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+
+*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 75614 ***
+
+
+NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
+
+ * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han
+ convertido a MAYÚSCULAS.
+
+ * Los errores de imprenta han sido corregidos.
+
+ * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
+ las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
+
+ * Las rayas intrapárrafos han sido espaciadas según los modernos
+ usos ortotipográficos. La puntuación también ha sufrido ligeros
+ retoques para su modernización.
+
+ * Las cartas y misivas se presentan sangradas para mejor distinguirlas
+ de otros entrecomillados.
+
+
+
+
+EPISODIOS NACIONALES
+
+MENDIZÁBAL
+
+
+
+
+ Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán
+ furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.
+
+
+
+
+ B. PÉREZ GALDÓS
+ EPISODIOS NACIONALES
+ TERCERA SERIE
+
+ MENDIZÁBAL
+
+ 15.000
+
+ MADRID
+ PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA
+ (Sucesores de Hernando)
+ Arenal, 11
+ 1906
+
+
+
+
+ EST. TIP. DE LA VIUDA E HIJOS DE TELLO
+ IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.
+ C. de San Francisco, 4.
+
+
+
+
+MENDIZÁBAL
+
+I
+
+
+Al anochecer de aquel día, el _no sé cuántos_ de septiembre del año
+35 (siglo XIX), llegó puntual al parador de _no sé qué_, calle de
+Alcalá, entre la Academia y las Monjas Vallecas, la diligencia, galerón
+o quebrantahuesos ordinario de Zaragoza, que traía los viajeros de
+Francia por la vía de Olorón y Canfranc, único portillo que dejaban
+libre en aquellos tristes días los porteros del Pirineo, _vulgo_
+facciosos.
+
+No bien pararon las ruedas del polvoriento armatoste, fue cercado de
+gentes diversas: por una parte, familia o amigos de los pasajeros; por
+otra, intrusos, ganchos o buscones enviados por fondas y posadas. Con
+este contingente y los viajeros que iban bajando perezosos, según les
+permitían sus remos entumecidos, se formó al instante un apelmazado y
+bullicioso grupo. Produjéronse rumores diferentes: aquí salutaciones
+cariñosas; allí el restallido del besuqueo y los palmetazos del
+abrazarse; acullá ofertas importunas de pupilajes cómodos y baratos.
+Entre tantos viajeros, solo uno no tenía quien le esperase: nadie se
+cuidaba de él ni le decía _por ahí te pudras_, como no fueran los
+moscones de las casas de huéspedes. Era el tal un joven de facciones
+finas y aristocráticas, ojos garzos, bigotillo nuevo, melena rizosa y
+negra, que sería bonita cuando en ella entrara el peine y se limpiara
+del polvo del camino. Su talle sería sin duda airoso cuando cambiara el
+anticuado y sucio vestidito de mahón por otro limpio, de mejor corte.
+En lo más claro del grupo quedose como atontado palomino, contemplando
+el bullanguero tropel de gente descuidada y ociosa que por la calle a
+tales horas discurría. ¡Pobrecillo! Solo y sin maestro ni amigo a quien
+arrimarse, se lanzaba en aquel confuso laberinto; sin duda entraba
+gozoso y valiente, con la generosa ansiedad del mozuelo de veinte años
+a quien ha quitado el sueño y las ganas de comer, en las aburridas
+soledades de la aldea, la visión de la corte y de sus placeres y
+grandezas, tal y como las aprecian desde lejos los que empiezan a
+vivir, los que se hallan en pleno retoñar de ideas tempranas, producto
+fresco de las primeras lecturas, de las primeras pasiones, de la
+ambición primera, que tanto se parece a la tontería.
+
+Embobado, como digo, estaba el hombre, contemplando el ir y venir de
+vagos bien vestidos, cuando le hizo volver en sí una voz bronca y
+desapacible que en el corro gritaba:
+
+—¡Don Fernando Calpena! ¿Quién es don Fernando Calpena?
+
+—No vocee usted tanto, que yo soy —dijo el mancebo, un tanto
+asustadico—. ¿Qué se le ofrece?
+
+—Véngase conmigo, señor —replicó el otro, como sin ganas de entrar
+en explicaciones—. Tengo el encargo de llevar a usted a una casa de
+huéspedes.
+
+—¿Encargo?, ¿de quién?... ¿Se puede saber?
+
+—Del señor don Manuel, el segundo jefe de la Superintendencia.
+
+—¿Don Manuel?... A fe que no le conozco.
+
+Recordando haber oído ponderar lo que abundan en Madrid los ladrones,
+pícaros y toda la caterva de gente perdida y maleante, tuvo Fernandito
+algo de miedo, y miró con recelo al que parecía, si no protector,
+mensajero de desconocidas influencias tutelares; y en verdad que el
+pelaje, la carátula y el vocerrón de aquel sujeto no eran para infundir
+tranquilidad. El desconocido distinguiríase entre mil por la pátina
+de su cara sudosa, afeitada de ocho días; por los ojos ribeteados de
+bermellón; por la boca desmedida y los labios con hemorroides; por los
+ojos de carnero moribundo; por la ropa, que habría sido decente en otro
+cuerpo y en remotas edades; por el sombrero de copa, que su oficio le
+obligaba a usar, y era de catorce modas atrasado. Rasgo final: usaba
+bastón de nudos con gruesa cachiporra.
+
+—¿Y el equipaje del señor...?
+
+—Ya lo han bajado... Vea usted aquel baúl largo, forrado de cabra...,
+así, con poco pelo... No podremos llevarlo hasta que no me lo despachen
+los de la Aduana.
+
+—¡Los de la Aduana! —exclamó con visible desdén el de la cachiporra—.
+¡Pues no faltaría más sino que abrieran el cofre del señor!... Traigo
+bula para que den paso franco a todo.
+
+Y al punto se metió por lo más apretado del grupo, repartiendo codazos
+a un lado y otro; llegándose al de la Aduana, le dijo no sé qué
+frasecillas enigmáticas, y no fue preciso más para que el equipaje del
+señor de Calpena quedase libre y exento de toda impertinencia fiscal.
+Un momento después don Fernando y su acompañante, precedidos de un mozo
+de cuerda con el baúl a cuestas, se alejaban del parador calle abajo.
+
+—Estamos a cuatro pasos del domicilio, señor. Esta calle por donde
+ahora entramos es la _Angosta de Peligros_... Aquella de enfrente es
+_Ancha_ de lo mismo, a saber: de los peligros. Váyase enterando si,
+como parece, es esta la primera vez que viene a los Madriles.
+
+—Es la primera vez... Por más que rebusco en mi memoria —dijo el don
+Fernando caviloso y otra vez inquieto—, no caigo en quién pueda ser ese
+don Manuel que ha dado a usted el encargo de recibirme y alojarme.
+
+—Don Manuel de Azara.
+
+—¿De Azara?... Ese apellido me suena, sí, me suena..., pero... vamos,
+que no le conozco ni le he visto en mi vida, así Dios me la conserve.
+Y usted..., ¿tendría la bondad de decirme su gracia?
+
+—Mi gracia, como quien dice, mi nombre es Filiberto Muñoz. Aunque nací
+en Consuegra, soy orundio de Extremadura, y...
+
+—O me equivoco mucho, o es usted de la policía.
+
+—En ella serví durante los _tres años_; pero en la _ominosa década_,
+como decimos por acá, quedé cesante, y tuve que arrimarme a los teatros
+y a la compañía de Luna para poder vivir malamente. El 33, no quería
+reconocer el gobierno la tropelía que se había hecho conmigo; pero
+fui repuesto, gracias a que me agarré a los faldones de mi paisano
+don Manuel José Quintana, de cuyos padres el mío..., mi padre quiero
+decir..., era muy amigo..., o más claro, que le castraba los cochinos,
+con perdón de usía... Ea, ya entramos en la calle de Caballero de
+Gracia, donde está su alojamiento. Por aquí, señor. Es aquella casa
+donde está el reverbero..., dos puertas más allá del quitamanchas.
+Ya estamos. El portal es antiguo, pero muy decente, y en él no está
+permitido hacer aguas, porque en el principal vive el dueño, que es un
+señor consejero, pariente del señor Subdelegado, ya sabe... Olózaga.
+
+Subieron al segundo piso y penetraron en la casa, que era de las
+llamadas de huéspedes, decentísima, lo mejor del ramo, pues en ella no
+se entraba más que por recomendación, y rara vez pasaba de cuatro el
+número de los favorecidos. Recibioles afablemente el dueño, que ya
+esperaba al señor de Calpena, y le llevó derechamente a la habitación
+que preparada para él tenía. Hallose el joven en un gabinete muy
+lindo, en aquellos tiempos casi lujoso, con alcoba estucada, buenos
+muebles... Vamos, que creía ser víctima de un error; que le habían
+tomado por otro; que aquel hospedaje y el servicio del polizonte y todo
+lo que le ocurría no era por él ni para él. Pero mientras el error
+durara, juzgaba práctico aprovecharse. Adelante, pues, con la aventura;
+siguiera el _quid pro quo_, que tiempo habría de que el acaso o la
+realidad lo deshicieran.
+
+Mostrole el patrón todas las partes del aposento, diciéndole:
+
+—Tengo mi casa montada a la inglesa, conforme a los últimos adelantos.
+Vea usted...: cordón para tirar de la campanilla; lavabo con su cubo,
+jofaina y demás; alfombrita delante de la cama; percha con su cortina
+para resguardar del polvo la ropa...; en fin, progreso, finura. Y como
+punto céntrico, no hallará usted nada mejor que esta casa. Aquí está
+usted cerca de todo. Dos pasos más arriba, la Red de San Luis con
+tanto comercio. En la calle de atrás, la fonda de Genieys; más abajo
+el Carmen Descalzo, donde tiene usted misa a todas horas. En la calle
+de Alcalá, que es a dos pasos, las Señoras Calatravas, las Señoras
+Vallecas, la Embajada inglesa... En fin, cerca tenemos también las
+_Niñas de Leganés_..., la casa de las _Siete chimeneas_, que por mi
+cuenta son ocho, y cuanto bueno hay en Madrid... Para que nada falte,
+en esta misma calle tiene usted la casa de baños de Monier, que es,
+según dicen, de las mejores de Europa, como que en ella por seis reales
+puede un cristiano lavarse... de cuerpo entero.
+
+Encantado de su vivienda y de su barrio estaba el buen don Fernando, y
+aunque ignoraba de dónde y de quién le venían tantas dichas, iba muy
+a gusto en el machito, y no pensaba más que en arrear en él mientras
+durase la ganga. Por de pronto, urgía pagar al mozo; y en cuanto al
+desconocido que salió a encontrarle, no parecía hombre que desdeñara
+una gratificación si delicadamente se le ofrecía. De ambas cosas habló
+don Fernando a su hospedero, el cual, con aires de gran señor, le
+contestó que todo estaba pagado, y que el señor de Calpena no tenía que
+ocuparse de nada, como no fuera de pedir por aquella boca cuanto le
+dictasen su necesidad y sus antojos.
+
+«Pues, señor —dijo para sí el mancebo, después de dar las gracias—, sin
+duda estoy soñando, o me equivoqué de camino, y en vez de ir a Madrid,
+me he metido en Jauja. Porque esto de que le reciban a uno desconocidos
+emisarios del diablo o de las mismísimas hadas, y le saquen el equipaje
+sin registrar, y le traigan a este lindo aposento, y no cobren nada,
+y desaparezcan por escotillón mozos y servidores cuando uno echa mano
+al bolsillo para darles la propina..., esto, vamos, esto que a mí me
+pasa no le ha pasado a ningún nacido en sus primeros pasos por una
+capital grande o chica. Aquí hay algo, y vuelvo a temer que, tras de
+tantas venturas, venga una triste y quizás trágica sorpresa. Mucho ojo,
+Fernando, y trata de sondear al patrón, que tal vez posea la clave del
+acertijo».
+
+—Siento mucho —dijo en voz alta, sentándose en la butaca y observando a
+su patrón de los pies a la cabeza— que haya usted dejado marchar a ese
+hombre sin que yo le dé una gratificación por haberme traído aquí.
+
+—Déjele usted, que ya, ya se la darán, y más de lo que merece.
+
+—¿Pero quién, por Cristo?... ¿Por quién vengo yo aquí? ¿En qué manos
+estoy?
+
+—En buenas manos, caballero —afirmó el patrón con sonrisa tan benévola
+y franca que el desconcertado joven no tuvo más remedio que creerle.
+
+—Ese sujeto, ¿es de la policía?
+
+—Sí, señor.
+
+—¿Y por mandato de quién sale a mi encuentro la policía?
+
+—No sé, señor... Yo que usted, francamente, me cuidaría de coger la
+fruta que me cae entre las manos, sin meterme en averiguar quién plantó
+el árbol que la da tan rica.
+
+Calló don Fernando, sin dejar de mirar a su aposentador como se mira un
+jeroglífico.
+
+—Ese hombre se llama Muñoz...
+
+—Y por mal nombre _Edipo_, porque fue, según dicen, del teatro...
+
+—Pues, la verdad, me disgusta que se haya ido sin que yo le dé
+siquiera las gracias, sin obtener de él una explicación de este
+misterio... ¿Quién le mandó?... ¿Cómo sabía mi llegada, mi nombre?
+
+—Él lo explicará cuando vuelva, señor...
+
+—Al menos, me dirá usted, como dueño de la casa, qué tengo que pagarle
+por este cuarto —añadió Calpena impaciente y un tanto nervioso—. Podría
+ser que el precio fuese superior a mis recursos y tuviera yo que buscar
+alojamiento más arreglado.
+
+—Si por más arreglado entiende más barato, caballero, no lo encontrará
+ni en los cuernos de la luna, que el colmo de la baratura es el no
+pagar nada. Quiero decir que...
+
+—¿Pero quién, señor?... Esto me vuelve loco... ¿Se ríe usted? O juega
+conmigo, o aquí hay gato encerrado.
+
+—¡Encerrado... aquí! Yo le juro al señor que el único que tenemos en
+casa, y se llama _Zumalacárregui_, es un gato de buena crianza, que no
+se mete a deshora en las habitaciones de mis huéspedes.
+
+—Ya que no otra cosa —indicó don Fernando, rindiéndose a la bondad
+marrullera del patrón—, dígame usted su gracia, y...
+
+—Mi gracia es Mendizábal...
+
+Al oír este nombre se le crisparon los nervios al joven forastero,
+que se puso en pie, acercándose al dueño de la casa para verle mejor
+y examinarle. Era este de espigada estatura, representando cincuenta
+años, de rostro agradable, con patillitas, corbatín, el cuerpo
+enfundado en un levitón alto de cuello y larguirucho de faldones.
+Al verle reír, entró más en cuidado Calpena, y se aumentaron las
+confusiones que desde su novelesca entrada en la Villa del Oso
+embargaban su espíritu.
+
+—Me río porque..., verá usted —dijo el patrón—. No es que yo me llame
+propiamente Mendizábal. Mi apellido es Méndez. Pero como el señor
+don Juan Álvarez y Méndez, el grande hombre que ha venido de las
+Inglaterras a meternos en cintura y a salvar al país, se ha variado el
+nombre, poniéndose _Mendizábal_, que tan bien suena, yo...
+
+—Usted, por no ser menos..., ya.
+
+—Y digo más: bien podría resultar que don Juan de Dios Álvarez y un
+servidor de usted fuéramos parientes, pues Méndez somos los dos: él
+hijo de Cádiz, yo de San Roque, frente a Gibraltar. ¿Quién me asegura
+que no seamos ramas del mismo tronco? Porque eso que cuentan de que
+el señor Álvarez y Méndez no viene de casta de cristianos viejos, es
+calumnia, señor; cosas que inventa la maldad del absolutismo para
+rebajar a los patriotas... En fin, que como mis compañeros de oficina
+ven en mí a un partidario furibundo del señor ministro nuevo, me han
+puesto el remoquete de Mendizábal, y así me dejo llamar, y me río...,
+me río...
+
+
+
+
+II
+
+
+—Según eso, es usted empleado.
+
+—Para todo lo que el señor guste mandarme, me tiene de portero en el
+Ministerio de Hacienda. Miliciano nacional de artillería en el glorioso
+trienio, fui colocado por el señor Feliú. Quedé cesante el 23. Diez
+años después, me repuso el señor don Francisco Javier de Burgos, que
+entró en Fomento el 21 de octubre del 33. En 7 de febrero del año
+siguiente pasé a Hacienda con el señor don José de Imaz; me conservó
+en mi puesto el señor conde de Toreno, que entró el 15 de junio, y
+allí me tiene usted... Pero estoy entreteniendo al señor más de lo
+regular, sin pensar que se aproxima la hora de la cena. Antes querrá
+quitarse el polvo del camino y lavarse cara y manos. Voy por agua, pues
+creo que tenemos el jarro vacío... Efectivamente... ¡Y tanto que les
+encargué...! ¡Cayetana!... ¡Delfina!
+
+Salió presuroso, llamando a su esposa e hija, y a poco se presentaron
+estas con el agua y toallas limpias. Era la patrona regordeta y
+vivaracha, bastante más joven que su marido; mala dentadura, pecho
+vacuno, que el corsé levantaba a las alturas de la garganta; el habla
+gallega, manos de cocinera. La niña, tímida y rubicunda, habría sido
+muy bonita si no torciera terriblemente los ojos. Precedíalas el
+risueño padre, que, al presentar a la familia, volvió a soltar la vena
+de su verbosidad.
+
+El señor don Fernando traería, según él, buen apetito. Pronto se le
+serviría la cena... Casa más sosegada no se encontraba en todo Madrid,
+y como no admitían sino huéspedes recomendados, nunca tenían más de
+cinco o seis, y a la sazón, por ser verano, tan solo dos, sin contar
+al señor don Fernando, los cuales eran personas de mucho asiento y
+formalidad. A la hora de la cena les conocería el nuevo huésped, y
+trabaría con uno y otro sujeto relaciones cordiales... Dejáronle al fin
+para que se lavase, y despojado de su trajecito de mahón, se ocupó el
+huésped en sacar del baúl la única ropita decente que traía, y camisa
+y corbata, para vestirse con toda la decencia compatible con su escaso
+peculio. Durante las operaciones de lavoteo y vestimenta no cesaba de
+pensar en la ventura inesperada y misteriosa con que entraba en Madrid,
+y entre otras cosas que habrían revelado su confusión si las pasara del
+pensamiento a los labios, se dijo:
+
+«Es mucho cuento este. Se empeña uno en ser clásico, y he aquí que
+el romanticismo le persigue, le acosa. Desea uno mantenerse en la
+regularidad, dentro del círculo de las cosas previstas y ordenadas, y
+todo se le vuelve sorpresa, accidentes de poema o novelón a la moda,
+enredo, arcano, _qué será_, y manos ocultas de deidades incógnitas, que
+yo no creí existiesen más que en ciertos libros de gusto dudoso...
+Pues, señor, veamos en qué para esto, y Dios quiera que pare en
+bien. No las tengo todas conmigo, ni me resuelvo a entregarme a esta
+felicidad que me sale al encuentro abriéndome los brazos, pues suelen
+los salteadores de caminos disfrazarse de personas decentes y benéficas
+para sorprender mejor a los viajeros. Vigilemos, vivamos alerta...».
+
+Cenando migas excelentes con uvas de albillo, peces del Jarama fritos,
+y chuletas a la _papillote_, hizo conocimiento con los dos huéspedes
+que la suerte le deparaba por compañeros de vivienda, y en verdad
+que tal conocimiento fue un nuevo halago de la escondida divinidad
+que tan visiblemente le protegía, porque ambos eran agradabilísimos,
+instruidos, graves y de perfecta educación. El uno frisaba en los
+cincuenta años, y en las primeras frases del coloquio se declaró
+manchego y patriota. Su locuacidad no molestaba; antes bien, instruía
+deleitando, porque narraba los sucesos y exponía las opiniones con
+singular donaire y una prolijidad pintoresca. Debía de tener muchas y
+buenas amistades con personas en aquel tiempo de gran viso, porque al
+nombrarlas empleaba casi siempre formas familiares.
+
+Cuando Delfinita le servía las truchas, volviose a ella con viveza,
+diciéndole:
+
+—No me han enterado ustedes de que hoy estuvo aquí Salustiano dos veces.
+
+—¡Ah!, sí..., no me acordaba... —replicó la niña de la casa—. ¡Y que no
+se puso poco enojado la segunda vez, porque usted no estaba!
+
+—¡Si ya le he visto, criatura! Por fin dio conmigo en el Café Nuevo,
+donde me había citado mi tocayo Nicomedes para leerme dos artículos de
+filosofía, una comedia en verso y un proyecto de Constitución...
+
+—Dispénseme —dijo Calpena, que pronto empezó a tomar confianza—: ese
+Salustiano, ¿es Olózaga?
+
+—El mismo. Le nombran gobernador de Madrid...
+
+—Subdelegado —apuntó el otro huésped, de quien se hablará después—, que
+así se llaman ahora.
+
+—Tanto monta, amigo Hillo... La denominación que se adoptará como
+definitiva es la de _jefes políticos_. Por de pronto, empleemos la
+acepción que más fácilmente comprende el pueblo: _gobernadores_...
+Pues pretende Salustiano llevarme de secretario; pero... no en mis
+días. Mientras yo no vea clara la situación, mientras no vea un
+Gabinete decidido a marchar adelante, siempre adelante, enarbolando
+resueltamente la bandera del progreso, no me cogen, no me cogen...
+Nicomedes piensa lo mismo...
+
+—Oí decir esta tarde en el despacho de los toros —indicó tímidamente el
+segundo huésped— que sería secretario ese joven, tocayo de usted, que
+acaba de citar... Pastor.
+
+—Atrasados están de noticias en el despacho de toros, mi querido Hillo.
+Será secretario del Gobierno de Madrid mi amigo Manolo Bretón.
+
+—¿El poeta..., el autor de _Marcela_? —preguntó Calpena con vivo
+interés.
+
+—El mismo. Y añadiré que a mí me lo debe —afirmó con cierta fatuidad de
+buen tono el que llamamos _primer huésped_, y ahora don Nicomedes.
+
+Conviene declarar, ante todo, que no es Pastor Díaz. El huésped de la
+casa de Méndez no ha pasado a la historia, aunque en verdad lo merecía,
+por la agudeza de su entendimiento y la variedad de sus estudios. Menos
+años contaba entonces el Nicomedes que después adquirió celebridad
+como político y publicista: ambos se hallaban ligados por estrecha y
+cordial amistad. El más joven hizo carrera literaria y política; el más
+viejo se fue a la Habana en tiempo del general Tacón, y murió de mala
+manera bajo el mando de Roncali. Apenas ha dejado rastro de sí, como
+no sea el descubierto con no poca diligencia por el que esto refiere;
+rastro apenas visible, apenas perceptible en el campo de la historia
+anónima, es decir, de aquella historia que podría y debería escribirse
+sin personajes, sin figuras célebres, con los solos elementos del
+protagonista elemental, que es el macizo y santo pueblo, la raza, el
+_fulano_ colectivo.
+
+Bueno. Diré algo abora del segundo huésped, clérigo enjuto y amable,
+que entraba siempre en el comedor tarareando, y a veces tocando
+las castañuelas con los dedos, lo que no quiere decir que fuera un
+sacerdote casquivano, de estos que no saben llevar con decoro el
+sagrado hábito que visten. La jovialidad del bonísimo don Pedro Hillo,
+natural de Toro, era enteramente superficial, y a poco que se le
+tratara, se le veían las tristezas y el amargo desdén que le andaba por
+dentro del alma, como una procesión interminable. Por lo demás, no se
+ha conocido hombre de costumbres más puras ni en la clase eclesiástica
+ni en la civil; hombre que, si no derramaba el bien a manos llenas,
+era porque no se lo permitía su mediano pasar, cercano a la pobreza;
+incapaz de ofender a nadie de palabra ni de obra; comedido en su trato;
+puntual en sus obligaciones; religioso de verdad, sin aspavientos. No
+tenía más falta, si falta es, que gustar locamente de las funciones
+de toros. Su principal ciencia, entre las poquitas que atesoraba, era
+el entender del arte del toreo y mostrar profundo conocimiento de sus
+reglas, de su historia, y poder dar sobre tales materias opiniones
+que los devotos del cuerno oían como la palabra divina. Pero dígase
+en honor de don Pedro Hillo que, lejos de la intimidad con otros
+taurófilos, no alardeaba de su conocimiento, ni usaba nunca los
+groseros terminachos que suelen ser lenguaje propio de esta singular
+afición. Como se disimula un ridículo vicio, disimulaba el buen curita
+su autoridad en materia de quiebros, pases y estocadas.
+
+Y para que se vea un ejemplo más de las complejidades del humano
+espíritu, sépase que a este saber de cosas triviales unía don Pedro
+otro de más sustancia. Era un apreciable retórico, de la escuela de
+Luzán y Hermosilla; había practicado durante más de veinte años el
+magisterio del arte de hablar bien en prosa y verso, y orgulloso de
+estos conocimientos, trataba de lucirlos siempre que podía.
+
+Se ignora por qué dejó el bueno de Hillo, primero su cátedra del
+Colegio Mayor de Zamora, después el cargo de preceptor de los niños
+del señor duque de Peñaranda de Bracamonte. Lo que sí se ha podido
+averiguar es que en septiembre de 1833 pretendía una cátedra de la
+Universidad Complutense, y que en aquella fecha llevaba año y medio de
+inútiles pasos y gestiones sin obtener más que buenas palabras. Eso sí:
+ni se cansaba de pretender, ni los desaires y aplazamientos marchitaban
+sus ilusiones, ni le rendía el fatigoso y tristísimo _vuelva usted
+mañana_.
+
+Dígase también, para completar la figura, que don Pedro profesaba o
+fingía, en política, un escepticismo inalterable, rara condición en
+aquellos tiempos de lucha. Conocimiento y amistad tenía con personas
+de una y otra bandera; pero de nada le valían, sin duda por causa de
+su timidez, o por la vaguedad de sus opiniones, que tal vez le hacía
+sospechoso a tirios y troyanos. Los patriotas le miraban con recelo
+creyéndole arrimado al carlismo, y la gente templada le tenía por
+afecto a las logias. Por esto decía él, empleando la palabra griega
+que significa moraleja: «_Epimicion_: quien navega entre dos aguas, no
+llega nunca a una cátedra».
+
+El primer huésped, don Nicomedes Iglesias también pretendía; mas no
+era fácil traslucir el objeto de sus desatentadas ambiciones. Cosa
+extraña: Hillo hablaba poco, y sus propósitos y deseos se traslucían
+a las primeras palabras. Por los codos hablaba Iglesias, y después
+de oírle perorar tres horas con gracia y facundia prodigiosas,
+nadie sabía lo que pensaba, ni qué planes o enredos se traía. No
+disimulaba el radicalismo de sus ideas, el cual no era obstáculo para
+que cultivase el trato de casi todas las notabilidades de aquella
+turbulenta generación, siendo su mayor intimidad con los exaltados.
+Toda la tarde estaba fuera de casa, menos cuando daba cita en ella a
+un par de compinches, pasándose las horas muertas de conciliábulo a
+puerta cerrada. Después de cenar se echaba invariablemente a la calle,
+y no volvía hasta la madrugada; levantábase a la hora de comer, y al
+encontrarse en la mesa con su amigo don Pedro, bromeaban un rato.
+El presbítero tenía siempre algo que decir de las nocturnidades de
+su compañero; pero sin traspasar nunca los límites de una discreta
+confianza inofensiva:
+
+—¿Qué hay por la _casa de Tepa_?... Anoche, amigo Nicomedes, debieron
+ustedes tratar de ir disolviendo juntitas, para que no se enfade don
+Juan de Dios Álvarez... Mucho tuvieron que discutir anoche los del
+_rito escocés_, porque entró usted cerca de las cuatro... ¿Y qué se
+sabe del ínclito Aviraneta? ¿Le sueltan, o le hacen ministro, o le
+ahorcan?
+
+Contestaba el otro a estas pullas inocentes con gracia y mesura, sin
+soltar prenda, ni clarearse más de lo que le convenía. Desde la primera
+cena simpatizó Calpena con sus dos compañeros de casa, y singularmente
+con el clérigo Hillo. El agrado que la conversación de este le causaba
+aumentó tan rápidamente que al segundo día eran amigos, y ambos creían
+que su trato databa de larga fecha. Verdad que los dos eran clásicos
+en lo literario, templados o neutrales en lo político, de pacífico
+y blando genio, amantes de la regularidad y del vivir manso, sin
+emociones; semejanza que un atento observador habría podido apreciar,
+no obstante las diferencias que la edad marcaba en uno y otro. Había,
+sin embargo, momentos en que Calpena se expresaba como un viejo, y don
+Pedro como un muchacho.
+
+El segundo día de hospedaje, desayunándose juntos, hablaron de
+política, que era en aquel tiempo la usual, la obligada comidilla, lo
+mismo al almuerzo que a la cena.
+
+—¿Qué le parece a usted, amigo don Fernando? —dijo Hillo—. ¿Nos
+cumplirá ese señor Mendizábal todo lo que nos ha prometido? Porque ya
+ve usted si ha venido con ínfulas. Que acabará la guerra carlista en
+seis meses, y que para entonces no veremos un faccioso ni buscándolo
+con candil. Que pondrá término a la anarquía, cortando el revesino
+a todas las juntas. Que arreglará la Hacienda, y pronto rebosarán
+las arcas del Tesoro. Que hará de la España una nación tan grande
+y poderosa como la Inglaterra, y seremos todos felices, y nos
+atracaremos de libertad y orden, de pan y trabajo, de buenas leyes,
+justicia, religión, libertad de imprenta, luces, ciencia, y, en fin, de
+todo aquello que ahora no comemos ni hemos comido nunca.
+
+
+
+
+III
+
+
+—Yo, amigo Hillo, no entiendo este endiablado Madrid, ni puedo darle a
+usted una opinión sobre lo que me pregunta. Aún no he tomado tierra.
+Ahora vengo de Francia, y allí, puedo asegurarlo, los españoles que he
+conocido se hacen lenguas del señor Mendizábal, y ven en él a un hombre
+extraordinario, providencial, que ha de regenerar la España.
+
+—¡Viene usted de Francia! —exclamó Hillo picado de curiosidad
+ardiente—. Y en Francia ha dejado a sus padres...
+
+—Yo no tengo padres. No los he conocido nunca.
+
+—Entonces tendrá usted tíos.
+
+—Tampoco. Yo me crié en Vera, en casa de un sacerdote, que murió hace
+tres años. Sus hermanos me mandaron a París, a una casa de comercio. Un
+año he vivido en la capital de Francia. Después pasé a Olorón...
+
+—Pero es usted español, seguramente.
+
+—Creo que sí..., digo, sí: español soy.
+
+—Habla usted nuestra lengua con gran corrección.
+
+—Lo mismo hablo el francés.
+
+Más avivada a cada momento la curiosidad del buen clérigo, arreció en
+sus preguntas:
+
+—Y dígame, si no hay inconveniente en que yo lo sepa: ¿viene usted a
+estudiar una carrera, o a ocupar una placita en nuestra administración?
+
+—Vengo a buscarme una manera de vivir honrada y modesta.
+
+—¿Tiene usted aquí familia, parientes, amigos...?
+
+—No lo sé... Creo que no..., creo que sí.
+
+—Traerá usted cartas de recomendación.
+
+—No, señor... Mis tíos (y llamo tíos al hermano y parientes del cura de
+Vera, en cuya casa me he criado) enviáronme a Madrid, sin decirme más
+que lo que va usted a oír: «Anda, hijo, que aquí no saldrás nunca de la
+pobreza oscura, y allá..., allá puedes encontrar protecciones donde y
+cuando menos lo pienses». Me hicieron el equipaje con la poca ropa que
+tenía, me costearon el viaje, diéronme algo para los primeros días, y
+aquí me tiene usted...
+
+—Esperándolo todo de la suerte, de lo desconocido... ¡Ah, señor de
+Calpena, usted pitará! No le faltarán contratiempos, afanes; pero no es
+usted, me parece, de los que se ahogan en este piélago. Y dígame otra
+cosa: ¿ese buen párroco de Vera...?
+
+—Un gran humanista, señor, más versado en los clásicos latinos y
+griegos que en Teología y Cánones.
+
+—Bien se le conoce a usted, en su manera de expresarse, la sabia mano
+que le ha pulimentado.
+
+—Sabía mucho mi padrino —dijo don Fernando con tristeza—; y aunque él
+se esforzó en darme todo su saber, yo no he tomado sino parte mínima.
+
+—¿Modestia tenemos? Pues a mí me da en la nariz, señor don Fernandito,
+que usted ha de ser un grande hombre. Este tarambana de Nicomedes
+me aseguraba ayer que el porvenir será de los románticos, así en
+literatura como en política. Yo sostengo lo contrario. La sociedad
+se va hartando de contorsiones y de hipérboles, y el clasicismo, la
+corrección, la serenidad, la devoción de las buenas reglas, han de
+gobernar el mundo. ¿No cree usted lo mismo?
+
+Don Fernando, profundamente abstraído, fijaba sus ojos en el ya vacío
+pocillo de chocolate.
+
+—Yo no puedo tener opinión, no acierto aún a formar juicio de nada
+—murmuró al fin—: soy un chiquillo.
+
+—Pues lo dicho... No sé por qué me figuro que entrará usted en esta
+diabólica villa con pie derecho. En todas las cosas y casos de la
+vida..., esto es observación mía, que no me falla..., los primeros
+pasos dan la norma de la suerte total.
+
+—Pues si es así, amigo Hillo —dijo Calpena, revelando en su agraciado
+rostro más confusión que alegría—, yo he de ser el niño mimado de la
+fortuna, porque en mis primeros pasos en Madrid no piso más que flores.
+
+Bien, hombre, bien: hay hombres predestinados a la dicha, como los hay
+al sufrimiento, y de estos, alguno conozco yo, sí, señor, y más de lo
+que quisiera... Y puedo asegurarle que no siento envidia de usted,
+siendo, como soy, desgraciado _a nativitate_. Créame: el suelo que
+yo piso es todo abrojos y guijarros cortantes... Pero ando..., ando
+siempre, y adelante. Lo repito: no soy envidioso, y cuando veo a un
+hombre con suerte, me alegro, le doy mis plácemes, y digo: «Bendito sea
+Dios, que, por hacer de todo, también hace seres felices».
+
+—No estoy yo seguro de serlo, ni me fío de estas venturas, que bien
+podrían ser engañosas, traicioneras.
+
+—No digo que no... Pero cuando viene la dicha, hay que tomarla sin
+remilgos. La Fortuna, deidad caprichuda, descaradota, se muestra
+más liberal con los que no se asustan de sus favores. Los modestos
+y encogiditos no le entran por el ojo derecho. Sea usted arrogante,
+acometedor; confíe en sí mismo y en su estrella; láncese sin miedo,
+_arrancando_, a toda clase de empresas, ya políticas, ya literarias, ya
+mercantiles, que de fijo en todas alcanzará la meta. Ejemplos, aunque
+no muchos, tiene usted aquí de hombres privilegiados que nacieron en
+la mayor humildad, y luego, mansamente, sin hacer nada por sí, se ven
+levantados del polvo y conducidos por manos de ángeles a los cielos de
+la prosperidad y de la gloria. Vea usted a este señor de Mendizábal,
+que se nos ha entrado por las puertas de España. Le encargaron a
+Inglaterra para ministro de Hacienda, como se encargan los niños a
+París, y por llegar, con la sola fuerza de su desahogo, que se impone
+a todo el mundo, se ha calzado la Presidencia del Consejo y cuatro
+ministerios. ¿Y quién es Mendizábal? Un hombre sin estudios, que no
+aprendió más que a leer y escribir, y algo de cuentas. ¿Pues qué es
+esto más que suerte? Y los afortunados, ¿qué son sino hombres que se
+pasan el mundo por debajo de la pata, y han tirado la modestia y los
+miramientos como se tira la careta de trapo que molesta y acalora el
+rostro?
+
+—No estamos conformes —dijo don Fernando, más comedido en sus pocos
+años que el viejo Hillo— en esa manera de apreciar las causas del éxito
+en la vida pública. Además, no admito que el señor Mendizábal sea
+hombre tan ignorante, ni que carezca de autoridad para desempeñar uno,
+dos o media docena de ministerios. Cierto que no sabe latín; pero es
+muy práctico en asuntos mercantiles. Dígame usted, con la mano puesta
+en el corazón, si cree que para gobernar a los pueblos es indispensable
+tratar de tú a Horacio y Virgilio.
+
+—¡Qué sé yo!... Una pasadita de Cicerón no les viene mal a los señores
+que andan en la política. Pero, en fin, concedo...
+
+—Preveo el argumento que usted va a emplear ahora mismo, y me anticipo
+a refutarlo.
+
+—Bien, hombre, bien —dijo gozoso don Pedro, sintiéndose maestro de
+Humanidades—. Ha empleado usted con verdadera elegancia una forma
+de raciocinio que los retóricos llamamos _prolepsis_... Eso es:
+anticiparse a la objeción, prevenir los argumentos del contrario,
+refutarlos antes que los emita...
+
+—Justamente; y usted ahora, con maestría indudable, ha empleado la
+_expolición_ o _amplificación_...
+
+—Que también llamamos _conmoración_..., ¿no es eso?
+
+—Y que cuando degenera en abuso se denomina _tautología_ y
+_perisología_... Volviendo a mi _prolepsis_, prosigo. Usted me dirá
+que, si no es necesario saber latín para regir a las naciones, tampoco
+estriba la ciencia de gobierno en el arte o manejo de los negocios
+mercantiles; es decir, que si mal nos gobiernan los humanistas, no lo
+harán mejor los comerciantes.
+
+—Efectivamente.
+
+—A eso respondo que el señor Mendizábal no es un simple mercader,
+de esos que compran y venden géneros: es, si se me permite decirlo
+así, comerciante político, y no me busque usted en este concepto la
+_anfibología_, que no la hay. Comerciante político quiere decir: el que
+entiende de manejar el crédito de los países y distribuir su Hacienda,
+de imponer y recaudar tributos...
+
+—El señor Mendizábal era el año 23 un traficante gaditano; menos
+aún, dependiente en la casa del señor Bertrán de Lis, y se metió a
+contratista de las provisiones del ejército, con lo cual hizo su
+pacotilla en pocos años.
+
+—Sus opiniones avanzadas y la viveza de su genio, le arrastraron a la
+empresa de abastecer al ejército y marina en condiciones tales, que su
+servicio fue, más que negocio, un caso de abnegación y patriotismo.
+Todavía no se han liquidado aquellas cuentas, y las ganancias de don
+Juan de Dios, si las tuvo, están aún en poder de la nación.
+
+—Porque usted lo dice lo creo... Persona de mi mayor confianza me
+ha contado a mí que Mendizábal, allá por el año 20, era en Cádiz un
+muchachón alborotado, bullanguero, de una intrepidez loca para las
+aventuras políticas. Él y otros tales no hacían más que conspirar
+en logias y cuarteles para que volviese la Constitución del 12, y
+destronar al rey o convertirlo en un monigote.
+
+—Es verdad.
+
+—Y que trabajó por la bandera que defendían Riego, Arco, Agüero,
+Quiroga...
+
+—También es cierto. Todas aquellas trapisondas salían de la masonería,
+que ahora es una vieja pintada, y entonces era una mocetona llena de
+vida y seducciones, con las cuales enloquecía a la juventud.
+
+—No me disgusta la imagen, señor mío. Adelante.
+
+—En Cádiz existía lo que llamaban el _Soberano Capítulo_ y el _Sublime
+Taller_, y qué sé yo qué. De estos talleres y capítulos salían las
+conspiraciones para sublevar el ejército y derrocar la tiranía; de allí
+las trifulcas, las asonadas, los ríos de sangre... Mendizábal era
+masón, que en aquel tiempo era lo mismo que decir _político_. Si quiere
+usted más noticias, pídaselas a don Antonio Alcalá Galiano, que anduvo
+con él en aquellos trotes; al señor Istúriz, a don Vicente Bertrán de
+Lis...
+
+—De donde se deduce, amigo Calpena —dijo el clérigo suspirando fuerte—,
+que el que pretenda en estos tiempos ser algo o conseguir alguna
+ventaja, aunque esta le corresponda de justicia, y lo intente sin
+agarrarse previamente a los faldones o a las faldas de esa gran púa de
+la masonería, es un simple o un loco.
+
+—No diré yo tanto. Las cosas son como son.
+
+—Tenga usted presente que hay logias liberales y logias absolutistas.
+Las primeras conspiran; las segundas también. Unas y otras introducen
+individuos suyos en la contraria, fingiéndose amigos, para sorprender
+secretos.
+
+—Si, sí; y se pelean en las tinieblas de los ritos nefandos. De las
+unas salen los ejércitos sediciosos, que todo lo destruyen y profanan;
+de las otras los tribunales sanguinarios que levantan la horca. Así
+vive España..., hoy te fusilo, mañana te ahorco.
+
+—Y vea usted. Si el 24 hubiera sufrido don Juan de Dios la suerte de
+su compinche Riego, hoy no tendríamos la dicha de que ese señor nos
+arreglara la Hacienda, y nos hiciera juiciosos y ricos.
+
+—Porque escapó a Inglaterra.
+
+—Le llamaba la banca más que la política.
+
+—Se estableció en un país grande y libre, donde forzosamente había de
+aprender muchas cosas solo con tener ojos y ver, solo con tener oídos y
+oír.
+
+—Sí, porque en los libros me parece que poco aprende su ídolo de
+usted. Le llamo así porque veo, amigo Calpena, que es usted de los
+devotos furibundos del _hombre nuevo_, y que conoce su vida y milagros,
+entendiendo por milagro lo que dicen ha hecho en Portugal.
+
+—Algo sé del señor Mendizábal... Más de lo que usted piensa.
+
+—¿Andan por el extranjero biografías del grande hombre?
+
+—No he leído ninguna.
+
+—¿Pues quién se lo ha contado?
+
+—Él mismo.
+
+—¡Le conoce usted..., le trata!
+
+Al ver en el rostro de Calpena la sonrisa plácida y el movimiento
+afirmativo con que a su pregunta respondía, Hillo se quedó suspenso
+de estupor, de admiración... No daba crédito a tan inaudito caso de
+precocidad. ¡Tan joven, y haber tratado a Mendizábal, charlar con
+él, quizás poseer su confianza! Desde aquel momento vio el clérigo
+en su amiguito un ser extraordinario, misterioso. Aumentaban su
+fascinación la procedencia extranjera del joven; el no saberse
+quién era; la atención y exquisitos cuidados que le prodigaban los
+patrones, recatando sigilosamente el nombre de las personas que habían
+recomendado al nuevo huésped; la educación exquisita de este; su
+aire, belleza y modales aristocráticos... y, sobre todo, haber tratado
+a Mendizábal, y oír de él mismo la narración de episodios históricos
+y lances personales. Don Pedro se levantó de su asiento impulsado de
+la sorpresa, que como un resorte le movía, y dio pasos desordenados,
+repitiendo:
+
+—¡Le conoce, le ha tratado!... Dígame, cuénteme: no deje que me abrase
+la curiosidad.
+
+
+
+
+IV
+
+
+—Allá voy —dijo Calpena indicando a su amigo que se sentara—. Paréceme
+haber contado a usted que los hermanos de mi padrino me mandaron a
+París a instruirme en el comercio y la banca. Empecé a trabajar, digo,
+a aprender, en la casa de comisión de Reischoffen y Bloss, alsacianos,
+donde solo estuve tres meses, pasando después a la célebre casa de
+banca de Ardoin, que opera por millones de millones, y hace empréstitos
+a las naciones apuradas, negociando con los estados y con los reyes,
+con los gobiernos y hasta con las revoluciones. En fin, esto es largo
+de contar. Allí estaba yo muy bien. Llevaba toda la correspondencia
+de la América española; me daban regular sueldo, y el principal me
+distinguía y me trataba con mucho miramiento. Un día de febrero vimos
+entrar a un señor alto y bien parecido, de ojos negros, cabello
+rizado, patillas cortas, muy elegante y pulcro. Al punto corrió la voz
+entre los dependientes:
+
+—Es Mendizábal, el gran Mendizábal, el restaurador de la Monarquía
+legítima en Portugal...
+
+Entró en el despacho del barón, nuestro jefe, y a la media hora este me
+llamó...
+
+—Para presentarle al señor don Juan de Dios.
+
+—No, señor: para mandarme que le acompañara por las calles de París,
+que yo conocía perfectamente, y el señor Mendizábal no. Tenía que ir
+a la casa Erlanger, _rue Drouot_, muy cerca de la nuestra, _Chaussée
+d’Antin_. Cojo mi sombrero, y me pongo a la disposición del hombre
+grande, en cuya compañía salí muy orgulloso. Por la calle me hizo mil
+preguntas: quién era yo, cómo se llamaban mis padres, cuánto tiempo
+llevaba de residencia en París y de aprendizaje en casa de Ardoin. Yo
+le contesté como pude, y al llegar a las oficinas de Erlanger me mandó
+esperar para que le condujese a otra parte.
+
+—Nada, que le cayó usted en gracia —dijo Hillo restregándose las
+manos—. Así se empieza, así.
+
+—Al salir de la visita me preguntó si sabía yo cuál era la mejor
+casa de París en guantes y perfumería, y le indiqué Damiani, en el
+boulevard Saint-Denis. Tomó el hombre un coche de alquiler, que allí
+llaman _fiacre_, y fuimos de compras. Debo decirle a usted que es algo
+presumido, y que gusta de acicalarse y lucir su buena figura. De la
+guantería fuimos a comprar un maletín de mano para viaje, con muchos
+compartimientos y algún secreto para papeles reservados. Compró también
+un calzador, tirantes y algunas otras baratijas que no recuerdo. Dejome
+en mi escritorio, y él se fue a su hotel, en la _rue de l’Arcade_,
+mostrándose en la despedida tan fino y al propio tiempo tan llano, que
+yo estaba encantado. Díjome que, siempre que no le convidasen, comería
+en el Palais Royal, en casa de Very, y se dignó invitarme, excusándome
+yo todo turbado y confuso.
+
+—Esto se llama caer de pie, amigo mío, o nacer en Jueves Santo. Siga
+usted, que me parece que aún falta algo.
+
+—Verá usted. A los dos días mandó un recado a mi principal, pidiéndole
+un buen amanuense español que escribiese corrido, con buena letra
+y mejor criterio. El barón me eligió a mí, y aquí me tiene usted,
+encerrado con el señor Mendizábal en una cómoda estancia del hotel
+_Meurice_, los dos frente a frente, con una mesa por medio, él dictando
+y yo escribiendo. Hombre más incansable no he visto en mi vida. Cinco
+horas me tuvo con la pluma en la mano. Dictó una larguísima carta a
+Martínez de la Rosa, otra al Conde de Toreno, y dos o tres a personas
+para mí desconocidas. Él estaba en bata, una bata elegantísima, y
+zapatillas de terciopelo, con las que lucía su pie pequeño, que parece
+de mujer. Casi era preciso escribir taquigrafía para poder seguirle.
+Expresaba su pensamiento con rapidez; rectificaba pocas veces; no se
+paraba en el estilo; iba derecho al asunto y a la idea, sin cuidarse
+de la forma. Mandome volver al día siguiente, y me dictó tres o cuatro
+decretos, uno de ellos suprimiendo las órdenes religiosas y haciendo
+tabla rasa de todos los frailes, monjas, clérigos y beatas que hay en
+estos reinos, estableciendo la reversión de todos los bienes al Estado
+para venderlos... y ¡qué sé yo!
+
+—¡María Santísima! Pero eso sería broma.
+
+—¿Broma? Ya verá usted las que gasta ese sujeto. No habíamos concluido
+aquella degollina de frailes y la repartición de sus riquezas, cuando
+entró un señor inglés, que debía de ser diplomático, pariente, sobrino,
+hijo quizás del embajador en Madrid, que no sé cómo se llama.
+
+—_Mister_ o _sir_ Jorge Williers. Adelante.
+
+—Y hablaron en inglés, y no entendí una palabra... Bueno: pues en
+esto son anunciados tres españoles, y don Juan les manda pasar. ¡Ay,
+qué alegría, qué abrazos, qué tarabillas, hablando todos a un tiempo!
+Evocaban recuerdos de la juventud, alababan lo pasado, denigraban lo
+presente con saña y cuchufletas... La conversación fue continuada
+en castellano, después de hacer Mendizábal con gran ceremonia la
+presentación del inglés a los españoles, y viceversa. Pregunté al
+señor don Juan si debía retirarme, y me mandó que me quedara, lo que
+me supo muy bien. ¡Qué gusto estar mano a mano con aquellos señorones,
+calladito, oyendo todo lo que decían, que era sabroso, picante y muy
+instructivo, pues yo poco o nada sabía de España! Mandó don Juan al
+mozo que sirviese vino de Porto, y con esto las lenguas se soltaron aún
+más de lo que estaban.
+
+—Recordará usted los nombres de esos tres españoles, que de fijo
+hablarían pestes de su patria.
+
+—Los nombres no los recuerdo; las caras, sí: de seguro son personajes
+de acá, y puede que alguno esté hoy en candelero. El uno puso de vuelta
+y media a ese Martínez de la Rosa; el otro no dejó hueso sano al conde
+de Toreno, que entonces era ministro, y el tercero le hincó el diente
+venenoso a la reina Cristina y a su marido don Fernando Muñoz.
+
+—¡Lástima que usted no se fijara en los nombres!
+
+—Continúo. Pues hablando, hablando de lo revuelto que está todo, de
+lo mal que gobiernan los que gobiernan, de las cosas gordas que se
+preparan, la conversación recayó en los asuntos de Portugal, y uno de
+ellos dijo que en Lisboa había salido un folleto poniendo de oro y azul
+a Mendizábal, y negando que tuviera arte ni parte en la restauración
+de doña María de la Gloria. Armose entonces gran tremolina. Don Juan
+Álvarez daba golpes en el brazo del sillón, acusando de envidiosos y
+calumniadores a algunos españoles residentes en Portugal; indignose el
+inglés, echando venablos en su lengua, y los otros atribuían todo a
+intrigas de los _moderados_ (no sé qué gente es esta que aquí llaman
+_moderada_), por arrojar lodo a la figura del grande hombre que se
+indicaba ya como el único que podía enderezar al país. No sé cuál de
+ellos manifestó no estar al corriente de lo de Portugal, por haber
+vivido fuera de la península durante los años de aquellas tremolinas...
+(paréceme que el tal es militar y de los que aquí llaman _ayacuchos_),
+y entonces don Juan Álvarez, a instancias de todos, refirió
+puntualmente las grandes empresas a que prestó su auxilio.
+
+—Y se despacharía a su gusto, abultando los peligros, y presentándose
+como enviado de la Providencia divina.
+
+—Solo puedo asegurarle a usted que en lo que relató se ve la verdad,
+así como una energía pasmosa, fecundidad de arbitrios, recursos
+ingeniosos, entusiasmo para encender más la voluntad, maña para suplir
+a la fuerza. Lo que sí me pareció notar es que el buen señor se regodea
+contando sus empresas: gusta de hablar de sí mismo, y de hacer ver que
+sin él no se hubiera hecho nada, lo que en muchos casos parecía verdad.
+
+—Psh..., todo se redujo a proporcionar a don Pedro un empréstito...
+Sin dinero no se hacen revoluciones. Mendizábal, por su metimiento en
+las casas mercantiles de Londres, fácilmente levantaba fondos para
+quitar y poner reyes. Si para echar a los reyes se necesita dinero, el
+volver a traerlos cuesta mucho más. No anda sin unto el carro de las
+restauraciones.
+
+—Perdone usted. Mendizábal hizo bastante más que proporcionar a don
+Pedro los cuartejos que necesitaba. Ya comprende usted que mientras
+el grande hombre refería sus hazañas, yo ni le quitaba ojo ni perdía
+silaba. Todo lo oí, y se me ha quedado bien presente... Hizo verdaderos
+prodigios, y se mostró gran financiero, gran político, y hasta gran
+militar, con unas facultades de organización que ya las quisieran más
+de cuatro... Don Pedro y su hija se habían refugiado en las islas
+Terceras, y allí pasaban su triste vida mirando al cielo, esperando su
+salvación de la Providencia. Pero esta no les hacía maldito caso, y
+los ingleses, a quienes el buen emperador brasileño pedía recursos, no
+soltaban ni un chelín. En una de sus excursiones a Londres, el aburrido
+Don Pedro y Mendizábal se conocieron. Don Juan le dio alientos; le
+indujo a perseverar en su empresa, minando la tierra para procurarse
+hombres y pecunia, ambas cosas necesarias para conquistar reinos, y
+empezó por facilitarle un empréstito de la casa Ardoin, mi casa, señor
+Hillo, la casa donde fui triste aprendiz con ciento cincuenta francos
+de sueldo al mes... Cien mil libras esterlinas entraron en el bolsillo
+de don Pedro, y con ellas renació la esperanza de sentar en el trono a
+la niña. El hombre se metió de hoz y de coz en la causa portuguesa, y
+no habría hecho más si doña María de la Gloria fuera su propia hija.
+
+—Bien, bien: así han de ser los hombres.
+
+—En un santiamén compró dos fragatas por cuenta de la Regencia, que
+tal era el gobierno constituido por don Pedro en la capital de las
+Terceras. Advierta usted que en estas compras empleaba sus recursos,
+sin más garantía que una palabra del emperador. Adquiridos los barcos,
+agenció en la City más dinero, más, y en seguida, a buscar hombres,
+soldados. Mientras en las Terceras se organizaban unos seis mil,
+en Plymouth, puerto de Inglaterra, se alistaban más. Mendizábal,
+que en todos estos asuntos ponía siempre una vehemencia y un ardor
+increíbles, y así lo declara él mismo, no tenía sosiego... Creo yo
+que las empresas políticas le seducen, le enloquecen; pone en ellas
+toda su alma y una actividad febril... El hombre se multiplicaba.
+Sus propios asuntos perdían para él todo interés. No vivía más que
+para la Monarquía liberal portuguesa. Él mismo lo dice: «Cuando se le
+enciende el patriotismo no vive, no desmaya hasta conseguir lo que se
+propone». Cien vidas propias daría él por exterminar a los sectarios
+del usurpador absolutista don Miguel, que es allí lo mismo que aquí
+nuestro don Carlos María Isidro... No contento con los alistamientos
+que había hecho en Inglaterra con ayuda del duque de Palmela, se
+planta en Bélgica, y en cuatro días, auxiliado por su amigo el general
+Van Halen, busca y encuentra, organiza y equipa un regimiento de mil
+flamencos con sus jefes y todo... En Ostende les embarcaron en un buque
+de vapor fletado en Londres, y reunidos en Plymouth con los ingleses
+y portugueses, zarpó la expedición contra Oporto, mandada por el
+mismo don Pedro. Dominaban en Oporto los liberales, por lo que no le
+fue difícil al padre de doña María la ocupación de aquella capital.
+Pero el don Miguel acudió con mucha tropa, puso cerco a la plaza, y
+si bien no pudo entrar en ella, tampoco los _mariístas_ podían salir.
+Allí hubiera sucumbido don Pedro, si Mendizábal, desde Londres, no le
+animara a la resistencia ofreciéndole nuevos auxilios. ¿Qué hizo el
+hombre? Pues buscar más dinero; reunir más soldados; formar al propio
+tiempo una escuadra, cuyo mando se ofreció al célebre almirante inglés
+Napier. Escuadra y segundo ejército debían operar en los Algarbes, para
+sublevar en pro de la reina a las poblaciones del sur, y atacar por
+retaguardia el ejército miguelista. Todo se hizo tal y como lo había
+dispuesto don Juan... La segunda expedición se dirige a Oporto, donde
+refuerza a los combatientes asechados por don Miguel; después parten
+dos mil hombres a los Algarbes, desembarcando felizmente. Allí se pasan
+a los liberales algunas tropas del absolutismo: entre todas invaden el
+Alentejo. La escuadra mandada por Napier desbarata la miguelista en
+el cabo de San Vicente; don Pedro sale de Oporto y bate a don Miguel.
+Replegándose a Lisboa, recibe este otro achuchón tremendo de las tropas
+liberales, y ya tenemos al emperador entrando triunfante en su capital,
+a la niña doña María de Braganza en el trono, y al don Miguel escapando
+para el extranjero como alma que lleva el diablo.
+
+—Y hecho todo eso, que si es como usted lo cuenta, no dudo en
+calificarlo de maravilloso, el don Juan Álvarez se volvió a su
+escritorio de Londres tan fresco, a contar millones, calcular
+empréstitos, extender letras de cambio, mirando dónde salta otra reina
+que socorrer, y otro usurpador malsín a quien poner en la puerta.
+
+—Que no faltan, como usted ve.
+
+—Pero Portugal es chico: puedo compararle a un juguete, para estas
+cosas de revoluciones y quita y pon de tronos. Ahora veremos cómo se
+las arregla aquí el gaditano; aquí, donde salimos de una zaragata para
+entrar en otra, donde nos peleamos por los derechos a la corona, por
+las Juntas, por la Milicia Urbana, por una letra de más o de menos en
+la Constitución, y por lo que dicen o dejaron de decir Juan y Manuela.
+Vamos a ver a los hombres guapos; a los salvadores de sociedades;
+a los que sacan el dinero de debajo de las piedras para equipar
+soldados; a los genios, como ahora se dice; a los que calman las olas
+revolucionarias con el _quos ego_... del amigo Neptuno.
+
+—Adelante: va muy bien. Está usted empleando una forma de ironía muy
+bella. Es lo que llamamos _cleuasmo_.
+
+—Dispense usted. Esta forma irónica se llama _carientismo_. Consiste, y
+bien lo recordará usted; consiste...
+
+—Sea lo que fuere, amigo Hillo, mi parecer es que Mendizábal no ha
+venido aquí por ambición, sino por patriotismo. Oí contar que se
+hallaba muy tranquilo en Londres cuando recibió el nombramiento de
+ministro de Hacienda, que le dejó estupefacto.
+
+—Y estupefacto se ha venido aquí por Portugal; y en cuanto llegó a
+Badajoz, empezó a largar decretos... Bueno: le concedo a usted que esto
+sea patriotismo; pero es un patriotismo... romántico, y lo romántico
+sepa usted que a mí no me gusta. En literatura me apesta, y a ese
+francés que llaman Víctor Hugo le mandaría yo cortar el pescuezo: en
+política tengo por más funesto aún el romanticismo.
+
+—Puede que esté usted en lo cierto; pero el señor Mendizábal es ante
+todo hacendista, y en esto no creo yo que quepan romanticismos. Los
+números, ¡ay!, los números, amigo mío, son clásicos.
+
+—Allá lo veremos; y pues ya tenemos al hombre con las manos en la masa,
+pronto hemos de saber si yo me equivoco o se equivoca usted.
+
+—Yo no profetizo: yo espero, y...
+
+—¿Cree usted firmemente que don Juan Álvarez enderezará esta
+desquiciada nación?
+
+—No lo aseguro; pero confío en que lo hará.
+
+—Pues yo no.
+
+—¿En qué se funda?
+
+—No dudo que le sobren buena intención, voluntad firme, actividad,
+talento; pero...
+
+—¿Pero qué?
+
+—Que con sus buenas cualidades incurrirá en el defecto de todos
+los ilustres señores que nos vienen gobernando de mucho tiempo acá.
+Talento no les falta, buena voluntad tampoco. Y fracasan, no obstante,
+y continuarán fracasando unos tras otros. Es cuestión de fatalidad en
+esta maldita raza. Se anulan, se estrellan, no por lo que hacen, sino
+por lo que dejan de hacer. En fin, amiguito, nuestros mandarines se
+parecen a los toreros medianos: ¿sabe usted en qué? Pues en que no
+_rematan_...
+
+—¿Qué significa eso?
+
+—No se ría usted del toreo, arte que me precio de conocer, aunque no
+prácticamente. Y sepa usted, niño ilustrado, que hay reglas comunes
+a todas las artes... De mi conocimiento saco la afirmación de que
+nuestros ministriles no _rematan la suerte_.
+
+—¿Y cree usted que Mendizábal...?
+
+—Hará lo que todos. Empezará con mucho coraje, y un trasteo de primer
+orden..., pero se quedará a media suerte. Usted lo ha de ver... Que no
+remata, hombre, que no remata... Y créame usted a mí: mientras no venga
+uno que remate, no hemos adelantado nada.
+
+
+
+
+V
+
+
+Alejose hacia su cuarto, accionando festivamente, y en dirección al
+suyo iba también Calpena, cuando le detuvo el patrón señor Méndez, y le
+dijo entre risueño y respetuoso:
+
+—Ahí tiene usted el sastre.
+
+—¿Qué sastre?
+
+—Pues el cortador mayor del señor Utrilla, que viene a tomarle medida.
+Le mandé pasar a la sala, donde espera hace un cuarto de hora.
+
+—Ese señor se equivoca. Yo no he llamado a ningún sastre.
+
+—Aunque no le haya usted llamado, él viene, y cuando viene, él sabrá
+por qué. Déjese tomar medida, y que le hagan cuanta ropita necesite
+para ponerse bien guapo.
+
+—¿Pero está usted loco?... ¿No hay más que encargar ropa? Y luego...,
+señor Méndez..., luego vienen las cuentas, ¿y qué hacemos? ¿Soy acaso
+un señor Mendizábal, que con cuatro rasgos de pluma fabrica millones?
+
+—Las cuentas no son cuenta de usted, sino de quien las pague. Entre el
+señor en su cuarto, y escoja las telas, y déjese que le midan el cuerpo
+a lo largo y a lo ancho...
+
+—Que pase ese hombre —dijo Calpena prestándose a todo, con la
+esperanza de salir de la confusión en que, desde su venturosa llegada a
+Madrid, vivía.
+
+En presencia del oficial, hombre finísimo, colorado y regordete, que
+iba cargado de muestras de diferentes paños, don Fernando no pudo
+resistir a la fascinación que ejercía sobre él, joven y gallardo, la
+idea de vestirse elegantemente. Ante todo quiso saber cómo y por qué
+los afamados sastres acudían en busca de parroquia sin que nadie les
+llamase; pero sus interrogaciones prolijas y capciosas no lograron
+aclarar el enigma.
+
+—Mi principal, el señor Utrilla —le dijo aquel relamido sujeto—, me
+ha mandado acá con muestras y encargo de tomar a usted medida para
+diferentes piezas. Hubiera venido él en persona con mucho gusto; pero
+está malo de un pie, y hoy no puede salir de casa. De quién ha recibido
+las órdenes para estas hechuras, yo no lo sé, señor mío, ni es cosa que
+me corresponde averiguar.
+
+—Pues yo —afirmó Calpena— no me dejo medir el cuerpo mientras no
+sepa... ¿Será tal vez alguna broma impertinente?
+
+—Eso, de ningún modo... Utrilla no se presta a tales bromas... Crea
+usted que, cuando me ha mandado aquí, es porque ha recibido órdenes
+de personas que saben el cómo y por qué de lo que encargan. Conque...
+tomemos esos puntos, y no piense usted en nada más que en vestirse como
+le corresponde.
+
+—Accedo, sí, señor —replicó don Fernando en el tono de quien se presta
+a seguir un bromazo de buen género, y seducido además por la idea de
+ver realizada su ilusión juvenil de vestir buena ropa—. ¿Sabe usted el
+cuento del perrito y del trasquilador?
+
+—Sí, señor —dijo el otro, ayudándole a quitarse levita y chaleco—. Es
+un cuento viejísimo...
+
+—Pues ahora mida usted todo lo que quiera, y hágame todas las prendas
+de vestir que haya dispuesto... el amo del perrito.
+
+—Me han dicho que dos levitas, fraque, un traje de mañana..., cuatro
+pares de pantalones variados.
+
+—Ande usted, maestro... Y si quiere dejarle borlita en el rabo,
+déjesela usted.
+
+—La ropa más precisa para un joven _introducido_ en sociedad. ¿Qué
+menos? ¡Ah!, me olvidaba. También le haremos capa de sedán finísimo,
+con forros de piel de chinchilla.
+
+—Me parece muy bien... ¿Y las levitas, cómo han de ser?
+
+—El señor de Utrilla acaba de llegar de Londres... Precisamente al
+bajar de la diligencia se estropeó el pie. Pues ha traído las últimas
+novedades que se han puesto al uso en aquella capital. Las levitas
+son ahora cortas y de poco vuelo en los faldones; pero siguen muy
+entalladas, marcando bien la cintura. Las que ha traído el señor
+Mendizábal, y que tanto llaman la atención, son ya antiguas, y en
+Londres no las usan más que los _lores_, que es como si dijéramos los
+señores próceres protestantes, que tienen asiento en lo que llaman
+Parlamento inglés, o sea las Cortes liberales de allá.
+
+—Hombre, bien... ¿Conque entalladas y de faldón corto?
+
+—Menos largo que el año pasado —dijo el sastre, tomando y anotando las
+medidas con singular presteza—. Los cuellos son ahora más largos, y
+bien caídos sobre los hombros; los botones grandes... Haremos una de
+las levitas, si a usted le parece, con cordones a la húngara...
+
+—Perfectamente. Despáchese usted a su gusto... ¿Y los paños?
+
+—Fíjese usted en este color verde oscuro, que es la gran novedad que ha
+traído Utrilla. Se llama _Lord Grey_, y es el gran _furor_ en Londres.
+
+—Pues hagamos _furor_ aquí... Pero las dos levitas no serán iguales.
+
+—Haremos azul gendarme, _Conde Orsay_, la de cordones. ¿Qué le parece?
+
+—Acertadísimo... ¿Y cuándo podré estrenar?
+
+—Lo activaremos todo lo posible... Tenemos mucho trabajo, y velamos
+para servir a tantísima parroquia.
+
+—Pero no me dejarán ustedes para lo último, como parroquiano pobre...
+
+—Será usted de los primeros... Y que tiene un talle de primer orden, y
+una forma de cuerpo que no hay más que pedir. Le caerá a usted la ropa
+que ni pintada.
+
+—Y en fraques, ¿qué se lleva?
+
+—Los fraques son ahora sin cartera; faldones nada de anchos, y los
+cuellos de la misma forma que las levitas. El señor Mendizábal los trae
+negros, verdaderamente _fachonables_ por el corte y lo bien sentados.
+
+—¿Y el mío será también negro?
+
+—No, señor: a usted, por la edad, le corresponde... café claro.
+
+—¡Magnífico!... Y en pantalones ¿qué tenemos?
+
+—Sigue la moda de las telas escocesas; pero sin exagerar el tamaño de
+los cuadros. Haremos a usted dos _patencur_, y dos más ligeritos: uno
+negro para entierros, y otro claro. Se llevan estrechos, sin tocar en
+el extremo. Chalecos, se le harán a usted seis: dos de seda en claro,
+uno en oscuro, dos _piqué_ y uno escocés.
+
+—¡Maravilloso! Y en tanto que me confeccionan todo eso, me estaré
+en casa, escondidito, leyendo las _Mil y una noches_, única lectura
+a que debo aplicarme ahora para hacerme a estas sorpresas... Adiós,
+maestro... Y que se esmeren en el corte... ¿Cuándo probamos? Estoy aquí
+a su disposición todo el día. ¿Pues cómo voy a salir a la calle con
+estos adefesios de ropa que he traído de mi pueblo?... Vaya con Dios...
+y no me olvide, maestro.
+
+Retirose el sastre, y don Pedro Hillo, que acechaba en la puerta
+aguardando que el joven estuviese solo, entró de rondón con los brazos
+abiertos, diciendo muy gozoso:
+
+—Pero, niño, ¡le regalan ropa elegante, y todavía gruñe! Rarísimos son
+en el universo estos fenómenos de salirle a uno sastres _ex-machina_,
+que le miden, le cortan, le cosen, y después no cobran. Casos tales
+acaecen solo de siglo en siglo, y hay que saber aprovecharlos. ¡_Oh
+fortunate nate_! Yo, que para hacerme una sotana tengo que ahorrar
+seis meses en la comida, le declaro a usted simple de solemnidad si
+no acepta calladito esas mercedes anónimas. Por la sagrada orden que
+profeso, declaro también que a mí no me ha pasado jamás cosa semejante,
+y que las deidades misteriosas y las manos ocultas no han existido para
+mí. A usted me arrimo, por si se me pega algo y halla en su ventura
+mi desventura algún remedio. Ya, ya sé..., me lo ha dicho Méndez, que
+anoche recibió usted un abultado pliego. Abrió, ¿y qué era? Billetes
+para los teatros del Príncipe y la Cruz. Dígame: ¿no ha recibido
+también para los toros?
+
+—Todavía no —dijo Calpena sonriente—; pero por lo que voy viendo, ya
+no dudo que los tendré la víspera de la primera corrida. Y como de los
+teatros mandan dos, para que vaya con algún amigo, iremos juntos a la
+plaza.
+
+—Ya le mandarán también, cuando empiece el tiempo de las máscaras,
+para los bailes de _Trastamara_ y del _Café de Solís_. Pero a eso no
+podré acompañarle... Le daré consejos, porque de fijo han de salirle
+aventuras y le acosarán mascaritas...
+
+—Ya adivino sus consejos.
+
+—¿A que no?
+
+—Que remate la suerte.
+
+—No, no es eso, sino todo lo contrario. Que se prevenga contra las
+celadas que pudieran tenderse a su voluntad honesta, virginal. Este
+Madrid es muy malo. No se fíe usted de las caras tapadas.
+
+—De las manos ocultas debo fiarme, según dice.
+
+—No es lo mismo. Esa mano desconocida le viste a usted, le da de comer,
+atiende a sus necesidades. Las caritas encapuchadas podrían hacer lo
+contrario: desnudarle, quitarle el pan de la boca y reducirle a la
+ruina y la miseria. Existirán tal vez, ¿quién asegura que no?, manos
+escondidas que quieran perderle, como las hay que trabajan por su bien.
+Lo primero que usted debe hacer es averiguar en qué cielo habita esa
+deidad misteriosa, para poder rezarle y pedirle lo que le convenga.
+
+—¿Qué le pediría usted para mí si estuviese en mi lugar?
+
+—Lo primero, un destino de Hacienda o de _lo Interior_ con doce mil
+realetes... Y puesto a pedir, yo que usted pediría también la cátedra
+de Alcalá para un amigo.
+
+—Para usted eso y mucho más.
+
+—Las manos mágicas deben extender sus caricias a los buenos amigos. A
+Roma con Santiago he revuelto yo para conseguir esa humilde plaza, y
+aquí me tiene usted esperando a que san Juan baje el dedo. Si hubiera
+para mi una mano oculta, esa mano, en medio de las tinieblas de lo
+incógnito, me daría una bofetada. Estoy dejado de la mano de Dios,
+por lo que voy creyendo que Dios está en todas partes menos en las
+oficinas, y que, si acaso está, no tiene en ellas la mano, sino el pie.
+
+—No hay que desmayar. Hagamos un trato. Búsqueme usted a la persona que
+ha mandado a Utrilla tomarme medidas, y si me la encuentra, prometo
+a usted solemnemente que el primer favor que pediré a mi desconocida
+providencia es esa colocación que usted desea..., esto en el caso de
+que nos resulte influyente.
+
+—¡Influyente!... ¡Por Dios, don Fernandito, no me venga usted con
+inocencias! Esa persona desconocida tiene que ser muy alta, pero muy
+alta.
+
+—¿En qué lo conoce?
+
+—A ver..., pronto, enséñeme usted la carta en que venían las
+localidades de teatro.
+
+—No es carta... Es un pliego cerrado con obleas... Aquí lo tiene usted.
+
+—A ver, a ver... ¡San Canuto, qué papel más fino!... Este papel, puede
+usted asegurarlo, no se encuentra en ninguna tienda de Madrid... ¿Y la
+letra del sobre?... ¡Ay qué letra, san Bartolomé! ¿Es de mujer? ¿Es de
+hombre?... Señor don Fernando, no se asuste de lo que voy a decirle. La
+mano que ha escrito esto es de sangre real.
+
+—¡Atiza!
+
+—¡De sangre real!... Y si no, al tiempo... ¡Ay, señor don Fernandito de
+mi alma, allá va una profecía! Déjeme usted ser profeta, y adivino,
+y augur, y brujo, si usted quiere. Antes de cuatro días recibe usted,
+como llovido del cielo, el nombramiento... de...
+
+—¿De qué?
+
+—Vamos..., de Caballerizo Mayor del Reino, digo, de Palacio... Y si no
+es esto, será de otra cosa de mucha categoría.
+
+Rompió a reír Calpena, y dijo a su amigote:
+
+—Pero, señor don Pedro, ¿somos clásicos, o no somos clásicos?
+
+—Sí, sí, tiene usted razón: no desvariemos, ilustre joven; pero por de
+pronto, yo, el más desgraciado de los nacidos, quiero hacer constar
+que anhelo ser su amigo de usted. Sí, sí: seamos amigos; déjeme usted
+arrimarme al ser más afortunado, más resplandeciente de felicidad que
+he visto en mi vida. Es usted el sol, y yo me muero de frío.
+
+—Bueno, seamos amigos —replicó don Fernando, no sin cierta emoción—. Y
+pues el día está hermosísimo, vámonos de paseo, y le contaré a usted
+muchas cosas que ignora, y que quizás le hagan rectificar sus juicios
+acerca de mí como depositario de la dicha terrestre. Diré a usted quién
+soy, de dónde vengo, por qué estoy en Madrid...
+
+—Todo eso me interesa extraordinariamente... Ya me lo contará usted
+otro día; hoy no puede ser... Ni usted ni yo debemos salir hoy. Nos
+estaremos aquí toda la mañana acechando a Iglesias.
+
+—¿Pero Iglesias no duerme aún?
+
+—Aún estaría en el primer sueño, o empezando el segundo, si no
+hubieran venido a despertarle muy temprano, serían las siete, dos de
+sus amigotes. Sin duda ocurren cosas gravísimas. ¿Y sabe usted quiénes
+son esos dos que entraron, y, tirándole de una pata, le sacaron de la
+cama? Pues yo tampoco lo sé a punto fijo, porque soy poco fuerte en
+fisonomías. Uno de ellos me parece que es el conde de las Navas; el
+otro tan pronto me parece Fermín Caballero, como Seoane... De que son
+pájaros gordos del jacobinismo, no tengo duda...
+
+—¿Y a nosotros qué nos importa?
+
+—A usted, hombre feliz por obra y gracia de la providencia enmascarada,
+nada le altera. ¿Ha leído usted _El Español_ de hoy?... ¿A que no?...
+¿A que tampoco ha leído _El Mensajero_ ni _El Eco del Comercio_? En
+mi cuarto los tengo. Vienen los tres diarios echando bombas, cada uno
+según el son a que baila. Yo me alegro, para que se arme de una vez.
+Esta visita de los compinches de Iglesias tan a deshora, significa
+que anoche hubo gran trapatiesta en la casa de Tepa, entiéndase
+_logia_, y en los cafés donde rebulle la patriotería. Parece que
+las Juntas no quieren disolverse, las de Andalucía sobre todo, y
+he aquí al señor Mendizábal en un brete, porque nos ofreció poner
+fin a esta horrible anarquía, y en los primeros días creímos que lo
+lograba. Pero aquí, para que usted se vaya enterando, tanto puede
+la envidia de los propios, como la mala voluntad de los extraños; o
+en otros términos, que los amigos, o sea el agua mansa, son más de
+temer que los enemigos. ¿No lo entiende? Pues quiere decir que los
+_estatuistas_ templados caídos del poder con Toreno, se introducen
+en los conciliábulos de los patriotas, fingiéndose más exaltados que
+estos, para sembrar cizaña, y al propio tiempo los _libres_ que aún
+no tienen empleo se van a las sacristías del otro bando y atizan
+candela, para que los diarios de la _moderación_ se desborden y se
+encienda más el furor de las Juntas. Estas nos ofrecen un espectáculo
+delicioso. Una pide que se restablezca la Constitución del 12; otra que
+se modifique el Estatuto, y entre todas arman una infernal algarabía.
+El señor Mendizábal pretende gobernar en medio de esta jaula de locos
+furiosos. Manda tropas contra las Juntas, y los soldados se pasan a la
+patriotería... Y los carlistas, en tanto, bañándose en agua rosada,
+preparándose para venir hacia acá, porque Córdova no les ataca mientras
+no le manden refuerzos... Estamos en una balsa de aceite... hirviendo.
+¡Qué gratitud debemos al Señor Omnipotente por habernos hecho
+españoles! Porque si nos hubiera hecho ingleses o austríacos o rusos,
+ahora estaríamos aburridísimos, privados de admirar esta entretenida
+función de fuegos artificiales.
+
+—¿Y esos que están en el cuarto de Iglesias...?
+
+—Son patriotas furibundos... de buena fe; de los que creen que
+con degollar frailes, azotar monjas y hablar pestes de todos los
+ministros, se arregla la nación. Sin quererlo, les preparan la suerte a
+los moderados. Algunos creen en Mendizábal, y otros le repudian porque
+no va por calles y plazuelas perorando, con un pendón en la mano... A
+todos tiene que contentar el señor de las largas levitas. Trabajo le
+mando... Si quiere usted que olfateemos lo que traman los compinches
+de Iglesias, vámonos a mi cuarto, donde al paso que usted lee _El
+Español_ y _El Eco_, yo me daré mis mañas para pescar al oído alguna
+palabreja... Véngase usted para acá.
+
+Fuéronse de puntillas al cuarto de don Pedro, y desde él oyeron gran
+batahola en el de Iglesias; y no pudiendo este resistir el fuerte
+estímulo de su curiosidad, se coló en la caverna de los conjurados,
+pretextando recoger un tomo de las _Palabras de creyente_, de
+Lamennais, que había prestado a su amigo. No tardó en volver risueño
+con el libro, y con preciosas noticias de la conspiración, que
+resultaba la más inocente que en cerebros revolucionarios pudiera caber.
+
+—Nuestro gozo en un pozo, amigo Calpena. No tratan de ahorcar a medio
+mundo, ni de sublevar a la tropa, ni de meter más fuego a las Juntas.
+Las Juntas y toda esa marimorena les importa tanto a esos ángeles de
+Dios como las coplas de Calaínos. Lo que les trae tan levantiscos es
+que las elecciones para el Estamento están próximas, y ellos, cosa
+muy natural, quieren ser procuradores. Mendizábal conferenció anoche
+con Caballero, y parece que le asegura la elección por Cuenca. Los
+otros dos, y alguno más que vendrá después, andan a la husma de las
+procuras, y quieren estar bien con Mendizábal y con el ministro de la
+Gobernación, don Martín de los Heros. Vea usted el secreto de estos
+aquelarres misteriosos.
+
+—¿Será posible, amigo Hillo, que yo, provinciano y desconocedor del
+mundo y de Madrid, tenga más malicia, más trastienda que usted, que
+lleva ya no sé cuántos años de andar en este terreno? Dígolo porque me
+figuro que Iglesias y sus amigotes le han engañado como a un chino. Al
+verse sorprendidos por la brusca entrada de usted en el escondrijo, han
+variado de conversación.
+
+—Por san Félix de Cantalicio, pienso que está usted en lo cierto... Me
+han dado el trapo. Soy toro noble.
+
+Aún no había concluido la frase, cuando entró Iglesias resueltamente
+en el cuarto de Hillo, y llegándose a don Fernando con resuelto ademán
+y sonrisa un tanto maliciosa, como de hombre muy corrido para quien no
+hay nada secreto, le dijo:
+
+—Ya sabemos, amigo Calpena, que ha traído usted de Francia un
+voluminoso paquete de papeles para el señor Mendizábal.
+
+Quedose un tanto suspenso el joven, y no supo qué responder.
+
+
+
+
+VI
+
+
+—Le entregaron a usted ese paquete en Olorón. Lo había traído de
+Burdeos una señora... No..., no se ponga usted colorado, después de
+haberse puesto pálido. No se trata de ningún delito. Le dan a usted un
+encargo, y usted lo cumple puntualmente. No pretendo yo..., pues no
+faltaba más..., que usted me revele cosas sobre las cuales debe guardar
+secreto. No, no señor. Lo que sí puedo decirle es que el sujeto que
+debía recoger ese paquete o caja de manos de usted, para entregarlo al
+señor ministro, ya no vendrá a desempeñar esa comisión, porque anoche
+le han preso, y se halla incomunicado en el Saladero.
+
+Perplejo un buen rato quedó Calpena ante la osada interpelación de
+Nicomedes, que con brusquedad tan impertinente quería producir efecto,
+y ver confirmados sus informes en el rostro del simpático mozo; pero
+rehecho este prontamente del estupor, le contestó con tanta dignidad
+como cortesía:
+
+—Nuestra amistad, señor de Iglesias, que yo estimo mucho, no es tan
+antigua que a mí me permita informarle de si traigo o no encargos para
+determinadas personas, ni a usted preguntármelo en forma afirmativa, la
+cual revela una confianza un poquito prematura. Va usted demasiado a
+prisa, amigo don Nicomedes. Cuatro días hace que nos conocemos.
+
+—Sentiría, señor Calpena, que usted interpretase mal lo que acabo de
+indicarle —dijo el otro recogiendo velas—. No pretendo que usted me
+revele el secreto de los encarguitos que le han confiado, ni eso a mí
+me importa. Creí yo que nuestra amistad, con ser de cuatro días, es ya
+bastante firme para que yo pueda tomarme la confianza de prevenirle
+contra ciertos peligros... Porque usted es un joven tan honrado como
+inexperto, y podría, con el candor propio de los pocos años, prestarse
+a ciertos mensajes, de cuya gravedad no tiene la menor idea.
+
+—Se me figura, amigo Iglesias, que la calentura patriótica que usted
+padece le hace ver peligros y misterios en los actos más sencillos.
+
+—No sabe usted dónde está, y yo tendría mucho gusto, si no se empeña en
+creer demasiado fresca nuestra amistad; tendría yo sumo placer, digo,
+en iniciarle en la vida política, puesto que a ella piensa, según veo,
+dedicarse.
+
+—No he pensado en tal cosa. La vida política no se ha hecho para mí.
+
+—El señor —dijo Hillo con cierta timidez— es de los que se lo
+encuentran todo hecho, y no necesita de que nadie le inicie, pues tiene
+mentores y padrinos, en la sombra, que no le permitirían dar un mal
+paso.
+
+—Si hace usted caso de este clérigo —dijo Iglesias con humorismo—, el
+sotana más honrado del mundo, pero al propio tiempo el más candoroso,
+está usted perdido, Calpena. Haga usted caso de mí, y déjese llevar. En
+la sombra no hay mentores ni garambainas. Todo eso es romanticismo de
+clase averiada... Vamos a cuentas. Lo primero, perdóneme si le hablé
+con cierta impertinencia del encargo que trae...
+
+—Yo no he traído papeles para el señor Mendizábal —replicó don
+Fernando—, ni me habían de escoger a mí para tales mensajes.
+
+—No abre usted la boca sin que nos dé una nueva prueba de su
+inexperiencia candorosa... Puesto que aquí todos somos amigos, déjeme
+usted que hable y le ponga al tanto de la situación... Y antes me
+permitirá que le presente a dos amigos, que espero lo serán de usted en
+cuanto les conozca.
+
+Cuando esto decía, dejáronse ver en la puerta dos sujetos, que eran los
+de la encerrona con Iglesias, ambos como de treinta a cuarenta años, y
+al entrar revelaron por su soltura y buenos modos ser de lo más selecto
+entre la juventud intelectual de aquellos tiempos. Bien supo Iglesias,
+al presentarles, recalcar sus nombres:
+
+—Mi amigo Joaquín María López..., mi amigo Fermín Caballero.
+
+Era este de color moreno; facciones bastas y rudas, del tipo
+castellano, común en campos más que en ciudades; bigote negro con
+mosca; cabello encrespado, que parecía un escobillón; complexión dura;
+el habla ruda y clásica, de perfectísima construcción castiza. El otro
+revelaba su estirpe levantina en la finura del cutis y la viveza del
+mirar, en la vehemencia de la expresión y en la flexibilidad y gracia.
+Recibiolos Calpena con franca urbanidad, y se sentaron todos, teniendo
+uno de ellos que hacer sofá de la cama de Hillo, y este no cabía en sí
+de gozo viendo tan honrada su pobre mansión.
+
+—Trasladamos el _Sublime Taller_ desde los alcázares de Iglesias a las
+góticas arcadas de Hillo... —dijo con gracia López—. La Iglesia nos
+ampara, nos acoge en su santo regazo.
+
+—La Iglesia —replicó Hillo, sentándose en un cofre— oye y calla, mas no
+otorga. En el regazo de la Iglesia no entran más que los arrepentidos.
+
+—_Amén_ —dijo Caballero—, y expliquemos en pocas palabras la llaneza
+con que asaltamos la morada de estos buenos señores.
+
+—El caso es el siguiente... Permíteme —indicó Nicomedes, que no gustaba
+de que otros dijesen lo que él podía decir—. Sabemos que el gobierno
+por una parte, la reina por otra, despachan agentes al campo y corte de
+don Carlos, a los cuales encargan que se finjan rabiosos absolutistas
+para ganar la confianza de los íntimos del pretendiente. El objeto es
+introducir allí la discordia, y acabar con el absolutismo por su propia
+descomposición. Al propio tiempo, los facciosos tienen aquí infinitos
+emisarios que hacen el propio juego, de lo cual resulta, señores, un
+tan espantoso lío, que ni aquí ni allí nos entendemos, y no sabemos ya
+cuáles son los adeptos legítimos y cuáles los apócrifos...
+
+—Pero hay otra cosa peor —interrumpió López, que, como buen orador,
+gustaba de expresar por sí las ideas de los demás—; hay otra cosa.
+Hierven discordias mil en la corte del pretendiente, por ser muchos los
+carlistas de viso que desean la transacción, siempre que el gobierno
+liberal les reconozca grados, emolumentos y honores.
+
+—Andan estos —prosiguió Caballero, que hablaba poco y bien— en continuo
+tejemaneje de Oñate a La Granja y de La Granja a Oñate, zurciendo
+voluntades y buscando la reconciliación de antiguos conmilitones,
+ahora desavenidos; y como, si lograran su objeto habrían de sobrevenir
+grandes males a la nación, nosotros, que miramos por la permanencia del
+sistema representativo, haremos cuanto esté de nuestra parte porque
+todas esas artimañas resulten fallidas.
+
+—Y además..., hay —apuntó Nicomedes— una tenebrosa y hasta hoy
+indescifrable conjura de la infanta Carlota...
+
+—Señores —declaró don Pedro poniéndose en pie—, la Iglesia, como dueña
+del local en el cual, por su tolerancia, que no por su gusto, se
+celebra esta nefanda reunión, recomienda a los señores preopinantes que
+no hablen de las reales personas.
+
+—Tiene razón nuestro noble castellano —dijo López con sorna—. No
+nombraremos a ninguna persona real; pero podemos designar por su nombre
+griego al que lo recibió y adoptó conforme a rito, cuando y donde todos
+sabemos. Hablaremos, pues, de _Dracón_.
+
+—¡Alto! —gritó Hillo poniéndose en pie—, porque el designado con
+notoria irreverencia con ese nombre, que huele a chamusquina masónica,
+es Su Alteza el infante don Francisco. Al menos yo lo he oído así, y no
+permito, señores, no permito...
+
+—Bueno, bueno —dijo Caballero—: no lastimemos los sentimientos
+religiosos y monárquicos con tanta sinceridad manifestados por este
+buen señor. A _Dracón_ todos le conocemos, y no hay que hacer misterio
+de él ni de su nombre de batalla. Creo que se exagera la importancia
+del tal: de mí sé decir que no creo que exista plan ninguno verosímil
+fundado en la personalidad del infante.
+
+—Poco a poco —apuntó Nicomedes—. Fermín, a ti te consta que sí lo hay.
+
+—No..., lo que me consta es que algunos cándidos han echado a volar ese
+nombre, denigrándolo con la suposición de que teníamos en la persona
+que lo lleva un nuevo pretendiente. Y esto es absurdo; esto no cabe en
+cabeza humana, ni aun en la de un español de 1835, que es la cabeza que
+nos ofrece la historia como más destornillada.
+
+—Y, sin embargo, hay quien lo dice.
+
+—Y quien lo cree, y lo sostiene como cosa muy práctica.
+
+—Y no falta quien asegure que es la única salvación del país.
+
+—Señores, son muchas salvaciones para un solo país... Salvadora
+la reina Cristina, salvador don Carlos, salvador Mendizábal, y
+ahora también don Francisco nos quiere salvar... Vamos, con tantas
+salvaciones, España va al abismo.
+
+—Señores, no desvariemos —indicó Hillo—. El señor infante don
+Francisco, que es persona discreta, no ha puesto sus ojos en el
+trono... Se contentará por hoy con sentarse en el Estamento de próceres.
+
+—Pretensión contraria a las leyes, tras de la cual hemos de ver y vemos
+una ambición política muy sospechosa, señores, muy sospechosa.
+
+—No exageremos... Cuando más, cuando más, _Dracón_ aspira a la
+Regencia...
+
+—¡Otra te pego!...
+
+—Señores conferenciantes —dijo Hillo con festiva severidad—, que no
+permito, que no puedo consentir afirmaciones tan contrarias al decoro
+de la real familia... Si siguen Sus Señorías por ese camino, mandaré
+que les lleven al corral.
+
+—¿Somos gallinas?
+
+—Toros de sentido..., de excesivo sentido, maliciosos, imposibles
+para la brega, por lo cual creo que no puede acabar bien la elocuente
+corrida que estamos celebrando.
+
+—¡Ja, ja, ja!... Muy bien. En fin, concretemos: seamos explícitos y
+lacónicos, porque este joven (por Calpena) dirá, y con razón, que le
+estamos embromando. ¿Verdad, señor Calpena, que no entiende usted qué
+relación puede existir entre su persona y estas cosas desordenadas que
+acaba de oír?
+
+—En efecto: no se me alcanza qué concomitancia pueda tener mi humilde
+persona con esos agentes reservados, con esas intrigas, con el señor
+_Dracón_ y demás...
+
+—Hemos sabido —dijo Nicomedes con campanuda solemnidad— que de Francia
+se remitió un paquete de interesantes papeles a Madrid... No vaya
+usted a creer que intentamos sustraer ese tesoro, y apropiárnoslo por
+medios contrarios a la hidalguía. En poder de usted se halla todavía el
+encargo. La persona que debía recogerlo ha sido presa, y probablemente
+no saldrá pronto de la cárcel. Es muy posible que alguien intente
+apoderarse del paquete, diciendo a usted que viene de parte de su
+legítimo dueño. Yo le suplico, señor don Fernando, que no lo suelte,
+aunque los que vengan a pedirlo le presenten esquela del mismo señor
+don Eugenio Aviraneta, a quien viene dirigido, porque tanto el recado
+como la esquela, serán falsos de toda falsedad.
+
+—Pues correspondo a su franqueza —dijo don Fernando, a quien todos oían
+con vivísima atención— que no traigo yo encargo ni cosa alguna para ese
+señor que acaba de nombrar; y si algo hay en mi baúl, que me confiaron
+en la frontera personas de toda mi confianza, y que no conspiran ni han
+conspirado nunca, lo entregaré a quien venga a reclamarlo, siempre que
+acredite, por usual conocimiento, ser la persona a quien viene rotulado.
+
+—Pues aún me resta que decir algo para que vean todos mi sinceridad
+y nobleza. Antes dije a usted que el paquete venía dirigido a
+Mendizábal; pero esto lo hice sin más objeto que desconcertarle a
+usted, con la idea de que su turbación le arrastrase a revelarme algo
+que yo quería saber: lo que usted trae no viene dirigido a Mendizábal,
+ni tiene nada que ver directamente con nuestro célebre gaditano. Pero
+personas muy altas, muy altas, fíjese bien en lo que afirmo, pudieran
+tener noticia de que el señor Calpena es portador de papeles graves, y
+en este caso no dejarían de intentar por todos los medios apoderarse de
+ellos.
+
+—En vez de aumentar la confusión de este excelente joven —indicó
+Caballero—, procuremos disiparla, amigo Nicomedes, y al propio tiempo,
+convenzámosle de que no pretendemos apoderarnos de secretos que no se
+nos quieren confiar.
+
+—Justamente —dijo López—, y empecemos por declarar que ignoramos, o por
+lo menos, que no sabemos con exactitud qué documentos se han confiado
+a su discreción. Puede ser algo que exclusivamente interese a la
+familia real; puede ser del común interés de los partidos militantes.
+Me inclino a creer esto. El propio Aviraneta no sabe lo que es, o no
+quiere decírnoslo.
+
+—No lo sabe —afirmó Iglesias—. Así me lo aseguró ayer, y debemos
+creerlo.
+
+—_Hame dado en la nariz_ —dijo Caballero— que lo que han remitido a don
+Eugenio es todo el fárrago de papeles concernientes a la _Confederación
+isabelina_, de infausta memoria. Él mismo se lo llevó a Francia no
+sé con qué objeto, y de allá se lo remiten para que lo utilice aquí
+en contra nuestra, y en pro de los Torenos y Martínez... Yo, señores
+míos, me fío poco de Aviraneta, y no quisiera que mis amigos tuvieran
+interés por nada que al infatigable conspirador se refiera... Fíjese
+usted, señor Calpena, en lo que voy a decirle, para que no se embrollen
+sus ideas con la extraordinaria confusión que ha de resultarle de lo
+que decimos. Los estatuistas nos acusan de haber preparado, dispuesto,
+organizado, en una palabra, el degüello de los frailes, el asesinato de
+Canterac y otros abominables hechos de que usted tendrá conocimiento.
+Se nos quiere denigrar, inutilizar para la gobernación del reino. Si
+hay responsabilidad, no pueden ellos eludirla, pues en los terribles
+días de julio del año pasado era Presidente del Consejo el señor
+Martínez de la Rosa; ministro de la Gobernación el señor Moscoso, y
+corregidor de Madrid el señor marqués de Falces. ¿Sabéis lo que, en
+mi presunción, contiene la estafeta que ha traído el señor Calpena?
+Pues el plan de Constitución que hicimos Olavarría y yo; la exposición
+dirigida a Su Majestad por Flórez Estrada, condenando el Estatuto; el
+proyecto de asonada general; el plan de ministerio, presidido por Pérez
+de Castro; los compromisos contraídos por Palafox y Calvo de Rozas,
+con el nombre de _trabajos militares_, y, por último, el informe de
+la Comisión que nombramos para proponer al gobierno el mejor sistema
+de _extinción de frailes_. Todo eso y algo más había. Aviraneta,
+como iniciador de la _Isabelina_, arrambló con el archivo cuando la
+persecución de la policía le obligó a emigrar a Francia. ¿Trataría de
+hacer algún negocio con Luis Felipe? ¿Habrá entrado en contubernios con
+don Carlos? Yo no lo sé... Ya os he dicho que no me fío de ese hombre,
+y que de su refinada astucia y doblez lo temo todo. Vosotros creéis
+en Aviraneta; yo no. Para mí es un monstruoso talento, el más sutil y
+agudo para la intriga. El año pasado conspiraba o aparentaba conspirar
+con nosotros. Este año trabaja secretamente por los enemigos del
+progreso. Vosotros creéis en sus alardes de patriotismo revolucionario;
+yo no. Vosotros confiáis en su lealtad; yo desconfío hasta de su
+sombra. Si le ayudáis, ayudáis al desprestigio de Palafox, de don
+Jerónimo Valdés, de San Miguel, de los patriotas Quiroga y Palarea, de
+Salustiano, del propio Mendizábal, pues ya sabéis que don Juan Álvarez
+comunicó desde Londres su propósito de constituir allí un _Círculo
+isabelino_, y de facilitar fondos para la _causa_, y en esfera más
+modesta ayudáis también a vuestro propio vilipendio y al mío...
+
+—Fermín, Fermín —dijo Iglesias apretando los puños, encendido el
+rostro—: tú siempre pesimista, tú siempre malévolo y suspicaz,
+desconfiando de los hombres más adictos a la idea, de los que han
+sabido padecer por ella persecuciones horribles.
+
+—Y tú, Nicomedes, siempre iluso y confiado, pobre enfermo de la
+_calentura patriótica_, ni aprendes nada de la experiencia, ni
+atiendes a las lecciones del tiempo. Tanto a ti, pobre Iglesias,
+como a ti, Joaquín, almas crédulas, espíritus generosos, os digo que
+desconfiéis de Aviraneta, que no le ayudéis en sus maquinaciones, que
+le dejéis solo en la febril inquietud de su conspirar instintivo,
+genial, por amor al arte, por ley de su naturaleza.
+
+Y cambiando bruscamente al tono familiar, antes que sus atontados
+amigos pudieran replicarle, se levantó y formuló la despedida en estos
+términos:
+
+—Ya he sermoneado bastante, y ahora me voy, que tengo que trabajar.
+Holgazanes, quedaos con Dios.
+
+—Fermín, aguarda, siéntate... que aún tenemos mucho que hablar.
+
+—¡Hablar! La maldita palabra. Es la sarna del país. España llegará
+al fin del siglo sin haber hecho nada más que rascarse, es decir,
+hablar... Quedaos con Dios... Y usted, señor de Calpena, al aceptarme
+por su amigo, me va a permitir que le dé un consejo. Es usted muy
+joven; yo tengo treinta y seis años y alguna experiencia. No haga
+caso de estos pobres orates. Si quiere usted seguir el consejo de
+un patriota honrado, que no padece la famosa _calentura_, y profesa
+sus ideas con fría convicción, no sirva usted de correo a los
+conspiradores de oficio. Y pues le han cogido de sorpresa, encargándole
+comisiones que no habría aceptado con conocimiento, vénguese por el
+método inquisitorial... En vez de entregar los papeles al señor de
+Aviraneta, arrójelos a las llamas. Ganará usted mucho en tranquilidad
+de conciencia.
+
+—¡Quemarlos! ¡Eso no! —gritó Iglesias.
+
+—Créame a mí...
+
+—No le crea, no, Fernando. Es de Cuenca, que es como decir leñador y
+carbonero...
+
+—Carbón, sí; carbón haría yo de todo ese fárrago de sandeces —dijo
+Caballero con arrogancia, enarbolando su bastón—. Nuestro pasado
+político, amigos revolucionarios, debe ir al fuego... Quemad la broza,
+que las ideas, no temáis..., esas no arden.
+
+Y encasquetándose el sombrero, que era de los voluminosos que entonces
+se usaban, salió del cuarto y de la casa con resuelto y presuroso andar.
+
+
+
+
+VII
+
+
+Aunque desconcertados por la enérgica manifestación de Caballero, que
+al fin hubo de condenar las bajas intrigas, no cejaron Iglesias y
+López en su propósito de catequizar al joven Calpena. Aún insistió don
+Joaquín en que entregase el _lío_ a don Eugenio Aviraneta, sin pensar
+en hacerlo cisco, como le aconsejara Fermín con implacable rigor; y
+más atrevido Iglesias, propuso al joven, no que pusiese en sus manos
+lo que era objeto de tantas cavilaciones, sino que permitiera ver su
+contenido, prometiendo ambos guardar profundo secreto sobre lo poquito
+que examinar pudiesen. Negose resueltamente don Fernando, y ellos
+invocaron los principios liberales que sin duda el joven profesaba; los
+grandes intereses del pueblo, al cual todos pertenecían; y añadiendo
+a los halagos las promesas, ofrecieron traerle antes de tres días una
+credencial de ocho mil reales en cualquier ministerio, si a satisfacer
+su ardiente curiosidad se prestaba. Pero ni las demostraciones de
+amistad ni las ofertas de colocación quebrantaron la delicada entereza
+de don Fernando, el cual decididamente, con frase categórica y un tanto
+áspera, les quitó toda esperanza, alentándole en esto su amigo Hillo
+con muecas y manotadas expresivas. Replegáronse de mal talante los
+patriotas al cuarto de Iglesias, y lo primero que hizo don Fernando al
+entrar en el suyo fue guardar bajo llave, en los seguros cajones de una
+cómoda, el contenido de su baúl, o aquella parte que convenía poner a
+cubierto de cualquier sorpresa.
+
+—Hace usted bien —le decía Hillo gozoso—, porque estos _libres_, como
+ellos se llaman, no se paran en pelillos. Fuera del patriotismo, son
+honrados, y por nada del mundo le quitarían a usted un botón ni un
+cigarro de papel. Pero en mediando lo que ellos llaman _el interés de
+la Confederación_ o de la libertad, aunque esta sea tan desacreditada
+como la de la imprenta; como se trate de arma política con que puedan
+descabellar al contrario y arrastrarle por el redondel, se ciegan, y
+de noblotes y decentes se convierten en los primeros badulaques del
+mundo.
+
+De acuerdo en esto como en todo, pues los lazos de su amistad se
+apretaban más cada hora, salieron a dar un paseo antes de comer.
+
+—¡Qué hermoso apóstrofe el de Caballero! —decía, calle abajo, hacia la
+de Alcalá, el buen clérigo Hillo—. Mejor será llamarlo _conminación_ o
+_deprecación_...
+
+—Llamémoslo _corrección fraterna_, que así deben nombrarse los hijos de
+tal padre. Me ha gustado don Fermín. ¿Sabe usted que los otros parecen
+locos?
+
+—Y no es lo peor que lo parezcan, sino que lo sean, y que nos
+comuniquen a nosotros su locura. Yo siento un gran desorden en mi
+cabeza.
+
+—Y yo. Le aseguro a usted que me falta poco para ponerme a gritar en
+medio de la calle. ¿Conque es verdad que he conspirado sin saberlo?
+¿Conque es verdad que traigo papeles que comprometen a la real
+familia... o a los reales masones, o a los isabelinos, o al demonio
+coronado? Y ahora consulto yo con usted una sospecha grave: ¿tendrá
+alguna relación este enredo con los favores que recibo de mano
+desconocida?... Esa personalidad misteriosa que en las tinieblas me
+protege, ¿tendrá algo que ver con..., con no sé qué?... Yo desvarío,
+se embarullan mis ideas. ¿Me encontraré envuelto, sin culpa ninguna,
+en alguna endemoniada intriga? Dígame su franca opinión... Usted
+es hombre de mundo, y conoce esta sociedad y estos manejos de la
+política. Yo soy un inocente: vengo de un pueblo fronterizo y de
+una ciudad extranjera, donde he vivido amarrado a un bufete de
+comerciante... Yo no sé nada de esto. Ilumíneme usted; indíqueme si
+debo hacer algo, o no hacer nada y dejar correr los acontecimientos...
+
+—Pues, mi amigo don Fernando, creo, y no hay que asustarse, que se
+halla usted metido de hoz y de coz en un lío estupendo... Dígame ante
+todo: ¿es cierto que trae usted esa caja?
+
+—Sí, señor; a usted puedo decírselo. Traigo un paquete bastante pesado
+y voluminoso. Me lo dio una señora que en Olorón visitaba mucho a
+los hermanos de mi padrino... Díjome que se presentaría a recibir el
+encargo la persona a quien viene rotulado, y es también una señora, y
+se llama doña Jacoba Zahón.
+
+—Eso de Zahón me huele a masonería. Y la señora que lo entregó a usted,
+¿quién es?
+
+—Allí la llamaban la Marquesa, y decían de ella que politiqueaba, que
+sostenía larga correspondencia, y que en Tours y en Burdeos estuvo en
+relaciones íntimas con algunos emigrados liberales.
+
+—¡Ah... por san Benito de Palermo!... Ya veo, ya veo claro... digo, no,
+no veo más que oscuridades y fantasmas... Señora allá que manda, señora
+aquí que recibe... Aviraneta... La _Confederación isabelina_..., el
+degüello de regulares..., Mendizábal... Usted recibido y aposentado en
+Madrid por personas desconocidas que no dan la cara..., usted vestido
+por Utrilla..., usted obsequiado con billetes de teatro y con otros
+regalitos que no habrá querido decirme... ¡Ay!, don Fernando de mi
+alma, como mi religión me ordena no creer en brujas, y mi experiencia
+me permite creer en enjuagues masónicos, yo le veo a usted tocado de
+locura, y me vuelvo loco también, porque no entiendo una palabra de
+este intrincado negocio.
+
+—¡Y luego decimos que somos clásicos!
+
+—¡Clásicos! Eso quisiéramos. El mundo está tocado de insana demencia...
+Ya no pasan las cosas como antes, con aquella pausa y regularidad de
+otros tiempos; todo está trastornado; reina la sorpresa, mangonea el
+acaso, y los acontecimientos se suceden sin ninguna lógica. Ya no hay
+reglas, mi querido don Fernandito. Esto es el caos, la barbarie, la
+anarquía de las almas. Corre un viento de desorden, y en la naturaleza
+no hay aquella serenidad, aquella calma majestuosa... ¿Digo mal?
+
+—Dice usted muy bien. Yo me noto lanzado en este vértigo, en este
+espantoso remolino.
+
+—Todo por ese maldito... Hasta me repugna pronunciar su nombre.
+
+—Ese maldito... ¿qué?
+
+—¿Sabe usted, Fernando Calpena —dijo el clérigo con solemne gravedad,
+parándose en firme—, quién tiene la culpa de esta locura que nos saca
+de quicio, de esta llamarada que nos abrasa el rostro, de esta comezón
+que nos hace bailar la tarántula?
+
+—¿Quién tiene la culpa?...
+
+—¡Qué! ¿No lo acierta? Pues tienen la culpa Víctor Hugo y Dumas, esos
+dos infames progenitores del romanticismo... ¡El romanticismo! Ese es
+el remolino, ese es el vértigo, esa es la locura...
+
+—Don Pedro —dijo Calpena, sin encontrar pertinente lo que afirmaba su
+amigo—, ¿qué tiene que ver...? ¡Dumas, Víctor Hugo!... son dos grandes
+poetas...
+
+—Que han desatado las tempestades en nuestra literatura, y tras el
+desquiciamiento de la literatura ha venido el de la política, y
+luego el de la vida toda... Yo, a esos dos, les mandaría cortar la
+cabeza, sin cargo alguno de conciencia, como a malhechores del género
+humano, y me quedaría tan fresco... ¿No ve usted que ya no hay orden
+ni reglas en el curso de los hechos que constituyen la vida? ¿No ve
+usted que ya todo es exaltación, misterio, fantasmas, lo desconocido,
+lo imponderable?... Pues espérese usted un poco, que ya empezarán los
+espectros, las tumbas, los cipreses funerarios... En fin, vámonos a
+comer, que yo, la verdad sobre todo, tengo ya ganas. Y esta tarde nos
+iremos a dar un largo paseo por las afueras, para que usted me cumpla
+su promesa de contarme algo de su vida, y del cómo y el por qué de
+haber venido a este maldito Madrid.
+
+—Volvámonos a casa —dijo Calpena sobresaltado, pues temía un golpetazo
+repentino de la suerte, como contrapeso de tantas venturas—, y veremos
+cuál es la sorpresa de esta tarde.
+
+—¡Qué!... ¿Teme que venga de sopetón la mala?... Deseche usted ese
+recelo, porque si viniera la mala, caería sobre mí. Quiero decir que
+aquí está Pedro Hillo para recogerla, pues yo seré su pararrayos,
+señor don Fernandito. No dude que si salta la chispa caerá sobre este
+cura..., y usted libre, usted siempre feliz... Si no, al tiempo.
+
+Sorpresa hubo, en efecto; mas no desagradable, como Calpena temía.
+Al entrar le dio Méndez un paquetito que acababan de traer. Pálido y
+ceñudo, el joven no se atrevía a cogerlo. Hízolo Hillo, tomó el peso, y
+se echó a reír diciendo:
+
+—Que me excomulguen si esto no es dinero contante y sonante.
+
+El paquetito era como una carta muy abultada, o como un libro de poco
+volumen, esmeradamente envuelto en papel superior, cerrado con lacres.
+Estos no tenían sello con letras o escudo. Antes de abrirlo, preguntó
+don Fernando a Méndez quién lo había traído.
+
+—Ha sido el mismo señor, ese que llaman _Edipo_.
+
+—No puede ser más clásico —observó don Pedro—. A ver, a ver..., abra
+usted.
+
+—Podría usted haberle dicho que se esperara. Yo le habría
+interrogado... En fin, veamos qué es esto.
+
+Metiose en su cuarto con Hillo, y en pocos segundos quedó aquel nuevo
+enigma descifrado a medias, pues si debajo del envoltorio apareció
+una elegantísima y perfumada cartera de piel, con un cartoncillo en el
+cual resplandecían ocho medias onzas prendidas con un cruce de seda
+encarnada, no se encontró papel escrito, ni tarjeta, ni cifra por donde
+la procedencia pudiera ser conocida.
+
+—Muy bien —dijo el presbítero restregándose furiosamente las manos—.
+Eso no podía faltar... Aparece la lógica en medio de este barullo
+romántico... Le mandan a usted dinero para el bolsillo, pues un joven
+vestido por Utrilla, un caballero que ocupará altas posiciones, que
+figurará entre los más elegantes de Madrid, no es bien que ande sin
+pólvora... Ea, no se devane ahora los sesos... Ya parecerá, señor, ya
+parecerá el donante. Vámonos al comedor, que con estas sorpresas se me
+aguza el apetito.
+
+Comieron solos, porque Iglesias, convidado por López, se había ido a la
+fonda de Genieys; don Fernando hablaba poco; a Hillo se le despertó la
+locuacidad con tanta fuerza como el apetito, y trataba de apartar al
+joven Calpena de la sombría cavilación en que había caído...
+
+—Antes dije a usted que estábamos locos, y ahora añado que bendita sea
+la locura si viene siempre así. Mientras lluevan medias onzas, ora sean
+en pasta, ora transformadas en cosas de diferente utilidad, no llore
+usted, joven. Si luego nos cae alguna rueda de molino, tiempo habrá de
+lamentarlo. Y hablo en plural, porque si mi delicadeza no me permite
+participar de los beneficios exclusivamente destinados a usted, deseo
+y quiero ser partícipe de los males, cuando Dios se fuere servido de
+enviarlos. Conque reposemos un rato la comida, y luego nos iremos a
+estirar las piernas al Retiro.
+
+Hiciéronlo así, y descansando de su caminata a la sombra de unos
+copudos negrillos, en sitio sosegado, allá por el Baño de la Elefanta,
+don Fernando se franqueó con su amigo, ofreciéndole los datos
+biográficos que anhelaba conocer, como clave o guía para descubrir la
+_misteriosa mano_.
+
+—Los primeros recuerdos de mi infancia —contó Calpena— se refieren
+a Vera, y a la casa del cura de aquel pueblo. Pero yo nací y fui
+bautizado en Urdax, no constando en la partida más que el nombre de
+mi madre, Basilisa Calpena. Ni la conocí nunca, ni he sabido de ella,
+pues la mujer que me crio se llamaba Ignacia, natural de Zugarramundi,
+habitante en Vera, en una casita próxima a la del cura. No tenía yo
+dos años cuando este me llevó consigo, y ya no me separé de él hasta
+su muerte, ocurrida el año 32. Llamábale yo padrino, y él a mí ahijado
+y a veces hijo. Era el hombre más excelente que usted puede imaginar,
+sin tacha como sacerdote, verdadero pastor de sus feligreses; tan
+caritativo que todo lo suyo era de los pobres; entendido en mil cosas,
+principalmente en agricultura, en astronomía empírica y en humanidades;
+gran latino, tan modesto en sus hábitos y tan apegado a la humilde
+iglesia en que desempeñaba su ministerio que rechazó la oferta de una
+capellanía de Roncesvalles y del deanato de Pamplona. Para mí, don
+Narciso Vidaurre, que así se llamaba, era la primera persona del mundo,
+y en él se condensaron siempre todos mis afectos de familia, pues él
+era para mí como padre y maestro. Si no me había dado la vida, me dio
+la crianza, la educación, y me enseñó a ser hombre, infundiéndome
+la dignidad, la confianza en mí mismo, y preparándome para los mil
+trabajos de la vida. Desde niño me enseñó todo lo concerniente, en lo
+moral y en lo social, a personas principales..., quiero decir que me
+crio para señor, no para sirviente ni para la vida oscura y zafia del
+campo. Aunque no con puntualidad, don Narciso recibía cantidades para
+mi sostenimiento, educación y demás. Ellas venían unas veces de Madrid,
+otras de Burdeos o París. De esto me enteré yo en mi niñez; pero él
+nunca me dijo nada, y aunque a veces aludía vagamente a mis padres,
+dándome a entender que existían, y que yo podría conocerles andando
+el tiempo, jamás me habló concretamente de asunto tan delicado. Sin
+duda, no se creía con facultades para hacerme tal revelación; o tal
+vez aguardaba a que yo cumpliese determinada edad. No sé, no sé, amigo
+Hillo... Mis confusiones son ahora las mismas que hace algunos años.
+Quizás, si mi padrino viviera, ya habría cesado mi ignorancia de cosa
+tan importante; quizás...
+
+—Permítame... Entre paréntesis... —dijo don Pedro, que ponía profunda
+atención en el relato—. Una pregunta: ¿en aquel tiempo recibía usted,
+también favorcitos misteriosos de la _mano oculta_?
+
+—En tiempo de mi padrino, jamás. En París, una vez sola. Ya llegará
+oportunidad de contarlo... Seguiré con método.
+
+—Permítame otra pregunta: ¿ese señor murió de repente?
+
+—Sí..., de un ataque apoplético. No le dio tiempo a nada.
+
+—Claro..., si hubiese tenido tiempo, lo natural y lógico era llamarle a
+usted..., decirle: «Hijo mío, tal y tal...».
+
+—Su muerte fue para mí un golpe tremendo. Parecíame que se acababa el
+mundo, la humanidad; que yo me veía condenado a soledad eterna, a un
+desamparo tristísimo... Aquel santo hombre era para mí la única y total
+familia, el maestro, el amigo, el inspirador de todos mis pensamientos,
+guía de todos mis actos... Dejome un horrible vacío...
+
+—Dispense... Otra pregunta: ¿no tenía el buen don Narciso, como es uso
+y costumbre en la clase de curas, alguna familia de sobrinas, amas?...
+¿O es que vivía enteramente solo?
+
+—Tenía una hermana más vieja que él, doña María del Socorro, que le
+llevó tres años por delante en el morir; buena señora, aunque algo
+regañona y descontentadiza, y un hermano que no vivía en Vera... Muerta
+doña María, siguieron gobernando la casa una sobrina, que al poco
+tiempo casó con uno de Fuenterrabía, y dos antiguas criadas de la
+familia, que aún sirven al sucesor en el curato, un sobrino segundo,
+llamado Avelino, buen muchacho, pero que no es ni la sombra de su
+tío... No nacerá otro don Narciso Vidaurre, el santo, el justo, el
+sabio, el discreto, el...
+
+
+
+
+VIII
+
+
+Nueva interpelación de don Pedro, que impaciente quería profundizar en
+el hermoso asunto, para llegar pronto a la verdad.
+
+—Perdóneme otra vez, Fernandito, si le interrumpo. ¿Ese señor cura no
+se señaló, como todo el clero navarro, por la adhesión a las ideas y a
+la persona de don Carlos María Isidro?
+
+—Verá usted... Mi padrino, hombre de acendrada religión, manifestaba
+despego a los revolucionarios y jacobinos... Del 14 al 20 simpatizó
+con los realistas, por lo cual le tuvieron entre ojos las autoridades
+de los _tres años_. Poco antes de la entrada de Angulema, tuvimos que
+salir de Vera y refugiarnos en Cambo. Pero a principios del 24 ya
+estaba mi padrino en su parroquia, y entonces le ofrecieron la canonjía
+de Pamplona, que rehusó. Desde el 24 hasta la muerte del rey, se
+abstuvo de manifestar con demasiada viveza sus sentimientos realistas.
+Debo decir también que el buen señor tenía relaciones con personas del
+bando liberal. Era muy amigo del general Mina...
+
+—¡De don Francisco Espoz y Mina!
+
+—Hacia el 22, comía en la Rectoral siempre que pasaba por Vera...
+También tenía don Narciso gran confianza con Eraso, el segundo de
+Zumalacárregui, y aun con este, en época anterior al carlismo, cuando
+don Tomás era coronel de ejército. Sí, señor... ¡Pues tengo tan
+presente a Mina... le vi tantas veces en mi casa!
+
+—¿Y con usted se mostraba cariñoso?...
+
+—Como que monté a caballo más de una vez en sus rodillas. Me quería
+mucho..., me llamaba _petit caporal_ y no sé qué... Ahora que recuerdo:
+también nos visitó alguna vez el conde de España.
+
+—¿Y en las rodillas de ese también montaba usted?
+
+—Creo que no. La época es más remota, y apenas me acuerdo.
+
+—¿Y entre tantos generales no iban alguna vez generalas?... ¿No
+recuerda haber visto en la casa del cura duquesas o princesas...?
+
+—Personas de tanta categoría..., no sé..., como no fueran disfrazadas.
+
+—Adelante. Murió el señor cura, sin poder decir oste ni moste..., y
+luego...
+
+—El hermano de don Narciso vivía en Urdax, dedicado al tráfico de
+maderas. Este señor se encargó de mí. Honrado y cabal, no se parece
+nada a su difunto hermano: carece de instrucción, y es seco, adusto,
+sin delicadeza. Lo primero que hizo conmigo fue mandarme a Olorón para
+que siguiera mis estudios en un colegio. Allí viví unos meses en casa
+de un tal Maturana, habilísimo mecánico y armero, algo pariente y amigo
+íntimo de los Vidaurres. De pronto recibí órdenes de trasladarme a
+París a aprender prácticamente el comercio, pues al comercio querían
+dedicarme. Me mandaban acá y allá, sin darme explicaciones, y si alguna
+observación hacía yo, me respondían simplemente: «Manda quien manda».
+
+—Ya me habló usted de su viaje a París para entrar en la casa de banca
+donde conoció a Mendizábal; dígame ahora cómo se le manifestó la _mano
+oculta_ en aquella ciudad.
+
+—Yo vivía con otro chico guipuzcoano, compañero mío de escritorio, en
+una modesta pensión del _faubourg_ Poissonière. Un día me encontré en
+la mesa de mi cuarto una carta dirigida a mí. Dentro de ella había dos
+billetes de la _Banque de France_, que allí circulan como metálico.
+Total: doscientos francos, que me vinieron muy bien. No pude averiguar
+quién me había llevado la carta: ni en la casa ni en mi oficina
+supieron darme ninguna razón. Pero aquella vez el dinero no venía solo,
+sino con una cartita muy lacónica en que se me mandaba oír misa, al
+día siguiente, a las nueve en punto, en la iglesia de _Notre Dame des
+Victoires_. Naturalmente, fui, y nada me sucedió, es decir, nadie se me
+acercó a hablarme, como esperábamos mi compañero y yo, que creímos se
+trataba de una aventura vulgar.
+
+—Si usted no vio a nadie, sin duda alguien a usted le vería... ¿Era ya
+en el reinado de Luis Felipe?
+
+—Sí, señor. De repente, con la misma brusquedad con que fui enviado
+a París, llamáronme a Olorón, y allí estaba cuando se nos presentó
+Faustino Vidaurre, al parecer para tratar de negocios... Noté yo que
+él y Felipe Maturana se decían algo referente a mí, recatándose de
+que yo lo entendiera. Una mañana me notificaron que vendría pronto a
+Madrid, donde se me dada un destino en las oficinas del Gobierno, con
+sueldo bastante para vivir decentemente en esta capital. Yo me alegré,
+porque allí no hacía nada, y la holganza monótona de aquel pueblo me
+enfadaba, me ponía enfermo... Vi los cielos abiertos; me aventuré a
+pedir alguna explicación al hermano de mi padrino; pero no me dijo más
+que la frase sacramental: «Quien manda, manda». Y Maturana agregó:
+«Llevarás tu viaje pagado, y algo para que puedas vivir un par de meses
+en un alojamiento arregladito. Ya puedes empaquetar tu ropa y tus
+libros...». Y como yo expresase alguna inquietud acerca de mis primeros
+pasos en esta villa, no teniendo aquí conocimientos ni trayendo carta
+de recomendación, Faustino me dijo: «Anda, anda, hijo, y no temas
+nada, que ya tendrás quien te ampare y mire por ti. Vete descuidado,
+que nada te faltará... Y no te mandamos tan desprovisto de apoyos y
+recomendaciones, pues además de los que allí te saldrán donde y cuando
+menos lo pienses, en Madrid tienes a nuestro primo Carlos Maturana,
+diamantista que fue de la Real Casa, y hoy comerciante en piedras
+preciosas. Ya le hemos escrito para que te preste algún socorro, si por
+acaso lo necesitares. Pero no esperes encontrarle en la corte hasta
+los últimos de septiembre, porque ahora está viajando por el norte
+de Italia, y tardará un mes lo menos en llegar a Madrid. Vive en la
+plaza de la Armería, junto a Palacio». Llegó el día de mi partida, y
+me despidieron muy conmovidos, como si no pensaran volver a verme.
+Tanto Maturana como Faustino y las mujeres de ambos, me dirigieron el
+último saludo con una extrañísima gravedad..., vamos, con algo como
+demostración de respeto... No sé si me explico...
+
+—Comprendido, comprendido... Es muy natural... ¿Y...?
+
+—Ya, a eso voy. Dos días antes de mi salida de Olorón, se llegó por
+allí una señora muy estirada, con muchos moños grises alrededor de la
+cabeza, sombrero con cintas y encajes. Hablé con ella dos o tres veces,
+asombrándome de su instrucción, de su finura, de su conocimiento de la
+política, así francesa como española. La esposa de Maturana, persona
+también de excelente educación, francesa, hija de un librero de Foix,
+celebraba frecuentes encerronas con la dama desconocida. A esta la
+llamaban _madame Aline_.
+
+—¿Francesa?
+
+—Pues mire usted que no lo sé... Habla correctísimamente el español,
+aunque con un ligero acento... no sé, me pareció catalán. Pues bien:
+esta señora fue la que me dio el encargo que tan soliviantados trae
+a nuestros patriotas. Tanto ella como Maturana me encargaron tuviese
+mucho cuidado de no entregar el paquete más que a la persona a quien
+viene dirigido. «Será muy difícil —me dijo madame Aline— que haya
+equivocación ni suplantación, si usted se fija bien en las señas que le
+doy. La señora en cuyas manos pondrá usted la cajita, es jorobada».
+
+—¡Lo ve usted! —exclamó Hillo, dándose un fuerte palmetazo en la
+rodilla—. ¿Ve usted cómo acertaba yo cuando hablé del torbellino
+romántico? En el romanticismo desempeñan siempre un papel culminante
+los jorobados, o siquiera cargados de espalda, los tuertos, patizambos,
+y en general toda persona que tenga alguna deformidad visible. También
+figuran en él los tísicos, los locos y los que padecen ictericia.
+
+—Jorobada —me dijo—, de sesenta años, y algo impedida de la pierna
+derecha.
+
+—Bueno, bueno, bueno... Lo que digo: en pleno romanticismo. ¿Y qué nos
+importa? Mejor, más divertido: no nos faltarán emociones, sorpresas
+y... corcovas... ¡Ay!, Fernandito de mi alma, me equivocaré mucho si de
+todo esto no resulta una _anagnórisis_ felicísima... Nada, nada, no hay
+que temer nada malo, sino una verdadera irrupción de bienes. Yo estoy
+contento, no sé qué me pasa. El bien ajeno no me produce envidia, sino
+una exaltación de cariño y entusiasmo por la persona favorecida. Así es
+que estallo de satisfacción, y me parece que esta noche he de atacar la
+cena con un apetito fenomenal. Adelante. ¿Falta algo?
+
+—Sí, señor: falta que usted conozca la clase de educación que me dio
+mi padrino; los sentimientos con que fortaleció mi conciencia; las
+ideas con que fue labrando mi criterio... Desde muy niño me acostumbró
+a mirar la moral excesivamente severa como base de una vida ejemplar.
+La moral rígida, según él, es un deber que impone la fe, y al propio
+tiempo una indudable ventaja para la vida. Me enseñó a abominar de
+la mentira, siendo en esto tan extremoso que ni aun me permitía los
+embustes inocentes que son el encanto principal de la infancia. De amor
+al prójimo, de caridad y abnegación, no hablemos, pues esto, con solo
+su ejemplo, diariamente me lo enseñaba. Ponía un cuidado exquisito en
+que yo aprendiese desde muy niño a refrenar los deseos violentos, a no
+apetecer cosa alguna con demasiado ardor, a poner freno a las pasiones.
+Ya he dicho a usted que era un humanista de primer orden, y clásico
+ferviente, resultando armonía perfecta entre su gusto artístico y todos
+los actos de la vida, que iban siempre a compás, como sus pensamientos.
+De los modernos autores, Moratín era su ídolo. Se carteaba con él y
+con el abate Melón, y se sabía de memoria todas las poesías serias y
+festivas de don Leandro, así como sus traducciones de Horacio. ¡Cuántas
+veces le oí declamar con grave entonación aquel pasaje!:
+
+ ¿De cuál varón o semidiós el canto
+ previenes, alma Clío,
+ en corva lira o flauta resonante?
+
+La sátira «_¿Quieres casarte, Andrés?_» la repetía enterita, sin el
+menor tropiezo. Explicándome las bellezas de estas composiciones,
+me hacía ver cómo la poesía, para ser de buena ley, debe subordinar
+la inspiración al buen gusto y a la regularidad. Mas no quería que
+fuese yo poeta, y una vez que me sorprendió haciendo versos, me los
+puso en solfa, incitándome a que, en vez de expresar mis pensamientos
+con música y medida, cultivara la buena prosa, que, sin duda, podía
+ofrecerme ancho campo al empleo de la inteligencia, así en la oratoria
+política como en la forense, en la historia, en la filosofía, y en
+todas las artes liberales. Por Cicerón tuvo verdadera idolatría, y
+decía que era lástima fuese gentil un hombre que expresaba las ideas
+con tal perfección, dando al raciocinio la palabra más propia y más
+enérgica. Repetía de memoria pasajes del gran orador y filósofo; me los
+explicaba; me hacía ver su concisa elocuencia, la propiedad, el empleo
+exacto de las voces...
+
+—Repetiría aquel pasaje: _Nihil agis, nihil moliris, nihil cogitas_...
+
+—_Quod ego, non modo non audiam, sed etiam non videam_...
+
+—Ejemplo admirable de lo que llamamos _climax_...
+
+—Como usted comprende, me enseñó el latín a machamartillo, porque,
+según él, es el latín la madre de todas las enseñanzas, y única
+escuela segura del buen gusto. El latín, decía, no solo hace hombres
+eruditos, sino buenos ciudadanos, personas sociables, finas y amenas...
+Por último, para que usted se haga cargo de cómo formó mi carácter
+aquel gran maestro, recordaré las máximas que con tenacidad me iba
+claveteando, como si dijéramos, en la cabeza, y así verá el contraste
+que forma aquella enseñanza teórica con lo que después me ha traído la
+realidad. «Ajusta siempre tus acciones —me decía— a un plan lógico,
+dentro de la más estricta moralidad, y no te separes de él por nada ni
+por nadie. Puede que este sistema te ocasione alguna desazón pasajera;
+pero a la larga apreciarás y saborearás sus hermosos resultados... No
+confíes nunca en lo imprevisto; no esperes nada del acaso, y que tu
+conducta sea siempre lo que _debe ser_, lo previsto, lo estudiado, y
+en modo alguno dependa del _qué será_... No aceptes jamás cosa alguna
+que no sepas de dónde viene, ni te fíes de prosperidades fantásticas,
+que suelen volverse infortunios reales... Lábrate la dicha con tu
+trabajo, acostúmbrate a que tu bienestar sea obra de ti mismo, y no
+esperes nunca favores llovidos del cielo... No contraigas deudas, ni
+aun por mínima cantidad, y advierte que es preferible pedir una limosna
+a cargarte de obligaciones... Ama la regularidad, el orden, pues si no
+hay arte posible sin reglas, también está sujeto a cánones invariables
+el arte de la vida... Considera que lo que no hayas adquirido por ti
+mismo no es tuyo, sino ajeno, que si aceptas beneficios que no has
+ganado con tu esfuerzo, te verás ligado por la gratitud, y la gratitud
+puede torcer tu voluntad, y apartarte de la senda del deber rígido y
+estrictamente moral... En lo tocante a opiniones políticas, mantente
+siempre en el fiel de la balanza, y cualquiera que sea la bandería a
+que te veas afiliado, no hagas un dogma cerrado de tus creencias, ni
+niegues a la creencia de los demás el respeto que merece... Nunca te
+acalores en la vida pública ni en la privada; no seas fogoso en tus
+pasiones, que eso es vicio romántico, de que debes huir como de la
+peste; mantente siempre templado, dueño de ti, sereno y en disposición
+de sortear las vehemencias ajenas. Así dominarás, sin ser nunca
+dominado, porque el fiero se entrega al fin, y se rinde al flemático...
+En todos los negocios preséntate siempre de buena fe, situándote
+en posición derecha, frente a las intenciones del que ha de tratar
+contigo...».
+
+—Pues esta máxima —dijo Hillo gozoso— corresponde a una de las
+principales reglas del toreo, que llamamos _situarse en la rectitud_...
+Adelante.
+
+—Conque ya ve, señor don Pedro, cómo no corresponde la palpitante
+realidad a la norma de conducta que mi preceptor me enseñaba; y aquí
+me tiene usted sin voluntad propia, sometido a misteriosas manos que
+me gobiernan... Lo desconocido me rige, la imprevisión me guía...
+Estoy amenazado del descrédito de toda la doctrina que aprendí, y no
+veo manera de aplicar ninguna regla, porque todas están por el suelo,
+pisoteadas por el acaso, a quien pertenezco sin poder evitarlo.
+
+—No es el acaso: es el supremo designio, hijo mío. Pero no te apures
+—dijo don Pedro, empezando a tutearle sin darse cuenta de ello, por una
+efusión de cariño que rápidamente invadía su corazón—. Considera que
+sobre todas las reglas está la realidad de la vida, y que no podemos
+desviar los acontecimientos de su natural curso, trazado por Dios.
+Tu padrino debió tener en cuenta el misterio de tu origen, antes de
+recomendarte que abominaras de lo desconocido. ¿Por qué no te reveló
+lo que sin duda sabía? O es que no sabía nada. De todos modos, hijo
+mío, tu existencia se balancea en el misterio, y el misterio ha de
+rodearte, y lo imprevisto te rondará por mucho tiempo, pese a toda la
+ciencia y a toda la bondad de ese don Narciso Vidaurre... ¿Qué resulta?
+Que tu padrino te quiso criar para lo clásico, sin considerar que eres
+romántico inconsciente, esto es, que a pesar tuyo el romanticismo te
+coge en su remolino furioso... Dispénsame que te tutee: siento hacia
+ti un profundo afecto. Te miro como un hijo; más propio será decir como
+hermano. Quiero compartir tus desventuras... cuando lleguen... Seamos
+románticos; aceptemos la realidad, y pues esta es ahora tan buena, no
+le busques tres pies al gato y date por muy contento con los bienes que
+llovidos caen sobre ti. Después vendrá la _anagnórisis_, y volveremos
+a lo clásico, al triunfo, a la apoteosis, que será coronamiento de
+tu destino. Sí, querido Fernando. Tu porvenir es hermoso; tú eres lo
+que no pareces... Serás grande, poderoso... Alégrate. Seremos amigos,
+grandes amigos; seremos hermanos. Y ahora, chiquillo, pues cae la
+tarde, vámonos despacito hacia nuestra vivienda, que la hora de la cena
+se aproxima, y yo, la verdad, con todo eso que me has contado, siento
+que se me avivan de un modo horroroso las ganitas de comer.
+
+
+
+
+IX
+
+
+Era verdad que don Pedro se sentía inflamado de un cariño sincero
+hacia el joven Calpena, afecto absolutamente desinteresado, pues no
+se arrimaba a su amigo con intenciones de parasitismo, viéndole en
+camino de doradas grandezas, sino que anhelaba guiarle por los senderos
+peligrosos que probablemente se abrirían ante él; aconsejarle,
+dirigirle, evitarle todos los escollos, para que gozase libre y
+desembarazadamente de los bienes que el cielo le deparaba.
+
+No tardó Utrilla en rematar algunas, si no todas las piezas de ropa de
+que había tomado medidas. Dos pantalones, dos chalecos y una levita
+fueron entregados a los tres días de la prueba, y la terminación de lo
+demás se anunció para la semana próxima. Empezó por fin don Fernando
+a ponerse guapo y elegante, lo que con tal ropa, y los aditamentos de
+corbata, calzado, peluquería, etc., era cosa muy fácil en un joven a
+quien dotó la naturaleza de airosa figura, hermoso rostro, y modales
+finísimos _a nativitate_. Hillo le contemplaba embobado, viendo en él
+un perfecto tipo de raza aristocrática. El propio duque de Osuna, don
+Pedro Téllez Girón, no le aventajara, ni los agregados de la Embajada
+inglesa.
+
+Desde que tuvo ropa fue incitado por su amigo a frecuentar los teatros.
+Hillo no le acompañaba por causa de su ministerio sacerdotal. Fea cosa
+era ir a los toros; pero más disculpable para un clérigo que el teatro,
+por celebrarse las corridas en pleno día y no ser preciso en ellas
+descubrirse la cabeza, exponiendo a la befa popular la ungida corona.
+Con todo, buenas ganas tenía de colarse una noche en la cazuela,
+disfrazado, para ver en el patio a Fernandito, y sorprender el efecto
+que causaba en la concurrencia. Contentábase con verle vestirse y
+acicalarse, y poner en sus manos el sombrero y bastón cuando salía.
+Aunque el niño volviese tarde, don Pedro no se acostaba hasta que le
+veía entrar, y allí eran sus preguntas:
+
+—Qué tal, hijo, ¿te has divertido mucho? ¿Has dado golpe? Apuesto a que
+todos los lentes, y esos anteojos que llaman gemelos, se han dirigido a
+tu gallarda persona.
+
+En el Príncipe daban _Norma_, cantada por la señora Oreiro de Lema
+y el señor Unanue. En la Cruz, _La joven reina Cristina de Suecia_,
+traducida del francés. Así de las obras como de la ejecución, pedía
+el clérigo a su amigo noticias prolijas, y el chico se las daba,
+advirtiendo la absoluta ignorancia teatral del buen señor, que no había
+visto nunca más pieza que _El mágico de Astrakán_, allá en Zamora,
+siendo él una criatura.
+
+Menudeaba Calpena sus asistencias al Príncipe, y viéndole tan
+aficionado, decía don Pedro:
+
+—¡Cómo se conoce que nos salen novias a docenas!... La suerte es que
+este chico se pasa de prudente y avisado, y no le atrapará ninguna de
+esas culebronas que...
+
+Dígase, para explicar la confusión que seguía presidiendo los destinos
+de don Fernando Calpena, que a fines de septiembre nadie había ido a
+recoger el misterioso encargo traído de Olorón; que una tarde llegó
+carta anónima, no llevada por _Edipo_, sino por persona desconocida
+que la dejó en la puerta, y que algunas noches, al volver Fernando
+del teatro, creía que le seguían dos personas buscándole las vueltas
+y espiándole los pasos. La carta no traía dinero: estaba escrita por
+mano nada premiosa, menudito el trazo, la gramática bastante correcta,
+y solo contenía lacónicas advertencias y admoniciones cariñosas:
+
+ «Mira, niño: los guantes amarillos son de más distinción que los
+ blancos... También te digo que no es del mejor tono aplaudir en el
+ teatro tan estrepitosamente, sobre todo a medianos artistas... Por
+ más que tú creas otra cosa, a juzgar por tu entusiasmo, la Ridaura
+ no hace nada de particular en su parte de Adalgisa... Oye, niño: que
+ vayas a misa al Carmen Descalzo, a las nueve en punto, y procura no
+ estar en la iglesia tan distraído. A la iglesia no se va a mirar a
+ las muchachas, sino a rezar con devoción... — P. D. Cuando se te
+ acabe el dinero, te pones en misa la corbata escocesa, usando la
+ negra para anunciar que lo has recibido».
+
+—Observaciones son estas —decía Hillo radiante de satisfacción—
+atinadísimas. Mi leal opinión es que no debes ponerte la corbata
+escocesa sino cuando tengas verdadera necesidad de nuevas remesas de
+metálico. No hay que abusar, hijo.
+
+La gran sorpresa cayó, como chispa del cielo, una tarde, al volver
+Méndez de su oficina. Traía un pliego de oficio dirigido a Calpena, y
+al ponerlo en sus manos, le dijo:
+
+—Esta comunicación fue entregada al portero mayor para que indagara las
+señas. Corrió entre nosotros de mano en mano, hasta que vi el nombre...
+¡Qué casualidad! «¡Pero si le tengo en mi casa!». Ábralo usted pronto,
+que, si no me engaño, es nombramiento.
+
+Calpena se quedó frío de estupor. Don Pedro, como el que sueña
+despierto, exclamó:
+
+—¡Credencial! Será cuando menos de Administrador de Tercias Reales, o
+de Colector del Noveno y Medias Annatas.
+
+Abierto el pliego, resultó contener un nombramiento de Oficial de la
+Secretaría de Hacienda, con doce mil reales: firmaba _Mendizábal_. Un
+tanto desconcertó a Hillo el ver que la nueva dádiva, parabólicamente
+arrojada por la _mano oculta_ sobre aquel venturoso mortal, no
+correspondía, con ser grande, a las hipérboles que soñara la desbocada
+fantasía del clérigo. Pero reflexionando en ello, no tardó en
+conformarse y dijo:
+
+—Para hacer boca no está mal. Pocos serán los que empiecen así. Papilla
+de doce mil reales no se da ni a los hijos de los ministros. Y aquí
+estoy yo, pretendiendo hace catorce años una triste cátedra con seis
+mil, sin que hasta la presente... Pero no importa... Conque, hijo,
+alégrate y toca las castañuelas, que por lo que veo, el mundo es tuyo.
+Oye: que no pasen dos días sin ir a tomar posesión y a darle las
+gracias al señor de Mendizábal.
+
+Ni contento ni triste, sino fluctuando entre sus sombrías inquietudes
+y el gozo retozón de su vanidad halagada, Calpena contestó que no
+pondría los pies en el ministerio sin dar antes un paso que su
+decoro exigía y su ardiente curiosidad reclamaba. Empleó la mañana
+siguiente en la diligencia de buscar al llamado _Edipo_, lo que no
+le fue difícil recorriendo oficinas y retenes policiacos; pero el
+tal no le dio ninguna luz. No era más que un simple _intromedario_:
+llevaba los mensajes sin conocimiento de su procedencia; le llegaban
+de segunda mano, o sea por órdenes de su inmediato jefe, el señor don
+Manuel de Azara. Sin pérdida de tiempo echose don Fernando a buscar
+a este; solicitó audiencia, que le fue concedida, después de largos
+plantones, al anochecer del día siguiente, y encontrose frente a
+un hombre extraordinariamente calvo y con el bigote teñido, que le
+escuchó benévolo y un tanto malicioso; pero sin dar lumbres. Aseguró
+que de la credencial no tenía la menor noticia, y que de la remesa de
+encarguitos, así como de la preparación de aposento, no podía revelar
+cosa alguna por habérsele impuesto absoluta reserva _bajo pérdida de
+destino_...
+
+—Y francamente —dijo al terminar—, no hay más remedio que defender la
+plaza como se pueda, mayormente cuando a uno le tienen entre ojos por
+ser criado a los pechos de don Tadeo Ignacio Gil... Gracias que Olózaga
+me considera y está contento de mí... En una palabra, caballerito, no
+me pregunte usted nada, porque no he de responderle. Precisamente el
+señor Subdelegado me estima, como he dicho, porque no hay quien me
+iguale en el don de silencio. Y si me permite usted darle un consejo,
+le diré que aprenda cosa tan fácil, poniéndose a ello, como es el
+callar. Lo difícil, señor mío, es callarse cuando a uno le pegan; pero
+callarse cuando le miman y regalan..., ¡qué cosa más fácil! Créame a
+mí: déjese llevar, déjese querer...
