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diff --git a/.gitattributes b/.gitattributes new file mode 100644 index 0000000..d7b82bc --- /dev/null +++ b/.gitattributes @@ -0,0 +1,4 @@ +*.txt text eol=lf +*.htm text eol=lf +*.html text eol=lf +*.md text eol=lf diff --git a/75614-0.txt b/75614-0.txt new file mode 100644 index 0000000..a2e26cf --- /dev/null +++ b/75614-0.txt @@ -0,0 +1,9345 @@ + +*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 75614 *** + + +NOTA DE TRANSCRIPCIÓN + + * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han + convertido a MAYÚSCULAS. + + * Los errores de imprenta han sido corregidos. + + * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con + las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española. + + * Las rayas intrapárrafos han sido espaciadas según los modernos + usos ortotipográficos. La puntuación también ha sufrido ligeros + retoques para su modernización. + + * Las cartas y misivas se presentan sangradas para mejor distinguirlas + de otros entrecomillados. + + + + +EPISODIOS NACIONALES + +MENDIZÁBAL + + + + + Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán + furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor. + + + + + B. PÉREZ GALDÓS + EPISODIOS NACIONALES + TERCERA SERIE + + MENDIZÁBAL + + 15.000 + + MADRID + PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA + (Sucesores de Hernando) + Arenal, 11 + 1906 + + + + + EST. TIP. DE LA VIUDA E HIJOS DE TELLO + IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M. + C. de San Francisco, 4. + + + + +MENDIZÁBAL + +I + + +Al anochecer de aquel día, el _no sé cuántos_ de septiembre del año +35 (siglo XIX), llegó puntual al parador de _no sé qué_, calle de +Alcalá, entre la Academia y las Monjas Vallecas, la diligencia, galerón +o quebrantahuesos ordinario de Zaragoza, que traía los viajeros de +Francia por la vía de Olorón y Canfranc, único portillo que dejaban +libre en aquellos tristes días los porteros del Pirineo, _vulgo_ +facciosos. + +No bien pararon las ruedas del polvoriento armatoste, fue cercado de +gentes diversas: por una parte, familia o amigos de los pasajeros; por +otra, intrusos, ganchos o buscones enviados por fondas y posadas. Con +este contingente y los viajeros que iban bajando perezosos, según les +permitían sus remos entumecidos, se formó al instante un apelmazado y +bullicioso grupo. Produjéronse rumores diferentes: aquí salutaciones +cariñosas; allí el restallido del besuqueo y los palmetazos del +abrazarse; acullá ofertas importunas de pupilajes cómodos y baratos. +Entre tantos viajeros, solo uno no tenía quien le esperase: nadie se +cuidaba de él ni le decía _por ahí te pudras_, como no fueran los +moscones de las casas de huéspedes. Era el tal un joven de facciones +finas y aristocráticas, ojos garzos, bigotillo nuevo, melena rizosa y +negra, que sería bonita cuando en ella entrara el peine y se limpiara +del polvo del camino. Su talle sería sin duda airoso cuando cambiara el +anticuado y sucio vestidito de mahón por otro limpio, de mejor corte. +En lo más claro del grupo quedose como atontado palomino, contemplando +el bullanguero tropel de gente descuidada y ociosa que por la calle a +tales horas discurría. ¡Pobrecillo! Solo y sin maestro ni amigo a quien +arrimarse, se lanzaba en aquel confuso laberinto; sin duda entraba +gozoso y valiente, con la generosa ansiedad del mozuelo de veinte años +a quien ha quitado el sueño y las ganas de comer, en las aburridas +soledades de la aldea, la visión de la corte y de sus placeres y +grandezas, tal y como las aprecian desde lejos los que empiezan a +vivir, los que se hallan en pleno retoñar de ideas tempranas, producto +fresco de las primeras lecturas, de las primeras pasiones, de la +ambición primera, que tanto se parece a la tontería. + +Embobado, como digo, estaba el hombre, contemplando el ir y venir de +vagos bien vestidos, cuando le hizo volver en sí una voz bronca y +desapacible que en el corro gritaba: + +—¡Don Fernando Calpena! ¿Quién es don Fernando Calpena? + +—No vocee usted tanto, que yo soy —dijo el mancebo, un tanto +asustadico—. ¿Qué se le ofrece? + +—Véngase conmigo, señor —replicó el otro, como sin ganas de entrar +en explicaciones—. Tengo el encargo de llevar a usted a una casa de +huéspedes. + +—¿Encargo?, ¿de quién?... ¿Se puede saber? + +—Del señor don Manuel, el segundo jefe de la Superintendencia. + +—¿Don Manuel?... A fe que no le conozco. + +Recordando haber oído ponderar lo que abundan en Madrid los ladrones, +pícaros y toda la caterva de gente perdida y maleante, tuvo Fernandito +algo de miedo, y miró con recelo al que parecía, si no protector, +mensajero de desconocidas influencias tutelares; y en verdad que el +pelaje, la carátula y el vocerrón de aquel sujeto no eran para infundir +tranquilidad. El desconocido distinguiríase entre mil por la pátina +de su cara sudosa, afeitada de ocho días; por los ojos ribeteados de +bermellón; por la boca desmedida y los labios con hemorroides; por los +ojos de carnero moribundo; por la ropa, que habría sido decente en otro +cuerpo y en remotas edades; por el sombrero de copa, que su oficio le +obligaba a usar, y era de catorce modas atrasado. Rasgo final: usaba +bastón de nudos con gruesa cachiporra. + +—¿Y el equipaje del señor...? + +—Ya lo han bajado... Vea usted aquel baúl largo, forrado de cabra..., +así, con poco pelo... No podremos llevarlo hasta que no me lo despachen +los de la Aduana. + +—¡Los de la Aduana! —exclamó con visible desdén el de la cachiporra—. +¡Pues no faltaría más sino que abrieran el cofre del señor!... Traigo +bula para que den paso franco a todo. + +Y al punto se metió por lo más apretado del grupo, repartiendo codazos +a un lado y otro; llegándose al de la Aduana, le dijo no sé qué +frasecillas enigmáticas, y no fue preciso más para que el equipaje del +señor de Calpena quedase libre y exento de toda impertinencia fiscal. +Un momento después don Fernando y su acompañante, precedidos de un mozo +de cuerda con el baúl a cuestas, se alejaban del parador calle abajo. + +—Estamos a cuatro pasos del domicilio, señor. Esta calle por donde +ahora entramos es la _Angosta de Peligros_... Aquella de enfrente es +_Ancha_ de lo mismo, a saber: de los peligros. Váyase enterando si, +como parece, es esta la primera vez que viene a los Madriles. + +—Es la primera vez... Por más que rebusco en mi memoria —dijo el don +Fernando caviloso y otra vez inquieto—, no caigo en quién pueda ser ese +don Manuel que ha dado a usted el encargo de recibirme y alojarme. + +—Don Manuel de Azara. + +—¿De Azara?... Ese apellido me suena, sí, me suena..., pero... vamos, +que no le conozco ni le he visto en mi vida, así Dios me la conserve. +Y usted..., ¿tendría la bondad de decirme su gracia? + +—Mi gracia, como quien dice, mi nombre es Filiberto Muñoz. Aunque nací +en Consuegra, soy orundio de Extremadura, y... + +—O me equivoco mucho, o es usted de la policía. + +—En ella serví durante los _tres años_; pero en la _ominosa década_, +como decimos por acá, quedé cesante, y tuve que arrimarme a los teatros +y a la compañía de Luna para poder vivir malamente. El 33, no quería +reconocer el gobierno la tropelía que se había hecho conmigo; pero +fui repuesto, gracias a que me agarré a los faldones de mi paisano +don Manuel José Quintana, de cuyos padres el mío..., mi padre quiero +decir..., era muy amigo..., o más claro, que le castraba los cochinos, +con perdón de usía... Ea, ya entramos en la calle de Caballero de +Gracia, donde está su alojamiento. Por aquí, señor. Es aquella casa +donde está el reverbero..., dos puertas más allá del quitamanchas. +Ya estamos. El portal es antiguo, pero muy decente, y en él no está +permitido hacer aguas, porque en el principal vive el dueño, que es un +señor consejero, pariente del señor Subdelegado, ya sabe... Olózaga. + +Subieron al segundo piso y penetraron en la casa, que era de las +llamadas de huéspedes, decentísima, lo mejor del ramo, pues en ella no +se entraba más que por recomendación, y rara vez pasaba de cuatro el +número de los favorecidos. Recibioles afablemente el dueño, que ya +esperaba al señor de Calpena, y le llevó derechamente a la habitación +que preparada para él tenía. Hallose el joven en un gabinete muy +lindo, en aquellos tiempos casi lujoso, con alcoba estucada, buenos +muebles... Vamos, que creía ser víctima de un error; que le habían +tomado por otro; que aquel hospedaje y el servicio del polizonte y todo +lo que le ocurría no era por él ni para él. Pero mientras el error +durara, juzgaba práctico aprovecharse. Adelante, pues, con la aventura; +siguiera el _quid pro quo_, que tiempo habría de que el acaso o la +realidad lo deshicieran. + +Mostrole el patrón todas las partes del aposento, diciéndole: + +—Tengo mi casa montada a la inglesa, conforme a los últimos adelantos. +Vea usted...: cordón para tirar de la campanilla; lavabo con su cubo, +jofaina y demás; alfombrita delante de la cama; percha con su cortina +para resguardar del polvo la ropa...; en fin, progreso, finura. Y como +punto céntrico, no hallará usted nada mejor que esta casa. Aquí está +usted cerca de todo. Dos pasos más arriba, la Red de San Luis con +tanto comercio. En la calle de atrás, la fonda de Genieys; más abajo +el Carmen Descalzo, donde tiene usted misa a todas horas. En la calle +de Alcalá, que es a dos pasos, las Señoras Calatravas, las Señoras +Vallecas, la Embajada inglesa... En fin, cerca tenemos también las +_Niñas de Leganés_..., la casa de las _Siete chimeneas_, que por mi +cuenta son ocho, y cuanto bueno hay en Madrid... Para que nada falte, +en esta misma calle tiene usted la casa de baños de Monier, que es, +según dicen, de las mejores de Europa, como que en ella por seis reales +puede un cristiano lavarse... de cuerpo entero. + +Encantado de su vivienda y de su barrio estaba el buen don Fernando, y +aunque ignoraba de dónde y de quién le venían tantas dichas, iba muy +a gusto en el machito, y no pensaba más que en arrear en él mientras +durase la ganga. Por de pronto, urgía pagar al mozo; y en cuanto al +desconocido que salió a encontrarle, no parecía hombre que desdeñara +una gratificación si delicadamente se le ofrecía. De ambas cosas habló +don Fernando a su hospedero, el cual, con aires de gran señor, le +contestó que todo estaba pagado, y que el señor de Calpena no tenía que +ocuparse de nada, como no fuera de pedir por aquella boca cuanto le +dictasen su necesidad y sus antojos. + +«Pues, señor —dijo para sí el mancebo, después de dar las gracias—, sin +duda estoy soñando, o me equivoqué de camino, y en vez de ir a Madrid, +me he metido en Jauja. Porque esto de que le reciban a uno desconocidos +emisarios del diablo o de las mismísimas hadas, y le saquen el equipaje +sin registrar, y le traigan a este lindo aposento, y no cobren nada, +y desaparezcan por escotillón mozos y servidores cuando uno echa mano +al bolsillo para darles la propina..., esto, vamos, esto que a mí me +pasa no le ha pasado a ningún nacido en sus primeros pasos por una +capital grande o chica. Aquí hay algo, y vuelvo a temer que, tras de +tantas venturas, venga una triste y quizás trágica sorpresa. Mucho ojo, +Fernando, y trata de sondear al patrón, que tal vez posea la clave del +acertijo». + +—Siento mucho —dijo en voz alta, sentándose en la butaca y observando a +su patrón de los pies a la cabeza— que haya usted dejado marchar a ese +hombre sin que yo le dé una gratificación por haberme traído aquí. + +—Déjele usted, que ya, ya se la darán, y más de lo que merece. + +—¿Pero quién, por Cristo?... ¿Por quién vengo yo aquí? ¿En qué manos +estoy? + +—En buenas manos, caballero —afirmó el patrón con sonrisa tan benévola +y franca que el desconcertado joven no tuvo más remedio que creerle. + +—Ese sujeto, ¿es de la policía? + +—Sí, señor. + +—¿Y por mandato de quién sale a mi encuentro la policía? + +—No sé, señor... Yo que usted, francamente, me cuidaría de coger la +fruta que me cae entre las manos, sin meterme en averiguar quién plantó +el árbol que la da tan rica. + +Calló don Fernando, sin dejar de mirar a su aposentador como se mira un +jeroglífico. + +—Ese hombre se llama Muñoz... + +—Y por mal nombre _Edipo_, porque fue, según dicen, del teatro... + +—Pues, la verdad, me disgusta que se haya ido sin que yo le dé +siquiera las gracias, sin obtener de él una explicación de este +misterio... ¿Quién le mandó?... ¿Cómo sabía mi llegada, mi nombre? + +—Él lo explicará cuando vuelva, señor... + +—Al menos, me dirá usted, como dueño de la casa, qué tengo que pagarle +por este cuarto —añadió Calpena impaciente y un tanto nervioso—. Podría +ser que el precio fuese superior a mis recursos y tuviera yo que buscar +alojamiento más arreglado. + +—Si por más arreglado entiende más barato, caballero, no lo encontrará +ni en los cuernos de la luna, que el colmo de la baratura es el no +pagar nada. Quiero decir que... + +—¿Pero quién, señor?... Esto me vuelve loco... ¿Se ríe usted? O juega +conmigo, o aquí hay gato encerrado. + +—¡Encerrado... aquí! Yo le juro al señor que el único que tenemos en +casa, y se llama _Zumalacárregui_, es un gato de buena crianza, que no +se mete a deshora en las habitaciones de mis huéspedes. + +—Ya que no otra cosa —indicó don Fernando, rindiéndose a la bondad +marrullera del patrón—, dígame usted su gracia, y... + +—Mi gracia es Mendizábal... + +Al oír este nombre se le crisparon los nervios al joven forastero, +que se puso en pie, acercándose al dueño de la casa para verle mejor +y examinarle. Era este de espigada estatura, representando cincuenta +años, de rostro agradable, con patillitas, corbatín, el cuerpo +enfundado en un levitón alto de cuello y larguirucho de faldones. +Al verle reír, entró más en cuidado Calpena, y se aumentaron las +confusiones que desde su novelesca entrada en la Villa del Oso +embargaban su espíritu. + +—Me río porque..., verá usted —dijo el patrón—. No es que yo me llame +propiamente Mendizábal. Mi apellido es Méndez. Pero como el señor +don Juan Álvarez y Méndez, el grande hombre que ha venido de las +Inglaterras a meternos en cintura y a salvar al país, se ha variado el +nombre, poniéndose _Mendizábal_, que tan bien suena, yo... + +—Usted, por no ser menos..., ya. + +—Y digo más: bien podría resultar que don Juan de Dios Álvarez y un +servidor de usted fuéramos parientes, pues Méndez somos los dos: él +hijo de Cádiz, yo de San Roque, frente a Gibraltar. ¿Quién me asegura +que no seamos ramas del mismo tronco? Porque eso que cuentan de que +el señor Álvarez y Méndez no viene de casta de cristianos viejos, es +calumnia, señor; cosas que inventa la maldad del absolutismo para +rebajar a los patriotas... En fin, que como mis compañeros de oficina +ven en mí a un partidario furibundo del señor ministro nuevo, me han +puesto el remoquete de Mendizábal, y así me dejo llamar, y me río..., +me río... + + + + +II + + +—Según eso, es usted empleado. + +—Para todo lo que el señor guste mandarme, me tiene de portero en el +Ministerio de Hacienda. Miliciano nacional de artillería en el glorioso +trienio, fui colocado por el señor Feliú. Quedé cesante el 23. Diez +años después, me repuso el señor don Francisco Javier de Burgos, que +entró en Fomento el 21 de octubre del 33. En 7 de febrero del año +siguiente pasé a Hacienda con el señor don José de Imaz; me conservó +en mi puesto el señor conde de Toreno, que entró el 15 de junio, y +allí me tiene usted... Pero estoy entreteniendo al señor más de lo +regular, sin pensar que se aproxima la hora de la cena. Antes querrá +quitarse el polvo del camino y lavarse cara y manos. Voy por agua, pues +creo que tenemos el jarro vacío... Efectivamente... ¡Y tanto que les +encargué...! ¡Cayetana!... ¡Delfina! + +Salió presuroso, llamando a su esposa e hija, y a poco se presentaron +estas con el agua y toallas limpias. Era la patrona regordeta y +vivaracha, bastante más joven que su marido; mala dentadura, pecho +vacuno, que el corsé levantaba a las alturas de la garganta; el habla +gallega, manos de cocinera. La niña, tímida y rubicunda, habría sido +muy bonita si no torciera terriblemente los ojos. Precedíalas el +risueño padre, que, al presentar a la familia, volvió a soltar la vena +de su verbosidad. + +El señor don Fernando traería, según él, buen apetito. Pronto se le +serviría la cena... Casa más sosegada no se encontraba en todo Madrid, +y como no admitían sino huéspedes recomendados, nunca tenían más de +cinco o seis, y a la sazón, por ser verano, tan solo dos, sin contar +al señor don Fernando, los cuales eran personas de mucho asiento y +formalidad. A la hora de la cena les conocería el nuevo huésped, y +trabaría con uno y otro sujeto relaciones cordiales... Dejáronle al fin +para que se lavase, y despojado de su trajecito de mahón, se ocupó el +huésped en sacar del baúl la única ropita decente que traía, y camisa +y corbata, para vestirse con toda la decencia compatible con su escaso +peculio. Durante las operaciones de lavoteo y vestimenta no cesaba de +pensar en la ventura inesperada y misteriosa con que entraba en Madrid, +y entre otras cosas que habrían revelado su confusión si las pasara del +pensamiento a los labios, se dijo: + +«Es mucho cuento este. Se empeña uno en ser clásico, y he aquí que +el romanticismo le persigue, le acosa. Desea uno mantenerse en la +regularidad, dentro del círculo de las cosas previstas y ordenadas, y +todo se le vuelve sorpresa, accidentes de poema o novelón a la moda, +enredo, arcano, _qué será_, y manos ocultas de deidades incógnitas, que +yo no creí existiesen más que en ciertos libros de gusto dudoso... +Pues, señor, veamos en qué para esto, y Dios quiera que pare en +bien. No las tengo todas conmigo, ni me resuelvo a entregarme a esta +felicidad que me sale al encuentro abriéndome los brazos, pues suelen +los salteadores de caminos disfrazarse de personas decentes y benéficas +para sorprender mejor a los viajeros. Vigilemos, vivamos alerta...». + +Cenando migas excelentes con uvas de albillo, peces del Jarama fritos, +y chuletas a la _papillote_, hizo conocimiento con los dos huéspedes +que la suerte le deparaba por compañeros de vivienda, y en verdad +que tal conocimiento fue un nuevo halago de la escondida divinidad +que tan visiblemente le protegía, porque ambos eran agradabilísimos, +instruidos, graves y de perfecta educación. El uno frisaba en los +cincuenta años, y en las primeras frases del coloquio se declaró +manchego y patriota. Su locuacidad no molestaba; antes bien, instruía +deleitando, porque narraba los sucesos y exponía las opiniones con +singular donaire y una prolijidad pintoresca. Debía de tener muchas y +buenas amistades con personas en aquel tiempo de gran viso, porque al +nombrarlas empleaba casi siempre formas familiares. + +Cuando Delfinita le servía las truchas, volviose a ella con viveza, +diciéndole: + +—No me han enterado ustedes de que hoy estuvo aquí Salustiano dos veces. + +—¡Ah!, sí..., no me acordaba... —replicó la niña de la casa—. ¡Y que no +se puso poco enojado la segunda vez, porque usted no estaba! + +—¡Si ya le he visto, criatura! Por fin dio conmigo en el Café Nuevo, +donde me había citado mi tocayo Nicomedes para leerme dos artículos de +filosofía, una comedia en verso y un proyecto de Constitución... + +—Dispénseme —dijo Calpena, que pronto empezó a tomar confianza—: ese +Salustiano, ¿es Olózaga? + +—El mismo. Le nombran gobernador de Madrid... + +—Subdelegado —apuntó el otro huésped, de quien se hablará después—, que +así se llaman ahora. + +—Tanto monta, amigo Hillo... La denominación que se adoptará como +definitiva es la de _jefes políticos_. Por de pronto, empleemos la +acepción que más fácilmente comprende el pueblo: _gobernadores_... +Pues pretende Salustiano llevarme de secretario; pero... no en mis +días. Mientras yo no vea clara la situación, mientras no vea un +Gabinete decidido a marchar adelante, siempre adelante, enarbolando +resueltamente la bandera del progreso, no me cogen, no me cogen... +Nicomedes piensa lo mismo... + +—Oí decir esta tarde en el despacho de los toros —indicó tímidamente el +segundo huésped— que sería secretario ese joven, tocayo de usted, que +acaba de citar... Pastor. + +—Atrasados están de noticias en el despacho de toros, mi querido Hillo. +Será secretario del Gobierno de Madrid mi amigo Manolo Bretón. + +—¿El poeta..., el autor de _Marcela_? —preguntó Calpena con vivo +interés. + +—El mismo. Y añadiré que a mí me lo debe —afirmó con cierta fatuidad de +buen tono el que llamamos _primer huésped_, y ahora don Nicomedes. + +Conviene declarar, ante todo, que no es Pastor Díaz. El huésped de la +casa de Méndez no ha pasado a la historia, aunque en verdad lo merecía, +por la agudeza de su entendimiento y la variedad de sus estudios. Menos +años contaba entonces el Nicomedes que después adquirió celebridad +como político y publicista: ambos se hallaban ligados por estrecha y +cordial amistad. El más joven hizo carrera literaria y política; el más +viejo se fue a la Habana en tiempo del general Tacón, y murió de mala +manera bajo el mando de Roncali. Apenas ha dejado rastro de sí, como +no sea el descubierto con no poca diligencia por el que esto refiere; +rastro apenas visible, apenas perceptible en el campo de la historia +anónima, es decir, de aquella historia que podría y debería escribirse +sin personajes, sin figuras célebres, con los solos elementos del +protagonista elemental, que es el macizo y santo pueblo, la raza, el +_fulano_ colectivo. + +Bueno. Diré algo abora del segundo huésped, clérigo enjuto y amable, +que entraba siempre en el comedor tarareando, y a veces tocando +las castañuelas con los dedos, lo que no quiere decir que fuera un +sacerdote casquivano, de estos que no saben llevar con decoro el +sagrado hábito que visten. La jovialidad del bonísimo don Pedro Hillo, +natural de Toro, era enteramente superficial, y a poco que se le +tratara, se le veían las tristezas y el amargo desdén que le andaba por +dentro del alma, como una procesión interminable. Por lo demás, no se +ha conocido hombre de costumbres más puras ni en la clase eclesiástica +ni en la civil; hombre que, si no derramaba el bien a manos llenas, +era porque no se lo permitía su mediano pasar, cercano a la pobreza; +incapaz de ofender a nadie de palabra ni de obra; comedido en su trato; +puntual en sus obligaciones; religioso de verdad, sin aspavientos. No +tenía más falta, si falta es, que gustar locamente de las funciones +de toros. Su principal ciencia, entre las poquitas que atesoraba, era +el entender del arte del toreo y mostrar profundo conocimiento de sus +reglas, de su historia, y poder dar sobre tales materias opiniones +que los devotos del cuerno oían como la palabra divina. Pero dígase +en honor de don Pedro Hillo que, lejos de la intimidad con otros +taurófilos, no alardeaba de su conocimiento, ni usaba nunca los +groseros terminachos que suelen ser lenguaje propio de esta singular +afición. Como se disimula un ridículo vicio, disimulaba el buen curita +su autoridad en materia de quiebros, pases y estocadas. + +Y para que se vea un ejemplo más de las complejidades del humano +espíritu, sépase que a este saber de cosas triviales unía don Pedro +otro de más sustancia. Era un apreciable retórico, de la escuela de +Luzán y Hermosilla; había practicado durante más de veinte años el +magisterio del arte de hablar bien en prosa y verso, y orgulloso de +estos conocimientos, trataba de lucirlos siempre que podía. + +Se ignora por qué dejó el bueno de Hillo, primero su cátedra del +Colegio Mayor de Zamora, después el cargo de preceptor de los niños +del señor duque de Peñaranda de Bracamonte. Lo que sí se ha podido +averiguar es que en septiembre de 1833 pretendía una cátedra de la +Universidad Complutense, y que en aquella fecha llevaba año y medio de +inútiles pasos y gestiones sin obtener más que buenas palabras. Eso sí: +ni se cansaba de pretender, ni los desaires y aplazamientos marchitaban +sus ilusiones, ni le rendía el fatigoso y tristísimo _vuelva usted +mañana_. + +Dígase también, para completar la figura, que don Pedro profesaba o +fingía, en política, un escepticismo inalterable, rara condición en +aquellos tiempos de lucha. Conocimiento y amistad tenía con personas +de una y otra bandera; pero de nada le valían, sin duda por causa de +su timidez, o por la vaguedad de sus opiniones, que tal vez le hacía +sospechoso a tirios y troyanos. Los patriotas le miraban con recelo +creyéndole arrimado al carlismo, y la gente templada le tenía por +afecto a las logias. Por esto decía él, empleando la palabra griega +que significa moraleja: «_Epimicion_: quien navega entre dos aguas, no +llega nunca a una cátedra». + +El primer huésped, don Nicomedes Iglesias también pretendía; mas no +era fácil traslucir el objeto de sus desatentadas ambiciones. Cosa +extraña: Hillo hablaba poco, y sus propósitos y deseos se traslucían +a las primeras palabras. Por los codos hablaba Iglesias, y después +de oírle perorar tres horas con gracia y facundia prodigiosas, +nadie sabía lo que pensaba, ni qué planes o enredos se traía. No +disimulaba el radicalismo de sus ideas, el cual no era obstáculo para +que cultivase el trato de casi todas las notabilidades de aquella +turbulenta generación, siendo su mayor intimidad con los exaltados. +Toda la tarde estaba fuera de casa, menos cuando daba cita en ella a +un par de compinches, pasándose las horas muertas de conciliábulo a +puerta cerrada. Después de cenar se echaba invariablemente a la calle, +y no volvía hasta la madrugada; levantábase a la hora de comer, y al +encontrarse en la mesa con su amigo don Pedro, bromeaban un rato. +El presbítero tenía siempre algo que decir de las nocturnidades de +su compañero; pero sin traspasar nunca los límites de una discreta +confianza inofensiva: + +—¿Qué hay por la _casa de Tepa_?... Anoche, amigo Nicomedes, debieron +ustedes tratar de ir disolviendo juntitas, para que no se enfade don +Juan de Dios Álvarez... Mucho tuvieron que discutir anoche los del +_rito escocés_, porque entró usted cerca de las cuatro... ¿Y qué se +sabe del ínclito Aviraneta? ¿Le sueltan, o le hacen ministro, o le +ahorcan? + +Contestaba el otro a estas pullas inocentes con gracia y mesura, sin +soltar prenda, ni clarearse más de lo que le convenía. Desde la primera +cena simpatizó Calpena con sus dos compañeros de casa, y singularmente +con el clérigo Hillo. El agrado que la conversación de este le causaba +aumentó tan rápidamente que al segundo día eran amigos, y ambos creían +que su trato databa de larga fecha. Verdad que los dos eran clásicos +en lo literario, templados o neutrales en lo político, de pacífico +y blando genio, amantes de la regularidad y del vivir manso, sin +emociones; semejanza que un atento observador habría podido apreciar, +no obstante las diferencias que la edad marcaba en uno y otro. Había, +sin embargo, momentos en que Calpena se expresaba como un viejo, y don +Pedro como un muchacho. + +El segundo día de hospedaje, desayunándose juntos, hablaron de +política, que era en aquel tiempo la usual, la obligada comidilla, lo +mismo al almuerzo que a la cena. + +—¿Qué le parece a usted, amigo don Fernando? —dijo Hillo—. ¿Nos +cumplirá ese señor Mendizábal todo lo que nos ha prometido? Porque ya +ve usted si ha venido con ínfulas. Que acabará la guerra carlista en +seis meses, y que para entonces no veremos un faccioso ni buscándolo +con candil. Que pondrá término a la anarquía, cortando el revesino +a todas las juntas. Que arreglará la Hacienda, y pronto rebosarán +las arcas del Tesoro. Que hará de la España una nación tan grande +y poderosa como la Inglaterra, y seremos todos felices, y nos +atracaremos de libertad y orden, de pan y trabajo, de buenas leyes, +justicia, religión, libertad de imprenta, luces, ciencia, y, en fin, de +todo aquello que ahora no comemos ni hemos comido nunca. + + + + +III + + +—Yo, amigo Hillo, no entiendo este endiablado Madrid, ni puedo darle a +usted una opinión sobre lo que me pregunta. Aún no he tomado tierra. +Ahora vengo de Francia, y allí, puedo asegurarlo, los españoles que he +conocido se hacen lenguas del señor Mendizábal, y ven en él a un hombre +extraordinario, providencial, que ha de regenerar la España. + +—¡Viene usted de Francia! —exclamó Hillo picado de curiosidad +ardiente—. Y en Francia ha dejado a sus padres... + +—Yo no tengo padres. No los he conocido nunca. + +—Entonces tendrá usted tíos. + +—Tampoco. Yo me crié en Vera, en casa de un sacerdote, que murió hace +tres años. Sus hermanos me mandaron a París, a una casa de comercio. Un +año he vivido en la capital de Francia. Después pasé a Olorón... + +—Pero es usted español, seguramente. + +—Creo que sí..., digo, sí: español soy. + +—Habla usted nuestra lengua con gran corrección. + +—Lo mismo hablo el francés. + +Más avivada a cada momento la curiosidad del buen clérigo, arreció en +sus preguntas: + +—Y dígame, si no hay inconveniente en que yo lo sepa: ¿viene usted a +estudiar una carrera, o a ocupar una placita en nuestra administración? + +—Vengo a buscarme una manera de vivir honrada y modesta. + +—¿Tiene usted aquí familia, parientes, amigos...? + +—No lo sé... Creo que no..., creo que sí. + +—Traerá usted cartas de recomendación. + +—No, señor... Mis tíos (y llamo tíos al hermano y parientes del cura de +Vera, en cuya casa me he criado) enviáronme a Madrid, sin decirme más +que lo que va usted a oír: «Anda, hijo, que aquí no saldrás nunca de la +pobreza oscura, y allá..., allá puedes encontrar protecciones donde y +cuando menos lo pienses». Me hicieron el equipaje con la poca ropa que +tenía, me costearon el viaje, diéronme algo para los primeros días, y +aquí me tiene usted... + +—Esperándolo todo de la suerte, de lo desconocido... ¡Ah, señor de +Calpena, usted pitará! No le faltarán contratiempos, afanes; pero no es +usted, me parece, de los que se ahogan en este piélago. Y dígame otra +cosa: ¿ese buen párroco de Vera...? + +—Un gran humanista, señor, más versado en los clásicos latinos y +griegos que en Teología y Cánones. + +—Bien se le conoce a usted, en su manera de expresarse, la sabia mano +que le ha pulimentado. + +—Sabía mucho mi padrino —dijo don Fernando con tristeza—; y aunque él +se esforzó en darme todo su saber, yo no he tomado sino parte mínima. + +—¿Modestia tenemos? Pues a mí me da en la nariz, señor don Fernandito, +que usted ha de ser un grande hombre. Este tarambana de Nicomedes +me aseguraba ayer que el porvenir será de los románticos, así en +literatura como en política. Yo sostengo lo contrario. La sociedad +se va hartando de contorsiones y de hipérboles, y el clasicismo, la +corrección, la serenidad, la devoción de las buenas reglas, han de +gobernar el mundo. ¿No cree usted lo mismo? + +Don Fernando, profundamente abstraído, fijaba sus ojos en el ya vacío +pocillo de chocolate. + +—Yo no puedo tener opinión, no acierto aún a formar juicio de nada +—murmuró al fin—: soy un chiquillo. + +—Pues lo dicho... No sé por qué me figuro que entrará usted en esta +diabólica villa con pie derecho. En todas las cosas y casos de la +vida..., esto es observación mía, que no me falla..., los primeros +pasos dan la norma de la suerte total. + +—Pues si es así, amigo Hillo —dijo Calpena, revelando en su agraciado +rostro más confusión que alegría—, yo he de ser el niño mimado de la +fortuna, porque en mis primeros pasos en Madrid no piso más que flores. + +Bien, hombre, bien: hay hombres predestinados a la dicha, como los hay +al sufrimiento, y de estos, alguno conozco yo, sí, señor, y más de lo +que quisiera... Y puedo asegurarle que no siento envidia de usted, +siendo, como soy, desgraciado _a nativitate_. Créame: el suelo que +yo piso es todo abrojos y guijarros cortantes... Pero ando..., ando +siempre, y adelante. Lo repito: no soy envidioso, y cuando veo a un +hombre con suerte, me alegro, le doy mis plácemes, y digo: «Bendito sea +Dios, que, por hacer de todo, también hace seres felices». + +—No estoy yo seguro de serlo, ni me fío de estas venturas, que bien +podrían ser engañosas, traicioneras. + +—No digo que no... Pero cuando viene la dicha, hay que tomarla sin +remilgos. La Fortuna, deidad caprichuda, descaradota, se muestra +más liberal con los que no se asustan de sus favores. Los modestos +y encogiditos no le entran por el ojo derecho. Sea usted arrogante, +acometedor; confíe en sí mismo y en su estrella; láncese sin miedo, +_arrancando_, a toda clase de empresas, ya políticas, ya literarias, ya +mercantiles, que de fijo en todas alcanzará la meta. Ejemplos, aunque +no muchos, tiene usted aquí de hombres privilegiados que nacieron en +la mayor humildad, y luego, mansamente, sin hacer nada por sí, se ven +levantados del polvo y conducidos por manos de ángeles a los cielos de +la prosperidad y de la gloria. Vea usted a este señor de Mendizábal, +que se nos ha entrado por las puertas de España. Le encargaron a +Inglaterra para ministro de Hacienda, como se encargan los niños a +París, y por llegar, con la sola fuerza de su desahogo, que se impone +a todo el mundo, se ha calzado la Presidencia del Consejo y cuatro +ministerios. ¿Y quién es Mendizábal? Un hombre sin estudios, que no +aprendió más que a leer y escribir, y algo de cuentas. ¿Pues qué es +esto más que suerte? Y los afortunados, ¿qué son sino hombres que se +pasan el mundo por debajo de la pata, y han tirado la modestia y los +miramientos como se tira la careta de trapo que molesta y acalora el +rostro? + +—No estamos conformes —dijo don Fernando, más comedido en sus pocos +años que el viejo Hillo— en esa manera de apreciar las causas del éxito +en la vida pública. Además, no admito que el señor Mendizábal sea +hombre tan ignorante, ni que carezca de autoridad para desempeñar uno, +dos o media docena de ministerios. Cierto que no sabe latín; pero es +muy práctico en asuntos mercantiles. Dígame usted, con la mano puesta +en el corazón, si cree que para gobernar a los pueblos es indispensable +tratar de tú a Horacio y Virgilio. + +—¡Qué sé yo!... Una pasadita de Cicerón no les viene mal a los señores +que andan en la política. Pero, en fin, concedo... + +—Preveo el argumento que usted va a emplear ahora mismo, y me anticipo +a refutarlo. + +—Bien, hombre, bien —dijo gozoso don Pedro, sintiéndose maestro de +Humanidades—. Ha empleado usted con verdadera elegancia una forma +de raciocinio que los retóricos llamamos _prolepsis_... Eso es: +anticiparse a la objeción, prevenir los argumentos del contrario, +refutarlos antes que los emita... + +—Justamente; y usted ahora, con maestría indudable, ha empleado la +_expolición_ o _amplificación_... + +—Que también llamamos _conmoración_..., ¿no es eso? + +—Y que cuando degenera en abuso se denomina _tautología_ y +_perisología_... Volviendo a mi _prolepsis_, prosigo. Usted me dirá +que, si no es necesario saber latín para regir a las naciones, tampoco +estriba la ciencia de gobierno en el arte o manejo de los negocios +mercantiles; es decir, que si mal nos gobiernan los humanistas, no lo +harán mejor los comerciantes. + +—Efectivamente. + +—A eso respondo que el señor Mendizábal no es un simple mercader, +de esos que compran y venden géneros: es, si se me permite decirlo +así, comerciante político, y no me busque usted en este concepto la +_anfibología_, que no la hay. Comerciante político quiere decir: el que +entiende de manejar el crédito de los países y distribuir su Hacienda, +de imponer y recaudar tributos... + +—El señor Mendizábal era el año 23 un traficante gaditano; menos +aún, dependiente en la casa del señor Bertrán de Lis, y se metió a +contratista de las provisiones del ejército, con lo cual hizo su +pacotilla en pocos años. + +—Sus opiniones avanzadas y la viveza de su genio, le arrastraron a la +empresa de abastecer al ejército y marina en condiciones tales, que su +servicio fue, más que negocio, un caso de abnegación y patriotismo. +Todavía no se han liquidado aquellas cuentas, y las ganancias de don +Juan de Dios, si las tuvo, están aún en poder de la nación. + +—Porque usted lo dice lo creo... Persona de mi mayor confianza me +ha contado a mí que Mendizábal, allá por el año 20, era en Cádiz un +muchachón alborotado, bullanguero, de una intrepidez loca para las +aventuras políticas. Él y otros tales no hacían más que conspirar +en logias y cuarteles para que volviese la Constitución del 12, y +destronar al rey o convertirlo en un monigote. + +—Es verdad. + +—Y que trabajó por la bandera que defendían Riego, Arco, Agüero, +Quiroga... + +—También es cierto. Todas aquellas trapisondas salían de la masonería, +que ahora es una vieja pintada, y entonces era una mocetona llena de +vida y seducciones, con las cuales enloquecía a la juventud. + +—No me disgusta la imagen, señor mío. Adelante. + +—En Cádiz existía lo que llamaban el _Soberano Capítulo_ y el _Sublime +Taller_, y qué sé yo qué. De estos talleres y capítulos salían las +conspiraciones para sublevar el ejército y derrocar la tiranía; de allí +las trifulcas, las asonadas, los ríos de sangre... Mendizábal era +masón, que en aquel tiempo era lo mismo que decir _político_. Si quiere +usted más noticias, pídaselas a don Antonio Alcalá Galiano, que anduvo +con él en aquellos trotes; al señor Istúriz, a don Vicente Bertrán de +Lis... + +—De donde se deduce, amigo Calpena —dijo el clérigo suspirando fuerte—, +que el que pretenda en estos tiempos ser algo o conseguir alguna +ventaja, aunque esta le corresponda de justicia, y lo intente sin +agarrarse previamente a los faldones o a las faldas de esa gran púa de +la masonería, es un simple o un loco. + +—No diré yo tanto. Las cosas son como son. + +—Tenga usted presente que hay logias liberales y logias absolutistas. +Las primeras conspiran; las segundas también. Unas y otras introducen +individuos suyos en la contraria, fingiéndose amigos, para sorprender +secretos. + +—Si, sí; y se pelean en las tinieblas de los ritos nefandos. De las +unas salen los ejércitos sediciosos, que todo lo destruyen y profanan; +de las otras los tribunales sanguinarios que levantan la horca. Así +vive España..., hoy te fusilo, mañana te ahorco. + +—Y vea usted. Si el 24 hubiera sufrido don Juan de Dios la suerte de +su compinche Riego, hoy no tendríamos la dicha de que ese señor nos +arreglara la Hacienda, y nos hiciera juiciosos y ricos. + +—Porque escapó a Inglaterra. + +—Le llamaba la banca más que la política. + +—Se estableció en un país grande y libre, donde forzosamente había de +aprender muchas cosas solo con tener ojos y ver, solo con tener oídos y +oír. + +—Sí, porque en los libros me parece que poco aprende su ídolo de +usted. Le llamo así porque veo, amigo Calpena, que es usted de los +devotos furibundos del _hombre nuevo_, y que conoce su vida y milagros, +entendiendo por milagro lo que dicen ha hecho en Portugal. + +—Algo sé del señor Mendizábal... Más de lo que usted piensa. + +—¿Andan por el extranjero biografías del grande hombre? + +—No he leído ninguna. + +—¿Pues quién se lo ha contado? + +—Él mismo. + +—¡Le conoce usted..., le trata! + +Al ver en el rostro de Calpena la sonrisa plácida y el movimiento +afirmativo con que a su pregunta respondía, Hillo se quedó suspenso +de estupor, de admiración... No daba crédito a tan inaudito caso de +precocidad. ¡Tan joven, y haber tratado a Mendizábal, charlar con +él, quizás poseer su confianza! Desde aquel momento vio el clérigo +en su amiguito un ser extraordinario, misterioso. Aumentaban su +fascinación la procedencia extranjera del joven; el no saberse +quién era; la atención y exquisitos cuidados que le prodigaban los +patrones, recatando sigilosamente el nombre de las personas que habían +recomendado al nuevo huésped; la educación exquisita de este; su +aire, belleza y modales aristocráticos... y, sobre todo, haber tratado +a Mendizábal, y oír de él mismo la narración de episodios históricos +y lances personales. Don Pedro se levantó de su asiento impulsado de +la sorpresa, que como un resorte le movía, y dio pasos desordenados, +repitiendo: + +—¡Le conoce, le ha tratado!... Dígame, cuénteme: no deje que me abrase +la curiosidad. + + + + +IV + + +—Allá voy —dijo Calpena indicando a su amigo que se sentara—. Paréceme +haber contado a usted que los hermanos de mi padrino me mandaron a +París a instruirme en el comercio y la banca. Empecé a trabajar, digo, +a aprender, en la casa de comisión de Reischoffen y Bloss, alsacianos, +donde solo estuve tres meses, pasando después a la célebre casa de +banca de Ardoin, que opera por millones de millones, y hace empréstitos +a las naciones apuradas, negociando con los estados y con los reyes, +con los gobiernos y hasta con las revoluciones. En fin, esto es largo +de contar. Allí estaba yo muy bien. Llevaba toda la correspondencia +de la América española; me daban regular sueldo, y el principal me +distinguía y me trataba con mucho miramiento. Un día de febrero vimos +entrar a un señor alto y bien parecido, de ojos negros, cabello +rizado, patillas cortas, muy elegante y pulcro. Al punto corrió la voz +entre los dependientes: + +—Es Mendizábal, el gran Mendizábal, el restaurador de la Monarquía +legítima en Portugal... + +Entró en el despacho del barón, nuestro jefe, y a la media hora este me +llamó... + +—Para presentarle al señor don Juan de Dios. + +—No, señor: para mandarme que le acompañara por las calles de París, +que yo conocía perfectamente, y el señor Mendizábal no. Tenía que ir +a la casa Erlanger, _rue Drouot_, muy cerca de la nuestra, _Chaussée +d’Antin_. Cojo mi sombrero, y me pongo a la disposición del hombre +grande, en cuya compañía salí muy orgulloso. Por la calle me hizo mil +preguntas: quién era yo, cómo se llamaban mis padres, cuánto tiempo +llevaba de residencia en París y de aprendizaje en casa de Ardoin. Yo +le contesté como pude, y al llegar a las oficinas de Erlanger me mandó +esperar para que le condujese a otra parte. + +—Nada, que le cayó usted en gracia —dijo Hillo restregándose las +manos—. Así se empieza, así. + +—Al salir de la visita me preguntó si sabía yo cuál era la mejor +casa de París en guantes y perfumería, y le indiqué Damiani, en el +boulevard Saint-Denis. Tomó el hombre un coche de alquiler, que allí +llaman _fiacre_, y fuimos de compras. Debo decirle a usted que es algo +presumido, y que gusta de acicalarse y lucir su buena figura. De la +guantería fuimos a comprar un maletín de mano para viaje, con muchos +compartimientos y algún secreto para papeles reservados. Compró también +un calzador, tirantes y algunas otras baratijas que no recuerdo. Dejome +en mi escritorio, y él se fue a su hotel, en la _rue de l’Arcade_, +mostrándose en la despedida tan fino y al propio tiempo tan llano, que +yo estaba encantado. Díjome que, siempre que no le convidasen, comería +en el Palais Royal, en casa de Very, y se dignó invitarme, excusándome +yo todo turbado y confuso. + +—Esto se llama caer de pie, amigo mío, o nacer en Jueves Santo. Siga +usted, que me parece que aún falta algo. + +—Verá usted. A los dos días mandó un recado a mi principal, pidiéndole +un buen amanuense español que escribiese corrido, con buena letra +y mejor criterio. El barón me eligió a mí, y aquí me tiene usted, +encerrado con el señor Mendizábal en una cómoda estancia del hotel +_Meurice_, los dos frente a frente, con una mesa por medio, él dictando +y yo escribiendo. Hombre más incansable no he visto en mi vida. Cinco +horas me tuvo con la pluma en la mano. Dictó una larguísima carta a +Martínez de la Rosa, otra al Conde de Toreno, y dos o tres a personas +para mí desconocidas. Él estaba en bata, una bata elegantísima, y +zapatillas de terciopelo, con las que lucía su pie pequeño, que parece +de mujer. Casi era preciso escribir taquigrafía para poder seguirle. +Expresaba su pensamiento con rapidez; rectificaba pocas veces; no se +paraba en el estilo; iba derecho al asunto y a la idea, sin cuidarse +de la forma. Mandome volver al día siguiente, y me dictó tres o cuatro +decretos, uno de ellos suprimiendo las órdenes religiosas y haciendo +tabla rasa de todos los frailes, monjas, clérigos y beatas que hay en +estos reinos, estableciendo la reversión de todos los bienes al Estado +para venderlos... y ¡qué sé yo! + +—¡María Santísima! Pero eso sería broma. + +—¿Broma? Ya verá usted las que gasta ese sujeto. No habíamos concluido +aquella degollina de frailes y la repartición de sus riquezas, cuando +entró un señor inglés, que debía de ser diplomático, pariente, sobrino, +hijo quizás del embajador en Madrid, que no sé cómo se llama. + +—_Mister_ o _sir_ Jorge Williers. Adelante. + +—Y hablaron en inglés, y no entendí una palabra... Bueno: pues en +esto son anunciados tres españoles, y don Juan les manda pasar. ¡Ay, +qué alegría, qué abrazos, qué tarabillas, hablando todos a un tiempo! +Evocaban recuerdos de la juventud, alababan lo pasado, denigraban lo +presente con saña y cuchufletas... La conversación fue continuada +en castellano, después de hacer Mendizábal con gran ceremonia la +presentación del inglés a los españoles, y viceversa. Pregunté al +señor don Juan si debía retirarme, y me mandó que me quedara, lo que +me supo muy bien. ¡Qué gusto estar mano a mano con aquellos señorones, +calladito, oyendo todo lo que decían, que era sabroso, picante y muy +instructivo, pues yo poco o nada sabía de España! Mandó don Juan al +mozo que sirviese vino de Porto, y con esto las lenguas se soltaron aún +más de lo que estaban. + +—Recordará usted los nombres de esos tres españoles, que de fijo +hablarían pestes de su patria. + +—Los nombres no los recuerdo; las caras, sí: de seguro son personajes +de acá, y puede que alguno esté hoy en candelero. El uno puso de vuelta +y media a ese Martínez de la Rosa; el otro no dejó hueso sano al conde +de Toreno, que entonces era ministro, y el tercero le hincó el diente +venenoso a la reina Cristina y a su marido don Fernando Muñoz. + +—¡Lástima que usted no se fijara en los nombres! + +—Continúo. Pues hablando, hablando de lo revuelto que está todo, de +lo mal que gobiernan los que gobiernan, de las cosas gordas que se +preparan, la conversación recayó en los asuntos de Portugal, y uno de +ellos dijo que en Lisboa había salido un folleto poniendo de oro y azul +a Mendizábal, y negando que tuviera arte ni parte en la restauración +de doña María de la Gloria. Armose entonces gran tremolina. Don Juan +Álvarez daba golpes en el brazo del sillón, acusando de envidiosos y +calumniadores a algunos españoles residentes en Portugal; indignose el +inglés, echando venablos en su lengua, y los otros atribuían todo a +intrigas de los _moderados_ (no sé qué gente es esta que aquí llaman +_moderada_), por arrojar lodo a la figura del grande hombre que se +indicaba ya como el único que podía enderezar al país. No sé cuál de +ellos manifestó no estar al corriente de lo de Portugal, por haber +vivido fuera de la península durante los años de aquellas tremolinas... +(paréceme que el tal es militar y de los que aquí llaman _ayacuchos_), +y entonces don Juan Álvarez, a instancias de todos, refirió +puntualmente las grandes empresas a que prestó su auxilio. + +—Y se despacharía a su gusto, abultando los peligros, y presentándose +como enviado de la Providencia divina. + +—Solo puedo asegurarle a usted que en lo que relató se ve la verdad, +así como una energía pasmosa, fecundidad de arbitrios, recursos +ingeniosos, entusiasmo para encender más la voluntad, maña para suplir +a la fuerza. Lo que sí me pareció notar es que el buen señor se regodea +contando sus empresas: gusta de hablar de sí mismo, y de hacer ver que +sin él no se hubiera hecho nada, lo que en muchos casos parecía verdad. + +—Psh..., todo se redujo a proporcionar a don Pedro un empréstito... +Sin dinero no se hacen revoluciones. Mendizábal, por su metimiento en +las casas mercantiles de Londres, fácilmente levantaba fondos para +quitar y poner reyes. Si para echar a los reyes se necesita dinero, el +volver a traerlos cuesta mucho más. No anda sin unto el carro de las +restauraciones. + +—Perdone usted. Mendizábal hizo bastante más que proporcionar a don +Pedro los cuartejos que necesitaba. Ya comprende usted que mientras +el grande hombre refería sus hazañas, yo ni le quitaba ojo ni perdía +silaba. Todo lo oí, y se me ha quedado bien presente... Hizo verdaderos +prodigios, y se mostró gran financiero, gran político, y hasta gran +militar, con unas facultades de organización que ya las quisieran más +de cuatro... Don Pedro y su hija se habían refugiado en las islas +Terceras, y allí pasaban su triste vida mirando al cielo, esperando su +salvación de la Providencia. Pero esta no les hacía maldito caso, y +los ingleses, a quienes el buen emperador brasileño pedía recursos, no +soltaban ni un chelín. En una de sus excursiones a Londres, el aburrido +Don Pedro y Mendizábal se conocieron. Don Juan le dio alientos; le +indujo a perseverar en su empresa, minando la tierra para procurarse +hombres y pecunia, ambas cosas necesarias para conquistar reinos, y +empezó por facilitarle un empréstito de la casa Ardoin, mi casa, señor +Hillo, la casa donde fui triste aprendiz con ciento cincuenta francos +de sueldo al mes... Cien mil libras esterlinas entraron en el bolsillo +de don Pedro, y con ellas renació la esperanza de sentar en el trono a +la niña. El hombre se metió de hoz y de coz en la causa portuguesa, y +no habría hecho más si doña María de la Gloria fuera su propia hija. + +—Bien, bien: así han de ser los hombres. + +—En un santiamén compró dos fragatas por cuenta de la Regencia, que +tal era el gobierno constituido por don Pedro en la capital de las +Terceras. Advierta usted que en estas compras empleaba sus recursos, +sin más garantía que una palabra del emperador. Adquiridos los barcos, +agenció en la City más dinero, más, y en seguida, a buscar hombres, +soldados. Mientras en las Terceras se organizaban unos seis mil, +en Plymouth, puerto de Inglaterra, se alistaban más. Mendizábal, +que en todos estos asuntos ponía siempre una vehemencia y un ardor +increíbles, y así lo declara él mismo, no tenía sosiego... Creo yo +que las empresas políticas le seducen, le enloquecen; pone en ellas +toda su alma y una actividad febril... El hombre se multiplicaba. +Sus propios asuntos perdían para él todo interés. No vivía más que +para la Monarquía liberal portuguesa. Él mismo lo dice: «Cuando se le +enciende el patriotismo no vive, no desmaya hasta conseguir lo que se +propone». Cien vidas propias daría él por exterminar a los sectarios +del usurpador absolutista don Miguel, que es allí lo mismo que aquí +nuestro don Carlos María Isidro... No contento con los alistamientos +que había hecho en Inglaterra con ayuda del duque de Palmela, se +planta en Bélgica, y en cuatro días, auxiliado por su amigo el general +Van Halen, busca y encuentra, organiza y equipa un regimiento de mil +flamencos con sus jefes y todo... En Ostende les embarcaron en un buque +de vapor fletado en Londres, y reunidos en Plymouth con los ingleses +y portugueses, zarpó la expedición contra Oporto, mandada por el +mismo don Pedro. Dominaban en Oporto los liberales, por lo que no le +fue difícil al padre de doña María la ocupación de aquella capital. +Pero el don Miguel acudió con mucha tropa, puso cerco a la plaza, y +si bien no pudo entrar en ella, tampoco los _mariístas_ podían salir. +Allí hubiera sucumbido don Pedro, si Mendizábal, desde Londres, no le +animara a la resistencia ofreciéndole nuevos auxilios. ¿Qué hizo el +hombre? Pues buscar más dinero; reunir más soldados; formar al propio +tiempo una escuadra, cuyo mando se ofreció al célebre almirante inglés +Napier. Escuadra y segundo ejército debían operar en los Algarbes, para +sublevar en pro de la reina a las poblaciones del sur, y atacar por +retaguardia el ejército miguelista. Todo se hizo tal y como lo había +dispuesto don Juan... La segunda expedición se dirige a Oporto, donde +refuerza a los combatientes asechados por don Miguel; después parten +dos mil hombres a los Algarbes, desembarcando felizmente. Allí se pasan +a los liberales algunas tropas del absolutismo: entre todas invaden el +Alentejo. La escuadra mandada por Napier desbarata la miguelista en +el cabo de San Vicente; don Pedro sale de Oporto y bate a don Miguel. +Replegándose a Lisboa, recibe este otro achuchón tremendo de las tropas +liberales, y ya tenemos al emperador entrando triunfante en su capital, +a la niña doña María de Braganza en el trono, y al don Miguel escapando +para el extranjero como alma que lleva el diablo. + +—Y hecho todo eso, que si es como usted lo cuenta, no dudo en +calificarlo de maravilloso, el don Juan Álvarez se volvió a su +escritorio de Londres tan fresco, a contar millones, calcular +empréstitos, extender letras de cambio, mirando dónde salta otra reina +que socorrer, y otro usurpador malsín a quien poner en la puerta. + +—Que no faltan, como usted ve. + +—Pero Portugal es chico: puedo compararle a un juguete, para estas +cosas de revoluciones y quita y pon de tronos. Ahora veremos cómo se +las arregla aquí el gaditano; aquí, donde salimos de una zaragata para +entrar en otra, donde nos peleamos por los derechos a la corona, por +las Juntas, por la Milicia Urbana, por una letra de más o de menos en +la Constitución, y por lo que dicen o dejaron de decir Juan y Manuela. +Vamos a ver a los hombres guapos; a los salvadores de sociedades; +a los que sacan el dinero de debajo de las piedras para equipar +soldados; a los genios, como ahora se dice; a los que calman las olas +revolucionarias con el _quos ego_... del amigo Neptuno. + +—Adelante: va muy bien. Está usted empleando una forma de ironía muy +bella. Es lo que llamamos _cleuasmo_. + +—Dispense usted. Esta forma irónica se llama _carientismo_. Consiste, y +bien lo recordará usted; consiste... + +—Sea lo que fuere, amigo Hillo, mi parecer es que Mendizábal no ha +venido aquí por ambición, sino por patriotismo. Oí contar que se +hallaba muy tranquilo en Londres cuando recibió el nombramiento de +ministro de Hacienda, que le dejó estupefacto. + +—Y estupefacto se ha venido aquí por Portugal; y en cuanto llegó a +Badajoz, empezó a largar decretos... Bueno: le concedo a usted que esto +sea patriotismo; pero es un patriotismo... romántico, y lo romántico +sepa usted que a mí no me gusta. En literatura me apesta, y a ese +francés que llaman Víctor Hugo le mandaría yo cortar el pescuezo: en +política tengo por más funesto aún el romanticismo. + +—Puede que esté usted en lo cierto; pero el señor Mendizábal es ante +todo hacendista, y en esto no creo yo que quepan romanticismos. Los +números, ¡ay!, los números, amigo mío, son clásicos. + +—Allá lo veremos; y pues ya tenemos al hombre con las manos en la masa, +pronto hemos de saber si yo me equivoco o se equivoca usted. + +—Yo no profetizo: yo espero, y... + +—¿Cree usted firmemente que don Juan Álvarez enderezará esta +desquiciada nación? + +—No lo aseguro; pero confío en que lo hará. + +—Pues yo no. + +—¿En qué se funda? + +—No dudo que le sobren buena intención, voluntad firme, actividad, +talento; pero... + +—¿Pero qué? + +—Que con sus buenas cualidades incurrirá en el defecto de todos +los ilustres señores que nos vienen gobernando de mucho tiempo acá. +Talento no les falta, buena voluntad tampoco. Y fracasan, no obstante, +y continuarán fracasando unos tras otros. Es cuestión de fatalidad en +esta maldita raza. Se anulan, se estrellan, no por lo que hacen, sino +por lo que dejan de hacer. En fin, amiguito, nuestros mandarines se +parecen a los toreros medianos: ¿sabe usted en qué? Pues en que no +_rematan_... + +—¿Qué significa eso? + +—No se ría usted del toreo, arte que me precio de conocer, aunque no +prácticamente. Y sepa usted, niño ilustrado, que hay reglas comunes +a todas las artes... De mi conocimiento saco la afirmación de que +nuestros ministriles no _rematan la suerte_. + +—¿Y cree usted que Mendizábal...? + +—Hará lo que todos. Empezará con mucho coraje, y un trasteo de primer +orden..., pero se quedará a media suerte. Usted lo ha de ver... Que no +remata, hombre, que no remata... Y créame usted a mí: mientras no venga +uno que remate, no hemos adelantado nada. + + + + +V + + +Alejose hacia su cuarto, accionando festivamente, y en dirección al +suyo iba también Calpena, cuando le detuvo el patrón señor Méndez, y le +dijo entre risueño y respetuoso: + +—Ahí tiene usted el sastre. + +—¿Qué sastre? + +—Pues el cortador mayor del señor Utrilla, que viene a tomarle medida. +Le mandé pasar a la sala, donde espera hace un cuarto de hora. + +—Ese señor se equivoca. Yo no he llamado a ningún sastre. + +—Aunque no le haya usted llamado, él viene, y cuando viene, él sabrá +por qué. Déjese tomar medida, y que le hagan cuanta ropita necesite +para ponerse bien guapo. + +—¿Pero está usted loco?... ¿No hay más que encargar ropa? Y luego..., +señor Méndez..., luego vienen las cuentas, ¿y qué hacemos? ¿Soy acaso +un señor Mendizábal, que con cuatro rasgos de pluma fabrica millones? + +—Las cuentas no son cuenta de usted, sino de quien las pague. Entre el +señor en su cuarto, y escoja las telas, y déjese que le midan el cuerpo +a lo largo y a lo ancho... + +—Que pase ese hombre —dijo Calpena prestándose a todo, con la +esperanza de salir de la confusión en que, desde su venturosa llegada a +Madrid, vivía. + +En presencia del oficial, hombre finísimo, colorado y regordete, que +iba cargado de muestras de diferentes paños, don Fernando no pudo +resistir a la fascinación que ejercía sobre él, joven y gallardo, la +idea de vestirse elegantemente. Ante todo quiso saber cómo y por qué +los afamados sastres acudían en busca de parroquia sin que nadie les +llamase; pero sus interrogaciones prolijas y capciosas no lograron +aclarar el enigma. + +—Mi principal, el señor Utrilla —le dijo aquel relamido sujeto—, me +ha mandado acá con muestras y encargo de tomar a usted medida para +diferentes piezas. Hubiera venido él en persona con mucho gusto; pero +está malo de un pie, y hoy no puede salir de casa. De quién ha recibido +las órdenes para estas hechuras, yo no lo sé, señor mío, ni es cosa que +me corresponde averiguar. + +—Pues yo —afirmó Calpena— no me dejo medir el cuerpo mientras no +sepa... ¿Será tal vez alguna broma impertinente? + +—Eso, de ningún modo... Utrilla no se presta a tales bromas... Crea +usted que, cuando me ha mandado aquí, es porque ha recibido órdenes +de personas que saben el cómo y por qué de lo que encargan. Conque... +tomemos esos puntos, y no piense usted en nada más que en vestirse como +le corresponde. + +—Accedo, sí, señor —replicó don Fernando en el tono de quien se presta +a seguir un bromazo de buen género, y seducido además por la idea de +ver realizada su ilusión juvenil de vestir buena ropa—. ¿Sabe usted el +cuento del perrito y del trasquilador? + +—Sí, señor —dijo el otro, ayudándole a quitarse levita y chaleco—. Es +un cuento viejísimo... + +—Pues ahora mida usted todo lo que quiera, y hágame todas las prendas +de vestir que haya dispuesto... el amo del perrito. + +—Me han dicho que dos levitas, fraque, un traje de mañana..., cuatro +pares de pantalones variados. + +—Ande usted, maestro... Y si quiere dejarle borlita en el rabo, +déjesela usted. + +—La ropa más precisa para un joven _introducido_ en sociedad. ¿Qué +menos? ¡Ah!, me olvidaba. También le haremos capa de sedán finísimo, +con forros de piel de chinchilla. + +—Me parece muy bien... ¿Y las levitas, cómo han de ser? + +—El señor de Utrilla acaba de llegar de Londres... Precisamente al +bajar de la diligencia se estropeó el pie. Pues ha traído las últimas +novedades que se han puesto al uso en aquella capital. Las levitas +son ahora cortas y de poco vuelo en los faldones; pero siguen muy +entalladas, marcando bien la cintura. Las que ha traído el señor +Mendizábal, y que tanto llaman la atención, son ya antiguas, y en +Londres no las usan más que los _lores_, que es como si dijéramos los +señores próceres protestantes, que tienen asiento en lo que llaman +Parlamento inglés, o sea las Cortes liberales de allá. + +—Hombre, bien... ¿Conque entalladas y de faldón corto? + +—Menos largo que el año pasado —dijo el sastre, tomando y anotando las +medidas con singular presteza—. Los cuellos son ahora más largos, y +bien caídos sobre los hombros; los botones grandes... Haremos una de +las levitas, si a usted le parece, con cordones a la húngara... + +—Perfectamente. Despáchese usted a su gusto... ¿Y los paños? + +—Fíjese usted en este color verde oscuro, que es la gran novedad que ha +traído Utrilla. Se llama _Lord Grey_, y es el gran _furor_ en Londres. + +—Pues hagamos _furor_ aquí... Pero las dos levitas no serán iguales. + +—Haremos azul gendarme, _Conde Orsay_, la de cordones. ¿Qué le parece? + +—Acertadísimo... ¿Y cuándo podré estrenar? + +—Lo activaremos todo lo posible... Tenemos mucho trabajo, y velamos +para servir a tantísima parroquia. + +—Pero no me dejarán ustedes para lo último, como parroquiano pobre... + +—Será usted de los primeros... Y que tiene un talle de primer orden, y +una forma de cuerpo que no hay más que pedir. Le caerá a usted la ropa +que ni pintada. + +—Y en fraques, ¿qué se lleva? + +—Los fraques son ahora sin cartera; faldones nada de anchos, y los +cuellos de la misma forma que las levitas. El señor Mendizábal los trae +negros, verdaderamente _fachonables_ por el corte y lo bien sentados. + +—¿Y el mío será también negro? + +—No, señor: a usted, por la edad, le corresponde... café claro. + +—¡Magnífico!... Y en pantalones ¿qué tenemos? + +—Sigue la moda de las telas escocesas; pero sin exagerar el tamaño de +los cuadros. Haremos a usted dos _patencur_, y dos más ligeritos: uno +negro para entierros, y otro claro. Se llevan estrechos, sin tocar en +el extremo. Chalecos, se le harán a usted seis: dos de seda en claro, +uno en oscuro, dos _piqué_ y uno escocés. + +—¡Maravilloso! Y en tanto que me confeccionan todo eso, me estaré +en casa, escondidito, leyendo las _Mil y una noches_, única lectura +a que debo aplicarme ahora para hacerme a estas sorpresas... Adiós, +maestro... Y que se esmeren en el corte... ¿Cuándo probamos? Estoy aquí +a su disposición todo el día. ¿Pues cómo voy a salir a la calle con +estos adefesios de ropa que he traído de mi pueblo?... Vaya con Dios... +y no me olvide, maestro. + +Retirose el sastre, y don Pedro Hillo, que acechaba en la puerta +aguardando que el joven estuviese solo, entró de rondón con los brazos +abiertos, diciendo muy gozoso: + +—Pero, niño, ¡le regalan ropa elegante, y todavía gruñe! Rarísimos son +en el universo estos fenómenos de salirle a uno sastres _ex-machina_, +que le miden, le cortan, le cosen, y después no cobran. Casos tales +acaecen solo de siglo en siglo, y hay que saber aprovecharlos. ¡_Oh +fortunate nate_! Yo, que para hacerme una sotana tengo que ahorrar +seis meses en la comida, le declaro a usted simple de solemnidad si +no acepta calladito esas mercedes anónimas. Por la sagrada orden que +profeso, declaro también que a mí no me ha pasado jamás cosa semejante, +y que las deidades misteriosas y las manos ocultas no han existido para +mí. A usted me arrimo, por si se me pega algo y halla en su ventura +mi desventura algún remedio. Ya, ya sé..., me lo ha dicho Méndez, que +anoche recibió usted un abultado pliego. Abrió, ¿y qué era? Billetes +para los teatros del Príncipe y la Cruz. Dígame: ¿no ha recibido +también para los toros? + +—Todavía no —dijo Calpena sonriente—; pero por lo que voy viendo, ya +no dudo que los tendré la víspera de la primera corrida. Y como de los +teatros mandan dos, para que vaya con algún amigo, iremos juntos a la +plaza. + +—Ya le mandarán también, cuando empiece el tiempo de las máscaras, +para los bailes de _Trastamara_ y del _Café de Solís_. Pero a eso no +podré acompañarle... Le daré consejos, porque de fijo han de salirle +aventuras y le acosarán mascaritas... + +—Ya adivino sus consejos. + +—¿A que no? + +—Que remate la suerte. + +—No, no es eso, sino todo lo contrario. Que se prevenga contra las +celadas que pudieran tenderse a su voluntad honesta, virginal. Este +Madrid es muy malo. No se fíe usted de las caras tapadas. + +—De las manos ocultas debo fiarme, según dice. + +—No es lo mismo. Esa mano desconocida le viste a usted, le da de comer, +atiende a sus necesidades. Las caritas encapuchadas podrían hacer lo +contrario: desnudarle, quitarle el pan de la boca y reducirle a la +ruina y la miseria. Existirán tal vez, ¿quién asegura que no?, manos +escondidas que quieran perderle, como las hay que trabajan por su bien. +Lo primero que usted debe hacer es averiguar en qué cielo habita esa +deidad misteriosa, para poder rezarle y pedirle lo que le convenga. + +—¿Qué le pediría usted para mí si estuviese en mi lugar? + +—Lo primero, un destino de Hacienda o de _lo Interior_ con doce mil +realetes... Y puesto a pedir, yo que usted pediría también la cátedra +de Alcalá para un amigo. + +—Para usted eso y mucho más. + +—Las manos mágicas deben extender sus caricias a los buenos amigos. A +Roma con Santiago he revuelto yo para conseguir esa humilde plaza, y +aquí me tiene usted esperando a que san Juan baje el dedo. Si hubiera +para mi una mano oculta, esa mano, en medio de las tinieblas de lo +incógnito, me daría una bofetada. Estoy dejado de la mano de Dios, +por lo que voy creyendo que Dios está en todas partes menos en las +oficinas, y que, si acaso está, no tiene en ellas la mano, sino el pie. + +—No hay que desmayar. Hagamos un trato. Búsqueme usted a la persona que +ha mandado a Utrilla tomarme medidas, y si me la encuentra, prometo +a usted solemnemente que el primer favor que pediré a mi desconocida +providencia es esa colocación que usted desea..., esto en el caso de +que nos resulte influyente. + +—¡Influyente!... ¡Por Dios, don Fernandito, no me venga usted con +inocencias! Esa persona desconocida tiene que ser muy alta, pero muy +alta. + +—¿En qué lo conoce? + +—A ver..., pronto, enséñeme usted la carta en que venían las +localidades de teatro. + +—No es carta... Es un pliego cerrado con obleas... Aquí lo tiene usted. + +—A ver, a ver... ¡San Canuto, qué papel más fino!... Este papel, puede +usted asegurarlo, no se encuentra en ninguna tienda de Madrid... ¿Y la +letra del sobre?... ¡Ay qué letra, san Bartolomé! ¿Es de mujer? ¿Es de +hombre?... Señor don Fernando, no se asuste de lo que voy a decirle. La +mano que ha escrito esto es de sangre real. + +—¡Atiza! + +—¡De sangre real!... Y si no, al tiempo... ¡Ay, señor don Fernandito de +mi alma, allá va una profecía! Déjeme usted ser profeta, y adivino, +y augur, y brujo, si usted quiere. Antes de cuatro días recibe usted, +como llovido del cielo, el nombramiento... de... + +—¿De qué? + +—Vamos..., de Caballerizo Mayor del Reino, digo, de Palacio... Y si no +es esto, será de otra cosa de mucha categoría. + +Rompió a reír Calpena, y dijo a su amigote: + +—Pero, señor don Pedro, ¿somos clásicos, o no somos clásicos? + +—Sí, sí, tiene usted razón: no desvariemos, ilustre joven; pero por de +pronto, yo, el más desgraciado de los nacidos, quiero hacer constar +que anhelo ser su amigo de usted. Sí, sí: seamos amigos; déjeme usted +arrimarme al ser más afortunado, más resplandeciente de felicidad que +he visto en mi vida. Es usted el sol, y yo me muero de frío. + +—Bueno, seamos amigos —replicó don Fernando, no sin cierta emoción—. Y +pues el día está hermosísimo, vámonos de paseo, y le contaré a usted +muchas cosas que ignora, y que quizás le hagan rectificar sus juicios +acerca de mí como depositario de la dicha terrestre. Diré a usted quién +soy, de dónde vengo, por qué estoy en Madrid... + +—Todo eso me interesa extraordinariamente... Ya me lo contará usted +otro día; hoy no puede ser... Ni usted ni yo debemos salir hoy. Nos +estaremos aquí toda la mañana acechando a Iglesias. + +—¿Pero Iglesias no duerme aún? + +—Aún estaría en el primer sueño, o empezando el segundo, si no +hubieran venido a despertarle muy temprano, serían las siete, dos de +sus amigotes. Sin duda ocurren cosas gravísimas. ¿Y sabe usted quiénes +son esos dos que entraron, y, tirándole de una pata, le sacaron de la +cama? Pues yo tampoco lo sé a punto fijo, porque soy poco fuerte en +fisonomías. Uno de ellos me parece que es el conde de las Navas; el +otro tan pronto me parece Fermín Caballero, como Seoane... De que son +pájaros gordos del jacobinismo, no tengo duda... + +—¿Y a nosotros qué nos importa? + +—A usted, hombre feliz por obra y gracia de la providencia enmascarada, +nada le altera. ¿Ha leído usted _El Español_ de hoy?... ¿A que no?... +¿A que tampoco ha leído _El Mensajero_ ni _El Eco del Comercio_? En +mi cuarto los tengo. Vienen los tres diarios echando bombas, cada uno +según el son a que baila. Yo me alegro, para que se arme de una vez. +Esta visita de los compinches de Iglesias tan a deshora, significa +que anoche hubo gran trapatiesta en la casa de Tepa, entiéndase +_logia_, y en los cafés donde rebulle la patriotería. Parece que +las Juntas no quieren disolverse, las de Andalucía sobre todo, y +he aquí al señor Mendizábal en un brete, porque nos ofreció poner +fin a esta horrible anarquía, y en los primeros días creímos que lo +lograba. Pero aquí, para que usted se vaya enterando, tanto puede +la envidia de los propios, como la mala voluntad de los extraños; o +en otros términos, que los amigos, o sea el agua mansa, son más de +temer que los enemigos. ¿No lo entiende? Pues quiere decir que los +_estatuistas_ templados caídos del poder con Toreno, se introducen +en los conciliábulos de los patriotas, fingiéndose más exaltados que +estos, para sembrar cizaña, y al propio tiempo los _libres_ que aún +no tienen empleo se van a las sacristías del otro bando y atizan +candela, para que los diarios de la _moderación_ se desborden y se +encienda más el furor de las Juntas. Estas nos ofrecen un espectáculo +delicioso. Una pide que se restablezca la Constitución del 12; otra que +se modifique el Estatuto, y entre todas arman una infernal algarabía. +El señor Mendizábal pretende gobernar en medio de esta jaula de locos +furiosos. Manda tropas contra las Juntas, y los soldados se pasan a la +patriotería... Y los carlistas, en tanto, bañándose en agua rosada, +preparándose para venir hacia acá, porque Córdova no les ataca mientras +no le manden refuerzos... Estamos en una balsa de aceite... hirviendo. +¡Qué gratitud debemos al Señor Omnipotente por habernos hecho +españoles! Porque si nos hubiera hecho ingleses o austríacos o rusos, +ahora estaríamos aburridísimos, privados de admirar esta entretenida +función de fuegos artificiales. + +—¿Y esos que están en el cuarto de Iglesias...? + +—Son patriotas furibundos... de buena fe; de los que creen que +con degollar frailes, azotar monjas y hablar pestes de todos los +ministros, se arregla la nación. Sin quererlo, les preparan la suerte a +los moderados. Algunos creen en Mendizábal, y otros le repudian porque +no va por calles y plazuelas perorando, con un pendón en la mano... A +todos tiene que contentar el señor de las largas levitas. Trabajo le +mando... Si quiere usted que olfateemos lo que traman los compinches +de Iglesias, vámonos a mi cuarto, donde al paso que usted lee _El +Español_ y _El Eco_, yo me daré mis mañas para pescar al oído alguna +palabreja... Véngase usted para acá. + +Fuéronse de puntillas al cuarto de don Pedro, y desde él oyeron gran +batahola en el de Iglesias; y no pudiendo este resistir el fuerte +estímulo de su curiosidad, se coló en la caverna de los conjurados, +pretextando recoger un tomo de las _Palabras de creyente_, de +Lamennais, que había prestado a su amigo. No tardó en volver risueño +con el libro, y con preciosas noticias de la conspiración, que +resultaba la más inocente que en cerebros revolucionarios pudiera caber. + +—Nuestro gozo en un pozo, amigo Calpena. No tratan de ahorcar a medio +mundo, ni de sublevar a la tropa, ni de meter más fuego a las Juntas. +Las Juntas y toda esa marimorena les importa tanto a esos ángeles de +Dios como las coplas de Calaínos. Lo que les trae tan levantiscos es +que las elecciones para el Estamento están próximas, y ellos, cosa +muy natural, quieren ser procuradores. Mendizábal conferenció anoche +con Caballero, y parece que le asegura la elección por Cuenca. Los +otros dos, y alguno más que vendrá después, andan a la husma de las +procuras, y quieren estar bien con Mendizábal y con el ministro de la +Gobernación, don Martín de los Heros. Vea usted el secreto de estos +aquelarres misteriosos. + +—¿Será posible, amigo Hillo, que yo, provinciano y desconocedor del +mundo y de Madrid, tenga más malicia, más trastienda que usted, que +lleva ya no sé cuántos años de andar en este terreno? Dígolo porque me +figuro que Iglesias y sus amigotes le han engañado como a un chino. Al +verse sorprendidos por la brusca entrada de usted en el escondrijo, han +variado de conversación. + +—Por san Félix de Cantalicio, pienso que está usted en lo cierto... Me +han dado el trapo. Soy toro noble. + +Aún no había concluido la frase, cuando entró Iglesias resueltamente +en el cuarto de Hillo, y llegándose a don Fernando con resuelto ademán +y sonrisa un tanto maliciosa, como de hombre muy corrido para quien no +hay nada secreto, le dijo: + +—Ya sabemos, amigo Calpena, que ha traído usted de Francia un +voluminoso paquete de papeles para el señor Mendizábal. + +Quedose un tanto suspenso el joven, y no supo qué responder. + + + + +VI + + +—Le entregaron a usted ese paquete en Olorón. Lo había traído de +Burdeos una señora... No..., no se ponga usted colorado, después de +haberse puesto pálido. No se trata de ningún delito. Le dan a usted un +encargo, y usted lo cumple puntualmente. No pretendo yo..., pues no +faltaba más..., que usted me revele cosas sobre las cuales debe guardar +secreto. No, no señor. Lo que sí puedo decirle es que el sujeto que +debía recoger ese paquete o caja de manos de usted, para entregarlo al +señor ministro, ya no vendrá a desempeñar esa comisión, porque anoche +le han preso, y se halla incomunicado en el Saladero. + +Perplejo un buen rato quedó Calpena ante la osada interpelación de +Nicomedes, que con brusquedad tan impertinente quería producir efecto, +y ver confirmados sus informes en el rostro del simpático mozo; pero +rehecho este prontamente del estupor, le contestó con tanta dignidad +como cortesía: + +—Nuestra amistad, señor de Iglesias, que yo estimo mucho, no es tan +antigua que a mí me permita informarle de si traigo o no encargos para +determinadas personas, ni a usted preguntármelo en forma afirmativa, la +cual revela una confianza un poquito prematura. Va usted demasiado a +prisa, amigo don Nicomedes. Cuatro días hace que nos conocemos. + +—Sentiría, señor Calpena, que usted interpretase mal lo que acabo de +indicarle —dijo el otro recogiendo velas—. No pretendo que usted me +revele el secreto de los encarguitos que le han confiado, ni eso a mí +me importa. Creí yo que nuestra amistad, con ser de cuatro días, es ya +bastante firme para que yo pueda tomarme la confianza de prevenirle +contra ciertos peligros... Porque usted es un joven tan honrado como +inexperto, y podría, con el candor propio de los pocos años, prestarse +a ciertos mensajes, de cuya gravedad no tiene la menor idea. + +—Se me figura, amigo Iglesias, que la calentura patriótica que usted +padece le hace ver peligros y misterios en los actos más sencillos. + +—No sabe usted dónde está, y yo tendría mucho gusto, si no se empeña en +creer demasiado fresca nuestra amistad; tendría yo sumo placer, digo, +en iniciarle en la vida política, puesto que a ella piensa, según veo, +dedicarse. + +—No he pensado en tal cosa. La vida política no se ha hecho para mí. + +—El señor —dijo Hillo con cierta timidez— es de los que se lo +encuentran todo hecho, y no necesita de que nadie le inicie, pues tiene +mentores y padrinos, en la sombra, que no le permitirían dar un mal +paso. + +—Si hace usted caso de este clérigo —dijo Iglesias con humorismo—, el +sotana más honrado del mundo, pero al propio tiempo el más candoroso, +está usted perdido, Calpena. Haga usted caso de mí, y déjese llevar. En +la sombra no hay mentores ni garambainas. Todo eso es romanticismo de +clase averiada... Vamos a cuentas. Lo primero, perdóneme si le hablé +con cierta impertinencia del encargo que trae... + +—Yo no he traído papeles para el señor Mendizábal —replicó don +Fernando—, ni me habían de escoger a mí para tales mensajes. + +—No abre usted la boca sin que nos dé una nueva prueba de su +inexperiencia candorosa... Puesto que aquí todos somos amigos, déjeme +usted que hable y le ponga al tanto de la situación... Y antes me +permitirá que le presente a dos amigos, que espero lo serán de usted en +cuanto les conozca. + +Cuando esto decía, dejáronse ver en la puerta dos sujetos, que eran los +de la encerrona con Iglesias, ambos como de treinta a cuarenta años, y +al entrar revelaron por su soltura y buenos modos ser de lo más selecto +entre la juventud intelectual de aquellos tiempos. Bien supo Iglesias, +al presentarles, recalcar sus nombres: + +—Mi amigo Joaquín María López..., mi amigo Fermín Caballero. + +Era este de color moreno; facciones bastas y rudas, del tipo +castellano, común en campos más que en ciudades; bigote negro con +mosca; cabello encrespado, que parecía un escobillón; complexión dura; +el habla ruda y clásica, de perfectísima construcción castiza. El otro +revelaba su estirpe levantina en la finura del cutis y la viveza del +mirar, en la vehemencia de la expresión y en la flexibilidad y gracia. +Recibiolos Calpena con franca urbanidad, y se sentaron todos, teniendo +uno de ellos que hacer sofá de la cama de Hillo, y este no cabía en sí +de gozo viendo tan honrada su pobre mansión. + +—Trasladamos el _Sublime Taller_ desde los alcázares de Iglesias a las +góticas arcadas de Hillo... —dijo con gracia López—. La Iglesia nos +ampara, nos acoge en su santo regazo. + +—La Iglesia —replicó Hillo, sentándose en un cofre— oye y calla, mas no +otorga. En el regazo de la Iglesia no entran más que los arrepentidos. + +—_Amén_ —dijo Caballero—, y expliquemos en pocas palabras la llaneza +con que asaltamos la morada de estos buenos señores. + +—El caso es el siguiente... Permíteme —indicó Nicomedes, que no gustaba +de que otros dijesen lo que él podía decir—. Sabemos que el gobierno +por una parte, la reina por otra, despachan agentes al campo y corte de +don Carlos, a los cuales encargan que se finjan rabiosos absolutistas +para ganar la confianza de los íntimos del pretendiente. El objeto es +introducir allí la discordia, y acabar con el absolutismo por su propia +descomposición. Al propio tiempo, los facciosos tienen aquí infinitos +emisarios que hacen el propio juego, de lo cual resulta, señores, un +tan espantoso lío, que ni aquí ni allí nos entendemos, y no sabemos ya +cuáles son los adeptos legítimos y cuáles los apócrifos... + +—Pero hay otra cosa peor —interrumpió López, que, como buen orador, +gustaba de expresar por sí las ideas de los demás—; hay otra cosa. +Hierven discordias mil en la corte del pretendiente, por ser muchos los +carlistas de viso que desean la transacción, siempre que el gobierno +liberal les reconozca grados, emolumentos y honores. + +—Andan estos —prosiguió Caballero, que hablaba poco y bien— en continuo +tejemaneje de Oñate a La Granja y de La Granja a Oñate, zurciendo +voluntades y buscando la reconciliación de antiguos conmilitones, +ahora desavenidos; y como, si lograran su objeto habrían de sobrevenir +grandes males a la nación, nosotros, que miramos por la permanencia del +sistema representativo, haremos cuanto esté de nuestra parte porque +todas esas artimañas resulten fallidas. + +—Y además..., hay —apuntó Nicomedes— una tenebrosa y hasta hoy +indescifrable conjura de la infanta Carlota... + +—Señores —declaró don Pedro poniéndose en pie—, la Iglesia, como dueña +del local en el cual, por su tolerancia, que no por su gusto, se +celebra esta nefanda reunión, recomienda a los señores preopinantes que +no hablen de las reales personas. + +—Tiene razón nuestro noble castellano —dijo López con sorna—. No +nombraremos a ninguna persona real; pero podemos designar por su nombre +griego al que lo recibió y adoptó conforme a rito, cuando y donde todos +sabemos. Hablaremos, pues, de _Dracón_. + +—¡Alto! —gritó Hillo poniéndose en pie—, porque el designado con +notoria irreverencia con ese nombre, que huele a chamusquina masónica, +es Su Alteza el infante don Francisco. Al menos yo lo he oído así, y no +permito, señores, no permito... + +—Bueno, bueno —dijo Caballero—: no lastimemos los sentimientos +religiosos y monárquicos con tanta sinceridad manifestados por este +buen señor. A _Dracón_ todos le conocemos, y no hay que hacer misterio +de él ni de su nombre de batalla. Creo que se exagera la importancia +del tal: de mí sé decir que no creo que exista plan ninguno verosímil +fundado en la personalidad del infante. + +—Poco a poco —apuntó Nicomedes—. Fermín, a ti te consta que sí lo hay. + +—No..., lo que me consta es que algunos cándidos han echado a volar ese +nombre, denigrándolo con la suposición de que teníamos en la persona +que lo lleva un nuevo pretendiente. Y esto es absurdo; esto no cabe en +cabeza humana, ni aun en la de un español de 1835, que es la cabeza que +nos ofrece la historia como más destornillada. + +—Y, sin embargo, hay quien lo dice. + +—Y quien lo cree, y lo sostiene como cosa muy práctica. + +—Y no falta quien asegure que es la única salvación del país. + +—Señores, son muchas salvaciones para un solo país... Salvadora +la reina Cristina, salvador don Carlos, salvador Mendizábal, y +ahora también don Francisco nos quiere salvar... Vamos, con tantas +salvaciones, España va al abismo. + +—Señores, no desvariemos —indicó Hillo—. El señor infante don +Francisco, que es persona discreta, no ha puesto sus ojos en el +trono... Se contentará por hoy con sentarse en el Estamento de próceres. + +—Pretensión contraria a las leyes, tras de la cual hemos de ver y vemos +una ambición política muy sospechosa, señores, muy sospechosa. + +—No exageremos... Cuando más, cuando más, _Dracón_ aspira a la +Regencia... + +—¡Otra te pego!... + +—Señores conferenciantes —dijo Hillo con festiva severidad—, que no +permito, que no puedo consentir afirmaciones tan contrarias al decoro +de la real familia... Si siguen Sus Señorías por ese camino, mandaré +que les lleven al corral. + +—¿Somos gallinas? + +—Toros de sentido..., de excesivo sentido, maliciosos, imposibles +para la brega, por lo cual creo que no puede acabar bien la elocuente +corrida que estamos celebrando. + +—¡Ja, ja, ja!... Muy bien. En fin, concretemos: seamos explícitos y +lacónicos, porque este joven (por Calpena) dirá, y con razón, que le +estamos embromando. ¿Verdad, señor Calpena, que no entiende usted qué +relación puede existir entre su persona y estas cosas desordenadas que +acaba de oír? + +—En efecto: no se me alcanza qué concomitancia pueda tener mi humilde +persona con esos agentes reservados, con esas intrigas, con el señor +_Dracón_ y demás... + +—Hemos sabido —dijo Nicomedes con campanuda solemnidad— que de Francia +se remitió un paquete de interesantes papeles a Madrid... No vaya +usted a creer que intentamos sustraer ese tesoro, y apropiárnoslo por +medios contrarios a la hidalguía. En poder de usted se halla todavía el +encargo. La persona que debía recogerlo ha sido presa, y probablemente +no saldrá pronto de la cárcel. Es muy posible que alguien intente +apoderarse del paquete, diciendo a usted que viene de parte de su +legítimo dueño. Yo le suplico, señor don Fernando, que no lo suelte, +aunque los que vengan a pedirlo le presenten esquela del mismo señor +don Eugenio Aviraneta, a quien viene dirigido, porque tanto el recado +como la esquela, serán falsos de toda falsedad. + +—Pues correspondo a su franqueza —dijo don Fernando, a quien todos oían +con vivísima atención— que no traigo yo encargo ni cosa alguna para ese +señor que acaba de nombrar; y si algo hay en mi baúl, que me confiaron +en la frontera personas de toda mi confianza, y que no conspiran ni han +conspirado nunca, lo entregaré a quien venga a reclamarlo, siempre que +acredite, por usual conocimiento, ser la persona a quien viene rotulado. + +—Pues aún me resta que decir algo para que vean todos mi sinceridad +y nobleza. Antes dije a usted que el paquete venía dirigido a +Mendizábal; pero esto lo hice sin más objeto que desconcertarle a +usted, con la idea de que su turbación le arrastrase a revelarme algo +que yo quería saber: lo que usted trae no viene dirigido a Mendizábal, +ni tiene nada que ver directamente con nuestro célebre gaditano. Pero +personas muy altas, muy altas, fíjese bien en lo que afirmo, pudieran +tener noticia de que el señor Calpena es portador de papeles graves, y +en este caso no dejarían de intentar por todos los medios apoderarse de +ellos. + +—En vez de aumentar la confusión de este excelente joven —indicó +Caballero—, procuremos disiparla, amigo Nicomedes, y al propio tiempo, +convenzámosle de que no pretendemos apoderarnos de secretos que no se +nos quieren confiar. + +—Justamente —dijo López—, y empecemos por declarar que ignoramos, o por +lo menos, que no sabemos con exactitud qué documentos se han confiado +a su discreción. Puede ser algo que exclusivamente interese a la +familia real; puede ser del común interés de los partidos militantes. +Me inclino a creer esto. El propio Aviraneta no sabe lo que es, o no +quiere decírnoslo. + +—No lo sabe —afirmó Iglesias—. Así me lo aseguró ayer, y debemos +creerlo. + +—_Hame dado en la nariz_ —dijo Caballero— que lo que han remitido a don +Eugenio es todo el fárrago de papeles concernientes a la _Confederación +isabelina_, de infausta memoria. Él mismo se lo llevó a Francia no +sé con qué objeto, y de allá se lo remiten para que lo utilice aquí +en contra nuestra, y en pro de los Torenos y Martínez... Yo, señores +míos, me fío poco de Aviraneta, y no quisiera que mis amigos tuvieran +interés por nada que al infatigable conspirador se refiera... Fíjese +usted, señor Calpena, en lo que voy a decirle, para que no se embrollen +sus ideas con la extraordinaria confusión que ha de resultarle de lo +que decimos. Los estatuistas nos acusan de haber preparado, dispuesto, +organizado, en una palabra, el degüello de los frailes, el asesinato de +Canterac y otros abominables hechos de que usted tendrá conocimiento. +Se nos quiere denigrar, inutilizar para la gobernación del reino. Si +hay responsabilidad, no pueden ellos eludirla, pues en los terribles +días de julio del año pasado era Presidente del Consejo el señor +Martínez de la Rosa; ministro de la Gobernación el señor Moscoso, y +corregidor de Madrid el señor marqués de Falces. ¿Sabéis lo que, en +mi presunción, contiene la estafeta que ha traído el señor Calpena? +Pues el plan de Constitución que hicimos Olavarría y yo; la exposición +dirigida a Su Majestad por Flórez Estrada, condenando el Estatuto; el +proyecto de asonada general; el plan de ministerio, presidido por Pérez +de Castro; los compromisos contraídos por Palafox y Calvo de Rozas, +con el nombre de _trabajos militares_, y, por último, el informe de +la Comisión que nombramos para proponer al gobierno el mejor sistema +de _extinción de frailes_. Todo eso y algo más había. Aviraneta, +como iniciador de la _Isabelina_, arrambló con el archivo cuando la +persecución de la policía le obligó a emigrar a Francia. ¿Trataría de +hacer algún negocio con Luis Felipe? ¿Habrá entrado en contubernios con +don Carlos? Yo no lo sé... Ya os he dicho que no me fío de ese hombre, +y que de su refinada astucia y doblez lo temo todo. Vosotros creéis +en Aviraneta; yo no. Para mí es un monstruoso talento, el más sutil y +agudo para la intriga. El año pasado conspiraba o aparentaba conspirar +con nosotros. Este año trabaja secretamente por los enemigos del +progreso. Vosotros creéis en sus alardes de patriotismo revolucionario; +yo no. Vosotros confiáis en su lealtad; yo desconfío hasta de su +sombra. Si le ayudáis, ayudáis al desprestigio de Palafox, de don +Jerónimo Valdés, de San Miguel, de los patriotas Quiroga y Palarea, de +Salustiano, del propio Mendizábal, pues ya sabéis que don Juan Álvarez +comunicó desde Londres su propósito de constituir allí un _Círculo +isabelino_, y de facilitar fondos para la _causa_, y en esfera más +modesta ayudáis también a vuestro propio vilipendio y al mío... + +—Fermín, Fermín —dijo Iglesias apretando los puños, encendido el +rostro—: tú siempre pesimista, tú siempre malévolo y suspicaz, +desconfiando de los hombres más adictos a la idea, de los que han +sabido padecer por ella persecuciones horribles. + +—Y tú, Nicomedes, siempre iluso y confiado, pobre enfermo de la +_calentura patriótica_, ni aprendes nada de la experiencia, ni +atiendes a las lecciones del tiempo. Tanto a ti, pobre Iglesias, +como a ti, Joaquín, almas crédulas, espíritus generosos, os digo que +desconfiéis de Aviraneta, que no le ayudéis en sus maquinaciones, que +le dejéis solo en la febril inquietud de su conspirar instintivo, +genial, por amor al arte, por ley de su naturaleza. + +Y cambiando bruscamente al tono familiar, antes que sus atontados +amigos pudieran replicarle, se levantó y formuló la despedida en estos +términos: + +—Ya he sermoneado bastante, y ahora me voy, que tengo que trabajar. +Holgazanes, quedaos con Dios. + +—Fermín, aguarda, siéntate... que aún tenemos mucho que hablar. + +—¡Hablar! La maldita palabra. Es la sarna del país. España llegará +al fin del siglo sin haber hecho nada más que rascarse, es decir, +hablar... Quedaos con Dios... Y usted, señor de Calpena, al aceptarme +por su amigo, me va a permitir que le dé un consejo. Es usted muy +joven; yo tengo treinta y seis años y alguna experiencia. No haga +caso de estos pobres orates. Si quiere usted seguir el consejo de +un patriota honrado, que no padece la famosa _calentura_, y profesa +sus ideas con fría convicción, no sirva usted de correo a los +conspiradores de oficio. Y pues le han cogido de sorpresa, encargándole +comisiones que no habría aceptado con conocimiento, vénguese por el +método inquisitorial... En vez de entregar los papeles al señor de +Aviraneta, arrójelos a las llamas. Ganará usted mucho en tranquilidad +de conciencia. + +—¡Quemarlos! ¡Eso no! —gritó Iglesias. + +—Créame a mí... + +—No le crea, no, Fernando. Es de Cuenca, que es como decir leñador y +carbonero... + +—Carbón, sí; carbón haría yo de todo ese fárrago de sandeces —dijo +Caballero con arrogancia, enarbolando su bastón—. Nuestro pasado +político, amigos revolucionarios, debe ir al fuego... Quemad la broza, +que las ideas, no temáis..., esas no arden. + +Y encasquetándose el sombrero, que era de los voluminosos que entonces +se usaban, salió del cuarto y de la casa con resuelto y presuroso andar. + + + + +VII + + +Aunque desconcertados por la enérgica manifestación de Caballero, que +al fin hubo de condenar las bajas intrigas, no cejaron Iglesias y +López en su propósito de catequizar al joven Calpena. Aún insistió don +Joaquín en que entregase el _lío_ a don Eugenio Aviraneta, sin pensar +en hacerlo cisco, como le aconsejara Fermín con implacable rigor; y +más atrevido Iglesias, propuso al joven, no que pusiese en sus manos +lo que era objeto de tantas cavilaciones, sino que permitiera ver su +contenido, prometiendo ambos guardar profundo secreto sobre lo poquito +que examinar pudiesen. Negose resueltamente don Fernando, y ellos +invocaron los principios liberales que sin duda el joven profesaba; los +grandes intereses del pueblo, al cual todos pertenecían; y añadiendo +a los halagos las promesas, ofrecieron traerle antes de tres días una +credencial de ocho mil reales en cualquier ministerio, si a satisfacer +su ardiente curiosidad se prestaba. Pero ni las demostraciones de +amistad ni las ofertas de colocación quebrantaron la delicada entereza +de don Fernando, el cual decididamente, con frase categórica y un tanto +áspera, les quitó toda esperanza, alentándole en esto su amigo Hillo +con muecas y manotadas expresivas. Replegáronse de mal talante los +patriotas al cuarto de Iglesias, y lo primero que hizo don Fernando al +entrar en el suyo fue guardar bajo llave, en los seguros cajones de una +cómoda, el contenido de su baúl, o aquella parte que convenía poner a +cubierto de cualquier sorpresa. + +—Hace usted bien —le decía Hillo gozoso—, porque estos _libres_, como +ellos se llaman, no se paran en pelillos. Fuera del patriotismo, son +honrados, y por nada del mundo le quitarían a usted un botón ni un +cigarro de papel. Pero en mediando lo que ellos llaman _el interés de +la Confederación_ o de la libertad, aunque esta sea tan desacreditada +como la de la imprenta; como se trate de arma política con que puedan +descabellar al contrario y arrastrarle por el redondel, se ciegan, y +de noblotes y decentes se convierten en los primeros badulaques del +mundo. + +De acuerdo en esto como en todo, pues los lazos de su amistad se +apretaban más cada hora, salieron a dar un paseo antes de comer. + +—¡Qué hermoso apóstrofe el de Caballero! —decía, calle abajo, hacia la +de Alcalá, el buen clérigo Hillo—. Mejor será llamarlo _conminación_ o +_deprecación_... + +—Llamémoslo _corrección fraterna_, que así deben nombrarse los hijos de +tal padre. Me ha gustado don Fermín. ¿Sabe usted que los otros parecen +locos? + +—Y no es lo peor que lo parezcan, sino que lo sean, y que nos +comuniquen a nosotros su locura. Yo siento un gran desorden en mi +cabeza. + +—Y yo. Le aseguro a usted que me falta poco para ponerme a gritar en +medio de la calle. ¿Conque es verdad que he conspirado sin saberlo? +¿Conque es verdad que traigo papeles que comprometen a la real +familia... o a los reales masones, o a los isabelinos, o al demonio +coronado? Y ahora consulto yo con usted una sospecha grave: ¿tendrá +alguna relación este enredo con los favores que recibo de mano +desconocida?... Esa personalidad misteriosa que en las tinieblas me +protege, ¿tendrá algo que ver con..., con no sé qué?... Yo desvarío, +se embarullan mis ideas. ¿Me encontraré envuelto, sin culpa ninguna, +en alguna endemoniada intriga? Dígame su franca opinión... Usted +es hombre de mundo, y conoce esta sociedad y estos manejos de la +política. Yo soy un inocente: vengo de un pueblo fronterizo y de +una ciudad extranjera, donde he vivido amarrado a un bufete de +comerciante... Yo no sé nada de esto. Ilumíneme usted; indíqueme si +debo hacer algo, o no hacer nada y dejar correr los acontecimientos... + +—Pues, mi amigo don Fernando, creo, y no hay que asustarse, que se +halla usted metido de hoz y de coz en un lío estupendo... Dígame ante +todo: ¿es cierto que trae usted esa caja? + +—Sí, señor; a usted puedo decírselo. Traigo un paquete bastante pesado +y voluminoso. Me lo dio una señora que en Olorón visitaba mucho a +los hermanos de mi padrino... Díjome que se presentaría a recibir el +encargo la persona a quien viene rotulado, y es también una señora, y +se llama doña Jacoba Zahón. + +—Eso de Zahón me huele a masonería. Y la señora que lo entregó a usted, +¿quién es? + +—Allí la llamaban la Marquesa, y decían de ella que politiqueaba, que +sostenía larga correspondencia, y que en Tours y en Burdeos estuvo en +relaciones íntimas con algunos emigrados liberales. + +—¡Ah... por san Benito de Palermo!... Ya veo, ya veo claro... digo, no, +no veo más que oscuridades y fantasmas... Señora allá que manda, señora +aquí que recibe... Aviraneta... La _Confederación isabelina_..., el +degüello de regulares..., Mendizábal... Usted recibido y aposentado en +Madrid por personas desconocidas que no dan la cara..., usted vestido +por Utrilla..., usted obsequiado con billetes de teatro y con otros +regalitos que no habrá querido decirme... ¡Ay!, don Fernando de mi +alma, como mi religión me ordena no creer en brujas, y mi experiencia +me permite creer en enjuagues masónicos, yo le veo a usted tocado de +locura, y me vuelvo loco también, porque no entiendo una palabra de +este intrincado negocio. + +—¡Y luego decimos que somos clásicos! + +—¡Clásicos! Eso quisiéramos. El mundo está tocado de insana demencia... +Ya no pasan las cosas como antes, con aquella pausa y regularidad de +otros tiempos; todo está trastornado; reina la sorpresa, mangonea el +acaso, y los acontecimientos se suceden sin ninguna lógica. Ya no hay +reglas, mi querido don Fernandito. Esto es el caos, la barbarie, la +anarquía de las almas. Corre un viento de desorden, y en la naturaleza +no hay aquella serenidad, aquella calma majestuosa... ¿Digo mal? + +—Dice usted muy bien. Yo me noto lanzado en este vértigo, en este +espantoso remolino. + +—Todo por ese maldito... Hasta me repugna pronunciar su nombre. + +—Ese maldito... ¿qué? + +—¿Sabe usted, Fernando Calpena —dijo el clérigo con solemne gravedad, +parándose en firme—, quién tiene la culpa de esta locura que nos saca +de quicio, de esta llamarada que nos abrasa el rostro, de esta comezón +que nos hace bailar la tarántula? + +—¿Quién tiene la culpa?... + +—¡Qué! ¿No lo acierta? Pues tienen la culpa Víctor Hugo y Dumas, esos +dos infames progenitores del romanticismo... ¡El romanticismo! Ese es +el remolino, ese es el vértigo, esa es la locura... + +—Don Pedro —dijo Calpena, sin encontrar pertinente lo que afirmaba su +amigo—, ¿qué tiene que ver...? ¡Dumas, Víctor Hugo!... son dos grandes +poetas... + +—Que han desatado las tempestades en nuestra literatura, y tras el +desquiciamiento de la literatura ha venido el de la política, y +luego el de la vida toda... Yo, a esos dos, les mandaría cortar la +cabeza, sin cargo alguno de conciencia, como a malhechores del género +humano, y me quedaría tan fresco... ¿No ve usted que ya no hay orden +ni reglas en el curso de los hechos que constituyen la vida? ¿No ve +usted que ya todo es exaltación, misterio, fantasmas, lo desconocido, +lo imponderable?... Pues espérese usted un poco, que ya empezarán los +espectros, las tumbas, los cipreses funerarios... En fin, vámonos a +comer, que yo, la verdad sobre todo, tengo ya ganas. Y esta tarde nos +iremos a dar un largo paseo por las afueras, para que usted me cumpla +su promesa de contarme algo de su vida, y del cómo y el por qué de +haber venido a este maldito Madrid. + +—Volvámonos a casa —dijo Calpena sobresaltado, pues temía un golpetazo +repentino de la suerte, como contrapeso de tantas venturas—, y veremos +cuál es la sorpresa de esta tarde. + +—¡Qué!... ¿Teme que venga de sopetón la mala?... Deseche usted ese +recelo, porque si viniera la mala, caería sobre mí. Quiero decir que +aquí está Pedro Hillo para recogerla, pues yo seré su pararrayos, +señor don Fernandito. No dude que si salta la chispa caerá sobre este +cura..., y usted libre, usted siempre feliz... Si no, al tiempo. + +Sorpresa hubo, en efecto; mas no desagradable, como Calpena temía. +Al entrar le dio Méndez un paquetito que acababan de traer. Pálido y +ceñudo, el joven no se atrevía a cogerlo. Hízolo Hillo, tomó el peso, y +se echó a reír diciendo: + +—Que me excomulguen si esto no es dinero contante y sonante. + +El paquetito era como una carta muy abultada, o como un libro de poco +volumen, esmeradamente envuelto en papel superior, cerrado con lacres. +Estos no tenían sello con letras o escudo. Antes de abrirlo, preguntó +don Fernando a Méndez quién lo había traído. + +—Ha sido el mismo señor, ese que llaman _Edipo_. + +—No puede ser más clásico —observó don Pedro—. A ver, a ver..., abra +usted. + +—Podría usted haberle dicho que se esperara. Yo le habría +interrogado... En fin, veamos qué es esto. + +Metiose en su cuarto con Hillo, y en pocos segundos quedó aquel nuevo +enigma descifrado a medias, pues si debajo del envoltorio apareció +una elegantísima y perfumada cartera de piel, con un cartoncillo en el +cual resplandecían ocho medias onzas prendidas con un cruce de seda +encarnada, no se encontró papel escrito, ni tarjeta, ni cifra por donde +la procedencia pudiera ser conocida. + +—Muy bien —dijo el presbítero restregándose furiosamente las manos—. +Eso no podía faltar... Aparece la lógica en medio de este barullo +romántico... Le mandan a usted dinero para el bolsillo, pues un joven +vestido por Utrilla, un caballero que ocupará altas posiciones, que +figurará entre los más elegantes de Madrid, no es bien que ande sin +pólvora... Ea, no se devane ahora los sesos... Ya parecerá, señor, ya +parecerá el donante. Vámonos al comedor, que con estas sorpresas se me +aguza el apetito. + +Comieron solos, porque Iglesias, convidado por López, se había ido a la +fonda de Genieys; don Fernando hablaba poco; a Hillo se le despertó la +locuacidad con tanta fuerza como el apetito, y trataba de apartar al +joven Calpena de la sombría cavilación en que había caído... + +—Antes dije a usted que estábamos locos, y ahora añado que bendita sea +la locura si viene siempre así. Mientras lluevan medias onzas, ora sean +en pasta, ora transformadas en cosas de diferente utilidad, no llore +usted, joven. Si luego nos cae alguna rueda de molino, tiempo habrá de +lamentarlo. Y hablo en plural, porque si mi delicadeza no me permite +participar de los beneficios exclusivamente destinados a usted, deseo +y quiero ser partícipe de los males, cuando Dios se fuere servido de +enviarlos. Conque reposemos un rato la comida, y luego nos iremos a +estirar las piernas al Retiro. + +Hiciéronlo así, y descansando de su caminata a la sombra de unos +copudos negrillos, en sitio sosegado, allá por el Baño de la Elefanta, +don Fernando se franqueó con su amigo, ofreciéndole los datos +biográficos que anhelaba conocer, como clave o guía para descubrir la +_misteriosa mano_. + +—Los primeros recuerdos de mi infancia —contó Calpena— se refieren +a Vera, y a la casa del cura de aquel pueblo. Pero yo nací y fui +bautizado en Urdax, no constando en la partida más que el nombre de +mi madre, Basilisa Calpena. Ni la conocí nunca, ni he sabido de ella, +pues la mujer que me crio se llamaba Ignacia, natural de Zugarramundi, +habitante en Vera, en una casita próxima a la del cura. No tenía yo +dos años cuando este me llevó consigo, y ya no me separé de él hasta +su muerte, ocurrida el año 32. Llamábale yo padrino, y él a mí ahijado +y a veces hijo. Era el hombre más excelente que usted puede imaginar, +sin tacha como sacerdote, verdadero pastor de sus feligreses; tan +caritativo que todo lo suyo era de los pobres; entendido en mil cosas, +principalmente en agricultura, en astronomía empírica y en humanidades; +gran latino, tan modesto en sus hábitos y tan apegado a la humilde +iglesia en que desempeñaba su ministerio que rechazó la oferta de una +capellanía de Roncesvalles y del deanato de Pamplona. Para mí, don +Narciso Vidaurre, que así se llamaba, era la primera persona del mundo, +y en él se condensaron siempre todos mis afectos de familia, pues él +era para mí como padre y maestro. Si no me había dado la vida, me dio +la crianza, la educación, y me enseñó a ser hombre, infundiéndome +la dignidad, la confianza en mí mismo, y preparándome para los mil +trabajos de la vida. Desde niño me enseñó todo lo concerniente, en lo +moral y en lo social, a personas principales..., quiero decir que me +crio para señor, no para sirviente ni para la vida oscura y zafia del +campo. Aunque no con puntualidad, don Narciso recibía cantidades para +mi sostenimiento, educación y demás. Ellas venían unas veces de Madrid, +otras de Burdeos o París. De esto me enteré yo en mi niñez; pero él +nunca me dijo nada, y aunque a veces aludía vagamente a mis padres, +dándome a entender que existían, y que yo podría conocerles andando +el tiempo, jamás me habló concretamente de asunto tan delicado. Sin +duda, no se creía con facultades para hacerme tal revelación; o tal +vez aguardaba a que yo cumpliese determinada edad. No sé, no sé, amigo +Hillo... Mis confusiones son ahora las mismas que hace algunos años. +Quizás, si mi padrino viviera, ya habría cesado mi ignorancia de cosa +tan importante; quizás... + +—Permítame... Entre paréntesis... —dijo don Pedro, que ponía profunda +atención en el relato—. Una pregunta: ¿en aquel tiempo recibía usted, +también favorcitos misteriosos de la _mano oculta_? + +—En tiempo de mi padrino, jamás. En París, una vez sola. Ya llegará +oportunidad de contarlo... Seguiré con método. + +—Permítame otra pregunta: ¿ese señor murió de repente? + +—Sí..., de un ataque apoplético. No le dio tiempo a nada. + +—Claro..., si hubiese tenido tiempo, lo natural y lógico era llamarle a +usted..., decirle: «Hijo mío, tal y tal...». + +—Su muerte fue para mí un golpe tremendo. Parecíame que se acababa el +mundo, la humanidad; que yo me veía condenado a soledad eterna, a un +desamparo tristísimo... Aquel santo hombre era para mí la única y total +familia, el maestro, el amigo, el inspirador de todos mis pensamientos, +guía de todos mis actos... Dejome un horrible vacío... + +—Dispense... Otra pregunta: ¿no tenía el buen don Narciso, como es uso +y costumbre en la clase de curas, alguna familia de sobrinas, amas?... +¿O es que vivía enteramente solo? + +—Tenía una hermana más vieja que él, doña María del Socorro, que le +llevó tres años por delante en el morir; buena señora, aunque algo +regañona y descontentadiza, y un hermano que no vivía en Vera... Muerta +doña María, siguieron gobernando la casa una sobrina, que al poco +tiempo casó con uno de Fuenterrabía, y dos antiguas criadas de la +familia, que aún sirven al sucesor en el curato, un sobrino segundo, +llamado Avelino, buen muchacho, pero que no es ni la sombra de su +tío... No nacerá otro don Narciso Vidaurre, el santo, el justo, el +sabio, el discreto, el... + + + + +VIII + + +Nueva interpelación de don Pedro, que impaciente quería profundizar en +el hermoso asunto, para llegar pronto a la verdad. + +—Perdóneme otra vez, Fernandito, si le interrumpo. ¿Ese señor cura no +se señaló, como todo el clero navarro, por la adhesión a las ideas y a +la persona de don Carlos María Isidro? + +—Verá usted... Mi padrino, hombre de acendrada religión, manifestaba +despego a los revolucionarios y jacobinos... Del 14 al 20 simpatizó +con los realistas, por lo cual le tuvieron entre ojos las autoridades +de los _tres años_. Poco antes de la entrada de Angulema, tuvimos que +salir de Vera y refugiarnos en Cambo. Pero a principios del 24 ya +estaba mi padrino en su parroquia, y entonces le ofrecieron la canonjía +de Pamplona, que rehusó. Desde el 24 hasta la muerte del rey, se +abstuvo de manifestar con demasiada viveza sus sentimientos realistas. +Debo decir también que el buen señor tenía relaciones con personas del +bando liberal. Era muy amigo del general Mina... + +—¡De don Francisco Espoz y Mina! + +—Hacia el 22, comía en la Rectoral siempre que pasaba por Vera... +También tenía don Narciso gran confianza con Eraso, el segundo de +Zumalacárregui, y aun con este, en época anterior al carlismo, cuando +don Tomás era coronel de ejército. Sí, señor... ¡Pues tengo tan +presente a Mina... le vi tantas veces en mi casa! + +—¿Y con usted se mostraba cariñoso?... + +—Como que monté a caballo más de una vez en sus rodillas. Me quería +mucho..., me llamaba _petit caporal_ y no sé qué... Ahora que recuerdo: +también nos visitó alguna vez el conde de España. + +—¿Y en las rodillas de ese también montaba usted? + +—Creo que no. La época es más remota, y apenas me acuerdo. + +—¿Y entre tantos generales no iban alguna vez generalas?... ¿No +recuerda haber visto en la casa del cura duquesas o princesas...? + +—Personas de tanta categoría..., no sé..., como no fueran disfrazadas. + +—Adelante. Murió el señor cura, sin poder decir oste ni moste..., y +luego... + +—El hermano de don Narciso vivía en Urdax, dedicado al tráfico de +maderas. Este señor se encargó de mí. Honrado y cabal, no se parece +nada a su difunto hermano: carece de instrucción, y es seco, adusto, +sin delicadeza. Lo primero que hizo conmigo fue mandarme a Olorón para +que siguiera mis estudios en un colegio. Allí viví unos meses en casa +de un tal Maturana, habilísimo mecánico y armero, algo pariente y amigo +íntimo de los Vidaurres. De pronto recibí órdenes de trasladarme a +París a aprender prácticamente el comercio, pues al comercio querían +dedicarme. Me mandaban acá y allá, sin darme explicaciones, y si alguna +observación hacía yo, me respondían simplemente: «Manda quien manda». + +—Ya me habló usted de su viaje a París para entrar en la casa de banca +donde conoció a Mendizábal; dígame ahora cómo se le manifestó la _mano +oculta_ en aquella ciudad. + +—Yo vivía con otro chico guipuzcoano, compañero mío de escritorio, en +una modesta pensión del _faubourg_ Poissonière. Un día me encontré en +la mesa de mi cuarto una carta dirigida a mí. Dentro de ella había dos +billetes de la _Banque de France_, que allí circulan como metálico. +Total: doscientos francos, que me vinieron muy bien. No pude averiguar +quién me había llevado la carta: ni en la casa ni en mi oficina +supieron darme ninguna razón. Pero aquella vez el dinero no venía solo, +sino con una cartita muy lacónica en que se me mandaba oír misa, al +día siguiente, a las nueve en punto, en la iglesia de _Notre Dame des +Victoires_. Naturalmente, fui, y nada me sucedió, es decir, nadie se me +acercó a hablarme, como esperábamos mi compañero y yo, que creímos se +trataba de una aventura vulgar. + +—Si usted no vio a nadie, sin duda alguien a usted le vería... ¿Era ya +en el reinado de Luis Felipe? + +—Sí, señor. De repente, con la misma brusquedad con que fui enviado +a París, llamáronme a Olorón, y allí estaba cuando se nos presentó +Faustino Vidaurre, al parecer para tratar de negocios... Noté yo que +él y Felipe Maturana se decían algo referente a mí, recatándose de +que yo lo entendiera. Una mañana me notificaron que vendría pronto a +Madrid, donde se me dada un destino en las oficinas del Gobierno, con +sueldo bastante para vivir decentemente en esta capital. Yo me alegré, +porque allí no hacía nada, y la holganza monótona de aquel pueblo me +enfadaba, me ponía enfermo... Vi los cielos abiertos; me aventuré a +pedir alguna explicación al hermano de mi padrino; pero no me dijo más +que la frase sacramental: «Quien manda, manda». Y Maturana agregó: +«Llevarás tu viaje pagado, y algo para que puedas vivir un par de meses +en un alojamiento arregladito. Ya puedes empaquetar tu ropa y tus +libros...». Y como yo expresase alguna inquietud acerca de mis primeros +pasos en esta villa, no teniendo aquí conocimientos ni trayendo carta +de recomendación, Faustino me dijo: «Anda, anda, hijo, y no temas +nada, que ya tendrás quien te ampare y mire por ti. Vete descuidado, +que nada te faltará... Y no te mandamos tan desprovisto de apoyos y +recomendaciones, pues además de los que allí te saldrán donde y cuando +menos lo pienses, en Madrid tienes a nuestro primo Carlos Maturana, +diamantista que fue de la Real Casa, y hoy comerciante en piedras +preciosas. Ya le hemos escrito para que te preste algún socorro, si por +acaso lo necesitares. Pero no esperes encontrarle en la corte hasta +los últimos de septiembre, porque ahora está viajando por el norte +de Italia, y tardará un mes lo menos en llegar a Madrid. Vive en la +plaza de la Armería, junto a Palacio». Llegó el día de mi partida, y +me despidieron muy conmovidos, como si no pensaran volver a verme. +Tanto Maturana como Faustino y las mujeres de ambos, me dirigieron el +último saludo con una extrañísima gravedad..., vamos, con algo como +demostración de respeto... No sé si me explico... + +—Comprendido, comprendido... Es muy natural... ¿Y...? + +—Ya, a eso voy. Dos días antes de mi salida de Olorón, se llegó por +allí una señora muy estirada, con muchos moños grises alrededor de la +cabeza, sombrero con cintas y encajes. Hablé con ella dos o tres veces, +asombrándome de su instrucción, de su finura, de su conocimiento de la +política, así francesa como española. La esposa de Maturana, persona +también de excelente educación, francesa, hija de un librero de Foix, +celebraba frecuentes encerronas con la dama desconocida. A esta la +llamaban _madame Aline_. + +—¿Francesa? + +—Pues mire usted que no lo sé... Habla correctísimamente el español, +aunque con un ligero acento... no sé, me pareció catalán. Pues bien: +esta señora fue la que me dio el encargo que tan soliviantados trae +a nuestros patriotas. Tanto ella como Maturana me encargaron tuviese +mucho cuidado de no entregar el paquete más que a la persona a quien +viene dirigido. «Será muy difícil —me dijo madame Aline— que haya +equivocación ni suplantación, si usted se fija bien en las señas que le +doy. La señora en cuyas manos pondrá usted la cajita, es jorobada». + +—¡Lo ve usted! —exclamó Hillo, dándose un fuerte palmetazo en la +rodilla—. ¿Ve usted cómo acertaba yo cuando hablé del torbellino +romántico? En el romanticismo desempeñan siempre un papel culminante +los jorobados, o siquiera cargados de espalda, los tuertos, patizambos, +y en general toda persona que tenga alguna deformidad visible. También +figuran en él los tísicos, los locos y los que padecen ictericia. + +—Jorobada —me dijo—, de sesenta años, y algo impedida de la pierna +derecha. + +—Bueno, bueno, bueno... Lo que digo: en pleno romanticismo. ¿Y qué nos +importa? Mejor, más divertido: no nos faltarán emociones, sorpresas +y... corcovas... ¡Ay!, Fernandito de mi alma, me equivocaré mucho si de +todo esto no resulta una _anagnórisis_ felicísima... Nada, nada, no hay +que temer nada malo, sino una verdadera irrupción de bienes. Yo estoy +contento, no sé qué me pasa. El bien ajeno no me produce envidia, sino +una exaltación de cariño y entusiasmo por la persona favorecida. Así es +que estallo de satisfacción, y me parece que esta noche he de atacar la +cena con un apetito fenomenal. Adelante. ¿Falta algo? + +—Sí, señor: falta que usted conozca la clase de educación que me dio +mi padrino; los sentimientos con que fortaleció mi conciencia; las +ideas con que fue labrando mi criterio... Desde muy niño me acostumbró +a mirar la moral excesivamente severa como base de una vida ejemplar. +La moral rígida, según él, es un deber que impone la fe, y al propio +tiempo una indudable ventaja para la vida. Me enseñó a abominar de +la mentira, siendo en esto tan extremoso que ni aun me permitía los +embustes inocentes que son el encanto principal de la infancia. De amor +al prójimo, de caridad y abnegación, no hablemos, pues esto, con solo +su ejemplo, diariamente me lo enseñaba. Ponía un cuidado exquisito en +que yo aprendiese desde muy niño a refrenar los deseos violentos, a no +apetecer cosa alguna con demasiado ardor, a poner freno a las pasiones. +Ya he dicho a usted que era un humanista de primer orden, y clásico +ferviente, resultando armonía perfecta entre su gusto artístico y todos +los actos de la vida, que iban siempre a compás, como sus pensamientos. +De los modernos autores, Moratín era su ídolo. Se carteaba con él y +con el abate Melón, y se sabía de memoria todas las poesías serias y +festivas de don Leandro, así como sus traducciones de Horacio. ¡Cuántas +veces le oí declamar con grave entonación aquel pasaje!: + + ¿De cuál varón o semidiós el canto + previenes, alma Clío, + en corva lira o flauta resonante? + +La sátira «_¿Quieres casarte, Andrés?