciaba, permaneció inmóvil en +su puesto, hasta que después de dos minutos de pelea, su compañero, +estrechado vivísimamente por Vargas, empezó a perder terreno. Entonces +sin consideración alguna sacó también su espada y cerró con don Juan. +Este, viéndose de repente con dos enemigos en vez de uno, se sorprendió +algún tanto, y dio lugar a que su nuevo adversario le hiriese, aunque +levemente, en la mano izquierda. Empero, al ver correr su sangre +tan alevosamente derramada, la ira le dio nuevas fuerzas, y echando +prontamente mano a la daga, de que hasta allí desdeñó de hacer uso, se +dio tan buena maña que no solo mantuvo a suficiente distancia de su +cuerpo los aceros de sus enemigos, sino que tuvo la fortuna de desarmar +al que provocó la riña, haciendo saltar su espada a más de cuarenta +pasos. + +Pero aquel triunfo hubo de serle funesto, pues el desarmado, furioso +con el desmán que le sucedía, corrió en busca de su arma, y volviendo +con ella iba a atacar a Vargas por un costado, esperando que, ocupado +en combatir con su compañero, no lo echaría de ver. Engañose en esto. +El hermano del marqués no era novicio en las armas, y como más de una +vez se había visto en Flandes en lances cuando menos tan apurados +como aquel, conservaba la misma serenidad que si estuviera sentado +a la mesa de su hermano. Calculando con razón que de hombres que +peleaban dos contra uno todo lo malo podía esperarlo, no perdió de +vista al desarmado, y observando su marcha le conoció la intención. +Reconociendo, pues, el terreno con una rápida ojeada, empezó a +retirarse con tanto acierto, que en un instante se halló con las +espaldas guardadas por el convento, y su enemigo vio frustrarse la +esperanza de acabar con él traidoramente. + +La pérfida conducta de aquellos dos hombres se avenía muy mal con el +valor con que peleaban, porque en realidad lo hacían como hombres +decididos, y que no empezaban entonces a manejar la espada. + +Más de siete minutos duró aquella lucha desigual; en ella recibió don +Juan la herida de que hemos hablado, y sus dos enemigos no se hallaban +mejor parados, pues el rostro de uno estaba cubierto de sangre, y el +otro recibió una estocada en un muslo. + +Sea por las heridas, sea por cansancio, ambos se retiraron +simultáneamente al cabo de este tiempo como a unos seis pasos de +Vargas, y este, demasiado fatigado para perseguirlos, aprovechó con +gusto aquella ocasión de recobrar sus fuerzas. + +Los tres con las puntas de las espadas apoyando en tierra, respirando +apenas, y con la vista clavada en el enemigo, hubieran parecido +estatuas si la sangre que corría por sus vestidos no demostrara que +eran hombres. + +Es probable que la pelea se hubiera renovado, y tal vez terminado con +fatal éxito para Vargas, si a poco de hallarse los tres actores de +aquella escena en la disposición que hemos dicho, no apareciera entre +ellos una mujer, cubierta con un manto negro, pero que a pesar de él +conoció desde luego Vargas por Inés. + +La pastelera de Madrigal, que no esperaba hallar en aquel sitio a don +Juan cubierto de sangre, y en disposición tan hostil, dio muestra de su +sorpresa y sentimiento con un profundo suspiro, que fue el que advirtió +de su presencia a su amante y a sus dos enemigos. + +—Señor don Juan, ¿qué es esto, que es esto? —preguntó Inés. + +—Esto es, señora —dijo el provocador de Vargas, sin dar lugar a que +este respondiese—, esto es un efecto de vuestra acertada elección. + +—Decid más bien —replicó la morena con dignidad y fuerza—, de vuestra +inconcebible imprudencia, de vuestra ridícula obstinación, por no decir +otra cosa. + +—Podéis gloriaros, Inés —exclamó don Juan—, de tener un amante en +ese hombre digno de figurar en una banda de salteadores. Mirad el +denuedo con que esos hombres han tirado la espada contra uno solo; y es +lástima, en verdad, que no hayáis presenciado el valor con que trataban +de asesinarme por la espalda. + +La acusación era demasiado cierta, y en el fondo de sus corazones +era imposible que los embozados dejaran de conocer su justicia; pero +hallándose una mujer presente no les pareció decoroso convenir en ella, +y así el que primero riñó contestó lleno de ira real o aparente: + +—Mentís como un bellaco. + +—Miserable —gritó don Juan—, yo castigaré tu imprudencia. + +Y diciendo y haciendo acometió con no vista furia a su enemigo, quien +no dejó de defenderse bizarramente. Su compañero, que como ya se ha +visto, nada tenía de escrupuloso, iba también a tomar parte en la +pelea; mas Inés, advirtiéndolo con tiempo, se arrojó sobre él tan de +improviso, que le arrancó la espada de las manos, y separándose algún +tanto le presentó la punta de su propio acero a dos dedos del pecho, +diéndole: + +—Cobarde, por la vida del rey te juro que te atravieso si das un paso +más. No, en mi presencia no asesinaréis a un caballero. Pelee en hora +buena con uno, ya que tan locos sois que buscáis vuestra perdición y la +nuestra, pero con dos no será mientras yo pueda impedirlo. + +Entre tanto peleaba Vargas con singular denuedo, y su enemigo no se +defendía con menos. Mas como ambos estaban ya cansados, apenas tiraban +golpe peligroso, y si lo hacían, no encontraban dificultad en pararse +recíprocamente. + +A poco de haberse empezado este nuevo combate Inés, que en medio de su +singular posición conservaba una admirable serenidad, exclamó: + +—La justicia, caballeros, la justicia. + +Los que reñían suspendieron su combate, y el desarmado, volviendo atrás +la cabeza, vio en efecto que ya a la mitad de la distancia que media +entre el convento del Carmen y la calle de Santiago se percibía a la +luz de una gran linterna que traían un grupo de siete a ocho personas +que probablemente habrían oído el ruido de las espadas, según la prisa +con que caminaban. + +—La justicia es —repitió aquel hombre—; huyamos. + +—Señor don Juan —dijo el otro—, ya veis que por ahora no es posible +terminar este asunto; yo buscaré ocasión en que podamos hacerlo sin +temor de ser interrumpidos. + +—Y entonces —respondió Vargas con amarga ironía—, procurad llevar otros +dos o tres amigos, por si no bastareis solo. + +No replicó a esto aquel hombre, ya por no tener qué, ya, y es lo +más cierto, porque los de la linterna se acercaban tan de prisa que +no daban lugar a ello. Lo que hizo, pues, fue envainar su espada, y +seguido por su compañero echó a andar con bastante celeridad a pesar de +su herida. + +Inés, llegándose a su amante, le dijo: + +—Don Juan, las apariencias me condenan, pero cuando las circunstancias +lo permitan yo os haré ver mi inocencia; por ahora me es fuerza +retirarme. + +Mientras la pastelera hablaba así, los que huían, advirtiendo que no +los seguían, hicieron alto, y uno de ellos volviendo la cabeza dijo en +voz alta: + +—Vamos, señora. + +Obedeció Inés, y don Juan despechado exclamó: + +—Seguidlos, señora, seguidlos, que ya yo quedo satisfecho de vuestro +amor. + +Aunque hubiera querido la morena replicar no se lo permitieron sus +impacientes compañeros, que asiéndola cada uno por un brazo tardaron +poco en desaparecer a la vista de Vargas, gracias a la oscuridad de la +noche. + +Un momento después los de la linterna, haciendo alto como a unos +veinte pasos de nuestro caballero, que apoyando la espalda a los muros +del convento, y con la espada en la mano, permaneció inmóvil, dieron +el acostumbrado grito: + +—¿Quién va a la ronda? + +—Un hombre solo, un caballero —respondió don Juan. + +Animados con esta respuesta, los ministros de justicia, que tales eran +en efecto, se acercaron a don Juan, y formaron círculo en rededor de él. + +—La espada —dijo ya entonces el que capitaneaba aquella gente, y por el +traje parecía magistrado. + +—¿Y quién me la pide? —preguntó Vargas. + +—El rey nuestro señor (aquí el juez, sus ministros y Vargas se +descubrieron la cabeza respetuosamente), y en su nombre don Rodrigo +Santillana, su alcalde del crimen en la real chancillería de Valladolid. + +—Tomad, pues, señor alcalde, aunque ignoro la causa por que se me pide. + +—Vuestro nombre y profesión. + +—Don Juan de Vargas, caballero y capitán de caballos, hermano del +marqués de ***, para serviros. + +—Tomad vuestra espada, señor caballero, que de persona de tan honrado +linaje no es de sospechar acción villana, y seguidme si os place. + +Recibió don Juan su espada, y tomó con el alcalde la vuelta para +Valladolid. En el tránsito le dijo don Rodrigo que habiendo salido +aquella noche a hacer su ronda, y entrando en el Campo Grande, le llamó +la atención oír hacia el Carmen ruido de espadas, y que como aquel era +el paraje en que a tales horas salían los caballeros irritados, había +acudido a él, deseoso de evitar, como era su obligación, cualquier +desgracia. Don Juan contestó que él había acudido allí para cierta +cita, y que sobreviniendo impensadamente dos desconocidos, y queriendo +arrojarle del sitio con brutal grosería, negándose él a hacerlo, le +acometieron ambos, hiriéndole, como se deja ver; que habiendo advertido +uno de sus enemigos que se aproximaba la justicia, y avisádoselo al +otro, echaron ambos a huir; y que él, no teniendo motivo para hacerlo, +permaneció firme allí hasta la llegada de la ronda. Por último, Vargas +concluyó protestando que estaba pronto a seguir a don Rodrigo a la +prisión, si a ella quería llevarle, pero que no le parecía justo se +atropellase a un hombre principal por haber defendido su vida contra +dos asesinos. + +Don Rodrigo Santillana, que era un buen magistrado, pero muy cortesano +y ambicioso, aprovechó con gusto aquella ocasión de adquirir la +poderosa protección de la familia de los Vargas, aunque bien conocía +que era a expensas de lo que la justicia exigía, pues al cabo a don +Juan se le había hallado a deshoras y casi en despoblado con la espada +en la mano ensangrentada, y herido además. Su deber era retenerlo en +prisión hasta averiguar su inocencia; su interés le aconsejaba creer en +ella desde luego, y este, como sucede con frecuencia en tales casos, +triunfó entonces también. + +El alcalde, pues, dio desde luego entero crédito a cuanto don Juan +le dijo, y excusándose humildemente de haberse visto precisado a +tratarlo al principio con poca cortesía, no solo le declaró que estaba +libre, sino que quiso acompañarle, y le acompañó en efecto con toda su +ronda hasta la puerta de la casa de su hermano el marqués. Verdad es +que en esto último se encerraba también el designio de cerciorarse de +que don Juan era realmente la persona que había dicho ser, lo que vio +confirmado plenamente con el respeto con que los criados le recibieron. + +Finalmente, Vargas y Santillana se despidieron los mejores amigos del +mundo, y con la promesa de volverse a ver muy presto. El primero se +retiró a devorar sus penas en el silencio de su estancia, y el segundo +a buscar con sus ministros en las calles de Valladolid algún plebeyo +descarriado en quien compensar con el rigor la indulgencia excesiva que +había usado con el noble capitán de caballos. + +[Ilustración] + + + + +CAPÍTULO VII + + Todo es ya por demás: ¿Qué soy ahora? + + (Quintana: _Pelayo_). + + +Rayaba el sol en el más alto punto de su diaria carrera iluminando +con sus rayos las vastas llanuras de Castilla la Vieja, cuando por +tercera vez pisó el suelo de Madrigal el enamorado y malcontento don +Juan de Vargas, ocho días después de la noche en que después de los +acontecimientos del Campo Grande le dejó en su casa el alcalde don +Rodrigo Santillana. + +Empleó los siete primeros en hacer en todo Valladolid las más +exquisitas diligencias para encontrar a su dama, recorriendo con este +objeto cuantas posadas públicas o secretas él conocía, o sus amigos le +indicaron; mas no solo no dio con ella, sino ni tampoco con el menor +indicio de haberse aposentado en ninguna. + +Tan cautelosa manera de proceder, las relaciones de aquella mujer +con los hombres que le atacaron en las inmediaciones del convento +del Carmen y, sobre todo, su dependencia del pastelero Gabriel de +Espinosa no podían menos de debilitar el ventajoso concepto que otras +circunstancias le habían hecho formar de ella, y no hay duda de que, +a no estar tan ciegamente enamorado, bastaran a separarle de ella +enteramente. Pero ya en su posición, cada reflexión que le ocurría en +contra de Inés no producía otro resultado que el de hacer más penoso +su estado, exasperarle, por consiguiente, y llevarle a ser capaz +de cometer los mayores excesos por salir pronto de la intolerable +incertidumbre en que vivía. + +Vista, pues, la inutilidad de sus pesquisas en Valladolid, marchó +a Madrigal, resuelto a obtener de Inés, si acudía a la ermita en +cumplimiento de su oferta, explicaciones terminantes, y quedar de +acuerdo con ella en unirse o separarse para siempre. + +La promesa que había hecho a fray Miguel de no dar paso ninguno en el +asunto sin acudir a su mediación no fue parte para detenerlo, porque +consideraba roto aquel pacto, y no sin fundamento, ya en virtud de +haberse ausentado de Madrigal Inés durante su misma conferencia con el +vicario, ya porque en el lance de Valladolid no veía más que un lazo +tendido por Espinosa, quien, a juzgar por la estrecha amistad que con +el fraile tenía, obraba de acuerdo con él. + +Con estas disposiciones entró don Juan en el mesón de Madrigal, y sin +salir de él esperó la hora de la cita; pero amaestrado con la pasada, +llevó en su compañía a Pedro, y así él como su criado cuidaron de ir +prevenidos de armas de fuego. + +Aún era bastante la claridad del crepúsculo, cuando llegaron a la +ermita, para permitirle registrar escrupulosamente las ruinas que +fueron teatro de la aventura de su prisión; pero por más que hizo no +pudo hallar vestigios de puertas, trampa ni entrada secreta alguna, de +manera que el tal examen solo produjo la utilidad de entretener por +algún tiempo su impaciencia. + +Por esta vez no se le hizo esperar mucho, pues pocos instantes después +de la hora señalada se presentó, no Inés, sino el mulato Domingo, quien +saludando con su acostumbrada aspereza le puso en las manos un pliego +cuyo sobrescrito decía así: + + «Al muy ilustre señor don Juan de Vargas, guarde Dios muchos años». + +Abriolo sin tardanza aquel caballero, y halló que decía así: + + «Señor don Juan: la persona a quien vuesa merced espera en las + ruinas, ni está hoy en Madrigal, ni estará en algunos días. Escríbole + estas letras para ahorrarle el trabajo de esperarla inútilmente, y + para decirle que si desea tener noticias de ella, puede venirse por + esta su celda, en donde sabe que siempre será recibido como quien + viene a honrarla con su presencia. Y con esto queda rogando a Dios + por la salud de vuesa merced su humilde servidor y menor capellán — + _F. M._». + +Aunque la carta no llevaba más firma que estas dos iniciales, su +contenido declaraba bien que el que la había escrito era el vicario +de Santa María, y don Juan, no hallando otro partido que tomar, se +decidió a aceptar la invitación que aquel le hacía, echando a andar +inmediatamente para el monasterio. + +Domingo, así que entregó la carta, volvió la espalda, y mientras don +Juan leía se metió en el pueblo. + +Recibió fray Miguel a don Juan con cordialidad y cortesía; pero Vargas, +que en el fondo de su corazón estaba indignado con él, casi se le +presentó con grosería. Debió sin duda de advertirlo el vicario, mas no +se dio por entendido, y empezó a preguntarle por su salud con el mismo +desembarazo que si el día antes se hubieran visto, y después de ello se +puso a hablar del tiempo con admirable flema. + +—Todo eso está bueno —le interrumpió Vargas a breve tiempo—; pero mi +venida no ha sido a hablar de materias indiferentes. A quien tan bien +enterado está de mis negocios, no tengo necesidad de decirle cuanto me +ha ocurrido desde que nos separamos, pues desde luego supongo lo sabría. + +—Así es la verdad. + +—Y probablemente lo sabría aun antes de sucederme. + +—En eso os engañáis, y me hacéis una cruel injusticia... + +—Sea en buen hora. Tampoco he venido a discutir esa materia. Lo que me +importa es saber las noticias que habéis prometido darme. + +—Y lo cumpliré. + +—A eso aguardo. + +—Primero tengo que exigir del señor don Juan la promesa formal de +someterse a ciertas condiciones. + +—Veámoslas. + +—Primeramente guardar inviolable secreto sobre cuanto yo le revele, o +en consecuencia de ello descubriere hoy, mañana o en cualquier tiempo. + +—Aceptada. + +—¿Lo juráis? + +—Por mi honor y esta cruz. + +—En segundo lugar perdonar de aquí para delante de Dios a los dos +hombres que os acometieron la noche del domingo pasado, renunciando a +toda idea de venganza, y mirándolos como amigos si necesario fuese. + +—Fray Miguel, ¿sabéis la villanía que usaron conmigo? ¿Sabéis...? + +—Todo lo sé. + +—¿Y podéis aprobar tal infamia? + +—No permita el Señor que en mi pecho se abriguen semejantes +sentimientos. No, señor don Juan: aquel desventurado lance me ha +costado muchas lágrimas, y me las hubiera hecho derramar eternas +si os costara la vida. Pero creedme, no hubo en él premeditación. +Acontecimientos inevitables os hicieron encontrar con aquellos hombres: +lo demás fue obra del espíritu maligno, que no desperdicia ocasión para +perder a los hijos de Adán. ¿Os resolvéis, pues, a perdonar? + +—Padre vicario, mirad lo que pedís. + +—Lo que como cristiano debéis hacer. + +—Perdonados están. + +—¿Y prometéis también no renovar el duelo? + +—Siempre que no se me provoque a ello de nuevo. Si este caso llegara, +sé lo que el honor exige de un caballero, y no dejara de hacerlo si mi +padre saliera de la tumba solo para rogármelo. + +—Funesta preocupación la del honor, que os hace hollar los más santos +preceptos de la religión... + +—Padre vicario, dejemos este punto: yo seguiré vuestra opinión a ciegas +cuando se trate de teología; en materias de esta especie, fiaos a mí, +que yo sé lo que he de hacer. Os repito que no tiraré la espada contra +esos hombres si a ello no me provocan. Ved si esto os parece bastante, +y por Dios vamos a lo que importa. + +—Consiento en recibir vuestra promesa tal como la hacéis. Resta que os +convengáis a mirarlos como vuestros amigos si la ocasión se presentase +de ser así necesario. + +—¿Y quien decidirá que así sea? + +—Inés; vos mismo. + +—Prometido también. + +—Restan ahora dos únicas condiciones, pero son las más importantes. + +—Y bien; decidlas. + +—Se os va a confiar un gran secreto, pero no en todas sus partes por +ahora. ¿Ofrecéis que contentándoos con saber lo que se os diga, no +trataréis en manera alguna de averiguar el resto? + +—Sí, ofrezco. + +—Lo último a que os queda que comprometeros es a renunciar para siempre +a Inés... + +—Jamás. + +—Escuchadme. + +—No, en eso no hablemos. + +—Señor don Juan, permitidme que acabe, y responded después lo que +gustéis. Es preciso, pues, que prometáis renunciar para siempre a Inés, +pero en el caso que no os convenga el medio que ella misma os propondrá +para llegar a ser su esposo. + +—Si yo me negare a ello, desde luego consiento en renunciar a Inés. + +—Olvidando, si es posible, hasta que la habéis conocido, cesando de +seguirla, de mezclarse en sus operaciones, y de averiguar su paradero. + +—A todo me obligo. + +—¿A fe de caballero y de cristiano? + +—Por mi honor y mi religión lo juro ante ese divino Señor que está +sobre vuestra mesa. Y si no lo cumpliere, téngaseme por indigno de +mi noble nacimiento y en la hora de la muerte se me demande ante el +Todopoderoso. + +—Amén. + +—¿Queréis más? + +—No; basta lo hecho. + +—Cumplid ahora vuestra promesa. + +—Voy a hacerlo. + +Entonces el fraile, levantándose de su asiento, se dirigió a la puerta +de un retrete que en la celda había, y abriéndolo salió de él Gabriel +de Espinosa. + +Ya se deja conocer cuál sería la sorpresa de Vargas con la aparición +de aquel personaje, a quien estaba lejos de esperar. Estaba en pie y +descubierto delante del crucifijo de la mesa del vicario, con la mano +derecha aún puesta sobre el puño de la espada, cuando fray Miguel +abrió la puerta del retrete, y así permaneció, sin que la multitud de +diversos pensamientos que le asaltaron al ver al pastelero le diera +lugar a variar de postura, ni a proferir una sola palabra. + +Gabriel, envuelto en su capa, con su ancho sombrero calado hasta las +cejas, y con aire aún más grave que de ordinario acostumbraba, salió de +su escondite a paso lento, y ocupando el sillón del vicario, colocado +este a su lado en pie, empezó a hablar sin descubrirse la cabeza ni +hacer otro movimiento que el de dejar caer el embozo de la capa lo +bastante para poder explicarse fácilmente. + +—Señor don Juan —dijo—, desgracias inauditas y continuadas han reducido +muchos años, y reducen aun hoy, a ocultar su nombre y persona al que +estáis viendo y nació muy lejos de la humilde condición en que le +habéis conocido. + +»Desde que por la vez primera me visteis, mi persona debió de llamaros +la atención, pues me seguisteis obstinadamente, a pesar de que yo, +teniendo graves motivos para desear no ser conocido por entonces, y +creyendo, a causa de ignorar quién erais, que fueseis un espía de mis +enemigos, hice cuanto pude por evitar vuestras miradas. + +Aquí Espinosa, como si hasta entonces no hubiera advertido que tanto +Vargas como el vicario estaban en pie, se dirigió a ambos diciéndoles +gravemente: + +—Sentaos. + +Uno y otro obedecieron, lo que de parte del fraile no parecía extraño, +mas sí de la de don Juan, quien, sin poderlo él mismo comprender, se +sentía humillado en presencia del singular pastelero. Este, después que +tuvo a su auditorio sentado, continuó su interrumpido discurso de esta +manera. + +—Desde entonces acá he tenido justos motivos de rectificar mi +primera opinión. He visto en vos un caballero valiente, generoso, y +perseverante en sus designios; y creed lo que os digo, pues si bien +la lisonja me ha cegado más de una vez en otros tiempos, ya por mi +posición, ya por mi carácter personal, jamás han pronunciado mis labios +una palabra de alabanza sin que el corazón sintiera más acaso de lo +que la lengua decía. + +»Pero estas mismas prendas recomendables que yo conocía en vos, señor +caballero, me retraían de comprometeros en una empresa, aunque justa, +aventurada y sobradamente peligrosa, en la cual por interés personal y +por obligación os veréis empeñado uniendo vuestra suerte a la de Inés. + +»Incapaz, como lo soy, de cometer una villanía, tampoco la hubiera +creído ni la creo de vos: así, pues, días ha que os hubiera enterado de +todos mis secretos, sin otra precaución que la de encargaros el sigilo, +seguro de vuestra honradez; pero la seguridad de muchos y muy fieles +amigos, las reglas de la prudencia, y los consejos de personas que +acaso se interesan tanto en vuestro bien como en el mío, me han movido +a exigir de vos por medio de fray Miguel las promesas que acabáis de +hacer solemnemente. + +»Ni el tiempo ni el lugar son ahora a propósito para revelaros quién +yo sea. Básteos saber que nací caballero; que mi casa es ilustre, +algunos de mis hechos gloriosos, y mi fortuna tan escasa que de noble y +principal me ha reducido a humilde pastelero. + +»Contando con el favor de Dios y la fidelidad de mis amigos, en cuyo +número espero contaros muy en breve, tardará poco acaso el día en que +recobre mi ser primero: entonces, señor don Juan, yo os aseguro que +no tendréis motivo de arrepentiros de haberme conocido. Este pliego +(enseñándole uno sellado), que os prohíbo abráis hasta hallaros en +Valladolid, os instruirá de parte de lo que deseáis saber, y os pondrá +en disposición de enteraros del resto. + +»Recordad vuestras promesas, y cumplídmelas religiosamente. Ahora tomad +inmediatamente el camino de Valladolid. Nada más tengo que deciros. +Guárdeos el cielo. + +Acabando de hablar se puso en pie, entregó a fray Miguel el pliego, +y después de haberlo recibido, este también de pie, y haciendo una +profunda reverencia, salió Gabriel de la celda sin dignarse siquiera +volver la cabeza para ver el efecto que sus palabras habían producido +en don Juan de Vargas, quien, absorto con cuanto le pasaba, ni quería +responder, ni aun cuando hubiera querido acertara a hacerlo. + +Luego que Espinosa salió del aposento, entregó fray Miguel el pliego +a don Juan, y este, recibiéndolo maquinalmente, empezó a volverle +entre las manos, en tanto que sus ojos, fijos en el suelo, denotaban +claramente que aún no se había recobrado de su primera sorpresa. + +No le pareció al vicario hablarle por el momento, sino quiso que por +grados se fuese él mismo serenando, y luego que conoció, al cabo de +algunos minutos, que esto iba verificándose, le preguntó: + +—¿Y bien, señor don Juan, no pensáis en pasar hoy a Valladolid? + +—¿A Valladolid —respondió Vargas como si despertase de un sueño—, a qué? + +—¿A qué? A lo que con tanta ansia deseabais no hace mucho. + +—Sí; a ver a Inés sin duda. Este pliego dirá dónde se halla, ¿no es +verdad, padre vicario? + +—Recordad nuestro convenio, y nada me preguntéis. + +—Sí; es cierto. Nada debo preguntar verdaderamente: jamás hombre se +habrá visto en tan extraña situación. ¡Cómo ha de ser! Mi estrella lo +quiere así. + +—No os desaniméis; estos misterios tardarán poco en cesar; la justicia +triunfará, y entonces... + +—Inés será mía. + +—Vuestra será si vos queréis, señor don Juan... + +—¿Si yo quiero? Fray Miguel, adiós: vea yo Inés, y entonces conoceréis +si hay nada difícil para mí tratándose de obtener su mano. + +—El cielo os sea propicio en vuestro viaje. + +Así que don Juan salió de la celda, la fisonomía naturalmente grave del +vicario tomó un aire de contento y satisfacción que pocas veces se +dejaba ver en ella, y frotándose las manos exclamó: + +—Con este ya se puede contar hasta la muerte: ¡por qué no estarán todos +enamorados, y nuestro triunfo sería seguro! + + +FIN DEL TOMO SEGUNDO + + + + +ÍNDICE + + + Páginas +TOMO I I-I + + Introducción I-VII + Capítulo primero I-1 + Capítulo II I-23 + Capítulo III I-47 + Capítulo IV I-71 + Capítulo V I-103 + +TOMO II II-I + + Capítulo primero II-1 + Capítulo II II-25 + Capítulo III II-36 + Capítulo IV II-61 + Capítulo V II-76 + Capítulo VI II-96 + Capítulo VII II-114 + + + + +*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 75973 *** diff --git a/75973-h/75973-h.htm b/75973-h/75973-h.htm new file mode 100644 index 0000000..872b473 --- /dev/null +++ b/75973-h/75973-h.htm @@ -0,0 +1,6476 @@ +<!DOCTYPE html> +<html lang="es"> +<head> + <meta charset="UTF-8"> + <title> + Ni rey ni Roque (1-2 de 4) | Project Gutenberg + </title> + <link rel="icon" href="images/cover.jpg" type="image/x-cover"> + <style> + +.formato { margin: 0 auto; width: 26em; max-width: 26em; font-size: 125%; } +.x-ebookmaker .formato { width: 100%; max-width: 100%; font-size: medium; } + +p { margin: 0; text-align: justify; text-indent: 1.25em; line-height: normal; } + +h1, h2, h3 { text-align: center; clear: both; font-weight: normal; } +h1.faux { margin: 0; font-size: xx-small; visibility: hidden; } +h2 { margin: 2em 0 0 0; font-size: 140%; } +h2.nobreak { page-break-before: avoid; } +h3 { margin: 1em 0 0.5em 0; font-size: 140%; } + +.mt05 { margin-top: 0.5em; } +.mt1 { margin-top: 1em; } +.mt15 { margin-top: 1.5em; } +.mt2 { margin-top: 2em; } +.mt3 { margin-top: 3em; } + +.pt05 { padding-top: 0.5em;} +.pt1 { padding-top: 1em; } +.pt6 { padding-top: 0; } +.x-ebookmaker .pt6 { padding-top: 6em; } + +.fs75 { font-size: 75%; } +.fs110 { font-size: 110%; } +.fs130 { font-size: 130%; } +.fs140 { font-size: 140%; } +.fs200 { font-size: 200%; } +.smaller { font-size: smaller; } + +.ti0 { text-indent: 0; } + +.g0 { letter-spacing: 0.05em; margin-right: -0.05em; 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} + + </style> +</head> + +<body> +<div style='text-align:center'>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 75973 ***</div> +<div class="formato"> + +<div class="front"> + <hr class="full"> + <p><a href="#ToC">Índice</a></p> + <h1 class="faux">Ni rey ni Roque (1-2 de 4)</h1> +</div> + +<div class="transnote" id="tnote"> + <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p> + <ul> + <li>Los errores de imprenta han sido corregidos.</li> + + <li>La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con + las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.</li> + + <li>La puntuación y la toponimia también han sufrido ligeros retoques + para su modernización.</li> + + <li>Se han separado en párrafos distintos las intervenciones dialogadas + allí donde el texto adopta forma de diálogo, añadiendo y espaciando + las rayas según los modernos usos ortotipográficos.</li> + + <li>Las cartas y misivas se presentan sangradas para mejor distinguirlas + de otros entrecomillados.</li> + + <li>Se ha compilado y añadido un <a href="#ToC">Índice</a> al final del volumen + pese a que el original impreso no lo incluye.</li> + </ul> +</div> + + +<div class="screenonly x-ebookmaker-drop"> + <hr class="chap"> + <div class="figcenter"> + <img class="thin" + style="width: 26em; height: auto;" + src="images/cover.jpg" + alt="Cubierta del libro"> + </div> +</div> + + +<div class="tit pt6" id="Ch1"> + <hr class="chap"> + <p><span class="pagenum" id="Page_I-i">p. I-<span class="asc">i</span></span></p> + <h2 class="nobreak sc g0 ws1" title="TOMO I">Ni Rey ni Roque</h2> + <hr class="chap"> +</div> + + +<div class="tit"> + <p><span class="pagenum" id="Page_I-iii">p. I-<span class="asc">iii</span></span></p> + <p class="fs200 negr g0 ws1">NI REY NI ROQUE</p> + <p class="g0 ws1 mt1">EPISODIO HISTÓRICO</p> + <p class="fs140 g0 ws1 mt05">DEL REINADO DE FELIPE II,</p> + <p class="negr g0 ws1 mt05">AÑO DE 1595</p> + + <p class="g1 ws1 mt2">NOVELA ORIGINAL</p> + <p class="fs75 g2 ws1 mt15">ESCRITA</p> + <p class="negr ws1 mt05">POR DON PATRICIO DE LA ESCOSURA,</p> + <p class="fs75 g0 ws1 mt1">AUTOR DEL CONDE DE CANDESPINA</p> + + <div class="cajatomo"> + <p class="g1">TOMO I</p> + </div> + + <p class="fs130 g0 mt2">Madrid</p> + <p class="fs110 g0 ws1">Imprenta de Repullés</p> + <p class="fs110">—</p> + <p class="fs110 g0 ws1"><span class="sc">Año de</span> 1835</p> +</div> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter"> + <blockquote> + <p><span class="pagenum" id="Page_I-v">p. I-<span class="asc">v</span></span></p> + <p class="dedic"><span class="sc">Al señor don GERÓNIMO DE LA + ESCOSURA</span>, <i>Caballero de la Real y distinguida Orden Española + de Carlos III, del Consejo de Su Majestad, su Secretario con + ejercicio de decretos, Intendente de Provincia de primera clase, y + Vocal de la Real Junta de Fomento de la riqueza del Reino</i>.</p> + + <p class="dcha mt2">En muestra de su cariño y respeto,</p> + + <p class="dcha mt1">Su hijo,</p> + <p class="dcha"><i>Patricio de la Escosura</i></p> + </blockquote> +</div> + + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter"> + <div class="poetry-container"> + <div class="poetry"> + <div class="stanza"> + <p><span class="pagenum" id="Page_I-vi">p. I-<span class="asc">vi</span></span></p> + <div class="verse i2">¿De qué, pues, nos sirvieron</div> + <div class="verse i0">Siete siglos de afán, y nuestra sangre</div> + <div class="verse i0">A torrentes verter?... Lanzado en vano</div> + <div class="verse i0">Fue de Castilla el árabe inclemente,</div> + <div class="verse i0">Si otro opresor más pérfido y tirano</div> + <div class="verse i0">Le pone el yugo a su infelice frente.</div> + <div class="verse idr">Quintana: <i>Oda a Padilla</i>.</div> + </div> + </div> + </div> +</div> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + +<div class="chapter" id="Ch10"> + <p><span class="pagenum" id="Page_I-vii">p. I-<span class="asc">vii</span></span></p> + <h3 class="g0">INTRODUCCIÓN</h3> + + <div class="poetry-container smaller"> + <div class="poetry"> + <div class="stanza"> + <div class="verse i2">El mentir de las estrellas</div> + <div class="verse i0">Es muy seguro mentir,</div> + <div class="verse i0">Porque ninguno ha de ir</div> + <div class="verse i0">A preguntárselo a ellas.</div> + </div> + </div> + </div> +</div> + +<p class="ti0">Caballero en un rocín cuellilargo, quijotudo y +amojamado, su creación inmemorial, sus jaeces una jáquima bastante +antigua y una manta de muestra no muy moderna, y, a pesar de todo, no +mío, paseaba yo no hace mucho por una sierra del reino de Sevilla.</p> + +<p>Preocupado en diferentes pensamientos, para mí muy importantes, y +habituado ya al país en que me hallaba, confieso francamente que no me +hacía mucho efecto el cuadro que me rodeaba, a pesar de ser una de las +más bellas perspectivas que pueda imaginar el entendimiento.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_I-viii">p. I-<span +class="asc">viii</span></span></p> + +<p>Cuanto la vista alcanza a descubrir, desde el punto más elevado de +aquel terreno, ofrece un aspecto lleno de vida y de interés. No hay +allí una llanura que tenga un cuarto de legua en cuadro; y hablando con +propiedad, los que los naturales llaman valles no son más que ramblas o +encañadas, la más ancha de cien toesas, si las tiene. Compónese, pues, +todo aquel país de cerros y colinas, peñascos y precipicios.</p> + +<p>La naturaleza ha hecho tanto en favor de Andalucía que, a pesar +de la indolencia de sus habitantes, la verdura, la frondosidad de la +tierra encantan el alma del que acaba de dejar las áridas llanuras de +la Mancha, donde el viajero se cree más bien en la Arabia desierta que +no en la región meridional de la culta Europa.</p> + +<p>En medio de vastos y fértiles olivares, de montes de robustas +encinas, de viñedos frondosos, de campos cereales, la blancura +resplandeciente de los cortijos, que vistos de lejos tienen +alguna semejanza<span class="pagenum" id="Page_I-ix">p. I-<span +class="asc">ix</span></span> con los caseríos ingleses, hace un efecto +maravilloso.</p> + +<p>A corta distancia unos de otros se descubren muchos pueblos, más o +menos considerables, cuya posición próxima siempre a los pasos precisos +de la sierra, y en puntos que los dominan, descubre que en su origen +fueron puestos militares, establecidos por los moros para defenderse +de las continuas incursiones de los cristianos. Los castillos ruinosos +que en casi todos ellos se ven aún, y sus nombres arábigos, acreditan +suficientemente esta conjetura.</p> + +<p>Verifícase la comunicación entre estos pueblos por medio de unas +veredas, que vistas y andadas parecen, y son más a propósito, para +cabras que para hombres y caballos; pero los naturales de la sierra +las andan con una presteza y agilidad sorprendentes; y el forastero, +animado con su ejemplo, acaba por habituarse y caminar tranquilo por +ellas. En este caso me hallaba yo.</p> + +<p>Andando a la aventura mi rocín acertó<span class="pagenum" +id="Page_I-x">p. I-<span class="asc">x</span></span> a tomar una +estrecha senda que en la mitad de la altura de una cadena de colinas +bastante pendientes corre paralelamente a su base, al pie de la cual +se desliza, con manso ruido entre innumerables piedrecillas de jaspe +colorado, un arroyo cuyo color verdoso y olor azufrado dan claros +indicios de ser sus aguas minerales. Crecen en su orilla el romero, la +adelfa y otros muchos arbustos en profusión, y la flor roja del segundo +citado contribuye a prestar a aquella ribera, si tal nombre merece, un +aspecto ameno y pintoresco.</p> + +<p>Como media legua podría yo haber andado, cuando la lentitud del +paso de mi cuartago, lo lacio de sus orejas y la humilde postura de su +cabeza me revelaron que si no quería volverme a pie a mi domicilio, +era preciso que permitiese descansar un momento a aquella <i>vera +efigies</i> de Rocinante. Eché, pues, pie a tierra, y reconociendo, por +la frondosidad del sitio, que me hallaba en las inmediaciones de un +manantial de agua potable, como<span class="pagenum" id="Page_I-xi">p. +I-<span class="asc">xi</span></span> la sed empezaba a aquejarme, quise +buscarlo. Tuve para esto que meterme por un angosto desfiladero en +el que apenas cabían dos personas de frente. La elevación de los dos +peñascos laterales, y las ramas de muchas higueras silvestres que de +sus hendiduras salían, formando una bóveda impenetrable a los rayos +del sol, hacía también muy a propósito aquel paraje para madriguera +de bandidos, casta de pájaros en que el país suele abundar. Esta +circunstancia dio lugar a que yo descolgase el retaco que llevaba +pendiente del arzón trasero, según costumbre de Andalucía, y con él +terciado y montado entrase en el desfiladero.</p> + +<p>No bien anduve veinte pasos, sentí a corta distancia el ruido de los +de otro hombre y otro caballo. Debió de sucederle a él lo mismo, y de +formar tan buen concepto de mí como yo de él, pues al descubrirnos nos +apuntamos simultáneamente con los retacos, y ambos preguntamos a un +tiempo:</p> + +<p>—¿Quién va?</p> + +<p>Íbamos los dos vestidos a la jerezana,<span class="pagenum" +id="Page_I-xii">p. I-<span class="asc">xii</span></span> que es también +el uniforme de los ladrones; pero como llevábamos bigotes el uno y +el otro, apenas nos los vimos cesaron nuestras sospechas, y bajando +a un tiempo las escopetas depusimos el airado ceño y nos saludamos +cordialmente con el nombre de compañeros.</p> + +<p>Mi encuentro era un anciano de robusta complexión y nerviosa fibra. +Los años le habían como curtido, pero conservaba toda la elasticidad +de sus miembros y una estatura elevada, exenta de la curvatura general +de los hombres de su edad. Por debajo del sombrero portugués dejaba +ver unos cabellos espesos, pero blancos como la nieve, y de igual +color eran los poblados bigotes que me le dieron a conocer por hombre +honrado.</p> + +<p>—¿Adónde bueno, mocito? —me dijo con cortesía, pero con aquel +tono de superioridad justa que los ancianos toman siempre con los +jóvenes.</p> + +<p>—Voy, señor mío —le contesté—, buscando la fuente.</p> + +<p>—Por el acento y el camino que usted toma bien se conoce que no es +del país. Yo también voy<span class="pagenum" id="Page_I-xiii">p. +I-<span class="asc">xiii</span></span> a la fuente, y si usted quiere +podremos ir juntos.</p> + +<p>Agradecí y acepté la oferta, y echamos a andar hasta el manantial, +que aún distaba más de lo que yo me figuraba.</p> + +<p>El aire cordial, la franqueza, la urbanidad marcial de mi compañero, +me hicieron reconocerle desde luego por un oficial veterano; y en +efecto lo era. A los cinco minutos de estar juntos se estableció +entre nosotros la misma libertad de trato que pudiera haber si nos +conociéramos de diez años antes.</p> + +<p>El anciano me dijo que tenía setenta años, y se llamaba don +Sebastián de Vargas. Había empezado a servir en caballería a los doce +años, esto es, en el de 1776. Había hecho la campaña del año 92; la +de Portugal con los franceses; la de América; y la del año 23 en el +bizarro ejército constitucional de Cataluña.</p> + +<p>Tenía tres heridas, la cruz de San Fernando y otras infinitas por +distintas acciones; y era comandante de escuadrón con grado de coronel; +gracias a la amnistía,<span class="pagenum" id="Page_I-xiv">p. I-<span +class="asc">xiv</span></span> pues desdeñando purificarse en la última +época, se había quedado de paisano. Había asistido a más funciones de +guerra que yo tengo meses de vida; y confieso que aunque las refería +con harta prolijidad, le escuchaba con gusto y veneración.</p> + +<p>Dos horas estuvimos juntos, y quedamos tan amigos que me convidó a +ir a pasar algunos días en un cortijo que habitaba a media legua de +aquel paraje.</p> + +<p>—Vivo en el campo —me dijo—, con mi familia, que se reduce a una +hija de veinticuatro años, un sobrino de treinta, mi ama de llaves y +mi asistente, soldado tan antiguo como yo. No recibiremos a usted con +cumplimientos, ni podremos obsequiarle a la moda de la corte; pero +en cambio será usted bien llegado siempre que quiera favorecernos, y +partirá con nosotros una puchera no mal sazonada.</p> + +<p>Dile las gracias por el ofrecimiento, prometiendo no despreciarlo; +y monté a caballo, gozoso con mi nuevo conocimiento. Dos días después +fui al cortijo de<span class="pagenum" id="Page_I-xv">p. I-<span +class="asc">xv</span></span> Sierra-Carnero, que así se llama el de don +Sebastián de Vargas.