+
+No muy satisfecho, aunque resignado con la cómoda filosofía del
+polizonte, se volvió a su casa don Fernando, y antes de poder contar
+a Hillo la reciente entrevista, recibieron ambos una nueva sorpresa:
+carta del misterioso corresponsal, que decía:
+
+ «Tontín, aunque Mendizábal recuerda al jovenzuelo que le sirvió
+ de amanuense en el hotel _Meurice_, en París, no le hables de tal
+ cosa cuando le veas, que le verás. No le pidas audiencia para darle
+ las gracias: él te llamará. Adúlale un poquito, que le gusta, y
+ si trabajases algún día en su despacho particular, no te muestres
+ cansado, aunque te tenga diez o doce horas con la pluma en la mano,
+ que le entusiasman los incansables, como él.
+
+ »No faltes el sábado, en el Príncipe, al estreno de _Los hijos de
+ Eduardo_, traducido de Delavigne por el tuerto Bretón. Dicen que es
+ cosa buena. Y si repiten el _Don Álvaro_, de Angelito Saavedra, no
+ dejes de ir a verlo. Ya sé que el viernes pasado estuviste en el
+ cuarto de Florencio Romea, donde conociste a Ventura de la Vega.
+ Ándate con tiento en frecuentar cuartos de cómicos: fácilmente
+ pasarás de los cuartos de ellos a los de ellas..., y esto no me gusta.
+
+ »Con perdón del señor Utrilla, la levita verde no te ha quedado bien.
+ Hace unas arruguitas en la espalda que no aumentarán la fama del
+ primer sastre de Madrid. Que te la vea puesta, y mándasela después
+ para que te la arregle. De paso te encargas un _surtout_ color
+ barquillo, y que te lo hagan pronto, que las noches ya refrescan;
+ pero no tanto que pidan capa... Los mejores guantes son los de
+ Dubosc, y las mejores camisas las de Fernández, calle del Príncipe.
+ El reloj que tienes, regalo de tu padrino, está pidiendo sucesor.
+ Además de que es feísimo, se atrasa que es un gusto, y así llegas
+ tarde a todas partes. Ya veremos de darle jubilación. Pero no lo
+ vendas ni lo des a nadie: guárdalo siempre como recuerdo de cuando
+ don Narciso te tiraba de las orejas por no saber los latinajos.
+
+ »Bobillo, no te entretengas más de una hora en el _Café Nuevo_, y
+ mira con quién te juntas, y a qué tertulias te arrimas. Cuidadito con
+ Larra, que tiene más talento que pesa; pero es mordaz y malicioso.
+ Si vuelves al Parnasillo, busca la amistad de Roca de Togores, de
+ Juanito Pezuela y de Donoso Cortés... Con Espronceda y otros tan
+ arrebatados, _buenos días y buenas noches_, y nada de intimidades...
+ Suscríbete a _La Abeja_, lee _El Español_, y hazle la cruz al _Eco
+ del Comercio_.
+
+ »Adiós. El domingo, a misa de once, en las Niñas de Leganés».
+
+Suspiró Calpena al acabar la lectura, y don Pedro, echando lumbre por
+los ojos, dijo:
+
+—Ya no me queda duda de que es una dama. ¡Y qué cariñosa ternura, qué
+purísimo y entrañable afecto!...
+
+—Lo que yo creo —observó el joven— es que vivo espiado dentro y fuera
+de casa, pues la desconocida persona que me escribe sabe todos mis
+pasos, observa las arrugas de mi ropa, y se entera de cuándo se me
+atrasa el reloj.
+
+—¿Y qué te importa, tontín? ¿Qué mayor dicha para un joven honesto
+que tener quien así cariñosamente le vigile, designándole los buenos
+caminos y apartándole de los atajos peligrosos? Ahora no hay que pensar
+sino en presentarte en el ministerio, tomar posesión y ponerte al habla
+con el grande hombre, con ese gaditano londonense, negociante antes que
+político, a quien yo tenía entre ojos; pero ya me va gustando, ya me
+va gustando. Al darte la credencial demuestra que no es rana... Ya ha
+olido el hombre que tú vas para personaje; que cuando tengas la edad
+serás procurador, prócer, o lo que te dé la real gana, y el muy tuno
+quiere atraerte con tiempo, llevarte a su lado, hacerte de su partido...
+
+Meditabundo, Calpena no siguió a don Pedro en sus apreciaciones
+optimistas. Casi toda la noche la pasó en vela, asaltado de una fiebre
+inquisitiva, revolviendo en su mente los claros recuerdos de su niñez,
+busca por allí, husmea por allá, evocando memorias de rostros, frases o
+reticencias de don Narciso, o de alguien de su familia; mas en ningún
+repliegue del pasado vislumbró hilo que le guiara por aquel laberinto
+en cuyo seno misterioso se ocultaba la verdad. Tampoco Hillo durmió
+aquella noche con el dulce sueño que su pura conciencia ordinariamente
+le permitía. Viva excitación cerebral le tuvo en vela, y allí era el
+lanzarse a un desenfrenado juego de acertijos, admitiendo y desechando
+hipótesis. «Esto no lo hace más que una madre —se decía—. Y que esa
+madre es persona de alta posición, no puede menos de admitirse. Bien
+claro está: riquezas hay; nobleza también. No me falta más que el
+nombre para llegar a la completa solución del enigma. Luego viene el
+otro problema: el papá. Por san Dionisio Areopagita, esta sí que es
+gorda. ¡Dios mío, el padre...! No sé por qué me ha dado en la nariz
+tufo de sangre real... Sí, sí. Tiene mi Fernandito en toda su persona
+un sello de majestad, de grandeza de estirpe, que no deja ninguna duda,
+no, señor... Por la fisonomía, nada saco en limpio... Como narigudo, no
+lo es; ni tiene el labio inferior echado para afuera... Por tanto, no
+parece...».
+
+Dormido al fin, soñó con las más estrafalarias anagnórisis que es
+posible imaginar, y al amanecer despertó sobresaltado con una idea,
+que en su cerebro como ladrón furtivamente se introdujo, hallándose en
+ese estado neblinoso que separa el dormir del velar. «Ya, ya lo acerté
+—dijo a media voz incorporándose en la cama—. Es... de Napoleón y de...
+No será difícil descubrir una duquesa o marquesa que...».
+
+Media hora después, camino del Carmen Descalzo, donde celebraba, volvía
+en sí de aquella aberración, razonando de este modo: «No... porque,
+bien mirado, no tiene el tipo de los Bonapartes..., digo, me parece a
+mí. Yo no he visto a ningún Bonaparte, como no sea en estampa, porque
+a Napoleón I, por más que corrimos tras él los muchachos, el día
+siguiente de la batalla de Astorga, no alcanzamos a verle..., no vimos
+más que un bulto..., el bulto de un jinete, a lo lejos, por el camino
+de Otero... Al rey Botellas tampoco le eché la vista encima... Solo por
+las pinturas se hace uno cargo de la fisonomía de aquellos señores...
+No, no, esto es un delirio. Ni aun quitándole el bigote al niño, y
+engordándole mentalmente, encontraríamos el aire de familia... ¡Qué
+demonio!... esperemos, y Dios lo dirá».
+
+
+
+
+X
+
+
+Uno de los primeros días de octubre, a los veinte próximamente de su
+llegada a la corte, inauguró Calpena su vida burocrática, presentando
+su credencial en la Secretaría de Hacienda (plazuela de Ministerios),
+y tomando posesión de su destino. Tocole de jefe de Sección o _Mesa_,
+un don Eduardo Oliván e Iznardi (no tenía nada que ver con don
+Alejandro Oliván, entonces redactor de _La Abeja_, ni con don Ángel
+Iznardi, redactor de _El Eco del Comercio_). Hechura de don Luis López
+Ballesteros, respetado por Cea Bermúdez y por Toreno, bien agarrado en
+todos los gabinetes por sus excelentes relaciones, era un señor bueno
+como el pan, sencillo como una codorniz, afable, angosto de cerebro, y
+tan ancho de conciencia burocrática que en ella cabía, y aun sobraba
+conciencia, la libertad anchurosísima de sus subordinados. Su llaneza
+patriarcal parecía olvidar las jerarquías, alternando amigable y
+democráticamente con los inferiores en la tarea deliciosa de leer _El
+Español_, _El Eco_ y _La Abeja_, fumar cigarrillos, repetir y comentar
+todo lo que en Madrid se hablaba de política y literatura, echando de
+vez en cuando una plumada a los expedientes, por vía de distracción, y
+sin suspender la grata tertulia. Cada cual salía y entraba en aquella
+bendita oficina a la hora que mejor le cuadraba. Eran cinco los
+funcionarios, con Calpena seis, repartidos en tres mesas, con la del
+jefe cuatro, de distinta hechura y edad, si bien todas representaban
+una antigüedad venerable. Dígase que la tinta era excelente, hecha en
+la casa; las plumas, de ave; los tinteros, de cobre; y que sobre las
+bayetas verdes y los mugrientos hules se extendían los negros polvos de
+secar, formando en algunos sitios verdaderos arenales. Inauguraba el
+bueno de Oliván su trabajo cortando plumas, en lo que ponía exquisito
+cuidado y habilidad, pues su gala era esto y la rúbrica que echaba en
+las firmas, no menos rasgueada y pintoresca que la de un escribano.
+Mientras duraba el corte hablaba con los madrugadores, o sea los que
+recalaban por allí de diez y media a once; les refería incidentes o
+sucedidos de su familia, gracias y travesuras de sus niños; les oía
+contar algo de teatro y toros, alguna mujeril aventura, y así se
+pasaba el tiempo hasta las doce, hora en que le traían a don Eduardo
+su almuerzo. Sobre las bayetas arenosas extendía una servilleta, y
+se comía su tortilla de patatas y su chuletita de ternera. Salían
+y entraban los mozos de café con servicios para el jefe y algunos
+subalternos, y en tanto, el que no tomaba café, hacía caricaturas; otro
+escribía versos, y el de la última mesa las cartas a su novia. Luego se
+trabajaba un poquito, mientras uno leía en voz alta _El Español_, para
+que los demás se enterasen. El jefe solía pasarse a la sección próxima,
+donde había otro jefe que _veía largo_ en política, y anunciaba con
+seguro vaticinio todo lo que iba a pasar. Más tarde descansaban,
+fumando un cigarrillo. Don Eduardo recibía cortésmente a las personas
+que acudían al despacho de algún asunto, y para hacerles ver la
+actividad que allí se desplegaba, les ponía ante los ojos rimeros de
+papeles que debían pasar pronto a la sección correspondiente, y otros
+rimeros de papeles que acababan de llegar, después de lo cual les
+prometía no detener los expedientes más que el tiempo necesario para
+_el concienzudo examen de los mismos_. Luego se limpiaba el sudor de
+la calva, y contaba a sus subalternos lo que el otro jefe de sección
+le había dicho: que todo iba muy bien; que la quinta de cien mil
+hombres daría un resultado maravilloso, y que no había duda de que
+Istúriz y Galiano apoyarían incondicionalmente al señor Mendizábal en
+el Estamento próximo. No se podían dar las mismas seguridades de López
+y Caballero, y Toreno y Martínez de la Rosa no saldrían de su pasito
+_moderado_. Había, pues, situación Mendizábal para un rato, y se verían
+realizadas las reformas que el grande hombre había prometido en su
+famosa exposición a la reina. Pero la noticia culminante era que la
+Milicia urbana se reorganizaría, tomando el nombre sonoro y magnífico
+de _Guardia Nacional_.
+
+—Todo será _a estilo de Francia_ —concluía don Eduardo—; y lo mejor es
+que a los milicianos de Madrid y su provincia se nos da carácter de
+ejército regular, formando con nosotros una división mandada por un
+jefe superior, y bajo la inspección de un general... Por eso ha dicho
+San Miguel que seremos el ángel custodio de las instituciones.
+
+No siempre hablaba de lo mismo, aunque era muy dado a la repetición de
+conceptos, vicio que los retóricos llaman _batología_.
+
+—¿No saben? Se suprimen las _cartas de seguridad_, esa rémora, señores,
+para la gente honrada que tiene que viajar de un punto a otro. Yo
+soy partidario de que se _corten abusos_. Los que han viajado por el
+extranjero nos dicen que estamos en el siglo XV, y francamente, yo
+quiero pertenecer a _mi siglo_... Seamos todos de nuestro siglo,
+entrando por el aro de las grandes reformas... Otra de las buenas
+noticias es que se suprimen _las pruebas de nobleza_ para ingresar
+en los establecimientos científicos, ora civiles, ora militares...
+Realmente, semejante ranciedad era un resabio de la Edad Media. Ábrase
+la enseñanza para todo el mundo y dese al mérito ancho campo. ¡Abajo
+la Edad Media!... Créanlo ustedes, en este particular estoy de acuerdo
+con Caballero y los de _El Eco_; nada más que en este particular, pues
+opino, como él, que la _demo... cracia_, así se dice, la _democracia_
+exige que el pueblo se ilustre. Yo soy partidario de la ilustración del
+pueblo, como soy partidario de que el pueblo sea moral, y de que los
+empleados trabajen... Mi sistema es: pocos empleados, pocos, pero muy
+bien pagados.
+
+Dichas estas cosas, y otras de igual trascendencia y filosofía, el
+jefe bromeaba un poco con sus subordinados: con este por si a novia le
+daba calabazas; con aquel por si era alabardero en los teatros; con
+el otro por si le sudaban tanto las manos, que toda la arenilla se le
+quedaba pegada en ellas, y obligaba a la casa a frecuentes reposiciones
+de aquel material. Luego les recomendaba benévola y paternalmente que
+no dejasen el papelorio esparcido sobre las mesas, y él mismo daba el
+ejemplo recogiendo legajos y metiéndolos en una alacena donde tenía
+botellas vacías o medio llenas, el _Diccionario geográfico_ de Miñano,
+confundidos sus tomos con los de novelas y viajes, entre estos el de
+_Enrique Watson al país de las Monas_.
+
+—Yo soy partidario —decía— de que haya orden en las oficinas, para
+que el trabajo se haga como Dios manda, y cada cual encuentre lo que
+necesita para el pronto despacho de los asuntos...
+
+Con esto se aproximaba la hora feliz de poner punto en las faenas del
+día: los sombreros parecían alegrarse en lo alto de las perchas, viendo
+próximo el instante de que sus dueños los cogieran para echarse a la
+calle.
+
+—Vaya, ya es hora, ciudadanos —decía don Eduardo, atusándose los
+mechones laterales, y cubriéndose con pausa y solemnidad, como si su
+calva fuese una cosa sagrada que reclamaba el respeto de la protección
+sombreril—. Me parece que hemos trabajado bastante. Hasta mañana.
+
+Si la tarde era plácida, se iban de paseo, y si lloviznaba o hacía
+frío, al café, donde con charla sabrosa de literatura, de política o
+de cosas mundanas, reducían a polvo el tiempo hasta la hora de cenar.
+Que Calpena se aburría en la oficina, no hay para qué decirlo. Desde su
+iniciación burocrática no había hecho más que extender algunos oficios
+y copiar dos o tres estados de recaudaciones.
+
+El jefe le consideraba, presumiendo en él una superioridad aún no bien
+manifiesta, pero que lo sería pronto; y los compañeros le mostraron
+afecto y fraternidad, más admirados que envidiosos de su buena ropa.
+Ya era cosa corriente en las oficinas ver entrar niños bonitos, con
+sueldos desmesurados, y que no iban más que a cobrar y a distraerse un
+rato; hijos o sobrinos de personajes, que de este modo arrimaban una
+o más bocas de la familia a las ubres del presupuesto. Los empleados,
+que lo eran por oficio y medio de vivir, se habían acostumbrado a la
+irrupción de señoritos, y alternaban gozosos con ellos, esperando
+hacer amistades que _en su día_ valieran para el ascenso, o para la
+reposición en caso de cesantía. En la sección de Calpena todos los
+funcionarios eran de peor pelaje que él: alguno pasaba de los cincuenta
+años y solo disfrutaba ocho mil reales, vestía ropa vuelta del revés
+y apenas paseaba, por no romper botas; otros conservaban aún trajes
+provincianos, estirándolos cuanto podían, y no faltaba quien vistiese
+regularmente por el sistema económico de no pagar al sastre. Sobre
+todos descollaba Calpena, no solo por su elegancia y buena figura,
+sino por su saber de cosas extranjeras, y su rumbosa generosidad en
+el pago de cafés y refrescos después de la oficina. Con uno de sus
+colegas, extremeño, envejecido prematuramente y seco como un esparto,
+habitante en una casa de huéspedes de ínfima categoría, parroquiano
+fósil de diferentes cafés, hizo amistades, seducido por la sabrosa
+erudición que ostentaba en cosas y personas de Madrid. Muchas tardes
+iba con él al _Nuevo_, y se le pasaban mansamente las horas oyéndole
+contar anécdotas que parecían mentira siendo verdades, y embustes que
+resultaban perfecto simulacro de la verdad. Por Serrano (que así se
+llamaba) supo Calpena que su jefe, don Eduardo Oliván, era un hombre
+desgraciadísimo en su vida doméstica, aunque no conocía, o aparentaba
+no conocer su propia desgracia. La paz que en su hogar reinaba era la
+proyección de su mansedumbre, virtud con la cual adquirido había una
+triste celebridad. Ponderó Serrano la seductora hermosura de la mujer
+del jefe, y algo dijo también de su familia, muy conocida en Madrid. Se
+la veía muy a menudo en teatros y paseos, fingiendo una posición que no
+tenía, alternando con personas cuya riqueza consistía en bienes raíces,
+o en rentas que estaban a la vista de todo el mundo. Las de aquella
+buena señora eran un tanto enigmáticas.
+
+—Si quiere usted más detalles, pídaselos al hoy general en jefe del
+ejército del Norte, don Luis Fernández de Córdova. Los sucesores de
+este son de menor categoría militar y civil. El último que ha caído en
+las redes de nuestra _jefa_ es ese capitán de artillería... Escosura,
+Patricio de la Escosura... ¿No le conoce usted? De seguro que sí. En el
+Príncipe le tiene usted todas las noches. Es el que retrató Bretón en
+el _don Martín_ de la _Marcela_.
+
+—No sabía que los tres amantes de Marcela fueran retratos.
+
+—Bien se ve que no está usted aún familiarizado con nuestra sociedad...
+Pues el _don Amadeo_ es Pezuela, y el _don Agapito_, el chico de
+Clemencín.
+
+
+
+
+XI
+
+
+—Una de estas noches, amigo Serrano —dijo don Fernando—, va usted a
+venir conmigo al Príncipe, para que me diga los nombres de todas las
+señoras que veamos en los palcos. En el tiempo que llevo aquí, he
+hecho algunas amistades, pocas; hace unas noches me llevaron al cuarto
+de Florencio Romea; en el teatro he conocido a Ventura de la Vega y
+a Mesonero Romanos. El señor a quien debo este conocimiento me le
+presentó días pasados en la calle de Alcalá mi compañero de casa don
+Nicomedes Iglesias. ¿Le trata usted?
+
+—¿Cómo no?... Iglesias..., hombre de mucho talento, de gran porvenir...
+
+—Pues me presentó a ese..., ¿cómo se llama?, Alonso..., Juan Bautista
+Alonso, con quien me encontró después una noche en la segunda fila de
+lunetas, y charlamos algo de literatura. Por él he conocido a Vega, he
+hablado con Larra, y he saludado a Espronceda en el café Nuevo y en el
+Parnasillo...
+
+—Alonso es poeta y un buen periodista..., chico que vale. Será
+ministro... ¿Y no ha querido catequizarle a usted para la sociedad _Los
+Numantinos_?
+
+—A mí, no... Ni yo gusto de meterme en esas cosas, ni la vida política
+me seduce.
+
+—A mí..., sí..., pero no puedo consagrarme a ella, por...
+
+Acometido de una tos violentísima, parecía que se ahogaba. Amoratado y
+convulso, faltábale poco para echar los bofes y escupir el alma.
+
+—Con esta maldita tos —dijo cuando se fue sosegando, y se limpiaba de
+babas, mocos y lágrimas el encendido rostro—, ¿cómo quiere usted que
+sea uno político y orador?... Mi naturaleza es émula de mi bolsillo en
+el agotamiento, en la extenuación... No me forjo ilusiones de vivir el
+año que viene: estoy tísico pasado.
+
+Trató de consolarle Calpena, con más lástima que convencimiento, porque
+en verdad la flaqueza y el color cadavérico de su amigo invitaban a
+entonar el responso. No espantado de la muerte, o echándoselas de
+valiente, hablaba Serrano de su próximo fin con entereza estoica un
+poquito afectada. Era moda entonces morirse en la flor de la edad,
+tomando posturas de fúnebre elegancia. Habíamos convenido en que
+seríamos más bellos cuanto más demacrados, y entre las distintas
+vanidades de aquel tiempo no era la más floja la de un fallecimiento
+poético, seguido de inhumación al pie de un ciprés de verdinegro y
+puntiagudo ramaje.
+
+—Estos pobres huesos —prosiguió Serrano— están pidiendo la mortaja. Le
+diré a usted, en confianza, que es de tanto sufrir y de tanto gozar...
+Mi vida, si yo la contara, sería la más interesante de las novelas.
+Mis años, por el mucho y precipitado vivir, parecen siglos... ¡Y
+que llegue uno al borde de la tumba con ocho mil reales!... En fin,
+doblemos la hoja triste... ¿Me decía usted que desea ir conmigo al
+teatro para que le dé a conocer a todo el personal masculino y femenino
+que veamos en palcos y butacas? No podía usted encontrar, ni buscándola
+con candil, persona más para el caso, porque como de algún tiempo acá
+no tengo nada que hacer (en la oficina ya ve lo que trabajamos), me
+dedico a conocer _de visu_ a todo el mundo, y a la averiguación de
+vidas ajenas... Soy un Plutarco para esto de las vidas, y las hago
+también paralelas. Sabrá usted los nombres y las historias, amigo mío,
+que aquí no hay nadie que no tenga su historia... y las hay de oro.
+¡Con decirle a usted que la de nuestro esclarecido jefe es de las más
+inocentes...!
+
+—¡Caramba!
+
+—¿Y lo duda? ¿De qué dehesa viene usted?
+
+—¿Dónde hay más historias, en las clases altas o en las medias?
+
+—En todas; pero las de las altas son más bonitas, más profundamente
+depravadas. Yo las conozco al dedillo, y en pocas noches le daré la
+instrucción suficiente para que no pase por cándido el día que se
+introduzca en la sociedad.
+
+—¿Pero no se exime nadie, galán ni dama, del oprobio de esas historias?
+¡Por Dios, Serrano...!
+
+—Nadie... Todo el mundo tiene historia. Por lo común no hay persona
+bien vestida que no lleve consigo su misterio: este misterio es algo
+que no debe saberse, y, sin embargo, se sabe, porque fíjese usted...
+Nada es aquí tan público como las cosas secretas... En fin, por tener
+todo el mundo historia, hasta usted la tiene, usted, querido Calpena,
+que acaba de llegar a Madrid; y antes de dar los primeros pasos en
+las tablas del teatro social, ya nos indica que trae buen papel en la
+comedia.
+
+—¡Yo! —exclamó Calpena palideciendo—. ¡Pobre de mí! ¡Si no soy nadie!
+
+—Los que empiezan no siendo nada, suelen acabar siéndolo todo.
+
+—Bueno. Pues si alrededor mío hay una historia y usted la sabe, amigo
+Serrano, ¿tendría inconveniente en contármela?
+
+—Inconveniente, ninguno...; pero la tos..., ya ve..., no puedo
+hablar..., me ahogo...
+
+Aguardó Calpena a que el golpe de tos se calmase, y cuando hubo pasado,
+aún tuvo que esperar más tiempo, porque el infeliz tísico se quedó un
+rato sin respiración, los ojos inyectados, la frente sudorosa, las
+manos trémulas...
+
+—Pues sí..., esta maldita tos no me deja vivir... Si yo no tosiera,
+sería orador, créame usted... Pues no hay que tomar a mala parte esto
+de las historias. ¡Tan joven y ya protagonista! Si he de ser franco, no
+puedo aún decir a usted cosas concretas...
+
+—¿Pues no asegura que lo sabe todo?
+
+—Todo no. Es muy pronto todavía, y aún son pocas las personas que se
+han fijado en el joven Calpena... Lo que yo he oído no es ofensivo
+para usted, ni mucho menos.
+
+—Sea lo que quiera, debo saberlo.
+
+—La tos otra vez... Me ahogo...
+
+—¡Demonio! ¿Por qué no toma usted pastillas? Yo se las traeré de la
+botica más próxima.
+
+—No..., gracias... Es inútil. Las he tomado de todas clases, sin sentir
+el menor alivio.
+
+—Ya pasa..., ya puede hablar.
+
+—La verdad, amigo mío, a usted se le tiene en estudio. Solo he
+oído formular preguntas, aventurar alguna hipótesis... Conjeturas,
+presunciones..., que será, qué no será...
+
+—¿Nada más que eso? Pues soy, respecto a mí, el primero de los curiosos
+investigadores, y yo pregunto también: «¿Quién soy?... Calpena, ¿quién
+eres?».
+
+—¿Pero usted no lo sabe?...
+
+Comprendiendo que había ido demasiado lejos en la expresión de sus
+dudas, don Fernando se enmendó diciendo:
+
+—Sé quien soy; pero en la vida de todo hombre, por clara que aparezca,
+hay siempre incógnitas que resolver.
+
+—¿De modo que no sabe usted todo lo que le concierne?
+
+—Hombre, todo, todo precisamente, no.
+
+—Pero sí sabrá quién le recomendó para la plaza que hoy ocupa en el
+ministerio.
+
+—Juro a usted que lo ignoro.
+
+—Las recomendaciones toman en este país giros muy extraños, y ofrecen
+a veces concomitancias increíbles. A mí, para que me dieran la plaza
+mísera que tengo, me recomendó la persona más opuesta a mis ideas, don
+Antonio Zarco del Valle, a quien interesé por el ama de cría de uno
+de sus niños. Por un empleado del personal he sabido que, en el libro
+donde constan los padrinos de cada empleado, figura usted como hechura
+y ahijado del propio Mendizábal, lo que nadie extrañará, porque bien
+podría el ministro ser amigo, deudo de su familia de usted.
+
+—No lo es. Ese señor no tiene ningún motivo para interesarse por mí.
+
+—En tal caso habrá recibido cartas expresivas de personas a quienes
+no puede negar un favor de esta clase. Por indiscrección de un amigo
+de la secretaría particular, puedo... no afirmar, ¡cuidado!, sino
+sospechar..., con vehementes indicios de acierto...
+
+Sobresaltado y ansioso, aguardaba el otro la terminación del concepto.
+Un amago de tos determinó pausa expectante, que a Calpena le pareció un
+siglo. Por dicha, no fue más que amago, y Serrano pudo decir claramente:
+
+—Si se empeña usted en oírme lo que sabe..., ¡vaya si lo sabe!..., le
+diré que debe su plaza a la duquesa de Berry...
+
+Pausa.... Solo se oía el áspero ronquido que salía del pecho de
+Serrano. El estupor de Calpena acabó por resolverse en una risa
+nerviosa, que lo mismo podía ser de regocijo que de burla.
+
+—¡La duquesa de Berry!... ¿Está usted loco? ¿La esposa del príncipe
+asesinado a la salida de la Ópera, hijo de Carlos X...?
+
+—Justo... Carolina de Nápoles, hermana de nuestra reina gobernadora
+doña María Cristina.
+
+—¿Y esa señora es la que figura como...?
+
+—No figura en el libro de recomendaciones; pero por referencias, por
+indicios de secretaría, sé yo...
+
+—¡Locura, delirio! —exclamó Calpena levantándose, como hombre que
+quiere poner fin por la ausencia a una conversación enfadosa—. Si usted
+me probara eso... —indicó Fernando, fingiendo indiferencia.
+
+—¿Prueba?... ¡Oh!... Me remito al gran demostrador de verdades, el
+tiempo...
+
+—Pero ¿cómo es posible...? ¿Qué tiene que ver mi humilde persona con
+esa princesa...?
+
+Serrano alzó los hombros, quiso decir algo; pero, ahogándose, no hizo
+más que balbucir:
+
+—No puedo. La tos, la tos...
+
+
+
+
+XII
+
+
+La placentera holganza en que vivían los individuos de la sección o
+mesa de que era jefe el señor don Eduardo Oliván e Iznardi tuvo su
+término, que si no hay mal que cien años dure, tampoco los bienes
+suelen ser duraderos, y el motivo de tan brusca alteración, que
+produjo enorme desquiciamiento en la metódica parsimonia del jefe, no
+fue otro que el haberse manifestado en aquella esfera administrativa
+el impulso de actividad que imprimió Mendizábal a los asuntos de su
+ministerio, cuando se desembarazó de las graves cuestiones políticas a
+que en los primeros días tuvo que atender. Desempeñando interinamente,
+además de la cartera de Hacienda, con la Presidencia, las de Guerra,
+Marina y Estado, hubo de promiscuar en el despacho de mil negocios
+diferentes. Por milagro de Dios no se volvió loco el bueno de don Juan
+Álvarez, que materia ofrecía cualquiera de aquellas oficinas para
+trastornar el seso del más pintado en tiempos tan revueltos. Confiado
+ya en dominar la espantosa anarquía de las juntas que convertían
+el reino en una inmensa jaula de locos; seguro ya del éxito de la
+quinta de cien mil hombres, arriesgado acto de gobierno que revelaba
+iniciativa poderosa y voluntad de acero, se metió en su casa propia,
+Hacienda, y empezó a remover y sacudir, con mano de atleta, las mohosas
+inercias de la administración heredada de Fernando VII. ¡Lástima que
+no lo hiciera con más pulso, para que las ruinas y los escombros no
+embarazaran la obra nueva! Construía con el hacha... Aunque no carecía
+de habilidad, no pudo evitar el cortarse las manos con la herramienta
+que tan presuroso manejaba.
+
+Pues, señor..., obligado el pobre don Eduardo a andar de coronilla,
+no sabía lo que le pasaba, ni a qué santo encomendarse. En toda su
+vida burocrática, que con intercadencias databa de los tiempos de
+Ballesteros, no había visto desencadenarse sobre aquella plácida esfera
+un ciclón tan duro. No hacía más que ir de una mesa a otra, limpiarse
+con fuertes restregones el sudor de la calva, dar resoplidos, subirse
+el pantalón, que con tantas ansiedades se le caía. Y una mañana, medio
+loco ya, o loco entero, gritaba en medio de la oficina:
+
+—Pero este buen señor nos trata como si fuéramos dependientes de
+comercio. La dignidad del funcionario público no consiente estos
+excesos de trabajo, pues ni tiempo le dejan a uno para almorzar, ni
+para dar un _mero_ paseo, ni para encender un _mero_ cigarrillo...
+Cinco intendencias me ha señalado hoy para el envío de circulares con
+las instrucciones reservadas y las nuevas tarifas. Pues para despachar
+esto, excelentísimo señor, necesito aumento de personal, necesito
+catorce oficiales y ocho auxiliares, y aun así, no podríamos concluirlo
+dentro de las horas reglamentarias, que son de diez a cuatro... Sería
+justo además que al exceso de ocupación correspondiera doble paga,
+mientras durase este ajetreo. Soy partidario de que a los empleados se
+les remunere bien, pues de otro modo la buena administración no es más
+que un mito, un verdadero mito.
+
+Y aquella misma tarde, en el colmo ya del mal humor, que expresaba
+alargando los morros, entró en la sección próxima, diciendo:
+
+—Pido al señor ministro aumento de personal, ¿y qué hace? Nada: que
+aún le parece mucho lo que tengo, y me pide dos chicos que escriban
+bien y sepan llevar correspondencia. Estamos lucidos, como hay Dios...
+Ea, señor Calpena, pase usted a la secretaría particular del señor
+ministro; y usted, Serrano... Pero no..., aguardaremos a ver si se
+contenta con uno..., quédese usted... Esto es insufrible. Yo digo que
+envidio a los presidiarios...
+
+Pasó Calpena a donde se le mandaba, y fue introducido en una habitación
+pequeña con luces al patio medianero, en la cual había dos mesas y un
+solo empleado, viejo, que escribía con la cara tocando al papel. Un
+estrecho pasillo comunicaba la tal pieza con el despacho del ministro.
+Allí esperó órdenes. Alzó el viejo la cabeza, y levantándose las
+antiparras a la frente, le miró, hizo un saludo monosilábico, volvió
+a bajar los vidrios, y dejó nuevamente caer sobre el papel su rostro.
+Creeríase que no escribía con la pluma, sino con la nariz... Sonó la
+campanilla. Levantose el vejete de un brinco, murmurando:
+
+—Su Excelencia llama.
+
+Viéndole desaparecer por el pasillo, advirtió Calpena que cojeaba.
+Un instante después volvió con varias cartas en la mano, y dijo
+lacónicamente a su compañero:
+
+—Que pase usted.
+
+Grande fue la emoción del joven al atravesar el pasillo, al levantar
+la cortina y ver el hueco de la estancia... a Mendizábal no le veía.
+Quedose en la puerta hasta oír la palabra _adelante_, dicha con
+enérgica entonación. Estaba el grande hombre sentado, y se inclinaba
+para sacar papeles de la gaveta más baja de su mesa ministerial. Al
+incorporarse, presentó a la admiración y al respeto de Calpena su
+hermoso busto, el rostro grave de correctísimas facciones, el rizado
+cabello, las patillas tan bien encajadas en los cuellos blancos, y
+estos en el lioso tafetán de la negra corbata reluciente, las altas
+solapas de la levita, y por fin, al ponerse en pie, esta en toda su
+longitud, ceñida y al propio tiempo holgada.
+
+Calpena permaneció inmóvil y mudo, estatua de la cortedad respetuosa.
+Mendizábal le miró... En la extrañísima situación de espíritu en que
+el buen chico se encontraba hubo de creer que su jefe le miraba con
+picardía. Pero es casi seguro que era pura aprensión; al menos, así
+lo creyó después. Contra lo que pensaba, ni le preguntó el ministro
+su nombre, sin duda porque lo sabía, ni sostuvo con él diálogo de
+introducción. Entre personaje tan elevado y un pobre subalterno de
+ínfima categoría, no podían mediar más palabras que las naturales entre
+el señor y el criado que le sirve. Estas fueron corteses, ceñidas al
+asunto, y sin fraseología ociosa:
+
+—Tiene usted hermosa letra, y buen criterio para contestar por sí mismo
+las cartas, con una simple indicación mía.
+
+El joven se inclinó. Cuando don Juan de Dios avanzó hacia él,
+ostentando la gallardía total de su persona, su alta estatura,
+Calpena, que ya había admirado el busto, admiró también el pantalón,
+de corte perfecto, como de sastrería londonense, y el pie pequeño,
+calzado con zapato bajo sujeto en el empeine con un lazo de cintas
+negras.
+
+—Contésteme usted, por de pronto —prosiguió Su Excelencia—, estas tres
+cartas. La más urgente y delicada es...
+
+No encontrando la que llamó delicada y urgente, la buscó en la mesa,
+después en el bolsillo interior de la levita, y como allí no pareciera,
+manifestó disgusto.
+
+—Está bueno. Pues me la he dejado en casa... Pero no importa.
+Escríbame usted la contestación, que es sencillísima... del tenor
+siguiente: «Serenísima señora duquesa de Berry. Señora: Tengo el gusto
+de manifestar a Vuestra Alteza que, obediente a sus ruegos..., que
+son órdenes para mí...». Ya usted comprende..., una fórmula de gran
+respeto..., «que obediente..., y tal..., me he apresurado a complacer,
+y tal, a Vuestra Alteza Serenísima en la petición con que se ha dignado
+honrarme..., y tal...». Nada más... Ah, sí... «Debo manifestar a
+Vuestra Alteza Serenísima que el joven...». No, nada de joven... «Que
+la persona..., y tal, que se digna recomendarme es...». No, no... «He
+tomado informes, y puedo asegurar a Vuestra Alteza que el sujeto,
+etcétera..., es digno de la protección de persona tan elevada...». Así,
+poco más o menos. Vea usted cómo sale del paso. Puede tomar nota.
+
+—No necesito tomar nota. Recuerdo perfectamente las indicaciones de
+Vuecencia.
+
+—Mejor. Así me gustan a mí los hombres, vivos de memoria... Pues
+escríbame la carta al momento y tráigamela para firmarla.
+
+Hizo Calpena la reverencia, se fue a su oficina y mesa, y tanteando
+la difícil materia epistolar en un borrador, escribió la carta,
+esmerándose en los trazos de su hermosa letra, y la llevó al ministro.
+Este había pasado al salón próximo, donde tenía como unas veinte
+visitas, y mientras Calpena esperaba, entró también su compañero, el
+viejo de las antiparras, que por primera vez le dirigió la palabra en
+forma afectuosa.
+
+—Ahora tiene para rato —dijo, refiriéndose al ministro—. Lo traen loco
+con esto de las elecciones. Para cada puesto del Estamento hay setenta
+candidatos...
+
+—Ya, ya...
+
+—¿Y usted, señor de Calpena, se presenta para procurador?
+
+—¡Yo! ¡Procurador yo! —exclamó Fernando con asombro, casi con miedo.
+
+—¿No? Pues yo no lo he inventado. En la casa se ha dicho..., y hasta me
+parece que oí nombrar la provincia...
+
+—Creo que está usted equivocado...
+
+—Podrá ser... ¡Pero cuando lo dicen por algo será! Vea el señor Calpena
+cómo de mí no se dice nada.
+
+—¿Qué sueldo tiene usted?
+
+—¿Yo? Diez mil, y para eso llevo veintidós años en el ramo. He pasado
+por catorce intendencias, he sufrido siete cesantías, y todas las
+trifulcas que hemos tenido aquí desde el año 14 me han cogido de medio
+a medio. En una me dejaron cojo los liberales, en otra me abrieron la
+cabeza los realistas, en esta me apalearon los exaltados, en aquella
+me despojaron los apostólicos de todo cuanto tenía. Vive uno por
+casualidad en esta tierra, y, sin embargo, la quiere uno..., pues, como
+se quiere a una mala madre... Yo soy gaditano, o lo que es lo mismo, de
+Chiclana, y por tener algún parentesco lejano con los Méndez y amistad
+con los Bertrán de Lis, no me ve usted pidiendo limosna. Soy muy corto.
+Aquí solo hacen carrera los parlanchines, y yo, aunque andaluz, me
+callo muy buenas cosas y no tengo el despotrique que ahora se usa.
+Sea usted bullanguero, piense como un topo y charle como una cotorra,
+y verá cómo se le abren todos los caminos... Lo mejor es que siempre
+será lo mismo, y no veo yo mejores días para la España. Este grande
+hombre, que ha venido como el Mesías, trae mucha sal en la mollera, y
+el firme propósito de hacer aquí una regeneración..., vamos, para que
+nos envidien todas las naciones. Pues verá usted cómo no hace nada.
+¿Por qué? Porque no le dejan... Ya le están armando la zancadilla. Crea
+usted que antes que tenga tiempo de cumplir lo que ha ofrecido, se le
+meriendan... Ya empiezan a decir si en Palacio gusta o no gusta. Y es
+la de siempre: Palacio...
+
+En este punto entró Mendizábal acompañado de un sujeto con quien
+hablaba vivamente y en tono áspero.
+
+—Esto no puede ser... Yo he dicho a todos los subdelegados que dejen
+votar libremente, y que no intervengan en las elecciones. Claro es que
+siempre tiene el gobierno la influencia moral. Pero en Cádiz no puedo
+hacer nada. Galiano y el amigo Istúriz son los que manejan el tinglado
+de la elección. Por cierto que Istúriz quiere traer algunos que no
+conoce nadie. ¿Quién es ese Luis González?
+
+—Es un chico muy despierto, buen periodista, orador fogoso. No creo que
+salga por esta vez.
+
+—Pues si en Cádiz no logra usted meter a su patrocinado, intente algo
+en Sevilla. Pero tampoco podrá ser. Ya tengo noticia de los candidatos
+probables... No les conozco. Hablan con gran encomio de un tal
+Cortina... Y ese Pacheco, ¿quién es?
+
+—Un escritor notabilísimo: le tengo en mi periódico.
+
+—Bueno, bueno. Tráiganme gente de mérito, segura en sus principios,
+y que no se asuste de la libertad... Pues decía que procure usted
+entenderse con los sevillanos. Yo no puedo hacer nada, amigo mío,
+absolutamente nada.
+
+—Mi patrocinado es aquel joven que usted mismo ha elogiado con tanta
+justicia, por su actividad, por su inteligencia en la secretaría de
+Marina.
+
+—Montes de Oca, sí..., excelente sujeto. Tendría yo mucho gusto en
+traerle al Estamento... Pero no soy yo quien elige: es el pueblo. Vea
+usted a los gaditanos; entiéndase con Istúriz, que, por lo visto, no se
+para en barras, y...
+
+Una mirada que dirigió el ministro a los dos empleados de su secretaría
+particular bastó para que estos se retirasen.
+
+—¿Quién es ese...? —preguntó Calpena a su compañero, a lo largo del
+pasillo.
+
+—Este es Borrego... Andrés Borrego, el que escribe _El Español_.
+Dejemos a estos compadres que manipulen a su gusto las nuevas Cortes,
+y aguardemos aquí, charlando, a que don Juan nos llame. Como le decía
+a usted..., ya le están minando el terreno a mi paisano; y aunque vale
+mucho, no le salvarán su talento y buena intención, y si le salvaran,
+creería yo en lo que no creo: en mi propio nombre.
+
+—¿Cómo se llama usted?
+
+—Me llamo Milagro —dijo el vejete sonriendo—, José del Milagro. Ya ve
+usted si es alegórico mi apellido, pues verdaderamente no hay mayor
+prodigio que vivir un hombre entre tantas desventuras, cesante cuando
+no perseguido, y andando para atrás en mi carrera como los cangrejos,
+pues yo empecé a servir con el señor Urquijo y el señor Cabarrús...
+Vengo de Carlos IV, pasando por Pepe Botellas..., y en los tres
+_llamados años_, llegué a tener catorce mil, gracias al señor Garelly.
+A la muerte del rey, conseguí por el señor Seoane esta placita... Y
+usted dirá que el mayor milagro mío es mantener, con tan poco sueldo,
+mujer, suegra y cinco criaturas... Hay Providencia. Yo me defiendo con
+las traducciones; traduciendo a destajo, visto y calzo a la familia.
+Y ha de saber usted que entre tantos males, Dios me ha dado una hija
+que es un ángel. Dieciséis años cumplirá el 14 de noviembre. Rafaela
+se llama: me la sacó de pila mi amigo Rafael del Riego, hallándose de
+guarnición en la Isla. Pues la he enseñado el francés, y me ayuda.
+Como me estoy quedando ciego del mucho trabajar, ella sola, solita, se
+ha traducido más de la mitad del _Buffon_... A más de esto, tengo el
+recurso de llevar la correspondencia en algunas casas de comercio, y
+principalmente en la de doña Jacoba...
+
+Este nombre hirió con súbito rayo la mente de Calpena, y pidiendo más
+explicaciones, oyó de boca de Milagro las siguientes:
+
+—Doña Jacoba Zahón, que compra y vende piedras preciosas... Calle de
+Milaneses... Yo le escribo las cartas y le pongo sus cuentas en orden...
+
+Campanillazo. Su Excelencia llamaba, y acudieron ambos presurosos.
+Pidió las cartas escritas; sonrió; leyó detenidamente la de la duquesa
+de Berry, y sin mirar a Calpena, le dijo:
+
+—Está muy bien.
+
+Después, abrumado de quehaceres, y no sabiendo a cuál acudir primero,
+dio estas atropelladas órdenes:
+
+—Usted, Milagro, ponga una carta a Alcalá Galiano, citándole para
+esta noche aquí... Y otra, lo mismo, a Saavedra (don Ángel). Usted,
+Calpena, escriba una a la duquesa de Almodóvar, diciéndole que no puedo
+ir a comer, y tráiganmelas para firmar... ¡Ah!, espere usted: otra a
+sir George Williers, embajador de Inglaterra: Que mis ocupaciones no
+me permitieron ir anoche a casa de Van Halen, como le prometí; que si
+tiene esta noche libre, se venga por aquí a las once... Usted, Milagro,
+en una carta breve, cíteme a Olózaga para las doce, y también a... No,
+no, nadie más.
+
+En aquel momento anunció el portero:
+
+—El señor don Fernando Muñoz...
+
+—Que pase inmediatamente...
+
+Retiráronse los secretarios, y por el pasillo cuchicheaban:
+
+—Muñoz..., es la primera vez que viene aquí..., Muñoz..., _el marido
+del Ama_...
+
+
+
+
+XIII
+
+
+Al quedarse solo, Mendizábal escribió una carta de cuatro pliegos a
+Córdova, general en jefe del ejército del Norte. Con nerviosa mano, sin
+cuidarse de la estructura gramatical, trazaba los conceptos, en algunos
+puntos ampulosos, pedestres en otros, fiel imagen de su pensamiento,
+que empezaba a ser desordenado y vacilante por el cansancio de la
+tremenda lucha. Anhelaba mostrarse amigo del que en su mano tenía la
+mayor fuerza existente en España, estar en su gracia, pues tomado el
+pulso al país y a la raza, si mucho temía don Juan del paisanaje de
+levita y chaqueta, más temía de la tropa... Aunque aplicar quiso toda
+su atención a la escritura, no lo lograba: el pensamiento se dividía,
+fluctuaba, y dejando a la pluma formular con incorrecta sintaxis los
+conceptos epistolares, se escabullía por otros espacios. Trajo el
+ministro a su imaginación la historia de los últimos años, desde el
+14, y veía las trifulcas, los sangrientos y bárbaros motines, las
+sediciones militares, siniestro brazo de la idea disolvente, ya se
+llamase liberal, ya realista... Con estas imágenes se confundía en su
+mente otra, que como un espectro familiar de continuo se le presentaba.
+Era su promesa de terminar la guerra civil en seis meses. ¡Lucido
+quedaría si no la cumplía; si el ejército cristino, reforzado pronto
+con los cien mil hombres de la quinta, no lograba sofocar la facción
+y restablecer la anhelada paz! Su ensueño era Córdova, el caudillo
+denodado y caballeresco, y en medio de aquel trajín electoral, anuncio
+de las trapisondas parlamentarias y políticas que habían de sobrevenir
+con la apertura de los Estamentos, volvía don Juan Álvarez sus
+inquietos ojos al Norte, mirando a lo que era su temor y su esperanza.
+Si el general no le ayudaba, su empresa de salvación nacional fallaría
+sin remedio. Y para que Córdova coadyuvase a la gran obra, era preciso
+que venciera, o por lo menos que con rudos achuchones quebrantase a
+los carlistas; y para esto era indispensable enviarle recursos en
+hombres y dinero. La carta, en su difuso estilo, plagada de noticias de
+acá y de allá, de referencias diplomáticas y de rumores de intrigas,
+vino a parar en positivas promesas. «Dentro de quince días le mandare
+a usted millón y medio. El mes próximo podré mandarle otro tanto, y
+si puedo más, más». Hablábale de remesas de vestuario y calzado, de
+arreglo de hospitales. Exponía también planes estratégicos que a él se
+le ocurrían. «Respetando su iniciativa, le diré que si usted lograra
+ocupar el Baztán con quince mil hombres, podría atacar a los facciosos
+por retaguardia... Eso usted verá...».
+
+Concluía ofreciendo remesarle nueve millones antes de tres meses, y
+manifestaba viva intranquilidad por la lentitud de las operaciones.
+Aplicando a todo su febril genio de travesura y arbitrismo, habría
+querido que Córdova moviese en tres días su grande ejército, que
+desalojase a los carlistas de sus formidables posiciones, que los
+arrollase, que los deshiciese, dispersando a unos, matando a los más,
+y cogiendo prisionero a don Carlos con toda su trashumante corte. ¡Qué
+hermoso sería esto, y con cuánto desahogo podría dedicarse entonces
+el Presidente a la reforma del país, que era su ilusión, su sueño!...
+Pero, ¡ay!, al llegar a este punto, cruelísima duda le asaltaba. Si
+Córdova obtenía una victoria rápida y decisiva, cortándole de una vez
+a la hidra todas sus patas y aplastándole la cabeza, Córdova y no otro
+había de emprender y realizar la salvación de la infeliz patria. Buen
+tonto sería, juzgando el caso con el criterio genuinamente español, si
+siendo él el vencedor guerrero, dejaba a otro la gloria de la campaña
+política. Lógico era, no obstante, que el militar allanara el camino,
+y que el civil marchase por él desembarazadamente hacia la victoria
+política y social. Pero aunque poco ducho aún en artes de gobierno, don
+Juan de Dios conocía la historia, más por lo que había visto que por lo
+que había leído, y no ignoraba que, en nuestra tierra de garbanzos y
+pronunciamientos, el guerrero victorioso es el único salvador posible
+en todos los órdenes.
+
+Terminada la carta, vagó su mente en aquel meditar triste. ¿Quién
+salva, quién no salva? ¿Sería un error suyo gravísimo haberse creído
+capaz de fundar una nación grande y rica sobre las ruinas de las
+facciones deshechas y de las banderías sojuzgadas? De Londres había
+salido con esta ilusión; con ella entró en Madrid. Sus entrevistas
+con la reina gobernadora la confirmaron. El entusiasmo patriótico, la
+fe en sí mismo y en la eficacia de sus manejos se avivaron cuando Su
+Majestad le encargó del tejemaneje gubernamental. Ya tenía la máquina
+en su mano. Ya era dueño de sus iniciativas. ¿No podría desarrollar
+libremente sus ideas, aplicar su voluntad potente a la grande obra?
+
+Las cosas, y más que las cosas las personas, enfriaron su entusiasmo al
+mes de gobierno. Cierto que le ayudaba la opinión vocinglera; pero las
+principales figuras políticas no hacían nada en su favor. Los adictos
+de fila pedían destinos y actas, y esperaban que el jefe lo diera todo
+hecho. Los contrarios aparentaban una calma prudente, tras de la cual
+don Juan de Dios creía sentir el sordo roer de las conspiraciones. Aún
+no había perdido la confianza en sí mismo; seguía creyendo en su papel
+providencial; pero ya le anunciaba el corazón que la empresa no era
+coser y cantar, y que tendría que tragar mucha quina antes de rematarla
+dignamente.
+
+Conferenció con Galiano, a la hora convenida, sobre asuntos
+electorales; con Saavedra, sobre la probable benevolencia de los
+moderados Toreno y Martínez de la Rosa; con Olózaga, para ver de
+que las sociedades secretas hiciesen entender a las juntas que
+había llegado la hora de poner fin a la bullanga, pues en _Palacio_
+comenzaban los infalibles síntomas de desconfianza y miedo. De esto
+le había hablado aquella misma tarde don Fernando Muñoz, dándole una
+prueba de verdadero aprecio. Y, francamente, no había que esperar
+ninguna ventaja política, mientras no se diese a toda la gente de
+allá, real o morganática, una plácida confianza y un sueño tranquilo.
+Con Williers habló de asuntos diplomáticos y de eso que tiempo ha
+viene siendo la constante pesadilla de los pueblos débiles: _la
+actitud de Inglaterra_. Mendizábal era muy afecto al leopardo, y
+esperaba un apoyo más positivo que el de la prometida legión. El
+astuto representante de la Gran Bretaña repitió a nuestro ministro
+sus recomendaciones de siempre: refrenar la anarquía, no temer la
+libertad practicada dentro de las leyes, poner en funciones regulares
+el Parlamento, acudir a la guerra con toda clase de recursos, y trazar
+las grandes líneas del porvenir efectuando la venta inmediata de toda
+la propiedad territorial de las órdenes religiosas.
+
+Cerca de la una, Mendizábal se quedó solo; mas no se resolvió a
+retirarse a su casa, porque el aposento ministerial le retenía, le
+agasajaba; temía dejarse allí las ideas si se iba, y con sus ideas
+la ilusión risueña y querida de salvar al país y hacerlo dichoso. No
+menos de media hora estuvo paseándose de un ángulo a otro, a la luz ya
+mortecina de los quinqués, entre los retratos de personas reales o de
+eminencias políticas: la reina Amelia, clorótica y triste; Fernando,
+sanguíneo y echando a borbotones la perfidia por sus ojos de fuego,
+el sarcasmo por su belfo labio..., más allá, personajes de peluca que
+habían gobernado la Hacienda y la Marina: Patiño, Ensenada; en un
+ángulo Riperdá, con su risa ladina; en otro Macanaz, con su hermosa
+cabeza poblada de ricitos.
+
+Cansado de pasearse, Mendizábal sacó de su pupitre varios papeles,
+cartas que aún no había leído, de esas cuyo escaso interés se adivina
+por el sobrescrito, y que se dejan sin abrir por no desperdigar la
+atención; otras de letra bien conocida, que, positivamente, no eran
+de asuntos ministeriales, más bien pretensiones ridículas, jaquecas,
+extravagancias, anónimos quizás, llenos de injurias repugnantes, o
+denunciando algún proyecto terrorífico de las logias masónicas.
+
+Era hombre don Juan que a lo mejor transportaba toda su atención de
+lo grave a lo menudo, como espíritu aventurero que gozara en suponer
+la existencia de cosas grandes, escondidas de un modo carnavalesco
+detrás de cualquier insignificancia. Su imaginación le llevaba a la
+puerilidad. Creía fácilmente en las posibles emergencias de sucesos
+importantísimos, efecto enorme engendrado por la menor cantidad posible
+de causa. No estaba exento su espíritu de superstición: esperaba
+bienes repentinos, no anunciados por la lógica; temía desventuras
+abrumadoras, caídas como el rayo, sin el antecedente natural de errores
+determinantes.
+
+En aquella hora de calma y soledad, aplicando a los objetos secundarios
+más bien la curiosidad que la atención, fijose primero don Juan en una
+cuenta de zapatero; después pasó la vista por un plan en que anónimo
+arbitrista ofrecía saldar toda la Deuda de España con una simple
+combinación de cifras; leyó en seguida una carta procedente de Londres,
+escrita en español de colegio inglés. En la primera carilla, una mano
+trémula había trazado quejas melancólicas, reproches agridulces; en
+la segunda, se lamentaba de un olvido semejante, de abandono; en
+la tercera, formulaba con indecisa escritura una protesta de firme
+constancia a prueba de desdenes, y en la última, pedía dinero. En la
+postdata suplicaba se le mandase inmediatameate orden contra la casa
+_Tal_... Esta epístola y los documentos anteriores fueron a parar, en
+pedazos, a la cesta de los papeles inútiles. Cogió luego otra carta,
+cuyo sobrescrito era un puro adefesio, y abierta, leyó con no poca
+dificultad:
+
+ «Señor don Juan excelentísimo: Por encargo de la señora doña Jacoba
+ Zahón, que permanece enferma en cama, le digo cómo la ropa de la
+ niña importa mil setecientos y veintidós reales efectivos, que
+ hará el favor de remitir a la mayor brevedad, para atender a las
+ urgencias. Pues ha de saber que se debe lo del maestro de piano y
+ baile viceversa, con lo demás que había pendiente del coste del mes
+ pasado inclusive, y son por junto naturalmente trescientos y doce
+ reales netos, con lo de medicinas trescientos ochenta y ocho. Doña
+ Jacoba espera le suministre pronto la suma total de los expresados
+ líquidos reales de vellón, como débitos naturales, y me encarga
+ conjuntamente le diga que le besa las manos, y que tendrá el honor de
+ visitarle en cuanto se alivie de sus reumas achacosos. Dios guarde a
+ usted, excelentísimo, años muchos, y mande a su servidor, que lo es —
+ Cayetano Lopresti».
+
+Suspirando fuerte, señal inequívoca de lo desagradable del asunto,
+cogió la pizarrita en que anotar solía las obligaciones perentorias
+del día siguiente, ya fuesen políticas, ya del orden familiar y
+privado. Media pizarra estaba escrita ya con diversos recordatorios de
+varia importancia: «Circular intendencias... Ver Argüelles, proyecto
+electoral... Recuento de frailes... Relaciones de monjas... Escribir
+duque de Broglie...». Con mano enérgica, fruncido el ceño, apuntó
+debajo: «Asunto Negretti... _Din. jor._ (que quería decir: mandar
+dinero a la jorobada)».
+
+Guardó unos papeles en las gavetas; recogió otros, metiéndoselos en
+el bolsillo; tiró de la campanilla. El sonido lejano de esta produjo
+la aparición de un portero que surgió de entre los pliegues de la
+cortina. «Mi capa..., el coche», dijo Su Excelencia dando pataditas en
+la alfombra, que aún era de verano. Se le habían enfriado los pies,
+calzados con zapatito mujeril.
+
+Y con esto se fue Mendizábal a su casa de la calle de san Miguel.
+Durmió mal. Volteaba el cuerpo entre las sábanas, y en su cerebro
+enardecido por el trabajo se torcían las ideas y se enlazaban como
+queriendo formar una trenza: «Ley electoral... ¡Pobre Negretti!...
+La guerra... ¡Pero esa niña, esa fastidiosa niña..., esa guerra, esa
+maldita guerra!...».
+
+
+
+
+XIV
+
+
+También el bueno de Calpena durmió mal, a causa de los sobresaltos
+de su amor propio, que aquella noche, al volver da la oficina, había
+sufrido nuevos golpes. La última carta de la _mano oculta_ revelaba
+un espionaje fastidiosísimo. Era en verdad humillante no poder dar
+paso alguno de que no tuviera conocimiento la persona que le protegía.
+Cierto que agradecía la protección; pero habríala estimado más si no
+significara para él la pérdida de toda libertad. Al día siguiente,
+el anónimo corresponsal mostró detallado conocimiento de cuanto al
+señorito le había ocurrido en la oficina: le reprendió por la compañía
+del tísico Serrano; le incitaba a frecuentar menos los cafés y más la
+sociedad, pues en aquellos adquiriría hábitos de grosería y desparpajo,
+y aprendería en esta la finura y distinción de un perfecto caballero.
+
+—Hijo mío —decíale don Pedro, resueltamente conforme con las opiniones
+de la incógnita—, no te importe esa vigilancia que puede ser algo
+molesta, pero que sin duda te apartará de muchos peligros. Frecuenta
+la sociedad, pues ya tienes relaciones que te introduzcan en casas
+decentes, donde hallarás exquisito trato, buen comer y placeres
+honestos. En fin, te conviene _mejorar el terreno_. Es la única manera
+de irnos librando de este maldito romanticismo que pretende volvernos
+locos. No desobedezcas a quien quiere llevarte a la regularidad, a la
+buena escuela de tu padrino don Narciso.
+
+—Pues le diré a usted con franqueza, mi querido Hillo: la falta de
+libertad que me resulta de esta subordinación cargantísima a un poder
+misterioso, a un poder benéfico, lo reconozco, pero enteramente
+inquisitorial, a estilo veneciano, produce en mí un vivo anhelo de
+evadirme de tan enojosa tutela. No sabe usted cuánto deseo hacer algo
+que resulte ignorado por mi anónimo gobernante. ¿Por ventura, el
+servicio de policía que ha organizado para vigilarme ha de ser tan
+perfecto que no pueda yo burlarlo, siquiera para probar la habilidad
+con que lo burlo? En la oficina hay ojos que me observan; aquí, en
+casa, no digamos; en la calle, en el café, en los teatros, en las casas
+que visito, ya sabe usted lo que pasa. No respiro sin que _allí lo
+sepan_. Pues yo quisiera respirar a mis anchas, y decir: «Te fastidias,
+que no lo sabes».
+
+En el curso de octubre fue introducido el venturoso macebo por Mesonero
+Romanos en casa del médico Rivas, padre de tres niñas preciosas, muy
+saladas: Marianita, Mariquita y Juanita, conocidas en el mundo poético
+por _Laura, Silvia_ y _Rosaura_, con que las designaban sus novios o
+pretendientes (en aquel tiempo se solían llamar _amantes_), que eran
+poetas de lo más granadito entonces. Las chicas, eso sí, descollaban
+por su picante belleza, así como por su ingenio; una de ellas también
+versificaba, otra pintaba, y las tres hacían en el canto y baile
+angélicos primores.
+
+Recibido en palmitas fue Calpena en la casa del ilustre médico, y a
+la segunda noche echó de ver que la mayor de las niñas le gustaba
+extraordinariamente. A la noche tercera hubo de entender que era
+correspondido: a las miradas flamígeras siguió el tiroteo de
+florecillas verbales, y alguna breve y ardorosa promesa. Al fin de la
+semana, ya corría de sala en sala la opinión de que eran novios. Pero,
+¡ay!, el domingo recibió Calpena la carta anónima con el siguiente
+réspice:
+
+ «Niño, me desagradan lo que no puedes figurarte tus revoloteos con
+ la chica mayor del cirujano Rivas. Simple, ¿en qué estás pensando?
+ ¿Sabes que haces un papel ridículo? Si estás ciego, caiga de tus ojos
+ la venda. No digo que Silvia y sus hermanas no sean honestas: lo son.
+ Pero ya en el nido de sus tiernos corazones ha batido sus alitas otro
+ amor...».
+
+—¡Oh, qué figura tan linda! En el nido de sus tiernos... Adelante.
+Sigue leyendo.
+
+Y Calpena, dándose a los demonios, continuaba la lectura:
+
+ «Las tres tienen sus adoradores. Mesonero es el zagal de la tercera
+ pastorcita, la linda Rosaura. En los altares de la segunda, Silvia
+ bella, quema el incienso de su inspiración socarrona Bretón de los
+ Herreros. Y, por último, escucha y tiembla... Ventura de la Vega, tu
+ amigo, ese que te recita sus versos en el café para que convides a
+ toda la partida, es el dichoso amante de Laura; la misma noche que
+ os cantó la niña el aria de _Elisabeth_, del maestro Caraffa, quedó
+ concertado entre Ventura y los padres encender pronto la antorcha de
+ Himeneo... Conque ya ves...».
+
+—¡Qué elegancia de estilo: _encender la antorcha_!...
+
+Concluía la carta con observaciones de otro orden, y la noticia de que
+ya se habían dado los pasos para redimirle de la quinta de cien mil
+hombres, mediante el pago de cuatro mil reales. En la del siguiente
+día se le ordenaba que no volviese a la tertulia del cirujano; que no
+pensara más en la bella Laura, y que procurase meter la cabeza, pues
+relaciones iba ganando para ello, en casas de más categoría, en los
+dorados salones aristocráticos.
+
+ «Mira, tontín: Roca de Togores, que es un chico muy introducido,
+ puede llevarte a casa de Campo-Alange, y el almibarado Clemencín
+ (llamémosle don Agapito) a casa de Castro-Terreño».
+
+—Ya ves —decía Hillo cayéndosele la baba— con qué seguro dedo te
+marca tus altos destinos. Pero, tontín, digo yo ahora, ¿cómo has
+podido figurarte que te íbamos a permitir entroncar con la hija de
+un cirujano? ¡Don Fernando Calpena unido en desigual coyunda con una
+simple Laura, sin más títulos que los ovillejos que le endilgan poetas
+chirles!... No, hijo, tú no puedes _encender la antorcha_ sino con
+damas de otro cuño; y aunque pienso que no habrá en Madrid las hijas
+de duques o archiduques que te corresponden, sigue por de pronto el
+consejo que te da quien darlo puede, y mete la cabeza en las áureas
+viviendas de los Abrantes y Veraguas, de los Oñates y Medinacelis.
+
+Refunfuñando, Fernandito concluía por someterse a todo, y a fines de
+octubre le introdujo un amigo (no se sabe fijamente si fue Ros de
+Olano o Miguel de los Santos Álvarez) en las casas de Almodóvar y de
+Campo-Alange. En la primera de estas mansiones conoció a una beldad
+fría y correcta, hija de un aristócrata, que era al propio tiempo
+general poco afortunado, la cual cautivaba a cuantos la veían, no solo
+por su marmórea belleza, exenta, eso sí, de toda gracia, sino por su
+ingenio. Educada en Francia, se traía lecturas varias y admiración muy
+redicha por Chateaubriand, De Jouy y otros coetáneos, siendo también
+algo versada en Racine, Marmontel y Madama Genlis.
+
+Con ella platicaba Calpena: notaba este que su conversación y figura
+eran del agrado de la marmórea, de lo cual vino que él también se
+sintiese cautivado por la linda estatua, y aun que se lo hiciese
+comprender en delicadas perífrasis. La _oculta mano_ escribió:
+
+ «Bien, bien, caballerito: ese es el camino. Recomiendo, no obstante,
+ moderación, pausa, fino pulso, y no lanzarse con demasiados ímpetus
+ por un terreno que, a tus inexpertos ojos, parecerá llano, y no lo
+ es. En él hay asperezas y obstáculos enormes, que tú no ves, pobre
+ niño. Habrás notado que nuestra sociedad es la más democrática
+ del mundo, y que en las casas más linajudas no se niega el pase a
+ ninguna persona bien vestida. Para recibirle y agasajarle, a nadie
+ se le pregunta quién es, ni de dónde viene, ni a donde va. Yo creo
+ que tanta franqueza no conduce a nada bueno. Por más que solo sea
+ aparente, esa igualdad significa que nuestra aristocracia pierde
+ el sentido de su misión y no sabe conservar el orgullo castizo, el
+ cual sería un baluarte contra las confusiones que se anuncian, y que
+ traerán un desquiciamiento social. Perdona mi pedantería».
+
+—¡Por san Cucufate!, no es pedantería —exclamó don Pedro palmoteando—,
+sino profundísima filosofía de la historia. Sigue.
+
+ «Esa igualdad es un mal síntoma, y nada más por ahora; una forma
+ de cortesía tolerante... En el fondo, en los hechos, no hay tal
+ igualdad. Por eso, al notar muchos que te aproximas a la marmórea,
+ empiezan a preguntar: _ese Calpena_, ¿quién es? ¿De dónde ha salido
+ este barbilindo?... Y ya verás, ya verás cómo empiezan pronto los
+ desdenes, las envidias... Para que nada de esto ocurriese y tus
+ caminos fuesen llanos, sería preciso que en aquella misma esfera
+ hubiese personas que evidentemente te protegieran, que respondiendo
+ de ti, dijesen a quien deben decirlo: _ese pobrete_ es digno de
+ la niña, y cuando sea preciso demostrarlo se demostrará. Si ahora
+ te digo que la estatua erudita, lectora de Chateaubriand y aun de
+ Destut-Tracy, heredará tres millones y medio, no lo hago porque veas
+ en la riqueza un incentivo a tu inclinación, no. _Ese don Nadie_ no
+ busca un enlace de conveniencia, ni necesita los millones ajenos,
+ porque es de los que, por su gran mérito, pueden permitirse la
+ libertad de ser pobres».
+
+—¡María Santísima, qué frase!... Adelante.
+
+ «De ser pobres... Te hablo de la presunta riqueza de la niña de
+ mármol, para que sepas que tu marcha por ese camino ha de ser muy
+ disputada. Pero no te acobardes. Sobre que tú no sabes si tendrás aún
+ medios de apedrear con doblones a los que ahora hablan de tu nulidad
+ y pobreza, sigue adelante, y no veas en la preciosa damisela más que
+ su educación cristiana, la hidalguía de su familia y de su nombre,
+ su honestidad, su talento instruidito, sus condiciones, en fin, de
+ grandísimo precio, y las virtudes y méritos de sus padres, pues
+ aunque el pobre general nunca ha sabido mandar cuatro soldados, eso
+ no quita para que sea excelente persona, muy atenta a sus intereses;
+ y en cuanto a su madre, bien sabes que no hay en Madrid quien la
+ aventaje en nobleza y virtudes... No escribo más. Me duele la cabeza.
+ ¿Pero qué importa si el espíritu está gozoso?».
+
+Mucho dio que pensar a Calpena el contenido de esta carta, y tanto se
+entusiasmó don Pedro oyéndola leer, que casi casi se le saltaron las
+lágrimas.
+
+—¿Ves, ves —le dijo— cómo yo tenía razón? Y que ha de ser una mujer de
+inaudito mérito esa marmórea chica. ¡Vaya que leer a Destut-Tracy!...
+¡Y qué guapa será!... Hombre de Dios, un día iremos de paseo al
+Prado, a ver si la encontramos para que me la enseñes. Ya me figuro
+su belleza, su dignidad, su mirar grave, como de la diosa Minerva,
+su andar majestuoso. Bien, hijo, bien. Ese es el camino, ese... Y ya
+sabes, dejaré de ser tu amigo y mentor... si... Ya sabes mi tema: hay
+que _rematar la suerte_.
+
+En tanto, Calpena continuaba prestando su servicio de secretario
+particular del primer ministro, muy a gusto de este, al parecer,
+pues cada día le fiaba epístolas de mayor delicadeza, aun aquellas
+que contenían algún secretillo político, o en que desahogaba en la
+confianza de un buen amigo el recelo que en él iban despertando las
+dificultades de su magna empresa.
+
+Por aquellos días, ya no iba Fernandito a los cafés, y esquivaba todo
+lo posible la sociedad del tísico Serrano, cuyo pesimismo había llegado
+a serle odioso. Dos veces fueron juntos al teatro. Dábale Serrano los
+nombres de todas las personas que en palcos y butacas veían, sin que
+de esto pudiese sacar ninguna luz el aburrido joven. Y como a cada
+nombre que el tísico decía, agregaba comentarios injuriosos, pues para
+él no había mujer honrada, ni madre que no vendiese a sus hijas, ni
+esposa que no imitara la conducta aleve de la señora de Oliván, Calpena
+no quiso más tal compañía, ni aquella erudición tan mentirosa como
+terrible.
+
+Con Milagro, su compañero de secretaría, sí que hizo buenas migas
+Calpena, y en los cortos ratos libres platicaban de política o
+literatura contemporánea, que el viejo conocía medianamente, o bien
+de cosas familiares y domésticas. Todo franqueza y espontaneidad
+comunicativa, Milagro contaba los refunfuños y genialidades de
+su mujer, las bataholas de sus chiquillos menores, y las gracias
+habilidosas de sus dos niñas.
+
+—Es ridículo —decía— que a una persona como usted, introducida en la
+mejor sociedad, le invite yo a venir a pasar un rato en mi humilde
+casa, donde todo es pobreza..., también alegría, eso sí... Pero yo
+creo que habría de gustarle oír tocar el arpa a mi hija María Luisa,
+discípula de Fagoaga, gran discípula, para que usted lo sepa..., y
+el instrumento es de lo mejor que ha fabricado don Tiburcio Martín,
+plazuela de Matute... Ni le desagradaría a usted echar un parrafito
+con mi hija segunda, Rafaela, que sabe francés y me ayuda a traducir
+_Mujeres célebres_. Lee todo lo que cae en sus manos, y ahora está
+agarrada noche y día a la de Madama Staël... Y en casa puede usted ver
+a una notabilidad, un chico poeta de mi pueblo, Chiclana, que aunque
+soldado de la última quinta, hace versos como los ángeles; solo que
+es tan corto de genio y tan para poco, que cuesta Dios y ayuda hacerle
+leer lo que escribe. Se llama Antonio Gutiérrez, y ha compuesto un
+dramita que titula _El Trovador_ o cosa así, y en casa nos ha parecido
+tan bueno que yo mismo se lo he llevado a Guzmán para que lo lea, a ver
+si a él o a Carlos Latorre les da la ventolera de representarlo. Otro
+chicarrón va por allí, Pepe Díaz, que también hipa por la poesía y el
+teatro. No les falta más que apoyo, protección, y aquí, ya se sabe, no
+la hay más que para los necios enfatuados. Yo les digo: «Hijos míos, no
+os acobardéis, que a falta de otros protectores, aquí me tenéis a mí...
+¡Milagro será que no os saque adelante Milagro!... Je, je...».
+
+Cortés y agradecido Calpena, declaró que con mucho gusto aceptaría
+la invitación, visitándole una de las noches que tuviera libres. Al
+mismo tiempo recordó el conocimiento de Milagro con doña Jacoba Zahón,
+añadiendo que para esta señora había traído de Francia un encargo que
+aún se hallaba en su poder. Por voluntad expresa del remitente, no lo
+entregaría más que a la misma persona a quien venía destinado, y esta
+debía presentarse a recogerlo.
+
+—Seguramente —dijo Milagro— es una caja de pedrerías... ¿Por qué se
+asombra usted? La Zahón comercia en diamantes y perlas. La casa es muy
+conocida: _Zahón y Negretti_, calle de Milaneses. Hoy, por muerte de
+Zahón, se ha quedado al frente la viuda, para quien algunas noches
+trabajo, escribiéndole la correspondencia y poniéndole las cuentas en
+orden.
+
+—No puede ser caja de piedras preciosas lo que traje y aún conservo
+—observó Calpena—, pues no habían de tardar tanto en recoger cosa de
+valor grande. ¿Acaso comercia esa señora en pedrería falsa?
+
+—No, señor... Todo lo que compra y vende es de la mejor ley. Si no ha
+pasado doña Jacoba a recoger su encargo, será porque ha estado enferma,
+o porque no tiene noticia exacta de la persona que lo ha traído.
+
+—Debe de tenerla, porque al día siguiente de mi llegada, escribí a
+Olorón dando cuenta de mi domicilio. Por cierto que me dijeron que esa
+señora es jorobada.
+
+—Cargadita de espaldas... Yo le hablaré del caso, y nos iremos a su
+casa si ella no puede salir. Verá usted una mujer lista y estrafalaria,
+genio desigual, mañas de urraca, agudezas de lince, toda uñas, toda
+desconfianza...
+
+—Pues yo había creído que el paquete que traigo es de cartas o papeles
+políticos. Dígame usted... aquí en confianza, ¿esa señora conspira?
+
+—¡Conspirar la Zahón...! —dijo Milagro perplejo—. No..., que yo sepa,
+no... ¡Conspirar...! Para la Zahón no nay más política que ganar
+dinero, engañar a quien puede, y despojar a los infelices que caen en
+sus garras.
+
+—Ello será como usted lo dice; pero yo puedo asegurarle que un
+compañero mío de hospedaje, que anda en las logias de la casa de Tepa,
+supo, a los pocos días de mi llegada a Madrid, que yo había traído ese
+encargo, y tanto él como sus amigos López y Caballero creían, y así me
+lo dijeron, que el paquete era de papeles políticos y venía destinado
+al eterno conspirador don Eugenio Aviraneta.
+
+—Observe usted, amigo Calpena, que los patriotas, de tanto andar al
+oscuro en logias y _sublimes talleres_ soterráneos, ven visiones, y
+como la policía de aquí vive también palpando tinieblas, entre unos y
+otros le arman a usted unos enredos que le vuelven loco. El año del
+fusilamiento de Torrijos vine yo de Sevilla a Madrid en galera, y no
+acelerada, con mi familia, pasando los mayores trabajos que usted
+puede imaginar. Diéronme allí un encargo para la señora de don Vicente
+González Arnao, el amigo de Moratín, la cual era muy obesa y padecía
+de estreñimiento. Por esto comprenderá usted que el encargo era una
+lavativa, gran pieza, modelo recién enviado de Inglaterra. Pues no
+puede usted figurarse la que se armó con el dichoso instrumento, en
+cuanto me lo descubrieron los de la policía. No le digo a usted más
+sino que me costó la broma cuatro meses de cárcel, y mi mujer y mis
+hijos no se murieron de hambre porque les recogió un pariente de
+Bertrán de Lis...
+
+—¿Y la señora de Arnao...?
+
+—Reventó..., naturalmente... Su muerte debió ser un nuevo cargo para
+la Superintendencia de Policía, como verdadero asesinato... político.
+
+Campanillazo... Acudió Milagro presuroso al llamamiento del señor
+ministro.
+
+
+
+
+XV
+
+
+A los pocos momentos de quedarse solo Calpena en el despacho, entró
+Iglesias por la puerta interior, que comunicaba con la secretaría.
+
+—En nombrando al ruin de Roma... No hace diez minutos, querido
+Nicomedes, que le recordábamos a usted.
+
+—No sería para hablar mal.
+
+—De ningún modo. Al contrario...
+
+—Hace un siglo que no nos vemos, amigo Calpena. Ayer y hoy no he comido
+en casa. Tenemos usted y yo las horas encontradas, y lo siento, porque
+en estas circunstancias me conviene verle a usted con frecuencia. Por
+eso he venido.
+
+—Estoy a sus órdenes.
+
+—Ya sé —dijo Nicomedes dejando sobre la mesa su sombrero, que era de
+última moda, cilindrico, enorme, un soberbio tubo de chimenea con alas
+planas—, ya sé que el Presidente le quiere a usted mucho... Eso se
+llama caer de pie. Usted es de los que se lo encuentran todo hecho.
+Bien haya quien tiene el padre alcalde... Pues yo, contando con su
+amabilidad, venía...
+
+—Siéntese el buen Iglesias, y dígame en qué puedo servirle.
+
+Sentose Nicomedes, y pasándose la mano por las melenas, que eran largas
+y copudas, parecía inquieto, caviloso, extenuado por el insomnio y las
+ansiedades de la ambición.
+
+—Quisiera que el simpático Calpena, sin faltar lo más mínimo a la
+reserva que le impone su cargo en la secretaría particular...,
+¡cuidado, que no trato de poner a prueba su discreción...!, pues
+quisiera que usted me dijese si ha escrito a don Juan Álvarez en favor
+mío...
+
+—¿Quién? Supongo que será recomendación para las elecciones.
+
+—Justo. Pues se comprometió a escribir al Presidente, recomendándome
+con toda eficacia, imponiéndome más bien, quien menos puede usted
+figurarse.
+
+—¿Caballero, Trueba y Cossío?
+
+—Esos son amigos míos, y bastante tienen con manipular su elección,
+el uno en Cuenca, el otro en Santander. A mí me habían prometido
+incluirme en la candidatura de Murcia. Quiroga me aseguró que allí me
+votarían hasta las piedras. Luego resulta que no las piedras, sino los
+electores, votan a Escalante. Al fin, me refugié en Villafranca del
+Bierzo, donde tengo algunos elementos.
+
+—Por ese lado, Argüelles influye, también don Martín...
+
+—No cuento con esos... Ofreció apoyarme..., vuelvo a decirlo, quien
+menos puede usted sospechar... En este juego de la política, los
+extremos se tocan. Pues me apadrina don Francisco Martínez de la Rosa,
+es decir, prometió hacerlo... en virtud de concesiones mutuas que
+acordamos en Tepa, interviniendo por los moderados Ramón Narváez; por
+nosotros, mi amigo Palarea.
+
+—Ya..., comprendo... Y usted quiere saber si Martínez de la Rosa ha
+escrito... Lo ignoro: si algo supiera se lo diría, pues en ello no veo
+deslealtad. Por mi mano no ha pasado carta de don Francisco; y si don
+Juan la ha recibido, habrala contestado por sí propio.
+
+—¿Y su compañero de usted, ese viejo cegato...?
+
+—No sé nada. Es hombre muy reservado.
+
+—Bueno: desde ayer sospecho que esos malditos _anilleros_ nos engañan.
+Siempre han sido lo mismo. Cuando están fuera del poder, nos buscan,
+nos agasajan, se arriman a la _exaltación_... Otra cosa: ¿No recuerda
+usted si, entre las recomendaciones de candidatos que hace diariamente
+este buen señor a don Martín de los Heros, ha ido mi nombre?
+
+—Tampoco lo recuerdo.
+
+—Voy creyendo que Heros me engaña también. No puede esperarse otra cosa
+de quien no tiene iniciativa ni criterio para nada. Tanto a él como a
+Becerra les trata este señor como a criados.
+
+—Pues mire usted —indicó Calpena esforzándose en hacer memoria—, yo
+tengo idea de haber visto el nombre de usted en alguna de las cartas
+que me ha dado don Juan para contestarlas...
+
+—A ver si recuerda, hombre, a ver si recuerda... —dijo Iglesias
+aproximando su silla para poder hablar en voz más queda—. ¿Sería en una
+carta de don Fernando Muñoz?...
+
+—¿El marido de la reina? No..., don Fernando estuvo aquí una noche, y
+habló con el Presidente, lo que no tiene nada de particular, y por eso
+puedo decirlo.
+
+—¿Y no ha pasado por aquí una carta de don Juan Muñoz, padre jesuita,
+hermano de don Fernando? Me consta que le suplicó se interesase en
+favor mío la persona que le salvó la vida en el colegio de San Isidro
+el día del degüello, en julio de 1834.
+
+—Tampoco he visto carta alguna de ese señor jesuita.
+
+—Pues no dudo que su hermano habrá dicho algo a Mendizábal. Sepa
+usted que en Palacio, de tiempo en tiempo, echan una mirada a la
+_exaltación_, y nos halagan para que no extrememos la guerra.
+Decididamente hemos vuelto la espalda al señor _Dracón_, que no nos
+sirve para nada. Ya sabe usted que en el actual momento histórico doña
+Carlota y su hermana están a matar.
+
+—No sabía... La verdad, me fijo poco en intrigas palatinas. Creo que
+mucho de lo que se cuenta es falso, embustes fraguados a gusto del que
+los pone en circulación.
+
+—Lo que digo es el evangelio. Están a matar... Nosotros hemos
+abandonado a _la_ Carlota, y apoyando por el momento a Cristina,
+trabajamos en el extranjero para evitar la protección que dan a don
+Carlos los legitimistas y vendeanos. Mendizábal hace la misma política:
+no me dirá usted que no escribe cartas a la hermana de estas señoras,
+Carolina, duquesa de Berry.
+
+—Nada sé, amigo mío —declaró Calpena, comprendiendo al fin que debía
+refugiarse en la discreción, y evitar revelaciones inconvenientes.
+
+—Pues bien: decidido a minar la tierra para ocupar el lugar que me
+corresponde en el Estamento, y viéndome abandonado por algunos amigos,
+vendido por otros, por ninguno apoyado resueltamente, he pegado un
+brinco horroroso, solicitando el apoyo de un legitimista francés de
+gran empuje, para que recabe de la duquesa de Berry una expresiva
+recomendación...
+
+—Y ese legitimista es el señor conde de la Pommeraye, ayudante que fue
+del duque de Angulema. Ha escrito a Mendizábal; pero no hace referencia
+a la de Berry, y se limita a dar las gracias por el reconocimiento que
+se le ha hecho de varias cruces concedidas el año 23, asunto que quedó
+suspenso por error, o por olvido de ciertos trámites...
+
+—Me consta que a la de Berry debe el de la Pommeraye que le hayan
+reconocido dos cruces pensionadas. Lo sé: es amigo de mi familia. Mi
+tío Andrés le salvó la vida en el ataque y toma de Pasajes... Por lo
+visto, usted no puede o no quiere darme ninguna luz. Cada día me afirmo
+más en la idea de que todos me abandonan, de que nadie se interesa por
+mí... ¡Y esto le pasa al hombre que ha consagrado toda su inteligencia,
+su vida toda, a la idea revolucionaria, a la redención de este
+pueblo!... ¡Mátese usted, reviéntese, padezca hambres y persecuciones
+por la regeneración de un país, por ennoblecerle, por desasnarle, por
+sacarle de las uñas de la feroz tiranía..., y cuando cree recibir el
+premio de su servicio, cuando usted humildemente dice a ese país:
+«Dame tu representación, dame tus poderes, pues quiero desgañitarme en
+tu defensa», vese usted desatendido, menospreciado, tratado como un
+loco!... ¡Oh, esto no puede ser, esto clama al cielo!
+
+Dio un porrazo en la mesa el iracundo Nicomedes, y se levantó,
+irguiéndose con fiera majestad y sacudiendo la melena. Quiso calmarle
+don Fernando con frases de esperanza:
+
+—No desmaye usted tan pronto. Si no es ahora, otra vez será.
+
+—Lo mismo me dijeron en las primeras Cortes del Estatuto... No, no he
+nacido yo para vestir imágenes..., ni aun la imagen de la Libertad. No,
+ya no espero nada... La culpa tiene quien se desvive por sus ideas,
+olvidando que ha nacido en la tierra de la ingratitud... Créame usted,
+los carlistas lo entienden. Van tras de su objeto espada en mano;
+persiguen la realidad a sangre y fuego. Esos no se andan con remilgos,
+ni fían su éxito a las amistades, ni a los hinchados discursos, ni
+a recomendaciones impertinentes. ¡Hierro, y nada más que hierro!...
+Mientras nosotros no hagamos lo mismo, no iremos a ninguna parte.
+
+Y cogiendo el enorme sombrero con tanta violencia, que a punto estuvo
+de romperle el ala (¡lástima grande, pues lo había comprado aquel
+día!), se lo encasquetó sobre la melena, diciendo:
+
+—Yo le aseguro a usted, querido Fernando, que me la pagan... ¡vaya si
+me la pagan!...
+
+Despidiéndole en la puerta, tuvo Calpena una idea feliz:
+
+—¿Por qué no se decide usted a hablar con el propio Mendizábal? El
+llanto sobre el difunto. Pídale usted audiencia ahora mismo.
+
+—Ya hemos hablado... Me recibirá muy atento. A buenas palabras no le
+gana nadie. Pero todo se queda en agua de cerrajas... Déjele usted...,
+déjele. Fracasará por no rodearse de los verdaderos patriotas... Morirá
+a manos de los _santones_... ¡Que muera, que se hunda...!
+
+En aquel punto entró Milagro con un puñado de cartas, y preguntándole
+Calpena si el Presidente estaba solo, dijo que en aquel momento
+acababan de entrar don Agustín Argüelles y don Ramón de Calatrava.
+
+—Ahí tiene a todo el _santonismo_ —dijo Iglesias con sarcasmo—. Vienen
+a tomarle medida del féretro... y a cortarle los pies bonitos para que
+quepa... Es muy grandón don Juan Álvarez Mendizábal... Pero quizás lo
+que le sobra no es por abajo, sino por arriba... Señores, conservarse.
+
+No pudieron entretenerse los dos amigos en conversaciones, porque
+al punto se enfrascaron en el trabajo, que no era flojo aquel día.
+Milagro dio a su compañero algunas cartas, indicándole el sentido de
+la contestación, y al instante humilló su flácido rostro, paseando
+la punta de la nariz sobre el papel, al propio tiempo que la pluma.
+Contestó Calpena varias cartas de pura cortesía, de esas que no dicen
+nada y formulan vagas promesas, con arreglo al patrón usual en las
+secretarías familiares de los señores ministros. Toda la tarde se
+la pasó el de Hacienda en conciliábulos con prohombres, en firmar
+asuntos importantísimos de Deuda, de Aduanas, algunos nombramientos,
+y en repasar el proyecto de discurso que había de leer la reina en la
+próxima apertura de los Estamentos. A última hora llamó a Milagro.
+Dejando a un lado la política y apartando de sí todo el papelorio que
+delante tenía, se dispuso a despachar un asunto privado, que sin duda
+le causaba inquietud y fastidio, a juzgar por el tono con que dijo a su
+escribiente:
+
+—Otra vez esa pejiguera. Oiga, señor Milagro: mañana me hará usted el
+mismo favor del mes pasado.
+
+—A las órdenes de Vuecencia.
+
+—Nada: que esa maldita jorobada, que Dios confunda, ha vuelto a pedirme
+dinero. Y no tengo más remedio que mandárselo, aunque voy pensando que
+hay en esto mucho de socaliña... ¡Pobre Negretti! Como usted la conoce
+y trabaja en su casa, me hará el obsequio de llevarle esta cantidad que
+me pide... Vea usted qué letra y qué estilo... Cuide de hacerle firmar
+el recibo en la misma forma de la otra vez... «He recibido del señor
+Tal..., testamentario del señor Negretti... la cantidad de tal, importe
+de alimentos y demás de...».
+
+—Descuide Vuecencia...
+
+—Es un asunto que me desagrada, y en la posición que ahora ocupo,
+francamente, no me convienen estos tratos, aunque, bien mirada, la
+cosa es sencillísima, y nada tiene de particular... Usted, como buen
+gaditano, conocería al pobre Negretti.
+
+—Sí, señor... Tratante en pedrerías y en metales preciosos. Si no
+recuerdo mal, era corso.
+
+—No: hijo de padre corso. Oiría usted contar que en uno de sus viajes
+a Inglaterra conoció a la Montefiori. ¿Sabe usted quién era? Una mujer
+de historia, muy guapa, francesa o italiana, no lo sé a punto fijo, ni
+creo que lo supo nadie.
+
+—Algo me contaron...
+
+—A lo tonto, a lo tonto, empezando por galanteos de esos que allí,
+como en París, son la aventura de un día, o de una semana, sin
+consecuencias, Negretti se enamoró perdidamente de aquella prójima...
+Y a tanto llegó la ceguera del hombre, que se casó con ella... Crea
+usted que el día que me lo dijo, por poco le mato. De nada valieron
+los consejos, las exhortaciones de sus buenos amigos. Jenaro sentía el
+vértigo, y se arrojó a la sima.
+
+—Ya, ya recuerdo la historia... Su mujer murió.
+
+—Asesinada, al salir de un baile en Vauxhall, un sitio que hay en
+Londres, a donde concurre todo el mujerío..., ya me entiende usted...
+
+—Comprendo..., mujeres guapas..., pues... Esa señora dejó una niña.
+
+—Que recogió Negretti, poniéndola en casa de los Montefioris de _Hatton
+Garden_, una calle de Londres donde está todo el comercio de pedrería.
+A la muerte de Jenaro, la niña, por disposición testamentaria de este,
+fue puesta al cuidado del Montefiori de Mallorca, y luego de Zahón y
+Negretti.
+
+—Y ha quedado al fin bajo el poder de doña Jacoba, donde ahora se
+halla. La conozco, señor.
+
+—¿Qué tal es la chica? No la he visto desde que tenía tres años.
+
+—Señor —respondió Milagro dando un suspiro—, Aurorita es preciosa...
+
+—Sale a su madre, que era una divinidad —dijo el gran Mendizábal. Y se
+le encandilaron los ojos cuando repitió—: Es preciosa la niña...
+
+—Pero muy revoltosa, señor... El carácter más desconcertado que
+Vuecencia puede imaginar.
+
+—Tiene a quien salir... Pues bien, Negretti dejó en mi poder todo su
+dinero... No crea usted, pasa de un millón de reales lo que tenía, y
+con su fortuna me dejó el encargo de atender a la chiquilla durante su
+menor edad... Ello es enojoso, mayormente hallándose la joven en poder
+de los Zahones, de quienes tengo malas noticias.
+
+—Puedo asegurar a Vuecencia que la niña de Negretti está muy mal
+educada y tiene los demonios en el cuerpo; pero merece vivir en mejor
+compañía, y yo sé que no ha de faltar quien la cuide, con el emolumento
+que percibe la urraca de doña Jacoba.
+
+—Autorizado estoy —indicó don Juan Álvarez, distrayéndose ya de aquel
+asunto y empezando a pensar en cosas de más importancia— para confiarla
+a otras personas de la familia; y si averiguar pudiera dónde ha ido
+a parar Ildefonso Negretti, que se estableció en Bayona, también en
+joyería, allá por el año 26, de seguro... En fin, señor Milagro,
+quedamos en que llevará usted a esa señora... Vea la nota, y aquí
+tiene el dinero... Cuidado con el recibo en regla... Y pueden ustedes
+retirarse... Yo me voy también, que hoy ha sido día de prueba.
+
+
+
+
+XVI
+
+
+Acompañado de su amigo y mentor don Pedro Hillo, fue Calpena a las
+últimas funciones de toros, y a la apertura de los Estamentos, que
+se efectuó a mitad de noviembre con la solemnidad de costumbre,
+asistiendo la reina gobernadora. En la plaza admiraron la pericia
+del afamado matador Francisco Montes, y el arrojo y gallardía de don
+Rafael Pérez de Guzmán, oficial del ejército, de la noble casa de
+Villamanrique, que había cambiado los laureles militares por las palmas
+toreras, y la espada por el estoque. Tomó la alternativa en Madrid en
+junio del 31, y desde entonces fue la más grande notabilidad del arte
+en aquella década, después del maestro Montes. Con estos compartía el
+favor del público Roque Miranda, muy inferior a Montes y a _don Rafael_
+en la suerte de matar, pero gran banderillero, capaz de poner _pares_
+en los cuernos de la luna.
+
+Ya se comprende que con la compañía de Hillo en el fiero espectáculo
+aprendió Calpena, no solo los terminachos, sino las reglas del toreo,
+adquiriendo el placer de la lidia. Algunas tardes convidó también a
+Milagro, grande y antiguo aficionado, solo que la cortedad de su vista
+no le permitía enterarse bien de lo que pasaba. Hiciéronse amigos Hillo
+y don José, y su amistad se consolidaba, lo mismo por la comunidad de
+afición que por la diferencia de criterio en el juicio de las suertes.
+Si coincidiendo, simpatizaban, disputando como energúmenos simpatizaban
+y se querían más. Entre los dos sentábase Calpena en el tendido, y a
+menudo tenía que intervenir para aplacar sus bulliciosos ardores de
+controversia. Era Hillo devotísimo adepto de la escuela ronceña, y
+el otro de la sevillana; enaltecía el clérigo el arte propiamente
+dicho, la destreza en el engaño, la burla ingeniosa del peligro, la
+distinción, la postura, la gallardía de la figura toreril delante de la
+fiera; encomiaba Milagro el valor, la brutal acometividad sin remilgos,
+mirando más a la eficacia de la suerte que al afán de pintarla y hacer
+arrumacos. Eran, pues, el uno clásico, romántico el otro. Disputaba
+Milagro por temperamento bullanguero y por llevar la contraria. Hillo,
+firme en el _dogma_ rondeño, lo sostenía con seriedad, digna de una
+tesis escolástica. Tan pronto se arrancaba Milagro a sostener que
+Rafael era un chambón, que debía su boga a _ser de la grandeza_, como
+le defendía resueltamente por su coraje ciego y sin arte. Consideraba
+a Montes por paisano, pues ambos eran de Chiclana; pero a lo mejor se
+complacía en llamarle gandul o _figurero_.
+
+—Pero usted, señor alma de cántaro —le decía Hillo sin poder contener
+su enojo—, ¿se ha enterado de lo que ha hecho ese tío en el segundo
+toro? Sin duda tiene usted telarañas en los ojos cuando no ha visto ese
+sublime arte del engaño, cuando no ha visto con qué salero se lo pasó
+a la fiera por delante de la cara para componerla, para quitarle los
+resabios adquiridos durante la lidia, para igualarle... ¿O es que usted
+no sabe lo que es igualar al toro?... ¿Sabe acaso distinguir los pases?
+Para usted es lo mismo el _natural_ que el _redondo_, el _cambiado_ y
+el _de pecho_.
+
+—Lo que le digo a _zumercé_ —afirmó Milagro al concluir la lidia del
+tercero— es que este pase _de pecho_ de don Rafael no lo hace mejor el
+Verbo Divino.
+
+—¡Pero si ha sido una gran patochada! ¡Usted no lo entiende! ¡Si no
+estaba perfilado don Rafael cuando se le vino el toro encima, y en vez
+de adelantar el brazo de la muleta hacia el terreno de afuera en la
+rectitud del toro, lo que hizo fue...!
+
+—Usted si que no lo entiende. Don Rafael no movió los pies...
+
+—¡Pero si parecía un bailarín!
+
+—Le digo a usted que no. Me han salido los dientes viendo matar toros.
+Don Rafael se estuvo quieto hasta que llegó la res a jurisdicción.
+
+—¡Pero si no llegó a jurisdicción...! ¡Por san Cornelio, que no!...
+Y el animal no tomó el engaño; y don Rafael, con más coraje que
+conocimiento, en vez de darle salida por la derecha, se la dio por
+la izquierda, y no supo empaparle. Total, que cuando la res dio el
+hachazo...
+
+—No hubo tal hachazo.
+
+—Le digo a usted que sí...
+
+—Pues, hijo, si Su Reverencia entiende de decir misa como de toros,
+lucida está la santa Iglesia.
+
+—Quien no entiende una palotada _sois vos_.
+
+—Paz, paz —les decía Calpena—. No se peleen por un golletazo de más o
+de menos. Tan difícil es matar bien un toro como gobernar a un país.
+Tanto mérito tiene el que se pone entre los cuernos de una fiera,
+como el que se cuadra ante las astas de una nación querenciosa. No
+disputemos, y aplaudamos a todos.
+
+Salían tan amigos, y hablando de política, el clérigo y el funcionario
+confundían sus respectivos criterios en un escepticismo zumbón.
+Fueron también, como se ha dicho, a la apertura de las Cortes, en el
+Estamento de Procuradores, que tenía por alojamiento provisional la
+iglesia de _Clérigos menores_ (Carrera de San Jerónimo), convertida en
+_redondel parlamentario_. Aunque el día no era apacible, la multitud se
+agolpaba en las calles por ver a la reina y su corte, y por admirar el
+lujo de corceles empenachados, los lacayos y cocheros a la federica,
+las carrozas de concha y marfil, y todo el elegante barroquismo que
+constituye el ceremonial palatino de calle. La hermosura de la reina,
+su gracia y gentileza eran tales, que ante la realidad se achicaban las
+hipérboles que a su paso se oían. Vestía de negro. Su peinado de tres
+potencias, con la real diadema y el velo blanco que graciosamente le
+caía sobre los hombros; la pedrería que al cuello y entre los graciosos
+moños de su pelo ostentaba; la majestad de su rostro; la sonrisa
+hechicera con que agraciaba al pueblo dirigiendo sus miradas a un lado
+y otro, formaban un conjunto que difícilmente olvidaba el que una vez
+tenía la suerte de verlo. Contaba poco más de veintiocho años, y ya
+su nombre había fatigado a la Historia, por las circunstancias de su
+casamiento, de su corta vida matrimonial, de su viudez prematura que
+puso en sus manos las riendas de una nación desbocada. Del bien y del
+mal que hizo se hablará en mejor ocasión. Por ahora se dice tan solo
+que aquel día de noviembre, camino de la ceremoniosa apertura, estaba
+guapísima. Era, sin disputa, la más salada de las reinas. Su venida fue
+un feliz suceso para España, y su belleza el resorte político a que
+debieron sus principales éxitos la Libertad y la Monarquía. Su gracia
+sonriente enloqueció a los españoles; muchos patriotas furibundos, a
+quienes las malas artes de Fernando habían hecho irreconciliables,
+desarrugaron el ceño. Antes de tener enemigos encarnizados, tuvo
+partidarios frenéticos. Difícilmente se encontrará en la historia una
+reina a la cual se hayan dedicado más versos: verdad que no todos los
+que se arrojaban a su paso, para alfombrarle el camino eran inspirados.
+Lo que llamamos _ángel_ teníalo Cristina en mayor grado que otras
+prendas eminentes de la realeza, y todos hallaban en ella un hechizo
+singular, un don sugestivo que encadenaba los ánimos. Por eso Quintana,
+afectando la confusión lírica, le decía:
+
+ «¿Quién te dio ese poder?... ¿De quién hubiste
+ La magia celestial?».
+
+Y otro no menos famoso poeta, la saludaba de este modo:
+
+ «¡Cuán hermosa! ¡Sus ojos celestiales
+ Cuán apacibles miran!
+ Ved en su frente pura
+ La majestad grabada y la dulzura;
+ Mirad en su mejilla
+ La rosa del pudor encantadora.
+ Al Consorte Real, que en ella adora
+ No menos la virtud que la hermosura,
+ Ved ¡cuán tierno sonríe
+ Su labio de coral!...».
+
+Y fue tal la prodigalidad de epítetos dulzones, _angélica, divina,
+divinal, dulce, amorosa, celeste_, etc., que la lengua se nos hizo
+empalagosa, y de ahí vino que por devolverle su tonicidad y fuerza la
+amargaran demasiado los románticos con sus acíbares, adelfas y cicutas.
+
+En otro orden hubo de manifestarse el mismo fenómeno de reacción.
+Es indudable que muchos se fueron al campo realista, no tanto por
+convencimiento, como porque estaban hastiados y apestados de tanta
+_angélica Isabel_, de tanta _celestial Cristina_, protestaban de la
+virilidad contra el feminismo.
+
+Las tres serían cuando entraba la reina en el Estamento, y si en el
+tránsito por las calles y Puerta del Sol los vivas no cesaban, ni las
+encantadoras sonrisas de la dama hermosísima, en la casa parlamentaria
+los aplausos y vítores fueron delirantes. Aclamando a la gobernadora,
+se rendía tributo a la hermosura y a la ley, a la vida nueva, a la
+esperanza de un porvenir dichoso. El símbolo era tan bello que encendía
+el fuego de la fe con más eficacia que las ideas. No es extraño,
+pues, que el historiador, o más bien el filósofo de la historia, se
+preguntara: «¿Hasta qué punto y en qué medida influyó en la suerte
+de España el dulce mirar de aquella Reina?». Y un faccioso del orden
+civil, aficionado a las grandes síntesis, consolaba a don Carlos, años
+adelante, en las soledades de Bourges: «No hay que culpar a nadie,
+señor, pues así lo ha dispuesto el que hace las criaturas. Todo habría
+pasado de distinta manera, si la augusta cuñada de Vuestra Majestad
+hubiera sido bizca».
+
+Nuestro amigo Calpena, colocado entre los suyos don Pedro Hillo y don
+José del Milagro, vio desde una tribuna a la hermosa reina, y la oyó
+leer el discurso. Era la primera vez que la veía, y maravillado de
+tanta majestad y gentileza, sus ojos no se saciaban de contemplarla.
+Milagro, renegando de su menguada vista, no hacía más que preguntar a
+Hillo:
+
+—¿Y dónde está Argüelles?... ¿Y Saavedra?... ¿Y los primerizos Pacheco
+y Donoso Cortés?
+
+Poco fuerte en el conocimiento de personas, Hillo las iba señalando
+a capricho, y a Pita Pizarro le llamaba conde de las Navas, y a don
+Antonio González le confundía con don José Landero y Corchado.
+
+—Ahí tiene usted al señor don Juan Álvarez y Méndez, tan orgulloso que
+parece el zar de Moscovia... —dijo don Pedro cuando ya se retiraba Su
+Majestad—. Con su pelito rizado y su fraque de última moda, es el más
+guapo de los que se sientan en el banco negro.
+
+—Ya, ya le veo —manifestó Milagro, que no veía nada—. Está
+arrogantísimo mi jefe... Ese, ese es el que os ha de poner a todos las
+peras a cuarto. Ya veréis cómo las gasta.
+
+—Me parece a mí —dijo Hillo— que trae buenos planes; pero no el trasteo
+que se necesita para ejecutarlos.
+
+—Trasteo le sobra.
+
+—Le falta mano izquierda.
+
+—¡Qué ha de faltarle, hombre!
+
+—No sabe manejar el engaño. Hay aquí ganado de mucho sentido,
+voluntarioso, que _hace_ por los ministros, y no para hasta que los
+engancha. ¡Pobre don Juan!... Él ha venido por palmas, y le van a dar...
+
+—¿Qué...?, ¿qué le van a dar?... —dijo Milagro, empezando a amoscarse.
+
+—Nada, hombre: no se sulfure. De toros entiende usted poco; pero de
+este tinglado ni una patata.
+
+—Quien no lo entiende es Su Señoría. Me han salido los dientes viendo
+Cortes...
+
+—¿En dónde, alma de Dios?
+
+—En Cádiz..., en San Felipe Neri.
+
+—Ese santo no es de mi devoción.
+
+—De la mía sí. En mi iglesia adoramos a los patriotas y abominamos de
+la clerigalla.
+
+—Paz, caballeros —dijo Calpena con gracia—. No me riñan aquí, o a los
+dos les mando a la calle.
+
+—Es broma.
+
+—Jugamos, nos divertimos.
+
+En esto salían ya de la tribuna, y empezaba el penoso descenso entre
+un gentío bullicioso, mareante, compuesto en su mayoría de señoras
+charlatanas y fastidiosas, a quienes todo el espacio de pasillos y
+escaleras les parecía poco para sus faldamentas, chales y cintajos.
+Cerca ya de la salida, tropezaron con _Edipo_, el polizonte, y Calpena,
+que ya estaba familiarizado con su presencia en calles, cafés y
+teatros, le dijo, permitiéndose tutearle:
+
+—Sí, aquí estoy... No me escapo, hombre... Puedes apuntar, por si no lo
+sabes, que esta mañana estuve con Iglesias en el café de Solís, y que
+hablamos de la inmortalidad del cangrejo y de la absoluta impertinencia
+de los empleados de la policía.
+
+—No voy contra usted, señor don Fernandito —replicó el corchete risueño
+y humilde—. Viva usted mil años, para que proteja a los pobres el día
+que venga alguna tremolina.
+
+—¡Lo que es a ti...! ¿A que no me aciertas dónde estuve hoy cuando salí
+del café de Solís?
+
+—En la corbatería de Aguayo.
+
+—¿Y antes de ir al café?
+
+—En la peluquería de Cortina.
+
+—Maldito seas, y quiera Dios que te pase lo que al rey de teatro que te
+ha dado su nombre.
+
+—Era un rey que padecía de la vista.
+
+—Ciego te vea yo... Bueno. Pues si me aciertas a dónde iré esta tarde,
+te regalo una docena de puros.
+
+—¿De veras? Pues ya puede ir por ellos. Tráigamelos escogidos, de la
+fábrica de Sevilla, de a tres cuartos pieza.
+
+—Antes adivíname lo que haré esta tarde.
+
+—No necesito adivinarlo, porque lo sé, y usted no.
+
+—¿Y cómo es eso de ignorar a dónde voy, teniendo el propósito de ir a
+una parte?
+
+—Muy sencillo. Puede que usted tenga la intención de emplear la tarde
+en picos pardos, y puede que haya hablado de eso con Iglesias, que es
+muy aficionado a las madamas. Pero aunque el señor don Fernando tenga
+esos planes, no irá a donde piensa, sino a donde yo sé.
+
+—Explícame eso, _Edipo_ maldito, o aquí perece un rey de Tebas.
+
+—Pues... esta mañana, mientras el señor andaba de ceca en meca..., fue
+a buscarle a su casa, tres veces, don Carlos Maturana. Me le encontré
+en la calle de Peligros, y me ha dicho que tiene precisión de cazarle a
+usted hoy, y que le cazará, aunque sea con perros.
+
+—¿A mí?... ¡Maturana! Sí, sí, es el pariente de mis amigos de Olorón,
+a quien me recomendaron. No le he visto aún, porque estaba ausente de
+Madrid cuando yo llegué.
+
+—Ayer regresó de sus viajes por Italia y Suiza. Traerá relojes y
+abanicos... En fin, no sé... El motivo de buscarle con tanta prisa es
+porque usted trajo un encargo para la Zahón.
+
+—El cual aún está en mi poder, porque esa señora, que me han dicho es
+muy cargada de espaldas, no ha ido a recogerlo.
+
+—Pero va de orden suya el señor Maturana, no solo por el gusto de verle
+a usted, sino por llevarle a la calle de Milaneses, donde le espera
+con la cajita doña Jacoba, que no puede salir. Y como el encarguito
+será de valor, no tiene el señor don Fernando más remedio que hacer la
+entrega por sí mismo, y fastidiarse, y echar la tarde a perros.
+
+—Eso no... Con entregar la caja, pedir recibo, tomarlo...
+
+—Puede que le entretengan a usted más de lo que piensa las joyas que
+hay en la casa.
+
+—No soy aficionado...
+
+—Eso se verá... cuando lo vea... Hay brillantes, perlas, corales, de
+los que pintan los poetas...
+
+Y sin decir más, dio dos palmadas a don Fernando, despidiéndose con
+palabras de premura:
+
+—Con Dios... Hago falta dentro... Mucha gente, y alguna no de lo mejor.
+
+Reuniose Calpena con sus amigos, que en la puerta hablaban con dos
+sargentos de la Guardia Real, conocidos de Milagro, y se fueron hacia
+la calle de Alcalá, rumbo al Caballero de Gracia.
+
+
+
+
+XVII
+
+
+Exactísimos eran los informes de _Edipo_, y cuando llegó don Fernando
+a su casa, díjole la chica de la patrona, al abrirle la puerta, que
+un señor que había estado tres veces por la mañana, le aguardaba
+sentadito en la sala, al parecer dispuesto a no moverse de allí
+mientras no lograra su objeto. Minutos después hallábase Calpena frente
+a un sujeto como de sesenta años, acartonado y pequeñito, que llevaba
+muy bien su edad; mejor afeitado que vestido, pues su levita era de las
+contemporáneas de la paz de Basilea; el pelo entrecano y nada corto,
+con ricitos en las sienes, y un mechón largo cayendo hacia el cogote,
+como si aún no se hubiese acostumbrado a prescindir del coleto; los
+ojos reforzados con antiparras de cristales azules montados en plata;
+el perfil volteriano, el habla cascada y lenta.
+
+—¿Conque es usted...? Bien, hijo, bien. Pues me escribió mi sobrino
+Felipe; pero hasta ayer no he llegado de mis correrías por el
+extranjero... Aquí me tiene el señor don Fernando a su disposición.
+La verdad, poco puede hacer por usted este pobre viejo, pues desde
+que salí de Palacio..., ya sabe usted que era yo primer diamantista
+de Su Majestad..., llevo una vida... Sentémonos, si usted quiere...
+Pues perdí aquella plaza, después de treinta años de honrados
+servicios..., y no he tenido más remedio que buscar en el comercio
+un modesto pasar... Ello fue..., no sé si estará usted enterado...,
+por malquerencia de esa farolona de _la_ Carlota..., la mujer del don
+Francisco..., otro que tal... En fin, más vale no hablar... Y usted,
+¿qué me cuenta? ¿Qué tal le va por Madrid? ¿Ha conseguido que le
+coloquen? Ay, señor mío, esto está perdido con tantas libertades, y la
+dichosa Pragmática Sanción, que fue la manzana de la discordia... Al
+rey le mataron a disgustos, puede usted creerlo... Y a mí..., toda la
+inquina que me tomaron fue por la amistad que me tenía el príncipe de
+la Paz primero, y después el señor duque de Alagón... No sé si sabrá
+usted que don Pedro Labrador me llevó consigo al Congreso de Viena; sí
+señor... Pero estas son historias marchitas, y usted es joven, vive
+en lo presente, y le aburrirá esta manía que tenemos los viejos de
+revolver la hoja seca del pasado... En fin, vamos al asunto.
+
+—Ello es que yo —dijo Calpena un tanto impaciente por despachar pronto—
+no he podido entregar...
+
+—Ha hecho usted perfectamente. Encargos de cierta naturaleza no deben
+entregarse sino en la propia mano de la persona a quien van dirigidos.
+La mayor parte del contenido de la cajita que confió a usted _Aline_ es
+para mí; el resto, para Jacoba. Esta se halla enferma con un dolor tan
+fuerte en la cadera, que no puede moverse.
+
+—Iré yo a su casa, si a usted le parece bien.
+
+—Tan bien me parece, que traigo esa comisión, con la cual mato
+dos pájaros de un tiro. Cumplo con Felipe, ofreciendo a usted mis
+servicios, y cumplo con Jacoba, llevándole el encargo, y el portador y
+todo, para que llegue más seguro.
+
+Deseando abreviar, Calpena sacó la cajita, y propuso al señor de
+Maturana marchar sin pérdida de tiempo. No deseaba otra cosa el
+antiguo diamantista, y se echaron a la calle, no sin que en el portal
+recomendase don Carlos a su acompañante que tuviese mucho cuidado
+con lo que llevaba, pues Madrid estaba infestado de rateros, y al
+menor descuido le dejarían con las manos limpias. Procuró Calpena
+tranquilizarle, y asegurando bien el bulto bajo el brazo derecho, avivó
+el paso. Poco hablaron por el camino, y en cinco minutos se plantaron
+en la calle de Milaneses.
+
+—Amiguito, vaya un paso que tiene usted —dijo el vejete, fatigadísimo,
+al entrar en el portal—. Ya se ve..., un paso de veinticinco años.
+Subamos ahora despacito, que por aquí no hay peligro y no vamos a
+apagar ningún fuego. Esta maldita escalera no tiene pasamanos, y usted
+me ha de permitir que le coja del brazo. Pásmese usted. En esta casa...
+
+Se paró en el rellano, donde apenas cabían los dos. La escalera,
+que arrancaba casi en la misma puerta de la calle, ascendía oscura,
+desigual, angulosa, como los senderos de la traición, y sus escalones
+patizambos ofrecían al confiado pie celadas espantosas.
+
+—En esta casa..., no, en la de al lado, trabajamos juntos, cosa de un
+mes, Leandro Moratín y yo. Y enfrente, en el que entonces era número 14
+de la manzana 71, tuve yo el gusto de cobrar el primer dinero que gané
+en mi vida. Fue por unas arracadas que hicimos para la infanta doña
+María Josefa, el año 90... Ea, cinco escalones más y llegamos.
+
+Tiró Maturana de la campanilla, y al poco rato rechinó la tapa de la
+mirilla con cruz de hierro. Vio Calpena unos ojos; el viejo no dijo más
+que «Yo», después de lo cual empezó a sonar un claqueteo de cerrojos,
+al que siguieron vueltas de una llave, luego roce de cadenas, el caer
+de una barra, y aun después de todo este estruendo carcelario la puerta
+tardó un ratito en abrirse. ¿Era un hombre el que abría, era una mujer?
+Fernando no se enteró, porque si el aspecto podía pasar por varonil en
+la penumbra del pasillo, femenina era la voz que dijo:
+
+—Don Carlos, no le esperaba tan pronto. La señora duerme, y yo estaba
+en la cocina echándome unas piezas a la chaqueta... Pasen, pasen.
+¿Despierto a doña Jacoba?
+
+—No, déjala que descanse. Aguardaremos. ¿Y Aurorita, qué hace?
+
+Replicó el mancebo (pues hombre era por la facha, aunque la voz de
+tiple lo contrario declarase) que la tal Aurorita había salido de
+paseo con la señora y niñas de Milagro, y con otras cuyo nombre no
+recordaba, hermanas de un sargento de la Guardia Real; y en tanto,
+abría la puerta de la sala, que más bien era tienda, por las dos mesas,
+con trazas de mostradores, que en ella había, y los armarios de forma
+pesada y robusta, cerrados con fuertes herrajes, guardando con avaricia
+sigilosa tesoros o secretos. Dos o tres sillones de vaqueta, de un uso
+secular, claveteados y lustrosos, y un par de sillas eran los únicos
+muebles que en tan extraña sala brindaban comodidad al visitante.
+Acomodose Maturana en un sillón, y Calpena en una silla, dejando al
+fin sobre la mesa su enojosa carga, y aguardaron silenciosos, hasta
+que el diamantista, sacando su tabaquera de concha, tomó un polvito,
+después de ofrecer al joven, que hubo de excusarse graciosamente. La
+conversación se reanudó en el mismo punto en que había quedado al subir
+la escalera.
+
+—La buena señora —dijo Maturana oliendo el rapé con la mayor finura y
+encandilando los ojuelos— se empeñó en que todo había de ser zafiros...
+y mi padre y mis tíos estuvieron tres meses y medio buscándolos de gran
+tamaño... Y que escaseaban en aquel tiempo los zafiros y se pagaban
+bien, como ahora las esmeraldas.
+
+—Escasean las esmeraldas..., ya —dijo Calpena, solo porque la cortesía
+le obligaba a decir algo.
+
+—Se han pagado en los últimos años a doce y catorce duros quilate, las
+de buen tamaño..., ya ve usted. Algo bajaron de precio cuando don Pedro
+de Portugal vendió su soberbia colección, en los apuros de la Regencia
+en las Islas Terceras... Y a propósito... Este recuerdo de don Pedro
+y doña María de la Gloria (que por cierto ha recuperado parte de las
+esmeraldas y aguamarinas de la corona de Portugal); este recuerdo,
+digo, me trae a la memoria al señor de Mendizábal... ¿Es cierto que
+usted...? Si es impertinente mi pregunta, no digo nada.
+
+—Hable usted.
+
+—Es que... me habían asegurado que es usted el ídolo del señor
+ministro; el niño mimado, vamos...
+
+Apresurábase don Fernando a desmentir tan absurda especie, que no por
+primera vez oía, y cuyo origen atribuyó a las hablillas y murmuraciones
+oficinescas, cuando sintieron ruido y voces en las habitaciones
+inmediatas. Maturana se acercó a la puerta, y entreabriéndola, dijo:
+
+—¿Qué es eso, Lopresti? ¿Se levanta la señora?
+
+Y la voz de tiple contestó desde dentro:
+
+—Allá va...
+
+Momentos después, entraba en la sala doña Jacoba Zahón, apoyada por
+la izquierda en el fámulo, por la derecha en un grueso bastón, y con
+difícil paso, marcado por lamentos y suspiros, llegó hasta soltar sobre
+un sillón la dolorosa carga de su cuerpo. Antes de saludar a Calpena,
+despidió al de la voz aguda con expresiones displicentes de ama de casa
+que gasta mal genio:
+
+—Entretente ahora con tus costuras, y olvídate de tus obligaciones,
+como ayer, que nos diste de cenar a las nueve de la noche... ¡Ay, si
+yo recobrara mi salud y pudiera estar en todo, cómo te haría andar
+derecho!... Anda..., holgazán, lávame los pañuelos... A las seis, el
+vinito con la medicina...
+
+Volvió después su rostro hacia Calpena, y le saludó con graciosa
+sonrisa, mostrando al joven su senil y enfermiza hermosura, que
+enormemente contrastaba con su desgraciado cuerpo. Ofrecía su cabeza
+un exactísimo parecido con la de María Antonieta; mas por el color
+exangüe y la extremada delgadez del interesante rostro era la
+cabeza de la infeliz reina después de cortada, tal como nos la ha
+transmitido la auténtica mascarilla de cera existente en un célebre
+museo. Don Fernando sintió frío al contemplar aquel rostro tan fino y
+transparente, de un perfil distinguidísimo, apagados los ojos, lívido
+el labio, mostrando una dentadura en buena conservación. El cabello
+era gris, y para que resaltara mayor la terrible semejanza con la
+decapitada reina, se sujetaba dentro de una escofieta blanca. El cuerpo
+no debiera llamarse feo, sino monstruoso: cada hombro a diferente
+altura, corvo el espinazo. Se envolvía en una cachemira muy usada, bajo
+la cual aparecían la falda de estameña oscura, y los zapatos de paño,
+holgadísimos, pertenecientes sin duda a su difunto esposo. A la cara
+correspondían las manos, también de cera, finísimas, bien marcadas las
+falanges bajo una piel sedosa; las uñas no muy cortas, pero limpias:
+lucía en sus dedos una sortija negra, con un hermosísimo _ópalo de
+fuego_ de gran tamaño.
+
+—Usted me dispensará, señor Calpena —dijo con voz dulce, musical, que
+casi daba tonos de italiano al español correctísimo que hablaba—,
+que haya tardado tanto en avisarle... Que hoy, que mañana... Pero la
+carta de _Aline_ llegó cuando yo me hallaba en lo peor del ataque.
+Esta maldita ciática me tenía en un grito. Y el año pasado las
+paletillas..., después todo el esqueleto... Ay, si le dijeran a usted,
+señor de Calpena, que yo he sido una mujer esbeltísima, se echaría
+a reír... Vea usted los estragos del reuma en estos pobres huesos...
+Pues sí, _Aline_ me decía... Y ayer el amigo Maturana, al llegar de su
+viaje, me decía... En fin, que celebro infinito ver a usted en mi casa,
+y le agradezco la atención de traerme por su propia mano la caja.
+
+Por iniciativa de Maturana, se procedió a la apertura del paquete,
+rompiendo los hilos que sujetaban el papel que lo envolvía. En tanto
+Jacoba continuaba:
+
+—Por el amigo Milagro he tenido noticias de usted, y sé que está en
+gran predicamento con el señor de Mendizábal... No, no lo niegue. Ya
+sé que es usted la misma modestia... Pues el señor don Juan, en la
+posición que hoy ocupa, no se acordará de mí. ¡Cuántas veces le vi
+en mi tienda, calle de la Verónica, esquina a la de la Carne, donde
+estuvimos tres años antes de pasar a la calle Ancha! Era entonces
+un muchachón de lo más alborotado que puede usted imaginarse, un
+buscarruidos, un metomentodo; ayudaba a los patriotas levantiscos que
+armaban un tumulto a cada triquitraque. Bien me acuerdo, bien. Juanito
+Álvarez hizo la contrata de víveres el año 23, cuando tuvimos allí
+prisionero al rey. ¡El rey! ¡Ah!..., me parece que le estoy viendo,
+con su traje de mahón, asomado a los balcones de la Aduana, mirando al
+mar con un anteojo muy largo, en espera de barcos franceses o ingleses
+que vinieran a libertarle... Mendizábal empezaba entonces sus negocios
+en gran escala, y, si no recuerdo mal, algo traficó en pedrería con
+Londres y Ámsterdam. Por si había conspirado o no había conspirado, lo
+condenaron a muerte, y salió de Cádiz escapado para no volver más...
+Ya, ya se acordará él de los Zahones, y de los refresquitos de sangría
+que le hacíamos en casa, cuando volvía de Rota con Jenaro Negretti. En
+Rota tenían ambos sus novias, las de Urtus, dos hermanas lindísimas.
+La una murió de calenturas, y la otra casó con un hermano de este,
+Cayetano Lopresti, maltés, que está en mi servicio desde el año 25...
+¡Cómo se pasa el tiempo! ¡Ay, don Carlos!, ¿qué me dice usted de este
+correr de los años? El 23, cuando fue a Cádiz con la corte, usaba usted
+todavía coleta, y los chicos de la calle le hacían burla... ¿Se acuerda?
+
+Más atento a lo que iba sacando del cajoncillo que a las tristes
+remembranzas de su amiga, Maturana no contestó. Fijose también doña
+Jacoba en lo que el viejo ponía con religioso respeto sobre la mesa, y
+alargó su mano para cogerlo y examinarlo.
+
+—Ya... —dijo—, las peinas que tanto ponderaba _Aline_... El carey es
+finísimo; los diamantes valen poco... Andanada de veinticinco. Viene
+bien para completarle a la de Castrojeriz las arracadas que quiere
+tomar, rostrillo y cinturón para la Virgen de Valvanera.
+
+—¿Tiene bastante ya? —preguntó maquinalmmte Maturana, mirando con lente
+un joyel montado en plata.
+
+—Tiene... ¡Oh, sí!..., con lo que le vendió la Concha Rodríguez y este,
+habrá bastante.
+
+—Si no... Yo he traído como unos veinte diamantes de desecho..., muy
+propios para Vírgenes y Niños Jesús... Vea usted, Jacoba, vea qué
+hallazgo...
+
+—¿Qué?... ¿Qué es eso?
+
+—Esto es un joyel de los que se usaban en los peinados Pompadour,
+convertido en alfiler de pecho con poco arte: conozco esta prenda
+como a mis propios dedos. No me equivoco, no: es la misma. Esmeralda
+_hialina_ del Perú, superior, con cerco de brillantes en plata.
+Catorce brillantes, dos de ellos de bajo color, y otro con pelo... Es
+la misma joya, la que perteneció, con otras del propio estilo, a la
+Vallabriga, la esposa del infante don Luis... Todo se vendió en París
+el año 8; luego hubo algún descabalo, porque Montefiori cedió en Metz
+los pendientes de este mismo juego... Juraría que este joyel lo compró
+el corredor de _Aline_ en Alsacia: los judíos alsacianos poseían mucha
+piedra procedente de España, no solo de la grandeza, sino de la de
+Godoy y Pepita Tudó.
+
+—Es muy lindo... Lástima no tener las otras piezas —dijo la Zahón,
+examinándolo sin lente, con ojo muy perito—. Esto viene para usted.
+Para mí ha de haber un saquito con varias piedras sueltas: venturinas,
+turquesas, algunos brillantes...
+
+—Aquí lo tiene usted —indicó Maturana, vaciando el saquito en la palma
+de su mano.
+
+—¡Caramba, qué hermoso brillante!... Talla de Ámsterdam, sesenta
+y cuatro facetas... Vea usted qué tabla y qué culata... Este otro
+amarillea un poco. No daría yo por el quilate de este ni tampoco
+cincuenta duros... Las turquesas me gustan, y si usted quiere me quedo
+con ellas. Tengo yo dos hermanas de estas, tan hermanas, que no dudo en
+asegurar que proceden de Venecia, como las mías, y que pertenecieron a
+una dama italiana, no me acuerdo el nombre, de la cual se dijo si tuvo
+o no tuvo que ver con Massena... Estas _rosas_ valen poco... Todo es
+género corriente recogido en el Bearnés y Languedoc...
+
+Pasando de la mano del viejo a la de doña Jacoba, esta lo examinó
+fríamente, diciendo:
+
+—El brillante bueno no tendrá menos de cinco quilates y tres cuartos.
+
+—Lo tomará la de Gravelinas, que ya reúne seis iguales, con el último
+que yo le vendí.
+
+—No quiero nada con la duquesa, que aún me debe la mitad del collar de
+perlas. Lo reservo para un parroquiano que sabe apreciar el artículo, y
+es caprichoso, espléndido...
+
+—Ya sé quién es. Mucho ojo, amiga Jacoba. No cuente usted con las
+esplendideces de los que tienen su fortuna en América, en negros y caña
+de azúcar. A lo mejor, saldrán estos señores exaltados con la supresión
+de la esclavitud, y la plumada de un ministrillo dejará en cueros a más
+de cuatro que apalean las onzas... Y usted, señor Calpena, ¿se aburre
+viéndonos examinar estas baratijas?
+
+—¡Oh!..., es muy bonito —dijo Fernando—; ¡pero cuántos años de
+revolver piedras entre los dedos para llegar a adquirir esa práctica,
+ese conocimiento...!
+
+—La costumbre... —indicó la Zahón—. Desde muy niña ando yo en este
+comercio..., y, créalo usted, si dejara de ver piedras y de sobarlas y
+de jugar con ellas, me moriría de fastidio. Ya mis dedos las conocen
+solos, y casi no necesito mirarlas para saber lo que valen.
+
+—Yo también, desde que me destetaron, señor don Fernando, o poco
+después, manejo estos pedazos de vidrio.
+
+—Para mí, lo parecen.
+
+—Y lo son: vidrio fabricado por la naturaleza en el horno de los
+siglos... ¡Ah!..., ¡oh!, atención. Aquí viene lo bueno.
+
+Al decir esto, sacaba un objeto estrecho, largo como de una cuarta,
+envuelto en finísimas túnicas de papel de seda. Era un abanico, obra
+estupenda del arte francés del siglo pasado. Desplegando cuidadosamente
+el varillaje de calado nácar, obra de mágicos cinceles, y el país
+pintado en cabritilla, ideal escena de marquesas pastoreando en jardín
+de amor, entre sátiros, _pierrotes_ y caballeros con pelliza, Maturana
+lo mostró abierto, sutilmente cogido por el clavillo de oro, a los
+asombrados ojos de doña Jacoba y Calpena, quienes se maravillaron de
+obra tan bella y sutil.
+
+—Esta es una de las piezas más admirables que existen en el mundo, en
+el ramo de abaniquería —dijo el diamantista, ronco de entusiasmo y del
+gozo que le producía el arrobamiento de los dos espectadores—. Fíjense
+en esas varillas, que parecen hechura de los ángeles, y no tienen el
+menor desperfecto; fíjense en la pintura, en esas caras, en los ropajes
+y en el paisaje del fondo..., observen las ovejitas, que no parece sino
+que oye uno sus balidos... Pues si notable es esta pieza por su arte,
+no lo es menos por su historia, que voy a contar.
+
+Envolvió de nuevo el abanico en sus fundas finísimas de papel, y
+poniéndolo sobre la mesa, protegido por su mano izquierda, se lanzó con
+vuelo atrevido a los espacios de la Historia.
+
+
+
+
+XVIII
+
+
+—Hiciéronlo Lancret y Lefebvre para la reina María Leczinska, por
+encargo de Su Majestad Luis XV, y naturalmente, apenas concluido,
+Madame de Pompadour se dio sus mañas para apropiárselo. En el zócalo
+de la columnita que habrán ustedes visto en el país, a la derecha,
+pusieron los artistas la divisa de la cortesana, que dice: _virtus in
+arduis_. A la muerte de esta señora, pasó el abanico por sucesivas
+ventas a la marquesa de Maurepas, y luego se nos pierde en el laberinto
+de la Revolución francesa, hasta que reaparece en Coblenza, donde
+lo compra un mercader italiano y lo lleva a Nápoles. Qué vueltas dio
+por los aires de mano en mano hasta venir a las del Príncipe de la
+Paz en 1805, yo no lo sé, ni creo que nadie lo pueda averiguar. Lo
+que afirmo es que lo usó Su Majestad la reina María Luisa. El año 8,
+por marzo, hallándose la real familia en Aranjuez, se perdió uno de
+los diamantes del clavillo, y por conducto del señor Príncipe de la
+Paz, vino el abanico a mis manos para la reparación consiguiente.
+Entonces, ¡ay!, lo vi por primera vez, y quedé prendado de su mérito.
+A los pocos días de tenerlo en mi taller, lo entregué compuesto a Su
+Alteza; mas la Providencia no favoreció al pobre abanico, pues antes
+de que el príncipe pudiera devolverlo a la reina, sobrevinieron los
+terribles sucesos del día de san José. A Godoy por poco le matan. Los
+amotinados saquearon el Palacio y pegaron fuego a los muebles... ¡Qué
+dolor! Era de temer que el precioso objeto fuese a parar a manos viles,
+a personas ignorantes que desconociesen su valor... Pues no, señor. A
+fin del mismo año de 1808 reaparece en poder del mariscal Soult, hombre
+inteligente, soldado artista, que lo estima como merece, y se lo regala
+a Napoleón en enero del año siguiente. Enviado a Josefina con otros
+obsequios, esta lo regala a su hija Hortensia, reina de Holanda, que
+lo lució en una ceremonia, a la cual dicen que fue a regañadientes:
+el bodorrio del emperador con la archiduquesa de Austria. Después de
+Waterloo, todo fue peripecias y saltos terribles para el señor abanico,
+que tuvo en poco tiempo distintos dueños. Primero, un anticuario
+holandés, que lo vende a la Princesa Stolbey, fallecida en Baviera
+el año 20; segundo, el príncipe Carlos de Baviera, emparentado con
+Eugenio Beauharnais; tercero, otro anticuario, de Nancy, que lo lleva
+a París, lo hace restaurar, y consigue venderlo a precio exorbitante
+a un desconocido, que obsequia con él a mademoiselle Mars en una
+representación de no sé qué tragedia... No sé si sabrán ustedes que la
+célebre actriz es muy aficionada a los brillantes, y tenía colección
+de ellos por valor de ochocientos mil francos; no sé si sabrán también
+que el año 27 le hicieron un robo de alhajas, valor de trescientos mil
+francos. ¡Pues no ha metido poca bulla ese proceso, que creo no ha
+terminado todavía! Parecieron los ladrones; pero las piedras, no. Pues
+bien: deseando esa señora reponer los brillantes que le quitaron y no
+disponiendo de dinero suficiente, hizo varios cambalaches con Bertin y
+con los hermanos Rosenthal, sucesores del famoso Bœhmer, y en uno de
+estos cambalaches sale otra vez al mercado el famoso abaniquito. Desde
+entonces puse yo en él los cinco sentidos, deseoso de comprarlo: ha
+pasado por manos de diversos marchantes; fue a tomar aires por Alemania
+y Suecia; en cuatro años ha pertenecido a un Poniatowsky, a una gran
+duquesa de Hesse y a un coleccionista que vive en la Selva Negra, el
+cual murió el año pasado, y su heredero, que era el santísimo hospital
+de Tréveris, hizo almoneda de todo. Vuelve mi abanico volando al
+mercado, y en Lyon se posa en casa de mi amigo Jobard. Trato de cazarle
+allí, y Jobard, que es de los que persiguen gangas, me toma a mí por un
+inocente y quiere explotarme. Finjo desistir del empeño, y me marcho
+tras de otros asuntos; pero sabiendo de buena tinta que el marchante
+lionés se tambalea, doy el encargo al amigo Montefiori, de Burdeos,
+para que esté a la mira y aproveche la ocasión... La ocasión llegó, y
+hace tres meses fue adquirida, por cuenta mía, la famosa prenda por la
+mitad de lo que le costó al adorador de mademoiselle Mars...
+
+—De lo que usted nos ha contado, por cierto muy bien —dijo Calpena, que
+había oído con deleite—, se saca la consecuencia de que hay objetos
+inanimados cuya historia es más interesante que la de muchas personas.
+
+—Eso, admitiendo que sean verdad todas esas traídas y llevadas del
+abanico —observó la Zahón, escéptica, desdeñosa, pues no le gustaba
+que su colega supiese más que ella en tales materias—. No se fíe, don
+Fernando, que este Maturana le compone su historia a cada pieza que
+vende, forma especial suya de hacer el artículo.
+
+—En esto —dijo Maturana riendo— me ganaba su marido de usted, Jacoba.
+Recuerdo que tuvo una pareja de diamantes que había sido del Tamerlán,
+después de Antonio Pérez, y últimamente de Godoy... Ya se sabe: todas
+las joyas de precio que han salido a la venta del año ocho acá, se le
+han colgado al pobre don Manuel.
+
+—Pues ese abanico —afirmó la Zahón displicente y maligna, entornando
+los ojos— no se vende en España, tal como están hoy las cosas, aunque
+lo adornen con más historias que tiene el Cid.
+
+—Este abanico —replicó Maturana, acariciando la joya— lo vendo yo en
+España, y al precio que me dé la gana, señora doña Jacoba, aunque usted
+no quiera... ¿Cree usted que voy a ofrecérselo a esos pelagatos del
+Estatuto, o a las señoras de los patriotas, que apenas tienen para
+poner un cocido?
+
+—Pues a la grandeza la verá usted completamente acoquinada con estas
+revoluciones y estas guerras malditas. ¿Dinero? Poco hay, o es que no
+quieren gastarlo. ¿Gusto? Ya sabe usted que aquí no privan más que
+las apariencias baratas... Vaya, don Carlos, no ande con misterios, y
+díganos que piensa encajarle su abanico a la reina gobernadora.
+
+—¡Oh!, no hay otra mujer en el mundo —observó Calpena con entusiasmo—
+que sea digna de tal joya.
+
+—Eso sí... Sabe apreciar lo bueno. Pero yo pongo mi cabeza a que si don
+Carlos le propone el abanico, ofrecerá por él una miseria.
+
+—Su Majestad es artista, y además espléndida, generosa...
+
+—¡A quién se lo cuenta!... ¡Ay, ay! Lo fue, sí, señor —dijo la Zahón
+amargando el concepto con quejidos—. Lo fue... ¡Dios me favorezca,
+ay!... Pero desde que ha empezado a soltar hijos, se ha vuelto muy
+roñosa.
+
+—¡Si no ha tenido más que uno!
+
+—Y lo que ha de venir..., ¡ay! Está ya de cinco meses, ¡ay!... Dos
+años de casada lleva por lo secreto, según dicen, y al paso que va, no
+habrá bastantes rentas para el familión que nos traerá esa señora... ¡Y
+este don Carlos, bobalicón, todavía piensa que le va a comprar... ese
+juguete!
+
+—Este juguete, y cuanto yo quiera —afirmó el diamantista con seguridad
+burlona, casi insolente— me lo comprará la reina, y me lo pagará como a
+mí me convenga.
+
+—Ciertamente —dijo Fernando—. La reina está obligada a proteger las
+artes..., y es su deber formar colecciones, que luego pasan a los
+museos.
+
+Era la Zahón envidiosa, y su egoísmo comercial no toleraba que otro
+del gremio, aun siendo amigo suyo, hiciese mejor negocio que ella.
+La seguridad que mostró Maturana de vender en Palacio con ventajas
+grandes, la sacó de quicio; exacerbados sus dolores por la emulación
+mercantil, empezó a dar chillidos, y entre ellos iba soltando estas
+palabras:
+
+—No, no... No puede ser... Maturana loco... Reina no compra, reina
+guarda dinero.
+
+—Si María Cristina guarda el dinero —afirmó Maturana frío y cruel, pues
+cuando se proponía humillar a su rival no conocía la compasión—, lo
+sacará de las arcas para dármelo a mí... Su Majestad me comprará todos
+los objetos y joyas de mérito que yo le lleve, y a usted no le comprará
+nada... A usted nada..., a mí todo.
+
+—Bruto..., majadero y vanidoso... ¡Ay, me muero!... Este dolor para
+usted..., para usted debiera ser.
+
+—Gracias..., no me conviene el artículo.
+
+—¡Vaya con don Carlos!... Ahora sale con que tiene vara alta en
+Palacio..., con que le ha caído en gracia a la reina... ¡Ja, ja!...
+¡Ay, ay!... Me río llorando, ¡ay de mí! ¡Bien por el nuevo favorito!
+
+—Favorito soy... en mi ramo, se entiende. Y la reina gobernadora me
+favorece, porque me necesita...
+
+—¡Le necesita!... Buenos estamos. ¿Cree usted que la señora piensa
+encargarle arreglos y composturas? ¡Si la moda reinante es volver a lo
+antiguo!
+
+—La reina no me ha llamado para ninguna chapuza.
+
+—¿Luego, Su Majestad le ha llamado a usted? —preguntó Calpena, mientras
+doña Jacoba, estupefacta, no sabía qué decir.
+
+—Sí, señor, he tenido esa honra. ¿No llamó a Mendizábal para arreglar
+la Hacienda y salvar el país? Pues a mí, que en mi ramo soy tanto o más
+que Mendizábal en el suyo, me llama también la corona... para fines no
+menos altos.
+
+—¿Y qué tiene que ver nuestro ramo, la joyería, con nada de lo que está
+pasando en España?
+
+—¿Qué tiene que ver...? Llega un momento, en las peripecias de un
+reinado, en que el arte del diamantista puede auxiliar poderosamente a
+la monarquía.
+
+—¡Ay, ay!... Este hombre quiere volvernos locos... Don Fernando, no le
+haga usted caso... Se burla de mí, y quiere ponerme peor haciéndome
+reír.
+
+—Ríase usted o llore todo lo que quiera..
+
+—No lloro, no, ni me río —indicó la Zahón altanera y burlona—. Estoy
+indignada por la falta de respeto con que habla usted de la reina.
+¡Pues no dice que le ha llamado!
+
+—Seis veces han llegado a mi casa criados palaciegos preguntando cuándo
+venía del extranjero el señor Maturana... y el Intendente ha estado a
+verme hoy... No, si no he de decir para qué me quiere Su Majestad. A su
+tiempo se sabrá.
+
+—Ya... Es que quiere encargar una corona morga... nática, o como se
+diga, para el Muñoz —dijo la Zahón venenosa, echando por los ojos toda
+su envidia, mezclada con su agudo sufrimiento—. Me voy a poner muy
+mala... Ya lo estoy. Este hombre me irrita... Me cuenta cosas que no
+me importan... Me ahogo... ¡Lopresti..., condenado Lopresti..., que me
+muero!... ¡La taza de vino, los polvos, esos polvos... Lopresti!
+
+Entró al fin el fámulo, avisado por los gritos de su ama, y le dio a
+beber una pócima de vino y caldo, en la cual vertió el contenido de una
+papeleta de farmacia.
+
+—¡Qué amargo está!... ¡No lo has revuelto, condenado! —dijo la señora
+bebiendo a sorbos—. Ahora te traes una luz: ya no se ve... ¿Y ha sacado
+las perlas que vienen para mí, don Carlos?
+
+—Aquí están... Que traigan luz. Quiero verlas.
+
+Traída la luz, examinó Maturana las perlas, y debió encontrarlas
+excelentes, porque al punto formuló esta proposición:
+
+—Al precio que usted sabe, Jacoba, me quedo con ellas... Vaya, para que
+usted no chille, en esta partida llego hasta los cuarenta y dos por
+quilate.
+
+—Para usted estaban.
+
+—Tiene usted mucho género, Jacoba, género superior, y no sé cómo va a
+salir de él.
+
+—Mejor... Ea, no empiece a camelarme, que no las cedo.
+
+—¿A ningún precio?
+
+—A ningún precio. Quiero reunir más.
+
+—Y va de historias... Estas perlas que le manda a usted _Aline_,
+parécenme..., no puedo asegurarlo..., pero me da en la nariz que son
+las de la princesa de Beira. Tantas ganas tiene la buena señora de ser
+reina que vende sus perlas para comprar pólvora y cartuchos.
+
+—Podrá ser... A usted le llaman las reinas que gobiernan, y a mí quizá
+me llamen... y me necesiten... las destronadas.
