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+
+*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 75973 ***
+
+
+NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
+
+ * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han
+ convertido a MAYÚSCULAS.
+
+ * Los errores de imprenta han sido corregidos.
+
+ * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
+ las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
+
+ * La puntuación y la toponimia también han sufrido ligeros retoques
+ para su modernización.
+
+ * Se han separado en párrafos distintos las intervenciones dialogadas
+ allí donde el texto adopta forma de diálogo, añadiendo y espaciando
+ las rayas según los modernos usos ortotipográficos.
+
+ * Las cartas y misivas se presentan sangradas para mejor distinguirlas
+ de otros entrecomillados.
+
+ * Se ha compilado y añadido un Índice al final del volumen pese a que
+ el original impreso no lo incluye.
+
+
+
+
+Ni Rey ni Roque
+
+
+
+
+ NI REY NI ROQUE
+
+ EPISODIO HISTÓRICO
+ DEL REINADO DE FELIPE II,
+ AÑO DE 1595
+
+ NOVELA ORIGINAL
+
+ ESCRITA
+ POR DON PATRICIO DE LA ESCOSURA,
+ AUTOR DEL CONDE DE CANDESPINA
+
+ TOMO I
+
+ Madrid
+ Imprenta de Repullés
+ —
+ AÑO DE 1835
+
+
+
+
+AL SEÑOR DON GERÓNIMO DE LA ESCOSURA, _Caballero de la Real y
+distinguida Orden Española de Carlos III, del Consejo de Su Majestad,
+su Secretario con ejercicio de decretos, Intendente de Provincia de
+primera clase, y Vocal de la Real Junta de Fomento de la riqueza del
+Reino_.
+
+ En muestra de su cariño y respeto,
+
+ Su hijo,
+ _Patricio de la Escosura_
+
+
+ ¿De qué, pues, nos sirvieron
+ Siete siglos de afán, y nuestra sangre
+ A torrentes verter?... Lanzado en vano
+ Fue de Castilla el árabe inclemente,
+ Si otro opresor más pérfido y tirano
+ Le pone el yugo a su infelice frente.
+
+Quintana: _Oda a Padilla_.
+
+
+
+
+INTRODUCCIÓN
+
+ El mentir de las estrellas
+ Es muy seguro mentir,
+ Porque ninguno ha de ir
+ A preguntárselo a ellas.
+
+Caballero en un rocín cuellilargo, quijotudo y amojamado, su creación
+inmemorial, sus jaeces una jáquima bastante antigua y una manta de
+muestra no muy moderna, y, a pesar de todo, no mío, paseaba yo no hace
+mucho por una sierra del reino de Sevilla.
+
+Preocupado en diferentes pensamientos, para mí muy importantes, y
+habituado ya al país en que me hallaba, confieso francamente que no me
+hacía mucho efecto el cuadro que me rodeaba, a pesar de ser una de las
+más bellas perspectivas que pueda imaginar el entendimiento.
+
+Cuanto la vista alcanza a descubrir, desde el punto más elevado de
+aquel terreno, ofrece un aspecto lleno de vida y de interés. No hay
+allí una llanura que tenga un cuarto de legua en cuadro; y hablando con
+propiedad, los que los naturales llaman valles no son más que ramblas o
+encañadas, la más ancha de cien toesas, si las tiene. Compónese, pues,
+todo aquel país de cerros y colinas, peñascos y precipicios.
+
+La naturaleza ha hecho tanto en favor de Andalucía que, a pesar de la
+indolencia de sus habitantes, la verdura, la frondosidad de la tierra
+encantan el alma del que acaba de dejar las áridas llanuras de la
+Mancha, donde el viajero se cree más bien en la Arabia desierta que no
+en la región meridional de la culta Europa.
+
+En medio de vastos y fértiles olivares, de montes de robustas encinas,
+de viñedos frondosos, de campos cereales, la blancura resplandeciente
+de los cortijos, que vistos de lejos tienen alguna semejanza con los
+caseríos ingleses, hace un efecto maravilloso.
+
+A corta distancia unos de otros se descubren muchos pueblos, más o
+menos considerables, cuya posición próxima siempre a los pasos precisos
+de la sierra, y en puntos que los dominan, descubre que en su origen
+fueron puestos militares, establecidos por los moros para defenderse
+de las continuas incursiones de los cristianos. Los castillos ruinosos
+que en casi todos ellos se ven aún, y sus nombres arábigos, acreditan
+suficientemente esta conjetura.
+
+Verifícase la comunicación entre estos pueblos por medio de unas
+veredas, que vistas y andadas parecen, y son más a propósito, para
+cabras que para hombres y caballos; pero los naturales de la sierra
+las andan con una presteza y agilidad sorprendentes; y el forastero,
+animado con su ejemplo, acaba por habituarse y caminar tranquilo por
+ellas. En este caso me hallaba yo.
+
+Andando a la aventura mi rocín acertó a tomar una estrecha senda que
+en la mitad de la altura de una cadena de colinas bastante pendientes
+corre paralelamente a su base, al pie de la cual se desliza, con manso
+ruido entre innumerables piedrecillas de jaspe colorado, un arroyo cuyo
+color verdoso y olor azufrado dan claros indicios de ser sus aguas
+minerales. Crecen en su orilla el romero, la adelfa y otros muchos
+arbustos en profusión, y la flor roja del segundo citado contribuye
+a prestar a aquella ribera, si tal nombre merece, un aspecto ameno y
+pintoresco.
+
+Como media legua podría yo haber andado, cuando la lentitud del paso
+de mi cuartago, lo lacio de sus orejas y la humilde postura de su
+cabeza me revelaron que si no quería volverme a pie a mi domicilio, era
+preciso que permitiese descansar un momento a aquella _vera efigies_ de
+Rocinante. Eché, pues, pie a tierra, y reconociendo, por la frondosidad
+del sitio, que me hallaba en las inmediaciones de un manantial de agua
+potable, como la sed empezaba a aquejarme, quise buscarlo. Tuve para
+esto que meterme por un angosto desfiladero en el que apenas cabían
+dos personas de frente. La elevación de los dos peñascos laterales, y
+las ramas de muchas higueras silvestres que de sus hendiduras salían,
+formando una bóveda impenetrable a los rayos del sol, hacía también
+muy a propósito aquel paraje para madriguera de bandidos, casta de
+pájaros en que el país suele abundar. Esta circunstancia dio lugar a
+que yo descolgase el retaco que llevaba pendiente del arzón trasero,
+según costumbre de Andalucía, y con él terciado y montado entrase en el
+desfiladero.
+
+No bien anduve veinte pasos, sentí a corta distancia el ruido de los
+de otro hombre y otro caballo. Debió de sucederle a él lo mismo, y de
+formar tan buen concepto de mí como yo de él, pues al descubrirnos nos
+apuntamos simultáneamente con los retacos, y ambos preguntamos a un
+tiempo:
+
+—¿Quién va?
+
+Íbamos los dos vestidos a la jerezana, que es también el uniforme de
+los ladrones; pero como llevábamos bigotes el uno y el otro, apenas
+nos los vimos cesaron nuestras sospechas, y bajando a un tiempo las
+escopetas depusimos el airado ceño y nos saludamos cordialmente con el
+nombre de compañeros.
+
+Mi encuentro era un anciano de robusta complexión y nerviosa fibra. Los
+años le habían como curtido, pero conservaba toda la elasticidad de sus
+miembros y una estatura elevada, exenta de la curvatura general de los
+hombres de su edad. Por debajo del sombrero portugués dejaba ver unos
+cabellos espesos, pero blancos como la nieve, y de igual color eran los
+poblados bigotes que me le dieron a conocer por hombre honrado.
+
+—¿Adónde bueno, mocito? —me dijo con cortesía, pero con aquel tono de
+superioridad justa que los ancianos toman siempre con los jóvenes.
+
+—Voy, señor mío —le contesté—, buscando la fuente.
+
+—Por el acento y el camino que usted toma bien se conoce que no es del
+país. Yo también voy a la fuente, y si usted quiere podremos ir juntos.
+
+Agradecí y acepté la oferta, y echamos a andar hasta el manantial, que
+aún distaba más de lo que yo me figuraba.
+
+El aire cordial, la franqueza, la urbanidad marcial de mi compañero,
+me hicieron reconocerle desde luego por un oficial veterano; y en
+efecto lo era. A los cinco minutos de estar juntos se estableció
+entre nosotros la misma libertad de trato que pudiera haber si nos
+conociéramos de diez años antes.
+
+El anciano me dijo que tenía setenta años, y se llamaba don Sebastián
+de Vargas. Había empezado a servir en caballería a los doce años, esto
+es, en el de 1776. Había hecho la campaña del año 92; la de Portugal
+con los franceses; la de América; y la del año 23 en el bizarro
+ejército constitucional de Cataluña.
+
+Tenía tres heridas, la cruz de San Fernando y otras infinitas por
+distintas acciones; y era comandante de escuadrón con grado de coronel;
+gracias a la amnistía, pues desdeñando purificarse en la última época,
+se había quedado de paisano. Había asistido a más funciones de guerra
+que yo tengo meses de vida; y confieso que aunque las refería con harta
+prolijidad, le escuchaba con gusto y veneración.
+
+Dos horas estuvimos juntos, y quedamos tan amigos que me convidó a ir
+a pasar algunos días en un cortijo que habitaba a media legua de aquel
+paraje.
+
+—Vivo en el campo —me dijo—, con mi familia, que se reduce a una hija
+de veinticuatro años, un sobrino de treinta, mi ama de llaves y mi
+asistente, soldado tan antiguo como yo. No recibiremos a usted con
+cumplimientos, ni podremos obsequiarle a la moda de la corte; pero
+en cambio será usted bien llegado siempre que quiera favorecernos, y
+partirá con nosotros una puchera no mal sazonada.
+
+Dile las gracias por el ofrecimiento, prometiendo no despreciarlo; y
+monté a caballo, gozoso con mi nuevo conocimiento. Dos días después fui
+al cortijo de Sierra-Carnero, que así se llama el de don Sebastián de
+Vargas.
+
+Su hija es una señorita no destituida de mérito personal, educada con
+más esmero del que yo suponía. Ella y su padre me recibieron como
+este me lo había prometido. Por la mañana vimos su habitación, que es
+una excelente casa de campo, aunque de muy antigua construcción, a la
+cual se han ido agregando sucesivamente cuadras, tinaones o establos,
+graneros y pajares. No muy lejos de ella está un molino de aceite.
+Por la tarde paseamos en las tierras del cortijo, que son vastas,
+bien cultivadas y productivas: no faltan en ellas los olivos, encinas
+y cepas, además de los sembrados de trigo y cebada, y los prados de
+alcacer. Pero lo que me encantó fue una huerta en la que, entre otros
+muchos árboles frutales, se veía considerable número de naranjos,
+limoneros y granados.
+
+El sobrino de don Sebastián, que tenía por nombre don Pedro Alcántara
+Hinojosa, me pareció un excelente sujeto; pero yo a la cuenta no tuve
+igual fortuna con él, pues me trató con notable reserva.
+
+Mi amistad con aquella familia llegó a hacerse cada día más íntima,
+por manera que pasaba semanas enteras en Sierra-Carnero. En una de
+estas ocasiones llamó mi atención un retrato, de excelente mano, de una
+señora vestida con traje antiguo, pero tan parecida a la hija de mi
+huésped que llegué a figurarme sería su madre, que por extravagancia se
+hubiese hecho pintar vestida de máscara.
+
+Cabalmente cuando hice esta observación, Inesita, que tal era el nombre
+de la joven, se hallaba sola conmigo. Comuniquela mi pensamiento y
+ella, riéndose, me contestó:
+
+—No es usted solo el que ha tenido esa equivocación, no señor. Esa
+no es mi madre: es mi sexta o séptima abuela. Dicen que en la figura
+nos parecemos mucho; y si es verdad, como es tradición en la familia,
+que pasó muchos disgustos en su vida, me temo que también en eso nos
+pareceremos.
+
+Al concluir estas palabras, la sonrisa de Inesita se convirtió en
+una expresión melancólica, y una lágrima se asomó furtivamente a sus
+hermosos ojos.
+
+Yo, que sin poderlo remediar soy muy compasivo con las damas, y un
+tantico curioso, pregunté con bastante empeño, y supe de aquella joven
+la causa de su disgusto. He aquí cómo sobre poco más o menos me la
+refirió:
+
+—Esa señora que usted ve retratada, dicen que era de una familia muy
+ilustre, y que antes de casarse con su marido, que fue un Vargas, pasó
+trabajos indecibles. Su hijo único se llamó don Sebastián; y este dejó
+muy encargado en su testamento a sus descendientes que a todos sus
+primogénitos les pusiesen su mismo nombre. Pero no es esta la cláusula
+más singular del tal testamento. Parece que entre el marido de la
+abuela doña Inés, que tal era su nombre, y un primo suyo llamado don
+Pedro Hinojosa de Vargas, medió una estrecha amistad, por cuya razón
+el nieto de aquel se casó con una doña Inés, nieta del último. En
+virtud de esto, don Sebastián 1.º de Vargas encargó también que los
+primogénitos de sus descendientes en línea recta se casasen con las
+primogénitas de la de Hinojosa, siempre que estas llevasen el nombre de
+Inés.
+
+»Desde entonces, hasta mi padre inclusive, se ha seguido sin alteración
+alguna la extraña regla de bautismos y matrimonios establecido en
+el testamento de don Sebastián; siendo de notar que ninguno de sus
+sucesores ha tenido nunca más que un hijo varón.
+
+»Pero mi desdichada suerte ha querido que justamente variase en mí
+este orden constante de sucesión. Mi padre se casó teniendo ya más de
+cuarenta años; y mi madre, al darme a luz, expiró. El ama de llaves que
+hoy tenemos, y que cuando yo nací estaba ya en casa, me ha asegurado
+que no es fácil decidir cuál sentimiento era mayor en mi padre, si el
+de la muerte de su mujer, o el de no haber sido un varón lo que había
+dado a luz.
+
+»No puedo quejarme de mi padre: ha llenado sus deberes
+escrupulosamente; pero jamás se ha abandonado por completo a la ternura
+paternal conmigo; y por más que procura ocultármelo, se le conoce que
+me mira como un borrón para el árbol genealógico de la familia.
+
+»Para colmo de mi desgracia, todas las hembras de la casa de Hinojosa
+han muerto, y solo queda un varón, que es mi primo. Nos amamos; y
+aunque mi padre lo aprecia no se resuelve a casarnos, porque se llama
+Pedro y no Sebastián. Vea usted si tengo motivo de afligirme.
+
+No es ponderable lo que me interesó esta relación. Por ella comprendí
+que la frialdad del primo conmigo provenía de un movimiento celoso, y
+me propuse castigar su desconfianza convenciendo a mi anciano amigo
+de la ridiculez de su empeño en sostener el extraño testamento de don
+Sebastián 1.º de Vargas.
+
+En la primera ocasión que me pareció oportuna empecé a insinuarme, y el
+viejo comandante no tuvo dificultad en entrar en materia.
+
+—Usted llama debilidad —me dijo— a lo que no es más que respeto y
+cariño a mis ascendientes. Seis generaciones han consagrado esa
+costumbre y la han hecho inviolable a mis ojos.
+
+—Y está bien —le repliqué yo—, está bien que usted la respete; y yo
+sería de parecer que se observase, a ser posible. Pero usted tiene
+setenta años, edad que no es a propósito para casarse; y aunque fuera
+más joven no podría hacerlo según sus principios, porque no tiene una
+doña Inés Hinojosa con quien enlazarse. Es preciso, pues, que usted
+consienta en el matrimonio de su hija con su sobrino, o en ver deshecha
+para siempre la unión entre dos ramas de la familia que tan ligadas han
+estado hasta aquí.
+
+—Sí, eso sí: usted tiene razón; pero yo tengo miedo. Sí señor, miedo,
+no se asombre usted. Hay en este asunto un misterio que no alcanzo, y
+que es lo que más me detiene.
+
+—¿Y no podré yo saber cuál es?
+
+—A nadie se lo he revelado hasta ahora; pero haré una excepción en
+favor de usted. En el testamento de mi séptimo abuelo don Sebastián,
+se dice: que sus herederos, en el caso de no conformarse con sus
+disposiciones, incurrirán en su enojo, y que los fundamentos de lo que
+ordena se contienen en un rollo de papeles que, cerrados en una caja de
+plomo sellada, deja en su biblioteca. Todos hemos respetado esta caja;
+pero en tiempo de la guerra de la Independencia, una partida de los
+invasores que ocupó la casa, creyendo que en ella se contendría algún
+tesoro, la abrió a bayonetazos. Por fortuna se dejaron los papeles, que
+el ama de llaves recogió y hoy están en mi poder.
+
+—¿Y usted no los ha leído?
+
+—Mil veces lo he intentado; pero están escritos con unos garabatos
+infernales, de los cuales no he podido descifrar ni uno.
+
+—Si usted no tiene inconveniente en confiármelos, yo entiendo algo la
+letra antigua, y veremos de traducirlos al castellano moderno.
+
+—Me hará usted un servicio impagable.
+
+—Impagable, no tal. Prométame usted que si de esos papeles no resulta
+expresamente una prohibición de casarse su hija con su sobrino, cesará
+usted de oponerse a sus deseos.
+
+—Veremos.
+
+—No hay veremos que valga: o se casan, o no trabajo.
+
+—Hombre, eso es hacerme la forzosa.
+
+—Para hacer felices a dos jóvenes que lo merecen, y a usted también.
+
+—¡Pero señor, qué empeño!
+
+—Mi coronel, ¿sí, o no? Entre soldados no hay palabras ambiguas.
+
+—Pues vamos con un sí.
+
+—Eso es hablar en razón. Vengan esos cinco, mi coronel.
+
+—Tome usted, mala cabeza.
+
+Inmediatamente después de esta conversación me entregué de un rollo
+de papeles muy voluminoso, que contenía la narración que, sin más
+condición que la de variar algunos apellidos, me ha permitido don
+Sebastián dar al público.
+
+Paréceme que ofrecerá la utilidad de dar a conocer en gran parte el
+carácter moral, político y religioso de una época interesante de
+nuestra historia. Nada más diré, porque el público va a juzgarla, y
+sería indisculpable temeridad anticiparme a su fallo.
+
+He tenido la satisfacción de asistir a la boda de Inesita con don
+Pedro Hinojosa, y de ver a este tan trocado que me llama su mejor
+amigo. El coronel Vargas sabe ya de memoria este escrito; pero no qué
+hacer para probarme lo que agradece mi trabajo.
+
+Solo falta que el editor de la colección no tenga por qué arrepentirse
+de haberlo incluido en ella, y entonces yo también estaré completamente
+satisfecho.
+
+[Ilustración]
+
+
+
+
+NI REY NI ROQUE
+
+CAPÍTULO PRIMERO
+
+ DON FÉLIX
+ El rostro es en vano
+ Querer ocultarme;
+ O tú has de matarme,
+ O yo te veré.
+
+ DON DIEGO
+ No es verme tan llano
+ Que baste el querello;
+ Mal que os pese de ello
+ Burlaros sabré.
+
+ (_Comedia antigua inédita_).
+
+
+Como a las ocho de la mañana de uno de los primeros días del mes
+de julio del año de 1595, se apeó en Madrigal, a la puerta de una
+pastelería, un caballero joven, galán y bien portado. Dejando los
+caballos al cuidado del sirviente que le acompañaba, entró en la
+pastelería con gentil desembarazo, y tocando ligeramente con la mano
+el bonete de terciopelo negro que cubría su cabeza, pronunció con voz
+clara y apacible la entonces usual fórmula de saludo:
+
+—Ave María.
+
+—Sin pecado concebida —contestó la única persona que en la tienda
+había, y era una mujer joven, morena, de hermosos ojos, rostro más
+agraciado que bello, y aire más grave e imponente del que su edad,
+condición y humilde traje prometían.
+
+Estas observaciones las hizo el caminante sentado ya en uno de los
+escaños que había dentro de la misma chimenea, y fuese que su natural
+cortesía le moviese a ello, o bien que el aspecto de la huéspeda le
+pareciera exigir más respeto del que hasta entonces había mostrado,
+el hecho es que se quitó cortésmente el bonete, y dejó ver una cabeza
+cubierta de cabellos castaños, cortados según la moda de aquel siglo,
+es decir, sobre poco más o menos, de la manera que hoy llamamos a la
+inglesa.
+
+—¿No tendrá usted, señora huéspeda —dijo el caminante después de breves
+instantes—, alguna cosa con que aplacar el hambre de un mozo, que ya
+esta mañana ha caminado algunas horas?
+
+No contestó a esta pregunta la persona a quien se hacía, sino que,
+levantándose del asiento que ocupaba al frente del viajero, abrió y
+examinó el cajón del mostrador, algunas alacenas y el horno, y visto
+todo, volvió a su puesto diciendo flemáticamente al mancebo:
+
+—Nada.
+
+—Bien por mi vida. ¿Y no hay otra pastelería en el pueblo?
+
+—Ninguna.
+
+—¿Y absolutamente no hay nada que darme?
+
+—Nada, si no se contenta con un pedazo de pan.
+
+—Corta cosa es, y mi estómago me parece que ahora requiere más
+sustancioso refrigerio. Duélase, hermana, de mi necesidad, y no me
+obligue a andar en ayunas el resto de la jornada, que por la paga no
+quedaremos mal.
+
+—Mi señor no está en casa —replicó la huéspeda—, además de que, aunque
+estuviera, no creo yo que quisiera ahora hacer nada.
+
+—Válganos Dios, y qué poco amigo de trabajar es el pastelero: sea usted
+más caritativa, y alivie mi necesidad, que tengo prisa; el pueblo
+a que voy aún está lejos, y no quisiera llegar a él hambriento, y
+creyendo que en cuerpo tan bello haya un alma empedernida.
+
+Estas últimas palabras, pronunciadas en un tono entre galán y jocoso,
+arrancaron, por decirlo así, una sonrisa a la grave pastelera; pero
+había en ella tanta dignidad, y en su aire tal importancia, que a ser
+en una princesa, se dijera que el requiebro la agradaba solo en cuanto
+a mujer. Mas el mancebo no estaba entonces para pagarse de sonrisas; el
+hambre le aquejaba, y continuó sus instancias, quizás con importunidad;
+pero mezclándolas con tantas y tan discretas lisonjas que al cabo dio
+al traste con la pereza o el orgullo de la huéspeda.
+
+—Por oír misa y dar cebada —dijo esta—, ya sabe usted que no se pierde
+jornada. Haga, pues, que su criado lleve los caballos al mesón, que
+está en la misma calle, y váyase el señor caballero a oír la misa del
+padre vicario de Santa María la Real, que dentro de una hora veremos
+de dar modo para satisfacer su apetito.
+
+—¡Una hora! Mucho es; pero sea: oigamos misa, y después volveremos a...
+
+—A desayunaros.
+
+—Y a ver los negros ojos de la más bella pastelera de esta tierra.
+
+—Lisonjas de cortesano.
+
+—No, sino verdades de hombre honrado.
+
+—Si se retarda, caballero, no llega a la misa.
+
+—¿Está lejos la iglesia?
+
+—A dos pasos. Desde la puerta de casa verá usted la del monasterio.
+
+Y diciendo así, acompañó al caminante hasta la puerta, y en efecto le
+indicó el convento que desde ella se veía.
+
+Don Juan de Vargas, hermano del marqués de ***, que es el caminante que
+hemos visto, era un caballero mozo, de buen parecer, mediana estatura,
+rostro blanco, complexión enjuta, humor jovial, muy aficionado a las
+armas, y sobradamente a las damas; sirvió al rey en Flandes con honor
+algunos años; su valor y nacimiento le alcanzaron una compañía, y en la
+ocasión en que le hemos visto se hallaba en España a causa de haberle
+llamado su hermano el marqués, que achacoso antes de la vejez, soltero,
+y sin inclinación al matrimonio, le propuso hacerle su heredero, con
+solo la condición de renunciar el ejercicio de las armas y venirse a
+vivir en su compañía.
+
+Don Juan repugnaba dejar los campos de Marte; pero el agradecimiento a
+su hermano, las muchas ventajas que la proposición de este le ofrecía,
+y finalmente, algunas desavenencias con el cabo principal del tercio en
+que servía, le decidieron a dejar su bandera, con permiso del rey, y
+regresar a Valladolid, ciudad donde el marqués residía.
+
+Este desde luego descargó en su heredero el cuidado de su hacienda y
+estados que estaban en Castilla la Vieja, lo que proporcionó a don Juan
+hacer frecuentes viajes por la provincia, los cuales hacía siempre a la
+ligera con un solo criado, divirtiendo en ellos y en la caza el ocio de
+su nueva vida, insoportable para un hombre activo como él, vehemente,
+y habituado al continuo movimiento de la guerra.
+
+Regresaba don Juan a Valladolid, después de haber visitado varios
+pueblos del señorío del marqués situados en la sierra de Ávila, y se
+había propuesto llegar aquel día, y detenerse algunos en Medina del
+Campo, villa ya muy decaída entonces, pero no de tan poca importancia
+como lo es en el día.
+
+Sigámosle al monasterio de Santa María, que lo era de monjas de San
+Agustín: dirigiéndose a él, con el piadoso fin de oír misa, iba don
+Juan repasando en su memoria el gracejo de la pastelera, y tratando,
+por decirlo así, de casar lo plebeyo de su condición con la nobleza de
+su porte; el deseo de la ganancia, natural en el tratante de oficio,
+con la negligencia y descuido de aquella mujer, que nada tenía en su
+casa preparado para la venta; y finalmente, la solícita adulación de
+la mayor parte de las gentes dedicadas a aquel tráfico, con el despego
+casi grosero de la morena de Madrigal.
+
+Poco tiempo hacía que don Juan había vuelto de Flandes, donde las
+gentes, aunque de suyo poco aficionadas a los españoles, no perdían
+nunca la ocasión de ganar con ellos el dinero; los tudescos,
+flemáticos, sí, mas no perezosos, saben adoptar siempre el tono
+conveniente a la profesión que el interés, o la necesidad, les obliga a
+ejercer, y don Juan se olvidaba de que estaba en Castilla la Vieja.
+
+Embebido, pues, en sus reflexiones, llegó al pórtico de la iglesia, en
+donde se hallaba reunido todo el pueblo, pues el día en que principia
+nuestra historia era festivo, y la misa del padre vicario la que
+siempre oían las personas de más cuenta y las que sin serlo aspiraban a
+darse importancia, que ya entonces eran en bastante número.
+
+Todo en aquel tiempo llevaba en España el sello del carácter severo y
+sombrío de su monarca. Cada una de las clases del Estado se distinguía
+en todo género de actos por sus insignias, por la calidad y hechura
+de sus vestidos. El color más de moda era el negro; los militares
+eran acaso los únicos que vestían de color: los adornos eran ricos
+y costosos, pero sencillos y graves: un cintillo de diamantes por
+presilla en el bonete, una larga y gruesa cadena de oro colgando del
+cuello, y dando una o más vueltas sobre el pecho, y una sortija de
+valor en algún dedo.
+
+El traje del siglo era airoso: Van Dyck, dice Walter Scott, lo ha
+inmortalizado. En efecto, o es la magia de aquel gracioso pincel,
+o verdaderamente el corte y disposición de los tales vestidos era
+infinitamente superior a los inconcebibles arreos de que hoy nos vemos
+cargados. Confieso ingenuamente que como no sea la idea de asimilarnos
+a los monos, no concibo cuál fuese la del inventor de los faldones de
+nuestros fraques. El pantalón, a la verdad, ya se entiende; porque la
+especie ha degenerado ya tanto que apenas hay pierna masculina capaz de
+llevar con honor el calzón ajustado. ¡Pero el chaleco, casaca, y sobre
+todo el corbatín! El corbatín, instrumento eterno de suplicio para el
+hombre obeso y corto de cuello, a quien no deja respirar, y para el
+hético agrullado, cuya cabeza, dejándose ver sobre una columna de raso
+o terciopelo, parece blanco puesto allí para diversión de muchachos. El
+corbatín, repito, es la más desatinada de las invenciones.
+
+Pero aún es mayor disparate entretener al lector con tales reflexiones:
+para concluir, en general, esta materia, diré que el calzón en aquel
+tiempo era ajustado y largo, que llegaba hasta la garganta del pie;
+la bota como la de campana; el jubón, ajustado a la forma del cuerpo,
+llegaba hasta la cintura, a la cual se ajustaba por medio de un
+cinturón, del que ordinariamente pendía la espada; comúnmente estaba,
+como entonces decían, acuchillado, es decir, con ciertas aberturas
+cubiertas con unos bollos de seda en los ricos, y de lienzo más o menos
+fino en los artesanos y demás clases pobres.
+
+El pueblo andaba de ordinario en cuerpo, y es natural, pues de esta
+manera estaba el hombre más desembarazado para entregarse a sus faenas,
+y en la cabeza llevaban los plebeyos un sombrero de copa redonda y ala
+ancha; al paso que los nobles, los funcionarios públicos, los criados y
+demás gente ciudadana, o por una razón o por otra, superior a la plebe,
+usaban la capa corta, que no pasaba de la cintura, y un bonete o gorra
+semejante, si no igual, a la que vemos en nuestros cómicos cuando
+representan las comedias de Lope, Calderón, etc.
+
+El traje de camino variaba en algún tanto: este era constantemente
+de color menos fino y delicado que el de la ciudad; y en lugar de la
+capa corta se llevaba el gabán, especie de capotillo sin mangas, y que
+cuando la ocasión lo requería, se usaba con forro de pieles, y aun a
+veces una capa parecida en las dimensiones a las del día.
+
+Diremos, al paso, que tal era el vestido que llevaba nuestro don Juan,
+y cebando en las digresiones, continuaremos acompañándole en el
+pórtico, en donde se paseaba esperando la misa, siendo el objeto de
+las miradas de todos, y haciendo por su parte algunas observaciones en
+aquellos honrados vecinos.
+
+El traje de camino, el aire desembarazado y libre de un cortesano,
+la osadía del militar, y un cierto no sé qué de seguridad y ninguna
+extrañeza, al verse solo entre personas desconocidas, que debía don
+Juan a la educación, al ejercicio y a los viajes, eran para Madrigal
+una cosa nueva.
+
+Los individuos de la justicia del pueblo, que con el traje de etiqueta,
+la vara en la mano y el alguacil al lado, esperaban que la campana les
+diera la señal de ir a ocupar en el templo su asiento privilegiado,
+y estaban, como de razón, algún tanto separados del resto de la
+concurrencia, no fueron por eso los últimos en notar la llegada del
+forastero.
+
+El corregidor, hombre de mediana edad, chico de cuerpo, abultado de
+barriga, de rostro circular a manera de luna, con dos ojitos de color
+de perla abiertos a punzón, chato y de pocas letras, pero lleno de la
+importancia de su empleo, cuya insignia, la golilla, no abandonaba
+ni para dormir, y que hasta para pedir la comida o el sombrero creía
+necesario un auto de oficio, hubiera de buena gana mandado a su
+secretario que fuera a notificar al recién venido se presentase ante
+su señoría a declarar en forma su nombre, apellido, profesión, etc.,
+so pena de diez ducados de multa (que las multas eran lo que mejor le
+parecía del oficio); pero como su consorte le había apercibido de que
+hablase poco, si no quería exponerse a decir solemnes necedades, y el
+buen magistrado era un marido paciente y obediente, se contentó por
+entonces con señalar con el dedo a don Juan, llamando la atención del
+escribano, y pronunciando gravemente la palabra _visto_.
+
+—Por mandado de su señoría —respondió maquinalmente el escribano,
+especie de autómata legal con todas las apariencias posibles de una
+momia.
+
+El alcalde, los regidores, el personero y el alguacil fijaron también
+la vista en el forastero, que acaso se dirigía hacia ellos en su paseo.
+
+—Es galán —dijo uno de los regidores.
+
+—Y su porte de cortesano —contestó el personero, que había estado
+alguna vez en Valladolid.
+
+—Más parece soldado que otra cosa —replicó el primero—. Dios tenga de
+su mano a las mujeres si ha de pasar algunos días en el pueblo.
+
+—Y a los mozos si viene de bandera —dijo el alcalde.
+
+—¿Qué dice su señoría?
+
+—Conforme —respondió el corregidor.
+
+Ya en esto don Juan les había vuelto la espalda, y era observado por
+otros corros formados por distintas personas del pueblo; pero no
+halló cosa en ninguno que le llamase la atención, ni le distrajese
+del apetito que el caminar le había excitado; solo notó un hombre
+vestido en cuanto a la forma como el resto de los habitantes, es decir,
+humildemente; pero que tanto en la calidad del paño de su ropa, que
+bien se echaba de ver era finísimo, como en el aire del cuerpo, no
+solo lejos de ser grosero y torpe, sino además noble, distinguido y
+rigoroso, se hacía notable entre todos.
+
+Este se paseaba solo como don Juan; pero se conocía que no era
+forastero, pues aun cuando los madrigaleños no dejaban de mirarle con
+cierta curiosidad, se dejaba ver que era objeto a que sus ojos estaban
+acostumbrados.
+
+El rostro puede decirse que no se le veía, pues el ala inmensa
+de su sombrero no daba lugar a ello; pero si alguna vez por un
+movimiento brusco se dejaba ver, dos ojos negros como el ébano, vivos,
+penetrantes, y entre airados y melancólicos, hacían dudar de si las
+arrugas que le cubrían eran efectos de pesares y trabajos, o de una
+edad que se aviene mal con tanto fuego y con músculos tan vigorosos en
+la apariencia como los suyos.
+
+Cuando este individuo pasaba por las inmediaciones de algún corrillo
+de gente del pueblo, nadie dejaba de saludarle, más respetuosa que
+afablemente; los hidalgos y los ricos volvían con tiempo la vista para
+no saludarle, ni hacer desaire a su persona, y él ni parecía admirarse
+del acatamiento de los unos, ni extrañar la afectada distracción de los
+otros.
+
+La justicia era la que aún le trataba de un modo más extraño. Al pasar
+por sus inmediaciones, la mano del para don Juan desconocido personaje
+hizo un movimiento como para tocar el sombrero, mas se quedó en el
+camino, y aquellos señores hubieron de contentarse con un buenos días
+nos dé Dios, pronunciado en voz apenas inteligible.
+
+Sin embargo todos contestaron, aunque con cierta expresión en la
+fisonomía que no era fácil decidir si era de desprecio o de temor. Mas
+cualquiera que fuese, al interesado pareció dársele poca pena, pues
+continuó sus paseos sin inquietarse en manera alguna de los magistrados
+de la villa.
+
+Cuando el ánimo está libre, cualquier cosa basta a llamar nuestra
+atención; así es que don Juan la fijó sin saber por qué en aquel
+hombre. Por su parte el incógnito clavó también un instante la vista
+en el hermano del marqués. En un momento recorrió toda su persona;
+parecía querer penetrar en lo íntimo de su corazón; preguntarle con
+su mirar quién era, a qué había venido, por qué le observaba; pero
+un momento después, cruzando los brazos sobre el pecho e inclinando
+la cabeza, en la apariencia se olvidó de que don Juan estaba allí, y
+siguió paseándose.
+
+Lo que a nosotros nos ha costado algunas páginas decir fue sin embargo
+obra a todo más de unos cinco minutos que tardó la campana en sonar el
+acostumbrado tercer toque a misa.
+
+Rompió la marcha el corregidor hacia la iglesia, y siguiole el
+ayuntamiento, atravesando la calle que con el sombrero en la mano
+formaron los circunstantes, a excepción de don Juan y su incógnito
+que por causas distintas no creyeron necesario rendir homenaje al
+magistrado. De aquí resultó que ambos fueron también los últimos a
+entrar en el templo, lo que verificaron tan a un tiempo que don Juan
+esperó poder entonces satisfacer la curiosidad que tenía de verle el
+rostro al individuo en cuestión; mas se engañó, pues este antes de
+poner el pie en la iglesia hizo un movimiento rápido para colocarse
+detrás del caballero, a quien ya no le quedó más partido que el de
+continuar su camino.
+
+No fue sin embargo sin un secreto despecho de verse burlado en el mismo
+instante en que ya creía conseguido su designio. Tenaz por carácter, y
+no reprimida aún su vehemencia por el hielo de los años ni por la mano
+de hierro de la desgracia, era natural que no renunciase fácilmente a
+una empresa que ya por sí no presentaba graves dificultades, porque
+a la verdad, verle el rostro a un hombre que anda por la calle no es
+cosa maravillosa. Ofreciole la fortuna una ocasión, y la agudeza de
+su ingenio medios de aprovecharse de ella. No había en la iglesia más
+que una sola pila de agua bendita; a ella, pues, había de acudir el
+incógnito. Don Juan sentía detrás de sí los pasos de aquel hombre;
+llega a la pila, introduce la mano, y se vuelve con rapidez para
+ofrecer cortésmente el agua; pero sea que el último hubiese previsto
+lo que iba a suceder, sea que por evitar las miradas de otros curiosos
+creyera oportuno seguir ocultándose, lo cierto es que con la mano
+izquierda llevaba inmediato a la cara un pañuelo, como si sufriera
+de dolor de muelas, de manera que no era posible vérsela. Alargó sin
+embargo el brazo derecho, recibió de don Juan el agua bendita como si
+aquel obsequio le fuera cosa debida, e inclinando apenas la cabeza
+en señal de gracias, desapareció detrás de una de las columnas de la
+iglesia antes que aquel caballero volviera en sí del asombro que la
+presencia de espíritu y gravedad del desconocido le causaron.
+
+El órgano sonaba ya; las religiosas en el coro habían dado principio
+al oficio divino, y don Juan, buen católico, y por otra parte hombre
+cuerdo, conoció que ni el paraje ni la ocasión eran a propósito para
+empeñarse en seguir a un hombre que visiblemente se obstinaba en no
+dejarse encontrar. Renunció, pues, por entonces a su empresa, y púsose
+a oír la misa con toda devoción, si bien, a pesar suyo, no cesaba de
+mirar por todas partes con objeto de descubrir en algún rincón al
+misterioso habitante de Madrigal.
+
+Mas todo su mirar fue en vano; la misa se concluyó, y ya iba don Juan
+a retirarse de la iglesia cuando advirtió que su incógnito iba delante
+del sacerdote y en dirección a la sacristía. En el momento tomó el
+mismo camino, y acelerando el paso se adelantó al vicario, quedándose
+no obstante algo más atrás que el objeto de su curiosidad.
+
+Este, así que llegó a la puerta de la sacristía, se paró, colocándose
+a la derecha de ella de modo que era imposible que el fraile pasase
+sin verle. Don Juan, resuelto ya hasta a reñir con aquel hombre, si
+necesario fuese, para verle a su gusto, hizo igual movimimiento en
+el lado izquierdo de la puerta, quedándose frente a él de manera que
+estaban como dos centinelas puestos para guardar un paso importante.
+
+El de Madrigal, que conservaba el pañuelo puesto en la cara, lanzó una
+mirada de furor a don Juan; pero este, que no era hombre de asustarse
+por miradas, permaneció intrépido en su puesto, mirándole de hito en
+hito.
+
+En esto ya el vicario llegaba a la sacristía con las manos cruzadas
+sobre el pecho, baja la cabeza y en el más profundo recogimiento,
+sin advertir en manera alguna a aquellos dos hombres, inmóviles como
+estaban, y que acaso eran los únicos que quedaban en la iglesia.
+
+Ya iba a entrar por la puerta, cuando el desconocido, dejando caer el
+brazo izquierdo y descubriéndose por consiguiente el rostro, dijo en
+voz clara y sonora, si bien no muy elevada:
+
+—Fray Miguel de los Santos, guárdeos el cielo.
+
+Desde la primera palabra levantó el fraile la cabeza, tan despavorido
+como si oyera la voz del ángel exterminador, y clavando sus ojos
+desencajados de espanto en la fisonomía del que le hablaba:
+
+—¡Jesús me valga! —exclamó con voz apagada.
+
+Y cediendo a la fuerza de su temor, se desmayó.
+
+Venturosamente don Juan estaba tan cerca que pudo impedir su caída,
+recibiéndole en los brazos.
+
+El desconocido entonces, dirigiéndose a él, le dijo entre airado y
+pesaroso:
+
+—Socórrale, y otra vez no sea tan entremetido.
+
+Dicho esto, volvió la espalda y dejó la iglesia. Don Juan llamó al
+sacristán, a quien entregó el vicario sin decirle nada de la causa de
+su accidente, y echó a andar apresuradamente pero con ánimo de alcanzar
+al singular personaje que acababa de dejar, y obtener de él, de grado o
+por fuerza, la explicación de aquel suceso.
+
+[Ilustración]
+
+
+
+
+CAPÍTULO II
+
+ Como de leve chispa al solo fuego
+ Se inflama el bronce vomitando muertes:
+ Al torpe influjo de calumnia impía
+ Así la furia popular se enciende.
+
+ (_Canción anónima_).
+
+
+Por más pronto que el sacristán del monasterio acudió a la voz de don
+Juan, y a pesar de cuanta prisa se dio este a salir de la iglesia,
+no pudo hacerlo con tanta brevedad que alcanzase a la persona que
+buscaba. Todavía, cuando don Juan salió, quedaban en el pórtico
+algunos corrillos, y uno entre ellos formado por los individuos de la
+justicia, que ya conocemos de vista; pero ni con estos ni con ninguno
+de los habitantes estaba el incógnito, como don Juan vio después de
+haber examinado apresurada y curiosamente la fisonomía de todos los
+circunstantes, inclusa la del señor corregidor.
+
+El aire afanado de don Juan, cierta especie de sobresalto que se
+dejaba ver en su rostro, y, sobre todo, el desacato inaudito con que
+se atrevía a pasar en revista la fisonomía del primer magistrado de
+la villa, llamaron la atención general de un modo tan visible que, a
+estar menos preocupado con su designio, conociera nuestro caballero
+que su conducta era por lo menos imprudente. Mas ya se ha dicho que
+don Juan era obstinado; él mismo lo ha dejado ver en toda su conducta
+desde que está a nuestra vista, y además, en el punto a que las cosas
+habían llegado entonces, su curiosidad estaba demasiado exaltada para
+contenerse por respeto al desagrado de los honrados madrigaleños.
+
+Sin embargo, todas sus diligencias fueron inútiles. Después de haber
+examinado detenidamente todas las inmediaciones de la iglesia, conoció
+que correr las calles y un pueblo desconocido en busca de un hombre
+cuyo nombre, calidad y empleo ignoraba sería sobre descabellado,
+infructuoso. Resolviose, pues, a regresar a la pastelería, con ánimo
+de adquirir en ella, si posible fuese, algunas noticias sobre el objeto
+en cuestión.
+
+Pensar y ejecutar eran para el hermano del marqués casi una misma
+cosa. Cinco minutos después de tomada su resolución estaba ya sentado
+en la pastelería delante de una mesa que la huéspeda le había hecho
+preparar durante su ausencia. Mas no estaba cuando don Juan llegó la
+agraciada morena; un marmitón mulato, y silencioso como la tumba, fue
+quien le hizo seña de ocupar su asiento; y poniéndole delante un asado
+de cabrito, medio pan blanco y un frasco de vino, se retiró sin decir
+palabra a lo interior de la casa.
+
+No pudo menos don Juan de sonreírse viéndose recibir de aquella manera,
+y de exclamar para sí:
+
+«¡Por vida de mi padre, que a estar en carnestolendas dijera que estos
+señores de Madrigal se han propuesto hacer burla y chacota de mi
+persona! Todos son misterios, y voto..., pero comamos, que después
+habrá lugar para todo».
+
+En efecto, don Juan ocupó su asiento, y después de persignado y
+santiguado devotamente empezó a embaular bonitamente, unos tras otros,
+muchos y no muy pequeños pedazos de cabrito, los que, para que no se
+le secaran en el estómago, tenía muy buen cuidado de humedecer con
+copiosas libaciones.
+
+Al paso que iba había cabrito para muy poco tiempo; pero aún no
+había concluido cuando, por detrás de él y sin haber precedido ruido
+de puerta ni de pasos que se lo anunciase, apareció la huéspeda y,
+tocándole ligeramente en el hombro, le dijo sin detenerse y en voz tan
+baja que apenas se oía:
+
+—Guárdese de requebrarme.
+
+Cuando la última de estas palabras hirió el oído de don Juan, ya la
+morena ocupaba el mismo asiento en que la había visto la primera vez, y
+su actitud y aparente indolencia eran absolutamente las mismas también
+que en aquella ocasión.
+
+El primer movimiento de don Juan, sintiéndose de improviso tocar en el
+hombro, fue llevar la mano al puño de la espada; pero viendo, casi al
+mismo tiempo, a la huéspeda, y escuchando las palabras que le decía,
+se quedó absorto durante algún tiempo. Recobrado empero, y volviendo
+a su humor festivo, se sonrió con la morena, quien le correspondía
+igualmente, y animado con tan buen principio, empezó a decir:
+
+—¿Querrá usted decirme por qué me prohíbe...?
+
+La huéspeda, conociendo que la palabra _requebrarla_ u otra
+equivalente era la que el forastero iba a pronunciar, recorrió rápida
+y sobresaltadamente el aposento con la vista, y tomando en seguida
+una actitud tan imponente que rayaba en teatral, puso el dedo índice
+sobre sus labios, clavando al mismo tiempo sus hermosos ojos en los del
+desconcertado caminante, que entonces no sabía qué cosa admirar más,
+si la gracia y belleza de la mujer que tenía delante, o aquel aire de
+dominio con que sin derecho alguno quería tratarle.
+
+—Es singular —exclamó—; pero al cabo es mujer —dijo para sí—; no hay
+humillación en someterse a ella: variemos la conversación. Paréceme
+—continuó en alta voz— que la gente de Madrigal tiene mucha afición al
+padre vicario del monasterio, pues según los informes que tengo, poca
+gente más será la que hay en el pueblo que la que yo he visto en misa.
+
+—Muy poca —respondió la morena, que había vuelto a recobrar su primera
+apatía.
+
+—Y no faltan hidalgos en el pueblo.
+
+—Podrá ser.
+
+—¿Cómo podrá ser? ¿Pues usted no lo sabe?
+
+—No, a fe mía.
+
+—¿Y cómo, estando en la villa y habiendo tal vez nacido en ella?
+
+—Porque jamás me empeño en averiguar lo que no me importa.
+
+Y a estas palabras acompañó una mirada tan expresiva, tan burlona, que
+confundió a don Juan y suspendió su locuacidad por algún tiempo.
+
+La pastelera calló también, y al parecer se ocupaba en contar las vigas
+del techo, mientras que el caballero, rojo como el carmín, apoyaba
+un codo en la mesa, la frente en la mano, y con la otra desmenuzaba
+prolijamente una miga de pan como si la destinara a cebar algún
+pajarillo.
+
+Después de algunos segundos, pasados en esta posición, don Juan,
+dejándola bruscamente como por efecto de una de aquellas luminosas
+reflexiones que, cuando menos esperamos, vienen a facilitarnos la
+solución de algún problema que nos parecía imposible resolver, don
+Juan, repito, volvió a anudar la interrumpida conversación.
+
+—¿Conocería, por ventura, vuesa merced a un hombre...?
+
+—¿Más curioso que siete mujeres? —interrumpió malignamente la huéspeda
+con no poca mortificación del preguntante.
+
+—No es eso lo que voy a decir, hermana —replicó entre vergonzoso y
+enojado don Juan—; iba a preguntarle si conocía a un hombre que hoy en
+misa ha llamado mi atención.
+
+—Yo no he ido hoy a oír la misa del padre vicario.
+
+—Lo sé, pero sin embargo, pudiera ser que las señas que yo diese de
+su persona —aquí advirtió don Juan que la huéspeda mudaba de color—
+hiciese venir a usted en conocimiento de quién sea.
+
+—Diga, pues, señor caballero —prorrumpió la huéspeda morena, pero con
+visible agitación.
+
+—Su edad es entre la mocedad y la vejez, su persona parece ser de
+hombre robusto y asendereado, sus movimientos anuncian la agilidad que
+solo se adquiere con el ejercicio de las armas.
+
+—O haciendo pasteles —dijo detrás de don Juan la misma voz que en la
+iglesia causó el desmayo de fray Miguel de los Santos.
+
+—Pardiez —exclamó don Juan, que familiarizado ya algún tanto con las
+sorpresas, recibió la nueva aparición con menos asombro que era de
+creer—; pardiez, hermano, me alegro más de haberos encontrado que si el
+rey me hubiera hecho merced de alguna encomienda.
+
+El incógnito, que llevaba su gran sombrero calado como siempre hasta
+las cejas y los brazos cruzados sobre el pecho, dejó a don Juan decir
+libremente, y continuó andando hasta colocarse de pie en frente de él
+y al lado de la pastelera, cuyos ojos, desde el momento de su entrada,
+no se apartaron del suelo.
+
+El silencio duró algunos instantes; quien lo rompió fue el pastelero.
+
+—Señor caballero: si en efecto lo es usted, puede saber que la
+curiosidad indiscreta es gravísimo defecto, propio más bien de
+mujercillas y hombres bajos que de gente noble y principal. Pero usted
+es mozo, y como tal no es extraño que aún no haya aprendido a moderar
+sus pasiones. Yo no soy ni quiero ser un misterio, y ciertamente creo
+que para correr a usted bastaría decirle que el que ahora le está
+hablando es el pastelero de Madrigal, su humilde criado.
+
+El principio de esta arenga inflamó al irascible don Juan; cuanto más
+era la razón con que el pastelero le reprendía tanto mayores eran
+su mortificación y cólera; pero cuando oyó a aquel hombre concluir
+declarando su oficio, sin embargo de que la tal declaración se hizo
+con un tono indefinible que ni bien era amargo, ni irónico, ni cortés,
+ni grave, fue tan poderosa con él la risa que prorrumpió en una gran
+carcajada.
+
+Esta se prolongó tanto que la pastelera acabó, como a pesar suyo, por
+hacer otro tanto, y hasta el mismo dueño de la tienda dio muestras de
+abandonar por un momento su austera gravedad.
+
+Así se pasó algún tiempo, y sabe Dios el que se hubiera pasado si
+en medio de aquella inmoderada y acaso intempestiva alegría, no se
+dejara ver en la puerta de la calle, que estaba abierta, un hombre, o
+esqueleto de tal, alto, flaco, carilargo, ojihundido, vestido de negro,
+con un lío de papeles debajo del brazo y un gran tintero de cuerno en
+la mano; el escribano, en fin, en cuerpo y alma, si es que la tenía.
+
+—Abran aquí a la justicia —dijo parándose en el umbral de la puerta.
+
+Y esta frase fue la primera noticia que de su venida tuvieron los
+tres reidores; al oírlas cesó la risa, cada cual fijó los ojos en la
+puerta, y don Juan, viéndola abierta de par en par y que el fantasma
+que en ella había decía sin embargo que se la abriesen, estuvo por
+empezar de nuevo a reírse: contúvole empero la idea de que aquel hombre
+era al cabo un ministro de la justicia, y se contentó con decirle:
+
+—Por más abierta no doy una blanca; entre usted, que bien puede.
+
+La pastelera se inmutó extraordinariamente; sus manos, que don Juan
+notó ser de primorosa estructura y no embrutecidas por el trabajo,
+se cruzaron sobre sus faldas con un movimiento convulsivo y casi
+involuntario; perdió el color del rostro y echó una mirada al cielo
+como pidiéndole protección.
+
+Del pastelero no fue posible juzgar, pues el ala del sombrero le
+cubría, como se ha dicho, toda la cara, y en su persona no se notó
+movimiento que anunciase temor ni sorpresa como no fuese el echar la
+mano al puño de una daga corta que llevaba casi oculta entre los
+pliegues del vestido, y aun esto con tanta negligencia y espacio, que
+más parecía movimiento casual que de precaución.
+
+No bastó la invitación de don Juan para que el escribano pasase
+adelante, sino que despreciando el aviso del caballero se dirigió de
+nuevo al dueño de la casa, repitiéndole en su falsete:
+
+—Abran aquí a la justicia.
+
+—Abierto está; entre la justicia cuando quiera —respondió el pastelero.
+
+Y entonces el escribano entró, seguido de dos alguaciles y cuatro
+robustos mozos armados con alabardas, mohosas, sí, mas de un tamaño
+respetable.
+
+«Este Madrigal —dijo para sí don Juan viendo aquello— es villa
+maravillosa, o se ha trastornado desde que estoy en ella: ¿qué va a que
+se llevan preso a mi huésped?».
+
+Mientras hacía estas reflexiones, dos de los alabarderos se quedaron
+guardando la puerta, y otros dos se colocaron a los costados del
+escribano, quien tranquilo al parecer con aquella escolta, empezó a
+decir:
+
+—Gabriel de Espinosa: el rey nuestro señor, y en su nombre el señor
+corregidor de esta villa, y yo, por comisión de su señoría, expedida en
+debida forma, según más latamente consta en autos, os requerimos para
+que en este mismo instante nos entreguéis, para que puesto en lugar
+de seguridad y juzgado, y _secundum alegata et probata_, conforme a
+derecho, sufra la pena a que haya lugar, la persona de un asesino que
+tenéis en vuestra casa pastelería, sita en la villa de Madrigal, en el
+reino de Castilla la Vieja.
+
+—Señor escribano, mi casa no es, ni ha sido nunca, asilo de
+malhechores. Usted viene engañado, pues en ella no hay persona alguna
+forastera, como no sea ese gentilhombre que usted está viendo, que
+seguramente no tiene trazas de asesino.
+
+—Nada más engañoso que la apariencia —replicó gravemente el escribano—.
+Cierto no es el hábito que acostumbra vestir la gente maleante el
+que vemos en la persona que usted nos señala; pero como por lo demás
+convienen en ello todas las señas contenidas en el auto de oficio y
+mandato de prisión de su señoría, fuerza será reconocer en este buen
+hombre el asesino que buscamos.
+
+—Mentís como un bellaco —gritó furioso don Juan, irritado con tan
+rigorosa y no merecida acusación.
+
+—Favor a la justicia —exclamó el escribano.
+
+Y al mismo tiempo sus dos satélites, enristrando las lanzas, le
+pusieron a don Juan las puntas al pecho obligándole a retroceder hasta
+la pared, sin darle tiempo para tirar de la espada.
+
+Sin embargo de verse en tan crítica posición, aún pudo tirar de un
+puñal, y hacía ademán de resistirse con él. Los alabarderos, por su
+parte, irritados con sus amenazas, le apretaban tanto con sus armas que
+hubo momento en que realmente pudo decirse que estuvo a un dedo de la
+muerte.
+
+El escribano se había retirado hacia la puerta: el pastelero miraba
+desde el lugar en que le cogió el principio de aquella escena singular
+el valor de don Juan; pero la morena, más sensible y arrojada, corrió a
+los mozos, separó con sus manos las puntas de las alabardas del pecho
+del caballero, y poniéndose delante de él, le dijo:
+
+—Entréguese usted a la justicia; si es inocente, como lo creo, no
+estará mucho tiempo en sus manos; y si fuese culpado, sobre que la
+resistencia sería inútil, no haría más que perjudicarle en su causa.
+
+El raciocinio era concluyente; pero todavía más que su evidencia
+pudo con don Juan la dulzura de la voz, el tierno interés con que se
+pronunció, y la expresión hechicera del rostro de la que con razón
+llamó su libertadora.
+
+—Usted —contestó— acaba de salvarme la vida, y justo es que yo ponga
+mis armas a sus pies —y, en efecto, lo hizo así—: disponga, pues, vuesa
+merced de mi persona, y crea que desde este instante se ha ganado un
+amigo, que lo será mientras viva.
+
+No replicó la pastelera, sino que cogiendo la espada y puñal de don
+Juan los puso sobre una mesa, y dirigiéndose al escribano, le dijo
+desdeñosamente:
+
+—Ya puede hacer su oficio.
+
+Don Juan, adelantándose entonces hacia el secretario, sin soberbia ni
+humildad le dijo:
+
+—Soy vuestro preso; pero acordaos que soy noble, y mi familia poderosa.
+
+Concluidas estas palabras, los cuatro mozos de las alabardas cogieron
+en medio al hermano del marqués y salieron procesionalmente de la
+pastelería, cerrando la marcha el escribano, y dirigiéndose todos hacia
+la casa-posada del señor corregidor, que estaba esperando al presunto
+reo con alguna impaciencia.
+
+En el tránsito se agregaron muchas personas, que ya el aparato
+desplegado por la autoridad en la prisión de don Juan había reunido a
+la puerta de la pastelería; la mayor parte de ellas que andaban por las
+calles, y no pocas de las que estaban en sus casas y vieron pasar el
+singular acompañamiento de nuestro caballero.
+
+—¿Por qué llevan preso a ese mancebo? —preguntó uno de modo que el
+interesado pudo oírlo.
+
+—No sé —respondió otro—, pero, según dicen, ha cometido un asesinato.
+
+—Imposible —interrumpió una mujer—, imposible: ¡si es tan galán!
+
+—Sí, como él sea galán, nada malo puede hacer —exclamó gruñendo un
+hombre que, por la amabilidad que con ella usaba, se conocía ser su
+marido.
+
+—Señores, es un hereje.
+
+—Judaizante, judaizante.
+
+—No hay tal, señores, es un morisco disfrazado.
+
+Todas estas conjeturas más divertían a don Juan que le mortificaban,
+pues, seguro de su inocencia, lo estaba de justificarse de cualquier
+crimen que se le imputara.
+
+Pero de repente, y de entre las personas del pueblo que más distantes
+estaban del preso, sale una voz de trueno gritando:
+
+—Matadle, matadle al asesino, al sacrílego.
+
+Este apóstrofe produjo un momento de horror y profundo silencio; pero a
+poco se oyó un ruido sordo como el del mar en el momento de empezarse
+una tempestad.
+
+Los habitantes se hablaban entre sí, y casi todos a un tiempo: la
+pregunta «¿Y qué es lo que ha hecho?» vuela de boca en boca. Pero el
+estrépito es tal, la diferencia de voces y la agitación tan grandes,
+que la respuesta no se da, o no puede llegar a los oídos del interesado.
+
+Un momento después, la voz de «¡Muera!, ¡matadle!, ¡a la hoguera!» es
+general; los alabarderos, los alguaciles y el escribano bastan apenas
+con amenazas, con razones y ruegos, a contener aquellos furiosos, que
+más de una vez estuvieron a punto de arrojarse sobre la persona de don
+Juan, y de hacerle pedazos.
+
+Decir que este caballero iba tranquilo en tan amargo trance sería
+falso, inverosímil. El amor a la vida es natural, y perderla inocente,
+sin esperanza de gloria y por el necio capricho del vulgo ignorante,
+será siempre muy cruel, por más que suceda alguna vez en todos siglos y
+épocas.
+
+Sin embargo, fuera de ponérsele el rostro amarillo como la cera, no
+dio nuestro don Juan otra señal de temor. De buena gana se hubiera
+tapado los oídos para no escuchar las horrendas imprecaciones que de
+todas partes, y sin cesar, llovían sobre él; pero conoció que sobre
+no poder excusarse de oír lo que le mortificaba, pues los pulmones
+de los madrigaleños eran de bronce, o tal le parecían, dar aquella
+prueba de debilidad sería indecoroso y a propósito para alentar en sus
+sanguinarios proyectos a aquellos amotinados.
+
+Uno de estos hubo tan osado que, deslizándose por entre dos de los
+alabarderos, llegó a coger un brazo al preso; mas este, conociendo
+lo crítico de su situación y que solo arrostrándolo todo era como le
+quedaba alguna esperanza de salvarse, le descargó en la cabeza un golpe
+tan furioso y tan bien aplicado que dio con él en el suelo, en donde
+se quedó como muerto. Tal fue el aturdimiento que tuvo.
+
+Los alabarderos viendo aquello, e interesándose como es natural por un
+hombre indefenso y expuesto a la ira de todos, y que sin embargo tan
+valiente se mostraba, enristraron las alabardas, y cerrándose en torno
+de él, lograron, no sin trabajo, abrirse paso por medio de la multitud
+que por todas partes les rodeaba.
+
+El escribano intentó al principio resistir al tumulto con autoridad,
+conminando a los amotinados con diversas penas si al punto no le
+dejaban el camino expedito para que la justicia pudiera ejercer
+libremente sus funciones. Pero nadie le hizo caso, y hubo quien llegó a
+contestarle con muy poca cortesía.
+
+Visto esto varió de rumbo, empezó conviniendo con los habitantes en la
+enormidad del delito del prisionero, y la justicia del castigo que para
+él pedían; pero les suplicaba que dejasen a cargo de los magistrados
+puestos por el rey aplicar la pena que conviniese, citándoles en apoyo
+de su opinión cuantos aforismos, leyes, comentarios y pragmáticas le
+vinieron a la memoria. Mas ni nadie atendía a su aflautado y meloso
+acento, ni aunque hubiesen atendido sirviera de nada, pues una vez rota
+por el pueblo la barrera del orden, ¿adónde pararán sus extravíos? Dios
+solo alcanza saberlo.
+
+A pesar de todo permaneció firme en su puesto el escribano hasta la
+ocurrencia de que últimamente hemos hablado, pues así que vio caer a un
+hombre en el suelo, fue tan pánico el terror que de él se apoderó que,
+escabullándose por entre los circunstantes, encorvado para que se le
+viese menos, se dio tan buena maña que en pocos instantes se vio fuera
+del campo de batalla con no poca satisfacción suya.
+
+Entre tanto los mozos de las alabardas, valientes como castellanos
+de entonces, continuaban lenta y penosamente su marcha, y el pueblo
+gritaba a más y mejor contra el pobre don Juan, que daba al diablo la
+hora en que se le antojó venir por Madrigal, y quisiera más entonces
+habérselas con todos los tudescos del mundo que con sus furiosos
+compatriotas.
+
+Llegaron por fin al umbral de la casa del corregidor y la hallaron
+cerrada, gracias a la prudencia de la consorte de este, doña Petronila,
+que informada por un oficioso vecino de lo que ocurría en el pueblo,
+dispuso tomar a todo evento la precaución de no dejar que nadie entrase
+en su casa hasta que todo estuviese sosegado.
+
+Por más que los alabarderos llamaron, por más que suplicaron, la puerta
+no se abría.
+
+El corregidor, puesto a la ventana del piso principal, colocada
+precisamente encima de una de las rejas del cuarto bajo, decía
+constantemente:
+
+—Hijos, no puedo abrir; mi mujer tiene la llave.
+
+—Ya se ve que la tengo —exclamaba desde el interior del aposento la
+voz cascada de la dueña—, ya se ve que la tengo, y no la daré.
+
+Los amotinados se agolpaban; su furia, lejos de disminuirse, iba
+tomando incremento, y era visible que en breve todos los esfuerzos de
+los cuatro alabarderos serían inútiles para salvar al infeliz don Juan.
+
+Este, conociendo desde luego toda la intensidad del peligro, echó una
+mirada en rededor de sí, ve la reja, da un salto, gatea por ella,
+alcanza la ventana a que el corregidor estaba asomado, y entra por ella
+en el aposento.
+
+Inmediatamente coge al magistrado absorto por el brazo, le retira de la
+ventana, cierra vidrieras y contraventanas, y rendido de fatiga y de
+sobresalto se arroja sobre un sillón.
+
+Al ver el pueblo el arrojo de don Juan, todo él prorrumpió en un grito
+de espanto, del que se formará una idea el que haya oído exclamación
+universal de los concurrentes a la elevación de un globo en cuya
+barquilla se ve algún atrevido areonauta.
+
+Pero a la admiración sucedió el furor y el grito de derribar la puerta,
+que sonó en los oídos del corregidor como la sentencia de su muerte.
+
+[Ilustración]
+
+
+
+
+CAPÍTULO III
+
+ Doleos la dueña.
+ Doleos de mí
+ Si no me amparades
+ Es fuerza morir.
+ —Mal hora que os coja,
+ ¿Por qué aquí venís?
+ Ni sé vuestro nombre,
+ Ni jamás os vi.
+ —Salvadme, que os juro,
+ Que voy a morir
+ Sin culpa ninguna.
+ —Mancebo, venid,
+ Que soy compasiva
+ Y mujer al fin.
+
+ (_Romance inédito_).
+
+
+Mientras que en la calle se discutía tumultuariamente sobre si sería
+más conveniente echar abajo la puerta de la casa del corregidor, o
+cercarla tomando todas las avenidas a ella, de manera que el fugitivo
+no pudiera absolutamente escaparse de sus manos, es imponderable la
+apurada situación del magistrado, su mujer y don Juan.
+
+Por de pronto, la sorpresa en los dos primeros, y en el último el deseo
+de la conservación, no dieron lugar a ningún otro pensamiento; pero
+pocos minutos bastaron para que cada uno de ellos hiciera reflexiones
+sobre su posición, y análogas a su carácter.
+
+El corregidor repasaba en la memoria las penas impuestas por la ley
+al escalamiento; pero al mismo tiempo veía con disgusto no serían
+aplicables en aquel caso, porque era claro que solo el inminente
+peligro de su vida movió al acusado a tomar por asalto la audiencia de
+su señoría. Sin embargo, lo que más le mortificaba era cierto escrúpulo
+sobre si tendría o no que inhibirse del conocimiento de aquella causa,
+pues como testigo presencial del escalamiento su deposición se hacía
+necesaria, y le imposibilitaba de ser juez en ella.
+
+Doña Petronila empezó por ceder a la timidez de que en general
+adolece su sexo, y aun estuvo muy cerca de tener un desmayo; pero
+venturosamente se hizo cargo de que su ilustre esposo tenía demasiado
+miedo para socorrerla entonces, y el recién venido cosas de más
+importancia en qué pensar, y resolvió contentarse con derramar algunas
+lágrimas por el momento.
+
+Don Juan, después de recobrado algún tanto, prestó la mayor atención a
+las voces de los amotinados, y a poco se hizo cargo de sus intentos,
+los que fácilmente se figurará cualquiera, que le alarmaron en extremo.
+
+—Amigo, quien quiera que seáis —dijo dirigiéndose al magistrado—, en
+vuestra mano está salvar la vida de un hombre que sin saber por qué, ni
+haber cometido crimen alguno, es el objeto de la furia de esa canalla.
+
+—Doña Petronila, esposa, ya oís lo que dice este hombre.
+
+—Sí, ya oigo, y más valiera que ese hidalgo no hubiera venido a
+ponernos en tan grave peligro.
+
+—Señora, el peligro en que yo mismo me hallaba es mi disculpa.
+
+—¿Y quién le mandó ponerse en él, señor mío?
+
+—El demonio, que sin duda me inspiró el pensamiento de venir a este
+malaventurado pueblo.
+
+—¡El demonio! —murmuró aparte el corregidor—; _vade retro_. Este hombre
+tiene pacto.
+
+—Sí, sí —contestó la corregidora, que iba cobrando aliento—; echa la
+culpa al pueblo de lo que la tienen sus malas mañas.
+
+—¿Pero qué malas mañas, pecador de mí? ¿Qué mañas? ¿De qué me acusan?
+Sépalo yo al menos.
+
+—Traslado —respondió el magistrado.
+
+—Le acusan —dijo su mujer—, del asesinato que ha cometido.
+
+—¡Válganme todos los santos del cielo! ¡Yo asesino! ¿Y quién lo dice?
+
+—Oiga, hermano, y escuchará cómo se lo dice todo el pueblo.
+
+—¿Y eso basta?
+
+—_Vox populi, vox Dei_ —dijo el juez.
+
+Aquí interrumpió la conversación el estrépito horrible de las voces
+de los amotinados, que con más furia que nunca gritaban «¡Abajo la
+puerta!», y como por vía de acompañamiento se oían los golpes que daban
+en ella algunos impacientes con las astas de las alabardas que habían
+logrado arrancar de manos de sus dueños, en tanto que recibían las
+hachas que habían enviado a buscar.
+
+—Toda discusión es ociosa, señores; dentro de algunos minutos seremos
+todos víctimas de la rabia de esos desalmados si por caridad no me
+indican vuesas mercedes un medio para huir de aquí.
+
+Doña Petronila, mujer al fin, y conmovida con el riesgo a que conocía
+se hallaba expuesta, quiso echar una mirada sobre su extraño huésped, a
+quien hasta entonces no había examinado, temiendo hallarle espantoso;
+pero cuando vio un mancebo tan bien dispuesto, y sereno hasta
+cierto punto aun puesto en aquel duro trance, sintió enternecérsele
+el corazón, y empezó a pensar en qué paraje podría ocultarle para
+sustraerle a la espantosa muerte que sin duda le aguardaba.
+
+Mujer que quiere, pocas veces no puede; un retrete en su propia alcoba,
+cuya entrada, dispuesta ya con arte para que no se notase, era todavía
+menos visible a causa de la oscuridad del lugar en que estaba, fue el
+paraje que doña Petronila creyó a propósito para ocultar a don Juan. Y
+en efecto, levantándose de su asiento le asió de la mano, diciéndole:
+
+—Sígueme.
+
+El hermano del marqués, en el entusiasmo de su gratitud, no vio ni los
+sesenta años de doña Petronila, ni su figura colosal y descarnada, ni
+los ojos a manera de perdiz, ni la mano semejante a la de una parca;
+nada vio, repito, en aquella mujer sino un ángel tutelar que venía a
+arrancarle de las garras de la muerte. Así es que imprimió en la mano
+que le llevaba un beso tan ardiente como hubiera podido hacerlo en
+la de la misma diosa Venus si en persona se le hubiese presentado a
+ofrecerle sus favores.
+
+No habían aún puesto el pie fuera del aposento la dueña y el
+caballero, cuando les hizo pararse una voz que se oyó en la calle,
+primero a lo lejos y repetida a pequeños intervalos, después muy
+próxima, últimamente inmediata a la misma casa y universal, diciendo:
+«¡Milagro, milagro!».
+
+Casi al mismo tiempo cesaron los golpes de la puerta, y el ruido de
+las pisadas anunció que los amotinados se retiraban, pero con tanta
+precipitación que era una verdadera fuga, y repitiendo sin cesar el
+grito de «¡Milagro, milagro!», que, debilitándose progresivamente,
+acabó por dejarlo todo en el más profundo silencio.
+
+Cuando llegó este caso, don Juan, que había permanecido en pie, y
+siempre asido de la mano de doña Petronila, exclamó como maquinal e
+involuntariamente:
+
+—¡Milagro!
+
+—¡Milagro! —repitió la dueña.
+
+—¡Milagro! —tartamudeó el corregidor.
+
+Después que ya fue evidente la partida de los amotinados, cada cual
+se fue serenando progresivamente, y, como es natural, la curiosidad
+sucedió desde luego al temor.
+
+Lo ocurrido era, a la verdad, para tenerla. Don Juan, en un pueblo en que
+a nadie conocía, en el que apenas hacía dos horas que se hallaba, sin
+que durante ellas se hubiese querellado con persona alguna, se veía de
+repente acusado, preso por la justicia, perseguido por el pueblo, y de
+repente, también como por encanto, a la voz de «¡Milagro!» se verifica
+en efecto el de dispersarse espontáneamente el tumulto, y esto en el
+momento en que era muy probable consiguiesen su intento los amotinados.
+
+Por su parte, el corregidor y su esposa, aunque enterados del crimen de
+que se acusaba a aquel caballero, comprendían aún menos que él mismo la
+dispersión del motín.
+
+No tardaron mucho ni unos ni otros en salir de sus dudas; pero para
+hacer inteligible la solución del misterio en cuestión nos es forzoso
+volver atrás por un momento con el hilo de nuestra historia.
+
+Recuérdese que hemos dicho que el aguijoneado don Juan, por el deseo
+de conocer al que después vio ser el pastelero, había dejado al
+vicario del monasterio de Santa María la Real desmayado, en brazos del
+sacristán del mismo, y que inmediatamente echó a andar en busca de su
+incógnito.
+
+Sucedió, pues, que no pudiendo el sacristán entrar solo al fraile
+desmayado en la sacristía, llamó en su auxilio a dos monaguillos, que
+en efecto le ayudaron a echar al vicario sobre un banco y prodigarle
+los socorros ordinarios en tales casos, como rociarle el rostro con
+agua, hacerle oler vinagre, despojarle de parte del vestido, etc., etc.
+
+Pero como a pesar de todos sus esfuerzos, y del movimiento que recibía
+el cuerpo del padre vicario, no volvía de su parasismo, el pobre
+sacristán, hombre pacato y de poco espíritu, exclamó afligidísimo:
+
+—¡Válgame Dios: está como muerto el buen señor!
+
+No aguardaron a oír más los dos monaguillos, muchachos de diez a once
+años ambos, sino que echando a llorar amargamente salieron corriendo de
+la sacristía dando grandes alaridos, en los cuales no se les oían más
+palabras inteligibles que las de «Ha muerto el padre vicario».
+
+Ya en esto, la mayor parte o todas las personas que quedaban aún en el
+pórtico cuando salió don Juan de la iglesia, se habían retirado a sus
+casas; los mismos individuos del ayuntamiento se habían dispersado, y
+solos el corregidor y el escribano, con algún otro rezagado, estaban
+bastante próximos a la iglesia para oír las lamentables exclamaciones
+de los dos acólitos.
+
+—Homicidio —dijo el corregidor.
+
+—Homicidio —repitió el escribano.
+
+Y recordando entonces con infernal sagacidad la salida de don Juan
+de la iglesia después de todos los demás circunstantes, infirió como
+consecuencia de la prisa y azoramiento que en él advirtió entonces,
+que él era sin duda el asesino del padre vicario, e inmediatamente se
+le comunicó a su señoría, quien contestó:
+
+—Préndasele, y le ahorcaremos.
+
+Con tan buenas intenciones, el escribano, hombre diligentísimo en
+tales ocasiones, dispuso la prisión de don Juan en la forma que hemos
+visto se verificó en la pastelería, y su ánimo era llevarle a casa del
+corregidor para tomarle inmediatamente las primeras declaraciones.
+
+La casualidad hizo que las primeras personas que se reunieron a la
+comitiva de don Juan no estuviesen enteradas del crimen de que se le
+acusaba; pero ya cuando se aumentó el concurso, se agregaron a él
+uno o dos sujetos que, habiendo oído la conversación del juez con su
+secretario en las inmediaciones de la iglesia, hicieron correr la voz
+de que aquel hombre iba preso por haber asesinado al padre vicario en
+la iglesia misma en el momento de acabar de decir misa, y revestido aún
+de las sagradas ropas.
+
+El delito era enorme en sí, atroz por la persona en quien se cometía,
+y sacrílego por el paraje en que se suponía haberse cometido y
+circunstancias que le acompañaban.
+
+Pero sin embargo, para comprender bien el furor que encendió en el
+pueblo, es preciso saber lo que amaba al que creía muerto.
+
+Fray Miguel de los Santos era religioso del orden de San Agustín, y
+portugués de nación, provincial de su orden en Lisboa, predicador,
+confesor, y amigo del desgraciado rey don Sebastián: se unió, después
+de su pérdida, en estrecha amistad con don Antonio, prior de Crato, que
+fue, como es cosa bien sabida, uno de los pretendientes más obstinados
+a la corona de aquel reino.