</p> + +<p>Su hija es una señorita no destituida de mérito personal, educada +con más esmero del que yo suponía. Ella y su padre me recibieron como +este me lo había prometido. Por la mañana vimos su habitación, que es +una excelente casa de campo, aunque de muy antigua construcción, a la +cual se han ido agregando sucesivamente cuadras, tinaones o establos, +graneros y pajares. No muy lejos de ella está un molino de aceite. +Por la tarde paseamos en las tierras del cortijo, que son vastas, +bien cultivadas y productivas: no faltan en ellas los olivos, encinas +y cepas, además de los sembrados de trigo y cebada, y los prados de +alcacer. Pero lo que me encantó fue una huerta en la que, entre otros +muchos árboles frutales, se veía considerable número de naranjos, +limoneros y granados.</p> + +<p>El sobrino de don Sebastián, que tenía por nombre +don Pedro Alcántara Hinojosa, me pareció un excelente +sujeto;<span class="pagenum" id="Page_I-xvi">p. I-<span +class="asc">xvi</span></span> pero yo a la cuenta no tuve igual fortuna +con él, pues me trató con notable reserva.</p> + +<p>Mi amistad con aquella familia llegó a hacerse cada día más íntima, +por manera que pasaba semanas enteras en Sierra-Carnero. En una de +estas ocasiones llamó mi atención un retrato, de excelente mano, de una +señora vestida con traje antiguo, pero tan parecida a la hija de mi +huésped que llegué a figurarme sería su madre, que por extravagancia se +hubiese hecho pintar vestida de máscara.</p> + +<p>Cabalmente cuando hice esta observación, Inesita, que tal era el +nombre de la joven, se hallaba sola conmigo. Comuniquela mi pensamiento +y ella, riéndose, me contestó:</p> + +<p>—No es usted solo el que ha tenido esa equivocación, no señor. +Esa no es mi madre: es mi sexta o séptima abuela. Dicen que en +la figura nos parecemos mucho; y si es verdad, como es tradición +en la familia, que pasó muchos disgustos en su vida, me temo que +también en eso nos<span class="pagenum" id="Page_I-xvii">p. I-<span +class="asc">xvii</span></span> pareceremos.</p> + +<p>Al concluir estas palabras, la sonrisa de Inesita se convirtió en +una expresión melancólica, y una lágrima se asomó furtivamente a sus +hermosos ojos.</p> + +<p>Yo, que sin poderlo remediar soy muy compasivo con las damas, y un +tantico curioso, pregunté con bastante empeño, y supe de aquella joven +la causa de su disgusto. He aquí cómo sobre poco más o menos me la +refirió:</p> + +<p>—Esa señora que usted ve retratada, dicen que era de una familia +muy ilustre, y que antes de casarse con su marido, que fue un Vargas, +pasó trabajos indecibles. Su hijo único se llamó don Sebastián; y +este dejó muy encargado en su testamento a sus descendientes que a +todos sus primogénitos les pusiesen su mismo nombre. Pero no es esta +la cláusula más singular del tal testamento. Parece que entre el +marido de la abuela doña Inés, que tal era su nombre, y un primo suyo +llamado don Pedro Hinojosa de Vargas, medió una estrecha amistad, +por cuya razón el nieto de aquel se casó con una doña Inés, nieta +del último.<span class="pagenum" id="Page_I-xviii">p. I-<span +class="asc">xviii</span></span> En virtud de esto, don Sebastián 1.º +de Vargas encargó también que los primogénitos de sus descendientes en +línea recta se casasen con las primogénitas de la de Hinojosa, siempre +que estas llevasen el nombre de Inés.</p> + +<p>»Desde entonces, hasta mi padre inclusive, se ha seguido sin +alteración alguna la extraña regla de bautismos y matrimonios +establecido en el testamento de don Sebastián; siendo de notar que +ninguno de sus sucesores ha tenido nunca más que un hijo varón.</p> + +<p>»Pero mi desdichada suerte ha querido que justamente variase en mí +este orden constante de sucesión. Mi padre se casó teniendo ya más de +cuarenta años; y mi madre, al darme a luz, expiró. El ama de llaves que +hoy tenemos, y que cuando yo nací estaba ya en casa, me ha asegurado +que no es fácil decidir cuál sentimiento era mayor en mi padre, si el +de la muerte de su mujer, o el de no haber sido un varón lo que había +dado a luz.</p> + +<p>»No puedo quejarme de mi padre: ha<span class="pagenum" +id="Page_I-xix">p. I-<span class="asc">xix</span></span> llenado sus +deberes escrupulosamente; pero jamás se ha abandonado por completo a +la ternura paternal conmigo; y por más que procura ocultármelo, se +le conoce que me mira como un borrón para el árbol genealógico de la +familia.</p> + +<p>»Para colmo de mi desgracia, todas las hembras de la casa de +Hinojosa han muerto, y solo queda un varón, que es mi primo. Nos +amamos; y aunque mi padre lo aprecia no se resuelve a casarnos, +porque se llama Pedro y no Sebastián. Vea usted si tengo motivo de +afligirme.</p> + +<p>No es ponderable lo que me interesó esta relación. Por ella +comprendí que la frialdad del primo conmigo provenía de un movimiento +celoso, y me propuse castigar su desconfianza convenciendo a mi anciano +amigo de la ridiculez de su empeño en sostener el extraño testamento de +don Sebastián 1.º de Vargas.</p> + +<p>En la primera ocasión que me pareció oportuna empecé a insinuarme, y +el viejo comandante no tuvo dificultad en entrar en materia.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_I-xx">p. I-<span +class="asc">xx</span></span></p> + +<p>—Usted llama debilidad —me dijo— a lo que no es más que respeto +y cariño a mis ascendientes. Seis generaciones han consagrado esa +costumbre y la han hecho inviolable a mis ojos.</p> + +<p>—Y está bien —le repliqué yo—, está bien que usted la respete; y +yo sería de parecer que se observase, a ser posible. Pero usted tiene +setenta años, edad que no es a propósito para casarse; y aunque fuera +más joven no podría hacerlo según sus principios, porque no tiene una +doña Inés Hinojosa con quien enlazarse. Es preciso, pues, que usted +consienta en el matrimonio de su hija con su sobrino, o en ver deshecha +para siempre la unión entre dos ramas de la familia que tan ligadas han +estado hasta aquí.</p> + +<p>—Sí, eso sí: usted tiene razón; pero yo tengo miedo. Sí señor, +miedo, no se asombre usted. Hay en este asunto un misterio que no +alcanzo, y que es lo que más me detiene.</p> + +<p>—¿Y no podré yo saber cuál es?</p> + +<p>—A nadie se lo he revelado hasta ahora; pero haré una excepción en +favor de usted. En el testamento de mi séptimo<span class="pagenum" +id="Page_I-xxi">p. I-<span class="asc">xxi</span></span> abuelo don +Sebastián, se dice: que sus herederos, en el caso de no conformarse +con sus disposiciones, incurrirán en su enojo, y que los fundamentos +de lo que ordena se contienen en un rollo de papeles que, cerrados en +una caja de plomo sellada, deja en su biblioteca. Todos hemos respetado +esta caja; pero en tiempo de la guerra de la Independencia, una partida +de los invasores que ocupó la casa, creyendo que en ella se contendría +algún tesoro, la abrió a bayonetazos. Por fortuna se dejaron los +papeles, que el ama de llaves recogió y hoy están en mi poder.</p> + +<p>—¿Y usted no los ha leído?</p> + +<p>—Mil veces lo he intentado; pero están escritos con unos garabatos +infernales, de los cuales no he podido descifrar ni uno.</p> + +<p>—Si usted no tiene inconveniente en confiármelos, yo entiendo algo +la letra antigua, y veremos de traducirlos al castellano moderno.</p> + +<p>—Me hará usted un servicio impagable.</p> + +<p>—Impagable, no tal. Prométame usted que si de esos papeles +no resulta expresamente una prohibición de casarse su hija +con su<span class="pagenum" id="Page_I-xxii">p. I-<span +class="asc">xxii</span></span> sobrino, cesará usted de oponerse a sus +deseos.</p> + +<p>—Veremos.</p> + +<p>—No hay veremos que valga: o se casan, o no trabajo.</p> + +<p>—Hombre, eso es hacerme la forzosa.</p> + +<p>—Para hacer felices a dos jóvenes que lo merecen, y a usted +también.</p> + +<p>—¡Pero señor, qué empeño!</p> + +<p>—Mi coronel, ¿sí, o no? Entre soldados no hay palabras ambiguas.</p> + +<p>—Pues vamos con un sí.</p> + +<p>—Eso es hablar en razón. Vengan esos cinco, mi coronel.</p> + +<p>—Tome usted, mala cabeza.</p> + +<p>Inmediatamente después de esta conversación me entregué de un +rollo de papeles muy voluminoso, que contenía la narración que, sin +más condición que la de variar algunos apellidos, me ha permitido don +Sebastián dar al público.</p> + +<p>Paréceme que ofrecerá la utilidad de dar a conocer en gran parte +el carácter moral, político y religioso de una época interesante de +nuestra historia. Nada más diré, porque el público va a juzgarla, y +sería indisculpable temeridad anticiparme a su fallo.</p> + +<p>He tenido la satisfacción de asistir a<span class="pagenum" +id="Page_I-xxiii">p. I-<span class="asc">xxiii</span></span> la boda +de Inesita con don Pedro Hinojosa, y de ver a este tan trocado que +me llama su mejor amigo. El coronel Vargas sabe ya de memoria este +escrito; pero no qué hacer para probarme lo que agradece mi trabajo.</p> + +<p>Solo falta que el editor de la colección no tenga por qué +arrepentirse de haberlo incluido en ella, y entonces yo también estaré +completamente satisfecho.</p> + +<figure class="figcenter mt3"> + <img src="images/i_1a023.jpg" + style="width: 6em; height: auto;" + alt="Viñeta ornamental"> +</figure> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + +<div class="chapter" id="Ch11"> + <p><span class="pagenum" id="Page_I-1">p. I-1</span></p> + <p class="centra negr fs130 g1 ws1">NI REY NI ROQUE</p> + <hr class="tir"> + <h3 class="g1 ws1">CAPÍTULO PRIMERO</h3> + <hr class="tir"> + + <div class="poetry-container smaller"> + <div class="poetry"> + <div class="stanza"> + <div class="verse i0"><span class="sc">Don Félix</span></div> + <div class="verse i4">El rostro es en vano</div> + <div class="verse i4">Querer ocultarme;</div> + <div class="verse i4">O tú has de matarme,</div> + <div class="verse i4">O yo te veré.</div> + </div> + <div class="stanza"> + <div class="verse i0"><span class="sc">Don Diego</span></div> + <div class="verse i4">No es verme tan llano</div> + <div class="verse i4">Que baste el querello;</div> + <div class="verse i4">Mal que os pese de ello</div> + <div class="verse i4">Burlaros sabré.</div> + <div class="verse idr">(<i>Comedia antigua inédita</i>).</div> + </div> + </div> + </div> +</div> + +<p class="ti0">Como a las ocho de la mañana de uno de los primeros días +del mes de julio del año de 1595, se apeó en Madrigal, a la puerta +de una pastelería, un caballero joven, galán y bien portado. Dejando +los caballos al cuidado del sirviente que le acompañaba, entró en la +pastelería con gentil desembarazo, y tocando ligeramente con la mano el +bonete de terciopelo<span class="pagenum" id="Page_I-2">p. I-2</span> +negro que cubría su cabeza, pronunció con voz clara y apacible la +entonces usual fórmula de saludo:</p> + +<p>—Ave María.</p> + +<p>—Sin pecado concebida —contestó la única persona que en la tienda +había, y era una mujer joven, morena, de hermosos ojos, rostro más +agraciado que bello, y aire más grave e imponente del que su edad, +condición y humilde traje prometían.</p> + +<p>Estas observaciones las hizo el caminante sentado ya en uno de los +escaños que había dentro de la misma chimenea, y fuese que su natural +cortesía le moviese a ello, o bien que el aspecto de la huéspeda le +pareciera exigir más respeto del que hasta entonces había mostrado, +el hecho es que se quitó cortésmente el bonete, y dejó ver una cabeza +cubierta de cabellos castaños, cortados según la moda de aquel siglo, +es decir, sobre poco más o menos, de la manera que hoy llamamos a la +inglesa.</p> + +<p>—¿No tendrá usted, señora huéspeda —dijo el caminante después de +breves instantes—, alguna cosa con que aplacar<span class="pagenum" +id="Page_I-3">p. I-3</span> el hambre de un mozo, que ya esta mañana ha +caminado algunas horas?</p> + +<p>No contestó a esta pregunta la persona a quien se hacía, sino que, +levantándose del asiento que ocupaba al frente del viajero, abrió y +examinó el cajón del mostrador, algunas alacenas y el horno, y visto +todo, volvió a su puesto diciendo flemáticamente al mancebo:</p> + +<p>—Nada.</p> + +<p>—Bien por mi vida. ¿Y no hay otra pastelería en el pueblo?</p> + +<p>—Ninguna.</p> + +<p>—¿Y absolutamente no hay nada que darme?</p> + +<p>—Nada, si no se contenta con un pedazo de pan.</p> + +<p>—Corta cosa es, y mi estómago me parece que ahora requiere más +sustancioso refrigerio. Duélase, hermana, de mi necesidad, y no me +obligue a andar en ayunas el resto de la jornada, que por la paga no +quedaremos mal.</p> + +<p>—Mi señor no está en casa —replicó la huéspeda—, además de que, +aunque estuviera, no creo yo que quisiera ahora hacer nada.</p> + +<p>—Válganos Dios, y qué poco amigo de trabajar es el pastelero: sea +usted más caritativa, y alivie mi necesidad, que<span class="pagenum" +id="Page_I-4">p. I-4</span> tengo prisa; el pueblo a que voy aún está +lejos, y no quisiera llegar a él hambriento, y creyendo que en cuerpo +tan bello haya un alma empedernida.</p> + +<p>Estas últimas palabras, pronunciadas en un tono entre galán y +jocoso, arrancaron, por decirlo así, una sonrisa a la grave pastelera; +pero había en ella tanta dignidad, y en su aire tal importancia, que +a ser en una princesa, se dijera que el requiebro la agradaba solo +en cuanto a mujer. Mas el mancebo no estaba entonces para pagarse de +sonrisas; el hambre le aquejaba, y continuó sus instancias, quizás con +importunidad; pero mezclándolas con tantas y tan discretas lisonjas que +al cabo dio al traste con la pereza o el orgullo de la huéspeda.</p> + +<p>—Por oír misa y dar cebada —dijo esta—, ya sabe usted que no se +pierde jornada. Haga, pues, que su criado lleve los caballos al mesón, +que está en la misma calle, y váyase el señor caballero a oír la misa +del padre vicario de Santa María la Real, que dentro de una hora<span +class="pagenum" id="Page_I-5">p. I-5</span> veremos de dar modo para +satisfacer su apetito.</p> + +<p>—¡Una hora! Mucho es; pero sea: oigamos misa, y después volveremos +a...</p> + +<p>—A desayunaros.</p> + +<p>—Y a ver los negros ojos de la más bella pastelera de esta +tierra.</p> + +<p>—Lisonjas de cortesano.</p> + +<p>—No, sino verdades de hombre honrado.</p> + +<p>—Si se retarda, caballero, no llega a la misa.</p> + +<p>—¿Está lejos la iglesia?</p> + +<p>—A dos pasos. Desde la puerta de casa verá usted la del +monasterio.</p> + +<p>Y diciendo así, acompañó al caminante hasta la puerta, y en efecto +le indicó el convento que desde ella se veía.</p> + +<p>Don Juan de Vargas, hermano del marqués de ***, que es el caminante +que hemos visto, era un caballero mozo, de buen parecer, mediana +estatura, rostro blanco, complexión enjuta, humor jovial, muy +aficionado a las armas, y sobradamente a las damas; sirvió al rey en +Flandes con honor algunos años; su valor y nacimiento le alcanzaron una +compañía, y en la ocasión en que le hemos visto se hallaba en España +a causa de<span class="pagenum" id="Page_I-6">p. I-6</span> haberle +llamado su hermano el marqués, que achacoso antes de la vejez, soltero, +y sin inclinación al matrimonio, le propuso hacerle su heredero, con +solo la condición de renunciar el ejercicio de las armas y venirse a +vivir en su compañía.</p> + +<p>Don Juan repugnaba dejar los campos de Marte; pero el agradecimiento +a su hermano, las muchas ventajas que la proposición de este le +ofrecía, y finalmente, algunas desavenencias con el cabo principal del +tercio en que servía, le decidieron a dejar su bandera, con permiso del +rey, y regresar a Valladolid, ciudad donde el marqués residía.</p> + +<p>Este desde luego descargó en su heredero el cuidado de su hacienda +y estados que estaban en Castilla la Vieja, lo que proporcionó a +don Juan hacer frecuentes viajes por la provincia, los cuales hacía +siempre a la ligera con un solo criado, divirtiendo en ellos y en la +caza el ocio de su nueva vida, insoportable para un hombre activo como +él, vehemente,<span class="pagenum" id="Page_I-7">p. I-7</span> y +habituado al continuo movimiento de la guerra.</p> + +<p>Regresaba don Juan a Valladolid, después de haber visitado varios +pueblos del señorío del marqués situados en la sierra de Ávila, y se +había propuesto llegar aquel día, y detenerse algunos en Medina del +Campo, villa ya muy decaída entonces, pero no de tan poca importancia +como lo es en el día.</p> + +<p>Sigámosle al monasterio de Santa María, que lo era de monjas de San +Agustín: dirigiéndose a él, con el piadoso fin de oír misa, iba don +Juan repasando en su memoria el gracejo de la pastelera, y tratando, +por decirlo así, de casar lo plebeyo de su condición con la nobleza de +su porte; el deseo de la ganancia, natural en el tratante de oficio, +con la negligencia y descuido de aquella mujer, que nada tenía en su +casa preparado para la venta; y finalmente, la solícita adulación de +la mayor parte de las gentes dedicadas a aquel tráfico, con el despego +casi grosero de la morena de Madrigal.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_I-8">p. I-8</span></p> + +<p>Poco tiempo hacía que don Juan había vuelto de Flandes, donde +las gentes, aunque de suyo poco aficionadas a los españoles, no +perdían nunca la ocasión de ganar con ellos el dinero; los tudescos, +flemáticos, sí, mas no perezosos, saben adoptar siempre el tono +conveniente a la profesión que el interés, o la necesidad, les obliga a +ejercer, y don Juan se olvidaba de que estaba en Castilla la Vieja.</p> + +<p>Embebido, pues, en sus reflexiones, llegó al pórtico de la iglesia, +en donde se hallaba reunido todo el pueblo, pues el día en que +principia nuestra historia era festivo, y la misa del padre vicario +la que siempre oían las personas de más cuenta y las que sin serlo +aspiraban a darse importancia, que ya entonces eran en bastante +número.</p> + +<p>Todo en aquel tiempo llevaba en España el sello del carácter +severo y sombrío de su monarca. Cada una de las clases del Estado +se distinguía en todo género de actos por sus insignias, por la +calidad y hechura de sus vestidos. El color<span class="pagenum" +id="Page_I-9">p. I-9</span> más de moda era el negro; los militares +eran acaso los únicos que vestían de color: los adornos eran ricos +y costosos, pero sencillos y graves: un cintillo de diamantes por +presilla en el bonete, una larga y gruesa cadena de oro colgando del +cuello, y dando una o más vueltas sobre el pecho, y una sortija de +valor en algún dedo.</p> + +<p>El traje del siglo era airoso: Van Dyck, dice Walter Scott, lo ha +inmortalizado. En efecto, o es la magia de aquel gracioso pincel, +o verdaderamente el corte y disposición de los tales vestidos era +infinitamente superior a los inconcebibles arreos de que hoy nos vemos +cargados. Confieso ingenuamente que como no sea la idea de asimilarnos +a los monos, no concibo cuál fuese la del inventor de los faldones de +nuestros fraques. El pantalón, a la verdad, ya se entiende; porque la +especie ha degenerado ya tanto que apenas hay pierna masculina capaz de +llevar con honor el calzón ajustado. ¡Pero el chaleco, casaca, y sobre +todo el corbatín!<span class="pagenum" id="Page_I-10">p. I-10</span> +El corbatín, instrumento eterno de suplicio para el hombre obeso y +corto de cuello, a quien no deja respirar, y para el hético agrullado, +cuya cabeza, dejándose ver sobre una columna de raso o terciopelo, +parece blanco puesto allí para diversión de muchachos. El corbatín, +repito, es la más desatinada de las invenciones.</p> + +<p>Pero aún es mayor disparate entretener al lector con tales +reflexiones: para concluir, en general, esta materia, diré que el +calzón en aquel tiempo era ajustado y largo, que llegaba hasta la +garganta del pie; la bota como la de campana; el jubón, ajustado a +la forma del cuerpo, llegaba hasta la cintura, a la cual se ajustaba +por medio de un cinturón, del que ordinariamente pendía la espada; +comúnmente estaba, como entonces decían, acuchillado, es decir, con +ciertas aberturas cubiertas con unos bollos de seda en los ricos, y de +lienzo más o menos fino en los artesanos y demás clases pobres.</p> + +<p>El pueblo andaba de ordinario en<span class="pagenum" +id="Page_I-11">p. I-11</span> cuerpo, y es natural, pues de esta manera +estaba el hombre más desembarazado para entregarse a sus faenas, y +en la cabeza llevaban los plebeyos un sombrero de copa redonda y ala +ancha; al paso que los nobles, los funcionarios públicos, los criados y +demás gente ciudadana, o por una razón o por otra, superior a la plebe, +usaban la capa corta, que no pasaba de la cintura, y un bonete o gorra +semejante, si no igual, a la que vemos en nuestros cómicos cuando +representan las comedias de Lope, Calderón, etc.</p> + +<p>El traje de camino variaba en algún tanto: este era constantemente +de color menos fino y delicado que el de la ciudad; y en lugar de la +capa corta se llevaba el gabán, especie de capotillo sin mangas, y que +cuando la ocasión lo requería, se usaba con forro de pieles, y aun a +veces una capa parecida en las dimensiones a las del día.</p> + +<p>Diremos, al paso, que tal era el vestido que llevaba nuestro don +Juan, y cebando en las digresiones, continuaremos<span class="pagenum" +id="Page_I-12">p. I-12</span> acompañándole en el pórtico, en donde se +paseaba esperando la misa, siendo el objeto de las miradas de todos, +y haciendo por su parte algunas observaciones en aquellos honrados +vecinos.</p> + +<p>El traje de camino, el aire desembarazado y libre de un cortesano, +la osadía del militar, y un cierto no sé qué de seguridad y ninguna +extrañeza, al verse solo entre personas desconocidas, que debía don +Juan a la educación, al ejercicio y a los viajes, eran para Madrigal +una cosa nueva.</p> + +<p>Los individuos de la justicia del pueblo, que con el traje de +etiqueta, la vara en la mano y el alguacil al lado, esperaban que la +campana les diera la señal de ir a ocupar en el templo su asiento +privilegiado, y estaban, como de razón, algún tanto separados del resto +de la concurrencia, no fueron por eso los últimos en notar la llegada +del forastero.</p> + +<p>El corregidor, hombre de mediana edad, chico de cuerpo, abultado de +barriga, de rostro circular a manera de luna,<span class="pagenum" +id="Page_I-13">p. I-13</span> con dos ojitos de color de perla abiertos +a punzón, chato y de pocas letras, pero lleno de la importancia de su +empleo, cuya insignia, la golilla, no abandonaba ni para dormir, y +que hasta para pedir la comida o el sombrero creía necesario un auto +de oficio, hubiera de buena gana mandado a su secretario que fuera a +notificar al recién venido se presentase ante su señoría a declarar en +forma su nombre, apellido, profesión, etc., so pena de diez ducados de +multa (que las multas eran lo que mejor le parecía del oficio); pero +como su consorte le había apercibido de que hablase poco, si no quería +exponerse a decir solemnes necedades, y el buen magistrado era un +marido paciente y obediente, se contentó por entonces con señalar con +el dedo a don Juan, llamando la atención del escribano, y pronunciando +gravemente la palabra <i>visto</i>.</p> + +<p>—Por mandado de su señoría —respondió maquinalmente el escribano, +especie de autómata legal con todas las apariencias posibles de una +momia.</p> + +<p>El alcalde, los<span class="pagenum" id="Page_I-14">p. I-14</span> +regidores, el personero y el alguacil fijaron también la vista en el +forastero, que acaso se dirigía hacia ellos en su paseo.</p> + +<p>—Es galán —dijo uno de los regidores.</p> + +<p>—Y su porte de cortesano —contestó el personero, que había estado +alguna vez en Valladolid.</p> + +<p>—Más parece soldado que otra cosa —replicó el primero—. Dios tenga +de su mano a las mujeres si ha de pasar algunos días en el pueblo.</p> + +<p>—Y a los mozos si viene de bandera —dijo el alcalde.</p> + +<p>—¿Qué dice su señoría?</p> + +<p>—Conforme —respondió el corregidor.</p> + +<p>Ya en esto don Juan les había vuelto la espalda, y era observado +por otros corros formados por distintas personas del pueblo; pero no +halló cosa en ninguno que le llamase la atención, ni le distrajese +del apetito que el caminar le había excitado; solo notó un hombre +vestido en cuanto a la forma como el resto de los habitantes, es decir, +humildemente; pero que tanto en la calidad del paño de su ropa, que +bien se echaba de ver era finísimo, como en el aire del cuerpo, no +solo lejos<span class="pagenum" id="Page_I-15">p. I-15</span> de ser +grosero y torpe, sino además noble, distinguido y rigoroso, se hacía +notable entre todos.</p> + +<p>Este se paseaba solo como don Juan; pero se conocía que no era +forastero, pues aun cuando los madrigaleños no dejaban de mirarle con +cierta curiosidad, se dejaba ver que era objeto a que sus ojos estaban +acostumbrados.</p> + +<p>El rostro puede decirse que no se le veía, pues el ala inmensa +de su sombrero no daba lugar a ello; pero si alguna vez por un +movimiento brusco se dejaba ver, dos ojos negros como el ébano, vivos, +penetrantes, y entre airados y melancólicos, hacían dudar de si las +arrugas que le cubrían eran efectos de pesares y trabajos, o de una +edad que se aviene mal con tanto fuego y con músculos tan vigorosos en +la apariencia como los suyos.</p> + +<p>Cuando este individuo pasaba por las inmediaciones de algún corrillo +de gente del pueblo, nadie dejaba de saludarle, más respetuosa que +afablemente; los hidalgos y los ricos volvían con tiempo la<span +class="pagenum" id="Page_I-16">p. I-16</span> vista para no saludarle, +ni hacer desaire a su persona, y él ni parecía admirarse del +acatamiento de los unos, ni extrañar la afectada distracción de los +otros.</p> + +<p>La justicia era la que aún le trataba de un modo más extraño. Al +pasar por sus inmediaciones, la mano del para don Juan desconocido +personaje hizo un movimiento como para tocar el sombrero, mas se quedó +en el camino, y aquellos señores hubieron de contentarse con un buenos +días nos dé Dios, pronunciado en voz apenas inteligible.</p> + +<p>Sin embargo todos contestaron, aunque con cierta expresión en la +fisonomía que no era fácil decidir si era de desprecio o de temor. Mas +cualquiera que fuese, al interesado pareció dársele poca pena, pues +continuó sus paseos sin inquietarse en manera alguna de los magistrados +de la villa.</p> + +<p>Cuando el ánimo está libre, cualquier cosa basta a llamar +nuestra atención; así es que don Juan la fijó sin saber por qué en +aquel hombre. Por su parte<span class="pagenum" id="Page_I-17">p. +I-17</span> el incógnito clavó también un instante la vista en el +hermano del marqués. En un momento recorrió toda su persona; parecía +querer penetrar en lo íntimo de su corazón; preguntarle con su mirar +quién era, a qué había venido, por qué le observaba; pero un momento +después, cruzando los brazos sobre el pecho e inclinando la cabeza, +en la apariencia se olvidó de que don Juan estaba allí, y siguió +paseándose.</p> + +<p>Lo que a nosotros nos ha costado algunas páginas decir fue sin +embargo obra a todo más de unos cinco minutos que tardó la campana en +sonar el acostumbrado tercer toque a misa.</p> + +<p>Rompió la marcha el corregidor hacia la iglesia, y siguiole el +ayuntamiento, atravesando la calle que con el sombrero en la mano +formaron los circunstantes, a excepción de don Juan y su incógnito +que por causas distintas no creyeron necesario rendir homenaje al +magistrado. De aquí resultó que ambos fueron también los últimos a +entrar en el<span class="pagenum" id="Page_I-18">p. I-18</span> +templo, lo que verificaron tan a un tiempo que don Juan esperó poder +entonces satisfacer la curiosidad que tenía de verle el rostro al +individuo en cuestión; mas se engañó, pues este antes de poner el pie +en la iglesia hizo un movimiento rápido para colocarse detrás del +caballero, a quien ya no le quedó más partido que el de continuar su +camino.</p> + +<p>No fue sin embargo sin un secreto despecho de verse burlado en +el mismo instante en que ya creía conseguido su designio. Tenaz +por carácter, y no reprimida aún su vehemencia por el hielo de los +años ni por la mano de hierro de la desgracia, era natural que no +renunciase fácilmente a una empresa que ya por sí no presentaba graves +dificultades, porque a la verdad, verle el rostro a un hombre que anda +por la calle no es cosa maravillosa. Ofreciole la fortuna una ocasión, +y la agudeza de su ingenio medios de aprovecharse de ella. No había +en la iglesia más que una sola pila de agua bendita; a ella, pues, +había de acudir el<span class="pagenum" id="Page_I-19">p. I-19</span> +incógnito. Don Juan sentía detrás de sí los pasos de aquel hombre; +llega a la pila, introduce la mano, y se vuelve con rapidez para +ofrecer cortésmente el agua; pero sea que el último hubiese previsto +lo que iba a suceder, sea que por evitar las miradas de otros curiosos +creyera oportuno seguir ocultándose, lo cierto es que con la mano +izquierda llevaba inmediato a la cara un pañuelo, como si sufriera +de dolor de muelas, de manera que no era posible vérsela. Alargó sin +embargo el brazo derecho, recibió de don Juan el agua bendita como si +aquel obsequio le fuera cosa debida, e inclinando apenas la cabeza +en señal de gracias, desapareció detrás de una de las columnas de la +iglesia antes que aquel caballero volviera en sí del asombro que la +presencia de espíritu y gravedad del desconocido le causaron.</p> + +<p>El órgano sonaba ya; las religiosas en el coro habían dado principio +al oficio divino, y don Juan, buen católico, y por otra parte hombre +cuerdo, conoció que<span class="pagenum" id="Page_I-20">p. I-20</span> +ni el paraje ni la ocasión eran a propósito para empeñarse en seguir +a un hombre que visiblemente se obstinaba en no dejarse encontrar. +Renunció, pues, por entonces a su empresa, y púsose a oír la misa con +toda devoción, si bien, a pesar suyo, no cesaba de mirar por todas +partes con objeto de descubrir en algún rincón al misterioso habitante +de Madrigal.</p> + +<p>Mas todo su mirar fue en vano; la misa se concluyó, y ya iba don +Juan a retirarse de la iglesia cuando advirtió que su incógnito +iba delante del sacerdote y en dirección a la sacristía. En el +momento tomó el mismo camino, y acelerando el paso se adelantó al +vicario, quedándose no obstante algo más atrás que el objeto de su +curiosidad.</p> + +<p>Este, así que llegó a la puerta de la sacristía, se paró, +colocándose a la derecha de ella de modo que era imposible que el +fraile pasase sin verle. Don Juan, resuelto ya hasta a reñir con +aquel hombre, si necesario fuese, para verle a su gusto, hizo igual +movimimiento en el<span class="pagenum" id="Page_I-21">p. I-21</span> +lado izquierdo de la puerta, quedándose frente a él de manera que +estaban como dos centinelas puestos para guardar un paso importante.</p> + +<p>El de Madrigal, que conservaba el pañuelo puesto en la cara, lanzó +una mirada de furor a don Juan; pero este, que no era hombre de +asustarse por miradas, permaneció intrépido en su puesto, mirándole de +hito en hito.</p> + +<p>En esto ya el vicario llegaba a la sacristía con las manos cruzadas +sobre el pecho, baja la cabeza y en el más profundo recogimiento, +sin advertir en manera alguna a aquellos dos hombres, inmóviles como +estaban, y que acaso eran los únicos que quedaban en la iglesia.</p> + +<p>Ya iba a entrar por la puerta, cuando el desconocido, dejando caer +el brazo izquierdo y descubriéndose por consiguiente el rostro, dijo en +voz clara y sonora, si bien no muy elevada:</p> + +<p>—Fray Miguel de los Santos, guárdeos el cielo.</p> + +<p>Desde la primera palabra levantó el fraile la cabeza, tan +despavorido como si<span class="pagenum" id="Page_I-22">p. I-22</span> +oyera la voz del ángel exterminador, y clavando sus ojos desencajados +de espanto en la fisonomía del que le hablaba:</p> + +<p>—¡Jesús me valga! —exclamó con voz apagada.</p> + +<p>Y cediendo a la fuerza de su temor, se desmayó.</p> + +<p>Venturosamente don Juan estaba tan cerca que pudo impedir su caída, +recibiéndole en los brazos.</p> + +<p>El desconocido entonces, dirigiéndose a él, le dijo entre airado y +pesaroso:</p> + +<p>—Socórrale, y otra vez no sea tan entremetido.</p> + +<p>Dicho esto, volvió la espalda y dejó la iglesia. Don Juan llamó al +sacristán, a quien entregó el vicario sin decirle nada de la causa de +su accidente, y echó a andar apresuradamente pero con ánimo de alcanzar +al singular personaje que acababa de dejar, y obtener de él, de grado o +por fuerza, la explicación de aquel suceso.</p> + +<figure class="figcenter mt3"> + <img src="images/i_1p022.jpg" + style="width: 6em; height: auto;" + alt="Viñeta ornamental"> +</figure> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + +<div class="chapter" id="Ch12"> + <p><span class="pagenum" id="Page_I-23">p. I-23</span></p> + <h3 class="g1 ws1">CAPÍTULO II</h3> + <hr class="tir"> + + <div class="poetry-container smaller"> + <div class="poetry"> + <div class="stanza"> + <div class="verse i2">Como de leve chispa al solo fuego</div> + <div class="verse i0">Se inflama el bronce vomitando muertes:</div> + <div class="verse i0">Al torpe influjo de calumnia impía</div> + <div class="verse i0">Así la furia popular se enciende.</div> + <div class="verse idr">(<i>Canción anónima</i>).</div> + </div> + </div> + </div> +</div> + +<p class="ti0">Por más pronto que el sacristán del monasterio acudió a +la voz de don Juan, y a pesar de cuanta prisa se dio este a salir de la +iglesia, no pudo hacerlo con tanta brevedad que alcanzase a la persona +que buscaba. Todavía, cuando don Juan salió, quedaban en el pórtico +algunos corrillos, y uno entre ellos formado por los individuos de la +justicia, que ya conocemos de vista; pero ni con estos ni con ninguno +de los habitantes estaba el incógnito, como don Juan vio después de +haber examinado apresurada y curiosamente la fisonomía de todos los +circunstantes, inclusa la del señor corregidor.</p> + +<p>El aire afanado de don Juan, cierta<span class="pagenum" +id="Page_I-24">p. I-24</span> especie de sobresalto que se dejaba ver +en su rostro, y, sobre todo, el desacato inaudito con que se atrevía +a pasar en revista la fisonomía del primer magistrado de la villa, +llamaron la atención general de un modo tan visible que, a estar menos +preocupado con su designio, conociera nuestro caballero que su conducta +era por lo menos imprudente. Mas ya se ha dicho que don Juan era +obstinado; él mismo lo ha dejado ver en toda su conducta desde que está +a nuestra vista, y además, en el punto a que las cosas habían llegado +entonces, su curiosidad estaba demasiado exaltada para contenerse por +respeto al desagrado de los honrados madrigaleños.</p> + +<p>Sin embargo, todas sus diligencias fueron inútiles. Después de +haber examinado detenidamente todas las inmediaciones de la iglesia, +conoció que correr las calles y un pueblo desconocido en busca de un +hombre cuyo nombre, calidad y empleo ignoraba sería sobre descabellado, +infructuoso. Resolviose, pues,<span class="pagenum" id="Page_I-25">p. +I-25</span> a regresar a la pastelería, con ánimo de adquirir en ella, +si posible fuese, algunas noticias sobre el objeto en cuestión.</p> + +<p>Pensar y ejecutar eran para el hermano del marqués casi una misma +cosa. Cinco minutos después de tomada su resolución estaba ya sentado +en la pastelería delante de una mesa que la huéspeda le había hecho +preparar durante su ausencia. Mas no estaba cuando don Juan llegó la +agraciada morena; un marmitón mulato, y silencioso como la tumba, fue +quien le hizo seña de ocupar su asiento; y poniéndole delante un asado +de cabrito, medio pan blanco y un frasco de vino, se retiró sin decir +palabra a lo interior de la casa.</p> + +<p>No pudo menos don Juan de sonreírse viéndose recibir de aquella +manera, y de exclamar para sí:</p> + +<p>«¡Por vida de mi padre, que a estar en carnestolendas dijera que +estos señores de Madrigal se han propuesto hacer burla y chacota de mi +persona! Todos son misterios, y<span class="pagenum" id="Page_I-26">p. +I-26</span> voto..., pero comamos, que después habrá lugar para +todo».</p> + +<p>En efecto, don Juan ocupó su asiento, y después de persignado y +santiguado devotamente empezó a embaular bonitamente, unos tras otros, +muchos y no muy pequeños pedazos de cabrito, los que, para que no se +le secaran en el estómago, tenía muy buen cuidado de humedecer con +copiosas libaciones.</p> + +<p>Al paso que iba había cabrito para muy poco tiempo; pero aún no +había concluido cuando, por detrás de él y sin haber precedido ruido +de puerta ni de pasos que se lo anunciase, apareció la huéspeda y, +tocándole ligeramente en el hombro, le dijo sin detenerse y en voz tan +baja que apenas se oía:</p> + +<p>—Guárdese de requebrarme.</p> + +<p>Cuando la última de estas palabras hirió el oído de don Juan, ya la +morena ocupaba el mismo asiento en que la había visto la primera vez, y +su actitud y aparente indolencia eran absolutamente las mismas también +que en aquella ocasión.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_I-27">p. I-27</span></p> + +<p>El primer movimiento de don Juan, sintiéndose de improviso tocar en +el hombro, fue llevar la mano al puño de la espada; pero viendo, casi +al mismo tiempo, a la huéspeda, y escuchando las palabras que le decía, +se quedó absorto durante algún tiempo. Recobrado empero, y volviendo +a su humor festivo, se sonrió con la morena, quien le correspondía +igualmente, y animado con tan buen principio, empezó a decir:</p> + +<p>—¿Querrá usted decirme por qué me prohíbe...?</p> + +<p>La huéspeda, conociendo que la palabra <i>requebrarla</i> u otra +equivalente era la que el forastero iba a pronunciar, recorrió rápida +y sobresaltadamente el aposento con la vista, y tomando en seguida +una actitud tan imponente que rayaba en teatral, puso el dedo índice +sobre sus labios, clavando al mismo tiempo sus hermosos ojos en los del +desconcertado caminante, que entonces no sabía qué cosa admirar más, +si la gracia y belleza de la mujer que tenía delante, o aquel aire de +dominio con que sin derecho alguno quería tratarle.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_I-28">p. I-28</span></p> + +<p>—Es singular —exclamó—; pero al cabo es mujer —dijo para sí—; no hay +humillación en someterse a ella: variemos la conversación. Paréceme +—continuó en alta voz— que la gente de Madrigal tiene mucha afición +al padre vicario del monasterio, pues según los informes que tengo, +poca gente más será la que hay en el pueblo que la que yo he visto en +misa.</p> + +<p>—Muy poca —respondió la morena, que había vuelto a recobrar su +primera apatía.</p> + +<p>—Y no faltan hidalgos en el pueblo.</p> + +<p>—Podrá ser.</p> + +<p>—¿Cómo podrá ser? ¿Pues usted no lo sabe?</p> + +<p>—No, a fe mía.</p> + +<p>—¿Y cómo, estando en la villa y habiendo tal vez nacido en ella?</p> + +<p>—Porque jamás me empeño en averiguar lo que no me importa.</p> + +<p>Y a estas palabras acompañó una mirada tan expresiva, tan burlona, +que confundió a don Juan y suspendió su locuacidad por algún tiempo.</p> + +<p>La pastelera calló también, y al parecer se ocupaba en contar +las vigas del techo, mientras que el caballero, rojo como<span +class="pagenum" id="Page_I-29">p. I-29</span> el carmín, apoyaba un +codo en la mesa, la frente en la mano, y con la otra desmenuzaba +prolijamente una miga de pan como si la destinara a cebar algún +pajarillo.</p> + +<p>Después de algunos segundos, pasados en esta posición, don Juan, +dejándola bruscamente como por efecto de una de aquellas luminosas +reflexiones que, cuando menos esperamos, vienen a facilitarnos la +solución de algún problema que nos parecía imposible resolver, don +Juan, repito, volvió a anudar la interrumpida conversación.</p> + +<p>—¿Conocería, por ventura, vuesa merced a un hombre...?</p> + +<p>—¿Más curioso que siete mujeres? —interrumpió malignamente la +huéspeda con no poca mortificación del preguntante.</p> + +<p>—No es eso lo que voy a decir, hermana —replicó entre vergonzoso y +enojado don Juan—; iba a preguntarle si conocía a un hombre que hoy en +misa ha llamado mi atención.</p> + +<p>—Yo no he ido hoy a oír la misa del padre vicario.</p> + +<p>—Lo sé, pero sin embargo, pudiera ser que las señas<span +class="pagenum" id="Page_I-30">p. I-30</span> que yo diese de su +persona —aquí advirtió don Juan que la huéspeda mudaba de color— +hiciese venir a usted en conocimiento de quién sea.</p> + +<p>—Diga, pues, señor caballero —prorrumpió la huéspeda morena, pero +con visible agitación.</p> + +<p>—Su edad es entre la mocedad y la vejez, su persona parece ser de +hombre robusto y asendereado, sus movimientos anuncian la agilidad que +solo se adquiere con el ejercicio de las armas.</p> + +<p>—O haciendo pasteles —dijo detrás de don Juan la misma voz que en la +iglesia causó el desmayo de fray Miguel de los Santos.