+
+Dijo esto la Zahón solo con el objeto de poner en confusión a su amigo
+y desorientarle. Seguía don Carlos la broma, sin conseguir sofocar con
+su donaire el humorismo maleante de la vieja, cuando esta saltó de
+improviso con un recurso que a las mientes le vino en lo mejor de su
+charla, y era recurso de ley, fundado en algo verídico, ignorado del
+astuto don Carlos.
+
+—Amigo Maturana, no le he dicho lo mejor: me ha escrito Mendizábal...
+¡Vaya una cara que pone usted!... Sí, señor, me carteo con el ministro.
+Y si no lo cree, aquí está su secretario particular, que no me dejará
+por mentirosa...
+
+—No sé... —balbució Calpena—. Sin duda es cierto... Creo haber oído
+algo al amigo Milagro.
+
+—A Su Excelencia le da por las botonaduras llamativas —dijo Maturana
+mirando fijamente a su colega, no sin malicia—. Pero ya caigo: si el
+ministro se cartea con usted, será porque quiere consultarla sobre ese
+plan de vender los bienes de los frailes.
+
+Y volviéndose hacia Calpena, le preguntó:
+
+—Joven, ¿y será cierto que vende también las alhajas de los santos, y
+la plata y oro de las catedrales?... Porque con tal medida, si a ella
+se resuelve, sí que podría sacar de apuros a la Tesorería.
+
+—No he oído nada de eso —replicó don Fernando—. Parece que se venderán
+todos los bienes raíces del clero, y además las campanas.
+
+—Que son los bienes aéreos... ¡Buena se va a armar! ¡Será sonada!
+Créame usted, Jacoba: si no trasladamos nuestro negocio al extranjero,
+estamos perdidos.
+
+—Yo no: con el arreglo que nos hará ese señor ministro, verá usted
+prosperar la nación. Usted no es partidario de Mendizábal.
+
+—Yo creo que vale... Sí vale. Pero fracasará.
+
+—Dios quiera que no... Voy a entrar en negociaciones con él para un
+asunto... Y el señor Calpena, que, según nos dijeron, es el amigo
+íntimo del gran ministro, ¿me hará el favor de interceder por mí?
+
+—¿Negocitos con Mendizábal? —murmuró don Carlos.
+
+—Señor mío, si a usted le necesitan las reinas, a mí me necesitan los
+ministros, que en realidad son los que gobiernan... Señor Calpena,
+usted es muy amable, y tomará mi asunto con interés.
+
+Excusose el joven con finura y modestia, alegando que no tenía amistad
+con el ministro, ni podía permitirse recomendarle asuntos de ninguna
+clase; mas no se dio por convencida la Zahón, y elogiando la delicadeza
+del joven, y echándole mucho incienso, dijo:
+
+—Es natural que usted se exprese de ese modo. Pero yo sé que don Juan
+Álvarez le quiere a usted mucho y le protege, y le hará procurador...
+Los motivos de esta protección quizás usted mismo no los sepa... Yo
+tampoco; la verdad, no sé nada: solo sé que... En fin, _Aline_ me ha
+dicho que es usted un joven de gran mérito... No hay que ruborizarse...
+Por todas esas razones, y otras que callo, yo quisiera, señor don
+Fernando, que esta noche cenara usted con nosotros...
+
+Antes que el invitado pudiese formular sus excusas, se metió por medio
+don Carlos, diciendo muy gozoso:
+
+—Aceptará, ya lo creo, y yo también. Quiero decir, que si el señor cena
+con ustedes, me convido...
+
+—Lo siento mucho —dijo Calpena—. Otra noche, señora mía, tendré mucho
+gusto... Esta noche no puedo... créame usted que no puedo.
+
+—Ya se ve... Es verdadero sacrificio sentarse a nuestra pobre mesa,
+acostumbrado usted a los convites de las grandes casas.
+
+—No nos tratarán mal aquí, señor don Fernando —dijo don Carlos—; y si
+Lopresti tuviera tiempo de poner esta noche el pescado en tomatada
+maltesa...
+
+—Hay tiempo... ¡Lopresti!
+
+Repetía sus excusas don Fernando, cuando llamaron a la puerta. El
+maltés acudió. Eran campanillazos, golpes repetidos, dados al parecer
+con el puño de un bastón, y luego voces femeninas, la del sirviente y
+la de otra persona, riñendo, disputando.
+
+—Es ese torbellino —dijo Doña Jacoba—. Aura, hija mía, ¿por qué
+alborotas? Mira que hay visita... Pasa..., ven.
+
+
+
+
+XIX
+
+
+En el mismo instante vio don Fernando, en el hueco de la puerta, una
+mujer, una joven, que más que persona humana le pareció divinidad
+bajada del cielo. ¿La había visto antes alguna vez? Creía que sí, creía
+que no. ¿Y cómo había vivido tanto tiempo sin verla? ¿Y qué habría
+sido de él, si por torpeza de su destino no la hubiese visto cuando la
+veía? Esto pensaba en la perplejidad casi estúpida de que fue acometido
+su espíritu ante aquella visión celeste. La que respondía por Aura
+se quedó también suspensa, y pensaba que no veía por primera vez al
+sujeto, cuyo nombre pronunció la Zahón presentándole.
+
+—Vete adentro: deja la mantilla; deja la sombrilla con que has apaleado
+al pobre Lopresti, y vuélvete acá... —le dijo la señora—. No hagas
+la de otras veces, que tengo que ir a buscarte. Ya ves que no puedo
+moverme.
+
+Fuese la joven, y tal era su turbación, que ni acertó a saludar con
+una ligera inclinación de cabeza a la persona que acababa de serle
+presentada. «¡Qué estúpida soy —se decía, corriendo hacia su cuarto—,
+y qué grosera y qué desmañada! No he sabido saludarle... Verdad que
+él no me saludó tampoco, y se quedó como un santirulico que está en
+oración... ¿Cómo ha dicho Jacoba que se llama? Pues ya no me acuerdo...
+Yo le conozco... No, no le he visto nunca: no hay más sino que yo sabía
+que le vería pronto... ¡Y ahora qué vergüenza me da de volver!... No
+vuelvo... ¡Pero si tardo, y el hombre se cansa, y se va, y no vuelve
+más, y no le encuentro en ninguna parte...!».
+
+En tanto Calpena, mal repuesto de su trastorno, apenas podía enterarse
+de lo que Maturana y la Zahón le decían. Miraba para dentro de sí: en
+su mente había quedado impresa la imagen fugitiva... ¡Qué ojos, qué
+boca, qué talle! Quería recordar pormenores; cómo eran estas o aquellas
+facciones, y no podía. La imagen se borraba con el análisis; llegó un
+instante en que solo quedaba de ella una vaguedad, un rastro, algo como
+una herida, o como una sombra que doliera. Pero de improviso volvió a
+presentarse ante los turbados ojos de Calpena, no precedida de ningún
+rumor de pasos ni de voz alguna. Entró como fantasma, trayendo consigo
+una luz ideal, y para mayor asombro y arrobamiento de don Fernando, se
+presentaba risueña, mostrando unos dientes dignos de morder un cachete
+al Padre Eterno. Así lo pensó Calpena, que también se sonrió al verla,
+y salió como a recibirla, brindándole un asiento...
+
+—No me siento; gracias —dijo Aura, y pasó...
+
+Fue a recoger algo al otro lado de la pieza. Cuando regresaba con una
+cestilla de labores, recibió de lleno el galán todo el brillo, toda
+la expresión, toda la intensísima divinidad de los ojos negros de la
+damisela. El infeliz no dijo nada, miró a la mesa, y cogiendo la silla
+que cerca tenía dio un golpecito en el suelo, diciendo o pensando así:
+«¡Qué rayo de Dios!... Tempestad, locura... Si esta mujer no me quiere,
+me mato... Vaya si me mato. No puedo vivir».
+
+—Aura —dijo doña Jacoba dándole un manojo de llaves—. Saca de aquel
+armario la cajita de perlas, y dásela a don Carlos para que me haga el
+apartado...
+
+Y mientras Aura traía las perlas, Calpena se decía: «Esto es sueño. Tal
+mujer no existe. Es la que traigo en mi imaginación desde qué sé yo
+cuándo... Lo que ahora me pasa es como el morir, como el nacer. No sé
+si muero o nazco... ¡Vaya una mano! Si me diera una bofetada, vería yo
+a Dios en su trono... ¡Y qué cuerpo, qué flexibilidad, qué gallardía!
+Ese traje que antes me pareció verde, ahora es azul, oscurito como un
+cielo sin luna, y esas motitas son como estrellas, que en los pliegues
+se esconden, se apagan... El espacio entre el borde del vestido y el
+suelo parece, cuando anda, un espacio que ríe, una boca que habla... No
+sé... estoy loco... Si la jorobada no repite su invitación, me convido
+yo mismo. Si me apalean para que me vaya, no me voy».
+
+—Oye, mujer —dijo doña Jacoba, poniendo las perlas sobre un tablero
+con bordes y forrado de bayeta, previamente colocado ante sí por don
+Carlos—, ¿cómo es que no subieron tus amigas las de Milagro?
+
+—Me dejaron en la puerta. Era tarde, y como las de Fonsagrada tenían
+prisa...
+
+—¿Iban con ellas los dos chicos de la Guardia Real?
+
+—Sí..., y también tenían prisa. Les han mandado recogerse temprano en
+el cuartel. Parece que hay runrún de revolución.
+
+—Todos los días dicen lo mismo, y nunca pasa nada. ¿No sabes, Aura? He
+invitado a cenar a este señor Calpena, y no quiere, digo, no puede...
+Convéncele tú.
+
+—¿Y qué caso ha de hacer de mí? —dijo Aura queriendo mirarle y
+sin poder levantar los ojos—. Estará invitado en otra parte...,
+comprometido en casas ricas...
+
+—Si mil compromisos tuviera —manifestó Calpena haciendo por tragarse el
+nudo que tenía en la garganta—, los dejaría todos por la satisfacción,
+por el honor, por el placer de pasar algunas horas en tan amable
+compañía.
+
+—Gracias —dijo Aura, echándole toda la mirada y clavándosela con
+ímpetu, hasta con ensañamiento.
+
+Y la voz de Aura al decir _gracias_, o al decir otra cosa cualquiera,
+se le metía a Fernando dentro del sentido como una lanceta, y le
+inoculaba un goce inefable, una turbación honda, ganas de dar gritos y
+de tirarse al suelo... «¿En qué consistirá —pensaba— que me parece que
+la he conocido toda mi vida? Si me equivoco respecto a esta mujer; si
+no es la que yo soñé, la que ha venido al mundo para mí, que me parta
+un rayo, o que me asesinen esta noche al volver de una esquina. ¡Esta
+mujer para otro! No puede ser... Quien me lo diga miente... y si yo lo
+dudara o lo temiera, estaría loco».
+
+Mientras doña Jacoba daba órdenes a Lopresti, Aura y Fernando cambiaron
+palabras insignificantes, sentados uno frente a otro, en el lado de la
+mesa o mostrador opuesto al que ocupaba don Carlos. Entre este y la
+pareja estaba la luz, con enorme pantalla verde.
+
+—¿También usted, señorita, entiende de pedrerías, y sabe distinguir los
+brillantes legítimos de los falsos?
+
+—No sé nada... Para mí como si fueran cuentas de vidrio. No entiendo
+nada de esto. Y usted, ¿sabe...?
+
+—Yo no... —dijo Calpena sintiendo un impulso violentísimo de
+manifestarse—. No sé más sino que... No crea usted que voy a llamarla
+piedra preciosa, diamante, perla o cosa tal... Eso es no decir nada.
+Lo que digo... Digo que cuando la vi a usted entrar... creí que no era
+usted persona de este mundo.
+
+—¿Pues de qué mundo?
+
+—Del otro, del cielo...
+
+—¿Pero usted cree que si yo hubiera estado en el cielo iba a dejarme
+caer aquí? ¡Qué tontería!
+
+—No haga usted caso —dijo la Zahón—. Esta niña es una revoltosa sin
+juicio. Ya es tiempo de que vaya sentando la cabeza.
+
+—Soy muy mal criada —afirmó Aura con graciosa ingenuidad, sin el menor
+dejo de falsa modestia—. Vamos, que no tengo educación... No he tenido
+quien me eduque ni quien me enseñe nada... Y ahora trato de educarme yo
+misma; pero, la verdad, no sé por dónde empezar.
+
+—¡Qué deliciosa modestia!
+
+—¡Modesta yo! No, señor: ya verá usted cómo no lo soy. Algún mérito me
+parece a mí que tengo, y como lo sé, lo digo.
+
+—La sinceridad es la primera de las virtudes —afirmó Calpena fascinado
+por los ojos negros de Aura, que no podían ser contemplados de cerca.
+
+La ardiente admiración del joven veía en ellos tan pronto una
+inmensidad de dulzura que atraía, como una inmensidad de peligro que
+rechazaba. Dulzura o peligro, el hombre sentía un irresistible impulso
+de comérselos, de apropiarse toda su luz, toda su pasión. ¡Y qué
+perfecta armonía entre los ojos y lo demás del rostro, en él cual solo
+se veían perfecciones! El color era moreno suave, blancura encendida
+más bien, como si en sus mejillas se reflejasen llamaradas lejanas...
+La frente dominaba tan hermoso conjunto con su pureza de alabastro
+caldeado.
+
+—Déjeme usted que admire —dijo Calpena en tono y actitud de devoción—
+esas cejas divinas, esas pestañas que hablan y esos labios que miran...
+No sé lo que digo.
+
+—Diga usted de una vez que soy muy bella... ¿Por qué no se ha de decir
+lo que es verdad? Ya ve usted cómo no conozco la modestia. El ser
+bonita no tiene ningún mérito, porque así ha nacido una...
+
+—Aura, por Dios, no tontees... —indicó doña Jacoba levantándose con
+gran esfuerzo—. Voy a ver qué hace ese pelmazo.
+
+—¿Quieres que vaya contigo?
+
+—No, hija: quédate aquí acompañando a estos señores... Puedo andar sola.
+
+Ponía don Carlos toda su atención en las perlas que examinaba
+cuidadosamente, y luego las distribuía en tres grupos. Aura y Fernando
+se creían solos.
+
+—¿Qué? —dijo ella viendo al galán suspenso y como asustado—, ¿se enfada
+usted porque yo misma me alabo y digo que soy hermosa?
+
+—No; la sinceridad... Todo en usted es extraordinario, inaudito, sin
+igual.
+
+—No me haga usted caso. Soy muy mal educada... La buena educación pide
+que cuando una se siente discreta diga: «soy tonta», y que cuando somos
+bonitas, sostengamos que no valemos nada.
+
+—No es eso buena educación: es gazmoñería, y falsa humildad, máscara de
+la soberbia.
+
+—A mí me han hecho creer que la verdadera finura consiste en rebajarse
+y elogiar a los demás.
+
+—¿Aunque no se sienta el elogio?
+
+—¡Ah! no: eso sí que no puedo hacerlo yo. Por nada del mundo le diría
+yo a usted, por ejemplo, que me agrada, si no lo sintiera.
+
+—Luego usted me dice que no le soy desagradable.
+
+—Yo no pensaba decírselo... Si lo he dicho sin querer, dicho se queda.
+
+Se le encendieron las mejillas, y después de una pausa en que Fernando,
+absorto, no sabía qué expresar, rectificó la joven su atrevido concepto:
+
+—La culpa tiene usted por hacerme caso y darme conversación. Se me
+escapan las tonterías cuando menos lo pienso. Bien dice Jacoba que no
+tengo vergüenza...
+
+—Eso no es verdad.
+
+—Quiero decir que soy muy descarada... Y no sabe usted los disgustos
+que he tenido en Madrid por esta mala costumbre mía de decir todo lo
+que siento. Mis amigas me critican, y algunas se han negado a salir de
+paseo conmigo. Otras, en cuanto me han oído hablar dos veces, se han
+resistido a recibirme en su casa. Vamos, que me tienen por una salvaje,
+y lo soy, aunque lo disimulo vistiéndome, ya usted ve, como las mujeres
+civilizadas... Eso lo sabe una sin que se lo enseñen... Pero... mire
+usted qué cosas tan raras me pasan a mí: esta noche es la primera vez
+que siento pena de ser como soy. Al decirle lo que le dije, ¡me subió
+un calor a la cara...! Me figuré que usted se enfadaba conmigo, que me
+iba a querer mal por mi desvergüenza...
+
+—No, no, eso no. Es sinceridad, y yo la admiro y la aplaudo... ¿Pero
+por qué no hemos de ser todos así? ¿Qué educación es esta que nos
+impone la mentira en todos los actos?
+
+—Pues ahora me confunde usted más —dijo Aura con una ingenuidad y una
+sencillez que acabaron de enloquecer a Calpena—. Porque yo empezaba a
+querer educarme procurando hacerme la vergonzosa, y usted sale ahora
+diciéndome que cuanto más desvergonzada mejor.
+
+—No, cuanto más sincera... Lo que usted debe hacer es no empeñarse en
+cosa tan difícil como la educación por sí misma. No acertaría usted. Lo
+mejor es que confíe ese cuidado a otra persona: a mí, por ejemplo.
+
+—¿Pero cómo me va usted a educar, si no está siempre conmigo?
+
+—¡Oh!... Eso se arreglaría de un modo muy fácil...
+
+—¿Cómo?
+
+—Estando...
+
+—¿Siempre conmigo? Pues le juro a usted que no me disgustaría. En decir
+esto no veo yo que haya maldad.
+
+—Ninguna...
+
+Al llegar a este punto, miráronse los dos largo rato sin pronunciar
+palabra. ¿Les estorbaba el viejo diamantista, aunque solo en presencia
+corporal, por tener todo su espíritu aplicado al examen y selección
+de perlas? Calpena, perdidamente enamorado de aquella mujer con
+súbito incendio pavoroso, pensaba en el singular caso, en la inaudita
+sorpresa que le ofrecía su destino. Era en verdad estupendo que siendo
+él un misterio vivo, y encontrándose en el mundo, en su florida edad,
+rodeado de sombras, le saliese al paso, en aquella ocasión suprema de
+su amor primero (el cual, por la fuerza con que venía, debía de ser
+único), un enigma tan extraño como el suyo propio. «Ya sospechaba yo
+—se dijo— la existencia de esta mujer tan hechicera y seductora; ya me
+anunciaba el corazón que en nuestras sociedades puede encontrarse un
+ser tan bello, tan ingenuo, en toda la hermosura libre y silvestre de
+quien no ha pasado por los absurdos tamices de la educación corriente.
+Esta mujer superior, este admirable pedazo de la divinidad, aunque sin
+pulimento, para mí estaba guardada; para mí, que he venido al mundo
+en algún torbellino de las pasiones humanas, y tengo por ley de mi
+destino la misión, ¿por qué no ha de ser misión?, de venir a chocar con
+otro misterio como el mío, con otro enigma, y fundirnos misterio con
+misterio, y...». De buena gana habría roto el silencio soltándole estas
+preguntas, expresión de la ansiedad de un amor investigador, receloso,
+policiaco: «¿Quién eres tú?... ¿De dónde has salido tú?... ¿Quiénes son
+tus padres?... ¿Por qué estás en esta casa?».
+
+El silencio fue interrumpido por Maturana, que, mostrando entre sus
+dedos una gruesa y hermosa perla, se volvió a los que ya es forzoso
+llamar amantes, y en tono grave les dijo:
+
+—¡Qué hermosura, qué redondez, qué oriente!... ¡Y que este prodigio
+de la naturaleza haya salido de los profundos abismos de la mar!...
+¡Y que esto sea, como dicen, una enfermedad de la ostra... un tumor,
+según otros, producto de la baba con que el pobre animal se cura de los
+golpes que le dan los crustáceos! ¡Y cosa de tanto valor no es, en su
+origen, más que una baba!... ¡Misterios de la vida, del tiempo!...
+
+
+
+
+XX
+
+
+No se manifestaba en la mesa la sordidez de Jacoba Zahón, como
+vulgarmente creían vecinos chismosos, y amigos desconocedores de las
+interioridades de la casa. Del trato comercial procedía su fama de
+avaricia, y cuanto se dijese en este terreno era poco, pues no ha
+venido al mundo persona que con más cruel ahínco defendiera el ochavo.
+Los del gremio la temían; gimieron siempre los parroquianos entre
+sus uñas rapaces; en tratándose de negocio pingüe, no reparaba en
+medios, ni había para ella compañerismo, ni delicadeza, ni caridad.
+Reproducíanse en ella todas las cualidades de su marido, Bartolomé
+Zahón, a quien llegó a sobrepujar en la frialdad de cálculo, en la
+codicia desmedida y en la dureza de las condiciones de venta o empeño,
+aprovechando siempre, sin miramiento alguno, las ocasiones ventajosas.
+No perdonaba; hacía cumplir los contratos, implacable sacerdotisa de
+la letra, y al propio tiempo los cumplía fielmente por su parte. Jamás
+la cogió nadie en renuncio legal; jamás tuvo que ver con la justicia
+humana. Vivía, pues, dentro de la estricta honradez social, del
+respeto de las leyes y costumbres. No tomó nunca nada que en rigor
+de derecho no fuera suyo, ni dio a nadie parte mínima de su legal
+pertenencia. Con tal modo de ser se fue labrando su fama de miseria,
+fundadísima en todo, menos en los cuentos que corrían acerca de la
+mala vida que se daba. Como en su casa entraban pocas personas, y las
+amistades y relaciones no pasaban de un círculo estrecho, pocos sabían
+que la mesa de Jacoba no era escasa, que a veces era espléndida, y
+que si ocurría tener que obsequiar a alguien, lo hacía con decente
+abundancia y hasta con ostentación. Así queda explicado que la cena
+de aquella célebre noche fuera excelente, y que Calpena la encontrase
+muy superior a lo que había imaginado. Añádase que Lopresti era un
+hábil cocinero, que guisaba a la italiana y a la francesa, y poseía
+el secreto de algunos platos sabrosísimos a estilo de La Valette y de
+Cagliari.
+
+Por milagro de Dios, Jacoba se sintió, después de anochecer, muy
+mejorada de los horrendos dolores que le habían retorcido el cuerpo, y
+gozosa, renqueando de aquí para allí con el apoyo de su bastón, iba del
+comedor a la cocina, o al revés; sacaba de los armarios una mantelería
+riquísima (que había ido a parar allí sabe Dios cómo); exhumaba vajilla
+fina, alguna hermosa pieza de plata repujada, y en fin, lo disponía
+todo para lucimiento de su casa y satisfacción de su amor propio.
+Dígase también que Jacoba Zahón, fuera de los asuntos mercantiles,
+era bastante agradable, de mucho mundo, conocedora de los usos que
+constituyen la etiqueta, de hablar ameno y correctísimo. Pero estas
+cualidades, junto al mostrador, trocábanse en una ferocidad egoísta
+que ponía los pelos de punta al infeliz que trataba con ella. En esto
+seguía las tradiciones de su familia: no hacía más que manifestarse en
+toda la plenitud de su ser, heredado de otros seres, consecuente con
+lo que los Zahones llevaron siempre en la masa de la sangre. Malta en
+tiempos remotos; después Mallorca, Gibraltar, Sevilla, y desde mediados
+del siglo pasado, Cádiz, Córdoba y Madrid, fueron campo donde esta
+planta zahónica creció con varia lozanía. Algunos se enriquecieron;
+otros trabajaron con mediano fruto, y los últimos tuvieron no pocos
+reveses, que remedió el tino económico de Bartolomé Zahón, y las dotes
+rapaces de su mujer. En la época en que encontramos a esta señora, toda
+estevadita, patizamba y hecha una calamidad, la casa no era más que
+sucursal de la establecida recientemente en Córdoba por Laureano Zahón,
+hijo único de doña Jacoba y su heredero. En Córdoba se había montado
+un taller, y allí se acumulaba la pedrería más usual conforme a las
+exigencias de una industria y comercio bastante activos. En Madrid solo
+quedaba la compra y venta, la red tendida para recoger gangas, todo el
+género vagabundo que siempre fluctúa en grandes poblaciones; quedaban
+también valiosos préstamos con prenda, que doña Jacoba sabía hacer como
+nadie, a cencerros tapados, sin pagar contribución de pestamista.
+
+Por causa de los achaques de su madre, el Zahón de Córdoba tiraba a
+suprimir completamente la casa de Madrid, llevándose todo allá, y así
+lo había convenido con doña Jacoba; pero dificultaba la traslación la
+plaga de bandidos y ladrones que había por entonces en Sierra Morena,
+sin que justicia, ni policía, ni aun el ejército pudiesen con ellos.
+El envío de alhajas se hacía muy lentamente, aprovechando coyunturas
+favorables que no se presentaban todos los días. Además, doña Jacoba,
+por ley de inercia, lo dificultaba también. El hábito de traficar, de
+allegar dinero, podía más que todos los planes dictados por la razón:
+sin darse cuenta de ello, dilataba las remesas, y cuando se proponía no
+hacer más negocios, se le entraban por la puerta gangas increíbles...
+En fin, que la codicia y la costumbre daban un carácter de sólida
+petrificación al establecimiento de la calle de Milaneses.
+
+De las relaciones de la Zahón con Maturana conviene dar alguna noticia.
+Ya se ha visto que era don Carlos el primer perito y tasador de
+pedrerías que por aquel tiempo había en España. Criado en los talleres
+del gran Martínez, y trabajando de continuo para Palacio y la grandeza,
+su práctica era al fin tan notoria como había sido su habilidad. Sus
+viajes frecuentes le afinaron el gusto; el trato mercantil y el roce
+social hicieron de él un hombre en quien la urbanidad no desmerecía
+de la inteligencia. Exonerado de su cargo de diamantista de Palacio,
+a la vuelta del rey, sin otro motivo aparente que la protección que
+le dispensara el Príncipe de la Paz, hubo de lanzarse al comercio con
+buena suerte: del 15 al 35 había reunido un buen capital. No tenía
+taller, ni tienda, ni le hacían falta para nada, pues procuraba colocar
+prontamente el género, y remitía sus dineros a París, a la casa del
+señor Aguado, marqués de las Marismas, de su absoluta confianza.
+
+En tiempos bastante lejanos, cuando a Jacoba no le habían salido las
+corcovas que agobiaban su cuerpo y afligían su existencia, y cuando
+Maturana, aunque de cuerpo chico, era un hombre de alientos, no exento
+de gracia, corrieron voces de si se entendía o no se entendía con la
+mujer de Bartolomé Zahón; pero todo ello fue malicia, malquerencia
+de compañeros envidiosos. Siempre entró don Carlos en casa de sus
+amigos con la mayor limpieza de intenciones, y si allí permanecía
+largo tiempo, era por menesteres periciales y mercantiles. Vivía el
+diamantista honradamente con su mujer, que nunca salió de Madrid, y
+tenía dos hijas, casada la una con un teniente de la Guardia, y otra
+con un capitán de lanceros.
+
+Mirábale siempre Jacoba como un buen amigo, con quien se asociaba
+en cualquier negocio que uno solo no pudiera emprender. La opinión
+de Maturana en asuntos de pedrería era para ella cosa sagrada, y la
+confianza entre los dos, comercialmente hablando, no se alteró jamás.
+Verdad que Jacoba, como hembra envidiosa, de un egoísmo implacable, no
+podía ocultar su rabia cuando Maturana hacía un buen negocio en que
+ella no llevara parte, y le contradecía, le hostilizaba por todos los
+medios, vengándose de su suerte con burlas y recriminaciones. Pero
+esto no estorbaba para la confianza, que era incondicional, absoluta.
+La Zahón le entregaba sin ningún recelo sus llaves; y él, en justa
+correspondencia de esta fe ciega, le dejaba en depósito, cuando se iba
+al extranjero, cosas de grandísimo valor. En suma, socios alguna vez,
+rivales otras, amigos siempre.
+
+Sentáronse a la mesa las dos damas y sus dos invitados a punto de
+las nueve. Todo estaba muy bien dispuesto, aunque con un poquito de
+precipitación. Pudo admirar Calpena piezas hermosísimas de porcelana y
+de plata antigua; todo era heterogéneo, revelando, más que la casa del
+rico, la del comerciante o el coleccionista. Uno de los candelabros,
+de dos velas con guardabrisas, era evidentemente de iglesia, y había
+servido en mejores días para alumbrar el Santísimo; el otro, de estrado
+de casa grande; y por este estilo variaban las formas y abolengo de
+cuanto allí se ostentaba. De lo que cenaron, nada había que decir, como
+no fuera para elogiarlo sin reservas. Todo era bueno, con tendencias
+a la condimentación italiana, y revelaba la buena mano culinaria del
+atiplado maltés. La mujer, vecina del tercero, que servía, hízolo con
+destreza, y Jacoba no tuvo que reprenderla más que dos veces..., por no
+perder la costumbre.
+
+Obtenida venia de sus huéspedes para no cambiar de vestido, la Zahón
+ostentaba en la cabecera de la mesa su cara austriaca, su escofieta,
+sus jorobas y los trapos con que las envolvía. A su derecha se sentaba
+don Fernando, a su izquierda Maturana, Aura enfrente. No apartaba los
+ojos, y menos el pensamiento, de la hermosa doncella el enamorado
+Calpena, y pudo observar que en el comer no revelaba salvajismo ni
+desconocimiento de los hábitos sociales, sino todo le contrario: «Ella
+será salvaje en sus afectos, de inteligencia inculta; pero en sociedad
+sabe lo suficiente para dar relieve a sus extraordinarias gracias
+naturales... ¡Qué mujer, Dios mío! ¿Pero de dónde ha salido este sol
+que viene a alumbrar mi vida?.. Ahora veo cuanto hay en el universo...
+Antes creía ver, y no veía nada».
+
+Entabló Maturana la conversación hablando de perlas.
+
+—Ya le dejo a usted los tres apartados, a saber: primera calidad, en
+_elencos_ y _avemarías_; segunda calidad, en aljófares, _timpanías_ y
+_berruecos_, y, por último, género _muerto_. Otro día que venga yo a
+buena hora pesaremos todo lo selecto, formando igualdades. En el primer
+apartado tiene usted un par de perlas de perfecta redondez y oriente
+superior, que juntas no pesan menos de 27 quilates. Sé quién daría
+por ellas 350 duros. Las _muertas_, si usted quiere, me las llevaré
+a París, donde conozco un platero que ha descubierto la manera de
+devolverles la irisación por una _alquimia secreta_, en la cual entran,
+según dicen, 83 drogas. Entre las _avemarías_ de segunda, veo una
+tandita de iguales, lindísimas, que, si no estoy equivocado, son las
+del medio collar que le cedió a usted Negretti, el papá de Aurorita.
+
+De esto tomó pie don Fernando para llevar la conversación a la familia
+de Aura, anhelando explorar aquel interesante mundo desconocido. Algo
+descubrió de lo que deseaba, y otras cosas quedaron en el misterio.
+Con mucha gracia describió la joven algunos pasajes de su infancia;
+y respecto a su nacionalidad, que fue motivo en la mesa de grandes
+controversias, dijo lo siguiente:
+
+—Verá usted, don Fernando, el surtido de sangres que llevo en mis
+venas. Mi padre era hijo de un corso y de una española, la cual, mi
+abuela, era hija de portugués y catalana. ¿Qué tal? Pues voy ahora con
+mi madre. Verá usted qué lío. Mi madre era hija de un francés y de una
+griega, y no había nacido en ningún país, sino en medio de la mar,
+viniendo sus padres de Salónica, donde tenían comercio de oro y plata.
+Yo nací en un pueblo cerca de Londres, que lo llaman Rochester, y a los
+tres años me llevaron a Mallorca. De niña hablaba inglés; pero luego
+se me olvidó, y solo recuerdo algunas palabras. De Mallorca pasé a La
+Valette, en Malta, donde hablé italiano, y volví a saber un poquito de
+inglés. A los diez años, vuelta a Mallorca, después a Cádiz, y de Cádiz
+a Madrid, donde me parece que estoy ahora, aunque no lo aseguro: tengo
+mis dudas de que esté yo ahora donde ustedes me ven..., si es que me
+ven, que también lo dudo...
+
+—No le haga usted caso, señor de Calpena —indicó la Zahón benévola—.
+Todo el día la tiene usted pensando y diciendo estas extravagancias. Es
+un genio inflamado, y tan desigual, que si le da por reír y alegrarse,
+nos atruena la casa con sus gorjeos; y si le da por las tristezas y
+por lo fúnebre, nos pone a todos con el corazón en un puño. Trabaja
+como nadie, y hace mil primores cuando le da la ventolera; y cuando se
+pone a ser holgazana, no hay quien la aventaje. No es constante más que
+en dos cosas: limpieza, así de su persona como de cuanto cae bajo su
+mano, y caridad. No deje usted en su poder cosa de valor, porque, de
+seguro, se la da al primero que se la pide... hablo de cosas metálicas
+o comestibles, ¿me entiende usted?
+
+—Sí, señora: entiendo perfectamente.
+
+—Oiga usted más: rarísima vez coge en su mano un libro... aunque aquí
+no faltan... La hemos puesto maestro de piano y canto, y de baile.
+¿Querrá usted creer que toca muy lindamente, y que baila con toda la
+gracia de Dios?
+
+—Lo creeré si nos da esta noche una muestra de sus habilidades, en el
+piano y canto sobre todo, pues la danza es más bien para lucida en
+sociedad.
+
+—¿Y si no, no lo cree? Pues no toco —dijo Aura—. Tiene que creerlo
+antes. En estas cosas es necesaria la fe.
+
+—Bueno, pues la tengo... Sin oírla cantar, ya estoy proclamando que se
+deja usted tamañita a la Todi.
+
+—Eso es burla. No tanto, señor mío. Pero no vaya a creer que salgo
+ahora con modestias ridículas. Sepa usted que canto muy bien. Digo, muy
+bien, no; me quedo en el bien a secas. Ni me quito ni me pongo nada...
+Pero no cantaré esta noche..., digo, sí cantaré, con tal que don Carlos
+me prometa no dormirse.
+
+—Lo prometo... —dijo Maturana—, sin responder, hija mía, sin responder
+de nada.
+
+—Yo emprendería la completa educación de Aura —dijo Jacoba, que no
+sabía cómo llegar al asunto que era su objeto principal aquella noche—
+si se me dieran medios suficientes para ello. Y no es que la niña
+carezca de patrimonio, pues lo tiene sobrado: solo que está en manos
+que lo escatiman, que lo tasan en demasía, como si desconfiaran de
+mí... Señor don Fernando, yo espero de usted un favor muy señalado. Me
+consta su amistad con nuestro gran ministro, el señor de Mendizábal; sé
+que Su Excelencia...
+
+—Señora, ya dije... —interrumpió don Fernando lleno de confusión—. El
+señor ministro me trata como a todos sus subordinados, con cortesía...
+y nada más.
+
+—A un lado las modestias, caballerito —añadió la diamantista—, y no
+me salga usted con negativas, que solo sirven para demostrarnos su
+delicadeza... Pues sí señor: espero de usted una prueba de amistad
+hacia mí y de interés por Aura. ¿No adivina lo que quiero? Que usted me
+ponga en comunicación con su jefe, y si es posible, y quiere extremar
+el favor, que antes de llevarme a la audiencia, le hable de mí, pues
+me figuro que el señor Mendizábal tiene de esta servidora una idea
+equivocada. Sin duda le han llevado algún cuento... En fin, yo quiero
+ver a Su Excelencia, deseo hablarle, y que usted tome mi empeño como
+cosa propia...
+
+Interesado en el asunto, por tratarse de la mujer que le fascinaba,
+Calpena quiso saber más, y descubrir qué relación podía existir entre
+la hermosa hija de Negretti, nieta de tan distintos abuelos, y el gran
+Mendizábal, relación cuyo simple anuncio le sorprendía y anonadaba.
+¿Qué era, santo Dios? Solo por tirarle de la lengua a la Zahón y
+adquirir mayor conocimiento, cedió en aquel punto de sus supuestas
+confianzas con el ministro, y ni afirmaba ni negaba, dando a entender
+que favorecería las pretensiones de la jorobada, siempre que se le
+diese alguna explicación de ellas. Por este medio sutil pudo averiguar
+que don Juan Álvarez era testamentario de Jenaro Negretti y depositario
+de su fortuna, con algo más de lo que referido queda.
+
+No se paraba en barras la codiciosa diamantista, y desde que Mendizábal
+vino a España y se puso a ministro, acarició la idea de que debía
+transferirle a ella las facultades que le otorgaba el testamento de
+Negretti. ¡Cosa más natural! Pues ¿cómo podía administrar holgadamente
+los bienes de la niña, un hombre abrumado de quehaceres políticos, con
+tantas cosas dentro de la cabeza? ¡Que la Hacienda, que el empréstito,
+que las juntas, que el Estatuto, que los frailes...! Imposible atender
+a todo, señor. De su peso se caía que debía entenderse con la Zahón, y
+pedirle por favor que se encargase de la tutela y gobierno de bienes de
+Aurora Negretti, pues algo habría en el testamento que tal abrogación
+consintiera. No se le apartaba del magín esta temeraria idea, y si
+el horrible acceso reumático que en aquellos meses sufría no la
+imposibilitara totalmente, ya se habría presentado a don Juan de Dios,
+a fin de proponerle lo que para él era un alivio y para ella una carga
+muy de su gusto. Bien clara está la razón de que, suponiendo al don
+Fernando cordialmente ligado a Su Excelencia, le recibiera con finuras
+y agasajos, y echara la casa por la ventana en aquel desusado convite.
+
+En los postres sirvieron _curaçao_, que era quizás la única pasión o
+debilidad del viejo Maturana. Aquel dulce licor le hacía desmentir
+muy de tarde en tarde sus hábitos de formalidad y grave continencia.
+Siempre que allí comía o cenaba, Jacoba, por hacerle rabiar, aseguraba
+no tener _curaçao_; por fin, después de mucho trasteo, hacía traer
+la bebida y le daba un poquito, cuatro lágrimas, y así se divertía
+con él, vengándose de alguna trastadilla que en los negocios le había
+jugado. Pero aquella noche, antes de que la señora empezase el sainete,
+le convidó Aura, y sacando del aparador la botella, le sirvió cuanto
+él quiso, y después a Fernando. Mientras don Carlos paladeaba con
+embeleso los primeros sorbitos y Jacoba le afeaba su vicio con afectado
+enojo, Calpena charló brevemente con Aura, cuando esta a su asiento
+volvía. Doña Jacoba no reparaba en ello, o se hacía la distraída, que
+también pudo ser, y Maturana se halló bien pronto bajo la influencia
+embelesadora del rico néctar.
+
+—¿Y qué?, ¿canta usted o no?
+
+—No..., me temo que don Carlos no se duerma si canto. Pero si usted se
+empeña en ello...
+
+—Deseo que usted cante... Si hablando es su voz tan divina, ¿qué
+será...?
+
+—¿Cantando? Pues más divina todavía... Bueno; pero conste que si usted
+me manda cantar, hace una gran tontería.
+
+—¿Qué está usted diciendo?
+
+—Que hay otra cosa mejor que el canto mío.
+
+—¿Qué...?, ¡por Dios!
+
+—Hablar..., que hablemos.
+
+—Chist..., silencio.
+
+
+
+
+XXI
+
+
+Entró en aquel punto Milagro, que venía sin más objeto que hacer
+asientos de facturas atrasadas, y se asombró no poco de ver aquel
+aparato de festín, y a Calpena en la mesa. Pero como en aquella
+casa todo era raro, y pasaban las cosas en contra de lo usual y
+corriente, se guardó su sorpresa y no dijo nada. Pareció que a Fernando
+contrariaba la importuna visita de su compañero de oficina; pero Aura,
+más lista que la pólvora, se apresuró a tranquilizarle, diciéndole:
+
+—Este infeliz es lo mismo que nadie, y además, también se pirra por el
+_curaçao_. Le ofreceré una copita, ¿sí?
+
+En esto propuso la señora pasar a la sala, y allá se fueron todos con
+la botella por delante. Poseídos Aura y Calpena de una audacia loca,
+cuyo móvil psicológico no se explicaban ni había para qué, se arrimaron
+al extremo de uno de los mostradores, en el sitio menos alumbrado
+por la lámpara, y a la mayor distancia posible de los bebedores de
+_curaçao_. Doña Jacoba hizo plantar su sillón junto a estos, sin perder
+de vista a la juventud, con quien desde su asiento a ratos hablaba,
+y ordenó a Lopresti que pusiese luz en el gabinete próximo, y velas
+en el piano, abriendo de par en par la comunicación de esta pieza,
+la única bonita de la casa, con la sala o tienda. Milagro y Maturana
+rompieron, con los primeros tragos, a hablar de política, metiendo
+en ella su cucharada la Zahón, con ardientes alabanzas del primer
+ministro, salvador del desdichado reino, remedio de todos nuestros
+males. Y conforme aumentaban las ingestiones de bebida, la imaginación
+de Maturana se lanzaba intrépida al simbolismo:
+
+—Reina Cristina es la _Peregrina_ entre las perlas, y Méndez el
+_Gran Mogol_ entre los diamantes. Carlos V es el diamante falso,
+el _strass_..., tras, tras... Jacoba el _Ojo de Gato_, tallado en
+_cabujón_... y tú, Milagro, eres la _Montaña de Luz_... solo que
+todavía no te han tallado, hijo..., estás en bruto...
+
+Con solo probar el delicioso licor, se le quitaban al buen Milagro
+diez años de vida; y a medida que iba apurando el vasito, presentaba
+síntomas diversos de exaltación cerebral. Al tercer trago le atacaba
+infaliblemente una sensibilidad lacrimosa, con recuerdos tiernísimos
+de su familia e invocaciones a la santa pobreza, a la caridad sublime,
+a los más altos y puros ideales. Hacia el cuarto o quinto sorbo se le
+iniciaba la tendencia a expresarse en forma poética, reverdeciendo las
+aficiones de su edad juvenil, en la cual más le gustaba hacer versos
+que comer, y era un adepto fidelísimo de la retórica que entonces se
+gastaba.
+
+—¡Ah! —decía con trémula voz, mirando al vaso—: ¡la reina..., angélica
+Cristina, pía matrona!... Desde que vino de Parténope, vimos abierto
+el Empíreo los buenos españoles... Cuando contemplo este doméstico
+regocijo..., ¡ah!, viene a mi mente la imagen de mis pobres niños,
+de mi dulce esposa, alma virtud... ¿Qué será de vosotros, _oh dulces
+exuviæ_, el día en que fiera Parca me corte el hilo?... Mendizábal
+tonante, aplaca el furor de Mavorte... La oliva sucede al laurel...
+Somos felices... Vuelve el reino de Ceres prolífica... Comeréis, hijos
+míos, blancos panes y bizcochos duros...
+
+Doña Jacoba, sin catarlo, era atacada de somnolencia, que procuraba
+vencer. En tanto, recogía cuidadosa la caja de las perlas, acomodando
+en ella los paquetitos que contenían las divisiones hechas por
+Maturana. Esto no le estorbaba para dirigir a la gallarda pareja estas
+insinuaciones:
+
+—Señor Calpena, cuéntenos usted algo de política... Aura, ¿por qué no
+cantas?
+
+Aprovechaban ellos las distracciones y cabezadas de la señora para
+entregarse con efusión al ardiente coloquio que enlazaba sus almas, en
+cláusulas cortas, balbucientes:
+
+—¿Me había usted visto alguna vez?
+
+—No, no... La impresión de usted en mi espíritu es antigua, eso sí...
+Cuando la vi entrar por esa puerta, creí recobrar algo que se me había
+perdido...
+
+—¡Qué cosa más rara!... Esta noche, cuando subía yo la escalera, sentí
+miedo, alegría y qué sé yo qué... No podía respirar..., por poco me
+caigo.
+
+—¿Y por qué pegaba usted a Lopresti?
+
+—Es juego. Suelo darle así, con la sombrilla. A él le gusta, y
+conozco yo que está de mal humor cuando no le pego. Es un perro
+fiel, y me quiere con delirio. Esta tarde, al entrar, me dijo: «La
+está esperando a usted un caballero muy guapo, de parte de su tío el
+señor Mendizábal». Ya ve usted cuánto desatino. Me eché a reír..., y
+le casqué más fuerte que otros días. ¿Oye usted? Jacoba me dice que
+cante... ¿Qué debo hacer?
+
+—Obedecerla, creo yo.
+
+—Lo que agrade a usted haré, y nada más. ¡Qué extraño es lo que me
+pasa! Hasta esta noche me ha costado siempre mucho trabajo someterme
+a la voluntad de los demás. He sido voluntariosa, díscola, rebelde...
+Pues ahora creo que si alguien me pegase, me alegraría, y mi mayor
+gusto sería obedecer, ser mandada.
+
+—¿Y si yo me tomase la libertad de decirle: «Aura, haga usted esto;
+Aura, sería yo muy feliz si usted...?».
+
+—¿Si yo qué...? Había de mandarme cosas buenas, las que ahora me
+parecen buenas... Y también, también yo mandaría un poquito, que es muy
+grato para una mujer verse obedecida. Obediencia y mandato, pienso yo
+que deben ir juntos.
+
+—Servidumbre y tiranía en una sola persona, en dos quiero decir —indicó
+Calpena enteramente trastornado—. El amor nos hace dueños y esclavos
+de la persona amada... Aura, esta noche, después que yo me retire..., y
+mañana, mañana, ¿se acordará usted de mi?
+
+—Se lo diré cuando vuelva.
+
+—Según eso, ¿he de volver?...
+
+Al llegar aquí sintió Calpena que se ponía tonto. A su primera audacia
+sucedió una timidez aplanante, y no encontraba fórmula adecuada para la
+expresión de sus afectos. Pero de súbito, en la tremenda revolución de
+su alma, vino el golpe de osadía, y poco faltó para que diese un grito,
+dejando salir, sin ningún recato ni miramiento, las llamaradas que le
+abrasaban. Con su mirar fría le contuvo la Zahón... Poco después le
+hizo Aura una pregunta insignificante:
+
+—¿Cómo es su segundo apellido?
+
+Y él replicó:
+
+—Igual al primero... Aura, nos conviene que usted cante un poquito, y
+es de todo punto indispensable que, cuando usted pase al gabinete ese
+del piano, pase yo también y estos se queden aquí.
+
+Pronto lo arregló Aura dirigiéndose a la próxima estancia y ordenando a
+Fernando, desde la puerta, que tuviese la bondad de _volverle la hoja_,
+pues no daba pie con bola sin mirar al papel... Y ya están allá; ya
+desliza Aura sus lindísimos dedos sobre las teclas; él a su lado, sin
+entender la escritura musical, hace como que atiende al papel, mira
+embelesado a la divina cantora, y más embelesado aún, o transportado
+al séptimo cielo, la oye. Canta ella el aria de _Semíramis, Bel raggio
+lusinghier_, y después una canzoneta napolitana.
+
+Duda Calpena si vive o muere, si duerme o vela. La voz de Aura le
+penetra en el sentido como un himno de deidades lejanas, desconocidas,
+apenas visibles en su envoltura de blancos cendales. A ratos siente
+como un súbito rayo que le hiere, que le destroza, que le arrojaría
+exánime al suelo, si un poderoso estímulo de su voluntad no le
+contuviera. Desea que calle Aura; desea cogerla y llevársela consigo
+en aquel mismo instante, como el hecho más natural del mundo. A su
+timidez sucede una arrogancia que nada respeta, una prepotencia que
+todo lo allana. Se siente capaz de saltar por encima de los obstáculos
+más imponentes, y de atravesar con su hermosa conquista por entre las
+multitudes, que a sus ojos se empequeñecen ya, y solo se compone de
+figurillas despreciables, microscópicas... Aura sola es toda la vida,
+Aura toda la ley, Aura el universo físico y moral, Aura cuanto existe
+de Dios abajo.
+
+En uno de los que podríamos llamar entreactos, el ardoroso galán,
+revolviendo papeles de música, como para escoger, le dijo:
+
+—Aura, cuando entraste esta noche y nos vimos, ¿no comprendiste que te
+adoraba?
+
+Acalorada por la turbación que al rostro en centellas le subía, Aura se
+abanicó con una pieza de música. No se hizo cargo el joven de que la
+había tuteado, y ella, sin parar mientes en la forma familiar usada por
+primera vez, pasó maquinalmente sus dedos por las teclas.
+
+—El piano me responde por ti, Aura —prosiguió don Fernando—; el
+piano me dice que tú también me quieres, que no me dejarás morir de
+desesperación... Un instante ha bastado para hacerme pasar de una vida
+a otra vida, de la vida muerta a la vida viva... Si es verdad esto que
+pienso, no necesitas decírmelo. Me lo confirmarás callando...
+
+—Si callo, y tú lo dices todo..., verá Jacoba que..., que tú me
+quieres, que me estás enamorando; y si hemos de hacerle creer que yo no
+te quiero, porque así nos convenga..., mejor será, tontín, que hable, y
+que me ría, ¿sí?... como hacen las muchachas que coquetean...
+
+—Conviene que cantes otro poquito... Dos palabras antes del canto:
+Hagamos de nuestros corazones un mundo aparte, solo para nosotros...
+
+—Mundo aparte... —murmuró Aura con firme acento, arrojando sobre los
+ojos de su amante toda la luz y el fuego de los suyos—. En un momento
+hago yo toditos los mundos que quiera.
+
+—Aura, no hables más o me muero... —dijo Calpena casi delirante,
+violentándose para no gritar—, y si no me muero, te arrebato ahora
+mismo de esta casa y te llevo a la mía... Canta por Dios, canta un
+poquito.
+
+—Y tú te callas... Después hablaremos.
+
+—Un momento... ¿Dónde, cómo?
+
+—Luego te lo diré... Silencio ahora.
+
+Mientras cantaba con sublime expresión un trozo de la _Medea_ de
+Cherubini, Jacoba y sus dos amigos, en la otra estancia, hablaban con
+elogio del joven Calpena. Propiamente, la Zahón lo decía todo, y ellos,
+bajo la influencia del dulce elixir que alegraba sus gastados cerebros,
+apoyaban con fáciles exclamaciones y con expresivos movimientos de
+cabeza las palabras de la diamantista. Maturana se había encerrado en
+los monosílabos; Milagro, por el contrario, se lanzaba a la verbosidad
+más desenvuelta; doña Jacoba tuvo que cogerle por un brazo, obligándole
+a recobrar su asiento, y a contestar formalmente a lo que tres o cuatro
+veces le había preguntado sin obtener respuesta.
+
+—No vuelvo a admitirle a usted en mi casa —le dijo— si no me contesta
+con claridad. A ver: si usted lo sabe, me lo tiene que decir... No
+valen misterios conmigo.
+
+—Señora mía —respondió don José plantándose la mano abierta sobre el
+pecho—. Por el nombre que llevo, nombre ilustre si los hay; por la
+salud de mis hijos, por el amor purísimo de mi esposa, digo y juro que
+este mozo gallardo es hijo del mismísimo don Juan Álvarez Mendizábal,
+mi augusto jefe.
+
+—Me lo figuraba —dijo Doña Jacoba con mirada resplandeciente—. Pero me
+falta saber otra cosa... ¿Y la madre?..., ¿quién es la madre?
+
+—¡La madre!..., ¡la madre!... —murmuró Milagro como en grande
+confusión, pasándose la mano por el cráneo.
+
+—Sí, hombre..., ¿quién es la madre?
+
+—¡La mamá!... ¡Ah!, ya recuerdo... Con el maldito néctar se le va a
+uno la memoria... Pues la madre... silencio, que no nos oiga nadie...,
+es... ¡una reina!
+
+—¡Una reina! —exclamó don Carlos con espantados ojos.
+
+—Chitón... Es un secreto... Y créanme a mí..., peligran las cabezas
+de los insensatos que lo divulguen... —dijo Milagro puesto en pie,
+aplicando su dedo índice a los morros alargados—. ¡Una reina!...
+Chist... Aunque me amenacen de muerte, no saldrá de mi humilde labio el
+nombre del reino en que reina la señora reina que...
+
+
+
+
+XXII
+
+
+Todos los biógrafos del insigne Milagro están acordes en afirmar que
+al salir este de casa de la Zahón para dirigirse con inseguro paso a
+la suya, quitose el sombrero y con él se abanicó, ávido de frescura y
+de bañar en aire limpio sus sienes abrasadas, su cráneo sudoroso. Y
+añaden que con el aire y el ejercicio se le aclararon de tal modo las
+entendederas, que al atravesar la plazuela de Provincia, camino de la
+Concepción Jerónima, donde vivía, empezó a sentir en su conciencia la
+garrafal tontería que a propósito del señorito Calpena se había dejado
+decir, bajo la acción tóxica del nunca bastante maldecido _curaçao_...
+«¿Pero he dicho yo esa barbaridad, señor? —pensaba, parándose y mirando
+al cielo—. ¿Lo habré soñado?... No, no; lo he dicho... aún me parece
+que me estoy oyendo cuando solté el trueno gordo, cuando afirmé que
+Mendizábal... ¡Jesús!..., y nada menos que una reina... Vamos, que
+me daría una tremenda bofetada en castigo de tanta necedad, de tanta
+estupidez... ¡Una reina..., Mendizábal!... ¡Válgame Jesús bendito!
+¡Que un hombre formal como tú, oh Milagro, haya repetido, dándolo por
+cosa verídica, esos ridículos dicharachos con que se mata el tiempo
+en las oficinas!... Pues digo, si el señor ministro se entera de que
+yo... ¡Válgame mi santo Patriarca...!». Al pensar esto, se le erizaron
+sobre el cráneo los escasos cabellos que poseía... Consternado, intentó
+volver a la calle de Milaneses para desdecirse de todos aquellos
+embustes que no eran más que cháchara insustancial de gente ociosa
+y frívola; pero no se determinó a desandar el camino, juzgando muy
+oportunamente que _peor era meneallo_. Siguió, pues, hacia su vivienda,
+haciendo propósito de rectificar serenamente, en noches sucesivas, los
+groseros dislates de aquella noche, y se recogió taciturno, caviloso.
+Su mujer le sintió desvelado, dando suspiros y pronunciando monosílabos
+con que a sí propio se ponía de oro y azul. ¡Infeliz Milagro!
+
+Embebecidos en su amorosa charla, los amantes no repararon en la
+salida de don José, que les dijo «¡Adiós!» desde la puerta del
+gabinete; ni se cuidaban de ser vistos u oídos por doña Jacoba, que
+hablando permanecía con el diamantista, entre cabezadas. Habían
+alzado, sin darse de ello cuenta, una valla anchísima entre su pasión
+y el mundo, y nada temían; la pasión crecía por momentos, como una
+enfermedad fulminante, y a las pocas horas de iniciada, ya no cabía
+dentro de la reducida esfera del secreto: se salía, se ensanchaba,
+quería ser patente a los ojos extraños, o por lo menos no temía ser lo
+bastante poderosa en sí para afrontar la opinión y cuantos obstáculos
+esta le ofreciera. Mejor que el narrador lo expresan ellos mismos:
+
+—Antes de verte, antes de esta noche bonita —decía Aura—, yo, sin saber
+por qué, tenía la seguridad de que no estaba sola en el mundo. Cuando
+te vi, se me quitó de encima del alma el peso terrible de mi soledad.
+
+Y él:
+
+—¡De ayer a hoy, qué abismo! Ayer iba tras de tu sombra; hoy te
+poseo... Había de llegar, puesto que hay Dios, este divino abrazo de
+nuestras almas.
+
+Y por aquí seguían, en un vértigo de fogoso idealismo, locos, ávidos de
+amplificar cada concepto con otro más apasionado y sutil.
+
+Viendo que Maturana se ponía en pie, Calpena hizo lo mismo, y dijo a su
+amante, consternado:
+
+—Horror de los horrores. Don Carlos se despide. También yo tendré que
+retirarme...
+
+—Mañana volveremos a vernos... lo más temprano posible.
+
+—¡Mañana! Es muy lejano eso...
+
+La mujer, en lances de pasión, posee más iniciativa y más arbitrios
+que el hombre. En voz muy baja propuso Aura algo que Calpena oyó con
+alegría. Cuchichearon... Despidiéronse luego en alta voz. Al poco
+rato, doña Jacoba daba al señor don Fernando la venia para retirarse,
+y con afectuosos apretones de manos le ofrecía su casa, y le rogaba
+que viniese a honrarla con toda la frecuencia que le permitieran sus
+obligaciones al lado del señor ministro. Juntos salieron el joven y
+Maturana; separáronse en la esquina de la calle de Santiago; vivía el
+diamantista en una de las casitas del Patrimonio, plaza de la Armería,
+junto a la casa de Pajes.
+
+Consta en las monografías del buen Maturana que en el trayecto hasta
+su domicilio se agarró más de una vez a las paredes para no medir
+el suelo; y algún biógrafo añade que hubo de subir a gatas la corta
+escalera de su casa, y que se acostó al instante, muy arrepentido de
+sus recientes abusivas relaciones con el _curaçao_. «No está bien, no
+está bien —decía, desnudándose al revés, quitándose las botas antes
+que el sombrero, y las medias antes que la corbata—. Un artífice, un
+tasador no debe... no, señor... Es muy expuesto...». Felizmente, era
+en él añeja costumbre no aceptar invitación de cena o merienda cuando
+llevaba en su cartera piedras de valor. Aquella noche no llevaba nada.
+Tardó en dormirse, y daba vueltas en su abrasado cerebro a las ideas
+sugeridas por Milagro:
+
+«¡Vaya con don Juan Álvarez!... No hay grande hombre que no tenga sus
+enredos... Ya, ya se ve claro por qué arrambla todos los bienes del
+clero, que no es flojo botín. Naturalmente, ese dineral lo quiere
+para sí. Parece tonto, y pide para las ánimas... ¡Tremendas hormigas
+nos trae Dios acá! Bueno, hombre, bueno: cójase usted media España, y
+constituya un reino para el niño, para ese hijo de reina... Y ya veo a
+dónde va a parar con eso de coger todas las campanas de las iglesias y
+monasterios. Hará un palacio de bronce, todo de bronce, en el que las
+pisadas de los que entran y salen suenen como campanadas... ¡Ji, ji!...
+¡Qué extraño!... El palacio del sonido..., tin, tan... Otra: lo mejor
+sería que afanase las innumerables alhajas de las Santísimas Vírgenes
+y toda la plata y oro de las reverendas catedrales, echándolo al
+mercado... ¡Por Belcebú, qué negocio, qué pujas!... No quiero pensarlo.
+De Londres, de Ámsterdam y de Fráncfort vendrá la nube de marchantes...
+Mucho ojo, Maturana... ¡Por san Carojulián bendito, no te descuides!...
+Y tiene que venir, tiene que sacarse a subasta. Porque todo, digo yo,
+no ha de ser para el niño...».
+
+El niño, el hijo de reina, se paseaba en la inmediata calle de
+Santiago. Aura le había dicho: «Mi habitación corresponde al último de
+los tres balcones por la otra calle. Cuando Jacoba duerma, me asomaré».
+El hombre hacía su centinela entre las esquinas del Bonetillo y de
+Mesón de Paños, temeroso de perder, si se alejaba, el sublime momento
+en que su amada en el balcón apareciese. La noche era oscura; dieron
+las doce en el reloj de Palacio; no se veía por allí más gente que
+las pocas mujeres que entraban por el Bonetillo y se deslizaban calle
+abajo, y algún hombre que en la misma dirección iba, o hacia las
+tabernas de la plaza de Herradores. El sereno se hacía presente por la
+luz de su farolillo, allá junto a los altos muros de San Felipe Neri.
+
+Media hora pasó Calpena en gran ansiedad, recelando que doña Jacoba,
+enterada del propósito de los amantes, lo estorbase encerrando a la
+dama o conminándola con algún castigo. Paseo arriba, paseo abajo,
+sin quitar ojo del balcón, pensaba en aquella su mudanza súbita,
+tan semejante a la explosión de un volcán. Toda su vida era nueva;
+todas sus ideas habían cambiado, dispersándose las de ayer y entrando
+con empuje dominante las de hoy. Ningún sentimiento de los de ayer,
+refiriérase a la política, a los amigos, a la sociedad, en él
+persistía. De aquel espacio luminoso, donde flotaba la ideal imagen
+de Aura, venían nuevos conceptos de todas las cosas. Impaciente por
+la tardanza de ella, ni por un momento pensó que pudiera burlarle:
+tenía confianza absoluta en su firmeza y lealtad. Tampoco le amargó
+la sospecha de que Aura hubiese conocido el amor antes de conocerle a
+él. Era mujer nueva, como la esposa de Adán. Dios les había criado
+destinándoles el uno al otro, y no estaba en el orden del universo que
+hubiesen precedido al feliz hallazgo otros encuentros, ni aun siquiera
+fortuitos y sin importancia. Tal era su ardor ciego y entusiasta, tal
+su fe en aquella felicísima obra de integración, dispuesta por el
+destino de ambos.
+
+Al fin... oyó ruido en el balcón, y apareciose en él una forma blanca.
+Era principal el cuarto, y la distancia entre el balcón y la calle como
+de cuatro varas. Arrimose el galán a la pared, y Aura echaba medio
+cuerpo fuera del antepecho, doblándose como un junco, para que el
+espacio entre las enamoradas voces fuese lo más corto posible. Explicó
+primero su tardanza, motivada por lo que Jacoba tardara en dormirse, a
+causa de sus dolores, siendo preciso darle friegas y ponerle bayetas
+calientes. Ya parecía dormida, y Lopresti, fiel esclavo, quedaba
+encargado de la centinela, para avisar en caso de que la enferma
+remusgara. Recayó luego la conversación en un punto interesantísimo:
+
+—¿Tú quién eres? Conozco en ti al hombre que quiero, y me basta. Pero
+deseo saber quién eres para los demás. Lo mismo me da que seas noble,
+que seas plebeyo, que seas mucho, que no seas nada, pues siendo para mí
+el único, me basta... ¿Te enteras bien de lo que te pregunto?
+
+—Sí, vida y gloria mía... Yo no soy nadie. Ignoro quiénes son mis
+padres. Vivo de la protección misteriosa de una persona desconocida,
+por quien estoy en Madrid, por quien disfruto ese destinillo, y no sé
+más. ¿Verdad que es raro?
+
+Contó en seguida concisamente su vida toda: su crianza en Vera, lo del
+padrino, la estancia en París, la traslación a Madrid y todo lo demás
+que ya se sabe, poniendo en su relato tal sinceridad y sencillez, que
+Aura se embelesaba oyéndole; y si no estuviera enamorada hasta la
+médula, es de creer que solo con aquella historia tan poética y linda
+se prendaría locamente del pobre desheredado. Refirió ella que no había
+conocido a su padre ni a su madre: habíanla criado parientes egoístas
+que jamás le demostraron vivo afecto. Creíase sola en el mundo, hasta
+que Dios le deparó el compañero de su existencia, su salvador, su
+_única familia_. ¡Qué hermosura ser los dos solos en sí, reconocerse
+en medio de los espacios de la vida, como pajarito y pajarita que se
+encuentran en la espesura de la selva, y, saludándose con sus piquitos,
+se unen para siempre! No faltaba sino que se declararan libres, sin más
+obligaciones que las que cada uno para con el otro había contraído, por
+vía de unión divina, como si Dios les echara un lazo y les dijera lo
+que dicen los curas cuando casan. De pronto, Aura tuvo una idea, y la
+expresó al instante con infantil candidez:
+
+—¿No sabes?... Como aún no hemos tenido tiempo de decirnos todas las
+cosas, no te has enterado de que yo soy rica. Sí, hijo, sí. ¿Pensabas
+que éramos nosotros unos pobrecitos, dejados de la mano de Dios? Mi
+padre, Jenaro Negretti, dejó mucho dinero. Lo tiene guardado el señor
+de Mendizábal, que es quien le da a Jacoba para mis gastos... Conque ya
+ves. No hay que apurarse... Estamos en grande, y seremos los reyes del
+mundo.
+
+—Pues yo —dijo el amante con tristeza— soy pobre: nada tengo; pero no
+me faltan alientos, ni tampoco, creo yo, disposiciones para trabajar...
+También te digo una cosa, Aura: bien podría suceder que de la noche a
+la mañana recibiera yo, como caída del cielo, una fortuna grande... Se
+han dado casos: yo he leído de algunos casos...
+
+—Pues si sale lo que esperas, ¡oh Dios mío, cuánta felicidad!...
+Eso sería lo más lindo del mundo. Resultaríamos en posesión de unos
+dinerales que no nos harían maldita falta... Si quieres que te diga
+la verdad, a mí no me hace dichosa el dinero, ni creo que sirvan las
+riquezas más que para disgustos. Con poseerte a ti me basta; y si
+mañana viniera el señor Mendizábal y me dijera: «Niña, no tienes ni un
+maravedí», yo me quedaría tan fresca. ¿Y tú?
+
+—Pienso como tú piensas, y siento todo lo que tú sientes... Quien nos
+ha puesto hoy el uno junto al otro, se cuidaría de darnos lo necesario,
+si por nuestra parte no lo tuviéramos. Es hermosísimo, sí, lanzarse
+a la vida sin más alas que las inmensas del amor. Somos jóvenes,
+nos adoramos... Esto es la suma dicha. ¡Qué bueno es Dios! ¡Y la
+naturaleza, qué hermosa! ¡Y nosotros, qué bien hicimos en nacer!...
+Si tú o yo nos hubiéramos quedado por allá, ¡qué insigne tontería
+habríamos hecho!
+
+—Es verdad; porque no naciendo, ¿cómo podría yo quererte con toda mi
+alma?
+
+—Oye otra cosa, vida mía... Si te parece, nos casaremos pronto, muy
+pronto.
+
+—Sí, sí —dijo Aura con tan vivo movimiento de inclinación, que pareció
+querer arrojarse a la calle—. ¿Cuándo?
+
+—Pronto. Mañana...
+
+—¿Mañana?... ¿Y hoy por qué no?... ¡Pero qué tonta soy! Eso no puede
+determinarse así en días, en horas. Tengamos paciencia y formalidad. Lo
+que acabo de decir es muy desvergonzado. ¿Me lo perdonas?
+
+—Pues si el _hoy_ te parece demasiado presuroso, diré: _ahora mismo_.
+
+—Quita allá, hombre... ¿Acaso el casarse es cosa de un soplo? No, niño
+mío, no seas tan arrebatado. Ten juicio. Pues apenas hay que preparar
+cosas: ropa, papeles, y, ante todo, casa.
+
+—¡Casa! Tenemos el mundo por nuestro... Dime —añadió el galán, casi
+loco ya, señalando hacia la bóveda celeste—, ¿te gusta ese techo?
+
+—Es precioso... Pero ahora, desde que te quiero, todo me parece cielo,
+y la oscuridad, claridad, y la noche tan bonita como el día, casi más,
+y Jacoba me parece amable, y todas las personas muy buenas... Pero
+tengamos calma, y esperemos.
+
+—Sí, esperaremos. ¿Qué nos importa retrasar la felicidad, si la tenemos
+segura, si es nuestra ya?
+
+Asaltado de una idea triste, cosa natural en aquella irradiación de
+ventura, Calpena no vaciló en expresarla:
+
+—Dime, amor mío, si Jacoba, que me parece persona egoísta..., no sé en
+qué me fundo, pero me lo parece...
+
+—Y lo es: tú tienes mucho talento y todo lo aciertas. Sigue.
+
+—Pues si Jacoba, y lo mismo podría decir de otro cualquier pariente
+tuyo, se opusiese, por móviles de interés, a que nosotros nos amáramos:
+no, no, a eso no pueden oponerse..., quiero decir, que se opongan a que
+nos casemos...
+
+—Eso no puede ser..., porque nosotros saltaríamos por encima de todas
+sus artimañas, y pisoteándoles nos juntaríamos y nos casaríamos, ¿sí?
+
+—Pero suponte tú que contra toda nuestra buena voluntad y contra las
+energías de nuestra pasión, lograran separarnos, imposibilitarnos
+materialmente de...
+
+—No, no puede ser, no será —dijo la enamorada con expresión de voluntad
+tenacísima—. ¡Pues si Jacoba fuera tan mala que...! No, no quiero
+pensarlo.
+
+—¿Qué harías?
+
+Aura se irguió, y apretando en su nervioso puño, con fuerza de mujer
+furiosa, el hierro del balcón, dijo:
+
+—¡La mataría!
+
+—No, no tendrías que tomarte ese trabajo, mi bien, mi vida, mi
+encanto, porque antes la habría matado yo.
+
+—Y luego iríamos juntos al presidio, ¿sí?
+
+—No pensemos en eso, que no ha de suceder. Yo digo: ¡qué más querrá
+Jacoba!...
+
+—Claro: ¡qué más querrá ella! No te creas, Jacoba es buena, siempre
+que no la arrastra a la maldad la infame codicia. Por un brillante de
+buenas aguas, o por una docena de turquesas de _roca vieja_, sería
+capaz de sacrificar a su padre.
+
+A todas estas se les iba pasando la noche. Las primeras claridades del
+alba trajeron a la calle alguna gente de los mercados próximos, y el
+sereno pasó varias veces, dirigiendo a Calpena miradas recelosas. Aquí
+y allá sonaban porrazos; los gallos del comercio de aves en la calle
+de la Caza cantaban anunciando el día. Sobre esto llamó Calpena la
+atención de Aura, indicándole con pena que ya era hora de retirarse.
+
+—¿Qué prisa todavía?... Esos pobres gallos enjaulados están tan
+aburridos por la falta de libertad, que anuncian la aurora antes de
+tiempo.
+
+—Ya es de día... ¿No lo ves?
+
+—¿Y qué? Mejor. Así podremos vernos las caras.
+
+De improviso se abrió una de las puertas del piso bajo de la casa,
+y Calpena se vio sorprendido por un mozo, soñoliento, que salía con
+una escoba. Luego se abrieron dos puertas más: una cacharrería y un
+despacho de huevos. Imposible seguir más tiempo allí. Los hados fieros
+ordenaban la suspensión del coloquio dulcísimo, y que los amantes
+guardasen la ley del recato ante el público, pues cada cosa tiene
+su ocasión y lugar propios. ¡Bonita idea tendría de la señorita de
+Negretti el vecindario de Milaneses si la veía colgada al balcón, al
+amanecer de Dios, picoteando con su novio! Antes que ella comprendió
+él la inconveniencia de prolongar la alborada de amor, y así se lo
+dijo. Convenidos el cómo y cuándo de verse en el curso del día,
+Calpena se arrancó con esfuerzo del celestial muro. El día se recreaba
+iluminando con sus primeras claridades la ideal belleza de Aura, quien
+no se apartó del balcón hasta que hubo recibido el último saludo de
+don Fernando. Se fue y volvió el galán como unas tres o cuatro veces,
+jugando al escondite en la esquina de la calle Mayor, hasta que al fin,
+siendo preciso poner término al juego... se arrancó de veras.
+
+
+
+
+XXIII
+
+
+Más que inquieto, lleno de zozobra por la desusada tardanza de
+Fernandito, le esperó levantado su amigo don Pedro, y al verle entrar,
+conoció por su rostro encendido, por el febril centelleo de su mirada,
+que algo muy grave le había ocurrido aquella noche. Interrogole
+dulcemente, y no obtuvo respuesta categórica.
+
+—Luego me lo contarás —dijo Hillo—, que ya es hora de que me vaya a
+decir mi misa. Me has tenido toda la noche en vela. Como no es tu
+costumbre trasnochar, me alarmé. ¿Has estado en alguna logia? ¿Se trata
+de algún mal paso, de algún lance?... Pero no quiero molestarte ahora.
+No me cuentes nada, y descansa, pobrecito, que estarás muerto de sueño.
+Yo me voy al Carmen... Duerme todo el día si quieres, y a la tardecita
+me contarás...
+
+Se fue don Pedro a celebrar, y al regreso de la iglesia, Calpena
+dormía. Acercose a su lecho el presbítero y le vio dormidito como un
+ángel, con ese leve sonreír que indica un venturoso sueño. A la hora de
+comer quiso doña Cayetana despertarle; pero se opuso Hillo diciendo:
+
+—No, no, pobre hijo; dejarle que duerma: sabe Dios lo molido y
+ajetreado que estará ese bendito cuerpo. Guárdesele la comida.
+
+Salió después a una diligencia que le entretuvo dos horas, y al volver
+a casa díjole Delfinita que don Fernando había comido presuroso y sin
+enterarse de lo que metía por la boca; que no respondía a lo que se le
+preguntaba, como si se hubiese dejado en otra parte el pensamiento y la
+palabra. Y lo más singular fue que, sin probar el postre, que era miel
+de la Alcarria y queso de Villalón, había cogido el sombrero y echádose
+a la calle con tanta prisa como si le llamaran a apagar un fuego. ¡Cosa
+más rara! Indudablemente ocurrían sucesos inauditos. ¿Sería, por fin,
+la estupenda anagnórisis que Hillo por momentos esperaba? Entregándose
+a sutiles cavilaciones y al trabajo de adivinar, esperó el clérigo la
+vuelta de su amigo; pero tuvo el acierto de esperarle sentado, porque
+Calpena no entró en casa hasta la mañana del siguiente día.
+
+Ya no pudo Hillo aguantar más los ardientes picores de la curiosidad, y
+tomando una actitud serena, le dijo:
+
+—Hoy sí que no te me escapas sin contármelo todo.
+
+Calpena, confuso, no sabía por dónde empezar. Hillo cortó la solemne
+pausa diciendo ¡_Habla_!, con el acento con que esta palabra se
+pronuncia en las tragedias de secano.
+
+—Pues... nada.
+
+—¿Cómo nada? ¿Es acaso alguna intriga política?
+
+—No, señor.
+
+—Pues yo sé que en el ministerio no se vela... Vamos, será cuestión de
+amoríos...
+
+—Tampoco; porque los amoríos son cosa frívola y pasajera, y esto no.
+
+—Amor entonces —dijo Hillo con benevolencia, y terminó la expresión de
+su idea con una nota humorística—: ¿Conque amor tenemos? Bueno: con tal
+que sea clásico...
+
+—¿Y qué entiende usted por amor clásico?
+
+—El que se contiene dentro de los límites de la conveniencia y de la
+regularidad; el que no es motivo de escándalo, sino ejemplo de buenas
+costumbres; el que no es furor insano, sino afecto plácido y limpio; el
+que tiene por norte la familia y por cebo una relación casta, con el
+consentimiento de los padres...
+
+—Yo no tengo padres.
+
+—Di que no los conoces. Mientras te llega la anagnórisis, tu padre soy
+yo: yo miro por ti, y te guío en el camino de la vida.
+
+—Me temo, querido Hillo, que después del paso que he dado, tenga yo
+que arreglármelas solo para seguir andando... En fin, puesto que usted
+habla de amor clásico, diré a usted que el mío, como águila a quien
+quisieran encerrar dentro de un huevo de paloma, ha roto los moldes, ha
+roto el viejo y podrido cascarón del clasicismo.
+
+—No te conozco —dijo don Pedro con sobresalto—. ¿Eres tú el joven
+Calpena?
+
+—No, señor... El joven Calpena que usted conoció se ha transformado
+radicalmente en días, en horas. Cuando menos uno lo piensa, sobreviene
+la crisis capital de la vida...
+
+—Hombre, eso es gravísimo. ¿Y quién es ella? ¿Acaso la niña que
+llamamos marmórea?... ¿Dices que no? ¿Pues de quién se trata? ¿No
+puedo saberlo? Sea quien fuere podré darte una opinión franca, un buen
+consejo.
+
+—Me hallo en una situación tal, que toda opinión que no sea la mía me
+hará el efecto de una enemistad irreconciliable; y en cuanto a los
+consejos, debe usted esperar a que yo se los pida.
+
+—Arrogantillo estás. Por lo que dices, voy entendiendo que tus amores
+son de esos que llaman, que llaman..., no sé..., esta clase de bregas
+son para mí desconocidas. Pero ello debe de ser cosa vergonzosa, una
+pasión de estas que nos ha traído el romanticismo, y que suelen acabar
+con descabello de media humanidad.
+
+Interrumpió el diálogo la llegada de una carta. Era de la _mano
+oculta_, que no había escrito en toda la semana. A Fernando le dio
+un vuelco el corazón, y barruntando que el contenido de la epístola
+heriría su vidriosa sensibilidad, rogó al clérigo que la leyese. Él
+oiría, procurando enterarse, pues su espíritu, en aquellos días de
+ansias y delirio, no acudía fácilmente al reclamo de la realidad
+próxima. Después de suspirar fuerte, don Pedro leyó:
+
+ «¿Conque tenemos al niño enamorado? Ya me esperaba yo ese sarampión,
+ que rara vez falla a los veintidós años. Paciencia, y pues no hay más
+ remedio que pasarlo, no lo combatamos, y pónganse los medios para
+ que brote bien... Tontín, se te tolera esa pasioncilla juvenil, que
+ es el paso de la adolescencia a la madurez de la vida. Los hombres
+ conceptúan eso necesario, inevitable; tales turbonadas, dicen, son
+ necesarias, hasta convenientes. Sea: con pena lo admito, y te suplico
+ que acabes cuanto antes, no sea que la enfermedad se meta demasiado
+ en lo hondo. No tengo tranquilidad hasta que sepa el radical fin de
+ esa novelesca aventurilla, y no dudes que he de saberlo, como supe lo
+ del banquete que te dio la Zahón, como tengo noticias del desenfado
+ con que te pones a pelar la pava con la chiquilla de Negretti.
+ También sé que es muy linda. No te acusaré de mal gusto, no; y como
+ te tengo por hombre perspicaz y conocedor del género, presumo que
+ en tus largos plantones al pie del balcón habrás tenido tiempo de
+ comprender que la niña es diamante falso. ¡Ah, tontín!, la pedrería
+ fina es muy escasa, y no se encuentra en la primera cena a que nos
+ convidan...».
+
+Al llegar a esto, Calpena no pudo contener el dolor, la ira que estas
+apreciaciones le produjeron, y estalló diciendo:
+
+—Eso es sencillamente infame... Dígalo quien lo dijere, es inicuo,
+ultrajante. No debo hacer caso de la opinión de persona anónima, que
+no puede sentir la verdad, como la siento yo... Y juro que no habrá
+voluntad que me tuerza, ni razón humana que me persuada de que esto no
+es para mí el supremo bien, el único bien posible.
+
+—Espérate un poquito y déjame acabar. Sigo:
+
+ «Como para estas aventurillas, que mejor será llamar calaveradas,
+ se necesita dinero, te mandaré mañana seis onzas. Más, mucho más
+ recibirás; pero entiende que este dinerito no debe servir para
+ prolongar la enfermedad, sino para ponerle término... Y no te digo
+ más por hoy.»
+
+—¡No puedo, no puedo —exclamó Calpena dando vueltas por la habitación
+como un loco— sufrir por más tiempo esta tutela anónima!... Y estas
+burlas, este desconocimiento de la verdad, me lastiman, me hieren más
+que si me asestaran cien puñaladas... ¡Oh, cuánto diera yo por conocer
+a la persona que me escribe, y poder decirle lo que siento...! No, no
+dudo que esa persona se interesa por mí, que me ama. También la quiero
+yo sin conocerla. Pues bien: yo la convencería... ¿Cómo no había de
+convencerla, si yo lo estoy firmemente, si llevo dentro de mi alma, no
+solo todo el amor, sino toda la lógica del mundo?...
+
+—Hijo mío —le dijo Hillo con expresivo afecto—, lo que la señora
+incógnita te escribe es el puro evangelio. Considera tú ese amor como
+una aventurilla pasajera..., cosas de muchachos, ejercicio vital...
+y... dale ya puntillazo...
+
+Le miró Calpena, plantándose ante él desdeñoso, altanero, y con grave
+entereza contestó:
+
+—Soy un hombre; tengo un alma que es mía, una inteligencia que me
+pertenece, y con ellas siento y juzgo lo que me incumbe. Ni de usted
+ni de esa desconocida persona admito lecciones, ni soy un niño para
+recibirlas en esa forma. Quien nunca ha tenido familia, bien puede
+declararse independiente como lo hago yo ahora. La soledad en que he
+vivido me ha enseñado a gobernarme por mí mismo. Soy libre, señor don
+Pedro; a nadie me someto. Los que me protegen por motivos que aún
+están rodeados de oscuridad, que den la cara, y entonces hablaremos.
+Si conseguimos entendernos, bien, y si no, lo mismo. No altero mis
+propósitos, no me someto, no me rindo.
+
+Sin dejar de admirar esta noble gallardía, trató Hillo de reducirle
+a la obediencia ciega de la _deidad velada_, pues así también solía
+llamarla, no sabiendo qué nombre darle, y el primer argumento que
+empleó fue que le convenía dicha sumisión para no comprometer su
+brillante porvenir.
+
+Echándose a reír, le contestó don Fernando que él no contaba con más
+porvenir que el que por sí mismo se labrase, pues todo lo demás era
+fantasmagorías y sueños; y en último caso, que no sacrificaría a
+ninguna consideración, ni a interés alguno por grande que fuese, la
+pasión que colmaba todos los anhelos de su existencia. Y como don Pedro
+insistiese en que la aventura no merecía nombre de pasión seria, y que
+debía ponerle punto final, replicole el joven con flema:
+
+—No puede ser, mi querido Hillo. En esto he querido aplicarme fielmente
+el precepto fundamental de su filosofía práctica... Para que no diga
+usted que fracaso como todos los españoles que emprenden algo, me
+propongo _rematar la suerte_.
+
+—¡Ah!, pillo... ¿De modo que te casas...?
+
+—Tal creo... Esto no es aventura..., para que vaya usted enterándose.
+
+—Estás perdido, perdido sin remedio... Un joven llamado a... qué sé
+yo..., llamado a grandes destinos... ¡Por Dios, Fernandito de mi vida,
+mira bien lo que haces!... Y a mí que me parecían poco para ti todas
+las duquesas y princesas que andan por esas cortes.
+
+—Yo soy pueblo, pueblo nací y pueblo me encuentro ahora. ¡Ay!, amigo
+Hillo, me acuerdo de mi cuna. Era de mimbres, y estaba rota y medio
+deshecha. Yo ensanchaba los agujeros con mis manecitas, y me echaba
+fuera para jugar con un perro y dos cabras que había en la pobrísima
+estancia donde me criaron... ¡Y ahora me habla usted de duquesas y
+princesas! A usted le ciega, o más bien le enloquece su bondad... Yo
+no soy lo que era. He dado un gran vuelco: mis ideas son otras. No
+tengo ya más que una ambición, y a satisfacerla se encaminan todas las
+potencias de mi alma. Me crio aquel bendito en la templanza, en la
+regularidad, en el justo medio de todas las cosas. Pues ya no quiero
+justo medio; ya me solicitan las situaciones extremadas... Quiero
+exceso de vida, energías poderosas, mucho gozar o mucho sufrir, luchar,
+hacer cara a los grandes desastres si vienen, hartarme de felicidad
+si Dios me la depara. No quiero andar por caminos trazados, ni que me
+cuenten los pasos que doy, ni que me lleven con andadores, ni que me
+muevan con hilitos, como si fuera yo figura de titiritero. No, no: de
+un salto me he echado fuera del retablo, y entro en el mundo yo solo.
+El mundo es grande. Un sentimiento, grande también, llevo yo conmigo.
+¿Hay espacio? Sí. ¿Tengo yo alas? Sí. Pues a volar.
+
+Y cogiendo el sombrero, se fue a la calle, sin añadir una palabra,
+dejando a su excelente amigo todo confuso y turulato, con las manos en
+la cabeza, desahogando con patéticas exclamaciones la turbación de su
+espíritu:
+
+«¡Señor, devuelve el seso a este noble chico, digno de mejor suerte!...
+¡Le he tomado tanto cariño, que sus asuntos me interesan más que los
+propios!... ¡Señor, descúbreme el misterio de Calpena; dame a conocer
+la _mascarita_ esa que le protege y le dirige! Que yo la descubra,
+para llegarme a esa divina tutora y decirle que se declare, que se
+quite la careta, único medio de que nuestro Fernandito entre en razón.
+_Tutora_ he dicho, pero mejor será decir madre... En su estilo se ve
+la delicadeza, la gracia, y un cariño intensísimo. Es madre, y además
+dama ilustre. Su estilo lo revela, esa discreción de alto tono, esa
+exquisita habilidad para ocultarse... ¡Dios mío, santo Apóstol bendito
+mi patrono, santa Virgen, y vosotros, santos, santos todos de la corte
+celestial, despejadme esa incógnita, pues creo que entre ella y yo,
+puestos al habla, salvaríamos a este alucinado chico de la perdición,
+de la ignominia, de la muerte!».
+
+Su generoso anhelo sugirió al buen presbítero una idea, un plan, y
+propósito firmísimo de empezar a realizarlo aquella misma tarde.
+
+«Voy a minar la tierra para _desvelar_ a esa _velada_. Dios me abrirá
+camino; Dios iluminará las oscuridades que encontraré en los comienzos
+de mi trabajo. A esta investigación consagraré mi tiempo, pues ya no me
+importa que me den ni que me quiten la cátedra que me corresponde...
+Y ahora digo yo: ¿por dónde empiezo?... A ver, Pedro, discurre un
+poco, _afina la suerte_... Por de pronto, si a ese loquinario le da
+la ventolera de desdeñar las cartas de su protectora, yo las recogeré
+cuando vengan, las leeré y las tendré bien guardaditas hasta que a él
+se le caiga de los ojos la venda. Y si envía dinero, como anuncia, yo
+lo guardaré también para írselo dando conforme a sus necesidades, que
+ahora presumo han de ser muchas... Esto lo primero; después...».
+
+Dándose un golpe en la frente, lanzó una exclamación de alegría:
+
+«_Eureka_, ya sé cuál es el primer paso que tengo que dar: ir a la
+casa de esa mozuela de quien se ha enamorado, y verla y hablar con
+su familia, para lo cual me valdré o del compañero de oficina de
+Calpena, señor Milagro, o del señor Maturana, el diamantista que vino
+a buscarle y se le llevó, con la cajita de Olorón bajo el brazo, en
+aquel aciago día... Perfectamente: ya tengo mi base de operaciones...
+Luego trataré de averiguar por qué medios, por qué espionaje pasan a
+conocimiento de la _velada_ todos los actos de Fernandito, cuantos
+pasos da este Madrid tan grande. Pondreme, pues, en relación con los
+acechadores o centinelas que tiene esa señora. Sepa ella que yo quiero
+ser también su misterioso vigía, y que ninguno habrá más diligente ni
+más desinteresado que yo... Procuraré además el trato y conocimiento de
+todos los amigos de Calpena: ese empleado tísico, ese Larra, ese Ros
+de Olano, ese Pezuela, ese Veguita... Ellos quizás me den alguna luz...
+Y si pudiera colarme en los dorados palacios donde el señorito fue
+introducido no hace mucho, también me colaría... sí señor... dispuesto
+estoy a todo, hasta a disfrazarme... Sí, sí, señor don Fernando
+Calpena: usted no se ríe de mí; usted no se emancipa, no, mientras esté
+aquí su viejo amigo, este pobre clérigo, que beberá los vientos por
+evitar que un mozo de tales prendas, que evidentemente lleva sangre de
+reyes..., ¡lo dicho, dicho!..., sangre de reyes, caiga en los abismos
+del amor enfermizo y de la calentura romántica».
+
+
+
+
+XXIV
+
+
+No constan los días que empleó el buen Hillo en su investigación
+preliminar; solo se sabe que no fueron pocos, y que al cabo de una
+semana conocía algo y aun algos de la familia Zahón, y había hablado
+largamente con Milagro y con Maturana, los cuales, lejos de aclarar el
+enigma principal, lo que hicieron fue añadirle nuevas oscuridades...
+Sin desmayar ni un punto en sus tareas policiacas, trató de hacer
+cantar a Méndez; mas toda tentativa cerca del estirado patrón resultó
+inútil, bien porque nada de lo sustancial sabía, bien porque quisiera
+echárselas de discreto, contraviniendo el tradicional tipo de los
+pupileros y fondistas. Cuando se veía el hombre muy estrechado por
+la apremiante argumentación de don Pedro, no se le ocurría más que
+remitirle a _Edipo_ y al señor de Azara. Salía don Pedro al ojeo del
+polizonte, conseguía echarle la zarpa, le interrogaba, y el feo _Edipo_
+le decía:
+
+—Señor de Hillo, estoy muy a gusto en mi _colocación_ y no quiero
+perderla. Tengo seis criaturas, que son, vamos al decir, seis candados
+que cierran mi boca. Si por contestar a sus preguntas me dejan cesante,
+no será usted quien me coloque. Conque déjeme en paz y llame a otra
+puerta.
+
+Y don Manuel de Azara, el hombre más avinagrado y de mejores
+despachaderas que Dios ha echado al mundo, le recibía, después de
+plantones de tres horas, para decirle que se metiera en sus asuntos y
+dejara los ajenos. Ni un indicio, ni una ráfaga de luz, ni un vocablo
+indiscreto.
+
+Acudió después mi hombre al tísico Serrano, que llenándole la cabeza
+de mentiras y encaminándole por una pista falsa, le hizo perder el
+tiempo y la paciencia; y tantea aquí, tantea allá, se refugió en la
+amistad y en los grandes conocimientos sociales de su compañero de
+casa, Nicomedes Iglesias. Si al principio pareció que el politicastro
+tomaba el asunto con interés, pronto dejó de hacerlo; tan sorbido le
+tenían el seso los negocios políticos, el interés de las sesiones, y
+el periodiquillo que había fundado en unión de su amigote reciente,
+Luis González o Luis Brabo, que de ambos modos respondía, en el cual
+papelejo apoyaban al grupito de oposición parlamentaria que formaron en
+_Procuradores_ Caballero, López y el conde de las Navas. Si el hombre
+no estaba demente, le faltaba poco; su cortante lengua no desmayaba un
+instante durante el día, ni su enconada pluma por la noche. Competía
+con él en acrimonia y acometividad el tal Brabo, andaluz, delgadito,
+aguileño, más vivo que la pólvora, cortado para la política de ruido
+y para soliviantar con gracia a las multitudes. Meses después,
+Brabo escribía en papeles moderados; Iglesias extremaba sus ideas
+revolucionarias en los del bando liberal; su consecuencia, que era
+una forma de su orgullo, le valía persecuciones y desdenes. Pero en
+diciembre del 35 todavía se le contaba entre los hombres de porvenir,
+aunque su irritación por no haber entrado en el Estamento le creaba
+enemigos, alejándole de la meta de su ambición.
+
+Mientras Hillo con tan poca fortuna emprendía la reconquista de
+Calpena, este se transformaba, haciéndose huraño, apartándose de
+sus primeras amistades para contraer otras nuevas con personas bien
+distintas de los literatos del Parnasillo y de los concurrentes a
+tertulias de tono. Abandonó en absoluto la sociedad elegante, y no
+volvió a parecer por la casa aristocrática, donde se entristecían
+por su ausencia las bellezas más o menos marmóreas. Cultivaba la
+amistad de los oficiales de la Guardia y de infantería, yernos de
+Maturana, y conoció a los de Fonsagrada, la familia que más trato
+tenía con la Zahón. Algunas tardes paseaba con el soldadito chiclanero
+y poeta, amigo de Milagro, Antonio García, autor imberbe de un drama
+caballeresco que tenían en su poder los cómicos del Príncipe.
+
+Contra lo que Fernando temía, doña Jacoba no se opuso a sus amores
+con Aura; casi los alentaba y protegía, pero encerrándolos dentro de
+la esfera de castas relaciones con buen fin, y sometiendo la fogosa
+pasión de ambos amantes a las reglas caseras que para tales casos se
+usan, y que en aquel tiempo eran de una simplicidad enfadosa. Hacía
+esto la Zahón más que por sentimiento, por cálculo, mirando a su propio
+interés antes que al de la joven puesta a su custodia. Era ante todo
+traficante, se había criado en el compra y vende; todas sus canas, que
+eran muchas, y las jorobas que en su esqueleto se formaban, le habían
+salido en el continuo y anheloso estudio de la ganancia fácil. Por lo
+demás, su moral era tan ancha como las mangas del vestido que el reuma
+le obligaba a usar, y sus creencias religiosas, tibias como las aguas
+con que se lavaba. La moral de los contratos de cosas, interpretada a
+su manera, érale muy conocida y familiar; la otra, la tocante al honor
+y al recato, solo existía en su conciencia con formas desleídas.
+
+Sujetó, pues, a los amantes a un régimen de apariencias estrictamente
+morales, prohibiendo en absoluto las entrevistas de calle y balcón, y
+permitiéndoles hablarse a horas fijas en su casa y en su presencia. Con
+esto cumplía, y sentaba sobre bases decorosas su bien planeado negocio.
+Muy mal sabían a Fernando y a su dama esta reglamentación de colegio y
+este régimen de insulso noviazgo, aplicado a una pasión tan flamígera;
+pero lo soportaban en espera de los arranques de su albedrío, planeando
+también algo, que muy calladito tenían, y desquitándose por el pronto
+con el carteo constante y clandestino de que era mediador el cuitado
+Lopresti. Con los Fonsagradas se les permitía salir alguna vez de
+paseo, bien vigiladitos, no pudiendo campar libremente ni a la ida ni
+a la vuelta, ni extraviarse en las arboledas de la Florida, ni jugar
+a la gallina ciega. Estaba, pues, Calpena hecho un novio _clásico_,
+contra lo que su temperamento y sus altas ideas le dictaban; pero se
+sometía o afectaba someterse, con la esperanza de que no había de durar
+mucho la insípida comedia. Por aquellos días iba al ministerio nada
+más que el tiempo preciso para no caer en falta, y a veces dejaba de
+asistir pretextando enfermedades. Rara vez le llamaba ya el ministro a
+su despacho para encargarle contestaciones de cartas. Hacíalo siempre
+dando las instrucciones a Milagro, el cual repartía la tarea y vigilaba
+la de su compañero, llevándolo todo a la firma.
+
+Hacia el 20 de diciembre, poco antes de la célebre discusión del _voto
+de confanza_, en días en que Mendizábal estaba gozoso, como hombre que
+vislumbra el éxito y ve próxima la realización de sus ideas, llamó a
+Milagro y le hizo sentar frente a sí en la mesa de su despacho. Habíale
+tomado afición por la donosa vaguedad que sabía emplear en la redacción
+de cartas de pura fórmula, en que no se dice nada, y por el estilo
+cortesano y elegante en que envolvía el _perdone usted por Dios_,
+receta contra los pedigüeños de gollerías.
+
+—Ante todo —dijo Mendizábal con aquella presteza nerviosa que ponía en
+su trabajo—, póngame usted ahora mismo, pero ahora mismo, una carta a
+don Martín, diciéndole que detenga el nombramiento de Catedrático de
+Retórica de un clérigo que se llama don Pedro Hillo, en favor del cual
+le escribimos no sé cuándo...
+
+—Anteayer.
+
+—Me había recomendado a este sujeto Musso y Valiente, si no recuerdo
+mal.
+
+—Sí, señor, y antes don Manuel José Quintana...
+
+—Y creo que también Juan Nicasio Gallego..., en fin, medio mundo. Tanto
+me han mareado, que me decidí a recomendarle a Heros. Pero después he
+sabido algo que me pone en guardia... Francamente, yo hago todo el bien
+que puedo; pero en este puesto, y rodeado de dificultades, no creo
+estar en el caso de favorecer a mis enemigos. Dígame, ¿conoce usted a
+ese Hillo?
+
+—Sí, señor: vive con mi compañero de oficina, Calpena, y hemos ido
+juntos al café y a los toros. Es muy entendido en tauromaquia.
+
+—¡Qué atrocidad!... Cura, torero y retórico... No he visto jamás
+ensalada semejante... Ello es que ese sujeto ha dado en perseguirme...
+Aquí viene todos los días a pedir audiencia. Como ahora no estoy para
+perder el tiempo, no se la he concedido. Pero el hombre ha dado en
+acecharme cuando entro en mi casa y cuando salgo. Todas las mañanas
+tira de la campanilla tres o cuatro veces. En la escalera, hoy, bajando
+yo con Cano Manuel y con Olózaga, me le encontré... Demudado, la voz
+temblona, me habló... La verdad, no me enteré bien de lo que dijo...
+Que no quería hablarme de la cátedra..., que se había hecho campeón de
+una causa de moralidad, de justicia..., que era preciso descorrer el
+velo... Esto del velo lo repitió no sé cuántas veces... En fin, me dio
+lástima. Paréceme que el tal presbítero no tiene la cabeza buena. Yo me
+zafé como pude, y luego me dijo Olózaga: «¿Sabe usted, don Juan, que
+este pajarraco de sotana es de los que hacen correr por ahí historias
+denigrantes en que mezclan, sin ningún miramiento y quizás con aviesa
+intención, el nombre de usted?...». «¿Qué me cuenta, Salustiano? ¡Mi
+nombre...!». «Sí, señor: quieren minarle a usted el terreno, echando a
+volar especies absurdas, actos o relaciones de la vida privada».
+
+Al oír esto, palideció el buen Milagro, y contestando a su jefe con un
+monosílabo que expresaba tanta sorpresa como indignación, hizo solemne
+voto mental de no volver a probar el _curaçao_ en lo que le quedara de
+vida.
+
+—No es la primera vez —continuó Su Excelencia— que llegan a mí rumores
+de esta naturaleza, unos verdaderos, referentes a hechos y casos que no
+tienen nada de ignominiosos, otros absurdos y sin ningún fundamento,
+y todos van derechos contra mi reputación, contra mi prestigio. Nada
+de esto me sorprende ni me arredra: sé que en mi posición, y entre
+españoles, no puedo esperar más que una guerra en la cual se emplean
+todas las armas, sin desdeñar las más viles. Conque ya sabe usted:
+lo primero me escribe esa carta. Que detenga el nombramiento para
+la cátedra de Alcalá. Ese señor Hillo tiene todas las trazas de un
+perturbado.
+
+—No creo tal, señor —dijo Milagro—. Quizás oiría el señor Hillo algún
+disparate, de esos que hace correr la gente mal intencionada, y el
+pobre señor lo habrá repetido... Y también puede ser que soltara la
+especie hallándose en ese estado de atontamiento que produce el... la...
+
+—Pero qué... ¿es bebedor?
+
+—No sé..., creo que... Una noche, estando varios amigos en el café
+con Maturana, el diamantista, este pidió _curaçao_ y quiso que yo le
+acompañara; pero como no pruebo nunca ninguna clase de bebida, me
+resistí, dándole las gracias. Hillo bebió y se puso perdido. Salió
+diciendo cada desatino... Pero después, cuando el aire de la calle le
+serenó, se desdijo de todo, y hasta lloraba el pobre recordando las
+borricadas que habían salido de su boca. No es mal hombre: el señor
+Olózaga me dispense; que si algo contra la respetabilidad de Vuecencia
+ha dicho ese clérigo, no ha sido con mala idea...
+
+—Bueno —dijo Mendizábal, cuya atención, queriendo abarcar mucho de
+una vez, se detenía poco en un asunto—. Escríbame usted la carta a
+Argüelles, incluyendo esta minuta de los principales puntos de Hacienda
+que debe tener presentes al defender el _voto de confianza_. Luego
+carta citando a Istúriz y a don Antonio González, para que nos pongamos
+de acuerdo sobre el orden y método e discusión...
+
+Despedido el secretario familiar, entraron los que iban a la firma, y
+Su Excelencia trabajó con ellos el resto de la tarde. Dos días después
+empezó en el Estatuto la gran tremolina parlamentaria del _voto de
+confianza_, en que Mendizábal, blasonando de atrevido gobernante,
+pidió a los Estamentos poder y autoridad para disponer de las rentas
+públicas, con el desembarazo que exigían las críticas circunstancias
+por que atravesaba la nación.
+
+Ya en aquellos debates empezó a torcerse la buena estrella del
+reformador, que hasta entonces no había visto más que satisfacciones,
+bienandanzas y popularidad. Los patriotas extremaron su oposición; los
+llamados _moderados_ llenaban sus discursos de reticencias maliciosas,
+chispazos que levantaban llamaradas y humareda en la opinión neutral;
+y los amigos de Mendizábal, que hasta entonces le habían defendido
+con ardor, empezaban a sentir ese frío triste, que es síntoma de ver
+con malos ojos el bien ajeno. Algunos continuaban apoyándole, porque
+estaban ligados por la gratitud; otros hacían de esta tabla rasa, y
+empezaban a mostrarse temerosos de que don Juan de Dios realizase lo
+que había ofrecido. Entre políticos, el fracaso de los grandes halaga
+a los pequeños. La masa total no se entusiasma con el éxito si este
+lo representa un hombre. La vulgaridad colectiva tiende siempre a
+conservar el nivel.
+
+Empezaron, pues, las inquietudes, las comezones, las ganitas de jarana,
+y la curiosidad sabrosa de ver al jefe embarullado y sin saber por
+dónde salir. Claro que los más votaban como carneros; pero otros se
+hicieron los bobos, afectando escrúpulos de rigidez constitucional. A
+estos llamaban _santones_.
+
+
+
+
+XXV
+
+
+Aburrido y desalentado, vio don Pedro Hillo entrar el año 36, a
+quien, desde el primer día de su enero, diputó por tan calamitoso
+y funesto como su antecesor el maldito 35, que todo se pasó en
+guerras, disturbios y trapisondas. Nada había podido adelantar en la
+noble misión que se había impuesto, y el problema que desentrañar
+quería presentábasele cada día más oscuro y embrollado. Para colmo de
+amargura, Calpena no le refería cosa alguna de su vida y planes; apenas
+pasaba con él breves ratos a las horas de comida y cena, y luego a
+sumergirse volvía en la tenebrosa cisterna del vicio y la deshonra,
+pues no otra cosa significaba para don Pedro la casa de la Zahón. Para
+mayor desdicha, tuvo el buen presbítero el disgusto de saber, por
+un amigo de _lo Interior_, que hallándose extendido su nombramiento
+para la cátedra, don Martín de los Heros le había dado carpetazo
+por indicación del Presidente del Consejo. Esto le llevó a una
+tristeza profunda, y no veía más que ocultos enemigos y persecuciones
+misteriosas... ¡Misterio por todas partes, romanticismo y sombras
+espectrales! Lo único que alegraba su espíritu era las cartas de la
+incógnita que, autorizado por Calpena, leía y guardaba. En todas ellas
+latía la tristeza y el intenso cariño de quien las redactaba. Véase un
+ejemplo:
+
+ «Aunque diariamente recibo pruebas del olvido en que me tienes, no
+ puedo acostumbrarme a tu desobediencia. Te mandé que fueras a la misa
+ de once en el Carmen, y no fuiste ni a esa ni a ninguna, pasándote
+ toda la mañana en casa de la diamantista. Te encargué la asistencia
+ al Estamento para que oyeras y gozaras la discusión del _voto de
+ confianza_, y tampoco pareciste por allí. Ni en _el Casón_ de los
+ Próceres se te ha visto tampoco, por más que te recomiendo concurrir
+ a menudo, para que habitúes el oído a las buenas formas oratorias,
+ para que tomes gusto a la política seria y veas de cerca a los
+ hombres eminentes que han de gobernarnos ahora y después, los cuales
+ serán malos, si quieres, pero con ellos tenemos que apencar, porque
+ no hay otros.
+
+ »Te veo adquiriendo hábitos groseros: te has hecho huraño,
+ desagradecido, siempre devorado por insana inquietud, presuroso en
+ todas partes; te veo encenagado en una pasión loca, impropia de toda
+ persona regular; no haces caso de nada, no miras a tu porvenir,
+ no correspondes a la ternura de quien por ti se interesa y quiere
+ dirigirte, sin que mueva tu voluntad el considerar lo que esta
+ protección reservada cuesta y supone, ni las amarguras y sufrimientos
+ que hay bajo de ella».
+
+Al terminar este pasaje, tuvo Hillo que suspender la lectura para
+limpiarse dos lagrimones que por sus mejillas resbalaban. Luego siguió
+leyendo:
+
+ «Y no paran aquí los estragos de tu devaneo amoroso, pues no solo te
+ muestras ingrato conmigo, sino con ese buen sacerdote, tu compañero
+ de casa, que tanto interés demuestra por ti. Le desdeñas, evitas su
+ compañía porque quiere apartarte, como yo, del despeñadero a que
+ corres. Has delegado en él la lectura de mis cartas y la custodia de
+ tu dinero, prueba de confianza que me agradaría si no significara
+ indolencia y criminal olvido de tus obligaciones. El pobre señor
+ de Hillo, por salvarte y correr tras de tus errores, ganoso de
+ corregirlos, ha dado un mal paso. De los males que se le ocasionen
+ eres tú responsable. Verdad que en su generoso afán incurrió el
+ cleriguito en la tontería de pretender descubrirme y desenmascararme,
+ y esto forzosamente había de producirle algún desavío, porque
+ nosotras las esfinges solemos dar un zarpazo al que intenta descifrar
+ el enigma que encerramos. Buscando indicios aquí y allá, interrogando
+ a gentes diversas, el señor don Pedro ha oído enormes disparates, y
+ cometido después la grave indiscreción de repetirlos. Algunas de las
+ absurdas hablillas que tu amigo recogió en los cafés o en medio de la
+ calle afectaban al señor Presidente del Consejo, y eran escandalosa
+ infracción del respeto que se debe a la vida privada. Alguien se
+ enteró de ello, y fue con el cuento al señor don Juan de Dios (a
+ quien solemos llamar _Juan y Medio_ por su gigantesca estatura), y he
+ aquí que el grande hombre se amosca, dumostrando cierta pequeñez de
+ espíritu, pues lo que de él dijo nuestro capellán no merecía más que
+ olvido y menosprecio: tan necia y ridícula era la invención. ¡Pobre
+ Hillo! Acordado ya su nombramiento para la cátedra que pretende, el
+ señor Mendizábal ordenó que se anulara. Paréceme este rigor poco
+ digno de un hombre que se nos ha venido acá con la pretensión de
+ traernos el reinado de la libertad, de la justicia y del orden
+ social, y así pienso decírselo. Perdóneme el señor don _Juan y
+ Medio_; pero me parece que ha obrado como un _santón_ cualquiera, de
+ esos que ahora le están armando la zancadilla. El motivo de estas
+ pequeñeces es que el grande hombre considera la popularidad como
+ el principal fundamento de su fuerza, y le saca de quicio todo lo
+ que puede mermar o poner en peligro ese fantástico y vano poder.
+ ¡Qué error! Fíjate en esto para que vayas aprendiendo. La fuerza la
+ da el buen gobernar, el cumplimiento de lo que se ha ofrecido, la
+ energía, la rectitud; de todo esto sale al fin el aura popular. Pero
+ pretender el calor de la opinión cuando no se hace nada, o se hacen
+ las cosas a medias, es grande ceguedad. De este mal mueren todos
+ nuestros políticos... La confianza en un prestigio ilusorio perderá
+ a este buen señor, que podría indudablemente regenerar el país si se
+ cuidara menos de aspirar el incienso que le echan sus aduladores y
+ paniaguados. Buenas ideas trae, grandiosos planes ha concebido; pero
+ difícilmente logrará realizarlos, porque, como dice tu amigo, no
+ sabrá _rematar la suerte_».
+
+Sonriendo pensativo, guardó la carta don Pedro en la gaveta donde
+metódicamente las iba poniendo, para dar cuenta a Calpena como
+secretario fiel. Desconcertado por su fracaso, permaneció unos días
+en situación expectante, soñando con inesperadas sorpresas de la
+Providencia divina, hasta que llegó otra carta de la incógnita, con la
+particularidad de que no iba dirigida a Fernando, sino a él, al propio
+don Pedro Hillo, presbítero. Con vivísima emoción se encerró en su
+cuarto, recatando el papel cual tímido enamorado que recibe la primera
+esquela de la niña que adora, y leyó lo siguiente:
+
+ «Señor de Hillo: Me dirijo a usted como al único leal amigo del
+ descarriado Fernando, para suplicarle con efusión del alma que,
+ mientras yo trato de cortar el vuelo de esa criatura por los espacios
+ tempestuosos del romanticismo, intente usted poner estorbos a su
+ temeraria iniciativa, y desbaratar sus planes, aunque para ello tenga
+ que valerse de las artes del disimulo, y poner en juego resortes que,
+ si bien algo violentos, no son ilícitos tratándose de tan generoso y
+ noble fin. Indudablemente, Fernandito y su desatinada novia traman
+ alguna travesura, que me temo sea de gravísimas consecuencias. Sé
+ que ese insensato ha comprado armas: dos pistolas, espada, navajas
+ grandísimas. Me permito encargar a usted que si el chico ha llevado
+ las armas a su casa, procure quitárselas sin miramiento alguno, y
+ esconderlas donde no las pueda recobrar; le recomiendo además que le
+ prive de dinero, dejándole solo lo más preciso. Todo lo que enviaré
+ estos días, en la forma acostumbrada, hágame el favor de recogerlo
+ sin darle de ello noticia, y resérvelo para los gastos que ocasionen
+ las diligencias que hará usted, conforme yo le vaya indicando, a
+ medida que reciba más noticias de lo que traman esos pillos.
+
+ »Igualmente le invito, afrontando las objeciones que ha de hacerme
+ su delicadeza, a emplear en sus atenciones propias la parte que
+ estime conveniente del dinero de Fernando. No me venga usted con
+ remilgos. Le nombro capellán, o, si se quiere, ayo de ese inexperto
+ joven, y es muy justo que perciba los emolumentos que de ley le
+ corresponden. Déjese usted de cátedras y de más correrías por los
+ ministerios pretendiendo una plaza que ya no le hace falta para
+ nada. Me figuro que sus posibles se van agotando con tan ineficaz
+ y largo pretender, y espero que sin reparo alguno acepte usted lo
+ que con todo el respeto debido le ofrezco. ¿Qué sería de usted si
+ no aceptara? ¿De qué vivirá si, como es muy probable, no le dan la
+ dichosa cátedra? Usted no es hombre capaz de hacer el parásito; usted
+ no se humillará a postulaciones impropias de su severa dignidad. ¿Qué
+ remedio tiene mi buen cleriguito más que dejarse querer, y admitir
+ lo que nunca será proporcionado al gran servicio que prestará a ese
+ pobre niño? Además, ni tiene usted carácter para instruir muchachos,
+ ni podrá nunca acomodar su condición amable a tan ingrata tarea. Si
+ me promete no enfadarse, le diré una cosa: no está mi señor don Pedro
+ muy versado en letras humanas, y apenas conserva en la memoria unas
+ cuantas reglas de retórica anticuada y fiambre, y ejemplos sueltos de
+ prosa y poesía, que ya están mandados recoger. ¿Ni cómo podía ser
+ de otro modo, si usted no coge un libro a ninguna hora del día, y no
+ hace más que hablar de política y toreo, y bromear con Nicomedes? El
+ baúl de libros que trajo de Zamora, lo tiene usted lleno de polvo
+ y telarañas. No ha sacado usted más que un par de cuadernos del
+ _Almacén de frutos literarios_, de Burgos, y el primer tomo (A B) del
+ _Diccionario de Autoridades_... pero no lo sacó para leerlo, sino
+ para recalzar el colchón de su cama que se le hundía por los pies...
+ Quedamos en que no más retórica, no más echar los bofes detrás de una
+ cátedra que desempeñará mejor otro cualquiera. Desde hoy se consagra
+ usted a Fernando, a salvarle del deshonor, a traerle al camino de la
+ honestidad, de la obediencia a los superiores. Es usted, con menos
+ humanidades, pero no con menor abnegación y cariño, el sucesor del
+ benditísimo párroco de Vera, don Narciso Vidaurre. No me replique,
+ señor Hillo, ni me ponga esa cara compungida. Cállese usted y
+ obedezca».
+
+Mediano rato estuvo don Pedro sobrecogido de la fuerte emoción, que
+hubo de manifestarse en lágrimas y suspiros. Estimando la confianza
+que en él ponía la divina incógnita, más que la oferta de recursos
+materiales, decidió aceptar oficialmente el cargo que ya por su
+voluntad oficiosa desempeñaba, y consideró que rechazar el estipendio
+sería insigne ingratitud y gazmoñería. Era una salvación milagrosa,
+pues ya se le acababan a toda prisa los dineros, sin que de ninguna
+parte pudieran venirle rentas ni gajes, como no fuesen los de la misa
+que diariamente celebraba. Precisamente había pensado días antes que si
+no malbarataba todos sus libros, no tendría con qué pagar la casa.
+
+Contento y animoso, sintiendo duplicado el interés por Fernandito y
+el respeto y admiración de la oculta deidad, dedicó toda su energía
+a desempeñar la misión que aquella con suprema autoridad le había
+conferido. Registrado el cuarto de Calpena, no encontraron armas.
+Recelando que las tuviera en la cómoda guardadas con llave, pensó
+en proveerse de ganzúa para sustraerlas, pues la incógnita le había
+mandado que no se parase en pelillos. Pero en esto llego nueva carta,
+que decía:
+
+ «No busque más las armas, señor presbítero, porque las tiene en
+ casa de un amigote con quien ahora intima mucho: Patricio de la
+ Escosura, el artillerito ese a quien suponen, y debemos creerlo,
+ la última mosca cogida en las redes de esa araña de la Oliván.
+ Escosura y otro joven llamado Miguel de los Santos (no me acuerdo
+ del apellido), son ahora los inseparables de Fernando: me figuro que
+ este último le acompaña alguna vez a casa de la Zahón. Según mis
+ noticias, es un truhan de primera, que de todo saca partido para
+ divertirse. Vive en la calle de la Gorguera. Suele andar con uno de
+ los chicos de Madrazo, Perico, a quien apenas apunta el bozo, pero
+ que ya es poeta y prosista. Todos estos niños y otros se traen unas
+ ideas sentimentales que creo yo harán más estragos que los devaneos
+ fúnebres, incendiarios y sanguinolentos del romanticismo. Busque a
+ ese Miguelito de los Santos y hágase su amigo.
+
+ »Y vamos a lo principal. Esté usted preparado para un viaje, ¡oh
+ pacientísimo señor don Pedro!, y perdone que le haga andar de
+ coronilla. Dentro de unos días, quizás mañana o pasado, será Fernando
+ trasladado a una intendencia de provincia, probablemente a Cádiz o
+ Barcelona, lejos, lejos. Se le destina a las nuevas oficinas que se
+ crean para la redención de censos y la venta de bienes del clero.
+ No creo que se rebele contra las órdenes del ministro, negándose
+ a salir. Si así lo hiciera, será preciso recurrir a otros medios.
+ Pero no es probable que llegue a tanto su rebeldía... Oiga usted lo
+ que tiene que hacer. En cuanto él reciba su nuevo nombramiento, que
+ irá acompañado de una orden para salir en posta, usted le incita a
+ no dilatar la partida, le dispone coche, se brinda a acompañarle,
+ le dice que volverán pronto; pero la vuelta de ustedes será la del
+ humo; y una vez allá, trínquemele bien. Si logramos apartarle de su
+ infierno siquiera cuatro o cinco meses, estamos salvados, mi buen
+ amigo y _coadjutor_.
+
+ »Otra cosa tengo que advertirle. Debe usted, desde que disponga el
+ viaje, abandonar el traje eclesiástico y vestirse de corto. Hasta
+ creo que le sentará bien la ropa _de hombre_, digo, _de paisano_...,
+ tampoco es esto; vamos, de seglar. Como los vientos que hoy corren
+ en España no son muy favorables a las personas eclesiásticas, por la
+ guerra que estas hacen al Gobierno, unos con las armas en la mano,
+ otros con sermones y escritos virulentos, no le conviene a nuestro
+ cleriguito echarse con sotana y balandrán por esos mundos. Tenga
+ presente que dentro de quince días, lo más, saldrá el decreto en
+ que se ordena limpiar a los frailes el comedero, y ya verá usted
+ la tremolina que se arma... Conque cuidado: fíjese bien en lo que
+ me permito indicarle, y procure cumplirlo, sin nuevos intentos de
+ descubrirme, porque si llega a mis oídos el _mascarita te conozco_,
+ no hemos hecho nada. Yo me quedo donde estoy; Fernando en su
+ laberinto de perdición, y usted en su páramo de cazador de cátedras.
+ Adiós».
+
+
+
+
+XXVI
+
+
+Jurando _in mente_ hacer todo lo que le mandaba la que tenía ya por
+autoridad suprema y tirana indiscutible, se fue Hillo al Estamento
+de Procuradores, donde le había citado Iglesias para presentarle a
+don Agustín Argüelles. Habían concertado destruir, por mediación
+del que llamaban _Divino_, la mala impresión de Mendizábal con
+respecto a don Pedro, haciéndole ver que ni era loco ni había sido
+difamador de Su Excelencia, pues si bien dijo en cierta desgraciada
+ocasión cuatro palabrejas inconvenientes, hízolo con el noble fin de
+condenarlas. Menos le importaba la cátedra, con importarle mucho, que
+la opinión que el señor ministro formase de él; y hasta que no lograse
+rectificar aquel temerario juicio, no tenía tranquilidad. Mas desde el
+momento en que aceptaba el cargo que la divinidad incógnita le había
+conferido, ya la suspirada cátedra y los ministros que la concedían,
+y todo el gobierno, y lo que Mendizábal pensara de clérigos locos o
+calumniadores, le importaba un bledo. Iba, pues, con ánimo de decir
+a Iglesias: «Amigo mío, no haga usted nada, ni se tome el trabajo de
+presentarme a estos señores, pues renuncio a _la mano de doña Leonor_,
+y es muy probable que me vaya a mi pueblo, a cavar».
+
+En los pasillos del Estamento había tanta gente, que le fue muy difícil
+cazar a Nicomedes. La sesión era interesantísima: se discutía el _voto
+de confianza_. Anduvo de aquí para allá, saludando a los que encontró
+conocidos, y uno de estos le dijo que Iglesias estaba en la tribuna
+oyendo hablar a Toreno. Hablaría después Mendizábal, y se procedería
+inmediatamente a la votación. Arrimose Hillo a una de las puertas
+laterales, donde había una gran masa de intrusos aplicando la oreja al
+rumor oratorio, y oyó algunas palabras del conde, pocas y desvanecidas
+por la distancia. El local era malísimo: el salón de sesiones una
+iglesia secularizada. Para formar los pasillos circundantes se habían
+derribado tabiques de la sacristía, aprovechando con fáciles chapuzas
+la parte de capillas y salas interiores que destruyó el incendio de
+1823. Buscó Hillo mejor sitio de escucha por otro lado, y al fin,
+agazapándose en un rincón de lo que fue camarín de la Virgen, y que
+caía detrás de la presidencia, pudo ver y oír algo. Por entre una
+crestería de cabezas distinguió a lo lejos la del señor Mendizábal y
+parte de su busto. Acababa de levantarse, y hablaba premioso, mirando,
+ya al pupitre, ya a los _señores de enfrente_. Por su gigantesca
+estatura descollaba don Juan entre aquel cúmulo de hombres chicos y
+medianos. A su corpulencia no correspondía su voz, parda y cavernosa,
+ni menos su oratoria, que en las cuestiones de Hacienda era muy árida
+y en las políticas elevábase tan solo por la energía que le prestaba
+su convicción y los tonos dulces que le daba la sinceridad. Estirando
+mucho el pescuezo por entre brazos y cabezas de curiosos que bloqueaban
+la puerta, pudo pescar Hillo alguna que otra frase:
+
+—... Pues habiendo tenido la suerte de negociar un empréstito para una
+nación vecina a 74 por 100, cuando don Miguel...
+
+Y después:
+
+—Se ha dicho aquí si el gobierno, en virtud del artículo 3.º... —siguió
+un concepto ininteligible, y luego—: Pero, señores, un gobierno que
+no quiere apelar a poner una contribución extraordinaria, ¿cómo es
+posible que...?
+
+Retirose don Pedro aburridísimo, viendo que nada en limpio sacaba, y
+esperó paseándose, leyendo la orden del día puesta en una tablilla,
+o los partes de la guerra, que siempre decían lo mismo. Por fin,
+comenzada la votación, los parroquianos de tribunas descendían a los
+salones bajos y pasillos. Los procuradores, conforme votaban, iban
+apareciendo por las puertas del salón de sesiones, y el tumulto crecía,
+la atmósfera era espesa y cálida, y el ruido bastante a marear la
+cabeza más firme.
+
+Apareciósele Nicomedes, sofocadísimo, echando lumbre por los ojos,
+entre un pelotón de periodistas, y desde lejos le intimó en esta forma:
+
+—¡Eh, clérigo..., en qué mal día viene! Imposible hacer nada hoy. Ya ve
+_su merced_ el jaleo que hay aquí.
+
+En pocas palabras le informó don Pedro de que no venía más que a
+retirar todo lo actuado, y a manifestar a su amigo que ya no quería más
+recomendaciones ni molestar a nadie. Sin hacer caso de lo que decía el
+presbítero, prorrumpió Iglesias en ruidosas exclamaciones, a las que
+siguieron cláusulas narrativas en pintoresco y familiar lenguaje:
+
+—¡Válgame Dios, qué discurso nos ha largado el _camello_! Lo que me
+hace más gracia es el tonillo sentencioso que toma para decir las
+mayores simplezas.
+
+Apretose el corrillo alrededor de Iglesias (metiéndose en él don Pedro
+con empuje de codos), y uno de los jovenzuelos más avispados que en el
+cotarro bullían, se echó a reír diciendo:
+
+—¿Pero ustedes le oyeron los latines con que hoy nos ha obsequiado?...
+_Mutatas mutandas_... Es divino este señor.
+
+—Él no sabrá de _citas históricas_, como dijo ayer..., pero lo que es
+gramática...
+
+—Esto del _voto de confianza_ —manifestó con saña Nicomedes— resulta lo
+que digo en mi artículo de esta mañana: _un cubilete de charlatán_.
+
+—Como que todo esto no es más que un tapujo de los agios y embrollos
+que este _don Juan y Medio_ se trae.
+
+—Bueno es el mundo, bueno, bueno, bueno —dijo uno de los presentes,
+mozo espigadillo, de grandísimos ojos negros, que relampagueaban en
+su rostro expresivo, con una seriedad que por ser tan seria resultaba
+extraordinariamente burlona.
+
+—Eso mismo digo yo —indicó Hillo tímidamente—. Bueno, bueno, superior.
+
+—Mi queridísimo amigo Miguel Álvarez —dijo Iglesias, presentándole.
+
+Diéronse las manos, y don Pedro se mostró muy afectuoso, pues aquel
+encuentro y presentación colmaban sus deseos, y se permitió decir al
+joven Álvarez que ya le conocía de nombre por sus galanas poesías, por
+sus artículos y discursos...
+
+—Discursos no —replicó el otro con gravedad socarrona—, porque todavía
+no los he pronunciado. Los tengo, sí, aquí, en mi mente, y no los
+cambio por los de Cicerón. Pero todavía están inéditos, padre... Yo
+también tenía vivos deseos de conocerle a usted personalmente..., que
+de fama, ¿quién no le conoce? Mi amigo Fernando Calpena me ha hablado
+mucho de usted... Sé que es un profundo humanista, y que distrae sus
+ocios en la afición taurina... Yo soy amantísimo de los toros.
+
+«Lo que tú eres, bien lo veo —dijo Hillo para su sotana—: un guasón de
+primera».
+
+Y siguieron charlando, mientras Iglesias, con hueca voz ponderativa,
+encomiaba el discurso pronunciado en la primera parte de la sesión por
+don Agustín Argüelles, a quien se seguía llamando _el Divino_, si bien
+no aplicaban todos este lisonjero mote en sentido recto.
+
+—¡Señores, vaya un discurso el de don Agustín! Es de los mejores, de
+los más elocuentes que ha pronunciado en su larga vida parlamentaria.
+Si el _camello_ hablara así, ¿quién le aguantaba?
+
+Y deteniendo a un joven espigado, pulcro, bien afeitadito, vestido con
+esmero y elegancia, que de un cercano grupo se desprendía, le dijo:
+
+—Querido Juan, ven acá. ¿Qué te ha parecido el discurso de la
+_divinidad_?
+
+—Verdadera divinidad tutelar es don Agustín para ese buen señor.
+¿Qué sería de Mendizábal sin esta defensa, sin este escudo, sin esta
+protección?
+
+—Sería lo que la yedra, cuando muere el tronco del olmo a que se agarra
+—dijo uno de los que se adherían a Iglesias—. A ver, señor don Juan
+Donoso, usted que lo entiende, ¿qué opinión ha formado del discurso de
+don Agustín?
+
+—Admirable como forma —declaró con aire de suficiencia el que llamaban
+Donoso, joven extremeño que iba para notabilidad literaria y política—,
+poco sólido como aparato dialéctico. Me recuerda la oración _Pro
+lege manilia_. Fáltale la primera condición de toda pieza oratoria,
+el convencimiento. Se ve que no cree en la leyenda de este buen
+señor, ni en sus planes, ni ve nada dentro del artificio del _voto de
+confianza_. Le defiende porque no es decoroso despedirle cuando hace
+tan poco tiempo que nos le han traído con tanta parambomba. Fara mí
+esto es claro. El generoso don Agustín, empleando excesivamente la
+argumentación _extra causam_, ha sabido cubrir con la púrpura de su
+elocuencia esta olla vacía...
+
+Alejose llamado desde el cercano grupo, y dejó el puesto a otro de los
+amigos de Iglesias, al inquieto y vivaracho González, el cual, antes de
+que le preguntaran, se metió en el corrillo diciendo:
+
+—Caballeros, para mí, este buen don Agustín chochea...
+
+Prodújose después de esto un silencio repentino, porque apareció el
+propio Argüelles, viniendo del salón hacia la sala donde despachaban y
+recibían los ministros (que era parte del refectorio del transformado
+convento; en la otra parte se reunían las juntas de comisiones). Pero
+acosado por los felicitantes y aduladores, el buen señor no podía dar
+un paso.
+
+—Bien, don Agustín, sublime... Como siempre, el Demóstenes español.
+
+Y él, con bondades y modestias, de esas que se usan en la política,
+desplegando todo aquel sonreír dulce y un poquito clerical, que
+caracterizaba su rostro austero, respondía:
+
+—He salido del paso como he podido... No tenía más remedio que defender
+el _voto de confianza_, que es un resorte político y parlamentario
+muy recomendable en ocasiones como la presente... No sé de qué se
+maravillan estos señores moderados; si en el Parlamento inglés estamos
+viendo todos los días esta clase de concesiones amplias a la iniciativa
+gubernamental... Creo haber puesto la cuestión en su verdadero
+terreno... Ya se le habrá pasado el susto al pobre Mendizábal...
+
+—Señor don Agustín —le dijo Iglesias con toda la franqueza compatible
+con el respeto—, es usted el hombre de más abnegación que existe en el
+mundo. Yo creí que ciertas virtudes eran incompatibles con la política;
+pero ya veo que no, ya veo que no.
+
+—¿Por qué dice usted eso? —preguntó el _Patriarca de la libertad_, más
+risueño que sorprendido—. He cumplido con mi deber... Están ustedes
+soñando si creen...
+
+—No les ha parecido esta buena ocasión para derribar el falso ídolo.
+
+—Aquí no somos idólatras, amigo Iglesias: aquí no hay más que hombres
+de buena voluntad que trabajan por la libertad y el bien del país, cada
+cual según lo que puede y sabe...
+
+Y acosado por la turba de felicitantes, siguió de grupo en grupo,
+perdiéndose entre el gentío. Trueba y Cossío, secretario de la Cámara,
+pasó saludando risueño; mas no quiso dar su opinión. En un grupo de
+ministeriales, de los empedernidos, claveteados de optimismo, decían:
+
+—Argüelles haciendo equilibrios; Toreno velado, avieso, dejando
+traslucir, hoy más que nunca, su mala intención; Mendizábal admirable,
+diciendo claramente lo que debe decir, y callándose lo que le conviene
+reservar.
+
+—Esta es la verdadera elocuencia parlamentaria, a la inglesa... Lo que
+yo digo: el Parlamento no es una academia. Aquí se viene a ilustrar las
+cuestiones.
+
+Y más allá:
+
+—Esto es una farsa. Lo que se quiere es desacreditar la representación
+nacional... poner en un conflicto a la corona...
+
+—Y desquiciarlo y revolverlo todo, ya está visto, para traernos el
+reinado de la plebe...
+
+—Que sigan así las cosas, y pronto tendremos que no hay más que dos
+partidos: la camisa sucia y la camisa limpia.
+
+—Se ve venir el imperio de las chaquetas. Las levitas van a menos.
+
+—No así las de _don Juan y Medio_, que cada día son más largas.
+
+Salió al fin del tumulto don Pedro acompañando al joven Álvarez, y
+como este dijera que iba al café del Príncipe, _vulgo_ Parnasillo, se
+pegó a él, pretextando quehaceres en la misma calle, con la plausible
+intención de sonsacarle lo que supiera referente a Fernando. En la
+Carrera encontraron a Pepe Díaz, y estando con él de conversación,
+llegaron por la calle del Lobo otros dos, que Hillo no conocía. Eran
+Segovia y Juan Bautista Alonso, que traía bajo el brazo un rimero de
+poesías. Nada más frecuente entonces que ver a los mozalbetes por la
+calle cargados de paquetes de versos, como si vinieran de compras.
+
+—Oye, tú —dijo Segovia a Miguel de los Santos cogiéndole de las
+solapas—, he visto a ese chico que me recomendaste, ese Eugenio...
+
+—Hombre, sí..., excelente chico. ¡Qué simpático, qué modesto! Por
+cierto que no acabo de aprender su nombre.
+
+—Ni yo. Espérate a ver si me acuerdo...
+
+—Yo me acuerdo, yo —dijo Díaz rascándose la frente—. Un apellido
+endemoniado..., así como...
+
+—Es hijo de un alemán —indicó Alonso—. Le conozco, sí... Su padre le ha
+hecho un flaco servicio llamándose como se llama.
+
+—Ya me acuerdo..., _Arzen..., Arzin_...
+
+—_Arzembuch_, escrito con _H_ y con _n_.
+
+—Justo, así es —añadió Segovia—. Pues como te digo, el pobre muchacho
+no sabía qué hacer conmigo. Me llevó a su casa y me enseñó una obra...
+¡Vaya una obra!
+
+—¿En prosa o en verso?
+
+—¿Pero qué dices ahí?... ¡Si era una mesa!
+
+—¡Una mesa! Verdad que es carpintero antes que poeta.
+
+—Si a la caoba llamas tú poesía, la mesa es una obra en verso.
+
+—¿Y esa mesa no tenía cajón?
+
+—Hombre, sí; y del cajón sacó cuatro tragedias y dos comedias del
+teatro antiguo barnizadas por él... _Los empeños de un acaso_ y _La
+confusión de un jardín_.
+
+—Ya caigo —dijo Alonso—: es el autor de aquella famosa _Restauración de
+Madrid_ silbada horrorosamente en la Cruz hace dos o tres años.
+
+—¡Pobre Eugenio! —exclamó Díaz—, es tan tímido, tan para poco, que no
+saldrá adelante, valiendo mucho y sabiendo lo que sabe.
+
+—Pues veréis: entre las tragedias que sacó del cajón de la mesa, había
+un drama, los dos primeros actos de un drama...
+
+—_Los Amantes de Teruel_... ¿Te los leyó?
+
+—Empezaba yo a leer, cuando entró ese loquinario, ese Calpena, y... Él
+fue quien leyó, ¡pero con una entonación, chico...!, vamos, tan bien
+leía, que si nos encantó la obra, no nos maravilló menos el intérprete.
+
+—Ya le he dicho —indicó Alonso— que debe dedicarse al teatro, a la
+escena. Sería un gran actor.
+
+—¿Y dónde dejasteis a Calpena? —preguntó Álvarez.
+
+—Con Eugenio ha ido al Príncipe, a ver el ensayo del _Antony_.
+
+—Pues allá me voy... ¿Vamos?
+
+Excusáronse Alonso y Díaz por tener quehaceres, que debían de ser
+poéticos; pero Segovia se agarró del brazo de Álvarez, con ánimo de
+acompañarle. Calle abajo se fueron dos, y los otros, con el pegadizo
+don Pedro, se metieron por la del Lobo. Por cierto que el buen
+presbítero, ya en la pista de su don Fernando, si por una parte se
+hallaba satisfecho de haber encontrado en Miguel de los Santos un
+diligente y afectuoso auxiliar de su campaña, por otra se sentía
+contrariado de tener que abandonar el campo, cuando tan favorables
+circunstancias aquella tarde le ofrecía el acaso, o la Divina
+Providencia. Al despedirse de Álvarez en la puerta del teatro por la
+calle del Lobo, le dijo apenadísimo:
+
+—No saben cuánto siento no poder colarme con ustedes en el ensayo. Me
+gusta extraordinariamente ver ensayar... ¿Pero cómo entro vestido de
+cura? No puede ser. Otra vez será.
+
+Y se fue triste y cabizbajo, diciendo a las baldosas de la calle:
+«Razón tiene la señora incógnita al recomendarme que para andar en
+estos trotes me vista de seglar... No más hábitos. Por san Juan
+Capistrano, mañana mismo los ahorco».
+
+
+
+
+XXVII
+
+
+Salió don Fernando Calpena del ensayo de _Antony_ con un grave aumento
+de la locura que ya por sus exaltados amores padecía, y al despedirse
+de su amigo Juan Eugenio en la esquina de la calle de las Huertas, le
+dijo que ni se había escrito ni se volvería a escribir un drama tan
+excelente, verdadero evangelio de los desheredados a quienes oprime
+la balumba del artificio social. El carpintero-poeta, cuya mente
+conservaba un excelso reposo, no expresó nada en contra de tan radical
+opinión; pero algo tenía que decir sin duda, solo que se lo reservaba
+para más adelante, cuando los años y la experiencia le dieran la
+autoridad de que entonces carecía. No hizo más que mirar a su amigo con
+aquella expresión de intensísima agudeza, que conservó hasta su vejez,
+y apretarle las manos. Al separarse le dijo:
+
+—Tendré copiado el acto tercero el sábado, y en seguida podrás leerlo.
+Aparece Isabel en la primera escena, vestida para la boda... Luego
+entra don Rodrigo... En fin, ya lo verás. Adiós.
+
+Y echó a correr hacia su casa, con pasito corto y vivaracho. Era
+pequeñín, todo nervios, con una cara ratonil, graciosa y llena de
+inteligencia, unos ojuelos que despedían lumbre, y una boca como la de
+los ángeles feos, que también los hay, según dicen. Calpena le miró
+alejarse, y melancólico se decía: «¿Por qué Dios no me dio a mí su
+talento?... Bien podía habérmelo dado, sin quitárselo a él..., bien
+podía...».
+
+La transformación moral del enamorado joven se traslucía claramente
+en lo físico: había enflaquecido; sus ojos, que antes eran hermosos
+y alegres, brillaban después de la crisis con mayor hermosura, y su
+alegría era extraña combinación de zozobra y delirio. Hablaba con
+más viveza, amontonando ideas sobre ideas, empleando con frecuencia
+imágenes felices. Vestía con elegante descuido, olvidado ya del
+atildamiento presuntuoso que hacía de él un perfecto _estatuista_ en
+capullo. Dejaba crecer la negra melena y la mantenía crespa, indómita,
+dando a los rizos y mechones libertad para estirarse o encogerse como
+quisieran. Había llegado a adquirir, con estas y otras costumbres
+nuevas, un sello propio, personal, que le distinguía y señalaba entre
+sus amigos. Estos eran cada día en mayor número desde que se lanzó a
+la independencia, y los tomaba conforme le iban saliendo, aristócratas
+o plebeyos: se mezclaba en la turbamulta humana con indecible gozo,
+ávido de vivir, de ver, de apreciar y discernir, de ejercitar, en fin,
+toda la energía intelectual y moral que a raudales brotaba de todas las
+honduras de su alma renovada.
+
+Hizo en aquellos días conocimiento con los Madrazos, Federico y Perico,
+el uno precoz artista, el otro escritor y poeta, ambos excelentes
+muchachos, entusiastas, locos por el arte y la belleza; con Ochoa,
+inseparable de aquellos y cofundador de _El Artista_, para el cual
+unos escribían y otros dibujaban; con Villalta, con Trueba y Cossío,
+político audacísimo al par que escritor bilingüe, pues lo mismo
+escribía en inglés que en español; con Dionisio Alcalá Galiano, hijo
+de don Antonio, uno de los jóvenes más despiertos y más inteligentes
+de aquel tiempo; con Revilla, Gonzalo Morón, Larrañaga y otros que en
+la literatura, en la crítica y en la política empezaban a bullir; con
+ambos Escosuras, con ambos Romeas, con Guzmán y Latorre; y al propio
+tiempo intimó más con Espronceda, Mesonero, Roca de Togores, Ventura,
+y otros que ya conocía. Aquella juventud, en medio de la generación
+turbulenta, camorrista y sanguinaria a que pertenecía, era como un
+rosal cuajado de flores en medio de un campo de cardos borriqueros,
+la esperanza en medio de la desesperación, la belleza y los aromas
+haciendo tolerable la fealdad mal oliente de la España de 1836.
+
+Más firme cada día en la fe de sus amores, veía Calpena en Aura algo
+más que una mujer bella, veía la mujer misma, con todas las cualidades
+propias del sexo en grado superior. Por perfecta la tenía desde la
+punta del pie a la última mata del cabello; perfecta era también
+en su inteligencia, que exhalaba rayos; en su voluntad ardorosa,
+rebelde a los términos medios; en sus caprichos, que escondían una
+profunda psicología; en todo, señor, en todo, pues si Aura reía, toda
+la naturaleza se alegraba con ella, y si lloraba, cielo y tierra se
+cubrían de tristeza.
+
+Pues, señor: bastantes días habían pasado desde el ensayo del _Antony_;
+bastantes, sí, porque ya se había estrenado el revolucionario drama de
+Dumas, cuando ocurrió lo que ahora se referirá. Ello fue al principiar
+febrero, pasadas las tremolinas parlamentarias de fin de enero, cuando
+se discutió la ley electoral y derrotaron al gobierno, y el señor
+de Mendizábal, entre la espada y la pared, no tuvo más remedio que
+disolver los Estamentos y convocar nuevas Cortes. Y como el diablo,
+cuando no tiene que hacer, se entretiene en coger moscas, don Juan de
+Dios, libre de la fatiga del Parlamento, que tan agobiado le traía, se
+dedicó a remover el personal de su ministerio: todo era traslaciones,
+cesantías, empleados que venían no se sabe de dónde; otros que se
+iban a sus casas a _mascar el vacío_, como dijo un cesante de aquel
+tiempo... En fin, que una tarde, hallándose Calpena en su oficina
+aburridísimo, esperando ansioso la hora, antes que esta llegó un
+antipático, maldecido papel... ¡Ay!, era nada menos que su traslación
+a Cádiz, a las secciones recientemente creadas para la Liquidación de
+Créditos. El efecto que esto le hizo fue deplorable: vio en ello la
+malquerencia de un oculto enemigo, y echaba pestes contra los malos
+gobiernos y contra el propio don Juan de Dios, a quien desde aquel día
+retiró su admiración y cariño.
+
+En aquel estado de amargura y rabia le encontró Hillo una mañana,
+cuando de vuelta de misa disponíase a endilgar la ropa _corta_, para
+echarse a la calle.
+
+—¡Pero, chico —le dijo—, si estás de enhorabuena! Vas a Cádiz, _la
+cuna de nuestras libertades_, como decís los patriotas, y allí vivirás
+como un príncipe, y harás conquistas, y beberás la rica manzanilla,
+y tienes ancho campo para conspirar con los Riegos de hogaño por la
+Constitución del 12.
+
+—Ni usted sabe lo que se dice, ni yo voy a Cádiz —replicó Fernando de
+malísimo talante—. Pensaré de hoy a mañana lo que debo hacer, y se lo
+diré a usted... Veo la mano, sí; veo la mano que en las tinieblas me ha
+descargado este golpe de maza... Pero no caeré, no: si creen que voy a
+desplomarme, a rendirme y a pedir perdón, se equivocan. Abur.
+
+Se marchó con esta seca despedida, y don Pedro no volvió a verle hasta
+el día siguiente. No pocas noches dormía fuera de casa. Leyendo dramas
+o charlando de literatura en casa de algún amigo, se le pasaban las
+horas insensiblemente, y sorprendido por la aurora en esta febril
+tarea, se quedaba dormidito en un sofá o en el santo suelo, ya en el
+hospedaje de Álvarez, ya en el de Pepe Díaz. También don Pedro andaba
+un poco salido: entre diez y once de la mañana se vestía de paisano
+y se lanzaba al divagar callejero; por tarde y noche frecuentaba los
+cafés, y hacía en unos y otros diversas amistades. En el de Solís
+encontró a Calpena con un chicarrón que iba cargado de dramas: le vio
+desde lejos, se acercó en el momento en que salía, le fue siguiendo, y,
+por fin, le dio alcance en la calle del Turco.