+
+Fray Miguel debía a la naturaleza un carácter vehemente, entusiasta y
+arrojado; así es que no supo sustraer a la suspicacia de Felipe su mal
+reprimida adhesión a don Antonio.
+
+El monarca español le hizo traer a Castilla encerrado en un coche con
+guardias de a caballo, y le tuvo preso algún tiempo, hasta que, por
+fin, o creyendo que el fraile se habría demudado con el infortunio, o
+cediendo a empeños de poderosos, le concedió su libertad, enviándole
+de vicario al monasterio de Madrigal, en el cual era monja profesa
+la señora doña Ana de Austria, hija natural del inmortal vencedor de
+Lepanto.
+
+Costumbres irreprensibles, moral pura e indulgente para los demás
+y severa para sí mismo, ayunos, penitencias, limosnas, la práctica
+constante de todos los ritos exteriores de la religión, con más el
+ejercicio, en cuanto le era posible, de las virtudes reconciliadas,
+adquirieron a fray Miguel en Madrigal la reputación merecida de un
+varón justo y un sacerdote ejemplar.
+
+Nunca la miseria acudió en vano a la caridad de fray Miguel; y si
+los socorros que daba no eran siempre tan cuantiosos como él hubiera
+deseado, iban por lo menos acompañados de buenos consejos y palabras
+compasivas, lenitivo muchas veces, si no remedio a nuestros males.
+
+Con estos antecedentes es fácil hacerse cargo de la inflamación
+extraordinaria y portentosa de los habitantes de Madrigal contra don
+Juan de Vargas, que ni siquiera podía sospechar qué había hecho para
+que tan mal le quisiesen.
+
+Pero el pueblo estaba firmemente persuadido de que aquel caballero
+había asesinado al vicario, y el castigo que la justicia le impusiera
+le parecía tardo y suave; no se trataba ya de castigar un crimen
+oscuro, sino de vengar a una población entera privada del protector
+de los pobres, y lavar la afrenta hecha al templo del Señor con un
+atentado inaudito.
+
+Personas de Madrigal que por carácter, estado y edad no se hubieran
+mezclado en el motín en ninguna otra ocasión, se unieron a él en
+aquella. Hombres naturalmente compasivos pedían a voz en grito el fuego
+y los tormentos más terribles para el que juzgaban culpado, y esto sin
+tener la menor seguridad de que el crimen se hubiese cometido, mucho
+menos aún de que ya que fuera así, fuese su autor el desgraciado a
+quien quería sacrificar. Tal es el efecto de las conmociones populares,
+movidas a veces para un solo fin, nunca muy honrado, pero que por
+circunstancias podrá ser provechoso en un momento dado, y jamás se
+contentan con lograrlo; como los graves aumentan velocidad en cada
+instante sucesivo de su descenso, y como este aumento de velocidad
+acrecienta la fuerza de la masa que desciende, así el tumulto aumenta
+continuamente sus exigencias, se aumenta también sin cesar una especie
+de fuego eléctrico que se comunica de hombre a hombre, los inflama a
+todos, los funde, por decirlo así, en un solo cuerpo monstruoso, capaz
+de todo lo malo, y nunca de nada bueno.
+
+¿Son exageraciones? ¿Son frases de escritor? ¡Ojalá! Pero dígalo la
+historia, y no hay necesidad de ir a buscar la antigua.
+
+Volvamos a Madrigal. Las hachas acababan de llegar; ya dos de los más
+robustos amotinados se habían apoderado de ellas, y se disponían a
+empezar la obra de destrucción, cuando el grito de «¡Milagro!» se
+oyó por primera vez en las últimas filas de los circunstantes, y los
+que la formaban dieron a huir como gamos por calles y callejuelas,
+persignándose al mismo tiempo con toda la devoción que la prisa les
+permitía, y encomendándose cada uno al santo de quien era más devoto.
+
+¿Cuál era la causa de su espanto y gritos? ¿Cuál el milagro que
+anunciaban? La resurrección de fray Miguel de los Santos nada menos:
+este religioso llegó a saber el peligro inminente en que se hallaba un
+hombre acusado de haberle muerto; y a pesar de que su desmayo le había
+puesto realmente enfermo, dijo la causa inmediatamente para salvar a
+aquel infeliz.
+
+La palidez de su rostro, su andar mal seguro, y la expresión
+melancólica de su fisonomía le daban cierto aire poco común. ¿Qué más
+necesitaba el pueblo para creer que era un muerto resucitado?
+
+La palabra «milagro» volaba de boca en boca. Unos corrían porque habían
+visto a fray Miguel; otros porque oyeron que venía; otros porque veían
+correr a los demás; y finalmente, algunos porque temieron, quedándose
+solos, pagar la culpa de todos por el desacato cometido contra la
+justicia.
+
+Así se disipó aquella tempestad; cada uno se fue a su casa sabiendo
+menos sobre el asunto en cuestión que cuando salió de ella, ronco de
+gritar, molido de encontrones y otros azares (pero al cabo contento
+por haber sacudido por un instante el yugo de las leyes, aunque
+nada hubiese conseguido). No faltó tampoco quien hallase de menos
+el pañuelo, el dinero, o alguna alhaja de valor que llevaba en el
+bolsillo; debió consolarse con la idea de que había pasado a manos de
+alguno de sus cohermanos del motín, y probablemente no de los menos
+celosos por el bien general.
+
+Pero el hecho es que el motín se disipó, y que a pesar de lo que el
+pobre vicario se esforzaba en gritar que no había milagro ninguno en
+andar por las calles un hombre de carne y hueso, y que él no había
+muerto, que viniesen y le tocasen verían como estaba vivo, aquellos
+señores, cuanto más los llamaba, más huían, diciendo que no querían
+nada con muertos.
+
+Vista la inutilidad de sus razones, continuó fray Miguel su marcha
+hasta la puerta de casa del corregidor, y llegando a ella dio dos o
+tres golpes con el aldabón.
+
+Oírlos el juez y pegar un salto, de resultas del cual se quedó en
+cuclillas, como una mona, sobre el sillón que ocupaba, todo fue uno.
+
+Doña Petronila, creyendo también que volvía a empezar de nuevo la
+persecución, quería llevarse a don Juan adonde ya tenía proyectado
+esconderle; pero Vargas, más acostumbrado a los peligros que los dos
+esposos, no quiso consentir en ello.
+
+—No, señora —dijo—; estos golpes no son ya de persona que intenta
+forzar la puerta, sino de uno que pretende que se la abran. Además, el
+profundo silencio en que estamos es prueba evidente de que la canalla,
+por milagro en efecto, ha abandonado el campo. Tal vez el que llama
+es algún amigo: veámoslo. Y sin esperar respuesta ni dar lugar a
+reflexiones, abrió la ventana, y viendo, con no poca satisfacción suya,
+la calle enteramente desembarazada, preguntó:
+
+—¿Quién va?
+
+—Fray Miguel de los Santos —respondió el fraile.
+
+El corregidor se tiró desde el sillón al suelo, se tapó la cara con las
+manos, y además se puso como si besara la tierra, no cesando de decir
+apresuradamente y sin intermisión:
+
+—¡Abrenuncio, Satanás; abrenuncio, Satanás!
+
+Su mujer, más atrevida, sacó inmediatamente su rosario, y adelantándose
+hacia la ventana, haciendo la señal de la cruz empezó a decir:
+
+—«De parte de Dios te digo, ánima de fray Miguel, que me digas a qué
+vienes, y si estás en pena, por qué, y qué quieres que hagamos para
+sacarte de tan mal estado».
+
+Durante esta arenga, que el pobre juez acompañaba con su refrán de
+«Abrenuncio, Satanás», el cual producía un zumbido muy semejante al
+del moscón, don Juan, absorto, hubo un momento en que estuvo tentado a
+tener miedo y ponerse también a rezar por su parte; pero juzgó después
+más prudente pedirle la explicación de aquel misterio al fraile,
+que con paciencia admirable estaba esperando a que doña Petronila
+concluyese su exorcismo.
+
+—¿Qué es esto, padre? Dígame vuesa reverencia si la gente de Madrigal
+pierde el seso periódicamente tal día como hoy en cada año.
+
+—Señor caballero, que tal lo parece usted —dijo fray Miguel—, esa
+señora me cree muerto, y por mano de usted.
+
+—¡Jesús!, ¿y cómo?
+
+—Eso se alcanzará si usted logra que se convenzan de que, gracias a
+Dios, vivo todavía, estoy bueno y sano, y lejos de haber recibido de
+usted el menor insulto, aún tengo que agradecerle algún servicio.
+
+Era menester ser muy necio o muy obstinado para negarse a dar crédito
+a un hombre que con tan buenas razones probaba que vivía. Doña
+Petronila, que si bien no era joven ni agraciada, y sí dominante y un
+tanto colérica, tenía sin embargo una cantidad de razón regular, se
+convenció, pues, de que en el supuesto asesinato del vicario había
+habido algún extraño error: desde luego mandó a su esposo que creyese
+que realmente estaba en esta vida fray Miguel.
+
+—Doña Petronila, ¿estáis segura?
+
+—¿Cómo es eso?, ¿cuándo no estoy yo segura de lo que digo?
+
+—Ya, pero cuando son cosas sobrenaturales...
+
+—¿No basta que os lo diga yo? Id noramala, y mandad que abran la puerta
+a su reverencia. Ya van, fray Miguel, ya van. Vamos, muévase.
+
+El pobre corregidor, a pesar de que conservaba su recelo, no tuvo más
+remedio que obedecer, y, gracias a sus providencias, a poco tiempo
+entró fray Miguel en el aposento que fue teatro de la escena de que
+acabamos de ser testigos.
+
+Haciendo una ligera inclinación de cabeza a la dueña de la casa, se
+dirigió el vicario hacia don Juan, diciéndole:
+
+—Señor mío, en cuanto hoy ha pasado espero que usted me hará la
+justicia de creer que yo no he tenido la menor parte. Un parasismo que
+al retirarme de decir misa me sorprendió a la entrada de la sacristía...
+
+—Del que fui testigo felizmente, pues evité que vuestra reverencia
+viniese al suelo.
+
+—Favor que ya sospechaba deberos, y a que estaré eternamente
+agradecido; ese parasismo, pues, ha dado lugar a creer, por una
+combinación de concomitancias que sería muy prolijo explicar ahora,
+que yo había sido víctima de un asesinato y vos el homicida. El señor
+corregidor, y perdóneme su señoría que se lo diga, ha obrado con
+vos ligeramente, dando lugar a cuantos desórdenes han ocurrido, y
+exponiendo a una persona inocente a gravísimos riesgos. Usted, señor
+caballero, tiene sin duda derecho a reclamar daños y perjuicios; pero
+yo fío en que por amor de la paz, y por mi intercesión, si de ningún
+valor por lo escaso de mis méritos, de algún peso a lo menos por el
+santo hábito que visto, querrá usted darse por contento con que yo en
+nombre de todo el pueblo le pida perdón por lo ocurrido, y perdonando,
+en efecto, como buen cristiano, se vendrá conmigo a mi celda por el
+tiempo que tenga a bien pasar en este pueblo y honrar a su servidor.
+
+Don Juan contestó a este razonamiento aviniéndose a todo; y dando
+gracias a la corregidora, y aun al corregidor, salió de su casa
+acompañado del fraile y razonando con él sobre lo ocurrido en aquella
+mañana.
+
+No podía Vargas menos de conocer en su interior que a todo había dado
+lugar su curiosidad verdaderamente pueril; pero a pesar de ello, lo que
+más sentía era el no haber podido descubrir el misterio del desmayo de
+fray Miguel al nombrarle el pastelero.
+
+Cuántas penas le costó su fatal empeño, lo veremos en el curso de esta
+historia si nos alcanza la paciencia, al lector para hacerse cargo de
+ella, y a mí para concluirla.
+
+[Ilustración]
+
+
+
+
+CAPÍTULO IV
+
+ Pero estorbóselo una carreta que salió al través del camino, cargada
+ de los más diversos y estraños personajes y figuras que pudieron
+ imaginarse.
+
+ (Cervantes: _Don Quijote_, parte 2.ª, cap. 11).
+
+
+Sosegado el pueblo de Madrigal, y enterado después de algunas horas
+de la falsedad del hecho que dio lugar al motín, volvieron las cosas
+al orden regular. La tarde del mismo día del tumulto, aprovechando la
+hermosura del tiempo, salieron a paseo a una pradera inmediata a la
+villa gran parte de sus habitantes.
+
+Acostumbraban los mozos a reunirse en aquel paraje los días festivos,
+con objeto de recrearse en diversos ejercicios corporales, haciendo en
+ellos alarde cada cual de su fuerza y habilidad.
+
+La barra, la carrera y la lucha para los plebeyos; montar a caballo,
+arrojar una lanza, tirar al blanco y correr sortijas para los nobles.
+
+Las mujeres asistían a estos espectáculos, como a todos, para ver y ser
+vistas. Su presencia servía de estímulo al valor de los combatientes;
+hombre que en las circunstancias ordinarias no hubiera levantado del
+suelo un peso de dos arrobas, levantaba seis solo por estar delante
+su amada. ¿Qué esfuerzos no hará un hombre por no verse humillado a
+presencia de su dama? El que amando no es valiente, seguro es que nunca
+lo será.
+
+Habíale sido forzoso a don Juan ceder a las instancias de fray Miguel
+y acompañarle a su celda a comer con él. Durante la comida intentó
+Vargas diversas veces hacer que la conversación recayese sobre el lance
+de aquella mañana en la iglesia; mas el vicario se obstinó en eludir
+constantemente sus deseos, y viéndose ya últimamente muy apretado por
+el caballero, pretextó ocupaciones importantes y rompió la conferencia
+más apresurada que cortésmente.
+
+Libre don Juan, se encaminó sin detención a la pastelería, pero la
+encontró desierta. Su criado, que estaba en la puerta del mesón, le
+dijo que los pasteleros habían salido con ánimo, según creía, de
+pasearse en la pradera.
+
+Informádose entonces de dónde estaba esta, y dirigido por una persona
+que la casualidad hizo pasase por allí para ir al paseo, el caballero
+se resolvió a hacer otro tanto. Su llegada causó alguna sensación
+en la concurrencia, pero como ya se sabía la inocencia de Vargas,
+avergonzadas las gentes de su proceder con él, más bien le mostraron
+atención que curiosidad indiscreta.
+
+Él por su parte, como hombre de mundo, mostró haber ya olvidado lo
+ocurrido, y tomó parte en las diversiones como uno de tantos.
+
+Aquí seis u ocho robustos mozos, labradores por las trazas, arrojaban
+una pesadísima barra como si fuera un junco; más allá otros levantaban
+piedras enormes con las manos o los dientes.
+
+Dos amigos luchaban a brazo partido a presencia de un concurso
+numeroso; sus músculos tendidos, su arrebatado color y sus esfuerzos
+repetidos y constantes, hacían un singular contraste con la sonrisa que
+se dejaba ver en los labios de ambos y las palabras cariñosas que se
+dirigían; mientras que por el contrario, en otro corro, dos rivales en
+amor, desafiados al salto, y combatiendo delante de su dama, se miraban
+con un ceño espantoso, y hacían unos esfuerzos desmesurados para
+obtener la victoria.
+
+Corría sucesivamente Vargas todos los grupos, y en todos ellos, aunque
+formados en gran parte por los mismos que habían querido quemarle vivo
+aquella mañana, encontró la más urbana acogida, pues siempre se le
+abrió paso para que ocupando la primera fila gozase con mayor comodidad
+del espectáculo.
+
+Aquí le consultaban sobre un lance dudoso; allí le pedían su aprobación
+como necesaria para confirmar el triunfo del vencedor; en una palabra,
+todos a porfía se esmeraban en reparar el agravio que le habían hecho.
+
+No pudo menos Vargas de corresponder lo mejor que supo a tanta
+cortesía, alabando a los felices, consolando y animando a los vencidos,
+y sobre todo, ponderando con encarecimiento cuanto presenciaba, como si
+nunca tal maravilla hubiese visto.
+
+Pero ya empezaba a fatigarse de un espectáculo que muy poca o ninguna
+diversión podía ofrecer a un cortesano, soldado y viajero, cuando de un
+extremo de la pradera salió una voz estentórea diciendo:
+
+—Aquí, aquí, caballeros, van los comediantes a ofrecer a vuesas
+mercedes la más extraña y bien dispuesta farsa que nunca han oído.
+
+Este cartel parlante, repetido algunas veces y que, como ya se ha
+visto, prueba la antigüedad de las notas laudatorias y preventivas
+conservadas hasta nuestros días en los anuncios teatrales, con no poca
+ventaja de gran parte del público que, poco acostumbrado a formar
+juicios, se encuentra ya hecho el de la pieza que va a ver, y esto
+regularmente por mano del autor, que es quien mejor debe conocer el
+parto de su entendimiento y juzgarlo con más imparcialidad, este
+cartel, digo, deshizo todos los corrillos, reuniendo al público entero
+delante del paraje en que iba a hacerse la representación.
+
+Desde luego nadie creerá que se tratase de teatro: nada menos que eso;
+ni siquiera una barraca como las que los tratantes forman hoy en las
+ferias y romerías.
+
+Todo el aparato consistía en cuatro puntales hincados a mano en el
+suelo, y que terminándose en forma de horquillas por su extremo
+superior, servían de apoyo a otros cuatro palos horizontalmente
+colocados y dispuestos en forma de figura cuadrada.
+
+De estos pendían, no sé si diga cortinas o harapos, que cerrando tres
+lados del rectángulo solo dejaban uno descubierto, para que por él
+pudieran los concurrentes gozar del espectáculo.
+
+Detrás de la cortina del fondo estaba colocada la música, mejor diré
+el músico, que tocaba una dulzaina y a más un tamboril guarnecido de
+sonajas, instrumentos que producían una armonía grata, por lo menos a
+la mayor parte de los oídos para los que estaba destinada.
+
+Una carreta como la que Cervantes describe con la gracia inimitable
+de su genio condujo a una compañía de farsantes a Madrigal, por
+casualidad, el día en que nos hallamos.
+
+Al pasar por la pradera, y viéndola llena de gente, le pareció bien al
+autor de ella dar una representación _in promptu_ para sufragar con
+ella los gastos que en aquella noche habrían de hacer.
+
+En un instante saltó a tierra la _turba alegre y regocijada_, plantó
+los palos, colgó las cortinas, y el gracioso anunció la función.
+
+Entre tanto, y en el mismo paraje en que el de la dulzaina soplaba
+a más y mejor, agitando cuanto podía las sonajas del tamboril, los
+actores se vestían o se desnudaban, que la cosa ofrece sus dudas, y el
+anunciante, vestido de mogiganga y cargado de cascabeles, recorría con
+el sombrero en la mano la concurrencia, con el piadoso fin de recoger
+lo que cada uno tuviese voluntad de dar, o él maña suficiente para
+sacarle.
+
+—Ea, caballeros, sean generosos con los pobres farsantes que hacen
+oficios de disipar sus melancolías, muchas veces a costa de haber de
+tragarse las suyas, y no pocas sin tener que tragar. Usted, señor
+galán, que tan embebido está contemplando, no quiero decir a qué dama,
+sea garboso en su presencia, que nada cautiva más a las mujeres que la
+liberalidad. Dele Dios tan buena suerte en amores, señor mío, que nunca
+encuentre mujer con quien casarse.
+
+—¿Cómo, deslenguado, así trata a quien le ha dado más él solo que
+cuantos hasta aquí le han hecho limosna?
+
+—Limosna, señor gentilhombre, es la que se da de buena voluntad, y sin
+más interés que el de servir a Dios; pero no lo es lo que se le paga a
+un hombre por solazarse, viéndole hacer sus pocas o muchas habilidades.
+
+—Insolente...
+
+—No se enoje, que yo la llamaré limosna, si en eso estriba la paz;
+¿pero por qué se queja, si en pago de su liberalidad le deseo tanta
+suerte en amores, que no encuentre mujer con quien casarse? ¿Pues,
+pecador de mí, no se acaban para el que se casa los galanteos? Y ya que
+el tal casado lo sea tan malo que aún conserve tales aficiones, ¿qué
+mujer que no sea la que ninguno de nosotros quisiera que fuera la suya
+ha de dar oído a sus requiebros?
+
+Diciendo así, continuó su camino el farsante, dejando corrido a su
+contrario.
+
+Al pasar por delante de don Juan de Vargas, cierta especie de instinto
+de su profesión le hizo conocer que no era persona a propósito para
+irle con bufonadas, y así se contentó con alargar el sombrero, en el
+cual recibió una ofrenda tal que le obligó a inclinarse profundamente
+por dos veces seguidas.
+
+Pidiendo a unos, burlando a otros, y sacando más o menos de casi todos,
+iba ya el gracioso o bobo, como entonces se llamaban, a retirarse;
+pero viendo llegar a la reunión tres personas más, le pareció mejor
+esperarlas para ver qué podían dar de sí.
+
+—Más vale tarde que nunca, señores míos; sean vuesas mercedes muy bien
+venidos, y por vida del inventor del arte que profeso, que hubiera sido
+gran lástima no viesen nuestra función los dos ojos más bellos que en
+cara de mujer se han visto.
+
+El pastelero, que él era quien con la morena y el mulato acababa de
+llegar, como siempre con el sombrero calado hasta las orejas, no
+respondió palabra al agasajo que a su compañera se le hacía, sino que
+metiendo la mano en el bolsillo y sacando una moneda de plata la echó
+desdeñosamente en el sombrero del que pedía, diciéndole:
+
+—Está entendido.
+
+El cómico se retiró contento con lo que había recogido, y anunciando
+que la función iba a empezarse.
+
+—Vecina, ¿ha visto lo que ha dado el pastelero? —dijo una vieja a otra
+que estaba a su lado y cerca como ella del objeto de la pregunta.
+
+—No, tía Juana: ¿ha dado algún pastel?
+
+—¡Bien!, no sé de qué les sirven los ojos a algunas personas. ¿Pastel
+había de dar? Menester era para darlos que empezara por hacerlos; ha
+dado una moneda de plata.
+
+—¡Moneda de plata! ¡Virgen santa! ¡Moneda de plata un pastelero! ¿Quién
+vio tal? Y un pastelero que no hace pasteles, y que nadie sabe cómo
+vive.
+
+—Verdad es, vecina, que me tiene asombrada este hombre. Yo no sé, ni he
+podido saber nunca quién es, ni de dónde vino. Un mes hace que está en
+el pueblo, y en todo él no he cesado de averiguar...
+
+—Sí, sí, bonito es él para averiguarle la vida; ni aun el rostro he
+podido verle a mi gusto, y eso que el otro día encontrándomelo de manos
+a boca en la calle, que íbamos frente a frente, al llegar a él hice
+como que se me caía algo de la mano inclinándome a cogerlo, me metí
+debajo de sus mismas narices, pero qué, ni por esas: me conoció la
+intención, y apenas yo me bajé dio un salto por encima de mí con más
+ligereza que un corzo, dejándome afrentada y no poco medrosa.
+
+—Pues no digo nada, vecina, de esa mujer que vive con él.
+
+—Callen noramala las brujas —interrumpió un muchacho de unos catorce
+años, que habiéndose presentado de los últimos logró sin embargo a
+fuerza de codazos y empujones llegar hasta donde se hallaban las dos
+vecinas, que era bastante cerca del estrado, si así podía llamársele.
+
+—Deslenguado —replicó furiosa la que había dado principio al diálogo.
+
+—Eso quisieran, abuelas, que lo fuese para que no pudiera haberlas
+llamado por su nombre.
+
+—Yo te aseguro, rapaz...
+
+—¡Qué!, ¿qué vendrá a chuparme por la noche? Ya soy grandecito
+para eso, madre mía, y cállese noramala, que no nos deja oír a los
+representantes.
+
+—Silencio, silencio —se oyó alrededor.
+
+Y fuerza les fue a las dos Megueras tragar por entonces las injurias
+del atrevido rapaz, quien de cuando en cuando las miraba con cierta
+risa burlona, bastante a hacerlas desesperar.
+
+En esto ya la representación había comenzado. El arte estaba
+verdaderamente en su infancia. Solo un principio, o por mejor decir
+un fin, era el que se proponían los autores: divertir al público. La
+moral, si la había, era una cosa secundaria; riérase el espectador,
+y el fin estaba conseguido. Las gracias, de que realmente abundaban
+aquellas primeras composiciones, no eran siempre del mejor gusto.
+La cultura del siglo se echaba de ver en las obras dramáticas; pero
+obsérvese que al paso que gracioso y chocarrero en el teatro eran una
+misma cosa, el espíritu de metafísica y controversia, que entonces
+dominaba de tal modo que puede decirse era el carácter de la época, se
+extendía hasta los diálogos de los personajes cómicos.
+
+El amor sobre todo era el tema perpetuo de sus disertaciones, y lo más
+singular que los disertantes eran siempre los mismos enamorados.
+
+Que diserte del amor el que no ama; que el filósofo lo mire como una
+aberración del entendimiento cuando ya ha cumplido los sesenta años;
+que el fisiólogo nos diga que en el orden moral es una enfermedad, ni
+más ni menos como en el físico lo es un tabardillo pintado, todo esto
+se entiende y explica; pero que el poeta cómico, cuyo principal, cuyo
+único estudio debe ser el del corazón humano, ponga en boca de personas
+que quiere hacer pasar por enamoradas las más extrañas sutilezas sobre
+el amor, y que haga pasar el tiempo a los amantes discurriendo en vez
+de acariciarse, es cosa verdaderamente intolerable. Apelo si no al
+testimonio de mis amables lectoras; díganme sinceramente qué pensarían
+si el hombre que distinguen al llegarse a ellas, en vez de ponderar sus
+atractivos, encarecer su cariño y ver por todos los medios posibles de
+arrancar un dulce _sí_, entrara explicándolas el efecto de las pasiones
+en el corazón y la cabeza, probando que cuando el hombre está dominado
+por ellas es un demente, o citando como don Hermógenes a toda la
+antigüedad para demostrar las que gustan de ellas.
+
+Como quiera que sea, la farsa que se representó en Madrigal en la
+ocasión que nos ocupa adolecía menos del tal defecto que otras muchas
+de su especie.
+
+El artificio era sencillo hasta no más. Un soldado que volvía manco
+a su pueblo después de haber hecho la guerra algunos años era el
+protagonista. Este personaje era el más entendido de la pieza, y en
+un monólogo con que daba principio a ella regalaba al público con la
+relación de sus trabajos interpolada con tres o cuatro batallas, que no
+había más que pedir. En ellas, como de razón, el partido del narrador
+era siempre el victorioso, pero con la singularidad de que la muerte de
+tres o cuatro millares de enemigos nunca costaba a los vencedores más
+pérdida que la de uno o dos contusos.
+
+Extraña, peregrina y cómoda manera de pelear.
+
+La familia de nuestro soldado había toda perecido durante su ausencia,
+lo que unido a la ocupación judicial de sus bienes le dejaba realmente
+en la calle; desgracia de que se lamentaba justamente, aunque con
+alguna afectación y comparaciones un sí es no es forzadas, pues
+revolvió, hablando de sus desdichas, la botánica entera, la astrología
+y su poquito de historia, queriendo ponerse en parangón nada menos que
+con Mario sobre las ruinas de Cartago.
+
+En esto le deparó su buena ventura una zagaleja (papel que desempeñaba
+un muchacho) inocente y compasiva, tratada de casar con Gilote, solemne
+majadero a quien el autor escogió para gracioso de la pieza.
+
+El resto se redujo a los amores del manco con la zagala, a los
+ridículos celos de Gilote, y por último, a que este, burlado y
+apaleado por el único brazo de su rival, tuvo que cederle el campo,
+terminándose la función con una cantinela por el orden de lo que había
+precedido, y que el público aplaudía a rabiar. Los concurrentes a
+esta representación estaban todos de pie, formando un semicírculo
+alrededor de la escena, de manera que la posición de ningún individuo
+era constante.
+
+La gente de edad avanzada no se avenía muy bien con la movilidad casi
+perpetua de los jóvenes, pues de ella resultaba que muchas veces
+perdían parte del diálogo; pero los muchachos, que en la facultad
+de variar de puesto hallaban unos el medio de aproximarse al objeto
+querido, otros el de comunicar sus observaciones a un amigo, y todos
+finalmente el placer del movimiento, que en cierta edad es tan
+necesario como el pan, oían con desprecio o no oían los gruñidos de sus
+mayores, y continuaban andando de un lado para otro.
+
+Vargas, así que vio presentarse al pastelero y a la morena en el
+círculo de los concurrentes, formó el proyecto de unirse a ellos, y
+al cabo lo logró después de sufrir pacientemente razonable número
+de pisadas, encontrones, y aun dicterios de tal o cual anciano
+atrabiliario por delante del cual tuvo que pasar en su marcha.
+
+Todo lo dio sin embargo por bien empleado, y aun lo olvidó cuando por
+fin pudo colocarse al lado de la morena.
+
+Un movimiento casi imperceptible de cabeza y una mirada rápida de la
+pastelera hicieron conocer a don Juan que esta le había visto.
+
+«¿Será su marido este hombre, cuando tan tímida está en su presencia?
+¡Pero qué diablos! Por más marido y más celoso que sea no podrá impedir
+que yo agradezca el servicio que me ha hecho».
+
+Pensando así, se aproximó a la morena, y en voz ni bien tan baja que lo
+que decía llevara el aire de un misterio, ni tan alta que alcanzasen
+las personas inmediatas a oír más de alguna palabra suelta de cuando en
+cuando, dijo:
+
+—Si tan flaca de memoria es usted, señora mía, que en pocas horas
+olvida los beneficios que hace, yo presumo por mi parte de tan
+agradecido, que sé decir de mí que viviera cien años sin olvidar la
+merced que de su generoso corazón he recibido.
+
+—Si habla de lo de su prisión —contestó la bella—, nada hay que
+agradecerme en lo que hice, que no fue más que cumplir con mi
+obligación.
+
+Estas palabras se dijeron en tono natural, pero en seguida y tan bajas
+que apenas pudo oírlo don Juan, a pesar de que en sus mejillas sentía
+el suave aliento de su huéspeda, la cual añadió:
+
+—Por Dios que se separe de mí, si no quiere por su cortesanía hacerme
+graves perjuicios.
+
+Gabriel de Espinosa, que distaba algunos pasos de los dos
+interlocutores, y cuya atención durante su diálogo estaba al parecer
+embebida en la farsa de los representantes, debió sin embargó oír lo
+que la morena decía, pues en el momento en que don Juan, siguiendo su
+aviso, iba a retirarse, volviéndose el pastelero a ella, dijo:
+
+—¿Y por qué recibir con tan poca cortesía a ese caballero? Una
+cosa es, Inés, que yo os tenga dicho que no gusto de galanteos, y
+otra que no cumpláis como quien sois, quiero decir, como persona de
+buena crianza, con quien tan buenos modos usa con vos. Usted, señor
+caballero, siga si gusta al lado de esa mujer, que nadie en el mundo
+pudiera impedírselo sino yo, y yo vengo en ello.
+
+Dicho esto, y sin esperar respuesta, volvió la espalda, ocupándose como
+antes exclusivamente en el espectáculo.
+
+Mientras duraba su arenga Inés no hizo movimiento ni dio señal de
+aplauso ni reprobación; pero cuando, ya concluida, volvió la cabeza y
+vio a Vargas inmóvil como una estatua y con los ojos clavados en las
+espaldas del pastelero, como si aún esperase a que añadiera algo a lo
+dicho, no pudo menos de dejar escapar una de aquellas risas malignas
+que ya habían desconcertado a don Juan más de una vez en la pastelería.
+
+Perdíase en conjeturas el buen caballero, pues a pesar de ser bastante
+despreocupado para su siglo, pertenecía sin embargo a él, y su claro
+ingenio no bastaba a libertarle de la influencia de las ideas y
+preocupaciones generales entonces.
+
+Ya lo hemos dicho otra vez, las jerarquías sociales se hallaban
+entonces más marcadas, o por mejor decir, tenían una existencia de
+hecho, a más de la de derecho que conservan hoy, aunque mutilada.
+
+Esta existencia era visible; un noble no solo tenía en su casa ahumados
+pergaminos y vistosos escudos de armas, sino que en virtud de ello
+gozaba de ciertos privilegios, y estaba sujeto a determinadas cargas
+enteramente distintas de las que pesaban sobre el que no lo era.
+
+De aquí resultaba como consecuencia precisa que la educación de la
+nobleza era especial, las maneras de sus individuos peculiar a la
+clase, y distintas enteramente de las del resto de la sociedad.
+
+Por su parte, los órdenes inferiores del Estado, nacidos para la
+agricultura, las artes y el comercio, a los que entonces, por
+desgracia, no se daba aún la importancia que merecen, se habituaban
+desde la niñez a usar de gran deferencia con los nobles, y era raro ver
+que se apartasen de tal sistema, pues cuando algún espíritu revoltoso
+quería salir de su esfera, tardaba poco en experimentar los malos
+efectos de querer volar más alto con cortas alas.
+
+En tal estado de cosas era, en efecto, un fenómeno que un hombre que
+por su profesión pertenecía no ya al estado llano, sino a la clase
+ínfima, y que no lo ocultaba, afectase sin embargo modales que podrían
+parecer soberbios aun en un caballero.
+
+Por otra parte la misma Inés dejaba ver cierto señorío en sus modales,
+no menos disonante con su profesión que el orgullo del pastelero.
+
+Pero lo que a Vargas le tenía perplejo no eran tanto estas
+observaciones, como el no saber qué conducta observar con aquella
+gente.
+
+Si consultaba su gusto, la cuestión estaba pronto resuelta. Los ojos de
+la morena habían producido su efecto, y el hombre, en cuanto hombre no
+más, resiste pocas veces a este género de seducción.
+
+Mas recibir órdenes de un pastelero, usar de un permiso concedido por
+él para hablar a Inés, y deberse un favor y entrar con él en relaciones
+no ya de igual a igual, sino como un protegido con su protector... La
+sangre goda se revelaba contra tal idea.
+
+Separarse, pues, era el partido único que juiciosamente le quedaba a
+don Juan, y así lo resolvió en efecto; al ponerse en marcha, en vez de
+tomar el camino que en su cabeza se proponía tomó el preferido por su
+corazón, y casi sin saberlo él mismo, al primer paso se halló al lado
+de la hermosa pastelera.
+
+Mas una especie de fatalidad en amor, en que algunos no creen porque
+no sienten ni pueden sentir con vehemencia, y otros porque viven como
+los irracionales, sin tomarse el trabajo de observar ni siquiera sus
+propias sensaciones, pero que tenemos por irresistibles, perseguía a
+don Juan.
+
+Cuando esta fatalidad pesa sobre el hombre, en vano es luchar contra
+ella. Más poderosa que cuantas consideraciones sociales e intereses
+individuales pueden oponérsele, es un torrente impetuoso que,
+engrosado en las montañas con el deshielo de la nieve, baja por ellas
+arrastrándolo todo, y si algún obstáculo encuentra, se embravece
+más con él, parece que en la lucha ha adquirido nuevas fuerzas para
+vencerlo, y el único medio de salvarse de su furia es huirle si se
+puede.
+
+Don Juan quiso y no pudo. Que al empezar la vida un joven, que al
+entrar en el mundo, como hoy decimos, enmudezca al lado de la primera
+mujer que hizo palpitar su corazón, se entiende, y debe ser así; pero
+que pasados ya los veinticinco años, después de una campaña, y de más
+de unos amores, Vargas al lado de una mujer de baja extracción no
+supiera cómo entablar la conversación, es una cosa que solo se concibe
+poniéndola a cargo de la fatalidad.
+
+Como quiera que sea, lo cierto es que don Juan, colocado a la izquierda
+de Inés, quería y no podía hablar verdades, que en cambio de lo que su
+lengua callaba, sus ojos clavados siempre en el mismo objeto indicaban
+bastante qué género de pensamientos le asaltaban.
+
+Inés, con los ojos bajos y el rostro encendido como una grana, al
+parecer no miraba; pero hay opiniones de que, repasando entre los dedos
+las cuentas del rosario que llevaba pendiente de la cintura, halló
+medio de observar todos los movimientos de nuestro caballero.
+
+Pero el tiempo vuela, mal que le pese a los amantes, y así se concluyó
+la farsa antes que Vargas se resolviera a hablar, ni su bella hubiera
+acabado de recorrer las cuentas del rosario.
+
+Gabriel, sin cuidarse de uno ni de otro, echó a andar como para
+continuar su camino, y la pastelera, que debía de estar acostumbrada
+a sus maneras, se dispuso a seguirle, pero no lo hizo sin echar antes
+una mirada sobre don Juan, en la cual, al través de cierto aire de
+despecho, se descubría un no sé qué de afectuoso que prometía no ser
+muy duradero su enojo.
+
+Conoció entonces Vargas que se había portado como muchacho de escuela,
+y aún debía de tener intenciones de enmendarse: parece notó en sus
+labios un movimiento como para querer hablar; mas ya era tarde, y una
+tierna y expresiva mirada fue la única consternación que pudo dirigir
+a Inés, quien, respondiendo con una sonrisa, continuó su camino en pos
+del pastelero, seguida por el mulato.
+
+Don Juan, caviloso más acaso que lo había estado en su vida, seguía a
+corta distancia a la hermosa morena, cuando del camino real que pasaba
+por cerca de la pradera vio venir un hombre caballero en un hermoso
+caballo negro, pero que, o por haberse asombrado, o por acosarle fuera
+de tiempo su jinete, se había desbocado.
+
+Tal era la rapidez de la carrera del fogoso animal, que verle salvar
+una zanja que separaba el campo del camino, arrojar a su jinete de un
+solo bote en el suelo, que llegó casi a arrojarse sobre las gentes
+que paseaban, puede decirse que fue obra de un solo instante. Sucedió
+entonces lo que generalmente sucede en semejantes ocasiones: el
+temor, desterrando la serenidad, hizo que todos los circunstantes se
+atropellaran unos a otros: hubo desmayos, alaridos, y todo género de
+accidentes. Las madres apretaban a los hijos contra sus pechos, con
+riesgo de sofocarlos; los muchachos, enredándose entre las piernas de
+las gentes, daban con ellas en el suelo; en un caído tropezaban veinte,
+este suplicaba, el otro maldecía, y nadie se cuidada de lo importante
+que era saber la dirección del caballo desbocado.
+
+Sin saber cómo, se halló colocada Inés frente al ciego animal. El
+peligro era evidente y visible, y su inmediación la privó de todo
+discurso y no acertó a hacer otra cosa más que taparse los ojos con
+ambas manos, lanzando un ¡ay! de aquellos que parten realmente del
+corazón.
+
+Pero dos hombres se lanzan detrás de ella como dos saetas, y se
+interponen entre el bruto y la que iba a ser su víctima.
+
+Don Juan y Gabriel eran estos dos hombres. El primero sin reflexión
+ninguna se arroja sobre la cabeza del animal; pero ni sus fuerzas, ni
+acaso las de Hércules, bastaban para detenerlo. Vargas, despedido como
+una pelota, fue a caer a los pies mismos de Inés, y ella y él hubieran
+sido infaliblemente atropellados sin la admirable serenidad, fuerza y
+destreza del pastelero.
+
+Este, conociendo lo inútil que sería luchar de frente con el caballo,
+se corrió sobre un costado, y cogiendo una de las riendas que llevaba
+sobre el cuello con ambas manos, tiró de ella con tal brío, apoyando su
+cuerpo en la espalda del animal, que le hizo dar mal de su grado una
+media vuelta completa.
+
+En el mismo instante, y con agilidad sorprendente, de un solo salto se
+plantó en la silla, y por más esfuerzos que el caballo despechado hizo
+para sacarle de ella permaneció firme, más como estatua ecuestre que
+como hombre a caballo.
+
+Un aplauso general y prolongado fue la muestra de la admiración
+general; pero si aquella ocurrencia produjo sensación en el pueblo, más
+fuerte, al parecer, la experimentaba el mismo Gabriel.
+
+En su estatura parecía aumentarse repentinamente; era tal su gallardía
+a caballo, tal la gracia y agilidad de todos sus miembros, que no
+hubo circunstante que no jurara que aquel hombre era el más perfecto
+jinete que jamás había visto. Al saltar a caballo se le había caído el
+sombrero; veíasele por consecuencia el rostro agraciado e imponente, y
+unos ojos que pocos hombres hubieran mirado frente a frente sin bajar
+los suyos. Olvidado al parecer de que allí hubiese reunido un pueblo
+entero, Gabriel solo se ocupaba en humillar la soberbia del bridón,
+cuyos lomos oprimía. Caracoleando y haciendo escarceos recorría la
+pradera, y así llegó al paraje en que poco antes varios hidalgos del
+pueblo habían estado recreándose en correr sortijas. La casualidad hizo
+que se hallase arrimado a un árbol un lanzón que por lo pesado y macizo
+servía para prueba de fuerza y habilidad, pues eran pocos en Madrigal
+los que podían y sabían manejarlo. Esta particularidad debía de saberla
+el pastelero, porque era público en la villa, y esta harto pequeña para
+que dejase de haber llegado a noticia suya cosa tan conocida de todos.
+Pero supiésela o no, el hecho es que, llevando el caballo a media
+rienda por junto al árbol, agarró el lanzón con la mano derecha sin
+pararse, y levantándole como si fuera una caña, lo blandió en el aire
+sobre su cabeza con tal pujanza que, rompiéndose, fueron a parar las
+astillas a más de cincuenta pasos.
+
+Aquí la admiración de los madrigaleños es imposible de encarecer.
+«¡Viva Gabriel, viva nuestro pastelero!» era el grito general; pero sea
+que el amor propio de este le faltase, el triunfo conseguido, o que
+fuera tan filósofo que creyera que con el pueblo es tan peligroso estar
+muy bien como estar muy mal, se dio por contento y entregó el caballo a
+su dueño, que no habiendo recibido daño en su caída, llegó a reclamarlo.
+
+Vitoreado, aplaudido y escoltado por el pueblo, y cansado ya de
+dar gracias a todos y de suplicarles que no se molestasen más en
+acompañarle, llega Gabriel a su casa, y entrando en ella se halló que
+ocupaba su propio lecho don Juan de Vargas, y que a la cabecera estaba
+en persona el médico de la villa. Sin darle tiempo a preguntar cosa
+alguna, Inés se le acercó para decirle que habiendo don Juan perdido
+el sentido de resultas del golpe, y herídose además la cabeza, había
+creído deber trasladarle a su casa, pues en obsequio de su persona
+había expuesto la suya.
+
+—Bien hecho, Inés; ese mozo es valiente, aunque demasiadamente
+entremetido.
+
+Dicho esto, volvió la espalda y salió del aposento.
+
+[Ilustración]
+
+
+
+
+CAPÍTULO V
+
+ Siempre que la ignorancia no halla la explicación de un fenómeno
+ cualquiera, acude a las causas sobrenaturales. Semejantes
+ supersticiones son una calamidad por la que han pasado todos los
+ pueblos de la tierra.
+
+ (_Discurso inédito sobre duendes y brujas_).
+
+
+Sabida cosa es que Felipe II vivió en sus últimos años encerrado,
+por decirlo así, en el monasterio del Escorial. Allí se ocupaba
+incesantemente en los negocios políticos, sus devociones y la obra del
+monasterio, que con razón se llama la octava maravilla. El sitio de
+San Lorenzo era, pues, propiamente la corte de España, a pesar de que
+Madrid llevaba el nombre de tal; y Valladolid, recientemente despojada
+de su grandeza, conservaba aún sus pretensiones como las conservan
+algunas mujeres que fueron buenas mozas mucho tiempo después de dejarlo
+de ser.
+
+La extensión de Valladolid es considerable; sus calles, para los
+tiempos en que se hicieron, muy buenas; numerosos sus monasterios, y
+sus alrededores fértiles en viñas y cereales, si bien presentan el
+aspecto triste y monótono de casi todos los países llanos.
+
+Aun hoy, cuando se anda la ciudad, se nota en sus calles cierto
+vacío que aflige, y proviene indudablemente de que la población es
+muy reducida para el casco del pueblo; pero en la época a que nos
+referimos, siendo muy reciente la salida de la corte, la falta de gente
+se hacía más notable y sensible para sus habitantes.
+
+Por descontado, todos los extranjeros, que eran los que casi
+exclusivamente ejercían entonces las artes industriales, siguieron al
+gobierno, y fueron a establecerse a Madrid.
+
+Los criados de la real casa, los asentistas, los pretendientes, el
+enjambre, en fin, de gentes que dependen de una corte, todo se ausentó,
+quedando solo en Valladolid sus naturales y tal cual cortesano
+retirado ya del mundo, y que solo aspiraba a vivir tranquilamente el
+resto de sus días. En este número se contaba el marqués, hermano de
+don Juan de Vargas, que ocupaba una casa de las mejores del pueblo en
+cierta calle no muy distante de la Plaza Mayor: a esta casa nos es
+fuerza por ahora trasladar la escena, y por lo mismo diremos algo sobre
+ella y sus moradores.
+
+El marqués, criado desde su infancia por una madre indiscretamente
+tierna y cuidadosa, y por un padre que quería educar a sus hijos como
+monjas, vivió hasta los veinte años de edad sin salir de casa más que
+los días serenos en que no había ni mucho calor ni mucho frío.
+
+En cualquiera de estos dos últimos casos oía misa en un oratorio de su
+propia casa, y después se le permitía hacer ejercicio durante una hora
+en un salón herméticamente cerrado por todas partes.
+
+Enseñáronle a leer, a escribir y a rezar; el blasón por adorno; pero en
+cuanto a armas, jamás quiso consentir su madre en que tomara en las
+manos ni un alfiler.
+
+Esta educación, recibida por un hombre de complexión naturalmente
+débil, contribuyó a hacer de él un valetudinario desde la juventud.
+
+Perdió el marqués a su padre cuando solo tenía veinte años, y su madre
+tardó poco en seguir a su marido al sepulcro, dejando a más de él otro
+hijo, que fue don Juan, de edad entonces de diez años.
+
+Después de pasados los dos primeros años consagrados a llorar la
+pérdida de los autores de sus días, empezó el marqués a ver el mundo, y
+empezó por la corte.
+
+Rico y joven, no podía menos de encontrar muchos amigos, es decir,
+muchos hombres que, amantes de todos los vicios, y privados ya por sus
+desórdenes de medios para darles pábulo, fueron a buscar en el bolsillo
+del novicio lo que en los suyos faltaba.
+
+El humo del incienso de la adulación cegó al marqués; sus parásitos
+le parecieron cada uno un Pílades, y su casa y bolsa se abrieron para
+todos.
+
+Pero aún no le bastaba esto: tenía que tropezar en un escollo fatal, y
+tropezó en efecto.
+
+El amor, esta pasión irresistible, inherente a la juventud, cuyo
+germen depositó la naturaleza en nuestros corazones como garantía para
+conservación de la especie, el amor le reservaba sus tormentos.
+
+El hombre cuya sociedad se compone de cortesanos corrompidos, ¿qué
+mujeres ha de frecuentar que no sean dignas de tal sociedad?
+
+¡Pobre marqués! Lleváronle sus amigos a casa de la viuda de un contador
+de Indias, mujer interesante, de amable trato y graciosa figura, que
+rayaba ya en los treinta; pero tan bien conservada, tan compuesta, que
+a otro más experto le hubiera hecho creer que apenas tenía veintidós
+años.
+
+Fácil es de inferir, por lo que se ha dicho de la educación del
+marqués, que solo conocía el amor por oídas; pero es de advertir que
+le había caído en las manos tal cual libro de caballería, en el cual
+aprendió que una mujer puede ser muy honrada corriendo montes y valles
+en compañía de un hombre, y que primero morirá que faltar a la fe
+jurada a su amante.
+
+Con estos preliminares se deja entender que el desdichado tardó poco en
+caer en la red, y tan de veras, que trataba nada menos que de casarse
+con su Dulcinea, y así se lo hizo entender a ella misma.
+
+Otra menos diestra hubiera desde luego acogido con ansia aquella
+proposición y prestádose a ella; pero Violante, que así se llamaba
+la ninfa, conocía su posición y se negó abiertamente, diciendo que
+prefería sacrificar su virtud para hacer la felicidad de su amante
+a exponer a este a romper con su familia e iguales, como en efecto
+sucedería a causa de tan desigual matrimonio.
+
+La verdad es que Violante, cuya reputación estaba ya hecha, conoció que
+en el momento en que el marqués anunciase su casamiento no habría en la
+corte quien no se apresurara a abrir los ojos del ciego amante; y que
+aun suponiendo que la ceguera del marqués fuese tal que se negase a la
+evidencia, la cosa podría llegar a oídos del rey, y su severidad era
+harto notoria para exponerse a sufrir sus efectos.
+
+Mas como estas reflexiones no se le alcanzaban al interesado, no vio en
+la conducta de su dama sino un proceder sobremanera generoso y noble,
+y no perdonó sacrificio alguno para compensar el que suponía que,
+prestándose a sus deseos, hacía Violante.
+
+Pasáronse así algunos años, durante los cuales don Juan, a quien su
+hermano quería como a hijo, recibió una educación distinguida, pues la
+intención de este era que siguiese la carrera de las leyes; mas a pesar
+de todo, el fogoso joven se empeñó en ser soldado, y el marqués, débil
+por carácter y por cariño, accedió a sus deseos enviándole a Flandes,
+en donde, como se ha dicho, probó que en efecto la naturaleza le había
+hecho más a propósito para las armas que para las letras, aun cuando su
+ingenio y aplicación eran notables.
+
+Mientras que don Juan añadía a los antiguos blasones de su casa nuevos
+timbres con los laureles con que en Flandes se coronaba, vegetaba su
+hermano al lado de Violante, amándola cada día más.
+
+Así le hubiera tal vez sorprendido la muerte sin el incidente que vamos
+a referir.
+
+Un primo hermano del marqués, llamado don Pedro Hinojosa de Vargas,
+comendador del hábito de Santiago, hombre de poca más edad que él
+pero de mucho más mundo, experiencia y penetración, fue a la corte a
+establecerse, y, como era natural, lo hizo en casa de su pariente.
+
+Era el comendador uno de aquellos hombres que han aprendido a conocer
+el mundo a fuerza de repetidas y dolorosas experiencias, y que aunque
+dotados de bastante rectitud de conciencia para no convertirse de
+víctimas en verdugos, conservan, sin embargo, para lo sucesivo la
+memoria de los pasados extravíos, y jamás dan un paso sin estar seguros
+de la firmeza del terreno en que sientan el pie. Para obrar así es
+preciso ser observador. Hinojosa, pues, lo era; como no era necesaria
+demasiada perspicacia para conocer de qué pie cojeaban los acompañantes
+de su primo, a los ocho días de estar en su casa vio, desde luego, que
+este era juguete de sus pretendidos amigos.
+
+Las relaciones del marqués con Violante le parecieron sospechosas,
+sin más que saber su origen, y a poco que averiguó tuvo motivos de
+confirmarse en el propósito formado de desembarazar a su pariente de
+tan vergonzosos lazos.
+
+El medio para conseguirlo no era fácil de hallar; la menor insinuación
+que se le hiciese al marqués contra su amada y amigos le sacaban
+realmente de sus casillas. Razones eran, pues, excusadas; hechos, y
+hechos claros y evidentes, eran los únicos que podían convencer al
+engañado amante.
+
+Como el comendador estaba íntimamente convencido de que la dama no
+podía menos de hacer de las suyas, su único objeto fue hallar manera
+para hacer testigo a su primo de algunas de sus hazañas; y sabiendo
+que no hay medio más seguro para conocer las flaquezas de los amos que
+preguntárselas a sus criados, hizo sobornar una sirvienta de Violante
+que a fuerza de oro prometió servirle completamente, y lo cumplió en
+efecto.
+
+Para abreviar: Hinojosa tuvo maña para hacer al marqués testigo
+presencial de una de las infinitas infidelidades de su dama. Encarecer
+el sentimiento del engañado amante es imposible. Su melancolía fue tal,
+que produjo una obstinada ictericia que estuvo a pique de costarle la
+vida. Mas el tiempo, su índole apática, y los cuidados y reflexiones
+del comendador, acabaron por suavizar, si no extinguir, enteramente su
+pena.
+
+Vivían con el marqués, además de Hinojosa, un capellán sexagenario,
+hombre de bien, pero sobradamente pedante, que había sido su ayo y
+su mayordomo, sujeto tan aritmético como una tabla pitagórica, y la
+servidumbre, que no dejaba de ser numerosa.
+
+Una tarde, como a las dos de ella, y una hora después de haber comido,
+estaban reunidos, en el comedor de la casa del marqués, este, don Juan,
+el comendador y el capellán.
+
+Jugaban los dos últimos al ajedrez con el silencio y recogimiento que
+acompañan infaliblemente a la tal ocupación, tan impropiamente llamada
+juego.
+
+El marqués, sentado en un sillón de maciza madera, guarnecido de clavos
+dorados, y forrado de terciopelo carmesí, se conservaba a la cabecera
+de la mesa, con los ojos cerrados como si durmiera; pero no lo hacía,
+o soñaba en cosas tristes, pues dos lágrimas bajaban por sus lívidas
+mejillas tan despacio que parecía que se avergonzaban de humedecer el
+rostro de un hombre.
+
+Nuestro don Juan, no muy lejos de su hermano, estaba también sentado a
+la mesa con la cabeza apoyada en una mano, el semblante descolorido, el
+ademán pensativo, y los ojos fijos que daba temor mirarle.
+
+Desde que este joven había regresado de Flandes perdió la casa
+del marqués cierto aspecto claustral que aún conservaba desde el
+tiempo de su padre. La natural alegría de don Juan, y hasta su mismo
+aturdimiento, encantaban al marqués y daban más libertad a las
+restantes personas de la casa para desembarazarse alguna vez de las
+severas formas que en aquel tiempo prescribía la etiqueta.
+
+Esto, y el ser él naturalmente bondadoso, le granjearon el afecto
+general de tal manera que podía decirse que más amo era él en la casa
+que su mismo dueño.
+
+Como un mes antes de la tarde en que nos hallamos regresó don Juan
+de Valladolid después de una ausencia de más de tres semanas; viósele
+entonces enteramente distinto de lo que era al partir. Entonces, lleno
+de salud, impetuoso, decidor y alegre; después, descolorido, pensativo,
+callado y melancólico.
+
+Todos se admiraron, y todos anhelaban saber la causa de aquella
+metamorfosis; pero nadie llegó a conseguirlo. A cuantas preguntas se le
+hacían contestaba:
+
+—Nada tengo; no sean aprensivos, yo estoy bueno, estoy alegre.
+
+Nadie le creía una palabra, porque todos veían lo contrario de lo que
+afirmaba; mas cansados de preguntar, conjeturaron, y cansados también
+de conjeturar, dedujeron sabiamente que pues don Juan estaba triste
+y enfermo, y ellos no sabían la causa, o se había vuelto loco, o le
+habían hechizado.
+
+Cada una de estas dos opiniones tenían en la casa su partido, aunque no
+faltaba quien adoptase las dos a un tiempo.
+
+El comendador, cuya manía favorita era la de creerse el más profundo
+de los observadores, era el que capitaneaba el partido de la locura;
+y el capellán, que no encontraba placer compatible en este mundo
+sublunar al de combatir a hisopazos y exorcismos con un espíritu
+maligno, afirmaba que el mancebo estaba hechizado. El marqués era
+el justo medio, pues no creía que estuviese loco ni poseído; creía
+alternativamente lo uno y lo otro, y a veces lo creía todo a un tiempo.
+
+Descrito ya el teatro y los actores, vengamos a la acción.
+
+—Jaque al rey, padre capellán —dijo el comendador dando un salto en la
+silla y frotándose las manos con visible satisfacción.
+
+El capellán, arrugando las cejas y con la mano tendida hacia el
+tablero, iba a contestar no se sabe qué, cuando, encendiéndosele el
+rostro repentinamente a don Juan, se alzó de su asiento, y descargando
+el puño sobre la mesa, exclamó:
+
+—Imposible. Jamás.
+
+Y como desatinado se salió del aposento apresuradamente.
+
+—¿Cómo imposible? —dijo el comendador creyendo que don Juan hablaba de
+su jugada; pero volviéndose al mismo tiempo de decir esto, y viendo los
+movimientos de su primo, no pudo menos de exclamar—: Lo que yo digo;
+pobre mozo, loco rematado. Para hacer esto sin haber yo averiguado la
+causa, no puede menos de estar loco.
+
+—Loco... lo será el que no vea en los desatinos de ese mancebo la mano
+de Astorot que le atormenta —replicó el capellán.
+
+—Padre Teobaldo, ¡un Vargas endemoniado! Primo, un pariente loco...
+Pero en efecto..., pudiera..., no sé..., veremos... —interrumpió el
+marqués, despavorido y absorto con lo que pasaba.
+
+—Un Vargas, señor marqués, está tan sujeto a calamidades de esta
+especie como el más miserable jornalero. Nabucodonosor, rey de
+Babilonia, fue bruto muchos años, y...
+
+—Desde entonces acá no nos faltan ejemplos de grandes personajes que
+lo han sido toda su vida —repuso el comendador—: El rey Saúl estuvo
+poseído del espíritu maligno, y el mismo David nos dice: _¿Quare
+tristis incedo dum afligit me inimicus? Sic est_, que el señor don Juan
+de Vargas, aunque de ilustre nacimiento, es infinitamente inferior al
+pagano Nabucodonosor, al ungido Saúl, y al rey profeta. _Ergo_, don
+Juan puede muy bien estar endemoniado.
+
+—No lo niego —dijo el marqués, cediendo al peso de tan poderosos
+argumentos.
+
+—Yo no niego el _posse_ por mi parte; lo que niego, primo, es, que
+vuestro hermano esté ahora endemoniado —contestó Hinojosa.
+
+—_Probo_ —exclamó el capellán.
+
+—Dejémonos de argumentos, padre. Yo soy observador, muy observador, y
+me intereso demasiado en el bienestar de don Juan para que en más de un
+mes que hace que le vemos así no haya estudiado su enfermedad. Estoy
+seguro, segurísimo, de que los que padecen una demencia absoluta...
+
+—_Veritas veritatum_.
+
+—Nada de latines, capellán, y menos de desvergüenzas: razones, y no
+citas ni insolencias, son las que aquí necesitamos.
+
+—¡Paz, paz, por Dios santo! En mi casa no quiero riñas.
+
+—Ni reñimos tampoco: marqués, ya sabéis que los doctores se tiran los
+bonetes en un acto, y luego salen de él tan amigos como entraron.
+Ministerio es de paz y...
+
+—No se hable más de ello, que será peor. Lo que importa es descubrir
+cuál es en efecto el mal de don Juan y ponerle remedio.
+
+—Sí, sí, eso es lo que importa, primo Hinojosa, ponerle remedio, como
+vos decís.
+
+—Las armas espirituales... son eficacísimas y excelentes a su tiempo,
+pero por ahora no las necesitamos.
+
+—¡Oh pertinacia, oh ceguedad!
+
+—Dejad hablar al padre, primo: si le interrumpís siempre, ¿cómo ha de
+explicarse?
+
+Con esta insinuación del marqués calló el comendador y pudo el capellán
+explayar su erudición, de la cual haremos gracia a los lectores,
+contentándonos con decir que en un largo, difuso y embrollado discurso,
+después de explicar muy por menor los síntomas que se advierten en
+los endemoniados, quiso probar que la melancolía, las frecuentes
+distracciones, y los repentinos accesos de cólera que se notaban en don
+Juan, eran otras tantas señales de hallarse el infeliz sirviendo de
+posada a algún diablo, y no de los de menor importancia, en el infierno.
+
+Don Pedro le escuchó como quien oye llover; mas no así el marqués, que,
+acostumbrado desde la infancia a mirar al padre como un oráculo, y
+persuadido por otra parte de que sus últimos disgustos habían provenido
+de haberse apartado del camino que en sus consejos le trazaba el
+capellán, se sintió extrañamente conmovido, y no solo consintió, sino
+que suplicó a su antiguo ayo que desde luego pusiese mano a la obra de
+echarle los demonios del cuerpo a su hermano.
+
+Esto era justamente lo que el padre Teobaldo quería, pues en todo el
+discurso de su dilatada vida nunca se le había presentado una ocasión
+de habérselas cara a cara con el señor demonio. Así es que, tomándole
+la palabra al marqués, salió inmediatamente de la sala temiendo que el
+comendador no le hiciese volverse atrás.
+
+Iba en efecto Hinojosa a tronar contra tan desatinada idea; pero la
+retirada del capellán y la del marqués, que, temiendo la tormenta, se
+marchó también en pos de él, se lo imposibilitaron.
+
+Parecerá a un lector del siglo XIX que el padre Teobaldo y su alumno
+debían de ser muy necios para creer en el endiablamiento del pobre don
+Juan, y sin embargo se desengañará medio a medio.
+
+No solo en el siglo XVI, sino en mucho después, el último monarca
+español de la casa de Austria, Carlos II, se hizo atormentar
+voluntariamente por espacio de muchos años consecutivos para que le
+sacaran del cuerpo los demonios, que estaba muy lejos de tener en él.
+
+Este ejemplo bastará para probar cuáles eran en la materia las ideas
+de aquellos tiempos, pues si en el trono había tales preocupaciones,
+fácil es de inferir que más abajo no faltarían.
+
+Media hora después de terminada la discusión entre el marqués, el
+comendador y el capellán, entró este último en la estancia de don Juan,
+vestido de sobrepelliz y estola, con el bonete en la cabeza, en la mano
+derecha un hisopo, y en la izquierda un misal abierto.
+
+Seguíale un lacayo con un caldero de agua bendita, otro con una taza de
+aceite, el marqués y su mayordomo, y dos o tres criados más, todos con
+el rosario en la mano.
+
+Don Juan estaba aletargado sobre su lecho, encima del cual se había
+arrojado cuando salió del comedor con la precipitación que se ha visto,
+y, como el padre Teobaldo y su comitiva entraron silenciosamente en su
+aposento, nada sintió.
+
+Rodearon, pues, su cama y, quedándose el capellán a los pies, comenzó
+a leer en voz baja algunas oraciones del misal, respondiendo los
+circunstantes _amén_ cada vez que terminaba una de ellas.
+
+Al cabo de algunos minutos de rezo le pareció bien al padre rociar al
+demonio con agua bendita, y mojando el hisopo en el caldero, le mojó
+la cara a su sabor, con lo que despertó al pobre don Juan; incorporose
+este en la cama, y no sin algún sobresalto contemplaba el extraño
+grupo que veía, cuando una segunda descarga del hisopo le inundó
+completamente el rostro.
+
+—Váyanse a todos los diablos —exclamó colérico—, o por vida...
+
+—Hermano don Juan, sosegaos, que por vuestro bien se hace todo esto —le
+interrumpió el marqués, asiéndole de un brazo.
+
+Le coge Vargas la cara lo mejor que pudo, y se encaró con su hermano,
+mirándolo de hito en hito para asegurarse de que en efecto era él quien
+le hablaba, y que no era un sueño cuanto estaba sucediendo.
+
+Entre tanto el capellán rezaba y rociaba intrépidamente, y el
+mayordomo y las criadas respondían _amén_ siempre que les tocaba.
+
+Viendo don Juan que de todo aquello no le resultaba más mal que el de
+mojarse alguna cosa, y que su hermano parecía tener particular empeño
+en que siguiera la operación, resolvió tolerarlo y, cruzándose de
+brazos, permaneció inmóvil, limitándose a observar cuidadosamente los
+movimientos de cuantos le rodeaban.
+
+A cierta seña del capellán, el criado de la taza de aceite se aproximó
+al marqués, y este, tomándola en las manos, se la acercó a los labios a
+su hermano:
+
+—Bebed, don Juan —le dijo—, bebed, siquiera por amor de mí.
+
+Tomó Vargas la taza con mucho sosiego, y se disponía tal vez a beberla,
+pero el olor del aceite, en el cual iban además algunos granos de
+incienso, era tan fuerte, que lo percibió inmediatamente.
+
+Entonces miró el brebaje de la taza, y volviéndose al marqués le
+preguntó:
+
+—¿Esto queréis que beba, hermano?
+
+—Sí, hermano, bébela, y sanaréis de vuestra dolencia.
+
+—Yo no estoy enfermo; estáis engañado, no estoy enfermo.
+
+—Enfermo estáis —dijo el capellán—, y de enfermedad mortal.
+
+—Padre, no estoy enfermo; mi salud es cabal, nada me duele.
+
+—El alma, el alma, es la enferma.
+
+—Tal vez.
+
+—Bebed, don Juan —volvió a decir el marqués.
+
+—No, no, hermano, no; este brebaje me haría reventar.
+
+—Es preciso beberla —exclamó el capellán.
+
+—Es preciso —repitió el marqués.
+
+—Es preciso, es preciso —dijeron en coro los criados.
+
+—Pues no la bebo, señores, no la bebo —replicó el interesado volviendo
+a poner la taza en el plato que tenía el marqués en la mano.
+
+Este se la entregó al mayordomo, y al mismo tiempo echó a andar
+para salir del aposento, y en efecto salió. Entonces dos criados se
+aproximaron a don Juan para obligarle a beber; mas él, conociéndolo,
+cogió de nuevo la taza, bautizó con ella al mayordomo, y saltando en
+seguida de la cama, asió la espada que a la cabecera de ella tenía, y
+dio tras de todos a palos.
+
+La puerta les parecía estrecha para salir por ella a cuantos había en
+el cuarto, incluso el capellán, y con tanta precipitación quisieron
+huir, que al llegar a una escalera, por que precisamente tenían que
+pasar, se le enredaron las piernas al mayordomo entre las del que
+llevaba la caldera, y uno y otro rodaron de alto a bajo, poniendo el
+grito en el cielo; la caldera suelta soltó toda el agua que contenía, y
+después con estrépito notable siguió a su portador hasta el piso bajo.
+
+Los perros del marqués, que eran bastantes, comenzaron a ladrar, y uno
+de ellos, abalanzándose a los dos caídos, sacó en triunfo el peluquín
+del mayordomo, que maltrecho yacía al pie de la escalera.
+
+El capellán y los restantes llegaron sin tropiezo hasta aquel punto,
+pero allí tropezaron en los dos que por bajar más de prisa llegaron
+antes.
+
+Los primeros poseedores del suelo renovaron sus aullidos al recibir
+encima a sus compañeros, y estos, enredados unos con otros, y no
+acertando a levantarse, gritaban también cuanto podían.
+
+Tan extraordinario rumor alarmó a toda la casa, de modo que
+inmediatamente acudieron el marqués, el comendador, el cocinero, sus
+ayudantes, los pinches, etc.
+
+Hinojosa soltó la carcajada viendo el singular grupo de hombres y
+perros que había al pie de la escalera, y a don Juan, que con la espada
+en la mano lo contemplaba desde lo alto de ella.
+
+Era en efecto difícil no reírse: la calva del mayordomo salía de entre
+las piernas de un lacayo, y las narices del padre capellán hacían parte
+integrante del posterior de otro.
+
+Un podenco se había sentado sobre la espalda de uno con la peluca en la
+boca, y otros dos o tres se entretenían con las piernas de los pobres
+caídos.
+
+El primer cuidado de los recién venidos fue levantarlos a todos, y
+examinar si tenían alguna herida, pero felizmente no hallaron más que
+tal cual chichón, aunque no había uno que no se quejase como si se
+hallara en la hora de la muerte.
+
+Puesto ya en pie el capellán, y recobrada su estola, que había perdido
+en la retirada, volvió la cabeza a la escalera, y viendo en ella a don
+Juan, como ya se ha dicho, echó a huir de nuevo diciendo:
+
+—Te conjuro, espíritu rebelde, te conjuro en nombre de Dios.
+
+El comendador mandó retirar a todos los caídos, y habiéndolo hecho
+por sí el marqués, sentido del mal éxito de aquella empresa, se quedó
+Hinojosa solo con don Juan, a quien rogó que pasara con él a su cuarto,
+en lo que este consintió sin dificultad.
+
+Solos ya, y sentados ambos pacíficamente, pasaron algunos minutos en
+silencio, reflexionando don Juan en sus asuntos particulares, o en lo
+que acababa de suceder, y su primo en la manera más a propósito para
+entablar la conversación. Bien hubiera querido Hinojosa que el hermano
+del marqués rompiese la barrera haciéndole alguna pregunta; mas, viendo
+que no lo hacía, hubo de determinarse a romper el silencio.
+
+—Estaréis asombrado, don Juan, con lo que acaba de pasaros.
+
+—¡Asombrado!... ¿De qué puedo asombrarme ya en este mundo?
+
+—Sin embargo, primo, no es cosa que sucede todos los días a un
+caballero esto de exorcizarle.
+
+—No, en efecto, y a la verdad no concibo qué extraño capricho ha sido
+el de mi hermano en hacerme esta burla tan intempestiva.
+
+—Os engañáis, don Juan, tomando a burla cuanto acaba de suceder. El
+marqués os ama de veras, y es incapaz de tan pesada chanza. No, primo,
+nadie ha tratado de burlarse de vos. El camino se ha errado, y yo bien
+se lo he dicho; pero las intenciones han sido las mejores del mundo.
+
+—Pero ¿no me diréis a qué viene el rociarme con agua de pies a cabeza,
+el rezarme, y sobre todo, el quererme hacer beber una taza de aceite?
+
+—Creeros endemoniado.
+
+—¡Jesús! El Señor me libre en lo sucesivo de semejante trabajo, como
+hasta aquí lo ha hecho.
+
+—Amén. Ya os he dicho que estoy persuadido de la falsedad de semejante
+suposición. Y, sin embargo, ¿qué queréis que crean los que observan
+sin cesar vuestra extraña conducta, sin que aparezca ni remotamente
+motivo para ella? ¡Don Juan, don Juan! ¿Merece el marqués, que os ama
+como un padre, y que tantos años hace os sirve de tal, merezco yo, mozo
+ingrato, merece la fidelidad de vuestro criado, que a todos nos tengáis
+con el alma en un hilo, viéndoos perder la salud y hacer extrañas
+locuras? ¡Qué hemos de creer! Decidlo vos mismo.
+
+Mientras que Hinojosa declamaba así con bastante vehemencia, don Juan,
+levantándose de su asiento, comenzó a dar vueltas por el aposento, con
+visible agitación, y aun algunas lágrimas fugitivas se escaparon de sus
+ojos.
+
+Viéndolo así enternecido, no quiso el comendador atormentarle más ni
+perder la ventaja conseguida, y para conciliar ambos extremos se fue a
+su primo, y tomándole la mano afectuosamente continuó diciendo:
+
+—En vuestra mano está hacer cesar en un punto todos nuestros temores.
+
+—Decid el medio, comendador.
+
+—Romped ese obstinado silencio, reveladnos la causa de vuestro padecer.
+Si ella es tal que admita remedio, se le aplicará, y si por desgracia
+no lo tiene, lloraremos con vos.
+
+A esta última proposición soltó don Juan la mano de Hinojosa, y dio
+dos o tres pasos sumamente aprisa; el comendador volvió a ocupar su
+asiento, esperando en él el resultado de aquel acceso.
+
+No fue este muy duradero, pues apenas pasaron dos minutos, sentándose
+Vargas de nuevo empezó a hablar de esta manera:
+
+—Si hay, primo, en este mundo personas que por todos títulos merezcan
+mi confianza, sois mi hermano y vos. Pero escuchadme bien, y sea esta
+la última vez que hablemos de semejante materia.
+
+»Dentro de mi corazón hay una pena que me devora, que me seguirá hasta
+el sepulcro y más allá, si después de la muerte conservamos la más
+pequeña parte de nuestra existencia.
+
+»Mi honor está por ahora comprometido a no revelar la causa de mis
+disgustos. He dado mi palabra de no hablar. Excusad, pues, súplicas y
+razones. Los más crueles tormentos no me arrancarían una sílaba más de
+lo dicho.
+
+»Nada me digáis, comendador, para agradecer la tierna solicitud de mis
+parientes: bastante he hecho, pues confesando que tengo un secreto os
+he revelado ya más de la mitad de él.
+
+»Compadecedme; pero no os obstinéis en saber más de lo que puedo
+deciros.
+
+»Grabad en la memoria lo que voy a deciros: Si mi propio padre,
+saliendo del sepulcro, solo para ello diera un paso para sorprender mi
+secreto, pudiera ser que le arrancase la vida.
+
+»Comendador, dadme la mano; nuestra amistad será eterna, como el
+agradecimiento que me inspiran vuestros cuidados, pero, lo repito,
+jamás, jamás volveremos a hablar de esta materia.
+
+En tanto que don Juan estuvo hablando no apartó Hinojosa los ojos de su
+semblante, y si bien en algunos momentos se agitaba extraordinariamente
+Vargas, es cierto que no advirtió en él síntoma alguno de demencia.
+
+Convenciose, pues, de que en efecto la situación de aquel mancebo
+dependía de causas naturales, aunque solo conocidas del mismo
+interesado, y renunció a su primera idea.
+
+—Os he escuchado —dijo— con la mayor atención, y no pretenderé saber
+lo que como hombre honrado no podéis decirme. No se hable más en ello.
+Pero voy a hacer una súplica que está en vuestra mano concederme.
+Ocultad lo que podáis al menos en presencia del marqués: don Juan,
+conocida es por vos su melancolía. No queráis aumentarla. Ninguna
+gloria es mejor que la de vencerse a sí mismo.
+
+—Yo me esforzaré para complaceros. Recibid mi promesa.
+
+—Cuento con ella.
+
+—Quedad, primo, con Dios, y si alguna vez necesitáis de un pecho fiel
+y de una espada que en sus tiempos tuvo buenos filos, el comendador
+Hinojosa no necesita saber en qué ni por qué le empleáis; su vida es
+vuestra.
+
+—No quiera Dios que yo os envuelva en mis males; pero jamás olvidaré
+tan generosa oferta. Dadme los brazos.
+
+—Y el alma con ellos.
+
+Abrazáronse en efecto los dos primos con la mayor ternura, y el
+comendador salió del aposento para dirigirse a la habitación del
+marqués, a quien encontró en conferencia con el capellán y el mayordomo
+sobre los medios de renovar con menos riesgo y mejor éxito el pasado
+exorcismo.
+
+La llegada de Hinojosa puso término a la discusión y al proyecto.
+
+Dijo el comendador a aquellos tres personajes que acababa de tener
+una larga conversación con su primo, en la cual había acreditado
+completamente que se hallaba en su sano juicio.
+
+—Me ha confesado —anadió— que tiene penas que su honor le prohíbe
+revelar. Vuestra merced, padre capellán, se ha engañado, y yo también.
+Don Juan no está endemoniado, y menos loco. Probablemente su pena será
+algún amorío: es enfermedad de la edad. Los años la curarán. Entre
+tanto, dejémosle en paz por nuestra parte; harto tiene que hacer el
+desdichado con lo que se conoce que sufre interiormente.
+
+Esto bastó por entonces a que el marqués prohibiera al padre Teobaldo
+la continuación de sus combates espirituales, y gracias a la tal
+medida, pudo don Juan dormir tranquilo, sin temer que al despertarse le
+ofreciesen por desayuno una taza de aceite bendito.
