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-The Project Gutenberg eBook of Los cien mil hijos de san Luis
-
-This ebook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this ebook or online
-at www.gutenberg.org. If you are not located in the United States,
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-before using this eBook.
-
-
-Title: Los cien mil hijos de san Luis
-
-Author: Benito Pérez Galdós
-
-Release Date: September 12, 2023 [eBook #71614]
-Last Updated: November 5, 2023
-
-Language: Spanish
-
-Credits: Ramón Pajares Box. (This file was produced from images
- generously made available by The Internet Archive/Canadian
- Libraries.)
-
-*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS CIEN MIL HIJOS DE SAN LUIS
-***
-
-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han
- convertido a MAYÚSCULAS.
-
- * Los errores de imprenta han sido corregidos.
-
- * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
- las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
-
- * Las rayas intrapárrafos han sido espaciadas según los modernos usos
- ortotipográficos.
-
- * Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final
- del párrafo en que se las llama.
-
-
-
-
-EPISODIOS NACIONALES
-
-LOS CIEN MIL HIJOS DE SAN LUIS
-
-
-
-
- Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán
- furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.
-
-
-
-
- B. PÉREZ GALDÓS
- EPISODIOS NACIONALES
- SEGUNDA SERIE
-
- LOS CIEN MIL HIJOS
- DE
- SAN LUIS
-
- 33.000
-
- [Ilustración]
-
- MADRID
- OBRAS DE PÉREZ GALDÓS
- 132, Hortaleza
- 1904
-
-
-
-
- EST. TIP. DE LA VIUDA E HIJOS DE TELLO
- IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.
- C. de San Francisco, 4.
-
-
-
-
-LOS CIEN MIL HIJOS DE SAN LUIS
-
-
-Para la composición de este libro cuenta el autor con materiales muy
-preciosos. Además de las noticias verbales, que casi son el principal
-fundamento de la presente obra, posee un manuscrito que le ayudará
-admirablemente en la narración de la parte o tratado que lleva por
-título _Los cien mil hijos de San Luis_. El tal manuscrito es hechura
-de una señora, por cuya razón bien se comprende que será dos veces
-interesante, y lo sería más aún si estuviese completo. ¡Lástima grande
-que la negligencia de los primeros poseedores de él dejara perder
-una de las partes más curiosas y necesarias que lo componen! Solo
-dos fragmentos sin enlace entre sí llegaron a nuestras manos. Las
-laboriosas indagaciones para allegar lo que falta han sido inútiles, lo
-que en verdad es muy lamentable, porque nos veremos obligados a llenar
-con relatos de nuestra propia cosecha el gran vacío que entre ambas
-piezas del manuscrito femenil resulta.
-
-Este tiene la forma de Memorias. Su primer fragmento lleva por epígrafe
-_De Madrid a Urgel_, y empieza así:
-
-
-
-
-I
-
-
-En Bayona, donde busqué refugio tranquilo al separarme de mi esposo,
-conocí al general Eguía.[1] Iba a visitarme con frecuencia, y como era
-tan indiscreto y vanidoso, me revelaba sus planes de conspiración,
-regocijándose en mi sorpresa y riendo conmigo del gran chubasco que
-amenazaba a los francmasones. Por él supe en el verano del 21 que
-Su Majestad, nuestro católico rey don Fernando (que Dios guarde),
-anhelando deshacerse de los revolucionarios por cualquier medio y a
-toda costa, tenía dos comisionados en Francia, los cuales eran:
-
- [1] Puede verse el retrato de este personaje en las _Memorias
- de un Cortesano de 1815_.
-
-1.º El mismo general don Francisco Eguía, cuya alta misión era promover
-desde la frontera el levantamiento de partidas realistas.
-
-2.º Don José Morejón, oficial de la secretaría de la Guerra, y después
-Secretario reservado de Su Majestad con ejercicio de decretos, el cual
-tenía el encargo de gestionar en París con el gobierno francés los
-medios de arrancar a España el cauterio de la Constitución gaditana,
-sustituyéndole con una cataplasma anodina hecha en la misma farmacia de
-donde salió la Carta de Luis XVIII.
-
-Alababa yo estas cosas por no reñir con el anciano general, que era muy
-galante y atento conmigo; pero en mi interior deploraba, como amante
-muy fiel del régimen absoluto, que cosas tan graves se emprendieran por
-la mediación de personas de tan dudoso valer. No conocía yo en aquellos
-tiempos a Morejón; pero mis noticias eran que no había sido inventor de
-la pólvora. En cuanto a Eguía, debo decir con mi franqueza habitual que
-era uno de los hombres más pobres de ingenio que en mi vida he visto.
-
-Aún gastaba la coleta que le hizo tan famoso en 1814, y con la coleta
-el mismo humor atrabiliario, despótico, voluble y regañón. Pero en
-Bayona no infundía miedo como en Madrid, y de él se reían todos. No
-es exagerado cuanto se ha dicho de la astuta pastelera que llegó a
-dominarle. Yo la conocí, y puedo atestiguar que el agente de nuestro
-egregio soberano comprometía lamentablemente su dignidad y aun la
-dignidad de la corona, poniendo en manos de aquella infame mujer
-negocios tan delicados. Asistía la tal a las conferencias, administraba
-gran parte de los fondos, se entendía directamente con los partidarios
-que un día y otro pasaban la frontera, y parecía en todo ser ella misma
-la organizadora del levantamiento y el principal apoderado de nuestro
-querido rey.
-
-Después de esto he pasado temporaditas en Bayona, y he visto la
-vergonzosa conducta de algunos españoles que sin cesar conspiran en
-aquel pueblo, verdadera antesala de nuestras revoluciones; pero nunca
-he visto degradación y torpeza semejantes a las del tiempo de Eguía.
-Yo escribía entonces a don Víctor Sáez, residente en Madrid, y le
-decía: «Felicite usted a los francmasones, porque mientras la salvación
-de Su Majestad siga confiada a las manos que por aquí tocan el pandero,
-ellos están de enhorabuena.»
-
-En el invierno del mismo año se realizaron las predicciones que yo,
-por no poder darle consejos, había hecho al mismo Eguía, y fue que
-habiendo convocado de orden del rey a otros personajes absolutistas
-para trabajar en comunidad, se desavinieron de tal modo, que aquello
-más que junta parecía la dispersión de las gentes. Cada cual pensaba
-de distinto modo, y ninguno cedía en su terca opinión. A esta variedad
-en los pareceres y terquedad para sostenerlos llamo yo enjaezar los
-entendimientos a la calesera, es decir, a la española. El marqués
-de Mataflorida[2] proponía el establecimiento del absolutismo puro.
-Balmaseda, comisionado por el gobierno francés para tratar este asunto,
-también estaba por lo despótico, aunque no en grado tan furioso;
-Morejón se abrazaba a la Carta francesa; Eguía sostenía el veto
-absoluto y las dos Cámaras, a pesar de no saber lo que eran una cosa y
-otra, y Saldaña, nombrado como una especie de quinto en discordia, no
-se resolvía ni por la tiranía entera ni por la tiranía a media miel.