+
+—Voy contigo —le dijo poniendo en práctica las instrucciones
+últimamente recibidas—. Tenemos que hablar. ¿No sabes lo que ocurre?
+Pues que mañana nos largamos.
+
+—¿A dónde, mi reverendo amigo y capellán?
+
+—A Cádiz: tengo yo también allí un asuntillo. ¡Qué oportunidad! Me
+acompañas y te acompaño.
+
+—Irá usted solo. Mejor va uno solo que mal acompañado. Yo, señor don
+Pedro Hillo, no salgo de Madrid... Y no me ponga usted la cara fosca y
+patibularia, porque como no es usted mi padre, ni mi tío, ni menos mi
+abuelo, y tan solo es un amigo muy apreciable, yo no estoy en el caso
+de que usted me riña.
+
+—Hombre, reñirte, no —repuso Hillo con mansedumbre—. Somos tan solo
+amigos, dices bien, y ninguna autoridad tengo sobre ti, como no sea la
+que me dan los años. ¡Triste autoridad!... Bueno, bueno: no quieres ir
+a Cádiz. _Ergo_, ¿renuncias a tu destino?
+
+—Renuncio, sin _ergo_; presento la dimisión...; le digo al señor
+Mendizábal que vaya él si quiere...
+
+—Pues, hijo, siento hacerte una observación que te va a saber muy
+mal..., pero qué remedio, es mi deber hacértela, para que medites el
+caso, y resuelvas según tu libérrima voluntad... Ya leo en tu cara que
+lo has adivinado. Palideces...
+
+—Palidezco de verle a usted tan meticuloso, empleando rodeos y
+perífrasis para decirme algo que podrá ser amargo y triste, pero que no
+me anonada, no, señor, no me anonada...
+
+—¿Sabes...?
+
+—Y si no sé, sospecho... Vaya, suélteme usted pronto el rayo.
+
+El bigardón que llevaba a cuestas mediano fardo de dramas y tragedias
+en cuatro y cinco actos, con prólogo y epílogo, comprendiendo que
+trataban de asunto delicado, se largó, dejándoles en su grave contienda
+en medio de la calle.
+
+—Pues lo que debía suceder ha sucedido. La deidad próvida, la dulce
+enmascarada, nuestra grande amiga, nuestra...
+
+—Hombre, acabe usted de una vez. Total, que se ha incomodado porque no
+quiero ir a Cádiz. ¿Y cómo sabe mi resolución?
+
+—No la sabe, la teme, y dice en su última carta que si no vas, no
+cuentes más con ella.
+
+—Creo —dijo Calpena con gravedad— que no falto a la gratitud
+respondiendo que no acepto la protección en esa forma despótica,
+altanera. Se obedece ciegamente a una madre, a un padre, aun cuando
+la obediencia nos destroce el corazón; pero ¿quién puede exigir
+que sacrifiquemos libertad, dignidad, vida, a los caprichos de un
+fantasma? ¿Que no es fantasma dice usted? Pues que se quite la gasa,
+el capuchón... Abandonado estuve, abandonado estoy... ¿Qué me ha dado
+el fantasma? ¿Me ha dado un nombre? ¿Me ha dado algo más que algunos
+trajes y algún dinero? ¡Y a cambio de estos beneficios, pide que me
+convierta en un párvulo sin voluntad, sin iniciativa para nada! Amigo
+Hillo, antes que el bienestar adquirido con una pasividad humillante,
+pueril, ridícula, quiero una pobreza con dignidad... No, no entra en
+mis ideas vivir de lo que se me arroja en mitad de la calle; soy joven,
+no me falta inteligencia: quiero vivir por mí y para mí...
+
+—Todo eso está muy bien —dijo el clérigo—. Quieres trabajar, lucir tus
+facultades. ¡Magnífico! Pero, tonto, si con la protección del fantasma
+lo harás mejor que solo y abandonado. ¿A qué luchar desesperadamente,
+para sucumbir...? En cambio, con la base de tu destinito...
+
+—No sea usted inocente, don Pedro. ¡El destinito! ¡Vivir amarrado al
+pesebre de la administración! ¿Pero no comprende usted que el que una
+vez prueba las facilidades de ese pesebre, ya está enviciado para toda
+la vida, ya no se pertenece, ya es una máquina que los ministros paran
+o echan a andar, según les acomoda? No, no me digan que sea máquina...
+En los empleos tiene usted la explicación de la inercia nacional, de
+esta parálisis que se traduce luego en ignorancia, en envidia, en
+pobreza...
+
+—Muy bonito como teoría..., pero...
+
+—De esto hablamos anoche largamente Larra y yo, y renegamos de los
+empleos, que son como el opio o el hastchís para esta nación viciosa,
+indolente. Por mi parte, digo que antes comerán en un mismo plato
+constitucionales y facciosos, antes se volverán chaquetas las levitas
+de don Juan Álvarez, que yo resignarme a ser toda mi vida funcionario
+público.
+
+—Has empleado lindamente la figura que llamamos _imposible_ o
+_adynaton_.
+
+—Déjese ya de retóricas, don Pedro. ¿Cree usted que están los tiempos
+para retóricas? Eso pasó. Aquí vendrá un desquiciamiento si no vienen
+nuevas ideas, aire nuevo, a regenerarnos...
+
+Y abriendo los brazos en plena calle, parados uno frente a otro, dijo a
+su amigo:
+
+—Déjeme usted ser libre, déjeme usted probar mis fuerzas... No quiero
+protección anónima. Si conoce usted a la divinidad encapuchada, dígale
+que quiero pertenecerme, pensar por mí mismo y poner en ejecución lo
+que pienso... ¿Que me estrello? Bueno. Pues estrellado y con media
+vida, podré decir: «¡Viva la independencia! ¡Viva la dignidad humana!».
+
+
+
+
+XXVIII
+
+
+Separáronse. A los pocos días se despidió Calpena de la casa de Méndez,
+porque en su nueva vida independiente, abandonado de la invisible
+protección, necesitaba aposentarse con mayor economía. Tanto Méndez
+como su hija y esposa con lágrimas en los ojos viéronle salir, y le
+abrumaron con amabilidades quejumbrosas, mostrando lástima de su
+partida, por un _punto de quijotismo_, como decía el patrón, el cual
+añadió a esta frase sanos consejos y exhortaciones atinadísimas.
+
+—¡Vaya que dejar un empleo tan bueno por no ir a Cádiz! —clamaba doña
+Cayetana, oprimiéndose el pecho, que rebotaba contra la garganta.
+
+—Y ¿por qué no han de dejarle aquí? —decía Delfinita bizcando más el
+ojo—. También es tema querer echarle de Madrid... Todo por una mala
+novia...
+
+En fin, que el hombre se fue. Hillo no se hallaba en casa cuando estas
+patéticas escenas ocurrían. Y por cierto que andaba el tal curita hecho
+un paseante en corte, vestidito de seglar, con bastón y sombrero de
+copa, todo el santo día de mazo en calabazo, y no ciertamente en las
+mejores compañías. Muchos, ignorantes de los móviles de su conducta,
+le tenían por echado a perder; otros sospechaban que los jacobinos y
+masones le habían seducido, atrayéndole a sus conciliábulos oscuros.
+Su buen nombre eclesiástico no ganaba nada con esto; pero a él le
+importaba ya una higa la opinión clerical, y todo lo que no fuera el
+honrado objeto de sus trabajos y pesquisas.
+
+Como Calpena no ocultaba su domicilio, calle de las Urosas, allá se
+iba don Pedro a diferentes horas, sin dar a sus visitas apariencias
+de persecución o de fisgoneo policiaco. Siempre buscaba un pretexto,
+comúnmente literario, y hasta llegó a fingir que escribía un
+_Florilegio de Refranes_, y que necesitaba compulsar textos muertos y
+vivos. Igualmente iba en busca de Miguel de los Santos; pero siempre
+con mala suerte: no se podía hacer carrera de aquel chico, dotado de
+excelsas cualidades, que desvirtuaba con su pereza.
+
+—Miguelito —le decía Hillo, que al poco tiempo de amistad ya le
+tuteaba—, tú vales mucho y no serás nunca nada.
+
+Acontecía no pocas veces que iba a buscarle a las nueve de la mañana y
+le encontraba en el primer sueño. Algunos días tomaba el desayuno a las
+cinco de la tarde. Con semejante vida, ¿qué había de hacer el hombre,
+ni de qué le valía su grande ingenio? No concluyó jamás nada de lo que
+empezaba. De sus propias obras se aburría, a fuerza de admirar las
+ajenas; amaba a sus amigos entrañablemente; de sí mismo no hacía ningún
+caso.
+
+Lo que a Hillo mayormente le incomodaba era no encontrar en él eficaz
+ayuda para traer a Fernando al buen camino, y siempre que de esto le
+hablaba, salía el bueno de Miguelito con unas filosofías que dejaban
+helado al pobre don Pedro. Quería este aplicar a todo los principios
+que establecen el gobierno de los individuos por la familia, y de la
+familia por el Estado, organizando una especie de colegio universal,
+y Álvarez profesaba un donoso fatalismo con profundas raíces en su
+mente. Sacaba de quicio al buen capellán el humorismo con que Miguel
+de los Santos trataba las cosas más graves; aquella pachorra, aquel
+mirar tierno con que afirmaba el imperio absoluto, soberano, de la
+fatalidad. Todo pasa como debe pasar, y es inútil y ridículo pretender
+desviar personas y cosas del camino que les imprime la escondida
+fuerza que todo lo gobierna. De esto resulta que no debemos tomar a
+pechos ningún humano incidente. Desgracia y ventura no son más que
+términos de relación, convencionalismos. Así como no podemos influir
+en los fenómenos meteorológicos, nos está vedado el oponernos al
+fenómeno histórico, afecte a las naciones, afecte a los individuos...
+Lo único que sacó en limpio don Pedro fue alguna que otra noticia
+íntima referente a los amores de Calpena. La Zahón, que ya venía algo
+esquinada, sin que se sepa por qué, vio con malos ojos la renuncia que
+hizo Fernando de su destino: si primero le había tenido por príncipe
+con disfraz, luego le tuvo por un ladino pelagatos, que husmeaba la
+dote de Aura; y deseando poner punto en tales relaciones, empezó por
+limitar las entrevistas de los novios y dificultar el carteo. De todo
+esto resultaba la espantosa murria de Calpena en aquellos días. Su
+exaltada mente le sugería sin duda proyectos audaces, caballerescos,
+traduciendo a la realidad el peregrino enredo de los dramas románticos.
+
+—¿Querrá usted creer —dijo Álvarez— que a nuestro amigo se le ha
+ocurrido aplicar al caso de la calle de Milaneses el procedimiento del
+narcótico? Sí..., dar a la señorita un bebedizo para que se quede tiesa
+y fría, simulando la muerte... Vamos, como en _Romeo y Julieta_ y en
+_Catalina Howard_, y luego cargar con la difunta, que no es difunta
+más que de mentirijillas, y... ya supondrá usted lo demás. De las
+distintas clases de raptos, pienso que no se le ha quedado ninguna por
+estudiar..., y ya verá usted cómo sale por algún registro inesperado,
+teatral, y a todos nos deja con la boca abierta.
+
+Y mientras Miguelito poníale ante los ojos estas probables
+contingencias de trágicos lances, la invisible tutora le empujaba cada
+día con más apremio hacia el remolino que la voluntad y la pasión de
+Calpena iban formando. En una de las últimas comunicaciones de la
+_velada_, le decía entre otras cosas:
+
+ «Por Dios, no olvide usted lo que tanto le he recomendado: que le
+ siga a esa zahúrda donde vive, que procure por cualquier treta
+ ingeniosa introducirse en ella. Cuide usted de que nadie le
+ falte, pues su abandono no es más que aparente. Sin que él pueda
+ sospecharlo, páguele usted su hospedaje, y encargue a los dueños de
+ la casa que finjan el mal humor de todo patrón que no cobra... Y
+ otra cosa espero de su hidalga cooperación. Sé que se junta de noche
+ con los patriotas exaltados, que asiste a sus nefandas logias y a
+ sus ritos extravagantes. Sin duda, al verse solo y perdido, trata de
+ reformar el mundo, armándonos aquí otra revolución como la francesa,
+ con su convención, guillotina y todo... Pues es preciso, mi querido
+ amigo y capellán, que usted se meta también en esas logias y cavernas
+ endemoniadas. ¿Qué le importa a usted, si su masonismo es fingido,
+ y conserva en su conciencia el amor de la verdad y el desprecio
+ de tales majaderías? Métase usted en la boca del lobo, sin rebozo
+ alguno, ni temor de que le crean jacobino. Nada debe usted recelar,
+ pues aquí estoy yo para sacarle de cualquier mal paso. Adelante, y no
+ vacile en hacernos esta grande y noble caridad. A nadie tiene usted
+ que dar cuenta más que a Dios y a mí, y Dios sabe la rectitud con que
+ procede mi buen capellán, penetrando en los antros donde se forjan
+ las revoluciones y el ateísmo. De allí saldrá usted como entre, y si
+ consigue sacarme de ese y otros peores infiernos a esa querida alma
+ extraviada, tendrá usted dos recompensas: la temporal y la eterna».
+
+—Bueno, señor, bueno —murmuraba don Pedro, cayendo en profundas
+meditaciones.
+
+Y al día siguiente le decía la incógnita:
+
+ «No solo le seguirá usted a todos los sitios a donde le lleve su
+ reciente amistad con los patriotas furibundos, sino que debe penetrar
+ en casa de la Zahón. Dos días llevo pensando en el medio mejor para
+ realizar este metimiento, y creo haber encontrado uno magnífico,
+ superior. Verá usted: la Zahón es socia, compinche o comadre de
+ Maturana, el diamantista. Maturana, corredor y traficante de alhajas
+ y obras de arte en toda Europa, gran perito, gran joyero, gran
+ chalán, posee un abanico magnífico que ha pertenecido a la Pompadour,
+ a la emperatriz Josefina, a Pepita Tudó, a la reina Hortensia, a
+ Mademoiselle Mars y a otras personas que no han adquirido celebridad.
+ Es pieza de gran valor histórico y artístico, y con él pensó
+ Maturana hacer un buen negocio ofreciendo su compra a la reina
+ Cristina. Pero Su Majestad, que ahora está por lo positivo y prefiere
+ emplear su dinero en salinas, en minas, en empresas de utilidad, le
+ ha ofrecido muy poco dinero, con lo cual ha estado el hombre fuera
+ de sí, tirándose de los pelos. Por fin, creo que se entendió con la
+ Zahón: han hecho un cambalache, dándole él su abanico a cambio de una
+ colección de perlas. Hállase, pues, hoy la hermosa obra de arte en
+ manos de la jorobada. Nada tiene de particular que el señor de Hillo,
+ variándose el nombre y fingiendo el empaque de un señor aficionado
+ a lo antiguo, se presente en la joyería de la calle de Milaneses,
+ y pida que se le muestre el abanico para comprarlo. Usted lo ve,
+ lo examina por un lado y otro, mira bien el país, el varillaje, el
+ clavillo, diciendo algo que revele al conocedor de estas cosas;
+ elogia la perfección del trabajo de Lefebvre y el mérito de Lancret,
+ pintor de la cabritilla...».
+
+Traía después de esto la carta una prolija descripción del país, dando
+noticia de todas las figuras, de sus trajes, etc., y concluía:
+
+ «Para que no se maraville mi señor don Pedro de que tan bien conozca
+ yo el abanico, le diré que lo he tenido en mi mano más de una vez, y
+ lo he mirado y remirado... Vaya, lo diré todo: esa artística joya ha
+ sido mía. La poseí dos años, sin que nadie lo supiera... Es decir,
+ alguien lo supo; pero no Maturana... Una vez que usted la vea bien,
+ pide precio, y cualquiera que sea, se descuelga con la muletilla
+ de que le parece caro, y ofrece pensarlo. Después se hace mostrar
+ perlas y diamantes, lo ve todo, y se retira diciendo que volverá.
+ Al día siguiente vuelve, y manifiesta resueltamente y sin rodeos, a
+ la Zahón que le compra el abanico al precio propuesto, siempre que
+ ella se comprometa a romper de una manera radical las relaciones
+ de Fernando con la chiquilla de Negretti. Esta manera radical no
+ puede ser otra que sacar de Madrid a esa loquinaria, y llevársela
+ a Córdoba o Cádiz, donde también tienen casa de comercio; pero de
+ tal modo y con tal sigilo efectuada la salida que no pueda Fernando
+ saber a dónde se la llevan, ni, por tanto, pensar en seguirla. ¿Qué
+ le parece, mi bondadoso capellán, este pensamiento mío? Si lo estima
+ feliz, mañana, cuando salga la primera vez de su casa, sobre las
+ diez, póngase el sombrero bien terciado al lado derecho, de modo que
+ le caiga sobre la ceja... Si lo encuentra mal, colóquese el susodicho
+ aparato tapacabezas en forma rectilínea, bien aplomado, el ala todo
+ lo horizontal que sea posible».
+
+Salió Hillo al siguiente día con el sombrero bien derecho. Conceptuaba
+peligroso y contraproducente el recurso del abanico para avistarse con
+la Zahón; discurría que siendo esta mujer avariciosa, y además muy
+ladina, si se le ofrecía dinero por el quebrantamiento de relaciones,
+vería en esta oferta el reclamo de gentes poderosas. Era, pues, lógico
+que, encendida su ambición, pensara en afianzar las relaciones de los
+dos amantes antes que en destruirlas, o bien pediría más, mucho más que
+el precio relativamente corto del histórico abanico.
+
+«Por esta vez —se decía Hillo—, no ha sido usted, mi señora incógnita,
+tan lista y perspicaz como de costumbre; y permítame que se lo exprese
+con el pensamiento, ya que de otro modo no pueda expresárselo... ¡En
+buena nos metíamos si esa mercachifle astuta llegara a entender que es
+Fernandito en el orden social persona muy distinta de lo que parece!
+Déjeme usted a mí, señora invisible, que ya me arreglaré yo para llegar
+al fin que todos deseamos».
+
+En efecto, tomadas de un platero de la Concepción Jerónima, amigo suyo,
+dos lecciones de arte del diamantista, y aprendidos cuatro terminachos,
+se fue a casa de la Zahón, y trató con ella, arrancándose a comprarle
+unos aljófares y media docena de _rosas_, todo ello de poco valor.
+En su segunda visita le habló del asunto con habilidad, enjaretando
+embustes muy sutiles, para llevar al ánimo de la corcovada sentimientos
+contrarios a los fines de Calpena. Harta ya Jacoba de un noviazgo que
+ninguna ventaja le traía, acabó de abominar de él con las tremendas
+cosas que don Pedro le dijo, y se propuso tomar sin pérdida de momento
+las medidas necesarias para mandar a paseo al joven romántico, y
+quitarle de la cabeza a la niña su desatinada pasión. Todo lo temía
+ya. Calpena, si le dejaban, consumaría el rapto de su _Julieta_ con
+todo el salero, con toda la audacia de que ofrecían ejemplos mil las
+obras poéticas de aquel tiempo. Urgían, pues, resoluciones eficaces,
+perentorias; despedir a don Fernando, y empaquetar a la chiquilla para
+Córdoba.
+
+Un poquitín alborotada quedó la conciencia del buen presbítero después
+de su última conferencia con Jacoba, porque, en verdad, las atrocidades
+que allí soltó traspasaban quizás la medida de la intriga inocente.
+
+«¡Qué pensaría Fernando de mí —se dijo, andando taciturno hacia su
+casa— si supiera que le he presentado como un desalmado hipócrita...,
+si supiera, ¡ay!, que le supuse en connivencia con Luis Candelas, y
+otros eminentísimos ladrones!... Pero la buena voluntad me absuelve de
+esta triquiñuela, y Dios, que ve los corazones, sabe que en el mío no
+hay más que amor al bien, deseo de impedir el extravío de un ilustre
+caballero, llamado a grandes destinos... Creo que no solo Dios, sino
+el mismo Fernando me absolverá cuando le haya pasado esta calentura...
+¡Ah, y entonces los dos nos reiremos de los disparates, de las
+abominaciones que dije!...».
+
+Y a la mañana siguiente le escribía la _velada_:
+
+ «Antes de enterarme, por lo que me manifestó quien pudo observarlo,
+ de la postura recta de su sombrero, señor de Hillo, señal de su
+ desconformidad con lo que le propuse, ya había yo reconocido que
+ anduve muy descaminada en aquel plan de comprar con el precio
+ del abanico la liberación de Fernando. ¡Que despropósito! ¡Cuánto
+ me alegro de que usted opinara de distinto modo, según declaró su
+ _góndola_!... Es que con el cavilar continuo, mi cabeza se pone
+ a veces perdida, señor capellán, y si _dormitó el buen Homero_,
+ como dicen ustedes los retóricos, ¿qué extraño es que no solo
+ dormite yo, sino que sueñe disparates? Despejada mi razón, he visto
+ claro que si la diamantista huele dinero, estamos perdidos. Usted
+ seguramente habrá imaginado y puesto en ejecución otros artificios
+ por llegar al fin que anhelamos. Eso no quita que yo desee adquirir
+ el abanico, y lo adquiriré, Dios mediante, cuando salgamos de este
+ atolladero. No quiero que aquella preciosidad, que ya estuvo en mis
+ manos, vaya a parar a otras, ni aun a las de la misma reina. En
+ este anhelo mío se manifiesta la mujer más de lo que yo quisiera, y
+ quizás me vea usted frívola, caprichosa... Perdóneme, y cierro este
+ paréntesis para decirle que no desmaye, que veo cercano el peligro.
+ Si Fernando consigue apoderarse de Aura y desaparece, cualquiera les
+ coge después... ¡Y si contrariados en sus amores, enloquecidos por
+ la pasión, resuelven suicidarse juntos...! ¡Dios mío, qué horror!
+ Crea usted que esta idea me persigue desde anoche... No duermo nada
+ pensando en los distintos procedimientos de matarse que inventa
+ el romanticismo, y que los malditos poetas han puesto de moda,
+ infundiéndolos a la juventud exaltada, con el continuo ejemplo de
+ dramas y novelas... Estemos alerta... y si hay vislumbres de suicidio
+ mutuo, entonces, ¡ah!, entonces no hay más remedio que transigir...
+ Todo, todo, antes que ver morir a Fernando... Eso no, eso no...,
+ repito que eso no... Concluyo, mi señor capellán, advirtiéndole
+ que en la logia de la plazuela del Carmen andan ahora en grandes
+ peloteras. _Los libres_ se desatan, y en su delirio, en la fiebre
+ del motín y de la bullanga, ayudan a los estatuistas a derribar a
+ Mendizábal... Los de la _moderación_, que se traen ahora un cierto
+ tacto de codos con el absolutismo, se proponen no dar tiempo a _don
+ Juan y Medio_ para la realización de su plan de reformas. Tiran a
+ impedir que decrete la supresión de monacales y la venta de sus
+ bienes, porque calculan que con los recursos de la enajenación
+ se haría fuerte el hombre, rodeándose de un baluarte de plata y
+ oro... ¡Y esos badulaques, esos patriotas exaltados no ven que son
+ instrumento de los que abominan de la libertad! ¡Siempre lo mismo!...
+ Conque ya sabe: métase allá, y no vacile en ponerse al lado de los
+ que alboroten en pro de Mendizábal. No nos conviene que caiga tan
+ pronto don Juan: lo necesitaremos más adelante, quizás muy pronto.
+ Adiós, señor capellán; en sus oraciones no deje de encomendarme a
+ Dios».
+
+
+
+
+XXIX
+
+
+Según atestiguan personas coetáneas de la Zahón, tanto se afectó
+esta con las inquietudes y cavilaciones de aquellos días, que se le
+disminuyeron las jorobas, y la exaltación de su espíritu fue parte a
+mermar las graves pesadumbres de su cuerpo. Pero como otros autores
+afirman lo contrario, manifestando que las corcovas, y con ellas el
+dolor y tirantez de músculos, aumentaron horrorosamente, el narrador
+de estos sucesos cree obrar con prudencia quedándose en el justo medio
+entre tan opuestas aseveraciones, y así declara y establece que las
+protuberancias, los sufrimientos físicos y morales y el avinagrado
+genio de Jacoba Zahón, eran los mismos que en los días aquellos del
+convite que abrió a Calpena las puertas de la casa.
+
+Un día entero estuvo la diamantista rumiando una solución pronta y
+eficaz: escribió a su hijo, residente en Córdoba, ordenándole que
+viniese en su ayuda. Era urgente apartar de la familia al exaltado
+joven, a quien recibió y agasajó suponiendo en él secretos enlaces
+con damas poderosas y con ministros y personajes de gran viso. Buen
+chasco le había dado el tal Fernandito, que resultaba un triste y
+desamparado poeta, uno de tantos pelagatos del romanticismo, sin más
+fortuna que su melena y su enfática misantropía. Y lo mismo pensaba
+seguramente el señor de Mendizábal, que habiéndole sin duda colocado
+por intrigas de las logias, acababa de ponerle de patitas en la calle.
+Vivía el tal miserablemente en un cuchitril de la calle de las Urosas,
+entre ratones, poetas, comicastros, y quizás mujeres de mala estofa,
+y todo en él, su traza y su fraseología, revelaba un presumido sin
+sustancia, abandonado de Dios y de los hombres. ¡Fuera, pues; fuera don
+Fernando..., que no era bien comprometer el grandioso porvenir de la
+niña, ni arrojar a puercos las margaritas de la herencia de Negretti!
+Maturana, y otras personas a quienes consultó, opinaban del propio
+modo. ¡Fuera niños románticos, que no traían consigo más que desvaríos,
+barullo, hambre!
+
+Aunque hacía días que la Zahón se esmeraba en manifestar al joven, ya
+con miradas desapacibles, ya con palabras ásperas, el desprecio que
+hacia él sentía, no le pareció bastante decisiva esta forma de romper
+amistades, y una tarde le espetó, con seca y rotunda frase, la orden de
+poner fin al visiteo:
+
+—La familia meditaba otros planes con respecto a Aurora; la familia
+tenía sobre sí la responsabilidad del porvenir de la huérfana de
+Negretti; la familia no necesitaba explicar a nadie el motivo de sus
+resoluciones; la familia...
+
+—La familia de Aura soy yo —dijo Fernando con noble ademán y firme
+convicción.
+
+Y dicho esto se marchó altanero, no ciertamente como salen los que no
+piensan volver. Pero a Jacoba se le figuró, en su desconocimiento de
+las humanas pasiones, que Fernando salía de su casa corrido, como si
+todas aquellas razones de la familia (y vuelta con la familia) hubieran
+convencido al romántico de la vanidad de sus pretensiones. Creyéndose,
+pues, victoriosa, ya no le faltaba más que llamar a la tontuela y
+echarle la rociada que preparado había para aterrarla y reducirla:
+
+—Aura, ven acá, Aura: ¿en dónde te metes que no acudes cuando te llamo?
+Ves que estoy baldadita, que no puedo moverme, y no vienes...
+
+Por fin apareció en la puerta, como alma del otro mundo, vaga en la
+forma, insensible el paso, la imagen de Aura, toda palidez en el
+rostro, en los ojos toda fuego, el pelo sencillamente recogido más que
+peinado; y antes que hablase la jorobada, le dijo con voz que parecía
+salir de algún hueco misterioso bajo el suelo de la habitación:
+
+—Mi familia es él...
+
+—¿Has oído lo que te dije, niña?
+
+—Mi familia es él... Yo no tengo más familia que él.
+
+—Vete a tu cuarto, simple, y a la noche hablaremos, que ahora espero
+visita y no me conviene incomodarme... Si quieres tocar y cantar,
+puedes hacerlo; pero cierra la puerta.
+
+Desapareció Aura, y al poco rato llenaba toda la casa su voz tiernísima
+cantando _Assisa al pie d’un salice_. Entraron dos marchantes, y
+allá se entretuvieron largo rato con doña Jacoba examinando piedras,
+dándose recíprocamente la jaqueca con el regateo de quilates y precios.
+Fuéronse ya muy tarde, llevándose aljófar, media docena de esmeraldas
+de las llamadas _aguamarinas_, y aflojaron dinero: oro, plata.
+Arrastrando su cuerpo, más bien que llevada por él, llegose la Zahón
+a los armarios, guardó preciosos objetos, estuvo mediano rato dando
+vueltas y más vueltas de llaves, y con la misma lentitud pudo ganar
+el sillón, donde se apoltronó, hasta que Lopresti fue a anunciarle la
+cena. En el comedor la aguardaba una sopita de sémola y un plato de
+pescado frito. Viendo que Aura no acudía a la cena, y que su cubierto
+continuaba baldío, la señora dijo al maltés:
+
+—¿Y la niña?... Ya: ¿no quiere cenar su _alteza_?... Pues déjala, no la
+llames otra vez. Que coma música... Me importan poco sus rabietas...
+Era ya loca, y el maldito romanticismo me la ha trastornado más de lo
+que estaba. ¡Grande error ha sido! Pero se irá curando... ¡Qué remedio
+tiene más que someterse!... Con ayuda del tiempo y de la ausencia, me
+prometo ponerla como un guante. No me dé Dios más trabajo que este...
+
+A poco de cenar la llamó. Continuaba la joven en el mismo desgaire, mal
+peinada, mal vestida, con un lindísimo _deshabillé_ que marcaba sus
+incomparables líneas corporales, hermosísima, toda blancura en traje,
+cara y manos, toda tinieblas en el pelo y en los ojos..., el andar
+ligero, la mirada grave, pasiva, calmosa, fría como una espada cuando
+la clavaba en la Zahón.
+
+—Siéntate a mi lado, hija mía —le dijo la corcovada, arrimando la silla
+más próxima—, y óyeme... ¿Qué? ¿No me has oído?... ¿Por qué estás ahí
+parada, inmóvil...? ¿Cómo quieres que hablemos con la mesa de por
+medio? Acércate más... Bueno, hija, te empeñas en hacer la fantasma y
+nada tengo que decirte. Tú te cansarás... De verte así, tan callada, me
+entra sueño..., y sueño me da también esa quietud con que me miras...
+En fin, si no quieres hablar, tendrás que oírme, porque no dormiría yo
+tranquila esta noche si no te dijese que ese falso duque y trovador
+de filfa no entra más en mi casa. Nos hemos equivocado, hemos estado
+en Babia. Acabarás por convencerte de dos cosas; digo, de tres; de
+tres, hija mía. La primera es que nada de lo que yo disponga puede
+ser contrario a tu felicidad: con razón se ha dicho «quien bien te
+quiere... etcétera». La segunda, que te conviene, por tu salud corporal
+y del alma..., te conviene, repito, tomar aires, salir de Madrid...,
+y para esto, niña, para llevarte y cuidar de ti, viene mi hijo..., le
+espero mañana... Y la tercera cosa es que encontrarás, no a docenas
+sino a miles, galanes de más mérito y de más enjundia que ese tontaina
+de Fernandito, que no es más que un pobre pájaro aburrido, tan vacío
+de mollera como de bolsa... ¿No respondes? ¿Te vas convenciendo?...
+Parece que te has vuelto tonta... Aura, por Dios, da sueño mirarte...
+
+Sin responder nada, Aura se fue con lento paso, y Jacoba permaneció un
+instante con los ojos fijos en la puerta por donde se había ido. Puso
+atención después, aplicando la oreja..., pero nada oyó: ni ruido de
+pisadas, ni llanto, ni voz alguna.
+
+—Cayetano —dijo después la señora, apartando de Aura su atención—,
+tráeme eso, y acerca más la luz.
+
+Púsole delante Lopresti el tintero de cobre con polvorera, y la negra
+carpeta sebosa donde la señora escribía. De ella sacó la jorobada
+un pliego de buen papel, escrito ya en dos y media de sus carillas,
+y aproximado el quinqué y bien atizada la mecha, continuó su obra
+interrumpida, trazando con lentitud y vacilante pulso los caracteres,
+hasta que llegó al fin, y puso la firma y rúbrica. Leyó cuidadosamente
+toda la carta, salpicando las comas donde le parecía, arreglando algún
+trazo de letra torcido, o haciendo leves enmiendas que no afearan la
+escritura, y bien regado el papel de polvos abundantes, se entretuvo
+en doblarlo y cerrarlo con prolijo esmero, y extendió al fin despacio,
+letra por letra, el sobrescrito: _Excelentísimo señor don Juan Álvarez
+de Mendizábal, ministro_.
+
+Muy satisfecha debió de quedar de su obra, porque sus ojos se animaban,
+sus labios se movían, hablando para sí, silenciosos, y acariciaba
+la carta entre sus finísimos y blancos dedos... Pasado un rato de
+meditación, intentó ponerse en movimiento.
+
+—Lopresti, ven, que no puedo levantarme, ¡ay, ay, ay! Cógeme por la
+cintura..., con cuidadito... ¿Y esa?
+
+—En su cuarto...
+
+—Déjala... Se pasará toda la noche lloriqueando, y mañana estará más
+tranquila... Que llueva, que llueva..., para que el alma se descargue
+de nubarrones... Vete a ver si duerme.
+
+—Me parece que sí... No siento nada —dijo el maltés, volviendo de su
+inspección, que solo duró un par de minutos.
+
+—Pues vamos..., sostenme bien, que me caigo... ¿Has cerrado todo...,
+has apagado la lumbre?... En seguida que yo me acueste..., ya sabes,
+te traes aquí una manta y te acuestas en el sofá de paja, para que
+estés toda la noche al cuidado. Deja encendida la luz... Como tienes el
+sueño ligero, no se moverá un ratón en la casa sin que tú lo sientas...
+Clavadas como están las maderas de todos los balcones, me parece que
+tenemos completa seguridad... Yo me caigo de sueño...
+
+Dejola el buen Cayetano en su alcoba, donde se acostó vestida, bien
+cubierta de mantas. Una candelilla de aceite dentro de un vaso le
+daba la claridad suficiente para no estar en tinieblas. Entre la lana
+oscura, lucía el lívido rostro de María Antonieta guillotinada, y no
+viéndose configuración de cuerpo, sino un informe bulto, podía creerse
+que doña Jacoba no era más que una cabeza colocada al azar sobre
+montones de trapos.
+
+Transcurrió más de una hora sin que Lopresti, tumbado en el sofá del
+comedor, conforme a las órdenes de su señora, observase novedad en
+la casa, ni oyese ruido alguno. Los de la calle, sonar de relojes
+distantes, pasos de transeúntes, rumor de alguna pendencia, rodar de
+carros, quedábanse fuera, y no había para qué poner atención en ellos.
+A las once y media comenzó el roncar suave de la Zahón, que luego fue
+en aumento, con notas aflautadas y acordes graves, que infundirían
+pavor a quien no estuviese acostumbrado a oírlos. Lopresti se adormiló
+un rato, al son de aquella tan conocida música; pero le despertó algo
+que no era ruido..., un presentimiento no más, tal vez una idea.
+
+Dudó un momento si le engañaban sus ojos, o si era, en efecto, la
+propia persona de Aura aquella imagen que veía, avanzando cautelosa,
+deslizándose ante la pared del comedor como proyección de linterna
+mágica. La mesa interpuesta impedíale ver la mitad inferior de la
+figura... Traía una luz en la mano izquierda, y con la otra apretaba
+contra el pecho un objeto que no se distinguía fácilmente... ¡Vaya si
+era Aura! ¿Pues quién podía ser más que ella? «Esta madamita está loca,
+o es sonámbula», pensó el maltés. Pero esta última presunción no se
+confirmó, porque la joven fijó en Lopresti su ardiente mirada, y luego
+fue hacia él indecisa, andando y deteniéndose por segundos. A medida
+que se acercaba, iba perdiendo aquel aspecto de _Lady Macbeth_ con que
+se apareció a los encandilados ojos del fámulo. Dejó sobre la mesa la
+luz que traía, y miró espantada a la puerta por donde los furibundos
+ronquidos de la Zahón llegaban al comedor. Eran el propio ser de la
+diamantista manifiesto en el sonido.
+
+Lo primero que hizo Lopresti al tener a la señorita al alcance de sus
+manos, fue tratar de quitarle de la mano derecha un largo y afilado
+cuchillo que con ella vigorosamente empuñaba: era el cuchillo de la
+cocina.
+
+—Déjame, déjame, Cayetano... —dijo Aura con voz ahogada, defendiendo el
+arma con toda la fuerza que desplegar podía—. Esta noche la mato, la
+mato... Déjame.
+
+Al pronunciar el último _déjame_, ya Lopresti le había quitado el
+cuchillo. Aura se sentó, y poniendo los codos sobre la mesa y la cara
+entre las palmas de las manos, rompió a llorar.
+
+—Eso de matar es cosa mala, señora doña Aurorita; cosa mala casi
+siempre, y, en todo caso, no es obra para mujeres.
+
+—Sí que la mato —reiteró Aura, pasando bruscamente de la sensibilidad
+al insano furor homicida—. Dame el cuchillo, Cayetano; dámelo, y
+verás... ¿Para qué vive ese monstruo, ni qué falta hace en el mundo? Es
+un bien que yo le quite la vida, que para nada sirve. ¿No quiere ella
+matarme a mí? Pues véala yo muerta antes de morirme.
+
+—No, no —dijo Lopresti escondiendo el cuchillo—: el matar es cosa fea y
+sucia. Se manchará de sangre la señorita, y esas manchas de sangre no
+se las quitará nunca, por más que se lave...
+
+Vuelta a la llorera y a la aflicción intensísima.
+
+—Mira tú, Cayetano: cuando hice intención de matarla y fui por el
+cuchillo, estaba yo tan decidida, que ya me parecía ver a Jacoba
+delante de mí, expirando..., sin derramar sangre, porque no la tiene...
+Yo la mataba de un golpe, así..., y le decía: «Villana mujer, ¿por qué
+quieres asesinar mi alma, matarnos a los dos de pena, de desesperación?
+Pues muérete ahora rabiando, y vete a donde puedas desplegar toda tu
+infamia, toda tu avaricia, toda tu maldad hipócrita: al infierno...».
+
+Al decir esto, Aura apretaba los dientes; sus ojos despedían llamas, y
+accionaba fieramente con el puño cerrado. Los ronquidos de Jacoba eran
+en aquel instante de una intensidad aterradora.
+
+—Y al entrar aquí —prosiguió la Negretti— pensaba yo que me sería
+muy difícil rematarla... ¿Quién hace pasar de la vida a la muerte
+todo aquel cuerpo lleno de jorobas? Sería preciso un hacha, ¿verdad,
+Cayetano...? Porque nada adelantábamos con querer darle en el corazón,
+porque no lo tiene... Solo conseguiría yo matarle una o dos jorobas...,
+¡y ella siempre viva!... Es muy grande esa mujer... Hay en ella mujeres
+muchas, una dentro de otra, y todas malas, muy malas, a cual peor...
+Matas una, y siempre queda mujer, o demonio, para martirizarme y
+volverme loca... Sí, sí, tienes razón: mejor es que no la mate... ¿A
+qué, si ha de morirse pronto?... Le haremos un buen entierro, Cayetano,
+y le meteremos en la caja todos sus diamantes, perlas y rubíes para que
+se vaya contenta.
+
+—Eso no, carambito... Quédense las piedras acá... En la otra vida no
+sirven más que para hacer peso en el que las lleva y no dejar que se
+salve...
+
+—Esta no se salva ni con peso ni sin él... En el infierno le recamarán
+el cuerpo con carbones encendidos, y le darán a comer esmeraldas
+fundidas, calentitas, y por cada ojo le meterán brillantes tallados en
+pico...
+
+Con esto se iba tranquilizando la pobre Aura, y empezaba a sentir
+calmado el horrendo desvarío, repercusión insana del amor en su
+caldeado cerebro. Pasábase la mano por su frente ardorosa y por toda
+la cabeza, sentándose el pelo, y con aquellos pases diríase que se
+suavizaba su furia y se dispersaban las ideas de exterminio,.
+
+—¿Pero quién es esta mujer maldita —dijo en tono más humano— para
+querer tiranizarme a mí, para imponerme su voluntad? ¡Si yo no tengo
+por qué obedecerla, si no es madre, ni tía siquiera, ni nada! Bueno
+que su marido, si viviera, me mandase... Pero esta, este galápago
+codicioso, ¿por qué se mete a decidir de mi suerte? ¿Qué razón hay para
+que no la decida yo misma?... ¡Ah, qué desgraciada soy, y qué bien
+haría Dios en quitarme la vida esta noche, a mí y a Fernando juntos,
+pues ni morirme..., mira tú, ni morirme quiero sin él!...
+
+Rompió en lágrimas amargas, y Lopresti, en el colmo de la compasión, no
+acertaba a darle consuelo.
+
+—Sí, sí —dijo Aura bebiéndose su llanto—, mañana moriremos los dos...
+Lo hemos decidido y lo haremos... Cuando es imposible la vida juntos,
+el morir unidos es un bien, un gozo... Nuestras almas subirán abrazadas
+al cielo, y abrazadas estarán por toda la eternidad... Mañana, mañana
+mismo; ni un día más...
+
+—¡Morirse, matarse..., cosa fea! —exclamó el maltés con el más agudo
+registro de su voz mujeril—. Mala es esta vida; pero... ¿y si la otra
+es peor? Nadie ha vuelto para decirlo... Verdaderamente que hay vidas
+aquí tan arrastradas, que le dan a uno ganas de arrojárselas a la
+muerte... Pero usted, señorita Aurora, y el señor don Fernando, no
+están de muerte... todavía... ¡Pues si yo fuera él, si yo fuera usted,
+cualquier día me mataba! ¡Él tan guapo, usted tan hermosa...! ¡Ay,
+quién fuera ustedes!...
+
+Y pasando de la compasión de sí mismo a la suprema piedad por los dos
+amantes, arrimó más su silla a la de Aurora, bajó la voz todo lo que
+permitía el estruendo de los ronquidos del ama, y dijo:
+
+—A la niña le pasan estas amarguras porque quiere. Cierto que doña
+Jacoba no debe imperar en usted. Manda porque la dejan. La autoridad no
+la tiene ella, la tiene otro que está más arriba, mucho más arriba...
+En fin, mi doña Aurorita saldría del despotismo de este _coco_ si
+hiciera caso de mí... Usted no discurre, señorita; yo sí... Usted no
+tiene más que amor, amor y venga más amor, y yo calculo...
+
+—¿Qué calculas tú?... ¿Piensas lo que a mí pueda interesarme? —preguntó
+Aurora tardando mucho en comprender la idea del maltés.
+
+—Ayer tarde, cuando usted se emperró a llorar, después de lo que la
+señora le dijo, yo, desde aquel rincón, le hacía a usted señas para que
+no se apurase... y tuviera calma y hablara conmigo. Yo calculaba...
+Porque no ha de ser todo amor..., es preciso cálculo, señorita, cálculo.
+
+—Que me muera ahora mismo si te entiendo.
+
+—Quise entrar en su cuarto con el aquel de llevarle una taza de tila;
+pero la niña se había encerrado por dentro, y, naturalmente, no
+entré... Pues si me hubiera dejado entrar, le hubiera dicho lo que yo
+calculaba, lo que voy a decirle ahora para que se sosiegue y tenga
+esperanza de salvación... ¡Qué! ¿Por qué me come con los ojos?... Ahora
+se lo digo; pero prométame antes hacer lo que yo aconseje...
+
+Diciendo esto, le acercaba el tintero y le ponía delante la carpeta en
+que había escrito la Zahón:
+
+—Tonto, más que tonto. ¿Me mandas que le escriba? Si ya lo hice esta
+tarde, diciéndole que sí, que nos mataríamos, que preparase todo...
+¿No llevaste la carta?
+
+—Chitón..., aquí no se habla... Ha prometido la señorita hacer lo que
+yo mande. En guardia. Aquí tiene papel, pluma... Cójala y escriba lo
+que yo le diga.
+
+—¿Pero a quién?...
+
+—Ponga... clarito..., con buena letra: _Señor don Juan Álvarez
+Mendizábal_...
+
+Absorta le miró Aura, posesionándose en un instante de las ideas que
+bullían en el cerebro del maltés, y lanzó una exclamación de gozo,
+como el que, perdido en tenebrosa noche, ve de súbito la luz que ha de
+guiarle.
+
+—¡Qué gran idea, Cayetano!... ¡Qué gran idea! ¿Lo has cavilado tú?...
+¿Por qué no me lo habías dicho?
+
+—Si los enamorados, en vez de pensar en la muerte, calcularan... Pero
+¿qué han de calcular, si están locos?...
+
+—Es verdad. ¡Qué gran idea! ¡Dios mío, qué alegría, qué esperanza!...
+¿A quién he de pedir amparo más que al grande amigo de mi padre..., al
+que...?
+
+—Doña Jacoba le ha escrito también esta noche.
+
+—¿Qué me cuentas?...
+
+—No importa. Puede que el _Excelentísimo_ reciba la carta de usted
+antes que la de ella. Eso es cosa mía. El _coco_ manda su carta por
+Milagro. La de la señorita la mandaré yo por Méndez, mi amigo Méndez,
+portero en Hacienda. Vamos, vamos, no perder tiempo.
+
+—¿Y qué le digo?... Cayetano, yo que acabo de estar loca, que casi lo
+estoy todavía, no acierto a discurrir nada.
+
+—Ponga... _Señor_, o _Excelentísimo señor: soy la hija de Jenaro
+Negretti_... Así, empezar con un golpe bueno: _soy la hija de Negretti,
+y_...
+
+—Y...
+
+—Y... ahora vaya poniendo todito lo que le pasa.
+
+Meditó la huérfana un rato, mordiendo las barbas de la pluma, y no
+tardó en sentir la inundación de ideas en su cerebro, de que eran señal
+segura la coloración de sus mejillas y el júbilo que flameaba en sus
+hermosísimos ojos...
+
+—Ya, ya... No necesitas dictarme, Cayetano. Ya calculo..., ya sé lo que
+tengo que decir.
+
+Y escribió con más inspiración que soltura, sin quitar los ojos del
+papel, haciendo con sus labios unos hociquitos muy monos.
+
+
+
+
+XXX
+
+
+No se abatía con los reveses el animoso espíritu de don Juan Álvarez,
+ni por un tropiezo parlamentario, o por la defección de media docena
+de amigos a quienes tuvo por incondicionales, dejaba de creer que su
+buena estrella triunfaría de todo, llevándole al cumplimiento de las
+promesas hechas a la nación. La confianza en sí mismo no le abandonaba
+nunca. Formábanla el conocimiento de las energías que atesoraba
+su voluntad, y los recuerdos de sus éxitos anteriores, todo ello
+amalgamado con un poquito de soberbia. En su gigantesca estatura, que
+dominaba los cuerpecillos de sus compañeros de Estatuto como el alto
+ciprés a los helechos humildes, veía un simbolismo de la supremacía
+de su voluntad. Fe ciega tenía en su entendimiento, más fecundo en
+recursos sagaces, en mañosos ardides que en concepciones hondas.
+Verdad que la política de entonces, como la de ahora, no era terreno
+propio para lucir las supremas dotes de la inteligencia: era un arte
+de triquiñuelas y de marrullerías. En la oposición sí desplegaban los
+políticos una ideación fastuosa, con carácter teórico, que deslumbraba
+a los papanatas del partido y a la parte de opinión neutral que toma
+en serio las batallas oratorias, comúnmente sin sacar nada en limpio
+de ellas; pero gobernando no eran más que unos pobres caciques, unos
+manipuladores más o menos hábiles del teclado de la cosa pública, en
+pro de intereses siempre inferiores a los supremos de la nación.
+
+Cierto que Mendizábal tuvo alguna idea grande, y que su ambición, en
+vez de limitarse, como la de otros, a prolongar todo lo posible las
+maniobras caciquiles, picaba en los altos fines nacionales; pero no
+le asistió la inteligencia en proporción de la magnitud de su deseo.
+Buena es la fecundidad en arbitrios, buenos el ingenio y la travesura;
+pero el perfecto hombre de Estado, _rara avis_, debe unir a tales dotes
+otras de carácter sintético. La vista de Mendizábal solía percibir los
+remotos ideales; pero no discernía bien el camino para llegar a ellos,
+no poseía la completa y audaz visión del hombre de Estado, el cual
+necesita saber mirar, sin cegarse, lo mismo al sol que al polvo.
+
+Las trapatiestas parlamentarias de la ley electoral, que terminaron con
+la derrota de don Juan de Dios, y el compromiso de proponer a la reina
+la disolución de los Estamentos, quebrantaron los ánimos del primer
+ministro. Verdad que la batalla había sido ruda. La cuestión electoral
+fue entregada sin detenido estudio a las iniciativas de una ponencia,
+compuesta de cinco procuradores mal elegidos. Todo era desconcierto,
+imprevisión, ignorancia de los métodos de gobernar. Salió, pues, un
+grande ciempiés, que veían con gozo los moderados. En el partido de
+Mendizábal no faltaba gente práctica; pero no supo o no quiso prestarle
+ayuda, ilustrándole en el procedimiento parlamentario para sacar
+adelante las leyes, y el hombre pasó las de Caín en una mortal semana
+de estériles y rencorosos debates. Sobre si la elección debía ser
+directa o indirecta, por provincias o por distritos, sobre si se daría
+o no voto a las capacidades, estuvieron aquellos hombres, como locos,
+agotando toda la retórica insustancial que viene siendo la función
+abusiva de los cerebros políticos, y ha concluido por esterilizarlos.
+
+No tuvo más remedio el Jefe del Gabinete, al término de esta desdichada
+campaña, que disolver los Estamentos. La reina no le puso obstáculo,
+y próceres y procuradores fueron mandados a sus casas. En la brega
+perdió _don Juan y Medio_ la amistad de sus dos más ardientes
+defensores, Istúriz y Alcalá Galiano, en quienes ya, desde diciembre,
+se columbraban las ganitas de formar rancho aparte; juego escénico
+que ha llegado a constituir el resorte más rutinario y más amanerado
+de nuestra fastidiosa comedia política. Aunque a Mendizábal le llegó
+al alma esta defección, no por eso se acobardó, y aún soñaba con que
+el nuevo Estamento le proporcionaría medios eficaces de realizar sus
+grandes propósitos. Pero si no desmayaba en sus alientos y ambiciones,
+físicamente se sentía fatigado, pues la tarea de los últimos días de
+enero y de los comienzos de febrero fue para rendir a un gigante. Bien
+se le traslucía el cansancio en la palidez del rostro, y también en la
+inclinación de su cuerpo, ya no tan espigado como cuando nos vino de
+Inglaterra radiante de esperanzas. El buen señor propendía más a la
+meditación; gustaba de la soledad, donde pudiese ahondar en los graves
+problemas que la realidad le ofrecía; mostraba menos confianza en las
+personas circunstantes, y un poquito de asco de la adulación, de aquel
+incienso continuo con que algunos se recomendaban a su benevolencia.
+En tal situación moral y física le encontramos una noche en su
+despacho, a hora muy alta de la noche, engolfado en diversos asuntos
+apremiantes, queriendo resolverlos todos, y aplicando desordenadamente
+su atención a este y al otro con voluble inquietud. Había comido en
+casa de Seoane, retirándose después a su ministerio con varios amigos,
+a quienes despidió para poder trabajar. Deslizábase el tiempo entre
+la actividad febril y súbitas caídas en la sima de la meditación.
+Escribía, soltaba la pluma, revolvía papeles. Su pensamiento iba de un
+asunto a otro, ondulante, vagabundo, como mariposa que no sabe en qué
+flor quedarse. A lo mejor se posaba en una idea y en ella permanecía,
+perdiéndose en un discurrir opaco, dulce imaginar que casi tocaba en la
+somnolencia.
+
+«Este Córdova..., este Córdova... —decía entre dientes escribiendo
+al general en jefe del ejército del Norte—. ¿Será cierto que es la
+clave de la situación? ¿Será cierto que vivimos en el gobierno porque
+nos tolera, y que moriremos cuando se canse de vernos vivos?». Y
+luego escribía, interrumpiéndose a menudo para pensar los conceptos,
+cosa nueva en él, pues comúnmente enjaretaba un largo escrito como
+el buen nadador que aguanta mucho tiempo en las profundidades sin
+tomar aliento. Antes de terminar la carta al general, la dejó para
+leer párrafos de otras ya leídas, que quería recordar... Y de pronto
+contemplaba con vago mirar un montoncito de cartas que aún no habían
+sido abiertas: las removía, se fijaba en los sobrescritos... Apareció
+de pronto un portero con dos más, y al poco rato volvió con otra que
+dejó sobre la mesa, sin que el señor ministro se dignara mirarla.
+
+Cerrando por fin los pliegos para Córdova, cayó la mente de don Juan en
+un sombrío bache de ideas que le tuvieron suspenso, fija la vista en
+los diferentes papeles que en la mesa había, sin ver nada. He aquí lo
+que pensaba: «Olózaga acaba de decírmelo, y no me decido a creerlo...
+En Palacio están hartos de mí..., estoy caído ya... Gobierno aún
+porque no han encontrado el modo, decoroso para ellos, de ponerme en
+la calle... Esto no puede ser. Olózaga es muy mal pensado, y tiene en
+la masa de la sangre el odio a los Borbones... La reina me ha recibido
+hoy con visibles muestras de aprecio... ¿Pero quién se fía...? Será
+o no será sincera... ¡Dichosos reyes!... y nosotros medio locos aquí
+por defenderles, por sostenerles en el trono; nosotros muriendo para
+que ellos vivan... No, no es verdad que esté acordada mi caída, ni mi
+sustitución por Córdova o Martínez de la Rosa. Creo en la lealtad de
+Córdova..., que en su última carta, concretándose a cosas militares,
+nada me dice de política... En Martínez lo creo..., de Toreno todo lo
+temo; los fabricantes del Estatuto se mueren de tristeza lejos del
+poder... Los señoritos esos de la _suprema inteligencia_ no acaban de
+persuadirse de que el país no existe exclusivamente para ellos... El
+país, _señores del anillo_, no es un fraque hecho a vuestra medida...
+el país...». Estimulado al trabajo por un aguijonazo de su voluntad,
+pasó la vista por otra carta, y quiso contestarla; pero no tardó en
+distraerse de nuevo, pensando: «Debe de estar en lo cierto Olózaga...
+Como que me lo ha dicho también Seoane... El señor don Fernando Muñoz,
+a quien Romero Alpuente llama con mucha gracia _Fernando Octavo_, no se
+recata para hablar pestes de mí: me llama _déspota_, y a Castroterreño
+le dijo que yo soy un _Calígula_... ¡Calígula!... Este buen señor
+sabe menos historia que yo. ¡Llamarme Calígula porque me apoyo en la
+voluntad del pueblo, porque me inflama el amor del pueblo, porque
+con y para el pueblo me propongo llevar hasta el fin mis planes...!
+Aguárdese usted un poco, señor Muñoz, buen caballero y amigo mío. Gusta
+usted, según dicen, de acercarse a los corrillos de las tertulias
+aristocráticas y palatinas, y aplicar el oído y enterarse de lo que
+charlan, para dar traslado _al Ama_, como usted dice... Pues lléguese
+usted aquí y óigame esto que el _Ama_ debe saber... Juan Álvarez
+Mendizábal ha caído en desgracia porque no quiere la cooperación
+francesa para terminar la guerra, porque no accede ni accederá a que
+_Palacio_ nos traiga acá otro duque de Angulema, que es lo que allí
+pretenden...». Rápidamente giraba de un punto a otro su pensamiento...
+La memoria le punzaba, haciendo dar a su atención un salto atrás. «Se
+me olvidó decir a Córdova que no deje de poner diez mil bayonetas en
+el Baztán..., explicarle los motivos por que prefiero la intervención
+inglesa a la francesa...». Y no tardó en enlazar esta idea con otra:
+«Williers me apoya, Williers no me falta. Bien claro me lo dijo anoche,
+añadiendo que no recele de Córdova. Él y Córdova son uña y carne. Se
+escriben todos los días... Pero me decía en París mi amigo Maury, el
+poeta, que no me fíe nunca de los diplomáticos. Esta noche, charlando
+en casa de Seoane, dijo aquel joven, secretario que fue de Ofalia, no
+recuerdo su nombre..., dijo que Williers juega con dos cartas... Yo no
+hice caso... Confío en Williers. Su apoyo es sincero. ¡Que no tenga
+uno, en esta posición, un lente milagroso para ver las almas, para ver
+el pensamiento de los que nos hablan!».
+
+Y divagando siempre, encontrose frente _al Ama_, y le dijo: «Señora
+Ama, para que Vuestra Majestad se ahorre el pretexto de que no hago
+nada, voy a demostrar ahora que no quiero que la posteridad ignore
+quién ha sido Mendizábal... Todo lo paso, menos que los niños de
+las escuelas, dentro de cincuenta años, pregunten: “¿Quién fue ese
+Mendizábal?...”». Buscó en la mesa un papel que le habían traído
+poco antes para que lo examinara, por si deseaba corregir algo en
+él, y no hallándolo tan fácilmente como creía, se impacientó. «...
+Es mucho cuento... ¡Si lo tuve en mi mano hace dos minutos...! ¡Ah,
+no me negará la señora reina que está influida por el embajador de
+Francia...! Menudean las cartas del hijo de _Igualdad_... ¡Francia,
+Francia! De allí ha venido siempre la perdición de nuestros reyes
+borbónicos... ¡Francia...! ¿Pero dónde lo he puesto, señor...? Y de
+los de acá, Martínez es el inspirador de Vuestra Majestad. Reconozco
+lealmente que Martínez es un hombre honrado..., pero..., padre del
+Estatuto, le molesta que mi personalidad anule su personalidad... Yo
+no he fabricado Estatutos; pero sé hacer países... Yo no soy poeta;
+pero soy hacendista, y en este momento voy a cantar una oda, que no le
+cabe en la cabeza al señor Martínez..., porque yo, señor Martínez, no
+sabré latín; pero sé... ¡Ah! aquí está... ¿Pero dónde te habías metido,
+papel? ¿Quién te puso en este montoncito de las cartas de mujeres?...».
+
+Fijó su atención en el largo escrito, y leyó cuidadosamente,
+recreándose en cada párrafo, en cada palabra, en cada letra. El
+preámbulo era frío, despiadado, cruel. El artículo primero, semejante
+a una inmensa hoz, decía con aterrador laconismo: «Quedan suprimidos
+todos los monasterios, conventos, colegios, congregaciones y demás
+casas de comunidad o de instituto religioso de varones, inclusas las de
+clérigos regulares y las de las cuatro órdenes militares existentes en
+la Península, islas adyacentes y posesiones de España en África...».
+
+Continuando la detenida lectura, algo hubo de encontrar en el artículo
+quinto que no le gustaba. Trazó la enmienda entre líneas, y después
+de borrar y escribir de nuevo al margen, tiró de la campanilla. A
+poco de penetrar el portero y de recibir una breve orden del ministro,
+presentose un señor de mezquina estatura, con anteojos de oro sobre
+el huesudo caballete de su nariz de trompa; traía en la mano un papel
+semejante al que don Juan de Dios acababa de leer.
+
+—Mire usted, Sánchez —le dijo el ministro dándole el decreto—, hay
+que modificar la disposición referente a los conventos de monjas que
+deben quedar. No están claras las atribuciones de las juntas que
+han de determinar el número de religiosas... Prevengamos las malas
+interpretaciones, los abusos. Vea usted cómo he redactado el párrafo
+segundo del artículo quinto... Ponerlo todo en limpio y que lo vea
+Argüelles... Ese otro decreto (el que Sánchez le traía recién copiado),
+no necesita más enmienda. Perfectamente claro y preciso...
+
+Recreose también en su texto, fríamente ejecutivo, revolucionario. Como
+quien no rompe un plato, el artículo primero decía: «Quedan declarados
+en venta, desde ahora, todos los bienes raíces de cualquier clase que
+hubiesen pertenecido a las comunidades y corporaciones religiosas
+extinguidas, y los demás que hayan sido adjudicados a la nación por
+cualquier título o motivo, y también los que en adelante lo fueren,
+desde el acto de su adjudicación».
+
+—¿No tenemos ya nada que corregir aquí? —preguntó el de la aventajada
+nariz.
+
+—Absolutamente nada.
+
+—¿De modo que...?
+
+—A la _Gaceta_ con él...
+
+—¡A la _Gaceta_! —replicó el funcionario, recogiendo de manos de su
+jefe el terrible documento.
+
+—Daremos el otro dentro de unos días... Me lo trae usted mañana, puesto
+en limpio... Y ahora... Media noche ya..., pueden ustedes retirarse...
+Yo me quedaré un rato más examinando esta correspondencia... Que se
+aguarde Milagro.
+
+Volvió a quedarse solo; y tan grande excitación sentía, que tuvo
+que espaciar sus ideas y sacudir sus nervios, paseándose de largo a
+largo en la vasta pieza. «¡Para que digan que no hago nada!... ¡Qué
+revolución, qué colosal sacudimiento!... Entrego a la clase media...
+_cuatro mil millones_..., ¿qué digo? más, mucho más». Volvió a la mesa,
+y rápidamente trazó algunos números... «_Seis, siete mil millones_, y
+aún me quedo corto...». Mirando al espacio, quedose como en un embeleso
+dulce o embriaguez financiera... Su mente se lanzaba a las presunciones
+del porvenir, nadando en un océano tan revuelto como profundo, con olas
+de cifras cada vez más hinchadas...
+
+
+
+
+XXXI
+
+
+Otra vez en su mesa el señor don Juan, incansable, desvelado...
+Adquirida la costumbre de trasnochar, no le apuntaba el sueño hasta
+la madrugada. En las altas horas de la noche sentía sus facultades
+más claras, su ingenio más agudo, y extraordinariamente aumentada su
+fecundidad de recursos expeditivos, de mañosas tretas, para escamotear
+las dificultades antes que para vencerlas.
+
+—Que venga Milagro.
+
+Y al punto se presentó el buen don José con varias cartas a la firma.
+Firmó Mendizábal, y entregó cuatro más que requerían contestación. Eran
+todas referentes a negocios electorales. Este pedía la procuración para
+sí; aquel para su pariente o amigo. Quién solicitaba humildemente;
+quién reclamaba con soberbia mal envuelta en cortesía, alegando
+servicios a la libertad y una larga historia bullanguera. A unos se les
+contestaba con el _perdone, hermano_, a otros se ofrecían esperanzas
+bien rebozaditas, y ciertos y determinados nombres sacaban tajada,
+seguridades de éxito.
+
+—Oiga usted, Milagro —dijo Su Excelencia cuando ya el funcionario se
+retiraba—, hágame el favor de manifestar a su amiga de usted, a esa
+cansada Zahón, que no puede ser y que no puede ser... En una larga
+carta muy difusa, que no he podido leer entera..., me pide un desatino
+tal, que le contestaría con un puntapié si estuviera yo en otra
+posición... Pero diga usted, ¿es loca esa mujer?
+
+—Me parece que sí... Abusa horrorosamente del _curaçao_.
+
+—Ya... Pues le dice usted que no me maree más... No le contesto por
+escrito porque tendría que tratarla con dureza..., y puede añadir que
+ya sé el paradero del tío de Aurorita, Ildefonso Negretti, y que le
+escribiré un día de estos para que venga a hacerse cargo de su sobrina.
+No quiero que esa pobre niña permanezca más tiempo en poder de la
+Zahón... ¿Y qué?... No sé quién me ha dicho que es hermosa.
+
+—Hermosa es poco decir; es divina, señor..., pero tan romántica, que no
+hay quien pueda con ella. Mejor estará con su tío que con doña Jacoba.
+
+Otra vez solo, engolfado el pensamiento en el maremagnum político:
+«Traeré un Estamento a mi gusto... La ingratitud de Galiano, la envidia
+de Istúriz no prevalecerán... Yo no miro más que a la libertad, que
+deseo afianzar; a la guerra, que quiero concluir a todo trance; al
+país, a esta infeliz patria devorada por las malas pasiones, por tantos
+odios..., pobre, sumida en la ignorancia... ¡Triste herencia la del tal
+don Fernando VII! Si este señor hubiera sido de otra condición, ¡qué
+bien estaríamos!... Quizás podría yo ahora desarrollar tranquilamente
+mi pensamiento, madurarlo bien... Con estas prisas, allá va todo
+como Dios quiere... ¡Qué lástima, señor, qué lástima!... Porque tiene
+razón Caballero. ¡Cuánto mejor, en política y economía, repartir al
+pueblo esta masa de bienes en vez de sacarlos al mercado! ¿La parte
+de deuda que se amortiza vale más o vale menos que los intereses
+territoriales que podrían crearse con ese reparto, hecho juiciosamente?
+¿Es preferible el crédito circunstancial, para encontrar quien preste,
+a las ventajas futuras de la buena distribución del terreno?... ¿Y qué
+decir de los abusos que en las subastas pueden cometerse?... Resultará
+que los caciques de los pueblos, la clase bursátil, los que poseen
+ya una mediana fortuna, adquirirán bienes considerables pagándolos a
+largos plazos con el mismo producto de las tierras... Y en tanto, el
+pueblo agricultor y laborioso no podrá adquirir propiedad... ¡Si lo
+he pensado, señor, si lo he pensado!... ¡Pero no le dan a uno tiempo
+para nada!... ¡Esta política, esta vida...! No es posible, no es
+posible. Que venga aquí el _Sursum corda_, y se volverá para arriba,
+para el cielo, sin haber hecho nada. ¡Vivir al día, defenderse hoy de
+las asechanzas de mañana, temblando siempre, sin hora segura..., y
+tener que sufrir una descarga cerrada de discursos...! ¡Las dichosas
+polémicas, los malditos abogados...! Y menos mal si uno contara con
+tener bien cubiertas las espaldas... ¡Pero si _Palacio_ le pone a
+usted en la calle el mejor día, como a un criado...! ¡Ah! Con esta
+inseguridad, con esta zozobra, ¿qué planes, ni qué reformas, ni qué
+soluciones grandes son posibles? Esto es un vértigo, dar quiebros al
+enemigo, agarrar el poder con las dos manos, sujetarlo además con los
+dientes para que los de allá no nos lo quiten... No puede ser, no
+puede ser... Pero Mendizábal no se va sin realizar algo, ya que no
+toda la grande obra, y le dice al país: te he quitado _treinta y seis
+mil frailes_ y _diecisiete mil monjas_; te doy _cuatro mil millones,
+seis mil_, para que empieces a formar un conglomerado social, fuerte y
+poderoso... De mogollón lo hago... No me dan tiempo para más. Luego,
+Dios dirá...».
+
+Cambio repentino de ideas: «Se me olvidaba... Tengo que decir a Córdova
+que irá la remesa de zapatos la semana que viene... y dos millones
+en metálico. Lo apuntaré en la pizarra, para que no se escape de la
+memoria... ¡Ya se ve..., con tal diversidad de asuntos!... ¡Pero este
+Córdova!... El eterno enigma: si la reina le llama para que forme
+ministerio, como cuentan por ahí, tratará de enjaretar una situación
+mixta, combinando las fuerzas moderadas con las liberales... En este
+caso, yo le ayudaría... ¡Pero si no puede ser; si es todo un puro
+embuste de los periódicos, y de esa turbamulta de desocupados que
+hormiguean en este pueblo chismoso y novelero! Córdova me dice que no
+se cuente con él para nada que sea política... Y en su alocución al
+ejército, bien claro lo expresa... Va uno haciéndose, insensiblemente,
+a no creer nada, a considerar toda palabra de hombre... o mujer,
+como un ruido del viento, como el gotear de la lluvia... Veremos
+grandes cosas. El nuevo Estamento nos traerá batallas formidables.
+¡Hablar, hablar y siempre hablar! Señor, en aquel Parlamento inglés
+es otra cosa: discuten y votan el mensaje en un día. Son mal mirados
+los oradores galanos que van a lucirse, y los abogados indigestos
+y sofísticos... Debo decir también a Córdova que corre una especie
+saladísima: los grandes de España le proponen para formar Gabinete...
+¿Quién meterá a los grandes en camisa de once varas?... ¡Ah! También le
+contaré lo que anda diciendo por ahí _don Fernando octavo_...: que la
+corte se trasladará a Burgos, para estar más cerca del ejército... ¡Qué
+tontería!... No creo que el _Ama_ participe del cerval miedo de sus
+cortesanos». (Nuevo trazado taquigráfico en la pizarra).
+
+Puso la mano sobre un montoncillo de cartas, algunas de las cuales aún
+no estaban abiertas. Diríase que una de ellas se pegó a sus dedos. La
+cogió maquinalmente, y empezó a leer por el medio: «¡Bueno está!...
+(_soltando la carta con desdén_). Las Navas se me incomoda. Otro
+que se tuerce... ¡Como si yo pudiese hacer procuradores a todos los
+amigos de mis amigos...! Y aquí otra y otra carta pidiéndome destinos,
+contadurías, administraciones, secretarías, intendencias, y... ¿Pero de
+dónde, señores y amigos, de dónde voy yo a sacar tantas plazas?... ¿Y
+este que se me atufa porque no le he dado privilegio en el asunto de
+las campanas?... No faltaba más. Bastante tengo con los azogues, que me
+darán no poca guerra cuando se abra el Estamento... ¡Dichosas campanas,
+azogues malditos!... Pero estos señores no ven en el Estado más que
+una vaca muy gorda y muy lechera, a cuyas ubres es ley que se agarren
+todos los ambiciosos, todos los glotones, todos los hambrientos...
+¿A ver esta otra carta? Ya conozco la letra... ¡Pobre duquesa de
+Berry! También esta se ha echado marido morganático, y hoy es condesa
+de Lucchesi Pella. Por andar menos lista que otras, ha perdido la
+tutela del chiquillo..., el Delfín... A ver qué me cuenta. (_Lee
+por el final_). Lo de siempre: sus hermanas no le hacen caso..., la
+vituperan por la campaña desastrosa de la Vendée... (_Se ríe_). Y no le
+perdonarán, no, el famoso episodio de la chimenea... (_Leyendo por el
+centro_). Me da las gracias por haber admitido en el ejército español
+al hermano de su esposo, el oficial napolitano Lucchesi, que recomendé
+a Córdova... ¿Y qué más? Vaya, vaya con las princesas destronadas...,
+parece que les hizo la boca un fraile. Ahora pide que admitamos a
+otro hermanito, subteniente... ¿Por qué no les coloca en las tropas
+carlistas? ¡Ah, es que allí las pagas son en papel, en ilusiones!...
+Verdad que las pagas de acá... también andan como Dios quiere».
+
+Puesta a un lado la carta, trazó con rápida mano nuevas apuntaciones
+en la pizarrita, y luego extendió las demás epístolas sobre la
+mesa formando abanico... Entre los sobrescritos, de muy diversa
+escritura, vio uno que no se le despintaba. Sonriendo se dijo: «Quien
+no te conoce, que te lea». y la sacó del semicírculo con ánimo de
+someterla a cuarentena rigurosa. «Pues sí, debo leerla —pensó variando
+inmediatamente de propósito, en la versatilidad de su espíritu
+inquieto—; veamos qué cuenta». Era una de tantas comunicaciones de los
+secretos agentes que el gobierno tenía en la frontera. Diariamente
+llegaban dos o tres por diferentes conductos, y la que a la sazón leía
+Su Excelencia era remitida por una tal _madame Aline_, de fantasía tan
+novelesca y de tan extremado celo en el desempeño de su misión, que
+cuando no había sucesos graves que referir, los sacaba de su cabeza;
+y si escaseaban las maquinaciones, o no sabía la verdad de ellas,
+ponía en el telar los productos más inspirados de su numen. Engañado
+varias veces por los cuentos de esta poetisa del espionaje, Mendizábal
+le había tomado ojeriza, y aguardaba conyuntura para suspenderla
+del cargo; si ya no lo había hecho era por consideración a nuestro
+embajador en París, que aún creía en ella y se fiaba de sus embustes.
+
+«Ya te veo (_leyendo_). La historia de siempre... Que los carlistas
+han recibido proposiciones de la reina... Que han llegado a Oñate
+dos clérigos emisarios de _Palacio_..., los cuales se entienden con
+otro clérigo de Madrid para poner en autos a doña Cristina de los
+deseos y opiniones de don Carlos... Que los agentes de Aviraneta
+en Olorón han entrado también en negociaciones con los facciosos,
+ofreciéndoles un levantamiento en Madrid. Que al propio tiempo los
+realistas franceses se proponen armarla, si Thiers se decidiera al
+fin por la intervención. Que la frontera está infestada de frailes
+trashumantes y perdidizos, que huyen de las degollinas de Zaragoza, y
+muchos de ellos, transfigurados de la noche a la mañana, se afilian en
+el ejército de Gómez o de Villarreal... Que Zaratiegui y otros andan
+a la greña con los palaciegos y toda la _ojalatería_ de Oñate, y que
+de tantos piques y desazones tiene la culpa el carácter despótico y
+entrometido de la princesa de Beira, que de continuo pasa y repasa
+la frontera, acompañada de _monsieur_ Saint-Silvain, o sola, con dos
+pastores: las autoridades francesas no la molestan... Que don Carlos
+se propone formar corte y ministerio de verdad, y que para presidir
+el Gabinete faccioso ha venido de Londres don Juan Bautista Erro. Por
+el ministerio de Gracia y Justicia andan a la greña el obispo de León
+y don Wenceslao Sierra... El confesor del rey, don Juan Echevarría,
+gobierna interinamente el ramo de Guerra. En medio de este grande
+aparato político, en la corte apenas tienen qué comer. Don Carlos y
+sus allegados van viviendo con castañas y leche... Las borrajas son el
+plato de cada día, y el cocinero de Palacio discurre los diferentes
+modos de poner las alubias... Por referencia de un ayuda de cámara
+del Rey, que despidieron por haberle pegado una tremenda bofetada al
+gentilhombre de servicio, sabe la manifestante que don Carlos se casará
+en secreto con la princesa de Beira... Esta había comprado en Olorón
+varios objetos de bisutería falsos para su dueño y señor, y había
+vendido dos docenas de perlas magníficas, para adquirir con el producto
+de ellas fusiles... También gestionaba que le vendieran dos obuses,
+ofreciendo unas arracadas que posee... La comunicante las ha visto, y
+no duda que Su Alteza encontrará quien por ellas le facilite un par de
+cañones... Que los realistas habían logrado entenderse con Aviraneta,
+ofreciéndole la Superintendencia de Policía para cuando triunfara don
+Carlos..., y que últimamente se le habían enviado desde Francia papeles
+que comprometían al señor Mendizábal, y al señor Caballero, y al señor
+duque de Zaragoza, documentos que se publicarían en _El Jorobado_ para
+armar gran escándalo...».
+
+Aturdido ya, la cabeza mareada con este aluvión de noticias, que no
+eran en su mayor parte más que repetición de anteriores informes,
+don Juan echó a un lado la carta sin acabar de leerla. Por natural
+encadenamiento de ideas, la mención de _El Jorobado_, papel
+violentísimo, le llevó a pensar en _El Mensajero_, que también había
+comenzado a atacarle, y en _El Eco del Comercio_, que ya cerdeaba...
+«No es bueno que la prensa abuse de la libertad —se dijo mal humorado—.
+A bien que con _El Liberal_, que fundaremos nosotros, zurraremos de
+firme a los que se vengan con injurias y enredos... ¡Lástima que no
+encontremos muchachos despabilados de estos que salen ahora con la
+fiebre del romanticismo!... Me dice Palarea que casi todos los que
+valen están ya colocados en papeles enemigos... ¡Colocados!..., me río
+yo de esto. Ya vendrán, ya vendrán al reclamo...».
+
+Apuntó algo en su pizarra, pertinente a prensa y al nuevo periódico,
+y fijándose en otra carta, cuya letra menudita y elegante conocía, la
+leyó al punto:
+
+ «Pepe no escribe a usted porque está consagrado hoy en cuerpo y alma
+ a la limpieza de sus panoplias y a la colocación de las espadas del
+ siglo XVII que ayer adquirió. A su gloriosa ferretería se han añadido
+ unas espuelas, que diz pertenecieron a Íñigo Arista; el almirez que
+ a doña Blanca de Borbón le servía para llamar a sus servidores en
+ la torre de Sigüenza, y otras quincallas magníficas... En nombre
+ de Pepe, y en el mío, le invito a usted a comer, mañana viernes.
+ Por Dios, no falte, mi buen don Juan, que tenemos mucho que hablar,
+ y he de contarle cosas mías muy tristes, ¡ay!... Si le sobran a
+ usted campanas, mande hacer rogativas porque recobre el juicio su
+ consecuente amiga — _Pilar_».
+
+«¡Pobrecilla... —pensó el grande hombre, soltando la carta—, sí que es
+desgraciada!... ¡Qué mundo, qué cosas!...». Y con mental propósito de
+aceptar el grato convite, pasó a otro asunto..., algo de elecciones,
+de una probable conferencia con Williers. Mas no tardó en distraerle
+otro sobrescrito que en la rueda de cartas lucía con gruesos y algo
+torcidos caracteres. Dijérase que aquella desconocida escritura le
+miraba y atraerle quería, pues los ojos de don Juan se habían como
+enganchado varias veces en sus letras. Habíalas visto ya y hecho
+intención de abrir y leer... Por fin, picado de curiosidad, se apresuró
+a satisfacerla. La carta, después del nombre y la fórmula de respeto,
+empezaba con esta frase: «Soy la hija de Jenaro Negretti...». Era
+bastante larga. Leídos los dos primeros párrafos, no encontró, sin
+duda, el ministro interés bastante intenso en la lectura, y su mente
+fugaz corrió otra vez hacia la idea política. «¡Ah, me olvidaba...
+(_modulando entre dientes_), de la ley de mayorazgos! ¡Qué cabeza la
+mía!... Prometió Argüelles traérmela hoy, y yo, tan torpe, que no se
+lo recordé esta tarde... (_Rápida anotación en la pizarra_). Mañana
+me explicará don Agustín su protección a la revista _El Mensajero_,
+que publica contra mí artículos que se atribuyen a Galiano... ¡Qué
+amigos, señor!... He de procurar atraer para el nuevo periódico a las
+primeras plumas... Ese Espronceda, ese Larra... Todos ellos, según
+dicen, viven miserablemente. Pues demos a Espronceda y a otros poetas
+destinos adecuados a su mérito: las secretarías de las subdelegaciones,
+plazas en las bibliotecas, si queda alguna... Dígase lo que se quiera,
+la prensa no vive solo de libertad...». Cayó en profunda meditación,
+cogiéndose la barbilla con las puntas de los dedos. Dio después un
+palmetazo sobre la mesa, y formuló en su mente graves acusaciones
+contra sí mismo: «Hubiera yo podido impedir los sangrientos sucesos
+de Barcelona, que me han perjudicado enormemente... ¿En qué estabas
+pensando, Juan, cuando le diste al don Eugenio Aviraneta la carta para
+el general Mina? Tenemos cuartos de hora funestísimos, mortales... En
+un instante se compromete una posición; una idea mala y extraviada
+esteriliza miles de ideas grandiosas, fecundas...». Se pasó la mano
+por la frente. Su cansancio era ya muy grande. Pensó en los pobres
+empleados que por la índole de su cargo tenían que permanecer en las
+oficinas a horas tan absurdas, mientras el ministro no se retirase.
+
+Campanillazo...
+
+—Que venga el señor Milagro. Mi capa, el coche...
+
+Cayéndose de sueño, recibió Milagro las últimas órdenes de Su
+Excelencia para el siguiente día.
+
+—Estas cartas me las contestará usted a primera hora; las demás no son
+tan urgentes. Es muy tarde. Estarán ustedes rendidos. Hasta mañana...
+¡Ah!, Milagro, un momento: no me olvide lo de la Zahón... Que no puede
+ser..., que... En fin, mejor será ponerle una carta. Recuérdemelo usted
+mañana.
+
+Y por engarce de ideas, ya cuando el portero le estaba poniendo la
+capa, volvió presuroso hacia la mesa por recoger algo que quería
+llevarse a su casa. «Soy la hija de Jenaro Negretti...». Este párrafo
+inicial de la dolorida carta le andaba por el cerebro, disputando el
+sitio a pensamientos de mayor bulto y gravedad. Fuese a su casa el
+grande hombre, soñoliento ya, revolviendo todo el fárrago de aquella
+noche: Córdova..., Galiano..., Palacio..., Ley de mayorazgos...,
+campanas..., Aviraneta..., prensa..., frailes..., chiquilla de
+Negretti...
+
+
+
+
+XXXII
+
+
+La desconsoladora respuesta que dio el señor ministro a la carta de la
+codiciosa diamantista, puso a esta en formidable, épica irritación.
+En tres días no le sacaron del cuerpo más que palabras airadas y
+monosílabos rencorosos; en sus manos escribió, con sus propias uñas,
+cifra lastimosa del despecho que la dominaba, y los marchantes o
+compradores que por allí asomaron salieron o desollados vivos o
+llamándose a engaño, con pocas ganas de volver. En la comida decretó
+parvedades de la escuela del licenciado Cabra; y tales fueron, que
+Aurora y Lopresti se habrían quedado en los huesos si no tuvieran la
+precaución de reservar en sus respectivos escondrijos pedazos de pan y
+otras cosillas de comer. Sentía la maldita Zahón odio a toda criatura
+humana, y a las que más próximas tenía, hacíalas responsables de
+la bofetada que le diera el ministrillo gaditano, aquel que conoció
+con manguitos y la pluma en la oreja, _en la casa de los Méndez_,
+allá por los años 97 y 98 del siglo pasado. Porque el hombre de las
+levitas, el verdugo de frailes y monjas, el secuestrador de campanas,
+no se contentaba con tomar a chacota la proposición de constituirse
+en administradora de la huérfana de Negretti (con lo cual aliviaba al
+señor ministro de sus cuidados), sino que la relevaba ignominiosamente
+del cargo honrosísimo de custodiar y dar alimento y educación a la
+niña, confiriendo estas funciones a Ildefonso Negretti, hermano de
+Jenaro.
+
+No obstante su fiereza y despecho, pasados tres días de crisis, juzgó
+prudente disimular la grave herida de su amor propio, y astuta y
+cautelosa reservó de la familia y de los amigos la dura respuesta de
+don Juan Álvarez. Ni se le pasaba por la imaginación oponer resistencia
+a las disposiciones de este, pues su naturaleza medrosa, calculista,
+alma de mercader en pedrería, repugnaba el giro dramático en los actos
+de la vida y todo lo que fuese ruidoso y violento. Encerrose, pues,
+en una resignación torva, como gato a quien le han cortado las uñas;
+esperó los acontecimientos envolviéndose en sus corcovas con cierta
+dignidad, quejándose del reuma con más fuertes alaridos, elevando el
+precio del quilate en los brillantes de talla superior, y extremando
+los rigores con que celaba a la doncella puesta a su cuidado.
+
+Aumentó su tristeza en aquellos días la demora de su hijo Laureano
+Zahón. Había salido este de Córdoba hacia Sierra Morena; pero tales
+historias en el camino le contaron de los bandidos que la infestaban,
+que tomó ascos al paso de Despeñaperros y se volvió para su casa,
+con idea de esperar a que saliese tropa para venir con ella. Tal
+contrariedad no tuvo poca parte en la prudencia que desplegó la Zahón
+después de su fracaso. Con Aura era toda sequedad y desabrimiento;
+no le permitía apartarse de su lado y de su vista; no creyendo
+bien guardada la casa con la fidelidad de Lopresti, se procuró dos
+cancerberos más: una tal Verónica, asistenta para centinela de día, y
+para vigilante nocturno, Severo Meca, dependiente de Maturana, hombre a
+prueba de sobornos, incorruptible, probado en veinte años de manejo de
+alhajas. Con tal guardia, y el examen y reparación que mandó hacer de
+todas las llaves, cerrojos y cerraduras, se creía libre de un atropello.
+
+Inopinadamente se presentó Hillo a comprar otra partidita de aljófar,
+que regateó, poniéndose muy pesado, para encubrir con el negocio su
+espionaje, y haciéndose mostrar el abanico, pidió precio, que la Zahón
+fijó en setecientos cincuenta duros, ni un maravedí menos. No le fue
+difícil al presbítero llevar la conversación comercial al terreno
+doméstico, y se enteró de la situación, por referencia espontánea de la
+despechada doña Jacoba.
+
+—No sabe usted bien —decía, poniendo los ojos en blanco— cuánto me
+agrada la resolución del _caballero ese de las campanas_, que por lo
+visto tiene tiempo sobrado para atender a todo. Él sabrá lo que hace.
+No estoy yo para cuidar niñas, y menos a esta diablesa dislocada, sin
+respeto a nadie, ni a mí misma. Mentira me parece que ha de venir su
+tío y ha de quitarme este cuidado, pues aunque tengo costumbre de
+guardar cosas de precio y de asegurarlas contra ladrones, no sé cómo se
+custodian estas joyas que andan y enredan, que discurren todo lo malo;
+joyas que es forzoso clavar en los estuches para que no se escapen de
+ellos... También le digo a usted, señor de Timoneda (con este falso
+nombre había ocultado Hillo su personalidad), que si deseo perderla de
+vista, no deseo menos conservarla, mientras esté aquí, libre de todo
+detrimento. Quiero que su nuevo guardián la reciba en situación de
+honestidad material, aunque mentalmente la haya perdido. Cuando esté
+fuera de mi casa, que haga lo que quiera, que se deshonre; pero aquí
+no... Esto es un sagrario, señor de Timoneda; aquí viven y han vivido
+siempre el recato, la virtud. De esta casa no ha salido jamás una
+piedra falsa... ¿Cómo había yo de consentir que ahora saliera?
+
+Alabó mucho el disfrazado clérigo estos alardes, y se permitió
+aconsejar a Jacoba que, lejos de estorbar, favoreciese el traspaso
+de aquella joya al tío carnal, pues la tal niña le daría disgustos
+muy gordos si no la echaban pronto de Madrid. Y añadió a esto tales
+observaciones y noticias, que la jorobada, fácil al miedo, no necesitó
+más para verse rodeada de catástrofes. Dos veces más, en diferentes
+días, volvió don Pedro, regateando el abanico y haciéndose mostrar unos
+topacios, que no compró; y con esto finalizaron sus averiguaciones
+en la caverna de la Zahón, pues ya había adquirido los datos y
+conocimientos más importantes: Aura delirante de amor; extremadas las
+precauciones para evitar que se vieran los amantes, y, por fin, próximo
+el arribo del tío carnal para cargar con la romántica niña y llevársela
+a los quintos infiernos. Cuando esto fuera un hecho positivo, solo
+restaba impedir que Calpena descubriese a dónde había ido a parar la
+cabra loca; y establecida la radical separación, no era ya difícil
+traer al buen camino al descarriado joven. A este le visitaba
+diariamente, guardándose bien de contarle sus tratos y contubernios con
+la diamantista; lo que no impidió que Calpena los supiera por aviso de
+Aura, atisbadora infatigable de quién entraba y salía en la casa.
+
+No pareciéndole aún bastante inquisitorial la incomunicación entre los
+tórtolos, sometió Jacoba a escrupuloso registro al menguado Lopresti,
+guardando bajo llave papeles, pluma y tinta: por su gusto habría
+borrado de las costumbres humanas, como ocasionado a la desobediencia,
+el arte de la escritura. No creyendo eficaces estos rigores, y
+desconfiada del maltés, determinó asimismo la señora que no pusiera
+los pies en la calle mientras tal situación durase, y los recados los
+hacía Meca, el bárbaro y frío Meca, incapaz de aliviar una pena de
+amor, aunque le dieran un brillante de talla superior por cada lágrima
+que evitase. Ya se sabrá la causa de esta insensibilidad. El último
+mensaje que llevar pudo Lopresti a los portales de Santa Cruz, donde
+Calpena aguardaba la cartita, fue verbal y nada satisfactorio:
+
+—Señor don Fernando —le dijo, afilando la voz más que de costumbre por
+la fuerza de su congoja—, ni traigo carta, ni la traeré más: válgame la
+Virgen. Estamos dejados de la mano de Dios. La señora me ha registrado
+al salir, todo, señor, como si fuera yo una mujer... ¡Qué vergüenza me
+ha hecho pasar, ay! Y no es lo peor que me meta las manos por entre
+la ropa, haciéndome cosquillas, sino que ya no me deja salir de casa.
+¡Preso yo también, sin comerlo ni beberlo!... Preso por desconfianza,
+porque hago este favor a dos que se quieren... Es mi gusto, señor; es
+mi único gusto servir a los amantes finos... Salgo esta tarde porque
+voy por la medicina, aquí, calle Imperial... ¡Ay!, Dios mío, que no se
+le volviera solimán..., y ya me despido de la bendita calle, porque
+desde esta noche hace los recados ese Meca, montador que fue de la
+familia, montador de piedras finas, y hoy vive de la tasa y fiel
+contraste... Pues verá: la señorita, que, como enamorada, discurre
+más que cien doctores, me encarga diga a usted que esta noche le
+escribirá. Tiene papel y lápiz, que le he dado yo... Para mandar a su
+amador la carta ha inventado una graciosa treta... Ahora tenemos allí
+todas las noches a don José del Milagro. Entra... deja su sombrero en
+la percha... En el forro del sombrero pondremos el papelito. ¿Qué le
+parece? Lo que no inventa el amor, ni Dios lo inventa... Pues lo que
+falta es que usted se haga el encontradizo con Milagro, cuando este
+salga de casa; que le convide; que le entretenga hasta sacarle el
+embuchado; que mañana le vuelva a convidar y a entretenerle para que
+lleve la respuesta del mismo modo, y arreglárselas como pueda para
+seguir trayendo y llevando papeles ensombrerados cada lunes y cada
+martes... Conque ya lo sabe. Prevenido, señor... ¡Ojo al casquete!...
+Adiós, don Fernandito de mi alma; no puedo entretenerme más... Si
+tardo, me mata.
+
+Véase aquí cómo fue conductor inocente de la amorosa correspondencia
+el tubo grasiento y anticuado que cubría la venerable cabeza del buen
+Milagro. No le fue difícil a Calpena echarle la zarpa, acechándole a la
+salida de Milaneses, y le convidó a cenar (felizmente, por ser domingo,
+no tenía que ir a la secretaría de Hacienda), y hablaron cuanto les dio
+la gana. Concluyó Fernando por fingirse delicado de salud, y suplicar
+a su amigo que le hiciese diariamente compañía en los ratos libres,
+pues de ello recibiría gran consuelo. Hubo de manifestar sentimientos
+contrarios a los que llenaban su alma; hizo el papel de que le pesaba
+haber abandonado su destino; mostrose arrepentido de sus amores, sobre
+los que hacía recaer toda la culpa de tantos infortunios, y pedía
+consejo a su buen amigo sobre la conducta más propia y eficaz para
+volver a la gracia de Su Excelencia. Con gran júbilo le oyó Milagro,
+que de veras le apreciaba, y prometió visitarlo en el rato libre, entre
+la contabilidad de la Zahón y el trabajo nocturno de la oficina.
+
+Con tal ardid, tuvo Calpena carta fresca todas las noches. No eran
+palabras amorosas lo que Milagro llevaba y traía en su sombrero; era
+fuego, llamas cogidas a puñados del mismo sol. Véase la muestra:
+
+ «_De Fernando a Aura._ — Si hallamos libre el camino del cielo, al
+ cielo. Si no hay otro camino que el del abismo, al abismo... Todo
+ antes que arrastrar esta oprobiosa cadena del presidio social; todo
+ antes que sufrir el ultrajante despotismo de los cabos de vara que,
+ con el nombre de autoridades, civil, doméstica y política, cobran el
+ barato en este patio inmundo. Huyamos de ellos. Busquemos el aire
+ libre, lejos del aliento infecto de los cabos de vara. Sobre todas
+ las leyes, prevalece el amor, ley suprema, porque él es la creación,
+ el principio de las cosas».
+
+ «_De Aura a Fernando._ — Cariño, ¿verdad que me sacarás pronto
+ de este encierro? Con esta esperanza vivo. Cuento las horas que
+ me faltan para el momento dichoso en que dejaré de ver el rostro
+ patibulario de Jacoba Zahón. ¿Cómo no odiarla, si me priva de verte?
+ Si ella me asesina, ¿cómo no desear que se la trague el infierno,
+ como se tragó Jonás a la ballena?... digo, no: fue la ballena quien
+ se tragó a Jonás, y no pudo digerirlo. Tampoco el infierno digeriría
+ a Jacoba, y tendría que vomitarla con todas sus piedras preciosas...
+ Es la una de la noche: la bestia monstruosa duerme; yo velo. El amor
+ siempre alerta. ¿Cuándo nos echamos a volar? Quiero ser pájaro y
+ mirar desde lo alto de una ramita a estos pobres caracoles, que nos
+ quieren llevar a su paso... Una de estas noches mi desesperación
+ me inspiró la idea de matar a Jacoba... Estuve loca un ratito...
+ ¿Verdad que me librarás pronto? ¿Verdad que si no nos dejan vivir,
+ nos mataremos? Sin ti, no quiero la vida ni la muerte. ¿Qué sería
+ de mí, solita dentro de la sepultura?... Voy a decirte una cosa que
+ no sabes... Te adoro... Tonto, no te rías... Me estoy muriendo por
+ vivir...».
+
+ «_De él a ella._ — Duerme tranquila; yo velaré, velaré siempre. El
+ sueño no quiere amistades conmigo. Si tu cárcel fuera de diamantes
+ y la custodiaran todos los ejércitos del mundo, de ella te sacaría
+ yo... Si Jacoba fuera la hidra de seis cabezas, yo se las cortaría
+ todas... Nunca me tuve por héroe. Ahora lo seré, porque te amo.
+ El amor me hace indómito; el amor me hace invulnerable. Si fuese
+ preciso ir hasta el crimen, hasta el crimen iré... Ser tú mía, ser
+ yo tuyo, es hablar con vaguedad: somos un solo ser... ¿No sientes
+ un solo ser en nosotros? No estamos separados, sino divididos; cada
+ mitad en diferente esclavitud. Pronto estará todo el ser integrado
+ en la libertad. Pronto te fijaré el día y hora en que debe terminar
+ esta doble agonía. Será sin bullicio, sin aparato; será la suma
+ sencillez... No puedo más. Bendiga Dios el divino fieltro en que irá
+ esta carta. Adiós».
+
+ «_De ella a él._ — Poquito me faltó para besar el fieltro sublime
+ cuando de él saqué la luz de mi vida. Pero no lo besé... No hice más
+ que acariciarlo... Pronto, sí, mi bien, que sea pronto. Estoy alegre,
+ porque tú me lo mandas. Jacoba despide de sus ojos un veneno verde,
+ como el rayo de las esmeraldas. Pero ya no le tengo miedo: confío
+ en mi caballero, a quien amo, a quien pertenezco por toda esta vida
+ fugaz y por la eterna...».
+
+En este tono se escribían siempre. Arrebatado el espíritu de Calpena
+a las altas cimas de la idealidad, no conocía freno. Tan profunda era
+su transformación, que hasta se olvidaba de cómo fue, y de lo que
+había sentido y pensado bajo la férula del buen don Narciso Vidaurre.
+Aquella serenidad del alma, aquel justo medio en que blandamente
+se mecía su voluntad, ¿dónde estaba? ¿Dónde la placidez clásica,
+el amor de las reglas, el gusto de lo incoloro, del vivir cómodo y
+bien repartido en casillas metódicas? Todo aquel mundo blanducho y
+opalino se había resuelto en un orden de sentimientos y de ideas que
+le asemejaba al famoso héroe de Dumas, Antony. Como este, se había
+erigido en desheredado, y con los fueros de tal, en aborrecedor de
+toda la sociedad; como este, no vivía más que para un amor frenético,
+dispuesto a consumar, por la satisfacción de sus anhelos, las
+violencias y tropelías más abominables.
+
+
+
+
+XXXIII
+
+
+¡Quién le había de decir a Fernando Calpena, cuando con un amigo vio
+representar el _Antony_ en la _Porte Saint-Martin_, que aquel drama,
+que entonces le pareció afectado, mentiroso, uno de tantos artificios
+con que los dramaturgos amañados satisfacen el convencionalismo
+teatral, había de ajustarse, traducido al castellano, a la realidad de
+su pensamiento! El drama de Dumas, y el de Calpena, drama real, no se
+parecían en el asunto, aunque sí mucho en la enfática desesperación
+del héroe, no bien motivada, y en el ardor de su lenguaje. El odio a
+la sociedad no era en él más que una repercusión hueca del criollo
+de Dumas. En política había extremado bruscamente sus opiniones,
+simpatizando con los revolucionarios más ciegos y brutales. Para don
+Fernando no tenían derecho a la permanencia ni el gobierno aquel, ni
+otro semejante, ni el trono mismo. La familia real, de cuyo seno había
+nacido una espantosa guerra, que llevaba trazas de no concluir nunca,
+tampoco debía continuar ligada a la suerte del país. Las disensiones
+entre los hijos de Carlos IV habían convertido a España en una inmensa
+jaula de locos furiosos. Por averiguar si debía reinar hembra o varón,
+se vertían ríos de sangre... Y no pareciéndoles bastante sangría a
+nuestros prohombres, todavía andaban a trastazos por si repartían las
+mercedes del presupuesto los negros o los blancos, los amarillos o los
+rojos. El propio Mendizábal, a quien siempre vio Calpena descollando
+sobre la turbamulta política, se había empequeñecido a sus ojos: ya no
+era el grande hombre que debía salvar y refundir la nación. Malogrados
+sus propósitos por falta de constancia o malicia para llevarlos a la
+realidad, resultaba perfectamente sentencioso y oportuno aplicado a él,
+como a todos los del oficio, el dicho de Hillo: _No remata la suerte_.
+
+Por otra parte, si el conocimiento de las conexiones jurídicas de
+Mendizábal con Aura le indujo a mirar al ilustre gaditano con simpatía,
+cuando supo que a la carta de la joven había respondido verbalmente,
+por mediación de Milagro, sin darle más consuelo de su esclavitud que
+la promesa de mudarla de cárcel, sacándola de las cadenas de Zahón para
+ponerla en las de Negretti, la simpatía hubo de trocarse en ojeriza y
+mala voluntad. Hallándose obligado a mirar por la huérfana, debió don
+Juan atender en otra forma a su angustiosa solicitud. Ni de tutor ni
+de caballero era esta fría respuesta: «Diga usted a esa señorita que
+estoy atareadísimo y no puedo ocuparme de ella todo lo que quisiera.
+He escrito a Ildefonso Negretti para que venga a recogerla. Yo hablaré
+con él y le recomendaré que la cuide mucho y procure perfeccionar su
+educación».
+
+«Pues yo le aseguro a usted, señor don Juan Álvarez —decía Calpena
+_in mente_, paseándose solo por las calles—, que cuando venga el tan
+cacareado tío carnal para hacerse cargo de mi Aura, no la encontrará.
+Aura me pertenece, y todos los Negrettis del mundo, auxiliados por
+todos los Álvarez gaditanos, que no saben _rematar la suerte_, no
+me la quitarán. Ahora veremos quién puede más: si Vuecencia con sus
+altanerías de ministro y jefe de partido, o yo solito, inerme, sin más
+fuerza que la que me da la ley de amor... Ley es esta que no entiende
+ningún político, ni Vuecencia tampoco... Creerá que es como la Ley de
+amortización de la Deuda, o la de redención de censos, imposiciones
+y cargas... Y no necesito extremar las conjeturas, señor don _Juan
+y Medio_, para ver segunda intención en su proyecto de poner a la
+huérfana en manos de un Negretti, que seguramente será sumiso ejecutor
+de los deseos de un amigo poderoso. ¿Tendremos aquí una comedia en que
+le toque a Vuecencia el papel de tutor, de ese anciano verde, siempre
+chasqueado? ¿Le seducen a Su Excelencia los viejos de Moratín? Pues
+tampoco ha de valerle el hacer el don Diego, aun cuando tomara las
+precauciones para asegurar un desenlace contrario al de _El sí de
+las niñas_, porque aquí estoy yo para llevar las cosas a su término
+natural. Y si para esto tuviera yo que pegarle a Vuecencia un tiro, se
+lo pegaría, como a Negretti, si este me contrariara con malevolencia...
+Por mi Aura, voy yo a las grandes y nobles virtudes, como a las más
+negras demostraciones de la maldad; por mi Aura, escalo yo el cielo o
+me precipito en los abismos. Nada tiene valor para mí; cuanto hay en el
+universo se cifra en ella. Póngame usted entre Aura y mi voluntad todas
+las llamadas leyes morales y sociales, y salto por encima de ellas; y
+si quieren que pase sin saltar, pasaré, y pisaré, y si pongo el pie
+sobre alguien que reviente con mi peso, quéjese al diablo, porque Dios
+no ha de oírle».
+
+Entró en casa de Hillo, con quien hablar quería. Don Pedro le esperaba:
+encerráronse en el cuarto de este.
+
+—Tu puntualidad en acudir a la cita me demuestra que el caso es
+urgente. Necesitas dinero: ayer no pude dártelo; hoy te lo daré, pero
+no sin condiciones.
+
+Adivinando las terribles condiciones que su amigo, cruel usurero en
+aquel caso, le impondría, Calpena sintió frío glacial en el corazón, y
+en la boca todo el acíbar que suele ser producto natural de la carencia
+de dinero.
+
+—Te daré lo que necesites —prosiguió Hillo con severidad noble—;
+pero has de darme garantías, seguridades de que ha de ser empleado
+dignamente. Esas órdenes tengo.
+
+—Pero usted —dijo Calpena con voz cavernosa— entiende por empleo
+indigno lo que para mí es el fin más alto que se puede imaginar. No nos
+entendemos.
+
+—No nos entendemos... Yo tengo órdenes que he de cumplir estrictamente.
+Para lanzarte sin freno a la perdición, necesitas oro. Es natural: sin
+dinero no se puede realizar el bien... ni el mal. Para el bien tendrás
+lo que quieras, Fernando: demuéstrame que quieres el bien, abandona tus
+locos devaneos, y partiendo los dos de Madrid esta misma noche...
+
+Calpena se levantó del asiento sin decir más que:
+
+—Guarde usted su dinero... Me voy.
+
+—Oye..., no seas tan vivo de genio. No hago más que cumplir las órdenes
+que recibo... Muy dañado estás, hijo mío, cuando así me vuelves la
+espalda; a mí, que te quiero como a un hermano... No, no eres digno de
+esta hermosa fraternidad, ni tampoco, lo digo muy alto, ni tampoco eres
+digno de la piedad suprema, del cariño lejano, escondido, para que sea
+más bello, de la persona que...
+
+Ahogado por la emoción, Hillo no pudo continuar, y se llevó ambas manos
+a los ojos...
+
+—Para que yo venere a esa persona como ella se merece sin duda —dijo
+Calpena en grave desconcierto—, es preciso que..., se necesita que...
+Yo la adoraré si la conozco, lo primero... Encubierta, y oponiéndose a
+la felicidad de mi vida, no puedo, no puedo quererla.
+
+Hillo le cogió de una mano, no secas aún sus lágrimas, y en grave tono
+le dijo:
+
+—Te doy mi palabra de que si haces lo que dije... Renunciar
+radicalmente a ese devaneo, impropio de tu condición, y partir conmigo
+de Madrid esta misma noche sin ver a nadie..., la deidad invisible
+dejará de serlo... Así lo declara y promete en su última carta... Se
+nos revelará..., pero es condición previa que tú..., ya sabes...
+
+El rostro de Calpena se volvió de mármol; sus manos quedáronse heladas;
+sus miradas perdieron toda luz. Miró al clérigo con estupidez; hízole
+repetir la proposición. Repetida por Hillo, este añadió hasta tres
+veces:
+
+—¿Te conviene el trato?
+
+De súbito fue acometido Fernando de un frenesí nervioso; cayó en un
+sillón, mordiose los puños, contrajo todo su cuerpo, y clavando las
+uñas en el brazo del sillón, prorrumpió en gritos dolorosos:
+
+—No quiero..., no quiero... Me ofrecen un nombre a cambio de la vida.
+No, no... No me hacen falta parientes; no necesito familia... Que
+se vayan, que me dejen. Solo viví, solo estoy..., solo moriré...,
+moriremos... ¡No quiero, no quiero...!
+
+Cogida en las convulsas manos la cabeza, como si quisiera arrancársela,
+no dijo una palabra más. Don Pedro no le veía el rostro.
+
+—Serénate —le dijo, tocando suavemente sus cabellos, cuyos rizos
+desordenados por entre los dedos salían—. Te doy tiempo para pensarlo.
+La cosa es grave..., no te precipites a resolver, así... airadamente.
+
+—¡Si está resuelto —dijo el desesperado joven incorporándose—, si no
+puede ser!... ¡Si es como si me mataran!... Y francamente, no me dejo
+matar..., no me conviene morir todavía.
+
+Y puesto en pie, cogió el sombrero con gallardo ademán, mostrando en
+acto tan sencillo la firmeza de su resolución. Las últimas palabras de
+aquella breve conferencia fueron:
+
+—Me equivoqué al pensar que usted podía darme... eso. Error grave fue
+pedirlo. ¡Qué bochorno!... ¡Pedir lo que no es nuestro, lo que me
+darían, no por favorecerme, sino por comprarme! Dígale usted a quien
+sea, que no me vendo. El alma no se vende. ¿Por qué no la adquirió, en
+tiempos en que fácilmente pudo hacerlo? ¡Y ahora quiere quitármela,
+comprármela...! Aunque yo quisiera venderme, amigo Hillo, no podría...,
+no me pertenezco... Y para concluir, guárdese usted su dinero, o
+devuélvalo a quien se lo ha dado. Para mí no ha de ser. Lo que yo
+necesito con urgencia, lo buscaré como pueda.
+
+—Aguárdate..., hablemos otro poco.
+
+—Usted puede perder el tiempo, yo no... Es inútil... Si cierra la
+puerta me descolgaré por el balcón.. Quédese con Dios... No intente
+seguirme... corro yo más que usted. Adiós.
+
+Y con la presteza que estas palabras indicaban salió de la casa,
+dejando a Hillo confuso y atribulado. Hubo de pasar un mediano rato
+antes que el buen clérigo pudiera sacar del desorden de su mente una
+idea clara y ver el derrotero más conveniente.
+
+«No me queda duda, va a la desesperación... Loco de amor y sin dinero,
+algo hará que nos dé mucho que sentir... ¿Iré tras él? ¿Pero quién
+le caza? No, no, Pedro Hillo..., no te metas en cacerías peligrosas.
+Yo cumplo dando la voz de alarma, como me ordenan. Ha llegado el
+momento crítico, el momento del peligro supremo, que obliga a emplear
+el recurso final, lo que los médicos llaman el remedio heroico. Me
+han mandado que avise cuando estalle la crisis de locura, y aviso...
+Pedro Hillo cumple siempre con su deber; es hombre que sabe rematar la
+suerte».
+
+Escribió una breve carta, y al punto salió para entregarla al _señor
+Edipo_, que en determinada calle estaba de servicio. Hecho esto, se fue
+al club de la casa de _Tepa_, donde había quedado pendiente de la noche
+anterior una furiosa disputa, cuyo desenlace quería conocer. Allá fue a
+parar también Calpena, sin más objeto que matar el tiempo hasta media
+noche, y ver a un amigo que le había ofrecido facilitarle algún dinero.
+Ya se comprende que este amigo no era poeta.
+
+Por obra y gracia de la armonía resultante entre la exaltación de su
+espíritu y la atmósfera jacobina que en _Tepa_ reinaba aquella noche,
+Calpena se lanzó, sin proponérselo, a la oratoria furibunda, notas
+estridentes de rabia política con juicios abominables de cosas y
+personas. Sus palabras eran materia inflamable arrojadas varonilmente
+en aquel rescoldo de pasiones. De una parte le aplaudían con rabia; de
+otra le vituperaban. Entre don Pedro Hillo y otro señor tuvieron que
+cogerle por un brazo y bajarle casi a rastras de la tribuna. Parecía
+loco furioso, y su rostro echaba llamas. Después, entre el tumulto que
+en torno del joven se formó, Hillo le perdió de vista. Cuatro amigos le
+sacaron a la calle para que con el fresco de la noche se le despejara
+la cabeza. Fueron a un café, pasearon hasta las doce, hora en que
+Fernando se encaminó a su casa con el amigo que le había facilitado la
+cuarta parte del dinero que creía necesitar.
+
+Solo al fin en su cuarto y no teniendo nada que hacer, sentose en la
+cama y se zambulló en el mar sin fondo de sus pensamientos. «Con poco
+dinero, pero con dinero al fin, mañana será. No varío mi plan, ni tengo
+que modificar las instrucciones que Aura habrá recogido esta noche en
+el sombrero de Milagro. ¡Mañana...! Y a pedir de boca saldrá, pues
+previsto está todo, y bien determinada la manera de sortear cualquier
+peligro... Mañana, en pleno día, cuando menos lo pienses, cuando nada
+temas, maldita Jacoba, soltarás tu presa... Y viviremos los que debemos
+vivir, y rabiarán los que deban rabiar..., y el que quiera reventar
+de ira, que reviente... Mi gusto es pisotear a la Zahón; al señor
+Mendizábal, no... Está próximo a una caída ignominiosa. En Palacio
+le tienen ya bien preparada la zancadilla con Istúriz y Saavedra...
+¡Los dichosos políticos! No vendría mal una degollina de próceres y
+patriotas, como la que se ha hecho de frailes... Pues sí, señor de
+Mendizábal, bastante tiene Vuecencia con la que le están armando.
+Hillo diría que ya se oye el cencerro del cabestro que viene para
+conducirle al corral. Y Vuecencia matará los ocios del corral con la
+educación de doncellas... A Hillo no le deseo mal alguno... Ojalá le
+hicieran obispo. Bien se lo merece el pobre por su mansedumbre y buenas
+intenciones... Y en cuanto a Milagro, nuestra gratitud no se contenta
+con menos que con nombrarle ministro de Hacienda... Y a Lopresti, ¿cómo
+le recompensaremos sus servicios?... Es facilísimo: pinche mayor de
+Palacio, y además director de la Real Capilla; cocinero y tiple de Su
+Majestad... De todos nos despedimos, porque espero que no hemos de
+tener el gusto de ver rostros conocidos en mucho tiempo... Y que nos
+persigan, que nos busquen, que nos cojan ahora... El vuelo será alto...
+y luego, nuestra cueva de amor tan profunda, que a ella no llegará ni
+la mirada de cernícalo de la Zahón, ni el olfato de _Edipo_...».
+
+Por este derrumbadero vertiginoso iban sus pensamientos, cuando
+llamaron con fuerte campanillazo y golpes a la puerta de la casa.
+Sorprendido del ruido, y alarmado también, pues en su estado nervioso,
+el vuelo de una mosca le hacía estremecer, salió Calpena a punto que
+alguien abría; y vio que avanzaban hacia la puerta de su habitación
+dos hombres de mala facha, los cuales con formas rudas y descorteses,
+previa indagación de la personalidad, le ordenaron que se dispusiese a
+salir en su grata compañía.
+
+—¿Pero a dónde?...
+
+—A la cárcel —dijo el más feo y bruto de la pareja, a punto que
+comparecían otros dos, de uniforme, pues eran salvaguardias de la
+Subdelegación.
+
+Lo primero que se le ocurrió a Calpena fue coger una silla, con
+intento de estrellarla sobre la cabeza del más próximo. Pero pronto
+se abalanzaron los esbirros a trincarle del brazo, y privado de todo
+movimiento, no tuvo más remedio que entregarse, maldiciendo con
+terrible exclamación su fiero destino. Salieron en paños menores los
+patrones y algunos huéspedes a lamentar el triste suceso; y mientras
+uno se indignaba, y le consolaba otro con frase vulgar, asegurando que
+todo era equivocación, los polizontes registraban la cómoda y mesa,
+para llevarse cuantos papeles encontraran pertenecientes al presunto
+criminal político.
+
+Bajando entre tales sayones, taciturno, mas no resignado, devorando
+la angustia y terror de su alma, don Fernando empezó a ver claro en
+aquella inopinada prisión, y se dijo: «Es ella, es la _mano oculta_
+quien me lleva a la cárcel».
+
+De la calle de las Urosas al Saladero había mucho que andar. Por el
+camino vio dos traillas de presos. Sin duda, el medroso gobierno,
+acosado de conspiradores, viendo por todas partes misteriosos enemigos
+que le acechaban en la oscuridad de las logias, o le provocaban en el
+público escándalo de los cafés, había mandado echar la red. Cuando
+metieron al desdichado Calpena en el patio donde debía empezar la
+expiación de sus nefandos delitos, ya había llegado la primera cuerda,
+en la cual vio personas de aspecto decente. Al poco rato entraron dos
+racimos más, ¿y cuál no sería la sorpresa de don Fernando al vislumbrar
+en uno de ellos nada menos que la venerada, inofensiva persona de don
+Pedro Hillo?
+
+En cuanto pudieron reconocerse, a la luz de los farolillos que
+alumbraban los tristes grupos, corrieron el uno hacia el otro y se
+dieron los brazos.
+
+—_Tu quoque_... ¡También usted, don Pedro! —dijo Calpena con el gozo
+amargo de la venganza.
+
+—También —replicó Hillo con voz opaca, casi lloroso—. Y en verdad que
+por más que me devano los sesos, no acierto a explicarme... De la cama
+me sacaron estos verdugos. Comprendo que a ti... ¡A ti, sí!... Era
+necesidad ponerte a la sombra.
+
+—Yo no conspiro.
+
+—Conspiras contra ti mismo. Yo, ni contra mí ni contra nadie... No he
+hecho más que hablar mal de Mendizábal..., y eso no mucho.
+
+—No es Mendizábal, no, quien ha tenido la humorada de juntarnos aquí:
+es la _mano oculta_... ¿Tan candoroso es mi buen clérigo que no lo ve?
+
+—¡Fernando!
+
+—¡La invisible deidad, la tutelar, la próvida mascarita!... ¡Ah!, no
+se quiere que el niño esté solo... Se teme su desesperación, se teme su
+rabia...
+
+Enorme distensión de músculos en ojos y boca declaraba el estupor del
+buen presbítero.
+
+—No está mal esto. ¿Verdad que no está mal?... Para que diga usted
+ahora que no _remata_...
+
+—¡Vaya si _remata_...!
+
+
+Santander (San Quintín), agosto-septiembre de 1898.
+
+
+FIN DE «MENDIZÁBAL»
+
+
+
+*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 75614 ***
diff --git a/75614-h/75614-h.htm b/75614-h/75614-h.htm
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+ Mendizábal | Project Gutenberg
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+/* Transcriber's notes */
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+<div style='text-align:center'>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 75614 ***</div>
+<div class="formato">
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+<div class="front">
+ <hr class="full">
+ <p class="rol">Índice:</p>
+ <p class="txt">
+ <a href="#Ch1">I</a>,&nbsp;
+ <a href="#Ch2">II</a>,&nbsp;
+ <a href="#Ch3">III</a>,&nbsp;
+ <a href="#Ch4">IV</a>,&nbsp;
+ <a href="#Ch5">V</a>,&nbsp;
+ <a href="#Ch6">VI</a>,&nbsp;
+ <a href="#Ch7">VII</a>,&nbsp;
+ <a href="#Ch8">VIII</a>,&nbsp;
+ <a href="#Ch9">IX</a>,&nbsp;
+ <a href="#Ch10">X</a>,&nbsp;
+ <a href="#Ch11">XI</a>,&nbsp;
+ <a href="#Ch12">XII</a>,&nbsp;
+ <a href="#Ch13">XIII</a>,&nbsp;
+ <a href="#Ch14">XIV</a>,&nbsp;
+ <a href="#Ch15">XV</a>,&nbsp;
+ <a href="#Ch16">XVI</a>,&nbsp;
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+ <a href="#Ch18">XVIII</a>,&nbsp;
+ <a href="#Ch19">XIX</a>,&nbsp;
+ <a href="#Ch20">XX</a>,&nbsp;
+ <a href="#Ch21">XXI</a>,&nbsp;
+ <a href="#Ch22">XXII</a>,&nbsp;
+ <a href="#Ch23">XXIII</a>,&nbsp;
+ <a href="#Ch24">XXIV</a>,&nbsp;
+ <a href="#Ch25">XXV</a>,&nbsp;
+ <a href="#Ch26">XXVI</a>,&nbsp;
+ <a href="#Ch27">XXVII</a>,&nbsp;
+ <a href="#Ch28">XXVIII</a>,&nbsp;
+ <a href="#Ch29">XXIX</a>,&nbsp;
+ <a href="#Ch30">XXX</a>,&nbsp;
+ <a href="#Ch31">XXXI</a>,&nbsp;
+ <a href="#Ch32">XXXII</a>,&nbsp;
+ <a href="#Ch33">XXXIII</a>.
+ </p>
+ <h1 class="faux">Mendizábal</h1>
+</div>
+
+<div class="transnote" id="tnote">
+ <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p>
+ <ul>
+ <li>Los errores de imprenta han sido corregidos.</li>
+
+ <li>La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
+ las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.</li>
+
+ <li>Las rayas intrapárrafos han sido espaciadas según los modernos
+ usos ortotipográficos. La puntuación también ha sufrido ligeros
+ retoques para su modernización.</li>
+
+ <li>Las cartas y misivas se presentan sangradas para mejor distinguirlas
+ de otros entrecomillados.</li>
+ </ul>
+</div>
+
+
+<div class="screenonly x-ebookmaker-drop">
+ <hr class="chap">
+ <div class="figcenter">
+ <img class="thin"
+ style="width: 26em; height: auto;"
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+ alt="Cubierta del libro">
+ </div>
+</div>
+
+
+<div class="tit pt6">
+ <hr class="chap">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_1">p. 1</span></p>
+ <p class="lh150 g0 ws1">EPISODIOS NACIONALES</p>
+ <hr class="tir">
+ <p class="fs150 lh150 g2">MENDIZÁBAL</p>
+ <hr class="chap">
+</div>
+
+
+<div class="chapter pt6">
+ <div class="legal">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_2">p. 2</span>Es propiedad. Queda
+ hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que
+ no lleven el sello del autor.</p>
+ </div>
+</div>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="tit">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_3">p. 3</span></p>
+ <p class="fs120 lh150 ws1">B. PÉREZ GALDÓS</p>
+ <p class="fs140 lh150 ws1">EPISODIOS NACIONALES</p>
+ <p class="lh150 negr g0 ws1">TERCERA SERIE</p>
+ <hr class="fil">
+
+ <p class="fs250 lh150 g1 mt1">MENDIZÁBAL</p>
+ <hr class="tir">
+ <p class="fs110 negr g1 mt15">15.000</p>
+
+ <div class="figcenter mt3">
+ <img src="images/logo.jpg"
+ style="width: 6em; height: auto;"
+ alt="Logotipo del editor">
+ </div>
+
+ <p class="lh150 negr g1 mt3">MADRID</p>
+ <p class="lh150 g1 ws1">PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA</p>
+ <p class="smaller lh150 g1 ws1">(Sucesores de Hernando)</p>
+ <p class="sc lh150 g1 ws1">Arenal, 11</p>
+ <p class="lh150 negr g0">1906</p>
+</div>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="tit pt6">
+ <p class="fs90 lh200 ws1"><span class="pagenum" id="Page_4">p.
+ 4</span>EST. TIP. DE LA VIUDA E HIJOS DE TELLO</p>
+ <p class="fs75 lh200 ws1">IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.</p>
+ <p class="fs75 lh200 ws1">C. de San Francisco, 4.</p>
+</div>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter" id="Ch1">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_5">p. 5</span></p>
+ <p class="centra fs150 g1 ws2">MENDIZÁBAL</p>
+ <hr class="tir">
+ <h2 class="nobreak">I</h2>
+</div>
+
+<p>Al anochecer de aquel día, el <i>no sé cuántos</i> de septiembre
+del año 35 (siglo <span class="asc">XIX</span>), llegó puntual al
+parador de <i>no sé qué</i>, calle de Alcalá, entre la Academia y las
+Monjas Vallecas, la diligencia, galerón o quebrantahuesos ordinario
+de Zaragoza, que traía los viajeros de Francia por la vía de Olorón y
+Canfranc, único portillo que dejaban libre en aquellos tristes días los
+porteros del Pirineo, <i>vulgo</i> facciosos.</p>
+
+<p>No bien pararon las ruedas del polvoriento armatoste, fue cercado de
+gentes diversas: por una parte, familia o amigos de los pasajeros; por
+otra, intrusos, ganchos o buscones enviados por fondas y posadas. Con
+este contingente y los viajeros que iban bajando perezosos, según les
+permitían sus remos entumecidos, se formó al instante un apelmazado y
+bullicioso grupo. Produjéronse rumores diferentes: aquí salutaciones
+cariñosas; allí el restallido del besuqueo y los palmetazos<span
+class="pagenum" id="Page_6">p. 6</span> del abrazarse; acullá ofertas
+importunas de pupilajes cómodos y baratos. Entre tantos viajeros, solo
+uno no tenía quien le esperase: nadie se cuidaba de él ni le decía
+<i>por ahí te pudras</i>, como no fueran los moscones de las casas de
+huéspedes. Era el tal un joven de facciones finas y aristocráticas,
+ojos garzos, bigotillo nuevo, melena rizosa y negra, que sería bonita
+cuando en ella entrara el peine y se limpiara del polvo del camino.
+Su talle sería sin duda airoso cuando cambiara el anticuado y sucio
+vestidito de mahón por otro limpio, de mejor corte. En lo más claro
+del grupo quedose como atontado palomino, contemplando el bullanguero
+tropel de gente descuidada y ociosa que por la calle a tales horas
+discurría. ¡Pobrecillo! Solo y sin maestro ni amigo a quien arrimarse,
+se lanzaba en aquel confuso laberinto; sin duda entraba gozoso y
+valiente, con la generosa ansiedad del mozuelo de veinte años a quien
+ha quitado el sueño y las ganas de comer, en las aburridas soledades
+de la aldea, la visión de la corte y de sus placeres y grandezas, tal
+y como las aprecian desde lejos los que empiezan a vivir, los que se
+hallan en pleno retoñar de ideas tempranas, producto fresco de las
+primeras lecturas, de las primeras pasiones, de la ambición primera,
+que tanto se parece a la tontería.</p>
+
+<p>Embobado, como digo, estaba el hombre, contemplando el ir y venir
+de vagos bien vestidos, cuando le hizo volver en sí una voz bronca y
+desapacible que en el corro gritaba:</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_7">p. 7</span></p>
+
+<p>—¡Don Fernando Calpena! ¿Quién es don Fernando Calpena?</p>
+
+<p>—No vocee usted tanto, que yo soy —dijo el mancebo, un tanto
+asustadico—. ¿Qué se le ofrece?</p>
+
+<p>—Véngase conmigo, señor —replicó el otro, como sin ganas de entrar
+en explicaciones—. Tengo el encargo de llevar a usted a una casa de
+huéspedes.</p>
+
+<p>—¿Encargo?, ¿de quién?... ¿Se puede saber?</p>
+
+<p>—Del señor don Manuel, el segundo jefe de la Superintendencia.</p>
+
+<p>—¿Don Manuel?... A fe que no le conozco.</p>
+
+<p>Recordando haber oído ponderar lo que abundan en Madrid los
+ladrones, pícaros y toda la caterva de gente perdida y maleante,
+tuvo Fernandito algo de miedo, y miró con recelo al que parecía, si
+no protector, mensajero de desconocidas influencias tutelares; y en
+verdad que el pelaje, la carátula y el vocerrón de aquel sujeto no
+eran para infundir tranquilidad. El desconocido distinguiríase entre
+mil por la pátina de su cara sudosa, afeitada de ocho días; por los
+ojos ribeteados de bermellón; por la boca desmedida y los labios con
+hemorroides; por los ojos de carnero moribundo; por la ropa, que habría
+sido decente en otro cuerpo y en remotas edades; por el sombrero
+de copa, que su oficio le obligaba a usar, y era de catorce modas
+atrasado. Rasgo final: usaba bastón de nudos con gruesa cachiporra.</p>
+
+<p>—¿Y el equipaje del señor...?</p>
+
+<p>—Ya lo han bajado... Vea usted aquel baúl<span class="pagenum"
+id="Page_8">p. 8</span> largo, forrado de cabra..., así, con poco
+pelo... No podremos llevarlo hasta que no me lo despachen los de la
+Aduana.</p>
+
+<p>—¡Los de la Aduana! —exclamó con visible desdén el de la
+cachiporra—. ¡Pues no faltaría más sino que abrieran el cofre del
+señor!... Traigo bula para que den paso franco a todo.</p>
+
+<p>Y al punto se metió por lo más apretado del grupo, repartiendo
+codazos a un lado y otro; llegándose al de la Aduana, le dijo no sé qué
+frasecillas enigmáticas, y no fue preciso más para que el equipaje del
+señor de Calpena quedase libre y exento de toda impertinencia fiscal.
+Un momento después don Fernando y su acompañante, precedidos de un
+mozo de cuerda con el baúl a cuestas, se alejaban del parador calle
+abajo.</p>
+
+<p>—Estamos a cuatro pasos del domicilio, señor. Esta calle por donde
+ahora entramos es la <i>Angosta de Peligros</i>... Aquella de enfrente
+es <i>Ancha</i> de lo mismo, a saber: de los peligros. Váyase enterando
+si, como parece, es esta la primera vez que viene a los Madriles.</p>
+
+<p>—Es la primera vez... Por más que rebusco en mi memoria —dijo el don
+Fernando caviloso y otra vez inquieto—, no caigo en quién pueda ser ese
+don Manuel que ha dado a usted el encargo de recibirme y alojarme.</p>
+
+<p>—Don Manuel de Azara.</p>
+
+<p>—¿De Azara?... Ese apellido me suena, sí, me suena..., pero...
+vamos, que no le conozco ni le he visto en mi vida, así Dios me la
+conserve.<span class="pagenum" id="Page_9">p. 9</span> Y usted...,
+¿tendría la bondad de decirme su gracia?</p>
+
+<p>—Mi gracia, como quien dice, mi nombre es Filiberto Muñoz. Aunque
+nací en Consuegra, soy orundio de Extremadura, y...</p>
+
+<p>—O me equivoco mucho, o es usted de la policía.</p>
+
+<p>—En ella serví durante los <i>tres años</i>; pero en la <i>ominosa
+década</i>, como decimos por acá, quedé cesante, y tuve que arrimarme a
+los teatros y a la compañía de Luna para poder vivir malamente. El 33,
+no quería reconocer el gobierno la tropelía que se había hecho conmigo;
+pero fui repuesto, gracias a que me agarré a los faldones de mi paisano
+don Manuel José Quintana, de cuyos padres el mío..., mi padre quiero
+decir..., era muy amigo..., o más claro, que le castraba los cochinos,
+con perdón de usía... Ea, ya entramos en la calle de Caballero de
+Gracia, donde está su alojamiento. Por aquí, señor. Es aquella casa
+donde está el reverbero..., dos puertas más allá del quitamanchas.
+Ya estamos. El portal es antiguo, pero muy decente, y en él no está
+permitido hacer aguas, porque en el principal vive el dueño, que es un
+señor consejero, pariente del señor Subdelegado, ya sabe... Olózaga.</p>
+
+<p>Subieron al segundo piso y penetraron en la casa, que era de
+las llamadas de huéspedes, decentísima, lo mejor del ramo, pues en
+ella no se entraba más que por recomendación, y rara vez pasaba de
+cuatro el número de los favorecidos. Recibioles afablemente el<span
+class="pagenum" id="Page_10">p. 10</span> dueño, que ya esperaba al
+señor de Calpena, y le llevó derechamente a la habitación que preparada
+para él tenía. Hallose el joven en un gabinete muy lindo, en aquellos
+tiempos casi lujoso, con alcoba estucada, buenos muebles... Vamos,
+que creía ser víctima de un error; que le habían tomado por otro; que
+aquel hospedaje y el servicio del polizonte y todo lo que le ocurría
+no era por él ni para él. Pero mientras el error durara, juzgaba
+práctico aprovecharse. Adelante, pues, con la aventura; siguiera el
+<i>quid pro quo</i>, que tiempo habría de que el acaso o la realidad lo
+deshicieran.</p>
+
+<p>Mostrole el patrón todas las partes del aposento, diciéndole:</p>
+
+<p>—Tengo mi casa montada a la inglesa, conforme a los últimos
+adelantos. Vea usted...: cordón para tirar de la campanilla; lavabo
+con su cubo, jofaina y demás; alfombrita delante de la cama; percha
+con su cortina para resguardar del polvo la ropa...; en fin, progreso,
+finura. Y como punto céntrico, no hallará usted nada mejor que esta
+casa. Aquí está usted cerca de todo. Dos pasos más arriba, la Red de
+San Luis con tanto comercio. En la calle de atrás, la fonda de Genieys;
+más abajo el Carmen Descalzo, donde tiene usted misa a todas horas. En
+la calle de Alcalá, que es a dos pasos, las Señoras Calatravas, las
+Señoras Vallecas, la Embajada inglesa... En fin, cerca tenemos también
+las <i>Niñas de Leganés</i>..., la casa de las <i>Siete chimeneas</i>,
+que por mi cuenta son ocho, y cuanto bueno hay en Madrid...<span
+class="pagenum" id="Page_11">p. 11</span> Para que nada falte, en esta
+misma calle tiene usted la casa de baños de Monier, que es, según
+dicen, de las mejores de Europa, como que en ella por seis reales puede
+un cristiano lavarse... de cuerpo entero.</p>
+
+<p>Encantado de su vivienda y de su barrio estaba el buen don Fernando,
+y aunque ignoraba de dónde y de quién le venían tantas dichas, iba muy
+a gusto en el machito, y no pensaba más que en arrear en él mientras
+durase la ganga. Por de pronto, urgía pagar al mozo; y en cuanto al
+desconocido que salió a encontrarle, no parecía hombre que desdeñara
+una gratificación si delicadamente se le ofrecía. De ambas cosas habló
+don Fernando a su hospedero, el cual, con aires de gran señor, le
+contestó que todo estaba pagado, y que el señor de Calpena no tenía que
+ocuparse de nada, como no fuera de pedir por aquella boca cuanto le
+dictasen su necesidad y sus antojos.</p>
+
+<p>«Pues, señor —dijo para sí el mancebo, después de dar las gracias—,
+sin duda estoy soñando, o me equivoqué de camino, y en vez de ir a
+Madrid, me he metido en Jauja. Porque esto de que le reciban a uno
+desconocidos emisarios del diablo o de las mismísimas hadas, y le
+saquen el equipaje sin registrar, y le traigan a este lindo aposento,
+y no cobren nada, y desaparezcan por escotillón mozos y servidores
+cuando uno echa mano al bolsillo para darles la propina..., esto,
+vamos, esto que a mí me pasa no le ha pasado a ningún nacido en sus
+primeros pasos por<span class="pagenum" id="Page_12">p. 12</span> una
+capital grande o chica. Aquí hay algo, y vuelvo a temer que, tras de
+tantas venturas, venga una triste y quizás trágica sorpresa. Mucho ojo,
+Fernando, y trata de sondear al patrón, que tal vez posea la clave del
+acertijo».</p>
+
+<p>—Siento mucho —dijo en voz alta, sentándose en la butaca y
+observando a su patrón de los pies a la cabeza— que haya usted dejado
+marchar a ese hombre sin que yo le dé una gratificación por haberme
+traído aquí.</p>
+
+<p>—Déjele usted, que ya, ya se la darán, y más de lo que merece.</p>
+
+<p>—¿Pero quién, por Cristo?... ¿Por quién vengo yo aquí? ¿En qué manos
+estoy?</p>
+
+<p>—En buenas manos, caballero —afirmó el patrón con sonrisa tan
+benévola y franca que el desconcertado joven no tuvo más remedio que
+creerle.</p>
+
+<p>—Ese sujeto, ¿es de la policía?</p>
+
+<p>—Sí, señor.</p>
+
+<p>—¿Y por mandato de quién sale a mi encuentro la policía?</p>
+
+<p>—No sé, señor... Yo que usted, francamente, me cuidaría de coger la
+fruta que me cae entre las manos, sin meterme en averiguar quién plantó
+el árbol que la da tan rica.</p>
+
+<p>Calló don Fernando, sin dejar de mirar a su aposentador como se mira
+un jeroglífico.</p>
+
+<p>—Ese hombre se llama Muñoz...</p>
+
+<p>—Y por mal nombre <i>Edipo</i>, porque fue, según dicen, del
+teatro...</p>
+
+<p>—Pues, la verdad, me disgusta que se haya<span class="pagenum"
+id="Page_13">p. 13</span> ido sin que yo le dé siquiera las gracias,
+sin obtener de él una explicación de este misterio... ¿Quién le
+mandó?... ¿Cómo sabía mi llegada, mi nombre?</p>
+
+<p>—Él lo explicará cuando vuelva, señor...</p>
+
+<p>—Al menos, me dirá usted, como dueño de la casa, qué tengo que
+pagarle por este cuarto —añadió Calpena impaciente y un tanto
+nervioso—. Podría ser que el precio fuese superior a mis recursos y
+tuviera yo que buscar alojamiento más arreglado.</p>
+
+<p>—Si por más arreglado entiende más barato, caballero, no lo
+encontrará ni en los cuernos de la luna, que el colmo de la baratura es
+el no pagar nada. Quiero decir que...</p>
+
+<p>—¿Pero quién, señor?... Esto me vuelve loco... ¿Se ríe usted? O
+juega conmigo, o aquí hay gato encerrado.</p>
+
+<p>—¡Encerrado... aquí! Yo le juro al señor que el único que tenemos en
+casa, y se llama <i>Zumalacárregui</i>, es un gato de buena crianza,
+que no se mete a deshora en las habitaciones de mis huéspedes.</p>
+
+<p>—Ya que no otra cosa —indicó don Fernando, rindiéndose a la bondad
+marrullera del patrón—, dígame usted su gracia, y...</p>
+
+<p>—Mi gracia es Mendizábal...</p>
+
+<p>Al oír este nombre se le crisparon los nervios al joven forastero,
+que se puso en pie, acercándose al dueño de la casa para verle
+mejor y examinarle. Era este de espigada estatura, representando
+cincuenta años, de rostro agradable, con patillitas, corbatín, el
+cuerpo enfundado en un levitón alto de cuello<span class="pagenum"
+id="Page_14">p. 14</span> y larguirucho de faldones. Al verle reír,
+entró más en cuidado Calpena, y se aumentaron las confusiones que desde
+su novelesca entrada en la Villa del Oso embargaban su espíritu.</p>
+
+<p>—Me río porque..., verá usted —dijo el patrón—. No es que yo me
+llame propiamente Mendizábal. Mi apellido es Méndez. Pero como el
+señor don Juan Álvarez y Méndez, el grande hombre que ha venido de las
+Inglaterras a meternos en cintura y a salvar al país, se ha variado el
+nombre, poniéndose <i>Mendizábal</i>, que tan bien suena, yo...</p>
+
+<p>—Usted, por no ser menos..., ya.</p>
+
+<p>—Y digo más: bien podría resultar que don Juan de Dios Álvarez y un
+servidor de usted fuéramos parientes, pues Méndez somos los dos: él
+hijo de Cádiz, yo de San Roque, frente a Gibraltar. ¿Quién me asegura
+que no seamos ramas del mismo tronco? Porque eso que cuentan de que
+el señor Álvarez y Méndez no viene de casta de cristianos viejos, es
+calumnia, señor; cosas que inventa la maldad del absolutismo para
+rebajar a los patriotas... En fin, que como mis compañeros de oficina
+ven en mí a un partidario furibundo del señor ministro nuevo, me han
+puesto el remoquete de Mendizábal, y así me dejo llamar, y me río...,
+me río...</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch2">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_15">p. 15</span></p>
+ <h2 class="nobreak g1">II</h2>
+</div>
+
+<p>—Según eso, es usted empleado.</p>
+
+<p>—Para todo lo que el señor guste mandarme, me tiene de portero en
+el Ministerio de Hacienda. Miliciano nacional de artillería en el
+glorioso trienio, fui colocado por el señor Feliú. Quedé cesante el 23.
+Diez años después, me repuso el señor don Francisco Javier de Burgos,
+que entró en Fomento el 21 de octubre del 33. En 7 de febrero del año
+siguiente pasé a Hacienda con el señor don José de Imaz; me conservó
+en mi puesto el señor conde de Toreno, que entró el 15 de junio, y
+allí me tiene usted... Pero estoy entreteniendo al señor más de lo
+regular, sin pensar que se aproxima la hora de la cena. Antes querrá
+quitarse el polvo del camino y lavarse cara y manos. Voy por agua, pues
+creo que tenemos el jarro vacío... Efectivamente... ¡Y tanto que les
+encargué...! ¡Cayetana!... ¡Delfina!</p>
+
+<p>Salió presuroso, llamando a su esposa e hija, y a poco se
+presentaron estas con el agua y toallas limpias. Era la patrona
+regordeta y vivaracha, bastante más joven que su marido; mala
+dentadura, pecho vacuno, que el corsé levantaba a las alturas de la
+garganta; el habla gallega, manos de cocinera. La niña, tímida y
+rubicunda, habría sido muy bonita si no torciera terriblemente<span
+class="pagenum" id="Page_16">p. 16</span> los ojos. Precedíalas el
+risueño padre, que, al presentar a la familia, volvió a soltar la vena
+de su verbosidad.</p>
+
+<p>El señor don Fernando traería, según él, buen apetito. Pronto se le
+serviría la cena... Casa más sosegada no se encontraba en todo Madrid,
+y como no admitían sino huéspedes recomendados, nunca tenían más de
+cinco o seis, y a la sazón, por ser verano, tan solo dos, sin contar
+al señor don Fernando, los cuales eran personas de mucho asiento y
+formalidad. A la hora de la cena les conocería el nuevo huésped, y
+trabaría con uno y otro sujeto relaciones cordiales... Dejáronle al fin
+para que se lavase, y despojado de su trajecito de mahón, se ocupó el
+huésped en sacar del baúl la única ropita decente que traía, y camisa
+y corbata, para vestirse con toda la decencia compatible con su escaso
+peculio. Durante las operaciones de lavoteo y vestimenta no cesaba de
+pensar en la ventura inesperada y misteriosa con que entraba en Madrid,
+y entre otras cosas que habrían revelado su confusión si las pasara del
+pensamiento a los labios, se dijo:</p>
+
+<p>«Es mucho cuento este. Se empeña uno en ser clásico, y he aquí que
+el romanticismo le persigue, le acosa. Desea uno mantenerse en la
+regularidad, dentro del círculo de las cosas previstas y ordenadas,
+y todo se le vuelve sorpresa, accidentes de poema o novelón a la
+moda, enredo, arcano, <i>qué será</i>, y manos ocultas de deidades
+incógnitas, que yo no creí existiesen más que en ciertos libros
+de<span class="pagenum" id="Page_17">p. 17</span> gusto dudoso...