+
+
+FIN DEL TOMO PRIMERO
+
+
+
+
+Ni Rey ni Roque
+
+
+
+
+ NI REY NI ROQUE
+
+ EPISODIO HISTÓRICO
+ DEL REINADO DE FELIPE II,
+ AÑO DE 1595
+
+ NOVELA ORIGINAL
+
+ ESCRITA
+ POR DON PATRICIO DE LA ESCOSURA,
+ AUTOR DEL CONDE DE CANDESPINA
+
+ TOMO II
+
+ Madrid
+ Imprenta de Repullés
+ —
+ AÑO DE 1835
+
+
+
+
+NI REY NI ROQUE
+
+CAPÍTULO PRIMERO
+
+ MORONDO
+ Que me llevan los demonios
+ . . . . . . . . . . . . . .
+ Voto a Cristo que me llevan.
+
+ TEODORA
+ ¿Adónde?
+
+ MORONDO
+ No me lo han dicho,
+ Porque traen orden secreta.
+
+ (_La Adúltera Penitente_, comedia de tres ingenios: Cáncer, Moreto, y
+ Matos).
+
+
+Fiel a su palabra, procuró don Juan disimular su melancolía en
+presencia del marqués, y aunque a la verdad no pudo conseguir mostrarse
+alegre, por lo menos dejó de abandonarse a ciertos accesos, como el que
+dio lugar a que le exorcizase el padre capellán, y que antes de aquel
+suceso eran sumamente frecuentes.
+
+Su tristeza era sin embargo la misma. Evitaba toda sociedad cuanto
+podía, y más de una vez aconteció que el comendador le sorprendiese
+con los ojos inundados de lágrimas; mas como Hinojosa había prometido
+solemnemente a su primo no volverle a preguntar la causa de su pena
+y ni siquiera hablarle de ella, se veía en la imposibilidad hasta de
+consolarle.
+
+En este estado de cosas transcurrieron algunos días, hasta que en la
+noche de uno Vargas anunció a su hermano y primo que al siguiente por
+la mañana se ponía en camino para visitar cierta hacienda, en la cual
+era necesaria su presencia.
+
+Convino el marqués, y el comendador aplaudió el proyecto, creyendo, no
+sin fundamento, que la variación de aires y la agitación de un viaje
+serían muy a propósito para distraer a Vargas de sus disgustos, y tanto
+más cuanto que, con sola aquella idea de él, se notaba ya mucho más
+alegre que se le había visto en la última temporada.
+
+Toda aquella noche estuvo Vargas amabilísimo, colmando de caricias
+a su hermano, al comendador, y aun al mismo padre Teobaldo, quien no
+dejaba de atribuir parte de tan inesperada mudanza a sus hisopazos y
+conjuros. En el momento de separarse, don Juan los abrazó a los tres
+con ternura, encargándoles que no le olvidasen.
+
+—Olvidaros —dijo el marqués—, y en el corto tiempo que habéis de faltar
+de aquí, no es posible.
+
+—Mi ausencia, hermano, podrá ser más larga de lo que yo mismo creo.
+
+—Norabuena; por mucho que se tarde en concluir la obra que vais a
+dirigir, será cosa de pocas semanas.
+
+—Decís bien, hermano; comendador, conservadme vuestra amistad.
+
+—Don Juan, mis ocupaciones aquí son ningunas; si habéis menester de un
+amigo que os acompañe, mi persona es vuestra.
+
+—No, primo, no; vos podéis y debéis quedaros. ¿Qué sería del marqués
+viéndose solo? Adiós, pues.
+
+—Adiós, y Él os acompañe en vuestro viaje. Amén.
+
+—Amén.
+
+Antes de salir el sol estaba Vargas en camino, sin más compañía que la
+de un criado, que era el que siempre le seguía y estaba en su servicio
+desde la niñez. Callado, fiel y obediente, Pedro no conocía más ley que
+la voluntad de su señor, de cuyas acciones nunca veía más de lo que se
+quería que viese. Tan fácil hubiera sido saber por boca de un cadáver
+la enfermedad que le redujo a tal, como de la de Pedro nada de los
+asuntos de su dueño. Este, pues, le estimaba como a una joya preciosa,
+que no tenía reemplazo si una vez llagaba a perderse, y depositaba en
+él sus secretos con una confianza sin límites.
+
+Una legua habrían andado los dos caminantes, cuando deteniendo don Juan
+su caballo, dio lugar a que emparejase con él su criado.
+
+—Pedro —le dijo—, vamos a Madrigal.
+
+—Adonde usted mande.
+
+—Es preciso que tú te adelantes. Nada importa reventar el caballo; esta
+noche has de dormir allá.
+
+—Muy bien.
+
+—Toma esta carta, que entregarás también esta noche misma, si llegares,
+como deseo, antes del toque de ánimas. Gabriel no estará entonces en su
+casa.
+
+—Está entendido, señor.
+
+—Si llegas después de ánimas, mañana...
+
+—¿Cuando el pastelero esté en misa?
+
+—Perfectamente, Pedro.
+
+—¿Y la respuesta?
+
+—No la tiene. Marcha, y en habiendo entregado la carta métete en el
+mesón, y no salgas de él por ningún pretexto. ¿Me entiendes?
+
+—Sí, señor.
+
+—Nadie ha de conocerte antes ni después.
+
+—Estoy al cabo.
+
+—Fío en tu obediencia. Espérame allí, que o yo iré, o te daré noticias
+de mi persona. Marcha, Pedro. ¡Ah!, ¿llevas dinero?
+
+—Poco.
+
+—Toma diez doblones. Silencio y agilidad. Buen viaje.
+
+—Dios guarde a usted, amo mío.
+
+Diciendo esto arrimó Pedro las espuelas a su caballo, y poco tiempo
+después le perdió don Juan de vista.
+
+No nos tomaremos el trabajo de seguir al amo ni al criado en todo su
+camino, sino que dejándolo en claro trasladaremos la escena de un
+golpe de pluma al siguiente día, en el momento de oscurecer, a espaldas
+de una ermita que distaba como un tiro de bala de Madrigal.
+
+Atado a un pino tascaba impacientemente el freno el caballo de don
+Juan, y este con no mucha más resignación se paseaba aceleradamente
+al pie de los muros de la ermita. De cuando en cuando asomaba con
+precaución la cabeza por una de las esquinas, y examinaba con aire de
+inquietud y ansiedad el camino que guiaba a la villa, y en el cual no
+se veían ni perros.
+
+—Ya casi es de noche... No viene... Si acaso Gabriel... ¿Pero qué tan
+necio había de ser Pedro que se dejase sorprender? Infeliz de él como
+así fuese... Un bulto... La oscuridad no me deja distinguir quién sea:
+¿si será ella?... ¿Y quién ha de ser a estas horas por este paraje?
+Inés será. Respiremos.
+
+En esto el bulto se venía acercando a toda prisa; pero en vez de
+seguir hasta la ermita, tomó por una vereda que se apartaba de aquel
+camino como unos cincuenta pasos antes de llegar a ella.
+
+—¡Maldición! No es Inés. Ya no viene.
+
+Cualquiera que haya esperado alguna vez, y tratándose de asunto
+importante, concebirá fácilmente la extrema impaciencia de Vargas, a la
+cual se agregaba la duda en que se hallaba sobre si el mensaje había
+llegado sin novedad a su destino, y de que, aun cuando así fuese, se
+prestara Inés a sus deseos.
+
+Tan presto se paseaba don Juan presuroso, como haciendo alto de repente
+recogía hasta el aliento, y aplicaba el oído a la tierra para percibir
+aun el más ligero ruido. Ya se sentaba sobre una piedra, ya corría
+despeñado a ponerse en acecho, todo quejándose de su mala estrella y
+votando como un desesperado, y todo en vano también.
+
+Cerca de una hora pasó en aquel tormento hasta que, ya perdida la
+paciencia, y olvidándose de sus proyectos mismos, abandonó la posición
+que ocupaba y echó a andar hacia Madrigal; ¿a qué?, él mismo no lo
+sabía; pero hay circunstancias en que el variar de posición, sea
+como fuese, es indispensable. Cincuenta pasos habría andado con una
+agitación extremada, cuando vio salir de la villa a un bulto negro.
+
+La noche era ya extremada, el firmamento cubierto de opacas nubes que
+impedían el paso a los rayos de la naciente luna, y el horizonte oscuro
+como el abismo, y que de cuando en cuando iluminaba la luz rojiza y
+fugaz de los relámpagos, anunciaban una próxima tempestad.
+
+Agitadas por el presentimiento que les inspira su instinto, las aves
+nocturnas, con vuelo rastrero y desigual cruzaban el campo en todas
+direcciones. El lejano ladrido de los perros, el son lúgubre de una
+campana, y hasta el susurro del viento en los sembrados, todo, en una
+palabra, contribuía, en el momento de que hablamos, a dar al paraje en
+que se hallaba Vargas el más siniestro aspecto.
+
+Al ver, pues, el bulto de que se ha hecho mención, y olvidado de que un
+momento hacía hubiera dado cuanto le hubieran pedido por verlo en el
+camino, se sobrecogió un instante.
+
+En efecto, la persona que a él se acercaba, cubierta de un traje
+talar que flotando a merced del viento le prestaba aparentemente
+más corpulencia que la que realmente tenía, no parecía andar, sino
+deslizarse por el camino; tales eran la ligereza de su paso y la
+rectitud con que caminaba.
+
+En las circunstancias ordinarias, don Juan, que por una parte había
+nacido valiente, y por otra era noble y castellano, hubiera visto con
+indiferencia, y tal vez no habría reparado en la circunstancia de
+caminar de este o del otro modo una persona que pasaba por el camino.
+
+Pero la hora, la disposición del cielo, el paraje en que se hallaba, y
+que él mismo había elegido como más seguro para su intento, pues era
+pública voz en Madrigal que en las inmediaciones de aquella ermita,
+que hoy no existe, se verificaban frecuentes y espantosas apariciones,
+y sobre todo la agitación en que estaba su espíritu le tenían tan
+trastornado que la vista de la persona que se le acercaba le sobresaltó
+en efecto.
+
+Hizo, pues, alto, y maquinalmente se persignó y sacó la espada. El
+bulto continuó marchando intrépidamente hasta estar a unos diez pasos
+de don Juan, que entonces ya cesó de andar.
+
+Pocos momentos bastaron para que, volviendo este en sí, reconociese la
+ridiculez de su conducta y, avergonzado de ella, envainó la espada.
+
+—Proseguid —dijo dirigiéndose a la inmóvil persona que delante tenía—,
+proseguid vuestro camino, quien quiera que seáis, que así en mí no
+hallaréis impedimento.
+
+—Don Juan —exclamaron—, ¿sois vos?
+
+—Inés, al fin habéis venido.
+
+—Sí, aquí estoy. Bien sabéis que arriesgo mi vida; pero en fin, ¿qué me
+queréis?
+
+—Aquí no estamos bien, Inés; cualquiera que pase puede vernos. Vamos a
+la ermita.
+
+—¿A la ermita, don Juan?...
+
+—¿Y por qué no? Jamás os he conocido medrosa.
+
+—Verdad es, pero...
+
+—No perdamos el tiempo, que para nadie es más precioso que para vos.
+Seguidme.
+
+Al decir esto asió del brazo a Inés, y en aquella disposición llegaron
+ambos a la espalda de la ermita, a la cual estaban unidos los restos de
+un pequeño edificio, que probablemente en tiempos antiguos habría sido
+habitación del ermitaño, pues aunque inutilizada, conservaba una puerta
+de comunicación con la iglesia.
+
+Ya en la época de que hablamos hacía muchos años que la ermita tenía su
+cura, que habitaba en la villa, y la habitación, abandonada, se había
+ido arruinando progresivamente hasta no quedar más que un solo ángulo,
+en el cual se conservaba parte del tejadillo.
+
+A este ángulo, pues, se dirigieron Inés y don Juan sin proferir una
+sola palabra. Así que llegaron, don Juan dispuso lo menos mal que pudo
+un asiento de piedra para la pastelera, a quien dijo:
+
+—Sentaos, Inés.
+
+Hízolo así esta, y en seguida:
+
+—¿Y vos? —preguntó.
+
+—Bien estoy en pie. ¿Conque habéis recibido mi carta?
+
+—Anoche me la entregó Pedro.
+
+—¿Y Gabriel?
+
+—No le he visto. No estaba en casa.
+
+—Bien.
+
+Parose aquí un momento como para recordar las especies, y en seguida
+continuó:
+
+—Inés, repetiros que os adoro es inútil; bien lo sabes.
+
+—Me lo habéis dicho, don Juan; pero no sé si será una prueba de ello
+estar un mes ausente sin darme noticia de vuestra persona ni siquiera
+por cortesía.
+
+—Tenéis razón. ¿Qué responder a esto?... ¡Qué responder! Yo responderé;
+pero no interrumpáis, o de una conferencia que debe ser muy breve
+haréis una conversación eterna. Os adoro, repito, y os adoraré mientras
+viva, Inés. ¿Y cómo no adoraros? Yo que os he visto a la cabecera de mi
+cama noche y día sin separarnos un momento, yo que os debo la vida...
+
+—¿Y por quién la expusisteis?...
+
+—Más me valiera perecer entonces.
+
+—¡¡Don Juan!!
+
+—Inés, tanta hermosura, tanta discreción, y ese carácter angélico, esa
+dulzura celestial, bastantes a hacer la dicha de cualquiera mortal, han
+hecho de mí un frenético. Ya sabes que solo vivo a tu lado. Ya ves tú
+que lejos de ti mi vida es un infierno. Inés, Inés, apiádate de mí.
+
+—Sosegaos, don Juan. ¿Así cumplís las promesas que me hacéis en vuestra
+carta? Hablemos en razón. Cuando postrado aún en el lecho, gracias a
+la temeridad con que os expusisteis por salvarme, me dijisteis vuestro
+amor, don Juan, yo no os oculté que también os amaba. Ya entonces era
+inútil que mi boca repitiese lo que debíais haber adivinado en mis
+ojos; pero también os dije que Inés no se envilecería jamás a los ojos
+de su amante, arrojándose en sus brazos sin ser antes su esposa, y
+vuestra esposa Inés no puede, no debe serlo por ahora.
+
+—Inés, verdad habéis dicho en todo. Lo que entonces me dijisteis está
+grabado en mi corazón con caracteres indelebles. ¿Pero cuál es el
+obstáculo que ponéis a nuestra unión? ¿La desigualdad de condiciones?
+Mujer celestial, ¿quién es más en el mundo que tú para mí? Yo también
+he querido luchar, y también he opuesto a mi pasión todo género de
+reflexiones, y todas han sido inútiles. He venido a ser tu esposo, a
+vivir contigo eternamente, a morir a tus pies de dolor.
+
+Mientras que don Juan hablaba así con una vehemencia extraordinaria,
+Inés enternecida lloraba sin cesar. El llanto le impedía hablar durante
+algún tiempo, pero al cabo entre sollozos y suspiros prorrumpió:
+
+—Vargas, ¿qué decís? Sin conocerme, sin saber de mí más que el nombre
+de Inés, viéndome en tan oscura condición en compañía de Gabriel...
+
+—Una sola cosa exijo de ti, Inés, para darte mi mano, una sola cosa.
+Con una palabra vas a disipar una duda que pesa sobre mi corazón, y le
+oprime y le agobia.
+
+—Decid, don Juan.
+
+—Antes jura decirme la verdad.
+
+—Si es secreto en que yo sola esté interesada, juro por el Dios que nos
+escucha, y que sabe leer el fondo de nuestros corazones, que sabréis la
+verdad entera, y nada más que la verdad.
+
+—Pues bien, Inés, perdóname si tal vez mi duda te ofende; yo mismo
+me he reconvenido millares de veces por ella; pero es más poderosa
+esta amarga duda que cuantos diques le opongo. Si tú supieras que en
+solo concebirla he sufrido yo más tormentos que puede haber en los
+infiernos, me perdonarías.
+
+—Y bien, perdonado estáis.
+
+—Decid: Clarita, la hija de Gabriel, ¿es tu hija?
+
+—No, don Juan, no es mi hija.
+
+—Dios omnipotente, yo te doy gracias: tú eres digna de mi amor.
+
+Un profundo silencio reinó en las ruinas después de proferida por don
+Juan esta última exclamación.
+
+El amor propio de Inés y su virtud misma se rebelaban contra la
+suposición de Vargas, y era menester toda la fuerza del amor y el peso
+de las razones que ella misma conocía haber tenido aquel caballero
+para concebir semejantes sospechas, para que no diese muestras de su
+indignación.
+
+Vargas, como el que acaba de arrojar de sí una pesada y molesta carga,
+aunque gozoso por verse libre de ella, estaba como enajenado; y además,
+conociendo también que su amada no podía estar muy satisfecha con
+su pregunta, no sabía cómo anudar de nuevo la conversación sin que
+volviese a recaer sobre tan delicado y desagradable objeto.
+
+Estando así ambos amantes, la tempestad que desde antes de ponerse el
+sol se había ido preparando descargó con tremenda furia.
+
+Un relámpago, a cuyo resplandor parecía incendiado el lejano horizonte,
+seguido de un espantoso trueno fue el principio de la tormenta, que en
+seguida ya fue general y terrible.
+
+—Todos los santos del cielo me amparen —exclamó Inés, retirándose
+asustada al último rincón de las ruinas.
+
+—¿Qué temes? —dijo don Juan, siguiéndola, y pasándole un brazo por
+la cintura, con ánimo sin duda de prestarla así su protección más
+inmediatamente—. ¿Estando conmigo, qué temes, Inés?
+
+—Vuestra protección, don Juan, no creo que sea muy eficaz contra los
+rayos del cielo.
+
+—La tempestad no puede ser duradera: en la estación en que nos hallamos
+son frecuentes, pero momentáneas.
+
+—Por poco que dure siempre será lo bastante para que yo, a menos de
+ponerme en camino diluviando como está, llegue a casa después que
+Gabriel, y entonces...
+
+—Entonces, infeliz de él si se atreviera a ofender a la esposa de
+Vargas.
+
+—La esposa de Vargas no lo soy aún, tal vez no lo seré nunca, y entre
+tanto a su autoridad estoy sujeta.
+
+—¿Y quién le ha dado esos derechos sobre ti?
+
+—Mi destino.
+
+—¿Y cómo?
+
+—Este es un misterio que ni vos debéis preguntarme, ni yo revelarlo.
+Dejemos, pues, de hablar de ello, y separémonos también.
+
+—¡Cómo, Inés! ¿Sin que hayas decidido de mi suerte?
+
+—Nos volveremos a ver dentro de ocho días en este mismo paraje, y a la
+misma hora. Entonces tal vez me será lícito hablar más de lo que hoy
+puedo hacerlo.
+
+—¿No me dirás al menos si me amas?
+
+—¡Ingrato! Harto lo sabes.
+
+—¡Inés mía!
+
+—Don Juan, adiós.
+
+—Espera: es imposible que con esta lluvia te pongas en camino.
+
+—Lo que es imposible es detenerme más sin grave riesgo; tal vez es ya
+demasiado tarde.
+
+—Pues bien... Pero ahora se me ocurre: yo puedo llevarte hasta la villa
+en mi caballo, cubierta con mi capa, y desde la entrada hasta tu casa
+poco hay que andar.
+
+—Vamos, pues.
+
+Salió don Juan de las ruinas en busca de su montura, pero la oscuridad
+de la noche era tal, que a dos pasos no se divisaba un árbol. Fuele,
+pues, preciso marchar muy despacio y a tientas, buscando los únicos
+cuatro pinos que a unos seis u ocho pasos de la ermita estaban, y a uno
+de los cuales había atado su caballo: tropezó por fin con uno de los
+pinos, pero no era aquel el que buscaba; fue al segundo, y le sucedió
+lo mismo, y otro tanto con el tercero y cuarto.
+
+«Vamos —dijo para sí—, he perdido enteramente el tino; no daré en toda
+la noche con el caballo».
+
+Volvió de nuevo a recorrer los pinos, y viendo que tampoco en ninguno
+de ellos estaba, comenzó a dudar de si habría tal vez más árboles de
+los que él creía haber contado; pero un relámpago, iluminando por un
+instante todo el lugar de la escena, le hizo ver que no se había
+equivocado al contar los árboles, y que su caballo no estaba ni en el
+paraje que lo había dejado, ni cerca de él.
+
+—¡Confunda Dios al pícaro ladrón que se lo ha llevado! —exclamó furioso
+dando una patada en el suelo—. ¡Buenos estamos! A pie y sin dinero me
+deja, y ahora Inés habrá de andar a pie por ese camino, que está hecho
+un mar sin duda.
+
+Mohíno además y pesaroso, dio la vuelta Vargas; no sin dificultad atinó
+a entrar de nuevo en las ruinas contiguas a la ermita, y así que estuvo
+dentro empezó a decir:
+
+—¡Pobre Inés! Estamos a pie: o el caballo espantado con los truenos ha
+roto las riendas y echado a huir por esos campos, o algún ratero se lo
+ha llevado. ¿Tendrás que irte a pie? ¿No respondes?
+
+El ruido solo de la lluvia, que impelida por el viento se estrellaba
+contra los muros de la ermita, fue la contestación que recibió don Juan
+a su pregunta.
+
+—Inés, responded por Dios santo... ¿Se habrá ido? ¿Capaz es?... ¡Inés,
+Inés! ¿Os parece este momento para chancearos?... Ahí estáis, si yo os
+siento andar... ¿Me huyes?... Responde, o es...
+
+—Silencio, o muerto sois, caballero —dijo al oído una voz de hombre
+para él desconocida, y al mismo tiempo asido de ambos brazos, sin saber
+por quién ni cómo, se halló en la imposibilidad de hacer el menor
+movimiento contra la voluntad de sus guardianes.
+
+—¡Traidores! —dijo con rabia.
+
+—Silencio —repitió la misma voz que primero había hablado—: andad con
+nosotros, en la inteligencia de que si no queréis hacerlo por vuestro
+pie vendréis arrastrando. Silencio, repito, si amáis la vida, que no
+tratamos de quitárosla, ni aun de ofenderos si a ello no nos fuerza
+vuestra imprudencia.
+
+Concluida esta horrible oración echaron a andar los que tenían agarrado
+a Vargas, y él también hubo de hacerlo con ellos mal que le pesase.
+
+Durante algún tiempo conoció don Juan que caminaban por las ruinas en
+razón a la desigualdad del terreno y a la multitud de escombros con
+que continuamente tropezaba; y aunque la extensión que en diferentes
+direcciones le hicieron andar le pareciese mayor que las que las mismas
+ruinas tenían, lo atribuyó en parte a su turbación, y en parte a error
+en su primer cálculo.
+
+Yendo así le taparon el rostro con un pañuelo o capa que le echaron
+sobre la cabeza; precaución bien excusada, pues que, como ya se ha
+dicho, la noche era sumamente oscura. A poco rato el piso ya se ofrecía
+unido y de nivel, y sus propios pasos, repetidos por un eco no muy
+claro, resonaban en los oídos del prisionero; en seguida le hicieron
+bajar una escalera, volver a andar por terreno llano, subir otra
+escalera, y al cabo bajar una tercera; desde allí atravesar una zanja;
+y por último, saliendo de ella, sentarse en uno que le pareció escaño
+de madera.
+
+En todo el tiempo no oyó don Juan proferir una palabra, de manera que
+la única conjetura que sobre su situación pudo formar fue, por el rumor
+de los pasos, la de ser tres las personas que con él iban, una delante
+y dos asiéndole de ambos brazos.
+
+La circunstancia de faltarle el caballo le hizo creer que se hallaba
+en poder de ladrones, lo que le era sumamente sensible, no por él,
+sino por Inés, que era ya de suponer se hallaba en sus manos. En la
+situación en que se hallaba solo un recurso se le ofrecía para salvar
+a su amada de las garras de aquellos malvados, que era el de ofrecerle
+por la persona de la pastelera un rescate considerable en dinero, y
+así propuso hacerlo tan luego como hubiese terminado su caminata y le
+diesen los ladrones lugar para ello.
+
+En medio de estos proyectos, y como a pesar suyo, resonaba una voz
+en su conciencia, que le decía: «¿Por qué te obstinas en venir a
+Madrigal, si cuanto haces y dices en él redunda en daño tuyo?». El
+corazón respondía: «Estoy enamorado, y yo mando». La cabeza podía haber
+replicado en el gusano de la fábula: «Usted tiene razón: así va ello».
+
+[Ilustración]
+
+
+
+
+CAPÍTULO II
+
+ ¿Dónde estás, señora mía,
+ Que no te duele mi mal?
+ O no lo sabes, señora,
+ O eres falsa y desleal.
+
+ (_Romance autógrafo_).
+
+
+Uno de los infinitos y más agradables privilegios que el género
+romántico concede a los que lo cultivan es el de decir las cosas cuándo
+y cómo les viene a cuento, dispensándolos de la prolija obligación
+de empezar una historia por su principio, de referir hasta las veces
+que el protagonista fue azotado por el _dómine_ en su infancia, y de
+seguirle paso a paso en el discurso de su vida sin hacer gracia al
+lector de uno solo de sus pensamientos, por insignificante y necio que
+parezca.
+
+El autor romántico, como que puede hacer todo aquello a que su ingenio
+alcance, cuando no más, se ríe del orden cronológico; su fin es unas
+veces divertir, otras horrorizar, pero siempre inspirar interés, y
+usando en toda su latitud de aquella máxima de no sé qué autor, que
+establece que _el fin santifica los medios_, sigue el camino que
+su fantasía le dicta, despreciando reglas, hollando preceptos, y
+preguntando solo a sus oyentes: «¿Se divierten ustedes? ¿Sí? Pues
+bueno va».
+
+En uso de mis facultades, y como ejemplo práctico, he puesto el exordio
+de este capítulo, con el cual respondo de antemano a la objeción
+que sin duda me hará la crítica clásica de andar algo descosido en
+mi novela, y hago solemne protesta de que por ahora, y siempre que
+me convenga, seré romántico, reservándome empero refugiarme en el
+clasicismo cuando las circunstancias lo exijan.
+
+Poco más fastidiado que deberá estarlo el que ahora me lea con la
+impertinente disertación que precede, se hallaba don Juan de Vargas
+en el mismo paraje y situación en que le dejamos al fin del capítulo
+anterior, esperando con ansia el resultado de una conferencia que
+indudablemente se estaba celebrando a pocos pasos de él, pues el rumor
+de varias voces, aunque vagas, hería sus oídos.
+
+Pareciole al cautivo que los que hablaban no pasarían de cuatro o
+cinco personas, y entre ellas creyó distinguir el eco de una que debía
+serle conocida; pero como su turbación no permitiese que recordara
+entonces quién era, se persuadía a que aquel hombre podría muy bien
+tener semejanza en la voz con algún conocido suyo, y serle sin embargo
+enteramente extraño.
+
+Después de hablar un rato en voz tan baja que nada de su conversación
+pudo percibir don Juan, animándose la discusión, uno exclamó en tono
+más desagradable, aunque lo que decía y con acento gallego, o muy
+parecido a él:
+
+—Mateislu.
+
+Toda la sangre se le heló en las venas al hermano del marqués al oír
+tan terrible sentencia.
+
+—Sí, sí —dijeron a un tiempo dos o tres de los que conferenciaban.
+
+—Es lo más seguro —exclamó el que había hablado a Vargas, y estaba
+entonces sujetándole en el escaño.
+
+Y acompañó su exclamación con un movimiento del brazo derecho, que
+a pesar de estar cubierto no pudo menos de distinguir el preso,
+quien, dándose ya por muerto, hizo mental y fervorosamente un acto de
+contrición.
+
+—Teneos —gritó entonces la voz que a Vargas le parecía conocer—,
+teneos. ¿Quién os ha dado derecho para disponer de la vida de ese
+hombre?
+
+—Nuestra seguridad lo exige —replicó ásperamente el de las ruinas.
+
+—Mateislu —volvió a decir el que hizo la proposición.
+
+—Os lo prohíbo —insistió el piadoso—; no tenéis facultad para ello.
+Solo Dios es árbitro de la vida de los hombres.
+
+—Y el rey —contestó una voz que hasta entonces no se había oído.
+
+—Sí, sí, y el rey —repitieron todos a coro.
+
+—Bien —dijo el defensor de Vargas—, y el rey; esperemos su decisión,
+y tiemblen todos su justicia si se atreven a tocar en ese mancebo sin
+orden suya.
+
+—Esperemos norabuena.
+
+—Esperemos.
+
+—Esperemos.
+
+Y el silencio más completo volvió a establecerse en torno del preso.
+
+El primer movimiento de este fue dar gracias a Dios por haberle
+libertado de tan grande peligro, deparándole en medio de aquellos
+forajidos un alma compasiva que intercediese por él. Pero concluido
+este acto de piedad, y tranquilo ya por su vida, empezó a reflexionar
+sobre la última parte de la discusión que sobre su suerte acababa de
+tener lugar, y cuanto más meditaba menos la comprendía.
+
+Un salteador de caminos, estableciendo que solo Dios tiene derecho a
+quitar la vida a los hombres, y los demás tan celosos por el monarca
+que al momento le replican que también es el de dar muerte uno de los
+derechos del rey, a la verdad son cosas no muy comprensibles si no se
+toman en sentido crónico; pero que para disponer de la suerte de un
+caballero que está en sus manos esperen los ladrones la resolución del
+rey, era lo que volvía loco a don Juan, y hubiera enloquecido también a
+cualquiera.
+
+Tal vez si la cuestión se le hubiese propuesto siendo otro el paciente,
+y estando él tranquilo en casa de su hermano, hubiera atinado con la
+única solución racional que podía dársele, y era la de suponer que
+los ladrones llamaban rey al forajido que los mandaba, y que tal vez
+estaría ausente; pero como, a la verdad, la situación de Vargas no era
+la más a propósito para acertar enigmas, daba vueltas y más vueltas al
+asunto, y cada vez lo entendía menos.
+
+Diremos sin embargo, en defensa de su ingenio y honor de la verdad, que
+no le era fácil hacer raciocinio alguno seguido, pues la ignorancia en
+que estaba sobre la suerte de Inés le afligía aún más que su propio
+peligro.
+
+La última y lejana campanada del reloj de la villa acababa de sonar
+las nueve de la noche cuando distrajo a don Juan de sus reflexiones
+el ruido que al levantarse de los asientos que ocupaban todos los
+salteadores, a excepción de sus dos guardianes, que permanecieron
+inmóviles.
+
+—El rey —se oyó decir en voz baja todo alrededor.
+
+«¡El rey!», exclamó para sí don Juan. «¡El rey! ¿Si estaré soñando?».
+
+—Caballeros —empezó a decir una voz todavía más familiar a los oídos de
+Vargas que la del que primero hemos hablado, pero reparando sin duda en
+el prisionero, se interrumpió, exclamando—: ¿Qué es esto?
+
+—Yo lo diré, señor —contestó el que había intercedido por nuestro
+caballero; y el ruido de sus pasos anunció que se acercaba el recién
+venido para enterarle sin duda de lo que había pasado.
+
+Después de un breve rato dijo riéndose el que don Juan suponía ser el
+llamado rey:
+
+—Yo lo sabía; pero se me olvidó advertíroslo. ¡Buen susto habrán
+pasado! ¡Coello!
+
+—¿Señor? —respondió el de las ruinas.
+
+—Venid.
+
+—¿Y este hombre?
+
+—Dejadlo, con Sousa basta.
+
+Entonces obedeció Coello, y Vargas pudo disponer de su brazo derecho;
+mas conociendo que habría temeridad en intentar retirarse, resolvió
+someterse pacientemente a su suerte, y permaneció tranquilo.
+
+Poco tardó en volver Coello a su puesto, y decir:
+
+—Soltad, señor Sousa, a ese caballero. Señor don Juan de Vargas, poned
+la mano derecha sobre el puño de vuestra espada.
+
+—Está puesta.
+
+—Levantaos.
+
+—Ya estoy en pie.
+
+—¿Juráis, por el signo de nuestra redención, por Dios y su Santísima
+Madre, y prometéis a fe de caballero sobre vuestro honor, que si os
+permitiese salir de aquí, sano y salvo, jamás revelaréis de manera
+alguna la menor circunstancia de cuanto acaba de pasaros?
+
+—Antes de jurar me es fuerza hacer una pregunta, señor...
+
+—Que diga.
+
+—Decid.
+
+—En el mismo paraje en donde me habéis sorprendido, estaba en mi
+compañía una dama...
+
+—Está segura, tranquilizaos.
+
+—¿Quién me lo asegura?
+
+—¿Bastará —dijo el que mandaba—, bastará que ella os lo diga?
+
+—Sí —contestó Vargas después de algunos instantes de reflexión.
+
+Separose Coello de Vargas, y al cabo de algunos minutos volvió
+acompañado de Inés, quien, dirigiéndose a su amante, le dijo:
+
+—Don Juan, no temáis por mí, segura estoy. Jurad lo que os han dicho y
+retiraos.
+
+—Inés, no me engañéis. Si hay el menor peligro...
+
+—Ninguno, os lo protesto. Jurad, siquiera por que yo os lo ruego.
+
+—Repetid lo que queréis que jure.
+
+Hízolo así Coello, y don Juan juró. Concluido este acto, el mismo
+Coello, asiéndole de la mano, le mandó que le siguiese, y echando ambos
+a andar, y sin saltar zanja ni subir más de una escalera, se halló
+Vargas en el mismo paraje en que fue sorprendido. Quitole Coello la
+capa que le cubría la cabeza, y retirándose precipitadamente, sin que
+su prisionero supiese por dónde, le dejó enteramente libre.
+
+La tormenta había pasado, la luna, abriéndose paso al través de algunas
+nubes que aún quedaban, iluminaba la campiña, que aún conservaba cierto
+aspecto melancólico y abatido, y el silencio no era interrumpido por
+sonido alguno.
+
+Don Juan necesitó de algunos minutos para recobrar enteramente sus
+sentidos, y aún no muy sosegado salió de las ruinas, con ánimo de irse
+a pie hasta Madrigal; mas con harta sorpresa suya veía su caballo atado
+al mismo árbol, y en la misma forma que lo había puesto él por la
+tarde, sin que faltase nada de cuanto encima tenía.
+
+Montó, pues, y en breve tiempo llegó al mesón, donde su fiel Pedro le
+estaba esperando.
+
+[Ilustración]
+
+
+
+
+CAPÍTULO III
+
+ Vivir con ella en ignorado asilo,
+ Sus sienes coronar de mirto y rosa,
+ Y una mirada dulce, cariñosa,
+ En premio recibid de mi desvelo,
+ Es mi sola ambición, mi solo anhelo.
+
+ (_Oda inédita_).
+
+
+La mala cama, el ruido de las caballerías y, más que todo, su agitación
+no permitieron a Vargas disfrutar en la posada de un solo instante de
+reposo.
+
+Representábanse sin cesar en su fantasía las escenas del principio
+de la noche, y el peligro que acababa de correr le parecía aún mayor
+después de pasado que cuando en él se hallaba, sucediéndole lo que
+al caminante que a fuerza de penas logra verse en lo más alto de
+una escarpada roca, que ya en su cima se horroriza contemplando el
+precipicio a cuya orilla pasó.
+
+Pero lo que más le mortificaba era cierto escrúpulo de conciencia sobre
+haber creído ligeramente en la seguridad de Inés, que sin cesar se le
+ocurría. En vano se recordaba a sí mismo la absoluta imposibilidad
+de defender a su querida en que se hallaba cuando se le exigió el
+juramento que prestó para obtener su libertad; en vano la misma Inés
+le había rogado que jurase. A todas sus reflexiones se decía: «Yo debí
+morir a su lado o salvarla conmigo».
+
+En estos pensamientos le sorprendió el alba y, apenas el primer rayo de
+luz penetró en su aposento, se vistió apresuradamente y envuelto en una
+gran capa, con su sombrero de ala ancha calado hasta las cejas, se puso
+en la calle.
+
+Dirigiose inmediatamente a la pastelería, que como de razón encontró
+cerrada. Cediendo a su impetuosidad iba a llamar a la puerta, pero por
+fortuna suya cuando ya tenía el aldabón en la mano le detuvieron el
+brazo por detrás.
+
+—¿Quién se atreve a ponerme la mano encima? —dijo Vargas lleno de
+cólera y sacando al mismo tiempo la daga.
+
+—Yo, señor don Juan.
+
+—Fray Miguel, ¿y con qué derecho? Seguid vuestro camino, y dad gracias
+a ese hábito si no lleváis el premio que merece vuestra insolencia.
+
+—Caballero, vuestra cólera ni me asusta ni me enoja; sois mozo y
+soldado; yo anciano y religioso. ¿Qué gloria ni qué provecho os
+reportaría el maltratarme?
+
+—Padre mío, conclúyase la conversación; siga vuestra paternidad por
+donde iba, y déjeme a mí acudir a mis negocios, que, por Dios santo, no
+estoy para sermones.
+
+Y al concluir estas palabras volvió a asir el aldabón; mas fray Miguel
+se opuso también segunda vez a sus intentos.
+
+—Fraile, o demonio en figura de tal, ¿has salido del averno solo para
+precipitarme? Retírate al momento, o te mato si mil vidas tuvieras
+—exclamó Vargas loco ya de furia, y desembozándose enseñó la daga
+desnuda al vicario de Santa María.
+
+Mas este, impávido, sin mudar siquiera de color y permaneciendo inmóvil
+delante de la puerta de Gabriel de Espinosa, le contestó mostrándole el
+pecho:
+
+—Herid, señor don Juan de Vargas, herid norabuena si tan ciego estáis
+que desconozcáis no solo vuestros propios intereses, sino los de la
+persona misma a quien queréis servir. Sacad de esta vida miserable a un
+hombre que, resignado con la voluntad de Dios, siempre está pronto a
+comparecer ante su trono; pero creedme: de no pasar sobre mi cadáver,
+no cometeréis ahora la imprudencia de llamar a esta puerta.
+
+La sangre fría de fray Miguel, su tono solemne, y la firme decisión que
+en su rostro se mostraba de llevar adelante su propósito, paralizaron
+los efectos de la cólera de Vargas: con los brazos caídos, baja la
+cabeza, y oído atento, escuchó cuanto el fraile quiso decirle, y aun
+después de haber concluido aquel de hablar permaneció algún tiempo en
+silencio.
+
+—Fray Miguel, he andado sobradamente ligero, lo confieso; pero vuestra
+paternidad me ha provocado. Sea como quiera, respeto vuestro carácter,
+y voy a daros una prueba de ello sometiéndome a hacer explicaciones
+que a nadie debo. Si presumís que mi venida a esta casa tiene algo de
+hostil, os engañáis. Deseo solo saber que una persona de ella...
+
+—¿Inés?
+
+—Sí, Inés: puesto que lo habéis dicho, deseo saber si está en su casa.
+
+—Lo está.
+
+—¿Quién os lo ha dicho?
+
+—Yo la he visto.
+
+—¿Cuándo?
+
+—Anoche.
+
+—¿A qué hora?
+
+—A las diez de ella.
+
+—¿No me engañáis?
+
+—Mancebo, estas canas y este hábito ¿merecen por ventura tan injuriosa
+desconfianza?
+
+—No, fray Miguel. Dadme esa mano: seamos amigos.
+
+—Yo lo soy vuestro más de lo que pensáis, señor don Juan, y voy a daros
+pruebas de ello si tenéis la bondad de seguirme.
+
+—Vamos. Pero permitidme que os pregunte cómo, a hora en que nadie anda
+por las calles, os halláis vos en ella.
+
+—Señor don Juan, el temor que tenía de que usted intentase lo que ha
+tratado de hacer.
+
+—¿Pues cómo podrá vuestra paternidad sospecharlo cuando yo mismo no he
+formado el designio de visitar a Gabriel hasta hace media hora?
+
+—¿Y de qué servirían mis años y mi experiencia si no pudiera yo preveer
+las acciones de un hombre apasionado antes que él mismo? Yo he sido
+joven como usted, señor caballero, antes de vestir este hábito; también
+las pasiones me han atormentado.
+
+—Norabuena; pero ¿qué antecedente tenía usted, padre vicario, para
+creerme desasosegado por Inés?
+
+—¿Qué antecedente? El habérmelo dicho ella misma.
+
+—¿Ella? ¿Y os ha dicho que...?
+
+—Me ha dicho que la amáis, que os ama.
+
+—Fray Miguel, si tratáis de sorprenderme, os habéis engañado; yo no...
+
+—Deteneos, que yo no os pido que confeséis ni neguéis cosa alguna: voy
+simplemente a referiros lo que Inés me ha dicho. Se reduce, pues, a
+que entre ambos median relaciones amorosas, y que ayer en una cita
+las circunstancias fueron tales que al separarse de vos debía quedaros
+alguna inquietud por ella. La pintura que en seguida me hizo del
+carácter vehemente del señor don Juan de Vargas, y el conocimiento que
+yo tengo del de Espinosa...
+
+—¿Conque le conocéis?
+
+—Sí, le conozco: dejadme concluir. Temí, pues, el paso que queríais
+dar, del cual no hubierais sacado más fruto que comprometer a vuestra
+amada. Ved aquí por qué, a pesar de esa capa y ese sombrero, os he
+conocido.
+
+Calló el fraile, y Vargas, perdido, por decirlo así, en su laberinto de
+conjeturas, no acertó tampoco a decir palabra hasta hallarse dentro del
+monasterio y en la celda del vicario.
+
+En ella hizo su dueño los honores a don Juan con toda cortesía, y
+sentados ambos volvió a tomar la palabra el vicario.
+
+—En vista de la manera con que esta mañana han sido recibidos mis
+buenos oficios, tal vez, señor don Juan, debiera yo abstenerme de
+mezclarme en asuntos ajenos. Pero mi deber, como ministro del altar,
+es sacrificarme por conservar la paz en las familias, y además,
+por razones que tal vez antes de mucho podrán ser públicas, estoy
+particularmente interesado en el negocio en que vamos a hablar. Será
+preciso, pues, que se me escuche con paciencia.
+
+—Contad con ella, fray Miguel, y decid cuanto se ocurra —contestó
+Vargas reprimiendo a duras penas la expresión del enojo que tantos
+exordios y preñeces le causaban.
+
+—Usaré de esa licencia —repuso el vicario— y procuraré ser breve.
+Vuestro nacimiento es ilustre, y yo me complazco en creer que no
+trataréis de oscurecer su nobleza con acción ninguna que de él desdiga.
+
+—Padre vicario, no habléis más de eso: nadie ha dudado hasta hoy de la
+honradez de los hijos de mi padre, y...
+
+—No se exalte, que tampoco dudo yo; lo que he dicho ha sido solo para
+haceros conocer el inminente peligro en que una loca pasión os pone.
+
+—Mi pasión no es loca.
+
+—Sí lo es; y lo probaré. ¿Conocéis a Inés?
+
+—¿Si la conozco? Mejor que a mí mismo. Bella, sensible, generosa,
+honrada, y de nobles pensamientos, Inés ha nacido para ocupar un trono.
+Sí la conozco, fray Miguel; y el día que la conocí decidió del destino
+de mi vida entera.
+
+—Joven infeliz, si eso es así, os compadezco.
+
+—¿Y por qué? Si amo, también soy amado: en breve un lazo santo nos
+unirá.
+
+—Os engañáis.
+
+—¿Y quién se atrevería a oponerse a la firme voluntad de ambos? ¿Quién
+mientras Vargas tenga brazo y espada le impedirá que sea esposo de
+Inés? La familia de Vargas no podrá impedirlo, yo os lo fío.
+
+—¿Y Gabriel?
+
+—¿Tiene ese hombre más de una vida?
+
+—¿Paréceos el homicidio buen camino para llegar a la felicidad?
+
+—No sé, ni quiero saber más que Inés ha de ser mía.
+
+—La pasión es quien habla, don Juan, no vos. Atendedme os ruego.
+Dejemos por un momento a Gabriel a un lado, y hablemos de vos solo y
+de vuestra familia. De Inés, como ella misma os ha dicho, nada más
+conocéis que el nombre.
+
+—Y el alma.
+
+—Creéis conocerla, y tal vez...
+
+—Tal vez arrancaré la lengua al que fuere osado a ponerla en la que
+adoro.
+
+—No es ese mi ánimo. Pienso como vos.
+
+—Inés es capaz de hacer feliz a su marido. ¿No es verdad, padre mío?
+
+—Así lo creo, pero Inés hoy es muy poco para ser vuestra esposa; mañana
+tal vez será demasiado.
+
+—No os entiendo a fe mía.
+
+—Ni yo puedo explicarme más.
+
+—Norabuena. Cuantos me hablan de algún tiempo a esta parte lo hacen
+misteriosamente; ya me voy habituando. Continuad, padre.
+
+—Si vuestra familia llega a saber los proyectos que formáis, ¿cuál será
+el resultado? Una persecución violenta caerá sobre la infeliz Inés; y
+esta no cesará hasta que se la ponga en posición que os sea imposible
+llegar a ella. Un matrimonio clandestino, Inés no consentirá en él;
+vivid seguro de ello. ¿Qué partido os queda?
+
+—Casarme hoy mismo con ella, y hoy mismo huir con ella a país
+extranjero.
+
+—Y allí, sin recursos de ninguna especie, don Juan de Vargas mendigará
+el sustento para él y su esposa, ¿no es cierto? La miseria y cuantos
+males la acompañan son el presente que vuestro amor quiere hacer a la
+mujer que idolatráis. Don Juan, por ella y por lo mismo escuchad la voz
+de la razón: es forzoso que renunciéis a Inés.
+
+—Antes morir mil veces.
+
+—Mancebo, corréis a vuestra perdición.
+
+—¿Qué importa? Sin ella no puedo ser nunca feliz; esto es cierto,
+ciertísimo, fray Miguel.
+
+—Señor don Juan, este negocio es harto ajeno de mis años y mi carácter;
+pero me intereso tan de veras por Inés y por vos, que consiento tomarlo
+a mi cargo si me prometéis no dar en él paso ninguno sin anuencia mía.
+
+—¿Y vuestra paternidad me promete que no abusará jamás de mi confianza
+para alejarme de Inés?
+
+—¡Qué suspicacia! Sí, prometo.
+
+—Pues yo también.
+
+—Está dicho. Un solo medio hay por el que tal vez podéis llegar a ser
+esposo de Inés.
+
+—¡Ah! Decid cuál, y veréis que estoy pronto.
+
+—Exige de vuestra parte grandes sacrificios.
+
+—Ninguno habrá que me lo parezca siendo por ella.
+
+—Exponeros a riesgos inminentes.
+
+—Más de una vez he expuesto ya el pecho a las balas.
+
+—Son también necesarios la paciencia...
+
+—Tendré la de un santo.
+
+—La sumisión...
+
+—Seré un esclavo.
+
+—El silencio.
+
+—Callaré como un muerto.
+
+—Todo os parece fácil ahora.
+
+—A la prueba me remito.
+
+—Acepto la promesa.
+
+—¿Pero Inés será mía?
+
+—Tal vez.
+
+—¿Tal vez no más?
+
+—Vuestra será.
+
+—Sois mi ángel tutelar.
+
+Y el pobre fraile se vio abrazado, besado, acariciado de todas las
+maneras posibles, y a pesar de su gravedad, no pudo menos de sonreírse
+y enternecerse con el entusiasmo de Vargas.
+
+Más fácil es imaginar que describir el extraño grupo que formaban un
+fraile anciano y un caballero mozo, estrechamente abrazados y llorando
+como dos chiquillos.
+
+Vargas, enajenado de gozo, fray Miguel, enternecido, se miraban el uno
+al otro con una expresión tan singular, tan dulce, que más parecían
+padre e hijo que dos extraños.
+
+En esta situación los sorprendió Gabriel de Espinosa, que sin pedir
+licencia ni llamar, abrió la puerta de la celda y entró en ella como
+pudiera hacerlo en su casa.
+
+Iba el vicario a levantarse de su asiento, mas a una seña del pastelero
+permaneció tranquilo.
+
+—Fray Miguel de los Santos, guárdeos el cielo —dijo Espinosa con el
+mismo tono de voz que ya le había oído don Juan cuando le vio por
+primera vez. Pero entonces no se desmayó el fraile, sino que haciéndole
+una reverencia, le respondió:
+
+—Señor Gabriel, él venga con vos.
+
+Al escuchar el saludo del pastelero, Vargas se estremeció sin saber
+él mismo por qué. Verdad es que aun cuando don Juan pasó en casa de
+Espinosa más de quince días para curarse de la herida que recibió en la
+pradera, puede decirse que apenas le vio.
+
+Pasábanse en efecto los días enteros sin que Gabriel entrase en la
+habitación que ocupaba su huésped, y cuando lo hacía era por pocos
+minutos, limitándose su conversación a preguntar por la salud del
+enfermo y desearle un pronto restablecimiento.
+
+Tan extraña conducta no pudo menos de llamar la atención del hermano
+del marqués; pero a cuantas preguntas hizo a Inés sobre la materia
+jamás oyó otra respuesta que la de que aquel hombre era de carácter
+naturalmente áspero y oscuro.
+
+Por otra parte, Vargas, continuamente en compañía de Inés, y enamorado
+hasta no más de ella, no echaba mucho de menos la sociedad de Gabriel:
+de manera que cuando llegó el caso de volverse a Valladolid, sus
+relaciones con él eran poco más o menos las mismas que el primer día de
+haberse visto.
+
+No había, pues, entre ambos la mayor intimidad, y no sabía don Juan,
+en la ocasión de que hablamos, cómo tratarle; pero Espinosa zanjó
+la dificultad llegándose a él con aire afable, aunque sobradamente
+familiar, y diciéndole:
+
+—¿Pues cómo, señor don Juan de Vargas, vos en Madrigal, y no en mi casa
+que tan vuestra es?
+
+Tomó entonces fray Miguel la palabra, y contestando por Vargas, dijo
+que al llegar este a la villa, aquella misma mañana, le había él
+encontrado y llevado consigo, sin darle lugar a otra cosa. Con esto
+tuvo don Juan el tiempo suficiente para recobrarse, y contestando al
+cumplimiento del pastelero con no menos cortesanía que la suya, la
+conversación se hizo general, fácil e indiferente.
+
+Ya en esto se acercaban las ocho de la mañana, hora en que el vicario
+decía diariamente la misa, y con este motivo se retiró a hacer oración
+para prepararse a celebrar dignamente tan santo sacrificio.
+
+Quedáronse, pues, solos don Juan y Espinosa, y este manifestó en la
+conversación un talento tan claro, tan vasta instrucción, y sobre todo,
+un conocimiento de los hombres que sorprendió a Vargas.
+
+Hizo don Juan caer la conversación sobre la política de la época, y el
+pastelero en breve le manifestó que estaba muy al corriente de ella.
+
+Habló de toda España, de Italia y de Flandes, como hombre que todo lo
+había corrido, y con aprovechamiento. Los asuntos de Portugal los tocó
+ligeramente, y esto lo atribuyó Vargas al justo temor que entonces se
+tenía de tratar semejante materia, pues Felipe no consentía sobre ella
+la menor discusión.
+
+Como quiera que fuese, el hecho es que cuando se trató de ir a oír la
+misa, Vargas estaba prendado del pastelero, y lleno de asombro de que
+un hombre de oficio tan bajo tuviese tal instrucción y discernimiento.
+Lo que únicamente le disgustaba en él era cierto aire de iniciativa y
+decisión que tomaba en las conversaciones. Decía en efecto las cosas no
+como quien anuncia una opinión, sino a manera de axioma. Si el oyente
+le replicaba, solía satisfacer a su objeción con fuerza y brevedad;
+pero si aun se le oponían, cesaba de hablar, arrugaba el ceño, y ya no
+era posible hacerle volver a entrar en materia.
+
+Este proceder tan contrario a lo que su oficio prometía; su ninguna
+aplicación al trabajo; su amistad con fray Miguel, y sobre todo, Inés
+tan dama, tan llena de honrado orgullo, persuadieron a don Juan de que
+en la historia de aquel hombre se encerraba algún extraño misterio, y
+que de él dependían todas las reticencias que notaba en su querida y en
+el vicario.
+
+A juzgar por las apariencias, no iba en esto Vargas muy descaminado;
+mas, mirando el asunto más despacio, no parece que fuese cosa
+extremadamente sorprendente el que un hombre de baja esfera viajase
+mucho, pues al cabo pasteleros en todas partes los hay. Los misterios
+de Inés y los del vicario eran a la verdad incomprensibles; pero por lo
+mismo, todo cálculo fundado sobre ellos debía ser de ningún valor.
+
+Acabada la misa, el vicario, Vargas y Espinosa tomaron chocolate juntos
+en la celda del primero, y ya terminado el desayuno pidió licencia fray
+Miguel a don Juan para tratar con él de cierto asunto de la comunidad.
+
+Vargas se retiró inmediatamente, y ofreciendo volver en breve a verse
+con el vicario, tomó, casi sin saberlo, el camino de la pastelería.
+
+Entró en ella, y en la tienda le recibió el mulato con toda la
+afabilidad que en él cabía, y era sobre poco más o menos la de un perro
+de presa, que si no muerde a su amo, no deja tampoco de enseñarle los
+dientes.
+
+—Domingo —dijo don Juan—, ¿y tu ama?
+
+—¿Qué ama?
+
+—Inés. ¿No está en casa?
+
+—No.
+
+—¿Adónde ha ido?
+
+—No sé.
+
+—¿Y volverá pronto?
+
+—No sé.
+
+—¿Hace mucho que ha salido?
+
+—No sé.
+
+—¿Pero cómo no has de saber cuánto tiempo hace que se marchó?
+
+—No sé. Ya he dicho que no sé. ¿A qué viene tanta pregunta?
+
+Como Vargas conocía el carácter de Domingo, no se obstinó en hacerle
+más preguntas, y aunque como buen enamorado estaba lleno de impaciencia
+por saber de su dama, no quiso proseguir un interrogatorio que
+indudablemente había de ser inútil.
+
+Trataba sin embargo de buscar medio para ver a Inés, cuando
+inesperadamente se abrió una de las puertas que comunicaban de lo
+interior de la casa a la tienda, y entró en esta una niña de tres
+a cuatro años de edad, en cuyas facciones se notaba una semejanza
+extraordinaria con las de Inés. La única diferencia que entre ambos
+rostros había era el de ser algo menos fiera y mucho más dulce la
+expresión habitual del de la niña que el de la mujer. El color de la
+primera era también más blanco que el de la segunda, pero una y otra
+circunstancia podían muy bien atribuirse, y se atribuían en efecto por
+el vulgo, a las distintas edades de las personas comparadas.
+
+Así que la niña vio a Vargas corrió hacia él, y pagó con un sin número
+de inocentes caricias las infinitas que le hizo el caballero.
+
+—Juanito mío, ¿me quieres todavía? —preguntó a don Juan.
+
+—Sí, hija mía, más que nunca. ¿Y tú a mí, Clarita?
+
+—Mucho, mucho.
+
+—Me alegro; pero ¿qué tienes? ¿Estás llorosa?
+
+—Sí, he llorado.
+
+—¿Y por qué has llorado, ángel mío?
+
+—Porque tía Inés se ha ido y no me ha querido llevar.
+
+—¡Hay tal! Déjala que venga, verás cómo le reñimos.
+
+—Si ya no viene.
+
+—¿Qué dices, Clarita?
+
+—Que ya no viene en mucho tiempo.
+
+—¿Quién te lo ha dicho?
+
+—Papá.
+
+—Habrá sido por engañarte. Estará en misa, o a comprarte dulces.
+
+—No lo creas, Juanito. Ha salido en un caballo, y dos señores la han
+ido acompañando.
+
+—¡El cielo me valga! ¿Y cuándo se han ido?
+
+—Esta mañana muy tempranito.
+
+—Vaya, tú me engañas, Clarita.
+
+—No te engaño; mira, y se han ido por la puerta del corral. Tía Inés
+lloraba, y papá estaba tan serio, tan serio, ¿sabes?
+
+—¿No sabes dónde ha ido?
+
+—No, pero muy lejos. Ya se lo diré a la señora, que me hacen rabiar.
+
+Estas últimas palabras de la niña ya no las escuchaba don Juan, a quien
+la sorpresa y disgusto embargaban los sentidos, y tenían como fuera de
+sí.
+
+Viendo Clarita que su Juanito, como ella decía, no contestaba, alzó
+el rostro para mirarle, y viéndole encendido como una grana, y con
+los ojos que parecían iban a saltársele del cráneo, fue tanto lo que
+se asustó, que inmediatamente saltó desde sus rodillas, en que estaba
+sentada, al suelo, y se echó a llorar amargamente.
+
+El mulato se acercó al instante, y con el ruido del llanto, volviendo
+don Juan en sí, acudió a ver qué ocurría.
+
+—¿Qué tienes, niña? ¿Por qué lloras? ¿Por qué te has enojado conmigo?
+No, inocente, no; vamos, calla. Si sabes que te quiero. Un poco de agua
+para esta criatura, Domingo.
+
+Este, que parecía conmovido, trajo un vaso de agua, y poniéndose de
+rodillas presentó a la niña en la mano; pero Clarita, apartándole de sí
+con mucho despego, le dijo:
+
+—Yo no bebo sin salvilla, Domingo.
+
+—Déjate ahora de eso —replicó Vargas—, bebe.
+
+—No, no; papá y la señora no quieren.
+
+Domingo, sin replicar palabra, echó una mirada en rededor de sí, y no
+viendo con qué suplir la falta de la salvilla, echó mano de su propio
+sombrero, y colocándolo debajo del vaso se volvió a acercar a Clarita,
+quien, a fuer de niña, celebró con una sonrisa la invención del mulato
+y bebió.
+
+Vargas en seguida la dio un beso, y prometiendo volver pronto echó a
+andar para el monasterio, resuelto a adquirir de un modo o de otro
+noticias de su Inés.
+
+Pero el destino lo tenía ordenado de otra manera. Ni el fraile ni el
+portero estaban en la celda, ni en parte alguna del monasterio.
+
+No por esto perdía don Juan la esperanza. Volviose al mesón, mandó
+ensillar los caballos, y montando, seguido de su criado, emprendió
+nada menos que correr todas las cercanías de la villa, con objeto de
+descubrir la dirección que habían tomado Inés y los dos hombres que
+según Clarita la acompañaban.
+
+En esta penosa faena emplearon todo aquel día amo y criado. Aquí se
+hacía un labriego estúpido repetir veinte veces una pregunta, que al
+cabo no comprendía. Más allá les contaban un cuento muy largo para
+decirles que tres días antes habían pasado por aquel paraje unos
+arrieros, pero que nada habían visto de lo que se les preguntaba.
+
+En resumen, a las oraciones no sabía Vargas otra cosa más que lo que
+le dijo un trabajador, de que estando en las viñas había visto a lo
+lejos tres caballerías; que en las dos de los costados le parecían iban
+caballeros dos hombres, pero que en la del medio no distinguió más que
+un bulto negro o carga. Lo único que el trabajador aseguró fue que se
+dirigían por el camino de Medina del Campo.
+
+Esta noticia era bien escasa y vaga. Lo natural hubiera sido volverse a
+Madrigal y tomar informes de fray Miguel, pero la impaciencia de Vargas
+no conoció límites. Así pues, envió a Pedro al monasterio con un
+recado para el vicario, suplicándole que valiéndose del mismo conducto
+le hiciese saber por escrito lo que pudiese sobre el viaje de Inés, y
+él continuó el suyo para Medina.
+
+[Ilustración]
+
+
+
+
+CAPÍTULO IV
+
+ Hagamos un esfuerzo generoso,
+ Algún auxilio en nuestro mal busquemos;
+ Si el cielo nos le niega, perezcamos,
+ Que menos malo, y doloroso menos,
+ Es de una vez el renunciar la vida,
+ Que ser esclavos y existir sufriendo.
+
+
+Cuatro leguas de Castilla que andar en un caballo, cansado ya de correr
+durante un día entero, es pesada tarea, y más para el que aun volando
+hubiera creído andar despacio. Pero, mal que le pese a don Juan, le fue
+menester tardar seis horas en su camino, llegar por consiguiente a su
+destino pasada la media noche, hora en que ya no se veía alma viviente
+por las calles, ni puerta alguna que no estuviera cerrada.
+
+Ni el jinete ni el caballo habían tomado alimento alguno en todo
+aquel día, y uno y otro estaban desfallecidos. Don Juan, con el
+aturdimiento, perdió el tino al ir a la posada en que acostumbraba a
+parar, y cuando después de andar media hora por calles y encrucijadas
+quiso recordar, ya se halló fuera de camino y enteramente desorientado.
+Lo peor del caso fue que a fuerza de dar vueltas se había salido de la
+villa, y estaba, a su parecer, en el extremo opuesto al de su entrada.
+
+¿Qué remedio? Volverse atrás; pero el caballo dijo que no podía más
+y se tendió. Don Juan, que felizmente no recibió lesión alguna en la
+caída, hubo de resignarse a esperar que con el alba pasara algún alma
+compasiva que ayudándole a desembarazar la pierna derecha que tenía
+debajo del caballo le sacase del purgatorio.
+
+Dejamos a la consideración del lector la desesperación, las
+imprecaciones y penas del buen caballero, y por él y por nosotros nos
+apresuraremos a referir cómo salió de tan mala posición.
+
+Empezaba apenas a iluminar el horizonte la dudosa luz del crepúsculo
+cuando el ruido de los pasos de algunos caballos en el extremo de la
+calle en que estaba tendido Vargas le anunció que se aproximaba el
+instante de su libertad.
+
+—¿Qué diablos está haciendo ahí? —preguntó uno de los que venían.
+
+—¿No lo ve, pese a mi vida? —respondió don Juan—: estoy preso debajo de
+este maldito rocín, que Dios confunda.
+
+—¡Ah!, ¡ah!, ¡ah! Y es verdad. Divertido está el buen hombre.
+
+—Lo que importa es que usted, señor hidalgo, me ayude a salir de aquí.
+
+—Vamos de prisa, hermano, no puede ser. Adiós.
+
+—No daré un paso más antes de que se ayude a ese caballero a ponerse
+en pie —dijo en voz baja, pero con firmeza, una mujer que con los
+caminantes iba.
+
+Oído esto, los que la acompañaban sin replicar palabra echaron pie
+a tierra, y en breves instantes pusieron en pie al pobre Vargas.
+Este, a pesar de lo mohíno y maltrecho que se hallaba, se acercó
+inmediatamente a la dama, que permanecía a caballo, y con las más
+corteses expresiones agradeció el favor recibido.
+
+Mientras él hacia su arenga, montaban a caballo los que le habían
+auxiliado, y la dama, aprovechándose para no ser oída de ellos del
+ruido que hacían, dijo en tono apenas inteligible a Vargas:
+
+—El domingo próximo a la oración en el Carmen de Valladolid; si no, el
+siguiente en la ermita de Madrigal.
+
+Dicho esto, sin esperar respuesta, se alejó con viveza, y en
+seguimiento suyo fueron los demás, que eran tres hombres a caballo.
+
+«Es Inés, no tiene duda. El domingo próximo... Bien; ¿pero no sería
+mejor seguirla ahora mismo? Sí, por cierto... El caballo no puede con
+su pellejo... Esperemos, no hay otro remedio».
+
+En ejecución tan loable y necesario proyecto echó Vargas a andar en
+busca de la posada, con la cual dio por fin, no sin trabajo, y por
+aquella vez triunfaron el cansancio y el hambre del amor y la inquietud.
+
+Dejémosle descansar, que bien lo necesita, y veamos cómo Pedro
+desempeñó su comisión.
+
+Inmediatamente que se separó de su amo se dirigió al monasterio, mas le
+fue imposible ver por entonces al vicario, pues se le dijo que en aquel
+momento se hallaba en el locutorio con la señora doña Ana de Austria.
+
+Pedro, paciente como el que más, dijo que estaba bien, que esperaría; y
+en efecto esperó nada menos que dos horas, al cabo de las cuales salió
+de su conferencia fray Miguel, pero no solo, sino acompañado de Gabriel
+de Espinosa.
+
+Como criado en casa de un título de Castilla, y acostumbrado por
+consiguiente a ver desde la infancia observadas rigorosamente las leyes
+de la etiqueta y distinción de jerarquías, no pudo menos de sorprender
+extraordinariamente al sirviente de Vargas que un pastelero gozase
+de tan alto favor, que una persona de sangre real le admitiese en su
+presencia, y nada menos que por más de dos horas.
+
+No tuvo sin embargo tiempo de hacer reflexiones el criado, pues apenas
+le hubo visto el vicario se acercó a preguntarle qué se le ofrecía.
+
+Como Gabriel estaba presente, Pedro no quiso decir el verdadero objeto
+que allí le tenía, y se contentó con decir que su amo le enviaba a
+informarse de la salud de su reverencia.
+
+—Buena, a Dios gracias —dijo Espinosa, riéndose maliciosamente—, muy
+buena: desde esta mañana acá, no ha sufrido alteración. Hermano Pedro,
+desempeñad vuestra comisión, que yo, que soy quien lo impide, me
+apartaré lo suficiente para no oíros, aunque es inútil, pues antes de
+que habléis sé ya lo que vais a decir.
+
+Quedose Pedro al oír estas palabras como petrificado, y como el
+pastelero continuaba mirándole con cierta expresión burlona, y hasta el
+fraile mismo, a pesar de su gravedad, dejaba ver en el rostro no poco
+de mofa, el pobre criado no acertaba a hablar.
+
+Viendo esto, volvió Gabriel a tomar la palabra:
+
+—Andad, Pedro, y decid a vuestro amo que se vuelva a Valladolid, que no
+tardará mucho en tener noticias de la que desea.
+
+Mientras que Espinosa hablaba así, Pedro, recobrando su espíritu y
+llenándose del orgullo que la librea de la casa ilustre de los Vargas
+le inspiraba, se indignó de qué aquel miserable quisiese darle órdenes
+a su noble amo.
+
+—Señor Gabriel —dijo en tono bastante animado—, mi amo el señor don
+Juan de Vargas no me ha dado para vos comisión ninguna, ni sé yo qué
+relaciones pueda un pastelero tener con él para tener la osadía de
+mandarle a decir lo que ha de hacer o no hacer.
+
+En tanto que hablaba Pedro se obró en la fisonomía de Espinosa una
+revolución completa. A la expresión irónica sucedieron instantáneamente
+la gravedad, el desprecio y la cólera.
+
+Sus cejas largas y pobladas se unieron por un movimiento de contracción
+en los músculos de la frente; los ojos le brotaban fuego, los labios
+se le pusieron lívidos, y los dientes empezaron a chocar entre sí con
+violencia.
+
+—Es claro —exclamó, no pudiendo ya contenerse—: calla, o pagas con la
+vida tu atrevimiento.
+
+Y hablando así echaba mano a la daga de que ya hemos hecho mención.
+
+Pedro, que no era cobarde, y también llevaba una especie de cuchillo
+de monte, lo empuñó para defenderse, y sabe Dios cuál hubiera sido
+el resultado de aquella escena, a no haber interpuesto el fraile su
+mediación.
+
+—¡Qué imprudencia, señor, qué imprudencia! —dijo, dirigiéndose al
+pastelero—. ¿Sabe acaso con quién habla?
+
+—Tenéis razón; pero esto ya es insufrible. Prefiero mil veces la muerte
+a vivir así envilecido.
+
+—No está lejos el día. Y vos, Pedro, retiraos, y dad a vuestro amo de
+mi parte el recado que habéis oído de boca del señor Espinosa.
+
+Obedeció el criado, pero no fue sin extremada repugnancia y mayor
+admiración.
+
+«Este Gabriel —iba diciendo entre sí—, Dios me lo perdone, pero no
+puede ser cosa buena; y el padre, el padre, fuera de la corona, tampoco
+me fío mucho de él. Dios quiera que no le den que sentir a mi pobre
+amo. En fin, yo soy mandado; con obedecer cumplo, y sea lo que Dios
+quiera».
+
+—Fray Miguel —dijo gravemente Espinosa después que Pedro se hallaba a
+suficiente distancia para no poder oírlo—, ya lo veis, es preciso que
+terminéis de una vez.
+
+—Señor...
+
+—Hablad con Espinosa.
+
+—Pues bien, señor Espinosa, usted sabe que no se perdona medio para
+llegar al deseado término. La señora doña Ana...
+
+—No hablemos de ella: ¡ojalá todos tuvieran su celo!
+
+—Yo...
+
+—Estoy satisfecho de vuestros servicios.
+
+—Ahora los demás...
+
+—Los demás, los demás, en todos hay morosidad, tibieza, y miedo sobre
+todo. Felipe y su Inquisición hacen temblar a los que yo tenía por más
+valientes.
+
+—Cierto es que así sucede; pero no por eso debemos desalentar.
+
+—Gracias a los sacrificios que la señora doña Ana está pronta a hacer,
+habrá fondos con que hacer frente a los primeros gastos.
+
+—Yo no quiero que doña Ana se desprenda de sus alhajas.
+
+—Sin embargo, es indispensable que así sea, so pena de renunciar para
+siempre a lo que de derecho es del señor Gabriel de Espinosa. La
+comunicación con nuestros amigos de Portugal es tan difícil, que raya
+en lo imposible. Los agentes del monarca español tienen minada toda la
+nación, y, dolor da decirlo, hay portugueses tan viles, que les sirven
+de espías. Usted sabe tan bien como yo las inmensas dificultades que
+han tenido que vencer los pocos que hasta aquí han llegado, y que estos
+vienen en estado de no poder contribuir más que con su persona. Cuanto
+había ilustre y amigo de usted en aquel reino ha sido proscrito, ya con
+un pretexto, ya con otro, y si alguno se ha salvado maravillosamente
+del naufragio común, se halla más en disposición de necesitar auxilio
+que de prestarlo. Todo esto es notorio a usted; tampoco se oculta a su
+penetración que son muchas las razones que le autorizan; y más diré, le
+obligan a aceptar las ofertas de la señora doña Ana. Señor, no hacerlo
+desde luego no solo es desacertado, sino criminal.
+
+—¡Criminal, fray Miguel! Os olvidáis...
+
+—No me olvido, no señor; pero mi celo, mi santo ministerio, y la
+urgencia de las circunstancias exigen que diga la verdad desnuda, aun
+a riesgo de enojar a usted, cosa que en otro caso no haría por cuanto
+hay en el mundo.
+
+Durante el largo razonamiento de fray Miguel, se paseaba Espinosa por
+el claustro en que se hallaban, y el vicario le seguía hablando, sí
+con energía, pero no con menos respeto. Gabriel dejaba ver en toda su
+persona el aire de un hombre acostumbrado a tales deferencias, y que
+por consiguiente las recibe sin orgullo ni admiración.
+
+Después de algunos instantes de meditación rompió el silencio el
+pastelero.
+
+—Fray Miguel, meditaremos detenidamente esta noche vuestra proposición,
+y sabréis mañana lo que resolvemos.
+
+Por toda contestación el vicario se inclinó humildemente, en señal de
+quedar enterado.
+
+Espinosa, sin mirarle siquiera, continuó diciendo:
+
+—La adquisición de Vargas nos va a ser preciosa. Su familia tiene
+prestigio y dinero; él es entusiasta y valiente, y estas dotes son muy
+a propósito para casos de esta especie.
+
+—Ciertamente —contestó el fraile—; pero usted sabe sin duda que don
+Juan desea...
+
+—¿Y qué me importa a mí lo que don Juan desea? Sírvanos, que después a
+cargo de nuestra munificencia queda el recompensarle.
+
+—Es que para que nos sirva como usted desea, no hay más que un medio.
+
+—Inés. Lo sé, lo he visto antes que vos. Desde el instante en que la
+vio se le trastornó la cabeza. Con mi larga peregrinación he aprendido,
+fray Miguel, a conocer a los hombres. No es el oro, ni la gloria, ni
+las recompensas, la manera de gobernarlos; cada uno de ellos lleva
+dentro de sí el medio para servir de juguete al que sabe estudiarlos.
+Las pasiones, padre mío, son el resorte que hay que tocar: ser diestro
+en la fantasmagoría. Enseñad a cada uno, en perspectiva y abultado, el
+objeto a que su corazón le inclina, y los veréis corriendo tras de una
+sombra, abandonar todas las realidades posibles. La dificultad está en
+graduar la luz proporcionalmente a la vista de cada uno. Los hay que
+en una piedra ven un trono, o un tesoro, o una belleza, porque todo lo
+miran a través del prisma de sus deseos. Para otros es necesario más
+artificio; pero al cabo pocos son los que no caen en la red.
+
+—¿Y está ya el señor Espinosa resuelto a servirse de don Juan?
+
+—El tiempo dirá lo que debe hacerse. Fray Miguel, quedad con Dios.
+
+—Él os guarde, como yo se lo ruego sin cesar.
+
+Humillose el fraile al decir esto; Gabriel inclinó ligeramente la
+cabeza, y saludando graciosamente con la mano, salió a paso largo del
+claustro.
+
+Contemplábale el vicario inmóvil, y al perderlo de vista exclamó en
+tono bajo y doloroso:
+
+«¿Cuándo se moderarán esa impetuosidad y ese orgullo excesivo, que son
+los que nos han traído a este punto? Jamás».
+
+En tanto caminaba Pedro a Medina del Campo, adonde llegó mucho antes
+que su amo se presentase en la posada, lo que le inquietó sobremanera,
+y sin duda se hubiera puesto en marcha de nuevo para adquirir noticias
+de él si su montura, no menos cansada que la de Vargas, se lo hubiera
+permitido. Gracias a esta circunstancia, halló don Juan a su sirviente
+en la posada, y supo de él cuanto había ocurrido con fray Miguel
+y Espinosa; y como el aviso de este convenía con la cita de Inés,
+desde luego resolvió el hermano del marqués regresar a Valladolid;
+sin embargo, antes pasó por la hacienda a que supuso se dirigía su
+viaje, y dando en ella las disposiciones convenientes se encaminó a la
+residencia de su hermano.
+
+[Ilustración]
+
+
+
+
+CAPÍTULO V
+
+ . . . . ¿Y su frente
+ Pudo orlar impudente
+ La vil posteridad con lauros de oro?
+
+ (Quintana: _Oda a Padilla_).
+
+
+Don Juan de Austria, hijo natural del emperador Carlos V, primer rey de
+su nombre en España, tuvo fuera también de matrimonio, en una señora
+madrileña, dos hijas, de las cuales una era la señora doña Ana, monja
+profesa en el monasterio de Santa María la Real de la villa de Madrigal.
+
+La misma política estrecha, mezquina y tiránica que jamás concedió al
+vencedor de Lepanto las prerrogativas de infante de España, que impidió
+siempre los distintos enlaces que se le ofrecían a aquel príncipe,
+verdaderamente grande, y que por último abrevió acaso sus días en
+medio de la juventud y de la gloria de que en Flandes se estaba
+cubriendo, esa misma hizo monja a doña Ana.
+
+Bien conocía el malogrado héroe el carácter suspicaz, sombrío y cruel
+de su hermano, y la prueba de ello es que tuvo siempre oculta la
+existencia de sus hijas, hasta que en la hora de la muerte confió aquel
+secreto a su digno amigo el duque de Parma Alejandro Farnesio, capitán
+insigne, príncipe magnánimo, y sobre todo modelo de los caballeros de
+su siglo.