_» la repetía enterita, sin el +menor tropiezo. Explicándome las bellezas de estas composiciones, +me hacía ver cómo la poesía, para ser de buena ley, debe subordinar +la inspiración al buen gusto y a la regularidad. Mas no quería que +fuese yo poeta, y una vez que me sorprendió haciendo versos, me los +puso en solfa, incitándome a que, en vez de expresar mis pensamientos +con música y medida, cultivara la buena prosa, que, sin duda, podía +ofrecerme ancho campo al empleo de la inteligencia, así en la oratoria +política como en la forense, en la historia, en la filosofía, y en +todas las artes liberales. Por Cicerón tuvo verdadera idolatría, y +decía que era lástima fuese gentil un hombre que expresaba las ideas +con tal perfección, dando al raciocinio la palabra más propia y más +enérgica. Repetía de memoria pasajes del gran orador y filósofo; me los +explicaba; me hacía ver su concisa elocuencia, la propiedad, el empleo +exacto de las voces... + +—Repetiría aquel pasaje: _Nihil agis, nihil moliris, nihil cogitas_... + +—_Quod ego, non modo non audiam, sed etiam non videam_... + +—Ejemplo admirable de lo que llamamos _climax_... + +—Como usted comprende, me enseñó el latín a machamartillo, porque, +según él, es el latín la madre de todas las enseñanzas, y única +escuela segura del buen gusto. El latín, decía, no solo hace hombres +eruditos, sino buenos ciudadanos, personas sociables, finas y amenas... +Por último, para que usted se haga cargo de cómo formó mi carácter +aquel gran maestro, recordaré las máximas que con tenacidad me iba +claveteando, como si dijéramos, en la cabeza, y así verá el contraste +que forma aquella enseñanza teórica con lo que después me ha traído la +realidad. «Ajusta siempre tus acciones —me decía— a un plan lógico, +dentro de la más estricta moralidad, y no te separes de él por nada ni +por nadie. Puede que este sistema te ocasione alguna desazón pasajera; +pero a la larga apreciarás y saborearás sus hermosos resultados... No +confíes nunca en lo imprevisto; no esperes nada del acaso, y que tu +conducta sea siempre lo que _debe ser_, lo previsto, lo estudiado, y +en modo alguno dependa del _qué será_... No aceptes jamás cosa alguna +que no sepas de dónde viene, ni te fíes de prosperidades fantásticas, +que suelen volverse infortunios reales... Lábrate la dicha con tu +trabajo, acostúmbrate a que tu bienestar sea obra de ti mismo, y no +esperes nunca favores llovidos del cielo... No contraigas deudas, ni +aun por mínima cantidad, y advierte que es preferible pedir una limosna +a cargarte de obligaciones... Ama la regularidad, el orden, pues si no +hay arte posible sin reglas, también está sujeto a cánones invariables +el arte de la vida... Considera que lo que no hayas adquirido por ti +mismo no es tuyo, sino ajeno, que si aceptas beneficios que no has +ganado con tu esfuerzo, te verás ligado por la gratitud, y la gratitud +puede torcer tu voluntad, y apartarte de la senda del deber rígido y +estrictamente moral... En lo tocante a opiniones políticas, mantente +siempre en el fiel de la balanza, y cualquiera que sea la bandería a +que te veas afiliado, no hagas un dogma cerrado de tus creencias, ni +niegues a la creencia de los demás el respeto que merece... Nunca te +acalores en la vida pública ni en la privada; no seas fogoso en tus +pasiones, que eso es vicio romántico, de que debes huir como de la +peste; mantente siempre templado, dueño de ti, sereno y en disposición +de sortear las vehemencias ajenas. Así dominarás, sin ser nunca +dominado, porque el fiero se entrega al fin, y se rinde al flemático... +En todos los negocios preséntate siempre de buena fe, situándote +en posición derecha, frente a las intenciones del que ha de tratar +contigo...». + +—Pues esta máxima —dijo Hillo gozoso— corresponde a una de las +principales reglas del toreo, que llamamos _situarse en la rectitud_... +Adelante. + +—Conque ya ve, señor don Pedro, cómo no corresponde la palpitante +realidad a la norma de conducta que mi preceptor me enseñaba; y aquí +me tiene usted sin voluntad propia, sometido a misteriosas manos que +me gobiernan... Lo desconocido me rige, la imprevisión me guía... +Estoy amenazado del descrédito de toda la doctrina que aprendí, y no +veo manera de aplicar ninguna regla, porque todas están por el suelo, +pisoteadas por el acaso, a quien pertenezco sin poder evitarlo. + +—No es el acaso: es el supremo designio, hijo mío. Pero no te apures +—dijo don Pedro, empezando a tutearle sin darse cuenta de ello, por una +efusión de cariño que rápidamente invadía su corazón—. Considera que +sobre todas las reglas está la realidad de la vida, y que no podemos +desviar los acontecimientos de su natural curso, trazado por Dios. +Tu padrino debió tener en cuenta el misterio de tu origen, antes de +recomendarte que abominaras de lo desconocido. ¿Por qué no te reveló +lo que sin duda sabía? O es que no sabía nada. De todos modos, hijo +mío, tu existencia se balancea en el misterio, y el misterio ha de +rodearte, y lo imprevisto te rondará por mucho tiempo, pese a toda la +ciencia y a toda la bondad de ese don Narciso Vidaurre... ¿Qué resulta? +Que tu padrino te quiso criar para lo clásico, sin considerar que eres +romántico inconsciente, esto es, que a pesar tuyo el romanticismo te +coge en su remolino furioso... Dispénsame que te tutee: siento hacia +ti un profundo afecto. Te miro como un hijo; más propio será decir como +hermano. Quiero compartir tus desventuras... cuando lleguen... Seamos +románticos; aceptemos la realidad, y pues esta es ahora tan buena, no +le busques tres pies al gato y date por muy contento con los bienes que +llovidos caen sobre ti. Después vendrá la _anagnórisis_, y volveremos +a lo clásico, al triunfo, a la apoteosis, que será coronamiento de +tu destino. Sí, querido Fernando. Tu porvenir es hermoso; tú eres lo +que no pareces... Serás grande, poderoso... Alégrate. Seremos amigos, +grandes amigos; seremos hermanos. Y ahora, chiquillo, pues cae la +tarde, vámonos despacito hacia nuestra vivienda, que la hora de la cena +se aproxima, y yo, la verdad, con todo eso que me has contado, siento +que se me avivan de un modo horroroso las ganitas de comer. + + + + +IX + + +Era verdad que don Pedro se sentía inflamado de un cariño sincero +hacia el joven Calpena, afecto absolutamente desinteresado, pues no +se arrimaba a su amigo con intenciones de parasitismo, viéndole en +camino de doradas grandezas, sino que anhelaba guiarle por los senderos +peligrosos que probablemente se abrirían ante él; aconsejarle, +dirigirle, evitarle todos los escollos, para que gozase libre y +desembarazadamente de los bienes que el cielo le deparaba. + +No tardó Utrilla en rematar algunas, si no todas las piezas de ropa de +que había tomado medidas. Dos pantalones, dos chalecos y una levita +fueron entregados a los tres días de la prueba, y la terminación de lo +demás se anunció para la semana próxima. Empezó por fin don Fernando +a ponerse guapo y elegante, lo que con tal ropa, y los aditamentos de +corbata, calzado, peluquería, etc., era cosa muy fácil en un joven a +quien dotó la naturaleza de airosa figura, hermoso rostro, y modales +finísimos _a nativitate_. Hillo le contemplaba embobado, viendo en él +un perfecto tipo de raza aristocrática. El propio duque de Osuna, don +Pedro Téllez Girón, no le aventajara, ni los agregados de la Embajada +inglesa. + +Desde que tuvo ropa fue incitado por su amigo a frecuentar los teatros. +Hillo no le acompañaba por causa de su ministerio sacerdotal. Fea cosa +era ir a los toros; pero más disculpable para un clérigo que el teatro, +por celebrarse las corridas en pleno día y no ser preciso en ellas +descubrirse la cabeza, exponiendo a la befa popular la ungida corona. +Con todo, buenas ganas tenía de colarse una noche en la cazuela, +disfrazado, para ver en el patio a Fernandito, y sorprender el efecto +que causaba en la concurrencia. Contentábase con verle vestirse y +acicalarse, y poner en sus manos el sombrero y bastón cuando salía. +Aunque el niño volviese tarde, don Pedro no se acostaba hasta que le +veía entrar, y allí eran sus preguntas: + +—Qué tal, hijo, ¿te has divertido mucho? ¿Has dado golpe? Apuesto a que +todos los lentes, y esos anteojos que llaman gemelos, se han dirigido a +tu gallarda persona. + +En el Príncipe daban _Norma_, cantada por la señora Oreiro de Lema +y el señor Unanue. En la Cruz, _La joven reina Cristina de Suecia_, +traducida del francés. Así de las obras como de la ejecución, pedía +el clérigo a su amigo noticias prolijas, y el chico se las daba, +advirtiendo la absoluta ignorancia teatral del buen señor, que no había +visto nunca más pieza que _El mágico de Astrakán_, allá en Zamora, +siendo él una criatura. + +Menudeaba Calpena sus asistencias al Príncipe, y viéndole tan +aficionado, decía don Pedro: + +—¡Cómo se conoce que nos salen novias a docenas!... La suerte es que +este chico se pasa de prudente y avisado, y no le atrapará ninguna de +esas culebronas que... + +Dígase, para explicar la confusión que seguía presidiendo los destinos +de don Fernando Calpena, que a fines de septiembre nadie había ido a +recoger el misterioso encargo traído de Olorón; que una tarde llegó +carta anónima, no llevada por _Edipo_, sino por persona desconocida +que la dejó en la puerta, y que algunas noches, al volver Fernando +del teatro, creía que le seguían dos personas buscándole las vueltas +y espiándole los pasos. La carta no traía dinero: estaba escrita por +mano nada premiosa, menudito el trazo, la gramática bastante correcta, +y solo contenía lacónicas advertencias y admoniciones cariñosas: + + «Mira, niño: los guantes amarillos son de más distinción que los + blancos... También te digo que no es del mejor tono aplaudir en el + teatro tan estrepitosamente, sobre todo a medianos artistas... Por + más que tú creas otra cosa, a juzgar por tu entusiasmo, la Ridaura + no hace nada de particular en su parte de Adalgisa... Oye, niño: que + vayas a misa al Carmen Descalzo, a las nueve en punto, y procura no + estar en la iglesia tan distraído. A la iglesia no se va a mirar a + las muchachas, sino a rezar con devoción... — P. D. Cuando se te + acabe el dinero, te pones en misa la corbata escocesa, usando la + negra para anunciar que lo has recibido». + +—Observaciones son estas —decía Hillo radiante de satisfacción— +atinadísimas. Mi leal opinión es que no debes ponerte la corbata +escocesa sino cuando tengas verdadera necesidad de nuevas remesas de +metálico. No hay que abusar, hijo. + +La gran sorpresa cayó, como chispa del cielo, una tarde, al volver +Méndez de su oficina. Traía un pliego de oficio dirigido a Calpena, y +al ponerlo en sus manos, le dijo: + +—Esta comunicación fue entregada al portero mayor para que indagara las +señas. Corrió entre nosotros de mano en mano, hasta que vi el nombre... +¡Qué casualidad! «¡Pero si le tengo en mi casa!». Ábralo usted pronto, +que, si no me engaño, es nombramiento. + +Calpena se quedó frío de estupor. Don Pedro, como el que sueña +despierto, exclamó: + +—¡Credencial! Será cuando menos de Administrador de Tercias Reales, o +de Colector del Noveno y Medias Annatas. + +Abierto el pliego, resultó contener un nombramiento de Oficial de la +Secretaría de Hacienda, con doce mil reales: firmaba _Mendizábal_. Un +tanto desconcertó a Hillo el ver que la nueva dádiva, parabólicamente +arrojada por la _mano oculta_ sobre aquel venturoso mortal, no +correspondía, con ser grande, a las hipérboles que soñara la desbocada +fantasía del clérigo. Pero reflexionando en ello, no tardó en +conformarse y dijo: + +—Para hacer boca no está mal. Pocos serán los que empiecen así. Papilla +de doce mil reales no se da ni a los hijos de los ministros. Y aquí +estoy yo, pretendiendo hace catorce años una triste cátedra con seis +mil, sin que hasta la presente... Pero no importa... Conque, hijo, +alégrate y toca las castañuelas, que por lo que veo, el mundo es tuyo. +Oye: que no pasen dos días sin ir a tomar posesión y a darle las +gracias al señor de Mendizábal. + +Ni contento ni triste, sino fluctuando entre sus sombrías inquietudes +y el gozo retozón de su vanidad halagada, Calpena contestó que no +pondría los pies en el ministerio sin dar antes un paso que su +decoro exigía y su ardiente curiosidad reclamaba. Empleó la mañana +siguiente en la diligencia de buscar al llamado _Edipo_, lo que no +le fue difícil recorriendo oficinas y retenes policiacos; pero el +tal no le dio ninguna luz. No era más que un simple _intromedario_: +llevaba los mensajes sin conocimiento de su procedencia; le llegaban +de segunda mano, o sea por órdenes de su inmediato jefe, el señor don +Manuel de Azara. Sin pérdida de tiempo echose don Fernando a buscar +a este; solicitó audiencia, que le fue concedida, después de largos +plantones, al anochecer del día siguiente, y encontrose frente a +un hombre extraordinariamente calvo y con el bigote teñido, que le +escuchó benévolo y un tanto malicioso; pero sin dar lumbres. Aseguró +que de la credencial no tenía la menor noticia, y que de la remesa de +encarguitos, así como de la preparación de aposento, no podía revelar +cosa alguna por habérsele impuesto absoluta reserva _bajo pérdida de +destino_... + +—Y francamente —dijo al terminar—, no hay más remedio que defender la +plaza como se pueda, mayormente cuando a uno le tienen entre ojos por +ser criado a los pechos de don Tadeo Ignacio Gil... Gracias que Olózaga +me considera y está contento de mí... En una palabra, caballerito, no +me pregunte usted nada, porque no he de responderle. Precisamente el +señor Subdelegado me estima, como he dicho, porque no hay quien me +iguale en el don de silencio. Y si me permite usted darle un consejo, +le diré que aprenda cosa tan fácil, poniéndose a ello, como es el +callar. Lo difícil, señor mío, es callarse cuando a uno le pegan; pero +callarse cuando le miman y regalan..., ¡qué cosa más fácil! Créame a +mí: déjese llevar, déjese querer... + +No muy satisfecho, aunque resignado con la cómoda filosofía del +polizonte, se volvió a su casa don Fernando, y antes de poder contar +a Hillo la reciente entrevista, recibieron ambos una nueva sorpresa: +carta del misterioso corresponsal, que decía: + + «Tontín, aunque Mendizábal recuerda al jovenzuelo que le sirvió + de amanuense en el hotel _Meurice_, en París, no le hables de tal + cosa cuando le veas, que le verás. No le pidas audiencia para darle + las gracias: él te llamará. Adúlale un poquito, que le gusta, y + si trabajases algún día en su despacho particular, no te muestres + cansado, aunque te tenga diez o doce horas con la pluma en la mano, + que le entusiasman los incansables, como él. + + »No faltes el sábado, en el Príncipe, al estreno de _Los hijos de + Eduardo_, traducido de Delavigne por el tuerto Bretón. Dicen que es + cosa buena. Y si repiten el _Don Álvaro_, de Angelito Saavedra, no + dejes de ir a verlo. Ya sé que el viernes pasado estuviste en el + cuarto de Florencio Romea, donde conociste a Ventura de la Vega. + Ándate con tiento en frecuentar cuartos de cómicos: fácilmente + pasarás de los cuartos de ellos a los de ellas..., y esto no me gusta. + + »Con perdón del señor Utrilla, la levita verde no te ha quedado bien. + Hace unas arruguitas en la espalda que no aumentarán la fama del + primer sastre de Madrid. Que te la vea puesta, y mándasela después + para que te la arregle. De paso te encargas un _surtout_ color + barquillo, y que te lo hagan pronto, que las noches ya refrescan; + pero no tanto que pidan capa... Los mejores guantes son los de + Dubosc, y las mejores camisas las de Fernández, calle del Príncipe. + El reloj que tienes, regalo de tu padrino, está pidiendo sucesor. + Además de que es feísimo, se atrasa que es un gusto, y así llegas + tarde a todas partes. Ya veremos de darle jubilación. Pero no lo + vendas ni lo des a nadie: guárdalo siempre como recuerdo de cuando + don Narciso te tiraba de las orejas por no saber los latinajos. + + »Bobillo, no te entretengas más de una hora en el _Café Nuevo_, y + mira con quién te juntas, y a qué tertulias te arrimas. Cuidadito con + Larra, que tiene más talento que pesa; pero es mordaz y malicioso. + Si vuelves al Parnasillo, busca la amistad de Roca de Togores, de + Juanito Pezuela y de Donoso Cortés... Con Espronceda y otros tan + arrebatados, _buenos días y buenas noches_, y nada de intimidades... + Suscríbete a _La Abeja_, lee _El Español_, y hazle la cruz al _Eco + del Comercio_. + + »Adiós. El domingo, a misa de once, en las Niñas de Leganés». + +Suspiró Calpena al acabar la lectura, y don Pedro, echando lumbre por +los ojos, dijo: + +—Ya no me queda duda de que es una dama. ¡Y qué cariñosa ternura, qué +purísimo y entrañable afecto!... + +—Lo que yo creo —observó el joven— es que vivo espiado dentro y fuera +de casa, pues la desconocida persona que me escribe sabe todos mis +pasos, observa las arrugas de mi ropa, y se entera de cuándo se me +atrasa el reloj. + +—¿Y qué te importa, tontín? ¿Qué mayor dicha para un joven honesto +que tener quien así cariñosamente le vigile, designándole los buenos +caminos y apartándole de los atajos peligrosos? Ahora no hay que pensar +sino en presentarte en el ministerio, tomar posesión y ponerte al habla +con el grande hombre, con ese gaditano londonense, negociante antes que +político, a quien yo tenía entre ojos; pero ya me va gustando, ya me +va gustando. Al darte la credencial demuestra que no es rana... Ya ha +olido el hombre que tú vas para personaje; que cuando tengas la edad +serás procurador, prócer, o lo que te dé la real gana, y el muy tuno +quiere atraerte con tiempo, llevarte a su lado, hacerte de su partido... + +Meditabundo, Calpena no siguió a don Pedro en sus apreciaciones +optimistas. Casi toda la noche la pasó en vela, asaltado de una fiebre +inquisitiva, revolviendo en su mente los claros recuerdos de su niñez, +busca por allí, husmea por allá, evocando memorias de rostros, frases o +reticencias de don Narciso, o de alguien de su familia; mas en ningún +repliegue del pasado vislumbró hilo que le guiara por aquel laberinto +en cuyo seno misterioso se ocultaba la verdad. Tampoco Hillo durmió +aquella noche con el dulce sueño que su pura conciencia ordinariamente +le permitía. Viva excitación cerebral le tuvo en vela, y allí era el +lanzarse a un desenfrenado juego de acertijos, admitiendo y desechando +hipótesis. «Esto no lo hace más que una madre —se decía—. Y que esa +madre es persona de alta posición, no puede menos de admitirse. Bien +claro está: riquezas hay; nobleza también. No me falta más que el +nombre para llegar a la completa solución del enigma. Luego viene el +otro problema: el papá. Por san Dionisio Areopagita, esta sí que es +gorda. ¡Dios mío, el padre...! No sé por qué me ha dado en la nariz +tufo de sangre real... Sí, sí. Tiene mi Fernandito en toda su persona +un sello de majestad, de grandeza de estirpe, que no deja ninguna duda, +no, señor... Por la fisonomía, nada saco en limpio... Como narigudo, no +lo es; ni tiene el labio inferior echado para afuera... Por tanto, no +parece...». + +Dormido al fin, soñó con las más estrafalarias anagnórisis que es +posible imaginar, y al amanecer despertó sobresaltado con una idea, +que en su cerebro como ladrón furtivamente se introdujo, hallándose en +ese estado neblinoso que separa el dormir del velar. «Ya, ya lo acerté +—dijo a media voz incorporándose en la cama—. Es... de Napoleón y de... +No será difícil descubrir una duquesa o marquesa que...». + +Media hora después, camino del Carmen Descalzo, donde celebraba, volvía +en sí de aquella aberración, razonando de este modo: «No... porque, +bien mirado, no tiene el tipo de los Bonapartes..., digo, me parece a +mí. Yo no he visto a ningún Bonaparte, como no sea en estampa, porque +a Napoleón I, por más que corrimos tras él los muchachos, el día +siguiente de la batalla de Astorga, no alcanzamos a verle..., no vimos +más que un bulto..., el bulto de un jinete, a lo lejos, por el camino +de Otero... Al rey Botellas tampoco le eché la vista encima... Solo por +las pinturas se hace uno cargo de la fisonomía de aquellos señores... +No, no, esto es un delirio. Ni aun quitándole el bigote al niño, y +engordándole mentalmente, encontraríamos el aire de familia... ¡Qué +demonio!... esperemos, y Dios lo dirá». + + + + +X + + +Uno de los primeros días de octubre, a los veinte próximamente de su +llegada a la corte, inauguró Calpena su vida burocrática, presentando +su credencial en la Secretaría de Hacienda (plazuela de Ministerios), +y tomando posesión de su destino. Tocole de jefe de Sección o _Mesa_, +un don Eduardo Oliván e Iznardi (no tenía nada que ver con don +Alejandro Oliván, entonces redactor de _La Abeja_, ni con don Ángel +Iznardi, redactor de _El Eco del Comercio_). Hechura de don Luis López +Ballesteros, respetado por Cea Bermúdez y por Toreno, bien agarrado en +todos los gabinetes por sus excelentes relaciones, era un señor bueno +como el pan, sencillo como una codorniz, afable, angosto de cerebro, y +tan ancho de conciencia burocrática que en ella cabía, y aun sobraba +conciencia, la libertad anchurosísima de sus subordinados. Su llaneza +patriarcal parecía olvidar las jerarquías, alternando amigable y +democráticamente con los inferiores en la tarea deliciosa de leer _El +Español_, _El Eco_ y _La Abeja_, fumar cigarrillos, repetir y comentar +todo lo que en Madrid se hablaba de política y literatura, echando de +vez en cuando una plumada a los expedientes, por vía de distracción, y +sin suspender la grata tertulia. Cada cual salía y entraba en aquella +bendita oficina a la hora que mejor le cuadraba. Eran cinco los +funcionarios, con Calpena seis, repartidos en tres mesas, con la del +jefe cuatro, de distinta hechura y edad, si bien todas representaban +una antigüedad venerable. Dígase que la tinta era excelente, hecha en +la casa; las plumas, de ave; los tinteros, de cobre; y que sobre las +bayetas verdes y los mugrientos hules se extendían los negros polvos de +secar, formando en algunos sitios verdaderos arenales. Inauguraba el +bueno de Oliván su trabajo cortando plumas, en lo que ponía exquisito +cuidado y habilidad, pues su gala era esto y la rúbrica que echaba en +las firmas, no menos rasgueada y pintoresca que la de un escribano. +Mientras duraba el corte hablaba con los madrugadores, o sea los que +recalaban por allí de diez y media a once; les refería incidentes o +sucedidos de su familia, gracias y travesuras de sus niños; les oía +contar algo de teatro y toros, alguna mujeril aventura, y así se +pasaba el tiempo hasta las doce, hora en que le traían a don Eduardo +su almuerzo. Sobre las bayetas arenosas extendía una servilleta, y +se comía su tortilla de patatas y su chuletita de ternera. Salían +y entraban los mozos de café con servicios para el jefe y algunos +subalternos, y en tanto, el que no tomaba café, hacía caricaturas; otro +escribía versos, y el de la última mesa las cartas a su novia. Luego se +trabajaba un poquito, mientras uno leía en voz alta _El Español_, para +que los demás se enterasen. El jefe solía pasarse a la sección próxima, +donde había otro jefe que _veía largo_ en política, y anunciaba con +seguro vaticinio todo lo que iba a pasar. Más tarde descansaban, +fumando un cigarrillo. Don Eduardo recibía cortésmente a las personas +que acudían al despacho de algún asunto, y para hacerles ver la +actividad que allí se desplegaba, les ponía ante los ojos rimeros de +papeles que debían pasar pronto a la sección correspondiente, y otros +rimeros de papeles que acababan de llegar, después de lo cual les +prometía no detener los expedientes más que el tiempo necesario para +_el concienzudo examen de los mismos_. Luego se limpiaba el sudor de +la calva, y contaba a sus subalternos lo que el otro jefe de sección +le había dicho: que todo iba muy bien; que la quinta de cien mil +hombres daría un resultado maravilloso, y que no había duda de que +Istúriz y Galiano apoyarían incondicionalmente al señor Mendizábal en +el Estamento próximo. No se podían dar las mismas seguridades de López +y Caballero, y Toreno y Martínez de la Rosa no saldrían de su pasito +_moderado_. Había, pues, situación Mendizábal para un rato, y se verían +realizadas las reformas que el grande hombre había prometido en su +famosa exposición a la reina. Pero la noticia culminante era que la +Milicia urbana se reorganizaría, tomando el nombre sonoro y magnífico +de _Guardia Nacional_. + +—Todo será _a estilo de Francia_ —concluía don Eduardo—; y lo mejor es +que a los milicianos de Madrid y su provincia se nos da carácter de +ejército regular, formando con nosotros una división mandada por un +jefe superior, y bajo la inspección de un general... Por eso ha dicho +San Miguel que seremos el ángel custodio de las instituciones. + +No siempre hablaba de lo mismo, aunque era muy dado a la repetición de +conceptos, vicio que los retóricos llaman _batología_. + +—¿No saben? Se suprimen las _cartas de seguridad_, esa rémora, señores, +para la gente honrada que tiene que viajar de un punto a otro. Yo +soy partidario de que se _corten abusos_. Los que han viajado por el +extranjero nos dicen que estamos en el siglo XV, y francamente, yo +quiero pertenecer a _mi siglo_... Seamos todos de nuestro siglo, +entrando por el aro de las grandes reformas... Otra de las buenas +noticias es que se suprimen _las pruebas de nobleza_ para ingresar +en los establecimientos científicos, ora civiles, ora militares... +Realmente, semejante ranciedad era un resabio de la Edad Media. Ábrase +la enseñanza para todo el mundo y dese al mérito ancho campo. ¡Abajo +la Edad Media!... Créanlo ustedes, en este particular estoy de acuerdo +con Caballero y los de _El Eco_; nada más que en este particular, pues +opino, como él, que la _demo... cracia_, así se dice, la _democracia_ +exige que el pueblo se ilustre. Yo soy partidario de la ilustración del +pueblo, como soy partidario de que el pueblo sea moral, y de que los +empleados trabajen... Mi sistema es: pocos empleados, pocos, pero muy +bien pagados. + +Dichas estas cosas, y otras de igual trascendencia y filosofía, el +jefe bromeaba un poco con sus subordinados: con este por si a novia le +daba calabazas; con aquel por si era alabardero en los teatros; con +el otro por si le sudaban tanto las manos, que toda la arenilla se le +quedaba pegada en ellas, y obligaba a la casa a frecuentes reposiciones +de aquel material. Luego les recomendaba benévola y paternalmente que +no dejasen el papelorio esparcido sobre las mesas, y él mismo daba el +ejemplo recogiendo legajos y metiéndolos en una alacena donde tenía +botellas vacías o medio llenas, el _Diccionario geográfico_ de Miñano, +confundidos sus tomos con los de novelas y viajes, entre estos el de +_Enrique Watson al país de las Monas_. + +—Yo soy partidario —decía— de que haya orden en las oficinas, para +que el trabajo se haga como Dios manda, y cada cual encuentre lo que +necesita para el pronto despacho de los asuntos... + +Con esto se aproximaba la hora feliz de poner punto en las faenas del +día: los sombreros parecían alegrarse en lo alto de las perchas, viendo +próximo el instante de que sus dueños los cogieran para echarse a la +calle. + +—Vaya, ya es hora, ciudadanos —decía don Eduardo, atusándose los +mechones laterales, y cubriéndose con pausa y solemnidad, como si su +calva fuese una cosa sagrada que reclamaba el respeto de la protección +sombreril—. Me parece que hemos trabajado bastante. Hasta mañana. + +Si la tarde era plácida, se iban de paseo, y si lloviznaba o hacía +frío, al café, donde con charla sabrosa de literatura, de política o +de cosas mundanas, reducían a polvo el tiempo hasta la hora de cenar. +Que Calpena se aburría en la oficina, no hay para qué decirlo. Desde su +iniciación burocrática no había hecho más que extender algunos oficios +y copiar dos o tres estados de recaudaciones. + +El jefe le consideraba, presumiendo en él una superioridad aún no bien +manifiesta, pero que lo sería pronto; y los compañeros le mostraron +afecto y fraternidad, más admirados que envidiosos de su buena ropa. +Ya era cosa corriente en las oficinas ver entrar niños bonitos, con +sueldos desmesurados, y que no iban más que a cobrar y a distraerse un +rato; hijos o sobrinos de personajes, que de este modo arrimaban una +o más bocas de la familia a las ubres del presupuesto. Los empleados, +que lo eran por oficio y medio de vivir, se habían acostumbrado a la +irrupción de señoritos, y alternaban gozosos con ellos, esperando +hacer amistades que _en su día_ valieran para el ascenso, o para la +reposición en caso de cesantía. En la sección de Calpena todos los +funcionarios eran de peor pelaje que él: alguno pasaba de los cincuenta +años y solo disfrutaba ocho mil reales, vestía ropa vuelta del revés +y apenas paseaba, por no romper botas; otros conservaban aún trajes +provincianos, estirándolos cuanto podían, y no faltaba quien vistiese +regularmente por el sistema económico de no pagar al sastre. Sobre +todos descollaba Calpena, no solo por su elegancia y buena figura, +sino por su saber de cosas extranjeras, y su rumbosa generosidad en +el pago de cafés y refrescos después de la oficina. Con uno de sus +colegas, extremeño, envejecido prematuramente y seco como un esparto, +habitante en una casa de huéspedes de ínfima categoría, parroquiano +fósil de diferentes cafés, hizo amistades, seducido por la sabrosa +erudición que ostentaba en cosas y personas de Madrid. Muchas tardes +iba con él al _Nuevo_, y se le pasaban mansamente las horas oyéndole +contar anécdotas que parecían mentira siendo verdades, y embustes que +resultaban perfecto simulacro de la verdad. Por Serrano (que así se +llamaba) supo Calpena que su jefe, don Eduardo Oliván, era un hombre +desgraciadísimo en su vida doméstica, aunque no conocía, o aparentaba +no conocer su propia desgracia. La paz que en su hogar reinaba era la +proyección de su mansedumbre, virtud con la cual adquirido había una +triste celebridad. Ponderó Serrano la seductora hermosura de la mujer +del jefe, y algo dijo también de su familia, muy conocida en Madrid. Se +la veía muy a menudo en teatros y paseos, fingiendo una posición que no +tenía, alternando con personas cuya riqueza consistía en bienes raíces, +o en rentas que estaban a la vista de todo el mundo. Las de aquella +buena señora eran un tanto enigmáticas. + +—Si quiere usted más detalles, pídaselos al hoy general en jefe del +ejército del Norte, don Luis Fernández de Córdova. Los sucesores de +este son de menor categoría militar y civil. El último que ha caído en +las redes de nuestra _jefa_ es ese capitán de artillería... Escosura, +Patricio de la Escosura... ¿No le conoce usted? De seguro que sí. En el +Príncipe le tiene usted todas las noches. Es el que retrató Bretón en +el _don Martín_ de la _Marcela_. + +—No sabía que los tres amantes de Marcela fueran retratos. + +—Bien se ve que no está usted aún familiarizado con nuestra sociedad... +Pues el _don Amadeo_ es Pezuela, y el _don Agapito_, el chico de +Clemencín. + + + + +XI + + +—Una de estas noches, amigo Serrano —dijo don Fernando—, va usted a +venir conmigo al Príncipe, para que me diga los nombres de todas las +señoras que veamos en los palcos. En el tiempo que llevo aquí, he +hecho algunas amistades, pocas; hace unas noches me llevaron al cuarto +de Florencio Romea; en el teatro he conocido a Ventura de la Vega y +a Mesonero Romanos. El señor a quien debo este conocimiento me le +presentó días pasados en la calle de Alcalá mi compañero de casa don +Nicomedes Iglesias. ¿Le trata usted? + +—¿Cómo no?... Iglesias..., hombre de mucho talento, de gran porvenir... + +—Pues me presentó a ese..., ¿cómo se llama?, Alonso..., Juan Bautista +Alonso, con quien me encontró después una noche en la segunda fila de +lunetas, y charlamos algo de literatura. Por él he conocido a Vega, he +hablado con Larra, y he saludado a Espronceda en el café Nuevo y en el +Parnasillo... + +—Alonso es poeta y un buen periodista..., chico que vale. Será +ministro... ¿Y no ha querido catequizarle a usted para la sociedad _Los +Numantinos_? + +—A mí, no... Ni yo gusto de meterme en esas cosas, ni la vida política +me seduce. + +—A mí..., sí..., pero no puedo consagrarme a ella, por... + +Acometido de una tos violentísima, parecía que se ahogaba. Amoratado y +convulso, faltábale poco para echar los bofes y escupir el alma. + +—Con esta maldita tos —dijo cuando se fue sosegando, y se limpiaba de +babas, mocos y lágrimas el encendido rostro—, ¿cómo quiere usted que +sea uno político y orador?... Mi naturaleza es émula de mi bolsillo en +el agotamiento, en la extenuación... No me forjo ilusiones de vivir el +año que viene: estoy tísico pasado. + +Trató de consolarle Calpena, con más lástima que convencimiento, porque +en verdad la flaqueza y el color cadavérico de su amigo invitaban a +entonar el responso. No espantado de la muerte, o echándoselas de +valiente, hablaba Serrano de su próximo fin con entereza estoica un +poquito afectada. Era moda entonces morirse en la flor de la edad, +tomando posturas de fúnebre elegancia. Habíamos convenido en que +seríamos más bellos cuanto más demacrados, y entre las distintas +vanidades de aquel tiempo no era la más floja la de un fallecimiento +poético, seguido de inhumación al pie de un ciprés de verdinegro y +puntiagudo ramaje. + +—Estos pobres huesos —prosiguió Serrano— están pidiendo la mortaja. Le +diré a usted, en confianza, que es de tanto sufrir y de tanto gozar... +Mi vida, si yo la contara, sería la más interesante de las novelas. +Mis años, por el mucho y precipitado vivir, parecen siglos... ¡Y +que llegue uno al borde de la tumba con ocho mil reales!... En fin, +doblemos la hoja triste... ¿Me decía usted que desea ir conmigo al +teatro para que le dé a conocer a todo el personal masculino y femenino +que veamos en palcos y butacas? No podía usted encontrar, ni buscándola +con candil, persona más para el caso, porque como de algún tiempo acá +no tengo nada que hacer (en la oficina ya ve lo que trabajamos), me +dedico a conocer _de visu_ a todo el mundo, y a la averiguación de +vidas ajenas... Soy un Plutarco para esto de las vidas, y las hago +también paralelas. Sabrá usted los nombres y las historias, amigo mío, +que aquí no hay nadie que no tenga su historia... y las hay de oro. +¡Con decirle a usted que la de nuestro esclarecido jefe es de las más +inocentes...! + +—¡Caramba! + +—¿Y lo duda? ¿De qué dehesa viene usted? + +—¿Dónde hay más historias, en las clases altas o en las medias? + +—En todas; pero las de las altas son más bonitas, más profundamente +depravadas. Yo las conozco al dedillo, y en pocas noches le daré la +instrucción suficiente para que no pase por cándido el día que se +introduzca en la sociedad. + +—¿Pero no se exime nadie, galán ni dama, del oprobio de esas historias? +¡Por Dios, Serrano...! + +—Nadie... Todo el mundo tiene historia. Por lo común no hay persona +bien vestida que no lleve consigo su misterio: este misterio es algo +que no debe saberse, y, sin embargo, se sabe, porque fíjese usted... +Nada es aquí tan público como las cosas secretas... En fin, por tener +todo el mundo historia, hasta usted la tiene, usted, querido Calpena, +que acaba de llegar a Madrid; y antes de dar los primeros pasos en +las tablas del teatro social, ya nos indica que trae buen papel en la +comedia. + +—¡Yo! —exclamó Calpena palideciendo—. ¡Pobre de mí! ¡Si no soy nadie! + +—Los que empiezan no siendo nada, suelen acabar siéndolo todo. + +—Bueno. Pues si alrededor mío hay una historia y usted la sabe, amigo +Serrano, ¿tendría inconveniente en contármela? + +—Inconveniente, ninguno...; pero la tos..., ya ve..., no puedo +hablar..., me ahogo... + +Aguardó Calpena a que el golpe de tos se calmase, y cuando hubo pasado, +aún tuvo que esperar más tiempo, porque el infeliz tísico se quedó un +rato sin respiración, los ojos inyectados, la frente sudorosa, las +manos trémulas... + +—Pues sí..., esta maldita tos no me deja vivir... Si yo no tosiera, +sería orador, créame usted... Pues no hay que tomar a mala parte esto +de las historias. ¡Tan joven y ya protagonista! Si he de ser franco, no +puedo aún decir a usted cosas concretas... + +—¿Pues no asegura que lo sabe todo? + +—Todo no. Es muy pronto todavía, y aún son pocas las personas que se +han fijado en el joven Calpena... Lo que yo he oído no es ofensivo +para usted, ni mucho menos. + +—Sea lo que quiera, debo saberlo. + +—La tos otra vez... Me ahogo... + +—¡Demonio! ¿Por qué no toma usted pastillas? Yo se las traeré de la +botica más próxima. + +—No..., gracias... Es inútil. Las he tomado de todas clases, sin sentir +el menor alivio. + +—Ya pasa..., ya puede hablar. + +—La verdad, amigo mío, a usted se le tiene en estudio. Solo he +oído formular preguntas, aventurar alguna hipótesis... Conjeturas, +presunciones..., que será, qué no será... + +—¿Nada más que eso? Pues soy, respecto a mí, el primero de los curiosos +investigadores, y yo pregunto también: «¿Quién soy?... Calpena, ¿quién +eres?». + +—¿Pero usted no lo sabe?... + +Comprendiendo que había ido demasiado lejos en la expresión de sus +dudas, don Fernando se enmendó diciendo: + +—Sé quien soy; pero en la vida de todo hombre, por clara que aparezca, +hay siempre incógnitas que resolver. + +—¿De modo que no sabe usted todo lo que le concierne? + +—Hombre, todo, todo precisamente, no. + +—Pero sí sabrá quién le recomendó para la plaza que hoy ocupa en el +ministerio. + +—Juro a usted que lo ignoro. + +—Las recomendaciones toman en este país giros muy extraños, y ofrecen +a veces concomitancias increíbles. A mí, para que me dieran la plaza +mísera que tengo, me recomendó la persona más opuesta a mis ideas, don +Antonio Zarco del Valle, a quien interesé por el ama de cría de uno +de sus niños. Por un empleado del personal he sabido que, en el libro +donde constan los padrinos de cada empleado, figura usted como hechura +y ahijado del propio Mendizábal, lo que nadie extrañará, porque bien +podría el ministro ser amigo, deudo de su familia de usted. + +—No lo es. Ese señor no tiene ningún motivo para interesarse por mí. + +—En tal caso habrá recibido cartas expresivas de personas a quienes +no puede negar un favor de esta clase. Por indiscrección de un amigo +de la secretaría particular, puedo... no afirmar, ¡cuidado!, sino +sospechar..., con vehementes indicios de acierto... + +Sobresaltado y ansioso, aguardaba el otro la terminación del concepto. +Un amago de tos determinó pausa expectante, que a Calpena le pareció un +siglo. Por dicha, no fue más que amago, y Serrano pudo decir claramente: + +—Si se empeña usted en oírme lo que sabe..., ¡vaya si lo sabe!..., le +diré que debe su plaza a la duquesa de Berry... + +Pausa.... Solo se oía el áspero ronquido que salía del pecho de +Serrano. El estupor de Calpena acabó por resolverse en una risa +nerviosa, que lo mismo podía ser de regocijo que de burla. + +—¡La duquesa de Berry!... ¿Está usted loco? ¿La esposa del príncipe +asesinado a la salida de la Ópera, hijo de Carlos X...? + +—Justo... Carolina de Nápoles, hermana de nuestra reina gobernadora +doña María Cristina. + +—¿Y esa señora es la que figura como...? + +—No figura en el libro de recomendaciones; pero por referencias, por +indicios de secretaría, sé yo... + +—¡Locura, delirio! —exclamó Calpena levantándose, como hombre que +quiere poner fin por la ausencia a una conversación enfadosa—. Si usted +me probara eso... —indicó Fernando, fingiendo indiferencia. + +—¿Prueba?... ¡Oh!... Me remito al gran demostrador de verdades, el +tiempo... + +—Pero ¿cómo es posible...? ¿Qué tiene que ver mi humilde persona con +esa princesa...? + +Serrano alzó los hombros, quiso decir algo; pero, ahogándose, no hizo +más que balbucir: + +—No puedo. La tos, la tos... + + + + +XII + + +La placentera holganza en que vivían los individuos de la sección o +mesa de que era jefe el señor don Eduardo Oliván e Iznardi tuvo su +término, que si no hay mal que cien años dure, tampoco los bienes +suelen ser duraderos, y el motivo de tan brusca alteración, que +produjo enorme desquiciamiento en la metódica parsimonia del jefe, no +fue otro que el haberse manifestado en aquella esfera administrativa +el impulso de actividad que imprimió Mendizábal a los asuntos de su +ministerio, cuando se desembarazó de las graves cuestiones políticas a +que en los primeros días tuvo que atender. Desempeñando interinamente, +además de la cartera de Hacienda, con la Presidencia, las de Guerra, +Marina y Estado, hubo de promiscuar en el despacho de mil negocios +diferentes. Por milagro de Dios no se volvió loco el bueno de don Juan +Álvarez, que materia ofrecía cualquiera de aquellas oficinas para +trastornar el seso del más pintado en tiempos tan revueltos. Confiado +ya en dominar la espantosa anarquía de las juntas que convertían +el reino en una inmensa jaula de locos; seguro ya del éxito de la +quinta de cien mil hombres, arriesgado acto de gobierno que revelaba +iniciativa poderosa y voluntad de acero, se metió en su casa propia, +Hacienda, y empezó a remover y sacudir, con mano de atleta, las mohosas +inercias de la administración heredada de Fernando VII. ¡Lástima que +no lo hiciera con más pulso, para que las ruinas y los escombros no +embarazaran la obra nueva! Construía con el hacha... Aunque no carecía +de habilidad, no pudo evitar el cortarse las manos con la herramienta +que tan presuroso manejaba. + +Pues, señor..., obligado el pobre don Eduardo a andar de coronilla, +no sabía lo que le pasaba, ni a qué santo encomendarse. En toda su +vida burocrática, que con intercadencias databa de los tiempos de +Ballesteros, no había visto desencadenarse sobre aquella plácida esfera +un ciclón tan duro. No hacía más que ir de una mesa a otra, limpiarse +con fuertes restregones el sudor de la calva, dar resoplidos, subirse +el pantalón, que con tantas ansiedades se le caía. Y una mañana, medio +loco ya, o loco entero, gritaba en medio de la oficina: + +—Pero este buen señor nos trata como si fuéramos dependientes de +comercio. La dignidad del funcionario público no consiente estos +excesos de trabajo, pues ni tiempo le dejan a uno para almorzar, ni +para dar un _mero_ paseo, ni para encender un _mero_ cigarrillo... +Cinco intendencias me ha señalado hoy para el envío de circulares con +las instrucciones reservadas y las nuevas tarifas. Pues para despachar +esto, excelentísimo señor, necesito aumento de personal, necesito +catorce oficiales y ocho auxiliares, y aun así, no podríamos concluirlo +dentro de las horas reglamentarias, que son de diez a cuatro... Sería +justo además que al exceso de ocupación correspondiera doble paga, +mientras durase este ajetreo. Soy partidario de que a los empleados se +les remunere bien, pues de otro modo la buena administración no es más +que un mito, un verdadero mito. + +Y aquella misma tarde, en el colmo ya del mal humor, que expresaba +alargando los morros, entró en la sección próxima, diciendo: + +—Pido al señor ministro aumento de personal, ¿y qué hace? Nada: que +aún le parece mucho lo que tengo, y me pide dos chicos que escriban +bien y sepan llevar correspondencia. Estamos lucidos, como hay Dios... +Ea, señor Calpena, pase usted a la secretaría particular del señor +ministro; y usted, Serrano... Pero no..., aguardaremos a ver si se +contenta con uno..., quédese usted... Esto es insufrible. Yo digo que +envidio a los presidiarios... + +Pasó Calpena a donde se le mandaba, y fue introducido en una habitación +pequeña con luces al patio medianero, en la cual había dos mesas y un +solo empleado, viejo, que escribía con la cara tocando al papel. Un +estrecho pasillo comunicaba la tal pieza con el despacho del ministro. +Allí esperó órdenes. Alzó el viejo la cabeza, y levantándose las +antiparras a la frente, le miró, hizo un saludo monosilábico, volvió +a bajar los vidrios, y dejó nuevamente caer sobre el papel su rostro. +Creeríase que no escribía con la pluma, sino con la nariz... Sonó la +campanilla. Levantose el vejete de un brinco, murmurando: + +—Su Excelencia llama. + +Viéndole desaparecer por el pasillo, advirtió Calpena que cojeaba. +Un instante después volvió con varias cartas en la mano, y dijo +lacónicamente a su compañero: + +—Que pase usted. + +Grande fue la emoción del joven al atravesar el pasillo, al levantar +la cortina y ver el hueco de la estancia... a Mendizábal no le veía. +Quedose en la puerta hasta oír la palabra _adelante_, dicha con +enérgica entonación. Estaba el grande hombre sentado, y se inclinaba +para sacar papeles de la gaveta más baja de su mesa ministerial. Al +incorporarse, presentó a la admiración y al respeto de Calpena su +hermoso busto, el rostro grave de correctísimas facciones, el rizado +cabello, las patillas tan bien encajadas en los cuellos blancos, y +estos en el lioso tafetán de la negra corbata reluciente, las altas +solapas de la levita, y por fin, al ponerse en pie, esta en toda su +longitud, ceñida y al propio tiempo holgada. + +Calpena permaneció inmóvil y mudo, estatua de la cortedad respetuosa. +Mendizábal le miró... En la extrañísima situación de espíritu en que +el buen chico se encontraba hubo de creer que su jefe le miraba con +picardía. Pero es casi seguro que era pura aprensión; al menos, así +lo creyó después. Contra lo que pensaba, ni le preguntó el ministro +su nombre, sin duda porque lo sabía, ni sostuvo con él diálogo de +introducción. Entre personaje tan elevado y un pobre subalterno de +ínfima categoría, no podían mediar más palabras que las naturales entre +el señor y el criado que le sirve. Estas fueron corteses, ceñidas al +asunto, y sin fraseología ociosa: + +—Tiene usted hermosa letra, y buen criterio para contestar por sí mismo +las cartas, con una simple indicación mía. + +El joven se inclinó. Cuando don Juan de Dios avanzó hacia él, +ostentando la gallardía total de su persona, su alta estatura, +Calpena, que ya había admirado el busto, admiró también el pantalón, +de corte perfecto, como de sastrería londonense, y el pie pequeño, +calzado con zapato bajo sujeto en el empeine con un lazo de cintas +negras. + +—Contésteme usted, por de pronto —prosiguió Su Excelencia—, estas tres +cartas. La más urgente y delicada es... + +No encontrando la que llamó delicada y urgente, la buscó en la mesa, +después en el bolsillo interior de la levita, y como allí no pareciera, +manifestó disgusto. + +—Está bueno. Pues me la he dejado en casa... Pero no importa. +Escríbame usted la contestación, que es sencillísima... del tenor +siguiente: «Serenísima señora duquesa de Berry. Señora: Tengo el gusto +de manifestar a Vuestra Alteza que, obediente a sus ruegos..., que +son órdenes para mí...». Ya usted comprende..., una fórmula de gran +respeto..., «que obediente..., y tal..., me he apresurado a complacer, +y tal, a Vuestra Alteza Serenísima en la petición con que se ha dignado +honrarme..., y tal...». Nada más... Ah, sí... «Debo manifestar a +Vuestra Alteza Serenísima que el joven...». No, nada de joven... «Que +la persona..., y tal, que se digna recomendarme es...». No, no... «He +tomado informes, y puedo asegurar a Vuestra Alteza que el sujeto, +etcétera..., es digno de la protección de persona tan elevada...». Así, +poco más o menos. Vea usted cómo sale del paso. Puede tomar nota. + +—No necesito tomar nota. Recuerdo perfectamente las indicaciones de +Vuecencia. + +—Mejor. Así me gustan a mí los hombres, vivos de memoria... Pues +escríbame la carta al momento y tráigamela para firmarla. + +Hizo Calpena la reverencia, se fue a su oficina y mesa, y tanteando +la difícil materia epistolar en un borrador, escribió la carta, +esmerándose en los trazos de su hermosa letra, y la llevó al ministro. +Este había pasado al salón próximo, donde tenía como unas veinte +visitas, y mientras Calpena esperaba, entró también su compañero, el +viejo de las antiparras, que por primera vez le dirigió la palabra en +forma afectuosa. + +—Ahora tiene para rato —dijo, refiriéndose al ministro—. Lo traen loco +con esto de las elecciones. Para cada puesto del Estamento hay setenta +candidatos... + +—Ya, ya... + +—¿Y usted, señor de Calpena, se presenta para procurador? + +—¡Yo! ¡Procurador yo! —exclamó Fernando con asombro, casi con miedo. + +—¿No? Pues yo no lo he inventado. En la casa se ha dicho..., y hasta me +parece que oí nombrar la provincia... + +—Creo que está usted equivocado... + +—Podrá ser... ¡Pero cuando lo dicen por algo será! Vea el señor Calpena +cómo de mí no se dice nada. + +—¿Qué sueldo tiene usted? + +—¿Yo? Diez mil, y para eso llevo veintidós años en el ramo. He pasado +por catorce intendencias, he sufrido siete cesantías, y todas las +trifulcas que hemos tenido aquí desde el año 14 me han cogido de medio +a medio. En una me dejaron cojo los liberales, en otra me abrieron la +cabeza los realistas, en esta me apalearon los exaltados, en aquella +me despojaron los apostólicos de todo cuanto tenía. Vive uno por +casualidad en esta tierra, y, sin embargo, la quiere uno..., pues, como +se quiere a una mala madre... Yo soy gaditano, o lo que es lo mismo, de +Chiclana, y por tener algún parentesco lejano con los Méndez y amistad +con los Bertrán de Lis, no me ve usted pidiendo limosna. Soy muy corto. +Aquí solo hacen carrera los parlanchines, y yo, aunque andaluz, me +callo muy buenas cosas y no tengo el despotrique que ahora se usa. +Sea usted bullanguero, piense como un topo y charle como una cotorra, +y verá cómo se le abren todos los caminos... Lo mejor es que siempre +será lo mismo, y no veo yo mejores días para la España. Este grande +hombre, que ha venido como el Mesías, trae mucha sal en la mollera, y +el firme propósito de hacer aquí una regeneración..., vamos, para que +nos envidien todas las naciones. Pues verá usted cómo no hace nada. +¿Por qué? Porque no le dejan... Ya le están armando la zancadilla. Crea +usted que antes que tenga tiempo de cumplir lo que ha ofrecido, se le +meriendan... Ya empiezan a decir si en Palacio gusta o no gusta. Y es +la de siempre: Palacio... + +En este punto entró Mendizábal acompañado de un sujeto con quien +hablaba vivamente y en tono áspero. + +—Esto no puede ser... Yo he dicho a todos los subdelegados que dejen +votar libremente, y que no intervengan en las elecciones. Claro es que +siempre tiene el gobierno la influencia moral. Pero en Cádiz no puedo +hacer nada. Galiano y el amigo Istúriz son los que manejan el tinglado +de la elección. Por cierto que Istúriz quiere traer algunos que no +conoce nadie. ¿Quién es ese Luis González? + +—Es un chico muy despierto, buen periodista, orador fogoso. No creo que +salga por esta vez. + +—Pues si en Cádiz no logra usted meter a su patrocinado, intente algo +en Sevilla. Pero tampoco podrá ser. Ya tengo noticia de los candidatos +probables... No les conozco. Hablan con gran encomio de un tal +Cortina... Y ese Pacheco, ¿quién es? + +—Un escritor notabilísimo: le tengo en mi periódico. + +—Bueno, bueno. Tráiganme gente de mérito, segura en sus principios, +y que no se asuste de la libertad... Pues decía que procure usted +entenderse con los sevillanos. Yo no puedo hacer nada, amigo mío, +absolutamente nada. + +—Mi patrocinado es aquel joven que usted mismo ha elogiado con tanta +justicia, por su actividad, por su inteligencia en la secretaría de +Marina. + +—Montes de Oca, sí..., excelente sujeto. Tendría yo mucho gusto en +traerle al Estamento... Pero no soy yo quien elige: es el pueblo. Vea +usted a los gaditanos; entiéndase con Istúriz, que, por lo visto, no se +para en barras, y... + +Una mirada que dirigió el ministro a los dos empleados de su secretaría +particular bastó para que estos se retirasen. + +—¿Quién es ese...? —preguntó Calpena a su compañero, a lo largo del +pasillo. + +—Este es Borrego... Andrés Borrego, el que escribe _El Español_. +Dejemos a estos compadres que manipulen a su gusto las nuevas Cortes, +y aguardemos aquí, charlando, a que don Juan nos llame. Como le decía +a usted..., ya le están minando el terreno a mi paisano; y aunque vale +mucho, no le salvarán su talento y buena intención, y si le salvaran, +creería yo en lo que no creo: en mi propio nombre. + +—¿Cómo se llama usted? + +—Me llamo Milagro —dijo el vejete sonriendo—, José del Milagro. Ya ve +usted si es alegórico mi apellido, pues verdaderamente no hay mayor +prodigio que vivir un hombre entre tantas desventuras, cesante cuando +no perseguido, y andando para atrás en mi carrera como los cangrejos, +pues yo empecé a servir con el señor Urquijo y el señor Cabarrús... +Vengo de Carlos IV, pasando por Pepe Botellas..., y en los tres +_llamados años_, llegué a tener catorce mil, gracias al señor Garelly. +A la muerte del rey, conseguí por el señor Seoane esta placita... Y +usted dirá que el mayor milagro mío es mantener, con tan poco sueldo, +mujer, suegra y cinco criaturas... Hay Providencia. Yo me defiendo con +las traducciones; traduciendo a destajo, visto y calzo a la familia. +Y ha de saber usted que entre tantos males, Dios me ha dado una hija +que es un ángel. Dieciséis años cumplirá el 14 de noviembre. Rafaela +se llama: me la sacó de pila mi amigo Rafael del Riego, hallándose de +guarnición en la Isla. Pues la he enseñado el francés, y me ayuda. +Como me estoy quedando ciego del mucho trabajar, ella sola, solita, se +ha traducido más de la mitad del _Buffon_... A más de esto, tengo el +recurso de llevar la correspondencia en algunas casas de comercio, y +principalmente en la de doña Jacoba... + +Este nombre hirió con súbito rayo la mente de Calpena, y pidiendo más +explicaciones, oyó de boca de Milagro las siguientes: + +—Doña Jacoba Zahón, que compra y vende piedras preciosas... Calle de +Milaneses... Yo le escribo las cartas y le pongo sus cuentas en orden... + +Campanillazo. Su Excelencia llamaba, y acudieron ambos presurosos. +Pidió las cartas escritas; sonrió; leyó detenidamente la de la duquesa +de Berry, y sin mirar a Calpena, le dijo: + +—Está muy bien. + +Después, abrumado de quehaceres, y no sabiendo a cuál acudir primero, +dio estas atropelladas órdenes: + +—Usted, Milagro, ponga una carta a Alcalá Galiano, citándole para +esta noche aquí... Y otra, lo mismo, a Saavedra (don Ángel). Usted, +Calpena, escriba una a la duquesa de Almodóvar, diciéndole que no puedo +ir a comer, y tráiganmelas para firmar... ¡Ah!, espere usted: otra a +sir George Williers, embajador de Inglaterra: Que mis ocupaciones no +me permitieron ir anoche a casa de Van Halen, como le prometí; que si +tiene esta noche libre, se venga por aquí a las once... Usted, Milagro, +en una carta breve, cíteme a Olózaga para las doce, y también a... No, +no, nadie más. + +En aquel momento anunció el portero: + +—El señor don Fernando Muñoz... + +—Que pase inmediatamente... + +Retiráronse los secretarios, y por el pasillo cuchicheaban: + +—Muñoz..., es la primera vez que viene aquí..., Muñoz..., _el marido +del Ama_... + + + + +XIII + + +Al quedarse solo, Mendizábal escribió una carta de cuatro pliegos a +Córdova, general en jefe del ejército del Norte. Con nerviosa mano, sin +cuidarse de la estructura gramatical, trazaba los conceptos, en algunos +puntos ampulosos, pedestres en otros, fiel imagen de su pensamiento, +que empezaba a ser desordenado y vacilante por el cansancio de la +tremenda lucha. Anhelaba mostrarse amigo del que en su mano tenía la +mayor fuerza existente en España, estar en su gracia, pues tomado el +pulso al país y a la raza, si mucho temía don Juan del paisanaje de +levita y chaqueta, más temía de la tropa... Aunque aplicar quiso toda +su atención a la escritura, no lo lograba: el pensamiento se dividía, +fluctuaba, y dejando a la pluma formular con incorrecta sintaxis los +conceptos epistolares, se escabullía por otros espacios. Trajo el +ministro a su imaginación la historia de los últimos años, desde el +14, y veía las trifulcas, los sangrientos y bárbaros motines, las +sediciones militares, siniestro brazo de la idea disolvente, ya se +llamase liberal, ya realista... Con estas imágenes se confundía en su +mente otra, que como un espectro familiar de continuo se le presentaba. +Era su promesa de terminar la guerra civil en seis meses. ¡Lucido +quedaría si no la cumplía; si el ejército cristino, reforzado pronto +con los cien mil hombres de la quinta, no lograba sofocar la facción +y restablecer la anhelada paz! Su ensueño era Córdova, el caudillo +denodado y caballeresco, y en medio de aquel trajín electoral, anuncio +de las trapisondas parlamentarias y políticas que habían de sobrevenir +con la apertura de los Estamentos, volvía don Juan Álvarez sus +inquietos ojos al Norte, mirando a lo que era su temor y su esperanza. +Si el general no le ayudaba, su empresa de salvación nacional fallaría +sin remedio. Y para que Córdova coadyuvase a la gran obra, era preciso +que venciera, o por lo menos que con rudos achuchones quebrantase a +los carlistas; y para esto era indispensable enviarle recursos en +hombres y dinero. La carta, en su difuso estilo, plagada de noticias de +acá y de allá, de referencias diplomáticas y de rumores de intrigas, +vino a parar en positivas promesas. «Dentro de quince días le mandare +a usted millón y medio. El mes próximo podré mandarle otro tanto, y +si puedo más, más». Hablábale de remesas de vestuario y calzado, de +arreglo de hospitales. Exponía también planes estratégicos que a él se +le ocurrían. «Respetando su iniciativa, le diré que si usted lograra +ocupar el Baztán con quince mil hombres, podría atacar a los facciosos +por retaguardia... Eso usted verá...». + +Concluía ofreciendo remesarle nueve millones antes de tres meses, y +manifestaba viva intranquilidad por la lentitud de las operaciones. +Aplicando a todo su febril genio de travesura y arbitrismo, habría +querido que Córdova moviese en tres días su grande ejército, que +desalojase a los carlistas de sus formidables posiciones, que los +arrollase, que los deshiciese, dispersando a unos, matando a los más, +y cogiendo prisionero a don Carlos con toda su trashumante corte. ¡Qué +hermoso sería esto, y con cuánto desahogo podría dedicarse entonces +el Presidente a la reforma del país, que era su ilusión, su sueño!... +Pero, ¡ay!, al llegar a este punto, cruelísima duda le asaltaba. Si +Córdova obtenía una victoria rápida y decisiva, cortándole de una vez +a la hidra todas sus patas y aplastándole la cabeza, Córdova y no otro +había de emprender y realizar la salvación de la infeliz patria. Buen +tonto sería, juzgando el caso con el criterio genuinamente español, si +siendo él el vencedor guerrero, dejaba a otro la gloria de la campaña +política. Lógico era, no obstante, que el militar allanara el camino, +y que el civil marchase por él desembarazadamente hacia la victoria +política y social. Pero aunque poco ducho aún en artes de gobierno, don +Juan de Dios conocía la historia, más por lo que había visto que por lo +que había leído, y no ignoraba que, en nuestra tierra de garbanzos y +pronunciamientos, el guerrero victorioso es el único salvador posible +en todos los órdenes. + +Terminada la carta, vagó su mente en aquel meditar triste. ¿Quién +salva, quién no salva? ¿Sería un error suyo gravísimo haberse creído +capaz de fundar una nación grande y rica sobre las ruinas de las +facciones deshechas y de las banderías sojuzgadas? De Londres había +salido con esta ilusión; con ella entró en Madrid. Sus entrevistas +con la reina gobernadora la confirmaron. El entusiasmo patriótico, la +fe en sí mismo y en la eficacia de sus manejos se avivaron cuando Su +Majestad le encargó del tejemaneje gubernamental. Ya tenía la máquina +en su mano. Ya era dueño de sus iniciativas. ¿No podría desarrollar +libremente sus ideas, aplicar su voluntad potente a la grande obra? + +Las cosas, y más que las cosas las personas, enfriaron su entusiasmo al +mes de gobierno. Cierto que le ayudaba la opinión vocinglera; pero las +principales figuras políticas no hacían nada en su favor. Los adictos +de fila pedían destinos y actas, y esperaban que el jefe lo diera todo +hecho. Los contrarios aparentaban una calma prudente, tras de la cual +don Juan de Dios creía sentir el sordo roer de las conspiraciones. Aún +no había perdido la confianza en sí mismo; seguía creyendo en su papel +providencial; pero ya le anunciaba el corazón que la empresa no era +coser y cantar, y que tendría que tragar mucha quina antes de rematarla +dignamente. + +Conferenció con Galiano, a la hora convenida, sobre asuntos +electorales; con Saavedra, sobre la probable benevolencia de los +moderados Toreno y Martínez de la Rosa; con Olózaga, para ver de +que las sociedades secretas hiciesen entender a las juntas que +había llegado la hora de poner fin a la bullanga, pues en _Palacio_ +comenzaban los infalibles síntomas de desconfianza y miedo. De esto +le había hablado aquella misma tarde don Fernando Muñoz, dándole una +prueba de verdadero aprecio. Y, francamente, no había que esperar +ninguna ventaja política, mientras no se diese a toda la gente de +allá, real o morganática, una plácida confianza y un sueño tranquilo. +Con Williers habló de asuntos diplomáticos y de eso que tiempo ha +viene siendo la constante pesadilla de los pueblos débiles: _la +actitud de Inglaterra_. Mendizábal era muy afecto al leopardo, y +esperaba un apoyo más positivo que el de la prometida legión. El +astuto representante de la Gran Bretaña repitió a nuestro ministro +sus recomendaciones de siempre: refrenar la anarquía, no temer la +libertad practicada dentro de las leyes, poner en funciones regulares +el Parlamento, acudir a la guerra con toda clase de recursos, y trazar +las grandes líneas del porvenir efectuando la venta inmediata de toda +la propiedad territorial de las órdenes religiosas. + +Cerca de la una, Mendizábal se quedó solo; mas no se resolvió a +retirarse a su casa, porque el aposento ministerial le retenía, le +agasajaba; temía dejarse allí las ideas si se iba, y con sus ideas +la ilusión risueña y querida de salvar al país y hacerlo dichoso. No +menos de media hora estuvo paseándose de un ángulo a otro, a la luz ya +mortecina de los quinqués, entre los retratos de personas reales o de +eminencias políticas: la reina Amelia, clorótica y triste; Fernando, +sanguíneo y echando a borbotones la perfidia por sus ojos de fuego, +el sarcasmo por su belfo labio..., más allá, personajes de peluca que +habían gobernado la Hacienda y la Marina: Patiño, Ensenada; en un +ángulo Riperdá, con su risa ladina; en otro Macanaz, con su hermosa +cabeza poblada de ricitos. + +Cansado de pasearse, Mendizábal sacó de su pupitre varios papeles, +cartas que aún no había leído, de esas cuyo escaso interés se adivina +por el sobrescrito, y que se dejan sin abrir por no desperdigar la +atención; otras de letra bien conocida, que, positivamente, no eran +de asuntos ministeriales, más bien pretensiones ridículas, jaquecas, +extravagancias, anónimos quizás, llenos de injurias repugnantes, o +denunciando algún proyecto terrorífico de las logias masónicas. + +Era hombre don Juan que a lo mejor transportaba toda su atención de +lo grave a lo menudo, como espíritu aventurero que gozara en suponer +la existencia de cosas grandes, escondidas de un modo carnavalesco +detrás de cualquier insignificancia. Su imaginación le llevaba a la +puerilidad. Creía fácilmente en las posibles emergencias de sucesos +importantísimos, efecto enorme engendrado por la menor cantidad posible +de causa. No estaba exento su espíritu de superstición: esperaba +bienes repentinos, no anunciados por la lógica; temía desventuras +abrumadoras, caídas como el rayo, sin el antecedente natural de errores +determinantes. + +En aquella hora de calma y soledad, aplicando a los objetos secundarios +más bien la curiosidad que la atención, fijose primero don Juan en una +cuenta de zapatero; después pasó la vista por un plan en que anónimo +arbitrista ofrecía saldar toda la Deuda de España con una simple +combinación de cifras; leyó en seguida una carta procedente de Londres, +escrita en español de colegio inglés. En la primera carilla, una mano +trémula había trazado quejas melancólicas, reproches agridulces; en +la segunda, se lamentaba de un olvido semejante, de abandono; en +la tercera, formulaba con indecisa escritura una protesta de firme +constancia a prueba de desdenes, y en la última, pedía dinero. En la +postdata suplicaba se le mandase inmediatameate orden contra la casa +_Tal_... Esta epístola y los documentos anteriores fueron a parar, en +pedazos, a la cesta de los papeles inútiles. Cogió luego otra carta, +cuyo sobrescrito era un puro adefesio, y abierta, leyó con no poca +dificultad: + + «Señor don Juan excelentísimo: Por encargo de la señora doña Jacoba + Zahón, que permanece enferma en cama, le digo cómo la ropa de la + niña importa mil setecientos y veintidós reales efectivos, que + hará el favor de remitir a la mayor brevedad, para atender a las + urgencias. Pues ha de saber que se debe lo del maestro de piano y + baile viceversa, con lo demás que había pendiente del coste del mes + pasado inclusive, y son por junto naturalmente trescientos y doce + reales netos, con lo de medicinas trescientos ochenta y ocho. Doña + Jacoba espera le suministre pronto la suma total de los expresados + líquidos reales de vellón, como débitos naturales, y me encarga + conjuntamente le diga que le besa las manos, y que tendrá el honor de + visitarle en cuanto se alivie de sus reumas achacosos. Dios guarde a + usted, excelentísimo, años muchos, y mande a su servidor, que lo es — + Cayetano Lopresti». + +Suspirando fuerte, señal inequívoca de lo desagradable del asunto, +cogió la pizarrita en que anotar solía las obligaciones perentorias +del día siguiente, ya fuesen políticas, ya del orden familiar y +privado. Media pizarra estaba escrita ya con diversos recordatorios de +varia importancia: «Circular intendencias... Ver Argüelles, proyecto +electoral... Recuento de frailes... Relaciones de monjas... Escribir +duque de Broglie...». Con mano enérgica, fruncido el ceño, apuntó +debajo: «Asunto Negretti... _Din. jor._ (que quería decir: mandar +dinero a la jorobada)». + +Guardó unos papeles en las gavetas; recogió otros, metiéndoselos en +el bolsillo; tiró de la campanilla. El sonido lejano de esta produjo +la aparición de un portero que surgió de entre los pliegues de la +cortina. «Mi capa..., el coche», dijo Su Excelencia dando pataditas en +la alfombra, que aún era de verano. Se le habían enfriado los pies, +calzados con zapatito mujeril. + +Y con esto se fue Mendizábal a su casa de la calle de san Miguel. +Durmió mal. Volteaba el cuerpo entre las sábanas, y en su cerebro +enardecido por el trabajo se torcían las ideas y se enlazaban como +queriendo formar una trenza: «Ley electoral... ¡Pobre Negretti!... +La guerra... ¡Pero esa niña, esa fastidiosa niña..., esa guerra, esa +maldita guerra!...». + + + + +XIV + + +También el bueno de Calpena durmió mal, a causa de los sobresaltos +de su amor propio, que aquella noche, al volver da la oficina, había +sufrido nuevos golpes. La última carta de la _mano oculta_ revelaba +un espionaje fastidiosísimo. Era en verdad humillante no poder dar +paso alguno de que no tuviera conocimiento la persona que le protegía. +Cierto que agradecía la protección; pero habríala estimado más si no +significara para él la pérdida de toda libertad. Al día siguiente, +el anónimo corresponsal mostró detallado conocimiento de cuanto al +señorito le había ocurrido en la oficina: le reprendió por la compañía +del tísico Serrano; le incitaba a frecuentar menos los cafés y más la +sociedad, pues en aquellos adquiriría hábitos de grosería y desparpajo, +y aprendería en esta la finura y distinción de un perfecto caballero. + +—Hijo mío —decíale don Pedro, resueltamente conforme con las opiniones +de la incógnita—, no te importe esa vigilancia que puede ser algo +molesta, pero que sin duda te apartará de muchos peligros. Frecuenta +la sociedad, pues ya tienes relaciones que te introduzcan en casas +decentes, donde hallarás exquisito trato, buen comer y placeres +honestos. En fin, te conviene _mejorar el terreno_. Es la única manera +de irnos librando de este maldito romanticismo que pretende volvernos +locos. No desobedezcas a quien quiere llevarte a la regularidad, a la +buena escuela de tu padrino don Narciso. + +—Pues le diré a usted con franqueza, mi querido Hillo: la falta de +libertad que me resulta de esta subordinación cargantísima a un poder +misterioso, a un poder benéfico, lo reconozco, pero enteramente +inquisitorial, a estilo veneciano, produce en mí un vivo anhelo de +evadirme de tan enojosa tutela. No sabe usted cuánto deseo hacer algo +que resulte ignorado por mi anónimo gobernante. ¿Por ventura, el +servicio de policía que ha organizado para vigilarme ha de ser tan +perfecto que no pueda yo burlarlo, siquiera para probar la habilidad +con que lo burlo? En la oficina hay ojos que me observan; aquí, en +casa, no digamos; en la calle, en el café, en los teatros, en las casas +que visito, ya sabe usted lo que pasa. No respiro sin que _allí lo +sepan_. Pues yo quisiera respirar a mis anchas, y decir: «Te fastidias, +que no lo sabes». + +En el curso de octubre fue introducido el venturoso macebo por Mesonero +Romanos en casa del médico Rivas, padre de tres niñas preciosas, muy +saladas: Marianita, Mariquita y Juanita, conocidas en el mundo poético +por _Laura, Silvia_ y _Rosaura_, con que las designaban sus novios o +pretendientes (en aquel tiempo se solían llamar _amantes_), que eran +poetas de lo más granadito entonces. Las chicas, eso sí, descollaban +por su picante belleza, así como por su ingenio; una de ellas también +versificaba, otra pintaba, y las tres hacían en el canto y baile +angélicos primores. + +Recibido en palmitas fue Calpena en la casa del ilustre médico, y a +la segunda noche echó de ver que la mayor de las niñas le gustaba +extraordinariamente. A la noche tercera hubo de entender que era +correspondido: a las miradas flamígeras siguió el tiroteo de +florecillas verbales, y alguna breve y ardorosa promesa. Al fin de la +semana, ya corría de sala en sala la opinión de que eran novios. Pero, +¡ay!, el domingo recibió Calpena la carta anónima con el siguiente +réspice: + + «Niño, me desagradan lo que no puedes figurarte tus revoloteos con + la chica mayor del cirujano Rivas. Simple, ¿en qué estás pensando? + ¿Sabes que haces un papel ridículo? Si estás ciego, caiga de tus ojos + la venda. No digo que Silvia y sus hermanas no sean honestas: lo son. + Pero ya en el nido de sus tiernos corazones ha batido sus alitas otro + amor...». + +—¡Oh, qué figura tan linda! En el nido de sus tiernos... Adelante. +Sigue leyendo. + +Y Calpena, dándose a los demonios, continuaba la lectura: + + «Las tres tienen sus adoradores. Mesonero es el zagal de la tercera + pastorcita, la linda Rosaura. En los altares de la segunda, Silvia + bella, quema el incienso de su inspiración socarrona Bretón de los + Herreros. Y, por último, escucha y tiembla... Ventura de la Vega, tu + amigo, ese que te recita sus versos en el café para que convides a + toda la partida, es el dichoso amante de Laura; la misma noche que + os cantó la niña el aria de _Elisabeth_, del maestro Caraffa, quedó + concertado entre Ventura y los padres encender pronto la antorcha de + Himeneo... Conque ya ves...». + +—¡Qué elegancia de estilo: _encender la antorcha_!... + +Concluía la carta con observaciones de otro orden, y la noticia de que +ya se habían dado los pasos para redimirle de la quinta de cien mil +hombres, mediante el pago de cuatro mil reales. En la del siguiente +día se le ordenaba que no volviese a la tertulia del cirujano; que no +pensara más en la bella Laura, y que procurase meter la cabeza, pues +relaciones iba ganando para ello, en casas de más categoría, en los +dorados salones aristocráticos. + + «Mira, tontín: Roca de Togores, que es un chico muy introducido, + puede llevarte a casa de Campo-Alange, y el almibarado Clemencín + (llamémosle don Agapito) a casa de Castro-Terreño». + +—Ya ves —decía Hillo cayéndosele la baba— con qué seguro dedo te +marca tus altos destinos. Pero, tontín, digo yo ahora, ¿cómo has +podido figurarte que te íbamos a permitir entroncar con la hija de +un cirujano? ¡Don Fernando Calpena unido en desigual coyunda con una +simple Laura, sin más títulos que los ovillejos que le endilgan poetas +chirles!... No, hijo, tú no puedes _encender la antorcha_ sino con +damas de otro cuño; y aunque pienso que no habrá en Madrid las hijas +de duques o archiduques que te corresponden, sigue por de pronto el +consejo que te da quien darlo puede, y mete la cabeza en las áureas +viviendas de los Abrantes y Veraguas, de los Oñates y Medinacelis. + +Refunfuñando, Fernandito concluía por someterse a todo, y a fines de +octubre le introdujo un amigo (no se sabe fijamente si fue Ros de +Olano o Miguel de los Santos Álvarez) en las casas de Almodóvar y de +Campo-Alange. En la primera de estas mansiones conoció a una beldad +fría y correcta, hija de un aristócrata, que era al propio tiempo +general poco afortunado, la cual cautivaba a cuantos la veían, no solo +por su marmórea belleza, exenta, eso sí, de toda gracia, sino por su +ingenio. Educada en Francia, se traía lecturas varias y admiración muy +redicha por Chateaubriand, De Jouy y otros coetáneos, siendo también +algo versada en Racine, Marmontel y Madama Genlis. + +Con ella platicaba Calpena: notaba este que su conversación y figura +eran del agrado de la marmórea, de lo cual vino que él también se +sintiese cautivado por la linda estatua, y aun que se lo hiciese +comprender en delicadas perífrasis. La _oculta mano_ escribió: + + «Bien, bien, caballerito: ese es el camino. Recomiendo, no obstante, + moderación, pausa, fino pulso, y no lanzarse con demasiados ímpetus + por un terreno que, a tus inexpertos ojos, parecerá llano, y no lo + es. En él hay asperezas y obstáculos enormes, que tú no ves, pobre + niño. Habrás notado que nuestra sociedad es la más democrática + del mundo, y que en las casas más linajudas no se niega el pase a + ninguna persona bien vestida. Para recibirle y agasajarle, a nadie + se le pregunta quién es, ni de dónde viene, ni a donde va. Yo creo + que tanta franqueza no conduce a nada bueno. Por más que solo sea + aparente, esa igualdad significa que nuestra aristocracia pierde + el sentido de su misión y no sabe conservar el orgullo castizo, el + cual sería un baluarte contra las confusiones que se anuncian, y que + traerán un desquiciamiento social. Perdona mi pedantería». + +—¡Por san Cucufate!, no es pedantería —exclamó don Pedro palmoteando—, +sino profundísima filosofía de la historia. Sigue. + + «Esa igualdad es un mal síntoma, y nada más por ahora; una forma + de cortesía tolerante... En el fondo, en los hechos, no hay tal + igualdad. Por eso, al notar muchos que te aproximas a la marmórea, + empiezan a preguntar: _ese Calpena_, ¿quién es? ¿De dónde ha salido + este barbilindo?... Y ya verás, ya verás cómo empiezan pronto los + desdenes, las envidias... Para que nada de esto ocurriese y tus + caminos fuesen llanos, sería preciso que en aquella misma esfera + hubiese personas que evidentemente te protegieran, que respondiendo + de ti, dijesen a quien deben decirlo: _ese pobrete_ es digno de + la niña, y cuando sea preciso demostrarlo se demostrará. Si ahora + te digo que la estatua erudita, lectora de Chateaubriand y aun de + Destut-Tracy, heredará tres millones y medio, no lo hago porque veas + en la riqueza un incentivo a tu inclinación, no. _Ese don Nadie_ no + busca un enlace de conveniencia, ni necesita los millones ajenos, + porque es de los que, por su gran mérito, pueden permitirse la + libertad de ser pobres». + +—¡María Santísima, qué frase!... Adelante. + + «De ser pobres... Te hablo de la presunta riqueza de la niña de + mármol, para que sepas que tu marcha por ese camino ha de ser muy + disputada. Pero no te acobardes. Sobre que tú no sabes si tendrás aún + medios de apedrear con doblones a los que ahora hablan de tu nulidad + y pobreza, sigue adelante, y no veas en la preciosa damisela más que + su educación cristiana, la hidalguía de su familia y de su nombre, + su honestidad, su talento instruidito, sus condiciones, en fin, de + grandísimo precio, y las virtudes y méritos de sus padres, pues + aunque el pobre general nunca ha sabido mandar cuatro soldados, eso + no quita para que sea excelente persona, muy atenta a sus intereses; + y en cuanto a su madre, bien sabes que no hay en Madrid quien la + aventaje en nobleza y virtudes... No escribo más. Me duele la cabeza. + ¿Pero qué importa si el espíritu está gozoso?». + +Mucho dio que pensar a Calpena el contenido de esta carta, y tanto se +entusiasmó don Pedro oyéndola leer, que casi casi se le saltaron las +lágrimas. + +—¿Ves, ves —le dijo— cómo yo tenía razón? Y que ha de ser una mujer de +inaudito mérito esa marmórea chica. ¡Vaya que leer a Destut-Tracy!... +¡Y qué guapa será!... Hombre de Dios, un día iremos de paseo al +Prado, a ver si la encontramos para que me la enseñes. Ya me figuro +su belleza, su dignidad, su mirar grave, como de la diosa Minerva, +su andar majestuoso. Bien, hijo, bien. Ese es el camino, ese... Y ya +sabes, dejaré de ser tu amigo y mentor... si... Ya sabes mi tema: hay +que _rematar la suerte_. + +En tanto, Calpena continuaba prestando su servicio de secretario +particular del primer ministro, muy a gusto de este, al parecer, +pues cada día le fiaba epístolas de mayor delicadeza, aun aquellas +que contenían algún secretillo político, o en que desahogaba en la +confianza de un buen amigo el recelo que en él iban despertando las +dificultades de su magna empresa. + +Por aquellos días, ya no iba Fernandito a los cafés, y esquivaba todo +lo posible la sociedad del tísico Serrano, cuyo pesimismo había llegado +a serle odioso. Dos veces fueron juntos al teatro. Dábale Serrano los +nombres de todas las personas que en palcos y butacas veían, sin que +de esto pudiese sacar ninguna luz el aburrido joven. Y como a cada +nombre que el tísico decía, agregaba comentarios injuriosos, pues para +él no había mujer honrada, ni madre que no vendiese a sus hijas, ni +esposa que no imitara la conducta aleve de la señora de Oliván, Calpena +no quiso más tal compañía, ni aquella erudición tan mentirosa como +terrible. + +Con Milagro, su compañero de secretaría, sí que hizo buenas migas +Calpena, y en los cortos ratos libres platicaban de política o +literatura contemporánea, que el viejo conocía medianamente, o bien +de cosas familiares y domésticas. Todo franqueza y espontaneidad +comunicativa, Milagro contaba los refunfuños y genialidades de +su mujer, las bataholas de sus chiquillos menores, y las gracias +habilidosas de sus dos niñas. + +—Es ridículo —decía— que a una persona como usted, introducida en la +mejor sociedad, le invite yo a venir a pasar un rato en mi humilde +casa, donde todo es pobreza..., también alegría, eso sí... Pero yo +creo que habría de gustarle oír tocar el arpa a mi hija María Luisa, +discípula de Fagoaga, gran discípula, para que usted lo sepa..., y +el instrumento es de lo mejor que ha fabricado don Tiburcio Martín, +plazuela de Matute... Ni le desagradaría a usted echar un parrafito +con mi hija segunda, Rafaela, que sabe francés y me ayuda a traducir +_Mujeres célebres_. Lee todo lo que cae en sus manos, y ahora está +agarrada noche y día a la de Madama Staël... Y en casa puede usted ver +a una notabilidad, un chico poeta de mi pueblo, Chiclana, que aunque +soldado de la última quinta, hace versos como los ángeles; solo que +es tan corto de genio y tan para poco, que cuesta Dios y ayuda hacerle +leer lo que escribe. Se llama Antonio Gutiérrez, y ha compuesto un +dramita que titula _El Trovador_ o cosa así, y en casa nos ha parecido +tan bueno que yo mismo se lo he llevado a Guzmán para que lo lea, a ver +si a él o a Carlos Latorre les da la ventolera de representarlo. Otro +chicarrón va por allí, Pepe Díaz, que también hipa por la poesía y el +teatro. No les falta más que apoyo, protección, y aquí, ya se sabe, no +la hay más que para los necios enfatuados. Yo les digo: «Hijos míos, no +os acobardéis, que a falta de otros protectores, aquí me tenéis a mí... +¡Milagro será que no os saque adelante Milagro!... Je, je...». + +Cortés y agradecido Calpena, declaró que con mucho gusto aceptaría +la invitación, visitándole una de las noches que tuviera libres. Al +mismo tiempo recordó el conocimiento de Milagro con doña Jacoba Zahón, +añadiendo que para esta señora había traído de Francia un encargo que +aún se hallaba en su poder. Por voluntad expresa del remitente, no lo +entregaría más que a la misma persona a quien venía destinado, y esta +debía presentarse a recogerlo. + +—Seguramente —dijo Milagro— es una caja de pedrerías... ¿Por qué se +asombra usted? La Zahón comercia en diamantes y perlas. La casa es muy +conocida: _Zahón y Negretti_, calle de Milaneses. Hoy, por muerte de +Zahón, se ha quedado al frente la viuda, para quien algunas noches +trabajo, escribiéndole la correspondencia y poniéndole las cuentas en +orden. + +—No puede ser caja de piedras preciosas lo que traje y aún conservo +—observó Calpena—, pues no habían de tardar tanto en recoger cosa de +valor grande. ¿Acaso comercia esa señora en pedrería falsa? + +—No, señor... Todo lo que compra y vende es de la mejor ley. Si no ha +pasado doña Jacoba a recoger su encargo, será porque ha estado enferma, +o porque no tiene noticia exacta de la persona que lo ha traído. + +—Debe de tenerla, porque al día siguiente de mi llegada, escribí a +Olorón dando cuenta de mi domicilio. Por cierto que me dijeron que esa +señora es jorobada. + +—Cargadita de espaldas... Yo le hablaré del caso, y nos iremos a su +casa si ella no puede salir. Verá usted una mujer lista y estrafalaria, +genio desigual, mañas de urraca, agudezas de lince, toda uñas, toda +desconfianza... + +—Pues yo había creído que el paquete que traigo es de cartas o papeles +políticos. Dígame usted... aquí en confianza, ¿esa señora conspira? + +—¡Conspirar la Zahón...! —dijo Milagro perplejo—. No..., que yo sepa, +no... ¡Conspirar...! Para la Zahón no nay más política que ganar +dinero, engañar a quien puede, y despojar a los infelices que caen en +sus garras. + +—Ello será como usted lo dice; pero yo puedo asegurarle que un +compañero mío de hospedaje, que anda en las logias de la casa de Tepa, +supo, a los pocos días de mi llegada a Madrid, que yo había traído ese +encargo, y tanto él como sus amigos López y Caballero creían, y así me +lo dijeron, que el paquete era de papeles políticos y venía destinado +al eterno conspirador don Eugenio Aviraneta. + +—Observe usted, amigo Calpena, que los patriotas, de tanto andar al +oscuro en logias y _sublimes talleres_ soterráneos, ven visiones, y +como la policía de aquí vive también palpando tinieblas, entre unos y +otros le arman a usted unos enredos que le vuelven loco. El año del +fusilamiento de Torrijos vine yo de Sevilla a Madrid en galera, y no +acelerada, con mi familia, pasando los mayores trabajos que usted +puede imaginar. Diéronme allí un encargo para la señora de don Vicente +González Arnao, el amigo de Moratín, la cual era muy obesa y padecía +de estreñimiento. Por esto comprenderá usted que el encargo era una +lavativa, gran pieza, modelo recién enviado de Inglaterra. Pues no +puede usted figurarse la que se armó con el dichoso instrumento, en +cuanto me lo descubrieron los de la policía. No le digo a usted más +sino que me costó la broma cuatro meses de cárcel, y mi mujer y mis +hijos no se murieron de hambre porque les recogió un pariente de +Bertrán de Lis... + +—¿Y la señora de Arnao...? + +—Reventó..., naturalmente... Su muerte debió ser un nuevo cargo para +la Superintendencia de Policía, como verdadero asesinato... político. + +Campanillazo... Acudió Milagro presuroso al llamamiento del señor +ministro. + + + + +XV + + +A los pocos momentos de quedarse solo Calpena en el despacho, entró +Iglesias por la puerta interior, que comunicaba con la secretaría. + +—En nombrando al ruin de Roma... No hace diez minutos, querido +Nicomedes, que le recordábamos a usted. + +—No sería para hablar mal. + +—De ningún modo. Al contrario... + +—Hace un siglo que no nos vemos, amigo Calpena. Ayer y hoy no he comido +en casa. Tenemos usted y yo las horas encontradas, y lo siento, porque +en estas circunstancias me conviene verle a usted con frecuencia. Por +eso he venido. + +—Estoy a sus órdenes. + +—Ya sé —dijo Nicomedes dejando sobre la mesa su sombrero, que era de +última moda, cilindrico, enorme, un soberbio tubo de chimenea con alas +planas—, ya sé que el Presidente le quiere a usted mucho... Eso se +llama caer de pie. Usted es de los que se lo encuentran todo hecho. +Bien haya quien tiene el padre alcalde... Pues yo, contando con su +amabilidad, venía... + +—Siéntese el buen Iglesias, y dígame en qué puedo servirle. + +Sentose Nicomedes, y pasándose la mano por las melenas, que eran largas +y copudas, parecía inquieto, caviloso, extenuado por el insomnio y las +ansiedades de la ambición. + +—Quisiera que el simpático Calpena, sin faltar lo más mínimo a la +reserva que le impone su cargo en la secretaría particular..., +¡cuidado, que no trato de poner a prueba su discreción...!, pues +quisiera que usted me dijese si ha escrito a don Juan Álvarez en favor +mío... + +—¿Quién? Supongo que será recomendación para las elecciones. + +—Justo. Pues se comprometió a escribir al Presidente, recomendándome +con toda eficacia, imponiéndome más bien, quien menos puede usted +figurarse. + +—¿Caballero, Trueba y Cossío? + +—Esos son amigos míos, y bastante tienen con manipular su elección, +el uno en Cuenca, el otro en Santander. A mí me habían prometido +incluirme en la candidatura de Murcia. Quiroga me aseguró que allí me +votarían hasta las piedras. Luego resulta que no las piedras, sino los +electores, votan a Escalante. Al fin, me refugié en Villafranca del +Bierzo, donde tengo algunos elementos. + +—Por ese lado, Argüelles influye, también don Martín... + +—No cuento con esos... Ofreció apoyarme..., vuelvo a decirlo, quien +menos puede usted sospechar... En este juego de la política, los +extremos se tocan. Pues me apadrina don Francisco Martínez de la Rosa, +es decir, prometió hacerlo... en virtud de concesiones mutuas que +acordamos en Tepa, interviniendo por los moderados Ramón Narváez; por +nosotros, mi amigo Palarea. + +—Ya..., comprendo... Y usted quiere saber si Martínez de la Rosa ha +escrito... Lo ignoro: si algo supiera se lo diría, pues en ello no veo +deslealtad. Por mi mano no ha pasado carta de don Francisco; y si don +Juan la ha recibido, habrala contestado por sí propio. + +—¿Y su compañero de usted, ese viejo cegato...? + +—No sé nada. Es hombre muy reservado. + +—Bueno: desde ayer sospecho que esos malditos _anilleros_ nos engañan. +Siempre han sido lo mismo. Cuando están fuera del poder, nos buscan, +nos agasajan, se arriman a la _exaltación_... Otra cosa: ¿No recuerda +usted si, entre las recomendaciones de candidatos que hace diariamente +este buen señor a don Martín de los Heros, ha ido mi nombre? + +—Tampoco lo recuerdo. + +—Voy creyendo que Heros me engaña también. No puede esperarse otra cosa +de quien no tiene iniciativa ni criterio para nada. Tanto a él como a +Becerra les trata este señor como a criados. + +—Pues mire usted —indicó Calpena esforzándose en hacer memoria—, yo +tengo idea de haber visto el nombre de usted en alguna de las cartas +que me ha dado don Juan para contestarlas... + +—A ver si recuerda, hombre, a ver si recuerda... —dijo Iglesias +aproximando su silla para poder hablar en voz más queda—. ¿Sería en una +carta de don Fernando Muñoz?... + +—¿El marido de la reina? No..., don Fernando estuvo aquí una noche, y +habló con el Presidente, lo que no tiene nada de particular, y por eso +puedo decirlo. + +—¿Y no ha pasado por aquí una carta de don Juan Muñoz, padre jesuita, +hermano de don Fernando? Me consta que le suplicó se interesase en +favor mío la persona que le salvó la vida en el colegio de San Isidro +el día del degüello, en julio de 1834. + +—Tampoco he visto carta alguna de ese señor jesuita. + +—Pues no dudo que su hermano habrá dicho algo a Mendizábal. Sepa +usted que en Palacio, de tiempo en tiempo, echan una mirada a la +_exaltación_, y nos halagan para que no extrememos la guerra. +Decididamente hemos vuelto la espalda al señor _Dracón_, que no nos +sirve para nada. Ya sabe usted que en el actual momento histórico doña +Carlota y su hermana están a matar. + +—No sabía... La verdad, me fijo poco en intrigas palatinas. Creo que +mucho de lo que se cuenta es falso, embustes fraguados a gusto del que +los pone en circulación. + +—Lo que digo es el evangelio. Están a matar... Nosotros hemos +abandonado a _la_ Carlota, y apoyando por el momento a Cristina, +trabajamos en el extranjero para evitar la protección que dan a don +Carlos los legitimistas y vendeanos. Mendizábal hace la misma política: +no me dirá usted que no escribe cartas a la hermana de estas señoras, +Carolina, duquesa de Berry. + +—Nada sé, amigo mío —declaró Calpena, comprendiendo al fin que debía +refugiarse en la discreción, y evitar revelaciones inconvenientes. + +—Pues bien: decidido a minar la tierra para ocupar el lugar que me +corresponde en el Estamento, y viéndome abandonado por algunos amigos, +vendido por otros, por ninguno apoyado resueltamente, he pegado un +brinco horroroso, solicitando el apoyo de un legitimista francés de +gran empuje, para que recabe de la duquesa de Berry una expresiva +recomendación... + +—Y ese legitimista es el señor conde de la Pommeraye, ayudante que fue +del duque de Angulema. Ha escrito a Mendizábal; pero no hace referencia +a la de Berry, y se limita a dar las gracias por el reconocimiento que +se le ha hecho de varias cruces concedidas el año 23, asunto que quedó +suspenso por error, o por olvido de ciertos trámites... + +—Me consta que a la de Berry debe el de la Pommeraye que le hayan +reconocido dos cruces pensionadas. Lo sé: es amigo de mi familia. Mi +tío Andrés le salvó la vida en el ataque y toma de Pasajes... Por lo +visto, usted no puede o no quiere darme ninguna luz. Cada día me afirmo +más en la idea de que todos me abandonan, de que nadie se interesa por +mí... ¡Y esto le pasa al hombre que ha consagrado toda su inteligencia, +su vida toda, a la idea revolucionaria, a la redención de este +pueblo!... ¡Mátese usted, reviéntese, padezca hambres y persecuciones +por la regeneración de un país, por ennoblecerle, por desasnarle, por +sacarle de las uñas de la feroz tiranía..., y cuando cree recibir el +premio de su servicio, cuando usted humildemente dice a ese país: +«Dame tu representación, dame tus poderes, pues quiero desgañitarme en +tu defensa», vese usted desatendido, menospreciado, tratado como un +loco!... ¡Oh, esto no puede ser, esto clama al cielo! + +Dio un porrazo en la mesa el iracundo Nicomedes, y se levantó, +irguiéndose con fiera majestad y sacudiendo la melena. Quiso calmarle +don Fernando con frases de esperanza: + +—No desmaye usted tan pronto. Si no es ahora, otra vez será. + +—Lo mismo me dijeron en las primeras Cortes del Estatuto... No, no he +nacido yo para vestir imágenes..., ni aun la imagen de la Libertad. No, +ya no espero nada... La culpa tiene quien se desvive por sus ideas, +olvidando que ha nacido en la tierra de la ingratitud... Créame usted, +los carlistas lo entienden. Van tras de su objeto espada en mano; +persiguen la realidad a sangre y fuego. Esos no se andan con remilgos, +ni fían su éxito a las amistades, ni a los hinchados discursos, ni +a recomendaciones impertinentes. ¡Hierro, y nada más que hierro!... +Mientras nosotros no hagamos lo mismo, no iremos a ninguna parte. + +Y cogiendo el enorme sombrero con tanta violencia, que a punto estuvo +de romperle el ala (¡lástima grande, pues lo había comprado aquel +día!), se lo encasquetó sobre la melena, diciendo: + +—Yo le aseguro a usted, querido Fernando, que me la pagan... ¡vaya si +me la pagan!... + +Despidiéndole en la puerta, tuvo Calpena una idea feliz: + +—¿Por qué no se decide usted a hablar con el propio Mendizábal? El +llanto sobre el difunto. Pídale usted audiencia ahora mismo. + +—Ya hemos hablado... Me recibirá muy atento. A buenas palabras no le +gana nadie. Pero todo se queda en agua de cerrajas... Déjele usted..., +déjele. Fracasará por no rodearse de los verdaderos patriotas... Morirá +a manos de los _santones_... ¡Que muera, que se hunda...! + +En aquel punto entró Milagro con un puñado de cartas, y preguntándole +Calpena si el Presidente estaba solo, dijo que en aquel momento +acababan de entrar don Agustín Argüelles y don Ramón de Calatrava. + +—Ahí tiene a todo el _santonismo_ —dijo Iglesias con sarcasmo—. Vienen +a tomarle medida del féretro... y a cortarle los pies bonitos para que +quepa... Es muy grandón don Juan Álvarez Mendizábal... Pero quizás lo +que le sobra no es por abajo, sino por arriba... Señores, conservarse. + +No pudieron entretenerse los dos amigos en conversaciones, porque +al punto se enfrascaron en el trabajo, que no era flojo aquel día. +Milagro dio a su compañero algunas cartas, indicándole el sentido de +la contestación, y al instante humilló su flácido rostro, paseando +la punta de la nariz sobre el papel, al propio tiempo que la pluma. +Contestó Calpena varias cartas de pura cortesía, de esas que no dicen +nada y formulan vagas promesas, con arreglo al patrón usual en las +secretarías familiares de los señores ministros. Toda la tarde se +la pasó el de Hacienda en conciliábulos con prohombres, en firmar +asuntos importantísimos de Deuda, de Aduanas, algunos nombramientos, +y en repasar el proyecto de discurso que había de leer la reina en la +próxima apertura de los Estamentos. A última hora llamó a Milagro. +Dejando a un lado la política y apartando de sí todo el papelorio que +delante tenía, se dispuso a despachar un asunto privado, que sin duda +le causaba inquietud y fastidio, a juzgar por el tono con que dijo a su +escribiente: + +—Otra vez esa pejiguera. Oiga, señor Milagro: mañana me hará usted el +mismo favor del mes pasado. + +—A las órdenes de Vuecencia. + +—Nada: que esa maldita jorobada, que Dios confunda, ha vuelto a pedirme +dinero. Y no tengo más remedio que mandárselo, aunque voy pensando que +hay en esto mucho de socaliña... ¡Pobre Negretti! Como usted la conoce +y trabaja en su casa, me hará el obsequio de llevarle esta cantidad que +me pide... Vea usted qué letra y qué estilo... Cuide de hacerle firmar +el recibo en la misma forma de la otra vez... «He recibido del señor +Tal..., testamentario del señor Negretti... la cantidad de tal, importe +de alimentos y demás de...». + +—Descuide Vuecencia... + +—Es un asunto que me desagrada, y en la posición que ahora ocupo, +francamente, no me convienen estos tratos, aunque, bien mirada, la +cosa es sencillísima, y nada tiene de particular... Usted, como buen +gaditano, conocería al pobre Negretti. + +—Sí, señor... Tratante en pedrerías y en metales preciosos. Si no +recuerdo mal, era corso. + +—No: hijo de padre corso. Oiría usted contar que en uno de sus viajes +a Inglaterra conoció a la Montefiori. ¿Sabe usted quién era? Una mujer +de historia, muy guapa, francesa o italiana, no lo sé a punto fijo, ni +creo que lo supo nadie. + +—Algo me contaron... + +—A lo tonto, a lo tonto, empezando por galanteos de esos que allí, +como en París, son la aventura de un día, o de una semana, sin +consecuencias, Negretti se enamoró perdidamente de aquella prójima... +Y a tanto llegó la ceguera del hombre, que se casó con ella... Crea +usted que el día que me lo dijo, por poco le mato. De nada valieron +los consejos, las exhortaciones de sus buenos amigos. Jenaro sentía el +vértigo, y se arrojó a la sima. + +—Ya, ya recuerdo la historia... Su mujer murió. + +—Asesinada, al salir de un baile en Vauxhall, un sitio que hay en +Londres, a donde concurre todo el mujerío..., ya me entiende usted... + +—Comprendo..., mujeres guapas..., pues... Esa señora dejó una niña. + +—Que recogió Negretti, poniéndola en casa de los Montefioris de _Hatton +Garden_, una calle de Londres donde está todo el comercio de pedrería. +A la muerte de Jenaro, la niña, por disposición testamentaria de este, +fue puesta al cuidado del Montefiori de Mallorca, y luego de Zahón y +Negretti. + +—Y ha quedado al fin bajo el poder de doña Jacoba, donde ahora se +halla. La conozco, señor. + +—¿Qué tal es la chica? No la he visto desde que tenía tres años. + +—Señor —respondió Milagro dando un suspiro—, Aurorita es preciosa... + +—Sale a su madre, que era una divinidad —dijo el gran Mendizábal. Y se +le encandilaron los ojos cuando repitió—: Es preciosa la niña... + +—Pero muy revoltosa, señor... El carácter más desconcertado que +Vuecencia puede imaginar. + +—Tiene a quien salir... Pues bien, Negretti dejó en mi poder todo su +dinero... No crea usted, pasa de un millón de reales lo que tenía, y +con su fortuna me dejó el encargo de atender a la chiquilla durante su +menor edad... Ello es enojoso, mayormente hallándose la joven en poder +de los Zahones, de quienes tengo malas noticias. + +—Puedo asegurar a Vuecencia que la niña de Negretti está muy mal +educada y tiene los demonios en el cuerpo; pero merece vivir en mejor +compañía, y yo sé que no ha de faltar quien la cuide, con el emolumento +que percibe la urraca de doña Jacoba. + +—Autorizado estoy —indicó don Juan Álvarez, distrayéndose ya de aquel +asunto y empezando a pensar en cosas de más importancia— para confiarla +a otras personas de la familia; y si averiguar pudiera dónde ha ido +a parar Ildefonso Negretti, que se estableció en Bayona, también en +joyería, allá por el año 26, de seguro... En fin, señor Milagro, +quedamos en que llevará usted a esa señora... Vea la nota, y aquí +tiene el dinero... Cuidado con el recibo en regla... Y pueden ustedes +retirarse... Yo me voy también, que hoy ha sido día de prueba. + + + + +XVI + + +Acompañado de su amigo y mentor don Pedro Hillo, fue Calpena a las +últimas funciones de toros, y a la apertura de los Estamentos, que +se efectuó a mitad de noviembre con la solemnidad de costumbre, +asistiendo la reina gobernadora. En la plaza admiraron la pericia +del afamado matador Francisco Montes, y el arrojo y gallardía de don +Rafael Pérez de Guzmán, oficial del ejército, de la noble casa de +Villamanrique, que había cambiado los laureles militares por las palmas +toreras, y la espada por el estoque. Tomó la alternativa en Madrid en +junio del 31, y desde entonces fue la más grande notabilidad del arte +en aquella década, después del maestro Montes. Con estos compartía el +favor del público Roque Miranda, muy inferior a Montes y a _don Rafael_ +en la suerte de matar, pero gran banderillero, capaz de poner _pares_ +en los cuernos de la luna. + +Ya se comprende que con la compañía de Hillo en el fiero espectáculo +aprendió Calpena, no solo los terminachos, sino las reglas del toreo, +adquiriendo el placer de la lidia. Algunas tardes convidó también a +Milagro, grande y antiguo aficionado, solo que la cortedad de su vista +no le permitía enterarse bien de lo que pasaba. Hiciéronse amigos Hillo +y don José, y su amistad se consolidaba, lo mismo por la comunidad de +afición que por la diferencia de criterio en el juicio de las suertes. +Si coincidiendo, simpatizaban, disputando como energúmenos simpatizaban +y se querían más. Entre los dos sentábase Calpena en el tendido, y a +menudo tenía que intervenir para aplacar sus bulliciosos ardores de +controversia. Era Hillo devotísimo adepto de la escuela ronceña, y +el otro de la sevillana; enaltecía el clérigo el arte propiamente +dicho, la destreza en el engaño, la burla ingeniosa del peligro, la +distinción, la postura, la gallardía de la figura toreril delante de la +fiera; encomiaba Milagro el valor, la brutal acometividad sin remilgos, +mirando más a la eficacia de la suerte que al afán de pintarla y hacer +arrumacos. Eran, pues, el uno clásico, romántico el otro. Disputaba +Milagro por temperamento bullanguero y por llevar la contraria. Hillo, +firme en el _dogma_ rondeño, lo sostenía con seriedad, digna de una +tesis escolástica. Tan pronto se arrancaba Milagro a sostener que +Rafael era un chambón, que debía su boga a _ser de la grandeza_, como +le defendía resueltamente por su coraje ciego y sin arte. Consideraba +a Montes por paisano, pues ambos eran de Chiclana; pero a lo mejor se +complacía en llamarle gandul o _figurero_. + +—Pero usted, señor alma de cántaro —le decía Hillo sin poder contener +su enojo—, ¿se ha enterado de lo que ha hecho ese tío en el segundo +toro? Sin duda tiene usted telarañas en los ojos cuando no ha visto ese +sublime arte del engaño, cuando no ha visto con qué salero se lo pasó +a la fiera por delante de la cara para componerla, para quitarle los +resabios adquiridos durante la lidia, para igualarle... ¿O es que usted +no sabe lo que es igualar al toro?... ¿Sabe acaso distinguir los pases? +Para usted es lo mismo el _natural_ que el _redondo_, el _cambiado_ y +el _de pecho_. + +—Lo que le digo a _zumercé_ —afirmó Milagro al concluir la lidia del +tercero— es que este pase _de pecho_ de don Rafael no lo hace mejor el +Verbo Divino. + +—¡Pero si ha sido una gran patochada! ¡Usted no lo entiende! ¡Si no +estaba perfilado don Rafael cuando se le vino el toro encima, y en vez +de adelantar el brazo de la muleta hacia el terreno de afuera en la +rectitud del toro, lo que hizo fue...! + +—Usted si que no lo entiende. Don Rafael no movió los pies... + +—¡Pero si parecía un bailarín! + +—Le digo a usted que no. Me han salido los dientes viendo matar toros. +Don Rafael se estuvo quieto hasta que llegó la res a jurisdicción. + +—¡Pero si no llegó a jurisdicción...! ¡Por san Cornelio, que no!... +Y el animal no tomó el engaño; y don Rafael, con más coraje que +conocimiento, en vez de darle salida por la derecha, se la dio por +la izquierda, y no supo empaparle. Total, que cuando la res dio el +hachazo... + +—No hubo tal hachazo. + +—Le digo a usted que sí... + +—Pues, hijo, si Su Reverencia entiende de decir misa como de toros, +lucida está la santa Iglesia. + +—Quien no entiende una palotada _sois vos_. + +—Paz, paz —les decía Calpena—. No se peleen por un golletazo de más o +de menos. Tan difícil es matar bien un toro como gobernar a un país. +Tanto mérito tiene el que se pone entre los cuernos de una fiera, +como el que se cuadra ante las astas de una nación querenciosa. No +disputemos, y aplaudamos a todos. + +Salían tan amigos, y hablando de política, el clérigo y el funcionario +confundían sus respectivos criterios en un escepticismo zumbón. +Fueron también, como se ha dicho, a la apertura de las Cortes, en el +Estamento de Procuradores, que tenía por alojamiento provisional la +iglesia de _Clérigos menores_ (Carrera de San Jerónimo), convertida en +_redondel parlamentario_. Aunque el día no era apacible, la multitud se +agolpaba en las calles por ver a la reina y su corte, y por admirar el +lujo de corceles empenachados, los lacayos y cocheros a la federica, +las carrozas de concha y marfil, y todo el elegante barroquismo que +constituye el ceremonial palatino de calle. La hermosura de la reina, +su gracia y gentileza eran tales, que ante la realidad se achicaban las +hipérboles que a su paso se oían. Vestía de negro. Su peinado de tres +potencias, con la real diadema y el velo blanco que graciosamente le +caía sobre los hombros; la pedrería que al cuello y entre los graciosos +moños de su pelo ostentaba; la majestad de su rostro; la sonrisa +hechicera con que agraciaba al pueblo dirigiendo sus miradas a un lado +y otro, formaban un conjunto que difícilmente olvidaba el que una vez +tenía la suerte de verlo. Contaba poco más de veintiocho años, y ya +su nombre había fatigado a la Historia, por las circunstancias de su +casamiento, de su corta vida matrimonial, de su viudez prematura que +puso en sus manos las riendas de una nación desbocada. Del bien y del +mal que hizo se hablará en mejor ocasión. Por ahora se dice tan solo +que aquel día de noviembre, camino de la ceremoniosa apertura, estaba +guapísima. Era, sin disputa, la más salada de las reinas. Su venida fue +un feliz suceso para España, y su belleza el resorte político a que +debieron sus principales éxitos la Libertad y la Monarquía. Su gracia +sonriente enloqueció a los españoles; muchos patriotas furibundos, a +quienes las malas artes de Fernando habían hecho irreconciliables, +desarrugaron el ceño. Antes de tener enemigos encarnizados, tuvo +partidarios frenéticos. Difícilmente se encontrará en la historia una +reina a la cual se hayan dedicado más versos: verdad que no todos los +que se arrojaban a su paso, para alfombrarle el camino eran inspirados. +Lo que llamamos _ángel_ teníalo Cristina en mayor grado que otras +prendas eminentes de la realeza, y todos hallaban en ella un hechizo +singular, un don sugestivo que encadenaba los ánimos. Por eso Quintana, +afectando la confusión lírica, le decía: + + «¿Quién te dio ese poder?... ¿De quién hubiste + La magia celestial?». + +Y otro no menos famoso poeta, la saludaba de este modo: + + «¡Cuán hermosa! ¡Sus ojos celestiales + Cuán apacibles miran! + Ved en su frente pura + La majestad grabada y la dulzura; + Mirad en su mejilla + La rosa del pudor encantadora. + Al Consorte Real, que en ella adora + No menos la virtud que la hermosura, + Ved ¡cuán tierno sonríe + Su labio de coral!...». + +Y fue tal la prodigalidad de epítetos dulzones, _angélica, divina, +divinal, dulce, amorosa, celeste_, etc., que la lengua se nos hizo +empalagosa, y de ahí vino que por devolverle su tonicidad y fuerza la +amargaran demasiado los románticos con sus acíbares, adelfas y cicutas. + +En otro orden hubo de manifestarse el mismo fenómeno de reacción. +Es indudable que muchos se fueron al campo realista, no tanto por +convencimiento, como porque estaban hastiados y apestados de tanta +_angélica Isabel_, de tanta _celestial Cristina_, protestaban de la +virilidad contra el feminismo. + +Las tres serían cuando entraba la reina en el Estamento, y si en el +tránsito por las calles y Puerta del Sol los vivas no cesaban, ni las +encantadoras sonrisas de la dama hermosísima, en la casa parlamentaria +los aplausos y vítores fueron delirantes. Aclamando a la gobernadora, +se rendía tributo a la hermosura y a la ley, a la vida nueva, a la +esperanza de un porvenir dichoso. El símbolo era tan bello que encendía +el fuego de la fe con más eficacia que las ideas. No es extraño, +pues, que el historiador, o más bien el filósofo de la historia, se +preguntara: «¿Hasta qué punto y en qué medida influyó en la suerte +de España el dulce mirar de aquella Reina?». Y un faccioso del orden +civil, aficionado a las grandes síntesis, consolaba a don Carlos, años +adelante, en las soledades de Bourges: «No hay que culpar a nadie, +señor, pues así lo ha dispuesto el que hace las criaturas. Todo habría +pasado de distinta manera, si la augusta cuñada de Vuestra Majestad +hubiera sido bizca». + +Nuestro amigo Calpena, colocado entre los suyos don Pedro Hillo y don +José del Milagro, vio desde una tribuna a la hermosa reina, y la oyó +leer el discurso. Era la primera vez que la veía, y maravillado de +tanta majestad y gentileza, sus ojos no se saciaban de contemplarla. +Milagro, renegando de su menguada vista, no hacía más que preguntar a +Hillo: + +—¿Y dónde está Argüelles?... ¿Y Saavedra?... ¿Y los primerizos Pacheco +y Donoso Cortés? + +Poco fuerte en el conocimiento de personas, Hillo las iba señalando +a capricho, y a Pita Pizarro le llamaba conde de las Navas, y a don +Antonio González le confundía con don José Landero y Corchado. + +—Ahí tiene usted al señor don Juan Álvarez y Méndez, tan orgulloso que +parece el zar de Moscovia... —dijo don Pedro cuando ya se retiraba Su +Majestad—. Con su pelito rizado y su fraque de última moda, es el más +guapo de los que se sientan en el banco negro. + +—Ya, ya le veo —manifestó Milagro, que no veía nada—. Está +arrogantísimo mi jefe... Ese, ese es el que os ha de poner a todos las +peras a cuarto. Ya veréis cómo las gasta. + +—Me parece a mí —dijo Hillo— que trae buenos planes; pero no el trasteo +que se necesita para ejecutarlos. + +—Trasteo le sobra. + +—Le falta mano izquierda. + +—¡Qué ha de faltarle, hombre! + +—No sabe manejar el engaño. Hay aquí ganado de mucho sentido, +voluntarioso, que _hace_ por los ministros, y no para hasta que los +engancha. ¡Pobre don Juan!... Él ha venido por palmas, y le van a dar... + +—¿Qué...?, ¿qué le van a dar?... —dijo Milagro, empezando a amoscarse. + +—Nada, hombre: no se sulfure. De toros entiende usted poco; pero de +este tinglado ni una patata. + +—Quien no lo entiende es Su Señoría. Me han salido los dientes viendo +Cortes... + +—¿En dónde, alma de Dios? + +—En Cádiz..., en San Felipe Neri. + +—Ese santo no es de mi devoción. + +—De la mía sí. En mi iglesia adoramos a los patriotas y abominamos de +la clerigalla. + +—Paz, caballeros —dijo Calpena con gracia—. No me riñan aquí, o a los +dos les mando a la calle. + +—Es broma. + +—Jugamos, nos divertimos. + +En esto salían ya de la tribuna, y empezaba el penoso descenso entre +un gentío bullicioso, mareante, compuesto en su mayoría de señoras +charlatanas y fastidiosas, a quienes todo el espacio de pasillos y +escaleras les parecía poco para sus faldamentas, chales y cintajos. +Cerca ya de la salida, tropezaron con _Edipo_, el polizonte, y Calpena, +que ya estaba familiarizado con su presencia en calles, cafés y +teatros, le dijo, permitiéndose tutearle: + +—Sí, aquí estoy... No me escapo, hombre... Puedes apuntar, por si no lo +sabes, que esta mañana estuve con Iglesias en el café de Solís, y que +hablamos de la inmortalidad del cangrejo y de la absoluta impertinencia +de los empleados de la policía. + +—No voy contra usted, señor don Fernandito —replicó el corchete risueño +y humilde—. Viva usted mil años, para que proteja a los pobres el día +que venga alguna tremolina. + +—¡Lo que es a ti...! ¿A que no me aciertas dónde estuve hoy cuando salí +del café de Solís? + +—En la corbatería de Aguayo. + +—¿Y antes de ir al café? + +—En la peluquería de Cortina. + +—Maldito seas, y quiera Dios que te pase lo que al rey de teatro que te +ha dado su nombre. + +—Era un rey que padecía de la vista. + +—Ciego te vea yo... Bueno. Pues si me aciertas a dónde iré esta tarde, +te regalo una docena de puros. + +—¿De veras? Pues ya puede ir por ellos. Tráigamelos escogidos, de la +fábrica de Sevilla, de a tres cuartos pieza. + +—Antes adivíname lo que haré esta tarde. + +—No necesito adivinarlo, porque lo sé, y usted no. + +—¿Y cómo es eso de ignorar a dónde voy, teniendo el propósito de ir a +una parte? + +—Muy sencillo. Puede que usted tenga la intención de emplear la tarde +en picos pardos, y puede que haya hablado de eso con Iglesias, que es +muy aficionado a las madamas. Pero aunque el señor don Fernando tenga +esos planes, no irá a donde piensa, sino a donde yo sé. + +—Explícame eso, _Edipo_ maldito, o aquí perece un rey de Tebas. + +—Pues... esta mañana, mientras el señor andaba de ceca en meca..., fue +a buscarle a su casa, tres veces, don Carlos Maturana. Me le encontré +en la calle de Peligros, y me ha dicho que tiene precisión de cazarle a +usted hoy, y que le cazará, aunque sea con perros. + +—¿A mí?... ¡Maturana! Sí, sí, es el pariente de mis amigos de Olorón, +a quien me recomendaron. No le he visto aún, porque estaba ausente de +Madrid cuando yo llegué. + +—Ayer regresó de sus viajes por Italia y Suiza. Traerá relojes y +abanicos... En fin, no sé... El motivo de buscarle con tanta prisa es +porque usted trajo un encargo para la Zahón. + +—El cual aún está en mi poder, porque esa señora, que me han dicho es +muy cargada de espaldas, no ha ido a recogerlo. + +—Pero va de orden suya el señor Maturana, no solo por el gusto de verle +a usted, sino por llevarle a la calle de Milaneses, donde le espera +con la cajita doña Jacoba, que no puede salir. Y como el encarguito +será de valor, no tiene el señor don Fernando más remedio que hacer la +entrega por sí mismo, y fastidiarse, y echar la tarde a perros. + +—Eso no... Con entregar la caja, pedir recibo, tomarlo... + +—Puede que le entretengan a usted más de lo que piensa las joyas que +hay en la casa. + +—No soy aficionado... + +—Eso se verá... cuando lo vea... Hay brillantes, perlas, corales, de +los que pintan los poetas... + +Y sin decir más, dio dos palmadas a don Fernando, despidiéndose con +palabras de premura: + +—Con Dios... Hago falta dentro... Mucha gente, y alguna no de lo mejor. + +Reuniose Calpena con sus amigos, que en la puerta hablaban con dos +sargentos de la Guardia Real, conocidos de Milagro, y se fueron hacia +la calle de Alcalá, rumbo al Caballero de Gracia. + + + + +XVII + + +Exactísimos eran los informes de _Edipo_, y cuando llegó don Fernando +a su casa, díjole la chica de la patrona, al abrirle la puerta, que +un señor que había estado tres veces por la mañana, le aguardaba +sentadito en la sala, al parecer dispuesto a no moverse de allí +mientras no lograra su objeto. Minutos después hallábase Calpena frente +a un sujeto como de sesenta años, acartonado y pequeñito, que llevaba +muy bien su edad; mejor afeitado que vestido, pues su levita era de las +contemporáneas de la paz de Basilea; el pelo entrecano y nada corto, +con ricitos en las sienes, y un mechón largo cayendo hacia el cogote, +como si aún no se hubiese acostumbrado a prescindir del coleto; los +ojos reforzados con antiparras de cristales azules montados en plata; +el perfil volteriano, el habla cascada y lenta. + +—¿Conque es usted...? Bien, hijo, bien. Pues me escribió mi sobrino +Felipe; pero hasta ayer no he llegado de mis correrías por el +extranjero... Aquí me tiene el señor don Fernando a su disposición. +La verdad, poco puede hacer por usted este pobre viejo, pues desde +que salí de Palacio..., ya sabe usted que era yo primer diamantista +de Su Majestad..., llevo una vida... Sentémonos, si usted quiere... +Pues perdí aquella plaza, después de treinta años de honrados +servicios..., y no he tenido más remedio que buscar en el comercio +un modesto pasar... Ello fue..., no sé si estará usted enterado..., +por malquerencia de esa farolona de _la_ Carlota..., la mujer del don +Francisco..., otro que tal... En fin, más vale no hablar... Y usted, +¿qué me cuenta? ¿Qué tal le va por Madrid? ¿Ha conseguido que le +coloquen? Ay, señor mío, esto está perdido con tantas libertades, y la +dichosa Pragmática Sanción, que fue la manzana de la discordia... Al +rey le mataron a disgustos, puede usted creerlo... Y a mí..., toda la +inquina que me tomaron fue por la amistad que me tenía el príncipe de +la Paz primero, y después el señor duque de Alagón... No sé si sabrá +usted que don Pedro Labrador me llevó consigo al Congreso de Viena; sí +señor... Pero estas son historias marchitas, y usted es joven, vive +en lo presente, y le aburrirá esta manía que tenemos los viejos de +revolver la hoja seca del pasado... En fin, vamos al asunto. + +—Ello es que yo —dijo Calpena un tanto impaciente por despachar pronto— +no he podido entregar... + +—Ha hecho usted perfectamente. Encargos de cierta naturaleza no deben +entregarse sino en la propia mano de la persona a quien van dirigidos. +La mayor parte del contenido de la cajita que confió a usted _Aline_ es +para mí; el resto, para Jacoba. Esta se halla enferma con un dolor tan +fuerte en la cadera, que no puede moverse. + +—Iré yo a su casa, si a usted le parece bien. + +—Tan bien me parece, que traigo esa comisión, con la cual mato +dos pájaros de un tiro. Cumplo con Felipe, ofreciendo a usted mis +servicios, y cumplo con Jacoba, llevándole el encargo, y el portador y +todo, para que llegue más seguro. + +Deseando abreviar, Calpena sacó la cajita, y propuso al señor de +Maturana marchar sin pérdida de tiempo. No deseaba otra cosa el +antiguo diamantista, y se echaron a la calle, no sin que en el portal +recomendase don Carlos a su acompañante que tuviese mucho cuidado +con lo que llevaba, pues Madrid estaba infestado de rateros, y al +menor descuido le dejarían con las manos limpias. Procuró Calpena +tranquilizarle, y asegurando bien el bulto bajo el brazo derecho, avivó +el paso. Poco hablaron por el camino, y en cinco minutos se plantaron +en la calle de Milaneses. + +—Amiguito, vaya un paso que tiene usted —dijo el vejete, fatigadísimo, +al entrar en el portal—. Ya se ve..., un paso de veinticinco años. +Subamos ahora despacito, que por aquí no hay peligro y no vamos a +apagar ningún fuego. Esta maldita escalera no tiene pasamanos, y usted +me ha de permitir que le coja del brazo. Pásmese usted. En esta casa... + +Se paró en el rellano, donde apenas cabían los dos. La escalera, +que arrancaba casi en la misma puerta de la calle, ascendía oscura, +desigual, angulosa, como los senderos de la traición, y sus escalones +patizambos ofrecían al confiado pie celadas espantosas. + +—En esta casa..., no, en la de al lado, trabajamos juntos, cosa de un +mes, Leandro Moratín y yo. Y enfrente, en el que entonces era número 14 +de la manzana 71, tuve yo el gusto de cobrar el primer dinero que gané +en mi vida. Fue por unas arracadas que hicimos para la infanta doña +María Josefa, el año 90... Ea, cinco escalones más y llegamos. + +Tiró Maturana de la campanilla, y al poco rato rechinó la tapa de la +mirilla con cruz de hierro. Vio Calpena unos ojos; el viejo no dijo más +que «Yo», después de lo cual empezó a sonar un claqueteo de cerrojos, +al que siguieron vueltas de una llave, luego roce de cadenas, el caer +de una barra, y aun después de todo este estruendo carcelario la puerta +tardó un ratito en abrirse. ¿Era un hombre el que abría, era una mujer? +Fernando no se enteró, porque si el aspecto podía pasar por varonil en +la penumbra del pasillo, femenina era la voz que dijo: + +—Don Carlos, no le esperaba tan pronto. La señora duerme, y yo estaba +en la cocina echándome unas piezas a la chaqueta... Pasen, pasen. +¿Despierto a doña Jacoba? + +—No, déjala que descanse. Aguardaremos. ¿Y Aurorita, qué hace? + +Replicó el mancebo (pues hombre era por la facha, aunque la voz de +tiple lo contrario declarase) que la tal Aurorita había salido de +paseo con la señora y niñas de Milagro, y con otras cuyo nombre no +recordaba, hermanas de un sargento de la Guardia Real; y en tanto, +abría la puerta de la sala, que más bien era tienda, por las dos mesas, +con trazas de mostradores, que en ella había, y los armarios de forma +pesada y robusta, cerrados con fuertes herrajes, guardando con avaricia +sigilosa tesoros o secretos. Dos o tres sillones de vaqueta, de un uso +secular, claveteados y lustrosos, y un par de sillas eran los únicos +muebles que en tan extraña sala brindaban comodidad al visitante. +Acomodose Maturana en un sillón, y Calpena en una silla, dejando al +fin sobre la mesa su enojosa carga, y aguardaron silenciosos, hasta +que el diamantista, sacando su tabaquera de concha, tomó un polvito, +después de ofrecer al joven, que hubo de excusarse graciosamente. La +conversación se reanudó en el mismo punto en que había quedado al subir +la escalera. + +—La buena señora —dijo Maturana oliendo el rapé con la mayor finura y +encandilando los ojuelos— se empeñó en que todo había de ser zafiros... +y mi padre y mis tíos estuvieron tres meses y medio buscándolos de gran +tamaño... Y que escaseaban en aquel tiempo los zafiros y se pagaban +bien, como ahora las esmeraldas. + +—Escasean las esmeraldas..., ya —dijo Calpena, solo porque la cortesía +le obligaba a decir algo. + +—Se han pagado en los últimos años a doce y catorce duros quilate, las +de buen tamaño..., ya ve usted. Algo bajaron de precio cuando don Pedro +de Portugal vendió su soberbia colección, en los apuros de la Regencia +en las Islas Terceras... Y a propósito... Este recuerdo de don Pedro +y doña María de la Gloria (que por cierto ha recuperado parte de las +esmeraldas y aguamarinas de la corona de Portugal); este recuerdo, +digo, me trae a la memoria al señor de Mendizábal... ¿Es cierto que +usted...? Si es impertinente mi pregunta, no digo nada. + +—Hable usted. + +—Es que... me habían asegurado que es usted el ídolo del señor +ministro; el niño mimado, vamos... + +Apresurábase don Fernando a desmentir tan absurda especie, que no por +primera vez oía, y cuyo origen atribuyó a las hablillas y murmuraciones +oficinescas, cuando sintieron ruido y voces en las habitaciones +inmediatas. Maturana se acercó a la puerta, y entreabriéndola, dijo: + +—¿Qué es eso, Lopresti? ¿Se levanta la señora? + +Y la voz de tiple contestó desde dentro: + +—Allá va... + +Momentos después, entraba en la sala doña Jacoba Zahón, apoyada por +la izquierda en el fámulo, por la derecha en un grueso bastón, y con +difícil paso, marcado por lamentos y suspiros, llegó hasta soltar sobre +un sillón la dolorosa carga de su cuerpo. Antes de saludar a Calpena, +despidió al de la voz aguda con expresiones displicentes de ama de casa +que gasta mal genio: + +—Entretente ahora con tus costuras, y olvídate de tus obligaciones, +como ayer, que nos diste de cenar a las nueve de la noche... ¡Ay, si +yo recobrara mi salud y pudiera estar en todo, cómo te haría andar +derecho!... Anda..., holgazán, lávame los pañuelos... A las seis, el +vinito con la medicina... + +Volvió después su rostro hacia Calpena, y le saludó con graciosa +sonrisa, mostrando al joven su senil y enfermiza hermosura, que +enormemente contrastaba con su desgraciado cuerpo. Ofrecía su cabeza +un exactísimo parecido con la de María Antonieta; mas por el color +exangüe y la extremada delgadez del interesante rostro era la +cabeza de la infeliz reina después de cortada, tal como nos la ha +transmitido la auténtica mascarilla de cera existente en un célebre +museo. Don Fernando sintió frío al contemplar aquel rostro tan fino y +transparente, de un perfil distinguidísimo, apagados los ojos, lívido +el labio, mostrando una dentadura en buena conservación. El cabello +era gris, y para que resaltara mayor la terrible semejanza con la +decapitada reina, se sujetaba dentro de una escofieta blanca. El cuerpo +no debiera llamarse feo, sino monstruoso: cada hombro a diferente +altura, corvo el espinazo. Se envolvía en una cachemira muy usada, bajo +la cual aparecían la falda de estameña oscura, y los zapatos de paño, +holgadísimos, pertenecientes sin duda a su difunto esposo. A la cara +correspondían las manos, también de cera, finísimas, bien marcadas las +falanges bajo una piel sedosa; las uñas no muy cortas, pero limpias: +lucía en sus dedos una sortija negra, con un hermosísimo _ópalo de +fuego_ de gran tamaño. + +—Usted me dispensará, señor Calpena —dijo con voz dulce, musical, que +casi daba tonos de italiano al español correctísimo que hablaba—, +que haya tardado tanto en avisarle... Que hoy, que mañana... Pero la +carta de _Aline_ llegó cuando yo me hallaba en lo peor del ataque. +Esta maldita ciática me tenía en un grito. Y el año pasado las +paletillas..., después todo el esqueleto... Ay, si le dijeran a usted, +señor de Calpena, que yo he sido una mujer esbeltísima, se echaría +a reír... Vea usted los estragos del reuma en estos pobres huesos... +Pues sí, _Aline_ me decía... Y ayer el amigo Maturana, al llegar de su +viaje, me decía... En fin, que celebro infinito ver a usted en mi casa, +y le agradezco la atención de traerme por su propia mano la caja. + +Por iniciativa de Maturana, se procedió a la apertura del paquete, +rompiendo los hilos que sujetaban el papel que lo envolvía. En tanto +Jacoba continuaba: + +—Por el amigo Milagro he tenido noticias de usted, y sé que está en +gran predicamento con el señor de Mendizábal... No, no lo niegue. Ya +sé que es usted la misma modestia... Pues el señor don Juan, en la +posición que hoy ocupa, no se acordará de mí. ¡Cuántas veces le vi +en mi tienda, calle de la Verónica, esquina a la de la Carne, donde +estuvimos tres años antes de pasar a la calle Ancha! Era entonces +un muchachón de lo más alborotado que puede usted imaginarse, un +buscarruidos, un metomentodo; ayudaba a los patriotas levantiscos que +armaban un tumulto a cada triquitraque. Bien me acuerdo, bien. Juanito +Álvarez hizo la contrata de víveres el año 23, cuando tuvimos allí +prisionero al rey. ¡El rey! ¡Ah!..., me parece que le estoy viendo, +con su traje de mahón, asomado a los balcones de la Aduana, mirando al +mar con un anteojo muy largo, en espera de barcos franceses o ingleses +que vinieran a libertarle... Mendizábal empezaba entonces sus negocios +en gran escala, y, si no recuerdo mal, algo traficó en pedrería con +Londres y Ámsterdam. Por si había conspirado o no había conspirado, lo +condenaron a muerte, y salió de Cádiz escapado para no volver más... +Ya, ya se acordará él de los Zahones, y de los refresquitos de sangría +que le hacíamos en casa, cuando volvía de Rota con Jenaro Negretti. En +Rota tenían ambos sus novias, las de Urtus, dos hermanas lindísimas. +La una murió de calenturas, y la otra casó con un hermano de este, +Cayetano Lopresti, maltés, que está en mi servicio desde el año 25... +¡Cómo se pasa el tiempo! ¡Ay, don Carlos!, ¿qué me dice usted de este +correr de los años? El 23, cuando fue a Cádiz con la corte, usaba usted +todavía coleta, y los chicos de la calle le hacían burla... ¿Se acuerda? + +Más atento a lo que iba sacando del cajoncillo que a las tristes +remembranzas de su amiga, Maturana no contestó. Fijose también doña +Jacoba en lo que el viejo ponía con religioso respeto sobre la mesa, y +alargó su mano para cogerlo y examinarlo. + +—Ya... —dijo—, las peinas que tanto ponderaba _Aline_... El carey es +finísimo; los diamantes valen poco... Andanada de veinticinco. Viene +bien para completarle a la de Castrojeriz las arracadas que quiere +tomar, rostrillo y cinturón para la Virgen de Valvanera. + +—¿Tiene bastante ya? —preguntó maquinalmmte Maturana, mirando con lente +un joyel montado en plata. + +—Tiene... ¡Oh, sí!..., con lo que le vendió la Concha Rodríguez y este, +habrá bastante. + +—Si no... Yo he traído como unos veinte diamantes de desecho..., muy +propios para Vírgenes y Niños Jesús... Vea usted, Jacoba, vea qué +hallazgo... + +—¿Qué?... ¿Qué es eso? + +—Esto es un joyel de los que se usaban en los peinados Pompadour, +convertido en alfiler de pecho con poco arte: conozco esta prenda +como a mis propios dedos. No me equivoco, no: es la misma. Esmeralda +_hialina_ del Perú, superior, con cerco de brillantes en plata. +Catorce brillantes, dos de ellos de bajo color, y otro con pelo... Es +la misma joya, la que perteneció, con otras del propio estilo, a la +Vallabriga, la esposa del infante don Luis... Todo se vendió en París +el año 8; luego hubo algún descabalo, porque Montefiori cedió en Metz +los pendientes de este mismo juego... Juraría que este joyel lo compró +el corredor de _Aline_ en Alsacia: los judíos alsacianos poseían mucha +piedra procedente de España, no solo de la grandeza, sino de la de +Godoy y Pepita Tudó. + +—Es muy lindo... Lástima no tener las otras piezas —dijo la Zahón, +examinándolo sin lente, con ojo muy perito—. Esto viene para usted. +Para mí ha de haber un saquito con varias piedras sueltas: venturinas, +turquesas, algunos brillantes... + +—Aquí lo tiene usted —indicó Maturana, vaciando el saquito en la palma +de su mano. + +—¡Caramba, qué hermoso brillante!... Talla de Ámsterdam, sesenta +y cuatro facetas... Vea usted qué tabla y qué culata... Este otro +amarillea un poco. No daría yo por el quilate de este ni tampoco +cincuenta duros... Las turquesas me gustan, y si usted quiere me quedo +con ellas. Tengo yo dos hermanas de estas, tan hermanas, que no dudo en +asegurar que proceden de Venecia, como las mías, y que pertenecieron a +una dama italiana, no me acuerdo el nombre, de la cual se dijo si tuvo +o no tuvo que ver con Massena... Estas _rosas_ valen poco... Todo es +género corriente recogido en el Bearnés y Languedoc... + +Pasando de la mano del viejo a la de doña Jacoba, esta lo examinó +fríamente, diciendo: + +—El brillante bueno no tendrá menos de cinco quilates y tres cuartos. + +—Lo tomará la de Gravelinas, que ya reúne seis iguales, con el último +que yo le vendí. + +—No quiero nada con la duquesa, que aún me debe la mitad del collar de +perlas. Lo reservo para un parroquiano que sabe apreciar el artículo, y +es caprichoso, espléndido... + +—Ya sé quién es. Mucho ojo, amiga Jacoba. No cuente usted con las +esplendideces de los que tienen su fortuna en América, en negros y caña +de azúcar. A lo mejor, saldrán estos señores exaltados con la supresión +de la esclavitud, y la plumada de un ministrillo dejará en cueros a más +de cuatro que apalean las onzas... Y usted, señor Calpena, ¿se aburre +viéndonos examinar estas baratijas? + +—¡Oh!..., es muy bonito —dijo Fernando—; ¡pero cuántos años de +revolver piedras entre los dedos para llegar a adquirir esa práctica, +ese conocimiento...! + +—La costumbre... —indicó la Zahón—. Desde muy niña ando yo en este +comercio..., y, créalo usted, si dejara de ver piedras y de sobarlas y +de jugar con ellas, me moriría de fastidio. Ya mis dedos las conocen +solos, y casi no necesito mirarlas para saber lo que valen. + +—Yo también, desde que me destetaron, señor don Fernando, o poco +después, manejo estos pedazos de vidrio. + +—Para mí, lo parecen. + +—Y lo son: vidrio fabricado por la naturaleza en el horno de los +siglos... ¡Ah!..., ¡oh!, atención. Aquí viene lo bueno. + +Al decir esto, sacaba un objeto estrecho, largo como de una cuarta, +envuelto en finísimas túnicas de papel de seda. Era un abanico, obra +estupenda del arte francés del siglo pasado. Desplegando cuidadosamente +el varillaje de calado nácar, obra de mágicos cinceles, y el país +pintado en cabritilla, ideal escena de marquesas pastoreando en jardín +de amor, entre sátiros, _pierrotes_ y caballeros con pelliza, Maturana +lo mostró abierto, sutilmente cogido por el clavillo de oro, a los +asombrados ojos de doña Jacoba y Calpena, quienes se maravillaron de +obra tan bella y sutil. + +—Esta es una de las piezas más admirables que existen en el mundo, en +el ramo de abaniquería —dijo el diamantista, ronco de entusiasmo y del +gozo que le producía el arrobamiento de los dos espectadores—. Fíjense +en esas varillas, que parecen hechura de los ángeles, y no tienen el +menor desperfecto; fíjense en la pintura, en esas caras, en los ropajes +y en el paisaje del fondo..., observen las ovejitas, que no parece sino +que oye uno sus balidos... Pues si notable es esta pieza por su arte, +no lo es menos por su historia, que voy a contar. + +Envolvió de nuevo el abanico en sus fundas finísimas de papel, y +poniéndolo sobre la mesa, protegido por su mano izquierda, se lanzó con +vuelo atrevido a los espacios de la Historia. + + + + +XVIII + + +—Hiciéronlo Lancret y Lefebvre para la reina María Leczinska, por +encargo de Su Majestad Luis XV, y naturalmente, apenas concluido, +Madame de Pompadour se dio sus mañas para apropiárselo. En el zócalo +de la columnita que habrán ustedes visto en el país, a la derecha, +pusieron los artistas la divisa de la cortesana, que dice: _virtus in +arduis_. A la muerte de esta señora, pasó el abanico por sucesivas +ventas a la marquesa de Maurepas, y luego se nos pierde en el laberinto +de la Revolución francesa, hasta que reaparece en Coblenza, donde +lo compra un mercader italiano y lo lleva a Nápoles. Qué vueltas dio +por los aires de mano en mano hasta venir a las del Príncipe de la +Paz en 1805, yo no lo sé, ni creo que nadie lo pueda averiguar. Lo +que afirmo es que lo usó Su Majestad la reina María Luisa. El año 8, +por marzo, hallándose la real familia en Aranjuez, se perdió uno de +los diamantes del clavillo, y por conducto del señor Príncipe de la +Paz, vino el abanico a mis manos para la reparación consiguiente. +Entonces, ¡ay!, lo vi por primera vez, y quedé prendado de su mérito. +A los pocos días de tenerlo en mi taller, lo entregué compuesto a Su +Alteza; mas la Providencia no favoreció al pobre abanico, pues antes +de que el príncipe pudiera devolverlo a la reina, sobrevinieron los +terribles sucesos del día de san José. A Godoy por poco le matan. Los +amotinados saquearon el Palacio y pegaron fuego a los muebles... ¡Qué +dolor! Era de temer que el precioso objeto fuese a parar a manos viles, +a personas ignorantes que desconociesen su valor... Pues no, señor. A +fin del mismo año de 1808 reaparece en poder del mariscal Soult, hombre +inteligente, soldado artista, que lo estima como merece, y se lo regala +a Napoleón en enero del año siguiente. Enviado a Josefina con otros +obsequios, esta lo regala a su hija Hortensia, reina de Holanda, que +lo lució en una ceremonia, a la cual dicen que fue a regañadientes: +el bodorrio del emperador con la archiduquesa de Austria. Después de +Waterloo, todo fue peripecias y saltos terribles para el señor abanico, +que tuvo en poco tiempo distintos dueños. Primero, un anticuario +holandés, que lo vende a la Princesa Stolbey, fallecida en Baviera +el año 20; segundo, el príncipe Carlos de Baviera, emparentado con +Eugenio Beauharnais; tercero, otro anticuario, de Nancy, que lo lleva +a París, lo hace restaurar, y consigue venderlo a precio exorbitante +a un desconocido, que obsequia con él a mademoiselle Mars en una +representación de no sé qué tragedia... No sé si sabrán ustedes que la +célebre actriz es muy aficionada a los brillantes, y tenía colección +de ellos por valor de ochocientos mil francos; no sé si sabrán también +que el año 27 le hicieron un robo de alhajas, valor de trescientos mil +francos. ¡Pues no ha metido poca bulla ese proceso, que creo no ha +terminado todavía! Parecieron los ladrones; pero las piedras, no. Pues +bien: deseando esa señora reponer los brillantes que le quitaron y no +disponiendo de dinero suficiente, hizo varios cambalaches con Bertin y +con los hermanos Rosenthal, sucesores del famoso Bœhmer, y en uno de +estos cambalaches sale otra vez al mercado el famoso abaniquito. Desde +entonces puse yo en él los cinco sentidos, deseoso de comprarlo: ha +pasado por manos de diversos marchantes; fue a tomar aires por Alemania +y Suecia; en cuatro años ha pertenecido a un Poniatowsky, a una gran +duquesa de Hesse y a un coleccionista que vive en la Selva Negra, el +cual murió el año pasado, y su heredero, que era el santísimo hospital +de Tréveris, hizo almoneda de todo. Vuelve mi abanico volando al +mercado, y en Lyon se posa en casa de mi amigo Jobard. Trato de cazarle +allí, y Jobard, que es de los que persiguen gangas, me toma a mí por un +inocente y quiere explotarme. Finjo desistir del empeño, y me marcho +tras de otros asuntos; pero sabiendo de buena tinta que el marchante +lionés se tambalea, doy el encargo al amigo Montefiori, de Burdeos, +para que esté a la mira y aproveche la ocasión... La ocasión llegó, y +hace tres meses fue adquirida, por cuenta mía, la famosa prenda por la +mitad de lo que le costó al adorador de mademoiselle Mars... + +—De lo que usted nos ha contado, por cierto muy bien —dijo Calpena, que +había oído con deleite—, se saca la consecuencia de que hay objetos +inanimados cuya historia es más interesante que la de muchas personas. + +—Eso, admitiendo que sean verdad todas esas traídas y llevadas del +abanico —observó la Zahón, escéptica, desdeñosa, pues no le gustaba +que su colega supiese más que ella en tales materias—. No se fíe, don +Fernando, que este Maturana le compone su historia a cada pieza que +vende, forma especial suya de hacer el artículo. + +—En esto —dijo Maturana riendo— me ganaba su marido de usted, Jacoba. +Recuerdo que tuvo una pareja de diamantes que había sido del Tamerlán, +después de Antonio Pérez, y últimamente de Godoy... Ya se sabe: todas +las joyas de precio que han salido a la venta del año ocho acá, se le +han colgado al pobre don Manuel. + +—Pues ese abanico —afirmó la Zahón displicente y maligna, entornando +los ojos— no se vende en España, tal como están hoy las cosas, aunque +lo adornen con más historias que tiene el Cid. + +—Este abanico —replicó Maturana, acariciando la joya— lo vendo yo en +España, y al precio que me dé la gana, señora doña Jacoba, aunque usted +no quiera... ¿Cree usted que voy a ofrecérselo a esos pelagatos del +Estatuto, o a las señoras de los patriotas, que apenas tienen para +poner un cocido? + +—Pues a la grandeza la verá usted completamente acoquinada con estas +revoluciones y estas guerras malditas. ¿Dinero? Poco hay, o es que no +quieren gastarlo. ¿Gusto? Ya sabe usted que aquí no privan más que +las apariencias baratas... Vaya, don Carlos, no ande con misterios, y +díganos que piensa encajarle su abanico a la reina gobernadora. + +—¡Oh!, no hay otra mujer en el mundo —observó Calpena con entusiasmo— +que sea digna de tal joya. + +—Eso sí... Sabe apreciar lo bueno. Pero yo pongo mi cabeza a que si don +Carlos le propone el abanico, ofrecerá por él una miseria. + +—Su Majestad es artista, y además espléndida, generosa... + +—¡A quién se lo cuenta!... ¡Ay, ay! Lo fue, sí, señor —dijo la Zahón +amargando el concepto con quejidos—. Lo fue... ¡Dios me favorezca, +ay!... Pero desde que ha empezado a soltar hijos, se ha vuelto muy +roñosa. + +—¡Si no ha tenido más que uno! + +—Y lo que ha de venir..., ¡ay! Está ya de cinco meses, ¡ay!... Dos +años de casada lleva por lo secreto, según dicen, y al paso que va, no +habrá bastantes rentas para el familión que nos traerá esa señora... ¡Y +este don Carlos, bobalicón, todavía piensa que le va a comprar... ese +juguete! + +—Este juguete, y cuanto yo quiera —afirmó el diamantista con seguridad +burlona, casi insolente— me lo comprará la reina, y me lo pagará como a +mí me convenga. + +—Ciertamente —dijo Fernando—. La reina está obligada a proteger las +artes..., y es su deber formar colecciones, que luego pasan a los +museos. + +Era la Zahón envidiosa, y su egoísmo comercial no toleraba que otro +del gremio, aun siendo amigo suyo, hiciese mejor negocio que ella. +La seguridad que mostró Maturana de vender en Palacio con ventajas +grandes, la sacó de quicio; exacerbados sus dolores por la emulación +mercantil, empezó a dar chillidos, y entre ellos iba soltando estas +palabras: + +—No, no... No puede ser... Maturana loco... Reina no compra, reina +guarda dinero. + +—Si María Cristina guarda el dinero —afirmó Maturana frío y cruel, pues +cuando se proponía humillar a su rival no conocía la compasión—, lo +sacará de las arcas para dármelo a mí... Su Majestad me comprará todos +los objetos y joyas de mérito que yo le lleve, y a usted no le comprará +nada... A usted nada..., a mí todo. + +—Bruto..., majadero y vanidoso... ¡Ay, me muero!... Este dolor para +usted..., para usted debiera ser. + +—Gracias..., no me conviene el artículo. + +—¡Vaya con don Carlos!... Ahora sale con que tiene vara alta en +Palacio..., con que le ha caído en gracia a la reina... ¡Ja, ja!... +¡Ay, ay!... Me río llorando, ¡ay de mí! ¡Bien por el nuevo favorito! + +—Favorito soy... en mi ramo, se entiende. Y la reina gobernadora me +favorece, porque me necesita... + +—¡Le necesita!... Buenos estamos. ¿Cree usted que la señora piensa +encargarle arreglos y composturas? ¡Si la moda reinante es volver a lo +antiguo! + +—La reina no me ha llamado para ninguna chapuza. + +—¿Luego, Su Majestad le ha llamado a usted? —preguntó Calpena, mientras +doña Jacoba, estupefacta, no sabía qué decir. + +—Sí, señor, he tenido esa honra. ¿No llamó a Mendizábal para arreglar +la Hacienda y salvar el país? Pues a mí, que en mi ramo soy tanto o más +que Mendizábal en el suyo, me llama también la corona... para fines no +menos altos. + +—¿Y qué tiene que ver nuestro ramo, la joyería, con nada de lo que está +pasando en España? + +—¿Qué tiene que ver...? Llega un momento, en las peripecias de un +reinado, en que el arte del diamantista puede auxiliar poderosamente