-
- [2] Conocido por _don Buenaventura_ en las _Memorias de un
- cortesano_ y en _La segunda casaca_.
-
-Entre tanto, el gobierno francés concedió a Eguía algunos millones, de
-los cuales podría dar cuenta si viviese la hermosa pastelera. Dios
-me perdone el mal juicio; pero casi podría jurar que de aquel dinero,
-solo algunas sumas insignificantes pasaron a manos de los pobres
-guerrilleros, tan bravos como desinteresados, que desnudos, descalzos
-y hambrientos, levantaban el glorioso estandarte de la fe y de la
-monarquía en las montañas de Navarra o de Cataluña.
-
-Las bajezas, la ineptitud y el despilfarro de los comisionados secretos
-de Su Majestad no cesaron hasta que apareció en Bayona, también con
-poderes reales, el gran pájaro de cuenta llamado don Antonio Ugarte, a
-quien no vacilo en designar como el hombre más listo de su época.
-
-Yo le había tratado en Madrid el año 19. Él me estimaba en gran
-manera, y, como Eguía, me visitaba a menudo, pero sin revelarme sus
-planes. Desde que se encargó de manejar la conspiración, seguíala yo
-con marcado interés, segura de su éxito, aunque sin sospechar que le
-prestaría mi concurso activo en término muy breve. Un día Ugarte me
-dijo:
-
-—No se encuentra un solo hombre que sirva para asuntos delicados. Todos
-son indiscretos, soplones y venales. ¿Ve usted lo que trabajo aquí por
-orden de Su Majestad? Pues es nada en comparación de lo que me dan que
-hacer las intrigas y torpezas de mis propios colegas de conspiración.
-No me fío de ninguno, y en el día de hoy, teniendo que enviar un
-mensaje muy importante, estoy como Diógenes, buscando un hombre sin
-poder encontrarlo.
-
-—Pues busque usted bien, señor don Antonio —le respondí—, y quizás
-encuentre una mujer.
-
-Ugarte no daba crédito a mi determinación; pero tanto le encarecí mis
-deseos de ser útil a la causa del rey y de la religión, que al fin
-convino en fiarme sus secretos.
-
-—Efectivamente, Jenara —me dijo—: una dama podrá desempeñar mejor que
-cualquier hombre tan delicado encargo, si reúne a la belleza y gallarda
-compostura de su persona un valor a toda prueba.
-
-En seguida me reveló que en Madrid se preparaba un esfuerzo político,
-es decir, un pronunciamiento, en el cual tomaría parte la Guardia real
-con toda la tropa de línea que se pudiese comprometer; pero añadió que
-desconfiaba del éxito si no se hacían con mucho pulso los trabajos,
-tratando de combinar el movimiento cortesano con una ruidosa algarada
-de las partidas del norte. Discurriendo sobre este negocio, me mostró
-su grandísima perspicacia y colosal ingenio para conspirar, y después
-me instruyó prolijamente de lo que yo debía hacer en Madrid, del arte
-con que debía tratar a cada una de las personas para quienes llevaba
-delicados mensajes, con otras muchas particularidades que no son de
-este momento. Casi toda mi comisión era enteramente confidencial y
-personal, quiero decir que el conspirador me entregó muy poco papel
-escrito; pero, en cambio, me repitió varias veces sus instrucciones
-para que, reteniéndolas en la memoria, obrase con desembarazo y
-seguridad en las difíciles ocasiones que me aguardaban.
-
-Partí para Madrid en febrero del 22.
-
-
-
-
-II
-
-
-Con entusiasmo y placer emprendí estos manejos: con entusiasmo, porque
-adoraba en aquellos días la causa de la Iglesia y el trono; con placer,
-porque la ociosidad entristecía mis días en Bayona. La soledad de
-mi existencia me abrumaba tanto como el peso de las desgracias que
-a otros afligen y que yo aún no conocía. Separándome de mi esposo,
-cuyo salvaje carácter y feroz suspicacia me hubieran quitado la vida,
-adquirí libertad suma y un sosiego que, después de saboreado por
-algún tiempo, llegó a ser para mí algo fastidioso. Poseía bienes de
-fortuna suficientes para no inquietarme de las materialidades de la
-vida: de modo que mi ociosidad era absoluta. Me refiero a la holganza
-del espíritu, que es la más penosa, pues la de las manos, yo, que no
-carezco de habilidades, jamás la he conocido.
-
-A estos motivos de tristeza debo añadir el gran vacío de mi corazón,
-que estaba ha tiempo como casa deshabitada, lleno tan solo de sombras
-y ecos. Después de la muerte de mi abuelo, ningún afecto de familia
-podía interesarme, pues los Baraonas que subsistían, o eran muy lejanos
-parientes, o no me querían bien. De mi infelicísimo casamiento solo
-saqué amarguras y pesadumbres; y para que todo fuese maldito en aquella
-unión, no tuve hijos. Sin duda Dios no quería que en el mundo quedase
-memoria de tan grande error.
-
-Fácilmente se comprenderá que en tal situación de espíritu me gustaría
-lanzarme a esas ocupaciones febriles que han sido siempre el principal
-goce de mi vida. Ninguna cosa llana y natural ha cautivado jamás mi
-corazón, ni me embelesó, como a otros, lo que llaman dulce corriente
-de la vida. Antes bien, yo la quiero tortuosa y rápida; que me ofrezca
-sorpresas a cada instante y aun peligros; que se interne por pasos
-misteriosos, después de los cuales deslumbre más la claridad del día;
-que caiga como el Piedra en cataratas llenas de ruido y colores, o se
-oculte como el Guadiana, sin que nadie sepa dónde ha ido.
-
-Yo sentía además en mi alma la atracción de la corte, no pudiendo
-descifrar claramente cuál objeto o persona me llamaban en ella, ni
-explicarme las anticipadas emociones que por el camino sentía mi
-corazón, como el derrochador que principia a gastar su fortuna antes de
-heredada. Mi fantasía enviaba delante de sí, en el camino de Madrid,
-maravillosos sueños e infinitos goces del alma, peligros vencidos y
-amables ideales realizados. Caminando de este modo y con los fines que
-llevaba, iba yo por mi propio y verdadero camino.
-
-Desde que llegué me puse en comunicación con los personajes para
-quienes llevaba cartas o recados verbales. Tuve noticias de la rebelión
-de los Guardias que se preparaba; hice lo que Ugarte me había mandado
-en sus minuciosas instrucciones, y hallé ocasión de advertir el mucho
-atolondramiento y ningún concierto con que eran llevados en Madrid los
-arduos trámites de la conspiración.