</p> + +<p>—Pardiez —exclamó don Juan, que familiarizado ya algún tanto con +las sorpresas, recibió la nueva aparición con menos asombro que era de +creer—; pardiez, hermano, me alegro más de haberos encontrado que si el +rey me hubiera hecho merced de alguna encomienda.</p> + +<p>El incógnito, que llevaba su gran sombrero calado como siempre hasta +las cejas y los brazos cruzados sobre el pecho, dejó a don Juan decir +libremente,<span class="pagenum" id="Page_I-31">p. I-31</span> y +continuó andando hasta colocarse de pie en frente de él y al lado de la +pastelera, cuyos ojos, desde el momento de su entrada, no se apartaron +del suelo.</p> + +<p>El silencio duró algunos instantes; quien lo rompió fue el +pastelero.</p> + +<p>—Señor caballero: si en efecto lo es usted, puede saber que la +curiosidad indiscreta es gravísimo defecto, propio más bien de +mujercillas y hombres bajos que de gente noble y principal. Pero usted +es mozo, y como tal no es extraño que aún no haya aprendido a moderar +sus pasiones. Yo no soy ni quiero ser un misterio, y ciertamente creo +que para correr a usted bastaría decirle que el que ahora le está +hablando es el pastelero de Madrigal, su humilde criado.</p> + +<p>El principio de esta arenga inflamó al irascible don Juan; cuanto +más era la razón con que el pastelero le reprendía tanto mayores +eran su mortificación y cólera; pero cuando oyó a aquel hombre +concluir declarando su oficio, sin embargo de que la tal declaración +se hizo<span class="pagenum" id="Page_I-32">p. I-32</span> con un +tono indefinible que ni bien era amargo, ni irónico, ni cortés, ni +grave, fue tan poderosa con él la risa que prorrumpió en una gran +carcajada.</p> + +<p>Esta se prolongó tanto que la pastelera acabó, como a pesar suyo, +por hacer otro tanto, y hasta el mismo dueño de la tienda dio muestras +de abandonar por un momento su austera gravedad.</p> + +<p>Así se pasó algún tiempo, y sabe Dios el que se hubiera pasado si +en medio de aquella inmoderada y acaso intempestiva alegría, no se +dejara ver en la puerta de la calle, que estaba abierta, un hombre, o +esqueleto de tal, alto, flaco, carilargo, ojihundido, vestido de negro, +con un lío de papeles debajo del brazo y un gran tintero de cuerno en +la mano; el escribano, en fin, en cuerpo y alma, si es que la tenía.</p> + +<p>—Abran aquí a la justicia —dijo parándose en el umbral de la +puerta.</p> + +<p>Y esta frase fue la primera noticia que de su venida tuvieron los +tres reidores; al oírlas cesó la risa, cada cual fijó los ojos<span +class="pagenum" id="Page_I-33">p. I-33</span> en la puerta, y don Juan, +viéndola abierta de par en par y que el fantasma que en ella había +decía sin embargo que se la abriesen, estuvo por empezar de nuevo a +reírse: contúvole empero la idea de que aquel hombre era al cabo un +ministro de la justicia, y se contentó con decirle:</p> + +<p>—Por más abierta no doy una blanca; entre usted, que bien puede.</p> + +<p>La pastelera se inmutó extraordinariamente; sus manos, que don Juan +notó ser de primorosa estructura y no embrutecidas por el trabajo, +se cruzaron sobre sus faldas con un movimiento convulsivo y casi +involuntario; perdió el color del rostro y echó una mirada al cielo +como pidiéndole protección.</p> + +<p>Del pastelero no fue posible juzgar, pues el ala del sombrero le +cubría, como se ha dicho, toda la cara, y en su persona no se notó +movimiento que anunciase temor ni sorpresa como no fuese el echar la +mano al puño de una daga corta que llevaba casi oculta entre los<span +class="pagenum" id="Page_I-34">p. I-34</span> pliegues del vestido, y +aun esto con tanta negligencia y espacio, que más parecía movimiento +casual que de precaución.</p> + +<p>No bastó la invitación de don Juan para que el escribano pasase +adelante, sino que despreciando el aviso del caballero se dirigió de +nuevo al dueño de la casa, repitiéndole en su falsete:</p> + +<p>—Abran aquí a la justicia.</p> + +<p>—Abierto está; entre la justicia cuando quiera —respondió el +pastelero.</p> + +<p>Y entonces el escribano entró, seguido de dos alguaciles y cuatro +robustos mozos armados con alabardas, mohosas, sí, mas de un tamaño +respetable.</p> + +<p>«Este Madrigal —dijo para sí don Juan viendo aquello— es villa +maravillosa, o se ha trastornado desde que estoy en ella: ¿qué va a que +se llevan preso a mi huésped?».</p> + +<p>Mientras hacía estas reflexiones, dos de los alabarderos se quedaron +guardando la puerta, y otros dos se colocaron a los costados del +escribano, quien tranquilo<span class="pagenum" id="Page_I-35">p. +I-35</span> al parecer con aquella escolta, empezó a decir:</p> + +<p>—Gabriel de Espinosa: el rey nuestro señor, y en su nombre el señor +corregidor de esta villa, y yo, por comisión de su señoría, expedida en +debida forma, según más latamente consta en autos, os requerimos para +que en este mismo instante nos entreguéis, para que puesto en lugar de +seguridad y juzgado, y <i>secundum alegata et probata</i>, conforme a +derecho, sufra la pena a que haya lugar, la persona de un asesino que +tenéis en vuestra casa pastelería, sita en la villa de Madrigal, en el +reino de Castilla la Vieja.</p> + +<p>—Señor escribano, mi casa no es, ni ha sido nunca, asilo de +malhechores. Usted viene engañado, pues en ella no hay persona alguna +forastera, como no sea ese gentilhombre que usted está viendo, que +seguramente no tiene trazas de asesino.</p> + +<p>—Nada más engañoso que la apariencia —replicó gravemente el +escribano—. Cierto no es el hábito que acostumbra<span class="pagenum" +id="Page_I-36">p. I-36</span> vestir la gente maleante el que vemos +en la persona que usted nos señala; pero como por lo demás convienen +en ello todas las señas contenidas en el auto de oficio y mandato de +prisión de su señoría, fuerza será reconocer en este buen hombre el +asesino que buscamos.</p> + +<p>—Mentís como un bellaco —gritó furioso don Juan, irritado con tan +rigorosa y no merecida acusación.</p> + +<p>—Favor a la justicia —exclamó el escribano.</p> + +<p>Y al mismo tiempo sus dos satélites, enristrando las lanzas, le +pusieron a don Juan las puntas al pecho obligándole a retroceder hasta +la pared, sin darle tiempo para tirar de la espada.</p> + +<p>Sin embargo de verse en tan crítica posición, aún pudo tirar de un +puñal, y hacía ademán de resistirse con él. Los alabarderos, por su +parte, irritados con sus amenazas, le apretaban tanto con sus armas que +hubo momento en que realmente pudo decirse que estuvo a un dedo de la +muerte.</p> + +<p>El escribano se había retirado hacia<span class="pagenum" +id="Page_I-37">p. I-37</span> la puerta: el pastelero miraba desde el +lugar en que le cogió el principio de aquella escena singular el valor +de don Juan; pero la morena, más sensible y arrojada, corrió a los +mozos, separó con sus manos las puntas de las alabardas del pecho del +caballero, y poniéndose delante de él, le dijo:</p> + +<p>—Entréguese usted a la justicia; si es inocente, como lo creo, no +estará mucho tiempo en sus manos; y si fuese culpado, sobre que la +resistencia sería inútil, no haría más que perjudicarle en su causa.</p> + +<p>El raciocinio era concluyente; pero todavía más que su evidencia +pudo con don Juan la dulzura de la voz, el tierno interés con que se +pronunció, y la expresión hechicera del rostro de la que con razón +llamó su libertadora.</p> + +<p>—Usted —contestó— acaba de salvarme la vida, y justo es que yo ponga +mis armas a sus pies —y, en efecto, lo hizo así—: disponga, pues, vuesa +merced de mi persona, y crea que desde este instante se ha ganado un +amigo, que lo será mientras<span class="pagenum" id="Page_I-38">p. +I-38</span> viva.</p> + +<p>No replicó la pastelera, sino que cogiendo la espada y puñal de don +Juan los puso sobre una mesa, y dirigiéndose al escribano, le dijo +desdeñosamente:</p> + +<p>—Ya puede hacer su oficio.</p> + +<p>Don Juan, adelantándose entonces hacia el secretario, sin soberbia +ni humildad le dijo:</p> + +<p>—Soy vuestro preso; pero acordaos que soy noble, y mi familia +poderosa.</p> + +<p>Concluidas estas palabras, los cuatro mozos de las alabardas +cogieron en medio al hermano del marqués y salieron procesionalmente de +la pastelería, cerrando la marcha el escribano, y dirigiéndose todos +hacia la casa-posada del señor corregidor, que estaba esperando al +presunto reo con alguna impaciencia.</p> + +<p>En el tránsito se agregaron muchas personas, que ya el aparato +desplegado por la autoridad en la prisión de don Juan había reunido +a la puerta de la pastelería; la mayor parte de ellas que andaban +por las calles, y no pocas de las que estaban en sus casas y vieron +pasar<span class="pagenum" id="Page_I-39">p. I-39</span> el singular +acompañamiento de nuestro caballero.</p> + +<p>—¿Por qué llevan preso a ese mancebo? —preguntó uno de modo que el +interesado pudo oírlo.</p> + +<p>—No sé —respondió otro—, pero, según dicen, ha cometido un +asesinato.</p> + +<p>—Imposible —interrumpió una mujer—, imposible: ¡si es tan galán!</p> + +<p>—Sí, como él sea galán, nada malo puede hacer —exclamó gruñendo un +hombre que, por la amabilidad que con ella usaba, se conocía ser su +marido.</p> + +<p>—Señores, es un hereje.</p> + +<p>—Judaizante, judaizante.</p> + +<p>—No hay tal, señores, es un morisco disfrazado.</p> + +<p>Todas estas conjeturas más divertían a don Juan que le mortificaban, +pues, seguro de su inocencia, lo estaba de justificarse de cualquier +crimen que se le imputara.</p> + +<p>Pero de repente, y de entre las personas del pueblo que más +distantes estaban del preso, sale una voz de trueno gritando:</p> + +<p>—Matadle, matadle al asesino, al sacrílego.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_I-40">p. I-40</span></p> + +<p>Este apóstrofe produjo un momento de horror y profundo silencio; +pero a poco se oyó un ruido sordo como el del mar en el momento de +empezarse una tempestad.</p> + +<p>Los habitantes se hablaban entre sí, y casi todos a un tiempo: +la pregunta «¿Y qué es lo que ha hecho?» vuela de boca en boca. +Pero el estrépito es tal, la diferencia de voces y la agitación tan +grandes, que la respuesta no se da, o no puede llegar a los oídos del +interesado.</p> + +<p>Un momento después, la voz de «¡Muera!, ¡matadle!, ¡a la hoguera!» +es general; los alabarderos, los alguaciles y el escribano bastan +apenas con amenazas, con razones y ruegos, a contener aquellos +furiosos, que más de una vez estuvieron a punto de arrojarse sobre la +persona de don Juan, y de hacerle pedazos.</p> + +<p>Decir que este caballero iba tranquilo en tan amargo trance sería +falso, inverosímil. El amor a la vida es natural, y perderla inocente, +sin esperanza de gloria y por el necio capricho del vulgo<span +class="pagenum" id="Page_I-41">p. I-41</span> ignorante, será siempre +muy cruel, por más que suceda alguna vez en todos siglos y épocas.</p> + +<p>Sin embargo, fuera de ponérsele el rostro amarillo como la cera, +no dio nuestro don Juan otra señal de temor. De buena gana se hubiera +tapado los oídos para no escuchar las horrendas imprecaciones que de +todas partes, y sin cesar, llovían sobre él; pero conoció que sobre +no poder excusarse de oír lo que le mortificaba, pues los pulmones +de los madrigaleños eran de bronce, o tal le parecían, dar aquella +prueba de debilidad sería indecoroso y a propósito para alentar en sus +sanguinarios proyectos a aquellos amotinados.</p> + +<p>Uno de estos hubo tan osado que, deslizándose por entre dos de los +alabarderos, llegó a coger un brazo al preso; mas este, conociendo +lo crítico de su situación y que solo arrostrándolo todo era como +le quedaba alguna esperanza de salvarse, le descargó en la cabeza +un golpe tan furioso y tan bien aplicado que<span class="pagenum" +id="Page_I-42">p. I-42</span> dio con él en el suelo, en donde se quedó +como muerto. Tal fue el aturdimiento que tuvo.</p> + +<p>Los alabarderos viendo aquello, e interesándose como es natural por +un hombre indefenso y expuesto a la ira de todos, y que sin embargo tan +valiente se mostraba, enristraron las alabardas, y cerrándose en torno +de él, lograron, no sin trabajo, abrirse paso por medio de la multitud +que por todas partes les rodeaba.</p> + +<p>El escribano intentó al principio resistir al tumulto con autoridad, +conminando a los amotinados con diversas penas si al punto no le +dejaban el camino expedito para que la justicia pudiera ejercer +libremente sus funciones. Pero nadie le hizo caso, y hubo quien llegó a +contestarle con muy poca cortesía.</p> + +<p>Visto esto varió de rumbo, empezó conviniendo con los habitantes +en la enormidad del delito del prisionero, y la justicia del castigo +que para él pedían; pero<span class="pagenum" id="Page_I-43">p. +I-43</span> les suplicaba que dejasen a cargo de los magistrados +puestos por el rey aplicar la pena que conviniese, citándoles en apoyo +de su opinión cuantos aforismos, leyes, comentarios y pragmáticas le +vinieron a la memoria. Mas ni nadie atendía a su aflautado y meloso +acento, ni aunque hubiesen atendido sirviera de nada, pues una vez rota +por el pueblo la barrera del orden, ¿adónde pararán sus extravíos? Dios +solo alcanza saberlo.</p> + +<p>A pesar de todo permaneció firme en su puesto el escribano hasta la +ocurrencia de que últimamente hemos hablado, pues así que vio caer a un +hombre en el suelo, fue tan pánico el terror que de él se apoderó que, +escabullándose por entre los circunstantes, encorvado para que se le +viese menos, se dio tan buena maña que en pocos instantes se vio fuera +del campo de batalla con no poca satisfacción suya.</p> + +<p>Entre tanto los mozos de las alabardas, valientes como castellanos +de entonces, continuaban lenta y penosamente su<span class="pagenum" +id="Page_I-44">p. I-44</span> marcha, y el pueblo gritaba a más y mejor +contra el pobre don Juan, que daba al diablo la hora en que se le +antojó venir por Madrigal, y quisiera más entonces habérselas con todos +los tudescos del mundo que con sus furiosos compatriotas.</p> + +<p>Llegaron por fin al umbral de la casa del corregidor y la hallaron +cerrada, gracias a la prudencia de la consorte de este, doña Petronila, +que informada por un oficioso vecino de lo que ocurría en el pueblo, +dispuso tomar a todo evento la precaución de no dejar que nadie entrase +en su casa hasta que todo estuviese sosegado.</p> + +<p>Por más que los alabarderos llamaron, por más que suplicaron, la +puerta no se abría.</p> + +<p>El corregidor, puesto a la ventana del piso principal, colocada +precisamente encima de una de las rejas del cuarto bajo, decía +constantemente:</p> + +<p>—Hijos, no puedo abrir; mi mujer tiene la llave.</p> + +<p>—Ya se ve que la tengo —exclamaba desde<span class="pagenum" +id="Page_I-45">p. I-45</span> el interior del aposento la voz cascada +de la dueña—, ya se ve que la tengo, y no la daré.</p> + +<p>Los amotinados se agolpaban; su furia, lejos de disminuirse, iba +tomando incremento, y era visible que en breve todos los esfuerzos +de los cuatro alabarderos serían inútiles para salvar al infeliz don +Juan.</p> + +<p>Este, conociendo desde luego toda la intensidad del peligro, echó +una mirada en rededor de sí, ve la reja, da un salto, gatea por ella, +alcanza la ventana a que el corregidor estaba asomado, y entra por ella +en el aposento.</p> + +<p>Inmediatamente coge al magistrado absorto por el brazo, le retira de +la ventana, cierra vidrieras y contraventanas, y rendido de fatiga y de +sobresalto se arroja sobre un sillón.</p> + +<p>Al ver el pueblo el arrojo de don Juan, todo él prorrumpió en +un grito de espanto, del que se formará una idea el que haya oído +exclamación universal de los concurrentes a la elevación de un<span +class="pagenum" id="Page_I-46">p. I-46</span> globo en cuya barquilla +se ve algún atrevido areonauta.</p> + +<p>Pero a la admiración sucedió el furor y el grito de derribar la +puerta, que sonó en los oídos del corregidor como la sentencia de su +muerte.</p> + +<figure class="figcenter mt3"> + <img src="images/i_1p046.jpg" + style="width: 6em; height: auto;" + alt="Viñeta ornamental"> +</figure> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + +<div class="chapter" id="Ch13"> + <p><span class="pagenum" id="Page_I-47">p. I-47</span></p> + <h3 class="g1 ws1">CAPÍTULO III</h3> + <hr class="tir"> + + <div class="poetry-container smaller"> + <div class="poetry"> + <div class="stanza"> + <div class="verse i2">Doleos la dueña.</div> + <div class="verse i0">Doleos de mí</div> + <div class="verse i0">Si no me amparades</div> + <div class="verse i0">Es fuerza morir.</div> + <div class="verse i2">—Mal hora que os coja,</div> + <div class="verse i0">¿Por qué aquí venís?</div> + <div class="verse i0">Ni sé vuestro nombre,</div> + <div class="verse i0">Ni jamás os vi.</div> + <div class="verse i2">—Salvadme, que os juro,</div> + <div class="verse i0">Que voy a morir</div> + <div class="verse i0">Sin culpa ninguna.</div> + <div class="verse i2">—Mancebo, venid,</div> + <div class="verse i0">Que soy compasiva</div> + <div class="verse i0">Y mujer al fin.</div> + <div class="verse idr">(<i>Romance inédito</i>).</div> + </div> + </div> + </div> +</div> + +<p class="ti0">Mientras que en la calle se discutía tumultuariamente +sobre si sería más conveniente echar abajo la puerta de la casa del +corregidor, o cercarla tomando todas las avenidas a ella, de manera +que el fugitivo no pudiera absolutamente escaparse de sus manos, es +imponderable la<span class="pagenum" id="Page_I-48">p. I-48</span> +apurada situación del magistrado, su mujer y don Juan.</p> + +<p>Por de pronto, la sorpresa en los dos primeros, y en el último el +deseo de la conservación, no dieron lugar a ningún otro pensamiento; +pero pocos minutos bastaron para que cada uno de ellos hiciera +reflexiones sobre su posición, y análogas a su carácter.</p> + +<p>El corregidor repasaba en la memoria las penas impuestas por la +ley al escalamiento; pero al mismo tiempo veía con disgusto no serían +aplicables en aquel caso, porque era claro que solo el inminente +peligro de su vida movió al acusado a tomar por asalto la audiencia de +su señoría. Sin embargo, lo que más le mortificaba era cierto escrúpulo +sobre si tendría o no que inhibirse del conocimiento de aquella causa, +pues como testigo presencial del escalamiento su deposición se hacía +necesaria, y le imposibilitaba de ser juez en ella.</p> + +<p>Doña Petronila empezó por ceder a la timidez de que en general +adolece su<span class="pagenum" id="Page_I-49">p. I-49</span> sexo, y +aun estuvo muy cerca de tener un desmayo; pero venturosamente se hizo +cargo de que su ilustre esposo tenía demasiado miedo para socorrerla +entonces, y el recién venido cosas de más importancia en qué pensar, y +resolvió contentarse con derramar algunas lágrimas por el momento.</p> + +<p>Don Juan, después de recobrado algún tanto, prestó la mayor atención +a las voces de los amotinados, y a poco se hizo cargo de sus intentos, +los que fácilmente se figurará cualquiera, que le alarmaron en +extremo.</p> + +<p>—Amigo, quien quiera que seáis —dijo dirigiéndose al magistrado—, +en vuestra mano está salvar la vida de un hombre que sin saber por +qué, ni haber cometido crimen alguno, es el objeto de la furia de esa +canalla.</p> + +<p>—Doña Petronila, esposa, ya oís lo que dice este hombre.</p> + +<p>—Sí, ya oigo, y más valiera que ese hidalgo no hubiera venido a +ponernos en tan grave peligro.</p> + +<p>—Señora, el peligro en que yo<span class="pagenum" +id="Page_I-50">p. I-50</span> mismo me hallaba es mi disculpa.</p> + +<p>—¿Y quién le mandó ponerse en él, señor mío?</p> + +<p>—El demonio, que sin duda me inspiró el pensamiento de venir a este +malaventurado pueblo.</p> + +<p>—¡El demonio! —murmuró aparte el corregidor—; <i>vade retro</i>. +Este hombre tiene pacto.</p> + +<p>—Sí, sí —contestó la corregidora, que iba cobrando aliento—; echa la +culpa al pueblo de lo que la tienen sus malas mañas.</p> + +<p>—¿Pero qué malas mañas, pecador de mí? ¿Qué mañas? ¿De qué me +acusan? Sépalo yo al menos.</p> + +<p>—Traslado —respondió el magistrado.</p> + +<p>—Le acusan —dijo su mujer—, del asesinato que ha cometido.</p> + +<p>—¡Válganme todos los santos del cielo! ¡Yo asesino! ¿Y quién lo +dice?</p> + +<p>—Oiga, hermano, y escuchará cómo se lo dice todo el pueblo.</p> + +<p>—¿Y eso basta?</p> + +<p>—<i>Vox populi, vox Dei</i> —dijo el juez.</p> + +<p>Aquí interrumpió la conversación el estrépito horrible de las voces +de los amotinados, que con más furia que nunca<span class="pagenum" +id="Page_I-51">p. I-51</span> gritaban «¡Abajo la puerta!», y como por +vía de acompañamiento se oían los golpes que daban en ella algunos +impacientes con las astas de las alabardas que habían logrado arrancar +de manos de sus dueños, en tanto que recibían las hachas que habían +enviado a buscar.</p> + +<p>—Toda discusión es ociosa, señores; dentro de algunos minutos +seremos todos víctimas de la rabia de esos desalmados si por caridad no +me indican vuesas mercedes un medio para huir de aquí.</p> + +<p>Doña Petronila, mujer al fin, y conmovida con el riesgo a que +conocía se hallaba expuesta, quiso echar una mirada sobre su extraño +huésped, a quien hasta entonces no había examinado, temiendo +hallarle espantoso; pero cuando vio un mancebo tan bien dispuesto, +y sereno hasta cierto punto aun puesto en aquel duro trance, sintió +enternecérsele el corazón, y empezó a pensar en qué paraje podría +ocultarle para sustraerle a la espantosa muerte que sin duda le +aguardaba.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_I-52">p. I-52</span></p> + +<p>Mujer que quiere, pocas veces no puede; un retrete en su propia +alcoba, cuya entrada, dispuesta ya con arte para que no se notase, era +todavía menos visible a causa de la oscuridad del lugar en que estaba, +fue el paraje que doña Petronila creyó a propósito para ocultar a don +Juan. Y en efecto, levantándose de su asiento le asió de la mano, +diciéndole:</p> + +<p>—Sígueme.</p> + +<p>El hermano del marqués, en el entusiasmo de su gratitud, no vio ni +los sesenta años de doña Petronila, ni su figura colosal y descarnada, +ni los ojos a manera de perdiz, ni la mano semejante a la de una parca; +nada vio, repito, en aquella mujer sino un ángel tutelar que venía a +arrancarle de las garras de la muerte. Así es que imprimió en la mano +que le llevaba un beso tan ardiente como hubiera podido hacerlo en +la de la misma diosa Venus si en persona se le hubiese presentado a +ofrecerle sus favores.</p> + +<p>No habían aún puesto el pie fuera<span class="pagenum" +id="Page_I-53">p. I-53</span> del aposento la dueña y el caballero, +cuando les hizo pararse una voz que se oyó en la calle, primero a +lo lejos y repetida a pequeños intervalos, después muy próxima, +últimamente inmediata a la misma casa y universal, diciendo: «¡Milagro, +milagro!».</p> + +<p>Casi al mismo tiempo cesaron los golpes de la puerta, y el ruido de +las pisadas anunció que los amotinados se retiraban, pero con tanta +precipitación que era una verdadera fuga, y repitiendo sin cesar el +grito de «¡Milagro, milagro!», que, debilitándose progresivamente, +acabó por dejarlo todo en el más profundo silencio.</p> + +<p>Cuando llegó este caso, don Juan, que había permanecido en pie, y +siempre asido de la mano de doña Petronila, exclamó como maquinal e +involuntariamente:</p> + +<p>—¡Milagro!</p> + +<p>—¡Milagro! —repitió la dueña.</p> + +<p>—¡Milagro! —tartamudeó el corregidor.</p> + +<p>Después que ya fue evidente la partida de los amotinados, cada cual +se fue<span class="pagenum" id="Page_I-54">p. I-54</span> serenando +progresivamente, y, como es natural, la curiosidad sucedió desde luego +al temor.</p> + +<p>Lo ocurrido era, a la verdad, para tenerla. Don Juan, en un +pueblo en que a nadie conocía, en el que apenas hacía dos horas que +se hallaba, sin que durante ellas se hubiese querellado con persona +alguna, se veía de repente acusado, preso por la justicia, perseguido +por el pueblo, y de repente, también como por encanto, a la voz de +«¡Milagro!» se verifica en efecto el de dispersarse espontáneamente el +tumulto, y esto en el momento en que era muy probable consiguiesen su +intento los amotinados.</p> + +<p>Por su parte, el corregidor y su esposa, aunque enterados del crimen +de que se acusaba a aquel caballero, comprendían aún menos que él mismo +la dispersión del motín.</p> + +<p>No tardaron mucho ni unos ni otros en salir de sus dudas; pero para +hacer inteligible la solución del misterio en cuestión nos es forzoso +volver atrás por un<span class="pagenum" id="Page_I-55">p. I-55</span> +momento con el hilo de nuestra historia.</p> + +<p>Recuérdese que hemos dicho que el aguijoneado don Juan, por el +deseo de conocer al que después vio ser el pastelero, había dejado al +vicario del monasterio de Santa María la Real desmayado, en brazos del +sacristán del mismo, y que inmediatamente echó a andar en busca de su +incógnito.</p> + +<p>Sucedió, pues, que no pudiendo el sacristán entrar solo al fraile +desmayado en la sacristía, llamó en su auxilio a dos monaguillos, que +en efecto le ayudaron a echar al vicario sobre un banco y prodigarle +los socorros ordinarios en tales casos, como rociarle el rostro con +agua, hacerle oler vinagre, despojarle de parte del vestido, etc., +etc.</p> + +<p>Pero como a pesar de todos sus esfuerzos, y del movimiento que +recibía el cuerpo del padre vicario, no volvía de su parasismo, +el pobre sacristán, hombre pacato y de poco espíritu, exclamó +afligidísimo:</p> + +<p>—¡Válgame Dios: está como muerto el buen señor!</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_I-56">p. I-56</span></p> + +<p>No aguardaron a oír más los dos monaguillos, muchachos de diez +a once años ambos, sino que echando a llorar amargamente salieron +corriendo de la sacristía dando grandes alaridos, en los cuales no +se les oían más palabras inteligibles que las de «Ha muerto el padre +vicario».</p> + +<p>Ya en esto, la mayor parte o todas las personas que quedaban aún en +el pórtico cuando salió don Juan de la iglesia, se habían retirado a +sus casas; los mismos individuos del ayuntamiento se habían dispersado, +y solos el corregidor y el escribano, con algún otro rezagado, estaban +bastante próximos a la iglesia para oír las lamentables exclamaciones +de los dos acólitos.</p> + +<p>—Homicidio —dijo el corregidor.</p> + +<p>—Homicidio —repitió el escribano.</p> + +<p>Y recordando entonces con infernal sagacidad la salida de don Juan +de la iglesia después de todos los demás circunstantes, infirió como +consecuencia de la prisa y azoramiento que en él advirtió entonces, +que<span class="pagenum" id="Page_I-57">p. I-57</span> él era sin duda +el asesino del padre vicario, e inmediatamente se le comunicó a su +señoría, quien contestó:</p> + +<p>—Préndasele, y le ahorcaremos.</p> + +<p>Con tan buenas intenciones, el escribano, hombre diligentísimo en +tales ocasiones, dispuso la prisión de don Juan en la forma que hemos +visto se verificó en la pastelería, y su ánimo era llevarle a casa del +corregidor para tomarle inmediatamente las primeras declaraciones.</p> + +<p>La casualidad hizo que las primeras personas que se reunieron a +la comitiva de don Juan no estuviesen enteradas del crimen de que se +le acusaba; pero ya cuando se aumentó el concurso, se agregaron a él +uno o dos sujetos que, habiendo oído la conversación del juez con su +secretario en las inmediaciones de la iglesia, hicieron correr la voz +de que aquel hombre iba preso por haber asesinado al padre vicario en +la iglesia misma en el momento de acabar de decir misa, y revestido aún +de las sagradas ropas.</p> + +<p>El delito era enorme en sí, atroz por<span class="pagenum" +id="Page_I-58">p. I-58</span> la persona en quien se cometía, +y sacrílego por el paraje en que se suponía haberse cometido y +circunstancias que le acompañaban.</p> + +<p>Pero sin embargo, para comprender bien el furor que encendió en el +pueblo, es preciso saber lo que amaba al que creía muerto.</p> + +<p>Fray Miguel de los Santos era religioso del orden de San Agustín, +y portugués de nación, provincial de su orden en Lisboa, predicador, +confesor, y amigo del desgraciado rey don Sebastián: se unió, después +de su pérdida, en estrecha amistad con don Antonio, prior de Crato, que +fue, como es cosa bien sabida, uno de los pretendientes más obstinados +a la corona de aquel reino.</p> + +<p>Fray Miguel debía a la naturaleza un carácter vehemente, entusiasta +y arrojado; así es que no supo sustraer a la suspicacia de Felipe su +mal reprimida adhesión a don Antonio.</p> + +<p>El monarca español le hizo traer a Castilla encerrado en un coche +con guardias<span class="pagenum" id="Page_I-59">p. I-59</span> de a +caballo, y le tuvo preso algún tiempo, hasta que, por fin, o creyendo +que el fraile se habría demudado con el infortunio, o cediendo a +empeños de poderosos, le concedió su libertad, enviándole de vicario al +monasterio de Madrigal, en el cual era monja profesa la señora doña Ana +de Austria, hija natural del inmortal vencedor de Lepanto.</p> + +<p>Costumbres irreprensibles, moral pura e indulgente para los demás +y severa para sí mismo, ayunos, penitencias, limosnas, la práctica +constante de todos los ritos exteriores de la religión, con más el +ejercicio, en cuanto le era posible, de las virtudes reconciliadas, +adquirieron a fray Miguel en Madrigal la reputación merecida de un +varón justo y un sacerdote ejemplar.</p> + +<p>Nunca la miseria acudió en vano a la caridad de fray Miguel; y si +los socorros que daba no eran siempre tan cuantiosos como él hubiera +deseado, iban por lo menos acompañados de buenos consejos y palabras +compasivas, lenitivo muchas<span class="pagenum" id="Page_I-60">p. +I-60</span> veces, si no remedio a nuestros males.</p> + +<p>Con estos antecedentes es fácil hacerse cargo de la inflamación +extraordinaria y portentosa de los habitantes de Madrigal contra don +Juan de Vargas, que ni siquiera podía sospechar qué había hecho para +que tan mal le quisiesen.</p> + +<p>Pero el pueblo estaba firmemente persuadido de que aquel caballero +había asesinado al vicario, y el castigo que la justicia le impusiera +le parecía tardo y suave; no se trataba ya de castigar un crimen +oscuro, sino de vengar a una población entera privada del protector +de los pobres, y lavar la afrenta hecha al templo del Señor con un +atentado inaudito.</p> + +<p>Personas de Madrigal que por carácter, estado y edad no se hubieran +mezclado en el motín en ninguna otra ocasión, se unieron a él en +aquella. Hombres naturalmente compasivos pedían a voz en grito el fuego +y los tormentos más terribles para el que juzgaban culpado, y esto +sin tener la menor seguridad de que el crimen se hubiese cometido, +mucho menos<span class="pagenum" id="Page_I-61">p. I-61</span> aún +de que ya que fuera así, fuese su autor el desgraciado a quien quería +sacrificar. Tal es el efecto de las conmociones populares, movidas a +veces para un solo fin, nunca muy honrado, pero que por circunstancias +podrá ser provechoso en un momento dado, y jamás se contentan con +lograrlo; como los graves aumentan velocidad en cada instante sucesivo +de su descenso, y como este aumento de velocidad acrecienta la fuerza +de la masa que desciende, así el tumulto aumenta continuamente sus +exigencias, se aumenta también sin cesar una especie de fuego eléctrico +que se comunica de hombre a hombre, los inflama a todos, los funde, por +decirlo así, en un solo cuerpo monstruoso, capaz de todo lo malo, y +nunca de nada bueno.</p> + +<p>¿Son exageraciones? ¿Son frases de escritor? ¡Ojalá! Pero dígalo la +historia, y no hay necesidad de ir a buscar la antigua.</p> + +<p>Volvamos a Madrigal. Las hachas acababan de llegar; ya dos de los +más robustos<span class="pagenum" id="Page_I-62">p. I-62</span> +amotinados se habían apoderado de ellas, y se disponían a empezar la +obra de destrucción, cuando el grito de «¡Milagro!» se oyó por primera +vez en las últimas filas de los circunstantes, y los que la formaban +dieron a huir como gamos por calles y callejuelas, persignándose +al mismo tiempo con toda la devoción que la prisa les permitía, y +encomendándose cada uno al santo de quien era más devoto.</p> + +<p>¿Cuál era la causa de su espanto y gritos? ¿Cuál el milagro que +anunciaban? La resurrección de fray Miguel de los Santos nada menos: +este religioso llegó a saber el peligro inminente en que se hallaba un +hombre acusado de haberle muerto; y a pesar de que su desmayo le había +puesto realmente enfermo, dijo la causa inmediatamente para salvar a +aquel infeliz.</p> + +<p>La palidez de su rostro, su andar mal seguro, y la expresión +melancólica de su fisonomía le daban cierto aire poco común. ¿Qué +más necesitaba el pueblo<span class="pagenum" id="Page_I-63">p. +I-63</span> para creer que era un muerto resucitado?</p> + +<p>La palabra «milagro» volaba de boca en boca. Unos corrían porque +habían visto a fray Miguel; otros porque oyeron que venía; otros porque +veían correr a los demás; y finalmente, algunos porque temieron, +quedándose solos, pagar la culpa de todos por el desacato cometido +contra la justicia.</p> + +<p>Así se disipó aquella tempestad; cada uno se fue a su casa sabiendo +menos sobre el asunto en cuestión que cuando salió de ella, ronco de +gritar, molido de encontrones y otros azares (pero al cabo contento +por haber sacudido por un instante el yugo de las leyes, aunque +nada hubiese conseguido). No faltó tampoco quien hallase de menos +el pañuelo, el dinero, o alguna alhaja de valor que llevaba en el +bolsillo; debió consolarse con la idea de que había pasado a manos de +alguno de sus cohermanos del motín, y probablemente no de los menos +celosos por el bien general.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_I-64">p. I-64</span></p> + +<p>Pero el hecho es que el motín se disipó, y que a pesar de lo que +el pobre vicario se esforzaba en gritar que no había milagro ninguno +en andar por las calles un hombre de carne y hueso, y que él no había +muerto, que viniesen y le tocasen verían como estaba vivo, aquellos +señores, cuanto más los llamaba, más huían, diciendo que no querían +nada con muertos.</p> + +<p>Vista la inutilidad de sus razones, continuó fray Miguel su marcha +hasta la puerta de casa del corregidor, y llegando a ella dio dos o +tres golpes con el aldabón.</p> + +<p>Oírlos el juez y pegar un salto, de resultas del cual se quedó en +cuclillas, como una mona, sobre el sillón que ocupaba, todo fue uno.</p> + +<p>Doña Petronila, creyendo también que volvía a empezar de nuevo la +persecución, quería llevarse a don Juan adonde ya tenía proyectado +esconderle; pero Vargas, más acostumbrado a los peligros que los dos +esposos, no quiso consentir en ello.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_I-65">p. I-65</span></p> + +<p>—No, señora —dijo—; estos golpes no son ya de persona que intenta +forzar la puerta, sino de uno que pretende que se la abran. Además, el +profundo silencio en que estamos es prueba evidente de que la canalla, +por milagro en efecto, ha abandonado el campo. Tal vez el que llama +es algún amigo: veámoslo. Y sin esperar respuesta ni dar lugar a +reflexiones, abrió la ventana, y viendo, con no poca satisfacción suya, +la calle enteramente desembarazada, preguntó:</p> + +<p>—¿Quién va?</p> + +<p>—Fray Miguel de los Santos —respondió el fraile.</p> + +<p>El corregidor se tiró desde el sillón al suelo, se tapó la cara con +las manos, y además se puso como si besara la tierra, no cesando de +decir apresuradamente y sin intermisión:</p> + +<p>—¡Abrenuncio, Satanás; abrenuncio, Satanás!</p> + +<p>Su mujer, más atrevida, sacó inmediatamente su rosario, y +adelantándose hacia la ventana, haciendo la señal de la cruz empezó a +decir:</p> + +<p>—«De parte de Dios te digo, ánima de fray Miguel, que me<span +class="pagenum" id="Page_I-66">p. I-66</span> digas a qué vienes, y si +estás en pena, por qué, y qué quieres que hagamos para sacarte de tan +mal estado».</p> + +<p>Durante esta arenga, que el pobre juez acompañaba con su refrán de +«Abrenuncio, Satanás», el cual producía un zumbido muy semejante al +del moscón, don Juan, absorto, hubo un momento en que estuvo tentado a +tener miedo y ponerse también a rezar por su parte; pero juzgó después +más prudente pedirle la explicación de aquel misterio al fraile, +que con paciencia admirable estaba esperando a que doña Petronila +concluyese su exorcismo.</p> + +<p>—¿Qué es esto, padre? Dígame vuesa reverencia si la gente de +Madrigal pierde el seso periódicamente tal día como hoy en cada año.</p> + +<p>—Señor caballero, que tal lo parece usted —dijo fray Miguel—, esa +señora me cree muerto, y por mano de usted.</p> + +<p>—¡Jesús!, ¿y cómo?</p> + +<p>—Eso se alcanzará si usted logra que se convenzan de que, gracias +a Dios, vivo todavía, estoy<span class="pagenum" id="Page_I-67">p. +I-67</span> bueno y sano, y lejos de haber recibido de usted el menor +insulto, aún tengo que agradecerle algún servicio.</p> + +<p>Era menester ser muy necio o muy obstinado para negarse a dar +crédito a un hombre que con tan buenas razones probaba que vivía. Doña +Petronila, que si bien no era joven ni agraciada, y sí dominante y un +tanto colérica, tenía sin embargo una cantidad de razón regular, se +convenció, pues, de que en el supuesto asesinato del vicario había +habido algún extraño error: desde luego mandó a su esposo que creyese +que realmente estaba en esta vida fray Miguel.</p> + +<p>—Doña Petronila, ¿estáis segura?</p> + +<p>—¿Cómo es eso?, ¿cuándo no estoy yo segura de lo que digo?</p> + +<p>—Ya, pero cuando son cosas sobrenaturales...</p> + +<p>—¿No basta que os lo diga yo? Id noramala, y mandad que abran la +puerta a su reverencia. Ya van, fray Miguel, ya van. Vamos, muévase.</p> + +<p>El pobre corregidor, a pesar de que conservaba su recelo, no tuvo +más remedio<span class="pagenum" id="Page_I-68">p. I-68</span> que +obedecer, y, gracias a sus providencias, a poco tiempo entró fray +Miguel en el aposento que fue teatro de la escena de que acabamos de +ser testigos.</p> + +<p>Haciendo una ligera inclinación de cabeza a la dueña de la casa, se +dirigió el vicario hacia don Juan, diciéndole:</p> + +<p>—Señor mío, en cuanto hoy ha pasado espero que usted me hará la +justicia de creer que yo no he tenido la menor parte. Un parasismo +que al retirarme de decir misa me sorprendió a la entrada de la +sacristía...</p> + +<p>—Del que fui testigo felizmente, pues evité que vuestra reverencia +viniese al suelo.</p> + +<p>—Favor que ya sospechaba deberos, y a que estaré eternamente +agradecido; ese parasismo, pues, ha dado lugar a creer, por una +combinación de concomitancias que sería muy prolijo explicar ahora, +que yo había sido víctima de un asesinato y vos el homicida. El señor +corregidor, y perdóneme su señoría que se lo diga, ha obrado con +vos ligeramente, dando lugar a cuantos desórdenes han ocurrido, y +exponiendo<span class="pagenum" id="Page_I-69">p. I-69</span> a una +persona inocente a gravísimos riesgos. Usted, señor caballero, tiene +sin duda derecho a reclamar daños y perjuicios; pero yo fío en que por +amor de la paz, y por mi intercesión, si de ningún valor por lo escaso +de mis méritos, de algún peso a lo menos por el santo hábito que visto, +querrá usted darse por contento con que yo en nombre de todo el pueblo +le pida perdón por lo ocurrido, y perdonando, en efecto, como buen +cristiano, se vendrá conmigo a mi celda por el tiempo que tenga a bien +pasar en este pueblo y honrar a su servidor.</p> + +<p>Don Juan contestó a este razonamiento aviniéndose a todo; y dando +gracias a la corregidora, y aun al corregidor, salió de su casa +acompañado del fraile y razonando con él sobre lo ocurrido en aquella +mañana.</p> + +<p>No podía Vargas menos de conocer en su interior que a todo había +dado lugar su curiosidad verdaderamente pueril; pero a pesar de ello, +lo que más sentía era el no haber podido descubrir el misterio<span +class="pagenum" id="Page_I-70">p. I-70</span> del desmayo de fray +Miguel al nombrarle el pastelero.</p> + +<p>Cuántas penas le costó su fatal empeño, lo veremos en el curso de +esta historia si nos alcanza la paciencia, al lector para hacerse cargo +de ella, y a mí para concluirla.