a +la monarquía. + +—¡Ay, ay!... Este hombre quiere volvernos locos... Don Fernando, no le +haga usted caso... Se burla de mí, y quiere ponerme peor haciéndome +reír. + +—Ríase usted o llore todo lo que quiera.. + +—No lloro, no, ni me río —indicó la Zahón altanera y burlona—. Estoy +indignada por la falta de respeto con que habla usted de la reina. +¡Pues no dice que le ha llamado! + +—Seis veces han llegado a mi casa criados palaciegos preguntando cuándo +venía del extranjero el señor Maturana... y el Intendente ha estado a +verme hoy... No, si no he de decir para qué me quiere Su Majestad. A su +tiempo se sabrá. + +—Ya... Es que quiere encargar una corona morga... nática, o como se +diga, para el Muñoz —dijo la Zahón venenosa, echando por los ojos toda +su envidia, mezclada con su agudo sufrimiento—. Me voy a poner muy +mala... Ya lo estoy. Este hombre me irrita... Me cuenta cosas que no +me importan... Me ahogo... ¡Lopresti..., condenado Lopresti..., que me +muero!... ¡La taza de vino, los polvos, esos polvos... Lopresti! + +Entró al fin el fámulo, avisado por los gritos de su ama, y le dio a +beber una pócima de vino y caldo, en la cual vertió el contenido de una +papeleta de farmacia. + +—¡Qué amargo está!... ¡No lo has revuelto, condenado! —dijo la señora +bebiendo a sorbos—. Ahora te traes una luz: ya no se ve... ¿Y ha sacado +las perlas que vienen para mí, don Carlos? + +—Aquí están... Que traigan luz. Quiero verlas. + +Traída la luz, examinó Maturana las perlas, y debió encontrarlas +excelentes, porque al punto formuló esta proposición: + +—Al precio que usted sabe, Jacoba, me quedo con ellas... Vaya, para que +usted no chille, en esta partida llego hasta los cuarenta y dos por +quilate. + +—Para usted estaban. + +—Tiene usted mucho género, Jacoba, género superior, y no sé cómo va a +salir de él. + +—Mejor... Ea, no empiece a camelarme, que no las cedo. + +—¿A ningún precio? + +—A ningún precio. Quiero reunir más. + +—Y va de historias... Estas perlas que le manda a usted _Aline_, +parécenme..., no puedo asegurarlo..., pero me da en la nariz que son +las de la princesa de Beira. Tantas ganas tiene la buena señora de ser +reina que vende sus perlas para comprar pólvora y cartuchos. + +—Podrá ser... A usted le llaman las reinas que gobiernan, y a mí quizá +me llamen... y me necesiten... las destronadas. + +Dijo esto la Zahón solo con el objeto de poner en confusión a su amigo +y desorientarle. Seguía don Carlos la broma, sin conseguir sofocar con +su donaire el humorismo maleante de la vieja, cuando esta saltó de +improviso con un recurso que a las mientes le vino en lo mejor de su +charla, y era recurso de ley, fundado en algo verídico, ignorado del +astuto don Carlos. + +—Amigo Maturana, no le he dicho lo mejor: me ha escrito Mendizábal... +¡Vaya una cara que pone usted!... Sí, señor, me carteo con el ministro. +Y si no lo cree, aquí está su secretario particular, que no me dejará +por mentirosa... + +—No sé... —balbució Calpena—. Sin duda es cierto... Creo haber oído +algo al amigo Milagro. + +—A Su Excelencia le da por las botonaduras llamativas —dijo Maturana +mirando fijamente a su colega, no sin malicia—. Pero ya caigo: si el +ministro se cartea con usted, será porque quiere consultarla sobre ese +plan de vender los bienes de los frailes. + +Y volviéndose hacia Calpena, le preguntó: + +—Joven, ¿y será cierto que vende también las alhajas de los santos, y +la plata y oro de las catedrales?... Porque con tal medida, si a ella +se resuelve, sí que podría sacar de apuros a la Tesorería. + +—No he oído nada de eso —replicó don Fernando—. Parece que se venderán +todos los bienes raíces del clero, y además las campanas. + +—Que son los bienes aéreos... ¡Buena se va a armar! ¡Será sonada! +Créame usted, Jacoba: si no trasladamos nuestro negocio al extranjero, +estamos perdidos. + +—Yo no: con el arreglo que nos hará ese señor ministro, verá usted +prosperar la nación. Usted no es partidario de Mendizábal. + +—Yo creo que vale... Sí vale. Pero fracasará. + +—Dios quiera que no... Voy a entrar en negociaciones con él para un +asunto... Y el señor Calpena, que, según nos dijeron, es el amigo +íntimo del gran ministro, ¿me hará el favor de interceder por mí? + +—¿Negocitos con Mendizábal? —murmuró don Carlos. + +—Señor mío, si a usted le necesitan las reinas, a mí me necesitan los +ministros, que en realidad son los que gobiernan... Señor Calpena, +usted es muy amable, y tomará mi asunto con interés. + +Excusose el joven con finura y modestia, alegando que no tenía amistad +con el ministro, ni podía permitirse recomendarle asuntos de ninguna +clase; mas no se dio por convencida la Zahón, y elogiando la delicadeza +del joven, y echándole mucho incienso, dijo: + +—Es natural que usted se exprese de ese modo. Pero yo sé que don Juan +Álvarez le quiere a usted mucho y le protege, y le hará procurador... +Los motivos de esta protección quizás usted mismo no los sepa... Yo +tampoco; la verdad, no sé nada: solo sé que... En fin, _Aline_ me ha +dicho que es usted un joven de gran mérito... No hay que ruborizarse... +Por todas esas razones, y otras que callo, yo quisiera, señor don +Fernando, que esta noche cenara usted con nosotros... + +Antes que el invitado pudiese formular sus excusas, se metió por medio +don Carlos, diciendo muy gozoso: + +—Aceptará, ya lo creo, y yo también. Quiero decir, que si el señor cena +con ustedes, me convido... + +—Lo siento mucho —dijo Calpena—. Otra noche, señora mía, tendré mucho +gusto... Esta noche no puedo... créame usted que no puedo. + +—Ya se ve... Es verdadero sacrificio sentarse a nuestra pobre mesa, +acostumbrado usted a los convites de las grandes casas. + +—No nos tratarán mal aquí, señor don Fernando —dijo don Carlos—; y si +Lopresti tuviera tiempo de poner esta noche el pescado en tomatada +maltesa... + +—Hay tiempo... ¡Lopresti! + +Repetía sus excusas don Fernando, cuando llamaron a la puerta. El +maltés acudió. Eran campanillazos, golpes repetidos, dados al parecer +con el puño de un bastón, y luego voces femeninas, la del sirviente y +la de otra persona, riñendo, disputando. + +—Es ese torbellino —dijo Doña Jacoba—. Aura, hija mía, ¿por qué +alborotas? Mira que hay visita... Pasa..., ven. + + + + +XIX + + +En el mismo instante vio don Fernando, en el hueco de la puerta, una +mujer, una joven, que más que persona humana le pareció divinidad +bajada del cielo. ¿La había visto antes alguna vez? Creía que sí, creía +que no. ¿Y cómo había vivido tanto tiempo sin verla? ¿Y qué habría +sido de él, si por torpeza de su destino no la hubiese visto cuando la +veía? Esto pensaba en la perplejidad casi estúpida de que fue acometido +su espíritu ante aquella visión celeste. La que respondía por Aura +se quedó también suspensa, y pensaba que no veía por primera vez al +sujeto, cuyo nombre pronunció la Zahón presentándole. + +—Vete adentro: deja la mantilla; deja la sombrilla con que has apaleado +al pobre Lopresti, y vuélvete acá... —le dijo la señora—. No hagas +la de otras veces, que tengo que ir a buscarte. Ya ves que no puedo +moverme. + +Fuese la joven, y tal era su turbación, que ni acertó a saludar con +una ligera inclinación de cabeza a la persona que acababa de serle +presentada. «¡Qué estúpida soy —se decía, corriendo hacia su cuarto—, +y qué grosera y qué desmañada! No he sabido saludarle... Verdad que +él no me saludó tampoco, y se quedó como un santirulico que está en +oración... ¿Cómo ha dicho Jacoba que se llama? Pues ya no me acuerdo... +Yo le conozco... No, no le he visto nunca: no hay más sino que yo sabía +que le vería pronto... ¡Y ahora qué vergüenza me da de volver!... No +vuelvo... ¡Pero si tardo, y el hombre se cansa, y se va, y no vuelve +más, y no le encuentro en ninguna parte...!». + +En tanto Calpena, mal repuesto de su trastorno, apenas podía enterarse +de lo que Maturana y la Zahón le decían. Miraba para dentro de sí: en +su mente había quedado impresa la imagen fugitiva... ¡Qué ojos, qué +boca, qué talle! Quería recordar pormenores; cómo eran estas o aquellas +facciones, y no podía. La imagen se borraba con el análisis; llegó un +instante en que solo quedaba de ella una vaguedad, un rastro, algo como +una herida, o como una sombra que doliera. Pero de improviso volvió a +presentarse ante los turbados ojos de Calpena, no precedida de ningún +rumor de pasos ni de voz alguna. Entró como fantasma, trayendo consigo +una luz ideal, y para mayor asombro y arrobamiento de don Fernando, se +presentaba risueña, mostrando unos dientes dignos de morder un cachete +al Padre Eterno. Así lo pensó Calpena, que también se sonrió al verla, +y salió como a recibirla, brindándole un asiento... + +—No me siento; gracias —dijo Aura, y pasó... + +Fue a recoger algo al otro lado de la pieza. Cuando regresaba con una +cestilla de labores, recibió de lleno el galán todo el brillo, toda +la expresión, toda la intensísima divinidad de los ojos negros de la +damisela. El infeliz no dijo nada, miró a la mesa, y cogiendo la silla +que cerca tenía dio un golpecito en el suelo, diciendo o pensando así: +«¡Qué rayo de Dios!... Tempestad, locura... Si esta mujer no me quiere, +me mato... Vaya si me mato. No puedo vivir». + +—Aura —dijo doña Jacoba dándole un manojo de llaves—. Saca de aquel +armario la cajita de perlas, y dásela a don Carlos para que me haga el +apartado... + +Y mientras Aura traía las perlas, Calpena se decía: «Esto es sueño. Tal +mujer no existe. Es la que traigo en mi imaginación desde qué sé yo +cuándo... Lo que ahora me pasa es como el morir, como el nacer. No sé +si muero o nazco... ¡Vaya una mano! Si me diera una bofetada, vería yo +a Dios en su trono... ¡Y qué cuerpo, qué flexibilidad, qué gallardía! +Ese traje que antes me pareció verde, ahora es azul, oscurito como un +cielo sin luna, y esas motitas son como estrellas, que en los pliegues +se esconden, se apagan... El espacio entre el borde del vestido y el +suelo parece, cuando anda, un espacio que ríe, una boca que habla... No +sé... estoy loco... Si la jorobada no repite su invitación, me convido +yo mismo. Si me apalean para que me vaya, no me voy». + +—Oye, mujer —dijo doña Jacoba, poniendo las perlas sobre un tablero +con bordes y forrado de bayeta, previamente colocado ante sí por don +Carlos—, ¿cómo es que no subieron tus amigas las de Milagro? + +—Me dejaron en la puerta. Era tarde, y como las de Fonsagrada tenían +prisa... + +—¿Iban con ellas los dos chicos de la Guardia Real? + +—Sí..., y también tenían prisa. Les han mandado recogerse temprano en +el cuartel. Parece que hay runrún de revolución. + +—Todos los días dicen lo mismo, y nunca pasa nada. ¿No sabes, Aura? He +invitado a cenar a este señor Calpena, y no quiere, digo, no puede... +Convéncele tú. + +—¿Y qué caso ha de hacer de mí? —dijo Aura queriendo mirarle y +sin poder levantar los ojos—. Estará invitado en otra parte..., +comprometido en casas ricas... + +—Si mil compromisos tuviera —manifestó Calpena haciendo por tragarse el +nudo que tenía en la garganta—, los dejaría todos por la satisfacción, +por el honor, por el placer de pasar algunas horas en tan amable +compañía. + +—Gracias —dijo Aura, echándole toda la mirada y clavándosela con +ímpetu, hasta con ensañamiento. + +Y la voz de Aura al decir _gracias_, o al decir otra cosa cualquiera, +se le metía a Fernando dentro del sentido como una lanceta, y le +inoculaba un goce inefable, una turbación honda, ganas de dar gritos y +de tirarse al suelo... «¿En qué consistirá —pensaba— que me parece que +la he conocido toda mi vida? Si me equivoco respecto a esta mujer; si +no es la que yo soñé, la que ha venido al mundo para mí, que me parta +un rayo, o que me asesinen esta noche al volver de una esquina. ¡Esta +mujer para otro! No puede ser... Quien me lo diga miente... y si yo lo +dudara o lo temiera, estaría loco». + +Mientras doña Jacoba daba órdenes a Lopresti, Aura y Fernando cambiaron +palabras insignificantes, sentados uno frente a otro, en el lado de la +mesa o mostrador opuesto al que ocupaba don Carlos. Entre este y la +pareja estaba la luz, con enorme pantalla verde. + +—¿También usted, señorita, entiende de pedrerías, y sabe distinguir los +brillantes legítimos de los falsos? + +—No sé nada... Para mí como si fueran cuentas de vidrio. No entiendo +nada de esto. Y usted, ¿sabe...? + +—Yo no... —dijo Calpena sintiendo un impulso violentísimo de +manifestarse—. No sé más sino que... No crea usted que voy a llamarla +piedra preciosa, diamante, perla o cosa tal... Eso es no decir nada. +Lo que digo... Digo que cuando la vi a usted entrar... creí que no era +usted persona de este mundo. + +—¿Pues de qué mundo? + +—Del otro, del cielo... + +—¿Pero usted cree que si yo hubiera estado en el cielo iba a dejarme +caer aquí? ¡Qué tontería! + +—No haga usted caso —dijo la Zahón—. Esta niña es una revoltosa sin +juicio. Ya es tiempo de que vaya sentando la cabeza. + +—Soy muy mal criada —afirmó Aura con graciosa ingenuidad, sin el menor +dejo de falsa modestia—. Vamos, que no tengo educación... No he tenido +quien me eduque ni quien me enseñe nada... Y ahora trato de educarme yo +misma; pero, la verdad, no sé por dónde empezar. + +—¡Qué deliciosa modestia! + +—¡Modesta yo! No, señor: ya verá usted cómo no lo soy. Algún mérito me +parece a mí que tengo, y como lo sé, lo digo. + +—La sinceridad es la primera de las virtudes —afirmó Calpena fascinado +por los ojos negros de Aura, que no podían ser contemplados de cerca. + +La ardiente admiración del joven veía en ellos tan pronto una +inmensidad de dulzura que atraía, como una inmensidad de peligro que +rechazaba. Dulzura o peligro, el hombre sentía un irresistible impulso +de comérselos, de apropiarse toda su luz, toda su pasión. ¡Y qué +perfecta armonía entre los ojos y lo demás del rostro, en él cual solo +se veían perfecciones! El color era moreno suave, blancura encendida +más bien, como si en sus mejillas se reflejasen llamaradas lejanas... +La frente dominaba tan hermoso conjunto con su pureza de alabastro +caldeado. + +—Déjeme usted que admire —dijo Calpena en tono y actitud de devoción— +esas cejas divinas, esas pestañas que hablan y esos labios que miran... +No sé lo que digo. + +—Diga usted de una vez que soy muy bella... ¿Por qué no se ha de decir +lo que es verdad? Ya ve usted cómo no conozco la modestia. El ser +bonita no tiene ningún mérito, porque así ha nacido una... + +—Aura, por Dios, no tontees... —indicó doña Jacoba levantándose con +gran esfuerzo—. Voy a ver qué hace ese pelmazo. + +—¿Quieres que vaya contigo? + +—No, hija: quédate aquí acompañando a estos señores... Puedo andar sola. + +Ponía don Carlos toda su atención en las perlas que examinaba +cuidadosamente, y luego las distribuía en tres grupos. Aura y Fernando +se creían solos. + +—¿Qué? —dijo ella viendo al galán suspenso y como asustado—, ¿se enfada +usted porque yo misma me alabo y digo que soy hermosa? + +—No; la sinceridad... Todo en usted es extraordinario, inaudito, sin +igual. + +—No me haga usted caso. Soy muy mal educada... La buena educación pide +que cuando una se siente discreta diga: «soy tonta», y que cuando somos +bonitas, sostengamos que no valemos nada. + +—No es eso buena educación: es gazmoñería, y falsa humildad, máscara de +la soberbia. + +—A mí me han hecho creer que la verdadera finura consiste en rebajarse +y elogiar a los demás. + +—¿Aunque no se sienta el elogio? + +—¡Ah! no: eso sí que no puedo hacerlo yo. Por nada del mundo le diría +yo a usted, por ejemplo, que me agrada, si no lo sintiera. + +—Luego usted me dice que no le soy desagradable. + +—Yo no pensaba decírselo... Si lo he dicho sin querer, dicho se queda. + +Se le encendieron las mejillas, y después de una pausa en que Fernando, +absorto, no sabía qué expresar, rectificó la joven su atrevido concepto: + +—La culpa tiene usted por hacerme caso y darme conversación. Se me +escapan las tonterías cuando menos lo pienso. Bien dice Jacoba que no +tengo vergüenza... + +—Eso no es verdad. + +—Quiero decir que soy muy descarada... Y no sabe usted los disgustos +que he tenido en Madrid por esta mala costumbre mía de decir todo lo +que siento. Mis amigas me critican, y algunas se han negado a salir de +paseo conmigo. Otras, en cuanto me han oído hablar dos veces, se han +resistido a recibirme en su casa. Vamos, que me tienen por una salvaje, +y lo soy, aunque lo disimulo vistiéndome, ya usted ve, como las mujeres +civilizadas... Eso lo sabe una sin que se lo enseñen... Pero... mire +usted qué cosas tan raras me pasan a mí: esta noche es la primera vez +que siento pena de ser como soy. Al decirle lo que le dije, ¡me subió +un calor a la cara...! Me figuré que usted se enfadaba conmigo, que me +iba a querer mal por mi desvergüenza... + +—No, no, eso no. Es sinceridad, y yo la admiro y la aplaudo... ¿Pero +por qué no hemos de ser todos así? ¿Qué educación es esta que nos +impone la mentira en todos los actos? + +—Pues ahora me confunde usted más —dijo Aura con una ingenuidad y una +sencillez que acabaron de enloquecer a Calpena—. Porque yo empezaba a +querer educarme procurando hacerme la vergonzosa, y usted sale ahora +diciéndome que cuanto más desvergonzada mejor. + +—No, cuanto más sincera... Lo que usted debe hacer es no empeñarse en +cosa tan difícil como la educación por sí misma. No acertaría usted. Lo +mejor es que confíe ese cuidado a otra persona: a mí, por ejemplo. + +—¿Pero cómo me va usted a educar, si no está siempre conmigo? + +—¡Oh!... Eso se arreglaría de un modo muy fácil... + +—¿Cómo? + +—Estando... + +—¿Siempre conmigo? Pues le juro a usted que no me disgustaría. En decir +esto no veo yo que haya maldad. + +—Ninguna... + +Al llegar a este punto, miráronse los dos largo rato sin pronunciar +palabra. ¿Les estorbaba el viejo diamantista, aunque solo en presencia +corporal, por tener todo su espíritu aplicado al examen y selección +de perlas? Calpena, perdidamente enamorado de aquella mujer con +súbito incendio pavoroso, pensaba en el singular caso, en la inaudita +sorpresa que le ofrecía su destino. Era en verdad estupendo que siendo +él un misterio vivo, y encontrándose en el mundo, en su florida edad, +rodeado de sombras, le saliese al paso, en aquella ocasión suprema de +su amor primero (el cual, por la fuerza con que venía, debía de ser +único), un enigma tan extraño como el suyo propio. «Ya sospechaba yo +—se dijo— la existencia de esta mujer tan hechicera y seductora; ya me +anunciaba el corazón que en nuestras sociedades puede encontrarse un +ser tan bello, tan ingenuo, en toda la hermosura libre y silvestre de +quien no ha pasado por los absurdos tamices de la educación corriente. +Esta mujer superior, este admirable pedazo de la divinidad, aunque sin +pulimento, para mí estaba guardada; para mí, que he venido al mundo +en algún torbellino de las pasiones humanas, y tengo por ley de mi +destino la misión, ¿por qué no ha de ser misión?, de venir a chocar con +otro misterio como el mío, con otro enigma, y fundirnos misterio con +misterio, y...». De buena gana habría roto el silencio soltándole estas +preguntas, expresión de la ansiedad de un amor investigador, receloso, +policiaco: «¿Quién eres tú?... ¿De dónde has salido tú?... ¿Quiénes son +tus padres?... ¿Por qué estás en esta casa?». + +El silencio fue interrumpido por Maturana, que, mostrando entre sus +dedos una gruesa y hermosa perla, se volvió a los que ya es forzoso +llamar amantes, y en tono grave les dijo: + +—¡Qué hermosura, qué redondez, qué oriente!... ¡Y que este prodigio +de la naturaleza haya salido de los profundos abismos de la mar!... +¡Y que esto sea, como dicen, una enfermedad de la ostra... un tumor, +según otros, producto de la baba con que el pobre animal se cura de los +golpes que le dan los crustáceos! ¡Y cosa de tanto valor no es, en su +origen, más que una baba!... ¡Misterios de la vida, del tiempo!... + + + + +XX + + +No se manifestaba en la mesa la sordidez de Jacoba Zahón, como +vulgarmente creían vecinos chismosos, y amigos desconocedores de las +interioridades de la casa. Del trato comercial procedía su fama de +avaricia, y cuanto se dijese en este terreno era poco, pues no ha +venido al mundo persona que con más cruel ahínco defendiera el ochavo. +Los del gremio la temían; gimieron siempre los parroquianos entre +sus uñas rapaces; en tratándose de negocio pingüe, no reparaba en +medios, ni había para ella compañerismo, ni delicadeza, ni caridad. +Reproducíanse en ella todas las cualidades de su marido, Bartolomé +Zahón, a quien llegó a sobrepujar en la frialdad de cálculo, en la +codicia desmedida y en la dureza de las condiciones de venta o empeño, +aprovechando siempre, sin miramiento alguno, las ocasiones ventajosas. +No perdonaba; hacía cumplir los contratos, implacable sacerdotisa de +la letra, y al propio tiempo los cumplía fielmente por su parte. Jamás +la cogió nadie en renuncio legal; jamás tuvo que ver con la justicia +humana. Vivía, pues, dentro de la estricta honradez social, del +respeto de las leyes y costumbres. No tomó nunca nada que en rigor +de derecho no fuera suyo, ni dio a nadie parte mínima de su legal +pertenencia. Con tal modo de ser se fue labrando su fama de miseria, +fundadísima en todo, menos en los cuentos que corrían acerca de la +mala vida que se daba. Como en su casa entraban pocas personas, y las +amistades y relaciones no pasaban de un círculo estrecho, pocos sabían +que la mesa de Jacoba no era escasa, que a veces era espléndida, y +que si ocurría tener que obsequiar a alguien, lo hacía con decente +abundancia y hasta con ostentación. Así queda explicado que la cena +de aquella célebre noche fuera excelente, y que Calpena la encontrase +muy superior a lo que había imaginado. Añádase que Lopresti era un +hábil cocinero, que guisaba a la italiana y a la francesa, y poseía +el secreto de algunos platos sabrosísimos a estilo de La Valette y de +Cagliari. + +Por milagro de Dios, Jacoba se sintió, después de anochecer, muy +mejorada de los horrendos dolores que le habían retorcido el cuerpo, y +gozosa, renqueando de aquí para allí con el apoyo de su bastón, iba del +comedor a la cocina, o al revés; sacaba de los armarios una mantelería +riquísima (que había ido a parar allí sabe Dios cómo); exhumaba vajilla +fina, alguna hermosa pieza de plata repujada, y en fin, lo disponía +todo para lucimiento de su casa y satisfacción de su amor propio. +Dígase también que Jacoba Zahón, fuera de los asuntos mercantiles, +era bastante agradable, de mucho mundo, conocedora de los usos que +constituyen la etiqueta, de hablar ameno y correctísimo. Pero estas +cualidades, junto al mostrador, trocábanse en una ferocidad egoísta +que ponía los pelos de punta al infeliz que trataba con ella. En esto +seguía las tradiciones de su familia: no hacía más que manifestarse en +toda la plenitud de su ser, heredado de otros seres, consecuente con +lo que los Zahones llevaron siempre en la masa de la sangre. Malta en +tiempos remotos; después Mallorca, Gibraltar, Sevilla, y desde mediados +del siglo pasado, Cádiz, Córdoba y Madrid, fueron campo donde esta +planta zahónica creció con varia lozanía. Algunos se enriquecieron; +otros trabajaron con mediano fruto, y los últimos tuvieron no pocos +reveses, que remedió el tino económico de Bartolomé Zahón, y las dotes +rapaces de su mujer. En la época en que encontramos a esta señora, toda +estevadita, patizamba y hecha una calamidad, la casa no era más que +sucursal de la establecida recientemente en Córdoba por Laureano Zahón, +hijo único de doña Jacoba y su heredero. En Córdoba se había montado +un taller, y allí se acumulaba la pedrería más usual conforme a las +exigencias de una industria y comercio bastante activos. En Madrid solo +quedaba la compra y venta, la red tendida para recoger gangas, todo el +género vagabundo que siempre fluctúa en grandes poblaciones; quedaban +también valiosos préstamos con prenda, que doña Jacoba sabía hacer como +nadie, a cencerros tapados, sin pagar contribución de pestamista. + +Por causa de los achaques de su madre, el Zahón de Córdoba tiraba a +suprimir completamente la casa de Madrid, llevándose todo allá, y así +lo había convenido con doña Jacoba; pero dificultaba la traslación la +plaga de bandidos y ladrones que había por entonces en Sierra Morena, +sin que justicia, ni policía, ni aun el ejército pudiesen con ellos. +El envío de alhajas se hacía muy lentamente, aprovechando coyunturas +favorables que no se presentaban todos los días. Además, doña Jacoba, +por ley de inercia, lo dificultaba también. El hábito de traficar, de +allegar dinero, podía más que todos los planes dictados por la razón: +sin darse cuenta de ello, dilataba las remesas, y cuando se proponía no +hacer más negocios, se le entraban por la puerta gangas increíbles... +En fin, que la codicia y la costumbre daban un carácter de sólida +petrificación al establecimiento de la calle de Milaneses. + +De las relaciones de la Zahón con Maturana conviene dar alguna noticia. +Ya se ha visto que era don Carlos el primer perito y tasador de +pedrerías que por aquel tiempo había en España. Criado en los talleres +del gran Martínez, y trabajando de continuo para Palacio y la grandeza, +su práctica era al fin tan notoria como había sido su habilidad. Sus +viajes frecuentes le afinaron el gusto; el trato mercantil y el roce +social hicieron de él un hombre en quien la urbanidad no desmerecía +de la inteligencia. Exonerado de su cargo de diamantista de Palacio, +a la vuelta del rey, sin otro motivo aparente que la protección que +le dispensara el Príncipe de la Paz, hubo de lanzarse al comercio con +buena suerte: del 15 al 35 había reunido un buen capital. No tenía +taller, ni tienda, ni le hacían falta para nada, pues procuraba colocar +prontamente el género, y remitía sus dineros a París, a la casa del +señor Aguado, marqués de las Marismas, de su absoluta confianza. + +En tiempos bastante lejanos, cuando a Jacoba no le habían salido las +corcovas que agobiaban su cuerpo y afligían su existencia, y cuando +Maturana, aunque de cuerpo chico, era un hombre de alientos, no exento +de gracia, corrieron voces de si se entendía o no se entendía con la +mujer de Bartolomé Zahón; pero todo ello fue malicia, malquerencia +de compañeros envidiosos. Siempre entró don Carlos en casa de sus +amigos con la mayor limpieza de intenciones, y si allí permanecía +largo tiempo, era por menesteres periciales y mercantiles. Vivía el +diamantista honradamente con su mujer, que nunca salió de Madrid, y +tenía dos hijas, casada la una con un teniente de la Guardia, y otra +con un capitán de lanceros. + +Mirábale siempre Jacoba como un buen amigo, con quien se asociaba +en cualquier negocio que uno solo no pudiera emprender. La opinión +de Maturana en asuntos de pedrería era para ella cosa sagrada, y la +confianza entre los dos, comercialmente hablando, no se alteró jamás. +Verdad que Jacoba, como hembra envidiosa, de un egoísmo implacable, no +podía ocultar su rabia cuando Maturana hacía un buen negocio en que +ella no llevara parte, y le contradecía, le hostilizaba por todos los +medios, vengándose de su suerte con burlas y recriminaciones. Pero +esto no estorbaba para la confianza, que era incondicional, absoluta. +La Zahón le entregaba sin ningún recelo sus llaves; y él, en justa +correspondencia de esta fe ciega, le dejaba en depósito, cuando se iba +al extranjero, cosas de grandísimo valor. En suma, socios alguna vez, +rivales otras, amigos siempre. + +Sentáronse a la mesa las dos damas y sus dos invitados a punto de +las nueve. Todo estaba muy bien dispuesto, aunque con un poquito de +precipitación. Pudo admirar Calpena piezas hermosísimas de porcelana y +de plata antigua; todo era heterogéneo, revelando, más que la casa del +rico, la del comerciante o el coleccionista. Uno de los candelabros, +de dos velas con guardabrisas, era evidentemente de iglesia, y había +servido en mejores días para alumbrar el Santísimo; el otro, de estrado +de casa grande; y por este estilo variaban las formas y abolengo de +cuanto allí se ostentaba. De lo que cenaron, nada había que decir, como +no fuera para elogiarlo sin reservas. Todo era bueno, con tendencias +a la condimentación italiana, y revelaba la buena mano culinaria del +atiplado maltés. La mujer, vecina del tercero, que servía, hízolo con +destreza, y Jacoba no tuvo que reprenderla más que dos veces..., por no +perder la costumbre. + +Obtenida venia de sus huéspedes para no cambiar de vestido, la Zahón +ostentaba en la cabecera de la mesa su cara austriaca, su escofieta, +sus jorobas y los trapos con que las envolvía. A su derecha se sentaba +don Fernando, a su izquierda Maturana, Aura enfrente. No apartaba los +ojos, y menos el pensamiento, de la hermosa doncella el enamorado +Calpena, y pudo observar que en el comer no revelaba salvajismo ni +desconocimiento de los hábitos sociales, sino todo le contrario: «Ella +será salvaje en sus afectos, de inteligencia inculta; pero en sociedad +sabe lo suficiente para dar relieve a sus extraordinarias gracias +naturales... ¡Qué mujer, Dios mío! ¿Pero de dónde ha salido este sol +que viene a alumbrar mi vida?.. Ahora veo cuanto hay en el universo... +Antes creía ver, y no veía nada». + +Entabló Maturana la conversación hablando de perlas. + +—Ya le dejo a usted los tres apartados, a saber: primera calidad, en +_elencos_ y _avemarías_; segunda calidad, en aljófares, _timpanías_ y +_berruecos_, y, por último, género _muerto_. Otro día que venga yo a +buena hora pesaremos todo lo selecto, formando igualdades. En el primer +apartado tiene usted un par de perlas de perfecta redondez y oriente +superior, que juntas no pesan menos de 27 quilates. Sé quién daría +por ellas 350 duros. Las _muertas_, si usted quiere, me las llevaré +a París, donde conozco un platero que ha descubierto la manera de +devolverles la irisación por una _alquimia secreta_, en la cual entran, +según dicen, 83 drogas. Entre las _avemarías_ de segunda, veo una +tandita de iguales, lindísimas, que, si no estoy equivocado, son las +del medio collar que le cedió a usted Negretti, el papá de Aurorita. + +De esto tomó pie don Fernando para llevar la conversación a la familia +de Aura, anhelando explorar aquel interesante mundo desconocido. Algo +descubrió de lo que deseaba, y otras cosas quedaron en el misterio. +Con mucha gracia describió la joven algunos pasajes de su infancia; +y respecto a su nacionalidad, que fue motivo en la mesa de grandes +controversias, dijo lo siguiente: + +—Verá usted, don Fernando, el surtido de sangres que llevo en mis +venas. Mi padre era hijo de un corso y de una española, la cual, mi +abuela, era hija de portugués y catalana. ¿Qué tal? Pues voy ahora con +mi madre. Verá usted qué lío. Mi madre era hija de un francés y de una +griega, y no había nacido en ningún país, sino en medio de la mar, +viniendo sus padres de Salónica, donde tenían comercio de oro y plata. +Yo nací en un pueblo cerca de Londres, que lo llaman Rochester, y a los +tres años me llevaron a Mallorca. De niña hablaba inglés; pero luego +se me olvidó, y solo recuerdo algunas palabras. De Mallorca pasé a La +Valette, en Malta, donde hablé italiano, y volví a saber un poquito de +inglés. A los diez años, vuelta a Mallorca, después a Cádiz, y de Cádiz +a Madrid, donde me parece que estoy ahora, aunque no lo aseguro: tengo +mis dudas de que esté yo ahora donde ustedes me ven..., si es que me +ven, que también lo dudo... + +—No le haga usted caso, señor de Calpena —indicó la Zahón benévola—. +Todo el día la tiene usted pensando y diciendo estas extravagancias. Es +un genio inflamado, y tan desigual, que si le da por reír y alegrarse, +nos atruena la casa con sus gorjeos; y si le da por las tristezas y +por lo fúnebre, nos pone a todos con el corazón en un puño. Trabaja +como nadie, y hace mil primores cuando le da la ventolera; y cuando se +pone a ser holgazana, no hay quien la aventaje. No es constante más que +en dos cosas: limpieza, así de su persona como de cuanto cae bajo su +mano, y caridad. No deje usted en su poder cosa de valor, porque, de +seguro, se la da al primero que se la pide... hablo de cosas metálicas +o comestibles, ¿me entiende usted? + +—Sí, señora: entiendo perfectamente. + +—Oiga usted más: rarísima vez coge en su mano un libro... aunque aquí +no faltan... La hemos puesto maestro de piano y canto, y de baile. +¿Querrá usted creer que toca muy lindamente, y que baila con toda la +gracia de Dios? + +—Lo creeré si nos da esta noche una muestra de sus habilidades, en el +piano y canto sobre todo, pues la danza es más bien para lucida en +sociedad. + +—¿Y si no, no lo cree? Pues no toco —dijo Aura—. Tiene que creerlo +antes. En estas cosas es necesaria la fe. + +—Bueno, pues la tengo... Sin oírla cantar, ya estoy proclamando que se +deja usted tamañita a la Todi. + +—Eso es burla. No tanto, señor mío. Pero no vaya a creer que salgo +ahora con modestias ridículas. Sepa usted que canto muy bien. Digo, muy +bien, no; me quedo en el bien a secas. Ni me quito ni me pongo nada... +Pero no cantaré esta noche..., digo, sí cantaré, con tal que don Carlos +me prometa no dormirse. + +—Lo prometo... —dijo Maturana—, sin responder, hija mía, sin responder +de nada. + +—Yo emprendería la completa educación de Aura —dijo Jacoba, que no +sabía cómo llegar al asunto que era su objeto principal aquella noche— +si se me dieran medios suficientes para ello. Y no es que la niña +carezca de patrimonio, pues lo tiene sobrado: solo que está en manos +que lo escatiman, que lo tasan en demasía, como si desconfiaran de +mí... Señor don Fernando, yo espero de usted un favor muy señalado. Me +consta su amistad con nuestro gran ministro, el señor de Mendizábal; sé +que Su Excelencia... + +—Señora, ya dije... —interrumpió don Fernando lleno de confusión—. El +señor ministro me trata como a todos sus subordinados, con cortesía... +y nada más. + +—A un lado las modestias, caballerito —añadió la diamantista—, y no +me salga usted con negativas, que solo sirven para demostrarnos su +delicadeza... Pues sí señor: espero de usted una prueba de amistad +hacia mí y de interés por Aura. ¿No adivina lo que quiero? Que usted me +ponga en comunicación con su jefe, y si es posible, y quiere extremar +el favor, que antes de llevarme a la audiencia, le hable de mí, pues +me figuro que el señor Mendizábal tiene de esta servidora una idea +equivocada. Sin duda le han llevado algún cuento... En fin, yo quiero +ver a Su Excelencia, deseo hablarle, y que usted tome mi empeño como +cosa propia... + +Interesado en el asunto, por tratarse de la mujer que le fascinaba, +Calpena quiso saber más, y descubrir qué relación podía existir entre +la hermosa hija de Negretti, nieta de tan distintos abuelos, y el gran +Mendizábal, relación cuyo simple anuncio le sorprendía y anonadaba. +¿Qué era, santo Dios? Solo por tirarle de la lengua a la Zahón y +adquirir mayor conocimiento, cedió en aquel punto de sus supuestas +confianzas con el ministro, y ni afirmaba ni negaba, dando a entender +que favorecería las pretensiones de la jorobada, siempre que se le +diese alguna explicación de ellas. Por este medio sutil pudo averiguar +que don Juan Álvarez era testamentario de Jenaro Negretti y depositario +de su fortuna, con algo más de lo que referido queda. + +No se paraba en barras la codiciosa diamantista, y desde que Mendizábal +vino a España y se puso a ministro, acarició la idea de que debía +transferirle a ella las facultades que le otorgaba el testamento de +Negretti. ¡Cosa más natural! Pues ¿cómo podía administrar holgadamente +los bienes de la niña, un hombre abrumado de quehaceres políticos, con +tantas cosas dentro de la cabeza? ¡Que la Hacienda, que el empréstito, +que las juntas, que el Estatuto, que los frailes...! Imposible atender +a todo, señor. De su peso se caía que debía entenderse con la Zahón, y +pedirle por favor que se encargase de la tutela y gobierno de bienes de +Aurora Negretti, pues algo habría en el testamento que tal abrogación +consintiera. No se le apartaba del magín esta temeraria idea, y si +el horrible acceso reumático que en aquellos meses sufría no la +imposibilitara totalmente, ya se habría presentado a don Juan de Dios, +a fin de proponerle lo que para él era un alivio y para ella una carga +muy de su gusto. Bien clara está la razón de que, suponiendo al don +Fernando cordialmente ligado a Su Excelencia, le recibiera con finuras +y agasajos, y echara la casa por la ventana en aquel desusado convite. + +En los postres sirvieron _curaçao_, que era quizás la única pasión o +debilidad del viejo Maturana. Aquel dulce licor le hacía desmentir +muy de tarde en tarde sus hábitos de formalidad y grave continencia. +Siempre que allí comía o cenaba, Jacoba, por hacerle rabiar, aseguraba +no tener _curaçao_; por fin, después de mucho trasteo, hacía traer +la bebida y le daba un poquito, cuatro lágrimas, y así se divertía +con él, vengándose de alguna trastadilla que en los negocios le había +jugado. Pero aquella noche, antes de que la señora empezase el sainete, +le convidó Aura, y sacando del aparador la botella, le sirvió cuanto +él quiso, y después a Fernando. Mientras don Carlos paladeaba con +embeleso los primeros sorbitos y Jacoba le afeaba su vicio con afectado +enojo, Calpena charló brevemente con Aura, cuando esta a su asiento +volvía. Doña Jacoba no reparaba en ello, o se hacía la distraída, que +también pudo ser, y Maturana se halló bien pronto bajo la influencia +embelesadora del rico néctar. + +—¿Y qué?, ¿canta usted o no? + +—No..., me temo que don Carlos no se duerma si canto. Pero si usted se +empeña en ello... + +—Deseo que usted cante... Si hablando es su voz tan divina, ¿qué +será...? + +—¿Cantando? Pues más divina todavía... Bueno; pero conste que si usted +me manda cantar, hace una gran tontería. + +—¿Qué está usted diciendo? + +—Que hay otra cosa mejor que el canto mío. + +—¿Qué...?, ¡por Dios! + +—Hablar..., que hablemos. + +—Chist..., silencio. + + + + +XXI + + +Entró en aquel punto Milagro, que venía sin más objeto que hacer +asientos de facturas atrasadas, y se asombró no poco de ver aquel +aparato de festín, y a Calpena en la mesa. Pero como en aquella +casa todo era raro, y pasaban las cosas en contra de lo usual y +corriente, se guardó su sorpresa y no dijo nada. Pareció que a Fernando +contrariaba la importuna visita de su compañero de oficina; pero Aura, +más lista que la pólvora, se apresuró a tranquilizarle, diciéndole: + +—Este infeliz es lo mismo que nadie, y además, también se pirra por el +_curaçao_. Le ofreceré una copita, ¿sí? + +En esto propuso la señora pasar a la sala, y allá se fueron todos con +la botella por delante. Poseídos Aura y Calpena de una audacia loca, +cuyo móvil psicológico no se explicaban ni había para qué, se arrimaron +al extremo de uno de los mostradores, en el sitio menos alumbrado +por la lámpara, y a la mayor distancia posible de los bebedores de +_curaçao_. Doña Jacoba hizo plantar su sillón junto a estos, sin perder +de vista a la juventud, con quien desde su asiento a ratos hablaba, +y ordenó a Lopresti que pusiese luz en el gabinete próximo, y velas +en el piano, abriendo de par en par la comunicación de esta pieza, +la única bonita de la casa, con la sala o tienda. Milagro y Maturana +rompieron, con los primeros tragos, a hablar de política, metiendo +en ella su cucharada la Zahón, con ardientes alabanzas del primer +ministro, salvador del desdichado reino, remedio de todos nuestros +males. Y conforme aumentaban las ingestiones de bebida, la imaginación +de Maturana se lanzaba intrépida al simbolismo: + +—Reina Cristina es la _Peregrina_ entre las perlas, y Méndez el +_Gran Mogol_ entre los diamantes. Carlos V es el diamante falso, +el _strass_..., tras, tras... Jacoba el _Ojo de Gato_, tallado en +_cabujón_... y tú, Milagro, eres la _Montaña de Luz_... solo que +todavía no te han tallado, hijo..., estás en bruto... + +Con solo probar el delicioso licor, se le quitaban al buen Milagro +diez años de vida; y a medida que iba apurando el vasito, presentaba +síntomas diversos de exaltación cerebral. Al tercer trago le atacaba +infaliblemente una sensibilidad lacrimosa, con recuerdos tiernísimos +de su familia e invocaciones a la santa pobreza, a la caridad sublime, +a los más altos y puros ideales. Hacia el cuarto o quinto sorbo se le +iniciaba la tendencia a expresarse en forma poética, reverdeciendo las +aficiones de su edad juvenil, en la cual más le gustaba hacer versos +que comer, y era un adepto fidelísimo de la retórica que entonces se +gastaba. + +—¡Ah! —decía con trémula voz, mirando al vaso—: ¡la reina..., angélica +Cristina, pía matrona!... Desde que vino de Parténope, vimos abierto +el Empíreo los buenos españoles... Cuando contemplo este doméstico +regocijo..., ¡ah!, viene a mi mente la imagen de mis pobres niños, +de mi dulce esposa, alma virtud... ¿Qué será de vosotros, _oh dulces +exuviæ_, el día en que fiera Parca me corte el hilo?... Mendizábal +tonante, aplaca el furor de Mavorte... La oliva sucede al laurel... +Somos felices... Vuelve el reino de Ceres prolífica... Comeréis, hijos +míos, blancos panes y bizcochos duros... + +Doña Jacoba, sin catarlo, era atacada de somnolencia, que procuraba +vencer. En tanto, recogía cuidadosa la caja de las perlas, acomodando +en ella los paquetitos que contenían las divisiones hechas por +Maturana. Esto no le estorbaba para dirigir a la gallarda pareja estas +insinuaciones: + +—Señor Calpena, cuéntenos usted algo de política... Aura, ¿por qué no +cantas? + +Aprovechaban ellos las distracciones y cabezadas de la señora para +entregarse con efusión al ardiente coloquio que enlazaba sus almas, en +cláusulas cortas, balbucientes: + +—¿Me había usted visto alguna vez? + +—No, no... La impresión de usted en mi espíritu es antigua, eso sí... +Cuando la vi entrar por esa puerta, creí recobrar algo que se me había +perdido... + +—¡Qué cosa más rara!... Esta noche, cuando subía yo la escalera, sentí +miedo, alegría y qué sé yo qué... No podía respirar..., por poco me +caigo. + +—¿Y por qué pegaba usted a Lopresti? + +—Es juego. Suelo darle así, con la sombrilla. A él le gusta, y +conozco yo que está de mal humor cuando no le pego. Es un perro +fiel, y me quiere con delirio. Esta tarde, al entrar, me dijo: «La +está esperando a usted un caballero muy guapo, de parte de su tío el +señor Mendizábal». Ya ve usted cuánto desatino. Me eché a reír..., y +le casqué más fuerte que otros días. ¿Oye usted? Jacoba me dice que +cante... ¿Qué debo hacer? + +—Obedecerla, creo yo. + +—Lo que agrade a usted haré, y nada más. ¡Qué extraño es lo que me +pasa! Hasta esta noche me ha costado siempre mucho trabajo someterme +a la voluntad de los demás. He sido voluntariosa, díscola, rebelde... +Pues ahora creo que si alguien me pegase, me alegraría, y mi mayor +gusto sería obedecer, ser mandada. + +—¿Y si yo me tomase la libertad de decirle: «Aura, haga usted esto; +Aura, sería yo muy feliz si usted...?». + +—¿Si yo qué...? Había de mandarme cosas buenas, las que ahora me +parecen buenas... Y también, también yo mandaría un poquito, que es muy +grato para una mujer verse obedecida. Obediencia y mandato, pienso yo +que deben ir juntos. + +—Servidumbre y tiranía en una sola persona, en dos quiero decir —indicó +Calpena enteramente trastornado—. El amor nos hace dueños y esclavos +de la persona amada... Aura, esta noche, después que yo me retire..., y +mañana, mañana, ¿se acordará usted de mi? + +—Se lo diré cuando vuelva. + +—Según eso, ¿he de volver?... + +Al llegar aquí sintió Calpena que se ponía tonto. A su primera audacia +sucedió una timidez aplanante, y no encontraba fórmula adecuada para la +expresión de sus afectos. Pero de súbito, en la tremenda revolución de +su alma, vino el golpe de osadía, y poco faltó para que diese un grito, +dejando salir, sin ningún recato ni miramiento, las llamaradas que le +abrasaban. Con su mirar fría le contuvo la Zahón... Poco después le +hizo Aura una pregunta insignificante: + +—¿Cómo es su segundo apellido? + +Y él replicó: + +—Igual al primero... Aura, nos conviene que usted cante un poquito, y +es de todo punto indispensable que, cuando usted pase al gabinete ese +del piano, pase yo también y estos se queden aquí. + +Pronto lo arregló Aura dirigiéndose a la próxima estancia y ordenando a +Fernando, desde la puerta, que tuviese la bondad de _volverle la hoja_, +pues no daba pie con bola sin mirar al papel... Y ya están allá; ya +desliza Aura sus lindísimos dedos sobre las teclas; él a su lado, sin +entender la escritura musical, hace como que atiende al papel, mira +embelesado a la divina cantora, y más embelesado aún, o transportado +al séptimo cielo, la oye. Canta ella el aria de _Semíramis, Bel raggio +lusinghier_, y después una canzoneta napolitana. + +Duda Calpena si vive o muere, si duerme o vela. La voz de Aura le +penetra en el sentido como un himno de deidades lejanas, desconocidas, +apenas visibles en su envoltura de blancos cendales. A ratos siente +como un súbito rayo que le hiere, que le destroza, que le arrojaría +exánime al suelo, si un poderoso estímulo de su voluntad no le +contuviera. Desea que calle Aura; desea cogerla y llevársela consigo +en aquel mismo instante, como el hecho más natural del mundo. A su +timidez sucede una arrogancia que nada respeta, una prepotencia que +todo lo allana. Se siente capaz de saltar por encima de los obstáculos +más imponentes, y de atravesar con su hermosa conquista por entre las +multitudes, que a sus ojos se empequeñecen ya, y solo se compone de +figurillas despreciables, microscópicas... Aura sola es toda la vida, +Aura toda la ley, Aura el universo físico y moral, Aura cuanto existe +de Dios abajo. + +En uno de los que podríamos llamar entreactos, el ardoroso galán, +revolviendo papeles de música, como para escoger, le dijo: + +—Aura, cuando entraste esta noche y nos vimos, ¿no comprendiste que te +adoraba? + +Acalorada por la turbación que al rostro en centellas le subía, Aura se +abanicó con una pieza de música. No se hizo cargo el joven de que la +había tuteado, y ella, sin parar mientes en la forma familiar usada por +primera vez, pasó maquinalmente sus dedos por las teclas. + +—El piano me responde por ti, Aura —prosiguió don Fernando—; el +piano me dice que tú también me quieres, que no me dejarás morir de +desesperación... Un instante ha bastado para hacerme pasar de una vida +a otra vida, de la vida muerta a la vida viva... Si es verdad esto que +pienso, no necesitas decírmelo. Me lo confirmarás callando... + +—Si callo, y tú lo dices todo..., verá Jacoba que..., que tú me +quieres, que me estás enamorando; y si hemos de hacerle creer que yo no +te quiero, porque así nos convenga..., mejor será, tontín, que hable, y +que me ría, ¿sí?... como hacen las muchachas que coquetean... + +—Conviene que cantes otro poquito... Dos palabras antes del canto: +Hagamos de nuestros corazones un mundo aparte, solo para nosotros... + +—Mundo aparte... —murmuró Aura con firme acento, arrojando sobre los +ojos de su amante toda la luz y el fuego de los suyos—. En un momento +hago yo toditos los mundos que quiera. + +—Aura, no hables más o me muero... —dijo Calpena casi delirante, +violentándose para no gritar—, y si no me muero, te arrebato ahora +mismo de esta casa y te llevo a la mía... Canta por Dios, canta un +poquito. + +—Y tú te callas... Después hablaremos. + +—Un momento... ¿Dónde, cómo? + +—Luego te lo diré... Silencio ahora. + +Mientras cantaba con sublime expresión un trozo de la _Medea_ de +Cherubini, Jacoba y sus dos amigos, en la otra estancia, hablaban con +elogio del joven Calpena. Propiamente, la Zahón lo decía todo, y ellos, +bajo la influencia del dulce elixir que alegraba sus gastados cerebros, +apoyaban con fáciles exclamaciones y con expresivos movimientos de +cabeza las palabras de la diamantista. Maturana se había encerrado en +los monosílabos; Milagro, por el contrario, se lanzaba a la verbosidad +más desenvuelta; doña Jacoba tuvo que cogerle por un brazo, obligándole +a recobrar su asiento, y a contestar formalmente a lo que tres o cuatro +veces le había preguntado sin obtener respuesta. + +—No vuelvo a admitirle a usted en mi casa —le dijo— si no me contesta +con claridad. A ver: si usted lo sabe, me lo tiene que decir... No +valen misterios conmigo. + +—Señora mía —respondió don José plantándose la mano abierta sobre el +pecho—. Por el nombre que llevo, nombre ilustre si los hay; por la +salud de mis hijos, por el amor purísimo de mi esposa, digo y juro que +este mozo gallardo es hijo del mismísimo don Juan Álvarez Mendizábal, +mi augusto jefe. + +—Me lo figuraba —dijo Doña Jacoba con mirada resplandeciente—. Pero me +falta saber otra cosa... ¿Y la madre?..., ¿quién es la madre? + +—¡La madre!..., ¡la madre!... —murmuró Milagro como en grande +confusión, pasándose la mano por el cráneo. + +—Sí, hombre..., ¿quién es la madre? + +—¡La mamá!... ¡Ah!, ya recuerdo... Con el maldito néctar se le va a +uno la memoria... Pues la madre... silencio, que no nos oiga nadie..., +es... ¡una reina! + +—¡Una reina! —exclamó don Carlos con espantados ojos. + +—Chitón... Es un secreto... Y créanme a mí..., peligran las cabezas +de los insensatos que lo divulguen... —dijo Milagro puesto en pie, +aplicando su dedo índice a los morros alargados—. ¡Una reina!... +Chist... Aunque me amenacen de muerte, no saldrá de mi humilde labio el +nombre del reino en que reina la señora reina que... + + + + +XXII + + +Todos los biógrafos del insigne Milagro están acordes en afirmar que +al salir este de casa de la Zahón para dirigirse con inseguro paso a +la suya, quitose el sombrero y con él se abanicó, ávido de frescura y +de bañar en aire limpio sus sienes abrasadas, su cráneo sudoroso. Y +añaden que con el aire y el ejercicio se le aclararon de tal modo las +entendederas, que al atravesar la plazuela de Provincia, camino de la +Concepción Jerónima, donde vivía, empezó a sentir en su conciencia la +garrafal tontería que a propósito del señorito Calpena se había dejado +decir, bajo la acción tóxica del nunca bastante maldecido _curaçao_... +«¿Pero he dicho yo esa barbaridad, señor? —pensaba, parándose y mirando +al cielo—. ¿Lo habré soñado?... No, no; lo he dicho... aún me parece +que me estoy oyendo cuando solté el trueno gordo, cuando afirmé que +Mendizábal... ¡Jesús!..., y nada menos que una reina... Vamos, que +me daría una tremenda bofetada en castigo de tanta necedad, de tanta +estupidez... ¡Una reina..., Mendizábal!... ¡Válgame Jesús bendito! +¡Que un hombre formal como tú, oh Milagro, haya repetido, dándolo por +cosa verídica, esos ridículos dicharachos con que se mata el tiempo +en las oficinas!... Pues digo, si el señor ministro se entera de que +yo... ¡Válgame mi santo Patriarca...!». Al pensar esto, se le erizaron +sobre el cráneo los escasos cabellos que poseía... Consternado, intentó +volver a la calle de Milaneses para desdecirse de todos aquellos +embustes que no eran más que cháchara insustancial de gente ociosa +y frívola; pero no se determinó a desandar el camino, juzgando muy +oportunamente que _peor era meneallo_. Siguió, pues, hacia su vivienda, +haciendo propósito de rectificar serenamente, en noches sucesivas, los +groseros dislates de aquella noche, y se recogió taciturno, caviloso. +Su mujer le sintió desvelado, dando suspiros y pronunciando monosílabos +con que a sí propio se ponía de oro y azul. ¡Infeliz Milagro! + +Embebecidos en su amorosa charla, los amantes no repararon en la +salida de don José, que les dijo «¡Adiós!» desde la puerta del +gabinete; ni se cuidaban de ser vistos u oídos por doña Jacoba, que +hablando permanecía con el diamantista, entre cabezadas. Habían +alzado, sin darse de ello cuenta, una valla anchísima entre su pasión +y el mundo, y nada temían; la pasión crecía por momentos, como una +enfermedad fulminante, y a las pocas horas de iniciada, ya no cabía +dentro de la reducida esfera del secreto: se salía, se ensanchaba, +quería ser patente a los ojos extraños, o por lo menos no temía ser lo +bastante poderosa en sí para afrontar la opinión y cuantos obstáculos +esta le ofreciera. Mejor que el narrador lo expresan ellos mismos: + +—Antes de verte, antes de esta noche bonita —decía Aura—, yo, sin saber +por qué, tenía la seguridad de que no estaba sola en el mundo. Cuando +te vi, se me quitó de encima del alma el peso terrible de mi soledad. + +Y él: + +—¡De ayer a hoy, qué abismo! Ayer iba tras de tu sombra; hoy te +poseo... Había de llegar, puesto que hay Dios, este divino abrazo de +nuestras almas. + +Y por aquí seguían, en un vértigo de fogoso idealismo, locos, ávidos de +amplificar cada concepto con otro más apasionado y sutil. + +Viendo que Maturana se ponía en pie, Calpena hizo lo mismo, y dijo a su +amante, consternado: + +—Horror de los horrores. Don Carlos se despide. También yo tendré que +retirarme... + +—Mañana volveremos a vernos... lo más temprano posible. + +—¡Mañana! Es muy lejano eso... + +La mujer, en lances de pasión, posee más iniciativa y más arbitrios +que el hombre. En voz muy baja propuso Aura algo que Calpena oyó con +alegría. Cuchichearon... Despidiéronse luego en alta voz. Al poco +rato, doña Jacoba daba al señor don Fernando la venia para retirarse, +y con afectuosos apretones de manos le ofrecía su casa, y le rogaba +que viniese a honrarla con toda la frecuencia que le permitieran sus +obligaciones al lado del señor ministro. Juntos salieron el joven y +Maturana; separáronse en la esquina de la calle de Santiago; vivía el +diamantista en una de las casitas del Patrimonio, plaza de la Armería, +junto a la casa de Pajes. + +Consta en las monografías del buen Maturana que en el trayecto hasta +su domicilio se agarró más de una vez a las paredes para no medir +el suelo; y algún biógrafo añade que hubo de subir a gatas la corta +escalera de su casa, y que se acostó al instante, muy arrepentido de +sus recientes abusivas relaciones con el _curaçao_. «No está bien, no +está bien —decía, desnudándose al revés, quitándose las botas antes +que el sombrero, y las medias antes que la corbata—. Un artífice, un +tasador no debe... no, señor... Es muy expuesto...». Felizmente, era +en él añeja costumbre no aceptar invitación de cena o merienda cuando +llevaba en su cartera piedras de valor. Aquella noche no llevaba nada. +Tardó en dormirse, y daba vueltas en su abrasado cerebro a las ideas +sugeridas por Milagro: + +«¡Vaya con don Juan Álvarez!... No hay grande hombre que no tenga sus +enredos... Ya, ya se ve claro por qué arrambla todos los bienes del +clero, que no es flojo botín. Naturalmente, ese dineral lo quiere +para sí. Parece tonto, y pide para las ánimas... ¡Tremendas hormigas +nos trae Dios acá! Bueno, hombre, bueno: cójase usted media España, y +constituya un reino para el niño, para ese hijo de reina... Y ya veo a +dónde va a parar con eso de coger todas las campanas de las iglesias y +monasterios. Hará un palacio de bronce, todo de bronce, en el que las +pisadas de los que entran y salen suenen como campanadas... ¡Ji, ji!... +¡Qué extraño!... El palacio del sonido..., tin, tan... Otra: lo mejor +sería que afanase las innumerables alhajas de las Santísimas Vírgenes +y toda la plata y oro de las reverendas catedrales, echándolo al +mercado... ¡Por Belcebú, qué negocio, qué pujas!... No quiero pensarlo. +De Londres, de Ámsterdam y de Fráncfort vendrá la nube de marchantes... +Mucho ojo, Maturana... ¡Por san Carojulián bendito, no te descuides!... +Y tiene que venir, tiene que sacarse a subasta. Porque todo, digo yo, +no ha de ser para el niño...». + +El niño, el hijo de reina, se paseaba en la inmediata calle de +Santiago. Aura le había dicho: «Mi habitación corresponde al último de +los tres balcones por la otra calle. Cuando Jacoba duerma, me asomaré». +El hombre hacía su centinela entre las esquinas del Bonetillo y de +Mesón de Paños, temeroso de perder, si se alejaba, el sublime momento +en que su amada en el balcón apareciese. La noche era oscura; dieron +las doce en el reloj de Palacio; no se veía por allí más gente que +las pocas mujeres que entraban por el Bonetillo y se deslizaban calle +abajo, y algún hombre que en la misma dirección iba, o hacia las +tabernas de la plaza de Herradores. El sereno se hacía presente por la +luz de su farolillo, allá junto a los altos muros de San Felipe Neri. + +Media hora pasó Calpena en gran ansiedad, recelando que doña Jacoba, +enterada del propósito de los amantes, lo estorbase encerrando a la +dama o conminándola con algún castigo. Paseo arriba, paseo abajo, +sin quitar ojo del balcón, pensaba en aquella su mudanza súbita, +tan semejante a la explosión de un volcán. Toda su vida era nueva; +todas sus ideas habían cambiado, dispersándose las de ayer y entrando +con empuje dominante las de hoy. Ningún sentimiento de los de ayer, +refiriérase a la política, a los amigos, a la sociedad, en él +persistía. De aquel espacio luminoso, donde flotaba la ideal imagen +de Aura, venían nuevos conceptos de todas las cosas. Impaciente por +la tardanza de ella, ni por un momento pensó que pudiera burlarle: +tenía confianza absoluta en su firmeza y lealtad. Tampoco le amargó +la sospecha de que Aura hubiese conocido el amor antes de conocerle a +él. Era mujer nueva, como la esposa de Adán. Dios les había criado +destinándoles el uno al otro, y no estaba en el orden del universo que +hubiesen precedido al feliz hallazgo otros encuentros, ni aun siquiera +fortuitos y sin importancia. Tal era su ardor ciego y entusiasta, tal +su fe en aquella felicísima obra de integración, dispuesta por el +destino de ambos. + +Al fin... oyó ruido en el balcón, y apareciose en él una forma blanca. +Era principal el cuarto, y la distancia entre el balcón y la calle como +de cuatro varas. Arrimose el galán a la pared, y Aura echaba medio +cuerpo fuera del antepecho, doblándose como un junco, para que el +espacio entre las enamoradas voces fuese lo más corto posible. Explicó +primero su tardanza, motivada por lo que Jacoba tardara en dormirse, a +causa de sus dolores, siendo preciso darle friegas y ponerle bayetas +calientes. Ya parecía dormida, y Lopresti, fiel esclavo, quedaba +encargado de la centinela, para avisar en caso de que la enferma +remusgara. Recayó luego la conversación en un punto interesantísimo: + +—¿Tú quién eres? Conozco en ti al hombre que quiero, y me basta. Pero +deseo saber quién eres para los demás. Lo mismo me da que seas noble, +que seas plebeyo, que seas mucho, que no seas nada, pues siendo para mí +el único, me basta... ¿Te enteras bien de lo que te pregunto? + +—Sí, vida y gloria mía... Yo no soy nadie. Ignoro quiénes son mis +padres. Vivo de la protección misteriosa de una persona desconocida, +por quien estoy en Madrid, por quien disfruto ese destinillo, y no sé +más. ¿Verdad que es raro? + +Contó en seguida concisamente su vida toda: su crianza en Vera, lo del +padrino, la estancia en París, la traslación a Madrid y todo lo demás +que ya se sabe, poniendo en su relato tal sinceridad y sencillez, que +Aura se embelesaba oyéndole; y si no estuviera enamorada hasta la +médula, es de creer que solo con aquella historia tan poética y linda +se prendaría locamente del pobre desheredado. Refirió ella que no había +conocido a su padre ni a su madre: habíanla criado parientes egoístas +que jamás le demostraron vivo afecto. Creíase sola en el mundo, hasta +que Dios le deparó el compañero de su existencia, su salvador, su +_única familia_. ¡Qué hermosura ser los dos solos en sí, reconocerse +en medio de los espacios de la vida, como pajarito y pajarita que se +encuentran en la espesura de la selva, y, saludándose con sus piquitos, +se unen para siempre! No faltaba sino que se declararan libres, sin más +obligaciones que las que cada uno para con el otro había contraído, por +vía de unión divina, como si Dios les echara un lazo y les dijera lo +que dicen los curas cuando casan. De pronto, Aura tuvo una idea, y la +expresó al instante con infantil candidez: + +—¿No sabes?... Como aún no hemos tenido tiempo de decirnos todas las +cosas, no te has enterado de que yo soy rica. Sí, hijo, sí. ¿Pensabas +que éramos nosotros unos pobrecitos, dejados de la mano de Dios? Mi +padre, Jenaro Negretti, dejó mucho dinero. Lo tiene guardado el señor +de Mendizábal, que es quien le da a Jacoba para mis gastos... Conque ya +ves. No hay que apurarse... Estamos en grande, y seremos los reyes del +mundo. + +—Pues yo —dijo el amante con tristeza— soy pobre: nada tengo; pero no +me faltan alientos, ni tampoco, creo yo, disposiciones para trabajar... +También te digo una cosa, Aura: bien podría suceder que de la noche a +la mañana recibiera yo, como caída del cielo, una fortuna grande... Se +han dado casos: yo he leído de algunos casos... + +—Pues si sale lo que esperas, ¡oh Dios mío, cuánta felicidad!... +Eso sería lo más lindo del mundo. Resultaríamos en posesión de unos +dinerales que no nos harían maldita falta... Si quieres que te diga +la verdad, a mí no me hace dichosa el dinero, ni creo que sirvan las +riquezas más que para disgustos. Con poseerte a ti me basta; y si +mañana viniera el señor Mendizábal y me dijera: «Niña, no tienes ni un +maravedí», yo me quedaría tan fresca. ¿Y tú? + +—Pienso como tú piensas, y siento todo lo que tú sientes... Quien nos +ha puesto hoy el uno junto al otro, se cuidaría de darnos lo necesario, +si por nuestra parte no lo tuviéramos. Es hermosísimo, sí, lanzarse +a la vida sin más alas que las inmensas del amor. Somos jóvenes, +nos adoramos... Esto es la suma dicha. ¡Qué bueno es Dios! ¡Y la +naturaleza, qué hermosa! ¡Y nosotros, qué bien hicimos en nacer!... +Si tú o yo nos hubiéramos quedado por allá, ¡qué insigne tontería +habríamos hecho! + +—Es verdad; porque no naciendo, ¿cómo podría yo quererte con toda mi +alma? + +—Oye otra cosa, vida mía... Si te parece, nos casaremos pronto, muy +pronto. + +—Sí, sí —dijo Aura con tan vivo movimiento de inclinación, que pareció +querer arrojarse a la calle—. ¿Cuándo? + +—Pronto. Mañana... + +—¿Mañana?... ¿Y hoy por qué no?... ¡Pero qué tonta soy! Eso no puede +determinarse así en días, en horas. Tengamos paciencia y formalidad. Lo +que acabo de decir es muy desvergonzado. ¿Me lo perdonas? + +—Pues si el _hoy_ te parece demasiado presuroso, diré: _ahora mismo_. + +—Quita allá, hombre... ¿Acaso el casarse es cosa de un soplo? No, niño +mío, no seas tan arrebatado. Ten juicio. Pues apenas hay que preparar +cosas: ropa, papeles, y, ante todo, casa. + +—¡Casa! Tenemos el mundo por nuestro... Dime —añadió el galán, casi +loco ya, señalando hacia la bóveda celeste—, ¿te gusta ese techo? + +—Es precioso... Pero ahora, desde que te quiero, todo me parece cielo, +y la oscuridad, claridad, y la noche tan bonita como el día, casi más, +y Jacoba me parece amable, y todas las personas muy buenas... Pero +tengamos calma, y esperemos. + +—Sí, esperaremos. ¿Qué nos importa retrasar la felicidad, si la tenemos +segura, si es nuestra ya? + +Asaltado de una idea triste, cosa natural en aquella irradiación de +ventura, Calpena no vaciló en expresarla: + +—Dime, amor mío, si Jacoba, que me parece persona egoísta..., no sé en +qué me fundo, pero me lo parece... + +—Y lo es: tú tienes mucho talento y todo lo aciertas. Sigue. + +—Pues si Jacoba, y lo mismo podría decir de otro cualquier pariente +tuyo, se opusiese, por móviles de interés, a que nosotros nos amáramos: +no, no, a eso no pueden oponerse..., quiero decir, que se opongan a que +nos casemos... + +—Eso no puede ser..., porque nosotros saltaríamos por encima de todas +sus artimañas, y pisoteándoles nos juntaríamos y nos casaríamos, ¿sí? + +—Pero suponte tú que contra toda nuestra buena voluntad y contra las +energías de nuestra pasión, lograran separarnos, imposibilitarnos +materialmente de... + +—No, no puede ser, no será —dijo la enamorada con expresión de voluntad +tenacísima—. ¡Pues si Jacoba fuera tan mala que...! No, no quiero +pensarlo. + +—¿Qué harías? + +Aura se irguió, y apretando en su nervioso puño, con fuerza de mujer +furiosa, el hierro del balcón, dijo: + +—¡La mataría! + +—No, no tendrías que tomarte ese trabajo, mi bien, mi vida, mi +encanto, porque antes la habría matado yo. + +—Y luego iríamos juntos al presidio, ¿sí? + +—No pensemos en eso, que no ha de suceder. Yo digo: ¡qué más querrá +Jacoba!... + +—Claro: ¡qué más querrá ella! No te creas, Jacoba es buena, siempre +que no la arrastra a la maldad la infame codicia. Por un brillante de +buenas aguas, o por una docena de turquesas de _roca vieja_, sería +capaz de sacrificar a su padre. + +A todas estas se les iba pasando la noche. Las primeras claridades del +alba trajeron a la calle alguna gente de los mercados próximos, y el +sereno pasó varias veces, dirigiendo a Calpena miradas recelosas. Aquí +y allá sonaban porrazos; los gallos del comercio de aves en la calle +de la Caza cantaban anunciando el día. Sobre esto llamó Calpena la +atención de Aura, indicándole con pena que ya era hora de retirarse. + +—¿Qué prisa todavía?... Esos pobres gallos enjaulados están tan +aburridos por la falta de libertad, que anuncian la aurora antes de +tiempo. + +—Ya es de día... ¿No lo ves? + +—¿Y qué? Mejor. Así podremos vernos las caras. + +De improviso se abrió una de las puertas del piso bajo de la casa, +y Calpena se vio sorprendido por un mozo, soñoliento, que salía con +una escoba. Luego se abrieron dos puertas más: una cacharrería y un +despacho de huevos. Imposible seguir más tiempo allí. Los hados fieros +ordenaban la suspensión del coloquio dulcísimo, y que los amantes +guardasen la ley del recato ante el público, pues cada cosa tiene +su ocasión y lugar propios. ¡Bonita idea tendría de la señorita de +Negretti el vecindario de Milaneses si la veía colgada al balcón, al +amanecer de Dios, picoteando con su novio! Antes que ella comprendió +él la inconveniencia de prolongar la alborada de amor, y así se lo +dijo. Convenidos el cómo y cuándo de verse en el curso del día, +Calpena se arrancó con esfuerzo del celestial muro. El día se recreaba +iluminando con sus primeras claridades la ideal belleza de Aura, quien +no se apartó del balcón hasta que hubo recibido el último saludo de +don Fernando. Se fue y volvió el galán como unas tres o cuatro veces, +jugando al escondite en la esquina de la calle Mayor, hasta que al fin, +siendo preciso poner término al juego... se arrancó de veras. + + + + +XXIII + + +Más que inquieto, lleno de zozobra por la desusada tardanza de +Fernandito, le esperó levantado su amigo don Pedro, y al verle entrar, +conoció por su rostro encendido, por el febril centelleo de su mirada, +que algo muy grave le había ocurrido aquella noche. Interrogole +dulcemente, y no obtuvo respuesta categórica. + +—Luego me lo contarás —dijo Hillo—, que ya es hora de que me vaya a +decir mi misa. Me has tenido toda la noche en vela. Como no es tu +costumbre trasnochar, me alarmé. ¿Has estado en alguna logia? ¿Se trata +de algún mal paso, de algún lance?... Pero no quiero molestarte ahora. +No me cuentes nada, y descansa, pobrecito, que estarás muerto de sueño. +Yo me voy al Carmen... Duerme todo el día si quieres, y a la tardecita +me contarás... + +Se fue don Pedro a celebrar, y al regreso de la iglesia, Calpena +dormía. Acercose a su lecho el presbítero y le vio dormidito como un +ángel, con ese leve sonreír que indica un venturoso sueño. A la hora de +comer quiso doña Cayetana despertarle; pero se opuso Hillo diciendo: + +—No, no, pobre hijo; dejarle que duerma: sabe Dios lo molido y +ajetreado que estará ese bendito cuerpo. Guárdesele la comida. + +Salió después a una diligencia que le entretuvo dos horas, y al volver +a casa díjole Delfinita que don Fernando había comido presuroso y sin +enterarse de lo que metía por la boca; que no respondía a lo que se le +preguntaba, como si se hubiese dejado en otra parte el pensamiento y la +palabra. Y lo más singular fue que, sin probar el postre, que era miel +de la Alcarria y queso de Villalón, había cogido el sombrero y echádose +a la calle con tanta prisa como si le llamaran a apagar un fuego. ¡Cosa +más rara! Indudablemente ocurrían sucesos inauditos. ¿Sería, por fin, +la estupenda anagnórisis que Hillo por momentos esperaba? Entregándose +a sutiles cavilaciones y al trabajo de adivinar, esperó el clérigo la +vuelta de su amigo; pero tuvo el acierto de esperarle sentado, porque +Calpena no entró en casa hasta la mañana del siguiente día. + +Ya no pudo Hillo aguantar más los ardientes picores de la curiosidad, y +tomando una actitud serena, le dijo: + +—Hoy sí que no te me escapas sin contármelo todo. + +Calpena, confuso, no sabía por dónde empezar. Hillo cortó la solemne +pausa diciendo ¡_Habla_!, con el acento con que esta palabra se +pronuncia en las tragedias de secano. + +—Pues... nada. + +—¿Cómo nada? ¿Es acaso alguna intriga política? + +—No, señor. + +—Pues yo sé que en el ministerio no se vela... Vamos, será cuestión de +amoríos... + +—Tampoco; porque los amoríos son cosa frívola y pasajera, y esto no. + +—Amor entonces —dijo Hillo con benevolencia, y terminó la expresión de +su idea con una nota humorística—: ¿Conque amor tenemos? Bueno: con tal +que sea clásico... + +—¿Y qué entiende usted por amor clásico? + +—El que se contiene dentro de los límites de la conveniencia y de la +regularidad; el que no es motivo de escándalo, sino ejemplo de buenas +costumbres; el que no es furor insano, sino afecto plácido y limpio; el +que tiene por norte la familia y por cebo una relación casta, con el +consentimiento de los padres... + +—Yo no tengo padres. + +—Di que no los conoces. Mientras te llega la anagnórisis, tu padre soy +yo: yo miro por ti, y te guío en el camino de la vida. + +—Me temo, querido Hillo, que después del paso que he dado, tenga yo +que arreglármelas solo para seguir andando... En fin, puesto que usted +habla de amor clásico, diré a usted que el mío, como águila a quien +quisieran encerrar dentro de un huevo de paloma, ha roto los moldes, ha +roto el viejo y podrido cascarón del clasicismo. + +—No te conozco —dijo don Pedro con sobresalto—. ¿Eres tú el joven +Calpena? + +—No, señor... El joven Calpena que usted conoció se ha transformado +radicalmente en días, en horas. Cuando menos uno lo piensa, sobreviene +la crisis capital de la vida... + +—Hombre, eso es gravísimo. ¿Y quién es ella? ¿Acaso la niña que +llamamos marmórea?... ¿Dices que no? ¿Pues de quién se trata? ¿No +puedo saberlo? Sea quien fuere podré darte una opinión franca, un buen +consejo. + +—Me hallo en una situación tal, que toda opinión que no sea la mía me +hará el efecto de una enemistad irreconciliable; y en cuanto a los +consejos, debe usted esperar a que yo se los pida. + +—Arrogantillo estás. Por lo que dices, voy entendiendo que tus amores +son de esos que llaman, que llaman..., no sé..., esta clase de bregas +son para mí desconocidas. Pero ello debe de ser cosa vergonzosa, una +pasión de estas que nos ha traído el romanticismo, y que suelen acabar +con descabello de media humanidad. + +Interrumpió el diálogo la llegada de una carta. Era de la _mano +oculta_, que no había escrito en toda la semana. A Fernando le dio +un vuelco el corazón, y barruntando que el contenido de la epístola +heriría su vidriosa sensibilidad, rogó al clérigo que la leyese. Él +oiría, procurando enterarse, pues su espíritu, en aquellos días de +ansias y delirio, no acudía fácilmente al reclamo de la realidad +próxima. Después de suspirar fuerte, don Pedro leyó: + + «¿Conque tenemos al niño enamorado? Ya me esperaba yo ese sarampión, + que rara vez falla a los veintidós años. Paciencia, y pues no hay más + remedio que pasarlo, no lo combatamos, y pónganse los medios para + que brote bien... Tontín, se te tolera esa pasioncilla juvenil, que + es el paso de la adolescencia a la madurez de la vida. Los hombres + conceptúan eso necesario, inevitable; tales turbonadas, dicen, son + necesarias, hasta convenientes. Sea: con pena lo admito, y te suplico + que acabes cuanto antes, no sea que la enfermedad se meta demasiado + en lo hondo. No tengo tranquilidad hasta que sepa el radical fin de + esa novelesca aventurilla, y no dudes que he de saberlo, como supe lo + del banquete que te dio la Zahón, como tengo noticias del desenfado + con que te pones a pelar la pava con la chiquilla de Negretti. + También sé que es muy linda. No te acusaré de mal gusto, no; y como + te tengo por hombre perspicaz y conocedor del género, presumo que + en tus largos plantones al pie del balcón habrás tenido tiempo de + comprender que la niña es diamante falso. ¡Ah, tontín!, la pedrería + fina es muy escasa, y no se encuentra en la primera cena a que nos + convidan...». + +Al llegar a esto, Calpena no pudo contener el dolor, la ira que estas +apreciaciones le produjeron, y estalló diciendo: + +—Eso es sencillamente infame... Dígalo quien lo dijere, es inicuo, +ultrajante. No debo hacer caso de la opinión de persona anónima, que +no puede sentir la verdad, como la siento yo... Y juro que no habrá +voluntad que me tuerza, ni razón humana que me persuada de que esto no +es para mí el supremo bien, el único bien posible. + +—Espérate un poquito y déjame acabar. Sigo: + + «Como para estas aventurillas, que mejor será llamar calaveradas, + se necesita dinero, te mandaré mañana seis onzas. Más, mucho más + recibirás; pero entiende que este dinerito no debe servir para + prolongar la enfermedad, sino para ponerle término... Y no te digo + más por hoy.» + +—¡No puedo, no puedo —exclamó Calpena dando vueltas por la habitación +como un loco— sufrir por más tiempo esta tutela anónima!... Y estas +burlas, este desconocimiento de la verdad, me lastiman, me hieren más +que si me asestaran cien puñaladas... ¡Oh, cuánto diera yo por conocer +a la persona que me escribe, y poder decirle lo que siento...! No, no +dudo que esa persona se interesa por mí, que me ama. También la quiero +yo sin conocerla. Pues bien: yo la convencería... ¿Cómo no había de +convencerla, si yo lo estoy firmemente, si llevo dentro de mi alma, no +solo todo el amor, sino toda la lógica del mundo?... + +—Hijo mío —le dijo Hillo con expresivo afecto—, lo que la señora +incógnita te escribe es el puro evangelio. Considera tú ese amor como +una aventurilla pasajera..., cosas de muchachos, ejercicio vital... +y... dale ya puntillazo... + +Le miró Calpena, plantándose ante él desdeñoso, altanero, y con grave +entereza contestó: + +—Soy un hombre; tengo un alma que es mía, una inteligencia que me +pertenece, y con ellas siento y juzgo lo que me incumbe. Ni de usted +ni de esa desconocida persona admito lecciones, ni soy un niño para +recibirlas en esa forma. Quien nunca ha tenido familia, bien puede +declararse independiente como lo hago yo ahora. La soledad en que he +vivido me ha enseñado a gobernarme por mí mismo. Soy libre, señor don +Pedro; a nadie me someto. Los que me protegen por motivos que aún +están rodeados de oscuridad, que den la cara, y entonces hablaremos. +Si conseguimos entendernos, bien, y si no, lo mismo. No altero mis +propósitos, no me someto, no me rindo. + +Sin dejar de admirar esta noble gallardía, trató Hillo de reducirle +a la obediencia ciega de la _deidad velada_, pues así también solía +llamarla, no sabiendo qué nombre darle, y el primer argumento que +empleó fue que le convenía dicha sumisión para no comprometer su +brillante porvenir. + +Echándose a reír, le contestó don Fernando que él no contaba con más +porvenir que el que por sí mismo se labrase, pues todo lo demás era +fantasmagorías y sueños; y en último caso, que no sacrificaría a +ninguna consideración, ni a interés alguno por grande que fuese, la +pasión que colmaba todos los anhelos de su existencia. Y como don Pedro +insistiese en que la aventura no merecía nombre de pasión seria, y que +debía ponerle punto final, replicole el joven con flema: + +—No puede ser, mi querido Hillo. En esto he querido aplicarme fielmente +el precepto fundamental de su filosofía práctica... Para que no diga +usted que fracaso como todos los españoles que emprenden algo, me +propongo _rematar la suerte_. + +—¡Ah!, pillo... ¿De modo que te casas...? + +—Tal creo... Esto no es aventura..., para que vaya usted enterándose. + +—Estás perdido, perdido sin remedio... Un joven llamado a... qué sé +yo..., llamado a grandes destinos... ¡Por Dios, Fernandito de mi vida, +mira bien lo que haces!... Y a mí que me parecían poco para ti todas +las duquesas y princesas que andan por esas cortes. + +—Yo soy pueblo, pueblo nací y pueblo me encuentro ahora. ¡Ay!, amigo +Hillo, me acuerdo de mi cuna. Era de mimbres, y estaba rota y medio +deshecha. Yo ensanchaba los agujeros con mis manecitas, y me echaba +fuera para jugar con un perro y dos cabras que había en la pobrísima +estancia donde me criaron... ¡Y ahora me habla usted de duquesas y +princesas! A usted le ciega, o más bien le enloquece su bondad... Yo +no soy lo que era. He dado un gran vuelco: mis ideas son otras. No +tengo ya más que una ambición, y a satisfacerla se encaminan todas las +potencias de mi alma. Me crio aquel bendito en la templanza, en la +regularidad, en el justo medio de todas las cosas. Pues ya no quiero +justo medio; ya me solicitan las situaciones extremadas... Quiero +exceso de vida, energías poderosas, mucho gozar o mucho sufrir, luchar, +hacer cara a los grandes desastres si vienen, hartarme de felicidad +si Dios me la depara. No quiero andar por caminos trazados, ni que me +cuenten los pasos que doy, ni que me lleven con andadores, ni que me +muevan con hilitos, como si fuera yo figura de titiritero. No, no: de +un salto me he echado fuera del retablo, y entro en el mundo yo solo. +El mundo es grande. Un sentimiento, grande también, llevo yo conmigo. +¿Hay espacio? Sí. ¿Tengo yo alas? Sí. Pues a volar. + +Y cogiendo el sombrero, se fue a la calle, sin añadir una palabra, +dejando a su excelente amigo todo confuso y turulato, con las manos en +la cabeza, desahogando con patéticas exclamaciones la turbación de su +espíritu: + +«¡Señor, devuelve el seso a este noble chico, digno de mejor suerte!... +¡Le he tomado tanto cariño, que sus asuntos me interesan más que los +propios!... ¡Señor, descúbreme el misterio de Calpena; dame a conocer +la _mascarita_ esa que le protege y le dirige! Que yo la descubra, +para llegarme a esa divina tutora y decirle que se declare, que se +quite la careta, único medio de que nuestro Fernandito entre en razón. +_Tutora_ he dicho, pero mejor será decir madre... En su estilo se ve +la delicadeza, la gracia, y un cariño intensísimo. Es madre, y además +dama ilustre. Su estilo lo revela, esa discreción de alto tono, esa +exquisita habilidad para ocultarse... ¡Dios mío, santo Apóstol bendito +mi patrono, santa Virgen, y vosotros, santos, santos todos de la corte +celestial, despejadme esa incógnita, pues creo que entre ella y yo, +puestos al habla, salvaríamos a este alucinado chico de la perdición, +de la ignominia, de la muerte!». + +Su generoso anhelo sugirió al buen presbítero una idea, un plan, y +propósito firmísimo de empezar a realizarlo aquella misma tarde. + +«Voy a minar la tierra para _desvelar_ a esa _velada_. Dios me abrirá +camino; Dios iluminará las oscuridades que encontraré en los comienzos +de mi trabajo. A esta investigación consagraré mi tiempo, pues ya no me +importa que me den ni que me quiten la cátedra que me corresponde... +Y ahora digo yo: ¿por dónde empiezo?... A ver, Pedro, discurre un +poco, _afina la suerte_... Por de pronto, si a ese loquinario le da +la ventolera de desdeñar las cartas de su protectora, yo las recogeré +cuando vengan, las leeré y las tendré bien guardaditas hasta que a él +se le caiga de los ojos la venda. Y si envía dinero, como anuncia, yo +lo guardaré también para írselo dando conforme a sus necesidades, que +ahora presumo han de ser muchas... Esto lo primero; después...». + +Dándose un golpe en la frente, lanzó una exclamación de alegría: + +«_Eureka_, ya sé cuál es el primer paso que tengo que dar: ir a la +casa de esa mozuela de quien se ha enamorado, y verla y hablar con +su familia, para lo cual me valdré o del compañero de oficina de +Calpena, señor Milagro, o del señor Maturana, el diamantista que vino +a buscarle y se le llevó, con la cajita de Olorón bajo el brazo, en +aquel aciago día... Perfectamente: ya tengo mi base de operaciones... +Luego trataré de averiguar por qué medios, por qué espionaje pasan a +conocimiento de la _velada_ todos los actos de Fernandito, cuantos +pasos da este Madrid tan grande. Pondreme, pues, en relación con los +acechadores o centinelas que tiene esa señora. Sepa ella que yo quiero +ser también su misterioso vigía, y que ninguno habrá más diligente ni +más desinteresado que yo... Procuraré además el trato y conocimiento de +todos los amigos de Calpena: ese empleado tísico, ese Larra, ese Ros +de Olano, ese Pezuela, ese Veguita... Ellos quizás me den alguna luz... +Y si pudiera colarme en los dorados palacios donde el señorito fue +introducido no hace mucho, también me colaría... sí señor... dispuesto +estoy a todo, hasta a disfrazarme... Sí, sí, señor don Fernando +Calpena: usted no se ríe de mí; usted no se emancipa, no, mientras esté +aquí su viejo amigo, este pobre clérigo, que beberá los vientos por +evitar que un mozo de tales prendas, que evidentemente lleva sangre de +reyes..., ¡lo dicho, dicho!..., sangre de reyes, caiga en los abismos +del amor enfermizo y de la calentura romántica». + + + + +XXIV + + +No constan los días que empleó el buen Hillo en su investigación +preliminar; solo se sabe que no fueron pocos, y que al cabo de una +semana conocía algo y aun algos de la familia Zahón, y había hablado +largamente con Milagro y con Maturana, los cuales, lejos de aclarar el +enigma principal, lo que hicieron fue añadirle nuevas oscuridades... +Sin desmayar ni un punto en sus tareas policiacas, trató de hacer +cantar a Méndez; mas toda tentativa cerca del estirado patrón resultó +inútil, bien porque nada de lo sustancial sabía, bien porque quisiera +echárselas de discreto, contraviniendo el tradicional tipo de los +pupileros y fondistas. Cuando se veía el hombre muy estrechado por +la apremiante argumentación de don Pedro, no se le ocurría más que +remitirle a _Edipo_ y al señor de Azara. Salía don Pedro al ojeo del +polizonte, conseguía echarle la zarpa, le interrogaba, y el feo _Edipo_ +le decía: + +—Señor de Hillo, estoy muy a gusto en mi _colocación_ y no quiero +perderla. Tengo seis criaturas, que son, vamos al decir, seis candados +que cierran mi boca. Si por contestar a sus preguntas me dejan cesante, +no será usted quien me coloque. Conque déjeme en paz y llame a otra +puerta. + +Y don Manuel de Azara, el hombre más avinagrado y de mejores +despachaderas que Dios ha echado al mundo, le recibía, después de +plantones de tres horas, para decirle que se metiera en sus asuntos y +dejara los ajenos. Ni un indicio, ni una ráfaga de luz, ni un vocablo +indiscreto. + +Acudió después mi hombre al tísico Serrano, que llenándole la cabeza +de mentiras y encaminándole por una pista falsa, le hizo perder el +tiempo y la paciencia; y tantea aquí, tantea allá, se refugió en la +amistad y en los grandes conocimientos sociales de su compañero de +casa, Nicomedes Iglesias. Si al principio pareció que el politicastro +tomaba el asunto con interés, pronto dejó de hacerlo; tan sorbido le +tenían el seso los negocios políticos, el interés de las sesiones, y +el periodiquillo que había fundado en unión de su amigote reciente, +Luis González o Luis Brabo, que de ambos modos respondía, en el cual +papelejo apoyaban al grupito de oposición parlamentaria que formaron en +_Procuradores_ Caballero, López y el conde de las Navas. Si el hombre +no estaba demente, le faltaba poco; su cortante lengua no desmayaba un +instante durante el día, ni su enconada pluma por la noche. Competía +con él en acrimonia y acometividad el tal Brabo, andaluz, delgadito, +aguileño, más vivo que la pólvora, cortado para la política de ruido +y para soliviantar con gracia a las multitudes. Meses después, +Brabo escribía en papeles moderados; Iglesias extremaba sus ideas +revolucionarias en los del bando liberal; su consecuencia, que era +una forma de su orgullo, le valía persecuciones y desdenes. Pero en +diciembre del 35 todavía se le contaba entre los hombres de porvenir, +aunque su irritación por no haber entrado en el Estamento le creaba +enemigos, alejándole de la meta de su ambición. + +Mientras Hillo con tan poca fortuna emprendía la reconquista de +Calpena, este se transformaba, haciéndose huraño, apartándose de +sus primeras amistades para contraer otras nuevas con personas bien +distintas de los literatos del Parnasillo y de los concurrentes a +tertulias de tono. Abandonó en absoluto la sociedad elegante, y no +volvió a parecer por la casa aristocrática, donde se entristecían +por su ausencia las bellezas más o menos marmóreas. Cultivaba la +amistad de los oficiales de la Guardia y de infantería, yernos de +Maturana, y conoció a los de Fonsagrada, la familia que más trato +tenía con la Zahón. Algunas tardes paseaba con el soldadito chiclanero +y poeta, amigo de Milagro, Antonio García, autor imberbe de un drama +caballeresco que tenían en su poder los cómicos del Príncipe. + +Contra lo que Fernando temía, doña Jacoba no se opuso a sus amores +con Aura; casi los alentaba y protegía, pero encerrándolos dentro de +la esfera de castas relaciones con buen fin, y sometiendo la fogosa +pasión de ambos amantes a las reglas caseras que para tales casos se +usan, y que en aquel tiempo eran de una simplicidad enfadosa. Hacía +esto la Zahón más que por sentimiento, por cálculo, mirando a su propio +interés antes que al de la joven puesta a su custodia. Era ante todo +traficante, se había criado en el compra y vende; todas sus canas, que +eran muchas, y las jorobas que en su esqueleto se formaban, le habían +salido en el continuo y anheloso estudio de la ganancia fácil. Por lo +demás, su moral era tan ancha como las mangas del vestido que el reuma +le obligaba a usar, y sus creencias religiosas, tibias como las aguas +con que se lavaba. La moral de los contratos de cosas, interpretada a +su manera, érale muy conocida y familiar; la otra, la tocante al honor +y al recato, solo existía en su conciencia con formas desleídas. + +Sujetó, pues, a los amantes a un régimen de apariencias estrictamente +morales, prohibiendo en absoluto las entrevistas de calle y balcón, y +permitiéndoles hablarse a horas fijas en su casa y en su presencia. Con +esto cumplía, y sentaba sobre bases decorosas su bien planeado negocio. +Muy mal sabían a Fernando y a su dama esta reglamentación de colegio y +este régimen de insulso noviazgo, aplicado a una pasión tan flamígera; +pero lo soportaban en espera de los arranques de su albedrío, planeando +también algo, que muy calladito tenían, y desquitándose por el pronto +con el carteo constante y clandestino de que era mediador el cuitado +Lopresti. Con los Fonsagradas se les permitía salir alguna vez de +paseo, bien vigiladitos, no pudiendo campar libremente ni a la ida ni +a la vuelta, ni extraviarse en las arboledas de la Florida, ni jugar +a la gallina ciega. Estaba, pues, Calpena hecho un novio _clásico_, +contra lo que su temperamento y sus altas ideas le dictaban; pero se +sometía o afectaba someterse, con la esperanza de que no había de durar +mucho la insípida comedia. Por aquellos días iba al ministerio nada +más que el tiempo preciso para no caer en falta, y a veces dejaba de +asistir pretextando enfermedades. Rara vez le llamaba ya el ministro a +su despacho para encargarle contestaciones de cartas. Hacíalo siempre +dando las instrucciones a Milagro, el cual repartía la tarea y vigilaba +la de su compañero, llevándolo todo a la firma. + +Hacia el 20 de diciembre, poco antes de la célebre discusión del _voto +de confanza_, en días en que Mendizábal estaba gozoso, como hombre que +vislumbra el éxito y ve próxima la realización de sus ideas, llamó a +Milagro y le hizo sentar frente a sí en la mesa de su despacho. Habíale +tomado afición por la donosa vaguedad que sabía emplear en la redacción +de cartas de pura fórmula, en que no se dice nada, y por el estilo +cortesano y elegante en que envolvía el _perdone usted por Dios_, +receta contra los pedigüeños de gollerías. + +—Ante todo —dijo Mendizábal con aquella presteza nerviosa que ponía en +su trabajo—, póngame usted ahora mismo, pero ahora mismo, una carta a +don Martín, diciéndole que detenga el nombramiento de Catedrático de +Retórica de un clérigo que se llama don Pedro Hillo, en favor del cual +le escribimos no sé cuándo... + +—Anteayer. + +—Me había recomendado a este sujeto Musso y Valiente, si no recuerdo +mal. + +—Sí, señor, y antes don Manuel José Quintana... + +—Y creo que también Juan Nicasio Gallego..., en fin, medio mundo. Tanto +me han mareado, que me decidí a recomendarle a Heros. Pero después he +sabido algo que me pone en guardia... Francamente, yo hago todo el bien +que puedo; pero en este puesto, y rodeado de dificultades, no creo +estar en el caso de favorecer a mis enemigos. Dígame, ¿conoce usted a +ese Hillo? + +—Sí, señor: vive con mi compañero de oficina, Calpena, y hemos ido +juntos al café y a los toros. Es muy entendido en tauromaquia. + +—¡Qué atrocidad!... Cura, torero y retórico... No he visto jamás +ensalada semejante... Ello es que ese sujeto ha dado en perseguirme... +Aquí viene todos los días a pedir audiencia. Como ahora no estoy para +perder el tiempo, no se la he concedido. Pero el hombre ha dado en +acecharme cuando entro en mi casa y cuando salgo. Todas las mañanas +tira de la campanilla tres o cuatro veces. En la escalera, hoy, bajando +yo con Cano Manuel y con Olózaga, me le encontré... Demudado, la voz +temblona, me habló... La verdad, no me enteré bien de lo que dijo... +Que no quería hablarme de la cátedra..., que se había hecho campeón de +una causa de moralidad, de justicia..., que era preciso descorrer el +velo... Esto del velo lo repitió no sé cuántas veces... En fin, me dio +lástima. Paréceme que el tal presbítero no tiene la cabeza buena. Yo me +zafé como pude, y luego me dijo Olózaga: «¿Sabe usted, don Juan, que +este pajarraco de sotana es de los que hacen correr por ahí historias +denigrantes en que mezclan, sin ningún miramiento y quizás con aviesa +intención, el nombre de usted?...». «¿Qué me cuenta, Salustiano? ¡Mi +nombre...!». «Sí, señor: quieren minarle a usted el terreno, echando a +volar especies absurdas, actos o relaciones de la vida privada». + +Al oír esto, palideció el buen Milagro, y contestando a su jefe con un +monosílabo que expresaba tanta sorpresa como indignación, hizo solemne +voto mental de no volver a probar el _curaçao_ en lo que le quedara de +vida. + +—No es la primera vez —continuó Su Excelencia— que llegan a mí rumores +de esta naturaleza, unos verdaderos, referentes a hechos y casos que no +tienen nada de ignominiosos, otros absurdos y sin ningún fundamento, +y todos van derechos contra mi reputación, contra mi prestigio. Nada +de esto me sorprende ni me arredra: sé que en mi posición, y entre +españoles, no puedo esperar más que una guerra en la cual se emplean +todas las armas, sin desdeñar las más viles. Conque ya sabe usted: +lo primero me escribe esa carta. Que detenga el nombramiento para +la cátedra de Alcalá. Ese señor Hillo tiene todas las trazas de un +perturbado. + +—No creo tal, señor —dijo Milagro—. Quizás oiría el señor Hillo algún +disparate, de esos que hace correr la gente mal intencionada, y el +pobre señor lo habrá repetido... Y también puede ser que soltara la +especie hallándose en ese estado de atontamiento que produce el... la... + +—Pero qué... ¿es bebedor? + +—No sé..., creo que... Una noche, estando varios amigos en el café +con Maturana, el diamantista, este pidió _curaçao_ y quiso que yo le +acompañara; pero como no pruebo nunca ninguna clase de bebida, me +resistí, dándole las gracias. Hillo bebió y se puso perdido. Salió +diciendo cada desatino... Pero después, cuando el aire de la calle le +serenó, se desdijo de todo, y hasta lloraba el pobre recordando las +borricadas que habían salido de su boca. No es mal hombre: el señor +Olózaga me dispense; que si algo contra la respetabilidad de Vuecencia +ha dicho ese clérigo, no ha sido con mala idea... + +—Bueno —dijo Mendizábal, cuya atención, queriendo abarcar mucho de +una vez, se detenía poco en un asunto—. Escríbame usted la carta a +Argüelles, incluyendo esta minuta de los principales puntos de Hacienda +que debe tener presentes al defender el _voto de confianza_. Luego +carta citando a Istúriz y a don Antonio González, para que nos pongamos +de acuerdo sobre el orden y método e discusión... + +Despedido el secretario familiar, entraron los que iban a la firma, y +Su Excelencia trabajó con ellos el resto de la tarde. Dos días después +empezó en el Estatuto la gran tremolina parlamentaria del _voto de +confianza_, en que Mendizábal, blasonando de atrevido gobernante, +pidió a los Estamentos poder y autoridad para disponer de las rentas +públicas, con el desembarazo que exigían las críticas circunstancias +por que atravesaba la nación. + +Ya en aquellos debates empezó a torcerse la buena estrella del +reformador, que hasta entonces no había visto más que satisfacciones, +bienandanzas y popularidad. Los patriotas extremaron su oposición; los +llamados _moderados_ llenaban sus discursos de reticencias maliciosas, +chispazos que levantaban llamaradas y humareda en la opinión neutral; +y los amigos de Mendizábal, que hasta entonces le habían defendido +con ardor, empezaban a sentir ese frío triste, que es síntoma de ver +con malos ojos el bien ajeno. Algunos continuaban apoyándole, porque +estaban ligados por la gratitud; otros hacían de esta tabla rasa, y +empezaban a mostrarse temerosos de que don Juan de Dios realizase lo +que había ofrecido. Entre políticos, el fracaso de los grandes halaga +a los pequeños. La masa total no se entusiasma con el éxito si este +lo representa un hombre. La vulgaridad colectiva tiende siempre a +conservar el nivel. + +Empezaron, pues, las inquietudes, las comezones, las ganitas de jarana, +y la curiosidad sabrosa de ver al jefe embarullado y sin saber por +dónde salir. Claro que los más votaban como carneros; pero otros se +hicieron los bobos, afectando escrúpulos de rigidez constitucional. A +estos llamaban _santones_. + + + + +XXV + + +Aburrido y desalentado, vio don Pedro Hillo entrar el año 36, a +quien, desde el primer día de su enero, diputó por tan calamitoso +y funesto como su antecesor el maldito 35, que todo se pasó en +guerras, disturbios y trapisondas. Nada había podido adelantar en la +noble misión que se había impuesto, y el problema que desentrañar +quería presentábasele cada día más oscuro y embrollado. Para colmo de +amargura, Calpena no le refería cosa alguna de su vida y planes; apenas +pasaba con él breves ratos a las horas de comida y cena, y luego a +sumergirse volvía en la tenebrosa cisterna del vicio y la deshonra, +pues no otra cosa significaba para don Pedro la casa de la Zahón. Para +mayor desdicha, tuvo el buen presbítero el disgusto de saber, por +un amigo de _lo Interior_, que hallándose extendido su nombramiento +para la cátedra, don Martín de los Heros le había dado carpetazo +por indicación del Presidente del Consejo. Esto le llevó a una +tristeza profunda, y no veía más que ocultos enemigos y persecuciones +misteriosas... ¡Misterio por todas partes, romanticismo y sombras +espectrales! Lo único que alegraba su espíritu era las cartas de la +incógnita que, autorizado por Calpena, leía y guardaba. En todas ellas +latía la tristeza y el intenso cariño de quien las redactaba. Véase un +ejemplo: + + «Aunque diariamente recibo pruebas del olvido en que me tienes, no + puedo acostumbrarme a tu desobediencia. Te mandé que fueras a la misa + de once en el Carmen, y no fuiste ni a esa ni a ninguna, pasándote + toda la mañana en casa de la diamantista. Te encargué la asistencia + al Estamento para que oyeras y gozaras la discusión del _voto de + confianza_, y tampoco pareciste por allí. Ni en _el Casón_ de los + Próceres se te ha visto tampoco, por más que te recomiendo concurrir + a menudo, para que habitúes el oído a las buenas formas oratorias, + para que tomes gusto a la política seria y veas de cerca a los + hombres eminentes que han de gobernarnos ahora y después, los cuales + serán malos, si quieres, pero con ellos tenemos que apencar, porque + no hay otros. + + »Te veo adquiriendo hábitos groseros: te has hecho huraño, + desagradecido, siempre devorado por insana inquietud, presuroso en + todas partes; te veo encenagado en una pasión loca, impropia de toda + persona regular; no haces caso de nada, no miras a tu porvenir, + no correspondes a la ternura de quien por ti se interesa y quiere + dirigirte, sin que mueva tu voluntad el considerar lo que esta + protección reservada cuesta y supone, ni las amarguras y sufrimientos + que hay bajo de ella». + +Al terminar este pasaje, tuvo Hillo que suspender la lectura para +limpiarse dos lagrimones que por sus mejillas resbalaban. Luego siguió +leyendo: + + «Y no paran aquí los estragos de tu devaneo amoroso, pues no solo te + muestras ingrato conmigo, sino con ese buen sacerdote, tu compañero + de casa, que tanto interés demuestra por ti. Le desdeñas, evitas su + compañía porque quiere apartarte, como yo, del despeñadero a que + corres. Has delegado en él la lectura de mis cartas y la custodia de + tu dinero, prueba de confianza que me agradaría si no significara + indolencia y criminal olvido de tus obligaciones. El pobre señor + de Hillo, por salvarte y correr tras de tus errores, ganoso de + corregirlos, ha dado un mal paso. De los males que se le ocasionen + eres tú responsable. Verdad que en su generoso afán incurrió el + cleriguito en la tontería de pretender descubrirme y desenmascararme, + y esto forzosamente había de producirle algún desavío, porque + nosotras las esfinges solemos dar un zarpazo al que intenta descifrar + el enigma que encerramos. Buscando indicios aquí y allá, interrogando + a gentes diversas, el señor don Pedro ha oído enormes disparates, y + cometido después la grave indiscreción de repetirlos. Algunas de las + absurdas hablillas que tu amigo recogió en los cafés o en medio de la + calle afectaban al señor Presidente del Consejo, y eran escandalosa + infracción del respeto que se debe a la vida privada. Alguien se + enteró de ello, y fue con el cuento al señor don Juan de Dios (a + quien solemos llamar _Juan y Medio_ por su gigantesca estatura), y he + aquí que el grande hombre se amosca, dumostrando cierta pequeñez de + espíritu, pues lo que de él dijo nuestro capellán no merecía más que + olvido y menosprecio: tan necia y ridícula era la invención. ¡Pobre + Hillo! Acordado ya su nombramiento para la cátedra que pretende, el + señor Mendizábal ordenó que se anulara. Paréceme este rigor poco + digno de un hombre que se nos ha venido acá con la pretensión de + traernos el reinado de la libertad, de la justicia y del orden + social, y así pienso decírselo. Perdóneme el señor don _Juan y + Medio_; pero me parece que ha obrado como un _santón_ cualquiera, de + esos que ahora le están armando la zancadilla. El motivo de estas + pequeñeces es que el grande hombre considera la popularidad como + el principal fundamento de su fuerza, y le saca de quicio todo lo + que puede mermar o poner en peligro ese fantástico y vano poder. + ¡Qué error! Fíjate en esto para que vayas aprendiendo. La fuerza la + da el buen gobernar, el cumplimiento de lo que se ha ofrecido, la + energía, la rectitud; de todo esto sale al fin el aura popular. Pero + pretender el calor de la opinión cuando no se hace nada, o se hacen + las cosas a medias, es grande ceguedad. De este mal mueren todos + nuestros políticos... La confianza en un prestigio ilusorio perderá + a este buen señor, que podría indudablemente regenerar el país si se + cuidara menos de aspirar el incienso que le echan sus aduladores y + paniaguados. Buenas ideas trae, grandiosos planes ha concebido; pero + difícilmente logrará realizarlos, porque, como dice tu amigo, no + sabrá _rematar la suerte_». + +Sonriendo pensativo, guardó la carta don Pedro en la gaveta donde +metódicamente las iba poniendo, para dar cuenta a Calpena como +secretario fiel. Desconcertado por su fracaso, permaneció unos días +en situación expectante, soñando con inesperadas sorpresas de la +Providencia divina, hasta que llegó otra carta de la incógnita, con la +particularidad de que no iba dirigida a Fernando, sino a él, al propio +don Pedro Hillo, presbítero. Con vivísima emoción se encerró en su +cuarto, recatando el papel cual tímido enamorado que recibe la primera +esquela de la niña que adora, y leyó lo siguiente: + + «Señor de Hillo: Me dirijo a usted como al único leal amigo del + descarriado Fernando, para suplicarle con efusión del alma que, + mientras yo trato de cortar el vuelo de esa criatura por los espacios + tempestuosos del romanticismo, intente usted poner estorbos a su + temeraria iniciativa, y desbaratar sus planes, aunque para ello tenga + que valerse de las artes del disimulo, y poner en juego resortes que, + si bien algo violentos, no son ilícitos tratándose de tan generoso y + noble fin. Indudablemente, Fernandito y su desatinada novia traman + alguna travesura, que me temo sea de gravísimas consecuencias. Sé + que ese insensato ha comprado armas: dos pistolas, espada, navajas + grandísimas. Me permito encargar a usted que si el chico ha llevado + las armas a su casa, procure quitárselas sin miramiento alguno, y + esconderlas donde no las pueda recobrar; le recomiendo además que le + prive de dinero, dejándole solo lo más preciso. Todo lo que enviaré + estos días, en la forma acostumbrada, hágame el favor de recogerlo + sin darle de ello noticia, y resérvelo para los gastos que ocasionen + las diligencias que hará usted, conforme yo le vaya indicando, a + medida que reciba más noticias de lo que traman esos pillos. + + »Igualmente le invito, afrontando las objeciones que ha de hacerme + su delicadeza, a emplear en sus atenciones propias la parte que + estime conveniente del dinero de Fernando. No me venga usted con + remilgos. Le nombro capellán, o, si se quiere, ayo de ese inexperto + joven, y es muy justo que perciba los emolumentos que de ley le + corresponden. Déjese usted de cátedras y de más correrías por los + ministerios pretendiendo una plaza que ya no le hace falta para + nada. Me figuro que sus posibles se van agotando con tan ineficaz + y largo pretender, y espero que sin reparo alguno acepte usted lo + que con todo el respeto debido le ofrezco. ¿Qué sería de usted si + no aceptara? ¿De qué vivirá si, como es muy probable, no le dan la + dichosa cátedra? Usted no es hombre capaz de hacer el parásito; usted + no se humillará a postulaciones impropias de su severa dignidad. ¿Qué + remedio tiene mi buen cleriguito más que dejarse querer, y admitir + lo que nunca será proporcionado al gran servicio que prestará a ese + pobre niño? Además, ni tiene usted carácter para instruir muchachos, + ni podrá nunca acomodar su condición amable a tan ingrata tarea. Si + me promete no enfadarse, le diré una cosa: no está mi señor don Pedro + muy versado en letras humanas, y apenas conserva en la memoria unas + cuantas reglas de retórica anticuada y fiambre, y ejemplos sueltos de + prosa y poesía, que ya están mandados recoger. ¿Ni cómo podía ser + de otro modo, si usted no coge un libro a ninguna hora del día, y no + hace más que hablar de política y toreo, y bromear con Nicomedes? El + baúl de libros que trajo de Zamora, lo tiene usted lleno de polvo + y telarañas. No ha sacado usted más que un par de cuadernos del + _Almacén de frutos literarios_, de Burgos, y el primer tomo (A B) del + _Diccionario de Autoridades_... pero no lo sacó para leerlo, sino + para recalzar el colchón de su cama que se le hundía por los pies... + Quedamos en que no más retórica, no más echar los bofes detrás de una + cátedra que desempeñará mejor otro cualquiera. Desde hoy se consagra + usted a Fernando, a salvarle del deshonor, a traerle al camino de la + honestidad, de la obediencia a los superiores. Es usted, con menos + humanidades, pero no con menor abnegación y cariño, el sucesor del + benditísimo párroco de Vera, don Narciso Vidaurre. No me replique, + señor Hillo, ni me ponga esa cara compungida. Cállese usted y + obedezca». + +Mediano rato estuvo don Pedro sobrecogido de la fuerte emoción, que +hubo de manifestarse en lágrimas y suspiros. Estimando la confianza +que en él ponía la divina incógnita, más que la oferta de recursos +materiales, decidió aceptar oficialmente el cargo que ya por su +voluntad oficiosa desempeñaba, y consideró que rechazar el estipendio +sería insigne ingratitud y gazmoñería. Era una salvación milagrosa, +pues ya se le acababan a toda prisa los dineros, sin que de ninguna +parte pudieran venirle rentas ni gajes, como no fuesen los de la misa +que diariamente celebraba. Precisamente había pensado días antes que si +no malbarataba todos sus libros, no tendría con qué pagar la casa. + +Contento y animoso, sintiendo duplicado el interés por Fernandito y +el respeto y admiración de la oculta deidad, dedicó toda su energía +a desempeñar la misión que aquella con suprema autoridad le había +conferido. Registrado el cuarto de Calpena, no encontraron armas. +Recelando que las tuviera en la cómoda guardadas con llave, pensó +en proveerse de ganzúa para sustraerlas, pues la incógnita le había +mandado que no se parase en pelillos. Pero en esto llego nueva carta, +que decía: + + «No busque más las armas, señor presbítero, porque las tiene en + casa de un amigote con quien ahora intima mucho: Patricio de la + Escosura, el artillerito ese a quien suponen, y debemos creerlo, + la última mosca cogida en las redes de esa araña de la Oliván. + Escosura y otro joven llamado Miguel de los Santos (no me acuerdo + del apellido), son ahora los inseparables de Fernando: me figuro que + este último le acompaña alguna vez a casa de la Zahón. Según mis + noticias, es un truhan de primera, que de todo saca partido para + divertirse. Vive en la calle de la Gorguera. Suele andar con uno de + los chicos de Madrazo, Perico, a quien apenas apunta el bozo, pero + que ya es poeta y prosista. Todos estos niños y otros se traen unas + ideas sentimentales que creo yo harán más estragos que los devaneos + fúnebres, incendiarios y sanguinolentos del romanticismo. Busque a + ese Miguelito de los Santos y hágase su amigo. + + »Y vamos a lo principal. Esté usted preparado para un viaje, ¡oh + pacientísimo señor don Pedro!, y perdone que le haga andar de + coronilla. Dentro de unos días, quizás mañana o pasado, será Fernando + trasladado a una intendencia de provincia, probablemente a Cádiz o + Barcelona, lejos, lejos. Se le destina a las nuevas oficinas que se + crean para la redención de censos y la venta de bienes del clero. + No creo que se rebele contra las órdenes del ministro, negándose + a salir. Si así lo hiciera, será preciso recurrir a otros medios. + Pero no es probable que llegue a tanto su rebeldía... Oiga usted lo + que tiene que hacer. En cuanto él reciba su nuevo nombramiento, que + irá acompañado de una orden para salir en posta, usted le incita a + no dilatar la partida, le dispone coche, se brinda a acompañarle, + le dice que volverán pronto; pero la vuelta de ustedes será la del + humo; y una vez allá, trínquemele bien. Si logramos apartarle de su + infierno siquiera cuatro o cinco meses, estamos salvados, mi buen + amigo y _coadjutor_. + + »Otra cosa tengo que advertirle. Debe usted, desde que disponga el + viaje, abandonar el traje eclesiástico y vestirse de corto. Hasta + creo que le sentará bien la ropa _de hombre_, digo, _de paisano_..., + tampoco es esto; vamos, de seglar. Como los vientos que hoy corren + en España no son muy favorables a las personas eclesiásticas, por la + guerra que estas hacen al Gobierno, unos con las armas en la mano, + otros con sermones y escritos virulentos, no le conviene a nuestro + cleriguito echarse con sotana y balandrán por esos mundos. Tenga + presente que dentro de quince días, lo más, saldrá el decreto en + que se ordena limpiar a los frailes el comedero, y ya verá usted + la tremolina que se arma... Conque cuidado: fíjese bien en lo que + me permito indicarle, y procure cumplirlo, sin nuevos intentos de + descubrirme, porque si llega a mis oídos el _mascarita te conozco_, + no hemos hecho nada. Yo me quedo donde estoy; Fernando en su + laberinto de perdición, y usted en su páramo de cazador de cátedras. + Adiós». + + + + +XXVI + + +Jurando _in mente_ hacer todo lo que le mandaba la que tenía ya por +autoridad suprema y tirana indiscutible, se fue Hillo al Estamento +de Procuradores, donde le había citado Iglesias para presentarle a +don Agustín Argüelles. Habían concertado destruir, por mediación +del que llamaban _Divino_, la mala impresión de Mendizábal con +respecto a don Pedro, haciéndole ver que ni era loco ni había sido +difamador de Su Excelencia, pues si bien dijo en cierta desgraciada +ocasión cuatro palabrejas inconvenientes, hízolo con el noble fin de +condenarlas. Menos le importaba la cátedra, con importarle mucho, que +la opinión que el señor ministro formase de él; y hasta que no lograse +rectificar aquel temerario juicio, no tenía tranquilidad. Mas desde el +momento en que aceptaba el cargo que la divinidad incógnita le había +conferido, ya la suspirada cátedra y los ministros que la concedían, +y todo el gobierno, y lo que Mendizábal pensara de clérigos locos o +calumniadores, le importaba un bledo. Iba, pues, con ánimo de decir +a Iglesias: «Amigo mío, no haga usted nada, ni se tome el trabajo de +presentarme a estos señores, pues renuncio a _la mano de doña Leonor_, +y es muy probable que me vaya a mi pueblo, a cavar». + +En los pasillos del Estamento había tanta gente, que le fue muy difícil +cazar a Nicomedes. La sesión era interesantísima: se discutía el _voto +de confianza_. Anduvo de aquí para allá, saludando a los que encontró +conocidos, y uno de estos le dijo que Iglesias estaba en la tribuna +oyendo hablar a Toreno. Hablaría después Mendizábal, y se procedería +inmediatamente a la votación. Arrimose Hillo a una de las puertas +laterales, donde había una gran masa de intrusos aplicando la oreja al +rumor oratorio, y oyó algunas palabras del conde, pocas y desvanecidas +por la distancia. El local era malísimo: el salón de sesiones una +iglesia secularizada. Para formar los pasillos circundantes se habían +derribado tabiques de la sacristía, aprovechando con fáciles chapuzas +la parte de capillas y salas interiores que destruyó el incendio de +1823. Buscó Hillo mejor sitio de escucha por otro lado, y al fin, +agazapándose en un rincón de lo que fue camarín de la Virgen, y que +caía detrás de la presidencia, pudo ver y oír algo. Por entre una +crestería de cabezas distinguió a lo lejos la del señor Mendizábal y +parte de su busto. Acababa de levantarse, y hablaba premioso, mirando, +ya al pupitre, ya a los _señores de enfrente_. Por su gigantesca +estatura descollaba don Juan entre aquel cúmulo de hombres chicos y +medianos. A su corpulencia no correspondía su voz, parda y cavernosa, +ni menos su oratoria, que en las cuestiones de Hacienda era muy árida +y en las políticas elevábase tan solo por la energía que le prestaba +su convicción y los tonos dulces que le daba la sinceridad. Estirando +mucho el pescuezo por entre brazos y cabezas de curiosos que bloqueaban +la puerta, pudo pescar Hillo alguna que otra frase: + +—... Pues habiendo tenido la suerte de negociar un empréstito para una +nación vecina a 74 por 100, cuando don Miguel... + +Y después: + +—Se ha dicho aquí si el gobierno, en virtud del artículo 3.