+
+Imposible hubiera sido ocultar a Felipe II que su hermano dejaba dos
+hijas, por razones que, sobre ser muy obvias, serían harto prolijas
+de explicar; hízoselo, pues, saber Farnesio, recomendándoselas en
+su nombre, y en el del difunto príncipe. La conducta del rey fue en
+aquella ocasión precisamente la misma que había sido la de don Juan
+de Austria. Recibió la noticia con agrado, acogió a las huérfanas con
+hipócrita habilidad, y al poner su mano sobre sus cabezas, como para
+bendecirlas, puede asegurarse que impuso sobre el cuello de aquellas
+dos inocentes el yugo de hierro que había de agobiarlas toda su vida.
+
+Cobarde, como su padre valiente; cruel, como aquel generoso; y
+fanático, como religioso era Carlos, ningún crimen arredraba a Felipe
+cuando se trataba de su seguridad, de su venganza, o de los mal
+entendidos intereses de su religión.
+
+Parricida en el príncipe don Carlos, fatricida en don Juan de Austria,
+¿qué podía esperarse que hiciese con sus sobrinas?
+
+Relativamente hablando, su conducta con ellas fue excelente, pues se
+limitó a sepultar a ambas en el claustro, contentándose con extinguir
+así la descendencia de un hombre que aun muerto le causaba celos.
+
+Por lo demás, la señora doña Ana había recibido la promesa de ser
+prelada de su monasterio, y entre tanto vivía en él con la posible
+independencia. En vez de estar reducida como las demás religiosas a una
+sola celda, tenía una habitación espaciosa y decorosamente amueblada.
+Concediósela un locutorio aparte para dar audiencia en él; conservó
+el tratamiento de excelencia, y sus obligaciones se limitaron a la
+asistencia al coro, y aun de esta se podía dispensar siempre que le
+acomadaba. Dos religiosas profesas, ambas nobles de nacimiento, servían
+inmediatamente a su persona, y otras varias legas desempeñaban los
+oficios mecánicos de su obligación. En una palabra, sus grillos se
+doraron con esmero, mas no por eso dejaron de ser grillos.
+
+La figura de la señora doña Ana era como la de la mayor parte de
+las hembras de la casa de Austria, más bien imponente que bella,
+más agradecida que afable; pero no así su carácter, verdaderamente
+angelical.
+
+Educada por su madre en el mayor recogimiento, y habituada a una vida
+monótona y silenciosa, de la cual salió para entrar en el claustro, su
+espíritu había tomado cierta tendencia a la meditación, que, dejándose
+ver en su rostro, hacía muy a menudo parecer que estaba en éxtasis.
+
+No hallando en el momento de desenvolverse la sensibilidad en su
+corazón objeto en que emplearla, naturalmente recayó toda ella en su
+madre y en sus augustos parientes; pero esto no bastaba. La juventud
+buscaba siempre un objeto ideal, no siendo suficiente la imperfección
+de los que le rodean a satisfacer sus inmensos deseos. Para los que
+viven en libertad se encarga el amor de realizar estas ilusiones, y
+las realiza en efecto, si bien suele pagarse la corta felicidad que
+proporciona con amargos desengaños; pero la infeliz religiosa, ¿qué
+recurso tiene? La devoción.
+
+Cuando esta es sincera, cuando no se limita a prácticas ridículamente
+supersticiosas, sino que va acompañada de una fe pura, de una
+conciencia tranquila y un corazón sencillo, ¡dichoso el que la ejerce!
+En ella encuentra refugio y esperanza, consuelo y remedio para todas
+las calamidades de la vida.
+
+Doña Ana, pues, era devota, sinceramente devota; y si bien tenía todas
+las supersticiones que pocos dejaban de tener en España en aquel siglo,
+había por lo menos en lo íntimo de su corazón un fondo inagotable de
+piedad, y aun de tolerancia, virtud verdaderamente rara en la época en
+que vivió.
+
+Sin embargo, a pesar de toda su devoción, de haber estado en su mano
+decidir sobre su suerte, no hubiera seguramente tomado el hábito. La
+naturaleza la había hecho más para madre de familia que para religiosa,
+y ella misma lo conocía. La vista de un niño producía en aquella señora
+una sensación difícil de explicar. Sin que la reflexión bastase a
+impedirlo, suspiraba, contemplando cuán sin culpa ni voluntad se
+veía obligada a renunciar hasta a su esperanza de recibir nunca las
+inocentes caricias de que veía colmadas por sus hijos a otras mujeres.
+
+Entonces hubiera querido haber debido el ser a un oscuro jornalero, y
+ser dueña de su persona, más bien que ser hija de un príncipe de la
+ilustre casa de Austria, a tanta costa.
+
+Por más esfuerzos que hagan la superstición y el fanatismo para
+violentar la naturaleza, su voz se dejará siempre oír en el fondo de
+nuestros corazones; y las desdichadas víctimas de las instituciones de
+los hombres, luchando entre la fuerza de sus propios sentimientos y
+los horrores en que una educación viciosa les ha imbuido, vivieron en
+perpetua y espantosa agonía.
+
+¿No es ya tiempo de que desaparezcan de las naciones cultas tan
+monstruosos abusos?
+
+Tales eran las disposiciones y situación de doña Ana cuando fray
+Miguel, nombrado vicario de su monasterio y su confesor, se presentó en
+Madrigal.
+
+Uno y otro tardaron poco en hacerse justicia respetuosamente, y de aquí
+resultó entre ambos la más estrecha y sincera amistad.
+
+Fray Miguel amaba a doña Ana como un padre a su hija, y no podía menos
+de ser así porque aquella señora había heredado todas las excelentes
+cualidades del infeliz príncipe a quien debía el ser.
+
+Poco tardaron en no tener secretos el uno con el otro. El vicario supo
+de mano de doña Ana lo que sobre sus sentimientos hemos dicho ya; y la
+noble religiosa recibió la confianza de las pocas que atormentaban a
+fray Miguel, y de que aún no hemos hablado.
+
+Ya hemos dicho que el vicario de Santa María, antes de serlo, había
+sido confesor del rey don Sebastián de Portugal, y todo el mundo sabe
+que este monarca, habiendo hecho, contra el dictamen de todos sus
+consejeros, o al menos de los más hábiles, una expedición a África,
+desapareció en una batalla que dio delante de Tánger, en la cual fueron
+los cristianos completamente derrotados, sin ser posible encontrar el
+cadáver del rey entre los demás, ni saber su paradero.
+
+El cardenal don Enrique ocupó entonces el trono de Portugal, y habiendo
+muerto sin sucesión, a pesar de haber obtenido del papa dispensa de sus
+votos para casarse, le sucedió en la corona Felipe II, en virtud de sus
+derechos, apoyados en un ejército que, a las órdenes del duque de Alba,
+derrotó a don Antonio, prior de Crato, príncipe que los portugueses
+hubieran preferido con razón al rey de España.
+
+Pero a pesar de que todo esto sucedía, suponiéndose como cierta la
+muerte del rey don Sebastián, no faltaban en Portugal personas que
+creyesen que aún existía. Y esto no solo entre el vulgo, sino en las
+clases más elevadas del Estado.
+
+En el número de los que seguían esta opinión se hallaba fray Miguel,
+fundándola en la circunstancia positiva de que no había uno solo de los
+que habían escapado con vida de la batalla que dijese que había visto
+morir al rey, y sí alguno que aseguraba que se había retirado herido
+gravemente con dirección a la costa.
+
+Además, durante el corto reinado de don Enrique corrieron distintas
+veces rumores de que don Sebastián se había presentado ya en un punto
+ya en otro de la costa, siendo de observar que tanto el rey cardenal
+como Felipe II, cada uno en su tiempo, castigaron con la mayor
+severidad no solo al que decía haber visto en vida al don Sebastián,
+sino aun a aquellos que se limitaban a opinar que era posible que no
+hubiese muerto.
+
+Si la historia de Felipe no ofreciese en cada una de sus páginas mil
+pruebas de su hipocresía, su conducta en esta ocasión bastaría solo a
+destruir la cualidad de eminentemente religioso con que sus parciales
+han querido honrarle. Un hombre timorato cualquiera da a cada uno lo
+que legítimamente le pertenece; y cuando las circunstancias le hacen
+dueño de un objeto al cual pueda parecer dudoso su dominio, no descansa
+hasta aclararlo, porque prefiere la tranquilidad de su conciencia a
+cuantos tesoros encierran las entrañas de la tierra.
+
+Tal vez se dirá que en política hay ocasiones en que los principios de
+la estricta justicia deben plegarse a las circunstancias del momento,
+y que acaso de una pequeña infracción de ellos, en perjuicio de uno o
+de algunos particulares, resultan bienes infinitamente superiores a
+la masa. Esto se ha dicho hace muchos siglos, se dice en el nuestro,
+y se dirá en los futuros, siempre que los gobiernos quieren, o por
+malicia o por ignorancia, infringir los pactos sociales, que tácitos o
+expresos existen en todas las naciones, inclusa la Turquía, donde lo es
+el Alcorán; pero como no porque todos digan una cosa por eso es buena,
+habrán de permitirnos que les digamos humildemente nuestra triste
+opinión, y es que en general jamás de una mala acción resulta un bien;
+que si tal vez a primera vista aparece así, es indudable que, examinada
+la cosa a fondo y despacio, se hallará que no es lo que parece; y por
+último, que al mismo resultado, aun suponiéndolo bueno, se hubiera
+podido llegar sin cometer el crimen, con un poco más de paciencia y de
+trabajo.
+
+De cualquiera modo, Felipe procedió siempre con su severidad
+característica contra todos los sebastianistas, y era igual el placer
+que su corazón de tigre recibía viendo quemar vivo al infeliz que acaso
+cantó por distracción
+
+ ¿Si ha venido o no ha venido
+ El Mesías prometido?
+ No ha venido,
+
+o se mudó de camisa un sábado, o tuvo la desdicha de no nacer
+aficionado a la carne de cerdo, que al que era bastante osado para
+decir que su penúltimo rey acaso aún viviría.
+
+No conocíamos en aquella época los españoles la sutil invención de la
+policía, mas en cambio teníamos la Inquisición, que no le va en zaga, y
+aun le lleva ventajas, y no pocas.
+
+Gracias a las luces del siglo, la policía encuentra pocos delatores
+fuera de la clase abyecta de la sociedad, y aun en ella se avergüenzan
+los hombres de ser ministros de tal institución.
+
+Por el contrario, el difunto Santo Oficio, desde el monarca hasta su
+último vasallo, contaba con otros tantos servidores. Las personas
+reales se honraban llevando un hacecito de leña para freír algún
+desventurado hereje; una junta de sus calificadores decidió de la
+suerte del príncipe de Asturias don Carlos.
+
+Los grandes de España ansiaban verse alguaciles mayores, y desempeñar
+otros oficios del nefando tribunal.
+
+La cruz verde de familiar deshonraba el pecho de un número considerable
+de nobles y funcionarios públicos.
+
+En una palabra, no parece sino que eclesiásticos y seculares, nobles
+y plebeyos, toda la nación, en fin, quiso hacerse cómplice de los
+millares de asesinatos jurídicos cometidos por la Inquisición, al paso
+que la mayor afrenta que hoy puede hacérsele a un hombre es llamarle
+_esbirro_.
+
+Fray Miguel, después de haber sufrido valerosamente la más cruel de las
+persecuciones, y llevado con resignación la reclusión en que se le tuvo
+algunos años, aprendió a ser cauto. Cesó de hablar de su malogrado rey,
+e interpretándose su silencio como prueba de hallarse convencido de la
+muerte de don Sebastián, lograron sus valedores, no sin trabajo, que
+se le pusiera en libertad y se le agraciase con el vicariato de Santa
+María, destino, a la verdad, poco apetecible para un provincial, pero
+preferible siempre a un encierro.
+
+Allí, como hemos dicho, encontró a la señora doña Ana, y se interesó
+por ella vivamente tan luego como llegó a conocer sus excelentes
+prendas.
+
+La hija de don Juan de Austria se consideraba, con razón, como víctima
+de la política de su tío el rey, y así fray Miguel llevaba en el mero
+hecho de ser perseguido por el mismo una gran recomendación para ella.
+
+Las conversaciones entre el portugués proscrito y la religiosa versaban
+constantemente sobre dos solos puntos: la gloria y desgracia del
+vencedor de Lepanto, y la aciaga batalla de Tánger.
+
+Insensiblemente, las opiniones del vicario sobre esta última materia
+fueron inculcándose en doña Ana, de modo que a muy poco tiempo llegó
+a ser tanto o más celosa sebastianista que él mismo. Si fray Miguel
+hacía una penitencia, una oferta cualquiera a un santo para lograr por
+su mediación la deseada vuelta de su rey, doña Ana no solo le imitaba,
+sino que en ocasiones llegaba a sobrepujarle en celo. Una rica lámpara
+de plata ardía de continuo en el coro alto de su monasterio, ante una
+imagen de nuestra Señora, en muestra del ardiente deseo que la hija
+de don Juan de Austria tenía de ver restituido a su trono al rey don
+Sebastián. Jamás oraba sin dirigir al cielo repetidas súplicas con el
+mismo fin; y, en resumen, su pensamiento dominante, único más bien, era
+el del regreso de aquel malhadado príncipe a su país.
+
+Pero la verdad nos obliga a decir que, además de la compasión que las
+desgracias del rey de Portugal inspiraban al sensible corazón de la
+augusta religiosa, y del cariño que le profesaba por ser hijo de la
+princesa doña Juana, hermana predilecta de su padre, había un motivo,
+tal vez más poderoso, para que doña Ana se interesase tanto en que don
+Sebastián viniese y volviese a reinar.
+
+Era este motivo la persuasión en que se hallaba, gracias a los
+continuos y repetidos esfuerzos que para ello hizo fray Miguel, de que
+en el caso de verificarse lo que tanto deseaba, y de contribuir aquella
+señora tan eficazmente como pensaba hacerlo al restablecimiento de la
+independencia de Portugal, don Sebastián obtendría del sumo pontífice
+que dispensaría a la señora doña Ana de sus votos, y se uniría a ella
+con el lazo del matrimonio.
+
+Preciso es confesar que el vicario, en esta ocasión, prescindió un
+poco de su carácter habitualmente candoroso, y fue político en toda
+la extensión de la palabra, ofreciendo a la vista de la reclusa una
+perspectiva tan halagüeña que no podía menos de obligarla a entrar en
+sus planes, y prometiendo más acaso de lo que hubiera podido cumplir
+aun cuando don Sebastián no hubiese en efecto muerto y pudiera
+recobrar su corona, ambas cosas por lo menos harto problemáticas.
+
+Pero háblesele a un amante de estrechar entre sus brazos a la que ama;
+a un prisionero de la libertad: por más incierto, por más peligroso, y
+acaso imposible, que al indiferente parezca conseguir lo uno o lo otro,
+a los interesados no les parece nunca que ofrece la menor dificultad,
+y apenas tocando la barrera de diamante que el destino opone a sus
+deseos, creen en ella.
+
+Tal fue el caso de la señora doña Ana. A las primeras insinuaciones
+que el vicario la hizo sobre la materia, su fantasía se inflamó. Aquel
+corazón, a quien jamás la idea del amor se había presentado sino
+asociada con la del crimen, pudo, en fin, conseguir la esperanza de
+amar un día sin delito, y de amar a un guerrero esforzado, célebre por
+su valor y sus desgracias, y rey en fin.
+
+Recobrar de una vez la libertad, sus derechos de mujer, la clase en
+que su ilustre nacimiento la colocó, salir de la estrechez del claustro
+al esplendor del trono, y sacudir las cadenas de Felipe, eran para
+doña Ana consecuencias inmediatas y precisas de la aparición de don
+Sebastián.
+
+¿Qué mucho que con tales esperanzas no dejase en sosiego a un solo
+santo del cielo para conseguir se realizasen?
+
+Sin embargo, empezó por oponer algunas resistencias al proyecto del
+matrimonio, y como fray Miguel, conociendo que aquello solo era por
+el bien parecer, insistiese sin cesar en ello, acabó por convenir en
+que se prestaría, _aunque con repugnancia, a los deseos de su augusto
+primo, y a las órdenes del santo padre_.
+
+Conformidad admirable, tanto más cuanto su augusto primo probablemente
+no existía, y el _santo padre_ en lo que menos pensaba era en sacarla
+de su monasterio.
+
+Además de la señora doña Ana, contaba fray Miguel en el monasterio
+con el amor de casi todas las religiosas, a quienes su vida austera
+y penitente había inspirado una veneración sin límites; y desde que
+se hallaba en Madrigal había vuelto a anudar algunas relaciones en
+Portugal con la mayor cautela y tan buena maña, que logró sustraer su
+correspondencia a la vigilancia de los agentes de Felipe.
+
+Valiose para ello de un médico portugués establecido en el mismo
+Madrigal, de quien en lo sucesivo tendremos ocasión de hablar.
+
+Este era el estado de fray Miguel y la señora doña Ana cuando don Juan
+de Vargas se presentó en Madrigal por la vez primera.
+
+[Ilustración]
+
+
+
+
+CAPÍTULO VI
+
+ Los días que apresurado
+ Quieres hora apresurar
+ Un tiempo te ha de pesar
+ Que hayan tan presto llegado.
+
+
+Los días que transcurrieron hasta el domingo en que Inés había
+prometido a don Juan de Vargas verse con él a la hora de la oración en
+el Carmen de Valladolid, caminaron para el impaciente amante con una
+lentitud insoportable.
+
+Todas las tardes su paseo, sin preceder deliberación, era hacia el
+lugar de la cita, y en él su ocupación calcular hasta por minutos
+el tiempo que debía transcurrir hasta el deseado instante. Triste
+condición la del hombre que con ridícula inconsecuencia desea abreviar
+el curso de su corta vida por acelerar tal época de placer que acaso
+nunca llega.
+
+Cinco días mortales se pasaron hasta que amaneció el domingo señalado.
+Don Juan oyó misa en el Carmen, paseó hasta la hora de comer por sus
+inmediaciones, y por la tarde volvió también al mismo paraje.
+
+La oración sonó: en lo que menos pensó Vargas fue en rezar. Recorrió
+con la vista la larga extensión del Campo Grande, que así se llama
+el paraje en que se halla en Valladolid el convento del Carmen; pero
+aunque en él vio diferentes personas, ninguna se acercó al punto
+convenido en largo tiempo.
+
+Por fin, dos hombres embozados hasta los ojos, y dejando ver por debajo
+de las capas cada uno una espada de tremenda longitud, se dirigieron al
+pórtico del convento con aire, aunque resuelto, cauteloso.
+
+Don Juan los miró un momento; pero preocupado con la idea de ver venir
+a Inés, apenas paró la atención en aquellos dos hombres. Por su parte
+los embozados parece que tampoco hicieron reparo en él, y dieron
+vuelta a aquellos alrededores registrándolos escrupulosamente, con el
+objeto sin duda de buscar en ellos a alguna persona, o de asegurarse de
+que ninguna había oculta. Terminado este examen, que fue de bastante
+duración, uno de ellos se acercó a Vargas, que también iba embozado, y
+sin saludarle, ni andar en más ceremonias, le dijo:
+
+—Amigo, háganos el gusto de despejar el campo, que habemos menester
+estar solos.
+
+El hermano del marqués, impaciente con la tardanza de su amada,
+contrariado además con la importuna llegada de aquellos hombres, y poco
+acostumbrado a verse tratar con tan poca cortesía, sintió impulsos de
+responder a estocadas a tan grosera intimación; pero reflexionando que
+empeñar entonces una querella era lo mismo que imposibilitarse de ver a
+Inés, se contuvo, no sin trabajo, y respondió con aparente flema:
+
+—Caballeros, un negocio de importancia me impide darles gusto por
+ahora. Tal vez me convendría a mí también estar solo; mas por amor de
+la paz me convendré a que vuesas mercedes estén aquí también.
+
+Iba el que dio principio a esta conversación a responder no sabemos
+qué, cuando el otro embozado, que hasta entonces había permanecido a
+alguna distancia, acercándose precipitadamente a su compañero, le dijo:
+
+—O el oído me engaña, o ese hombre es don Juan de Vargas, y a fe que me
+alegrara.
+
+—Alegraos, pues, replicó el amante de Inés mostrándole el rostro a
+descubierto, que yo soy en persona.
+
+—¿Qué vais a hacer? —exclamó el que primero había hablado de los dos.
+
+—Lo veréis —respondió el segundo; y separándose de él, y dirigiéndose
+a don Juan, continuó diciendo—: Si no ando errado, señor don Juan, vos
+amáis a una mujer que tiene por nombre el de Inés.
+
+Toda la sangre de Vargas se inflamó al oír tal interpelación. El que
+entonces le hablaba, ni era Espinosa, ni fray Miguel, y solo ellos dos
+y su criado Pedro tenían algún indicio de sus amores. ¿Cómo, pues,
+aquel desconocido se mostraba tan al corriente de ellos?
+
+«Es un rival —dijo para sí—; solo un rival, y rival favorecido, puede
+saber que yo amo a Inés».
+
+El raciocinio no era muy exacto; pero de tal modo se le asentó en la
+cabeza a don Juan aquella idea que, desde luego, se resolvió a reñir
+con aquel hombre, y así le contestó con sobrado desabrimiento:
+
+—Señor mío, no estoy acostumbrado a dar cuenta de mis pensamientos al
+primer impertinente que tiene la osadía de venir a interrogarme; y
+así, si no queréis llevar respuesta de que os pese, iros norabuena, y
+dejadme en paz.
+
+—Esa arrogancia podrá convenir con vuestros criados, pero no con los
+que cuando menos son tanto como vos.
+
+—Si en efecto sois caballero —replicó Vargas lleno de ira—, yo os
+responderé como conviene.
+
+Y al acabar estas palabras echó mano a la espada. No anduvo perezoso su
+contrario, pues empuñó la suya diciendo:
+
+—A esto quería yo venir a parar.
+
+—Hubiéraislo dicho desde luego, y ahorráramos palabras —repuso don Juan
+ya riñendo.
+
+Su enemigo, para pelear, hubo de desembozarse y dejar ver un rostro
+de hombre en extremo blanco. El cabello era rubio y rizado, los ojos
+azules, y la fisonomía, aunque podía pasar por bella, sin embargo
+carecía de viveza y gracia.
+
+Vargas reñía con serenidad, pero airado; su antagonista con valor,
+pero sin gran vehemencia. Ambos eran jóvenes, robustos, y diestros, al
+parecer, en el manejo de las armas.
+
+El embozado que primero habló, aunque daba de cuando en cuando algunas
+muestras de descontento por lo que presenciaba, permaneció inmóvil en
+su puesto, hasta que después de dos minutos de pelea, su compañero,
+estrechado vivísimamente por Vargas, empezó a perder terreno. Entonces
+sin consideración alguna sacó también su espada y cerró con don Juan.
+Este, viéndose de repente con dos enemigos en vez de uno, se sorprendió
+algún tanto, y dio lugar a que su nuevo adversario le hiriese, aunque
+levemente, en la mano izquierda. Empero, al ver correr su sangre
+tan alevosamente derramada, la ira le dio nuevas fuerzas, y echando
+prontamente mano a la daga, de que hasta allí desdeñó de hacer uso, se
+dio tan buena maña que no solo mantuvo a suficiente distancia de su
+cuerpo los aceros de sus enemigos, sino que tuvo la fortuna de desarmar
+al que provocó la riña, haciendo saltar su espada a más de cuarenta
+pasos.
+
+Pero aquel triunfo hubo de serle funesto, pues el desarmado, furioso
+con el desmán que le sucedía, corrió en busca de su arma, y volviendo
+con ella iba a atacar a Vargas por un costado, esperando que, ocupado
+en combatir con su compañero, no lo echaría de ver. Engañose en esto.
+El hermano del marqués no era novicio en las armas, y como más de una
+vez se había visto en Flandes en lances cuando menos tan apurados
+como aquel, conservaba la misma serenidad que si estuviera sentado
+a la mesa de su hermano. Calculando con razón que de hombres que
+peleaban dos contra uno todo lo malo podía esperarlo, no perdió de
+vista al desarmado, y observando su marcha le conoció la intención.
+Reconociendo, pues, el terreno con una rápida ojeada, empezó a
+retirarse con tanto acierto, que en un instante se halló con las
+espaldas guardadas por el convento, y su enemigo vio frustrarse la
+esperanza de acabar con él traidoramente.
+
+La pérfida conducta de aquellos dos hombres se avenía muy mal con el
+valor con que peleaban, porque en realidad lo hacían como hombres
+decididos, y que no empezaban entonces a manejar la espada.
+
+Más de siete minutos duró aquella lucha desigual; en ella recibió don
+Juan la herida de que hemos hablado, y sus dos enemigos no se hallaban
+mejor parados, pues el rostro de uno estaba cubierto de sangre, y el
+otro recibió una estocada en un muslo.
+
+Sea por las heridas, sea por cansancio, ambos se retiraron
+simultáneamente al cabo de este tiempo como a unos seis pasos de
+Vargas, y este, demasiado fatigado para perseguirlos, aprovechó con
+gusto aquella ocasión de recobrar sus fuerzas.
+
+Los tres con las puntas de las espadas apoyando en tierra, respirando
+apenas, y con la vista clavada en el enemigo, hubieran parecido
+estatuas si la sangre que corría por sus vestidos no demostrara que
+eran hombres.
+
+Es probable que la pelea se hubiera renovado, y tal vez terminado con
+fatal éxito para Vargas, si a poco de hallarse los tres actores de
+aquella escena en la disposición que hemos dicho, no apareciera entre
+ellos una mujer, cubierta con un manto negro, pero que a pesar de él
+conoció desde luego Vargas por Inés.
+
+La pastelera de Madrigal, que no esperaba hallar en aquel sitio a don
+Juan cubierto de sangre, y en disposición tan hostil, dio muestra de su
+sorpresa y sentimiento con un profundo suspiro, que fue el que advirtió
+de su presencia a su amante y a sus dos enemigos.
+
+—Señor don Juan, ¿qué es esto, que es esto? —preguntó Inés.
+
+—Esto es, señora —dijo el provocador de Vargas, sin dar lugar a que
+este respondiese—, esto es un efecto de vuestra acertada elección.
+
+—Decid más bien —replicó la morena con dignidad y fuerza—, de vuestra
+inconcebible imprudencia, de vuestra ridícula obstinación, por no decir
+otra cosa.
+
+—Podéis gloriaros, Inés —exclamó don Juan—, de tener un amante en
+ese hombre digno de figurar en una banda de salteadores. Mirad el
+denuedo con que esos hombres han tirado la espada contra uno solo; y es
+lástima, en verdad, que no hayáis presenciado el valor con que trataban
+de asesinarme por la espalda.
+
+La acusación era demasiado cierta, y en el fondo de sus corazones
+era imposible que los embozados dejaran de conocer su justicia; pero
+hallándose una mujer presente no les pareció decoroso convenir en ella,
+y así el que primero riñó contestó lleno de ira real o aparente:
+
+—Mentís como un bellaco.
+
+—Miserable —gritó don Juan—, yo castigaré tu imprudencia.
+
+Y diciendo y haciendo acometió con no vista furia a su enemigo, quien
+no dejó de defenderse bizarramente. Su compañero, que como ya se ha
+visto, nada tenía de escrupuloso, iba también a tomar parte en la
+pelea; mas Inés, advirtiéndolo con tiempo, se arrojó sobre él tan de
+improviso, que le arrancó la espada de las manos, y separándose algún
+tanto le presentó la punta de su propio acero a dos dedos del pecho,
+diéndole:
+
+—Cobarde, por la vida del rey te juro que te atravieso si das un paso
+más. No, en mi presencia no asesinaréis a un caballero. Pelee en hora
+buena con uno, ya que tan locos sois que buscáis vuestra perdición y la
+nuestra, pero con dos no será mientras yo pueda impedirlo.
+
+Entre tanto peleaba Vargas con singular denuedo, y su enemigo no se
+defendía con menos. Mas como ambos estaban ya cansados, apenas tiraban
+golpe peligroso, y si lo hacían, no encontraban dificultad en pararse
+recíprocamente.
+
+A poco de haberse empezado este nuevo combate Inés, que en medio de su
+singular posición conservaba una admirable serenidad, exclamó:
+
+—La justicia, caballeros, la justicia.
+
+Los que reñían suspendieron su combate, y el desarmado, volviendo atrás
+la cabeza, vio en efecto que ya a la mitad de la distancia que media
+entre el convento del Carmen y la calle de Santiago se percibía a la
+luz de una gran linterna que traían un grupo de siete a ocho personas
+que probablemente habrían oído el ruido de las espadas, según la prisa
+con que caminaban.
+
+—La justicia es —repitió aquel hombre—; huyamos.
+
+—Señor don Juan —dijo el otro—, ya veis que por ahora no es posible
+terminar este asunto; yo buscaré ocasión en que podamos hacerlo sin
+temor de ser interrumpidos.
+
+—Y entonces —respondió Vargas con amarga ironía—, procurad llevar otros
+dos o tres amigos, por si no bastareis solo.
+
+No replicó a esto aquel hombre, ya por no tener qué, ya, y es lo
+más cierto, porque los de la linterna se acercaban tan de prisa que
+no daban lugar a ello. Lo que hizo, pues, fue envainar su espada, y
+seguido por su compañero echó a andar con bastante celeridad a pesar de
+su herida.
+
+Inés, llegándose a su amante, le dijo:
+
+—Don Juan, las apariencias me condenan, pero cuando las circunstancias
+lo permitan yo os haré ver mi inocencia; por ahora me es fuerza
+retirarme.
+
+Mientras la pastelera hablaba así, los que huían, advirtiendo que no
+los seguían, hicieron alto, y uno de ellos volviendo la cabeza dijo en
+voz alta:
+
+—Vamos, señora.
+
+Obedeció Inés, y don Juan despechado exclamó:
+
+—Seguidlos, señora, seguidlos, que ya yo quedo satisfecho de vuestro
+amor.
+
+Aunque hubiera querido la morena replicar no se lo permitieron sus
+impacientes compañeros, que asiéndola cada uno por un brazo tardaron
+poco en desaparecer a la vista de Vargas, gracias a la oscuridad de la
+noche.
+
+Un momento después los de la linterna, haciendo alto como a unos
+veinte pasos de nuestro caballero, que apoyando la espalda a los muros
+del convento, y con la espada en la mano, permaneció inmóvil, dieron
+el acostumbrado grito:
+
+—¿Quién va a la ronda?
+
+—Un hombre solo, un caballero —respondió don Juan.
+
+Animados con esta respuesta, los ministros de justicia, que tales eran
+en efecto, se acercaron a don Juan, y formaron círculo en rededor de él.
+
+—La espada —dijo ya entonces el que capitaneaba aquella gente, y por el
+traje parecía magistrado.
+
+—¿Y quién me la pide? —preguntó Vargas.
+
+—El rey nuestro señor (aquí el juez, sus ministros y Vargas se
+descubrieron la cabeza respetuosamente), y en su nombre don Rodrigo
+Santillana, su alcalde del crimen en la real chancillería de Valladolid.
+
+—Tomad, pues, señor alcalde, aunque ignoro la causa por que se me pide.
+
+—Vuestro nombre y profesión.
+
+—Don Juan de Vargas, caballero y capitán de caballos, hermano del
+marqués de ***, para serviros.
+
+—Tomad vuestra espada, señor caballero, que de persona de tan honrado
+linaje no es de sospechar acción villana, y seguidme si os place.
+
+Recibió don Juan su espada, y tomó con el alcalde la vuelta para
+Valladolid. En el tránsito le dijo don Rodrigo que habiendo salido
+aquella noche a hacer su ronda, y entrando en el Campo Grande, le llamó
+la atención oír hacia el Carmen ruido de espadas, y que como aquel era
+el paraje en que a tales horas salían los caballeros irritados, había
+acudido a él, deseoso de evitar, como era su obligación, cualquier
+desgracia. Don Juan contestó que él había acudido allí para cierta
+cita, y que sobreviniendo impensadamente dos desconocidos, y queriendo
+arrojarle del sitio con brutal grosería, negándose él a hacerlo, le
+acometieron ambos, hiriéndole, como se deja ver; que habiendo advertido
+uno de sus enemigos que se aproximaba la justicia, y avisádoselo al
+otro, echaron ambos a huir; y que él, no teniendo motivo para hacerlo,
+permaneció firme allí hasta la llegada de la ronda. Por último, Vargas
+concluyó protestando que estaba pronto a seguir a don Rodrigo a la
+prisión, si a ella quería llevarle, pero que no le parecía justo se
+atropellase a un hombre principal por haber defendido su vida contra
+dos asesinos.
+
+Don Rodrigo Santillana, que era un buen magistrado, pero muy cortesano
+y ambicioso, aprovechó con gusto aquella ocasión de adquirir la
+poderosa protección de la familia de los Vargas, aunque bien conocía
+que era a expensas de lo que la justicia exigía, pues al cabo a don
+Juan se le había hallado a deshoras y casi en despoblado con la espada
+en la mano ensangrentada, y herido además. Su deber era retenerlo en
+prisión hasta averiguar su inocencia; su interés le aconsejaba creer en
+ella desde luego, y este, como sucede con frecuencia en tales casos,
+triunfó entonces también.
+
+El alcalde, pues, dio desde luego entero crédito a cuanto don Juan
+le dijo, y excusándose humildemente de haberse visto precisado a
+tratarlo al principio con poca cortesía, no solo le declaró que estaba
+libre, sino que quiso acompañarle, y le acompañó en efecto con toda su
+ronda hasta la puerta de la casa de su hermano el marqués. Verdad es
+que en esto último se encerraba también el designio de cerciorarse de
+que don Juan era realmente la persona que había dicho ser, lo que vio
+confirmado plenamente con el respeto con que los criados le recibieron.
+
+Finalmente, Vargas y Santillana se despidieron los mejores amigos del
+mundo, y con la promesa de volverse a ver muy presto. El primero se
+retiró a devorar sus penas en el silencio de su estancia, y el segundo
+a buscar con sus ministros en las calles de Valladolid algún plebeyo
+descarriado en quien compensar con el rigor la indulgencia excesiva que
+había usado con el noble capitán de caballos.
+
+[Ilustración]
+
+
+
+
+CAPÍTULO VII
+
+ Todo es ya por demás: ¿Qué soy ahora?
+
+ (Quintana: _Pelayo_).
+
+
+Rayaba el sol en el más alto punto de su diaria carrera iluminando
+con sus rayos las vastas llanuras de Castilla la Vieja, cuando por
+tercera vez pisó el suelo de Madrigal el enamorado y malcontento don
+Juan de Vargas, ocho días después de la noche en que después de los
+acontecimientos del Campo Grande le dejó en su casa el alcalde don
+Rodrigo Santillana.
+
+Empleó los siete primeros en hacer en todo Valladolid las más
+exquisitas diligencias para encontrar a su dama, recorriendo con este
+objeto cuantas posadas públicas o secretas él conocía, o sus amigos le
+indicaron; mas no solo no dio con ella, sino ni tampoco con el menor
+indicio de haberse aposentado en ninguna.
+
+Tan cautelosa manera de proceder, las relaciones de aquella mujer
+con los hombres que le atacaron en las inmediaciones del convento
+del Carmen y, sobre todo, su dependencia del pastelero Gabriel de
+Espinosa no podían menos de debilitar el ventajoso concepto que otras
+circunstancias le habían hecho formar de ella, y no hay duda de que,
+a no estar tan ciegamente enamorado, bastaran a separarle de ella
+enteramente. Pero ya en su posición, cada reflexión que le ocurría en
+contra de Inés no producía otro resultado que el de hacer más penoso
+su estado, exasperarle, por consiguiente, y llevarle a ser capaz
+de cometer los mayores excesos por salir pronto de la intolerable
+incertidumbre en que vivía.
+
+Vista, pues, la inutilidad de sus pesquisas en Valladolid, marchó
+a Madrigal, resuelto a obtener de Inés, si acudía a la ermita en
+cumplimiento de su oferta, explicaciones terminantes, y quedar de
+acuerdo con ella en unirse o separarse para siempre.
+
+La promesa que había hecho a fray Miguel de no dar paso ninguno en el
+asunto sin acudir a su mediación no fue parte para detenerlo, porque
+consideraba roto aquel pacto, y no sin fundamento, ya en virtud de
+haberse ausentado de Madrigal Inés durante su misma conferencia con el
+vicario, ya porque en el lance de Valladolid no veía más que un lazo
+tendido por Espinosa, quien, a juzgar por la estrecha amistad que con
+el fraile tenía, obraba de acuerdo con él.
+
+Con estas disposiciones entró don Juan en el mesón de Madrigal, y sin
+salir de él esperó la hora de la cita; pero amaestrado con la pasada,
+llevó en su compañía a Pedro, y así él como su criado cuidaron de ir
+prevenidos de armas de fuego.
+
+Aún era bastante la claridad del crepúsculo, cuando llegaron a la
+ermita, para permitirle registrar escrupulosamente las ruinas que
+fueron teatro de la aventura de su prisión; pero por más que hizo no
+pudo hallar vestigios de puertas, trampa ni entrada secreta alguna, de
+manera que el tal examen solo produjo la utilidad de entretener por
+algún tiempo su impaciencia.
+
+Por esta vez no se le hizo esperar mucho, pues pocos instantes después
+de la hora señalada se presentó, no Inés, sino el mulato Domingo, quien
+saludando con su acostumbrada aspereza le puso en las manos un pliego
+cuyo sobrescrito decía así:
+
+ «Al muy ilustre señor don Juan de Vargas, guarde Dios muchos años».
+
+Abriolo sin tardanza aquel caballero, y halló que decía así:
+
+ «Señor don Juan: la persona a quien vuesa merced espera en las
+ ruinas, ni está hoy en Madrigal, ni estará en algunos días. Escríbole
+ estas letras para ahorrarle el trabajo de esperarla inútilmente, y
+ para decirle que si desea tener noticias de ella, puede venirse por
+ esta su celda, en donde sabe que siempre será recibido como quien
+ viene a honrarla con su presencia. Y con esto queda rogando a Dios
+ por la salud de vuesa merced su humilde servidor y menor capellán —
+ _F. M._».
+
+Aunque la carta no llevaba más firma que estas dos iniciales, su
+contenido declaraba bien que el que la había escrito era el vicario
+de Santa María, y don Juan, no hallando otro partido que tomar, se
+decidió a aceptar la invitación que aquel le hacía, echando a andar
+inmediatamente para el monasterio.
+
+Domingo, así que entregó la carta, volvió la espalda, y mientras don
+Juan leía se metió en el pueblo.
+
+Recibió fray Miguel a don Juan con cordialidad y cortesía; pero Vargas,
+que en el fondo de su corazón estaba indignado con él, casi se le
+presentó con grosería. Debió sin duda de advertirlo el vicario, mas no
+se dio por entendido, y empezó a preguntarle por su salud con el mismo
+desembarazo que si el día antes se hubieran visto, y después de ello se
+puso a hablar del tiempo con admirable flema.
+
+—Todo eso está bueno —le interrumpió Vargas a breve tiempo—; pero mi
+venida no ha sido a hablar de materias indiferentes. A quien tan bien
+enterado está de mis negocios, no tengo necesidad de decirle cuanto me
+ha ocurrido desde que nos separamos, pues desde luego supongo lo sabría.
+
+—Así es la verdad.
+
+—Y probablemente lo sabría aun antes de sucederme.
+
+—En eso os engañáis, y me hacéis una cruel injusticia...
+
+—Sea en buen hora. Tampoco he venido a discutir esa materia. Lo que me
+importa es saber las noticias que habéis prometido darme.
+
+—Y lo cumpliré.
+
+—A eso aguardo.
+
+—Primero tengo que exigir del señor don Juan la promesa formal de
+someterse a ciertas condiciones.
+
+—Veámoslas.
+
+—Primeramente guardar inviolable secreto sobre cuanto yo le revele, o
+en consecuencia de ello descubriere hoy, mañana o en cualquier tiempo.
+
+—Aceptada.
+
+—¿Lo juráis?
+
+—Por mi honor y esta cruz.
+
+—En segundo lugar perdonar de aquí para delante de Dios a los dos
+hombres que os acometieron la noche del domingo pasado, renunciando a
+toda idea de venganza, y mirándolos como amigos si necesario fuese.
+
+—Fray Miguel, ¿sabéis la villanía que usaron conmigo? ¿Sabéis...?
+
+—Todo lo sé.
+
+—¿Y podéis aprobar tal infamia?
+
+—No permita el Señor que en mi pecho se abriguen semejantes
+sentimientos. No, señor don Juan: aquel desventurado lance me ha
+costado muchas lágrimas, y me las hubiera hecho derramar eternas
+si os costara la vida. Pero creedme, no hubo en él premeditación.
+Acontecimientos inevitables os hicieron encontrar con aquellos hombres:
+lo demás fue obra del espíritu maligno, que no desperdicia ocasión para
+perder a los hijos de Adán. ¿Os resolvéis, pues, a perdonar?
+
+—Padre vicario, mirad lo que pedís.
+
+—Lo que como cristiano debéis hacer.
+
+—Perdonados están.
+
+—¿Y prometéis también no renovar el duelo?
+
+—Siempre que no se me provoque a ello de nuevo. Si este caso llegara,
+sé lo que el honor exige de un caballero, y no dejara de hacerlo si mi
+padre saliera de la tumba solo para rogármelo.
+
+—Funesta preocupación la del honor, que os hace hollar los más santos
+preceptos de la religión...
+
+—Padre vicario, dejemos este punto: yo seguiré vuestra opinión a ciegas
+cuando se trate de teología; en materias de esta especie, fiaos a mí,
+que yo sé lo que he de hacer. Os repito que no tiraré la espada contra
+esos hombres si a ello no me provocan. Ved si esto os parece bastante,
+y por Dios vamos a lo que importa.
+
+—Consiento en recibir vuestra promesa tal como la hacéis. Resta que os
+convengáis a mirarlos como vuestros amigos si la ocasión se presentase
+de ser así necesario.
+
+—¿Y quien decidirá que así sea?
+
+—Inés; vos mismo.
+
+—Prometido también.
+
+—Restan ahora dos únicas condiciones, pero son las más importantes.
+
+—Y bien; decidlas.
+
+—Se os va a confiar un gran secreto, pero no en todas sus partes por
+ahora. ¿Ofrecéis que contentándoos con saber lo que se os diga, no
+trataréis en manera alguna de averiguar el resto?
+
+—Sí, ofrezco.
+
+—Lo último a que os queda que comprometeros es a renunciar para siempre
+a Inés...
+
+—Jamás.
+
+—Escuchadme.
+
+—No, en eso no hablemos.
+
+—Señor don Juan, permitidme que acabe, y responded después lo que
+gustéis. Es preciso, pues, que prometáis renunciar para siempre a Inés,
+pero en el caso que no os convenga el medio que ella misma os propondrá
+para llegar a ser su esposo.
+
+—Si yo me negare a ello, desde luego consiento en renunciar a Inés.
+
+—Olvidando, si es posible, hasta que la habéis conocido, cesando de
+seguirla, de mezclarse en sus operaciones, y de averiguar su paradero.
+
+—A todo me obligo.
+
+—¿A fe de caballero y de cristiano?
+
+—Por mi honor y mi religión lo juro ante ese divino Señor que está
+sobre vuestra mesa. Y si no lo cumpliere, téngaseme por indigno de
+mi noble nacimiento y en la hora de la muerte se me demande ante el
+Todopoderoso.
+
+—Amén.
+
+—¿Queréis más?
+
+—No; basta lo hecho.
+
+—Cumplid ahora vuestra promesa.
+
+—Voy a hacerlo.
+
+Entonces el fraile, levantándose de su asiento, se dirigió a la puerta
+de un retrete que en la celda había, y abriéndolo salió de él Gabriel
+de Espinosa.
+
+Ya se deja conocer cuál sería la sorpresa de Vargas con la aparición
+de aquel personaje, a quien estaba lejos de esperar. Estaba en pie y
+descubierto delante del crucifijo de la mesa del vicario, con la mano
+derecha aún puesta sobre el puño de la espada, cuando fray Miguel
+abrió la puerta del retrete, y así permaneció, sin que la multitud de
+diversos pensamientos que le asaltaron al ver al pastelero le diera
+lugar a variar de postura, ni a proferir una sola palabra.
+
+Gabriel, envuelto en su capa, con su ancho sombrero calado hasta las
+cejas, y con aire aún más grave que de ordinario acostumbraba, salió de
+su escondite a paso lento, y ocupando el sillón del vicario, colocado
+este a su lado en pie, empezó a hablar sin descubrirse la cabeza ni
+hacer otro movimiento que el de dejar caer el embozo de la capa lo
+bastante para poder explicarse fácilmente.
+
+—Señor don Juan —dijo—, desgracias inauditas y continuadas han reducido
+muchos años, y reducen aun hoy, a ocultar su nombre y persona al que
+estáis viendo y nació muy lejos de la humilde condición en que le
+habéis conocido.
+
+»Desde que por la vez primera me visteis, mi persona debió de llamaros
+la atención, pues me seguisteis obstinadamente, a pesar de que yo,
+teniendo graves motivos para desear no ser conocido por entonces, y
+creyendo, a causa de ignorar quién erais, que fueseis un espía de mis
+enemigos, hice cuanto pude por evitar vuestras miradas.
+
+Aquí Espinosa, como si hasta entonces no hubiera advertido que tanto
+Vargas como el vicario estaban en pie, se dirigió a ambos diciéndoles
+gravemente:
+
+—Sentaos.
+
+Uno y otro obedecieron, lo que de parte del fraile no parecía extraño,
+mas sí de la de don Juan, quien, sin poderlo él mismo comprender, se
+sentía humillado en presencia del singular pastelero. Este, después que
+tuvo a su auditorio sentado, continuó su interrumpido discurso de esta
+manera.
+
+—Desde entonces acá he tenido justos motivos de rectificar mi
+primera opinión. He visto en vos un caballero valiente, generoso, y
+perseverante en sus designios; y creed lo que os digo, pues si bien
+la lisonja me ha cegado más de una vez en otros tiempos, ya por mi
+posición, ya por mi carácter personal, jamás han pronunciado mis labios
+una palabra de alabanza sin que el corazón sintiera más acaso de lo
+que la lengua decía.
+
+»Pero estas mismas prendas recomendables que yo conocía en vos, señor
+caballero, me retraían de comprometeros en una empresa, aunque justa,
+aventurada y sobradamente peligrosa, en la cual por interés personal y
+por obligación os veréis empeñado uniendo vuestra suerte a la de Inés.
+
+»Incapaz, como lo soy, de cometer una villanía, tampoco la hubiera
+creído ni la creo de vos: así, pues, días ha que os hubiera enterado de
+todos mis secretos, sin otra precaución que la de encargaros el sigilo,
+seguro de vuestra honradez; pero la seguridad de muchos y muy fieles
+amigos, las reglas de la prudencia, y los consejos de personas que
+acaso se interesan tanto en vuestro bien como en el mío, me han movido
+a exigir de vos por medio de fray Miguel las promesas que acabáis de
+hacer solemnemente.
+
+»Ni el tiempo ni el lugar son ahora a propósito para revelaros quién
+yo sea. Básteos saber que nací caballero; que mi casa es ilustre,
+algunos de mis hechos gloriosos, y mi fortuna tan escasa que de noble y
+principal me ha reducido a humilde pastelero.
+
+»Contando con el favor de Dios y la fidelidad de mis amigos, en cuyo
+número espero contaros muy en breve, tardará poco acaso el día en que
+recobre mi ser primero: entonces, señor don Juan, yo os aseguro que
+no tendréis motivo de arrepentiros de haberme conocido. Este pliego
+(enseñándole uno sellado), que os prohíbo abráis hasta hallaros en
+Valladolid, os instruirá de parte de lo que deseáis saber, y os pondrá
+en disposición de enteraros del resto.
+
+»Recordad vuestras promesas, y cumplídmelas religiosamente. Ahora tomad
+inmediatamente el camino de Valladolid. Nada más tengo que deciros.
+Guárdeos el cielo.
+
+Acabando de hablar se puso en pie, entregó a fray Miguel el pliego,
+y después de haberlo recibido, este también de pie, y haciendo una
+profunda reverencia, salió Gabriel de la celda sin dignarse siquiera
+volver la cabeza para ver el efecto que sus palabras habían producido
+en don Juan de Vargas, quien, absorto con cuanto le pasaba, ni quería
+responder, ni aun cuando hubiera querido acertara a hacerlo.
+
+Luego que Espinosa salió del aposento, entregó fray Miguel el pliego
+a don Juan, y este, recibiéndolo maquinalmente, empezó a volverle
+entre las manos, en tanto que sus ojos, fijos en el suelo, denotaban
+claramente que aún no se había recobrado de su primera sorpresa.
+
+No le pareció al vicario hablarle por el momento, sino quiso que por
+grados se fuese él mismo serenando, y luego que conoció, al cabo de
+algunos minutos, que esto iba verificándose, le preguntó:
+
+—¿Y bien, señor don Juan, no pensáis en pasar hoy a Valladolid?
+
+—¿A Valladolid —respondió Vargas como si despertase de un sueño—, a qué?
+
+—¿A qué? A lo que con tanta ansia deseabais no hace mucho.
+
+—Sí; a ver a Inés sin duda. Este pliego dirá dónde se halla, ¿no es
+verdad, padre vicario?
+
+—Recordad nuestro convenio, y nada me preguntéis.
+
+—Sí; es cierto. Nada debo preguntar verdaderamente: jamás hombre se
+habrá visto en tan extraña situación. ¡Cómo ha de ser! Mi estrella lo
+quiere así.
+
+—No os desaniméis; estos misterios tardarán poco en cesar; la justicia
+triunfará, y entonces...
+
+—Inés será mía.
+
+—Vuestra será si vos queréis, señor don Juan...
+
+—¿Si yo quiero? Fray Miguel, adiós: vea yo Inés, y entonces conoceréis
+si hay nada difícil para mí tratándose de obtener su mano.
+
+—El cielo os sea propicio en vuestro viaje.
+
+Así que don Juan salió de la celda, la fisonomía naturalmente grave del
+vicario tomó un aire de contento y satisfacción que pocas veces se
+dejaba ver en ella, y frotándose las manos exclamó:
+
+—Con este ya se puede contar hasta la muerte: ¡por qué no estarán todos
+enamorados, y nuestro triunfo sería seguro!
+
+
+FIN DEL TOMO SEGUNDO
+
+
+
+
+ÍNDICE
+
+
+ Páginas
+TOMO I I-I
+
+ Introducción I-VII
+ Capítulo primero I-1
+ Capítulo II I-23
+ Capítulo III I-47
+ Capítulo IV I-71
+ Capítulo V I-103
+
+TOMO II II-I
+
+ Capítulo primero II-1
+ Capítulo II II-25
+ Capítulo III II-36
+ Capítulo IV II-61
+ Capítulo V II-76
+ Capítulo VI II-96
+ Capítulo VII II-114
+
+
+
+
+*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 75973 ***
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+ Ni rey ni Roque (1-2 de 4) | Project Gutenberg
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+ <hr class="full">
+ <p><a href="#ToC">Índice</a></p>
+ <h1 class="faux">Ni rey ni Roque (1-2 de 4)</h1>
+</div>
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+<div class="transnote" id="tnote">
+ <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p>
+ <ul>
+ <li>Los errores de imprenta han sido corregidos.</li>
+
+ <li>La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
+ las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.</li>
+
+ <li>La puntuación y la toponimia también han sufrido ligeros retoques
+ para su modernización.</li>
+
+ <li>Se han separado en párrafos distintos las intervenciones dialogadas
+ allí donde el texto adopta forma de diálogo, añadiendo y espaciando
+ las rayas según los modernos usos ortotipográficos.</li>
+
+ <li>Las cartas y misivas se presentan sangradas para mejor distinguirlas
+ de otros entrecomillados.</li>
+
+ <li>Se ha compilado y añadido un <a href="#ToC">Índice</a> al final del volumen
+ pese a que el original impreso no lo incluye.</li>
+ </ul>
+</div>
+
+
+<div class="screenonly x-ebookmaker-drop">
+ <hr class="chap">
+ <div class="figcenter">
+ <img class="thin"
+ style="width: 26em; height: auto;"
+ src="images/cover.jpg"
+ alt="Cubierta del libro">
+ </div>
+</div>
+
+
+<div class="tit pt6" id="Ch1">
+ <hr class="chap">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_I-i">p. I-<span class="asc">i</span></span></p>
+ <h2 class="nobreak sc g0 ws1" title="TOMO I">Ni Rey ni Roque</h2>
+ <hr class="chap">
+</div>
+
+
+<div class="tit">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_I-iii">p. I-<span class="asc">iii</span></span></p>
+ <p class="fs200 negr g0 ws1">NI REY NI ROQUE</p>
+ <p class="g0 ws1 mt1">EPISODIO HISTÓRICO</p>
+ <p class="fs140 g0 ws1 mt05">DEL REINADO DE FELIPE II,</p>
+ <p class="negr g0 ws1 mt05">AÑO DE 1595</p>
+
+ <p class="g1 ws1 mt2">NOVELA ORIGINAL</p>
+ <p class="fs75 g2 ws1 mt15">ESCRITA</p>
+ <p class="negr ws1 mt05">POR DON PATRICIO DE LA ESCOSURA,</p>
+ <p class="fs75 g0 ws1 mt1">AUTOR DEL CONDE DE CANDESPINA</p>
+
+ <div class="cajatomo">
+ <p class="g1">TOMO I</p>
+ </div>
+
+ <p class="fs130 g0 mt2">Madrid</p>
+ <p class="fs110 g0 ws1">Imprenta de Repullés</p>
+ <p class="fs110">—</p>
+ <p class="fs110 g0 ws1"><span class="sc">Año de</span> 1835</p>
+</div>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter">
+ <blockquote>
+ <p><span class="pagenum" id="Page_I-v">p. I-<span class="asc">v</span></span></p>
+ <p class="dedic"><span class="sc">Al señor don GERÓNIMO DE LA
+ ESCOSURA</span>, <i>Caballero de la Real y distinguida Orden Española
+ de Carlos III, del Consejo de Su Majestad, su Secretario con
+ ejercicio de decretos, Intendente de Provincia de primera clase, y
+ Vocal de la Real Junta de Fomento de la riqueza del Reino</i>.</p>
+
+ <p class="dcha mt2">En muestra de su cariño y respeto,</p>
+
+ <p class="dcha mt1">Su hijo,</p>
+ <p class="dcha"><i>Patricio de la Escosura</i></p>
+ </blockquote>
+</div>
+
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter">
+ <div class="poetry-container">
+ <div class="poetry">
+ <div class="stanza">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_I-vi">p. I-<span class="asc">vi</span></span></p>
+ <div class="verse i2">¿De qué, pues, nos sirvieron</div>
+ <div class="verse i0">Siete siglos de afán, y nuestra sangre</div>
+ <div class="verse i0">A torrentes verter?... Lanzado en vano</div>
+ <div class="verse i0">Fue de Castilla el árabe inclemente,</div>
+ <div class="verse i0">Si otro opresor más pérfido y tirano</div>
+ <div class="verse i0">Le pone el yugo a su infelice frente.</div>
+ <div class="verse idr">Quintana: <i>Oda a Padilla</i>.</div>
+ </div>
+ </div>
+ </div>
+</div>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+<div class="chapter" id="Ch10">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_I-vii">p. I-<span class="asc">vii</span></span></p>
+ <h3 class="g0">INTRODUCCIÓN</h3>
+
+ <div class="poetry-container smaller">
+ <div class="poetry">
+ <div class="stanza">
+ <div class="verse i2">El mentir de las estrellas</div>
+ <div class="verse i0">Es muy seguro mentir,</div>
+ <div class="verse i0">Porque ninguno ha de ir</div>
+ <div class="verse i0">A preguntárselo a ellas.</div>
+ </div>
+ </div>
+ </div>
+</div>
+
+<p class="ti0">Caballero en un rocín cuellilargo, quijotudo y
+amojamado, su creación inmemorial, sus jaeces una jáquima bastante
+antigua y una manta de muestra no muy moderna, y, a pesar de todo, no
+mío, paseaba yo no hace mucho por una sierra del reino de Sevilla.</p>
+
+<p>Preocupado en diferentes pensamientos, para mí muy importantes, y
+habituado ya al país en que me hallaba, confieso francamente que no me
+hacía mucho efecto el cuadro que me rodeaba, a pesar de ser una de las
+más bellas perspectivas que pueda imaginar el entendimiento.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_I-viii">p. I-<span
+class="asc">viii</span></span></p>
+
+<p>Cuanto la vista alcanza a descubrir, desde el punto más elevado de
+aquel terreno, ofrece un aspecto lleno de vida y de interés. No hay
+allí una llanura que tenga un cuarto de legua en cuadro; y hablando con
+propiedad, los que los naturales llaman valles no son más que ramblas o
+encañadas, la más ancha de cien toesas, si las tiene. Compónese, pues,
+todo aquel país de cerros y colinas, peñascos y precipicios.</p>
+
+<p>La naturaleza ha hecho tanto en favor de Andalucía que, a pesar
+de la indolencia de sus habitantes, la verdura, la frondosidad de la
+tierra encantan el alma del que acaba de dejar las áridas llanuras de
+la Mancha, donde el viajero se cree más bien en la Arabia desierta que
+no en la región meridional de la culta Europa.</p>
+
+<p>En medio de vastos y fértiles olivares, de montes de robustas
+encinas, de viñedos frondosos, de campos cereales, la blancura
+resplandeciente de los cortijos, que vistos de lejos tienen
+alguna semejanza<span class="pagenum" id="Page_I-ix">p. I-<span
+class="asc">ix</span></span> con los caseríos ingleses, hace un efecto
+maravilloso.</p>
+
+<p>A corta distancia unos de otros se descubren muchos pueblos, más o
+menos considerables, cuya posición próxima siempre a los pasos precisos
+de la sierra, y en puntos que los dominan, descubre que en su origen
+fueron puestos militares, establecidos por los moros para defenderse
+de las continuas incursiones de los cristianos. Los castillos ruinosos
+que en casi todos ellos se ven aún, y sus nombres arábigos, acreditan
+suficientemente esta conjetura.</p>
+
+<p>Verifícase la comunicación entre estos pueblos por medio de unas
+veredas, que vistas y andadas parecen, y son más a propósito, para
+cabras que para hombres y caballos; pero los naturales de la sierra
+las andan con una presteza y agilidad sorprendentes; y el forastero,
+animado con su ejemplo, acaba por habituarse y caminar tranquilo por
+ellas. En este caso me hallaba yo.</p>
+
+<p>Andando a la aventura mi rocín acertó<span class="pagenum"
+id="Page_I-x">p. I-<span class="asc">x</span></span> a tomar una
+estrecha senda que en la mitad de la altura de una cadena de colinas
+bastante pendientes corre paralelamente a su base, al pie de la cual
+se desliza, con manso ruido entre innumerables piedrecillas de jaspe
+colorado, un arroyo cuyo color verdoso y olor azufrado dan claros
+indicios de ser sus aguas minerales. Crecen en su orilla el romero, la
+adelfa y otros muchos arbustos en profusión, y la flor roja del segundo
+citado contribuye a prestar a aquella ribera, si tal nombre merece, un
+aspecto ameno y pintoresco.</p>
+
+<p>Como media legua podría yo haber andado, cuando la lentitud del
+paso de mi cuartago, lo lacio de sus orejas y la humilde postura de su
+cabeza me revelaron que si no quería volverme a pie a mi domicilio,
+era preciso que permitiese descansar un momento a aquella <i>vera
+efigies</i> de Rocinante. Eché, pues, pie a tierra, y reconociendo, por
+la frondosidad del sitio, que me hallaba en las inmediaciones de un
+manantial de agua potable, como<span class="pagenum" id="Page_I-xi">p.
+I-<span class="asc">xi</span></span> la sed empezaba a aquejarme, quise
+buscarlo. Tuve para esto que meterme por un angosto desfiladero en
+el que apenas cabían dos personas de frente. La elevación de los dos
+peñascos laterales, y las ramas de muchas higueras silvestres que de
+sus hendiduras salían, formando una bóveda impenetrable a los rayos
+del sol, hacía también muy a propósito aquel paraje para madriguera
+de bandidos, casta de pájaros en que el país suele abundar. Esta
+circunstancia dio lugar a que yo descolgase el retaco que llevaba
+pendiente del arzón trasero, según costumbre de Andalucía, y con él
+terciado y montado entrase en el desfiladero.</p>
+
+<p>No bien anduve veinte pasos, sentí a corta distancia el ruido de los
+de otro hombre y otro caballo. Debió de sucederle a él lo mismo, y de
+formar tan buen concepto de mí como yo de él, pues al descubrirnos nos
+apuntamos simultáneamente con los retacos, y ambos preguntamos a un
+tiempo:</p>
+
+<p>—¿Quién va?</p>
+
+<p>Íbamos los dos vestidos a la jerezana,<span class="pagenum"
+id="Page_I-xii">p. I-<span class="asc">xii</span></span> que es también
+el uniforme de los ladrones; pero como llevábamos bigotes el uno y
+el otro, apenas nos los vimos cesaron nuestras sospechas, y bajando
+a un tiempo las escopetas depusimos el airado ceño y nos saludamos
+cordialmente con el nombre de compañeros.</p>
+
+<p>Mi encuentro era un anciano de robusta complexión y nerviosa fibra.
+Los años le habían como curtido, pero conservaba toda la elasticidad
+de sus miembros y una estatura elevada, exenta de la curvatura general
+de los hombres de su edad. Por debajo del sombrero portugués dejaba
+ver unos cabellos espesos, pero blancos como la nieve, y de igual
+color eran los poblados bigotes que me le dieron a conocer por hombre
+honrado.</p>
+
+<p>—¿Adónde bueno, mocito? —me dijo con cortesía, pero con aquel
+tono de superioridad justa que los ancianos toman siempre con los
+jóvenes.</p>
+
+<p>—Voy, señor mío —le contesté—, buscando la fuente.</p>
+
+<p>—Por el acento y el camino que usted toma bien se conoce que no es
+del país. Yo también voy<span class="pagenum" id="Page_I-xiii">p.
+I-<span class="asc">xiii</span></span> a la fuente, y si usted quiere
+podremos ir juntos.</p>
+
+<p>Agradecí y acepté la oferta, y echamos a andar hasta el manantial,
+que aún distaba más de lo que yo me figuraba.</p>
+
+<p>El aire cordial, la franqueza, la urbanidad marcial de mi compañero,
+me hicieron reconocerle desde luego por un oficial veterano; y en
+efecto lo era. A los cinco minutos de estar juntos se estableció
+entre nosotros la misma libertad de trato que pudiera haber si nos
+conociéramos de diez años antes.</p>
+
+<p>El anciano me dijo que tenía setenta años, y se llamaba don
+Sebastián de Vargas. Había empezado a servir en caballería a los doce
+años, esto es, en el de 1776. Había hecho la campaña del año 92; la
+de Portugal con los franceses; la de América; y la del año 23 en el
+bizarro ejército constitucional de Cataluña.</p>
+
+<p>Tenía tres heridas, la cruz de San Fernando y otras infinitas por
+distintas acciones; y era comandante de escuadrón con grado de coronel;
+gracias a la amnistía,<span class="pagenum" id="Page_I-xiv">p. I-<span
+class="asc">xiv</span></span> pues desdeñando purificarse en la última
+época, se había quedado de paisano. Había asistido a más funciones de
+guerra que yo tengo meses de vida; y confieso que aunque las refería
+con harta prolijidad, le escuchaba con gusto y veneración.</p>
+
+<p>Dos horas estuvimos juntos, y quedamos tan amigos que me convidó a
+ir a pasar algunos días en un cortijo que habitaba a media legua de
+aquel paraje.</p>
+
+<p>—Vivo en el campo —me dijo—, con mi familia, que se reduce a una
+hija de veinticuatro años, un sobrino de treinta, mi ama de llaves y
+mi asistente, soldado tan antiguo como yo. No recibiremos a usted con
+cumplimientos, ni podremos obsequiarle a la moda de la corte; pero
+en cambio será usted bien llegado siempre que quiera favorecernos, y
+partirá con nosotros una puchera no mal sazonada.</p>
+
+<p>Dile las gracias por el ofrecimiento, prometiendo no despreciarlo;
+y monté a caballo, gozoso con mi nuevo conocimiento. Dos días después
+fui al cortijo de<span class="pagenum" id="Page_I-xv">p. I-<span
+class="asc">xv</span></span> Sierra-Carnero, que así se llama el de don
+Sebastián de Vargas.</p>
+
+<p>Su hija es una señorita no destituida de mérito personal, educada
+con más esmero del que yo suponía. Ella y su padre me recibieron como
+este me lo había prometido. Por la mañana vimos su habitación, que es
+una excelente casa de campo, aunque de muy antigua construcción, a la
+cual se han ido agregando sucesivamente cuadras, tinaones o establos,
+graneros y pajares. No muy lejos de ella está un molino de aceite.
+Por la tarde paseamos en las tierras del cortijo, que son vastas,
+bien cultivadas y productivas: no faltan en ellas los olivos, encinas
+y cepas, además de los sembrados de trigo y cebada, y los prados de
+alcacer. Pero lo que me encantó fue una huerta en la que, entre otros
+muchos árboles frutales, se veía considerable número de naranjos,
+limoneros y granados.</p>
+
+<p>El sobrino de don Sebastián, que tenía por nombre
+don Pedro Alcántara Hinojosa, me pareció un excelente
+sujeto;<span class="pagenum" id="Page_I-xvi">p. I-<span
+class="asc">xvi</span></span> pero yo a la cuenta no tuve igual fortuna
+con él, pues me trató con notable reserva.</p>
+
+<p>Mi amistad con aquella familia llegó a hacerse cada día más íntima,
+por manera que pasaba semanas enteras en Sierra-Carnero. En una de
+estas ocasiones llamó mi atención un retrato, de excelente mano, de una
+señora vestida con traje antiguo, pero tan parecida a la hija de mi
+huésped que llegué a figurarme sería su madre, que por extravagancia se
+hubiese hecho pintar vestida de máscara.</p>
+
+<p>Cabalmente cuando hice esta observación, Inesita, que tal era el
+nombre de la joven, se hallaba sola conmigo. Comuniquela mi pensamiento
+y ella, riéndose, me contestó:</p>
+
+<p>—No es usted solo el que ha tenido esa equivocación, no señor.