-
-Lo mejor y más importante de mi comisión estaba en Palacio, a donde me
-llevó don Víctor Sáez, confesor de Su Majestad. Muchos deseos tenía yo
-de ver de cerca y conocer por mí misma al rey de España y toda su real
-familia, y entonces quedó satisfecho mi anhelo. Hice un rápido estudio
-de todos los habitantes de Palacio, particularmente de las mujeres: la
-reina Amalia, doña Francisca, esposa de don Carlos, y doña Carlota,
-del infante don Francisco. La segunda me pareció desde luego mujer a
-propósito para revolver toda la corte. De los hombres, don Carlos me
-pareció muy sesudo, dotado de cierto fondo de honradez preciosísima,
-con lo cual compensaba su escasez de luces, y a Fernando le diputé por
-muy astuto y conocedor de los hombres, apto para engañarles a todos, si
-bien privado del valor necesario para sacar partido de las flaquezas
-ajenas. La reina pasaba su vida rezando y desmayándose; pero la varonil
-doña Francisca de Braganza ponía su alma entera en las cosas políticas,
-y llena de ambición, trataba de ser el brazo derecho de la corte.
-Doña Carlota, por entonces embarazada del que luego fue rey consorte,
-tampoco se dormía en esto.
-
-Los palaciegos, tan aborrecidos de la muchedumbre constitucional,
-Infantado, Montijo, Sarriá y demás aristócratas, no servían en realidad
-de gran cosa. Sus planes, faltos de seso y travesura, tenían por
-objeto algo en que se destacase con preferencia la personalidad de
-ellos mismos. Ninguno valía para maldita la cosa, y así nada se habría
-perdido con quitarles toda participación en la conjura. Los individuos
-de la Congregación Apostólica, que era una especie de masonería
-absolutista, tampoco hacían nada de provecho, como no fuera allegar
-plebe y disponer de la gente fanática para un momento propicio. En los
-jefes de la Guardia había más presunción que verdadera aptitud para
-un golpe difícil, y el clero se precipitaba gritando en los púlpitos,
-cuando la situación requería prudencia y habilidad sumas. Los liberales
-masones o comuneros vendidos al absolutismo, y que al pronunciar sus
-discursos violentos se entusiasmaban por cuenta de este, estaban muy
-mal dirigidos, porque con su exageración ponían diariamente en guardia
-a los constitucionales de buena fe. He examinado uno por uno los
-elementos que formaban la conspiración absolutista del año 22, para que
-cuando la refiera se explique en cierto modo el lamentable aborto y
-total ruina de ella.
-
-
-NOTA DEL AUTOR. _A continuación refiere la señora los sucesos del 7 de
-julio. Aunque su narración es superior a la nuestra, por la graciosa
-sencillez y verdad con que toda ella está hecha, la suprimimos, pues no
-conviene repetir, aun mejorándolo, lo que ya apareció en otro volumen._
-
-
-
-
-III
-
-
-Después de los aciagos días de julio, mi situación, que hasta entonces
-había sido franca y segura, fue comprometidísima. No es fácil dar
-una idea de la presteza con que se ocultaron todos aquellos hombres
-que pocos días antes conspiraban descaradamente. Desaparecieron como
-caterva de menudos ratoncillos, cuando los sorprende en sus audaces
-rapiñas el hombre sin poder perseguirlos, ni aun conocer los agujeros
-por donde se han metido. A mí me maravillaba que don Víctor Sáez,
-hombre de una obesidad respetable, pudiera estar escondido sin que al
-punto se descubriese su guarida. Los palaciegos se filtraron también, y
-los que no estaban claramente comprometidos, como por ejemplo, Pipaón,
-dieron vivas a la Constitución vencedora, uniéndose a los liberales.
-
-Tuve además la desgracia de perder varios papeles en casa de un pobre
-maestro de escuela donde nos reuníamos, y esto me causó gran zozobra;
-pero al fin los encontré, no sin trabajo, exponiéndome a los mayores
-peligros. La seguridad de mi persona corrió también no poco riesgo, y
-en los días 9 y 10 de julio no tuve un instante de respiro, pues por
-milagro no me arrastraron a la cárcel los milicianos borrachos de vino
-y de patriotería. Gracias a Dios, vino en mi amparo un joven paisano y
-antiguo amigo mío, el cual en otras ocasiones había ejercido en mi vida
-influencia muy decisiva, semejante a la de las estrellas en la antigua
-cábala de los astrólogos.
-
-Pasados los primeros días, pude introducirme en Palacio, a pesar de
-la formidable y espesa muralla liberalesca que lo defendía. Encontré
-a Su Majestad lleno de consternación y amargura, principalmente por
-verse obligado a poner semblante lisonjero a sus enemigos y aun a
-darles abrazos, lo cual era muy del gusto de ellos, en su mayoría
-gente inocentona y crédula. No me agradaba ver en nuestro soberano tan
-menguado corazón; pero si en él concordara el valor con las travesuras
-y agudezas del entendimiento, ningún tirano antiguo ni moderno le
-habría igualado. Su desaliento y desesperación no le impidieron que
-se enamorase de mí, porque en todas las ocasiones de su vida, bajo
-las distintas máscaras que se quitaba y se ponía, aparecía siempre el
-sátiro.
-
-Temerosa de ciertas brutalidades, quise huir. Brindéme entonces a
-desempeñar una comisión difícil para lo cual Fernando no se fiaba de
-ningún mensajero; y aunque él no quiso que yo me encargase de ella,
-porque no me alejara de la corte, tanto insté y con tales muestras de
-verdad prometí volver, que se me dieron los pasaportes.
-
-El mes anterior había salido para Francia don José Villar Frontín,
-uno de los intrigantes más sutiles del año 14, aunque, como salido
-de la academia del cuarto del infante don Antonio, no era hombre de
-gran iniciativa, sino muy plegadizo y servicial en bajas urdimbres.
-Llevaba órdenes para que el marqués de Mataflorida formase una regencia
-absolutista en cualquier punto de la frontera conquistado por los
-guerrilleros. Estas instrucciones eran conformes al plan del gobierno
-francés, que deseaba la introducción de la Carta en España y un
-absolutismo templado; pero Fernando, que hacía tantos papeles a la vez,
-deseaba que sus comisionados, afectando amor a la Carta, trabajasen por
-el absolutismo limpio. Esto exigía frecuentes rectificaciones en los
-despachos que se enviaban y avisos contradictorios, trabajo no escaso
-para quien había de ocultar de sus ministros todos estos y aun otros
-inverosímiles líos.
-
-Yo me comprometí a hacer entender a Mataflorida y a Ugarte lo que
-se quería, transmitiéndole verbalmente algunas preciosas ideas del
-monarca, que no podían fiarse al papel, ni a signo ni cifra alguna.
-Ya por aquellos días se supo que la Seo de Urgel había sido ganada
-al gobierno por el bravo Trapense, y se esperaba que en la agreste
-plaza se constituyera la salvadora regencia. A la Seo, pues, debía yo
-dirigirme.