º... —siguió +un concepto ininteligible, y luego—: Pero, señores, un gobierno que +no quiere apelar a poner una contribución extraordinaria, ¿cómo es +posible que...? + +Retirose don Pedro aburridísimo, viendo que nada en limpio sacaba, y +esperó paseándose, leyendo la orden del día puesta en una tablilla, +o los partes de la guerra, que siempre decían lo mismo. Por fin, +comenzada la votación, los parroquianos de tribunas descendían a los +salones bajos y pasillos. Los procuradores, conforme votaban, iban +apareciendo por las puertas del salón de sesiones, y el tumulto crecía, +la atmósfera era espesa y cálida, y el ruido bastante a marear la +cabeza más firme. + +Apareciósele Nicomedes, sofocadísimo, echando lumbre por los ojos, +entre un pelotón de periodistas, y desde lejos le intimó en esta forma: + +—¡Eh, clérigo..., en qué mal día viene! Imposible hacer nada hoy. Ya ve +_su merced_ el jaleo que hay aquí. + +En pocas palabras le informó don Pedro de que no venía más que a +retirar todo lo actuado, y a manifestar a su amigo que ya no quería más +recomendaciones ni molestar a nadie. Sin hacer caso de lo que decía el +presbítero, prorrumpió Iglesias en ruidosas exclamaciones, a las que +siguieron cláusulas narrativas en pintoresco y familiar lenguaje: + +—¡Válgame Dios, qué discurso nos ha largado el _camello_! Lo que me +hace más gracia es el tonillo sentencioso que toma para decir las +mayores simplezas. + +Apretose el corrillo alrededor de Iglesias (metiéndose en él don Pedro +con empuje de codos), y uno de los jovenzuelos más avispados que en el +cotarro bullían, se echó a reír diciendo: + +—¿Pero ustedes le oyeron los latines con que hoy nos ha obsequiado?... +_Mutatas mutandas_... Es divino este señor. + +—Él no sabrá de _citas históricas_, como dijo ayer..., pero lo que es +gramática... + +—Esto del _voto de confianza_ —manifestó con saña Nicomedes— resulta lo +que digo en mi artículo de esta mañana: _un cubilete de charlatán_. + +—Como que todo esto no es más que un tapujo de los agios y embrollos +que este _don Juan y Medio_ se trae. + +—Bueno es el mundo, bueno, bueno, bueno —dijo uno de los presentes, +mozo espigadillo, de grandísimos ojos negros, que relampagueaban en +su rostro expresivo, con una seriedad que por ser tan seria resultaba +extraordinariamente burlona. + +—Eso mismo digo yo —indicó Hillo tímidamente—. Bueno, bueno, superior. + +—Mi queridísimo amigo Miguel Álvarez —dijo Iglesias, presentándole. + +Diéronse las manos, y don Pedro se mostró muy afectuoso, pues aquel +encuentro y presentación colmaban sus deseos, y se permitió decir al +joven Álvarez que ya le conocía de nombre por sus galanas poesías, por +sus artículos y discursos... + +—Discursos no —replicó el otro con gravedad socarrona—, porque todavía +no los he pronunciado. Los tengo, sí, aquí, en mi mente, y no los +cambio por los de Cicerón. Pero todavía están inéditos, padre... Yo +también tenía vivos deseos de conocerle a usted personalmente..., que +de fama, ¿quién no le conoce? Mi amigo Fernando Calpena me ha hablado +mucho de usted... Sé que es un profundo humanista, y que distrae sus +ocios en la afición taurina... Yo soy amantísimo de los toros. + +«Lo que tú eres, bien lo veo —dijo Hillo para su sotana—: un guasón de +primera». + +Y siguieron charlando, mientras Iglesias, con hueca voz ponderativa, +encomiaba el discurso pronunciado en la primera parte de la sesión por +don Agustín Argüelles, a quien se seguía llamando _el Divino_, si bien +no aplicaban todos este lisonjero mote en sentido recto. + +—¡Señores, vaya un discurso el de don Agustín! Es de los mejores, de +los más elocuentes que ha pronunciado en su larga vida parlamentaria. +Si el _camello_ hablara así, ¿quién le aguantaba? + +Y deteniendo a un joven espigado, pulcro, bien afeitadito, vestido con +esmero y elegancia, que de un cercano grupo se desprendía, le dijo: + +—Querido Juan, ven acá. ¿Qué te ha parecido el discurso de la +_divinidad_? + +—Verdadera divinidad tutelar es don Agustín para ese buen señor. +¿Qué sería de Mendizábal sin esta defensa, sin este escudo, sin esta +protección? + +—Sería lo que la yedra, cuando muere el tronco del olmo a que se agarra +—dijo uno de los que se adherían a Iglesias—. A ver, señor don Juan +Donoso, usted que lo entiende, ¿qué opinión ha formado del discurso de +don Agustín? + +—Admirable como forma —declaró con aire de suficiencia el que llamaban +Donoso, joven extremeño que iba para notabilidad literaria y política—, +poco sólido como aparato dialéctico. Me recuerda la oración _Pro +lege manilia_. Fáltale la primera condición de toda pieza oratoria, +el convencimiento. Se ve que no cree en la leyenda de este buen +señor, ni en sus planes, ni ve nada dentro del artificio del _voto de +confianza_. Le defiende porque no es decoroso despedirle cuando hace +tan poco tiempo que nos le han traído con tanta parambomba. Fara mí +esto es claro. El generoso don Agustín, empleando excesivamente la +argumentación _extra causam_, ha sabido cubrir con la púrpura de su +elocuencia esta olla vacía... + +Alejose llamado desde el cercano grupo, y dejó el puesto a otro de los +amigos de Iglesias, al inquieto y vivaracho González, el cual, antes de +que le preguntaran, se metió en el corrillo diciendo: + +—Caballeros, para mí, este buen don Agustín chochea... + +Prodújose después de esto un silencio repentino, porque apareció el +propio Argüelles, viniendo del salón hacia la sala donde despachaban y +recibían los ministros (que era parte del refectorio del transformado +convento; en la otra parte se reunían las juntas de comisiones). Pero +acosado por los felicitantes y aduladores, el buen señor no podía dar +un paso. + +—Bien, don Agustín, sublime... Como siempre, el Demóstenes español. + +Y él, con bondades y modestias, de esas que se usan en la política, +desplegando todo aquel sonreír dulce y un poquito clerical, que +caracterizaba su rostro austero, respondía: + +—He salido del paso como he podido... No tenía más remedio que defender +el _voto de confianza_, que es un resorte político y parlamentario +muy recomendable en ocasiones como la presente... No sé de qué se +maravillan estos señores moderados; si en el Parlamento inglés estamos +viendo todos los días esta clase de concesiones amplias a la iniciativa +gubernamental... Creo haber puesto la cuestión en su verdadero +terreno... Ya se le habrá pasado el susto al pobre Mendizábal... + +—Señor don Agustín —le dijo Iglesias con toda la franqueza compatible +con el respeto—, es usted el hombre de más abnegación que existe en el +mundo. Yo creí que ciertas virtudes eran incompatibles con la política; +pero ya veo que no, ya veo que no. + +—¿Por qué dice usted eso? —preguntó el _Patriarca de la libertad_, más +risueño que sorprendido—. He cumplido con mi deber... Están ustedes +soñando si creen... + +—No les ha parecido esta buena ocasión para derribar el falso ídolo. + +—Aquí no somos idólatras, amigo Iglesias: aquí no hay más que hombres +de buena voluntad que trabajan por la libertad y el bien del país, cada +cual según lo que puede y sabe... + +Y acosado por la turba de felicitantes, siguió de grupo en grupo, +perdiéndose entre el gentío. Trueba y Cossío, secretario de la Cámara, +pasó saludando risueño; mas no quiso dar su opinión. En un grupo de +ministeriales, de los empedernidos, claveteados de optimismo, decían: + +—Argüelles haciendo equilibrios; Toreno velado, avieso, dejando +traslucir, hoy más que nunca, su mala intención; Mendizábal admirable, +diciendo claramente lo que debe decir, y callándose lo que le conviene +reservar. + +—Esta es la verdadera elocuencia parlamentaria, a la inglesa... Lo que +yo digo: el Parlamento no es una academia. Aquí se viene a ilustrar las +cuestiones. + +Y más allá: + +—Esto es una farsa. Lo que se quiere es desacreditar la representación +nacional... poner en un conflicto a la corona... + +—Y desquiciarlo y revolverlo todo, ya está visto, para traernos el +reinado de la plebe... + +—Que sigan así las cosas, y pronto tendremos que no hay más que dos +partidos: la camisa sucia y la camisa limpia. + +—Se ve venir el imperio de las chaquetas. Las levitas van a menos. + +—No así las de _don Juan y Medio_, que cada día son más largas. + +Salió al fin del tumulto don Pedro acompañando al joven Álvarez, y +como este dijera que iba al café del Príncipe, _vulgo_ Parnasillo, se +pegó a él, pretextando quehaceres en la misma calle, con la plausible +intención de sonsacarle lo que supiera referente a Fernando. En la +Carrera encontraron a Pepe Díaz, y estando con él de conversación, +llegaron por la calle del Lobo otros dos, que Hillo no conocía. Eran +Segovia y Juan Bautista Alonso, que traía bajo el brazo un rimero de +poesías. Nada más frecuente entonces que ver a los mozalbetes por la +calle cargados de paquetes de versos, como si vinieran de compras. + +—Oye, tú —dijo Segovia a Miguel de los Santos cogiéndole de las +solapas—, he visto a ese chico que me recomendaste, ese Eugenio... + +—Hombre, sí..., excelente chico. ¡Qué simpático, qué modesto! Por +cierto que no acabo de aprender su nombre. + +—Ni yo. Espérate a ver si me acuerdo... + +—Yo me acuerdo, yo —dijo Díaz rascándose la frente—. Un apellido +endemoniado..., así como... + +—Es hijo de un alemán —indicó Alonso—. Le conozco, sí... Su padre le ha +hecho un flaco servicio llamándose como se llama. + +—Ya me acuerdo..., _Arzen..., Arzin_... + +—_Arzembuch_, escrito con _H_ y con _n_. + +—Justo, así es —añadió Segovia—. Pues como te digo, el pobre muchacho +no sabía qué hacer conmigo. Me llevó a su casa y me enseñó una obra... +¡Vaya una obra! + +—¿En prosa o en verso? + +—¿Pero qué dices ahí?... ¡Si era una mesa! + +—¡Una mesa! Verdad que es carpintero antes que poeta. + +—Si a la caoba llamas tú poesía, la mesa es una obra en verso. + +—¿Y esa mesa no tenía cajón? + +—Hombre, sí; y del cajón sacó cuatro tragedias y dos comedias del +teatro antiguo barnizadas por él... _Los empeños de un acaso_ y _La +confusión de un jardín_. + +—Ya caigo —dijo Alonso—: es el autor de aquella famosa _Restauración de +Madrid_ silbada horrorosamente en la Cruz hace dos o tres años. + +—¡Pobre Eugenio! —exclamó Díaz—, es tan tímido, tan para poco, que no +saldrá adelante, valiendo mucho y sabiendo lo que sabe. + +—Pues veréis: entre las tragedias que sacó del cajón de la mesa, había +un drama, los dos primeros actos de un drama... + +—_Los Amantes de Teruel_... ¿Te los leyó? + +—Empezaba yo a leer, cuando entró ese loquinario, ese Calpena, y... Él +fue quien leyó, ¡pero con una entonación, chico...!, vamos, tan bien +leía, que si nos encantó la obra, no nos maravilló menos el intérprete. + +—Ya le he dicho —indicó Alonso— que debe dedicarse al teatro, a la +escena. Sería un gran actor. + +—¿Y dónde dejasteis a Calpena? —preguntó Álvarez. + +—Con Eugenio ha ido al Príncipe, a ver el ensayo del _Antony_. + +—Pues allá me voy... ¿Vamos? + +Excusáronse Alonso y Díaz por tener quehaceres, que debían de ser +poéticos; pero Segovia se agarró del brazo de Álvarez, con ánimo de +acompañarle. Calle abajo se fueron dos, y los otros, con el pegadizo +don Pedro, se metieron por la del Lobo. Por cierto que el buen +presbítero, ya en la pista de su don Fernando, si por una parte se +hallaba satisfecho de haber encontrado en Miguel de los Santos un +diligente y afectuoso auxiliar de su campaña, por otra se sentía +contrariado de tener que abandonar el campo, cuando tan favorables +circunstancias aquella tarde le ofrecía el acaso, o la Divina +Providencia. Al despedirse de Álvarez en la puerta del teatro por la +calle del Lobo, le dijo apenadísimo: + +—No saben cuánto siento no poder colarme con ustedes en el ensayo. Me +gusta extraordinariamente ver ensayar... ¿Pero cómo entro vestido de +cura? No puede ser. Otra vez será. + +Y se fue triste y cabizbajo, diciendo a las baldosas de la calle: +«Razón tiene la señora incógnita al recomendarme que para andar en +estos trotes me vista de seglar... No más hábitos. Por san Juan +Capistrano, mañana mismo los ahorco». + + + + +XXVII + + +Salió don Fernando Calpena del ensayo de _Antony_ con un grave aumento +de la locura que ya por sus exaltados amores padecía, y al despedirse +de su amigo Juan Eugenio en la esquina de la calle de las Huertas, le +dijo que ni se había escrito ni se volvería a escribir un drama tan +excelente, verdadero evangelio de los desheredados a quienes oprime +la balumba del artificio social. El carpintero-poeta, cuya mente +conservaba un excelso reposo, no expresó nada en contra de tan radical +opinión; pero algo tenía que decir sin duda, solo que se lo reservaba +para más adelante, cuando los años y la experiencia le dieran la +autoridad de que entonces carecía. No hizo más que mirar a su amigo con +aquella expresión de intensísima agudeza, que conservó hasta su vejez, +y apretarle las manos. Al separarse le dijo: + +—Tendré copiado el acto tercero el sábado, y en seguida podrás leerlo. +Aparece Isabel en la primera escena, vestida para la boda... Luego +entra don Rodrigo... En fin, ya lo verás. Adiós. + +Y echó a correr hacia su casa, con pasito corto y vivaracho. Era +pequeñín, todo nervios, con una cara ratonil, graciosa y llena de +inteligencia, unos ojuelos que despedían lumbre, y una boca como la de +los ángeles feos, que también los hay, según dicen. Calpena le miró +alejarse, y melancólico se decía: «¿Por qué Dios no me dio a mí su +talento?... Bien podía habérmelo dado, sin quitárselo a él..., bien +podía...». + +La transformación moral del enamorado joven se traslucía claramente +en lo físico: había enflaquecido; sus ojos, que antes eran hermosos +y alegres, brillaban después de la crisis con mayor hermosura, y su +alegría era extraña combinación de zozobra y delirio. Hablaba con +más viveza, amontonando ideas sobre ideas, empleando con frecuencia +imágenes felices. Vestía con elegante descuido, olvidado ya del +atildamiento presuntuoso que hacía de él un perfecto _estatuista_ en +capullo. Dejaba crecer la negra melena y la mantenía crespa, indómita, +dando a los rizos y mechones libertad para estirarse o encogerse como +quisieran. Había llegado a adquirir, con estas y otras costumbres +nuevas, un sello propio, personal, que le distinguía y señalaba entre +sus amigos. Estos eran cada día en mayor número desde que se lanzó a +la independencia, y los tomaba conforme le iban saliendo, aristócratas +o plebeyos: se mezclaba en la turbamulta humana con indecible gozo, +ávido de vivir, de ver, de apreciar y discernir, de ejercitar, en fin, +toda la energía intelectual y moral que a raudales brotaba de todas las +honduras de su alma renovada. + +Hizo en aquellos días conocimiento con los Madrazos, Federico y Perico, +el uno precoz artista, el otro escritor y poeta, ambos excelentes +muchachos, entusiastas, locos por el arte y la belleza; con Ochoa, +inseparable de aquellos y cofundador de _El Artista_, para el cual +unos escribían y otros dibujaban; con Villalta, con Trueba y Cossío, +político audacísimo al par que escritor bilingüe, pues lo mismo +escribía en inglés que en español; con Dionisio Alcalá Galiano, hijo +de don Antonio, uno de los jóvenes más despiertos y más inteligentes +de aquel tiempo; con Revilla, Gonzalo Morón, Larrañaga y otros que en +la literatura, en la crítica y en la política empezaban a bullir; con +ambos Escosuras, con ambos Romeas, con Guzmán y Latorre; y al propio +tiempo intimó más con Espronceda, Mesonero, Roca de Togores, Ventura, +y otros que ya conocía. Aquella juventud, en medio de la generación +turbulenta, camorrista y sanguinaria a que pertenecía, era como un +rosal cuajado de flores en medio de un campo de cardos borriqueros, +la esperanza en medio de la desesperación, la belleza y los aromas +haciendo tolerable la fealdad mal oliente de la España de 1836. + +Más firme cada día en la fe de sus amores, veía Calpena en Aura algo +más que una mujer bella, veía la mujer misma, con todas las cualidades +propias del sexo en grado superior. Por perfecta la tenía desde la +punta del pie a la última mata del cabello; perfecta era también +en su inteligencia, que exhalaba rayos; en su voluntad ardorosa, +rebelde a los términos medios; en sus caprichos, que escondían una +profunda psicología; en todo, señor, en todo, pues si Aura reía, toda +la naturaleza se alegraba con ella, y si lloraba, cielo y tierra se +cubrían de tristeza. + +Pues, señor: bastantes días habían pasado desde el ensayo del _Antony_; +bastantes, sí, porque ya se había estrenado el revolucionario drama de +Dumas, cuando ocurrió lo que ahora se referirá. Ello fue al principiar +febrero, pasadas las tremolinas parlamentarias de fin de enero, cuando +se discutió la ley electoral y derrotaron al gobierno, y el señor +de Mendizábal, entre la espada y la pared, no tuvo más remedio que +disolver los Estamentos y convocar nuevas Cortes. Y como el diablo, +cuando no tiene que hacer, se entretiene en coger moscas, don Juan de +Dios, libre de la fatiga del Parlamento, que tan agobiado le traía, se +dedicó a remover el personal de su ministerio: todo era traslaciones, +cesantías, empleados que venían no se sabe de dónde; otros que se +iban a sus casas a _mascar el vacío_, como dijo un cesante de aquel +tiempo... En fin, que una tarde, hallándose Calpena en su oficina +aburridísimo, esperando ansioso la hora, antes que esta llegó un +antipático, maldecido papel... ¡Ay!, era nada menos que su traslación +a Cádiz, a las secciones recientemente creadas para la Liquidación de +Créditos. El efecto que esto le hizo fue deplorable: vio en ello la +malquerencia de un oculto enemigo, y echaba pestes contra los malos +gobiernos y contra el propio don Juan de Dios, a quien desde aquel día +retiró su admiración y cariño. + +En aquel estado de amargura y rabia le encontró Hillo una mañana, +cuando de vuelta de misa disponíase a endilgar la ropa _corta_, para +echarse a la calle. + +—¡Pero, chico —le dijo—, si estás de enhorabuena! Vas a Cádiz, _la +cuna de nuestras libertades_, como decís los patriotas, y allí vivirás +como un príncipe, y harás conquistas, y beberás la rica manzanilla, +y tienes ancho campo para conspirar con los Riegos de hogaño por la +Constitución del 12. + +—Ni usted sabe lo que se dice, ni yo voy a Cádiz —replicó Fernando de +malísimo talante—. Pensaré de hoy a mañana lo que debo hacer, y se lo +diré a usted... Veo la mano, sí; veo la mano que en las tinieblas me ha +descargado este golpe de maza... Pero no caeré, no: si creen que voy a +desplomarme, a rendirme y a pedir perdón, se equivocan. Abur. + +Se marchó con esta seca despedida, y don Pedro no volvió a verle hasta +el día siguiente. No pocas noches dormía fuera de casa. Leyendo dramas +o charlando de literatura en casa de algún amigo, se le pasaban las +horas insensiblemente, y sorprendido por la aurora en esta febril +tarea, se quedaba dormidito en un sofá o en el santo suelo, ya en el +hospedaje de Álvarez, ya en el de Pepe Díaz. También don Pedro andaba +un poco salido: entre diez y once de la mañana se vestía de paisano +y se lanzaba al divagar callejero; por tarde y noche frecuentaba los +cafés, y hacía en unos y otros diversas amistades. En el de Solís +encontró a Calpena con un chicarrón que iba cargado de dramas: le vio +desde lejos, se acercó en el momento en que salía, le fue siguiendo, y, +por fin, le dio alcance en la calle del Turco. + +—Voy contigo —le dijo poniendo en práctica las instrucciones +últimamente recibidas—. Tenemos que hablar. ¿No sabes lo que ocurre? +Pues que mañana nos largamos. + +—¿A dónde, mi reverendo amigo y capellán? + +—A Cádiz: tengo yo también allí un asuntillo. ¡Qué oportunidad! Me +acompañas y te acompaño. + +—Irá usted solo. Mejor va uno solo que mal acompañado. Yo, señor don +Pedro Hillo, no salgo de Madrid... Y no me ponga usted la cara fosca y +patibularia, porque como no es usted mi padre, ni mi tío, ni menos mi +abuelo, y tan solo es un amigo muy apreciable, yo no estoy en el caso +de que usted me riña. + +—Hombre, reñirte, no —repuso Hillo con mansedumbre—. Somos tan solo +amigos, dices bien, y ninguna autoridad tengo sobre ti, como no sea la +que me dan los años. ¡Triste autoridad!... Bueno, bueno: no quieres ir +a Cádiz. _Ergo_, ¿renuncias a tu destino? + +—Renuncio, sin _ergo_; presento la dimisión...; le digo al señor +Mendizábal que vaya él si quiere... + +—Pues, hijo, siento hacerte una observación que te va a saber muy +mal..., pero qué remedio, es mi deber hacértela, para que medites el +caso, y resuelvas según tu libérrima voluntad... Ya leo en tu cara que +lo has adivinado. Palideces... + +—Palidezco de verle a usted tan meticuloso, empleando rodeos y +perífrasis para decirme algo que podrá ser amargo y triste, pero que no +me anonada, no, señor, no me anonada... + +—¿Sabes...? + +—Y si no sé, sospecho... Vaya, suélteme usted pronto el rayo. + +El bigardón que llevaba a cuestas mediano fardo de dramas y tragedias +en cuatro y cinco actos, con prólogo y epílogo, comprendiendo que +trataban de asunto delicado, se largó, dejándoles en su grave contienda +en medio de la calle. + +—Pues lo que debía suceder ha sucedido. La deidad próvida, la dulce +enmascarada, nuestra grande amiga, nuestra... + +—Hombre, acabe usted de una vez. Total, que se ha incomodado porque no +quiero ir a Cádiz. ¿Y cómo sabe mi resolución? + +—No la sabe, la teme, y dice en su última carta que si no vas, no +cuentes más con ella. + +—Creo —dijo Calpena con gravedad— que no falto a la gratitud +respondiendo que no acepto la protección en esa forma despótica, +altanera. Se obedece ciegamente a una madre, a un padre, aun cuando +la obediencia nos destroce el corazón; pero ¿quién puede exigir +que sacrifiquemos libertad, dignidad, vida, a los caprichos de un +fantasma? ¿Que no es fantasma dice usted? Pues que se quite la gasa, +el capuchón... Abandonado estuve, abandonado estoy... ¿Qué me ha dado +el fantasma? ¿Me ha dado un nombre? ¿Me ha dado algo más que algunos +trajes y algún dinero? ¡Y a cambio de estos beneficios, pide que me +convierta en un párvulo sin voluntad, sin iniciativa para nada! Amigo +Hillo, antes que el bienestar adquirido con una pasividad humillante, +pueril, ridícula, quiero una pobreza con dignidad... No, no entra en +mis ideas vivir de lo que se me arroja en mitad de la calle; soy joven, +no me falta inteligencia: quiero vivir por mí y para mí... + +—Todo eso está muy bien —dijo el clérigo—. Quieres trabajar, lucir tus +facultades. ¡Magnífico! Pero, tonto, si con la protección del fantasma +lo harás mejor que solo y abandonado. ¿A qué luchar desesperadamente, +para sucumbir...? En cambio, con la base de tu destinito... + +—No sea usted inocente, don Pedro. ¡El destinito! ¡Vivir amarrado al +pesebre de la administración! ¿Pero no comprende usted que el que una +vez prueba las facilidades de ese pesebre, ya está enviciado para toda +la vida, ya no se pertenece, ya es una máquina que los ministros paran +o echan a andar, según les acomoda? No, no me digan que sea máquina... +En los empleos tiene usted la explicación de la inercia nacional, de +esta parálisis que se traduce luego en ignorancia, en envidia, en +pobreza... + +—Muy bonito como teoría..., pero... + +—De esto hablamos anoche largamente Larra y yo, y renegamos de los +empleos, que son como el opio o el hastchís para esta nación viciosa, +indolente. Por mi parte, digo que antes comerán en un mismo plato +constitucionales y facciosos, antes se volverán chaquetas las levitas +de don Juan Álvarez, que yo resignarme a ser toda mi vida funcionario +público. + +—Has empleado lindamente la figura que llamamos _imposible_ o +_adynaton_. + +—Déjese ya de retóricas, don Pedro. ¿Cree usted que están los tiempos +para retóricas? Eso pasó. Aquí vendrá un desquiciamiento si no vienen +nuevas ideas, aire nuevo, a regenerarnos... + +Y abriendo los brazos en plena calle, parados uno frente a otro, dijo a +su amigo: + +—Déjeme usted ser libre, déjeme usted probar mis fuerzas... No quiero +protección anónima. Si conoce usted a la divinidad encapuchada, dígale +que quiero pertenecerme, pensar por mí mismo y poner en ejecución lo +que pienso... ¿Que me estrello? Bueno. Pues estrellado y con media +vida, podré decir: «¡Viva la independencia! ¡Viva la dignidad humana!». + + + + +XXVIII + + +Separáronse. A los pocos días se despidió Calpena de la casa de Méndez, +porque en su nueva vida independiente, abandonado de la invisible +protección, necesitaba aposentarse con mayor economía. Tanto Méndez +como su hija y esposa con lágrimas en los ojos viéronle salir, y le +abrumaron con amabilidades quejumbrosas, mostrando lástima de su +partida, por un _punto de quijotismo_, como decía el patrón, el cual +añadió a esta frase sanos consejos y exhortaciones atinadísimas. + +—¡Vaya que dejar un empleo tan bueno por no ir a Cádiz! —clamaba doña +Cayetana, oprimiéndose el pecho, que rebotaba contra la garganta. + +—Y ¿por qué no han de dejarle aquí? —decía Delfinita bizcando más el +ojo—. También es tema querer echarle de Madrid... Todo por una mala +novia... + +En fin, que el hombre se fue. Hillo no se hallaba en casa cuando estas +patéticas escenas ocurrían. Y por cierto que andaba el tal curita hecho +un paseante en corte, vestidito de seglar, con bastón y sombrero de +copa, todo el santo día de mazo en calabazo, y no ciertamente en las +mejores compañías. Muchos, ignorantes de los móviles de su conducta, +le tenían por echado a perder; otros sospechaban que los jacobinos y +masones le habían seducido, atrayéndole a sus conciliábulos oscuros. +Su buen nombre eclesiástico no ganaba nada con esto; pero a él le +importaba ya una higa la opinión clerical, y todo lo que no fuera el +honrado objeto de sus trabajos y pesquisas. + +Como Calpena no ocultaba su domicilio, calle de las Urosas, allá se +iba don Pedro a diferentes horas, sin dar a sus visitas apariencias +de persecución o de fisgoneo policiaco. Siempre buscaba un pretexto, +comúnmente literario, y hasta llegó a fingir que escribía un +_Florilegio de Refranes_, y que necesitaba compulsar textos muertos y +vivos. Igualmente iba en busca de Miguel de los Santos; pero siempre +con mala suerte: no se podía hacer carrera de aquel chico, dotado de +excelsas cualidades, que desvirtuaba con su pereza. + +—Miguelito —le decía Hillo, que al poco tiempo de amistad ya le +tuteaba—, tú vales mucho y no serás nunca nada. + +Acontecía no pocas veces que iba a buscarle a las nueve de la mañana y +le encontraba en el primer sueño. Algunos días tomaba el desayuno a las +cinco de la tarde. Con semejante vida, ¿qué había de hacer el hombre, +ni de qué le valía su grande ingenio? No concluyó jamás nada de lo que +empezaba. De sus propias obras se aburría, a fuerza de admirar las +ajenas; amaba a sus amigos entrañablemente; de sí mismo no hacía ningún +caso. + +Lo que a Hillo mayormente le incomodaba era no encontrar en él eficaz +ayuda para traer a Fernando al buen camino, y siempre que de esto le +hablaba, salía el bueno de Miguelito con unas filosofías que dejaban +helado al pobre don Pedro. Quería este aplicar a todo los principios +que establecen el gobierno de los individuos por la familia, y de la +familia por el Estado, organizando una especie de colegio universal, +y Álvarez profesaba un donoso fatalismo con profundas raíces en su +mente. Sacaba de quicio al buen capellán el humorismo con que Miguel +de los Santos trataba las cosas más graves; aquella pachorra, aquel +mirar tierno con que afirmaba el imperio absoluto, soberano, de la +fatalidad. Todo pasa como debe pasar, y es inútil y ridículo pretender +desviar personas y cosas del camino que les imprime la escondida +fuerza que todo lo gobierna. De esto resulta que no debemos tomar a +pechos ningún humano incidente. Desgracia y ventura no son más que +términos de relación, convencionalismos. Así como no podemos influir +en los fenómenos meteorológicos, nos está vedado el oponernos al +fenómeno histórico, afecte a las naciones, afecte a los individuos... +Lo único que sacó en limpio don Pedro fue alguna que otra noticia +íntima referente a los amores de Calpena. La Zahón, que ya venía algo +esquinada, sin que se sepa por qué, vio con malos ojos la renuncia que +hizo Fernando de su destino: si primero le había tenido por príncipe +con disfraz, luego le tuvo por un ladino pelagatos, que husmeaba la +dote de Aura; y deseando poner punto en tales relaciones, empezó por +limitar las entrevistas de los novios y dificultar el carteo. De todo +esto resultaba la espantosa murria de Calpena en aquellos días. Su +exaltada mente le sugería sin duda proyectos audaces, caballerescos, +traduciendo a la realidad el peregrino enredo de los dramas románticos. + +—¿Querrá usted creer —dijo Álvarez— que a nuestro amigo se le ha +ocurrido aplicar al caso de la calle de Milaneses el procedimiento del +narcótico? Sí..., dar a la señorita un bebedizo para que se quede tiesa +y fría, simulando la muerte... Vamos, como en _Romeo y Julieta_ y en +_Catalina Howard_, y luego cargar con la difunta, que no es difunta +más que de mentirijillas, y... ya supondrá usted lo demás. De las +distintas clases de raptos, pienso que no se le ha quedado ninguna por +estudiar..., y ya verá usted cómo sale por algún registro inesperado, +teatral, y a todos nos deja con la boca abierta. + +Y mientras Miguelito poníale ante los ojos estas probables +contingencias de trágicos lances, la invisible tutora le empujaba cada +día con más apremio hacia el remolino que la voluntad y la pasión de +Calpena iban formando. En una de las últimas comunicaciones de la +_velada_, le decía entre otras cosas: + + «Por Dios, no olvide usted lo que tanto le he recomendado: que le + siga a esa zahúrda donde vive, que procure por cualquier treta + ingeniosa introducirse en ella. Cuide usted de que nadie le + falte, pues su abandono no es más que aparente. Sin que él pueda + sospecharlo, páguele usted su hospedaje, y encargue a los dueños de + la casa que finjan el mal humor de todo patrón que no cobra... Y + otra cosa espero de su hidalga cooperación. Sé que se junta de noche + con los patriotas exaltados, que asiste a sus nefandas logias y a + sus ritos extravagantes. Sin duda, al verse solo y perdido, trata de + reformar el mundo, armándonos aquí otra revolución como la francesa, + con su convención, guillotina y todo... Pues es preciso, mi querido + amigo y capellán, que usted se meta también en esas logias y cavernas + endemoniadas. ¿Qué le importa a usted, si su masonismo es fingido, + y conserva en su conciencia el amor de la verdad y el desprecio + de tales majaderías? Métase usted en la boca del lobo, sin rebozo + alguno, ni temor de que le crean jacobino. Nada debe usted recelar, + pues aquí estoy yo para sacarle de cualquier mal paso. Adelante, y no + vacile en hacernos esta grande y noble caridad. A nadie tiene usted + que dar cuenta más que a Dios y a mí, y Dios sabe la rectitud con que + procede mi buen capellán, penetrando en los antros donde se forjan + las revoluciones y el ateísmo. De allí saldrá usted como entre, y si + consigue sacarme de ese y otros peores infiernos a esa querida alma + extraviada, tendrá usted dos recompensas: la temporal y la eterna». + +—Bueno, señor, bueno —murmuraba don Pedro, cayendo en profundas +meditaciones. + +Y al día siguiente le decía la incógnita: + + «No solo le seguirá usted a todos los sitios a donde le lleve su + reciente amistad con los patriotas furibundos, sino que debe penetrar + en casa de la Zahón. Dos días llevo pensando en el medio mejor para + realizar este metimiento, y creo haber encontrado uno magnífico, + superior. Verá usted: la Zahón es socia, compinche o comadre de + Maturana, el diamantista. Maturana, corredor y traficante de alhajas + y obras de arte en toda Europa, gran perito, gran joyero, gran + chalán, posee un abanico magnífico que ha pertenecido a la Pompadour, + a la emperatriz Josefina, a Pepita Tudó, a la reina Hortensia, a + Mademoiselle Mars y a otras personas que no han adquirido celebridad. + Es pieza de gran valor histórico y artístico, y con él pensó + Maturana hacer un buen negocio ofreciendo su compra a la reina + Cristina. Pero Su Majestad, que ahora está por lo positivo y prefiere + emplear su dinero en salinas, en minas, en empresas de utilidad, le + ha ofrecido muy poco dinero, con lo cual ha estado el hombre fuera + de sí, tirándose de los pelos. Por fin, creo que se entendió con la + Zahón: han hecho un cambalache, dándole él su abanico a cambio de una + colección de perlas. Hállase, pues, hoy la hermosa obra de arte en + manos de la jorobada. Nada tiene de particular que el señor de Hillo, + variándose el nombre y fingiendo el empaque de un señor aficionado + a lo antiguo, se presente en la joyería de la calle de Milaneses, + y pida que se le muestre el abanico para comprarlo. Usted lo ve, + lo examina por un lado y otro, mira bien el país, el varillaje, el + clavillo, diciendo algo que revele al conocedor de estas cosas; + elogia la perfección del trabajo de Lefebvre y el mérito de Lancret, + pintor de la cabritilla...». + +Traía después de esto la carta una prolija descripción del país, dando +noticia de todas las figuras, de sus trajes, etc., y concluía: + + «Para que no se maraville mi señor don Pedro de que tan bien conozca + yo el abanico, le diré que lo he tenido en mi mano más de una vez, y + lo he mirado y remirado... Vaya, lo diré todo: esa artística joya ha + sido mía. La poseí dos años, sin que nadie lo supiera... Es decir, + alguien lo supo; pero no Maturana... Una vez que usted la vea bien, + pide precio, y cualquiera que sea, se descuelga con la muletilla + de que le parece caro, y ofrece pensarlo. Después se hace mostrar + perlas y diamantes, lo ve todo, y se retira diciendo que volverá. + Al día siguiente vuelve, y manifiesta resueltamente y sin rodeos, a + la Zahón que le compra el abanico al precio propuesto, siempre que + ella se comprometa a romper de una manera radical las relaciones + de Fernando con la chiquilla de Negretti. Esta manera radical no + puede ser otra que sacar de Madrid a esa loquinaria, y llevársela + a Córdoba o Cádiz, donde también tienen casa de comercio; pero de + tal modo y con tal sigilo efectuada la salida que no pueda Fernando + saber a dónde se la llevan, ni, por tanto, pensar en seguirla. ¿Qué + le parece, mi bondadoso capellán, este pensamiento mío? Si lo estima + feliz, mañana, cuando salga la primera vez de su casa, sobre las + diez, póngase el sombrero bien terciado al lado derecho, de modo que + le caiga sobre la ceja... Si lo encuentra mal, colóquese el susodicho + aparato tapacabezas en forma rectilínea, bien aplomado, el ala todo + lo horizontal que sea posible». + +Salió Hillo al siguiente día con el sombrero bien derecho. Conceptuaba +peligroso y contraproducente el recurso del abanico para avistarse con +la Zahón; discurría que siendo esta mujer avariciosa, y además muy +ladina, si se le ofrecía dinero por el quebrantamiento de relaciones, +vería en esta oferta el reclamo de gentes poderosas. Era, pues, lógico +que, encendida su ambición, pensara en afianzar las relaciones de los +dos amantes antes que en destruirlas, o bien pediría más, mucho más que +el precio relativamente corto del histórico abanico. + +«Por esta vez —se decía Hillo—, no ha sido usted, mi señora incógnita, +tan lista y perspicaz como de costumbre; y permítame que se lo exprese +con el pensamiento, ya que de otro modo no pueda expresárselo... ¡En +buena nos metíamos si esa mercachifle astuta llegara a entender que es +Fernandito en el orden social persona muy distinta de lo que parece! +Déjeme usted a mí, señora invisible, que ya me arreglaré yo para llegar +al fin que todos deseamos». + +En efecto, tomadas de un platero de la Concepción Jerónima, amigo suyo, +dos lecciones de arte del diamantista, y aprendidos cuatro terminachos, +se fue a casa de la Zahón, y trató con ella, arrancándose a comprarle +unos aljófares y media docena de _rosas_, todo ello de poco valor. +En su segunda visita le habló del asunto con habilidad, enjaretando +embustes muy sutiles, para llevar al ánimo de la corcovada sentimientos +contrarios a los fines de Calpena. Harta ya Jacoba de un noviazgo que +ninguna ventaja le traía, acabó de abominar de él con las tremendas +cosas que don Pedro le dijo, y se propuso tomar sin pérdida de momento +las medidas necesarias para mandar a paseo al joven romántico, y +quitarle de la cabeza a la niña su desatinada pasión. Todo lo temía +ya. Calpena, si le dejaban, consumaría el rapto de su _Julieta_ con +todo el salero, con toda la audacia de que ofrecían ejemplos mil las +obras poéticas de aquel tiempo. Urgían, pues, resoluciones eficaces, +perentorias; despedir a don Fernando, y empaquetar a la chiquilla para +Córdoba. + +Un poquitín alborotada quedó la conciencia del buen presbítero después +de su última conferencia con Jacoba, porque, en verdad, las atrocidades +que allí soltó traspasaban quizás la medida de la intriga inocente. + +«¡Qué pensaría Fernando de mí —se dijo, andando taciturno hacia su +casa— si supiera que le he presentado como un desalmado hipócrita..., +si supiera, ¡ay!, que le supuse en connivencia con Luis Candelas, y +otros eminentísimos ladrones!... Pero la buena voluntad me absuelve de +esta triquiñuela, y Dios, que ve los corazones, sabe que en el mío no +hay más que amor al bien, deseo de impedir el extravío de un ilustre +caballero, llamado a grandes destinos... Creo que no solo Dios, sino +el mismo Fernando me absolverá cuando le haya pasado esta calentura... +¡Ah, y entonces los dos nos reiremos de los disparates, de las +abominaciones que dije!...». + +Y a la mañana siguiente le escribía la _velada_: + + «Antes de enterarme, por lo que me manifestó quien pudo observarlo, + de la postura recta de su sombrero, señor de Hillo, señal de su + desconformidad con lo que le propuse, ya había yo reconocido que + anduve muy descaminada en aquel plan de comprar con el precio + del abanico la liberación de Fernando. ¡Que despropósito! ¡Cuánto + me alegro de que usted opinara de distinto modo, según declaró su + _góndola_!... Es que con el cavilar continuo, mi cabeza se pone + a veces perdida, señor capellán, y si _dormitó el buen Homero_, + como dicen ustedes los retóricos, ¿qué extraño es que no solo + dormite yo, sino que sueñe disparates? Despejada mi razón, he visto + claro que si la diamantista huele dinero, estamos perdidos. Usted + seguramente habrá imaginado y puesto en ejecución otros artificios + por llegar al fin que anhelamos. Eso no quita que yo desee adquirir + el abanico, y lo adquiriré, Dios mediante, cuando salgamos de este + atolladero. No quiero que aquella preciosidad, que ya estuvo en mis + manos, vaya a parar a otras, ni aun a las de la misma reina. En + este anhelo mío se manifiesta la mujer más de lo que yo quisiera, y + quizás me vea usted frívola, caprichosa... Perdóneme, y cierro este + paréntesis para decirle que no desmaye, que veo cercano el peligro. + Si Fernando consigue apoderarse de Aura y desaparece, cualquiera les + coge después... ¡Y si contrariados en sus amores, enloquecidos por + la pasión, resuelven suicidarse juntos...! ¡Dios mío, qué horror! + Crea usted que esta idea me persigue desde anoche... No duermo nada + pensando en los distintos procedimientos de matarse que inventa + el romanticismo, y que los malditos poetas han puesto de moda, + infundiéndolos a la juventud exaltada, con el continuo ejemplo de + dramas y novelas... Estemos alerta... y si hay vislumbres de suicidio + mutuo, entonces, ¡ah!, entonces no hay más remedio que transigir... + Todo, todo, antes que ver morir a Fernando... Eso no, eso no..., + repito que eso no... Concluyo, mi señor capellán, advirtiéndole + que en la logia de la plazuela del Carmen andan ahora en grandes + peloteras. _Los libres_ se desatan, y en su delirio, en la fiebre + del motín y de la bullanga, ayudan a los estatuistas a derribar a + Mendizábal... Los de la _moderación_, que se traen ahora un cierto + tacto de codos con el absolutismo, se proponen no dar tiempo a _don + Juan y Medio_ para la realización de su plan de reformas. Tiran a + impedir que decrete la supresión de monacales y la venta de sus + bienes, porque calculan que con los recursos de la enajenación + se haría fuerte el hombre, rodeándose de un baluarte de plata y + oro... ¡Y esos badulaques, esos patriotas exaltados no ven que son + instrumento de los que abominan de la libertad! ¡Siempre lo mismo!... + Conque ya sabe: métase allá, y no vacile en ponerse al lado de los + que alboroten en pro de Mendizábal. No nos conviene que caiga tan + pronto don Juan: lo necesitaremos más adelante, quizás muy pronto. + Adiós, señor capellán; en sus oraciones no deje de encomendarme a + Dios». + + + + +XXIX + + +Según atestiguan personas coetáneas de la Zahón, tanto se afectó +esta con las inquietudes y cavilaciones de aquellos días, que se le +disminuyeron las jorobas, y la exaltación de su espíritu fue parte a +mermar las graves pesadumbres de su cuerpo. Pero como otros autores +afirman lo contrario, manifestando que las corcovas, y con ellas el +dolor y tirantez de músculos, aumentaron horrorosamente, el narrador +de estos sucesos cree obrar con prudencia quedándose en el justo medio +entre tan opuestas aseveraciones, y así declara y establece que las +protuberancias, los sufrimientos físicos y morales y el avinagrado +genio de Jacoba Zahón, eran los mismos que en los días aquellos del +convite que abrió a Calpena las puertas de la casa. + +Un día entero estuvo la diamantista rumiando una solución pronta y +eficaz: escribió a su hijo, residente en Córdoba, ordenándole que +viniese en su ayuda. Era urgente apartar de la familia al exaltado +joven, a quien recibió y agasajó suponiendo en él secretos enlaces +con damas poderosas y con ministros y personajes de gran viso. Buen +chasco le había dado el tal Fernandito, que resultaba un triste y +desamparado poeta, uno de tantos pelagatos del romanticismo, sin más +fortuna que su melena y su enfática misantropía. Y lo mismo pensaba +seguramente el señor de Mendizábal, que habiéndole sin duda colocado +por intrigas de las logias, acababa de ponerle de patitas en la calle. +Vivía el tal miserablemente en un cuchitril de la calle de las Urosas, +entre ratones, poetas, comicastros, y quizás mujeres de mala estofa, +y todo en él, su traza y su fraseología, revelaba un presumido sin +sustancia, abandonado de Dios y de los hombres. ¡Fuera, pues; fuera don +Fernando..., que no era bien comprometer el grandioso porvenir de la +niña, ni arrojar a puercos las margaritas de la herencia de Negretti! +Maturana, y otras personas a quienes consultó, opinaban del propio +modo. ¡Fuera niños románticos, que no traían consigo más que desvaríos, +barullo, hambre! + +Aunque hacía días que la Zahón se esmeraba en manifestar al joven, ya +con miradas desapacibles, ya con palabras ásperas, el desprecio que +hacia él sentía, no le pareció bastante decisiva esta forma de romper +amistades, y una tarde le espetó, con seca y rotunda frase, la orden de +poner fin al visiteo: + +—La familia meditaba otros planes con respecto a Aurora; la familia +tenía sobre sí la responsabilidad del porvenir de la huérfana de +Negretti; la familia no necesitaba explicar a nadie el motivo de sus +resoluciones; la familia... + +—La familia de Aura soy yo —dijo Fernando con noble ademán y firme +convicción. + +Y dicho esto se marchó altanero, no ciertamente como salen los que no +piensan volver. Pero a Jacoba se le figuró, en su desconocimiento de +las humanas pasiones, que Fernando salía de su casa corrido, como si +todas aquellas razones de la familia (y vuelta con la familia) hubieran +convencido al romántico de la vanidad de sus pretensiones. Creyéndose, +pues, victoriosa, ya no le faltaba más que llamar a la tontuela y +echarle la rociada que preparado había para aterrarla y reducirla: + +—Aura, ven acá, Aura: ¿en dónde te metes que no acudes cuando te llamo? +Ves que estoy baldadita, que no puedo moverme, y no vienes... + +Por fin apareció en la puerta, como alma del otro mundo, vaga en la +forma, insensible el paso, la imagen de Aura, toda palidez en el +rostro, en los ojos toda fuego, el pelo sencillamente recogido más que +peinado; y antes que hablase la jorobada, le dijo con voz que parecía +salir de algún hueco misterioso bajo el suelo de la habitación: + +—Mi familia es él... + +—¿Has oído lo que te dije, niña? + +—Mi familia es él... Yo no tengo más familia que él. + +—Vete a tu cuarto, simple, y a la noche hablaremos, que ahora espero +visita y no me conviene incomodarme... Si quieres tocar y cantar, +puedes hacerlo; pero cierra la puerta. + +Desapareció Aura, y al poco rato llenaba toda la casa su voz tiernísima +cantando _Assisa al pie d’un salice_. Entraron dos marchantes, y +allá se entretuvieron largo rato con doña Jacoba examinando piedras, +dándose recíprocamente la jaqueca con el regateo de quilates y precios. +Fuéronse ya muy tarde, llevándose aljófar, media docena de esmeraldas +de las llamadas _aguamarinas_, y aflojaron dinero: oro, plata. +Arrastrando su cuerpo, más bien que llevada por él, llegose la Zahón +a los armarios, guardó preciosos objetos, estuvo mediano rato dando +vueltas y más vueltas de llaves, y con la misma lentitud pudo ganar +el sillón, donde se apoltronó, hasta que Lopresti fue a anunciarle la +cena. En el comedor la aguardaba una sopita de sémola y un plato de +pescado frito. Viendo que Aura no acudía a la cena, y que su cubierto +continuaba baldío, la señora dijo al maltés: + +—¿Y la niña?... Ya: ¿no quiere cenar su _alteza_?... Pues déjala, no la +llames otra vez. Que coma música... Me importan poco sus rabietas... +Era ya loca, y el maldito romanticismo me la ha trastornado más de lo +que estaba. ¡Grande error ha sido! Pero se irá curando... ¡Qué remedio +tiene más que someterse!... Con ayuda del tiempo y de la ausencia, me +prometo ponerla como un guante. No me dé Dios más trabajo que este... + +A poco de cenar la llamó. Continuaba la joven en el mismo desgaire, mal +peinada, mal vestida, con un lindísimo _deshabillé_ que marcaba sus +incomparables líneas corporales, hermosísima, toda blancura en traje, +cara y manos, toda tinieblas en el pelo y en los ojos..., el andar +ligero, la mirada grave, pasiva, calmosa, fría como una espada cuando +la clavaba en la Zahón. + +—Siéntate a mi lado, hija mía —le dijo la corcovada, arrimando la silla +más próxima—, y óyeme... ¿Qué? ¿No me has oído?... ¿Por qué estás ahí +parada, inmóvil...? ¿Cómo quieres que hablemos con la mesa de por +medio? Acércate más... Bueno, hija, te empeñas en hacer la fantasma y +nada tengo que decirte. Tú te cansarás... De verte así, tan callada, me +entra sueño..., y sueño me da también esa quietud con que me miras... +En fin, si no quieres hablar, tendrás que oírme, porque no dormiría yo +tranquila esta noche si no te dijese que ese falso duque y trovador +de filfa no entra más en mi casa. Nos hemos equivocado, hemos estado +en Babia. Acabarás por convencerte de dos cosas; digo, de tres; de +tres, hija mía. La primera es que nada de lo que yo disponga puede +ser contrario a tu felicidad: con razón se ha dicho «quien bien te +quiere... etcétera». La segunda, que te conviene, por tu salud corporal +y del alma..., te conviene, repito, tomar aires, salir de Madrid..., +y para esto, niña, para llevarte y cuidar de ti, viene mi hijo..., le +espero mañana... Y la tercera cosa es que encontrarás, no a docenas +sino a miles, galanes de más mérito y de más enjundia que ese tontaina +de Fernandito, que no es más que un pobre pájaro aburrido, tan vacío +de mollera como de bolsa... ¿No respondes? ¿Te vas convenciendo?... +Parece que te has vuelto tonta... Aura, por Dios, da sueño mirarte... + +Sin responder nada, Aura se fue con lento paso, y Jacoba permaneció un +instante con los ojos fijos en la puerta por donde se había ido. Puso +atención después, aplicando la oreja..., pero nada oyó: ni ruido de +pisadas, ni llanto, ni voz alguna. + +—Cayetano —dijo después la señora, apartando de Aura su atención—, +tráeme eso, y acerca más la luz. + +Púsole delante Lopresti el tintero de cobre con polvorera, y la negra +carpeta sebosa donde la señora escribía. De ella sacó la jorobada +un pliego de buen papel, escrito ya en dos y media de sus carillas, +y aproximado el quinqué y bien atizada la mecha, continuó su obra +interrumpida, trazando con lentitud y vacilante pulso los caracteres, +hasta que llegó al fin, y puso la firma y rúbrica. Leyó cuidadosamente +toda la carta, salpicando las comas donde le parecía, arreglando algún +trazo de letra torcido, o haciendo leves enmiendas que no afearan la +escritura, y bien regado el papel de polvos abundantes, se entretuvo +en doblarlo y cerrarlo con prolijo esmero, y extendió al fin despacio, +letra por letra, el sobrescrito: _Excelentísimo señor don Juan Álvarez +de Mendizábal, ministro_. + +Muy satisfecha debió de quedar de su obra, porque sus ojos se animaban, +sus labios se movían, hablando para sí, silenciosos, y acariciaba +la carta entre sus finísimos y blancos dedos... Pasado un rato de +meditación, intentó ponerse en movimiento. + +—Lopresti, ven, que no puedo levantarme, ¡ay, ay, ay! Cógeme por la +cintura..., con cuidadito... ¿Y esa? + +—En su cuarto... + +—Déjala... Se pasará toda la noche lloriqueando, y mañana estará más +tranquila... Que llueva, que llueva..., para que el alma se descargue +de nubarrones... Vete a ver si duerme. + +—Me parece que sí... No siento nada —dijo el maltés, volviendo de su +inspección, que solo duró un par de minutos. + +—Pues vamos..., sostenme bien, que me caigo... ¿Has cerrado todo..., +has apagado la lumbre?... En seguida que yo me acueste..., ya sabes, +te traes aquí una manta y te acuestas en el sofá de paja, para que +estés toda la noche al cuidado. Deja encendida la luz... Como tienes el +sueño ligero, no se moverá un ratón en la casa sin que tú lo sientas... +Clavadas como están las maderas de todos los balcones, me parece que +tenemos completa seguridad... Yo me caigo de sueño... + +Dejola el buen Cayetano en su alcoba, donde se acostó vestida, bien +cubierta de mantas. Una candelilla de aceite dentro de un vaso le +daba la claridad suficiente para no estar en tinieblas. Entre la lana +oscura, lucía el lívido rostro de María Antonieta guillotinada, y no +viéndose configuración de cuerpo, sino un informe bulto, podía creerse +que doña Jacoba no era más que una cabeza colocada al azar sobre +montones de trapos. + +Transcurrió más de una hora sin que Lopresti, tumbado en el sofá del +comedor, conforme a las órdenes de su señora, observase novedad en +la casa, ni oyese ruido alguno. Los de la calle, sonar de relojes +distantes, pasos de transeúntes, rumor de alguna pendencia, rodar de +carros, quedábanse fuera, y no había para qué poner atención en ellos. +A las once y media comenzó el roncar suave de la Zahón, que luego fue +en aumento, con notas aflautadas y acordes graves, que infundirían +pavor a quien no estuviese acostumbrado a oírlos. Lopresti se adormiló +un rato, al son de aquella tan conocida música; pero le despertó algo +que no era ruido..., un presentimiento no más, tal vez una idea. + +Dudó un momento si le engañaban sus ojos, o si era, en efecto, la +propia persona de Aura aquella imagen que veía, avanzando cautelosa, +deslizándose ante la pared del comedor como proyección de linterna +mágica. La mesa interpuesta impedíale ver la mitad inferior de la +figura... Traía una luz en la mano izquierda, y con la otra apretaba +contra el pecho un objeto que no se distinguía fácilmente... ¡Vaya si +era Aura! ¿Pues quién podía ser más que ella? «Esta madamita está loca, +o es sonámbula», pensó el maltés. Pero esta última presunción no se +confirmó, porque la joven fijó en Lopresti su ardiente mirada, y luego +fue hacia él indecisa, andando y deteniéndose por segundos. A medida +que se acercaba, iba perdiendo aquel aspecto de _Lady Macbeth_ con que +se apareció a los encandilados ojos del fámulo. Dejó sobre la mesa la +luz que traía, y miró espantada a la puerta por donde los furibundos +ronquidos de la Zahón llegaban al comedor. Eran el propio ser de la +diamantista manifiesto en el sonido. + +Lo primero que hizo Lopresti al tener a la señorita al alcance de sus +manos, fue tratar de quitarle de la mano derecha un largo y afilado +cuchillo que con ella vigorosamente empuñaba: era el cuchillo de la +cocina. + +—Déjame, déjame, Cayetano... —dijo Aura con voz ahogada, defendiendo el +arma con toda la fuerza que desplegar podía—. Esta noche la mato, la +mato... Déjame. + +Al pronunciar el último _déjame_, ya Lopresti le había quitado el +cuchillo. Aura se sentó, y poniendo los codos sobre la mesa y la cara +entre las palmas de las manos, rompió a llorar. + +—Eso de matar es cosa mala, señora doña Aurorita; cosa mala casi +siempre, y, en todo caso, no es obra para mujeres. + +—Sí que la mato —reiteró Aura, pasando bruscamente de la sensibilidad +al insano furor homicida—. Dame el cuchillo, Cayetano; dámelo, y +verás... ¿Para qué vive ese monstruo, ni qué falta hace en el mundo? Es +un bien que yo le quite la vida, que para nada sirve. ¿No quiere ella +matarme a mí? Pues véala yo muerta antes de morirme. + +—No, no —dijo Lopresti escondiendo el cuchillo—: el matar es cosa fea y +sucia. Se manchará de sangre la señorita, y esas manchas de sangre no +se las quitará nunca, por más que se lave... + +Vuelta a la llorera y a la aflicción intensísima. + +—Mira tú, Cayetano: cuando hice intención de matarla y fui por el +cuchillo, estaba yo tan decidida, que ya me parecía ver a Jacoba +delante de mí, expirando..., sin derramar sangre, porque no la tiene... +Yo la mataba de un golpe, así..., y le decía: «Villana mujer, ¿por qué +quieres asesinar mi alma, matarnos a los dos de pena, de desesperación? +Pues muérete ahora rabiando, y vete a donde puedas desplegar toda tu +infamia, toda tu avaricia, toda tu maldad hipócrita: al infierno...». + +Al decir esto, Aura apretaba los dientes; sus ojos despedían llamas, y +accionaba fieramente con el puño cerrado. Los ronquidos de Jacoba eran +en aquel instante de una intensidad aterradora. + +—Y al entrar aquí —prosiguió la Negretti— pensaba yo que me sería +muy difícil rematarla... ¿Quién hace pasar de la vida a la muerte +todo aquel cuerpo lleno de jorobas? Sería preciso un hacha, ¿verdad, +Cayetano...? Porque nada adelantábamos con querer darle en el corazón, +porque no lo tiene... Solo conseguiría yo matarle una o dos jorobas..., +¡y ella siempre viva!... Es muy grande esa mujer... Hay en ella mujeres +muchas, una dentro de otra, y todas malas, muy malas, a cual peor... +Matas una, y siempre queda mujer, o demonio, para martirizarme y +volverme loca... Sí, sí, tienes razón: mejor es que no la mate... ¿A +qué, si ha de morirse pronto?... Le haremos un buen entierro, Cayetano, +y le meteremos en la caja todos sus diamantes, perlas y rubíes para que +se vaya contenta. + +—Eso no, carambito... Quédense las piedras acá... En la otra vida no +sirven más que para hacer peso en el que las lleva y no dejar que se +salve... + +—Esta no se salva ni con peso ni sin él... En el infierno le recamarán +el cuerpo con carbones encendidos, y le darán a comer esmeraldas +fundidas, calentitas, y por cada ojo le meterán brillantes tallados en +pico... + +Con esto se iba tranquilizando la pobre Aura, y empezaba a sentir +calmado el horrendo desvarío, repercusión insana del amor en su +caldeado cerebro. Pasábase la mano por su frente ardorosa y por toda +la cabeza, sentándose el pelo, y con aquellos pases diríase que se +suavizaba su furia y se dispersaban las ideas de exterminio,. + +—¿Pero quién es esta mujer maldita —dijo en tono más humano— para +querer tiranizarme a mí, para imponerme su voluntad? ¡Si yo no tengo +por qué obedecerla, si no es madre, ni tía siquiera, ni nada! Bueno +que su marido, si viviera, me mandase... Pero esta, este galápago +codicioso, ¿por qué se mete a decidir de mi suerte? ¿Qué razón hay para +que no la decida yo misma?... ¡Ah, qué desgraciada soy, y qué bien +haría Dios en quitarme la vida esta noche, a mí y a Fernando juntos, +pues ni morirme..., mira tú, ni morirme quiero sin él!... + +Rompió en lágrimas amargas, y Lopresti, en el colmo de la compasión, no +acertaba a darle consuelo. + +—Sí, sí —dijo Aura bebiéndose su llanto—, mañana moriremos los dos... +Lo hemos decidido y lo haremos... Cuando es imposible la vida juntos, +el morir unidos es un bien, un gozo... Nuestras almas subirán abrazadas +al cielo, y abrazadas estarán por toda la eternidad... Mañana, mañana +mismo; ni un día más... + +—¡Morirse, matarse..., cosa fea! —exclamó el maltés con el más agudo +registro de su voz mujeril—. Mala es esta vida; pero... ¿y si la otra +es peor? Nadie ha vuelto para decirlo... Verdaderamente que hay vidas +aquí tan arrastradas, que le dan a uno ganas de arrojárselas a la +muerte... Pero usted, señorita Aurora, y el señor don Fernando, no +están de muerte... todavía... ¡Pues si yo fuera él, si yo fuera usted, +cualquier día me mataba! ¡Él tan guapo, usted tan hermosa...! ¡Ay, +quién fuera ustedes!... + +Y pasando de la compasión de sí mismo a la suprema piedad por los dos +amantes, arrimó más su silla a la de Aurora, bajó la voz todo lo que +permitía el estruendo de los ronquidos del ama, y dijo: + +—A la niña le pasan estas amarguras porque quiere. Cierto que doña +Jacoba no debe imperar en usted. Manda porque la dejan. La autoridad no +la tiene ella, la tiene otro que está más arriba, mucho más arriba... +En fin, mi doña Aurorita saldría del despotismo de este _coco_ si +hiciera caso de mí... Usted no discurre, señorita; yo sí... Usted no +tiene más que amor, amor y venga más amor, y yo calculo... + +—¿Qué calculas tú?... ¿Piensas lo que a mí pueda interesarme? —preguntó +Aurora tardando mucho en comprender la idea del maltés. + +—Ayer tarde, cuando usted se emperró a llorar, después de lo que la +señora le dijo, yo, desde aquel rincón, le hacía a usted señas para que +no se apurase... y tuviera calma y hablara conmigo. Yo calculaba... +Porque no ha de ser todo amor..., es preciso cálculo, señorita, cálculo. + +—Que me muera ahora mismo si te entiendo. + +—Quise entrar en su cuarto con el aquel de llevarle una taza de tila; +pero la niña se había encerrado por dentro, y, naturalmente, no +entré... Pues si me hubiera dejado entrar, le hubiera dicho lo que yo +calculaba, lo que voy a decirle ahora para que se sosiegue y tenga +esperanza de salvación... ¡Qué! ¿Por qué me come con los ojos?... Ahora +se lo digo; pero prométame antes hacer lo que yo aconseje... + +Diciendo esto, le acercaba el tintero y le ponía delante la carpeta en +que había escrito la Zahón: + +—Tonto, más que tonto. ¿Me mandas que le escriba? Si ya lo hice esta +tarde, diciéndole que sí, que nos mataríamos, que preparase todo... +¿No llevaste la carta? + +—Chitón..., aquí no se habla... Ha prometido la señorita hacer lo que +yo mande. En guardia. Aquí tiene papel, pluma... Cójala y escriba lo +que yo le diga. + +—¿Pero a quién?... + +—Ponga... clarito..., con buena letra: _Señor don Juan Álvarez +Mendizábal_... + +Absorta le miró Aura, posesionándose en un instante de las ideas que +bullían en el cerebro del maltés, y lanzó una exclamación de gozo, +como el que, perdido en tenebrosa noche, ve de súbito la luz que ha de +guiarle. + +—¡Qué gran idea, Cayetano!... ¡Qué gran idea! ¿Lo has cavilado tú?... +¿Por qué no me lo habías dicho? + +—Si los enamorados, en vez de pensar en la muerte, calcularan... Pero +¿qué han de calcular, si están locos?... + +—Es verdad. ¡Qué gran idea! ¡Dios mío, qué alegría, qué esperanza!... +¿A quién he de pedir amparo más que al grande amigo de mi padre..., al +que...? + +—Doña Jacoba le ha escrito también esta noche. + +—¿Qué me cuentas?... + +—No importa. Puede que el _Excelentísimo_ reciba la carta de usted +antes que la de ella. Eso es cosa mía. El _coco_ manda su carta por +Milagro. La de la señorita la mandaré yo por Méndez, mi amigo Méndez, +portero en Hacienda. Vamos, vamos, no perder tiempo. + +—¿Y qué le digo?... Cayetano, yo que acabo de estar loca, que casi lo +estoy todavía, no acierto a discurrir nada. + +—Ponga... _Señor_, o _Excelentísimo señor: soy la hija de Jenaro +Negretti_... Así, empezar con un golpe bueno: _soy la hija de Negretti, +y_... + +—Y... + +—Y... ahora vaya poniendo todito lo que le pasa. + +Meditó la huérfana un rato, mordiendo las barbas de la pluma, y no +tardó en sentir la inundación de ideas en su cerebro, de que eran señal +segura la coloración de sus mejillas y el júbilo que flameaba en sus +hermosísimos ojos... + +—Ya, ya... No necesitas dictarme, Cayetano. Ya calculo..., ya sé lo que +tengo que decir. + +Y escribió con más inspiración que soltura, sin quitar los ojos del +papel, haciendo con sus labios unos hociquitos muy monos. + + + + +XXX + + +No se abatía con los reveses el animoso espíritu de don Juan Álvarez, +ni por un tropiezo parlamentario, o por la defección de media docena +de amigos a quienes tuvo por incondicionales, dejaba de creer que su +buena estrella triunfaría de todo, llevándole al cumplimiento de las +promesas hechas a la nación. La confianza en sí mismo no le abandonaba +nunca. Formábanla el conocimiento de las energías que atesoraba +su voluntad, y los recuerdos de sus éxitos anteriores, todo ello +amalgamado con un poquito de soberbia. En su gigantesca estatura, que +dominaba los cuerpecillos de sus compañeros de Estatuto como el alto +ciprés a los helechos humildes, veía un simbolismo de la supremacía +de su voluntad. Fe ciega tenía en su entendimiento, más fecundo en +recursos sagaces, en mañosos ardides que en concepciones hondas. +Verdad que la política de entonces, como la de ahora, no era terreno +propio para lucir las supremas dotes de la inteligencia: era un arte +de triquiñuelas y de marrullerías. En la oposición sí desplegaban los +políticos una ideación fastuosa, con carácter teórico, que deslumbraba +a los papanatas del partido y a la parte de opinión neutral que toma +en serio las batallas oratorias, comúnmente sin sacar nada en limpio +de ellas; pero gobernando no eran más que unos pobres caciques, unos +manipuladores más o menos hábiles del teclado de la cosa pública, en +pro de intereses siempre inferiores a los supremos de la nación. + +Cierto que Mendizábal tuvo alguna idea grande, y que su ambición, en +vez de limitarse, como la de otros, a prolongar todo lo posible las +maniobras caciquiles, picaba en los altos fines nacionales; pero no +le asistió la inteligencia en proporción de la magnitud de su deseo. +Buena es la fecundidad en arbitrios, buenos el ingenio y la travesura; +pero el perfecto hombre de Estado, _rara avis_, debe unir a tales dotes +otras de carácter sintético. La vista de Mendizábal solía percibir los +remotos ideales; pero no discernía bien el camino para llegar a ellos, +no poseía la completa y audaz visión del hombre de Estado, el cual +necesita saber mirar, sin cegarse, lo mismo al sol que al polvo. + +Las trapatiestas parlamentarias de la ley electoral, que terminaron con +la derrota de don Juan de Dios, y el compromiso de proponer a la reina +la disolución de los Estamentos, quebrantaron los ánimos del primer +ministro. Verdad que la batalla había sido ruda. La cuestión electoral +fue entregada sin detenido estudio a las iniciativas de una ponencia, +compuesta de cinco procuradores mal elegidos. Todo era desconcierto, +imprevisión, ignorancia de los métodos de gobernar. Salió, pues, un +grande ciempiés, que veían con gozo los moderados. En el partido de +Mendizábal no faltaba gente práctica; pero no supo o no quiso prestarle +ayuda, ilustrándole en el procedimiento parlamentario para sacar +adelante las leyes, y el hombre pasó las de Caín en una mortal semana +de estériles y rencorosos debates. Sobre si la elección debía ser +directa o indirecta, por provincias o por distritos, sobre si se daría +o no voto a las capacidades, estuvieron aquellos hombres, como locos, +agotando toda la retórica insustancial que viene siendo la función +abusiva de los cerebros políticos, y ha concluido por esterilizarlos. + +No tuvo más remedio el Jefe del Gabinete, al término de esta desdichada +campaña, que disolver los Estamentos. La reina no le puso obstáculo, +y próceres y procuradores fueron mandados a sus casas. En la brega +perdió _don Juan y Medio_ la amistad de sus dos más ardientes +defensores, Istúriz y Alcalá Galiano, en quienes ya, desde diciembre, +se columbraban las ganitas de formar rancho aparte; juego escénico +que ha llegado a constituir el resorte más rutinario y más amanerado +de nuestra fastidiosa comedia política. Aunque a Mendizábal le llegó +al alma esta defección, no por eso se acobardó, y aún soñaba con que +el nuevo Estamento le proporcionaría medios eficaces de realizar sus +grandes propósitos. Pero si no desmayaba en sus alientos y ambiciones, +físicamente se sentía fatigado, pues la tarea de los últimos días de +enero y de los comienzos de febrero fue para rendir a un gigante. Bien +se le traslucía el cansancio en la palidez del rostro, y también en la +inclinación de su cuerpo, ya no tan espigado como cuando nos vino de +Inglaterra radiante de esperanzas. El buen señor propendía más a la +meditación; gustaba de la soledad, donde pudiese ahondar en los graves +problemas que la realidad le ofrecía; mostraba menos confianza en las +personas circunstantes, y un poquito de asco de la adulación, de aquel +incienso continuo con que algunos se recomendaban a su benevolencia. +En tal situación moral y física le encontramos una noche en su +despacho, a hora muy alta de la noche, engolfado en diversos asuntos +apremiantes, queriendo resolverlos todos, y aplicando desordenadamente +su atención a este y al otro con voluble inquietud. Había comido en +casa de Seoane, retirándose después a su ministerio con varios amigos, +a quienes despidió para poder trabajar. Deslizábase el tiempo entre +la actividad febril y súbitas caídas en la sima de la meditación. +Escribía, soltaba la pluma, revolvía papeles. Su pensamiento iba de un +asunto a otro, ondulante, vagabundo, como mariposa que no sabe en qué +flor quedarse. A lo mejor se posaba en una idea y en ella permanecía, +perdiéndose en un discurrir opaco, dulce imaginar que casi tocaba en la +somnolencia. + +«Este Córdova..., este Córdova... —decía entre dientes escribiendo +al general en jefe del ejército del Norte—. ¿Será cierto que es la +clave de la situación? ¿Será cierto que vivimos en el gobierno porque +nos tolera, y que moriremos cuando se canse de vernos vivos?». Y +luego escribía, interrumpiéndose a menudo para pensar los conceptos, +cosa nueva en él, pues comúnmente enjaretaba un largo escrito como +el buen nadador que aguanta mucho tiempo en las profundidades sin +tomar aliento. Antes de terminar la carta al general, la dejó para +leer párrafos de otras ya leídas, que quería recordar... Y de pronto +contemplaba con vago mirar un montoncito de cartas que aún no habían +sido abiertas: las removía, se fijaba en los sobrescritos... Apareció +de pronto un portero con dos más, y al poco rato volvió con otra que +dejó sobre la mesa, sin que el señor ministro se dignara mirarla. + +Cerrando por fin los pliegos para Córdova, cayó la mente de don Juan en +un sombrío bache de ideas que le tuvieron suspenso, fija la vista en +los diferentes papeles que en la mesa había, sin ver nada. He aquí lo +que pensaba: «Olózaga acaba de decírmelo, y no me decido a creerlo... +En Palacio están hartos de mí..., estoy caído ya... Gobierno aún +porque no han encontrado el modo, decoroso para ellos, de ponerme en +la calle... Esto no puede ser. Olózaga es muy mal pensado, y tiene en +la masa de la sangre el odio a los Borbones... La reina me ha recibido +hoy con visibles muestras de aprecio... ¿Pero quién se fía...? Será +o no será sincera... ¡Dichosos reyes!... y nosotros medio locos aquí +por defenderles, por sostenerles en el trono; nosotros muriendo para +que ellos vivan... No, no es verdad que esté acordada mi caída, ni mi +sustitución por Córdova o Martínez de la Rosa. Creo en la lealtad de +Córdova..., que en su última carta, concretándose a cosas militares, +nada me dice de política... En Martínez lo creo..., de Toreno todo lo +temo; los fabricantes del Estatuto se mueren de tristeza lejos del +poder... Los señoritos esos de la _suprema inteligencia_ no acaban de +persuadirse de que el país no existe exclusivamente para ellos... El +país, _señores del anillo_, no es un fraque hecho a vuestra medida... +el país...». Estimulado al trabajo por un aguijonazo de su voluntad, +pasó la vista por otra carta, y quiso contestarla; pero no tardó en +distraerse de nuevo, pensando: «Debe de estar en lo cierto Olózaga... +Como que me lo ha dicho también Seoane... El señor don Fernando Muñoz, +a quien Romero Alpuente llama con mucha gracia _Fernando Octavo_, no se +recata para hablar pestes de mí: me llama _déspota_, y a Castroterreño +le dijo que yo soy un _Calígula_... ¡Calígula!... Este buen señor +sabe menos historia que yo. ¡Llamarme Calígula porque me apoyo en la +voluntad del pueblo, porque me inflama el amor del pueblo, porque +con y para el pueblo me propongo llevar hasta el fin mis planes...! +Aguárdese usted un poco, señor Muñoz, buen caballero y amigo mío. Gusta +usted, según dicen, de acercarse a los corrillos de las tertulias +aristocráticas y palatinas, y aplicar el oído y enterarse de lo que +charlan, para dar traslado _al Ama_, como usted dice... Pues lléguese +usted aquí y óigame esto que el _Ama_ debe saber... Juan Álvarez +Mendizábal ha caído en desgracia porque no quiere la cooperación +francesa para terminar la guerra, porque no accede ni accederá a que +_Palacio_ nos traiga acá otro duque de Angulema, que es lo que allí +pretenden...». Rápidamente giraba de un punto a otro su pensamiento... +La memoria le punzaba, haciendo dar a su atención un salto atrás. «Se +me olvidó decir a Córdova que no deje de poner diez mil bayonetas en +el Baztán..., explicarle los motivos por que prefiero la intervención +inglesa a la francesa...». Y no tardó en enlazar esta idea con otra: +«Williers me apoya, Williers no me falta. Bien claro me lo dijo anoche, +añadiendo que no recele de Córdova. Él y Córdova son uña y carne. Se +escriben todos los días... Pero me decía en París mi amigo Maury, el +poeta, que no me fíe nunca de los diplomáticos. Esta noche, charlando +en casa de Seoane, dijo aquel joven, secretario que fue de Ofalia, no +recuerdo su nombre..., dijo que Williers juega con dos cartas... Yo no +hice caso... Confío en Williers. Su apoyo es sincero. ¡Que no tenga +uno, en esta posición, un lente milagroso para ver las almas, para ver +el pensamiento de los que nos hablan!». + +Y divagando siempre, encontrose frente _al Ama_, y le dijo: «Señora +Ama, para que Vuestra Majestad se ahorre el pretexto de que no hago +nada, voy a demostrar ahora que no quiero que la posteridad ignore +quién ha sido Mendizábal... Todo lo paso, menos que los niños de +las escuelas, dentro de cincuenta años, pregunten: “¿Quién fue ese +Mendizábal?...”». Buscó en la mesa un papel que le habían traído +poco antes para que lo examinara, por si deseaba corregir algo en +él, y no hallándolo tan fácilmente como creía, se impacientó. «... +Es mucho cuento... ¡Si lo tuve en mi mano hace dos minutos...! ¡Ah, +no me negará la señora reina que está influida por el embajador de +Francia...! Menudean las cartas del hijo de _Igualdad_... ¡Francia, +Francia! De allí ha venido siempre la perdición de nuestros reyes +borbónicos... ¡Francia...! ¿Pero dónde lo he puesto, señor...? Y de +los de acá, Martínez es el inspirador de Vuestra Majestad. Reconozco +lealmente que Martínez es un hombre honrado..., pero..., padre del +Estatuto, le molesta que mi personalidad anule su personalidad... Yo +no he fabricado Estatutos; pero sé hacer países... Yo no soy poeta; +pero soy hacendista, y en este momento voy a cantar una oda, que no le +cabe en la cabeza al señor Martínez..., porque yo, señor Martínez, no +sabré latín; pero sé... ¡Ah! aquí está... ¿Pero dónde te habías metido, +papel? ¿Quién te puso en este montoncito de las cartas de mujeres?...». + +Fijó su atención en el largo escrito, y leyó cuidadosamente, +recreándose en cada párrafo, en cada palabra, en cada letra. El +preámbulo era frío, despiadado, cruel. El artículo primero, semejante +a una inmensa hoz, decía con aterrador laconismo: «Quedan suprimidos +todos los monasterios, conventos, colegios, congregaciones y demás +casas de comunidad o de instituto religioso de varones, inclusas las de +clérigos regulares y las de las cuatro órdenes militares existentes en +la Península, islas adyacentes y posesiones de España en África...». + +Continuando la detenida lectura, algo hubo de encontrar en el artículo +quinto que no le gustaba. Trazó la enmienda entre líneas, y después +de borrar y escribir de nuevo al margen, tiró de la campanilla. A +poco de penetrar el portero y de recibir una breve orden del ministro, +presentose un señor de mezquina estatura, con anteojos de oro sobre +el huesudo caballete de su nariz de trompa; traía en la mano un papel +semejante al que don Juan de Dios acababa de leer. + +—Mire usted, Sánchez —le dijo el ministro dándole el decreto—, hay +que modificar la disposición referente a los conventos de monjas que +deben quedar. No están claras las atribuciones de las juntas que +han de determinar el número de religiosas... Prevengamos las malas +interpretaciones, los abusos. Vea usted cómo he redactado el párrafo +segundo del artículo quinto... Ponerlo todo en limpio y que lo vea +Argüelles... Ese otro decreto (el que Sánchez le traía recién copiado), +no necesita más enmienda. Perfectamente claro y preciso... + +Recreose también en su texto, fríamente ejecutivo, revolucionario. Como +quien no rompe un plato, el artículo primero decía: «Quedan declarados +en venta, desde ahora, todos los bienes raíces de cualquier clase que +hubiesen pertenecido a las comunidades y corporaciones religiosas +extinguidas, y los demás que hayan sido adjudicados a la nación por +cualquier título o motivo, y también los que en adelante lo fueren, +desde el acto de su adjudicación». + +—¿No tenemos ya nada que corregir aquí? —preguntó el de la aventajada +nariz. + +—Absolutamente nada. + +—¿De modo que...? + +—A la _Gaceta_ con él... + +—¡A la _Gaceta_! —replicó el funcionario, recogiendo de manos de su +jefe el terrible documento. + +—Daremos el otro dentro de unos días... Me lo trae usted mañana, puesto +en limpio... Y ahora... Media noche ya..., pueden ustedes retirarse... +Yo me quedaré un rato más examinando esta correspondencia... Que se +aguarde Milagro. + +Volvió a quedarse solo; y tan grande excitación sentía, que tuvo +que espaciar sus ideas y sacudir sus nervios, paseándose de largo a +largo en la vasta pieza. «¡Para que digan que no hago nada!... ¡Qué +revolución, qué colosal sacudimiento!... Entrego a la clase media... +_cuatro mil millones_..., ¿qué digo? más, mucho más». Volvió a la mesa, +y rápidamente trazó algunos números... «_Seis, siete mil millones_, y +aún me quedo corto...». Mirando al espacio, quedose como en un embeleso +dulce o embriaguez financiera... Su mente se lanzaba a las presunciones +del porvenir, nadando en un océano tan revuelto como profundo, con olas +de cifras cada vez más hinchadas... + + + + +XXXI + + +Otra vez en su mesa el señor don Juan, incansable, desvelado... +Adquirida la costumbre de trasnochar, no le apuntaba el sueño hasta +la madrugada. En las altas horas de la noche sentía sus facultades +más claras, su ingenio más agudo, y extraordinariamente aumentada su +fecundidad de recursos expeditivos, de mañosas tretas, para escamotear +las dificultades antes que para vencerlas. + +—Que venga Milagro. + +Y al punto se presentó el buen don José con varias cartas a la firma. +Firmó Mendizábal, y entregó cuatro más que requerían contestación. Eran +todas referentes a negocios electorales. Este pedía la procuración para +sí; aquel para su pariente o amigo. Quién solicitaba humildemente; +quién reclamaba con soberbia mal envuelta en cortesía, alegando +servicios a la libertad y una larga historia bullanguera. A unos se les +contestaba con el _perdone, hermano_, a otros se ofrecían esperanzas +bien rebozaditas, y ciertos y determinados nombres sacaban tajada, +seguridades de éxito. + +—Oiga usted, Milagro —dijo Su Excelencia cuando ya el funcionario se +retiraba—, hágame el favor de manifestar a su amiga de usted, a esa +cansada Zahón, que no puede ser y que no puede ser... En una larga +carta muy difusa, que no he podido leer entera..., me pide un desatino +tal, que le contestaría con un puntapié si estuviera yo en otra +posición... Pero diga usted, ¿es loca esa mujer? + +—Me parece que sí... Abusa horrorosamente del _curaçao_. + +—Ya... Pues le dice usted que no me maree más... No le contesto por +escrito porque tendría que tratarla con dureza..., y puede añadir que +ya sé el paradero del tío de Aurorita, Ildefonso Negretti, y que le +escribiré un día de estos para que venga a hacerse cargo de su sobrina. +No quiero que esa pobre niña permanezca más tiempo en poder de la +Zahón... ¿Y qué?... No sé quién me ha dicho que es hermosa. + +—Hermosa es poco decir; es divina, señor..., pero tan romántica, que no +hay quien pueda con ella. Mejor estará con su tío que con doña Jacoba. + +Otra vez solo, engolfado el pensamiento en el maremagnum político: +«Traeré un Estamento a mi gusto... La ingratitud de Galiano, la envidia +de Istúriz no prevalecerán... Yo no miro más que a la libertad, que +deseo afianzar; a la guerra, que quiero concluir a todo trance; al +país, a esta infeliz patria devorada por las malas pasiones, por tantos +odios..., pobre, sumida en la ignorancia... ¡Triste herencia la del tal +don Fernando VII! Si este señor hubiera sido de otra condición, ¡qué +bien estaríamos!... Quizás podría yo ahora desarrollar tranquilamente +mi pensamiento, madurarlo bien... Con estas prisas, allá va todo +como Dios quiere... ¡Qué lástima, señor, qué lástima!... Porque tiene +razón Caballero. ¡Cuánto mejor, en política y economía, repartir al +pueblo esta masa de bienes en vez de sacarlos al mercado! ¿La parte +de deuda que se amortiza vale más o vale menos que los intereses +territoriales que podrían crearse con ese reparto, hecho juiciosamente? +¿Es preferible el crédito circunstancial, para encontrar quien preste, +a las ventajas futuras de la buena distribución del terreno?... ¿Y qué +decir de los abusos que en las subastas pueden cometerse?... Resultará +que los caciques de los pueblos, la clase bursátil, los que poseen +ya una mediana fortuna, adquirirán bienes considerables pagándolos a +largos plazos con el mismo producto de las tierras... Y en tanto, el +pueblo agricultor y laborioso no podrá adquirir propiedad... ¡Si lo +he pensado, señor, si lo he pensado!... ¡Pero no le dan a uno tiempo +para nada!... ¡Esta política, esta vida...! No es posible, no es +posible. Que venga aquí el _Sursum corda_, y se volverá para arriba, +para el cielo, sin haber hecho nada. ¡Vivir al día, defenderse hoy de +las asechanzas de mañana, temblando siempre, sin hora segura..., y +tener que sufrir una descarga cerrada de discursos...! ¡Las dichosas +polémicas, los malditos abogados...! Y menos mal si uno contara con +tener bien cubiertas las espaldas... ¡Pero si _Palacio_ le pone a +usted en la calle el mejor día, como a un criado...! ¡Ah! Con esta +inseguridad, con esta zozobra, ¿qué planes, ni qué reformas, ni qué +soluciones grandes son posibles? Esto es un vértigo, dar quiebros al +enemigo, agarrar el poder con las dos manos, sujetarlo además con los +dientes para que los de allá no nos lo quiten... No puede ser, no +puede ser... Pero Mendizábal no se va sin realizar algo, ya que no +toda la grande obra, y le dice al país: te he quitado _treinta y seis +mil frailes_ y _diecisiete mil monjas_; te doy _cuatro mil millones, +seis mil_, para que empieces a formar un conglomerado social, fuerte y +poderoso... De mogollón lo hago... No me dan tiempo para más. Luego, +Dios dirá...». + +Cambio repentino de ideas: «Se me olvidaba... Tengo que decir a Córdova +que irá la remesa de zapatos la semana que viene... y dos millones +en metálico. Lo apuntaré en la pizarra, para que no se escape de la +memoria... ¡Ya se ve..., con tal diversidad de asuntos!... ¡Pero este +Córdova!... El eterno enigma: si la reina le llama para que forme +ministerio, como cuentan por ahí, tratará de enjaretar una situación +mixta, combinando las fuerzas moderadas con las liberales... En este +caso, yo le ayudaría... ¡Pero si no puede ser; si es todo un puro +embuste de los periódicos, y de esa turbamulta de desocupados que +hormiguean en este pueblo chismoso y novelero! Córdova me dice que no +se cuente con él para nada que sea política... Y en su alocución al +ejército, bien claro lo expresa... Va uno haciéndose, insensiblemente, +a no creer nada, a considerar toda palabra de hombre... o mujer, +como un ruido del viento, como el gotear de la lluvia... Veremos +grandes cosas. El nuevo Estamento nos traerá batallas formidables. +¡Hablar, hablar y siempre hablar! Señor, en aquel Parlamento inglés +es otra cosa: discuten y votan el mensaje en un día. Son mal mirados +los oradores galanos que van a lucirse, y los abogados indigestos +y sofísticos... Debo decir también a Córdova que corre una especie +saladísima: los grandes de España le proponen para formar Gabinete... +¿Quién meterá a los grandes en camisa de once varas?... ¡Ah! También le +contaré lo que anda diciendo por ahí _don Fernando octavo_...: que la +corte se trasladará a Burgos, para estar más cerca del ejército... ¡Qué +tontería!... No creo que el _Ama_ participe del cerval miedo de sus +cortesanos». (Nuevo trazado taquigráfico en la pizarra). + +Puso la mano sobre un montoncillo de cartas, algunas de las cuales aún +no estaban abiertas. Diríase que una de ellas se pegó a sus dedos. La +cogió maquinalmente, y empezó a leer por el medio: «¡Bueno está!... +(_soltando la carta con desdén_). Las Navas se me incomoda. Otro +que se tuerce... ¡Como si yo pudiese hacer procuradores a todos los +amigos de mis amigos...! Y aquí otra y otra carta pidiéndome destinos, +contadurías, administraciones, secretarías, intendencias, y... ¿Pero de +dónde, señores y amigos, de dónde voy yo a sacar tantas plazas?... ¿Y +este que se me atufa porque no le he dado privilegio en el asunto de +las campanas?... No faltaba más. Bastante tengo con los azogues, que me +darán no poca guerra cuando se abra el Estamento... ¡Dichosas campanas, +azogues malditos!... Pero estos señores no ven en el Estado más que +una vaca muy gorda y muy lechera, a cuyas ubres es ley que se agarren +todos los ambiciosos, todos los glotones, todos los hambrientos... +¿A ver esta otra carta? Ya conozco la letra... ¡Pobre duquesa de +Berry! También esta se ha echado marido morganático, y hoy es condesa +de Lucchesi Pella. Por andar menos lista que otras, ha perdido la +tutela del chiquillo..., el Delfín... A ver qué me cuenta. (_Lee +por el final_). Lo de siempre: sus hermanas no le hacen caso..., la +vituperan por la campaña desastrosa de la Vendée... (_Se ríe_). Y no le +perdonarán, no, el famoso episodio de la chimenea... (_Leyendo por el +centro_). Me da las gracias por haber admitido en el ejército español +al hermano de su esposo, el oficial napolitano Lucchesi, que recomendé +a Córdova... ¿Y qué más? Vaya, vaya con las princesas destronadas..., +parece que les hizo la boca un fraile. Ahora pide que admitamos a +otro hermanito, subteniente... ¿Por qué no les coloca en las tropas +carlistas? ¡Ah, es que allí las pagas son en papel, en ilusiones!... +Verdad que las pagas de acá... también andan como Dios quiere». + +Puesta a un lado la carta, trazó con rápida mano nuevas apuntaciones +en la pizarrita, y luego extendió las demás epístolas sobre la +mesa formando abanico... Entre los sobrescritos, de muy diversa +escritura, vio uno que no se le despintaba. Sonriendo se dijo: «Quien +no te conoce, que te lea». y la sacó del semicírculo con ánimo de +someterla a cuarentena rigurosa. «Pues sí, debo leerla —pensó variando +inmediatamente de propósito, en la versatilidad de su espíritu +inquieto—; veamos qué cuenta». Era una de tantas comunicaciones de los +secretos agentes que el gobierno tenía en la frontera. Diariamente +llegaban dos o tres por diferentes conductos, y la que a la sazón leía +Su Excelencia era remitida por una tal _madame Aline_, de fantasía tan +novelesca y de tan extremado celo en el desempeño de su misión, que +cuando no había sucesos graves que referir, los sacaba de su cabeza; +y si escaseaban las maquinaciones, o no sabía la verdad de ellas, +ponía en el telar los productos más inspirados de su numen. Engañado +varias veces por los cuentos de esta poetisa del espionaje, Mendizábal +le había tomado ojeriza, y aguardaba conyuntura para suspenderla +del cargo; si ya no lo había hecho era por consideración a nuestro +embajador en París, que aún creía en ella y se fiaba de sus embustes. + +«Ya te veo (_leyendo_). La historia de siempre... Que los carlistas +han recibido proposiciones de la reina... Que han llegado a Oñate +dos clérigos emisarios de _Palacio_..., los cuales se entienden con +otro clérigo de Madrid para poner en autos a doña Cristina de los +deseos y opiniones de don Carlos... Que los agentes de Aviraneta +en Olorón han entrado también en negociaciones con los facciosos, +ofreciéndoles un levantamiento en Madrid. Que al propio tiempo los +realistas franceses se proponen armarla, si Thiers se decidiera al +fin por la intervención. Que la frontera está infestada de frailes +trashumantes y perdidizos, que huyen de las degollinas de Zaragoza, y +muchos de ellos, transfigurados de la noche a la mañana, se afilian en +el ejército de Gómez o de Villarreal... Que Zaratiegui y otros andan +a la greña con los palaciegos y toda la _ojalatería_ de Oñate, y que +de tantos piques y desazones tiene la culpa el carácter despótico y +entrometido de la princesa de Beira, que de continuo pasa y repasa +la frontera, acompañada de _monsieur_ Saint-Silvain, o sola, con dos +pastores: las autoridades francesas no la molestan... Que don Carlos +se propone formar corte y ministerio de verdad, y que para presidir +el Gabinete faccioso ha venido de Londres don Juan Bautista Erro. Por +el ministerio de Gracia y Justicia andan a la greña el obispo de León +y don Wenceslao Sierra... El confesor del rey, don Juan Echevarría, +gobierna interinamente el ramo de Guerra. En medio de este grande +aparato político, en la corte apenas tienen qué comer. Don Carlos y +sus allegados van viviendo con castañas y leche... Las borrajas son el +plato de cada día, y el cocinero de Palacio discurre los diferentes +modos de poner las alubias... Por referencia de un ayuda de cámara +del Rey, que despidieron por haberle pegado una tremenda bofetada al +gentilhombre de servicio, sabe la manifestante que don Carlos se casará +en secreto con la princesa de Beira... Esta había comprado en Olorón +varios objetos de bisutería falsos para su dueño y señor, y había +vendido dos docenas de perlas magníficas, para adquirir con el producto +de ellas fusiles... También gestionaba que le vendieran dos obuses, +ofreciendo unas arracadas que posee... La comunicante las ha visto, y +no duda que Su Alteza encontrará quien por ellas le facilite un par de +cañones... Que los realistas habían logrado entenderse con Aviraneta, +ofreciéndole la Superintendencia de Policía para cuando triunfara don +Carlos..., y que últimamente se le habían enviado desde Francia papeles +que comprometían al señor Mendizábal, y al señor Caballero, y al señor +duque de Zaragoza, documentos que se publicarían en _El Jorobado_ para +armar gran escándalo...». + +Aturdido ya, la cabeza mareada con este aluvión de noticias, que no +eran en su mayor parte más que repetición de anteriores informes, +don Juan echó a un lado la carta sin acabar de leerla. Por natural +encadenamiento de ideas, la mención de _El Jorobado_, papel +violentísimo, le llevó a pensar en _El Mensajero_, que también había +comenzado a atacarle, y en _El Eco del Comercio_, que ya cerdeaba... +«No es bueno que la prensa abuse de la libertad —se dijo mal humorado—. +A bien que con _El Liberal_, que fundaremos nosotros, zurraremos de +firme a los que se vengan con injurias y enredos... ¡Lástima que no +encontremos muchachos despabilados de estos que salen ahora con la +fiebre del romanticismo!... Me dice Palarea que casi todos los que +valen están ya colocados en papeles enemigos... ¡Colocados!..., me río +yo de esto. Ya vendrán, ya vendrán al reclamo...». + +Apuntó algo en su pizarra, pertinente a prensa y al nuevo periódico, +y fijándose en otra carta, cuya letra menudita y elegante conocía, la +leyó al punto: + + «Pepe no escribe a usted porque está consagrado hoy en cuerpo y alma + a la limpieza de sus panoplias y a la colocación de las espadas del + siglo XVII que ayer adquirió. A su gloriosa ferretería se han añadido + unas espuelas, que diz pertenecieron a Íñigo Arista; el almirez que + a doña Blanca de Borbón le servía para llamar a sus servidores en + la torre de Sigüenza, y otras quincallas magníficas... En nombre + de Pepe, y en el mío, le invito a usted a comer, mañana viernes. + Por Dios, no falte, mi buen don Juan, que tenemos mucho que hablar, + y he de contarle cosas mías muy tristes, ¡ay!... Si le sobran a + usted campanas, mande hacer rogativas porque recobre el juicio su + consecuente amiga — _Pilar_». + +«¡Pobrecilla... —pensó el grande hombre, soltando la carta—, sí que es +desgraciada!... ¡Qué mundo, qué cosas!...». Y con mental propósito de +aceptar el grato convite, pasó a otro asunto..., algo de elecciones, +de una probable conferencia con Williers. Mas no tardó en distraerle +otro sobrescrito que en la rueda de cartas lucía con gruesos y algo +torcidos caracteres. Dijérase que aquella desconocida escritura le +miraba y atraerle quería, pues los ojos de don Juan se habían como +enganchado varias veces en sus letras. Habíalas visto ya y hecho +intención de abrir y leer... Por fin, picado de curiosidad, se apresuró +a satisfacerla. La carta, después del nombre y la fórmula de respeto, +empezaba con esta frase: «Soy la hija de Jenaro Negretti...». Era +bastante larga. Leídos los dos primeros párrafos, no encontró, sin +duda, el ministro interés bastante intenso en la lectura, y su mente +fugaz corrió otra vez hacia la idea política. «¡Ah, me olvidaba... +(_modulando entre dientes_), de la ley de mayorazgos! ¡Qué cabeza la +mía!... Prometió Argüelles traérmela hoy, y yo, tan torpe, que no se +lo recordé esta tarde... (_Rápida anotación en la pizarra_). Mañana +me explicará don Agustín su protección a la revista _El Mensajero_, +que publica contra mí artículos que se atribuyen a Galiano... ¡Qué +amigos, señor!... He de procurar atraer para el nuevo periódico a las +primeras plumas... Ese Espronceda, ese Larra... Todos ellos, según +dicen, viven miserablemente. Pues demos a Espronceda y a otros poetas +destinos adecuados a su mérito: las secretarías de las subdelegaciones, +plazas en las bibliotecas, si queda alguna... Dígase lo que se quiera, +la prensa no vive solo de libertad...». Cayó en profunda meditación, +cogiéndose la barbilla con las puntas de los dedos. Dio después un +palmetazo sobre la mesa, y formuló en su mente graves acusaciones +contra sí mismo: «Hubiera yo podido impedir los sangrientos sucesos +de Barcelona, que me han perjudicado enormemente... ¿En qué estabas +pensando, Juan, cuando le diste al don Eugenio Aviraneta la carta para +el general Mina? Tenemos cuartos de hora funestísimos, mortales... En +un instante se compromete una posición; una idea mala y extraviada +esteriliza miles de ideas grandiosas, fecundas...». Se pasó la mano +por la frente. Su cansancio era ya muy grande. Pensó en los pobres +empleados que por la índole de su cargo tenían que permanecer en las +oficinas a horas tan absurdas, mientras el ministro no se retirase. + +Campanillazo... + +—Que venga el señor Milagro. Mi capa, el coche... + +Cayéndose de sueño, recibió Milagro las últimas órdenes de Su +Excelencia para el siguiente día. + +—Estas cartas me las contestará usted a primera hora; las demás no son +tan urgentes. Es muy tarde. Estarán ustedes rendidos. Hasta mañana... +¡Ah!, Milagro, un momento: no me olvide lo de la Zahón... Que no puede +ser..., que... En fin, mejor será ponerle una carta. Recuérdemelo usted +mañana. + +Y por engarce de ideas, ya cuando el portero le estaba poniendo la +capa, volvió presuroso hacia la mesa por recoger algo que quería +llevarse a su casa. «Soy la hija de Jenaro Negretti...». Este párrafo +inicial de la dolorida carta le andaba por el cerebro, disputando el +sitio a pensamientos de mayor bulto y gravedad. Fuese a su casa el +grande hombre, soñoliento ya, revolviendo todo el fárrago de aquella +noche: Córdova..., Galiano..., Palacio..., Ley de mayorazgos..., +campanas..., Aviraneta..., prensa..., frailes..., chiquilla de +Negretti... + + + + +XXXII + + +La desconsoladora respuesta que dio el señor ministro a la carta de la +codiciosa diamantista, puso a esta en formidable, épica irritación. +En tres días no le sacaron del cuerpo más que palabras airadas y +monosílabos rencorosos; en sus manos escribió, con sus propias uñas, +cifra lastimosa del despecho que la dominaba, y los marchantes o +compradores que por allí asomaron salieron o desollados vivos o +llamándose a engaño, con pocas ganas de volver. En la comida decretó +parvedades de la escuela del licenciado Cabra; y tales fueron, que +Aurora y Lopresti se habrían quedado en los huesos si no tuvieran la +precaución de reservar en sus respectivos escondrijos pedazos de pan y +otras cosillas de comer. Sentía la maldita Zahón odio a toda criatura +humana, y a las que más próximas tenía, hacíalas responsables de +la bofetada que le diera el ministrillo gaditano, aquel que conoció +con manguitos y la pluma en la oreja, _en la casa de los Méndez_, +allá por los años 97 y 98 del siglo pasado. Porque el hombre de las +levitas, el verdugo de frailes y monjas, el secuestrador de campanas, +no se contentaba con tomar a chacota la proposición de constituirse +en administradora de la huérfana de Negretti (con lo cual aliviaba al +señor ministro de sus cuidados), sino que la relevaba ignominiosamente +del cargo honrosísimo de custodiar y dar alimento y educación a la +niña, confiriendo estas funciones a Ildefonso Negretti, hermano de +Jenaro. + +No obstante su fiereza y despecho, pasados tres días de crisis, juzgó +prudente disimular la grave herida de su amor propio, y astuta y +cautelosa reservó de la familia y de los amigos la dura respuesta de +don Juan Álvarez. Ni se le pasaba por la imaginación oponer resistencia +a las disposiciones de este, pues su naturaleza medrosa, calculista, +alma de mercader en pedrería, repugnaba el giro dramático en los actos +de la vida y todo lo que fuese ruidoso y violento. Encerrose, pues, +en una resignación torva, como gato a quien le han cortado las uñas; +esperó los acontecimientos envolviéndose en sus corcovas con cierta +dignidad, quejándose del reuma con más fuertes alaridos, elevando el +precio del quilate en los brillantes de talla superior, y extremando +los rigores con que celaba a la doncella puesta a su cuidado. + +Aumentó su tristeza en aquellos días la demora de su hijo Laureano +Zahón. Había salido este de Córdoba hacia Sierra Morena; pero tales +historias en el camino le contaron de los bandidos que la infestaban, +que tomó ascos al paso de Despeñaperros y se volvió para su casa, +con idea de esperar a que saliese tropa para venir con ella. Tal +contrariedad no tuvo poca parte en la prudencia que desplegó la Zahón +después de su fracaso. Con Aura era toda sequedad y desabrimiento; +no le permitía apartarse de su lado y de su vista; no creyendo +bien guardada la casa con la fidelidad de Lopresti, se procuró dos +cancerberos más: una tal Verónica, asistenta para centinela de día, y +para vigilante nocturno, Severo Meca, dependiente de Maturana, hombre a +prueba de sobornos, incorruptible, probado en veinte años de manejo de +alhajas. Con tal guardia, y el examen y reparación que mandó hacer de +todas las llaves, cerrojos y cerraduras, se creía libre de un atropello. + +Inopinadamente se presentó Hillo a comprar otra partidita de aljófar, +que regateó, poniéndose muy pesado, para encubrir con el negocio su +espionaje, y haciéndose mostrar el abanico, pidió precio, que la Zahón +fijó en setecientos cincuenta duros, ni un maravedí menos. No le fue +difícil al presbítero llevar la conversación comercial al terreno +doméstico, y se enteró de la situación, por referencia espontánea de la +despechada doña Jacoba. + +—No sabe usted bien —decía, poniendo los ojos en blanco— cuánto me +agrada la resolución del _caballero ese de las campanas_, que por lo +visto tiene tiempo sobrado para atender a todo. Él sabrá lo que hace. +No estoy yo para cuidar niñas, y menos a esta diablesa dislocada, sin +respeto a nadie, ni a mí misma. Mentira me parece que ha de venir su +tío y ha de quitarme este cuidado, pues aunque tengo costumbre de +guardar cosas de precio y de asegurarlas contra ladrones, no sé cómo se +custodian estas joyas que andan y enredan, que discurren todo lo malo; +joyas que es forzoso clavar en los estuches para que no se escapen de +ellos... También le digo a usted, señor de Timoneda (con este falso +nombre había ocultado Hillo su personalidad), que si deseo perderla de +vista, no deseo menos conservarla, mientras esté aquí, libre de todo +detrimento. Quiero que su nuevo guardián la reciba en situación de +honestidad material, aunque mentalmente la haya perdido. Cuando esté +fuera de mi casa, que haga lo que quiera, que se deshonre; pero aquí +no... Esto es un sagrario, señor de Timoneda; aquí viven y han vivido +siempre el recato, la virtud. De esta casa no ha salido jamás una +piedra falsa... ¿Cómo había yo de consentir que ahora saliera? + +Alabó mucho el disfrazado clérigo estos alardes, y se permitió +aconsejar a Jacoba que, lejos de estorbar, favoreciese el traspaso +de aquella joya al tío carnal, pues la tal niña le daría disgustos +muy gordos si no la echaban pronto de Madrid. Y añadió a esto tales +observaciones y noticias, que la jorobada, fácil al miedo, no necesitó +más para verse rodeada de catástrofes. Dos veces más, en diferentes +días, volvió don Pedro, regateando el abanico y haciéndose mostrar unos +topacios, que no compró; y con esto finalizaron sus averiguaciones +en la caverna de la Zahón, pues ya había adquirido los datos y +conocimientos más importantes: Aura delirante de amor; extremadas las +precauciones para evitar que se vieran los amantes, y, por fin, próximo +el arribo del tío carnal para cargar con la romántica niña y llevársela +a los quintos infiernos. Cuando esto fuera un hecho positivo, solo +restaba impedir que Calpena descubriese a dónde había ido a parar la +cabra loca; y establecida la radical separación, no era ya difícil +traer al buen camino al descarriado joven. A este le visitaba +diariamente, guardándose bien de contarle sus tratos y contubernios con +la diamantista; lo que no impidió que Calpena los supiera por aviso de +Aura, atisbadora infatigable de quién entraba y salía en la casa. + +No pareciéndole aún bastante inquisitorial la incomunicación entre los +tórtolos, sometió Jacoba a escrupuloso registro al menguado Lopresti, +guardando bajo llave papeles, pluma y tinta: por su gusto habría +borrado de las costumbres humanas, como ocasionado a la desobediencia, +el arte de la escritura. No creyendo eficaces estos rigores, y +desconfiada del maltés, determinó asimismo la señora que no pusiera +los pies en la calle mientras tal situación durase, y los recados los +hacía Meca, el bárbaro y frío Meca, incapaz de aliviar una pena de +amor, aunque le dieran un brillante de talla superior por cada lágrima +que evitase. Ya se sabrá la causa de esta insensibilidad. El último +mensaje que llevar pudo Lopresti a los portales de Santa Cruz, donde +Calpena aguardaba la cartita, fue verbal y nada satisfactorio: + +—Señor don Fernando —le dijo, afilando la voz más que de costumbre por +la fuerza de su congoja—, ni traigo carta, ni la traeré más: válgame la +Virgen. Estamos dejados de la mano de Dios. La señora me ha registrado +al salir, todo, señor, como si fuera yo una mujer... ¡Qué vergüenza me +ha hecho pasar, ay! Y no es lo peor que me meta las manos por entre +la ropa, haciéndome cosquillas, sino que ya no me deja salir de casa. +¡Preso yo también, sin comerlo ni beberlo!... Preso por desconfianza, +porque hago este favor a dos que se quieren... Es mi gusto, señor; es +mi único gusto servir a los amantes finos... Salgo esta tarde porque +voy por la medicina, aquí, calle Imperial... ¡Ay!, Dios mío, que no se +le volviera solimán..., y ya me despido de la bendita calle, porque +desde esta noche hace los recados ese Meca, montador que fue de la +familia, montador de piedras finas, y hoy vive de la tasa y fiel +contraste... Pues verá: la señorita, que, como enamorada, discurre +más que cien doctores, me encarga diga a usted que esta noche le +escribirá. Tiene papel y lápiz, que le he dado yo... Para mandar a su +amador la carta ha inventado una graciosa treta... Ahora tenemos allí +todas las noches a don José del Milagro. Entra... deja su sombrero en +la percha... En el forro del sombrero pondremos el papelito. ¿Qué le +parece? Lo que no inventa el amor, ni Dios lo inventa... Pues lo que +falta es que usted se haga el encontradizo con Milagro, cuando este +salga de casa; que le convide; que le entretenga hasta sacarle el +embuchado; que mañana le vuelva a convidar y a entretenerle para que +lleve la respuesta del mismo modo, y arreglárselas como pueda para +seguir trayendo y llevando papeles ensombrerados cada lunes y cada +martes... Conque ya lo sabe. Prevenido, señor... ¡Ojo al casquete!... +Adiós, don Fernandito de mi alma; no puedo entretenerme más... Si +tardo, me mata. + +Véase aquí cómo fue conductor inocente de la amorosa correspondencia +el tubo grasiento y anticuado que cubría la venerable cabeza del buen +Milagro. No le fue difícil a Calpena echarle la zarpa, acechándole a la +salida de Milaneses, y le convidó a cenar (felizmente, por ser domingo, +no tenía que ir a la secretaría de Hacienda), y hablaron cuanto les dio +la gana. Concluyó Fernando por fingirse delicado de salud, y suplicar +a su amigo que le hiciese diariamente compañía en los ratos libres, +pues de ello recibiría gran consuelo. Hubo de manifestar sentimientos +contrarios a los que llenaban su alma; hizo el papel de que le pesaba +haber abandonado su destino; mostrose arrepentido de sus amores, sobre +los que hacía recaer toda la culpa de tantos infortunios, y pedía +consejo a su buen amigo sobre la conducta más propia y eficaz para +volver a la gracia de Su Excelencia. Con gran júbilo le oyó Milagro, +que de veras le apreciaba, y prometió visitarlo en el rato libre, entre +la contabilidad de la Zahón y el trabajo nocturno de la oficina. + +Con tal ardid, tuvo Calpena carta fresca todas las noches. No eran +palabras amorosas lo que Milagro llevaba y traía en su sombrero; era +fuego, llamas cogidas a puñados del mismo sol. Véase la muestra: + + «_De Fernando a Aura._ — Si hallamos libre el camino del cielo, al + cielo. Si no hay otro camino que el del abismo, al abismo... Todo + antes que arrastrar esta oprobiosa cadena del presidio social; todo + antes que sufrir el ultrajante despotismo de los cabos de vara que, + con el nombre de autoridades, civil, doméstica y política, cobran el + barato en este patio inmundo. Huyamos de ellos. Busquemos el aire + libre, lejos del aliento infecto de los cabos de vara. Sobre todas + las leyes, prevalece el amor, ley suprema, porque él es la creación, + el principio de las cosas». + + «_De Aura a Fernando._ — Cariño, ¿verdad que me sacarás pronto + de este encierro? Con esta esperanza vivo. Cuento las horas que + me faltan para el momento dichoso en que dejaré de ver el rostro + patibulario de Jacoba Zahón. ¿Cómo no odiarla, si me priva de verte? + Si ella me asesina, ¿cómo no desear que se la trague el infierno, + como se tragó Jonás a la ballena?... digo, no: fue la ballena quien + se tragó a Jonás, y no pudo digerirlo. Tampoco el infierno digeriría + a Jacoba, y tendría que vomitarla con todas sus piedras preciosas... + Es la una de la noche: la bestia monstruosa duerme; yo velo. El amor + siempre alerta. ¿Cuándo nos echamos a volar? Quiero ser pájaro y + mirar desde lo alto de una ramita a estos pobres caracoles, que nos + quieren llevar a su paso... Una de estas noches mi desesperación + me inspiró la idea de matar a Jacoba... Estuve loca un ratito... + ¿Verdad que me librarás pronto? ¿Verdad que si no nos dejan vivir, + nos mataremos? Sin ti, no quiero la vida ni la muerte. ¿Qué sería + de mí, solita dentro de la sepultura?... Voy a decirte una cosa que + no sabes... Te adoro... Tonto, no te rías... Me estoy muriendo por + vivir...». + + «_De él a ella._ — Duerme tranquila; yo velaré, velaré siempre. El + sueño no quiere amistades conmigo. Si tu cárcel fuera de diamantes + y la custodiaran todos los ejércitos del mundo, de ella te sacaría + yo... Si Jacoba fuera la hidra de seis cabezas, yo se las cortaría + todas... Nunca me tuve por héroe. Ahora lo seré, porque te amo. + El amor me hace indómito; el amor me hace invulnerable. Si fuese + preciso ir hasta el crimen, hasta el crimen iré... Ser tú mía, ser + yo tuyo, es hablar con vaguedad: somos un solo ser... ¿No sientes + un solo ser en nosotros? No estamos separados, sino divididos; cada + mitad en diferente esclavitud. Pronto estará todo el ser integrado + en la libertad. Pronto te fijaré el día y hora en que debe terminar + esta doble agonía. Será sin bullicio, sin aparato; será la suma + sencillez... No puedo más. Bendiga Dios el divino fieltro en que irá + esta carta. Adiós». + + «_De ella a él._ — Poquito me faltó para besar el fieltro sublime + cuando de él saqué la luz de mi vida. Pero no lo besé... No hice más + que acariciarlo... Pronto, sí, mi bien, que sea pronto. Estoy alegre, + porque tú me lo mandas. Jacoba despide de sus ojos un veneno verde, + como el rayo de las esmeraldas. Pero ya no le tengo miedo: confío + en mi caballero, a quien amo, a quien pertenezco por toda esta vida + fugaz y por la eterna...». + +En este tono se escribían siempre. Arrebatado el espíritu de Calpena +a las altas cimas de la idealidad, no conocía freno. Tan profunda era +su transformación, que hasta se olvidaba de cómo fue, y de lo que +había sentido y pensado bajo la férula del buen don Narciso Vidaurre. +Aquella serenidad del alma, aquel justo medio en que blandamente +se mecía su voluntad, ¿dónde estaba? ¿Dónde la placidez clásica, +el amor de las reglas, el gusto de lo incoloro, del vivir cómodo y +bien repartido en casillas metódicas? Todo aquel mundo blanducho y +opalino se había resuelto en un orden de sentimientos y de ideas que +le asemejaba al famoso héroe de Dumas, Antony. Como este, se había +erigido en desheredado, y con los fueros de tal, en aborrecedor de +toda la sociedad; como este, no vivía más que para un amor frenético, +dispuesto a consumar, por la satisfacción de sus anhelos, las +violencias y tropelías más abominables. + + + + +XXXIII + + +¡Quién le había de decir a Fernando Calpena, cuando con un amigo vio +representar el _Antony_ en la _Porte Saint-Martin_, que aquel drama, +que entonces le pareció afectado, mentiroso, uno de tantos artificios +con que los dramaturgos amañados satisfacen el convencionalismo +teatral, había de ajustarse, traducido al castellano, a la realidad de +su pensamiento! El drama de Dumas, y el de Calpena, drama real, no se +parecían en el asunto, aunque sí mucho en la enfática desesperación +del héroe, no bien motivada, y en el ardor de su lenguaje. El odio a +la sociedad no era en él más que una repercusión hueca del criollo +de Dumas. En política había extremado bruscamente sus opiniones, +simpatizando con los revolucionarios más ciegos y brutales. Para don +Fernando no tenían derecho a la permanencia ni el gobierno aquel, ni +otro semejante, ni el trono mismo. La familia real, de cuyo seno había +nacido una espantosa guerra, que llevaba trazas de no concluir nunca, +tampoco debía continuar ligada a la suerte del país. Las disensiones +entre los hijos de Carlos IV habían convertido a España en una inmensa +jaula de locos furiosos. Por averiguar si debía reinar hembra o varón, +se vertían ríos de sangre... Y no pareciéndoles bastante sangría a +nuestros prohombres, todavía andaban a trastazos por si repartían las +mercedes del presupuesto los negros o los blancos, los amarillos o los +rojos. El propio Mendizábal, a quien siempre vio Calpena descollando +sobre la turbamulta política, se había empequeñecido a sus ojos: ya no +era el grande hombre que debía salvar y refundir la nación. Malogrados +sus propósitos por falta de constancia o malicia para llevarlos a la +realidad, resultaba perfectamente sentencioso y oportuno aplicado a él, +como a todos los del oficio, el dicho de Hillo: _No remata la suerte_. + +Por otra parte, si el conocimiento de las conexiones jurídicas de +Mendizábal con Aura le indujo a mirar al ilustre gaditano con simpatía, +cuando supo que a la carta de la joven había respondido verbalmente, +por mediación de Milagro, sin darle más consuelo de su esclavitud que +la promesa de mudarla de cárcel, sacándola de las cadenas de Zahón para +ponerla en las de Negretti, la simpatía hubo de trocarse en ojeriza y +mala voluntad. Hallándose obligado a mirar por la huérfana, debió don +Juan atender en otra forma a su angustiosa solicitud. Ni de tutor ni +de caballero era esta fría respuesta: «Diga usted a esa señorita que +estoy atareadísimo y no puedo ocuparme de ella todo lo que quisiera. +He escrito a Ildefonso Negretti para que venga a recogerla. Yo hablaré +con él y le recomendaré que la cuide mucho y procure perfeccionar su +educación». + +«Pues yo le aseguro a usted, señor don Juan Álvarez —decía Calpena +_in mente_, paseándose solo por las calles—, que cuando venga el tan +cacareado tío carnal para hacerse cargo de mi Aura, no la encontrará. +Aura me pertenece, y todos los Negrettis del mundo, auxiliados por +todos los Álvarez gaditanos, que no saben _rematar la suerte_, no +me la quitarán. Ahora veremos quién puede más: si Vuecencia con sus +altanerías de ministro y jefe de partido, o yo solito, inerme, sin más +fuerza que la que me da la ley de amor... Ley es esta que no entiende +ningún político, ni Vuecencia tampoco... Creerá que es como la Ley de +amortización de la Deuda, o la de redención de censos, imposiciones +y cargas... Y no necesito extremar las conjeturas, señor don _Juan +y Medio_, para ver segunda intención en su proyecto de poner a la +huérfana en manos de un Negretti, que seguramente será sumiso ejecutor +de los deseos de un amigo poderoso. ¿Tendremos aquí una comedia en que +le toque a Vuecencia el papel de tutor, de ese anciano verde, siempre +chasqueado? ¿Le seducen a Su Excelencia los viejos de Moratín? Pues +tampoco ha de valerle el hacer el don Diego, aun cuando tomara las +precauciones para asegurar un desenlace contrario al de _El sí de +las niñas_, porque aquí estoy yo para llevar las cosas a su término +natural. Y si para esto tuviera yo que pegarle a Vuecencia un tiro, se +lo pegaría, como a Negretti, si este me contrariara con malevolencia... +Por mi Aura, voy yo a las grandes y nobles virtudes, como a las más +negras demostraciones de la maldad; por mi Aura, escalo yo el cielo o +me precipito en los abismos. Nada tiene valor para mí; cuanto hay en el +universo se cifra en ella. Póngame usted entre Aura y mi voluntad todas +las llamadas leyes morales y sociales, y salto por encima de ellas; y +si quieren que pase sin saltar, pasaré, y pisaré, y si pongo el pie +sobre alguien que reviente con mi peso, quéjese al diablo, porque Dios +no ha de oírle». + +Entró en casa de Hillo, con quien hablar quería. Don Pedro le esperaba: +encerráronse en el cuarto de este. + +—Tu puntualidad en acudir a la cita me demuestra que el caso es +urgente. Necesitas dinero: ayer no pude dártelo; hoy te lo daré, pero +no sin condiciones. + +Adivinando las terribles condiciones que su amigo, cruel usurero en +aquel caso, le impondría, Calpena sintió frío glacial en el corazón, y +en la boca todo el acíbar que suele ser producto natural de la carencia +de dinero. + +—Te daré lo que necesites —prosiguió Hillo con severidad noble—; +pero has de darme garantías, seguridades de que ha de ser empleado +dignamente. Esas órdenes tengo. + +—Pero usted —dijo Calpena con voz cavernosa— entiende por empleo +indigno lo que para mí es el fin más alto que se puede imaginar. No nos +entendemos. + +—No nos entendemos... Yo tengo órdenes que he de cumplir estrictamente. +Para lanzarte sin freno a la perdición, necesitas oro. Es natural: sin +dinero no se puede realizar el bien... ni el mal. Para el bien tendrás +lo que quieras, Fernando: demuéstrame que quieres el bien, abandona tus +locos devaneos, y partiendo los dos de Madrid esta misma noche... + +Calpena se levantó del asiento sin decir más que: + +—Guarde usted su dinero... Me voy. + +—Oye..., no seas tan vivo de genio. No hago más que cumplir las órdenes +que recibo... Muy dañado estás, hijo mío, cuando así me vuelves la +espalda; a mí, que te quiero como a un hermano... No, no eres digno de +esta hermosa fraternidad, ni tampoco, lo digo muy alto, ni tampoco eres +digno de la piedad suprema, del cariño lejano, escondido, para que sea +más bello, de la persona que... + +Ahogado por la emoción, Hillo no pudo continuar, y se llevó ambas manos +a los ojos... + +—Para que yo venere a esa persona como ella se merece sin duda —dijo +Calpena en grave desconcierto—, es preciso que..., se necesita que... +Yo la adoraré si la conozco, lo primero... Encubierta, y oponiéndose a +la felicidad de mi vida, no puedo, no puedo quererla. + +Hillo le cogió de una mano, no secas aún sus lágrimas, y en grave tono +le dijo: + +—Te doy mi palabra de que si haces lo que dije... Renunciar +radicalmente a ese devaneo, impropio de tu condición, y partir conmigo +de Madrid esta misma noche sin ver a nadie..., la deidad invisible +dejará de serlo... Así lo declara y promete en su última carta... Se +nos revelará..., pero es condición previa que tú..., ya sabes... + +El rostro de Calpena se volvió de mármol; sus manos quedáronse heladas; +sus miradas perdieron toda luz. Miró al clérigo con estupidez; hízole +repetir la proposición. Repetida por Hillo, este añadió hasta tres +veces: + +—¿Te conviene el trato? + +De súbito fue acometido Fernando de un frenesí nervioso; cayó en un +sillón, mordiose los puños, contrajo todo su cuerpo, y clavando las +uñas en el brazo del sillón, prorrumpió en gritos dolorosos: + +—No quiero..., no quiero... Me ofrecen un nombre a cambio de la vida. +No, no... No me hacen falta parientes; no necesito familia... Que +se vayan, que me dejen. Solo viví, solo estoy..., solo moriré..., +moriremos... ¡No quiero, no quiero...! + +Cogida en las convulsas manos la cabeza, como si quisiera arrancársela, +no dijo una palabra más. Don Pedro no le veía el rostro. + +—Serénate —le dijo, tocando suavemente sus cabellos, cuyos rizos +desordenados por entre los dedos salían—. Te doy tiempo para pensarlo. +La cosa es grave..., no te precipites a resolver, así... airadamente. + +—¡Si está resuelto —dijo el desesperado joven incorporándose—, si no +puede ser!... ¡Si es como si me mataran!... Y francamente, no me dejo +matar..., no me conviene morir todavía. + +Y puesto en pie, cogió el sombrero con gallardo ademán, mostrando en +acto tan sencillo la firmeza de su resolución. Las últimas palabras de +aquella breve conferencia fueron: + +—Me equivoqué al pensar que usted podía darme... eso. Error grave fue +pedirlo. ¡Qué bochorno!... ¡Pedir lo que no es nuestro, lo que me +darían, no por favorecerme, sino por comprarme! Dígale usted a quien +sea, que no me vendo. El alma no se vende. ¿Por qué no la adquirió, en +tiempos en que fácilmente pudo hacerlo? ¡Y ahora quiere quitármela, +comprármela...! Aunque yo quisiera venderme, amigo Hillo, no podría..., +no me pertenezco... Y para concluir, guárdese usted su dinero, o +devuélvalo a quien se lo ha dado. Para mí no ha de ser. Lo que yo +necesito con urgencia, lo buscaré como pueda. + +—Aguárdate..., hablemos otro poco. + +—Usted puede perder el tiempo, yo no... Es inútil... Si cierra la +puerta me descolgaré por el balcón.. Quédese con Dios... No intente +seguirme... corro yo más que usted. Adiós. + +Y con la presteza que estas palabras indicaban salió de la casa, +dejando a Hillo confuso y atribulado. Hubo de pasar un mediano rato +antes que el buen clérigo pudiera sacar del desorden de su mente una +idea clara y ver el derrotero más conveniente. + +«No me queda duda, va a la desesperación... Loco de amor y sin dinero, +algo hará que nos dé mucho que sentir... ¿Iré tras él? ¿Pero quién +le caza? No, no, Pedro Hillo..., no te metas en cacerías peligrosas. +Yo cumplo dando la voz de alarma, como me ordenan. Ha llegado el +momento crítico, el momento del peligro supremo, que obliga a emplear +el recurso final, lo que los médicos llaman el remedio heroico. Me +han mandado que avise cuando estalle la crisis de locura, y aviso... +Pedro Hillo cumple siempre con su deber; es hombre que sabe rematar la +suerte». + +Escribió una breve carta, y al punto salió para entregarla al _señor +Edipo_, que en determinada calle estaba de servicio. Hecho esto, se fue +al club de la casa de _Tepa_, donde había quedado pendiente de la noche +anterior una furiosa disputa, cuyo desenlace quería conocer. Allá fue a +parar también Calpena, sin más objeto que matar el tiempo hasta media +noche, y ver a un amigo que le había ofrecido facilitarle algún dinero. +Ya se comprende que este amigo no era poeta. + +Por obra y gracia de la armonía resultante entre la exaltación de su +espíritu y la atmósfera jacobina que en _Tepa_ reinaba aquella noche, +Calpena se lanzó, sin proponérselo, a la oratoria furibunda, notas +estridentes de rabia política con juicios abominables de cosas y +personas. Sus palabras eran materia inflamable arrojadas varonilmente +en aquel rescoldo de pasiones. De una parte le aplaudían con rabia; de +otra le vituperaban. Entre don Pedro Hillo y otro señor tuvieron que +cogerle por un brazo y bajarle casi a rastras de la tribuna. Parecía +loco furioso, y su rostro echaba llamas. Después, entre el tumulto que +en torno del joven se formó, Hillo le perdió de vista. Cuatro amigos le +sacaron a la calle para que con el fresco de la noche se le despejara +la cabeza. Fueron a un café, pasearon hasta las doce, hora en que +Fernando se encaminó a su casa con el amigo que le había facilitado la +cuarta parte del dinero que creía necesitar. + +Solo al fin en su cuarto y no teniendo nada que hacer, sentose en la +cama y se zambulló en el mar sin fondo de sus pensamientos. «Con poco +dinero, pero con dinero al fin, mañana será. No varío mi plan, ni tengo +que modificar las instrucciones que Aura habrá recogido esta noche en +el sombrero de Milagro. ¡Mañana...! Y a pedir de boca saldrá, pues +previsto está todo, y bien determinada la manera de sortear cualquier +peligro... Mañana, en pleno día, cuando menos lo pienses, cuando nada +temas, maldita Jacoba, soltarás tu presa... Y viviremos los que debemos +vivir, y rabiarán los que deban rabiar..., y el que quiera reventar +de ira, que reviente... Mi gusto es pisotear a la Zahón; al señor +Mendizábal, no... Está próximo a una caída ignominiosa. En Palacio +le tienen ya bien preparada la zancadilla con Istúriz y Saavedra... +¡Los dichosos políticos! No vendría mal una degollina de próceres y +patriotas, como la que se ha hecho de frailes... Pues sí, señor de +Mendizábal, bastante tiene Vuecencia con la que le están armando. +Hillo diría que ya se oye el cencerro del cabestro que viene para +conducirle al corral. Y Vuecencia matará los ocios del corral con la +educación de doncellas... A Hillo no le deseo mal alguno... Ojalá le +hicieran obispo. Bien se lo merece el pobre por su mansedumbre y buenas +intenciones... Y en cuanto a Milagro, nuestra gratitud no se contenta +con menos que con nombrarle ministro de Hacienda... Y a Lopresti, ¿cómo +le recompensaremos sus servicios?... Es facilísimo: pinche mayor de +Palacio, y además director de la Real Capilla; cocinero y tiple de Su +Majestad... De todos nos despedimos, porque espero que no hemos de +tener el gusto de ver rostros conocidos en mucho tiempo... Y que nos +persigan, que nos busquen, que nos cojan ahora... El vuelo será alto... +y luego, nuestra cueva de amor tan profunda, que a ella no llegará ni +la mirada de cernícalo de la Zahón, ni el olfato de _Edipo_...». + +Por este derrumbadero vertiginoso iban sus pensamientos, cuando +llamaron con fuerte campanillazo y golpes a la puerta de la casa. +Sorprendido del ruido, y alarmado también, pues en su estado nervioso, +el vuelo de una mosca le hacía estremecer, salió Calpena a punto que +alguien abría; y vio que avanzaban hacia la puerta de su habitación +dos hombres de mala facha, los cuales con formas rudas y descorteses, +previa indagación de la personalidad, le ordenaron que se dispusiese a +salir en su grata compañía. + +—¿Pero a dónde?... + +—A la cárcel —dijo el más feo y bruto de la pareja, a punto que +comparecían otros dos, de uniforme, pues eran salvaguardias de la +Subdelegación. + +Lo primero que se le ocurrió a Calpena fue coger una silla, con +intento de estrellarla sobre la cabeza del más próximo. Pero pronto +se abalanzaron los esbirros a trincarle del brazo, y privado de todo +movimiento, no tuvo más remedio que entregarse, maldiciendo con +terrible exclamación su fiero destino. Salieron en paños menores los +patrones y algunos huéspedes a lamentar el triste suceso; y mientras +uno se indignaba, y le consolaba otro con frase vulgar, asegurando que +todo era equivocación, los polizontes registraban la cómoda y mesa, +para llevarse cuantos papeles encontraran pertenecientes al presunto +criminal político. + +Bajando entre tales sayones, taciturno, mas no resignado, devorando +la angustia y terror de su alma, don Fernando empezó a ver claro en +aquella inopinada prisión, y se dijo: «Es ella, es la _mano oculta_ +quien me lleva a la cárcel». + +De la calle de las Urosas al Saladero había mucho que andar. Por el +camino vio dos traillas de presos. Sin duda, el medroso gobierno, +acosado de conspiradores, viendo por todas partes misteriosos enemigos +que le acechaban en la oscuridad de las logias, o le provocaban en el +público escándalo de los cafés, había mandado echar la red. Cuando +metieron al desdichado Calpena en el patio donde debía empezar la +expiación de sus nefandos delitos, ya había llegado la primera cuerda, +en la cual vio personas de aspecto decente. Al poco rato entraron dos +racimos más, ¿y cuál no sería la sorpresa de don Fernando al vislumbrar +en uno de ellos nada menos que la venerada, inofensiva persona de don +Pedro Hillo? + +En cuanto pudieron reconocerse, a la luz de los farolillos que +alumbraban los tristes grupos, corrieron el uno hacia el otro y se +dieron los brazos. + +—_Tu quoque_... ¡También usted, don Pedro! —dijo Calpena con el gozo +amargo de la venganza. + +—También —replicó Hillo con voz opaca, casi lloroso—. Y en verdad que +por más que me devano los sesos, no acierto a explicarme... De la cama +me sacaron estos verdugos. Comprendo que a ti... ¡A ti, sí!... Era +necesidad ponerte a la sombra. + +—Yo no conspiro. + +—Conspiras contra ti mismo. Yo, ni contra mí ni contra nadie... No he +hecho más que hablar mal de Mendizábal..., y eso no mucho. + +—No es Mendizábal, no, quien ha tenido la humorada de juntarnos aquí: +es la _mano oculta_... ¿Tan candoroso es mi buen clérigo que no lo ve? + +—¡Fernando! + +—¡La invisible deidad, la tutelar, la próvida mascarita!... ¡Ah!, no +se quiere que el niño esté solo... Se teme su desesperación, se teme su +rabia... + +Enorme distensión de músculos en ojos y boca declaraba el estupor del +buen presbítero. + +—No está mal esto. ¿Verdad que no está mal?... Para que diga usted +ahora que no _remata_... + +—¡Vaya si _remata_...! + + +Santander (San Quintín), agosto-septiembre de 1898. + + +FIN DE «MENDIZÁBAL» + + + +*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 75614 *** diff --git a/75614-h/75614-h.htm b/75614-h/75614-h.htm new file mode 100644 index 0000000..68d00ae --- /dev/null +++ b/75614-h/75614-h.htm @@ -0,0 +1,10152 @@ +<!DOCTYPE html> +<html lang="es"> +<head> + <meta charset="UTF-8"> + <title> + Mendizábal | Project Gutenberg + </title> + <link rel="icon" href="images/cover.jpg" type="image/x-cover"> + <style> + +.formato { margin: 0 auto; width: 26em; max-width: 26em; font-size: 125%; } +.x-ebookmaker .formato { width: 100%; max-width: 100%; font-size: medium; } + +p { margin: 0; text-align: justify; text-indent: 1.25em; line-height: normal; } + +h1, h2 { text-align: center; font-weight: normal; text-indent: 0; } + +h1.faux { margin: 0; font-size: xx-small; visibility: hidden; } +h2 { margin: 2em 0 0 0; font-size: 140%; } +h2.nobreak { page-break-before: avoid; 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La puntuación también ha sufrido ligeros + retoques para su modernización.</li> + + <li>Las cartas y misivas se presentan sangradas para mejor distinguirlas + de otros entrecomillados.</li> + </ul> +</div> + + +<div class="screenonly x-ebookmaker-drop"> + <hr class="chap"> + <div class="figcenter"> + <img class="thin" + style="width: 26em; height: auto;" + src="images/cover.jpg" + alt="Cubierta del libro"> + </div> +</div> + + +<div class="tit pt6"> + <hr class="chap"> + <p><span class="pagenum" id="Page_1">p. 1</span></p> + <p class="lh150 g0 ws1">EPISODIOS NACIONALES</p> + <hr class="tir"> + <p class="fs150 lh150 g2">MENDIZÁBAL</p> + <hr class="chap"> +</div> + + +<div class="chapter pt6"> + <div class="legal"> + <p><span class="pagenum" id="Page_2">p. 2</span>Es propiedad. Queda + hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que + no lleven el sello del autor.</p> + </div> +</div> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="tit"> + <p><span class="pagenum" id="Page_3">p. 3</span></p> + <p class="fs120 lh150 ws1">B. PÉREZ GALDÓS</p> + <p class="fs140 lh150 ws1">EPISODIOS NACIONALES</p> + <p class="lh150 negr g0 ws1">TERCERA SERIE</p> + <hr class="fil"> + + <p class="fs250 lh150 g1 mt1">MENDIZÁBAL</p> + <hr class="tir"> + <p class="fs110 negr g1 mt15">15.000</p> + + <div class="figcenter mt3"> + <img src="images/logo.jpg" + style="width: 6em; height: auto;" + alt="Logotipo del editor"> + </div> + + <p class="lh150 negr g1 mt3">MADRID</p> + <p class="lh150 g1 ws1">PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA</p> + <p class="smaller lh150 g1 ws1">(Sucesores de Hernando)</p> + <p class="sc lh150 g1 ws1">Arenal, 11</p> + <p class="lh150 negr g0">1906</p> +</div> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="tit pt6"> + <p class="fs90 lh200 ws1"><span class="pagenum" id="Page_4">p. + 4</span>EST. TIP. DE LA VIUDA E HIJOS DE TELLO</p> + <p class="fs75 lh200 ws1">IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.</p> + <p class="fs75 lh200 ws1">C. de San Francisco, 4.</p> +</div> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter" id="Ch1"> + <p><span class="pagenum" id="Page_5">p. 5</span></p> + <p class="centra fs150 g1 ws2">MENDIZÁBAL</p> + <hr class="tir"> + <h2 class="nobreak">I</h2> +</div> + +<p>Al anochecer de aquel día, el <i>no sé cuántos</i> de septiembre +del año 35 (siglo <span class="asc">XIX</span>), llegó puntual al +parador de <i>no sé qué</i>, calle de Alcalá, entre la Academia y las +Monjas Vallecas, la diligencia, galerón o quebrantahuesos ordinario +de Zaragoza, que traía los viajeros de Francia por la vía de Olorón y +Canfranc, único portillo que dejaban libre en aquellos tristes días los +porteros del Pirineo, <i>vulgo</i> facciosos.</p> + +<p>No bien pararon las ruedas del polvoriento armatoste, fue cercado de +gentes diversas: por una parte, familia o amigos de los pasajeros; por +otra, intrusos, ganchos o buscones enviados por fondas y posadas. Con +este contingente y los viajeros que iban bajando perezosos, según les +permitían sus remos entumecidos, se formó al instante un apelmazado y +bullicioso grupo. Produjéronse rumores diferentes: aquí salutaciones +cariñosas; allí el restallido del besuqueo y los palmetazos<span +class="pagenum" id="Page_6">p. 6</span> del abrazarse; acullá ofertas +importunas de pupilajes cómodos y baratos. Entre tantos viajeros, solo +uno no tenía quien le esperase: nadie se cuidaba de él ni le decía +<i>por ahí te pudras</i>, como no fueran los moscones de las casas de +huéspedes. Era el tal un joven de facciones finas y aristocráticas, +ojos garzos, bigotillo nuevo, melena rizosa y negra, que sería bonita +cuando en ella entrara el peine y se limpiara del polvo del camino. +Su talle sería sin duda airoso cuando cambiara el anticuado y sucio +vestidito de mahón por otro limpio, de mejor corte. En lo más claro +del grupo quedose como atontado palomino, contemplando el bullanguero +tropel de gente descuidada y ociosa que por la calle a tales horas +discurría. ¡Pobrecillo! Solo y sin maestro ni amigo a quien arrimarse, +se lanzaba en aquel confuso laberinto; sin duda entraba gozoso y +valiente, con la generosa ansiedad del mozuelo de veinte años a quien +ha quitado el sueño y las ganas de comer, en las aburridas soledades +de la aldea, la visión de la corte y de sus placeres y grandezas, tal +y como las aprecian desde lejos los que empiezan a vivir, los que se +hallan en pleno retoñar de ideas tempranas, producto fresco de las +primeras lecturas, de las primeras pasiones, de la ambición primera, +que tanto se parece a la tontería.</p> + +<p>Embobado, como digo, estaba el hombre, contemplando el ir y venir +de vagos bien vestidos, cuando le hizo volver en sí una voz bronca y +desapacible que en el corro gritaba:</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_7">p. 7</span></p> + +<p>—¡Don Fernando Calpena! ¿Quién es don Fernando Calpena?</p> + +<p>—No vocee usted tanto, que yo soy —dijo el mancebo, un tanto +asustadico—. ¿Qué se le ofrece?</p> + +<p>—Véngase conmigo, señor —replicó el otro, como sin ganas de entrar +en explicaciones—. Tengo el encargo de llevar a usted a una casa de +huéspedes.</p> + +<p>—¿Encargo?, ¿de quién?... ¿Se puede saber?</p> + +<p>—Del señor don Manuel, el segundo jefe de la Superintendencia.</p> + +<p>—¿Don Manuel?... A fe que no le conozco.</p> + +<p>Recordando haber oído ponderar lo que abundan en Madrid los +ladrones, pícaros y toda la caterva de gente perdida y maleante, +tuvo Fernandito algo de miedo, y miró con recelo al que parecía, si +no protector, mensajero de desconocidas influencias tutelares; y en +verdad que el pelaje, la carátula y el vocerrón de aquel sujeto no +eran para infundir tranquilidad. El desconocido distinguiríase entre +mil por la pátina de su cara sudosa, afeitada de ocho días; por los +ojos ribeteados de bermellón; por la boca desmedida y los labios con +hemorroides; por los ojos de carnero moribundo; por la ropa, que habría +sido decente en otro cuerpo y en remotas edades; por el sombrero +de copa, que su oficio le obligaba a usar, y era de catorce modas +atrasado. Rasgo final: usaba bastón de nudos con gruesa cachiporra.</p> + +<p>—¿Y el equipaje del señor...?</p> + +<p>—Ya lo han bajado... Vea usted aquel baúl<span class="pagenum" +id="Page_8">p. 8</span> largo, forrado de cabra..., así, con poco +pelo... No podremos llevarlo hasta que no me lo despachen los de la +Aduana.</p> + +<p>—¡Los de la Aduana! —exclamó con visible desdén el de la +cachiporra—. ¡Pues no faltaría más sino que abrieran el cofre del +señor!... Traigo bula para que den paso franco a todo.</p> + +<p>Y al punto se metió por lo más apretado del grupo, repartiendo +codazos a un lado y otro; llegándose al de la Aduana, le dijo no sé qué +frasecillas enigmáticas, y no fue preciso más para que el equipaje del +señor de Calpena quedase libre y exento de toda impertinencia fiscal. +Un momento después don Fernando y su acompañante, precedidos de un +mozo de cuerda con el baúl a cuestas, se alejaban del parador calle +abajo.</p> + +<p>—Estamos a cuatro pasos del domicilio, señor. Esta calle por donde +ahora entramos es la <i>Angosta de Peligros</i>... Aquella de enfrente +es <i>Ancha</i> de lo mismo, a saber: de los peligros. Váyase enterando +si, como parece, es esta la primera vez que viene a los Madriles.</p> + +<p>—Es la primera vez... Por más que rebusco en mi memoria —dijo el don +Fernando caviloso y otra vez inquieto—, no caigo en quién pueda ser ese +don Manuel que ha dado a usted el encargo de recibirme y alojarme.</p> + +<p>—Don Manuel de Azara.</p> + +<p>—¿De Azara?... Ese apellido me suena, sí, me suena..., pero... +vamos, que no le conozco ni le he visto en mi vida, así Dios me la +conserve.<span class="pagenum" id="Page_9">p. 9</span> Y usted..., +¿tendría la bondad de decirme su gracia?</p> + +<p>—Mi gracia, como quien dice, mi nombre es Filiberto Muñoz. Aunque +nací en Consuegra, soy orundio de Extremadura, y...</p> + +<p>—O me equivoco mucho, o es usted de la policía.</p> + +<p>—En ella serví durante los <i>tres años</i>; pero en la <i>ominosa +década</i>, como decimos por acá, quedé cesante, y tuve que arrimarme a +los teatros y a la compañía de Luna para poder vivir malamente. El 33, +no quería reconocer el gobierno la tropelía que se había hecho conmigo; +pero fui repuesto, gracias a que me agarré a los faldones de mi paisano +don Manuel José Quintana, de cuyos padres el mío..., mi padre quiero +decir..., era muy amigo..., o más claro, que le castraba los cochinos, +con perdón de usía... Ea, ya entramos en la calle de Caballero de +Gracia, donde está su alojamiento. Por aquí, señor. Es aquella casa +donde está el reverbero..., dos puertas más allá del quitamanchas. +Ya estamos. El portal es antiguo, pero muy decente, y en él no está +permitido hacer aguas, porque en el principal vive el dueño, que es un +señor consejero, pariente del señor Subdelegado, ya sabe... Olózaga.</p> + +<p>Subieron al segundo piso y penetraron en la casa, que era de +las llamadas de huéspedes, decentísima, lo mejor del ramo, pues en +ella no se entraba más que por recomendación, y rara vez pasaba de +cuatro el número de los favorecidos. Recibioles afablemente el<span +class="pagenum" id="Page_10">p. 10</span> dueño, que ya esperaba al +señor de Calpena, y le llevó derechamente a la habitación que preparada +para él tenía. Hallose el joven en un gabinete muy lindo, en aquellos +tiempos casi lujoso, con alcoba estucada, buenos muebles... Vamos, +que creía ser víctima de un error; que le habían tomado por otro; que +aquel hospedaje y el servicio del polizonte y todo lo que le ocurría +no era por él ni para él. Pero mientras el error durara, juzgaba +práctico aprovecharse. Adelante, pues, con la aventura; siguiera el +<i>quid pro quo</i>, que tiempo habría de que el acaso o la realidad lo +deshicieran.</p> + +<p>Mostrole el patrón todas las partes del aposento, diciéndole:</p> + +<p>—Tengo mi casa montada a la inglesa, conforme a los últimos +adelantos. Vea usted...: cordón para tirar de la campanilla; lavabo +con su cubo, jofaina y demás; alfombrita delante de la cama; percha +con su cortina para resguardar del polvo la ropa...; en fin, progreso, +finura. Y como punto céntrico, no hallará usted nada mejor que esta +casa. Aquí está usted cerca de todo. Dos pasos más arriba, la Red de +San Luis con tanto comercio. En la calle de atrás, la fonda de Genieys; +más abajo el Carmen Descalzo, donde tiene usted misa a todas horas. En +la calle de Alcalá, que es a dos pasos, las Señoras Calatravas, las +Señoras Vallecas, la Embajada inglesa... En fin, cerca tenemos también +las <i>Niñas de Leganés</i>..., la casa de las <i>Siete chimeneas</i>, +que por mi cuenta son ocho, y cuanto bueno hay en Madrid...<span +class="pagenum" id="Page_11">p. 11</span> Para que nada falte, en esta +misma calle tiene usted la casa de baños de Monier, que es, según +dicen, de las mejores de Europa, como que en ella por seis reales puede +un cristiano lavarse... de cuerpo entero.</p> + +<p>Encantado de su vivienda y de su barrio estaba el buen don Fernando, +y aunque ignoraba de dónde y de quién le venían tantas dichas, iba muy +a gusto en el machito, y no pensaba más que en arrear en él mientras +durase la ganga. Por de pronto, urgía pagar al mozo; y en cuanto al +desconocido que salió a encontrarle, no parecía hombre que desdeñara +una gratificación si delicadamente se le ofrecía. De ambas cosas habló +don Fernando a su hospedero, el cual, con aires de gran señor, le +contestó que todo estaba pagado, y que el señor de Calpena no tenía que +ocuparse de nada, como no fuera de pedir por aquella boca cuanto le +dictasen su necesidad y sus antojos.</p> + +<p>«Pues, señor —dijo para sí el mancebo, después de dar las gracias—, +sin duda estoy soñando, o me equivoqué de camino, y en vez de ir a +Madrid, me he metido en Jauja. Porque esto de que le reciban a uno +desconocidos emisarios del diablo o de las mismísimas hadas, y le +saquen el equipaje sin registrar, y le traigan a este lindo aposento, +y no cobren nada, y desaparezcan por escotillón mozos y servidores +cuando uno echa mano al bolsillo para darles la propina..., esto, +vamos, esto que a mí me pasa no le ha pasado a ningún nacido en sus +primeros pasos por<span class="pagenum" id="Page_12">p. 12</span> una +capital grande o chica. Aquí hay algo, y vuelvo a temer que, tras de +tantas venturas, venga una triste y quizás trágica sorpresa. Mucho ojo, +Fernando, y trata de sondear al patrón, que tal vez posea la clave del +acertijo».</p> + +<p>—Siento mucho —dijo en voz alta, sentándose en la butaca y +observando a su patrón de los pies a la cabeza— que haya usted dejado +marchar a ese hombre sin que yo le dé una gratificación por haberme +traído aquí.</p> + +<p>—Déjele usted, que ya, ya se la darán, y más de lo que merece.</p> + +<p>—¿Pero quién, por Cristo?... ¿Por quién vengo yo aquí? ¿En qué manos +estoy?</p> + +<p>—En buenas manos, caballero —afirmó el patrón con sonrisa tan +benévola y franca que el desconcertado joven no tuvo más remedio que +creerle.</p> + +<p>—Ese sujeto, ¿es de la policía?</p> + +<p>—Sí, señor.</p> + +<p>—¿Y por mandato de quién sale a mi encuentro la policía?</p> + +<p>—No sé, señor... Yo que usted, francamente, me cuidaría de coger la +fruta que me cae entre las manos, sin meterme en averiguar quién plantó +el árbol que la da tan rica.</p> + +<p>Calló don Fernando, sin dejar de mirar a su aposentador como se mira +un jeroglífico.</p> + +<p>—Ese hombre se llama Muñoz...</p> + +<p>—Y por mal nombre <i>Edipo</i>, porque fue, según dicen, del +teatro...</p> + +<p>—Pues, la verdad, me disgusta que se haya<span class="pagenum" +id="Page_13">p. 13</span> ido sin que yo le dé siquiera las gracias, +sin obtener de él una explicación de este misterio... ¿Quién le +mandó?... ¿Cómo sabía mi llegada, mi nombre?</p> + +<p>—Él lo explicará cuando vuelva, señor...</p> + +<p>—Al menos, me dirá usted, como dueño de la casa, qué tengo que +pagarle por este cuarto —añadió Calpena impaciente y un tanto +nervioso—. Podría ser que el precio fuese superior a mis recursos y +tuviera yo que buscar alojamiento más arreglado.</p> + +<p>—Si por más arreglado entiende más barato, caballero, no lo +encontrará ni en los cuernos de la luna, que el colmo de la baratura es +el no pagar nada. Quiero decir que...</p> + +<p>—¿Pero quién, señor?... Esto me vuelve loco... ¿Se ríe usted? O +juega conmigo, o aquí hay gato encerrado.</p> + +<p>—¡Encerrado... aquí! Yo le juro al señor que el único que tenemos en +casa, y se llama <i>Zumalacárregui</i>, es un gato de buena crianza, +que no se mete a deshora en las habitaciones de mis huéspedes.</p> + +<p>—Ya que no otra cosa —indicó don Fernando, rindiéndose a la bondad +marrullera del patrón—, dígame usted su gracia, y...</p> + +<p>—Mi gracia es Mendizábal...</p> + +<p>Al oír este nombre se le crisparon los nervios al joven forastero, +que se puso en pie, acercándose al dueño de la casa para verle +mejor y examinarle. Era este de espigada estatura, representando +cincuenta años, de rostro agradable, con patillitas, corbatín, el +cuerpo enfundado en un levitón alto de cuello<span class="pagenum" +id="Page_14">p. 14</span> y larguirucho de faldones. Al verle reír, +entró más en cuidado Calpena, y se aumentaron las confusiones que desde +su novelesca entrada en la Villa del Oso embargaban su espíritu.</p> + +<p>—Me río porque..., verá usted —dijo el patrón—. No es que yo me +llame propiamente Mendizábal. Mi apellido es Méndez. Pero como el +señor don Juan Álvarez y Méndez, el grande hombre que ha venido de las +Inglaterras a meternos en cintura y a salvar al país, se ha variado el +nombre, poniéndose <i>Mendizábal</i>, que tan bien suena, yo...</p> + +<p>—Usted, por no ser menos..., ya.</p> + +<p>—Y digo más: bien podría resultar que don Juan de Dios Álvarez y un +servidor de usted fuéramos parientes, pues Méndez somos los dos: él +hijo de Cádiz, yo de San Roque, frente a Gibraltar. ¿Quién me asegura +que no seamos ramas del mismo tronco? Porque eso que cuentan de que +el señor Álvarez y Méndez no viene de casta de cristianos viejos, es +calumnia, señor; cosas que inventa la maldad del absolutismo para +rebajar a los patriotas... En fin, que como mis compañeros de oficina +ven en mí a un partidario furibundo del señor ministro nuevo, me han +puesto el remoquete de Mendizábal, y así me dejo llamar, y me río..., +me río...</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch2"> + <p><span class="pagenum" id="Page_15">p. 15</span></p> + <h2 class="nobreak g1">II</h2> +</div> + +<p>—Según eso, es usted empleado.</p> + +<p>—Para todo lo que el señor guste mandarme, me tiene de portero en +el Ministerio de Hacienda. Miliciano nacional de artillería en el +glorioso trienio, fui colocado por el señor Feliú. Quedé cesante el 23. +Diez años después, me repuso el señor don Francisco Javier de Burgos, +que entró en Fomento el 21 de octubre del 33. En 7 de febrero del año +siguiente pasé a Hacienda con el señor don José de Imaz; me conservó +en mi puesto el señor conde de Toreno, que entró el 15 de junio, y +allí me tiene usted... Pero estoy entreteniendo al señor más de lo +regular, sin pensar que se aproxima la hora de la cena. Antes querrá +quitarse el polvo del camino y lavarse cara y manos. Voy por agua, pues +creo que tenemos el jarro vacío... Efectivamente... ¡Y tanto que les +encargué...! ¡Cayetana!... ¡Delfina!</p> + +<p>Salió presuroso, llamando a su esposa e hija, y a poco se +presentaron estas con el agua y toallas limpias. Era la patrona +regordeta y vivaracha, bastante más joven que su marido; mala +dentadura, pecho vacuno, que el corsé levantaba a las alturas de la +garganta; el habla gallega, manos de cocinera. La niña, tímida y +rubicunda, habría sido muy bonita si no torciera terriblemente<span +class="pagenum" id="Page_16">p. 16</span> los ojos. Precedíalas el +risueño padre, que, al presentar a la familia, volvió a soltar la vena +de su verbosidad.