+Esa no es mi madre: es mi sexta o séptima abuela. Dicen que en
+la figura nos parecemos mucho; y si es verdad, como es tradición
+en la familia, que pasó muchos disgustos en su vida, me temo que
+también en eso nos<span class="pagenum" id="Page_I-xvii">p. I-<span
+class="asc">xvii</span></span> pareceremos.</p>
+
+<p>Al concluir estas palabras, la sonrisa de Inesita se convirtió en
+una expresión melancólica, y una lágrima se asomó furtivamente a sus
+hermosos ojos.</p>
+
+<p>Yo, que sin poderlo remediar soy muy compasivo con las damas, y un
+tantico curioso, pregunté con bastante empeño, y supe de aquella joven
+la causa de su disgusto. He aquí cómo sobre poco más o menos me la
+refirió:</p>
+
+<p>—Esa señora que usted ve retratada, dicen que era de una familia
+muy ilustre, y que antes de casarse con su marido, que fue un Vargas,
+pasó trabajos indecibles. Su hijo único se llamó don Sebastián; y
+este dejó muy encargado en su testamento a sus descendientes que a
+todos sus primogénitos les pusiesen su mismo nombre. Pero no es esta
+la cláusula más singular del tal testamento. Parece que entre el
+marido de la abuela doña Inés, que tal era su nombre, y un primo suyo
+llamado don Pedro Hinojosa de Vargas, medió una estrecha amistad,
+por cuya razón el nieto de aquel se casó con una doña Inés, nieta
+del último.<span class="pagenum" id="Page_I-xviii">p. I-<span
+class="asc">xviii</span></span> En virtud de esto, don Sebastián 1.º
+de Vargas encargó también que los primogénitos de sus descendientes en
+línea recta se casasen con las primogénitas de la de Hinojosa, siempre
+que estas llevasen el nombre de Inés.</p>
+
+<p>»Desde entonces, hasta mi padre inclusive, se ha seguido sin
+alteración alguna la extraña regla de bautismos y matrimonios
+establecido en el testamento de don Sebastián; siendo de notar que
+ninguno de sus sucesores ha tenido nunca más que un hijo varón.</p>
+
+<p>»Pero mi desdichada suerte ha querido que justamente variase en mí
+este orden constante de sucesión. Mi padre se casó teniendo ya más de
+cuarenta años; y mi madre, al darme a luz, expiró. El ama de llaves que
+hoy tenemos, y que cuando yo nací estaba ya en casa, me ha asegurado
+que no es fácil decidir cuál sentimiento era mayor en mi padre, si el
+de la muerte de su mujer, o el de no haber sido un varón lo que había
+dado a luz.</p>
+
+<p>»No puedo quejarme de mi padre: ha<span class="pagenum"
+id="Page_I-xix">p. I-<span class="asc">xix</span></span> llenado sus
+deberes escrupulosamente; pero jamás se ha abandonado por completo a
+la ternura paternal conmigo; y por más que procura ocultármelo, se
+le conoce que me mira como un borrón para el árbol genealógico de la
+familia.</p>
+
+<p>»Para colmo de mi desgracia, todas las hembras de la casa de
+Hinojosa han muerto, y solo queda un varón, que es mi primo. Nos
+amamos; y aunque mi padre lo aprecia no se resuelve a casarnos,
+porque se llama Pedro y no Sebastián. Vea usted si tengo motivo de
+afligirme.</p>
+
+<p>No es ponderable lo que me interesó esta relación. Por ella
+comprendí que la frialdad del primo conmigo provenía de un movimiento
+celoso, y me propuse castigar su desconfianza convenciendo a mi anciano
+amigo de la ridiculez de su empeño en sostener el extraño testamento de
+don Sebastián 1.º de Vargas.</p>
+
+<p>En la primera ocasión que me pareció oportuna empecé a insinuarme, y
+el viejo comandante no tuvo dificultad en entrar en materia.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_I-xx">p. I-<span
+class="asc">xx</span></span></p>
+
+<p>—Usted llama debilidad —me dijo— a lo que no es más que respeto
+y cariño a mis ascendientes. Seis generaciones han consagrado esa
+costumbre y la han hecho inviolable a mis ojos.</p>
+
+<p>—Y está bien —le repliqué yo—, está bien que usted la respete; y
+yo sería de parecer que se observase, a ser posible. Pero usted tiene
+setenta años, edad que no es a propósito para casarse; y aunque fuera
+más joven no podría hacerlo según sus principios, porque no tiene una
+doña Inés Hinojosa con quien enlazarse. Es preciso, pues, que usted
+consienta en el matrimonio de su hija con su sobrino, o en ver deshecha
+para siempre la unión entre dos ramas de la familia que tan ligadas han
+estado hasta aquí.</p>
+
+<p>—Sí, eso sí: usted tiene razón; pero yo tengo miedo. Sí señor,
+miedo, no se asombre usted. Hay en este asunto un misterio que no
+alcanzo, y que es lo que más me detiene.</p>
+
+<p>—¿Y no podré yo saber cuál es?</p>
+
+<p>—A nadie se lo he revelado hasta ahora; pero haré una excepción en
+favor de usted. En el testamento de mi séptimo<span class="pagenum"
+id="Page_I-xxi">p. I-<span class="asc">xxi</span></span> abuelo don
+Sebastián, se dice: que sus herederos, en el caso de no conformarse
+con sus disposiciones, incurrirán en su enojo, y que los fundamentos
+de lo que ordena se contienen en un rollo de papeles que, cerrados en
+una caja de plomo sellada, deja en su biblioteca. Todos hemos respetado
+esta caja; pero en tiempo de la guerra de la Independencia, una partida
+de los invasores que ocupó la casa, creyendo que en ella se contendría
+algún tesoro, la abrió a bayonetazos. Por fortuna se dejaron los
+papeles, que el ama de llaves recogió y hoy están en mi poder.</p>
+
+<p>—¿Y usted no los ha leído?</p>
+
+<p>—Mil veces lo he intentado; pero están escritos con unos garabatos
+infernales, de los cuales no he podido descifrar ni uno.</p>
+
+<p>—Si usted no tiene inconveniente en confiármelos, yo entiendo algo
+la letra antigua, y veremos de traducirlos al castellano moderno.</p>
+
+<p>—Me hará usted un servicio impagable.</p>
+
+<p>—Impagable, no tal. Prométame usted que si de esos papeles
+no resulta expresamente una prohibición de casarse su hija
+con su<span class="pagenum" id="Page_I-xxii">p. I-<span
+class="asc">xxii</span></span> sobrino, cesará usted de oponerse a sus
+deseos.</p>
+
+<p>—Veremos.</p>
+
+<p>—No hay veremos que valga: o se casan, o no trabajo.</p>
+
+<p>—Hombre, eso es hacerme la forzosa.</p>
+
+<p>—Para hacer felices a dos jóvenes que lo merecen, y a usted
+también.</p>
+
+<p>—¡Pero señor, qué empeño!</p>
+
+<p>—Mi coronel, ¿sí, o no? Entre soldados no hay palabras ambiguas.</p>
+
+<p>—Pues vamos con un sí.</p>
+
+<p>—Eso es hablar en razón. Vengan esos cinco, mi coronel.</p>
+
+<p>—Tome usted, mala cabeza.</p>
+
+<p>Inmediatamente después de esta conversación me entregué de un
+rollo de papeles muy voluminoso, que contenía la narración que, sin
+más condición que la de variar algunos apellidos, me ha permitido don
+Sebastián dar al público.</p>
+
+<p>Paréceme que ofrecerá la utilidad de dar a conocer en gran parte
+el carácter moral, político y religioso de una época interesante de
+nuestra historia. Nada más diré, porque el público va a juzgarla, y
+sería indisculpable temeridad anticiparme a su fallo.</p>
+
+<p>He tenido la satisfacción de asistir a<span class="pagenum"
+id="Page_I-xxiii">p. I-<span class="asc">xxiii</span></span> la boda
+de Inesita con don Pedro Hinojosa, y de ver a este tan trocado que
+me llama su mejor amigo. El coronel Vargas sabe ya de memoria este
+escrito; pero no qué hacer para probarme lo que agradece mi trabajo.</p>
+
+<p>Solo falta que el editor de la colección no tenga por qué
+arrepentirse de haberlo incluido en ella, y entonces yo también estaré
+completamente satisfecho.</p>
+
+<figure class="figcenter mt3">
+ <img src="images/i_1a023.jpg"
+ style="width: 6em; height: auto;"
+ alt="Viñeta ornamental">
+</figure>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+<div class="chapter" id="Ch11">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_I-1">p. I-1</span></p>
+ <p class="centra negr fs130 g1 ws1">NI REY NI ROQUE</p>
+ <hr class="tir">
+ <h3 class="g1 ws1">CAPÍTULO PRIMERO</h3>
+ <hr class="tir">
+
+ <div class="poetry-container smaller">
+ <div class="poetry">
+ <div class="stanza">
+ <div class="verse i0"><span class="sc">Don Félix</span></div>
+ <div class="verse i4">El rostro es en vano</div>
+ <div class="verse i4">Querer ocultarme;</div>
+ <div class="verse i4">O tú has de matarme,</div>
+ <div class="verse i4">O yo te veré.</div>
+ </div>
+ <div class="stanza">
+ <div class="verse i0"><span class="sc">Don Diego</span></div>
+ <div class="verse i4">No es verme tan llano</div>
+ <div class="verse i4">Que baste el querello;</div>
+ <div class="verse i4">Mal que os pese de ello</div>
+ <div class="verse i4">Burlaros sabré.</div>
+ <div class="verse idr">(<i>Comedia antigua inédita</i>).</div>
+ </div>
+ </div>
+ </div>
+</div>
+
+<p class="ti0">Como a las ocho de la mañana de uno de los primeros días
+del mes de julio del año de 1595, se apeó en Madrigal, a la puerta
+de una pastelería, un caballero joven, galán y bien portado. Dejando
+los caballos al cuidado del sirviente que le acompañaba, entró en la
+pastelería con gentil desembarazo, y tocando ligeramente con la mano el
+bonete de terciopelo<span class="pagenum" id="Page_I-2">p. I-2</span>
+negro que cubría su cabeza, pronunció con voz clara y apacible la
+entonces usual fórmula de saludo:</p>
+
+<p>—Ave María.</p>
+
+<p>—Sin pecado concebida —contestó la única persona que en la tienda
+había, y era una mujer joven, morena, de hermosos ojos, rostro más
+agraciado que bello, y aire más grave e imponente del que su edad,
+condición y humilde traje prometían.</p>
+
+<p>Estas observaciones las hizo el caminante sentado ya en uno de los
+escaños que había dentro de la misma chimenea, y fuese que su natural
+cortesía le moviese a ello, o bien que el aspecto de la huéspeda le
+pareciera exigir más respeto del que hasta entonces había mostrado,
+el hecho es que se quitó cortésmente el bonete, y dejó ver una cabeza
+cubierta de cabellos castaños, cortados según la moda de aquel siglo,
+es decir, sobre poco más o menos, de la manera que hoy llamamos a la
+inglesa.</p>
+
+<p>—¿No tendrá usted, señora huéspeda —dijo el caminante después de
+breves instantes—, alguna cosa con que aplacar<span class="pagenum"
+id="Page_I-3">p. I-3</span> el hambre de un mozo, que ya esta mañana ha
+caminado algunas horas?</p>
+
+<p>No contestó a esta pregunta la persona a quien se hacía, sino que,
+levantándose del asiento que ocupaba al frente del viajero, abrió y
+examinó el cajón del mostrador, algunas alacenas y el horno, y visto
+todo, volvió a su puesto diciendo flemáticamente al mancebo:</p>
+
+<p>—Nada.</p>
+
+<p>—Bien por mi vida. ¿Y no hay otra pastelería en el pueblo?</p>
+
+<p>—Ninguna.</p>
+
+<p>—¿Y absolutamente no hay nada que darme?</p>
+
+<p>—Nada, si no se contenta con un pedazo de pan.</p>
+
+<p>—Corta cosa es, y mi estómago me parece que ahora requiere más
+sustancioso refrigerio. Duélase, hermana, de mi necesidad, y no me
+obligue a andar en ayunas el resto de la jornada, que por la paga no
+quedaremos mal.</p>
+
+<p>—Mi señor no está en casa —replicó la huéspeda—, además de que,
+aunque estuviera, no creo yo que quisiera ahora hacer nada.</p>
+
+<p>—Válganos Dios, y qué poco amigo de trabajar es el pastelero: sea
+usted más caritativa, y alivie mi necesidad, que<span class="pagenum"
+id="Page_I-4">p. I-4</span> tengo prisa; el pueblo a que voy aún está
+lejos, y no quisiera llegar a él hambriento, y creyendo que en cuerpo
+tan bello haya un alma empedernida.</p>
+
+<p>Estas últimas palabras, pronunciadas en un tono entre galán y
+jocoso, arrancaron, por decirlo así, una sonrisa a la grave pastelera;
+pero había en ella tanta dignidad, y en su aire tal importancia, que
+a ser en una princesa, se dijera que el requiebro la agradaba solo
+en cuanto a mujer. Mas el mancebo no estaba entonces para pagarse de
+sonrisas; el hambre le aquejaba, y continuó sus instancias, quizás con
+importunidad; pero mezclándolas con tantas y tan discretas lisonjas que
+al cabo dio al traste con la pereza o el orgullo de la huéspeda.</p>
+
+<p>—Por oír misa y dar cebada —dijo esta—, ya sabe usted que no se
+pierde jornada. Haga, pues, que su criado lleve los caballos al mesón,
+que está en la misma calle, y váyase el señor caballero a oír la misa
+del padre vicario de Santa María la Real, que dentro de una hora<span
+class="pagenum" id="Page_I-5">p. I-5</span> veremos de dar modo para
+satisfacer su apetito.</p>
+
+<p>—¡Una hora! Mucho es; pero sea: oigamos misa, y después volveremos
+a...</p>
+
+<p>—A desayunaros.</p>
+
+<p>—Y a ver los negros ojos de la más bella pastelera de esta
+tierra.</p>
+
+<p>—Lisonjas de cortesano.</p>
+
+<p>—No, sino verdades de hombre honrado.</p>
+
+<p>—Si se retarda, caballero, no llega a la misa.</p>
+
+<p>—¿Está lejos la iglesia?</p>
+
+<p>—A dos pasos. Desde la puerta de casa verá usted la del
+monasterio.</p>
+
+<p>Y diciendo así, acompañó al caminante hasta la puerta, y en efecto
+le indicó el convento que desde ella se veía.</p>
+
+<p>Don Juan de Vargas, hermano del marqués de ***, que es el caminante
+que hemos visto, era un caballero mozo, de buen parecer, mediana
+estatura, rostro blanco, complexión enjuta, humor jovial, muy
+aficionado a las armas, y sobradamente a las damas; sirvió al rey en
+Flandes con honor algunos años; su valor y nacimiento le alcanzaron una
+compañía, y en la ocasión en que le hemos visto se hallaba en España
+a causa de<span class="pagenum" id="Page_I-6">p. I-6</span> haberle
+llamado su hermano el marqués, que achacoso antes de la vejez, soltero,
+y sin inclinación al matrimonio, le propuso hacerle su heredero, con
+solo la condición de renunciar el ejercicio de las armas y venirse a
+vivir en su compañía.</p>
+
+<p>Don Juan repugnaba dejar los campos de Marte; pero el agradecimiento
+a su hermano, las muchas ventajas que la proposición de este le
+ofrecía, y finalmente, algunas desavenencias con el cabo principal del
+tercio en que servía, le decidieron a dejar su bandera, con permiso del
+rey, y regresar a Valladolid, ciudad donde el marqués residía.</p>
+
+<p>Este desde luego descargó en su heredero el cuidado de su hacienda
+y estados que estaban en Castilla la Vieja, lo que proporcionó a
+don Juan hacer frecuentes viajes por la provincia, los cuales hacía
+siempre a la ligera con un solo criado, divirtiendo en ellos y en la
+caza el ocio de su nueva vida, insoportable para un hombre activo como
+él, vehemente,<span class="pagenum" id="Page_I-7">p. I-7</span> y
+habituado al continuo movimiento de la guerra.</p>
+
+<p>Regresaba don Juan a Valladolid, después de haber visitado varios
+pueblos del señorío del marqués situados en la sierra de Ávila, y se
+había propuesto llegar aquel día, y detenerse algunos en Medina del
+Campo, villa ya muy decaída entonces, pero no de tan poca importancia
+como lo es en el día.</p>
+
+<p>Sigámosle al monasterio de Santa María, que lo era de monjas de San
+Agustín: dirigiéndose a él, con el piadoso fin de oír misa, iba don
+Juan repasando en su memoria el gracejo de la pastelera, y tratando,
+por decirlo así, de casar lo plebeyo de su condición con la nobleza de
+su porte; el deseo de la ganancia, natural en el tratante de oficio,
+con la negligencia y descuido de aquella mujer, que nada tenía en su
+casa preparado para la venta; y finalmente, la solícita adulación de
+la mayor parte de las gentes dedicadas a aquel tráfico, con el despego
+casi grosero de la morena de Madrigal.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_I-8">p. I-8</span></p>
+
+<p>Poco tiempo hacía que don Juan había vuelto de Flandes, donde
+las gentes, aunque de suyo poco aficionadas a los españoles, no
+perdían nunca la ocasión de ganar con ellos el dinero; los tudescos,
+flemáticos, sí, mas no perezosos, saben adoptar siempre el tono
+conveniente a la profesión que el interés, o la necesidad, les obliga a
+ejercer, y don Juan se olvidaba de que estaba en Castilla la Vieja.</p>
+
+<p>Embebido, pues, en sus reflexiones, llegó al pórtico de la iglesia,
+en donde se hallaba reunido todo el pueblo, pues el día en que
+principia nuestra historia era festivo, y la misa del padre vicario
+la que siempre oían las personas de más cuenta y las que sin serlo
+aspiraban a darse importancia, que ya entonces eran en bastante
+número.</p>
+
+<p>Todo en aquel tiempo llevaba en España el sello del carácter
+severo y sombrío de su monarca. Cada una de las clases del Estado
+se distinguía en todo género de actos por sus insignias, por la
+calidad y hechura de sus vestidos. El color<span class="pagenum"
+id="Page_I-9">p. I-9</span> más de moda era el negro; los militares
+eran acaso los únicos que vestían de color: los adornos eran ricos
+y costosos, pero sencillos y graves: un cintillo de diamantes por
+presilla en el bonete, una larga y gruesa cadena de oro colgando del
+cuello, y dando una o más vueltas sobre el pecho, y una sortija de
+valor en algún dedo.</p>
+
+<p>El traje del siglo era airoso: Van Dyck, dice Walter Scott, lo ha
+inmortalizado. En efecto, o es la magia de aquel gracioso pincel,
+o verdaderamente el corte y disposición de los tales vestidos era
+infinitamente superior a los inconcebibles arreos de que hoy nos vemos
+cargados. Confieso ingenuamente que como no sea la idea de asimilarnos
+a los monos, no concibo cuál fuese la del inventor de los faldones de
+nuestros fraques. El pantalón, a la verdad, ya se entiende; porque la
+especie ha degenerado ya tanto que apenas hay pierna masculina capaz de
+llevar con honor el calzón ajustado. ¡Pero el chaleco, casaca, y sobre
+todo el corbatín!<span class="pagenum" id="Page_I-10">p. I-10</span>
+El corbatín, instrumento eterno de suplicio para el hombre obeso y
+corto de cuello, a quien no deja respirar, y para el hético agrullado,
+cuya cabeza, dejándose ver sobre una columna de raso o terciopelo,
+parece blanco puesto allí para diversión de muchachos. El corbatín,
+repito, es la más desatinada de las invenciones.</p>
+
+<p>Pero aún es mayor disparate entretener al lector con tales
+reflexiones: para concluir, en general, esta materia, diré que el
+calzón en aquel tiempo era ajustado y largo, que llegaba hasta la
+garganta del pie; la bota como la de campana; el jubón, ajustado a
+la forma del cuerpo, llegaba hasta la cintura, a la cual se ajustaba
+por medio de un cinturón, del que ordinariamente pendía la espada;
+comúnmente estaba, como entonces decían, acuchillado, es decir, con
+ciertas aberturas cubiertas con unos bollos de seda en los ricos, y de
+lienzo más o menos fino en los artesanos y demás clases pobres.</p>
+
+<p>El pueblo andaba de ordinario en<span class="pagenum"
+id="Page_I-11">p. I-11</span> cuerpo, y es natural, pues de esta manera
+estaba el hombre más desembarazado para entregarse a sus faenas, y
+en la cabeza llevaban los plebeyos un sombrero de copa redonda y ala
+ancha; al paso que los nobles, los funcionarios públicos, los criados y
+demás gente ciudadana, o por una razón o por otra, superior a la plebe,
+usaban la capa corta, que no pasaba de la cintura, y un bonete o gorra
+semejante, si no igual, a la que vemos en nuestros cómicos cuando
+representan las comedias de Lope, Calderón, etc.</p>
+
+<p>El traje de camino variaba en algún tanto: este era constantemente
+de color menos fino y delicado que el de la ciudad; y en lugar de la
+capa corta se llevaba el gabán, especie de capotillo sin mangas, y que
+cuando la ocasión lo requería, se usaba con forro de pieles, y aun a
+veces una capa parecida en las dimensiones a las del día.</p>
+
+<p>Diremos, al paso, que tal era el vestido que llevaba nuestro don
+Juan, y cebando en las digresiones, continuaremos<span class="pagenum"
+id="Page_I-12">p. I-12</span> acompañándole en el pórtico, en donde se
+paseaba esperando la misa, siendo el objeto de las miradas de todos,
+y haciendo por su parte algunas observaciones en aquellos honrados
+vecinos.</p>
+
+<p>El traje de camino, el aire desembarazado y libre de un cortesano,
+la osadía del militar, y un cierto no sé qué de seguridad y ninguna
+extrañeza, al verse solo entre personas desconocidas, que debía don
+Juan a la educación, al ejercicio y a los viajes, eran para Madrigal
+una cosa nueva.</p>
+
+<p>Los individuos de la justicia del pueblo, que con el traje de
+etiqueta, la vara en la mano y el alguacil al lado, esperaban que la
+campana les diera la señal de ir a ocupar en el templo su asiento
+privilegiado, y estaban, como de razón, algún tanto separados del resto
+de la concurrencia, no fueron por eso los últimos en notar la llegada
+del forastero.</p>
+
+<p>El corregidor, hombre de mediana edad, chico de cuerpo, abultado de
+barriga, de rostro circular a manera de luna,<span class="pagenum"
+id="Page_I-13">p. I-13</span> con dos ojitos de color de perla abiertos
+a punzón, chato y de pocas letras, pero lleno de la importancia de su
+empleo, cuya insignia, la golilla, no abandonaba ni para dormir, y
+que hasta para pedir la comida o el sombrero creía necesario un auto
+de oficio, hubiera de buena gana mandado a su secretario que fuera a
+notificar al recién venido se presentase ante su señoría a declarar en
+forma su nombre, apellido, profesión, etc., so pena de diez ducados de
+multa (que las multas eran lo que mejor le parecía del oficio); pero
+como su consorte le había apercibido de que hablase poco, si no quería
+exponerse a decir solemnes necedades, y el buen magistrado era un
+marido paciente y obediente, se contentó por entonces con señalar con
+el dedo a don Juan, llamando la atención del escribano, y pronunciando
+gravemente la palabra <i>visto</i>.</p>
+
+<p>—Por mandado de su señoría —respondió maquinalmente el escribano,
+especie de autómata legal con todas las apariencias posibles de una
+momia.</p>
+
+<p>El alcalde, los<span class="pagenum" id="Page_I-14">p. I-14</span>
+regidores, el personero y el alguacil fijaron también la vista en el
+forastero, que acaso se dirigía hacia ellos en su paseo.</p>
+
+<p>—Es galán —dijo uno de los regidores.</p>
+
+<p>—Y su porte de cortesano —contestó el personero, que había estado
+alguna vez en Valladolid.</p>
+
+<p>—Más parece soldado que otra cosa —replicó el primero—. Dios tenga
+de su mano a las mujeres si ha de pasar algunos días en el pueblo.</p>
+
+<p>—Y a los mozos si viene de bandera —dijo el alcalde.</p>
+
+<p>—¿Qué dice su señoría?</p>
+
+<p>—Conforme —respondió el corregidor.</p>
+
+<p>Ya en esto don Juan les había vuelto la espalda, y era observado
+por otros corros formados por distintas personas del pueblo; pero no
+halló cosa en ninguno que le llamase la atención, ni le distrajese
+del apetito que el caminar le había excitado; solo notó un hombre
+vestido en cuanto a la forma como el resto de los habitantes, es decir,
+humildemente; pero que tanto en la calidad del paño de su ropa, que
+bien se echaba de ver era finísimo, como en el aire del cuerpo, no
+solo lejos<span class="pagenum" id="Page_I-15">p. I-15</span> de ser
+grosero y torpe, sino además noble, distinguido y rigoroso, se hacía
+notable entre todos.</p>
+
+<p>Este se paseaba solo como don Juan; pero se conocía que no era
+forastero, pues aun cuando los madrigaleños no dejaban de mirarle con
+cierta curiosidad, se dejaba ver que era objeto a que sus ojos estaban
+acostumbrados.</p>
+
+<p>El rostro puede decirse que no se le veía, pues el ala inmensa
+de su sombrero no daba lugar a ello; pero si alguna vez por un
+movimiento brusco se dejaba ver, dos ojos negros como el ébano, vivos,
+penetrantes, y entre airados y melancólicos, hacían dudar de si las
+arrugas que le cubrían eran efectos de pesares y trabajos, o de una
+edad que se aviene mal con tanto fuego y con músculos tan vigorosos en
+la apariencia como los suyos.</p>
+
+<p>Cuando este individuo pasaba por las inmediaciones de algún corrillo
+de gente del pueblo, nadie dejaba de saludarle, más respetuosa que
+afablemente; los hidalgos y los ricos volvían con tiempo la<span
+class="pagenum" id="Page_I-16">p. I-16</span> vista para no saludarle,
+ni hacer desaire a su persona, y él ni parecía admirarse del
+acatamiento de los unos, ni extrañar la afectada distracción de los
+otros.</p>
+
+<p>La justicia era la que aún le trataba de un modo más extraño. Al
+pasar por sus inmediaciones, la mano del para don Juan desconocido
+personaje hizo un movimiento como para tocar el sombrero, mas se quedó
+en el camino, y aquellos señores hubieron de contentarse con un buenos
+días nos dé Dios, pronunciado en voz apenas inteligible.</p>
+
+<p>Sin embargo todos contestaron, aunque con cierta expresión en la
+fisonomía que no era fácil decidir si era de desprecio o de temor. Mas
+cualquiera que fuese, al interesado pareció dársele poca pena, pues
+continuó sus paseos sin inquietarse en manera alguna de los magistrados
+de la villa.</p>
+
+<p>Cuando el ánimo está libre, cualquier cosa basta a llamar
+nuestra atención; así es que don Juan la fijó sin saber por qué en
+aquel hombre. Por su parte<span class="pagenum" id="Page_I-17">p.
+I-17</span> el incógnito clavó también un instante la vista en el
+hermano del marqués. En un momento recorrió toda su persona; parecía
+querer penetrar en lo íntimo de su corazón; preguntarle con su mirar
+quién era, a qué había venido, por qué le observaba; pero un momento
+después, cruzando los brazos sobre el pecho e inclinando la cabeza,
+en la apariencia se olvidó de que don Juan estaba allí, y siguió
+paseándose.</p>
+
+<p>Lo que a nosotros nos ha costado algunas páginas decir fue sin
+embargo obra a todo más de unos cinco minutos que tardó la campana en
+sonar el acostumbrado tercer toque a misa.</p>
+
+<p>Rompió la marcha el corregidor hacia la iglesia, y siguiole el
+ayuntamiento, atravesando la calle que con el sombrero en la mano
+formaron los circunstantes, a excepción de don Juan y su incógnito
+que por causas distintas no creyeron necesario rendir homenaje al
+magistrado. De aquí resultó que ambos fueron también los últimos a
+entrar en el<span class="pagenum" id="Page_I-18">p. I-18</span>
+templo, lo que verificaron tan a un tiempo que don Juan esperó poder
+entonces satisfacer la curiosidad que tenía de verle el rostro al
+individuo en cuestión; mas se engañó, pues este antes de poner el pie
+en la iglesia hizo un movimiento rápido para colocarse detrás del
+caballero, a quien ya no le quedó más partido que el de continuar su
+camino.</p>
+
+<p>No fue sin embargo sin un secreto despecho de verse burlado en
+el mismo instante en que ya creía conseguido su designio. Tenaz
+por carácter, y no reprimida aún su vehemencia por el hielo de los
+años ni por la mano de hierro de la desgracia, era natural que no
+renunciase fácilmente a una empresa que ya por sí no presentaba graves
+dificultades, porque a la verdad, verle el rostro a un hombre que anda
+por la calle no es cosa maravillosa. Ofreciole la fortuna una ocasión,
+y la agudeza de su ingenio medios de aprovecharse de ella. No había
+en la iglesia más que una sola pila de agua bendita; a ella, pues,
+había de acudir el<span class="pagenum" id="Page_I-19">p. I-19</span>
+incógnito. Don Juan sentía detrás de sí los pasos de aquel hombre;
+llega a la pila, introduce la mano, y se vuelve con rapidez para
+ofrecer cortésmente el agua; pero sea que el último hubiese previsto
+lo que iba a suceder, sea que por evitar las miradas de otros curiosos
+creyera oportuno seguir ocultándose, lo cierto es que con la mano
+izquierda llevaba inmediato a la cara un pañuelo, como si sufriera
+de dolor de muelas, de manera que no era posible vérsela. Alargó sin
+embargo el brazo derecho, recibió de don Juan el agua bendita como si
+aquel obsequio le fuera cosa debida, e inclinando apenas la cabeza
+en señal de gracias, desapareció detrás de una de las columnas de la
+iglesia antes que aquel caballero volviera en sí del asombro que la
+presencia de espíritu y gravedad del desconocido le causaron.</p>
+
+<p>El órgano sonaba ya; las religiosas en el coro habían dado principio
+al oficio divino, y don Juan, buen católico, y por otra parte hombre
+cuerdo, conoció que<span class="pagenum" id="Page_I-20">p. I-20</span>
+ni el paraje ni la ocasión eran a propósito para empeñarse en seguir
+a un hombre que visiblemente se obstinaba en no dejarse encontrar.
+Renunció, pues, por entonces a su empresa, y púsose a oír la misa con
+toda devoción, si bien, a pesar suyo, no cesaba de mirar por todas
+partes con objeto de descubrir en algún rincón al misterioso habitante
+de Madrigal.</p>
+
+<p>Mas todo su mirar fue en vano; la misa se concluyó, y ya iba don
+Juan a retirarse de la iglesia cuando advirtió que su incógnito
+iba delante del sacerdote y en dirección a la sacristía. En el
+momento tomó el mismo camino, y acelerando el paso se adelantó al
+vicario, quedándose no obstante algo más atrás que el objeto de su
+curiosidad.</p>
+
+<p>Este, así que llegó a la puerta de la sacristía, se paró,
+colocándose a la derecha de ella de modo que era imposible que el
+fraile pasase sin verle. Don Juan, resuelto ya hasta a reñir con
+aquel hombre, si necesario fuese, para verle a su gusto, hizo igual
+movimimiento en el<span class="pagenum" id="Page_I-21">p. I-21</span>
+lado izquierdo de la puerta, quedándose frente a él de manera que
+estaban como dos centinelas puestos para guardar un paso importante.</p>
+
+<p>El de Madrigal, que conservaba el pañuelo puesto en la cara, lanzó
+una mirada de furor a don Juan; pero este, que no era hombre de
+asustarse por miradas, permaneció intrépido en su puesto, mirándole de
+hito en hito.</p>
+
+<p>En esto ya el vicario llegaba a la sacristía con las manos cruzadas
+sobre el pecho, baja la cabeza y en el más profundo recogimiento,
+sin advertir en manera alguna a aquellos dos hombres, inmóviles como
+estaban, y que acaso eran los únicos que quedaban en la iglesia.</p>
+
+<p>Ya iba a entrar por la puerta, cuando el desconocido, dejando caer
+el brazo izquierdo y descubriéndose por consiguiente el rostro, dijo en
+voz clara y sonora, si bien no muy elevada:</p>
+
+<p>—Fray Miguel de los Santos, guárdeos el cielo.</p>
+
+<p>Desde la primera palabra levantó el fraile la cabeza, tan
+despavorido como si<span class="pagenum" id="Page_I-22">p. I-22</span>
+oyera la voz del ángel exterminador, y clavando sus ojos desencajados
+de espanto en la fisonomía del que le hablaba:</p>
+
+<p>—¡Jesús me valga! —exclamó con voz apagada.</p>
+
+<p>Y cediendo a la fuerza de su temor, se desmayó.</p>
+
+<p>Venturosamente don Juan estaba tan cerca que pudo impedir su caída,
+recibiéndole en los brazos.</p>
+
+<p>El desconocido entonces, dirigiéndose a él, le dijo entre airado y
+pesaroso:</p>
+
+<p>—Socórrale, y otra vez no sea tan entremetido.</p>
+
+<p>Dicho esto, volvió la espalda y dejó la iglesia. Don Juan llamó al
+sacristán, a quien entregó el vicario sin decirle nada de la causa de
+su accidente, y echó a andar apresuradamente pero con ánimo de alcanzar
+al singular personaje que acababa de dejar, y obtener de él, de grado o
+por fuerza, la explicación de aquel suceso.</p>
+
+<figure class="figcenter mt3">
+ <img src="images/i_1p022.jpg"
+ style="width: 6em; height: auto;"
+ alt="Viñeta ornamental">
+</figure>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+<div class="chapter" id="Ch12">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_I-23">p. I-23</span></p>
+ <h3 class="g1 ws1">CAPÍTULO II</h3>
+ <hr class="tir">
+
+ <div class="poetry-container smaller">
+ <div class="poetry">
+ <div class="stanza">
+ <div class="verse i2">Como de leve chispa al solo fuego</div>
+ <div class="verse i0">Se inflama el bronce vomitando muertes:</div>
+ <div class="verse i0">Al torpe influjo de calumnia impía</div>
+ <div class="verse i0">Así la furia popular se enciende.</div>
+ <div class="verse idr">(<i>Canción anónima</i>).</div>
+ </div>
+ </div>
+ </div>
+</div>
+
+<p class="ti0">Por más pronto que el sacristán del monasterio acudió a
+la voz de don Juan, y a pesar de cuanta prisa se dio este a salir de la
+iglesia, no pudo hacerlo con tanta brevedad que alcanzase a la persona
+que buscaba. Todavía, cuando don Juan salió, quedaban en el pórtico
+algunos corrillos, y uno entre ellos formado por los individuos de la
+justicia, que ya conocemos de vista; pero ni con estos ni con ninguno
+de los habitantes estaba el incógnito, como don Juan vio después de
+haber examinado apresurada y curiosamente la fisonomía de todos los
+circunstantes, inclusa la del señor corregidor.</p>
+
+<p>El aire afanado de don Juan, cierta<span class="pagenum"
+id="Page_I-24">p. I-24</span> especie de sobresalto que se dejaba ver
+en su rostro, y, sobre todo, el desacato inaudito con que se atrevía
+a pasar en revista la fisonomía del primer magistrado de la villa,
+llamaron la atención general de un modo tan visible que, a estar menos
+preocupado con su designio, conociera nuestro caballero que su conducta
+era por lo menos imprudente. Mas ya se ha dicho que don Juan era
+obstinado; él mismo lo ha dejado ver en toda su conducta desde que está
+a nuestra vista, y además, en el punto a que las cosas habían llegado
+entonces, su curiosidad estaba demasiado exaltada para contenerse por
+respeto al desagrado de los honrados madrigaleños.</p>
+
+<p>Sin embargo, todas sus diligencias fueron inútiles. Después de
+haber examinado detenidamente todas las inmediaciones de la iglesia,
+conoció que correr las calles y un pueblo desconocido en busca de un
+hombre cuyo nombre, calidad y empleo ignoraba sería sobre descabellado,
+infructuoso. Resolviose, pues,<span class="pagenum" id="Page_I-25">p.
+I-25</span> a regresar a la pastelería, con ánimo de adquirir en ella,
+si posible fuese, algunas noticias sobre el objeto en cuestión.</p>
+
+<p>Pensar y ejecutar eran para el hermano del marqués casi una misma
+cosa. Cinco minutos después de tomada su resolución estaba ya sentado
+en la pastelería delante de una mesa que la huéspeda le había hecho
+preparar durante su ausencia. Mas no estaba cuando don Juan llegó la
+agraciada morena; un marmitón mulato, y silencioso como la tumba, fue
+quien le hizo seña de ocupar su asiento; y poniéndole delante un asado
+de cabrito, medio pan blanco y un frasco de vino, se retiró sin decir
+palabra a lo interior de la casa.</p>
+
+<p>No pudo menos don Juan de sonreírse viéndose recibir de aquella
+manera, y de exclamar para sí:</p>
+
+<p>«¡Por vida de mi padre, que a estar en carnestolendas dijera que
+estos señores de Madrigal se han propuesto hacer burla y chacota de mi
+persona! Todos son misterios, y<span class="pagenum" id="Page_I-26">p.
+I-26</span> voto..., pero comamos, que después habrá lugar para
+todo».</p>
+
+<p>En efecto, don Juan ocupó su asiento, y después de persignado y
+santiguado devotamente empezó a embaular bonitamente, unos tras otros,
+muchos y no muy pequeños pedazos de cabrito, los que, para que no se
+le secaran en el estómago, tenía muy buen cuidado de humedecer con
+copiosas libaciones.</p>
+
+<p>Al paso que iba había cabrito para muy poco tiempo; pero aún no
+había concluido cuando, por detrás de él y sin haber precedido ruido
+de puerta ni de pasos que se lo anunciase, apareció la huéspeda y,
+tocándole ligeramente en el hombro, le dijo sin detenerse y en voz tan
+baja que apenas se oía:</p>
+
+<p>—Guárdese de requebrarme.</p>
+
+<p>Cuando la última de estas palabras hirió el oído de don Juan, ya la
+morena ocupaba el mismo asiento en que la había visto la primera vez, y
+su actitud y aparente indolencia eran absolutamente las mismas también
+que en aquella ocasión.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_I-27">p. I-27</span></p>
+
+<p>El primer movimiento de don Juan, sintiéndose de improviso tocar en
+el hombro, fue llevar la mano al puño de la espada; pero viendo, casi
+al mismo tiempo, a la huéspeda, y escuchando las palabras que le decía,
+se quedó absorto durante algún tiempo. Recobrado empero, y volviendo
+a su humor festivo, se sonrió con la morena, quien le correspondía
+igualmente, y animado con tan buen principio, empezó a decir:</p>
+
+<p>—¿Querrá usted decirme por qué me prohíbe...?</p>
+
+<p>La huéspeda, conociendo que la palabra <i>requebrarla</i> u otra
+equivalente era la que el forastero iba a pronunciar, recorrió rápida
+y sobresaltadamente el aposento con la vista, y tomando en seguida
+una actitud tan imponente que rayaba en teatral, puso el dedo índice
+sobre sus labios, clavando al mismo tiempo sus hermosos ojos en los del
+desconcertado caminante, que entonces no sabía qué cosa admirar más,
+si la gracia y belleza de la mujer que tenía delante, o aquel aire de
+dominio con que sin derecho alguno quería tratarle.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_I-28">p. I-28</span></p>
+
+<p>—Es singular —exclamó—; pero al cabo es mujer —dijo para sí—; no hay
+humillación en someterse a ella: variemos la conversación. Paréceme
+—continuó en alta voz— que la gente de Madrigal tiene mucha afición
+al padre vicario del monasterio, pues según los informes que tengo,
+poca gente más será la que hay en el pueblo que la que yo he visto en
+misa.</p>
+
+<p>—Muy poca —respondió la morena, que había vuelto a recobrar su
+primera apatía.</p>
+
+<p>—Y no faltan hidalgos en el pueblo.</p>
+
+<p>—Podrá ser.</p>
+
+<p>—¿Cómo podrá ser? ¿Pues usted no lo sabe?</p>
+
+<p>—No, a fe mía.</p>
+
+<p>—¿Y cómo, estando en la villa y habiendo tal vez nacido en ella?</p>
+
+<p>—Porque jamás me empeño en averiguar lo que no me importa.</p>
+
+<p>Y a estas palabras acompañó una mirada tan expresiva, tan burlona,
+que confundió a don Juan y suspendió su locuacidad por algún tiempo.</p>
+
+<p>La pastelera calló también, y al parecer se ocupaba en contar
+las vigas del techo, mientras que el caballero, rojo como<span
+class="pagenum" id="Page_I-29">p. I-29</span> el carmín, apoyaba un
+codo en la mesa, la frente en la mano, y con la otra desmenuzaba
+prolijamente una miga de pan como si la destinara a cebar algún
+pajarillo.</p>
+
+<p>Después de algunos segundos, pasados en esta posición, don Juan,
+dejándola bruscamente como por efecto de una de aquellas luminosas
+reflexiones que, cuando menos esperamos, vienen a facilitarnos la
+solución de algún problema que nos parecía imposible resolver, don
+Juan, repito, volvió a anudar la interrumpida conversación.</p>
+
+<p>—¿Conocería, por ventura, vuesa merced a un hombre...?</p>
+
+<p>—¿Más curioso que siete mujeres? —interrumpió malignamente la
+huéspeda con no poca mortificación del preguntante.</p>
+
+<p>—No es eso lo que voy a decir, hermana —replicó entre vergonzoso y
+enojado don Juan—; iba a preguntarle si conocía a un hombre que hoy en
+misa ha llamado mi atención.</p>
+
+<p>—Yo no he ido hoy a oír la misa del padre vicario.</p>
+
+<p>—Lo sé, pero sin embargo, pudiera ser que las señas<span
+class="pagenum" id="Page_I-30">p. I-30</span> que yo diese de su
+persona —aquí advirtió don Juan que la huéspeda mudaba de color—
+hiciese venir a usted en conocimiento de quién sea.</p>
+
+<p>—Diga, pues, señor caballero —prorrumpió la huéspeda morena, pero
+con visible agitación.</p>
+
+<p>—Su edad es entre la mocedad y la vejez, su persona parece ser de
+hombre robusto y asendereado, sus movimientos anuncian la agilidad que
+solo se adquiere con el ejercicio de las armas.</p>
+
+<p>—O haciendo pasteles —dijo detrás de don Juan la misma voz que en la
+iglesia causó el desmayo de fray Miguel de los Santos.</p>
+
+<p>—Pardiez —exclamó don Juan, que familiarizado ya algún tanto con
+las sorpresas, recibió la nueva aparición con menos asombro que era de
+creer—; pardiez, hermano, me alegro más de haberos encontrado que si el
+rey me hubiera hecho merced de alguna encomienda.</p>
+
+<p>El incógnito, que llevaba su gran sombrero calado como siempre hasta
+las cejas y los brazos cruzados sobre el pecho, dejó a don Juan decir
+libremente,<span class="pagenum" id="Page_I-31">p. I-31</span> y
+continuó andando hasta colocarse de pie en frente de él y al lado de la
+pastelera, cuyos ojos, desde el momento de su entrada, no se apartaron
+del suelo.</p>
+
+<p>El silencio duró algunos instantes; quien lo rompió fue el
+pastelero.</p>
+
+<p>—Señor caballero: si en efecto lo es usted, puede saber que la
+curiosidad indiscreta es gravísimo defecto, propio más bien de
+mujercillas y hombres bajos que de gente noble y principal. Pero usted
+es mozo, y como tal no es extraño que aún no haya aprendido a moderar
+sus pasiones. Yo no soy ni quiero ser un misterio, y ciertamente creo
+que para correr a usted bastaría decirle que el que ahora le está
+hablando es el pastelero de Madrigal, su humilde criado.</p>
+
+<p>El principio de esta arenga inflamó al irascible don Juan; cuanto
+más era la razón con que el pastelero le reprendía tanto mayores
+eran su mortificación y cólera; pero cuando oyó a aquel hombre
+concluir declarando su oficio, sin embargo de que la tal declaración
+se hizo<span class="pagenum" id="Page_I-32">p. I-32</span> con un
+tono indefinible que ni bien era amargo, ni irónico, ni cortés, ni
+grave, fue tan poderosa con él la risa que prorrumpió en una gran
+carcajada.</p>
+
+<p>Esta se prolongó tanto que la pastelera acabó, como a pesar suyo,
+por hacer otro tanto, y hasta el mismo dueño de la tienda dio muestras
+de abandonar por un momento su austera gravedad.</p>
+
+<p>Así se pasó algún tiempo, y sabe Dios el que se hubiera pasado si
+en medio de aquella inmoderada y acaso intempestiva alegría, no se
+dejara ver en la puerta de la calle, que estaba abierta, un hombre, o
+esqueleto de tal, alto, flaco, carilargo, ojihundido, vestido de negro,
+con un lío de papeles debajo del brazo y un gran tintero de cuerno en
+la mano; el escribano, en fin, en cuerpo y alma, si es que la tenía.</p>
+
+<p>—Abran aquí a la justicia —dijo parándose en el umbral de la
+puerta.</p>
+
+<p>Y esta frase fue la primera noticia que de su venida tuvieron los
+tres reidores; al oírlas cesó la risa, cada cual fijó los ojos<span
+class="pagenum" id="Page_I-33">p. I-33</span> en la puerta, y don Juan,
+viéndola abierta de par en par y que el fantasma que en ella había
+decía sin embargo que se la abriesen, estuvo por empezar de nuevo a
+reírse: contúvole empero la idea de que aquel hombre era al cabo un
+ministro de la justicia, y se contentó con decirle:</p>
+
+<p>—Por más abierta no doy una blanca; entre usted, que bien puede.</p>
+
+<p>La pastelera se inmutó extraordinariamente; sus manos, que don Juan
+notó ser de primorosa estructura y no embrutecidas por el trabajo,
+se cruzaron sobre sus faldas con un movimiento convulsivo y casi
+involuntario; perdió el color del rostro y echó una mirada al cielo
+como pidiéndole protección.</p>
+
+<p>Del pastelero no fue posible juzgar, pues el ala del sombrero le
+cubría, como se ha dicho, toda la cara, y en su persona no se notó
+movimiento que anunciase temor ni sorpresa como no fuese el echar la
+mano al puño de una daga corta que llevaba casi oculta entre los<span
+class="pagenum" id="Page_I-34">p. I-34</span> pliegues del vestido, y
+aun esto con tanta negligencia y espacio, que más parecía movimiento
+casual que de precaución.</p>
+
+<p>No bastó la invitación de don Juan para que el escribano pasase
+adelante, sino que despreciando el aviso del caballero se dirigió de
+nuevo al dueño de la casa, repitiéndole en su falsete:</p>
+
+<p>—Abran aquí a la justicia.</p>
+
+<p>—Abierto está; entre la justicia cuando quiera —respondió el
+pastelero.</p>
+
+<p>Y entonces el escribano entró, seguido de dos alguaciles y cuatro
+robustos mozos armados con alabardas, mohosas, sí, mas de un tamaño
+respetable.</p>
+
+<p>«Este Madrigal —dijo para sí don Juan viendo aquello— es villa
+maravillosa, o se ha trastornado desde que estoy en ella: ¿qué va a que
+se llevan preso a mi huésped?».</p>
+
+<p>Mientras hacía estas reflexiones, dos de los alabarderos se quedaron
+guardando la puerta, y otros dos se colocaron a los costados del
+escribano, quien tranquilo<span class="pagenum" id="Page_I-35">p.
+I-35</span> al parecer con aquella escolta, empezó a decir:</p>
+
+<p>—Gabriel de Espinosa: el rey nuestro señor, y en su nombre el señor
+corregidor de esta villa, y yo, por comisión de su señoría, expedida en
+debida forma, según más latamente consta en autos, os requerimos para
+que en este mismo instante nos entreguéis, para que puesto en lugar de
+seguridad y juzgado, y <i>secundum alegata et probata</i>, conforme a
+derecho, sufra la pena a que haya lugar, la persona de un asesino que
+tenéis en vuestra casa pastelería, sita en la villa de Madrigal, en el
+reino de Castilla la Vieja.</p>
+
+<p>—Señor escribano, mi casa no es, ni ha sido nunca, asilo de
+malhechores. Usted viene engañado, pues en ella no hay persona alguna
+forastera, como no sea ese gentilhombre que usted está viendo, que
+seguramente no tiene trazas de asesino.</p>
+
+<p>—Nada más engañoso que la apariencia —replicó gravemente el
+escribano—. Cierto no es el hábito que acostumbra<span class="pagenum"
+id="Page_I-36">p. I-36</span> vestir la gente maleante el que vemos
+en la persona que usted nos señala; pero como por lo demás convienen
+en ello todas las señas contenidas en el auto de oficio y mandato de
+prisión de su señoría, fuerza será reconocer en este buen hombre el
+asesino que buscamos.</p>
+
+<p>—Mentís como un bellaco —gritó furioso don Juan, irritado con tan
+rigorosa y no merecida acusación.</p>
+
+<p>—Favor a la justicia —exclamó el escribano.</p>
+
+<p>Y al mismo tiempo sus dos satélites, enristrando las lanzas, le
+pusieron a don Juan las puntas al pecho obligándole a retroceder hasta
+la pared, sin darle tiempo para tirar de la espada.</p>
+
+<p>Sin embargo de verse en tan crítica posición, aún pudo tirar de un
+puñal, y hacía ademán de resistirse con él. Los alabarderos, por su
+parte, irritados con sus amenazas, le apretaban tanto con sus armas que
+hubo momento en que realmente pudo decirse que estuvo a un dedo de la
+muerte.</p>
+
+<p>El escribano se había retirado hacia<span class="pagenum"
+id="Page_I-37">p. I-37</span> la puerta: el pastelero miraba desde el
+lugar en que le cogió el principio de aquella escena singular el valor
+de don Juan; pero la morena, más sensible y arrojada, corrió a los
+mozos, separó con sus manos las puntas de las alabardas del pecho del
+caballero, y poniéndose delante de él, le dijo:</p>
+
+<p>—Entréguese usted a la justicia; si es inocente, como lo creo, no
+estará mucho tiempo en sus manos; y si fuese culpado, sobre que la
+resistencia sería inútil, no haría más que perjudicarle en su causa.</p>
+
+<p>El raciocinio era concluyente; pero todavía más que su evidencia
+pudo con don Juan la dulzura de la voz, el tierno interés con que se
+pronunció, y la expresión hechicera del rostro de la que con razón
+llamó su libertadora.</p>
+
+<p>—Usted —contestó— acaba de salvarme la vida, y justo es que yo ponga
+mis armas a sus pies —y, en efecto, lo hizo así—: disponga, pues, vuesa
+merced de mi persona, y crea que desde este instante se ha ganado un
+amigo, que lo será mientras<span class="pagenum" id="Page_I-38">p.
+I-38</span> viva.</p>
+
+<p>No replicó la pastelera, sino que cogiendo la espada y puñal de don
+Juan los puso sobre una mesa, y dirigiéndose al escribano, le dijo
+desdeñosamente:</p>
+
+<p>—Ya puede hacer su oficio.</p>
+
+<p>Don Juan, adelantándose entonces hacia el secretario, sin soberbia
+ni humildad le dijo:</p>
+
+<p>—Soy vuestro preso; pero acordaos que soy noble, y mi familia
+poderosa.</p>
+
+<p>Concluidas estas palabras, los cuatro mozos de las alabardas
+cogieron en medio al hermano del marqués y salieron procesionalmente de
+la pastelería, cerrando la marcha el escribano, y dirigiéndose todos
+hacia la casa-posada del señor corregidor, que estaba esperando al
+presunto reo con alguna impaciencia.</p>
+
+<p>En el tránsito se agregaron muchas personas, que ya el aparato
+desplegado por la autoridad en la prisión de don Juan había reunido
+a la puerta de la pastelería; la mayor parte de ellas que andaban
+por las calles, y no pocas de las que estaban en sus casas y vieron
+pasar<span class="pagenum" id="Page_I-39">p. I-39</span> el singular
+acompañamiento de nuestro caballero.</p>
+
+<p>—¿Por qué llevan preso a ese mancebo? —preguntó uno de modo que el
+interesado pudo oírlo.</p>
+
+<p>—No sé —respondió otro—, pero, según dicen, ha cometido un
+asesinato.</p>
+
+<p>—Imposible —interrumpió una mujer—, imposible: ¡si es tan galán!</p>
+
+<p>—Sí, como él sea galán, nada malo puede hacer —exclamó gruñendo un
+hombre que, por la amabilidad que con ella usaba, se conocía ser su
+marido.</p>
+
+<p>—Señores, es un hereje.</p>
+
+<p>—Judaizante, judaizante.</p>
+
+<p>—No hay tal, señores, es un morisco disfrazado.</p>
+
+<p>Todas estas conjeturas más divertían a don Juan que le mortificaban,
+pues, seguro de su inocencia, lo estaba de justificarse de cualquier
+crimen que se le imputara.</p>
+
+<p>Pero de repente, y de entre las personas del pueblo que más
+distantes estaban del preso, sale una voz de trueno gritando:</p>
+
+<p>—Matadle, matadle al asesino, al sacrílego.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_I-40">p. I-40</span></p>
+
+<p>Este apóstrofe produjo un momento de horror y profundo silencio;
+pero a poco se oyó un ruido sordo como el del mar en el momento de
+empezarse una tempestad.</p>
+
+<p>Los habitantes se hablaban entre sí, y casi todos a un tiempo:
+la pregunta «¿Y qué es lo que ha hecho?» vuela de boca en boca.
+Pero el estrépito es tal, la diferencia de voces y la agitación tan
+grandes, que la respuesta no se da, o no puede llegar a los oídos del
+interesado.</p>
+
+<p>Un momento después, la voz de «¡Muera!, ¡matadle!, ¡a la hoguera!»
+es general; los alabarderos, los alguaciles y el escribano bastan
+apenas con amenazas, con razones y ruegos, a contener aquellos
+furiosos, que más de una vez estuvieron a punto de arrojarse sobre la
+persona de don Juan, y de hacerle pedazos.</p>
+
+<p>Decir que este caballero iba tranquilo en tan amargo trance sería
+falso, inverosímil. El amor a la vida es natural, y perderla inocente,
+sin esperanza de gloria y por el necio capricho del vulgo<span
+class="pagenum" id="Page_I-41">p. I-41</span> ignorante, será siempre
+muy cruel, por más que suceda alguna vez en todos siglos y épocas.</p>
+
+<p>Sin embargo, fuera de ponérsele el rostro amarillo como la cera,
+no dio nuestro don Juan otra señal de temor. De buena gana se hubiera
+tapado los oídos para no escuchar las horrendas imprecaciones que de
+todas partes, y sin cesar, llovían sobre él; pero conoció que sobre
+no poder excusarse de oír lo que le mortificaba, pues los pulmones
+de los madrigaleños eran de bronce, o tal le parecían, dar aquella
+prueba de debilidad sería indecoroso y a propósito para alentar en sus
+sanguinarios proyectos a aquellos amotinados.</p>
+
+<p>Uno de estos hubo tan osado que, deslizándose por entre dos de los
+alabarderos, llegó a coger un brazo al preso; mas este, conociendo
+lo crítico de su situación y que solo arrostrándolo todo era como
+le quedaba alguna esperanza de salvarse, le descargó en la cabeza
+un golpe tan furioso y tan bien aplicado que<span class="pagenum"
+id="Page_I-42">p. I-42</span> dio con él en el suelo, en donde se quedó
+como muerto. Tal fue el aturdimiento que tuvo.</p>
+
+<p>Los alabarderos viendo aquello, e interesándose como es natural por
+un hombre indefenso y expuesto a la ira de todos, y que sin embargo tan
+valiente se mostraba, enristraron las alabardas, y cerrándose en torno
+de él, lograron, no sin trabajo, abrirse paso por medio de la multitud
+que por todas partes les rodeaba.</p>
+
+<p>El escribano intentó al principio resistir al tumulto con autoridad,
+conminando a los amotinados con diversas penas si al punto no le
+dejaban el camino expedito para que la justicia pudiera ejercer
+libremente sus funciones. Pero nadie le hizo caso, y hubo quien llegó a
+contestarle con muy poca cortesía.</p>
+
+<p>Visto esto varió de rumbo, empezó conviniendo con los habitantes
+en la enormidad del delito del prisionero, y la justicia del castigo
+que para él pedían; pero<span class="pagenum" id="Page_I-43">p.
+I-43</span> les suplicaba que dejasen a cargo de los magistrados
+puestos por el rey aplicar la pena que conviniese, citándoles en apoyo
+de su opinión cuantos aforismos, leyes, comentarios y pragmáticas le
+vinieron a la memoria. Mas ni nadie atendía a su aflautado y meloso
+acento, ni aunque hubiesen atendido sirviera de nada, pues una vez rota
+por el pueblo la barrera del orden, ¿adónde pararán sus extravíos? Dios
+solo alcanza saberlo.</p>
+
+<p>A pesar de todo permaneció firme en su puesto el escribano hasta la
+ocurrencia de que últimamente hemos hablado, pues así que vio caer a un
+hombre en el suelo, fue tan pánico el terror que de él se apoderó que,
+escabullándose por entre los circunstantes, encorvado para que se le
+viese menos, se dio tan buena maña que en pocos instantes se vio fuera
+del campo de batalla con no poca satisfacción suya.</p>
+
+<p>Entre tanto los mozos de las alabardas, valientes como castellanos
+de entonces, continuaban lenta y penosamente su<span class="pagenum"
+id="Page_I-44">p. I-44</span> marcha, y el pueblo gritaba a más y mejor
+contra el pobre don Juan, que daba al diablo la hora en que se le
+antojó venir por Madrigal, y quisiera más entonces habérselas con todos
+los tudescos del mundo que con sus furiosos compatriotas.</p>
+
+<p>Llegaron por fin al umbral de la casa del corregidor y la hallaron
+cerrada, gracias a la prudencia de la consorte de este, doña Petronila,
+que informada por un oficioso vecino de lo que ocurría en el pueblo,
+dispuso tomar a todo evento la precaución de no dejar que nadie entrase
+en su casa hasta que todo estuviese sosegado.</p>
+
+<p>Por más que los alabarderos llamaron, por más que suplicaron, la
+puerta no se abría.</p>
+
+<p>El corregidor, puesto a la ventana del piso principal, colocada
+precisamente encima de una de las rejas del cuarto bajo, decía
+constantemente:</p>
+
+<p>—Hijos, no puedo abrir; mi mujer tiene la llave.</p>
+
+<p>—Ya se ve que la tengo —exclamaba desde<span class="pagenum"
+id="Page_I-45">p. I-45</span> el interior del aposento la voz cascada
+de la dueña—, ya se ve que la tengo, y no la daré.</p>
+
+<p>Los amotinados se agolpaban; su furia, lejos de disminuirse, iba
+tomando incremento, y era visible que en breve todos los esfuerzos
+de los cuatro alabarderos serían inútiles para salvar al infeliz don
+Juan.</p>
+
+<p>Este, conociendo desde luego toda la intensidad del peligro, echó
+una mirada en rededor de sí, ve la reja, da un salto, gatea por ella,
+alcanza la ventana a que el corregidor estaba asomado, y entra por ella
+en el aposento.</p>
+
+<p>Inmediatamente coge al magistrado absorto por el brazo, le retira de
+la ventana, cierra vidrieras y contraventanas, y rendido de fatiga y de
+sobresalto se arroja sobre un sillón.</p>
+
+<p>Al ver el pueblo el arrojo de don Juan, todo él prorrumpió en
+un grito de espanto, del que se formará una idea el que haya oído
+exclamación universal de los concurrentes a la elevación de un<span
+class="pagenum" id="Page_I-46">p. I-46</span> globo en cuya barquilla
+se ve algún atrevido areonauta.</p>
+
+<p>Pero a la admiración sucedió el furor y el grito de derribar la
+puerta, que sonó en los oídos del corregidor como la sentencia de su
+muerte.</p>
+
+<figure class="figcenter mt3">
+ <img src="images/i_1p046.jpg"
+ style="width: 6em; height: auto;"
+ alt="Viñeta ornamental">
+</figure>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+<div class="chapter" id="Ch13">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_I-47">p. I-47</span></p>
+ <h3 class="g1 ws1">CAPÍTULO III</h3>
+ <hr class="tir">
+
+ <div class="poetry-container smaller">
+ <div class="poetry">
+ <div class="stanza">
+ <div class="verse i2">Doleos la dueña.</div>
+ <div class="verse i0">Doleos de mí</div>
+ <div class="verse i0">Si no me amparades</div>
+ <div class="verse i0">Es fuerza morir.</div>
+ <div class="verse i2">—Mal hora que os coja,</div>
+ <div class="verse i0">¿Por qué aquí venís?</div>
+ <div class="verse i0">Ni sé vuestro nombre,</div>
+ <div class="verse i0">Ni jamás os vi.</div>
+ <div class="verse i2">—Salvadme, que os juro,</div>
+ <div class="verse i0">Que voy a morir</div>
+ <div class="verse i0">Sin culpa ninguna.</div>
+ <div class="verse i2">—Mancebo, venid,</div>
+ <div class="verse i0">Que soy compasiva</div>
+ <div class="verse i0">Y mujer al fin.</div>
+ <div class="verse idr">(<i>Romance inédito</i>).</div>
+ </div>
+ </div>
+ </div>
+</div>
+
+<p class="ti0">Mientras que en la calle se discutía tumultuariamente
+sobre si sería más conveniente echar abajo la puerta de la casa del
+corregidor, o cercarla tomando todas las avenidas a ella, de manera
+que el fugitivo no pudiera absolutamente escaparse de sus manos, es
+imponderable la<span class="pagenum" id="Page_I-48">p. I-48</span>
+apurada situación del magistrado, su mujer y don Juan.</p>
+
+<p>Por de pronto, la sorpresa en los dos primeros, y en el último el
+deseo de la conservación, no dieron lugar a ningún otro pensamiento;
+pero pocos minutos bastaron para que cada uno de ellos hiciera
+reflexiones sobre su posición, y análogas a su carácter.</p>
+
+<p>El corregidor repasaba en la memoria las penas impuestas por la
+ley al escalamiento; pero al mismo tiempo veía con disgusto no serían
+aplicables en aquel caso, porque era claro que solo el inminente
+peligro de su vida movió al acusado a tomar por asalto la audiencia de
+su señoría. Sin embargo, lo que más le mortificaba era cierto escrúpulo
+sobre si tendría o no que inhibirse del conocimiento de aquella causa,
+pues como testigo presencial del escalamiento su deposición se hacía
+necesaria, y le imposibilitaba de ser juez en ella.</p>
+
+<p>Doña Petronila empezó por ceder a la timidez de que en general
+adolece su<span class="pagenum" id="Page_I-49">p. I-49</span> sexo, y
+aun estuvo muy cerca de tener un desmayo; pero venturosamente se hizo
+cargo de que su ilustre esposo tenía demasiado miedo para socorrerla
+entonces, y el recién venido cosas de más importancia en qué pensar, y
+resolvió contentarse con derramar algunas lágrimas por el momento.</p>
+
+<p>Don Juan, después de recobrado algún tanto, prestó la mayor atención
+a las voces de los amotinados, y a poco se hizo cargo de sus intentos,
+los que fácilmente se figurará cualquiera, que le alarmaron en
+extremo.</p>
+
+<p>—Amigo, quien quiera que seáis —dijo dirigiéndose al magistrado—,
+en vuestra mano está salvar la vida de un hombre que sin saber por
+qué, ni haber cometido crimen alguno, es el objeto de la furia de esa
+canalla.</p>
+
+<p>—Doña Petronila, esposa, ya oís lo que dice este hombre.</p>
+
+<p>—Sí, ya oigo, y más valiera que ese hidalgo no hubiera venido a
+ponernos en tan grave peligro.</p>
+
+<p>—Señora, el peligro en que yo<span class="pagenum"
+id="Page_I-50">p. I-50</span> mismo me hallaba es mi disculpa.</p>
+
+<p>—¿Y quién le mandó ponerse en él, señor mío?</p>
+
+<p>—El demonio, que sin duda me inspiró el pensamiento de venir a este
+malaventurado pueblo.</p>
+
+<p>—¡El demonio! —murmuró aparte el corregidor—; <i>vade retro</i>.
+Este hombre tiene pacto.</p>
+
+<p>—Sí, sí —contestó la corregidora, que iba cobrando aliento—; echa la
+culpa al pueblo de lo que la tienen sus malas mañas.</p>
+
+<p>—¿Pero qué malas mañas, pecador de mí? ¿Qué mañas? ¿De qué me
+acusan? Sépalo yo al menos.</p>
+
+<p>—Traslado —respondió el magistrado.</p>
+
+<p>—Le acusan —dijo su mujer—, del asesinato que ha cometido.</p>
+
+<p>—¡Válganme todos los santos del cielo! ¡Yo asesino! ¿Y quién lo
+dice?</p>
+
+<p>—Oiga, hermano, y escuchará cómo se lo dice todo el pueblo.</p>
+
+<p>—¿Y eso basta?</p>
+
+<p>—<i>Vox populi, vox Dei</i> —dijo el juez.</p>
+
+<p>Aquí interrumpió la conversación el estrépito horrible de las voces
+de los amotinados, que con más furia que nunca<span class="pagenum"
+id="Page_I-51">p. I-51</span> gritaban «¡Abajo la puerta!», y como por
+vía de acompañamiento se oían los golpes que daban en ella algunos
+impacientes con las astas de las alabardas que habían logrado arrancar
+de manos de sus dueños, en tanto que recibían las hachas que habían
+enviado a buscar.</p>
+
+<p>—Toda discusión es ociosa, señores; dentro de algunos minutos
+seremos todos víctimas de la rabia de esos desalmados si por caridad no
+me indican vuesas mercedes un medio para huir de aquí.</p>
+
+<p>Doña Petronila, mujer al fin, y conmovida con el riesgo a que
+conocía se hallaba expuesta, quiso echar una mirada sobre su extraño
+huésped, a quien hasta entonces no había examinado, temiendo
+hallarle espantoso; pero cuando vio un mancebo tan bien dispuesto,
+y sereno hasta cierto punto aun puesto en aquel duro trance, sintió
+enternecérsele el corazón, y empezó a pensar en qué paraje podría
+ocultarle para sustraerle a la espantosa muerte que sin duda le
+aguardaba.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_I-52">p. I-52</span></p>
+
+<p>Mujer que quiere, pocas veces no puede; un retrete en su propia
+alcoba, cuya entrada, dispuesta ya con arte para que no se notase, era
+todavía menos visible a causa de la oscuridad del lugar en que estaba,
+fue el paraje que doña Petronila creyó a propósito para ocultar a don
+Juan. Y en efecto, levantándose de su asiento le asió de la mano,
+diciéndole:</p>
+
+<p>—Sígueme.</p>
+
+<p>El hermano del marqués, en el entusiasmo de su gratitud, no vio ni
+los sesenta años de doña Petronila, ni su figura colosal y descarnada,
+ni los ojos a manera de perdiz, ni la mano semejante a la de una parca;
+nada vio, repito, en aquella mujer sino un ángel tutelar que venía a
+arrancarle de las garras de la muerte. Así es que imprimió en la mano
+que le llevaba un beso tan ardiente como hubiera podido hacerlo en
+la de la misma diosa Venus si en persona se le hubiese presentado a
+ofrecerle sus favores.</p>
+
+<p>No habían aún puesto el pie fuera<span class="pagenum"
+id="Page_I-53">p. I-53</span> del aposento la dueña y el caballero,
+cuando les hizo pararse una voz que se oyó en la calle, primero a
+lo lejos y repetida a pequeños intervalos, después muy próxima,
+últimamente inmediata a la misma casa y universal, diciendo: «¡Milagro,
+milagro!».</p>
+
+<p>Casi al mismo tiempo cesaron los golpes de la puerta, y el ruido de
+las pisadas anunció que los amotinados se retiraban, pero con tanta
+precipitación que era una verdadera fuga, y repitiendo sin cesar el
+grito de «¡Milagro, milagro!», que, debilitándose progresivamente,
+acabó por dejarlo todo en el más profundo silencio.</p>
+
+<p>Cuando llegó este caso, don Juan, que había permanecido en pie, y
+siempre asido de la mano de doña Petronila, exclamó como maquinal e
+involuntariamente:</p>
+
+<p>—¡Milagro!</p>
+
+<p>—¡Milagro! —repitió la dueña.</p>
+
+<p>—¡Milagro! —tartamudeó el corregidor.</p>
+
+<p>Después que ya fue evidente la partida de los amotinados, cada cual
+se fue<span class="pagenum" id="Page_I-54">p. I-54</span> serenando
+progresivamente, y, como es natural, la curiosidad sucedió desde luego
+al temor.</p>
+
+<p>Lo ocurrido era, a la verdad, para tenerla. Don Juan, en un
+pueblo en que a nadie conocía, en el que apenas hacía dos horas que
+se hallaba, sin que durante ellas se hubiese querellado con persona
+alguna, se veía de repente acusado, preso por la justicia, perseguido
+por el pueblo, y de repente, también como por encanto, a la voz de
+«¡Milagro!» se verifica en efecto el de dispersarse espontáneamente el
+tumulto, y esto en el momento en que era muy probable consiguiesen su
+intento los amotinados.</p>
+
+<p>Por su parte, el corregidor y su esposa, aunque enterados del crimen
+de que se acusaba a aquel caballero, comprendían aún menos que él mismo
+la dispersión del motín.</p>
+
+<p>No tardaron mucho ni unos ni otros en salir de sus dudas; pero para
+hacer inteligible la solución del misterio en cuestión nos es forzoso
+volver atrás por un<span class="pagenum" id="Page_I-55">p. I-55</span>
+momento con el hilo de nuestra historia.</p>
+
+<p>Recuérdese que hemos dicho que el aguijoneado don Juan, por el
+deseo de conocer al que después vio ser el pastelero, había dejado al
+vicario del monasterio de Santa María la Real desmayado, en brazos del
+sacristán del mismo, y que inmediatamente echó a andar en busca de su
+incógnito.</p>
+
+<p>Sucedió, pues, que no pudiendo el sacristán entrar solo al fraile
+desmayado en la sacristía, llamó en su auxilio a dos monaguillos, que
+en efecto le ayudaron a echar al vicario sobre un banco y prodigarle
+los socorros ordinarios en tales casos, como rociarle el rostro con
+agua, hacerle oler vinagre, despojarle de parte del vestido, etc.,
+etc.</p>
+
+<p>Pero como a pesar de todos sus esfuerzos, y del movimiento que
+recibía el cuerpo del padre vicario, no volvía de su parasismo,
+el pobre sacristán, hombre pacato y de poco espíritu, exclamó
+afligidísimo:</p>
+
+<p>—¡Válgame Dios: está como muerto el buen señor!</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_I-56">p. I-56</span></p>
+
+<p>No aguardaron a oír más los dos monaguillos, muchachos de diez
+a once años ambos, sino que echando a llorar amargamente salieron
+corriendo de la sacristía dando grandes alaridos, en los cuales no
+se les oían más palabras inteligibles que las de «Ha muerto el padre
+vicario».</p>
+
+<p>Ya en esto, la mayor parte o todas las personas que quedaban aún en
+el pórtico cuando salió don Juan de la iglesia, se habían retirado a
+sus casas; los mismos individuos del ayuntamiento se habían dispersado,
+y solos el corregidor y el escribano, con algún otro rezagado, estaban
+bastante próximos a la iglesia para oír las lamentables exclamaciones
+de los dos acólitos.</p>
+
+<p>—Homicidio —dijo el corregidor.</p>
+
+<p>—Homicidio —repitió el escribano.</p>
+
+<p>Y recordando entonces con infernal sagacidad la salida de don Juan
+de la iglesia después de todos los demás circunstantes, infirió como
+consecuencia de la prisa y azoramiento que en él advirtió entonces,
+que<span class="pagenum" id="Page_I-57">p. I-57</span> él era sin duda
+el asesino del padre vicario, e inmediatamente se le comunicó a su
+señoría, quien contestó:</p>
+
+<p>—Préndasele, y le ahorcaremos.</p>
+
+<p>Con tan buenas intenciones, el escribano, hombre diligentísimo en
+tales ocasiones, dispuso la prisión de don Juan en la forma que hemos
+visto se verificó en la pastelería, y su ánimo era llevarle a casa del
+corregidor para tomarle inmediatamente las primeras declaraciones.</p>
+
+<p>La casualidad hizo que las primeras personas que se reunieron a
+la comitiva de don Juan no estuviesen enteradas del crimen de que se
+le acusaba; pero ya cuando se aumentó el concurso, se agregaron a él
+uno o dos sujetos que, habiendo oído la conversación del juez con su
+secretario en las inmediaciones de la iglesia, hicieron correr la voz
+de que aquel hombre iba preso por haber asesinado al padre vicario en
+la iglesia misma en el momento de acabar de decir misa, y revestido aún
+de las sagradas ropas.</p>
+
+<p>El delito era enorme en sí, atroz por<span class="pagenum"
+id="Page_I-58">p. I-58</span> la persona en quien se cometía,
+y sacrílego por el paraje en que se suponía haberse cometido y
+circunstancias que le acompañaban.</p>
+
+<p>Pero sin embargo, para comprender bien el furor que encendió en el
+pueblo, es preciso saber lo que amaba al que creía muerto.</p>
+
+<p>Fray Miguel de los Santos era religioso del orden de San Agustín,
+y portugués de nación, provincial de su orden en Lisboa, predicador,
+confesor, y amigo del desgraciado rey don Sebastián: se unió, después
+de su pérdida, en estrecha amistad con don Antonio, prior de Crato, que
+fue, como es cosa bien sabida, uno de los pretendientes más obstinados
+a la corona de aquel reino.</p>
+
+<p>Fray Miguel debía a la naturaleza un carácter vehemente, entusiasta
+y arrojado; así es que no supo sustraer a la suspicacia de Felipe su
+mal reprimida adhesión a don Antonio.</p>
+
+<p>El monarca español le hizo traer a Castilla encerrado en un coche
+con guardias<span class="pagenum" id="Page_I-59">p. I-59</span> de a
+caballo, y le tuvo preso algún tiempo, hasta que, por fin, o creyendo
+que el fraile se habría demudado con el infortunio, o cediendo a
+empeños de poderosos, le concedió su libertad, enviándole de vicario al
+monasterio de Madrigal, en el cual era monja profesa la señora doña Ana
+de Austria, hija natural del inmortal vencedor de Lepanto.</p>
+
+<p>Costumbres irreprensibles, moral pura e indulgente para los demás
+y severa para sí mismo, ayunos, penitencias, limosnas, la práctica
+constante de todos los ritos exteriores de la religión, con más el
+ejercicio, en cuanto le era posible, de las virtudes reconciliadas,
+adquirieron a fray Miguel en Madrigal la reputación merecida de un
+varón justo y un sacerdote ejemplar.</p>
+
+<p>Nunca la miseria acudió en vano a la caridad de fray Miguel; y si
+los socorros que daba no eran siempre tan cuantiosos como él hubiera
+deseado, iban por lo menos acompañados de buenos consejos y palabras
+compasivas, lenitivo muchas<span class="pagenum" id="Page_I-60">p.
+I-60</span> veces, si no remedio a nuestros males.</p>
+
+<p>Con estos antecedentes es fácil hacerse cargo de la inflamación
+extraordinaria y portentosa de los habitantes de Madrigal contra don
+Juan de Vargas, que ni siquiera podía sospechar qué había hecho para
+que tan mal le quisiesen.</p>
+
+<p>Pero el pueblo estaba firmemente persuadido de que aquel caballero
+había asesinado al vicario, y el castigo que la justicia le impusiera
+le parecía tardo y suave; no se trataba ya de castigar un crimen
+oscuro, sino de vengar a una población entera privada del protector
+de los pobres, y lavar la afrenta hecha al templo del Señor con un
+atentado inaudito.</p>
+
+<p>Personas de Madrigal que por carácter, estado y edad no se hubieran
+mezclado en el motín en ninguna otra ocasión, se unieron a él en
+aquella. Hombres naturalmente compasivos pedían a voz en grito el fuego
+y los tormentos más terribles para el que juzgaban culpado, y esto
+sin tener la menor seguridad de que el crimen se hubiese cometido,
+mucho menos<span class="pagenum" id="Page_I-61">p. I-61</span> aún
+de que ya que fuera así, fuese su autor el desgraciado a quien quería
+sacrificar. Tal es el efecto de las conmociones populares, movidas a
+veces para un solo fin, nunca muy honrado, pero que por circunstancias
+podrá ser provechoso en un momento dado, y jamás se contentan con
+lograrlo; como los graves aumentan velocidad en cada instante sucesivo
+de su descenso, y como este aumento de velocidad acrecienta la fuerza
+de la masa que desciende, así el tumulto aumenta continuamente sus
+exigencias, se aumenta también sin cesar una especie de fuego eléctrico
+que se comunica de hombre a hombre, los inflama a todos, los funde, por
+decirlo así, en un solo cuerpo monstruoso, capaz de todo lo malo, y
+nunca de nada bueno.</p>
+
+<p>¿Son exageraciones? ¿Son frases de escritor? ¡Ojalá! Pero dígalo la
+historia, y no hay necesidad de ir a buscar la antigua.</p>
+
+<p>Volvamos a Madrigal. Las hachas acababan de llegar; ya dos de los
+más robustos<span class="pagenum" id="Page_I-62">p. I-62</span>
+amotinados se habían apoderado de ellas, y se disponían a empezar la
+obra de destrucción, cuando el grito de «¡Milagro!» se oyó por primera
+vez en las últimas filas de los circunstantes, y los que la formaban
+dieron a huir como gamos por calles y callejuelas, persignándose
+al mismo tiempo con toda la devoción que la prisa les permitía, y
+encomendándose cada uno al santo de quien era más devoto.</p>
+
+<p>¿Cuál era la causa de su espanto y gritos? ¿Cuál el milagro que
+anunciaban? La resurrección de fray Miguel de los Santos nada menos:
+este religioso llegó a saber el peligro inminente en que se hallaba un
+hombre acusado de haberle muerto; y a pesar de que su desmayo le había
+puesto realmente enfermo, dijo la causa inmediatamente para salvar a
+aquel infeliz.</p>
+
+<p>La palidez de su rostro, su andar mal seguro, y la expresión
+melancólica de su fisonomía le daban cierto aire poco común. ¿Qué
+más necesitaba el pueblo<span class="pagenum" id="Page_I-63">p.
+I-63</span> para creer que era un muerto resucitado?</p>
+
+<p>La palabra «milagro» volaba de boca en boca. Unos corrían porque
+habían visto a fray Miguel; otros porque oyeron que venía; otros porque
+veían correr a los demás; y finalmente, algunos porque temieron,
+quedándose solos, pagar la culpa de todos por el desacato cometido
+contra la justicia.</p>
+
+<p>Así se disipó aquella tempestad; cada uno se fue a su casa sabiendo
+menos sobre el asunto en cuestión que cuando salió de ella, ronco de
+gritar, molido de encontrones y otros azares (pero al cabo contento
+por haber sacudido por un instante el yugo de las leyes, aunque
+nada hubiese conseguido). No faltó tampoco quien hallase de menos
+el pañuelo, el dinero, o alguna alhaja de valor que llevaba en el
+bolsillo; debió consolarse con la idea de que había pasado a manos de
+alguno de sus cohermanos del motín, y probablemente no de los menos
+celosos por el bien general.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_I-64">p. I-64</span></p>
+
+<p>Pero el hecho es que el motín se disipó, y que a pesar de lo que
+el pobre vicario se esforzaba en gritar que no había milagro ninguno
+en andar por las calles un hombre de carne y hueso, y que él no había
+muerto, que viniesen y le tocasen verían como estaba vivo, aquellos
+señores, cuanto más los llamaba, más huían, diciendo que no querían
+nada con muertos.</p>
+
+<p>Vista la inutilidad de sus razones, continuó fray Miguel su marcha
+hasta la puerta de casa del corregidor, y llegando a ella dio dos o
+tres golpes con el aldabón.</p>
+
+<p>Oírlos el juez y pegar un salto, de resultas del cual se quedó en
+cuclillas, como una mona, sobre el sillón que ocupaba, todo fue uno.</p>
+
+<p>Doña Petronila, creyendo también que volvía a empezar de nuevo la
+persecución, quería llevarse a don Juan adonde ya tenía proyectado
+esconderle; pero Vargas, más acostumbrado a los peligros que los dos
+esposos, no quiso consentir en ello.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_I-65">p. I-65</span></p>
+
+<p>—No, señora —dijo—; estos golpes no son ya de persona que intenta
+forzar la puerta, sino de uno que pretende que se la abran. Además, el
+profundo silencio en que estamos es prueba evidente de que la canalla,
+por milagro en efecto, ha abandonado el campo. Tal vez el que llama
+es algún amigo: veámoslo. Y sin esperar respuesta ni dar lugar a
+reflexiones, abrió la ventana, y viendo, con no poca satisfacción suya,
+la calle enteramente desembarazada, preguntó:</p>
+
+<p>—¿Quién va?</p>
+
+<p>—Fray Miguel de los Santos —respondió el fraile.</p>
+
+<p>El corregidor se tiró desde el sillón al suelo, se tapó la cara con
+las manos, y además se puso como si besara la tierra, no cesando de
+decir apresuradamente y sin intermisión:</p>
+
+<p>—¡Abrenuncio, Satanás; abrenuncio, Satanás!</p>
+
+<p>Su mujer, más atrevida, sacó inmediatamente su rosario, y
+adelantándose hacia la ventana, haciendo la señal de la cruz empezó a
+decir:</p>
+
+<p>—«De parte de Dios te digo, ánima de fray Miguel, que me<span
+class="pagenum" id="Page_I-66">p. I-66</span> digas a qué vienes, y si
+estás en pena, por qué, y qué quieres que hagamos para sacarte de tan
+mal estado».</p>
+
+<p>Durante esta arenga, que el pobre juez acompañaba con su refrán de
+«Abrenuncio, Satanás», el cual producía un zumbido muy semejante al
+del moscón, don Juan, absorto, hubo un momento en que estuvo tentado a
+tener miedo y ponerse también a rezar por su parte; pero juzgó después
+más prudente pedirle la explicación de aquel misterio al fraile,
+que con paciencia admirable estaba esperando a que doña Petronila
+concluyese su exorcismo.</p>
+
+<p>—¿Qué es esto, padre? Dígame vuesa reverencia si la gente de
+Madrigal pierde el seso periódicamente tal día como hoy en cada año.</p>
+
+<p>—Señor caballero, que tal lo parece usted —dijo fray Miguel—, esa
+señora me cree muerto, y por mano de usted.</p>
+
+<p>—¡Jesús!, ¿y cómo?</p>
+
+<p>—Eso se alcanzará si usted logra que se convenzan de que, gracias
+a Dios, vivo todavía, estoy<span class="pagenum" id="Page_I-67">p.