-
-La partida y el viaje no eran problemas fáciles. Esto me preocupó
-durante algunos días, y traté de sobornar, para que me acompañase, al
-amigo de quien antes he hablado. A él no le faltaban en verdad ganas
-de ir conmigo al extremo del mundo; pero le contenía el amor de su
-madre anciana. No poco luché para decidirle, empleando razonamientos y
-seducciones diversas; mas a pesar de la propensión de su carácter a
-ciertas locuras y del considerable dominio que yo empezaba a ejercer
-sobre él, se resistía tenazmente, alegando motivos poderosos, cuya
-fuerza no me era desconocida. Al fin, tanto pudo una mujer llorando,
-que él abandonó todo, su madre y su casa, aunque por poco tiempo,
-con la sana intención de volver cuando me dejase en paraje donde no
-existiese peligro alguno. El infeliz presagiaba sin duda su desdichada
-suerte en aquella expedición, porque luchó grandemente consigo mismo
-para decidirse, y hasta última hora estuvo vacilante.
-
-Aquel hombre había sido enemigo mío, o más propiamente, de mi esposo.
-Desde la niñez nos conocimos; fue mi novio en la edad en que se tiene
-novio. Sucesos lamentables que me afligen al venir a la memoria,
-caprichos y vanidades mías me separaron de él, yo creí que para
-siempre; pero Dios lo dispuso de otro modo. Durante algún tiempo estuve
-creyendo que le odiaba; pero el sentimiento que llenaba mi alma era,
-más que rencor, una antipatía arbitraria y voluntariosa. Por causa de
-ella siempre le tenía en la memoria y en el pensamiento. Circunstancias
-funestas le pusieron en contacto conmigo diferentes veces, y siempre
-que ocurría algo grave en la vida de él o en la mía, tropezábamos
-providencialmente el uno con el otro, como si el alma de cada cual,
-viéndose en peligro, pidiese auxilio a su compañera.
-
-En mí se verificó una crisis singular. Por razones que no son de este
-sitio, llegué a aborrecer todo lo que mi esposo amaba y amar todo lo
-que él aborrecía. Al mismo tiempo, mi antiguo novio mostraba hacia
-mí sentimientos tan vivos de menosprecio y desdén, que esto inclinó
-mi corazón a estimarle. Yo soy así, y me parece que no soy el único
-ejemplar. Desde la ocasión en que le arranqué de las furibundas manos
-de mi marido, no debí de ser tampoco para él muy aborrecible.
-
-Cuando nos encontramos en Madrid, y desde que hablamos, caímos en
-la cuenta de que ambos estábamos muy solos. Y si había semejanza en
-nuestra soledad, no era menor la de nuestros caracteres, principal
-origen quizás de aquella. Hicimos propósito de echar a la espalda aquel
-trágico aborrecimiento que antes nos teníamos, el cual se fundaba en
-veleidades y caprichosas monomanías del espíritu, y no tardamos mucho
-tiempo en conseguirlo. Ambos reconocimos las grandes y ya irremediables
-equivocaciones de nuestra primera juventud, y nos maravillábamos de ver
-tan extraordinaria fraternidad en nuestras almas. ¡Ser de este modo,
-haber nacido el uno para el otro, y, sin embargo, haber estado dándonos
-golpes en las tinieblas durante tanto tiempo! ¡Qué fatalidad! Hasta
-parece que no somos responsables de ciertas faltas, y que estas, por lo
-que tienen de placentero, pueden tolerarse como compensación de pasados
-dolores y de un error deplorable y fatal, dependiente de voluntades
-sobrehumanas.
-
-Pero no: no quiero eximirme de la responsabilidad de mi culpa y de
-haber faltado claramente, impulsada por móviles irresistibles, a la ley
-de Dios. No; nada me disculpa: ni las atrocidades de mi marido, ni la
-espantosa soledad en que yo estaba; ni los mil escollos de la vida en
-la corte, ni las grandes seducciones morales y físicas de mi paisano y
-dulce compañero de la niñez. Reconozco mi falta; y atenta solo a que
-este papel reciba un escrupuloso retrato de mi conciencia y de mis
-acciones, la escribo aquí, venciendo la vergüenza que confesión tan
-penosa me causa.
-
-Salimos de Madrid en una hermosa noche de julio. Cuando dejamos de oír
-el rugido de la milicia victoriosa, me pareció que entraba en el cielo.
-Íbamos cómodamente en una silla de postas con buenos caballos y un
-hábil mayoral de Palacio. Yo había tomado un nombre supuesto diciéndome
-marquesa de Berceo, y él era nada menos que mi esposo, una especie de
-marqués de Berceo. Mucho nos reímos con esta invención, que a cada paso
-daba lugar a picantes comentarios y agudezas. No recuerdo días más
-placenteros que los de aquel viaje.
-
-¡Cuántas veces bajamos del coche para andar largos trechos a pie,
-recreándonos en la hermosura de las incomparables noches de Castilla!
-¡Cómo se agrandaba todo ante nuestros ojos, principalmente las cosas
-inmateriales! Nos parecía que aquella dulce vagancia no acabaría nunca,
-y que los días venideros serían siempre como aquel cielo que veíamos,
-dilatados, serenos y sin nubes. En tales horas, o hablábamos poco, o
-vertíamos el alma del uno en la del otro alternativamente por medio
-de observaciones y preguntas acordes con el hermoso espectáculo que
-veíamos fuera y dentro de nosotros, pues de mi alma puede decirse que
-estaba tan llena de estrellas como el firmamento.
-
-Han pasado muchos años: entonces tenía yo veintisiete, y ahora... no
-lo quiero decir por no espantarme; pero creo que he traspasado el
-medio siglo.[3] Entonces mis cabellos eran de oro; ahora son de plata,
-sin que ni una sola hebra de ellos conserve su primitivo color. Mis
-ojos tenían el brillo que es reflejo de la inteligencia despierta y
-de los sentimientos bullidores; ahora no son más que dos empañadas
-cuentas azules, de las cuales se escapa alguna vez fugitivo rayo. Mi
-cara entonces respiraba alegría, salud, y el alma rielaba sobre mis
-facciones como la luz sobre la superficie de las temblorosas aguas;
-ahora es una máscara que sirve para disimular los pensamientos, y que
-a muchos deja ver todavía huellas claras de la hermosura que hubo en
-ella. Entonces era muy hermosa; ahora soy una _vieja que debió de
-haber sido guapa_, aunque si he de creer a don Toribio, el canónigo
-de Tortosa, todavía puedo volver loco a cualquiera. En suma: todo ha
-pasado, mudándose considerablemente, e infinitas personas han entrado
-en la región de los recuerdos. Lo que siempre está lo mismo es mi
-país, que no deja de luchar un momento por la misma causa y con las
-mismas armas, y si no con las mismas personas, con los mismos tipos de
-guerreros y políticos. Mi país sigue siempre a la calesera.
-
- [3] Según nuestras noticias, la señora escribió estas
- memorias durante la guerra civil del 48.