</p> + +<p>El señor don Fernando traería, según él, buen apetito. Pronto se le +serviría la cena... Casa más sosegada no se encontraba en todo Madrid, +y como no admitían sino huéspedes recomendados, nunca tenían más de +cinco o seis, y a la sazón, por ser verano, tan solo dos, sin contar +al señor don Fernando, los cuales eran personas de mucho asiento y +formalidad. A la hora de la cena les conocería el nuevo huésped, y +trabaría con uno y otro sujeto relaciones cordiales... Dejáronle al fin +para que se lavase, y despojado de su trajecito de mahón, se ocupó el +huésped en sacar del baúl la única ropita decente que traía, y camisa +y corbata, para vestirse con toda la decencia compatible con su escaso +peculio. Durante las operaciones de lavoteo y vestimenta no cesaba de +pensar en la ventura inesperada y misteriosa con que entraba en Madrid, +y entre otras cosas que habrían revelado su confusión si las pasara del +pensamiento a los labios, se dijo:</p> + +<p>«Es mucho cuento este. Se empeña uno en ser clásico, y he aquí que +el romanticismo le persigue, le acosa. Desea uno mantenerse en la +regularidad, dentro del círculo de las cosas previstas y ordenadas, +y todo se le vuelve sorpresa, accidentes de poema o novelón a la +moda, enredo, arcano, <i>qué será</i>, y manos ocultas de deidades +incógnitas, que yo no creí existiesen más que en ciertos libros +de<span class="pagenum" id="Page_17">p. 17</span> gusto dudoso... +Pues, señor, veamos en qué para esto, y Dios quiera que pare en +bien. No las tengo todas conmigo, ni me resuelvo a entregarme a esta +felicidad que me sale al encuentro abriéndome los brazos, pues suelen +los salteadores de caminos disfrazarse de personas decentes y benéficas +para sorprender mejor a los viajeros. Vigilemos, vivamos alerta...».</p> + +<p>Cenando migas excelentes con uvas de albillo, peces del Jarama +fritos, y chuletas a la <i>papillote</i>, hizo conocimiento con los +dos huéspedes que la suerte le deparaba por compañeros de vivienda, +y en verdad que tal conocimiento fue un nuevo halago de la escondida +divinidad que tan visiblemente le protegía, porque ambos eran +agradabilísimos, instruidos, graves y de perfecta educación. El uno +frisaba en los cincuenta años, y en las primeras frases del coloquio se +declaró manchego y patriota. Su locuacidad no molestaba; antes bien, +instruía deleitando, porque narraba los sucesos y exponía las opiniones +con singular donaire y una prolijidad pintoresca. Debía de tener muchas +y buenas amistades con personas en aquel tiempo de gran viso, porque al +nombrarlas empleaba casi siempre formas familiares.</p> + +<p>Cuando Delfinita le servía las truchas, volviose a ella con viveza, +diciéndole:</p> + +<p>—No me han enterado ustedes de que hoy estuvo aquí Salustiano dos +veces.</p> + +<p>—¡Ah!, sí..., no me acordaba... —replicó la niña de la casa—. ¡Y que +no se puso poco enojado<span class="pagenum" id="Page_18">p. 18</span> +la segunda vez, porque usted no estaba!</p> + +<p>—¡Si ya le he visto, criatura! Por fin dio conmigo en el Café Nuevo, +donde me había citado mi tocayo Nicomedes para leerme dos artículos de +filosofía, una comedia en verso y un proyecto de Constitución...</p> + +<p>—Dispénseme —dijo Calpena, que pronto empezó a tomar confianza—: ese +Salustiano, ¿es Olózaga?</p> + +<p>—El mismo. Le nombran gobernador de Madrid...</p> + +<p>—Subdelegado —apuntó el otro huésped, de quien se hablará después—, +que así se llaman ahora.</p> + +<p>—Tanto monta, amigo Hillo... La denominación que se adoptará como +definitiva es la de <i>jefes políticos</i>. Por de pronto, empleemos la +acepción que más fácilmente comprende el pueblo: <i>gobernadores</i>... +Pues pretende Salustiano llevarme de secretario; pero... no en mis +días. Mientras yo no vea clara la situación, mientras no vea un +Gabinete decidido a marchar adelante, siempre adelante, enarbolando +resueltamente la bandera del progreso, no me cogen, no me cogen... +Nicomedes piensa lo mismo...</p> + +<p>—Oí decir esta tarde en el despacho de los toros —indicó tímidamente +el segundo huésped— que sería secretario ese joven, tocayo de usted, +que acaba de citar... Pastor.</p> + +<p>—Atrasados están de noticias en el despacho de toros, mi querido +Hillo. Será secretario del Gobierno de Madrid mi amigo Manolo +Bretón.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_19">p. 19</span></p> + +<p>—¿El poeta..., el autor de <i>Marcela</i>? —preguntó Calpena con +vivo interés.</p> + +<p>—El mismo. Y añadiré que a mí me lo debe —afirmó con cierta fatuidad +de buen tono el que llamamos <i>primer huésped</i>, y ahora don +Nicomedes.</p> + +<p>Conviene declarar, ante todo, que no es Pastor Díaz. El huésped +de la casa de Méndez no ha pasado a la historia, aunque en verdad +lo merecía, por la agudeza de su entendimiento y la variedad de sus +estudios. Menos años contaba entonces el Nicomedes que después adquirió +celebridad como político y publicista: ambos se hallaban ligados por +estrecha y cordial amistad. El más joven hizo carrera literaria y +política; el más viejo se fue a la Habana en tiempo del general Tacón, +y murió de mala manera bajo el mando de Roncali. Apenas ha dejado +rastro de sí, como no sea el descubierto con no poca diligencia por el +que esto refiere; rastro apenas visible, apenas perceptible en el campo +de la historia anónima, es decir, de aquella historia que podría y +debería escribirse sin personajes, sin figuras célebres, con los solos +elementos del protagonista elemental, que es el macizo y santo pueblo, +la raza, el <i>fulano</i> colectivo.</p> + +<p>Bueno. Diré algo abora del segundo huésped, clérigo enjuto y +amable, que entraba siempre en el comedor tarareando, y a veces +tocando las castañuelas con los dedos, lo que no quiere decir que +fuera un sacerdote casquivano, de estos que no saben llevar con decoro +el sagrado hábito que visten. La jovialidad<span class="pagenum" +id="Page_20">p. 20</span> del bonísimo don Pedro Hillo, natural de +Toro, era enteramente superficial, y a poco que se le tratara, se le +veían las tristezas y el amargo desdén que le andaba por dentro del +alma, como una procesión interminable. Por lo demás, no se ha conocido +hombre de costumbres más puras ni en la clase eclesiástica ni en la +civil; hombre que, si no derramaba el bien a manos llenas, era porque +no se lo permitía su mediano pasar, cercano a la pobreza; incapaz de +ofender a nadie de palabra ni de obra; comedido en su trato; puntual en +sus obligaciones; religioso de verdad, sin aspavientos. No tenía más +falta, si falta es, que gustar locamente de las funciones de toros. Su +principal ciencia, entre las poquitas que atesoraba, era el entender +del arte del toreo y mostrar profundo conocimiento de sus reglas, +de su historia, y poder dar sobre tales materias opiniones que los +devotos del cuerno oían como la palabra divina. Pero dígase en honor +de don Pedro Hillo que, lejos de la intimidad con otros taurófilos, no +alardeaba de su conocimiento, ni usaba nunca los groseros terminachos +que suelen ser lenguaje propio de esta singular afición. Como se +disimula un ridículo vicio, disimulaba el buen curita su autoridad en +materia de quiebros, pases y estocadas.</p> + +<p>Y para que se vea un ejemplo más de las complejidades del humano +espíritu, sépase que a este saber de cosas triviales unía don Pedro +otro de más sustancia. Era un apreciable retórico, de la escuela de +Luzán y<span class="pagenum" id="Page_21">p. 21</span> Hermosilla; +había practicado durante más de veinte años el magisterio del arte +de hablar bien en prosa y verso, y orgulloso de estos conocimientos, +trataba de lucirlos siempre que podía.</p> + +<p>Se ignora por qué dejó el bueno de Hillo, primero su cátedra del +Colegio Mayor de Zamora, después el cargo de preceptor de los niños +del señor duque de Peñaranda de Bracamonte. Lo que sí se ha podido +averiguar es que en septiembre de 1833 pretendía una cátedra de la +Universidad Complutense, y que en aquella fecha llevaba año y medio de +inútiles pasos y gestiones sin obtener más que buenas palabras. Eso sí: +ni se cansaba de pretender, ni los desaires y aplazamientos marchitaban +sus ilusiones, ni le rendía el fatigoso y tristísimo <i>vuelva usted +mañana</i>.</p> + +<p>Dígase también, para completar la figura, que don Pedro profesaba +o fingía, en política, un escepticismo inalterable, rara condición en +aquellos tiempos de lucha. Conocimiento y amistad tenía con personas +de una y otra bandera; pero de nada le valían, sin duda por causa de +su timidez, o por la vaguedad de sus opiniones, que tal vez le hacía +sospechoso a tirios y troyanos. Los patriotas le miraban con recelo +creyéndole arrimado al carlismo, y la gente templada le tenía por +afecto a las logias. Por esto decía él, empleando la palabra griega que +significa moraleja: «<i>Epimicion</i>: quien navega entre dos aguas, no +llega nunca a una cátedra».</p> + +<p>El primer huésped, don Nicomedes Iglesias<span class="pagenum" +id="Page_22">p. 22</span> también pretendía; mas no era fácil traslucir +el objeto de sus desatentadas ambiciones. Cosa extraña: Hillo hablaba +poco, y sus propósitos y deseos se traslucían a las primeras palabras. +Por los codos hablaba Iglesias, y después de oírle perorar tres horas +con gracia y facundia prodigiosas, nadie sabía lo que pensaba, ni qué +planes o enredos se traía. No disimulaba el radicalismo de sus ideas, +el cual no era obstáculo para que cultivase el trato de casi todas +las notabilidades de aquella turbulenta generación, siendo su mayor +intimidad con los exaltados. Toda la tarde estaba fuera de casa, menos +cuando daba cita en ella a un par de compinches, pasándose las horas +muertas de conciliábulo a puerta cerrada. Después de cenar se echaba +invariablemente a la calle, y no volvía hasta la madrugada; levantábase +a la hora de comer, y al encontrarse en la mesa con su amigo don Pedro, +bromeaban un rato. El presbítero tenía siempre algo que decir de las +nocturnidades de su compañero; pero sin traspasar nunca los límites de +una discreta confianza inofensiva:</p> + +<p>—¿Qué hay por la <i>casa de Tepa</i>?... Anoche, amigo Nicomedes, +debieron ustedes tratar de ir disolviendo juntitas, para que no se +enfade don Juan de Dios Álvarez... Mucho tuvieron que discutir anoche +los del <i>rito escocés</i>, porque entró usted cerca de las cuatro... +¿Y qué se sabe del ínclito Aviraneta? ¿Le sueltan, o le hacen ministro, +o le ahorcan?</p> + +<p>Contestaba el otro a estas pullas inocentes<span class="pagenum" +id="Page_23">p. 23</span> con gracia y mesura, sin soltar prenda, ni +clarearse más de lo que le convenía. Desde la primera cena simpatizó +Calpena con sus dos compañeros de casa, y singularmente con el clérigo +Hillo. El agrado que la conversación de este le causaba aumentó tan +rápidamente que al segundo día eran amigos, y ambos creían que su +trato databa de larga fecha. Verdad que los dos eran clásicos en lo +literario, templados o neutrales en lo político, de pacífico y blando +genio, amantes de la regularidad y del vivir manso, sin emociones; +semejanza que un atento observador habría podido apreciar, no obstante +las diferencias que la edad marcaba en uno y otro. Había, sin embargo, +momentos en que Calpena se expresaba como un viejo, y don Pedro como un +muchacho.</p> + +<p>El segundo día de hospedaje, desayunándose juntos, hablaron de +política, que era en aquel tiempo la usual, la obligada comidilla, lo +mismo al almuerzo que a la cena.</p> + +<p>—¿Qué le parece a usted, amigo don Fernando? —dijo Hillo—. +¿Nos cumplirá ese señor Mendizábal todo lo que nos ha prometido? +Porque ya ve usted si ha venido con ínfulas. Que acabará la guerra +carlista en seis meses, y que para entonces no veremos un faccioso +ni buscándolo con candil. Que pondrá término a la anarquía, cortando +el revesino a todas las juntas. Que arreglará la Hacienda, y pronto +rebosarán las arcas del Tesoro. Que hará de la España una nación tan +grande y poderosa como la Inglaterra, y seremos todos felices,<span +class="pagenum" id="Page_24">p. 24</span> y nos atracaremos de libertad +y orden, de pan y trabajo, de buenas leyes, justicia, religión, +libertad de imprenta, luces, ciencia, y, en fin, de todo aquello que +ahora no comemos ni hemos comido nunca.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch3"> + <h2 class="nobreak g1">III</h2> +</div> + +<p>—Yo, amigo Hillo, no entiendo este endiablado Madrid, ni puedo darle +a usted una opinión sobre lo que me pregunta. Aún no he tomado tierra. +Ahora vengo de Francia, y allí, puedo asegurarlo, los españoles que he +conocido se hacen lenguas del señor Mendizábal, y ven en él a un hombre +extraordinario, providencial, que ha de regenerar la España.</p> + +<p>—¡Viene usted de Francia! —exclamó Hillo picado de curiosidad +ardiente—. Y en Francia ha dejado a sus padres...</p> + +<p>—Yo no tengo padres. No los he conocido nunca.</p> + +<p>—Entonces tendrá usted tíos.</p> + +<p>—Tampoco. Yo me crié en Vera, en casa de un sacerdote, que murió +hace tres años. Sus hermanos me mandaron a París, a una casa de +comercio. Un año he vivido en la capital de Francia. Después pasé a +Olorón...</p> + +<p>—Pero es usted español, seguramente.</p> + +<p>—Creo que sí..., digo, sí: español soy.</p> + +<p>—Habla usted nuestra lengua con gran corrección.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_25">p. 25</span></p> + +<p>—Lo mismo hablo el francés.</p> + +<p>Más avivada a cada momento la curiosidad del buen clérigo, arreció +en sus preguntas:</p> + +<p>—Y dígame, si no hay inconveniente en que yo lo sepa: ¿viene +usted a estudiar una carrera, o a ocupar una placita en nuestra +administración?</p> + +<p>—Vengo a buscarme una manera de vivir honrada y modesta.</p> + +<p>—¿Tiene usted aquí familia, parientes, amigos...?</p> + +<p>—No lo sé... Creo que no..., creo que sí.</p> + +<p>—Traerá usted cartas de recomendación.</p> + +<p>—No, señor... Mis tíos (y llamo tíos al hermano y parientes del cura +de Vera, en cuya casa me he criado) enviáronme a Madrid, sin decirme +más que lo que va usted a oír: «Anda, hijo, que aquí no saldrás nunca +de la pobreza oscura, y allá..., allá puedes encontrar protecciones +donde y cuando menos lo pienses». Me hicieron el equipaje con la poca +ropa que tenía, me costearon el viaje, diéronme algo para los primeros +días, y aquí me tiene usted...</p> + +<p>—Esperándolo todo de la suerte, de lo desconocido... ¡Ah, señor de +Calpena, usted pitará! No le faltarán contratiempos, afanes; pero no es +usted, me parece, de los que se ahogan en este piélago. Y dígame otra +cosa: ¿ese buen párroco de Vera...?</p> + +<p>—Un gran humanista, señor, más versado en los clásicos latinos y +griegos que en Teología y Cánones.</p> + +<p>—Bien se le conoce a usted, en su manera<span class="pagenum" +id="Page_26">p. 26</span> de expresarse, la sabia mano que le ha +pulimentado.</p> + +<p>—Sabía mucho mi padrino —dijo don Fernando con tristeza—; y aunque +él se esforzó en darme todo su saber, yo no he tomado sino parte +mínima.</p> + +<p>—¿Modestia tenemos? Pues a mí me da en la nariz, señor don +Fernandito, que usted ha de ser un grande hombre. Este tarambana de +Nicomedes me aseguraba ayer que el porvenir será de los románticos, así +en literatura como en política. Yo sostengo lo contrario. La sociedad +se va hartando de contorsiones y de hipérboles, y el clasicismo, la +corrección, la serenidad, la devoción de las buenas reglas, han de +gobernar el mundo. ¿No cree usted lo mismo?</p> + +<p>Don Fernando, profundamente abstraído, fijaba sus ojos en el ya +vacío pocillo de chocolate.</p> + +<p>—Yo no puedo tener opinión, no acierto aún a formar juicio de nada +—murmuró al fin—: soy un chiquillo.</p> + +<p>—Pues lo dicho... No sé por qué me figuro que entrará usted en +esta diabólica villa con pie derecho. En todas las cosas y casos de +la vida..., esto es observación mía, que no me falla..., los primeros +pasos dan la norma de la suerte total.</p> + +<p>—Pues si es así, amigo Hillo —dijo Calpena, revelando en su +agraciado rostro más confusión que alegría—, yo he de ser el niño +mimado de la fortuna, porque en mis primeros pasos en Madrid no piso +más que flores.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_27">p. 27</span></p> + +<p>Bien, hombre, bien: hay hombres predestinados a la dicha, como los +hay al sufrimiento, y de estos, alguno conozco yo, sí, señor, y más de +lo que quisiera... Y puedo asegurarle que no siento envidia de usted, +siendo, como soy, desgraciado <i>a nativitate</i>. Créame: el suelo que +yo piso es todo abrojos y guijarros cortantes... Pero ando..., ando +siempre, y adelante. Lo repito: no soy envidioso, y cuando veo a un +hombre con suerte, me alegro, le doy mis plácemes, y digo: «Bendito sea +Dios, que, por hacer de todo, también hace seres felices».</p> + +<p>—No estoy yo seguro de serlo, ni me fío de estas venturas, que bien +podrían ser engañosas, traicioneras.</p> + +<p>—No digo que no... Pero cuando viene la dicha, hay que tomarla +sin remilgos. La Fortuna, deidad caprichuda, descaradota, se muestra +más liberal con los que no se asustan de sus favores. Los modestos +y encogiditos no le entran por el ojo derecho. Sea usted arrogante, +acometedor; confíe en sí mismo y en su estrella; láncese sin miedo, +<i>arrancando</i>, a toda clase de empresas, ya políticas, ya +literarias, ya mercantiles, que de fijo en todas alcanzará la meta. +Ejemplos, aunque no muchos, tiene usted aquí de hombres privilegiados +que nacieron en la mayor humildad, y luego, mansamente, sin hacer +nada por sí, se ven levantados del polvo y conducidos por manos de +ángeles a los cielos de la prosperidad y de la gloria. Vea usted a este +señor de Mendizábal, que se nos<span class="pagenum" id="Page_28">p. +28</span> ha entrado por las puertas de España. Le encargaron a +Inglaterra para ministro de Hacienda, como se encargan los niños a +París, y por llegar, con la sola fuerza de su desahogo, que se impone +a todo el mundo, se ha calzado la Presidencia del Consejo y cuatro +ministerios. ¿Y quién es Mendizábal? Un hombre sin estudios, que no +aprendió más que a leer y escribir, y algo de cuentas. ¿Pues qué es +esto más que suerte? Y los afortunados, ¿qué son sino hombres que se +pasan el mundo por debajo de la pata, y han tirado la modestia y los +miramientos como se tira la careta de trapo que molesta y acalora el +rostro?</p> + +<p>—No estamos conformes —dijo don Fernando, más comedido en sus pocos +años que el viejo Hillo— en esa manera de apreciar las causas del éxito +en la vida pública. Además, no admito que el señor Mendizábal sea +hombre tan ignorante, ni que carezca de autoridad para desempeñar uno, +dos o media docena de ministerios. Cierto que no sabe latín; pero es +muy práctico en asuntos mercantiles. Dígame usted, con la mano puesta +en el corazón, si cree que para gobernar a los pueblos es indispensable +tratar de tú a Horacio y Virgilio.</p> + +<p>—¡Qué sé yo!... Una pasadita de Cicerón no les viene mal a los +señores que andan en la política. Pero, en fin, concedo...</p> + +<p>—Preveo el argumento que usted va a emplear ahora mismo, y me +anticipo a refutarlo.</p> + +<p>—Bien, hombre, bien —dijo gozoso don Pedro,<span class="pagenum" +id="Page_29">p. 29</span> sintiéndose maestro de Humanidades—. Ha +empleado usted con verdadera elegancia una forma de raciocinio que +los retóricos llamamos <i>prolepsis</i>... Eso es: anticiparse a la +objeción, prevenir los argumentos del contrario, refutarlos antes que +los emita...</p> + +<p>—Justamente; y usted ahora, con maestría indudable, ha empleado la +<i>expolición</i> o <i>amplificación</i>...</p> + +<p>—Que también llamamos <i>conmoración</i>..., ¿no es eso?</p> + +<p>—Y que cuando degenera en abuso se denomina <i>tautología</i> +y <i>perisología</i>... Volviendo a mi <i>prolepsis</i>, prosigo. +Usted me dirá que, si no es necesario saber latín para regir a las +naciones, tampoco estriba la ciencia de gobierno en el arte o manejo +de los negocios mercantiles; es decir, que si mal nos gobiernan los +humanistas, no lo harán mejor los comerciantes.</p> + +<p>—Efectivamente.</p> + +<p>—A eso respondo que el señor Mendizábal no es un simple mercader, +de esos que compran y venden géneros: es, si se me permite decirlo +así, comerciante político, y no me busque usted en este concepto la +<i>anfibología</i>, que no la hay. Comerciante político quiere decir: +el que entiende de manejar el crédito de los países y distribuir su +Hacienda, de imponer y recaudar tributos...</p> + +<p>—El señor Mendizábal era el año 23 un traficante gaditano; menos +aún, dependiente en la casa del señor Bertrán de Lis, y se metió a +contratista de las provisiones del ejército,<span class="pagenum" +id="Page_30">p. 30</span> con lo cual hizo su pacotilla en pocos +años.</p> + +<p>—Sus opiniones avanzadas y la viveza de su genio, le arrastraron a +la empresa de abastecer al ejército y marina en condiciones tales, que +su servicio fue, más que negocio, un caso de abnegación y patriotismo. +Todavía no se han liquidado aquellas cuentas, y las ganancias de don +Juan de Dios, si las tuvo, están aún en poder de la nación.</p> + +<p>—Porque usted lo dice lo creo... Persona de mi mayor confianza me +ha contado a mí que Mendizábal, allá por el año 20, era en Cádiz un +muchachón alborotado, bullanguero, de una intrepidez loca para las +aventuras políticas. Él y otros tales no hacían más que conspirar +en logias y cuarteles para que volviese la Constitución del 12, y +destronar al rey o convertirlo en un monigote.</p> + +<p>—Es verdad.</p> + +<p>—Y que trabajó por la bandera que defendían Riego, Arco, Agüero, +Quiroga...</p> + +<p>—También es cierto. Todas aquellas trapisondas salían de la +masonería, que ahora es una vieja pintada, y entonces era una +mocetona llena de vida y seducciones, con las cuales enloquecía a la +juventud.</p> + +<p>—No me disgusta la imagen, señor mío. Adelante.</p> + +<p>—En Cádiz existía lo que llamaban el <i>Soberano Capítulo</i> y el +<i>Sublime Taller</i>, y qué sé yo qué. De estos talleres y capítulos +salían las conspiraciones para sublevar el ejército y derrocar la +tiranía; de allí las trifulcas, las asonadas, los ríos de sangre... +Mendizábal<span class="pagenum" id="Page_31">p. 31</span> era masón, +que en aquel tiempo era lo mismo que decir <i>político</i>. Si quiere +usted más noticias, pídaselas a don Antonio Alcalá Galiano, que anduvo +con él en aquellos trotes; al señor Istúriz, a don Vicente Bertrán de +Lis...</p> + +<p>—De donde se deduce, amigo Calpena —dijo el clérigo suspirando +fuerte—, que el que pretenda en estos tiempos ser algo o conseguir +alguna ventaja, aunque esta le corresponda de justicia, y lo intente +sin agarrarse previamente a los faldones o a las faldas de esa gran púa +de la masonería, es un simple o un loco.</p> + +<p>—No diré yo tanto. Las cosas son como son.</p> + +<p>—Tenga usted presente que hay logias liberales y logias +absolutistas. Las primeras conspiran; las segundas también. Unas y +otras introducen individuos suyos en la contraria, fingiéndose amigos, +para sorprender secretos.</p> + +<p>—Si, sí; y se pelean en las tinieblas de los ritos nefandos. De las +unas salen los ejércitos sediciosos, que todo lo destruyen y profanan; +de las otras los tribunales sanguinarios que levantan la horca. Así +vive España..., hoy te fusilo, mañana te ahorco.</p> + +<p>—Y vea usted. Si el 24 hubiera sufrido don Juan de Dios la suerte +de su compinche Riego, hoy no tendríamos la dicha de que ese señor nos +arreglara la Hacienda, y nos hiciera juiciosos y ricos.</p> + +<p>—Porque escapó a Inglaterra.</p> + +<p>—Le llamaba la banca más que la política.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_32">p. 32</span></p> + +<p>—Se estableció en un país grande y libre, donde forzosamente había +de aprender muchas cosas solo con tener ojos y ver, solo con tener +oídos y oír.</p> + +<p>—Sí, porque en los libros me parece que poco aprende su ídolo de +usted. Le llamo así porque veo, amigo Calpena, que es usted de los +devotos furibundos del <i>hombre nuevo</i>, y que conoce su vida y +milagros, entendiendo por milagro lo que dicen ha hecho en Portugal.</p> + +<p>—Algo sé del señor Mendizábal... Más de lo que usted piensa.</p> + +<p>—¿Andan por el extranjero biografías del grande hombre?</p> + +<p>—No he leído ninguna.</p> + +<p>—¿Pues quién se lo ha contado?</p> + +<p>—Él mismo.</p> + +<p>—¡Le conoce usted..., le trata!</p> + +<p>Al ver en el rostro de Calpena la sonrisa plácida y el movimiento +afirmativo con que a su pregunta respondía, Hillo se quedó suspenso +de estupor, de admiración... No daba crédito a tan inaudito caso de +precocidad. ¡Tan joven, y haber tratado a Mendizábal, charlar con +él, quizás poseer su confianza! Desde aquel momento vio el clérigo +en su amiguito un ser extraordinario, misterioso. Aumentaban su +fascinación la procedencia extranjera del joven; el no saberse +quién era; la atención y exquisitos cuidados que le prodigaban los +patrones, recatando sigilosamente el nombre de las personas que habían +recomendado al nuevo huésped; la educación<span class="pagenum" +id="Page_33">p. 33</span> exquisita de este; su aire, belleza y modales +aristocráticos... y, sobre todo, haber tratado a Mendizábal, y oír de +él mismo la narración de episodios históricos y lances personales. Don +Pedro se levantó de su asiento impulsado de la sorpresa, que como un +resorte le movía, y dio pasos desordenados, repitiendo:</p> + +<p>—¡Le conoce, le ha tratado!... Dígame, cuénteme: no deje que me +abrase la curiosidad.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch4"> + <h2 class="nobreak g1">IV</h2> +</div> + +<p>—Allá voy —dijo Calpena indicando a su amigo que se sentara—. +Paréceme haber contado a usted que los hermanos de mi padrino me +mandaron a París a instruirme en el comercio y la banca. Empecé a +trabajar, digo, a aprender, en la casa de comisión de Reischoffen y +Bloss, alsacianos, donde solo estuve tres meses, pasando después a la +célebre casa de banca de Ardoin, que opera por millones de millones, y +hace empréstitos a las naciones apuradas, negociando con los estados +y con los reyes, con los gobiernos y hasta con las revoluciones. En +fin, esto es largo de contar. Allí estaba yo muy bien. Llevaba toda la +correspondencia de la América española; me daban regular sueldo, y el +principal me distinguía y me trataba con mucho miramiento. Un día de +febrero vimos entrar<span class="pagenum" id="Page_34">p. 34</span> a +un señor alto y bien parecido, de ojos negros, cabello rizado, patillas +cortas, muy elegante y pulcro. Al punto corrió la voz entre los +dependientes:</p> + +<p>—Es Mendizábal, el gran Mendizábal, el restaurador de la Monarquía +legítima en Portugal...</p> + +<p>Entró en el despacho del barón, nuestro jefe, y a la media hora este +me llamó...</p> + +<p>—Para presentarle al señor don Juan de Dios.</p> + +<p>—No, señor: para mandarme que le acompañara por las calles de +París, que yo conocía perfectamente, y el señor Mendizábal no. Tenía +que ir a la casa Erlanger, <i>rue Drouot</i>, muy cerca de la nuestra, +<i>Chaussée d’Antin</i>. Cojo mi sombrero, y me pongo a la disposición +del hombre grande, en cuya compañía salí muy orgulloso. Por la calle +me hizo mil preguntas: quién era yo, cómo se llamaban mis padres, +cuánto tiempo llevaba de residencia en París y de aprendizaje en casa +de Ardoin. Yo le contesté como pude, y al llegar a las oficinas de +Erlanger me mandó esperar para que le condujese a otra parte.</p> + +<p>—Nada, que le cayó usted en gracia —dijo Hillo restregándose las +manos—. Así se empieza, así.</p> + +<p>—Al salir de la visita me preguntó si sabía yo cuál era la mejor +casa de París en guantes y perfumería, y le indiqué Damiani, en el +boulevard Saint-Denis. Tomó el hombre un coche de alquiler, que allí +llaman <i>fiacre</i>, y fuimos de compras. Debo decirle a usted que es +algo presumido, y que gusta de acicalarse y lucir su buena figura. De +la guantería<span class="pagenum" id="Page_35">p. 35</span> fuimos +a comprar un maletín de mano para viaje, con muchos compartimientos +y algún secreto para papeles reservados. Compró también un calzador, +tirantes y algunas otras baratijas que no recuerdo. Dejome en mi +escritorio, y él se fue a su hotel, en la <i>rue de l’Arcade</i>, +mostrándose en la despedida tan fino y al propio tiempo tan llano, que +yo estaba encantado. Díjome que, siempre que no le convidasen, comería +en el Palais Royal, en casa de Very, y se dignó invitarme, excusándome +yo todo turbado y confuso.</p> + +<p>—Esto se llama caer de pie, amigo mío, o nacer en Jueves Santo. Siga +usted, que me parece que aún falta algo.</p> + +<p>—Verá usted. A los dos días mandó un recado a mi principal, +pidiéndole un buen amanuense español que escribiese corrido, con +buena letra y mejor criterio. El barón me eligió a mí, y aquí me +tiene usted, encerrado con el señor Mendizábal en una cómoda estancia +del hotel <i>Meurice</i>, los dos frente a frente, con una mesa por +medio, él dictando y yo escribiendo. Hombre más incansable no he visto +en mi vida. Cinco horas me tuvo con la pluma en la mano. Dictó una +larguísima carta a Martínez de la Rosa, otra al Conde de Toreno, y dos +o tres a personas para mí desconocidas. Él estaba en bata, una bata +elegantísima, y zapatillas de terciopelo, con las que lucía su pie +pequeño, que parece de mujer. Casi era preciso escribir taquigrafía +para poder seguirle. Expresaba su pensamiento con rapidez; rectificaba +pocas veces;<span class="pagenum" id="Page_36">p. 36</span> no se +paraba en el estilo; iba derecho al asunto y a la idea, sin cuidarse +de la forma. Mandome volver al día siguiente, y me dictó tres o cuatro +decretos, uno de ellos suprimiendo las órdenes religiosas y haciendo +tabla rasa de todos los frailes, monjas, clérigos y beatas que hay en +estos reinos, estableciendo la reversión de todos los bienes al Estado +para venderlos... y ¡qué sé yo!</p> + +<p>—¡María Santísima! Pero eso sería broma.</p> + +<p>—¿Broma? Ya verá usted las que gasta ese sujeto. No habíamos +concluido aquella degollina de frailes y la repartición de sus +riquezas, cuando entró un señor inglés, que debía de ser diplomático, +pariente, sobrino, hijo quizás del embajador en Madrid, que no sé cómo +se llama.</p> + +<p>—<i>Mister</i> o <i>sir</i> Jorge Williers. Adelante.</p> + +<p>—Y hablaron en inglés, y no entendí una palabra... Bueno: pues en +esto son anunciados tres españoles, y don Juan les manda pasar. ¡Ay, +qué alegría, qué abrazos, qué tarabillas, hablando todos a un tiempo! +Evocaban recuerdos de la juventud, alababan lo pasado, denigraban lo +presente con saña y cuchufletas... La conversación fue continuada +en castellano, después de hacer Mendizábal con gran ceremonia la +presentación del inglés a los españoles, y viceversa. Pregunté al +señor don Juan si debía retirarme, y me mandó que me quedara, lo que +me supo muy bien. ¡Qué gusto estar mano a mano con aquellos señorones, +calladito, oyendo todo lo que decían, que era sabroso, picante y muy +instructivo,<span class="pagenum" id="Page_37">p. 37</span> pues +yo poco o nada sabía de España! Mandó don Juan al mozo que sirviese +vino de Porto, y con esto las lenguas se soltaron aún más de lo que +estaban.</p> + +<p>—Recordará usted los nombres de esos tres españoles, que de fijo +hablarían pestes de su patria.</p> + +<p>—Los nombres no los recuerdo; las caras, sí: de seguro son +personajes de acá, y puede que alguno esté hoy en candelero. El uno +puso de vuelta y media a ese Martínez de la Rosa; el otro no dejó hueso +sano al conde de Toreno, que entonces era ministro, y el tercero le +hincó el diente venenoso a la reina Cristina y a su marido don Fernando +Muñoz.</p> + +<p>—¡Lástima que usted no se fijara en los nombres!</p> + +<p>—Continúo. Pues hablando, hablando de lo revuelto que está todo, +de lo mal que gobiernan los que gobiernan, de las cosas gordas que +se preparan, la conversación recayó en los asuntos de Portugal, y +uno de ellos dijo que en Lisboa había salido un folleto poniendo +de oro y azul a Mendizábal, y negando que tuviera arte ni parte en +la restauración de doña María de la Gloria. Armose entonces gran +tremolina. Don Juan Álvarez daba golpes en el brazo del sillón, +acusando de envidiosos y calumniadores a algunos españoles residentes +en Portugal; indignose el inglés, echando venablos en su lengua, y los +otros atribuían todo a intrigas de los <i>moderados</i> (no sé qué +gente es esta que aquí llaman <i>moderada</i>), por arrojar lodo a +la figura<span class="pagenum" id="Page_38">p. 38</span> del grande +hombre que se indicaba ya como el único que podía enderezar al país. +No sé cuál de ellos manifestó no estar al corriente de lo de Portugal, +por haber vivido fuera de la península durante los años de aquellas +tremolinas... (paréceme que el tal es militar y de los que aquí llaman +<i>ayacuchos</i>), y entonces don Juan Álvarez, a instancias de todos, +refirió puntualmente las grandes empresas a que prestó su auxilio.</p> + +<p>—Y se despacharía a su gusto, abultando los peligros, y +presentándose como enviado de la Providencia divina.</p> + +<p>—Solo puedo asegurarle a usted que en lo que relató se ve la verdad, +así como una energía pasmosa, fecundidad de arbitrios, recursos +ingeniosos, entusiasmo para encender más la voluntad, maña para suplir +a la fuerza. Lo que sí me pareció notar es que el buen señor se regodea +contando sus empresas: gusta de hablar de sí mismo, y de hacer ver +que sin él no se hubiera hecho nada, lo que en muchos casos parecía +verdad.</p> + +<p>—Psh..., todo se redujo a proporcionar a don Pedro un empréstito... +Sin dinero no se hacen revoluciones. Mendizábal, por su metimiento en +las casas mercantiles de Londres, fácilmente levantaba fondos para +quitar y poner reyes. Si para echar a los reyes se necesita dinero, el +volver a traerlos cuesta mucho más. No anda sin unto el carro de las +restauraciones.</p> + +<p>—Perdone usted. Mendizábal hizo bastante más que proporcionar a don +Pedro los cuartejos<span class="pagenum" id="Page_39">p. 39</span> que +necesitaba. Ya comprende usted que mientras el grande hombre refería +sus hazañas, yo ni le quitaba ojo ni perdía silaba. Todo lo oí, y se me +ha quedado bien presente... Hizo verdaderos prodigios, y se mostró gran +financiero, gran político, y hasta gran militar, con unas facultades +de organización que ya las quisieran más de cuatro... Don Pedro y su +hija se habían refugiado en las islas Terceras, y allí pasaban su +triste vida mirando al cielo, esperando su salvación de la Providencia. +Pero esta no les hacía maldito caso, y los ingleses, a quienes el buen +emperador brasileño pedía recursos, no soltaban ni un chelín. En una +de sus excursiones a Londres, el aburrido Don Pedro y Mendizábal se +conocieron. Don Juan le dio alientos; le indujo a perseverar en su +empresa, minando la tierra para procurarse hombres y pecunia, ambas +cosas necesarias para conquistar reinos, y empezó por facilitarle un +empréstito de la casa Ardoin, mi casa, señor Hillo, la casa donde fui +triste aprendiz con ciento cincuenta francos de sueldo al mes... Cien +mil libras esterlinas entraron en el bolsillo de don Pedro, y con ellas +renació la esperanza de sentar en el trono a la niña. El hombre se +metió de hoz y de coz en la causa portuguesa, y no habría hecho más si +doña María de la Gloria fuera su propia hija.</p> + +<p>—Bien, bien: así han de ser los hombres.</p> + +<p>—En un santiamén compró dos fragatas por cuenta de la Regencia, que +tal era el gobierno<span class="pagenum" id="Page_40">p. 40</span> +constituido por don Pedro en la capital de las Terceras. Advierta +usted que en estas compras empleaba sus recursos, sin más garantía que +una palabra del emperador. Adquiridos los barcos, agenció en la City +más dinero, más, y en seguida, a buscar hombres, soldados. Mientras +en las Terceras se organizaban unos seis mil, en Plymouth, puerto de +Inglaterra, se alistaban más. Mendizábal, que en todos estos asuntos +ponía siempre una vehemencia y un ardor increíbles, y así lo declara +él mismo, no tenía sosiego... Creo yo que las empresas políticas le +seducen, le enloquecen; pone en ellas toda su alma y una actividad +febril... El hombre se multiplicaba. Sus propios asuntos perdían para +él todo interés. No vivía más que para la Monarquía liberal portuguesa. +Él mismo lo dice: «Cuando se le enciende el patriotismo no vive, no +desmaya hasta conseguir lo que se propone». Cien vidas propias daría él +por exterminar a los sectarios del usurpador absolutista don Miguel, +que es allí lo mismo que aquí nuestro don Carlos María Isidro... No +contento con los alistamientos que había hecho en Inglaterra con ayuda +del duque de Palmela, se planta en Bélgica, y en cuatro días, auxiliado +por su amigo el general Van Halen, busca y encuentra, organiza y equipa +un regimiento de mil flamencos con sus jefes y todo... En Ostende les +embarcaron en un buque de vapor fletado en Londres, y reunidos en +Plymouth con los ingleses y portugueses, zarpó<span class="pagenum" +id="Page_41">p. 41</span> la expedición contra Oporto, mandada por el +mismo don Pedro. Dominaban en Oporto los liberales, por lo que no le +fue difícil al padre de doña María la ocupación de aquella capital. +Pero el don Miguel acudió con mucha tropa, puso cerco a la plaza, y si +bien no pudo entrar en ella, tampoco los <i>mariístas</i> podían salir. +Allí hubiera sucumbido don Pedro, si Mendizábal, desde Londres, no le +animara a la resistencia ofreciéndole nuevos auxilios. ¿Qué hizo el +hombre? Pues buscar más dinero; reunir más soldados; formar al propio +tiempo una escuadra, cuyo mando se ofreció al célebre almirante inglés +Napier. Escuadra y segundo ejército debían operar en los Algarbes, para +sublevar en pro de la reina a las poblaciones del sur, y atacar por +retaguardia el ejército miguelista. Todo se hizo tal y como lo había +dispuesto don Juan... La segunda expedición se dirige a Oporto, donde +refuerza a los combatientes asechados por don Miguel; después parten +dos mil hombres a los Algarbes, desembarcando felizmente. Allí se pasan +a los liberales algunas tropas del absolutismo: entre todas invaden el +Alentejo. La escuadra mandada por Napier desbarata la miguelista en +el cabo de San Vicente; don Pedro sale de Oporto y bate a don Miguel. +Replegándose a Lisboa, recibe este otro achuchón tremendo de las tropas +liberales, y ya tenemos al emperador entrando triunfante en su capital, +a la niña doña María de Braganza en el trono, y al don Miguel escapando +para el<span class="pagenum" id="Page_42">p. 42</span> extranjero como +alma que lleva el diablo.</p> + +<p>—Y hecho todo eso, que si es como usted lo cuenta, no dudo en +calificarlo de maravilloso, el don Juan Álvarez se volvió a su +escritorio de Londres tan fresco, a contar millones, calcular +empréstitos, extender letras de cambio, mirando dónde salta otra reina +que socorrer, y otro usurpador malsín a quien poner en la puerta.</p> + +<p>—Que no faltan, como usted ve.</p> + +<p>—Pero Portugal es chico: puedo compararle a un juguete, para estas +cosas de revoluciones y quita y pon de tronos. Ahora veremos cómo se +las arregla aquí el gaditano; aquí, donde salimos de una zaragata para +entrar en otra, donde nos peleamos por los derechos a la corona, por +las Juntas, por la Milicia Urbana, por una letra de más o de menos en +la Constitución, y por lo que dicen o dejaron de decir Juan y Manuela. +Vamos a ver a los hombres guapos; a los salvadores de sociedades; +a los que sacan el dinero de debajo de las piedras para equipar +soldados; a los genios, como ahora se dice; a los que calman las olas +revolucionarias con el <i>quos ego</i>... del amigo Neptuno.</p> + +<p>—Adelante: va muy bien. Está usted empleando una forma de ironía muy +bella. Es lo que llamamos <i>cleuasmo</i>.</p> + +<p>—Dispense usted. Esta forma irónica se llama <i>carientismo</i>. +Consiste, y bien lo recordará usted; consiste...</p> + +<p>—Sea lo que fuere, amigo Hillo, mi parecer es que Mendizábal no +ha venido aquí por<span class="pagenum" id="Page_43">p. 43</span> +ambición, sino por patriotismo. Oí contar que se hallaba muy tranquilo +en Londres cuando recibió el nombramiento de ministro de Hacienda, que +le dejó estupefacto.</p> + +<p>—Y estupefacto se ha venido aquí por Portugal; y en cuanto llegó a +Badajoz, empezó a largar decretos... Bueno: le concedo a usted que esto +sea patriotismo; pero es un patriotismo... romántico, y lo romántico +sepa usted que a mí no me gusta. En literatura me apesta, y a ese +francés que llaman Víctor Hugo le mandaría yo cortar el pescuezo: en +política tengo por más funesto aún el romanticismo.</p> + +<p>—Puede que esté usted en lo cierto; pero el señor Mendizábal es ante +todo hacendista, y en esto no creo yo que quepan romanticismos. Los +números, ¡ay!, los números, amigo mío, son clásicos.</p> + +<p>—Allá lo veremos; y pues ya tenemos al hombre con las manos en la +masa, pronto hemos de saber si yo me equivoco o se equivoca usted.</p> + +<p>—Yo no profetizo: yo espero, y...</p> + +<p>—¿Cree usted firmemente que don Juan Álvarez enderezará esta +desquiciada nación?</p> + +<p>—No lo aseguro; pero confío en que lo hará.</p> + +<p>—Pues yo no.</p> + +<p>—¿En qué se funda?</p> + +<p>—No dudo que le sobren buena intención, voluntad firme, actividad, +talento; pero...</p> + +<p>—¿Pero qué?</p> + +<p>—Que con sus buenas cualidades incurrirá<span class="pagenum" +id="Page_44">p. 44</span> en el defecto de todos los ilustres +señores que nos vienen gobernando de mucho tiempo acá. Talento +no les falta, buena voluntad tampoco. Y fracasan, no obstante, y +continuarán fracasando unos tras otros. Es cuestión de fatalidad en +esta maldita raza. Se anulan, se estrellan, no por lo que hacen, sino +por lo que dejan de hacer. En fin, amiguito, nuestros mandarines se +parecen a los toreros medianos: ¿sabe usted en qué? Pues en que no +<i>rematan</i>...</p> + +<p>—¿Qué significa eso?</p> + +<p>—No se ría usted del toreo, arte que me precio de conocer, aunque +no prácticamente. Y sepa usted, niño ilustrado, que hay reglas comunes +a todas las artes... De mi conocimiento saco la afirmación de que +nuestros ministriles no <i>rematan la suerte</i>.</p> + +<p>—¿Y cree usted que Mendizábal...?</p> + +<p>—Hará lo que todos. Empezará con mucho coraje, y un trasteo de +primer orden..., pero se quedará a media suerte. Usted lo ha de ver... +Que no remata, hombre, que no remata... Y créame usted a mí: mientras +no venga uno que remate, no hemos adelantado nada.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch5"> + <p><span class="pagenum" id="Page_45">p. 45</span></p> + <h2 class="nobreak">V</h2> +</div> + +<p>Alejose hacia su cuarto, accionando festivamente, y en dirección al +suyo iba también Calpena, cuando le detuvo el patrón señor Méndez, y le +dijo entre risueño y respetuoso:</p> + +<p>—Ahí tiene usted el sastre.</p> + +<p>—¿Qué sastre?</p> + +<p>—Pues el cortador mayor del señor Utrilla, que viene a tomarle +medida. Le mandé pasar a la sala, donde espera hace un cuarto de +hora.</p> + +<p>—Ese señor se equivoca. Yo no he llamado a ningún sastre.</p> + +<p>—Aunque no le haya usted llamado, él viene, y cuando viene, él sabrá +por qué. Déjese tomar medida, y que le hagan cuanta ropita necesite +para ponerse bien guapo.</p> + +<p>—¿Pero está usted loco?... ¿No hay más que encargar ropa? Y +luego..., señor Méndez..., luego vienen las cuentas, ¿y qué hacemos? +¿Soy acaso un señor Mendizábal, que con cuatro rasgos de pluma fabrica +millones?</p> + +<p>—Las cuentas no son cuenta de usted, sino de quien las pague. Entre +el señor en su cuarto, y escoja las telas, y déjese que le midan el +cuerpo a lo largo y a lo ancho...</p> + +<p>—Que pase ese hombre —dijo Calpena<span class="pagenum" +id="Page_46">p. 46</span> prestándose a todo, con la esperanza de salir +de la confusión en que, desde su venturosa llegada a Madrid, vivía.</p> + +<p>En presencia del oficial, hombre finísimo, colorado y regordete, +que iba cargado de muestras de diferentes paños, don Fernando no pudo +resistir a la fascinación que ejercía sobre él, joven y gallardo, la +idea de vestirse elegantemente. Ante todo quiso saber cómo y por qué +los afamados sastres acudían en busca de parroquia sin que nadie les +llamase; pero sus interrogaciones prolijas y capciosas no lograron +aclarar el enigma.</p> + +<p>—Mi principal, el señor Utrilla —le dijo aquel relamido sujeto—, +me ha mandado acá con muestras y encargo de tomar a usted medida para +diferentes piezas. Hubiera venido él en persona con mucho gusto; pero +está malo de un pie, y hoy no puede salir de casa. De quién ha recibido +las órdenes para estas hechuras, yo no lo sé, señor mío, ni es cosa que +me corresponde averiguar.</p> + +<p>—Pues yo —afirmó Calpena— no me dejo medir el cuerpo mientras no +sepa... ¿Será tal vez alguna broma impertinente?</p> + +<p>—Eso, de ningún modo... Utrilla no se presta a tales bromas... Crea +usted que, cuando me ha mandado aquí, es porque ha recibido órdenes +de personas que saben el cómo y por qué de lo que encargan. Conque... +tomemos esos puntos, y no piense usted en nada más que en vestirse como +le corresponde.</p> + +<p>—Accedo, sí, señor —replicó don Fernando<span class="pagenum" +id="Page_47">p. 47</span> en el tono de quien se presta a seguir un +bromazo de buen género, y seducido además por la idea de ver realizada +su ilusión juvenil de vestir buena ropa—. ¿Sabe usted el cuento del +perrito y del trasquilador?</p> + +<p>—Sí, señor —dijo el otro, ayudándole a quitarse levita y chaleco—. +Es un cuento viejísimo...</p> + +<p>—Pues ahora mida usted todo lo que quiera, y hágame todas las +prendas de vestir que haya dispuesto... el amo del perrito.</p> + +<p>—Me han dicho que dos levitas, fraque, un traje de mañana..., cuatro +pares de pantalones variados.</p> + +<p>—Ande usted, maestro... Y si quiere dejarle borlita en el rabo, +déjesela usted.</p> + +<p>—La ropa más precisa para un joven <i>introducido</i> en sociedad. +¿Qué menos? ¡Ah!, me olvidaba. También le haremos capa de sedán +finísimo, con forros de piel de chinchilla.</p> + +<p>—Me parece muy bien... ¿Y las levitas, cómo han de ser?</p> + +<p>—El señor de Utrilla acaba de llegar de Londres... Precisamente +al bajar de la diligencia se estropeó el pie. Pues ha traído las +últimas novedades que se han puesto al uso en aquella capital. Las +levitas son ahora cortas y de poco vuelo en los faldones; pero siguen +muy entalladas, marcando bien la cintura. Las que ha traído el señor +Mendizábal, y que tanto llaman la atención, son ya antiguas, y en +Londres no las usan más que los <i>lores</i>, que es como si dijéramos +los señores próceres protestantes, que tienen asiento en lo que<span +class="pagenum" id="Page_48">p. 48</span> llaman Parlamento inglés, o +sea las Cortes liberales de allá.</p> + +<p>—Hombre, bien... ¿Conque entalladas y de faldón corto?</p> + +<p>—Menos largo que el año pasado —dijo el sastre, tomando y anotando +las medidas con singular presteza—. Los cuellos son ahora más largos, +y bien caídos sobre los hombros; los botones grandes... Haremos una de +las levitas, si a usted le parece, con cordones a la húngara...</p> + +<p>—Perfectamente. Despáchese usted a su gusto... ¿Y los paños?</p> + +<p>—Fíjese usted en este color verde oscuro, que es la gran novedad que +ha traído Utrilla. Se llama <i>Lord Grey</i>, y es el gran <i>furor</i> +en Londres.</p> + +<p>—Pues hagamos <i>furor</i> aquí... Pero las dos levitas no serán +iguales.</p> + +<p>—Haremos azul gendarme, <i>Conde Orsay</i>, la de cordones. ¿Qué le +parece?</p> + +<p>—Acertadísimo... ¿Y cuándo podré estrenar?</p> + +<p>—Lo activaremos todo lo posible... Tenemos mucho trabajo, y velamos +para servir a tantísima parroquia.</p> + +<p>—Pero no me dejarán ustedes para lo último, como parroquiano +pobre...</p> + +<p>—Será usted de los primeros... Y que tiene un talle de primer orden, +y una forma de cuerpo que no hay más que pedir. Le caerá a usted la +ropa que ni pintada.</p> + +<p>—Y en fraques, ¿qué se lleva?</p> + +<p>—Los fraques son ahora sin cartera; faldones<span class="pagenum" +id="Page_49">p. 49</span> nada de anchos, y los cuellos de la +misma forma que las levitas. El señor Mendizábal los trae negros, +verdaderamente <i>fachonables</i> por el corte y lo bien sentados.</p> + +<p>—¿Y el mío será también negro?</p> + +<p>—No, señor: a usted, por la edad, le corresponde... café claro.</p> + +<p>—¡Magnífico!... Y en pantalones ¿qué tenemos?</p> + +<p>—Sigue la moda de las telas escocesas; pero sin exagerar el tamaño +de los cuadros. Haremos a usted dos <i>patencur</i>, y dos más +ligeritos: uno negro para entierros, y otro claro. Se llevan estrechos, +sin tocar en el extremo. Chalecos, se le harán a usted seis: dos de +seda en claro, uno en oscuro, dos <i>piqué</i> y uno escocés.</p> + +<p>—¡Maravilloso! Y en tanto que me confeccionan todo eso, me estaré en +casa, escondidito, leyendo las <i>Mil y una noches</i>, única lectura +a que debo aplicarme ahora para hacerme a estas sorpresas... Adiós, +maestro... Y que se esmeren en el corte... ¿Cuándo probamos? Estoy aquí +a su disposición todo el día. ¿Pues cómo voy a salir a la calle con +estos adefesios de ropa que he traído de mi pueblo?... Vaya con Dios... +y no me olvide, maestro.</p> + +<p>Retirose el sastre, y don Pedro Hillo, que acechaba en la puerta +aguardando que el joven estuviese solo, entró de rondón con los brazos +abiertos, diciendo muy gozoso:</p> + +<p>—Pero, niño, ¡le regalan ropa elegante, y todavía gruñe! Rarísimos +son en el universo estos<span class="pagenum" id="Page_50">p. +50</span> fenómenos de salirle a uno sastres <i>ex-machina</i>, que le +miden, le cortan, le cosen, y después no cobran. Casos tales acaecen +solo de siglo en siglo, y hay que saber aprovecharlos. ¡<i>Oh fortunate +nate</i>! Yo, que para hacerme una sotana tengo que ahorrar seis meses +en la comida, le declaro a usted simple de solemnidad si no acepta +calladito esas mercedes anónimas. Por la sagrada orden que profeso, +declaro también que a mí no me ha pasado jamás cosa semejante, y que +las deidades misteriosas y las manos ocultas no han existido para mí. +A usted me arrimo, por si se me pega algo y halla en su ventura mi +desventura algún remedio. Ya, ya sé..., me lo ha dicho Méndez, que +anoche recibió usted un abultado pliego. Abrió, ¿y qué era? Billetes +para los teatros del Príncipe y la Cruz. Dígame: ¿no ha recibido +también para los toros?</p> + +<p>—Todavía no —dijo Calpena sonriente—; pero por lo que voy viendo, ya +no dudo que los tendré la víspera de la primera corrida. Y como de los +teatros mandan dos, para que vaya con algún amigo, iremos juntos a la +plaza.</p> + +<p>—Ya le mandarán también, cuando empiece el tiempo de las máscaras, +para los bailes de <i>Trastamara</i> y del <i>Café de Solís</i>. Pero +a eso no podré acompañarle... Le daré consejos, porque de fijo han de +salirle aventuras y le acosarán mascaritas...</p> + +<p>—Ya adivino sus consejos.</p> + +<p>—¿A que no?</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_51">p. 51</span></p> + +<p>—Que remate la suerte.</p> + +<p>—No, no es eso, sino todo lo contrario. Que se prevenga contra las +celadas que pudieran tenderse a su voluntad honesta, virginal. Este +Madrid es muy malo. No se fíe usted de las caras tapadas.</p> + +<p>—De las manos ocultas debo fiarme, según dice.</p> + +<p>—No es lo mismo. Esa mano desconocida le viste a usted, le da de +comer, atiende a sus necesidades. Las caritas encapuchadas podrían +hacer lo contrario: desnudarle, quitarle el pan de la boca y reducirle +a la ruina y la miseria. Existirán tal vez, ¿quién asegura que no?, +manos escondidas que quieran perderle, como las hay que trabajan por +su bien. Lo primero que usted debe hacer es averiguar en qué cielo +habita esa deidad misteriosa, para poder rezarle y pedirle lo que le +convenga.</p> + +<p>—¿Qué le pediría usted para mí si estuviese en mi lugar?</p> + +<p>—Lo primero, un destino de Hacienda o de <i>lo Interior</i> con +doce mil realetes... Y puesto a pedir, yo que usted pediría también la +cátedra de Alcalá para un amigo.</p> + +<p>—Para usted eso y mucho más.</p> + +<p>—Las manos mágicas deben extender sus caricias a los buenos amigos. +A Roma con Santiago he revuelto yo para conseguir esa humilde plaza, y +aquí me tiene usted esperando a que san Juan baje el dedo. Si hubiera +para mi una mano oculta, esa mano, en medio de las tinieblas de lo +incógnito, me<span class="pagenum" id="Page_52">p. 52</span> daría una +bofetada. Estoy dejado de la mano de Dios, por lo que voy creyendo que +Dios está en todas partes menos en las oficinas, y que, si acaso está, +no tiene en ellas la mano, sino el pie.</p> + +<p>—No hay que desmayar. Hagamos un trato. Búsqueme usted a la persona +que ha mandado a Utrilla tomarme medidas, y si me la encuentra, prometo +a usted solemnemente que el primer favor que pediré a mi desconocida +providencia es esa colocación que usted desea..., esto en el caso de +que nos resulte influyente.</p> + +<p>—¡Influyente!... ¡Por Dios, don Fernandito, no me venga usted con +inocencias! Esa persona desconocida tiene que ser muy alta, pero muy +alta.</p> + +<p>—¿En qué lo conoce?</p> + +<p>—A ver..., pronto, enséñeme usted la carta en que venían las +localidades de teatro.</p> + +<p>—No es carta... Es un pliego cerrado con obleas... Aquí lo tiene +usted.</p> + +<p>—A ver, a ver... ¡San Canuto, qué papel más fino!... Este papel, +puede usted asegurarlo, no se encuentra en ninguna tienda de Madrid... +¿Y la letra del sobre?... ¡Ay qué letra, san Bartolomé! ¿Es de mujer? +¿Es de hombre?... Señor don Fernando, no se asuste de lo que voy a +decirle. La mano que ha escrito esto es de sangre real.</p> + +<p>—¡Atiza!</p> + +<p>—¡De sangre real!... Y si no, al tiempo... ¡Ay, señor don Fernandito +de mi alma, allá va una profecía! Déjeme usted ser profeta, y<span +class="pagenum" id="Page_53">p. 53</span> adivino, y augur, y brujo, +si usted quiere. Antes de cuatro días recibe usted, como llovido del +cielo, el nombramiento... de...</p> + +<p>—¿De qué?</p> + +<p>—Vamos..., de Caballerizo Mayor del Reino, digo, de Palacio... Y si +no es esto, será de otra cosa de mucha categoría.</p> + +<p>Rompió a reír Calpena, y dijo a su amigote:</p> + +<p>—Pero, señor don Pedro, ¿somos clásicos, o no somos clásicos?</p> + +<p>—Sí, sí, tiene usted razón: no desvariemos, ilustre joven; pero por +de pronto, yo, el más desgraciado de los nacidos, quiero hacer constar +que anhelo ser su amigo de usted. Sí, sí: seamos amigos; déjeme usted +arrimarme al ser más afortunado, más resplandeciente de felicidad que +he visto en mi vida. Es usted el sol, y yo me muero de frío.</p> + +<p>—Bueno, seamos amigos —replicó don Fernando, no sin cierta emoción—. +Y pues el día está hermosísimo, vámonos de paseo, y le contaré a usted +muchas cosas que ignora, y que quizás le hagan rectificar sus juicios +acerca de mí como depositario de la dicha terrestre. Diré a usted quién +soy, de dónde vengo, por qué estoy en Madrid...</p> + +<p>—Todo eso me interesa extraordinariamente... Ya me lo contará usted +otro día; hoy no puede ser... Ni usted ni yo debemos salir hoy. Nos +estaremos aquí toda la mañana acechando a Iglesias.</p> + +<p>—¿Pero Iglesias no duerme aún?</p> + +<p>—Aún estaría en el primer sueño, o empezando<span class="pagenum" +id="Page_54">p. 54</span> el segundo, si no hubieran venido a +despertarle muy temprano, serían las siete, dos de sus amigotes. Sin +duda ocurren cosas gravísimas. ¿Y sabe usted quiénes son esos dos que +entraron, y, tirándole de una pata, le sacaron de la cama? Pues yo +tampoco lo sé a punto fijo, porque soy poco fuerte en fisonomías. Uno +de ellos me parece que es el conde de las Navas; el otro tan pronto me +parece Fermín Caballero, como Seoane... De que son pájaros gordos del +jacobinismo, no tengo duda...</p> + +<p>—¿Y a nosotros qué nos importa?</p> + +<p>—A usted, hombre feliz por obra y gracia de la providencia +enmascarada, nada le altera. ¿Ha leído usted <i>El Español</i> de +hoy?... ¿A que no?... ¿A que tampoco ha leído <i>El Mensajero</i> ni +<i>El Eco del Comercio</i>? En mi cuarto los tengo. Vienen los tres +diarios echando bombas, cada uno según el son a que baila. Yo me +alegro, para que se arme de una vez. Esta visita de los compinches de +Iglesias tan a deshora, significa que anoche hubo gran trapatiesta +en la casa de Tepa, entiéndase <i>logia</i>, y en los cafés donde +rebulle la patriotería. Parece que las Juntas no quieren disolverse, +las de Andalucía sobre todo, y he aquí al señor Mendizábal en un +brete, porque nos ofreció poner fin a esta horrible anarquía, y en los +primeros días creímos que lo lograba. Pero aquí, para que usted se +vaya enterando, tanto puede la envidia de los propios, como la mala +voluntad de los extraños; o en otros términos, que los amigos, o<span +class="pagenum" id="Page_55">p. 55</span> sea el agua mansa, son más +de temer que los enemigos. ¿No lo entiende? Pues quiere decir que los +<i>estatuistas</i> templados caídos del poder con Toreno, se introducen +en los conciliábulos de los patriotas, fingiéndose más exaltados que +estos, para sembrar cizaña, y al propio tiempo los <i>libres</i> que +aún no tienen empleo se van a las sacristías del otro bando y atizan +candela, para que los diarios de la <i>moderación</i> se desborden y se +encienda más el furor de las Juntas. Estas nos ofrecen un espectáculo +delicioso. Una pide que se restablezca la Constitución del 12; otra que +se modifique el Estatuto, y entre todas arman una infernal algarabía. +El señor Mendizábal pretende gobernar en medio de esta jaula de locos +furiosos. Manda tropas contra las Juntas, y los soldados se pasan a la +patriotería... Y los carlistas, en tanto, bañándose en agua rosada, +preparándose para venir hacia acá, porque Córdova no les ataca mientras +no le manden refuerzos... Estamos en una balsa de aceite... hirviendo. +¡Qué gratitud debemos al Señor Omnipotente por habernos hecho +españoles! Porque si nos hubiera hecho ingleses o austríacos o rusos, +ahora estaríamos aburridísimos, privados de admirar esta entretenida +función de fuegos artificiales.</p> + +<p>—¿Y esos que están en el cuarto de Iglesias...?</p> + +<p>—Son patriotas furibundos... de buena fe; de los que creen que con +degollar frailes, azotar monjas y hablar pestes de todos los<span +class="pagenum" id="Page_56">p. 56</span> ministros, se arregla la +nación. Sin quererlo, les preparan la suerte a los moderados. Algunos +creen en Mendizábal, y otros le repudian porque no va por calles y +plazuelas perorando, con un pendón en la mano... A todos tiene que +contentar el señor de las largas levitas. Trabajo le mando... Si quiere +usted que olfateemos lo que traman los compinches de Iglesias, vámonos +a mi cuarto, donde al paso que usted lee <i>El Español</i> y <i>El +Eco</i>, yo me daré mis mañas para pescar al oído alguna palabreja... +Véngase usted para acá.</p> + +<p>Fuéronse de puntillas al cuarto de don Pedro, y desde él oyeron +gran batahola en el de Iglesias; y no pudiendo este resistir el fuerte +estímulo de su curiosidad, se coló en la caverna de los conjurados, +pretextando recoger un tomo de las <i>Palabras de creyente</i>, de +Lamennais, que había prestado a su amigo. No tardó en volver risueño +con el libro, y con preciosas noticias de la conspiración, que +resultaba la más inocente que en cerebros revolucionarios pudiera +caber.</p> + +<p>—Nuestro gozo en un pozo, amigo Calpena. No tratan de ahorcar +a medio mundo, ni de sublevar a la tropa, ni de meter más fuego +a las Juntas. Las Juntas y toda esa marimorena les importa tanto +a esos ángeles de Dios como las coplas de Calaínos. Lo que les +trae tan levantiscos es que las elecciones para el Estamento están +próximas, y ellos, cosa muy natural, quieren ser procuradores. +Mendizábal conferenció anoche con Caballero, y<span class="pagenum" +id="Page_57">p. 57</span> parece que le asegura la elección por Cuenca. +Los otros dos, y alguno más que vendrá después, andan a la husma de +las procuras, y quieren estar bien con Mendizábal y con el ministro de +la Gobernación, don Martín de los Heros. Vea usted el secreto de estos +aquelarres misteriosos.</p> + +<p>—¿Será posible, amigo Hillo, que yo, provinciano y desconocedor del +mundo y de Madrid, tenga más malicia, más trastienda que usted, que +lleva ya no sé cuántos años de andar en este terreno? Dígolo porque me +figuro que Iglesias y sus amigotes le han engañado como a un chino. Al +verse sorprendidos por la brusca entrada de usted en el escondrijo, han +variado de conversación.</p> + +<p>—Por san Félix de Cantalicio, pienso que está usted en lo cierto... +Me han dado el trapo. Soy toro noble.</p> + +<p>Aún no había concluido la frase, cuando entró Iglesias resueltamente +en el cuarto de Hillo, y llegándose a don Fernando con resuelto ademán +y sonrisa un tanto maliciosa, como de hombre muy corrido para quien no +hay nada secreto, le dijo:</p> + +<p>—Ya sabemos, amigo Calpena, que ha traído usted de Francia un +voluminoso paquete de papeles para el señor Mendizábal.</p> + +<p>Quedose un tanto suspenso el joven, y no supo qué responder.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch6"> + <p><span class="pagenum" id="Page_58">p. 58</span></p> + <h2 class="nobreak g1">VI</h2> +</div> + +<p>—Le entregaron a usted ese paquete en Olorón. Lo había traído de +Burdeos una señora... No..., no se ponga usted colorado, después de +haberse puesto pálido. No se trata de ningún delito. Le dan a usted un +encargo, y usted lo cumple puntualmente. No pretendo yo..., pues no +faltaba más..., que usted me revele cosas sobre las cuales debe guardar +secreto. No, no señor. Lo que sí puedo decirle es que el sujeto que +debía recoger ese paquete o caja de manos de usted, para entregarlo al +señor ministro, ya no vendrá a desempeñar esa comisión, porque anoche +le han preso, y se halla incomunicado en el Saladero.</p> + +<p>Perplejo un buen rato quedó Calpena ante la osada interpelación de +Nicomedes, que con brusquedad tan impertinente quería producir efecto, +y ver confirmados sus informes en el rostro del simpático mozo; pero +rehecho este prontamente del estupor, le contestó con tanta dignidad +como cortesía:</p> + +<p>—Nuestra amistad, señor de Iglesias, que yo estimo mucho, no es tan +antigua que a mí me permita informarle de si traigo o no encargos para +determinadas personas, ni a usted preguntármelo en forma afirmativa, la +cual revela una confianza un poquito prematura.<span class="pagenum" +id="Page_59">p. 59</span> Va usted demasiado a prisa, amigo don +Nicomedes. Cuatro días hace que nos conocemos.</p> + +<p>—Sentiría, señor Calpena, que usted interpretase mal lo que acabo +de indicarle —dijo el otro recogiendo velas—. No pretendo que usted me +revele el secreto de los encarguitos que le han confiado, ni eso a mí +me importa. Creí yo que nuestra amistad, con ser de cuatro días, es ya +bastante firme para que yo pueda tomarme la confianza de prevenirle +contra ciertos peligros... Porque usted es un joven tan honrado como +inexperto, y podría, con el candor propio de los pocos años, prestarse +a ciertos mensajes, de cuya gravedad no tiene la menor idea.</p> + +<p>—Se me figura, amigo Iglesias, que la calentura patriótica que usted +padece le hace ver peligros y misterios en los actos más sencillos.</p> + +<p>—No sabe usted dónde está, y yo tendría mucho gusto, si no se empeña +en creer demasiado fresca nuestra amistad; tendría yo sumo placer, +digo, en iniciarle en la vida política, puesto que a ella piensa, según +veo, dedicarse.</p> + +<p>—No he pensado en tal cosa. La vida política no se ha hecho para +mí.</p> + +<p>—El señor —dijo Hillo con cierta timidez— es de los que se lo +encuentran todo hecho, y no necesita de que nadie le inicie, pues tiene +mentores y padrinos, en la sombra, que no le permitirían dar un mal +paso.</p> + +<p>—Si hace usted caso de este clérigo —dijo Iglesias con humorismo—, +el sotana más honrado<span class="pagenum" id="Page_60">p. 60</span> +del mundo, pero al propio tiempo el más candoroso, está usted perdido, +Calpena. Haga usted caso de mí, y déjese llevar. En la sombra no hay +mentores ni garambainas. Todo eso es romanticismo de clase averiada... +Vamos a cuentas. Lo primero, perdóneme si le hablé con cierta +impertinencia del encargo que trae...</p> + +<p>—Yo no he traído papeles para el señor Mendizábal —replicó don +Fernando—, ni me habían de escoger a mí para tales mensajes.</p> + +<p>—No abre usted la boca sin que nos dé una nueva prueba de su +inexperiencia candorosa... Puesto que aquí todos somos amigos, déjeme +usted que hable y le ponga al tanto de la situación... Y antes me +permitirá que le presente a dos amigos, que espero lo serán de usted en +cuanto les conozca.</p> + +<p>Cuando esto decía, dejáronse ver en la puerta dos sujetos, que eran +los de la encerrona con Iglesias, ambos como de treinta a cuarenta +años, y al entrar revelaron por su soltura y buenos modos ser de lo más +selecto entre la juventud intelectual de aquellos tiempos. Bien supo +Iglesias, al presentarles, recalcar sus nombres:</p> + +<p>—Mi amigo Joaquín María López..., mi amigo Fermín Caballero.</p> + +<p>Era este de color moreno; facciones bastas y rudas, del tipo +castellano, común en campos más que en ciudades; bigote negro con +mosca; cabello encrespado, que parecía un escobillón; complexión dura; +el habla ruda y clásica, de perfectísima construcción castiza. El otro +revelaba su estirpe levantina en<span class="pagenum" id="Page_61">p. +61</span> la finura del cutis y la viveza del mirar, en la vehemencia +de la expresión y en la flexibilidad y gracia. Recibiolos Calpena con +franca urbanidad, y se sentaron todos, teniendo uno de ellos que hacer +sofá de la cama de Hillo, y este no cabía en sí de gozo viendo tan +honrada su pobre mansión.</p> + +<p>—Trasladamos el <i>Sublime Taller</i> desde los alcázares de +Iglesias a las góticas arcadas de Hillo... —dijo con gracia López—. La +Iglesia nos ampara, nos acoge en su santo regazo.</p> + +<p>—La Iglesia —replicó Hillo, sentándose en un cofre— oye y calla, +mas no otorga. En el regazo de la Iglesia no entran más que los +arrepentidos.</p> + +<p>—<i>Amén</i> —dijo Caballero—, y expliquemos en pocas palabras la +llaneza con que asaltamos la morada de estos buenos señores.</p> + +<p>—El caso es el siguiente... Permíteme —indicó Nicomedes, que no +gustaba de que otros dijesen lo que él podía decir—. Sabemos que el +gobierno por una parte, la reina por otra, despachan agentes al campo +y corte de don Carlos, a los cuales encargan que se finjan rabiosos +absolutistas para ganar la confianza de los íntimos del pretendiente. +El objeto es introducir allí la discordia, y acabar con el absolutismo +por su propia descomposición. Al propio tiempo, los facciosos tienen +aquí infinitos emisarios que hacen el propio juego, de lo cual resulta, +señores, un tan espantoso lío, que ni aquí ni allí nos entendemos, +y no sabemos ya cuáles son los adeptos legítimos y cuáles los +apócrifos...</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_62">p. 62</span></p> + +<p>—Pero hay otra cosa peor —interrumpió López, que, como buen orador, +gustaba de expresar por sí las ideas de los demás—; hay otra cosa. +Hierven discordias mil en la corte del pretendiente, por ser muchos los +carlistas de viso que desean la transacción, siempre que el gobierno +liberal les reconozca grados, emolumentos y honores.</p> + +<p>—Andan estos —prosiguió Caballero, que hablaba poco y bien— en +continuo tejemaneje de Oñate a La Granja y de La Granja a Oñate, +zurciendo voluntades y buscando la reconciliación de antiguos +conmilitones, ahora desavenidos; y como, si lograran su objeto habrían +de sobrevenir grandes males a la nación, nosotros, que miramos por la +permanencia del sistema representativo, haremos cuanto esté de nuestra +parte porque todas esas artimañas resulten fallidas.</p> + +<p>—Y además..., hay —apuntó Nicomedes— una tenebrosa y hasta hoy +indescifrable conjura de la infanta Carlota...</p> + +<p>—Señores —declaró don Pedro poniéndose en pie—, la Iglesia, como +dueña del local en el cual, por su tolerancia, que no por su gusto, se +celebra esta nefanda reunión, recomienda a los señores preopinantes que +no hablen de las reales personas.</p> + +<p>—Tiene razón nuestro noble castellano —dijo López con sorna—. No +nombraremos a ninguna persona real; pero podemos designar por su nombre +griego al que lo recibió y adoptó conforme a rito, cuando y donde todos +sabemos. Hablaremos, pues, de <i>Dracón</i>.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_63">p. 63</span></p> + +<p>—¡Alto! —gritó Hillo poniéndose en pie—, porque el designado con +notoria irreverencia con ese nombre, que huele a chamusquina masónica, +es Su Alteza el infante don Francisco. Al menos yo lo he oído así, y no +permito, señores, no permito...</p> + +<p>—Bueno, bueno —dijo Caballero—: no lastimemos los sentimientos +religiosos y monárquicos con tanta sinceridad manifestados por este +buen señor. A <i>Dracón</i> todos le conocemos, y no hay que hacer +misterio de él ni de su nombre de batalla. Creo que se exagera la +importancia del tal: de mí sé decir que no creo que exista plan ninguno +verosímil fundado en la personalidad del infante.</p> + +<p>—Poco a poco —apuntó Nicomedes—. Fermín, a ti te consta que sí lo +hay.</p> + +<p>—No..., lo que me consta es que algunos cándidos han echado a volar +ese nombre, denigrándolo con la suposición de que teníamos en la +persona que lo lleva un nuevo pretendiente. Y esto es absurdo; esto no +cabe en cabeza humana, ni aun en la de un español de 1835, que es la +cabeza que nos ofrece la historia como más destornillada.</p> + +<p>—Y, sin embargo, hay quien lo dice.</p> + +<p>—Y quien lo cree, y lo sostiene como cosa muy práctica.</p> + +<p>—Y no falta quien asegure que es la única salvación del país.</p> + +<p>—Señores, son muchas salvaciones para un solo país... Salvadora +la reina Cristina, salvador don Carlos, salvador Mendizábal, y<span +class="pagenum" id="Page_64">p. 64</span> ahora también don Francisco +nos quiere salvar... Vamos, con tantas salvaciones, España va al +abismo.</p> + +<p>—Señores, no desvariemos —indicó Hillo—. El señor infante don +Francisco, que es persona discreta, no ha puesto sus ojos en el +trono... Se contentará por hoy con sentarse en el Estamento de +próceres.</p> + +<p>—Pretensión contraria a las leyes, tras de la cual hemos de ver y +vemos una ambición política muy sospechosa, señores, muy sospechosa.</p> + +<p>—No exageremos... Cuando más, cuando más, <i>Dracón</i> aspira a la +Regencia...</p> + +<p>—¡Otra te pego!...</p> + +<p>—Señores conferenciantes —dijo Hillo con festiva severidad—, que no +permito, que no puedo consentir afirmaciones tan contrarias al decoro +de la real familia... Si siguen Sus Señorías por ese camino, mandaré +que les lleven al corral.</p> + +<p>—¿Somos gallinas?</p> + +<p>—Toros de sentido..., de excesivo sentido, maliciosos, imposibles +para la brega, por lo cual creo que no puede acabar bien la elocuente +corrida que estamos celebrando.</p> + +<p>—¡Ja, ja, ja!... Muy bien. En fin, concretemos: seamos explícitos y +lacónicos, porque este joven (por Calpena) dirá, y con razón, que le +estamos embromando. ¿Verdad, señor Calpena, que no entiende usted qué +relación puede existir entre su persona y estas cosas desordenadas que +acaba de oír?</p> + +<p>—En efecto: no se me alcanza qué concomitancia<span class="pagenum" +id="Page_65">p. 65</span> pueda tener mi humilde persona con esos +agentes reservados, con esas intrigas, con el señor <i>Dracón</i> y +demás...</p> + +<p>—Hemos sabido —dijo Nicomedes con campanuda solemnidad— que de +Francia se remitió un paquete de interesantes papeles a Madrid... No +vaya usted a creer que intentamos sustraer ese tesoro, y apropiárnoslo +por medios contrarios a la hidalguía. En poder de usted se halla +todavía el encargo. La persona que debía recogerlo ha sido presa, y +probablemente no saldrá pronto de la cárcel. Es muy posible que alguien +intente apoderarse del paquete, diciendo a usted que viene de parte de +su legítimo dueño. Yo le suplico, señor don Fernando, que no lo suelte, +aunque los que vengan a pedirlo le presenten esquela del mismo señor +don Eugenio Aviraneta, a quien viene dirigido, porque tanto el recado +como la esquela, serán falsos de toda falsedad.</p> + +<p>—Pues correspondo a su franqueza —dijo don Fernando, a quien todos +oían con vivísima atención— que no traigo yo encargo ni cosa alguna +para ese señor que acaba de nombrar; y si algo hay en mi baúl, que +me confiaron en la frontera personas de toda mi confianza, y que +no conspiran ni han conspirado nunca, lo entregaré a quien venga a +reclamarlo, siempre que acredite, por usual conocimiento, ser la +persona a quien viene rotulado.</p> + +<p>—Pues aún me resta que decir algo para que vean todos mi sinceridad +y nobleza. Antes dije a usted que el paquete venía dirigido<span +class="pagenum" id="Page_66">p. 66</span> a Mendizábal; pero esto lo +hice sin más objeto que desconcertarle a usted, con la idea de que +su turbación le arrastrase a revelarme algo que yo quería saber: lo +que usted trae no viene dirigido a Mendizábal, ni tiene nada que ver +directamente con nuestro célebre gaditano. Pero personas muy altas, muy +altas, fíjese bien en lo que afirmo, pudieran tener noticia de que el +señor Calpena es portador de papeles graves, y en este caso no dejarían +de intentar por todos los medios apoderarse de ellos.</p> + +<p>—En vez de aumentar la confusión de este excelente joven —indicó +Caballero—, procuremos disiparla, amigo Nicomedes, y al propio tiempo, +convenzámosle de que no pretendemos apoderarnos de secretos que no se +nos quieren confiar.</p> + +<p>—Justamente —dijo López—, y empecemos por declarar que ignoramos, +o por lo menos, que no sabemos con exactitud qué documentos se han +confiado a su discreción. Puede ser algo que exclusivamente interese +a la familia real; puede ser del común interés de los partidos +militantes. Me inclino a creer esto. El propio Aviraneta no sabe lo que +es, o no quiere decírnoslo.</p> + +<p>—No lo sabe —afirmó Iglesias—. Así me lo aseguró ayer, y debemos +creerlo.</p> + +<p>—<i>Hame dado en la nariz</i> —dijo Caballero— que lo que han +remitido a don Eugenio es todo el fárrago de papeles concernientes a +la <i>Confederación isabelina</i>, de infausta memoria. Él mismo se lo +llevó a Francia no sé con qué<span class="pagenum" id="Page_67">p. +67</span> objeto, y de allá se lo remiten para que lo utilice aquí +en contra nuestra, y en pro de los Torenos y Martínez... Yo, señores +míos, me fío poco de Aviraneta, y no quisiera que mis amigos tuvieran +interés por nada que al infatigable conspirador se refiera... Fíjese +usted, señor Calpena, en lo que voy a decirle, para que no se embrollen +sus ideas con la extraordinaria confusión que ha de resultarle de lo +que decimos. Los estatuistas nos acusan de haber preparado, dispuesto, +organizado, en una palabra, el degüello de los frailes, el asesinato de +Canterac y otros abominables hechos de que usted tendrá conocimiento. +Se nos quiere denigrar, inutilizar para la gobernación del reino. Si +hay responsabilidad, no pueden ellos eludirla, pues en los terribles +días de julio del año pasado era Presidente del Consejo el señor +Martínez de la Rosa; ministro de la Gobernación el señor Moscoso, y +corregidor de Madrid el señor marqués de Falces. ¿Sabéis lo que, en +mi presunción, contiene la estafeta que ha traído el señor Calpena? +Pues el plan de Constitución que hicimos Olavarría y yo; la exposición +dirigida a Su Majestad por Flórez Estrada, condenando el Estatuto; el +proyecto de asonada general; el plan de ministerio, presidido por Pérez +de Castro; los compromisos contraídos por Palafox y Calvo de Rozas, con +el nombre de <i>trabajos militares</i>, y, por último, el informe de +la Comisión que nombramos para proponer al gobierno el mejor sistema +de <i>extinción de frailes</i>. Todo eso y algo más había.<span +class="pagenum" id="Page_68">p. 68</span> Aviraneta, como iniciador +de la <i>Isabelina</i>, arrambló con el archivo cuando la persecución +de la policía le obligó a emigrar a Francia. ¿Trataría de hacer algún +negocio con Luis Felipe? ¿Habrá entrado en contubernios con don Carlos? +Yo no lo sé... Ya os he dicho que no me fío de ese hombre, y que de su +refinada astucia y doblez lo temo todo. Vosotros creéis en Aviraneta; +yo no. Para mí es un monstruoso talento, el más sutil y agudo para la +intriga. El año pasado conspiraba o aparentaba conspirar con nosotros. +Este año trabaja secretamente por los enemigos del progreso. Vosotros +creéis en sus alardes de patriotismo revolucionario; yo no. Vosotros +confiáis en su lealtad; yo desconfío hasta de su sombra. Si le ayudáis, +ayudáis al desprestigio de Palafox, de don Jerónimo Valdés, de San +Miguel, de los patriotas Quiroga y Palarea, de Salustiano, del propio +Mendizábal, pues ya sabéis que don Juan Álvarez comunicó desde Londres +su propósito de constituir allí un <i>Círculo isabelino</i>, y de +facilitar fondos para la <i>causa</i>, y en esfera más modesta ayudáis +también a vuestro propio vilipendio y al mío...</p> + +<p>—Fermín, Fermín —dijo Iglesias apretando los puños, encendido +el rostro—: tú siempre pesimista, tú siempre malévolo y suspicaz, +desconfiando de los hombres más adictos a la idea, de los que han +sabido padecer por ella persecuciones horribles.</p> + +<p>—Y tú, Nicomedes, siempre iluso y confiado, pobre enfermo de la +<i>calentura patriótica</i>,<span class="pagenum" id="Page_69">p. +69</span> ni aprendes nada de la experiencia, ni atiendes a las +lecciones del tiempo. Tanto a ti, pobre Iglesias, como a ti, Joaquín, +almas crédulas, espíritus generosos, os digo que desconfiéis de +Aviraneta, que no le ayudéis en sus maquinaciones, que le dejéis solo +en la febril inquietud de su conspirar instintivo, genial, por amor al +arte, por ley de su naturaleza.</p> + +<p>Y cambiando bruscamente al tono familiar, antes que sus atontados +amigos pudieran replicarle, se levantó y formuló la despedida en estos +términos:</p> + +<p>—Ya he sermoneado bastante, y ahora me voy, que tengo que trabajar. +Holgazanes, quedaos con Dios.</p> + +<p>—Fermín, aguarda, siéntate... que aún tenemos mucho que hablar.</p> + +<p>—¡Hablar! La maldita palabra. Es la sarna del país. España llegará +al fin del siglo sin haber hecho nada más que rascarse, es decir, +hablar... Quedaos con Dios... Y usted, señor de Calpena, al aceptarme +por su amigo, me va a permitir que le dé un consejo. Es usted muy +joven; yo tengo treinta y seis años y alguna experiencia. No haga +caso de estos pobres orates. Si quiere usted seguir el consejo de +un patriota honrado, que no padece la famosa <i>calentura</i>, y +profesa sus ideas con fría convicción, no sirva usted de correo a los +conspiradores de oficio. Y pues le han cogido de sorpresa, encargándole +comisiones que no habría aceptado con conocimiento, vénguese por +el método inquisitorial... En vez de entregar los papeles al señor +de<span class="pagenum" id="Page_70">p. 70</span> Aviraneta, arrójelos +a las llamas. Ganará usted mucho en tranquilidad de conciencia.</p> + +<p>—¡Quemarlos! ¡Eso no! —gritó Iglesias.</p> + +<p>—Créame a mí...</p> + +<p>—No le crea, no, Fernando. Es de Cuenca, que es como decir leñador y +carbonero...</p> + +<p>—Carbón, sí; carbón haría yo de todo ese fárrago de sandeces —dijo +Caballero con arrogancia, enarbolando su bastón—. Nuestro pasado +político, amigos revolucionarios, debe ir al fuego... Quemad la broza, +que las ideas, no temáis..., esas no arden.</p> + +<p>Y encasquetándose el sombrero, que era de los voluminosos que +entonces se usaban, salió del cuarto y de la casa con resuelto y +presuroso andar.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch7"> + <h2 class="nobreak g1">VII</h2> +</div> + +<p>Aunque desconcertados por la enérgica manifestación de Caballero, +que al fin hubo de condenar las bajas intrigas, no cejaron Iglesias +y López en su propósito de catequizar al joven Calpena. Aún insistió +don Joaquín en que entregase el <i>lío</i> a don Eugenio Aviraneta, +sin pensar en hacerlo cisco, como le aconsejara Fermín con implacable +rigor; y más atrevido Iglesias, propuso al joven, no que pusiese +en sus manos lo que era objeto de tantas cavilaciones, sino que +permitiera<span class="pagenum" id="Page_71">p. 71</span> ver su +contenido, prometiendo ambos guardar profundo secreto sobre lo poquito +que examinar pudiesen. Negose resueltamente don Fernando, y ellos +invocaron los principios liberales que sin duda el joven profesaba; los +grandes intereses del pueblo, al cual todos pertenecían; y añadiendo +a los halagos las promesas, ofrecieron traerle antes de tres días una +credencial de ocho mil reales en cualquier ministerio, si a satisfacer +su ardiente curiosidad se prestaba. Pero ni las demostraciones de +amistad ni las ofertas de colocación quebrantaron la delicada entereza +de don Fernando, el cual decididamente, con frase categórica y un tanto +áspera, les quitó toda esperanza, alentándole en esto su amigo Hillo +con muecas y manotadas expresivas. Replegáronse de mal talante los +patriotas al cuarto de Iglesias, y lo primero que hizo don Fernando al +entrar en el suyo fue guardar bajo llave, en los seguros cajones de una +cómoda, el contenido de su baúl, o aquella parte que convenía poner a +cubierto de cualquier sorpresa.</p> + +<p>—Hace usted bien —le decía Hillo gozoso—, porque estos +<i>libres</i>, como ellos se llaman, no se paran en pelillos. Fuera +del patriotismo, son honrados, y por nada del mundo le quitarían a +usted un botón ni un cigarro de papel. Pero en mediando lo que ellos +llaman <i>el interés de la Confederación</i> o de la libertad, aunque +esta sea tan desacreditada como la de la imprenta; como se trate +de arma política con que puedan descabellar<span class="pagenum" +id="Page_72">p. 72</span> al contrario y arrastrarle por el redondel, +se ciegan, y de noblotes y decentes se convierten en los primeros +badulaques del mundo.</p> + +<p>De acuerdo en esto como en todo, pues los lazos de su amistad se +apretaban más cada hora, salieron a dar un paseo antes de comer.</p> + +<p>—¡Qué hermoso apóstrofe el de Caballero! —decía, calle abajo, +hacia la de Alcalá, el buen clérigo Hillo—. Mejor será llamarlo +<i>conminación</i> o <i>deprecación</i>...</p> + +<p>—Llamémoslo <i>corrección fraterna</i>, que así deben nombrarse los +hijos de tal padre. Me ha gustado don Fermín. ¿Sabe usted que los otros +parecen locos?</p> + +<p>—Y no es lo peor que lo parezcan, sino que lo sean, y que nos +comuniquen a nosotros su locura. Yo siento un gran desorden en mi +cabeza.</p> + +<p>—Y yo. Le aseguro a usted que me falta poco para ponerme a +gritar en medio de la calle. ¿Conque es verdad que he conspirado +sin saberlo? ¿Conque es verdad que traigo papeles que comprometen a +la real familia... o a los reales masones, o a los isabelinos, o al +demonio coronado? Y ahora consulto yo con usted una sospecha grave: +¿tendrá alguna relación este enredo con los favores que recibo de mano +desconocida?... Esa personalidad misteriosa que en las tinieblas me +protege, ¿tendrá algo que ver con..., con no sé qué?... Yo desvarío, +se embarullan mis ideas. ¿Me encontraré envuelto, sin culpa ninguna, +en alguna endemoniada intriga? Dígame su franca opinión... Usted es +hombre<span class="pagenum" id="Page_73">p. 73</span> de mundo, +y conoce esta sociedad y estos manejos de la política. Yo soy un +inocente: vengo de un pueblo fronterizo y de una ciudad extranjera, +donde he vivido amarrado a un bufete de comerciante... Yo no sé nada de +esto. Ilumíneme usted; indíqueme si debo hacer algo, o no hacer nada y +dejar correr los acontecimientos...</p> + +<p>—Pues, mi amigo don Fernando, creo, y no hay que asustarse, que se +halla usted metido de hoz y de coz en un lío estupendo... Dígame ante +todo: ¿es cierto que trae usted esa caja?</p> + +<p>—Sí, señor; a usted puedo decírselo. Traigo un paquete bastante +pesado y voluminoso. Me lo dio una señora que en Olorón visitaba mucho +a los hermanos de mi padrino... Díjome que se presentaría a recibir el +encargo la persona a quien viene rotulado, y es también una señora, y +se llama doña Jacoba Zahón.</p> + +<p>—Eso de Zahón me huele a masonería. Y la señora que lo entregó a +usted, ¿quién es?</p> + +<p>—Allí la llamaban la Marquesa, y decían de ella que politiqueaba, +que sostenía larga correspondencia, y que en Tours y en Burdeos estuvo +en relaciones íntimas con algunos emigrados liberales.</p> + +<p>—¡Ah... por san Benito de Palermo!... Ya veo, ya veo claro... +digo, no, no veo más que oscuridades y fantasmas... Señora allá que +manda, señora aquí que recibe... Aviraneta... La <i>Confederación +isabelina</i>..., el degüello de regulares..., Mendizábal... Usted +recibido y<span class="pagenum" id="Page_74">p. 74</span> aposentado +en Madrid por personas desconocidas que no dan la cara..., usted +vestido por Utrilla..., usted obsequiado con billetes de teatro y con +otros regalitos que no habrá querido decirme... ¡Ay!, don Fernando +de mi alma, como mi religión me ordena no creer en brujas, y mi +experiencia me permite creer en enjuagues masónicos, yo le veo a usted +tocado de locura, y me vuelvo loco también, porque no entiendo una +palabra de este intrincado negocio.</p> + +<p>—¡Y luego decimos que somos clásicos!</p> + +<p>—¡Clásicos! Eso quisiéramos. El mundo está tocado de insana +demencia... Ya no pasan las cosas como antes, con aquella pausa y +regularidad de otros tiempos; todo está trastornado; reina la sorpresa, +mangonea el acaso, y los acontecimientos se suceden sin ninguna lógica. +Ya no hay reglas, mi querido don Fernandito. Esto es el caos, la +barbarie, la anarquía de las almas. Corre un viento de desorden, y en +la naturaleza no hay aquella serenidad, aquella calma majestuosa... +¿Digo mal?</p> + +<p>—Dice usted muy bien. Yo me noto lanzado en este vértigo, en este +espantoso remolino.</p> + +<p>—Todo por ese maldito... Hasta me repugna pronunciar su nombre.</p> + +<p>—Ese maldito... ¿qué?</p> + +<p>—¿Sabe usted, Fernando Calpena —dijo el clérigo con solemne +gravedad, parándose en firme—, quién tiene la culpa de esta locura +que nos saca de quicio, de esta llamarada<span class="pagenum" +id="Page_75">p. 75</span> que nos abrasa el rostro, de esta comezón que +nos hace bailar la tarántula?</p> + +<p>—¿Quién tiene la culpa?...</p> + +<p>—¡Qué! ¿No lo acierta? Pues tienen la culpa Víctor Hugo y Dumas, +esos dos infames progenitores del romanticismo... ¡El romanticismo! Ese +es el remolino, ese es el vértigo, esa es la locura...</p> + +<p>—Don Pedro —dijo Calpena, sin encontrar pertinente lo que afirmaba +su amigo—, ¿qué tiene que ver...? ¡Dumas, Víctor Hugo!... son dos +grandes poetas...</p> + +<p>—Que han desatado las tempestades en nuestra literatura, y tras +el desquiciamiento de la literatura ha venido el de la política, y +luego el de la vida toda... Yo, a esos dos, les mandaría cortar la +cabeza, sin cargo alguno de conciencia, como a malhechores del género +humano, y me quedaría tan fresco... ¿No ve usted que ya no hay orden +ni reglas en el curso de los hechos que constituyen la vida? ¿No ve +usted que ya todo es exaltación, misterio, fantasmas, lo desconocido, +lo imponderable?... Pues espérese usted un poco, que ya empezarán los +espectros, las tumbas, los cipreses funerarios... En fin, vámonos a +comer, que yo, la verdad sobre todo, tengo ya ganas. Y esta tarde nos +iremos a dar un largo paseo por las afueras, para que usted me cumpla +su promesa de contarme algo de su vida, y del cómo y el por qué de +haber venido a este maldito Madrid.</p> + +<p>—Volvámonos a casa —dijo Calpena sobresaltado, pues temía un +golpetazo repentino<span class="pagenum" id="Page_76">p. 76</span> de +la suerte, como contrapeso de tantas venturas—, y veremos cuál es la +sorpresa de esta tarde.</p> + +<p>—¡Qué!... ¿Teme que venga de sopetón la mala?... Deseche usted ese +recelo, porque si viniera la mala, caería sobre mí. Quiero decir que +aquí está Pedro Hillo para recogerla, pues yo seré su pararrayos, +señor don Fernandito. No dude que si salta la chispa caerá sobre este +cura..., y usted libre, usted siempre feliz... Si no, al tiempo.</p> + +<p>Sorpresa hubo, en efecto; mas no desagradable, como Calpena temía. +Al entrar le dio Méndez un paquetito que acababan de traer. Pálido y +ceñudo, el joven no se atrevía a cogerlo. Hízolo Hillo, tomó el peso, y +se echó a reír diciendo:</p> + +<p>—Que me excomulguen si esto no es dinero contante y sonante.</p> + +<p>El paquetito era como una carta muy abultada, o como un libro de +poco volumen, esmeradamente envuelto en papel superior, cerrado con +lacres. Estos no tenían sello con letras o escudo. Antes de abrirlo, +preguntó don Fernando a Méndez quién lo había traído.</p> + +<p>—Ha sido el mismo señor, ese que llaman <i>Edipo</i>.</p> + +<p>—No puede ser más clásico —observó don Pedro—. A ver, a ver..., abra +usted.</p> + +<p>—Podría usted haberle dicho que se esperara. Yo le habría +interrogado... En fin, veamos qué es esto.</p> + +<p>Metiose en su cuarto con Hillo, y en pocos segundos quedó aquel +nuevo enigma descifrado a medias, pues si debajo del envoltorio<span +class="pagenum" id="Page_77">p. 77</span> apareció una elegantísima y +perfumada cartera de piel, con un cartoncillo en el cual resplandecían +ocho medias onzas prendidas con un cruce de seda encarnada, no se +encontró papel escrito, ni tarjeta, ni cifra por donde la procedencia +pudiera ser conocida.</p> + +<p>—Muy bien —dijo el presbítero restregándose furiosamente las manos—. +Eso no podía faltar... Aparece la lógica en medio de este barullo +romántico... Le mandan a usted dinero para el bolsillo, pues un joven +vestido por Utrilla, un caballero que ocupará altas posiciones, que +figurará entre los más elegantes de Madrid, no es bien que ande sin +pólvora... Ea, no se devane ahora los sesos... Ya parecerá, señor, ya +parecerá el donante. Vámonos al comedor, que con estas sorpresas se me +aguza el apetito.</p> + +<p>Comieron solos, porque Iglesias, convidado por López, se había ido a +la fonda de Genieys; don Fernando hablaba poco; a Hillo se le despertó +la locuacidad con tanta fuerza como el apetito, y trataba de apartar al +joven Calpena de la sombría cavilación en que había caído...</p> + +<p>—Antes dije a usted que estábamos locos, y ahora añado que bendita +sea la locura si viene siempre así. Mientras lluevan medias onzas, ora +sean en pasta, ora transformadas en cosas de diferente utilidad, no +llore usted, joven. Si luego nos cae alguna rueda de molino, tiempo +habrá de lamentarlo. Y hablo en plural, porque si mi delicadeza no +me permite participar de los beneficios exclusivamente destinados a +usted, deseo y<span class="pagenum" id="Page_78">p. 78</span> quiero +ser partícipe de los males, cuando Dios se fuere servido de enviarlos. +Conque reposemos un rato la comida, y luego nos iremos a estirar las +piernas al Retiro.</p> + +<p>Hiciéronlo así, y descansando de su caminata a la sombra de unos +copudos negrillos, en sitio sosegado, allá por el Baño de la Elefanta, +don Fernando se franqueó con su amigo, ofreciéndole los datos +biográficos que anhelaba conocer, como clave o guía para descubrir la +<i>misteriosa mano</i>.</p> + +<p>—Los primeros recuerdos de mi infancia —contó Calpena— se refieren +a Vera, y a la casa del cura de aquel pueblo. Pero yo nací y fui +bautizado en Urdax, no constando en la partida más que el nombre de +mi madre, Basilisa Calpena. Ni la conocí nunca, ni he sabido de ella, +pues la mujer que me crio se llamaba Ignacia, natural de Zugarramundi, +habitante en Vera, en una casita próxima a la del cura. No tenía yo +dos años cuando este me llevó consigo, y ya no me separé de él hasta +su muerte, ocurrida el año 32. Llamábale yo padrino, y él a mí ahijado +y a veces hijo. Era el hombre más excelente que usted puede imaginar, +sin tacha como sacerdote, verdadero pastor de sus feligreses; tan +caritativo que todo lo suyo era de los pobres; entendido en mil cosas, +principalmente en agricultura, en astronomía empírica y en humanidades; +gran latino, tan modesto en sus hábitos y tan apegado a la humilde +iglesia en que desempeñaba su ministerio que rechazó la oferta<span +class="pagenum" id="Page_79">p. 79</span> de una capellanía de +Roncesvalles y del deanato de Pamplona. Para mí, don Narciso Vidaurre, +que así se llamaba, era la primera persona del mundo, y en él se +condensaron siempre todos mis afectos de familia, pues él era para mí +como padre y maestro. Si no me había dado la vida, me dio la crianza, +la educación, y me enseñó a ser hombre, infundiéndome la dignidad, +la confianza en mí mismo, y preparándome para los mil trabajos de la +vida. Desde niño me enseñó todo lo concerniente, en lo moral y en lo +social, a personas principales..., quiero decir que me crio para señor, +no para sirviente ni para la vida oscura y zafia del campo. Aunque no +con puntualidad, don Narciso recibía cantidades para mi sostenimiento, +educación y demás. Ellas venían unas veces de Madrid, otras de Burdeos +o París. De esto me enteré yo en mi niñez; pero él nunca me dijo nada, +y aunque a veces aludía vagamente a mis padres, dándome a entender +que existían, y que yo podría conocerles andando el tiempo, jamás me +habló concretamente de asunto tan delicado. Sin duda, no se creía +con facultades para hacerme tal revelación; o tal vez aguardaba a +que yo cumpliese determinada edad. No sé, no sé, amigo Hillo... Mis +confusiones son ahora las mismas que hace algunos años. Quizás, si mi +padrino viviera, ya habría cesado mi ignorancia de cosa tan importante; +quizás...</p> + +<p>—Permítame... Entre paréntesis... —dijo don Pedro, que ponía +profunda atención en el<span class="pagenum" id="Page_80">p. 80</span> +relato—. Una pregunta: ¿en aquel tiempo recibía usted, también +favorcitos misteriosos de la <i>mano oculta</i>?</p> + +<p>—En tiempo de mi padrino, jamás. En París, una vez sola. Ya llegará +oportunidad de contarlo... Seguiré con método.</p> + +<p>—Permítame otra pregunta: ¿ese señor murió de repente?</p> + +<p>—Sí..., de un ataque apoplético. No le dio tiempo a nada.</p> + +<p>—Claro..., si hubiese tenido tiempo, lo natural y lógico era +llamarle a usted..., decirle: «Hijo mío, tal y tal...».</p> + +<p>—Su muerte fue para mí un golpe tremendo. Parecíame que se acababa +el mundo, la humanidad; que yo me veía condenado a soledad eterna, a un +desamparo tristísimo... Aquel santo hombre era para mí la única y total +familia, el maestro, el amigo, el inspirador de todos mis pensamientos, +guía de todos mis actos... Dejome un horrible vacío...</p> + +<p>—Dispense... Otra pregunta: ¿no tenía el buen don Narciso, como +es uso y costumbre en la clase de curas, alguna familia de sobrinas, +amas?... ¿O es que vivía enteramente solo?</p> + +<p>—Tenía una hermana más vieja que él, doña María del Socorro, que +le llevó tres años por delante en el morir; buena señora, aunque algo +regañona y descontentadiza, y un hermano que no vivía en Vera... +Muerta doña María, siguieron gobernando la casa una sobrina, que al +poco tiempo casó con uno de Fuenterrabía, y dos antiguas criadas<span +class="pagenum" id="Page_81">p. 81</span> de la familia, que aún sirven +al sucesor en el curato, un sobrino segundo, llamado Avelino, buen +muchacho, pero que no es ni la sombra de su tío... No nacerá otro don +Narciso Vidaurre, el santo, el justo, el sabio, el discreto, el...</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch8"> + <h2 class="nobreak g1">VIII</h2> +</div> + +<p>Nueva interpelación de don Pedro, que impaciente quería profundizar +en el hermoso asunto, para llegar pronto a la verdad.</p> + +<p>—Perdóneme otra vez, Fernandito, si le interrumpo. ¿Ese señor cura +no se señaló, como todo el clero navarro, por la adhesión a las ideas y +a la persona de don Carlos María Isidro?</p> + +<p>—Verá usted... Mi padrino, hombre de acendrada religión, manifestaba +despego a los revolucionarios y jacobinos... Del 14 al 20 simpatizó +con los realistas, por lo cual le tuvieron entre ojos las autoridades +de los <i>tres años</i>. Poco antes de la entrada de Angulema, tuvimos +que salir de Vera y refugiarnos en Cambo. Pero a principios del 24 +ya estaba mi padrino en su parroquia, y entonces le ofrecieron la +canonjía de Pamplona, que rehusó. Desde el 24 hasta la muerte del +rey, se abstuvo de manifestar con demasiada viveza sus sentimientos +realistas.<span class="pagenum" id="Page_82">p. 82</span> Debo decir +también que el buen señor tenía relaciones con personas del bando +liberal. Era muy amigo del general Mina...</p> + +<p>—¡De don Francisco Espoz y Mina!</p> + +<p>—Hacia el 22, comía en la Rectoral siempre que pasaba por Vera... +También tenía don Narciso gran confianza con Eraso, el segundo de +Zumalacárregui, y aun con este, en época anterior al carlismo, cuando +don Tomás era coronel de ejército. Sí, señor... ¡Pues tengo tan +presente a Mina... le vi tantas veces en mi casa!</p> + +<p>—¿Y con usted se mostraba cariñoso?...</p> + +<p>—Como que monté a caballo más de una vez en sus rodillas. Me quería +mucho..., me llamaba <i>petit caporal</i> y no sé qué... Ahora que +recuerdo: también nos visitó alguna vez el conde de España.</p> + +<p>—¿Y en las rodillas de ese también montaba usted?</p> + +<p>—Creo que no. La época es más remota, y apenas me acuerdo.</p> + +<p>—¿Y entre tantos generales no iban alguna vez generalas?... ¿No +recuerda haber visto en la casa del cura duquesas o princesas...?</p> + +<p>—Personas de tanta categoría..., no sé..., como no fueran +disfrazadas.</p> + +<p>—Adelante. Murió el señor cura, sin poder decir oste ni moste..., y +luego...</p> + +<p>—El hermano de don Narciso vivía en Urdax, dedicado al tráfico +de maderas. Este señor se encargó de mí. Honrado y cabal, no se +parece nada a su difunto hermano: carece de<span class="pagenum" +id="Page_83">p. 83</span> instrucción, y es seco, adusto, sin +delicadeza. Lo primero que hizo conmigo fue mandarme a Olorón para que +siguiera mis estudios en un colegio. Allí viví unos meses en casa de +un tal Maturana, habilísimo mecánico y armero, algo pariente y amigo +íntimo de los Vidaurres. De pronto recibí órdenes de trasladarme a +París a aprender prácticamente el comercio, pues al comercio querían +dedicarme. Me mandaban acá y allá, sin darme explicaciones, y si +alguna observación hacía yo, me respondían simplemente: «Manda quien +manda».</p> + +<p>—Ya me habló usted de su viaje a París para entrar en la casa de +banca donde conoció a Mendizábal; dígame ahora cómo se le manifestó la +<i>mano oculta</i> en aquella ciudad.</p> + +<p>—Yo vivía con otro chico guipuzcoano, compañero mío de escritorio, +en una modesta pensión del <i>faubourg</i> Poissonière. Un día me +encontré en la mesa de mi cuarto una carta dirigida a mí. Dentro +de ella había dos billetes de la <i>Banque de France</i>, que allí +circulan como metálico. Total: doscientos francos, que me vinieron +muy bien. No pude averiguar quién me había llevado la carta: ni en +la casa ni en mi oficina supieron darme ninguna razón. Pero aquella +vez el dinero no venía solo, sino con una cartita muy lacónica en +que se me mandaba oír misa, al día siguiente, a las nueve en punto, +en la iglesia de <i>Notre Dame des Victoires</i>. Naturalmente, +fui, y nada me sucedió, es decir, nadie se me acercó a hablarme, +como esperábamos<span class="pagenum" id="Page_84">p. 84</span> mi +compañero y yo, que creímos se trataba de una aventura vulgar.</p> + +<p>—Si usted no vio a nadie, sin duda alguien a usted le vería... ¿Era +ya en el reinado de Luis Felipe?</p> + +<p>—Sí, señor. De repente, con la misma brusquedad con que fui enviado +a París, llamáronme a Olorón, y allí estaba cuando se nos presentó +Faustino Vidaurre, al parecer para tratar de negocios... Noté yo que +él y Felipe Maturana se decían algo referente a mí, recatándose de +que yo lo entendiera. Una mañana me notificaron que vendría pronto a +Madrid, donde se me dada un destino en las oficinas del Gobierno, con +sueldo bastante para vivir decentemente en esta capital. Yo me alegré, +porque allí no hacía nada, y la holganza monótona de aquel pueblo me +enfadaba, me ponía enfermo... Vi los cielos abiertos; me aventuré a +pedir alguna explicación al hermano de mi padrino; pero no me dijo más +que la frase sacramental: «Quien manda, manda». Y Maturana agregó: +«Llevarás tu viaje pagado, y algo para que puedas vivir un par de meses +en un alojamiento arregladito. Ya puedes empaquetar tu ropa y tus +libros...». Y como yo expresase alguna inquietud acerca de mis primeros +pasos en esta villa, no teniendo aquí conocimientos ni trayendo carta +de recomendación, Faustino me dijo: «Anda, anda, hijo, y no temas nada, +que ya tendrás quien te ampare y mire por ti. Vete descuidado, que nada +te faltará... Y no te mandamos tan desprovisto<span class="pagenum" +id="Page_85">p. 85</span> de apoyos y recomendaciones, pues además de +los que allí te saldrán donde y cuando menos lo pienses, en Madrid +tienes a nuestro primo Carlos Maturana, diamantista que fue de la Real +Casa, y hoy comerciante en piedras preciosas. Ya le hemos escrito +para que te preste algún socorro, si por acaso lo necesitares. Pero +no esperes encontrarle en la corte hasta los últimos de septiembre, +porque ahora está viajando por el norte de Italia, y tardará un mes +lo menos en llegar a Madrid. Vive en la plaza de la Armería, junto a +Palacio». Llegó el día de mi partida, y me despidieron muy conmovidos, +como si no pensaran volver a verme. Tanto Maturana como Faustino y las +mujeres de ambos, me dirigieron el último saludo con una extrañísima +gravedad..., vamos, con algo como demostración de respeto... No sé si +me explico...</p> + +<p>—Comprendido, comprendido... Es muy natural... ¿Y...?</p> + +<p>—Ya, a eso voy. Dos días antes de mi salida de Olorón, se llegó por +allí una señora muy estirada, con muchos moños grises alrededor de la +cabeza, sombrero con cintas y encajes. Hablé con ella dos o tres veces, +asombrándome de su instrucción, de su finura, de su conocimiento de la +política, así francesa como española. La esposa de Maturana, persona +también de excelente educación, francesa, hija de un librero de Foix, +celebraba frecuentes encerronas con la dama desconocida. A esta la +llamaban <i>madame Aline</i>.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_86">p. 86</span></p> + +<p>—¿Francesa?</p> + +<p>—Pues mire usted que no lo sé... Habla correctísimamente el español, +aunque con un ligero acento... no sé, me pareció catalán. Pues bien: +esta señora fue la que me dio el encargo que tan soliviantados trae +a nuestros patriotas. Tanto ella como Maturana me encargaron tuviese +mucho cuidado de no entregar el paquete más que a la persona a quien +viene dirigido. «Será muy difícil —me dijo madame Aline— que haya +equivocación ni suplantación, si usted se fija bien en las señas que le +doy. La señora en cuyas manos pondrá usted la cajita, es jorobada».</p> + +<p>—¡Lo ve usted! —exclamó Hillo, dándose un fuerte palmetazo en la +rodilla—. ¿Ve usted cómo acertaba yo cuando hablé del torbellino +romántico? En el romanticismo desempeñan siempre un papel culminante +los jorobados, o siquiera cargados de espalda, los tuertos, patizambos, +y en general toda persona que tenga alguna deformidad visible. También +figuran en él los tísicos, los locos y los que padecen ictericia.</p> + +<p>—Jorobada —me dijo—, de sesenta años, y algo impedida de la pierna +derecha.</p> + +<p>—Bueno, bueno, bueno... Lo que digo: en pleno romanticismo. ¿Y +qué nos importa? Mejor, más divertido: no nos faltarán emociones, +sorpresas y... corcovas... ¡Ay!, Fernandito de mi alma, me equivocaré +mucho si de todo esto no resulta una <i>anagnórisis</i> felicísima... +Nada, nada, no hay que temer nada malo, sino una verdadera irrupción +de bienes.<span class="pagenum" id="Page_87">p. 87</span> Yo estoy +contento, no sé qué me pasa. El bien ajeno no me produce envidia, sino +una exaltación de cariño y entusiasmo por la persona favorecida. Así es +que estallo de satisfacción, y me parece que esta noche he de atacar la +cena con un apetito fenomenal. Adelante. ¿Falta algo?</p> + +<p>—Sí, señor: falta que usted conozca la clase de educación que me +dio mi padrino; los sentimientos con que fortaleció mi conciencia; las +ideas con que fue labrando mi criterio... Desde muy niño me acostumbró +a mirar la moral excesivamente severa como base de una vida ejemplar. +La moral rígida, según él, es un deber que impone la fe, y al propio +tiempo una indudable ventaja para la vida. Me enseñó a abominar de +la mentira, siendo en esto tan extremoso que ni aun me permitía los +embustes inocentes que son el encanto principal de la infancia. De amor +al prójimo, de caridad y abnegación, no hablemos, pues esto, con solo +su ejemplo, diariamente me lo enseñaba. Ponía un cuidado exquisito en +que yo aprendiese desde muy niño a refrenar los deseos violentos, a no +apetecer cosa alguna con demasiado ardor, a poner freno a las pasiones. +Ya he dicho a usted que era un humanista de primer orden, y clásico +ferviente, resultando armonía perfecta entre su gusto artístico y todos +los actos de la vida, que iban siempre a compás, como sus pensamientos. +De los modernos autores, Moratín era su ídolo. Se carteaba con él y +con el abate Melón, y se sabía de memoria todas<span class="pagenum" +id="Page_88">p. 88</span> las poesías serias y festivas de don Leandro, +así como sus traducciones de Horacio. ¡Cuántas veces le oí declamar con +grave entonación aquel pasaje!:</p> + +<div class="poetry-container"> +<div class="poetry"> + <div class="stanza"> + <div class="verse indent0">¿De cuál varón o semidiós el canto</div> + <div class="verse indent6">previenes, alma Clío,</div> + <div class="verse indent0">en corva lira o flauta resonante?</div> + </div> +</div> +</div> + +<p>La sátira «<i>¿Quieres casarte, Andrés?</i>» la repetía +enterita, sin el menor tropiezo. Explicándome las bellezas de estas +composiciones, me hacía ver cómo la poesía, para ser de buena ley, +debe subordinar la inspiración al buen gusto y a la regularidad. Mas +no quería que fuese yo poeta, y una vez que me sorprendió haciendo +versos, me los puso en solfa, incitándome a que, en vez de expresar +mis pensamientos con música y medida, cultivara la buena prosa, que, +sin duda, podía ofrecerme ancho campo al empleo de la inteligencia, +así en la oratoria política como en la forense, en la historia, en la +filosofía, y en todas las artes liberales. Por Cicerón tuvo verdadera +idolatría, y decía que era lástima fuese gentil un hombre que expresaba +las ideas con tal perfección, dando al raciocinio la palabra más propia +y más enérgica. Repetía de memoria pasajes del gran orador y filósofo; +me los explicaba; me hacía ver su concisa elocuencia, la propiedad, el +empleo exacto de las voces...</p> + +<p>—Repetiría aquel pasaje: <i>Nihil agis, nihil moliris, nihil +cogitas</i>...</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_89">p. 89</span></p> + +<p>—<i>Quod ego, non modo non audiam, sed etiam non videam</i>...</p> + +<p>—Ejemplo admirable de lo que llamamos <i>climax</i>...</p> + +<p>—Como usted comprende, me enseñó el latín a machamartillo, porque, +según él, es el latín la madre de todas las enseñanzas, y única +escuela segura del buen gusto. El latín, decía, no solo hace hombres +eruditos, sino buenos ciudadanos, personas sociables, finas y amenas... +Por último, para que usted se haga cargo de cómo formó mi carácter +aquel gran maestro, recordaré las máximas que con tenacidad me iba +claveteando, como si dijéramos, en la cabeza, y así verá el contraste +que forma aquella enseñanza teórica con lo que después me ha traído la +realidad. «Ajusta siempre tus acciones —me decía— a un plan lógico, +dentro de la más estricta moralidad, y no te separes de él por nada ni +por nadie. Puede que este sistema te ocasione alguna desazón pasajera; +pero a la larga apreciarás y saborearás sus hermosos resultados... No +confíes nunca en lo imprevisto; no esperes nada del acaso, y que tu +conducta sea siempre lo que <i>debe ser</i>, lo previsto, lo estudiado, +y en modo alguno dependa del <i>qué será</i>... No aceptes jamás +cosa alguna que no sepas de dónde viene, ni te fíes de prosperidades +fantásticas, que suelen volverse infortunios reales... Lábrate la dicha +con tu trabajo, acostúmbrate a que tu bienestar sea obra de ti mismo, +y no esperes nunca favores llovidos del cielo... No contraigas<span +class="pagenum" id="Page_90">p. 90</span> deudas, ni aun por mínima +cantidad, y advierte que es preferible pedir una limosna a cargarte +de obligaciones... Ama la regularidad, el orden, pues si no hay arte +posible sin reglas, también está sujeto a cánones invariables el arte +de la vida... Considera que lo que no hayas adquirido por ti mismo no +es tuyo, sino ajeno, que si aceptas beneficios que no has ganado con tu +esfuerzo, te verás ligado por la gratitud, y la gratitud puede torcer +tu voluntad, y apartarte de la senda del deber rígido y estrictamente +moral... En lo tocante a opiniones políticas, mantente siempre en el +fiel de la balanza, y cualquiera que sea la bandería a que te veas +afiliado, no hagas un dogma cerrado de tus creencias, ni niegues a la +creencia de los demás el respeto que merece... Nunca te acalores en +la vida pública ni en la privada; no seas fogoso en tus pasiones, que +eso es vicio romántico, de que debes huir como de la peste; mantente +siempre templado, dueño de ti, sereno y en disposición de sortear las +vehemencias ajenas. Así dominarás, sin ser nunca dominado, porque +el fiero se entrega al fin, y se rinde al flemático... En todos los +negocios preséntate siempre de buena fe, situándote en posición +derecha, frente a las intenciones del que ha de tratar contigo...».</p> + +<p>—Pues esta máxima —dijo Hillo gozoso— corresponde a una de +las principales reglas del toreo, que llamamos <i>situarse en la +rectitud</i>... Adelante.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_91">p. 91</span></p> + +<p>—Conque ya ve, señor don Pedro, cómo no corresponde la palpitante +realidad a la norma de conducta que mi preceptor me enseñaba; y aquí +me tiene usted sin voluntad propia, sometido a misteriosas manos que +me gobiernan... Lo desconocido me rige, la imprevisión me guía... +Estoy amenazado del descrédito de toda la doctrina que aprendí, y no +veo manera de aplicar ninguna regla, porque todas están por el suelo, +pisoteadas por el acaso, a quien pertenezco sin poder evitarlo.</p> + +<p>—No es el acaso: es el supremo designio, hijo mío. Pero no te apures +—dijo don Pedro, empezando a tutearle sin darse cuenta de ello, por una +efusión de cariño que rápidamente invadía su corazón—. Considera que +sobre todas las reglas está la realidad de la vida, y que no podemos +desviar los acontecimientos de su natural curso, trazado por Dios. +Tu padrino debió tener en cuenta el misterio de tu origen, antes de +recomendarte que abominaras de lo desconocido. ¿Por qué no te reveló +lo que sin duda sabía? O es que no sabía nada. De todos modos, hijo +mío, tu existencia se balancea en el misterio, y el misterio ha de +rodearte, y lo imprevisto te rondará por mucho tiempo, pese a toda la +ciencia y a toda la bondad de ese don Narciso Vidaurre... ¿Qué resulta? +Que tu padrino te quiso criar para lo clásico, sin considerar que eres +romántico inconsciente, esto es, que a pesar tuyo el romanticismo te +coge en su remolino furioso... Dispénsame que te tutee: siento<span +class="pagenum" id="Page_92">p. 92</span> hacia ti un profundo afecto. +Te miro como un hijo; más propio será decir como hermano. Quiero +compartir tus desventuras... cuando lleguen... Seamos románticos; +aceptemos la realidad, y pues esta es ahora tan buena, no le busques +tres pies al gato y date por muy contento con los bienes que llovidos +caen sobre ti. Después vendrá la <i>anagnórisis</i>, y volveremos a +lo clásico, al triunfo, a la apoteosis, que será coronamiento de tu +destino. Sí, querido Fernando. Tu porvenir es hermoso; tú eres lo que +no pareces... Serás grande, poderoso... Alégrate. Seremos amigos, +grandes amigos; seremos hermanos. Y ahora, chiquillo, pues cae la +tarde, vámonos despacito hacia nuestra vivienda, que la hora de la cena +se aproxima, y yo, la verdad, con todo eso que me has contado, siento +que se me avivan de un modo horroroso las ganitas de comer.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch9"> + <h2 class="nobreak g1">IX</h2> +</div> + +<p>Era verdad que don Pedro se sentía inflamado de un cariño sincero +hacia el joven Calpena, afecto absolutamente desinteresado, pues no +se arrimaba a su amigo con intenciones de parasitismo, viéndole en +camino de doradas grandezas, sino que anhelaba guiarle por los senderos +peligrosos que probablemente<span class="pagenum" id="Page_93">p. +93</span> se abrirían ante él; aconsejarle, dirigirle, evitarle todos +los escollos, para que gozase libre y desembarazadamente de los bienes +que el cielo le deparaba.</p> + +<p>No tardó Utrilla en rematar algunas, si no todas las piezas de ropa +de que había tomado medidas. Dos pantalones, dos chalecos y una levita +fueron entregados a los tres días de la prueba, y la terminación de lo +demás se anunció para la semana próxima. Empezó por fin don Fernando +a ponerse guapo y elegante, lo que con tal ropa, y los aditamentos de +corbata, calzado, peluquería, etc., era cosa muy fácil en un joven a +quien dotó la naturaleza de airosa figura, hermoso rostro, y modales +finísimos <i>a nativitate</i>. Hillo le contemplaba embobado, viendo en +él un perfecto tipo de raza aristocrática. El propio duque de Osuna, +don Pedro Téllez Girón, no le aventajara, ni los agregados de la +Embajada inglesa.</p> + +<p>Desde que tuvo ropa fue incitado por su amigo a frecuentar los +teatros. Hillo no le acompañaba por causa de su ministerio sacerdotal. +Fea cosa era ir a los toros; pero más disculpable para un clérigo que +el teatro, por celebrarse las corridas en pleno día y no ser preciso +en ellas descubrirse la cabeza, exponiendo a la befa popular la ungida +corona. Con todo, buenas ganas tenía de colarse una noche en la +cazuela, disfrazado, para ver en el patio a Fernandito, y sorprender el +efecto que causaba en la concurrencia. Contentábase con verle vestirse +y acicalarse, y<span class="pagenum" id="Page_94">p. 94</span> poner +en sus manos el sombrero y bastón cuando salía. Aunque el niño volviese +tarde, don Pedro no se acostaba hasta que le veía entrar, y allí eran +sus preguntas:</p> + +<p>—Qué tal, hijo, ¿te has divertido mucho? ¿Has dado golpe? Apuesto +a que todos los lentes, y esos anteojos que llaman gemelos, se han +dirigido a tu gallarda persona.</p> + +<p>En el Príncipe daban <i>Norma</i>, cantada por la señora Oreiro +de Lema y el señor Unanue. En la Cruz, <i>La joven reina Cristina +de Suecia</i>, traducida del francés. Así de las obras como de la +ejecución, pedía el clérigo a su amigo noticias prolijas, y el chico se +las daba, advirtiendo la absoluta ignorancia teatral del buen señor, +que no había visto nunca más pieza que <i>El mágico de Astrakán</i>, +allá en Zamora, siendo él una criatura.</p> + +<p>Menudeaba Calpena sus asistencias al Príncipe, y viéndole tan +aficionado, decía don Pedro:</p> + +<p>—¡Cómo se conoce que nos salen novias a docenas!... La suerte es que +este chico se pasa de prudente y avisado, y no le atrapará ninguna de +esas culebronas que...</p> + +<p>Dígase, para explicar la confusión que seguía presidiendo los +destinos de don Fernando Calpena, que a fines de septiembre nadie había +ido a recoger el misterioso encargo traído de Olorón; que una tarde +llegó carta anónima, no llevada por <i>Edipo</i>, sino por persona +desconocida que la dejó en la puerta, y que algunas noches, al volver +Fernando del teatro, creía que le seguían dos personas buscándole las +vueltas y espiándole<span class="pagenum" id="Page_95">p. 95</span> +los pasos. La carta no traía dinero: estaba escrita por mano nada +premiosa, menudito el trazo, la gramática bastante correcta, y solo +contenía lacónicas advertencias y admoniciones cariñosas:</p> + +<div class="carta"> + + <p>«Mira, niño: los guantes amarillos son de más distinción que los + blancos... También te digo que no es del mejor tono aplaudir en el + teatro tan estrepitosamente, sobre todo a medianos artistas... Por + más que tú creas otra cosa, a juzgar por tu entusiasmo, la Ridaura + no hace nada de particular en su parte de Adalgisa... Oye, niño: que + vayas a misa al Carmen Descalzo, a las nueve en punto, y procura no + estar en la iglesia tan distraído. A la iglesia no se va a mirar a + las muchachas, sino a rezar con devoción... — P. D. Cuando se te + acabe el dinero, te pones en misa la corbata escocesa, usando la + negra para anunciar que lo has recibido».</p> + +</div> + +<p>—Observaciones son estas —decía Hillo radiante de satisfacción— +atinadísimas. Mi leal opinión es que no debes ponerte la corbata +escocesa sino cuando tengas verdadera necesidad de nuevas remesas de +metálico. No hay que abusar, hijo.</p> + +<p>La gran sorpresa cayó, como chispa del cielo, una tarde, al volver +Méndez de su oficina. Traía un pliego de oficio dirigido a Calpena, y +al ponerlo en sus manos, le dijo:</p> + +<p>—Esta comunicación fue entregada al portero mayor para que +indagara las señas. Corrió entre nosotros de mano en mano, hasta que +vi el nombre... ¡Qué casualidad! «¡Pero si<span class="pagenum" +id="Page_96">p. 96</span> le tengo en mi casa!». Ábralo usted pronto, +que, si no me engaño, es nombramiento.</p> + +<p>Calpena se quedó frío de estupor. Don Pedro, como el que sueña +despierto, exclamó:</p> + +<p>—¡Credencial! Será cuando menos de Administrador de Tercias Reales, +o de Colector del Noveno y Medias Annatas.</p> + +<p>Abierto el pliego, resultó contener un nombramiento de Oficial +de la Secretaría de Hacienda, con doce mil reales: firmaba +<i>Mendizábal</i>. Un tanto desconcertó a Hillo el ver que la nueva +dádiva, parabólicamente arrojada por la <i>mano oculta</i> sobre aquel +venturoso mortal, no correspondía, con ser grande, a las hipérboles que +soñara la desbocada fantasía del clérigo. Pero reflexionando en ello, +no tardó en conformarse y dijo:</p> + +<p>—Para hacer boca no está mal. Pocos serán los que empiecen así. +Papilla de doce mil reales no se da ni a los hijos de los ministros. +Y aquí estoy yo, pretendiendo hace catorce años una triste cátedra +con seis mil, sin que hasta la presente... Pero no importa... Conque, +hijo, alégrate y toca las castañuelas, que por lo que veo, el mundo es +tuyo. Oye: que no pasen dos días sin ir a tomar posesión y a darle las +gracias al señor de Mendizábal.</p> + +<p>Ni contento ni triste, sino fluctuando entre sus sombrías +inquietudes y el gozo retozón de su vanidad halagada, Calpena contestó +que no pondría los pies en el ministerio sin dar antes un paso que su +decoro exigía y su ardiente curiosidad reclamaba. Empleó la mañana +siguiente en la diligencia de<span class="pagenum" id="Page_97">p. +97</span> buscar al llamado <i>Edipo</i>, lo que no le fue difícil +recorriendo oficinas y retenes policiacos; pero el tal no le dio +ninguna luz. No era más que un simple <i>intromedario</i>: llevaba +los mensajes sin conocimiento de su procedencia; le llegaban de +segunda mano, o sea por órdenes de su inmediato jefe, el señor don +Manuel de Azara. Sin pérdida de tiempo echose don Fernando a buscar +a este; solicitó audiencia, que le fue concedida, después de largos +plantones, al anochecer del día siguiente, y encontrose frente a +un hombre extraordinariamente calvo y con el bigote teñido, que le +escuchó benévolo y un tanto malicioso; pero sin dar lumbres. Aseguró +que de la credencial no tenía la menor noticia, y que de la remesa de +encarguitos, así como de la preparación de aposento, no podía revelar +cosa alguna por habérsele impuesto absoluta reserva <i>bajo pérdida de +destino</i>...</p> + +<p>—Y francamente —dijo al terminar—, no hay más remedio que defender +la plaza como se pueda, mayormente cuando a uno le tienen entre ojos +por ser criado a los pechos de don Tadeo Ignacio Gil... Gracias +que Olózaga me considera y está contento de mí... En una palabra, +caballerito, no me pregunte usted nada, porque no he de responderle. +Precisamente el señor Subdelegado me estima, como he dicho, porque no +hay quien me iguale en el don de silencio. Y si me permite usted darle +un consejo, le diré que aprenda cosa tan fácil, poniéndose a ello, +como es el callar. Lo difícil, señor mío, es<span class="pagenum" +id="Page_98">p. 98</span> callarse cuando a uno le pegan; pero callarse +cuando le miman y regalan..., ¡qué cosa más fácil! Créame a mí: déjese +llevar, déjese querer...</p> + +<p>No muy satisfecho, aunque resignado con la cómoda filosofía del +polizonte, se volvió a su casa don Fernando, y antes de poder contar +a Hillo la reciente entrevista, recibieron ambos una nueva sorpresa: +carta del misterioso corresponsal, que decía:</p> + +<div class="carta"> + + <p>«Tontín, aunque Mendizábal recuerda al jovenzuelo que le sirvió + de amanuense en el hotel <i>Meurice</i>, en París, no le hables de + tal cosa cuando le veas, que le verás. No le pidas audiencia para + darle las gracias: él te llamará. Adúlale un poquito, que le gusta, + y si trabajases algún día en su despacho particular, no te muestres + cansado, aunque te tenga diez o doce horas con la pluma en la mano, + que le entusiasman los incansables, como él.</p> + + <p>»No faltes el sábado, en el Príncipe, al estreno de <i>Los hijos + de Eduardo</i>, traducido de Delavigne por el tuerto Bretón. Dicen + que es cosa buena. Y si repiten el <i>Don Álvaro</i>, de Angelito + Saavedra, no dejes de ir a verlo. Ya sé que el viernes pasado + estuviste en el cuarto de Florencio Romea, donde conociste a Ventura + de la Vega. Ándate con tiento en frecuentar cuartos de cómicos: + fácilmente pasarás de los cuartos de ellos a los de ellas..., y esto + no me gusta.</p> + + <p>»Con perdón del señor Utrilla, la levita verde no te ha quedado + bien. Hace unas arruguitas<span class="pagenum" id="Page_99">p. + 99</span> en la espalda que no aumentarán la fama del primer sastre + de Madrid. Que te la vea puesta, y mándasela después para que te la + arregle. De paso te encargas un <i>surtout</i> color barquillo, y + que te lo hagan pronto, que las noches ya refrescan; pero no tanto + que pidan capa... Los mejores guantes son los de Dubosc, y las + mejores camisas las de Fernández, calle del Príncipe. El reloj que + tienes, regalo de tu padrino, está pidiendo sucesor. Además de que + es feísimo, se atrasa que es un gusto, y así llegas tarde a todas + partes. Ya veremos de darle jubilación. Pero no lo vendas ni lo des a + nadie: guárdalo siempre como recuerdo de cuando don Narciso te tiraba + de las orejas por no saber los latinajos.</p> + + <p>»Bobillo, no te entretengas más de una hora en el <i>Café + Nuevo</i>, y mira con quién te juntas, y a qué tertulias te arrimas. + Cuidadito con Larra, que tiene más talento que pesa; pero es mordaz + y malicioso. Si vuelves al Parnasillo, busca la amistad de Roca de + Togores, de Juanito Pezuela y de Donoso Cortés... Con Espronceda y + otros tan arrebatados, <i>buenos días y buenas noches</i>, y nada de + intimidades... Suscríbete a <i>La Abeja</i>, lee <i>El Español</i>, y + hazle la cruz al <i>Eco del Comercio</i>.</p> + + <p>»Adiós. El domingo, a misa de once, en las Niñas de Leganés».</p> + +</div> + +<p>Suspiró Calpena al acabar la lectura, y don Pedro, echando lumbre +por los ojos, dijo:</p> + +<p>—Ya no me queda duda de que es una dama. ¡Y qué cariñosa ternura, +qué purísimo y entrañable afecto!...</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_100">p. 100</span></p> + +<p>—Lo que yo creo —observó el joven— es que vivo espiado dentro y +fuera de casa, pues la desconocida persona que me escribe sabe todos +mis pasos, observa las arrugas de mi ropa, y se entera de cuándo se me +atrasa el reloj.</p> + +<p>—¿Y qué te importa, tontín? ¿Qué mayor dicha para un joven honesto +que tener quien así cariñosamente le vigile, designándole los buenos +caminos y apartándole de los atajos peligrosos? Ahora no hay que pensar +sino en presentarte en el ministerio, tomar posesión y ponerte al habla +con el grande hombre, con ese gaditano londonense, negociante antes +que político, a quien yo tenía entre ojos; pero ya me va gustando, ya +me va gustando. Al darte la credencial demuestra que no es rana... Ya +ha olido el hombre que tú vas para personaje; que cuando tengas la +edad serás procurador, prócer, o lo que te dé la real gana, y el muy +tuno quiere atraerte con tiempo, llevarte a su lado, hacerte de su +partido...</p> + +<p>Meditabundo, Calpena no siguió a don Pedro en sus apreciaciones +optimistas. Casi toda la noche la pasó en vela, asaltado de una fiebre +inquisitiva, revolviendo en su mente los claros recuerdos de su niñez, +busca por allí, husmea por allá, evocando memorias de rostros, frases +o reticencias de don Narciso, o de alguien de su familia; mas en +ningún repliegue del pasado vislumbró hilo que le guiara por aquel +laberinto en cuyo seno misterioso se ocultaba la verdad. Tampoco<span +class="pagenum" id="Page_101">p. 101</span> Hillo durmió aquella noche +con el dulce sueño que su pura conciencia ordinariamente le permitía. +Viva excitación cerebral le tuvo en vela, y allí era el lanzarse a un +desenfrenado juego de acertijos, admitiendo y desechando hipótesis. +«Esto no lo hace más que una madre —se decía—. Y que esa madre es +persona de alta posición, no puede menos de admitirse. Bien claro +está: riquezas hay; nobleza también. No me falta más que el nombre +para llegar a la completa solución del enigma. Luego viene el otro +problema: el papá. Por san Dionisio Areopagita, esta sí que es gorda. +¡Dios mío, el padre...! No sé por qué me ha dado en la nariz tufo de +sangre real... Sí, sí. Tiene mi Fernandito en toda su persona un sello +de majestad, de grandeza de estirpe, que no deja ninguna duda, no, +señor... Por la fisonomía, nada saco en limpio... Como narigudo, no +lo es; ni tiene el labio inferior echado para afuera... Por tanto, no +parece...».</p> + +<p>Dormido al fin, soñó con las más estrafalarias anagnórisis que es +posible imaginar, y al amanecer despertó sobresaltado con una idea, +que en su cerebro como ladrón furtivamente se introdujo, hallándose en +ese estado neblinoso que separa el dormir del velar. «Ya, ya lo acerté +—dijo a media voz incorporándose en la cama—. Es... de Napoleón y de... +No será difícil descubrir una duquesa o marquesa que...».</p> + +<p>Media hora después, camino del Carmen Descalzo, donde celebraba, +volvía en sí de<span class="pagenum" id="Page_102">p. 102</span> +aquella aberración, razonando de este modo: «No... porque, bien mirado, +no tiene el tipo de los Bonapartes..., digo, me parece a mí. Yo no he +visto a ningún Bonaparte, como no sea en estampa, porque a Napoleón +I, por más que corrimos tras él los muchachos, el día siguiente de +la batalla de Astorga, no alcanzamos a verle..., no vimos más que +un bulto..., el bulto de un jinete, a lo lejos, por el camino de +Otero... Al rey Botellas tampoco le eché la vista encima... Solo por +las pinturas se hace uno cargo de la fisonomía de aquellos señores... +No, no, esto es un delirio. Ni aun quitándole el bigote al niño, y +engordándole mentalmente, encontraríamos el aire de familia... ¡Qué +demonio!... esperemos, y Dios lo dirá».