+I-67</span> bueno y sano, y lejos de haber recibido de usted el menor
+insulto, aún tengo que agradecerle algún servicio.</p>
+
+<p>Era menester ser muy necio o muy obstinado para negarse a dar
+crédito a un hombre que con tan buenas razones probaba que vivía. Doña
+Petronila, que si bien no era joven ni agraciada, y sí dominante y un
+tanto colérica, tenía sin embargo una cantidad de razón regular, se
+convenció, pues, de que en el supuesto asesinato del vicario había
+habido algún extraño error: desde luego mandó a su esposo que creyese
+que realmente estaba en esta vida fray Miguel.</p>
+
+<p>—Doña Petronila, ¿estáis segura?</p>
+
+<p>—¿Cómo es eso?, ¿cuándo no estoy yo segura de lo que digo?</p>
+
+<p>—Ya, pero cuando son cosas sobrenaturales...</p>
+
+<p>—¿No basta que os lo diga yo? Id noramala, y mandad que abran la
+puerta a su reverencia. Ya van, fray Miguel, ya van. Vamos, muévase.</p>
+
+<p>El pobre corregidor, a pesar de que conservaba su recelo, no tuvo
+más remedio<span class="pagenum" id="Page_I-68">p. I-68</span> que
+obedecer, y, gracias a sus providencias, a poco tiempo entró fray
+Miguel en el aposento que fue teatro de la escena de que acabamos de
+ser testigos.</p>
+
+<p>Haciendo una ligera inclinación de cabeza a la dueña de la casa, se
+dirigió el vicario hacia don Juan, diciéndole:</p>
+
+<p>—Señor mío, en cuanto hoy ha pasado espero que usted me hará la
+justicia de creer que yo no he tenido la menor parte. Un parasismo
+que al retirarme de decir misa me sorprendió a la entrada de la
+sacristía...</p>
+
+<p>—Del que fui testigo felizmente, pues evité que vuestra reverencia
+viniese al suelo.</p>
+
+<p>—Favor que ya sospechaba deberos, y a que estaré eternamente
+agradecido; ese parasismo, pues, ha dado lugar a creer, por una
+combinación de concomitancias que sería muy prolijo explicar ahora,
+que yo había sido víctima de un asesinato y vos el homicida. El señor
+corregidor, y perdóneme su señoría que se lo diga, ha obrado con
+vos ligeramente, dando lugar a cuantos desórdenes han ocurrido, y
+exponiendo<span class="pagenum" id="Page_I-69">p. I-69</span> a una
+persona inocente a gravísimos riesgos. Usted, señor caballero, tiene
+sin duda derecho a reclamar daños y perjuicios; pero yo fío en que por
+amor de la paz, y por mi intercesión, si de ningún valor por lo escaso
+de mis méritos, de algún peso a lo menos por el santo hábito que visto,
+querrá usted darse por contento con que yo en nombre de todo el pueblo
+le pida perdón por lo ocurrido, y perdonando, en efecto, como buen
+cristiano, se vendrá conmigo a mi celda por el tiempo que tenga a bien
+pasar en este pueblo y honrar a su servidor.</p>
+
+<p>Don Juan contestó a este razonamiento aviniéndose a todo; y dando
+gracias a la corregidora, y aun al corregidor, salió de su casa
+acompañado del fraile y razonando con él sobre lo ocurrido en aquella
+mañana.</p>
+
+<p>No podía Vargas menos de conocer en su interior que a todo había
+dado lugar su curiosidad verdaderamente pueril; pero a pesar de ello,
+lo que más sentía era el no haber podido descubrir el misterio<span
+class="pagenum" id="Page_I-70">p. I-70</span> del desmayo de fray
+Miguel al nombrarle el pastelero.</p>
+
+<p>Cuántas penas le costó su fatal empeño, lo veremos en el curso de
+esta historia si nos alcanza la paciencia, al lector para hacerse cargo
+de ella, y a mí para concluirla.</p>
+
+<figure class="figcenter mt3">
+ <img src="images/i_1p070.jpg"
+ style="width: 6em; height: auto;"
+ alt="Viñeta ornamental">
+</figure>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+<div class="chapter" id="Ch14">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_I-71">p. I-71</span></p>
+ <h3 class="g1 ws1">CAPÍTULO IV</h3>
+ <hr class="tir">
+ <div class="estrecho">
+ <p>Pero estorbóselo una carreta que salió al través del camino,
+ cargada de los más diversos y estraños personajes y figuras que
+ pudieron imaginarse.</p>
+ <p class="dcha mt1">(Cervantes: <i>Don Quijote</i>, parte 2.ª,
+ cap. 11).</p>
+ </div>
+</div>
+
+<p class="ti0">Sosegado el pueblo de Madrigal, y enterado después
+de algunas horas de la falsedad del hecho que dio lugar al motín,
+volvieron las cosas al orden regular. La tarde del mismo día del
+tumulto, aprovechando la hermosura del tiempo, salieron a paseo a una
+pradera inmediata a la villa gran parte de sus habitantes.</p>
+
+<p>Acostumbraban los mozos a reunirse en aquel paraje los días
+festivos, con objeto de recrearse en diversos ejercicios corporales,
+haciendo en ellos alarde cada cual de su fuerza y habilidad.</p>
+
+<p>La barra, la carrera y la lucha para los plebeyos; montar a
+caballo, arrojar una lanza, tirar al blanco y correr sortijas para los
+nobles.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_I-72">p. I-72</span></p>
+
+<p>Las mujeres asistían a estos espectáculos, como a todos, para
+ver y ser vistas. Su presencia servía de estímulo al valor de los
+combatientes; hombre que en las circunstancias ordinarias no hubiera
+levantado del suelo un peso de dos arrobas, levantaba seis solo por
+estar delante su amada. ¿Qué esfuerzos no hará un hombre por no verse
+humillado a presencia de su dama? El que amando no es valiente, seguro
+es que nunca lo será.</p>
+
+<p>Habíale sido forzoso a don Juan ceder a las instancias de fray
+Miguel y acompañarle a su celda a comer con él. Durante la comida
+intentó Vargas diversas veces hacer que la conversación recayese sobre
+el lance de aquella mañana en la iglesia; mas el vicario se obstinó
+en eludir constantemente sus deseos, y viéndose ya últimamente muy
+apretado por el caballero, pretextó ocupaciones importantes y rompió la
+conferencia más apresurada que cortésmente.</p>
+
+<p>Libre don Juan, se encaminó sin detención<span class="pagenum"
+id="Page_I-73">p. I-73</span> a la pastelería, pero la encontró
+desierta. Su criado, que estaba en la puerta del mesón, le dijo que
+los pasteleros habían salido con ánimo, según creía, de pasearse en la
+pradera.</p>
+
+<p>Informádose entonces de dónde estaba esta, y dirigido por una
+persona que la casualidad hizo pasase por allí para ir al paseo, el
+caballero se resolvió a hacer otro tanto. Su llegada causó alguna
+sensación en la concurrencia, pero como ya se sabía la inocencia de
+Vargas, avergonzadas las gentes de su proceder con él, más bien le
+mostraron atención que curiosidad indiscreta.</p>
+
+<p>Él por su parte, como hombre de mundo, mostró haber ya olvidado lo
+ocurrido, y tomó parte en las diversiones como uno de tantos.</p>
+
+<p>Aquí seis u ocho robustos mozos, labradores por las trazas,
+arrojaban una pesadísima barra como si fuera un junco; más allá otros
+levantaban piedras enormes con las manos o los dientes.</p>
+
+<p>Dos amigos luchaban a brazo partido<span class="pagenum"
+id="Page_I-74">p. I-74</span> a presencia de un concurso numeroso; sus
+músculos tendidos, su arrebatado color y sus esfuerzos repetidos y
+constantes, hacían un singular contraste con la sonrisa que se dejaba
+ver en los labios de ambos y las palabras cariñosas que se dirigían;
+mientras que por el contrario, en otro corro, dos rivales en amor,
+desafiados al salto, y combatiendo delante de su dama, se miraban con
+un ceño espantoso, y hacían unos esfuerzos desmesurados para obtener la
+victoria.</p>
+
+<p>Corría sucesivamente Vargas todos los grupos, y en todos ellos,
+aunque formados en gran parte por los mismos que habían querido
+quemarle vivo aquella mañana, encontró la más urbana acogida, pues
+siempre se le abrió paso para que ocupando la primera fila gozase con
+mayor comodidad del espectáculo.</p>
+
+<p>Aquí le consultaban sobre un lance dudoso; allí le pedían su
+aprobación como necesaria para confirmar el triunfo del vencedor;
+en una palabra, todos a porfía se esmeraban en reparar<span
+class="pagenum" id="Page_I-75">p. I-75</span> el agravio que le habían
+hecho.</p>
+
+<p>No pudo menos Vargas de corresponder lo mejor que supo a tanta
+cortesía, alabando a los felices, consolando y animando a los vencidos,
+y sobre todo, ponderando con encarecimiento cuanto presenciaba, como si
+nunca tal maravilla hubiese visto.</p>
+
+<p>Pero ya empezaba a fatigarse de un espectáculo que muy poca o
+ninguna diversión podía ofrecer a un cortesano, soldado y viajero,
+cuando de un extremo de la pradera salió una voz estentórea
+diciendo:</p>
+
+<p>—Aquí, aquí, caballeros, van los comediantes a ofrecer a vuesas
+mercedes la más extraña y bien dispuesta farsa que nunca han oído.</p>
+
+<p>Este cartel parlante, repetido algunas veces y que, como ya se ha
+visto, prueba la antigüedad de las notas laudatorias y preventivas
+conservadas hasta nuestros días en los anuncios teatrales, con no
+poca ventaja de gran parte del público que, poco acostumbrado a
+formar juicios, se encuentra ya hecho el de la pieza que va<span
+class="pagenum" id="Page_I-76">p. I-76</span> a ver, y esto
+regularmente por mano del autor, que es quien mejor debe conocer el
+parto de su entendimiento y juzgarlo con más imparcialidad, este
+cartel, digo, deshizo todos los corrillos, reuniendo al público entero
+delante del paraje en que iba a hacerse la representación.</p>
+
+<p>Desde luego nadie creerá que se tratase de teatro: nada menos que
+eso; ni siquiera una barraca como las que los tratantes forman hoy en
+las ferias y romerías.</p>
+
+<p>Todo el aparato consistía en cuatro puntales hincados a mano en
+el suelo, y que terminándose en forma de horquillas por su extremo
+superior, servían de apoyo a otros cuatro palos horizontalmente
+colocados y dispuestos en forma de figura cuadrada.</p>
+
+<p>De estos pendían, no sé si diga cortinas o harapos, que cerrando
+tres lados del rectángulo solo dejaban uno descubierto, para que por él
+pudieran los concurrentes gozar del espectáculo.</p>
+
+<p>Detrás de la cortina del fondo estaba<span class="pagenum"
+id="Page_I-77">p. I-77</span> colocada la música, mejor diré el músico,
+que tocaba una dulzaina y a más un tamboril guarnecido de sonajas,
+instrumentos que producían una armonía grata, por lo menos a la mayor
+parte de los oídos para los que estaba destinada.</p>
+
+<p>Una carreta como la que Cervantes describe con la gracia inimitable
+de su genio condujo a una compañía de farsantes a Madrigal, por
+casualidad, el día en que nos hallamos.</p>
+
+<p>Al pasar por la pradera, y viéndola llena de gente, le pareció bien
+al autor de ella dar una representación <i>in promptu</i> para sufragar
+con ella los gastos que en aquella noche habrían de hacer.</p>
+
+<p>En un instante saltó a tierra la <i>turba alegre y regocijada</i>,
+plantó los palos, colgó las cortinas, y el gracioso anunció la
+función.</p>
+
+<p>Entre tanto, y en el mismo paraje en que el de la dulzaina soplaba
+a más y mejor, agitando cuanto podía las sonajas del tamboril, los
+actores se vestían o se desnudaban, que la cosa ofrece sus dudas,<span
+class="pagenum" id="Page_I-78">p. I-78</span> y el anunciante, vestido
+de mogiganga y cargado de cascabeles, recorría con el sombrero en la
+mano la concurrencia, con el piadoso fin de recoger lo que cada uno
+tuviese voluntad de dar, o él maña suficiente para sacarle.</p>
+
+<p>—Ea, caballeros, sean generosos con los pobres farsantes que hacen
+oficios de disipar sus melancolías, muchas veces a costa de haber de
+tragarse las suyas, y no pocas sin tener que tragar. Usted, señor
+galán, que tan embebido está contemplando, no quiero decir a qué dama,
+sea garboso en su presencia, que nada cautiva más a las mujeres que la
+liberalidad. Dele Dios tan buena suerte en amores, señor mío, que nunca
+encuentre mujer con quien casarse.</p>
+
+<p>—¿Cómo, deslenguado, así trata a quien le ha dado más él solo que
+cuantos hasta aquí le han hecho limosna?</p>
+
+<p>—Limosna, señor gentilhombre, es la que se da de buena voluntad,
+y sin más interés que el de servir a Dios; pero no lo es lo que se
+le paga a un hombre por<span class="pagenum" id="Page_I-79">p.
+I-79</span> solazarse, viéndole hacer sus pocas o muchas
+habilidades.</p>
+
+<p>—Insolente...</p>
+
+<p>—No se enoje, que yo la llamaré limosna, si en eso estriba la paz;
+¿pero por qué se queja, si en pago de su liberalidad le deseo tanta
+suerte en amores, que no encuentre mujer con quien casarse? ¿Pues,
+pecador de mí, no se acaban para el que se casa los galanteos? Y ya que
+el tal casado lo sea tan malo que aún conserve tales aficiones, ¿qué
+mujer que no sea la que ninguno de nosotros quisiera que fuera la suya
+ha de dar oído a sus requiebros?</p>
+
+<p>Diciendo así, continuó su camino el farsante, dejando corrido a su
+contrario.</p>
+
+<p>Al pasar por delante de don Juan de Vargas, cierta especie de
+instinto de su profesión le hizo conocer que no era persona a propósito
+para irle con bufonadas, y así se contentó con alargar el sombrero,
+en el cual recibió una ofrenda tal que le obligó a inclinarse
+profundamente por dos veces seguidas.</p>
+
+<p>Pidiendo a unos, burlando a otros, y sacando más o menos de casi
+todos, iba<span class="pagenum" id="Page_I-80">p. I-80</span> ya el
+gracioso o bobo, como entonces se llamaban, a retirarse; pero viendo
+llegar a la reunión tres personas más, le pareció mejor esperarlas para
+ver qué podían dar de sí.</p>
+
+<p>—Más vale tarde que nunca, señores míos; sean vuesas mercedes muy
+bien venidos, y por vida del inventor del arte que profeso, que hubiera
+sido gran lástima no viesen nuestra función los dos ojos más bellos que
+en cara de mujer se han visto.</p>
+
+<p>El pastelero, que él era quien con la morena y el mulato acababa
+de llegar, como siempre con el sombrero calado hasta las orejas, no
+respondió palabra al agasajo que a su compañera se le hacía, sino que
+metiendo la mano en el bolsillo y sacando una moneda de plata la echó
+desdeñosamente en el sombrero del que pedía, diciéndole:</p>
+
+<p>—Está entendido.</p>
+
+<p>El cómico se retiró contento con lo que había recogido, y anunciando
+que la función iba a empezarse.</p>
+
+<p>—Vecina, ¿ha visto lo que ha dado el<span class="pagenum"
+id="Page_I-81">p. I-81</span> pastelero? —dijo una vieja a otra que
+estaba a su lado y cerca como ella del objeto de la pregunta.</p>
+
+<p>—No, tía Juana: ¿ha dado algún pastel?</p>
+
+<p>—¡Bien!, no sé de qué les sirven los ojos a algunas personas.
+¿Pastel había de dar? Menester era para darlos que empezara por
+hacerlos; ha dado una moneda de plata.</p>
+
+<p>—¡Moneda de plata! ¡Virgen santa! ¡Moneda de plata un pastelero!
+¿Quién vio tal? Y un pastelero que no hace pasteles, y que nadie sabe
+cómo vive.</p>
+
+<p>—Verdad es, vecina, que me tiene asombrada este hombre. Yo no sé, ni
+he podido saber nunca quién es, ni de dónde vino. Un mes hace que está
+en el pueblo, y en todo él no he cesado de averiguar...</p>
+
+<p>—Sí, sí, bonito es él para averiguarle la vida; ni aun el rostro
+he podido verle a mi gusto, y eso que el otro día encontrándomelo de
+manos a boca en la calle, que íbamos frente a frente, al llegar a él
+hice como que se me caía algo de la mano inclinándome a cogerlo, me
+metí debajo de sus mismas narices, pero qué, ni<span class="pagenum"
+id="Page_I-82">p. I-82</span> por esas: me conoció la intención, y
+apenas yo me bajé dio un salto por encima de mí con más ligereza que un
+corzo, dejándome afrentada y no poco medrosa.</p>
+
+<p>—Pues no digo nada, vecina, de esa mujer que vive con él.</p>
+
+<p>—Callen noramala las brujas —interrumpió un muchacho de unos
+catorce años, que habiéndose presentado de los últimos logró sin
+embargo a fuerza de codazos y empujones llegar hasta donde se hallaban
+las dos vecinas, que era bastante cerca del estrado, si así podía
+llamársele.</p>
+
+<p>—Deslenguado —replicó furiosa la que había dado principio al
+diálogo.</p>
+
+<p>—Eso quisieran, abuelas, que lo fuese para que no pudiera haberlas
+llamado por su nombre.</p>
+
+<p>—Yo te aseguro, rapaz...</p>
+
+<p>—¡Qué!, ¿qué vendrá a chuparme por la noche? Ya soy grandecito
+para eso, madre mía, y cállese noramala, que no nos deja oír a los
+representantes.</p>
+
+<p>—Silencio, silencio —se oyó alrededor.</p>
+
+<p>Y fuerza les fue a las dos Megueras tragar por entonces las
+injurias del atrevido rapaz, quien de cuando<span class="pagenum"
+id="Page_I-83">p. I-83</span> en cuando las miraba con cierta risa
+burlona, bastante a hacerlas desesperar.</p>
+
+<p>En esto ya la representación había comenzado. El arte estaba
+verdaderamente en su infancia. Solo un principio, o por mejor decir
+un fin, era el que se proponían los autores: divertir al público. La
+moral, si la había, era una cosa secundaria; riérase el espectador,
+y el fin estaba conseguido. Las gracias, de que realmente abundaban
+aquellas primeras composiciones, no eran siempre del mejor gusto.
+La cultura del siglo se echaba de ver en las obras dramáticas; pero
+obsérvese que al paso que gracioso y chocarrero en el teatro eran una
+misma cosa, el espíritu de metafísica y controversia, que entonces
+dominaba de tal modo que puede decirse era el carácter de la época, se
+extendía hasta los diálogos de los personajes cómicos.</p>
+
+<p>El amor sobre todo era el tema perpetuo de sus disertaciones,
+y lo más singular que los disertantes eran siempre los mismos
+enamorados.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_I-84">p. I-84</span></p>
+
+<p>Que diserte del amor el que no ama; que el filósofo lo mire como una
+aberración del entendimiento cuando ya ha cumplido los sesenta años;
+que el fisiólogo nos diga que en el orden moral es una enfermedad, ni
+más ni menos como en el físico lo es un tabardillo pintado, todo esto
+se entiende y explica; pero que el poeta cómico, cuyo principal, cuyo
+único estudio debe ser el del corazón humano, ponga en boca de personas
+que quiere hacer pasar por enamoradas las más extrañas sutilezas sobre
+el amor, y que haga pasar el tiempo a los amantes discurriendo en vez
+de acariciarse, es cosa verdaderamente intolerable. Apelo si no al
+testimonio de mis amables lectoras; díganme sinceramente qué pensarían
+si el hombre que distinguen al llegarse a ellas, en vez de ponderar sus
+atractivos, encarecer su cariño y ver por todos los medios posibles de
+arrancar un dulce <i>sí</i>, entrara explicándolas el efecto de las
+pasiones en el corazón y la cabeza, probando que cuando el hombre está
+dominado<span class="pagenum" id="Page_I-85">p. I-85</span> por ellas
+es un demente, o citando como don Hermógenes a toda la antigüedad para
+demostrar las que gustan de ellas.</p>
+
+<p>Como quiera que sea, la farsa que se representó en Madrigal en la
+ocasión que nos ocupa adolecía menos del tal defecto que otras muchas
+de su especie.</p>
+
+<p>El artificio era sencillo hasta no más. Un soldado que volvía manco
+a su pueblo después de haber hecho la guerra algunos años era el
+protagonista. Este personaje era el más entendido de la pieza, y en
+un monólogo con que daba principio a ella regalaba al público con la
+relación de sus trabajos interpolada con tres o cuatro batallas, que no
+había más que pedir. En ellas, como de razón, el partido del narrador
+era siempre el victorioso, pero con la singularidad de que la muerte de
+tres o cuatro millares de enemigos nunca costaba a los vencedores más
+pérdida que la de uno o dos contusos.</p>
+
+<p>Extraña, peregrina y cómoda manera de pelear.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_I-86">p. I-86</span></p>
+
+<p>La familia de nuestro soldado había toda perecido durante su
+ausencia, lo que unido a la ocupación judicial de sus bienes le dejaba
+realmente en la calle; desgracia de que se lamentaba justamente, aunque
+con alguna afectación y comparaciones un sí es no es forzadas, pues
+revolvió, hablando de sus desdichas, la botánica entera, la astrología
+y su poquito de historia, queriendo ponerse en parangón nada menos que
+con Mario sobre las ruinas de Cartago.</p>
+
+<p>En esto le deparó su buena ventura una zagaleja (papel que
+desempeñaba un muchacho) inocente y compasiva, tratada de casar con
+Gilote, solemne majadero a quien el autor escogió para gracioso de la
+pieza.</p>
+
+<p>El resto se redujo a los amores del manco con la zagala, a los
+ridículos celos de Gilote, y por último, a que este, burlado y apaleado
+por el único brazo de su rival, tuvo que cederle el campo, terminándose
+la función con una cantinela por el orden de lo que había precedido,
+y<span class="pagenum" id="Page_I-87">p. I-87</span> que el público
+aplaudía a rabiar. Los concurrentes a esta representación estaban todos
+de pie, formando un semicírculo alrededor de la escena, de manera que
+la posición de ningún individuo era constante.</p>
+
+<p>La gente de edad avanzada no se avenía muy bien con la movilidad
+casi perpetua de los jóvenes, pues de ella resultaba que muchas veces
+perdían parte del diálogo; pero los muchachos, que en la facultad
+de variar de puesto hallaban unos el medio de aproximarse al objeto
+querido, otros el de comunicar sus observaciones a un amigo, y todos
+finalmente el placer del movimiento, que en cierta edad es tan
+necesario como el pan, oían con desprecio o no oían los gruñidos de sus
+mayores, y continuaban andando de un lado para otro.</p>
+
+<p>Vargas, así que vio presentarse al pastelero y a la morena en el
+círculo de los concurrentes, formó el proyecto de unirse a ellos, y al
+cabo lo logró después de sufrir pacientemente razonable número<span
+class="pagenum" id="Page_I-88">p. I-88</span> de pisadas, encontrones,
+y aun dicterios de tal o cual anciano atrabiliario por delante del cual
+tuvo que pasar en su marcha.</p>
+
+<p>Todo lo dio sin embargo por bien empleado, y aun lo olvidó cuando
+por fin pudo colocarse al lado de la morena.</p>
+
+<p>Un movimiento casi imperceptible de cabeza y una mirada rápida de la
+pastelera hicieron conocer a don Juan que esta le había visto.</p>
+
+<p>«¿Será su marido este hombre, cuando tan tímida está en su
+presencia? ¡Pero qué diablos! Por más marido y más celoso que sea no
+podrá impedir que yo agradezca el servicio que me ha hecho».</p>
+
+<p>Pensando así, se aproximó a la morena, y en voz ni bien tan baja que
+lo que decía llevara el aire de un misterio, ni tan alta que alcanzasen
+las personas inmediatas a oír más de alguna palabra suelta de cuando en
+cuando, dijo:</p>
+
+<p>—Si tan flaca de memoria es usted, señora mía, que en pocas horas
+olvida los beneficios que hace, yo presumo por<span class="pagenum"
+id="Page_I-89">p. I-89</span> mi parte de tan agradecido, que sé decir
+de mí que viviera cien años sin olvidar la merced que de su generoso
+corazón he recibido.</p>
+
+<p>—Si habla de lo de su prisión —contestó la bella—, nada hay
+que agradecerme en lo que hice, que no fue más que cumplir con mi
+obligación.</p>
+
+<p>Estas palabras se dijeron en tono natural, pero en seguida y tan
+bajas que apenas pudo oírlo don Juan, a pesar de que en sus mejillas
+sentía el suave aliento de su huéspeda, la cual añadió:</p>
+
+<p>—Por Dios que se separe de mí, si no quiere por su cortesanía
+hacerme graves perjuicios.</p>
+
+<p>Gabriel de Espinosa, que distaba algunos pasos de los dos
+interlocutores, y cuya atención durante su diálogo estaba al parecer
+embebida en la farsa de los representantes, debió sin embargó oír lo
+que la morena decía, pues en el momento en que don Juan, siguiendo su
+aviso, iba a retirarse, volviéndose el pastelero a ella, dijo:</p>
+
+<p>—¿Y por qué recibir con tan poca cortesía a ese caballero?<span
+class="pagenum" id="Page_I-90">p. I-90</span> Una cosa es, Inés, que yo
+os tenga dicho que no gusto de galanteos, y otra que no cumpláis como
+quien sois, quiero decir, como persona de buena crianza, con quien tan
+buenos modos usa con vos. Usted, señor caballero, siga si gusta al lado
+de esa mujer, que nadie en el mundo pudiera impedírselo sino yo, y yo
+vengo en ello.</p>
+
+<p>Dicho esto, y sin esperar respuesta, volvió la espalda, ocupándose
+como antes exclusivamente en el espectáculo.</p>
+
+<p>Mientras duraba su arenga Inés no hizo movimiento ni dio señal de
+aplauso ni reprobación; pero cuando, ya concluida, volvió la cabeza
+y vio a Vargas inmóvil como una estatua y con los ojos clavados en
+las espaldas del pastelero, como si aún esperase a que añadiera algo
+a lo dicho, no pudo menos de dejar escapar una de aquellas risas
+malignas que ya habían desconcertado a don Juan más de una vez en la
+pastelería.</p>
+
+<p>Perdíase en conjeturas el buen caballero, pues a pesar de ser
+bastante despreocupado<span class="pagenum" id="Page_I-91">p.
+I-91</span> para su siglo, pertenecía sin embargo a él, y su claro
+ingenio no bastaba a libertarle de la influencia de las ideas y
+preocupaciones generales entonces.</p>
+
+<p>Ya lo hemos dicho otra vez, las jerarquías sociales se hallaban
+entonces más marcadas, o por mejor decir, tenían una existencia de
+hecho, a más de la de derecho que conservan hoy, aunque mutilada.</p>
+
+<p>Esta existencia era visible; un noble no solo tenía en su casa
+ahumados pergaminos y vistosos escudos de armas, sino que en virtud
+de ello gozaba de ciertos privilegios, y estaba sujeto a determinadas
+cargas enteramente distintas de las que pesaban sobre el que no lo
+era.</p>
+
+<p>De aquí resultaba como consecuencia precisa que la educación de
+la nobleza era especial, las maneras de sus individuos peculiar a la
+clase, y distintas enteramente de las del resto de la sociedad.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_I-92">p. I-92</span></p>
+
+<p>Por su parte, los órdenes inferiores del Estado, nacidos para
+la agricultura, las artes y el comercio, a los que entonces, por
+desgracia, no se daba aún la importancia que merecen, se habituaban
+desde la niñez a usar de gran deferencia con los nobles, y era raro ver
+que se apartasen de tal sistema, pues cuando algún espíritu revoltoso
+quería salir de su esfera, tardaba poco en experimentar los malos
+efectos de querer volar más alto con cortas alas.</p>
+
+<p>En tal estado de cosas era, en efecto, un fenómeno que un hombre
+que por su profesión pertenecía no ya al estado llano, sino a la clase
+ínfima, y que no lo ocultaba, afectase sin embargo modales que podrían
+parecer soberbios aun en un caballero.</p>
+
+<p>Por otra parte la misma Inés dejaba ver cierto señorío en sus
+modales, no menos disonante con su profesión que el orgullo del
+pastelero.</p>
+
+<p>Pero lo que a Vargas le tenía perplejo no eran tanto estas
+observaciones, como<span class="pagenum" id="Page_I-93">p. I-93</span>
+el no saber qué conducta observar con aquella gente.</p>
+
+<p>Si consultaba su gusto, la cuestión estaba pronto resuelta. Los ojos
+de la morena habían producido su efecto, y el hombre, en cuanto hombre
+no más, resiste pocas veces a este género de seducción.</p>
+
+<p>Mas recibir órdenes de un pastelero, usar de un permiso concedido
+por él para hablar a Inés, y deberse un favor y entrar con él en
+relaciones no ya de igual a igual, sino como un protegido con su
+protector... La sangre goda se revelaba contra tal idea.</p>
+
+<p>Separarse, pues, era el partido único que juiciosamente le quedaba a
+don Juan, y así lo resolvió en efecto; al ponerse en marcha, en vez de
+tomar el camino que en su cabeza se proponía tomó el preferido por su
+corazón, y casi sin saberlo él mismo, al primer paso se halló al lado
+de la hermosa pastelera.</p>
+
+<p>Mas una especie de fatalidad en amor, en que algunos no creen porque
+no sienten ni pueden sentir con vehemencia, y<span class="pagenum"
+id="Page_I-94">p. I-94</span> otros porque viven como los irracionales,
+sin tomarse el trabajo de observar ni siquiera sus propias sensaciones,
+pero que tenemos por irresistibles, perseguía a don Juan.</p>
+
+<p>Cuando esta fatalidad pesa sobre el hombre, en vano es luchar
+contra ella. Más poderosa que cuantas consideraciones sociales e
+intereses individuales pueden oponérsele, es un torrente impetuoso
+que, engrosado en las montañas con el deshielo de la nieve, baja por
+ellas arrastrándolo todo, y si algún obstáculo encuentra, se embravece
+más con él, parece que en la lucha ha adquirido nuevas fuerzas para
+vencerlo, y el único medio de salvarse de su furia es huirle si se
+puede.</p>
+
+<p>Don Juan quiso y no pudo. Que al empezar la vida un joven, que al
+entrar en el mundo, como hoy decimos, enmudezca al lado de la primera
+mujer que hizo palpitar su corazón, se entiende, y debe ser así; pero
+que pasados ya los veinticinco años, después de una campaña, y de
+más de unos amores, Vargas<span class="pagenum" id="Page_I-95">p.
+I-95</span> al lado de una mujer de baja extracción no supiera cómo
+entablar la conversación, es una cosa que solo se concibe poniéndola a
+cargo de la fatalidad.</p>
+
+<p>Como quiera que sea, lo cierto es que don Juan, colocado a la
+izquierda de Inés, quería y no podía hablar verdades, que en cambio de
+lo que su lengua callaba, sus ojos clavados siempre en el mismo objeto
+indicaban bastante qué género de pensamientos le asaltaban.</p>
+
+<p>Inés, con los ojos bajos y el rostro encendido como una grana, al
+parecer no miraba; pero hay opiniones de que, repasando entre los dedos
+las cuentas del rosario que llevaba pendiente de la cintura, halló
+medio de observar todos los movimientos de nuestro caballero.</p>
+
+<p>Pero el tiempo vuela, mal que le pese a los amantes, y así se
+concluyó la farsa antes que Vargas se resolviera a hablar, ni su bella
+hubiera acabado de recorrer las cuentas del rosario.</p>
+
+<p>Gabriel, sin cuidarse de uno ni de otro, echó a andar como para
+continuar<span class="pagenum" id="Page_I-96">p. I-96</span> su
+camino, y la pastelera, que debía de estar acostumbrada a sus maneras,
+se dispuso a seguirle, pero no lo hizo sin echar antes una mirada
+sobre don Juan, en la cual, al través de cierto aire de despecho, se
+descubría un no sé qué de afectuoso que prometía no ser muy duradero su
+enojo.</p>
+
+<p>Conoció entonces Vargas que se había portado como muchacho de
+escuela, y aún debía de tener intenciones de enmendarse: parece notó
+en sus labios un movimiento como para querer hablar; mas ya era tarde,
+y una tierna y expresiva mirada fue la única consternación que pudo
+dirigir a Inés, quien, respondiendo con una sonrisa, continuó su camino
+en pos del pastelero, seguida por el mulato.</p>
+
+<p>Don Juan, caviloso más acaso que lo había estado en su vida, seguía
+a corta distancia a la hermosa morena, cuando del camino real que
+pasaba por cerca de la pradera vio venir un hombre caballero en un
+hermoso caballo negro, pero que, o por haberse asombrado, o<span
+class="pagenum" id="Page_I-97">p. I-97</span> por acosarle fuera de
+tiempo su jinete, se había desbocado.</p>
+
+<p>Tal era la rapidez de la carrera del fogoso animal, que verle
+salvar una zanja que separaba el campo del camino, arrojar a su jinete
+de un solo bote en el suelo, que llegó casi a arrojarse sobre las
+gentes que paseaban, puede decirse que fue obra de un solo instante.
+Sucedió entonces lo que generalmente sucede en semejantes ocasiones:
+el temor, desterrando la serenidad, hizo que todos los circunstantes
+se atropellaran unos a otros: hubo desmayos, alaridos, y todo género
+de accidentes. Las madres apretaban a los hijos contra sus pechos, con
+riesgo de sofocarlos; los muchachos, enredándose entre las piernas de
+las gentes, daban con ellas en el suelo; en un caído tropezaban veinte,
+este suplicaba, el otro maldecía, y nadie se cuidada de lo importante
+que era saber la dirección del caballo desbocado.</p>
+
+<p>Sin saber cómo, se halló colocada Inés frente al ciego animal.
+El peligro era evidente<span class="pagenum" id="Page_I-98">p.
+I-98</span> y visible, y su inmediación la privó de todo discurso y
+no acertó a hacer otra cosa más que taparse los ojos con ambas manos,
+lanzando un ¡ay! de aquellos que parten realmente del corazón.</p>
+
+<p>Pero dos hombres se lanzan detrás de ella como dos saetas, y se
+interponen entre el bruto y la que iba a ser su víctima.</p>
+
+<p>Don Juan y Gabriel eran estos dos hombres. El primero sin reflexión
+ninguna se arroja sobre la cabeza del animal; pero ni sus fuerzas, ni
+acaso las de Hércules, bastaban para detenerlo. Vargas, despedido como
+una pelota, fue a caer a los pies mismos de Inés, y ella y él hubieran
+sido infaliblemente atropellados sin la admirable serenidad, fuerza y
+destreza del pastelero.</p>
+
+<p>Este, conociendo lo inútil que sería luchar de frente con el
+caballo, se corrió sobre un costado, y cogiendo una de las riendas
+que llevaba sobre el cuello con ambas manos, tiró de ella con
+tal brío, apoyando su cuerpo en la espalda<span class="pagenum"
+id="Page_I-99">p. I-99</span> del animal, que le hizo dar mal de su
+grado una media vuelta completa.</p>
+
+<p>En el mismo instante, y con agilidad sorprendente, de un solo salto
+se plantó en la silla, y por más esfuerzos que el caballo despechado
+hizo para sacarle de ella permaneció firme, más como estatua ecuestre
+que como hombre a caballo.</p>
+
+<p>Un aplauso general y prolongado fue la muestra de la admiración
+general; pero si aquella ocurrencia produjo sensación en el pueblo, más
+fuerte, al parecer, la experimentaba el mismo Gabriel.</p>
+
+<p>En su estatura parecía aumentarse repentinamente; era tal su
+gallardía a caballo, tal la gracia y agilidad de todos sus miembros,
+que no hubo circunstante que no jurara que aquel hombre era el más
+perfecto jinete que jamás había visto. Al saltar a caballo se le había
+caído el sombrero; veíasele por consecuencia el rostro agraciado e
+imponente, y unos ojos que pocos hombres hubieran mirado frente<span
+class="pagenum" id="Page_I-100">p. I-100</span> a frente sin bajar
+los suyos. Olvidado al parecer de que allí hubiese reunido un pueblo
+entero, Gabriel solo se ocupaba en humillar la soberbia del bridón,
+cuyos lomos oprimía. Caracoleando y haciendo escarceos recorría la
+pradera, y así llegó al paraje en que poco antes varios hidalgos del
+pueblo habían estado recreándose en correr sortijas. La casualidad hizo
+que se hallase arrimado a un árbol un lanzón que por lo pesado y macizo
+servía para prueba de fuerza y habilidad, pues eran pocos en Madrigal
+los que podían y sabían manejarlo. Esta particularidad debía de saberla
+el pastelero, porque era público en la villa, y esta harto pequeña
+para que dejase de haber llegado a noticia suya cosa tan conocida de
+todos. Pero supiésela o no, el hecho es que, llevando el caballo a
+media rienda por junto al árbol, agarró el lanzón con la mano derecha
+sin pararse, y levantándole como si fuera una caña, lo blandió en el
+aire sobre su cabeza con tal pujanza que, rompiéndose, fueron<span
+class="pagenum" id="Page_I-101">p. I-101</span> a parar las astillas a
+más de cincuenta pasos.</p>
+
+<p>Aquí la admiración de los madrigaleños es imposible de encarecer.
+«¡Viva Gabriel, viva nuestro pastelero!» era el grito general; pero
+sea que el amor propio de este le faltase, el triunfo conseguido, o
+que fuera tan filósofo que creyera que con el pueblo es tan peligroso
+estar muy bien como estar muy mal, se dio por contento y entregó el
+caballo a su dueño, que no habiendo recibido daño en su caída, llegó a
+reclamarlo.</p>
+
+<p>Vitoreado, aplaudido y escoltado por el pueblo, y cansado ya de
+dar gracias a todos y de suplicarles que no se molestasen más en
+acompañarle, llega Gabriel a su casa, y entrando en ella se halló que
+ocupaba su propio lecho don Juan de Vargas, y que a la cabecera estaba
+en persona el médico de la villa. Sin darle tiempo a preguntar cosa
+alguna, Inés se le acercó para decirle que habiendo don Juan perdido el
+sentido de resultas del golpe, y herídose además<span class="pagenum"
+id="Page_I-102">p. I-102</span> la cabeza, había creído deber
+trasladarle a su casa, pues en obsequio de su persona había expuesto la
+suya.</p>
+
+<p>—Bien hecho, Inés; ese mozo es valiente, aunque demasiadamente
+entremetido.</p>
+
+<p>Dicho esto, volvió la espalda y salió del aposento.</p>
+
+<figure class="figcenter mt3">
+ <img src="images/i_1p102.jpg"
+ style="width: 6em; height: auto;"
+ alt="Viñeta ornamental">
+</figure>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+<div class="chapter" id="Ch15">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_I-103">p. I-103</span></p>
+ <h3 class="g1 ws1">CAPÍTULO V</h3>
+ <hr class="tir">
+ <div class="estrecho">
+ <p>Siempre que la ignorancia no halla la explicación de un
+ fenómeno cualquiera, acude a las causas sobrenaturales. Semejantes
+ supersticiones son una calamidad por la que han pasado todos los pueblos
+ de la tierra.</p>
+ <p class="dcha mt1">(<i>Discurso inédito sobre duendes y brujas</i>).</p>
+ </div>
+</div>
+
+<p class="ti0">Sabida cosa es que Felipe II vivió en sus últimos años
+encerrado, por decirlo así, en el monasterio del Escorial. Allí se
+ocupaba incesantemente en los negocios políticos, sus devociones y la
+obra del monasterio, que con razón se llama la octava maravilla. El
+sitio de San Lorenzo era, pues, propiamente la corte de España, a pesar
+de que Madrid llevaba el nombre de tal; y Valladolid, recientemente
+despojada de su grandeza, conservaba aún sus pretensiones como las
+conservan algunas mujeres que fueron buenas mozas mucho tiempo después
+de dejarlo de ser.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_I-104">p. I-104</span></p>
+
+<p>La extensión de Valladolid es considerable; sus calles, para los
+tiempos en que se hicieron, muy buenas; numerosos sus monasterios, y
+sus alrededores fértiles en viñas y cereales, si bien presentan el
+aspecto triste y monótono de casi todos los países llanos.</p>
+
+<p>Aun hoy, cuando se anda la ciudad, se nota en sus calles cierto
+vacío que aflige, y proviene indudablemente de que la población es
+muy reducida para el casco del pueblo; pero en la época a que nos
+referimos, siendo muy reciente la salida de la corte, la falta de gente
+se hacía más notable y sensible para sus habitantes.</p>
+
+<p>Por descontado, todos los extranjeros, que eran los que casi
+exclusivamente ejercían entonces las artes industriales, siguieron al
+gobierno, y fueron a establecerse a Madrid.</p>
+
+<p>Los criados de la real casa, los asentistas, los pretendientes, el
+enjambre, en fin, de gentes que dependen de una corte, todo se ausentó,
+quedando solo en Valladolid sus naturales y tal cual cortesano<span
+class="pagenum" id="Page_I-105">p. I-105</span> retirado ya del mundo,
+y que solo aspiraba a vivir tranquilamente el resto de sus días. En
+este número se contaba el marqués, hermano de don Juan de Vargas,
+que ocupaba una casa de las mejores del pueblo en cierta calle no
+muy distante de la Plaza Mayor: a esta casa nos es fuerza por ahora
+trasladar la escena, y por lo mismo diremos algo sobre ella y sus
+moradores.</p>
+
+<p>El marqués, criado desde su infancia por una madre indiscretamente
+tierna y cuidadosa, y por un padre que quería educar a sus hijos como
+monjas, vivió hasta los veinte años de edad sin salir de casa más que
+los días serenos en que no había ni mucho calor ni mucho frío.</p>
+
+<p>En cualquiera de estos dos últimos casos oía misa en un oratorio de
+su propia casa, y después se le permitía hacer ejercicio durante una
+hora en un salón herméticamente cerrado por todas partes.</p>
+
+<p>Enseñáronle a leer, a escribir y a rezar; el blasón por adorno; pero
+en cuanto a armas, jamás quiso consentir su madre<span class="pagenum"
+id="Page_I-106">p. I-106</span> en que tomara en las manos ni un
+alfiler.</p>
+
+<p>Esta educación, recibida por un hombre de complexión naturalmente
+débil, contribuyó a hacer de él un valetudinario desde la juventud.</p>
+
+<p>Perdió el marqués a su padre cuando solo tenía veinte años, y su
+madre tardó poco en seguir a su marido al sepulcro, dejando a más de él
+otro hijo, que fue don Juan, de edad entonces de diez años.</p>
+
+<p>Después de pasados los dos primeros años consagrados a llorar la
+pérdida de los autores de sus días, empezó el marqués a ver el mundo, y
+empezó por la corte.</p>
+
+<p>Rico y joven, no podía menos de encontrar muchos amigos, es decir,
+muchos hombres que, amantes de todos los vicios, y privados ya por sus
+desórdenes de medios para darles pábulo, fueron a buscar en el bolsillo
+del novicio lo que en los suyos faltaba.</p>
+
+<p>El humo del incienso de la adulación<span class="pagenum"
+id="Page_I-107">p. I-107</span> cegó al marqués; sus parásitos le
+parecieron cada uno un Pílades, y su casa y bolsa se abrieron para
+todos.</p>
+
+<p>Pero aún no le bastaba esto: tenía que tropezar en un escollo fatal,
+y tropezó en efecto.</p>
+
+<p>El amor, esta pasión irresistible, inherente a la juventud, cuyo
+germen depositó la naturaleza en nuestros corazones como garantía para
+conservación de la especie, el amor le reservaba sus tormentos.</p>
+
+<p>El hombre cuya sociedad se compone de cortesanos corrompidos, ¿qué
+mujeres ha de frecuentar que no sean dignas de tal sociedad?</p>
+
+<p>¡Pobre marqués! Lleváronle sus amigos a casa de la viuda de un
+contador de Indias, mujer interesante, de amable trato y graciosa
+figura, que rayaba ya en los treinta; pero tan bien conservada, tan
+compuesta, que a otro más experto le hubiera hecho creer que apenas
+tenía veintidós años.</p>
+
+<p>Fácil es de inferir, por lo que se ha<span class="pagenum"
+id="Page_I-108">p. I-108</span> dicho de la educación del marqués, que
+solo conocía el amor por oídas; pero es de advertir que le había caído
+en las manos tal cual libro de caballería, en el cual aprendió que una
+mujer puede ser muy honrada corriendo montes y valles en compañía de un
+hombre, y que primero morirá que faltar a la fe jurada a su amante.</p>
+
+<p>Con estos preliminares se deja entender que el desdichado tardó
+poco en caer en la red, y tan de veras, que trataba nada menos que de
+casarse con su Dulcinea, y así se lo hizo entender a ella misma.</p>
+
+<p>Otra menos diestra hubiera desde luego acogido con ansia aquella
+proposición y prestádose a ella; pero Violante, que así se llamaba
+la ninfa, conocía su posición y se negó abiertamente, diciendo que
+prefería sacrificar su virtud para hacer la felicidad de su amante
+a exponer a este a romper con su familia e iguales, como en efecto
+sucedería a causa de tan desigual matrimonio.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_I-109">p. I-109</span></p>
+
+<p>La verdad es que Violante, cuya reputación estaba ya hecha, conoció
+que en el momento en que el marqués anunciase su casamiento no habría
+en la corte quien no se apresurara a abrir los ojos del ciego amante; y
+que aun suponiendo que la ceguera del marqués fuese tal que se negase a
+la evidencia, la cosa podría llegar a oídos del rey, y su severidad era
+harto notoria para exponerse a sufrir sus efectos.</p>
+
+<p>Mas como estas reflexiones no se le alcanzaban al interesado, no
+vio en la conducta de su dama sino un proceder sobremanera generoso y
+noble, y no perdonó sacrificio alguno para compensar el que suponía
+que, prestándose a sus deseos, hacía Violante.</p>
+
+<p>Pasáronse así algunos años, durante los cuales don Juan, a quien su
+hermano quería como a hijo, recibió una educación distinguida, pues la
+intención de este era que siguiese la carrera de las leyes; mas a pesar
+de todo, el fogoso joven se empeñó en ser soldado, y el marqués,<span
+class="pagenum" id="Page_I-110">p. I-110</span> débil por carácter y
+por cariño, accedió a sus deseos enviándole a Flandes, en donde, como
+se ha dicho, probó que en efecto la naturaleza le había hecho más a
+propósito para las armas que para las letras, aun cuando su ingenio y
+aplicación eran notables.</p>
+
+<p>Mientras que don Juan añadía a los antiguos blasones de su casa
+nuevos timbres con los laureles con que en Flandes se coronaba,
+vegetaba su hermano al lado de Violante, amándola cada día más.</p>
+
+<p>Así le hubiera tal vez sorprendido la muerte sin el incidente que
+vamos a referir.</p>
+
+<p>Un primo hermano del marqués, llamado don Pedro Hinojosa de Vargas,
+comendador del hábito de Santiago, hombre de poca más edad que él
+pero de mucho más mundo, experiencia y penetración, fue a la corte a
+establecerse, y, como era natural, lo hizo en casa de su pariente.</p>
+
+<p>Era el comendador uno de aquellos hombres que han aprendido a
+conocer el<span class="pagenum" id="Page_I-111">p. I-111</span> mundo
+a fuerza de repetidas y dolorosas experiencias, y que aunque dotados
+de bastante rectitud de conciencia para no convertirse de víctimas
+en verdugos, conservan, sin embargo, para lo sucesivo la memoria de
+los pasados extravíos, y jamás dan un paso sin estar seguros de la
+firmeza del terreno en que sientan el pie. Para obrar así es preciso
+ser observador. Hinojosa, pues, lo era; como no era necesaria demasiada
+perspicacia para conocer de qué pie cojeaban los acompañantes de su
+primo, a los ocho días de estar en su casa vio, desde luego, que este
+era juguete de sus pretendidos amigos.</p>
+
+<p>Las relaciones del marqués con Violante le parecieron sospechosas,
+sin más que saber su origen, y a poco que averiguó tuvo motivos de
+confirmarse en el propósito formado de desembarazar a su pariente de
+tan vergonzosos lazos.</p>
+
+<p>El medio para conseguirlo no era fácil de hallar; la menor
+insinuación que se le hiciese al marqués contra su amada y amigos
+le sacaban realmente de sus casillas.<span class="pagenum"
+id="Page_I-112">p. I-112</span> Razones eran, pues, excusadas; hechos,
+y hechos claros y evidentes, eran los únicos que podían convencer al
+engañado amante.</p>
+
+<p>Como el comendador estaba íntimamente convencido de que la dama no
+podía menos de hacer de las suyas, su único objeto fue hallar manera
+para hacer testigo a su primo de algunas de sus hazañas; y sabiendo
+que no hay medio más seguro para conocer las flaquezas de los amos que
+preguntárselas a sus criados, hizo sobornar una sirvienta de Violante
+que a fuerza de oro prometió servirle completamente, y lo cumplió en
+efecto.</p>
+
+<p>Para abreviar: Hinojosa tuvo maña para hacer al marqués testigo
+presencial de una de las infinitas infidelidades de su dama. Encarecer
+el sentimiento del engañado amante es imposible. Su melancolía fue tal,
+que produjo una obstinada ictericia que estuvo a pique de costarle la
+vida. Mas el tiempo, su índole apática, y los cuidados y reflexiones
+del comendador,<span class="pagenum" id="Page_I-113">p. I-113</span>
+acabaron por suavizar, si no extinguir, enteramente su pena.</p>
+
+<p>Vivían con el marqués, además de Hinojosa, un capellán sexagenario,
+hombre de bien, pero sobradamente pedante, que había sido su ayo y
+su mayordomo, sujeto tan aritmético como una tabla pitagórica, y la
+servidumbre, que no dejaba de ser numerosa.</p>
+
+<p>Una tarde, como a las dos de ella, y una hora después de haber
+comido, estaban reunidos, en el comedor de la casa del marqués, este,
+don Juan, el comendador y el capellán.</p>
+
+<p>Jugaban los dos últimos al ajedrez con el silencio y recogimiento
+que acompañan infaliblemente a la tal ocupación, tan impropiamente
+llamada juego.</p>
+
+<p>El marqués, sentado en un sillón de maciza madera, guarnecido de
+clavos dorados, y forrado de terciopelo carmesí, se conservaba a la
+cabecera de la mesa, con los ojos cerrados como si durmiera; pero no
+lo hacía, o soñaba en cosas tristes, pues dos lágrimas bajaban por
+sus<span class="pagenum" id="Page_I-114">p. I-114</span> lívidas
+mejillas tan despacio que parecía que se avergonzaban de humedecer el
+rostro de un hombre.</p>
+
+<p>Nuestro don Juan, no muy lejos de su hermano, estaba también sentado
+a la mesa con la cabeza apoyada en una mano, el semblante descolorido,
+el ademán pensativo, y los ojos fijos que daba temor mirarle.</p>
+
+<p>Desde que este joven había regresado de Flandes perdió la casa
+del marqués cierto aspecto claustral que aún conservaba desde el
+tiempo de su padre. La natural alegría de don Juan, y hasta su mismo
+aturdimiento, encantaban al marqués y daban más libertad a las
+restantes personas de la casa para desembarazarse alguna vez de las
+severas formas que en aquel tiempo prescribía la etiqueta.</p>
+
+<p>Esto, y el ser él naturalmente bondadoso, le granjearon el afecto
+general de tal manera que podía decirse que más amo era él en la casa
+que su mismo dueño.</p>
+
+<p>Como un mes antes de la tarde en que<span class="pagenum"
+id="Page_I-115">p. I-115</span> nos hallamos regresó don Juan de
+Valladolid después de una ausencia de más de tres semanas; viósele
+entonces enteramente distinto de lo que era al partir. Entonces, lleno
+de salud, impetuoso, decidor y alegre; después, descolorido, pensativo,
+callado y melancólico.</p>
+
+<p>Todos se admiraron, y todos anhelaban saber la causa de aquella
+metamorfosis; pero nadie llegó a conseguirlo. A cuantas preguntas se le
+hacían contestaba:</p>
+
+<p>—Nada tengo; no sean aprensivos, yo estoy bueno, estoy alegre.</p>
+
+<p>Nadie le creía una palabra, porque todos veían lo contrario de lo
+que afirmaba; mas cansados de preguntar, conjeturaron, y cansados
+también de conjeturar, dedujeron sabiamente que pues don Juan estaba
+triste y enfermo, y ellos no sabían la causa, o se había vuelto loco, o
+le habían hechizado.</p>
+
+<p>Cada una de estas dos opiniones tenían en la casa su partido, aunque
+no faltaba quien adoptase las dos a un tiempo.</p>
+
+<p>El comendador, cuya manía favorita<span class="pagenum"
+id="Page_I-116">p. I-116</span> era la de creerse el más profundo de
+los observadores, era el que capitaneaba el partido de la locura; y el
+capellán, que no encontraba placer compatible en este mundo sublunar al
+de combatir a hisopazos y exorcismos con un espíritu maligno, afirmaba
+que el mancebo estaba hechizado. El marqués era el justo medio, pues no
+creía que estuviese loco ni poseído; creía alternativamente lo uno y lo
+otro, y a veces lo creía todo a un tiempo.</p>
+
+<p>Descrito ya el teatro y los actores, vengamos a la acción.</p>
+
+<p>—Jaque al rey, padre capellán —dijo el comendador dando un salto en
+la silla y frotándose las manos con visible satisfacción.</p>
+
+<p>El capellán, arrugando las cejas y con la mano tendida hacia el
+tablero, iba a contestar no se sabe qué, cuando, encendiéndosele el
+rostro repentinamente a don Juan, se alzó de su asiento, y descargando
+el puño sobre la mesa, exclamó:</p>
+
+<p>—Imposible. Jamás.</p>
+
+<p>Y como desatinado<span class="pagenum" id="Page_I-117">p.
+I-117</span> se salió del aposento apresuradamente.</p>
+
+<p>—¿Cómo imposible? —dijo el comendador creyendo que don Juan hablaba
+de su jugada; pero volviéndose al mismo tiempo de decir esto, y
+viendo los movimientos de su primo, no pudo menos de exclamar—: Lo
+que yo digo; pobre mozo, loco rematado. Para hacer esto sin haber yo
+averiguado la causa, no puede menos de estar loco.</p>
+
+<p>—Loco... lo será el que no vea en los desatinos de ese mancebo la
+mano de Astorot que le atormenta —replicó el capellán.</p>
+
+<p>—Padre Teobaldo, ¡un Vargas endemoniado! Primo, un pariente loco...
+Pero en efecto..., pudiera..., no sé..., veremos... —interrumpió el
+marqués, despavorido y absorto con lo que pasaba.</p>
+
+<p>—Un Vargas, señor marqués, está tan sujeto a calamidades de esta
+especie como el más miserable jornalero. Nabucodonosor, rey de
+Babilonia, fue bruto muchos años, y...</p>
+
+<p>—Desde entonces acá no nos faltan ejemplos de grandes
+personajes<span class="pagenum" id="Page_I-118">p. I-118</span> que
+lo han sido toda su vida —repuso el comendador—: El rey Saúl estuvo
+poseído del espíritu maligno, y el mismo David nos dice: <i>¿Quare
+tristis incedo dum afligit me inimicus? Sic est</i>, que el señor don
+Juan de Vargas, aunque de ilustre nacimiento, es infinitamente inferior
+al pagano Nabucodonosor, al ungido Saúl, y al rey profeta. <i>Ergo</i>,
+don Juan puede muy bien estar endemoniado.</p>
+
+<p>—No lo niego —dijo el marqués, cediendo al peso de tan poderosos
+argumentos.</p>
+
+<p>—Yo no niego el <i>posse</i> por mi parte; lo que niego, primo, es,
+que vuestro hermano esté ahora endemoniado —contestó Hinojosa.</p>
+
+<p>—<i>Probo</i> —exclamó el capellán.</p>
+
+<p>—Dejémonos de argumentos, padre. Yo soy observador, muy observador,
+y me intereso demasiado en el bienestar de don Juan para que en más
+de un mes que hace que le vemos así no haya estudiado su enfermedad.
+Estoy seguro, segurísimo,<span class="pagenum" id="Page_I-119">p.
+I-119</span> de que los que padecen una demencia absoluta...</p>
+
+<p>—<i>Veritas veritatum</i>.</p>
+
+<p>—Nada de latines, capellán, y menos de desvergüenzas: razones, y no
+citas ni insolencias, son las que aquí necesitamos.</p>
+
+<p>—¡Paz, paz, por Dios santo! En mi casa no quiero riñas.</p>
+
+<p>—Ni reñimos tampoco: marqués, ya sabéis que los doctores se tiran
+los bonetes en un acto, y luego salen de él tan amigos como entraron.
+Ministerio es de paz y...</p>
+
+<p>—No se hable más de ello, que será peor. Lo que importa es descubrir
+cuál es en efecto el mal de don Juan y ponerle remedio.</p>
+
+<p>—Sí, sí, eso es lo que importa, primo Hinojosa, ponerle remedio,
+como vos decís.</p>
+
+<p>—Las armas espirituales... son eficacísimas y excelentes a su
+tiempo, pero por ahora no las necesitamos.</p>
+
+<p>—¡Oh pertinacia, oh ceguedad!</p>
+
+<p>—Dejad hablar al padre, primo: si le interrumpís siempre, ¿cómo ha
+de explicarse?</p>
+
+<p>Con esta insinuación del marqués calló el comendador y pudo
+el capellán explayar su erudición, de la cual haremos<span
+class="pagenum" id="Page_I-120">p. I-120</span> gracia a los lectores,
+contentándonos con decir que en un largo, difuso y embrollado discurso,
+después de explicar muy por menor los síntomas que se advierten en
+los endemoniados, quiso probar que la melancolía, las frecuentes
+distracciones, y los repentinos accesos de cólera que se notaban en
+don Juan, eran otras tantas señales de hallarse el infeliz sirviendo
+de posada a algún diablo, y no de los de menor importancia, en el
+infierno.</p>
+
+<p>Don Pedro le escuchó como quien oye llover; mas no así el marqués,
+que, acostumbrado desde la infancia a mirar al padre como un oráculo, y
+persuadido por otra parte de que sus últimos disgustos habían provenido
+de haberse apartado del camino que en sus consejos le trazaba el
+capellán, se sintió extrañamente conmovido, y no solo consintió, sino
+que suplicó a su antiguo ayo que desde luego pusiese mano a la obra de
+echarle los demonios del cuerpo a su hermano.</p>
+
+<p>Esto era justamente lo que el padre Teobaldo quería, pues en todo el
+discurso<span class="pagenum" id="Page_I-121">p. I-121</span> de su
+dilatada vida nunca se le había presentado una ocasión de habérselas
+cara a cara con el señor demonio. Así es que, tomándole la palabra al
+marqués, salió inmediatamente de la sala temiendo que el comendador no
+le hiciese volverse atrás.</p>
+
+<p>Iba en efecto Hinojosa a tronar contra tan desatinada idea; pero la
+retirada del capellán y la del marqués, que, temiendo la tormenta, se
+marchó también en pos de él, se lo imposibilitaron.</p>
+
+<p>Parecerá a un lector del siglo <span class="asc">XIX</span> que el
+padre Teobaldo y su alumno debían de ser muy necios para creer en el
+endiablamiento del pobre don Juan, y sin embargo se desengañará medio a
+medio.</p>
+
+<p>No solo en el siglo <span class="asc">XVI</span>, sino en mucho
+después, el último monarca español de la casa de Austria, Carlos II, se
+hizo atormentar voluntariamente por espacio de muchos años consecutivos
+para que le sacaran del cuerpo los demonios, que estaba muy lejos de
+tener en él.</p>
+
+<p>Este ejemplo bastará para probar cuáles<span class="pagenum"
+id="Page_I-122">p. I-122</span> eran en la materia las ideas de
+aquellos tiempos, pues si en el trono había tales preocupaciones, fácil
+es de inferir que más abajo no faltarían.</p>
+
+<p>Media hora después de terminada la discusión entre el marqués, el
+comendador y el capellán, entró este último en la estancia de don Juan,
+vestido de sobrepelliz y estola, con el bonete en la cabeza, en la mano
+derecha un hisopo, y en la izquierda un misal abierto.</p>
+
+<p>Seguíale un lacayo con un caldero de agua bendita, otro con una taza
+de aceite, el marqués y su mayordomo, y dos o tres criados más, todos
+con el rosario en la mano.</p>
+
+<p>Don Juan estaba aletargado sobre su lecho, encima del cual se había
+arrojado cuando salió del comedor con la precipitación que se ha visto,
+y, como el padre Teobaldo y su comitiva entraron silenciosamente en su
+aposento, nada sintió.</p>
+
+<p>Rodearon, pues, su cama y, quedándose el capellán a los pies,
+comenzó a<span class="pagenum" id="Page_I-123">p. I-123</span> leer en
+voz baja algunas oraciones del misal, respondiendo los circunstantes
+<i>amén</i> cada vez que terminaba una de ellas.</p>
+
+<p>Al cabo de algunos minutos de rezo le pareció bien al padre rociar
+al demonio con agua bendita, y mojando el hisopo en el caldero, le mojó
+la cara a su sabor, con lo que despertó al pobre don Juan; incorporose
+este en la cama, y no sin algún sobresalto contemplaba el extraño
+grupo que veía, cuando una segunda descarga del hisopo le inundó
+completamente el rostro.</p>
+
+<p>—Váyanse a todos los diablos —exclamó colérico—, o por vida...</p>
+
+<p>—Hermano don Juan, sosegaos, que por vuestro bien se hace todo esto
+—le interrumpió el marqués, asiéndole de un brazo.</p>
+
+<p>Le coge Vargas la cara lo mejor que pudo, y se encaró con su
+hermano, mirándolo de hito en hito para asegurarse de que en efecto era
+él quien le hablaba, y que no era un sueño cuanto estaba sucediendo.</p>
+
+<p>Entre tanto el capellán rezaba y<span class="pagenum"
+id="Page_I-124">p. I-124</span> rociaba intrépidamente, y el mayordomo
+y las criadas respondían <i>amén</i> siempre que les tocaba.</p>
+
+<p>Viendo don Juan que de todo aquello no le resultaba más mal que
+el de mojarse alguna cosa, y que su hermano parecía tener particular
+empeño en que siguiera la operación, resolvió tolerarlo y, cruzándose
+de brazos, permaneció inmóvil, limitándose a observar cuidadosamente
+los movimientos de cuantos le rodeaban.</p>
+
+<p>A cierta seña del capellán, el criado de la taza de aceite se
+aproximó al marqués, y este, tomándola en las manos, se la acercó a los
+labios a su hermano:</p>
+
+<p>—Bebed, don Juan —le dijo—, bebed, siquiera por amor de mí.</p>
+
+<p>Tomó Vargas la taza con mucho sosiego, y se disponía tal vez a
+beberla, pero el olor del aceite, en el cual iban además algunos granos
+de incienso, era tan fuerte, que lo percibió inmediatamente.</p>
+
+<p>Entonces miró el brebaje de la taza, y volviéndose al marqués le
+preguntó:</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_I-125">p. I-125</span></p>
+
+<p>—¿Esto queréis que beba, hermano?</p>
+
+<p>—Sí, hermano, bébela, y sanaréis de vuestra dolencia.</p>
+
+<p>—Yo no estoy enfermo; estáis engañado, no estoy enfermo.</p>
+
+<p>—Enfermo estáis —dijo el capellán—, y de enfermedad mortal.</p>
+
+<p>—Padre, no estoy enfermo; mi salud es cabal, nada me duele.</p>
+
+<p>—El alma, el alma, es la enferma.</p>
+
+<p>—Tal vez.</p>
+
+<p>—Bebed, don Juan —volvió a decir el marqués.</p>
+
+<p>—No, no, hermano, no; este brebaje me haría reventar.</p>
+
+<p>—Es preciso beberla —exclamó el capellán.</p>
+
+<p>—Es preciso —repitió el marqués.</p>
+
+<p>—Es preciso, es preciso —dijeron en coro los criados.</p>
+
+<p>—Pues no la bebo, señores, no la bebo —replicó el interesado
+volviendo a poner la taza en el plato que tenía el marqués en la
+mano.</p>
+
+<p>Este se la entregó al mayordomo, y al mismo tiempo echó a
+andar para salir del aposento, y en efecto salió. Entonces dos
+criados se aproximaron a don Juan para obligarle a beber; mas él,
+conociéndolo, cogió de nuevo la taza, bautizó<span class="pagenum"
+id="Page_I-126">p. I-126</span> con ella al mayordomo, y saltando en
+seguida de la cama, asió la espada que a la cabecera de ella tenía, y
+dio tras de todos a palos.</p>
+
+<p>La puerta les parecía estrecha para salir por ella a cuantos había
+en el cuarto, incluso el capellán, y con tanta precipitación quisieron
+huir, que al llegar a una escalera, por que precisamente tenían que
+pasar, se le enredaron las piernas al mayordomo entre las del que
+llevaba la caldera, y uno y otro rodaron de alto a bajo, poniendo el
+grito en el cielo; la caldera suelta soltó toda el agua que contenía,
+y después con estrépito notable siguió a su portador hasta el piso
+bajo.</p>
+
+<p>Los perros del marqués, que eran bastantes, comenzaron a ladrar,
+y uno de ellos, abalanzándose a los dos caídos, sacó en triunfo el
+peluquín del mayordomo, que maltrecho yacía al pie de la escalera.</p>
+
+<p>El capellán y los restantes llegaron sin tropiezo hasta aquel
+punto, pero allí tropezaron<span class="pagenum" id="Page_I-127">p.
+I-127</span> en los dos que por bajar más de prisa llegaron antes.</p>
+
+<p>Los primeros poseedores del suelo renovaron sus aullidos al recibir
+encima a sus compañeros, y estos, enredados unos con otros, y no
+acertando a levantarse, gritaban también cuanto podían.</p>
+
+<p>Tan extraordinario rumor alarmó a toda la casa, de modo que
+inmediatamente acudieron el marqués, el comendador, el cocinero, sus
+ayudantes, los pinches, etc.</p>
+
+<p>Hinojosa soltó la carcajada viendo el singular grupo de hombres y
+perros que había al pie de la escalera, y a don Juan, que con la espada
+en la mano lo contemplaba desde lo alto de ella.</p>
+
+<p>Era en efecto difícil no reírse: la calva del mayordomo salía de
+entre las piernas de un lacayo, y las narices del padre capellán hacían
+parte integrante del posterior de otro.</p>
+
+<p>Un podenco se había sentado sobre la espalda de uno con la peluca
+en la boca, y otros dos o tres se entretenían con las piernas de los
+pobres caídos.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_I-128">p. I-128</span></p>
+
+<p>El primer cuidado de los recién venidos fue levantarlos a todos, y
+examinar si tenían alguna herida, pero felizmente no hallaron más que
+tal cual chichón, aunque no había uno que no se quejase como si se
+hallara en la hora de la muerte.</p>
+
+<p>Puesto ya en pie el capellán, y recobrada su estola, que había
+perdido en la retirada, volvió la cabeza a la escalera, y viendo en
+ella a don Juan, como ya se ha dicho, echó a huir de nuevo diciendo:</p>
+
+<p>—Te conjuro, espíritu rebelde, te conjuro en nombre de Dios.</p>
+
+<p>El comendador mandó retirar a todos los caídos, y habiéndolo hecho
+por sí el marqués, sentido del mal éxito de aquella empresa, se quedó
+Hinojosa solo con don Juan, a quien rogó que pasara con él a su cuarto,
+en lo que este consintió sin dificultad.</p>
+
+<p>Solos ya, y sentados ambos pacíficamente, pasaron algunos minutos en
+silencio, reflexionando don Juan en sus asuntos particulares, o en lo
+que acababa de<span class="pagenum" id="Page_I-129">p. I-129</span>
+suceder, y su primo en la manera más a propósito para entablar la
+conversación. Bien hubiera querido Hinojosa que el hermano del marqués
+rompiese la barrera haciéndole alguna pregunta; mas, viendo que no lo
+hacía, hubo de determinarse a romper el silencio.</p>
+
+<p>—Estaréis asombrado, don Juan, con lo que acaba de pasaros.</p>
+
+<p>—¡Asombrado!... ¿De qué puedo asombrarme ya en este mundo?</p>
+
+<p>—Sin embargo, primo, no es cosa que sucede todos los días a un
+caballero esto de exorcizarle.</p>
+
+<p>—No, en efecto, y a la verdad no concibo qué extraño capricho ha
+sido el de mi hermano en hacerme esta burla tan intempestiva.</p>
+
+<p>—Os engañáis, don Juan, tomando a burla cuanto acaba de suceder. El
+marqués os ama de veras, y es incapaz de tan pesada chanza. No, primo,
+nadie ha tratado de burlarse de vos. El camino se ha errado, y yo bien
+se lo he dicho; pero las intenciones han sido las mejores del mundo.</p>
+
+<p>—Pero ¿no me diréis a qué viene el rociarme con agua de pies a
+cabeza,<span class="pagenum" id="Page_I-130">p. I-130</span> el
+rezarme, y sobre todo, el quererme hacer beber una taza de aceite?</p>
+
+<p>—Creeros endemoniado.</p>
+
+<p>—¡Jesús! El Señor me libre en lo sucesivo de semejante trabajo, como
+hasta aquí lo ha hecho.</p>
+
+<p>—Amén. Ya os he dicho que estoy persuadido de la falsedad de
+semejante suposición. Y, sin embargo, ¿qué queréis que crean los que
+observan sin cesar vuestra extraña conducta, sin que aparezca ni
+remotamente motivo para ella? ¡Don Juan, don Juan! ¿Merece el marqués,
+que os ama como un padre, y que tantos años hace os sirve de tal,
+merezco yo, mozo ingrato, merece la fidelidad de vuestro criado, que a
+todos nos tengáis con el alma en un hilo, viéndoos perder la salud y
+hacer extrañas locuras? ¡Qué hemos de creer! Decidlo vos mismo.</p>
+
+<p>Mientras que Hinojosa declamaba así con bastante vehemencia,
+don Juan, levantándose de su asiento, comenzó a dar vueltas por el
+aposento, con visible agitación, y aun algunas lágrimas fugitivas se
+escaparon de sus ojos.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_I-131">p. I-131</span></p>
+
+<p>Viéndolo así enternecido, no quiso el comendador atormentarle más ni
+perder la ventaja conseguida, y para conciliar ambos extremos se fue a
+su primo, y tomándole la mano afectuosamente continuó diciendo:</p>
+
+<p>—En vuestra mano está hacer cesar en un punto todos nuestros
+temores.</p>
+
+<p>—Decid el medio, comendador.</p>
+
+<p>—Romped ese obstinado silencio, reveladnos la causa de vuestro
+padecer. Si ella es tal que admita remedio, se le aplicará, y si por
+desgracia no lo tiene, lloraremos con vos.</p>
+
+<p>A esta última proposición soltó don Juan la mano de Hinojosa, y dio
+dos o tres pasos sumamente aprisa; el comendador volvió a ocupar su
+asiento, esperando en él el resultado de aquel acceso.</p>
+
+<p>No fue este muy duradero, pues apenas pasaron dos minutos,
+sentándose Vargas de nuevo empezó a hablar de esta manera:</p>
+
+<p>—Si hay, primo, en este mundo personas que por todos títulos
+merezcan mi confianza, sois mi hermano y vos. Pero<span
+class="pagenum" id="Page_I-132">p. I-132</span> escuchadme bien, y sea
+esta la última vez que hablemos de semejante materia.</p>
+
+<p>»Dentro de mi corazón hay una pena que me devora, que me seguirá
+hasta el sepulcro y más allá, si después de la muerte conservamos la
+más pequeña parte de nuestra existencia.</p>
+
+<p>»Mi honor está por ahora comprometido a no revelar la causa de mis
+disgustos. He dado mi palabra de no hablar. Excusad, pues, súplicas y
+razones. Los más crueles tormentos no me arrancarían una sílaba más de
+lo dicho.</p>
+
+<p>»Nada me digáis, comendador, para agradecer la tierna solicitud de
+mis parientes: bastante he hecho, pues confesando que tengo un secreto
+os he revelado ya más de la mitad de él.</p>
+
+<p>»Compadecedme; pero no os obstinéis en saber más de lo que puedo
+deciros.</p>
+
+<p>»Grabad en la memoria lo que voy a deciros: Si mi propio padre,
+saliendo del sepulcro, solo para ello diera un paso para sorprender mi
+secreto, pudiera ser que le arrancase la vida.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_I-133">p. I-133</span></p>
+
+<p>»Comendador, dadme la mano; nuestra amistad será eterna, como el
+agradecimiento que me inspiran vuestros cuidados, pero, lo repito,
+jamás, jamás volveremos a hablar de esta materia.</p>
+
+<p>En tanto que don Juan estuvo hablando no apartó Hinojosa los
+ojos de su semblante, y si bien en algunos momentos se agitaba
+extraordinariamente Vargas, es cierto que no advirtió en él síntoma
+alguno de demencia.</p>
+
+<p>Convenciose, pues, de que en efecto la situación de aquel mancebo
+dependía de causas naturales, aunque solo conocidas del mismo
+interesado, y renunció a su primera idea.</p>
+
+<p>—Os he escuchado —dijo— con la mayor atención, y no pretenderé saber
+lo que como hombre honrado no podéis decirme. No se hable más en ello.
+Pero voy a hacer una súplica que está en vuestra mano concederme.
+Ocultad lo que podáis al menos en presencia del marqués: don Juan,
+conocida es por vos su melancolía. No queráis aumentarla. Ninguna<span
+class="pagenum" id="Page_I-134">p. I-134</span> gloria es mejor que la
+de vencerse a sí mismo.</p>
+
+<p>—Yo me esforzaré para complaceros. Recibid mi promesa.</p>
+
+<p>—Cuento con ella.</p>
+
+<p>—Quedad, primo, con Dios, y si alguna vez necesitáis de un pecho
+fiel y de una espada que en sus tiempos tuvo buenos filos, el
+comendador Hinojosa no necesita saber en qué ni por qué le empleáis; su
+vida es vuestra.</p>
+
+<p>—No quiera Dios que yo os envuelva en mis males; pero jamás olvidaré
+tan generosa oferta. Dadme los brazos.</p>
+
+<p>—Y el alma con ellos.</p>
+
+<p>Abrazáronse en efecto los dos primos con la mayor ternura, y el
+comendador salió del aposento para dirigirse a la habitación del
+marqués, a quien encontró en conferencia con el capellán y el mayordomo
+sobre los medios de renovar con menos riesgo y mejor éxito el pasado
+exorcismo.</p>
+
+<p>La llegada de Hinojosa puso término a la discusión y al proyecto.</p>
+
+<p>Dijo el comendador a aquellos tres personajes que acababa de
+tener una larga conversación con su primo, en la cual había<span
+class="pagenum" id="Page_I-135">p. I-135</span> acreditado
+completamente que se hallaba en su sano juicio.</p>
+
+<p>—Me ha confesado —anadió— que tiene penas que su honor le prohíbe
+revelar. Vuestra merced, padre capellán, se ha engañado, y yo también.