-
-Pues bien: en todo el tiempo transcurrido entre estas dos épocas, no
-he visto pasar días como aquellos. Fueron de los pocos que tiene cada
-mortal como un regalo del cielo para toda la existencia, y que en
-vano se aguardan después, porque no vuelven. Estos aguinaldos de la
-vida no se reciben más que una vez. Salvador era menos feliz que yo,
-a causa de los deberes y las afecciones que había dejado atrás. Yo
-procuraba hacerle olvidar todo lo que no fuese nosotros mismos; mas
-resultaba esto muy difícil, por ser él menos dueño de sus acciones que
-yo, y aun si se quiere, menos egoísta. Íbamos de pueblo en pueblo, sin
-apresurarnos ni detenernos mucho. Aquel vivir entre todo el mundo y al
-mismo tiempo sin testigo, era mi mayor delicia. Los diversos pueblos
-por donde pasábamos no tenían sin duda noticia de la felicidad de los
-marqueses de Berceo, pues si la tuvieran, no creo que nos dejaran
-seguir sin quitarnos algo de ella.
-
-
-
-
-IV
-
-
-Gracias a nuestro dinero y a nuestro buen porte, podíamos disfrutar de
-todas las comodidades posibles en las posadas. El calor nos obligaba a
-detenernos durante el día, caminando por las noches, y ni en Castilla
-ni en Aragón tuvimos ningún mal encuentro, como recelábamos, con
-milicianos, ladrones o espías del gobierno.
-
-Más allá de Zaragoza empezamos a temer que nos salieran al paso las
-tropas de Torrijos o de Manso. Por eso, en vez de tomar directamente
-el camino de Cataluña, subimos hacia Huesca. Salvador, cuya antipatía
-a los facciosos y guerrilleros era violentísima, se mostró disgustado
-al considerarse cerca de ellos. Entonces tuve un momento de súbita
-tristeza oyéndole decir:
-
-—Cuando lleguemos a un lugar seguro o estés entre tus amigos, me
-volveré a Madrid.
-
-Yo deseaba que no llegasen ni el lugar seguro ni tampoco mis amigos.
-Pero aunque mi tristeza fue grande desde aquel momento, apoderándose
-de mi corazón como un presagio de desventuras, estaba muy lejos
-de sospechar el espantoso golpe que nos amenazaba, consecuencia
-providencial de nuestra falta y de mi criminal ligereza. ¡Ay!, piensa
-el malo que sus alegrías han de ser perpetuas, y la misma grata
-corriente de ellas le lleva ciego a lo que yo llamo la sucursal del
-infierno en la tierra, que es la desgracia y el anticipado castigo de
-los delitos.
-
-De Huesca nos dirigimos a Barbastro, siguiendo por un detestable camino
-hasta Benabarre, donde entramos al anochecer. Detuvieron nuestro coche
-algunos hombres, y al verles, exclamé:
-
-—¡Los guerrilleros! Ya estamos en casa.
-
-Salvador mostró gran disgusto, y cuando fuimos interrogados, dio
-algunas contestaciones que debieron sonar muy mal en los oídos de los
-soldados de la fe. Yo tenía confianza en mi gente y la seguridad de
-no ser detenida; pero no me fue posible evitar ciertas molestias. Nos
-hicieron bajar del coche antes de llegar a la posada y presentarnos
-a un rústico capitán que estaba en la venta del camino bebiendo vino
-juntamente con otro guerrillero, al modo de frailazo, armado de
-pistolas, y con dos o tres individuos de malísima catadura.
-
-Sus maneras no eran en verdad nada corteses, a pesar de defender causa
-tan sagrada como es la del altar y el trono; pero con dos o tres
-palabras dichas enérgicamente y en tono de dignidad, me hice respetar
-al punto. Yo mostraba mis papeles al que me parecía jefe, cuando
-observé que uno de los hombres allí presentes miraba a mi compañero de
-viaje con expresión poco tranquilizadora. Llegose a él, y poniéndole la
-mano en el hombro, le dijo con brutal modo y expresión de venganza:
-
-—¿Me conoces? ¿Sabes quién soy?
-
-—Sí —le respondió Monsalud, pálido y colérico—. Ya sé que eres un
-hombre vil: tu nombre es Regato.
-
-El desconocido se abalanzó en ademán hostil hacia mi amigo; pero este
-supo recibirle con tanta valentía, que le hizo rodar por el suelo,
-bañado el rostro en sangre. Quedeme sin aliento al ver la furia de
-aquella gente ante el mal trato dado a uno de los suyos. Milagro de
-Dios fue que no pereciésemos allí; pero el capitán parecía hombre
-prudente, y haciendo salir de la venta al agraviado, nos notificó que
-estábamos presos hasta que el jefe decidiera lo que se había de hacer
-con nosotros.
-
-Afectando serenidad, díjele que mirara bien lo que hacía, por ser yo
-persona de gran poder en la frontera y en Palacio; pero encogiéndose de
-hombros, tan solo me permitió, después de largas discusiones, hablar
-al que ellos llamaban coronel. Salí desalada de la venta, dejando en
-ella la mitad de mi alma, pues allí quedó guardado por dos hombres mi
-ultrajado amigo, y me presenté al coronel, que era un capuchino de
-Cervera.
-
-Acababa de despachar Su Paternidad un bodrio y dos azumbres que le
-habían puesto para que cenase, y después del pienso, no tenía al
-parecer la cabeza muy serena. Sin embargo, no me trató mal. Díjome que
-el señor Regato le había informado ya de quién era mi acompañante, y
-que en vista de sus antecedentes y circunstancias, no podían soltarle.
-Púseme furiosa: yo me creí capaz de destrozar solo con mis uñas a
-aquel tremendo fraile coronel, cuyas barbas y salvaje apostura ponían
-miedo en el corazón más esforzado. Sin miramiento alguno le increpé,
-diciéndole cuantas atrocidades me vinieron a la boca y amenazándole con
-pedir su cabeza al rey; pero ni aun así logré ablandar aquella roca en
-figura de bestia. Oyome el bárbaro con paciencia, sin duda por ser más
-fraile que guerrero, y resumió sus resoluciones diciéndome:
-
-—Usted, señora, puede ir libremente a donde le acomode; pero ese hombre
-no me sale de aquí.
-
-¡Ay!, si yo hubiera tenido a mis órdenes diez hombres armados, habría
-atacado al batallón, cuadrilla o lo que fuera, segura de destrozarlo:
-que tanto puede el furor de una hembra ofendida. Volví a la venta,
-resuelta a sacar de ella a Salvador con mis propias manos, desafiando
-las armas de sus guardianes; pero cuando entré, mi compañero de viaje,
-mi adorado amigo, mi pobre marqués de Berceo, había desaparecido. Le
-llamé con la voz ronca de tanto gritar; le llamé con toda mi alma; pero
-no me respondió. Una mujer andrajosa, que parecía tan salvaje y feroz
-como los hombres que en aquel pueblo vi, salió conmigo al camino, y
-señalando a un punto en la oscuridad del espacio negro, dijo sordamente:
-
-—Allí.
-
-Y mirando hacia donde su dedo me indicaba, vi unas grandes sombras que
-parecían murallones almenados y como ruinas hendidas. Pregunté qué
-sitio era aquel, y la desconocida me contestó:
-
-—El castillo.
-
-La mujer, llevando una cesta con provisiones, marchó en dirección
-del castillo. Yo la seguí. No tardamos en llegar, y por una poterna
-desvencijada que se abría en la muralla, después de pasado el foso sin
-agua, penetramos en un patio lleno de escombros y de hierba.