</p> + +<figure class="figcenter mt3"> + <img src="images/i_1p070.jpg" + style="width: 6em; height: auto;" + alt="Viñeta ornamental"> +</figure> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + +<div class="chapter" id="Ch14"> + <p><span class="pagenum" id="Page_I-71">p. I-71</span></p> + <h3 class="g1 ws1">CAPÍTULO IV</h3> + <hr class="tir"> + <div class="estrecho"> + <p>Pero estorbóselo una carreta que salió al través del camino, + cargada de los más diversos y estraños personajes y figuras que + pudieron imaginarse.</p> + <p class="dcha mt1">(Cervantes: <i>Don Quijote</i>, parte 2.ª, + cap. 11).</p> + </div> +</div> + +<p class="ti0">Sosegado el pueblo de Madrigal, y enterado después +de algunas horas de la falsedad del hecho que dio lugar al motín, +volvieron las cosas al orden regular. La tarde del mismo día del +tumulto, aprovechando la hermosura del tiempo, salieron a paseo a una +pradera inmediata a la villa gran parte de sus habitantes.</p> + +<p>Acostumbraban los mozos a reunirse en aquel paraje los días +festivos, con objeto de recrearse en diversos ejercicios corporales, +haciendo en ellos alarde cada cual de su fuerza y habilidad.</p> + +<p>La barra, la carrera y la lucha para los plebeyos; montar a +caballo, arrojar una lanza, tirar al blanco y correr sortijas para los +nobles.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_I-72">p. I-72</span></p> + +<p>Las mujeres asistían a estos espectáculos, como a todos, para +ver y ser vistas. Su presencia servía de estímulo al valor de los +combatientes; hombre que en las circunstancias ordinarias no hubiera +levantado del suelo un peso de dos arrobas, levantaba seis solo por +estar delante su amada. ¿Qué esfuerzos no hará un hombre por no verse +humillado a presencia de su dama? El que amando no es valiente, seguro +es que nunca lo será.</p> + +<p>Habíale sido forzoso a don Juan ceder a las instancias de fray +Miguel y acompañarle a su celda a comer con él. Durante la comida +intentó Vargas diversas veces hacer que la conversación recayese sobre +el lance de aquella mañana en la iglesia; mas el vicario se obstinó +en eludir constantemente sus deseos, y viéndose ya últimamente muy +apretado por el caballero, pretextó ocupaciones importantes y rompió la +conferencia más apresurada que cortésmente.</p> + +<p>Libre don Juan, se encaminó sin detención<span class="pagenum" +id="Page_I-73">p. I-73</span> a la pastelería, pero la encontró +desierta. Su criado, que estaba en la puerta del mesón, le dijo que +los pasteleros habían salido con ánimo, según creía, de pasearse en la +pradera.</p> + +<p>Informádose entonces de dónde estaba esta, y dirigido por una +persona que la casualidad hizo pasase por allí para ir al paseo, el +caballero se resolvió a hacer otro tanto. Su llegada causó alguna +sensación en la concurrencia, pero como ya se sabía la inocencia de +Vargas, avergonzadas las gentes de su proceder con él, más bien le +mostraron atención que curiosidad indiscreta.</p> + +<p>Él por su parte, como hombre de mundo, mostró haber ya olvidado lo +ocurrido, y tomó parte en las diversiones como uno de tantos.</p> + +<p>Aquí seis u ocho robustos mozos, labradores por las trazas, +arrojaban una pesadísima barra como si fuera un junco; más allá otros +levantaban piedras enormes con las manos o los dientes.</p> + +<p>Dos amigos luchaban a brazo partido<span class="pagenum" +id="Page_I-74">p. I-74</span> a presencia de un concurso numeroso; sus +músculos tendidos, su arrebatado color y sus esfuerzos repetidos y +constantes, hacían un singular contraste con la sonrisa que se dejaba +ver en los labios de ambos y las palabras cariñosas que se dirigían; +mientras que por el contrario, en otro corro, dos rivales en amor, +desafiados al salto, y combatiendo delante de su dama, se miraban con +un ceño espantoso, y hacían unos esfuerzos desmesurados para obtener la +victoria.</p> + +<p>Corría sucesivamente Vargas todos los grupos, y en todos ellos, +aunque formados en gran parte por los mismos que habían querido +quemarle vivo aquella mañana, encontró la más urbana acogida, pues +siempre se le abrió paso para que ocupando la primera fila gozase con +mayor comodidad del espectáculo.</p> + +<p>Aquí le consultaban sobre un lance dudoso; allí le pedían su +aprobación como necesaria para confirmar el triunfo del vencedor; +en una palabra, todos a porfía se esmeraban en reparar<span +class="pagenum" id="Page_I-75">p. I-75</span> el agravio que le habían +hecho.</p> + +<p>No pudo menos Vargas de corresponder lo mejor que supo a tanta +cortesía, alabando a los felices, consolando y animando a los vencidos, +y sobre todo, ponderando con encarecimiento cuanto presenciaba, como si +nunca tal maravilla hubiese visto.</p> + +<p>Pero ya empezaba a fatigarse de un espectáculo que muy poca o +ninguna diversión podía ofrecer a un cortesano, soldado y viajero, +cuando de un extremo de la pradera salió una voz estentórea +diciendo:</p> + +<p>—Aquí, aquí, caballeros, van los comediantes a ofrecer a vuesas +mercedes la más extraña y bien dispuesta farsa que nunca han oído.</p> + +<p>Este cartel parlante, repetido algunas veces y que, como ya se ha +visto, prueba la antigüedad de las notas laudatorias y preventivas +conservadas hasta nuestros días en los anuncios teatrales, con no +poca ventaja de gran parte del público que, poco acostumbrado a +formar juicios, se encuentra ya hecho el de la pieza que va<span +class="pagenum" id="Page_I-76">p. I-76</span> a ver, y esto +regularmente por mano del autor, que es quien mejor debe conocer el +parto de su entendimiento y juzgarlo con más imparcialidad, este +cartel, digo, deshizo todos los corrillos, reuniendo al público entero +delante del paraje en que iba a hacerse la representación.</p> + +<p>Desde luego nadie creerá que se tratase de teatro: nada menos que +eso; ni siquiera una barraca como las que los tratantes forman hoy en +las ferias y romerías.</p> + +<p>Todo el aparato consistía en cuatro puntales hincados a mano en +el suelo, y que terminándose en forma de horquillas por su extremo +superior, servían de apoyo a otros cuatro palos horizontalmente +colocados y dispuestos en forma de figura cuadrada.</p> + +<p>De estos pendían, no sé si diga cortinas o harapos, que cerrando +tres lados del rectángulo solo dejaban uno descubierto, para que por él +pudieran los concurrentes gozar del espectáculo.</p> + +<p>Detrás de la cortina del fondo estaba<span class="pagenum" +id="Page_I-77">p. I-77</span> colocada la música, mejor diré el músico, +que tocaba una dulzaina y a más un tamboril guarnecido de sonajas, +instrumentos que producían una armonía grata, por lo menos a la mayor +parte de los oídos para los que estaba destinada.</p> + +<p>Una carreta como la que Cervantes describe con la gracia inimitable +de su genio condujo a una compañía de farsantes a Madrigal, por +casualidad, el día en que nos hallamos.</p> + +<p>Al pasar por la pradera, y viéndola llena de gente, le pareció bien +al autor de ella dar una representación <i>in promptu</i> para sufragar +con ella los gastos que en aquella noche habrían de hacer.</p> + +<p>En un instante saltó a tierra la <i>turba alegre y regocijada</i>, +plantó los palos, colgó las cortinas, y el gracioso anunció la +función.</p> + +<p>Entre tanto, y en el mismo paraje en que el de la dulzaina soplaba +a más y mejor, agitando cuanto podía las sonajas del tamboril, los +actores se vestían o se desnudaban, que la cosa ofrece sus dudas,<span +class="pagenum" id="Page_I-78">p. I-78</span> y el anunciante, vestido +de mogiganga y cargado de cascabeles, recorría con el sombrero en la +mano la concurrencia, con el piadoso fin de recoger lo que cada uno +tuviese voluntad de dar, o él maña suficiente para sacarle.</p> + +<p>—Ea, caballeros, sean generosos con los pobres farsantes que hacen +oficios de disipar sus melancolías, muchas veces a costa de haber de +tragarse las suyas, y no pocas sin tener que tragar. Usted, señor +galán, que tan embebido está contemplando, no quiero decir a qué dama, +sea garboso en su presencia, que nada cautiva más a las mujeres que la +liberalidad. Dele Dios tan buena suerte en amores, señor mío, que nunca +encuentre mujer con quien casarse.</p> + +<p>—¿Cómo, deslenguado, así trata a quien le ha dado más él solo que +cuantos hasta aquí le han hecho limosna?</p> + +<p>—Limosna, señor gentilhombre, es la que se da de buena voluntad, +y sin más interés que el de servir a Dios; pero no lo es lo que se +le paga a un hombre por<span class="pagenum" id="Page_I-79">p. +I-79</span> solazarse, viéndole hacer sus pocas o muchas +habilidades.</p> + +<p>—Insolente...</p> + +<p>—No se enoje, que yo la llamaré limosna, si en eso estriba la paz; +¿pero por qué se queja, si en pago de su liberalidad le deseo tanta +suerte en amores, que no encuentre mujer con quien casarse? ¿Pues, +pecador de mí, no se acaban para el que se casa los galanteos? Y ya que +el tal casado lo sea tan malo que aún conserve tales aficiones, ¿qué +mujer que no sea la que ninguno de nosotros quisiera que fuera la suya +ha de dar oído a sus requiebros?</p> + +<p>Diciendo así, continuó su camino el farsante, dejando corrido a su +contrario.</p> + +<p>Al pasar por delante de don Juan de Vargas, cierta especie de +instinto de su profesión le hizo conocer que no era persona a propósito +para irle con bufonadas, y así se contentó con alargar el sombrero, +en el cual recibió una ofrenda tal que le obligó a inclinarse +profundamente por dos veces seguidas.</p> + +<p>Pidiendo a unos, burlando a otros, y sacando más o menos de casi +todos, iba<span class="pagenum" id="Page_I-80">p. I-80</span> ya el +gracioso o bobo, como entonces se llamaban, a retirarse; pero viendo +llegar a la reunión tres personas más, le pareció mejor esperarlas para +ver qué podían dar de sí.</p> + +<p>—Más vale tarde que nunca, señores míos; sean vuesas mercedes muy +bien venidos, y por vida del inventor del arte que profeso, que hubiera +sido gran lástima no viesen nuestra función los dos ojos más bellos que +en cara de mujer se han visto.</p> + +<p>El pastelero, que él era quien con la morena y el mulato acababa +de llegar, como siempre con el sombrero calado hasta las orejas, no +respondió palabra al agasajo que a su compañera se le hacía, sino que +metiendo la mano en el bolsillo y sacando una moneda de plata la echó +desdeñosamente en el sombrero del que pedía, diciéndole:</p> + +<p>—Está entendido.</p> + +<p>El cómico se retiró contento con lo que había recogido, y anunciando +que la función iba a empezarse.</p> + +<p>—Vecina, ¿ha visto lo que ha dado el<span class="pagenum" +id="Page_I-81">p. I-81</span> pastelero? —dijo una vieja a otra que +estaba a su lado y cerca como ella del objeto de la pregunta.</p> + +<p>—No, tía Juana: ¿ha dado algún pastel?</p> + +<p>—¡Bien!, no sé de qué les sirven los ojos a algunas personas. +¿Pastel había de dar? Menester era para darlos que empezara por +hacerlos; ha dado una moneda de plata.</p> + +<p>—¡Moneda de plata! ¡Virgen santa! ¡Moneda de plata un pastelero! +¿Quién vio tal? Y un pastelero que no hace pasteles, y que nadie sabe +cómo vive.</p> + +<p>—Verdad es, vecina, que me tiene asombrada este hombre. Yo no sé, ni +he podido saber nunca quién es, ni de dónde vino. Un mes hace que está +en el pueblo, y en todo él no he cesado de averiguar...</p> + +<p>—Sí, sí, bonito es él para averiguarle la vida; ni aun el rostro +he podido verle a mi gusto, y eso que el otro día encontrándomelo de +manos a boca en la calle, que íbamos frente a frente, al llegar a él +hice como que se me caía algo de la mano inclinándome a cogerlo, me +metí debajo de sus mismas narices, pero qué, ni<span class="pagenum" +id="Page_I-82">p. I-82</span> por esas: me conoció la intención, y +apenas yo me bajé dio un salto por encima de mí con más ligereza que un +corzo, dejándome afrentada y no poco medrosa.</p> + +<p>—Pues no digo nada, vecina, de esa mujer que vive con él.</p> + +<p>—Callen noramala las brujas —interrumpió un muchacho de unos +catorce años, que habiéndose presentado de los últimos logró sin +embargo a fuerza de codazos y empujones llegar hasta donde se hallaban +las dos vecinas, que era bastante cerca del estrado, si así podía +llamársele.</p> + +<p>—Deslenguado —replicó furiosa la que había dado principio al +diálogo.</p> + +<p>—Eso quisieran, abuelas, que lo fuese para que no pudiera haberlas +llamado por su nombre.</p> + +<p>—Yo te aseguro, rapaz...</p> + +<p>—¡Qué!, ¿qué vendrá a chuparme por la noche? Ya soy grandecito +para eso, madre mía, y cállese noramala, que no nos deja oír a los +representantes.</p> + +<p>—Silencio, silencio —se oyó alrededor.</p> + +<p>Y fuerza les fue a las dos Megueras tragar por entonces las +injurias del atrevido rapaz, quien de cuando<span class="pagenum" +id="Page_I-83">p. I-83</span> en cuando las miraba con cierta risa +burlona, bastante a hacerlas desesperar.</p> + +<p>En esto ya la representación había comenzado. El arte estaba +verdaderamente en su infancia. Solo un principio, o por mejor decir +un fin, era el que se proponían los autores: divertir al público. La +moral, si la había, era una cosa secundaria; riérase el espectador, +y el fin estaba conseguido. Las gracias, de que realmente abundaban +aquellas primeras composiciones, no eran siempre del mejor gusto. +La cultura del siglo se echaba de ver en las obras dramáticas; pero +obsérvese que al paso que gracioso y chocarrero en el teatro eran una +misma cosa, el espíritu de metafísica y controversia, que entonces +dominaba de tal modo que puede decirse era el carácter de la época, se +extendía hasta los diálogos de los personajes cómicos.</p> + +<p>El amor sobre todo era el tema perpetuo de sus disertaciones, +y lo más singular que los disertantes eran siempre los mismos +enamorados.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_I-84">p. I-84</span></p> + +<p>Que diserte del amor el que no ama; que el filósofo lo mire como una +aberración del entendimiento cuando ya ha cumplido los sesenta años; +que el fisiólogo nos diga que en el orden moral es una enfermedad, ni +más ni menos como en el físico lo es un tabardillo pintado, todo esto +se entiende y explica; pero que el poeta cómico, cuyo principal, cuyo +único estudio debe ser el del corazón humano, ponga en boca de personas +que quiere hacer pasar por enamoradas las más extrañas sutilezas sobre +el amor, y que haga pasar el tiempo a los amantes discurriendo en vez +de acariciarse, es cosa verdaderamente intolerable. Apelo si no al +testimonio de mis amables lectoras; díganme sinceramente qué pensarían +si el hombre que distinguen al llegarse a ellas, en vez de ponderar sus +atractivos, encarecer su cariño y ver por todos los medios posibles de +arrancar un dulce <i>sí</i>, entrara explicándolas el efecto de las +pasiones en el corazón y la cabeza, probando que cuando el hombre está +dominado<span class="pagenum" id="Page_I-85">p. I-85</span> por ellas +es un demente, o citando como don Hermógenes a toda la antigüedad para +demostrar las que gustan de ellas.</p> + +<p>Como quiera que sea, la farsa que se representó en Madrigal en la +ocasión que nos ocupa adolecía menos del tal defecto que otras muchas +de su especie.</p> + +<p>El artificio era sencillo hasta no más. Un soldado que volvía manco +a su pueblo después de haber hecho la guerra algunos años era el +protagonista. Este personaje era el más entendido de la pieza, y en +un monólogo con que daba principio a ella regalaba al público con la +relación de sus trabajos interpolada con tres o cuatro batallas, que no +había más que pedir. En ellas, como de razón, el partido del narrador +era siempre el victorioso, pero con la singularidad de que la muerte de +tres o cuatro millares de enemigos nunca costaba a los vencedores más +pérdida que la de uno o dos contusos.</p> + +<p>Extraña, peregrina y cómoda manera de pelear.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_I-86">p. I-86</span></p> + +<p>La familia de nuestro soldado había toda perecido durante su +ausencia, lo que unido a la ocupación judicial de sus bienes le dejaba +realmente en la calle; desgracia de que se lamentaba justamente, aunque +con alguna afectación y comparaciones un sí es no es forzadas, pues +revolvió, hablando de sus desdichas, la botánica entera, la astrología +y su poquito de historia, queriendo ponerse en parangón nada menos que +con Mario sobre las ruinas de Cartago.</p> + +<p>En esto le deparó su buena ventura una zagaleja (papel que +desempeñaba un muchacho) inocente y compasiva, tratada de casar con +Gilote, solemne majadero a quien el autor escogió para gracioso de la +pieza.</p> + +<p>El resto se redujo a los amores del manco con la zagala, a los +ridículos celos de Gilote, y por último, a que este, burlado y apaleado +por el único brazo de su rival, tuvo que cederle el campo, terminándose +la función con una cantinela por el orden de lo que había precedido, +y<span class="pagenum" id="Page_I-87">p. I-87</span> que el público +aplaudía a rabiar. Los concurrentes a esta representación estaban todos +de pie, formando un semicírculo alrededor de la escena, de manera que +la posición de ningún individuo era constante.</p> + +<p>La gente de edad avanzada no se avenía muy bien con la movilidad +casi perpetua de los jóvenes, pues de ella resultaba que muchas veces +perdían parte del diálogo; pero los muchachos, que en la facultad +de variar de puesto hallaban unos el medio de aproximarse al objeto +querido, otros el de comunicar sus observaciones a un amigo, y todos +finalmente el placer del movimiento, que en cierta edad es tan +necesario como el pan, oían con desprecio o no oían los gruñidos de sus +mayores, y continuaban andando de un lado para otro.</p> + +<p>Vargas, así que vio presentarse al pastelero y a la morena en el +círculo de los concurrentes, formó el proyecto de unirse a ellos, y al +cabo lo logró después de sufrir pacientemente razonable número<span +class="pagenum" id="Page_I-88">p. I-88</span> de pisadas, encontrones, +y aun dicterios de tal o cual anciano atrabiliario por delante del cual +tuvo que pasar en su marcha.</p> + +<p>Todo lo dio sin embargo por bien empleado, y aun lo olvidó cuando +por fin pudo colocarse al lado de la morena.</p> + +<p>Un movimiento casi imperceptible de cabeza y una mirada rápida de la +pastelera hicieron conocer a don Juan que esta le había visto.</p> + +<p>«¿Será su marido este hombre, cuando tan tímida está en su +presencia? ¡Pero qué diablos! Por más marido y más celoso que sea no +podrá impedir que yo agradezca el servicio que me ha hecho».</p> + +<p>Pensando así, se aproximó a la morena, y en voz ni bien tan baja que +lo que decía llevara el aire de un misterio, ni tan alta que alcanzasen +las personas inmediatas a oír más de alguna palabra suelta de cuando en +cuando, dijo:</p> + +<p>—Si tan flaca de memoria es usted, señora mía, que en pocas horas +olvida los beneficios que hace, yo presumo por<span class="pagenum" +id="Page_I-89">p. I-89</span> mi parte de tan agradecido, que sé decir +de mí que viviera cien años sin olvidar la merced que de su generoso +corazón he recibido.</p> + +<p>—Si habla de lo de su prisión —contestó la bella—, nada hay +que agradecerme en lo que hice, que no fue más que cumplir con mi +obligación.</p> + +<p>Estas palabras se dijeron en tono natural, pero en seguida y tan +bajas que apenas pudo oírlo don Juan, a pesar de que en sus mejillas +sentía el suave aliento de su huéspeda, la cual añadió:</p> + +<p>—Por Dios que se separe de mí, si no quiere por su cortesanía +hacerme graves perjuicios.</p> + +<p>Gabriel de Espinosa, que distaba algunos pasos de los dos +interlocutores, y cuya atención durante su diálogo estaba al parecer +embebida en la farsa de los representantes, debió sin embargó oír lo +que la morena decía, pues en el momento en que don Juan, siguiendo su +aviso, iba a retirarse, volviéndose el pastelero a ella, dijo:</p> + +<p>—¿Y por qué recibir con tan poca cortesía a ese caballero?<span +class="pagenum" id="Page_I-90">p. I-90</span> Una cosa es, Inés, que yo +os tenga dicho que no gusto de galanteos, y otra que no cumpláis como +quien sois, quiero decir, como persona de buena crianza, con quien tan +buenos modos usa con vos. Usted, señor caballero, siga si gusta al lado +de esa mujer, que nadie en el mundo pudiera impedírselo sino yo, y yo +vengo en ello.</p> + +<p>Dicho esto, y sin esperar respuesta, volvió la espalda, ocupándose +como antes exclusivamente en el espectáculo.</p> + +<p>Mientras duraba su arenga Inés no hizo movimiento ni dio señal de +aplauso ni reprobación; pero cuando, ya concluida, volvió la cabeza +y vio a Vargas inmóvil como una estatua y con los ojos clavados en +las espaldas del pastelero, como si aún esperase a que añadiera algo +a lo dicho, no pudo menos de dejar escapar una de aquellas risas +malignas que ya habían desconcertado a don Juan más de una vez en la +pastelería.</p> + +<p>Perdíase en conjeturas el buen caballero, pues a pesar de ser +bastante despreocupado<span class="pagenum" id="Page_I-91">p. +I-91</span> para su siglo, pertenecía sin embargo a él, y su claro +ingenio no bastaba a libertarle de la influencia de las ideas y +preocupaciones generales entonces.</p> + +<p>Ya lo hemos dicho otra vez, las jerarquías sociales se hallaban +entonces más marcadas, o por mejor decir, tenían una existencia de +hecho, a más de la de derecho que conservan hoy, aunque mutilada.</p> + +<p>Esta existencia era visible; un noble no solo tenía en su casa +ahumados pergaminos y vistosos escudos de armas, sino que en virtud +de ello gozaba de ciertos privilegios, y estaba sujeto a determinadas +cargas enteramente distintas de las que pesaban sobre el que no lo +era.</p> + +<p>De aquí resultaba como consecuencia precisa que la educación de +la nobleza era especial, las maneras de sus individuos peculiar a la +clase, y distintas enteramente de las del resto de la sociedad.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_I-92">p. I-92</span></p> + +<p>Por su parte, los órdenes inferiores del Estado, nacidos para +la agricultura, las artes y el comercio, a los que entonces, por +desgracia, no se daba aún la importancia que merecen, se habituaban +desde la niñez a usar de gran deferencia con los nobles, y era raro ver +que se apartasen de tal sistema, pues cuando algún espíritu revoltoso +quería salir de su esfera, tardaba poco en experimentar los malos +efectos de querer volar más alto con cortas alas.</p> + +<p>En tal estado de cosas era, en efecto, un fenómeno que un hombre +que por su profesión pertenecía no ya al estado llano, sino a la clase +ínfima, y que no lo ocultaba, afectase sin embargo modales que podrían +parecer soberbios aun en un caballero.</p> + +<p>Por otra parte la misma Inés dejaba ver cierto señorío en sus +modales, no menos disonante con su profesión que el orgullo del +pastelero.</p> + +<p>Pero lo que a Vargas le tenía perplejo no eran tanto estas +observaciones, como<span class="pagenum" id="Page_I-93">p. I-93</span> +el no saber qué conducta observar con aquella gente.</p> + +<p>Si consultaba su gusto, la cuestión estaba pronto resuelta. Los ojos +de la morena habían producido su efecto, y el hombre, en cuanto hombre +no más, resiste pocas veces a este género de seducción.</p> + +<p>Mas recibir órdenes de un pastelero, usar de un permiso concedido +por él para hablar a Inés, y deberse un favor y entrar con él en +relaciones no ya de igual a igual, sino como un protegido con su +protector... La sangre goda se revelaba contra tal idea.</p> + +<p>Separarse, pues, era el partido único que juiciosamente le quedaba a +don Juan, y así lo resolvió en efecto; al ponerse en marcha, en vez de +tomar el camino que en su cabeza se proponía tomó el preferido por su +corazón, y casi sin saberlo él mismo, al primer paso se halló al lado +de la hermosa pastelera.</p> + +<p>Mas una especie de fatalidad en amor, en que algunos no creen porque +no sienten ni pueden sentir con vehemencia, y<span class="pagenum" +id="Page_I-94">p. I-94</span> otros porque viven como los irracionales, +sin tomarse el trabajo de observar ni siquiera sus propias sensaciones, +pero que tenemos por irresistibles, perseguía a don Juan.</p> + +<p>Cuando esta fatalidad pesa sobre el hombre, en vano es luchar +contra ella. Más poderosa que cuantas consideraciones sociales e +intereses individuales pueden oponérsele, es un torrente impetuoso +que, engrosado en las montañas con el deshielo de la nieve, baja por +ellas arrastrándolo todo, y si algún obstáculo encuentra, se embravece +más con él, parece que en la lucha ha adquirido nuevas fuerzas para +vencerlo, y el único medio de salvarse de su furia es huirle si se +puede.</p> + +<p>Don Juan quiso y no pudo. Que al empezar la vida un joven, que al +entrar en el mundo, como hoy decimos, enmudezca al lado de la primera +mujer que hizo palpitar su corazón, se entiende, y debe ser así; pero +que pasados ya los veinticinco años, después de una campaña, y de +más de unos amores, Vargas<span class="pagenum" id="Page_I-95">p. +I-95</span> al lado de una mujer de baja extracción no supiera cómo +entablar la conversación, es una cosa que solo se concibe poniéndola a +cargo de la fatalidad.</p> + +<p>Como quiera que sea, lo cierto es que don Juan, colocado a la +izquierda de Inés, quería y no podía hablar verdades, que en cambio de +lo que su lengua callaba, sus ojos clavados siempre en el mismo objeto +indicaban bastante qué género de pensamientos le asaltaban.</p> + +<p>Inés, con los ojos bajos y el rostro encendido como una grana, al +parecer no miraba; pero hay opiniones de que, repasando entre los dedos +las cuentas del rosario que llevaba pendiente de la cintura, halló +medio de observar todos los movimientos de nuestro caballero.</p> + +<p>Pero el tiempo vuela, mal que le pese a los amantes, y así se +concluyó la farsa antes que Vargas se resolviera a hablar, ni su bella +hubiera acabado de recorrer las cuentas del rosario.</p> + +<p>Gabriel, sin cuidarse de uno ni de otro, echó a andar como para +continuar<span class="pagenum" id="Page_I-96">p. I-96</span> su +camino, y la pastelera, que debía de estar acostumbrada a sus maneras, +se dispuso a seguirle, pero no lo hizo sin echar antes una mirada +sobre don Juan, en la cual, al través de cierto aire de despecho, se +descubría un no sé qué de afectuoso que prometía no ser muy duradero su +enojo.</p> + +<p>Conoció entonces Vargas que se había portado como muchacho de +escuela, y aún debía de tener intenciones de enmendarse: parece notó +en sus labios un movimiento como para querer hablar; mas ya era tarde, +y una tierna y expresiva mirada fue la única consternación que pudo +dirigir a Inés, quien, respondiendo con una sonrisa, continuó su camino +en pos del pastelero, seguida por el mulato.</p> + +<p>Don Juan, caviloso más acaso que lo había estado en su vida, seguía +a corta distancia a la hermosa morena, cuando del camino real que +pasaba por cerca de la pradera vio venir un hombre caballero en un +hermoso caballo negro, pero que, o por haberse asombrado, o<span +class="pagenum" id="Page_I-97">p. I-97</span> por acosarle fuera de +tiempo su jinete, se había desbocado.</p> + +<p>Tal era la rapidez de la carrera del fogoso animal, que verle +salvar una zanja que separaba el campo del camino, arrojar a su jinete +de un solo bote en el suelo, que llegó casi a arrojarse sobre las +gentes que paseaban, puede decirse que fue obra de un solo instante. +Sucedió entonces lo que generalmente sucede en semejantes ocasiones: +el temor, desterrando la serenidad, hizo que todos los circunstantes +se atropellaran unos a otros: hubo desmayos, alaridos, y todo género +de accidentes. Las madres apretaban a los hijos contra sus pechos, con +riesgo de sofocarlos; los muchachos, enredándose entre las piernas de +las gentes, daban con ellas en el suelo; en un caído tropezaban veinte, +este suplicaba, el otro maldecía, y nadie se cuidada de lo importante +que era saber la dirección del caballo desbocado.</p> + +<p>Sin saber cómo, se halló colocada Inés frente al ciego animal. +El peligro era evidente<span class="pagenum" id="Page_I-98">p. +I-98</span> y visible, y su inmediación la privó de todo discurso y +no acertó a hacer otra cosa más que taparse los ojos con ambas manos, +lanzando un ¡ay! de aquellos que parten realmente del corazón.</p> + +<p>Pero dos hombres se lanzan detrás de ella como dos saetas, y se +interponen entre el bruto y la que iba a ser su víctima.</p> + +<p>Don Juan y Gabriel eran estos dos hombres. El primero sin reflexión +ninguna se arroja sobre la cabeza del animal; pero ni sus fuerzas, ni +acaso las de Hércules, bastaban para detenerlo. Vargas, despedido como +una pelota, fue a caer a los pies mismos de Inés, y ella y él hubieran +sido infaliblemente atropellados sin la admirable serenidad, fuerza y +destreza del pastelero.</p> + +<p>Este, conociendo lo inútil que sería luchar de frente con el +caballo, se corrió sobre un costado, y cogiendo una de las riendas +que llevaba sobre el cuello con ambas manos, tiró de ella con +tal brío, apoyando su cuerpo en la espalda<span class="pagenum" +id="Page_I-99">p. I-99</span> del animal, que le hizo dar mal de su +grado una media vuelta completa.</p> + +<p>En el mismo instante, y con agilidad sorprendente, de un solo salto +se plantó en la silla, y por más esfuerzos que el caballo despechado +hizo para sacarle de ella permaneció firme, más como estatua ecuestre +que como hombre a caballo.</p> + +<p>Un aplauso general y prolongado fue la muestra de la admiración +general; pero si aquella ocurrencia produjo sensación en el pueblo, más +fuerte, al parecer, la experimentaba el mismo Gabriel.</p> + +<p>En su estatura parecía aumentarse repentinamente; era tal su +gallardía a caballo, tal la gracia y agilidad de todos sus miembros, +que no hubo circunstante que no jurara que aquel hombre era el más +perfecto jinete que jamás había visto. Al saltar a caballo se le había +caído el sombrero; veíasele por consecuencia el rostro agraciado e +imponente, y unos ojos que pocos hombres hubieran mirado frente<span +class="pagenum" id="Page_I-100">p. I-100</span> a frente sin bajar +los suyos. Olvidado al parecer de que allí hubiese reunido un pueblo +entero, Gabriel solo se ocupaba en humillar la soberbia del bridón, +cuyos lomos oprimía. Caracoleando y haciendo escarceos recorría la +pradera, y así llegó al paraje en que poco antes varios hidalgos del +pueblo habían estado recreándose en correr sortijas. La casualidad hizo +que se hallase arrimado a un árbol un lanzón que por lo pesado y macizo +servía para prueba de fuerza y habilidad, pues eran pocos en Madrigal +los que podían y sabían manejarlo. Esta particularidad debía de saberla +el pastelero, porque era público en la villa, y esta harto pequeña +para que dejase de haber llegado a noticia suya cosa tan conocida de +todos. Pero supiésela o no, el hecho es que, llevando el caballo a +media rienda por junto al árbol, agarró el lanzón con la mano derecha +sin pararse, y levantándole como si fuera una caña, lo blandió en el +aire sobre su cabeza con tal pujanza que, rompiéndose, fueron<span +class="pagenum" id="Page_I-101">p. I-101</span> a parar las astillas a +más de cincuenta pasos.</p> + +<p>Aquí la admiración de los madrigaleños es imposible de encarecer. +«¡Viva Gabriel, viva nuestro pastelero!» era el grito general; pero +sea que el amor propio de este le faltase, el triunfo conseguido, o +que fuera tan filósofo que creyera que con el pueblo es tan peligroso +estar muy bien como estar muy mal, se dio por contento y entregó el +caballo a su dueño, que no habiendo recibido daño en su caída, llegó a +reclamarlo.</p> + +<p>Vitoreado, aplaudido y escoltado por el pueblo, y cansado ya de +dar gracias a todos y de suplicarles que no se molestasen más en +acompañarle, llega Gabriel a su casa, y entrando en ella se halló que +ocupaba su propio lecho don Juan de Vargas, y que a la cabecera estaba +en persona el médico de la villa. Sin darle tiempo a preguntar cosa +alguna, Inés se le acercó para decirle que habiendo don Juan perdido el +sentido de resultas del golpe, y herídose además<span class="pagenum" +id="Page_I-102">p. I-102</span> la cabeza, había creído deber +trasladarle a su casa, pues en obsequio de su persona había expuesto la +suya.</p> + +<p>—Bien hecho, Inés; ese mozo es valiente, aunque demasiadamente +entremetido.</p> + +<p>Dicho esto, volvió la espalda y salió del aposento.</p> + +<figure class="figcenter mt3"> + <img src="images/i_1p102.jpg" + style="width: 6em; height: auto;" + alt="Viñeta ornamental"> +</figure> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + +<div class="chapter" id="Ch15"> + <p><span class="pagenum" id="Page_I-103">p. I-103</span></p> + <h3 class="g1 ws1">CAPÍTULO V</h3> + <hr class="tir"> + <div class="estrecho"> + <p>Siempre que la ignorancia no halla la explicación de un + fenómeno cualquiera, acude a las causas sobrenaturales. Semejantes + supersticiones son una calamidad por la que han pasado todos los pueblos + de la tierra.</p> + <p class="dcha mt1">(<i>Discurso inédito sobre duendes y brujas</i>).</p> + </div> +</div> + +<p class="ti0">Sabida cosa es que Felipe II vivió en sus últimos años +encerrado, por decirlo así, en el monasterio del Escorial. Allí se +ocupaba incesantemente en los negocios políticos, sus devociones y la +obra del monasterio, que con razón se llama la octava maravilla. El +sitio de San Lorenzo era, pues, propiamente la corte de España, a pesar +de que Madrid llevaba el nombre de tal; y Valladolid, recientemente +despojada de su grandeza, conservaba aún sus pretensiones como las +conservan algunas mujeres que fueron buenas mozas mucho tiempo después +de dejarlo de ser.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_I-104">p. I-104</span></p> + +<p>La extensión de Valladolid es considerable; sus calles, para los +tiempos en que se hicieron, muy buenas; numerosos sus monasterios, y +sus alrededores fértiles en viñas y cereales, si bien presentan el +aspecto triste y monótono de casi todos los países llanos.</p> + +<p>Aun hoy, cuando se anda la ciudad, se nota en sus calles cierto +vacío que aflige, y proviene indudablemente de que la población es +muy reducida para el casco del pueblo; pero en la época a que nos +referimos, siendo muy reciente la salida de la corte, la falta de gente +se hacía más notable y sensible para sus habitantes.</p> + +<p>Por descontado, todos los extranjeros, que eran los que casi +exclusivamente ejercían entonces las artes industriales, siguieron al +gobierno, y fueron a establecerse a Madrid.</p> + +<p>Los criados de la real casa, los asentistas, los pretendientes, el +enjambre, en fin, de gentes que dependen de una corte, todo se ausentó, +quedando solo en Valladolid sus naturales y tal cual cortesano<span +class="pagenum" id="Page_I-105">p. I-105</span> retirado ya del mundo, +y que solo aspiraba a vivir tranquilamente el resto de sus días. En +este número se contaba el marqués, hermano de don Juan de Vargas, +que ocupaba una casa de las mejores del pueblo en cierta calle no +muy distante de la Plaza Mayor: a esta casa nos es fuerza por ahora +trasladar la escena, y por lo mismo diremos algo sobre ella y sus +moradores.</p> + +<p>El marqués, criado desde su infancia por una madre indiscretamente +tierna y cuidadosa, y por un padre que quería educar a sus hijos como +monjas, vivió hasta los veinte años de edad sin salir de casa más que +los días serenos en que no había ni mucho calor ni mucho frío.</p> + +<p>En cualquiera de estos dos últimos casos oía misa en un oratorio de +su propia casa, y después se le permitía hacer ejercicio durante una +hora en un salón herméticamente cerrado por todas partes.</p> + +<p>Enseñáronle a leer, a escribir y a rezar; el blasón por adorno; pero +en cuanto a armas, jamás quiso consentir su madre<span class="pagenum" +id="Page_I-106">p. I-106</span> en que tomara en las manos ni un +alfiler.</p> + +<p>Esta educación, recibida por un hombre de complexión naturalmente +débil, contribuyó a hacer de él un valetudinario desde la juventud.</p> + +<p>Perdió el marqués a su padre cuando solo tenía veinte años, y su +madre tardó poco en seguir a su marido al sepulcro, dejando a más de él +otro hijo, que fue don Juan, de edad entonces de diez años.</p> + +<p>Después de pasados los dos primeros años consagrados a llorar la +pérdida de los autores de sus días, empezó el marqués a ver el mundo, y +empezó por la corte.</p> + +<p>Rico y joven, no podía menos de encontrar muchos amigos, es decir, +muchos hombres que, amantes de todos los vicios, y privados ya por sus +desórdenes de medios para darles pábulo, fueron a buscar en el bolsillo +del novicio lo que en los suyos faltaba.</p> + +<p>El humo del incienso de la adulación<span class="pagenum" +id="Page_I-107">p. I-107</span> cegó al marqués; sus parásitos le +parecieron cada uno un Pílades, y su casa y bolsa se abrieron para +todos.</p> + +<p>Pero aún no le bastaba esto: tenía que tropezar en un escollo fatal, +y tropezó en efecto.</p> + +<p>El amor, esta pasión irresistible, inherente a la juventud, cuyo +germen depositó la naturaleza en nuestros corazones como garantía para +conservación de la especie, el amor le reservaba sus tormentos.</p> + +<p>El hombre cuya sociedad se compone de cortesanos corrompidos, ¿qué +mujeres ha de frecuentar que no sean dignas de tal sociedad?</p> + +<p>¡Pobre marqués! Lleváronle sus amigos a casa de la viuda de un +contador de Indias, mujer interesante, de amable trato y graciosa +figura, que rayaba ya en los treinta; pero tan bien conservada, tan +compuesta, que a otro más experto le hubiera hecho creer que apenas +tenía veintidós años.</p> + +<p>Fácil es de inferir, por lo que se ha<span class="pagenum" +id="Page_I-108">p. I-108</span> dicho de la educación del marqués, que +solo conocía el amor por oídas; pero es de advertir que le había caído +en las manos tal cual libro de caballería, en el cual aprendió que una +mujer puede ser muy honrada corriendo montes y valles en compañía de un +hombre, y que primero morirá que faltar a la fe jurada a su amante.</p> + +<p>Con estos preliminares se deja entender que el desdichado tardó +poco en caer en la red, y tan de veras, que trataba nada menos que de +casarse con su Dulcinea, y así se lo hizo entender a ella misma.</p> + +<p>Otra menos diestra hubiera desde luego acogido con ansia aquella +proposición y prestádose a ella; pero Violante, que así se llamaba +la ninfa, conocía su posición y se negó abiertamente, diciendo que +prefería sacrificar su virtud para hacer la felicidad de su amante +a exponer a este a romper con su familia e iguales, como en efecto +sucedería a causa de tan desigual matrimonio.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_I-109">p. I-109</span></p> + +<p>La verdad es que Violante, cuya reputación estaba ya hecha, conoció +que en el momento en que el marqués anunciase su casamiento no habría +en la corte quien no se apresurara a abrir los ojos del ciego amante; y +que aun suponiendo que la ceguera del marqués fuese tal que se negase a +la evidencia, la cosa podría llegar a oídos del rey, y su severidad era +harto notoria para exponerse a sufrir sus efectos.</p> + +<p>Mas como estas reflexiones no se le alcanzaban al interesado, no +vio en la conducta de su dama sino un proceder sobremanera generoso y +noble, y no perdonó sacrificio alguno para compensar el que suponía +que, prestándose a sus deseos, hacía Violante.</p> + +<p>Pasáronse así algunos años, durante los cuales don Juan, a quien su +hermano quería como a hijo, recibió una educación distinguida, pues la +intención de este era que siguiese la carrera de las leyes; mas a pesar +de todo, el fogoso joven se empeñó en ser soldado, y el marqués,<span +class="pagenum" id="Page_I-110">p. I-110</span> débil por carácter y +por cariño, accedió a sus deseos enviándole a Flandes, en donde, como +se ha dicho, probó que en efecto la naturaleza le había hecho más a +propósito para las armas que para las letras, aun cuando su ingenio y +aplicación eran notables.</p> + +<p>Mientras que don Juan añadía a los antiguos blasones de su casa +nuevos timbres con los laureles con que en Flandes se coronaba, +vegetaba su hermano al lado de Violante, amándola cada día más.</p> + +<p>Así le hubiera tal vez sorprendido la muerte sin el incidente que +vamos a referir.</p> + +<p>Un primo hermano del marqués, llamado don Pedro Hinojosa de Vargas, +comendador del hábito de Santiago, hombre de poca más edad que él +pero de mucho más mundo, experiencia y penetración, fue a la corte a +establecerse, y, como era natural, lo hizo en casa de su pariente.