</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch10"> + <h2 class="nobreak">X</h2> +</div> + +<p>Uno de los primeros días de octubre, a los veinte próximamente +de su llegada a la corte, inauguró Calpena su vida burocrática, +presentando su credencial en la Secretaría de Hacienda (plazuela de +Ministerios), y tomando posesión de su destino. Tocole de jefe de +Sección o <i>Mesa</i>, un don Eduardo Oliván e Iznardi (no tenía nada +que ver con don Alejandro Oliván, entonces redactor de <i>La Abeja</i>, +ni con don Ángel Iznardi, redactor de <i>El<span class="pagenum" +id="Page_103">p. 103</span> Eco del Comercio</i>). Hechura de don +Luis López Ballesteros, respetado por Cea Bermúdez y por Toreno, bien +agarrado en todos los gabinetes por sus excelentes relaciones, era un +señor bueno como el pan, sencillo como una codorniz, afable, angosto de +cerebro, y tan ancho de conciencia burocrática que en ella cabía, y aun +sobraba conciencia, la libertad anchurosísima de sus subordinados. Su +llaneza patriarcal parecía olvidar las jerarquías, alternando amigable +y democráticamente con los inferiores en la tarea deliciosa de leer +<i>El Español</i>, <i>El Eco</i> y <i>La Abeja</i>, fumar cigarrillos, +repetir y comentar todo lo que en Madrid se hablaba de política y +literatura, echando de vez en cuando una plumada a los expedientes, +por vía de distracción, y sin suspender la grata tertulia. Cada cual +salía y entraba en aquella bendita oficina a la hora que mejor le +cuadraba. Eran cinco los funcionarios, con Calpena seis, repartidos en +tres mesas, con la del jefe cuatro, de distinta hechura y edad, si bien +todas representaban una antigüedad venerable. Dígase que la tinta era +excelente, hecha en la casa; las plumas, de ave; los tinteros, de cobre; +y que sobre las bayetas verdes y los mugrientos hules se extendían los +negros polvos de secar, formando en algunos sitios verdaderos arenales. +Inauguraba el bueno de Oliván su trabajo cortando plumas, en lo que +ponía exquisito cuidado y habilidad, pues su gala era esto y la rúbrica +que echaba en las firmas, no menos rasgueada y pintoresca que<span +class="pagenum" id="Page_104">p. 104</span> la de un escribano. +Mientras duraba el corte hablaba con los madrugadores, o sea los que +recalaban por allí de diez y media a once; les refería incidentes o +sucedidos de su familia, gracias y travesuras de sus niños; les oía +contar algo de teatro y toros, alguna mujeril aventura, y así se +pasaba el tiempo hasta las doce, hora en que le traían a don Eduardo +su almuerzo. Sobre las bayetas arenosas extendía una servilleta, y +se comía su tortilla de patatas y su chuletita de ternera. Salían +y entraban los mozos de café con servicios para el jefe y algunos +subalternos, y en tanto, el que no tomaba café, hacía caricaturas; +otro escribía versos, y el de la última mesa las cartas a su novia. +Luego se trabajaba un poquito, mientras uno leía en voz alta <i>El +Español</i>, para que los demás se enterasen. El jefe solía pasarse +a la sección próxima, donde había otro jefe que <i>veía largo</i> en +política, y anunciaba con seguro vaticinio todo lo que iba a pasar. +Más tarde descansaban, fumando un cigarrillo. Don Eduardo recibía +cortésmente a las personas que acudían al despacho de algún asunto, +y para hacerles ver la actividad que allí se desplegaba, les ponía +ante los ojos rimeros de papeles que debían pasar pronto a la sección +correspondiente, y otros rimeros de papeles que acababan de llegar, +después de lo cual les prometía no detener los expedientes más que el +tiempo necesario para <i>el concienzudo examen de los mismos</i>. Luego +se limpiaba el sudor de la calva, y contaba a sus subalternos<span +class="pagenum" id="Page_105">p. 105</span> lo que el otro jefe de +sección le había dicho: que todo iba muy bien; que la quinta de cien +mil hombres daría un resultado maravilloso, y que no había duda de que +Istúriz y Galiano apoyarían incondicionalmente al señor Mendizábal en +el Estamento próximo. No se podían dar las mismas seguridades de López +y Caballero, y Toreno y Martínez de la Rosa no saldrían de su pasito +<i>moderado</i>. Había, pues, situación Mendizábal para un rato, y se +verían realizadas las reformas que el grande hombre había prometido en +su famosa exposición a la reina. Pero la noticia culminante era que la +Milicia urbana se reorganizaría, tomando el nombre sonoro y magnífico +de <i>Guardia Nacional</i>.</p> + +<p>—Todo será <i>a estilo de Francia</i> —concluía don Eduardo—; y +lo mejor es que a los milicianos de Madrid y su provincia se nos da +carácter de ejército regular, formando con nosotros una división +mandada por un jefe superior, y bajo la inspección de un general... +Por eso ha dicho San Miguel que seremos el ángel custodio de las +instituciones.</p> + +<p>No siempre hablaba de lo mismo, aunque era muy dado a la repetición +de conceptos, vicio que los retóricos llaman <i>batología</i>.</p> + +<p>—¿No saben? Se suprimen las <i>cartas de seguridad</i>, esa rémora, +señores, para la gente honrada que tiene que viajar de un punto a +otro. Yo soy partidario de que se <i>corten abusos</i>. Los que han +viajado por el extranjero nos dicen que estamos en el siglo <span +class="asc">XV</span>, y francamente, yo quiero pertenecer a <i>mi +siglo</i>... Seamos todos<span class="pagenum" id="Page_106">p. +106</span> de nuestro siglo, entrando por el aro de las grandes +reformas... Otra de las buenas noticias es que se suprimen <i>las +pruebas de nobleza</i> para ingresar en los establecimientos +científicos, ora civiles, ora militares... Realmente, semejante +ranciedad era un resabio de la Edad Media. Ábrase la enseñanza para +todo el mundo y dese al mérito ancho campo. ¡Abajo la Edad Media!... +Créanlo ustedes, en este particular estoy de acuerdo con Caballero y +los de <i>El Eco</i>; nada más que en este particular, pues opino, como +él, que la <i>demo... cracia</i>, así se dice, la <i>democracia</i> +exige que el pueblo se ilustre. Yo soy partidario de la ilustración del +pueblo, como soy partidario de que el pueblo sea moral, y de que los +empleados trabajen... Mi sistema es: pocos empleados, pocos, pero muy +bien pagados.</p> + +<p>Dichas estas cosas, y otras de igual trascendencia y filosofía, el +jefe bromeaba un poco con sus subordinados: con este por si a novia le +daba calabazas; con aquel por si era alabardero en los teatros; con +el otro por si le sudaban tanto las manos, que toda la arenilla se le +quedaba pegada en ellas, y obligaba a la casa a frecuentes reposiciones +de aquel material. Luego les recomendaba benévola y paternalmente que +no dejasen el papelorio esparcido sobre las mesas, y él mismo daba el +ejemplo recogiendo legajos y metiéndolos en una alacena donde tenía +botellas vacías o medio llenas, el <i>Diccionario geográfico</i> de +Miñano, confundidos sus tomos<span class="pagenum" id="Page_107">p. +107</span> con los de novelas y viajes, entre estos el de <i>Enrique +Watson al país de las Monas</i>.</p> + +<p>—Yo soy partidario —decía— de que haya orden en las oficinas, para +que el trabajo se haga como Dios manda, y cada cual encuentre lo que +necesita para el pronto despacho de los asuntos...</p> + +<p>Con esto se aproximaba la hora feliz de poner punto en las faenas +del día: los sombreros parecían alegrarse en lo alto de las perchas, +viendo próximo el instante de que sus dueños los cogieran para echarse +a la calle.</p> + +<p>—Vaya, ya es hora, ciudadanos —decía don Eduardo, atusándose los +mechones laterales, y cubriéndose con pausa y solemnidad, como si su +calva fuese una cosa sagrada que reclamaba el respeto de la protección +sombreril—. Me parece que hemos trabajado bastante. Hasta mañana.</p> + +<p>Si la tarde era plácida, se iban de paseo, y si lloviznaba o hacía +frío, al café, donde con charla sabrosa de literatura, de política o +de cosas mundanas, reducían a polvo el tiempo hasta la hora de cenar. +Que Calpena se aburría en la oficina, no hay para qué decirlo. Desde su +iniciación burocrática no había hecho más que extender algunos oficios +y copiar dos o tres estados de recaudaciones.</p> + +<p>El jefe le consideraba, presumiendo en él una superioridad aún +no bien manifiesta, pero que lo sería pronto; y los compañeros le +mostraron afecto y fraternidad, más admirados que envidiosos de su +buena ropa. Ya era cosa corriente en las oficinas ver entrar niños +bonitos, con sueldos desmesurados, y que no<span class="pagenum" +id="Page_108">p. 108</span> iban más que a cobrar y a distraerse un +rato; hijos o sobrinos de personajes, que de este modo arrimaban una +o más bocas de la familia a las ubres del presupuesto. Los empleados, +que lo eran por oficio y medio de vivir, se habían acostumbrado a la +irrupción de señoritos, y alternaban gozosos con ellos, esperando +hacer amistades que <i>en su día</i> valieran para el ascenso, o para +la reposición en caso de cesantía. En la sección de Calpena todos los +funcionarios eran de peor pelaje que él: alguno pasaba de los cincuenta +años y solo disfrutaba ocho mil reales, vestía ropa vuelta del revés +y apenas paseaba, por no romper botas; otros conservaban aún trajes +provincianos, estirándolos cuanto podían, y no faltaba quien vistiese +regularmente por el sistema económico de no pagar al sastre. Sobre +todos descollaba Calpena, no solo por su elegancia y buena figura, sino +por su saber de cosas extranjeras, y su rumbosa generosidad en el pago +de cafés y refrescos después de la oficina. Con uno de sus colegas, +extremeño, envejecido prematuramente y seco como un esparto, habitante +en una casa de huéspedes de ínfima categoría, parroquiano fósil de +diferentes cafés, hizo amistades, seducido por la sabrosa erudición +que ostentaba en cosas y personas de Madrid. Muchas tardes iba con +él al <i>Nuevo</i>, y se le pasaban mansamente las horas oyéndole +contar anécdotas que parecían mentira siendo verdades, y embustes +que resultaban perfecto simulacro de la verdad. Por Serrano<span +class="pagenum" id="Page_109">p. 109</span> (que así se llamaba) supo +Calpena que su jefe, don Eduardo Oliván, era un hombre desgraciadísimo +en su vida doméstica, aunque no conocía, o aparentaba no conocer su +propia desgracia. La paz que en su hogar reinaba era la proyección +de su mansedumbre, virtud con la cual adquirido había una triste +celebridad. Ponderó Serrano la seductora hermosura de la mujer del +jefe, y algo dijo también de su familia, muy conocida en Madrid. Se la +veía muy a menudo en teatros y paseos, fingiendo una posición que no +tenía, alternando con personas cuya riqueza consistía en bienes raíces, +o en rentas que estaban a la vista de todo el mundo. Las de aquella +buena señora eran un tanto enigmáticas.</p> + +<p>—Si quiere usted más detalles, pídaselos al hoy general en jefe del +ejército del Norte, don Luis Fernández de Córdova. Los sucesores de +este son de menor categoría militar y civil. El último que ha caído +en las redes de nuestra <i>jefa</i> es ese capitán de artillería... +Escosura, Patricio de la Escosura... ¿No le conoce usted? De seguro que +sí. En el Príncipe le tiene usted todas las noches. Es el que retrató +Bretón en el <i>don Martín</i> de la <i>Marcela</i>.</p> + +<p>—No sabía que los tres amantes de Marcela fueran retratos.</p> + +<p>—Bien se ve que no está usted aún familiarizado con nuestra +sociedad... Pues el <i>don Amadeo</i> es Pezuela, y el <i>don +Agapito</i>, el chico de Clemencín.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch11"> + <p><span class="pagenum" id="Page_110">p. 110</span></p> + <h2 class="nobreak g1">XI</h2> +</div> + +<p>—Una de estas noches, amigo Serrano —dijo don Fernando—, va usted +a venir conmigo al Príncipe, para que me diga los nombres de todas +las señoras que veamos en los palcos. En el tiempo que llevo aquí, he +hecho algunas amistades, pocas; hace unas noches me llevaron al cuarto +de Florencio Romea; en el teatro he conocido a Ventura de la Vega y +a Mesonero Romanos. El señor a quien debo este conocimiento me le +presentó días pasados en la calle de Alcalá mi compañero de casa don +Nicomedes Iglesias. ¿Le trata usted?</p> + +<p>—¿Cómo no?... Iglesias..., hombre de mucho talento, de gran +porvenir...</p> + +<p>—Pues me presentó a ese..., ¿cómo se llama?, Alonso..., Juan +Bautista Alonso, con quien me encontró después una noche en la segunda +fila de lunetas, y charlamos algo de literatura. Por él he conocido a +Vega, he hablado con Larra, y he saludado a Espronceda en el café Nuevo +y en el Parnasillo...</p> + +<p>—Alonso es poeta y un buen periodista..., chico que vale. Será +ministro... ¿Y no ha querido catequizarle a usted para la sociedad +<i>Los Numantinos</i>?</p> + +<p>—A mí, no... Ni yo gusto de meterme en esas cosas, ni la vida +política me seduce.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_111">p. 111</span></p> + +<p>—A mí..., sí..., pero no puedo consagrarme a ella, por...</p> + +<p>Acometido de una tos violentísima, parecía que se ahogaba. Amoratado +y convulso, faltábale poco para echar los bofes y escupir el alma.</p> + +<p>—Con esta maldita tos —dijo cuando se fue sosegando, y se limpiaba +de babas, mocos y lágrimas el encendido rostro—, ¿cómo quiere usted que +sea uno político y orador?... Mi naturaleza es émula de mi bolsillo en +el agotamiento, en la extenuación... No me forjo ilusiones de vivir el +año que viene: estoy tísico pasado.</p> + +<p>Trató de consolarle Calpena, con más lástima que convencimiento, +porque en verdad la flaqueza y el color cadavérico de su amigo +invitaban a entonar el responso. No espantado de la muerte, o +echándoselas de valiente, hablaba Serrano de su próximo fin con +entereza estoica un poquito afectada. Era moda entonces morirse en +la flor de la edad, tomando posturas de fúnebre elegancia. Habíamos +convenido en que seríamos más bellos cuanto más demacrados, y entre +las distintas vanidades de aquel tiempo no era la más floja la de un +fallecimiento poético, seguido de inhumación al pie de un ciprés de +verdinegro y puntiagudo ramaje.</p> + +<p>—Estos pobres huesos —prosiguió Serrano— están pidiendo la mortaja. +Le diré a usted, en confianza, que es de tanto sufrir y de tanto +gozar... Mi vida, si yo la contara, sería la más interesante de las +novelas. Mis años, por el mucho y precipitado vivir, parecen<span +class="pagenum" id="Page_112">p. 112</span> siglos... ¡Y que llegue +uno al borde de la tumba con ocho mil reales!... En fin, doblemos la +hoja triste... ¿Me decía usted que desea ir conmigo al teatro para que +le dé a conocer a todo el personal masculino y femenino que veamos en +palcos y butacas? No podía usted encontrar, ni buscándola con candil, +persona más para el caso, porque como de algún tiempo acá no tengo nada +que hacer (en la oficina ya ve lo que trabajamos), me dedico a conocer +<i>de visu</i> a todo el mundo, y a la averiguación de vidas ajenas... +Soy un Plutarco para esto de las vidas, y las hago también paralelas. +Sabrá usted los nombres y las historias, amigo mío, que aquí no hay +nadie que no tenga su historia... y las hay de oro. ¡Con decirle a +usted que la de nuestro esclarecido jefe es de las más inocentes...!</p> + +<p>—¡Caramba!</p> + +<p>—¿Y lo duda? ¿De qué dehesa viene usted?</p> + +<p>—¿Dónde hay más historias, en las clases altas o en las medias?</p> + +<p>—En todas; pero las de las altas son más bonitas, más profundamente +depravadas. Yo las conozco al dedillo, y en pocas noches le daré la +instrucción suficiente para que no pase por cándido el día que se +introduzca en la sociedad.</p> + +<p>—¿Pero no se exime nadie, galán ni dama, del oprobio de esas +historias? ¡Por Dios, Serrano...!</p> + +<p>—Nadie... Todo el mundo tiene historia. Por lo común no hay persona +bien vestida<span class="pagenum" id="Page_113">p. 113</span> que no +lleve consigo su misterio: este misterio es algo que no debe saberse, +y, sin embargo, se sabe, porque fíjese usted... Nada es aquí tan +público como las cosas secretas... En fin, por tener todo el mundo +historia, hasta usted la tiene, usted, querido Calpena, que acaba de +llegar a Madrid; y antes de dar los primeros pasos en las tablas del +teatro social, ya nos indica que trae buen papel en la comedia.</p> + +<p>—¡Yo! —exclamó Calpena palideciendo—. ¡Pobre de mí! ¡Si no soy +nadie!</p> + +<p>—Los que empiezan no siendo nada, suelen acabar siéndolo todo.</p> + +<p>—Bueno. Pues si alrededor mío hay una historia y usted la sabe, +amigo Serrano, ¿tendría inconveniente en contármela?</p> + +<p>—Inconveniente, ninguno...; pero la tos..., ya ve..., no puedo +hablar..., me ahogo...</p> + +<p>Aguardó Calpena a que el golpe de tos se calmase, y cuando hubo +pasado, aún tuvo que esperar más tiempo, porque el infeliz tísico se +quedó un rato sin respiración, los ojos inyectados, la frente sudorosa, +las manos trémulas...</p> + +<p>—Pues sí..., esta maldita tos no me deja vivir... Si yo no tosiera, +sería orador, créame usted... Pues no hay que tomar a mala parte esto +de las historias. ¡Tan joven y ya protagonista! Si he de ser franco, no +puedo aún decir a usted cosas concretas...</p> + +<p>—¿Pues no asegura que lo sabe todo?</p> + +<p>—Todo no. Es muy pronto todavía, y aún son pocas las personas que +se han fijado en<span class="pagenum" id="Page_114">p. 114</span> el +joven Calpena... Lo que yo he oído no es ofensivo para usted, ni mucho +menos.</p> + +<p>—Sea lo que quiera, debo saberlo.</p> + +<p>—La tos otra vez... Me ahogo...</p> + +<p>—¡Demonio! ¿Por qué no toma usted pastillas? Yo se las traeré de la +botica más próxima.</p> + +<p>—No..., gracias... Es inútil. Las he tomado de todas clases, sin +sentir el menor alivio.</p> + +<p>—Ya pasa..., ya puede hablar.</p> + +<p>—La verdad, amigo mío, a usted se le tiene en estudio. Solo he +oído formular preguntas, aventurar alguna hipótesis... Conjeturas, +presunciones..., que será, qué no será...</p> + +<p>—¿Nada más que eso? Pues soy, respecto a mí, el primero de los +curiosos investigadores, y yo pregunto también: «¿Quién soy?... +Calpena, ¿quién eres?».</p> + +<p>—¿Pero usted no lo sabe?...</p> + +<p>Comprendiendo que había ido demasiado lejos en la expresión de sus +dudas, don Fernando se enmendó diciendo:</p> + +<p>—Sé quien soy; pero en la vida de todo hombre, por clara que +aparezca, hay siempre incógnitas que resolver.</p> + +<p>—¿De modo que no sabe usted todo lo que le concierne?</p> + +<p>—Hombre, todo, todo precisamente, no.</p> + +<p>—Pero sí sabrá quién le recomendó para la plaza que hoy ocupa en el +ministerio.</p> + +<p>—Juro a usted que lo ignoro.</p> + +<p>—Las recomendaciones toman en este país giros muy extraños, y +ofrecen a veces concomitancias increíbles. A mí, para que me<span +class="pagenum" id="Page_115">p. 115</span> dieran la plaza mísera que +tengo, me recomendó la persona más opuesta a mis ideas, don Antonio +Zarco del Valle, a quien interesé por el ama de cría de uno de sus +niños. Por un empleado del personal he sabido que, en el libro donde +constan los padrinos de cada empleado, figura usted como hechura y +ahijado del propio Mendizábal, lo que nadie extrañará, porque bien +podría el ministro ser amigo, deudo de su familia de usted.</p> + +<p>—No lo es. Ese señor no tiene ningún motivo para interesarse por +mí.</p> + +<p>—En tal caso habrá recibido cartas expresivas de personas a quienes +no puede negar un favor de esta clase. Por indiscrección de un amigo +de la secretaría particular, puedo... no afirmar, ¡cuidado!, sino +sospechar..., con vehementes indicios de acierto...</p> + +<p>Sobresaltado y ansioso, aguardaba el otro la terminación del +concepto. Un amago de tos determinó pausa expectante, que a Calpena le +pareció un siglo. Por dicha, no fue más que amago, y Serrano pudo decir +claramente:</p> + +<p>—Si se empeña usted en oírme lo que sabe..., ¡vaya si lo sabe!..., +le diré que debe su plaza a la duquesa de Berry...</p> + +<p>Pausa.... Solo se oía el áspero ronquido que salía del pecho de +Serrano. El estupor de Calpena acabó por resolverse en una risa +nerviosa, que lo mismo podía ser de regocijo que de burla.</p> + +<p>—¡La duquesa de Berry!... ¿Está usted loco? ¿La esposa del príncipe +asesinado a la salida de la Ópera, hijo de Carlos X...?</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_116">p. 116</span></p> + +<p>—Justo... Carolina de Nápoles, hermana de nuestra reina gobernadora +doña María Cristina.</p> + +<p>—¿Y esa señora es la que figura como...?</p> + +<p>—No figura en el libro de recomendaciones; pero por referencias, por +indicios de secretaría, sé yo...</p> + +<p>—¡Locura, delirio! —exclamó Calpena levantándose, como hombre que +quiere poner fin por la ausencia a una conversación enfadosa—. Si usted +me probara eso... —indicó Fernando, fingiendo indiferencia.</p> + +<p>—¿Prueba?... ¡Oh!... Me remito al gran demostrador de verdades, el +tiempo...</p> + +<p>—Pero ¿cómo es posible...? ¿Qué tiene que ver mi humilde persona con +esa princesa...?</p> + +<p>Serrano alzó los hombros, quiso decir algo; pero, ahogándose, no +hizo más que balbucir:</p> + +<p>—No puedo. La tos, la tos...</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch12"> + <h2 class="nobreak g1">XII</h2> +</div> + +<p>La placentera holganza en que vivían los individuos de la sección +o mesa de que era jefe el señor don Eduardo Oliván e Iznardi tuvo su +término, que si no hay mal que cien años dure, tampoco los bienes +suelen ser duraderos, y el motivo de tan brusca alteración,<span +class="pagenum" id="Page_117">p. 117</span> que produjo enorme +desquiciamiento en la metódica parsimonia del jefe, no fue otro que +el haberse manifestado en aquella esfera administrativa el impulso +de actividad que imprimió Mendizábal a los asuntos de su ministerio, +cuando se desembarazó de las graves cuestiones políticas a que en los +primeros días tuvo que atender. Desempeñando interinamente, además de +la cartera de Hacienda, con la Presidencia, las de Guerra, Marina y +Estado, hubo de promiscuar en el despacho de mil negocios diferentes. +Por milagro de Dios no se volvió loco el bueno de don Juan Álvarez, +que materia ofrecía cualquiera de aquellas oficinas para trastornar el +seso del más pintado en tiempos tan revueltos. Confiado ya en dominar +la espantosa anarquía de las juntas que convertían el reino en una +inmensa jaula de locos; seguro ya del éxito de la quinta de cien mil +hombres, arriesgado acto de gobierno que revelaba iniciativa poderosa +y voluntad de acero, se metió en su casa propia, Hacienda, y empezó +a remover y sacudir, con mano de atleta, las mohosas inercias de la +administración heredada de Fernando VII. ¡Lástima que no lo hiciera con +más pulso, para que las ruinas y los escombros no embarazaran la obra +nueva! Construía con el hacha... Aunque no carecía de habilidad, no +pudo evitar el cortarse las manos con la herramienta que tan presuroso +manejaba.</p> + +<p>Pues, señor..., obligado el pobre don Eduardo a andar de coronilla, +no sabía lo que le<span class="pagenum" id="Page_118">p. 118</span> +pasaba, ni a qué santo encomendarse. En toda su vida burocrática, que +con intercadencias databa de los tiempos de Ballesteros, no había visto +desencadenarse sobre aquella plácida esfera un ciclón tan duro. No +hacía más que ir de una mesa a otra, limpiarse con fuertes restregones +el sudor de la calva, dar resoplidos, subirse el pantalón, que con +tantas ansiedades se le caía. Y una mañana, medio loco ya, o loco +entero, gritaba en medio de la oficina:</p> + +<p>—Pero este buen señor nos trata como si fuéramos dependientes de +comercio. La dignidad del funcionario público no consiente estos +excesos de trabajo, pues ni tiempo le dejan a uno para almorzar, +ni para dar un <i>mero</i> paseo, ni para encender un <i>mero</i> +cigarrillo... Cinco intendencias me ha señalado hoy para el envío de +circulares con las instrucciones reservadas y las nuevas tarifas. +Pues para despachar esto, excelentísimo señor, necesito aumento de +personal, necesito catorce oficiales y ocho auxiliares, y aun así, +no podríamos concluirlo dentro de las horas reglamentarias, que son +de diez a cuatro... Sería justo además que al exceso de ocupación +correspondiera doble paga, mientras durase este ajetreo. Soy partidario +de que a los empleados se les remunere bien, pues de otro modo la buena +administración no es más que un mito, un verdadero mito.</p> + +<p>Y aquella misma tarde, en el colmo ya del mal humor, que expresaba +alargando los morros, entró en la sección próxima, diciendo:</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_119">p. 119</span></p> + +<p>—Pido al señor ministro aumento de personal, ¿y qué hace? Nada: que +aún le parece mucho lo que tengo, y me pide dos chicos que escriban +bien y sepan llevar correspondencia. Estamos lucidos, como hay Dios... +Ea, señor Calpena, pase usted a la secretaría particular del señor +ministro; y usted, Serrano... Pero no..., aguardaremos a ver si se +contenta con uno..., quédese usted... Esto es insufrible. Yo digo que +envidio a los presidiarios...</p> + +<p>Pasó Calpena a donde se le mandaba, y fue introducido en una +habitación pequeña con luces al patio medianero, en la cual había dos +mesas y un solo empleado, viejo, que escribía con la cara tocando al +papel. Un estrecho pasillo comunicaba la tal pieza con el despacho del +ministro. Allí esperó órdenes. Alzó el viejo la cabeza, y levantándose +las antiparras a la frente, le miró, hizo un saludo monosilábico, +volvió a bajar los vidrios, y dejó nuevamente caer sobre el papel su +rostro. Creeríase que no escribía con la pluma, sino con la nariz... +Sonó la campanilla. Levantose el vejete de un brinco, murmurando:</p> + +<p>—Su Excelencia llama.</p> + +<p>Viéndole desaparecer por el pasillo, advirtió Calpena que cojeaba. +Un instante después volvió con varias cartas en la mano, y dijo +lacónicamente a su compañero:</p> + +<p>—Que pase usted.</p> + +<p>Grande fue la emoción del joven al atravesar el pasillo, al levantar +la cortina y ver el hueco de la estancia... a Mendizábal no le veía. +Quedose en la puerta hasta oír la palabra<span class="pagenum" +id="Page_120">p. 120</span> <i>adelante</i>, dicha con enérgica +entonación. Estaba el grande hombre sentado, y se inclinaba para sacar +papeles de la gaveta más baja de su mesa ministerial. Al incorporarse, +presentó a la admiración y al respeto de Calpena su hermoso busto, +el rostro grave de correctísimas facciones, el rizado cabello, las +patillas tan bien encajadas en los cuellos blancos, y estos en el lioso +tafetán de la negra corbata reluciente, las altas solapas de la levita, +y por fin, al ponerse en pie, esta en toda su longitud, ceñida y al +propio tiempo holgada.</p> + +<p>Calpena permaneció inmóvil y mudo, estatua de la cortedad +respetuosa. Mendizábal le miró... En la extrañísima situación de +espíritu en que el buen chico se encontraba hubo de creer que su jefe +le miraba con picardía. Pero es casi seguro que era pura aprensión; al +menos, así lo creyó después. Contra lo que pensaba, ni le preguntó el +ministro su nombre, sin duda porque lo sabía, ni sostuvo con él diálogo +de introducción. Entre personaje tan elevado y un pobre subalterno de +ínfima categoría, no podían mediar más palabras que las naturales entre +el señor y el criado que le sirve. Estas fueron corteses, ceñidas al +asunto, y sin fraseología ociosa:</p> + +<p>—Tiene usted hermosa letra, y buen criterio para contestar por sí +mismo las cartas, con una simple indicación mía.</p> + +<p>El joven se inclinó. Cuando don Juan de Dios avanzó hacia él, +ostentando la gallardía total de su persona, su alta estatura, +Calpena,<span class="pagenum" id="Page_121">p. 121</span> que ya había +admirado el busto, admiró también el pantalón, de corte perfecto, como +de sastrería londonense, y el pie pequeño, calzado con zapato bajo +sujeto en el empeine con un lazo de cintas negras.</p> + +<p>—Contésteme usted, por de pronto —prosiguió Su Excelencia—, estas +tres cartas. La más urgente y delicada es...</p> + +<p>No encontrando la que llamó delicada y urgente, la buscó en la mesa, +después en el bolsillo interior de la levita, y como allí no pareciera, +manifestó disgusto.</p> + +<p>—Está bueno. Pues me la he dejado en casa... Pero no importa. +Escríbame usted la contestación, que es sencillísima... del tenor +siguiente: «Serenísima señora duquesa de Berry. Señora: Tengo el gusto +de manifestar a Vuestra Alteza que, obediente a sus ruegos..., que +son órdenes para mí...». Ya usted comprende..., una fórmula de gran +respeto..., «que obediente..., y tal..., me he apresurado a complacer, +y tal, a Vuestra Alteza Serenísima en la petición con que se ha dignado +honrarme..., y tal...». Nada más... Ah, sí... «Debo manifestar a +Vuestra Alteza Serenísima que el joven...». No, nada de joven... «Que +la persona..., y tal, que se digna recomendarme es...». No, no... «He +tomado informes, y puedo asegurar a Vuestra Alteza que el sujeto, +etcétera..., es digno de la protección de persona tan elevada...». Así, +poco más o menos. Vea usted cómo sale del paso. Puede tomar nota.</p> + +<p>—No necesito tomar nota. Recuerdo perfectamente<span +class="pagenum" id="Page_122">p. 122</span> las indicaciones de +Vuecencia.</p> + +<p>—Mejor. Así me gustan a mí los hombres, vivos de memoria... Pues +escríbame la carta al momento y tráigamela para firmarla.</p> + +<p>Hizo Calpena la reverencia, se fue a su oficina y mesa, y tanteando +la difícil materia epistolar en un borrador, escribió la carta, +esmerándose en los trazos de su hermosa letra, y la llevó al ministro. +Este había pasado al salón próximo, donde tenía como unas veinte +visitas, y mientras Calpena esperaba, entró también su compañero, el +viejo de las antiparras, que por primera vez le dirigió la palabra en +forma afectuosa.</p> + +<p>—Ahora tiene para rato —dijo, refiriéndose al ministro—. Lo traen +loco con esto de las elecciones. Para cada puesto del Estamento hay +setenta candidatos...</p> + +<p>—Ya, ya...</p> + +<p>—¿Y usted, señor de Calpena, se presenta para procurador?</p> + +<p>—¡Yo! ¡Procurador yo! —exclamó Fernando con asombro, casi con +miedo.</p> + +<p>—¿No? Pues yo no lo he inventado. En la casa se ha dicho..., y hasta +me parece que oí nombrar la provincia...</p> + +<p>—Creo que está usted equivocado...</p> + +<p>—Podrá ser... ¡Pero cuando lo dicen por algo será! Vea el señor +Calpena cómo de mí no se dice nada.</p> + +<p>—¿Qué sueldo tiene usted?</p> + +<p>—¿Yo? Diez mil, y para eso llevo veintidós años en el ramo. He +pasado por catorce intendencias, he sufrido siete cesantías, y<span +class="pagenum" id="Page_123">p. 123</span> todas las trifulcas que +hemos tenido aquí desde el año 14 me han cogido de medio a medio. En +una me dejaron cojo los liberales, en otra me abrieron la cabeza los +realistas, en esta me apalearon los exaltados, en aquella me despojaron +los apostólicos de todo cuanto tenía. Vive uno por casualidad en esta +tierra, y, sin embargo, la quiere uno..., pues, como se quiere a una +mala madre... Yo soy gaditano, o lo que es lo mismo, de Chiclana, y +por tener algún parentesco lejano con los Méndez y amistad con los +Bertrán de Lis, no me ve usted pidiendo limosna. Soy muy corto. Aquí +solo hacen carrera los parlanchines, y yo, aunque andaluz, me callo +muy buenas cosas y no tengo el despotrique que ahora se usa. Sea usted +bullanguero, piense como un topo y charle como una cotorra, y verá +cómo se le abren todos los caminos... Lo mejor es que siempre será lo +mismo, y no veo yo mejores días para la España. Este grande hombre, +que ha venido como el Mesías, trae mucha sal en la mollera, y el firme +propósito de hacer aquí una regeneración..., vamos, para que nos +envidien todas las naciones. Pues verá usted cómo no hace nada. ¿Por +qué? Porque no le dejan... Ya le están armando la zancadilla. Crea +usted que antes que tenga tiempo de cumplir lo que ha ofrecido, se le +meriendan... Ya empiezan a decir si en Palacio gusta o no gusta. Y es +la de siempre: Palacio...</p> + +<p>En este punto entró Mendizábal acompañado<span class="pagenum" +id="Page_124">p. 124</span> de un sujeto con quien hablaba vivamente y +en tono áspero.</p> + +<p>—Esto no puede ser... Yo he dicho a todos los subdelegados que dejen +votar libremente, y que no intervengan en las elecciones. Claro es que +siempre tiene el gobierno la influencia moral. Pero en Cádiz no puedo +hacer nada. Galiano y el amigo Istúriz son los que manejan el tinglado +de la elección. Por cierto que Istúriz quiere traer algunos que no +conoce nadie. ¿Quién es ese Luis González?</p> + +<p>—Es un chico muy despierto, buen periodista, orador fogoso. No creo +que salga por esta vez.</p> + +<p>—Pues si en Cádiz no logra usted meter a su patrocinado, intente +algo en Sevilla. Pero tampoco podrá ser. Ya tengo noticia de los +candidatos probables... No les conozco. Hablan con gran encomio de un +tal Cortina... Y ese Pacheco, ¿quién es?</p> + +<p>—Un escritor notabilísimo: le tengo en mi periódico.</p> + +<p>—Bueno, bueno. Tráiganme gente de mérito, segura en sus principios, +y que no se asuste de la libertad... Pues decía que procure usted +entenderse con los sevillanos. Yo no puedo hacer nada, amigo mío, +absolutamente nada.</p> + +<p>—Mi patrocinado es aquel joven que usted mismo ha elogiado con tanta +justicia, por su actividad, por su inteligencia en la secretaría de +Marina.</p> + +<p>—Montes de Oca, sí..., excelente sujeto.<span class="pagenum" +id="Page_125">p. 125</span> Tendría yo mucho gusto en traerle al +Estamento... Pero no soy yo quien elige: es el pueblo. Vea usted a los +gaditanos; entiéndase con Istúriz, que, por lo visto, no se para en +barras, y...</p> + +<p>Una mirada que dirigió el ministro a los dos empleados de su +secretaría particular bastó para que estos se retirasen.</p> + +<p>—¿Quién es ese...? —preguntó Calpena a su compañero, a lo largo del +pasillo.</p> + +<p>—Este es Borrego... Andrés Borrego, el que escribe <i>El +Español</i>. Dejemos a estos compadres que manipulen a su gusto las +nuevas Cortes, y aguardemos aquí, charlando, a que don Juan nos llame. +Como le decía a usted..., ya le están minando el terreno a mi paisano; +y aunque vale mucho, no le salvarán su talento y buena intención, y si +le salvaran, creería yo en lo que no creo: en mi propio nombre.</p> + +<p>—¿Cómo se llama usted?</p> + +<p>—Me llamo Milagro —dijo el vejete sonriendo—, José del Milagro. +Ya ve usted si es alegórico mi apellido, pues verdaderamente no hay +mayor prodigio que vivir un hombre entre tantas desventuras, cesante +cuando no perseguido, y andando para atrás en mi carrera como los +cangrejos, pues yo empecé a servir con el señor Urquijo y el señor +Cabarrús... Vengo de Carlos IV, pasando por Pepe Botellas..., y en +los tres <i>llamados años</i>, llegué a tener catorce mil, gracias +al señor Garelly. A la muerte del rey, conseguí por el señor Seoane +esta placita... Y usted dirá que el mayor<span class="pagenum" +id="Page_126">p. 126</span> milagro mío es mantener, con tan poco +sueldo, mujer, suegra y cinco criaturas... Hay Providencia. Yo me +defiendo con las traducciones; traduciendo a destajo, visto y calzo a +la familia. Y ha de saber usted que entre tantos males, Dios me ha dado +una hija que es un ángel. Dieciséis años cumplirá el 14 de noviembre. +Rafaela se llama: me la sacó de pila mi amigo Rafael del Riego, +hallándose de guarnición en la Isla. Pues la he enseñado el francés, y +me ayuda. Como me estoy quedando ciego del mucho trabajar, ella sola, +solita, se ha traducido más de la mitad del <i>Buffon</i>... A más de +esto, tengo el recurso de llevar la correspondencia en algunas casas de +comercio, y principalmente en la de doña Jacoba...</p> + +<p>Este nombre hirió con súbito rayo la mente de Calpena, y pidiendo +más explicaciones, oyó de boca de Milagro las siguientes:</p> + +<p>—Doña Jacoba Zahón, que compra y vende piedras preciosas... Calle +de Milaneses... Yo le escribo las cartas y le pongo sus cuentas en +orden...</p> + +<p>Campanillazo. Su Excelencia llamaba, y acudieron ambos presurosos. +Pidió las cartas escritas; sonrió; leyó detenidamente la de la duquesa +de Berry, y sin mirar a Calpena, le dijo:</p> + +<p>—Está muy bien.</p> + +<p>Después, abrumado de quehaceres, y no sabiendo a cuál acudir +primero, dio estas atropelladas órdenes:</p> + +<p>—Usted, Milagro, ponga una carta a Alcalá Galiano, citándole +para esta noche aquí... Y otra, lo mismo, a Saavedra (don Ángel). +Usted,<span class="pagenum" id="Page_127">p. 127</span> Calpena, +escriba una a la duquesa de Almodóvar, diciéndole que no puedo ir a +comer, y tráiganmelas para firmar... ¡Ah!, espere usted: otra a sir +George Williers, embajador de Inglaterra: Que mis ocupaciones no me +permitieron ir anoche a casa de Van Halen, como le prometí; que si +tiene esta noche libre, se venga por aquí a las once... Usted, Milagro, +en una carta breve, cíteme a Olózaga para las doce, y también a... No, +no, nadie más.</p> + +<p>En aquel momento anunció el portero:</p> + +<p>—El señor don Fernando Muñoz...</p> + +<p>—Que pase inmediatamente...</p> + +<p>Retiráronse los secretarios, y por el pasillo cuchicheaban:</p> + +<p>—Muñoz..., es la primera vez que viene aquí..., Muñoz..., <i>el +marido del Ama</i>...</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch13"> + <h2 class="nobreak g1">XIII</h2> +</div> + +<p>Al quedarse solo, Mendizábal escribió una carta de cuatro +pliegos a Córdova, general en jefe del ejército del Norte. Con +nerviosa mano, sin cuidarse de la estructura gramatical, trazaba los +conceptos, en algunos puntos ampulosos, pedestres en otros, fiel +imagen de su pensamiento, que empezaba a ser desordenado y vacilante +por el cansancio de la tremenda lucha. Anhelaba mostrarse<span +class="pagenum" id="Page_128">p. 128</span> amigo del que en su mano +tenía la mayor fuerza existente en España, estar en su gracia, pues +tomado el pulso al país y a la raza, si mucho temía don Juan del +paisanaje de levita y chaqueta, más temía de la tropa... Aunque aplicar +quiso toda su atención a la escritura, no lo lograba: el pensamiento +se dividía, fluctuaba, y dejando a la pluma formular con incorrecta +sintaxis los conceptos epistolares, se escabullía por otros espacios. +Trajo el ministro a su imaginación la historia de los últimos años, +desde el 14, y veía las trifulcas, los sangrientos y bárbaros motines, +las sediciones militares, siniestro brazo de la idea disolvente, ya +se llamase liberal, ya realista... Con estas imágenes se confundía +en su mente otra, que como un espectro familiar de continuo se le +presentaba. Era su promesa de terminar la guerra civil en seis meses. +¡Lucido quedaría si no la cumplía; si el ejército cristino, reforzado +pronto con los cien mil hombres de la quinta, no lograba sofocar la +facción y restablecer la anhelada paz! Su ensueño era Córdova, el +caudillo denodado y caballeresco, y en medio de aquel trajín electoral, +anuncio de las trapisondas parlamentarias y políticas que habían +de sobrevenir con la apertura de los Estamentos, volvía don Juan +Álvarez sus inquietos ojos al Norte, mirando a lo que era su temor y +su esperanza. Si el general no le ayudaba, su empresa de salvación +nacional fallaría sin remedio. Y para que Córdova coadyuvase a la gran +obra,<span class="pagenum" id="Page_129">p. 129</span> era preciso +que venciera, o por lo menos que con rudos achuchones quebrantase a +los carlistas; y para esto era indispensable enviarle recursos en +hombres y dinero. La carta, en su difuso estilo, plagada de noticias de +acá y de allá, de referencias diplomáticas y de rumores de intrigas, +vino a parar en positivas promesas. «Dentro de quince días le mandare +a usted millón y medio. El mes próximo podré mandarle otro tanto, y +si puedo más, más». Hablábale de remesas de vestuario y calzado, de +arreglo de hospitales. Exponía también planes estratégicos que a él se +le ocurrían. «Respetando su iniciativa, le diré que si usted lograra +ocupar el Baztán con quince mil hombres, podría atacar a los facciosos +por retaguardia... Eso usted verá...».</p> + +<p>Concluía ofreciendo remesarle nueve millones antes de tres meses, +y manifestaba viva intranquilidad por la lentitud de las operaciones. +Aplicando a todo su febril genio de travesura y arbitrismo, habría +querido que Córdova moviese en tres días su grande ejército, que +desalojase a los carlistas de sus formidables posiciones, que los +arrollase, que los deshiciese, dispersando a unos, matando a los más, +y cogiendo prisionero a don Carlos con toda su trashumante corte. ¡Qué +hermoso sería esto, y con cuánto desahogo podría dedicarse entonces +el Presidente a la reforma del país, que era su ilusión, su sueño!... +Pero, ¡ay!, al llegar a este punto, cruelísima duda le asaltaba. Si +Córdova obtenía<span class="pagenum" id="Page_130">p. 130</span> una +victoria rápida y decisiva, cortándole de una vez a la hidra todas sus +patas y aplastándole la cabeza, Córdova y no otro había de emprender y +realizar la salvación de la infeliz patria. Buen tonto sería, juzgando +el caso con el criterio genuinamente español, si siendo él el vencedor +guerrero, dejaba a otro la gloria de la campaña política. Lógico era, +no obstante, que el militar allanara el camino, y que el civil marchase +por él desembarazadamente hacia la victoria política y social. Pero +aunque poco ducho aún en artes de gobierno, don Juan de Dios conocía +la historia, más por lo que había visto que por lo que había leído, y +no ignoraba que, en nuestra tierra de garbanzos y pronunciamientos, +el guerrero victorioso es el único salvador posible en todos los +órdenes.</p> + +<p>Terminada la carta, vagó su mente en aquel meditar triste. ¿Quién +salva, quién no salva? ¿Sería un error suyo gravísimo haberse creído +capaz de fundar una nación grande y rica sobre las ruinas de las +facciones deshechas y de las banderías sojuzgadas? De Londres había +salido con esta ilusión; con ella entró en Madrid. Sus entrevistas +con la reina gobernadora la confirmaron. El entusiasmo patriótico, la +fe en sí mismo y en la eficacia de sus manejos se avivaron cuando Su +Majestad le encargó del tejemaneje gubernamental. Ya tenía la máquina +en su mano. Ya era dueño de sus iniciativas. ¿No podría desarrollar +libremente sus ideas, aplicar su voluntad potente a la grande obra?</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_131">p. 131</span></p> + +<p>Las cosas, y más que las cosas las personas, enfriaron su entusiasmo +al mes de gobierno. Cierto que le ayudaba la opinión vocinglera; +pero las principales figuras políticas no hacían nada en su favor. +Los adictos de fila pedían destinos y actas, y esperaban que el jefe +lo diera todo hecho. Los contrarios aparentaban una calma prudente, +tras de la cual don Juan de Dios creía sentir el sordo roer de las +conspiraciones. Aún no había perdido la confianza en sí mismo; seguía +creyendo en su papel providencial; pero ya le anunciaba el corazón que +la empresa no era coser y cantar, y que tendría que tragar mucha quina +antes de rematarla dignamente.</p> + +<p>Conferenció con Galiano, a la hora convenida, sobre asuntos +electorales; con Saavedra, sobre la probable benevolencia de los +moderados Toreno y Martínez de la Rosa; con Olózaga, para ver de que +las sociedades secretas hiciesen entender a las juntas que había +llegado la hora de poner fin a la bullanga, pues en <i>Palacio</i> +comenzaban los infalibles síntomas de desconfianza y miedo. De esto +le había hablado aquella misma tarde don Fernando Muñoz, dándole una +prueba de verdadero aprecio. Y, francamente, no había que esperar +ninguna ventaja política, mientras no se diese a toda la gente de allá, +real o morganática, una plácida confianza y un sueño tranquilo. Con +Williers habló de asuntos diplomáticos y de eso que tiempo ha viene +siendo la constante pesadilla de los pueblos débiles: <i>la actitud +de Inglaterra</i>. Mendizábal<span class="pagenum" id="Page_132">p. +132</span> era muy afecto al leopardo, y esperaba un apoyo más positivo +que el de la prometida legión. El astuto representante de la Gran +Bretaña repitió a nuestro ministro sus recomendaciones de siempre: +refrenar la anarquía, no temer la libertad practicada dentro de las +leyes, poner en funciones regulares el Parlamento, acudir a la guerra +con toda clase de recursos, y trazar las grandes líneas del porvenir +efectuando la venta inmediata de toda la propiedad territorial de las +órdenes religiosas.</p> + +<p>Cerca de la una, Mendizábal se quedó solo; mas no se resolvió a +retirarse a su casa, porque el aposento ministerial le retenía, le +agasajaba; temía dejarse allí las ideas si se iba, y con sus ideas +la ilusión risueña y querida de salvar al país y hacerlo dichoso. No +menos de media hora estuvo paseándose de un ángulo a otro, a la luz ya +mortecina de los quinqués, entre los retratos de personas reales o de +eminencias políticas: la reina Amelia, clorótica y triste; Fernando, +sanguíneo y echando a borbotones la perfidia por sus ojos de fuego, +el sarcasmo por su belfo labio..., más allá, personajes de peluca que +habían gobernado la Hacienda y la Marina: Patiño, Ensenada; en un +ángulo Riperdá, con su risa ladina; en otro Macanaz, con su hermosa +cabeza poblada de ricitos.</p> + +<p>Cansado de pasearse, Mendizábal sacó de su pupitre varios papeles, +cartas que aún no había leído, de esas cuyo escaso interés se +adivina por el sobrescrito, y que se dejan sin<span class="pagenum" +id="Page_133">p. 133</span> abrir por no desperdigar la atención; +otras de letra bien conocida, que, positivamente, no eran de +asuntos ministeriales, más bien pretensiones ridículas, jaquecas, +extravagancias, anónimos quizás, llenos de injurias repugnantes, o +denunciando algún proyecto terrorífico de las logias masónicas.</p> + +<p>Era hombre don Juan que a lo mejor transportaba toda su atención de +lo grave a lo menudo, como espíritu aventurero que gozara en suponer +la existencia de cosas grandes, escondidas de un modo carnavalesco +detrás de cualquier insignificancia. Su imaginación le llevaba a la +puerilidad. Creía fácilmente en las posibles emergencias de sucesos +importantísimos, efecto enorme engendrado por la menor cantidad posible +de causa. No estaba exento su espíritu de superstición: esperaba +bienes repentinos, no anunciados por la lógica; temía desventuras +abrumadoras, caídas como el rayo, sin el antecedente natural de errores +determinantes.</p> + +<p>En aquella hora de calma y soledad, aplicando a los objetos +secundarios más bien la curiosidad que la atención, fijose primero +don Juan en una cuenta de zapatero; después pasó la vista por un plan +en que anónimo arbitrista ofrecía saldar toda la Deuda de España +con una simple combinación de cifras; leyó en seguida una carta +procedente de Londres, escrita en español de colegio inglés. En la +primera carilla, una mano trémula había trazado quejas melancólicas, +reproches agridulces; en la segunda, se lamentaba<span class="pagenum" +id="Page_134">p. 134</span> de un olvido semejante, de abandono; en +la tercera, formulaba con indecisa escritura una protesta de firme +constancia a prueba de desdenes, y en la última, pedía dinero. En la +postdata suplicaba se le mandase inmediatameate orden contra la casa +<i>Tal</i>... Esta epístola y los documentos anteriores fueron a parar, +en pedazos, a la cesta de los papeles inútiles. Cogió luego otra carta, +cuyo sobrescrito era un puro adefesio, y abierta, leyó con no poca +dificultad:</p> + +<div class="carta"> + + <p>«Señor don Juan excelentísimo: Por encargo de la señora doña + Jacoba Zahón, que permanece enferma en cama, le digo cómo la ropa de + la niña importa mil setecientos y veintidós reales efectivos, que + hará el favor de remitir a la mayor brevedad, para atender a las + urgencias. Pues ha de saber que se debe lo del maestro de piano y + baile viceversa, con lo demás que había pendiente del coste del mes + pasado inclusive, y son por junto naturalmente trescientos y doce + reales netos, con lo de medicinas trescientos ochenta y ocho. Doña + Jacoba espera le suministre pronto la suma total de los expresados + líquidos reales de vellón, como débitos naturales, y me encarga + conjuntamente le diga que le besa las manos, y que tendrá el honor de + visitarle en cuanto se alivie de sus reumas achacosos. Dios guarde a + usted, excelentísimo, años muchos, y mande a su servidor, que lo es — + Cayetano Lopresti».</p> + +</div> + +<p>Suspirando fuerte, señal inequívoca de lo desagradable del asunto, +cogió la pizarrita<span class="pagenum" id="Page_135">p. 135</span> +en que anotar solía las obligaciones perentorias del día siguiente, +ya fuesen políticas, ya del orden familiar y privado. Media pizarra +estaba escrita ya con diversos recordatorios de varia importancia: +«Circular intendencias... Ver Argüelles, proyecto electoral... Recuento +de frailes... Relaciones de monjas... Escribir duque de Broglie...». +Con mano enérgica, fruncido el ceño, apuntó debajo: «Asunto Negretti... +<i>Din. jor.</i> (que quería decir: mandar dinero a la jorobada)».</p> + +<p>Guardó unos papeles en las gavetas; recogió otros, metiéndoselos en +el bolsillo; tiró de la campanilla. El sonido lejano de esta produjo +la aparición de un portero que surgió de entre los pliegues de la +cortina. «Mi capa..., el coche», dijo Su Excelencia dando pataditas en +la alfombra, que aún era de verano. Se le habían enfriado los pies, +calzados con zapatito mujeril.</p> + +<p>Y con esto se fue Mendizábal a su casa de la calle de san Miguel. +Durmió mal. Volteaba el cuerpo entre las sábanas, y en su cerebro +enardecido por el trabajo se torcían las ideas y se enlazaban como +queriendo formar una trenza: «Ley electoral... ¡Pobre Negretti!... +La guerra... ¡Pero esa niña, esa fastidiosa niña..., esa guerra, esa +maldita guerra!...».</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch14"> + <p><span class="pagenum" id="Page_136">p. 136</span></p> + <h2 class="nobreak g1">XIV</h2> +</div> + +<p>También el bueno de Calpena durmió mal, a causa de los sobresaltos +de su amor propio, que aquella noche, al volver da la oficina, había +sufrido nuevos golpes. La última carta de la <i>mano oculta</i> +revelaba un espionaje fastidiosísimo. Era en verdad humillante no +poder dar paso alguno de que no tuviera conocimiento la persona que le +protegía. Cierto que agradecía la protección; pero habríala estimado +más si no significara para él la pérdida de toda libertad. Al día +siguiente, el anónimo corresponsal mostró detallado conocimiento de +cuanto al señorito le había ocurrido en la oficina: le reprendió por la +compañía del tísico Serrano; le incitaba a frecuentar menos los cafés +y más la sociedad, pues en aquellos adquiriría hábitos de grosería y +desparpajo, y aprendería en esta la finura y distinción de un perfecto +caballero.</p> + +<p>—Hijo mío —decíale don Pedro, resueltamente conforme con las +opiniones de la incógnita—, no te importe esa vigilancia que puede +ser algo molesta, pero que sin duda te apartará de muchos peligros. +Frecuenta la sociedad, pues ya tienes relaciones que te introduzcan en +casas decentes, donde hallarás<span class="pagenum" id="Page_137">p. +137</span> exquisito trato, buen comer y placeres honestos. En fin, +te conviene <i>mejorar el terreno</i>. Es la única manera de irnos +librando de este maldito romanticismo que pretende volvernos locos. +No desobedezcas a quien quiere llevarte a la regularidad, a la buena +escuela de tu padrino don Narciso.</p> + +<p>—Pues le diré a usted con franqueza, mi querido Hillo: la falta +de libertad que me resulta de esta subordinación cargantísima a un +poder misterioso, a un poder benéfico, lo reconozco, pero enteramente +inquisitorial, a estilo veneciano, produce en mí un vivo anhelo de +evadirme de tan enojosa tutela. No sabe usted cuánto deseo hacer algo +que resulte ignorado por mi anónimo gobernante. ¿Por ventura, el +servicio de policía que ha organizado para vigilarme ha de ser tan +perfecto que no pueda yo burlarlo, siquiera para probar la habilidad +con que lo burlo? En la oficina hay ojos que me observan; aquí, en +casa, no digamos; en la calle, en el café, en los teatros, en las casas +que visito, ya sabe usted lo que pasa. No respiro sin que <i>allí +lo sepan</i>. Pues yo quisiera respirar a mis anchas, y decir: «Te +fastidias, que no lo sabes».</p> + +<p>En el curso de octubre fue introducido el venturoso macebo por +Mesonero Romanos en casa del médico Rivas, padre de tres niñas +preciosas, muy saladas: Marianita, Mariquita y Juanita, conocidas en +el mundo poético por <i>Laura, Silvia</i> y <i>Rosaura</i>, con que +las designaban sus novios o pretendientes (en<span class="pagenum" +id="Page_138">p. 138</span> aquel tiempo se solían llamar +<i>amantes</i>), que eran poetas de lo más granadito entonces. Las +chicas, eso sí, descollaban por su picante belleza, así como por su +ingenio; una de ellas también versificaba, otra pintaba, y las tres +hacían en el canto y baile angélicos primores.</p> + +<p>Recibido en palmitas fue Calpena en la casa del ilustre médico, +y a la segunda noche echó de ver que la mayor de las niñas le +gustaba extraordinariamente. A la noche tercera hubo de entender que +era correspondido: a las miradas flamígeras siguió el tiroteo de +florecillas verbales, y alguna breve y ardorosa promesa. Al fin de la +semana, ya corría de sala en sala la opinión de que eran novios. Pero, +¡ay!, el domingo recibió Calpena la carta anónima con el siguiente +réspice:</p> + +<div class="carta"> + + <p>«Niño, me desagradan lo que no puedes figurarte tus revoloteos con + la chica mayor del cirujano Rivas. Simple, ¿en qué estás pensando? + ¿Sabes que haces un papel ridículo? Si estás ciego, caiga de tus ojos + la venda. No digo que Silvia y sus hermanas no sean honestas: lo son. + Pero ya en el nido de sus tiernos corazones ha batido sus alitas otro + amor...».</p> + +</div> + +<p>—¡Oh, qué figura tan linda! En el nido de sus tiernos... Adelante. +Sigue leyendo.</p> + +<p>Y Calpena, dándose a los demonios, continuaba la lectura:</p> + +<div class="carta"> + + <p>«Las tres tienen sus adoradores. Mesonero es el zagal de + la tercera pastorcita, la linda Rosaura. En los altares de la + segunda, Silvia bella, quema el incienso<span class="pagenum" + id="Page_139">p. 139</span> de su inspiración socarrona Bretón de los + Herreros. Y, por último, escucha y tiembla... Ventura de la Vega, tu + amigo, ese que te recita sus versos en el café para que convides a + toda la partida, es el dichoso amante de Laura; la misma noche que os + cantó la niña el aria de <i>Elisabeth</i>, del maestro Caraffa, quedó + concertado entre Ventura y los padres encender pronto la antorcha de + Himeneo... Conque ya ves...».</p> + +</div> + +<p>—¡Qué elegancia de estilo: <i>encender la antorcha</i>!...</p> + +<p>Concluía la carta con observaciones de otro orden, y la noticia de +que ya se habían dado los pasos para redimirle de la quinta de cien mil +hombres, mediante el pago de cuatro mil reales. En la del siguiente +día se le ordenaba que no volviese a la tertulia del cirujano; que no +pensara más en la bella Laura, y que procurase meter la cabeza, pues +relaciones iba ganando para ello, en casas de más categoría, en los +dorados salones aristocráticos.</p> + +<div class="carta"> + + <p>«Mira, tontín: Roca de Togores, que es un chico muy introducido, + puede llevarte a casa de Campo-Alange, y el almibarado Clemencín + (llamémosle don Agapito) a casa de Castro-Terreño».</p> + +</div> + +<p>—Ya ves —decía Hillo cayéndosele la baba— con qué seguro dedo te +marca tus altos destinos. Pero, tontín, digo yo ahora, ¿cómo has +podido figurarte que te íbamos a permitir entroncar con la hija de +un cirujano? ¡Don Fernando Calpena unido en desigual coyunda con una +simple Laura, sin más títulos<span class="pagenum" id="Page_140">p. +140</span> que los ovillejos que le endilgan poetas chirles!... No, +hijo, tú no puedes <i>encender la antorcha</i> sino con damas de otro +cuño; y aunque pienso que no habrá en Madrid las hijas de duques o +archiduques que te corresponden, sigue por de pronto el consejo que te +da quien darlo puede, y mete la cabeza en las áureas viviendas de los +Abrantes y Veraguas, de los Oñates y Medinacelis.</p> + +<p>Refunfuñando, Fernandito concluía por someterse a todo, y a fines +de octubre le introdujo un amigo (no se sabe fijamente si fue Ros de +Olano o Miguel de los Santos Álvarez) en las casas de Almodóvar y de +Campo-Alange. En la primera de estas mansiones conoció a una beldad +fría y correcta, hija de un aristócrata, que era al propio tiempo +general poco afortunado, la cual cautivaba a cuantos la veían, no solo +por su marmórea belleza, exenta, eso sí, de toda gracia, sino por su +ingenio. Educada en Francia, se traía lecturas varias y admiración muy +redicha por Chateaubriand, De Jouy y otros coetáneos, siendo también +algo versada en Racine, Marmontel y Madama Genlis.</p> + +<p>Con ella platicaba Calpena: notaba este que su conversación y +figura eran del agrado de la marmórea, de lo cual vino que él también +se sintiese cautivado por la linda estatua, y aun que se lo hiciese +comprender en delicadas perífrasis. La <i>oculta mano</i> escribió:</p> + +<div class="carta"> + + <p>«Bien, bien, caballerito: ese es el camino. Recomiendo, no + obstante, moderación, pausa, fino pulso, y no lanzarse con + demasiados<span class="pagenum" id="Page_141">p. 141</span> ímpetus + por un terreno que, a tus inexpertos ojos, parecerá llano, y no lo + es. En él hay asperezas y obstáculos enormes, que tú no ves, pobre + niño. Habrás notado que nuestra sociedad es la más democrática + del mundo, y que en las casas más linajudas no se niega el pase a + ninguna persona bien vestida. Para recibirle y agasajarle, a nadie + se le pregunta quién es, ni de dónde viene, ni a donde va. Yo creo + que tanta franqueza no conduce a nada bueno. Por más que solo sea + aparente, esa igualdad significa que nuestra aristocracia pierde + el sentido de su misión y no sabe conservar el orgullo castizo, el + cual sería un baluarte contra las confusiones que se anuncian, y que + traerán un desquiciamiento social. Perdona mi pedantería».</p> + +</div> + +<p>—¡Por san Cucufate!, no es pedantería —exclamó don Pedro +palmoteando—, sino profundísima filosofía de la historia. Sigue.</p> + +<div class="carta"> + + <p>«Esa igualdad es un mal síntoma, y nada más por ahora; una forma + de cortesía tolerante... En el fondo, en los hechos, no hay tal + igualdad. Por eso, al notar muchos que te aproximas a la marmórea, + empiezan a preguntar: <i>ese Calpena</i>, ¿quién es? ¿De dónde ha + salido este barbilindo?... Y ya verás, ya verás cómo empiezan pronto + los desdenes, las envidias... Para que nada de esto ocurriese y tus + caminos fuesen llanos, sería preciso que en aquella misma esfera + hubiese personas que evidentemente te protegieran, que respondiendo + de ti, dijesen a quien deben decirlo:<span class="pagenum" + id="Page_142">p. 142</span> <i>ese pobrete</i> es digno de la niña, + y cuando sea preciso demostrarlo se demostrará. Si ahora te digo que + la estatua erudita, lectora de Chateaubriand y aun de Destut-Tracy, + heredará tres millones y medio, no lo hago porque veas en la riqueza + un incentivo a tu inclinación, no. <i>Ese don Nadie</i> no busca un + enlace de conveniencia, ni necesita los millones ajenos, porque es + de los que, por su gran mérito, pueden permitirse la libertad de ser + pobres».</p> + +</div> + +<p>—¡María Santísima, qué frase!... Adelante.</p> + +<div class="carta"> + + <p>«De ser pobres... Te hablo de la presunta riqueza de la niña de + mármol, para que sepas que tu marcha por ese camino ha de ser muy + disputada. Pero no te acobardes. Sobre que tú no sabes si tendrás aún + medios de apedrear con doblones a los que ahora hablan de tu nulidad + y pobreza, sigue adelante, y no veas en la preciosa damisela más que + su educación cristiana, la hidalguía de su familia y de su nombre, + su honestidad, su talento instruidito, sus condiciones, en fin, de + grandísimo precio, y las virtudes y méritos de sus padres, pues + aunque el pobre general nunca ha sabido mandar cuatro soldados, eso + no quita para que sea excelente persona, muy atenta a sus intereses; + y en cuanto a su madre, bien sabes que no hay en Madrid quien la + aventaje en nobleza y virtudes... No escribo más. Me duele la cabeza. + ¿Pero qué importa si el espíritu está gozoso?».</p> + +</div> + +<p><span class="pagenum" id="Page_143">p. 143</span></p> + +<p>Mucho dio que pensar a Calpena el contenido de esta carta, y tanto +se entusiasmó don Pedro oyéndola leer, que casi casi se le saltaron las +lágrimas.</p> + +<p>—¿Ves, ves —le dijo— cómo yo tenía razón? Y que ha de ser una +mujer de inaudito mérito esa marmórea chica. ¡Vaya que leer a +Destut-Tracy!... ¡Y qué guapa será!... Hombre de Dios, un día iremos +de paseo al Prado, a ver si la encontramos para que me la enseñes. Ya +me figuro su belleza, su dignidad, su mirar grave, como de la diosa +Minerva, su andar majestuoso. Bien, hijo, bien. Ese es el camino, +ese... Y ya sabes, dejaré de ser tu amigo y mentor... si... Ya sabes mi +tema: hay que <i>rematar la suerte</i>.</p> + +<p>En tanto, Calpena continuaba prestando su servicio de secretario +particular del primer ministro, muy a gusto de este, al parecer, +pues cada día le fiaba epístolas de mayor delicadeza, aun aquellas +que contenían algún secretillo político, o en que desahogaba en la +confianza de un buen amigo el recelo que en él iban despertando las +dificultades de su magna empresa.</p> + +<p>Por aquellos días, ya no iba Fernandito a los cafés, y esquivaba +todo lo posible la sociedad del tísico Serrano, cuyo pesimismo había +llegado a serle odioso. Dos veces fueron juntos al teatro. Dábale +Serrano los nombres de todas las personas que en palcos y butacas +veían, sin que de esto pudiese sacar ninguna luz el aburrido joven. +Y como a cada nombre que el tísico decía, agregaba comentarios<span +class="pagenum" id="Page_144">p. 144</span> injuriosos, pues para +él no había mujer honrada, ni madre que no vendiese a sus hijas, ni +esposa que no imitara la conducta aleve de la señora de Oliván, Calpena +no quiso más tal compañía, ni aquella erudición tan mentirosa como +terrible.</p> + +<p>Con Milagro, su compañero de secretaría, sí que hizo buenas migas +Calpena, y en los cortos ratos libres platicaban de política o +literatura contemporánea, que el viejo conocía medianamente, o bien +de cosas familiares y domésticas. Todo franqueza y espontaneidad +comunicativa, Milagro contaba los refunfuños y genialidades de +su mujer, las bataholas de sus chiquillos menores, y las gracias +habilidosas de sus dos niñas.</p> + +<p>—Es ridículo —decía— que a una persona como usted, introducida en +la mejor sociedad, le invite yo a venir a pasar un rato en mi humilde +casa, donde todo es pobreza..., también alegría, eso sí... Pero yo +creo que habría de gustarle oír tocar el arpa a mi hija María Luisa, +discípula de Fagoaga, gran discípula, para que usted lo sepa..., y +el instrumento es de lo mejor que ha fabricado don Tiburcio Martín, +plazuela de Matute... Ni le desagradaría a usted echar un parrafito +con mi hija segunda, Rafaela, que sabe francés y me ayuda a traducir +<i>Mujeres célebres</i>. Lee todo lo que cae en sus manos, y ahora está +agarrada noche y día a la de Madama Staël... Y en casa puede usted ver +a una notabilidad, un chico poeta de mi pueblo, Chiclana, que aunque +soldado de la última quinta,<span class="pagenum" id="Page_145">p. +145</span> hace versos como los ángeles; solo que es tan corto de genio +y tan para poco, que cuesta Dios y ayuda hacerle leer lo que escribe. +Se llama Antonio Gutiérrez, y ha compuesto un dramita que titula <i>El +Trovador</i> o cosa así, y en casa nos ha parecido tan bueno que yo +mismo se lo he llevado a Guzmán para que lo lea, a ver si a él o a +Carlos Latorre les da la ventolera de representarlo. Otro chicarrón va +por allí, Pepe Díaz, que también hipa por la poesía y el teatro. No les +falta más que apoyo, protección, y aquí, ya se sabe, no la hay más que +para los necios enfatuados. Yo les digo: «Hijos míos, no os acobardéis, +que a falta de otros protectores, aquí me tenéis a mí... ¡Milagro será +que no os saque adelante Milagro!... Je, je...».</p> + +<p>Cortés y agradecido Calpena, declaró que con mucho gusto aceptaría +la invitación, visitándole una de las noches que tuviera libres. Al +mismo tiempo recordó el conocimiento de Milagro con doña Jacoba Zahón, +añadiendo que para esta señora había traído de Francia un encargo que +aún se hallaba en su poder. Por voluntad expresa del remitente, no lo +entregaría más que a la misma persona a quien venía destinado, y esta +debía presentarse a recogerlo.</p> + +<p>—Seguramente —dijo Milagro— es una caja de pedrerías... ¿Por qué se +asombra usted? La Zahón comercia en diamantes y perlas. La casa es muy +conocida: <i>Zahón y Negretti</i>, calle de Milaneses. Hoy, por muerte +de Zahón, se ha quedado al frente la viuda,<span class="pagenum" +id="Page_146">p. 146</span> para quien algunas noches trabajo, +escribiéndole la correspondencia y poniéndole las cuentas en orden.</p> + +<p>—No puede ser caja de piedras preciosas lo que traje y aún conservo +—observó Calpena—, pues no habían de tardar tanto en recoger cosa de +valor grande. ¿Acaso comercia esa señora en pedrería falsa?</p> + +<p>—No, señor... Todo lo que compra y vende es de la mejor ley. Si +no ha pasado doña Jacoba a recoger su encargo, será porque ha estado +enferma, o porque no tiene noticia exacta de la persona que lo ha +traído.</p> + +<p>—Debe de tenerla, porque al día siguiente de mi llegada, escribí a +Olorón dando cuenta de mi domicilio. Por cierto que me dijeron que esa +señora es jorobada.</p> + +<p>—Cargadita de espaldas... Yo le hablaré del caso, y nos iremos a su +casa si ella no puede salir. Verá usted una mujer lista y estrafalaria, +genio desigual, mañas de urraca, agudezas de lince, toda uñas, toda +desconfianza...</p> + +<p>—Pues yo había creído que el paquete que traigo es de cartas o +papeles políticos. Dígame usted... aquí en confianza, ¿esa señora +conspira?</p> + +<p>—¡Conspirar la Zahón...! —dijo Milagro perplejo—. No..., que yo +sepa, no... ¡Conspirar...! Para la Zahón no nay más política que ganar +dinero, engañar a quien puede, y despojar a los infelices que caen en +sus garras.</p> + +<p>—Ello será como usted lo dice; pero yo<span class="pagenum" +id="Page_147">p. 147</span> puedo asegurarle que un compañero mío de +hospedaje, que anda en las logias de la casa de Tepa, supo, a los pocos +días de mi llegada a Madrid, que yo había traído ese encargo, y tanto +él como sus amigos López y Caballero creían, y así me lo dijeron, +que el paquete era de papeles políticos y venía destinado al eterno +conspirador don Eugenio Aviraneta.</p> + +<p>—Observe usted, amigo Calpena, que los patriotas, de tanto andar al +oscuro en logias y <i>sublimes talleres</i> soterráneos, ven visiones, +y como la policía de aquí vive también palpando tinieblas, entre unos +y otros le arman a usted unos enredos que le vuelven loco. El año del +fusilamiento de Torrijos vine yo de Sevilla a Madrid en galera, y no +acelerada, con mi familia, pasando los mayores trabajos que usted +puede imaginar. Diéronme allí un encargo para la señora de don Vicente +González Arnao, el amigo de Moratín, la cual era muy obesa y padecía +de estreñimiento. Por esto comprenderá usted que el encargo era una +lavativa, gran pieza, modelo recién enviado de Inglaterra. Pues no +puede usted figurarse la que se armó con el dichoso instrumento, en +cuanto me lo descubrieron los de la policía. No le digo a usted más +sino que me costó la broma cuatro meses de cárcel, y mi mujer y mis +hijos no se murieron de hambre porque les recogió un pariente de +Bertrán de Lis...</p> + +<p>—¿Y la señora de Arnao...?</p> + +<p>—Reventó..., naturalmente... Su muerte<span class="pagenum" +id="Page_148">p. 148</span> debió ser un nuevo cargo para la +Superintendencia de Policía, como verdadero asesinato... político.</p> + +<p>Campanillazo... Acudió Milagro presuroso al llamamiento del señor +ministro.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch15"> + <h2 class="nobreak g1">XV</h2> +</div> + +<p>A los pocos momentos de quedarse solo Calpena en el despacho, entró +Iglesias por la puerta interior, que comunicaba con la secretaría.</p> + +<p>—En nombrando al ruin de Roma... No hace diez minutos, querido +Nicomedes, que le recordábamos a usted.</p> + +<p>—No sería para hablar mal.</p> + +<p>—De ningún modo. Al contrario...</p> + +<p>—Hace un siglo que no nos vemos, amigo Calpena. Ayer y hoy no +he comido en casa. Tenemos usted y yo las horas encontradas, y lo +siento, porque en estas circunstancias me conviene verle a usted con +frecuencia. Por eso he venido.</p> + +<p>—Estoy a sus órdenes.</p> + +<p>—Ya sé —dijo Nicomedes dejando sobre la mesa su sombrero, que era +de última moda, cilindrico, enorme, un soberbio tubo de chimenea con +alas planas—, ya sé que el Presidente le quiere a usted mucho... Eso +se llama caer de pie. Usted es de los que se lo encuentran todo hecho. +Bien haya quien tiene<span class="pagenum" id="Page_149">p. 149</span> +el padre alcalde... Pues yo, contando con su amabilidad, venía...</p> + +<p>—Siéntese el buen Iglesias, y dígame en qué puedo servirle.</p> + +<p>Sentose Nicomedes, y pasándose la mano por las melenas, que eran +largas y copudas, parecía inquieto, caviloso, extenuado por el insomnio +y las ansiedades de la ambición.</p> + +<p>—Quisiera que el simpático Calpena, sin faltar lo más mínimo a +la reserva que le impone su cargo en la secretaría particular..., +¡cuidado, que no trato de poner a prueba su discreción...!, pues +quisiera que usted me dijese si ha escrito a don Juan Álvarez en favor +mío...</p> + +<p>—¿Quién? Supongo que será recomendación para las elecciones.</p> + +<p>—Justo. Pues se comprometió a escribir al Presidente, recomendándome +con toda eficacia, imponiéndome más bien, quien menos puede usted +figurarse.</p> + +<p>—¿Caballero, Trueba y Cossío?</p> + +<p>—Esos son amigos míos, y bastante tienen con manipular su elección, +el uno en Cuenca, el otro en Santander. A mí me habían prometido +incluirme en la candidatura de Murcia. Quiroga me aseguró que allí me +votarían hasta las piedras. Luego resulta que no las piedras, sino los +electores, votan a Escalante. Al fin, me refugié en Villafranca del +Bierzo, donde tengo algunos elementos.</p> + +<p>—Por ese lado, Argüelles influye, también don Martín...</p> + +<p>—No cuento con esos... Ofreció apoyarme...,<span class="pagenum" +id="Page_150">p. 150</span> vuelvo a decirlo, quien menos puede usted +sospechar... En este juego de la política, los extremos se tocan. Pues +me apadrina don Francisco Martínez de la Rosa, es decir, prometió +hacerlo... en virtud de concesiones mutuas que acordamos en Tepa, +interviniendo por los moderados Ramón Narváez; por nosotros, mi amigo +Palarea.</p> + +<p>—Ya..., comprendo... Y usted quiere saber si Martínez de la Rosa ha +escrito... Lo ignoro: si algo supiera se lo diría, pues en ello no veo +deslealtad. Por mi mano no ha pasado carta de don Francisco; y si don +Juan la ha recibido, habrala contestado por sí propio.</p> + +<p>—¿Y su compañero de usted, ese viejo cegato...?</p> + +<p>—No sé nada. Es hombre muy reservado.</p> + +<p>—Bueno: desde ayer sospecho que esos malditos <i>anilleros</i> nos +engañan. Siempre han sido lo mismo. Cuando están fuera del poder, nos +buscan, nos agasajan, se arriman a la <i>exaltación</i>... Otra cosa: +¿No recuerda usted si, entre las recomendaciones de candidatos que +hace diariamente este buen señor a don Martín de los Heros, ha ido mi +nombre?</p> + +<p>—Tampoco lo recuerdo.</p> + +<p>—Voy creyendo que Heros me engaña también. No puede esperarse otra +cosa de quien no tiene iniciativa ni criterio para nada. Tanto a él +como a Becerra les trata este señor como a criados.</p> + +<p>—Pues mire usted —indicó Calpena esforzándose en hacer memoria—, +yo tengo idea de haber visto el nombre de usted en alguna<span +class="pagenum" id="Page_151">p. 151</span> de las cartas que me ha +dado don Juan para contestarlas...</p> + +<p>—A ver si recuerda, hombre, a ver si recuerda... —dijo Iglesias +aproximando su silla para poder hablar en voz más queda—. ¿Sería en una +carta de don Fernando Muñoz?...</p> + +<p>—¿El marido de la reina? No..., don Fernando estuvo aquí una noche, +y habló con el Presidente, lo que no tiene nada de particular, y por +eso puedo decirlo.</p> + +<p>—¿Y no ha pasado por aquí una carta de don Juan Muñoz, padre +jesuita, hermano de don Fernando? Me consta que le suplicó se +interesase en favor mío la persona que le salvó la vida en el colegio +de San Isidro el día del degüello, en julio de 1834.</p> + +<p>—Tampoco he visto carta alguna de ese señor jesuita.</p> + +<p>—Pues no dudo que su hermano habrá dicho algo a Mendizábal. Sepa +usted que en Palacio, de tiempo en tiempo, echan una mirada a la +<i>exaltación</i>, y nos halagan para que no extrememos la guerra. +Decididamente hemos vuelto la espalda al señor <i>Dracón</i>, que no +nos sirve para nada. Ya sabe usted que en el actual momento histórico +doña Carlota y su hermana están a matar.</p> + +<p>—No sabía... La verdad, me fijo poco en intrigas palatinas. Creo que +mucho de lo que se cuenta es falso, embustes fraguados a gusto del que +los pone en circulación.</p> + +<p>—Lo que digo es el evangelio. Están a matar... Nosotros hemos +abandonado a <i>la</i> Carlota, y apoyando por el momento a +Cristina,<span class="pagenum" id="Page_152">p. 152</span> trabajamos +en el extranjero para evitar la protección que dan a don Carlos los +legitimistas y vendeanos. Mendizábal hace la misma política: no me dirá +usted que no escribe cartas a la hermana de estas señoras, Carolina, +duquesa de Berry.</p> + +<p>—Nada sé, amigo mío —declaró Calpena, comprendiendo al fin que debía +refugiarse en la discreción, y evitar revelaciones inconvenientes.</p> + +<p>—Pues bien: decidido a minar la tierra para ocupar el lugar que me +corresponde en el Estamento, y viéndome abandonado por algunos amigos, +vendido por otros, por ninguno apoyado resueltamente, he pegado un +brinco horroroso, solicitando el apoyo de un legitimista francés de +gran empuje, para que recabe de la duquesa de Berry una expresiva +recomendación...</p> + +<p>—Y ese legitimista es el señor conde de la Pommeraye, ayudante +que fue del duque de Angulema. Ha escrito a Mendizábal; pero no +hace referencia a la de Berry, y se limita a dar las gracias por el +reconocimiento que se le ha hecho de varias cruces concedidas el año +23, asunto que quedó suspenso por error, o por olvido de ciertos +trámites...</p> + +<p>—Me consta que a la de Berry debe el de la Pommeraye que le hayan +reconocido dos cruces pensionadas. Lo sé: es amigo de mi familia. Mi +tío Andrés le salvó la vida en el ataque y toma de Pasajes... Por lo +visto, usted no puede o no quiere darme ninguna luz. Cada día me afirmo +más en la idea de que<span class="pagenum" id="Page_153">p. 153</span> +todos me abandonan, de que nadie se interesa por mí... ¡Y esto le pasa +al hombre que ha consagrado toda su inteligencia, su vida toda, a la +idea revolucionaria, a la redención de este pueblo!... ¡Mátese usted, +reviéntese, padezca hambres y persecuciones por la regeneración de un +país, por ennoblecerle, por desasnarle, por sacarle de las uñas de +la feroz tiranía..., y cuando cree recibir el premio de su servicio, +cuando usted humildemente dice a ese país: «Dame tu representación, +dame tus poderes, pues quiero desgañitarme en tu defensa», vese usted +desatendido, menospreciado, tratado como un loco!... ¡Oh, esto no puede +ser, esto clama al cielo!</p> + +<p>Dio un porrazo en la mesa el iracundo Nicomedes, y se levantó, +irguiéndose con fiera majestad y sacudiendo la melena. Quiso calmarle +don Fernando con frases de esperanza:</p> + +<p>—No desmaye usted tan pronto. Si no es ahora, otra vez será.</p> + +<p>—Lo mismo me dijeron en las primeras Cortes del Estatuto... No, no +he nacido yo para vestir imágenes..., ni aun la imagen de la Libertad. +No, ya no espero nada... La culpa tiene quien se desvive por sus ideas, +olvidando que ha nacido en la tierra de la ingratitud... Créame usted, +los carlistas lo entienden. Van tras de su objeto espada en mano; +persiguen la realidad a sangre y fuego. Esos no se andan con remilgos, +ni fían su éxito a las amistades, ni a los hinchados discursos, ni +a recomendaciones impertinentes. ¡Hierro, y nada más que hierro!... +Mientras<span class="pagenum" id="Page_154">p. 154</span> nosotros no +hagamos lo mismo, no iremos a ninguna parte.</p> + +<p>Y cogiendo el enorme sombrero con tanta violencia, que a punto +estuvo de romperle el ala (¡lástima grande, pues lo había comprado +aquel día!), se lo encasquetó sobre la melena, diciendo:</p> + +<p>—Yo le aseguro a usted, querido Fernando, que me la pagan... ¡vaya +si me la pagan!...</p> + +<p>Despidiéndole en la puerta, tuvo Calpena una idea feliz:</p> + +<p>—¿Por qué no se decide usted a hablar con el propio Mendizábal? El +llanto sobre el difunto. Pídale usted audiencia ahora mismo.</p> + +<p>—Ya hemos hablado... Me recibirá muy atento. A buenas palabras no le +gana nadie. Pero todo se queda en agua de cerrajas... Déjele usted..., +déjele. Fracasará por no rodearse de los verdaderos patriotas... Morirá +a manos de los <i>santones</i>... ¡Que muera, que se hunda...!</p> + +<p>En aquel punto entró Milagro con un puñado de cartas, y +preguntándole Calpena si el Presidente estaba solo, dijo que en aquel +momento acababan de entrar don Agustín Argüelles y don Ramón de +Calatrava.</p> + +<p>—Ahí tiene a todo el <i>santonismo</i> —dijo Iglesias con sarcasmo—. +Vienen a tomarle medida del féretro... y a cortarle los pies bonitos +para que quepa... Es muy grandón don Juan Álvarez Mendizábal... Pero +quizás lo que le sobra no es por abajo, sino por arriba... Señores, +conservarse.</p> + +<p>No pudieron entretenerse los dos amigos<span class="pagenum" +id="Page_155">p. 155</span> en conversaciones, porque al punto se +enfrascaron en el trabajo, que no era flojo aquel día. Milagro +dio a su compañero algunas cartas, indicándole el sentido de la +contestación, y al instante humilló su flácido rostro, paseando la +punta de la nariz sobre el papel, al propio tiempo que la pluma. +Contestó Calpena varias cartas de pura cortesía, de esas que no dicen +nada y formulan vagas promesas, con arreglo al patrón usual en las +secretarías familiares de los señores ministros. Toda la tarde se +la pasó el de Hacienda en conciliábulos con prohombres, en firmar +asuntos importantísimos de Deuda, de Aduanas, algunos nombramientos, +y en repasar el proyecto de discurso que había de leer la reina en la +próxima apertura de los Estamentos. A última hora llamó a Milagro. +Dejando a un lado la política y apartando de sí todo el papelorio que +delante tenía, se dispuso a despachar un asunto privado, que sin duda +le causaba inquietud y fastidio, a juzgar por el tono con que dijo a su +escribiente:</p> + +<p>—Otra vez esa pejiguera. Oiga, señor Milagro: mañana me hará usted +el mismo favor del mes pasado.</p> + +<p>—A las órdenes de Vuecencia.</p> + +<p>—Nada: que esa maldita jorobada, que Dios confunda, ha vuelto a +pedirme dinero. Y no tengo más remedio que mandárselo, aunque voy +pensando que hay en esto mucho de socaliña... ¡Pobre Negretti! Como +usted la conoce y trabaja en su casa, me hará el obsequio de llevarle +esta cantidad que me<span class="pagenum" id="Page_156">p. 156</span> +pide... Vea usted qué letra y qué estilo... Cuide de hacerle firmar +el recibo en la misma forma de la otra vez... «He recibido del señor +Tal..., testamentario del señor Negretti... la cantidad de tal, importe +de alimentos y demás de...».</p> + +<p>—Descuide Vuecencia...</p> + +<p>—Es un asunto que me desagrada, y en la posición que ahora ocupo, +francamente, no me convienen estos tratos, aunque, bien mirada, la +cosa es sencillísima, y nada tiene de particular... Usted, como buen +gaditano, conocería al pobre Negretti.</p> + +<p>—Sí, señor... Tratante en pedrerías y en metales preciosos. Si no +recuerdo mal, era corso.</p> + +<p>—No: hijo de padre corso. Oiría usted contar que en uno de sus +viajes a Inglaterra conoció a la Montefiori. ¿Sabe usted quién era? Una +mujer de historia, muy guapa, francesa o italiana, no lo sé a punto +fijo, ni creo que lo supo nadie.</p> + +<p>—Algo me contaron...</p> + +<p>—A lo tonto, a lo tonto, empezando por galanteos de esos que +allí, como en París, son la aventura de un día, o de una semana, sin +consecuencias, Negretti se enamoró perdidamente de aquella prójima... +Y a tanto llegó la ceguera del hombre, que se casó con ella... Crea +usted que el día que me lo dijo, por poco le mato. De nada valieron +los consejos, las exhortaciones de sus buenos amigos. Jenaro sentía el +vértigo, y se arrojó a la sima.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_157">p. 157</span></p> + +<p>—Ya, ya recuerdo la historia... Su mujer murió.</p> + +<p>—Asesinada, al salir de un baile en Vauxhall, un sitio que hay +en Londres, a donde concurre todo el mujerío..., ya me entiende +usted...</p> + +<p>—Comprendo..., mujeres guapas..., pues... Esa señora dejó una +niña.</p> + +<p>—Que recogió Negretti, poniéndola en casa de los Montefioris +de <i>Hatton Garden</i>, una calle de Londres donde está todo el +comercio de pedrería. A la muerte de Jenaro, la niña, por disposición +testamentaria de este, fue puesta al cuidado del Montefiori de +Mallorca, y luego de Zahón y Negretti.</p> + +<p>—Y ha quedado al fin bajo el poder de doña Jacoba, donde ahora se +halla. La conozco, señor.</p> + +<p>—¿Qué tal es la chica? No la he visto desde que tenía tres años.</p> + +<p>—Señor —respondió Milagro dando un suspiro—, Aurorita es +preciosa...</p> + +<p>—Sale a su madre, que era una divinidad —dijo el gran Mendizábal. Y +se le encandilaron los ojos cuando repitió—: Es preciosa la niña...</p> + +<p>—Pero muy revoltosa, señor... El carácter más desconcertado que +Vuecencia puede imaginar.</p> + +<p>—Tiene a quien salir... Pues bien, Negretti dejó en mi poder todo +su dinero... No crea usted, pasa de un millón de reales lo que tenía, +y con su fortuna me dejó el encargo de atender a la chiquilla durante +su menor<span class="pagenum" id="Page_158">p. 158</span> edad... Ello +es enojoso, mayormente hallándose la joven en poder de los Zahones, de +quienes tengo malas noticias.</p> + +<p>—Puedo asegurar a Vuecencia que la niña de Negretti está muy mal +educada y tiene los demonios en el cuerpo; pero merece vivir en mejor +compañía, y yo sé que no ha de faltar quien la cuide, con el emolumento +que percibe la urraca de doña Jacoba.</p> + +<p>—Autorizado estoy —indicó don Juan Álvarez, distrayéndose ya de +aquel asunto y empezando a pensar en cosas de más importancia— para +confiarla a otras personas de la familia; y si averiguar pudiera dónde +ha ido a parar Ildefonso Negretti, que se estableció en Bayona, también +en joyería, allá por el año 26, de seguro... En fin, señor Milagro, +quedamos en que llevará usted a esa señora... Vea la nota, y aquí +tiene el dinero... Cuidado con el recibo en regla... Y pueden ustedes +retirarse... Yo me voy también, que hoy ha sido día de prueba.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch16"> + <h2 class="nobreak g1">XVI</h2> +</div> + +<p>Acompañado de su amigo y mentor don Pedro Hillo, fue Calpena a +las últimas funciones de toros, y a la apertura de los Estamentos, +que se efectuó a mitad de noviembre con la solemnidad de costumbre, +asistiendo<span class="pagenum" id="Page_159">p. 159</span> la reina +gobernadora. En la plaza admiraron la pericia del afamado matador +Francisco Montes, y el arrojo y gallardía de don Rafael Pérez de +Guzmán, oficial del ejército, de la noble casa de Villamanrique, que +había cambiado los laureles militares por las palmas toreras, y la +espada por el estoque. Tomó la alternativa en Madrid en junio del 31, +y desde entonces fue la más grande notabilidad del arte en aquella +década, después del maestro Montes. Con estos compartía el favor del +público Roque Miranda, muy inferior a Montes y a <i>don Rafael</i> en +la suerte de matar, pero gran banderillero, capaz de poner <i>pares</i> +en los cuernos de la luna.</p> + +<p>Ya se comprende que con la compañía de Hillo en el fiero espectáculo +aprendió Calpena, no solo los terminachos, sino las reglas del toreo, +adquiriendo el placer de la lidia. Algunas tardes convidó también a +Milagro, grande y antiguo aficionado, solo que la cortedad de su vista +no le permitía enterarse bien de lo que pasaba. Hiciéronse amigos Hillo +y don José, y su amistad se consolidaba, lo mismo por la comunidad de +afición que por la diferencia de criterio en el juicio de las suertes. +Si coincidiendo, simpatizaban, disputando como energúmenos simpatizaban +y se querían más. Entre los dos sentábase Calpena en el tendido, y a +menudo tenía que intervenir para aplacar sus bulliciosos ardores de +controversia. Era Hillo devotísimo adepto de la escuela ronceña, y el +otro de la sevillana; enaltecía el clérigo el arte propiamente<span +class="pagenum" id="Page_160">p. 160</span> dicho, la destreza en el +engaño, la burla ingeniosa del peligro, la distinción, la postura, +la gallardía de la figura toreril delante de la fiera; encomiaba +Milagro el valor, la brutal acometividad sin remilgos, mirando más a +la eficacia de la suerte que al afán de pintarla y hacer arrumacos. +Eran, pues, el uno clásico, romántico el otro. Disputaba Milagro por +temperamento bullanguero y por llevar la contraria. Hillo, firme en +el <i>dogma</i> rondeño, lo sostenía con seriedad, digna de una tesis +escolástica. Tan pronto se arrancaba Milagro a sostener que Rafael +era un chambón, que debía su boga a <i>ser de la grandeza</i>, como +le defendía resueltamente por su coraje ciego y sin arte. Consideraba +a Montes por paisano, pues ambos eran de Chiclana; pero a lo mejor se +complacía en llamarle gandul o <i>figurero</i>.</p> + +<p>—Pero usted, señor alma de cántaro —le decía Hillo sin poder +contener su enojo—, ¿se ha enterado de lo que ha hecho ese tío en el +segundo toro? Sin duda tiene usted telarañas en los ojos cuando no ha +visto ese sublime arte del engaño, cuando no ha visto con qué salero +se lo pasó a la fiera por delante de la cara para componerla, para +quitarle los resabios adquiridos durante la lidia, para igualarle... +¿O es que usted no sabe lo que es igualar al toro?... ¿Sabe acaso +distinguir los pases? Para usted es lo mismo el <i>natural</i> que el +<i>redondo</i>, el <i>cambiado</i> y el <i>de pecho</i>.</p> + +<p>—Lo que le digo a <i>zumercé</i> —afirmó Milagro al concluir la +lidia del tercero— es que<span class="pagenum" id="Page_161">p. +161</span> este pase <i>de pecho</i> de don Rafael no lo hace mejor el +Verbo Divino.</p> + +<p>—¡Pero si ha sido una gran patochada! ¡Usted no lo entiende! ¡Si no +estaba perfilado don Rafael cuando se le vino el toro encima, y en vez +de adelantar el brazo de la muleta hacia el terreno de afuera en la +rectitud del toro, lo que hizo fue...!</p> + +<p>—Usted si que no lo entiende. Don Rafael no movió los pies...</p> + +<p>—¡Pero si parecía un bailarín!</p> + +<p>—Le digo a usted que no. Me han salido los dientes viendo +matar toros. Don Rafael se estuvo quieto hasta que llegó la res a +jurisdicción.</p> + +<p>—¡Pero si no llegó a jurisdicción...! ¡Por san Cornelio, que no!... +Y el animal no tomó el engaño; y don Rafael, con más coraje que +conocimiento, en vez de darle salida por la derecha, se la dio por +la izquierda, y no supo empaparle. Total, que cuando la res dio el +hachazo...</p> + +<p>—No hubo tal hachazo.</p> + +<p>—Le digo a usted que sí...</p> + +<p>—Pues, hijo, si Su Reverencia entiende de decir misa como de toros, +lucida está la santa Iglesia.</p> + +<p>—Quien no entiende una palotada <i>sois vos</i>.</p> + +<p>—Paz, paz —les decía Calpena—. No se peleen por un golletazo de más +o de menos. Tan difícil es matar bien un toro como gobernar a un país. +Tanto mérito tiene el que se pone entre los cuernos de una fiera, como +el que se cuadra ante las astas de una nación<span class="pagenum" +id="Page_162">p. 162</span> querenciosa. No disputemos, y aplaudamos a +todos.</p> + +<p>Salían tan amigos, y hablando de política, el clérigo y el +funcionario confundían sus respectivos criterios en un escepticismo +zumbón. Fueron también, como se ha dicho, a la apertura de las Cortes, +en el Estamento de Procuradores, que tenía por alojamiento provisional +la iglesia de <i>Clérigos menores</i> (Carrera de San Jerónimo), +convertida en <i>redondel parlamentario</i>. Aunque el día no era +apacible, la multitud se agolpaba en las calles por ver a la reina y +su corte, y por admirar el lujo de corceles empenachados, los lacayos +y cocheros a la federica, las carrozas de concha y marfil, y todo el +elegante barroquismo que constituye el ceremonial palatino de calle. +La hermosura de la reina, su gracia y gentileza eran tales, que ante +la realidad se achicaban las hipérboles que a su paso se oían. Vestía +de negro. Su peinado de tres potencias, con la real diadema y el velo +blanco que graciosamente le caía sobre los hombros; la pedrería que al +cuello y entre los graciosos moños de su pelo ostentaba; la majestad de +su rostro; la sonrisa hechicera con que agraciaba al pueblo dirigiendo +sus miradas a un lado y otro, formaban un conjunto que difícilmente +olvidaba el que una vez tenía la suerte de verlo. Contaba poco más de +veintiocho años, y ya su nombre había fatigado a la Historia, por las +circunstancias de su casamiento, de su corta vida matrimonial, de su +viudez prematura<span class="pagenum" id="Page_163">p. 163</span> que +puso en sus manos las riendas de una nación desbocada. Del bien y del +mal que hizo se hablará en mejor ocasión. Por ahora se dice tan solo +que aquel día de noviembre, camino de la ceremoniosa apertura, estaba +guapísima. Era, sin disputa, la más salada de las reinas. Su venida fue +un feliz suceso para España, y su belleza el resorte político a que +debieron sus principales éxitos la Libertad y la Monarquía. Su gracia +sonriente enloqueció a los españoles; muchos patriotas furibundos, a +quienes las malas artes de Fernando habían hecho irreconciliables, +desarrugaron el ceño. Antes de tener enemigos encarnizados, tuvo +partidarios frenéticos. Difícilmente se encontrará en la historia una +reina a la cual se hayan dedicado más versos: verdad que no todos los +que se arrojaban a su paso, para alfombrarle el camino eran inspirados. +Lo que llamamos <i>ángel</i> teníalo Cristina en mayor grado que otras +prendas eminentes de la realeza, y todos hallaban en ella un hechizo +singular, un don sugestivo que encadenaba los ánimos. Por eso Quintana, +afectando la confusión lírica, le decía:</p> + +<div class="poetry-container"> +<div class="poetry"> + <div class="stanza"> + <div class="verse indent0">«¿Quién te dio ese poder?... ¿De quién hubiste</div> + <div class="verse indent0">La magia celestial?».</div> + </div> +</div> +</div> + +<p>Y otro no menos famoso poeta, la saludaba de este modo:</p> + +<div class="poetry-container"> +<div class="poetry"> + <div class="stanza"> + <div class="verse indent2">«¡Cuán hermosa! ¡Sus ojos celestiales</div> + <div class="verse indent0">Cuán apacibles miran!</div> + <div class="verse indent0"><span class="pagenum" id="Page_164">p. 164</span>Ved en su frente pura</div> + <div class="verse indent0">La majestad grabada y la dulzura;</div> + <div class="verse indent0">Mirad en su mejilla</div> + <div class="verse indent0">La rosa del pudor encantadora.</div> + <div class="verse indent0">Al Consorte Real, que en ella adora</div> + <div class="verse indent0">No menos la virtud que la hermosura,</div> + <div class="verse indent0">Ved ¡cuán tierno sonríe</div> + <div class="verse indent0">Su labio de coral!...».</div> + </div> +</div> +</div> + +<p>Y fue tal la prodigalidad de epítetos dulzones, <i>angélica, divina, +divinal, dulce, amorosa, celeste</i>, etc., que la lengua se nos hizo +empalagosa, y de ahí vino que por devolverle su tonicidad y fuerza +la amargaran demasiado los románticos con sus acíbares, adelfas y +cicutas.</p> + +<p>En otro orden hubo de manifestarse el mismo fenómeno de reacción. +Es indudable que muchos se fueron al campo realista, no tanto por +convencimiento, como porque estaban hastiados y apestados de tanta +<i>angélica Isabel</i>, de tanta <i>celestial Cristina</i>, protestaban +de la virilidad contra el feminismo.</p> + +<p>Las tres serían cuando entraba la reina en el Estamento, y si en el +tránsito por las calles y Puerta del Sol los vivas no cesaban, ni las +encantadoras sonrisas de la dama hermosísima, en la casa parlamentaria +los aplausos y vítores fueron delirantes. Aclamando a la gobernadora, +se rendía tributo a la hermosura y a la ley, a la vida nueva, a la +esperanza de un porvenir dichoso. El símbolo era tan bello que encendía +el fuego de la fe con más eficacia que las ideas. No es extraño, pues, +que el historiador, o más<span class="pagenum" id="Page_165">p. +165</span> bien el filósofo de la historia, se preguntara: «¿Hasta +qué punto y en qué medida influyó en la suerte de España el dulce +mirar de aquella Reina?». Y un faccioso del orden civil, aficionado +a las grandes síntesis, consolaba a don Carlos, años adelante, en +las soledades de Bourges: «No hay que culpar a nadie, señor, pues +así lo ha dispuesto el que hace las criaturas. Todo habría pasado de +distinta manera, si la augusta cuñada de Vuestra Majestad hubiera sido +bizca».</p> + +<p>Nuestro amigo Calpena, colocado entre los suyos don Pedro Hillo y +don José del Milagro, vio desde una tribuna a la hermosa reina, y la +oyó leer el discurso. Era la primera vez que la veía, y maravillado de +tanta majestad y gentileza, sus ojos no se saciaban de contemplarla. +Milagro, renegando de su menguada vista, no hacía más que preguntar a +Hillo:</p> + +<p>—¿Y dónde está Argüelles?... ¿Y Saavedra?... ¿Y los primerizos +Pacheco y Donoso Cortés?</p> + +<p>Poco fuerte en el conocimiento de personas, Hillo las iba señalando +a capricho, y a Pita Pizarro le llamaba conde de las Navas, y a don +Antonio González le confundía con don José Landero y Corchado.</p> + +<p>—Ahí tiene usted al señor don Juan Álvarez y Méndez, tan orgulloso +que parece el zar de Moscovia... —dijo don Pedro cuando ya se retiraba +Su Majestad—. Con su pelito rizado y su fraque de última moda, es el +más guapo de los que se sientan en el banco negro.</p> + +<p>—Ya, ya le veo —manifestó Milagro, que no veía nada—. Está +arrogantísimo mi jefe...<span class="pagenum" id="Page_166">p. +166</span> Ese, ese es el que os ha de poner a todos las peras a +cuarto. Ya veréis cómo las gasta.</p> + +<p>—Me parece a mí —dijo Hillo— que trae buenos planes; pero no el +trasteo que se necesita para ejecutarlos.</p> + +<p>—Trasteo le sobra.</p> + +<p>—Le falta mano izquierda.</p> + +<p>—¡Qué ha de faltarle, hombre!</p> + +<p>—No sabe manejar el engaño. Hay aquí ganado de mucho sentido, +voluntarioso, que <i>hace</i> por los ministros, y no para hasta que +los engancha. ¡Pobre don Juan!... Él ha venido por palmas, y le van a +dar...</p> + +<p>—¿Qué...?, ¿qué le van a dar?... —dijo Milagro, empezando a +amoscarse.</p> + +<p>—Nada, hombre: no se sulfure. De toros entiende usted poco; pero de +este tinglado ni una patata.</p> + +<p>—Quien no lo entiende es Su Señoría. Me han salido los dientes +viendo Cortes...</p> + +<p>—¿En dónde, alma de Dios?</p> + +<p>—En Cádiz..., en San Felipe Neri.</p> + +<p>—Ese santo no es de mi devoción.</p> + +<p>—De la mía sí. En mi iglesia adoramos a los patriotas y abominamos +de la clerigalla.</p> + +<p>—Paz, caballeros —dijo Calpena con gracia—. No me riñan aquí, o a +los dos les mando a la calle.</p> + +<p>—Es broma.</p> + +<p>—Jugamos, nos divertimos.</p> + +<p>En esto salían ya de la tribuna, y empezaba el penoso descenso entre +un gentío bullicioso, mareante, compuesto en su mayoría de señoras +charlatanas y fastidiosas,<span class="pagenum" id="Page_167">p. +167</span> a quienes todo el espacio de pasillos y escaleras les +parecía poco para sus faldamentas, chales y cintajos. Cerca ya de la +salida, tropezaron con <i>Edipo</i>, el polizonte, y Calpena, que ya +estaba familiarizado con su presencia en calles, cafés y teatros, le +dijo, permitiéndose tutearle:</p> + +<p>—Sí, aquí estoy... No me escapo, hombre... Puedes apuntar, por +si no lo sabes, que esta mañana estuve con Iglesias en el café de +Solís, y que hablamos de la inmortalidad del cangrejo y de la absoluta +impertinencia de los empleados de la policía.</p> + +<p>—No voy contra usted, señor don Fernandito —replicó el corchete +risueño y humilde—. Viva usted mil años, para que proteja a los pobres +el día que venga alguna tremolina.</p> + +<p>—¡Lo que es a ti...! ¿A que no me aciertas dónde estuve hoy cuando +salí del café de Solís?</p> + +<p>—En la corbatería de Aguayo.</p> + +<p>—¿Y antes de ir al café?</p> + +<p>—En la peluquería de Cortina.</p> + +<p>—Maldito seas, y quiera Dios que te pase lo que al rey de teatro que +te ha dado su nombre.</p> + +<p>—Era un rey que padecía de la vista.</p> + +<p>—Ciego te vea yo... Bueno. Pues si me aciertas a dónde iré esta +tarde, te regalo una docena de puros.</p> + +<p>—¿De veras? Pues ya puede ir por ellos. Tráigamelos escogidos, de la +fábrica de Sevilla, de a tres cuartos pieza.</p> + +<p>—Antes adivíname lo que haré esta tarde.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_168">p. 168</span></p> + +<p>—No necesito adivinarlo, porque lo sé, y usted no.</p> + +<p>—¿Y cómo es eso de ignorar a dónde voy, teniendo el propósito de ir +a una parte?</p> + +<p>—Muy sencillo. Puede que usted tenga la intención de emplear la +tarde en picos pardos, y puede que haya hablado de eso con Iglesias, +que es muy aficionado a las madamas. Pero aunque el señor don Fernando +tenga esos planes, no irá a donde piensa, sino a donde yo sé.</p> + +<p>—Explícame eso, <i>Edipo</i> maldito, o aquí perece un rey de +Tebas.</p> + +<p>—Pues... esta mañana, mientras el señor andaba de ceca en meca..., +fue a buscarle a su casa, tres veces, don Carlos Maturana. Me le +encontré en la calle de Peligros, y me ha dicho que tiene precisión de +cazarle a usted hoy, y que le cazará, aunque sea con perros.</p> + +<p>—¿A mí?... ¡Maturana! Sí, sí, es el pariente de mis amigos de +Olorón, a quien me recomendaron. No le he visto aún, porque estaba +ausente de Madrid cuando yo llegué.</p> + +<p>—Ayer regresó de sus viajes por Italia y Suiza. Traerá relojes y +abanicos... En fin, no sé... El motivo de buscarle con tanta prisa es +porque usted trajo un encargo para la Zahón.</p> + +<p>—El cual aún está en mi poder, porque esa señora, que me han dicho +es muy cargada de espaldas, no ha ido a recogerlo.</p> + +<p>—Pero va de orden suya el señor Maturana, no solo por el gusto +de verle a usted, sino por<span class="pagenum" id="Page_169">p. +169</span> llevarle a la calle de Milaneses, donde le espera con la +cajita doña Jacoba, que no puede salir. Y como el encarguito será de +valor, no tiene el señor don Fernando más remedio que hacer la entrega +por sí mismo, y fastidiarse, y echar la tarde a perros.</p> + +<p>—Eso no... Con entregar la caja, pedir recibo, tomarlo...</p> + +<p>—Puede que le entretengan a usted más de lo que piensa las joyas que +hay en la casa.</p> + +<p>—No soy aficionado...</p> + +<p>—Eso se verá... cuando lo vea... Hay brillantes, perlas, corales, de +los que pintan los poetas...</p> + +<p>Y sin decir más, dio dos palmadas a don Fernando, despidiéndose con +palabras de premura:</p> + +<p>—Con Dios... Hago falta dentro... Mucha gente, y alguna no de lo +mejor.</p> + +<p>Reuniose Calpena con sus amigos, que en la puerta hablaban con dos +sargentos de la Guardia Real, conocidos de Milagro, y se fueron hacia +la calle de Alcalá, rumbo al Caballero de Gracia.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch17"> + <h2 class="nobreak g1">XVII</h2> +</div> + +<p>Exactísimos eran los informes de <i>Edipo</i>, y cuando llegó +don Fernando a su casa, díjole la chica de la patrona, al abrirle +la puerta, que un señor que había estado tres veces por<span +class="pagenum" id="Page_170">p. 170</span> la mañana, le aguardaba +sentadito en la sala, al parecer dispuesto a no moverse de allí +mientras no lograra su objeto. Minutos después hallábase Calpena frente +a un sujeto como de sesenta años, acartonado y pequeñito, que llevaba +muy bien su edad; mejor afeitado que vestido, pues su levita era de las +contemporáneas de la paz de Basilea; el pelo entrecano y nada corto, +con ricitos en las sienes, y un mechón largo cayendo hacia el cogote, +como si aún no se hubiese acostumbrado a prescindir del coleto; los +ojos reforzados con antiparras de cristales azules montados en plata; +el perfil volteriano, el habla cascada y lenta.</p> + +<p>—¿Conque es usted...? Bien, hijo, bien. Pues me escribió mi +sobrino Felipe; pero hasta ayer no he llegado de mis correrías por el +extranjero... Aquí me tiene el señor don Fernando a su disposición. +La verdad, poco puede hacer por usted este pobre viejo, pues desde +que salí de Palacio..., ya sabe usted que era yo primer diamantista +de Su Majestad..., llevo una vida... Sentémonos, si usted quiere... +Pues perdí aquella plaza, después de treinta años de honrados +servicios..., y no he tenido más remedio que buscar en el comercio +un modesto pasar... Ello fue..., no sé si estará usted enterado..., +por malquerencia de esa farolona de <i>la</i> Carlota..., la mujer +del don Francisco..., otro que tal... En fin, más vale no hablar... Y +usted, ¿qué me cuenta? ¿Qué tal le va por Madrid? ¿Ha conseguido que +le coloquen? Ay, señor mío, esto está perdido<span class="pagenum" +id="Page_171">p. 171</span> con tantas libertades, y la dichosa +Pragmática Sanción, que fue la manzana de la discordia... Al rey le +mataron a disgustos, puede usted creerlo... Y a mí..., toda la inquina +que me tomaron fue por la amistad que me tenía el príncipe de la Paz +primero, y después el señor duque de Alagón... No sé si sabrá usted que +don Pedro Labrador me llevó consigo al Congreso de Viena; sí señor... +Pero estas son historias marchitas, y usted es joven, vive en lo +presente, y le aburrirá esta manía que tenemos los viejos de revolver +la hoja seca del pasado... En fin, vamos al asunto.</p> + +<p>—Ello es que yo —dijo Calpena un tanto impaciente por despachar +pronto— no he podido entregar...</p> + +<p>—Ha hecho usted perfectamente. Encargos de cierta naturaleza no +deben entregarse sino en la propia mano de la persona a quien van +dirigidos. La mayor parte del contenido de la cajita que confió a usted +<i>Aline</i> es para mí; el resto, para Jacoba. Esta se halla enferma +con un dolor tan fuerte en la cadera, que no puede moverse.</p> + +<p>—Iré yo a su casa, si a usted le parece bien.</p> + +<p>—Tan bien me parece, que traigo esa comisión, con la cual mato +dos pájaros de un tiro. Cumplo con Felipe, ofreciendo a usted mis +servicios, y cumplo con Jacoba, llevándole el encargo, y el portador y +todo, para que llegue más seguro.</p> + +<p>Deseando abreviar, Calpena sacó la cajita,<span class="pagenum" +id="Page_172">p. 172</span> y propuso al señor de Maturana marchar +sin pérdida de tiempo. No deseaba otra cosa el antiguo diamantista, y +se echaron a la calle, no sin que en el portal recomendase don Carlos +a su acompañante que tuviese mucho cuidado con lo que llevaba, pues +Madrid estaba infestado de rateros, y al menor descuido le dejarían con +las manos limpias. Procuró Calpena tranquilizarle, y asegurando bien +el bulto bajo el brazo derecho, avivó el paso. Poco hablaron por el +camino, y en cinco minutos se plantaron en la calle de Milaneses.</p> + +<p>—Amiguito, vaya un paso que tiene usted —dijo el vejete, +fatigadísimo, al entrar en el portal—. Ya se ve..., un paso de +veinticinco años. Subamos ahora despacito, que por aquí no hay peligro +y no vamos a apagar ningún fuego. Esta maldita escalera no tiene +pasamanos, y usted me ha de permitir que le coja del brazo. Pásmese +usted. En esta casa...</p> + +<p>Se paró en el rellano, donde apenas cabían los dos. La escalera, +que arrancaba casi en la misma puerta de la calle, ascendía oscura, +desigual, angulosa, como los senderos de la traición, y sus escalones +patizambos ofrecían al confiado pie celadas espantosas.</p> + +<p>—En esta casa..., no, en la de al lado, trabajamos juntos, cosa de +un mes, Leandro Moratín y yo. Y enfrente, en el que entonces era número +14 de la manzana 71, tuve yo el gusto de cobrar el primer dinero que +gané en mi vida. Fue por unas arracadas que hicimos para la infanta +doña María Josefa, el año 90... Ea, cinco escalones más y llegamos.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_173">p. 173</span></p> + +<p>Tiró Maturana de la campanilla, y al poco rato rechinó la tapa de la +mirilla con cruz de hierro. Vio Calpena unos ojos; el viejo no dijo más +que «Yo», después de lo cual empezó a sonar un claqueteo de cerrojos, +al que siguieron vueltas de una llave, luego roce de cadenas, el caer +de una barra, y aun después de todo este estruendo carcelario la puerta +tardó un ratito en abrirse. ¿Era un hombre el que abría, era una mujer? +Fernando no se enteró, porque si el aspecto podía pasar por varonil en +la penumbra del pasillo, femenina era la voz que dijo:</p> + +<p>—Don Carlos, no le esperaba tan pronto. La señora duerme, y yo +estaba en la cocina echándome unas piezas a la chaqueta... Pasen, +pasen. ¿Despierto a doña Jacoba?</p> + +<p>—No, déjala que descanse. Aguardaremos. ¿Y Aurorita, qué hace?</p> + +<p>Replicó el mancebo (pues hombre era por la facha, aunque la voz de +tiple lo contrario declarase) que la tal Aurorita había salido de paseo +con la señora y niñas de Milagro, y con otras cuyo nombre no recordaba, +hermanas de un sargento de la Guardia Real; y en tanto, abría la puerta +de la sala, que más bien era tienda, por las dos mesas, con trazas +de mostradores, que en ella había, y los armarios de forma pesada y +robusta, cerrados con fuertes herrajes, guardando con avaricia sigilosa +tesoros o secretos. Dos o tres sillones de vaqueta, de un uso secular, +claveteados y lustrosos, y un par de sillas eran los únicos muebles que +en tan extraña<span class="pagenum" id="Page_174">p. 174</span> sala +brindaban comodidad al visitante. Acomodose Maturana en un sillón, y +Calpena en una silla, dejando al fin sobre la mesa su enojosa carga, y +aguardaron silenciosos, hasta que el diamantista, sacando su tabaquera +de concha, tomó un polvito, después de ofrecer al joven, que hubo de +excusarse graciosamente. La conversación se reanudó en el mismo punto +en que había quedado al subir la escalera.</p> + +<p>—La buena señora —dijo Maturana oliendo el rapé con la mayor +finura y encandilando los ojuelos— se empeñó en que todo había de +ser zafiros... y mi padre y mis tíos estuvieron tres meses y medio +buscándolos de gran tamaño... Y que escaseaban en aquel tiempo los +zafiros y se pagaban bien, como ahora las esmeraldas.</p> + +<p>—Escasean las esmeraldas..., ya —dijo Calpena, solo porque la +cortesía le obligaba a decir algo.</p> + +<p>—Se han pagado en los últimos años a doce y catorce duros quilate, +las de buen tamaño..., ya ve usted. Algo bajaron de precio cuando don +Pedro de Portugal vendió su soberbia colección, en los apuros de la +Regencia en las Islas Terceras... Y a propósito... Este recuerdo de don +Pedro y doña María de la Gloria (que por cierto ha recuperado parte de +las esmeraldas y aguamarinas de la corona de Portugal); este recuerdo, +digo, me trae a la memoria al señor de Mendizábal... ¿Es cierto que +usted...? Si es impertinente mi pregunta, no digo nada.</p> + +<p>—Hable usted.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_175">p. 175</span></p> + +<p>—Es que... me habían asegurado que es usted el ídolo del señor +ministro; el niño mimado, vamos...</p> + +<p>Apresurábase don Fernando a desmentir tan absurda especie, que +no por primera vez oía, y cuyo origen atribuyó a las hablillas +y murmuraciones oficinescas, cuando sintieron ruido y voces en +las habitaciones inmediatas. Maturana se acercó a la puerta, y +entreabriéndola, dijo:</p> + +<p>—¿Qué es eso, Lopresti? ¿Se levanta la señora?</p> + +<p>Y la voz de tiple contestó desde dentro:</p> + +<p>—Allá va...</p> + +<p>Momentos después, entraba en la sala doña Jacoba Zahón, apoyada por +la izquierda en el fámulo, por la derecha en un grueso bastón, y con +difícil paso, marcado por lamentos y suspiros, llegó hasta soltar sobre +un sillón la dolorosa carga de su cuerpo. Antes de saludar a Calpena, +despidió al de la voz aguda con expresiones displicentes de ama de casa +que gasta mal genio:</p> + +<p>—Entretente ahora con tus costuras, y olvídate de tus obligaciones, +como ayer, que nos diste de cenar a las nueve de la noche... ¡Ay, si +yo recobrara mi salud y pudiera estar en todo, cómo te haría andar +derecho!... Anda..., holgazán, lávame los pañuelos... A las seis, el +vinito con la medicina...</p> + +<p>Volvió después su rostro hacia Calpena, y le saludó con graciosa +sonrisa, mostrando al joven su senil y enfermiza hermosura, que +enormemente contrastaba con su desgraciado cuerpo. Ofrecía su cabeza +un exactísimo parecido con la de María Antonieta; mas por el color +exangüe y la extremada delgadez<span class="pagenum" id="Page_176">p. +176</span> del interesante rostro era la cabeza de la infeliz reina +después de cortada, tal como nos la ha transmitido la auténtica +mascarilla de cera existente en un célebre museo. Don Fernando +sintió frío al contemplar aquel rostro tan fino y transparente, +de un perfil distinguidísimo, apagados los ojos, lívido el labio, +mostrando una dentadura en buena conservación. El cabello era gris, +y para que resaltara mayor la terrible semejanza con la decapitada +reina, se sujetaba dentro de una escofieta blanca. El cuerpo no +debiera llamarse feo, sino monstruoso: cada hombro a diferente altura, +corvo el espinazo. Se envolvía en una cachemira muy usada, bajo la +cual aparecían la falda de estameña oscura, y los zapatos de paño, +holgadísimos, pertenecientes sin duda a su difunto esposo. A la cara +correspondían las manos, también de cera, finísimas, bien marcadas las +falanges bajo una piel sedosa; las uñas no muy cortas, pero limpias: +lucía en sus dedos una sortija negra, con un hermosísimo <i>ópalo de +fuego</i> de gran tamaño.</p> + +<p>—Usted me dispensará, señor Calpena —dijo con voz dulce, musical, +que casi daba tonos de italiano al español correctísimo que hablaba—, +que haya tardado tanto en avisarle... Que hoy, que mañana... Pero +la carta de <i>Aline</i> llegó cuando yo me hallaba en lo peor del +ataque. Esta maldita ciática me tenía en un grito. Y el año pasado las +paletillas..., después todo el esqueleto... Ay, si le dijeran a usted, +señor de Calpena, que yo he<span class="pagenum" id="Page_177">p. +177</span> sido una mujer esbeltísima, se echaría a reír... Vea usted +los estragos del reuma en estos pobres huesos... Pues sí, <i>Aline</i> +me decía... Y ayer el amigo Maturana, al llegar de su viaje, me +decía... En fin, que celebro infinito ver a usted en mi casa, y le +agradezco la atención de traerme por su propia mano la caja.</p> + +<p>Por iniciativa de Maturana, se procedió a la apertura del paquete, +rompiendo los hilos que sujetaban el papel que lo envolvía. En tanto +Jacoba continuaba:</p> + +<p>—Por el amigo Milagro he tenido noticias de usted, y sé que está +en gran predicamento con el señor de Mendizábal... No, no lo niegue. +Ya sé que es usted la misma modestia... Pues el señor don Juan, en la +posición que hoy ocupa, no se acordará de mí. ¡Cuántas veces le vi +en mi tienda, calle de la Verónica, esquina a la de la Carne, donde +estuvimos tres años antes de pasar a la calle Ancha! Era entonces +un muchachón de lo más alborotado que puede usted imaginarse, un +buscarruidos, un metomentodo; ayudaba a los patriotas levantiscos que +armaban un tumulto a cada triquitraque. Bien me acuerdo, bien. Juanito +Álvarez hizo la contrata de víveres el año 23, cuando tuvimos allí +prisionero al rey. ¡El rey! ¡Ah!..., me parece que le estoy viendo, +con su traje de mahón, asomado a los balcones de la Aduana, mirando al +mar con un anteojo muy largo, en espera de barcos franceses o ingleses +que vinieran a libertarle... Mendizábal empezaba entonces sus negocios +en gran escala,<span class="pagenum" id="Page_178">p. 178</span> y, +si no recuerdo mal, algo traficó en pedrería con Londres y Ámsterdam. +Por si había conspirado o no había conspirado, lo condenaron a muerte, +y salió de Cádiz escapado para no volver más... Ya, ya se acordará él +de los Zahones, y de los refresquitos de sangría que le hacíamos en +casa, cuando volvía de Rota con Jenaro Negretti. En Rota tenían ambos +sus novias, las de Urtus, dos hermanas lindísimas. La una murió de +calenturas, y la otra casó con un hermano de este, Cayetano Lopresti, +maltés, que está en mi servicio desde el año 25... ¡Cómo se pasa el +tiempo! ¡Ay, don Carlos!, ¿qué me dice usted de este correr de los +años? El 23, cuando fue a Cádiz con la corte, usaba usted todavía +coleta, y los chicos de la calle le hacían burla... ¿Se acuerda?</p> + +<p>Más atento a lo que iba sacando del cajoncillo que a las tristes +remembranzas de su amiga, Maturana no contestó. Fijose también doña +Jacoba en lo que el viejo ponía con religioso respeto sobre la mesa, y +alargó su mano para cogerlo y examinarlo.</p> + +<p>—Ya... —dijo—, las peinas que tanto ponderaba <i>Aline</i>... El +carey es finísimo; los diamantes valen poco... Andanada de veinticinco. +Viene bien para completarle a la de Castrojeriz las arracadas que +quiere tomar, rostrillo y cinturón para la Virgen de Valvanera.</p> + +<p>—¿Tiene bastante ya? —preguntó maquinalmmte Maturana, mirando con +lente un joyel montado en plata.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_179">p. 179</span></p> + +<p>—Tiene... ¡Oh, sí!..., con lo que le vendió la Concha Rodríguez y +este, habrá bastante.</p> + +<p>—Si no... Yo he traído como unos veinte diamantes de desecho..., +muy propios para Vírgenes y Niños Jesús... Vea usted, Jacoba, vea qué +hallazgo...</p> + +<p>—¿Qué?... ¿Qué es eso?</p> + +<p>—Esto es un joyel de los que se usaban en los peinados Pompadour, +convertido en alfiler de pecho con poco arte: conozco esta prenda +como a mis propios dedos. No me equivoco, no: es la misma. Esmeralda +<i>hialina</i> del Perú, superior, con cerco de brillantes en plata. +Catorce brillantes, dos de ellos de bajo color, y otro con pelo... Es +la misma joya, la que perteneció, con otras del propio estilo, a la +Vallabriga, la esposa del infante don Luis... Todo se vendió en París +el año 8; luego hubo algún descabalo, porque Montefiori cedió en Metz +los pendientes de este mismo juego... Juraría que este joyel lo compró +el corredor de <i>Aline</i> en Alsacia: los judíos alsacianos poseían +mucha piedra procedente de España, no solo de la grandeza, sino de la +de Godoy y Pepita Tudó.</p> + +<p>—Es muy lindo... Lástima no tener las otras piezas —dijo la Zahón, +examinándolo sin lente, con ojo muy perito—. Esto viene para usted. +Para mí ha de haber un saquito con varias piedras sueltas: venturinas, +turquesas, algunos brillantes...</p> + +<p>—Aquí lo tiene usted —indicó Maturana, vaciando el saquito en la +palma de su mano.</p> + +<p>—¡Caramba, qué hermoso brillante!... Talla<span class="pagenum" +id="Page_180">p. 180</span> de Ámsterdam, sesenta y cuatro facetas... +Vea usted qué tabla y qué culata... Este otro amarillea un poco. No +daría yo por el quilate de este ni tampoco cincuenta duros... Las +turquesas me gustan, y si usted quiere me quedo con ellas. Tengo yo dos +hermanas de estas, tan hermanas, que no dudo en asegurar que proceden +de Venecia, como las mías, y que pertenecieron a una dama italiana, no +me acuerdo el nombre, de la cual se dijo si tuvo o no tuvo que ver con +Massena... Estas <i>rosas</i> valen poco... Todo es género corriente +recogido en el Bearnés y Languedoc...</p> + +<p>Pasando de la mano del viejo a la de doña Jacoba, esta lo examinó +fríamente, diciendo:</p> + +<p>—El brillante bueno no tendrá menos de cinco quilates y tres +cuartos.</p> + +<p>—Lo tomará la de Gravelinas, que ya reúne seis iguales, con el +último que yo le vendí.</p> + +<p>—No quiero nada con la duquesa, que aún me debe la mitad del +collar de perlas. Lo reservo para un parroquiano que sabe apreciar el +artículo, y es caprichoso, espléndido...</p> + +<p>—Ya sé quién es. Mucho ojo, amiga Jacoba. No cuente usted con las +esplendideces de los que tienen su fortuna en América, en negros y caña +de azúcar. A lo mejor, saldrán estos señores exaltados con la supresión +de la esclavitud, y la plumada de un ministrillo dejará en cueros a más +de cuatro que apalean las onzas... Y usted, señor Calpena, ¿se aburre +viéndonos examinar estas baratijas?</p> + +<p>—¡Oh!..., es muy bonito —dijo Fernando—;<span class="pagenum" +id="Page_181">p. 181</span> ¡pero cuántos años de revolver +piedras entre los dedos para llegar a adquirir esa práctica, ese +conocimiento...!</p> + +<p>—La costumbre... —indicó la Zahón—. Desde muy niña ando yo en este +comercio..., y, créalo usted, si dejara de ver piedras y de sobarlas y +de jugar con ellas, me moriría de fastidio. Ya mis dedos las conocen +solos, y casi no necesito mirarlas para saber lo que valen.</p> + +<p>—Yo también, desde que me destetaron, señor don Fernando, o poco +después, manejo estos pedazos de vidrio.</p> + +<p>—Para mí, lo parecen.</p> + +<p>—Y lo son: vidrio fabricado por la naturaleza en el horno de los +siglos... ¡Ah!..., ¡oh!, atención. Aquí viene lo bueno.</p> + +<p>Al decir esto, sacaba un objeto estrecho, largo como de una cuarta, +envuelto en finísimas túnicas de papel de seda. Era un abanico, obra +estupenda del arte francés del siglo pasado. Desplegando cuidadosamente +el varillaje de calado nácar, obra de mágicos cinceles, y el país +pintado en cabritilla, ideal escena de marquesas pastoreando en jardín +de amor, entre sátiros, <i>pierrotes</i> y caballeros con pelliza, +Maturana lo mostró abierto, sutilmente cogido por el clavillo de oro, a +los asombrados ojos de doña Jacoba y Calpena, quienes se maravillaron +de obra tan bella y sutil.</p> + +<p>—Esta es una de las piezas más admirables que existen en el mundo, +en el ramo de abaniquería —dijo el diamantista, ronco de<span +class="pagenum" id="Page_182">p. 182</span> entusiasmo y del gozo que +le producía el arrobamiento de los dos espectadores—. Fíjense en esas +varillas, que parecen hechura de los ángeles, y no tienen el menor +desperfecto; fíjense en la pintura, en esas caras, en los ropajes y en +el paisaje del fondo..., observen las ovejitas, que no parece sino que +oye uno sus balidos... Pues si notable es esta pieza por su arte, no lo +es menos por su historia, que voy a contar.</p> + +<p>Envolvió de nuevo el abanico en sus fundas finísimas de papel, y +poniéndolo sobre la mesa, protegido por su mano izquierda, se lanzó con +vuelo atrevido a los espacios de la Historia.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch18"> + <h2 class="nobreak g1">XVIII</h2> +</div> + +<p>—Hiciéronlo Lancret y Lefebvre para la reina María Leczinska, por +encargo de Su Majestad Luis XV, y naturalmente, apenas concluido, +Madame de Pompadour se dio sus mañas para apropiárselo. En el zócalo +de la columnita que habrán ustedes visto en el país, a la derecha, +pusieron los artistas la divisa de la cortesana, que dice: <i>virtus in +arduis</i>. A la muerte de esta señora, pasó el abanico por sucesivas +ventas a la marquesa de Maurepas, y luego se nos pierde en el laberinto +de la Revolución francesa,<span class="pagenum" id="Page_183">p. +183</span> hasta que reaparece en Coblenza, donde lo compra un mercader +italiano y lo lleva a Nápoles. Qué vueltas dio por los aires de mano +en mano hasta venir a las del Príncipe de la Paz en 1805, yo no lo sé, +ni creo que nadie lo pueda averiguar. Lo que afirmo es que lo usó Su +Majestad la reina María Luisa. El año 8, por marzo, hallándose la real +familia en Aranjuez, se perdió uno de los diamantes del clavillo, y por +conducto del señor Príncipe de la Paz, vino el abanico a mis manos para +la reparación consiguiente. Entonces, ¡ay!, lo vi por primera vez, y +quedé prendado de su mérito. A los pocos días de tenerlo en mi taller, +lo entregué compuesto a Su Alteza; mas la Providencia no favoreció +al pobre abanico, pues antes de que el príncipe pudiera devolverlo a +la reina, sobrevinieron los terribles sucesos del día de san José. A +Godoy por poco le matan. Los amotinados saquearon el Palacio y pegaron +fuego a los muebles... ¡Qué dolor! Era de temer que el precioso objeto +fuese a parar a manos viles, a personas ignorantes que desconociesen +su valor... Pues no, señor. A fin del mismo año de 1808 reaparece en +poder del mariscal Soult, hombre inteligente, soldado artista, que +lo estima como merece, y se lo regala a Napoleón en enero del año +siguiente. Enviado a Josefina con otros obsequios, esta lo regala a +su hija Hortensia, reina de Holanda, que lo lució en una ceremonia, a +la cual dicen que fue a regañadientes: el bodorrio del emperador con +la<span class="pagenum" id="Page_184">p. 184</span> archiduquesa de +Austria. Después de Waterloo, todo fue peripecias y saltos terribles +para el señor abanico, que tuvo en poco tiempo distintos dueños. +Primero, un anticuario holandés, que lo vende a la Princesa Stolbey, +fallecida en Baviera el año 20; segundo, el príncipe Carlos de Baviera, +emparentado con Eugenio Beauharnais; tercero, otro anticuario, de +Nancy, que lo lleva a París, lo hace restaurar, y consigue venderlo a +precio exorbitante a un desconocido, que obsequia con él a mademoiselle +Mars en una representación de no sé qué tragedia... No sé si sabrán +ustedes que la célebre actriz es muy aficionada a los brillantes, y +tenía colección de ellos por valor de ochocientos mil francos; no sé +si sabrán también que el año 27 le hicieron un robo de alhajas, valor +de trescientos mil francos. ¡Pues no ha metido poca bulla ese proceso, +que creo no ha terminado todavía! Parecieron los ladrones; pero las +piedras, no. Pues bien: deseando esa señora reponer los brillantes +que le quitaron y no disponiendo de dinero suficiente, hizo varios +cambalaches con Bertin y con los hermanos Rosenthal, sucesores del +famoso Bœhmer, y en uno de estos cambalaches sale otra vez al mercado +el famoso abaniquito. Desde entonces puse yo en él los cinco sentidos, +deseoso de comprarlo: ha pasado por manos de diversos marchantes; fue +a tomar aires por Alemania y Suecia; en cuatro años ha pertenecido a +un Poniatowsky, a una gran duquesa de Hesse y a un coleccionista<span +class="pagenum" id="Page_185">p. 185</span> que vive en la Selva Negra, +el cual murió el año pasado, y su heredero, que era el santísimo +hospital de Tréveris, hizo almoneda de todo. Vuelve mi abanico volando +al mercado, y en Lyon se posa en casa de mi amigo Jobard. Trato de +cazarle allí, y Jobard, que es de los que persiguen gangas, me toma a +mí por un inocente y quiere explotarme. Finjo desistir del empeño, y +me marcho tras de otros asuntos; pero sabiendo de buena tinta que el +marchante lionés se tambalea, doy el encargo al amigo Montefiori, de +Burdeos, para que esté a la mira y aproveche la ocasión... La ocasión +llegó, y hace tres meses fue adquirida, por cuenta mía, la famosa +prenda por la mitad de lo que le costó al adorador de mademoiselle +Mars...</p> + +<p>—De lo que usted nos ha contado, por cierto muy bien —dijo Calpena, +que había oído con deleite—, se saca la consecuencia de que hay +objetos inanimados cuya historia es más interesante que la de muchas +personas.</p> + +<p>—Eso, admitiendo que sean verdad todas esas traídas y llevadas del +abanico —observó la Zahón, escéptica, desdeñosa, pues no le gustaba +que su colega supiese más que ella en tales materias—. No se fíe, don +Fernando, que este Maturana le compone su historia a cada pieza que +vende, forma especial suya de hacer el artículo.</p> + +<p>—En esto —dijo Maturana riendo— me ganaba su marido de usted, +Jacoba. Recuerdo que tuvo una pareja de diamantes que había sido del +Tamerlán, después de Antonio<span class="pagenum" id="Page_186">p. +186</span> Pérez, y últimamente de Godoy... Ya se sabe: todas las joyas +de precio que han salido a la venta del año ocho acá, se le han colgado +al pobre don Manuel.</p> + +<p>—Pues ese abanico —afirmó la Zahón displicente y maligna, entornando +los ojos— no se vende en España, tal como están hoy las cosas, aunque +lo adornen con más historias que tiene el Cid.</p> + +<p>—Este abanico —replicó Maturana, acariciando la joya— lo vendo yo +en España, y al precio que me dé la gana, señora doña Jacoba, aunque +usted no quiera... ¿Cree usted que voy a ofrecérselo a esos pelagatos +del Estatuto, o a las señoras de los patriotas, que apenas tienen para +poner un cocido?</p> + +<p>—Pues a la grandeza la verá usted completamente acoquinada con estas +revoluciones y estas guerras malditas. ¿Dinero? Poco hay, o es que no +quieren gastarlo. ¿Gusto? Ya sabe usted que aquí no privan más que +las apariencias baratas... Vaya, don Carlos, no ande con misterios, y +díganos que piensa encajarle su abanico a la reina gobernadora.</p> + +<p>—¡Oh!, no hay otra mujer en el mundo —observó Calpena con +entusiasmo— que sea digna de tal joya.</p> + +<p>—Eso sí... Sabe apreciar lo bueno. Pero yo pongo mi cabeza a que si +don Carlos le propone el abanico, ofrecerá por él una miseria.</p> + +<p>—Su Majestad es artista, y además espléndida, generosa...</p> + +<p>—¡A quién se lo cuenta!... ¡Ay, ay! Lo fue, sí, señor —dijo la Zahón +amargando el concepto<span class="pagenum" id="Page_187">p. 187</span> +con quejidos—. Lo fue... ¡Dios me favorezca, ay!... Pero desde que ha +empezado a soltar hijos, se ha vuelto muy roñosa.</p> + +<p>—¡Si no ha tenido más que uno!</p> + +<p>—Y lo que ha de venir..., ¡ay! Está ya de cinco meses, ¡ay!... Dos +años de casada lleva por lo secreto, según dicen, y al paso que va, no +habrá bastantes rentas para el familión que nos traerá esa señora... ¡Y +este don Carlos, bobalicón, todavía piensa que le va a comprar... ese +juguete!</p> + +<p>—Este juguete, y cuanto yo quiera —afirmó el diamantista con +seguridad burlona, casi insolente— me lo comprará la reina, y me lo +pagará como a mí me convenga.</p> + +<p>—Ciertamente —dijo Fernando—. La reina está obligada a proteger +las artes..., y es su deber formar colecciones, que luego pasan a los +museos.</p> + +<p>Era la Zahón envidiosa, y su egoísmo comercial no toleraba que otro +del gremio, aun siendo amigo suyo, hiciese mejor negocio que ella. +La seguridad que mostró Maturana de vender en Palacio con ventajas +grandes, la sacó de quicio; exacerbados sus dolores por la emulación +mercantil, empezó a dar chillidos, y entre ellos iba soltando estas +palabras:</p> + +<p>—No, no... No puede ser... Maturana loco... Reina no compra, reina +guarda dinero.