-
-—¡Aquí, aquí le han encerrado! —exclamé mirando a todos lados como
-quien ha perdido el juicio.
-
-La mujer se detuvo ante mí, y señalando el suelo dijo con voz muy
-lúgubre:
-
-—¡Abajo!
-
-Creí volverme loca. Los ojos de la horrible persona que me daba tan
-tremendas noticias brillaban con claridad verdosa, como los de animal
-felino. Quise seguirla cuando subió la escalerilla que conducía a las
-habitaciones practicables entre tanta ruina; pero un centinela me echó
-fuera brutalmente, amenazándome con arrojarme al foso si no me retiraba
-_más pronto que la vista_. Estas fueron sus propias palabras.
-
-Corrí hacia el pueblo, decidida a ver de nuevo al coronel capuchino
-de Cervera. Pero tanta agitación agotó al fin mis fuerzas, y tuve que
-sentarme en una gran piedra del camino, fatigada y abatida, porque a mi
-primera furia sustituyó una aflicción profundísima que me hizo llorar.
-No recuerdo haber derramado nunca más lágrimas en menos tiempo. Al fin,
-sobreponiéndome a mi dolor, seguí adelante, jurando no continuar el
-viaje sin llevar en mi compañía al infeliz cuanto adorado amigo de mi
-niñez. Desperté al capuchino, que ya roncaba, el cual de muy talante
-repitió su fiera sentencia, diciendo:
-
-—Usted, señora, puede continuar su viaje; pero el otro no saldrá de
-aquí sin orden superior. Yo sé lo que me digo. ¡Pisto!, que ya me canso
-de sermonear. Vaya usted con Dios y déjenos en paz.
-
-Despreciando su barbarie, insistí y amenacé, y al cabo me dio algunas
-esperanzas con estas palabras:
-
-—El jefe de nuestra partida acaba de llegar. Háblele usted a él.
-
-—¿Quién es el jefe?
-
-—Don Saturnino Albuín —me contestó.
-
-Al oír este nombre vi el cielo abierto. Yo había conocido en Bayona
-al célebre _Manco_, y recordé que, aunque muy bruto, hacía alarde de
-generosidad e hidalguía en todas las ocasiones que se le presentaban.
-No quise detenerme ni un instante, y al punto me informé de que
-don Saturnino se hallaba en una casa situada junto al camino, a la
-salida del pueblo, en dirección a Tremp. Desde la plaza se veían dos
-lucecillas en las ventanas de la vivienda. Corrí allá guiada por la
-simpática claridad de aquellas luces semejantes a dos ojos, y que eran
-para mí fanales de esperanza. Llegué sin aliento, agitada por la fatiga
-y un dulce presagio de buen éxito que me llenaba el corazón.
-
-El centinela me dijo que no se podía pasar; pero apelando a mis
-bolsillos, pasé. En la escalera, en el pasillo alto, fui repetidas
-veces detenida; pero con el mismo talismán abríame paso.
-
-—Ahí está —me dijo un hombre señalando una puerta, detrás de la cual se
-oían alteradas voces en disputa. Sin reparar más que en mi afán empujé
-la puerta y entré.
-
-Albuín, que estaba en pie, se volvió al sentir el ruido de la puerta,
-y me interrogó con sus ojos, que expresaban sorpresa y cólera por mi
-brusca entrada. Otro guerrillero estaba junto a la mesa con los codos
-sobre ella, encendiendo un cigarro en la luz del velón de cobre que
-alumbraba la estancia.
-
-—¿Qué se le ofrece a usted, señora? —me dijo Albuín moviendo con gesto
-de impaciencia su única mano.
-
-No había yo dado cuatro pasos dentro de la habitación, cuando observé
-que más allá de la mesa había otro hombre, apoltronado en un sillón,
-con los pies extendidos sobre una banqueta, inclinada la cabeza sobre
-el hombro, y durmiendo tranquilamente con ese sueño del guerrillero
-cansado que acaba de recorrer dos provincias y marear a dos ejércitos.
-Al verle, ¡Santo Dios!, me quedé yerta, muda como estatua: no pude
-pronunciar una palabra, ni dar un paso, ni respirar, ni huir, ni
-gritar. El terror me arrancó súbitamente del pensamiento mis angustias
-de aquella noche.
-
-Aquel hombre era mi marido.
-
-—¿Qué se le ofrece a usted, señora? —volvió a preguntarme el _Manco_.
-
-Pasado el primer instante de terror, en mí no hubo otra idea que la
-idea de huir, de desaparecer, de desvanecerme como el humo o como la
-palabra vana que se lleva el viento.
-
-—Pero ¿qué se le ofrece a usted, demonio? —repitió el guerrillero.
-
-—¡Nada! —contesté. Y a toda prisa salí de la habitación.
-
-Yo creo que ni un relámpago corre como yo corrí fuera de la casa. No
-veía más que el camino, y mi veloz carrera nunca me parecía bastante
-apresurada para llegar al centro del pueblo, donde había dejado mi
-coche.
-
-A lo lejos, detrás de mí, sentí voces que decían burlonamente:
-
-—¡La mujer loca, la mujer loca!
-
-Eran los bárbaros a quienes yo había dado tanto dinero para que me
-dejasen pasar. A cada instante volvía la cabeza por ver si mi marido
-venía corriendo detrás de mí.
-
-Llegué medio muerta a donde estaba mi coche, y tirando del brazo al
-cochero para que despertase, grité:
-
-—Francisco, Francisco, vuela, vuela fuera de este horrible pueblo.
-
-Y me metí en el coche.
-
-—¿A dónde vamos, señora? —me preguntó el buen hombre sacudiendo la
-pereza.
-
-—¿Estás sordo? Te he dicho que vueles... ¿Hablo yo en griego? Que
-vueles, hombre. Mata los caballos; pero ponme a muchas leguas de aquí.
-
-—¿A dónde vamos, señora? ¿Hacia la Seo?
-
-—Hacia el infierno si quieres, con tal que me saques de aquí.
-
-Mi coche partió a escape, y siguiendo el camino en dirección a Tremp,
-pasé junto a la malhadada casa donde había visto a mi esposo. Entonces
-los bárbaros reunidos junto a la puerta me aclamaron otra vez,
-arrojando algunas piedras a mi coche. Su grito era:
-
-—¡La mujer loca, la mujer loca!
-
-En efecto, lo estaba. ¡Ah! ¡Benabarre, Benabarre, maldito seas! En
-ti acabó mi felicidad; en las espinas de tu camino dejé clavado mi
-corazón chorreando sangre. Fuiste mi calvario y la piedra resbaladiza
-de mal agüero donde caí para siempre, cuando más orgullosa marchaba.
-Fuiste el tajo donde el cielo puso mi cabeza para asegurar el golpe
-de su cuchilla; pero con ser obra del cielo mi castigo, ¡te odio,
-execrable pueblo de bandidos! ¡Sepulcro de mi edad feliz, no puedo
-verte sin espanto, y mientras tenga lengua, te maldeciré!