</p> + +<p>Era el comendador uno de aquellos hombres que han aprendido a +conocer el<span class="pagenum" id="Page_I-111">p. I-111</span> mundo +a fuerza de repetidas y dolorosas experiencias, y que aunque dotados +de bastante rectitud de conciencia para no convertirse de víctimas +en verdugos, conservan, sin embargo, para lo sucesivo la memoria de +los pasados extravíos, y jamás dan un paso sin estar seguros de la +firmeza del terreno en que sientan el pie. Para obrar así es preciso +ser observador. Hinojosa, pues, lo era; como no era necesaria demasiada +perspicacia para conocer de qué pie cojeaban los acompañantes de su +primo, a los ocho días de estar en su casa vio, desde luego, que este +era juguete de sus pretendidos amigos.</p> + +<p>Las relaciones del marqués con Violante le parecieron sospechosas, +sin más que saber su origen, y a poco que averiguó tuvo motivos de +confirmarse en el propósito formado de desembarazar a su pariente de +tan vergonzosos lazos.</p> + +<p>El medio para conseguirlo no era fácil de hallar; la menor +insinuación que se le hiciese al marqués contra su amada y amigos +le sacaban realmente de sus casillas.<span class="pagenum" +id="Page_I-112">p. I-112</span> Razones eran, pues, excusadas; hechos, +y hechos claros y evidentes, eran los únicos que podían convencer al +engañado amante.</p> + +<p>Como el comendador estaba íntimamente convencido de que la dama no +podía menos de hacer de las suyas, su único objeto fue hallar manera +para hacer testigo a su primo de algunas de sus hazañas; y sabiendo +que no hay medio más seguro para conocer las flaquezas de los amos que +preguntárselas a sus criados, hizo sobornar una sirvienta de Violante +que a fuerza de oro prometió servirle completamente, y lo cumplió en +efecto.</p> + +<p>Para abreviar: Hinojosa tuvo maña para hacer al marqués testigo +presencial de una de las infinitas infidelidades de su dama. Encarecer +el sentimiento del engañado amante es imposible. Su melancolía fue tal, +que produjo una obstinada ictericia que estuvo a pique de costarle la +vida. Mas el tiempo, su índole apática, y los cuidados y reflexiones +del comendador,<span class="pagenum" id="Page_I-113">p. I-113</span> +acabaron por suavizar, si no extinguir, enteramente su pena.</p> + +<p>Vivían con el marqués, además de Hinojosa, un capellán sexagenario, +hombre de bien, pero sobradamente pedante, que había sido su ayo y +su mayordomo, sujeto tan aritmético como una tabla pitagórica, y la +servidumbre, que no dejaba de ser numerosa.</p> + +<p>Una tarde, como a las dos de ella, y una hora después de haber +comido, estaban reunidos, en el comedor de la casa del marqués, este, +don Juan, el comendador y el capellán.</p> + +<p>Jugaban los dos últimos al ajedrez con el silencio y recogimiento +que acompañan infaliblemente a la tal ocupación, tan impropiamente +llamada juego.</p> + +<p>El marqués, sentado en un sillón de maciza madera, guarnecido de +clavos dorados, y forrado de terciopelo carmesí, se conservaba a la +cabecera de la mesa, con los ojos cerrados como si durmiera; pero no +lo hacía, o soñaba en cosas tristes, pues dos lágrimas bajaban por +sus<span class="pagenum" id="Page_I-114">p. I-114</span> lívidas +mejillas tan despacio que parecía que se avergonzaban de humedecer el +rostro de un hombre.</p> + +<p>Nuestro don Juan, no muy lejos de su hermano, estaba también sentado +a la mesa con la cabeza apoyada en una mano, el semblante descolorido, +el ademán pensativo, y los ojos fijos que daba temor mirarle.</p> + +<p>Desde que este joven había regresado de Flandes perdió la casa +del marqués cierto aspecto claustral que aún conservaba desde el +tiempo de su padre. La natural alegría de don Juan, y hasta su mismo +aturdimiento, encantaban al marqués y daban más libertad a las +restantes personas de la casa para desembarazarse alguna vez de las +severas formas que en aquel tiempo prescribía la etiqueta.</p> + +<p>Esto, y el ser él naturalmente bondadoso, le granjearon el afecto +general de tal manera que podía decirse que más amo era él en la casa +que su mismo dueño.</p> + +<p>Como un mes antes de la tarde en que<span class="pagenum" +id="Page_I-115">p. I-115</span> nos hallamos regresó don Juan de +Valladolid después de una ausencia de más de tres semanas; viósele +entonces enteramente distinto de lo que era al partir. Entonces, lleno +de salud, impetuoso, decidor y alegre; después, descolorido, pensativo, +callado y melancólico.</p> + +<p>Todos se admiraron, y todos anhelaban saber la causa de aquella +metamorfosis; pero nadie llegó a conseguirlo. A cuantas preguntas se le +hacían contestaba:</p> + +<p>—Nada tengo; no sean aprensivos, yo estoy bueno, estoy alegre.</p> + +<p>Nadie le creía una palabra, porque todos veían lo contrario de lo +que afirmaba; mas cansados de preguntar, conjeturaron, y cansados +también de conjeturar, dedujeron sabiamente que pues don Juan estaba +triste y enfermo, y ellos no sabían la causa, o se había vuelto loco, o +le habían hechizado.</p> + +<p>Cada una de estas dos opiniones tenían en la casa su partido, aunque +no faltaba quien adoptase las dos a un tiempo.</p> + +<p>El comendador, cuya manía favorita<span class="pagenum" +id="Page_I-116">p. I-116</span> era la de creerse el más profundo de +los observadores, era el que capitaneaba el partido de la locura; y el +capellán, que no encontraba placer compatible en este mundo sublunar al +de combatir a hisopazos y exorcismos con un espíritu maligno, afirmaba +que el mancebo estaba hechizado. El marqués era el justo medio, pues no +creía que estuviese loco ni poseído; creía alternativamente lo uno y lo +otro, y a veces lo creía todo a un tiempo.</p> + +<p>Descrito ya el teatro y los actores, vengamos a la acción.</p> + +<p>—Jaque al rey, padre capellán —dijo el comendador dando un salto en +la silla y frotándose las manos con visible satisfacción.</p> + +<p>El capellán, arrugando las cejas y con la mano tendida hacia el +tablero, iba a contestar no se sabe qué, cuando, encendiéndosele el +rostro repentinamente a don Juan, se alzó de su asiento, y descargando +el puño sobre la mesa, exclamó:</p> + +<p>—Imposible. Jamás.</p> + +<p>Y como desatinado<span class="pagenum" id="Page_I-117">p. +I-117</span> se salió del aposento apresuradamente.</p> + +<p>—¿Cómo imposible? —dijo el comendador creyendo que don Juan hablaba +de su jugada; pero volviéndose al mismo tiempo de decir esto, y +viendo los movimientos de su primo, no pudo menos de exclamar—: Lo +que yo digo; pobre mozo, loco rematado. Para hacer esto sin haber yo +averiguado la causa, no puede menos de estar loco.</p> + +<p>—Loco... lo será el que no vea en los desatinos de ese mancebo la +mano de Astorot que le atormenta —replicó el capellán.</p> + +<p>—Padre Teobaldo, ¡un Vargas endemoniado! Primo, un pariente loco... +Pero en efecto..., pudiera..., no sé..., veremos... —interrumpió el +marqués, despavorido y absorto con lo que pasaba.</p> + +<p>—Un Vargas, señor marqués, está tan sujeto a calamidades de esta +especie como el más miserable jornalero. Nabucodonosor, rey de +Babilonia, fue bruto muchos años, y...</p> + +<p>—Desde entonces acá no nos faltan ejemplos de grandes +personajes<span class="pagenum" id="Page_I-118">p. I-118</span> que +lo han sido toda su vida —repuso el comendador—: El rey Saúl estuvo +poseído del espíritu maligno, y el mismo David nos dice: <i>¿Quare +tristis incedo dum afligit me inimicus? Sic est</i>, que el señor don +Juan de Vargas, aunque de ilustre nacimiento, es infinitamente inferior +al pagano Nabucodonosor, al ungido Saúl, y al rey profeta. <i>Ergo</i>, +don Juan puede muy bien estar endemoniado.</p> + +<p>—No lo niego —dijo el marqués, cediendo al peso de tan poderosos +argumentos.</p> + +<p>—Yo no niego el <i>posse</i> por mi parte; lo que niego, primo, es, +que vuestro hermano esté ahora endemoniado —contestó Hinojosa.</p> + +<p>—<i>Probo</i> —exclamó el capellán.</p> + +<p>—Dejémonos de argumentos, padre. Yo soy observador, muy observador, +y me intereso demasiado en el bienestar de don Juan para que en más +de un mes que hace que le vemos así no haya estudiado su enfermedad. +Estoy seguro, segurísimo,<span class="pagenum" id="Page_I-119">p. +I-119</span> de que los que padecen una demencia absoluta...</p> + +<p>—<i>Veritas veritatum</i>.</p> + +<p>—Nada de latines, capellán, y menos de desvergüenzas: razones, y no +citas ni insolencias, son las que aquí necesitamos.</p> + +<p>—¡Paz, paz, por Dios santo! En mi casa no quiero riñas.</p> + +<p>—Ni reñimos tampoco: marqués, ya sabéis que los doctores se tiran +los bonetes en un acto, y luego salen de él tan amigos como entraron. +Ministerio es de paz y...</p> + +<p>—No se hable más de ello, que será peor. Lo que importa es descubrir +cuál es en efecto el mal de don Juan y ponerle remedio.</p> + +<p>—Sí, sí, eso es lo que importa, primo Hinojosa, ponerle remedio, +como vos decís.</p> + +<p>—Las armas espirituales... son eficacísimas y excelentes a su +tiempo, pero por ahora no las necesitamos.</p> + +<p>—¡Oh pertinacia, oh ceguedad!</p> + +<p>—Dejad hablar al padre, primo: si le interrumpís siempre, ¿cómo ha +de explicarse?</p> + +<p>Con esta insinuación del marqués calló el comendador y pudo +el capellán explayar su erudición, de la cual haremos<span +class="pagenum" id="Page_I-120">p. I-120</span> gracia a los lectores, +contentándonos con decir que en un largo, difuso y embrollado discurso, +después de explicar muy por menor los síntomas que se advierten en +los endemoniados, quiso probar que la melancolía, las frecuentes +distracciones, y los repentinos accesos de cólera que se notaban en +don Juan, eran otras tantas señales de hallarse el infeliz sirviendo +de posada a algún diablo, y no de los de menor importancia, en el +infierno.</p> + +<p>Don Pedro le escuchó como quien oye llover; mas no así el marqués, +que, acostumbrado desde la infancia a mirar al padre como un oráculo, y +persuadido por otra parte de que sus últimos disgustos habían provenido +de haberse apartado del camino que en sus consejos le trazaba el +capellán, se sintió extrañamente conmovido, y no solo consintió, sino +que suplicó a su antiguo ayo que desde luego pusiese mano a la obra de +echarle los demonios del cuerpo a su hermano.</p> + +<p>Esto era justamente lo que el padre Teobaldo quería, pues en todo el +discurso<span class="pagenum" id="Page_I-121">p. I-121</span> de su +dilatada vida nunca se le había presentado una ocasión de habérselas +cara a cara con el señor demonio. Así es que, tomándole la palabra al +marqués, salió inmediatamente de la sala temiendo que el comendador no +le hiciese volverse atrás.</p> + +<p>Iba en efecto Hinojosa a tronar contra tan desatinada idea; pero la +retirada del capellán y la del marqués, que, temiendo la tormenta, se +marchó también en pos de él, se lo imposibilitaron.</p> + +<p>Parecerá a un lector del siglo <span class="asc">XIX</span> que el +padre Teobaldo y su alumno debían de ser muy necios para creer en el +endiablamiento del pobre don Juan, y sin embargo se desengañará medio a +medio.</p> + +<p>No solo en el siglo <span class="asc">XVI</span>, sino en mucho +después, el último monarca español de la casa de Austria, Carlos II, se +hizo atormentar voluntariamente por espacio de muchos años consecutivos +para que le sacaran del cuerpo los demonios, que estaba muy lejos de +tener en él.</p> + +<p>Este ejemplo bastará para probar cuáles<span class="pagenum" +id="Page_I-122">p. I-122</span> eran en la materia las ideas de +aquellos tiempos, pues si en el trono había tales preocupaciones, fácil +es de inferir que más abajo no faltarían.</p> + +<p>Media hora después de terminada la discusión entre el marqués, el +comendador y el capellán, entró este último en la estancia de don Juan, +vestido de sobrepelliz y estola, con el bonete en la cabeza, en la mano +derecha un hisopo, y en la izquierda un misal abierto.</p> + +<p>Seguíale un lacayo con un caldero de agua bendita, otro con una taza +de aceite, el marqués y su mayordomo, y dos o tres criados más, todos +con el rosario en la mano.</p> + +<p>Don Juan estaba aletargado sobre su lecho, encima del cual se había +arrojado cuando salió del comedor con la precipitación que se ha visto, +y, como el padre Teobaldo y su comitiva entraron silenciosamente en su +aposento, nada sintió.</p> + +<p>Rodearon, pues, su cama y, quedándose el capellán a los pies, +comenzó a<span class="pagenum" id="Page_I-123">p. I-123</span> leer en +voz baja algunas oraciones del misal, respondiendo los circunstantes +<i>amén</i> cada vez que terminaba una de ellas.</p> + +<p>Al cabo de algunos minutos de rezo le pareció bien al padre rociar +al demonio con agua bendita, y mojando el hisopo en el caldero, le mojó +la cara a su sabor, con lo que despertó al pobre don Juan; incorporose +este en la cama, y no sin algún sobresalto contemplaba el extraño +grupo que veía, cuando una segunda descarga del hisopo le inundó +completamente el rostro.</p> + +<p>—Váyanse a todos los diablos —exclamó colérico—, o por vida...</p> + +<p>—Hermano don Juan, sosegaos, que por vuestro bien se hace todo esto +—le interrumpió el marqués, asiéndole de un brazo.</p> + +<p>Le coge Vargas la cara lo mejor que pudo, y se encaró con su +hermano, mirándolo de hito en hito para asegurarse de que en efecto era +él quien le hablaba, y que no era un sueño cuanto estaba sucediendo.</p> + +<p>Entre tanto el capellán rezaba y<span class="pagenum" +id="Page_I-124">p. I-124</span> rociaba intrépidamente, y el mayordomo +y las criadas respondían <i>amén</i> siempre que les tocaba.</p> + +<p>Viendo don Juan que de todo aquello no le resultaba más mal que +el de mojarse alguna cosa, y que su hermano parecía tener particular +empeño en que siguiera la operación, resolvió tolerarlo y, cruzándose +de brazos, permaneció inmóvil, limitándose a observar cuidadosamente +los movimientos de cuantos le rodeaban.</p> + +<p>A cierta seña del capellán, el criado de la taza de aceite se +aproximó al marqués, y este, tomándola en las manos, se la acercó a los +labios a su hermano:</p> + +<p>—Bebed, don Juan —le dijo—, bebed, siquiera por amor de mí.</p> + +<p>Tomó Vargas la taza con mucho sosiego, y se disponía tal vez a +beberla, pero el olor del aceite, en el cual iban además algunos granos +de incienso, era tan fuerte, que lo percibió inmediatamente.</p> + +<p>Entonces miró el brebaje de la taza, y volviéndose al marqués le +preguntó:</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_I-125">p. I-125</span></p> + +<p>—¿Esto queréis que beba, hermano?</p> + +<p>—Sí, hermano, bébela, y sanaréis de vuestra dolencia.</p> + +<p>—Yo no estoy enfermo; estáis engañado, no estoy enfermo.</p> + +<p>—Enfermo estáis —dijo el capellán—, y de enfermedad mortal.</p> + +<p>—Padre, no estoy enfermo; mi salud es cabal, nada me duele.</p> + +<p>—El alma, el alma, es la enferma.</p> + +<p>—Tal vez.</p> + +<p>—Bebed, don Juan —volvió a decir el marqués.</p> + +<p>—No, no, hermano, no; este brebaje me haría reventar.</p> + +<p>—Es preciso beberla —exclamó el capellán.</p> + +<p>—Es preciso —repitió el marqués.</p> + +<p>—Es preciso, es preciso —dijeron en coro los criados.</p> + +<p>—Pues no la bebo, señores, no la bebo —replicó el interesado +volviendo a poner la taza en el plato que tenía el marqués en la +mano.</p> + +<p>Este se la entregó al mayordomo, y al mismo tiempo echó a +andar para salir del aposento, y en efecto salió. Entonces dos +criados se aproximaron a don Juan para obligarle a beber; mas él, +conociéndolo, cogió de nuevo la taza, bautizó<span class="pagenum" +id="Page_I-126">p. I-126</span> con ella al mayordomo, y saltando en +seguida de la cama, asió la espada que a la cabecera de ella tenía, y +dio tras de todos a palos.</p> + +<p>La puerta les parecía estrecha para salir por ella a cuantos había +en el cuarto, incluso el capellán, y con tanta precipitación quisieron +huir, que al llegar a una escalera, por que precisamente tenían que +pasar, se le enredaron las piernas al mayordomo entre las del que +llevaba la caldera, y uno y otro rodaron de alto a bajo, poniendo el +grito en el cielo; la caldera suelta soltó toda el agua que contenía, +y después con estrépito notable siguió a su portador hasta el piso +bajo.</p> + +<p>Los perros del marqués, que eran bastantes, comenzaron a ladrar, +y uno de ellos, abalanzándose a los dos caídos, sacó en triunfo el +peluquín del mayordomo, que maltrecho yacía al pie de la escalera.</p> + +<p>El capellán y los restantes llegaron sin tropiezo hasta aquel +punto, pero allí tropezaron<span class="pagenum" id="Page_I-127">p. +I-127</span> en los dos que por bajar más de prisa llegaron antes.</p> + +<p>Los primeros poseedores del suelo renovaron sus aullidos al recibir +encima a sus compañeros, y estos, enredados unos con otros, y no +acertando a levantarse, gritaban también cuanto podían.</p> + +<p>Tan extraordinario rumor alarmó a toda la casa, de modo que +inmediatamente acudieron el marqués, el comendador, el cocinero, sus +ayudantes, los pinches, etc.</p> + +<p>Hinojosa soltó la carcajada viendo el singular grupo de hombres y +perros que había al pie de la escalera, y a don Juan, que con la espada +en la mano lo contemplaba desde lo alto de ella.</p> + +<p>Era en efecto difícil no reírse: la calva del mayordomo salía de +entre las piernas de un lacayo, y las narices del padre capellán hacían +parte integrante del posterior de otro.</p> + +<p>Un podenco se había sentado sobre la espalda de uno con la peluca +en la boca, y otros dos o tres se entretenían con las piernas de los +pobres caídos.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_I-128">p. I-128</span></p> + +<p>El primer cuidado de los recién venidos fue levantarlos a todos, y +examinar si tenían alguna herida, pero felizmente no hallaron más que +tal cual chichón, aunque no había uno que no se quejase como si se +hallara en la hora de la muerte.</p> + +<p>Puesto ya en pie el capellán, y recobrada su estola, que había +perdido en la retirada, volvió la cabeza a la escalera, y viendo en +ella a don Juan, como ya se ha dicho, echó a huir de nuevo diciendo:</p> + +<p>—Te conjuro, espíritu rebelde, te conjuro en nombre de Dios.</p> + +<p>El comendador mandó retirar a todos los caídos, y habiéndolo hecho +por sí el marqués, sentido del mal éxito de aquella empresa, se quedó +Hinojosa solo con don Juan, a quien rogó que pasara con él a su cuarto, +en lo que este consintió sin dificultad.</p> + +<p>Solos ya, y sentados ambos pacíficamente, pasaron algunos minutos en +silencio, reflexionando don Juan en sus asuntos particulares, o en lo +que acababa de<span class="pagenum" id="Page_I-129">p. I-129</span> +suceder, y su primo en la manera más a propósito para entablar la +conversación. Bien hubiera querido Hinojosa que el hermano del marqués +rompiese la barrera haciéndole alguna pregunta; mas, viendo que no lo +hacía, hubo de determinarse a romper el silencio.</p> + +<p>—Estaréis asombrado, don Juan, con lo que acaba de pasaros.</p> + +<p>—¡Asombrado!... ¿De qué puedo asombrarme ya en este mundo?</p> + +<p>—Sin embargo, primo, no es cosa que sucede todos los días a un +caballero esto de exorcizarle.</p> + +<p>—No, en efecto, y a la verdad no concibo qué extraño capricho ha +sido el de mi hermano en hacerme esta burla tan intempestiva.</p> + +<p>—Os engañáis, don Juan, tomando a burla cuanto acaba de suceder. El +marqués os ama de veras, y es incapaz de tan pesada chanza. No, primo, +nadie ha tratado de burlarse de vos. El camino se ha errado, y yo bien +se lo he dicho; pero las intenciones han sido las mejores del mundo.</p> + +<p>—Pero ¿no me diréis a qué viene el rociarme con agua de pies a +cabeza,<span class="pagenum" id="Page_I-130">p. I-130</span> el +rezarme, y sobre todo, el quererme hacer beber una taza de aceite?</p> + +<p>—Creeros endemoniado.</p> + +<p>—¡Jesús! El Señor me libre en lo sucesivo de semejante trabajo, como +hasta aquí lo ha hecho.</p> + +<p>—Amén. Ya os he dicho que estoy persuadido de la falsedad de +semejante suposición. Y, sin embargo, ¿qué queréis que crean los que +observan sin cesar vuestra extraña conducta, sin que aparezca ni +remotamente motivo para ella? ¡Don Juan, don Juan! ¿Merece el marqués, +que os ama como un padre, y que tantos años hace os sirve de tal, +merezco yo, mozo ingrato, merece la fidelidad de vuestro criado, que a +todos nos tengáis con el alma en un hilo, viéndoos perder la salud y +hacer extrañas locuras? ¡Qué hemos de creer! Decidlo vos mismo.</p> + +<p>Mientras que Hinojosa declamaba así con bastante vehemencia, +don Juan, levantándose de su asiento, comenzó a dar vueltas por el +aposento, con visible agitación, y aun algunas lágrimas fugitivas se +escaparon de sus ojos.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_I-131">p. I-131</span></p> + +<p>Viéndolo así enternecido, no quiso el comendador atormentarle más ni +perder la ventaja conseguida, y para conciliar ambos extremos se fue a +su primo, y tomándole la mano afectuosamente continuó diciendo:</p> + +<p>—En vuestra mano está hacer cesar en un punto todos nuestros +temores.</p> + +<p>—Decid el medio, comendador.</p> + +<p>—Romped ese obstinado silencio, reveladnos la causa de vuestro +padecer. Si ella es tal que admita remedio, se le aplicará, y si por +desgracia no lo tiene, lloraremos con vos.</p> + +<p>A esta última proposición soltó don Juan la mano de Hinojosa, y dio +dos o tres pasos sumamente aprisa; el comendador volvió a ocupar su +asiento, esperando en él el resultado de aquel acceso.</p> + +<p>No fue este muy duradero, pues apenas pasaron dos minutos, +sentándose Vargas de nuevo empezó a hablar de esta manera:</p> + +<p>—Si hay, primo, en este mundo personas que por todos títulos +merezcan mi confianza, sois mi hermano y vos. Pero<span +class="pagenum" id="Page_I-132">p. I-132</span> escuchadme bien, y sea +esta la última vez que hablemos de semejante materia.</p> + +<p>»Dentro de mi corazón hay una pena que me devora, que me seguirá +hasta el sepulcro y más allá, si después de la muerte conservamos la +más pequeña parte de nuestra existencia.</p> + +<p>»Mi honor está por ahora comprometido a no revelar la causa de mis +disgustos. He dado mi palabra de no hablar. Excusad, pues, súplicas y +razones. Los más crueles tormentos no me arrancarían una sílaba más de +lo dicho.</p> + +<p>»Nada me digáis, comendador, para agradecer la tierna solicitud de +mis parientes: bastante he hecho, pues confesando que tengo un secreto +os he revelado ya más de la mitad de él.</p> + +<p>»Compadecedme; pero no os obstinéis en saber más de lo que puedo +deciros.</p> + +<p>»Grabad en la memoria lo que voy a deciros: Si mi propio padre, +saliendo del sepulcro, solo para ello diera un paso para sorprender mi +secreto, pudiera ser que le arrancase la vida.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_I-133">p. I-133</span></p> + +<p>»Comendador, dadme la mano; nuestra amistad será eterna, como el +agradecimiento que me inspiran vuestros cuidados, pero, lo repito, +jamás, jamás volveremos a hablar de esta materia.</p> + +<p>En tanto que don Juan estuvo hablando no apartó Hinojosa los +ojos de su semblante, y si bien en algunos momentos se agitaba +extraordinariamente Vargas, es cierto que no advirtió en él síntoma +alguno de demencia.</p> + +<p>Convenciose, pues, de que en efecto la situación de aquel mancebo +dependía de causas naturales, aunque solo conocidas del mismo +interesado, y renunció a su primera idea.</p> + +<p>—Os he escuchado —dijo— con la mayor atención, y no pretenderé saber +lo que como hombre honrado no podéis decirme. No se hable más en ello. +Pero voy a hacer una súplica que está en vuestra mano concederme. +Ocultad lo que podáis al menos en presencia del marqués: don Juan, +conocida es por vos su melancolía. No queráis aumentarla. Ninguna<span +class="pagenum" id="Page_I-134">p. I-134</span> gloria es mejor que la +de vencerse a sí mismo.</p> + +<p>—Yo me esforzaré para complaceros. Recibid mi promesa.</p> + +<p>—Cuento con ella.</p> + +<p>—Quedad, primo, con Dios, y si alguna vez necesitáis de un pecho +fiel y de una espada que en sus tiempos tuvo buenos filos, el +comendador Hinojosa no necesita saber en qué ni por qué le empleáis; su +vida es vuestra.</p> + +<p>—No quiera Dios que yo os envuelva en mis males; pero jamás olvidaré +tan generosa oferta. Dadme los brazos.</p> + +<p>—Y el alma con ellos.</p> + +<p>Abrazáronse en efecto los dos primos con la mayor ternura, y el +comendador salió del aposento para dirigirse a la habitación del +marqués, a quien encontró en conferencia con el capellán y el mayordomo +sobre los medios de renovar con menos riesgo y mejor éxito el pasado +exorcismo.</p> + +<p>La llegada de Hinojosa puso término a la discusión y al proyecto.</p> + +<p>Dijo el comendador a aquellos tres personajes que acababa de +tener una larga conversación con su primo, en la cual había<span +class="pagenum" id="Page_I-135">p. I-135</span> acreditado +completamente que se hallaba en su sano juicio.</p> + +<p>—Me ha confesado —anadió— que tiene penas que su honor le prohíbe +revelar. Vuestra merced, padre capellán, se ha engañado, y yo también. +Don Juan no está endemoniado, y menos loco. Probablemente su pena será +algún amorío: es enfermedad de la edad. Los años la curarán. Entre +tanto, dejémosle en paz por nuestra parte; harto tiene que hacer el +desdichado con lo que se conoce que sufre interiormente.</p> + +<p>Esto bastó por entonces a que el marqués prohibiera al padre +Teobaldo la continuación de sus combates espirituales, y gracias +a la tal medida, pudo don Juan dormir tranquilo, sin temer que al +despertarse le ofreciesen por desayuno una taza de aceite bendito.</p> + + +<p class="fin">FIN DEL TOMO PRIMERO</p> + + +<div class="chapter pt6" id="Ch2"> + <hr class="chap"> + <p><span class="pagenum" id="Page_II-i">p. II-<span class="asc">i</span></span></p> + <h2 class="nobreak sc g0 ws1" title="TOMO II">Ni Rey ni Roque</h2> + <hr class="chap"> +</div> + + +<div class="tit"> + <p><span class="pagenum" id="Page_II-iii">p. II-<span class="asc">iii</span></span></p> + <p class="fs200 negr g0 ws1">NI REY NI ROQUE</p> + <p class="g0 ws1 mt1">EPISODIO HISTÓRICO</p> + <p class="fs140 g0 ws1 mt05">DEL REINADO DE FELIPE II,</p> + <p class="negr g0 ws1 mt05">AÑO DE 1595</p> + + <p class="g1 ws1 mt2">NOVELA ORIGINAL</p> + <p class="fs75 g2 ws1 mt15">ESCRITA</p> + <p class="negr ws1 mt05">POR DON PATRICIO DE LA ESCOSURA,</p> + <p class="fs75 g0 ws1 mt1">AUTOR DEL CONDE DE CANDESPINA</p> + + <div class="cajatomo"> + <p class="g1">TOMO II</p> + </div> + + <p class="fs130 g0 mt2">Madrid</p> + <p class="fs110 g0 ws1">Imprenta de Repullés</p> + <p class="fs110">—</p> + <p class="fs110 g0 ws1"><span class="sc">Año de</span> 1835</p> +</div> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + +<div class="chapter" id="Ch21"> + <p><span class="pagenum" id="Page_II-1">p. II-1</span></p> + <p class="centra negr fs130 g1 ws1">NI REY NI ROQUE</p> + <hr class="tir"> + <h3 class="g1 ws1">CAPÍTULO PRIMERO</h3> + <hr class="tir"> + + <div class="poetry-container smaller"> + <div class="poetry"> + <div class="stanza"> + <div class="verse i0"><span class="sc">Morondo</span></div> + <div class="verse i4">Que me llevan los demonios</div> + <div class="verse i4">. . . . . . . . . . . . . .</div> + <div class="verse i4">Voto a Cristo que me llevan.</div> + </div> + <div class="stanza"> + <div class="verse i0"><span class="sc">Teodora</span></div> + <div class="verse i4">¿Adónde?</div> + </div> + <div class="stanza"> + <div class="verse i0"><span class="sc">Morondo</span></div> + <div class="verse i13">No me lo han dicho,</div> + <div class="verse i4">Porque traen orden secreta.</div> + </div> + <div class="stanza"> + <div class="verse i2">(<i>La Adúltera Penitente</i>, comedia de tres<br> ingenios: Cáncer, Moreto, y Matos).</div> + </div> + </div> + </div> +</div> + +<p class="ti0">Fiel a su palabra, procuró don Juan disimular su +melancolía en presencia del marqués, y aunque a la verdad no pudo +conseguir mostrarse alegre, por lo menos dejó de abandonarse a ciertos +accesos, como el que dio lugar a que le exorcizase el padre capellán, y +que antes de aquel suceso eran sumamente frecuentes.</p> + +<p>Su tristeza era sin embargo la misma. Evitaba toda sociedad cuanto +podía, y más<span class="pagenum" id="Page_II-2">p. II-2</span> de una +vez aconteció que el comendador le sorprendiese con los ojos inundados +de lágrimas; mas como Hinojosa había prometido solemnemente a su primo +no volverle a preguntar la causa de su pena y ni siquiera hablarle de +ella, se veía en la imposibilidad hasta de consolarle.</p> + +<p>En este estado de cosas transcurrieron algunos días, hasta que en la +noche de uno Vargas anunció a su hermano y primo que al siguiente por +la mañana se ponía en camino para visitar cierta hacienda, en la cual +era necesaria su presencia.</p> + +<p>Convino el marqués, y el comendador aplaudió el proyecto, creyendo, +no sin fundamento, que la variación de aires y la agitación de un viaje +serían muy a propósito para distraer a Vargas de sus disgustos, y tanto +más cuanto que, con sola aquella idea de él, se notaba ya mucho más +alegre que se le había visto en la última temporada.</p> + +<p>Toda aquella noche estuvo Vargas<span class="pagenum" +id="Page_II-3">p. II-3</span> amabilísimo, colmando de caricias a su +hermano, al comendador, y aun al mismo padre Teobaldo, quien no dejaba +de atribuir parte de tan inesperada mudanza a sus hisopazos y conjuros. +En el momento de separarse, don Juan los abrazó a los tres con ternura, +encargándoles que no le olvidasen.</p> + +<p>—Olvidaros —dijo el marqués—, y en el corto tiempo que habéis de +faltar de aquí, no es posible.</p> + +<p>—Mi ausencia, hermano, podrá ser más larga de lo que yo mismo +creo.</p> + +<p>—Norabuena; por mucho que se tarde en concluir la obra que vais a +dirigir, será cosa de pocas semanas.</p> + +<p>—Decís bien, hermano; comendador, conservadme vuestra amistad.</p> + +<p>—Don Juan, mis ocupaciones aquí son ningunas; si habéis menester de +un amigo que os acompañe, mi persona es vuestra.</p> + +<p>—No, primo, no; vos podéis y debéis quedaros. ¿Qué sería del marqués +viéndose solo? Adiós, pues.</p> + +<p>—Adiós, y Él os acompañe en vuestro viaje. Amén.</p> + +<p>—Amén.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_II-4">p. II-4</span></p> + +<p>Antes de salir el sol estaba Vargas en camino, sin más compañía +que la de un criado, que era el que siempre le seguía y estaba en su +servicio desde la niñez. Callado, fiel y obediente, Pedro no conocía +más ley que la voluntad de su señor, de cuyas acciones nunca veía más +de lo que se quería que viese. Tan fácil hubiera sido saber por boca +de un cadáver la enfermedad que le redujo a tal, como de la de Pedro +nada de los asuntos de su dueño. Este, pues, le estimaba como a una +joya preciosa, que no tenía reemplazo si una vez llagaba a perderse, y +depositaba en él sus secretos con una confianza sin límites.</p> + +<p>Una legua habrían andado los dos caminantes, cuando deteniendo don +Juan su caballo, dio lugar a que emparejase con él su criado.</p> + +<p>—Pedro —le dijo—, vamos a Madrigal.</p> + +<p>—Adonde usted mande.</p> + +<p>—Es preciso que tú te adelantes. Nada importa reventar el caballo; +esta noche has de dormir allá.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_II-5">p. II-5</span></p> + +<p>—Muy bien.</p> + +<p>—Toma esta carta, que entregarás también esta noche misma, si +llegares, como deseo, antes del toque de ánimas. Gabriel no estará +entonces en su casa.</p> + +<p>—Está entendido, señor.</p> + +<p>—Si llegas después de ánimas, mañana...</p> + +<p>—¿Cuando el pastelero esté en misa?</p> + +<p>—Perfectamente, Pedro.</p> + +<p>—¿Y la respuesta?</p> + +<p>—No la tiene. Marcha, y en habiendo entregado la carta métete en el +mesón, y no salgas de él por ningún pretexto. ¿Me entiendes?</p> + +<p>—Sí, señor.</p> + +<p>—Nadie ha de conocerte antes ni después.</p> + +<p>—Estoy al cabo.</p> + +<p>—Fío en tu obediencia. Espérame allí, que o yo iré, o te daré +noticias de mi persona. Marcha, Pedro. ¡Ah!, ¿llevas dinero?</p> + +<p>—Poco.</p> + +<p>—Toma diez doblones. Silencio y agilidad. Buen viaje.</p> + +<p>—Dios guarde a usted, amo mío.</p> + +<p>Diciendo esto arrimó Pedro las espuelas a su caballo, y poco tiempo +después le perdió don Juan de vista.</p> + +<p>No nos tomaremos el trabajo de seguir al amo ni al criado en todo +su camino,<span class="pagenum" id="Page_II-6">p. II-6</span> sino +que dejándolo en claro trasladaremos la escena de un golpe de pluma al +siguiente día, en el momento de oscurecer, a espaldas de una ermita que +distaba como un tiro de bala de Madrigal.</p> + +<p>Atado a un pino tascaba impacientemente el freno el caballo de don +Juan, y este con no mucha más resignación se paseaba aceleradamente +al pie de los muros de la ermita. De cuando en cuando asomaba con +precaución la cabeza por una de las esquinas, y examinaba con aire de +inquietud y ansiedad el camino que guiaba a la villa, y en el cual no +se veían ni perros.</p> + +<p>—Ya casi es de noche... No viene... Si acaso Gabriel... ¿Pero qué +tan necio había de ser Pedro que se dejase sorprender? Infeliz de +él como así fuese... Un bulto... La oscuridad no me deja distinguir +quién sea: ¿si será ella?... ¿Y quién ha de ser a estas horas por este +paraje? Inés será. Respiremos.</p> + +<p>En esto el bulto se venía acercando a toda prisa;<span +class="pagenum" id="Page_II-7">p. II-7</span> pero en vez de seguir +hasta la ermita, tomó por una vereda que se apartaba de aquel camino +como unos cincuenta pasos antes de llegar a ella.</p> + +<p>—¡Maldición! No es Inés. Ya no viene.</p> + +<p>Cualquiera que haya esperado alguna vez, y tratándose de asunto +importante, concebirá fácilmente la extrema impaciencia de Vargas, a la +cual se agregaba la duda en que se hallaba sobre si el mensaje había +llegado sin novedad a su destino, y de que, aun cuando así fuese, se +prestara Inés a sus deseos.</p> + +<p>Tan presto se paseaba don Juan presuroso, como haciendo alto de +repente recogía hasta el aliento, y aplicaba el oído a la tierra para +percibir aun el más ligero ruido. Ya se sentaba sobre una piedra, +ya corría despeñado a ponerse en acecho, todo quejándose de su mala +estrella y votando como un desesperado, y todo en vano también.</p> + +<p>Cerca de una hora pasó en aquel tormento<span class="pagenum" +id="Page_II-8">p. II-8</span> hasta que, ya perdida la paciencia, y +olvidándose de sus proyectos mismos, abandonó la posición que ocupaba +y echó a andar hacia Madrigal; ¿a qué?, él mismo no lo sabía; pero +hay circunstancias en que el variar de posición, sea como fuese, +es indispensable. Cincuenta pasos habría andado con una agitación +extremada, cuando vio salir de la villa a un bulto negro.</p> + +<p>La noche era ya extremada, el firmamento cubierto de opacas nubes +que impedían el paso a los rayos de la naciente luna, y el horizonte +oscuro como el abismo, y que de cuando en cuando iluminaba la luz +rojiza y fugaz de los relámpagos, anunciaban una próxima tempestad.</p> + +<p>Agitadas por el presentimiento que les inspira su instinto, las +aves nocturnas, con vuelo rastrero y desigual cruzaban el campo en +todas direcciones. El lejano ladrido de los perros, el son lúgubre +de una campana, y hasta el susurro del viento<span class="pagenum" +id="Page_II-9">p. II-9</span> en los sembrados, todo, en una palabra, +contribuía, en el momento de que hablamos, a dar al paraje en que se +hallaba Vargas el más siniestro aspecto.</p> + +<p>Al ver, pues, el bulto de que se ha hecho mención, y olvidado de que +un momento hacía hubiera dado cuanto le hubieran pedido por verlo en el +camino, se sobrecogió un instante.</p> + +<p>En efecto, la persona que a él se acercaba, cubierta de un traje +talar que flotando a merced del viento le prestaba aparentemente +más corpulencia que la que realmente tenía, no parecía andar, sino +deslizarse por el camino; tales eran la ligereza de su paso y la +rectitud con que caminaba.</p> + +<p>En las circunstancias ordinarias, don Juan, que por una parte había +nacido valiente, y por otra era noble y castellano, hubiera visto +con indiferencia, y tal vez no habría reparado en la circunstancia +de caminar de este o del otro modo una persona que pasaba por el +camino.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_II-10">p. II-10</span></p> + +<p>Pero la hora, la disposición del cielo, el paraje en que se hallaba, +y que él mismo había elegido como más seguro para su intento, pues era +pública voz en Madrigal que en las inmediaciones de aquella ermita, +que hoy no existe, se verificaban frecuentes y espantosas apariciones, +y sobre todo la agitación en que estaba su espíritu le tenían tan +trastornado que la vista de la persona que se le acercaba le sobresaltó +en efecto.</p> + +<p>Hizo, pues, alto, y maquinalmente se persignó y sacó la espada. El +bulto continuó marchando intrépidamente hasta estar a unos diez pasos +de don Juan, que entonces ya cesó de andar.</p> + +<p>Pocos momentos bastaron para que, volviendo este en sí, reconociese +la ridiculez de su conducta y, avergonzado de ella, envainó la +espada.</p> + +<p>—Proseguid —dijo dirigiéndose a la inmóvil persona que delante +tenía—, proseguid vuestro camino, quien quiera que seáis, que así en mí +no hallaréis impedimento.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_II-11">p. II-11</span></p> + +<p>—Don Juan —exclamaron—, ¿sois vos?</p> + +<p>—Inés, al fin habéis venido.</p> + +<p>—Sí, aquí estoy. Bien sabéis que arriesgo mi vida; pero en fin, ¿qué +me queréis?</p> + +<p>—Aquí no estamos bien, Inés; cualquiera que pase puede vernos. Vamos +a la ermita.</p> + +<p>—¿A la ermita, don Juan?...</p> + +<p>—¿Y por qué no? Jamás os he conocido medrosa.</p> + +<p>—Verdad es, pero...</p> + +<p>—No perdamos el tiempo, que para nadie es más precioso que para vos. +Seguidme.</p> + +<p>Al decir esto asió del brazo a Inés, y en aquella disposición +llegaron ambos a la espalda de la ermita, a la cual estaban unidos +los restos de un pequeño edificio, que probablemente en tiempos +antiguos habría sido habitación del ermitaño, pues aunque inutilizada, +conservaba una puerta de comunicación con la iglesia.</p> + +<p>Ya en la época de que hablamos hacía muchos años que la ermita +tenía su cura, que habitaba en la villa, y la habitación, abandonada, +se había ido arruinando progresivamente hasta no quedar<span +class="pagenum" id="Page_II-12">p. II-12</span> más que un solo ángulo, +en el cual se conservaba parte del tejadillo.</p> + +<p>A este ángulo, pues, se dirigieron Inés y don Juan sin proferir una +sola palabra. Así que llegaron, don Juan dispuso lo menos mal que pudo +un asiento de piedra para la pastelera, a quien dijo:</p> + +<p>—Sentaos, Inés.</p> + +<p>Hízolo así esta, y en seguida:</p> + +<p>—¿Y vos? —preguntó.</p> + +<p>—Bien estoy en pie. ¿Conque habéis recibido mi carta?</p> + +<p>—Anoche me la entregó Pedro.</p> + +<p>—¿Y Gabriel?</p> + +<p>—No le he visto. No estaba en casa.</p> + +<p>—Bien.</p> + +<p>Parose aquí un momento como para recordar las especies, y en seguida +continuó:</p> + +<p>—Inés, repetiros que os adoro es inútil; bien lo sabes.</p> + +<p>—Me lo habéis dicho, don Juan; pero no sé si será una prueba de ello +estar un mes ausente sin darme noticia de vuestra persona ni siquiera +por cortesía.</p> + +<p>—Tenéis razón. ¿Qué responder a esto?... ¡Qué responder! Yo +responderé; pero no interrumpáis, o de<span class="pagenum" +id="Page_II-13">p. II-13</span> una conferencia que debe ser muy breve +haréis una conversación eterna. Os adoro, repito, y os adoraré mientras +viva, Inés. ¿Y cómo no adoraros? Yo que os he visto a la cabecera +de mi cama noche y día sin separarnos un momento, yo que os debo la +vida...</p> + +<p>—¿Y por quién la expusisteis?...</p> + +<p>—Más me valiera perecer entonces.</p> + +<p>—¡¡Don Juan!!</p> + +<p>—Inés, tanta hermosura, tanta discreción, y ese carácter angélico, +esa dulzura celestial, bastantes a hacer la dicha de cualquiera mortal, +han hecho de mí un frenético. Ya sabes que solo vivo a tu lado. Ya ves +tú que lejos de ti mi vida es un infierno. Inés, Inés, apiádate de +mí.