+Don Juan no está endemoniado, y menos loco. Probablemente su pena será
+algún amorío: es enfermedad de la edad. Los años la curarán. Entre
+tanto, dejémosle en paz por nuestra parte; harto tiene que hacer el
+desdichado con lo que se conoce que sufre interiormente.</p>
+
+<p>Esto bastó por entonces a que el marqués prohibiera al padre
+Teobaldo la continuación de sus combates espirituales, y gracias
+a la tal medida, pudo don Juan dormir tranquilo, sin temer que al
+despertarse le ofreciesen por desayuno una taza de aceite bendito.</p>
+
+
+<p class="fin">FIN DEL TOMO PRIMERO</p>
+
+
+<div class="chapter pt6" id="Ch2">
+ <hr class="chap">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_II-i">p. II-<span class="asc">i</span></span></p>
+ <h2 class="nobreak sc g0 ws1" title="TOMO II">Ni Rey ni Roque</h2>
+ <hr class="chap">
+</div>
+
+
+<div class="tit">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_II-iii">p. II-<span class="asc">iii</span></span></p>
+ <p class="fs200 negr g0 ws1">NI REY NI ROQUE</p>
+ <p class="g0 ws1 mt1">EPISODIO HISTÓRICO</p>
+ <p class="fs140 g0 ws1 mt05">DEL REINADO DE FELIPE II,</p>
+ <p class="negr g0 ws1 mt05">AÑO DE 1595</p>
+
+ <p class="g1 ws1 mt2">NOVELA ORIGINAL</p>
+ <p class="fs75 g2 ws1 mt15">ESCRITA</p>
+ <p class="negr ws1 mt05">POR DON PATRICIO DE LA ESCOSURA,</p>
+ <p class="fs75 g0 ws1 mt1">AUTOR DEL CONDE DE CANDESPINA</p>
+
+ <div class="cajatomo">
+ <p class="g1">TOMO II</p>
+ </div>
+
+ <p class="fs130 g0 mt2">Madrid</p>
+ <p class="fs110 g0 ws1">Imprenta de Repullés</p>
+ <p class="fs110">—</p>
+ <p class="fs110 g0 ws1"><span class="sc">Año de</span> 1835</p>
+</div>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+<div class="chapter" id="Ch21">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_II-1">p. II-1</span></p>
+ <p class="centra negr fs130 g1 ws1">NI REY NI ROQUE</p>
+ <hr class="tir">
+ <h3 class="g1 ws1">CAPÍTULO PRIMERO</h3>
+ <hr class="tir">
+
+ <div class="poetry-container smaller">
+ <div class="poetry">
+ <div class="stanza">
+ <div class="verse i0"><span class="sc">Morondo</span></div>
+ <div class="verse i4">Que me llevan los demonios</div>
+ <div class="verse i4">. . . . . . . . . . . . . .</div>
+ <div class="verse i4">Voto a Cristo que me llevan.</div>
+ </div>
+ <div class="stanza">
+ <div class="verse i0"><span class="sc">Teodora</span></div>
+ <div class="verse i4">¿Adónde?</div>
+ </div>
+ <div class="stanza">
+ <div class="verse i0"><span class="sc">Morondo</span></div>
+ <div class="verse i13">No me lo han dicho,</div>
+ <div class="verse i4">Porque traen orden secreta.</div>
+ </div>
+ <div class="stanza">
+ <div class="verse i2">(<i>La Adúltera Penitente</i>, comedia de tres<br> ingenios: Cáncer, Moreto, y Matos).</div>
+ </div>
+ </div>
+ </div>
+</div>
+
+<p class="ti0">Fiel a su palabra, procuró don Juan disimular su
+melancolía en presencia del marqués, y aunque a la verdad no pudo
+conseguir mostrarse alegre, por lo menos dejó de abandonarse a ciertos
+accesos, como el que dio lugar a que le exorcizase el padre capellán, y
+que antes de aquel suceso eran sumamente frecuentes.</p>
+
+<p>Su tristeza era sin embargo la misma. Evitaba toda sociedad cuanto
+podía, y más<span class="pagenum" id="Page_II-2">p. II-2</span> de una
+vez aconteció que el comendador le sorprendiese con los ojos inundados
+de lágrimas; mas como Hinojosa había prometido solemnemente a su primo
+no volverle a preguntar la causa de su pena y ni siquiera hablarle de
+ella, se veía en la imposibilidad hasta de consolarle.</p>
+
+<p>En este estado de cosas transcurrieron algunos días, hasta que en la
+noche de uno Vargas anunció a su hermano y primo que al siguiente por
+la mañana se ponía en camino para visitar cierta hacienda, en la cual
+era necesaria su presencia.</p>
+
+<p>Convino el marqués, y el comendador aplaudió el proyecto, creyendo,
+no sin fundamento, que la variación de aires y la agitación de un viaje
+serían muy a propósito para distraer a Vargas de sus disgustos, y tanto
+más cuanto que, con sola aquella idea de él, se notaba ya mucho más
+alegre que se le había visto en la última temporada.</p>
+
+<p>Toda aquella noche estuvo Vargas<span class="pagenum"
+id="Page_II-3">p. II-3</span> amabilísimo, colmando de caricias a su
+hermano, al comendador, y aun al mismo padre Teobaldo, quien no dejaba
+de atribuir parte de tan inesperada mudanza a sus hisopazos y conjuros.
+En el momento de separarse, don Juan los abrazó a los tres con ternura,
+encargándoles que no le olvidasen.</p>
+
+<p>—Olvidaros —dijo el marqués—, y en el corto tiempo que habéis de
+faltar de aquí, no es posible.</p>
+
+<p>—Mi ausencia, hermano, podrá ser más larga de lo que yo mismo
+creo.</p>
+
+<p>—Norabuena; por mucho que se tarde en concluir la obra que vais a
+dirigir, será cosa de pocas semanas.</p>
+
+<p>—Decís bien, hermano; comendador, conservadme vuestra amistad.</p>
+
+<p>—Don Juan, mis ocupaciones aquí son ningunas; si habéis menester de
+un amigo que os acompañe, mi persona es vuestra.</p>
+
+<p>—No, primo, no; vos podéis y debéis quedaros. ¿Qué sería del marqués
+viéndose solo? Adiós, pues.</p>
+
+<p>—Adiós, y Él os acompañe en vuestro viaje. Amén.</p>
+
+<p>—Amén.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_II-4">p. II-4</span></p>
+
+<p>Antes de salir el sol estaba Vargas en camino, sin más compañía
+que la de un criado, que era el que siempre le seguía y estaba en su
+servicio desde la niñez. Callado, fiel y obediente, Pedro no conocía
+más ley que la voluntad de su señor, de cuyas acciones nunca veía más
+de lo que se quería que viese. Tan fácil hubiera sido saber por boca
+de un cadáver la enfermedad que le redujo a tal, como de la de Pedro
+nada de los asuntos de su dueño. Este, pues, le estimaba como a una
+joya preciosa, que no tenía reemplazo si una vez llagaba a perderse, y
+depositaba en él sus secretos con una confianza sin límites.</p>
+
+<p>Una legua habrían andado los dos caminantes, cuando deteniendo don
+Juan su caballo, dio lugar a que emparejase con él su criado.</p>
+
+<p>—Pedro —le dijo—, vamos a Madrigal.</p>
+
+<p>—Adonde usted mande.</p>
+
+<p>—Es preciso que tú te adelantes. Nada importa reventar el caballo;
+esta noche has de dormir allá.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_II-5">p. II-5</span></p>
+
+<p>—Muy bien.</p>
+
+<p>—Toma esta carta, que entregarás también esta noche misma, si
+llegares, como deseo, antes del toque de ánimas. Gabriel no estará
+entonces en su casa.</p>
+
+<p>—Está entendido, señor.</p>
+
+<p>—Si llegas después de ánimas, mañana...</p>
+
+<p>—¿Cuando el pastelero esté en misa?</p>
+
+<p>—Perfectamente, Pedro.</p>
+
+<p>—¿Y la respuesta?</p>
+
+<p>—No la tiene. Marcha, y en habiendo entregado la carta métete en el
+mesón, y no salgas de él por ningún pretexto. ¿Me entiendes?</p>
+
+<p>—Sí, señor.</p>
+
+<p>—Nadie ha de conocerte antes ni después.</p>
+
+<p>—Estoy al cabo.</p>
+
+<p>—Fío en tu obediencia. Espérame allí, que o yo iré, o te daré
+noticias de mi persona. Marcha, Pedro. ¡Ah!, ¿llevas dinero?</p>
+
+<p>—Poco.</p>
+
+<p>—Toma diez doblones. Silencio y agilidad. Buen viaje.</p>
+
+<p>—Dios guarde a usted, amo mío.</p>
+
+<p>Diciendo esto arrimó Pedro las espuelas a su caballo, y poco tiempo
+después le perdió don Juan de vista.</p>
+
+<p>No nos tomaremos el trabajo de seguir al amo ni al criado en todo
+su camino,<span class="pagenum" id="Page_II-6">p. II-6</span> sino
+que dejándolo en claro trasladaremos la escena de un golpe de pluma al
+siguiente día, en el momento de oscurecer, a espaldas de una ermita que
+distaba como un tiro de bala de Madrigal.</p>
+
+<p>Atado a un pino tascaba impacientemente el freno el caballo de don
+Juan, y este con no mucha más resignación se paseaba aceleradamente
+al pie de los muros de la ermita. De cuando en cuando asomaba con
+precaución la cabeza por una de las esquinas, y examinaba con aire de
+inquietud y ansiedad el camino que guiaba a la villa, y en el cual no
+se veían ni perros.</p>
+
+<p>—Ya casi es de noche... No viene... Si acaso Gabriel... ¿Pero qué
+tan necio había de ser Pedro que se dejase sorprender? Infeliz de
+él como así fuese... Un bulto... La oscuridad no me deja distinguir
+quién sea: ¿si será ella?... ¿Y quién ha de ser a estas horas por este
+paraje? Inés será. Respiremos.</p>
+
+<p>En esto el bulto se venía acercando a toda prisa;<span
+class="pagenum" id="Page_II-7">p. II-7</span> pero en vez de seguir
+hasta la ermita, tomó por una vereda que se apartaba de aquel camino
+como unos cincuenta pasos antes de llegar a ella.</p>
+
+<p>—¡Maldición! No es Inés. Ya no viene.</p>
+
+<p>Cualquiera que haya esperado alguna vez, y tratándose de asunto
+importante, concebirá fácilmente la extrema impaciencia de Vargas, a la
+cual se agregaba la duda en que se hallaba sobre si el mensaje había
+llegado sin novedad a su destino, y de que, aun cuando así fuese, se
+prestara Inés a sus deseos.</p>
+
+<p>Tan presto se paseaba don Juan presuroso, como haciendo alto de
+repente recogía hasta el aliento, y aplicaba el oído a la tierra para
+percibir aun el más ligero ruido. Ya se sentaba sobre una piedra,
+ya corría despeñado a ponerse en acecho, todo quejándose de su mala
+estrella y votando como un desesperado, y todo en vano también.</p>
+
+<p>Cerca de una hora pasó en aquel tormento<span class="pagenum"
+id="Page_II-8">p. II-8</span> hasta que, ya perdida la paciencia, y
+olvidándose de sus proyectos mismos, abandonó la posición que ocupaba
+y echó a andar hacia Madrigal; ¿a qué?, él mismo no lo sabía; pero
+hay circunstancias en que el variar de posición, sea como fuese,
+es indispensable. Cincuenta pasos habría andado con una agitación
+extremada, cuando vio salir de la villa a un bulto negro.</p>
+
+<p>La noche era ya extremada, el firmamento cubierto de opacas nubes
+que impedían el paso a los rayos de la naciente luna, y el horizonte
+oscuro como el abismo, y que de cuando en cuando iluminaba la luz
+rojiza y fugaz de los relámpagos, anunciaban una próxima tempestad.</p>
+
+<p>Agitadas por el presentimiento que les inspira su instinto, las
+aves nocturnas, con vuelo rastrero y desigual cruzaban el campo en
+todas direcciones. El lejano ladrido de los perros, el son lúgubre
+de una campana, y hasta el susurro del viento<span class="pagenum"
+id="Page_II-9">p. II-9</span> en los sembrados, todo, en una palabra,
+contribuía, en el momento de que hablamos, a dar al paraje en que se
+hallaba Vargas el más siniestro aspecto.</p>
+
+<p>Al ver, pues, el bulto de que se ha hecho mención, y olvidado de que
+un momento hacía hubiera dado cuanto le hubieran pedido por verlo en el
+camino, se sobrecogió un instante.</p>
+
+<p>En efecto, la persona que a él se acercaba, cubierta de un traje
+talar que flotando a merced del viento le prestaba aparentemente
+más corpulencia que la que realmente tenía, no parecía andar, sino
+deslizarse por el camino; tales eran la ligereza de su paso y la
+rectitud con que caminaba.</p>
+
+<p>En las circunstancias ordinarias, don Juan, que por una parte había
+nacido valiente, y por otra era noble y castellano, hubiera visto
+con indiferencia, y tal vez no habría reparado en la circunstancia
+de caminar de este o del otro modo una persona que pasaba por el
+camino.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_II-10">p. II-10</span></p>
+
+<p>Pero la hora, la disposición del cielo, el paraje en que se hallaba,
+y que él mismo había elegido como más seguro para su intento, pues era
+pública voz en Madrigal que en las inmediaciones de aquella ermita,
+que hoy no existe, se verificaban frecuentes y espantosas apariciones,
+y sobre todo la agitación en que estaba su espíritu le tenían tan
+trastornado que la vista de la persona que se le acercaba le sobresaltó
+en efecto.</p>
+
+<p>Hizo, pues, alto, y maquinalmente se persignó y sacó la espada. El
+bulto continuó marchando intrépidamente hasta estar a unos diez pasos
+de don Juan, que entonces ya cesó de andar.</p>
+
+<p>Pocos momentos bastaron para que, volviendo este en sí, reconociese
+la ridiculez de su conducta y, avergonzado de ella, envainó la
+espada.</p>
+
+<p>—Proseguid —dijo dirigiéndose a la inmóvil persona que delante
+tenía—, proseguid vuestro camino, quien quiera que seáis, que así en mí
+no hallaréis impedimento.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_II-11">p. II-11</span></p>
+
+<p>—Don Juan —exclamaron—, ¿sois vos?</p>
+
+<p>—Inés, al fin habéis venido.</p>
+
+<p>—Sí, aquí estoy. Bien sabéis que arriesgo mi vida; pero en fin, ¿qué
+me queréis?</p>
+
+<p>—Aquí no estamos bien, Inés; cualquiera que pase puede vernos. Vamos
+a la ermita.</p>
+
+<p>—¿A la ermita, don Juan?...</p>
+
+<p>—¿Y por qué no? Jamás os he conocido medrosa.</p>
+
+<p>—Verdad es, pero...</p>
+
+<p>—No perdamos el tiempo, que para nadie es más precioso que para vos.
+Seguidme.</p>
+
+<p>Al decir esto asió del brazo a Inés, y en aquella disposición
+llegaron ambos a la espalda de la ermita, a la cual estaban unidos
+los restos de un pequeño edificio, que probablemente en tiempos
+antiguos habría sido habitación del ermitaño, pues aunque inutilizada,
+conservaba una puerta de comunicación con la iglesia.</p>
+
+<p>Ya en la época de que hablamos hacía muchos años que la ermita
+tenía su cura, que habitaba en la villa, y la habitación, abandonada,
+se había ido arruinando progresivamente hasta no quedar<span
+class="pagenum" id="Page_II-12">p. II-12</span> más que un solo ángulo,
+en el cual se conservaba parte del tejadillo.</p>
+
+<p>A este ángulo, pues, se dirigieron Inés y don Juan sin proferir una
+sola palabra. Así que llegaron, don Juan dispuso lo menos mal que pudo
+un asiento de piedra para la pastelera, a quien dijo:</p>
+
+<p>—Sentaos, Inés.</p>
+
+<p>Hízolo así esta, y en seguida:</p>
+
+<p>—¿Y vos? —preguntó.</p>
+
+<p>—Bien estoy en pie. ¿Conque habéis recibido mi carta?</p>
+
+<p>—Anoche me la entregó Pedro.</p>
+
+<p>—¿Y Gabriel?</p>
+
+<p>—No le he visto. No estaba en casa.</p>
+
+<p>—Bien.</p>
+
+<p>Parose aquí un momento como para recordar las especies, y en seguida
+continuó:</p>
+
+<p>—Inés, repetiros que os adoro es inútil; bien lo sabes.</p>
+
+<p>—Me lo habéis dicho, don Juan; pero no sé si será una prueba de ello
+estar un mes ausente sin darme noticia de vuestra persona ni siquiera
+por cortesía.</p>
+
+<p>—Tenéis razón. ¿Qué responder a esto?... ¡Qué responder! Yo
+responderé; pero no interrumpáis, o de<span class="pagenum"
+id="Page_II-13">p. II-13</span> una conferencia que debe ser muy breve
+haréis una conversación eterna. Os adoro, repito, y os adoraré mientras
+viva, Inés. ¿Y cómo no adoraros? Yo que os he visto a la cabecera
+de mi cama noche y día sin separarnos un momento, yo que os debo la
+vida...</p>
+
+<p>—¿Y por quién la expusisteis?...</p>
+
+<p>—Más me valiera perecer entonces.</p>
+
+<p>—¡¡Don Juan!!</p>
+
+<p>—Inés, tanta hermosura, tanta discreción, y ese carácter angélico,
+esa dulzura celestial, bastantes a hacer la dicha de cualquiera mortal,
+han hecho de mí un frenético. Ya sabes que solo vivo a tu lado. Ya ves
+tú que lejos de ti mi vida es un infierno. Inés, Inés, apiádate de
+mí.</p>
+
+<p>—Sosegaos, don Juan. ¿Así cumplís las promesas que me hacéis en
+vuestra carta? Hablemos en razón. Cuando postrado aún en el lecho,
+gracias a la temeridad con que os expusisteis por salvarme, me
+dijisteis vuestro amor, don Juan, yo no os oculté que también os amaba.
+Ya entonces era inútil que mi boca repitiese lo que debíais<span
+class="pagenum" id="Page_II-14">p. II-14</span> haber adivinado en mis
+ojos; pero también os dije que Inés no se envilecería jamás a los ojos
+de su amante, arrojándose en sus brazos sin ser antes su esposa, y
+vuestra esposa Inés no puede, no debe serlo por ahora.</p>
+
+<p>—Inés, verdad habéis dicho en todo. Lo que entonces me dijisteis
+está grabado en mi corazón con caracteres indelebles. ¿Pero cuál es el
+obstáculo que ponéis a nuestra unión? ¿La desigualdad de condiciones?
+Mujer celestial, ¿quién es más en el mundo que tú para mí? Yo también
+he querido luchar, y también he opuesto a mi pasión todo género de
+reflexiones, y todas han sido inútiles. He venido a ser tu esposo, a
+vivir contigo eternamente, a morir a tus pies de dolor.</p>
+
+<p>Mientras que don Juan hablaba así con una vehemencia extraordinaria,
+Inés enternecida lloraba sin cesar. El llanto le impedía hablar durante
+algún tiempo, pero al cabo entre sollozos y suspiros prorrumpió:</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_II-15">p. II-15</span></p>
+
+<p>—Vargas, ¿qué decís? Sin conocerme, sin saber de mí más que el
+nombre de Inés, viéndome en tan oscura condición en compañía de
+Gabriel...</p>
+
+<p>—Una sola cosa exijo de ti, Inés, para darte mi mano, una sola cosa.
+Con una palabra vas a disipar una duda que pesa sobre mi corazón, y le
+oprime y le agobia.</p>
+
+<p>—Decid, don Juan.</p>
+
+<p>—Antes jura decirme la verdad.</p>
+
+<p>—Si es secreto en que yo sola esté interesada, juro por el Dios
+que nos escucha, y que sabe leer el fondo de nuestros corazones, que
+sabréis la verdad entera, y nada más que la verdad.</p>
+
+<p>—Pues bien, Inés, perdóname si tal vez mi duda te ofende; yo mismo
+me he reconvenido millares de veces por ella; pero es más poderosa
+esta amarga duda que cuantos diques le opongo. Si tú supieras que en
+solo concebirla he sufrido yo más tormentos que puede haber en los
+infiernos, me perdonarías.</p>
+
+<p>—Y bien, perdonado estáis.</p>
+
+<p>—Decid: Clarita, la hija de Gabriel, ¿es tu hija?</p>
+
+<p>—No, don Juan,<span class="pagenum" id="Page_II-16">p. II-16</span>
+no es mi hija.</p>
+
+<p>—Dios omnipotente, yo te doy gracias: tú eres digna de mi amor.</p>
+
+<p>Un profundo silencio reinó en las ruinas después de proferida por
+don Juan esta última exclamación.</p>
+
+<p>El amor propio de Inés y su virtud misma se rebelaban contra la
+suposición de Vargas, y era menester toda la fuerza del amor y el peso
+de las razones que ella misma conocía haber tenido aquel caballero
+para concebir semejantes sospechas, para que no diese muestras de su
+indignación.</p>
+
+<p>Vargas, como el que acaba de arrojar de sí una pesada y molesta
+carga, aunque gozoso por verse libre de ella, estaba como enajenado; y
+además, conociendo también que su amada no podía estar muy satisfecha
+con su pregunta, no sabía cómo anudar de nuevo la conversación sin que
+volviese a recaer sobre tan delicado y desagradable objeto.</p>
+
+<p>Estando así ambos amantes, la tempestad que desde antes de ponerse
+el sol<span class="pagenum" id="Page_II-17">p. II-17</span> se había
+ido preparando descargó con tremenda furia.</p>
+
+<p>Un relámpago, a cuyo resplandor parecía incendiado el lejano
+horizonte, seguido de un espantoso trueno fue el principio de la
+tormenta, que en seguida ya fue general y terrible.</p>
+
+<p>—Todos los santos del cielo me amparen —exclamó Inés, retirándose
+asustada al último rincón de las ruinas.</p>
+
+<p>—¿Qué temes? —dijo don Juan, siguiéndola, y pasándole un brazo por
+la cintura, con ánimo sin duda de prestarla así su protección más
+inmediatamente—. ¿Estando conmigo, qué temes, Inés?</p>
+
+<p>—Vuestra protección, don Juan, no creo que sea muy eficaz contra los
+rayos del cielo.</p>
+
+<p>—La tempestad no puede ser duradera: en la estación en que nos
+hallamos son frecuentes, pero momentáneas.</p>
+
+<p>—Por poco que dure siempre será lo bastante para que yo, a menos
+de ponerme en camino diluviando como está, llegue a casa después que
+Gabriel, y entonces...</p>
+
+<p>—Entonces,<span class="pagenum" id="Page_II-18">p. II-18</span>
+infeliz de él si se atreviera a ofender a la esposa de Vargas.</p>
+
+<p>—La esposa de Vargas no lo soy aún, tal vez no lo seré nunca, y
+entre tanto a su autoridad estoy sujeta.</p>
+
+<p>—¿Y quién le ha dado esos derechos sobre ti?</p>
+
+<p>—Mi destino.</p>
+
+<p>—¿Y cómo?</p>
+
+<p>—Este es un misterio que ni vos debéis preguntarme, ni yo revelarlo.
+Dejemos, pues, de hablar de ello, y separémonos también.</p>
+
+<p>—¡Cómo, Inés! ¿Sin que hayas decidido de mi suerte?</p>
+
+<p>—Nos volveremos a ver dentro de ocho días en este mismo paraje, y a
+la misma hora. Entonces tal vez me será lícito hablar más de lo que hoy
+puedo hacerlo.</p>
+
+<p>—¿No me dirás al menos si me amas?</p>
+
+<p>—¡Ingrato! Harto lo sabes.</p>
+
+<p>—¡Inés mía!</p>
+
+<p>—Don Juan, adiós.</p>
+
+<p>—Espera: es imposible que con esta lluvia te pongas en camino.</p>
+
+<p>—Lo que es imposible es detenerme más sin grave riesgo; tal vez es
+ya demasiado tarde.</p>
+
+<p>—Pues bien... Pero ahora se me ocurre: yo puedo llevarte hasta
+la villa en mi caballo, cubierta con mi capa, y desde<span
+class="pagenum" id="Page_II-19">p. II-19</span> la entrada hasta tu
+casa poco hay que andar.</p>
+
+<p>—Vamos, pues.</p>
+
+<p>Salió don Juan de las ruinas en busca de su montura, pero la
+oscuridad de la noche era tal, que a dos pasos no se divisaba un árbol.
+Fuele, pues, preciso marchar muy despacio y a tientas, buscando los
+únicos cuatro pinos que a unos seis u ocho pasos de la ermita estaban,
+y a uno de los cuales había atado su caballo: tropezó por fin con uno
+de los pinos, pero no era aquel el que buscaba; fue al segundo, y le
+sucedió lo mismo, y otro tanto con el tercero y cuarto.</p>
+
+<p>«Vamos —dijo para sí—, he perdido enteramente el tino; no daré en
+toda la noche con el caballo».</p>
+
+<p>Volvió de nuevo a recorrer los pinos, y viendo que tampoco en
+ninguno de ellos estaba, comenzó a dudar de si habría tal vez más
+árboles de los que él creía haber contado; pero un relámpago,
+iluminando por un instante todo el lugar de la escena, le hizo ver
+que no se había<span class="pagenum" id="Page_II-20">p. II-20</span>
+equivocado al contar los árboles, y que su caballo no estaba ni en el
+paraje que lo había dejado, ni cerca de él.</p>
+
+<p>—¡Confunda Dios al pícaro ladrón que se lo ha llevado! —exclamó
+furioso dando una patada en el suelo—. ¡Buenos estamos! A pie y sin
+dinero me deja, y ahora Inés habrá de andar a pie por ese camino, que
+está hecho un mar sin duda.</p>
+
+<p>Mohíno además y pesaroso, dio la vuelta Vargas; no sin dificultad
+atinó a entrar de nuevo en las ruinas contiguas a la ermita, y así que
+estuvo dentro empezó a decir:</p>
+
+<p>—¡Pobre Inés! Estamos a pie: o el caballo espantado con los truenos
+ha roto las riendas y echado a huir por esos campos, o algún ratero se
+lo ha llevado. ¿Tendrás que irte a pie? ¿No respondes?</p>
+
+<p>El ruido solo de la lluvia, que impelida por el viento se estrellaba
+contra los muros de la ermita, fue la contestación que recibió don Juan
+a su pregunta.</p>
+
+<p>—Inés, responded por Dios santo... ¿Se<span class="pagenum"
+id="Page_II-21">p. II-21</span> habrá ido? ¿Capaz es?... ¡Inés, Inés!
+¿Os parece este momento para chancearos?... Ahí estáis, si yo os siento
+andar... ¿Me huyes?... Responde, o es...</p>
+
+<p>—Silencio, o muerto sois, caballero —dijo al oído una voz de hombre
+para él desconocida, y al mismo tiempo asido de ambos brazos, sin saber
+por quién ni cómo, se halló en la imposibilidad de hacer el menor
+movimiento contra la voluntad de sus guardianes.</p>
+
+<p>—¡Traidores! —dijo con rabia.</p>
+
+<p>—Silencio —repitió la misma voz que primero había hablado—: andad
+con nosotros, en la inteligencia de que si no queréis hacerlo por
+vuestro pie vendréis arrastrando. Silencio, repito, si amáis la vida,
+que no tratamos de quitárosla, ni aun de ofenderos si a ello no nos
+fuerza vuestra imprudencia.</p>
+
+<p>Concluida esta horrible oración echaron a andar los que tenían
+agarrado a Vargas, y él también hubo de hacerlo con ellos mal que le
+pesase.</p>
+
+<p>Durante algún tiempo conoció don<span class="pagenum"
+id="Page_II-22">p. II-22</span> Juan que caminaban por las ruinas en
+razón a la desigualdad del terreno y a la multitud de escombros con
+que continuamente tropezaba; y aunque la extensión que en diferentes
+direcciones le hicieron andar le pareciese mayor que las que las mismas
+ruinas tenían, lo atribuyó en parte a su turbación, y en parte a error
+en su primer cálculo.</p>
+
+<p>Yendo así le taparon el rostro con un pañuelo o capa que le echaron
+sobre la cabeza; precaución bien excusada, pues que, como ya se ha
+dicho, la noche era sumamente oscura. A poco rato el piso ya se ofrecía
+unido y de nivel, y sus propios pasos, repetidos por un eco no muy
+claro, resonaban en los oídos del prisionero; en seguida le hicieron
+bajar una escalera, volver a andar por terreno llano, subir otra
+escalera, y al cabo bajar una tercera; desde allí atravesar una zanja;
+y por último, saliendo de ella, sentarse en uno que le pareció escaño
+de madera.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_II-23">p. II-23</span></p>
+
+<p>En todo el tiempo no oyó don Juan proferir una palabra, de manera
+que la única conjetura que sobre su situación pudo formar fue, por el
+rumor de los pasos, la de ser tres las personas que con él iban, una
+delante y dos asiéndole de ambos brazos.</p>
+
+<p>La circunstancia de faltarle el caballo le hizo creer que se hallaba
+en poder de ladrones, lo que le era sumamente sensible, no por él,
+sino por Inés, que era ya de suponer se hallaba en sus manos. En la
+situación en que se hallaba solo un recurso se le ofrecía para salvar
+a su amada de las garras de aquellos malvados, que era el de ofrecerle
+por la persona de la pastelera un rescate considerable en dinero, y
+así propuso hacerlo tan luego como hubiese terminado su caminata y le
+diesen los ladrones lugar para ello.</p>
+
+<p>En medio de estos proyectos, y como a pesar suyo, resonaba una
+voz en su conciencia, que le decía: «¿Por qué<span class="pagenum"
+id="Page_II-24">p. II-24</span> te obstinas en venir a Madrigal,
+si cuanto haces y dices en él redunda en daño tuyo?». El corazón
+respondía: «Estoy enamorado, y yo mando». La cabeza podía haber
+replicado en el gusano de la fábula: «Usted tiene razón: así va
+ello».</p>
+
+<figure class="figcenter mt3">
+ <img src="images/i_2p024.jpg"
+ style="width: 6em; height: auto;"
+ alt="Viñeta ornamental">
+</figure>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+<div class="chapter" id="Ch22">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_II-25">p. II-25</span></p>
+ <h3 class="g1 ws1">CAPÍTULO II</h3>
+ <hr class="tir">
+
+ <div class="poetry-container smaller">
+ <div class="poetry">
+ <div class="stanza">
+ <div class="verse i2">¿Dónde estás, señora mía,</div>
+ <div class="verse i0">Que no te duele mi mal?</div>
+ <div class="verse i0">O no lo sabes, señora,</div>
+ <div class="verse i0">O eres falsa y desleal.</div>
+ <div class="verse idr">(<i>Romance autógrafo</i>).</div>
+ </div>
+ </div>
+ </div>
+</div>
+
+<p class="ti0">Uno de los infinitos y más agradables privilegios que
+el género romántico concede a los que lo cultivan es el de decir las
+cosas cuándo y cómo les viene a cuento, dispensándolos de la prolija
+obligación de empezar una historia por su principio, de referir hasta
+las veces que el protagonista fue azotado por el <i>dómine</i> en su
+infancia, y de seguirle paso a paso en el discurso de su vida sin hacer
+gracia al lector de uno solo de sus pensamientos, por insignificante y
+necio que parezca.</p>
+
+<p>El autor romántico, como que puede<span class="pagenum"
+id="Page_II-26">p. II-26</span> hacer todo aquello a que su ingenio
+alcance, cuando no más, se ríe del orden cronológico; su fin es unas
+veces divertir, otras horrorizar, pero siempre inspirar interés, y
+usando en toda su latitud de aquella máxima de no sé qué autor, que
+establece que <i>el fin santifica los medios</i>, sigue el camino
+que su fantasía le dicta, despreciando reglas, hollando preceptos,
+y preguntando solo a sus oyentes: «¿Se divierten ustedes? ¿Sí? Pues
+bueno va».</p>
+
+<p>En uso de mis facultades, y como ejemplo práctico, he puesto
+el exordio de este capítulo, con el cual respondo de antemano a
+la objeción que sin duda me hará la crítica clásica de andar algo
+descosido en mi novela, y hago solemne protesta de que por ahora, y
+siempre que me convenga, seré romántico, reservándome empero refugiarme
+en el clasicismo cuando las circunstancias lo exijan.</p>
+
+<p>Poco más fastidiado que deberá estarlo<span class="pagenum"
+id="Page_II-27">p. II-27</span> el que ahora me lea con la impertinente
+disertación que precede, se hallaba don Juan de Vargas en el mismo
+paraje y situación en que le dejamos al fin del capítulo anterior,
+esperando con ansia el resultado de una conferencia que indudablemente
+se estaba celebrando a pocos pasos de él, pues el rumor de varias
+voces, aunque vagas, hería sus oídos.</p>
+
+<p>Pareciole al cautivo que los que hablaban no pasarían de cuatro o
+cinco personas, y entre ellas creyó distinguir el eco de una que debía
+serle conocida; pero como su turbación no permitiese que recordara
+entonces quién era, se persuadía a que aquel hombre podría muy bien
+tener semejanza en la voz con algún conocido suyo, y serle sin embargo
+enteramente extraño.</p>
+
+<p>Después de hablar un rato en voz tan baja que nada de su
+conversación pudo percibir don Juan, animándose la discusión,
+uno exclamó en tono más desagradable,<span class="pagenum"
+id="Page_II-28">p. II-28</span> aunque lo que decía y con acento
+gallego, o muy parecido a él:</p>
+
+<p>—Mateislu.</p>
+
+<p>Toda la sangre se le heló en las venas al hermano del marqués al oír
+tan terrible sentencia.</p>
+
+<p>—Sí, sí —dijeron a un tiempo dos o tres de los que
+conferenciaban.</p>
+
+<p>—Es lo más seguro —exclamó el que había hablado a Vargas, y estaba
+entonces sujetándole en el escaño.</p>
+
+<p>Y acompañó su exclamación con un movimiento del brazo derecho,
+que a pesar de estar cubierto no pudo menos de distinguir el preso,
+quien, dándose ya por muerto, hizo mental y fervorosamente un acto de
+contrición.</p>
+
+<p>—Teneos —gritó entonces la voz que a Vargas le parecía conocer—,
+teneos. ¿Quién os ha dado derecho para disponer de la vida de ese
+hombre?</p>
+
+<p>—Nuestra seguridad lo exige —replicó ásperamente el de las
+ruinas.</p>
+
+<p>—Mateislu —volvió a decir el que hizo la proposición.</p>
+
+<p>—Os lo prohíbo —insistió el piadoso—; no tenéis facultad<span
+class="pagenum" id="Page_II-29">p. II-29</span> para ello. Solo Dios es
+árbitro de la vida de los hombres.</p>
+
+<p>—Y el rey —contestó una voz que hasta entonces no se había oído.</p>
+
+<p>—Sí, sí, y el rey —repitieron todos a coro.</p>
+
+<p>—Bien —dijo el defensor de Vargas—, y el rey; esperemos su decisión,
+y tiemblen todos su justicia si se atreven a tocar en ese mancebo sin
+orden suya.</p>
+
+<p>—Esperemos norabuena.</p>
+
+<p>—Esperemos.</p>
+
+<p>—Esperemos.</p>
+
+<p>Y el silencio más completo volvió a establecerse en torno del
+preso.</p>
+
+<p>El primer movimiento de este fue dar gracias a Dios por haberle
+libertado de tan grande peligro, deparándole en medio de aquellos
+forajidos un alma compasiva que intercediese por él. Pero concluido
+este acto de piedad, y tranquilo ya por su vida, empezó a reflexionar
+sobre la última parte de la discusión que sobre su suerte acababa de
+tener lugar, y cuanto más meditaba menos la comprendía.</p>
+
+<p>Un salteador de caminos, estableciendo<span class="pagenum"
+id="Page_II-30">p. II-30</span> que solo Dios tiene derecho a quitar
+la vida a los hombres, y los demás tan celosos por el monarca que al
+momento le replican que también es el de dar muerte uno de los derechos
+del rey, a la verdad son cosas no muy comprensibles si no se toman en
+sentido crónico; pero que para disponer de la suerte de un caballero
+que está en sus manos esperen los ladrones la resolución del rey,
+era lo que volvía loco a don Juan, y hubiera enloquecido también a
+cualquiera.</p>
+
+<p>Tal vez si la cuestión se le hubiese propuesto siendo otro el
+paciente, y estando él tranquilo en casa de su hermano, hubiera atinado
+con la única solución racional que podía dársele, y era la de suponer
+que los ladrones llamaban rey al forajido que los mandaba, y que tal
+vez estaría ausente; pero como, a la verdad, la situación de Vargas no
+era la más a propósito para acertar enigmas, daba vueltas y más vueltas
+al asunto, y cada vez lo entendía menos.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_II-31">p. II-31</span></p>
+
+<p>Diremos sin embargo, en defensa de su ingenio y honor de la verdad,
+que no le era fácil hacer raciocinio alguno seguido, pues la ignorancia
+en que estaba sobre la suerte de Inés le afligía aún más que su propio
+peligro.</p>
+
+<p>La última y lejana campanada del reloj de la villa acababa de sonar
+las nueve de la noche cuando distrajo a don Juan de sus reflexiones
+el ruido que al levantarse de los asientos que ocupaban todos los
+salteadores, a excepción de sus dos guardianes, que permanecieron
+inmóviles.</p>
+
+<p>—El rey —se oyó decir en voz baja todo alrededor.</p>
+
+<p>«¡El rey!», exclamó para sí don Juan. «¡El rey! ¿Si estaré
+soñando?».</p>
+
+<p>—Caballeros —empezó a decir una voz todavía más familiar a los oídos
+de Vargas que la del que primero hemos hablado, pero reparando sin duda
+en el prisionero, se interrumpió, exclamando—: ¿Qué es esto?</p>
+
+<p>—Yo lo diré, señor —contestó el que había intercedido por nuestro
+caballero; y el<span class="pagenum" id="Page_II-32">p. II-32</span>
+ruido de sus pasos anunció que se acercaba el recién venido para
+enterarle sin duda de lo que había pasado.</p>
+
+<p>Después de un breve rato dijo riéndose el que don Juan suponía ser
+el llamado rey:</p>
+
+<p>—Yo lo sabía; pero se me olvidó advertíroslo. ¡Buen susto habrán
+pasado! ¡Coello!</p>
+
+<p>—¿Señor? —respondió el de las ruinas.</p>
+
+<p>—Venid.</p>
+
+<p>—¿Y este hombre?</p>
+
+<p>—Dejadlo, con Sousa basta.</p>
+
+<p>Entonces obedeció Coello, y Vargas pudo disponer de su brazo
+derecho; mas conociendo que habría temeridad en intentar retirarse,
+resolvió someterse pacientemente a su suerte, y permaneció
+tranquilo.</p>
+
+<p>Poco tardó en volver Coello a su puesto, y decir:</p>
+
+<p>—Soltad, señor Sousa, a ese caballero. Señor don Juan de Vargas,
+poned la mano derecha sobre el puño de vuestra espada.</p>
+
+<p>—Está puesta.</p>
+
+<p>—Levantaos.</p>
+
+<p>—Ya estoy en pie.</p>
+
+<p>—¿Juráis, por el signo de nuestra redención, por Dios y su Santísima
+Madre, y prometéis a fe<span class="pagenum" id="Page_II-33">p.
+II-33</span> de caballero sobre vuestro honor, que si os permitiese
+salir de aquí, sano y salvo, jamás revelaréis de manera alguna la menor
+circunstancia de cuanto acaba de pasaros?</p>
+
+<p>—Antes de jurar me es fuerza hacer una pregunta, señor...</p>
+
+<p>—Que diga.</p>
+
+<p>—Decid.</p>
+
+<p>—En el mismo paraje en donde me habéis sorprendido, estaba en mi
+compañía una dama...</p>
+
+<p>—Está segura, tranquilizaos.</p>
+
+<p>—¿Quién me lo asegura?</p>
+
+<p>—¿Bastará —dijo el que mandaba—, bastará que ella os lo diga?</p>
+
+<p>—Sí —contestó Vargas después de algunos instantes de reflexión.</p>
+
+<p>Separose Coello de Vargas, y al cabo de algunos minutos volvió
+acompañado de Inés, quien, dirigiéndose a su amante, le dijo:</p>
+
+<p>—Don Juan, no temáis por mí, segura estoy. Jurad lo que os han dicho
+y retiraos.</p>
+
+<p>—Inés, no me engañéis. Si hay el menor peligro...</p>
+
+<p>—Ninguno, os lo protesto. Jurad, siquiera por que yo os lo ruego.</p>
+
+<p>—Repetid lo que queréis que jure.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_II-34">p. II-34</span></p>
+
+<p>Hízolo así Coello, y don Juan juró. Concluido este acto, el mismo
+Coello, asiéndole de la mano, le mandó que le siguiese, y echando ambos
+a andar, y sin saltar zanja ni subir más de una escalera, se halló
+Vargas en el mismo paraje en que fue sorprendido. Quitole Coello la
+capa que le cubría la cabeza, y retirándose precipitadamente, sin que
+su prisionero supiese por dónde, le dejó enteramente libre.</p>
+
+<p>La tormenta había pasado, la luna, abriéndose paso al través
+de algunas nubes que aún quedaban, iluminaba la campiña, que aún
+conservaba cierto aspecto melancólico y abatido, y el silencio no era
+interrumpido por sonido alguno.</p>
+
+<p>Don Juan necesitó de algunos minutos para recobrar enteramente sus
+sentidos, y aún no muy sosegado salió de las ruinas, con ánimo de irse
+a pie hasta Madrigal; mas con harta sorpresa suya veía su caballo atado
+al mismo árbol, y en la misma forma que lo había puesto él por<span
+class="pagenum" id="Page_II-35">p. II-35</span> la tarde, sin que
+faltase nada de cuanto encima tenía.</p>
+
+<p>Montó, pues, y en breve tiempo llegó al mesón, donde su fiel Pedro
+le estaba esperando.</p>
+
+<figure class="figcenter mt3">
+ <img src="images/i_2p035.jpg"
+ style="width: 6em; height: auto;"
+ alt="Viñeta ornamental">
+</figure>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+<div class="chapter" id="Ch23">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_II-36">p. II-36</span></p>
+ <h3 class="g1 ws1">CAPÍTULO III</h3>
+ <hr class="tir">
+
+ <div class="poetry-container smaller">
+ <div class="poetry">
+ <div class="stanza">
+ <div class="verse i2">Vivir con ella en ignorado asilo,</div>
+ <div class="verse i0">Sus sienes coronar de mirto y rosa,</div>
+ <div class="verse i0">Y una mirada dulce, cariñosa,</div>
+ <div class="verse i0">En premio recibid de mi desvelo,</div>
+ <div class="verse i0">Es mi sola ambición, mi solo anhelo.</div>
+ <div class="verse idr">(<i>Oda inédita</i>).</div>
+ </div>
+ </div>
+ </div>
+</div>
+
+<p class="ti0">La mala cama, el ruido de las caballerías y, más que
+todo, su agitación no permitieron a Vargas disfrutar en la posada de un
+solo instante de reposo.</p>
+
+<p>Representábanse sin cesar en su fantasía las escenas del principio
+de la noche, y el peligro que acababa de correr le parecía aún mayor
+después de pasado que cuando en él se hallaba, sucediéndole lo que
+al caminante que a fuerza de penas logra verse en lo más alto de
+una escarpada roca, que ya en su cima se horroriza contemplando el
+precipicio a cuya orilla pasó.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_II-37">p. II-37</span></p>
+
+<p>Pero lo que más le mortificaba era cierto escrúpulo de conciencia
+sobre haber creído ligeramente en la seguridad de Inés, que sin
+cesar se le ocurría. En vano se recordaba a sí mismo la absoluta
+imposibilidad de defender a su querida en que se hallaba cuando se
+le exigió el juramento que prestó para obtener su libertad; en vano
+la misma Inés le había rogado que jurase. A todas sus reflexiones se
+decía: «Yo debí morir a su lado o salvarla conmigo».</p>
+
+<p>En estos pensamientos le sorprendió el alba y, apenas el primer rayo
+de luz penetró en su aposento, se vistió apresuradamente y envuelto en
+una gran capa, con su sombrero de ala ancha calado hasta las cejas, se
+puso en la calle.</p>
+
+<p>Dirigiose inmediatamente a la pastelería, que como de razón encontró
+cerrada. Cediendo a su impetuosidad iba a llamar a la puerta, pero por
+fortuna suya cuando ya tenía el aldabón en la mano le detuvieron el
+brazo por detrás.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_II-38">p. II-38</span></p>
+
+<p>—¿Quién se atreve a ponerme la mano encima? —dijo Vargas lleno de
+cólera y sacando al mismo tiempo la daga.</p>
+
+<p>—Yo, señor don Juan.</p>
+
+<p>—Fray Miguel, ¿y con qué derecho? Seguid vuestro camino, y dad
+gracias a ese hábito si no lleváis el premio que merece vuestra
+insolencia.</p>
+
+<p>—Caballero, vuestra cólera ni me asusta ni me enoja; sois mozo
+y soldado; yo anciano y religioso. ¿Qué gloria ni qué provecho os
+reportaría el maltratarme?</p>
+
+<p>—Padre mío, conclúyase la conversación; siga vuestra paternidad por
+donde iba, y déjeme a mí acudir a mis negocios, que, por Dios santo, no
+estoy para sermones.</p>
+
+<p>Y al concluir estas palabras volvió a asir el aldabón; mas fray
+Miguel se opuso también segunda vez a sus intentos.</p>
+
+<p>—Fraile, o demonio en figura de tal, ¿has salido del averno solo
+para precipitarme? Retírate al momento, o te mato si mil vidas tuvieras
+—exclamó Vargas loco ya de furia, y desembozándose enseñó la daga
+desnuda al vicario de Santa<span class="pagenum" id="Page_II-39">p.
+II-39</span> María.</p>
+
+<p>Mas este, impávido, sin mudar siquiera de color y permaneciendo
+inmóvil delante de la puerta de Gabriel de Espinosa, le contestó
+mostrándole el pecho:</p>
+
+<p>—Herid, señor don Juan de Vargas, herid norabuena si tan ciego
+estáis que desconozcáis no solo vuestros propios intereses, sino los de
+la persona misma a quien queréis servir. Sacad de esta vida miserable a
+un hombre que, resignado con la voluntad de Dios, siempre está pronto a
+comparecer ante su trono; pero creedme: de no pasar sobre mi cadáver,
+no cometeréis ahora la imprudencia de llamar a esta puerta.</p>
+
+<p>La sangre fría de fray Miguel, su tono solemne, y la firme decisión
+que en su rostro se mostraba de llevar adelante su propósito,
+paralizaron los efectos de la cólera de Vargas: con los brazos caídos,
+baja la cabeza, y oído atento, escuchó cuanto el fraile quiso decirle,
+y aun después de haber concluido aquel de hablar permaneció algún
+tiempo en silencio.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_II-40">p. II-40</span></p>
+
+<p>—Fray Miguel, he andado sobradamente ligero, lo confieso; pero
+vuestra paternidad me ha provocado. Sea como quiera, respeto vuestro
+carácter, y voy a daros una prueba de ello sometiéndome a hacer
+explicaciones que a nadie debo. Si presumís que mi venida a esta casa
+tiene algo de hostil, os engañáis. Deseo solo saber que una persona de
+ella...</p>
+
+<p>—¿Inés?</p>
+
+<p>—Sí, Inés: puesto que lo habéis dicho, deseo saber si está en su
+casa.</p>
+
+<p>—Lo está.</p>
+
+<p>—¿Quién os lo ha dicho?</p>
+
+<p>—Yo la he visto.</p>
+
+<p>—¿Cuándo?</p>
+
+<p>—Anoche.</p>
+
+<p>—¿A qué hora?</p>
+
+<p>—A las diez de ella.</p>
+
+<p>—¿No me engañáis?</p>
+
+<p>—Mancebo, estas canas y este hábito ¿merecen por ventura tan
+injuriosa desconfianza?</p>
+
+<p>—No, fray Miguel. Dadme esa mano: seamos amigos.</p>
+
+<p>—Yo lo soy vuestro más de lo que pensáis, señor don Juan, y voy a
+daros pruebas de ello si tenéis la bondad de seguirme.</p>
+
+<p>—Vamos. Pero permitidme que os pregunte cómo, a hora en que
+nadie anda por las calles, os halláis vos en<span class="pagenum"
+id="Page_II-41">p. II-41</span> ella.</p>
+
+<p>—Señor don Juan, el temor que tenía de que usted intentase lo que ha
+tratado de hacer.</p>
+
+<p>—¿Pues cómo podrá vuestra paternidad sospecharlo cuando yo mismo no
+he formado el designio de visitar a Gabriel hasta hace media hora?</p>
+
+<p>—¿Y de qué servirían mis años y mi experiencia si no pudiera yo
+preveer las acciones de un hombre apasionado antes que él mismo? Yo he
+sido joven como usted, señor caballero, antes de vestir este hábito;
+también las pasiones me han atormentado.</p>
+
+<p>—Norabuena; pero ¿qué antecedente tenía usted, padre vicario, para
+creerme desasosegado por Inés?</p>
+
+<p>—¿Qué antecedente? El habérmelo dicho ella misma.</p>
+
+<p>—¿Ella? ¿Y os ha dicho que...?</p>
+
+<p>—Me ha dicho que la amáis, que os ama.</p>
+
+<p>—Fray Miguel, si tratáis de sorprenderme, os habéis engañado; yo
+no...</p>
+
+<p>—Deteneos, que yo no os pido que confeséis ni neguéis cosa alguna:
+voy simplemente a referiros lo que Inés me ha dicho. Se reduce, pues, a
+que entre ambos<span class="pagenum" id="Page_II-42">p. II-42</span>
+median relaciones amorosas, y que ayer en una cita las circunstancias
+fueron tales que al separarse de vos debía quedaros alguna inquietud
+por ella. La pintura que en seguida me hizo del carácter vehemente
+del señor don Juan de Vargas, y el conocimiento que yo tengo del de
+Espinosa...</p>
+
+<p>—¿Conque le conocéis?</p>
+
+<p>—Sí, le conozco: dejadme concluir. Temí, pues, el paso que queríais
+dar, del cual no hubierais sacado más fruto que comprometer a vuestra
+amada. Ved aquí por qué, a pesar de esa capa y ese sombrero, os he
+conocido.</p>
+
+<p>Calló el fraile, y Vargas, perdido, por decirlo así, en su laberinto
+de conjeturas, no acertó tampoco a decir palabra hasta hallarse dentro
+del monasterio y en la celda del vicario.</p>
+
+<p>En ella hizo su dueño los honores a don Juan con toda cortesía, y
+sentados ambos volvió a tomar la palabra el vicario.</p>
+
+<p>—En vista de la manera con que esta<span class="pagenum"
+id="Page_II-43">p. II-43</span> mañana han sido recibidos mis buenos
+oficios, tal vez, señor don Juan, debiera yo abstenerme de mezclarme en
+asuntos ajenos. Pero mi deber, como ministro del altar, es sacrificarme
+por conservar la paz en las familias, y además, por razones que tal vez
+antes de mucho podrán ser públicas, estoy particularmente interesado en
+el negocio en que vamos a hablar. Será preciso, pues, que se me escuche
+con paciencia.</p>
+
+<p>—Contad con ella, fray Miguel, y decid cuanto se ocurra —contestó
+Vargas reprimiendo a duras penas la expresión del enojo que tantos
+exordios y preñeces le causaban.</p>
+
+<p>—Usaré de esa licencia —repuso el vicario— y procuraré ser breve.
+Vuestro nacimiento es ilustre, y yo me complazco en creer que no
+trataréis de oscurecer su nobleza con acción ninguna que de él
+desdiga.</p>
+
+<p>—Padre vicario, no habléis más de eso: nadie ha dudado hasta hoy de
+la honradez de los hijos de mi padre, y...</p>
+
+<p>—No se exalte, que tampoco dudo yo; lo<span class="pagenum"
+id="Page_II-44">p. II-44</span> que he dicho ha sido solo para haceros
+conocer el inminente peligro en que una loca pasión os pone.</p>
+
+<p>—Mi pasión no es loca.</p>
+
+<p>—Sí lo es; y lo probaré. ¿Conocéis a Inés?</p>
+
+<p>—¿Si la conozco? Mejor que a mí mismo. Bella, sensible, generosa,
+honrada, y de nobles pensamientos, Inés ha nacido para ocupar un trono.
+Sí la conozco, fray Miguel; y el día que la conocí decidió del destino
+de mi vida entera.</p>
+
+<p>—Joven infeliz, si eso es así, os compadezco.</p>
+
+<p>—¿Y por qué? Si amo, también soy amado: en breve un lazo santo nos
+unirá.</p>
+
+<p>—Os engañáis.</p>
+
+<p>—¿Y quién se atrevería a oponerse a la firme voluntad de ambos?
+¿Quién mientras Vargas tenga brazo y espada le impedirá que sea esposo
+de Inés? La familia de Vargas no podrá impedirlo, yo os lo fío.</p>
+
+<p>—¿Y Gabriel?</p>
+
+<p>—¿Tiene ese hombre más de una vida?</p>
+
+<p>—¿Paréceos el homicidio buen camino para llegar a la felicidad?</p>
+
+<p>—No sé, ni quiero saber más que Inés ha de ser mía.</p>
+
+<p>—La pasión es quien habla, don<span class="pagenum"
+id="Page_II-45">p. II-45</span> Juan, no vos. Atendedme os ruego.
+Dejemos por un momento a Gabriel a un lado, y hablemos de vos solo y
+de vuestra familia. De Inés, como ella misma os ha dicho, nada más
+conocéis que el nombre.</p>
+
+<p>—Y el alma.</p>
+
+<p>—Creéis conocerla, y tal vez...</p>
+
+<p>—Tal vez arrancaré la lengua al que fuere osado a ponerla en la que
+adoro.</p>
+
+<p>—No es ese mi ánimo. Pienso como vos.</p>
+
+<p>—Inés es capaz de hacer feliz a su marido. ¿No es verdad, padre
+mío?</p>
+
+<p>—Así lo creo, pero Inés hoy es muy poco para ser vuestra esposa;
+mañana tal vez será demasiado.</p>
+
+<p>—No os entiendo a fe mía.</p>
+
+<p>—Ni yo puedo explicarme más.</p>
+
+<p>—Norabuena. Cuantos me hablan de algún tiempo a esta parte lo hacen
+misteriosamente; ya me voy habituando. Continuad, padre.</p>
+
+<p>—Si vuestra familia llega a saber los proyectos que formáis, ¿cuál
+será el resultado? Una persecución violenta caerá sobre la infeliz
+Inés; y esta no cesará hasta que se la ponga en posición que os sea
+imposible llegar a ella.<span class="pagenum" id="Page_II-46">p.
+II-46</span> Un matrimonio clandestino, Inés no consentirá en él; vivid
+seguro de ello. ¿Qué partido os queda?</p>
+
+<p>—Casarme hoy mismo con ella, y hoy mismo huir con ella a país
+extranjero.</p>
+
+<p>—Y allí, sin recursos de ninguna especie, don Juan de Vargas
+mendigará el sustento para él y su esposa, ¿no es cierto? La miseria
+y cuantos males la acompañan son el presente que vuestro amor quiere
+hacer a la mujer que idolatráis. Don Juan, por ella y por lo mismo
+escuchad la voz de la razón: es forzoso que renunciéis a Inés.</p>
+
+<p>—Antes morir mil veces.</p>
+
+<p>—Mancebo, corréis a vuestra perdición.</p>
+
+<p>—¿Qué importa? Sin ella no puedo ser nunca feliz; esto es cierto,
+ciertísimo, fray Miguel.</p>
+
+<p>—Señor don Juan, este negocio es harto ajeno de mis años y mi
+carácter; pero me intereso tan de veras por Inés y por vos, que
+consiento tomarlo a mi cargo si me prometéis no dar en él paso ninguno
+sin anuencia mía.</p>
+
+<p>—¿Y vuestra paternidad me promete que no abusará jamás de mi<span
+class="pagenum" id="Page_II-47">p. II-47</span> confianza para alejarme
+de Inés?</p>
+
+<p>—¡Qué suspicacia! Sí, prometo.</p>
+
+<p>—Pues yo también.</p>
+
+<p>—Está dicho. Un solo medio hay por el que tal vez podéis llegar a
+ser esposo de Inés.</p>
+
+<p>—¡Ah! Decid cuál, y veréis que estoy pronto.</p>
+
+<p>—Exige de vuestra parte grandes sacrificios.</p>
+
+<p>—Ninguno habrá que me lo parezca siendo por ella.</p>
+
+<p>—Exponeros a riesgos inminentes.</p>
+
+<p>—Más de una vez he expuesto ya el pecho a las balas.</p>
+
+<p>—Son también necesarios la paciencia...</p>
+
+<p>—Tendré la de un santo.</p>
+
+<p>—La sumisión...</p>
+
+<p>—Seré un esclavo.</p>
+
+<p>—El silencio.</p>
+
+<p>—Callaré como un muerto.</p>
+
+<p>—Todo os parece fácil ahora.</p>
+
+<p>—A la prueba me remito.</p>
+
+<p>—Acepto la promesa.</p>
+
+<p>—¿Pero Inés será mía?</p>
+
+<p>—Tal vez.</p>
+
+<p>—¿Tal vez no más?</p>
+
+<p>—Vuestra será.</p>
+
+<p>—Sois mi ángel tutelar.</p>
+
+<p>Y el pobre fraile se vio abrazado, besado, acariciado de todas las
+maneras posibles, y a pesar de su gravedad, no pudo menos de sonreírse
+y enternecerse con el entusiasmo de Vargas.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_II-48">p. II-48</span></p>
+
+<p>Más fácil es imaginar que describir el extraño grupo que formaban un
+fraile anciano y un caballero mozo, estrechamente abrazados y llorando
+como dos chiquillos.</p>
+
+<p>Vargas, enajenado de gozo, fray Miguel, enternecido, se miraban el
+uno al otro con una expresión tan singular, tan dulce, que más parecían
+padre e hijo que dos extraños.</p>
+
+<p>En esta situación los sorprendió Gabriel de Espinosa, que sin pedir
+licencia ni llamar, abrió la puerta de la celda y entró en ella como
+pudiera hacerlo en su casa.</p>
+
+<p>Iba el vicario a levantarse de su asiento, mas a una seña del
+pastelero permaneció tranquilo.</p>
+
+<p>—Fray Miguel de los Santos, guárdeos el cielo —dijo Espinosa con
+el mismo tono de voz que ya le había oído don Juan cuando le vio por
+primera vez. Pero entonces no se desmayó el fraile, sino que haciéndole
+una reverencia, le respondió:</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_II-49">p. II-49</span></p>
+
+<p>—Señor Gabriel, él venga con vos.</p>
+
+<p>Al escuchar el saludo del pastelero, Vargas se estremeció sin saber
+él mismo por qué. Verdad es que aun cuando don Juan pasó en casa de
+Espinosa más de quince días para curarse de la herida que recibió en la
+pradera, puede decirse que apenas le vio.</p>
+
+<p>Pasábanse en efecto los días enteros sin que Gabriel entrase en la
+habitación que ocupaba su huésped, y cuando lo hacía era por pocos
+minutos, limitándose su conversación a preguntar por la salud del
+enfermo y desearle un pronto restablecimiento.</p>
+
+<p>Tan extraña conducta no pudo menos de llamar la atención del hermano
+del marqués; pero a cuantas preguntas hizo a Inés sobre la materia
+jamás oyó otra respuesta que la de que aquel hombre era de carácter
+naturalmente áspero y oscuro.</p>
+
+<p>Por otra parte, Vargas, continuamente en compañía de Inés, y
+enamorado<span class="pagenum" id="Page_II-50">p. II-50</span> hasta
+no más de ella, no echaba mucho de menos la sociedad de Gabriel:
+de manera que cuando llegó el caso de volverse a Valladolid, sus
+relaciones con él eran poco más o menos las mismas que el primer día de
+haberse visto.</p>
+
+<p>No había, pues, entre ambos la mayor intimidad, y no sabía don Juan,
+en la ocasión de que hablamos, cómo tratarle; pero Espinosa zanjó
+la dificultad llegándose a él con aire afable, aunque sobradamente
+familiar, y diciéndole:</p>
+
+<p>—¿Pues cómo, señor don Juan de Vargas, vos en Madrigal, y no en mi
+casa que tan vuestra es?</p>
+
+<p>Tomó entonces fray Miguel la palabra, y contestando por Vargas,
+dijo que al llegar este a la villa, aquella misma mañana, le había él
+encontrado y llevado consigo, sin darle lugar a otra cosa. Con esto
+tuvo don Juan el tiempo suficiente para recobrarse, y contestando al
+cumplimiento del pastelero con no menos cortesanía que la suya, la
+conversación<span class="pagenum" id="Page_II-51">p. II-51</span> se
+hizo general, fácil e indiferente.</p>
+
+<p>Ya en esto se acercaban las ocho de la mañana, hora en que el
+vicario decía diariamente la misa, y con este motivo se retiró a hacer
+oración para prepararse a celebrar dignamente tan santo sacrificio.</p>
+
+<p>Quedáronse, pues, solos don Juan y Espinosa, y este manifestó en la
+conversación un talento tan claro, tan vasta instrucción, y sobre todo,
+un conocimiento de los hombres que sorprendió a Vargas.</p>
+
+<p>Hizo don Juan caer la conversación sobre la política de la época,
+y el pastelero en breve le manifestó que estaba muy al corriente de
+ella.</p>
+
+<p>Habló de toda España, de Italia y de Flandes, como hombre que todo
+lo había corrido, y con aprovechamiento. Los asuntos de Portugal los
+tocó ligeramente, y esto lo atribuyó Vargas al justo temor que entonces
+se tenía de tratar semejante<span class="pagenum" id="Page_II-52">p.
+II-52</span> materia, pues Felipe no consentía sobre ella la menor
+discusión.</p>
+
+<p>Como quiera que fuese, el hecho es que cuando se trató de ir
+a oír la misa, Vargas estaba prendado del pastelero, y lleno de
+asombro de que un hombre de oficio tan bajo tuviese tal instrucción
+y discernimiento. Lo que únicamente le disgustaba en él era cierto
+aire de iniciativa y decisión que tomaba en las conversaciones. Decía
+en efecto las cosas no como quien anuncia una opinión, sino a manera
+de axioma. Si el oyente le replicaba, solía satisfacer a su objeción
+con fuerza y brevedad; pero si aun se le oponían, cesaba de hablar,
+arrugaba el ceño, y ya no era posible hacerle volver a entrar en
+materia.</p>
+
+<p>Este proceder tan contrario a lo que su oficio prometía; su
+ninguna aplicación al trabajo; su amistad con fray Miguel, y sobre
+todo, Inés tan dama, tan llena de honrado orgullo, persuadieron a don
+Juan de que en la historia de aquel hombre se<span class="pagenum"
+id="Page_II-53">p. II-53</span> encerraba algún extraño misterio, y que
+de él dependían todas las reticencias que notaba en su querida y en el
+vicario.</p>
+
+<p>A juzgar por las apariencias, no iba en esto Vargas muy descaminado;
+mas, mirando el asunto más despacio, no parece que fuese cosa
+extremadamente sorprendente el que un hombre de baja esfera viajase
+mucho, pues al cabo pasteleros en todas partes los hay. Los misterios
+de Inés y los del vicario eran a la verdad incomprensibles; pero por lo
+mismo, todo cálculo fundado sobre ellos debía ser de ningún valor.</p>
+
+<p>Acabada la misa, el vicario, Vargas y Espinosa tomaron chocolate
+juntos en la celda del primero, y ya terminado el desayuno pidió
+licencia fray Miguel a don Juan para tratar con él de cierto asunto de
+la comunidad.</p>
+
+<p>Vargas se retiró inmediatamente, y ofreciendo volver en breve
+a verse con el vicario, tomó, casi sin saberlo, el camino de la
+pastelería.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_II-54">p. II-54</span></p>
+
+<p>Entró en ella, y en la tienda le recibió el mulato con toda la
+afabilidad que en él cabía, y era sobre poco más o menos la de un perro
+de presa, que si no muerde a su amo, no deja tampoco de enseñarle los
+dientes.</p>
+
+<p>—Domingo —dijo don Juan—, ¿y tu ama?</p>
+
+<p>—¿Qué ama?</p>
+
+<p>—Inés. ¿No está en casa?</p>
+
+<p>—No.</p>
+
+<p>—¿Adónde ha ido?</p>
+
+<p>—No sé.</p>
+
+<p>—¿Y volverá pronto?</p>
+
+<p>—No sé.</p>
+
+<p>—¿Hace mucho que ha salido?</p>
+
+<p>—No sé.</p>
+
+<p>—¿Pero cómo no has de saber cuánto tiempo hace que se marchó?</p>
+
+<p>—No sé. Ya he dicho que no sé. ¿A qué viene tanta pregunta?</p>
+
+<p>Como Vargas conocía el carácter de Domingo, no se obstinó en
+hacerle más preguntas, y aunque como buen enamorado estaba lleno de
+impaciencia por saber de su dama, no quiso proseguir un interrogatorio
+que indudablemente había de ser inútil.</p>
+
+<p>Trataba sin embargo de buscar medio para ver a Inés, cuando
+inesperadamente<span class="pagenum" id="Page_II-55">p. II-55</span>
+se abrió una de las puertas que comunicaban de lo interior de la casa a
+la tienda, y entró en esta una niña de tres a cuatro años de edad, en
+cuyas facciones se notaba una semejanza extraordinaria con las de Inés.
+La única diferencia que entre ambos rostros había era el de ser algo
+menos fiera y mucho más dulce la expresión habitual del de la niña que
+el de la mujer. El color de la primera era también más blanco que el de
+la segunda, pero una y otra circunstancia podían muy bien atribuirse,
+y se atribuían en efecto por el vulgo, a las distintas edades de las
+personas comparadas.</p>
+
+<p>Así que la niña vio a Vargas corrió hacia él, y pagó con un sin
+número de inocentes caricias las infinitas que le hizo el caballero.</p>
+
+<p>—Juanito mío, ¿me quieres todavía? —preguntó a don Juan.</p>
+
+<p>—Sí, hija mía, más que nunca. ¿Y tú a mí, Clarita?</p>
+
+<p>—Mucho, mucho.</p>
+
+<p>—Me alegro; pero ¿qué tienes? ¿Estás llorosa?</p>
+
+<p>—Sí, he llorado.</p>
+
+<p>—¿Y por<span class="pagenum" id="Page_II-56">p. II-56</span> qué
+has llorado, ángel mío?</p>
+
+<p>—Porque tía Inés se ha ido y no me ha querido llevar.</p>
+
+<p>—¡Hay tal! Déjala que venga, verás cómo le reñimos.</p>
+
+<p>—Si ya no viene.</p>
+
+<p>—¿Qué dices, Clarita?</p>
+
+<p>—Que ya no viene en mucho tiempo.</p>
+
+<p>—¿Quién te lo ha dicho?</p>
+
+<p>—Papá.</p>
+
+<p>—Habrá sido por engañarte. Estará en misa, o a comprarte dulces.</p>
+
+<p>—No lo creas, Juanito. Ha salido en un caballo, y dos señores la han
+ido acompañando.</p>
+
+<p>—¡El cielo me valga! ¿Y cuándo se han ido?</p>
+
+<p>—Esta mañana muy tempranito.</p>
+
+<p>—Vaya, tú me engañas, Clarita.</p>
+
+<p>—No te engaño; mira, y se han ido por la puerta del corral. Tía Inés
+lloraba, y papá estaba tan serio, tan serio, ¿sabes?</p>
+
+<p>—¿No sabes dónde ha ido?</p>
+
+<p>—No, pero muy lejos. Ya se lo diré a la señora, que me hacen
+rabiar.</p>
+
+<p>Estas últimas palabras de la niña ya no las escuchaba don Juan, a
+quien la sorpresa y disgusto embargaban los sentidos, y tenían como
+fuera de sí.</p>
+
+<p>Viendo Clarita que su Juanito, como<span class="pagenum"
+id="Page_II-57">p. II-57</span> ella decía, no contestaba, alzó el
+rostro para mirarle, y viéndole encendido como una grana, y con los
+ojos que parecían iban a saltársele del cráneo, fue tanto lo que se
+asustó, que inmediatamente saltó desde sus rodillas, en que estaba
+sentada, al suelo, y se echó a llorar amargamente.</p>
+
+<p>El mulato se acercó al instante, y con el ruido del llanto,
+volviendo don Juan en sí, acudió a ver qué ocurría.</p>
+
+<p>—¿Qué tienes, niña? ¿Por qué lloras? ¿Por qué te has enojado
+conmigo? No, inocente, no; vamos, calla. Si sabes que te quiero. Un
+poco de agua para esta criatura, Domingo.</p>
+
+<p>Este, que parecía conmovido, trajo un vaso de agua, y poniéndose de
+rodillas presentó a la niña en la mano; pero Clarita, apartándole de sí
+con mucho despego, le dijo:</p>
+
+<p>—Yo no bebo sin salvilla, Domingo.</p>
+
+<p>—Déjate ahora de eso —replicó Vargas—, bebe.</p>
+
+<p>—No, no; papá y la señora no quieren.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_II-58">p. II-58</span></p>
+
+<p>Domingo, sin replicar palabra, echó una mirada en rededor de sí,
+y no viendo con qué suplir la falta de la salvilla, echó mano de su
+propio sombrero, y colocándolo debajo del vaso se volvió a acercar a
+Clarita, quien, a fuer de niña, celebró con una sonrisa la invención
+del mulato y bebió.</p>
+
+<p>Vargas en seguida la dio un beso, y prometiendo volver pronto echó
+a andar para el monasterio, resuelto a adquirir de un modo o de otro
+noticias de su Inés.</p>
+
+<p>Pero el destino lo tenía ordenado de otra manera. Ni el fraile ni el
+portero estaban en la celda, ni en parte alguna del monasterio.</p>
+
+<p>No por esto perdía don Juan la esperanza. Volviose al mesón, mandó
+ensillar los caballos, y montando, seguido de su criado, emprendió
+nada menos que correr todas las cercanías de la villa, con objeto de
+descubrir la dirección que habían tomado Inés y los dos hombres que
+según Clarita la acompañaban.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_II-59">p. II-59</span></p>
+
+<p>En esta penosa faena emplearon todo aquel día amo y criado. Aquí
+se hacía un labriego estúpido repetir veinte veces una pregunta, que
+al cabo no comprendía. Más allá les contaban un cuento muy largo para
+decirles que tres días antes habían pasado por aquel paraje unos
+arrieros, pero que nada habían visto de lo que se les preguntaba.</p>
+
+<p>En resumen, a las oraciones no sabía Vargas otra cosa más que lo que
+le dijo un trabajador, de que estando en las viñas había visto a lo
+lejos tres caballerías; que en las dos de los costados le parecían iban
+caballeros dos hombres, pero que en la del medio no distinguió más que
+un bulto negro o carga. Lo único que el trabajador aseguró fue que se
+dirigían por el camino de Medina del Campo.</p>
+
+<p>Esta noticia era bien escasa y vaga. Lo natural hubiera
+sido volverse a Madrigal y tomar informes de fray Miguel, pero
+la impaciencia de Vargas no conoció<span class="pagenum"
+id="Page_II-60">p. II-60</span> límites. Así pues, envió a Pedro al
+monasterio con un recado para el vicario, suplicándole que valiéndose
+del mismo conducto le hiciese saber por escrito lo que pudiese sobre el
+viaje de Inés, y él continuó el suyo para Medina.</p>
+
+<figure class="figcenter mt3">
+ <img src="images/i_2p060.jpg"
+ style="width: 6em; height: auto;"
+ alt="Viñeta ornamental">
+</figure>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+<div class="chapter" id="Ch24">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_II-61">p. II-61</span></p>
+ <h3 class="g1 ws1">CAPÍTULO IV</h3>
+ <hr class="tir">
+
+ <div class="poetry-container smaller">
+ <div class="poetry">
+ <div class="stanza">
+ <div class="verse i2">Hagamos un esfuerzo generoso,</div>
+ <div class="verse i0">Algún auxilio en nuestro mal busquemos;</div>
+ <div class="verse i0">Si el cielo nos le niega, perezcamos,</div>
+ <div class="verse i0">Que menos malo, y doloroso menos,</div>
+ <div class="verse i0">Es de una vez el renunciar la vida,</div>
+ <div class="verse i0">Que ser esclavos y existir sufriendo.</div>
+ </div>
+ </div>
+ </div>
+</div>
+
+<p class="ti0">Cuatro leguas de Castilla que andar en un caballo,
+cansado ya de correr durante un día entero, es pesada tarea, y más para
+el que aun volando hubiera creído andar despacio. Pero, mal que le pese
+a don Juan, le fue menester tardar seis horas en su camino, llegar por
+consiguiente a su destino pasada la media noche, hora en que ya no se
+veía alma viviente por las calles, ni puerta alguna que no estuviera
+cerrada.</p>
+
+<p>Ni el jinete ni el caballo habían tomado alimento alguno en todo
+aquel día,<span class="pagenum" id="Page_II-62">p. II-62</span> y uno
+y otro estaban desfallecidos. Don Juan, con el aturdimiento, perdió el
+tino al ir a la posada en que acostumbraba a parar, y cuando después de
+andar media hora por calles y encrucijadas quiso recordar, ya se halló
+fuera de camino y enteramente desorientado. Lo peor del caso fue que
+a fuerza de dar vueltas se había salido de la villa, y estaba, a su
+parecer, en el extremo opuesto al de su entrada.</p>
+
+<p>¿Qué remedio? Volverse atrás; pero el caballo dijo que no podía más
+y se tendió. Don Juan, que felizmente no recibió lesión alguna en la
+caída, hubo de resignarse a esperar que con el alba pasara algún alma
+compasiva que ayudándole a desembarazar la pierna derecha que tenía
+debajo del caballo le sacase del purgatorio.</p>
+
+<p>Dejamos a la consideración del lector la desesperación, las
+imprecaciones y penas del buen caballero, y por él y por nosotros nos
+apresuraremos a referir cómo salió de tan mala posición.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_II-63">p. II-63</span></p>
+
+<p>Empezaba apenas a iluminar el horizonte la dudosa luz del crepúsculo
+cuando el ruido de los pasos de algunos caballos en el extremo de la
+calle en que estaba tendido Vargas le anunció que se aproximaba el
+instante de su libertad.</p>
+
+<p>—¿Qué diablos está haciendo ahí? —preguntó uno de los que venían.</p>
+
+<p>—¿No lo ve, pese a mi vida? —respondió don Juan—: estoy preso debajo
+de este maldito rocín, que Dios confunda.</p>
+
+<p>—¡Ah!, ¡ah!, ¡ah! Y es verdad. Divertido está el buen hombre.</p>
+
+<p>—Lo que importa es que usted, señor hidalgo, me ayude a salir de
+aquí.</p>
+
+<p>—Vamos de prisa, hermano, no puede ser. Adiós.</p>
+
+<p>—No daré un paso más antes de que se ayude a ese caballero a ponerse
+en pie —dijo en voz baja, pero con firmeza, una mujer que con los
+caminantes iba.</p>
+
+<p>Oído esto, los que la acompañaban sin replicar palabra echaron pie
+a tierra, y en breves instantes pusieron en pie al pobre Vargas. Este,
+a pesar de<span class="pagenum" id="Page_II-64">p. II-64</span> lo
+mohíno y maltrecho que se hallaba, se acercó inmediatamente a la dama,
+que permanecía a caballo, y con las más corteses expresiones agradeció
+el favor recibido.</p>
+
+<p>Mientras él hacia su arenga, montaban a caballo los que le habían
+auxiliado, y la dama, aprovechándose para no ser oída de ellos del
+ruido que hacían, dijo en tono apenas inteligible a Vargas:</p>
+
+<p>—El domingo próximo a la oración en el Carmen de Valladolid; si no,
+el siguiente en la ermita de Madrigal.</p>
+
+<p>Dicho esto, sin esperar respuesta, se alejó con viveza, y en
+seguimiento suyo fueron los demás, que eran tres hombres a caballo.</p>
+
+<p>«Es Inés, no tiene duda. El domingo próximo... Bien; ¿pero no sería
+mejor seguirla ahora mismo? Sí, por cierto... El caballo no puede con
+su pellejo... Esperemos, no hay otro remedio».</p>
+
+<p>En ejecución tan loable y necesario proyecto echó Vargas a andar
+en busca<span class="pagenum" id="Page_II-65">p. II-65</span> de la
+posada, con la cual dio por fin, no sin trabajo, y por aquella vez
+triunfaron el cansancio y el hambre del amor y la inquietud.</p>
+
+<p>Dejémosle descansar, que bien lo necesita, y veamos cómo Pedro
+desempeñó su comisión.</p>
+
+<p>Inmediatamente que se separó de su amo se dirigió al monasterio,
+mas le fue imposible ver por entonces al vicario, pues se le dijo que
+en aquel momento se hallaba en el locutorio con la señora doña Ana de
+Austria.</p>
+
+<p>Pedro, paciente como el que más, dijo que estaba bien, que
+esperaría; y en efecto esperó nada menos que dos horas, al cabo de
+las cuales salió de su conferencia fray Miguel, pero no solo, sino
+acompañado de Gabriel de Espinosa.</p>
+
+<p>Como criado en casa de un título de Castilla, y acostumbrado por
+consiguiente a ver desde la infancia observadas rigorosamente las
+leyes de la etiqueta y distinción de jerarquías, no pudo menos<span
+class="pagenum" id="Page_II-66">p. II-66</span> de sorprender
+extraordinariamente al sirviente de Vargas que un pastelero gozase
+de tan alto favor, que una persona de sangre real le admitiese en su
+presencia, y nada menos que por más de dos horas.</p>
+
+<p>No tuvo sin embargo tiempo de hacer reflexiones el criado, pues
+apenas le hubo visto el vicario se acercó a preguntarle qué se le
+ofrecía.</p>
+
+<p>Como Gabriel estaba presente, Pedro no quiso decir el verdadero
+objeto que allí le tenía, y se contentó con decir que su amo le enviaba
+a informarse de la salud de su reverencia.</p>
+
+<p>—Buena, a Dios gracias —dijo Espinosa, riéndose maliciosamente—,
+muy buena: desde esta mañana acá, no ha sufrido alteración. Hermano
+Pedro, desempeñad vuestra comisión, que yo, que soy quien lo impide, me
+apartaré lo suficiente para no oíros, aunque es inútil, pues antes de
+que habléis sé ya lo que vais a decir.</p>
+
+<p>Quedose Pedro al oír estas palabras<span class="pagenum"
+id="Page_II-67">p. II-67</span> como petrificado, y como el pastelero
+continuaba mirándole con cierta expresión burlona, y hasta el fraile
+mismo, a pesar de su gravedad, dejaba ver en el rostro no poco de mofa,
+el pobre criado no acertaba a hablar.</p>
+
+<p>Viendo esto, volvió Gabriel a tomar la palabra:</p>
+
+<p>—Andad, Pedro, y decid a vuestro amo que se vuelva a Valladolid, que
+no tardará mucho en tener noticias de la que desea.</p>
+
+<p>Mientras que Espinosa hablaba así, Pedro, recobrando su espíritu y
+llenándose del orgullo que la librea de la casa ilustre de los Vargas
+le inspiraba, se indignó de qué aquel miserable quisiese darle órdenes
+a su noble amo.</p>
+
+<p>—Señor Gabriel —dijo en tono bastante animado—, mi amo el señor don
+Juan de Vargas no me ha dado para vos comisión ninguna, ni sé yo qué
+relaciones pueda un pastelero tener con él para tener la osadía de
+mandarle a decir lo que ha de hacer o no hacer.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_II-68">p. II-68</span></p>
+
+<p>En tanto que hablaba Pedro se obró en la fisonomía de Espinosa una
+revolución completa. A la expresión irónica sucedieron instantáneamente
+la gravedad, el desprecio y la cólera.</p>
+
+<p>Sus cejas largas y pobladas se unieron por un movimiento de
+contracción en los músculos de la frente; los ojos le brotaban fuego,
+los labios se le pusieron lívidos, y los dientes empezaron a chocar
+entre sí con violencia.</p>
+
+<p>—Es claro —exclamó, no pudiendo ya contenerse—: calla, o pagas con
+la vida tu atrevimiento.</p>
+
+<p>Y hablando así echaba mano a la daga de que ya hemos hecho
+mención.</p>
+
+<p>Pedro, que no era cobarde, y también llevaba una especie de cuchillo
+de monte, lo empuñó para defenderse, y sabe Dios cuál hubiera sido
+el resultado de aquella escena, a no haber interpuesto el fraile su
+mediación.</p>
+
+<p>—¡Qué imprudencia, señor, qué imprudencia! —dijo, dirigiéndose al
+pastelero—.<span class="pagenum" id="Page_II-69">p. II-69</span> ¿Sabe
+acaso con quién habla?</p>
+
+<p>—Tenéis razón; pero esto ya es insufrible. Prefiero mil veces la
+muerte a vivir así envilecido.</p>
+
+<p>—No está lejos el día. Y vos, Pedro, retiraos, y dad a vuestro amo
+de mi parte el recado que habéis oído de boca del señor Espinosa.</p>
+
+<p>Obedeció el criado, pero no fue sin extremada repugnancia y mayor
+admiración.</p>
+
+<p>«Este Gabriel —iba diciendo entre sí—, Dios me lo perdone, pero no
+puede ser cosa buena; y el padre, el padre, fuera de la corona, tampoco
+me fío mucho de él. Dios quiera que no le den que sentir a mi pobre
+amo. En fin, yo soy mandado; con obedecer cumplo, y sea lo que Dios
+quiera».</p>
+
+<p>—Fray Miguel —dijo gravemente Espinosa después que Pedro se hallaba
+a suficiente distancia para no poder oírlo—, ya lo veis, es preciso que
+terminéis de una vez.</p>
+
+<p>—Señor...</p>
+
+<p>—Hablad con Espinosa.</p>
+
+<p>—Pues bien, señor Espinosa, usted sabe<span class="pagenum"
+id="Page_II-70">p. II-70</span> que no se perdona medio para llegar al
+deseado término. La señora doña Ana...</p>
+
+<p>—No hablemos de ella: ¡ojalá todos tuvieran su celo!</p>
+
+<p>—Yo...</p>
+
+<p>—Estoy satisfecho de vuestros servicios.</p>
+
+<p>—Ahora los demás...</p>
+
+<p>—Los demás, los demás, en todos hay morosidad, tibieza, y miedo
+sobre todo. Felipe y su Inquisición hacen temblar a los que yo tenía
+por más valientes.</p>
+
+<p>—Cierto es que así sucede; pero no por eso debemos desalentar.</p>
+
+<p>—Gracias a los sacrificios que la señora doña Ana está pronta a
+hacer, habrá fondos con que hacer frente a los primeros gastos.</p>
+
+<p>—Yo no quiero que doña Ana se desprenda de sus alhajas.</p>
+
+<p>—Sin embargo, es indispensable que así sea, so pena de renunciar
+para siempre a lo que de derecho es del señor Gabriel de Espinosa. La
+comunicación con nuestros amigos de Portugal es tan difícil, que raya
+en lo imposible. Los agentes del monarca español tienen minada toda
+la nación, y, dolor da decirlo, hay portugueses<span class="pagenum"
+id="Page_II-71">p. II-71</span> tan viles, que les sirven de espías.