-
-
-
-
-V
-
-
-El 14 de agosto llegué a la Seo. ¡Qué viaje el de Benabarre a la Seo!
-Si antes todo se adaptaba al linsojero estado de mi alma, después
-todos los caballos eran malos, todos los caminos intransitables, todas
-las posadas insufribles, todos los días calurosos, y las noches todas
-tristes como los pensamientos del desterrado. Mi alma sin consuelo,
-mientras más gente veía, más sola se encontraba. Mi pensamiento no
-podía apartarse de aquel lugar siniestro donde habían quedado mi amor
-y mi suplicio, mi falta y mi conciencia, representados cada una en un
-hombre.
-
-Casi antes de desempeñar mi comisión traté de ocuparme de salvar al
-infeliz que había quedado cautivo en Benabarre; pero Mataflorida me
-dijo sonriendo:
-
-—Luego, luego, mi querida señora, trataremos de ese asunto. Infórmeme
-usted de lo que trae, pues no hay tiempo que perder. Hoy mismo
-constituiremos la Regencia.
-
-Más de dos horas estuvimos departiendo. Él, como hombre muy ambicioso
-y que gustaba de ser el primero en todo, recibió con gusto las
-instrucciones reservadísimas que le daban gran superioridad entre sus
-compañeros de regencia. Eran estos el barón de Eroles y don Jaime
-Creux, arzobispo de Tarragona, ambos, lo mismo que Mataflorida,
-de clase humildísima, sacados de su oscuridad por los tiempos
-revolucionarios, lo cual no era un argumento muy fuerte en pro del
-absolutismo. Una regencia destinada a restablecer el trono y el altar
-debió constituirse con gente de abolengo. Pero la edad revuelta que
-corríamos lo exigía de otro modo, y hasta el absolutismo alistaba su
-gente en la plebe. Este hecho, que ya venía observándose desde el
-siglo pasado, lo expresaba Luis XV diciendo que la nobleza necesitaba
-estercolarse para ser fecundada.
-
-De los tres regentes, el más simpático era Mataflorida y también
-el de más entendimiento; el más tolerante, Eroles, y el más malo y
-antipático, don Jaime Creux. No puede decirse de estos hombres que
-habían marchado con lentitud en sus brillantes carreras. Eroles era
-estudiante en 1808, y en 1816 teniente general. El otro, de clérigo
-oscuro pasó a obispo, en premio de su traición en las Cortes del año 14.
-
-Yo no tenía mi espíritu en disposición de atender a las ceremonias
-con que quisieron celebrar los triunviros el establecimiento de la
-Regencia. Después de publicar su célebre manifiesto, proclamaron
-solemnemente al monarca, _restituyéndole a la plenitud de sus
-derechos_, según decíamos entonces. Levantose en la plaza de la Seo un
-tablado, sobre el que un sacristán, vestido de rey de armas, gritó:
-«¡España por Fernando VII!», y luego dieron al viento una bandera, en
-la cual las monjas habían bordado una cruz y aquellas palabras latinas
-que quieren decir: _por este signo vencerás_. Los altos castillos que
-coronan los montes en cuyo centro está sepultada la Seo, hicieron
-salvas, y aquello en verdad parecía una proclamación en toda regla.
-
-Después de la ceremonia política hubo jubileo por las calles y rogativa
-pública, a que concurrió el obispo con todo el clero armado y el
-cabildo sin armas. Era un espectáculo edificante y al mismo tiempo
-horroroso. Daba idea de la inmensa fuerza que tenían en nuestro país
-las dos clases reunidas, clero y plebe; pero los frailes armados de
-pistolas y los guerrilleros con vela, el general con su crucifijo y el
-arcediano con espuelas, movían a risa y a odio juntamente. El ejército
-de la fe, uniformado solo con la barretina, habría parecido un ejército
-de pavos, si no estuviera bien probado su indomable valor.
-
-Yo veía aquella procesión chabacana, horrible parodia del levantamiento
-nacional de 1808, y aquellas espantosas figuras de curas confundidos
-con guerreros, como se ven las ficciones horrendas de una pesadilla.
-Tal espectáculo era excesivamente desagradable a mi espíritu, y la
-bulla del pueblo me ponía los nervios en lastimoso desorden. Semejante
-carnaval en Urgel, que es sin disputa el pueblo más feo de todo el
-mundo, era para enfermar y aun enloquecer a cualquiera. Mi privilegiada
-naturaleza me salvó.
-
-Y pasaban días sin que me fuera posible hacer nada de provecho por mi
-amado prisionero de Benabarre. Obtenía, sí, promesas y aun órdenes
-de la Regencia; pero como no podía trasladarme yo misma al lugar del
-conflicto, era muy difícil que tuviesen cumplimiento. Antes me dejara
-morir que encaminarme a paraje alguno donde hubiese probabilidades de
-encontrar la persona, o siquiera las huellas de mi esposo; y según mis
-averiguaciones, este no había abandonado el bajo Aragón.
-
-Al fin supe que mi cara mitad, uniéndose a Jeps dels Estanys, había
-pasado a la alta Cataluña. Llena de esperanza entonces corrí a
-Benabarre, cargada de órdenes de Mataflorida y del mismo Eroles, que
-acababa de ponerse a la cabeza de la insurrección catalana. Ningún
-obstáculo podían oponerme ya los guerrilleros; mas por mi desgracia,
-cuando llegué al funesto pueblo de Aragón, ni un solo partidario del
-realismo quedaba en su recinto: el castillo había sido volado, y el
-mísero cautivo, según me dijeron, trasladado a otro punto.
-
-—¿Vivo? —pregunté.
-
-—Vivo y cargado de cadenas —me contestó la misma mujer de aquella
-horrenda noche de agosto—. Se iba muriendo por el camino; pero le
-daban comida y bebida para que no acabase de padecer.
-
-No tuve tiempo para entregarme a inútiles lamentaciones, porque corrió
-por todo el pueblo esta horrible voz: ¡_los liberales_!, ¡_que vienen
-los liberales_!, y tuve que huir. Con mucho trabajo y gastando bastante
-dinero, pude escapar a Francia por Canfranc.
-
-
-NOTA DEL AUTOR. _Aquí concluye el primer fragmento de las curiosas
-memorias._
-
-_Como el segundo se refiere a sucesos ocurridos en la primavera del 22,
-resultando una interrupción de siete meses, nos vemos en la necesidad
-de llenar tan lamentable vacío con relaciones propias, que abreviaremos
-todo lo posible para que no se echen de menos por mucho tiempo las
-aventuras de la dama viajera, contadas por ella misma._
-
-
-
-
-VI
-
-
-La primera determinación del gobierno popular que sucedió al de
-Martínez de la Rosa, después de las jornadas de julio, fue nombrar
-general del ejército del Norte al rayo de las guerrillas, al Napoleón
-navarro, don Francisco Espoz y Mina. En medio de su atolondramiento,
-los siete ministros, a quienes la corte llamaba los _Siete niños de
-Écija_, no carecían de iniciativa y de cierta arrogancia emprendedora
-que por algún tiempo les permitió sostenerse en el poder con
-prestigio. El nombramiento de Mina y aquella orden que le dieron de
-hacer tabla rasa de las provincias rebeldes, no pudieron ser más
-acertados.