+Pues, señor, veamos en qué para esto, y Dios quiera que pare en
+bien. No las tengo todas conmigo, ni me resuelvo a entregarme a esta
+felicidad que me sale al encuentro abriéndome los brazos, pues suelen
+los salteadores de caminos disfrazarse de personas decentes y benéficas
+para sorprender mejor a los viajeros. Vigilemos, vivamos alerta...».</p>
+
+<p>Cenando migas excelentes con uvas de albillo, peces del Jarama
+fritos, y chuletas a la <i>papillote</i>, hizo conocimiento con los
+dos huéspedes que la suerte le deparaba por compañeros de vivienda,
+y en verdad que tal conocimiento fue un nuevo halago de la escondida
+divinidad que tan visiblemente le protegía, porque ambos eran
+agradabilísimos, instruidos, graves y de perfecta educación. El uno
+frisaba en los cincuenta años, y en las primeras frases del coloquio se
+declaró manchego y patriota. Su locuacidad no molestaba; antes bien,
+instruía deleitando, porque narraba los sucesos y exponía las opiniones
+con singular donaire y una prolijidad pintoresca. Debía de tener muchas
+y buenas amistades con personas en aquel tiempo de gran viso, porque al
+nombrarlas empleaba casi siempre formas familiares.</p>
+
+<p>Cuando Delfinita le servía las truchas, volviose a ella con viveza,
+diciéndole:</p>
+
+<p>—No me han enterado ustedes de que hoy estuvo aquí Salustiano dos
+veces.</p>
+
+<p>—¡Ah!, sí..., no me acordaba... —replicó la niña de la casa—. ¡Y que
+no se puso poco enojado<span class="pagenum" id="Page_18">p. 18</span>
+la segunda vez, porque usted no estaba!</p>
+
+<p>—¡Si ya le he visto, criatura! Por fin dio conmigo en el Café Nuevo,
+donde me había citado mi tocayo Nicomedes para leerme dos artículos de
+filosofía, una comedia en verso y un proyecto de Constitución...</p>
+
+<p>—Dispénseme —dijo Calpena, que pronto empezó a tomar confianza—: ese
+Salustiano, ¿es Olózaga?</p>
+
+<p>—El mismo. Le nombran gobernador de Madrid...</p>
+
+<p>—Subdelegado —apuntó el otro huésped, de quien se hablará después—,
+que así se llaman ahora.</p>
+
+<p>—Tanto monta, amigo Hillo... La denominación que se adoptará como
+definitiva es la de <i>jefes políticos</i>. Por de pronto, empleemos la
+acepción que más fácilmente comprende el pueblo: <i>gobernadores</i>...
+Pues pretende Salustiano llevarme de secretario; pero... no en mis
+días. Mientras yo no vea clara la situación, mientras no vea un
+Gabinete decidido a marchar adelante, siempre adelante, enarbolando
+resueltamente la bandera del progreso, no me cogen, no me cogen...
+Nicomedes piensa lo mismo...</p>
+
+<p>—Oí decir esta tarde en el despacho de los toros —indicó tímidamente
+el segundo huésped— que sería secretario ese joven, tocayo de usted,
+que acaba de citar... Pastor.</p>
+
+<p>—Atrasados están de noticias en el despacho de toros, mi querido
+Hillo. Será secretario del Gobierno de Madrid mi amigo Manolo
+Bretón.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_19">p. 19</span></p>
+
+<p>—¿El poeta..., el autor de <i>Marcela</i>? —preguntó Calpena con
+vivo interés.</p>
+
+<p>—El mismo. Y añadiré que a mí me lo debe —afirmó con cierta fatuidad
+de buen tono el que llamamos <i>primer huésped</i>, y ahora don
+Nicomedes.</p>
+
+<p>Conviene declarar, ante todo, que no es Pastor Díaz. El huésped
+de la casa de Méndez no ha pasado a la historia, aunque en verdad
+lo merecía, por la agudeza de su entendimiento y la variedad de sus
+estudios. Menos años contaba entonces el Nicomedes que después adquirió
+celebridad como político y publicista: ambos se hallaban ligados por
+estrecha y cordial amistad. El más joven hizo carrera literaria y
+política; el más viejo se fue a la Habana en tiempo del general Tacón,
+y murió de mala manera bajo el mando de Roncali. Apenas ha dejado
+rastro de sí, como no sea el descubierto con no poca diligencia por el
+que esto refiere; rastro apenas visible, apenas perceptible en el campo
+de la historia anónima, es decir, de aquella historia que podría y
+debería escribirse sin personajes, sin figuras célebres, con los solos
+elementos del protagonista elemental, que es el macizo y santo pueblo,
+la raza, el <i>fulano</i> colectivo.</p>
+
+<p>Bueno. Diré algo abora del segundo huésped, clérigo enjuto y
+amable, que entraba siempre en el comedor tarareando, y a veces
+tocando las castañuelas con los dedos, lo que no quiere decir que
+fuera un sacerdote casquivano, de estos que no saben llevar con decoro
+el sagrado hábito que visten. La jovialidad<span class="pagenum"
+id="Page_20">p. 20</span> del bonísimo don Pedro Hillo, natural de
+Toro, era enteramente superficial, y a poco que se le tratara, se le
+veían las tristezas y el amargo desdén que le andaba por dentro del
+alma, como una procesión interminable. Por lo demás, no se ha conocido
+hombre de costumbres más puras ni en la clase eclesiástica ni en la
+civil; hombre que, si no derramaba el bien a manos llenas, era porque
+no se lo permitía su mediano pasar, cercano a la pobreza; incapaz de
+ofender a nadie de palabra ni de obra; comedido en su trato; puntual en
+sus obligaciones; religioso de verdad, sin aspavientos. No tenía más
+falta, si falta es, que gustar locamente de las funciones de toros. Su
+principal ciencia, entre las poquitas que atesoraba, era el entender
+del arte del toreo y mostrar profundo conocimiento de sus reglas,
+de su historia, y poder dar sobre tales materias opiniones que los
+devotos del cuerno oían como la palabra divina. Pero dígase en honor
+de don Pedro Hillo que, lejos de la intimidad con otros taurófilos, no
+alardeaba de su conocimiento, ni usaba nunca los groseros terminachos
+que suelen ser lenguaje propio de esta singular afición. Como se
+disimula un ridículo vicio, disimulaba el buen curita su autoridad en
+materia de quiebros, pases y estocadas.</p>
+
+<p>Y para que se vea un ejemplo más de las complejidades del humano
+espíritu, sépase que a este saber de cosas triviales unía don Pedro
+otro de más sustancia. Era un apreciable retórico, de la escuela de
+Luzán y<span class="pagenum" id="Page_21">p. 21</span> Hermosilla;
+había practicado durante más de veinte años el magisterio del arte
+de hablar bien en prosa y verso, y orgulloso de estos conocimientos,
+trataba de lucirlos siempre que podía.</p>
+
+<p>Se ignora por qué dejó el bueno de Hillo, primero su cátedra del
+Colegio Mayor de Zamora, después el cargo de preceptor de los niños
+del señor duque de Peñaranda de Bracamonte. Lo que sí se ha podido
+averiguar es que en septiembre de 1833 pretendía una cátedra de la
+Universidad Complutense, y que en aquella fecha llevaba año y medio de
+inútiles pasos y gestiones sin obtener más que buenas palabras. Eso sí:
+ni se cansaba de pretender, ni los desaires y aplazamientos marchitaban
+sus ilusiones, ni le rendía el fatigoso y tristísimo <i>vuelva usted
+mañana</i>.</p>
+
+<p>Dígase también, para completar la figura, que don Pedro profesaba
+o fingía, en política, un escepticismo inalterable, rara condición en
+aquellos tiempos de lucha. Conocimiento y amistad tenía con personas
+de una y otra bandera; pero de nada le valían, sin duda por causa de
+su timidez, o por la vaguedad de sus opiniones, que tal vez le hacía
+sospechoso a tirios y troyanos. Los patriotas le miraban con recelo
+creyéndole arrimado al carlismo, y la gente templada le tenía por
+afecto a las logias. Por esto decía él, empleando la palabra griega que
+significa moraleja: «<i>Epimicion</i>: quien navega entre dos aguas, no
+llega nunca a una cátedra».</p>
+
+<p>El primer huésped, don Nicomedes Iglesias<span class="pagenum"
+id="Page_22">p. 22</span> también pretendía; mas no era fácil traslucir
+el objeto de sus desatentadas ambiciones. Cosa extraña: Hillo hablaba
+poco, y sus propósitos y deseos se traslucían a las primeras palabras.
+Por los codos hablaba Iglesias, y después de oírle perorar tres horas
+con gracia y facundia prodigiosas, nadie sabía lo que pensaba, ni qué
+planes o enredos se traía. No disimulaba el radicalismo de sus ideas,
+el cual no era obstáculo para que cultivase el trato de casi todas
+las notabilidades de aquella turbulenta generación, siendo su mayor
+intimidad con los exaltados. Toda la tarde estaba fuera de casa, menos
+cuando daba cita en ella a un par de compinches, pasándose las horas
+muertas de conciliábulo a puerta cerrada. Después de cenar se echaba
+invariablemente a la calle, y no volvía hasta la madrugada; levantábase
+a la hora de comer, y al encontrarse en la mesa con su amigo don Pedro,
+bromeaban un rato. El presbítero tenía siempre algo que decir de las
+nocturnidades de su compañero; pero sin traspasar nunca los límites de
+una discreta confianza inofensiva:</p>
+
+<p>—¿Qué hay por la <i>casa de Tepa</i>?... Anoche, amigo Nicomedes,
+debieron ustedes tratar de ir disolviendo juntitas, para que no se
+enfade don Juan de Dios Álvarez... Mucho tuvieron que discutir anoche
+los del <i>rito escocés</i>, porque entró usted cerca de las cuatro...
+¿Y qué se sabe del ínclito Aviraneta? ¿Le sueltan, o le hacen ministro,
+o le ahorcan?</p>
+
+<p>Contestaba el otro a estas pullas inocentes<span class="pagenum"
+id="Page_23">p. 23</span> con gracia y mesura, sin soltar prenda, ni
+clarearse más de lo que le convenía. Desde la primera cena simpatizó
+Calpena con sus dos compañeros de casa, y singularmente con el clérigo
+Hillo. El agrado que la conversación de este le causaba aumentó tan
+rápidamente que al segundo día eran amigos, y ambos creían que su
+trato databa de larga fecha. Verdad que los dos eran clásicos en lo
+literario, templados o neutrales en lo político, de pacífico y blando
+genio, amantes de la regularidad y del vivir manso, sin emociones;
+semejanza que un atento observador habría podido apreciar, no obstante
+las diferencias que la edad marcaba en uno y otro. Había, sin embargo,
+momentos en que Calpena se expresaba como un viejo, y don Pedro como un
+muchacho.</p>
+
+<p>El segundo día de hospedaje, desayunándose juntos, hablaron de
+política, que era en aquel tiempo la usual, la obligada comidilla, lo
+mismo al almuerzo que a la cena.</p>
+
+<p>—¿Qué le parece a usted, amigo don Fernando? —dijo Hillo—.
+¿Nos cumplirá ese señor Mendizábal todo lo que nos ha prometido?
+Porque ya ve usted si ha venido con ínfulas. Que acabará la guerra
+carlista en seis meses, y que para entonces no veremos un faccioso
+ni buscándolo con candil. Que pondrá término a la anarquía, cortando
+el revesino a todas las juntas. Que arreglará la Hacienda, y pronto
+rebosarán las arcas del Tesoro. Que hará de la España una nación tan
+grande y poderosa como la Inglaterra, y seremos todos felices,<span
+class="pagenum" id="Page_24">p. 24</span> y nos atracaremos de libertad
+y orden, de pan y trabajo, de buenas leyes, justicia, religión,
+libertad de imprenta, luces, ciencia, y, en fin, de todo aquello que
+ahora no comemos ni hemos comido nunca.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch3">
+ <h2 class="nobreak g1">III</h2>
+</div>
+
+<p>—Yo, amigo Hillo, no entiendo este endiablado Madrid, ni puedo darle
+a usted una opinión sobre lo que me pregunta. Aún no he tomado tierra.
+Ahora vengo de Francia, y allí, puedo asegurarlo, los españoles que he
+conocido se hacen lenguas del señor Mendizábal, y ven en él a un hombre
+extraordinario, providencial, que ha de regenerar la España.</p>
+
+<p>—¡Viene usted de Francia! —exclamó Hillo picado de curiosidad
+ardiente—. Y en Francia ha dejado a sus padres...</p>
+
+<p>—Yo no tengo padres. No los he conocido nunca.</p>
+
+<p>—Entonces tendrá usted tíos.</p>
+
+<p>—Tampoco. Yo me crié en Vera, en casa de un sacerdote, que murió
+hace tres años. Sus hermanos me mandaron a París, a una casa de
+comercio. Un año he vivido en la capital de Francia. Después pasé a
+Olorón...</p>
+
+<p>—Pero es usted español, seguramente.</p>
+
+<p>—Creo que sí..., digo, sí: español soy.</p>
+
+<p>—Habla usted nuestra lengua con gran corrección.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_25">p. 25</span></p>
+
+<p>—Lo mismo hablo el francés.</p>
+
+<p>Más avivada a cada momento la curiosidad del buen clérigo, arreció
+en sus preguntas:</p>
+
+<p>—Y dígame, si no hay inconveniente en que yo lo sepa: ¿viene
+usted a estudiar una carrera, o a ocupar una placita en nuestra
+administración?</p>
+
+<p>—Vengo a buscarme una manera de vivir honrada y modesta.</p>
+
+<p>—¿Tiene usted aquí familia, parientes, amigos...?</p>
+
+<p>—No lo sé... Creo que no..., creo que sí.</p>
+
+<p>—Traerá usted cartas de recomendación.</p>
+
+<p>—No, señor... Mis tíos (y llamo tíos al hermano y parientes del cura
+de Vera, en cuya casa me he criado) enviáronme a Madrid, sin decirme
+más que lo que va usted a oír: «Anda, hijo, que aquí no saldrás nunca
+de la pobreza oscura, y allá..., allá puedes encontrar protecciones
+donde y cuando menos lo pienses». Me hicieron el equipaje con la poca
+ropa que tenía, me costearon el viaje, diéronme algo para los primeros
+días, y aquí me tiene usted...</p>
+
+<p>—Esperándolo todo de la suerte, de lo desconocido... ¡Ah, señor de
+Calpena, usted pitará! No le faltarán contratiempos, afanes; pero no es
+usted, me parece, de los que se ahogan en este piélago. Y dígame otra
+cosa: ¿ese buen párroco de Vera...?</p>
+
+<p>—Un gran humanista, señor, más versado en los clásicos latinos y
+griegos que en Teología y Cánones.</p>
+
+<p>—Bien se le conoce a usted, en su manera<span class="pagenum"
+id="Page_26">p. 26</span> de expresarse, la sabia mano que le ha
+pulimentado.</p>
+
+<p>—Sabía mucho mi padrino —dijo don Fernando con tristeza—; y aunque
+él se esforzó en darme todo su saber, yo no he tomado sino parte
+mínima.</p>
+
+<p>—¿Modestia tenemos? Pues a mí me da en la nariz, señor don
+Fernandito, que usted ha de ser un grande hombre. Este tarambana de
+Nicomedes me aseguraba ayer que el porvenir será de los románticos, así
+en literatura como en política. Yo sostengo lo contrario. La sociedad
+se va hartando de contorsiones y de hipérboles, y el clasicismo, la
+corrección, la serenidad, la devoción de las buenas reglas, han de
+gobernar el mundo. ¿No cree usted lo mismo?</p>
+
+<p>Don Fernando, profundamente abstraído, fijaba sus ojos en el ya
+vacío pocillo de chocolate.</p>
+
+<p>—Yo no puedo tener opinión, no acierto aún a formar juicio de nada
+—murmuró al fin—: soy un chiquillo.</p>
+
+<p>—Pues lo dicho... No sé por qué me figuro que entrará usted en
+esta diabólica villa con pie derecho. En todas las cosas y casos de
+la vida..., esto es observación mía, que no me falla..., los primeros
+pasos dan la norma de la suerte total.</p>
+
+<p>—Pues si es así, amigo Hillo —dijo Calpena, revelando en su
+agraciado rostro más confusión que alegría—, yo he de ser el niño
+mimado de la fortuna, porque en mis primeros pasos en Madrid no piso
+más que flores.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_27">p. 27</span></p>
+
+<p>Bien, hombre, bien: hay hombres predestinados a la dicha, como los
+hay al sufrimiento, y de estos, alguno conozco yo, sí, señor, y más de
+lo que quisiera... Y puedo asegurarle que no siento envidia de usted,
+siendo, como soy, desgraciado <i>a nativitate</i>. Créame: el suelo que
+yo piso es todo abrojos y guijarros cortantes... Pero ando..., ando
+siempre, y adelante. Lo repito: no soy envidioso, y cuando veo a un
+hombre con suerte, me alegro, le doy mis plácemes, y digo: «Bendito sea
+Dios, que, por hacer de todo, también hace seres felices».</p>
+
+<p>—No estoy yo seguro de serlo, ni me fío de estas venturas, que bien
+podrían ser engañosas, traicioneras.</p>
+
+<p>—No digo que no... Pero cuando viene la dicha, hay que tomarla
+sin remilgos. La Fortuna, deidad caprichuda, descaradota, se muestra
+más liberal con los que no se asustan de sus favores. Los modestos
+y encogiditos no le entran por el ojo derecho. Sea usted arrogante,
+acometedor; confíe en sí mismo y en su estrella; láncese sin miedo,
+<i>arrancando</i>, a toda clase de empresas, ya políticas, ya
+literarias, ya mercantiles, que de fijo en todas alcanzará la meta.
+Ejemplos, aunque no muchos, tiene usted aquí de hombres privilegiados
+que nacieron en la mayor humildad, y luego, mansamente, sin hacer
+nada por sí, se ven levantados del polvo y conducidos por manos de
+ángeles a los cielos de la prosperidad y de la gloria. Vea usted a este
+señor de Mendizábal, que se nos<span class="pagenum" id="Page_28">p.
+28</span> ha entrado por las puertas de España. Le encargaron a
+Inglaterra para ministro de Hacienda, como se encargan los niños a
+París, y por llegar, con la sola fuerza de su desahogo, que se impone
+a todo el mundo, se ha calzado la Presidencia del Consejo y cuatro
+ministerios. ¿Y quién es Mendizábal? Un hombre sin estudios, que no
+aprendió más que a leer y escribir, y algo de cuentas. ¿Pues qué es
+esto más que suerte? Y los afortunados, ¿qué son sino hombres que se
+pasan el mundo por debajo de la pata, y han tirado la modestia y los
+miramientos como se tira la careta de trapo que molesta y acalora el
+rostro?</p>
+
+<p>—No estamos conformes —dijo don Fernando, más comedido en sus pocos
+años que el viejo Hillo— en esa manera de apreciar las causas del éxito
+en la vida pública. Además, no admito que el señor Mendizábal sea
+hombre tan ignorante, ni que carezca de autoridad para desempeñar uno,
+dos o media docena de ministerios. Cierto que no sabe latín; pero es
+muy práctico en asuntos mercantiles. Dígame usted, con la mano puesta
+en el corazón, si cree que para gobernar a los pueblos es indispensable
+tratar de tú a Horacio y Virgilio.</p>
+
+<p>—¡Qué sé yo!... Una pasadita de Cicerón no les viene mal a los
+señores que andan en la política. Pero, en fin, concedo...</p>
+
+<p>—Preveo el argumento que usted va a emplear ahora mismo, y me
+anticipo a refutarlo.</p>
+
+<p>—Bien, hombre, bien —dijo gozoso don Pedro,<span class="pagenum"
+id="Page_29">p. 29</span> sintiéndose maestro de Humanidades—. Ha
+empleado usted con verdadera elegancia una forma de raciocinio que
+los retóricos llamamos <i>prolepsis</i>... Eso es: anticiparse a la
+objeción, prevenir los argumentos del contrario, refutarlos antes que
+los emita...</p>
+
+<p>—Justamente; y usted ahora, con maestría indudable, ha empleado la
+<i>expolición</i> o <i>amplificación</i>...</p>
+
+<p>—Que también llamamos <i>conmoración</i>..., ¿no es eso?</p>
+
+<p>—Y que cuando degenera en abuso se denomina <i>tautología</i>
+y <i>perisología</i>... Volviendo a mi <i>prolepsis</i>, prosigo.
+Usted me dirá que, si no es necesario saber latín para regir a las
+naciones, tampoco estriba la ciencia de gobierno en el arte o manejo
+de los negocios mercantiles; es decir, que si mal nos gobiernan los
+humanistas, no lo harán mejor los comerciantes.</p>
+
+<p>—Efectivamente.</p>
+
+<p>—A eso respondo que el señor Mendizábal no es un simple mercader,
+de esos que compran y venden géneros: es, si se me permite decirlo
+así, comerciante político, y no me busque usted en este concepto la
+<i>anfibología</i>, que no la hay. Comerciante político quiere decir:
+el que entiende de manejar el crédito de los países y distribuir su
+Hacienda, de imponer y recaudar tributos...</p>
+
+<p>—El señor Mendizábal era el año 23 un traficante gaditano; menos
+aún, dependiente en la casa del señor Bertrán de Lis, y se metió a
+contratista de las provisiones del ejército,<span class="pagenum"
+id="Page_30">p. 30</span> con lo cual hizo su pacotilla en pocos
+años.</p>
+
+<p>—Sus opiniones avanzadas y la viveza de su genio, le arrastraron a
+la empresa de abastecer al ejército y marina en condiciones tales, que
+su servicio fue, más que negocio, un caso de abnegación y patriotismo.
+Todavía no se han liquidado aquellas cuentas, y las ganancias de don
+Juan de Dios, si las tuvo, están aún en poder de la nación.</p>
+
+<p>—Porque usted lo dice lo creo... Persona de mi mayor confianza me
+ha contado a mí que Mendizábal, allá por el año 20, era en Cádiz un
+muchachón alborotado, bullanguero, de una intrepidez loca para las
+aventuras políticas. Él y otros tales no hacían más que conspirar
+en logias y cuarteles para que volviese la Constitución del 12, y
+destronar al rey o convertirlo en un monigote.</p>
+
+<p>—Es verdad.</p>
+
+<p>—Y que trabajó por la bandera que defendían Riego, Arco, Agüero,
+Quiroga...</p>
+
+<p>—También es cierto. Todas aquellas trapisondas salían de la
+masonería, que ahora es una vieja pintada, y entonces era una
+mocetona llena de vida y seducciones, con las cuales enloquecía a la
+juventud.</p>
+
+<p>—No me disgusta la imagen, señor mío. Adelante.</p>
+
+<p>—En Cádiz existía lo que llamaban el <i>Soberano Capítulo</i> y el
+<i>Sublime Taller</i>, y qué sé yo qué. De estos talleres y capítulos
+salían las conspiraciones para sublevar el ejército y derrocar la
+tiranía; de allí las trifulcas, las asonadas, los ríos de sangre...
+Mendizábal<span class="pagenum" id="Page_31">p. 31</span> era masón,
+que en aquel tiempo era lo mismo que decir <i>político</i>. Si quiere
+usted más noticias, pídaselas a don Antonio Alcalá Galiano, que anduvo
+con él en aquellos trotes; al señor Istúriz, a don Vicente Bertrán de
+Lis...</p>
+
+<p>—De donde se deduce, amigo Calpena —dijo el clérigo suspirando
+fuerte—, que el que pretenda en estos tiempos ser algo o conseguir
+alguna ventaja, aunque esta le corresponda de justicia, y lo intente
+sin agarrarse previamente a los faldones o a las faldas de esa gran púa
+de la masonería, es un simple o un loco.</p>
+
+<p>—No diré yo tanto. Las cosas son como son.</p>
+
+<p>—Tenga usted presente que hay logias liberales y logias
+absolutistas. Las primeras conspiran; las segundas también. Unas y
+otras introducen individuos suyos en la contraria, fingiéndose amigos,
+para sorprender secretos.</p>
+
+<p>—Si, sí; y se pelean en las tinieblas de los ritos nefandos. De las
+unas salen los ejércitos sediciosos, que todo lo destruyen y profanan;
+de las otras los tribunales sanguinarios que levantan la horca. Así
+vive España..., hoy te fusilo, mañana te ahorco.</p>
+
+<p>—Y vea usted. Si el 24 hubiera sufrido don Juan de Dios la suerte
+de su compinche Riego, hoy no tendríamos la dicha de que ese señor nos
+arreglara la Hacienda, y nos hiciera juiciosos y ricos.</p>
+
+<p>—Porque escapó a Inglaterra.</p>
+
+<p>—Le llamaba la banca más que la política.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_32">p. 32</span></p>
+
+<p>—Se estableció en un país grande y libre, donde forzosamente había
+de aprender muchas cosas solo con tener ojos y ver, solo con tener
+oídos y oír.</p>
+
+<p>—Sí, porque en los libros me parece que poco aprende su ídolo de
+usted. Le llamo así porque veo, amigo Calpena, que es usted de los
+devotos furibundos del <i>hombre nuevo</i>, y que conoce su vida y
+milagros, entendiendo por milagro lo que dicen ha hecho en Portugal.</p>
+
+<p>—Algo sé del señor Mendizábal... Más de lo que usted piensa.</p>
+
+<p>—¿Andan por el extranjero biografías del grande hombre?</p>
+
+<p>—No he leído ninguna.</p>
+
+<p>—¿Pues quién se lo ha contado?</p>
+
+<p>—Él mismo.</p>
+
+<p>—¡Le conoce usted..., le trata!</p>
+
+<p>Al ver en el rostro de Calpena la sonrisa plácida y el movimiento
+afirmativo con que a su pregunta respondía, Hillo se quedó suspenso
+de estupor, de admiración... No daba crédito a tan inaudito caso de
+precocidad. ¡Tan joven, y haber tratado a Mendizábal, charlar con
+él, quizás poseer su confianza! Desde aquel momento vio el clérigo
+en su amiguito un ser extraordinario, misterioso. Aumentaban su
+fascinación la procedencia extranjera del joven; el no saberse
+quién era; la atención y exquisitos cuidados que le prodigaban los
+patrones, recatando sigilosamente el nombre de las personas que habían
+recomendado al nuevo huésped; la educación<span class="pagenum"
+id="Page_33">p. 33</span> exquisita de este; su aire, belleza y modales
+aristocráticos... y, sobre todo, haber tratado a Mendizábal, y oír de
+él mismo la narración de episodios históricos y lances personales. Don
+Pedro se levantó de su asiento impulsado de la sorpresa, que como un
+resorte le movía, y dio pasos desordenados, repitiendo:</p>
+
+<p>—¡Le conoce, le ha tratado!... Dígame, cuénteme: no deje que me
+abrase la curiosidad.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch4">
+ <h2 class="nobreak g1">IV</h2>
+</div>
+
+<p>—Allá voy —dijo Calpena indicando a su amigo que se sentara—.
+Paréceme haber contado a usted que los hermanos de mi padrino me
+mandaron a París a instruirme en el comercio y la banca. Empecé a
+trabajar, digo, a aprender, en la casa de comisión de Reischoffen y
+Bloss, alsacianos, donde solo estuve tres meses, pasando después a la
+célebre casa de banca de Ardoin, que opera por millones de millones, y
+hace empréstitos a las naciones apuradas, negociando con los estados
+y con los reyes, con los gobiernos y hasta con las revoluciones. En
+fin, esto es largo de contar. Allí estaba yo muy bien. Llevaba toda la
+correspondencia de la América española; me daban regular sueldo, y el
+principal me distinguía y me trataba con mucho miramiento. Un día de
+febrero vimos entrar<span class="pagenum" id="Page_34">p. 34</span> a
+un señor alto y bien parecido, de ojos negros, cabello rizado, patillas
+cortas, muy elegante y pulcro. Al punto corrió la voz entre los
+dependientes:</p>
+
+<p>—Es Mendizábal, el gran Mendizábal, el restaurador de la Monarquía
+legítima en Portugal...</p>
+
+<p>Entró en el despacho del barón, nuestro jefe, y a la media hora este
+me llamó...</p>
+
+<p>—Para presentarle al señor don Juan de Dios.</p>
+
+<p>—No, señor: para mandarme que le acompañara por las calles de
+París, que yo conocía perfectamente, y el señor Mendizábal no. Tenía
+que ir a la casa Erlanger, <i>rue Drouot</i>, muy cerca de la nuestra,
+<i>Chaussée d’Antin</i>. Cojo mi sombrero, y me pongo a la disposición
+del hombre grande, en cuya compañía salí muy orgulloso. Por la calle
+me hizo mil preguntas: quién era yo, cómo se llamaban mis padres,
+cuánto tiempo llevaba de residencia en París y de aprendizaje en casa
+de Ardoin. Yo le contesté como pude, y al llegar a las oficinas de
+Erlanger me mandó esperar para que le condujese a otra parte.</p>
+
+<p>—Nada, que le cayó usted en gracia —dijo Hillo restregándose las
+manos—. Así se empieza, así.</p>
+
+<p>—Al salir de la visita me preguntó si sabía yo cuál era la mejor
+casa de París en guantes y perfumería, y le indiqué Damiani, en el
+boulevard Saint-Denis. Tomó el hombre un coche de alquiler, que allí
+llaman <i>fiacre</i>, y fuimos de compras. Debo decirle a usted que es
+algo presumido, y que gusta de acicalarse y lucir su buena figura. De
+la guantería<span class="pagenum" id="Page_35">p. 35</span> fuimos
+a comprar un maletín de mano para viaje, con muchos compartimientos
+y algún secreto para papeles reservados. Compró también un calzador,
+tirantes y algunas otras baratijas que no recuerdo. Dejome en mi
+escritorio, y él se fue a su hotel, en la <i>rue de l’Arcade</i>,
+mostrándose en la despedida tan fino y al propio tiempo tan llano, que
+yo estaba encantado. Díjome que, siempre que no le convidasen, comería
+en el Palais Royal, en casa de Very, y se dignó invitarme, excusándome
+yo todo turbado y confuso.</p>
+
+<p>—Esto se llama caer de pie, amigo mío, o nacer en Jueves Santo. Siga
+usted, que me parece que aún falta algo.</p>
+
+<p>—Verá usted. A los dos días mandó un recado a mi principal,
+pidiéndole un buen amanuense español que escribiese corrido, con
+buena letra y mejor criterio. El barón me eligió a mí, y aquí me
+tiene usted, encerrado con el señor Mendizábal en una cómoda estancia
+del hotel <i>Meurice</i>, los dos frente a frente, con una mesa por
+medio, él dictando y yo escribiendo. Hombre más incansable no he visto
+en mi vida. Cinco horas me tuvo con la pluma en la mano. Dictó una
+larguísima carta a Martínez de la Rosa, otra al Conde de Toreno, y dos
+o tres a personas para mí desconocidas. Él estaba en bata, una bata
+elegantísima, y zapatillas de terciopelo, con las que lucía su pie
+pequeño, que parece de mujer. Casi era preciso escribir taquigrafía
+para poder seguirle. Expresaba su pensamiento con rapidez; rectificaba
+pocas veces;<span class="pagenum" id="Page_36">p. 36</span> no se
+paraba en el estilo; iba derecho al asunto y a la idea, sin cuidarse
+de la forma. Mandome volver al día siguiente, y me dictó tres o cuatro
+decretos, uno de ellos suprimiendo las órdenes religiosas y haciendo
+tabla rasa de todos los frailes, monjas, clérigos y beatas que hay en
+estos reinos, estableciendo la reversión de todos los bienes al Estado
+para venderlos... y ¡qué sé yo!</p>
+
+<p>—¡María Santísima! Pero eso sería broma.</p>
+
+<p>—¿Broma? Ya verá usted las que gasta ese sujeto. No habíamos
+concluido aquella degollina de frailes y la repartición de sus
+riquezas, cuando entró un señor inglés, que debía de ser diplomático,
+pariente, sobrino, hijo quizás del embajador en Madrid, que no sé cómo
+se llama.</p>
+
+<p>—<i>Mister</i> o <i>sir</i> Jorge Williers. Adelante.</p>
+
+<p>—Y hablaron en inglés, y no entendí una palabra... Bueno: pues en
+esto son anunciados tres españoles, y don Juan les manda pasar. ¡Ay,
+qué alegría, qué abrazos, qué tarabillas, hablando todos a un tiempo!
+Evocaban recuerdos de la juventud, alababan lo pasado, denigraban lo
+presente con saña y cuchufletas... La conversación fue continuada
+en castellano, después de hacer Mendizábal con gran ceremonia la
+presentación del inglés a los españoles, y viceversa. Pregunté al
+señor don Juan si debía retirarme, y me mandó que me quedara, lo que
+me supo muy bien. ¡Qué gusto estar mano a mano con aquellos señorones,
+calladito, oyendo todo lo que decían, que era sabroso, picante y muy
+instructivo,<span class="pagenum" id="Page_37">p. 37</span> pues
+yo poco o nada sabía de España! Mandó don Juan al mozo que sirviese
+vino de Porto, y con esto las lenguas se soltaron aún más de lo que
+estaban.</p>
+
+<p>—Recordará usted los nombres de esos tres españoles, que de fijo
+hablarían pestes de su patria.</p>
+
+<p>—Los nombres no los recuerdo; las caras, sí: de seguro son
+personajes de acá, y puede que alguno esté hoy en candelero. El uno
+puso de vuelta y media a ese Martínez de la Rosa; el otro no dejó hueso
+sano al conde de Toreno, que entonces era ministro, y el tercero le
+hincó el diente venenoso a la reina Cristina y a su marido don Fernando
+Muñoz.</p>
+
+<p>—¡Lástima que usted no se fijara en los nombres!</p>
+
+<p>—Continúo. Pues hablando, hablando de lo revuelto que está todo,
+de lo mal que gobiernan los que gobiernan, de las cosas gordas que
+se preparan, la conversación recayó en los asuntos de Portugal, y
+uno de ellos dijo que en Lisboa había salido un folleto poniendo
+de oro y azul a Mendizábal, y negando que tuviera arte ni parte en
+la restauración de doña María de la Gloria. Armose entonces gran
+tremolina. Don Juan Álvarez daba golpes en el brazo del sillón,
+acusando de envidiosos y calumniadores a algunos españoles residentes
+en Portugal; indignose el inglés, echando venablos en su lengua, y los
+otros atribuían todo a intrigas de los <i>moderados</i> (no sé qué
+gente es esta que aquí llaman <i>moderada</i>), por arrojar lodo a
+la figura<span class="pagenum" id="Page_38">p. 38</span> del grande
+hombre que se indicaba ya como el único que podía enderezar al país.
+No sé cuál de ellos manifestó no estar al corriente de lo de Portugal,
+por haber vivido fuera de la península durante los años de aquellas
+tremolinas... (paréceme que el tal es militar y de los que aquí llaman
+<i>ayacuchos</i>), y entonces don Juan Álvarez, a instancias de todos,
+refirió puntualmente las grandes empresas a que prestó su auxilio.</p>
+
+<p>—Y se despacharía a su gusto, abultando los peligros, y
+presentándose como enviado de la Providencia divina.</p>
+
+<p>—Solo puedo asegurarle a usted que en lo que relató se ve la verdad,
+así como una energía pasmosa, fecundidad de arbitrios, recursos
+ingeniosos, entusiasmo para encender más la voluntad, maña para suplir
+a la fuerza. Lo que sí me pareció notar es que el buen señor se regodea
+contando sus empresas: gusta de hablar de sí mismo, y de hacer ver
+que sin él no se hubiera hecho nada, lo que en muchos casos parecía
+verdad.</p>
+
+<p>—Psh..., todo se redujo a proporcionar a don Pedro un empréstito...
+Sin dinero no se hacen revoluciones. Mendizábal, por su metimiento en
+las casas mercantiles de Londres, fácilmente levantaba fondos para
+quitar y poner reyes. Si para echar a los reyes se necesita dinero, el
+volver a traerlos cuesta mucho más. No anda sin unto el carro de las
+restauraciones.</p>
+
+<p>—Perdone usted. Mendizábal hizo bastante más que proporcionar a don
+Pedro los cuartejos<span class="pagenum" id="Page_39">p. 39</span> que
+necesitaba. Ya comprende usted que mientras el grande hombre refería
+sus hazañas, yo ni le quitaba ojo ni perdía silaba. Todo lo oí, y se me
+ha quedado bien presente... Hizo verdaderos prodigios, y se mostró gran
+financiero, gran político, y hasta gran militar, con unas facultades
+de organización que ya las quisieran más de cuatro... Don Pedro y su
+hija se habían refugiado en las islas Terceras, y allí pasaban su
+triste vida mirando al cielo, esperando su salvación de la Providencia.
+Pero esta no les hacía maldito caso, y los ingleses, a quienes el buen
+emperador brasileño pedía recursos, no soltaban ni un chelín. En una
+de sus excursiones a Londres, el aburrido Don Pedro y Mendizábal se
+conocieron. Don Juan le dio alientos; le indujo a perseverar en su
+empresa, minando la tierra para procurarse hombres y pecunia, ambas
+cosas necesarias para conquistar reinos, y empezó por facilitarle un
+empréstito de la casa Ardoin, mi casa, señor Hillo, la casa donde fui
+triste aprendiz con ciento cincuenta francos de sueldo al mes... Cien
+mil libras esterlinas entraron en el bolsillo de don Pedro, y con ellas
+renació la esperanza de sentar en el trono a la niña. El hombre se
+metió de hoz y de coz en la causa portuguesa, y no habría hecho más si
+doña María de la Gloria fuera su propia hija.</p>
+
+<p>—Bien, bien: así han de ser los hombres.</p>
+
+<p>—En un santiamén compró dos fragatas por cuenta de la Regencia, que
+tal era el gobierno<span class="pagenum" id="Page_40">p. 40</span>
+constituido por don Pedro en la capital de las Terceras. Advierta
+usted que en estas compras empleaba sus recursos, sin más garantía que
+una palabra del emperador. Adquiridos los barcos, agenció en la City
+más dinero, más, y en seguida, a buscar hombres, soldados. Mientras
+en las Terceras se organizaban unos seis mil, en Plymouth, puerto de
+Inglaterra, se alistaban más. Mendizábal, que en todos estos asuntos
+ponía siempre una vehemencia y un ardor increíbles, y así lo declara
+él mismo, no tenía sosiego... Creo yo que las empresas políticas le
+seducen, le enloquecen; pone en ellas toda su alma y una actividad
+febril... El hombre se multiplicaba. Sus propios asuntos perdían para
+él todo interés. No vivía más que para la Monarquía liberal portuguesa.
+Él mismo lo dice: «Cuando se le enciende el patriotismo no vive, no
+desmaya hasta conseguir lo que se propone». Cien vidas propias daría él
+por exterminar a los sectarios del usurpador absolutista don Miguel,
+que es allí lo mismo que aquí nuestro don Carlos María Isidro... No
+contento con los alistamientos que había hecho en Inglaterra con ayuda
+del duque de Palmela, se planta en Bélgica, y en cuatro días, auxiliado
+por su amigo el general Van Halen, busca y encuentra, organiza y equipa
+un regimiento de mil flamencos con sus jefes y todo... En Ostende les
+embarcaron en un buque de vapor fletado en Londres, y reunidos en
+Plymouth con los ingleses y portugueses, zarpó<span class="pagenum"
+id="Page_41">p. 41</span> la expedición contra Oporto, mandada por el
+mismo don Pedro. Dominaban en Oporto los liberales, por lo que no le
+fue difícil al padre de doña María la ocupación de aquella capital.
+Pero el don Miguel acudió con mucha tropa, puso cerco a la plaza, y si
+bien no pudo entrar en ella, tampoco los <i>mariístas</i> podían salir.
+Allí hubiera sucumbido don Pedro, si Mendizábal, desde Londres, no le
+animara a la resistencia ofreciéndole nuevos auxilios. ¿Qué hizo el
+hombre? Pues buscar más dinero; reunir más soldados; formar al propio
+tiempo una escuadra, cuyo mando se ofreció al célebre almirante inglés
+Napier. Escuadra y segundo ejército debían operar en los Algarbes, para
+sublevar en pro de la reina a las poblaciones del sur, y atacar por
+retaguardia el ejército miguelista. Todo se hizo tal y como lo había
+dispuesto don Juan... La segunda expedición se dirige a Oporto, donde
+refuerza a los combatientes asechados por don Miguel; después parten
+dos mil hombres a los Algarbes, desembarcando felizmente. Allí se pasan
+a los liberales algunas tropas del absolutismo: entre todas invaden el
+Alentejo. La escuadra mandada por Napier desbarata la miguelista en
+el cabo de San Vicente; don Pedro sale de Oporto y bate a don Miguel.
+Replegándose a Lisboa, recibe este otro achuchón tremendo de las tropas
+liberales, y ya tenemos al emperador entrando triunfante en su capital,
+a la niña doña María de Braganza en el trono, y al don Miguel escapando
+para el<span class="pagenum" id="Page_42">p. 42</span> extranjero como
+alma que lleva el diablo.</p>
+
+<p>—Y hecho todo eso, que si es como usted lo cuenta, no dudo en
+calificarlo de maravilloso, el don Juan Álvarez se volvió a su
+escritorio de Londres tan fresco, a contar millones, calcular
+empréstitos, extender letras de cambio, mirando dónde salta otra reina
+que socorrer, y otro usurpador malsín a quien poner en la puerta.</p>
+
+<p>—Que no faltan, como usted ve.</p>
+
+<p>—Pero Portugal es chico: puedo compararle a un juguete, para estas
+cosas de revoluciones y quita y pon de tronos. Ahora veremos cómo se
+las arregla aquí el gaditano; aquí, donde salimos de una zaragata para
+entrar en otra, donde nos peleamos por los derechos a la corona, por
+las Juntas, por la Milicia Urbana, por una letra de más o de menos en
+la Constitución, y por lo que dicen o dejaron de decir Juan y Manuela.
+Vamos a ver a los hombres guapos; a los salvadores de sociedades;
+a los que sacan el dinero de debajo de las piedras para equipar
+soldados; a los genios, como ahora se dice; a los que calman las olas
+revolucionarias con el <i>quos ego</i>... del amigo Neptuno.</p>
+
+<p>—Adelante: va muy bien. Está usted empleando una forma de ironía muy
+bella. Es lo que llamamos <i>cleuasmo</i>.</p>
+
+<p>—Dispense usted. Esta forma irónica se llama <i>carientismo</i>.
+Consiste, y bien lo recordará usted; consiste...</p>
+
+<p>—Sea lo que fuere, amigo Hillo, mi parecer es que Mendizábal no
+ha venido aquí por<span class="pagenum" id="Page_43">p. 43</span>
+ambición, sino por patriotismo. Oí contar que se hallaba muy tranquilo
+en Londres cuando recibió el nombramiento de ministro de Hacienda, que
+le dejó estupefacto.</p>
+
+<p>—Y estupefacto se ha venido aquí por Portugal; y en cuanto llegó a
+Badajoz, empezó a largar decretos... Bueno: le concedo a usted que esto
+sea patriotismo; pero es un patriotismo... romántico, y lo romántico
+sepa usted que a mí no me gusta. En literatura me apesta, y a ese
+francés que llaman Víctor Hugo le mandaría yo cortar el pescuezo: en
+política tengo por más funesto aún el romanticismo.</p>
+
+<p>—Puede que esté usted en lo cierto; pero el señor Mendizábal es ante
+todo hacendista, y en esto no creo yo que quepan romanticismos. Los
+números, ¡ay!, los números, amigo mío, son clásicos.</p>
+
+<p>—Allá lo veremos; y pues ya tenemos al hombre con las manos en la
+masa, pronto hemos de saber si yo me equivoco o se equivoca usted.</p>
+
+<p>—Yo no profetizo: yo espero, y...</p>
+
+<p>—¿Cree usted firmemente que don Juan Álvarez enderezará esta
+desquiciada nación?</p>
+
+<p>—No lo aseguro; pero confío en que lo hará.</p>
+
+<p>—Pues yo no.</p>
+
+<p>—¿En qué se funda?</p>
+
+<p>—No dudo que le sobren buena intención, voluntad firme, actividad,
+talento; pero...</p>
+
+<p>—¿Pero qué?</p>
+
+<p>—Que con sus buenas cualidades incurrirá<span class="pagenum"
+id="Page_44">p. 44</span> en el defecto de todos los ilustres
+señores que nos vienen gobernando de mucho tiempo acá. Talento
+no les falta, buena voluntad tampoco. Y fracasan, no obstante, y
+continuarán fracasando unos tras otros. Es cuestión de fatalidad en
+esta maldita raza. Se anulan, se estrellan, no por lo que hacen, sino
+por lo que dejan de hacer. En fin, amiguito, nuestros mandarines se
+parecen a los toreros medianos: ¿sabe usted en qué? Pues en que no
+<i>rematan</i>...</p>
+
+<p>—¿Qué significa eso?</p>
+
+<p>—No se ría usted del toreo, arte que me precio de conocer, aunque
+no prácticamente. Y sepa usted, niño ilustrado, que hay reglas comunes
+a todas las artes... De mi conocimiento saco la afirmación de que
+nuestros ministriles no <i>rematan la suerte</i>.</p>
+
+<p>—¿Y cree usted que Mendizábal...?</p>
+
+<p>—Hará lo que todos. Empezará con mucho coraje, y un trasteo de
+primer orden..., pero se quedará a media suerte. Usted lo ha de ver...
+Que no remata, hombre, que no remata... Y créame usted a mí: mientras
+no venga uno que remate, no hemos adelantado nada.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch5">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_45">p. 45</span></p>
+ <h2 class="nobreak">V</h2>
+</div>
+
+<p>Alejose hacia su cuarto, accionando festivamente, y en dirección al
+suyo iba también Calpena, cuando le detuvo el patrón señor Méndez, y le
+dijo entre risueño y respetuoso:</p>
+
+<p>—Ahí tiene usted el sastre.</p>
+
+<p>—¿Qué sastre?</p>
+
+<p>—Pues el cortador mayor del señor Utrilla, que viene a tomarle
+medida. Le mandé pasar a la sala, donde espera hace un cuarto de
+hora.</p>
+
+<p>—Ese señor se equivoca. Yo no he llamado a ningún sastre.</p>
+
+<p>—Aunque no le haya usted llamado, él viene, y cuando viene, él sabrá
+por qué. Déjese tomar medida, y que le hagan cuanta ropita necesite
+para ponerse bien guapo.</p>
+
+<p>—¿Pero está usted loco?... ¿No hay más que encargar ropa? Y
+luego..., señor Méndez..., luego vienen las cuentas, ¿y qué hacemos?
+¿Soy acaso un señor Mendizábal, que con cuatro rasgos de pluma fabrica
+millones?</p>
+
+<p>—Las cuentas no son cuenta de usted, sino de quien las pague. Entre
+el señor en su cuarto, y escoja las telas, y déjese que le midan el
+cuerpo a lo largo y a lo ancho...</p>
+
+<p>—Que pase ese hombre —dijo Calpena<span class="pagenum"
+id="Page_46">p. 46</span> prestándose a todo, con la esperanza de salir
+de la confusión en que, desde su venturosa llegada a Madrid, vivía.</p>
+
+<p>En presencia del oficial, hombre finísimo, colorado y regordete,
+que iba cargado de muestras de diferentes paños, don Fernando no pudo
+resistir a la fascinación que ejercía sobre él, joven y gallardo, la
+idea de vestirse elegantemente. Ante todo quiso saber cómo y por qué
+los afamados sastres acudían en busca de parroquia sin que nadie les
+llamase; pero sus interrogaciones prolijas y capciosas no lograron
+aclarar el enigma.</p>
+
+<p>—Mi principal, el señor Utrilla —le dijo aquel relamido sujeto—,
+me ha mandado acá con muestras y encargo de tomar a usted medida para
+diferentes piezas. Hubiera venido él en persona con mucho gusto; pero
+está malo de un pie, y hoy no puede salir de casa. De quién ha recibido
+las órdenes para estas hechuras, yo no lo sé, señor mío, ni es cosa que
+me corresponde averiguar.</p>
+
+<p>—Pues yo —afirmó Calpena— no me dejo medir el cuerpo mientras no
+sepa... ¿Será tal vez alguna broma impertinente?</p>
+
+<p>—Eso, de ningún modo... Utrilla no se presta a tales bromas... Crea
+usted que, cuando me ha mandado aquí, es porque ha recibido órdenes
+de personas que saben el cómo y por qué de lo que encargan. Conque...
+tomemos esos puntos, y no piense usted en nada más que en vestirse como
+le corresponde.</p>
+
+<p>—Accedo, sí, señor —replicó don Fernando<span class="pagenum"
+id="Page_47">p. 47</span> en el tono de quien se presta a seguir un
+bromazo de buen género, y seducido además por la idea de ver realizada
+su ilusión juvenil de vestir buena ropa—. ¿Sabe usted el cuento del
+perrito y del trasquilador?</p>
+
+<p>—Sí, señor —dijo el otro, ayudándole a quitarse levita y chaleco—.
+Es un cuento viejísimo...</p>
+
+<p>—Pues ahora mida usted todo lo que quiera, y hágame todas las
+prendas de vestir que haya dispuesto... el amo del perrito.</p>
+
+<p>—Me han dicho que dos levitas, fraque, un traje de mañana..., cuatro
+pares de pantalones variados.</p>
+
+<p>—Ande usted, maestro... Y si quiere dejarle borlita en el rabo,
+déjesela usted.</p>
+
+<p>—La ropa más precisa para un joven <i>introducido</i> en sociedad.
+¿Qué menos? ¡Ah!, me olvidaba. También le haremos capa de sedán
+finísimo, con forros de piel de chinchilla.</p>
+
+<p>—Me parece muy bien... ¿Y las levitas, cómo han de ser?</p>
+
+<p>—El señor de Utrilla acaba de llegar de Londres... Precisamente
+al bajar de la diligencia se estropeó el pie. Pues ha traído las
+últimas novedades que se han puesto al uso en aquella capital. Las
+levitas son ahora cortas y de poco vuelo en los faldones; pero siguen
+muy entalladas, marcando bien la cintura. Las que ha traído el señor
+Mendizábal, y que tanto llaman la atención, son ya antiguas, y en
+Londres no las usan más que los <i>lores</i>, que es como si dijéramos
+los señores próceres protestantes, que tienen asiento en lo que<span
+class="pagenum" id="Page_48">p. 48</span> llaman Parlamento inglés, o
+sea las Cortes liberales de allá.</p>
+
+<p>—Hombre, bien... ¿Conque entalladas y de faldón corto?</p>
+
+<p>—Menos largo que el año pasado —dijo el sastre, tomando y anotando
+las medidas con singular presteza—. Los cuellos son ahora más largos,
+y bien caídos sobre los hombros; los botones grandes... Haremos una de
+las levitas, si a usted le parece, con cordones a la húngara...</p>
+
+<p>—Perfectamente. Despáchese usted a su gusto... ¿Y los paños?</p>
+
+<p>—Fíjese usted en este color verde oscuro, que es la gran novedad que
+ha traído Utrilla. Se llama <i>Lord Grey</i>, y es el gran <i>furor</i>
+en Londres.</p>
+
+<p>—Pues hagamos <i>furor</i> aquí... Pero las dos levitas no serán
+iguales.</p>
+
+<p>—Haremos azul gendarme, <i>Conde Orsay</i>, la de cordones. ¿Qué le
+parece?</p>
+
+<p>—Acertadísimo... ¿Y cuándo podré estrenar?</p>
+
+<p>—Lo activaremos todo lo posible... Tenemos mucho trabajo, y velamos
+para servir a tantísima parroquia.</p>
+
+<p>—Pero no me dejarán ustedes para lo último, como parroquiano
+pobre...</p>
+
+<p>—Será usted de los primeros... Y que tiene un talle de primer orden,
+y una forma de cuerpo que no hay más que pedir. Le caerá a usted la
+ropa que ni pintada.</p>
+
+<p>—Y en fraques, ¿qué se lleva?</p>
+
+<p>—Los fraques son ahora sin cartera; faldones<span class="pagenum"
+id="Page_49">p. 49</span> nada de anchos, y los cuellos de la
+misma forma que las levitas. El señor Mendizábal los trae negros,
+verdaderamente <i>fachonables</i> por el corte y lo bien sentados.</p>
+
+<p>—¿Y el mío será también negro?</p>
+
+<p>—No, señor: a usted, por la edad, le corresponde... café claro.</p>
+
+<p>—¡Magnífico!... Y en pantalones ¿qué tenemos?</p>
+
+<p>—Sigue la moda de las telas escocesas; pero sin exagerar el tamaño
+de los cuadros. Haremos a usted dos <i>patencur</i>, y dos más
+ligeritos: uno negro para entierros, y otro claro. Se llevan estrechos,
+sin tocar en el extremo. Chalecos, se le harán a usted seis: dos de
+seda en claro, uno en oscuro, dos <i>piqué</i> y uno escocés.</p>
+
+<p>—¡Maravilloso! Y en tanto que me confeccionan todo eso, me estaré en
+casa, escondidito, leyendo las <i>Mil y una noches</i>, única lectura
+a que debo aplicarme ahora para hacerme a estas sorpresas... Adiós,
+maestro... Y que se esmeren en el corte... ¿Cuándo probamos? Estoy aquí
+a su disposición todo el día. ¿Pues cómo voy a salir a la calle con
+estos adefesios de ropa que he traído de mi pueblo?... Vaya con Dios...
+y no me olvide, maestro.</p>
+
+<p>Retirose el sastre, y don Pedro Hillo, que acechaba en la puerta
+aguardando que el joven estuviese solo, entró de rondón con los brazos
+abiertos, diciendo muy gozoso:</p>
+
+<p>—Pero, niño, ¡le regalan ropa elegante, y todavía gruñe! Rarísimos
+son en el universo estos<span class="pagenum" id="Page_50">p.
+50</span> fenómenos de salirle a uno sastres <i>ex-machina</i>, que le
+miden, le cortan, le cosen, y después no cobran. Casos tales acaecen
+solo de siglo en siglo, y hay que saber aprovecharlos. ¡<i>Oh fortunate
+nate</i>! Yo, que para hacerme una sotana tengo que ahorrar seis meses
+en la comida, le declaro a usted simple de solemnidad si no acepta
+calladito esas mercedes anónimas. Por la sagrada orden que profeso,
+declaro también que a mí no me ha pasado jamás cosa semejante, y que
+las deidades misteriosas y las manos ocultas no han existido para mí.
+A usted me arrimo, por si se me pega algo y halla en su ventura mi
+desventura algún remedio. Ya, ya sé..., me lo ha dicho Méndez, que
+anoche recibió usted un abultado pliego. Abrió, ¿y qué era? Billetes
+para los teatros del Príncipe y la Cruz. Dígame: ¿no ha recibido
+también para los toros?</p>
+
+<p>—Todavía no —dijo Calpena sonriente—; pero por lo que voy viendo, ya
+no dudo que los tendré la víspera de la primera corrida. Y como de los
+teatros mandan dos, para que vaya con algún amigo, iremos juntos a la
+plaza.</p>
+
+<p>—Ya le mandarán también, cuando empiece el tiempo de las máscaras,
+para los bailes de <i>Trastamara</i> y del <i>Café de Solís</i>. Pero
+a eso no podré acompañarle... Le daré consejos, porque de fijo han de
+salirle aventuras y le acosarán mascaritas...</p>
+
+<p>—Ya adivino sus consejos.</p>
+
+<p>—¿A que no?</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_51">p. 51</span></p>
+
+<p>—Que remate la suerte.</p>
+
+<p>—No, no es eso, sino todo lo contrario. Que se prevenga contra las
+celadas que pudieran tenderse a su voluntad honesta, virginal. Este
+Madrid es muy malo. No se fíe usted de las caras tapadas.</p>
+
+<p>—De las manos ocultas debo fiarme, según dice.</p>
+
+<p>—No es lo mismo. Esa mano desconocida le viste a usted, le da de
+comer, atiende a sus necesidades. Las caritas encapuchadas podrían
+hacer lo contrario: desnudarle, quitarle el pan de la boca y reducirle
+a la ruina y la miseria. Existirán tal vez, ¿quién asegura que no?,
+manos escondidas que quieran perderle, como las hay que trabajan por
+su bien. Lo primero que usted debe hacer es averiguar en qué cielo
+habita esa deidad misteriosa, para poder rezarle y pedirle lo que le
+convenga.</p>
+
+<p>—¿Qué le pediría usted para mí si estuviese en mi lugar?</p>
+
+<p>—Lo primero, un destino de Hacienda o de <i>lo Interior</i> con
+doce mil realetes... Y puesto a pedir, yo que usted pediría también la
+cátedra de Alcalá para un amigo.</p>
+
+<p>—Para usted eso y mucho más.</p>
+
+<p>—Las manos mágicas deben extender sus caricias a los buenos amigos.
+A Roma con Santiago he revuelto yo para conseguir esa humilde plaza, y
+aquí me tiene usted esperando a que san Juan baje el dedo. Si hubiera
+para mi una mano oculta, esa mano, en medio de las tinieblas de lo
+incógnito, me<span class="pagenum" id="Page_52">p. 52</span> daría una
+bofetada. Estoy dejado de la mano de Dios, por lo que voy creyendo que
+Dios está en todas partes menos en las oficinas, y que, si acaso está,
+no tiene en ellas la mano, sino el pie.</p>
+
+<p>—No hay que desmayar. Hagamos un trato. Búsqueme usted a la persona
+que ha mandado a Utrilla tomarme medidas, y si me la encuentra, prometo
+a usted solemnemente que el primer favor que pediré a mi desconocida
+providencia es esa colocación que usted desea..., esto en el caso de
+que nos resulte influyente.</p>
+
+<p>—¡Influyente!... ¡Por Dios, don Fernandito, no me venga usted con
+inocencias! Esa persona desconocida tiene que ser muy alta, pero muy
+alta.</p>
+
+<p>—¿En qué lo conoce?</p>
+
+<p>—A ver..., pronto, enséñeme usted la carta en que venían las
+localidades de teatro.</p>
+
+<p>—No es carta... Es un pliego cerrado con obleas... Aquí lo tiene
+usted.</p>
+
+<p>—A ver, a ver... ¡San Canuto, qué papel más fino!... Este papel,
+puede usted asegurarlo, no se encuentra en ninguna tienda de Madrid...
+¿Y la letra del sobre?... ¡Ay qué letra, san Bartolomé! ¿Es de mujer?
+¿Es de hombre?... Señor don Fernando, no se asuste de lo que voy a
+decirle. La mano que ha escrito esto es de sangre real.</p>
+
+<p>—¡Atiza!</p>
+
+<p>—¡De sangre real!... Y si no, al tiempo... ¡Ay, señor don Fernandito
+de mi alma, allá va una profecía! Déjeme usted ser profeta, y<span
+class="pagenum" id="Page_53">p. 53</span> adivino, y augur, y brujo,
+si usted quiere. Antes de cuatro días recibe usted, como llovido del
+cielo, el nombramiento... de...</p>
+
+<p>—¿De qué?</p>
+
+<p>—Vamos..., de Caballerizo Mayor del Reino, digo, de Palacio... Y si
+no es esto, será de otra cosa de mucha categoría.</p>
+
+<p>Rompió a reír Calpena, y dijo a su amigote:</p>
+
+<p>—Pero, señor don Pedro, ¿somos clásicos, o no somos clásicos?</p>
+
+<p>—Sí, sí, tiene usted razón: no desvariemos, ilustre joven; pero por
+de pronto, yo, el más desgraciado de los nacidos, quiero hacer constar
+que anhelo ser su amigo de usted. Sí, sí: seamos amigos; déjeme usted
+arrimarme al ser más afortunado, más resplandeciente de felicidad que
+he visto en mi vida. Es usted el sol, y yo me muero de frío.</p>
+
+<p>—Bueno, seamos amigos —replicó don Fernando, no sin cierta emoción—.
+Y pues el día está hermosísimo, vámonos de paseo, y le contaré a usted
+muchas cosas que ignora, y que quizás le hagan rectificar sus juicios
+acerca de mí como depositario de la dicha terrestre. Diré a usted quién
+soy, de dónde vengo, por qué estoy en Madrid...</p>
+
+<p>—Todo eso me interesa extraordinariamente... Ya me lo contará usted
+otro día; hoy no puede ser... Ni usted ni yo debemos salir hoy. Nos
+estaremos aquí toda la mañana acechando a Iglesias.</p>
+
+<p>—¿Pero Iglesias no duerme aún?</p>
+
+<p>—Aún estaría en el primer sueño, o empezando<span class="pagenum"
+id="Page_54">p. 54</span> el segundo, si no hubieran venido a
+despertarle muy temprano, serían las siete, dos de sus amigotes. Sin
+duda ocurren cosas gravísimas. ¿Y sabe usted quiénes son esos dos que
+entraron, y, tirándole de una pata, le sacaron de la cama? Pues yo
+tampoco lo sé a punto fijo, porque soy poco fuerte en fisonomías. Uno
+de ellos me parece que es el conde de las Navas; el otro tan pronto me
+parece Fermín Caballero, como Seoane... De que son pájaros gordos del
+jacobinismo, no tengo duda...</p>
+
+<p>—¿Y a nosotros qué nos importa?</p>
+
+<p>—A usted, hombre feliz por obra y gracia de la providencia
+enmascarada, nada le altera. ¿Ha leído usted <i>El Español</i> de
+hoy?... ¿A que no?... ¿A que tampoco ha leído <i>El Mensajero</i> ni
+<i>El Eco del Comercio</i>? En mi cuarto los tengo. Vienen los tres
+diarios echando bombas, cada uno según el son a que baila. Yo me
+alegro, para que se arme de una vez. Esta visita de los compinches de
+Iglesias tan a deshora, significa que anoche hubo gran trapatiesta
+en la casa de Tepa, entiéndase <i>logia</i>, y en los cafés donde
+rebulle la patriotería. Parece que las Juntas no quieren disolverse,
+las de Andalucía sobre todo, y he aquí al señor Mendizábal en un
+brete, porque nos ofreció poner fin a esta horrible anarquía, y en los
+primeros días creímos que lo lograba. Pero aquí, para que usted se
+vaya enterando, tanto puede la envidia de los propios, como la mala
+voluntad de los extraños; o en otros términos, que los amigos, o<span
+class="pagenum" id="Page_55">p. 55</span> sea el agua mansa, son más
+de temer que los enemigos. ¿No lo entiende? Pues quiere decir que los
+<i>estatuistas</i> templados caídos del poder con Toreno, se introducen
+en los conciliábulos de los patriotas, fingiéndose más exaltados que
+estos, para sembrar cizaña, y al propio tiempo los <i>libres</i> que
+aún no tienen empleo se van a las sacristías del otro bando y atizan
+candela, para que los diarios de la <i>moderación</i> se desborden y se
+encienda más el furor de las Juntas. Estas nos ofrecen un espectáculo
+delicioso. Una pide que se restablezca la Constitución del 12; otra que
+se modifique el Estatuto, y entre todas arman una infernal algarabía.
+El señor Mendizábal pretende gobernar en medio de esta jaula de locos
+furiosos. Manda tropas contra las Juntas, y los soldados se pasan a la
+patriotería... Y los carlistas, en tanto, bañándose en agua rosada,
+preparándose para venir hacia acá, porque Córdova no les ataca mientras
+no le manden refuerzos... Estamos en una balsa de aceite... hirviendo.
+¡Qué gratitud debemos al Señor Omnipotente por habernos hecho
+españoles! Porque si nos hubiera hecho ingleses o austríacos o rusos,
+ahora estaríamos aburridísimos, privados de admirar esta entretenida
+función de fuegos artificiales.</p>
+
+<p>—¿Y esos que están en el cuarto de Iglesias...?</p>
+
+<p>—Son patriotas furibundos... de buena fe; de los que creen que con
+degollar frailes, azotar monjas y hablar pestes de todos los<span
+class="pagenum" id="Page_56">p. 56</span> ministros, se arregla la
+nación. Sin quererlo, les preparan la suerte a los moderados. Algunos
+creen en Mendizábal, y otros le repudian porque no va por calles y
+plazuelas perorando, con un pendón en la mano... A todos tiene que
+contentar el señor de las largas levitas. Trabajo le mando... Si quiere
+usted que olfateemos lo que traman los compinches de Iglesias, vámonos
+a mi cuarto, donde al paso que usted lee <i>El Español</i> y <i>El
+Eco</i>, yo me daré mis mañas para pescar al oído alguna palabreja...
+Véngase usted para acá.</p>
+
+<p>Fuéronse de puntillas al cuarto de don Pedro, y desde él oyeron
+gran batahola en el de Iglesias; y no pudiendo este resistir el fuerte
+estímulo de su curiosidad, se coló en la caverna de los conjurados,
+pretextando recoger un tomo de las <i>Palabras de creyente</i>, de
+Lamennais, que había prestado a su amigo. No tardó en volver risueño
+con el libro, y con preciosas noticias de la conspiración, que
+resultaba la más inocente que en cerebros revolucionarios pudiera
+caber.</p>
+
+<p>—Nuestro gozo en un pozo, amigo Calpena. No tratan de ahorcar
+a medio mundo, ni de sublevar a la tropa, ni de meter más fuego
+a las Juntas. Las Juntas y toda esa marimorena les importa tanto
+a esos ángeles de Dios como las coplas de Calaínos. Lo que les
+trae tan levantiscos es que las elecciones para el Estamento están
+próximas, y ellos, cosa muy natural, quieren ser procuradores.
+Mendizábal conferenció anoche con Caballero, y<span class="pagenum"
+id="Page_57">p. 57</span> parece que le asegura la elección por Cuenca.
+Los otros dos, y alguno más que vendrá después, andan a la husma de
+las procuras, y quieren estar bien con Mendizábal y con el ministro de
+la Gobernación, don Martín de los Heros. Vea usted el secreto de estos
+aquelarres misteriosos.</p>
+
+<p>—¿Será posible, amigo Hillo, que yo, provinciano y desconocedor del
+mundo y de Madrid, tenga más malicia, más trastienda que usted, que
+lleva ya no sé cuántos años de andar en este terreno? Dígolo porque me
+figuro que Iglesias y sus amigotes le han engañado como a un chino. Al
+verse sorprendidos por la brusca entrada de usted en el escondrijo, han
+variado de conversación.</p>
+
+<p>—Por san Félix de Cantalicio, pienso que está usted en lo cierto...
+Me han dado el trapo. Soy toro noble.</p>
+
+<p>Aún no había concluido la frase, cuando entró Iglesias resueltamente
+en el cuarto de Hillo, y llegándose a don Fernando con resuelto ademán
+y sonrisa un tanto maliciosa, como de hombre muy corrido para quien no
+hay nada secreto, le dijo:</p>
+
+<p>—Ya sabemos, amigo Calpena, que ha traído usted de Francia un
+voluminoso paquete de papeles para el señor Mendizábal.</p>
+
+<p>Quedose un tanto suspenso el joven, y no supo qué responder.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch6">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_58">p. 58</span></p>
+ <h2 class="nobreak g1">VI</h2>
+</div>
+
+<p>—Le entregaron a usted ese paquete en Olorón. Lo había traído de
+Burdeos una señora... No..., no se ponga usted colorado, después de
+haberse puesto pálido. No se trata de ningún delito. Le dan a usted un
+encargo, y usted lo cumple puntualmente. No pretendo yo..., pues no
+faltaba más..., que usted me revele cosas sobre las cuales debe guardar
+secreto. No, no señor. Lo que sí puedo decirle es que el sujeto que
+debía recoger ese paquete o caja de manos de usted, para entregarlo al
+señor ministro, ya no vendrá a desempeñar esa comisión, porque anoche
+le han preso, y se halla incomunicado en el Saladero.</p>
+
+<p>Perplejo un buen rato quedó Calpena ante la osada interpelación de
+Nicomedes, que con brusquedad tan impertinente quería producir efecto,
+y ver confirmados sus informes en el rostro del simpático mozo; pero
+rehecho este prontamente del estupor, le contestó con tanta dignidad
+como cortesía:</p>
+
+<p>—Nuestra amistad, señor de Iglesias, que yo estimo mucho, no es tan
+antigua que a mí me permita informarle de si traigo o no encargos para
+determinadas personas, ni a usted preguntármelo en forma afirmativa, la
+cual revela una confianza un poquito prematura.<span class="pagenum"
+id="Page_59">p. 59</span> Va usted demasiado a prisa, amigo don
+Nicomedes. Cuatro días hace que nos conocemos.</p>
+
+<p>—Sentiría, señor Calpena, que usted interpretase mal lo que acabo
+de indicarle —dijo el otro recogiendo velas—. No pretendo que usted me
+revele el secreto de los encarguitos que le han confiado, ni eso a mí
+me importa. Creí yo que nuestra amistad, con ser de cuatro días, es ya
+bastante firme para que yo pueda tomarme la confianza de prevenirle
+contra ciertos peligros... Porque usted es un joven tan honrado como
+inexperto, y podría, con el candor propio de los pocos años, prestarse
+a ciertos mensajes, de cuya gravedad no tiene la menor idea.</p>
+
+<p>—Se me figura, amigo Iglesias, que la calentura patriótica que usted
+padece le hace ver peligros y misterios en los actos más sencillos.</p>
+
+<p>—No sabe usted dónde está, y yo tendría mucho gusto, si no se empeña
+en creer demasiado fresca nuestra amistad; tendría yo sumo placer,
+digo, en iniciarle en la vida política, puesto que a ella piensa, según
+veo, dedicarse.</p>
+
+<p>—No he pensado en tal cosa. La vida política no se ha hecho para
+mí.</p>
+
+<p>—El señor —dijo Hillo con cierta timidez— es de los que se lo
+encuentran todo hecho, y no necesita de que nadie le inicie, pues tiene
+mentores y padrinos, en la sombra, que no le permitirían dar un mal
+paso.</p>
+
+<p>—Si hace usted caso de este clérigo —dijo Iglesias con humorismo—,
+el sotana más honrado<span class="pagenum" id="Page_60">p. 60</span>
+del mundo, pero al propio tiempo el más candoroso, está usted perdido,
+Calpena. Haga usted caso de mí, y déjese llevar. En la sombra no hay
+mentores ni garambainas. Todo eso es romanticismo de clase averiada...
+Vamos a cuentas. Lo primero, perdóneme si le hablé con cierta
+impertinencia del encargo que trae...</p>
+
+<p>—Yo no he traído papeles para el señor Mendizábal —replicó don
+Fernando—, ni me habían de escoger a mí para tales mensajes.</p>
+
+<p>—No abre usted la boca sin que nos dé una nueva prueba de su
+inexperiencia candorosa... Puesto que aquí todos somos amigos, déjeme
+usted que hable y le ponga al tanto de la situación... Y antes me
+permitirá que le presente a dos amigos, que espero lo serán de usted en
+cuanto les conozca.</p>
+
+<p>Cuando esto decía, dejáronse ver en la puerta dos sujetos, que eran
+los de la encerrona con Iglesias, ambos como de treinta a cuarenta
+años, y al entrar revelaron por su soltura y buenos modos ser de lo más
+selecto entre la juventud intelectual de aquellos tiempos. Bien supo
+Iglesias, al presentarles, recalcar sus nombres:</p>
+
+<p>—Mi amigo Joaquín María López..., mi amigo Fermín Caballero.</p>
+
+<p>Era este de color moreno; facciones bastas y rudas, del tipo
+castellano, común en campos más que en ciudades; bigote negro con
+mosca; cabello encrespado, que parecía un escobillón; complexión dura;
+el habla ruda y clásica, de perfectísima construcción castiza. El otro
+revelaba su estirpe levantina en<span class="pagenum" id="Page_61">p.
+61</span> la finura del cutis y la viveza del mirar, en la vehemencia
+de la expresión y en la flexibilidad y gracia. Recibiolos Calpena con
+franca urbanidad, y se sentaron todos, teniendo uno de ellos que hacer
+sofá de la cama de Hillo, y este no cabía en sí de gozo viendo tan
+honrada su pobre mansión.</p>
+
+<p>—Trasladamos el <i>Sublime Taller</i> desde los alcázares de
+Iglesias a las góticas arcadas de Hillo... —dijo con gracia López—. La
+Iglesia nos ampara, nos acoge en su santo regazo.</p>
+
+<p>—La Iglesia —replicó Hillo, sentándose en un cofre— oye y calla,
+mas no otorga. En el regazo de la Iglesia no entran más que los
+arrepentidos.</p>
+
+<p>—<i>Amén</i> —dijo Caballero—, y expliquemos en pocas palabras la
+llaneza con que asaltamos la morada de estos buenos señores.</p>
+
+<p>—El caso es el siguiente... Permíteme —indicó Nicomedes, que no
+gustaba de que otros dijesen lo que él podía decir—. Sabemos que el
+gobierno por una parte, la reina por otra, despachan agentes al campo
+y corte de don Carlos, a los cuales encargan que se finjan rabiosos
+absolutistas para ganar la confianza de los íntimos del pretendiente.
+El objeto es introducir allí la discordia, y acabar con el absolutismo
+por su propia descomposición. Al propio tiempo, los facciosos tienen
+aquí infinitos emisarios que hacen el propio juego, de lo cual resulta,
+señores, un tan espantoso lío, que ni aquí ni allí nos entendemos,
+y no sabemos ya cuáles son los adeptos legítimos y cuáles los
+apócrifos...</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_62">p. 62</span></p>
+
+<p>—Pero hay otra cosa peor —interrumpió López, que, como buen orador,
+gustaba de expresar por sí las ideas de los demás—; hay otra cosa.
+Hierven discordias mil en la corte del pretendiente, por ser muchos los
+carlistas de viso que desean la transacción, siempre que el gobierno
+liberal les reconozca grados, emolumentos y honores.</p>
+
+<p>—Andan estos —prosiguió Caballero, que hablaba poco y bien— en
+continuo tejemaneje de Oñate a La Granja y de La Granja a Oñate,
+zurciendo voluntades y buscando la reconciliación de antiguos
+conmilitones, ahora desavenidos; y como, si lograran su objeto habrían
+de sobrevenir grandes males a la nación, nosotros, que miramos por la
+permanencia del sistema representativo, haremos cuanto esté de nuestra
+parte porque todas esas artimañas resulten fallidas.</p>
+
+<p>—Y además..., hay —apuntó Nicomedes— una tenebrosa y hasta hoy
+indescifrable conjura de la infanta Carlota...</p>
+
+<p>—Señores —declaró don Pedro poniéndose en pie—, la Iglesia, como
+dueña del local en el cual, por su tolerancia, que no por su gusto, se
+celebra esta nefanda reunión, recomienda a los señores preopinantes que
+no hablen de las reales personas.</p>
+
+<p>—Tiene razón nuestro noble castellano —dijo López con sorna—. No
+nombraremos a ninguna persona real; pero podemos designar por su nombre
+griego al que lo recibió y adoptó conforme a rito, cuando y donde todos
+sabemos. Hablaremos, pues, de <i>Dracón</i>.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_63">p. 63</span></p>
+
+<p>—¡Alto! —gritó Hillo poniéndose en pie—, porque el designado con
+notoria irreverencia con ese nombre, que huele a chamusquina masónica,
+es Su Alteza el infante don Francisco. Al menos yo lo he oído así, y no
+permito, señores, no permito...</p>
+
+<p>—Bueno, bueno —dijo Caballero—: no lastimemos los sentimientos
+religiosos y monárquicos con tanta sinceridad manifestados por este
+buen señor. A <i>Dracón</i> todos le conocemos, y no hay que hacer
+misterio de él ni de su nombre de batalla. Creo que se exagera la
+importancia del tal: de mí sé decir que no creo que exista plan ninguno
+verosímil fundado en la personalidad del infante.</p>
+
+<p>—Poco a poco —apuntó Nicomedes—. Fermín, a ti te consta que sí lo
+hay.</p>
+
+<p>—No..., lo que me consta es que algunos cándidos han echado a volar
+ese nombre, denigrándolo con la suposición de que teníamos en la
+persona que lo lleva un nuevo pretendiente. Y esto es absurdo; esto no
+cabe en cabeza humana, ni aun en la de un español de 1835, que es la
+cabeza que nos ofrece la historia como más destornillada.</p>
+
+<p>—Y, sin embargo, hay quien lo dice.</p>
+
+<p>—Y quien lo cree, y lo sostiene como cosa muy práctica.</p>
+
+<p>—Y no falta quien asegure que es la única salvación del país.</p>
+
+<p>—Señores, son muchas salvaciones para un solo país... Salvadora
+la reina Cristina, salvador don Carlos, salvador Mendizábal, y<span
+class="pagenum" id="Page_64">p. 64</span> ahora también don Francisco
+nos quiere salvar... Vamos, con tantas salvaciones, España va al
+abismo.</p>
+
+<p>—Señores, no desvariemos —indicó Hillo—. El señor infante don
+Francisco, que es persona discreta, no ha puesto sus ojos en el
+trono... Se contentará por hoy con sentarse en el Estamento de
+próceres.</p>
+
+<p>—Pretensión contraria a las leyes, tras de la cual hemos de ver y
+vemos una ambición política muy sospechosa, señores, muy sospechosa.</p>
+
+<p>—No exageremos... Cuando más, cuando más, <i>Dracón</i> aspira a la
+Regencia...</p>
+
+<p>—¡Otra te pego!...</p>
+
+<p>—Señores conferenciantes —dijo Hillo con festiva severidad—, que no
+permito, que no puedo consentir afirmaciones tan contrarias al decoro
+de la real familia... Si siguen Sus Señorías por ese camino, mandaré
+que les lleven al corral.</p>
+
+<p>—¿Somos gallinas?</p>
+
+<p>—Toros de sentido..., de excesivo sentido, maliciosos, imposibles
+para la brega, por lo cual creo que no puede acabar bien la elocuente
+corrida que estamos celebrando.</p>
+
+<p>—¡Ja, ja, ja!... Muy bien. En fin, concretemos: seamos explícitos y
+lacónicos, porque este joven (por Calpena) dirá, y con razón, que le
+estamos embromando. ¿Verdad, señor Calpena, que no entiende usted qué
+relación puede existir entre su persona y estas cosas desordenadas que
+acaba de oír?</p>
+
+<p>—En efecto: no se me alcanza qué concomitancia<span class="pagenum"
+id="Page_65">p. 65</span> pueda tener mi humilde persona con esos
+agentes reservados, con esas intrigas, con el señor <i>Dracón</i> y
+demás...</p>
+
+<p>—Hemos sabido —dijo Nicomedes con campanuda solemnidad— que de
+Francia se remitió un paquete de interesantes papeles a Madrid... No
+vaya usted a creer que intentamos sustraer ese tesoro, y apropiárnoslo
+por medios contrarios a la hidalguía. En poder de usted se halla
+todavía el encargo. La persona que debía recogerlo ha sido presa, y
+probablemente no saldrá pronto de la cárcel. Es muy posible que alguien
+intente apoderarse del paquete, diciendo a usted que viene de parte de
+su legítimo dueño. Yo le suplico, señor don Fernando, que no lo suelte,
+aunque los que vengan a pedirlo le presenten esquela del mismo señor
+don Eugenio Aviraneta, a quien viene dirigido, porque tanto el recado
+como la esquela, serán falsos de toda falsedad.</p>
+
+<p>—Pues correspondo a su franqueza —dijo don Fernando, a quien todos
+oían con vivísima atención— que no traigo yo encargo ni cosa alguna
+para ese señor que acaba de nombrar; y si algo hay en mi baúl, que
+me confiaron en la frontera personas de toda mi confianza, y que
+no conspiran ni han conspirado nunca, lo entregaré a quien venga a
+reclamarlo, siempre que acredite, por usual conocimiento, ser la
+persona a quien viene rotulado.</p>
+
+<p>—Pues aún me resta que decir algo para que vean todos mi sinceridad
+y nobleza. Antes dije a usted que el paquete venía dirigido<span
+class="pagenum" id="Page_66">p. 66</span> a Mendizábal; pero esto lo
+hice sin más objeto que desconcertarle a usted, con la idea de que
+su turbación le arrastrase a revelarme algo que yo quería saber: lo
+que usted trae no viene dirigido a Mendizábal, ni tiene nada que ver
+directamente con nuestro célebre gaditano. Pero personas muy altas, muy
+altas, fíjese bien en lo que afirmo, pudieran tener noticia de que el
+señor Calpena es portador de papeles graves, y en este caso no dejarían
+de intentar por todos los medios apoderarse de ellos.</p>
+
+<p>—En vez de aumentar la confusión de este excelente joven —indicó
+Caballero—, procuremos disiparla, amigo Nicomedes, y al propio tiempo,
+convenzámosle de que no pretendemos apoderarnos de secretos que no se
+nos quieren confiar.</p>
+
+<p>—Justamente —dijo López—, y empecemos por declarar que ignoramos,
+o por lo menos, que no sabemos con exactitud qué documentos se han
+confiado a su discreción. Puede ser algo que exclusivamente interese
+a la familia real; puede ser del común interés de los partidos
+militantes. Me inclino a creer esto. El propio Aviraneta no sabe lo que
+es, o no quiere decírnoslo.</p>
+
+<p>—No lo sabe —afirmó Iglesias—. Así me lo aseguró ayer, y debemos
+creerlo.</p>
+
+<p>—<i>Hame dado en la nariz</i> —dijo Caballero— que lo que han
+remitido a don Eugenio es todo el fárrago de papeles concernientes a
+la <i>Confederación isabelina</i>, de infausta memoria. Él mismo se lo
+llevó a Francia no sé con qué<span class="pagenum" id="Page_67">p.
+67</span> objeto, y de allá se lo remiten para que lo utilice aquí
+en contra nuestra, y en pro de los Torenos y Martínez... Yo, señores
+míos, me fío poco de Aviraneta, y no quisiera que mis amigos tuvieran
+interés por nada que al infatigable conspirador se refiera... Fíjese
+usted, señor Calpena, en lo que voy a decirle, para que no se embrollen
+sus ideas con la extraordinaria confusión que ha de resultarle de lo
+que decimos. Los estatuistas nos acusan de haber preparado, dispuesto,
+organizado, en una palabra, el degüello de los frailes, el asesinato de
+Canterac y otros abominables hechos de que usted tendrá conocimiento.
+Se nos quiere denigrar, inutilizar para la gobernación del reino. Si
+hay responsabilidad, no pueden ellos eludirla, pues en los terribles
+días de julio del año pasado era Presidente del Consejo el señor
+Martínez de la Rosa; ministro de la Gobernación el señor Moscoso, y
+corregidor de Madrid el señor marqués de Falces. ¿Sabéis lo que, en
+mi presunción, contiene la estafeta que ha traído el señor Calpena?
+Pues el plan de Constitución que hicimos Olavarría y yo; la exposición
+dirigida a Su Majestad por Flórez Estrada, condenando el Estatuto; el
+proyecto de asonada general; el plan de ministerio, presidido por Pérez
+de Castro; los compromisos contraídos por Palafox y Calvo de Rozas, con
+el nombre de <i>trabajos militares</i>, y, por último, el informe de
+la Comisión que nombramos para proponer al gobierno el mejor sistema
+de <i>extinción de frailes</i>. Todo eso y algo más había.<span
+class="pagenum" id="Page_68">p. 68</span> Aviraneta, como iniciador
+de la <i>Isabelina</i>, arrambló con el archivo cuando la persecución
+de la policía le obligó a emigrar a Francia. ¿Trataría de hacer algún
+negocio con Luis Felipe? ¿Habrá entrado en contubernios con don Carlos?
+Yo no lo sé... Ya os he dicho que no me fío de ese hombre, y que de su
+refinada astucia y doblez lo temo todo. Vosotros creéis en Aviraneta;
+yo no. Para mí es un monstruoso talento, el más sutil y agudo para la
+intriga. El año pasado conspiraba o aparentaba conspirar con nosotros.
+Este año trabaja secretamente por los enemigos del progreso. Vosotros
+creéis en sus alardes de patriotismo revolucionario; yo no. Vosotros
+confiáis en su lealtad; yo desconfío hasta de su sombra. Si le ayudáis,
+ayudáis al desprestigio de Palafox, de don Jerónimo Valdés, de San
+Miguel, de los patriotas Quiroga y Palarea, de Salustiano, del propio
+Mendizábal, pues ya sabéis que don Juan Álvarez comunicó desde Londres
+su propósito de constituir allí un <i>Círculo isabelino</i>, y de
+facilitar fondos para la <i>causa</i>, y en esfera más modesta ayudáis
+también a vuestro propio vilipendio y al mío...</p>
+
+<p>—Fermín, Fermín —dijo Iglesias apretando los puños, encendido
+el rostro—: tú siempre pesimista, tú siempre malévolo y suspicaz,
+desconfiando de los hombres más adictos a la idea, de los que han
+sabido padecer por ella persecuciones horribles.</p>
+
+<p>—Y tú, Nicomedes, siempre iluso y confiado, pobre enfermo de la
+<i>calentura patriótica</i>,<span class="pagenum" id="Page_69">p.
+69</span> ni aprendes nada de la experiencia, ni atiendes a las
+lecciones del tiempo. Tanto a ti, pobre Iglesias, como a ti, Joaquín,
+almas crédulas, espíritus generosos, os digo que desconfiéis de
+Aviraneta, que no le ayudéis en sus maquinaciones, que le dejéis solo
+en la febril inquietud de su conspirar instintivo, genial, por amor al
+arte, por ley de su naturaleza.</p>
+
+<p>Y cambiando bruscamente al tono familiar, antes que sus atontados
+amigos pudieran replicarle, se levantó y formuló la despedida en estos
+términos:</p>
+
+<p>—Ya he sermoneado bastante, y ahora me voy, que tengo que trabajar.
+Holgazanes, quedaos con Dios.</p>
+
+<p>—Fermín, aguarda, siéntate... que aún tenemos mucho que hablar.</p>
+
+<p>—¡Hablar! La maldita palabra. Es la sarna del país. España llegará
+al fin del siglo sin haber hecho nada más que rascarse, es decir,
+hablar... Quedaos con Dios... Y usted, señor de Calpena, al aceptarme
+por su amigo, me va a permitir que le dé un consejo. Es usted muy
+joven; yo tengo treinta y seis años y alguna experiencia. No haga
+caso de estos pobres orates. Si quiere usted seguir el consejo de
+un patriota honrado, que no padece la famosa <i>calentura</i>, y
+profesa sus ideas con fría convicción, no sirva usted de correo a los
+conspiradores de oficio. Y pues le han cogido de sorpresa, encargándole
+comisiones que no habría aceptado con conocimiento, vénguese por
+el método inquisitorial... En vez de entregar los papeles al señor
+de<span class="pagenum" id="Page_70">p. 70</span> Aviraneta, arrójelos
+a las llamas. Ganará usted mucho en tranquilidad de conciencia.</p>
+
+<p>—¡Quemarlos! ¡Eso no! —gritó Iglesias.</p>
+
+<p>—Créame a mí...</p>
+
+<p>—No le crea, no, Fernando. Es de Cuenca, que es como decir leñador y
+carbonero...</p>
+
+<p>—Carbón, sí; carbón haría yo de todo ese fárrago de sandeces —dijo
+Caballero con arrogancia, enarbolando su bastón—. Nuestro pasado
+político, amigos revolucionarios, debe ir al fuego... Quemad la broza,
+que las ideas, no temáis..., esas no arden.</p>
+
+<p>Y encasquetándose el sombrero, que era de los voluminosos que
+entonces se usaban, salió del cuarto y de la casa con resuelto y
+presuroso andar.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch7">
+ <h2 class="nobreak g1">VII</h2>
+</div>
+
+<p>Aunque desconcertados por la enérgica manifestación de Caballero,
+que al fin hubo de condenar las bajas intrigas, no cejaron Iglesias
+y López en su propósito de catequizar al joven Calpena. Aún insistió
+don Joaquín en que entregase el <i>lío</i> a don Eugenio Aviraneta,
+sin pensar en hacerlo cisco, como le aconsejara Fermín con implacable
+rigor; y más atrevido Iglesias, propuso al joven, no que pusiese
+en sus manos lo que era objeto de tantas cavilaciones, sino que
+permitiera<span class="pagenum" id="Page_71">p. 71</span> ver su
+contenido, prometiendo ambos guardar profundo secreto sobre lo poquito
+que examinar pudiesen. Negose resueltamente don Fernando, y ellos
+invocaron los principios liberales que sin duda el joven profesaba; los
+grandes intereses del pueblo, al cual todos pertenecían; y añadiendo
+a los halagos las promesas, ofrecieron traerle antes de tres días una
+credencial de ocho mil reales en cualquier ministerio, si a satisfacer
+su ardiente curiosidad se prestaba. Pero ni las demostraciones de
+amistad ni las ofertas de colocación quebrantaron la delicada entereza
+de don Fernando, el cual decididamente, con frase categórica y un tanto
+áspera, les quitó toda esperanza, alentándole en esto su amigo Hillo
+con muecas y manotadas expresivas. Replegáronse de mal talante los
+patriotas al cuarto de Iglesias, y lo primero que hizo don Fernando al
+entrar en el suyo fue guardar bajo llave, en los seguros cajones de una
+cómoda, el contenido de su baúl, o aquella parte que convenía poner a
+cubierto de cualquier sorpresa.</p>
+
+<p>—Hace usted bien —le decía Hillo gozoso—, porque estos
+<i>libres</i>, como ellos se llaman, no se paran en pelillos. Fuera
+del patriotismo, son honrados, y por nada del mundo le quitarían a
+usted un botón ni un cigarro de papel. Pero en mediando lo que ellos
+llaman <i>el interés de la Confederación</i> o de la libertad, aunque
+esta sea tan desacreditada como la de la imprenta; como se trate
+de arma política con que puedan descabellar<span class="pagenum"
+id="Page_72">p. 72</span> al contrario y arrastrarle por el redondel,
+se ciegan, y de noblotes y decentes se convierten en los primeros
+badulaques del mundo.</p>
+
+<p>De acuerdo en esto como en todo, pues los lazos de su amistad se
+apretaban más cada hora, salieron a dar un paseo antes de comer.</p>
+
+<p>—¡Qué hermoso apóstrofe el de Caballero! —decía, calle abajo,
+hacia la de Alcalá, el buen clérigo Hillo—. Mejor será llamarlo
+<i>conminación</i> o <i>deprecación</i>...</p>
+
+<p>—Llamémoslo <i>corrección fraterna</i>, que así deben nombrarse los
+hijos de tal padre. Me ha gustado don Fermín. ¿Sabe usted que los otros
+parecen locos?</p>
+
+<p>—Y no es lo peor que lo parezcan, sino que lo sean, y que nos
+comuniquen a nosotros su locura. Yo siento un gran desorden en mi
+cabeza.</p>
+
+<p>—Y yo. Le aseguro a usted que me falta poco para ponerme a
+gritar en medio de la calle. ¿Conque es verdad que he conspirado
+sin saberlo? ¿Conque es verdad que traigo papeles que comprometen a
+la real familia... o a los reales masones, o a los isabelinos, o al
+demonio coronado? Y ahora consulto yo con usted una sospecha grave:
+¿tendrá alguna relación este enredo con los favores que recibo de mano
+desconocida?... Esa personalidad misteriosa que en las tinieblas me
+protege, ¿tendrá algo que ver con..., con no sé qué?... Yo desvarío,
+se embarullan mis ideas. ¿Me encontraré envuelto, sin culpa ninguna,
+en alguna endemoniada intriga? Dígame su franca opinión... Usted es
+hombre<span class="pagenum" id="Page_73">p. 73</span> de mundo,
+y conoce esta sociedad y estos manejos de la política. Yo soy un
+inocente: vengo de un pueblo fronterizo y de una ciudad extranjera,
+donde he vivido amarrado a un bufete de comerciante... Yo no sé nada de
+esto. Ilumíneme usted; indíqueme si debo hacer algo, o no hacer nada y
+dejar correr los acontecimientos...</p>
+
+<p>—Pues, mi amigo don Fernando, creo, y no hay que asustarse, que se
+halla usted metido de hoz y de coz en un lío estupendo... Dígame ante
+todo: ¿es cierto que trae usted esa caja?</p>
+
+<p>—Sí, señor; a usted puedo decírselo. Traigo un paquete bastante
+pesado y voluminoso. Me lo dio una señora que en Olorón visitaba mucho
+a los hermanos de mi padrino... Díjome que se presentaría a recibir el
+encargo la persona a quien viene rotulado, y es también una señora, y
+se llama doña Jacoba Zahón.</p>
+
+<p>—Eso de Zahón me huele a masonería. Y la señora que lo entregó a
+usted, ¿quién es?</p>
+
+<p>—Allí la llamaban la Marquesa, y decían de ella que politiqueaba,
+que sostenía larga correspondencia, y que en Tours y en Burdeos estuvo
+en relaciones íntimas con algunos emigrados liberales.</p>
+
+<p>—¡Ah... por san Benito de Palermo!... Ya veo, ya veo claro...
+digo, no, no veo más que oscuridades y fantasmas... Señora allá que
+manda, señora aquí que recibe... Aviraneta... La <i>Confederación
+isabelina</i>..., el degüello de regulares..., Mendizábal... Usted
+recibido y<span class="pagenum" id="Page_74">p. 74</span> aposentado
+en Madrid por personas desconocidas que no dan la cara..., usted
+vestido por Utrilla..., usted obsequiado con billetes de teatro y con
+otros regalitos que no habrá querido decirme... ¡Ay!, don Fernando
+de mi alma, como mi religión me ordena no creer en brujas, y mi
+experiencia me permite creer en enjuagues masónicos, yo le veo a usted
+tocado de locura, y me vuelvo loco también, porque no entiendo una
+palabra de este intrincado negocio.</p>
+
+<p>—¡Y luego decimos que somos clásicos!</p>
+
+<p>—¡Clásicos! Eso quisiéramos. El mundo está tocado de insana
+demencia... Ya no pasan las cosas como antes, con aquella pausa y
+regularidad de otros tiempos; todo está trastornado; reina la sorpresa,
+mangonea el acaso, y los acontecimientos se suceden sin ninguna lógica.
+Ya no hay reglas, mi querido don Fernandito. Esto es el caos, la
+barbarie, la anarquía de las almas. Corre un viento de desorden, y en
+la naturaleza no hay aquella serenidad, aquella calma majestuosa...
+¿Digo mal?</p>
+
+<p>—Dice usted muy bien. Yo me noto lanzado en este vértigo, en este
+espantoso remolino.</p>
+
+<p>—Todo por ese maldito... Hasta me repugna pronunciar su nombre.</p>
+
+<p>—Ese maldito... ¿qué?</p>
+
+<p>—¿Sabe usted, Fernando Calpena —dijo el clérigo con solemne
+gravedad, parándose en firme—, quién tiene la culpa de esta locura
+que nos saca de quicio, de esta llamarada<span class="pagenum"
+id="Page_75">p. 75</span> que nos abrasa el rostro, de esta comezón que
+nos hace bailar la tarántula?</p>
+
+<p>—¿Quién tiene la culpa?...</p>
+
+<p>—¡Qué! ¿No lo acierta? Pues tienen la culpa Víctor Hugo y Dumas,
+esos dos infames progenitores del romanticismo... ¡El romanticismo! Ese
+es el remolino, ese es el vértigo, esa es la locura...</p>
+
+<p>—Don Pedro —dijo Calpena, sin encontrar pertinente lo que afirmaba
+su amigo—, ¿qué tiene que ver...? ¡Dumas, Víctor Hugo!... son dos
+grandes poetas...</p>
+
+<p>—Que han desatado las tempestades en nuestra literatura, y tras
+el desquiciamiento de la literatura ha venido el de la política, y
+luego el de la vida toda... Yo, a esos dos, les mandaría cortar la
+cabeza, sin cargo alguno de conciencia, como a malhechores del género
+humano, y me quedaría tan fresco... ¿No ve usted que ya no hay orden
+ni reglas en el curso de los hechos que constituyen la vida? ¿No ve
+usted que ya todo es exaltación, misterio, fantasmas, lo desconocido,
+lo imponderable?... Pues espérese usted un poco, que ya empezarán los
+espectros, las tumbas, los cipreses funerarios... En fin, vámonos a
+comer, que yo, la verdad sobre todo, tengo ya ganas. Y esta tarde nos
+iremos a dar un largo paseo por las afueras, para que usted me cumpla
+su promesa de contarme algo de su vida, y del cómo y el por qué de
+haber venido a este maldito Madrid.</p>
+
+<p>—Volvámonos a casa —dijo Calpena sobresaltado, pues temía un
+golpetazo repentino<span class="pagenum" id="Page_76">p. 76</span> de
+la suerte, como contrapeso de tantas venturas—, y veremos cuál es la
+sorpresa de esta tarde.</p>
+
+<p>—¡Qué!... ¿Teme que venga de sopetón la mala?... Deseche usted ese
+recelo, porque si viniera la mala, caería sobre mí. Quiero decir que
+aquí está Pedro Hillo para recogerla, pues yo seré su pararrayos,
+señor don Fernandito. No dude que si salta la chispa caerá sobre este
+cura..., y usted libre, usted siempre feliz... Si no, al tiempo.</p>
+
+<p>Sorpresa hubo, en efecto; mas no desagradable, como Calpena temía.
+Al entrar le dio Méndez un paquetito que acababan de traer. Pálido y
+ceñudo, el joven no se atrevía a cogerlo. Hízolo Hillo, tomó el peso, y
+se echó a reír diciendo:</p>
+
+<p>—Que me excomulguen si esto no es dinero contante y sonante.</p>
+
+<p>El paquetito era como una carta muy abultada, o como un libro de
+poco volumen, esmeradamente envuelto en papel superior, cerrado con
+lacres. Estos no tenían sello con letras o escudo. Antes de abrirlo,
+preguntó don Fernando a Méndez quién lo había traído.</p>
+
+<p>—Ha sido el mismo señor, ese que llaman <i>Edipo</i>.</p>
+
+<p>—No puede ser más clásico —observó don Pedro—. A ver, a ver..., abra
+usted.</p>
+
+<p>—Podría usted haberle dicho que se esperara. Yo le habría
+interrogado... En fin, veamos qué es esto.</p>
+
+<p>Metiose en su cuarto con Hillo, y en pocos segundos quedó aquel
+nuevo enigma descifrado a medias, pues si debajo del envoltorio<span
+class="pagenum" id="Page_77">p. 77</span> apareció una elegantísima y
+perfumada cartera de piel, con un cartoncillo en el cual resplandecían
+ocho medias onzas prendidas con un cruce de seda encarnada, no se
+encontró papel escrito, ni tarjeta, ni cifra por donde la procedencia
+pudiera ser conocida.</p>
+
+<p>—Muy bien —dijo el presbítero restregándose furiosamente las manos—.
+Eso no podía faltar... Aparece la lógica en medio de este barullo
+romántico... Le mandan a usted dinero para el bolsillo, pues un joven
+vestido por Utrilla, un caballero que ocupará altas posiciones, que
+figurará entre los más elegantes de Madrid, no es bien que ande sin
+pólvora... Ea, no se devane ahora los sesos... Ya parecerá, señor, ya
+parecerá el donante. Vámonos al comedor, que con estas sorpresas se me
+aguza el apetito.</p>
+
+<p>Comieron solos, porque Iglesias, convidado por López, se había ido a
+la fonda de Genieys; don Fernando hablaba poco; a Hillo se le despertó
+la locuacidad con tanta fuerza como el apetito, y trataba de apartar al
+joven Calpena de la sombría cavilación en que había caído...</p>
+
+<p>—Antes dije a usted que estábamos locos, y ahora añado que bendita
+sea la locura si viene siempre así. Mientras lluevan medias onzas, ora
+sean en pasta, ora transformadas en cosas de diferente utilidad, no
+llore usted, joven. Si luego nos cae alguna rueda de molino, tiempo
+habrá de lamentarlo. Y hablo en plural, porque si mi delicadeza no
+me permite participar de los beneficios exclusivamente destinados a
+usted, deseo y<span class="pagenum" id="Page_78">p. 78</span> quiero
+ser partícipe de los males, cuando Dios se fuere servido de enviarlos.
+Conque reposemos un rato la comida, y luego nos iremos a estirar las
+piernas al Retiro.</p>
+
+<p>Hiciéronlo así, y descansando de su caminata a la sombra de unos
+copudos negrillos, en sitio sosegado, allá por el Baño de la Elefanta,
+don Fernando se franqueó con su amigo, ofreciéndole los datos
+biográficos que anhelaba conocer, como clave o guía para descubrir la
+<i>misteriosa mano</i>.</p>
+
+<p>—Los primeros recuerdos de mi infancia —contó Calpena— se refieren
+a Vera, y a la casa del cura de aquel pueblo. Pero yo nací y fui
+bautizado en Urdax, no constando en la partida más que el nombre de
+mi madre, Basilisa Calpena. Ni la conocí nunca, ni he sabido de ella,
+pues la mujer que me crio se llamaba Ignacia, natural de Zugarramundi,
+habitante en Vera, en una casita próxima a la del cura. No tenía yo
+dos años cuando este me llevó consigo, y ya no me separé de él hasta
+su muerte, ocurrida el año 32. Llamábale yo padrino, y él a mí ahijado
+y a veces hijo. Era el hombre más excelente que usted puede imaginar,
+sin tacha como sacerdote, verdadero pastor de sus feligreses; tan
+caritativo que todo lo suyo era de los pobres; entendido en mil cosas,
+principalmente en agricultura, en astronomía empírica y en humanidades;
+gran latino, tan modesto en sus hábitos y tan apegado a la humilde
+iglesia en que desempeñaba su ministerio que rechazó la oferta<span
+class="pagenum" id="Page_79">p. 79</span> de una capellanía de
+Roncesvalles y del deanato de Pamplona. Para mí, don Narciso Vidaurre,
+que así se llamaba, era la primera persona del mundo, y en él se
+condensaron siempre todos mis afectos de familia, pues él era para mí
+como padre y maestro. Si no me había dado la vida, me dio la crianza,
+la educación, y me enseñó a ser hombre, infundiéndome la dignidad,
+la confianza en mí mismo, y preparándome para los mil trabajos de la
+vida. Desde niño me enseñó todo lo concerniente, en lo moral y en lo
+social, a personas principales..., quiero decir que me crio para señor,
+no para sirviente ni para la vida oscura y zafia del campo. Aunque no
+con puntualidad, don Narciso recibía cantidades para mi sostenimiento,
+educación y demás. Ellas venían unas veces de Madrid, otras de Burdeos
+o París. De esto me enteré yo en mi niñez; pero él nunca me dijo nada,
+y aunque a veces aludía vagamente a mis padres, dándome a entender
+que existían, y que yo podría conocerles andando el tiempo, jamás me
+habló concretamente de asunto tan delicado. Sin duda, no se creía
+con facultades para hacerme tal revelación; o tal vez aguardaba a
+que yo cumpliese determinada edad. No sé, no sé, amigo Hillo... Mis
+confusiones son ahora las mismas que hace algunos años. Quizás, si mi
+padrino viviera, ya habría cesado mi ignorancia de cosa tan importante;
+quizás...</p>
+
+<p>—Permítame... Entre paréntesis... —dijo don Pedro, que ponía
+profunda atención en el<span class="pagenum" id="Page_80">p. 80</span>
+relato—. Una pregunta: ¿en aquel tiempo recibía usted, también
+favorcitos misteriosos de la <i>mano oculta</i>?</p>
+
+<p>—En tiempo de mi padrino, jamás. En París, una vez sola. Ya llegará
+oportunidad de contarlo... Seguiré con método.</p>
+
+<p>—Permítame otra pregunta: ¿ese señor murió de repente?</p>
+
+<p>—Sí..., de un ataque apoplético. No le dio tiempo a nada.</p>
+
+<p>—Claro..., si hubiese tenido tiempo, lo natural y lógico era
+llamarle a usted..., decirle: «Hijo mío, tal y tal...».</p>
+
+<p>—Su muerte fue para mí un golpe tremendo. Parecíame que se acababa
+el mundo, la humanidad; que yo me veía condenado a soledad eterna, a un
+desamparo tristísimo... Aquel santo hombre era para mí la única y total
+familia, el maestro, el amigo, el inspirador de todos mis pensamientos,
+guía de todos mis actos... Dejome un horrible vacío...</p>
+
+<p>—Dispense... Otra pregunta: ¿no tenía el buen don Narciso, como
+es uso y costumbre en la clase de curas, alguna familia de sobrinas,
+amas?... ¿O es que vivía enteramente solo?</p>
+
+<p>—Tenía una hermana más vieja que él, doña María del Socorro, que
+le llevó tres años por delante en el morir; buena señora, aunque algo
+regañona y descontentadiza, y un hermano que no vivía en Vera...
+Muerta doña María, siguieron gobernando la casa una sobrina, que al
+poco tiempo casó con uno de Fuenterrabía, y dos antiguas criadas<span
+class="pagenum" id="Page_81">p. 81</span> de la familia, que aún sirven
+al sucesor en el curato, un sobrino segundo, llamado Avelino, buen
+muchacho, pero que no es ni la sombra de su tío... No nacerá otro don
+Narciso Vidaurre, el santo, el justo, el sabio, el discreto, el...</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch8">
+ <h2 class="nobreak g1">VIII</h2>
+</div>
+
+<p>Nueva interpelación de don Pedro, que impaciente quería profundizar
+en el hermoso asunto, para llegar pronto a la verdad.</p>
+
+<p>—Perdóneme otra vez, Fernandito, si le interrumpo. ¿Ese señor cura
+no se señaló, como todo el clero navarro, por la adhesión a las ideas y
+a la persona de don Carlos María Isidro?</p>
+
+<p>—Verá usted... Mi padrino, hombre de acendrada religión, manifestaba
+despego a los revolucionarios y jacobinos... Del 14 al 20 simpatizó
+con los realistas, por lo cual le tuvieron entre ojos las autoridades
+de los <i>tres años</i>. Poco antes de la entrada de Angulema, tuvimos
+que salir de Vera y refugiarnos en Cambo. Pero a principios del 24
+ya estaba mi padrino en su parroquia, y entonces le ofrecieron la
+canonjía de Pamplona, que rehusó. Desde el 24 hasta la muerte del
+rey, se abstuvo de manifestar con demasiada viveza sus sentimientos
+realistas.<span class="pagenum" id="Page_82">p. 82</span> Debo decir
+también que el buen señor tenía relaciones con personas del bando
+liberal. Era muy amigo del general Mina...</p>
+
+<p>—¡De don Francisco Espoz y Mina!</p>
+
+<p>—Hacia el 22, comía en la Rectoral siempre que pasaba por Vera...
+También tenía don Narciso gran confianza con Eraso, el segundo de
+Zumalacárregui, y aun con este, en época anterior al carlismo, cuando
+don Tomás era coronel de ejército. Sí, señor... ¡Pues tengo tan
+presente a Mina... le vi tantas veces en mi casa!</p>
+
+<p>—¿Y con usted se mostraba cariñoso?...</p>
+
+<p>—Como que monté a caballo más de una vez en sus rodillas. Me quería
+mucho..., me llamaba <i>petit caporal</i> y no sé qué... Ahora que
+recuerdo: también nos visitó alguna vez el conde de España.</p>
+
+<p>—¿Y en las rodillas de ese también montaba usted?</p>
+
+<p>—Creo que no. La época es más remota, y apenas me acuerdo.</p>
+
+<p>—¿Y entre tantos generales no iban alguna vez generalas?... ¿No
+recuerda haber visto en la casa del cura duquesas o princesas...?</p>
+
+<p>—Personas de tanta categoría..., no sé..., como no fueran
+disfrazadas.</p>
+
+<p>—Adelante. Murió el señor cura, sin poder decir oste ni moste..., y
+luego...</p>
+
+<p>—El hermano de don Narciso vivía en Urdax, dedicado al tráfico
+de maderas. Este señor se encargó de mí. Honrado y cabal, no se
+parece nada a su difunto hermano: carece de<span class="pagenum"
+id="Page_83">p. 83</span> instrucción, y es seco, adusto, sin
+delicadeza. Lo primero que hizo conmigo fue mandarme a Olorón para que
+siguiera mis estudios en un colegio. Allí viví unos meses en casa de
+un tal Maturana, habilísimo mecánico y armero, algo pariente y amigo
+íntimo de los Vidaurres. De pronto recibí órdenes de trasladarme a
+París a aprender prácticamente el comercio, pues al comercio querían
+dedicarme. Me mandaban acá y allá, sin darme explicaciones, y si
+alguna observación hacía yo, me respondían simplemente: «Manda quien
+manda».</p>
+
+<p>—Ya me habló usted de su viaje a París para entrar en la casa de
+banca donde conoció a Mendizábal; dígame ahora cómo se le manifestó la
+<i>mano oculta</i> en aquella ciudad.</p>
+
+<p>—Yo vivía con otro chico guipuzcoano, compañero mío de escritorio,
+en una modesta pensión del <i>faubourg</i> Poissonière. Un día me
+encontré en la mesa de mi cuarto una carta dirigida a mí. Dentro
+de ella había dos billetes de la <i>Banque de France</i>, que allí
+circulan como metálico. Total: doscientos francos, que me vinieron
+muy bien. No pude averiguar quién me había llevado la carta: ni en
+la casa ni en mi oficina supieron darme ninguna razón. Pero aquella
+vez el dinero no venía solo, sino con una cartita muy lacónica en
+que se me mandaba oír misa, al día siguiente, a las nueve en punto,
+en la iglesia de <i>Notre Dame des Victoires</i>. Naturalmente,
+fui, y nada me sucedió, es decir, nadie se me acercó a hablarme,
+como esperábamos<span class="pagenum" id="Page_84">p. 84</span> mi
+compañero y yo, que creímos se trataba de una aventura vulgar.</p>
+
+<p>—Si usted no vio a nadie, sin duda alguien a usted le vería... ¿Era
+ya en el reinado de Luis Felipe?</p>
+
+<p>—Sí, señor. De repente, con la misma brusquedad con que fui enviado
+a París, llamáronme a Olorón, y allí estaba cuando se nos presentó
+Faustino Vidaurre, al parecer para tratar de negocios... Noté yo que
+él y Felipe Maturana se decían algo referente a mí, recatándose de
+que yo lo entendiera. Una mañana me notificaron que vendría pronto a
+Madrid, donde se me dada un destino en las oficinas del Gobierno, con
+sueldo bastante para vivir decentemente en esta capital. Yo me alegré,
+porque allí no hacía nada, y la holganza monótona de aquel pueblo me
+enfadaba, me ponía enfermo... Vi los cielos abiertos; me aventuré a
+pedir alguna explicación al hermano de mi padrino; pero no me dijo más
+que la frase sacramental: «Quien manda, manda». Y Maturana agregó:
+«Llevarás tu viaje pagado, y algo para que puedas vivir un par de meses
+en un alojamiento arregladito. Ya puedes empaquetar tu ropa y tus
+libros...». Y como yo expresase alguna inquietud acerca de mis primeros
+pasos en esta villa, no teniendo aquí conocimientos ni trayendo carta
+de recomendación, Faustino me dijo: «Anda, anda, hijo, y no temas nada,
+que ya tendrás quien te ampare y mire por ti. Vete descuidado, que nada
+te faltará... Y no te mandamos tan desprovisto<span class="pagenum"
+id="Page_85">p. 85</span> de apoyos y recomendaciones, pues además de
+los que allí te saldrán donde y cuando menos lo pienses, en Madrid
+tienes a nuestro primo Carlos Maturana, diamantista que fue de la Real
+Casa, y hoy comerciante en piedras preciosas. Ya le hemos escrito
+para que te preste algún socorro, si por acaso lo necesitares. Pero
+no esperes encontrarle en la corte hasta los últimos de septiembre,
+porque ahora está viajando por el norte de Italia, y tardará un mes
+lo menos en llegar a Madrid. Vive en la plaza de la Armería, junto a
+Palacio». Llegó el día de mi partida, y me despidieron muy conmovidos,
+como si no pensaran volver a verme. Tanto Maturana como Faustino y las
+mujeres de ambos, me dirigieron el último saludo con una extrañísima
+gravedad..., vamos, con algo como demostración de respeto... No sé si
+me explico...</p>
+
+<p>—Comprendido, comprendido... Es muy natural... ¿Y...?</p>
+
+<p>—Ya, a eso voy. Dos días antes de mi salida de Olorón, se llegó por
+allí una señora muy estirada, con muchos moños grises alrededor de la
+cabeza, sombrero con cintas y encajes. Hablé con ella dos o tres veces,
+asombrándome de su instrucción, de su finura, de su conocimiento de la
+política, así francesa como española. La esposa de Maturana, persona
+también de excelente educación, francesa, hija de un librero de Foix,
+celebraba frecuentes encerronas con la dama desconocida. A esta la
+llamaban <i>madame Aline</i>.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_86">p. 86</span></p>
+
+<p>—¿Francesa?</p>
+
+<p>—Pues mire usted que no lo sé... Habla correctísimamente el español,
+aunque con un ligero acento... no sé, me pareció catalán. Pues bien:
+esta señora fue la que me dio el encargo que tan soliviantados trae
+a nuestros patriotas. Tanto ella como Maturana me encargaron tuviese
+mucho cuidado de no entregar el paquete más que a la persona a quien
+viene dirigido. «Será muy difícil —me dijo madame Aline— que haya
+equivocación ni suplantación, si usted se fija bien en las señas que le
+doy. La señora en cuyas manos pondrá usted la cajita, es jorobada».</p>
+
+<p>—¡Lo ve usted! —exclamó Hillo, dándose un fuerte palmetazo en la
+rodilla—. ¿Ve usted cómo acertaba yo cuando hablé del torbellino
+romántico? En el romanticismo desempeñan siempre un papel culminante
+los jorobados, o siquiera cargados de espalda, los tuertos, patizambos,
+y en general toda persona que tenga alguna deformidad visible. También
+figuran en él los tísicos, los locos y los que padecen ictericia.</p>
+
+<p>—Jorobada —me dijo—, de sesenta años, y algo impedida de la pierna
+derecha.</p>
+
+<p>—Bueno, bueno, bueno... Lo que digo: en pleno romanticismo. ¿Y
+qué nos importa? Mejor, más divertido: no nos faltarán emociones,
+sorpresas y... corcovas... ¡Ay!, Fernandito de mi alma, me equivocaré
+mucho si de todo esto no resulta una <i>anagnórisis</i> felicísima...
+Nada, nada, no hay que temer nada malo, sino una verdadera irrupción
+de bienes.<span class="pagenum" id="Page_87">p. 87</span> Yo estoy
+contento, no sé qué me pasa. El bien ajeno no me produce envidia, sino
+una exaltación de cariño y entusiasmo por la persona favorecida. Así es
+que estallo de satisfacción, y me parece que esta noche he de atacar la
+cena con un apetito fenomenal. Adelante. ¿Falta algo?</p>
+
+<p>—Sí, señor: falta que usted conozca la clase de educación que me
+dio mi padrino; los sentimientos con que fortaleció mi conciencia; las
+ideas con que fue labrando mi criterio... Desde muy niño me acostumbró
+a mirar la moral excesivamente severa como base de una vida ejemplar.
+La moral rígida, según él, es un deber que impone la fe, y al propio
+tiempo una indudable ventaja para la vida. Me enseñó a abominar de
+la mentira, siendo en esto tan extremoso que ni aun me permitía los
+embustes inocentes que son el encanto principal de la infancia. De amor
+al prójimo, de caridad y abnegación, no hablemos, pues esto, con solo
+su ejemplo, diariamente me lo enseñaba. Ponía un cuidado exquisito en
+que yo aprendiese desde muy niño a refrenar los deseos violentos, a no
+apetecer cosa alguna con demasiado ardor, a poner freno a las pasiones.
+Ya he dicho a usted que era un humanista de primer orden, y clásico
+ferviente, resultando armonía perfecta entre su gusto artístico y todos
+los actos de la vida, que iban siempre a compás, como sus pensamientos.
+De los modernos autores, Moratín era su ídolo. Se carteaba con él y
+con el abate Melón, y se sabía de memoria todas<span class="pagenum"
+id="Page_88">p. 88</span> las poesías serias y festivas de don Leandro,
+así como sus traducciones de Horacio. ¡Cuántas veces le oí declamar con
+grave entonación aquel pasaje!:</p>
+
+<div class="poetry-container">
+<div class="poetry">
+ <div class="stanza">
+ <div class="verse indent0">¿De cuál varón o semidiós el canto</div>
+ <div class="verse indent6">previenes, alma Clío,</div>
+ <div class="verse indent0">en corva lira o flauta resonante?</div>
+ </div>
+</div>
+</div>
+
+<p>La sátira «<i>¿Quieres casarte, Andrés?</i>» la repetía
+enterita, sin el menor tropiezo. Explicándome las bellezas de estas
+composiciones, me hacía ver cómo la poesía, para ser de buena ley,
+debe subordinar la inspiración al buen gusto y a la regularidad. Mas
+no quería que fuese yo poeta, y una vez que me sorprendió haciendo
+versos, me los puso en solfa, incitándome a que, en vez de expresar
+mis pensamientos con música y medida, cultivara la buena prosa, que,
+sin duda, podía ofrecerme ancho campo al empleo de la inteligencia,
+así en la oratoria política como en la forense, en la historia, en la
+filosofía, y en todas las artes liberales. Por Cicerón tuvo verdadera
+idolatría, y decía que era lástima fuese gentil un hombre que expresaba
+las ideas con tal perfección, dando al raciocinio la palabra más propia
+y más enérgica. Repetía de memoria pasajes del gran orador y filósofo;
+me los explicaba; me hacía ver su concisa elocuencia, la propiedad, el
+empleo exacto de las voces...</p>
+
+<p>—Repetiría aquel pasaje: <i>Nihil agis, nihil moliris, nihil
+cogitas</i>...</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_89">p. 89</span></p>
+
+<p>—<i>Quod ego, non modo non audiam, sed etiam non videam</i>...</p>
+
+<p>—Ejemplo admirable de lo que llamamos <i>climax</i>...</p>
+
+<p>—Como usted comprende, me enseñó el latín a machamartillo, porque,
+según él, es el latín la madre de todas las enseñanzas, y única
+escuela segura del buen gusto. El latín, decía, no solo hace hombres
+eruditos, sino buenos ciudadanos, personas sociables, finas y amenas...
+Por último, para que usted se haga cargo de cómo formó mi carácter
+aquel gran maestro, recordaré las máximas que con tenacidad me iba
+claveteando, como si dijéramos, en la cabeza, y así verá el contraste
+que forma aquella enseñanza teórica con lo que después me ha traído la
+realidad. «Ajusta siempre tus acciones —me decía— a un plan lógico,
+dentro de la más estricta moralidad, y no te separes de él por nada ni
+por nadie. Puede que este sistema te ocasione alguna desazón pasajera;
+pero a la larga apreciarás y saborearás sus hermosos resultados... No
+confíes nunca en lo imprevisto; no esperes nada del acaso, y que tu
+conducta sea siempre lo que <i>debe ser</i>, lo previsto, lo estudiado,
+y en modo alguno dependa del <i>qué será</i>... No aceptes jamás
+cosa alguna que no sepas de dónde viene, ni te fíes de prosperidades
+fantásticas, que suelen volverse infortunios reales... Lábrate la dicha
+con tu trabajo, acostúmbrate a que tu bienestar sea obra de ti mismo,
+y no esperes nunca favores llovidos del cielo... No contraigas<span
+class="pagenum" id="Page_90">p. 90</span> deudas, ni aun por mínima
+cantidad, y advierte que es preferible pedir una limosna a cargarte
+de obligaciones... Ama la regularidad, el orden, pues si no hay arte
+posible sin reglas, también está sujeto a cánones invariables el arte
+de la vida... Considera que lo que no hayas adquirido por ti mismo no
+es tuyo, sino ajeno, que si aceptas beneficios que no has ganado con tu
+esfuerzo, te verás ligado por la gratitud, y la gratitud puede torcer
+tu voluntad, y apartarte de la senda del deber rígido y estrictamente
+moral... En lo tocante a opiniones políticas, mantente siempre en el
+fiel de la balanza, y cualquiera que sea la bandería a que te veas
+afiliado, no hagas un dogma cerrado de tus creencias, ni niegues a la
+creencia de los demás el respeto que merece... Nunca te acalores en
+la vida pública ni en la privada; no seas fogoso en tus pasiones, que
+eso es vicio romántico, de que debes huir como de la peste; mantente
+siempre templado, dueño de ti, sereno y en disposición de sortear las
+vehemencias ajenas. Así dominarás, sin ser nunca dominado, porque
+el fiero se entrega al fin, y se rinde al flemático... En todos los
+negocios preséntate siempre de buena fe, situándote en posición
+derecha, frente a las intenciones del que ha de tratar contigo...».</p>
+
+<p>—Pues esta máxima —dijo Hillo gozoso— corresponde a una de
+las principales reglas del toreo, que llamamos <i>situarse en la
+rectitud</i>... Adelante.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_91">p. 91</span></p>
+
+<p>—Conque ya ve, señor don Pedro, cómo no corresponde la palpitante
+realidad a la norma de conducta que mi preceptor me enseñaba; y aquí
+me tiene usted sin voluntad propia, sometido a misteriosas manos que
+me gobiernan... Lo desconocido me rige, la imprevisión me guía...
+Estoy amenazado del descrédito de toda la doctrina que aprendí, y no
+veo manera de aplicar ninguna regla, porque todas están por el suelo,
+pisoteadas por el acaso, a quien pertenezco sin poder evitarlo.</p>
+
+<p>—No es el acaso: es el supremo designio, hijo mío. Pero no te apures
+—dijo don Pedro, empezando a tutearle sin darse cuenta de ello, por una
+efusión de cariño que rápidamente invadía su corazón—. Considera que
+sobre todas las reglas está la realidad de la vida, y que no podemos
+desviar los acontecimientos de su natural curso, trazado por Dios.
+Tu padrino debió tener en cuenta el misterio de tu origen, antes de
+recomendarte que abominaras de lo desconocido. ¿Por qué no te reveló
+lo que sin duda sabía? O es que no sabía nada. De todos modos, hijo
+mío, tu existencia se balancea en el misterio, y el misterio ha de
+rodearte, y lo imprevisto te rondará por mucho tiempo, pese a toda la
+ciencia y a toda la bondad de ese don Narciso Vidaurre... ¿Qué resulta?
+Que tu padrino te quiso criar para lo clásico, sin considerar que eres
+romántico inconsciente, esto es, que a pesar tuyo el romanticismo te
+coge en su remolino furioso... Dispénsame que te tutee: siento<span
+class="pagenum" id="Page_92">p. 92</span> hacia ti un profundo afecto.
+Te miro como un hijo; más propio será decir como hermano. Quiero
+compartir tus desventuras... cuando lleguen... Seamos románticos;
+aceptemos la realidad, y pues esta es ahora tan buena, no le busques
+tres pies al gato y date por muy contento con los bienes que llovidos
+caen sobre ti. Después vendrá la <i>anagnórisis</i>, y volveremos a
+lo clásico, al triunfo, a la apoteosis, que será coronamiento de tu
+destino. Sí, querido Fernando. Tu porvenir es hermoso; tú eres lo que
+no pareces... Serás grande, poderoso... Alégrate. Seremos amigos,
+grandes amigos; seremos hermanos. Y ahora, chiquillo, pues cae la
+tarde, vámonos despacito hacia nuestra vivienda, que la hora de la cena
+se aproxima, y yo, la verdad, con todo eso que me has contado, siento
+que se me avivan de un modo horroroso las ganitas de comer.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch9">
+ <h2 class="nobreak g1">IX</h2>
+</div>
+
+<p>Era verdad que don Pedro se sentía inflamado de un cariño sincero
+hacia el joven Calpena, afecto absolutamente desinteresado, pues no
+se arrimaba a su amigo con intenciones de parasitismo, viéndole en
+camino de doradas grandezas, sino que anhelaba guiarle por los senderos
+peligrosos que probablemente<span class="pagenum" id="Page_93">p.
+93</span> se abrirían ante él; aconsejarle, dirigirle, evitarle todos
+los escollos, para que gozase libre y desembarazadamente de los bienes
+que el cielo le deparaba.</p>
+
+<p>No tardó Utrilla en rematar algunas, si no todas las piezas de ropa
+de que había tomado medidas. Dos pantalones, dos chalecos y una levita
+fueron entregados a los tres días de la prueba, y la terminación de lo
+demás se anunció para la semana próxima. Empezó por fin don Fernando
+a ponerse guapo y elegante, lo que con tal ropa, y los aditamentos de
+corbata, calzado, peluquería, etc., era cosa muy fácil en un joven a
+quien dotó la naturaleza de airosa figura, hermoso rostro, y modales
+finísimos <i>a nativitate</i>. Hillo le contemplaba embobado, viendo en
+él un perfecto tipo de raza aristocrática. El propio duque de Osuna,
+don Pedro Téllez Girón, no le aventajara, ni los agregados de la
+Embajada inglesa.</p>
+
+<p>Desde que tuvo ropa fue incitado por su amigo a frecuentar los
+teatros. Hillo no le acompañaba por causa de su ministerio sacerdotal.
+Fea cosa era ir a los toros; pero más disculpable para un clérigo que
+el teatro, por celebrarse las corridas en pleno día y no ser preciso
+en ellas descubrirse la cabeza, exponiendo a la befa popular la ungida
+corona. Con todo, buenas ganas tenía de colarse una noche en la
+cazuela, disfrazado, para ver en el patio a Fernandito, y sorprender el
+efecto que causaba en la concurrencia. Contentábase con verle vestirse
+y acicalarse, y<span class="pagenum" id="Page_94">p. 94</span> poner
+en sus manos el sombrero y bastón cuando salía. Aunque el niño volviese
+tarde, don Pedro no se acostaba hasta que le veía entrar, y allí eran
+sus preguntas:</p>
+
+<p>—Qué tal, hijo, ¿te has divertido mucho? ¿Has dado golpe? Apuesto
+a que todos los lentes, y esos anteojos que llaman gemelos, se han
+dirigido a tu gallarda persona.</p>
+
+<p>En el Príncipe daban <i>Norma</i>, cantada por la señora Oreiro
+de Lema y el señor Unanue. En la Cruz, <i>La joven reina Cristina
+de Suecia</i>, traducida del francés. Así de las obras como de la
+ejecución, pedía el clérigo a su amigo noticias prolijas, y el chico se
+las daba, advirtiendo la absoluta ignorancia teatral del buen señor,
+que no había visto nunca más pieza que <i>El mágico de Astrakán</i>,
+allá en Zamora, siendo él una criatura.</p>
+
+<p>Menudeaba Calpena sus asistencias al Príncipe, y viéndole tan
+aficionado, decía don Pedro:</p>
+
+<p>—¡Cómo se conoce que nos salen novias a docenas!... La suerte es que
+este chico se pasa de prudente y avisado, y no le atrapará ninguna de
+esas culebronas que...</p>
+
+<p>Dígase, para explicar la confusión que seguía presidiendo los
+destinos de don Fernando Calpena, que a fines de septiembre nadie había
+ido a recoger el misterioso encargo traído de Olorón; que una tarde
+llegó carta anónima, no llevada por <i>Edipo</i>, sino por persona
+desconocida que la dejó en la puerta, y que algunas noches, al volver
+Fernando del teatro, creía que le seguían dos personas buscándole las
+vueltas y espiándole<span class="pagenum" id="Page_95">p. 95</span>
+los pasos. La carta no traía dinero: estaba escrita por mano nada
+premiosa, menudito el trazo, la gramática bastante correcta, y solo
+contenía lacónicas advertencias y admoniciones cariñosas:</p>
+
+<div class="carta">
+
+ <p>«Mira, niño: los guantes amarillos son de más distinción que los
+ blancos... También te digo que no es del mejor tono aplaudir en el
+ teatro tan estrepitosamente, sobre todo a medianos artistas... Por
+ más que tú creas otra cosa, a juzgar por tu entusiasmo, la Ridaura
+ no hace nada de particular en su parte de Adalgisa... Oye, niño: que
+ vayas a misa al Carmen Descalzo, a las nueve en punto, y procura no
+ estar en la iglesia tan distraído. A la iglesia no se va a mirar a
+ las muchachas, sino a rezar con devoción... — P. D. Cuando se te
+ acabe el dinero, te pones en misa la corbata escocesa, usando la
+ negra para anunciar que lo has recibido».</p>
+
+</div>
+
+<p>—Observaciones son estas —decía Hillo radiante de satisfacción—
+atinadísimas. Mi leal opinión es que no debes ponerte la corbata
+escocesa sino cuando tengas verdadera necesidad de nuevas remesas de
+metálico. No hay que abusar, hijo.</p>
+
+<p>La gran sorpresa cayó, como chispa del cielo, una tarde, al volver
+Méndez de su oficina. Traía un pliego de oficio dirigido a Calpena, y
+al ponerlo en sus manos, le dijo:</p>
+
+<p>—Esta comunicación fue entregada al portero mayor para que
+indagara las señas. Corrió entre nosotros de mano en mano, hasta que
+vi el nombre... ¡Qué casualidad! «¡Pero si<span class="pagenum"
+id="Page_96">p. 96</span> le tengo en mi casa!». Ábralo usted pronto,
+que, si no me engaño, es nombramiento.</p>
+
+<p>Calpena se quedó frío de estupor. Don Pedro, como el que sueña
+despierto, exclamó:</p>
+
+<p>—¡Credencial! Será cuando menos de Administrador de Tercias Reales,
+o de Colector del Noveno y Medias Annatas.</p>
+
+<p>Abierto el pliego, resultó contener un nombramiento de Oficial
+de la Secretaría de Hacienda, con doce mil reales: firmaba
+<i>Mendizábal</i>. Un tanto desconcertó a Hillo el ver que la nueva
+dádiva, parabólicamente arrojada por la <i>mano oculta</i> sobre aquel
+venturoso mortal, no correspondía, con ser grande, a las hipérboles que
+soñara la desbocada fantasía del clérigo. Pero reflexionando en ello,
+no tardó en conformarse y dijo:</p>
+
+<p>—Para hacer boca no está mal. Pocos serán los que empiecen así.
+Papilla de doce mil reales no se da ni a los hijos de los ministros.
+Y aquí estoy yo, pretendiendo hace catorce años una triste cátedra
+con seis mil, sin que hasta la presente... Pero no importa... Conque,
+hijo, alégrate y toca las castañuelas, que por lo que veo, el mundo es
+tuyo. Oye: que no pasen dos días sin ir a tomar posesión y a darle las
+gracias al señor de Mendizábal.</p>
+
+<p>Ni contento ni triste, sino fluctuando entre sus sombrías
+inquietudes y el gozo retozón de su vanidad halagada, Calpena contestó
+que no pondría los pies en el ministerio sin dar antes un paso que su
+decoro exigía y su ardiente curiosidad reclamaba. Empleó la mañana
+siguiente en la diligencia de<span class="pagenum" id="Page_97">p.
+97</span> buscar al llamado <i>Edipo</i>, lo que no le fue difícil
+recorriendo oficinas y retenes policiacos; pero el tal no le dio
+ninguna luz. No era más que un simple <i>intromedario</i>: llevaba
+los mensajes sin conocimiento de su procedencia; le llegaban de
+segunda mano, o sea por órdenes de su inmediato jefe, el señor don
+Manuel de Azara. Sin pérdida de tiempo echose don Fernando a buscar
+a este; solicitó audiencia, que le fue concedida, después de largos
+plantones, al anochecer del día siguiente, y encontrose frente a
+un hombre extraordinariamente calvo y con el bigote teñido, que le
+escuchó benévolo y un tanto malicioso; pero sin dar lumbres. Aseguró
+que de la credencial no tenía la menor noticia, y que de la remesa de
+encarguitos, así como de la preparación de aposento, no podía revelar
+cosa alguna por habérsele impuesto absoluta reserva <i>bajo pérdida de
+destino</i>...</p>
+
+<p>—Y francamente —dijo al terminar—, no hay más remedio que defender
+la plaza como se pueda, mayormente cuando a uno le tienen entre ojos
+por ser criado a los pechos de don Tadeo Ignacio Gil... Gracias
+que Olózaga me considera y está contento de mí... En una palabra,
+caballerito, no me pregunte usted nada, porque no he de responderle.
+Precisamente el señor Subdelegado me estima, como he dicho, porque no
+hay quien me iguale en el don de silencio. Y si me permite usted darle
+un consejo, le diré que aprenda cosa tan fácil, poniéndose a ello,
+como es el callar. Lo difícil, señor mío, es<span class="pagenum"
+id="Page_98">p. 98</span> callarse cuando a uno le pegan; pero callarse
+cuando le miman y regalan..., ¡qué cosa más fácil! Créame a mí: déjese
+llevar, déjese querer...</p>
+
+<p>No muy satisfecho, aunque resignado con la cómoda filosofía del
+polizonte, se volvió a su casa don Fernando, y antes de poder contar
+a Hillo la reciente entrevista, recibieron ambos una nueva sorpresa:
+carta del misterioso corresponsal, que decía:</p>
+
+<div class="carta">
+
+ <p>«Tontín, aunque Mendizábal recuerda al jovenzuelo que le sirvió
+ de amanuense en el hotel <i>Meurice</i>, en París, no le hables de
+ tal cosa cuando le veas, que le verás. No le pidas audiencia para
+ darle las gracias: él te llamará. Adúlale un poquito, que le gusta,
+ y si trabajases algún día en su despacho particular, no te muestres
+ cansado, aunque te tenga diez o doce horas con la pluma en la mano,
+ que le entusiasman los incansables, como él.</p>
+
+ <p>»No faltes el sábado, en el Príncipe, al estreno de <i>Los hijos
+ de Eduardo</i>, traducido de Delavigne por el tuerto Bretón. Dicen
+ que es cosa buena. Y si repiten el <i>Don Álvaro</i>, de Angelito
+ Saavedra, no dejes de ir a verlo. Ya sé que el viernes pasado
+ estuviste en el cuarto de Florencio Romea, donde conociste a Ventura
+ de la Vega. Ándate con tiento en frecuentar cuartos de cómicos:
+ fácilmente pasarás de los cuartos de ellos a los de ellas..., y esto
+ no me gusta.</p>
+
+ <p>»Con perdón del señor Utrilla, la levita verde no te ha quedado
+ bien. Hace unas arruguitas<span class="pagenum" id="Page_99">p.
+ 99</span> en la espalda que no aumentarán la fama del primer sastre
+ de Madrid. Que te la vea puesta, y mándasela después para que te la
+ arregle. De paso te encargas un <i>surtout</i> color barquillo, y
+ que te lo hagan pronto, que las noches ya refrescan; pero no tanto
+ que pidan capa... Los mejores guantes son los de Dubosc, y las
+ mejores camisas las de Fernández, calle del Príncipe. El reloj que
+ tienes, regalo de tu padrino, está pidiendo sucesor. Además de que
+ es feísimo, se atrasa que es un gusto, y así llegas tarde a todas
+ partes. Ya veremos de darle jubilación. Pero no lo vendas ni lo des a
+ nadie: guárdalo siempre como recuerdo de cuando don Narciso te tiraba
+ de las orejas por no saber los latinajos.</p>
+
+ <p>»Bobillo, no te entretengas más de una hora en el <i>Café
+ Nuevo</i>, y mira con quién te juntas, y a qué tertulias te arrimas.
+ Cuidadito con Larra, que tiene más talento que pesa; pero es mordaz
+ y malicioso. Si vuelves al Parnasillo, busca la amistad de Roca de
+ Togores, de Juanito Pezuela y de Donoso Cortés... Con Espronceda y
+ otros tan arrebatados, <i>buenos días y buenas noches</i>, y nada de
+ intimidades... Suscríbete a <i>La Abeja</i>, lee <i>El Español</i>, y
+ hazle la cruz al <i>Eco del Comercio</i>.</p>
+
+ <p>»Adiós. El domingo, a misa de once, en las Niñas de Leganés».</p>
+
+</div>
+
+<p>Suspiró Calpena al acabar la lectura, y don Pedro, echando lumbre
+por los ojos, dijo:</p>
+
+<p>—Ya no me queda duda de que es una dama. ¡Y qué cariñosa ternura,
+qué purísimo y entrañable afecto!...</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_100">p. 100</span></p>
+
+<p>—Lo que yo creo —observó el joven— es que vivo espiado dentro y
+fuera de casa, pues la desconocida persona que me escribe sabe todos
+mis pasos, observa las arrugas de mi ropa, y se entera de cuándo se me
+atrasa el reloj.</p>
+
+<p>—¿Y qué te importa, tontín? ¿Qué mayor dicha para un joven honesto
+que tener quien así cariñosamente le vigile, designándole los buenos
+caminos y apartándole de los atajos peligrosos? Ahora no hay que pensar
+sino en presentarte en el ministerio, tomar posesión y ponerte al habla
+con el grande hombre, con ese gaditano londonense, negociante antes
+que político, a quien yo tenía entre ojos; pero ya me va gustando, ya
+me va gustando. Al darte la credencial demuestra que no es rana... Ya
+ha olido el hombre que tú vas para personaje; que cuando tengas la
+edad serás procurador, prócer, o lo que te dé la real gana, y el muy
+tuno quiere atraerte con tiempo, llevarte a su lado, hacerte de su
+partido...</p>
+
+<p>Meditabundo, Calpena no siguió a don Pedro en sus apreciaciones
+optimistas. Casi toda la noche la pasó en vela, asaltado de una fiebre
+inquisitiva, revolviendo en su mente los claros recuerdos de su niñez,
+busca por allí, husmea por allá, evocando memorias de rostros, frases
+o reticencias de don Narciso, o de alguien de su familia; mas en
+ningún repliegue del pasado vislumbró hilo que le guiara por aquel
+laberinto en cuyo seno misterioso se ocultaba la verdad. Tampoco<span
+class="pagenum" id="Page_101">p. 101</span> Hillo durmió aquella noche
+con el dulce sueño que su pura conciencia ordinariamente le permitía.
+Viva excitación cerebral le tuvo en vela, y allí era el lanzarse a un
+desenfrenado juego de acertijos, admitiendo y desechando hipótesis.
+«Esto no lo hace más que una madre —se decía—. Y que esa madre es
+persona de alta posición, no puede menos de admitirse. Bien claro
+está: riquezas hay; nobleza también. No me falta más que el nombre
+para llegar a la completa solución del enigma. Luego viene el otro
+problema: el papá. Por san Dionisio Areopagita, esta sí que es gorda.
+¡Dios mío, el padre...! No sé por qué me ha dado en la nariz tufo de
+sangre real... Sí, sí. Tiene mi Fernandito en toda su persona un sello
+de majestad, de grandeza de estirpe, que no deja ninguna duda, no,
+señor... Por la fisonomía, nada saco en limpio... Como narigudo, no
+lo es; ni tiene el labio inferior echado para afuera... Por tanto, no
+parece...».</p>
+
+<p>Dormido al fin, soñó con las más estrafalarias anagnórisis que es
+posible imaginar, y al amanecer despertó sobresaltado con una idea,
+que en su cerebro como ladrón furtivamente se introdujo, hallándose en
+ese estado neblinoso que separa el dormir del velar. «Ya, ya lo acerté
+—dijo a media voz incorporándose en la cama—. Es... de Napoleón y de...
+No será difícil descubrir una duquesa o marquesa que...».</p>
+
+<p>Media hora después, camino del Carmen Descalzo, donde celebraba,
+volvía en sí de<span class="pagenum" id="Page_102">p. 102</span>
+aquella aberración, razonando de este modo: «No... porque, bien mirado,
+no tiene el tipo de los Bonapartes..., digo, me parece a mí. Yo no he
+visto a ningún Bonaparte, como no sea en estampa, porque a Napoleón
+I, por más que corrimos tras él los muchachos, el día siguiente de
+la batalla de Astorga, no alcanzamos a verle..., no vimos más que
+un bulto..., el bulto de un jinete, a lo lejos, por el camino de
+Otero... Al rey Botellas tampoco le eché la vista encima... Solo por
+las pinturas se hace uno cargo de la fisonomía de aquellos señores...
+No, no, esto es un delirio. Ni aun quitándole el bigote al niño, y
+engordándole mentalmente, encontraríamos el aire de familia... ¡Qué
+demonio!... esperemos, y Dios lo dirá».</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch10">
+ <h2 class="nobreak">X</h2>
+</div>
+
+<p>Uno de los primeros días de octubre, a los veinte próximamente
+de su llegada a la corte, inauguró Calpena su vida burocrática,
+presentando su credencial en la Secretaría de Hacienda (plazuela de
+Ministerios), y tomando posesión de su destino. Tocole de jefe de
+Sección o <i>Mesa</i>, un don Eduardo Oliván e Iznardi (no tenía nada
+que ver con don Alejandro Oliván, entonces redactor de <i>La Abeja</i>,
+ni con don Ángel Iznardi, redactor de <i>El<span class="pagenum"
+id="Page_103">p. 103</span> Eco del Comercio</i>). Hechura de don
+Luis López Ballesteros, respetado por Cea Bermúdez y por Toreno, bien
+agarrado en todos los gabinetes por sus excelentes relaciones, era un
+señor bueno como el pan, sencillo como una codorniz, afable, angosto de
+cerebro, y tan ancho de conciencia burocrática que en ella cabía, y aun
+sobraba conciencia, la libertad anchurosísima de sus subordinados. Su
+llaneza patriarcal parecía olvidar las jerarquías, alternando amigable
+y democráticamente con los inferiores en la tarea deliciosa de leer
+<i>El Español</i>, <i>El Eco</i> y <i>La Abeja</i>, fumar cigarrillos,
+repetir y comentar todo lo que en Madrid se hablaba de política y
+literatura, echando de vez en cuando una plumada a los expedientes,
+por vía de distracción, y sin suspender la grata tertulia. Cada cual
+salía y entraba en aquella bendita oficina a la hora que mejor le
+cuadraba. Eran cinco los funcionarios, con Calpena seis, repartidos en
+tres mesas, con la del jefe cuatro, de distinta hechura y edad, si bien
+todas representaban una antigüedad venerable. Dígase que la tinta era
+excelente, hecha en la casa; las plumas, de ave; los tinteros, de cobre;
+y que sobre las bayetas verdes y los mugrientos hules se extendían los
+negros polvos de secar, formando en algunos sitios verdaderos arenales.