</p> + +<p>—Si María Cristina guarda el dinero —afirmó Maturana frío y +cruel, pues cuando se proponía humillar a su rival no conocía la +compasión—, lo sacará de las arcas para dármelo<span class="pagenum" +id="Page_188">p. 188</span> a mí... Su Majestad me comprará todos los +objetos y joyas de mérito que yo le lleve, y a usted no le comprará +nada... A usted nada..., a mí todo.</p> + +<p>—Bruto..., majadero y vanidoso... ¡Ay, me muero!... Este dolor para +usted..., para usted debiera ser.</p> + +<p>—Gracias..., no me conviene el artículo.</p> + +<p>—¡Vaya con don Carlos!... Ahora sale con que tiene vara alta en +Palacio..., con que le ha caído en gracia a la reina... ¡Ja, ja!... +¡Ay, ay!... Me río llorando, ¡ay de mí! ¡Bien por el nuevo favorito!</p> + +<p>—Favorito soy... en mi ramo, se entiende. Y la reina gobernadora me +favorece, porque me necesita...</p> + +<p>—¡Le necesita!... Buenos estamos. ¿Cree usted que la señora piensa +encargarle arreglos y composturas? ¡Si la moda reinante es volver a lo +antiguo!</p> + +<p>—La reina no me ha llamado para ninguna chapuza.</p> + +<p>—¿Luego, Su Majestad le ha llamado a usted? —preguntó Calpena, +mientras doña Jacoba, estupefacta, no sabía qué decir.</p> + +<p>—Sí, señor, he tenido esa honra. ¿No llamó a Mendizábal para +arreglar la Hacienda y salvar el país? Pues a mí, que en mi ramo soy +tanto o más que Mendizábal en el suyo, me llama también la corona... +para fines no menos altos.</p> + +<p>—¿Y qué tiene que ver nuestro ramo, la joyería, con nada de lo que +está pasando en España?</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_189">p. 189</span></p> + +<p>—¿Qué tiene que ver...? Llega un momento, en las peripecias de un +reinado, en que el arte del diamantista puede auxiliar poderosamente a +la monarquía.</p> + +<p>—¡Ay, ay!... Este hombre quiere volvernos locos... Don Fernando, no +le haga usted caso... Se burla de mí, y quiere ponerme peor haciéndome +reír.</p> + +<p>—Ríase usted o llore todo lo que quiera..</p> + +<p>—No lloro, no, ni me río —indicó la Zahón altanera y burlona—. Estoy +indignada por la falta de respeto con que habla usted de la reina. +¡Pues no dice que le ha llamado!</p> + +<p>—Seis veces han llegado a mi casa criados palaciegos preguntando +cuándo venía del extranjero el señor Maturana... y el Intendente ha +estado a verme hoy... No, si no he de decir para qué me quiere Su +Majestad. A su tiempo se sabrá.</p> + +<p>—Ya... Es que quiere encargar una corona morga... nática, o como +se diga, para el Muñoz —dijo la Zahón venenosa, echando por los ojos +toda su envidia, mezclada con su agudo sufrimiento—. Me voy a poner muy +mala... Ya lo estoy. Este hombre me irrita... Me cuenta cosas que no +me importan... Me ahogo... ¡Lopresti..., condenado Lopresti..., que me +muero!... ¡La taza de vino, los polvos, esos polvos... Lopresti!</p> + +<p>Entró al fin el fámulo, avisado por los gritos de su ama, y le dio a +beber una pócima de vino y caldo, en la cual vertió el contenido de una +papeleta de farmacia.</p> + +<p>—¡Qué amargo está!... ¡No lo has revuelto,<span class="pagenum" +id="Page_190">p. 190</span> condenado! —dijo la señora bebiendo a +sorbos—. Ahora te traes una luz: ya no se ve... ¿Y ha sacado las perlas +que vienen para mí, don Carlos?</p> + +<p>—Aquí están... Que traigan luz. Quiero verlas.</p> + +<p>Traída la luz, examinó Maturana las perlas, y debió encontrarlas +excelentes, porque al punto formuló esta proposición:</p> + +<p>—Al precio que usted sabe, Jacoba, me quedo con ellas... Vaya, para +que usted no chille, en esta partida llego hasta los cuarenta y dos por +quilate.</p> + +<p>—Para usted estaban.</p> + +<p>—Tiene usted mucho género, Jacoba, género superior, y no sé cómo va +a salir de él.</p> + +<p>—Mejor... Ea, no empiece a camelarme, que no las cedo.</p> + +<p>—¿A ningún precio?</p> + +<p>—A ningún precio. Quiero reunir más.</p> + +<p>—Y va de historias... Estas perlas que le manda a usted +<i>Aline</i>, parécenme..., no puedo asegurarlo..., pero me da en +la nariz que son las de la princesa de Beira. Tantas ganas tiene la +buena señora de ser reina que vende sus perlas para comprar pólvora y +cartuchos.</p> + +<p>—Podrá ser... A usted le llaman las reinas que gobiernan, y a mí +quizá me llamen... y me necesiten... las destronadas.</p> + +<p>Dijo esto la Zahón solo con el objeto de poner en confusión +a su amigo y desorientarle. Seguía don Carlos la broma, sin +conseguir sofocar con su donaire el humorismo<span class="pagenum" +id="Page_191">p. 191</span> maleante de la vieja, cuando esta saltó de +improviso con un recurso que a las mientes le vino en lo mejor de su +charla, y era recurso de ley, fundado en algo verídico, ignorado del +astuto don Carlos.</p> + +<p>—Amigo Maturana, no le he dicho lo mejor: me ha escrito +Mendizábal... ¡Vaya una cara que pone usted!... Sí, señor, me carteo +con el ministro. Y si no lo cree, aquí está su secretario particular, +que no me dejará por mentirosa...</p> + +<p>—No sé... —balbució Calpena—. Sin duda es cierto... Creo haber oído +algo al amigo Milagro.</p> + +<p>—A Su Excelencia le da por las botonaduras llamativas —dijo Maturana +mirando fijamente a su colega, no sin malicia—. Pero ya caigo: si el +ministro se cartea con usted, será porque quiere consultarla sobre ese +plan de vender los bienes de los frailes.</p> + +<p>Y volviéndose hacia Calpena, le preguntó:</p> + +<p>—Joven, ¿y será cierto que vende también las alhajas de los santos, +y la plata y oro de las catedrales?... Porque con tal medida, si a ella +se resuelve, sí que podría sacar de apuros a la Tesorería.</p> + +<p>—No he oído nada de eso —replicó don Fernando—. Parece que se +venderán todos los bienes raíces del clero, y además las campanas.</p> + +<p>—Que son los bienes aéreos... ¡Buena se va a armar! ¡Será sonada! +Créame usted, Jacoba: si no trasladamos nuestro negocio al extranjero, +estamos perdidos.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_192">p. 192</span></p> + +<p>—Yo no: con el arreglo que nos hará ese señor ministro, verá usted +prosperar la nación. Usted no es partidario de Mendizábal.</p> + +<p>—Yo creo que vale... Sí vale. Pero fracasará.</p> + +<p>—Dios quiera que no... Voy a entrar en negociaciones con él para +un asunto... Y el señor Calpena, que, según nos dijeron, es el amigo +íntimo del gran ministro, ¿me hará el favor de interceder por mí?</p> + +<p>—¿Negocitos con Mendizábal? —murmuró don Carlos.</p> + +<p>—Señor mío, si a usted le necesitan las reinas, a mí me necesitan +los ministros, que en realidad son los que gobiernan... Señor Calpena, +usted es muy amable, y tomará mi asunto con interés.</p> + +<p>Excusose el joven con finura y modestia, alegando que no tenía +amistad con el ministro, ni podía permitirse recomendarle asuntos de +ninguna clase; mas no se dio por convencida la Zahón, y elogiando la +delicadeza del joven, y echándole mucho incienso, dijo:</p> + +<p>—Es natural que usted se exprese de ese modo. Pero yo sé que +don Juan Álvarez le quiere a usted mucho y le protege, y le hará +procurador... Los motivos de esta protección quizás usted mismo no +los sepa... Yo tampoco; la verdad, no sé nada: solo sé que... En fin, +<i>Aline</i> me ha dicho que es usted un joven de gran mérito... No +hay que ruborizarse... Por todas esas razones, y otras que callo, +yo quisiera, señor don Fernando, que esta noche cenara usted con +nosotros...</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_193">p. 193</span></p> + +<p>Antes que el invitado pudiese formular sus excusas, se metió por +medio don Carlos, diciendo muy gozoso:</p> + +<p>—Aceptará, ya lo creo, y yo también. Quiero decir, que si el señor +cena con ustedes, me convido...</p> + +<p>—Lo siento mucho —dijo Calpena—. Otra noche, señora mía, tendré +mucho gusto... Esta noche no puedo... créame usted que no puedo.</p> + +<p>—Ya se ve... Es verdadero sacrificio sentarse a nuestra pobre mesa, +acostumbrado usted a los convites de las grandes casas.</p> + +<p>—No nos tratarán mal aquí, señor don Fernando —dijo don Carlos—; y +si Lopresti tuviera tiempo de poner esta noche el pescado en tomatada +maltesa...</p> + +<p>—Hay tiempo... ¡Lopresti!</p> + +<p>Repetía sus excusas don Fernando, cuando llamaron a la puerta. El +maltés acudió. Eran campanillazos, golpes repetidos, dados al parecer +con el puño de un bastón, y luego voces femeninas, la del sirviente y +la de otra persona, riñendo, disputando.</p> + +<p>—Es ese torbellino —dijo Doña Jacoba—. Aura, hija mía, ¿por qué +alborotas? Mira que hay visita... Pasa..., ven.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch19"> + <p><span class="pagenum" id="Page_194">p. 194</span></p> + <h2 class="nobreak g1">XIX</h2> +</div> + +<p>En el mismo instante vio don Fernando, en el hueco de la puerta, +una mujer, una joven, que más que persona humana le pareció divinidad +bajada del cielo. ¿La había visto antes alguna vez? Creía que sí, creía +que no. ¿Y cómo había vivido tanto tiempo sin verla? ¿Y qué habría +sido de él, si por torpeza de su destino no la hubiese visto cuando la +veía? Esto pensaba en la perplejidad casi estúpida de que fue acometido +su espíritu ante aquella visión celeste. La que respondía por Aura +se quedó también suspensa, y pensaba que no veía por primera vez al +sujeto, cuyo nombre pronunció la Zahón presentándole.</p> + +<p>—Vete adentro: deja la mantilla; deja la sombrilla con que has +apaleado al pobre Lopresti, y vuélvete acá... —le dijo la señora—. No +hagas la de otras veces, que tengo que ir a buscarte. Ya ves que no +puedo moverme.</p> + +<p>Fuese la joven, y tal era su turbación, que ni acertó a saludar con +una ligera inclinación de cabeza a la persona que acababa de serle +presentada. «¡Qué estúpida soy —se decía, corriendo hacia su cuarto—, +y qué grosera y qué desmañada! No he sabido saludarle... Verdad que él +no me saludó tampoco,<span class="pagenum" id="Page_195">p. 195</span> +y se quedó como un santirulico que está en oración... ¿Cómo ha dicho +Jacoba que se llama? Pues ya no me acuerdo... Yo le conozco... No, no +le he visto nunca: no hay más sino que yo sabía que le vería pronto... +¡Y ahora qué vergüenza me da de volver!... No vuelvo... ¡Pero si tardo, +y el hombre se cansa, y se va, y no vuelve más, y no le encuentro en +ninguna parte...!».</p> + +<p>En tanto Calpena, mal repuesto de su trastorno, apenas podía +enterarse de lo que Maturana y la Zahón le decían. Miraba para dentro +de sí: en su mente había quedado impresa la imagen fugitiva... ¡Qué +ojos, qué boca, qué talle! Quería recordar pormenores; cómo eran estas +o aquellas facciones, y no podía. La imagen se borraba con el análisis; +llegó un instante en que solo quedaba de ella una vaguedad, un rastro, +algo como una herida, o como una sombra que doliera. Pero de improviso +volvió a presentarse ante los turbados ojos de Calpena, no precedida de +ningún rumor de pasos ni de voz alguna. Entró como fantasma, trayendo +consigo una luz ideal, y para mayor asombro y arrobamiento de don +Fernando, se presentaba risueña, mostrando unos dientes dignos de +morder un cachete al Padre Eterno. Así lo pensó Calpena, que también se +sonrió al verla, y salió como a recibirla, brindándole un asiento...</p> + +<p>—No me siento; gracias —dijo Aura, y pasó...</p> + +<p>Fue a recoger algo al otro lado de la pieza. Cuando regresaba con +una cestilla de<span class="pagenum" id="Page_196">p. 196</span> +labores, recibió de lleno el galán todo el brillo, toda la expresión, +toda la intensísima divinidad de los ojos negros de la damisela. El +infeliz no dijo nada, miró a la mesa, y cogiendo la silla que cerca +tenía dio un golpecito en el suelo, diciendo o pensando así: «¡Qué rayo +de Dios!... Tempestad, locura... Si esta mujer no me quiere, me mato... +Vaya si me mato. No puedo vivir».</p> + +<p>—Aura —dijo doña Jacoba dándole un manojo de llaves—. Saca de aquel +armario la cajita de perlas, y dásela a don Carlos para que me haga el +apartado...</p> + +<p>Y mientras Aura traía las perlas, Calpena se decía: «Esto es sueño. +Tal mujer no existe. Es la que traigo en mi imaginación desde qué sé yo +cuándo... Lo que ahora me pasa es como el morir, como el nacer. No sé +si muero o nazco... ¡Vaya una mano! Si me diera una bofetada, vería yo +a Dios en su trono... ¡Y qué cuerpo, qué flexibilidad, qué gallardía! +Ese traje que antes me pareció verde, ahora es azul, oscurito como un +cielo sin luna, y esas motitas son como estrellas, que en los pliegues +se esconden, se apagan... El espacio entre el borde del vestido y el +suelo parece, cuando anda, un espacio que ríe, una boca que habla... No +sé... estoy loco... Si la jorobada no repite su invitación, me convido +yo mismo. Si me apalean para que me vaya, no me voy».</p> + +<p>—Oye, mujer —dijo doña Jacoba, poniendo las perlas sobre un tablero +con bordes y forrado de bayeta, previamente colocado ante<span +class="pagenum" id="Page_197">p. 197</span> sí por don Carlos—, ¿cómo +es que no subieron tus amigas las de Milagro?</p> + +<p>—Me dejaron en la puerta. Era tarde, y como las de Fonsagrada tenían +prisa...</p> + +<p>—¿Iban con ellas los dos chicos de la Guardia Real?</p> + +<p>—Sí..., y también tenían prisa. Les han mandado recogerse temprano +en el cuartel. Parece que hay runrún de revolución.</p> + +<p>—Todos los días dicen lo mismo, y nunca pasa nada. ¿No sabes, +Aura? He invitado a cenar a este señor Calpena, y no quiere, digo, no +puede... Convéncele tú.</p> + +<p>—¿Y qué caso ha de hacer de mí? —dijo Aura queriendo mirarle y +sin poder levantar los ojos—. Estará invitado en otra parte..., +comprometido en casas ricas...</p> + +<p>—Si mil compromisos tuviera —manifestó Calpena haciendo por +tragarse el nudo que tenía en la garganta—, los dejaría todos por la +satisfacción, por el honor, por el placer de pasar algunas horas en tan +amable compañía.</p> + +<p>—Gracias —dijo Aura, echándole toda la mirada y clavándosela con +ímpetu, hasta con ensañamiento.</p> + +<p>Y la voz de Aura al decir <i>gracias</i>, o al decir otra cosa +cualquiera, se le metía a Fernando dentro del sentido como una lanceta, +y le inoculaba un goce inefable, una turbación honda, ganas de dar +gritos y de tirarse al suelo... «¿En qué consistirá —pensaba— que me +parece que la he conocido toda mi vida? Si me equivoco respecto a esta +mujer; si no<span class="pagenum" id="Page_198">p. 198</span> es la +que yo soñé, la que ha venido al mundo para mí, que me parta un rayo, o +que me asesinen esta noche al volver de una esquina. ¡Esta mujer para +otro! No puede ser... Quien me lo diga miente... y si yo lo dudara o lo +temiera, estaría loco».</p> + +<p>Mientras doña Jacoba daba órdenes a Lopresti, Aura y Fernando +cambiaron palabras insignificantes, sentados uno frente a otro, en el +lado de la mesa o mostrador opuesto al que ocupaba don Carlos. Entre +este y la pareja estaba la luz, con enorme pantalla verde.</p> + +<p>—¿También usted, señorita, entiende de pedrerías, y sabe distinguir +los brillantes legítimos de los falsos?</p> + +<p>—No sé nada... Para mí como si fueran cuentas de vidrio. No entiendo +nada de esto. Y usted, ¿sabe...?</p> + +<p>—Yo no... —dijo Calpena sintiendo un impulso violentísimo de +manifestarse—. No sé más sino que... No crea usted que voy a llamarla +piedra preciosa, diamante, perla o cosa tal... Eso es no decir nada. +Lo que digo... Digo que cuando la vi a usted entrar... creí que no era +usted persona de este mundo.</p> + +<p>—¿Pues de qué mundo?</p> + +<p>—Del otro, del cielo...</p> + +<p>—¿Pero usted cree que si yo hubiera estado en el cielo iba a dejarme +caer aquí? ¡Qué tontería!</p> + +<p>—No haga usted caso —dijo la Zahón—. Esta niña es una revoltosa sin +juicio. Ya es tiempo de que vaya sentando la cabeza.</p> + +<p>—Soy muy mal criada —afirmó Aura con<span class="pagenum" +id="Page_199">p. 199</span> graciosa ingenuidad, sin el menor dejo de +falsa modestia—. Vamos, que no tengo educación... No he tenido quien me +eduque ni quien me enseñe nada... Y ahora trato de educarme yo misma; +pero, la verdad, no sé por dónde empezar.</p> + +<p>—¡Qué deliciosa modestia!</p> + +<p>—¡Modesta yo! No, señor: ya verá usted cómo no lo soy. Algún mérito +me parece a mí que tengo, y como lo sé, lo digo.</p> + +<p>—La sinceridad es la primera de las virtudes —afirmó Calpena +fascinado por los ojos negros de Aura, que no podían ser contemplados +de cerca.</p> + +<p>La ardiente admiración del joven veía en ellos tan pronto una +inmensidad de dulzura que atraía, como una inmensidad de peligro que +rechazaba. Dulzura o peligro, el hombre sentía un irresistible impulso +de comérselos, de apropiarse toda su luz, toda su pasión. ¡Y qué +perfecta armonía entre los ojos y lo demás del rostro, en él cual solo +se veían perfecciones! El color era moreno suave, blancura encendida +más bien, como si en sus mejillas se reflejasen llamaradas lejanas... +La frente dominaba tan hermoso conjunto con su pureza de alabastro +caldeado.</p> + +<p>—Déjeme usted que admire —dijo Calpena en tono y actitud de +devoción— esas cejas divinas, esas pestañas que hablan y esos labios +que miran... No sé lo que digo.</p> + +<p>—Diga usted de una vez que soy muy bella... ¿Por qué no se ha de +decir lo que es verdad? Ya ve usted cómo no conozco la modestia.<span +class="pagenum" id="Page_200">p. 200</span> El ser bonita no tiene +ningún mérito, porque así ha nacido una...</p> + +<p>—Aura, por Dios, no tontees... —indicó doña Jacoba levantándose con +gran esfuerzo—. Voy a ver qué hace ese pelmazo.</p> + +<p>—¿Quieres que vaya contigo?</p> + +<p>—No, hija: quédate aquí acompañando a estos señores... Puedo andar +sola.</p> + +<p>Ponía don Carlos toda su atención en las perlas que examinaba +cuidadosamente, y luego las distribuía en tres grupos. Aura y Fernando +se creían solos.</p> + +<p>—¿Qué? —dijo ella viendo al galán suspenso y como asustado—, ¿se +enfada usted porque yo misma me alabo y digo que soy hermosa?</p> + +<p>—No; la sinceridad... Todo en usted es extraordinario, inaudito, sin +igual.</p> + +<p>—No me haga usted caso. Soy muy mal educada... La buena educación +pide que cuando una se siente discreta diga: «soy tonta», y que cuando +somos bonitas, sostengamos que no valemos nada.</p> + +<p>—No es eso buena educación: es gazmoñería, y falsa humildad, máscara +de la soberbia.</p> + +<p>—A mí me han hecho creer que la verdadera finura consiste en +rebajarse y elogiar a los demás.</p> + +<p>—¿Aunque no se sienta el elogio?</p> + +<p>—¡Ah! no: eso sí que no puedo hacerlo yo. Por nada del mundo le +diría yo a usted, por ejemplo, que me agrada, si no lo sintiera.</p> + +<p>—Luego usted me dice que no le soy desagradable.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_201">p. 201</span></p> + +<p>—Yo no pensaba decírselo... Si lo he dicho sin querer, dicho se +queda.</p> + +<p>Se le encendieron las mejillas, y después de una pausa en que +Fernando, absorto, no sabía qué expresar, rectificó la joven su +atrevido concepto:</p> + +<p>—La culpa tiene usted por hacerme caso y darme conversación. Se me +escapan las tonterías cuando menos lo pienso. Bien dice Jacoba que no +tengo vergüenza...</p> + +<p>—Eso no es verdad.</p> + +<p>—Quiero decir que soy muy descarada... Y no sabe usted los disgustos +que he tenido en Madrid por esta mala costumbre mía de decir todo lo +que siento. Mis amigas me critican, y algunas se han negado a salir de +paseo conmigo. Otras, en cuanto me han oído hablar dos veces, se han +resistido a recibirme en su casa. Vamos, que me tienen por una salvaje, +y lo soy, aunque lo disimulo vistiéndome, ya usted ve, como las mujeres +civilizadas... Eso lo sabe una sin que se lo enseñen... Pero... mire +usted qué cosas tan raras me pasan a mí: esta noche es la primera vez +que siento pena de ser como soy. Al decirle lo que le dije, ¡me subió +un calor a la cara...! Me figuré que usted se enfadaba conmigo, que me +iba a querer mal por mi desvergüenza...</p> + +<p>—No, no, eso no. Es sinceridad, y yo la admiro y la aplaudo... ¿Pero +por qué no hemos de ser todos así? ¿Qué educación es esta que nos +impone la mentira en todos los actos?</p> + +<p>—Pues ahora me confunde usted más —dijo Aura con una ingenuidad y +una sencillez<span class="pagenum" id="Page_202">p. 202</span> que +acabaron de enloquecer a Calpena—. Porque yo empezaba a querer educarme +procurando hacerme la vergonzosa, y usted sale ahora diciéndome que +cuanto más desvergonzada mejor.</p> + +<p>—No, cuanto más sincera... Lo que usted debe hacer es no empeñarse +en cosa tan difícil como la educación por sí misma. No acertaría +usted. Lo mejor es que confíe ese cuidado a otra persona: a mí, por +ejemplo.</p> + +<p>—¿Pero cómo me va usted a educar, si no está siempre conmigo?</p> + +<p>—¡Oh!... Eso se arreglaría de un modo muy fácil...</p> + +<p>—¿Cómo?</p> + +<p>—Estando...</p> + +<p>—¿Siempre conmigo? Pues le juro a usted que no me disgustaría. En +decir esto no veo yo que haya maldad.</p> + +<p>—Ninguna...</p> + +<p>Al llegar a este punto, miráronse los dos largo rato sin pronunciar +palabra. ¿Les estorbaba el viejo diamantista, aunque solo en presencia +corporal, por tener todo su espíritu aplicado al examen y selección +de perlas? Calpena, perdidamente enamorado de aquella mujer con +súbito incendio pavoroso, pensaba en el singular caso, en la inaudita +sorpresa que le ofrecía su destino. Era en verdad estupendo que siendo +él un misterio vivo, y encontrándose en el mundo, en su florida edad, +rodeado de sombras, le saliese al paso, en aquella ocasión suprema +de su amor primero (el cual, por la fuerza con<span class="pagenum" +id="Page_203">p. 203</span> que venía, debía de ser único), un enigma +tan extraño como el suyo propio. «Ya sospechaba yo —se dijo— la +existencia de esta mujer tan hechicera y seductora; ya me anunciaba +el corazón que en nuestras sociedades puede encontrarse un ser tan +bello, tan ingenuo, en toda la hermosura libre y silvestre de quien +no ha pasado por los absurdos tamices de la educación corriente. Esta +mujer superior, este admirable pedazo de la divinidad, aunque sin +pulimento, para mí estaba guardada; para mí, que he venido al mundo +en algún torbellino de las pasiones humanas, y tengo por ley de mi +destino la misión, ¿por qué no ha de ser misión?, de venir a chocar con +otro misterio como el mío, con otro enigma, y fundirnos misterio con +misterio, y...». De buena gana habría roto el silencio soltándole estas +preguntas, expresión de la ansiedad de un amor investigador, receloso, +policiaco: «¿Quién eres tú?... ¿De dónde has salido tú?... ¿Quiénes son +tus padres?... ¿Por qué estás en esta casa?».</p> + +<p>El silencio fue interrumpido por Maturana, que, mostrando entre sus +dedos una gruesa y hermosa perla, se volvió a los que ya es forzoso +llamar amantes, y en tono grave les dijo:</p> + +<p>—¡Qué hermosura, qué redondez, qué oriente!... ¡Y que este prodigio +de la naturaleza haya salido de los profundos abismos de la mar!... +¡Y que esto sea, como dicen, una enfermedad de la ostra... un tumor, +según otros, producto de la baba con que el pobre animal se cura de los +golpes que le dan los<span class="pagenum" id="Page_204">p. 204</span> +crustáceos! ¡Y cosa de tanto valor no es, en su origen, más que una +baba!... ¡Misterios de la vida, del tiempo!...</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch20"> + <h2 class="nobreak g1">XX</h2> +</div> + +<p>No se manifestaba en la mesa la sordidez de Jacoba Zahón, como +vulgarmente creían vecinos chismosos, y amigos desconocedores de las +interioridades de la casa. Del trato comercial procedía su fama de +avaricia, y cuanto se dijese en este terreno era poco, pues no ha +venido al mundo persona que con más cruel ahínco defendiera el ochavo. +Los del gremio la temían; gimieron siempre los parroquianos entre +sus uñas rapaces; en tratándose de negocio pingüe, no reparaba en +medios, ni había para ella compañerismo, ni delicadeza, ni caridad. +Reproducíanse en ella todas las cualidades de su marido, Bartolomé +Zahón, a quien llegó a sobrepujar en la frialdad de cálculo, en la +codicia desmedida y en la dureza de las condiciones de venta o empeño, +aprovechando siempre, sin miramiento alguno, las ocasiones ventajosas. +No perdonaba; hacía cumplir los contratos, implacable sacerdotisa +de la letra, y al propio tiempo los cumplía fielmente por su parte. +Jamás la cogió nadie en renuncio legal; jamás tuvo que ver con la +justicia humana.<span class="pagenum" id="Page_205">p. 205</span> +Vivía, pues, dentro de la estricta honradez social, del respeto de +las leyes y costumbres. No tomó nunca nada que en rigor de derecho +no fuera suyo, ni dio a nadie parte mínima de su legal pertenencia. +Con tal modo de ser se fue labrando su fama de miseria, fundadísima +en todo, menos en los cuentos que corrían acerca de la mala vida que +se daba. Como en su casa entraban pocas personas, y las amistades y +relaciones no pasaban de un círculo estrecho, pocos sabían que la mesa +de Jacoba no era escasa, que a veces era espléndida, y que si ocurría +tener que obsequiar a alguien, lo hacía con decente abundancia y hasta +con ostentación. Así queda explicado que la cena de aquella célebre +noche fuera excelente, y que Calpena la encontrase muy superior a lo +que había imaginado. Añádase que Lopresti era un hábil cocinero, que +guisaba a la italiana y a la francesa, y poseía el secreto de algunos +platos sabrosísimos a estilo de La Valette y de Cagliari.</p> + +<p>Por milagro de Dios, Jacoba se sintió, después de anochecer, muy +mejorada de los horrendos dolores que le habían retorcido el cuerpo, +y gozosa, renqueando de aquí para allí con el apoyo de su bastón, +iba del comedor a la cocina, o al revés; sacaba de los armarios una +mantelería riquísima (que había ido a parar allí sabe Dios cómo); +exhumaba vajilla fina, alguna hermosa pieza de plata repujada, y en +fin, lo disponía todo para lucimiento de su casa y satisfacción de +su<span class="pagenum" id="Page_206">p. 206</span> amor propio. +Dígase también que Jacoba Zahón, fuera de los asuntos mercantiles, +era bastante agradable, de mucho mundo, conocedora de los usos que +constituyen la etiqueta, de hablar ameno y correctísimo. Pero estas +cualidades, junto al mostrador, trocábanse en una ferocidad egoísta +que ponía los pelos de punta al infeliz que trataba con ella. En esto +seguía las tradiciones de su familia: no hacía más que manifestarse en +toda la plenitud de su ser, heredado de otros seres, consecuente con +lo que los Zahones llevaron siempre en la masa de la sangre. Malta en +tiempos remotos; después Mallorca, Gibraltar, Sevilla, y desde mediados +del siglo pasado, Cádiz, Córdoba y Madrid, fueron campo donde esta +planta zahónica creció con varia lozanía. Algunos se enriquecieron; +otros trabajaron con mediano fruto, y los últimos tuvieron no pocos +reveses, que remedió el tino económico de Bartolomé Zahón, y las dotes +rapaces de su mujer. En la época en que encontramos a esta señora, toda +estevadita, patizamba y hecha una calamidad, la casa no era más que +sucursal de la establecida recientemente en Córdoba por Laureano Zahón, +hijo único de doña Jacoba y su heredero. En Córdoba se había montado +un taller, y allí se acumulaba la pedrería más usual conforme a las +exigencias de una industria y comercio bastante activos. En Madrid solo +quedaba la compra y venta, la red tendida para recoger gangas, todo el +género vagabundo que siempre fluctúa en grandes<span class="pagenum" +id="Page_207">p. 207</span> poblaciones; quedaban también valiosos +préstamos con prenda, que doña Jacoba sabía hacer como nadie, a +cencerros tapados, sin pagar contribución de pestamista.</p> + +<p>Por causa de los achaques de su madre, el Zahón de Córdoba tiraba a +suprimir completamente la casa de Madrid, llevándose todo allá, y así +lo había convenido con doña Jacoba; pero dificultaba la traslación la +plaga de bandidos y ladrones que había por entonces en Sierra Morena, +sin que justicia, ni policía, ni aun el ejército pudiesen con ellos. +El envío de alhajas se hacía muy lentamente, aprovechando coyunturas +favorables que no se presentaban todos los días. Además, doña Jacoba, +por ley de inercia, lo dificultaba también. El hábito de traficar, de +allegar dinero, podía más que todos los planes dictados por la razón: +sin darse cuenta de ello, dilataba las remesas, y cuando se proponía no +hacer más negocios, se le entraban por la puerta gangas increíbles... +En fin, que la codicia y la costumbre daban un carácter de sólida +petrificación al establecimiento de la calle de Milaneses.</p> + +<p>De las relaciones de la Zahón con Maturana conviene dar alguna +noticia. Ya se ha visto que era don Carlos el primer perito y tasador +de pedrerías que por aquel tiempo había en España. Criado en los +talleres del gran Martínez, y trabajando de continuo para Palacio +y la grandeza, su práctica era al fin tan notoria como había sido +su habilidad. Sus viajes frecuentes le afinaron el gusto;<span +class="pagenum" id="Page_208">p. 208</span> el trato mercantil y +el roce social hicieron de él un hombre en quien la urbanidad no +desmerecía de la inteligencia. Exonerado de su cargo de diamantista +de Palacio, a la vuelta del rey, sin otro motivo aparente que la +protección que le dispensara el Príncipe de la Paz, hubo de lanzarse +al comercio con buena suerte: del 15 al 35 había reunido un buen +capital. No tenía taller, ni tienda, ni le hacían falta para nada, pues +procuraba colocar prontamente el género, y remitía sus dineros a París, +a la casa del señor Aguado, marqués de las Marismas, de su absoluta +confianza.</p> + +<p>En tiempos bastante lejanos, cuando a Jacoba no le habían salido las +corcovas que agobiaban su cuerpo y afligían su existencia, y cuando +Maturana, aunque de cuerpo chico, era un hombre de alientos, no exento +de gracia, corrieron voces de si se entendía o no se entendía con la +mujer de Bartolomé Zahón; pero todo ello fue malicia, malquerencia +de compañeros envidiosos. Siempre entró don Carlos en casa de sus +amigos con la mayor limpieza de intenciones, y si allí permanecía +largo tiempo, era por menesteres periciales y mercantiles. Vivía el +diamantista honradamente con su mujer, que nunca salió de Madrid, y +tenía dos hijas, casada la una con un teniente de la Guardia, y otra +con un capitán de lanceros.</p> + +<p>Mirábale siempre Jacoba como un buen amigo, con quien se asociaba +en cualquier negocio que uno solo no pudiera emprender.<span +class="pagenum" id="Page_209">p. 209</span> La opinión de Maturana +en asuntos de pedrería era para ella cosa sagrada, y la confianza +entre los dos, comercialmente hablando, no se alteró jamás. Verdad +que Jacoba, como hembra envidiosa, de un egoísmo implacable, no podía +ocultar su rabia cuando Maturana hacía un buen negocio en que ella +no llevara parte, y le contradecía, le hostilizaba por todos los +medios, vengándose de su suerte con burlas y recriminaciones. Pero +esto no estorbaba para la confianza, que era incondicional, absoluta. +La Zahón le entregaba sin ningún recelo sus llaves; y él, en justa +correspondencia de esta fe ciega, le dejaba en depósito, cuando se iba +al extranjero, cosas de grandísimo valor. En suma, socios alguna vez, +rivales otras, amigos siempre.</p> + +<p>Sentáronse a la mesa las dos damas y sus dos invitados a punto de +las nueve. Todo estaba muy bien dispuesto, aunque con un poquito de +precipitación. Pudo admirar Calpena piezas hermosísimas de porcelana y +de plata antigua; todo era heterogéneo, revelando, más que la casa del +rico, la del comerciante o el coleccionista. Uno de los candelabros, +de dos velas con guardabrisas, era evidentemente de iglesia, y había +servido en mejores días para alumbrar el Santísimo; el otro, de estrado +de casa grande; y por este estilo variaban las formas y abolengo de +cuanto allí se ostentaba. De lo que cenaron, nada había que decir, como +no fuera para elogiarlo sin reservas. Todo era bueno, con tendencias a +la condimentación italiana, y<span class="pagenum" id="Page_210">p. +210</span> revelaba la buena mano culinaria del atiplado maltés. +La mujer, vecina del tercero, que servía, hízolo con destreza, y +Jacoba no tuvo que reprenderla más que dos veces..., por no perder la +costumbre.</p> + +<p>Obtenida venia de sus huéspedes para no cambiar de vestido, la Zahón +ostentaba en la cabecera de la mesa su cara austriaca, su escofieta, +sus jorobas y los trapos con que las envolvía. A su derecha se sentaba +don Fernando, a su izquierda Maturana, Aura enfrente. No apartaba los +ojos, y menos el pensamiento, de la hermosa doncella el enamorado +Calpena, y pudo observar que en el comer no revelaba salvajismo ni +desconocimiento de los hábitos sociales, sino todo le contrario: «Ella +será salvaje en sus afectos, de inteligencia inculta; pero en sociedad +sabe lo suficiente para dar relieve a sus extraordinarias gracias +naturales... ¡Qué mujer, Dios mío! ¿Pero de dónde ha salido este sol +que viene a alumbrar mi vida?.. Ahora veo cuanto hay en el universo... +Antes creía ver, y no veía nada».</p> + +<p>Entabló Maturana la conversación hablando de perlas.</p> + +<p>—Ya le dejo a usted los tres apartados, a saber: primera +calidad, en <i>elencos</i> y <i>avemarías</i>; segunda calidad, en +aljófares, <i>timpanías</i> y <i>berruecos</i>, y, por último, género +<i>muerto</i>. Otro día que venga yo a buena hora pesaremos todo lo +selecto, formando igualdades. En el primer apartado tiene usted un +par de perlas de perfecta redondez y oriente superior, que juntas no +pesan menos<span class="pagenum" id="Page_211">p. 211</span> de 27 +quilates. Sé quién daría por ellas 350 duros. Las <i>muertas</i>, si +usted quiere, me las llevaré a París, donde conozco un platero que ha +descubierto la manera de devolverles la irisación por una <i>alquimia +secreta</i>, en la cual entran, según dicen, 83 drogas. Entre las +<i>avemarías</i> de segunda, veo una tandita de iguales, lindísimas, +que, si no estoy equivocado, son las del medio collar que le cedió a +usted Negretti, el papá de Aurorita.</p> + +<p>De esto tomó pie don Fernando para llevar la conversación a +la familia de Aura, anhelando explorar aquel interesante mundo +desconocido. Algo descubrió de lo que deseaba, y otras cosas quedaron +en el misterio. Con mucha gracia describió la joven algunos pasajes de +su infancia; y respecto a su nacionalidad, que fue motivo en la mesa de +grandes controversias, dijo lo siguiente:</p> + +<p>—Verá usted, don Fernando, el surtido de sangres que llevo en mis +venas. Mi padre era hijo de un corso y de una española, la cual, mi +abuela, era hija de portugués y catalana. ¿Qué tal? Pues voy ahora +con mi madre. Verá usted qué lío. Mi madre era hija de un francés y +de una griega, y no había nacido en ningún país, sino en medio de la +mar, viniendo sus padres de Salónica, donde tenían comercio de oro y +plata. Yo nací en un pueblo cerca de Londres, que lo llaman Rochester, +y a los tres años me llevaron a Mallorca. De niña hablaba inglés; pero +luego se me olvidó, y solo recuerdo algunas palabras. De Mallorca pasé +a La Valette, en Malta, donde hablé italiano, y<span class="pagenum" +id="Page_212">p. 212</span> volví a saber un poquito de inglés. A los +diez años, vuelta a Mallorca, después a Cádiz, y de Cádiz a Madrid, +donde me parece que estoy ahora, aunque no lo aseguro: tengo mis dudas +de que esté yo ahora donde ustedes me ven..., si es que me ven, que +también lo dudo...</p> + +<p>—No le haga usted caso, señor de Calpena —indicó la Zahón benévola—. +Todo el día la tiene usted pensando y diciendo estas extravagancias. Es +un genio inflamado, y tan desigual, que si le da por reír y alegrarse, +nos atruena la casa con sus gorjeos; y si le da por las tristezas y +por lo fúnebre, nos pone a todos con el corazón en un puño. Trabaja +como nadie, y hace mil primores cuando le da la ventolera; y cuando se +pone a ser holgazana, no hay quien la aventaje. No es constante más que +en dos cosas: limpieza, así de su persona como de cuanto cae bajo su +mano, y caridad. No deje usted en su poder cosa de valor, porque, de +seguro, se la da al primero que se la pide... hablo de cosas metálicas +o comestibles, ¿me entiende usted?</p> + +<p>—Sí, señora: entiendo perfectamente.</p> + +<p>—Oiga usted más: rarísima vez coge en su mano un libro... aunque +aquí no faltan... La hemos puesto maestro de piano y canto, y de baile. +¿Querrá usted creer que toca muy lindamente, y que baila con toda la +gracia de Dios?</p> + +<p>—Lo creeré si nos da esta noche una muestra de sus habilidades, en +el piano y canto sobre todo, pues la danza es más bien para lucida en +sociedad.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_213">p. 213</span></p> + +<p>—¿Y si no, no lo cree? Pues no toco —dijo Aura—. Tiene que creerlo +antes. En estas cosas es necesaria la fe.</p> + +<p>—Bueno, pues la tengo... Sin oírla cantar, ya estoy proclamando que +se deja usted tamañita a la Todi.</p> + +<p>—Eso es burla. No tanto, señor mío. Pero no vaya a creer que salgo +ahora con modestias ridículas. Sepa usted que canto muy bien. Digo, muy +bien, no; me quedo en el bien a secas. Ni me quito ni me pongo nada... +Pero no cantaré esta noche..., digo, sí cantaré, con tal que don Carlos +me prometa no dormirse.</p> + +<p>—Lo prometo... —dijo Maturana—, sin responder, hija mía, sin +responder de nada.</p> + +<p>—Yo emprendería la completa educación de Aura —dijo Jacoba, que no +sabía cómo llegar al asunto que era su objeto principal aquella noche— +si se me dieran medios suficientes para ello. Y no es que la niña +carezca de patrimonio, pues lo tiene sobrado: solo que está en manos +que lo escatiman, que lo tasan en demasía, como si desconfiaran de +mí... Señor don Fernando, yo espero de usted un favor muy señalado. Me +consta su amistad con nuestro gran ministro, el señor de Mendizábal; sé +que Su Excelencia...</p> + +<p>—Señora, ya dije... —interrumpió don Fernando lleno de confusión—. +El señor ministro me trata como a todos sus subordinados, con +cortesía... y nada más.</p> + +<p>—A un lado las modestias, caballerito —añadió la diamantista—, y no +me salga usted<span class="pagenum" id="Page_214">p. 214</span> con +negativas, que solo sirven para demostrarnos su delicadeza... Pues sí +señor: espero de usted una prueba de amistad hacia mí y de interés por +Aura. ¿No adivina lo que quiero? Que usted me ponga en comunicación +con su jefe, y si es posible, y quiere extremar el favor, que antes de +llevarme a la audiencia, le hable de mí, pues me figuro que el señor +Mendizábal tiene de esta servidora una idea equivocada. Sin duda le han +llevado algún cuento... En fin, yo quiero ver a Su Excelencia, deseo +hablarle, y que usted tome mi empeño como cosa propia...</p> + +<p>Interesado en el asunto, por tratarse de la mujer que le fascinaba, +Calpena quiso saber más, y descubrir qué relación podía existir entre +la hermosa hija de Negretti, nieta de tan distintos abuelos, y el gran +Mendizábal, relación cuyo simple anuncio le sorprendía y anonadaba. +¿Qué era, santo Dios? Solo por tirarle de la lengua a la Zahón y +adquirir mayor conocimiento, cedió en aquel punto de sus supuestas +confianzas con el ministro, y ni afirmaba ni negaba, dando a entender +que favorecería las pretensiones de la jorobada, siempre que se le +diese alguna explicación de ellas. Por este medio sutil pudo averiguar +que don Juan Álvarez era testamentario de Jenaro Negretti y depositario +de su fortuna, con algo más de lo que referido queda.</p> + +<p>No se paraba en barras la codiciosa diamantista, y desde que +Mendizábal vino a España y se puso a ministro, acarició la idea<span +class="pagenum" id="Page_215">p. 215</span> de que debía transferirle +a ella las facultades que le otorgaba el testamento de Negretti. ¡Cosa +más natural! Pues ¿cómo podía administrar holgadamente los bienes +de la niña, un hombre abrumado de quehaceres políticos, con tantas +cosas dentro de la cabeza? ¡Que la Hacienda, que el empréstito, que +las juntas, que el Estatuto, que los frailes...! Imposible atender a +todo, señor. De su peso se caía que debía entenderse con la Zahón, +y pedirle por favor que se encargase de la tutela y gobierno de +bienes de Aurora Negretti, pues algo habría en el testamento que tal +abrogación consintiera. No se le apartaba del magín esta temeraria +idea, y si el horrible acceso reumático que en aquellos meses sufría +no la imposibilitara totalmente, ya se habría presentado a don Juan +de Dios, a fin de proponerle lo que para él era un alivio y para ella +una carga muy de su gusto. Bien clara está la razón de que, suponiendo +al don Fernando cordialmente ligado a Su Excelencia, le recibiera con +finuras y agasajos, y echara la casa por la ventana en aquel desusado +convite.</p> + +<p>En los postres sirvieron <i>curaçao</i>, que era quizás la única +pasión o debilidad del viejo Maturana. Aquel dulce licor le hacía +desmentir muy de tarde en tarde sus hábitos de formalidad y grave +continencia. Siempre que allí comía o cenaba, Jacoba, por hacerle +rabiar, aseguraba no tener <i>curaçao</i>; por fin, después de +mucho trasteo, hacía traer la bebida y le daba un poquito, cuatro +lágrimas,<span class="pagenum" id="Page_216">p. 216</span> y así se +divertía con él, vengándose de alguna trastadilla que en los negocios +le había jugado. Pero aquella noche, antes de que la señora empezase el +sainete, le convidó Aura, y sacando del aparador la botella, le sirvió +cuanto él quiso, y después a Fernando. Mientras don Carlos paladeaba +con embeleso los primeros sorbitos y Jacoba le afeaba su vicio con +afectado enojo, Calpena charló brevemente con Aura, cuando esta a +su asiento volvía. Doña Jacoba no reparaba en ello, o se hacía la +distraída, que también pudo ser, y Maturana se halló bien pronto bajo +la influencia embelesadora del rico néctar.</p> + +<p>—¿Y qué?, ¿canta usted o no?</p> + +<p>—No..., me temo que don Carlos no se duerma si canto. Pero si usted +se empeña en ello...</p> + +<p>—Deseo que usted cante... Si hablando es su voz tan divina, ¿qué +será...?</p> + +<p>—¿Cantando? Pues más divina todavía... Bueno; pero conste que si +usted me manda cantar, hace una gran tontería.</p> + +<p>—¿Qué está usted diciendo?</p> + +<p>—Que hay otra cosa mejor que el canto mío.</p> + +<p>—¿Qué...?, ¡por Dios!</p> + +<p>—Hablar..., que hablemos.</p> + +<p>—Chist..., silencio.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch21"> + <p><span class="pagenum" id="Page_217">p. 217</span></p> + <h2 class="nobreak g1">XXI</h2> +</div> + +<p>Entró en aquel punto Milagro, que venía sin más objeto que hacer +asientos de facturas atrasadas, y se asombró no poco de ver aquel +aparato de festín, y a Calpena en la mesa. Pero como en aquella +casa todo era raro, y pasaban las cosas en contra de lo usual y +corriente, se guardó su sorpresa y no dijo nada. Pareció que a Fernando +contrariaba la importuna visita de su compañero de oficina; pero Aura, +más lista que la pólvora, se apresuró a tranquilizarle, diciéndole:</p> + +<p>—Este infeliz es lo mismo que nadie, y además, también se pirra por +el <i>curaçao</i>. Le ofreceré una copita, ¿sí?</p> + +<p>En esto propuso la señora pasar a la sala, y allá se fueron todos +con la botella por delante. Poseídos Aura y Calpena de una audacia +loca, cuyo móvil psicológico no se explicaban ni había para qué, se +arrimaron al extremo de uno de los mostradores, en el sitio menos +alumbrado por la lámpara, y a la mayor distancia posible de los +bebedores de <i>curaçao</i>. Doña Jacoba hizo plantar su sillón junto +a estos, sin perder de vista a la juventud, con quien desde su asiento +a ratos hablaba, y ordenó a Lopresti que pusiese luz en el gabinete +próximo, y velas en el piano,<span class="pagenum" id="Page_218">p. +218</span> abriendo de par en par la comunicación de esta pieza, la +única bonita de la casa, con la sala o tienda. Milagro y Maturana +rompieron, con los primeros tragos, a hablar de política, metiendo +en ella su cucharada la Zahón, con ardientes alabanzas del primer +ministro, salvador del desdichado reino, remedio de todos nuestros +males. Y conforme aumentaban las ingestiones de bebida, la imaginación +de Maturana se lanzaba intrépida al simbolismo:</p> + +<p>—Reina Cristina es la <i>Peregrina</i> entre las perlas, y Méndez +el <i>Gran Mogol</i> entre los diamantes. Carlos V es el diamante +falso, el <i>strass</i>..., tras, tras... Jacoba el <i>Ojo de Gato</i>, +tallado en <i>cabujón</i>... y tú, Milagro, eres la <i>Montaña de +Luz</i>... solo que todavía no te han tallado, hijo..., estás en +bruto...</p> + +<p>Con solo probar el delicioso licor, se le quitaban al buen Milagro +diez años de vida; y a medida que iba apurando el vasito, presentaba +síntomas diversos de exaltación cerebral. Al tercer trago le atacaba +infaliblemente una sensibilidad lacrimosa, con recuerdos tiernísimos +de su familia e invocaciones a la santa pobreza, a la caridad sublime, +a los más altos y puros ideales. Hacia el cuarto o quinto sorbo se le +iniciaba la tendencia a expresarse en forma poética, reverdeciendo las +aficiones de su edad juvenil, en la cual más le gustaba hacer versos +que comer, y era un adepto fidelísimo de la retórica que entonces se +gastaba.</p> + +<p>—¡Ah! —decía con trémula voz, mirando al vaso—: ¡la<span +class="pagenum" id="Page_219">p. 219</span> reina..., angélica +Cristina, pía matrona!... Desde que vino de Parténope, vimos abierto +el Empíreo los buenos españoles... Cuando contemplo este doméstico +regocijo..., ¡ah!, viene a mi mente la imagen de mis pobres niños, de +mi dulce esposa, alma virtud... ¿Qué será de vosotros, <i>oh dulces +exuviæ</i>, el día en que fiera Parca me corte el hilo?... Mendizábal +tonante, aplaca el furor de Mavorte... La oliva sucede al laurel... +Somos felices... Vuelve el reino de Ceres prolífica... Comeréis, hijos +míos, blancos panes y bizcochos duros...</p> + +<p>Doña Jacoba, sin catarlo, era atacada de somnolencia, que procuraba +vencer. En tanto, recogía cuidadosa la caja de las perlas, acomodando +en ella los paquetitos que contenían las divisiones hechas por +Maturana. Esto no le estorbaba para dirigir a la gallarda pareja estas +insinuaciones:</p> + +<p>—Señor Calpena, cuéntenos usted algo de política... Aura, ¿por qué +no cantas?</p> + +<p>Aprovechaban ellos las distracciones y cabezadas de la señora para +entregarse con efusión al ardiente coloquio que enlazaba sus almas, en +cláusulas cortas, balbucientes:</p> + +<p>—¿Me había usted visto alguna vez?</p> + +<p>—No, no... La impresión de usted en mi espíritu es antigua, eso +sí... Cuando la vi entrar por esa puerta, creí recobrar algo que se me +había perdido...</p> + +<p>—¡Qué cosa más rara!... Esta noche, cuando subía yo la escalera, +sentí miedo, alegría<span class="pagenum" id="Page_220">p. 220</span> +y qué sé yo qué... No podía respirar..., por poco me caigo.</p> + +<p>—¿Y por qué pegaba usted a Lopresti?</p> + +<p>—Es juego. Suelo darle así, con la sombrilla. A él le gusta, y +conozco yo que está de mal humor cuando no le pego. Es un perro +fiel, y me quiere con delirio. Esta tarde, al entrar, me dijo: «La +está esperando a usted un caballero muy guapo, de parte de su tío el +señor Mendizábal». Ya ve usted cuánto desatino. Me eché a reír..., y +le casqué más fuerte que otros días. ¿Oye usted? Jacoba me dice que +cante... ¿Qué debo hacer?</p> + +<p>—Obedecerla, creo yo.</p> + +<p>—Lo que agrade a usted haré, y nada más. ¡Qué extraño es lo que me +pasa! Hasta esta noche me ha costado siempre mucho trabajo someterme +a la voluntad de los demás. He sido voluntariosa, díscola, rebelde... +Pues ahora creo que si alguien me pegase, me alegraría, y mi mayor +gusto sería obedecer, ser mandada.</p> + +<p>—¿Y si yo me tomase la libertad de decirle: «Aura, haga usted esto; +Aura, sería yo muy feliz si usted...?».</p> + +<p>—¿Si yo qué...? Había de mandarme cosas buenas, las que ahora me +parecen buenas... Y también, también yo mandaría un poquito, que es muy +grato para una mujer verse obedecida. Obediencia y mandato, pienso yo +que deben ir juntos.</p> + +<p>—Servidumbre y tiranía en una sola persona, en dos quiero decir +—indicó Calpena enteramente trastornado—. El amor nos hace<span +class="pagenum" id="Page_221">p. 221</span> dueños y esclavos de la +persona amada... Aura, esta noche, después que yo me retire..., y +mañana, mañana, ¿se acordará usted de mi?</p> + +<p>—Se lo diré cuando vuelva.</p> + +<p>—Según eso, ¿he de volver?...</p> + +<p>Al llegar aquí sintió Calpena que se ponía tonto. A su primera +audacia sucedió una timidez aplanante, y no encontraba fórmula adecuada +para la expresión de sus afectos. Pero de súbito, en la tremenda +revolución de su alma, vino el golpe de osadía, y poco faltó para que +diese un grito, dejando salir, sin ningún recato ni miramiento, las +llamaradas que le abrasaban. Con su mirar fría le contuvo la Zahón... +Poco después le hizo Aura una pregunta insignificante:</p> + +<p>—¿Cómo es su segundo apellido?</p> + +<p>Y él replicó:</p> + +<p>—Igual al primero... Aura, nos conviene que usted cante un poquito, +y es de todo punto indispensable que, cuando usted pase al gabinete ese +del piano, pase yo también y estos se queden aquí.</p> + +<p>Pronto lo arregló Aura dirigiéndose a la próxima estancia y +ordenando a Fernando, desde la puerta, que tuviese la bondad de +<i>volverle la hoja</i>, pues no daba pie con bola sin mirar al +papel... Y ya están allá; ya desliza Aura sus lindísimos dedos sobre +las teclas; él a su lado, sin entender la escritura musical, hace +como que atiende al papel, mira embelesado a la divina cantora, y más +embelesado aún, o transportado al séptimo cielo, la oye. Canta ella el +aria de <i>Semíramis,<span class="pagenum" id="Page_222">p. 222</span> +Bel raggio lusinghier</i>, y después una canzoneta napolitana.</p> + +<p>Duda Calpena si vive o muere, si duerme o vela. La voz de Aura le +penetra en el sentido como un himno de deidades lejanas, desconocidas, +apenas visibles en su envoltura de blancos cendales. A ratos siente +como un súbito rayo que le hiere, que le destroza, que le arrojaría +exánime al suelo, si un poderoso estímulo de su voluntad no le +contuviera. Desea que calle Aura; desea cogerla y llevársela consigo +en aquel mismo instante, como el hecho más natural del mundo. A su +timidez sucede una arrogancia que nada respeta, una prepotencia que +todo lo allana. Se siente capaz de saltar por encima de los obstáculos +más imponentes, y de atravesar con su hermosa conquista por entre las +multitudes, que a sus ojos se empequeñecen ya, y solo se compone de +figurillas despreciables, microscópicas... Aura sola es toda la vida, +Aura toda la ley, Aura el universo físico y moral, Aura cuanto existe +de Dios abajo.</p> + +<p>En uno de los que podríamos llamar entreactos, el ardoroso galán, +revolviendo papeles de música, como para escoger, le dijo:</p> + +<p>—Aura, cuando entraste esta noche y nos vimos, ¿no comprendiste que +te adoraba?</p> + +<p>Acalorada por la turbación que al rostro en centellas le subía, Aura +se abanicó con una pieza de música. No se hizo cargo el joven de que +la había tuteado, y ella, sin parar mientes en la forma familiar usada +por primera<span class="pagenum" id="Page_223">p. 223</span> vez, pasó +maquinalmente sus dedos por las teclas.</p> + +<p>—El piano me responde por ti, Aura —prosiguió don Fernando—; el +piano me dice que tú también me quieres, que no me dejarás morir de +desesperación... Un instante ha bastado para hacerme pasar de una vida +a otra vida, de la vida muerta a la vida viva... Si es verdad esto que +pienso, no necesitas decírmelo. Me lo confirmarás callando...</p> + +<p>—Si callo, y tú lo dices todo..., verá Jacoba que..., que tú me +quieres, que me estás enamorando; y si hemos de hacerle creer que yo no +te quiero, porque así nos convenga..., mejor será, tontín, que hable, y +que me ría, ¿sí?... como hacen las muchachas que coquetean...</p> + +<p>—Conviene que cantes otro poquito... Dos palabras antes del canto: +Hagamos de nuestros corazones un mundo aparte, solo para nosotros...</p> + +<p>—Mundo aparte... —murmuró Aura con firme acento, arrojando sobre los +ojos de su amante toda la luz y el fuego de los suyos—. En un momento +hago yo toditos los mundos que quiera.</p> + +<p>—Aura, no hables más o me muero... —dijo Calpena casi delirante, +violentándose para no gritar—, y si no me muero, te arrebato ahora +mismo de esta casa y te llevo a la mía... Canta por Dios, canta un +poquito.</p> + +<p>—Y tú te callas... Después hablaremos.</p> + +<p>—Un momento... ¿Dónde, cómo?</p> + +<p>—Luego te lo diré... Silencio ahora.</p> + +<p>Mientras cantaba con sublime expresión<span class="pagenum" +id="Page_224">p. 224</span> un trozo de la <i>Medea</i> de Cherubini, +Jacoba y sus dos amigos, en la otra estancia, hablaban con elogio del +joven Calpena. Propiamente, la Zahón lo decía todo, y ellos, bajo +la influencia del dulce elixir que alegraba sus gastados cerebros, +apoyaban con fáciles exclamaciones y con expresivos movimientos de +cabeza las palabras de la diamantista. Maturana se había encerrado en +los monosílabos; Milagro, por el contrario, se lanzaba a la verbosidad +más desenvuelta; doña Jacoba tuvo que cogerle por un brazo, obligándole +a recobrar su asiento, y a contestar formalmente a lo que tres o cuatro +veces le había preguntado sin obtener respuesta.</p> + +<p>—No vuelvo a admitirle a usted en mi casa —le dijo— si no me +contesta con claridad. A ver: si usted lo sabe, me lo tiene que +decir... No valen misterios conmigo.</p> + +<p>—Señora mía —respondió don José plantándose la mano abierta sobre +el pecho—. Por el nombre que llevo, nombre ilustre si los hay; por la +salud de mis hijos, por el amor purísimo de mi esposa, digo y juro que +este mozo gallardo es hijo del mismísimo don Juan Álvarez Mendizábal, +mi augusto jefe.</p> + +<p>—Me lo figuraba —dijo Doña Jacoba con mirada resplandeciente—. Pero +me falta saber otra cosa... ¿Y la madre?..., ¿quién es la madre?</p> + +<p>—¡La madre!..., ¡la madre!... —murmuró Milagro como en grande +confusión, pasándose la mano por el cráneo.</p> + +<p>—Sí, hombre..., ¿quién es la madre?</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_225">p. 225</span> —¡La mamá!... +¡Ah!, ya recuerdo... Con el maldito néctar se le va a uno la memoria... +Pues la madre... silencio, que no nos oiga nadie..., es... ¡una +reina!</p> + +<p>—¡Una reina! —exclamó don Carlos con espantados ojos.</p> + +<p>—Chitón... Es un secreto... Y créanme a mí..., peligran las cabezas +de los insensatos que lo divulguen... —dijo Milagro puesto en pie, +aplicando su dedo índice a los morros alargados—. ¡Una reina!... +Chist... Aunque me amenacen de muerte, no saldrá de mi humilde labio el +nombre del reino en que reina la señora reina que...</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch22"> + <h2 class="nobreak g1">XXII</h2> +</div> + +<p>Todos los biógrafos del insigne Milagro están acordes en afirmar +que al salir este de casa de la Zahón para dirigirse con inseguro paso +a la suya, quitose el sombrero y con él se abanicó, ávido de frescura +y de bañar en aire limpio sus sienes abrasadas, su cráneo sudoroso. Y +añaden que con el aire y el ejercicio se le aclararon de tal modo las +entendederas, que al atravesar la plazuela de Provincia, camino de la +Concepción Jerónima, donde vivía, empezó a sentir en su conciencia +la garrafal tontería que a propósito del señorito Calpena se había +dejado<span class="pagenum" id="Page_226">p. 226</span> decir, bajo +la acción tóxica del nunca bastante maldecido <i>curaçao</i>... «¿Pero +he dicho yo esa barbaridad, señor? —pensaba, parándose y mirando al +cielo—. ¿Lo habré soñado?... No, no; lo he dicho... aún me parece +que me estoy oyendo cuando solté el trueno gordo, cuando afirmé que +Mendizábal... ¡Jesús!..., y nada menos que una reina... Vamos, que +me daría una tremenda bofetada en castigo de tanta necedad, de tanta +estupidez... ¡Una reina..., Mendizábal!... ¡Válgame Jesús bendito! +¡Que un hombre formal como tú, oh Milagro, haya repetido, dándolo por +cosa verídica, esos ridículos dicharachos con que se mata el tiempo +en las oficinas!... Pues digo, si el señor ministro se entera de que +yo... ¡Válgame mi santo Patriarca...!». Al pensar esto, se le erizaron +sobre el cráneo los escasos cabellos que poseía... Consternado, intentó +volver a la calle de Milaneses para desdecirse de todos aquellos +embustes que no eran más que cháchara insustancial de gente ociosa +y frívola; pero no se determinó a desandar el camino, juzgando muy +oportunamente que <i>peor era meneallo</i>. Siguió, pues, hacia su +vivienda, haciendo propósito de rectificar serenamente, en noches +sucesivas, los groseros dislates de aquella noche, y se recogió +taciturno, caviloso. Su mujer le sintió desvelado, dando suspiros y +pronunciando monosílabos con que a sí propio se ponía de oro y azul. +¡Infeliz Milagro!</p> + +<p>Embebecidos en su amorosa charla, los<span class="pagenum" +id="Page_227">p. 227</span> amantes no repararon en la salida de don +José, que les dijo «¡Adiós!» desde la puerta del gabinete; ni se +cuidaban de ser vistos u oídos por doña Jacoba, que hablando permanecía +con el diamantista, entre cabezadas. Habían alzado, sin darse de ello +cuenta, una valla anchísima entre su pasión y el mundo, y nada temían; +la pasión crecía por momentos, como una enfermedad fulminante, y a +las pocas horas de iniciada, ya no cabía dentro de la reducida esfera +del secreto: se salía, se ensanchaba, quería ser patente a los ojos +extraños, o por lo menos no temía ser lo bastante poderosa en sí para +afrontar la opinión y cuantos obstáculos esta le ofreciera. Mejor que +el narrador lo expresan ellos mismos:</p> + +<p>—Antes de verte, antes de esta noche bonita —decía Aura—, yo, sin +saber por qué, tenía la seguridad de que no estaba sola en el mundo. +Cuando te vi, se me quitó de encima del alma el peso terrible de mi +soledad.</p> + +<p>Y él:</p> + +<p>—¡De ayer a hoy, qué abismo! Ayer iba tras de tu sombra; hoy te +poseo... Había de llegar, puesto que hay Dios, este divino abrazo de +nuestras almas.</p> + +<p>Y por aquí seguían, en un vértigo de fogoso idealismo, locos, ávidos +de amplificar cada concepto con otro más apasionado y sutil.</p> + +<p>Viendo que Maturana se ponía en pie, Calpena hizo lo mismo, y dijo a +su amante, consternado:</p> + +<p>—Horror de los horrores. Don Carlos se despide. También yo tendré +que retirarme...</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_228">p. 228</span></p> + +<p>—Mañana volveremos a vernos... lo más temprano posible.</p> + +<p>—¡Mañana! Es muy lejano eso...</p> + +<p>La mujer, en lances de pasión, posee más iniciativa y más arbitrios +que el hombre. En voz muy baja propuso Aura algo que Calpena oyó con +alegría. Cuchichearon... Despidiéronse luego en alta voz. Al poco +rato, doña Jacoba daba al señor don Fernando la venia para retirarse, +y con afectuosos apretones de manos le ofrecía su casa, y le rogaba +que viniese a honrarla con toda la frecuencia que le permitieran sus +obligaciones al lado del señor ministro. Juntos salieron el joven y +Maturana; separáronse en la esquina de la calle de Santiago; vivía el +diamantista en una de las casitas del Patrimonio, plaza de la Armería, +junto a la casa de Pajes.</p> + +<p>Consta en las monografías del buen Maturana que en el trayecto hasta +su domicilio se agarró más de una vez a las paredes para no medir +el suelo; y algún biógrafo añade que hubo de subir a gatas la corta +escalera de su casa, y que se acostó al instante, muy arrepentido de +sus recientes abusivas relaciones con el <i>curaçao</i>. «No está bien, +no está bien —decía, desnudándose al revés, quitándose las botas antes +que el sombrero, y las medias antes que la corbata—. Un artífice, un +tasador no debe... no, señor... Es muy expuesto...». Felizmente, era +en él añeja costumbre no aceptar invitación de cena o merienda cuando +llevaba en su cartera piedras de valor. Aquella noche no llevaba +nada.<span class="pagenum" id="Page_229">p. 229</span> Tardó en +dormirse, y daba vueltas en su abrasado cerebro a las ideas sugeridas +por Milagro:</p> + +<p>«¡Vaya con don Juan Álvarez!... No hay grande hombre que no tenga +sus enredos... Ya, ya se ve claro por qué arrambla todos los bienes +del clero, que no es flojo botín. Naturalmente, ese dineral lo quiere +para sí. Parece tonto, y pide para las ánimas... ¡Tremendas hormigas +nos trae Dios acá! Bueno, hombre, bueno: cójase usted media España, y +constituya un reino para el niño, para ese hijo de reina... Y ya veo a +dónde va a parar con eso de coger todas las campanas de las iglesias y +monasterios. Hará un palacio de bronce, todo de bronce, en el que las +pisadas de los que entran y salen suenen como campanadas... ¡Ji, ji!... +¡Qué extraño!... El palacio del sonido..., tin, tan... Otra: lo mejor +sería que afanase las innumerables alhajas de las Santísimas Vírgenes +y toda la plata y oro de las reverendas catedrales, echándolo al +mercado... ¡Por Belcebú, qué negocio, qué pujas!... No quiero pensarlo. +De Londres, de Ámsterdam y de Fráncfort vendrá la nube de marchantes... +Mucho ojo, Maturana... ¡Por san Carojulián bendito, no te descuides!... +Y tiene que venir, tiene que sacarse a subasta. Porque todo, digo yo, +no ha de ser para el niño...».</p> + +<p>El niño, el hijo de reina, se paseaba en la inmediata calle de +Santiago. Aura le había dicho: «Mi habitación corresponde al último de +los tres balcones por la otra calle. Cuando Jacoba duerma, me asomaré». +El hombre<span class="pagenum" id="Page_230">p. 230</span> hacía +su centinela entre las esquinas del Bonetillo y de Mesón de Paños, +temeroso de perder, si se alejaba, el sublime momento en que su amada +en el balcón apareciese. La noche era oscura; dieron las doce en el +reloj de Palacio; no se veía por allí más gente que las pocas mujeres +que entraban por el Bonetillo y se deslizaban calle abajo, y algún +hombre que en la misma dirección iba, o hacia las tabernas de la plaza +de Herradores. El sereno se hacía presente por la luz de su farolillo, +allá junto a los altos muros de San Felipe Neri.</p> + +<p>Media hora pasó Calpena en gran ansiedad, recelando que doña +Jacoba, enterada del propósito de los amantes, lo estorbase encerrando +a la dama o conminándola con algún castigo. Paseo arriba, paseo +abajo, sin quitar ojo del balcón, pensaba en aquella su mudanza +súbita, tan semejante a la explosión de un volcán. Toda su vida era +nueva; todas sus ideas habían cambiado, dispersándose las de ayer y +entrando con empuje dominante las de hoy. Ningún sentimiento de los de +ayer, refiriérase a la política, a los amigos, a la sociedad, en él +persistía. De aquel espacio luminoso, donde flotaba la ideal imagen +de Aura, venían nuevos conceptos de todas las cosas. Impaciente por +la tardanza de ella, ni por un momento pensó que pudiera burlarle: +tenía confianza absoluta en su firmeza y lealtad. Tampoco le amargó la +sospecha de que Aura hubiese conocido el amor antes de conocerle a él. +Era<span class="pagenum" id="Page_231">p. 231</span> mujer nueva, como +la esposa de Adán. Dios les había criado destinándoles el uno al otro, +y no estaba en el orden del universo que hubiesen precedido al feliz +hallazgo otros encuentros, ni aun siquiera fortuitos y sin importancia. +Tal era su ardor ciego y entusiasta, tal su fe en aquella felicísima +obra de integración, dispuesta por el destino de ambos.</p> + +<p>Al fin... oyó ruido en el balcón, y apareciose en él una forma +blanca. Era principal el cuarto, y la distancia entre el balcón y la +calle como de cuatro varas. Arrimose el galán a la pared, y Aura echaba +medio cuerpo fuera del antepecho, doblándose como un junco, para que el +espacio entre las enamoradas voces fuese lo más corto posible. Explicó +primero su tardanza, motivada por lo que Jacoba tardara en dormirse, a +causa de sus dolores, siendo preciso darle friegas y ponerle bayetas +calientes. Ya parecía dormida, y Lopresti, fiel esclavo, quedaba +encargado de la centinela, para avisar en caso de que la enferma +remusgara. Recayó luego la conversación en un punto interesantísimo:</p> + +<p>—¿Tú quién eres? Conozco en ti al hombre que quiero, y me basta. +Pero deseo saber quién eres para los demás. Lo mismo me da que seas +noble, que seas plebeyo, que seas mucho, que no seas nada, pues +siendo para mí el único, me basta... ¿Te enteras bien de lo que te +pregunto?</p> + +<p>—Sí, vida y gloria mía... Yo no soy nadie. Ignoro quiénes son mis +padres. Vivo de<span class="pagenum" id="Page_232">p. 232</span> la +protección misteriosa de una persona desconocida, por quien estoy en +Madrid, por quien disfruto ese destinillo, y no sé más. ¿Verdad que es +raro?</p> + +<p>Contó en seguida concisamente su vida toda: su crianza en Vera, lo +del padrino, la estancia en París, la traslación a Madrid y todo lo +demás que ya se sabe, poniendo en su relato tal sinceridad y sencillez, +que Aura se embelesaba oyéndole; y si no estuviera enamorada hasta +la médula, es de creer que solo con aquella historia tan poética y +linda se prendaría locamente del pobre desheredado. Refirió ella que +no había conocido a su padre ni a su madre: habíanla criado parientes +egoístas que jamás le demostraron vivo afecto. Creíase sola en el +mundo, hasta que Dios le deparó el compañero de su existencia, su +salvador, su <i>única familia</i>. ¡Qué hermosura ser los dos solos en +sí, reconocerse en medio de los espacios de la vida, como pajarito y +pajarita que se encuentran en la espesura de la selva, y, saludándose +con sus piquitos, se unen para siempre! No faltaba sino que se +declararan libres, sin más obligaciones que las que cada uno para +con el otro había contraído, por vía de unión divina, como si Dios +les echara un lazo y les dijera lo que dicen los curas cuando casan. +De pronto, Aura tuvo una idea, y la expresó al instante con infantil +candidez:</p> + +<p>—¿No sabes?... Como aún no hemos tenido tiempo de decirnos todas las +cosas, no te has enterado de que yo soy rica. Sí, hijo, sí. ¿Pensabas +que<span class="pagenum" id="Page_233">p. 233</span> éramos nosotros +unos pobrecitos, dejados de la mano de Dios? Mi padre, Jenaro Negretti, +dejó mucho dinero. Lo tiene guardado el señor de Mendizábal, que es +quien le da a Jacoba para mis gastos... Conque ya ves. No hay que +apurarse... Estamos en grande, y seremos los reyes del mundo.</p> + +<p>—Pues yo —dijo el amante con tristeza— soy pobre: nada tengo; +pero no me faltan alientos, ni tampoco, creo yo, disposiciones para +trabajar... También te digo una cosa, Aura: bien podría suceder que de +la noche a la mañana recibiera yo, como caída del cielo, una fortuna +grande... Se han dado casos: yo he leído de algunos casos...</p> + +<p>—Pues si sale lo que esperas, ¡oh Dios mío, cuánta felicidad!... +Eso sería lo más lindo del mundo. Resultaríamos en posesión de unos +dinerales que no nos harían maldita falta... Si quieres que te diga +la verdad, a mí no me hace dichosa el dinero, ni creo que sirvan las +riquezas más que para disgustos. Con poseerte a ti me basta; y si +mañana viniera el señor Mendizábal y me dijera: «Niña, no tienes ni un +maravedí», yo me quedaría tan fresca. ¿Y tú?</p> + +<p>—Pienso como tú piensas, y siento todo lo que tú sientes... Quien +nos ha puesto hoy el uno junto al otro, se cuidaría de darnos lo +necesario, si por nuestra parte no lo tuviéramos. Es hermosísimo, +sí, lanzarse a la vida sin más alas que las inmensas del amor. Somos +jóvenes, nos adoramos... Esto es la suma dicha. ¡Qué bueno es Dios! +¡Y la naturaleza,<span class="pagenum" id="Page_234">p. 234</span> +qué hermosa! ¡Y nosotros, qué bien hicimos en nacer!... Si tú o yo nos +hubiéramos quedado por allá, ¡qué insigne tontería habríamos hecho!</p> + +<p>—Es verdad; porque no naciendo, ¿cómo podría yo quererte con toda mi +alma?</p> + +<p>—Oye otra cosa, vida mía... Si te parece, nos casaremos pronto, muy +pronto.</p> + +<p>—Sí, sí —dijo Aura con tan vivo movimiento de inclinación, que +pareció querer arrojarse a la calle—. ¿Cuándo?</p> + +<p>—Pronto. Mañana...</p> + +<p>—¿Mañana?... ¿Y hoy por qué no?... ¡Pero qué tonta soy! Eso no puede +determinarse así en días, en horas. Tengamos paciencia y formalidad. Lo +que acabo de decir es muy desvergonzado. ¿Me lo perdonas?</p> + +<p>—Pues si el <i>hoy</i> te parece demasiado presuroso, diré: <i>ahora +mismo</i>.</p> + +<p>—Quita allá, hombre... ¿Acaso el casarse es cosa de un soplo? No, +niño mío, no seas tan arrebatado. Ten juicio. Pues apenas hay que +preparar cosas: ropa, papeles, y, ante todo, casa.</p> + +<p>—¡Casa! Tenemos el mundo por nuestro... Dime —añadió el galán, casi +loco ya, señalando hacia la bóveda celeste—, ¿te gusta ese techo?</p> + +<p>—Es precioso... Pero ahora, desde que te quiero, todo me parece +cielo, y la oscuridad, claridad, y la noche tan bonita como el día, +casi más, y Jacoba me parece amable, y todas las personas muy buenas... +Pero tengamos calma, y esperemos.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_235">p. 235</span></p> + +<p>—Sí, esperaremos. ¿Qué nos importa retrasar la felicidad, si la +tenemos segura, si es nuestra ya?</p> + +<p>Asaltado de una idea triste, cosa natural en aquella irradiación de +ventura, Calpena no vaciló en expresarla:</p> + +<p>—Dime, amor mío, si Jacoba, que me parece persona egoísta..., no sé +en qué me fundo, pero me lo parece...</p> + +<p>—Y lo es: tú tienes mucho talento y todo lo aciertas. Sigue.</p> + +<p>—Pues si Jacoba, y lo mismo podría decir de otro cualquier pariente +tuyo, se opusiese, por móviles de interés, a que nosotros nos amáramos: +no, no, a eso no pueden oponerse..., quiero decir, que se opongan a que +nos casemos...</p> + +<p>—Eso no puede ser..., porque nosotros saltaríamos por encima de +todas sus artimañas, y pisoteándoles nos juntaríamos y nos casaríamos, +¿sí?</p> + +<p>—Pero suponte tú que contra toda nuestra buena voluntad y contra +las energías de nuestra pasión, lograran separarnos, imposibilitarnos +materialmente de...</p> + +<p>—No, no puede ser, no será —dijo la enamorada con expresión de +voluntad tenacísima—. ¡Pues si Jacoba fuera tan mala que...! No, no +quiero pensarlo.</p> + +<p>—¿Qué harías?</p> + +<p>Aura se irguió, y apretando en su nervioso puño, con fuerza de mujer +furiosa, el hierro del balcón, dijo:</p> + +<p>—¡La mataría!</p> + +<p>—No, no tendrías que tomarte ese trabajo,<span class="pagenum" +id="Page_236">p. 236</span> mi bien, mi vida, mi encanto, porque antes +la habría matado yo.</p> + +<p>—Y luego iríamos juntos al presidio, ¿sí?</p> + +<p>—No pensemos en eso, que no ha de suceder. Yo digo: ¡qué más querrá +Jacoba!...</p> + +<p>—Claro: ¡qué más querrá ella! No te creas, Jacoba es buena, siempre +que no la arrastra a la maldad la infame codicia. Por un brillante de +buenas aguas, o por una docena de turquesas de <i>roca vieja</i>, sería +capaz de sacrificar a su padre.</p> + +<p>A todas estas se les iba pasando la noche. Las primeras claridades +del alba trajeron a la calle alguna gente de los mercados próximos, y +el sereno pasó varias veces, dirigiendo a Calpena miradas recelosas. +Aquí y allá sonaban porrazos; los gallos del comercio de aves en +la calle de la Caza cantaban anunciando el día. Sobre esto llamó +Calpena la atención de Aura, indicándole con pena que ya era hora de +retirarse.</p> + +<p>—¿Qué prisa todavía?... Esos pobres gallos enjaulados están tan +aburridos por la falta de libertad, que anuncian la aurora antes de +tiempo.</p> + +<p>—Ya es de día... ¿No lo ves?</p> + +<p>—¿Y qué? Mejor. Así podremos vernos las caras.</p> + +<p>De improviso se abrió una de las puertas del piso bajo de la casa, +y Calpena se vio sorprendido por un mozo, soñoliento, que salía +con una escoba. Luego se abrieron dos puertas más: una cacharrería +y un despacho de huevos. Imposible seguir más tiempo allí.<span +class="pagenum" id="Page_237">p. 237</span> Los hados fieros ordenaban +la suspensión del coloquio dulcísimo, y que los amantes guardasen la +ley del recato ante el público, pues cada cosa tiene su ocasión y lugar +propios. ¡Bonita idea tendría de la señorita de Negretti el vecindario +de Milaneses si la veía colgada al balcón, al amanecer de Dios, +picoteando con su novio! Antes que ella comprendió él la inconveniencia +de prolongar la alborada de amor, y así se lo dijo. Convenidos el cómo +y cuándo de verse en el curso del día, Calpena se arrancó con esfuerzo +del celestial muro. El día se recreaba iluminando con sus primeras +claridades la ideal belleza de Aura, quien no se apartó del balcón +hasta que hubo recibido el último saludo de don Fernando. Se fue y +volvió el galán como unas tres o cuatro veces, jugando al escondite en +la esquina de la calle Mayor, hasta que al fin, siendo preciso poner +término al juego... se arrancó de veras.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch23"> + <h2 class="nobreak g1">XXIII</h2> +</div> + +<p>Más que inquieto, lleno de zozobra por la desusada tardanza de +Fernandito, le esperó levantado su amigo don Pedro, y al verle entrar, +conoció por su rostro encendido, por el febril centelleo de su mirada, +que algo muy grave le había ocurrido aquella noche. Interrogole<span +class="pagenum" id="Page_238">p. 238</span> dulcemente, y no obtuvo +respuesta categórica.</p> + +<p>—Luego me lo contarás —dijo Hillo—, que ya es hora de que me vaya +a decir mi misa. Me has tenido toda la noche en vela. Como no es tu +costumbre trasnochar, me alarmé. ¿Has estado en alguna logia? ¿Se trata +de algún mal paso, de algún lance?... Pero no quiero molestarte ahora. +No me cuentes nada, y descansa, pobrecito, que estarás muerto de sueño. +Yo me voy al Carmen... Duerme todo el día si quieres, y a la tardecita +me contarás...</p> + +<p>Se fue don Pedro a celebrar, y al regreso de la iglesia, Calpena +dormía. Acercose a su lecho el presbítero y le vio dormidito como un +ángel, con ese leve sonreír que indica un venturoso sueño. A la hora de +comer quiso doña Cayetana despertarle; pero se opuso Hillo diciendo:</p> + +<p>—No, no, pobre hijo; dejarle que duerma: sabe Dios lo molido y +ajetreado que estará ese bendito cuerpo. Guárdesele la comida.</p> + +<p>Salió después a una diligencia que le entretuvo dos horas, y al +volver a casa díjole Delfinita que don Fernando había comido presuroso +y sin enterarse de lo que metía por la boca; que no respondía a lo +que se le preguntaba, como si se hubiese dejado en otra parte el +pensamiento y la palabra. Y lo más singular fue que, sin probar el +postre, que era miel de la Alcarria y queso de Villalón, había cogido +el sombrero y echádose a la calle con tanta prisa como si le llamaran +a apagar un fuego. ¡Cosa más<span class="pagenum" id="Page_239">p. +239</span> rara! Indudablemente ocurrían sucesos inauditos. ¿Sería, +por fin, la estupenda anagnórisis que Hillo por momentos esperaba? +Entregándose a sutiles cavilaciones y al trabajo de adivinar, esperó +el clérigo la vuelta de su amigo; pero tuvo el acierto de esperarle +sentado, porque Calpena no entró en casa hasta la mañana del siguiente +día.</p> + +<p>Ya no pudo Hillo aguantar más los ardientes picores de la +curiosidad, y tomando una actitud serena, le dijo:</p> + +<p>—Hoy sí que no te me escapas sin contármelo todo.</p> + +<p>Calpena, confuso, no sabía por dónde empezar. Hillo cortó la solemne +pausa diciendo ¡<i>Habla</i>!, con el acento con que esta palabra se +pronuncia en las tragedias de secano.</p> + +<p>—Pues... nada.</p> + +<p>—¿Cómo nada? ¿Es acaso alguna intriga política?</p> + +<p>—No, señor.</p> + +<p>—Pues yo sé que en el ministerio no se vela... Vamos, será cuestión +de amoríos...</p> + +<p>—Tampoco; porque los amoríos son cosa frívola y pasajera, y esto +no.</p> + +<p>—Amor entonces —dijo Hillo con benevolencia, y terminó la expresión +de su idea con una nota humorística—: ¿Conque amor tenemos? Bueno: con +tal que sea clásico...</p> + +<p>—¿Y qué entiende usted por amor clásico?</p> + +<p>—El que se contiene dentro de los límites de la conveniencia y de la +regularidad; el que no es motivo de escándalo, sino ejemplo de buenas +costumbres; el que no es furor insano, sino afecto plácido y limpio; el +que tiene<span class="pagenum" id="Page_240">p. 240</span> por norte +la familia y por cebo una relación casta, con el consentimiento de los +padres...</p> + +<p>—Yo no tengo padres.</p> + +<p>—Di que no los conoces. Mientras te llega la anagnórisis, tu padre +soy yo: yo miro por ti, y te guío en el camino de la vida.</p> + +<p>—Me temo, querido Hillo, que después del paso que he dado, tenga yo +que arreglármelas solo para seguir andando... En fin, puesto que usted +habla de amor clásico, diré a usted que el mío, como águila a quien +quisieran encerrar dentro de un huevo de paloma, ha roto los moldes, ha +roto el viejo y podrido cascarón del clasicismo.</p> + +<p>—No te conozco —dijo don Pedro con sobresalto—. ¿Eres tú el joven +Calpena?</p> + +<p>—No, señor... El joven Calpena que usted conoció se ha transformado +radicalmente en días, en horas. Cuando menos uno lo piensa, sobreviene +la crisis capital de la vida...</p> + +<p>—Hombre, eso es gravísimo. ¿Y quién es ella? ¿Acaso la niña que +llamamos marmórea?... ¿Dices que no? ¿Pues de quién se trata? ¿No +puedo saberlo? Sea quien fuere podré darte una opinión franca, un buen +consejo.</p> + +<p>—Me hallo en una situación tal, que toda opinión que no sea la mía +me hará el efecto de una enemistad irreconciliable; y en cuanto a los +consejos, debe usted esperar a que yo se los pida.</p> + +<p>—Arrogantillo estás. Por lo que dices, voy entendiendo que tus +amores son de esos<span class="pagenum" id="Page_241">p. 241</span> +que llaman, que llaman..., no sé..., esta clase de bregas son para +mí desconocidas. Pero ello debe de ser cosa vergonzosa, una pasión +de estas que nos ha traído el romanticismo, y que suelen acabar con +descabello de media humanidad.</p> + +<p>Interrumpió el diálogo la llegada de una carta. Era de la <i>mano +oculta</i>, que no había escrito en toda la semana. A Fernando le dio +un vuelco el corazón, y barruntando que el contenido de la epístola +heriría su vidriosa sensibilidad, rogó al clérigo que la leyese. Él +oiría, procurando enterarse, pues su espíritu, en aquellos días de +ansias y delirio, no acudía fácilmente al reclamo de la realidad +próxima. Después de suspirar fuerte, don Pedro leyó:</p> + +<div class="carta"> + + <p>«¿Conque tenemos al niño enamorado? Ya me esperaba yo ese + sarampión, que rara vez falla a los veintidós años. Paciencia, y pues + no hay más remedio que pasarlo, no lo combatamos, y pónganse los + medios para que brote bien... Tontín, se te tolera esa pasioncilla + juvenil, que es el paso de la adolescencia a la madurez de la vida. + Los hombres conceptúan eso necesario, inevitable; tales turbonadas, + dicen, son necesarias, hasta convenientes. Sea: con pena lo admito, + y te suplico que acabes cuanto antes, no sea que la enfermedad se + meta demasiado en lo hondo. No tengo tranquilidad hasta que sepa + el radical fin de esa novelesca aventurilla, y no dudes que he + de saberlo, como supe lo del banquete que te dio la Zahón, como + tengo<span class="pagenum" id="Page_242">p. 242</span> noticias + del desenfado con que te pones a pelar la pava con la chiquilla de + Negretti. También sé que es muy linda. No te acusaré de mal gusto, + no; y como te tengo por hombre perspicaz y conocedor del género, + presumo que en tus largos plantones al pie del balcón habrás tenido + tiempo de comprender que la niña es diamante falso. ¡Ah, tontín!, la + pedrería fina es muy escasa, y no se encuentra en la primera cena a + que nos convidan...».</p> + +</div> + +<p>Al llegar a esto, Calpena no pudo contener el dolor, la ira que +estas apreciaciones le produjeron, y estalló diciendo:</p> + +<p>—Eso es sencillamente infame... Dígalo quien lo dijere, es inicuo, +ultrajante. No debo hacer caso de la opinión de persona anónima, que +no puede sentir la verdad, como la siento yo... Y juro que no habrá +voluntad que me tuerza, ni razón humana que me persuada de que esto no +es para mí el supremo bien, el único bien posible.</p> + +<p>—Espérate un poquito y déjame acabar. Sigo:</p> + +<div class="carta"> + + <p>«Como para estas aventurillas, que mejor será llamar calaveradas, + se necesita dinero, te mandaré mañana seis onzas. Más, mucho más + recibirás; pero entiende que este dinerito no debe servir para + prolongar la enfermedad, sino para ponerle término... Y no te digo + más por hoy.»</p> + +</div> + +<p>—¡No puedo, no puedo —exclamó Calpena dando vueltas por la +habitación como un loco— sufrir por más tiempo esta tutela anónima!... +Y estas burlas, este desconocimiento<span class="pagenum" +id="Page_243">p. 243</span> de la verdad, me lastiman, me hieren más +que si me asestaran cien puñaladas... ¡Oh, cuánto diera yo por conocer +a la persona que me escribe, y poder decirle lo que siento...! No, no +dudo que esa persona se interesa por mí, que me ama. También la quiero +yo sin conocerla. Pues bien: yo la convencería... ¿Cómo no había de +convencerla, si yo lo estoy firmemente, si llevo dentro de mi alma, no +solo todo el amor, sino toda la lógica del mundo?...</p> + +<p>—Hijo mío —le dijo Hillo con expresivo afecto—, lo que la señora +incógnita te escribe es el puro evangelio. Considera tú ese amor como +una aventurilla pasajera..., cosas de muchachos, ejercicio vital... +y... dale ya puntillazo...</p> + +<p>Le miró Calpena, plantándose ante él desdeñoso, altanero, y con +grave entereza contestó:</p> + +<p>—Soy un hombre; tengo un alma que es mía, una inteligencia que me +pertenece, y con ellas siento y juzgo lo que me incumbe. Ni de usted +ni de esa desconocida persona admito lecciones, ni soy un niño para +recibirlas en esa forma. Quien nunca ha tenido familia, bien puede +declararse independiente como lo hago yo ahora. La soledad en que he +vivido me ha enseñado a gobernarme por mí mismo. Soy libre, señor don +Pedro; a nadie me someto. Los que me protegen por motivos que aún están +rodeados de oscuridad, que den la cara, y entonces hablaremos. Si +conseguimos entendernos, bien, y si no, lo mismo.<span class="pagenum" +id="Page_244">p. 244</span> No altero mis propósitos, no me someto, no +me rindo.</p> + +<p>Sin dejar de admirar esta noble gallardía, trató Hillo de reducirle +a la obediencia ciega de la <i>deidad velada</i>, pues así también +solía llamarla, no sabiendo qué nombre darle, y el primer argumento +que empleó fue que le convenía dicha sumisión para no comprometer su +brillante porvenir.</p> + +<p>Echándose a reír, le contestó don Fernando que él no contaba con +más porvenir que el que por sí mismo se labrase, pues todo lo demás +era fantasmagorías y sueños; y en último caso, que no sacrificaría a +ninguna consideración, ni a interés alguno por grande que fuese, la +pasión que colmaba todos los anhelos de su existencia. Y como don Pedro +insistiese en que la aventura no merecía nombre de pasión seria, y que +debía ponerle punto final, replicole el joven con flema:</p> + +<p>—No puede ser, mi querido Hillo. En esto he querido aplicarme +fielmente el precepto fundamental de su filosofía práctica... Para que +no diga usted que fracaso como todos los españoles que emprenden algo, +me propongo <i>rematar la suerte</i>.</p> + +<p>—¡Ah!, pillo... ¿De modo que te casas...?</p> + +<p>—Tal creo... Esto no es aventura..., para que vaya usted +enterándose.</p> + +<p>—Estás perdido, perdido sin remedio... Un joven llamado a... qué +sé yo..., llamado a grandes destinos... ¡Por Dios, Fernandito de mi +vida, mira bien lo que haces!... Y a mí que me parecían poco para ti +todas las duquesas<span class="pagenum" id="Page_245">p. 245</span> y +princesas que andan por esas cortes.</p> + +<p>—Yo soy pueblo, pueblo nací y pueblo me encuentro ahora. ¡Ay!, amigo +Hillo, me acuerdo de mi cuna. Era de mimbres, y estaba rota y medio +deshecha. Yo ensanchaba los agujeros con mis manecitas, y me echaba +fuera para jugar con un perro y dos cabras que había en la pobrísima +estancia donde me criaron... ¡Y ahora me habla usted de duquesas y +princesas! A usted le ciega, o más bien le enloquece su bondad... Yo +no soy lo que era. He dado un gran vuelco: mis ideas son otras. No +tengo ya más que una ambición, y a satisfacerla se encaminan todas las +potencias de mi alma. Me crio aquel bendito en la templanza, en la +regularidad, en el justo medio de todas las cosas. Pues ya no quiero +justo medio; ya me solicitan las situaciones extremadas... Quiero +exceso de vida, energías poderosas, mucho gozar o mucho sufrir, luchar, +hacer cara a los grandes desastres si vienen, hartarme de felicidad +si Dios me la depara. No quiero andar por caminos trazados, ni que me +cuenten los pasos que doy, ni que me lleven con andadores, ni que me +muevan con hilitos, como si fuera yo figura de titiritero. No, no: de +un salto me he echado fuera del retablo, y entro en el mundo yo solo. +El mundo es grande. Un sentimiento, grande también, llevo yo conmigo. +¿Hay espacio? Sí. ¿Tengo yo alas? Sí. Pues a volar.</p> + +<p>Y cogiendo el sombrero, se fue a la calle, sin añadir una palabra, +dejando a su excelente<span class="pagenum" id="Page_246">p. +246</span> amigo todo confuso y turulato, con las manos en la cabeza, +desahogando con patéticas exclamaciones la turbación de su espíritu:</p> + +<p>«¡Señor, devuelve el seso a este noble chico, digno de mejor +suerte!... ¡Le he tomado tanto cariño, que sus asuntos me interesan más +que los propios!... ¡Señor, descúbreme el misterio de Calpena; dame a +conocer la <i>mascarita</i> esa que le protege y le dirige! Que yo la +descubra, para llegarme a esa divina tutora y decirle que se declare, +que se quite la careta, único medio de que nuestro Fernandito entre +en razón. <i>Tutora</i> he dicho, pero mejor será decir madre... En +su estilo se ve la delicadeza, la gracia, y un cariño intensísimo. Es +madre, y además dama ilustre. Su estilo lo revela, esa discreción de +alto tono, esa exquisita habilidad para ocultarse... ¡Dios mío, santo +Apóstol bendito mi patrono, santa Virgen, y vosotros, santos, santos +todos de la corte celestial, despejadme esa incógnita, pues creo que +entre ella y yo, puestos al habla, salvaríamos a este alucinado chico +de la perdición, de la ignominia, de la muerte!».</p> + +<p>Su generoso anhelo sugirió al buen presbítero una idea, un plan, y +propósito firmísimo de empezar a realizarlo aquella misma tarde.</p> + +<p>«Voy a minar la tierra para <i>desvelar</i> a esa <i>velada</i>. +Dios me abrirá camino; Dios iluminará las oscuridades que encontraré en +los comienzos de mi trabajo. A esta investigación consagraré mi tiempo, +pues ya no me importa que me den ni que me quiten<span class="pagenum" +id="Page_247">p. 247</span> la cátedra que me corresponde... Y ahora +digo yo: ¿por dónde empiezo?... A ver, Pedro, discurre un poco, +<i>afina la suerte</i>... Por de pronto, si a ese loquinario le da la +ventolera de desdeñar las cartas de su protectora, yo las recogeré +cuando vengan, las leeré y las tendré bien guardaditas hasta que a él +se le caiga de los ojos la venda. Y si envía dinero, como anuncia, yo +lo guardaré también para írselo dando conforme a sus necesidades, que +ahora presumo han de ser muchas... Esto lo primero; después...».</p> + +<p>Dándose un golpe en la frente, lanzó una exclamación de alegría:</p> + +<p>«<i>Eureka</i>, ya sé cuál es el primer paso que tengo que dar: ir +a la casa de esa mozuela de quien se ha enamorado, y verla y hablar +con su familia, para lo cual me valdré o del compañero de oficina de +Calpena, señor Milagro, o del señor Maturana, el diamantista que vino +a buscarle y se le llevó, con la cajita de Olorón bajo el brazo, en +aquel aciago día... Perfectamente: ya tengo mi base de operaciones... +Luego trataré de averiguar por qué medios, por qué espionaje pasan a +conocimiento de la <i>velada</i> todos los actos de Fernandito, cuantos +pasos da este Madrid tan grande. Pondreme, pues, en relación con los +acechadores o centinelas que tiene esa señora. Sepa ella que yo quiero +ser también su misterioso vigía, y que ninguno habrá más diligente ni +más desinteresado que yo... Procuraré además el trato y conocimiento de +todos los amigos de Calpena: ese empleado tísico, ese Larra, ese<span +class="pagenum" id="Page_248">p. 248</span> Ros de Olano, ese Pezuela, +ese Veguita... Ellos quizás me den alguna luz... Y si pudiera colarme +en los dorados palacios donde el señorito fue introducido no hace +mucho, también me colaría... sí señor... dispuesto estoy a todo, hasta +a disfrazarme... Sí, sí, señor don Fernando Calpena: usted no se ríe +de mí; usted no se emancipa, no, mientras esté aquí su viejo amigo, +este pobre clérigo, que beberá los vientos por evitar que un mozo de +tales prendas, que evidentemente lleva sangre de reyes..., ¡lo dicho, +dicho!..., sangre de reyes, caiga en los abismos del amor enfermizo y +de la calentura romántica».</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch24"> + <h2 class="nobreak g1">XXIV</h2> +</div> + +<p>No constan los días que empleó el buen Hillo en su investigación +preliminar; solo se sabe que no fueron pocos, y que al cabo de +una semana conocía algo y aun algos de la familia Zahón, y había +hablado largamente con Milagro y con Maturana, los cuales, lejos de +aclarar el enigma principal, lo que hicieron fue añadirle nuevas +oscuridades... Sin desmayar ni un punto en sus tareas policiacas, +trató de hacer cantar a Méndez; mas toda tentativa cerca del estirado +patrón resultó inútil, bien porque nada de lo sustancial sabía, bien +porque quisiera echárselas<span class="pagenum" id="Page_249">p. +249</span> de discreto, contraviniendo el tradicional tipo de los +pupileros y fondistas. Cuando se veía el hombre muy estrechado por +la apremiante argumentación de don Pedro, no se le ocurría más que +remitirle a <i>Edipo</i> y al señor de Azara. Salía don Pedro al ojeo +del polizonte, conseguía echarle la zarpa, le interrogaba, y el feo +<i>Edipo</i> le decía:</p> + +<p>—Señor de Hillo, estoy muy a gusto en mi <i>colocación</i> y no +quiero perderla. Tengo seis criaturas, que son, vamos al decir, seis +candados que cierran mi boca. Si por contestar a sus preguntas me dejan +cesante, no será usted quien me coloque. Conque déjeme en paz y llame a +otra puerta.</p> + +<p>Y don Manuel de Azara, el hombre más avinagrado y de mejores +despachaderas que Dios ha echado al mundo, le recibía, después de +plantones de tres horas, para decirle que se metiera en sus asuntos y +dejara los ajenos. Ni un indicio, ni una ráfaga de luz, ni un vocablo +indiscreto.</p> + +<p>Acudió después mi hombre al tísico Serrano, que llenándole la cabeza +de mentiras y encaminándole por una pista falsa, le hizo perder el +tiempo y la paciencia; y tantea aquí, tantea allá, se refugió en la +amistad y en los grandes conocimientos sociales de su compañero de +casa, Nicomedes Iglesias. Si al principio pareció que el politicastro +tomaba el asunto con interés, pronto dejó de hacerlo; tan sorbido le +tenían el seso los negocios políticos, el interés de las sesiones, y +el periodiquillo que había fundado en unión de su amigote reciente, +Luis González o Luis<span class="pagenum" id="Page_250">p. 250</span> +Brabo, que de ambos modos respondía, en el cual papelejo apoyaban al +grupito de oposición parlamentaria que formaron en <i>Procuradores</i> +Caballero, López y el conde de las Navas. Si el hombre no estaba +demente, le faltaba poco; su cortante lengua no desmayaba un instante +durante el día, ni su enconada pluma por la noche. Competía con él en +acrimonia y acometividad el tal Brabo, andaluz, delgadito, aguileño, +más vivo que la pólvora, cortado para la política de ruido y para +soliviantar con gracia a las multitudes. Meses después, Brabo escribía +en papeles moderados; Iglesias extremaba sus ideas revolucionarias +en los del bando liberal; su consecuencia, que era una forma de su +orgullo, le valía persecuciones y desdenes. Pero en diciembre del +35 todavía se le contaba entre los hombres de porvenir, aunque su +irritación por no haber entrado en el Estamento le creaba enemigos, +alejándole de la meta de su ambición.</p> + +<p>Mientras Hillo con tan poca fortuna emprendía la reconquista de +Calpena, este se transformaba, haciéndose huraño, apartándose de +sus primeras amistades para contraer otras nuevas con personas bien +distintas de los literatos del Parnasillo y de los concurrentes a +tertulias de tono. Abandonó en absoluto la sociedad elegante, y no +volvió a parecer por la casa aristocrática, donde se entristecían por +su ausencia las bellezas más o menos marmóreas. Cultivaba la amistad +de los oficiales de la Guardia y de infantería,<span class="pagenum" +id="Page_251">p. 251</span> yernos de Maturana, y conoció a los de +Fonsagrada, la familia que más trato tenía con la Zahón. Algunas tardes +paseaba con el soldadito chiclanero y poeta, amigo de Milagro, Antonio +García, autor imberbe de un drama caballeresco que tenían en su poder +los cómicos del Príncipe.</p> + +<p>Contra lo que Fernando temía, doña Jacoba no se opuso a sus amores +con Aura; casi los alentaba y protegía, pero encerrándolos dentro de +la esfera de castas relaciones con buen fin, y sometiendo la fogosa +pasión de ambos amantes a las reglas caseras que para tales casos se +usan, y que en aquel tiempo eran de una simplicidad enfadosa. Hacía +esto la Zahón más que por sentimiento, por cálculo, mirando a su propio +interés antes que al de la joven puesta a su custodia. Era ante todo +traficante, se había criado en el compra y vende; todas sus canas, que +eran muchas, y las jorobas que en su esqueleto se formaban, le habían +salido en el continuo y anheloso estudio de la ganancia fácil. Por lo +demás, su moral era tan ancha como las mangas del vestido que el reuma +le obligaba a usar, y sus creencias religiosas, tibias como las aguas +con que se lavaba. La moral de los contratos de cosas, interpretada a +su manera, érale muy conocida y familiar; la otra, la tocante al honor +y al recato, solo existía en su conciencia con formas desleídas.</p> + +<p>Sujetó, pues, a los amantes a un régimen de apariencias +estrictamente morales, prohibiendo en absoluto las entrevistas de +calle y<span class="pagenum" id="Page_252">p. 252</span> balcón, y +permitiéndoles hablarse a horas fijas en su casa y en su presencia. Con +esto cumplía, y sentaba sobre bases decorosas su bien planeado negocio. +Muy mal sabían a Fernando y a su dama esta reglamentación de colegio y +este régimen de insulso noviazgo, aplicado a una pasión tan flamígera; +pero lo soportaban en espera de los arranques de su albedrío, planeando +también algo, que muy calladito tenían, y desquitándose por el pronto +con el carteo constante y clandestino de que era mediador el cuitado +Lopresti. Con los Fonsagradas se les permitía salir alguna vez de +paseo, bien vigiladitos, no pudiendo campar libremente ni a la ida ni +a la vuelta, ni extraviarse en las arboledas de la Florida, ni jugar a +la gallina ciega. Estaba, pues, Calpena hecho un novio <i>clásico</i>, +contra lo que su temperamento y sus altas ideas le dictaban; pero se +sometía o afectaba someterse, con la esperanza de que no había de durar +mucho la insípida comedia. Por aquellos días iba al ministerio nada +más que el tiempo preciso para no caer en falta, y a veces dejaba de +asistir pretextando enfermedades. Rara vez le llamaba ya el ministro a +su despacho para encargarle contestaciones de cartas. Hacíalo siempre +dando las instrucciones a Milagro, el cual repartía la tarea y vigilaba +la de su compañero, llevándolo todo a la firma.</p> + +<p>Hacia el 20 de diciembre, poco antes de la célebre discusión del +<i>voto de confanza</i>, en días en que Mendizábal estaba gozoso, +como<span class="pagenum" id="Page_253">p. 253</span> hombre que +vislumbra el éxito y ve próxima la realización de sus ideas, llamó a +Milagro y le hizo sentar frente a sí en la mesa de su despacho. Habíale +tomado afición por la donosa vaguedad que sabía emplear en la redacción +de cartas de pura fórmula, en que no se dice nada, y por el estilo +cortesano y elegante en que envolvía el <i>perdone usted por Dios</i>, +receta contra los pedigüeños de gollerías.</p> + +<p>—Ante todo —dijo Mendizábal con aquella presteza nerviosa que ponía +en su trabajo—, póngame usted ahora mismo, pero ahora mismo, una carta +a don Martín, diciéndole que detenga el nombramiento de Catedrático de +Retórica de un clérigo que se llama don Pedro Hillo, en favor del cual +le escribimos no sé cuándo...</p> + +<p>—Anteayer.</p> + +<p>—Me había recomendado a este sujeto Musso y Valiente, si no recuerdo +mal.</p> + +<p>—Sí, señor, y antes don Manuel José Quintana...</p> + +<p>—Y creo que también Juan Nicasio Gallego..., en fin, medio mundo. +Tanto me han mareado, que me decidí a recomendarle a Heros. Pero +después he sabido algo que me pone en guardia... Francamente, yo hago +todo el bien que puedo; pero en este puesto, y rodeado de dificultades, +no creo estar en el caso de favorecer a mis enemigos. Dígame, ¿conoce +usted a ese Hillo?</p> + +<p>—Sí, señor: vive con mi compañero de oficina, Calpena, y hemos ido +juntos al café y<span class="pagenum" id="Page_254">p. 254</span> a +los toros. Es muy entendido en tauromaquia.</p> + +<p>—¡Qué atrocidad!... Cura, torero y retórico... No he visto jamás +ensalada semejante... Ello es que ese sujeto ha dado en perseguirme... +Aquí viene todos los días a pedir audiencia. Como ahora no estoy para +perder el tiempo, no se la he concedido. Pero el hombre ha dado en +acecharme cuando entro en mi casa y cuando salgo. Todas las mañanas +tira de la campanilla tres o cuatro veces. En la escalera, hoy, bajando +yo con Cano Manuel y con Olózaga, me le encontré... Demudado, la voz +temblona, me habló... La verdad, no me enteré bien de lo que dijo... +Que no quería hablarme de la cátedra..., que se había hecho campeón de +una causa de moralidad, de justicia..., que era preciso descorrer el +velo... Esto del velo lo repitió no sé cuántas veces... En fin, me dio +lástima. Paréceme que el tal presbítero no tiene la cabeza buena. Yo me +zafé como pude, y luego me dijo Olózaga: «¿Sabe usted, don Juan, que +este pajarraco de sotana es de los que hacen correr por ahí historias +denigrantes en que mezclan, sin ningún miramiento y quizás con aviesa +intención, el nombre de usted?...». «¿Qué me cuenta, Salustiano? ¡Mi +nombre...!». «Sí, señor: quieren minarle a usted el terreno, echando a +volar especies absurdas, actos o relaciones de la vida privada».</p> + +<p>Al oír esto, palideció el buen Milagro, y contestando a su jefe con +un monosílabo que<span class="pagenum" id="Page_255">p. 255</span> +expresaba tanta sorpresa como indignación, hizo solemne voto mental de +no volver a probar el <i>curaçao</i> en lo que le quedara de vida.</p> + +<p>—No es la primera vez —continuó Su Excelencia— que llegan a mí +rumores de esta naturaleza, unos verdaderos, referentes a hechos +y casos que no tienen nada de ignominiosos, otros absurdos y sin +ningún fundamento, y todos van derechos contra mi reputación, contra +mi prestigio. Nada de esto me sorprende ni me arredra: sé que en mi +posición, y entre españoles, no puedo esperar más que una guerra +en la cual se emplean todas las armas, sin desdeñar las más viles. +Conque ya sabe usted: lo primero me escribe esa carta. Que detenga el +nombramiento para la cátedra de Alcalá. Ese señor Hillo tiene todas las +trazas de un perturbado.</p> + +<p>—No creo tal, señor —dijo Milagro—. Quizás oiría el señor Hillo +algún disparate, de esos que hace correr la gente mal intencionada, y +el pobre señor lo habrá repetido... Y también puede ser que soltara +la especie hallándose en ese estado de atontamiento que produce el... +la...</p> + +<p>—Pero qué... ¿es bebedor?</p> + +<p>—No sé..., creo que... Una noche, estando varios amigos en el café +con Maturana, el diamantista, este pidió <i>curaçao</i> y quiso que +yo le acompañara; pero como no pruebo nunca ninguna clase de bebida, +me resistí, dándole las gracias. Hillo bebió y se puso perdido. +Salió diciendo cada desatino... Pero después,<span class="pagenum" +id="Page_256">p. 256</span> cuando el aire de la calle le serenó, se +desdijo de todo, y hasta lloraba el pobre recordando las borricadas +que habían salido de su boca. No es mal hombre: el señor Olózaga me +dispense; que si algo contra la respetabilidad de Vuecencia ha dicho +ese clérigo, no ha sido con mala idea...</p> + +<p>—Bueno —dijo Mendizábal, cuya atención, queriendo abarcar mucho de +una vez, se detenía poco en un asunto—. Escríbame usted la carta a +Argüelles, incluyendo esta minuta de los principales puntos de Hacienda +que debe tener presentes al defender el <i>voto de confianza</i>. Luego +carta citando a Istúriz y a don Antonio González, para que nos pongamos +de acuerdo sobre el orden y método e discusión...</p> + +<p>Despedido el secretario familiar, entraron los que iban a la firma, +y Su Excelencia trabajó con ellos el resto de la tarde. Dos días +después empezó en el Estatuto la gran tremolina parlamentaria del +<i>voto de confianza</i>, en que Mendizábal, blasonando de atrevido +gobernante, pidió a los Estamentos poder y autoridad para disponer +de las rentas públicas, con el desembarazo que exigían las críticas +circunstancias por que atravesaba la nación.</p> + +<p>Ya en aquellos debates empezó a torcerse la buena estrella del +reformador, que hasta entonces no había visto más que satisfacciones, +bienandanzas y popularidad. Los patriotas extremaron su oposición; +los llamados <i>moderados</i> llenaban sus discursos de<span +class="pagenum" id="Page_257">p. 257</span> reticencias maliciosas, +chispazos que levantaban llamaradas y humareda en la opinión neutral; +y los amigos de Mendizábal, que hasta entonces le habían defendido +con ardor, empezaban a sentir ese frío triste, que es síntoma de ver +con malos ojos el bien ajeno. Algunos continuaban apoyándole, porque +estaban ligados por la gratitud; otros hacían de esta tabla rasa, y +empezaban a mostrarse temerosos de que don Juan de Dios realizase lo +que había ofrecido. Entre políticos, el fracaso de los grandes halaga +a los pequeños. La masa total no se entusiasma con el éxito si este +lo representa un hombre. La vulgaridad colectiva tiende siempre a +conservar el nivel.</p> + +<p>Empezaron, pues, las inquietudes, las comezones, las ganitas de +jarana, y la curiosidad sabrosa de ver al jefe embarullado y sin saber +por dónde salir. Claro que los más votaban como carneros; pero otros se +hicieron los bobos, afectando escrúpulos de rigidez constitucional. A +estos llamaban <i>santones</i>.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch25"> + <h2 class="nobreak g1">XXV</h2> +</div> + +<p>Aburrido y desalentado, vio don Pedro Hillo entrar el año 36, a +quien, desde el primer día de su enero, diputó por tan calamitoso y +funesto como su antecesor el maldito 35, que<span class="pagenum" +id="Page_258">p. 258</span> todo se pasó en guerras, disturbios y +trapisondas. Nada había podido adelantar en la noble misión que se +había impuesto, y el problema que desentrañar quería presentábasele +cada día más oscuro y embrollado. Para colmo de amargura, Calpena +no le refería cosa alguna de su vida y planes; apenas pasaba con él +breves ratos a las horas de comida y cena, y luego a sumergirse volvía +en la tenebrosa cisterna del vicio y la deshonra, pues no otra cosa +significaba para don Pedro la casa de la Zahón. Para mayor desdicha, +tuvo el buen presbítero el disgusto de saber, por un amigo de <i>lo +Interior</i>, que hallándose extendido su nombramiento para la cátedra, +don Martín de los Heros le había dado carpetazo por indicación del +Presidente del Consejo. Esto le llevó a una tristeza profunda, y no +veía más que ocultos enemigos y persecuciones misteriosas... ¡Misterio +por todas partes, romanticismo y sombras espectrales! Lo único que +alegraba su espíritu era las cartas de la incógnita que, autorizado por +Calpena, leía y guardaba. En todas ellas latía la tristeza y el intenso +cariño de quien las redactaba. Véase un ejemplo:</p> + +<div class="carta"> + +<p>«Aunque diariamente recibo pruebas del olvido en que me tienes, no +puedo acostumbrarme a tu desobediencia. Te mandé que fueras a la misa +de once en el Carmen, y no fuiste ni a esa ni a ninguna, pasándote +toda la mañana en casa de la diamantista. Te encargué la asistencia +al Estamento para que oyeras y gozaras la discusión del <i>voto de +confianza</i>, y<span class="pagenum" id="Page_259">p. 259</span> +tampoco pareciste por allí. Ni en <i>el Casón</i> de los Próceres se te +ha visto tampoco, por más que te recomiendo concurrir a menudo, para +que habitúes el oído a las buenas formas oratorias, para que tomes +gusto a la política seria y veas de cerca a los hombres eminentes que +han de gobernarnos ahora y después, los cuales serán malos, si quieres, +pero con ellos tenemos que apencar, porque no hay otros.</p> + +<p>»Te veo adquiriendo hábitos groseros: te has hecho huraño, +desagradecido, siempre devorado por insana inquietud, presuroso en +todas partes; te veo encenagado en una pasión loca, impropia de toda +persona regular; no haces caso de nada, no miras a tu porvenir, +no correspondes a la ternura de quien por ti se interesa y quiere +dirigirte, sin que mueva tu voluntad el considerar lo que esta +protección reservada cuesta y supone, ni las amarguras y sufrimientos +que hay bajo de ella».</p> + +</div> + +<p>Al terminar este pasaje, tuvo Hillo que suspender la lectura para +limpiarse dos lagrimones que por sus mejillas resbalaban. Luego siguió +leyendo:</p> + +<div class="carta"> + +<p>«Y no paran aquí los estragos de tu devaneo amoroso, pues no solo +te muestras ingrato conmigo, sino con ese buen sacerdote, tu compañero +de casa, que tanto interés demuestra por ti. Le desdeñas, evitas su +compañía porque quiere apartarte, como yo, del despeñadero a que +corres. Has delegado en él la lectura de mis cartas y la custodia de +tu dinero, prueba<span class="pagenum" id="Page_260">p. 260</span> +de confianza que me agradaría si no significara indolencia y criminal +olvido de tus obligaciones. El pobre señor de Hillo, por salvarte y +correr tras de tus errores, ganoso de corregirlos, ha dado un mal paso. +De los males que se le ocasionen eres tú responsable. Verdad que en +su generoso afán incurrió el cleriguito en la tontería de pretender +descubrirme y desenmascararme, y esto forzosamente había de producirle +algún desavío, porque nosotras las esfinges solemos dar un zarpazo +al que intenta descifrar el enigma que encerramos. Buscando indicios +aquí y allá, interrogando a gentes diversas, el señor don Pedro ha +oído enormes disparates, y cometido después la grave indiscreción de +repetirlos. Algunas de las absurdas hablillas que tu amigo recogió +en los cafés o en medio de la calle afectaban al señor Presidente +del Consejo, y eran escandalosa infracción del respeto que se debe a +la vida privada. Alguien se enteró de ello, y fue con el cuento al +señor don Juan de Dios (a quien solemos llamar <i>Juan y Medio</i> por +su gigantesca estatura), y he aquí que el grande hombre se amosca, +dumostrando cierta pequeñez de espíritu, pues lo que de él dijo nuestro +capellán no merecía más que olvido y menosprecio: tan necia y ridícula +era la invención. ¡Pobre Hillo! Acordado ya su nombramiento para la +cátedra que pretende, el señor Mendizábal ordenó que se anulara. +Paréceme este rigor poco digno de un hombre que se nos ha venido acá +con la pretensión de traernos el<span class="pagenum" id="Page_261">p. +261</span> reinado de la libertad, de la justicia y del orden social, y +así pienso decírselo. Perdóneme el señor don <i>Juan y Medio</i>; pero +me parece que ha obrado como un <i>santón</i> cualquiera, de esos que +ahora le están armando la zancadilla. El motivo de estas pequeñeces +es que el grande hombre considera la popularidad como el principal +fundamento de su fuerza, y le saca de quicio todo lo que puede mermar +o poner en peligro ese fantástico y vano poder. ¡Qué error! Fíjate en +esto para que vayas aprendiendo. La fuerza la da el buen gobernar, el +cumplimiento de lo que se ha ofrecido, la energía, la rectitud; de todo +esto sale al fin el aura popular. Pero pretender el calor de la opinión +cuando no se hace nada, o se hacen las cosas a medias, es grande +ceguedad. De este mal mueren todos nuestros políticos... La confianza +en un prestigio ilusorio perderá a este buen señor, que podría +indudablemente regenerar el país si se cuidara menos de aspirar el +incienso que le echan sus aduladores y paniaguados. Buenas ideas trae, +grandiosos planes ha concebido; pero difícilmente logrará realizarlos, +porque, como dice tu amigo, no sabrá <i>rematar la suerte</i>».</p> + +</div> + +<p>Sonriendo pensativo, guardó la carta don Pedro en la gaveta +donde metódicamente las iba poniendo, para dar cuenta a Calpena +como secretario fiel. Desconcertado por su fracaso, permaneció unos +días en situación expectante, soñando con inesperadas sorpresas +de la Providencia divina, hasta que llegó<span class="pagenum" +id="Page_262">p. 262</span> otra carta de la incógnita, con la +particularidad de que no iba dirigida a Fernando, sino a él, al propio +don Pedro Hillo, presbítero. Con vivísima emoción se encerró en su +cuarto, recatando el papel cual tímido enamorado que recibe la primera +esquela de la niña que adora, y leyó lo siguiente:</p> + +<div class="carta"> + +<p>«Señor de Hillo: Me dirijo a usted como al único leal amigo del +descarriado Fernando, para suplicarle con efusión del alma que, +mientras yo trato de cortar el vuelo de esa criatura por los espacios +tempestuosos del romanticismo, intente usted poner estorbos a su +temeraria iniciativa, y desbaratar sus planes, aunque para ello tenga +que valerse de las artes del disimulo, y poner en juego resortes que, +si bien algo violentos, no son ilícitos tratándose de tan generoso y +noble fin. Indudablemente, Fernandito y su desatinada novia traman +alguna travesura, que me temo sea de gravísimas consecuencias. Sé +que ese insensato ha comprado armas: dos pistolas, espada, navajas +grandísimas. Me permito encargar a usted que si el chico ha llevado +las armas a su casa, procure quitárselas sin miramiento alguno, y +esconderlas donde no las pueda recobrar; le recomiendo además que le +prive de dinero, dejándole solo lo más preciso. Todo lo que enviaré +estos días, en la forma acostumbrada, hágame el favor de recogerlo sin +darle de ello noticia, y resérvelo para los gastos que ocasionen las +diligencias que hará usted, conforme yo le vaya indicando, a medida +que<span class="pagenum" id="Page_263">p. 263</span> reciba más +noticias de lo que traman esos pillos.</p> + +<p>»Igualmente le invito, afrontando las objeciones que ha de hacerme +su delicadeza, a emplear en sus atenciones propias la parte que estime +conveniente del dinero de Fernando. No me venga usted con remilgos. Le +nombro capellán, o, si se quiere, ayo de ese inexperto joven, y es muy +justo que perciba los emolumentos que de ley le corresponden. Déjese +usted de cátedras y de más correrías por los ministerios pretendiendo +una plaza que ya no le hace falta para nada. Me figuro que sus posibles +se van agotando con tan ineficaz y largo pretender, y espero que +sin reparo alguno acepte usted lo que con todo el respeto debido le +ofrezco. ¿Qué sería de usted si no aceptara? ¿De qué vivirá si, como es +muy probable, no le dan la dichosa cátedra? Usted no es hombre capaz +de hacer el parásito; usted no se humillará a postulaciones impropias +de su severa dignidad. ¿Qué remedio tiene mi buen cleriguito más que +dejarse querer, y admitir lo que nunca será proporcionado al gran +servicio que prestará a ese pobre niño? Además, ni tiene usted carácter +para instruir muchachos, ni podrá nunca acomodar su condición amable +a tan ingrata tarea. Si me promete no enfadarse, le diré una cosa: +no está mi señor don Pedro muy versado en letras humanas, y apenas +conserva en la memoria unas cuantas reglas de retórica anticuada y +fiambre, y ejemplos sueltos de prosa y poesía,<span class="pagenum" +id="Page_264">p. 264</span> que ya están mandados recoger. ¿Ni cómo +podía ser de otro modo, si usted no coge un libro a ninguna hora del +día, y no hace más que hablar de política y toreo, y bromear con +Nicomedes? El baúl de libros que trajo de Zamora, lo tiene usted lleno +de polvo y telarañas. No ha sacado usted más que un par de cuadernos +del <i>Almacén de frutos literarios</i>, de Burgos, y el primer tomo +(A B) del <i>Diccionario de Autoridades</i>... pero no lo sacó para +leerlo, sino para recalzar el colchón de su cama que se le hundía por +los pies... Quedamos en que no más retórica, no más echar los bofes +detrás de una cátedra que desempeñará mejor otro cualquiera. Desde hoy +se consagra usted a Fernando, a salvarle del deshonor, a traerle al +camino de la honestidad, de la obediencia a los superiores. Es usted, +con menos humanidades, pero no con menor abnegación y cariño, el +sucesor del benditísimo párroco de Vera, don Narciso Vidaurre. No me +replique, señor Hillo, ni me ponga esa cara compungida. Cállese usted y +obedezca».</p> + +</div> + +<p>Mediano rato estuvo don Pedro sobrecogido de la fuerte emoción, que +hubo de manifestarse en lágrimas y suspiros. Estimando la confianza +que en él ponía la divina incógnita, más que la oferta de recursos +materiales, decidió aceptar oficialmente el cargo que ya por su +voluntad oficiosa desempeñaba, y consideró que rechazar el estipendio +sería insigne ingratitud y gazmoñería. Era una salvación milagrosa, +pues ya se le acababan<span class="pagenum" id="Page_265">p. +265</span> a toda prisa los dineros, sin que de ninguna parte pudieran +venirle rentas ni gajes, como no fuesen los de la misa que diariamente +celebraba. Precisamente había pensado días antes que si no malbarataba +todos sus libros, no tendría con qué pagar la casa.</p> + +<p>Contento y animoso, sintiendo duplicado el interés por Fernandito +y el respeto y admiración de la oculta deidad, dedicó toda su energía +a desempeñar la misión que aquella con suprema autoridad le había +conferido. Registrado el cuarto de Calpena, no encontraron armas. +Recelando que las tuviera en la cómoda guardadas con llave, pensó +en proveerse de ganzúa para sustraerlas, pues la incógnita le había +mandado que no se parase en pelillos. Pero en esto llego nueva carta, +que decía:</p> + +<div class="carta"> + +<p>«No busque más las armas, señor presbítero, porque las tiene en casa +de un amigote con quien ahora intima mucho: Patricio de la Escosura, +el artillerito ese a quien suponen, y debemos creerlo, la última mosca +cogida en las redes de esa araña de la Oliván. Escosura y otro joven +llamado Miguel de los Santos (no me acuerdo del apellido), son ahora +los inseparables de Fernando: me figuro que este último le acompaña +alguna vez a casa de la Zahón. Según mis noticias, es un truhan de +primera, que de todo saca partido para divertirse. Vive en la calle +de la Gorguera. Suele andar con uno de los chicos de Madrazo, Perico, +a quien apenas apunta el bozo, pero que ya es poeta y prosista. +Todos<span class="pagenum" id="Page_266">p. 266</span> estos niños +y otros se traen unas ideas sentimentales que creo yo harán más +estragos que los devaneos fúnebres, incendiarios y sanguinolentos +del romanticismo. Busque a ese Miguelito de los Santos y hágase su +amigo.</p> + +<p>»Y vamos a lo principal. Esté usted preparado para un viaje, +¡oh pacientísimo señor don Pedro!, y perdone que le haga andar de +coronilla. Dentro de unos días, quizás mañana o pasado, será Fernando +trasladado a una intendencia de provincia, probablemente a Cádiz o +Barcelona, lejos, lejos. Se le destina a las nuevas oficinas que se +crean para la redención de censos y la venta de bienes del clero. No +creo que se rebele contra las órdenes del ministro, negándose a salir. +Si así lo hiciera, será preciso recurrir a otros medios. Pero no es +probable que llegue a tanto su rebeldía... Oiga usted lo que tiene que +hacer. En cuanto él reciba su nuevo nombramiento, que irá acompañado de +una orden para salir en posta, usted le incita a no dilatar la partida, +le dispone coche, se brinda a acompañarle, le dice que volverán pronto; +pero la vuelta de ustedes será la del humo; y una vez allá, trínquemele +bien. Si logramos apartarle de su infierno siquiera cuatro o cinco +meses, estamos salvados, mi buen amigo y <i>coadjutor</i>.</p> + +<p>»Otra cosa tengo que advertirle. Debe usted, desde que disponga el +viaje, abandonar el traje eclesiástico y vestirse de corto. Hasta creo +que le sentará bien la ropa <i>de hombre</i>,<span class="pagenum" +id="Page_267">p. 267</span> digo, <i>de paisano</i>..., tampoco es +esto; vamos, de seglar. Como los vientos que hoy corren en España no +son muy favorables a las personas eclesiásticas, por la guerra que +estas hacen al Gobierno, unos con las armas en la mano, otros con +sermones y escritos virulentos, no le conviene a nuestro cleriguito +echarse con sotana y balandrán por esos mundos. Tenga presente que +dentro de quince días, lo más, saldrá el decreto en que se ordena +limpiar a los frailes el comedero, y ya verá usted la tremolina que se +arma... Conque cuidado: fíjese bien en lo que me permito indicarle, y +procure cumplirlo, sin nuevos intentos de descubrirme, porque si llega +a mis oídos el <i>mascarita te conozco</i>, no hemos hecho nada. Yo me +quedo donde estoy; Fernando en su laberinto de perdición, y usted en su +páramo de cazador de cátedras. Adiós».</p> + +</div> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch26"> + <h2 class="nobreak g1">XXVI</h2> +</div> + +<p>Jurando <i>in mente</i> hacer todo lo que le mandaba la que tenía ya +por autoridad suprema y tirana indiscutible, se fue Hillo al Estamento +de Procuradores, donde le había citado Iglesias para presentarle a don +Agustín Argüelles. Habían concertado destruir, por mediación del que +llamaban <i>Divino</i>, la mala<span class="pagenum" id="Page_268">p. +268</span> impresión de Mendizábal con respecto a don Pedro, haciéndole +ver que ni era loco ni había sido difamador de Su Excelencia, +pues si bien dijo en cierta desgraciada ocasión cuatro palabrejas +inconvenientes, hízolo con el noble fin de condenarlas. Menos le +importaba la cátedra, con importarle mucho, que la opinión que el +señor ministro formase de él; y hasta que no lograse rectificar aquel +temerario juicio, no tenía tranquilidad. Mas desde el momento en que +aceptaba el cargo que la divinidad incógnita le había conferido, ya la +suspirada cátedra y los ministros que la concedían, y todo el gobierno, +y lo que Mendizábal pensara de clérigos locos o calumniadores, le +importaba un bledo. Iba, pues, con ánimo de decir a Iglesias: «Amigo +mío, no haga usted nada, ni se tome el trabajo de presentarme a estos +señores, pues renuncio a <i>la mano de doña Leonor</i>, y es muy +probable que me vaya a mi pueblo, a cavar».</p> + +<p>En los pasillos del Estamento había tanta gente, que le fue muy +difícil cazar a Nicomedes. La sesión era interesantísima: se discutía +el <i>voto de confianza</i>. Anduvo de aquí para allá, saludando a los +que encontró conocidos, y uno de estos le dijo que Iglesias estaba en +la tribuna oyendo hablar a Toreno. Hablaría después Mendizábal, y se +procedería inmediatamente a la votación. Arrimose Hillo a una de las +puertas laterales, donde había una gran masa de intrusos aplicando +la oreja al rumor oratorio, y oyó algunas palabras del conde, pocas +y desvanecidas<span class="pagenum" id="Page_269">p. 269</span> +por la distancia. El local era malísimo: el salón de sesiones una +iglesia secularizada. Para formar los pasillos circundantes se habían +derribado tabiques de la sacristía, aprovechando con fáciles chapuzas +la parte de capillas y salas interiores que destruyó el incendio de +1823. Buscó Hillo mejor sitio de escucha por otro lado, y al fin, +agazapándose en un rincón de lo que fue camarín de la Virgen, y que +caía detrás de la presidencia, pudo ver y oír algo. Por entre una +crestería de cabezas distinguió a lo lejos la del señor Mendizábal y +parte de su busto. Acababa de levantarse, y hablaba premioso, mirando, +ya al pupitre, ya a los <i>señores de enfrente</i>. Por su gigantesca +estatura descollaba don Juan entre aquel cúmulo de hombres chicos y +medianos. A su corpulencia no correspondía su voz, parda y cavernosa, +ni menos su oratoria, que en las cuestiones de Hacienda era muy árida +y en las políticas elevábase tan solo por la energía que le prestaba +su convicción y los tonos dulces que le daba la sinceridad. Estirando +mucho el pescuezo por entre brazos y cabezas de curiosos que bloqueaban +la puerta, pudo pescar Hillo alguna que otra frase:</p> + +<p>—... Pues habiendo tenido la suerte de negociar un empréstito para +una nación vecina a 74 por 100, cuando don Miguel...</p> + +<p>Y después:</p> + +<p>—Se ha dicho aquí si el gobierno, en virtud del artículo 3.º... +—siguió un concepto ininteligible, y luego—: Pero, señores, un gobierno +que no quiere apelar a poner una contribución extraordinaria,<span +class="pagenum" id="Page_270">p. 270</span> ¿cómo es posible que...?</p> + +<p>Retirose don Pedro aburridísimo, viendo que nada en limpio sacaba, +y esperó paseándose, leyendo la orden del día puesta en una tablilla, +o los partes de la guerra, que siempre decían lo mismo. Por fin, +comenzada la votación, los parroquianos de tribunas descendían a los +salones bajos y pasillos. Los procuradores, conforme votaban, iban +apareciendo por las puertas del salón de sesiones, y el tumulto crecía, +la atmósfera era espesa y cálida, y el ruido bastante a marear la +cabeza más firme.</p> + +<p>Apareciósele Nicomedes, sofocadísimo, echando lumbre por los ojos, +entre un pelotón de periodistas, y desde lejos le intimó en esta +forma:</p> + +<p>—¡Eh, clérigo..., en qué mal día viene! Imposible hacer nada hoy. Ya +ve <i>su merced</i> el jaleo que hay aquí.</p> + +<p>En pocas palabras le informó don Pedro de que no venía más que a +retirar todo lo actuado, y a manifestar a su amigo que ya no quería más +recomendaciones ni molestar a nadie. Sin hacer caso de lo que decía el +presbítero, prorrumpió Iglesias en ruidosas exclamaciones, a las que +siguieron cláusulas narrativas en pintoresco y familiar lenguaje:</p> + +<p>—¡Válgame Dios, qué discurso nos ha largado el <i>camello</i>! Lo +que me hace más gracia es el tonillo sentencioso que toma para decir +las mayores simplezas.</p> + +<p>Apretose el corrillo alrededor de Iglesias (metiéndose en él don +Pedro con empuje de codos), y uno de los jovenzuelos más avispados que +en el cotarro bullían, se echó a reír diciendo:</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_271">p. 271</span></p> + +<p>—¿Pero ustedes le oyeron los latines con que hoy nos ha +obsequiado?... <i>Mutatas mutandas</i>... Es divino este señor.</p> + +<p>—Él no sabrá de <i>citas históricas</i>, como dijo ayer..., pero lo +que es gramática...</p> + +<p>—Esto del <i>voto de confianza</i> —manifestó con saña Nicomedes— +resulta lo que digo en mi artículo de esta mañana: <i>un cubilete de +charlatán</i>.</p> + +<p>—Como que todo esto no es más que un tapujo de los agios y embrollos +que este <i>don Juan y Medio</i> se trae.</p> + +<p>—Bueno es el mundo, bueno, bueno, bueno —dijo uno de los presentes, +mozo espigadillo, de grandísimos ojos negros, que relampagueaban en +su rostro expresivo, con una seriedad que por ser tan seria resultaba +extraordinariamente burlona.</p> + +<p>—Eso mismo digo yo —indicó Hillo tímidamente—. Bueno, bueno, +superior.</p> + +<p>—Mi queridísimo amigo Miguel Álvarez —dijo Iglesias, +presentándole.</p> + +<p>Diéronse las manos, y don Pedro se mostró muy afectuoso, pues aquel +encuentro y presentación colmaban sus deseos, y se permitió decir al +joven Álvarez que ya le conocía de nombre por sus galanas poesías, por +sus artículos y discursos...</p> + +<p>—Discursos no —replicó el otro con gravedad socarrona—, porque +todavía no los he pronunciado. Los tengo, sí, aquí, en mi mente, y no +los cambio por los de Cicerón. Pero todavía están inéditos, padre... Yo +también tenía vivos deseos de conocerle a usted<span class="pagenum" +id="Page_272">p. 272</span> personalmente..., que de fama, ¿quién no +le conoce? Mi amigo Fernando Calpena me ha hablado mucho de usted... +Sé que es un profundo humanista, y que distrae sus ocios en la afición +taurina... Yo soy amantísimo de los toros.</p> + +<p>«Lo que tú eres, bien lo veo —dijo Hillo para su sotana—: un guasón +de primera».</p> + +<p>Y siguieron charlando, mientras Iglesias, con hueca voz ponderativa, +encomiaba el discurso pronunciado en la primera parte de la sesión por +don Agustín Argüelles, a quien se seguía llamando <i>el Divino</i>, si +bien no aplicaban todos este lisonjero mote en sentido recto.</p> + +<p>—¡Señores, vaya un discurso el de don Agustín! Es de los mejores, de +los más elocuentes que ha pronunciado en su larga vida parlamentaria. +Si el <i>camello</i> hablara así, ¿quién le aguantaba?</p> + +<p>Y deteniendo a un joven espigado, pulcro, bien afeitadito, vestido +con esmero y elegancia, que de un cercano grupo se desprendía, le +dijo:</p> + +<p>—Querido Juan, ven acá. ¿Qué te ha parecido el discurso de la +<i>divinidad</i>?</p> + +<p>—Verdadera divinidad tutelar es don Agustín para ese buen señor. +¿Qué sería de Mendizábal sin esta defensa, sin este escudo, sin esta +protección?</p> + +<p>—Sería lo que la yedra, cuando muere el tronco del olmo a que se +agarra —dijo uno de los que se adherían a Iglesias—. A ver, señor +don Juan Donoso, usted que lo entiende, ¿qué opinión ha formado del +discurso de don Agustín?</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_273">p. 273</span></p> + +<p>—Admirable como forma —declaró con aire de suficiencia el que +llamaban Donoso, joven extremeño que iba para notabilidad literaria y +política—, poco sólido como aparato dialéctico. Me recuerda la oración +<i>Pro lege manilia</i>. Fáltale la primera condición de toda pieza +oratoria, el convencimiento. Se ve que no cree en la leyenda de este +buen señor, ni en sus planes, ni ve nada dentro del artificio del +<i>voto de confianza</i>. Le defiende porque no es decoroso despedirle +cuando hace tan poco tiempo que nos le han traído con tanta parambomba. +Fara mí esto es claro. El generoso don Agustín, empleando excesivamente +la argumentación <i>extra causam</i>, ha sabido cubrir con la púrpura +de su elocuencia esta olla vacía...</p> + +<p>Alejose llamado desde el cercano grupo, y dejó el puesto a otro de +los amigos de Iglesias, al inquieto y vivaracho González, el cual, +antes de que le preguntaran, se metió en el corrillo diciendo:</p> + +<p>—Caballeros, para mí, este buen don Agustín chochea...</p> + +<p>Prodújose después de esto un silencio repentino, porque apareció el +propio Argüelles, viniendo del salón hacia la sala donde despachaban y +recibían los ministros (que era parte del refectorio del transformado +convento; en la otra parte se reunían las juntas de comisiones). Pero +acosado por los felicitantes y aduladores, el buen señor no podía dar +un paso.</p> + +<p>—Bien, don Agustín, sublime... Como siempre, el Demóstenes +español.