+Usted sabe tan bien como yo las inmensas dificultades que han tenido
+que vencer los pocos que hasta aquí han llegado, y que estos vienen
+en estado de no poder contribuir más que con su persona. Cuanto había
+ilustre y amigo de usted en aquel reino ha sido proscrito, ya con un
+pretexto, ya con otro, y si alguno se ha salvado maravillosamente del
+naufragio común, se halla más en disposición de necesitar auxilio que
+de prestarlo. Todo esto es notorio a usted; tampoco se oculta a su
+penetración que son muchas las razones que le autorizan; y más diré, le
+obligan a aceptar las ofertas de la señora doña Ana. Señor, no hacerlo
+desde luego no solo es desacertado, sino criminal.</p>
+
+<p>—¡Criminal, fray Miguel! Os olvidáis...</p>
+
+<p>—No me olvido, no señor; pero mi celo, mi santo ministerio, y la
+urgencia de las circunstancias exigen que diga la verdad desnuda,
+aun a riesgo de enojar a usted, cosa que en<span class="pagenum"
+id="Page_II-72">p. II-72</span> otro caso no haría por cuanto hay en el
+mundo.</p>
+
+<p>Durante el largo razonamiento de fray Miguel, se paseaba Espinosa
+por el claustro en que se hallaban, y el vicario le seguía hablando, sí
+con energía, pero no con menos respeto. Gabriel dejaba ver en toda su
+persona el aire de un hombre acostumbrado a tales deferencias, y que
+por consiguiente las recibe sin orgullo ni admiración.</p>
+
+<p>Después de algunos instantes de meditación rompió el silencio el
+pastelero.</p>
+
+<p>—Fray Miguel, meditaremos detenidamente esta noche vuestra
+proposición, y sabréis mañana lo que resolvemos.</p>
+
+<p>Por toda contestación el vicario se inclinó humildemente, en señal
+de quedar enterado.</p>
+
+<p>Espinosa, sin mirarle siquiera, continuó diciendo:</p>
+
+<p>—La adquisición de Vargas nos va a ser preciosa. Su familia tiene
+prestigio y dinero; él es entusiasta y valiente, y estas dotes son muy
+a propósito<span class="pagenum" id="Page_II-73">p. II-73</span> para
+casos de esta especie.</p>
+
+<p>—Ciertamente —contestó el fraile—; pero usted sabe sin duda que don
+Juan desea...</p>
+
+<p>—¿Y qué me importa a mí lo que don Juan desea? Sírvanos, que después
+a cargo de nuestra munificencia queda el recompensarle.</p>
+
+<p>—Es que para que nos sirva como usted desea, no hay más que un
+medio.</p>
+
+<p>—Inés. Lo sé, lo he visto antes que vos. Desde el instante en que la
+vio se le trastornó la cabeza. Con mi larga peregrinación he aprendido,
+fray Miguel, a conocer a los hombres. No es el oro, ni la gloria, ni
+las recompensas, la manera de gobernarlos; cada uno de ellos lleva
+dentro de sí el medio para servir de juguete al que sabe estudiarlos.
+Las pasiones, padre mío, son el resorte que hay que tocar: ser diestro
+en la fantasmagoría. Enseñad a cada uno, en perspectiva y abultado, el
+objeto a que su corazón le inclina, y los veréis corriendo tras de una
+sombra, abandonar todas las realidades posibles. La dificultad está en
+graduar la<span class="pagenum" id="Page_II-74">p. II-74</span> luz
+proporcionalmente a la vista de cada uno. Los hay que en una piedra ven
+un trono, o un tesoro, o una belleza, porque todo lo miran a través del
+prisma de sus deseos. Para otros es necesario más artificio; pero al
+cabo pocos son los que no caen en la red.</p>
+
+<p>—¿Y está ya el señor Espinosa resuelto a servirse de don Juan?</p>
+
+<p>—El tiempo dirá lo que debe hacerse. Fray Miguel, quedad con
+Dios.</p>
+
+<p>—Él os guarde, como yo se lo ruego sin cesar.</p>
+
+<p>Humillose el fraile al decir esto; Gabriel inclinó ligeramente la
+cabeza, y saludando graciosamente con la mano, salió a paso largo del
+claustro.</p>
+
+<p>Contemplábale el vicario inmóvil, y al perderlo de vista exclamó en
+tono bajo y doloroso:</p>
+
+<p>«¿Cuándo se moderarán esa impetuosidad y ese orgullo excesivo, que
+son los que nos han traído a este punto? Jamás».</p>
+
+<p>En tanto caminaba Pedro a Medina<span class="pagenum"
+id="Page_II-75">p. II-75</span> del Campo, adonde llegó mucho antes que
+su amo se presentase en la posada, lo que le inquietó sobremanera, y
+sin duda se hubiera puesto en marcha de nuevo para adquirir noticias
+de él si su montura, no menos cansada que la de Vargas, se lo hubiera
+permitido. Gracias a esta circunstancia, halló don Juan a su sirviente
+en la posada, y supo de él cuanto había ocurrido con fray Miguel
+y Espinosa; y como el aviso de este convenía con la cita de Inés,
+desde luego resolvió el hermano del marqués regresar a Valladolid;
+sin embargo, antes pasó por la hacienda a que supuso se dirigía su
+viaje, y dando en ella las disposiciones convenientes se encaminó a la
+residencia de su hermano.</p>
+
+<figure class="figcenter mt3">
+ <img src="images/i_2p075.jpg"
+ style="width: 6em; height: auto;"
+ alt="Viñeta ornamental">
+</figure>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+<div class="chapter" id="Ch25">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_II-76">p. II-76</span></p>
+ <h3 class="g1 ws1">CAPÍTULO V</h3>
+ <hr class="tir">
+
+ <div class="poetry-container smaller">
+ <div class="poetry">
+ <div class="stanza">
+ <div class="verse i2">. . . . ¿Y su frente</div>
+ <div class="verse i0">Pudo orlar impudente</div>
+ <div class="verse i0">La vil posteridad con lauros de oro?</div>
+ <div class="verse idr">(Quintana: <i>Oda a Padilla</i>).</div>
+ </div>
+ </div>
+ </div>
+</div>
+
+<p class="ti0">Don Juan de Austria, hijo natural del emperador Carlos
+V, primer rey de su nombre en España, tuvo fuera también de matrimonio,
+en una señora madrileña, dos hijas, de las cuales una era la señora
+doña Ana, monja profesa en el monasterio de Santa María la Real de la
+villa de Madrigal.</p>
+
+<p>La misma política estrecha, mezquina y tiránica que jamás concedió
+al vencedor de Lepanto las prerrogativas de infante de España, que
+impidió siempre los distintos enlaces que se le ofrecían a aquel
+príncipe, verdaderamente grande, y que por último abrevió acaso sus
+días<span class="pagenum" id="Page_II-77">p. II-77</span> en medio de
+la juventud y de la gloria de que en Flandes se estaba cubriendo, esa
+misma hizo monja a doña Ana.</p>
+
+<p>Bien conocía el malogrado héroe el carácter suspicaz, sombrío y
+cruel de su hermano, y la prueba de ello es que tuvo siempre oculta la
+existencia de sus hijas, hasta que en la hora de la muerte confió aquel
+secreto a su digno amigo el duque de Parma Alejandro Farnesio, capitán
+insigne, príncipe magnánimo, y sobre todo modelo de los caballeros de
+su siglo.</p>
+
+<p>Imposible hubiera sido ocultar a Felipe II que su hermano dejaba dos
+hijas, por razones que, sobre ser muy obvias, serían harto prolijas
+de explicar; hízoselo, pues, saber Farnesio, recomendándoselas en
+su nombre, y en el del difunto príncipe. La conducta del rey fue en
+aquella ocasión precisamente la misma que había sido la de don Juan
+de Austria. Recibió la noticia con agrado, acogió a las huérfanas
+con hipócrita habilidad, y<span class="pagenum" id="Page_II-78">p.
+II-78</span> al poner su mano sobre sus cabezas, como para bendecirlas,
+puede asegurarse que impuso sobre el cuello de aquellas dos inocentes
+el yugo de hierro que había de agobiarlas toda su vida.</p>
+
+<p>Cobarde, como su padre valiente; cruel, como aquel generoso; y
+fanático, como religioso era Carlos, ningún crimen arredraba a Felipe
+cuando se trataba de su seguridad, de su venganza, o de los mal
+entendidos intereses de su religión.</p>
+
+<p>Parricida en el príncipe don Carlos, fatricida en don Juan de
+Austria, ¿qué podía esperarse que hiciese con sus sobrinas?</p>
+
+<p>Relativamente hablando, su conducta con ellas fue excelente, pues se
+limitó a sepultar a ambas en el claustro, contentándose con extinguir
+así la descendencia de un hombre que aun muerto le causaba celos.</p>
+
+<p>Por lo demás, la señora doña Ana había recibido la promesa de ser
+prelada<span class="pagenum" id="Page_II-79">p. II-79</span> de su
+monasterio, y entre tanto vivía en él con la posible independencia. En
+vez de estar reducida como las demás religiosas a una sola celda, tenía
+una habitación espaciosa y decorosamente amueblada. Concediósela un
+locutorio aparte para dar audiencia en él; conservó el tratamiento de
+excelencia, y sus obligaciones se limitaron a la asistencia al coro, y
+aun de esta se podía dispensar siempre que le acomadaba. Dos religiosas
+profesas, ambas nobles de nacimiento, servían inmediatamente a su
+persona, y otras varias legas desempeñaban los oficios mecánicos de su
+obligación. En una palabra, sus grillos se doraron con esmero, mas no
+por eso dejaron de ser grillos.</p>
+
+<p>La figura de la señora doña Ana era como la de la mayor parte de
+las hembras de la casa de Austria, más bien imponente que bella,
+más agradecida que afable; pero no así su carácter, verdaderamente
+angelical.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_II-80">p. II-80</span></p>
+
+<p>Educada por su madre en el mayor recogimiento, y habituada a
+una vida monótona y silenciosa, de la cual salió para entrar en el
+claustro, su espíritu había tomado cierta tendencia a la meditación,
+que, dejándose ver en su rostro, hacía muy a menudo parecer que estaba
+en éxtasis.</p>
+
+<p>No hallando en el momento de desenvolverse la sensibilidad en su
+corazón objeto en que emplearla, naturalmente recayó toda ella en su
+madre y en sus augustos parientes; pero esto no bastaba. La juventud
+buscaba siempre un objeto ideal, no siendo suficiente la imperfección
+de los que le rodean a satisfacer sus inmensos deseos. Para los que
+viven en libertad se encarga el amor de realizar estas ilusiones, y
+las realiza en efecto, si bien suele pagarse la corta felicidad que
+proporciona con amargos desengaños; pero la infeliz religiosa, ¿qué
+recurso tiene? La devoción.</p>
+
+<p>Cuando esta es sincera, cuando no se<span class="pagenum"
+id="Page_II-81">p. II-81</span> limita a prácticas ridículamente
+supersticiosas, sino que va acompañada de una fe pura, de una
+conciencia tranquila y un corazón sencillo, ¡dichoso el que la ejerce!
+En ella encuentra refugio y esperanza, consuelo y remedio para todas
+las calamidades de la vida.</p>
+
+<p>Doña Ana, pues, era devota, sinceramente devota; y si bien tenía
+todas las supersticiones que pocos dejaban de tener en España en
+aquel siglo, había por lo menos en lo íntimo de su corazón un fondo
+inagotable de piedad, y aun de tolerancia, virtud verdaderamente rara
+en la época en que vivió.</p>
+
+<p>Sin embargo, a pesar de toda su devoción, de haber estado en su mano
+decidir sobre su suerte, no hubiera seguramente tomado el hábito. La
+naturaleza la había hecho más para madre de familia que para religiosa,
+y ella misma lo conocía. La vista de un niño producía en aquella
+señora una sensación difícil de explicar. Sin que la reflexión<span
+class="pagenum" id="Page_II-82">p. II-82</span> bastase a impedirlo,
+suspiraba, contemplando cuán sin culpa ni voluntad se veía obligada a
+renunciar hasta a su esperanza de recibir nunca las inocentes caricias
+de que veía colmadas por sus hijos a otras mujeres.</p>
+
+<p>Entonces hubiera querido haber debido el ser a un oscuro jornalero,
+y ser dueña de su persona, más bien que ser hija de un príncipe de la
+ilustre casa de Austria, a tanta costa.</p>
+
+<p>Por más esfuerzos que hagan la superstición y el fanatismo para
+violentar la naturaleza, su voz se dejará siempre oír en el fondo de
+nuestros corazones; y las desdichadas víctimas de las instituciones de
+los hombres, luchando entre la fuerza de sus propios sentimientos y
+los horrores en que una educación viciosa les ha imbuido, vivieron en
+perpetua y espantosa agonía.</p>
+
+<p>¿No es ya tiempo de que desaparezcan de las naciones cultas tan
+monstruosos abusos?</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_II-83">p. II-83</span></p>
+
+<p>Tales eran las disposiciones y situación de doña Ana cuando fray
+Miguel, nombrado vicario de su monasterio y su confesor, se presentó en
+Madrigal.</p>
+
+<p>Uno y otro tardaron poco en hacerse justicia respetuosamente, y de
+aquí resultó entre ambos la más estrecha y sincera amistad.</p>
+
+<p>Fray Miguel amaba a doña Ana como un padre a su hija, y no podía
+menos de ser así porque aquella señora había heredado todas las
+excelentes cualidades del infeliz príncipe a quien debía el ser.</p>
+
+<p>Poco tardaron en no tener secretos el uno con el otro. El vicario
+supo de mano de doña Ana lo que sobre sus sentimientos hemos dicho ya;
+y la noble religiosa recibió la confianza de las pocas que atormentaban
+a fray Miguel, y de que aún no hemos hablado.</p>
+
+<p>Ya hemos dicho que el vicario de Santa María, antes de serlo, había
+sido confesor del rey don Sebastián de Portugal,<span class="pagenum"
+id="Page_II-84">p. II-84</span> y todo el mundo sabe que este monarca,
+habiendo hecho, contra el dictamen de todos sus consejeros, o al
+menos de los más hábiles, una expedición a África, desapareció en una
+batalla que dio delante de Tánger, en la cual fueron los cristianos
+completamente derrotados, sin ser posible encontrar el cadáver del rey
+entre los demás, ni saber su paradero.</p>
+
+<p>El cardenal don Enrique ocupó entonces el trono de Portugal, y
+habiendo muerto sin sucesión, a pesar de haber obtenido del papa
+dispensa de sus votos para casarse, le sucedió en la corona Felipe II,
+en virtud de sus derechos, apoyados en un ejército que, a las órdenes
+del duque de Alba, derrotó a don Antonio, prior de Crato, príncipe que
+los portugueses hubieran preferido con razón al rey de España.</p>
+
+<p>Pero a pesar de que todo esto sucedía, suponiéndose como cierta
+la muerte del rey don Sebastián, no faltaban en Portugal<span
+class="pagenum" id="Page_II-85">p. II-85</span> personas que creyesen
+que aún existía. Y esto no solo entre el vulgo, sino en las clases más
+elevadas del Estado.</p>
+
+<p>En el número de los que seguían esta opinión se hallaba fray Miguel,
+fundándola en la circunstancia positiva de que no había uno solo de los
+que habían escapado con vida de la batalla que dijese que había visto
+morir al rey, y sí alguno que aseguraba que se había retirado herido
+gravemente con dirección a la costa.</p>
+
+<p>Además, durante el corto reinado de don Enrique corrieron distintas
+veces rumores de que don Sebastián se había presentado ya en un punto
+ya en otro de la costa, siendo de observar que tanto el rey cardenal
+como Felipe II, cada uno en su tiempo, castigaron con la mayor
+severidad no solo al que decía haber visto en vida al don Sebastián,
+sino aun a aquellos que se limitaban a opinar que era posible que no
+hubiese muerto.</p>
+
+<p>Si la historia de Felipe no ofreciese<span class="pagenum"
+id="Page_II-86">p. II-86</span> en cada una de sus páginas mil pruebas
+de su hipocresía, su conducta en esta ocasión bastaría solo a destruir
+la cualidad de eminentemente religioso con que sus parciales han
+querido honrarle. Un hombre timorato cualquiera da a cada uno lo que
+legítimamente le pertenece; y cuando las circunstancias le hacen dueño
+de un objeto al cual pueda parecer dudoso su dominio, no descansa hasta
+aclararlo, porque prefiere la tranquilidad de su conciencia a cuantos
+tesoros encierran las entrañas de la tierra.</p>
+
+<p>Tal vez se dirá que en política hay ocasiones en que los principios
+de la estricta justicia deben plegarse a las circunstancias del
+momento, y que acaso de una pequeña infracción de ellos, en perjuicio
+de uno o de algunos particulares, resultan bienes infinitamente
+superiores a la masa. Esto se ha dicho hace muchos siglos, se dice
+en el nuestro, y se dirá en los futuros, siempre que los gobiernos
+quieren, o por malicia o por ignorancia,<span class="pagenum"
+id="Page_II-87">p. II-87</span> infringir los pactos sociales, que
+tácitos o expresos existen en todas las naciones, inclusa la Turquía,
+donde lo es el Alcorán; pero como no porque todos digan una cosa por
+eso es buena, habrán de permitirnos que les digamos humildemente
+nuestra triste opinión, y es que en general jamás de una mala acción
+resulta un bien; que si tal vez a primera vista aparece así, es
+indudable que, examinada la cosa a fondo y despacio, se hallará
+que no es lo que parece; y por último, que al mismo resultado, aun
+suponiéndolo bueno, se hubiera podido llegar sin cometer el crimen, con
+un poco más de paciencia y de trabajo.</p>
+
+<p>De cualquiera modo, Felipe procedió siempre con su severidad
+característica contra todos los sebastianistas, y era igual el placer
+que su corazón de tigre recibía viendo quemar vivo al infeliz que acaso
+cantó por distracción</p>
+
+<div class="poetry-container smaller">
+<div class="poetry">
+ <div class="stanza">
+ <div class="verse i2">¿Si ha venido o no ha venido</div>
+ <div class="verse i0"><span class="pagenum" id="Page_II-88">p. II-88</span>El Mesías prometido?</div>
+ <div class="verse i0">No ha venido,</div>
+ </div>
+</div>
+</div>
+
+<p class="ti0 mt05">o se mudó de camisa un sábado, o tuvo la desdicha de no
+nacer aficionado a la carne de cerdo, que al que era bastante osado
+para decir que su penúltimo rey acaso aún viviría.</p>
+
+<p>No conocíamos en aquella época los españoles la sutil invención de
+la policía, mas en cambio teníamos la Inquisición, que no le va en
+zaga, y aun le lleva ventajas, y no pocas.</p>
+
+<p>Gracias a las luces del siglo, la policía encuentra pocos delatores
+fuera de la clase abyecta de la sociedad, y aun en ella se avergüenzan
+los hombres de ser ministros de tal institución.</p>
+
+<p>Por el contrario, el difunto Santo Oficio, desde el monarca
+hasta su último vasallo, contaba con otros tantos servidores. Las
+personas reales se honraban llevando un hacecito de leña para freír
+algún desventurado hereje; una junta de sus calificadores<span
+class="pagenum" id="Page_II-89">p. II-89</span> decidió de la suerte
+del príncipe de Asturias don Carlos.</p>
+
+<p>Los grandes de España ansiaban verse alguaciles mayores, y
+desempeñar otros oficios del nefando tribunal.</p>
+
+<p>La cruz verde de familiar deshonraba el pecho de un número
+considerable de nobles y funcionarios públicos.</p>
+
+<p>En una palabra, no parece sino que eclesiásticos y seculares, nobles
+y plebeyos, toda la nación, en fin, quiso hacerse cómplice de los
+millares de asesinatos jurídicos cometidos por la Inquisición, al paso
+que la mayor afrenta que hoy puede hacérsele a un hombre es llamarle
+<i>esbirro</i>.</p>
+
+<p>Fray Miguel, después de haber sufrido valerosamente la más cruel de
+las persecuciones, y llevado con resignación la reclusión en que se le
+tuvo algunos años, aprendió a ser cauto. Cesó de hablar de su malogrado
+rey, e interpretándose su silencio como prueba de hallarse convencido
+de la muerte de don Sebastián,<span class="pagenum" id="Page_II-90">p.
+II-90</span> lograron sus valedores, no sin trabajo, que se le pusiera
+en libertad y se le agraciase con el vicariato de Santa María, destino,
+a la verdad, poco apetecible para un provincial, pero preferible
+siempre a un encierro.</p>
+
+<p>Allí, como hemos dicho, encontró a la señora doña Ana, y se interesó
+por ella vivamente tan luego como llegó a conocer sus excelentes
+prendas.</p>
+
+<p>La hija de don Juan de Austria se consideraba, con razón, como
+víctima de la política de su tío el rey, y así fray Miguel llevaba en
+el mero hecho de ser perseguido por el mismo una gran recomendación
+para ella.</p>
+
+<p>Las conversaciones entre el portugués proscrito y la religiosa
+versaban constantemente sobre dos solos puntos: la gloria y desgracia
+del vencedor de Lepanto, y la aciaga batalla de Tánger.</p>
+
+<p>Insensiblemente, las opiniones del vicario sobre esta última materia
+fueron inculcándose en doña Ana, de modo que<span class="pagenum"
+id="Page_II-91">p. II-91</span> a muy poco tiempo llegó a ser tanto
+o más celosa sebastianista que él mismo. Si fray Miguel hacía una
+penitencia, una oferta cualquiera a un santo para lograr por su
+mediación la deseada vuelta de su rey, doña Ana no solo le imitaba,
+sino que en ocasiones llegaba a sobrepujarle en celo. Una rica lámpara
+de plata ardía de continuo en el coro alto de su monasterio, ante una
+imagen de nuestra Señora, en muestra del ardiente deseo que la hija
+de don Juan de Austria tenía de ver restituido a su trono al rey don
+Sebastián. Jamás oraba sin dirigir al cielo repetidas súplicas con el
+mismo fin; y, en resumen, su pensamiento dominante, único más bien, era
+el del regreso de aquel malhadado príncipe a su país.</p>
+
+<p>Pero la verdad nos obliga a decir que, además de la compasión que
+las desgracias del rey de Portugal inspiraban al sensible corazón
+de la augusta religiosa, y del cariño que le profesaba por ser hijo
+de la princesa doña Juana, hermana predilecta<span class="pagenum"
+id="Page_II-92">p. II-92</span> de su padre, había un motivo, tal
+vez más poderoso, para que doña Ana se interesase tanto en que don
+Sebastián viniese y volviese a reinar.</p>
+
+<p>Era este motivo la persuasión en que se hallaba, gracias a los
+continuos y repetidos esfuerzos que para ello hizo fray Miguel, de que
+en el caso de verificarse lo que tanto deseaba, y de contribuir aquella
+señora tan eficazmente como pensaba hacerlo al restablecimiento de la
+independencia de Portugal, don Sebastián obtendría del sumo pontífice
+que dispensaría a la señora doña Ana de sus votos, y se uniría a ella
+con el lazo del matrimonio.</p>
+
+<p>Preciso es confesar que el vicario, en esta ocasión, prescindió un
+poco de su carácter habitualmente candoroso, y fue político en toda
+la extensión de la palabra, ofreciendo a la vista de la reclusa una
+perspectiva tan halagüeña que no podía menos de obligarla a entrar en
+sus planes, y prometiendo más acaso de lo que hubiera podido cumplir
+aun cuando<span class="pagenum" id="Page_II-93">p. II-93</span> don
+Sebastián no hubiese en efecto muerto y pudiera recobrar su corona,
+ambas cosas por lo menos harto problemáticas.</p>
+
+<p>Pero háblesele a un amante de estrechar entre sus brazos a la
+que ama; a un prisionero de la libertad: por más incierto, por más
+peligroso, y acaso imposible, que al indiferente parezca conseguir
+lo uno o lo otro, a los interesados no les parece nunca que ofrece
+la menor dificultad, y apenas tocando la barrera de diamante que el
+destino opone a sus deseos, creen en ella.</p>
+
+<p>Tal fue el caso de la señora doña Ana. A las primeras insinuaciones
+que el vicario la hizo sobre la materia, su fantasía se inflamó. Aquel
+corazón, a quien jamás la idea del amor se había presentado sino
+asociada con la del crimen, pudo, en fin, conseguir la esperanza de
+amar un día sin delito, y de amar a un guerrero esforzado, célebre por
+su valor y sus desgracias, y rey en fin.</p>
+
+<p>Recobrar de una vez la libertad, sus<span class="pagenum"
+id="Page_II-94">p. II-94</span> derechos de mujer, la clase en que
+su ilustre nacimiento la colocó, salir de la estrechez del claustro
+al esplendor del trono, y sacudir las cadenas de Felipe, eran para
+doña Ana consecuencias inmediatas y precisas de la aparición de don
+Sebastián.</p>
+
+<p>¿Qué mucho que con tales esperanzas no dejase en sosiego a un solo
+santo del cielo para conseguir se realizasen?</p>
+
+<p>Sin embargo, empezó por oponer algunas resistencias al proyecto del
+matrimonio, y como fray Miguel, conociendo que aquello solo era por el
+bien parecer, insistiese sin cesar en ello, acabó por convenir en que
+se prestaría, <i>aunque con repugnancia, a los deseos de su augusto
+primo, y a las órdenes del santo padre</i>.</p>
+
+<p>Conformidad admirable, tanto más cuanto su augusto primo
+probablemente no existía, y el <i>santo padre</i> en lo que menos
+pensaba era en sacarla de su monasterio.</p>
+
+<p>Además de la señora doña Ana, contaba<span class="pagenum"
+id="Page_II-95">p. II-95</span> fray Miguel en el monasterio con
+el amor de casi todas las religiosas, a quienes su vida austera y
+penitente había inspirado una veneración sin límites; y desde que
+se hallaba en Madrigal había vuelto a anudar algunas relaciones en
+Portugal con la mayor cautela y tan buena maña, que logró sustraer su
+correspondencia a la vigilancia de los agentes de Felipe.</p>
+
+<p>Valiose para ello de un médico portugués establecido en el mismo
+Madrigal, de quien en lo sucesivo tendremos ocasión de hablar.</p>
+
+<p>Este era el estado de fray Miguel y la señora doña Ana cuando don
+Juan de Vargas se presentó en Madrigal por la vez primera.</p>
+
+<figure class="figcenter mt3">
+ <img src="images/i_2p095.jpg"
+ style="width: 6em; height: auto;"
+ alt="Viñeta ornamental">
+</figure>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+<div class="chapter" id="Ch26">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_II-96">p. II-96</span></p>
+ <h3 class="g1 ws1">CAPÍTULO VI</h3>
+ <hr class="tir">
+
+ <div class="poetry-container smaller">
+ <div class="poetry">
+ <div class="stanza">
+ <div class="verse i2">Los días que apresurado</div>
+ <div class="verse i0">Quieres hora apresurar</div>
+ <div class="verse i0">Un tiempo te ha de pesar</div>
+ <div class="verse i0">Que hayan tan presto llegado.</div>
+ </div>
+ </div>
+ </div>
+</div>
+
+<p class="ti0">Los días que transcurrieron hasta el domingo en que
+Inés había prometido a don Juan de Vargas verse con él a la hora de la
+oración en el Carmen de Valladolid, caminaron para el impaciente amante
+con una lentitud insoportable.</p>
+
+<p>Todas las tardes su paseo, sin preceder deliberación, era hacia
+el lugar de la cita, y en él su ocupación calcular hasta por minutos
+el tiempo que debía transcurrir hasta el deseado instante. Triste
+condición la del hombre que con ridícula inconsecuencia desea abreviar
+el curso de su corta vida por acelerar tal época de placer que acaso
+nunca llega.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_II-97">p. II-97</span></p>
+
+<p>Cinco días mortales se pasaron hasta que amaneció el domingo
+señalado. Don Juan oyó misa en el Carmen, paseó hasta la hora de
+comer por sus inmediaciones, y por la tarde volvió también al mismo
+paraje.</p>
+
+<p>La oración sonó: en lo que menos pensó Vargas fue en rezar. Recorrió
+con la vista la larga extensión del Campo Grande, que así se llama
+el paraje en que se halla en Valladolid el convento del Carmen; pero
+aunque en él vio diferentes personas, ninguna se acercó al punto
+convenido en largo tiempo.</p>
+
+<p>Por fin, dos hombres embozados hasta los ojos, y dejando ver
+por debajo de las capas cada uno una espada de tremenda longitud,
+se dirigieron al pórtico del convento con aire, aunque resuelto,
+cauteloso.</p>
+
+<p>Don Juan los miró un momento; pero preocupado con la idea de ver
+venir a Inés, apenas paró la atención en aquellos dos hombres. Por
+su parte los embozados<span class="pagenum" id="Page_II-98">p.
+II-98</span> parece que tampoco hicieron reparo en él, y dieron vuelta
+a aquellos alrededores registrándolos escrupulosamente, con el objeto
+sin duda de buscar en ellos a alguna persona, o de asegurarse de que
+ninguna había oculta. Terminado este examen, que fue de bastante
+duración, uno de ellos se acercó a Vargas, que también iba embozado, y
+sin saludarle, ni andar en más ceremonias, le dijo:</p>
+
+<p>—Amigo, háganos el gusto de despejar el campo, que habemos menester
+estar solos.</p>
+
+<p>El hermano del marqués, impaciente con la tardanza de su amada,
+contrariado además con la importuna llegada de aquellos hombres, y poco
+acostumbrado a verse tratar con tan poca cortesía, sintió impulsos de
+responder a estocadas a tan grosera intimación; pero reflexionando que
+empeñar entonces una querella era lo mismo que imposibilitarse de ver a
+Inés, se contuvo, no sin trabajo, y respondió con aparente flema:</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_II-99">p. II-99</span></p>
+
+<p>—Caballeros, un negocio de importancia me impide darles gusto por
+ahora. Tal vez me convendría a mí también estar solo; mas por amor de
+la paz me convendré a que vuesas mercedes estén aquí también.</p>
+
+<p>Iba el que dio principio a esta conversación a responder no sabemos
+qué, cuando el otro embozado, que hasta entonces había permanecido
+a alguna distancia, acercándose precipitadamente a su compañero, le
+dijo:</p>
+
+<p>—O el oído me engaña, o ese hombre es don Juan de Vargas, y a fe que
+me alegrara.</p>
+
+<p>—Alegraos, pues, replicó el amante de Inés mostrándole el rostro a
+descubierto, que yo soy en persona.</p>
+
+<p>—¿Qué vais a hacer? —exclamó el que primero había hablado de los
+dos.</p>
+
+<p>—Lo veréis —respondió el segundo; y separándose de él, y
+dirigiéndose a don Juan, continuó diciendo—: Si no ando errado, señor
+don Juan, vos amáis a una mujer que tiene por nombre el de Inés.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_II-100">p. II-100</span></p>
+
+<p>Toda la sangre de Vargas se inflamó al oír tal interpelación. El
+que entonces le hablaba, ni era Espinosa, ni fray Miguel, y solo ellos
+dos y su criado Pedro tenían algún indicio de sus amores. ¿Cómo, pues,
+aquel desconocido se mostraba tan al corriente de ellos?</p>
+
+<p>«Es un rival —dijo para sí—; solo un rival, y rival favorecido,
+puede saber que yo amo a Inés».</p>
+
+<p>El raciocinio no era muy exacto; pero de tal modo se le asentó en la
+cabeza a don Juan aquella idea que, desde luego, se resolvió a reñir
+con aquel hombre, y así le contestó con sobrado desabrimiento:</p>
+
+<p>—Señor mío, no estoy acostumbrado a dar cuenta de mis pensamientos
+al primer impertinente que tiene la osadía de venir a interrogarme; y
+así, si no queréis llevar respuesta de que os pese, iros norabuena, y
+dejadme en paz.</p>
+
+<p>—Esa arrogancia podrá convenir con vuestros criados, pero no con los
+que cuando menos son tanto como vos.</p>
+
+<p>—Si en efecto sois<span class="pagenum" id="Page_II-101">p.
+II-101</span> caballero —replicó Vargas lleno de ira—, yo os responderé
+como conviene.</p>
+
+<p>Y al acabar estas palabras echó mano a la espada. No anduvo perezoso
+su contrario, pues empuñó la suya diciendo:</p>
+
+<p>—A esto quería yo venir a parar.</p>
+
+<p>—Hubiéraislo dicho desde luego, y ahorráramos palabras —repuso don
+Juan ya riñendo.</p>
+
+<p>Su enemigo, para pelear, hubo de desembozarse y dejar ver un rostro
+de hombre en extremo blanco. El cabello era rubio y rizado, los ojos
+azules, y la fisonomía, aunque podía pasar por bella, sin embargo
+carecía de viveza y gracia.</p>
+
+<p>Vargas reñía con serenidad, pero airado; su antagonista con valor,
+pero sin gran vehemencia. Ambos eran jóvenes, robustos, y diestros, al
+parecer, en el manejo de las armas.</p>
+
+<p>El embozado que primero habló, aunque daba de cuando en cuando
+algunas muestras de descontento por lo que presenciaba, permaneció
+inmóvil en su puesto, hasta que después de dos minutos de<span
+class="pagenum" id="Page_II-102">p. II-102</span> pelea, su compañero,
+estrechado vivísimamente por Vargas, empezó a perder terreno. Entonces
+sin consideración alguna sacó también su espada y cerró con don Juan.
+Este, viéndose de repente con dos enemigos en vez de uno, se sorprendió
+algún tanto, y dio lugar a que su nuevo adversario le hiriese, aunque
+levemente, en la mano izquierda. Empero, al ver correr su sangre
+tan alevosamente derramada, la ira le dio nuevas fuerzas, y echando
+prontamente mano a la daga, de que hasta allí desdeñó de hacer uso, se
+dio tan buena maña que no solo mantuvo a suficiente distancia de su
+cuerpo los aceros de sus enemigos, sino que tuvo la fortuna de desarmar
+al que provocó la riña, haciendo saltar su espada a más de cuarenta
+pasos.</p>
+
+<p>Pero aquel triunfo hubo de serle funesto, pues el desarmado, furioso
+con el desmán que le sucedía, corrió en busca de su arma, y volviendo
+con ella iba a atacar a Vargas por un costado, esperando<span
+class="pagenum" id="Page_II-103">p. II-103</span> que, ocupado en
+combatir con su compañero, no lo echaría de ver. Engañose en esto. El
+hermano del marqués no era novicio en las armas, y como más de una
+vez se había visto en Flandes en lances cuando menos tan apurados
+como aquel, conservaba la misma serenidad que si estuviera sentado
+a la mesa de su hermano. Calculando con razón que de hombres que
+peleaban dos contra uno todo lo malo podía esperarlo, no perdió de
+vista al desarmado, y observando su marcha le conoció la intención.
+Reconociendo, pues, el terreno con una rápida ojeada, empezó a
+retirarse con tanto acierto, que en un instante se halló con las
+espaldas guardadas por el convento, y su enemigo vio frustrarse la
+esperanza de acabar con él traidoramente.</p>
+
+<p>La pérfida conducta de aquellos dos hombres se avenía muy mal con
+el valor con que peleaban, porque en realidad lo hacían como hombres
+decididos,<span class="pagenum" id="Page_II-104">p. II-104</span> y
+que no empezaban entonces a manejar la espada.</p>
+
+<p>Más de siete minutos duró aquella lucha desigual; en ella recibió
+don Juan la herida de que hemos hablado, y sus dos enemigos no se
+hallaban mejor parados, pues el rostro de uno estaba cubierto de
+sangre, y el otro recibió una estocada en un muslo.</p>
+
+<p>Sea por las heridas, sea por cansancio, ambos se retiraron
+simultáneamente al cabo de este tiempo como a unos seis pasos de
+Vargas, y este, demasiado fatigado para perseguirlos, aprovechó con
+gusto aquella ocasión de recobrar sus fuerzas.</p>
+
+<p>Los tres con las puntas de las espadas apoyando en tierra,
+respirando apenas, y con la vista clavada en el enemigo, hubieran
+parecido estatuas si la sangre que corría por sus vestidos no
+demostrara que eran hombres.</p>
+
+<p>Es probable que la pelea se hubiera renovado, y tal vez terminado
+con fatal<span class="pagenum" id="Page_II-105">p. II-105</span> éxito
+para Vargas, si a poco de hallarse los tres actores de aquella escena
+en la disposición que hemos dicho, no apareciera entre ellos una mujer,
+cubierta con un manto negro, pero que a pesar de él conoció desde luego
+Vargas por Inés.</p>
+
+<p>La pastelera de Madrigal, que no esperaba hallar en aquel sitio a
+don Juan cubierto de sangre, y en disposición tan hostil, dio muestra
+de su sorpresa y sentimiento con un profundo suspiro, que fue el que
+advirtió de su presencia a su amante y a sus dos enemigos.</p>
+
+<p>—Señor don Juan, ¿qué es esto, que es esto? —preguntó Inés.</p>
+
+<p>—Esto es, señora —dijo el provocador de Vargas, sin dar lugar a que
+este respondiese—, esto es un efecto de vuestra acertada elección.</p>
+
+<p>—Decid más bien —replicó la morena con dignidad y fuerza—, de
+vuestra inconcebible imprudencia, de vuestra ridícula obstinación, por
+no decir otra cosa.</p>
+
+<p>—Podéis gloriaros, Inés —exclamó don Juan—, de tener un amante
+en ese hombre digno<span class="pagenum" id="Page_II-106">p.
+II-106</span> de figurar en una banda de salteadores. Mirad el denuedo
+con que esos hombres han tirado la espada contra uno solo; y es
+lástima, en verdad, que no hayáis presenciado el valor con que trataban
+de asesinarme por la espalda.</p>
+
+<p>La acusación era demasiado cierta, y en el fondo de sus corazones
+era imposible que los embozados dejaran de conocer su justicia; pero
+hallándose una mujer presente no les pareció decoroso convenir en ella,
+y así el que primero riñó contestó lleno de ira real o aparente:</p>
+
+<p>—Mentís como un bellaco.</p>
+
+<p>—Miserable —gritó don Juan—, yo castigaré tu imprudencia.</p>
+
+<p>Y diciendo y haciendo acometió con no vista furia a su enemigo,
+quien no dejó de defenderse bizarramente. Su compañero, que como ya se
+ha visto, nada tenía de escrupuloso, iba también a tomar parte en la
+pelea; mas Inés, advirtiéndolo con tiempo, se arrojó sobre él tan de
+improviso, que le arrancó la<span class="pagenum" id="Page_II-107">p.
+II-107</span> espada de las manos, y separándose algún tanto
+le presentó la punta de su propio acero a dos dedos del pecho,
+diéndole:</p>
+
+<p>—Cobarde, por la vida del rey te juro que te atravieso si das un
+paso más. No, en mi presencia no asesinaréis a un caballero. Pelee en
+hora buena con uno, ya que tan locos sois que buscáis vuestra perdición
+y la nuestra, pero con dos no será mientras yo pueda impedirlo.</p>
+
+<p>Entre tanto peleaba Vargas con singular denuedo, y su enemigo no se
+defendía con menos. Mas como ambos estaban ya cansados, apenas tiraban
+golpe peligroso, y si lo hacían, no encontraban dificultad en pararse
+recíprocamente.</p>
+
+<p>A poco de haberse empezado este nuevo combate Inés, que en medio de
+su singular posición conservaba una admirable serenidad, exclamó:</p>
+
+<p>—La justicia, caballeros, la justicia.</p>
+
+<p>Los que reñían suspendieron su combate, y el desarmado, volviendo
+atrás la cabeza, vio en efecto que ya a la mitad<span class="pagenum"
+id="Page_II-108">p. II-108</span> de la distancia que media entre el
+convento del Carmen y la calle de Santiago se percibía a la luz de
+una gran linterna que traían un grupo de siete a ocho personas que
+probablemente habrían oído el ruido de las espadas, según la prisa con
+que caminaban.</p>
+
+<p>—La justicia es —repitió aquel hombre—; huyamos.</p>
+
+<p>—Señor don Juan —dijo el otro—, ya veis que por ahora no es posible
+terminar este asunto; yo buscaré ocasión en que podamos hacerlo sin
+temor de ser interrumpidos.</p>
+
+<p>—Y entonces —respondió Vargas con amarga ironía—, procurad llevar
+otros dos o tres amigos, por si no bastareis solo.</p>
+
+<p>No replicó a esto aquel hombre, ya por no tener qué, ya, y es lo
+más cierto, porque los de la linterna se acercaban tan de prisa que
+no daban lugar a ello. Lo que hizo, pues, fue envainar su espada, y
+seguido por su compañero echó a andar con bastante celeridad a pesar de
+su herida.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_II-109">p. II-109</span></p>
+
+<p>Inés, llegándose a su amante, le dijo:</p>
+
+<p>—Don Juan, las apariencias me condenan, pero cuando las
+circunstancias lo permitan yo os haré ver mi inocencia; por ahora me es
+fuerza retirarme.</p>
+
+<p>Mientras la pastelera hablaba así, los que huían, advirtiendo que no
+los seguían, hicieron alto, y uno de ellos volviendo la cabeza dijo en
+voz alta:</p>
+
+<p>—Vamos, señora.</p>
+
+<p>Obedeció Inés, y don Juan despechado exclamó:</p>
+
+<p>—Seguidlos, señora, seguidlos, que ya yo quedo satisfecho de vuestro
+amor.</p>
+
+<p>Aunque hubiera querido la morena replicar no se lo permitieron sus
+impacientes compañeros, que asiéndola cada uno por un brazo tardaron
+poco en desaparecer a la vista de Vargas, gracias a la oscuridad de la
+noche.</p>
+
+<p>Un momento después los de la linterna, haciendo alto como a unos
+veinte pasos de nuestro caballero, que apoyando la espalda a los
+muros del convento, y con la espada en la mano, permaneció<span
+class="pagenum" id="Page_II-110">p. II-110</span> inmóvil, dieron el
+acostumbrado grito:</p>
+
+<p>—¿Quién va a la ronda?</p>
+
+<p>—Un hombre solo, un caballero —respondió don Juan.</p>
+
+<p>Animados con esta respuesta, los ministros de justicia, que tales
+eran en efecto, se acercaron a don Juan, y formaron círculo en rededor
+de él.</p>
+
+<p>—La espada —dijo ya entonces el que capitaneaba aquella gente, y por
+el traje parecía magistrado.</p>
+
+<p>—¿Y quién me la pide? —preguntó Vargas.</p>
+
+<p>—El rey nuestro señor (aquí el juez, sus ministros y Vargas
+se descubrieron la cabeza respetuosamente), y en su nombre don
+Rodrigo Santillana, su alcalde del crimen en la real chancillería de
+Valladolid.</p>
+
+<p>—Tomad, pues, señor alcalde, aunque ignoro la causa por que se me
+pide.</p>
+
+<p>—Vuestro nombre y profesión.</p>
+
+<p>—Don Juan de Vargas, caballero y capitán de caballos, hermano del
+marqués de ***, para serviros.</p>
+
+<p>—Tomad vuestra espada, señor caballero, que de persona de tan
+honrado<span class="pagenum" id="Page_II-111">p. II-111</span> linaje
+no es de sospechar acción villana, y seguidme si os place.</p>
+
+<p>Recibió don Juan su espada, y tomó con el alcalde la vuelta para
+Valladolid. En el tránsito le dijo don Rodrigo que habiendo salido
+aquella noche a hacer su ronda, y entrando en el Campo Grande, le llamó
+la atención oír hacia el Carmen ruido de espadas, y que como aquel era
+el paraje en que a tales horas salían los caballeros irritados, había
+acudido a él, deseoso de evitar, como era su obligación, cualquier
+desgracia. Don Juan contestó que él había acudido allí para cierta
+cita, y que sobreviniendo impensadamente dos desconocidos, y queriendo
+arrojarle del sitio con brutal grosería, negándose él a hacerlo, le
+acometieron ambos, hiriéndole, como se deja ver; que habiendo advertido
+uno de sus enemigos que se aproximaba la justicia, y avisádoselo
+al otro, echaron ambos a huir; y que él, no teniendo motivo para
+hacerlo, permaneció firme allí hasta la llegada<span class="pagenum"
+id="Page_II-112">p. II-112</span> de la ronda. Por último, Vargas
+concluyó protestando que estaba pronto a seguir a don Rodrigo a la
+prisión, si a ella quería llevarle, pero que no le parecía justo se
+atropellase a un hombre principal por haber defendido su vida contra
+dos asesinos.</p>
+
+<p>Don Rodrigo Santillana, que era un buen magistrado, pero muy
+cortesano y ambicioso, aprovechó con gusto aquella ocasión de adquirir
+la poderosa protección de la familia de los Vargas, aunque bien conocía
+que era a expensas de lo que la justicia exigía, pues al cabo a don
+Juan se le había hallado a deshoras y casi en despoblado con la espada
+en la mano ensangrentada, y herido además. Su deber era retenerlo en
+prisión hasta averiguar su inocencia; su interés le aconsejaba creer en
+ella desde luego, y este, como sucede con frecuencia en tales casos,
+triunfó entonces también.</p>
+
+<p>El alcalde, pues, dio desde luego entero crédito a cuanto don Juan
+le dijo,<span class="pagenum" id="Page_II-113">p. II-113</span> y
+excusándose humildemente de haberse visto precisado a tratarlo al
+principio con poca cortesía, no solo le declaró que estaba libre, sino
+que quiso acompañarle, y le acompañó en efecto con toda su ronda hasta
+la puerta de la casa de su hermano el marqués. Verdad es que en esto
+último se encerraba también el designio de cerciorarse de que don Juan
+era realmente la persona que había dicho ser, lo que vio confirmado
+plenamente con el respeto con que los criados le recibieron.</p>
+
+<p>Finalmente, Vargas y Santillana se despidieron los mejores amigos
+del mundo, y con la promesa de volverse a ver muy presto. El primero se
+retiró a devorar sus penas en el silencio de su estancia, y el segundo
+a buscar con sus ministros en las calles de Valladolid algún plebeyo
+descarriado en quien compensar con el rigor la indulgencia excesiva que
+había usado con el noble capitán de caballos.</p>
+
+<figure class="figcenter mt3">
+ <img src="images/i_1p022.jpg"
+ style="width: 6em; height: auto;"
+ alt="Viñeta ornamental">
+</figure>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+<div class="chapter" id="Ch27">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_II-114">p. II-114</span></p>
+ <h3 class="g1 ws1">CAPÍTULO VII</h3>
+ <hr class="tir">
+
+ <div class="poetry-container smaller">
+ <div class="poetry">
+ <div class="stanza">
+ <div class="verse i0">Todo es ya por demás: ¿Qué soy ahora?</div>
+ <div class="verse idr">(Quintana: <i>Pelayo</i>).</div>
+ </div>
+ </div>
+ </div>
+</div>
+
+<p class="ti0">Rayaba el sol en el más alto punto de su diaria carrera
+iluminando con sus rayos las vastas llanuras de Castilla la Vieja,
+cuando por tercera vez pisó el suelo de Madrigal el enamorado y
+malcontento don Juan de Vargas, ocho días después de la noche en que
+después de los acontecimientos del Campo Grande le dejó en su casa el
+alcalde don Rodrigo Santillana.</p>
+
+<p>Empleó los siete primeros en hacer en todo Valladolid las más
+exquisitas diligencias para encontrar a su dama, recorriendo con este
+objeto cuantas posadas públicas o secretas él conocía, o sus amigos le
+indicaron; mas no solo no dio con ella, sino ni tampoco con el menor
+indicio<span class="pagenum" id="Page_II-115">p. II-115</span> de
+haberse aposentado en ninguna.</p>
+
+<p>Tan cautelosa manera de proceder, las relaciones de aquella mujer
+con los hombres que le atacaron en las inmediaciones del convento
+del Carmen y, sobre todo, su dependencia del pastelero Gabriel de
+Espinosa no podían menos de debilitar el ventajoso concepto que otras
+circunstancias le habían hecho formar de ella, y no hay duda de que,
+a no estar tan ciegamente enamorado, bastaran a separarle de ella
+enteramente. Pero ya en su posición, cada reflexión que le ocurría en
+contra de Inés no producía otro resultado que el de hacer más penoso
+su estado, exasperarle, por consiguiente, y llevarle a ser capaz
+de cometer los mayores excesos por salir pronto de la intolerable
+incertidumbre en que vivía.</p>
+
+<p>Vista, pues, la inutilidad de sus pesquisas en Valladolid, marchó
+a Madrigal, resuelto a obtener de Inés, si acudía a la ermita
+en cumplimiento de su<span class="pagenum" id="Page_II-116">p.
+II-116</span> oferta, explicaciones terminantes, y quedar de acuerdo
+con ella en unirse o separarse para siempre.</p>
+
+<p>La promesa que había hecho a fray Miguel de no dar paso ninguno en
+el asunto sin acudir a su mediación no fue parte para detenerlo, porque
+consideraba roto aquel pacto, y no sin fundamento, ya en virtud de
+haberse ausentado de Madrigal Inés durante su misma conferencia con el
+vicario, ya porque en el lance de Valladolid no veía más que un lazo
+tendido por Espinosa, quien, a juzgar por la estrecha amistad que con
+el fraile tenía, obraba de acuerdo con él.</p>
+
+<p>Con estas disposiciones entró don Juan en el mesón de Madrigal,
+y sin salir de él esperó la hora de la cita; pero amaestrado con la
+pasada, llevó en su compañía a Pedro, y así él como su criado cuidaron
+de ir prevenidos de armas de fuego.</p>
+
+<p>Aún era bastante la claridad del crepúsculo, cuando llegaron a la
+ermita,<span class="pagenum" id="Page_II-117">p. II-117</span> para
+permitirle registrar escrupulosamente las ruinas que fueron teatro
+de la aventura de su prisión; pero por más que hizo no pudo hallar
+vestigios de puertas, trampa ni entrada secreta alguna, de manera que
+el tal examen solo produjo la utilidad de entretener por algún tiempo
+su impaciencia.</p>
+
+<p>Por esta vez no se le hizo esperar mucho, pues pocos instantes
+después de la hora señalada se presentó, no Inés, sino el mulato
+Domingo, quien saludando con su acostumbrada aspereza le puso en las
+manos un pliego cuyo sobrescrito decía así:</p>
+
+<div class="blockquot">
+
+<p>«Al muy ilustre señor don Juan de Vargas, guarde Dios muchos
+años».</p>
+
+</div>
+
+<p>Abriolo sin tardanza aquel caballero, y halló que decía así:</p>
+
+<div class="blockquot">
+
+<p>«Señor don Juan: la persona a quien vuesa merced espera en las
+ruinas, ni está hoy en Madrigal, ni estará en algunos días. Escríbole
+estas letras para ahorrarle el trabajo de esperarla inútilmente,<span
+class="pagenum" id="Page_II-118">p. II-118</span> y para decirle que
+si desea tener noticias de ella, puede venirse por esta su celda, en
+donde sabe que siempre será recibido como quien viene a honrarla con su
+presencia. Y con esto queda rogando a Dios por la salud de vuesa merced
+su humilde servidor y menor capellán — <i>F. M.</i>».</p>
+
+</div>
+
+<p>Aunque la carta no llevaba más firma que estas dos iniciales, su
+contenido declaraba bien que el que la había escrito era el vicario
+de Santa María, y don Juan, no hallando otro partido que tomar, se
+decidió a aceptar la invitación que aquel le hacía, echando a andar
+inmediatamente para el monasterio.</p>
+
+<p>Domingo, así que entregó la carta, volvió la espalda, y mientras don
+Juan leía se metió en el pueblo.</p>
+
+<p>Recibió fray Miguel a don Juan con cordialidad y cortesía; pero
+Vargas, que en el fondo de su corazón estaba indignado con él, casi se
+le presentó con grosería. Debió sin duda de advertirlo el vicario, mas
+no se dio por entendido, y empezó a preguntarle<span class="pagenum"
+id="Page_II-119">p. II-119</span> por su salud con el mismo desembarazo
+que si el día antes se hubieran visto, y después de ello se puso a
+hablar del tiempo con admirable flema.</p>
+
+<p>—Todo eso está bueno —le interrumpió Vargas a breve tiempo—; pero mi
+venida no ha sido a hablar de materias indiferentes. A quien tan bien
+enterado está de mis negocios, no tengo necesidad de decirle cuanto
+me ha ocurrido desde que nos separamos, pues desde luego supongo lo
+sabría.</p>
+
+<p>—Así es la verdad.</p>
+
+<p>—Y probablemente lo sabría aun antes de sucederme.</p>
+
+<p>—En eso os engañáis, y me hacéis una cruel injusticia...</p>
+
+<p>—Sea en buen hora. Tampoco he venido a discutir esa materia. Lo que
+me importa es saber las noticias que habéis prometido darme.</p>
+
+<p>—Y lo cumpliré.</p>
+
+<p>—A eso aguardo.</p>
+
+<p>—Primero tengo que exigir del señor don Juan la promesa formal de
+someterse a ciertas condiciones.</p>
+
+<p>—Veámoslas.</p>
+
+<p>—Primeramente guardar inviolable secreto sobre cuanto yo le
+revele, o en consecuencia<span class="pagenum" id="Page_II-120">p.
+II-120</span> de ello descubriere hoy, mañana o en cualquier tiempo.</p>
+
+<p>—Aceptada.</p>
+
+<p>—¿Lo juráis?</p>
+
+<p>—Por mi honor y esta cruz.</p>
+
+<p>—En segundo lugar perdonar de aquí para delante de Dios a los dos
+hombres que os acometieron la noche del domingo pasado, renunciando a
+toda idea de venganza, y mirándolos como amigos si necesario fuese.</p>
+
+<p>—Fray Miguel, ¿sabéis la villanía que usaron conmigo? ¿Sabéis...?</p>
+
+<p>—Todo lo sé.</p>
+
+<p>—¿Y podéis aprobar tal infamia?</p>
+
+<p>—No permita el Señor que en mi pecho se abriguen semejantes
+sentimientos. No, señor don Juan: aquel desventurado lance me ha
+costado muchas lágrimas, y me las hubiera hecho derramar eternas
+si os costara la vida. Pero creedme, no hubo en él premeditación.
+Acontecimientos inevitables os hicieron encontrar con aquellos hombres:
+lo demás fue obra del espíritu maligno, que no desperdicia ocasión para
+perder a los hijos de Adán. ¿Os resolvéis, pues, a perdonar?</p>
+
+<p>—Padre vicario, mirad lo que<span class="pagenum"
+id="Page_II-121">p. II-121</span> pedís.</p>
+
+<p>—Lo que como cristiano debéis hacer.</p>
+
+<p>—Perdonados están.</p>
+
+<p>—¿Y prometéis también no renovar el duelo?</p>
+
+<p>—Siempre que no se me provoque a ello de nuevo. Si este caso
+llegara, sé lo que el honor exige de un caballero, y no dejara de
+hacerlo si mi padre saliera de la tumba solo para rogármelo.</p>
+
+<p>—Funesta preocupación la del honor, que os hace hollar los más
+santos preceptos de la religión...</p>
+
+<p>—Padre vicario, dejemos este punto: yo seguiré vuestra opinión a
+ciegas cuando se trate de teología; en materias de esta especie, fiaos
+a mí, que yo sé lo que he de hacer. Os repito que no tiraré la espada
+contra esos hombres si a ello no me provocan. Ved si esto os parece
+bastante, y por Dios vamos a lo que importa.</p>
+
+<p>—Consiento en recibir vuestra promesa tal como la hacéis. Resta
+que os convengáis a mirarlos como vuestros amigos si la ocasión se
+presentase de ser así necesario.</p>
+
+<p>—¿Y quien decidirá que así sea?</p>
+
+<p>—Inés; vos mismo.</p>
+
+<p>—Prometido también.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_II-122">p. II-122</span></p>
+
+<p>—Restan ahora dos únicas condiciones, pero son las más
+importantes.</p>
+
+<p>—Y bien; decidlas.</p>
+
+<p>—Se os va a confiar un gran secreto, pero no en todas sus partes
+por ahora. ¿Ofrecéis que contentándoos con saber lo que se os diga, no
+trataréis en manera alguna de averiguar el resto?</p>
+
+<p>—Sí, ofrezco.</p>
+
+<p>—Lo último a que os queda que comprometeros es a renunciar para
+siempre a Inés...</p>
+
+<p>—Jamás.</p>
+
+<p>—Escuchadme.</p>
+
+<p>—No, en eso no hablemos.</p>
+
+<p>—Señor don Juan, permitidme que acabe, y responded después lo que
+gustéis. Es preciso, pues, que prometáis renunciar para siempre a Inés,
+pero en el caso que no os convenga el medio que ella misma os propondrá
+para llegar a ser su esposo.</p>
+
+<p>—Si yo me negare a ello, desde luego consiento en renunciar a
+Inés.</p>
+
+<p>—Olvidando, si es posible, hasta que la habéis conocido, cesando
+de seguirla, de mezclarse en sus operaciones, y de averiguar su
+paradero.</p>
+
+<p>—A todo me obligo.</p>
+
+<p>—¿A fe de caballero y de cristiano?</p>
+
+<p>—Por mi honor<span class="pagenum" id="Page_II-123">p.
+II-123</span> y mi religión lo juro ante ese divino Señor que está
+sobre vuestra mesa. Y si no lo cumpliere, téngaseme por indigno de
+mi noble nacimiento y en la hora de la muerte se me demande ante el
+Todopoderoso.</p>
+
+<p>—Amén.</p>
+
+<p>—¿Queréis más?</p>
+
+<p>—No; basta lo hecho.</p>
+
+<p>—Cumplid ahora vuestra promesa.</p>
+
+<p>—Voy a hacerlo.</p>
+
+<p>Entonces el fraile, levantándose de su asiento, se dirigió a la
+puerta de un retrete que en la celda había, y abriéndolo salió de él
+Gabriel de Espinosa.</p>
+
+<p>Ya se deja conocer cuál sería la sorpresa de Vargas con la aparición
+de aquel personaje, a quien estaba lejos de esperar. Estaba en pie y
+descubierto delante del crucifijo de la mesa del vicario, con la mano
+derecha aún puesta sobre el puño de la espada, cuando fray Miguel
+abrió la puerta del retrete, y así permaneció, sin que la multitud de
+diversos pensamientos que le asaltaron al ver al pastelero le diera
+lugar a variar de postura, ni a proferir una sola palabra.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_II-124">p. II-124</span></p>
+
+<p>Gabriel, envuelto en su capa, con su ancho sombrero calado hasta las
+cejas, y con aire aún más grave que de ordinario acostumbraba, salió de
+su escondite a paso lento, y ocupando el sillón del vicario, colocado
+este a su lado en pie, empezó a hablar sin descubrirse la cabeza ni
+hacer otro movimiento que el de dejar caer el embozo de la capa lo
+bastante para poder explicarse fácilmente.</p>
+
+<p>—Señor don Juan —dijo—, desgracias inauditas y continuadas han
+reducido muchos años, y reducen aun hoy, a ocultar su nombre y persona
+al que estáis viendo y nació muy lejos de la humilde condición en que
+le habéis conocido.</p>
+
+<p>»Desde que por la vez primera me visteis, mi persona debió de
+llamaros la atención, pues me seguisteis obstinadamente, a pesar de que
+yo, teniendo graves motivos para desear no ser conocido por entonces,
+y creyendo, a causa de ignorar quién erais, que fueseis un espía de
+mis<span class="pagenum" id="Page_II-125">p. II-125</span> enemigos,
+hice cuanto pude por evitar vuestras miradas.</p>
+
+<p>Aquí Espinosa, como si hasta entonces no hubiera advertido que tanto
+Vargas como el vicario estaban en pie, se dirigió a ambos diciéndoles
+gravemente:</p>
+
+<p>—Sentaos.</p>
+
+<p>Uno y otro obedecieron, lo que de parte del fraile no parecía
+extraño, mas sí de la de don Juan, quien, sin poderlo él mismo
+comprender, se sentía humillado en presencia del singular pastelero.
+Este, después que tuvo a su auditorio sentado, continuó su interrumpido
+discurso de esta manera.</p>
+
+<p>—Desde entonces acá he tenido justos motivos de rectificar mi
+primera opinión. He visto en vos un caballero valiente, generoso, y
+perseverante en sus designios; y creed lo que os digo, pues si bien
+la lisonja me ha cegado más de una vez en otros tiempos, ya por mi
+posición, ya por mi carácter personal, jamás han pronunciado mis
+labios una palabra de alabanza sin que el corazón sintiera<span
+class="pagenum" id="Page_II-126">p. II-126</span> más acaso de lo que
+la lengua decía.</p>
+
+<p>»Pero estas mismas prendas recomendables que yo conocía en vos,
+señor caballero, me retraían de comprometeros en una empresa, aunque
+justa, aventurada y sobradamente peligrosa, en la cual por interés
+personal y por obligación os veréis empeñado uniendo vuestra suerte a
+la de Inés.</p>
+
+<p>»Incapaz, como lo soy, de cometer una villanía, tampoco la hubiera
+creído ni la creo de vos: así, pues, días ha que os hubiera enterado de
+todos mis secretos, sin otra precaución que la de encargaros el sigilo,
+seguro de vuestra honradez; pero la seguridad de muchos y muy fieles
+amigos, las reglas de la prudencia, y los consejos de personas que
+acaso se interesan tanto en vuestro bien como en el mío, me han movido
+a exigir de vos por medio de fray Miguel las promesas que acabáis de
+hacer solemnemente.</p>
+
+<p>»Ni el tiempo ni el lugar son ahora a propósito para revelaros quién
+yo sea.<span class="pagenum" id="Page_II-127">p. II-127</span> Básteos
+saber que nací caballero; que mi casa es ilustre, algunos de mis hechos
+gloriosos, y mi fortuna tan escasa que de noble y principal me ha
+reducido a humilde pastelero.</p>
+
+<p>»Contando con el favor de Dios y la fidelidad de mis amigos, en cuyo
+número espero contaros muy en breve, tardará poco acaso el día en que
+recobre mi ser primero: entonces, señor don Juan, yo os aseguro que
+no tendréis motivo de arrepentiros de haberme conocido. Este pliego
+(enseñándole uno sellado), que os prohíbo abráis hasta hallaros en
+Valladolid, os instruirá de parte de lo que deseáis saber, y os pondrá
+en disposición de enteraros del resto.</p>
+
+<p>»Recordad vuestras promesas, y cumplídmelas religiosamente. Ahora
+tomad inmediatamente el camino de Valladolid. Nada más tengo que
+deciros. Guárdeos el cielo.</p>
+
+<p>Acabando de hablar se puso en pie, entregó a fray Miguel el pliego,
+y después<span class="pagenum" id="Page_II-128">p. II-128</span>
+de haberlo recibido, este también de pie, y haciendo una profunda
+reverencia, salió Gabriel de la celda sin dignarse siquiera volver la
+cabeza para ver el efecto que sus palabras habían producido en don Juan
+de Vargas, quien, absorto con cuanto le pasaba, ni quería responder, ni
+aun cuando hubiera querido acertara a hacerlo.</p>
+
+<p>Luego que Espinosa salió del aposento, entregó fray Miguel el pliego
+a don Juan, y este, recibiéndolo maquinalmente, empezó a volverle
+entre las manos, en tanto que sus ojos, fijos en el suelo, denotaban
+claramente que aún no se había recobrado de su primera sorpresa.</p>
+
+<p>No le pareció al vicario hablarle por el momento, sino quiso que por
+grados se fuese él mismo serenando, y luego que conoció, al cabo de
+algunos minutos, que esto iba verificándose, le preguntó:</p>
+
+<p>—¿Y bien, señor don Juan, no pensáis<span class="pagenum"
+id="Page_II-129">p. II-129</span> en pasar hoy a Valladolid?</p>
+
+<p>—¿A Valladolid —respondió Vargas como si despertase de un sueño—, a
+qué?</p>
+
+<p>—¿A qué? A lo que con tanta ansia deseabais no hace mucho.</p>
+
+<p>—Sí; a ver a Inés sin duda. Este pliego dirá dónde se halla, ¿no es
+verdad, padre vicario?</p>
+
+<p>—Recordad nuestro convenio, y nada me preguntéis.</p>
+
+<p>—Sí; es cierto. Nada debo preguntar verdaderamente: jamás hombre se
+habrá visto en tan extraña situación. ¡Cómo ha de ser! Mi estrella lo
+quiere así.</p>
+
+<p>—No os desaniméis; estos misterios tardarán poco en cesar; la
+justicia triunfará, y entonces...</p>
+
+<p>—Inés será mía.</p>
+
+<p>—Vuestra será si vos queréis, señor don Juan...</p>
+
+<p>—¿Si yo quiero? Fray Miguel, adiós: vea yo Inés, y entonces
+conoceréis si hay nada difícil para mí tratándose de obtener su
+mano.</p>
+
+<p>—El cielo os sea propicio en vuestro viaje.</p>
+
+<p>Así que don Juan salió de la celda, la fisonomía naturalmente
+grave del vicario tomó un aire de contento y satisfacción<span
+class="pagenum" id="Page_II-130">p. II-130</span> que pocas veces se
+dejaba ver en ella, y frotándose las manos exclamó:</p>
+
+<p>—Con este ya se puede contar hasta la muerte: ¡por qué no estarán
+todos enamorados, y nuestro triunfo sería seguro!</p>
+
+
+<p class="fin">FIN DEL TOMO SEGUNDO</p>
+
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+<div class="chapter" id="ToC">
+ <h2 class="nobreak g1 ws1">ÍNDICE</h2>
+ <hr class="tir">
+</div>
+
+<table class="toc">
+ <tr>
+ <td>&nbsp;</td>
+ <td class="tdcb smaller bb">Páginas</td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl pt05">TOMO I</td>
+ <td class="tdr pt05"><a href="#Ch1">I-<span class="asc">i</span></a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl pt05">Introducción</td>
+ <td class="tdr pt05"><a href="#Ch10">I-<span class="asc">vii</span></a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl">Capítulo primero</td>
+ <td class="tdr"><a href="#Ch11">I-1</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl">Capítulo II</td>
+ <td class="tdr"><a href="#Ch12">I-23</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl">Capítulo III</td>
+ <td class="tdr"><a href="#Ch13">I-47</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl">Capítulo IV</td>
+ <td class="tdr"><a href="#Ch14">I-71</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl">Capítulo V</td>
+ <td class="tdr"><a href="#Ch15">I-103</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl pt1">TOMO II</td>
+ <td class="tdr pt1"><a href="#Ch1">II-<span class="asc">i</span></a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl pt05">Capítulo primero</td>
+ <td class="tdr pt05"><a href="#Ch21">II-1</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl">Capítulo II</td>
+ <td class="tdr"><a href="#Ch22">II-25</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl">Capítulo III</td>
+ <td class="tdr"><a href="#Ch23">II-36</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl">Capítulo IV</td>
+ <td class="tdr"><a href="#Ch24">II-61</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl">Capítulo V</td>
+ <td class="tdr"><a href="#Ch25">II-76</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl">Capítulo VI</td>
+ <td class="tdr"><a href="#Ch26">II-96</a></td>
+ </tr>
+ <tr>
+ <td class="tdl">Capítulo VII</td>
+ <td class="tdr"><a href="#Ch27">II-114</a></td>
+ </tr>
+</table>
+
+<hr class="chap">
+
+
+<hr class="full">
+
+</div>
+<div style='text-align:center'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 75973 ***</div>
+</body>
+</html>
+
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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Binary files differ
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+This book, including all associated images, markup, improvements,
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+in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES.
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+Project Gutenberg (https://www.gutenberg.org) public repository for
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