+Inauguraba el bueno de Oliván su trabajo cortando plumas, en lo que
+ponía exquisito cuidado y habilidad, pues su gala era esto y la rúbrica
+que echaba en las firmas, no menos rasgueada y pintoresca que<span
+class="pagenum" id="Page_104">p. 104</span> la de un escribano.
+Mientras duraba el corte hablaba con los madrugadores, o sea los que
+recalaban por allí de diez y media a once; les refería incidentes o
+sucedidos de su familia, gracias y travesuras de sus niños; les oía
+contar algo de teatro y toros, alguna mujeril aventura, y así se
+pasaba el tiempo hasta las doce, hora en que le traían a don Eduardo
+su almuerzo. Sobre las bayetas arenosas extendía una servilleta, y
+se comía su tortilla de patatas y su chuletita de ternera. Salían
+y entraban los mozos de café con servicios para el jefe y algunos
+subalternos, y en tanto, el que no tomaba café, hacía caricaturas;
+otro escribía versos, y el de la última mesa las cartas a su novia.
+Luego se trabajaba un poquito, mientras uno leía en voz alta <i>El
+Español</i>, para que los demás se enterasen. El jefe solía pasarse
+a la sección próxima, donde había otro jefe que <i>veía largo</i> en
+política, y anunciaba con seguro vaticinio todo lo que iba a pasar.
+Más tarde descansaban, fumando un cigarrillo. Don Eduardo recibía
+cortésmente a las personas que acudían al despacho de algún asunto,
+y para hacerles ver la actividad que allí se desplegaba, les ponía
+ante los ojos rimeros de papeles que debían pasar pronto a la sección
+correspondiente, y otros rimeros de papeles que acababan de llegar,
+después de lo cual les prometía no detener los expedientes más que el
+tiempo necesario para <i>el concienzudo examen de los mismos</i>. Luego
+se limpiaba el sudor de la calva, y contaba a sus subalternos<span
+class="pagenum" id="Page_105">p. 105</span> lo que el otro jefe de
+sección le había dicho: que todo iba muy bien; que la quinta de cien
+mil hombres daría un resultado maravilloso, y que no había duda de que
+Istúriz y Galiano apoyarían incondicionalmente al señor Mendizábal en
+el Estamento próximo. No se podían dar las mismas seguridades de López
+y Caballero, y Toreno y Martínez de la Rosa no saldrían de su pasito
+<i>moderado</i>. Había, pues, situación Mendizábal para un rato, y se
+verían realizadas las reformas que el grande hombre había prometido en
+su famosa exposición a la reina. Pero la noticia culminante era que la
+Milicia urbana se reorganizaría, tomando el nombre sonoro y magnífico
+de <i>Guardia Nacional</i>.</p>
+
+<p>—Todo será <i>a estilo de Francia</i> —concluía don Eduardo—; y
+lo mejor es que a los milicianos de Madrid y su provincia se nos da
+carácter de ejército regular, formando con nosotros una división
+mandada por un jefe superior, y bajo la inspección de un general...
+Por eso ha dicho San Miguel que seremos el ángel custodio de las
+instituciones.</p>
+
+<p>No siempre hablaba de lo mismo, aunque era muy dado a la repetición
+de conceptos, vicio que los retóricos llaman <i>batología</i>.</p>
+
+<p>—¿No saben? Se suprimen las <i>cartas de seguridad</i>, esa rémora,
+señores, para la gente honrada que tiene que viajar de un punto a
+otro. Yo soy partidario de que se <i>corten abusos</i>. Los que han
+viajado por el extranjero nos dicen que estamos en el siglo <span
+class="asc">XV</span>, y francamente, yo quiero pertenecer a <i>mi
+siglo</i>... Seamos todos<span class="pagenum" id="Page_106">p.
+106</span> de nuestro siglo, entrando por el aro de las grandes
+reformas... Otra de las buenas noticias es que se suprimen <i>las
+pruebas de nobleza</i> para ingresar en los establecimientos
+científicos, ora civiles, ora militares... Realmente, semejante
+ranciedad era un resabio de la Edad Media. Ábrase la enseñanza para
+todo el mundo y dese al mérito ancho campo. ¡Abajo la Edad Media!...
+Créanlo ustedes, en este particular estoy de acuerdo con Caballero y
+los de <i>El Eco</i>; nada más que en este particular, pues opino, como
+él, que la <i>demo... cracia</i>, así se dice, la <i>democracia</i>
+exige que el pueblo se ilustre. Yo soy partidario de la ilustración del
+pueblo, como soy partidario de que el pueblo sea moral, y de que los
+empleados trabajen... Mi sistema es: pocos empleados, pocos, pero muy
+bien pagados.</p>
+
+<p>Dichas estas cosas, y otras de igual trascendencia y filosofía, el
+jefe bromeaba un poco con sus subordinados: con este por si a novia le
+daba calabazas; con aquel por si era alabardero en los teatros; con
+el otro por si le sudaban tanto las manos, que toda la arenilla se le
+quedaba pegada en ellas, y obligaba a la casa a frecuentes reposiciones
+de aquel material. Luego les recomendaba benévola y paternalmente que
+no dejasen el papelorio esparcido sobre las mesas, y él mismo daba el
+ejemplo recogiendo legajos y metiéndolos en una alacena donde tenía
+botellas vacías o medio llenas, el <i>Diccionario geográfico</i> de
+Miñano, confundidos sus tomos<span class="pagenum" id="Page_107">p.
+107</span> con los de novelas y viajes, entre estos el de <i>Enrique
+Watson al país de las Monas</i>.</p>
+
+<p>—Yo soy partidario —decía— de que haya orden en las oficinas, para
+que el trabajo se haga como Dios manda, y cada cual encuentre lo que
+necesita para el pronto despacho de los asuntos...</p>
+
+<p>Con esto se aproximaba la hora feliz de poner punto en las faenas
+del día: los sombreros parecían alegrarse en lo alto de las perchas,
+viendo próximo el instante de que sus dueños los cogieran para echarse
+a la calle.</p>
+
+<p>—Vaya, ya es hora, ciudadanos —decía don Eduardo, atusándose los
+mechones laterales, y cubriéndose con pausa y solemnidad, como si su
+calva fuese una cosa sagrada que reclamaba el respeto de la protección
+sombreril—. Me parece que hemos trabajado bastante. Hasta mañana.</p>
+
+<p>Si la tarde era plácida, se iban de paseo, y si lloviznaba o hacía
+frío, al café, donde con charla sabrosa de literatura, de política o
+de cosas mundanas, reducían a polvo el tiempo hasta la hora de cenar.
+Que Calpena se aburría en la oficina, no hay para qué decirlo. Desde su
+iniciación burocrática no había hecho más que extender algunos oficios
+y copiar dos o tres estados de recaudaciones.</p>
+
+<p>El jefe le consideraba, presumiendo en él una superioridad aún
+no bien manifiesta, pero que lo sería pronto; y los compañeros le
+mostraron afecto y fraternidad, más admirados que envidiosos de su
+buena ropa. Ya era cosa corriente en las oficinas ver entrar niños
+bonitos, con sueldos desmesurados, y que no<span class="pagenum"
+id="Page_108">p. 108</span> iban más que a cobrar y a distraerse un
+rato; hijos o sobrinos de personajes, que de este modo arrimaban una
+o más bocas de la familia a las ubres del presupuesto. Los empleados,
+que lo eran por oficio y medio de vivir, se habían acostumbrado a la
+irrupción de señoritos, y alternaban gozosos con ellos, esperando
+hacer amistades que <i>en su día</i> valieran para el ascenso, o para
+la reposición en caso de cesantía. En la sección de Calpena todos los
+funcionarios eran de peor pelaje que él: alguno pasaba de los cincuenta
+años y solo disfrutaba ocho mil reales, vestía ropa vuelta del revés
+y apenas paseaba, por no romper botas; otros conservaban aún trajes
+provincianos, estirándolos cuanto podían, y no faltaba quien vistiese
+regularmente por el sistema económico de no pagar al sastre. Sobre
+todos descollaba Calpena, no solo por su elegancia y buena figura, sino
+por su saber de cosas extranjeras, y su rumbosa generosidad en el pago
+de cafés y refrescos después de la oficina. Con uno de sus colegas,
+extremeño, envejecido prematuramente y seco como un esparto, habitante
+en una casa de huéspedes de ínfima categoría, parroquiano fósil de
+diferentes cafés, hizo amistades, seducido por la sabrosa erudición
+que ostentaba en cosas y personas de Madrid. Muchas tardes iba con
+él al <i>Nuevo</i>, y se le pasaban mansamente las horas oyéndole
+contar anécdotas que parecían mentira siendo verdades, y embustes
+que resultaban perfecto simulacro de la verdad. Por Serrano<span
+class="pagenum" id="Page_109">p. 109</span> (que así se llamaba) supo
+Calpena que su jefe, don Eduardo Oliván, era un hombre desgraciadísimo
+en su vida doméstica, aunque no conocía, o aparentaba no conocer su
+propia desgracia. La paz que en su hogar reinaba era la proyección
+de su mansedumbre, virtud con la cual adquirido había una triste
+celebridad. Ponderó Serrano la seductora hermosura de la mujer del
+jefe, y algo dijo también de su familia, muy conocida en Madrid. Se la
+veía muy a menudo en teatros y paseos, fingiendo una posición que no
+tenía, alternando con personas cuya riqueza consistía en bienes raíces,
+o en rentas que estaban a la vista de todo el mundo. Las de aquella
+buena señora eran un tanto enigmáticas.</p>
+
+<p>—Si quiere usted más detalles, pídaselos al hoy general en jefe del
+ejército del Norte, don Luis Fernández de Córdova. Los sucesores de
+este son de menor categoría militar y civil. El último que ha caído
+en las redes de nuestra <i>jefa</i> es ese capitán de artillería...
+Escosura, Patricio de la Escosura... ¿No le conoce usted? De seguro que
+sí. En el Príncipe le tiene usted todas las noches. Es el que retrató
+Bretón en el <i>don Martín</i> de la <i>Marcela</i>.</p>
+
+<p>—No sabía que los tres amantes de Marcela fueran retratos.</p>
+
+<p>—Bien se ve que no está usted aún familiarizado con nuestra
+sociedad... Pues el <i>don Amadeo</i> es Pezuela, y el <i>don
+Agapito</i>, el chico de Clemencín.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch11">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_110">p. 110</span></p>
+ <h2 class="nobreak g1">XI</h2>
+</div>
+
+<p>—Una de estas noches, amigo Serrano —dijo don Fernando—, va usted
+a venir conmigo al Príncipe, para que me diga los nombres de todas
+las señoras que veamos en los palcos. En el tiempo que llevo aquí, he
+hecho algunas amistades, pocas; hace unas noches me llevaron al cuarto
+de Florencio Romea; en el teatro he conocido a Ventura de la Vega y
+a Mesonero Romanos. El señor a quien debo este conocimiento me le
+presentó días pasados en la calle de Alcalá mi compañero de casa don
+Nicomedes Iglesias. ¿Le trata usted?</p>
+
+<p>—¿Cómo no?... Iglesias..., hombre de mucho talento, de gran
+porvenir...</p>
+
+<p>—Pues me presentó a ese..., ¿cómo se llama?, Alonso..., Juan
+Bautista Alonso, con quien me encontró después una noche en la segunda
+fila de lunetas, y charlamos algo de literatura. Por él he conocido a
+Vega, he hablado con Larra, y he saludado a Espronceda en el café Nuevo
+y en el Parnasillo...</p>
+
+<p>—Alonso es poeta y un buen periodista..., chico que vale. Será
+ministro... ¿Y no ha querido catequizarle a usted para la sociedad
+<i>Los Numantinos</i>?</p>
+
+<p>—A mí, no... Ni yo gusto de meterme en esas cosas, ni la vida
+política me seduce.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_111">p. 111</span></p>
+
+<p>—A mí..., sí..., pero no puedo consagrarme a ella, por...</p>
+
+<p>Acometido de una tos violentísima, parecía que se ahogaba. Amoratado
+y convulso, faltábale poco para echar los bofes y escupir el alma.</p>
+
+<p>—Con esta maldita tos —dijo cuando se fue sosegando, y se limpiaba
+de babas, mocos y lágrimas el encendido rostro—, ¿cómo quiere usted que
+sea uno político y orador?... Mi naturaleza es émula de mi bolsillo en
+el agotamiento, en la extenuación... No me forjo ilusiones de vivir el
+año que viene: estoy tísico pasado.</p>
+
+<p>Trató de consolarle Calpena, con más lástima que convencimiento,
+porque en verdad la flaqueza y el color cadavérico de su amigo
+invitaban a entonar el responso. No espantado de la muerte, o
+echándoselas de valiente, hablaba Serrano de su próximo fin con
+entereza estoica un poquito afectada. Era moda entonces morirse en
+la flor de la edad, tomando posturas de fúnebre elegancia. Habíamos
+convenido en que seríamos más bellos cuanto más demacrados, y entre
+las distintas vanidades de aquel tiempo no era la más floja la de un
+fallecimiento poético, seguido de inhumación al pie de un ciprés de
+verdinegro y puntiagudo ramaje.</p>
+
+<p>—Estos pobres huesos —prosiguió Serrano— están pidiendo la mortaja.
+Le diré a usted, en confianza, que es de tanto sufrir y de tanto
+gozar... Mi vida, si yo la contara, sería la más interesante de las
+novelas. Mis años, por el mucho y precipitado vivir, parecen<span
+class="pagenum" id="Page_112">p. 112</span> siglos... ¡Y que llegue
+uno al borde de la tumba con ocho mil reales!... En fin, doblemos la
+hoja triste... ¿Me decía usted que desea ir conmigo al teatro para que
+le dé a conocer a todo el personal masculino y femenino que veamos en
+palcos y butacas? No podía usted encontrar, ni buscándola con candil,
+persona más para el caso, porque como de algún tiempo acá no tengo nada
+que hacer (en la oficina ya ve lo que trabajamos), me dedico a conocer
+<i>de visu</i> a todo el mundo, y a la averiguación de vidas ajenas...
+Soy un Plutarco para esto de las vidas, y las hago también paralelas.
+Sabrá usted los nombres y las historias, amigo mío, que aquí no hay
+nadie que no tenga su historia... y las hay de oro. ¡Con decirle a
+usted que la de nuestro esclarecido jefe es de las más inocentes...!</p>
+
+<p>—¡Caramba!</p>
+
+<p>—¿Y lo duda? ¿De qué dehesa viene usted?</p>
+
+<p>—¿Dónde hay más historias, en las clases altas o en las medias?</p>
+
+<p>—En todas; pero las de las altas son más bonitas, más profundamente
+depravadas. Yo las conozco al dedillo, y en pocas noches le daré la
+instrucción suficiente para que no pase por cándido el día que se
+introduzca en la sociedad.</p>
+
+<p>—¿Pero no se exime nadie, galán ni dama, del oprobio de esas
+historias? ¡Por Dios, Serrano...!</p>
+
+<p>—Nadie... Todo el mundo tiene historia. Por lo común no hay persona
+bien vestida<span class="pagenum" id="Page_113">p. 113</span> que no
+lleve consigo su misterio: este misterio es algo que no debe saberse,
+y, sin embargo, se sabe, porque fíjese usted... Nada es aquí tan
+público como las cosas secretas... En fin, por tener todo el mundo
+historia, hasta usted la tiene, usted, querido Calpena, que acaba de
+llegar a Madrid; y antes de dar los primeros pasos en las tablas del
+teatro social, ya nos indica que trae buen papel en la comedia.</p>
+
+<p>—¡Yo! —exclamó Calpena palideciendo—. ¡Pobre de mí! ¡Si no soy
+nadie!</p>
+
+<p>—Los que empiezan no siendo nada, suelen acabar siéndolo todo.</p>
+
+<p>—Bueno. Pues si alrededor mío hay una historia y usted la sabe,
+amigo Serrano, ¿tendría inconveniente en contármela?</p>
+
+<p>—Inconveniente, ninguno...; pero la tos..., ya ve..., no puedo
+hablar..., me ahogo...</p>
+
+<p>Aguardó Calpena a que el golpe de tos se calmase, y cuando hubo
+pasado, aún tuvo que esperar más tiempo, porque el infeliz tísico se
+quedó un rato sin respiración, los ojos inyectados, la frente sudorosa,
+las manos trémulas...</p>
+
+<p>—Pues sí..., esta maldita tos no me deja vivir... Si yo no tosiera,
+sería orador, créame usted... Pues no hay que tomar a mala parte esto
+de las historias. ¡Tan joven y ya protagonista! Si he de ser franco, no
+puedo aún decir a usted cosas concretas...</p>
+
+<p>—¿Pues no asegura que lo sabe todo?</p>
+
+<p>—Todo no. Es muy pronto todavía, y aún son pocas las personas que
+se han fijado en<span class="pagenum" id="Page_114">p. 114</span> el
+joven Calpena... Lo que yo he oído no es ofensivo para usted, ni mucho
+menos.</p>
+
+<p>—Sea lo que quiera, debo saberlo.</p>
+
+<p>—La tos otra vez... Me ahogo...</p>
+
+<p>—¡Demonio! ¿Por qué no toma usted pastillas? Yo se las traeré de la
+botica más próxima.</p>
+
+<p>—No..., gracias... Es inútil. Las he tomado de todas clases, sin
+sentir el menor alivio.</p>
+
+<p>—Ya pasa..., ya puede hablar.</p>
+
+<p>—La verdad, amigo mío, a usted se le tiene en estudio. Solo he
+oído formular preguntas, aventurar alguna hipótesis... Conjeturas,
+presunciones..., que será, qué no será...</p>
+
+<p>—¿Nada más que eso? Pues soy, respecto a mí, el primero de los
+curiosos investigadores, y yo pregunto también: «¿Quién soy?...
+Calpena, ¿quién eres?».</p>
+
+<p>—¿Pero usted no lo sabe?...</p>
+
+<p>Comprendiendo que había ido demasiado lejos en la expresión de sus
+dudas, don Fernando se enmendó diciendo:</p>
+
+<p>—Sé quien soy; pero en la vida de todo hombre, por clara que
+aparezca, hay siempre incógnitas que resolver.</p>
+
+<p>—¿De modo que no sabe usted todo lo que le concierne?</p>
+
+<p>—Hombre, todo, todo precisamente, no.</p>
+
+<p>—Pero sí sabrá quién le recomendó para la plaza que hoy ocupa en el
+ministerio.</p>
+
+<p>—Juro a usted que lo ignoro.</p>
+
+<p>—Las recomendaciones toman en este país giros muy extraños, y
+ofrecen a veces concomitancias increíbles. A mí, para que me<span
+class="pagenum" id="Page_115">p. 115</span> dieran la plaza mísera que
+tengo, me recomendó la persona más opuesta a mis ideas, don Antonio
+Zarco del Valle, a quien interesé por el ama de cría de uno de sus
+niños. Por un empleado del personal he sabido que, en el libro donde
+constan los padrinos de cada empleado, figura usted como hechura y
+ahijado del propio Mendizábal, lo que nadie extrañará, porque bien
+podría el ministro ser amigo, deudo de su familia de usted.</p>
+
+<p>—No lo es. Ese señor no tiene ningún motivo para interesarse por
+mí.</p>
+
+<p>—En tal caso habrá recibido cartas expresivas de personas a quienes
+no puede negar un favor de esta clase. Por indiscrección de un amigo
+de la secretaría particular, puedo... no afirmar, ¡cuidado!, sino
+sospechar..., con vehementes indicios de acierto...</p>
+
+<p>Sobresaltado y ansioso, aguardaba el otro la terminación del
+concepto. Un amago de tos determinó pausa expectante, que a Calpena le
+pareció un siglo. Por dicha, no fue más que amago, y Serrano pudo decir
+claramente:</p>
+
+<p>—Si se empeña usted en oírme lo que sabe..., ¡vaya si lo sabe!...,
+le diré que debe su plaza a la duquesa de Berry...</p>
+
+<p>Pausa.... Solo se oía el áspero ronquido que salía del pecho de
+Serrano. El estupor de Calpena acabó por resolverse en una risa
+nerviosa, que lo mismo podía ser de regocijo que de burla.</p>
+
+<p>—¡La duquesa de Berry!... ¿Está usted loco? ¿La esposa del príncipe
+asesinado a la salida de la Ópera, hijo de Carlos X...?</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_116">p. 116</span></p>
+
+<p>—Justo... Carolina de Nápoles, hermana de nuestra reina gobernadora
+doña María Cristina.</p>
+
+<p>—¿Y esa señora es la que figura como...?</p>
+
+<p>—No figura en el libro de recomendaciones; pero por referencias, por
+indicios de secretaría, sé yo...</p>
+
+<p>—¡Locura, delirio! —exclamó Calpena levantándose, como hombre que
+quiere poner fin por la ausencia a una conversación enfadosa—. Si usted
+me probara eso... —indicó Fernando, fingiendo indiferencia.</p>
+
+<p>—¿Prueba?... ¡Oh!... Me remito al gran demostrador de verdades, el
+tiempo...</p>
+
+<p>—Pero ¿cómo es posible...? ¿Qué tiene que ver mi humilde persona con
+esa princesa...?</p>
+
+<p>Serrano alzó los hombros, quiso decir algo; pero, ahogándose, no
+hizo más que balbucir:</p>
+
+<p>—No puedo. La tos, la tos...</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch12">
+ <h2 class="nobreak g1">XII</h2>
+</div>
+
+<p>La placentera holganza en que vivían los individuos de la sección
+o mesa de que era jefe el señor don Eduardo Oliván e Iznardi tuvo su
+término, que si no hay mal que cien años dure, tampoco los bienes
+suelen ser duraderos, y el motivo de tan brusca alteración,<span
+class="pagenum" id="Page_117">p. 117</span> que produjo enorme
+desquiciamiento en la metódica parsimonia del jefe, no fue otro que
+el haberse manifestado en aquella esfera administrativa el impulso
+de actividad que imprimió Mendizábal a los asuntos de su ministerio,
+cuando se desembarazó de las graves cuestiones políticas a que en los
+primeros días tuvo que atender. Desempeñando interinamente, además de
+la cartera de Hacienda, con la Presidencia, las de Guerra, Marina y
+Estado, hubo de promiscuar en el despacho de mil negocios diferentes.
+Por milagro de Dios no se volvió loco el bueno de don Juan Álvarez,
+que materia ofrecía cualquiera de aquellas oficinas para trastornar el
+seso del más pintado en tiempos tan revueltos. Confiado ya en dominar
+la espantosa anarquía de las juntas que convertían el reino en una
+inmensa jaula de locos; seguro ya del éxito de la quinta de cien mil
+hombres, arriesgado acto de gobierno que revelaba iniciativa poderosa
+y voluntad de acero, se metió en su casa propia, Hacienda, y empezó
+a remover y sacudir, con mano de atleta, las mohosas inercias de la
+administración heredada de Fernando VII. ¡Lástima que no lo hiciera con
+más pulso, para que las ruinas y los escombros no embarazaran la obra
+nueva! Construía con el hacha... Aunque no carecía de habilidad, no
+pudo evitar el cortarse las manos con la herramienta que tan presuroso
+manejaba.</p>
+
+<p>Pues, señor..., obligado el pobre don Eduardo a andar de coronilla,
+no sabía lo que le<span class="pagenum" id="Page_118">p. 118</span>
+pasaba, ni a qué santo encomendarse. En toda su vida burocrática, que
+con intercadencias databa de los tiempos de Ballesteros, no había visto
+desencadenarse sobre aquella plácida esfera un ciclón tan duro. No
+hacía más que ir de una mesa a otra, limpiarse con fuertes restregones
+el sudor de la calva, dar resoplidos, subirse el pantalón, que con
+tantas ansiedades se le caía. Y una mañana, medio loco ya, o loco
+entero, gritaba en medio de la oficina:</p>
+
+<p>—Pero este buen señor nos trata como si fuéramos dependientes de
+comercio. La dignidad del funcionario público no consiente estos
+excesos de trabajo, pues ni tiempo le dejan a uno para almorzar,
+ni para dar un <i>mero</i> paseo, ni para encender un <i>mero</i>
+cigarrillo... Cinco intendencias me ha señalado hoy para el envío de
+circulares con las instrucciones reservadas y las nuevas tarifas.
+Pues para despachar esto, excelentísimo señor, necesito aumento de
+personal, necesito catorce oficiales y ocho auxiliares, y aun así,
+no podríamos concluirlo dentro de las horas reglamentarias, que son
+de diez a cuatro... Sería justo además que al exceso de ocupación
+correspondiera doble paga, mientras durase este ajetreo. Soy partidario
+de que a los empleados se les remunere bien, pues de otro modo la buena
+administración no es más que un mito, un verdadero mito.</p>
+
+<p>Y aquella misma tarde, en el colmo ya del mal humor, que expresaba
+alargando los morros, entró en la sección próxima, diciendo:</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_119">p. 119</span></p>
+
+<p>—Pido al señor ministro aumento de personal, ¿y qué hace? Nada: que
+aún le parece mucho lo que tengo, y me pide dos chicos que escriban
+bien y sepan llevar correspondencia. Estamos lucidos, como hay Dios...
+Ea, señor Calpena, pase usted a la secretaría particular del señor
+ministro; y usted, Serrano... Pero no..., aguardaremos a ver si se
+contenta con uno..., quédese usted... Esto es insufrible. Yo digo que
+envidio a los presidiarios...</p>
+
+<p>Pasó Calpena a donde se le mandaba, y fue introducido en una
+habitación pequeña con luces al patio medianero, en la cual había dos
+mesas y un solo empleado, viejo, que escribía con la cara tocando al
+papel. Un estrecho pasillo comunicaba la tal pieza con el despacho del
+ministro. Allí esperó órdenes. Alzó el viejo la cabeza, y levantándose
+las antiparras a la frente, le miró, hizo un saludo monosilábico,
+volvió a bajar los vidrios, y dejó nuevamente caer sobre el papel su
+rostro. Creeríase que no escribía con la pluma, sino con la nariz...
+Sonó la campanilla. Levantose el vejete de un brinco, murmurando:</p>
+
+<p>—Su Excelencia llama.</p>
+
+<p>Viéndole desaparecer por el pasillo, advirtió Calpena que cojeaba.
+Un instante después volvió con varias cartas en la mano, y dijo
+lacónicamente a su compañero:</p>
+
+<p>—Que pase usted.</p>
+
+<p>Grande fue la emoción del joven al atravesar el pasillo, al levantar
+la cortina y ver el hueco de la estancia... a Mendizábal no le veía.
+Quedose en la puerta hasta oír la palabra<span class="pagenum"
+id="Page_120">p. 120</span> <i>adelante</i>, dicha con enérgica
+entonación. Estaba el grande hombre sentado, y se inclinaba para sacar
+papeles de la gaveta más baja de su mesa ministerial. Al incorporarse,
+presentó a la admiración y al respeto de Calpena su hermoso busto,
+el rostro grave de correctísimas facciones, el rizado cabello, las
+patillas tan bien encajadas en los cuellos blancos, y estos en el lioso
+tafetán de la negra corbata reluciente, las altas solapas de la levita,
+y por fin, al ponerse en pie, esta en toda su longitud, ceñida y al
+propio tiempo holgada.</p>
+
+<p>Calpena permaneció inmóvil y mudo, estatua de la cortedad
+respetuosa. Mendizábal le miró... En la extrañísima situación de
+espíritu en que el buen chico se encontraba hubo de creer que su jefe
+le miraba con picardía. Pero es casi seguro que era pura aprensión; al
+menos, así lo creyó después. Contra lo que pensaba, ni le preguntó el
+ministro su nombre, sin duda porque lo sabía, ni sostuvo con él diálogo
+de introducción. Entre personaje tan elevado y un pobre subalterno de
+ínfima categoría, no podían mediar más palabras que las naturales entre
+el señor y el criado que le sirve. Estas fueron corteses, ceñidas al
+asunto, y sin fraseología ociosa:</p>
+
+<p>—Tiene usted hermosa letra, y buen criterio para contestar por sí
+mismo las cartas, con una simple indicación mía.</p>
+
+<p>El joven se inclinó. Cuando don Juan de Dios avanzó hacia él,
+ostentando la gallardía total de su persona, su alta estatura,
+Calpena,<span class="pagenum" id="Page_121">p. 121</span> que ya había
+admirado el busto, admiró también el pantalón, de corte perfecto, como
+de sastrería londonense, y el pie pequeño, calzado con zapato bajo
+sujeto en el empeine con un lazo de cintas negras.</p>
+
+<p>—Contésteme usted, por de pronto —prosiguió Su Excelencia—, estas
+tres cartas. La más urgente y delicada es...</p>
+
+<p>No encontrando la que llamó delicada y urgente, la buscó en la mesa,
+después en el bolsillo interior de la levita, y como allí no pareciera,
+manifestó disgusto.</p>
+
+<p>—Está bueno. Pues me la he dejado en casa... Pero no importa.
+Escríbame usted la contestación, que es sencillísima... del tenor
+siguiente: «Serenísima señora duquesa de Berry. Señora: Tengo el gusto
+de manifestar a Vuestra Alteza que, obediente a sus ruegos..., que
+son órdenes para mí...». Ya usted comprende..., una fórmula de gran
+respeto..., «que obediente..., y tal..., me he apresurado a complacer,
+y tal, a Vuestra Alteza Serenísima en la petición con que se ha dignado
+honrarme..., y tal...». Nada más... Ah, sí... «Debo manifestar a
+Vuestra Alteza Serenísima que el joven...». No, nada de joven... «Que
+la persona..., y tal, que se digna recomendarme es...». No, no... «He
+tomado informes, y puedo asegurar a Vuestra Alteza que el sujeto,
+etcétera..., es digno de la protección de persona tan elevada...». Así,
+poco más o menos. Vea usted cómo sale del paso. Puede tomar nota.</p>
+
+<p>—No necesito tomar nota. Recuerdo perfectamente<span
+class="pagenum" id="Page_122">p. 122</span> las indicaciones de
+Vuecencia.</p>
+
+<p>—Mejor. Así me gustan a mí los hombres, vivos de memoria... Pues
+escríbame la carta al momento y tráigamela para firmarla.</p>
+
+<p>Hizo Calpena la reverencia, se fue a su oficina y mesa, y tanteando
+la difícil materia epistolar en un borrador, escribió la carta,
+esmerándose en los trazos de su hermosa letra, y la llevó al ministro.
+Este había pasado al salón próximo, donde tenía como unas veinte
+visitas, y mientras Calpena esperaba, entró también su compañero, el
+viejo de las antiparras, que por primera vez le dirigió la palabra en
+forma afectuosa.</p>
+
+<p>—Ahora tiene para rato —dijo, refiriéndose al ministro—. Lo traen
+loco con esto de las elecciones. Para cada puesto del Estamento hay
+setenta candidatos...</p>
+
+<p>—Ya, ya...</p>
+
+<p>—¿Y usted, señor de Calpena, se presenta para procurador?</p>
+
+<p>—¡Yo! ¡Procurador yo! —exclamó Fernando con asombro, casi con
+miedo.</p>
+
+<p>—¿No? Pues yo no lo he inventado. En la casa se ha dicho..., y hasta
+me parece que oí nombrar la provincia...</p>
+
+<p>—Creo que está usted equivocado...</p>
+
+<p>—Podrá ser... ¡Pero cuando lo dicen por algo será! Vea el señor
+Calpena cómo de mí no se dice nada.</p>
+
+<p>—¿Qué sueldo tiene usted?</p>
+
+<p>—¿Yo? Diez mil, y para eso llevo veintidós años en el ramo. He
+pasado por catorce intendencias, he sufrido siete cesantías, y<span
+class="pagenum" id="Page_123">p. 123</span> todas las trifulcas que
+hemos tenido aquí desde el año 14 me han cogido de medio a medio. En
+una me dejaron cojo los liberales, en otra me abrieron la cabeza los
+realistas, en esta me apalearon los exaltados, en aquella me despojaron
+los apostólicos de todo cuanto tenía. Vive uno por casualidad en esta
+tierra, y, sin embargo, la quiere uno..., pues, como se quiere a una
+mala madre... Yo soy gaditano, o lo que es lo mismo, de Chiclana, y
+por tener algún parentesco lejano con los Méndez y amistad con los
+Bertrán de Lis, no me ve usted pidiendo limosna. Soy muy corto. Aquí
+solo hacen carrera los parlanchines, y yo, aunque andaluz, me callo
+muy buenas cosas y no tengo el despotrique que ahora se usa. Sea usted
+bullanguero, piense como un topo y charle como una cotorra, y verá
+cómo se le abren todos los caminos... Lo mejor es que siempre será lo
+mismo, y no veo yo mejores días para la España. Este grande hombre,
+que ha venido como el Mesías, trae mucha sal en la mollera, y el firme
+propósito de hacer aquí una regeneración..., vamos, para que nos
+envidien todas las naciones. Pues verá usted cómo no hace nada. ¿Por
+qué? Porque no le dejan... Ya le están armando la zancadilla. Crea
+usted que antes que tenga tiempo de cumplir lo que ha ofrecido, se le
+meriendan... Ya empiezan a decir si en Palacio gusta o no gusta. Y es
+la de siempre: Palacio...</p>
+
+<p>En este punto entró Mendizábal acompañado<span class="pagenum"
+id="Page_124">p. 124</span> de un sujeto con quien hablaba vivamente y
+en tono áspero.</p>
+
+<p>—Esto no puede ser... Yo he dicho a todos los subdelegados que dejen
+votar libremente, y que no intervengan en las elecciones. Claro es que
+siempre tiene el gobierno la influencia moral. Pero en Cádiz no puedo
+hacer nada. Galiano y el amigo Istúriz son los que manejan el tinglado
+de la elección. Por cierto que Istúriz quiere traer algunos que no
+conoce nadie. ¿Quién es ese Luis González?</p>
+
+<p>—Es un chico muy despierto, buen periodista, orador fogoso. No creo
+que salga por esta vez.</p>
+
+<p>—Pues si en Cádiz no logra usted meter a su patrocinado, intente
+algo en Sevilla. Pero tampoco podrá ser. Ya tengo noticia de los
+candidatos probables... No les conozco. Hablan con gran encomio de un
+tal Cortina... Y ese Pacheco, ¿quién es?</p>
+
+<p>—Un escritor notabilísimo: le tengo en mi periódico.</p>
+
+<p>—Bueno, bueno. Tráiganme gente de mérito, segura en sus principios,
+y que no se asuste de la libertad... Pues decía que procure usted
+entenderse con los sevillanos. Yo no puedo hacer nada, amigo mío,
+absolutamente nada.</p>
+
+<p>—Mi patrocinado es aquel joven que usted mismo ha elogiado con tanta
+justicia, por su actividad, por su inteligencia en la secretaría de
+Marina.</p>
+
+<p>—Montes de Oca, sí..., excelente sujeto.<span class="pagenum"
+id="Page_125">p. 125</span> Tendría yo mucho gusto en traerle al
+Estamento... Pero no soy yo quien elige: es el pueblo. Vea usted a los
+gaditanos; entiéndase con Istúriz, que, por lo visto, no se para en
+barras, y...</p>
+
+<p>Una mirada que dirigió el ministro a los dos empleados de su
+secretaría particular bastó para que estos se retirasen.</p>
+
+<p>—¿Quién es ese...? —preguntó Calpena a su compañero, a lo largo del
+pasillo.</p>
+
+<p>—Este es Borrego... Andrés Borrego, el que escribe <i>El
+Español</i>. Dejemos a estos compadres que manipulen a su gusto las
+nuevas Cortes, y aguardemos aquí, charlando, a que don Juan nos llame.
+Como le decía a usted..., ya le están minando el terreno a mi paisano;
+y aunque vale mucho, no le salvarán su talento y buena intención, y si
+le salvaran, creería yo en lo que no creo: en mi propio nombre.</p>
+
+<p>—¿Cómo se llama usted?</p>
+
+<p>—Me llamo Milagro —dijo el vejete sonriendo—, José del Milagro.
+Ya ve usted si es alegórico mi apellido, pues verdaderamente no hay
+mayor prodigio que vivir un hombre entre tantas desventuras, cesante
+cuando no perseguido, y andando para atrás en mi carrera como los
+cangrejos, pues yo empecé a servir con el señor Urquijo y el señor
+Cabarrús... Vengo de Carlos IV, pasando por Pepe Botellas..., y en
+los tres <i>llamados años</i>, llegué a tener catorce mil, gracias
+al señor Garelly. A la muerte del rey, conseguí por el señor Seoane
+esta placita... Y usted dirá que el mayor<span class="pagenum"
+id="Page_126">p. 126</span> milagro mío es mantener, con tan poco
+sueldo, mujer, suegra y cinco criaturas... Hay Providencia. Yo me
+defiendo con las traducciones; traduciendo a destajo, visto y calzo a
+la familia. Y ha de saber usted que entre tantos males, Dios me ha dado
+una hija que es un ángel. Dieciséis años cumplirá el 14 de noviembre.
+Rafaela se llama: me la sacó de pila mi amigo Rafael del Riego,
+hallándose de guarnición en la Isla. Pues la he enseñado el francés, y
+me ayuda. Como me estoy quedando ciego del mucho trabajar, ella sola,
+solita, se ha traducido más de la mitad del <i>Buffon</i>... A más de
+esto, tengo el recurso de llevar la correspondencia en algunas casas de
+comercio, y principalmente en la de doña Jacoba...</p>
+
+<p>Este nombre hirió con súbito rayo la mente de Calpena, y pidiendo
+más explicaciones, oyó de boca de Milagro las siguientes:</p>
+
+<p>—Doña Jacoba Zahón, que compra y vende piedras preciosas... Calle
+de Milaneses... Yo le escribo las cartas y le pongo sus cuentas en
+orden...</p>
+
+<p>Campanillazo. Su Excelencia llamaba, y acudieron ambos presurosos.
+Pidió las cartas escritas; sonrió; leyó detenidamente la de la duquesa
+de Berry, y sin mirar a Calpena, le dijo:</p>
+
+<p>—Está muy bien.</p>
+
+<p>Después, abrumado de quehaceres, y no sabiendo a cuál acudir
+primero, dio estas atropelladas órdenes:</p>
+
+<p>—Usted, Milagro, ponga una carta a Alcalá Galiano, citándole
+para esta noche aquí... Y otra, lo mismo, a Saavedra (don Ángel).
+Usted,<span class="pagenum" id="Page_127">p. 127</span> Calpena,
+escriba una a la duquesa de Almodóvar, diciéndole que no puedo ir a
+comer, y tráiganmelas para firmar... ¡Ah!, espere usted: otra a sir
+George Williers, embajador de Inglaterra: Que mis ocupaciones no me
+permitieron ir anoche a casa de Van Halen, como le prometí; que si
+tiene esta noche libre, se venga por aquí a las once... Usted, Milagro,
+en una carta breve, cíteme a Olózaga para las doce, y también a... No,
+no, nadie más.</p>
+
+<p>En aquel momento anunció el portero:</p>
+
+<p>—El señor don Fernando Muñoz...</p>
+
+<p>—Que pase inmediatamente...</p>
+
+<p>Retiráronse los secretarios, y por el pasillo cuchicheaban:</p>
+
+<p>—Muñoz..., es la primera vez que viene aquí..., Muñoz..., <i>el
+marido del Ama</i>...</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch13">
+ <h2 class="nobreak g1">XIII</h2>
+</div>
+
+<p>Al quedarse solo, Mendizábal escribió una carta de cuatro
+pliegos a Córdova, general en jefe del ejército del Norte. Con
+nerviosa mano, sin cuidarse de la estructura gramatical, trazaba los
+conceptos, en algunos puntos ampulosos, pedestres en otros, fiel
+imagen de su pensamiento, que empezaba a ser desordenado y vacilante
+por el cansancio de la tremenda lucha. Anhelaba mostrarse<span
+class="pagenum" id="Page_128">p. 128</span> amigo del que en su mano
+tenía la mayor fuerza existente en España, estar en su gracia, pues
+tomado el pulso al país y a la raza, si mucho temía don Juan del
+paisanaje de levita y chaqueta, más temía de la tropa... Aunque aplicar
+quiso toda su atención a la escritura, no lo lograba: el pensamiento
+se dividía, fluctuaba, y dejando a la pluma formular con incorrecta
+sintaxis los conceptos epistolares, se escabullía por otros espacios.
+Trajo el ministro a su imaginación la historia de los últimos años,
+desde el 14, y veía las trifulcas, los sangrientos y bárbaros motines,
+las sediciones militares, siniestro brazo de la idea disolvente, ya
+se llamase liberal, ya realista... Con estas imágenes se confundía
+en su mente otra, que como un espectro familiar de continuo se le
+presentaba. Era su promesa de terminar la guerra civil en seis meses.
+¡Lucido quedaría si no la cumplía; si el ejército cristino, reforzado
+pronto con los cien mil hombres de la quinta, no lograba sofocar la
+facción y restablecer la anhelada paz! Su ensueño era Córdova, el
+caudillo denodado y caballeresco, y en medio de aquel trajín electoral,
+anuncio de las trapisondas parlamentarias y políticas que habían
+de sobrevenir con la apertura de los Estamentos, volvía don Juan
+Álvarez sus inquietos ojos al Norte, mirando a lo que era su temor y
+su esperanza. Si el general no le ayudaba, su empresa de salvación
+nacional fallaría sin remedio. Y para que Córdova coadyuvase a la gran
+obra,<span class="pagenum" id="Page_129">p. 129</span> era preciso
+que venciera, o por lo menos que con rudos achuchones quebrantase a
+los carlistas; y para esto era indispensable enviarle recursos en
+hombres y dinero. La carta, en su difuso estilo, plagada de noticias de
+acá y de allá, de referencias diplomáticas y de rumores de intrigas,
+vino a parar en positivas promesas. «Dentro de quince días le mandare
+a usted millón y medio. El mes próximo podré mandarle otro tanto, y
+si puedo más, más». Hablábale de remesas de vestuario y calzado, de
+arreglo de hospitales. Exponía también planes estratégicos que a él se
+le ocurrían. «Respetando su iniciativa, le diré que si usted lograra
+ocupar el Baztán con quince mil hombres, podría atacar a los facciosos
+por retaguardia... Eso usted verá...».</p>
+
+<p>Concluía ofreciendo remesarle nueve millones antes de tres meses,
+y manifestaba viva intranquilidad por la lentitud de las operaciones.
+Aplicando a todo su febril genio de travesura y arbitrismo, habría
+querido que Córdova moviese en tres días su grande ejército, que
+desalojase a los carlistas de sus formidables posiciones, que los
+arrollase, que los deshiciese, dispersando a unos, matando a los más,
+y cogiendo prisionero a don Carlos con toda su trashumante corte. ¡Qué
+hermoso sería esto, y con cuánto desahogo podría dedicarse entonces
+el Presidente a la reforma del país, que era su ilusión, su sueño!...
+Pero, ¡ay!, al llegar a este punto, cruelísima duda le asaltaba. Si
+Córdova obtenía<span class="pagenum" id="Page_130">p. 130</span> una
+victoria rápida y decisiva, cortándole de una vez a la hidra todas sus
+patas y aplastándole la cabeza, Córdova y no otro había de emprender y
+realizar la salvación de la infeliz patria. Buen tonto sería, juzgando
+el caso con el criterio genuinamente español, si siendo él el vencedor
+guerrero, dejaba a otro la gloria de la campaña política. Lógico era,
+no obstante, que el militar allanara el camino, y que el civil marchase
+por él desembarazadamente hacia la victoria política y social. Pero
+aunque poco ducho aún en artes de gobierno, don Juan de Dios conocía
+la historia, más por lo que había visto que por lo que había leído, y
+no ignoraba que, en nuestra tierra de garbanzos y pronunciamientos,
+el guerrero victorioso es el único salvador posible en todos los
+órdenes.</p>
+
+<p>Terminada la carta, vagó su mente en aquel meditar triste. ¿Quién
+salva, quién no salva? ¿Sería un error suyo gravísimo haberse creído
+capaz de fundar una nación grande y rica sobre las ruinas de las
+facciones deshechas y de las banderías sojuzgadas? De Londres había
+salido con esta ilusión; con ella entró en Madrid. Sus entrevistas
+con la reina gobernadora la confirmaron. El entusiasmo patriótico, la
+fe en sí mismo y en la eficacia de sus manejos se avivaron cuando Su
+Majestad le encargó del tejemaneje gubernamental. Ya tenía la máquina
+en su mano. Ya era dueño de sus iniciativas. ¿No podría desarrollar
+libremente sus ideas, aplicar su voluntad potente a la grande obra?</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_131">p. 131</span></p>
+
+<p>Las cosas, y más que las cosas las personas, enfriaron su entusiasmo
+al mes de gobierno. Cierto que le ayudaba la opinión vocinglera;
+pero las principales figuras políticas no hacían nada en su favor.
+Los adictos de fila pedían destinos y actas, y esperaban que el jefe
+lo diera todo hecho. Los contrarios aparentaban una calma prudente,
+tras de la cual don Juan de Dios creía sentir el sordo roer de las
+conspiraciones. Aún no había perdido la confianza en sí mismo; seguía
+creyendo en su papel providencial; pero ya le anunciaba el corazón que
+la empresa no era coser y cantar, y que tendría que tragar mucha quina
+antes de rematarla dignamente.</p>
+
+<p>Conferenció con Galiano, a la hora convenida, sobre asuntos
+electorales; con Saavedra, sobre la probable benevolencia de los
+moderados Toreno y Martínez de la Rosa; con Olózaga, para ver de que
+las sociedades secretas hiciesen entender a las juntas que había
+llegado la hora de poner fin a la bullanga, pues en <i>Palacio</i>
+comenzaban los infalibles síntomas de desconfianza y miedo. De esto
+le había hablado aquella misma tarde don Fernando Muñoz, dándole una
+prueba de verdadero aprecio. Y, francamente, no había que esperar
+ninguna ventaja política, mientras no se diese a toda la gente de allá,
+real o morganática, una plácida confianza y un sueño tranquilo. Con
+Williers habló de asuntos diplomáticos y de eso que tiempo ha viene
+siendo la constante pesadilla de los pueblos débiles: <i>la actitud
+de Inglaterra</i>. Mendizábal<span class="pagenum" id="Page_132">p.
+132</span> era muy afecto al leopardo, y esperaba un apoyo más positivo
+que el de la prometida legión. El astuto representante de la Gran
+Bretaña repitió a nuestro ministro sus recomendaciones de siempre:
+refrenar la anarquía, no temer la libertad practicada dentro de las
+leyes, poner en funciones regulares el Parlamento, acudir a la guerra
+con toda clase de recursos, y trazar las grandes líneas del porvenir
+efectuando la venta inmediata de toda la propiedad territorial de las
+órdenes religiosas.</p>
+
+<p>Cerca de la una, Mendizábal se quedó solo; mas no se resolvió a
+retirarse a su casa, porque el aposento ministerial le retenía, le
+agasajaba; temía dejarse allí las ideas si se iba, y con sus ideas
+la ilusión risueña y querida de salvar al país y hacerlo dichoso. No
+menos de media hora estuvo paseándose de un ángulo a otro, a la luz ya
+mortecina de los quinqués, entre los retratos de personas reales o de
+eminencias políticas: la reina Amelia, clorótica y triste; Fernando,
+sanguíneo y echando a borbotones la perfidia por sus ojos de fuego,
+el sarcasmo por su belfo labio..., más allá, personajes de peluca que
+habían gobernado la Hacienda y la Marina: Patiño, Ensenada; en un
+ángulo Riperdá, con su risa ladina; en otro Macanaz, con su hermosa
+cabeza poblada de ricitos.</p>
+
+<p>Cansado de pasearse, Mendizábal sacó de su pupitre varios papeles,
+cartas que aún no había leído, de esas cuyo escaso interés se
+adivina por el sobrescrito, y que se dejan sin<span class="pagenum"
+id="Page_133">p. 133</span> abrir por no desperdigar la atención;
+otras de letra bien conocida, que, positivamente, no eran de
+asuntos ministeriales, más bien pretensiones ridículas, jaquecas,
+extravagancias, anónimos quizás, llenos de injurias repugnantes, o
+denunciando algún proyecto terrorífico de las logias masónicas.</p>
+
+<p>Era hombre don Juan que a lo mejor transportaba toda su atención de
+lo grave a lo menudo, como espíritu aventurero que gozara en suponer
+la existencia de cosas grandes, escondidas de un modo carnavalesco
+detrás de cualquier insignificancia. Su imaginación le llevaba a la
+puerilidad. Creía fácilmente en las posibles emergencias de sucesos
+importantísimos, efecto enorme engendrado por la menor cantidad posible
+de causa. No estaba exento su espíritu de superstición: esperaba
+bienes repentinos, no anunciados por la lógica; temía desventuras
+abrumadoras, caídas como el rayo, sin el antecedente natural de errores
+determinantes.</p>
+
+<p>En aquella hora de calma y soledad, aplicando a los objetos
+secundarios más bien la curiosidad que la atención, fijose primero
+don Juan en una cuenta de zapatero; después pasó la vista por un plan
+en que anónimo arbitrista ofrecía saldar toda la Deuda de España
+con una simple combinación de cifras; leyó en seguida una carta
+procedente de Londres, escrita en español de colegio inglés. En la
+primera carilla, una mano trémula había trazado quejas melancólicas,
+reproches agridulces; en la segunda, se lamentaba<span class="pagenum"
+id="Page_134">p. 134</span> de un olvido semejante, de abandono; en
+la tercera, formulaba con indecisa escritura una protesta de firme
+constancia a prueba de desdenes, y en la última, pedía dinero. En la
+postdata suplicaba se le mandase inmediatameate orden contra la casa
+<i>Tal</i>... Esta epístola y los documentos anteriores fueron a parar,
+en pedazos, a la cesta de los papeles inútiles. Cogió luego otra carta,
+cuyo sobrescrito era un puro adefesio, y abierta, leyó con no poca
+dificultad:</p>
+
+<div class="carta">
+
+ <p>«Señor don Juan excelentísimo: Por encargo de la señora doña
+ Jacoba Zahón, que permanece enferma en cama, le digo cómo la ropa de
+ la niña importa mil setecientos y veintidós reales efectivos, que
+ hará el favor de remitir a la mayor brevedad, para atender a las
+ urgencias. Pues ha de saber que se debe lo del maestro de piano y
+ baile viceversa, con lo demás que había pendiente del coste del mes
+ pasado inclusive, y son por junto naturalmente trescientos y doce
+ reales netos, con lo de medicinas trescientos ochenta y ocho. Doña
+ Jacoba espera le suministre pronto la suma total de los expresados
+ líquidos reales de vellón, como débitos naturales, y me encarga
+ conjuntamente le diga que le besa las manos, y que tendrá el honor de
+ visitarle en cuanto se alivie de sus reumas achacosos. Dios guarde a
+ usted, excelentísimo, años muchos, y mande a su servidor, que lo es —
+ Cayetano Lopresti».</p>
+
+</div>
+
+<p>Suspirando fuerte, señal inequívoca de lo desagradable del asunto,
+cogió la pizarrita<span class="pagenum" id="Page_135">p. 135</span>
+en que anotar solía las obligaciones perentorias del día siguiente,
+ya fuesen políticas, ya del orden familiar y privado. Media pizarra
+estaba escrita ya con diversos recordatorios de varia importancia:
+«Circular intendencias... Ver Argüelles, proyecto electoral... Recuento
+de frailes... Relaciones de monjas... Escribir duque de Broglie...».
+Con mano enérgica, fruncido el ceño, apuntó debajo: «Asunto Negretti...
+<i>Din. jor.</i> (que quería decir: mandar dinero a la jorobada)».</p>
+
+<p>Guardó unos papeles en las gavetas; recogió otros, metiéndoselos en
+el bolsillo; tiró de la campanilla. El sonido lejano de esta produjo
+la aparición de un portero que surgió de entre los pliegues de la
+cortina. «Mi capa..., el coche», dijo Su Excelencia dando pataditas en
+la alfombra, que aún era de verano. Se le habían enfriado los pies,
+calzados con zapatito mujeril.</p>
+
+<p>Y con esto se fue Mendizábal a su casa de la calle de san Miguel.
+Durmió mal. Volteaba el cuerpo entre las sábanas, y en su cerebro
+enardecido por el trabajo se torcían las ideas y se enlazaban como
+queriendo formar una trenza: «Ley electoral... ¡Pobre Negretti!...
+La guerra... ¡Pero esa niña, esa fastidiosa niña..., esa guerra, esa
+maldita guerra!...».</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch14">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_136">p. 136</span></p>
+ <h2 class="nobreak g1">XIV</h2>
+</div>
+
+<p>También el bueno de Calpena durmió mal, a causa de los sobresaltos
+de su amor propio, que aquella noche, al volver da la oficina, había
+sufrido nuevos golpes. La última carta de la <i>mano oculta</i>
+revelaba un espionaje fastidiosísimo. Era en verdad humillante no
+poder dar paso alguno de que no tuviera conocimiento la persona que le
+protegía. Cierto que agradecía la protección; pero habríala estimado
+más si no significara para él la pérdida de toda libertad. Al día
+siguiente, el anónimo corresponsal mostró detallado conocimiento de
+cuanto al señorito le había ocurrido en la oficina: le reprendió por la
+compañía del tísico Serrano; le incitaba a frecuentar menos los cafés
+y más la sociedad, pues en aquellos adquiriría hábitos de grosería y
+desparpajo, y aprendería en esta la finura y distinción de un perfecto
+caballero.</p>
+
+<p>—Hijo mío —decíale don Pedro, resueltamente conforme con las
+opiniones de la incógnita—, no te importe esa vigilancia que puede
+ser algo molesta, pero que sin duda te apartará de muchos peligros.
+Frecuenta la sociedad, pues ya tienes relaciones que te introduzcan en
+casas decentes, donde hallarás<span class="pagenum" id="Page_137">p.
+137</span> exquisito trato, buen comer y placeres honestos. En fin,
+te conviene <i>mejorar el terreno</i>. Es la única manera de irnos
+librando de este maldito romanticismo que pretende volvernos locos.
+No desobedezcas a quien quiere llevarte a la regularidad, a la buena
+escuela de tu padrino don Narciso.</p>
+
+<p>—Pues le diré a usted con franqueza, mi querido Hillo: la falta
+de libertad que me resulta de esta subordinación cargantísima a un
+poder misterioso, a un poder benéfico, lo reconozco, pero enteramente
+inquisitorial, a estilo veneciano, produce en mí un vivo anhelo de
+evadirme de tan enojosa tutela. No sabe usted cuánto deseo hacer algo
+que resulte ignorado por mi anónimo gobernante. ¿Por ventura, el
+servicio de policía que ha organizado para vigilarme ha de ser tan
+perfecto que no pueda yo burlarlo, siquiera para probar la habilidad
+con que lo burlo? En la oficina hay ojos que me observan; aquí, en
+casa, no digamos; en la calle, en el café, en los teatros, en las casas
+que visito, ya sabe usted lo que pasa. No respiro sin que <i>allí
+lo sepan</i>. Pues yo quisiera respirar a mis anchas, y decir: «Te
+fastidias, que no lo sabes».</p>
+
+<p>En el curso de octubre fue introducido el venturoso macebo por
+Mesonero Romanos en casa del médico Rivas, padre de tres niñas
+preciosas, muy saladas: Marianita, Mariquita y Juanita, conocidas en
+el mundo poético por <i>Laura, Silvia</i> y <i>Rosaura</i>, con que
+las designaban sus novios o pretendientes (en<span class="pagenum"
+id="Page_138">p. 138</span> aquel tiempo se solían llamar
+<i>amantes</i>), que eran poetas de lo más granadito entonces. Las
+chicas, eso sí, descollaban por su picante belleza, así como por su
+ingenio; una de ellas también versificaba, otra pintaba, y las tres
+hacían en el canto y baile angélicos primores.</p>
+
+<p>Recibido en palmitas fue Calpena en la casa del ilustre médico,
+y a la segunda noche echó de ver que la mayor de las niñas le
+gustaba extraordinariamente. A la noche tercera hubo de entender que
+era correspondido: a las miradas flamígeras siguió el tiroteo de
+florecillas verbales, y alguna breve y ardorosa promesa. Al fin de la
+semana, ya corría de sala en sala la opinión de que eran novios. Pero,
+¡ay!, el domingo recibió Calpena la carta anónima con el siguiente
+réspice:</p>
+
+<div class="carta">
+
+ <p>«Niño, me desagradan lo que no puedes figurarte tus revoloteos con
+ la chica mayor del cirujano Rivas. Simple, ¿en qué estás pensando?
+ ¿Sabes que haces un papel ridículo? Si estás ciego, caiga de tus ojos
+ la venda. No digo que Silvia y sus hermanas no sean honestas: lo son.
+ Pero ya en el nido de sus tiernos corazones ha batido sus alitas otro
+ amor...».</p>
+
+</div>
+
+<p>—¡Oh, qué figura tan linda! En el nido de sus tiernos... Adelante.
+Sigue leyendo.</p>
+
+<p>Y Calpena, dándose a los demonios, continuaba la lectura:</p>
+
+<div class="carta">
+
+ <p>«Las tres tienen sus adoradores. Mesonero es el zagal de
+ la tercera pastorcita, la linda Rosaura. En los altares de la
+ segunda, Silvia bella, quema el incienso<span class="pagenum"
+ id="Page_139">p. 139</span> de su inspiración socarrona Bretón de los
+ Herreros. Y, por último, escucha y tiembla... Ventura de la Vega, tu
+ amigo, ese que te recita sus versos en el café para que convides a
+ toda la partida, es el dichoso amante de Laura; la misma noche que os
+ cantó la niña el aria de <i>Elisabeth</i>, del maestro Caraffa, quedó
+ concertado entre Ventura y los padres encender pronto la antorcha de
+ Himeneo... Conque ya ves...».</p>
+
+</div>
+
+<p>—¡Qué elegancia de estilo: <i>encender la antorcha</i>!...</p>
+
+<p>Concluía la carta con observaciones de otro orden, y la noticia de
+que ya se habían dado los pasos para redimirle de la quinta de cien mil
+hombres, mediante el pago de cuatro mil reales. En la del siguiente
+día se le ordenaba que no volviese a la tertulia del cirujano; que no
+pensara más en la bella Laura, y que procurase meter la cabeza, pues
+relaciones iba ganando para ello, en casas de más categoría, en los
+dorados salones aristocráticos.</p>
+
+<div class="carta">
+
+ <p>«Mira, tontín: Roca de Togores, que es un chico muy introducido,
+ puede llevarte a casa de Campo-Alange, y el almibarado Clemencín
+ (llamémosle don Agapito) a casa de Castro-Terreño».</p>
+
+</div>
+
+<p>—Ya ves —decía Hillo cayéndosele la baba— con qué seguro dedo te
+marca tus altos destinos. Pero, tontín, digo yo ahora, ¿cómo has
+podido figurarte que te íbamos a permitir entroncar con la hija de
+un cirujano? ¡Don Fernando Calpena unido en desigual coyunda con una
+simple Laura, sin más títulos<span class="pagenum" id="Page_140">p.
+140</span> que los ovillejos que le endilgan poetas chirles!... No,
+hijo, tú no puedes <i>encender la antorcha</i> sino con damas de otro
+cuño; y aunque pienso que no habrá en Madrid las hijas de duques o
+archiduques que te corresponden, sigue por de pronto el consejo que te
+da quien darlo puede, y mete la cabeza en las áureas viviendas de los
+Abrantes y Veraguas, de los Oñates y Medinacelis.</p>
+
+<p>Refunfuñando, Fernandito concluía por someterse a todo, y a fines
+de octubre le introdujo un amigo (no se sabe fijamente si fue Ros de
+Olano o Miguel de los Santos Álvarez) en las casas de Almodóvar y de
+Campo-Alange. En la primera de estas mansiones conoció a una beldad
+fría y correcta, hija de un aristócrata, que era al propio tiempo
+general poco afortunado, la cual cautivaba a cuantos la veían, no solo
+por su marmórea belleza, exenta, eso sí, de toda gracia, sino por su
+ingenio. Educada en Francia, se traía lecturas varias y admiración muy
+redicha por Chateaubriand, De Jouy y otros coetáneos, siendo también
+algo versada en Racine, Marmontel y Madama Genlis.</p>
+
+<p>Con ella platicaba Calpena: notaba este que su conversación y
+figura eran del agrado de la marmórea, de lo cual vino que él también
+se sintiese cautivado por la linda estatua, y aun que se lo hiciese
+comprender en delicadas perífrasis. La <i>oculta mano</i> escribió:</p>
+
+<div class="carta">
+
+ <p>«Bien, bien, caballerito: ese es el camino. Recomiendo, no
+ obstante, moderación, pausa, fino pulso, y no lanzarse con
+ demasiados<span class="pagenum" id="Page_141">p. 141</span> ímpetus
+ por un terreno que, a tus inexpertos ojos, parecerá llano, y no lo
+ es. En él hay asperezas y obstáculos enormes, que tú no ves, pobre
+ niño. Habrás notado que nuestra sociedad es la más democrática
+ del mundo, y que en las casas más linajudas no se niega el pase a
+ ninguna persona bien vestida. Para recibirle y agasajarle, a nadie
+ se le pregunta quién es, ni de dónde viene, ni a donde va. Yo creo
+ que tanta franqueza no conduce a nada bueno. Por más que solo sea
+ aparente, esa igualdad significa que nuestra aristocracia pierde
+ el sentido de su misión y no sabe conservar el orgullo castizo, el
+ cual sería un baluarte contra las confusiones que se anuncian, y que
+ traerán un desquiciamiento social. Perdona mi pedantería».</p>
+
+</div>
+
+<p>—¡Por san Cucufate!, no es pedantería —exclamó don Pedro
+palmoteando—, sino profundísima filosofía de la historia. Sigue.</p>
+
+<div class="carta">
+
+ <p>«Esa igualdad es un mal síntoma, y nada más por ahora; una forma
+ de cortesía tolerante... En el fondo, en los hechos, no hay tal
+ igualdad. Por eso, al notar muchos que te aproximas a la marmórea,
+ empiezan a preguntar: <i>ese Calpena</i>, ¿quién es? ¿De dónde ha
+ salido este barbilindo?... Y ya verás, ya verás cómo empiezan pronto
+ los desdenes, las envidias... Para que nada de esto ocurriese y tus
+ caminos fuesen llanos, sería preciso que en aquella misma esfera
+ hubiese personas que evidentemente te protegieran, que respondiendo
+ de ti, dijesen a quien deben decirlo:<span class="pagenum"
+ id="Page_142">p. 142</span> <i>ese pobrete</i> es digno de la niña,
+ y cuando sea preciso demostrarlo se demostrará. Si ahora te digo que
+ la estatua erudita, lectora de Chateaubriand y aun de Destut-Tracy,
+ heredará tres millones y medio, no lo hago porque veas en la riqueza
+ un incentivo a tu inclinación, no. <i>Ese don Nadie</i> no busca un
+ enlace de conveniencia, ni necesita los millones ajenos, porque es
+ de los que, por su gran mérito, pueden permitirse la libertad de ser
+ pobres».</p>
+
+</div>
+
+<p>—¡María Santísima, qué frase!... Adelante.</p>
+
+<div class="carta">
+
+ <p>«De ser pobres... Te hablo de la presunta riqueza de la niña de
+ mármol, para que sepas que tu marcha por ese camino ha de ser muy
+ disputada. Pero no te acobardes. Sobre que tú no sabes si tendrás aún
+ medios de apedrear con doblones a los que ahora hablan de tu nulidad
+ y pobreza, sigue adelante, y no veas en la preciosa damisela más que
+ su educación cristiana, la hidalguía de su familia y de su nombre,
+ su honestidad, su talento instruidito, sus condiciones, en fin, de
+ grandísimo precio, y las virtudes y méritos de sus padres, pues
+ aunque el pobre general nunca ha sabido mandar cuatro soldados, eso
+ no quita para que sea excelente persona, muy atenta a sus intereses;
+ y en cuanto a su madre, bien sabes que no hay en Madrid quien la
+ aventaje en nobleza y virtudes... No escribo más. Me duele la cabeza.
+ ¿Pero qué importa si el espíritu está gozoso?».</p>
+
+</div>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_143">p. 143</span></p>
+
+<p>Mucho dio que pensar a Calpena el contenido de esta carta, y tanto
+se entusiasmó don Pedro oyéndola leer, que casi casi se le saltaron las
+lágrimas.</p>
+
+<p>—¿Ves, ves —le dijo— cómo yo tenía razón? Y que ha de ser una
+mujer de inaudito mérito esa marmórea chica. ¡Vaya que leer a
+Destut-Tracy!... ¡Y qué guapa será!... Hombre de Dios, un día iremos
+de paseo al Prado, a ver si la encontramos para que me la enseñes. Ya
+me figuro su belleza, su dignidad, su mirar grave, como de la diosa
+Minerva, su andar majestuoso. Bien, hijo, bien. Ese es el camino,
+ese... Y ya sabes, dejaré de ser tu amigo y mentor... si... Ya sabes mi
+tema: hay que <i>rematar la suerte</i>.</p>
+
+<p>En tanto, Calpena continuaba prestando su servicio de secretario
+particular del primer ministro, muy a gusto de este, al parecer,
+pues cada día le fiaba epístolas de mayor delicadeza, aun aquellas
+que contenían algún secretillo político, o en que desahogaba en la
+confianza de un buen amigo el recelo que en él iban despertando las
+dificultades de su magna empresa.</p>
+
+<p>Por aquellos días, ya no iba Fernandito a los cafés, y esquivaba
+todo lo posible la sociedad del tísico Serrano, cuyo pesimismo había
+llegado a serle odioso. Dos veces fueron juntos al teatro. Dábale
+Serrano los nombres de todas las personas que en palcos y butacas
+veían, sin que de esto pudiese sacar ninguna luz el aburrido joven.
+Y como a cada nombre que el tísico decía, agregaba comentarios<span
+class="pagenum" id="Page_144">p. 144</span> injuriosos, pues para
+él no había mujer honrada, ni madre que no vendiese a sus hijas, ni
+esposa que no imitara la conducta aleve de la señora de Oliván, Calpena
+no quiso más tal compañía, ni aquella erudición tan mentirosa como
+terrible.</p>
+
+<p>Con Milagro, su compañero de secretaría, sí que hizo buenas migas
+Calpena, y en los cortos ratos libres platicaban de política o
+literatura contemporánea, que el viejo conocía medianamente, o bien
+de cosas familiares y domésticas. Todo franqueza y espontaneidad
+comunicativa, Milagro contaba los refunfuños y genialidades de
+su mujer, las bataholas de sus chiquillos menores, y las gracias
+habilidosas de sus dos niñas.</p>
+
+<p>—Es ridículo —decía— que a una persona como usted, introducida en
+la mejor sociedad, le invite yo a venir a pasar un rato en mi humilde
+casa, donde todo es pobreza..., también alegría, eso sí... Pero yo
+creo que habría de gustarle oír tocar el arpa a mi hija María Luisa,
+discípula de Fagoaga, gran discípula, para que usted lo sepa..., y
+el instrumento es de lo mejor que ha fabricado don Tiburcio Martín,
+plazuela de Matute... Ni le desagradaría a usted echar un parrafito
+con mi hija segunda, Rafaela, que sabe francés y me ayuda a traducir
+<i>Mujeres célebres</i>. Lee todo lo que cae en sus manos, y ahora está
+agarrada noche y día a la de Madama Staël... Y en casa puede usted ver
+a una notabilidad, un chico poeta de mi pueblo, Chiclana, que aunque
+soldado de la última quinta,<span class="pagenum" id="Page_145">p.
+145</span> hace versos como los ángeles; solo que es tan corto de genio
+y tan para poco, que cuesta Dios y ayuda hacerle leer lo que escribe.
+Se llama Antonio Gutiérrez, y ha compuesto un dramita que titula <i>El
+Trovador</i> o cosa así, y en casa nos ha parecido tan bueno que yo
+mismo se lo he llevado a Guzmán para que lo lea, a ver si a él o a
+Carlos Latorre les da la ventolera de representarlo. Otro chicarrón va
+por allí, Pepe Díaz, que también hipa por la poesía y el teatro. No les
+falta más que apoyo, protección, y aquí, ya se sabe, no la hay más que
+para los necios enfatuados. Yo les digo: «Hijos míos, no os acobardéis,
+que a falta de otros protectores, aquí me tenéis a mí... ¡Milagro será
+que no os saque adelante Milagro!... Je, je...».</p>
+
+<p>Cortés y agradecido Calpena, declaró que con mucho gusto aceptaría
+la invitación, visitándole una de las noches que tuviera libres. Al
+mismo tiempo recordó el conocimiento de Milagro con doña Jacoba Zahón,
+añadiendo que para esta señora había traído de Francia un encargo que
+aún se hallaba en su poder. Por voluntad expresa del remitente, no lo
+entregaría más que a la misma persona a quien venía destinado, y esta
+debía presentarse a recogerlo.</p>
+
+<p>—Seguramente —dijo Milagro— es una caja de pedrerías... ¿Por qué se
+asombra usted? La Zahón comercia en diamantes y perlas. La casa es muy
+conocida: <i>Zahón y Negretti</i>, calle de Milaneses. Hoy, por muerte
+de Zahón, se ha quedado al frente la viuda,<span class="pagenum"
+id="Page_146">p. 146</span> para quien algunas noches trabajo,
+escribiéndole la correspondencia y poniéndole las cuentas en orden.</p>
+
+<p>—No puede ser caja de piedras preciosas lo que traje y aún conservo
+—observó Calpena—, pues no habían de tardar tanto en recoger cosa de
+valor grande. ¿Acaso comercia esa señora en pedrería falsa?</p>
+
+<p>—No, señor... Todo lo que compra y vende es de la mejor ley. Si
+no ha pasado doña Jacoba a recoger su encargo, será porque ha estado
+enferma, o porque no tiene noticia exacta de la persona que lo ha
+traído.</p>
+
+<p>—Debe de tenerla, porque al día siguiente de mi llegada, escribí a
+Olorón dando cuenta de mi domicilio. Por cierto que me dijeron que esa
+señora es jorobada.</p>
+
+<p>—Cargadita de espaldas... Yo le hablaré del caso, y nos iremos a su
+casa si ella no puede salir. Verá usted una mujer lista y estrafalaria,
+genio desigual, mañas de urraca, agudezas de lince, toda uñas, toda
+desconfianza...</p>
+
+<p>—Pues yo había creído que el paquete que traigo es de cartas o
+papeles políticos. Dígame usted... aquí en confianza, ¿esa señora
+conspira?</p>
+
+<p>—¡Conspirar la Zahón...! —dijo Milagro perplejo—. No..., que yo
+sepa, no... ¡Conspirar...! Para la Zahón no nay más política que ganar
+dinero, engañar a quien puede, y despojar a los infelices que caen en
+sus garras.</p>
+
+<p>—Ello será como usted lo dice; pero yo<span class="pagenum"
+id="Page_147">p. 147</span> puedo asegurarle que un compañero mío de
+hospedaje, que anda en las logias de la casa de Tepa, supo, a los pocos
+días de mi llegada a Madrid, que yo había traído ese encargo, y tanto
+él como sus amigos López y Caballero creían, y así me lo dijeron,
+que el paquete era de papeles políticos y venía destinado al eterno
+conspirador don Eugenio Aviraneta.</p>
+
+<p>—Observe usted, amigo Calpena, que los patriotas, de tanto andar al
+oscuro en logias y <i>sublimes talleres</i> soterráneos, ven visiones,
+y como la policía de aquí vive también palpando tinieblas, entre unos
+y otros le arman a usted unos enredos que le vuelven loco. El año del
+fusilamiento de Torrijos vine yo de Sevilla a Madrid en galera, y no
+acelerada, con mi familia, pasando los mayores trabajos que usted
+puede imaginar. Diéronme allí un encargo para la señora de don Vicente
+González Arnao, el amigo de Moratín, la cual era muy obesa y padecía
+de estreñimiento. Por esto comprenderá usted que el encargo era una
+lavativa, gran pieza, modelo recién enviado de Inglaterra. Pues no
+puede usted figurarse la que se armó con el dichoso instrumento, en
+cuanto me lo descubrieron los de la policía. No le digo a usted más
+sino que me costó la broma cuatro meses de cárcel, y mi mujer y mis
+hijos no se murieron de hambre porque les recogió un pariente de
+Bertrán de Lis...</p>
+
+<p>—¿Y la señora de Arnao...?</p>
+
+<p>—Reventó..., naturalmente... Su muerte<span class="pagenum"
+id="Page_148">p. 148</span> debió ser un nuevo cargo para la
+Superintendencia de Policía, como verdadero asesinato... político.</p>
+
+<p>Campanillazo... Acudió Milagro presuroso al llamamiento del señor
+ministro.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch15">
+ <h2 class="nobreak g1">XV</h2>
+</div>
+
+<p>A los pocos momentos de quedarse solo Calpena en el despacho, entró
+Iglesias por la puerta interior, que comunicaba con la secretaría.</p>
+
+<p>—En nombrando al ruin de Roma... No hace diez minutos, querido
+Nicomedes, que le recordábamos a usted.</p>
+
+<p>—No sería para hablar mal.</p>
+
+<p>—De ningún modo. Al contrario...</p>
+
+<p>—Hace un siglo que no nos vemos, amigo Calpena. Ayer y hoy no
+he comido en casa. Tenemos usted y yo las horas encontradas, y lo
+siento, porque en estas circunstancias me conviene verle a usted con
+frecuencia. Por eso he venido.</p>
+
+<p>—Estoy a sus órdenes.</p>
+
+<p>—Ya sé —dijo Nicomedes dejando sobre la mesa su sombrero, que era
+de última moda, cilindrico, enorme, un soberbio tubo de chimenea con
+alas planas—, ya sé que el Presidente le quiere a usted mucho... Eso
+se llama caer de pie. Usted es de los que se lo encuentran todo hecho.
+Bien haya quien tiene<span class="pagenum" id="Page_149">p. 149</span>
+el padre alcalde... Pues yo, contando con su amabilidad, venía...</p>
+
+<p>—Siéntese el buen Iglesias, y dígame en qué puedo servirle.</p>
+
+<p>Sentose Nicomedes, y pasándose la mano por las melenas, que eran
+largas y copudas, parecía inquieto, caviloso, extenuado por el insomnio
+y las ansiedades de la ambición.</p>
+
+<p>—Quisiera que el simpático Calpena, sin faltar lo más mínimo a
+la reserva que le impone su cargo en la secretaría particular...,
+¡cuidado, que no trato de poner a prueba su discreción...!, pues
+quisiera que usted me dijese si ha escrito a don Juan Álvarez en favor
+mío...</p>
+
+<p>—¿Quién? Supongo que será recomendación para las elecciones.</p>
+
+<p>—Justo. Pues se comprometió a escribir al Presidente, recomendándome
+con toda eficacia, imponiéndome más bien, quien menos puede usted
+figurarse.</p>
+
+<p>—¿Caballero, Trueba y Cossío?</p>
+
+<p>—Esos son amigos míos, y bastante tienen con manipular su elección,
+el uno en Cuenca, el otro en Santander. A mí me habían prometido
+incluirme en la candidatura de Murcia. Quiroga me aseguró que allí me
+votarían hasta las piedras. Luego resulta que no las piedras, sino los
+electores, votan a Escalante. Al fin, me refugié en Villafranca del
+Bierzo, donde tengo algunos elementos.</p>
+
+<p>—Por ese lado, Argüelles influye, también don Martín...</p>
+
+<p>—No cuento con esos... Ofreció apoyarme...,<span class="pagenum"
+id="Page_150">p. 150</span> vuelvo a decirlo, quien menos puede usted
+sospechar... En este juego de la política, los extremos se tocan. Pues
+me apadrina don Francisco Martínez de la Rosa, es decir, prometió
+hacerlo... en virtud de concesiones mutuas que acordamos en Tepa,
+interviniendo por los moderados Ramón Narváez; por nosotros, mi amigo
+Palarea.</p>
+
+<p>—Ya..., comprendo... Y usted quiere saber si Martínez de la Rosa ha
+escrito... Lo ignoro: si algo supiera se lo diría, pues en ello no veo
+deslealtad. Por mi mano no ha pasado carta de don Francisco; y si don
+Juan la ha recibido, habrala contestado por sí propio.</p>
+
+<p>—¿Y su compañero de usted, ese viejo cegato...?</p>
+
+<p>—No sé nada. Es hombre muy reservado.</p>
+
+<p>—Bueno: desde ayer sospecho que esos malditos <i>anilleros</i> nos
+engañan. Siempre han sido lo mismo. Cuando están fuera del poder, nos
+buscan, nos agasajan, se arriman a la <i>exaltación</i>... Otra cosa:
+¿No recuerda usted si, entre las recomendaciones de candidatos que
+hace diariamente este buen señor a don Martín de los Heros, ha ido mi
+nombre?</p>
+
+<p>—Tampoco lo recuerdo.</p>
+
+<p>—Voy creyendo que Heros me engaña también. No puede esperarse otra
+cosa de quien no tiene iniciativa ni criterio para nada. Tanto a él
+como a Becerra les trata este señor como a criados.</p>
+
+<p>—Pues mire usted —indicó Calpena esforzándose en hacer memoria—,
+yo tengo idea de haber visto el nombre de usted en alguna<span
+class="pagenum" id="Page_151">p. 151</span> de las cartas que me ha
+dado don Juan para contestarlas...</p>
+
+<p>—A ver si recuerda, hombre, a ver si recuerda... —dijo Iglesias
+aproximando su silla para poder hablar en voz más queda—. ¿Sería en una
+carta de don Fernando Muñoz?...</p>
+
+<p>—¿El marido de la reina? No..., don Fernando estuvo aquí una noche,
+y habló con el Presidente, lo que no tiene nada de particular, y por
+eso puedo decirlo.</p>
+
+<p>—¿Y no ha pasado por aquí una carta de don Juan Muñoz, padre
+jesuita, hermano de don Fernando? Me consta que le suplicó se
+interesase en favor mío la persona que le salvó la vida en el colegio
+de San Isidro el día del degüello, en julio de 1834.</p>
+
+<p>—Tampoco he visto carta alguna de ese señor jesuita.</p>
+
+<p>—Pues no dudo que su hermano habrá dicho algo a Mendizábal. Sepa
+usted que en Palacio, de tiempo en tiempo, echan una mirada a la
+<i>exaltación</i>, y nos halagan para que no extrememos la guerra.
+Decididamente hemos vuelto la espalda al señor <i>Dracón</i>, que no
+nos sirve para nada. Ya sabe usted que en el actual momento histórico
+doña Carlota y su hermana están a matar.</p>
+
+<p>—No sabía... La verdad, me fijo poco en intrigas palatinas. Creo que
+mucho de lo que se cuenta es falso, embustes fraguados a gusto del que
+los pone en circulación.</p>
+
+<p>—Lo que digo es el evangelio. Están a matar... Nosotros hemos
+abandonado a <i>la</i> Carlota, y apoyando por el momento a
+Cristina,<span class="pagenum" id="Page_152">p. 152</span> trabajamos
+en el extranjero para evitar la protección que dan a don Carlos los
+legitimistas y vendeanos. Mendizábal hace la misma política: no me dirá
+usted que no escribe cartas a la hermana de estas señoras, Carolina,
+duquesa de Berry.</p>
+
+<p>—Nada sé, amigo mío —declaró Calpena, comprendiendo al fin que debía
+refugiarse en la discreción, y evitar revelaciones inconvenientes.</p>
+
+<p>—Pues bien: decidido a minar la tierra para ocupar el lugar que me
+corresponde en el Estamento, y viéndome abandonado por algunos amigos,
+vendido por otros, por ninguno apoyado resueltamente, he pegado un
+brinco horroroso, solicitando el apoyo de un legitimista francés de
+gran empuje, para que recabe de la duquesa de Berry una expresiva
+recomendación...</p>
+
+<p>—Y ese legitimista es el señor conde de la Pommeraye, ayudante
+que fue del duque de Angulema. Ha escrito a Mendizábal; pero no
+hace referencia a la de Berry, y se limita a dar las gracias por el
+reconocimiento que se le ha hecho de varias cruces concedidas el año
+23, asunto que quedó suspenso por error, o por olvido de ciertos
+trámites...</p>
+
+<p>—Me consta que a la de Berry debe el de la Pommeraye que le hayan
+reconocido dos cruces pensionadas. Lo sé: es amigo de mi familia. Mi
+tío Andrés le salvó la vida en el ataque y toma de Pasajes... Por lo
+visto, usted no puede o no quiere darme ninguna luz. Cada día me afirmo
+más en la idea de que<span class="pagenum" id="Page_153">p. 153</span>
+todos me abandonan, de que nadie se interesa por mí... ¡Y esto le pasa
+al hombre que ha consagrado toda su inteligencia, su vida toda, a la
+idea revolucionaria, a la redención de este pueblo!... ¡Mátese usted,
+reviéntese, padezca hambres y persecuciones por la regeneración de un
+país, por ennoblecerle, por desasnarle, por sacarle de las uñas de
+la feroz tiranía..., y cuando cree recibir el premio de su servicio,
+cuando usted humildemente dice a ese país: «Dame tu representación,
+dame tus poderes, pues quiero desgañitarme en tu defensa», vese usted
+desatendido, menospreciado, tratado como un loco!... ¡Oh, esto no puede
+ser, esto clama al cielo!</p>
+
+<p>Dio un porrazo en la mesa el iracundo Nicomedes, y se levantó,
+irguiéndose con fiera majestad y sacudiendo la melena. Quiso calmarle
+don Fernando con frases de esperanza:</p>
+
+<p>—No desmaye usted tan pronto. Si no es ahora, otra vez será.</p>
+
+<p>—Lo mismo me dijeron en las primeras Cortes del Estatuto... No, no
+he nacido yo para vestir imágenes..., ni aun la imagen de la Libertad.
+No, ya no espero nada... La culpa tiene quien se desvive por sus ideas,
+olvidando que ha nacido en la tierra de la ingratitud... Créame usted,
+los carlistas lo entienden. Van tras de su objeto espada en mano;
+persiguen la realidad a sangre y fuego. Esos no se andan con remilgos,
+ni fían su éxito a las amistades, ni a los hinchados discursos, ni
+a recomendaciones impertinentes. ¡Hierro, y nada más que hierro!...
+Mientras<span class="pagenum" id="Page_154">p. 154</span> nosotros no
+hagamos lo mismo, no iremos a ninguna parte.</p>
+
+<p>Y cogiendo el enorme sombrero con tanta violencia, que a punto
+estuvo de romperle el ala (¡lástima grande, pues lo había comprado
+aquel día!), se lo encasquetó sobre la melena, diciendo:</p>
+
+<p>—Yo le aseguro a usted, querido Fernando, que me la pagan... ¡vaya
+si me la pagan!...</p>
+
+<p>Despidiéndole en la puerta, tuvo Calpena una idea feliz:</p>
+
+<p>—¿Por qué no se decide usted a hablar con el propio Mendizábal? El
+llanto sobre el difunto. Pídale usted audiencia ahora mismo.</p>
+
+<p>—Ya hemos hablado... Me recibirá muy atento. A buenas palabras no le
+gana nadie. Pero todo se queda en agua de cerrajas... Déjele usted...,
+déjele. Fracasará por no rodearse de los verdaderos patriotas... Morirá
+a manos de los <i>santones</i>... ¡Que muera, que se hunda...!</p>
+
+<p>En aquel punto entró Milagro con un puñado de cartas, y
+preguntándole Calpena si el Presidente estaba solo, dijo que en aquel
+momento acababan de entrar don Agustín Argüelles y don Ramón de
+Calatrava.</p>
+
+<p>—Ahí tiene a todo el <i>santonismo</i> —dijo Iglesias con sarcasmo—.
+Vienen a tomarle medida del féretro... y a cortarle los pies bonitos
+para que quepa... Es muy grandón don Juan Álvarez Mendizábal... Pero
+quizás lo que le sobra no es por abajo, sino por arriba... Señores,
+conservarse.</p>
+
+<p>No pudieron entretenerse los dos amigos<span class="pagenum"
+id="Page_155">p. 155</span> en conversaciones, porque al punto se
+enfrascaron en el trabajo, que no era flojo aquel día. Milagro
+dio a su compañero algunas cartas, indicándole el sentido de la
+contestación, y al instante humilló su flácido rostro, paseando la
+punta de la nariz sobre el papel, al propio tiempo que la pluma.
+Contestó Calpena varias cartas de pura cortesía, de esas que no dicen
+nada y formulan vagas promesas, con arreglo al patrón usual en las
+secretarías familiares de los señores ministros. Toda la tarde se
+la pasó el de Hacienda en conciliábulos con prohombres, en firmar
+asuntos importantísimos de Deuda, de Aduanas, algunos nombramientos,
+y en repasar el proyecto de discurso que había de leer la reina en la
+próxima apertura de los Estamentos. A última hora llamó a Milagro.
+Dejando a un lado la política y apartando de sí todo el papelorio que
+delante tenía, se dispuso a despachar un asunto privado, que sin duda
+le causaba inquietud y fastidio, a juzgar por el tono con que dijo a su
+escribiente:</p>
+
+<p>—Otra vez esa pejiguera. Oiga, señor Milagro: mañana me hará usted
+el mismo favor del mes pasado.</p>
+
+<p>—A las órdenes de Vuecencia.</p>
+
+<p>—Nada: que esa maldita jorobada, que Dios confunda, ha vuelto a
+pedirme dinero. Y no tengo más remedio que mandárselo, aunque voy
+pensando que hay en esto mucho de socaliña... ¡Pobre Negretti! Como
+usted la conoce y trabaja en su casa, me hará el obsequio de llevarle
+esta cantidad que me<span class="pagenum" id="Page_156">p. 156</span>
+pide... Vea usted qué letra y qué estilo... Cuide de hacerle firmar
+el recibo en la misma forma de la otra vez... «He recibido del señor
+Tal..., testamentario del señor Negretti... la cantidad de tal, importe
+de alimentos y demás de...».</p>
+
+<p>—Descuide Vuecencia...</p>
+
+<p>—Es un asunto que me desagrada, y en la posición que ahora ocupo,
+francamente, no me convienen estos tratos, aunque, bien mirada, la
+cosa es sencillísima, y nada tiene de particular... Usted, como buen
+gaditano, conocería al pobre Negretti.</p>
+
+<p>—Sí, señor... Tratante en pedrerías y en metales preciosos. Si no
+recuerdo mal, era corso.</p>
+
+<p>—No: hijo de padre corso. Oiría usted contar que en uno de sus
+viajes a Inglaterra conoció a la Montefiori. ¿Sabe usted quién era? Una
+mujer de historia, muy guapa, francesa o italiana, no lo sé a punto
+fijo, ni creo que lo supo nadie.</p>
+
+<p>—Algo me contaron...</p>
+
+<p>—A lo tonto, a lo tonto, empezando por galanteos de esos que
+allí, como en París, son la aventura de un día, o de una semana, sin
+consecuencias, Negretti se enamoró perdidamente de aquella prójima...
+Y a tanto llegó la ceguera del hombre, que se casó con ella... Crea
+usted que el día que me lo dijo, por poco le mato. De nada valieron
+los consejos, las exhortaciones de sus buenos amigos. Jenaro sentía el
+vértigo, y se arrojó a la sima.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_157">p. 157</span></p>
+
+<p>—Ya, ya recuerdo la historia... Su mujer murió.</p>
+
+<p>—Asesinada, al salir de un baile en Vauxhall, un sitio que hay
+en Londres, a donde concurre todo el mujerío..., ya me entiende
+usted...</p>
+
+<p>—Comprendo..., mujeres guapas..., pues... Esa señora dejó una
+niña.</p>
+
+<p>—Que recogió Negretti, poniéndola en casa de los Montefioris
+de <i>Hatton Garden</i>, una calle de Londres donde está todo el
+comercio de pedrería. A la muerte de Jenaro, la niña, por disposición
+testamentaria de este, fue puesta al cuidado del Montefiori de
+Mallorca, y luego de Zahón y Negretti.</p>
+
+<p>—Y ha quedado al fin bajo el poder de doña Jacoba, donde ahora se
+halla. La conozco, señor.</p>
+
+<p>—¿Qué tal es la chica? No la he visto desde que tenía tres años.</p>
+
+<p>—Señor —respondió Milagro dando un suspiro—, Aurorita es
+preciosa...</p>
+
+<p>—Sale a su madre, que era una divinidad —dijo el gran Mendizábal. Y
+se le encandilaron los ojos cuando repitió—: Es preciosa la niña...</p>
+
+<p>—Pero muy revoltosa, señor... El carácter más desconcertado que
+Vuecencia puede imaginar.</p>
+
+<p>—Tiene a quien salir... Pues bien, Negretti dejó en mi poder todo
+su dinero... No crea usted, pasa de un millón de reales lo que tenía,
+y con su fortuna me dejó el encargo de atender a la chiquilla durante
+su menor<span class="pagenum" id="Page_158">p. 158</span> edad... Ello
+es enojoso, mayormente hallándose la joven en poder de los Zahones, de
+quienes tengo malas noticias.</p>
+
+<p>—Puedo asegurar a Vuecencia que la niña de Negretti está muy mal
+educada y tiene los demonios en el cuerpo; pero merece vivir en mejor
+compañía, y yo sé que no ha de faltar quien la cuide, con el emolumento
+que percibe la urraca de doña Jacoba.</p>
+
+<p>—Autorizado estoy —indicó don Juan Álvarez, distrayéndose ya de
+aquel asunto y empezando a pensar en cosas de más importancia— para
+confiarla a otras personas de la familia; y si averiguar pudiera dónde
+ha ido a parar Ildefonso Negretti, que se estableció en Bayona, también
+en joyería, allá por el año 26, de seguro... En fin, señor Milagro,
+quedamos en que llevará usted a esa señora... Vea la nota, y aquí
+tiene el dinero... Cuidado con el recibo en regla... Y pueden ustedes
+retirarse... Yo me voy también, que hoy ha sido día de prueba.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch16">
+ <h2 class="nobreak g1">XVI</h2>
+</div>
+
+<p>Acompañado de su amigo y mentor don Pedro Hillo, fue Calpena a
+las últimas funciones de toros, y a la apertura de los Estamentos,
+que se efectuó a mitad de noviembre con la solemnidad de costumbre,
+asistiendo<span class="pagenum" id="Page_159">p. 159</span> la reina
+gobernadora. En la plaza admiraron la pericia del afamado matador
+Francisco Montes, y el arrojo y gallardía de don Rafael Pérez de
+Guzmán, oficial del ejército, de la noble casa de Villamanrique, que
+había cambiado los laureles militares por las palmas toreras, y la
+espada por el estoque. Tomó la alternativa en Madrid en junio del 31,
+y desde entonces fue la más grande notabilidad del arte en aquella
+década, después del maestro Montes. Con estos compartía el favor del
+público Roque Miranda, muy inferior a Montes y a <i>don Rafael</i> en
+la suerte de matar, pero gran banderillero, capaz de poner <i>pares</i>
+en los cuernos de la luna.</p>
+
+<p>Ya se comprende que con la compañía de Hillo en el fiero espectáculo
+aprendió Calpena, no solo los terminachos, sino las reglas del toreo,
+adquiriendo el placer de la lidia. Algunas tardes convidó también a
+Milagro, grande y antiguo aficionado, solo que la cortedad de su vista
+no le permitía enterarse bien de lo que pasaba. Hiciéronse amigos Hillo
+y don José, y su amistad se consolidaba, lo mismo por la comunidad de
+afición que por la diferencia de criterio en el juicio de las suertes.
+Si coincidiendo, simpatizaban, disputando como energúmenos simpatizaban
+y se querían más. Entre los dos sentábase Calpena en el tendido, y a
+menudo tenía que intervenir para aplacar sus bulliciosos ardores de
+controversia. Era Hillo devotísimo adepto de la escuela ronceña, y el
+otro de la sevillana; enaltecía el clérigo el arte propiamente<span
+class="pagenum" id="Page_160">p. 160</span> dicho, la destreza en el
+engaño, la burla ingeniosa del peligro, la distinción, la postura,
+la gallardía de la figura toreril delante de la fiera; encomiaba
+Milagro el valor, la brutal acometividad sin remilgos, mirando más a
+la eficacia de la suerte que al afán de pintarla y hacer arrumacos.
+Eran, pues, el uno clásico, romántico el otro. Disputaba Milagro por
+temperamento bullanguero y por llevar la contraria. Hillo, firme en
+el <i>dogma</i> rondeño, lo sostenía con seriedad, digna de una tesis
+escolástica. Tan pronto se arrancaba Milagro a sostener que Rafael
+era un chambón, que debía su boga a <i>ser de la grandeza</i>, como
+le defendía resueltamente por su coraje ciego y sin arte. Consideraba
+a Montes por paisano, pues ambos eran de Chiclana; pero a lo mejor se
+complacía en llamarle gandul o <i>figurero</i>.</p>
+
+<p>—Pero usted, señor alma de cántaro —le decía Hillo sin poder
+contener su enojo—, ¿se ha enterado de lo que ha hecho ese tío en el
+segundo toro? Sin duda tiene usted telarañas en los ojos cuando no ha
+visto ese sublime arte del engaño, cuando no ha visto con qué salero
+se lo pasó a la fiera por delante de la cara para componerla, para
+quitarle los resabios adquiridos durante la lidia, para igualarle...
+¿O es que usted no sabe lo que es igualar al toro?... ¿Sabe acaso
+distinguir los pases? Para usted es lo mismo el <i>natural</i> que el
+<i>redondo</i>, el <i>cambiado</i> y el <i>de pecho</i>.</p>
+
+<p>—Lo que le digo a <i>zumercé</i> —afirmó Milagro al concluir la
+lidia del tercero— es que<span class="pagenum" id="Page_161">p.
+161</span> este pase <i>de pecho</i> de don Rafael no lo hace mejor el
+Verbo Divino.</p>
+
+<p>—¡Pero si ha sido una gran patochada! ¡Usted no lo entiende! ¡Si no
+estaba perfilado don Rafael cuando se le vino el toro encima, y en vez
+de adelantar el brazo de la muleta hacia el terreno de afuera en la
+rectitud del toro, lo que hizo fue...!</p>
+
+<p>—Usted si que no lo entiende. Don Rafael no movió los pies...</p>
+
+<p>—¡Pero si parecía un bailarín!</p>
+
+<p>—Le digo a usted que no. Me han salido los dientes viendo
+matar toros. Don Rafael se estuvo quieto hasta que llegó la res a
+jurisdicción.</p>
+
+<p>—¡Pero si no llegó a jurisdicción...! ¡Por san Cornelio, que no!...
+Y el animal no tomó el engaño; y don Rafael, con más coraje que
+conocimiento, en vez de darle salida por la derecha, se la dio por
+la izquierda, y no supo empaparle. Total, que cuando la res dio el
+hachazo...</p>
+
+<p>—No hubo tal hachazo.</p>
+
+<p>—Le digo a usted que sí...</p>
+
+<p>—Pues, hijo, si Su Reverencia entiende de decir misa como de toros,
+lucida está la santa Iglesia.</p>
+
+<p>—Quien no entiende una palotada <i>sois vos</i>.</p>
+
+<p>—Paz, paz —les decía Calpena—. No se peleen por un golletazo de más
+o de menos. Tan difícil es matar bien un toro como gobernar a un país.
+Tanto mérito tiene el que se pone entre los cuernos de una fiera, como
+el que se cuadra ante las astas de una nación<span class="pagenum"
+id="Page_162">p. 162</span> querenciosa. No disputemos, y aplaudamos a
+todos.</p>
+
+<p>Salían tan amigos, y hablando de política, el clérigo y el
+funcionario confundían sus respectivos criterios en un escepticismo
+zumbón. Fueron también, como se ha dicho, a la apertura de las Cortes,
+en el Estamento de Procuradores, que tenía por alojamiento provisional
+la iglesia de <i>Clérigos menores</i> (Carrera de San Jerónimo),
+convertida en <i>redondel parlamentario</i>. Aunque el día no era
+apacible, la multitud se agolpaba en las calles por ver a la reina y
+su corte, y por admirar el lujo de corceles empenachados, los lacayos
+y cocheros a la federica, las carrozas de concha y marfil, y todo el
+elegante barroquismo que constituye el ceremonial palatino de calle.
+La hermosura de la reina, su gracia y gentileza eran tales, que ante
+la realidad se achicaban las hipérboles que a su paso se oían. Vestía
+de negro. Su peinado de tres potencias, con la real diadema y el velo
+blanco que graciosamente le caía sobre los hombros; la pedrería que al
+cuello y entre los graciosos moños de su pelo ostentaba; la majestad de
+su rostro; la sonrisa hechicera con que agraciaba al pueblo dirigiendo
+sus miradas a un lado y otro, formaban un conjunto que difícilmente
+olvidaba el que una vez tenía la suerte de verlo. Contaba poco más de
+veintiocho años, y ya su nombre había fatigado a la Historia, por las
+circunstancias de su casamiento, de su corta vida matrimonial, de su
+viudez prematura<span class="pagenum" id="Page_163">p. 163</span> que
+puso en sus manos las riendas de una nación desbocada. Del bien y del
+mal que hizo se hablará en mejor ocasión. Por ahora se dice tan solo
+que aquel día de noviembre, camino de la ceremoniosa apertura, estaba
+guapísima. Era, sin disputa, la más salada de las reinas. Su venida fue
+un feliz suceso para España, y su belleza el resorte político a que
+debieron sus principales éxitos la Libertad y la Monarquía. Su gracia
+sonriente enloqueció a los españoles; muchos patriotas furibundos, a
+quienes las malas artes de Fernando habían hecho irreconciliables,
+desarrugaron el ceño. Antes de tener enemigos encarnizados, tuvo
+partidarios frenéticos. Difícilmente se encontrará en la historia una
+reina a la cual se hayan dedicado más versos: verdad que no todos los
+que se arrojaban a su paso, para alfombrarle el camino eran inspirados.
+Lo que llamamos <i>ángel</i> teníalo Cristina en mayor grado que otras
+prendas eminentes de la realeza, y todos hallaban en ella un hechizo
+singular, un don sugestivo que encadenaba los ánimos. Por eso Quintana,
+afectando la confusión lírica, le decía:</p>
+
+<div class="poetry-container">
+<div class="poetry">
+ <div class="stanza">
+ <div class="verse indent0">«¿Quién te dio ese poder?... ¿De quién hubiste</div>
+ <div class="verse indent0">La magia celestial?».</div>
+ </div>
+</div>
+</div>
+
+<p>Y otro no menos famoso poeta, la saludaba de este modo:</p>
+
+<div class="poetry-container">
+<div class="poetry">
+ <div class="stanza">
+ <div class="verse indent2">«¡Cuán hermosa! ¡Sus ojos celestiales</div>
+ <div class="verse indent0">Cuán apacibles miran!</div>
+ <div class="verse indent0"><span class="pagenum" id="Page_164">p. 164</span>Ved en su frente pura</div>
+ <div class="verse indent0">La majestad grabada y la dulzura;</div>
+ <div class="verse indent0">Mirad en su mejilla</div>
+ <div class="verse indent0">La rosa del pudor encantadora.</div>
+ <div class="verse indent0">Al Consorte Real, que en ella adora</div>
+ <div class="verse indent0">No menos la virtud que la hermosura,</div>
+ <div class="verse indent0">Ved ¡cuán tierno sonríe</div>
+ <div class="verse indent0">Su labio de coral!...».</div>
+ </div>
+</div>
+</div>
+
+<p>Y fue tal la prodigalidad de epítetos dulzones, <i>angélica, divina,
+divinal, dulce, amorosa, celeste</i>, etc., que la lengua se nos hizo
+empalagosa, y de ahí vino que por devolverle su tonicidad y fuerza
+la amargaran demasiado los románticos con sus acíbares, adelfas y
+cicutas.</p>
+
+<p>En otro orden hubo de manifestarse el mismo fenómeno de reacción.
+Es indudable que muchos se fueron al campo realista, no tanto por
+convencimiento, como porque estaban hastiados y apestados de tanta
+<i>angélica Isabel</i>, de tanta <i>celestial Cristina</i>, protestaban
+de la virilidad contra el feminismo.</p>
+
+<p>Las tres serían cuando entraba la reina en el Estamento, y si en el
+tránsito por las calles y Puerta del Sol los vivas no cesaban, ni las
+encantadoras sonrisas de la dama hermosísima, en la casa parlamentaria
+los aplausos y vítores fueron delirantes. Aclamando a la gobernadora,
+se rendía tributo a la hermosura y a la ley, a la vida nueva, a la
+esperanza de un porvenir dichoso. El símbolo era tan bello que encendía
+el fuego de la fe con más eficacia que las ideas. No es extraño, pues,
+que el historiador, o más<span class="pagenum" id="Page_165">p.
+165</span> bien el filósofo de la historia, se preguntara: «¿Hasta
+qué punto y en qué medida influyó en la suerte de España el dulce
+mirar de aquella Reina?». Y un faccioso del orden civil, aficionado
+a las grandes síntesis, consolaba a don Carlos, años adelante, en
+las soledades de Bourges: «No hay que culpar a nadie, señor, pues
+así lo ha dispuesto el que hace las criaturas. Todo habría pasado de
+distinta manera, si la augusta cuñada de Vuestra Majestad hubiera sido
+bizca».</p>
+
+<p>Nuestro amigo Calpena, colocado entre los suyos don Pedro Hillo y
+don José del Milagro, vio desde una tribuna a la hermosa reina, y la
+oyó leer el discurso. Era la primera vez que la veía, y maravillado de
+tanta majestad y gentileza, sus ojos no se saciaban de contemplarla.
+Milagro, renegando de su menguada vista, no hacía más que preguntar a
+Hillo:</p>
+
+<p>—¿Y dónde está Argüelles?... ¿Y Saavedra?... ¿Y los primerizos
+Pacheco y Donoso Cortés?</p>
+
+<p>Poco fuerte en el conocimiento de personas, Hillo las iba señalando
+a capricho, y a Pita Pizarro le llamaba conde de las Navas, y a don
+Antonio González le confundía con don José Landero y Corchado.</p>
+
+<p>—Ahí tiene usted al señor don Juan Álvarez y Méndez, tan orgulloso
+que parece el zar de Moscovia... —dijo don Pedro cuando ya se retiraba
+Su Majestad—. Con su pelito rizado y su fraque de última moda, es el
+más guapo de los que se sientan en el banco negro.</p>
+
+<p>—Ya, ya le veo —manifestó Milagro, que no veía nada—. Está
+arrogantísimo mi jefe...<span class="pagenum" id="Page_166">p.
+166</span> Ese, ese es el que os ha de poner a todos las peras a
+cuarto. Ya veréis cómo las gasta.</p>
+
+<p>—Me parece a mí —dijo Hillo— que trae buenos planes; pero no el
+trasteo que se necesita para ejecutarlos.</p>
+
+<p>—Trasteo le sobra.</p>
+
+<p>—Le falta mano izquierda.</p>
+
+<p>—¡Qué ha de faltarle, hombre!</p>
+
+<p>—No sabe manejar el engaño. Hay aquí ganado de mucho sentido,
+voluntarioso, que <i>hace</i> por los ministros, y no para hasta que
+los engancha. ¡Pobre don Juan!... Él ha venido por palmas, y le van a
+dar...</p>
+
+<p>—¿Qué...?, ¿qué le van a dar?... —dijo Milagro, empezando a
+amoscarse.</p>
+
+<p>—Nada, hombre: no se sulfure. De toros entiende usted poco; pero de
+este tinglado ni una patata.</p>
+
+<p>—Quien no lo entiende es Su Señoría. Me han salido los dientes
+viendo Cortes...</p>
+
+<p>—¿En dónde, alma de Dios?</p>
+
+<p>—En Cádiz..., en San Felipe Neri.</p>
+
+<p>—Ese santo no es de mi devoción.</p>
+
+<p>—De la mía sí. En mi iglesia adoramos a los patriotas y abominamos
+de la clerigalla.</p>
+
+<p>—Paz, caballeros —dijo Calpena con gracia—. No me riñan aquí, o a
+los dos les mando a la calle.</p>
+
+<p>—Es broma.</p>
+
+<p>—Jugamos, nos divertimos.</p>
+
+<p>En esto salían ya de la tribuna, y empezaba el penoso descenso entre
+un gentío bullicioso, mareante, compuesto en su mayoría de señoras
+charlatanas y fastidiosas,<span class="pagenum" id="Page_167">p.
+167</span> a quienes todo el espacio de pasillos y escaleras les
+parecía poco para sus faldamentas, chales y cintajos. Cerca ya de la
+salida, tropezaron con <i>Edipo</i>, el polizonte, y Calpena, que ya
+estaba familiarizado con su presencia en calles, cafés y teatros, le
+dijo, permitiéndose tutearle:</p>
+
+<p>—Sí, aquí estoy... No me escapo, hombre... Puedes apuntar, por
+si no lo sabes, que esta mañana estuve con Iglesias en el café de
+Solís, y que hablamos de la inmortalidad del cangrejo y de la absoluta
+impertinencia de los empleados de la policía.</p>
+
+<p>—No voy contra usted, señor don Fernandito —replicó el corchete
+risueño y humilde—. Viva usted mil años, para que proteja a los pobres
+el día que venga alguna tremolina.</p>
+
+<p>—¡Lo que es a ti...! ¿A que no me aciertas dónde estuve hoy cuando
+salí del café de Solís?</p>
+
+<p>—En la corbatería de Aguayo.</p>
+
+<p>—¿Y antes de ir al café?</p>
+
+<p>—En la peluquería de Cortina.</p>
+
+<p>—Maldito seas, y quiera Dios que te pase lo que al rey de teatro que
+te ha dado su nombre.</p>
+
+<p>—Era un rey que padecía de la vista.</p>
+
+<p>—Ciego te vea yo... Bueno. Pues si me aciertas a dónde iré esta
+tarde, te regalo una docena de puros.</p>
+
+<p>—¿De veras? Pues ya puede ir por ellos. Tráigamelos escogidos, de la
+fábrica de Sevilla, de a tres cuartos pieza.</p>
+
+<p>—Antes adivíname lo que haré esta tarde.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_168">p. 168</span></p>
+
+<p>—No necesito adivinarlo, porque lo sé, y usted no.</p>
+
+<p>—¿Y cómo es eso de ignorar a dónde voy, teniendo el propósito de ir
+a una parte?</p>
+
+<p>—Muy sencillo. Puede que usted tenga la intención de emplear la
+tarde en picos pardos, y puede que haya hablado de eso con Iglesias,
+que es muy aficionado a las madamas. Pero aunque el señor don Fernando
+tenga esos planes, no irá a donde piensa, sino a donde yo sé.</p>
+
+<p>—Explícame eso, <i>Edipo</i> maldito, o aquí perece un rey de
+Tebas.</p>
+
+<p>—Pues... esta mañana, mientras el señor andaba de ceca en meca...,
+fue a buscarle a su casa, tres veces, don Carlos Maturana. Me le
+encontré en la calle de Peligros, y me ha dicho que tiene precisión de
+cazarle a usted hoy, y que le cazará, aunque sea con perros.</p>
+
+<p>—¿A mí?... ¡Maturana! Sí, sí, es el pariente de mis amigos de
+Olorón, a quien me recomendaron. No le he visto aún, porque estaba
+ausente de Madrid cuando yo llegué.</p>
+
+<p>—Ayer regresó de sus viajes por Italia y Suiza. Traerá relojes y
+abanicos... En fin, no sé... El motivo de buscarle con tanta prisa es
+porque usted trajo un encargo para la Zahón.</p>
+
+<p>—El cual aún está en mi poder, porque esa señora, que me han dicho
+es muy cargada de espaldas, no ha ido a recogerlo.</p>
+
+<p>—Pero va de orden suya el señor Maturana, no solo por el gusto
+de verle a usted, sino por<span class="pagenum" id="Page_169">p.
+169</span> llevarle a la calle de Milaneses, donde le espera con la
+cajita doña Jacoba, que no puede salir. Y como el encarguito será de
+valor, no tiene el señor don Fernando más remedio que hacer la entrega
+por sí mismo, y fastidiarse, y echar la tarde a perros.</p>
+
+<p>—Eso no... Con entregar la caja, pedir recibo, tomarlo...</p>
+
+<p>—Puede que le entretengan a usted más de lo que piensa las joyas que
+hay en la casa.</p>
+
+<p>—No soy aficionado...</p>
+
+<p>—Eso se verá... cuando lo vea... Hay brillantes, perlas, corales, de
+los que pintan los poetas...</p>
+
+<p>Y sin decir más, dio dos palmadas a don Fernando, despidiéndose con
+palabras de premura:</p>
+
+<p>—Con Dios... Hago falta dentro... Mucha gente, y alguna no de lo
+mejor.</p>
+
+<p>Reuniose Calpena con sus amigos, que en la puerta hablaban con dos
+sargentos de la Guardia Real, conocidos de Milagro, y se fueron hacia
+la calle de Alcalá, rumbo al Caballero de Gracia.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch17">
+ <h2 class="nobreak g1">XVII</h2>
+</div>
+
+<p>Exactísimos eran los informes de <i>Edipo</i>, y cuando llegó
+don Fernando a su casa, díjole la chica de la patrona, al abrirle
+la puerta, que un señor que había estado tres veces por<span
+class="pagenum" id="Page_170">p. 170</span> la mañana, le aguardaba
+sentadito en la sala, al parecer dispuesto a no moverse de allí
+mientras no lograra su objeto. Minutos después hallábase Calpena frente
+a un sujeto como de sesenta años, acartonado y pequeñito, que llevaba
+muy bien su edad; mejor afeitado que vestido, pues su levita era de las
+contemporáneas de la paz de Basilea; el pelo entrecano y nada corto,
+con ricitos en las sienes, y un mechón largo cayendo hacia el cogote,
+como si aún no se hubiese acostumbrado a prescindir del coleto; los
+ojos reforzados con antiparras de cristales azules montados en plata;
+el perfil volteriano, el habla cascada y lenta.</p>
+
+<p>—¿Conque es usted...? Bien, hijo, bien. Pues me escribió mi
+sobrino Felipe; pero hasta ayer no he llegado de mis correrías por el
+extranjero... Aquí me tiene el señor don Fernando a su disposición.
+La verdad, poco puede hacer por usted este pobre viejo, pues desde
+que salí de Palacio..., ya sabe usted que era yo primer diamantista
+de Su Majestad..., llevo una vida... Sentémonos, si usted quiere...
+Pues perdí aquella plaza, después de treinta años de honrados
+servicios..., y no he tenido más remedio que buscar en el comercio
+un modesto pasar... Ello fue..., no sé si estará usted enterado...,
+por malquerencia de esa farolona de <i>la</i> Carlota..., la mujer
+del don Francisco..., otro que tal... En fin, más vale no hablar... Y
+usted, ¿qué me cuenta? ¿Qué tal le va por Madrid? ¿Ha conseguido que
+le coloquen? Ay, señor mío, esto está perdido<span class="pagenum"
+id="Page_171">p. 171</span> con tantas libertades, y la dichosa
+Pragmática Sanción, que fue la manzana de la discordia... Al rey le
+mataron a disgustos, puede usted creerlo... Y a mí..., toda la inquina
+que me tomaron fue por la amistad que me tenía el príncipe de la Paz
+primero, y después el señor duque de Alagón... No sé si sabrá usted que
+don Pedro Labrador me llevó consigo al Congreso de Viena; sí señor...
+Pero estas son historias marchitas, y usted es joven, vive en lo
+presente, y le aburrirá esta manía que tenemos los viejos de revolver
+la hoja seca del pasado... En fin, vamos al asunto.</p>
+
+<p>—Ello es que yo —dijo Calpena un tanto impaciente por despachar
+pronto— no he podido entregar...</p>
+
+<p>—Ha hecho usted perfectamente. Encargos de cierta naturaleza no
+deben entregarse sino en la propia mano de la persona a quien van
+dirigidos. La mayor parte del contenido de la cajita que confió a usted
+<i>Aline</i> es para mí; el resto, para Jacoba. Esta se halla enferma
+con un dolor tan fuerte en la cadera, que no puede moverse.</p>
+
+<p>—Iré yo a su casa, si a usted le parece bien.</p>
+
+<p>—Tan bien me parece, que traigo esa comisión, con la cual mato
+dos pájaros de un tiro. Cumplo con Felipe, ofreciendo a usted mis
+servicios, y cumplo con Jacoba, llevándole el encargo, y el portador y
+todo, para que llegue más seguro.</p>
+
+<p>Deseando abreviar, Calpena sacó la cajita,<span class="pagenum"
+id="Page_172">p. 172</span> y propuso al señor de Maturana marchar
+sin pérdida de tiempo. No deseaba otra cosa el antiguo diamantista, y
+se echaron a la calle, no sin que en el portal recomendase don Carlos
+a su acompañante que tuviese mucho cuidado con lo que llevaba, pues
+Madrid estaba infestado de rateros, y al menor descuido le dejarían con
+las manos limpias. Procuró Calpena tranquilizarle, y asegurando bien
+el bulto bajo el brazo derecho, avivó el paso. Poco hablaron por el
+camino, y en cinco minutos se plantaron en la calle de Milaneses.</p>
+
+<p>—Amiguito, vaya un paso que tiene usted —dijo el vejete,
+fatigadísimo, al entrar en el portal—. Ya se ve..., un paso de
+veinticinco años. Subamos ahora despacito, que por aquí no hay peligro
+y no vamos a apagar ningún fuego. Esta maldita escalera no tiene
+pasamanos, y usted me ha de permitir que le coja del brazo. Pásmese
+usted. En esta casa...</p>
+
+<p>Se paró en el rellano, donde apenas cabían los dos. La escalera,
+que arrancaba casi en la misma puerta de la calle, ascendía oscura,
+desigual, angulosa, como los senderos de la traición, y sus escalones
+patizambos ofrecían al confiado pie celadas espantosas.</p>
+
+<p>—En esta casa..., no, en la de al lado, trabajamos juntos, cosa de
+un mes, Leandro Moratín y yo. Y enfrente, en el que entonces era número
+14 de la manzana 71, tuve yo el gusto de cobrar el primer dinero que
+gané en mi vida. Fue por unas arracadas que hicimos para la infanta
+doña María Josefa, el año 90... Ea, cinco escalones más y llegamos.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_173">p. 173</span></p>
+
+<p>Tiró Maturana de la campanilla, y al poco rato rechinó la tapa de la
+mirilla con cruz de hierro. Vio Calpena unos ojos; el viejo no dijo más
+que «Yo», después de lo cual empezó a sonar un claqueteo de cerrojos,
+al que siguieron vueltas de una llave, luego roce de cadenas, el caer
+de una barra, y aun después de todo este estruendo carcelario la puerta
+tardó un ratito en abrirse. ¿Era un hombre el que abría, era una mujer?
+Fernando no se enteró, porque si el aspecto podía pasar por varonil en
+la penumbra del pasillo, femenina era la voz que dijo:</p>
+
+<p>—Don Carlos, no le esperaba tan pronto. La señora duerme, y yo
+estaba en la cocina echándome unas piezas a la chaqueta... Pasen,
+pasen. ¿Despierto a doña Jacoba?</p>
+
+<p>—No, déjala que descanse. Aguardaremos. ¿Y Aurorita, qué hace?</p>
+
+<p>Replicó el mancebo (pues hombre era por la facha, aunque la voz de
+tiple lo contrario declarase) que la tal Aurorita había salido de paseo
+con la señora y niñas de Milagro, y con otras cuyo nombre no recordaba,
+hermanas de un sargento de la Guardia Real; y en tanto, abría la puerta
+de la sala, que más bien era tienda, por las dos mesas, con trazas
+de mostradores, que en ella había, y los armarios de forma pesada y
+robusta, cerrados con fuertes herrajes, guardando con avaricia sigilosa
+tesoros o secretos. Dos o tres sillones de vaqueta, de un uso secular,
+claveteados y lustrosos, y un par de sillas eran los únicos muebles que
+en tan extraña<span class="pagenum" id="Page_174">p. 174</span> sala
+brindaban comodidad al visitante. Acomodose Maturana en un sillón, y
+Calpena en una silla, dejando al fin sobre la mesa su enojosa carga, y
+aguardaron silenciosos, hasta que el diamantista, sacando su tabaquera
+de concha, tomó un polvito, después de ofrecer al joven, que hubo de
+excusarse graciosamente. La conversación se reanudó en el mismo punto
+en que había quedado al subir la escalera.</p>
+
+<p>—La buena señora —dijo Maturana oliendo el rapé con la mayor
+finura y encandilando los ojuelos— se empeñó en que todo había de
+ser zafiros... y mi padre y mis tíos estuvieron tres meses y medio
+buscándolos de gran tamaño... Y que escaseaban en aquel tiempo los
+zafiros y se pagaban bien, como ahora las esmeraldas.</p>
+
+<p>—Escasean las esmeraldas..., ya —dijo Calpena, solo porque la
+cortesía le obligaba a decir algo.</p>
+
+<p>—Se han pagado en los últimos años a doce y catorce duros quilate,
+las de buen tamaño..., ya ve usted. Algo bajaron de precio cuando don
+Pedro de Portugal vendió su soberbia colección, en los apuros de la
+Regencia en las Islas Terceras... Y a propósito... Este recuerdo de don
+Pedro y doña María de la Gloria (que por cierto ha recuperado parte de
+las esmeraldas y aguamarinas de la corona de Portugal); este recuerdo,
+digo, me trae a la memoria al señor de Mendizábal... ¿Es cierto que
+usted...? Si es impertinente mi pregunta, no digo nada.</p>
+
+<p>—Hable usted.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_175">p. 175</span></p>
+
+<p>—Es que... me habían asegurado que es usted el ídolo del señor
+ministro; el niño mimado, vamos...</p>
+
+<p>Apresurábase don Fernando a desmentir tan absurda especie, que
+no por primera vez oía, y cuyo origen atribuyó a las hablillas
+y murmuraciones oficinescas, cuando sintieron ruido y voces en
+las habitaciones inmediatas. Maturana se acercó a la puerta, y
+entreabriéndola, dijo:</p>
+
+<p>—¿Qué es eso, Lopresti? ¿Se levanta la señora?</p>
+
+<p>Y la voz de tiple contestó desde dentro:</p>
+
+<p>—Allá va...</p>
+
+<p>Momentos después, entraba en la sala doña Jacoba Zahón, apoyada por
+la izquierda en el fámulo, por la derecha en un grueso bastón, y con
+difícil paso, marcado por lamentos y suspiros, llegó hasta soltar sobre
+un sillón la dolorosa carga de su cuerpo. Antes de saludar a Calpena,
+despidió al de la voz aguda con expresiones displicentes de ama de casa
+que gasta mal genio:</p>
+
+<p>—Entretente ahora con tus costuras, y olvídate de tus obligaciones,
+como ayer, que nos diste de cenar a las nueve de la noche... ¡Ay, si
+yo recobrara mi salud y pudiera estar en todo, cómo te haría andar
+derecho!... Anda..., holgazán, lávame los pañuelos... A las seis, el
+vinito con la medicina...</p>
+
+<p>Volvió después su rostro hacia Calpena, y le saludó con graciosa
+sonrisa, mostrando al joven su senil y enfermiza hermosura, que
+enormemente contrastaba con su desgraciado cuerpo. Ofrecía su cabeza
+un exactísimo parecido con la de María Antonieta; mas por el color
+exangüe y la extremada delgadez<span class="pagenum" id="Page_176">p.
+176</span> del interesante rostro era la cabeza de la infeliz reina
+después de cortada, tal como nos la ha transmitido la auténtica
+mascarilla de cera existente en un célebre museo. Don Fernando
+sintió frío al contemplar aquel rostro tan fino y transparente,
+de un perfil distinguidísimo, apagados los ojos, lívido el labio,
+mostrando una dentadura en buena conservación. El cabello era gris,
+y para que resaltara mayor la terrible semejanza con la decapitada
+reina, se sujetaba dentro de una escofieta blanca. El cuerpo no
+debiera llamarse feo, sino monstruoso: cada hombro a diferente altura,
+corvo el espinazo. Se envolvía en una cachemira muy usada, bajo la
+cual aparecían la falda de estameña oscura, y los zapatos de paño,
+holgadísimos, pertenecientes sin duda a su difunto esposo. A la cara
+correspondían las manos, también de cera, finísimas, bien marcadas las
+falanges bajo una piel sedosa; las uñas no muy cortas, pero limpias:
+lucía en sus dedos una sortija negra, con un hermosísimo <i>ópalo de
+fuego</i> de gran tamaño.</p>
+
+<p>—Usted me dispensará, señor Calpena —dijo con voz dulce, musical,
+que casi daba tonos de italiano al español correctísimo que hablaba—,
+que haya tardado tanto en avisarle... Que hoy, que mañana... Pero
+la carta de <i>Aline</i> llegó cuando yo me hallaba en lo peor del
+ataque. Esta maldita ciática me tenía en un grito. Y el año pasado las
+paletillas..., después todo el esqueleto... Ay, si le dijeran a usted,
+señor de Calpena, que yo he<span class="pagenum" id="Page_177">p.
+177</span> sido una mujer esbeltísima, se echaría a reír... Vea usted
+los estragos del reuma en estos pobres huesos... Pues sí, <i>Aline</i>
+me decía... Y ayer el amigo Maturana, al llegar de su viaje, me
+decía... En fin, que celebro infinito ver a usted en mi casa, y le
+agradezco la atención de traerme por su propia mano la caja.</p>
+
+<p>Por iniciativa de Maturana, se procedió a la apertura del paquete,
+rompiendo los hilos que sujetaban el papel que lo envolvía. En tanto
+Jacoba continuaba:</p>
+
+<p>—Por el amigo Milagro he tenido noticias de usted, y sé que está
+en gran predicamento con el señor de Mendizábal... No, no lo niegue.
+Ya sé que es usted la misma modestia... Pues el señor don Juan, en la
+posición que hoy ocupa, no se acordará de mí. ¡Cuántas veces le vi
+en mi tienda, calle de la Verónica, esquina a la de la Carne, donde
+estuvimos tres años antes de pasar a la calle Ancha! Era entonces
+un muchachón de lo más alborotado que puede usted imaginarse, un
+buscarruidos, un metomentodo; ayudaba a los patriotas levantiscos que
+armaban un tumulto a cada triquitraque. Bien me acuerdo, bien. Juanito
+Álvarez hizo la contrata de víveres el año 23, cuando tuvimos allí
+prisionero al rey. ¡El rey! ¡Ah!..., me parece que le estoy viendo,
+con su traje de mahón, asomado a los balcones de la Aduana, mirando al
+mar con un anteojo muy largo, en espera de barcos franceses o ingleses
+que vinieran a libertarle... Mendizábal empezaba entonces sus negocios
+en gran escala,<span class="pagenum" id="Page_178">p. 178</span> y,
+si no recuerdo mal, algo traficó en pedrería con Londres y Ámsterdam.
+Por si había conspirado o no había conspirado, lo condenaron a muerte,
+y salió de Cádiz escapado para no volver más... Ya, ya se acordará él
+de los Zahones, y de los refresquitos de sangría que le hacíamos en
+casa, cuando volvía de Rota con Jenaro Negretti. En Rota tenían ambos
+sus novias, las de Urtus, dos hermanas lindísimas. La una murió de
+calenturas, y la otra casó con un hermano de este, Cayetano Lopresti,
+maltés, que está en mi servicio desde el año 25... ¡Cómo se pasa el
+tiempo! ¡Ay, don Carlos!, ¿qué me dice usted de este correr de los
+años? El 23, cuando fue a Cádiz con la corte, usaba usted todavía
+coleta, y los chicos de la calle le hacían burla... ¿Se acuerda?</p>
+
+<p>Más atento a lo que iba sacando del cajoncillo que a las tristes
+remembranzas de su amiga, Maturana no contestó. Fijose también doña
+Jacoba en lo que el viejo ponía con religioso respeto sobre la mesa, y
+alargó su mano para cogerlo y examinarlo.</p>
+
+<p>—Ya... —dijo—, las peinas que tanto ponderaba <i>Aline</i>... El
+carey es finísimo; los diamantes valen poco... Andanada de veinticinco.
+Viene bien para completarle a la de Castrojeriz las arracadas que
+quiere tomar, rostrillo y cinturón para la Virgen de Valvanera.</p>
+
+<p>—¿Tiene bastante ya? —preguntó maquinalmmte Maturana, mirando con
+lente un joyel montado en plata.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_179">p. 179</span></p>
+
+<p>—Tiene... ¡Oh, sí!..., con lo que le vendió la Concha Rodríguez y
+este, habrá bastante.</p>
+
+<p>—Si no... Yo he traído como unos veinte diamantes de desecho...,
+muy propios para Vírgenes y Niños Jesús... Vea usted, Jacoba, vea qué
+hallazgo...</p>
+
+<p>—¿Qué?... ¿Qué es eso?</p>
+
+<p>—Esto es un joyel de los que se usaban en los peinados Pompadour,
+convertido en alfiler de pecho con poco arte: conozco esta prenda
+como a mis propios dedos. No me equivoco, no: es la misma. Esmeralda
+<i>hialina</i> del Perú, superior, con cerco de brillantes en plata.
+Catorce brillantes, dos de ellos de bajo color, y otro con pelo... Es
+la misma joya, la que perteneció, con otras del propio estilo, a la
+Vallabriga, la esposa del infante don Luis... Todo se vendió en París
+el año 8; luego hubo algún descabalo, porque Montefiori cedió en Metz
+los pendientes de este mismo juego... Juraría que este joyel lo compró
+el corredor de <i>Aline</i> en Alsacia: los judíos alsacianos poseían
+mucha piedra procedente de España, no solo de la grandeza, sino de la
+de Godoy y Pepita Tudó.</p>
+
+<p>—Es muy lindo... Lástima no tener las otras piezas —dijo la Zahón,
+examinándolo sin lente, con ojo muy perito—. Esto viene para usted.
+Para mí ha de haber un saquito con varias piedras sueltas: venturinas,
+turquesas, algunos brillantes...</p>
+
+<p>—Aquí lo tiene usted —indicó Maturana, vaciando el saquito en la
+palma de su mano.</p>
+
+<p>—¡Caramba, qué hermoso brillante!... Talla<span class="pagenum"
+id="Page_180">p. 180</span> de Ámsterdam, sesenta y cuatro facetas...
+Vea usted qué tabla y qué culata... Este otro amarillea un poco. No
+daría yo por el quilate de este ni tampoco cincuenta duros... Las
+turquesas me gustan, y si usted quiere me quedo con ellas. Tengo yo dos
+hermanas de estas, tan hermanas, que no dudo en asegurar que proceden
+de Venecia, como las mías, y que pertenecieron a una dama italiana, no
+me acuerdo el nombre, de la cual se dijo si tuvo o no tuvo que ver con
+Massena... Estas <i>rosas</i> valen poco... Todo es género corriente
+recogido en el Bearnés y Languedoc...</p>
+
+<p>Pasando de la mano del viejo a la de doña Jacoba, esta lo examinó
+fríamente, diciendo:</p>
+
+<p>—El brillante bueno no tendrá menos de cinco quilates y tres
+cuartos.</p>
+
+<p>—Lo tomará la de Gravelinas, que ya reúne seis iguales, con el
+último que yo le vendí.</p>
+
+<p>—No quiero nada con la duquesa, que aún me debe la mitad del
+collar de perlas. Lo reservo para un parroquiano que sabe apreciar el
+artículo, y es caprichoso, espléndido...</p>
+
+<p>—Ya sé quién es. Mucho ojo, amiga Jacoba. No cuente usted con las
+esplendideces de los que tienen su fortuna en América, en negros y caña
+de azúcar. A lo mejor, saldrán estos señores exaltados con la supresión
+de la esclavitud, y la plumada de un ministrillo dejará en cueros a más
+de cuatro que apalean las onzas... Y usted, señor Calpena, ¿se aburre
+viéndonos examinar estas baratijas?</p>
+
+<p>—¡Oh!..., es muy bonito —dijo Fernando—;<span class="pagenum"
+id="Page_181">p. 181</span> ¡pero cuántos años de revolver
+piedras entre los dedos para llegar a adquirir esa práctica, ese
+conocimiento...!</p>
+
+<p>—La costumbre... —indicó la Zahón—. Desde muy niña ando yo en este
+comercio..., y, créalo usted, si dejara de ver piedras y de sobarlas y
+de jugar con ellas, me moriría de fastidio. Ya mis dedos las conocen
+solos, y casi no necesito mirarlas para saber lo que valen.</p>
+
+<p>—Yo también, desde que me destetaron, señor don Fernando, o poco
+después, manejo estos pedazos de vidrio.</p>
+
+<p>—Para mí, lo parecen.</p>
+
+<p>—Y lo son: vidrio fabricado por la naturaleza en el horno de los
+siglos... ¡Ah!..., ¡oh!, atención. Aquí viene lo bueno.</p>
+
+<p>Al decir esto, sacaba un objeto estrecho, largo como de una cuarta,
+envuelto en finísimas túnicas de papel de seda. Era un abanico, obra
+estupenda del arte francés del siglo pasado. Desplegando cuidadosamente
+el varillaje de calado nácar, obra de mágicos cinceles, y el país
+pintado en cabritilla, ideal escena de marquesas pastoreando en jardín
+de amor, entre sátiros, <i>pierrotes</i> y caballeros con pelliza,
+Maturana lo mostró abierto, sutilmente cogido por el clavillo de oro, a
+los asombrados ojos de doña Jacoba y Calpena, quienes se maravillaron
+de obra tan bella y sutil.</p>
+
+<p>—Esta es una de las piezas más admirables que existen en el mundo,
+en el ramo de abaniquería —dijo el diamantista, ronco de<span
+class="pagenum" id="Page_182">p. 182</span> entusiasmo y del gozo que
+le producía el arrobamiento de los dos espectadores—. Fíjense en esas
+varillas, que parecen hechura de los ángeles, y no tienen el menor
+desperfecto; fíjense en la pintura, en esas caras, en los ropajes y en
+el paisaje del fondo..., observen las ovejitas, que no parece sino que
+oye uno sus balidos... Pues si notable es esta pieza por su arte, no lo
+es menos por su historia, que voy a contar.</p>
+
+<p>Envolvió de nuevo el abanico en sus fundas finísimas de papel, y
+poniéndolo sobre la mesa, protegido por su mano izquierda, se lanzó con
+vuelo atrevido a los espacios de la Historia.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch18">
+ <h2 class="nobreak g1">XVIII</h2>
+</div>
+
+<p>—Hiciéronlo Lancret y Lefebvre para la reina María Leczinska, por
+encargo de Su Majestad Luis XV, y naturalmente, apenas concluido,
+Madame de Pompadour se dio sus mañas para apropiárselo. En el zócalo
+de la columnita que habrán ustedes visto en el país, a la derecha,
+pusieron los artistas la divisa de la cortesana, que dice: <i>virtus in
+arduis</i>. A la muerte de esta señora, pasó el abanico por sucesivas
+ventas a la marquesa de Maurepas, y luego se nos pierde en el laberinto
+de la Revolución francesa,<span class="pagenum" id="Page_183">p.
+183</span> hasta que reaparece en Coblenza, donde lo compra un mercader
+italiano y lo lleva a Nápoles. Qué vueltas dio por los aires de mano
+en mano hasta venir a las del Príncipe de la Paz en 1805, yo no lo sé,
+ni creo que nadie lo pueda averiguar. Lo que afirmo es que lo usó Su
+Majestad la reina María Luisa. El año 8, por marzo, hallándose la real
+familia en Aranjuez, se perdió uno de los diamantes del clavillo, y por
+conducto del señor Príncipe de la Paz, vino el abanico a mis manos para
+la reparación consiguiente. Entonces, ¡ay!, lo vi por primera vez, y
+quedé prendado de su mérito. A los pocos días de tenerlo en mi taller,
+lo entregué compuesto a Su Alteza; mas la Providencia no favoreció
+al pobre abanico, pues antes de que el príncipe pudiera devolverlo a
+la reina, sobrevinieron los terribles sucesos del día de san José. A
+Godoy por poco le matan. Los amotinados saquearon el Palacio y pegaron
+fuego a los muebles... ¡Qué dolor! Era de temer que el precioso objeto
+fuese a parar a manos viles, a personas ignorantes que desconociesen
+su valor... Pues no, señor. A fin del mismo año de 1808 reaparece en
+poder del mariscal Soult, hombre inteligente, soldado artista, que
+lo estima como merece, y se lo regala a Napoleón en enero del año
+siguiente. Enviado a Josefina con otros obsequios, esta lo regala a
+su hija Hortensia, reina de Holanda, que lo lució en una ceremonia, a
+la cual dicen que fue a regañadientes: el bodorrio del emperador con
+la<span class="pagenum" id="Page_184">p. 184</span> archiduquesa de
+Austria. Después de Waterloo, todo fue peripecias y saltos terribles
+para el señor abanico, que tuvo en poco tiempo distintos dueños.
+Primero, un anticuario holandés, que lo vende a la Princesa Stolbey,
+fallecida en Baviera el año 20; segundo, el príncipe Carlos de Baviera,
+emparentado con Eugenio Beauharnais; tercero, otro anticuario, de
+Nancy, que lo lleva a París, lo hace restaurar, y consigue venderlo a
+precio exorbitante a un desconocido, que obsequia con él a mademoiselle
+Mars en una representación de no sé qué tragedia... No sé si sabrán
+ustedes que la célebre actriz es muy aficionada a los brillantes, y
+tenía colección de ellos por valor de ochocientos mil francos; no sé
+si sabrán también que el año 27 le hicieron un robo de alhajas, valor
+de trescientos mil francos. ¡Pues no ha metido poca bulla ese proceso,
+que creo no ha terminado todavía! Parecieron los ladrones; pero las
+piedras, no. Pues bien: deseando esa señora reponer los brillantes
+que le quitaron y no disponiendo de dinero suficiente, hizo varios
+cambalaches con Bertin y con los hermanos Rosenthal, sucesores del
+famoso Bœhmer, y en uno de estos cambalaches sale otra vez al mercado
+el famoso abaniquito. Desde entonces puse yo en él los cinco sentidos,
+deseoso de comprarlo: ha pasado por manos de diversos marchantes; fue
+a tomar aires por Alemania y Suecia; en cuatro años ha pertenecido a
+un Poniatowsky, a una gran duquesa de Hesse y a un coleccionista<span
+class="pagenum" id="Page_185">p. 185</span> que vive en la Selva Negra,
+el cual murió el año pasado, y su heredero, que era el santísimo
+hospital de Tréveris, hizo almoneda de todo. Vuelve mi abanico volando
+al mercado, y en Lyon se posa en casa de mi amigo Jobard. Trato de
+cazarle allí, y Jobard, que es de los que persiguen gangas, me toma a
+mí por un inocente y quiere explotarme. Finjo desistir del empeño, y
+me marcho tras de otros asuntos; pero sabiendo de buena tinta que el
+marchante lionés se tambalea, doy el encargo al amigo Montefiori, de
+Burdeos, para que esté a la mira y aproveche la ocasión... La ocasión
+llegó, y hace tres meses fue adquirida, por cuenta mía, la famosa
+prenda por la mitad de lo que le costó al adorador de mademoiselle
+Mars...</p>
+
+<p>—De lo que usted nos ha contado, por cierto muy bien —dijo Calpena,
+que había oído con deleite—, se saca la consecuencia de que hay
+objetos inanimados cuya historia es más interesante que la de muchas
+personas.</p>
+
+<p>—Eso, admitiendo que sean verdad todas esas traídas y llevadas del
+abanico —observó la Zahón, escéptica, desdeñosa, pues no le gustaba
+que su colega supiese más que ella en tales materias—. No se fíe, don
+Fernando, que este Maturana le compone su historia a cada pieza que
+vende, forma especial suya de hacer el artículo.</p>
+
+<p>—En esto —dijo Maturana riendo— me ganaba su marido de usted,
+Jacoba. Recuerdo que tuvo una pareja de diamantes que había sido del
+Tamerlán, después de Antonio<span class="pagenum" id="Page_186">p.
+186</span> Pérez, y últimamente de Godoy... Ya se sabe: todas las joyas
+de precio que han salido a la venta del año ocho acá, se le han colgado
+al pobre don Manuel.</p>
+
+<p>—Pues ese abanico —afirmó la Zahón displicente y maligna, entornando
+los ojos— no se vende en España, tal como están hoy las cosas, aunque
+lo adornen con más historias que tiene el Cid.</p>
+
+<p>—Este abanico —replicó Maturana, acariciando la joya— lo vendo yo
+en España, y al precio que me dé la gana, señora doña Jacoba, aunque
+usted no quiera... ¿Cree usted que voy a ofrecérselo a esos pelagatos
+del Estatuto, o a las señoras de los patriotas, que apenas tienen para
+poner un cocido?</p>
+
+<p>—Pues a la grandeza la verá usted completamente acoquinada con estas
+revoluciones y estas guerras malditas. ¿Dinero? Poco hay, o es que no
+quieren gastarlo. ¿Gusto? Ya sabe usted que aquí no privan más que
+las apariencias baratas... Vaya, don Carlos, no ande con misterios, y
+díganos que piensa encajarle su abanico a la reina gobernadora.</p>
+
+<p>—¡Oh!, no hay otra mujer en el mundo —observó Calpena con
+entusiasmo— que sea digna de tal joya.</p>
+
+<p>—Eso sí... Sabe apreciar lo bueno. Pero yo pongo mi cabeza a que si
+don Carlos le propone el abanico, ofrecerá por él una miseria.</p>
+
+<p>—Su Majestad es artista, y además espléndida, generosa...</p>
+
+<p>—¡A quién se lo cuenta!... ¡Ay, ay! Lo fue, sí, señor —dijo la Zahón
+amargando el concepto<span class="pagenum" id="Page_187">p. 187</span>
+con quejidos—. Lo fue... ¡Dios me favorezca, ay!... Pero desde que ha
+empezado a soltar hijos, se ha vuelto muy roñosa.</p>
+
+<p>—¡Si no ha tenido más que uno!</p>
+
+<p>—Y lo que ha de venir..., ¡ay! Está ya de cinco meses, ¡ay!... Dos
+años de casada lleva por lo secreto, según dicen, y al paso que va, no
+habrá bastantes rentas para el familión que nos traerá esa señora... ¡Y
+este don Carlos, bobalicón, todavía piensa que le va a comprar... ese
+juguete!</p>
+
+<p>—Este juguete, y cuanto yo quiera —afirmó el diamantista con
+seguridad burlona, casi insolente— me lo comprará la reina, y me lo
+pagará como a mí me convenga.</p>
+
+<p>—Ciertamente —dijo Fernando—. La reina está obligada a proteger
+las artes..., y es su deber formar colecciones, que luego pasan a los
+museos.</p>
+
+<p>Era la Zahón envidiosa, y su egoísmo comercial no toleraba que otro
+del gremio, aun siendo amigo suyo, hiciese mejor negocio que ella.
+La seguridad que mostró Maturana de vender en Palacio con ventajas
+grandes, la sacó de quicio; exacerbados sus dolores por la emulación
+mercantil, empezó a dar chillidos, y entre ellos iba soltando estas
+palabras:</p>
+
+<p>—No, no... No puede ser... Maturana loco... Reina no compra, reina
+guarda dinero.</p>
+
+<p>—Si María Cristina guarda el dinero —afirmó Maturana frío y
+cruel, pues cuando se proponía humillar a su rival no conocía la
+compasión—, lo sacará de las arcas para dármelo<span class="pagenum"
+id="Page_188">p. 188</span> a mí... Su Majestad me comprará todos los
+objetos y joyas de mérito que yo le lleve, y a usted no le comprará
+nada... A usted nada..., a mí todo.</p>
+
+<p>—Bruto..., majadero y vanidoso... ¡Ay, me muero!... Este dolor para
+usted..., para usted debiera ser.</p>
+
+<p>—Gracias..., no me conviene el artículo.</p>
+
+<p>—¡Vaya con don Carlos!... Ahora sale con que tiene vara alta en
+Palacio..., con que le ha caído en gracia a la reina... ¡Ja, ja!...