</p> + +<p>—Sosegaos, don Juan. ¿Así cumplís las promesas que me hacéis en +vuestra carta? Hablemos en razón. Cuando postrado aún en el lecho, +gracias a la temeridad con que os expusisteis por salvarme, me +dijisteis vuestro amor, don Juan, yo no os oculté que también os amaba. +Ya entonces era inútil que mi boca repitiese lo que debíais<span +class="pagenum" id="Page_II-14">p. II-14</span> haber adivinado en mis +ojos; pero también os dije que Inés no se envilecería jamás a los ojos +de su amante, arrojándose en sus brazos sin ser antes su esposa, y +vuestra esposa Inés no puede, no debe serlo por ahora.</p> + +<p>—Inés, verdad habéis dicho en todo. Lo que entonces me dijisteis +está grabado en mi corazón con caracteres indelebles. ¿Pero cuál es el +obstáculo que ponéis a nuestra unión? ¿La desigualdad de condiciones? +Mujer celestial, ¿quién es más en el mundo que tú para mí? Yo también +he querido luchar, y también he opuesto a mi pasión todo género de +reflexiones, y todas han sido inútiles. He venido a ser tu esposo, a +vivir contigo eternamente, a morir a tus pies de dolor.</p> + +<p>Mientras que don Juan hablaba así con una vehemencia extraordinaria, +Inés enternecida lloraba sin cesar. El llanto le impedía hablar durante +algún tiempo, pero al cabo entre sollozos y suspiros prorrumpió:</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_II-15">p. II-15</span></p> + +<p>—Vargas, ¿qué decís? Sin conocerme, sin saber de mí más que el +nombre de Inés, viéndome en tan oscura condición en compañía de +Gabriel...</p> + +<p>—Una sola cosa exijo de ti, Inés, para darte mi mano, una sola cosa. +Con una palabra vas a disipar una duda que pesa sobre mi corazón, y le +oprime y le agobia.</p> + +<p>—Decid, don Juan.</p> + +<p>—Antes jura decirme la verdad.</p> + +<p>—Si es secreto en que yo sola esté interesada, juro por el Dios +que nos escucha, y que sabe leer el fondo de nuestros corazones, que +sabréis la verdad entera, y nada más que la verdad.</p> + +<p>—Pues bien, Inés, perdóname si tal vez mi duda te ofende; yo mismo +me he reconvenido millares de veces por ella; pero es más poderosa +esta amarga duda que cuantos diques le opongo. Si tú supieras que en +solo concebirla he sufrido yo más tormentos que puede haber en los +infiernos, me perdonarías.</p> + +<p>—Y bien, perdonado estáis.</p> + +<p>—Decid: Clarita, la hija de Gabriel, ¿es tu hija?</p> + +<p>—No, don Juan,<span class="pagenum" id="Page_II-16">p. II-16</span> +no es mi hija.</p> + +<p>—Dios omnipotente, yo te doy gracias: tú eres digna de mi amor.</p> + +<p>Un profundo silencio reinó en las ruinas después de proferida por +don Juan esta última exclamación.</p> + +<p>El amor propio de Inés y su virtud misma se rebelaban contra la +suposición de Vargas, y era menester toda la fuerza del amor y el peso +de las razones que ella misma conocía haber tenido aquel caballero +para concebir semejantes sospechas, para que no diese muestras de su +indignación.</p> + +<p>Vargas, como el que acaba de arrojar de sí una pesada y molesta +carga, aunque gozoso por verse libre de ella, estaba como enajenado; y +además, conociendo también que su amada no podía estar muy satisfecha +con su pregunta, no sabía cómo anudar de nuevo la conversación sin que +volviese a recaer sobre tan delicado y desagradable objeto.</p> + +<p>Estando así ambos amantes, la tempestad que desde antes de ponerse +el sol<span class="pagenum" id="Page_II-17">p. II-17</span> se había +ido preparando descargó con tremenda furia.</p> + +<p>Un relámpago, a cuyo resplandor parecía incendiado el lejano +horizonte, seguido de un espantoso trueno fue el principio de la +tormenta, que en seguida ya fue general y terrible.</p> + +<p>—Todos los santos del cielo me amparen —exclamó Inés, retirándose +asustada al último rincón de las ruinas.</p> + +<p>—¿Qué temes? —dijo don Juan, siguiéndola, y pasándole un brazo por +la cintura, con ánimo sin duda de prestarla así su protección más +inmediatamente—. ¿Estando conmigo, qué temes, Inés?</p> + +<p>—Vuestra protección, don Juan, no creo que sea muy eficaz contra los +rayos del cielo.</p> + +<p>—La tempestad no puede ser duradera: en la estación en que nos +hallamos son frecuentes, pero momentáneas.</p> + +<p>—Por poco que dure siempre será lo bastante para que yo, a menos +de ponerme en camino diluviando como está, llegue a casa después que +Gabriel, y entonces...</p> + +<p>—Entonces,<span class="pagenum" id="Page_II-18">p. II-18</span> +infeliz de él si se atreviera a ofender a la esposa de Vargas.</p> + +<p>—La esposa de Vargas no lo soy aún, tal vez no lo seré nunca, y +entre tanto a su autoridad estoy sujeta.</p> + +<p>—¿Y quién le ha dado esos derechos sobre ti?</p> + +<p>—Mi destino.</p> + +<p>—¿Y cómo?</p> + +<p>—Este es un misterio que ni vos debéis preguntarme, ni yo revelarlo. +Dejemos, pues, de hablar de ello, y separémonos también.</p> + +<p>—¡Cómo, Inés! ¿Sin que hayas decidido de mi suerte?</p> + +<p>—Nos volveremos a ver dentro de ocho días en este mismo paraje, y a +la misma hora. Entonces tal vez me será lícito hablar más de lo que hoy +puedo hacerlo.</p> + +<p>—¿No me dirás al menos si me amas?</p> + +<p>—¡Ingrato! Harto lo sabes.</p> + +<p>—¡Inés mía!</p> + +<p>—Don Juan, adiós.</p> + +<p>—Espera: es imposible que con esta lluvia te pongas en camino.</p> + +<p>—Lo que es imposible es detenerme más sin grave riesgo; tal vez es +ya demasiado tarde.</p> + +<p>—Pues bien... Pero ahora se me ocurre: yo puedo llevarte hasta +la villa en mi caballo, cubierta con mi capa, y desde<span +class="pagenum" id="Page_II-19">p. II-19</span> la entrada hasta tu +casa poco hay que andar.</p> + +<p>—Vamos, pues.</p> + +<p>Salió don Juan de las ruinas en busca de su montura, pero la +oscuridad de la noche era tal, que a dos pasos no se divisaba un árbol. +Fuele, pues, preciso marchar muy despacio y a tientas, buscando los +únicos cuatro pinos que a unos seis u ocho pasos de la ermita estaban, +y a uno de los cuales había atado su caballo: tropezó por fin con uno +de los pinos, pero no era aquel el que buscaba; fue al segundo, y le +sucedió lo mismo, y otro tanto con el tercero y cuarto.</p> + +<p>«Vamos —dijo para sí—, he perdido enteramente el tino; no daré en +toda la noche con el caballo».</p> + +<p>Volvió de nuevo a recorrer los pinos, y viendo que tampoco en +ninguno de ellos estaba, comenzó a dudar de si habría tal vez más +árboles de los que él creía haber contado; pero un relámpago, +iluminando por un instante todo el lugar de la escena, le hizo ver +que no se había<span class="pagenum" id="Page_II-20">p. II-20</span> +equivocado al contar los árboles, y que su caballo no estaba ni en el +paraje que lo había dejado, ni cerca de él.</p> + +<p>—¡Confunda Dios al pícaro ladrón que se lo ha llevado! —exclamó +furioso dando una patada en el suelo—. ¡Buenos estamos! A pie y sin +dinero me deja, y ahora Inés habrá de andar a pie por ese camino, que +está hecho un mar sin duda.</p> + +<p>Mohíno además y pesaroso, dio la vuelta Vargas; no sin dificultad +atinó a entrar de nuevo en las ruinas contiguas a la ermita, y así que +estuvo dentro empezó a decir:</p> + +<p>—¡Pobre Inés! Estamos a pie: o el caballo espantado con los truenos +ha roto las riendas y echado a huir por esos campos, o algún ratero se +lo ha llevado. ¿Tendrás que irte a pie? ¿No respondes?</p> + +<p>El ruido solo de la lluvia, que impelida por el viento se estrellaba +contra los muros de la ermita, fue la contestación que recibió don Juan +a su pregunta.</p> + +<p>—Inés, responded por Dios santo... ¿Se<span class="pagenum" +id="Page_II-21">p. II-21</span> habrá ido? ¿Capaz es?... ¡Inés, Inés! +¿Os parece este momento para chancearos?... Ahí estáis, si yo os siento +andar... ¿Me huyes?... Responde, o es...</p> + +<p>—Silencio, o muerto sois, caballero —dijo al oído una voz de hombre +para él desconocida, y al mismo tiempo asido de ambos brazos, sin saber +por quién ni cómo, se halló en la imposibilidad de hacer el menor +movimiento contra la voluntad de sus guardianes.</p> + +<p>—¡Traidores! —dijo con rabia.</p> + +<p>—Silencio —repitió la misma voz que primero había hablado—: andad +con nosotros, en la inteligencia de que si no queréis hacerlo por +vuestro pie vendréis arrastrando. Silencio, repito, si amáis la vida, +que no tratamos de quitárosla, ni aun de ofenderos si a ello no nos +fuerza vuestra imprudencia.</p> + +<p>Concluida esta horrible oración echaron a andar los que tenían +agarrado a Vargas, y él también hubo de hacerlo con ellos mal que le +pesase.</p> + +<p>Durante algún tiempo conoció don<span class="pagenum" +id="Page_II-22">p. II-22</span> Juan que caminaban por las ruinas en +razón a la desigualdad del terreno y a la multitud de escombros con +que continuamente tropezaba; y aunque la extensión que en diferentes +direcciones le hicieron andar le pareciese mayor que las que las mismas +ruinas tenían, lo atribuyó en parte a su turbación, y en parte a error +en su primer cálculo.</p> + +<p>Yendo así le taparon el rostro con un pañuelo o capa que le echaron +sobre la cabeza; precaución bien excusada, pues que, como ya se ha +dicho, la noche era sumamente oscura. A poco rato el piso ya se ofrecía +unido y de nivel, y sus propios pasos, repetidos por un eco no muy +claro, resonaban en los oídos del prisionero; en seguida le hicieron +bajar una escalera, volver a andar por terreno llano, subir otra +escalera, y al cabo bajar una tercera; desde allí atravesar una zanja; +y por último, saliendo de ella, sentarse en uno que le pareció escaño +de madera.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_II-23">p. II-23</span></p> + +<p>En todo el tiempo no oyó don Juan proferir una palabra, de manera +que la única conjetura que sobre su situación pudo formar fue, por el +rumor de los pasos, la de ser tres las personas que con él iban, una +delante y dos asiéndole de ambos brazos.</p> + +<p>La circunstancia de faltarle el caballo le hizo creer que se hallaba +en poder de ladrones, lo que le era sumamente sensible, no por él, +sino por Inés, que era ya de suponer se hallaba en sus manos. En la +situación en que se hallaba solo un recurso se le ofrecía para salvar +a su amada de las garras de aquellos malvados, que era el de ofrecerle +por la persona de la pastelera un rescate considerable en dinero, y +así propuso hacerlo tan luego como hubiese terminado su caminata y le +diesen los ladrones lugar para ello.</p> + +<p>En medio de estos proyectos, y como a pesar suyo, resonaba una +voz en su conciencia, que le decía: «¿Por qué<span class="pagenum" +id="Page_II-24">p. II-24</span> te obstinas en venir a Madrigal, +si cuanto haces y dices en él redunda en daño tuyo?». El corazón +respondía: «Estoy enamorado, y yo mando». La cabeza podía haber +replicado en el gusano de la fábula: «Usted tiene razón: así va +ello».</p> + +<figure class="figcenter mt3"> + <img src="images/i_2p024.jpg" + style="width: 6em; height: auto;" + alt="Viñeta ornamental"> +</figure> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + +<div class="chapter" id="Ch22"> + <p><span class="pagenum" id="Page_II-25">p. II-25</span></p> + <h3 class="g1 ws1">CAPÍTULO II</h3> + <hr class="tir"> + + <div class="poetry-container smaller"> + <div class="poetry"> + <div class="stanza"> + <div class="verse i2">¿Dónde estás, señora mía,</div> + <div class="verse i0">Que no te duele mi mal?</div> + <div class="verse i0">O no lo sabes, señora,</div> + <div class="verse i0">O eres falsa y desleal.</div> + <div class="verse idr">(<i>Romance autógrafo</i>).</div> + </div> + </div> + </div> +</div> + +<p class="ti0">Uno de los infinitos y más agradables privilegios que +el género romántico concede a los que lo cultivan es el de decir las +cosas cuándo y cómo les viene a cuento, dispensándolos de la prolija +obligación de empezar una historia por su principio, de referir hasta +las veces que el protagonista fue azotado por el <i>dómine</i> en su +infancia, y de seguirle paso a paso en el discurso de su vida sin hacer +gracia al lector de uno solo de sus pensamientos, por insignificante y +necio que parezca.</p> + +<p>El autor romántico, como que puede<span class="pagenum" +id="Page_II-26">p. II-26</span> hacer todo aquello a que su ingenio +alcance, cuando no más, se ríe del orden cronológico; su fin es unas +veces divertir, otras horrorizar, pero siempre inspirar interés, y +usando en toda su latitud de aquella máxima de no sé qué autor, que +establece que <i>el fin santifica los medios</i>, sigue el camino +que su fantasía le dicta, despreciando reglas, hollando preceptos, +y preguntando solo a sus oyentes: «¿Se divierten ustedes? ¿Sí? Pues +bueno va».</p> + +<p>En uso de mis facultades, y como ejemplo práctico, he puesto +el exordio de este capítulo, con el cual respondo de antemano a +la objeción que sin duda me hará la crítica clásica de andar algo +descosido en mi novela, y hago solemne protesta de que por ahora, y +siempre que me convenga, seré romántico, reservándome empero refugiarme +en el clasicismo cuando las circunstancias lo exijan.</p> + +<p>Poco más fastidiado que deberá estarlo<span class="pagenum" +id="Page_II-27">p. II-27</span> el que ahora me lea con la impertinente +disertación que precede, se hallaba don Juan de Vargas en el mismo +paraje y situación en que le dejamos al fin del capítulo anterior, +esperando con ansia el resultado de una conferencia que indudablemente +se estaba celebrando a pocos pasos de él, pues el rumor de varias +voces, aunque vagas, hería sus oídos.</p> + +<p>Pareciole al cautivo que los que hablaban no pasarían de cuatro o +cinco personas, y entre ellas creyó distinguir el eco de una que debía +serle conocida; pero como su turbación no permitiese que recordara +entonces quién era, se persuadía a que aquel hombre podría muy bien +tener semejanza en la voz con algún conocido suyo, y serle sin embargo +enteramente extraño.</p> + +<p>Después de hablar un rato en voz tan baja que nada de su +conversación pudo percibir don Juan, animándose la discusión, +uno exclamó en tono más desagradable,<span class="pagenum" +id="Page_II-28">p. II-28</span> aunque lo que decía y con acento +gallego, o muy parecido a él:</p> + +<p>—Mateislu.</p> + +<p>Toda la sangre se le heló en las venas al hermano del marqués al oír +tan terrible sentencia.</p> + +<p>—Sí, sí —dijeron a un tiempo dos o tres de los que +conferenciaban.</p> + +<p>—Es lo más seguro —exclamó el que había hablado a Vargas, y estaba +entonces sujetándole en el escaño.</p> + +<p>Y acompañó su exclamación con un movimiento del brazo derecho, +que a pesar de estar cubierto no pudo menos de distinguir el preso, +quien, dándose ya por muerto, hizo mental y fervorosamente un acto de +contrición.</p> + +<p>—Teneos —gritó entonces la voz que a Vargas le parecía conocer—, +teneos. ¿Quién os ha dado derecho para disponer de la vida de ese +hombre?</p> + +<p>—Nuestra seguridad lo exige —replicó ásperamente el de las +ruinas.</p> + +<p>—Mateislu —volvió a decir el que hizo la proposición.</p> + +<p>—Os lo prohíbo —insistió el piadoso—; no tenéis facultad<span +class="pagenum" id="Page_II-29">p. II-29</span> para ello. Solo Dios es +árbitro de la vida de los hombres.</p> + +<p>—Y el rey —contestó una voz que hasta entonces no se había oído.</p> + +<p>—Sí, sí, y el rey —repitieron todos a coro.</p> + +<p>—Bien —dijo el defensor de Vargas—, y el rey; esperemos su decisión, +y tiemblen todos su justicia si se atreven a tocar en ese mancebo sin +orden suya.</p> + +<p>—Esperemos norabuena.</p> + +<p>—Esperemos.</p> + +<p>—Esperemos.</p> + +<p>Y el silencio más completo volvió a establecerse en torno del +preso.</p> + +<p>El primer movimiento de este fue dar gracias a Dios por haberle +libertado de tan grande peligro, deparándole en medio de aquellos +forajidos un alma compasiva que intercediese por él. Pero concluido +este acto de piedad, y tranquilo ya por su vida, empezó a reflexionar +sobre la última parte de la discusión que sobre su suerte acababa de +tener lugar, y cuanto más meditaba menos la comprendía.</p> + +<p>Un salteador de caminos, estableciendo<span class="pagenum" +id="Page_II-30">p. II-30</span> que solo Dios tiene derecho a quitar +la vida a los hombres, y los demás tan celosos por el monarca que al +momento le replican que también es el de dar muerte uno de los derechos +del rey, a la verdad son cosas no muy comprensibles si no se toman en +sentido crónico; pero que para disponer de la suerte de un caballero +que está en sus manos esperen los ladrones la resolución del rey, +era lo que volvía loco a don Juan, y hubiera enloquecido también a +cualquiera.</p> + +<p>Tal vez si la cuestión se le hubiese propuesto siendo otro el +paciente, y estando él tranquilo en casa de su hermano, hubiera atinado +con la única solución racional que podía dársele, y era la de suponer +que los ladrones llamaban rey al forajido que los mandaba, y que tal +vez estaría ausente; pero como, a la verdad, la situación de Vargas no +era la más a propósito para acertar enigmas, daba vueltas y más vueltas +al asunto, y cada vez lo entendía menos.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_II-31">p. II-31</span></p> + +<p>Diremos sin embargo, en defensa de su ingenio y honor de la verdad, +que no le era fácil hacer raciocinio alguno seguido, pues la ignorancia +en que estaba sobre la suerte de Inés le afligía aún más que su propio +peligro.</p> + +<p>La última y lejana campanada del reloj de la villa acababa de sonar +las nueve de la noche cuando distrajo a don Juan de sus reflexiones +el ruido que al levantarse de los asientos que ocupaban todos los +salteadores, a excepción de sus dos guardianes, que permanecieron +inmóviles.</p> + +<p>—El rey —se oyó decir en voz baja todo alrededor.</p> + +<p>«¡El rey!», exclamó para sí don Juan. «¡El rey! ¿Si estaré +soñando?».</p> + +<p>—Caballeros —empezó a decir una voz todavía más familiar a los oídos +de Vargas que la del que primero hemos hablado, pero reparando sin duda +en el prisionero, se interrumpió, exclamando—: ¿Qué es esto?</p> + +<p>—Yo lo diré, señor —contestó el que había intercedido por nuestro +caballero; y el<span class="pagenum" id="Page_II-32">p. II-32</span> +ruido de sus pasos anunció que se acercaba el recién venido para +enterarle sin duda de lo que había pasado.</p> + +<p>Después de un breve rato dijo riéndose el que don Juan suponía ser +el llamado rey:</p> + +<p>—Yo lo sabía; pero se me olvidó advertíroslo. ¡Buen susto habrán +pasado! ¡Coello!</p> + +<p>—¿Señor? —respondió el de las ruinas.</p> + +<p>—Venid.</p> + +<p>—¿Y este hombre?</p> + +<p>—Dejadlo, con Sousa basta.</p> + +<p>Entonces obedeció Coello, y Vargas pudo disponer de su brazo +derecho; mas conociendo que habría temeridad en intentar retirarse, +resolvió someterse pacientemente a su suerte, y permaneció +tranquilo.</p> + +<p>Poco tardó en volver Coello a su puesto, y decir:</p> + +<p>—Soltad, señor Sousa, a ese caballero. Señor don Juan de Vargas, +poned la mano derecha sobre el puño de vuestra espada.</p> + +<p>—Está puesta.</p> + +<p>—Levantaos.</p> + +<p>—Ya estoy en pie.</p> + +<p>—¿Juráis, por el signo de nuestra redención, por Dios y su Santísima +Madre, y prometéis a fe<span class="pagenum" id="Page_II-33">p. +II-33</span> de caballero sobre vuestro honor, que si os permitiese +salir de aquí, sano y salvo, jamás revelaréis de manera alguna la menor +circunstancia de cuanto acaba de pasaros?</p> + +<p>—Antes de jurar me es fuerza hacer una pregunta, señor...</p> + +<p>—Que diga.</p> + +<p>—Decid.</p> + +<p>—En el mismo paraje en donde me habéis sorprendido, estaba en mi +compañía una dama...</p> + +<p>—Está segura, tranquilizaos.</p> + +<p>—¿Quién me lo asegura?</p> + +<p>—¿Bastará —dijo el que mandaba—, bastará que ella os lo diga?</p> + +<p>—Sí —contestó Vargas después de algunos instantes de reflexión.</p> + +<p>Separose Coello de Vargas, y al cabo de algunos minutos volvió +acompañado de Inés, quien, dirigiéndose a su amante, le dijo:</p> + +<p>—Don Juan, no temáis por mí, segura estoy. Jurad lo que os han dicho +y retiraos.</p> + +<p>—Inés, no me engañéis. Si hay el menor peligro...</p> + +<p>—Ninguno, os lo protesto. Jurad, siquiera por que yo os lo ruego.</p> + +<p>—Repetid lo que queréis que jure.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_II-34">p. II-34</span></p> + +<p>Hízolo así Coello, y don Juan juró. Concluido este acto, el mismo +Coello, asiéndole de la mano, le mandó que le siguiese, y echando ambos +a andar, y sin saltar zanja ni subir más de una escalera, se halló +Vargas en el mismo paraje en que fue sorprendido. Quitole Coello la +capa que le cubría la cabeza, y retirándose precipitadamente, sin que +su prisionero supiese por dónde, le dejó enteramente libre.</p> + +<p>La tormenta había pasado, la luna, abriéndose paso al través +de algunas nubes que aún quedaban, iluminaba la campiña, que aún +conservaba cierto aspecto melancólico y abatido, y el silencio no era +interrumpido por sonido alguno.</p> + +<p>Don Juan necesitó de algunos minutos para recobrar enteramente sus +sentidos, y aún no muy sosegado salió de las ruinas, con ánimo de irse +a pie hasta Madrigal; mas con harta sorpresa suya veía su caballo atado +al mismo árbol, y en la misma forma que lo había puesto él por<span +class="pagenum" id="Page_II-35">p. II-35</span> la tarde, sin que +faltase nada de cuanto encima tenía.</p> + +<p>Montó, pues, y en breve tiempo llegó al mesón, donde su fiel Pedro +le estaba esperando.</p> + +<figure class="figcenter mt3"> + <img src="images/i_2p035.jpg" + style="width: 6em; height: auto;" + alt="Viñeta ornamental"> +</figure> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + +<div class="chapter" id="Ch23"> + <p><span class="pagenum" id="Page_II-36">p. II-36</span></p> + <h3 class="g1 ws1">CAPÍTULO III</h3> + <hr class="tir"> + + <div class="poetry-container smaller"> + <div class="poetry"> + <div class="stanza"> + <div class="verse i2">Vivir con ella en ignorado asilo,</div> + <div class="verse i0">Sus sienes coronar de mirto y rosa,</div> + <div class="verse i0">Y una mirada dulce, cariñosa,</div> + <div class="verse i0">En premio recibid de mi desvelo,</div> + <div class="verse i0">Es mi sola ambición, mi solo anhelo.</div> + <div class="verse idr">(<i>Oda inédita</i>).</div> + </div> + </div> + </div> +</div> + +<p class="ti0">La mala cama, el ruido de las caballerías y, más que +todo, su agitación no permitieron a Vargas disfrutar en la posada de un +solo instante de reposo.</p> + +<p>Representábanse sin cesar en su fantasía las escenas del principio +de la noche, y el peligro que acababa de correr le parecía aún mayor +después de pasado que cuando en él se hallaba, sucediéndole lo que +al caminante que a fuerza de penas logra verse en lo más alto de +una escarpada roca, que ya en su cima se horroriza contemplando el +precipicio a cuya orilla pasó.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_II-37">p. II-37</span></p> + +<p>Pero lo que más le mortificaba era cierto escrúpulo de conciencia +sobre haber creído ligeramente en la seguridad de Inés, que sin +cesar se le ocurría. En vano se recordaba a sí mismo la absoluta +imposibilidad de defender a su querida en que se hallaba cuando se +le exigió el juramento que prestó para obtener su libertad; en vano +la misma Inés le había rogado que jurase. A todas sus reflexiones se +decía: «Yo debí morir a su lado o salvarla conmigo».</p> + +<p>En estos pensamientos le sorprendió el alba y, apenas el primer rayo +de luz penetró en su aposento, se vistió apresuradamente y envuelto en +una gran capa, con su sombrero de ala ancha calado hasta las cejas, se +puso en la calle.</p> + +<p>Dirigiose inmediatamente a la pastelería, que como de razón encontró +cerrada. Cediendo a su impetuosidad iba a llamar a la puerta, pero por +fortuna suya cuando ya tenía el aldabón en la mano le detuvieron el +brazo por detrás.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_II-38">p. II-38</span></p> + +<p>—¿Quién se atreve a ponerme la mano encima? —dijo Vargas lleno de +cólera y sacando al mismo tiempo la daga.</p> + +<p>—Yo, señor don Juan.</p> + +<p>—Fray Miguel, ¿y con qué derecho? Seguid vuestro camino, y dad +gracias a ese hábito si no lleváis el premio que merece vuestra +insolencia.</p> + +<p>—Caballero, vuestra cólera ni me asusta ni me enoja; sois mozo +y soldado; yo anciano y religioso. ¿Qué gloria ni qué provecho os +reportaría el maltratarme?</p> + +<p>—Padre mío, conclúyase la conversación; siga vuestra paternidad por +donde iba, y déjeme a mí acudir a mis negocios, que, por Dios santo, no +estoy para sermones.</p> + +<p>Y al concluir estas palabras volvió a asir el aldabón; mas fray +Miguel se opuso también segunda vez a sus intentos.</p> + +<p>—Fraile, o demonio en figura de tal, ¿has salido del averno solo +para precipitarme? Retírate al momento, o te mato si mil vidas tuvieras +—exclamó Vargas loco ya de furia, y desembozándose enseñó la daga +desnuda al vicario de Santa<span class="pagenum" id="Page_II-39">p. +II-39</span> María.</p> + +<p>Mas este, impávido, sin mudar siquiera de color y permaneciendo +inmóvil delante de la puerta de Gabriel de Espinosa, le contestó +mostrándole el pecho:</p> + +<p>—Herid, señor don Juan de Vargas, herid norabuena si tan ciego +estáis que desconozcáis no solo vuestros propios intereses, sino los de +la persona misma a quien queréis servir. Sacad de esta vida miserable a +un hombre que, resignado con la voluntad de Dios, siempre está pronto a +comparecer ante su trono; pero creedme: de no pasar sobre mi cadáver, +no cometeréis ahora la imprudencia de llamar a esta puerta.</p> + +<p>La sangre fría de fray Miguel, su tono solemne, y la firme decisión +que en su rostro se mostraba de llevar adelante su propósito, +paralizaron los efectos de la cólera de Vargas: con los brazos caídos, +baja la cabeza, y oído atento, escuchó cuanto el fraile quiso decirle, +y aun después de haber concluido aquel de hablar permaneció algún +tiempo en silencio.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_II-40">p. II-40</span></p> + +<p>—Fray Miguel, he andado sobradamente ligero, lo confieso; pero +vuestra paternidad me ha provocado. Sea como quiera, respeto vuestro +carácter, y voy a daros una prueba de ello sometiéndome a hacer +explicaciones que a nadie debo. Si presumís que mi venida a esta casa +tiene algo de hostil, os engañáis. Deseo solo saber que una persona de +ella...</p> + +<p>—¿Inés?</p> + +<p>—Sí, Inés: puesto que lo habéis dicho, deseo saber si está en su +casa.</p> + +<p>—Lo está.</p> + +<p>—¿Quién os lo ha dicho?</p> + +<p>—Yo la he visto.</p> + +<p>—¿Cuándo?</p> + +<p>—Anoche.</p> + +<p>—¿A qué hora?</p> + +<p>—A las diez de ella.</p> + +<p>—¿No me engañáis?</p> + +<p>—Mancebo, estas canas y este hábito ¿merecen por ventura tan +injuriosa desconfianza?</p> + +<p>—No, fray Miguel. Dadme esa mano: seamos amigos.</p> + +<p>—Yo lo soy vuestro más de lo que pensáis, señor don Juan, y voy a +daros pruebas de ello si tenéis la bondad de seguirme.</p> + +<p>—Vamos. Pero permitidme que os pregunte cómo, a hora en que +nadie anda por las calles, os halláis vos en<span class="pagenum" +id="Page_II-41">p. II-41</span> ella.</p> + +<p>—Señor don Juan, el temor que tenía de que usted intentase lo que ha +tratado de hacer.</p> + +<p>—¿Pues cómo podrá vuestra paternidad sospecharlo cuando yo mismo no +he formado el designio de visitar a Gabriel hasta hace media hora?</p> + +<p>—¿Y de qué servirían mis años y mi experiencia si no pudiera yo +preveer las acciones de un hombre apasionado antes que él mismo? Yo he +sido joven como usted, señor caballero, antes de vestir este hábito; +también las pasiones me han atormentado.</p> + +<p>—Norabuena; pero ¿qué antecedente tenía usted, padre vicario, para +creerme desasosegado por Inés?</p> + +<p>—¿Qué antecedente? El habérmelo dicho ella misma.</p> + +<p>—¿Ella? ¿Y os ha dicho que...?</p> + +<p>—Me ha dicho que la amáis, que os ama.</p> + +<p>—Fray Miguel, si tratáis de sorprenderme, os habéis engañado; yo +no...</p> + +<p>—Deteneos, que yo no os pido que confeséis ni neguéis cosa alguna: +voy simplemente a referiros lo que Inés me ha dicho. Se reduce, pues, a +que entre ambos<span class="pagenum" id="Page_II-42">p. II-42</span> +median relaciones amorosas, y que ayer en una cita las circunstancias +fueron tales que al separarse de vos debía quedaros alguna inquietud +por ella. La pintura que en seguida me hizo del carácter vehemente +del señor don Juan de Vargas, y el conocimiento que yo tengo del de +Espinosa...</p> + +<p>—¿Conque le conocéis?</p> + +<p>—Sí, le conozco: dejadme concluir. Temí, pues, el paso que queríais +dar, del cual no hubierais sacado más fruto que comprometer a vuestra +amada. Ved aquí por qué, a pesar de esa capa y ese sombrero, os he +conocido.</p> + +<p>Calló el fraile, y Vargas, perdido, por decirlo así, en su laberinto +de conjeturas, no acertó tampoco a decir palabra hasta hallarse dentro +del monasterio y en la celda del vicario.</p> + +<p>En ella hizo su dueño los honores a don Juan con toda cortesía, y +sentados ambos volvió a tomar la palabra el vicario.</p> + +<p>—En vista de la manera con que esta<span class="pagenum" +id="Page_II-43">p. II-43</span> mañana han sido recibidos mis buenos +oficios, tal vez, señor don Juan, debiera yo abstenerme de mezclarme en +asuntos ajenos. Pero mi deber, como ministro del altar, es sacrificarme +por conservar la paz en las familias, y además, por razones que tal vez +antes de mucho podrán ser públicas, estoy particularmente interesado en +el negocio en que vamos a hablar. Será preciso, pues, que se me escuche +con paciencia.</p> + +<p>—Contad con ella, fray Miguel, y decid cuanto se ocurra —contestó +Vargas reprimiendo a duras penas la expresión del enojo que tantos +exordios y preñeces le causaban.</p> + +<p>—Usaré de esa licencia —repuso el vicario— y procuraré ser breve. +Vuestro nacimiento es ilustre, y yo me complazco en creer que no +trataréis de oscurecer su nobleza con acción ninguna que de él +desdiga.</p> + +<p>—Padre vicario, no habléis más de eso: nadie ha dudado hasta hoy de +la honradez de los hijos de mi padre, y...</p> + +<p>—No se exalte, que tampoco dudo yo; lo<span class="pagenum" +id="Page_II-44">p. II-44</span> que he dicho ha sido solo para haceros +conocer el inminente peligro en que una loca pasión os pone.</p> + +<p>—Mi pasión no es loca.</p> + +<p>—Sí lo es; y lo probaré. ¿Conocéis a Inés?</p> + +<p>—¿Si la conozco? Mejor que a mí mismo. Bella, sensible, generosa, +honrada, y de nobles pensamientos, Inés ha nacido para ocupar un trono. +Sí la conozco, fray Miguel; y el día que la conocí decidió del destino +de mi vida entera.</p> + +<p>—Joven infeliz, si eso es así, os compadezco.</p> + +<p>—¿Y por qué? Si amo, también soy amado: en breve un lazo santo nos +unirá.</p> + +<p>—Os engañáis.</p> + +<p>—¿Y quién se atrevería a oponerse a la firme voluntad de ambos? +¿Quién mientras Vargas tenga brazo y espada le impedirá que sea esposo +de Inés? La familia de Vargas no podrá impedirlo, yo os lo fío.</p> + +<p>—¿Y Gabriel?</p> + +<p>—¿Tiene ese hombre más de una vida?</p> + +<p>—¿Paréceos el homicidio buen camino para llegar a la felicidad?</p> + +<p>—No sé, ni quiero saber más que Inés ha de ser mía.</p> + +<p>—La pasión es quien habla, don<span class="pagenum" +id="Page_II-45">p. II-45</span> Juan, no vos. Atendedme os ruego. +Dejemos por un momento a Gabriel a un lado, y hablemos de vos solo y +de vuestra familia. De Inés, como ella misma os ha dicho, nada más +conocéis que el nombre.</p> + +<p>—Y el alma.</p> + +<p>—Creéis conocerla, y tal vez...</p> + +<p>—Tal vez arrancaré la lengua al que fuere osado a ponerla en la que +adoro.</p> + +<p>—No es ese mi ánimo. Pienso como vos.</p> + +<p>—Inés es capaz de hacer feliz a su marido. ¿No es verdad, padre +mío?</p> + +<p>—Así lo creo, pero Inés hoy es muy poco para ser vuestra esposa; +mañana tal vez será demasiado.</p> + +<p>—No os entiendo a fe mía.</p> + +<p>—Ni yo puedo explicarme más.</p> + +<p>—Norabuena. Cuantos me hablan de algún tiempo a esta parte lo hacen +misteriosamente; ya me voy habituando. Continuad, padre.</p> + +<p>—Si vuestra familia llega a saber los proyectos que formáis, ¿cuál +será el resultado? Una persecución violenta caerá sobre la infeliz +Inés; y esta no cesará hasta que se la ponga en posición que os sea +imposible llegar a ella.<span class="pagenum" id="Page_II-46">p. +II-46</span> Un matrimonio clandestino, Inés no consentirá en él; vivid +seguro de ello. ¿Qué partido os queda?</p> + +<p>—Casarme hoy mismo con ella, y hoy mismo huir con ella a país +extranjero.</p> + +<p>—Y allí, sin recursos de ninguna especie, don Juan de Vargas +mendigará el sustento para él y su esposa, ¿no es cierto? La miseria +y cuantos males la acompañan son el presente que vuestro amor quiere +hacer a la mujer que idolatráis. Don Juan, por ella y por lo mismo +escuchad la voz de la razón: es forzoso que renunciéis a Inés.</p> + +<p>—Antes morir mil veces.</p> + +<p>—Mancebo, corréis a vuestra perdición.</p> + +<p>—¿Qué importa? Sin ella no puedo ser nunca feliz; esto es cierto, +ciertísimo, fray Miguel.</p> + +<p>—Señor don Juan, este negocio es harto ajeno de mis años y mi +carácter; pero me intereso tan de veras por Inés y por vos, que +consiento tomarlo a mi cargo si me prometéis no dar en él paso ninguno +sin anuencia mía.</p> + +<p>—¿Y vuestra paternidad me promete que no abusará jamás de mi<span +class="pagenum" id="Page_II-47">p. II-47</span> confianza para alejarme +de Inés?</p> + +<p>—¡Qué suspicacia! Sí, prometo.</p> + +<p>—Pues yo también.</p> + +<p>—Está dicho. Un solo medio hay por el que tal vez podéis llegar a +ser esposo de Inés.</p> + +<p>—¡Ah! Decid cuál, y veréis que estoy pronto.</p> + +<p>—Exige de vuestra parte grandes sacrificios.</p> + +<p>—Ninguno habrá que me lo parezca siendo por ella.</p> + +<p>—Exponeros a riesgos inminentes.</p> + +<p>—Más de una vez he expuesto ya el pecho a las balas.</p> + +<p>—Son también necesarios la paciencia...</p> + +<p>—Tendré la de un santo.</p> + +<p>—La sumisión...</p> + +<p>—Seré un esclavo.</p> + +<p>—El silencio.</p> + +<p>—Callaré como un muerto.</p> + +<p>—Todo os parece fácil ahora.</p> + +<p>—A la prueba me remito.</p> + +<p>—Acepto la promesa.</p> + +<p>—¿Pero Inés será mía?</p> + +<p>—Tal vez.</p> + +<p>—¿Tal vez no más?</p> + +<p>—Vuestra será.</p> + +<p>—Sois mi ángel tutelar.</p> + +<p>Y el pobre fraile se vio abrazado, besado, acariciado de todas las +maneras posibles, y a pesar de su gravedad, no pudo menos de sonreírse +y enternecerse con el entusiasmo de Vargas.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_II-48">p. II-48</span></p> + +<p>Más fácil es imaginar que describir el extraño grupo que formaban un +fraile anciano y un caballero mozo, estrechamente abrazados y llorando +como dos chiquillos.</p> + +<p>Vargas, enajenado de gozo, fray Miguel, enternecido, se miraban el +uno al otro con una expresión tan singular, tan dulce, que más parecían +padre e hijo que dos extraños.</p> + +<p>En esta situación los sorprendió Gabriel de Espinosa, que sin pedir +licencia ni llamar, abrió la puerta de la celda y entró en ella como +pudiera hacerlo en su casa.</p> + +<p>Iba el vicario a levantarse de su asiento, mas a una seña del +pastelero permaneció tranquilo.</p> + +<p>—Fray Miguel de los Santos, guárdeos el cielo —dijo Espinosa con +el mismo tono de voz que ya le había oído don Juan cuando le vio por +primera vez. Pero entonces no se desmayó el fraile, sino que haciéndole +una reverencia, le respondió:</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_II-49">p. II-49</span></p> + +<p>—Señor Gabriel, él venga con vos.</p> + +<p>Al escuchar el saludo del pastelero, Vargas se estremeció sin saber +él mismo por qué. Verdad es que aun cuando don Juan pasó en casa de +Espinosa más de quince días para curarse de la herida que recibió en la +pradera, puede decirse que apenas le vio.</p> + +<p>Pasábanse en efecto los días enteros sin que Gabriel entrase en la +habitación que ocupaba su huésped, y cuando lo hacía era por pocos +minutos, limitándose su conversación a preguntar por la salud del +enfermo y desearle un pronto restablecimiento.</p> + +<p>Tan extraña conducta no pudo menos de llamar la atención del hermano +del marqués; pero a cuantas preguntas hizo a Inés sobre la materia +jamás oyó otra respuesta que la de que aquel hombre era de carácter +naturalmente áspero y oscuro.</p> + +<p>Por otra parte, Vargas, continuamente en compañía de Inés, y +enamorado<span class="pagenum" id="Page_II-50">p. II-50</span> hasta +no más de ella, no echaba mucho de menos la sociedad de Gabriel: +de manera que cuando llegó el caso de volverse a Valladolid, sus +relaciones con él eran poco más o menos las mismas que el primer día de +haberse visto.</p> + +<p>No había, pues, entre ambos la mayor intimidad, y no sabía don Juan, +en la ocasión de que hablamos, cómo tratarle; pero Espinosa zanjó +la dificultad llegándose a él con aire afable, aunque sobradamente +familiar, y diciéndole:</p> + +<p>—¿Pues cómo, señor don Juan de Vargas, vos en Madrigal, y no en mi +casa que tan vuestra es?</p> + +<p>Tomó entonces fray Miguel la palabra, y contestando por Vargas, +dijo que al llegar este a la villa, aquella misma mañana, le había él +encontrado y llevado consigo, sin darle lugar a otra cosa. Con esto +tuvo don Juan el tiempo suficiente para recobrarse, y contestando al +cumplimiento del pastelero con no menos cortesanía que la suya, la +conversación<span class="pagenum" id="Page_II-51">p. II-51</span> se +hizo general, fácil e indiferente.</p> + +<p>Ya en esto se acercaban las ocho de la mañana, hora en que el +vicario decía diariamente la misa, y con este motivo se retiró a hacer +oración para prepararse a celebrar dignamente tan santo sacrificio.</p> + +<p>Quedáronse, pues, solos don Juan y Espinosa, y este manifestó en la +conversación un talento tan claro, tan vasta instrucción, y sobre todo, +un conocimiento de los hombres que sorprendió a Vargas.</p> + +<p>Hizo don Juan caer la conversación sobre la política de la época, +y el pastelero en breve le manifestó que estaba muy al corriente de +ella.</p> + +<p>Habló de toda España, de Italia y de Flandes, como hombre que todo +lo había corrido, y con aprovechamiento. Los asuntos de Portugal los +tocó ligeramente, y esto lo atribuyó Vargas al justo temor que entonces +se tenía de tratar semejante<span class="pagenum" id="Page_II-52">p. +II-52</span> materia, pues Felipe no consentía sobre ella la menor +discusión.</p> + +<p>Como quiera que fuese, el hecho es que cuando se trató de ir +a oír la misa, Vargas estaba prendado del pastelero, y lleno de +asombro de que un hombre de oficio tan bajo tuviese tal instrucción +y discernimiento. Lo que únicamente le disgustaba en él era cierto +aire de iniciativa y decisión que tomaba en las conversaciones. Decía +en efecto las cosas no como quien anuncia una opinión, sino a manera +de axioma. Si el oyente le replicaba, solía satisfacer a su objeción +con fuerza y brevedad; pero si aun se le oponían, cesaba de hablar, +arrugaba el ceño, y ya no era posible hacerle volver a entrar en +materia.</p> + +<p>Este proceder tan contrario a lo que su oficio prometía; su +ninguna aplicación al trabajo; su amistad con fray Miguel, y sobre +todo, Inés tan dama, tan llena de honrado orgullo, persuadieron a don +Juan de que en la historia de aquel hombre se<span class="pagenum" +id="Page_II-53">p. II-53</span> encerraba algún extraño misterio, y que +de él dependían todas las reticencias que notaba en su querida y en el +vicario.</p> + +<p>A juzgar por las apariencias, no iba en esto Vargas muy descaminado; +mas, mirando el asunto más despacio, no parece que fuese cosa +extremadamente sorprendente el que un hombre de baja esfera viajase +mucho, pues al cabo pasteleros en todas partes los hay. Los misterios +de Inés y los del vicario eran a la verdad incomprensibles; pero por lo +mismo, todo cálculo fundado sobre ellos debía ser de ningún valor.</p> + +<p>Acabada la misa, el vicario, Vargas y Espinosa tomaron chocolate +juntos en la celda del primero, y ya terminado el desayuno pidió +licencia fray Miguel a don Juan para tratar con él de cierto asunto de +la comunidad.</p> + +<p>Vargas se retiró inmediatamente, y ofreciendo volver en breve +a verse con el vicario, tomó, casi sin saberlo, el camino de la +pastelería.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_II-54">p. II-54</span></p> + +<p>Entró en ella, y en la tienda le recibió el mulato con toda la +afabilidad que en él cabía, y era sobre poco más o menos la de un perro +de presa, que si no muerde a su amo, no deja tampoco de enseñarle los +dientes.</p> + +<p>—Domingo —dijo don Juan—, ¿y tu ama?</p> + +<p>—¿Qué ama?</p> + +<p>—Inés. ¿No está en casa?