</p> + +<p>Y él, con bondades y modestias, de esas que se<span class="pagenum" +id="Page_274">p. 274</span> usan en la política, desplegando todo +aquel sonreír dulce y un poquito clerical, que caracterizaba su rostro +austero, respondía:</p> + +<p>—He salido del paso como he podido... No tenía más remedio que +defender el <i>voto de confianza</i>, que es un resorte político y +parlamentario muy recomendable en ocasiones como la presente... No +sé de qué se maravillan estos señores moderados; si en el Parlamento +inglés estamos viendo todos los días esta clase de concesiones amplias +a la iniciativa gubernamental... Creo haber puesto la cuestión en +su verdadero terreno... Ya se le habrá pasado el susto al pobre +Mendizábal...</p> + +<p>—Señor don Agustín —le dijo Iglesias con toda la franqueza +compatible con el respeto—, es usted el hombre de más abnegación que +existe en el mundo. Yo creí que ciertas virtudes eran incompatibles con +la política; pero ya veo que no, ya veo que no.</p> + +<p>—¿Por qué dice usted eso? —preguntó el <i>Patriarca de la +libertad</i>, más risueño que sorprendido—. He cumplido con mi deber... +Están ustedes soñando si creen...</p> + +<p>—No les ha parecido esta buena ocasión para derribar el falso +ídolo.</p> + +<p>—Aquí no somos idólatras, amigo Iglesias: aquí no hay más que +hombres de buena voluntad que trabajan por la libertad y el bien del +país, cada cual según lo que puede y sabe...</p> + +<p>Y acosado por la turba de felicitantes, siguió de grupo en +grupo, perdiéndose entre el gentío. Trueba y Cossío, secretario +de la Cámara,<span class="pagenum" id="Page_275">p. 275</span> +pasó saludando risueño; mas no quiso dar su opinión. En un grupo +de ministeriales, de los empedernidos, claveteados de optimismo, +decían:</p> + +<p>—Argüelles haciendo equilibrios; Toreno velado, avieso, dejando +traslucir, hoy más que nunca, su mala intención; Mendizábal admirable, +diciendo claramente lo que debe decir, y callándose lo que le conviene +reservar.</p> + +<p>—Esta es la verdadera elocuencia parlamentaria, a la inglesa... Lo +que yo digo: el Parlamento no es una academia. Aquí se viene a ilustrar +las cuestiones.</p> + +<p>Y más allá:</p> + +<p>—Esto es una farsa. Lo que se quiere es desacreditar la +representación nacional... poner en un conflicto a la corona...</p> + +<p>—Y desquiciarlo y revolverlo todo, ya está visto, para traernos el +reinado de la plebe...</p> + +<p>—Que sigan así las cosas, y pronto tendremos que no hay más que dos +partidos: la camisa sucia y la camisa limpia.</p> + +<p>—Se ve venir el imperio de las chaquetas. Las levitas van a +menos.</p> + +<p>—No así las de <i>don Juan y Medio</i>, que cada día son más +largas.</p> + +<p>Salió al fin del tumulto don Pedro acompañando al joven Álvarez, +y como este dijera que iba al café del Príncipe, <i>vulgo</i> +Parnasillo, se pegó a él, pretextando quehaceres en la misma calle, +con la plausible intención de sonsacarle lo que supiera referente a +Fernando. En la Carrera encontraron a Pepe Díaz, y estando con él +de conversación, llegaron<span class="pagenum" id="Page_276">p. +276</span> por la calle del Lobo otros dos, que Hillo no conocía. Eran +Segovia y Juan Bautista Alonso, que traía bajo el brazo un rimero de +poesías. Nada más frecuente entonces que ver a los mozalbetes por la +calle cargados de paquetes de versos, como si vinieran de compras.</p> + +<p>—Oye, tú —dijo Segovia a Miguel de los Santos cogiéndole de las +solapas—, he visto a ese chico que me recomendaste, ese Eugenio...</p> + +<p>—Hombre, sí..., excelente chico. ¡Qué simpático, qué modesto! Por +cierto que no acabo de aprender su nombre.</p> + +<p>—Ni yo. Espérate a ver si me acuerdo...</p> + +<p>—Yo me acuerdo, yo —dijo Díaz rascándose la frente—. Un apellido +endemoniado..., así como...</p> + +<p>—Es hijo de un alemán —indicó Alonso—. Le conozco, sí... Su padre le +ha hecho un flaco servicio llamándose como se llama.</p> + +<p>—Ya me acuerdo..., <i>Arzen..., Arzin</i>...</p> + +<p>—<i>Arzembuch</i>, escrito con <i>H</i> y con <i>n</i>.</p> + +<p>—Justo, así es —añadió Segovia—. Pues como te digo, el pobre +muchacho no sabía qué hacer conmigo. Me llevó a su casa y me enseñó una +obra... ¡Vaya una obra!</p> + +<p>—¿En prosa o en verso?</p> + +<p>—¿Pero qué dices ahí?... ¡Si era una mesa!</p> + +<p>—¡Una mesa! Verdad que es carpintero antes que poeta.</p> + +<p>—Si a la caoba llamas tú poesía, la mesa es una obra en verso.</p> + +<p>—¿Y esa mesa no tenía cajón?</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_277">p. 277</span></p> + +<p>—Hombre, sí; y del cajón sacó cuatro tragedias y dos comedias del +teatro antiguo barnizadas por él... <i>Los empeños de un acaso</i> y +<i>La confusión de un jardín</i>.</p> + +<p>—Ya caigo —dijo Alonso—: es el autor de aquella famosa +<i>Restauración de Madrid</i> silbada horrorosamente en la Cruz hace +dos o tres años.</p> + +<p>—¡Pobre Eugenio! —exclamó Díaz—, es tan tímido, tan para poco, que +no saldrá adelante, valiendo mucho y sabiendo lo que sabe.</p> + +<p>—Pues veréis: entre las tragedias que sacó del cajón de la mesa, +había un drama, los dos primeros actos de un drama...</p> + +<p>—<i>Los Amantes de Teruel</i>... ¿Te los leyó?</p> + +<p>—Empezaba yo a leer, cuando entró ese loquinario, ese Calpena, +y... Él fue quien leyó, ¡pero con una entonación, chico...!, vamos, +tan bien leía, que si nos encantó la obra, no nos maravilló menos el +intérprete.</p> + +<p>—Ya le he dicho —indicó Alonso— que debe dedicarse al teatro, a la +escena. Sería un gran actor.</p> + +<p>—¿Y dónde dejasteis a Calpena? —preguntó Álvarez.</p> + +<p>—Con Eugenio ha ido al Príncipe, a ver el ensayo del +<i>Antony</i>.</p> + +<p>—Pues allá me voy... ¿Vamos?</p> + +<p>Excusáronse Alonso y Díaz por tener quehaceres, que debían de ser +poéticos; pero Segovia se agarró del brazo de Álvarez, con ánimo de +acompañarle. Calle abajo se fueron dos, y los otros, con el pegadizo +don Pedro, se<span class="pagenum" id="Page_278">p. 278</span> +metieron por la del Lobo. Por cierto que el buen presbítero, ya en +la pista de su don Fernando, si por una parte se hallaba satisfecho +de haber encontrado en Miguel de los Santos un diligente y afectuoso +auxiliar de su campaña, por otra se sentía contrariado de tener que +abandonar el campo, cuando tan favorables circunstancias aquella tarde +le ofrecía el acaso, o la Divina Providencia. Al despedirse de Álvarez +en la puerta del teatro por la calle del Lobo, le dijo apenadísimo:</p> + +<p>—No saben cuánto siento no poder colarme con ustedes en el ensayo. +Me gusta extraordinariamente ver ensayar... ¿Pero cómo entro vestido de +cura? No puede ser. Otra vez será.</p> + +<p>Y se fue triste y cabizbajo, diciendo a las baldosas de la calle: +«Razón tiene la señora incógnita al recomendarme que para andar en +estos trotes me vista de seglar... No más hábitos. Por san Juan +Capistrano, mañana mismo los ahorco».</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch27"> + <h2 class="nobreak g1">XXVII</h2> +</div> + +<p>Salió don Fernando Calpena del ensayo de <i>Antony</i> con un grave +aumento de la locura que ya por sus exaltados amores padecía, y al +despedirse de su amigo Juan Eugenio en la esquina de la calle de las +Huertas, le dijo<span class="pagenum" id="Page_279">p. 279</span> que +ni se había escrito ni se volvería a escribir un drama tan excelente, +verdadero evangelio de los desheredados a quienes oprime la balumba del +artificio social. El carpintero-poeta, cuya mente conservaba un excelso +reposo, no expresó nada en contra de tan radical opinión; pero algo +tenía que decir sin duda, solo que se lo reservaba para más adelante, +cuando los años y la experiencia le dieran la autoridad de que entonces +carecía. No hizo más que mirar a su amigo con aquella expresión de +intensísima agudeza, que conservó hasta su vejez, y apretarle las +manos. Al separarse le dijo:</p> + +<p>—Tendré copiado el acto tercero el sábado, y en seguida podrás +leerlo. Aparece Isabel en la primera escena, vestida para la boda... +Luego entra don Rodrigo... En fin, ya lo verás. Adiós.</p> + +<p>Y echó a correr hacia su casa, con pasito corto y vivaracho. Era +pequeñín, todo nervios, con una cara ratonil, graciosa y llena de +inteligencia, unos ojuelos que despedían lumbre, y una boca como la de +los ángeles feos, que también los hay, según dicen. Calpena le miró +alejarse, y melancólico se decía: «¿Por qué Dios no me dio a mí su +talento?... Bien podía habérmelo dado, sin quitárselo a él..., bien +podía...».</p> + +<p>La transformación moral del enamorado joven se traslucía claramente +en lo físico: había enflaquecido; sus ojos, que antes eran hermosos +y alegres, brillaban después de la crisis con mayor hermosura, y +su alegría era extraña combinación de zozobra y delirio.<span +class="pagenum" id="Page_280">p. 280</span> Hablaba con más viveza, +amontonando ideas sobre ideas, empleando con frecuencia imágenes +felices. Vestía con elegante descuido, olvidado ya del atildamiento +presuntuoso que hacía de él un perfecto <i>estatuista</i> en capullo. +Dejaba crecer la negra melena y la mantenía crespa, indómita, dando +a los rizos y mechones libertad para estirarse o encogerse como +quisieran. Había llegado a adquirir, con estas y otras costumbres +nuevas, un sello propio, personal, que le distinguía y señalaba entre +sus amigos. Estos eran cada día en mayor número desde que se lanzó a +la independencia, y los tomaba conforme le iban saliendo, aristócratas +o plebeyos: se mezclaba en la turbamulta humana con indecible gozo, +ávido de vivir, de ver, de apreciar y discernir, de ejercitar, en fin, +toda la energía intelectual y moral que a raudales brotaba de todas las +honduras de su alma renovada.</p> + +<p>Hizo en aquellos días conocimiento con los Madrazos, Federico +y Perico, el uno precoz artista, el otro escritor y poeta, ambos +excelentes muchachos, entusiastas, locos por el arte y la belleza; con +Ochoa, inseparable de aquellos y cofundador de <i>El Artista</i>, para +el cual unos escribían y otros dibujaban; con Villalta, con Trueba y +Cossío, político audacísimo al par que escritor bilingüe, pues lo mismo +escribía en inglés que en español; con Dionisio Alcalá Galiano, hijo +de don Antonio, uno de los jóvenes más despiertos y más inteligentes +de aquel tiempo; con Revilla,<span class="pagenum" id="Page_281">p. +281</span> Gonzalo Morón, Larrañaga y otros que en la literatura, en la +crítica y en la política empezaban a bullir; con ambos Escosuras, con +ambos Romeas, con Guzmán y Latorre; y al propio tiempo intimó más con +Espronceda, Mesonero, Roca de Togores, Ventura, y otros que ya conocía. +Aquella juventud, en medio de la generación turbulenta, camorrista y +sanguinaria a que pertenecía, era como un rosal cuajado de flores en +medio de un campo de cardos borriqueros, la esperanza en medio de la +desesperación, la belleza y los aromas haciendo tolerable la fealdad +mal oliente de la España de 1836.</p> + +<p>Más firme cada día en la fe de sus amores, veía Calpena en Aura algo +más que una mujer bella, veía la mujer misma, con todas las cualidades +propias del sexo en grado superior. Por perfecta la tenía desde la +punta del pie a la última mata del cabello; perfecta era también +en su inteligencia, que exhalaba rayos; en su voluntad ardorosa, +rebelde a los términos medios; en sus caprichos, que escondían una +profunda psicología; en todo, señor, en todo, pues si Aura reía, toda +la naturaleza se alegraba con ella, y si lloraba, cielo y tierra se +cubrían de tristeza.</p> + +<p>Pues, señor: bastantes días habían pasado desde el ensayo del +<i>Antony</i>; bastantes, sí, porque ya se había estrenado el +revolucionario drama de Dumas, cuando ocurrió lo que ahora se referirá. +Ello fue al principiar febrero, pasadas las tremolinas parlamentarias +de fin de enero, cuando se discutió la ley<span class="pagenum" +id="Page_282">p. 282</span> electoral y derrotaron al gobierno, y el +señor de Mendizábal, entre la espada y la pared, no tuvo más remedio +que disolver los Estamentos y convocar nuevas Cortes. Y como el diablo, +cuando no tiene que hacer, se entretiene en coger moscas, don Juan de +Dios, libre de la fatiga del Parlamento, que tan agobiado le traía, se +dedicó a remover el personal de su ministerio: todo era traslaciones, +cesantías, empleados que venían no se sabe de dónde; otros que se iban +a sus casas a <i>mascar el vacío</i>, como dijo un cesante de aquel +tiempo... En fin, que una tarde, hallándose Calpena en su oficina +aburridísimo, esperando ansioso la hora, antes que esta llegó un +antipático, maldecido papel... ¡Ay!, era nada menos que su traslación +a Cádiz, a las secciones recientemente creadas para la Liquidación de +Créditos. El efecto que esto le hizo fue deplorable: vio en ello la +malquerencia de un oculto enemigo, y echaba pestes contra los malos +gobiernos y contra el propio don Juan de Dios, a quien desde aquel día +retiró su admiración y cariño.</p> + +<p>En aquel estado de amargura y rabia le encontró Hillo una mañana, +cuando de vuelta de misa disponíase a endilgar la ropa <i>corta</i>, +para echarse a la calle.</p> + +<p>—¡Pero, chico —le dijo—, si estás de enhorabuena! Vas a Cádiz, +<i>la cuna de nuestras libertades</i>, como decís los patriotas, y +allí vivirás como un príncipe, y harás conquistas, y beberás la rica +manzanilla, y tienes ancho<span class="pagenum" id="Page_283">p. +283</span> campo para conspirar con los Riegos de hogaño por la +Constitución del 12.</p> + +<p>—Ni usted sabe lo que se dice, ni yo voy a Cádiz —replicó Fernando +de malísimo talante—. Pensaré de hoy a mañana lo que debo hacer, y se +lo diré a usted... Veo la mano, sí; veo la mano que en las tinieblas me +ha descargado este golpe de maza... Pero no caeré, no: si creen que voy +a desplomarme, a rendirme y a pedir perdón, se equivocan. Abur.</p> + +<p>Se marchó con esta seca despedida, y don Pedro no volvió a verle +hasta el día siguiente. No pocas noches dormía fuera de casa. Leyendo +dramas o charlando de literatura en casa de algún amigo, se le pasaban +las horas insensiblemente, y sorprendido por la aurora en esta febril +tarea, se quedaba dormidito en un sofá o en el santo suelo, ya en el +hospedaje de Álvarez, ya en el de Pepe Díaz. También don Pedro andaba +un poco salido: entre diez y once de la mañana se vestía de paisano +y se lanzaba al divagar callejero; por tarde y noche frecuentaba los +cafés, y hacía en unos y otros diversas amistades. En el de Solís +encontró a Calpena con un chicarrón que iba cargado de dramas: le vio +desde lejos, se acercó en el momento en que salía, le fue siguiendo, y, +por fin, le dio alcance en la calle del Turco.</p> + +<p>—Voy contigo —le dijo poniendo en práctica las instrucciones +últimamente recibidas—. Tenemos que hablar. ¿No sabes lo que ocurre? +Pues que mañana nos largamos.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_284">p. 284</span></p> + +<p>—¿A dónde, mi reverendo amigo y capellán?</p> + +<p>—A Cádiz: tengo yo también allí un asuntillo. ¡Qué oportunidad! Me +acompañas y te acompaño.</p> + +<p>—Irá usted solo. Mejor va uno solo que mal acompañado. Yo, señor don +Pedro Hillo, no salgo de Madrid... Y no me ponga usted la cara fosca y +patibularia, porque como no es usted mi padre, ni mi tío, ni menos mi +abuelo, y tan solo es un amigo muy apreciable, yo no estoy en el caso +de que usted me riña.</p> + +<p>—Hombre, reñirte, no —repuso Hillo con mansedumbre—. Somos tan solo +amigos, dices bien, y ninguna autoridad tengo sobre ti, como no sea la +que me dan los años. ¡Triste autoridad!... Bueno, bueno: no quieres ir +a Cádiz. <i>Ergo</i>, ¿renuncias a tu destino?</p> + +<p>—Renuncio, sin <i>ergo</i>; presento la dimisión...; le digo al +señor Mendizábal que vaya él si quiere...</p> + +<p>—Pues, hijo, siento hacerte una observación que te va a saber muy +mal..., pero qué remedio, es mi deber hacértela, para que medites el +caso, y resuelvas según tu libérrima voluntad... Ya leo en tu cara que +lo has adivinado. Palideces...</p> + +<p>—Palidezco de verle a usted tan meticuloso, empleando rodeos y +perífrasis para decirme algo que podrá ser amargo y triste, pero que no +me anonada, no, señor, no me anonada...</p> + +<p>—¿Sabes...?</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_285">p. 285</span></p> + +<p>—Y si no sé, sospecho... Vaya, suélteme usted pronto el rayo.</p> + +<p>El bigardón que llevaba a cuestas mediano fardo de dramas y +tragedias en cuatro y cinco actos, con prólogo y epílogo, comprendiendo +que trataban de asunto delicado, se largó, dejándoles en su grave +contienda en medio de la calle.</p> + +<p>—Pues lo que debía suceder ha sucedido. La deidad próvida, la dulce +enmascarada, nuestra grande amiga, nuestra...</p> + +<p>—Hombre, acabe usted de una vez. Total, que se ha incomodado porque +no quiero ir a Cádiz. ¿Y cómo sabe mi resolución?</p> + +<p>—No la sabe, la teme, y dice en su última carta que si no vas, no +cuentes más con ella.</p> + +<p>—Creo —dijo Calpena con gravedad— que no falto a la gratitud +respondiendo que no acepto la protección en esa forma despótica, +altanera. Se obedece ciegamente a una madre, a un padre, aun cuando +la obediencia nos destroce el corazón; pero ¿quién puede exigir +que sacrifiquemos libertad, dignidad, vida, a los caprichos de un +fantasma? ¿Que no es fantasma dice usted? Pues que se quite la gasa, +el capuchón... Abandonado estuve, abandonado estoy... ¿Qué me ha +dado el fantasma? ¿Me ha dado un nombre? ¿Me ha dado algo más que +algunos trajes y algún dinero? ¡Y a cambio de estos beneficios, pide +que me convierta en un párvulo sin voluntad, sin iniciativa para +nada! Amigo Hillo, antes que el bienestar adquirido con una pasividad +humillante,<span class="pagenum" id="Page_286">p. 286</span> pueril, +ridícula, quiero una pobreza con dignidad... No, no entra en mis ideas +vivir de lo que se me arroja en mitad de la calle; soy joven, no me +falta inteligencia: quiero vivir por mí y para mí...</p> + +<p>—Todo eso está muy bien —dijo el clérigo—. Quieres trabajar, +lucir tus facultades. ¡Magnífico! Pero, tonto, si con la protección +del fantasma lo harás mejor que solo y abandonado. ¿A qué luchar +desesperadamente, para sucumbir...? En cambio, con la base de tu +destinito...</p> + +<p>—No sea usted inocente, don Pedro. ¡El destinito! ¡Vivir amarrado al +pesebre de la administración! ¿Pero no comprende usted que el que una +vez prueba las facilidades de ese pesebre, ya está enviciado para toda +la vida, ya no se pertenece, ya es una máquina que los ministros paran +o echan a andar, según les acomoda? No, no me digan que sea máquina... +En los empleos tiene usted la explicación de la inercia nacional, de +esta parálisis que se traduce luego en ignorancia, en envidia, en +pobreza...</p> + +<p>—Muy bonito como teoría..., pero...</p> + +<p>—De esto hablamos anoche largamente Larra y yo, y renegamos de los +empleos, que son como el opio o el hastchís para esta nación viciosa, +indolente. Por mi parte, digo que antes comerán en un mismo plato +constitucionales y facciosos, antes se volverán chaquetas las levitas +de don Juan Álvarez, que yo resignarme a ser toda mi vida funcionario +público.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_287">p. 287</span></p> + +<p>—Has empleado lindamente la figura que llamamos <i>imposible</i> o +<i>adynaton</i>.</p> + +<p>—Déjese ya de retóricas, don Pedro. ¿Cree usted que están los +tiempos para retóricas? Eso pasó. Aquí vendrá un desquiciamiento si no +vienen nuevas ideas, aire nuevo, a regenerarnos...</p> + +<p>Y abriendo los brazos en plena calle, parados uno frente a otro, +dijo a su amigo:</p> + +<p>—Déjeme usted ser libre, déjeme usted probar mis fuerzas... No +quiero protección anónima. Si conoce usted a la divinidad encapuchada, +dígale que quiero pertenecerme, pensar por mí mismo y poner en +ejecución lo que pienso... ¿Que me estrello? Bueno. Pues estrellado y +con media vida, podré decir: «¡Viva la independencia! ¡Viva la dignidad +humana!».</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch28"> + <h2 class="nobreak g1">XXVIII</h2> +</div> + +<p>Separáronse. A los pocos días se despidió Calpena de la casa de +Méndez, porque en su nueva vida independiente, abandonado de la +invisible protección, necesitaba aposentarse con mayor economía. Tanto +Méndez como su hija y esposa con lágrimas en los ojos viéronle salir, +y le abrumaron con amabilidades quejumbrosas, mostrando lástima de su +partida, por un <i>punto de quijotismo</i>, como<span class="pagenum" +id="Page_288">p. 288</span> decía el patrón, el cual añadió a esta +frase sanos consejos y exhortaciones atinadísimas.</p> + +<p>—¡Vaya que dejar un empleo tan bueno por no ir a Cádiz! —clamaba +doña Cayetana, oprimiéndose el pecho, que rebotaba contra la +garganta.</p> + +<p>—Y ¿por qué no han de dejarle aquí? —decía Delfinita bizcando más +el ojo—. También es tema querer echarle de Madrid... Todo por una mala +novia...</p> + +<p>En fin, que el hombre se fue. Hillo no se hallaba en casa cuando +estas patéticas escenas ocurrían. Y por cierto que andaba el tal curita +hecho un paseante en corte, vestidito de seglar, con bastón y sombrero +de copa, todo el santo día de mazo en calabazo, y no ciertamente en las +mejores compañías. Muchos, ignorantes de los móviles de su conducta, +le tenían por echado a perder; otros sospechaban que los jacobinos y +masones le habían seducido, atrayéndole a sus conciliábulos oscuros. +Su buen nombre eclesiástico no ganaba nada con esto; pero a él le +importaba ya una higa la opinión clerical, y todo lo que no fuera el +honrado objeto de sus trabajos y pesquisas.</p> + +<p>Como Calpena no ocultaba su domicilio, calle de las Urosas, +allá se iba don Pedro a diferentes horas, sin dar a sus visitas +apariencias de persecución o de fisgoneo policiaco. Siempre buscaba un +pretexto, comúnmente literario, y hasta llegó a fingir que escribía +un <i>Florilegio de Refranes</i>, y que necesitaba compulsar textos +muertos y vivos. Igualmente iba en busca de Miguel de los<span +class="pagenum" id="Page_289">p. 289</span> Santos; pero siempre con +mala suerte: no se podía hacer carrera de aquel chico, dotado de +excelsas cualidades, que desvirtuaba con su pereza.</p> + +<p>—Miguelito —le decía Hillo, que al poco tiempo de amistad ya le +tuteaba—, tú vales mucho y no serás nunca nada.</p> + +<p>Acontecía no pocas veces que iba a buscarle a las nueve de la mañana +y le encontraba en el primer sueño. Algunos días tomaba el desayuno +a las cinco de la tarde. Con semejante vida, ¿qué había de hacer el +hombre, ni de qué le valía su grande ingenio? No concluyó jamás nada de +lo que empezaba. De sus propias obras se aburría, a fuerza de admirar +las ajenas; amaba a sus amigos entrañablemente; de sí mismo no hacía +ningún caso.</p> + +<p>Lo que a Hillo mayormente le incomodaba era no encontrar en él +eficaz ayuda para traer a Fernando al buen camino, y siempre que de +esto le hablaba, salía el bueno de Miguelito con unas filosofías que +dejaban helado al pobre don Pedro. Quería este aplicar a todo los +principios que establecen el gobierno de los individuos por la familia, +y de la familia por el Estado, organizando una especie de colegio +universal, y Álvarez profesaba un donoso fatalismo con profundas +raíces en su mente. Sacaba de quicio al buen capellán el humorismo +con que Miguel de los Santos trataba las cosas más graves; aquella +pachorra, aquel mirar tierno con que afirmaba el imperio absoluto, +soberano, de la fatalidad. Todo pasa como debe pasar, y es inútil<span +class="pagenum" id="Page_290">p. 290</span> y ridículo pretender +desviar personas y cosas del camino que les imprime la escondida +fuerza que todo lo gobierna. De esto resulta que no debemos tomar a +pechos ningún humano incidente. Desgracia y ventura no son más que +términos de relación, convencionalismos. Así como no podemos influir +en los fenómenos meteorológicos, nos está vedado el oponernos al +fenómeno histórico, afecte a las naciones, afecte a los individuos... +Lo único que sacó en limpio don Pedro fue alguna que otra noticia +íntima referente a los amores de Calpena. La Zahón, que ya venía algo +esquinada, sin que se sepa por qué, vio con malos ojos la renuncia que +hizo Fernando de su destino: si primero le había tenido por príncipe +con disfraz, luego le tuvo por un ladino pelagatos, que husmeaba la +dote de Aura; y deseando poner punto en tales relaciones, empezó por +limitar las entrevistas de los novios y dificultar el carteo. De todo +esto resultaba la espantosa murria de Calpena en aquellos días. Su +exaltada mente le sugería sin duda proyectos audaces, caballerescos, +traduciendo a la realidad el peregrino enredo de los dramas +románticos.</p> + +<p>—¿Querrá usted creer —dijo Álvarez— que a nuestro amigo se le ha +ocurrido aplicar al caso de la calle de Milaneses el procedimiento +del narcótico? Sí..., dar a la señorita un bebedizo para que se +quede tiesa y fría, simulando la muerte... Vamos, como en <i>Romeo y +Julieta</i> y en <i>Catalina Howard</i>, y luego cargar con la difunta, +que no es difunta más que de mentirijillas,<span class="pagenum" +id="Page_291">p. 291</span> y... ya supondrá usted lo demás. De las +distintas clases de raptos, pienso que no se le ha quedado ninguna por +estudiar..., y ya verá usted cómo sale por algún registro inesperado, +teatral, y a todos nos deja con la boca abierta.</p> + +<p>Y mientras Miguelito poníale ante los ojos estas probables +contingencias de trágicos lances, la invisible tutora le empujaba cada +día con más apremio hacia el remolino que la voluntad y la pasión de +Calpena iban formando. En una de las últimas comunicaciones de la +<i>velada</i>, le decía entre otras cosas:</p> + +<div class="carta"> + +<p>«Por Dios, no olvide usted lo que tanto le he recomendado: que +le siga a esa zahúrda donde vive, que procure por cualquier treta +ingeniosa introducirse en ella. Cuide usted de que nadie le falte, +pues su abandono no es más que aparente. Sin que él pueda sospecharlo, +páguele usted su hospedaje, y encargue a los dueños de la casa que +finjan el mal humor de todo patrón que no cobra... Y otra cosa +espero de su hidalga cooperación. Sé que se junta de noche con los +patriotas exaltados, que asiste a sus nefandas logias y a sus ritos +extravagantes. Sin duda, al verse solo y perdido, trata de reformar +el mundo, armándonos aquí otra revolución como la francesa, con su +convención, guillotina y todo... Pues es preciso, mi querido amigo +y capellán, que usted se meta también en esas logias y cavernas +endemoniadas. ¿Qué le importa a usted, si su masonismo es fingido, y +conserva en su conciencia el amor de la verdad<span class="pagenum" +id="Page_292">p. 292</span> y el desprecio de tales majaderías? Métase +usted en la boca del lobo, sin rebozo alguno, ni temor de que le crean +jacobino. Nada debe usted recelar, pues aquí estoy yo para sacarle +de cualquier mal paso. Adelante, y no vacile en hacernos esta grande +y noble caridad. A nadie tiene usted que dar cuenta más que a Dios +y a mí, y Dios sabe la rectitud con que procede mi buen capellán, +penetrando en los antros donde se forjan las revoluciones y el ateísmo. +De allí saldrá usted como entre, y si consigue sacarme de ese y otros +peores infiernos a esa querida alma extraviada, tendrá usted dos +recompensas: la temporal y la eterna».</p> + +</div> + +<p>—Bueno, señor, bueno —murmuraba don Pedro, cayendo en profundas +meditaciones.</p> + +<p>Y al día siguiente le decía la incógnita:</p> + +<div class="carta"> + +<p>«No solo le seguirá usted a todos los sitios a donde le lleve su +reciente amistad con los patriotas furibundos, sino que debe penetrar +en casa de la Zahón. Dos días llevo pensando en el medio mejor para +realizar este metimiento, y creo haber encontrado uno magnífico, +superior. Verá usted: la Zahón es socia, compinche o comadre de +Maturana, el diamantista. Maturana, corredor y traficante de alhajas +y obras de arte en toda Europa, gran perito, gran joyero, gran +chalán, posee un abanico magnífico que ha pertenecido a la Pompadour, +a la emperatriz Josefina, a Pepita Tudó, a la reina Hortensia, a +Mademoiselle Mars y a otras personas que no han adquirido celebridad. +Es pieza de gran<span class="pagenum" id="Page_293">p. 293</span> +valor histórico y artístico, y con él pensó Maturana hacer un buen +negocio ofreciendo su compra a la reina Cristina. Pero Su Majestad, que +ahora está por lo positivo y prefiere emplear su dinero en salinas, en +minas, en empresas de utilidad, le ha ofrecido muy poco dinero, con lo +cual ha estado el hombre fuera de sí, tirándose de los pelos. Por fin, +creo que se entendió con la Zahón: han hecho un cambalache, dándole él +su abanico a cambio de una colección de perlas. Hállase, pues, hoy la +hermosa obra de arte en manos de la jorobada. Nada tiene de particular +que el señor de Hillo, variándose el nombre y fingiendo el empaque de +un señor aficionado a lo antiguo, se presente en la joyería de la calle +de Milaneses, y pida que se le muestre el abanico para comprarlo. Usted +lo ve, lo examina por un lado y otro, mira bien el país, el varillaje, +el clavillo, diciendo algo que revele al conocedor de estas cosas; +elogia la perfección del trabajo de Lefebvre y el mérito de Lancret, +pintor de la cabritilla...».</p> + +</div> + +<p>Traía después de esto la carta una prolija descripción del país, +dando noticia de todas las figuras, de sus trajes, etc., y concluía:</p> + +<div class="carta"> + +<p>«Para que no se maraville mi señor don Pedro de que tan bien conozca +yo el abanico, le diré que lo he tenido en mi mano más de una vez, y lo +he mirado y remirado... Vaya, lo diré todo: esa artística joya ha sido +mía. La poseí dos años, sin que nadie lo supiera... Es decir, alguien +lo supo; pero no Maturana...<span class="pagenum" id="Page_294">p. +294</span> Una vez que usted la vea bien, pide precio, y cualquiera +que sea, se descuelga con la muletilla de que le parece caro, y ofrece +pensarlo. Después se hace mostrar perlas y diamantes, lo ve todo, y +se retira diciendo que volverá. Al día siguiente vuelve, y manifiesta +resueltamente y sin rodeos, a la Zahón que le compra el abanico al +precio propuesto, siempre que ella se comprometa a romper de una manera +radical las relaciones de Fernando con la chiquilla de Negretti. Esta +manera radical no puede ser otra que sacar de Madrid a esa loquinaria, +y llevársela a Córdoba o Cádiz, donde también tienen casa de comercio; +pero de tal modo y con tal sigilo efectuada la salida que no pueda +Fernando saber a dónde se la llevan, ni, por tanto, pensar en seguirla. +¿Qué le parece, mi bondadoso capellán, este pensamiento mío? Si lo +estima feliz, mañana, cuando salga la primera vez de su casa, sobre las +diez, póngase el sombrero bien terciado al lado derecho, de modo que +le caiga sobre la ceja... Si lo encuentra mal, colóquese el susodicho +aparato tapacabezas en forma rectilínea, bien aplomado, el ala todo lo +horizontal que sea posible».</p> + +</div> + +<p>Salió Hillo al siguiente día con el sombrero bien derecho. +Conceptuaba peligroso y contraproducente el recurso del abanico para +avistarse con la Zahón; discurría que siendo esta mujer avariciosa, +y además muy ladina, si se le ofrecía dinero por el quebrantamiento +de relaciones, vería en esta oferta el<span class="pagenum" +id="Page_295">p. 295</span> reclamo de gentes poderosas. Era, pues, +lógico que, encendida su ambición, pensara en afianzar las relaciones +de los dos amantes antes que en destruirlas, o bien pediría más, mucho +más que el precio relativamente corto del histórico abanico.</p> + +<p>«Por esta vez —se decía Hillo—, no ha sido usted, mi señora +incógnita, tan lista y perspicaz como de costumbre; y permítame +que se lo exprese con el pensamiento, ya que de otro modo no pueda +expresárselo... ¡En buena nos metíamos si esa mercachifle astuta +llegara a entender que es Fernandito en el orden social persona muy +distinta de lo que parece! Déjeme usted a mí, señora invisible, que ya +me arreglaré yo para llegar al fin que todos deseamos».</p> + +<p>En efecto, tomadas de un platero de la Concepción Jerónima, amigo +suyo, dos lecciones de arte del diamantista, y aprendidos cuatro +terminachos, se fue a casa de la Zahón, y trató con ella, arrancándose +a comprarle unos aljófares y media docena de <i>rosas</i>, todo ello +de poco valor. En su segunda visita le habló del asunto con habilidad, +enjaretando embustes muy sutiles, para llevar al ánimo de la corcovada +sentimientos contrarios a los fines de Calpena. Harta ya Jacoba de +un noviazgo que ninguna ventaja le traía, acabó de abominar de él +con las tremendas cosas que don Pedro le dijo, y se propuso tomar +sin pérdida de momento las medidas necesarias para mandar a paseo +al joven romántico, y quitarle de la cabeza a<span class="pagenum" +id="Page_296">p. 296</span> la niña su desatinada pasión. Todo lo temía +ya. Calpena, si le dejaban, consumaría el rapto de su <i>Julieta</i> +con todo el salero, con toda la audacia de que ofrecían ejemplos +mil las obras poéticas de aquel tiempo. Urgían, pues, resoluciones +eficaces, perentorias; despedir a don Fernando, y empaquetar a la +chiquilla para Córdoba.</p> + +<p>Un poquitín alborotada quedó la conciencia del buen presbítero +después de su última conferencia con Jacoba, porque, en verdad, las +atrocidades que allí soltó traspasaban quizás la medida de la intriga +inocente.</p> + +<p>«¡Qué pensaría Fernando de mí —se dijo, andando taciturno hacia su +casa— si supiera que le he presentado como un desalmado hipócrita..., +si supiera, ¡ay!, que le supuse en connivencia con Luis Candelas, y +otros eminentísimos ladrones!... Pero la buena voluntad me absuelve de +esta triquiñuela, y Dios, que ve los corazones, sabe que en el mío no +hay más que amor al bien, deseo de impedir el extravío de un ilustre +caballero, llamado a grandes destinos... Creo que no solo Dios, sino +el mismo Fernando me absolverá cuando le haya pasado esta calentura... +¡Ah, y entonces los dos nos reiremos de los disparates, de las +abominaciones que dije!...».</p> + +<p>Y a la mañana siguiente le escribía la <i>velada</i>:</p> + +<div class="carta"> + +<p>«Antes de enterarme, por lo que me manifestó quien pudo observarlo, +de la postura recta de su sombrero, señor de Hillo, señal de su +desconformidad con lo que le propuse, ya había yo reconocido que anduve +muy descaminada<span class="pagenum" id="Page_297">p. 297</span> +en aquel plan de comprar con el precio del abanico la liberación de +Fernando. ¡Que despropósito! ¡Cuánto me alegro de que usted opinara +de distinto modo, según declaró su <i>góndola</i>!... Es que con el +cavilar continuo, mi cabeza se pone a veces perdida, señor capellán, +y si <i>dormitó el buen Homero</i>, como dicen ustedes los retóricos, +¿qué extraño es que no solo dormite yo, sino que sueñe disparates? +Despejada mi razón, he visto claro que si la diamantista huele dinero, +estamos perdidos. Usted seguramente habrá imaginado y puesto en +ejecución otros artificios por llegar al fin que anhelamos. Eso no +quita que yo desee adquirir el abanico, y lo adquiriré, Dios mediante, +cuando salgamos de este atolladero. No quiero que aquella preciosidad, +que ya estuvo en mis manos, vaya a parar a otras, ni aun a las de la +misma reina. En este anhelo mío se manifiesta la mujer más de lo que +yo quisiera, y quizás me vea usted frívola, caprichosa... Perdóneme, +y cierro este paréntesis para decirle que no desmaye, que veo cercano +el peligro. Si Fernando consigue apoderarse de Aura y desaparece, +cualquiera les coge después... ¡Y si contrariados en sus amores, +enloquecidos por la pasión, resuelven suicidarse juntos...! ¡Dios +mío, qué horror! Crea usted que esta idea me persigue desde anoche... +No duermo nada pensando en los distintos procedimientos de matarse +que inventa el romanticismo, y que los malditos poetas han puesto de +moda, infundiéndolos a la juventud exaltada,<span class="pagenum" +id="Page_298">p. 298</span> con el continuo ejemplo de dramas y +novelas... Estemos alerta... y si hay vislumbres de suicidio mutuo, +entonces, ¡ah!, entonces no hay más remedio que transigir... Todo, +todo, antes que ver morir a Fernando... Eso no, eso no..., repito que +eso no... Concluyo, mi señor capellán, advirtiéndole que en la logia +de la plazuela del Carmen andan ahora en grandes peloteras. <i>Los +libres</i> se desatan, y en su delirio, en la fiebre del motín y de la +bullanga, ayudan a los estatuistas a derribar a Mendizábal... Los de +la <i>moderación</i>, que se traen ahora un cierto tacto de codos con +el absolutismo, se proponen no dar tiempo a <i>don Juan y Medio</i> +para la realización de su plan de reformas. Tiran a impedir que decrete +la supresión de monacales y la venta de sus bienes, porque calculan +que con los recursos de la enajenación se haría fuerte el hombre, +rodeándose de un baluarte de plata y oro... ¡Y esos badulaques, esos +patriotas exaltados no ven que son instrumento de los que abominan de +la libertad! ¡Siempre lo mismo!... Conque ya sabe: métase allá, y no +vacile en ponerse al lado de los que alboroten en pro de Mendizábal. +No nos conviene que caiga tan pronto don Juan: lo necesitaremos más +adelante, quizás muy pronto. Adiós, señor capellán; en sus oraciones no +deje de encomendarme a Dios».</p> + +</div> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch29"> + <p><span class="pagenum" id="Page_299">p. 299</span></p> + <h2 class="nobreak g1">XXIX</h2> +</div> + +<p>Según atestiguan personas coetáneas de la Zahón, tanto se afectó +esta con las inquietudes y cavilaciones de aquellos días, que se le +disminuyeron las jorobas, y la exaltación de su espíritu fue parte a +mermar las graves pesadumbres de su cuerpo. Pero como otros autores +afirman lo contrario, manifestando que las corcovas, y con ellas el +dolor y tirantez de músculos, aumentaron horrorosamente, el narrador +de estos sucesos cree obrar con prudencia quedándose en el justo medio +entre tan opuestas aseveraciones, y así declara y establece que las +protuberancias, los sufrimientos físicos y morales y el avinagrado +genio de Jacoba Zahón, eran los mismos que en los días aquellos del +convite que abrió a Calpena las puertas de la casa.</p> + +<p>Un día entero estuvo la diamantista rumiando una solución pronta +y eficaz: escribió a su hijo, residente en Córdoba, ordenándole que +viniese en su ayuda. Era urgente apartar de la familia al exaltado +joven, a quien recibió y agasajó suponiendo en él secretos enlaces +con damas poderosas y con ministros y personajes de gran viso. Buen +chasco le había dado el tal Fernandito, que<span class="pagenum" +id="Page_300">p. 300</span> resultaba un triste y desamparado poeta, +uno de tantos pelagatos del romanticismo, sin más fortuna que su +melena y su enfática misantropía. Y lo mismo pensaba seguramente el +señor de Mendizábal, que habiéndole sin duda colocado por intrigas +de las logias, acababa de ponerle de patitas en la calle. Vivía el +tal miserablemente en un cuchitril de la calle de las Urosas, entre +ratones, poetas, comicastros, y quizás mujeres de mala estofa, y +todo en él, su traza y su fraseología, revelaba un presumido sin +sustancia, abandonado de Dios y de los hombres. ¡Fuera, pues; fuera don +Fernando..., que no era bien comprometer el grandioso porvenir de la +niña, ni arrojar a puercos las margaritas de la herencia de Negretti! +Maturana, y otras personas a quienes consultó, opinaban del propio +modo. ¡Fuera niños románticos, que no traían consigo más que desvaríos, +barullo, hambre!</p> + +<p>Aunque hacía días que la Zahón se esmeraba en manifestar al joven, +ya con miradas desapacibles, ya con palabras ásperas, el desprecio que +hacia él sentía, no le pareció bastante decisiva esta forma de romper +amistades, y una tarde le espetó, con seca y rotunda frase, la orden de +poner fin al visiteo:</p> + +<p>—La familia meditaba otros planes con respecto a Aurora; la familia +tenía sobre sí la responsabilidad del porvenir de la huérfana de +Negretti; la familia no necesitaba explicar a nadie el motivo de sus +resoluciones; la familia...</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_301">p. 301</span></p> + +<p>—La familia de Aura soy yo —dijo Fernando con noble ademán y firme +convicción.</p> + +<p>Y dicho esto se marchó altanero, no ciertamente como salen los que +no piensan volver. Pero a Jacoba se le figuró, en su desconocimiento de +las humanas pasiones, que Fernando salía de su casa corrido, como si +todas aquellas razones de la familia (y vuelta con la familia) hubieran +convencido al romántico de la vanidad de sus pretensiones. Creyéndose, +pues, victoriosa, ya no le faltaba más que llamar a la tontuela y +echarle la rociada que preparado había para aterrarla y reducirla:</p> + +<p>—Aura, ven acá, Aura: ¿en dónde te metes que no acudes cuando te +llamo? Ves que estoy baldadita, que no puedo moverme, y no vienes...</p> + +<p>Por fin apareció en la puerta, como alma del otro mundo, vaga en +la forma, insensible el paso, la imagen de Aura, toda palidez en el +rostro, en los ojos toda fuego, el pelo sencillamente recogido más que +peinado; y antes que hablase la jorobada, le dijo con voz que parecía +salir de algún hueco misterioso bajo el suelo de la habitación:</p> + +<p>—Mi familia es él...</p> + +<p>—¿Has oído lo que te dije, niña?</p> + +<p>—Mi familia es él... Yo no tengo más familia que él.</p> + +<p>—Vete a tu cuarto, simple, y a la noche hablaremos, que ahora espero +visita y no me conviene incomodarme... Si quieres tocar y cantar, +puedes hacerlo; pero cierra la puerta.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_302">p. 302</span></p> + +<p>Desapareció Aura, y al poco rato llenaba toda la casa su voz +tiernísima cantando <i>Assisa al pie d’un salice</i>. Entraron dos +marchantes, y allá se entretuvieron largo rato con doña Jacoba +examinando piedras, dándose recíprocamente la jaqueca con el regateo de +quilates y precios. Fuéronse ya muy tarde, llevándose aljófar, media +docena de esmeraldas de las llamadas <i>aguamarinas</i>, y aflojaron +dinero: oro, plata. Arrastrando su cuerpo, más bien que llevada por +él, llegose la Zahón a los armarios, guardó preciosos objetos, estuvo +mediano rato dando vueltas y más vueltas de llaves, y con la misma +lentitud pudo ganar el sillón, donde se apoltronó, hasta que Lopresti +fue a anunciarle la cena. En el comedor la aguardaba una sopita de +sémola y un plato de pescado frito. Viendo que Aura no acudía a la +cena, y que su cubierto continuaba baldío, la señora dijo al maltés:</p> + +<p>—¿Y la niña?... Ya: ¿no quiere cenar su <i>alteza</i>?... Pues +déjala, no la llames otra vez. Que coma música... Me importan poco sus +rabietas... Era ya loca, y el maldito romanticismo me la ha trastornado +más de lo que estaba. ¡Grande error ha sido! Pero se irá curando... +¡Qué remedio tiene más que someterse!... Con ayuda del tiempo y de la +ausencia, me prometo ponerla como un guante. No me dé Dios más trabajo +que este...</p> + +<p>A poco de cenar la llamó. Continuaba la joven en el mismo desgaire, +mal peinada, mal vestida, con un lindísimo <i>deshabillé</i> que +marcaba sus incomparables líneas corporales,<span class="pagenum" +id="Page_303">p. 303</span> hermosísima, toda blancura en traje, cara y +manos, toda tinieblas en el pelo y en los ojos..., el andar ligero, la +mirada grave, pasiva, calmosa, fría como una espada cuando la clavaba +en la Zahón.</p> + +<p>—Siéntate a mi lado, hija mía —le dijo la corcovada, arrimando la +silla más próxima—, y óyeme... ¿Qué? ¿No me has oído?... ¿Por qué estás +ahí parada, inmóvil...? ¿Cómo quieres que hablemos con la mesa de por +medio? Acércate más... Bueno, hija, te empeñas en hacer la fantasma y +nada tengo que decirte. Tú te cansarás... De verte así, tan callada, me +entra sueño..., y sueño me da también esa quietud con que me miras... +En fin, si no quieres hablar, tendrás que oírme, porque no dormiría yo +tranquila esta noche si no te dijese que ese falso duque y trovador +de filfa no entra más en mi casa. Nos hemos equivocado, hemos estado +en Babia. Acabarás por convencerte de dos cosas; digo, de tres; de +tres, hija mía. La primera es que nada de lo que yo disponga puede +ser contrario a tu felicidad: con razón se ha dicho «quien bien te +quiere... etcétera». La segunda, que te conviene, por tu salud corporal +y del alma..., te conviene, repito, tomar aires, salir de Madrid..., +y para esto, niña, para llevarte y cuidar de ti, viene mi hijo..., le +espero mañana... Y la tercera cosa es que encontrarás, no a docenas +sino a miles, galanes de más mérito y de más enjundia que ese tontaina +de Fernandito, que no es más que un pobre pájaro aburrido, tan vacío +de mollera<span class="pagenum" id="Page_304">p. 304</span> como de +bolsa... ¿No respondes? ¿Te vas convenciendo?... Parece que te has +vuelto tonta... Aura, por Dios, da sueño mirarte...</p> + +<p>Sin responder nada, Aura se fue con lento paso, y Jacoba permaneció +un instante con los ojos fijos en la puerta por donde se había ido. +Puso atención después, aplicando la oreja..., pero nada oyó: ni ruido +de pisadas, ni llanto, ni voz alguna.</p> + +<p>—Cayetano —dijo después la señora, apartando de Aura su atención—, +tráeme eso, y acerca más la luz.</p> + +<p>Púsole delante Lopresti el tintero de cobre con polvorera, y la +negra carpeta sebosa donde la señora escribía. De ella sacó la jorobada +un pliego de buen papel, escrito ya en dos y media de sus carillas, +y aproximado el quinqué y bien atizada la mecha, continuó su obra +interrumpida, trazando con lentitud y vacilante pulso los caracteres, +hasta que llegó al fin, y puso la firma y rúbrica. Leyó cuidadosamente +toda la carta, salpicando las comas donde le parecía, arreglando algún +trazo de letra torcido, o haciendo leves enmiendas que no afearan la +escritura, y bien regado el papel de polvos abundantes, se entretuvo +en doblarlo y cerrarlo con prolijo esmero, y extendió al fin despacio, +letra por letra, el sobrescrito: <i>Excelentísimo señor don Juan +Álvarez de Mendizábal, ministro</i>.</p> + +<p>Muy satisfecha debió de quedar de su obra, porque sus ojos se +animaban, sus labios se movían, hablando para sí, silenciosos, y +acariciaba<span class="pagenum" id="Page_305">p. 305</span> la carta +entre sus finísimos y blancos dedos... Pasado un rato de meditación, +intentó ponerse en movimiento.</p> + +<p>—Lopresti, ven, que no puedo levantarme, ¡ay, ay, ay! Cógeme por la +cintura..., con cuidadito... ¿Y esa?</p> + +<p>—En su cuarto...</p> + +<p>—Déjala... Se pasará toda la noche lloriqueando, y mañana estará más +tranquila... Que llueva, que llueva..., para que el alma se descargue +de nubarrones... Vete a ver si duerme.</p> + +<p>—Me parece que sí... No siento nada —dijo el maltés, volviendo de su +inspección, que solo duró un par de minutos.</p> + +<p>—Pues vamos..., sostenme bien, que me caigo... ¿Has cerrado todo..., +has apagado la lumbre?... En seguida que yo me acueste..., ya sabes, +te traes aquí una manta y te acuestas en el sofá de paja, para que +estés toda la noche al cuidado. Deja encendida la luz... Como tienes el +sueño ligero, no se moverá un ratón en la casa sin que tú lo sientas... +Clavadas como están las maderas de todos los balcones, me parece que +tenemos completa seguridad... Yo me caigo de sueño...</p> + +<p>Dejola el buen Cayetano en su alcoba, donde se acostó vestida, +bien cubierta de mantas. Una candelilla de aceite dentro de un vaso +le daba la claridad suficiente para no estar en tinieblas. Entre la +lana oscura, lucía el lívido rostro de María Antonieta guillotinada, +y no viéndose configuración de<span class="pagenum" id="Page_306">p. +306</span> cuerpo, sino un informe bulto, podía creerse que doña Jacoba +no era más que una cabeza colocada al azar sobre montones de trapos.</p> + +<p>Transcurrió más de una hora sin que Lopresti, tumbado en el sofá +del comedor, conforme a las órdenes de su señora, observase novedad +en la casa, ni oyese ruido alguno. Los de la calle, sonar de relojes +distantes, pasos de transeúntes, rumor de alguna pendencia, rodar de +carros, quedábanse fuera, y no había para qué poner atención en ellos. +A las once y media comenzó el roncar suave de la Zahón, que luego fue +en aumento, con notas aflautadas y acordes graves, que infundirían +pavor a quien no estuviese acostumbrado a oírlos. Lopresti se adormiló +un rato, al son de aquella tan conocida música; pero le despertó algo +que no era ruido..., un presentimiento no más, tal vez una idea.</p> + +<p>Dudó un momento si le engañaban sus ojos, o si era, en efecto, la +propia persona de Aura aquella imagen que veía, avanzando cautelosa, +deslizándose ante la pared del comedor como proyección de linterna +mágica. La mesa interpuesta impedíale ver la mitad inferior de la +figura... Traía una luz en la mano izquierda, y con la otra apretaba +contra el pecho un objeto que no se distinguía fácilmente... ¡Vaya si +era Aura! ¿Pues quién podía ser más que ella? «Esta madamita está loca, +o es sonámbula», pensó el maltés. Pero esta última presunción no se +confirmó, porque la joven fijó en Lopresti su ardiente mirada, y luego +fue hacia él indecisa, andando<span class="pagenum" id="Page_307">p. +307</span> y deteniéndose por segundos. A medida que se acercaba, iba +perdiendo aquel aspecto de <i>Lady Macbeth</i> con que se apareció a +los encandilados ojos del fámulo. Dejó sobre la mesa la luz que traía, +y miró espantada a la puerta por donde los furibundos ronquidos de +la Zahón llegaban al comedor. Eran el propio ser de la diamantista +manifiesto en el sonido.</p> + +<p>Lo primero que hizo Lopresti al tener a la señorita al alcance de +sus manos, fue tratar de quitarle de la mano derecha un largo y afilado +cuchillo que con ella vigorosamente empuñaba: era el cuchillo de la +cocina.</p> + +<p>—Déjame, déjame, Cayetano... —dijo Aura con voz ahogada, defendiendo +el arma con toda la fuerza que desplegar podía—. Esta noche la mato, la +mato... Déjame.</p> + +<p>Al pronunciar el último <i>déjame</i>, ya Lopresti le había quitado +el cuchillo. Aura se sentó, y poniendo los codos sobre la mesa y la +cara entre las palmas de las manos, rompió a llorar.</p> + +<p>—Eso de matar es cosa mala, señora doña Aurorita; cosa mala casi +siempre, y, en todo caso, no es obra para mujeres.</p> + +<p>—Sí que la mato —reiteró Aura, pasando bruscamente de la +sensibilidad al insano furor homicida—. Dame el cuchillo, Cayetano; +dámelo, y verás... ¿Para qué vive ese monstruo, ni qué falta hace en +el mundo? Es un bien que yo le quite la vida, que para nada sirve. ¿No +quiere ella matarme a mí? Pues véala yo muerta antes de morirme.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_308">p. 308</span></p> + +<p>—No, no —dijo Lopresti escondiendo el cuchillo—: el matar es cosa +fea y sucia. Se manchará de sangre la señorita, y esas manchas de +sangre no se las quitará nunca, por más que se lave...</p> + +<p>Vuelta a la llorera y a la aflicción intensísima.</p> + +<p>—Mira tú, Cayetano: cuando hice intención de matarla y fui por +el cuchillo, estaba yo tan decidida, que ya me parecía ver a Jacoba +delante de mí, expirando..., sin derramar sangre, porque no la +tiene... Yo la mataba de un golpe, así..., y le decía: «Villana mujer, +¿por qué quieres asesinar mi alma, matarnos a los dos de pena, de +desesperación? Pues muérete ahora rabiando, y vete a donde puedas +desplegar toda tu infamia, toda tu avaricia, toda tu maldad hipócrita: +al infierno...».</p> + +<p>Al decir esto, Aura apretaba los dientes; sus ojos despedían llamas, +y accionaba fieramente con el puño cerrado. Los ronquidos de Jacoba +eran en aquel instante de una intensidad aterradora.</p> + +<p>—Y al entrar aquí —prosiguió la Negretti— pensaba yo que me sería +muy difícil rematarla... ¿Quién hace pasar de la vida a la muerte +todo aquel cuerpo lleno de jorobas? Sería preciso un hacha, ¿verdad, +Cayetano...? Porque nada adelantábamos con querer darle en el corazón, +porque no lo tiene... Solo conseguiría yo matarle una o dos jorobas..., +¡y ella siempre viva!... Es muy grande esa mujer... Hay en ella +mujeres muchas, una dentro de otra, y todas malas, muy malas,<span +class="pagenum" id="Page_309">p. 309</span> a cual peor... Matas +una, y siempre queda mujer, o demonio, para martirizarme y volverme +loca... Sí, sí, tienes razón: mejor es que no la mate... ¿A qué, si +ha de morirse pronto?... Le haremos un buen entierro, Cayetano, y le +meteremos en la caja todos sus diamantes, perlas y rubíes para que se +vaya contenta.</p> + +<p>—Eso no, carambito... Quédense las piedras acá... En la otra vida no +sirven más que para hacer peso en el que las lleva y no dejar que se +salve...</p> + +<p>—Esta no se salva ni con peso ni sin él... En el infierno le +recamarán el cuerpo con carbones encendidos, y le darán a comer +esmeraldas fundidas, calentitas, y por cada ojo le meterán brillantes +tallados en pico...</p> + +<p>Con esto se iba tranquilizando la pobre Aura, y empezaba a sentir +calmado el horrendo desvarío, repercusión insana del amor en su +caldeado cerebro. Pasábase la mano por su frente ardorosa y por toda +la cabeza, sentándose el pelo, y con aquellos pases diríase que se +suavizaba su furia y se dispersaban las ideas de exterminio,.</p> + +<p>—¿Pero quién es esta mujer maldita —dijo en tono más humano— para +querer tiranizarme a mí, para imponerme su voluntad? ¡Si yo no tengo +por qué obedecerla, si no es madre, ni tía siquiera, ni nada! Bueno +que su marido, si viviera, me mandase... Pero esta, este galápago +codicioso, ¿por qué se mete a decidir de mi suerte? ¿Qué razón +hay para que no la decida yo misma?... ¡Ah, qué desgraciada<span +class="pagenum" id="Page_310">p. 310</span> soy, y qué bien haría Dios +en quitarme la vida esta noche, a mí y a Fernando juntos, pues ni +morirme..., mira tú, ni morirme quiero sin él!...</p> + +<p>Rompió en lágrimas amargas, y Lopresti, en el colmo de la compasión, +no acertaba a darle consuelo.</p> + +<p>—Sí, sí —dijo Aura bebiéndose su llanto—, mañana moriremos los +dos... Lo hemos decidido y lo haremos... Cuando es imposible la vida +juntos, el morir unidos es un bien, un gozo... Nuestras almas subirán +abrazadas al cielo, y abrazadas estarán por toda la eternidad... +Mañana, mañana mismo; ni un día más...</p> + +<p>—¡Morirse, matarse..., cosa fea! —exclamó el maltés con el más +agudo registro de su voz mujeril—. Mala es esta vida; pero... ¿y si la +otra es peor? Nadie ha vuelto para decirlo... Verdaderamente que hay +vidas aquí tan arrastradas, que le dan a uno ganas de arrojárselas a +la muerte... Pero usted, señorita Aurora, y el señor don Fernando, no +están de muerte... todavía... ¡Pues si yo fuera él, si yo fuera usted, +cualquier día me mataba! ¡Él tan guapo, usted tan hermosa...! ¡Ay, +quién fuera ustedes!...</p> + +<p>Y pasando de la compasión de sí mismo a la suprema piedad por los +dos amantes, arrimó más su silla a la de Aurora, bajó la voz todo lo +que permitía el estruendo de los ronquidos del ama, y dijo:</p> + +<p>—A la niña le pasan estas amarguras porque quiere. Cierto que doña +Jacoba no debe imperar en usted. Manda porque la dejan. La autoridad +no la tiene<span class="pagenum" id="Page_311">p. 311</span> ella, la +tiene otro que está más arriba, mucho más arriba... En fin, mi doña +Aurorita saldría del despotismo de este <i>coco</i> si hiciera caso +de mí... Usted no discurre, señorita; yo sí... Usted no tiene más que +amor, amor y venga más amor, y yo calculo...</p> + +<p>—¿Qué calculas tú?... ¿Piensas lo que a mí pueda interesarme? +—preguntó Aurora tardando mucho en comprender la idea del maltés.</p> + +<p>—Ayer tarde, cuando usted se emperró a llorar, después de lo que la +señora le dijo, yo, desde aquel rincón, le hacía a usted señas para que +no se apurase... y tuviera calma y hablara conmigo. Yo calculaba... +Porque no ha de ser todo amor..., es preciso cálculo, señorita, +cálculo.</p> + +<p>—Que me muera ahora mismo si te entiendo.</p> + +<p>—Quise entrar en su cuarto con el aquel de llevarle una taza de +tila; pero la niña se había encerrado por dentro, y, naturalmente, no +entré... Pues si me hubiera dejado entrar, le hubiera dicho lo que yo +calculaba, lo que voy a decirle ahora para que se sosiegue y tenga +esperanza de salvación... ¡Qué! ¿Por qué me come con los ojos?... Ahora +se lo digo; pero prométame antes hacer lo que yo aconseje...</p> + +<p>Diciendo esto, le acercaba el tintero y le ponía delante la carpeta +en que había escrito la Zahón:</p> + +<p>—Tonto, más que tonto. ¿Me mandas que le escriba? Si ya lo hice esta +tarde, diciéndole que sí, que nos mataríamos,<span class="pagenum" +id="Page_312">p. 312</span> que preparase todo... ¿No llevaste la +carta?</p> + +<p>—Chitón..., aquí no se habla... Ha prometido la señorita hacer lo +que yo mande. En guardia. Aquí tiene papel, pluma... Cójala y escriba +lo que yo le diga.</p> + +<p>—¿Pero a quién?...</p> + +<p>—Ponga... clarito..., con buena letra: <i>Señor don Juan Álvarez +Mendizábal</i>...</p> + +<p>Absorta le miró Aura, posesionándose en un instante de las ideas +que bullían en el cerebro del maltés, y lanzó una exclamación de gozo, +como el que, perdido en tenebrosa noche, ve de súbito la luz que ha de +guiarle.</p> + +<p>—¡Qué gran idea, Cayetano!... ¡Qué gran idea! ¿Lo has cavilado +tú?... ¿Por qué no me lo habías dicho?</p> + +<p>—Si los enamorados, en vez de pensar en la muerte, calcularan... +Pero ¿qué han de calcular, si están locos?...</p> + +<p>—Es verdad. ¡Qué gran idea! ¡Dios mío, qué alegría, qué +esperanza!... ¿A quién he de pedir amparo más que al grande amigo de mi +padre..., al que...?</p> + +<p>—Doña Jacoba le ha escrito también esta noche.</p> + +<p>—¿Qué me cuentas?...</p> + +<p>—No importa. Puede que el <i>Excelentísimo</i> reciba la carta de +usted antes que la de ella. Eso es cosa mía. El <i>coco</i> manda su +carta por Milagro. La de la señorita la mandaré yo por Méndez, mi amigo +Méndez, portero en Hacienda. Vamos, vamos, no perder tiempo.</p> + +<p>—¿Y qué le digo?... Cayetano, yo que<span class="pagenum" +id="Page_313">p. 313</span> acabo de estar loca, que casi lo estoy +todavía, no acierto a discurrir nada.</p> + +<p>—Ponga... <i>Señor</i>, o <i>Excelentísimo señor: soy la hija de +Jenaro Negretti</i>... Así, empezar con un golpe bueno: <i>soy la hija +de Negretti, y</i>...</p> + +<p>—Y...</p> + +<p>—Y... ahora vaya poniendo todito lo que le pasa.</p> + +<p>Meditó la huérfana un rato, mordiendo las barbas de la pluma, y no +tardó en sentir la inundación de ideas en su cerebro, de que eran señal +segura la coloración de sus mejillas y el júbilo que flameaba en sus +hermosísimos ojos...</p> + +<p>—Ya, ya... No necesitas dictarme, Cayetano. Ya calculo..., ya sé lo +que tengo que decir.</p> + +<p>Y escribió con más inspiración que soltura, sin quitar los ojos del +papel, haciendo con sus labios unos hociquitos muy monos.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch30"> + <h2 class="nobreak g1">XXX</h2> +</div> + +<p>No se abatía con los reveses el animoso espíritu de don Juan +Álvarez, ni por un tropiezo parlamentario, o por la defección de +media docena de amigos a quienes tuvo por incondicionales, dejaba de +creer que su buena estrella triunfaría de todo, llevándole al<span +class="pagenum" id="Page_314">p. 314</span> cumplimiento de las +promesas hechas a la nación. La confianza en sí mismo no le abandonaba +nunca. Formábanla el conocimiento de las energías que atesoraba +su voluntad, y los recuerdos de sus éxitos anteriores, todo ello +amalgamado con un poquito de soberbia. En su gigantesca estatura, que +dominaba los cuerpecillos de sus compañeros de Estatuto como el alto +ciprés a los helechos humildes, veía un simbolismo de la supremacía +de su voluntad. Fe ciega tenía en su entendimiento, más fecundo en +recursos sagaces, en mañosos ardides que en concepciones hondas. +Verdad que la política de entonces, como la de ahora, no era terreno +propio para lucir las supremas dotes de la inteligencia: era un arte +de triquiñuelas y de marrullerías. En la oposición sí desplegaban los +políticos una ideación fastuosa, con carácter teórico, que deslumbraba +a los papanatas del partido y a la parte de opinión neutral que toma +en serio las batallas oratorias, comúnmente sin sacar nada en limpio +de ellas; pero gobernando no eran más que unos pobres caciques, unos +manipuladores más o menos hábiles del teclado de la cosa pública, en +pro de intereses siempre inferiores a los supremos de la nación.</p> + +<p>Cierto que Mendizábal tuvo alguna idea grande, y que su ambición, +en vez de limitarse, como la de otros, a prolongar todo lo posible +las maniobras caciquiles, picaba en los altos fines nacionales; pero +no le asistió la inteligencia en proporción de la magnitud<span +class="pagenum" id="Page_315">p. 315</span> de su deseo. Buena es la +fecundidad en arbitrios, buenos el ingenio y la travesura; pero el +perfecto hombre de Estado, <i>rara avis</i>, debe unir a tales dotes +otras de carácter sintético. La vista de Mendizábal solía percibir los +remotos ideales; pero no discernía bien el camino para llegar a ellos, +no poseía la completa y audaz visión del hombre de Estado, el cual +necesita saber mirar, sin cegarse, lo mismo al sol que al polvo.</p> + +<p>Las trapatiestas parlamentarias de la ley electoral, que terminaron +con la derrota de don Juan de Dios, y el compromiso de proponer a la +reina la disolución de los Estamentos, quebrantaron los ánimos del +primer ministro. Verdad que la batalla había sido ruda. La cuestión +electoral fue entregada sin detenido estudio a las iniciativas de +una ponencia, compuesta de cinco procuradores mal elegidos. Todo era +desconcierto, imprevisión, ignorancia de los métodos de gobernar. +Salió, pues, un grande ciempiés, que veían con gozo los moderados. En +el partido de Mendizábal no faltaba gente práctica; pero no supo o no +quiso prestarle ayuda, ilustrándole en el procedimiento parlamentario +para sacar adelante las leyes, y el hombre pasó las de Caín en una +mortal semana de estériles y rencorosos debates. Sobre si la elección +debía ser directa o indirecta, por provincias o por distritos, sobre si +se daría o no voto a las capacidades, estuvieron aquellos hombres, como +locos, agotando toda la retórica insustancial que viene siendo la<span +class="pagenum" id="Page_316">p. 316</span> función abusiva de los +cerebros políticos, y ha concluido por esterilizarlos.</p> + +<p>No tuvo más remedio el Jefe del Gabinete, al término de esta +desdichada campaña, que disolver los Estamentos. La reina no le puso +obstáculo, y próceres y procuradores fueron mandados a sus casas. En +la brega perdió <i>don Juan y Medio</i> la amistad de sus dos más +ardientes defensores, Istúriz y Alcalá Galiano, en quienes ya, desde +diciembre, se columbraban las ganitas de formar rancho aparte; juego +escénico que ha llegado a constituir el resorte más rutinario y más +amanerado de nuestra fastidiosa comedia política. Aunque a Mendizábal +le llegó al alma esta defección, no por eso se acobardó, y aún soñaba +con que el nuevo Estamento le proporcionaría medios eficaces de +realizar sus grandes propósitos. Pero si no desmayaba en sus alientos +y ambiciones, físicamente se sentía fatigado, pues la tarea de los +últimos días de enero y de los comienzos de febrero fue para rendir +a un gigante. Bien se le traslucía el cansancio en la palidez del +rostro, y también en la inclinación de su cuerpo, ya no tan espigado +como cuando nos vino de Inglaterra radiante de esperanzas. El buen +señor propendía más a la meditación; gustaba de la soledad, donde +pudiese ahondar en los graves problemas que la realidad le ofrecía; +mostraba menos confianza en las personas circunstantes, y un poquito +de asco de la adulación, de aquel incienso continuo con que algunos se +recomendaban a su benevolencia.<span class="pagenum" id="Page_317">p. +317</span> En tal situación moral y física le encontramos una noche en +su despacho, a hora muy alta de la noche, engolfado en diversos asuntos +apremiantes, queriendo resolverlos todos, y aplicando desordenadamente +su atención a este y al otro con voluble inquietud. Había comido en +casa de Seoane, retirándose después a su ministerio con varios amigos, +a quienes despidió para poder trabajar. Deslizábase el tiempo entre +la actividad febril y súbitas caídas en la sima de la meditación. +Escribía, soltaba la pluma, revolvía papeles. Su pensamiento iba de un +asunto a otro, ondulante, vagabundo, como mariposa que no sabe en qué +flor quedarse. A lo mejor se posaba en una idea y en ella permanecía, +perdiéndose en un discurrir opaco, dulce imaginar que casi tocaba en la +somnolencia.</p> + +<p>«Este Córdova..., este Córdova... —decía entre dientes escribiendo +al general en jefe del ejército del Norte—. ¿Será cierto que es la +clave de la situación? ¿Será cierto que vivimos en el gobierno porque +nos tolera, y que moriremos cuando se canse de vernos vivos?». Y +luego escribía, interrumpiéndose a menudo para pensar los conceptos, +cosa nueva en él, pues comúnmente enjaretaba un largo escrito como +el buen nadador que aguanta mucho tiempo en las profundidades sin +tomar aliento. Antes de terminar la carta al general, la dejó para +leer párrafos de otras ya leídas, que quería recordar... Y de pronto +contemplaba con vago mirar un montoncito de cartas que aún no habían +sido abiertas:<span class="pagenum" id="Page_318">p. 318</span> las +removía, se fijaba en los sobrescritos... Apareció de pronto un portero +con dos más, y al poco rato volvió con otra que dejó sobre la mesa, sin +que el señor ministro se dignara mirarla.</p> + +<p>Cerrando por fin los pliegos para Córdova, cayó la mente de don Juan +en un sombrío bache de ideas que le tuvieron suspenso, fija la vista en +los diferentes papeles que en la mesa había, sin ver nada. He aquí lo +que pensaba: «Olózaga acaba de decírmelo, y no me decido a creerlo... +En Palacio están hartos de mí..., estoy caído ya... Gobierno aún +porque no han encontrado el modo, decoroso para ellos, de ponerme en +la calle... Esto no puede ser. Olózaga es muy mal pensado, y tiene en +la masa de la sangre el odio a los Borbones... La reina me ha recibido +hoy con visibles muestras de aprecio... ¿Pero quién se fía...? Será +o no será sincera... ¡Dichosos reyes!... y nosotros medio locos aquí +por defenderles, por sostenerles en el trono; nosotros muriendo para +que ellos vivan... No, no es verdad que esté acordada mi caída, ni mi +sustitución por Córdova o Martínez de la Rosa. Creo en la lealtad de +Córdova..., que en su última carta, concretándose a cosas militares, +nada me dice de política... En Martínez lo creo..., de Toreno todo lo +temo; los fabricantes del Estatuto se mueren de tristeza lejos del +poder... Los señoritos esos de la <i>suprema inteligencia</i> no acaban +de persuadirse de que el país no existe exclusivamente para ellos... +El país, <i>señores del anillo</i>, no es<span class="pagenum" +id="Page_319">p. 319</span> un fraque hecho a vuestra medida... el +país...». Estimulado al trabajo por un aguijonazo de su voluntad, +pasó la vista por otra carta, y quiso contestarla; pero no tardó en +distraerse de nuevo, pensando: «Debe de estar en lo cierto Olózaga... +Como que me lo ha dicho también Seoane... El señor don Fernando Muñoz, +a quien Romero Alpuente llama con mucha gracia <i>Fernando Octavo</i>, +no se recata para hablar pestes de mí: me llama <i>déspota</i>, y a +Castroterreño le dijo que yo soy un <i>Calígula</i>... ¡Calígula!... +Este buen señor sabe menos historia que yo. ¡Llamarme Calígula porque +me apoyo en la voluntad del pueblo, porque me inflama el amor del +pueblo, porque con y para el pueblo me propongo llevar hasta el fin +mis planes...! Aguárdese usted un poco, señor Muñoz, buen caballero y +amigo mío. Gusta usted, según dicen, de acercarse a los corrillos de +las tertulias aristocráticas y palatinas, y aplicar el oído y enterarse +de lo que charlan, para dar traslado <i>al Ama</i>, como usted dice... +Pues lléguese usted aquí y óigame esto que el <i>Ama</i> debe saber... +Juan Álvarez Mendizábal ha caído en desgracia porque no quiere la +cooperación francesa para terminar la guerra, porque no accede ni +accederá a que <i>Palacio</i> nos traiga acá otro duque de Angulema, +que es lo que allí pretenden...». Rápidamente giraba de un punto a otro +su pensamiento... La memoria le punzaba, haciendo dar a su atención un +salto atrás. «Se me olvidó decir a Córdova que no deje de poner<span +class="pagenum" id="Page_320">p. 320</span> diez mil bayonetas en el +Baztán..., explicarle los motivos por que prefiero la intervención +inglesa a la francesa...». Y no tardó en enlazar esta idea con otra: +«Williers me apoya, Williers no me falta. Bien claro me lo dijo anoche, +añadiendo que no recele de Córdova. Él y Córdova son uña y carne. Se +escriben todos los días... Pero me decía en París mi amigo Maury, el +poeta, que no me fíe nunca de los diplomáticos. Esta noche, charlando +en casa de Seoane, dijo aquel joven, secretario que fue de Ofalia, no +recuerdo su nombre..., dijo que Williers juega con dos cartas... Yo no +hice caso... Confío en Williers. Su apoyo es sincero. ¡Que no tenga +uno, en esta posición, un lente milagroso para ver las almas, para ver +el pensamiento de los que nos hablan!».</p> + +<p>Y divagando siempre, encontrose frente <i>al Ama</i>, y le dijo: +«Señora Ama, para que Vuestra Majestad se ahorre el pretexto de que +no hago nada, voy a demostrar ahora que no quiero que la posteridad +ignore quién ha sido Mendizábal... Todo lo paso, menos que los niños +de las escuelas, dentro de cincuenta años, pregunten: “¿Quién fue ese +Mendizábal?...”». Buscó en la mesa un papel que le habían traído poco +antes para que lo examinara, por si deseaba corregir algo en él, y no +hallándolo tan fácilmente como creía, se impacientó. «... Es mucho +cuento... ¡Si lo tuve en mi mano hace dos minutos...! ¡Ah, no me negará +la señora reina que está influida por el embajador de Francia...!<span +class="pagenum" id="Page_321">p. 321</span> Menudean las cartas del +hijo de <i>Igualdad</i>... ¡Francia, Francia! De allí ha venido siempre +la perdición de nuestros reyes borbónicos... ¡Francia...! ¿Pero dónde +lo he puesto, señor...? Y de los de acá, Martínez es el inspirador +de Vuestra Majestad. Reconozco lealmente que Martínez es un hombre +honrado..., pero..., padre del Estatuto, le molesta que mi personalidad +anule su personalidad... Yo no he fabricado Estatutos; pero sé hacer +países... Yo no soy poeta; pero soy hacendista, y en este momento voy +a cantar una oda, que no le cabe en la cabeza al señor Martínez..., +porque yo, señor Martínez, no sabré latín; pero sé... ¡Ah! aquí está... +¿Pero dónde te habías metido, papel? ¿Quién te puso en este montoncito +de las cartas de mujeres?...».</p> + +<p>Fijó su atención en el largo escrito, y leyó cuidadosamente, +recreándose en cada párrafo, en cada palabra, en cada letra. El +preámbulo era frío, despiadado, cruel. El artículo primero, semejante +a una inmensa hoz, decía con aterrador laconismo: «Quedan suprimidos +todos los monasterios, conventos, colegios, congregaciones y demás +casas de comunidad o de instituto religioso de varones, inclusas las de +clérigos regulares y las de las cuatro órdenes militares existentes en +la Península, islas adyacentes y posesiones de España en África...».</p> + +<p>Continuando la detenida lectura, algo hubo de encontrar en el +artículo quinto que no le gustaba. Trazó la enmienda entre líneas, +y después de borrar y escribir de nuevo al<span class="pagenum" +id="Page_322">p. 322</span> margen, tiró de la campanilla. A poco +de penetrar el portero y de recibir una breve orden del ministro, +presentose un señor de mezquina estatura, con anteojos de oro sobre +el huesudo caballete de su nariz de trompa; traía en la mano un papel +semejante al que don Juan de Dios acababa de leer.</p> + +<p>—Mire usted, Sánchez —le dijo el ministro dándole el decreto—, +hay que modificar la disposición referente a los conventos de monjas +que deben quedar. No están claras las atribuciones de las juntas que +han de determinar el número de religiosas... Prevengamos las malas +interpretaciones, los abusos. Vea usted cómo he redactado el párrafo +segundo del artículo quinto... Ponerlo todo en limpio y que lo vea +Argüelles... Ese otro decreto (el que Sánchez le traía recién copiado), +no necesita más enmienda. Perfectamente claro y preciso...</p> + +<p>Recreose también en su texto, fríamente ejecutivo, revolucionario. +Como quien no rompe un plato, el artículo primero decía: «Quedan +declarados en venta, desde ahora, todos los bienes raíces de cualquier +clase que hubiesen pertenecido a las comunidades y corporaciones +religiosas extinguidas, y los demás que hayan sido adjudicados a la +nación por cualquier título o motivo, y también los que en adelante lo +fueren, desde el acto de su adjudicación».</p> + +<p>—¿No tenemos ya nada que corregir aquí? —preguntó el de la +aventajada nariz.</p> + +<p>—Absolutamente nada.</p> + +<p>—¿De modo que...?</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_323">p. 323</span></p> + +<p>—A la <i>Gaceta</i> con él...</p> + +<p>—¡A la <i>Gaceta</i>! —replicó el funcionario, recogiendo de manos +de su jefe el terrible documento.</p> + +<p>—Daremos el otro dentro de unos días... Me lo trae usted +mañana, puesto en limpio... Y ahora... Media noche ya..., pueden +ustedes retirarse... Yo me quedaré un rato más examinando esta +correspondencia... Que se aguarde Milagro.</p> + +<p>Volvió a quedarse solo; y tan grande excitación sentía, que tuvo +que espaciar sus ideas y sacudir sus nervios, paseándose de largo a +largo en la vasta pieza. «¡Para que digan que no hago nada!... ¡Qué +revolución, qué colosal sacudimiento!... Entrego a la clase media... +<i>cuatro mil millones</i>..., ¿qué digo? más, mucho más». Volvió +a la mesa, y rápidamente trazó algunos números... «<i>Seis, siete +mil millones</i>, y aún me quedo corto...». Mirando al espacio, +quedose como en un embeleso dulce o embriaguez financiera... Su +mente se lanzaba a las presunciones del porvenir, nadando en un +océano tan revuelto como profundo, con olas de cifras cada vez más +hinchadas...</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch31"> + <p><span class="pagenum" id="Page_324">p. 324</span></p> + <h2 class="nobreak g1">XXXI</h2> +</div> + +<p>Otra vez en su mesa el señor don Juan, incansable, desvelado... +Adquirida la costumbre de trasnochar, no le apuntaba el sueño hasta +la madrugada. En las altas horas de la noche sentía sus facultades +más claras, su ingenio más agudo, y extraordinariamente aumentada su +fecundidad de recursos expeditivos, de mañosas tretas, para escamotear +las dificultades antes que para vencerlas.</p> + +<p>—Que venga Milagro.</p> + +<p>Y al punto se presentó el buen don José con varias cartas a +la firma. Firmó Mendizábal, y entregó cuatro más que requerían +contestación. Eran todas referentes a negocios electorales. Este +pedía la procuración para sí; aquel para su pariente o amigo. Quién +solicitaba humildemente; quién reclamaba con soberbia mal envuelta +en cortesía, alegando servicios a la libertad y una larga historia +bullanguera. A unos se les contestaba con el <i>perdone, hermano</i>, a +otros se ofrecían esperanzas bien rebozaditas, y ciertos y determinados +nombres sacaban tajada, seguridades de éxito.</p> + +<p>—Oiga usted, Milagro —dijo Su Excelencia cuando ya el funcionario +se retiraba—, hágame el favor de manifestar a su amiga de usted, a esa +cansada Zahón, que no puede ser<span class="pagenum" id="Page_325">p. +325</span> y que no puede ser... En una larga carta muy difusa, que no +he podido leer entera..., me pide un desatino tal, que le contestaría +con un puntapié si estuviera yo en otra posición... Pero diga usted, +¿es loca esa mujer?</p> + +<p>—Me parece que sí... Abusa horrorosamente del <i>curaçao</i>.</p> + +<p>—Ya... Pues le dice usted que no me maree más... No le contesto por +escrito porque tendría que tratarla con dureza..., y puede añadir que +ya sé el paradero del tío de Aurorita, Ildefonso Negretti, y que le +escribiré un día de estos para que venga a hacerse cargo de su sobrina. +No quiero que esa pobre niña permanezca más tiempo en poder de la +Zahón... ¿Y qué?... No sé quién me ha dicho que es hermosa.</p> + +<p>—Hermosa es poco decir; es divina, señor..., pero tan romántica, +que no hay quien pueda con ella. Mejor estará con su tío que con doña +Jacoba.</p> + +<p>Otra vez solo, engolfado el pensamiento en el maremagnum político: +«Traeré un Estamento a mi gusto... La ingratitud de Galiano, la envidia +de Istúriz no prevalecerán... Yo no miro más que a la libertad, que +deseo afianzar; a la guerra, que quiero concluir a todo trance; al +país, a esta infeliz patria devorada por las malas pasiones, por tantos +odios..., pobre, sumida en la ignorancia... ¡Triste herencia la del tal +don Fernando VII! Si este señor hubiera sido de otra condición, ¡qué +bien estaríamos!... Quizás podría yo ahora desarrollar tranquilamente +mi pensamiento,<span class="pagenum" id="Page_326">p. 326</span> +madurarlo bien... Con estas prisas, allá va todo como Dios quiere... +¡Qué lástima, señor, qué lástima!... Porque tiene razón Caballero. +¡Cuánto mejor, en política y economía, repartir al pueblo esta masa +de bienes en vez de sacarlos al mercado! ¿La parte de deuda que se +amortiza vale más o vale menos que los intereses territoriales que +podrían crearse con ese reparto, hecho juiciosamente? ¿Es preferible +el crédito circunstancial, para encontrar quien preste, a las ventajas +futuras de la buena distribución del terreno?... ¿Y qué decir de los +abusos que en las subastas pueden cometerse?... Resultará que los +caciques de los pueblos, la clase bursátil, los que poseen ya una +mediana fortuna, adquirirán bienes considerables pagándolos a largos +plazos con el mismo producto de las tierras... Y en tanto, el pueblo +agricultor y laborioso no podrá adquirir propiedad... ¡Si lo he +pensado, señor, si lo he pensado!... ¡Pero no le dan a uno tiempo para +nada!... ¡Esta política, esta vida...! No es posible, no es posible. +Que venga aquí el <i>Sursum corda</i>, y se volverá para arriba, para +el cielo, sin haber hecho nada. ¡Vivir al día, defenderse hoy de +las asechanzas de mañana, temblando siempre, sin hora segura..., y +tener que sufrir una descarga cerrada de discursos...! ¡Las dichosas +polémicas, los malditos abogados...! Y menos mal si uno contara con +tener bien cubiertas las espaldas... ¡Pero si <i>Palacio</i> le pone +a usted en la calle el mejor día, como a un criado...! ¡Ah! Con +esta<span class="pagenum" id="Page_327">p. 327</span> inseguridad, con +esta zozobra, ¿qué planes, ni qué reformas, ni qué soluciones grandes +son posibles? Esto es un vértigo, dar quiebros al enemigo, agarrar el +poder con las dos manos, sujetarlo además con los dientes para que +los de allá no nos lo quiten... No puede ser, no puede ser... Pero +Mendizábal no se va sin realizar algo, ya que no toda la grande obra, +y le dice al país: te he quitado <i>treinta y seis mil frailes</i> +y <i>diecisiete mil monjas</i>; te doy <i>cuatro mil millones, seis +mil</i>, para que empieces a formar un conglomerado social, fuerte y +poderoso... De mogollón lo hago... No me dan tiempo para más. Luego, +Dios dirá...».</p> + +<p>Cambio repentino de ideas: «Se me olvidaba... Tengo que decir a +Córdova que irá la remesa de zapatos la semana que viene... y dos +millones en metálico. Lo apuntaré en la pizarra, para que no se escape +de la memoria... ¡Ya se ve..., con tal diversidad de asuntos!... ¡Pero +este Córdova!... El eterno enigma: si la reina le llama para que forme +ministerio, como cuentan por ahí, tratará de enjaretar una situación +mixta, combinando las fuerzas moderadas con las liberales... En este +caso, yo le ayudaría... ¡Pero si no puede ser; si es todo un puro +embuste de los periódicos, y de esa turbamulta de desocupados que +hormiguean en este pueblo chismoso y novelero! Córdova me dice que no +se cuente con él para nada que sea política... Y en su alocución al +ejército, bien claro lo expresa... Va uno haciéndose, insensiblemente, +a<span class="pagenum" id="Page_328">p. 328</span> no creer nada, +a considerar toda palabra de hombre... o mujer, como un ruido del +viento, como el gotear de la lluvia... Veremos grandes cosas. El +nuevo Estamento nos traerá batallas formidables. ¡Hablar, hablar +y siempre hablar! Señor, en aquel Parlamento inglés es otra cosa: +discuten y votan el mensaje en un día. Son mal mirados los oradores +galanos que van a lucirse, y los abogados indigestos y sofísticos... +Debo decir también a Córdova que corre una especie saladísima: los +grandes de España le proponen para formar Gabinete... ¿Quién meterá +a los grandes en camisa de once varas?... ¡Ah! También le contaré lo +que anda diciendo por ahí <i>don Fernando octavo</i>...: que la corte +se trasladará a Burgos, para estar más cerca del ejército... ¡Qué +tontería!... No creo que el <i>Ama</i> participe del cerval miedo de +sus cortesanos». (Nuevo trazado taquigráfico en la pizarra).</p> + +<p>Puso la mano sobre un montoncillo de cartas, algunas de las cuales +aún no estaban abiertas. Diríase que una de ellas se pegó a sus dedos. +La cogió maquinalmente, y empezó a leer por el medio: «¡Bueno está!... +(<i>soltando la carta con desdén</i>). Las Navas se me incomoda. Otro +que se tuerce... ¡Como si yo pudiese hacer procuradores a todos los +amigos de mis amigos...! Y aquí otra y otra carta pidiéndome destinos, +contadurías, administraciones, secretarías, intendencias, y... ¿Pero +de dónde, señores y amigos, de dónde voy yo a sacar tantas plazas?... +¿Y este que se me<span class="pagenum" id="Page_329">p. 329</span> +atufa porque no le he dado privilegio en el asunto de las campanas?... +No faltaba más. Bastante tengo con los azogues, que me darán no poca +guerra cuando se abra el Estamento... ¡Dichosas campanas, azogues +malditos!... Pero estos señores no ven en el Estado más que una vaca +muy gorda y muy lechera, a cuyas ubres es ley que se agarren todos +los ambiciosos, todos los glotones, todos los hambrientos... ¿A ver +esta otra carta? Ya conozco la letra... ¡Pobre duquesa de Berry! +También esta se ha echado marido morganático, y hoy es condesa de +Lucchesi Pella. Por andar menos lista que otras, ha perdido la tutela +del chiquillo..., el Delfín... A ver qué me cuenta. (<i>Lee por el +final</i>). Lo de siempre: sus hermanas no le hacen caso..., la +vituperan por la campaña desastrosa de la Vendée... (<i>Se ríe</i>). Y +no le perdonarán, no, el famoso episodio de la chimenea... (<i>Leyendo +por el centro</i>). Me da las gracias por haber admitido en el ejército +español al hermano de su esposo, el oficial napolitano Lucchesi, +que recomendé a Córdova... ¿Y qué más? Vaya, vaya con las princesas +destronadas..., parece que les hizo la boca un fraile. Ahora pide que +admitamos a otro hermanito, subteniente... ¿Por qué no les coloca en +las tropas carlistas? ¡Ah, es que allí las pagas son en papel, en +ilusiones!... Verdad que las pagas de acá... también andan como Dios +quiere».</p> + +<p>Puesta a un lado la carta, trazó con rápida mano nuevas apuntaciones +en la pizarrita,<span class="pagenum" id="Page_330">p. 330</span> y +luego extendió las demás epístolas sobre la mesa formando abanico... +Entre los sobrescritos, de muy diversa escritura, vio uno que no se +le despintaba. Sonriendo se dijo: «Quien no te conoce, que te lea». y +la sacó del semicírculo con ánimo de someterla a cuarentena rigurosa. +«Pues sí, debo leerla —pensó variando inmediatamente de propósito, +en la versatilidad de su espíritu inquieto—; veamos qué cuenta». Era +una de tantas comunicaciones de los secretos agentes que el gobierno +tenía en la frontera. Diariamente llegaban dos o tres por diferentes +conductos, y la que a la sazón leía Su Excelencia era remitida por +una tal <i>madame Aline</i>, de fantasía tan novelesca y de tan +extremado celo en el desempeño de su misión, que cuando no había +sucesos graves que referir, los sacaba de su cabeza; y si escaseaban +las maquinaciones, o no sabía la verdad de ellas, ponía en el telar +los productos más inspirados de su numen. Engañado varias veces por +los cuentos de esta poetisa del espionaje, Mendizábal le había tomado +ojeriza, y aguardaba conyuntura para suspenderla del cargo; si ya no lo +había hecho era por consideración a nuestro embajador en París, que aún +creía en ella y se fiaba de sus embustes.</p> + +<p>«Ya te veo (<i>leyendo</i>). La historia de siempre... Que los +carlistas han recibido proposiciones de la reina... Que han llegado +a Oñate dos clérigos emisarios de <i>Palacio</i>..., los cuales se +entienden con otro clérigo de Madrid para poner en autos a doña +Cristina de<span class="pagenum" id="Page_331">p. 331</span> los +deseos y opiniones de don Carlos... Que los agentes de Aviraneta +en Olorón han entrado también en negociaciones con los facciosos, +ofreciéndoles un levantamiento en Madrid. Que al propio tiempo los +realistas franceses se proponen armarla, si Thiers se decidiera al +fin por la intervención. Que la frontera está infestada de frailes +trashumantes y perdidizos, que huyen de las degollinas de Zaragoza, y +muchos de ellos, transfigurados de la noche a la mañana, se afilian +en el ejército de Gómez o de Villarreal... Que Zaratiegui y otros +andan a la greña con los palaciegos y toda la <i>ojalatería</i> de +Oñate, y que de tantos piques y desazones tiene la culpa el carácter +despótico y entrometido de la princesa de Beira, que de continuo pasa +y repasa la frontera, acompañada de <i>monsieur</i> Saint-Silvain, o +sola, con dos pastores: las autoridades francesas no la molestan... +Que don Carlos se propone formar corte y ministerio de verdad, y que +para presidir el Gabinete faccioso ha venido de Londres don Juan +Bautista Erro. Por el ministerio de Gracia y Justicia andan a la greña +el obispo de León y don Wenceslao Sierra... El confesor del rey, don +Juan Echevarría, gobierna interinamente el ramo de Guerra. En medio +de este grande aparato político, en la corte apenas tienen qué comer. +Don Carlos y sus allegados van viviendo con castañas y leche... Las +borrajas son el plato de cada día, y el cocinero de Palacio discurre +los diferentes modos de poner las alubias... Por referencia de un +ayuda<span class="pagenum" id="Page_332">p. 332</span> de cámara +del Rey, que despidieron por haberle pegado una tremenda bofetada al +gentilhombre de servicio, sabe la manifestante que don Carlos se casará +en secreto con la princesa de Beira... Esta había comprado en Olorón +varios objetos de bisutería falsos para su dueño y señor, y había +vendido dos docenas de perlas magníficas, para adquirir con el producto +de ellas fusiles... También gestionaba que le vendieran dos obuses, +ofreciendo unas arracadas que posee... La comunicante las ha visto, y +no duda que Su Alteza encontrará quien por ellas le facilite un par de +cañones... Que los realistas habían logrado entenderse con Aviraneta, +ofreciéndole la Superintendencia de Policía para cuando triunfara don +Carlos..., y que últimamente se le habían enviado desde Francia papeles +que comprometían al señor Mendizábal, y al señor Caballero, y al señor +duque de Zaragoza, documentos que se publicarían en <i>El Jorobado</i> +para armar gran escándalo...».</p> + +<p>Aturdido ya, la cabeza mareada con este aluvión de noticias, que +no eran en su mayor parte más que repetición de anteriores informes, +don Juan echó a un lado la carta sin acabar de leerla. Por natural +encadenamiento de ideas, la mención de <i>El Jorobado</i>, papel +violentísimo, le llevó a pensar en <i>El Mensajero</i>, que también +había comenzado a atacarle, y en <i>El Eco del Comercio</i>, que ya +cerdeaba... «No es bueno que la prensa abuse de la libertad —se dijo +mal humorado—. A bien que con <i>El Liberal</i>, que fundaremos<span +class="pagenum" id="Page_333">p. 333</span> nosotros, zurraremos de +firme a los que se vengan con injurias y enredos... ¡Lástima que no +encontremos muchachos despabilados de estos que salen ahora con la +fiebre del romanticismo!... Me dice Palarea que casi todos los que +valen están ya colocados en papeles enemigos... ¡Colocados!..., me río +yo de esto. Ya vendrán, ya vendrán al reclamo...».</p> + +<p>Apuntó algo en su pizarra, pertinente a prensa y al nuevo periódico, +y fijándose en otra carta, cuya letra menudita y elegante conocía, la +leyó al punto:</p> + +<div class="carta"> + +<p>«Pepe no escribe a usted porque está consagrado hoy en cuerpo y alma +a la limpieza de sus panoplias y a la colocación de las espadas del +siglo <span class="asc">XVII</span> que ayer adquirió. A su gloriosa +ferretería se han añadido unas espuelas, que diz pertenecieron a +Íñigo Arista; el almirez que a doña Blanca de Borbón le servía para +llamar a sus servidores en la torre de Sigüenza, y otras quincallas +magníficas... En nombre de Pepe, y en el mío, le invito a usted a +comer, mañana viernes. Por Dios, no falte, mi buen don Juan, que +tenemos mucho que hablar, y he de contarle cosas mías muy tristes, +¡ay!... Si le sobran a usted campanas, mande hacer rogativas porque +recobre el juicio su consecuente amiga — <i>Pilar</i>».</p> + +</div> + +<p>«¡Pobrecilla... —pensó el grande hombre, soltando la carta—, sí +que es desgraciada!... ¡Qué mundo, qué cosas!...». Y con mental +propósito de aceptar el grato convite, pasó a otro asunto..., algo +de elecciones, de una probable conferencia con Williers. Mas no +tardó<span class="pagenum" id="Page_334">p. 334</span> en distraerle +otro sobrescrito que en la rueda de cartas lucía con gruesos y algo +torcidos caracteres. Dijérase que aquella desconocida escritura le +miraba y atraerle quería, pues los ojos de don Juan se habían como +enganchado varias veces en sus letras. Habíalas visto ya y hecho +intención de abrir y leer... Por fin, picado de curiosidad, se apresuró +a satisfacerla. La carta, después del nombre y la fórmula de respeto, +empezaba con esta frase: «Soy la hija de Jenaro Negretti...». Era +bastante larga. Leídos los dos primeros párrafos, no encontró, sin +duda, el ministro interés bastante intenso en la lectura, y su mente +fugaz corrió otra vez hacia la idea política. «¡Ah, me olvidaba... +(<i>modulando entre dientes</i>), de la ley de mayorazgos! ¡Qué cabeza +la mía!... Prometió Argüelles traérmela hoy, y yo, tan torpe, que no +se lo recordé esta tarde... (<i>Rápida anotación en la pizarra</i>). +Mañana me explicará don Agustín su protección a la revista <i>El +Mensajero</i>, que publica contra mí artículos que se atribuyen a +Galiano... ¡Qué amigos, señor!... He de procurar atraer para el nuevo +periódico a las primeras plumas... Ese Espronceda, ese Larra... Todos +ellos, según dicen, viven miserablemente. Pues demos a Espronceda y +a otros poetas destinos adecuados a su mérito: las secretarías de +las subdelegaciones, plazas en las bibliotecas, si queda alguna... +Dígase lo que se quiera, la prensa no vive solo de libertad...». Cayó +en profunda meditación, cogiéndose la barbilla<span class="pagenum" +id="Page_335">p. 335</span> con las puntas de los dedos. Dio después +un palmetazo sobre la mesa, y formuló en su mente graves acusaciones +contra sí mismo: «Hubiera yo podido impedir los sangrientos sucesos +de Barcelona, que me han perjudicado enormemente... ¿En qué estabas +pensando, Juan, cuando le diste al don Eugenio Aviraneta la carta para +el general Mina? Tenemos cuartos de hora funestísimos, mortales... En +un instante se compromete una posición; una idea mala y extraviada +esteriliza miles de ideas grandiosas, fecundas...». Se pasó la mano +por la frente. Su cansancio era ya muy grande. Pensó en los pobres +empleados que por la índole de su cargo tenían que permanecer en las +oficinas a horas tan absurdas, mientras el ministro no se retirase.</p> + +<p>Campanillazo...</p> + +<p>—Que venga el señor Milagro. Mi capa, el coche...</p> + +<p>Cayéndose de sueño, recibió Milagro las últimas órdenes de Su +Excelencia para el siguiente día.</p> + +<p>—Estas cartas me las contestará usted a primera hora; las demás +no son tan urgentes. Es muy tarde. Estarán ustedes rendidos. Hasta +mañana... ¡Ah!, Milagro, un momento: no me olvide lo de la Zahón... +Que no puede ser..., que... En fin, mejor será ponerle una carta. +Recuérdemelo usted mañana.</p> + +<p>Y por engarce de ideas, ya cuando el portero le estaba poniendo +la capa, volvió presuroso hacia la mesa por recoger algo que +quería llevarse a su casa. «Soy la hija de<span class="pagenum" +id="Page_336">p. 336</span> Jenaro Negretti...». Este párrafo inicial +de la dolorida carta le andaba por el cerebro, disputando el sitio +a pensamientos de mayor bulto y gravedad. Fuese a su casa el grande +hombre, soñoliento ya, revolviendo todo el fárrago de aquella noche: +Córdova..., Galiano..., Palacio..., Ley de mayorazgos..., campanas..., +Aviraneta..., prensa..., frailes..., chiquilla de Negretti...</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch32"> + <h2 class="nobreak g1">XXXII</h2> +</div> + +<p>La desconsoladora respuesta que dio el señor ministro a la carta de +la codiciosa diamantista, puso a esta en formidable, épica irritación. +En tres días no le sacaron del cuerpo más que palabras airadas y +monosílabos rencorosos; en sus manos escribió, con sus propias uñas, +cifra lastimosa del despecho que la dominaba, y los marchantes o +compradores que por allí asomaron salieron o desollados vivos o +llamándose a engaño, con pocas ganas de volver. En la comida decretó +parvedades de la escuela del licenciado Cabra; y tales fueron, que +Aurora y Lopresti se habrían quedado en los huesos si no tuvieran la +precaución de reservar en sus respectivos escondrijos pedazos de pan y +otras cosillas de comer. Sentía la maldita Zahón odio a toda criatura +humana, y a las que más próximas<span class="pagenum" id="Page_337">p. +337</span> tenía, hacíalas responsables de la bofetada que le diera +el ministrillo gaditano, aquel que conoció con manguitos y la pluma +en la oreja, <i>en la casa de los Méndez</i>, allá por los años 97 y +98 del siglo pasado. Porque el hombre de las levitas, el verdugo de +frailes y monjas, el secuestrador de campanas, no se contentaba con +tomar a chacota la proposición de constituirse en administradora de la +huérfana de Negretti (con lo cual aliviaba al señor ministro de sus +cuidados), sino que la relevaba ignominiosamente del cargo honrosísimo +de custodiar y dar alimento y educación a la niña, confiriendo estas +funciones a Ildefonso Negretti, hermano de Jenaro.</p> + +<p>No obstante su fiereza y despecho, pasados tres días de crisis, +juzgó prudente disimular la grave herida de su amor propio, y astuta y +cautelosa reservó de la familia y de los amigos la dura respuesta de +don Juan Álvarez. Ni se le pasaba por la imaginación oponer resistencia +a las disposiciones de este, pues su naturaleza medrosa, calculista, +alma de mercader en pedrería, repugnaba el giro dramático en los actos +de la vida y todo lo que fuese ruidoso y violento. Encerrose, pues, +en una resignación torva, como gato a quien le han cortado las uñas; +esperó los acontecimientos envolviéndose en sus corcovas con cierta +dignidad, quejándose del reuma con más fuertes alaridos, elevando el +precio del quilate en los brillantes de talla superior, y extremando +los rigores con que celaba a la doncella puesta a su cuidado.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_338">p. 338</span></p> + +<p>Aumentó su tristeza en aquellos días la demora de su hijo Laureano +Zahón. Había salido este de Córdoba hacia Sierra Morena; pero tales +historias en el camino le contaron de los bandidos que la infestaban, +que tomó ascos al paso de Despeñaperros y se volvió para su casa, +con idea de esperar a que saliese tropa para venir con ella. Tal +contrariedad no tuvo poca parte en la prudencia que desplegó la Zahón +después de su fracaso. Con Aura era toda sequedad y desabrimiento; +no le permitía apartarse de su lado y de su vista; no creyendo +bien guardada la casa con la fidelidad de Lopresti, se procuró dos +cancerberos más: una tal Verónica, asistenta para centinela de día, y +para vigilante nocturno, Severo Meca, dependiente de Maturana, hombre +a prueba de sobornos, incorruptible, probado en veinte años de manejo +de alhajas. Con tal guardia, y el examen y reparación que mandó hacer +de todas las llaves, cerrojos y cerraduras, se creía libre de un +atropello.</p> + +<p>Inopinadamente se presentó Hillo a comprar otra partidita de +aljófar, que regateó, poniéndose muy pesado, para encubrir con el +negocio su espionaje, y haciéndose mostrar el abanico, pidió precio, +que la Zahón fijó en setecientos cincuenta duros, ni un maravedí menos. +No le fue difícil al presbítero llevar la conversación comercial +al terreno doméstico, y se enteró de la situación, por referencia +espontánea de la despechada doña Jacoba.</p> + +<p>—No sabe usted bien —decía, poniendo<span class="pagenum" +id="Page_339">p. 339</span> los ojos en blanco— cuánto me agrada la +resolución del <i>caballero ese de las campanas</i>, que por lo visto +tiene tiempo sobrado para atender a todo. Él sabrá lo que hace. No +estoy yo para cuidar niñas, y menos a esta diablesa dislocada, sin +respeto a nadie, ni a mí misma. Mentira me parece que ha de venir su +tío y ha de quitarme este cuidado, pues aunque tengo costumbre de +guardar cosas de precio y de asegurarlas contra ladrones, no sé cómo se +custodian estas joyas que andan y enredan, que discurren todo lo malo; +joyas que es forzoso clavar en los estuches para que no se escapen de +ellos... También le digo a usted, señor de Timoneda (con este falso +nombre había ocultado Hillo su personalidad), que si deseo perderla de +vista, no deseo menos conservarla, mientras esté aquí, libre de todo +detrimento. Quiero que su nuevo guardián la reciba en situación de +honestidad material, aunque mentalmente la haya perdido. Cuando esté +fuera de mi casa, que haga lo que quiera, que se deshonre; pero aquí +no... Esto es un sagrario, señor de Timoneda; aquí viven y han vivido +siempre el recato, la virtud. De esta casa no ha salido jamás una +piedra falsa... ¿Cómo había yo de consentir que ahora saliera?</p> + +<p>Alabó mucho el disfrazado clérigo estos alardes, y se permitió +aconsejar a Jacoba que, lejos de estorbar, favoreciese el traspaso de +aquella joya al tío carnal, pues la tal niña le daría disgustos muy +gordos si no la echaban pronto de Madrid. Y añadió a esto tales<span +class="pagenum" id="Page_340">p. 340</span> observaciones y noticias, +que la jorobada, fácil al miedo, no necesitó más para verse rodeada +de catástrofes. Dos veces más, en diferentes días, volvió don Pedro, +regateando el abanico y haciéndose mostrar unos topacios, que no +compró; y con esto finalizaron sus averiguaciones en la caverna de +la Zahón, pues ya había adquirido los datos y conocimientos más +importantes: Aura delirante de amor; extremadas las precauciones +para evitar que se vieran los amantes, y, por fin, próximo el arribo +del tío carnal para cargar con la romántica niña y llevársela a los +quintos infiernos. Cuando esto fuera un hecho positivo, solo restaba +impedir que Calpena descubriese a dónde había ido a parar la cabra +loca; y establecida la radical separación, no era ya difícil traer +al buen camino al descarriado joven. A este le visitaba diariamente, +guardándose bien de contarle sus tratos y contubernios con la +diamantista; lo que no impidió que Calpena los supiera por aviso de +Aura, atisbadora infatigable de quién entraba y salía en la casa.</p> + +<p>No pareciéndole aún bastante inquisitorial la incomunicación entre +los tórtolos, sometió Jacoba a escrupuloso registro al menguado +Lopresti, guardando bajo llave papeles, pluma y tinta: por su gusto +habría borrado de las costumbres humanas, como ocasionado a la +desobediencia, el arte de la escritura. No creyendo eficaces estos +rigores, y desconfiada del maltés, determinó asimismo la señora que no +pusiera los pies en<span class="pagenum" id="Page_341">p. 341</span> +la calle mientras tal situación durase, y los recados los hacía Meca, +el bárbaro y frío Meca, incapaz de aliviar una pena de amor, aunque le +dieran un brillante de talla superior por cada lágrima que evitase. Ya +se sabrá la causa de esta insensibilidad. El último mensaje que llevar +pudo Lopresti a los portales de Santa Cruz, donde Calpena aguardaba la +cartita, fue verbal y nada satisfactorio:</p> + +<p>—Señor don Fernando —le dijo, afilando la voz más que de costumbre +por la fuerza de su congoja—, ni traigo carta, ni la traeré más: +válgame la Virgen. Estamos dejados de la mano de Dios. La señora me +ha registrado al salir, todo, señor, como si fuera yo una mujer... +¡Qué vergüenza me ha hecho pasar, ay! Y no es lo peor que me meta +las manos por entre la ropa, haciéndome cosquillas, sino que ya no +me deja salir de casa. ¡Preso yo también, sin comerlo ni beberlo!... +Preso por desconfianza, porque hago este favor a dos que se quieren... +Es mi gusto, señor; es mi único gusto servir a los amantes finos... +Salgo esta tarde porque voy por la medicina, aquí, calle Imperial... +¡Ay!, Dios mío, que no se le volviera solimán..., y ya me despido +de la bendita calle, porque desde esta noche hace los recados ese +Meca, montador que fue de la familia, montador de piedras finas, y +hoy vive de la tasa y fiel contraste... Pues verá: la señorita, que, +como enamorada, discurre más que cien doctores, me encarga diga a +usted que esta noche le escribirá. Tiene papel y lápiz, que le<span +class="pagenum" id="Page_342">p. 342</span> he dado yo... Para mandar +a su amador la carta ha inventado una graciosa treta... Ahora tenemos +allí todas las noches a don José del Milagro. Entra... deja su sombrero +en la percha... En el forro del sombrero pondremos el papelito. ¿Qué +le parece? Lo que no inventa el amor, ni Dios lo inventa... Pues lo +que falta es que usted se haga el encontradizo con Milagro, cuando +este salga de casa; que le convide; que le entretenga hasta sacarle +el embuchado; que mañana le vuelva a convidar y a entretenerle para +que lleve la respuesta del mismo modo, y arreglárselas como pueda para +seguir trayendo y llevando papeles ensombrerados cada lunes y cada +martes... Conque ya lo sabe. Prevenido, señor... ¡Ojo al casquete!... +Adiós, don Fernandito de mi alma; no puedo entretenerme más... Si +tardo, me mata.</p> + +<p>Véase aquí cómo fue conductor inocente de la amorosa correspondencia +el tubo grasiento y anticuado que cubría la venerable cabeza del buen +Milagro. No le fue difícil a Calpena echarle la zarpa, acechándole a la +salida de Milaneses, y le convidó a cenar (felizmente, por ser domingo, +no tenía que ir a la secretaría de Hacienda), y hablaron cuanto les dio +la gana. Concluyó Fernando por fingirse delicado de salud, y suplicar +a su amigo que le hiciese diariamente compañía en los ratos libres, +pues de ello recibiría gran consuelo. Hubo de manifestar sentimientos +contrarios a los que llenaban su alma; hizo el papel de que le pesaba +haber abandonado<span class="pagenum" id="Page_343">p. 343</span> su +destino; mostrose arrepentido de sus amores, sobre los que hacía recaer +toda la culpa de tantos infortunios, y pedía consejo a su buen amigo +sobre la conducta más propia y eficaz para volver a la gracia de Su +Excelencia. Con gran júbilo le oyó Milagro, que de veras le apreciaba, +y prometió visitarlo en el rato libre, entre la contabilidad de la +Zahón y el trabajo nocturno de la oficina.</p> + +<p>Con tal ardid, tuvo Calpena carta fresca todas las noches. No eran +palabras amorosas lo que Milagro llevaba y traía en su sombrero; era +fuego, llamas cogidas a puñados del mismo sol. Véase la muestra:</p> + +<div class="carta"> + + <p>«<i>De Fernando a Aura.</i> — Si hallamos libre el camino del + cielo, al cielo. Si no hay otro camino que el del abismo, al + abismo... Todo antes que arrastrar esta oprobiosa cadena del presidio + social; todo antes que sufrir el ultrajante despotismo de los cabos + de vara que, con el nombre de autoridades, civil, doméstica y + política, cobran el barato en este patio inmundo. Huyamos de ellos. + Busquemos el aire libre, lejos del aliento infecto de los cabos de + vara. Sobre todas las leyes, prevalece el amor, ley suprema, porque + él es la creación, el principio de las cosas».</p> + +</div> + +<div class="carta"> + + <p>«<i>De Aura a Fernando.</i> — Cariño, ¿verdad que me sacarás + pronto de este encierro? Con esta esperanza vivo. Cuento las horas + que me faltan para el momento dichoso en que dejaré de ver el rostro + patibulario de Jacoba Zahón. ¿Cómo no odiarla, si me priva de verte? + Si ella me asesina, ¿cómo no desear que se la<span class="pagenum" + id="Page_344">p. 344</span> trague el infierno, como se tragó Jonás + a la ballena?... digo, no: fue la ballena quien se tragó a Jonás, y + no pudo digerirlo. Tampoco el infierno digeriría a Jacoba, y tendría + que vomitarla con todas sus piedras preciosas... Es la una de la + noche: la bestia monstruosa duerme; yo velo. El amor siempre alerta. + ¿Cuándo nos echamos a volar? Quiero ser pájaro y mirar desde lo alto + de una ramita a estos pobres caracoles, que nos quieren llevar a su + paso... Una de estas noches mi desesperación me inspiró la idea de + matar a Jacoba... Estuve loca un ratito... ¿Verdad que me librarás + pronto? ¿Verdad que si no nos dejan vivir, nos mataremos? Sin ti, + no quiero la vida ni la muerte. ¿Qué sería de mí, solita dentro de + la sepultura?... Voy a decirte una cosa que no sabes... Te adoro... + Tonto, no te rías... Me estoy muriendo por vivir...».</p> + +</div> + +<div class="carta"> + + <p>«<i>De él a ella.</i> — Duerme tranquila; yo velaré, velaré + siempre. El sueño no quiere amistades conmigo. Si tu cárcel fuera de + diamantes y la custodiaran todos los ejércitos del mundo, de ella te + sacaría yo... Si Jacoba fuera la hidra de seis cabezas, yo se las + cortaría todas... Nunca me tuve por héroe. Ahora lo seré, porque te + amo. El amor me hace indómito; el amor me hace invulnerable. Si fuese + preciso ir hasta el crimen, hasta el crimen iré... Ser tú mía, ser + yo tuyo, es hablar con vaguedad: somos un solo ser... ¿No sientes + un solo ser en nosotros? No estamos separados, sino divididos; cada + mitad en diferente esclavitud. Pronto estará todo el ser<span + class="pagenum" id="Page_345">p. 345</span> integrado en la libertad. + Pronto te fijaré el día y hora en que debe terminar esta doble + agonía. Será sin bullicio, sin aparato; será la suma sencillez... + No puedo más. Bendiga Dios el divino fieltro en que irá esta carta. + Adiós».</p> + +</div> + +<div class="carta"> + + <p>«<i>De ella a él.</i> — Poquito me faltó para besar el fieltro + sublime cuando de él saqué la luz de mi vida. Pero no lo besé... No + hice más que acariciarlo... Pronto, sí, mi bien, que sea pronto. + Estoy alegre, porque tú me lo mandas. Jacoba despide de sus ojos un + veneno verde, como el rayo de las esmeraldas. Pero ya no le tengo + miedo: confío en mi caballero, a quien amo, a quien pertenezco por + toda esta vida fugaz y por la eterna...».</p> + +</div> + +<p>En este tono se escribían siempre. Arrebatado el espíritu de Calpena +a las altas cimas de la idealidad, no conocía freno. Tan profunda era +su transformación, que hasta se olvidaba de cómo fue, y de lo que +había sentido y pensado bajo la férula del buen don Narciso Vidaurre. +Aquella serenidad del alma, aquel justo medio en que blandamente +se mecía su voluntad, ¿dónde estaba? ¿Dónde la placidez clásica, +el amor de las reglas, el gusto de lo incoloro, del vivir cómodo y +bien repartido en casillas metódicas? Todo aquel mundo blanducho y +opalino se había resuelto en un orden de sentimientos y de ideas que +le asemejaba al famoso héroe de Dumas, Antony. Como este, se había +erigido en desheredado, y con los fueros de tal, en aborrecedor de +toda la sociedad; como este, no vivía más que para un amor frenético, +dispuesto<span class="pagenum" id="Page_346">p. 346</span> a consumar, +por la satisfacción de sus anhelos, las violencias y tropelías más +abominables.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch33"> + <h2 class="nobreak g1">XXXIII</h2> +</div> + +<p>¡Quién le había de decir a Fernando Calpena, cuando con un amigo +vio representar el <i>Antony</i> en la <i>Porte Saint-Martin</i>, +que aquel drama, que entonces le pareció afectado, mentiroso, uno +de tantos artificios con que los dramaturgos amañados satisfacen el +convencionalismo teatral, había de ajustarse, traducido al castellano, +a la realidad de su pensamiento! El drama de Dumas, y el de Calpena, +drama real, no se parecían en el asunto, aunque sí mucho en la enfática +desesperación del héroe, no bien motivada, y en el ardor de su +lenguaje. El odio a la sociedad no era en él más que una repercusión +hueca del criollo de Dumas. En política había extremado bruscamente +sus opiniones, simpatizando con los revolucionarios más ciegos y +brutales. Para don Fernando no tenían derecho a la permanencia ni el +gobierno aquel, ni otro semejante, ni el trono mismo. La familia real, +de cuyo seno había nacido una espantosa guerra, que llevaba trazas +de no concluir nunca, tampoco debía continuar ligada a la suerte del +país. Las<span class="pagenum" id="Page_347">p. 347</span> disensiones +entre los hijos de Carlos IV habían convertido a España en una inmensa +jaula de locos furiosos. Por averiguar si debía reinar hembra o varón, +se vertían ríos de sangre... Y no pareciéndoles bastante sangría a +nuestros prohombres, todavía andaban a trastazos por si repartían las +mercedes del presupuesto los negros o los blancos, los amarillos o los +rojos. El propio Mendizábal, a quien siempre vio Calpena descollando +sobre la turbamulta política, se había empequeñecido a sus ojos: ya no +era el grande hombre que debía salvar y refundir la nación. Malogrados +sus propósitos por falta de constancia o malicia para llevarlos a la +realidad, resultaba perfectamente sentencioso y oportuno aplicado a +él, como a todos los del oficio, el dicho de Hillo: <i>No remata la +suerte</i>.</p> + +<p>Por otra parte, si el conocimiento de las conexiones jurídicas de +Mendizábal con Aura le indujo a mirar al ilustre gaditano con simpatía, +cuando supo que a la carta de la joven había respondido verbalmente, +por mediación de Milagro, sin darle más consuelo de su esclavitud que +la promesa de mudarla de cárcel, sacándola de las cadenas de Zahón para +ponerla en las de Negretti, la simpatía hubo de trocarse en ojeriza y +mala voluntad. Hallándose obligado a mirar por la huérfana, debió don +Juan atender en otra forma a su angustiosa solicitud. Ni de tutor ni +de caballero era esta fría respuesta: «Diga usted a esa señorita que +estoy atareadísimo<span class="pagenum" id="Page_348">p. 348</span> y +no puedo ocuparme de ella todo lo que quisiera. He escrito a Ildefonso +Negretti para que venga a recogerla. Yo hablaré con él y le recomendaré +que la cuide mucho y procure perfeccionar su educación».</p> + +<p>«Pues yo le aseguro a usted, señor don Juan Álvarez —decía Calpena +<i>in mente</i>, paseándose solo por las calles—, que cuando venga +el tan cacareado tío carnal para hacerse cargo de mi Aura, no la +encontrará. Aura me pertenece, y todos los Negrettis del mundo, +auxiliados por todos los Álvarez gaditanos, que no saben <i>rematar +la suerte</i>, no me la quitarán. Ahora veremos quién puede más: si +Vuecencia con sus altanerías de ministro y jefe de partido, o yo +solito, inerme, sin más fuerza que la que me da la ley de amor... Ley +es esta que no entiende ningún político, ni Vuecencia tampoco... Creerá +que es como la Ley de amortización de la Deuda, o la de redención +de censos, imposiciones y cargas... Y no necesito extremar las +conjeturas, señor don <i>Juan y Medio</i>, para ver segunda intención +en su proyecto de poner a la huérfana en manos de un Negretti, que +seguramente será sumiso ejecutor de los deseos de un amigo poderoso. +¿Tendremos aquí una comedia en que le toque a Vuecencia el papel de +tutor, de ese anciano verde, siempre chasqueado? ¿Le seducen a Su +Excelencia los viejos de Moratín? Pues tampoco ha de valerle el hacer +el don Diego, aun cuando tomara las precauciones para asegurar un +desenlace contrario al de <i>El sí de las niñas</i>, porque<span +class="pagenum" id="Page_349">p. 349</span> aquí estoy yo para llevar +las cosas a su término natural. Y si para esto tuviera yo que pegarle +a Vuecencia un tiro, se lo pegaría, como a Negretti, si este me +contrariara con malevolencia... Por mi Aura, voy yo a las grandes y +nobles virtudes, como a las más negras demostraciones de la maldad; +por mi Aura, escalo yo el cielo o me precipito en los abismos. Nada +tiene valor para mí; cuanto hay en el universo se cifra en ella. +Póngame usted entre Aura y mi voluntad todas las llamadas leyes morales +y sociales, y salto por encima de ellas; y si quieren que pase sin +saltar, pasaré, y pisaré, y si pongo el pie sobre alguien que reviente +con mi peso, quéjese al diablo, porque Dios no ha de oírle».</p> + +<p>Entró en casa de Hillo, con quien hablar quería. Don Pedro le +esperaba: encerráronse en el cuarto de este.</p> + +<p>—Tu puntualidad en acudir a la cita me demuestra que el caso es +urgente. Necesitas dinero: ayer no pude dártelo; hoy te lo daré, pero +no sin condiciones.</p> + +<p>Adivinando las terribles condiciones que su amigo, cruel usurero en +aquel caso, le impondría, Calpena sintió frío glacial en el corazón, y +en la boca todo el acíbar que suele ser producto natural de la carencia +de dinero.</p> + +<p>—Te daré lo que necesites —prosiguió Hillo con severidad noble—; +pero has de darme garantías, seguridades de que ha de ser empleado +dignamente. Esas órdenes tengo.</p> + +<p>—Pero usted —dijo Calpena con voz cavernosa—<span class="pagenum" +id="Page_350">p. 350</span> entiende por empleo indigno lo que para mí +es el fin más alto que se puede imaginar. No nos entendemos.</p> + +<p>—No nos entendemos... Yo tengo órdenes que he de cumplir +estrictamente. Para lanzarte sin freno a la perdición, necesitas oro. +Es natural: sin dinero no se puede realizar el bien... ni el mal. Para +el bien tendrás lo que quieras, Fernando: demuéstrame que quieres el +bien, abandona tus locos devaneos, y partiendo los dos de Madrid esta +misma noche...</p> + +<p>Calpena se levantó del asiento sin decir más que:</p> + +<p>—Guarde usted su dinero... Me voy.</p> + +<p>—Oye..., no seas tan vivo de genio. No hago más que cumplir las +órdenes que recibo... Muy dañado estás, hijo mío, cuando así me vuelves +la espalda; a mí, que te quiero como a un hermano... No, no eres digno +de esta hermosa fraternidad, ni tampoco, lo digo muy alto, ni tampoco +eres digno de la piedad suprema, del cariño lejano, escondido, para que +sea más bello, de la persona que...</p> + +<p>Ahogado por la emoción, Hillo no pudo continuar, y se llevó ambas +manos a los ojos...</p> + +<p>—Para que yo venere a esa persona como ella se merece sin duda —dijo +Calpena en grave desconcierto—, es preciso que..., se necesita que... +Yo la adoraré si la conozco, lo primero... Encubierta, y oponiéndose a +la felicidad de mi vida, no puedo, no puedo quererla.</p> + +<p>Hillo le cogió de una mano, no secas aún<span class="pagenum" +id="Page_351">p. 351</span> sus lágrimas, y en grave tono le dijo:</p> + +<p>—Te doy mi palabra de que si haces lo que dije... Renunciar +radicalmente a ese devaneo, impropio de tu condición, y partir conmigo +de Madrid esta misma noche sin ver a nadie..., la deidad invisible +dejará de serlo... Así lo declara y promete en su última carta... Se +nos revelará..., pero es condición previa que tú..., ya sabes...</p> + +<p>El rostro de Calpena se volvió de mármol; sus manos quedáronse +heladas; sus miradas perdieron toda luz. Miró al clérigo con estupidez; +hízole repetir la proposición. Repetida por Hillo, este añadió hasta +tres veces:</p> + +<p>—¿Te conviene el trato?</p> + +<p>De súbito fue acometido Fernando de un frenesí nervioso; cayó en un +sillón, mordiose los puños, contrajo todo su cuerpo, y clavando las +uñas en el brazo del sillón, prorrumpió en gritos dolorosos:</p> + +<p>—No quiero..., no quiero... Me ofrecen un nombre a cambio de la +vida. No, no... No me hacen falta parientes; no necesito familia... +Que se vayan, que me dejen. Solo viví, solo estoy..., solo moriré..., +moriremos... ¡No quiero, no quiero...!</p> + +<p>Cogida en las convulsas manos la cabeza, como si quisiera +arrancársela, no dijo una palabra más. Don Pedro no le veía el +rostro.</p> + +<p>—Serénate —le dijo, tocando suavemente sus cabellos, cuyos +rizos desordenados por entre los dedos salían—. Te doy tiempo para +pensarlo. La cosa es grave..., no te precipites a resolver, así... +airadamente.</p> + +<p>—¡Si está resuelto —dijo el desesperado joven<span class="pagenum" +id="Page_352">p. 352</span> incorporándose—, si no puede ser!... ¡Si +es como si me mataran!... Y francamente, no me dejo matar..., no me +conviene morir todavía.</p> + +<p>Y puesto en pie, cogió el sombrero con gallardo ademán, mostrando en +acto tan sencillo la firmeza de su resolución. Las últimas palabras de +aquella breve conferencia fueron:</p> + +<p>—Me equivoqué al pensar que usted podía darme... eso. Error grave +fue pedirlo. ¡Qué bochorno!... ¡Pedir lo que no es nuestro, lo que me +darían, no por favorecerme, sino por comprarme! Dígale usted a quien +sea, que no me vendo. El alma no se vende. ¿Por qué no la adquirió, en +tiempos en que fácilmente pudo hacerlo? ¡Y ahora quiere quitármela, +comprármela...! Aunque yo quisiera venderme, amigo Hillo, no podría..., +no me pertenezco... Y para concluir, guárdese usted su dinero, o +devuélvalo a quien se lo ha dado. Para mí no ha de ser. Lo que yo +necesito con urgencia, lo buscaré como pueda.</p> + +<p>—Aguárdate..., hablemos otro poco.</p> + +<p>—Usted puede perder el tiempo, yo no... Es inútil... Si cierra la +puerta me descolgaré por el balcón.. Quédese con Dios... No intente +seguirme... corro yo más que usted. Adiós.</p> + +<p>Y con la presteza que estas palabras indicaban salió de la casa, +dejando a Hillo confuso y atribulado. Hubo de pasar un mediano rato +antes que el buen clérigo pudiera sacar del desorden de su mente una +idea clara y ver el derrotero más conveniente.</p> + +<p>«No me queda duda, va a la desesperación... Loco de<span +class="pagenum" id="Page_353">p. 353</span> amor y sin dinero, algo +hará que nos dé mucho que sentir... ¿Iré tras él? ¿Pero quién le caza? +No, no, Pedro Hillo..., no te metas en cacerías peligrosas. Yo cumplo +dando la voz de alarma, como me ordenan. Ha llegado el momento crítico, +el momento del peligro supremo, que obliga a emplear el recurso final, +lo que los médicos llaman el remedio heroico. Me han mandado que avise +cuando estalle la crisis de locura, y aviso... Pedro Hillo cumple +siempre con su deber; es hombre que sabe rematar la suerte».</p> + +<p>Escribió una breve carta, y al punto salió para entregarla al +<i>señor Edipo</i>, que en determinada calle estaba de servicio. Hecho +esto, se fue al club de la casa de <i>Tepa</i>, donde había quedado +pendiente de la noche anterior una furiosa disputa, cuyo desenlace +quería conocer. Allá fue a parar también Calpena, sin más objeto que +matar el tiempo hasta media noche, y ver a un amigo que le había +ofrecido facilitarle algún dinero. Ya se comprende que este amigo no +era poeta.</p> + +<p>Por obra y gracia de la armonía resultante entre la exaltación de +su espíritu y la atmósfera jacobina que en <i>Tepa</i> reinaba aquella +noche, Calpena se lanzó, sin proponérselo, a la oratoria furibunda, +notas estridentes de rabia política con juicios abominables de cosas y +personas. Sus palabras eran materia inflamable arrojadas varonilmente +en aquel rescoldo de pasiones. De una parte le aplaudían con rabia; de +otra le vituperaban. Entre don Pedro Hillo y otro<span class="pagenum" +id="Page_354">p. 354</span> señor tuvieron que cogerle por un brazo y +bajarle casi a rastras de la tribuna. Parecía loco furioso, y su rostro +echaba llamas. Después, entre el tumulto que en torno del joven se +formó, Hillo le perdió de vista. Cuatro amigos le sacaron a la calle +para que con el fresco de la noche se le despejara la cabeza. Fueron a +un café, pasearon hasta las doce, hora en que Fernando se encaminó a su +casa con el amigo que le había facilitado la cuarta parte del dinero +que creía necesitar.</p> + +<p>Solo al fin en su cuarto y no teniendo nada que hacer, sentose en la +cama y se zambulló en el mar sin fondo de sus pensamientos. «Con poco +dinero, pero con dinero al fin, mañana será. No varío mi plan, ni tengo +que modificar las instrucciones que Aura habrá recogido esta noche en +el sombrero de Milagro. ¡Mañana...! Y a pedir de boca saldrá, pues +previsto está todo, y bien determinada la manera de sortear cualquier +peligro... Mañana, en pleno día, cuando menos lo pienses, cuando nada +temas, maldita Jacoba, soltarás tu presa... Y viviremos los que debemos +vivir, y rabiarán los que deban rabiar..., y el que quiera reventar +de ira, que reviente... Mi gusto es pisotear a la Zahón; al señor +Mendizábal, no... Está próximo a una caída ignominiosa. En Palacio +le tienen ya bien preparada la zancadilla con Istúriz y Saavedra... +¡Los dichosos políticos! No vendría mal una degollina de próceres y +patriotas, como la que se ha hecho de frailes...<span class="pagenum" +id="Page_355">p. 355</span> Pues sí, señor de Mendizábal, bastante +tiene Vuecencia con la que le están armando. Hillo diría que ya se +oye el cencerro del cabestro que viene para conducirle al corral. Y +Vuecencia matará los ocios del corral con la educación de doncellas... +A Hillo no le deseo mal alguno... Ojalá le hicieran obispo. Bien se lo +merece el pobre por su mansedumbre y buenas intenciones... Y en cuanto +a Milagro, nuestra gratitud no se contenta con menos que con nombrarle +ministro de Hacienda... Y a Lopresti, ¿cómo le recompensaremos sus +servicios?... Es facilísimo: pinche mayor de Palacio, y además director +de la Real Capilla; cocinero y tiple de Su Majestad... De todos nos +despedimos, porque espero que no hemos de tener el gusto de ver rostros +conocidos en mucho tiempo... Y que nos persigan, que nos busquen, que +nos cojan ahora... El vuelo será alto... y luego, nuestra cueva de amor +tan profunda, que a ella no llegará ni la mirada de cernícalo de la +Zahón, ni el olfato de <i>Edipo</i>...».</p> + +<p>Por este derrumbadero vertiginoso iban sus pensamientos, cuando +llamaron con fuerte campanillazo y golpes a la puerta de la casa. +Sorprendido del ruido, y alarmado también, pues en su estado nervioso, +el vuelo de una mosca le hacía estremecer, salió Calpena a punto que +alguien abría; y vio que avanzaban hacia la puerta de su habitación +dos hombres de mala facha, los cuales con formas rudas y descorteses, +previa indagación de la personalidad, le ordenaron que<span +class="pagenum" id="Page_356">p. 356</span> se dispusiese a salir en su +grata compañía.</p> + +<p>—¿Pero a dónde?...</p> + +<p>—A la cárcel —dijo el más feo y bruto de la pareja, a punto que +comparecían otros dos, de uniforme, pues eran salvaguardias de la +Subdelegación.</p> + +<p>Lo primero que se le ocurrió a Calpena fue coger una silla, con +intento de estrellarla sobre la cabeza del más próximo. Pero pronto +se abalanzaron los esbirros a trincarle del brazo, y privado de todo +movimiento, no tuvo más remedio que entregarse, maldiciendo con +terrible exclamación su fiero destino. Salieron en paños menores los +patrones y algunos huéspedes a lamentar el triste suceso; y mientras +uno se indignaba, y le consolaba otro con frase vulgar, asegurando que +todo era equivocación, los polizontes registraban la cómoda y mesa, +para llevarse cuantos papeles encontraran pertenecientes al presunto +criminal político.</p> + +<p>Bajando entre tales sayones, taciturno, mas no resignado, devorando +la angustia y terror de su alma, don Fernando empezó a ver claro +en aquella inopinada prisión, y se dijo: «Es ella, es la <i>mano +oculta</i> quien me lleva a la cárcel».</p> + +<p>De la calle de las Urosas al Saladero había mucho que andar. Por +el camino vio dos traillas de presos. Sin duda, el medroso gobierno, +acosado de conspiradores, viendo por todas partes misteriosos enemigos +que le acechaban en la oscuridad de las logias, o le provocaban en +el público escándalo de los<span class="pagenum" id="Page_357">p. +357</span> cafés, había mandado echar la red. Cuando metieron al +desdichado Calpena en el patio donde debía empezar la expiación de sus +nefandos delitos, ya había llegado la primera cuerda, en la cual vio +personas de aspecto decente. Al poco rato entraron dos racimos más, ¿y +cuál no sería la sorpresa de don Fernando al vislumbrar en uno de ellos +nada menos que la venerada, inofensiva persona de don Pedro Hillo?</p> + +<p>En cuanto pudieron reconocerse, a la luz de los farolillos que +alumbraban los tristes grupos, corrieron el uno hacia el otro y se +dieron los brazos.</p> + +<p>—<i>Tu quoque</i>... ¡También usted, don Pedro! —dijo Calpena con el +gozo amargo de la venganza.</p> + +<p>—También —replicó Hillo con voz opaca, casi lloroso—. Y en verdad +que por más que me devano los sesos, no acierto a explicarme... De la +cama me sacaron estos verdugos. Comprendo que a ti... ¡A ti, sí!... Era +necesidad ponerte a la sombra.</p> + +<p>—Yo no conspiro.</p> + +<p>—Conspiras contra ti mismo. Yo, ni contra mí ni contra nadie... No +he hecho más que hablar mal de Mendizábal..., y eso no mucho.</p> + +<p>—No es Mendizábal, no, quien ha tenido la humorada de juntarnos +aquí: es la <i>mano oculta</i>... ¿Tan candoroso es mi buen clérigo que +no lo ve?</p> + +<p>—¡Fernando!</p> + +<p>—¡La invisible deidad, la tutelar, la próvida<span class="pagenum" +id="Page_358">p. 358</span> mascarita!... ¡Ah!, no se quiere que el +niño esté solo... Se teme su desesperación, se teme su rabia...</p> + +<p>Enorme distensión de músculos en ojos y boca declaraba el estupor +del buen presbítero.</p> + +<p>—No está mal esto. ¿Verdad que no está mal?... Para que diga usted +ahora que no <i>remata</i>...</p> + +<p>—¡Vaya si <i>remata</i>...!</p> + + +<p class="smaller mt3">Santander (San Quintín), agosto-septiembre de +1898.</p> + + +<p class="fin">FIN DE «MENDIZÁBAL»</p> + +<hr class="chap"> + + +<hr class="full"> + +</div> +<div style='text-align:center'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 75614 ***</div> +</body> +</html> + diff --git a/75614-h/images/cover.jpg b/75614-h/images/cover.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..d33aeb2 --- /dev/null +++ b/75614-h/images/cover.jpg diff --git a/75614-h/images/logo.jpg b/75614-h/images/logo.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..3957043 --- /dev/null +++ b/75614-h/images/logo.jpg diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt new file mode 100644 index 0000000..6312041 --- /dev/null +++ b/LICENSE.txt @@ -0,0 +1,11 @@ +This eBook, including all associated images, markup, improvements, +metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be +in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES. + +Procedures for determining public domain status are described in +the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org. + +No investigation has been made concerning possible copyrights in +jurisdictions other than the United States. 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