+¡Ay, ay!... Me río llorando, ¡ay de mí! ¡Bien por el nuevo favorito!</p>
+
+<p>—Favorito soy... en mi ramo, se entiende. Y la reina gobernadora me
+favorece, porque me necesita...</p>
+
+<p>—¡Le necesita!... Buenos estamos. ¿Cree usted que la señora piensa
+encargarle arreglos y composturas? ¡Si la moda reinante es volver a lo
+antiguo!</p>
+
+<p>—La reina no me ha llamado para ninguna chapuza.</p>
+
+<p>—¿Luego, Su Majestad le ha llamado a usted? —preguntó Calpena,
+mientras doña Jacoba, estupefacta, no sabía qué decir.</p>
+
+<p>—Sí, señor, he tenido esa honra. ¿No llamó a Mendizábal para
+arreglar la Hacienda y salvar el país? Pues a mí, que en mi ramo soy
+tanto o más que Mendizábal en el suyo, me llama también la corona...
+para fines no menos altos.</p>
+
+<p>—¿Y qué tiene que ver nuestro ramo, la joyería, con nada de lo que
+está pasando en España?</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_189">p. 189</span></p>
+
+<p>—¿Qué tiene que ver...? Llega un momento, en las peripecias de un
+reinado, en que el arte del diamantista puede auxiliar poderosamente a
+la monarquía.</p>
+
+<p>—¡Ay, ay!... Este hombre quiere volvernos locos... Don Fernando, no
+le haga usted caso... Se burla de mí, y quiere ponerme peor haciéndome
+reír.</p>
+
+<p>—Ríase usted o llore todo lo que quiera..</p>
+
+<p>—No lloro, no, ni me río —indicó la Zahón altanera y burlona—. Estoy
+indignada por la falta de respeto con que habla usted de la reina.
+¡Pues no dice que le ha llamado!</p>
+
+<p>—Seis veces han llegado a mi casa criados palaciegos preguntando
+cuándo venía del extranjero el señor Maturana... y el Intendente ha
+estado a verme hoy... No, si no he de decir para qué me quiere Su
+Majestad. A su tiempo se sabrá.</p>
+
+<p>—Ya... Es que quiere encargar una corona morga... nática, o como
+se diga, para el Muñoz —dijo la Zahón venenosa, echando por los ojos
+toda su envidia, mezclada con su agudo sufrimiento—. Me voy a poner muy
+mala... Ya lo estoy. Este hombre me irrita... Me cuenta cosas que no
+me importan... Me ahogo... ¡Lopresti..., condenado Lopresti..., que me
+muero!... ¡La taza de vino, los polvos, esos polvos... Lopresti!</p>
+
+<p>Entró al fin el fámulo, avisado por los gritos de su ama, y le dio a
+beber una pócima de vino y caldo, en la cual vertió el contenido de una
+papeleta de farmacia.</p>
+
+<p>—¡Qué amargo está!... ¡No lo has revuelto,<span class="pagenum"
+id="Page_190">p. 190</span> condenado! —dijo la señora bebiendo a
+sorbos—. Ahora te traes una luz: ya no se ve... ¿Y ha sacado las perlas
+que vienen para mí, don Carlos?</p>
+
+<p>—Aquí están... Que traigan luz. Quiero verlas.</p>
+
+<p>Traída la luz, examinó Maturana las perlas, y debió encontrarlas
+excelentes, porque al punto formuló esta proposición:</p>
+
+<p>—Al precio que usted sabe, Jacoba, me quedo con ellas... Vaya, para
+que usted no chille, en esta partida llego hasta los cuarenta y dos por
+quilate.</p>
+
+<p>—Para usted estaban.</p>
+
+<p>—Tiene usted mucho género, Jacoba, género superior, y no sé cómo va
+a salir de él.</p>
+
+<p>—Mejor... Ea, no empiece a camelarme, que no las cedo.</p>
+
+<p>—¿A ningún precio?</p>
+
+<p>—A ningún precio. Quiero reunir más.</p>
+
+<p>—Y va de historias... Estas perlas que le manda a usted
+<i>Aline</i>, parécenme..., no puedo asegurarlo..., pero me da en
+la nariz que son las de la princesa de Beira. Tantas ganas tiene la
+buena señora de ser reina que vende sus perlas para comprar pólvora y
+cartuchos.</p>
+
+<p>—Podrá ser... A usted le llaman las reinas que gobiernan, y a mí
+quizá me llamen... y me necesiten... las destronadas.</p>
+
+<p>Dijo esto la Zahón solo con el objeto de poner en confusión
+a su amigo y desorientarle. Seguía don Carlos la broma, sin
+conseguir sofocar con su donaire el humorismo<span class="pagenum"
+id="Page_191">p. 191</span> maleante de la vieja, cuando esta saltó de
+improviso con un recurso que a las mientes le vino en lo mejor de su
+charla, y era recurso de ley, fundado en algo verídico, ignorado del
+astuto don Carlos.</p>
+
+<p>—Amigo Maturana, no le he dicho lo mejor: me ha escrito
+Mendizábal... ¡Vaya una cara que pone usted!... Sí, señor, me carteo
+con el ministro. Y si no lo cree, aquí está su secretario particular,
+que no me dejará por mentirosa...</p>
+
+<p>—No sé... —balbució Calpena—. Sin duda es cierto... Creo haber oído
+algo al amigo Milagro.</p>
+
+<p>—A Su Excelencia le da por las botonaduras llamativas —dijo Maturana
+mirando fijamente a su colega, no sin malicia—. Pero ya caigo: si el
+ministro se cartea con usted, será porque quiere consultarla sobre ese
+plan de vender los bienes de los frailes.</p>
+
+<p>Y volviéndose hacia Calpena, le preguntó:</p>
+
+<p>—Joven, ¿y será cierto que vende también las alhajas de los santos,
+y la plata y oro de las catedrales?... Porque con tal medida, si a ella
+se resuelve, sí que podría sacar de apuros a la Tesorería.</p>
+
+<p>—No he oído nada de eso —replicó don Fernando—. Parece que se
+venderán todos los bienes raíces del clero, y además las campanas.</p>
+
+<p>—Que son los bienes aéreos... ¡Buena se va a armar! ¡Será sonada!
+Créame usted, Jacoba: si no trasladamos nuestro negocio al extranjero,
+estamos perdidos.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_192">p. 192</span></p>
+
+<p>—Yo no: con el arreglo que nos hará ese señor ministro, verá usted
+prosperar la nación. Usted no es partidario de Mendizábal.</p>
+
+<p>—Yo creo que vale... Sí vale. Pero fracasará.</p>
+
+<p>—Dios quiera que no... Voy a entrar en negociaciones con él para
+un asunto... Y el señor Calpena, que, según nos dijeron, es el amigo
+íntimo del gran ministro, ¿me hará el favor de interceder por mí?</p>
+
+<p>—¿Negocitos con Mendizábal? —murmuró don Carlos.</p>
+
+<p>—Señor mío, si a usted le necesitan las reinas, a mí me necesitan
+los ministros, que en realidad son los que gobiernan... Señor Calpena,
+usted es muy amable, y tomará mi asunto con interés.</p>
+
+<p>Excusose el joven con finura y modestia, alegando que no tenía
+amistad con el ministro, ni podía permitirse recomendarle asuntos de
+ninguna clase; mas no se dio por convencida la Zahón, y elogiando la
+delicadeza del joven, y echándole mucho incienso, dijo:</p>
+
+<p>—Es natural que usted se exprese de ese modo. Pero yo sé que
+don Juan Álvarez le quiere a usted mucho y le protege, y le hará
+procurador... Los motivos de esta protección quizás usted mismo no
+los sepa... Yo tampoco; la verdad, no sé nada: solo sé que... En fin,
+<i>Aline</i> me ha dicho que es usted un joven de gran mérito... No
+hay que ruborizarse... Por todas esas razones, y otras que callo,
+yo quisiera, señor don Fernando, que esta noche cenara usted con
+nosotros...</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_193">p. 193</span></p>
+
+<p>Antes que el invitado pudiese formular sus excusas, se metió por
+medio don Carlos, diciendo muy gozoso:</p>
+
+<p>—Aceptará, ya lo creo, y yo también. Quiero decir, que si el señor
+cena con ustedes, me convido...</p>
+
+<p>—Lo siento mucho —dijo Calpena—. Otra noche, señora mía, tendré
+mucho gusto... Esta noche no puedo... créame usted que no puedo.</p>
+
+<p>—Ya se ve... Es verdadero sacrificio sentarse a nuestra pobre mesa,
+acostumbrado usted a los convites de las grandes casas.</p>
+
+<p>—No nos tratarán mal aquí, señor don Fernando —dijo don Carlos—; y
+si Lopresti tuviera tiempo de poner esta noche el pescado en tomatada
+maltesa...</p>
+
+<p>—Hay tiempo... ¡Lopresti!</p>
+
+<p>Repetía sus excusas don Fernando, cuando llamaron a la puerta. El
+maltés acudió. Eran campanillazos, golpes repetidos, dados al parecer
+con el puño de un bastón, y luego voces femeninas, la del sirviente y
+la de otra persona, riñendo, disputando.</p>
+
+<p>—Es ese torbellino —dijo Doña Jacoba—. Aura, hija mía, ¿por qué
+alborotas? Mira que hay visita... Pasa..., ven.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch19">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_194">p. 194</span></p>
+ <h2 class="nobreak g1">XIX</h2>
+</div>
+
+<p>En el mismo instante vio don Fernando, en el hueco de la puerta,
+una mujer, una joven, que más que persona humana le pareció divinidad
+bajada del cielo. ¿La había visto antes alguna vez? Creía que sí, creía
+que no. ¿Y cómo había vivido tanto tiempo sin verla? ¿Y qué habría
+sido de él, si por torpeza de su destino no la hubiese visto cuando la
+veía? Esto pensaba en la perplejidad casi estúpida de que fue acometido
+su espíritu ante aquella visión celeste. La que respondía por Aura
+se quedó también suspensa, y pensaba que no veía por primera vez al
+sujeto, cuyo nombre pronunció la Zahón presentándole.</p>
+
+<p>—Vete adentro: deja la mantilla; deja la sombrilla con que has
+apaleado al pobre Lopresti, y vuélvete acá... —le dijo la señora—. No
+hagas la de otras veces, que tengo que ir a buscarte. Ya ves que no
+puedo moverme.</p>
+
+<p>Fuese la joven, y tal era su turbación, que ni acertó a saludar con
+una ligera inclinación de cabeza a la persona que acababa de serle
+presentada. «¡Qué estúpida soy —se decía, corriendo hacia su cuarto—,
+y qué grosera y qué desmañada! No he sabido saludarle... Verdad que él
+no me saludó tampoco,<span class="pagenum" id="Page_195">p. 195</span>
+y se quedó como un santirulico que está en oración... ¿Cómo ha dicho
+Jacoba que se llama? Pues ya no me acuerdo... Yo le conozco... No, no
+le he visto nunca: no hay más sino que yo sabía que le vería pronto...
+¡Y ahora qué vergüenza me da de volver!... No vuelvo... ¡Pero si tardo,
+y el hombre se cansa, y se va, y no vuelve más, y no le encuentro en
+ninguna parte...!».</p>
+
+<p>En tanto Calpena, mal repuesto de su trastorno, apenas podía
+enterarse de lo que Maturana y la Zahón le decían. Miraba para dentro
+de sí: en su mente había quedado impresa la imagen fugitiva... ¡Qué
+ojos, qué boca, qué talle! Quería recordar pormenores; cómo eran estas
+o aquellas facciones, y no podía. La imagen se borraba con el análisis;
+llegó un instante en que solo quedaba de ella una vaguedad, un rastro,
+algo como una herida, o como una sombra que doliera. Pero de improviso
+volvió a presentarse ante los turbados ojos de Calpena, no precedida de
+ningún rumor de pasos ni de voz alguna. Entró como fantasma, trayendo
+consigo una luz ideal, y para mayor asombro y arrobamiento de don
+Fernando, se presentaba risueña, mostrando unos dientes dignos de
+morder un cachete al Padre Eterno. Así lo pensó Calpena, que también se
+sonrió al verla, y salió como a recibirla, brindándole un asiento...</p>
+
+<p>—No me siento; gracias —dijo Aura, y pasó...</p>
+
+<p>Fue a recoger algo al otro lado de la pieza. Cuando regresaba con
+una cestilla de<span class="pagenum" id="Page_196">p. 196</span>
+labores, recibió de lleno el galán todo el brillo, toda la expresión,
+toda la intensísima divinidad de los ojos negros de la damisela. El
+infeliz no dijo nada, miró a la mesa, y cogiendo la silla que cerca
+tenía dio un golpecito en el suelo, diciendo o pensando así: «¡Qué rayo
+de Dios!... Tempestad, locura... Si esta mujer no me quiere, me mato...
+Vaya si me mato. No puedo vivir».</p>
+
+<p>—Aura —dijo doña Jacoba dándole un manojo de llaves—. Saca de aquel
+armario la cajita de perlas, y dásela a don Carlos para que me haga el
+apartado...</p>
+
+<p>Y mientras Aura traía las perlas, Calpena se decía: «Esto es sueño.
+Tal mujer no existe. Es la que traigo en mi imaginación desde qué sé yo
+cuándo... Lo que ahora me pasa es como el morir, como el nacer. No sé
+si muero o nazco... ¡Vaya una mano! Si me diera una bofetada, vería yo
+a Dios en su trono... ¡Y qué cuerpo, qué flexibilidad, qué gallardía!
+Ese traje que antes me pareció verde, ahora es azul, oscurito como un
+cielo sin luna, y esas motitas son como estrellas, que en los pliegues
+se esconden, se apagan... El espacio entre el borde del vestido y el
+suelo parece, cuando anda, un espacio que ríe, una boca que habla... No
+sé... estoy loco... Si la jorobada no repite su invitación, me convido
+yo mismo. Si me apalean para que me vaya, no me voy».</p>
+
+<p>—Oye, mujer —dijo doña Jacoba, poniendo las perlas sobre un tablero
+con bordes y forrado de bayeta, previamente colocado ante<span
+class="pagenum" id="Page_197">p. 197</span> sí por don Carlos—, ¿cómo
+es que no subieron tus amigas las de Milagro?</p>
+
+<p>—Me dejaron en la puerta. Era tarde, y como las de Fonsagrada tenían
+prisa...</p>
+
+<p>—¿Iban con ellas los dos chicos de la Guardia Real?</p>
+
+<p>—Sí..., y también tenían prisa. Les han mandado recogerse temprano
+en el cuartel. Parece que hay runrún de revolución.</p>
+
+<p>—Todos los días dicen lo mismo, y nunca pasa nada. ¿No sabes,
+Aura? He invitado a cenar a este señor Calpena, y no quiere, digo, no
+puede... Convéncele tú.</p>
+
+<p>—¿Y qué caso ha de hacer de mí? —dijo Aura queriendo mirarle y
+sin poder levantar los ojos—. Estará invitado en otra parte...,
+comprometido en casas ricas...</p>
+
+<p>—Si mil compromisos tuviera —manifestó Calpena haciendo por
+tragarse el nudo que tenía en la garganta—, los dejaría todos por la
+satisfacción, por el honor, por el placer de pasar algunas horas en tan
+amable compañía.</p>
+
+<p>—Gracias —dijo Aura, echándole toda la mirada y clavándosela con
+ímpetu, hasta con ensañamiento.</p>
+
+<p>Y la voz de Aura al decir <i>gracias</i>, o al decir otra cosa
+cualquiera, se le metía a Fernando dentro del sentido como una lanceta,
+y le inoculaba un goce inefable, una turbación honda, ganas de dar
+gritos y de tirarse al suelo... «¿En qué consistirá —pensaba— que me
+parece que la he conocido toda mi vida? Si me equivoco respecto a esta
+mujer; si no<span class="pagenum" id="Page_198">p. 198</span> es la
+que yo soñé, la que ha venido al mundo para mí, que me parta un rayo, o
+que me asesinen esta noche al volver de una esquina. ¡Esta mujer para
+otro! No puede ser... Quien me lo diga miente... y si yo lo dudara o lo
+temiera, estaría loco».</p>
+
+<p>Mientras doña Jacoba daba órdenes a Lopresti, Aura y Fernando
+cambiaron palabras insignificantes, sentados uno frente a otro, en el
+lado de la mesa o mostrador opuesto al que ocupaba don Carlos. Entre
+este y la pareja estaba la luz, con enorme pantalla verde.</p>
+
+<p>—¿También usted, señorita, entiende de pedrerías, y sabe distinguir
+los brillantes legítimos de los falsos?</p>
+
+<p>—No sé nada... Para mí como si fueran cuentas de vidrio. No entiendo
+nada de esto. Y usted, ¿sabe...?</p>
+
+<p>—Yo no... —dijo Calpena sintiendo un impulso violentísimo de
+manifestarse—. No sé más sino que... No crea usted que voy a llamarla
+piedra preciosa, diamante, perla o cosa tal... Eso es no decir nada.
+Lo que digo... Digo que cuando la vi a usted entrar... creí que no era
+usted persona de este mundo.</p>
+
+<p>—¿Pues de qué mundo?</p>
+
+<p>—Del otro, del cielo...</p>
+
+<p>—¿Pero usted cree que si yo hubiera estado en el cielo iba a dejarme
+caer aquí? ¡Qué tontería!</p>
+
+<p>—No haga usted caso —dijo la Zahón—. Esta niña es una revoltosa sin
+juicio. Ya es tiempo de que vaya sentando la cabeza.</p>
+
+<p>—Soy muy mal criada —afirmó Aura con<span class="pagenum"
+id="Page_199">p. 199</span> graciosa ingenuidad, sin el menor dejo de
+falsa modestia—. Vamos, que no tengo educación... No he tenido quien me
+eduque ni quien me enseñe nada... Y ahora trato de educarme yo misma;
+pero, la verdad, no sé por dónde empezar.</p>
+
+<p>—¡Qué deliciosa modestia!</p>
+
+<p>—¡Modesta yo! No, señor: ya verá usted cómo no lo soy. Algún mérito
+me parece a mí que tengo, y como lo sé, lo digo.</p>
+
+<p>—La sinceridad es la primera de las virtudes —afirmó Calpena
+fascinado por los ojos negros de Aura, que no podían ser contemplados
+de cerca.</p>
+
+<p>La ardiente admiración del joven veía en ellos tan pronto una
+inmensidad de dulzura que atraía, como una inmensidad de peligro que
+rechazaba. Dulzura o peligro, el hombre sentía un irresistible impulso
+de comérselos, de apropiarse toda su luz, toda su pasión. ¡Y qué
+perfecta armonía entre los ojos y lo demás del rostro, en él cual solo
+se veían perfecciones! El color era moreno suave, blancura encendida
+más bien, como si en sus mejillas se reflejasen llamaradas lejanas...
+La frente dominaba tan hermoso conjunto con su pureza de alabastro
+caldeado.</p>
+
+<p>—Déjeme usted que admire —dijo Calpena en tono y actitud de
+devoción— esas cejas divinas, esas pestañas que hablan y esos labios
+que miran... No sé lo que digo.</p>
+
+<p>—Diga usted de una vez que soy muy bella... ¿Por qué no se ha de
+decir lo que es verdad? Ya ve usted cómo no conozco la modestia.<span
+class="pagenum" id="Page_200">p. 200</span> El ser bonita no tiene
+ningún mérito, porque así ha nacido una...</p>
+
+<p>—Aura, por Dios, no tontees... —indicó doña Jacoba levantándose con
+gran esfuerzo—. Voy a ver qué hace ese pelmazo.</p>
+
+<p>—¿Quieres que vaya contigo?</p>
+
+<p>—No, hija: quédate aquí acompañando a estos señores... Puedo andar
+sola.</p>
+
+<p>Ponía don Carlos toda su atención en las perlas que examinaba
+cuidadosamente, y luego las distribuía en tres grupos. Aura y Fernando
+se creían solos.</p>
+
+<p>—¿Qué? —dijo ella viendo al galán suspenso y como asustado—, ¿se
+enfada usted porque yo misma me alabo y digo que soy hermosa?</p>
+
+<p>—No; la sinceridad... Todo en usted es extraordinario, inaudito, sin
+igual.</p>
+
+<p>—No me haga usted caso. Soy muy mal educada... La buena educación
+pide que cuando una se siente discreta diga: «soy tonta», y que cuando
+somos bonitas, sostengamos que no valemos nada.</p>
+
+<p>—No es eso buena educación: es gazmoñería, y falsa humildad, máscara
+de la soberbia.</p>
+
+<p>—A mí me han hecho creer que la verdadera finura consiste en
+rebajarse y elogiar a los demás.</p>
+
+<p>—¿Aunque no se sienta el elogio?</p>
+
+<p>—¡Ah! no: eso sí que no puedo hacerlo yo. Por nada del mundo le
+diría yo a usted, por ejemplo, que me agrada, si no lo sintiera.</p>
+
+<p>—Luego usted me dice que no le soy desagradable.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_201">p. 201</span></p>
+
+<p>—Yo no pensaba decírselo... Si lo he dicho sin querer, dicho se
+queda.</p>
+
+<p>Se le encendieron las mejillas, y después de una pausa en que
+Fernando, absorto, no sabía qué expresar, rectificó la joven su
+atrevido concepto:</p>
+
+<p>—La culpa tiene usted por hacerme caso y darme conversación. Se me
+escapan las tonterías cuando menos lo pienso. Bien dice Jacoba que no
+tengo vergüenza...</p>
+
+<p>—Eso no es verdad.</p>
+
+<p>—Quiero decir que soy muy descarada... Y no sabe usted los disgustos
+que he tenido en Madrid por esta mala costumbre mía de decir todo lo
+que siento. Mis amigas me critican, y algunas se han negado a salir de
+paseo conmigo. Otras, en cuanto me han oído hablar dos veces, se han
+resistido a recibirme en su casa. Vamos, que me tienen por una salvaje,
+y lo soy, aunque lo disimulo vistiéndome, ya usted ve, como las mujeres
+civilizadas... Eso lo sabe una sin que se lo enseñen... Pero... mire
+usted qué cosas tan raras me pasan a mí: esta noche es la primera vez
+que siento pena de ser como soy. Al decirle lo que le dije, ¡me subió
+un calor a la cara...! Me figuré que usted se enfadaba conmigo, que me
+iba a querer mal por mi desvergüenza...</p>
+
+<p>—No, no, eso no. Es sinceridad, y yo la admiro y la aplaudo... ¿Pero
+por qué no hemos de ser todos así? ¿Qué educación es esta que nos
+impone la mentira en todos los actos?</p>
+
+<p>—Pues ahora me confunde usted más —dijo Aura con una ingenuidad y
+una sencillez<span class="pagenum" id="Page_202">p. 202</span> que
+acabaron de enloquecer a Calpena—. Porque yo empezaba a querer educarme
+procurando hacerme la vergonzosa, y usted sale ahora diciéndome que
+cuanto más desvergonzada mejor.</p>
+
+<p>—No, cuanto más sincera... Lo que usted debe hacer es no empeñarse
+en cosa tan difícil como la educación por sí misma. No acertaría
+usted. Lo mejor es que confíe ese cuidado a otra persona: a mí, por
+ejemplo.</p>
+
+<p>—¿Pero cómo me va usted a educar, si no está siempre conmigo?</p>
+
+<p>—¡Oh!... Eso se arreglaría de un modo muy fácil...</p>
+
+<p>—¿Cómo?</p>
+
+<p>—Estando...</p>
+
+<p>—¿Siempre conmigo? Pues le juro a usted que no me disgustaría. En
+decir esto no veo yo que haya maldad.</p>
+
+<p>—Ninguna...</p>
+
+<p>Al llegar a este punto, miráronse los dos largo rato sin pronunciar
+palabra. ¿Les estorbaba el viejo diamantista, aunque solo en presencia
+corporal, por tener todo su espíritu aplicado al examen y selección
+de perlas? Calpena, perdidamente enamorado de aquella mujer con
+súbito incendio pavoroso, pensaba en el singular caso, en la inaudita
+sorpresa que le ofrecía su destino. Era en verdad estupendo que siendo
+él un misterio vivo, y encontrándose en el mundo, en su florida edad,
+rodeado de sombras, le saliese al paso, en aquella ocasión suprema
+de su amor primero (el cual, por la fuerza con<span class="pagenum"
+id="Page_203">p. 203</span> que venía, debía de ser único), un enigma
+tan extraño como el suyo propio. «Ya sospechaba yo —se dijo— la
+existencia de esta mujer tan hechicera y seductora; ya me anunciaba
+el corazón que en nuestras sociedades puede encontrarse un ser tan
+bello, tan ingenuo, en toda la hermosura libre y silvestre de quien
+no ha pasado por los absurdos tamices de la educación corriente. Esta
+mujer superior, este admirable pedazo de la divinidad, aunque sin
+pulimento, para mí estaba guardada; para mí, que he venido al mundo
+en algún torbellino de las pasiones humanas, y tengo por ley de mi
+destino la misión, ¿por qué no ha de ser misión?, de venir a chocar con
+otro misterio como el mío, con otro enigma, y fundirnos misterio con
+misterio, y...». De buena gana habría roto el silencio soltándole estas
+preguntas, expresión de la ansiedad de un amor investigador, receloso,
+policiaco: «¿Quién eres tú?... ¿De dónde has salido tú?... ¿Quiénes son
+tus padres?... ¿Por qué estás en esta casa?».</p>
+
+<p>El silencio fue interrumpido por Maturana, que, mostrando entre sus
+dedos una gruesa y hermosa perla, se volvió a los que ya es forzoso
+llamar amantes, y en tono grave les dijo:</p>
+
+<p>—¡Qué hermosura, qué redondez, qué oriente!... ¡Y que este prodigio
+de la naturaleza haya salido de los profundos abismos de la mar!...
+¡Y que esto sea, como dicen, una enfermedad de la ostra... un tumor,
+según otros, producto de la baba con que el pobre animal se cura de los
+golpes que le dan los<span class="pagenum" id="Page_204">p. 204</span>
+crustáceos! ¡Y cosa de tanto valor no es, en su origen, más que una
+baba!... ¡Misterios de la vida, del tiempo!...</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch20">
+ <h2 class="nobreak g1">XX</h2>
+</div>
+
+<p>No se manifestaba en la mesa la sordidez de Jacoba Zahón, como
+vulgarmente creían vecinos chismosos, y amigos desconocedores de las
+interioridades de la casa. Del trato comercial procedía su fama de
+avaricia, y cuanto se dijese en este terreno era poco, pues no ha
+venido al mundo persona que con más cruel ahínco defendiera el ochavo.
+Los del gremio la temían; gimieron siempre los parroquianos entre
+sus uñas rapaces; en tratándose de negocio pingüe, no reparaba en
+medios, ni había para ella compañerismo, ni delicadeza, ni caridad.
+Reproducíanse en ella todas las cualidades de su marido, Bartolomé
+Zahón, a quien llegó a sobrepujar en la frialdad de cálculo, en la
+codicia desmedida y en la dureza de las condiciones de venta o empeño,
+aprovechando siempre, sin miramiento alguno, las ocasiones ventajosas.
+No perdonaba; hacía cumplir los contratos, implacable sacerdotisa
+de la letra, y al propio tiempo los cumplía fielmente por su parte.
+Jamás la cogió nadie en renuncio legal; jamás tuvo que ver con la
+justicia humana.<span class="pagenum" id="Page_205">p. 205</span>
+Vivía, pues, dentro de la estricta honradez social, del respeto de
+las leyes y costumbres. No tomó nunca nada que en rigor de derecho
+no fuera suyo, ni dio a nadie parte mínima de su legal pertenencia.
+Con tal modo de ser se fue labrando su fama de miseria, fundadísima
+en todo, menos en los cuentos que corrían acerca de la mala vida que
+se daba. Como en su casa entraban pocas personas, y las amistades y
+relaciones no pasaban de un círculo estrecho, pocos sabían que la mesa
+de Jacoba no era escasa, que a veces era espléndida, y que si ocurría
+tener que obsequiar a alguien, lo hacía con decente abundancia y hasta
+con ostentación. Así queda explicado que la cena de aquella célebre
+noche fuera excelente, y que Calpena la encontrase muy superior a lo
+que había imaginado. Añádase que Lopresti era un hábil cocinero, que
+guisaba a la italiana y a la francesa, y poseía el secreto de algunos
+platos sabrosísimos a estilo de La Valette y de Cagliari.</p>
+
+<p>Por milagro de Dios, Jacoba se sintió, después de anochecer, muy
+mejorada de los horrendos dolores que le habían retorcido el cuerpo,
+y gozosa, renqueando de aquí para allí con el apoyo de su bastón,
+iba del comedor a la cocina, o al revés; sacaba de los armarios una
+mantelería riquísima (que había ido a parar allí sabe Dios cómo);
+exhumaba vajilla fina, alguna hermosa pieza de plata repujada, y en
+fin, lo disponía todo para lucimiento de su casa y satisfacción de
+su<span class="pagenum" id="Page_206">p. 206</span> amor propio.
+Dígase también que Jacoba Zahón, fuera de los asuntos mercantiles,
+era bastante agradable, de mucho mundo, conocedora de los usos que
+constituyen la etiqueta, de hablar ameno y correctísimo. Pero estas
+cualidades, junto al mostrador, trocábanse en una ferocidad egoísta
+que ponía los pelos de punta al infeliz que trataba con ella. En esto
+seguía las tradiciones de su familia: no hacía más que manifestarse en
+toda la plenitud de su ser, heredado de otros seres, consecuente con
+lo que los Zahones llevaron siempre en la masa de la sangre. Malta en
+tiempos remotos; después Mallorca, Gibraltar, Sevilla, y desde mediados
+del siglo pasado, Cádiz, Córdoba y Madrid, fueron campo donde esta
+planta zahónica creció con varia lozanía. Algunos se enriquecieron;
+otros trabajaron con mediano fruto, y los últimos tuvieron no pocos
+reveses, que remedió el tino económico de Bartolomé Zahón, y las dotes
+rapaces de su mujer. En la época en que encontramos a esta señora, toda
+estevadita, patizamba y hecha una calamidad, la casa no era más que
+sucursal de la establecida recientemente en Córdoba por Laureano Zahón,
+hijo único de doña Jacoba y su heredero. En Córdoba se había montado
+un taller, y allí se acumulaba la pedrería más usual conforme a las
+exigencias de una industria y comercio bastante activos. En Madrid solo
+quedaba la compra y venta, la red tendida para recoger gangas, todo el
+género vagabundo que siempre fluctúa en grandes<span class="pagenum"
+id="Page_207">p. 207</span> poblaciones; quedaban también valiosos
+préstamos con prenda, que doña Jacoba sabía hacer como nadie, a
+cencerros tapados, sin pagar contribución de pestamista.</p>
+
+<p>Por causa de los achaques de su madre, el Zahón de Córdoba tiraba a
+suprimir completamente la casa de Madrid, llevándose todo allá, y así
+lo había convenido con doña Jacoba; pero dificultaba la traslación la
+plaga de bandidos y ladrones que había por entonces en Sierra Morena,
+sin que justicia, ni policía, ni aun el ejército pudiesen con ellos.
+El envío de alhajas se hacía muy lentamente, aprovechando coyunturas
+favorables que no se presentaban todos los días. Además, doña Jacoba,
+por ley de inercia, lo dificultaba también. El hábito de traficar, de
+allegar dinero, podía más que todos los planes dictados por la razón:
+sin darse cuenta de ello, dilataba las remesas, y cuando se proponía no
+hacer más negocios, se le entraban por la puerta gangas increíbles...
+En fin, que la codicia y la costumbre daban un carácter de sólida
+petrificación al establecimiento de la calle de Milaneses.</p>
+
+<p>De las relaciones de la Zahón con Maturana conviene dar alguna
+noticia. Ya se ha visto que era don Carlos el primer perito y tasador
+de pedrerías que por aquel tiempo había en España. Criado en los
+talleres del gran Martínez, y trabajando de continuo para Palacio
+y la grandeza, su práctica era al fin tan notoria como había sido
+su habilidad. Sus viajes frecuentes le afinaron el gusto;<span
+class="pagenum" id="Page_208">p. 208</span> el trato mercantil y
+el roce social hicieron de él un hombre en quien la urbanidad no
+desmerecía de la inteligencia. Exonerado de su cargo de diamantista
+de Palacio, a la vuelta del rey, sin otro motivo aparente que la
+protección que le dispensara el Príncipe de la Paz, hubo de lanzarse
+al comercio con buena suerte: del 15 al 35 había reunido un buen
+capital. No tenía taller, ni tienda, ni le hacían falta para nada, pues
+procuraba colocar prontamente el género, y remitía sus dineros a París,
+a la casa del señor Aguado, marqués de las Marismas, de su absoluta
+confianza.</p>
+
+<p>En tiempos bastante lejanos, cuando a Jacoba no le habían salido las
+corcovas que agobiaban su cuerpo y afligían su existencia, y cuando
+Maturana, aunque de cuerpo chico, era un hombre de alientos, no exento
+de gracia, corrieron voces de si se entendía o no se entendía con la
+mujer de Bartolomé Zahón; pero todo ello fue malicia, malquerencia
+de compañeros envidiosos. Siempre entró don Carlos en casa de sus
+amigos con la mayor limpieza de intenciones, y si allí permanecía
+largo tiempo, era por menesteres periciales y mercantiles. Vivía el
+diamantista honradamente con su mujer, que nunca salió de Madrid, y
+tenía dos hijas, casada la una con un teniente de la Guardia, y otra
+con un capitán de lanceros.</p>
+
+<p>Mirábale siempre Jacoba como un buen amigo, con quien se asociaba
+en cualquier negocio que uno solo no pudiera emprender.<span
+class="pagenum" id="Page_209">p. 209</span> La opinión de Maturana
+en asuntos de pedrería era para ella cosa sagrada, y la confianza
+entre los dos, comercialmente hablando, no se alteró jamás. Verdad
+que Jacoba, como hembra envidiosa, de un egoísmo implacable, no podía
+ocultar su rabia cuando Maturana hacía un buen negocio en que ella
+no llevara parte, y le contradecía, le hostilizaba por todos los
+medios, vengándose de su suerte con burlas y recriminaciones. Pero
+esto no estorbaba para la confianza, que era incondicional, absoluta.
+La Zahón le entregaba sin ningún recelo sus llaves; y él, en justa
+correspondencia de esta fe ciega, le dejaba en depósito, cuando se iba
+al extranjero, cosas de grandísimo valor. En suma, socios alguna vez,
+rivales otras, amigos siempre.</p>
+
+<p>Sentáronse a la mesa las dos damas y sus dos invitados a punto de
+las nueve. Todo estaba muy bien dispuesto, aunque con un poquito de
+precipitación. Pudo admirar Calpena piezas hermosísimas de porcelana y
+de plata antigua; todo era heterogéneo, revelando, más que la casa del
+rico, la del comerciante o el coleccionista. Uno de los candelabros,
+de dos velas con guardabrisas, era evidentemente de iglesia, y había
+servido en mejores días para alumbrar el Santísimo; el otro, de estrado
+de casa grande; y por este estilo variaban las formas y abolengo de
+cuanto allí se ostentaba. De lo que cenaron, nada había que decir, como
+no fuera para elogiarlo sin reservas. Todo era bueno, con tendencias a
+la condimentación italiana, y<span class="pagenum" id="Page_210">p.
+210</span> revelaba la buena mano culinaria del atiplado maltés.
+La mujer, vecina del tercero, que servía, hízolo con destreza, y
+Jacoba no tuvo que reprenderla más que dos veces..., por no perder la
+costumbre.</p>
+
+<p>Obtenida venia de sus huéspedes para no cambiar de vestido, la Zahón
+ostentaba en la cabecera de la mesa su cara austriaca, su escofieta,
+sus jorobas y los trapos con que las envolvía. A su derecha se sentaba
+don Fernando, a su izquierda Maturana, Aura enfrente. No apartaba los
+ojos, y menos el pensamiento, de la hermosa doncella el enamorado
+Calpena, y pudo observar que en el comer no revelaba salvajismo ni
+desconocimiento de los hábitos sociales, sino todo le contrario: «Ella
+será salvaje en sus afectos, de inteligencia inculta; pero en sociedad
+sabe lo suficiente para dar relieve a sus extraordinarias gracias
+naturales... ¡Qué mujer, Dios mío! ¿Pero de dónde ha salido este sol
+que viene a alumbrar mi vida?.. Ahora veo cuanto hay en el universo...
+Antes creía ver, y no veía nada».</p>
+
+<p>Entabló Maturana la conversación hablando de perlas.</p>
+
+<p>—Ya le dejo a usted los tres apartados, a saber: primera
+calidad, en <i>elencos</i> y <i>avemarías</i>; segunda calidad, en
+aljófares, <i>timpanías</i> y <i>berruecos</i>, y, por último, género
+<i>muerto</i>. Otro día que venga yo a buena hora pesaremos todo lo
+selecto, formando igualdades. En el primer apartado tiene usted un
+par de perlas de perfecta redondez y oriente superior, que juntas no
+pesan menos<span class="pagenum" id="Page_211">p. 211</span> de 27
+quilates. Sé quién daría por ellas 350 duros. Las <i>muertas</i>, si
+usted quiere, me las llevaré a París, donde conozco un platero que ha
+descubierto la manera de devolverles la irisación por una <i>alquimia
+secreta</i>, en la cual entran, según dicen, 83 drogas. Entre las
+<i>avemarías</i> de segunda, veo una tandita de iguales, lindísimas,
+que, si no estoy equivocado, son las del medio collar que le cedió a
+usted Negretti, el papá de Aurorita.</p>
+
+<p>De esto tomó pie don Fernando para llevar la conversación a
+la familia de Aura, anhelando explorar aquel interesante mundo
+desconocido. Algo descubrió de lo que deseaba, y otras cosas quedaron
+en el misterio. Con mucha gracia describió la joven algunos pasajes de
+su infancia; y respecto a su nacionalidad, que fue motivo en la mesa de
+grandes controversias, dijo lo siguiente:</p>
+
+<p>—Verá usted, don Fernando, el surtido de sangres que llevo en mis
+venas. Mi padre era hijo de un corso y de una española, la cual, mi
+abuela, era hija de portugués y catalana. ¿Qué tal? Pues voy ahora
+con mi madre. Verá usted qué lío. Mi madre era hija de un francés y
+de una griega, y no había nacido en ningún país, sino en medio de la
+mar, viniendo sus padres de Salónica, donde tenían comercio de oro y
+plata. Yo nací en un pueblo cerca de Londres, que lo llaman Rochester,
+y a los tres años me llevaron a Mallorca. De niña hablaba inglés; pero
+luego se me olvidó, y solo recuerdo algunas palabras. De Mallorca pasé
+a La Valette, en Malta, donde hablé italiano, y<span class="pagenum"
+id="Page_212">p. 212</span> volví a saber un poquito de inglés. A los
+diez años, vuelta a Mallorca, después a Cádiz, y de Cádiz a Madrid,
+donde me parece que estoy ahora, aunque no lo aseguro: tengo mis dudas
+de que esté yo ahora donde ustedes me ven..., si es que me ven, que
+también lo dudo...</p>
+
+<p>—No le haga usted caso, señor de Calpena —indicó la Zahón benévola—.
+Todo el día la tiene usted pensando y diciendo estas extravagancias. Es
+un genio inflamado, y tan desigual, que si le da por reír y alegrarse,
+nos atruena la casa con sus gorjeos; y si le da por las tristezas y
+por lo fúnebre, nos pone a todos con el corazón en un puño. Trabaja
+como nadie, y hace mil primores cuando le da la ventolera; y cuando se
+pone a ser holgazana, no hay quien la aventaje. No es constante más que
+en dos cosas: limpieza, así de su persona como de cuanto cae bajo su
+mano, y caridad. No deje usted en su poder cosa de valor, porque, de
+seguro, se la da al primero que se la pide... hablo de cosas metálicas
+o comestibles, ¿me entiende usted?</p>
+
+<p>—Sí, señora: entiendo perfectamente.</p>
+
+<p>—Oiga usted más: rarísima vez coge en su mano un libro... aunque
+aquí no faltan... La hemos puesto maestro de piano y canto, y de baile.
+¿Querrá usted creer que toca muy lindamente, y que baila con toda la
+gracia de Dios?</p>
+
+<p>—Lo creeré si nos da esta noche una muestra de sus habilidades, en
+el piano y canto sobre todo, pues la danza es más bien para lucida en
+sociedad.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_213">p. 213</span></p>
+
+<p>—¿Y si no, no lo cree? Pues no toco —dijo Aura—. Tiene que creerlo
+antes. En estas cosas es necesaria la fe.</p>
+
+<p>—Bueno, pues la tengo... Sin oírla cantar, ya estoy proclamando que
+se deja usted tamañita a la Todi.</p>
+
+<p>—Eso es burla. No tanto, señor mío. Pero no vaya a creer que salgo
+ahora con modestias ridículas. Sepa usted que canto muy bien. Digo, muy
+bien, no; me quedo en el bien a secas. Ni me quito ni me pongo nada...
+Pero no cantaré esta noche..., digo, sí cantaré, con tal que don Carlos
+me prometa no dormirse.</p>
+
+<p>—Lo prometo... —dijo Maturana—, sin responder, hija mía, sin
+responder de nada.</p>
+
+<p>—Yo emprendería la completa educación de Aura —dijo Jacoba, que no
+sabía cómo llegar al asunto que era su objeto principal aquella noche—
+si se me dieran medios suficientes para ello. Y no es que la niña
+carezca de patrimonio, pues lo tiene sobrado: solo que está en manos
+que lo escatiman, que lo tasan en demasía, como si desconfiaran de
+mí... Señor don Fernando, yo espero de usted un favor muy señalado. Me
+consta su amistad con nuestro gran ministro, el señor de Mendizábal; sé
+que Su Excelencia...</p>
+
+<p>—Señora, ya dije... —interrumpió don Fernando lleno de confusión—.
+El señor ministro me trata como a todos sus subordinados, con
+cortesía... y nada más.</p>
+
+<p>—A un lado las modestias, caballerito —añadió la diamantista—, y no
+me salga usted<span class="pagenum" id="Page_214">p. 214</span> con
+negativas, que solo sirven para demostrarnos su delicadeza... Pues sí
+señor: espero de usted una prueba de amistad hacia mí y de interés por
+Aura. ¿No adivina lo que quiero? Que usted me ponga en comunicación
+con su jefe, y si es posible, y quiere extremar el favor, que antes de
+llevarme a la audiencia, le hable de mí, pues me figuro que el señor
+Mendizábal tiene de esta servidora una idea equivocada. Sin duda le han
+llevado algún cuento... En fin, yo quiero ver a Su Excelencia, deseo
+hablarle, y que usted tome mi empeño como cosa propia...</p>
+
+<p>Interesado en el asunto, por tratarse de la mujer que le fascinaba,
+Calpena quiso saber más, y descubrir qué relación podía existir entre
+la hermosa hija de Negretti, nieta de tan distintos abuelos, y el gran
+Mendizábal, relación cuyo simple anuncio le sorprendía y anonadaba.
+¿Qué era, santo Dios? Solo por tirarle de la lengua a la Zahón y
+adquirir mayor conocimiento, cedió en aquel punto de sus supuestas
+confianzas con el ministro, y ni afirmaba ni negaba, dando a entender
+que favorecería las pretensiones de la jorobada, siempre que se le
+diese alguna explicación de ellas. Por este medio sutil pudo averiguar
+que don Juan Álvarez era testamentario de Jenaro Negretti y depositario
+de su fortuna, con algo más de lo que referido queda.</p>
+
+<p>No se paraba en barras la codiciosa diamantista, y desde que
+Mendizábal vino a España y se puso a ministro, acarició la idea<span
+class="pagenum" id="Page_215">p. 215</span> de que debía transferirle
+a ella las facultades que le otorgaba el testamento de Negretti. ¡Cosa
+más natural! Pues ¿cómo podía administrar holgadamente los bienes
+de la niña, un hombre abrumado de quehaceres políticos, con tantas
+cosas dentro de la cabeza? ¡Que la Hacienda, que el empréstito, que
+las juntas, que el Estatuto, que los frailes...! Imposible atender a
+todo, señor. De su peso se caía que debía entenderse con la Zahón,
+y pedirle por favor que se encargase de la tutela y gobierno de
+bienes de Aurora Negretti, pues algo habría en el testamento que tal
+abrogación consintiera. No se le apartaba del magín esta temeraria
+idea, y si el horrible acceso reumático que en aquellos meses sufría
+no la imposibilitara totalmente, ya se habría presentado a don Juan
+de Dios, a fin de proponerle lo que para él era un alivio y para ella
+una carga muy de su gusto. Bien clara está la razón de que, suponiendo
+al don Fernando cordialmente ligado a Su Excelencia, le recibiera con
+finuras y agasajos, y echara la casa por la ventana en aquel desusado
+convite.</p>
+
+<p>En los postres sirvieron <i>curaçao</i>, que era quizás la única
+pasión o debilidad del viejo Maturana. Aquel dulce licor le hacía
+desmentir muy de tarde en tarde sus hábitos de formalidad y grave
+continencia. Siempre que allí comía o cenaba, Jacoba, por hacerle
+rabiar, aseguraba no tener <i>curaçao</i>; por fin, después de
+mucho trasteo, hacía traer la bebida y le daba un poquito, cuatro
+lágrimas,<span class="pagenum" id="Page_216">p. 216</span> y así se
+divertía con él, vengándose de alguna trastadilla que en los negocios
+le había jugado. Pero aquella noche, antes de que la señora empezase el
+sainete, le convidó Aura, y sacando del aparador la botella, le sirvió
+cuanto él quiso, y después a Fernando. Mientras don Carlos paladeaba
+con embeleso los primeros sorbitos y Jacoba le afeaba su vicio con
+afectado enojo, Calpena charló brevemente con Aura, cuando esta a
+su asiento volvía. Doña Jacoba no reparaba en ello, o se hacía la
+distraída, que también pudo ser, y Maturana se halló bien pronto bajo
+la influencia embelesadora del rico néctar.</p>
+
+<p>—¿Y qué?, ¿canta usted o no?</p>
+
+<p>—No..., me temo que don Carlos no se duerma si canto. Pero si usted
+se empeña en ello...</p>
+
+<p>—Deseo que usted cante... Si hablando es su voz tan divina, ¿qué
+será...?</p>
+
+<p>—¿Cantando? Pues más divina todavía... Bueno; pero conste que si
+usted me manda cantar, hace una gran tontería.</p>
+
+<p>—¿Qué está usted diciendo?</p>
+
+<p>—Que hay otra cosa mejor que el canto mío.</p>
+
+<p>—¿Qué...?, ¡por Dios!</p>
+
+<p>—Hablar..., que hablemos.</p>
+
+<p>—Chist..., silencio.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch21">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_217">p. 217</span></p>
+ <h2 class="nobreak g1">XXI</h2>
+</div>
+
+<p>Entró en aquel punto Milagro, que venía sin más objeto que hacer
+asientos de facturas atrasadas, y se asombró no poco de ver aquel
+aparato de festín, y a Calpena en la mesa. Pero como en aquella
+casa todo era raro, y pasaban las cosas en contra de lo usual y
+corriente, se guardó su sorpresa y no dijo nada. Pareció que a Fernando
+contrariaba la importuna visita de su compañero de oficina; pero Aura,
+más lista que la pólvora, se apresuró a tranquilizarle, diciéndole:</p>
+
+<p>—Este infeliz es lo mismo que nadie, y además, también se pirra por
+el <i>curaçao</i>. Le ofreceré una copita, ¿sí?</p>
+
+<p>En esto propuso la señora pasar a la sala, y allá se fueron todos
+con la botella por delante. Poseídos Aura y Calpena de una audacia
+loca, cuyo móvil psicológico no se explicaban ni había para qué, se
+arrimaron al extremo de uno de los mostradores, en el sitio menos
+alumbrado por la lámpara, y a la mayor distancia posible de los
+bebedores de <i>curaçao</i>. Doña Jacoba hizo plantar su sillón junto
+a estos, sin perder de vista a la juventud, con quien desde su asiento
+a ratos hablaba, y ordenó a Lopresti que pusiese luz en el gabinete
+próximo, y velas en el piano,<span class="pagenum" id="Page_218">p.
+218</span> abriendo de par en par la comunicación de esta pieza, la
+única bonita de la casa, con la sala o tienda. Milagro y Maturana
+rompieron, con los primeros tragos, a hablar de política, metiendo
+en ella su cucharada la Zahón, con ardientes alabanzas del primer
+ministro, salvador del desdichado reino, remedio de todos nuestros
+males. Y conforme aumentaban las ingestiones de bebida, la imaginación
+de Maturana se lanzaba intrépida al simbolismo:</p>
+
+<p>—Reina Cristina es la <i>Peregrina</i> entre las perlas, y Méndez
+el <i>Gran Mogol</i> entre los diamantes. Carlos V es el diamante
+falso, el <i>strass</i>..., tras, tras... Jacoba el <i>Ojo de Gato</i>,
+tallado en <i>cabujón</i>... y tú, Milagro, eres la <i>Montaña de
+Luz</i>... solo que todavía no te han tallado, hijo..., estás en
+bruto...</p>
+
+<p>Con solo probar el delicioso licor, se le quitaban al buen Milagro
+diez años de vida; y a medida que iba apurando el vasito, presentaba
+síntomas diversos de exaltación cerebral. Al tercer trago le atacaba
+infaliblemente una sensibilidad lacrimosa, con recuerdos tiernísimos
+de su familia e invocaciones a la santa pobreza, a la caridad sublime,
+a los más altos y puros ideales. Hacia el cuarto o quinto sorbo se le
+iniciaba la tendencia a expresarse en forma poética, reverdeciendo las
+aficiones de su edad juvenil, en la cual más le gustaba hacer versos
+que comer, y era un adepto fidelísimo de la retórica que entonces se
+gastaba.</p>
+
+<p>—¡Ah! —decía con trémula voz, mirando al vaso—: ¡la<span
+class="pagenum" id="Page_219">p. 219</span> reina..., angélica
+Cristina, pía matrona!... Desde que vino de Parténope, vimos abierto
+el Empíreo los buenos españoles... Cuando contemplo este doméstico
+regocijo..., ¡ah!, viene a mi mente la imagen de mis pobres niños, de
+mi dulce esposa, alma virtud... ¿Qué será de vosotros, <i>oh dulces
+exuviæ</i>, el día en que fiera Parca me corte el hilo?... Mendizábal
+tonante, aplaca el furor de Mavorte... La oliva sucede al laurel...
+Somos felices... Vuelve el reino de Ceres prolífica... Comeréis, hijos
+míos, blancos panes y bizcochos duros...</p>
+
+<p>Doña Jacoba, sin catarlo, era atacada de somnolencia, que procuraba
+vencer. En tanto, recogía cuidadosa la caja de las perlas, acomodando
+en ella los paquetitos que contenían las divisiones hechas por
+Maturana. Esto no le estorbaba para dirigir a la gallarda pareja estas
+insinuaciones:</p>
+
+<p>—Señor Calpena, cuéntenos usted algo de política... Aura, ¿por qué
+no cantas?</p>
+
+<p>Aprovechaban ellos las distracciones y cabezadas de la señora para
+entregarse con efusión al ardiente coloquio que enlazaba sus almas, en
+cláusulas cortas, balbucientes:</p>
+
+<p>—¿Me había usted visto alguna vez?</p>
+
+<p>—No, no... La impresión de usted en mi espíritu es antigua, eso
+sí... Cuando la vi entrar por esa puerta, creí recobrar algo que se me
+había perdido...</p>
+
+<p>—¡Qué cosa más rara!... Esta noche, cuando subía yo la escalera,
+sentí miedo, alegría<span class="pagenum" id="Page_220">p. 220</span>
+y qué sé yo qué... No podía respirar..., por poco me caigo.</p>
+
+<p>—¿Y por qué pegaba usted a Lopresti?</p>
+
+<p>—Es juego. Suelo darle así, con la sombrilla. A él le gusta, y
+conozco yo que está de mal humor cuando no le pego. Es un perro
+fiel, y me quiere con delirio. Esta tarde, al entrar, me dijo: «La
+está esperando a usted un caballero muy guapo, de parte de su tío el
+señor Mendizábal». Ya ve usted cuánto desatino. Me eché a reír..., y
+le casqué más fuerte que otros días. ¿Oye usted? Jacoba me dice que
+cante... ¿Qué debo hacer?</p>
+
+<p>—Obedecerla, creo yo.</p>
+
+<p>—Lo que agrade a usted haré, y nada más. ¡Qué extraño es lo que me
+pasa! Hasta esta noche me ha costado siempre mucho trabajo someterme
+a la voluntad de los demás. He sido voluntariosa, díscola, rebelde...
+Pues ahora creo que si alguien me pegase, me alegraría, y mi mayor
+gusto sería obedecer, ser mandada.</p>
+
+<p>—¿Y si yo me tomase la libertad de decirle: «Aura, haga usted esto;
+Aura, sería yo muy feliz si usted...?».</p>
+
+<p>—¿Si yo qué...? Había de mandarme cosas buenas, las que ahora me
+parecen buenas... Y también, también yo mandaría un poquito, que es muy
+grato para una mujer verse obedecida. Obediencia y mandato, pienso yo
+que deben ir juntos.</p>
+
+<p>—Servidumbre y tiranía en una sola persona, en dos quiero decir
+—indicó Calpena enteramente trastornado—. El amor nos hace<span
+class="pagenum" id="Page_221">p. 221</span> dueños y esclavos de la
+persona amada... Aura, esta noche, después que yo me retire..., y
+mañana, mañana, ¿se acordará usted de mi?</p>
+
+<p>—Se lo diré cuando vuelva.</p>
+
+<p>—Según eso, ¿he de volver?...</p>
+
+<p>Al llegar aquí sintió Calpena que se ponía tonto. A su primera
+audacia sucedió una timidez aplanante, y no encontraba fórmula adecuada
+para la expresión de sus afectos. Pero de súbito, en la tremenda
+revolución de su alma, vino el golpe de osadía, y poco faltó para que
+diese un grito, dejando salir, sin ningún recato ni miramiento, las
+llamaradas que le abrasaban. Con su mirar fría le contuvo la Zahón...
+Poco después le hizo Aura una pregunta insignificante:</p>
+
+<p>—¿Cómo es su segundo apellido?</p>
+
+<p>Y él replicó:</p>
+
+<p>—Igual al primero... Aura, nos conviene que usted cante un poquito,
+y es de todo punto indispensable que, cuando usted pase al gabinete ese
+del piano, pase yo también y estos se queden aquí.</p>
+
+<p>Pronto lo arregló Aura dirigiéndose a la próxima estancia y
+ordenando a Fernando, desde la puerta, que tuviese la bondad de
+<i>volverle la hoja</i>, pues no daba pie con bola sin mirar al
+papel... Y ya están allá; ya desliza Aura sus lindísimos dedos sobre
+las teclas; él a su lado, sin entender la escritura musical, hace
+como que atiende al papel, mira embelesado a la divina cantora, y más
+embelesado aún, o transportado al séptimo cielo, la oye. Canta ella el
+aria de <i>Semíramis,<span class="pagenum" id="Page_222">p. 222</span>
+Bel raggio lusinghier</i>, y después una canzoneta napolitana.</p>
+
+<p>Duda Calpena si vive o muere, si duerme o vela. La voz de Aura le
+penetra en el sentido como un himno de deidades lejanas, desconocidas,
+apenas visibles en su envoltura de blancos cendales. A ratos siente
+como un súbito rayo que le hiere, que le destroza, que le arrojaría
+exánime al suelo, si un poderoso estímulo de su voluntad no le
+contuviera. Desea que calle Aura; desea cogerla y llevársela consigo
+en aquel mismo instante, como el hecho más natural del mundo. A su
+timidez sucede una arrogancia que nada respeta, una prepotencia que
+todo lo allana. Se siente capaz de saltar por encima de los obstáculos
+más imponentes, y de atravesar con su hermosa conquista por entre las
+multitudes, que a sus ojos se empequeñecen ya, y solo se compone de
+figurillas despreciables, microscópicas... Aura sola es toda la vida,
+Aura toda la ley, Aura el universo físico y moral, Aura cuanto existe
+de Dios abajo.</p>
+
+<p>En uno de los que podríamos llamar entreactos, el ardoroso galán,
+revolviendo papeles de música, como para escoger, le dijo:</p>
+
+<p>—Aura, cuando entraste esta noche y nos vimos, ¿no comprendiste que
+te adoraba?</p>
+
+<p>Acalorada por la turbación que al rostro en centellas le subía, Aura
+se abanicó con una pieza de música. No se hizo cargo el joven de que
+la había tuteado, y ella, sin parar mientes en la forma familiar usada
+por primera<span class="pagenum" id="Page_223">p. 223</span> vez, pasó
+maquinalmente sus dedos por las teclas.</p>
+
+<p>—El piano me responde por ti, Aura —prosiguió don Fernando—; el
+piano me dice que tú también me quieres, que no me dejarás morir de
+desesperación... Un instante ha bastado para hacerme pasar de una vida
+a otra vida, de la vida muerta a la vida viva... Si es verdad esto que
+pienso, no necesitas decírmelo. Me lo confirmarás callando...</p>
+
+<p>—Si callo, y tú lo dices todo..., verá Jacoba que..., que tú me
+quieres, que me estás enamorando; y si hemos de hacerle creer que yo no
+te quiero, porque así nos convenga..., mejor será, tontín, que hable, y
+que me ría, ¿sí?... como hacen las muchachas que coquetean...</p>
+
+<p>—Conviene que cantes otro poquito... Dos palabras antes del canto:
+Hagamos de nuestros corazones un mundo aparte, solo para nosotros...</p>
+
+<p>—Mundo aparte... —murmuró Aura con firme acento, arrojando sobre los
+ojos de su amante toda la luz y el fuego de los suyos—. En un momento
+hago yo toditos los mundos que quiera.</p>
+
+<p>—Aura, no hables más o me muero... —dijo Calpena casi delirante,
+violentándose para no gritar—, y si no me muero, te arrebato ahora
+mismo de esta casa y te llevo a la mía... Canta por Dios, canta un
+poquito.</p>
+
+<p>—Y tú te callas... Después hablaremos.</p>
+
+<p>—Un momento... ¿Dónde, cómo?</p>
+
+<p>—Luego te lo diré... Silencio ahora.</p>
+
+<p>Mientras cantaba con sublime expresión<span class="pagenum"
+id="Page_224">p. 224</span> un trozo de la <i>Medea</i> de Cherubini,
+Jacoba y sus dos amigos, en la otra estancia, hablaban con elogio del
+joven Calpena. Propiamente, la Zahón lo decía todo, y ellos, bajo
+la influencia del dulce elixir que alegraba sus gastados cerebros,
+apoyaban con fáciles exclamaciones y con expresivos movimientos de
+cabeza las palabras de la diamantista. Maturana se había encerrado en
+los monosílabos; Milagro, por el contrario, se lanzaba a la verbosidad
+más desenvuelta; doña Jacoba tuvo que cogerle por un brazo, obligándole
+a recobrar su asiento, y a contestar formalmente a lo que tres o cuatro
+veces le había preguntado sin obtener respuesta.</p>
+
+<p>—No vuelvo a admitirle a usted en mi casa —le dijo— si no me
+contesta con claridad. A ver: si usted lo sabe, me lo tiene que
+decir... No valen misterios conmigo.</p>
+
+<p>—Señora mía —respondió don José plantándose la mano abierta sobre
+el pecho—. Por el nombre que llevo, nombre ilustre si los hay; por la
+salud de mis hijos, por el amor purísimo de mi esposa, digo y juro que
+este mozo gallardo es hijo del mismísimo don Juan Álvarez Mendizábal,
+mi augusto jefe.</p>
+
+<p>—Me lo figuraba —dijo Doña Jacoba con mirada resplandeciente—. Pero
+me falta saber otra cosa... ¿Y la madre?..., ¿quién es la madre?</p>
+
+<p>—¡La madre!..., ¡la madre!... —murmuró Milagro como en grande
+confusión, pasándose la mano por el cráneo.</p>
+
+<p>—Sí, hombre..., ¿quién es la madre?</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_225">p. 225</span> —¡La mamá!...
+¡Ah!, ya recuerdo... Con el maldito néctar se le va a uno la memoria...
+Pues la madre... silencio, que no nos oiga nadie..., es... ¡una
+reina!</p>
+
+<p>—¡Una reina! —exclamó don Carlos con espantados ojos.</p>
+
+<p>—Chitón... Es un secreto... Y créanme a mí..., peligran las cabezas
+de los insensatos que lo divulguen... —dijo Milagro puesto en pie,
+aplicando su dedo índice a los morros alargados—. ¡Una reina!...
+Chist... Aunque me amenacen de muerte, no saldrá de mi humilde labio el
+nombre del reino en que reina la señora reina que...</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch22">
+ <h2 class="nobreak g1">XXII</h2>
+</div>
+
+<p>Todos los biógrafos del insigne Milagro están acordes en afirmar
+que al salir este de casa de la Zahón para dirigirse con inseguro paso
+a la suya, quitose el sombrero y con él se abanicó, ávido de frescura
+y de bañar en aire limpio sus sienes abrasadas, su cráneo sudoroso. Y
+añaden que con el aire y el ejercicio se le aclararon de tal modo las
+entendederas, que al atravesar la plazuela de Provincia, camino de la
+Concepción Jerónima, donde vivía, empezó a sentir en su conciencia
+la garrafal tontería que a propósito del señorito Calpena se había
+dejado<span class="pagenum" id="Page_226">p. 226</span> decir, bajo
+la acción tóxica del nunca bastante maldecido <i>curaçao</i>... «¿Pero
+he dicho yo esa barbaridad, señor? —pensaba, parándose y mirando al
+cielo—. ¿Lo habré soñado?... No, no; lo he dicho... aún me parece
+que me estoy oyendo cuando solté el trueno gordo, cuando afirmé que
+Mendizábal... ¡Jesús!..., y nada menos que una reina... Vamos, que
+me daría una tremenda bofetada en castigo de tanta necedad, de tanta
+estupidez... ¡Una reina..., Mendizábal!... ¡Válgame Jesús bendito!
+¡Que un hombre formal como tú, oh Milagro, haya repetido, dándolo por
+cosa verídica, esos ridículos dicharachos con que se mata el tiempo
+en las oficinas!... Pues digo, si el señor ministro se entera de que
+yo... ¡Válgame mi santo Patriarca...!». Al pensar esto, se le erizaron
+sobre el cráneo los escasos cabellos que poseía... Consternado, intentó
+volver a la calle de Milaneses para desdecirse de todos aquellos
+embustes que no eran más que cháchara insustancial de gente ociosa
+y frívola; pero no se determinó a desandar el camino, juzgando muy
+oportunamente que <i>peor era meneallo</i>. Siguió, pues, hacia su
+vivienda, haciendo propósito de rectificar serenamente, en noches
+sucesivas, los groseros dislates de aquella noche, y se recogió
+taciturno, caviloso. Su mujer le sintió desvelado, dando suspiros y
+pronunciando monosílabos con que a sí propio se ponía de oro y azul.
+¡Infeliz Milagro!</p>
+
+<p>Embebecidos en su amorosa charla, los<span class="pagenum"
+id="Page_227">p. 227</span> amantes no repararon en la salida de don
+José, que les dijo «¡Adiós!» desde la puerta del gabinete; ni se
+cuidaban de ser vistos u oídos por doña Jacoba, que hablando permanecía
+con el diamantista, entre cabezadas. Habían alzado, sin darse de ello
+cuenta, una valla anchísima entre su pasión y el mundo, y nada temían;
+la pasión crecía por momentos, como una enfermedad fulminante, y a
+las pocas horas de iniciada, ya no cabía dentro de la reducida esfera
+del secreto: se salía, se ensanchaba, quería ser patente a los ojos
+extraños, o por lo menos no temía ser lo bastante poderosa en sí para
+afrontar la opinión y cuantos obstáculos esta le ofreciera. Mejor que
+el narrador lo expresan ellos mismos:</p>
+
+<p>—Antes de verte, antes de esta noche bonita —decía Aura—, yo, sin
+saber por qué, tenía la seguridad de que no estaba sola en el mundo.
+Cuando te vi, se me quitó de encima del alma el peso terrible de mi
+soledad.</p>
+
+<p>Y él:</p>
+
+<p>—¡De ayer a hoy, qué abismo! Ayer iba tras de tu sombra; hoy te
+poseo... Había de llegar, puesto que hay Dios, este divino abrazo de
+nuestras almas.</p>
+
+<p>Y por aquí seguían, en un vértigo de fogoso idealismo, locos, ávidos
+de amplificar cada concepto con otro más apasionado y sutil.</p>
+
+<p>Viendo que Maturana se ponía en pie, Calpena hizo lo mismo, y dijo a
+su amante, consternado:</p>
+
+<p>—Horror de los horrores. Don Carlos se despide. También yo tendré
+que retirarme...</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_228">p. 228</span></p>
+
+<p>—Mañana volveremos a vernos... lo más temprano posible.</p>
+
+<p>—¡Mañana! Es muy lejano eso...</p>
+
+<p>La mujer, en lances de pasión, posee más iniciativa y más arbitrios
+que el hombre. En voz muy baja propuso Aura algo que Calpena oyó con
+alegría. Cuchichearon... Despidiéronse luego en alta voz. Al poco
+rato, doña Jacoba daba al señor don Fernando la venia para retirarse,
+y con afectuosos apretones de manos le ofrecía su casa, y le rogaba
+que viniese a honrarla con toda la frecuencia que le permitieran sus
+obligaciones al lado del señor ministro. Juntos salieron el joven y
+Maturana; separáronse en la esquina de la calle de Santiago; vivía el
+diamantista en una de las casitas del Patrimonio, plaza de la Armería,
+junto a la casa de Pajes.</p>
+
+<p>Consta en las monografías del buen Maturana que en el trayecto hasta
+su domicilio se agarró más de una vez a las paredes para no medir
+el suelo; y algún biógrafo añade que hubo de subir a gatas la corta
+escalera de su casa, y que se acostó al instante, muy arrepentido de
+sus recientes abusivas relaciones con el <i>curaçao</i>. «No está bien,
+no está bien —decía, desnudándose al revés, quitándose las botas antes
+que el sombrero, y las medias antes que la corbata—. Un artífice, un
+tasador no debe... no, señor... Es muy expuesto...». Felizmente, era
+en él añeja costumbre no aceptar invitación de cena o merienda cuando
+llevaba en su cartera piedras de valor. Aquella noche no llevaba
+nada.<span class="pagenum" id="Page_229">p. 229</span> Tardó en
+dormirse, y daba vueltas en su abrasado cerebro a las ideas sugeridas
+por Milagro:</p>
+
+<p>«¡Vaya con don Juan Álvarez!... No hay grande hombre que no tenga
+sus enredos... Ya, ya se ve claro por qué arrambla todos los bienes
+del clero, que no es flojo botín. Naturalmente, ese dineral lo quiere
+para sí. Parece tonto, y pide para las ánimas... ¡Tremendas hormigas
+nos trae Dios acá! Bueno, hombre, bueno: cójase usted media España, y
+constituya un reino para el niño, para ese hijo de reina... Y ya veo a
+dónde va a parar con eso de coger todas las campanas de las iglesias y
+monasterios. Hará un palacio de bronce, todo de bronce, en el que las
+pisadas de los que entran y salen suenen como campanadas... ¡Ji, ji!...
+¡Qué extraño!... El palacio del sonido..., tin, tan... Otra: lo mejor
+sería que afanase las innumerables alhajas de las Santísimas Vírgenes
+y toda la plata y oro de las reverendas catedrales, echándolo al
+mercado... ¡Por Belcebú, qué negocio, qué pujas!... No quiero pensarlo.
+De Londres, de Ámsterdam y de Fráncfort vendrá la nube de marchantes...
+Mucho ojo, Maturana... ¡Por san Carojulián bendito, no te descuides!...
+Y tiene que venir, tiene que sacarse a subasta. Porque todo, digo yo,
+no ha de ser para el niño...».</p>
+
+<p>El niño, el hijo de reina, se paseaba en la inmediata calle de
+Santiago. Aura le había dicho: «Mi habitación corresponde al último de
+los tres balcones por la otra calle. Cuando Jacoba duerma, me asomaré».
+El hombre<span class="pagenum" id="Page_230">p. 230</span> hacía
+su centinela entre las esquinas del Bonetillo y de Mesón de Paños,
+temeroso de perder, si se alejaba, el sublime momento en que su amada
+en el balcón apareciese. La noche era oscura; dieron las doce en el
+reloj de Palacio; no se veía por allí más gente que las pocas mujeres
+que entraban por el Bonetillo y se deslizaban calle abajo, y algún
+hombre que en la misma dirección iba, o hacia las tabernas de la plaza
+de Herradores. El sereno se hacía presente por la luz de su farolillo,
+allá junto a los altos muros de San Felipe Neri.</p>
+
+<p>Media hora pasó Calpena en gran ansiedad, recelando que doña
+Jacoba, enterada del propósito de los amantes, lo estorbase encerrando
+a la dama o conminándola con algún castigo. Paseo arriba, paseo
+abajo, sin quitar ojo del balcón, pensaba en aquella su mudanza
+súbita, tan semejante a la explosión de un volcán. Toda su vida era
+nueva; todas sus ideas habían cambiado, dispersándose las de ayer y
+entrando con empuje dominante las de hoy. Ningún sentimiento de los de
+ayer, refiriérase a la política, a los amigos, a la sociedad, en él
+persistía. De aquel espacio luminoso, donde flotaba la ideal imagen
+de Aura, venían nuevos conceptos de todas las cosas. Impaciente por
+la tardanza de ella, ni por un momento pensó que pudiera burlarle:
+tenía confianza absoluta en su firmeza y lealtad. Tampoco le amargó la
+sospecha de que Aura hubiese conocido el amor antes de conocerle a él.
+Era<span class="pagenum" id="Page_231">p. 231</span> mujer nueva, como
+la esposa de Adán. Dios les había criado destinándoles el uno al otro,
+y no estaba en el orden del universo que hubiesen precedido al feliz
+hallazgo otros encuentros, ni aun siquiera fortuitos y sin importancia.
+Tal era su ardor ciego y entusiasta, tal su fe en aquella felicísima
+obra de integración, dispuesta por el destino de ambos.</p>
+
+<p>Al fin... oyó ruido en el balcón, y apareciose en él una forma
+blanca. Era principal el cuarto, y la distancia entre el balcón y la
+calle como de cuatro varas. Arrimose el galán a la pared, y Aura echaba
+medio cuerpo fuera del antepecho, doblándose como un junco, para que el
+espacio entre las enamoradas voces fuese lo más corto posible. Explicó
+primero su tardanza, motivada por lo que Jacoba tardara en dormirse, a
+causa de sus dolores, siendo preciso darle friegas y ponerle bayetas
+calientes. Ya parecía dormida, y Lopresti, fiel esclavo, quedaba
+encargado de la centinela, para avisar en caso de que la enferma
+remusgara. Recayó luego la conversación en un punto interesantísimo:</p>
+
+<p>—¿Tú quién eres? Conozco en ti al hombre que quiero, y me basta.
+Pero deseo saber quién eres para los demás. Lo mismo me da que seas
+noble, que seas plebeyo, que seas mucho, que no seas nada, pues
+siendo para mí el único, me basta... ¿Te enteras bien de lo que te
+pregunto?</p>
+
+<p>—Sí, vida y gloria mía... Yo no soy nadie. Ignoro quiénes son mis
+padres. Vivo de<span class="pagenum" id="Page_232">p. 232</span> la
+protección misteriosa de una persona desconocida, por quien estoy en
+Madrid, por quien disfruto ese destinillo, y no sé más. ¿Verdad que es
+raro?</p>
+
+<p>Contó en seguida concisamente su vida toda: su crianza en Vera, lo
+del padrino, la estancia en París, la traslación a Madrid y todo lo
+demás que ya se sabe, poniendo en su relato tal sinceridad y sencillez,
+que Aura se embelesaba oyéndole; y si no estuviera enamorada hasta
+la médula, es de creer que solo con aquella historia tan poética y
+linda se prendaría locamente del pobre desheredado. Refirió ella que
+no había conocido a su padre ni a su madre: habíanla criado parientes
+egoístas que jamás le demostraron vivo afecto. Creíase sola en el
+mundo, hasta que Dios le deparó el compañero de su existencia, su
+salvador, su <i>única familia</i>. ¡Qué hermosura ser los dos solos en
+sí, reconocerse en medio de los espacios de la vida, como pajarito y
+pajarita que se encuentran en la espesura de la selva, y, saludándose
+con sus piquitos, se unen para siempre! No faltaba sino que se
+declararan libres, sin más obligaciones que las que cada uno para
+con el otro había contraído, por vía de unión divina, como si Dios
+les echara un lazo y les dijera lo que dicen los curas cuando casan.
+De pronto, Aura tuvo una idea, y la expresó al instante con infantil
+candidez:</p>
+
+<p>—¿No sabes?... Como aún no hemos tenido tiempo de decirnos todas las
+cosas, no te has enterado de que yo soy rica. Sí, hijo, sí. ¿Pensabas
+que<span class="pagenum" id="Page_233">p. 233</span> éramos nosotros
+unos pobrecitos, dejados de la mano de Dios? Mi padre, Jenaro Negretti,
+dejó mucho dinero. Lo tiene guardado el señor de Mendizábal, que es
+quien le da a Jacoba para mis gastos... Conque ya ves. No hay que
+apurarse... Estamos en grande, y seremos los reyes del mundo.</p>
+
+<p>—Pues yo —dijo el amante con tristeza— soy pobre: nada tengo;
+pero no me faltan alientos, ni tampoco, creo yo, disposiciones para
+trabajar... También te digo una cosa, Aura: bien podría suceder que de
+la noche a la mañana recibiera yo, como caída del cielo, una fortuna
+grande... Se han dado casos: yo he leído de algunos casos...</p>
+
+<p>—Pues si sale lo que esperas, ¡oh Dios mío, cuánta felicidad!...
+Eso sería lo más lindo del mundo. Resultaríamos en posesión de unos
+dinerales que no nos harían maldita falta... Si quieres que te diga
+la verdad, a mí no me hace dichosa el dinero, ni creo que sirvan las
+riquezas más que para disgustos. Con poseerte a ti me basta; y si
+mañana viniera el señor Mendizábal y me dijera: «Niña, no tienes ni un
+maravedí», yo me quedaría tan fresca. ¿Y tú?</p>
+
+<p>—Pienso como tú piensas, y siento todo lo que tú sientes... Quien
+nos ha puesto hoy el uno junto al otro, se cuidaría de darnos lo
+necesario, si por nuestra parte no lo tuviéramos. Es hermosísimo,
+sí, lanzarse a la vida sin más alas que las inmensas del amor. Somos
+jóvenes, nos adoramos... Esto es la suma dicha. ¡Qué bueno es Dios!
+¡Y la naturaleza,<span class="pagenum" id="Page_234">p. 234</span>
+qué hermosa! ¡Y nosotros, qué bien hicimos en nacer!... Si tú o yo nos
+hubiéramos quedado por allá, ¡qué insigne tontería habríamos hecho!</p>
+
+<p>—Es verdad; porque no naciendo, ¿cómo podría yo quererte con toda mi
+alma?</p>
+
+<p>—Oye otra cosa, vida mía... Si te parece, nos casaremos pronto, muy
+pronto.</p>
+
+<p>—Sí, sí —dijo Aura con tan vivo movimiento de inclinación, que
+pareció querer arrojarse a la calle—. ¿Cuándo?</p>
+
+<p>—Pronto. Mañana...</p>
+
+<p>—¿Mañana?... ¿Y hoy por qué no?... ¡Pero qué tonta soy! Eso no puede
+determinarse así en días, en horas. Tengamos paciencia y formalidad. Lo
+que acabo de decir es muy desvergonzado. ¿Me lo perdonas?</p>
+
+<p>—Pues si el <i>hoy</i> te parece demasiado presuroso, diré: <i>ahora
+mismo</i>.</p>
+
+<p>—Quita allá, hombre... ¿Acaso el casarse es cosa de un soplo? No,
+niño mío, no seas tan arrebatado. Ten juicio. Pues apenas hay que
+preparar cosas: ropa, papeles, y, ante todo, casa.</p>
+
+<p>—¡Casa! Tenemos el mundo por nuestro... Dime —añadió el galán, casi
+loco ya, señalando hacia la bóveda celeste—, ¿te gusta ese techo?</p>
+
+<p>—Es precioso... Pero ahora, desde que te quiero, todo me parece
+cielo, y la oscuridad, claridad, y la noche tan bonita como el día,
+casi más, y Jacoba me parece amable, y todas las personas muy buenas...
+Pero tengamos calma, y esperemos.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_235">p. 235</span></p>
+
+<p>—Sí, esperaremos. ¿Qué nos importa retrasar la felicidad, si la
+tenemos segura, si es nuestra ya?</p>
+
+<p>Asaltado de una idea triste, cosa natural en aquella irradiación de
+ventura, Calpena no vaciló en expresarla:</p>
+
+<p>—Dime, amor mío, si Jacoba, que me parece persona egoísta..., no sé
+en qué me fundo, pero me lo parece...</p>
+
+<p>—Y lo es: tú tienes mucho talento y todo lo aciertas. Sigue.</p>
+
+<p>—Pues si Jacoba, y lo mismo podría decir de otro cualquier pariente
+tuyo, se opusiese, por móviles de interés, a que nosotros nos amáramos:
+no, no, a eso no pueden oponerse..., quiero decir, que se opongan a que
+nos casemos...</p>
+
+<p>—Eso no puede ser..., porque nosotros saltaríamos por encima de
+todas sus artimañas, y pisoteándoles nos juntaríamos y nos casaríamos,
+¿sí?</p>
+
+<p>—Pero suponte tú que contra toda nuestra buena voluntad y contra
+las energías de nuestra pasión, lograran separarnos, imposibilitarnos
+materialmente de...</p>
+
+<p>—No, no puede ser, no será —dijo la enamorada con expresión de
+voluntad tenacísima—. ¡Pues si Jacoba fuera tan mala que...! No, no
+quiero pensarlo.</p>
+
+<p>—¿Qué harías?</p>
+
+<p>Aura se irguió, y apretando en su nervioso puño, con fuerza de mujer
+furiosa, el hierro del balcón, dijo:</p>
+
+<p>—¡La mataría!</p>
+
+<p>—No, no tendrías que tomarte ese trabajo,<span class="pagenum"
+id="Page_236">p. 236</span> mi bien, mi vida, mi encanto, porque antes
+la habría matado yo.</p>
+
+<p>—Y luego iríamos juntos al presidio, ¿sí?</p>
+
+<p>—No pensemos en eso, que no ha de suceder. Yo digo: ¡qué más querrá
+Jacoba!...</p>
+
+<p>—Claro: ¡qué más querrá ella! No te creas, Jacoba es buena, siempre
+que no la arrastra a la maldad la infame codicia. Por un brillante de
+buenas aguas, o por una docena de turquesas de <i>roca vieja</i>, sería
+capaz de sacrificar a su padre.</p>
+
+<p>A todas estas se les iba pasando la noche. Las primeras claridades
+del alba trajeron a la calle alguna gente de los mercados próximos, y
+el sereno pasó varias veces, dirigiendo a Calpena miradas recelosas.
+Aquí y allá sonaban porrazos; los gallos del comercio de aves en
+la calle de la Caza cantaban anunciando el día. Sobre esto llamó
+Calpena la atención de Aura, indicándole con pena que ya era hora de
+retirarse.</p>
+
+<p>—¿Qué prisa todavía?... Esos pobres gallos enjaulados están tan
+aburridos por la falta de libertad, que anuncian la aurora antes de
+tiempo.</p>
+
+<p>—Ya es de día... ¿No lo ves?</p>
+
+<p>—¿Y qué? Mejor. Así podremos vernos las caras.</p>
+
+<p>De improviso se abrió una de las puertas del piso bajo de la casa,
+y Calpena se vio sorprendido por un mozo, soñoliento, que salía
+con una escoba. Luego se abrieron dos puertas más: una cacharrería
+y un despacho de huevos. Imposible seguir más tiempo allí.<span
+class="pagenum" id="Page_237">p. 237</span> Los hados fieros ordenaban
+la suspensión del coloquio dulcísimo, y que los amantes guardasen la
+ley del recato ante el público, pues cada cosa tiene su ocasión y lugar
+propios. ¡Bonita idea tendría de la señorita de Negretti el vecindario
+de Milaneses si la veía colgada al balcón, al amanecer de Dios,
+picoteando con su novio! Antes que ella comprendió él la inconveniencia
+de prolongar la alborada de amor, y así se lo dijo. Convenidos el cómo
+y cuándo de verse en el curso del día, Calpena se arrancó con esfuerzo
+del celestial muro. El día se recreaba iluminando con sus primeras
+claridades la ideal belleza de Aura, quien no se apartó del balcón
+hasta que hubo recibido el último saludo de don Fernando. Se fue y
+volvió el galán como unas tres o cuatro veces, jugando al escondite en
+la esquina de la calle Mayor, hasta que al fin, siendo preciso poner
+término al juego... se arrancó de veras.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch23">
+ <h2 class="nobreak g1">XXIII</h2>
+</div>
+
+<p>Más que inquieto, lleno de zozobra por la desusada tardanza de
+Fernandito, le esperó levantado su amigo don Pedro, y al verle entrar,
+conoció por su rostro encendido, por el febril centelleo de su mirada,
+que algo muy grave le había ocurrido aquella noche. Interrogole<span
+class="pagenum" id="Page_238">p. 238</span> dulcemente, y no obtuvo
+respuesta categórica.</p>
+
+<p>—Luego me lo contarás —dijo Hillo—, que ya es hora de que me vaya
+a decir mi misa. Me has tenido toda la noche en vela. Como no es tu
+costumbre trasnochar, me alarmé. ¿Has estado en alguna logia? ¿Se trata
+de algún mal paso, de algún lance?... Pero no quiero molestarte ahora.
+No me cuentes nada, y descansa, pobrecito, que estarás muerto de sueño.
+Yo me voy al Carmen... Duerme todo el día si quieres, y a la tardecita
+me contarás...</p>
+
+<p>Se fue don Pedro a celebrar, y al regreso de la iglesia, Calpena
+dormía. Acercose a su lecho el presbítero y le vio dormidito como un
+ángel, con ese leve sonreír que indica un venturoso sueño. A la hora de
+comer quiso doña Cayetana despertarle; pero se opuso Hillo diciendo:</p>
+
+<p>—No, no, pobre hijo; dejarle que duerma: sabe Dios lo molido y
+ajetreado que estará ese bendito cuerpo. Guárdesele la comida.</p>
+
+<p>Salió después a una diligencia que le entretuvo dos horas, y al
+volver a casa díjole Delfinita que don Fernando había comido presuroso
+y sin enterarse de lo que metía por la boca; que no respondía a lo
+que se le preguntaba, como si se hubiese dejado en otra parte el
+pensamiento y la palabra. Y lo más singular fue que, sin probar el
+postre, que era miel de la Alcarria y queso de Villalón, había cogido
+el sombrero y echádose a la calle con tanta prisa como si le llamaran
+a apagar un fuego. ¡Cosa más<span class="pagenum" id="Page_239">p.
+239</span> rara! Indudablemente ocurrían sucesos inauditos. ¿Sería,
+por fin, la estupenda anagnórisis que Hillo por momentos esperaba?
+Entregándose a sutiles cavilaciones y al trabajo de adivinar, esperó
+el clérigo la vuelta de su amigo; pero tuvo el acierto de esperarle
+sentado, porque Calpena no entró en casa hasta la mañana del siguiente
+día.</p>
+
+<p>Ya no pudo Hillo aguantar más los ardientes picores de la
+curiosidad, y tomando una actitud serena, le dijo:</p>
+
+<p>—Hoy sí que no te me escapas sin contármelo todo.</p>
+
+<p>Calpena, confuso, no sabía por dónde empezar. Hillo cortó la solemne
+pausa diciendo ¡<i>Habla</i>!, con el acento con que esta palabra se
+pronuncia en las tragedias de secano.</p>
+
+<p>—Pues... nada.</p>
+
+<p>—¿Cómo nada? ¿Es acaso alguna intriga política?</p>
+
+<p>—No, señor.</p>
+
+<p>—Pues yo sé que en el ministerio no se vela... Vamos, será cuestión
+de amoríos...</p>
+
+<p>—Tampoco; porque los amoríos son cosa frívola y pasajera, y esto
+no.</p>
+
+<p>—Amor entonces —dijo Hillo con benevolencia, y terminó la expresión
+de su idea con una nota humorística—: ¿Conque amor tenemos? Bueno: con
+tal que sea clásico...</p>
+
+<p>—¿Y qué entiende usted por amor clásico?</p>
+
+<p>—El que se contiene dentro de los límites de la conveniencia y de la
+regularidad; el que no es motivo de escándalo, sino ejemplo de buenas
+costumbres; el que no es furor insano, sino afecto plácido y limpio; el
+que tiene<span class="pagenum" id="Page_240">p. 240</span> por norte
+la familia y por cebo una relación casta, con el consentimiento de los
+padres...</p>
+
+<p>—Yo no tengo padres.</p>
+
+<p>—Di que no los conoces. Mientras te llega la anagnórisis, tu padre
+soy yo: yo miro por ti, y te guío en el camino de la vida.</p>
+
+<p>—Me temo, querido Hillo, que después del paso que he dado, tenga yo
+que arreglármelas solo para seguir andando... En fin, puesto que usted
+habla de amor clásico, diré a usted que el mío, como águila a quien
+quisieran encerrar dentro de un huevo de paloma, ha roto los moldes, ha
+roto el viejo y podrido cascarón del clasicismo.</p>
+
+<p>—No te conozco —dijo don Pedro con sobresalto—. ¿Eres tú el joven
+Calpena?</p>
+
+<p>—No, señor... El joven Calpena que usted conoció se ha transformado
+radicalmente en días, en horas. Cuando menos uno lo piensa, sobreviene
+la crisis capital de la vida...</p>
+
+<p>—Hombre, eso es gravísimo. ¿Y quién es ella? ¿Acaso la niña que
+llamamos marmórea?... ¿Dices que no? ¿Pues de quién se trata? ¿No
+puedo saberlo? Sea quien fuere podré darte una opinión franca, un buen
+consejo.</p>
+
+<p>—Me hallo en una situación tal, que toda opinión que no sea la mía
+me hará el efecto de una enemistad irreconciliable; y en cuanto a los
+consejos, debe usted esperar a que yo se los pida.</p>
+
+<p>—Arrogantillo estás. Por lo que dices, voy entendiendo que tus
+amores son de esos<span class="pagenum" id="Page_241">p. 241</span>
+que llaman, que llaman..., no sé..., esta clase de bregas son para
+mí desconocidas. Pero ello debe de ser cosa vergonzosa, una pasión
+de estas que nos ha traído el romanticismo, y que suelen acabar con
+descabello de media humanidad.</p>
+
+<p>Interrumpió el diálogo la llegada de una carta. Era de la <i>mano
+oculta</i>, que no había escrito en toda la semana. A Fernando le dio
+un vuelco el corazón, y barruntando que el contenido de la epístola
+heriría su vidriosa sensibilidad, rogó al clérigo que la leyese. Él
+oiría, procurando enterarse, pues su espíritu, en aquellos días de
+ansias y delirio, no acudía fácilmente al reclamo de la realidad
+próxima. Después de suspirar fuerte, don Pedro leyó:</p>
+
+<div class="carta">
+
+ <p>«¿Conque tenemos al niño enamorado? Ya me esperaba yo ese
+ sarampión, que rara vez falla a los veintidós años. Paciencia, y pues
+ no hay más remedio que pasarlo, no lo combatamos, y pónganse los
+ medios para que brote bien... Tontín, se te tolera esa pasioncilla
+ juvenil, que es el paso de la adolescencia a la madurez de la vida.
+ Los hombres conceptúan eso necesario, inevitable; tales turbonadas,
+ dicen, son necesarias, hasta convenientes. Sea: con pena lo admito,
+ y te suplico que acabes cuanto antes, no sea que la enfermedad se
+ meta demasiado en lo hondo. No tengo tranquilidad hasta que sepa
+ el radical fin de esa novelesca aventurilla, y no dudes que he
+ de saberlo, como supe lo del banquete que te dio la Zahón, como
+ tengo<span class="pagenum" id="Page_242">p. 242</span> noticias
+ del desenfado con que te pones a pelar la pava con la chiquilla de
+ Negretti. También sé que es muy linda. No te acusaré de mal gusto,
+ no; y como te tengo por hombre perspicaz y conocedor del género,
+ presumo que en tus largos plantones al pie del balcón habrás tenido
+ tiempo de comprender que la niña es diamante falso. ¡Ah, tontín!, la
+ pedrería fina es muy escasa, y no se encuentra en la primera cena a
+ que nos convidan...».</p>
+
+</div>
+
+<p>Al llegar a esto, Calpena no pudo contener el dolor, la ira que
+estas apreciaciones le produjeron, y estalló diciendo:</p>
+
+<p>—Eso es sencillamente infame... Dígalo quien lo dijere, es inicuo,
+ultrajante. No debo hacer caso de la opinión de persona anónima, que
+no puede sentir la verdad, como la siento yo... Y juro que no habrá
+voluntad que me tuerza, ni razón humana que me persuada de que esto no
+es para mí el supremo bien, el único bien posible.</p>
+
+<p>—Espérate un poquito y déjame acabar. Sigo:</p>
+
+<div class="carta">
+
+ <p>«Como para estas aventurillas, que mejor será llamar calaveradas,
+ se necesita dinero, te mandaré mañana seis onzas. Más, mucho más
+ recibirás; pero entiende que este dinerito no debe servir para
+ prolongar la enfermedad, sino para ponerle término... Y no te digo
+ más por hoy.»</p>
+
+</div>
+
+<p>—¡No puedo, no puedo —exclamó Calpena dando vueltas por la
+habitación como un loco— sufrir por más tiempo esta tutela anónima!...
+Y estas burlas, este desconocimiento<span class="pagenum"
+id="Page_243">p. 243</span> de la verdad, me lastiman, me hieren más
+que si me asestaran cien puñaladas... ¡Oh, cuánto diera yo por conocer
+a la persona que me escribe, y poder decirle lo que siento...! No, no
+dudo que esa persona se interesa por mí, que me ama. También la quiero
+yo sin conocerla. Pues bien: yo la convencería... ¿Cómo no había de
+convencerla, si yo lo estoy firmemente, si llevo dentro de mi alma, no
+solo todo el amor, sino toda la lógica del mundo?...</p>
+
+<p>—Hijo mío —le dijo Hillo con expresivo afecto—, lo que la señora
+incógnita te escribe es el puro evangelio. Considera tú ese amor como
+una aventurilla pasajera..., cosas de muchachos, ejercicio vital...
+y... dale ya puntillazo...</p>
+
+<p>Le miró Calpena, plantándose ante él desdeñoso, altanero, y con
+grave entereza contestó:</p>
+
+<p>—Soy un hombre; tengo un alma que es mía, una inteligencia que me
+pertenece, y con ellas siento y juzgo lo que me incumbe. Ni de usted
+ni de esa desconocida persona admito lecciones, ni soy un niño para
+recibirlas en esa forma. Quien nunca ha tenido familia, bien puede
+declararse independiente como lo hago yo ahora. La soledad en que he
+vivido me ha enseñado a gobernarme por mí mismo. Soy libre, señor don
+Pedro; a nadie me someto. Los que me protegen por motivos que aún están
+rodeados de oscuridad, que den la cara, y entonces hablaremos. Si
+conseguimos entendernos, bien, y si no, lo mismo.<span class="pagenum"
+id="Page_244">p. 244</span> No altero mis propósitos, no me someto, no
+me rindo.</p>
+
+<p>Sin dejar de admirar esta noble gallardía, trató Hillo de reducirle
+a la obediencia ciega de la <i>deidad velada</i>, pues así también
+solía llamarla, no sabiendo qué nombre darle, y el primer argumento
+que empleó fue que le convenía dicha sumisión para no comprometer su
+brillante porvenir.</p>
+
+<p>Echándose a reír, le contestó don Fernando que él no contaba con
+más porvenir que el que por sí mismo se labrase, pues todo lo demás
+era fantasmagorías y sueños; y en último caso, que no sacrificaría a
+ninguna consideración, ni a interés alguno por grande que fuese, la
+pasión que colmaba todos los anhelos de su existencia. Y como don Pedro
+insistiese en que la aventura no merecía nombre de pasión seria, y que
+debía ponerle punto final, replicole el joven con flema:</p>
+
+<p>—No puede ser, mi querido Hillo. En esto he querido aplicarme
+fielmente el precepto fundamental de su filosofía práctica... Para que
+no diga usted que fracaso como todos los españoles que emprenden algo,
+me propongo <i>rematar la suerte</i>.</p>
+
+<p>—¡Ah!, pillo... ¿De modo que te casas...?</p>
+
+<p>—Tal creo... Esto no es aventura..., para que vaya usted
+enterándose.</p>
+
+<p>—Estás perdido, perdido sin remedio... Un joven llamado a... qué
+sé yo..., llamado a grandes destinos... ¡Por Dios, Fernandito de mi
+vida, mira bien lo que haces!... Y a mí que me parecían poco para ti
+todas las duquesas<span class="pagenum" id="Page_245">p. 245</span> y
+princesas que andan por esas cortes.</p>
+
+<p>—Yo soy pueblo, pueblo nací y pueblo me encuentro ahora. ¡Ay!, amigo
+Hillo, me acuerdo de mi cuna. Era de mimbres, y estaba rota y medio
+deshecha. Yo ensanchaba los agujeros con mis manecitas, y me echaba
+fuera para jugar con un perro y dos cabras que había en la pobrísima
+estancia donde me criaron... ¡Y ahora me habla usted de duquesas y
+princesas! A usted le ciega, o más bien le enloquece su bondad... Yo
+no soy lo que era. He dado un gran vuelco: mis ideas son otras. No
+tengo ya más que una ambición, y a satisfacerla se encaminan todas las
+potencias de mi alma. Me crio aquel bendito en la templanza, en la
+regularidad, en el justo medio de todas las cosas. Pues ya no quiero
+justo medio; ya me solicitan las situaciones extremadas... Quiero
+exceso de vida, energías poderosas, mucho gozar o mucho sufrir, luchar,
+hacer cara a los grandes desastres si vienen, hartarme de felicidad
+si Dios me la depara. No quiero andar por caminos trazados, ni que me
+cuenten los pasos que doy, ni que me lleven con andadores, ni que me
+muevan con hilitos, como si fuera yo figura de titiritero. No, no: de
+un salto me he echado fuera del retablo, y entro en el mundo yo solo.
+El mundo es grande. Un sentimiento, grande también, llevo yo conmigo.
+¿Hay espacio? Sí. ¿Tengo yo alas? Sí. Pues a volar.</p>
+
+<p>Y cogiendo el sombrero, se fue a la calle, sin añadir una palabra,
+dejando a su excelente<span class="pagenum" id="Page_246">p.
+246</span> amigo todo confuso y turulato, con las manos en la cabeza,
+desahogando con patéticas exclamaciones la turbación de su espíritu:</p>
+
+<p>«¡Señor, devuelve el seso a este noble chico, digno de mejor
+suerte!... ¡Le he tomado tanto cariño, que sus asuntos me interesan más
+que los propios!... ¡Señor, descúbreme el misterio de Calpena; dame a
+conocer la <i>mascarita</i> esa que le protege y le dirige! Que yo la
+descubra, para llegarme a esa divina tutora y decirle que se declare,
+que se quite la careta, único medio de que nuestro Fernandito entre
+en razón. <i>Tutora</i> he dicho, pero mejor será decir madre... En
+su estilo se ve la delicadeza, la gracia, y un cariño intensísimo. Es
+madre, y además dama ilustre. Su estilo lo revela, esa discreción de
+alto tono, esa exquisita habilidad para ocultarse... ¡Dios mío, santo
+Apóstol bendito mi patrono, santa Virgen, y vosotros, santos, santos
+todos de la corte celestial, despejadme esa incógnita, pues creo que
+entre ella y yo, puestos al habla, salvaríamos a este alucinado chico
+de la perdición, de la ignominia, de la muerte!».</p>
+
+<p>Su generoso anhelo sugirió al buen presbítero una idea, un plan, y
+propósito firmísimo de empezar a realizarlo aquella misma tarde.</p>
+
+<p>«Voy a minar la tierra para <i>desvelar</i> a esa <i>velada</i>.
+Dios me abrirá camino; Dios iluminará las oscuridades que encontraré en
+los comienzos de mi trabajo. A esta investigación consagraré mi tiempo,
+pues ya no me importa que me den ni que me quiten<span class="pagenum"
+id="Page_247">p. 247</span> la cátedra que me corresponde... Y ahora
+digo yo: ¿por dónde empiezo?... A ver, Pedro, discurre un poco,
+<i>afina la suerte</i>... Por de pronto, si a ese loquinario le da la
+ventolera de desdeñar las cartas de su protectora, yo las recogeré
+cuando vengan, las leeré y las tendré bien guardaditas hasta que a él
+se le caiga de los ojos la venda. Y si envía dinero, como anuncia, yo
+lo guardaré también para írselo dando conforme a sus necesidades, que
+ahora presumo han de ser muchas... Esto lo primero; después...».</p>
+
+<p>Dándose un golpe en la frente, lanzó una exclamación de alegría:</p>
+
+<p>«<i>Eureka</i>, ya sé cuál es el primer paso que tengo que dar: ir
+a la casa de esa mozuela de quien se ha enamorado, y verla y hablar
+con su familia, para lo cual me valdré o del compañero de oficina de
+Calpena, señor Milagro, o del señor Maturana, el diamantista que vino
+a buscarle y se le llevó, con la cajita de Olorón bajo el brazo, en
+aquel aciago día... Perfectamente: ya tengo mi base de operaciones...
+Luego trataré de averiguar por qué medios, por qué espionaje pasan a
+conocimiento de la <i>velada</i> todos los actos de Fernandito, cuantos
+pasos da este Madrid tan grande. Pondreme, pues, en relación con los
+acechadores o centinelas que tiene esa señora. Sepa ella que yo quiero
+ser también su misterioso vigía, y que ninguno habrá más diligente ni
+más desinteresado que yo... Procuraré además el trato y conocimiento de
+todos los amigos de Calpena: ese empleado tísico, ese Larra, ese<span
+class="pagenum" id="Page_248">p. 248</span> Ros de Olano, ese Pezuela,
+ese Veguita... Ellos quizás me den alguna luz... Y si pudiera colarme
+en los dorados palacios donde el señorito fue introducido no hace
+mucho, también me colaría... sí señor... dispuesto estoy a todo, hasta
+a disfrazarme... Sí, sí, señor don Fernando Calpena: usted no se ríe
+de mí; usted no se emancipa, no, mientras esté aquí su viejo amigo,
+este pobre clérigo, que beberá los vientos por evitar que un mozo de
+tales prendas, que evidentemente lleva sangre de reyes..., ¡lo dicho,
+dicho!..., sangre de reyes, caiga en los abismos del amor enfermizo y
+de la calentura romántica».</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch24">
+ <h2 class="nobreak g1">XXIV</h2>
+</div>
+
+<p>No constan los días que empleó el buen Hillo en su investigación
+preliminar; solo se sabe que no fueron pocos, y que al cabo de
+una semana conocía algo y aun algos de la familia Zahón, y había
+hablado largamente con Milagro y con Maturana, los cuales, lejos de
+aclarar el enigma principal, lo que hicieron fue añadirle nuevas
+oscuridades... Sin desmayar ni un punto en sus tareas policiacas,
+trató de hacer cantar a Méndez; mas toda tentativa cerca del estirado
+patrón resultó inútil, bien porque nada de lo sustancial sabía, bien
+porque quisiera echárselas<span class="pagenum" id="Page_249">p.
+249</span> de discreto, contraviniendo el tradicional tipo de los
+pupileros y fondistas. Cuando se veía el hombre muy estrechado por
+la apremiante argumentación de don Pedro, no se le ocurría más que
+remitirle a <i>Edipo</i> y al señor de Azara. Salía don Pedro al ojeo
+del polizonte, conseguía echarle la zarpa, le interrogaba, y el feo
+<i>Edipo</i> le decía:</p>
+
+<p>—Señor de Hillo, estoy muy a gusto en mi <i>colocación</i> y no
+quiero perderla. Tengo seis criaturas, que son, vamos al decir, seis
+candados que cierran mi boca. Si por contestar a sus preguntas me dejan
+cesante, no será usted quien me coloque. Conque déjeme en paz y llame a
+otra puerta.</p>
+
+<p>Y don Manuel de Azara, el hombre más avinagrado y de mejores
+despachaderas que Dios ha echado al mundo, le recibía, después de
+plantones de tres horas, para decirle que se metiera en sus asuntos y
+dejara los ajenos. Ni un indicio, ni una ráfaga de luz, ni un vocablo
+indiscreto.</p>
+
+<p>Acudió después mi hombre al tísico Serrano, que llenándole la cabeza
+de mentiras y encaminándole por una pista falsa, le hizo perder el
+tiempo y la paciencia; y tantea aquí, tantea allá, se refugió en la
+amistad y en los grandes conocimientos sociales de su compañero de
+casa, Nicomedes Iglesias. Si al principio pareció que el politicastro
+tomaba el asunto con interés, pronto dejó de hacerlo; tan sorbido le
+tenían el seso los negocios políticos, el interés de las sesiones, y
+el periodiquillo que había fundado en unión de su amigote reciente,
+Luis González o Luis<span class="pagenum" id="Page_250">p. 250</span>
+Brabo, que de ambos modos respondía, en el cual papelejo apoyaban al
+grupito de oposición parlamentaria que formaron en <i>Procuradores</i>
+Caballero, López y el conde de las Navas. Si el hombre no estaba
+demente, le faltaba poco; su cortante lengua no desmayaba un instante
+durante el día, ni su enconada pluma por la noche. Competía con él en
+acrimonia y acometividad el tal Brabo, andaluz, delgadito, aguileño,
+más vivo que la pólvora, cortado para la política de ruido y para
+soliviantar con gracia a las multitudes. Meses después, Brabo escribía
+en papeles moderados; Iglesias extremaba sus ideas revolucionarias
+en los del bando liberal; su consecuencia, que era una forma de su
+orgullo, le valía persecuciones y desdenes. Pero en diciembre del
+35 todavía se le contaba entre los hombres de porvenir, aunque su
+irritación por no haber entrado en el Estamento le creaba enemigos,
+alejándole de la meta de su ambición.</p>
+
+<p>Mientras Hillo con tan poca fortuna emprendía la reconquista de
+Calpena, este se transformaba, haciéndose huraño, apartándose de
+sus primeras amistades para contraer otras nuevas con personas bien
+distintas de los literatos del Parnasillo y de los concurrentes a
+tertulias de tono. Abandonó en absoluto la sociedad elegante, y no
+volvió a parecer por la casa aristocrática, donde se entristecían por
+su ausencia las bellezas más o menos marmóreas. Cultivaba la amistad
+de los oficiales de la Guardia y de infantería,<span class="pagenum"
+id="Page_251">p. 251</span> yernos de Maturana, y conoció a los de
+Fonsagrada, la familia que más trato tenía con la Zahón. Algunas tardes
+paseaba con el soldadito chiclanero y poeta, amigo de Milagro, Antonio
+García, autor imberbe de un drama caballeresco que tenían en su poder
+los cómicos del Príncipe.</p>
+
+<p>Contra lo que Fernando temía, doña Jacoba no se opuso a sus amores
+con Aura; casi los alentaba y protegía, pero encerrándolos dentro de
+la esfera de castas relaciones con buen fin, y sometiendo la fogosa
+pasión de ambos amantes a las reglas caseras que para tales casos se
+usan, y que en aquel tiempo eran de una simplicidad enfadosa. Hacía
+esto la Zahón más que por sentimiento, por cálculo, mirando a su propio
+interés antes que al de la joven puesta a su custodia. Era ante todo
+traficante, se había criado en el compra y vende; todas sus canas, que
+eran muchas, y las jorobas que en su esqueleto se formaban, le habían
+salido en el continuo y anheloso estudio de la ganancia fácil. Por lo
+demás, su moral era tan ancha como las mangas del vestido que el reuma
+le obligaba a usar, y sus creencias religiosas, tibias como las aguas
+con que se lavaba. La moral de los contratos de cosas, interpretada a
+su manera, érale muy conocida y familiar; la otra, la tocante al honor
+y al recato, solo existía en su conciencia con formas desleídas.</p>
+
+<p>Sujetó, pues, a los amantes a un régimen de apariencias
+estrictamente morales, prohibiendo en absoluto las entrevistas de
+calle y<span class="pagenum" id="Page_252">p. 252</span> balcón, y
+permitiéndoles hablarse a horas fijas en su casa y en su presencia. Con
+esto cumplía, y sentaba sobre bases decorosas su bien planeado negocio.
+Muy mal sabían a Fernando y a su dama esta reglamentación de colegio y
+este régimen de insulso noviazgo, aplicado a una pasión tan flamígera;
+pero lo soportaban en espera de los arranques de su albedrío, planeando
+también algo, que muy calladito tenían, y desquitándose por el pronto
+con el carteo constante y clandestino de que era mediador el cuitado
+Lopresti. Con los Fonsagradas se les permitía salir alguna vez de
+paseo, bien vigiladitos, no pudiendo campar libremente ni a la ida ni
+a la vuelta, ni extraviarse en las arboledas de la Florida, ni jugar a
+la gallina ciega. Estaba, pues, Calpena hecho un novio <i>clásico</i>,
+contra lo que su temperamento y sus altas ideas le dictaban; pero se
+sometía o afectaba someterse, con la esperanza de que no había de durar
+mucho la insípida comedia. Por aquellos días iba al ministerio nada
+más que el tiempo preciso para no caer en falta, y a veces dejaba de
+asistir pretextando enfermedades. Rara vez le llamaba ya el ministro a
+su despacho para encargarle contestaciones de cartas. Hacíalo siempre
+dando las instrucciones a Milagro, el cual repartía la tarea y vigilaba
+la de su compañero, llevándolo todo a la firma.</p>
+
+<p>Hacia el 20 de diciembre, poco antes de la célebre discusión del
+<i>voto de confanza</i>, en días en que Mendizábal estaba gozoso,
+como<span class="pagenum" id="Page_253">p. 253</span> hombre que
+vislumbra el éxito y ve próxima la realización de sus ideas, llamó a
+Milagro y le hizo sentar frente a sí en la mesa de su despacho. Habíale
+tomado afición por la donosa vaguedad que sabía emplear en la redacción
+de cartas de pura fórmula, en que no se dice nada, y por el estilo
+cortesano y elegante en que envolvía el <i>perdone usted por Dios</i>,
+receta contra los pedigüeños de gollerías.</p>
+
+<p>—Ante todo —dijo Mendizábal con aquella presteza nerviosa que ponía
+en su trabajo—, póngame usted ahora mismo, pero ahora mismo, una carta
+a don Martín, diciéndole que detenga el nombramiento de Catedrático de
+Retórica de un clérigo que se llama don Pedro Hillo, en favor del cual
+le escribimos no sé cuándo...</p>
+
+<p>—Anteayer.</p>
+
+<p>—Me había recomendado a este sujeto Musso y Valiente, si no recuerdo
+mal.</p>
+
+<p>—Sí, señor, y antes don Manuel José Quintana...</p>
+
+<p>—Y creo que también Juan Nicasio Gallego..., en fin, medio mundo.
+Tanto me han mareado, que me decidí a recomendarle a Heros. Pero
+después he sabido algo que me pone en guardia... Francamente, yo hago
+todo el bien que puedo; pero en este puesto, y rodeado de dificultades,
+no creo estar en el caso de favorecer a mis enemigos. Dígame, ¿conoce
+usted a ese Hillo?</p>
+
+<p>—Sí, señor: vive con mi compañero de oficina, Calpena, y hemos ido
+juntos al café y<span class="pagenum" id="Page_254">p. 254</span> a
+los toros. Es muy entendido en tauromaquia.</p>
+
+<p>—¡Qué atrocidad!... Cura, torero y retórico... No he visto jamás
+ensalada semejante... Ello es que ese sujeto ha dado en perseguirme...
+Aquí viene todos los días a pedir audiencia. Como ahora no estoy para
+perder el tiempo, no se la he concedido. Pero el hombre ha dado en
+acecharme cuando entro en mi casa y cuando salgo. Todas las mañanas
+tira de la campanilla tres o cuatro veces. En la escalera, hoy, bajando
+yo con Cano Manuel y con Olózaga, me le encontré... Demudado, la voz
+temblona, me habló... La verdad, no me enteré bien de lo que dijo...
+Que no quería hablarme de la cátedra..., que se había hecho campeón de
+una causa de moralidad, de justicia..., que era preciso descorrer el
+velo... Esto del velo lo repitió no sé cuántas veces... En fin, me dio
+lástima. Paréceme que el tal presbítero no tiene la cabeza buena. Yo me
+zafé como pude, y luego me dijo Olózaga: «¿Sabe usted, don Juan, que
+este pajarraco de sotana es de los que hacen correr por ahí historias
+denigrantes en que mezclan, sin ningún miramiento y quizás con aviesa
+intención, el nombre de usted?...». «¿Qué me cuenta, Salustiano? ¡Mi
+nombre...!». «Sí, señor: quieren minarle a usted el terreno, echando a
+volar especies absurdas, actos o relaciones de la vida privada».</p>
+
+<p>Al oír esto, palideció el buen Milagro, y contestando a su jefe con
+un monosílabo que<span class="pagenum" id="Page_255">p. 255</span>
+expresaba tanta sorpresa como indignación, hizo solemne voto mental de
+no volver a probar el <i>curaçao</i> en lo que le quedara de vida.</p>
+
+<p>—No es la primera vez —continuó Su Excelencia— que llegan a mí
+rumores de esta naturaleza, unos verdaderos, referentes a hechos
+y casos que no tienen nada de ignominiosos, otros absurdos y sin
+ningún fundamento, y todos van derechos contra mi reputación, contra
+mi prestigio. Nada de esto me sorprende ni me arredra: sé que en mi
+posición, y entre españoles, no puedo esperar más que una guerra
+en la cual se emplean todas las armas, sin desdeñar las más viles.
+Conque ya sabe usted: lo primero me escribe esa carta. Que detenga el
+nombramiento para la cátedra de Alcalá. Ese señor Hillo tiene todas las
+trazas de un perturbado.</p>
+
+<p>—No creo tal, señor —dijo Milagro—. Quizás oiría el señor Hillo
+algún disparate, de esos que hace correr la gente mal intencionada, y
+el pobre señor lo habrá repetido... Y también puede ser que soltara
+la especie hallándose en ese estado de atontamiento que produce el...
+la...</p>
+
+<p>—Pero qué... ¿es bebedor?</p>
+
+<p>—No sé..., creo que... Una noche, estando varios amigos en el café
+con Maturana, el diamantista, este pidió <i>curaçao</i> y quiso que
+yo le acompañara; pero como no pruebo nunca ninguna clase de bebida,
+me resistí, dándole las gracias. Hillo bebió y se puso perdido.
+Salió diciendo cada desatino... Pero después,<span class="pagenum"
+id="Page_256">p. 256</span> cuando el aire de la calle le serenó, se
+desdijo de todo, y hasta lloraba el pobre recordando las borricadas
+que habían salido de su boca. No es mal hombre: el señor Olózaga me
+dispense; que si algo contra la respetabilidad de Vuecencia ha dicho
+ese clérigo, no ha sido con mala idea...</p>
+
+<p>—Bueno —dijo Mendizábal, cuya atención, queriendo abarcar mucho de
+una vez, se detenía poco en un asunto—. Escríbame usted la carta a
+Argüelles, incluyendo esta minuta de los principales puntos de Hacienda
+que debe tener presentes al defender el <i>voto de confianza</i>. Luego
+carta citando a Istúriz y a don Antonio González, para que nos pongamos
+de acuerdo sobre el orden y método e discusión...</p>
+
+<p>Despedido el secretario familiar, entraron los que iban a la firma,
+y Su Excelencia trabajó con ellos el resto de la tarde. Dos días
+después empezó en el Estatuto la gran tremolina parlamentaria del
+<i>voto de confianza</i>, en que Mendizábal, blasonando de atrevido
+gobernante, pidió a los Estamentos poder y autoridad para disponer
+de las rentas públicas, con el desembarazo que exigían las críticas
+circunstancias por que atravesaba la nación.</p>
+
+<p>Ya en aquellos debates empezó a torcerse la buena estrella del
+reformador, que hasta entonces no había visto más que satisfacciones,
+bienandanzas y popularidad. Los patriotas extremaron su oposición;
+los llamados <i>moderados</i> llenaban sus discursos de<span
+class="pagenum" id="Page_257">p. 257</span> reticencias maliciosas,
+chispazos que levantaban llamaradas y humareda en la opinión neutral;
+y los amigos de Mendizábal, que hasta entonces le habían defendido
+con ardor, empezaban a sentir ese frío triste, que es síntoma de ver
+con malos ojos el bien ajeno. Algunos continuaban apoyándole, porque
+estaban ligados por la gratitud; otros hacían de esta tabla rasa, y
+empezaban a mostrarse temerosos de que don Juan de Dios realizase lo
+que había ofrecido. Entre políticos, el fracaso de los grandes halaga
+a los pequeños. La masa total no se entusiasma con el éxito si este
+lo representa un hombre. La vulgaridad colectiva tiende siempre a
+conservar el nivel.</p>
+
+<p>Empezaron, pues, las inquietudes, las comezones, las ganitas de
+jarana, y la curiosidad sabrosa de ver al jefe embarullado y sin saber
+por dónde salir. Claro que los más votaban como carneros; pero otros se
+hicieron los bobos, afectando escrúpulos de rigidez constitucional. A
+estos llamaban <i>santones</i>.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch25">
+ <h2 class="nobreak g1">XXV</h2>
+</div>
+
+<p>Aburrido y desalentado, vio don Pedro Hillo entrar el año 36, a
+quien, desde el primer día de su enero, diputó por tan calamitoso y
+funesto como su antecesor el maldito 35, que<span class="pagenum"
+id="Page_258">p. 258</span> todo se pasó en guerras, disturbios y
+trapisondas. Nada había podido adelantar en la noble misión que se
+había impuesto, y el problema que desentrañar quería presentábasele
+cada día más oscuro y embrollado. Para colmo de amargura, Calpena
+no le refería cosa alguna de su vida y planes; apenas pasaba con él
+breves ratos a las horas de comida y cena, y luego a sumergirse volvía
+en la tenebrosa cisterna del vicio y la deshonra, pues no otra cosa
+significaba para don Pedro la casa de la Zahón. Para mayor desdicha,
+tuvo el buen presbítero el disgusto de saber, por un amigo de <i>lo
+Interior</i>, que hallándose extendido su nombramiento para la cátedra,
+don Martín de los Heros le había dado carpetazo por indicación del
+Presidente del Consejo. Esto le llevó a una tristeza profunda, y no
+veía más que ocultos enemigos y persecuciones misteriosas... ¡Misterio
+por todas partes, romanticismo y sombras espectrales! Lo único que
+alegraba su espíritu era las cartas de la incógnita que, autorizado por
+Calpena, leía y guardaba. En todas ellas latía la tristeza y el intenso
+cariño de quien las redactaba. Véase un ejemplo:</p>
+
+<div class="carta">
+
+<p>«Aunque diariamente recibo pruebas del olvido en que me tienes, no
+puedo acostumbrarme a tu desobediencia. Te mandé que fueras a la misa
+de once en el Carmen, y no fuiste ni a esa ni a ninguna, pasándote
+toda la mañana en casa de la diamantista. Te encargué la asistencia
+al Estamento para que oyeras y gozaras la discusión del <i>voto de
+confianza</i>, y<span class="pagenum" id="Page_259">p. 259</span>
+tampoco pareciste por allí. Ni en <i>el Casón</i> de los Próceres se te
+ha visto tampoco, por más que te recomiendo concurrir a menudo, para
+que habitúes el oído a las buenas formas oratorias, para que tomes
+gusto a la política seria y veas de cerca a los hombres eminentes que
+han de gobernarnos ahora y después, los cuales serán malos, si quieres,
+pero con ellos tenemos que apencar, porque no hay otros.</p>
+
+<p>»Te veo adquiriendo hábitos groseros: te has hecho huraño,
+desagradecido, siempre devorado por insana inquietud, presuroso en
+todas partes; te veo encenagado en una pasión loca, impropia de toda
+persona regular; no haces caso de nada, no miras a tu porvenir,
+no correspondes a la ternura de quien por ti se interesa y quiere
+dirigirte, sin que mueva tu voluntad el considerar lo que esta
+protección reservada cuesta y supone, ni las amarguras y sufrimientos
+que hay bajo de ella».</p>
+
+</div>
+
+<p>Al terminar este pasaje, tuvo Hillo que suspender la lectura para
+limpiarse dos lagrimones que por sus mejillas resbalaban. Luego siguió
+leyendo:</p>
+
+<div class="carta">
+
+<p>«Y no paran aquí los estragos de tu devaneo amoroso, pues no solo
+te muestras ingrato conmigo, sino con ese buen sacerdote, tu compañero
+de casa, que tanto interés demuestra por ti. Le desdeñas, evitas su
+compañía porque quiere apartarte, como yo, del despeñadero a que
+corres. Has delegado en él la lectura de mis cartas y la custodia de
+tu dinero, prueba<span class="pagenum" id="Page_260">p. 260</span>
+de confianza que me agradaría si no significara indolencia y criminal
+olvido de tus obligaciones. El pobre señor de Hillo, por salvarte y
+correr tras de tus errores, ganoso de corregirlos, ha dado un mal paso.
+De los males que se le ocasionen eres tú responsable. Verdad que en
+su generoso afán incurrió el cleriguito en la tontería de pretender
+descubrirme y desenmascararme, y esto forzosamente había de producirle
+algún desavío, porque nosotras las esfinges solemos dar un zarpazo
+al que intenta descifrar el enigma que encerramos. Buscando indicios
+aquí y allá, interrogando a gentes diversas, el señor don Pedro ha
+oído enormes disparates, y cometido después la grave indiscreción de
+repetirlos. Algunas de las absurdas hablillas que tu amigo recogió
+en los cafés o en medio de la calle afectaban al señor Presidente
+del Consejo, y eran escandalosa infracción del respeto que se debe a
+la vida privada. Alguien se enteró de ello, y fue con el cuento al
+señor don Juan de Dios (a quien solemos llamar <i>Juan y Medio</i> por
+su gigantesca estatura), y he aquí que el grande hombre se amosca,
+dumostrando cierta pequeñez de espíritu, pues lo que de él dijo nuestro
+capellán no merecía más que olvido y menosprecio: tan necia y ridícula
+era la invención. ¡Pobre Hillo! Acordado ya su nombramiento para la
+cátedra que pretende, el señor Mendizábal ordenó que se anulara.
+Paréceme este rigor poco digno de un hombre que se nos ha venido acá
+con la pretensión de traernos el<span class="pagenum" id="Page_261">p.
+261</span> reinado de la libertad, de la justicia y del orden social, y
+así pienso decírselo. Perdóneme el señor don <i>Juan y Medio</i>; pero
+me parece que ha obrado como un <i>santón</i> cualquiera, de esos que
+ahora le están armando la zancadilla. El motivo de estas pequeñeces
+es que el grande hombre considera la popularidad como el principal
+fundamento de su fuerza, y le saca de quicio todo lo que puede mermar
+o poner en peligro ese fantástico y vano poder. ¡Qué error! Fíjate en
+esto para que vayas aprendiendo. La fuerza la da el buen gobernar, el
+cumplimiento de lo que se ha ofrecido, la energía, la rectitud; de todo
+esto sale al fin el aura popular. Pero pretender el calor de la opinión
+cuando no se hace nada, o se hacen las cosas a medias, es grande
+ceguedad. De este mal mueren todos nuestros políticos... La confianza
+en un prestigio ilusorio perderá a este buen señor, que podría
+indudablemente regenerar el país si se cuidara menos de aspirar el
+incienso que le echan sus aduladores y paniaguados. Buenas ideas trae,
+grandiosos planes ha concebido; pero difícilmente logrará realizarlos,
+porque, como dice tu amigo, no sabrá <i>rematar la suerte</i>».</p>
+
+</div>
+
+<p>Sonriendo pensativo, guardó la carta don Pedro en la gaveta
+donde metódicamente las iba poniendo, para dar cuenta a Calpena
+como secretario fiel. Desconcertado por su fracaso, permaneció unos
+días en situación expectante, soñando con inesperadas sorpresas
+de la Providencia divina, hasta que llegó<span class="pagenum"
+id="Page_262">p. 262</span> otra carta de la incógnita, con la
+particularidad de que no iba dirigida a Fernando, sino a él, al propio
+don Pedro Hillo, presbítero. Con vivísima emoción se encerró en su
+cuarto, recatando el papel cual tímido enamorado que recibe la primera
+esquela de la niña que adora, y leyó lo siguiente:</p>
+
+<div class="carta">
+
+<p>«Señor de Hillo: Me dirijo a usted como al único leal amigo del
+descarriado Fernando, para suplicarle con efusión del alma que,
+mientras yo trato de cortar el vuelo de esa criatura por los espacios
+tempestuosos del romanticismo, intente usted poner estorbos a su
+temeraria iniciativa, y desbaratar sus planes, aunque para ello tenga
+que valerse de las artes del disimulo, y poner en juego resortes que,
+si bien algo violentos, no son ilícitos tratándose de tan generoso y
+noble fin. Indudablemente, Fernandito y su desatinada novia traman
+alguna travesura, que me temo sea de gravísimas consecuencias. Sé
+que ese insensato ha comprado armas: dos pistolas, espada, navajas
+grandísimas. Me permito encargar a usted que si el chico ha llevado
+las armas a su casa, procure quitárselas sin miramiento alguno, y
+esconderlas donde no las pueda recobrar; le recomiendo además que le
+prive de dinero, dejándole solo lo más preciso. Todo lo que enviaré
+estos días, en la forma acostumbrada, hágame el favor de recogerlo sin
+darle de ello noticia, y resérvelo para los gastos que ocasionen las
+diligencias que hará usted, conforme yo le vaya indicando, a medida
+que<span class="pagenum" id="Page_263">p. 263</span> reciba más
+noticias de lo que traman esos pillos.</p>
+
+<p>»Igualmente le invito, afrontando las objeciones que ha de hacerme
+su delicadeza, a emplear en sus atenciones propias la parte que estime
+conveniente del dinero de Fernando. No me venga usted con remilgos. Le
+nombro capellán, o, si se quiere, ayo de ese inexperto joven, y es muy
+justo que perciba los emolumentos que de ley le corresponden. Déjese
+usted de cátedras y de más correrías por los ministerios pretendiendo
+una plaza que ya no le hace falta para nada. Me figuro que sus posibles
+se van agotando con tan ineficaz y largo pretender, y espero que
+sin reparo alguno acepte usted lo que con todo el respeto debido le
+ofrezco. ¿Qué sería de usted si no aceptara? ¿De qué vivirá si, como es
+muy probable, no le dan la dichosa cátedra? Usted no es hombre capaz
+de hacer el parásito; usted no se humillará a postulaciones impropias
+de su severa dignidad. ¿Qué remedio tiene mi buen cleriguito más que
+dejarse querer, y admitir lo que nunca será proporcionado al gran
+servicio que prestará a ese pobre niño? Además, ni tiene usted carácter
+para instruir muchachos, ni podrá nunca acomodar su condición amable
+a tan ingrata tarea. Si me promete no enfadarse, le diré una cosa:
+no está mi señor don Pedro muy versado en letras humanas, y apenas
+conserva en la memoria unas cuantas reglas de retórica anticuada y
+fiambre, y ejemplos sueltos de prosa y poesía,<span class="pagenum"
+id="Page_264">p. 264</span> que ya están mandados recoger. ¿Ni cómo
+podía ser de otro modo, si usted no coge un libro a ninguna hora del
+día, y no hace más que hablar de política y toreo, y bromear con
+Nicomedes? El baúl de libros que trajo de Zamora, lo tiene usted lleno
+de polvo y telarañas. No ha sacado usted más que un par de cuadernos
+del <i>Almacén de frutos literarios</i>, de Burgos, y el primer tomo
+(A B) del <i>Diccionario de Autoridades</i>... pero no lo sacó para
+leerlo, sino para recalzar el colchón de su cama que se le hundía por
+los pies... Quedamos en que no más retórica, no más echar los bofes
+detrás de una cátedra que desempeñará mejor otro cualquiera. Desde hoy
+se consagra usted a Fernando, a salvarle del deshonor, a traerle al
+camino de la honestidad, de la obediencia a los superiores. Es usted,
+con menos humanidades, pero no con menor abnegación y cariño, el
+sucesor del benditísimo párroco de Vera, don Narciso Vidaurre. No me
+replique, señor Hillo, ni me ponga esa cara compungida. Cállese usted y
+obedezca».</p>
+
+</div>
+
+<p>Mediano rato estuvo don Pedro sobrecogido de la fuerte emoción, que
+hubo de manifestarse en lágrimas y suspiros. Estimando la confianza
+que en él ponía la divina incógnita, más que la oferta de recursos
+materiales, decidió aceptar oficialmente el cargo que ya por su
+voluntad oficiosa desempeñaba, y consideró que rechazar el estipendio
+sería insigne ingratitud y gazmoñería. Era una salvación milagrosa,
+pues ya se le acababan<span class="pagenum" id="Page_265">p.
+265</span> a toda prisa los dineros, sin que de ninguna parte pudieran
+venirle rentas ni gajes, como no fuesen los de la misa que diariamente
+celebraba. Precisamente había pensado días antes que si no malbarataba
+todos sus libros, no tendría con qué pagar la casa.</p>
+
+<p>Contento y animoso, sintiendo duplicado el interés por Fernandito
+y el respeto y admiración de la oculta deidad, dedicó toda su energía
+a desempeñar la misión que aquella con suprema autoridad le había
+conferido. Registrado el cuarto de Calpena, no encontraron armas.
+Recelando que las tuviera en la cómoda guardadas con llave, pensó
+en proveerse de ganzúa para sustraerlas, pues la incógnita le había
+mandado que no se parase en pelillos. Pero en esto llego nueva carta,
+que decía:</p>
+
+<div class="carta">
+
+<p>«No busque más las armas, señor presbítero, porque las tiene en casa
+de un amigote con quien ahora intima mucho: Patricio de la Escosura,
+el artillerito ese a quien suponen, y debemos creerlo, la última mosca
+cogida en las redes de esa araña de la Oliván. Escosura y otro joven
+llamado Miguel de los Santos (no me acuerdo del apellido), son ahora
+los inseparables de Fernando: me figuro que este último le acompaña
+alguna vez a casa de la Zahón. Según mis noticias, es un truhan de
+primera, que de todo saca partido para divertirse. Vive en la calle
+de la Gorguera. Suele andar con uno de los chicos de Madrazo, Perico,
+a quien apenas apunta el bozo, pero que ya es poeta y prosista.
+Todos<span class="pagenum" id="Page_266">p. 266</span> estos niños
+y otros se traen unas ideas sentimentales que creo yo harán más
+estragos que los devaneos fúnebres, incendiarios y sanguinolentos
+del romanticismo. Busque a ese Miguelito de los Santos y hágase su
+amigo.</p>
+
+<p>»Y vamos a lo principal. Esté usted preparado para un viaje,
+¡oh pacientísimo señor don Pedro!, y perdone que le haga andar de
+coronilla. Dentro de unos días, quizás mañana o pasado, será Fernando
+trasladado a una intendencia de provincia, probablemente a Cádiz o
+Barcelona, lejos, lejos. Se le destina a las nuevas oficinas que se
+crean para la redención de censos y la venta de bienes del clero. No
+creo que se rebele contra las órdenes del ministro, negándose a salir.
+Si así lo hiciera, será preciso recurrir a otros medios. Pero no es
+probable que llegue a tanto su rebeldía... Oiga usted lo que tiene que
+hacer. En cuanto él reciba su nuevo nombramiento, que irá acompañado de
+una orden para salir en posta, usted le incita a no dilatar la partida,
+le dispone coche, se brinda a acompañarle, le dice que volverán pronto;
+pero la vuelta de ustedes será la del humo; y una vez allá, trínquemele
+bien. Si logramos apartarle de su infierno siquiera cuatro o cinco
+meses, estamos salvados, mi buen amigo y <i>coadjutor</i>.</p>
+
+<p>»Otra cosa tengo que advertirle. Debe usted, desde que disponga el
+viaje, abandonar el traje eclesiástico y vestirse de corto. Hasta creo
+que le sentará bien la ropa <i>de hombre</i>,<span class="pagenum"
+id="Page_267">p. 267</span> digo, <i>de paisano</i>..., tampoco es
+esto; vamos, de seglar. Como los vientos que hoy corren en España no
+son muy favorables a las personas eclesiásticas, por la guerra que
+estas hacen al Gobierno, unos con las armas en la mano, otros con
+sermones y escritos virulentos, no le conviene a nuestro cleriguito
+echarse con sotana y balandrán por esos mundos. Tenga presente que
+dentro de quince días, lo más, saldrá el decreto en que se ordena
+limpiar a los frailes el comedero, y ya verá usted la tremolina que se
+arma... Conque cuidado: fíjese bien en lo que me permito indicarle, y
+procure cumplirlo, sin nuevos intentos de descubrirme, porque si llega
+a mis oídos el <i>mascarita te conozco</i>, no hemos hecho nada. Yo me
+quedo donde estoy; Fernando en su laberinto de perdición, y usted en su
+páramo de cazador de cátedras. Adiós».</p>
+
+</div>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch26">
+ <h2 class="nobreak g1">XXVI</h2>
+</div>
+
+<p>Jurando <i>in mente</i> hacer todo lo que le mandaba la que tenía ya
+por autoridad suprema y tirana indiscutible, se fue Hillo al Estamento
+de Procuradores, donde le había citado Iglesias para presentarle a don
+Agustín Argüelles. Habían concertado destruir, por mediación del que
+llamaban <i>Divino</i>, la mala<span class="pagenum" id="Page_268">p.
+268</span> impresión de Mendizábal con respecto a don Pedro, haciéndole
+ver que ni era loco ni había sido difamador de Su Excelencia,
+pues si bien dijo en cierta desgraciada ocasión cuatro palabrejas
+inconvenientes, hízolo con el noble fin de condenarlas. Menos le
+importaba la cátedra, con importarle mucho, que la opinión que el
+señor ministro formase de él; y hasta que no lograse rectificar aquel
+temerario juicio, no tenía tranquilidad. Mas desde el momento en que
+aceptaba el cargo que la divinidad incógnita le había conferido, ya la
+suspirada cátedra y los ministros que la concedían, y todo el gobierno,
+y lo que Mendizábal pensara de clérigos locos o calumniadores, le
+importaba un bledo. Iba, pues, con ánimo de decir a Iglesias: «Amigo
+mío, no haga usted nada, ni se tome el trabajo de presentarme a estos
+señores, pues renuncio a <i>la mano de doña Leonor</i>, y es muy
+probable que me vaya a mi pueblo, a cavar».</p>
+
+<p>En los pasillos del Estamento había tanta gente, que le fue muy
+difícil cazar a Nicomedes. La sesión era interesantísima: se discutía
+el <i>voto de confianza</i>. Anduvo de aquí para allá, saludando a los
+que encontró conocidos, y uno de estos le dijo que Iglesias estaba en
+la tribuna oyendo hablar a Toreno. Hablaría después Mendizábal, y se
+procedería inmediatamente a la votación. Arrimose Hillo a una de las
+puertas laterales, donde había una gran masa de intrusos aplicando
+la oreja al rumor oratorio, y oyó algunas palabras del conde, pocas
+y desvanecidas<span class="pagenum" id="Page_269">p. 269</span>
+por la distancia. El local era malísimo: el salón de sesiones una
+iglesia secularizada. Para formar los pasillos circundantes se habían
+derribado tabiques de la sacristía, aprovechando con fáciles chapuzas
+la parte de capillas y salas interiores que destruyó el incendio de
+1823. Buscó Hillo mejor sitio de escucha por otro lado, y al fin,
+agazapándose en un rincón de lo que fue camarín de la Virgen, y que
+caía detrás de la presidencia, pudo ver y oír algo. Por entre una
+crestería de cabezas distinguió a lo lejos la del señor Mendizábal y
+parte de su busto. Acababa de levantarse, y hablaba premioso, mirando,
+ya al pupitre, ya a los <i>señores de enfrente</i>. Por su gigantesca
+estatura descollaba don Juan entre aquel cúmulo de hombres chicos y
+medianos. A su corpulencia no correspondía su voz, parda y cavernosa,
+ni menos su oratoria, que en las cuestiones de Hacienda era muy árida
+y en las políticas elevábase tan solo por la energía que le prestaba
+su convicción y los tonos dulces que le daba la sinceridad. Estirando
+mucho el pescuezo por entre brazos y cabezas de curiosos que bloqueaban
+la puerta, pudo pescar Hillo alguna que otra frase:</p>
+
+<p>—... Pues habiendo tenido la suerte de negociar un empréstito para
+una nación vecina a 74 por 100, cuando don Miguel...</p>
+
+<p>Y después:</p>
+
+<p>—Se ha dicho aquí si el gobierno, en virtud del artículo 3.º...
+—siguió un concepto ininteligible, y luego—: Pero, señores, un gobierno
+que no quiere apelar a poner una contribución extraordinaria,<span
+class="pagenum" id="Page_270">p. 270</span> ¿cómo es posible que...?</p>
+
+<p>Retirose don Pedro aburridísimo, viendo que nada en limpio sacaba,
+y esperó paseándose, leyendo la orden del día puesta en una tablilla,
+o los partes de la guerra, que siempre decían lo mismo. Por fin,
+comenzada la votación, los parroquianos de tribunas descendían a los
+salones bajos y pasillos. Los procuradores, conforme votaban, iban
+apareciendo por las puertas del salón de sesiones, y el tumulto crecía,
+la atmósfera era espesa y cálida, y el ruido bastante a marear la
+cabeza más firme.</p>
+
+<p>Apareciósele Nicomedes, sofocadísimo, echando lumbre por los ojos,
+entre un pelotón de periodistas, y desde lejos le intimó en esta
+forma:</p>
+
+<p>—¡Eh, clérigo..., en qué mal día viene! Imposible hacer nada hoy. Ya
+ve <i>su merced</i> el jaleo que hay aquí.</p>
+
+<p>En pocas palabras le informó don Pedro de que no venía más que a
+retirar todo lo actuado, y a manifestar a su amigo que ya no quería más
+recomendaciones ni molestar a nadie. Sin hacer caso de lo que decía el
+presbítero, prorrumpió Iglesias en ruidosas exclamaciones, a las que
+siguieron cláusulas narrativas en pintoresco y familiar lenguaje:</p>
+
+<p>—¡Válgame Dios, qué discurso nos ha largado el <i>camello</i>! Lo
+que me hace más gracia es el tonillo sentencioso que toma para decir
+las mayores simplezas.</p>
+
+<p>Apretose el corrillo alrededor de Iglesias (metiéndose en él don
+Pedro con empuje de codos), y uno de los jovenzuelos más avispados que
+en el cotarro bullían, se echó a reír diciendo:</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_271">p. 271</span></p>
+
+<p>—¿Pero ustedes le oyeron los latines con que hoy nos ha
+obsequiado?... <i>Mutatas mutandas</i>... Es divino este señor.</p>
+
+<p>—Él no sabrá de <i>citas históricas</i>, como dijo ayer..., pero lo
+que es gramática...</p>
+
+<p>—Esto del <i>voto de confianza</i> —manifestó con saña Nicomedes—
+resulta lo que digo en mi artículo de esta mañana: <i>un cubilete de
+charlatán</i>.</p>
+
+<p>—Como que todo esto no es más que un tapujo de los agios y embrollos
+que este <i>don Juan y Medio</i> se trae.</p>
+
+<p>—Bueno es el mundo, bueno, bueno, bueno —dijo uno de los presentes,
+mozo espigadillo, de grandísimos ojos negros, que relampagueaban en
+su rostro expresivo, con una seriedad que por ser tan seria resultaba
+extraordinariamente burlona.</p>
+
+<p>—Eso mismo digo yo —indicó Hillo tímidamente—. Bueno, bueno,
+superior.</p>
+
+<p>—Mi queridísimo amigo Miguel Álvarez —dijo Iglesias,
+presentándole.</p>
+
+<p>Diéronse las manos, y don Pedro se mostró muy afectuoso, pues aquel
+encuentro y presentación colmaban sus deseos, y se permitió decir al
+joven Álvarez que ya le conocía de nombre por sus galanas poesías, por
+sus artículos y discursos...</p>
+
+<p>—Discursos no —replicó el otro con gravedad socarrona—, porque
+todavía no los he pronunciado. Los tengo, sí, aquí, en mi mente, y no
+los cambio por los de Cicerón. Pero todavía están inéditos, padre... Yo
+también tenía vivos deseos de conocerle a usted<span class="pagenum"
+id="Page_272">p. 272</span> personalmente..., que de fama, ¿quién no
+le conoce? Mi amigo Fernando Calpena me ha hablado mucho de usted...
+Sé que es un profundo humanista, y que distrae sus ocios en la afición
+taurina... Yo soy amantísimo de los toros.</p>
+
+<p>«Lo que tú eres, bien lo veo —dijo Hillo para su sotana—: un guasón
+de primera».</p>
+
+<p>Y siguieron charlando, mientras Iglesias, con hueca voz ponderativa,
+encomiaba el discurso pronunciado en la primera parte de la sesión por
+don Agustín Argüelles, a quien se seguía llamando <i>el Divino</i>, si
+bien no aplicaban todos este lisonjero mote en sentido recto.</p>
+
+<p>—¡Señores, vaya un discurso el de don Agustín! Es de los mejores, de
+los más elocuentes que ha pronunciado en su larga vida parlamentaria.
+Si el <i>camello</i> hablara así, ¿quién le aguantaba?</p>
+
+<p>Y deteniendo a un joven espigado, pulcro, bien afeitadito, vestido
+con esmero y elegancia, que de un cercano grupo se desprendía, le
+dijo:</p>
+
+<p>—Querido Juan, ven acá. ¿Qué te ha parecido el discurso de la
+<i>divinidad</i>?</p>
+
+<p>—Verdadera divinidad tutelar es don Agustín para ese buen señor.
+¿Qué sería de Mendizábal sin esta defensa, sin este escudo, sin esta
+protección?</p>
+
+<p>—Sería lo que la yedra, cuando muere el tronco del olmo a que se
+agarra —dijo uno de los que se adherían a Iglesias—. A ver, señor
+don Juan Donoso, usted que lo entiende, ¿qué opinión ha formado del
+discurso de don Agustín?</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_273">p. 273</span></p>
+
+<p>—Admirable como forma —declaró con aire de suficiencia el que
+llamaban Donoso, joven extremeño que iba para notabilidad literaria y
+política—, poco sólido como aparato dialéctico. Me recuerda la oración
+<i>Pro lege manilia</i>. Fáltale la primera condición de toda pieza
+oratoria, el convencimiento. Se ve que no cree en la leyenda de este
+buen señor, ni en sus planes, ni ve nada dentro del artificio del
+<i>voto de confianza</i>. Le defiende porque no es decoroso despedirle
+cuando hace tan poco tiempo que nos le han traído con tanta parambomba.