</p> + +<p>—No.</p> + +<p>—¿Adónde ha ido?</p> + +<p>—No sé.</p> + +<p>—¿Y volverá pronto?</p> + +<p>—No sé.</p> + +<p>—¿Hace mucho que ha salido?</p> + +<p>—No sé.</p> + +<p>—¿Pero cómo no has de saber cuánto tiempo hace que se marchó?</p> + +<p>—No sé. Ya he dicho que no sé. ¿A qué viene tanta pregunta?</p> + +<p>Como Vargas conocía el carácter de Domingo, no se obstinó en +hacerle más preguntas, y aunque como buen enamorado estaba lleno de +impaciencia por saber de su dama, no quiso proseguir un interrogatorio +que indudablemente había de ser inútil.</p> + +<p>Trataba sin embargo de buscar medio para ver a Inés, cuando +inesperadamente<span class="pagenum" id="Page_II-55">p. II-55</span> +se abrió una de las puertas que comunicaban de lo interior de la casa a +la tienda, y entró en esta una niña de tres a cuatro años de edad, en +cuyas facciones se notaba una semejanza extraordinaria con las de Inés. +La única diferencia que entre ambos rostros había era el de ser algo +menos fiera y mucho más dulce la expresión habitual del de la niña que +el de la mujer. El color de la primera era también más blanco que el de +la segunda, pero una y otra circunstancia podían muy bien atribuirse, +y se atribuían en efecto por el vulgo, a las distintas edades de las +personas comparadas.</p> + +<p>Así que la niña vio a Vargas corrió hacia él, y pagó con un sin +número de inocentes caricias las infinitas que le hizo el caballero.</p> + +<p>—Juanito mío, ¿me quieres todavía? —preguntó a don Juan.</p> + +<p>—Sí, hija mía, más que nunca. ¿Y tú a mí, Clarita?</p> + +<p>—Mucho, mucho.</p> + +<p>—Me alegro; pero ¿qué tienes? ¿Estás llorosa?</p> + +<p>—Sí, he llorado.</p> + +<p>—¿Y por<span class="pagenum" id="Page_II-56">p. II-56</span> qué +has llorado, ángel mío?</p> + +<p>—Porque tía Inés se ha ido y no me ha querido llevar.</p> + +<p>—¡Hay tal! Déjala que venga, verás cómo le reñimos.</p> + +<p>—Si ya no viene.</p> + +<p>—¿Qué dices, Clarita?</p> + +<p>—Que ya no viene en mucho tiempo.</p> + +<p>—¿Quién te lo ha dicho?</p> + +<p>—Papá.</p> + +<p>—Habrá sido por engañarte. Estará en misa, o a comprarte dulces.</p> + +<p>—No lo creas, Juanito. Ha salido en un caballo, y dos señores la han +ido acompañando.</p> + +<p>—¡El cielo me valga! ¿Y cuándo se han ido?</p> + +<p>—Esta mañana muy tempranito.</p> + +<p>—Vaya, tú me engañas, Clarita.</p> + +<p>—No te engaño; mira, y se han ido por la puerta del corral. Tía Inés +lloraba, y papá estaba tan serio, tan serio, ¿sabes?</p> + +<p>—¿No sabes dónde ha ido?</p> + +<p>—No, pero muy lejos. Ya se lo diré a la señora, que me hacen +rabiar.</p> + +<p>Estas últimas palabras de la niña ya no las escuchaba don Juan, a +quien la sorpresa y disgusto embargaban los sentidos, y tenían como +fuera de sí.</p> + +<p>Viendo Clarita que su Juanito, como<span class="pagenum" +id="Page_II-57">p. II-57</span> ella decía, no contestaba, alzó el +rostro para mirarle, y viéndole encendido como una grana, y con los +ojos que parecían iban a saltársele del cráneo, fue tanto lo que se +asustó, que inmediatamente saltó desde sus rodillas, en que estaba +sentada, al suelo, y se echó a llorar amargamente.</p> + +<p>El mulato se acercó al instante, y con el ruido del llanto, +volviendo don Juan en sí, acudió a ver qué ocurría.</p> + +<p>—¿Qué tienes, niña? ¿Por qué lloras? ¿Por qué te has enojado +conmigo? No, inocente, no; vamos, calla. Si sabes que te quiero. Un +poco de agua para esta criatura, Domingo.</p> + +<p>Este, que parecía conmovido, trajo un vaso de agua, y poniéndose de +rodillas presentó a la niña en la mano; pero Clarita, apartándole de sí +con mucho despego, le dijo:</p> + +<p>—Yo no bebo sin salvilla, Domingo.</p> + +<p>—Déjate ahora de eso —replicó Vargas—, bebe.</p> + +<p>—No, no; papá y la señora no quieren.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_II-58">p. II-58</span></p> + +<p>Domingo, sin replicar palabra, echó una mirada en rededor de sí, +y no viendo con qué suplir la falta de la salvilla, echó mano de su +propio sombrero, y colocándolo debajo del vaso se volvió a acercar a +Clarita, quien, a fuer de niña, celebró con una sonrisa la invención +del mulato y bebió.</p> + +<p>Vargas en seguida la dio un beso, y prometiendo volver pronto echó +a andar para el monasterio, resuelto a adquirir de un modo o de otro +noticias de su Inés.</p> + +<p>Pero el destino lo tenía ordenado de otra manera. Ni el fraile ni el +portero estaban en la celda, ni en parte alguna del monasterio.</p> + +<p>No por esto perdía don Juan la esperanza. Volviose al mesón, mandó +ensillar los caballos, y montando, seguido de su criado, emprendió +nada menos que correr todas las cercanías de la villa, con objeto de +descubrir la dirección que habían tomado Inés y los dos hombres que +según Clarita la acompañaban.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_II-59">p. II-59</span></p> + +<p>En esta penosa faena emplearon todo aquel día amo y criado. Aquí +se hacía un labriego estúpido repetir veinte veces una pregunta, que +al cabo no comprendía. Más allá les contaban un cuento muy largo para +decirles que tres días antes habían pasado por aquel paraje unos +arrieros, pero que nada habían visto de lo que se les preguntaba.</p> + +<p>En resumen, a las oraciones no sabía Vargas otra cosa más que lo que +le dijo un trabajador, de que estando en las viñas había visto a lo +lejos tres caballerías; que en las dos de los costados le parecían iban +caballeros dos hombres, pero que en la del medio no distinguió más que +un bulto negro o carga. Lo único que el trabajador aseguró fue que se +dirigían por el camino de Medina del Campo.</p> + +<p>Esta noticia era bien escasa y vaga. Lo natural hubiera +sido volverse a Madrigal y tomar informes de fray Miguel, pero +la impaciencia de Vargas no conoció<span class="pagenum" +id="Page_II-60">p. II-60</span> límites. Así pues, envió a Pedro al +monasterio con un recado para el vicario, suplicándole que valiéndose +del mismo conducto le hiciese saber por escrito lo que pudiese sobre el +viaje de Inés, y él continuó el suyo para Medina.</p> + +<figure class="figcenter mt3"> + <img src="images/i_2p060.jpg" + style="width: 6em; height: auto;" + alt="Viñeta ornamental"> +</figure> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + +<div class="chapter" id="Ch24"> + <p><span class="pagenum" id="Page_II-61">p. II-61</span></p> + <h3 class="g1 ws1">CAPÍTULO IV</h3> + <hr class="tir"> + + <div class="poetry-container smaller"> + <div class="poetry"> + <div class="stanza"> + <div class="verse i2">Hagamos un esfuerzo generoso,</div> + <div class="verse i0">Algún auxilio en nuestro mal busquemos;</div> + <div class="verse i0">Si el cielo nos le niega, perezcamos,</div> + <div class="verse i0">Que menos malo, y doloroso menos,</div> + <div class="verse i0">Es de una vez el renunciar la vida,</div> + <div class="verse i0">Que ser esclavos y existir sufriendo.</div> + </div> + </div> + </div> +</div> + +<p class="ti0">Cuatro leguas de Castilla que andar en un caballo, +cansado ya de correr durante un día entero, es pesada tarea, y más para +el que aun volando hubiera creído andar despacio. Pero, mal que le pese +a don Juan, le fue menester tardar seis horas en su camino, llegar por +consiguiente a su destino pasada la media noche, hora en que ya no se +veía alma viviente por las calles, ni puerta alguna que no estuviera +cerrada.</p> + +<p>Ni el jinete ni el caballo habían tomado alimento alguno en todo +aquel día,<span class="pagenum" id="Page_II-62">p. II-62</span> y uno +y otro estaban desfallecidos. Don Juan, con el aturdimiento, perdió el +tino al ir a la posada en que acostumbraba a parar, y cuando después de +andar media hora por calles y encrucijadas quiso recordar, ya se halló +fuera de camino y enteramente desorientado. Lo peor del caso fue que +a fuerza de dar vueltas se había salido de la villa, y estaba, a su +parecer, en el extremo opuesto al de su entrada.</p> + +<p>¿Qué remedio? Volverse atrás; pero el caballo dijo que no podía más +y se tendió. Don Juan, que felizmente no recibió lesión alguna en la +caída, hubo de resignarse a esperar que con el alba pasara algún alma +compasiva que ayudándole a desembarazar la pierna derecha que tenía +debajo del caballo le sacase del purgatorio.</p> + +<p>Dejamos a la consideración del lector la desesperación, las +imprecaciones y penas del buen caballero, y por él y por nosotros nos +apresuraremos a referir cómo salió de tan mala posición.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_II-63">p. II-63</span></p> + +<p>Empezaba apenas a iluminar el horizonte la dudosa luz del crepúsculo +cuando el ruido de los pasos de algunos caballos en el extremo de la +calle en que estaba tendido Vargas le anunció que se aproximaba el +instante de su libertad.</p> + +<p>—¿Qué diablos está haciendo ahí? —preguntó uno de los que venían.</p> + +<p>—¿No lo ve, pese a mi vida? —respondió don Juan—: estoy preso debajo +de este maldito rocín, que Dios confunda.</p> + +<p>—¡Ah!, ¡ah!, ¡ah! Y es verdad. Divertido está el buen hombre.</p> + +<p>—Lo que importa es que usted, señor hidalgo, me ayude a salir de +aquí.</p> + +<p>—Vamos de prisa, hermano, no puede ser. Adiós.</p> + +<p>—No daré un paso más antes de que se ayude a ese caballero a ponerse +en pie —dijo en voz baja, pero con firmeza, una mujer que con los +caminantes iba.</p> + +<p>Oído esto, los que la acompañaban sin replicar palabra echaron pie +a tierra, y en breves instantes pusieron en pie al pobre Vargas. Este, +a pesar de<span class="pagenum" id="Page_II-64">p. II-64</span> lo +mohíno y maltrecho que se hallaba, se acercó inmediatamente a la dama, +que permanecía a caballo, y con las más corteses expresiones agradeció +el favor recibido.</p> + +<p>Mientras él hacia su arenga, montaban a caballo los que le habían +auxiliado, y la dama, aprovechándose para no ser oída de ellos del +ruido que hacían, dijo en tono apenas inteligible a Vargas:</p> + +<p>—El domingo próximo a la oración en el Carmen de Valladolid; si no, +el siguiente en la ermita de Madrigal.</p> + +<p>Dicho esto, sin esperar respuesta, se alejó con viveza, y en +seguimiento suyo fueron los demás, que eran tres hombres a caballo.</p> + +<p>«Es Inés, no tiene duda. El domingo próximo... Bien; ¿pero no sería +mejor seguirla ahora mismo? Sí, por cierto... El caballo no puede con +su pellejo... Esperemos, no hay otro remedio».</p> + +<p>En ejecución tan loable y necesario proyecto echó Vargas a andar +en busca<span class="pagenum" id="Page_II-65">p. II-65</span> de la +posada, con la cual dio por fin, no sin trabajo, y por aquella vez +triunfaron el cansancio y el hambre del amor y la inquietud.</p> + +<p>Dejémosle descansar, que bien lo necesita, y veamos cómo Pedro +desempeñó su comisión.</p> + +<p>Inmediatamente que se separó de su amo se dirigió al monasterio, +mas le fue imposible ver por entonces al vicario, pues se le dijo que +en aquel momento se hallaba en el locutorio con la señora doña Ana de +Austria.</p> + +<p>Pedro, paciente como el que más, dijo que estaba bien, que +esperaría; y en efecto esperó nada menos que dos horas, al cabo de +las cuales salió de su conferencia fray Miguel, pero no solo, sino +acompañado de Gabriel de Espinosa.</p> + +<p>Como criado en casa de un título de Castilla, y acostumbrado por +consiguiente a ver desde la infancia observadas rigorosamente las +leyes de la etiqueta y distinción de jerarquías, no pudo menos<span +class="pagenum" id="Page_II-66">p. II-66</span> de sorprender +extraordinariamente al sirviente de Vargas que un pastelero gozase +de tan alto favor, que una persona de sangre real le admitiese en su +presencia, y nada menos que por más de dos horas.</p> + +<p>No tuvo sin embargo tiempo de hacer reflexiones el criado, pues +apenas le hubo visto el vicario se acercó a preguntarle qué se le +ofrecía.</p> + +<p>Como Gabriel estaba presente, Pedro no quiso decir el verdadero +objeto que allí le tenía, y se contentó con decir que su amo le enviaba +a informarse de la salud de su reverencia.</p> + +<p>—Buena, a Dios gracias —dijo Espinosa, riéndose maliciosamente—, +muy buena: desde esta mañana acá, no ha sufrido alteración. Hermano +Pedro, desempeñad vuestra comisión, que yo, que soy quien lo impide, me +apartaré lo suficiente para no oíros, aunque es inútil, pues antes de +que habléis sé ya lo que vais a decir.</p> + +<p>Quedose Pedro al oír estas palabras<span class="pagenum" +id="Page_II-67">p. II-67</span> como petrificado, y como el pastelero +continuaba mirándole con cierta expresión burlona, y hasta el fraile +mismo, a pesar de su gravedad, dejaba ver en el rostro no poco de mofa, +el pobre criado no acertaba a hablar.</p> + +<p>Viendo esto, volvió Gabriel a tomar la palabra:</p> + +<p>—Andad, Pedro, y decid a vuestro amo que se vuelva a Valladolid, que +no tardará mucho en tener noticias de la que desea.</p> + +<p>Mientras que Espinosa hablaba así, Pedro, recobrando su espíritu y +llenándose del orgullo que la librea de la casa ilustre de los Vargas +le inspiraba, se indignó de qué aquel miserable quisiese darle órdenes +a su noble amo.</p> + +<p>—Señor Gabriel —dijo en tono bastante animado—, mi amo el señor don +Juan de Vargas no me ha dado para vos comisión ninguna, ni sé yo qué +relaciones pueda un pastelero tener con él para tener la osadía de +mandarle a decir lo que ha de hacer o no hacer.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_II-68">p. II-68</span></p> + +<p>En tanto que hablaba Pedro se obró en la fisonomía de Espinosa una +revolución completa. A la expresión irónica sucedieron instantáneamente +la gravedad, el desprecio y la cólera.</p> + +<p>Sus cejas largas y pobladas se unieron por un movimiento de +contracción en los músculos de la frente; los ojos le brotaban fuego, +los labios se le pusieron lívidos, y los dientes empezaron a chocar +entre sí con violencia.</p> + +<p>—Es claro —exclamó, no pudiendo ya contenerse—: calla, o pagas con +la vida tu atrevimiento.</p> + +<p>Y hablando así echaba mano a la daga de que ya hemos hecho +mención.</p> + +<p>Pedro, que no era cobarde, y también llevaba una especie de cuchillo +de monte, lo empuñó para defenderse, y sabe Dios cuál hubiera sido +el resultado de aquella escena, a no haber interpuesto el fraile su +mediación.</p> + +<p>—¡Qué imprudencia, señor, qué imprudencia! —dijo, dirigiéndose al +pastelero—.<span class="pagenum" id="Page_II-69">p. II-69</span> ¿Sabe +acaso con quién habla?</p> + +<p>—Tenéis razón; pero esto ya es insufrible. Prefiero mil veces la +muerte a vivir así envilecido.</p> + +<p>—No está lejos el día. Y vos, Pedro, retiraos, y dad a vuestro amo +de mi parte el recado que habéis oído de boca del señor Espinosa.</p> + +<p>Obedeció el criado, pero no fue sin extremada repugnancia y mayor +admiración.</p> + +<p>«Este Gabriel —iba diciendo entre sí—, Dios me lo perdone, pero no +puede ser cosa buena; y el padre, el padre, fuera de la corona, tampoco +me fío mucho de él. Dios quiera que no le den que sentir a mi pobre +amo. En fin, yo soy mandado; con obedecer cumplo, y sea lo que Dios +quiera».</p> + +<p>—Fray Miguel —dijo gravemente Espinosa después que Pedro se hallaba +a suficiente distancia para no poder oírlo—, ya lo veis, es preciso que +terminéis de una vez.</p> + +<p>—Señor...</p> + +<p>—Hablad con Espinosa.</p> + +<p>—Pues bien, señor Espinosa, usted sabe<span class="pagenum" +id="Page_II-70">p. II-70</span> que no se perdona medio para llegar al +deseado término. La señora doña Ana...</p> + +<p>—No hablemos de ella: ¡ojalá todos tuvieran su celo!</p> + +<p>—Yo...</p> + +<p>—Estoy satisfecho de vuestros servicios.</p> + +<p>—Ahora los demás...</p> + +<p>—Los demás, los demás, en todos hay morosidad, tibieza, y miedo +sobre todo. Felipe y su Inquisición hacen temblar a los que yo tenía +por más valientes.</p> + +<p>—Cierto es que así sucede; pero no por eso debemos desalentar.</p> + +<p>—Gracias a los sacrificios que la señora doña Ana está pronta a +hacer, habrá fondos con que hacer frente a los primeros gastos.</p> + +<p>—Yo no quiero que doña Ana se desprenda de sus alhajas.</p> + +<p>—Sin embargo, es indispensable que así sea, so pena de renunciar +para siempre a lo que de derecho es del señor Gabriel de Espinosa. La +comunicación con nuestros amigos de Portugal es tan difícil, que raya +en lo imposible. Los agentes del monarca español tienen minada toda +la nación, y, dolor da decirlo, hay portugueses<span class="pagenum" +id="Page_II-71">p. II-71</span> tan viles, que les sirven de espías. +Usted sabe tan bien como yo las inmensas dificultades que han tenido +que vencer los pocos que hasta aquí han llegado, y que estos vienen +en estado de no poder contribuir más que con su persona. Cuanto había +ilustre y amigo de usted en aquel reino ha sido proscrito, ya con un +pretexto, ya con otro, y si alguno se ha salvado maravillosamente del +naufragio común, se halla más en disposición de necesitar auxilio que +de prestarlo. Todo esto es notorio a usted; tampoco se oculta a su +penetración que son muchas las razones que le autorizan; y más diré, le +obligan a aceptar las ofertas de la señora doña Ana. Señor, no hacerlo +desde luego no solo es desacertado, sino criminal.</p> + +<p>—¡Criminal, fray Miguel! Os olvidáis...</p> + +<p>—No me olvido, no señor; pero mi celo, mi santo ministerio, y la +urgencia de las circunstancias exigen que diga la verdad desnuda, +aun a riesgo de enojar a usted, cosa que en<span class="pagenum" +id="Page_II-72">p. II-72</span> otro caso no haría por cuanto hay en el +mundo.</p> + +<p>Durante el largo razonamiento de fray Miguel, se paseaba Espinosa +por el claustro en que se hallaban, y el vicario le seguía hablando, sí +con energía, pero no con menos respeto. Gabriel dejaba ver en toda su +persona el aire de un hombre acostumbrado a tales deferencias, y que +por consiguiente las recibe sin orgullo ni admiración.</p> + +<p>Después de algunos instantes de meditación rompió el silencio el +pastelero.</p> + +<p>—Fray Miguel, meditaremos detenidamente esta noche vuestra +proposición, y sabréis mañana lo que resolvemos.</p> + +<p>Por toda contestación el vicario se inclinó humildemente, en señal +de quedar enterado.</p> + +<p>Espinosa, sin mirarle siquiera, continuó diciendo:</p> + +<p>—La adquisición de Vargas nos va a ser preciosa. Su familia tiene +prestigio y dinero; él es entusiasta y valiente, y estas dotes son muy +a propósito<span class="pagenum" id="Page_II-73">p. II-73</span> para +casos de esta especie.</p> + +<p>—Ciertamente —contestó el fraile—; pero usted sabe sin duda que don +Juan desea...</p> + +<p>—¿Y qué me importa a mí lo que don Juan desea? Sírvanos, que después +a cargo de nuestra munificencia queda el recompensarle.</p> + +<p>—Es que para que nos sirva como usted desea, no hay más que un +medio.</p> + +<p>—Inés. Lo sé, lo he visto antes que vos. Desde el instante en que la +vio se le trastornó la cabeza. Con mi larga peregrinación he aprendido, +fray Miguel, a conocer a los hombres. No es el oro, ni la gloria, ni +las recompensas, la manera de gobernarlos; cada uno de ellos lleva +dentro de sí el medio para servir de juguete al que sabe estudiarlos. +Las pasiones, padre mío, son el resorte que hay que tocar: ser diestro +en la fantasmagoría. Enseñad a cada uno, en perspectiva y abultado, el +objeto a que su corazón le inclina, y los veréis corriendo tras de una +sombra, abandonar todas las realidades posibles. La dificultad está en +graduar la<span class="pagenum" id="Page_II-74">p. II-74</span> luz +proporcionalmente a la vista de cada uno. Los hay que en una piedra ven +un trono, o un tesoro, o una belleza, porque todo lo miran a través del +prisma de sus deseos. Para otros es necesario más artificio; pero al +cabo pocos son los que no caen en la red.</p> + +<p>—¿Y está ya el señor Espinosa resuelto a servirse de don Juan?</p> + +<p>—El tiempo dirá lo que debe hacerse. Fray Miguel, quedad con +Dios.</p> + +<p>—Él os guarde, como yo se lo ruego sin cesar.</p> + +<p>Humillose el fraile al decir esto; Gabriel inclinó ligeramente la +cabeza, y saludando graciosamente con la mano, salió a paso largo del +claustro.</p> + +<p>Contemplábale el vicario inmóvil, y al perderlo de vista exclamó en +tono bajo y doloroso:</p> + +<p>«¿Cuándo se moderarán esa impetuosidad y ese orgullo excesivo, que +son los que nos han traído a este punto? Jamás».</p> + +<p>En tanto caminaba Pedro a Medina<span class="pagenum" +id="Page_II-75">p. II-75</span> del Campo, adonde llegó mucho antes que +su amo se presentase en la posada, lo que le inquietó sobremanera, y +sin duda se hubiera puesto en marcha de nuevo para adquirir noticias +de él si su montura, no menos cansada que la de Vargas, se lo hubiera +permitido. Gracias a esta circunstancia, halló don Juan a su sirviente +en la posada, y supo de él cuanto había ocurrido con fray Miguel +y Espinosa; y como el aviso de este convenía con la cita de Inés, +desde luego resolvió el hermano del marqués regresar a Valladolid; +sin embargo, antes pasó por la hacienda a que supuso se dirigía su +viaje, y dando en ella las disposiciones convenientes se encaminó a la +residencia de su hermano.</p> + +<figure class="figcenter mt3"> + <img src="images/i_2p075.jpg" + style="width: 6em; height: auto;" + alt="Viñeta ornamental"> +</figure> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + +<div class="chapter" id="Ch25"> + <p><span class="pagenum" id="Page_II-76">p. II-76</span></p> + <h3 class="g1 ws1">CAPÍTULO V</h3> + <hr class="tir"> + + <div class="poetry-container smaller"> + <div class="poetry"> + <div class="stanza"> + <div class="verse i2">. . . . ¿Y su frente</div> + <div class="verse i0">Pudo orlar impudente</div> + <div class="verse i0">La vil posteridad con lauros de oro?</div> + <div class="verse idr">(Quintana: <i>Oda a Padilla</i>).</div> + </div> + </div> + </div> +</div> + +<p class="ti0">Don Juan de Austria, hijo natural del emperador Carlos +V, primer rey de su nombre en España, tuvo fuera también de matrimonio, +en una señora madrileña, dos hijas, de las cuales una era la señora +doña Ana, monja profesa en el monasterio de Santa María la Real de la +villa de Madrigal.</p> + +<p>La misma política estrecha, mezquina y tiránica que jamás concedió +al vencedor de Lepanto las prerrogativas de infante de España, que +impidió siempre los distintos enlaces que se le ofrecían a aquel +príncipe, verdaderamente grande, y que por último abrevió acaso sus +días<span class="pagenum" id="Page_II-77">p. II-77</span> en medio de +la juventud y de la gloria de que en Flandes se estaba cubriendo, esa +misma hizo monja a doña Ana.</p> + +<p>Bien conocía el malogrado héroe el carácter suspicaz, sombrío y +cruel de su hermano, y la prueba de ello es que tuvo siempre oculta la +existencia de sus hijas, hasta que en la hora de la muerte confió aquel +secreto a su digno amigo el duque de Parma Alejandro Farnesio, capitán +insigne, príncipe magnánimo, y sobre todo modelo de los caballeros de +su siglo.</p> + +<p>Imposible hubiera sido ocultar a Felipe II que su hermano dejaba dos +hijas, por razones que, sobre ser muy obvias, serían harto prolijas +de explicar; hízoselo, pues, saber Farnesio, recomendándoselas en +su nombre, y en el del difunto príncipe. La conducta del rey fue en +aquella ocasión precisamente la misma que había sido la de don Juan +de Austria. Recibió la noticia con agrado, acogió a las huérfanas +con hipócrita habilidad, y<span class="pagenum" id="Page_II-78">p. +II-78</span> al poner su mano sobre sus cabezas, como para bendecirlas, +puede asegurarse que impuso sobre el cuello de aquellas dos inocentes +el yugo de hierro que había de agobiarlas toda su vida.</p> + +<p>Cobarde, como su padre valiente; cruel, como aquel generoso; y +fanático, como religioso era Carlos, ningún crimen arredraba a Felipe +cuando se trataba de su seguridad, de su venganza, o de los mal +entendidos intereses de su religión.</p> + +<p>Parricida en el príncipe don Carlos, fatricida en don Juan de +Austria, ¿qué podía esperarse que hiciese con sus sobrinas?</p> + +<p>Relativamente hablando, su conducta con ellas fue excelente, pues se +limitó a sepultar a ambas en el claustro, contentándose con extinguir +así la descendencia de un hombre que aun muerto le causaba celos.</p> + +<p>Por lo demás, la señora doña Ana había recibido la promesa de ser +prelada<span class="pagenum" id="Page_II-79">p. II-79</span> de su +monasterio, y entre tanto vivía en él con la posible independencia. En +vez de estar reducida como las demás religiosas a una sola celda, tenía +una habitación espaciosa y decorosamente amueblada. Concediósela un +locutorio aparte para dar audiencia en él; conservó el tratamiento de +excelencia, y sus obligaciones se limitaron a la asistencia al coro, y +aun de esta se podía dispensar siempre que le acomadaba. Dos religiosas +profesas, ambas nobles de nacimiento, servían inmediatamente a su +persona, y otras varias legas desempeñaban los oficios mecánicos de su +obligación. En una palabra, sus grillos se doraron con esmero, mas no +por eso dejaron de ser grillos.</p> + +<p>La figura de la señora doña Ana era como la de la mayor parte de +las hembras de la casa de Austria, más bien imponente que bella, +más agradecida que afable; pero no así su carácter, verdaderamente +angelical.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_II-80">p. II-80</span></p> + +<p>Educada por su madre en el mayor recogimiento, y habituada a +una vida monótona y silenciosa, de la cual salió para entrar en el +claustro, su espíritu había tomado cierta tendencia a la meditación, +que, dejándose ver en su rostro, hacía muy a menudo parecer que estaba +en éxtasis.</p> + +<p>No hallando en el momento de desenvolverse la sensibilidad en su +corazón objeto en que emplearla, naturalmente recayó toda ella en su +madre y en sus augustos parientes; pero esto no bastaba. La juventud +buscaba siempre un objeto ideal, no siendo suficiente la imperfección +de los que le rodean a satisfacer sus inmensos deseos. Para los que +viven en libertad se encarga el amor de realizar estas ilusiones, y +las realiza en efecto, si bien suele pagarse la corta felicidad que +proporciona con amargos desengaños; pero la infeliz religiosa, ¿qué +recurso tiene? La devoción.</p> + +<p>Cuando esta es sincera, cuando no se<span class="pagenum" +id="Page_II-81">p. II-81</span> limita a prácticas ridículamente +supersticiosas, sino que va acompañada de una fe pura, de una +conciencia tranquila y un corazón sencillo, ¡dichoso el que la ejerce! +En ella encuentra refugio y esperanza, consuelo y remedio para todas +las calamidades de la vida.</p> + +<p>Doña Ana, pues, era devota, sinceramente devota; y si bien tenía +todas las supersticiones que pocos dejaban de tener en España en +aquel siglo, había por lo menos en lo íntimo de su corazón un fondo +inagotable de piedad, y aun de tolerancia, virtud verdaderamente rara +en la época en que vivió.</p> + +<p>Sin embargo, a pesar de toda su devoción, de haber estado en su mano +decidir sobre su suerte, no hubiera seguramente tomado el hábito. La +naturaleza la había hecho más para madre de familia que para religiosa, +y ella misma lo conocía. La vista de un niño producía en aquella +señora una sensación difícil de explicar. Sin que la reflexión<span +class="pagenum" id="Page_II-82">p. II-82</span> bastase a impedirlo, +suspiraba, contemplando cuán sin culpa ni voluntad se veía obligada a +renunciar hasta a su esperanza de recibir nunca las inocentes caricias +de que veía colmadas por sus hijos a otras mujeres.</p> + +<p>Entonces hubiera querido haber debido el ser a un oscuro jornalero, +y ser dueña de su persona, más bien que ser hija de un príncipe de la +ilustre casa de Austria, a tanta costa.</p> + +<p>Por más esfuerzos que hagan la superstición y el fanatismo para +violentar la naturaleza, su voz se dejará siempre oír en el fondo de +nuestros corazones; y las desdichadas víctimas de las instituciones de +los hombres, luchando entre la fuerza de sus propios sentimientos y +los horrores en que una educación viciosa les ha imbuido, vivieron en +perpetua y espantosa agonía.</p> + +<p>¿No es ya tiempo de que desaparezcan de las naciones cultas tan +monstruosos abusos?</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_II-83">p. II-83</span></p> + +<p>Tales eran las disposiciones y situación de doña Ana cuando fray +Miguel, nombrado vicario de su monasterio y su confesor, se presentó en +Madrigal.</p> + +<p>Uno y otro tardaron poco en hacerse justicia respetuosamente, y de +aquí resultó entre ambos la más estrecha y sincera amistad.</p> + +<p>Fray Miguel amaba a doña Ana como un padre a su hija, y no podía +menos de ser así porque aquella señora había heredado todas las +excelentes cualidades del infeliz príncipe a quien debía el ser.</p> + +<p>Poco tardaron en no tener secretos el uno con el otro. El vicario +supo de mano de doña Ana lo que sobre sus sentimientos hemos dicho ya; +y la noble religiosa recibió la confianza de las pocas que atormentaban +a fray Miguel, y de que aún no hemos hablado.</p> + +<p>Ya hemos dicho que el vicario de Santa María, antes de serlo, había +sido confesor del rey don Sebastián de Portugal,<span class="pagenum" +id="Page_II-84">p. II-84</span> y todo el mundo sabe que este monarca, +habiendo hecho, contra el dictamen de todos sus consejeros, o al +menos de los más hábiles, una expedición a África, desapareció en una +batalla que dio delante de Tánger, en la cual fueron los cristianos +completamente derrotados, sin ser posible encontrar el cadáver del rey +entre los demás, ni saber su paradero.</p> + +<p>El cardenal don Enrique ocupó entonces el trono de Portugal, y +habiendo muerto sin sucesión, a pesar de haber obtenido del papa +dispensa de sus votos para casarse, le sucedió en la corona Felipe II, +en virtud de sus derechos, apoyados en un ejército que, a las órdenes +del duque de Alba, derrotó a don Antonio, prior de Crato, príncipe que +los portugueses hubieran preferido con razón al rey de España.</p> + +<p>Pero a pesar de que todo esto sucedía, suponiéndose como cierta +la muerte del rey don Sebastián, no faltaban en Portugal<span +class="pagenum" id="Page_II-85">p. II-85</span> personas que creyesen +que aún existía. Y esto no solo entre el vulgo, sino en las clases más +elevadas del Estado.</p> + +<p>En el número de los que seguían esta opinión se hallaba fray Miguel, +fundándola en la circunstancia positiva de que no había uno solo de los +que habían escapado con vida de la batalla que dijese que había visto +morir al rey, y sí alguno que aseguraba que se había retirado herido +gravemente con dirección a la costa.</p> + +<p>Además, durante el corto reinado de don Enrique corrieron distintas +veces rumores de que don Sebastián se había presentado ya en un punto +ya en otro de la costa, siendo de observar que tanto el rey cardenal +como Felipe II, cada uno en su tiempo, castigaron con la mayor +severidad no solo al que decía haber visto en vida al don Sebastián, +sino aun a aquellos que se limitaban a opinar que era posible que no +hubiese muerto.</p> + +<p>Si la historia de Felipe no ofreciese<span class="pagenum" +id="Page_II-86">p. II-86</span> en cada una de sus páginas mil pruebas +de su hipocresía, su conducta en esta ocasión bastaría solo a destruir +la cualidad de eminentemente religioso con que sus parciales han +querido honrarle. Un hombre timorato cualquiera da a cada uno lo que +legítimamente le pertenece; y cuando las circunstancias le hacen dueño +de un objeto al cual pueda parecer dudoso su dominio, no descansa hasta +aclararlo, porque prefiere la tranquilidad de su conciencia a cuantos +tesoros encierran las entrañas de la tierra.</p> + +<p>Tal vez se dirá que en política hay ocasiones en que los principios +de la estricta justicia deben plegarse a las circunstancias del +momento, y que acaso de una pequeña infracción de ellos, en perjuicio +de uno o de algunos particulares, resultan bienes infinitamente +superiores a la masa. Esto se ha dicho hace muchos siglos, se dice +en el nuestro, y se dirá en los futuros, siempre que los gobiernos +quieren, o por malicia o por ignorancia,<span class="pagenum" +id="Page_II-87">p. II-87</span> infringir los pactos sociales, que +tácitos o expresos existen en todas las naciones, inclusa la Turquía, +donde lo es el Alcorán; pero como no porque todos digan una cosa por +eso es buena, habrán de permitirnos que les digamos humildemente +nuestra triste opinión, y es que en general jamás de una mala acción +resulta un bien; que si tal vez a primera vista aparece así, es +indudable que, examinada la cosa a fondo y despacio, se hallará +que no es lo que parece; y por último, que al mismo resultado, aun +suponiéndolo bueno, se hubiera podido llegar sin cometer el crimen, con +un poco más de paciencia y de trabajo.</p> + +<p>De cualquiera modo, Felipe procedió siempre con su severidad +característica contra todos los sebastianistas, y era igual el placer +que su corazón de tigre recibía viendo quemar vivo al infeliz que acaso +cantó por distracción</p> + +<div class="poetry-container smaller"> +<div class="poetry"> + <div class="stanza"> + <div class="verse i2">¿Si ha venido o no ha venido</div> + <div class="verse i0"><span class="pagenum" id="Page_II-88">p. II-88</span>El Mesías prometido?</div> + <div class="verse i0">No ha venido,</div> + </div> +</div> +</div> + +<p class="ti0 mt05">o se mudó de camisa un sábado, o tuvo la desdicha de no +nacer aficionado a la carne de cerdo, que al que era bastante osado +para decir que su penúltimo rey acaso aún viviría.</p> + +<p>No conocíamos en aquella época los españoles la sutil invención de +la policía, mas en cambio teníamos la Inquisición, que no le va en +zaga, y aun le lleva ventajas, y no pocas.</p> + +<p>Gracias a las luces del siglo, la policía encuentra pocos delatores +fuera de la clase abyecta de la sociedad, y aun en ella se avergüenzan +los hombres de ser ministros de tal institución.</p> + +<p>Por el contrario, el difunto Santo Oficio, desde el monarca +hasta su último vasallo, contaba con otros tantos servidores. Las +personas reales se honraban llevando un hacecito de leña para freír +algún desventurado hereje; una junta de sus calificadores<span +class="pagenum" id="Page_II-89">p. II-89</span> decidió de la suerte +del príncipe de Asturias don Carlos.</p> + +<p>Los grandes de España ansiaban verse alguaciles mayores, y +desempeñar otros oficios del nefando tribunal.</p> + +<p>La cruz verde de familiar deshonraba el pecho de un número +considerable de nobles y funcionarios públicos.</p> + +<p>En una palabra, no parece sino que eclesiásticos y seculares, nobles +y plebeyos, toda la nación, en fin, quiso hacerse cómplice de los +millares de asesinatos jurídicos cometidos por la Inquisición, al paso +que la mayor afrenta que hoy puede hacérsele a un hombre es llamarle +<i>esbirro</i>.</p> + +<p>Fray Miguel, después de haber sufrido valerosamente la más cruel de +las persecuciones, y llevado con resignación la reclusión en que se le +tuvo algunos años, aprendió a ser cauto. Cesó de hablar de su malogrado +rey, e interpretándose su silencio como prueba de hallarse convencido +de la muerte de don Sebastián,<span class="pagenum" id="Page_II-90">p. +II-90</span> lograron sus valedores, no sin trabajo, que se le pusiera +en libertad y se le agraciase con el vicariato de Santa María, destino, +a la verdad, poco apetecible para un provincial, pero preferible +siempre a un encierro.</p> + +<p>Allí, como hemos dicho, encontró a la señora doña Ana, y se interesó +por ella vivamente tan luego como llegó a conocer sus excelentes +prendas.</p> + +<p>La hija de don Juan de Austria se consideraba, con razón, como +víctima de la política de su tío el rey, y así fray Miguel llevaba en +el mero hecho de ser perseguido por el mismo una gran recomendación +para ella.</p> + +<p>Las conversaciones entre el portugués proscrito y la religiosa +versaban constantemente sobre dos solos puntos: la gloria y desgracia +del vencedor de Lepanto, y la aciaga batalla de Tánger.</p> + +<p>Insensiblemente, las opiniones del vicario sobre esta última materia +fueron inculcándose en doña Ana, de modo que<span class="pagenum" +id="Page_II-91">p. II-91</span> a muy poco tiempo llegó a ser tanto +o más celosa sebastianista que él mismo. Si fray Miguel hacía una +penitencia, una oferta cualquiera a un santo para lograr por su +mediación la deseada vuelta de su rey, doña Ana no solo le imitaba, +sino que en ocasiones llegaba a sobrepujarle en celo. Una rica lámpara +de plata ardía de continuo en el coro alto de su monasterio, ante una +imagen de nuestra Señora, en muestra del ardiente deseo que la hija +de don Juan de Austria tenía de ver restituido a su trono al rey don +Sebastián. Jamás oraba sin dirigir al cielo repetidas súplicas con el +mismo fin; y, en resumen, su pensamiento dominante, único más bien, era +el del regreso de aquel malhadado príncipe a su país.</p> + +<p>Pero la verdad nos obliga a decir que, además de la compasión que +las desgracias del rey de Portugal inspiraban al sensible corazón +de la augusta religiosa, y del cariño que le profesaba por ser hijo +de la princesa doña Juana, hermana predilecta<span class="pagenum" +id="Page_II-92">p. II-92</span> de su padre, había un motivo, tal +vez más poderoso, para que doña Ana se interesase tanto en que don +Sebastián viniese y volviese a reinar.</p> + +<p>Era este motivo la persuasión en que se hallaba, gracias a los +continuos y repetidos esfuerzos que para ello hizo fray Miguel, de que +en el caso de verificarse lo que tanto deseaba, y de contribuir aquella +señora tan eficazmente como pensaba hacerlo al restablecimiento de la +independencia de Portugal, don Sebastián obtendría del sumo pontífice +que dispensaría a la señora doña Ana de sus votos, y se uniría a ella +con el lazo del matrimonio.</p> + +<p>Preciso es confesar que el vicario, en esta ocasión, prescindió un +poco de su carácter habitualmente candoroso, y fue político en toda +la extensión de la palabra, ofreciendo a la vista de la reclusa una +perspectiva tan halagüeña que no podía menos de obligarla a entrar en +sus planes, y prometiendo más acaso de lo que hubiera podido cumplir +aun cuando<span class="pagenum" id="Page_II-93">p. II-93</span> don +Sebastián no hubiese en efecto muerto y pudiera recobrar su corona, +ambas cosas por lo menos harto problemáticas.</p> + +<p>Pero háblesele a un amante de estrechar entre sus brazos a la +que ama; a un prisionero de la libertad: por más incierto, por más +peligroso, y acaso imposible, que al indiferente parezca conseguir +lo uno o lo otro, a los interesados no les parece nunca que ofrece +la menor dificultad, y apenas tocando la barrera de diamante que el +destino opone a sus deseos, creen en ella.</p> + +<p>Tal fue el caso de la señora doña Ana. A las primeras insinuaciones +que el vicario la hizo sobre la materia, su fantasía se inflamó. Aquel +corazón, a quien jamás la idea del amor se había presentado sino +asociada con la del crimen, pudo, en fin, conseguir la esperanza de +amar un día sin delito, y de amar a un guerrero esforzado, célebre por +su valor y sus desgracias, y rey en fin.</p> + +<p>Recobrar de una vez la libertad, sus<span class="pagenum" +id="Page_II-94">p. II-94</span> derechos de mujer, la clase en que +su ilustre nacimiento la colocó, salir de la estrechez del claustro +al esplendor del trono, y sacudir las cadenas de Felipe, eran para +doña Ana consecuencias inmediatas y precisas de la aparición de don +Sebastián.</p> + +<p>¿Qué mucho que con tales esperanzas no dejase en sosiego a un solo +santo del cielo para conseguir se realizasen?</p> + +<p>Sin embargo, empezó por oponer algunas resistencias al proyecto del +matrimonio, y como fray Miguel, conociendo que aquello solo era por el +bien parecer, insistiese sin cesar en ello, acabó por convenir en que +se prestaría, <i>aunque con repugnancia, a los deseos de su augusto +primo, y a las órdenes del santo padre</i>.</p> + +<p>Conformidad admirable, tanto más cuanto su augusto primo +probablemente no existía, y el <i>santo padre</i> en lo que menos +pensaba era en sacarla de su monasterio.</p> + +<p>Además de la señora doña Ana, contaba<span class="pagenum" +id="Page_II-95">p. II-95</span> fray Miguel en el monasterio con +el amor de casi todas las religiosas, a quienes su vida austera y +penitente había inspirado una veneración sin límites; y desde que +se hallaba en Madrigal había vuelto a anudar algunas relaciones en +Portugal con la mayor cautela y tan buena maña, que logró sustraer su +correspondencia a la vigilancia de los agentes de Felipe.</p> + +<p>Valiose para ello de un médico portugués establecido en el mismo +Madrigal, de quien en lo sucesivo tendremos ocasión de hablar.</p> + +<p>Este era el estado de fray Miguel y la señora doña Ana cuando don +Juan de Vargas se presentó en Madrigal por la vez primera.</p> + +<figure class="figcenter mt3"> + <img src="images/i_2p095.jpg" + style="width: 6em; height: auto;" + alt="Viñeta ornamental"> +</figure> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + +<div class="chapter" id="Ch26"> + <p><span class="pagenum" id="Page_II-96">p. II-96</span></p> + <h3 class="g1 ws1">CAPÍTULO VI</h3> + <hr class="tir"> + + <div class="poetry-container smaller"> + <div class="poetry"> + <div class="stanza"> + <div class="verse i2">Los días que apresurado</div> + <div class="verse i0">Quieres hora apresurar</div> + <div class="verse i0">Un tiempo te ha de pesar</div> + <div class="verse i0">Que hayan tan presto llegado.</div> + </div> + </div> + </div> +</div> + +<p class="ti0">Los días que transcurrieron hasta el domingo en que +Inés había prometido a don Juan de Vargas verse con él a la hora de la +oración en el Carmen de Valladolid, caminaron para el impaciente amante +con una lentitud insoportable.</p> + +<p>Todas las tardes su paseo, sin preceder deliberación, era hacia +el lugar de la cita, y en él su ocupación calcular hasta por minutos +el tiempo que debía transcurrir hasta el deseado instante. Triste +condición la del hombre que con ridícula inconsecuencia desea abreviar +el curso de su corta vida por acelerar tal época de placer que acaso +nunca llega.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_II-97">p. II-97</span></p> + +<p>Cinco días mortales se pasaron hasta que amaneció el domingo +señalado. Don Juan oyó misa en el Carmen, paseó hasta la hora de +comer por sus inmediaciones, y por la tarde volvió también al mismo +paraje.</p> + +<p>La oración sonó: en lo que menos pensó Vargas fue en rezar. Recorrió +con la vista la larga extensión del Campo Grande, que así se llama +el paraje en que se halla en Valladolid el convento del Carmen; pero +aunque en él vio diferentes personas, ninguna se acercó al punto +convenido en largo tiempo.</p> + +<p>Por fin, dos hombres embozados hasta los ojos, y dejando ver +por debajo de las capas cada uno una espada de tremenda longitud, +se dirigieron al pórtico del convento con aire, aunque resuelto, +cauteloso.</p> + +<p>Don Juan los miró un momento; pero preocupado con la idea de ver +venir a Inés, apenas paró la atención en aquellos dos hombres. Por +su parte los embozados<span class="pagenum" id="Page_II-98">p. +II-98</span> parece que tampoco hicieron reparo en él, y dieron vuelta +a aquellos alrededores registrándolos escrupulosamente, con el objeto +sin duda de buscar en ellos a alguna persona, o de asegurarse de que +ninguna había oculta. Terminado este examen, que fue de bastante +duración, uno de ellos se acercó a Vargas, que también iba embozado, y +sin saludarle, ni andar en más ceremonias, le dijo:</p> + +<p>—Amigo, háganos el gusto de despejar el campo, que habemos menester +estar solos.</p> + +<p>El hermano del marqués, impaciente con la tardanza de su amada, +contrariado además con la importuna llegada de aquellos hombres, y poco +acostumbrado a verse tratar con tan poca cortesía, sintió impulsos de +responder a estocadas a tan grosera intimación; pero reflexionando que +empeñar entonces una querella era lo mismo que imposibilitarse de ver a +Inés, se contuvo, no sin trabajo, y respondió con aparente flema:</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_II-99">p. II-99</span></p> + +<p>—Caballeros, un negocio de importancia me impide darles gusto por +ahora. Tal vez me convendría a mí también estar solo; mas por amor de +la paz me convendré a que vuesas mercedes estén aquí también.</p> + +<p>Iba el que dio principio a esta conversación a responder no sabemos +qué, cuando el otro embozado, que hasta entonces había permanecido +a alguna distancia, acercándose precipitadamente a su compañero, le +dijo:</p> + +<p>—O el oído me engaña, o ese hombre es don Juan de Vargas, y a fe que +me alegrara.</p> + +<p>—Alegraos, pues, replicó el amante de Inés mostrándole el rostro a +descubierto, que yo soy en persona.</p> + +<p>—¿Qué vais a hacer? —exclamó el que primero había hablado de los +dos.</p> + +<p>—Lo veréis —respondió el segundo; y separándose de él, y +dirigiéndose a don Juan, continuó diciendo—: Si no ando errado, señor +don Juan, vos amáis a una mujer que tiene por nombre el de Inés.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_II-100">p. II-100</span></p> + +<p>Toda la sangre de Vargas se inflamó al oír tal interpelación. El +que entonces le hablaba, ni era Espinosa, ni fray Miguel, y solo ellos +dos y su criado Pedro tenían algún indicio de sus amores. ¿Cómo, pues, +aquel desconocido se mostraba tan al corriente de ellos?</p> + +<p>«Es un rival —dijo para sí—; solo un rival, y rival favorecido, +puede saber que yo amo a Inés».</p> + +<p>El raciocinio no era muy exacto; pero de tal modo se le asentó en la +cabeza a don Juan aquella idea que, desde luego, se resolvió a reñir +con aquel hombre, y así le contestó con sobrado desabrimiento:</p> + +<p>—Señor mío, no estoy acostumbrado a dar cuenta de mis pensamientos +al primer impertinente que tiene la osadía de venir a interrogarme; y +así, si no queréis llevar respuesta de que os pese, iros norabuena, y +dejadme en paz.</p> + +<p>—Esa arrogancia podrá convenir con vuestros criados, pero no con los +que cuando menos son tanto como vos.</p> + +<p>—Si en efecto sois<span class="pagenum" id="Page_II-101">p. +II-101</span> caballero —replicó Vargas lleno de ira—, yo os responderé +como conviene.</p> + +<p>Y al acabar estas palabras echó mano a la espada. No anduvo perezoso +su contrario, pues empuñó la suya diciendo:</p> + +<p>—A esto quería yo venir a parar.</p> + +<p>—Hubiéraislo dicho desde luego, y ahorráramos palabras —repuso don +Juan ya riñendo.</p> + +<p>Su enemigo, para pelear, hubo de desembozarse y dejar ver un rostro +de hombre en extremo blanco. El cabello era rubio y rizado, los ojos +azules, y la fisonomía, aunque podía pasar por bella, sin embargo +carecía de viveza y gracia.</p> + +<p>Vargas reñía con serenidad, pero airado; su antagonista con valor, +pero sin gran vehemencia. Ambos eran jóvenes, robustos, y diestros, al +parecer, en el manejo de las armas.</p> + +<p>El embozado que primero habló, aunque daba de cuando en cuando +algunas muestras de descontento por lo que presenciaba, permaneció +inmóvil en su puesto, hasta que después de dos minutos de<span +class="pagenum" id="Page_II-102">p. II-102</span> pelea, su compañero, +estrechado vivísimamente por Vargas, empezó a perder terreno. Entonces +sin consideración alguna sacó también su espada y cerró con don Juan. +Este, viéndose de repente con dos enemigos en vez de uno, se sorprendió +algún tanto, y dio lugar a que su nuevo adversario le hiriese, aunque +levemente, en la mano izquierda. Empero, al ver correr su sangre +tan alevosamente derramada, la ira le dio nuevas fuerzas, y echando +prontamente mano a la daga, de que hasta allí desdeñó de hacer uso, se +dio tan buena maña que no solo mantuvo a suficiente distancia de su +cuerpo los aceros de sus enemigos, sino que tuvo la fortuna de desarmar +al que provocó la riña, haciendo saltar su espada a más de cuarenta +pasos.</p> + +<p>Pero aquel triunfo hubo de serle funesto, pues el desarmado, furioso +con el desmán que le sucedía, corrió en busca de su arma, y volviendo +con ella iba a atacar a Vargas por un costado, esperando<span +class="pagenum" id="Page_II-103">p. II-103</span> que, ocupado en +combatir con su compañero, no lo echaría de ver. Engañose en esto. El +hermano del marqués no era novicio en las armas, y como más de una +vez se había visto en Flandes en lances cuando menos tan apurados +como aquel, conservaba la misma serenidad que si estuviera sentado +a la mesa de su hermano. Calculando con razón que de hombres que +peleaban dos contra uno todo lo malo podía esperarlo, no perdió de +vista al desarmado, y observando su marcha le conoció la intención. +Reconociendo, pues, el terreno con una rápida ojeada, empezó a +retirarse con tanto acierto, que en un instante se halló con las +espaldas guardadas por el convento, y su enemigo vio frustrarse la +esperanza de acabar con él traidoramente.</p> + +<p>La pérfida conducta de aquellos dos hombres se avenía muy mal con +el valor con que peleaban, porque en realidad lo hacían como hombres +decididos,<span class="pagenum" id="Page_II-104">p. II-104</span> y +que no empezaban entonces a manejar la espada.</p> + +<p>Más de siete minutos duró aquella lucha desigual; en ella recibió +don Juan la herida de que hemos hablado, y sus dos enemigos no se +hallaban mejor parados, pues el rostro de uno estaba cubierto de +sangre, y el otro recibió una estocada en un muslo.</p> + +<p>Sea por las heridas, sea por cansancio, ambos se retiraron +simultáneamente al cabo de este tiempo como a unos seis pasos de +Vargas, y este, demasiado fatigado para perseguirlos, aprovechó con +gusto aquella ocasión de recobrar sus fuerzas.</p> + +<p>Los tres con las puntas de las espadas apoyando en tierra, +respirando apenas, y con la vista clavada en el enemigo, hubieran +parecido estatuas si la sangre que corría por sus vestidos no +demostrara que eran hombres.</p> + +<p>Es probable que la pelea se hubiera renovado, y tal vez terminado +con fatal<span class="pagenum" id="Page_II-105">p. II-105</span> éxito +para Vargas, si a poco de hallarse los tres actores de aquella escena +en la disposición que hemos dicho, no apareciera entre ellos una mujer, +cubierta con un manto negro, pero que a pesar de él conoció desde luego +Vargas por Inés.</p> + +<p>La pastelera de Madrigal, que no esperaba hallar en aquel sitio a +don Juan cubierto de sangre, y en disposición tan hostil, dio muestra +de su sorpresa y sentimiento con un profundo suspiro, que fue el que +advirtió de su presencia a su amante y a sus dos enemigos.</p> + +<p>—Señor don Juan, ¿qué es esto, que es esto? —preguntó Inés.</p> + +<p>—Esto es, señora —dijo el provocador de Vargas, sin dar lugar a que +este respondiese—, esto es un efecto de vuestra acertada elección.</p> + +<p>—Decid más bien —replicó la morena con dignidad y fuerza—, de +vuestra inconcebible imprudencia, de vuestra ridícula obstinación, por +no decir otra cosa.</p> + +<p>—Podéis gloriaros, Inés —exclamó don Juan—, de tener un amante +en ese hombre digno<span class="pagenum" id="Page_II-106">p. +II-106</span> de figurar en una banda de salteadores. Mirad el denuedo +con que esos hombres han tirado la espada contra uno solo; y es +lástima, en verdad, que no hayáis presenciado el valor con que trataban +de asesinarme por la espalda.</p> + +<p>La acusación era demasiado cierta, y en el fondo de sus corazones +era imposible que los embozados dejaran de conocer su justicia; pero +hallándose una mujer presente no les pareció decoroso convenir en ella, +y así el que primero riñó contestó lleno de ira real o aparente:</p> + +<p>—Mentís como un bellaco.</p> + +<p>—Miserable —gritó don Juan—, yo castigaré tu imprudencia.</p> + +<p>Y diciendo y haciendo acometió con no vista furia a su enemigo, +quien no dejó de defenderse bizarramente. Su compañero, que como ya se +ha visto, nada tenía de escrupuloso, iba también a tomar parte en la +pelea; mas Inés, advirtiéndolo con tiempo, se arrojó sobre él tan de +improviso, que le arrancó la<span class="pagenum" id="Page_II-107">p. +II-107</span> espada de las manos, y separándose algún tanto +le presentó la punta de su propio acero a dos dedos del pecho, +diéndole:</p> + +<p>—Cobarde, por la vida del rey te juro que te atravieso si das un +paso más. No, en mi presencia no asesinaréis a un caballero. Pelee en +hora buena con uno, ya que tan locos sois que buscáis vuestra perdición +y la nuestra, pero con dos no será mientras yo pueda impedirlo.</p> + +<p>Entre tanto peleaba Vargas con singular denuedo, y su enemigo no se +defendía con menos. Mas como ambos estaban ya cansados, apenas tiraban +golpe peligroso, y si lo hacían, no encontraban dificultad en pararse +recíprocamente.</p> + +<p>A poco de haberse empezado este nuevo combate Inés, que en medio de +su singular posición conservaba una admirable serenidad, exclamó:</p> + +<p>—La justicia, caballeros, la justicia.</p> + +<p>Los que reñían suspendieron su combate, y el desarmado, volviendo +atrás la cabeza, vio en efecto que ya a la mitad<span class="pagenum" +id="Page_II-108">p. II-108</span> de la distancia que media entre el +convento del Carmen y la calle de Santiago se percibía a la luz de +una gran linterna que traían un grupo de siete a ocho personas que +probablemente habrían oído el ruido de las espadas, según la prisa con +que caminaban.</p> + +<p>—La justicia es —repitió aquel hombre—; huyamos.</p> + +<p>—Señor don Juan —dijo el otro—, ya veis que por ahora no es posible +terminar este asunto; yo buscaré ocasión en que podamos hacerlo sin +temor de ser interrumpidos.</p> + +<p>—Y entonces —respondió Vargas con amarga ironía—, procurad llevar +otros dos o tres amigos, por si no bastareis solo.</p> + +<p>No replicó a esto aquel hombre, ya por no tener qué, ya, y es lo +más cierto, porque los de la linterna se acercaban tan de prisa que +no daban lugar a ello. Lo que hizo, pues, fue envainar su espada, y +seguido por su compañero echó a andar con bastante celeridad a pesar de +su herida.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_II-109">p. II-109</span></p> + +<p>Inés, llegándose a su amante, le dijo:</p> + +<p>—Don Juan, las apariencias me condenan, pero cuando las +circunstancias lo permitan yo os haré ver mi inocencia; por ahora me es +fuerza retirarme.</p> + +<p>Mientras la pastelera hablaba así, los que huían, advirtiendo que no +los seguían, hicieron alto, y uno de ellos volviendo la cabeza dijo en +voz alta:</p> + +<p>—Vamos, señora.</p> + +<p>Obedeció Inés, y don Juan despechado exclamó:</p> + +<p>—Seguidlos, señora, seguidlos, que ya yo quedo satisfecho de vuestro +amor.</p> + +<p>Aunque hubiera querido la morena replicar no se lo permitieron sus +impacientes compañeros, que asiéndola cada uno por un brazo tardaron +poco en desaparecer a la vista de Vargas, gracias a la oscuridad de la +noche.</p> + +<p>Un momento después los de la linterna, haciendo alto como a unos +veinte pasos de nuestro caballero, que apoyando la espalda a los +muros del convento, y con la espada en la mano, permaneció<span +class="pagenum" id="Page_II-110">p. II-110</span> inmóvil, dieron el +acostumbrado grito:</p> + +<p>—¿Quién va a la ronda?</p> + +<p>—Un hombre solo, un caballero —respondió don Juan.</p> + +<p>Animados con esta respuesta, los ministros de justicia, que tales +eran en efecto, se acercaron a don Juan, y formaron círculo en rededor +de él.</p> + +<p>—La espada —dijo ya entonces el que capitaneaba aquella gente, y por +el traje parecía magistrado.</p> + +<p>—¿Y quién me la pide? —preguntó Vargas.</p> + +<p>—El rey nuestro señor (aquí el juez, sus ministros y Vargas +se descubrieron la cabeza respetuosamente), y en su nombre don +Rodrigo Santillana, su alcalde del crimen en la real chancillería de +Valladolid.</p> + +<p>—Tomad, pues, señor alcalde, aunque ignoro la causa por que se me +pide.</p> + +<p>—Vuestro nombre y profesión.</p> + +<p>—Don Juan de Vargas, caballero y capitán de caballos, hermano del +marqués de ***, para serviros.</p> + +<p>—Tomad vuestra espada, señor caballero, que de persona de tan +honrado<span class="pagenum" id="Page_II-111">p. II-111</span> linaje +no es de sospechar acción villana, y seguidme si os place.</p> + +<p>Recibió don Juan su espada, y tomó con el alcalde la vuelta para +Valladolid. En el tránsito le dijo don Rodrigo que habiendo salido +aquella noche a hacer su ronda, y entrando en el Campo Grande, le llamó +la atención oír hacia el Carmen ruido de espadas, y que como aquel era +el paraje en que a tales horas salían los caballeros irritados, había +acudido a él, deseoso de evitar, como era su obligación, cualquier +desgracia. Don Juan contestó que él había acudido allí para cierta +cita, y que sobreviniendo impensadamente dos desconocidos, y queriendo +arrojarle del sitio con brutal grosería, negándose él a hacerlo, le +acometieron ambos, hiriéndole, como se deja ver; que habiendo advertido +uno de sus enemigos que se aproximaba la justicia, y avisádoselo +al otro, echaron ambos a huir; y que él, no teniendo motivo para +hacerlo, permaneció firme allí hasta la llegada<span class="pagenum" +id="Page_II-112">p. II-112</span> de la ronda. Por último, Vargas +concluyó protestando que estaba pronto a seguir a don Rodrigo a la +prisión, si a ella quería llevarle, pero que no le parecía justo se +atropellase a un hombre principal por haber defendido su vida contra +dos asesinos.</p> + +<p>Don Rodrigo Santillana, que era un buen magistrado, pero muy +cortesano y ambicioso, aprovechó con gusto aquella ocasión de adquirir +la poderosa protección de la familia de los Vargas, aunque bien conocía +que era a expensas de lo que la justicia exigía, pues al cabo a don +Juan se le había hallado a deshoras y casi en despoblado con la espada +en la mano ensangrentada, y herido además. Su deber era retenerlo en +prisión hasta averiguar su inocencia; su interés le aconsejaba creer en +ella desde luego, y este, como sucede con frecuencia en tales casos, +triunfó entonces también.</p> + +<p>El alcalde, pues, dio desde luego entero crédito a cuanto don Juan +le dijo,<span class="pagenum" id="Page_II-113">p. II-113</span> y +excusándose humildemente de haberse visto precisado a tratarlo al +principio con poca cortesía, no solo le declaró que estaba libre, sino +que quiso acompañarle, y le acompañó en efecto con toda su ronda hasta +la puerta de la casa de su hermano el marqués. Verdad es que en esto +último se encerraba también el designio de cerciorarse de que don Juan +era realmente la persona que había dicho ser, lo que vio confirmado +plenamente con el respeto con que los criados le recibieron.</p> + +<p>Finalmente, Vargas y Santillana se despidieron los mejores amigos +del mundo, y con la promesa de volverse a ver muy presto. El primero se +retiró a devorar sus penas en el silencio de su estancia, y el segundo +a buscar con sus ministros en las calles de Valladolid algún plebeyo +descarriado en quien compensar con el rigor la indulgencia excesiva que +había usado con el noble capitán de caballos.</p> + +<figure class="figcenter mt3"> + <img src="images/i_1p022.jpg" + style="width: 6em; height: auto;" + alt="Viñeta ornamental"> +</figure> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + +<div class="chapter" id="Ch27"> + <p><span class="pagenum" id="Page_II-114">p. II-114</span></p> + <h3 class="g1 ws1">CAPÍTULO VII</h3> + <hr class="tir"> + + <div class="poetry-container smaller"> + <div class="poetry"> + <div class="stanza"> + <div class="verse i0">Todo es ya por demás: ¿Qué soy ahora?</div> + <div class="verse idr">(Quintana: <i>Pelayo</i>).</div> + </div> + </div> + </div> +</div> + +<p class="ti0">Rayaba el sol en el más alto punto de su diaria carrera +iluminando con sus rayos las vastas llanuras de Castilla la Vieja, +cuando por tercera vez pisó el suelo de Madrigal el enamorado y +malcontento don Juan de Vargas, ocho días después de la noche en que +después de los acontecimientos del Campo Grande le dejó en su casa el +alcalde don Rodrigo Santillana.</p> + +<p>Empleó los siete primeros en hacer en todo Valladolid las más +exquisitas diligencias para encontrar a su dama, recorriendo con este +objeto cuantas posadas públicas o secretas él conocía, o sus amigos le +indicaron; mas no solo no dio con ella, sino ni tampoco con el menor +indicio<span class="pagenum" id="Page_II-115">p. II-115</span> de +haberse aposentado en ninguna.</p> + +<p>Tan cautelosa manera de proceder, las relaciones de aquella mujer +con los hombres que le atacaron en las inmediaciones del convento +del Carmen y, sobre todo, su dependencia del pastelero Gabriel de +Espinosa no podían menos de debilitar el ventajoso concepto que otras +circunstancias le habían hecho formar de ella, y no hay duda de que, +a no estar tan ciegamente enamorado, bastaran a separarle de ella +enteramente. Pero ya en su posición, cada reflexión que le ocurría en +contra de Inés no producía otro resultado que el de hacer más penoso +su estado, exasperarle, por consiguiente, y llevarle a ser capaz +de cometer los mayores excesos por salir pronto de la intolerable +incertidumbre en que vivía.</p> + +<p>Vista, pues, la inutilidad de sus pesquisas en Valladolid, marchó +a Madrigal, resuelto a obtener de Inés, si acudía a la ermita +en cumplimiento de su<span class="pagenum" id="Page_II-116">p. +II-116</span> oferta, explicaciones terminantes, y quedar de acuerdo +con ella en unirse o separarse para siempre.</p> + +<p>La promesa que había hecho a fray Miguel de no dar paso ninguno en +el asunto sin acudir a su mediación no fue parte para detenerlo, porque +consideraba roto aquel pacto, y no sin fundamento, ya en virtud de +haberse ausentado de Madrigal Inés durante su misma conferencia con el +vicario, ya porque en el lance de Valladolid no veía más que un lazo +tendido por Espinosa, quien, a juzgar por la estrecha amistad que con +el fraile tenía, obraba de acuerdo con él.</p> + +<p>Con estas disposiciones entró don Juan en el mesón de Madrigal, +y sin salir de él esperó la hora de la cita; pero amaestrado con la +pasada, llevó en su compañía a Pedro, y así él como su criado cuidaron +de ir prevenidos de armas de fuego.</p> + +<p>Aún era bastante la claridad del crepúsculo, cuando llegaron a la +ermita,<span class="pagenum" id="Page_II-117">p. II-117</span> para +permitirle registrar escrupulosamente las ruinas que fueron teatro +de la aventura de su prisión; pero por más que hizo no pudo hallar +vestigios de puertas, trampa ni entrada secreta alguna, de manera que +el tal examen solo produjo la utilidad de entretener por algún tiempo +su impaciencia.</p> + +<p>Por esta vez no se le hizo esperar mucho, pues pocos instantes +después de la hora señalada se presentó, no Inés, sino el mulato +Domingo, quien saludando con su acostumbrada aspereza le puso en las +manos un pliego cuyo sobrescrito decía así:</p> + +<div class="blockquot"> + +<p>«Al muy ilustre señor don Juan de Vargas, guarde Dios muchos +años».</p> + +</div> + +<p>Abriolo sin tardanza aquel caballero, y halló que decía así:</p> + +<div class="blockquot"> + +<p>«Señor don Juan: la persona a quien vuesa merced espera en las +ruinas, ni está hoy en Madrigal, ni estará en algunos días. Escríbole +estas letras para ahorrarle el trabajo de esperarla inútilmente,<span +class="pagenum" id="Page_II-118">p. II-118</span> y para decirle que +si desea tener noticias de ella, puede venirse por esta su celda, en +donde sabe que siempre será recibido como quien viene a honrarla con su +presencia. Y con esto queda rogando a Dios por la salud de vuesa merced +su humilde servidor y menor capellán — <i>F. M.</i>».</p> + +</div> + +<p>Aunque la carta no llevaba más firma que estas dos iniciales, su +contenido declaraba bien que el que la había escrito era el vicario +de Santa María, y don Juan, no hallando otro partido que tomar, se +decidió a aceptar la invitación que aquel le hacía, echando a andar +inmediatamente para el monasterio.</p> + +<p>Domingo, así que entregó la carta, volvió la espalda, y mientras don +Juan leía se metió en el pueblo.</p> + +<p>Recibió fray Miguel a don Juan con cordialidad y cortesía; pero +Vargas, que en el fondo de su corazón estaba indignado con él, casi se +le presentó con grosería. Debió sin duda de advertirlo el vicario, mas +no se dio por entendido, y empezó a preguntarle<span class="pagenum" +id="Page_II-119">p. II-119</span> por su salud con el mismo desembarazo +que si el día antes se hubieran visto, y después de ello se puso a +hablar del tiempo con admirable flema.</p> + +<p>—Todo eso está bueno —le interrumpió Vargas a breve tiempo—; pero mi +venida no ha sido a hablar de materias indiferentes. A quien tan bien +enterado está de mis negocios, no tengo necesidad de decirle cuanto +me ha ocurrido desde que nos separamos, pues desde luego supongo lo +sabría.</p> + +<p>—Así es la verdad.</p> + +<p>—Y probablemente lo sabría aun antes de sucederme.</p> + +<p>—En eso os engañáis, y me hacéis una cruel injusticia...</p> + +<p>—Sea en buen hora. Tampoco he venido a discutir esa materia. Lo que +me importa es saber las noticias que habéis prometido darme.</p> + +<p>—Y lo cumpliré.</p> + +<p>—A eso aguardo.</p> + +<p>—Primero tengo que exigir del señor don Juan la promesa formal de +someterse a ciertas condiciones.</p> + +<p>—Veámoslas.</p> + +<p>—Primeramente guardar inviolable secreto sobre cuanto yo le +revele, o en consecuencia<span class="pagenum" id="Page_II-120">p. +II-120</span> de ello descubriere hoy, mañana o en cualquier tiempo.</p> + +<p>—Aceptada.</p> + +<p>—¿Lo juráis?</p> + +<p>—Por mi honor y esta cruz.</p> + +<p>—En segundo lugar perdonar de aquí para delante de Dios a los dos +hombres que os acometieron la noche del domingo pasado, renunciando a +toda idea de venganza, y mirándolos como amigos si necesario fuese.</p> + +<p>—Fray Miguel, ¿sabéis la villanía que usaron conmigo? ¿Sabéis...?</p> + +<p>—Todo lo sé.</p> + +<p>—¿Y podéis aprobar tal infamia?</p> + +<p>—No permita el Señor que en mi pecho se abriguen semejantes +sentimientos. No, señor don Juan: aquel desventurado lance me ha +costado muchas lágrimas, y me las hubiera hecho derramar eternas +si os costara la vida. Pero creedme, no hubo en él premeditación. +Acontecimientos inevitables os hicieron encontrar con aquellos hombres: +lo demás fue obra del espíritu maligno, que no desperdicia ocasión para +perder a los hijos de Adán. ¿Os resolvéis, pues, a perdonar?</p> + +<p>—Padre vicario, mirad lo que<span class="pagenum" +id="Page_II-121">p. II-121</span> pedís.</p> + +<p>—Lo que como cristiano debéis hacer.</p> + +<p>—Perdonados están.</p> + +<p>—¿Y prometéis también no renovar el duelo?</p> + +<p>—Siempre que no se me provoque a ello de nuevo. Si este caso +llegara, sé lo que el honor exige de un caballero, y no dejara de +hacerlo si mi padre saliera de la tumba solo para rogármelo.</p> + +<p>—Funesta preocupación la del honor, que os hace hollar los más +santos preceptos de la religión...</p> + +<p>—Padre vicario, dejemos este punto: yo seguiré vuestra opinión a +ciegas cuando se trate de teología; en materias de esta especie, fiaos +a mí, que yo sé lo que he de hacer. Os repito que no tiraré la espada +contra esos hombres si a ello no me provocan. Ved si esto os parece +bastante, y por Dios vamos a lo que importa.</p> + +<p>—Consiento en recibir vuestra promesa tal como la hacéis. Resta +que os convengáis a mirarlos como vuestros amigos si la ocasión se +presentase de ser así necesario.</p> + +<p>—¿Y quien decidirá que así sea?</p> + +<p>—Inés; vos mismo.</p> + +<p>—Prometido también.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_II-122">p. II-122</span></p> + +<p>—Restan ahora dos únicas condiciones, pero son las más +importantes.</p> + +<p>—Y bien; decidlas.</p> + +<p>—Se os va a confiar un gran secreto, pero no en todas sus partes +por ahora. ¿Ofrecéis que contentándoos con saber lo que se os diga, no +trataréis en manera alguna de averiguar el resto?</p> + +<p>—Sí, ofrezco.</p> + +<p>—Lo último a que os queda que comprometeros es a renunciar para +siempre a Inés...</p> + +<p>—Jamás.</p> + +<p>—Escuchadme.</p> + +<p>—No, en eso no hablemos.</p> + +<p>—Señor don Juan, permitidme que acabe, y responded después lo que +gustéis. Es preciso, pues, que prometáis renunciar para siempre a Inés, +pero en el caso que no os convenga el medio que ella misma os propondrá +para llegar a ser su esposo.</p> + +<p>—Si yo me negare a ello, desde luego consiento en renunciar a +Inés.</p> + +<p>—Olvidando, si es posible, hasta que la habéis conocido, cesando +de seguirla, de mezclarse en sus operaciones, y de averiguar su +paradero.</p> + +<p>—A todo me obligo.</p> + +<p>—¿A fe de caballero y de cristiano?</p> + +<p>—Por mi honor<span class="pagenum" id="Page_II-123">p. +II-123</span> y mi religión lo juro ante ese divino Señor que está +sobre vuestra mesa. Y si no lo cumpliere, téngaseme por indigno de +mi noble nacimiento y en la hora de la muerte se me demande ante el +Todopoderoso.</p> + +<p>—Amén.</p> + +<p>—¿Queréis más?</p> + +<p>—No; basta lo hecho.</p> + +<p>—Cumplid ahora vuestra promesa.</p> + +<p>—Voy a hacerlo.</p> + +<p>Entonces el fraile, levantándose de su asiento, se dirigió a la +puerta de un retrete que en la celda había, y abriéndolo salió de él +Gabriel de Espinosa.</p> + +<p>Ya se deja conocer cuál sería la sorpresa de Vargas con la aparición +de aquel personaje, a quien estaba lejos de esperar. Estaba en pie y +descubierto delante del crucifijo de la mesa del vicario, con la mano +derecha aún puesta sobre el puño de la espada, cuando fray Miguel +abrió la puerta del retrete, y así permaneció, sin que la multitud de +diversos pensamientos que le asaltaron al ver al pastelero le diera +lugar a variar de postura, ni a proferir una sola palabra.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_II-124">p. II-124</span></p> + +<p>Gabriel, envuelto en su capa, con su ancho sombrero calado hasta las +cejas, y con aire aún más grave que de ordinario acostumbraba, salió de +su escondite a paso lento, y ocupando el sillón del vicario, colocado +este a su lado en pie, empezó a hablar sin descubrirse la cabeza ni +hacer otro movimiento que el de dejar caer el embozo de la capa lo +bastante para poder explicarse fácilmente.</p> + +<p>—Señor don Juan —dijo—, desgracias inauditas y continuadas han +reducido muchos años, y reducen aun hoy, a ocultar su nombre y persona +al que estáis viendo y nació muy lejos de la humilde condición en que +le habéis conocido.</p> + +<p>»Desde que por la vez primera me visteis, mi persona debió de +llamaros la atención, pues me seguisteis obstinadamente, a pesar de que +yo, teniendo graves motivos para desear no ser conocido por entonces, +y creyendo, a causa de ignorar quién erais, que fueseis un espía de +mis<span class="pagenum" id="Page_II-125">p. II-125</span> enemigos, +hice cuanto pude por evitar vuestras miradas.</p> + +<p>Aquí Espinosa, como si hasta entonces no hubiera advertido que tanto +Vargas como el vicario estaban en pie, se dirigió a ambos diciéndoles +gravemente:</p> + +<p>—Sentaos.</p> + +<p>Uno y otro obedecieron, lo que de parte del fraile no parecía +extraño, mas sí de la de don Juan, quien, sin poderlo él mismo +comprender, se sentía humillado en presencia del singular pastelero. +Este, después que tuvo a su auditorio sentado, continuó su interrumpido +discurso de esta manera.</p> + +<p>—Desde entonces acá he tenido justos motivos de rectificar mi +primera opinión. He visto en vos un caballero valiente, generoso, y +perseverante en sus designios; y creed lo que os digo, pues si bien +la lisonja me ha cegado más de una vez en otros tiempos, ya por mi +posición, ya por mi carácter personal, jamás han pronunciado mis +labios una palabra de alabanza sin que el corazón sintiera<span +class="pagenum" id="Page_II-126">p. II-126</span> más acaso de lo que +la lengua decía.</p> + +<p>»Pero estas mismas prendas recomendables que yo conocía en vos, +señor caballero, me retraían de comprometeros en una empresa, aunque +justa, aventurada y sobradamente peligrosa, en la cual por interés +personal y por obligación os veréis empeñado uniendo vuestra suerte a +la de Inés.</p> + +<p>»Incapaz, como lo soy, de cometer una villanía, tampoco la hubiera +creído ni la creo de vos: así, pues, días ha que os hubiera enterado de +todos mis secretos, sin otra precaución que la de encargaros el sigilo, +seguro de vuestra honradez; pero la seguridad de muchos y muy fieles +amigos, las reglas de la prudencia, y los consejos de personas que +acaso se interesan tanto en vuestro bien como en el mío, me han movido +a exigir de vos por medio de fray Miguel las promesas que acabáis de +hacer solemnemente.</p> + +<p>»Ni el tiempo ni el lugar son ahora a propósito para revelaros quién +yo sea.<span class="pagenum" id="Page_II-127">p. II-127</span> Básteos +saber que nací caballero; que mi casa es ilustre, algunos de mis hechos +gloriosos, y mi fortuna tan escasa que de noble y principal me ha +reducido a humilde pastelero.</p> + +<p>»Contando con el favor de Dios y la fidelidad de mis amigos, en cuyo +número espero contaros muy en breve, tardará poco acaso el día en que +recobre mi ser primero: entonces, señor don Juan, yo os aseguro que +no tendréis motivo de arrepentiros de haberme conocido. Este pliego +(enseñándole uno sellado), que os prohíbo abráis hasta hallaros en +Valladolid, os instruirá de parte de lo que deseáis saber, y os pondrá +en disposición de enteraros del resto.</p> + +<p>»Recordad vuestras promesas, y cumplídmelas religiosamente. Ahora +tomad inmediatamente el camino de Valladolid. Nada más tengo que +deciros. Guárdeos el cielo.</p> + +<p>Acabando de hablar se puso en pie, entregó a fray Miguel el pliego, +y después<span class="pagenum" id="Page_II-128">p. II-128</span> +de haberlo recibido, este también de pie, y haciendo una profunda +reverencia, salió Gabriel de la celda sin dignarse siquiera volver la +cabeza para ver el efecto que sus palabras habían producido en don Juan +de Vargas, quien, absorto con cuanto le pasaba, ni quería responder, ni +aun cuando hubiera querido acertara a hacerlo.</p> + +<p>Luego que Espinosa salió del aposento, entregó fray Miguel el pliego +a don Juan, y este, recibiéndolo maquinalmente, empezó a volverle +entre las manos, en tanto que sus ojos, fijos en el suelo, denotaban +claramente que aún no se había recobrado de su primera sorpresa.</p> + +<p>No le pareció al vicario hablarle por el momento, sino quiso que por +grados se fuese él mismo serenando, y luego que conoció, al cabo de +algunos minutos, que esto iba verificándose, le preguntó:</p> + +<p>—¿Y bien, señor don Juan, no pensáis<span class="pagenum" +id="Page_II-129">p. II-129</span> en pasar hoy a Valladolid?</p> + +<p>—¿A Valladolid —respondió Vargas como si despertase de un sueño—, a +qué?</p> + +<p>—¿A qué? A lo que con tanta ansia deseabais no hace mucho.</p> + +<p>—Sí; a ver a Inés sin duda. Este pliego dirá dónde se halla, ¿no es +verdad, padre vicario?</p> + +<p>—Recordad nuestro convenio, y nada me preguntéis.</p> + +<p>—Sí; es cierto. Nada debo preguntar verdaderamente: jamás hombre se +habrá visto en tan extraña situación. ¡Cómo ha de ser! Mi estrella lo +quiere así.</p> + +<p>—No os desaniméis; estos misterios tardarán poco en cesar; la +justicia triunfará, y entonces...</p> + +<p>—Inés será mía.</p> + +<p>—Vuestra será si vos queréis, señor don Juan...</p> + +<p>—¿Si yo quiero? Fray Miguel, adiós: vea yo Inés, y entonces +conoceréis si hay nada difícil para mí tratándose de obtener su +mano.</p> + +<p>—El cielo os sea propicio en vuestro viaje.</p> + +<p>Así que don Juan salió de la celda, la fisonomía naturalmente +grave del vicario tomó un aire de contento y satisfacción<span +class="pagenum" id="Page_II-130">p. II-130</span> que pocas veces se +dejaba ver en ella, y frotándose las manos exclamó:</p> + +<p>—Con este ya se puede contar hasta la muerte: ¡por qué no estarán +todos enamorados, y nuestro triunfo sería seguro!</p> + + +<p class="fin">FIN DEL TOMO SEGUNDO</p> + + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + +<div class="chapter" id="ToC"> + <h2 class="nobreak g1 ws1">ÍNDICE</h2> + <hr class="tir"> +</div> + +<table class="toc"> + <tr> + <td> </td> + <td class="tdcb smaller bb">Páginas</td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl pt05">TOMO I</td> + <td class="tdr pt05"><a href="#Ch1">I-<span class="asc">i</span></a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl pt05">Introducción</td> + <td class="tdr pt05"><a href="#Ch10">I-<span class="asc">vii</span></a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl">Capítulo primero</td> + <td class="tdr"><a href="#Ch11">I-1</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl">Capítulo II</td> + <td class="tdr"><a href="#Ch12">I-23</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl">Capítulo III</td> + <td class="tdr"><a href="#Ch13">I-47</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl">Capítulo IV</td> + <td class="tdr"><a href="#Ch14">I-71</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl">Capítulo V</td> + <td class="tdr"><a href="#Ch15">I-103</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl pt1">TOMO II</td> + <td class="tdr pt1"><a href="#Ch1">II-<span class="asc">i</span></a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl pt05">Capítulo primero</td> + <td class="tdr pt05"><a href="#Ch21">II-1</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl">Capítulo II</td> + <td class="tdr"><a href="#Ch22">II-25</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl">Capítulo III</td> + <td class="tdr"><a href="#Ch23">II-36</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl">Capítulo IV</td> + <td class="tdr"><a href="#Ch24">II-61</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl">Capítulo V</td> + <td class="tdr"><a href="#Ch25">II-76</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl">Capítulo VI</td> + <td class="tdr"><a href="#Ch26">II-96</a></td> + </tr> + <tr> + <td class="tdl">Capítulo VII</td> + <td class="tdr"><a href="#Ch27">II-114</a></td> + </tr> +</table> + +<hr class="chap"> + + +<hr class="full"> + +</div> +<div style='text-align:center'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 75973 ***</div> +</body> +</html> + diff --git a/75973-h/images/cover.jpg b/75973-h/images/cover.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..4ac057d --- /dev/null +++ b/75973-h/images/cover.jpg diff --git a/75973-h/images/i_1a023.jpg b/75973-h/images/i_1a023.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..b1ca117 --- /dev/null +++ b/75973-h/images/i_1a023.jpg diff --git a/75973-h/images/i_1p022.jpg b/75973-h/images/i_1p022.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..187cabd --- /dev/null +++ b/75973-h/images/i_1p022.jpg diff --git a/75973-h/images/i_1p046.jpg b/75973-h/images/i_1p046.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..1691244 --- /dev/null +++ b/75973-h/images/i_1p046.jpg diff --git a/75973-h/images/i_1p070.jpg b/75973-h/images/i_1p070.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..589185c --- /dev/null +++ b/75973-h/images/i_1p070.jpg diff --git a/75973-h/images/i_1p102.jpg b/75973-h/images/i_1p102.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..e624279 --- /dev/null +++ b/75973-h/images/i_1p102.jpg diff --git a/75973-h/images/i_2p024.jpg b/75973-h/images/i_2p024.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..8f68d68 --- /dev/null +++ b/75973-h/images/i_2p024.jpg diff --git a/75973-h/images/i_2p035.jpg b/75973-h/images/i_2p035.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..35cee11 --- /dev/null +++ b/75973-h/images/i_2p035.jpg diff --git a/75973-h/images/i_2p060.jpg b/75973-h/images/i_2p060.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..8f19a9a --- /dev/null +++ b/75973-h/images/i_2p060.jpg diff --git a/75973-h/images/i_2p075.jpg b/75973-h/images/i_2p075.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..259a80d --- /dev/null +++ b/75973-h/images/i_2p075.jpg diff --git a/75973-h/images/i_2p095.jpg b/75973-h/images/i_2p095.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..4304192 --- /dev/null +++ b/75973-h/images/i_2p095.jpg diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt new file mode 100644 index 0000000..b5dba15 --- /dev/null +++ b/LICENSE.txt @@ -0,0 +1,11 @@ +This book, including all associated images, markup, improvements, +metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be +in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES. + +Procedures for determining public domain status are described in +the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org. + +No investigation has been made concerning possible copyrights in +jurisdictions other than the United States. 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