+Fara mí esto es claro. El generoso don Agustín, empleando excesivamente
+la argumentación <i>extra causam</i>, ha sabido cubrir con la púrpura
+de su elocuencia esta olla vacía...</p>
+
+<p>Alejose llamado desde el cercano grupo, y dejó el puesto a otro de
+los amigos de Iglesias, al inquieto y vivaracho González, el cual,
+antes de que le preguntaran, se metió en el corrillo diciendo:</p>
+
+<p>—Caballeros, para mí, este buen don Agustín chochea...</p>
+
+<p>Prodújose después de esto un silencio repentino, porque apareció el
+propio Argüelles, viniendo del salón hacia la sala donde despachaban y
+recibían los ministros (que era parte del refectorio del transformado
+convento; en la otra parte se reunían las juntas de comisiones). Pero
+acosado por los felicitantes y aduladores, el buen señor no podía dar
+un paso.</p>
+
+<p>—Bien, don Agustín, sublime... Como siempre, el Demóstenes
+español.</p>
+
+<p>Y él, con bondades y modestias, de esas que se<span class="pagenum"
+id="Page_274">p. 274</span> usan en la política, desplegando todo
+aquel sonreír dulce y un poquito clerical, que caracterizaba su rostro
+austero, respondía:</p>
+
+<p>—He salido del paso como he podido... No tenía más remedio que
+defender el <i>voto de confianza</i>, que es un resorte político y
+parlamentario muy recomendable en ocasiones como la presente... No
+sé de qué se maravillan estos señores moderados; si en el Parlamento
+inglés estamos viendo todos los días esta clase de concesiones amplias
+a la iniciativa gubernamental... Creo haber puesto la cuestión en
+su verdadero terreno... Ya se le habrá pasado el susto al pobre
+Mendizábal...</p>
+
+<p>—Señor don Agustín —le dijo Iglesias con toda la franqueza
+compatible con el respeto—, es usted el hombre de más abnegación que
+existe en el mundo. Yo creí que ciertas virtudes eran incompatibles con
+la política; pero ya veo que no, ya veo que no.</p>
+
+<p>—¿Por qué dice usted eso? —preguntó el <i>Patriarca de la
+libertad</i>, más risueño que sorprendido—. He cumplido con mi deber...
+Están ustedes soñando si creen...</p>
+
+<p>—No les ha parecido esta buena ocasión para derribar el falso
+ídolo.</p>
+
+<p>—Aquí no somos idólatras, amigo Iglesias: aquí no hay más que
+hombres de buena voluntad que trabajan por la libertad y el bien del
+país, cada cual según lo que puede y sabe...</p>
+
+<p>Y acosado por la turba de felicitantes, siguió de grupo en
+grupo, perdiéndose entre el gentío. Trueba y Cossío, secretario
+de la Cámara,<span class="pagenum" id="Page_275">p. 275</span>
+pasó saludando risueño; mas no quiso dar su opinión. En un grupo
+de ministeriales, de los empedernidos, claveteados de optimismo,
+decían:</p>
+
+<p>—Argüelles haciendo equilibrios; Toreno velado, avieso, dejando
+traslucir, hoy más que nunca, su mala intención; Mendizábal admirable,
+diciendo claramente lo que debe decir, y callándose lo que le conviene
+reservar.</p>
+
+<p>—Esta es la verdadera elocuencia parlamentaria, a la inglesa... Lo
+que yo digo: el Parlamento no es una academia. Aquí se viene a ilustrar
+las cuestiones.</p>
+
+<p>Y más allá:</p>
+
+<p>—Esto es una farsa. Lo que se quiere es desacreditar la
+representación nacional... poner en un conflicto a la corona...</p>
+
+<p>—Y desquiciarlo y revolverlo todo, ya está visto, para traernos el
+reinado de la plebe...</p>
+
+<p>—Que sigan así las cosas, y pronto tendremos que no hay más que dos
+partidos: la camisa sucia y la camisa limpia.</p>
+
+<p>—Se ve venir el imperio de las chaquetas. Las levitas van a
+menos.</p>
+
+<p>—No así las de <i>don Juan y Medio</i>, que cada día son más
+largas.</p>
+
+<p>Salió al fin del tumulto don Pedro acompañando al joven Álvarez,
+y como este dijera que iba al café del Príncipe, <i>vulgo</i>
+Parnasillo, se pegó a él, pretextando quehaceres en la misma calle,
+con la plausible intención de sonsacarle lo que supiera referente a
+Fernando. En la Carrera encontraron a Pepe Díaz, y estando con él
+de conversación, llegaron<span class="pagenum" id="Page_276">p.
+276</span> por la calle del Lobo otros dos, que Hillo no conocía. Eran
+Segovia y Juan Bautista Alonso, que traía bajo el brazo un rimero de
+poesías. Nada más frecuente entonces que ver a los mozalbetes por la
+calle cargados de paquetes de versos, como si vinieran de compras.</p>
+
+<p>—Oye, tú —dijo Segovia a Miguel de los Santos cogiéndole de las
+solapas—, he visto a ese chico que me recomendaste, ese Eugenio...</p>
+
+<p>—Hombre, sí..., excelente chico. ¡Qué simpático, qué modesto! Por
+cierto que no acabo de aprender su nombre.</p>
+
+<p>—Ni yo. Espérate a ver si me acuerdo...</p>
+
+<p>—Yo me acuerdo, yo —dijo Díaz rascándose la frente—. Un apellido
+endemoniado..., así como...</p>
+
+<p>—Es hijo de un alemán —indicó Alonso—. Le conozco, sí... Su padre le
+ha hecho un flaco servicio llamándose como se llama.</p>
+
+<p>—Ya me acuerdo..., <i>Arzen..., Arzin</i>...</p>
+
+<p>—<i>Arzembuch</i>, escrito con <i>H</i> y con <i>n</i>.</p>
+
+<p>—Justo, así es —añadió Segovia—. Pues como te digo, el pobre
+muchacho no sabía qué hacer conmigo. Me llevó a su casa y me enseñó una
+obra... ¡Vaya una obra!</p>
+
+<p>—¿En prosa o en verso?</p>
+
+<p>—¿Pero qué dices ahí?... ¡Si era una mesa!</p>
+
+<p>—¡Una mesa! Verdad que es carpintero antes que poeta.</p>
+
+<p>—Si a la caoba llamas tú poesía, la mesa es una obra en verso.</p>
+
+<p>—¿Y esa mesa no tenía cajón?</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_277">p. 277</span></p>
+
+<p>—Hombre, sí; y del cajón sacó cuatro tragedias y dos comedias del
+teatro antiguo barnizadas por él... <i>Los empeños de un acaso</i> y
+<i>La confusión de un jardín</i>.</p>
+
+<p>—Ya caigo —dijo Alonso—: es el autor de aquella famosa
+<i>Restauración de Madrid</i> silbada horrorosamente en la Cruz hace
+dos o tres años.</p>
+
+<p>—¡Pobre Eugenio! —exclamó Díaz—, es tan tímido, tan para poco, que
+no saldrá adelante, valiendo mucho y sabiendo lo que sabe.</p>
+
+<p>—Pues veréis: entre las tragedias que sacó del cajón de la mesa,
+había un drama, los dos primeros actos de un drama...</p>
+
+<p>—<i>Los Amantes de Teruel</i>... ¿Te los leyó?</p>
+
+<p>—Empezaba yo a leer, cuando entró ese loquinario, ese Calpena,
+y... Él fue quien leyó, ¡pero con una entonación, chico...!, vamos,
+tan bien leía, que si nos encantó la obra, no nos maravilló menos el
+intérprete.</p>
+
+<p>—Ya le he dicho —indicó Alonso— que debe dedicarse al teatro, a la
+escena. Sería un gran actor.</p>
+
+<p>—¿Y dónde dejasteis a Calpena? —preguntó Álvarez.</p>
+
+<p>—Con Eugenio ha ido al Príncipe, a ver el ensayo del
+<i>Antony</i>.</p>
+
+<p>—Pues allá me voy... ¿Vamos?</p>
+
+<p>Excusáronse Alonso y Díaz por tener quehaceres, que debían de ser
+poéticos; pero Segovia se agarró del brazo de Álvarez, con ánimo de
+acompañarle. Calle abajo se fueron dos, y los otros, con el pegadizo
+don Pedro, se<span class="pagenum" id="Page_278">p. 278</span>
+metieron por la del Lobo. Por cierto que el buen presbítero, ya en
+la pista de su don Fernando, si por una parte se hallaba satisfecho
+de haber encontrado en Miguel de los Santos un diligente y afectuoso
+auxiliar de su campaña, por otra se sentía contrariado de tener que
+abandonar el campo, cuando tan favorables circunstancias aquella tarde
+le ofrecía el acaso, o la Divina Providencia. Al despedirse de Álvarez
+en la puerta del teatro por la calle del Lobo, le dijo apenadísimo:</p>
+
+<p>—No saben cuánto siento no poder colarme con ustedes en el ensayo.
+Me gusta extraordinariamente ver ensayar... ¿Pero cómo entro vestido de
+cura? No puede ser. Otra vez será.</p>
+
+<p>Y se fue triste y cabizbajo, diciendo a las baldosas de la calle:
+«Razón tiene la señora incógnita al recomendarme que para andar en
+estos trotes me vista de seglar... No más hábitos. Por san Juan
+Capistrano, mañana mismo los ahorco».</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch27">
+ <h2 class="nobreak g1">XXVII</h2>
+</div>
+
+<p>Salió don Fernando Calpena del ensayo de <i>Antony</i> con un grave
+aumento de la locura que ya por sus exaltados amores padecía, y al
+despedirse de su amigo Juan Eugenio en la esquina de la calle de las
+Huertas, le dijo<span class="pagenum" id="Page_279">p. 279</span> que
+ni se había escrito ni se volvería a escribir un drama tan excelente,
+verdadero evangelio de los desheredados a quienes oprime la balumba del
+artificio social. El carpintero-poeta, cuya mente conservaba un excelso
+reposo, no expresó nada en contra de tan radical opinión; pero algo
+tenía que decir sin duda, solo que se lo reservaba para más adelante,
+cuando los años y la experiencia le dieran la autoridad de que entonces
+carecía. No hizo más que mirar a su amigo con aquella expresión de
+intensísima agudeza, que conservó hasta su vejez, y apretarle las
+manos. Al separarse le dijo:</p>
+
+<p>—Tendré copiado el acto tercero el sábado, y en seguida podrás
+leerlo. Aparece Isabel en la primera escena, vestida para la boda...
+Luego entra don Rodrigo... En fin, ya lo verás. Adiós.</p>
+
+<p>Y echó a correr hacia su casa, con pasito corto y vivaracho. Era
+pequeñín, todo nervios, con una cara ratonil, graciosa y llena de
+inteligencia, unos ojuelos que despedían lumbre, y una boca como la de
+los ángeles feos, que también los hay, según dicen. Calpena le miró
+alejarse, y melancólico se decía: «¿Por qué Dios no me dio a mí su
+talento?... Bien podía habérmelo dado, sin quitárselo a él..., bien
+podía...».</p>
+
+<p>La transformación moral del enamorado joven se traslucía claramente
+en lo físico: había enflaquecido; sus ojos, que antes eran hermosos
+y alegres, brillaban después de la crisis con mayor hermosura, y
+su alegría era extraña combinación de zozobra y delirio.<span
+class="pagenum" id="Page_280">p. 280</span> Hablaba con más viveza,
+amontonando ideas sobre ideas, empleando con frecuencia imágenes
+felices. Vestía con elegante descuido, olvidado ya del atildamiento
+presuntuoso que hacía de él un perfecto <i>estatuista</i> en capullo.
+Dejaba crecer la negra melena y la mantenía crespa, indómita, dando
+a los rizos y mechones libertad para estirarse o encogerse como
+quisieran. Había llegado a adquirir, con estas y otras costumbres
+nuevas, un sello propio, personal, que le distinguía y señalaba entre
+sus amigos. Estos eran cada día en mayor número desde que se lanzó a
+la independencia, y los tomaba conforme le iban saliendo, aristócratas
+o plebeyos: se mezclaba en la turbamulta humana con indecible gozo,
+ávido de vivir, de ver, de apreciar y discernir, de ejercitar, en fin,
+toda la energía intelectual y moral que a raudales brotaba de todas las
+honduras de su alma renovada.</p>
+
+<p>Hizo en aquellos días conocimiento con los Madrazos, Federico
+y Perico, el uno precoz artista, el otro escritor y poeta, ambos
+excelentes muchachos, entusiastas, locos por el arte y la belleza; con
+Ochoa, inseparable de aquellos y cofundador de <i>El Artista</i>, para
+el cual unos escribían y otros dibujaban; con Villalta, con Trueba y
+Cossío, político audacísimo al par que escritor bilingüe, pues lo mismo
+escribía en inglés que en español; con Dionisio Alcalá Galiano, hijo
+de don Antonio, uno de los jóvenes más despiertos y más inteligentes
+de aquel tiempo; con Revilla,<span class="pagenum" id="Page_281">p.
+281</span> Gonzalo Morón, Larrañaga y otros que en la literatura, en la
+crítica y en la política empezaban a bullir; con ambos Escosuras, con
+ambos Romeas, con Guzmán y Latorre; y al propio tiempo intimó más con
+Espronceda, Mesonero, Roca de Togores, Ventura, y otros que ya conocía.
+Aquella juventud, en medio de la generación turbulenta, camorrista y
+sanguinaria a que pertenecía, era como un rosal cuajado de flores en
+medio de un campo de cardos borriqueros, la esperanza en medio de la
+desesperación, la belleza y los aromas haciendo tolerable la fealdad
+mal oliente de la España de 1836.</p>
+
+<p>Más firme cada día en la fe de sus amores, veía Calpena en Aura algo
+más que una mujer bella, veía la mujer misma, con todas las cualidades
+propias del sexo en grado superior. Por perfecta la tenía desde la
+punta del pie a la última mata del cabello; perfecta era también
+en su inteligencia, que exhalaba rayos; en su voluntad ardorosa,
+rebelde a los términos medios; en sus caprichos, que escondían una
+profunda psicología; en todo, señor, en todo, pues si Aura reía, toda
+la naturaleza se alegraba con ella, y si lloraba, cielo y tierra se
+cubrían de tristeza.</p>
+
+<p>Pues, señor: bastantes días habían pasado desde el ensayo del
+<i>Antony</i>; bastantes, sí, porque ya se había estrenado el
+revolucionario drama de Dumas, cuando ocurrió lo que ahora se referirá.
+Ello fue al principiar febrero, pasadas las tremolinas parlamentarias
+de fin de enero, cuando se discutió la ley<span class="pagenum"
+id="Page_282">p. 282</span> electoral y derrotaron al gobierno, y el
+señor de Mendizábal, entre la espada y la pared, no tuvo más remedio
+que disolver los Estamentos y convocar nuevas Cortes. Y como el diablo,
+cuando no tiene que hacer, se entretiene en coger moscas, don Juan de
+Dios, libre de la fatiga del Parlamento, que tan agobiado le traía, se
+dedicó a remover el personal de su ministerio: todo era traslaciones,
+cesantías, empleados que venían no se sabe de dónde; otros que se iban
+a sus casas a <i>mascar el vacío</i>, como dijo un cesante de aquel
+tiempo... En fin, que una tarde, hallándose Calpena en su oficina
+aburridísimo, esperando ansioso la hora, antes que esta llegó un
+antipático, maldecido papel... ¡Ay!, era nada menos que su traslación
+a Cádiz, a las secciones recientemente creadas para la Liquidación de
+Créditos. El efecto que esto le hizo fue deplorable: vio en ello la
+malquerencia de un oculto enemigo, y echaba pestes contra los malos
+gobiernos y contra el propio don Juan de Dios, a quien desde aquel día
+retiró su admiración y cariño.</p>
+
+<p>En aquel estado de amargura y rabia le encontró Hillo una mañana,
+cuando de vuelta de misa disponíase a endilgar la ropa <i>corta</i>,
+para echarse a la calle.</p>
+
+<p>—¡Pero, chico —le dijo—, si estás de enhorabuena! Vas a Cádiz,
+<i>la cuna de nuestras libertades</i>, como decís los patriotas, y
+allí vivirás como un príncipe, y harás conquistas, y beberás la rica
+manzanilla, y tienes ancho<span class="pagenum" id="Page_283">p.
+283</span> campo para conspirar con los Riegos de hogaño por la
+Constitución del 12.</p>
+
+<p>—Ni usted sabe lo que se dice, ni yo voy a Cádiz —replicó Fernando
+de malísimo talante—. Pensaré de hoy a mañana lo que debo hacer, y se
+lo diré a usted... Veo la mano, sí; veo la mano que en las tinieblas me
+ha descargado este golpe de maza... Pero no caeré, no: si creen que voy
+a desplomarme, a rendirme y a pedir perdón, se equivocan. Abur.</p>
+
+<p>Se marchó con esta seca despedida, y don Pedro no volvió a verle
+hasta el día siguiente. No pocas noches dormía fuera de casa. Leyendo
+dramas o charlando de literatura en casa de algún amigo, se le pasaban
+las horas insensiblemente, y sorprendido por la aurora en esta febril
+tarea, se quedaba dormidito en un sofá o en el santo suelo, ya en el
+hospedaje de Álvarez, ya en el de Pepe Díaz. También don Pedro andaba
+un poco salido: entre diez y once de la mañana se vestía de paisano
+y se lanzaba al divagar callejero; por tarde y noche frecuentaba los
+cafés, y hacía en unos y otros diversas amistades. En el de Solís
+encontró a Calpena con un chicarrón que iba cargado de dramas: le vio
+desde lejos, se acercó en el momento en que salía, le fue siguiendo, y,
+por fin, le dio alcance en la calle del Turco.</p>
+
+<p>—Voy contigo —le dijo poniendo en práctica las instrucciones
+últimamente recibidas—. Tenemos que hablar. ¿No sabes lo que ocurre?
+Pues que mañana nos largamos.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_284">p. 284</span></p>
+
+<p>—¿A dónde, mi reverendo amigo y capellán?</p>
+
+<p>—A Cádiz: tengo yo también allí un asuntillo. ¡Qué oportunidad! Me
+acompañas y te acompaño.</p>
+
+<p>—Irá usted solo. Mejor va uno solo que mal acompañado. Yo, señor don
+Pedro Hillo, no salgo de Madrid... Y no me ponga usted la cara fosca y
+patibularia, porque como no es usted mi padre, ni mi tío, ni menos mi
+abuelo, y tan solo es un amigo muy apreciable, yo no estoy en el caso
+de que usted me riña.</p>
+
+<p>—Hombre, reñirte, no —repuso Hillo con mansedumbre—. Somos tan solo
+amigos, dices bien, y ninguna autoridad tengo sobre ti, como no sea la
+que me dan los años. ¡Triste autoridad!... Bueno, bueno: no quieres ir
+a Cádiz. <i>Ergo</i>, ¿renuncias a tu destino?</p>
+
+<p>—Renuncio, sin <i>ergo</i>; presento la dimisión...; le digo al
+señor Mendizábal que vaya él si quiere...</p>
+
+<p>—Pues, hijo, siento hacerte una observación que te va a saber muy
+mal..., pero qué remedio, es mi deber hacértela, para que medites el
+caso, y resuelvas según tu libérrima voluntad... Ya leo en tu cara que
+lo has adivinado. Palideces...</p>
+
+<p>—Palidezco de verle a usted tan meticuloso, empleando rodeos y
+perífrasis para decirme algo que podrá ser amargo y triste, pero que no
+me anonada, no, señor, no me anonada...</p>
+
+<p>—¿Sabes...?</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_285">p. 285</span></p>
+
+<p>—Y si no sé, sospecho... Vaya, suélteme usted pronto el rayo.</p>
+
+<p>El bigardón que llevaba a cuestas mediano fardo de dramas y
+tragedias en cuatro y cinco actos, con prólogo y epílogo, comprendiendo
+que trataban de asunto delicado, se largó, dejándoles en su grave
+contienda en medio de la calle.</p>
+
+<p>—Pues lo que debía suceder ha sucedido. La deidad próvida, la dulce
+enmascarada, nuestra grande amiga, nuestra...</p>
+
+<p>—Hombre, acabe usted de una vez. Total, que se ha incomodado porque
+no quiero ir a Cádiz. ¿Y cómo sabe mi resolución?</p>
+
+<p>—No la sabe, la teme, y dice en su última carta que si no vas, no
+cuentes más con ella.</p>
+
+<p>—Creo —dijo Calpena con gravedad— que no falto a la gratitud
+respondiendo que no acepto la protección en esa forma despótica,
+altanera. Se obedece ciegamente a una madre, a un padre, aun cuando
+la obediencia nos destroce el corazón; pero ¿quién puede exigir
+que sacrifiquemos libertad, dignidad, vida, a los caprichos de un
+fantasma? ¿Que no es fantasma dice usted? Pues que se quite la gasa,
+el capuchón... Abandonado estuve, abandonado estoy... ¿Qué me ha
+dado el fantasma? ¿Me ha dado un nombre? ¿Me ha dado algo más que
+algunos trajes y algún dinero? ¡Y a cambio de estos beneficios, pide
+que me convierta en un párvulo sin voluntad, sin iniciativa para
+nada! Amigo Hillo, antes que el bienestar adquirido con una pasividad
+humillante,<span class="pagenum" id="Page_286">p. 286</span> pueril,
+ridícula, quiero una pobreza con dignidad... No, no entra en mis ideas
+vivir de lo que se me arroja en mitad de la calle; soy joven, no me
+falta inteligencia: quiero vivir por mí y para mí...</p>
+
+<p>—Todo eso está muy bien —dijo el clérigo—. Quieres trabajar,
+lucir tus facultades. ¡Magnífico! Pero, tonto, si con la protección
+del fantasma lo harás mejor que solo y abandonado. ¿A qué luchar
+desesperadamente, para sucumbir...? En cambio, con la base de tu
+destinito...</p>
+
+<p>—No sea usted inocente, don Pedro. ¡El destinito! ¡Vivir amarrado al
+pesebre de la administración! ¿Pero no comprende usted que el que una
+vez prueba las facilidades de ese pesebre, ya está enviciado para toda
+la vida, ya no se pertenece, ya es una máquina que los ministros paran
+o echan a andar, según les acomoda? No, no me digan que sea máquina...
+En los empleos tiene usted la explicación de la inercia nacional, de
+esta parálisis que se traduce luego en ignorancia, en envidia, en
+pobreza...</p>
+
+<p>—Muy bonito como teoría..., pero...</p>
+
+<p>—De esto hablamos anoche largamente Larra y yo, y renegamos de los
+empleos, que son como el opio o el hastchís para esta nación viciosa,
+indolente. Por mi parte, digo que antes comerán en un mismo plato
+constitucionales y facciosos, antes se volverán chaquetas las levitas
+de don Juan Álvarez, que yo resignarme a ser toda mi vida funcionario
+público.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_287">p. 287</span></p>
+
+<p>—Has empleado lindamente la figura que llamamos <i>imposible</i> o
+<i>adynaton</i>.</p>
+
+<p>—Déjese ya de retóricas, don Pedro. ¿Cree usted que están los
+tiempos para retóricas? Eso pasó. Aquí vendrá un desquiciamiento si no
+vienen nuevas ideas, aire nuevo, a regenerarnos...</p>
+
+<p>Y abriendo los brazos en plena calle, parados uno frente a otro,
+dijo a su amigo:</p>
+
+<p>—Déjeme usted ser libre, déjeme usted probar mis fuerzas... No
+quiero protección anónima. Si conoce usted a la divinidad encapuchada,
+dígale que quiero pertenecerme, pensar por mí mismo y poner en
+ejecución lo que pienso... ¿Que me estrello? Bueno. Pues estrellado y
+con media vida, podré decir: «¡Viva la independencia! ¡Viva la dignidad
+humana!».</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch28">
+ <h2 class="nobreak g1">XXVIII</h2>
+</div>
+
+<p>Separáronse. A los pocos días se despidió Calpena de la casa de
+Méndez, porque en su nueva vida independiente, abandonado de la
+invisible protección, necesitaba aposentarse con mayor economía. Tanto
+Méndez como su hija y esposa con lágrimas en los ojos viéronle salir,
+y le abrumaron con amabilidades quejumbrosas, mostrando lástima de su
+partida, por un <i>punto de quijotismo</i>, como<span class="pagenum"
+id="Page_288">p. 288</span> decía el patrón, el cual añadió a esta
+frase sanos consejos y exhortaciones atinadísimas.</p>
+
+<p>—¡Vaya que dejar un empleo tan bueno por no ir a Cádiz! —clamaba
+doña Cayetana, oprimiéndose el pecho, que rebotaba contra la
+garganta.</p>
+
+<p>—Y ¿por qué no han de dejarle aquí? —decía Delfinita bizcando más
+el ojo—. También es tema querer echarle de Madrid... Todo por una mala
+novia...</p>
+
+<p>En fin, que el hombre se fue. Hillo no se hallaba en casa cuando
+estas patéticas escenas ocurrían. Y por cierto que andaba el tal curita
+hecho un paseante en corte, vestidito de seglar, con bastón y sombrero
+de copa, todo el santo día de mazo en calabazo, y no ciertamente en las
+mejores compañías. Muchos, ignorantes de los móviles de su conducta,
+le tenían por echado a perder; otros sospechaban que los jacobinos y
+masones le habían seducido, atrayéndole a sus conciliábulos oscuros.
+Su buen nombre eclesiástico no ganaba nada con esto; pero a él le
+importaba ya una higa la opinión clerical, y todo lo que no fuera el
+honrado objeto de sus trabajos y pesquisas.</p>
+
+<p>Como Calpena no ocultaba su domicilio, calle de las Urosas,
+allá se iba don Pedro a diferentes horas, sin dar a sus visitas
+apariencias de persecución o de fisgoneo policiaco. Siempre buscaba un
+pretexto, comúnmente literario, y hasta llegó a fingir que escribía
+un <i>Florilegio de Refranes</i>, y que necesitaba compulsar textos
+muertos y vivos. Igualmente iba en busca de Miguel de los<span
+class="pagenum" id="Page_289">p. 289</span> Santos; pero siempre con
+mala suerte: no se podía hacer carrera de aquel chico, dotado de
+excelsas cualidades, que desvirtuaba con su pereza.</p>
+
+<p>—Miguelito —le decía Hillo, que al poco tiempo de amistad ya le
+tuteaba—, tú vales mucho y no serás nunca nada.</p>
+
+<p>Acontecía no pocas veces que iba a buscarle a las nueve de la mañana
+y le encontraba en el primer sueño. Algunos días tomaba el desayuno
+a las cinco de la tarde. Con semejante vida, ¿qué había de hacer el
+hombre, ni de qué le valía su grande ingenio? No concluyó jamás nada de
+lo que empezaba. De sus propias obras se aburría, a fuerza de admirar
+las ajenas; amaba a sus amigos entrañablemente; de sí mismo no hacía
+ningún caso.</p>
+
+<p>Lo que a Hillo mayormente le incomodaba era no encontrar en él
+eficaz ayuda para traer a Fernando al buen camino, y siempre que de
+esto le hablaba, salía el bueno de Miguelito con unas filosofías que
+dejaban helado al pobre don Pedro. Quería este aplicar a todo los
+principios que establecen el gobierno de los individuos por la familia,
+y de la familia por el Estado, organizando una especie de colegio
+universal, y Álvarez profesaba un donoso fatalismo con profundas
+raíces en su mente. Sacaba de quicio al buen capellán el humorismo
+con que Miguel de los Santos trataba las cosas más graves; aquella
+pachorra, aquel mirar tierno con que afirmaba el imperio absoluto,
+soberano, de la fatalidad. Todo pasa como debe pasar, y es inútil<span
+class="pagenum" id="Page_290">p. 290</span> y ridículo pretender
+desviar personas y cosas del camino que les imprime la escondida
+fuerza que todo lo gobierna. De esto resulta que no debemos tomar a
+pechos ningún humano incidente. Desgracia y ventura no son más que
+términos de relación, convencionalismos. Así como no podemos influir
+en los fenómenos meteorológicos, nos está vedado el oponernos al
+fenómeno histórico, afecte a las naciones, afecte a los individuos...
+Lo único que sacó en limpio don Pedro fue alguna que otra noticia
+íntima referente a los amores de Calpena. La Zahón, que ya venía algo
+esquinada, sin que se sepa por qué, vio con malos ojos la renuncia que
+hizo Fernando de su destino: si primero le había tenido por príncipe
+con disfraz, luego le tuvo por un ladino pelagatos, que husmeaba la
+dote de Aura; y deseando poner punto en tales relaciones, empezó por
+limitar las entrevistas de los novios y dificultar el carteo. De todo
+esto resultaba la espantosa murria de Calpena en aquellos días. Su
+exaltada mente le sugería sin duda proyectos audaces, caballerescos,
+traduciendo a la realidad el peregrino enredo de los dramas
+románticos.</p>
+
+<p>—¿Querrá usted creer —dijo Álvarez— que a nuestro amigo se le ha
+ocurrido aplicar al caso de la calle de Milaneses el procedimiento
+del narcótico? Sí..., dar a la señorita un bebedizo para que se
+quede tiesa y fría, simulando la muerte... Vamos, como en <i>Romeo y
+Julieta</i> y en <i>Catalina Howard</i>, y luego cargar con la difunta,
+que no es difunta más que de mentirijillas,<span class="pagenum"
+id="Page_291">p. 291</span> y... ya supondrá usted lo demás. De las
+distintas clases de raptos, pienso que no se le ha quedado ninguna por
+estudiar..., y ya verá usted cómo sale por algún registro inesperado,
+teatral, y a todos nos deja con la boca abierta.</p>
+
+<p>Y mientras Miguelito poníale ante los ojos estas probables
+contingencias de trágicos lances, la invisible tutora le empujaba cada
+día con más apremio hacia el remolino que la voluntad y la pasión de
+Calpena iban formando. En una de las últimas comunicaciones de la
+<i>velada</i>, le decía entre otras cosas:</p>
+
+<div class="carta">
+
+<p>«Por Dios, no olvide usted lo que tanto le he recomendado: que
+le siga a esa zahúrda donde vive, que procure por cualquier treta
+ingeniosa introducirse en ella. Cuide usted de que nadie le falte,
+pues su abandono no es más que aparente. Sin que él pueda sospecharlo,
+páguele usted su hospedaje, y encargue a los dueños de la casa que
+finjan el mal humor de todo patrón que no cobra... Y otra cosa
+espero de su hidalga cooperación. Sé que se junta de noche con los
+patriotas exaltados, que asiste a sus nefandas logias y a sus ritos
+extravagantes. Sin duda, al verse solo y perdido, trata de reformar
+el mundo, armándonos aquí otra revolución como la francesa, con su
+convención, guillotina y todo... Pues es preciso, mi querido amigo
+y capellán, que usted se meta también en esas logias y cavernas
+endemoniadas. ¿Qué le importa a usted, si su masonismo es fingido, y
+conserva en su conciencia el amor de la verdad<span class="pagenum"
+id="Page_292">p. 292</span> y el desprecio de tales majaderías? Métase
+usted en la boca del lobo, sin rebozo alguno, ni temor de que le crean
+jacobino. Nada debe usted recelar, pues aquí estoy yo para sacarle
+de cualquier mal paso. Adelante, y no vacile en hacernos esta grande
+y noble caridad. A nadie tiene usted que dar cuenta más que a Dios
+y a mí, y Dios sabe la rectitud con que procede mi buen capellán,
+penetrando en los antros donde se forjan las revoluciones y el ateísmo.
+De allí saldrá usted como entre, y si consigue sacarme de ese y otros
+peores infiernos a esa querida alma extraviada, tendrá usted dos
+recompensas: la temporal y la eterna».</p>
+
+</div>
+
+<p>—Bueno, señor, bueno —murmuraba don Pedro, cayendo en profundas
+meditaciones.</p>
+
+<p>Y al día siguiente le decía la incógnita:</p>
+
+<div class="carta">
+
+<p>«No solo le seguirá usted a todos los sitios a donde le lleve su
+reciente amistad con los patriotas furibundos, sino que debe penetrar
+en casa de la Zahón. Dos días llevo pensando en el medio mejor para
+realizar este metimiento, y creo haber encontrado uno magnífico,
+superior. Verá usted: la Zahón es socia, compinche o comadre de
+Maturana, el diamantista. Maturana, corredor y traficante de alhajas
+y obras de arte en toda Europa, gran perito, gran joyero, gran
+chalán, posee un abanico magnífico que ha pertenecido a la Pompadour,
+a la emperatriz Josefina, a Pepita Tudó, a la reina Hortensia, a
+Mademoiselle Mars y a otras personas que no han adquirido celebridad.
+Es pieza de gran<span class="pagenum" id="Page_293">p. 293</span>
+valor histórico y artístico, y con él pensó Maturana hacer un buen
+negocio ofreciendo su compra a la reina Cristina. Pero Su Majestad, que
+ahora está por lo positivo y prefiere emplear su dinero en salinas, en
+minas, en empresas de utilidad, le ha ofrecido muy poco dinero, con lo
+cual ha estado el hombre fuera de sí, tirándose de los pelos. Por fin,
+creo que se entendió con la Zahón: han hecho un cambalache, dándole él
+su abanico a cambio de una colección de perlas. Hállase, pues, hoy la
+hermosa obra de arte en manos de la jorobada. Nada tiene de particular
+que el señor de Hillo, variándose el nombre y fingiendo el empaque de
+un señor aficionado a lo antiguo, se presente en la joyería de la calle
+de Milaneses, y pida que se le muestre el abanico para comprarlo. Usted
+lo ve, lo examina por un lado y otro, mira bien el país, el varillaje,
+el clavillo, diciendo algo que revele al conocedor de estas cosas;
+elogia la perfección del trabajo de Lefebvre y el mérito de Lancret,
+pintor de la cabritilla...».</p>
+
+</div>
+
+<p>Traía después de esto la carta una prolija descripción del país,
+dando noticia de todas las figuras, de sus trajes, etc., y concluía:</p>
+
+<div class="carta">
+
+<p>«Para que no se maraville mi señor don Pedro de que tan bien conozca
+yo el abanico, le diré que lo he tenido en mi mano más de una vez, y lo
+he mirado y remirado... Vaya, lo diré todo: esa artística joya ha sido
+mía. La poseí dos años, sin que nadie lo supiera... Es decir, alguien
+lo supo; pero no Maturana...<span class="pagenum" id="Page_294">p.
+294</span> Una vez que usted la vea bien, pide precio, y cualquiera
+que sea, se descuelga con la muletilla de que le parece caro, y ofrece
+pensarlo. Después se hace mostrar perlas y diamantes, lo ve todo, y
+se retira diciendo que volverá. Al día siguiente vuelve, y manifiesta
+resueltamente y sin rodeos, a la Zahón que le compra el abanico al
+precio propuesto, siempre que ella se comprometa a romper de una manera
+radical las relaciones de Fernando con la chiquilla de Negretti. Esta
+manera radical no puede ser otra que sacar de Madrid a esa loquinaria,
+y llevársela a Córdoba o Cádiz, donde también tienen casa de comercio;
+pero de tal modo y con tal sigilo efectuada la salida que no pueda
+Fernando saber a dónde se la llevan, ni, por tanto, pensar en seguirla.
+¿Qué le parece, mi bondadoso capellán, este pensamiento mío? Si lo
+estima feliz, mañana, cuando salga la primera vez de su casa, sobre las
+diez, póngase el sombrero bien terciado al lado derecho, de modo que
+le caiga sobre la ceja... Si lo encuentra mal, colóquese el susodicho
+aparato tapacabezas en forma rectilínea, bien aplomado, el ala todo lo
+horizontal que sea posible».</p>
+
+</div>
+
+<p>Salió Hillo al siguiente día con el sombrero bien derecho.
+Conceptuaba peligroso y contraproducente el recurso del abanico para
+avistarse con la Zahón; discurría que siendo esta mujer avariciosa,
+y además muy ladina, si se le ofrecía dinero por el quebrantamiento
+de relaciones, vería en esta oferta el<span class="pagenum"
+id="Page_295">p. 295</span> reclamo de gentes poderosas. Era, pues,
+lógico que, encendida su ambición, pensara en afianzar las relaciones
+de los dos amantes antes que en destruirlas, o bien pediría más, mucho
+más que el precio relativamente corto del histórico abanico.</p>
+
+<p>«Por esta vez —se decía Hillo—, no ha sido usted, mi señora
+incógnita, tan lista y perspicaz como de costumbre; y permítame
+que se lo exprese con el pensamiento, ya que de otro modo no pueda
+expresárselo... ¡En buena nos metíamos si esa mercachifle astuta
+llegara a entender que es Fernandito en el orden social persona muy
+distinta de lo que parece! Déjeme usted a mí, señora invisible, que ya
+me arreglaré yo para llegar al fin que todos deseamos».</p>
+
+<p>En efecto, tomadas de un platero de la Concepción Jerónima, amigo
+suyo, dos lecciones de arte del diamantista, y aprendidos cuatro
+terminachos, se fue a casa de la Zahón, y trató con ella, arrancándose
+a comprarle unos aljófares y media docena de <i>rosas</i>, todo ello
+de poco valor. En su segunda visita le habló del asunto con habilidad,
+enjaretando embustes muy sutiles, para llevar al ánimo de la corcovada
+sentimientos contrarios a los fines de Calpena. Harta ya Jacoba de
+un noviazgo que ninguna ventaja le traía, acabó de abominar de él
+con las tremendas cosas que don Pedro le dijo, y se propuso tomar
+sin pérdida de momento las medidas necesarias para mandar a paseo
+al joven romántico, y quitarle de la cabeza a<span class="pagenum"
+id="Page_296">p. 296</span> la niña su desatinada pasión. Todo lo temía
+ya. Calpena, si le dejaban, consumaría el rapto de su <i>Julieta</i>
+con todo el salero, con toda la audacia de que ofrecían ejemplos
+mil las obras poéticas de aquel tiempo. Urgían, pues, resoluciones
+eficaces, perentorias; despedir a don Fernando, y empaquetar a la
+chiquilla para Córdoba.</p>
+
+<p>Un poquitín alborotada quedó la conciencia del buen presbítero
+después de su última conferencia con Jacoba, porque, en verdad, las
+atrocidades que allí soltó traspasaban quizás la medida de la intriga
+inocente.</p>
+
+<p>«¡Qué pensaría Fernando de mí —se dijo, andando taciturno hacia su
+casa— si supiera que le he presentado como un desalmado hipócrita...,
+si supiera, ¡ay!, que le supuse en connivencia con Luis Candelas, y
+otros eminentísimos ladrones!... Pero la buena voluntad me absuelve de
+esta triquiñuela, y Dios, que ve los corazones, sabe que en el mío no
+hay más que amor al bien, deseo de impedir el extravío de un ilustre
+caballero, llamado a grandes destinos... Creo que no solo Dios, sino
+el mismo Fernando me absolverá cuando le haya pasado esta calentura...
+¡Ah, y entonces los dos nos reiremos de los disparates, de las
+abominaciones que dije!...».</p>
+
+<p>Y a la mañana siguiente le escribía la <i>velada</i>:</p>
+
+<div class="carta">
+
+<p>«Antes de enterarme, por lo que me manifestó quien pudo observarlo,
+de la postura recta de su sombrero, señor de Hillo, señal de su
+desconformidad con lo que le propuse, ya había yo reconocido que anduve
+muy descaminada<span class="pagenum" id="Page_297">p. 297</span>
+en aquel plan de comprar con el precio del abanico la liberación de
+Fernando. ¡Que despropósito! ¡Cuánto me alegro de que usted opinara
+de distinto modo, según declaró su <i>góndola</i>!... Es que con el
+cavilar continuo, mi cabeza se pone a veces perdida, señor capellán,
+y si <i>dormitó el buen Homero</i>, como dicen ustedes los retóricos,
+¿qué extraño es que no solo dormite yo, sino que sueñe disparates?
+Despejada mi razón, he visto claro que si la diamantista huele dinero,
+estamos perdidos. Usted seguramente habrá imaginado y puesto en
+ejecución otros artificios por llegar al fin que anhelamos. Eso no
+quita que yo desee adquirir el abanico, y lo adquiriré, Dios mediante,
+cuando salgamos de este atolladero. No quiero que aquella preciosidad,
+que ya estuvo en mis manos, vaya a parar a otras, ni aun a las de la
+misma reina. En este anhelo mío se manifiesta la mujer más de lo que
+yo quisiera, y quizás me vea usted frívola, caprichosa... Perdóneme,
+y cierro este paréntesis para decirle que no desmaye, que veo cercano
+el peligro. Si Fernando consigue apoderarse de Aura y desaparece,
+cualquiera les coge después... ¡Y si contrariados en sus amores,
+enloquecidos por la pasión, resuelven suicidarse juntos...! ¡Dios
+mío, qué horror! Crea usted que esta idea me persigue desde anoche...
+No duermo nada pensando en los distintos procedimientos de matarse
+que inventa el romanticismo, y que los malditos poetas han puesto de
+moda, infundiéndolos a la juventud exaltada,<span class="pagenum"
+id="Page_298">p. 298</span> con el continuo ejemplo de dramas y
+novelas... Estemos alerta... y si hay vislumbres de suicidio mutuo,
+entonces, ¡ah!, entonces no hay más remedio que transigir... Todo,
+todo, antes que ver morir a Fernando... Eso no, eso no..., repito que
+eso no... Concluyo, mi señor capellán, advirtiéndole que en la logia
+de la plazuela del Carmen andan ahora en grandes peloteras. <i>Los
+libres</i> se desatan, y en su delirio, en la fiebre del motín y de la
+bullanga, ayudan a los estatuistas a derribar a Mendizábal... Los de
+la <i>moderación</i>, que se traen ahora un cierto tacto de codos con
+el absolutismo, se proponen no dar tiempo a <i>don Juan y Medio</i>
+para la realización de su plan de reformas. Tiran a impedir que decrete
+la supresión de monacales y la venta de sus bienes, porque calculan
+que con los recursos de la enajenación se haría fuerte el hombre,
+rodeándose de un baluarte de plata y oro... ¡Y esos badulaques, esos
+patriotas exaltados no ven que son instrumento de los que abominan de
+la libertad! ¡Siempre lo mismo!... Conque ya sabe: métase allá, y no
+vacile en ponerse al lado de los que alboroten en pro de Mendizábal.
+No nos conviene que caiga tan pronto don Juan: lo necesitaremos más
+adelante, quizás muy pronto. Adiós, señor capellán; en sus oraciones no
+deje de encomendarme a Dios».</p>
+
+</div>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch29">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_299">p. 299</span></p>
+ <h2 class="nobreak g1">XXIX</h2>
+</div>
+
+<p>Según atestiguan personas coetáneas de la Zahón, tanto se afectó
+esta con las inquietudes y cavilaciones de aquellos días, que se le
+disminuyeron las jorobas, y la exaltación de su espíritu fue parte a
+mermar las graves pesadumbres de su cuerpo. Pero como otros autores
+afirman lo contrario, manifestando que las corcovas, y con ellas el
+dolor y tirantez de músculos, aumentaron horrorosamente, el narrador
+de estos sucesos cree obrar con prudencia quedándose en el justo medio
+entre tan opuestas aseveraciones, y así declara y establece que las
+protuberancias, los sufrimientos físicos y morales y el avinagrado
+genio de Jacoba Zahón, eran los mismos que en los días aquellos del
+convite que abrió a Calpena las puertas de la casa.</p>
+
+<p>Un día entero estuvo la diamantista rumiando una solución pronta
+y eficaz: escribió a su hijo, residente en Córdoba, ordenándole que
+viniese en su ayuda. Era urgente apartar de la familia al exaltado
+joven, a quien recibió y agasajó suponiendo en él secretos enlaces
+con damas poderosas y con ministros y personajes de gran viso. Buen
+chasco le había dado el tal Fernandito, que<span class="pagenum"
+id="Page_300">p. 300</span> resultaba un triste y desamparado poeta,
+uno de tantos pelagatos del romanticismo, sin más fortuna que su
+melena y su enfática misantropía. Y lo mismo pensaba seguramente el
+señor de Mendizábal, que habiéndole sin duda colocado por intrigas
+de las logias, acababa de ponerle de patitas en la calle. Vivía el
+tal miserablemente en un cuchitril de la calle de las Urosas, entre
+ratones, poetas, comicastros, y quizás mujeres de mala estofa, y
+todo en él, su traza y su fraseología, revelaba un presumido sin
+sustancia, abandonado de Dios y de los hombres. ¡Fuera, pues; fuera don
+Fernando..., que no era bien comprometer el grandioso porvenir de la
+niña, ni arrojar a puercos las margaritas de la herencia de Negretti!
+Maturana, y otras personas a quienes consultó, opinaban del propio
+modo. ¡Fuera niños románticos, que no traían consigo más que desvaríos,
+barullo, hambre!</p>
+
+<p>Aunque hacía días que la Zahón se esmeraba en manifestar al joven,
+ya con miradas desapacibles, ya con palabras ásperas, el desprecio que
+hacia él sentía, no le pareció bastante decisiva esta forma de romper
+amistades, y una tarde le espetó, con seca y rotunda frase, la orden de
+poner fin al visiteo:</p>
+
+<p>—La familia meditaba otros planes con respecto a Aurora; la familia
+tenía sobre sí la responsabilidad del porvenir de la huérfana de
+Negretti; la familia no necesitaba explicar a nadie el motivo de sus
+resoluciones; la familia...</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_301">p. 301</span></p>
+
+<p>—La familia de Aura soy yo —dijo Fernando con noble ademán y firme
+convicción.</p>
+
+<p>Y dicho esto se marchó altanero, no ciertamente como salen los que
+no piensan volver. Pero a Jacoba se le figuró, en su desconocimiento de
+las humanas pasiones, que Fernando salía de su casa corrido, como si
+todas aquellas razones de la familia (y vuelta con la familia) hubieran
+convencido al romántico de la vanidad de sus pretensiones. Creyéndose,
+pues, victoriosa, ya no le faltaba más que llamar a la tontuela y
+echarle la rociada que preparado había para aterrarla y reducirla:</p>
+
+<p>—Aura, ven acá, Aura: ¿en dónde te metes que no acudes cuando te
+llamo? Ves que estoy baldadita, que no puedo moverme, y no vienes...</p>
+
+<p>Por fin apareció en la puerta, como alma del otro mundo, vaga en
+la forma, insensible el paso, la imagen de Aura, toda palidez en el
+rostro, en los ojos toda fuego, el pelo sencillamente recogido más que
+peinado; y antes que hablase la jorobada, le dijo con voz que parecía
+salir de algún hueco misterioso bajo el suelo de la habitación:</p>
+
+<p>—Mi familia es él...</p>
+
+<p>—¿Has oído lo que te dije, niña?</p>
+
+<p>—Mi familia es él... Yo no tengo más familia que él.</p>
+
+<p>—Vete a tu cuarto, simple, y a la noche hablaremos, que ahora espero
+visita y no me conviene incomodarme... Si quieres tocar y cantar,
+puedes hacerlo; pero cierra la puerta.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_302">p. 302</span></p>
+
+<p>Desapareció Aura, y al poco rato llenaba toda la casa su voz
+tiernísima cantando <i>Assisa al pie d’un salice</i>. Entraron dos
+marchantes, y allá se entretuvieron largo rato con doña Jacoba
+examinando piedras, dándose recíprocamente la jaqueca con el regateo de
+quilates y precios. Fuéronse ya muy tarde, llevándose aljófar, media
+docena de esmeraldas de las llamadas <i>aguamarinas</i>, y aflojaron
+dinero: oro, plata. Arrastrando su cuerpo, más bien que llevada por
+él, llegose la Zahón a los armarios, guardó preciosos objetos, estuvo
+mediano rato dando vueltas y más vueltas de llaves, y con la misma
+lentitud pudo ganar el sillón, donde se apoltronó, hasta que Lopresti
+fue a anunciarle la cena. En el comedor la aguardaba una sopita de
+sémola y un plato de pescado frito. Viendo que Aura no acudía a la
+cena, y que su cubierto continuaba baldío, la señora dijo al maltés:</p>
+
+<p>—¿Y la niña?... Ya: ¿no quiere cenar su <i>alteza</i>?... Pues
+déjala, no la llames otra vez. Que coma música... Me importan poco sus
+rabietas... Era ya loca, y el maldito romanticismo me la ha trastornado
+más de lo que estaba. ¡Grande error ha sido! Pero se irá curando...
+¡Qué remedio tiene más que someterse!... Con ayuda del tiempo y de la
+ausencia, me prometo ponerla como un guante. No me dé Dios más trabajo
+que este...</p>
+
+<p>A poco de cenar la llamó. Continuaba la joven en el mismo desgaire,
+mal peinada, mal vestida, con un lindísimo <i>deshabillé</i> que
+marcaba sus incomparables líneas corporales,<span class="pagenum"
+id="Page_303">p. 303</span> hermosísima, toda blancura en traje, cara y
+manos, toda tinieblas en el pelo y en los ojos..., el andar ligero, la
+mirada grave, pasiva, calmosa, fría como una espada cuando la clavaba
+en la Zahón.</p>
+
+<p>—Siéntate a mi lado, hija mía —le dijo la corcovada, arrimando la
+silla más próxima—, y óyeme... ¿Qué? ¿No me has oído?... ¿Por qué estás
+ahí parada, inmóvil...? ¿Cómo quieres que hablemos con la mesa de por
+medio? Acércate más... Bueno, hija, te empeñas en hacer la fantasma y
+nada tengo que decirte. Tú te cansarás... De verte así, tan callada, me
+entra sueño..., y sueño me da también esa quietud con que me miras...
+En fin, si no quieres hablar, tendrás que oírme, porque no dormiría yo
+tranquila esta noche si no te dijese que ese falso duque y trovador
+de filfa no entra más en mi casa. Nos hemos equivocado, hemos estado
+en Babia. Acabarás por convencerte de dos cosas; digo, de tres; de
+tres, hija mía. La primera es que nada de lo que yo disponga puede
+ser contrario a tu felicidad: con razón se ha dicho «quien bien te
+quiere... etcétera». La segunda, que te conviene, por tu salud corporal
+y del alma..., te conviene, repito, tomar aires, salir de Madrid...,
+y para esto, niña, para llevarte y cuidar de ti, viene mi hijo..., le
+espero mañana... Y la tercera cosa es que encontrarás, no a docenas
+sino a miles, galanes de más mérito y de más enjundia que ese tontaina
+de Fernandito, que no es más que un pobre pájaro aburrido, tan vacío
+de mollera<span class="pagenum" id="Page_304">p. 304</span> como de
+bolsa... ¿No respondes? ¿Te vas convenciendo?... Parece que te has
+vuelto tonta... Aura, por Dios, da sueño mirarte...</p>
+
+<p>Sin responder nada, Aura se fue con lento paso, y Jacoba permaneció
+un instante con los ojos fijos en la puerta por donde se había ido.
+Puso atención después, aplicando la oreja..., pero nada oyó: ni ruido
+de pisadas, ni llanto, ni voz alguna.</p>
+
+<p>—Cayetano —dijo después la señora, apartando de Aura su atención—,
+tráeme eso, y acerca más la luz.</p>
+
+<p>Púsole delante Lopresti el tintero de cobre con polvorera, y la
+negra carpeta sebosa donde la señora escribía. De ella sacó la jorobada
+un pliego de buen papel, escrito ya en dos y media de sus carillas,
+y aproximado el quinqué y bien atizada la mecha, continuó su obra
+interrumpida, trazando con lentitud y vacilante pulso los caracteres,
+hasta que llegó al fin, y puso la firma y rúbrica. Leyó cuidadosamente
+toda la carta, salpicando las comas donde le parecía, arreglando algún
+trazo de letra torcido, o haciendo leves enmiendas que no afearan la
+escritura, y bien regado el papel de polvos abundantes, se entretuvo
+en doblarlo y cerrarlo con prolijo esmero, y extendió al fin despacio,
+letra por letra, el sobrescrito: <i>Excelentísimo señor don Juan
+Álvarez de Mendizábal, ministro</i>.</p>
+
+<p>Muy satisfecha debió de quedar de su obra, porque sus ojos se
+animaban, sus labios se movían, hablando para sí, silenciosos, y
+acariciaba<span class="pagenum" id="Page_305">p. 305</span> la carta
+entre sus finísimos y blancos dedos... Pasado un rato de meditación,
+intentó ponerse en movimiento.</p>
+
+<p>—Lopresti, ven, que no puedo levantarme, ¡ay, ay, ay! Cógeme por la
+cintura..., con cuidadito... ¿Y esa?</p>
+
+<p>—En su cuarto...</p>
+
+<p>—Déjala... Se pasará toda la noche lloriqueando, y mañana estará más
+tranquila... Que llueva, que llueva..., para que el alma se descargue
+de nubarrones... Vete a ver si duerme.</p>
+
+<p>—Me parece que sí... No siento nada —dijo el maltés, volviendo de su
+inspección, que solo duró un par de minutos.</p>
+
+<p>—Pues vamos..., sostenme bien, que me caigo... ¿Has cerrado todo...,
+has apagado la lumbre?... En seguida que yo me acueste..., ya sabes,
+te traes aquí una manta y te acuestas en el sofá de paja, para que
+estés toda la noche al cuidado. Deja encendida la luz... Como tienes el
+sueño ligero, no se moverá un ratón en la casa sin que tú lo sientas...
+Clavadas como están las maderas de todos los balcones, me parece que
+tenemos completa seguridad... Yo me caigo de sueño...</p>
+
+<p>Dejola el buen Cayetano en su alcoba, donde se acostó vestida,
+bien cubierta de mantas. Una candelilla de aceite dentro de un vaso
+le daba la claridad suficiente para no estar en tinieblas. Entre la
+lana oscura, lucía el lívido rostro de María Antonieta guillotinada,
+y no viéndose configuración de<span class="pagenum" id="Page_306">p.
+306</span> cuerpo, sino un informe bulto, podía creerse que doña Jacoba
+no era más que una cabeza colocada al azar sobre montones de trapos.</p>
+
+<p>Transcurrió más de una hora sin que Lopresti, tumbado en el sofá
+del comedor, conforme a las órdenes de su señora, observase novedad
+en la casa, ni oyese ruido alguno. Los de la calle, sonar de relojes
+distantes, pasos de transeúntes, rumor de alguna pendencia, rodar de
+carros, quedábanse fuera, y no había para qué poner atención en ellos.
+A las once y media comenzó el roncar suave de la Zahón, que luego fue
+en aumento, con notas aflautadas y acordes graves, que infundirían
+pavor a quien no estuviese acostumbrado a oírlos. Lopresti se adormiló
+un rato, al son de aquella tan conocida música; pero le despertó algo
+que no era ruido..., un presentimiento no más, tal vez una idea.</p>
+
+<p>Dudó un momento si le engañaban sus ojos, o si era, en efecto, la
+propia persona de Aura aquella imagen que veía, avanzando cautelosa,
+deslizándose ante la pared del comedor como proyección de linterna
+mágica. La mesa interpuesta impedíale ver la mitad inferior de la
+figura... Traía una luz en la mano izquierda, y con la otra apretaba
+contra el pecho un objeto que no se distinguía fácilmente... ¡Vaya si
+era Aura! ¿Pues quién podía ser más que ella? «Esta madamita está loca,
+o es sonámbula», pensó el maltés. Pero esta última presunción no se
+confirmó, porque la joven fijó en Lopresti su ardiente mirada, y luego
+fue hacia él indecisa, andando<span class="pagenum" id="Page_307">p.
+307</span> y deteniéndose por segundos. A medida que se acercaba, iba
+perdiendo aquel aspecto de <i>Lady Macbeth</i> con que se apareció a
+los encandilados ojos del fámulo. Dejó sobre la mesa la luz que traía,
+y miró espantada a la puerta por donde los furibundos ronquidos de
+la Zahón llegaban al comedor. Eran el propio ser de la diamantista
+manifiesto en el sonido.</p>
+
+<p>Lo primero que hizo Lopresti al tener a la señorita al alcance de
+sus manos, fue tratar de quitarle de la mano derecha un largo y afilado
+cuchillo que con ella vigorosamente empuñaba: era el cuchillo de la
+cocina.</p>
+
+<p>—Déjame, déjame, Cayetano... —dijo Aura con voz ahogada, defendiendo
+el arma con toda la fuerza que desplegar podía—. Esta noche la mato, la
+mato... Déjame.</p>
+
+<p>Al pronunciar el último <i>déjame</i>, ya Lopresti le había quitado
+el cuchillo. Aura se sentó, y poniendo los codos sobre la mesa y la
+cara entre las palmas de las manos, rompió a llorar.</p>
+
+<p>—Eso de matar es cosa mala, señora doña Aurorita; cosa mala casi
+siempre, y, en todo caso, no es obra para mujeres.</p>
+
+<p>—Sí que la mato —reiteró Aura, pasando bruscamente de la
+sensibilidad al insano furor homicida—. Dame el cuchillo, Cayetano;
+dámelo, y verás... ¿Para qué vive ese monstruo, ni qué falta hace en
+el mundo? Es un bien que yo le quite la vida, que para nada sirve. ¿No
+quiere ella matarme a mí? Pues véala yo muerta antes de morirme.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_308">p. 308</span></p>
+
+<p>—No, no —dijo Lopresti escondiendo el cuchillo—: el matar es cosa
+fea y sucia. Se manchará de sangre la señorita, y esas manchas de
+sangre no se las quitará nunca, por más que se lave...</p>
+
+<p>Vuelta a la llorera y a la aflicción intensísima.</p>
+
+<p>—Mira tú, Cayetano: cuando hice intención de matarla y fui por
+el cuchillo, estaba yo tan decidida, que ya me parecía ver a Jacoba
+delante de mí, expirando..., sin derramar sangre, porque no la
+tiene... Yo la mataba de un golpe, así..., y le decía: «Villana mujer,
+¿por qué quieres asesinar mi alma, matarnos a los dos de pena, de
+desesperación? Pues muérete ahora rabiando, y vete a donde puedas
+desplegar toda tu infamia, toda tu avaricia, toda tu maldad hipócrita:
+al infierno...».</p>
+
+<p>Al decir esto, Aura apretaba los dientes; sus ojos despedían llamas,
+y accionaba fieramente con el puño cerrado. Los ronquidos de Jacoba
+eran en aquel instante de una intensidad aterradora.</p>
+
+<p>—Y al entrar aquí —prosiguió la Negretti— pensaba yo que me sería
+muy difícil rematarla... ¿Quién hace pasar de la vida a la muerte
+todo aquel cuerpo lleno de jorobas? Sería preciso un hacha, ¿verdad,
+Cayetano...? Porque nada adelantábamos con querer darle en el corazón,
+porque no lo tiene... Solo conseguiría yo matarle una o dos jorobas...,
+¡y ella siempre viva!... Es muy grande esa mujer... Hay en ella
+mujeres muchas, una dentro de otra, y todas malas, muy malas,<span
+class="pagenum" id="Page_309">p. 309</span> a cual peor... Matas
+una, y siempre queda mujer, o demonio, para martirizarme y volverme
+loca... Sí, sí, tienes razón: mejor es que no la mate... ¿A qué, si
+ha de morirse pronto?... Le haremos un buen entierro, Cayetano, y le
+meteremos en la caja todos sus diamantes, perlas y rubíes para que se
+vaya contenta.</p>
+
+<p>—Eso no, carambito... Quédense las piedras acá... En la otra vida no
+sirven más que para hacer peso en el que las lleva y no dejar que se
+salve...</p>
+
+<p>—Esta no se salva ni con peso ni sin él... En el infierno le
+recamarán el cuerpo con carbones encendidos, y le darán a comer
+esmeraldas fundidas, calentitas, y por cada ojo le meterán brillantes
+tallados en pico...</p>
+
+<p>Con esto se iba tranquilizando la pobre Aura, y empezaba a sentir
+calmado el horrendo desvarío, repercusión insana del amor en su
+caldeado cerebro. Pasábase la mano por su frente ardorosa y por toda
+la cabeza, sentándose el pelo, y con aquellos pases diríase que se
+suavizaba su furia y se dispersaban las ideas de exterminio,.</p>
+
+<p>—¿Pero quién es esta mujer maldita —dijo en tono más humano— para
+querer tiranizarme a mí, para imponerme su voluntad? ¡Si yo no tengo
+por qué obedecerla, si no es madre, ni tía siquiera, ni nada! Bueno
+que su marido, si viviera, me mandase... Pero esta, este galápago
+codicioso, ¿por qué se mete a decidir de mi suerte? ¿Qué razón
+hay para que no la decida yo misma?... ¡Ah, qué desgraciada<span
+class="pagenum" id="Page_310">p. 310</span> soy, y qué bien haría Dios
+en quitarme la vida esta noche, a mí y a Fernando juntos, pues ni
+morirme..., mira tú, ni morirme quiero sin él!...</p>
+
+<p>Rompió en lágrimas amargas, y Lopresti, en el colmo de la compasión,
+no acertaba a darle consuelo.</p>
+
+<p>—Sí, sí —dijo Aura bebiéndose su llanto—, mañana moriremos los
+dos... Lo hemos decidido y lo haremos... Cuando es imposible la vida
+juntos, el morir unidos es un bien, un gozo... Nuestras almas subirán
+abrazadas al cielo, y abrazadas estarán por toda la eternidad...
+Mañana, mañana mismo; ni un día más...</p>
+
+<p>—¡Morirse, matarse..., cosa fea! —exclamó el maltés con el más
+agudo registro de su voz mujeril—. Mala es esta vida; pero... ¿y si la
+otra es peor? Nadie ha vuelto para decirlo... Verdaderamente que hay
+vidas aquí tan arrastradas, que le dan a uno ganas de arrojárselas a
+la muerte... Pero usted, señorita Aurora, y el señor don Fernando, no
+están de muerte... todavía... ¡Pues si yo fuera él, si yo fuera usted,
+cualquier día me mataba! ¡Él tan guapo, usted tan hermosa...! ¡Ay,
+quién fuera ustedes!...</p>
+
+<p>Y pasando de la compasión de sí mismo a la suprema piedad por los
+dos amantes, arrimó más su silla a la de Aurora, bajó la voz todo lo
+que permitía el estruendo de los ronquidos del ama, y dijo:</p>
+
+<p>—A la niña le pasan estas amarguras porque quiere. Cierto que doña
+Jacoba no debe imperar en usted. Manda porque la dejan. La autoridad
+no la tiene<span class="pagenum" id="Page_311">p. 311</span> ella, la
+tiene otro que está más arriba, mucho más arriba... En fin, mi doña
+Aurorita saldría del despotismo de este <i>coco</i> si hiciera caso
+de mí... Usted no discurre, señorita; yo sí... Usted no tiene más que
+amor, amor y venga más amor, y yo calculo...</p>
+
+<p>—¿Qué calculas tú?... ¿Piensas lo que a mí pueda interesarme?
+—preguntó Aurora tardando mucho en comprender la idea del maltés.</p>
+
+<p>—Ayer tarde, cuando usted se emperró a llorar, después de lo que la
+señora le dijo, yo, desde aquel rincón, le hacía a usted señas para que
+no se apurase... y tuviera calma y hablara conmigo. Yo calculaba...
+Porque no ha de ser todo amor..., es preciso cálculo, señorita,
+cálculo.</p>
+
+<p>—Que me muera ahora mismo si te entiendo.</p>
+
+<p>—Quise entrar en su cuarto con el aquel de llevarle una taza de
+tila; pero la niña se había encerrado por dentro, y, naturalmente, no
+entré... Pues si me hubiera dejado entrar, le hubiera dicho lo que yo
+calculaba, lo que voy a decirle ahora para que se sosiegue y tenga
+esperanza de salvación... ¡Qué! ¿Por qué me come con los ojos?... Ahora
+se lo digo; pero prométame antes hacer lo que yo aconseje...</p>
+
+<p>Diciendo esto, le acercaba el tintero y le ponía delante la carpeta
+en que había escrito la Zahón:</p>
+
+<p>—Tonto, más que tonto. ¿Me mandas que le escriba? Si ya lo hice esta
+tarde, diciéndole que sí, que nos mataríamos,<span class="pagenum"
+id="Page_312">p. 312</span> que preparase todo... ¿No llevaste la
+carta?</p>
+
+<p>—Chitón..., aquí no se habla... Ha prometido la señorita hacer lo
+que yo mande. En guardia. Aquí tiene papel, pluma... Cójala y escriba
+lo que yo le diga.</p>
+
+<p>—¿Pero a quién?...</p>
+
+<p>—Ponga... clarito..., con buena letra: <i>Señor don Juan Álvarez
+Mendizábal</i>...</p>
+
+<p>Absorta le miró Aura, posesionándose en un instante de las ideas
+que bullían en el cerebro del maltés, y lanzó una exclamación de gozo,
+como el que, perdido en tenebrosa noche, ve de súbito la luz que ha de
+guiarle.</p>
+
+<p>—¡Qué gran idea, Cayetano!... ¡Qué gran idea! ¿Lo has cavilado
+tú?... ¿Por qué no me lo habías dicho?</p>
+
+<p>—Si los enamorados, en vez de pensar en la muerte, calcularan...
+Pero ¿qué han de calcular, si están locos?...</p>
+
+<p>—Es verdad. ¡Qué gran idea! ¡Dios mío, qué alegría, qué
+esperanza!... ¿A quién he de pedir amparo más que al grande amigo de mi
+padre..., al que...?</p>
+
+<p>—Doña Jacoba le ha escrito también esta noche.</p>
+
+<p>—¿Qué me cuentas?...</p>
+
+<p>—No importa. Puede que el <i>Excelentísimo</i> reciba la carta de
+usted antes que la de ella. Eso es cosa mía. El <i>coco</i> manda su
+carta por Milagro. La de la señorita la mandaré yo por Méndez, mi amigo
+Méndez, portero en Hacienda. Vamos, vamos, no perder tiempo.</p>
+
+<p>—¿Y qué le digo?... Cayetano, yo que<span class="pagenum"
+id="Page_313">p. 313</span> acabo de estar loca, que casi lo estoy
+todavía, no acierto a discurrir nada.</p>
+
+<p>—Ponga... <i>Señor</i>, o <i>Excelentísimo señor: soy la hija de
+Jenaro Negretti</i>... Así, empezar con un golpe bueno: <i>soy la hija
+de Negretti, y</i>...</p>
+
+<p>—Y...</p>
+
+<p>—Y... ahora vaya poniendo todito lo que le pasa.</p>
+
+<p>Meditó la huérfana un rato, mordiendo las barbas de la pluma, y no
+tardó en sentir la inundación de ideas en su cerebro, de que eran señal
+segura la coloración de sus mejillas y el júbilo que flameaba en sus
+hermosísimos ojos...</p>
+
+<p>—Ya, ya... No necesitas dictarme, Cayetano. Ya calculo..., ya sé lo
+que tengo que decir.</p>
+
+<p>Y escribió con más inspiración que soltura, sin quitar los ojos del
+papel, haciendo con sus labios unos hociquitos muy monos.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch30">
+ <h2 class="nobreak g1">XXX</h2>
+</div>
+
+<p>No se abatía con los reveses el animoso espíritu de don Juan
+Álvarez, ni por un tropiezo parlamentario, o por la defección de
+media docena de amigos a quienes tuvo por incondicionales, dejaba de
+creer que su buena estrella triunfaría de todo, llevándole al<span
+class="pagenum" id="Page_314">p. 314</span> cumplimiento de las
+promesas hechas a la nación. La confianza en sí mismo no le abandonaba
+nunca. Formábanla el conocimiento de las energías que atesoraba
+su voluntad, y los recuerdos de sus éxitos anteriores, todo ello
+amalgamado con un poquito de soberbia. En su gigantesca estatura, que
+dominaba los cuerpecillos de sus compañeros de Estatuto como el alto
+ciprés a los helechos humildes, veía un simbolismo de la supremacía
+de su voluntad. Fe ciega tenía en su entendimiento, más fecundo en
+recursos sagaces, en mañosos ardides que en concepciones hondas.
+Verdad que la política de entonces, como la de ahora, no era terreno
+propio para lucir las supremas dotes de la inteligencia: era un arte
+de triquiñuelas y de marrullerías. En la oposición sí desplegaban los
+políticos una ideación fastuosa, con carácter teórico, que deslumbraba
+a los papanatas del partido y a la parte de opinión neutral que toma
+en serio las batallas oratorias, comúnmente sin sacar nada en limpio
+de ellas; pero gobernando no eran más que unos pobres caciques, unos
+manipuladores más o menos hábiles del teclado de la cosa pública, en
+pro de intereses siempre inferiores a los supremos de la nación.</p>
+
+<p>Cierto que Mendizábal tuvo alguna idea grande, y que su ambición,
+en vez de limitarse, como la de otros, a prolongar todo lo posible
+las maniobras caciquiles, picaba en los altos fines nacionales; pero
+no le asistió la inteligencia en proporción de la magnitud<span
+class="pagenum" id="Page_315">p. 315</span> de su deseo. Buena es la
+fecundidad en arbitrios, buenos el ingenio y la travesura; pero el
+perfecto hombre de Estado, <i>rara avis</i>, debe unir a tales dotes
+otras de carácter sintético. La vista de Mendizábal solía percibir los
+remotos ideales; pero no discernía bien el camino para llegar a ellos,
+no poseía la completa y audaz visión del hombre de Estado, el cual
+necesita saber mirar, sin cegarse, lo mismo al sol que al polvo.</p>
+
+<p>Las trapatiestas parlamentarias de la ley electoral, que terminaron
+con la derrota de don Juan de Dios, y el compromiso de proponer a la
+reina la disolución de los Estamentos, quebrantaron los ánimos del
+primer ministro. Verdad que la batalla había sido ruda. La cuestión
+electoral fue entregada sin detenido estudio a las iniciativas de
+una ponencia, compuesta de cinco procuradores mal elegidos. Todo era
+desconcierto, imprevisión, ignorancia de los métodos de gobernar.
+Salió, pues, un grande ciempiés, que veían con gozo los moderados. En
+el partido de Mendizábal no faltaba gente práctica; pero no supo o no
+quiso prestarle ayuda, ilustrándole en el procedimiento parlamentario
+para sacar adelante las leyes, y el hombre pasó las de Caín en una
+mortal semana de estériles y rencorosos debates. Sobre si la elección
+debía ser directa o indirecta, por provincias o por distritos, sobre si
+se daría o no voto a las capacidades, estuvieron aquellos hombres, como
+locos, agotando toda la retórica insustancial que viene siendo la<span
+class="pagenum" id="Page_316">p. 316</span> función abusiva de los
+cerebros políticos, y ha concluido por esterilizarlos.</p>
+
+<p>No tuvo más remedio el Jefe del Gabinete, al término de esta
+desdichada campaña, que disolver los Estamentos. La reina no le puso
+obstáculo, y próceres y procuradores fueron mandados a sus casas. En
+la brega perdió <i>don Juan y Medio</i> la amistad de sus dos más
+ardientes defensores, Istúriz y Alcalá Galiano, en quienes ya, desde
+diciembre, se columbraban las ganitas de formar rancho aparte; juego
+escénico que ha llegado a constituir el resorte más rutinario y más
+amanerado de nuestra fastidiosa comedia política. Aunque a Mendizábal
+le llegó al alma esta defección, no por eso se acobardó, y aún soñaba
+con que el nuevo Estamento le proporcionaría medios eficaces de
+realizar sus grandes propósitos. Pero si no desmayaba en sus alientos
+y ambiciones, físicamente se sentía fatigado, pues la tarea de los
+últimos días de enero y de los comienzos de febrero fue para rendir
+a un gigante. Bien se le traslucía el cansancio en la palidez del
+rostro, y también en la inclinación de su cuerpo, ya no tan espigado
+como cuando nos vino de Inglaterra radiante de esperanzas. El buen
+señor propendía más a la meditación; gustaba de la soledad, donde
+pudiese ahondar en los graves problemas que la realidad le ofrecía;
+mostraba menos confianza en las personas circunstantes, y un poquito
+de asco de la adulación, de aquel incienso continuo con que algunos se
+recomendaban a su benevolencia.<span class="pagenum" id="Page_317">p.
+317</span> En tal situación moral y física le encontramos una noche en
+su despacho, a hora muy alta de la noche, engolfado en diversos asuntos
+apremiantes, queriendo resolverlos todos, y aplicando desordenadamente
+su atención a este y al otro con voluble inquietud. Había comido en
+casa de Seoane, retirándose después a su ministerio con varios amigos,
+a quienes despidió para poder trabajar. Deslizábase el tiempo entre
+la actividad febril y súbitas caídas en la sima de la meditación.
+Escribía, soltaba la pluma, revolvía papeles. Su pensamiento iba de un
+asunto a otro, ondulante, vagabundo, como mariposa que no sabe en qué
+flor quedarse. A lo mejor se posaba en una idea y en ella permanecía,
+perdiéndose en un discurrir opaco, dulce imaginar que casi tocaba en la
+somnolencia.</p>
+
+<p>«Este Córdova..., este Córdova... —decía entre dientes escribiendo
+al general en jefe del ejército del Norte—. ¿Será cierto que es la
+clave de la situación? ¿Será cierto que vivimos en el gobierno porque
+nos tolera, y que moriremos cuando se canse de vernos vivos?». Y
+luego escribía, interrumpiéndose a menudo para pensar los conceptos,
+cosa nueva en él, pues comúnmente enjaretaba un largo escrito como
+el buen nadador que aguanta mucho tiempo en las profundidades sin
+tomar aliento. Antes de terminar la carta al general, la dejó para
+leer párrafos de otras ya leídas, que quería recordar... Y de pronto
+contemplaba con vago mirar un montoncito de cartas que aún no habían
+sido abiertas:<span class="pagenum" id="Page_318">p. 318</span> las
+removía, se fijaba en los sobrescritos... Apareció de pronto un portero
+con dos más, y al poco rato volvió con otra que dejó sobre la mesa, sin
+que el señor ministro se dignara mirarla.</p>
+
+<p>Cerrando por fin los pliegos para Córdova, cayó la mente de don Juan
+en un sombrío bache de ideas que le tuvieron suspenso, fija la vista en
+los diferentes papeles que en la mesa había, sin ver nada. He aquí lo
+que pensaba: «Olózaga acaba de decírmelo, y no me decido a creerlo...
+En Palacio están hartos de mí..., estoy caído ya... Gobierno aún
+porque no han encontrado el modo, decoroso para ellos, de ponerme en
+la calle... Esto no puede ser. Olózaga es muy mal pensado, y tiene en
+la masa de la sangre el odio a los Borbones... La reina me ha recibido
+hoy con visibles muestras de aprecio... ¿Pero quién se fía...? Será
+o no será sincera... ¡Dichosos reyes!... y nosotros medio locos aquí
+por defenderles, por sostenerles en el trono; nosotros muriendo para
+que ellos vivan... No, no es verdad que esté acordada mi caída, ni mi
+sustitución por Córdova o Martínez de la Rosa. Creo en la lealtad de
+Córdova..., que en su última carta, concretándose a cosas militares,
+nada me dice de política... En Martínez lo creo..., de Toreno todo lo
+temo; los fabricantes del Estatuto se mueren de tristeza lejos del
+poder... Los señoritos esos de la <i>suprema inteligencia</i> no acaban
+de persuadirse de que el país no existe exclusivamente para ellos...
+El país, <i>señores del anillo</i>, no es<span class="pagenum"
+id="Page_319">p. 319</span> un fraque hecho a vuestra medida... el
+país...». Estimulado al trabajo por un aguijonazo de su voluntad,
+pasó la vista por otra carta, y quiso contestarla; pero no tardó en
+distraerse de nuevo, pensando: «Debe de estar en lo cierto Olózaga...
+Como que me lo ha dicho también Seoane... El señor don Fernando Muñoz,
+a quien Romero Alpuente llama con mucha gracia <i>Fernando Octavo</i>,
+no se recata para hablar pestes de mí: me llama <i>déspota</i>, y a
+Castroterreño le dijo que yo soy un <i>Calígula</i>... ¡Calígula!...
+Este buen señor sabe menos historia que yo. ¡Llamarme Calígula porque
+me apoyo en la voluntad del pueblo, porque me inflama el amor del
+pueblo, porque con y para el pueblo me propongo llevar hasta el fin
+mis planes...! Aguárdese usted un poco, señor Muñoz, buen caballero y
+amigo mío. Gusta usted, según dicen, de acercarse a los corrillos de
+las tertulias aristocráticas y palatinas, y aplicar el oído y enterarse
+de lo que charlan, para dar traslado <i>al Ama</i>, como usted dice...
+Pues lléguese usted aquí y óigame esto que el <i>Ama</i> debe saber...
+Juan Álvarez Mendizábal ha caído en desgracia porque no quiere la
+cooperación francesa para terminar la guerra, porque no accede ni
+accederá a que <i>Palacio</i> nos traiga acá otro duque de Angulema,
+que es lo que allí pretenden...». Rápidamente giraba de un punto a otro
+su pensamiento... La memoria le punzaba, haciendo dar a su atención un
+salto atrás. «Se me olvidó decir a Córdova que no deje de poner<span
+class="pagenum" id="Page_320">p. 320</span> diez mil bayonetas en el
+Baztán..., explicarle los motivos por que prefiero la intervención
+inglesa a la francesa...». Y no tardó en enlazar esta idea con otra:
+«Williers me apoya, Williers no me falta. Bien claro me lo dijo anoche,
+añadiendo que no recele de Córdova. Él y Córdova son uña y carne. Se
+escriben todos los días... Pero me decía en París mi amigo Maury, el
+poeta, que no me fíe nunca de los diplomáticos. Esta noche, charlando
+en casa de Seoane, dijo aquel joven, secretario que fue de Ofalia, no
+recuerdo su nombre..., dijo que Williers juega con dos cartas... Yo no
+hice caso... Confío en Williers. Su apoyo es sincero. ¡Que no tenga
+uno, en esta posición, un lente milagroso para ver las almas, para ver
+el pensamiento de los que nos hablan!».</p>
+
+<p>Y divagando siempre, encontrose frente <i>al Ama</i>, y le dijo:
+«Señora Ama, para que Vuestra Majestad se ahorre el pretexto de que
+no hago nada, voy a demostrar ahora que no quiero que la posteridad
+ignore quién ha sido Mendizábal... Todo lo paso, menos que los niños
+de las escuelas, dentro de cincuenta años, pregunten: “¿Quién fue ese
+Mendizábal?...”». Buscó en la mesa un papel que le habían traído poco
+antes para que lo examinara, por si deseaba corregir algo en él, y no
+hallándolo tan fácilmente como creía, se impacientó. «... Es mucho
+cuento... ¡Si lo tuve en mi mano hace dos minutos...! ¡Ah, no me negará
+la señora reina que está influida por el embajador de Francia...!<span
+class="pagenum" id="Page_321">p. 321</span> Menudean las cartas del
+hijo de <i>Igualdad</i>... ¡Francia, Francia! De allí ha venido siempre
+la perdición de nuestros reyes borbónicos... ¡Francia...! ¿Pero dónde
+lo he puesto, señor...? Y de los de acá, Martínez es el inspirador
+de Vuestra Majestad. Reconozco lealmente que Martínez es un hombre
+honrado..., pero..., padre del Estatuto, le molesta que mi personalidad
+anule su personalidad... Yo no he fabricado Estatutos; pero sé hacer
+países... Yo no soy poeta; pero soy hacendista, y en este momento voy
+a cantar una oda, que no le cabe en la cabeza al señor Martínez...,
+porque yo, señor Martínez, no sabré latín; pero sé... ¡Ah! aquí está...
+¿Pero dónde te habías metido, papel? ¿Quién te puso en este montoncito
+de las cartas de mujeres?...».</p>
+
+<p>Fijó su atención en el largo escrito, y leyó cuidadosamente,
+recreándose en cada párrafo, en cada palabra, en cada letra. El
+preámbulo era frío, despiadado, cruel. El artículo primero, semejante
+a una inmensa hoz, decía con aterrador laconismo: «Quedan suprimidos
+todos los monasterios, conventos, colegios, congregaciones y demás
+casas de comunidad o de instituto religioso de varones, inclusas las de
+clérigos regulares y las de las cuatro órdenes militares existentes en
+la Península, islas adyacentes y posesiones de España en África...».</p>
+
+<p>Continuando la detenida lectura, algo hubo de encontrar en el
+artículo quinto que no le gustaba. Trazó la enmienda entre líneas,
+y después de borrar y escribir de nuevo al<span class="pagenum"
+id="Page_322">p. 322</span> margen, tiró de la campanilla. A poco
+de penetrar el portero y de recibir una breve orden del ministro,
+presentose un señor de mezquina estatura, con anteojos de oro sobre
+el huesudo caballete de su nariz de trompa; traía en la mano un papel
+semejante al que don Juan de Dios acababa de leer.</p>
+
+<p>—Mire usted, Sánchez —le dijo el ministro dándole el decreto—,
+hay que modificar la disposición referente a los conventos de monjas
+que deben quedar. No están claras las atribuciones de las juntas que
+han de determinar el número de religiosas... Prevengamos las malas
+interpretaciones, los abusos. Vea usted cómo he redactado el párrafo
+segundo del artículo quinto... Ponerlo todo en limpio y que lo vea
+Argüelles... Ese otro decreto (el que Sánchez le traía recién copiado),
+no necesita más enmienda. Perfectamente claro y preciso...</p>
+
+<p>Recreose también en su texto, fríamente ejecutivo, revolucionario.
+Como quien no rompe un plato, el artículo primero decía: «Quedan
+declarados en venta, desde ahora, todos los bienes raíces de cualquier
+clase que hubiesen pertenecido a las comunidades y corporaciones
+religiosas extinguidas, y los demás que hayan sido adjudicados a la
+nación por cualquier título o motivo, y también los que en adelante lo
+fueren, desde el acto de su adjudicación».</p>
+
+<p>—¿No tenemos ya nada que corregir aquí? —preguntó el de la
+aventajada nariz.</p>
+
+<p>—Absolutamente nada.</p>
+
+<p>—¿De modo que...?</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_323">p. 323</span></p>
+
+<p>—A la <i>Gaceta</i> con él...</p>
+
+<p>—¡A la <i>Gaceta</i>! —replicó el funcionario, recogiendo de manos
+de su jefe el terrible documento.</p>
+
+<p>—Daremos el otro dentro de unos días... Me lo trae usted
+mañana, puesto en limpio... Y ahora... Media noche ya..., pueden
+ustedes retirarse... Yo me quedaré un rato más examinando esta
+correspondencia... Que se aguarde Milagro.</p>
+
+<p>Volvió a quedarse solo; y tan grande excitación sentía, que tuvo
+que espaciar sus ideas y sacudir sus nervios, paseándose de largo a
+largo en la vasta pieza. «¡Para que digan que no hago nada!... ¡Qué
+revolución, qué colosal sacudimiento!... Entrego a la clase media...
+<i>cuatro mil millones</i>..., ¿qué digo? más, mucho más». Volvió
+a la mesa, y rápidamente trazó algunos números... «<i>Seis, siete
+mil millones</i>, y aún me quedo corto...». Mirando al espacio,
+quedose como en un embeleso dulce o embriaguez financiera... Su
+mente se lanzaba a las presunciones del porvenir, nadando en un
+océano tan revuelto como profundo, con olas de cifras cada vez más
+hinchadas...</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch31">
+ <p><span class="pagenum" id="Page_324">p. 324</span></p>
+ <h2 class="nobreak g1">XXXI</h2>
+</div>
+
+<p>Otra vez en su mesa el señor don Juan, incansable, desvelado...
+Adquirida la costumbre de trasnochar, no le apuntaba el sueño hasta
+la madrugada. En las altas horas de la noche sentía sus facultades
+más claras, su ingenio más agudo, y extraordinariamente aumentada su
+fecundidad de recursos expeditivos, de mañosas tretas, para escamotear
+las dificultades antes que para vencerlas.</p>
+
+<p>—Que venga Milagro.</p>
+
+<p>Y al punto se presentó el buen don José con varias cartas a
+la firma. Firmó Mendizábal, y entregó cuatro más que requerían
+contestación. Eran todas referentes a negocios electorales. Este
+pedía la procuración para sí; aquel para su pariente o amigo. Quién
+solicitaba humildemente; quién reclamaba con soberbia mal envuelta
+en cortesía, alegando servicios a la libertad y una larga historia
+bullanguera. A unos se les contestaba con el <i>perdone, hermano</i>, a
+otros se ofrecían esperanzas bien rebozaditas, y ciertos y determinados
+nombres sacaban tajada, seguridades de éxito.</p>
+
+<p>—Oiga usted, Milagro —dijo Su Excelencia cuando ya el funcionario
+se retiraba—, hágame el favor de manifestar a su amiga de usted, a esa
+cansada Zahón, que no puede ser<span class="pagenum" id="Page_325">p.
+325</span> y que no puede ser... En una larga carta muy difusa, que no
+he podido leer entera..., me pide un desatino tal, que le contestaría
+con un puntapié si estuviera yo en otra posición... Pero diga usted,
+¿es loca esa mujer?</p>
+
+<p>—Me parece que sí... Abusa horrorosamente del <i>curaçao</i>.</p>
+
+<p>—Ya... Pues le dice usted que no me maree más... No le contesto por
+escrito porque tendría que tratarla con dureza..., y puede añadir que
+ya sé el paradero del tío de Aurorita, Ildefonso Negretti, y que le
+escribiré un día de estos para que venga a hacerse cargo de su sobrina.
+No quiero que esa pobre niña permanezca más tiempo en poder de la
+Zahón... ¿Y qué?... No sé quién me ha dicho que es hermosa.</p>
+
+<p>—Hermosa es poco decir; es divina, señor..., pero tan romántica,
+que no hay quien pueda con ella. Mejor estará con su tío que con doña
+Jacoba.</p>
+
+<p>Otra vez solo, engolfado el pensamiento en el maremagnum político:
+«Traeré un Estamento a mi gusto... La ingratitud de Galiano, la envidia
+de Istúriz no prevalecerán... Yo no miro más que a la libertad, que
+deseo afianzar; a la guerra, que quiero concluir a todo trance; al
+país, a esta infeliz patria devorada por las malas pasiones, por tantos
+odios..., pobre, sumida en la ignorancia... ¡Triste herencia la del tal
+don Fernando VII! Si este señor hubiera sido de otra condición, ¡qué
+bien estaríamos!... Quizás podría yo ahora desarrollar tranquilamente
+mi pensamiento,<span class="pagenum" id="Page_326">p. 326</span>
+madurarlo bien... Con estas prisas, allá va todo como Dios quiere...
+¡Qué lástima, señor, qué lástima!... Porque tiene razón Caballero.
+¡Cuánto mejor, en política y economía, repartir al pueblo esta masa
+de bienes en vez de sacarlos al mercado! ¿La parte de deuda que se
+amortiza vale más o vale menos que los intereses territoriales que
+podrían crearse con ese reparto, hecho juiciosamente? ¿Es preferible
+el crédito circunstancial, para encontrar quien preste, a las ventajas
+futuras de la buena distribución del terreno?... ¿Y qué decir de los
+abusos que en las subastas pueden cometerse?... Resultará que los
+caciques de los pueblos, la clase bursátil, los que poseen ya una
+mediana fortuna, adquirirán bienes considerables pagándolos a largos
+plazos con el mismo producto de las tierras... Y en tanto, el pueblo
+agricultor y laborioso no podrá adquirir propiedad... ¡Si lo he
+pensado, señor, si lo he pensado!... ¡Pero no le dan a uno tiempo para
+nada!... ¡Esta política, esta vida...! No es posible, no es posible.
+Que venga aquí el <i>Sursum corda</i>, y se volverá para arriba, para
+el cielo, sin haber hecho nada. ¡Vivir al día, defenderse hoy de
+las asechanzas de mañana, temblando siempre, sin hora segura..., y
+tener que sufrir una descarga cerrada de discursos...! ¡Las dichosas
+polémicas, los malditos abogados...! Y menos mal si uno contara con
+tener bien cubiertas las espaldas... ¡Pero si <i>Palacio</i> le pone
+a usted en la calle el mejor día, como a un criado...! ¡Ah! Con
+esta<span class="pagenum" id="Page_327">p. 327</span> inseguridad, con
+esta zozobra, ¿qué planes, ni qué reformas, ni qué soluciones grandes
+son posibles? Esto es un vértigo, dar quiebros al enemigo, agarrar el
+poder con las dos manos, sujetarlo además con los dientes para que
+los de allá no nos lo quiten... No puede ser, no puede ser... Pero
+Mendizábal no se va sin realizar algo, ya que no toda la grande obra,
+y le dice al país: te he quitado <i>treinta y seis mil frailes</i>
+y <i>diecisiete mil monjas</i>; te doy <i>cuatro mil millones, seis
+mil</i>, para que empieces a formar un conglomerado social, fuerte y
+poderoso... De mogollón lo hago... No me dan tiempo para más. Luego,
+Dios dirá...».</p>
+
+<p>Cambio repentino de ideas: «Se me olvidaba... Tengo que decir a
+Córdova que irá la remesa de zapatos la semana que viene... y dos
+millones en metálico. Lo apuntaré en la pizarra, para que no se escape
+de la memoria... ¡Ya se ve..., con tal diversidad de asuntos!... ¡Pero
+este Córdova!... El eterno enigma: si la reina le llama para que forme
+ministerio, como cuentan por ahí, tratará de enjaretar una situación
+mixta, combinando las fuerzas moderadas con las liberales... En este
+caso, yo le ayudaría... ¡Pero si no puede ser; si es todo un puro
+embuste de los periódicos, y de esa turbamulta de desocupados que
+hormiguean en este pueblo chismoso y novelero! Córdova me dice que no
+se cuente con él para nada que sea política... Y en su alocución al
+ejército, bien claro lo expresa... Va uno haciéndose, insensiblemente,
+a<span class="pagenum" id="Page_328">p. 328</span> no creer nada,
+a considerar toda palabra de hombre... o mujer, como un ruido del
+viento, como el gotear de la lluvia... Veremos grandes cosas. El
+nuevo Estamento nos traerá batallas formidables. ¡Hablar, hablar
+y siempre hablar! Señor, en aquel Parlamento inglés es otra cosa:
+discuten y votan el mensaje en un día. Son mal mirados los oradores
+galanos que van a lucirse, y los abogados indigestos y sofísticos...
+Debo decir también a Córdova que corre una especie saladísima: los
+grandes de España le proponen para formar Gabinete... ¿Quién meterá
+a los grandes en camisa de once varas?... ¡Ah! También le contaré lo
+que anda diciendo por ahí <i>don Fernando octavo</i>...: que la corte
+se trasladará a Burgos, para estar más cerca del ejército... ¡Qué
+tontería!... No creo que el <i>Ama</i> participe del cerval miedo de
+sus cortesanos». (Nuevo trazado taquigráfico en la pizarra).</p>
+
+<p>Puso la mano sobre un montoncillo de cartas, algunas de las cuales
+aún no estaban abiertas. Diríase que una de ellas se pegó a sus dedos.
+La cogió maquinalmente, y empezó a leer por el medio: «¡Bueno está!...
+(<i>soltando la carta con desdén</i>). Las Navas se me incomoda. Otro
+que se tuerce... ¡Como si yo pudiese hacer procuradores a todos los
+amigos de mis amigos...! Y aquí otra y otra carta pidiéndome destinos,
+contadurías, administraciones, secretarías, intendencias, y... ¿Pero
+de dónde, señores y amigos, de dónde voy yo a sacar tantas plazas?...
+¿Y este que se me<span class="pagenum" id="Page_329">p. 329</span>
+atufa porque no le he dado privilegio en el asunto de las campanas?...
+No faltaba más. Bastante tengo con los azogues, que me darán no poca
+guerra cuando se abra el Estamento... ¡Dichosas campanas, azogues
+malditos!... Pero estos señores no ven en el Estado más que una vaca
+muy gorda y muy lechera, a cuyas ubres es ley que se agarren todos
+los ambiciosos, todos los glotones, todos los hambrientos... ¿A ver
+esta otra carta? Ya conozco la letra... ¡Pobre duquesa de Berry!
+También esta se ha echado marido morganático, y hoy es condesa de
+Lucchesi Pella. Por andar menos lista que otras, ha perdido la tutela
+del chiquillo..., el Delfín... A ver qué me cuenta. (<i>Lee por el
+final</i>). Lo de siempre: sus hermanas no le hacen caso..., la
+vituperan por la campaña desastrosa de la Vendée... (<i>Se ríe</i>). Y
+no le perdonarán, no, el famoso episodio de la chimenea... (<i>Leyendo
+por el centro</i>). Me da las gracias por haber admitido en el ejército
+español al hermano de su esposo, el oficial napolitano Lucchesi,
+que recomendé a Córdova... ¿Y qué más? Vaya, vaya con las princesas
+destronadas..., parece que les hizo la boca un fraile. Ahora pide que
+admitamos a otro hermanito, subteniente... ¿Por qué no les coloca en
+las tropas carlistas? ¡Ah, es que allí las pagas son en papel, en
+ilusiones!... Verdad que las pagas de acá... también andan como Dios
+quiere».</p>
+
+<p>Puesta a un lado la carta, trazó con rápida mano nuevas apuntaciones
+en la pizarrita,<span class="pagenum" id="Page_330">p. 330</span> y
+luego extendió las demás epístolas sobre la mesa formando abanico...
+Entre los sobrescritos, de muy diversa escritura, vio uno que no se
+le despintaba. Sonriendo se dijo: «Quien no te conoce, que te lea». y
+la sacó del semicírculo con ánimo de someterla a cuarentena rigurosa.
+«Pues sí, debo leerla —pensó variando inmediatamente de propósito,
+en la versatilidad de su espíritu inquieto—; veamos qué cuenta». Era
+una de tantas comunicaciones de los secretos agentes que el gobierno
+tenía en la frontera. Diariamente llegaban dos o tres por diferentes
+conductos, y la que a la sazón leía Su Excelencia era remitida por
+una tal <i>madame Aline</i>, de fantasía tan novelesca y de tan
+extremado celo en el desempeño de su misión, que cuando no había
+sucesos graves que referir, los sacaba de su cabeza; y si escaseaban
+las maquinaciones, o no sabía la verdad de ellas, ponía en el telar
+los productos más inspirados de su numen. Engañado varias veces por
+los cuentos de esta poetisa del espionaje, Mendizábal le había tomado
+ojeriza, y aguardaba conyuntura para suspenderla del cargo; si ya no lo
+había hecho era por consideración a nuestro embajador en París, que aún
+creía en ella y se fiaba de sus embustes.</p>
+
+<p>«Ya te veo (<i>leyendo</i>). La historia de siempre... Que los
+carlistas han recibido proposiciones de la reina... Que han llegado
+a Oñate dos clérigos emisarios de <i>Palacio</i>..., los cuales se
+entienden con otro clérigo de Madrid para poner en autos a doña
+Cristina de<span class="pagenum" id="Page_331">p. 331</span> los
+deseos y opiniones de don Carlos... Que los agentes de Aviraneta
+en Olorón han entrado también en negociaciones con los facciosos,
+ofreciéndoles un levantamiento en Madrid. Que al propio tiempo los
+realistas franceses se proponen armarla, si Thiers se decidiera al
+fin por la intervención. Que la frontera está infestada de frailes
+trashumantes y perdidizos, que huyen de las degollinas de Zaragoza, y
+muchos de ellos, transfigurados de la noche a la mañana, se afilian
+en el ejército de Gómez o de Villarreal... Que Zaratiegui y otros
+andan a la greña con los palaciegos y toda la <i>ojalatería</i> de
+Oñate, y que de tantos piques y desazones tiene la culpa el carácter
+despótico y entrometido de la princesa de Beira, que de continuo pasa
+y repasa la frontera, acompañada de <i>monsieur</i> Saint-Silvain, o
+sola, con dos pastores: las autoridades francesas no la molestan...
+Que don Carlos se propone formar corte y ministerio de verdad, y que
+para presidir el Gabinete faccioso ha venido de Londres don Juan
+Bautista Erro. Por el ministerio de Gracia y Justicia andan a la greña
+el obispo de León y don Wenceslao Sierra... El confesor del rey, don
+Juan Echevarría, gobierna interinamente el ramo de Guerra. En medio
+de este grande aparato político, en la corte apenas tienen qué comer.
+Don Carlos y sus allegados van viviendo con castañas y leche... Las
+borrajas son el plato de cada día, y el cocinero de Palacio discurre
+los diferentes modos de poner las alubias... Por referencia de un
+ayuda<span class="pagenum" id="Page_332">p. 332</span> de cámara
+del Rey, que despidieron por haberle pegado una tremenda bofetada al
+gentilhombre de servicio, sabe la manifestante que don Carlos se casará
+en secreto con la princesa de Beira... Esta había comprado en Olorón
+varios objetos de bisutería falsos para su dueño y señor, y había
+vendido dos docenas de perlas magníficas, para adquirir con el producto
+de ellas fusiles... También gestionaba que le vendieran dos obuses,
+ofreciendo unas arracadas que posee... La comunicante las ha visto, y
+no duda que Su Alteza encontrará quien por ellas le facilite un par de
+cañones... Que los realistas habían logrado entenderse con Aviraneta,
+ofreciéndole la Superintendencia de Policía para cuando triunfara don
+Carlos..., y que últimamente se le habían enviado desde Francia papeles
+que comprometían al señor Mendizábal, y al señor Caballero, y al señor
+duque de Zaragoza, documentos que se publicarían en <i>El Jorobado</i>
+para armar gran escándalo...».</p>
+
+<p>Aturdido ya, la cabeza mareada con este aluvión de noticias, que
+no eran en su mayor parte más que repetición de anteriores informes,
+don Juan echó a un lado la carta sin acabar de leerla. Por natural
+encadenamiento de ideas, la mención de <i>El Jorobado</i>, papel
+violentísimo, le llevó a pensar en <i>El Mensajero</i>, que también
+había comenzado a atacarle, y en <i>El Eco del Comercio</i>, que ya
+cerdeaba... «No es bueno que la prensa abuse de la libertad —se dijo
+mal humorado—. A bien que con <i>El Liberal</i>, que fundaremos<span
+class="pagenum" id="Page_333">p. 333</span> nosotros, zurraremos de
+firme a los que se vengan con injurias y enredos... ¡Lástima que no
+encontremos muchachos despabilados de estos que salen ahora con la
+fiebre del romanticismo!... Me dice Palarea que casi todos los que
+valen están ya colocados en papeles enemigos... ¡Colocados!..., me río
+yo de esto. Ya vendrán, ya vendrán al reclamo...».</p>
+
+<p>Apuntó algo en su pizarra, pertinente a prensa y al nuevo periódico,
+y fijándose en otra carta, cuya letra menudita y elegante conocía, la
+leyó al punto:</p>
+
+<div class="carta">
+
+<p>«Pepe no escribe a usted porque está consagrado hoy en cuerpo y alma
+a la limpieza de sus panoplias y a la colocación de las espadas del
+siglo <span class="asc">XVII</span> que ayer adquirió. A su gloriosa
+ferretería se han añadido unas espuelas, que diz pertenecieron a
+Íñigo Arista; el almirez que a doña Blanca de Borbón le servía para
+llamar a sus servidores en la torre de Sigüenza, y otras quincallas
+magníficas... En nombre de Pepe, y en el mío, le invito a usted a
+comer, mañana viernes. Por Dios, no falte, mi buen don Juan, que
+tenemos mucho que hablar, y he de contarle cosas mías muy tristes,
+¡ay!... Si le sobran a usted campanas, mande hacer rogativas porque
+recobre el juicio su consecuente amiga — <i>Pilar</i>».</p>
+
+</div>
+
+<p>«¡Pobrecilla... —pensó el grande hombre, soltando la carta—, sí
+que es desgraciada!... ¡Qué mundo, qué cosas!...». Y con mental
+propósito de aceptar el grato convite, pasó a otro asunto..., algo
+de elecciones, de una probable conferencia con Williers. Mas no
+tardó<span class="pagenum" id="Page_334">p. 334</span> en distraerle
+otro sobrescrito que en la rueda de cartas lucía con gruesos y algo
+torcidos caracteres. Dijérase que aquella desconocida escritura le
+miraba y atraerle quería, pues los ojos de don Juan se habían como
+enganchado varias veces en sus letras. Habíalas visto ya y hecho
+intención de abrir y leer... Por fin, picado de curiosidad, se apresuró
+a satisfacerla. La carta, después del nombre y la fórmula de respeto,
+empezaba con esta frase: «Soy la hija de Jenaro Negretti...». Era
+bastante larga. Leídos los dos primeros párrafos, no encontró, sin
+duda, el ministro interés bastante intenso en la lectura, y su mente
+fugaz corrió otra vez hacia la idea política. «¡Ah, me olvidaba...
+(<i>modulando entre dientes</i>), de la ley de mayorazgos! ¡Qué cabeza
+la mía!... Prometió Argüelles traérmela hoy, y yo, tan torpe, que no
+se lo recordé esta tarde... (<i>Rápida anotación en la pizarra</i>).
+Mañana me explicará don Agustín su protección a la revista <i>El
+Mensajero</i>, que publica contra mí artículos que se atribuyen a
+Galiano... ¡Qué amigos, señor!... He de procurar atraer para el nuevo
+periódico a las primeras plumas... Ese Espronceda, ese Larra... Todos
+ellos, según dicen, viven miserablemente. Pues demos a Espronceda y
+a otros poetas destinos adecuados a su mérito: las secretarías de
+las subdelegaciones, plazas en las bibliotecas, si queda alguna...
+Dígase lo que se quiera, la prensa no vive solo de libertad...». Cayó
+en profunda meditación, cogiéndose la barbilla<span class="pagenum"
+id="Page_335">p. 335</span> con las puntas de los dedos. Dio después
+un palmetazo sobre la mesa, y formuló en su mente graves acusaciones
+contra sí mismo: «Hubiera yo podido impedir los sangrientos sucesos
+de Barcelona, que me han perjudicado enormemente... ¿En qué estabas
+pensando, Juan, cuando le diste al don Eugenio Aviraneta la carta para
+el general Mina? Tenemos cuartos de hora funestísimos, mortales... En
+un instante se compromete una posición; una idea mala y extraviada
+esteriliza miles de ideas grandiosas, fecundas...». Se pasó la mano
+por la frente. Su cansancio era ya muy grande. Pensó en los pobres
+empleados que por la índole de su cargo tenían que permanecer en las
+oficinas a horas tan absurdas, mientras el ministro no se retirase.</p>
+
+<p>Campanillazo...</p>
+
+<p>—Que venga el señor Milagro. Mi capa, el coche...</p>
+
+<p>Cayéndose de sueño, recibió Milagro las últimas órdenes de Su
+Excelencia para el siguiente día.</p>
+
+<p>—Estas cartas me las contestará usted a primera hora; las demás
+no son tan urgentes. Es muy tarde. Estarán ustedes rendidos. Hasta
+mañana... ¡Ah!, Milagro, un momento: no me olvide lo de la Zahón...
+Que no puede ser..., que... En fin, mejor será ponerle una carta.
+Recuérdemelo usted mañana.</p>
+
+<p>Y por engarce de ideas, ya cuando el portero le estaba poniendo
+la capa, volvió presuroso hacia la mesa por recoger algo que
+quería llevarse a su casa. «Soy la hija de<span class="pagenum"
+id="Page_336">p. 336</span> Jenaro Negretti...». Este párrafo inicial
+de la dolorida carta le andaba por el cerebro, disputando el sitio
+a pensamientos de mayor bulto y gravedad. Fuese a su casa el grande
+hombre, soñoliento ya, revolviendo todo el fárrago de aquella noche:
+Córdova..., Galiano..., Palacio..., Ley de mayorazgos..., campanas...,
+Aviraneta..., prensa..., frailes..., chiquilla de Negretti...</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch32">
+ <h2 class="nobreak g1">XXXII</h2>
+</div>
+
+<p>La desconsoladora respuesta que dio el señor ministro a la carta de
+la codiciosa diamantista, puso a esta en formidable, épica irritación.
+En tres días no le sacaron del cuerpo más que palabras airadas y
+monosílabos rencorosos; en sus manos escribió, con sus propias uñas,
+cifra lastimosa del despecho que la dominaba, y los marchantes o
+compradores que por allí asomaron salieron o desollados vivos o
+llamándose a engaño, con pocas ganas de volver. En la comida decretó
+parvedades de la escuela del licenciado Cabra; y tales fueron, que
+Aurora y Lopresti se habrían quedado en los huesos si no tuvieran la
+precaución de reservar en sus respectivos escondrijos pedazos de pan y
+otras cosillas de comer. Sentía la maldita Zahón odio a toda criatura
+humana, y a las que más próximas<span class="pagenum" id="Page_337">p.
+337</span> tenía, hacíalas responsables de la bofetada que le diera
+el ministrillo gaditano, aquel que conoció con manguitos y la pluma
+en la oreja, <i>en la casa de los Méndez</i>, allá por los años 97 y
+98 del siglo pasado. Porque el hombre de las levitas, el verdugo de
+frailes y monjas, el secuestrador de campanas, no se contentaba con
+tomar a chacota la proposición de constituirse en administradora de la
+huérfana de Negretti (con lo cual aliviaba al señor ministro de sus
+cuidados), sino que la relevaba ignominiosamente del cargo honrosísimo
+de custodiar y dar alimento y educación a la niña, confiriendo estas
+funciones a Ildefonso Negretti, hermano de Jenaro.</p>
+
+<p>No obstante su fiereza y despecho, pasados tres días de crisis,
+juzgó prudente disimular la grave herida de su amor propio, y astuta y
+cautelosa reservó de la familia y de los amigos la dura respuesta de
+don Juan Álvarez. Ni se le pasaba por la imaginación oponer resistencia
+a las disposiciones de este, pues su naturaleza medrosa, calculista,
+alma de mercader en pedrería, repugnaba el giro dramático en los actos
+de la vida y todo lo que fuese ruidoso y violento. Encerrose, pues,
+en una resignación torva, como gato a quien le han cortado las uñas;
+esperó los acontecimientos envolviéndose en sus corcovas con cierta
+dignidad, quejándose del reuma con más fuertes alaridos, elevando el
+precio del quilate en los brillantes de talla superior, y extremando
+los rigores con que celaba a la doncella puesta a su cuidado.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_338">p. 338</span></p>
+
+<p>Aumentó su tristeza en aquellos días la demora de su hijo Laureano
+Zahón. Había salido este de Córdoba hacia Sierra Morena; pero tales
+historias en el camino le contaron de los bandidos que la infestaban,
+que tomó ascos al paso de Despeñaperros y se volvió para su casa,
+con idea de esperar a que saliese tropa para venir con ella. Tal
+contrariedad no tuvo poca parte en la prudencia que desplegó la Zahón
+después de su fracaso. Con Aura era toda sequedad y desabrimiento;
+no le permitía apartarse de su lado y de su vista; no creyendo
+bien guardada la casa con la fidelidad de Lopresti, se procuró dos
+cancerberos más: una tal Verónica, asistenta para centinela de día, y
+para vigilante nocturno, Severo Meca, dependiente de Maturana, hombre
+a prueba de sobornos, incorruptible, probado en veinte años de manejo
+de alhajas. Con tal guardia, y el examen y reparación que mandó hacer
+de todas las llaves, cerrojos y cerraduras, se creía libre de un
+atropello.</p>
+
+<p>Inopinadamente se presentó Hillo a comprar otra partidita de
+aljófar, que regateó, poniéndose muy pesado, para encubrir con el
+negocio su espionaje, y haciéndose mostrar el abanico, pidió precio,
+que la Zahón fijó en setecientos cincuenta duros, ni un maravedí menos.
+No le fue difícil al presbítero llevar la conversación comercial
+al terreno doméstico, y se enteró de la situación, por referencia
+espontánea de la despechada doña Jacoba.</p>
+
+<p>—No sabe usted bien —decía, poniendo<span class="pagenum"
+id="Page_339">p. 339</span> los ojos en blanco— cuánto me agrada la
+resolución del <i>caballero ese de las campanas</i>, que por lo visto
+tiene tiempo sobrado para atender a todo. Él sabrá lo que hace. No
+estoy yo para cuidar niñas, y menos a esta diablesa dislocada, sin
+respeto a nadie, ni a mí misma. Mentira me parece que ha de venir su
+tío y ha de quitarme este cuidado, pues aunque tengo costumbre de
+guardar cosas de precio y de asegurarlas contra ladrones, no sé cómo se
+custodian estas joyas que andan y enredan, que discurren todo lo malo;
+joyas que es forzoso clavar en los estuches para que no se escapen de
+ellos... También le digo a usted, señor de Timoneda (con este falso
+nombre había ocultado Hillo su personalidad), que si deseo perderla de
+vista, no deseo menos conservarla, mientras esté aquí, libre de todo
+detrimento. Quiero que su nuevo guardián la reciba en situación de
+honestidad material, aunque mentalmente la haya perdido. Cuando esté
+fuera de mi casa, que haga lo que quiera, que se deshonre; pero aquí
+no... Esto es un sagrario, señor de Timoneda; aquí viven y han vivido
+siempre el recato, la virtud. De esta casa no ha salido jamás una
+piedra falsa... ¿Cómo había yo de consentir que ahora saliera?</p>
+
+<p>Alabó mucho el disfrazado clérigo estos alardes, y se permitió
+aconsejar a Jacoba que, lejos de estorbar, favoreciese el traspaso de
+aquella joya al tío carnal, pues la tal niña le daría disgustos muy
+gordos si no la echaban pronto de Madrid. Y añadió a esto tales<span
+class="pagenum" id="Page_340">p. 340</span> observaciones y noticias,
+que la jorobada, fácil al miedo, no necesitó más para verse rodeada
+de catástrofes. Dos veces más, en diferentes días, volvió don Pedro,
+regateando el abanico y haciéndose mostrar unos topacios, que no
+compró; y con esto finalizaron sus averiguaciones en la caverna de
+la Zahón, pues ya había adquirido los datos y conocimientos más
+importantes: Aura delirante de amor; extremadas las precauciones
+para evitar que se vieran los amantes, y, por fin, próximo el arribo
+del tío carnal para cargar con la romántica niña y llevársela a los
+quintos infiernos. Cuando esto fuera un hecho positivo, solo restaba
+impedir que Calpena descubriese a dónde había ido a parar la cabra
+loca; y establecida la radical separación, no era ya difícil traer
+al buen camino al descarriado joven. A este le visitaba diariamente,
+guardándose bien de contarle sus tratos y contubernios con la
+diamantista; lo que no impidió que Calpena los supiera por aviso de
+Aura, atisbadora infatigable de quién entraba y salía en la casa.</p>
+
+<p>No pareciéndole aún bastante inquisitorial la incomunicación entre
+los tórtolos, sometió Jacoba a escrupuloso registro al menguado
+Lopresti, guardando bajo llave papeles, pluma y tinta: por su gusto
+habría borrado de las costumbres humanas, como ocasionado a la
+desobediencia, el arte de la escritura. No creyendo eficaces estos
+rigores, y desconfiada del maltés, determinó asimismo la señora que no
+pusiera los pies en<span class="pagenum" id="Page_341">p. 341</span>
+la calle mientras tal situación durase, y los recados los hacía Meca,
+el bárbaro y frío Meca, incapaz de aliviar una pena de amor, aunque le
+dieran un brillante de talla superior por cada lágrima que evitase. Ya
+se sabrá la causa de esta insensibilidad. El último mensaje que llevar
+pudo Lopresti a los portales de Santa Cruz, donde Calpena aguardaba la
+cartita, fue verbal y nada satisfactorio:</p>
+
+<p>—Señor don Fernando —le dijo, afilando la voz más que de costumbre
+por la fuerza de su congoja—, ni traigo carta, ni la traeré más:
+válgame la Virgen. Estamos dejados de la mano de Dios. La señora me
+ha registrado al salir, todo, señor, como si fuera yo una mujer...
+¡Qué vergüenza me ha hecho pasar, ay! Y no es lo peor que me meta
+las manos por entre la ropa, haciéndome cosquillas, sino que ya no
+me deja salir de casa. ¡Preso yo también, sin comerlo ni beberlo!...
+Preso por desconfianza, porque hago este favor a dos que se quieren...
+Es mi gusto, señor; es mi único gusto servir a los amantes finos...
+Salgo esta tarde porque voy por la medicina, aquí, calle Imperial...
+¡Ay!, Dios mío, que no se le volviera solimán..., y ya me despido
+de la bendita calle, porque desde esta noche hace los recados ese
+Meca, montador que fue de la familia, montador de piedras finas, y
+hoy vive de la tasa y fiel contraste... Pues verá: la señorita, que,
+como enamorada, discurre más que cien doctores, me encarga diga a
+usted que esta noche le escribirá. Tiene papel y lápiz, que le<span
+class="pagenum" id="Page_342">p. 342</span> he dado yo... Para mandar
+a su amador la carta ha inventado una graciosa treta... Ahora tenemos
+allí todas las noches a don José del Milagro. Entra... deja su sombrero
+en la percha... En el forro del sombrero pondremos el papelito. ¿Qué
+le parece? Lo que no inventa el amor, ni Dios lo inventa... Pues lo
+que falta es que usted se haga el encontradizo con Milagro, cuando
+este salga de casa; que le convide; que le entretenga hasta sacarle
+el embuchado; que mañana le vuelva a convidar y a entretenerle para
+que lleve la respuesta del mismo modo, y arreglárselas como pueda para
+seguir trayendo y llevando papeles ensombrerados cada lunes y cada
+martes... Conque ya lo sabe. Prevenido, señor... ¡Ojo al casquete!...
+Adiós, don Fernandito de mi alma; no puedo entretenerme más... Si
+tardo, me mata.</p>
+
+<p>Véase aquí cómo fue conductor inocente de la amorosa correspondencia
+el tubo grasiento y anticuado que cubría la venerable cabeza del buen
+Milagro. No le fue difícil a Calpena echarle la zarpa, acechándole a la
+salida de Milaneses, y le convidó a cenar (felizmente, por ser domingo,
+no tenía que ir a la secretaría de Hacienda), y hablaron cuanto les dio
+la gana. Concluyó Fernando por fingirse delicado de salud, y suplicar
+a su amigo que le hiciese diariamente compañía en los ratos libres,
+pues de ello recibiría gran consuelo. Hubo de manifestar sentimientos
+contrarios a los que llenaban su alma; hizo el papel de que le pesaba
+haber abandonado<span class="pagenum" id="Page_343">p. 343</span> su
+destino; mostrose arrepentido de sus amores, sobre los que hacía recaer
+toda la culpa de tantos infortunios, y pedía consejo a su buen amigo
+sobre la conducta más propia y eficaz para volver a la gracia de Su
+Excelencia. Con gran júbilo le oyó Milagro, que de veras le apreciaba,
+y prometió visitarlo en el rato libre, entre la contabilidad de la
+Zahón y el trabajo nocturno de la oficina.</p>
+
+<p>Con tal ardid, tuvo Calpena carta fresca todas las noches. No eran
+palabras amorosas lo que Milagro llevaba y traía en su sombrero; era
+fuego, llamas cogidas a puñados del mismo sol. Véase la muestra:</p>
+
+<div class="carta">
+
+ <p>«<i>De Fernando a Aura.</i> — Si hallamos libre el camino del
+ cielo, al cielo. Si no hay otro camino que el del abismo, al
+ abismo... Todo antes que arrastrar esta oprobiosa cadena del presidio
+ social; todo antes que sufrir el ultrajante despotismo de los cabos
+ de vara que, con el nombre de autoridades, civil, doméstica y
+ política, cobran el barato en este patio inmundo. Huyamos de ellos.
+ Busquemos el aire libre, lejos del aliento infecto de los cabos de
+ vara. Sobre todas las leyes, prevalece el amor, ley suprema, porque
+ él es la creación, el principio de las cosas».</p>
+
+</div>
+
+<div class="carta">
+
+ <p>«<i>De Aura a Fernando.</i> — Cariño, ¿verdad que me sacarás
+ pronto de este encierro? Con esta esperanza vivo. Cuento las horas
+ que me faltan para el momento dichoso en que dejaré de ver el rostro
+ patibulario de Jacoba Zahón. ¿Cómo no odiarla, si me priva de verte?
+ Si ella me asesina, ¿cómo no desear que se la<span class="pagenum"
+ id="Page_344">p. 344</span> trague el infierno, como se tragó Jonás
+ a la ballena?... digo, no: fue la ballena quien se tragó a Jonás, y
+ no pudo digerirlo. Tampoco el infierno digeriría a Jacoba, y tendría
+ que vomitarla con todas sus piedras preciosas... Es la una de la
+ noche: la bestia monstruosa duerme; yo velo. El amor siempre alerta.
+ ¿Cuándo nos echamos a volar? Quiero ser pájaro y mirar desde lo alto
+ de una ramita a estos pobres caracoles, que nos quieren llevar a su
+ paso... Una de estas noches mi desesperación me inspiró la idea de
+ matar a Jacoba... Estuve loca un ratito... ¿Verdad que me librarás
+ pronto? ¿Verdad que si no nos dejan vivir, nos mataremos? Sin ti,
+ no quiero la vida ni la muerte. ¿Qué sería de mí, solita dentro de
+ la sepultura?... Voy a decirte una cosa que no sabes... Te adoro...
+ Tonto, no te rías... Me estoy muriendo por vivir...».</p>
+
+</div>
+
+<div class="carta">
+
+ <p>«<i>De él a ella.</i> — Duerme tranquila; yo velaré, velaré
+ siempre. El sueño no quiere amistades conmigo. Si tu cárcel fuera de
+ diamantes y la custodiaran todos los ejércitos del mundo, de ella te
+ sacaría yo... Si Jacoba fuera la hidra de seis cabezas, yo se las
+ cortaría todas... Nunca me tuve por héroe. Ahora lo seré, porque te
+ amo. El amor me hace indómito; el amor me hace invulnerable. Si fuese
+ preciso ir hasta el crimen, hasta el crimen iré... Ser tú mía, ser
+ yo tuyo, es hablar con vaguedad: somos un solo ser... ¿No sientes
+ un solo ser en nosotros? No estamos separados, sino divididos; cada
+ mitad en diferente esclavitud. Pronto estará todo el ser<span
+ class="pagenum" id="Page_345">p. 345</span> integrado en la libertad.
+ Pronto te fijaré el día y hora en que debe terminar esta doble
+ agonía. Será sin bullicio, sin aparato; será la suma sencillez...
+ No puedo más. Bendiga Dios el divino fieltro en que irá esta carta.
+ Adiós».</p>
+
+</div>
+
+<div class="carta">
+
+ <p>«<i>De ella a él.</i> — Poquito me faltó para besar el fieltro
+ sublime cuando de él saqué la luz de mi vida. Pero no lo besé... No
+ hice más que acariciarlo... Pronto, sí, mi bien, que sea pronto.
+ Estoy alegre, porque tú me lo mandas. Jacoba despide de sus ojos un
+ veneno verde, como el rayo de las esmeraldas. Pero ya no le tengo
+ miedo: confío en mi caballero, a quien amo, a quien pertenezco por
+ toda esta vida fugaz y por la eterna...».</p>
+
+</div>
+
+<p>En este tono se escribían siempre. Arrebatado el espíritu de Calpena
+a las altas cimas de la idealidad, no conocía freno. Tan profunda era
+su transformación, que hasta se olvidaba de cómo fue, y de lo que
+había sentido y pensado bajo la férula del buen don Narciso Vidaurre.
+Aquella serenidad del alma, aquel justo medio en que blandamente
+se mecía su voluntad, ¿dónde estaba? ¿Dónde la placidez clásica,
+el amor de las reglas, el gusto de lo incoloro, del vivir cómodo y
+bien repartido en casillas metódicas? Todo aquel mundo blanducho y
+opalino se había resuelto en un orden de sentimientos y de ideas que
+le asemejaba al famoso héroe de Dumas, Antony. Como este, se había
+erigido en desheredado, y con los fueros de tal, en aborrecedor de
+toda la sociedad; como este, no vivía más que para un amor frenético,
+dispuesto<span class="pagenum" id="Page_346">p. 346</span> a consumar,
+por la satisfacción de sus anhelos, las violencias y tropelías más
+abominables.</p>
+
+<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
+
+
+<div class="chapter pt3" id="Ch33">
+ <h2 class="nobreak g1">XXXIII</h2>
+</div>
+
+<p>¡Quién le había de decir a Fernando Calpena, cuando con un amigo
+vio representar el <i>Antony</i> en la <i>Porte Saint-Martin</i>,
+que aquel drama, que entonces le pareció afectado, mentiroso, uno
+de tantos artificios con que los dramaturgos amañados satisfacen el
+convencionalismo teatral, había de ajustarse, traducido al castellano,
+a la realidad de su pensamiento! El drama de Dumas, y el de Calpena,
+drama real, no se parecían en el asunto, aunque sí mucho en la enfática
+desesperación del héroe, no bien motivada, y en el ardor de su
+lenguaje. El odio a la sociedad no era en él más que una repercusión
+hueca del criollo de Dumas. En política había extremado bruscamente
+sus opiniones, simpatizando con los revolucionarios más ciegos y
+brutales. Para don Fernando no tenían derecho a la permanencia ni el
+gobierno aquel, ni otro semejante, ni el trono mismo. La familia real,
+de cuyo seno había nacido una espantosa guerra, que llevaba trazas
+de no concluir nunca, tampoco debía continuar ligada a la suerte del
+país. Las<span class="pagenum" id="Page_347">p. 347</span> disensiones
+entre los hijos de Carlos IV habían convertido a España en una inmensa
+jaula de locos furiosos. Por averiguar si debía reinar hembra o varón,
+se vertían ríos de sangre... Y no pareciéndoles bastante sangría a
+nuestros prohombres, todavía andaban a trastazos por si repartían las
+mercedes del presupuesto los negros o los blancos, los amarillos o los
+rojos. El propio Mendizábal, a quien siempre vio Calpena descollando
+sobre la turbamulta política, se había empequeñecido a sus ojos: ya no
+era el grande hombre que debía salvar y refundir la nación. Malogrados
+sus propósitos por falta de constancia o malicia para llevarlos a la
+realidad, resultaba perfectamente sentencioso y oportuno aplicado a
+él, como a todos los del oficio, el dicho de Hillo: <i>No remata la
+suerte</i>.</p>
+
+<p>Por otra parte, si el conocimiento de las conexiones jurídicas de
+Mendizábal con Aura le indujo a mirar al ilustre gaditano con simpatía,
+cuando supo que a la carta de la joven había respondido verbalmente,
+por mediación de Milagro, sin darle más consuelo de su esclavitud que
+la promesa de mudarla de cárcel, sacándola de las cadenas de Zahón para
+ponerla en las de Negretti, la simpatía hubo de trocarse en ojeriza y
+mala voluntad. Hallándose obligado a mirar por la huérfana, debió don
+Juan atender en otra forma a su angustiosa solicitud. Ni de tutor ni
+de caballero era esta fría respuesta: «Diga usted a esa señorita que
+estoy atareadísimo<span class="pagenum" id="Page_348">p. 348</span> y
+no puedo ocuparme de ella todo lo que quisiera. He escrito a Ildefonso
+Negretti para que venga a recogerla. Yo hablaré con él y le recomendaré
+que la cuide mucho y procure perfeccionar su educación».</p>
+
+<p>«Pues yo le aseguro a usted, señor don Juan Álvarez —decía Calpena
+<i>in mente</i>, paseándose solo por las calles—, que cuando venga
+el tan cacareado tío carnal para hacerse cargo de mi Aura, no la
+encontrará. Aura me pertenece, y todos los Negrettis del mundo,
+auxiliados por todos los Álvarez gaditanos, que no saben <i>rematar
+la suerte</i>, no me la quitarán. Ahora veremos quién puede más: si
+Vuecencia con sus altanerías de ministro y jefe de partido, o yo
+solito, inerme, sin más fuerza que la que me da la ley de amor... Ley
+es esta que no entiende ningún político, ni Vuecencia tampoco... Creerá
+que es como la Ley de amortización de la Deuda, o la de redención
+de censos, imposiciones y cargas... Y no necesito extremar las
+conjeturas, señor don <i>Juan y Medio</i>, para ver segunda intención
+en su proyecto de poner a la huérfana en manos de un Negretti, que
+seguramente será sumiso ejecutor de los deseos de un amigo poderoso.
+¿Tendremos aquí una comedia en que le toque a Vuecencia el papel de
+tutor, de ese anciano verde, siempre chasqueado? ¿Le seducen a Su
+Excelencia los viejos de Moratín? Pues tampoco ha de valerle el hacer
+el don Diego, aun cuando tomara las precauciones para asegurar un
+desenlace contrario al de <i>El sí de las niñas</i>, porque<span
+class="pagenum" id="Page_349">p. 349</span> aquí estoy yo para llevar
+las cosas a su término natural. Y si para esto tuviera yo que pegarle
+a Vuecencia un tiro, se lo pegaría, como a Negretti, si este me
+contrariara con malevolencia... Por mi Aura, voy yo a las grandes y
+nobles virtudes, como a las más negras demostraciones de la maldad;
+por mi Aura, escalo yo el cielo o me precipito en los abismos. Nada
+tiene valor para mí; cuanto hay en el universo se cifra en ella.
+Póngame usted entre Aura y mi voluntad todas las llamadas leyes morales
+y sociales, y salto por encima de ellas; y si quieren que pase sin
+saltar, pasaré, y pisaré, y si pongo el pie sobre alguien que reviente
+con mi peso, quéjese al diablo, porque Dios no ha de oírle».</p>
+
+<p>Entró en casa de Hillo, con quien hablar quería. Don Pedro le
+esperaba: encerráronse en el cuarto de este.</p>
+
+<p>—Tu puntualidad en acudir a la cita me demuestra que el caso es
+urgente. Necesitas dinero: ayer no pude dártelo; hoy te lo daré, pero
+no sin condiciones.</p>
+
+<p>Adivinando las terribles condiciones que su amigo, cruel usurero en
+aquel caso, le impondría, Calpena sintió frío glacial en el corazón, y
+en la boca todo el acíbar que suele ser producto natural de la carencia
+de dinero.</p>
+
+<p>—Te daré lo que necesites —prosiguió Hillo con severidad noble—;
+pero has de darme garantías, seguridades de que ha de ser empleado
+dignamente. Esas órdenes tengo.</p>
+
+<p>—Pero usted —dijo Calpena con voz cavernosa—<span class="pagenum"
+id="Page_350">p. 350</span> entiende por empleo indigno lo que para mí
+es el fin más alto que se puede imaginar. No nos entendemos.</p>
+
+<p>—No nos entendemos... Yo tengo órdenes que he de cumplir
+estrictamente. Para lanzarte sin freno a la perdición, necesitas oro.
+Es natural: sin dinero no se puede realizar el bien... ni el mal. Para
+el bien tendrás lo que quieras, Fernando: demuéstrame que quieres el
+bien, abandona tus locos devaneos, y partiendo los dos de Madrid esta
+misma noche...</p>
+
+<p>Calpena se levantó del asiento sin decir más que:</p>
+
+<p>—Guarde usted su dinero... Me voy.</p>
+
+<p>—Oye..., no seas tan vivo de genio. No hago más que cumplir las
+órdenes que recibo... Muy dañado estás, hijo mío, cuando así me vuelves
+la espalda; a mí, que te quiero como a un hermano... No, no eres digno
+de esta hermosa fraternidad, ni tampoco, lo digo muy alto, ni tampoco
+eres digno de la piedad suprema, del cariño lejano, escondido, para que
+sea más bello, de la persona que...</p>
+
+<p>Ahogado por la emoción, Hillo no pudo continuar, y se llevó ambas
+manos a los ojos...</p>
+
+<p>—Para que yo venere a esa persona como ella se merece sin duda —dijo
+Calpena en grave desconcierto—, es preciso que..., se necesita que...
+Yo la adoraré si la conozco, lo primero... Encubierta, y oponiéndose a
+la felicidad de mi vida, no puedo, no puedo quererla.</p>
+
+<p>Hillo le cogió de una mano, no secas aún<span class="pagenum"
+id="Page_351">p. 351</span> sus lágrimas, y en grave tono le dijo:</p>
+
+<p>—Te doy mi palabra de que si haces lo que dije... Renunciar
+radicalmente a ese devaneo, impropio de tu condición, y partir conmigo
+de Madrid esta misma noche sin ver a nadie..., la deidad invisible
+dejará de serlo... Así lo declara y promete en su última carta... Se
+nos revelará..., pero es condición previa que tú..., ya sabes...</p>
+
+<p>El rostro de Calpena se volvió de mármol; sus manos quedáronse
+heladas; sus miradas perdieron toda luz. Miró al clérigo con estupidez;
+hízole repetir la proposición. Repetida por Hillo, este añadió hasta
+tres veces:</p>
+
+<p>—¿Te conviene el trato?</p>
+
+<p>De súbito fue acometido Fernando de un frenesí nervioso; cayó en un
+sillón, mordiose los puños, contrajo todo su cuerpo, y clavando las
+uñas en el brazo del sillón, prorrumpió en gritos dolorosos:</p>
+
+<p>—No quiero..., no quiero... Me ofrecen un nombre a cambio de la
+vida. No, no... No me hacen falta parientes; no necesito familia...
+Que se vayan, que me dejen. Solo viví, solo estoy..., solo moriré...,
+moriremos... ¡No quiero, no quiero...!</p>
+
+<p>Cogida en las convulsas manos la cabeza, como si quisiera
+arrancársela, no dijo una palabra más. Don Pedro no le veía el
+rostro.</p>
+
+<p>—Serénate —le dijo, tocando suavemente sus cabellos, cuyos
+rizos desordenados por entre los dedos salían—. Te doy tiempo para
+pensarlo. La cosa es grave..., no te precipites a resolver, así...
+airadamente.</p>
+
+<p>—¡Si está resuelto —dijo el desesperado joven<span class="pagenum"
+id="Page_352">p. 352</span> incorporándose—, si no puede ser!... ¡Si
+es como si me mataran!... Y francamente, no me dejo matar..., no me
+conviene morir todavía.</p>
+
+<p>Y puesto en pie, cogió el sombrero con gallardo ademán, mostrando en
+acto tan sencillo la firmeza de su resolución. Las últimas palabras de
+aquella breve conferencia fueron:</p>
+
+<p>—Me equivoqué al pensar que usted podía darme... eso. Error grave
+fue pedirlo. ¡Qué bochorno!... ¡Pedir lo que no es nuestro, lo que me
+darían, no por favorecerme, sino por comprarme! Dígale usted a quien
+sea, que no me vendo. El alma no se vende. ¿Por qué no la adquirió, en
+tiempos en que fácilmente pudo hacerlo? ¡Y ahora quiere quitármela,
+comprármela...! Aunque yo quisiera venderme, amigo Hillo, no podría...,
+no me pertenezco... Y para concluir, guárdese usted su dinero, o
+devuélvalo a quien se lo ha dado. Para mí no ha de ser. Lo que yo
+necesito con urgencia, lo buscaré como pueda.</p>
+
+<p>—Aguárdate..., hablemos otro poco.</p>
+
+<p>—Usted puede perder el tiempo, yo no... Es inútil... Si cierra la
+puerta me descolgaré por el balcón.. Quédese con Dios... No intente
+seguirme... corro yo más que usted. Adiós.</p>
+
+<p>Y con la presteza que estas palabras indicaban salió de la casa,
+dejando a Hillo confuso y atribulado. Hubo de pasar un mediano rato
+antes que el buen clérigo pudiera sacar del desorden de su mente una
+idea clara y ver el derrotero más conveniente.</p>
+
+<p>«No me queda duda, va a la desesperación... Loco de<span
+class="pagenum" id="Page_353">p. 353</span> amor y sin dinero, algo
+hará que nos dé mucho que sentir... ¿Iré tras él? ¿Pero quién le caza?
+No, no, Pedro Hillo..., no te metas en cacerías peligrosas. Yo cumplo
+dando la voz de alarma, como me ordenan. Ha llegado el momento crítico,
+el momento del peligro supremo, que obliga a emplear el recurso final,
+lo que los médicos llaman el remedio heroico. Me han mandado que avise
+cuando estalle la crisis de locura, y aviso... Pedro Hillo cumple
+siempre con su deber; es hombre que sabe rematar la suerte».</p>
+
+<p>Escribió una breve carta, y al punto salió para entregarla al
+<i>señor Edipo</i>, que en determinada calle estaba de servicio. Hecho
+esto, se fue al club de la casa de <i>Tepa</i>, donde había quedado
+pendiente de la noche anterior una furiosa disputa, cuyo desenlace
+quería conocer. Allá fue a parar también Calpena, sin más objeto que
+matar el tiempo hasta media noche, y ver a un amigo que le había
+ofrecido facilitarle algún dinero. Ya se comprende que este amigo no
+era poeta.</p>
+
+<p>Por obra y gracia de la armonía resultante entre la exaltación de
+su espíritu y la atmósfera jacobina que en <i>Tepa</i> reinaba aquella
+noche, Calpena se lanzó, sin proponérselo, a la oratoria furibunda,
+notas estridentes de rabia política con juicios abominables de cosas y
+personas. Sus palabras eran materia inflamable arrojadas varonilmente
+en aquel rescoldo de pasiones. De una parte le aplaudían con rabia; de
+otra le vituperaban. Entre don Pedro Hillo y otro<span class="pagenum"
+id="Page_354">p. 354</span> señor tuvieron que cogerle por un brazo y
+bajarle casi a rastras de la tribuna. Parecía loco furioso, y su rostro
+echaba llamas. Después, entre el tumulto que en torno del joven se
+formó, Hillo le perdió de vista. Cuatro amigos le sacaron a la calle
+para que con el fresco de la noche se le despejara la cabeza. Fueron a
+un café, pasearon hasta las doce, hora en que Fernando se encaminó a su
+casa con el amigo que le había facilitado la cuarta parte del dinero
+que creía necesitar.</p>
+
+<p>Solo al fin en su cuarto y no teniendo nada que hacer, sentose en la
+cama y se zambulló en el mar sin fondo de sus pensamientos. «Con poco
+dinero, pero con dinero al fin, mañana será. No varío mi plan, ni tengo
+que modificar las instrucciones que Aura habrá recogido esta noche en
+el sombrero de Milagro. ¡Mañana...! Y a pedir de boca saldrá, pues
+previsto está todo, y bien determinada la manera de sortear cualquier
+peligro... Mañana, en pleno día, cuando menos lo pienses, cuando nada
+temas, maldita Jacoba, soltarás tu presa... Y viviremos los que debemos
+vivir, y rabiarán los que deban rabiar..., y el que quiera reventar
+de ira, que reviente... Mi gusto es pisotear a la Zahón; al señor
+Mendizábal, no... Está próximo a una caída ignominiosa. En Palacio
+le tienen ya bien preparada la zancadilla con Istúriz y Saavedra...
+¡Los dichosos políticos! No vendría mal una degollina de próceres y
+patriotas, como la que se ha hecho de frailes...<span class="pagenum"
+id="Page_355">p. 355</span> Pues sí, señor de Mendizábal, bastante
+tiene Vuecencia con la que le están armando. Hillo diría que ya se
+oye el cencerro del cabestro que viene para conducirle al corral. Y
+Vuecencia matará los ocios del corral con la educación de doncellas...
+A Hillo no le deseo mal alguno... Ojalá le hicieran obispo. Bien se lo
+merece el pobre por su mansedumbre y buenas intenciones... Y en cuanto
+a Milagro, nuestra gratitud no se contenta con menos que con nombrarle
+ministro de Hacienda... Y a Lopresti, ¿cómo le recompensaremos sus
+servicios?... Es facilísimo: pinche mayor de Palacio, y además director
+de la Real Capilla; cocinero y tiple de Su Majestad... De todos nos
+despedimos, porque espero que no hemos de tener el gusto de ver rostros
+conocidos en mucho tiempo... Y que nos persigan, que nos busquen, que
+nos cojan ahora... El vuelo será alto... y luego, nuestra cueva de amor
+tan profunda, que a ella no llegará ni la mirada de cernícalo de la
+Zahón, ni el olfato de <i>Edipo</i>...».</p>
+
+<p>Por este derrumbadero vertiginoso iban sus pensamientos, cuando
+llamaron con fuerte campanillazo y golpes a la puerta de la casa.
+Sorprendido del ruido, y alarmado también, pues en su estado nervioso,
+el vuelo de una mosca le hacía estremecer, salió Calpena a punto que
+alguien abría; y vio que avanzaban hacia la puerta de su habitación
+dos hombres de mala facha, los cuales con formas rudas y descorteses,
+previa indagación de la personalidad, le ordenaron que<span
+class="pagenum" id="Page_356">p. 356</span> se dispusiese a salir en su
+grata compañía.</p>
+
+<p>—¿Pero a dónde?...</p>
+
+<p>—A la cárcel —dijo el más feo y bruto de la pareja, a punto que
+comparecían otros dos, de uniforme, pues eran salvaguardias de la
+Subdelegación.</p>
+
+<p>Lo primero que se le ocurrió a Calpena fue coger una silla, con
+intento de estrellarla sobre la cabeza del más próximo. Pero pronto
+se abalanzaron los esbirros a trincarle del brazo, y privado de todo
+movimiento, no tuvo más remedio que entregarse, maldiciendo con
+terrible exclamación su fiero destino. Salieron en paños menores los
+patrones y algunos huéspedes a lamentar el triste suceso; y mientras
+uno se indignaba, y le consolaba otro con frase vulgar, asegurando que
+todo era equivocación, los polizontes registraban la cómoda y mesa,
+para llevarse cuantos papeles encontraran pertenecientes al presunto
+criminal político.</p>
+
+<p>Bajando entre tales sayones, taciturno, mas no resignado, devorando
+la angustia y terror de su alma, don Fernando empezó a ver claro
+en aquella inopinada prisión, y se dijo: «Es ella, es la <i>mano
+oculta</i> quien me lleva a la cárcel».</p>
+
+<p>De la calle de las Urosas al Saladero había mucho que andar. Por
+el camino vio dos traillas de presos. Sin duda, el medroso gobierno,
+acosado de conspiradores, viendo por todas partes misteriosos enemigos
+que le acechaban en la oscuridad de las logias, o le provocaban en
+el público escándalo de los<span class="pagenum" id="Page_357">p.
+357</span> cafés, había mandado echar la red. Cuando metieron al
+desdichado Calpena en el patio donde debía empezar la expiación de sus
+nefandos delitos, ya había llegado la primera cuerda, en la cual vio
+personas de aspecto decente. Al poco rato entraron dos racimos más, ¿y
+cuál no sería la sorpresa de don Fernando al vislumbrar en uno de ellos
+nada menos que la venerada, inofensiva persona de don Pedro Hillo?</p>
+
+<p>En cuanto pudieron reconocerse, a la luz de los farolillos que
+alumbraban los tristes grupos, corrieron el uno hacia el otro y se
+dieron los brazos.</p>
+
+<p>—<i>Tu quoque</i>... ¡También usted, don Pedro! —dijo Calpena con el
+gozo amargo de la venganza.</p>
+
+<p>—También —replicó Hillo con voz opaca, casi lloroso—. Y en verdad
+que por más que me devano los sesos, no acierto a explicarme... De la
+cama me sacaron estos verdugos. Comprendo que a ti... ¡A ti, sí!... Era
+necesidad ponerte a la sombra.</p>
+
+<p>—Yo no conspiro.</p>
+
+<p>—Conspiras contra ti mismo. Yo, ni contra mí ni contra nadie... No
+he hecho más que hablar mal de Mendizábal..., y eso no mucho.</p>
+
+<p>—No es Mendizábal, no, quien ha tenido la humorada de juntarnos
+aquí: es la <i>mano oculta</i>... ¿Tan candoroso es mi buen clérigo que
+no lo ve?</p>
+
+<p>—¡Fernando!</p>
+
+<p>—¡La invisible deidad, la tutelar, la próvida<span class="pagenum"
+id="Page_358">p. 358</span> mascarita!... ¡Ah!, no se quiere que el
+niño esté solo... Se teme su desesperación, se teme su rabia...</p>
+
+<p>Enorme distensión de músculos en ojos y boca declaraba el estupor
+del buen presbítero.</p>
+
+<p>—No está mal esto. ¿Verdad que no está mal?... Para que diga usted
+ahora que no <i>remata</i>...</p>
+
+<p>—¡Vaya si <i>remata</i>...!</p>
+
+
+<p class="smaller mt3">Santander (San Quintín), agosto-septiembre de
+1898.</p>
+
+
+<p class="fin">FIN DE «MENDIZÁBAL»</p>
+
+<hr class="chap">
+
+
+<hr class="full">
+
+</div>
+<div style='text-align:center'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 75614 ***</div>
+</body>
+</html>
+
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