-
-El gran guerrillero no necesitaba muy vivas excitaciones para sentar
-su pesada mano a los pueblos. Navarros y catalanes le conocían.
-Pero antaño había hecho la guerra con ellos, y ahora debía hacerla
-contra ellos, lo cual era muy distinto. Antes se batía contra tropas
-regulares, y ahora con ellas perseguía las partidas. Bien se ve que
-el coloso de las guerrillas estaba fuera de su natural esfera y
-asiento. Tenía que hacer el papel del enemigo durante la guerra de la
-Independencia.
-
-A pesar de esta desventaja, empezó con muy buen pie su campaña.
-No podía decirse propiamente que había partidas en el norte, sino
-que todo el norte, desde Gerona hasta Guipúzcoa y desde el Pirineo
-hasta las inmediaciones del Ebro, ardía con horrible llamarada
-absolutista. Quesada, a cuyo lado despuntaba un precoz muchacho
-llamado Zumalacárregui, dominaba en Navarra, juntamente con Guergué y
-don Santos Ladrón; Albuín, Cuevillas y Merino asolaban la tierra de
-Burgos; Capapé la de Aragón; Jeps dels Estanys, el Trapense, Romagosa
-y Caragol, la de Cataluña, donde el barón de Eroles trataba de formar
-un ejército regular con las desperdigadas gavillas de la fe. Muchos
-frailes del país, empezando por los aguerridos capuchinos de Cervera
-que habían escapado del furor de las tropas liberales, y concluyendo
-por los monjes de Poblet, que tanto trabajaron en la conspiración,
-formaban en las filas del Manco, de Capapé o de Misas.
-
-Mina tomó el mando de las tropas de Cataluña, y al poco tiempo el
-aspecto de la campaña principió a mudarse favorablemente a nuestras
-armas. En 24 de octubre, después de obligar a los facciosos a levantar
-el sitio de Cervera, arrasó a Castellfollit, poniendo sobre sus ruinas
-el célebre cartel que decía: «Aquí existió Castellfollit. Pueblos,
-tomad ejemplo, y no deis abrigo a los enemigos de la patria.»
-
-En noviembre tomó a Balaguer. En el mismo mes obligó a muchos facciosos
-a pasar la frontera en presencia del cordón sanitario con que nos
-amenazaban los franceses. En 20 de enero, uno de los suyos, el
-brigadier Rotten, jefe de la cuarta división del ejército de Cataluña,
-hacía sufrir a San Llorens de Morunys el tremendo castigo de que había
-sido víctima Castellfollit, diciendo a las tropas en la orden del día:
-«La villa esencialmente rebelde llamada San Llorens de Morunys, _será
-borrada del mapa_.»
-
-Aquel destructor de ciudades señalaba a cada regimiento las calles que
-debía saquear antes de dar principio a la operación de borrar del mapa.
-No de otra manera procedió Hoche en la Vendée; pero este sistema de
-_borrar del mapa_ es algo expuesto, sobre todo en España.
-
-El 8 de diciembre puso Mina sitio a la Seo de Urgel, mientras Rotten
-iba convenciendo a los rebeldes catalanes con las suaves razones que
-indicamos, y en uno de los pueblos demolidos y arrasados, precisamente
-en aquel mismo San Llorens de Morunys, llamado también Piteus, ocurrió
-un suceso digno de mencionarse, y que causó maravilla y emoción muy
-viva en toda la tropa.
-
-Fue de la manera siguiente: para que el saqueo se hiciera con orden,
-Rotten dispuso que el batallón de Murcia trabajase en las calles de
-Arañas y Balldelfred; el de Canarias, en las calles de Frecsures y
-Segories; el de Córdoba, en la de Ferronised, dejando los arrabales
-para el destacamento de la Constitución y la caballería. Lo mismo
-en la orden de saqueo que en la de incendio, que le siguió, fueron
-exceptuadas doce casas que pertenecían a otros tantos patriotas.
-
-El regimiento de Córdoba funcionaba en la calle de Ferronised, entre
-la consternación de los aterrados habitantes, cuando unos soldados
-descubrieron un hondo sótano o mazmorra, y registrándolo, por si en
-él había provisiones almacenadas para los facciosos, vieron a un
-hombre aherrojado, o más propiamente dicho, un cadáver viviente, cuya
-miserable postración les causó espanto. No vacilaron en prestarlo
-auxilio cristianamente sacándole de allí en hombros, después de
-quitarle con no poco trabajo las cadenas; y cuando el cautivo vio
-la luz se desmayó, pronunciando incoherentes palabras, que más bien
-expresaban demencia que alegría.
-
-Rodeáronle todos, siendo objeto de gran curiosidad por parte de
-oficiales y soldados, que no cesaban de denostar a los facciosos por
-la crueldad usada con aquel infeliz. Este parecía haber permanecido
-bajo tierra mucho tiempo, según estaba de lívido y exangüe, y sin duda
-era víctima del furor de las hordas absolutistas, y más que criminal
-castigado por sus delitos, un buen patriota condenado por su amor a la
-Constitución.
-
-Un capitán ayudante de Rotten, llamado don Rafael Seudoquis, se
-interesó vivamente por el cautivo, y después de mandar que se le diera
-toda clase de socorros, le apremió para que hablase. El hombre sacado
-del fondo de la tierra parecía joven, a pesar de lo que le abrumaba su
-padecer, y se sorprendió muy agradablemente de ver los uniformes de la
-tropa. Las primeras palabras que pronunció fueron:
-
-—¿En dónde están?
-
-—¿Los facciosos? —dijo Seudoquis riendo—. Me parece que no les veremos
-tan pronto, según la prisa que llevan... Ahora, buen amigo, díganos
-cómo se llama usted y quién es.
-
-El cautivo hacía esfuerzos para recordar.
-
-—¿En qué año estamos? —preguntó al fin mirando a todos con extraviados
-ojos.
-
-—En el de 1823, que parece será el peor año del siglo, según como
-empieza.
-
-—¿Y en qué mes?
-
-—En enero y a 15, día de san Pablo ermitaño. Si usted recuerda cuándo
-le empaquetaron, puede hacer la cuenta del tiempo que ha estado en
-conserva.
-
-—He estado preso —dijo después de una larga pausa— seis meses y algunos
-días.
-
-—Pues no es mucho: otros han estado más. No le habrán tratado a usted
-muy bien, eso es lo malo; pero descuide, que ahora las van a pagar
-todas juntas. El pueblo será incendiado y arrasado.
-
-—¡Incendiado y arrasado! —exclamó el cautivo con pena—. ¡Qué lástima
-que no sea Benabarre!
-
-—Sin duda el cautiverio de usted —dijo Seudoquis intimando más con el
-desgraciado— empezó en ese horrible pueblo aragonés.
-
-—Sí, señor: de allí me trajeron a Tremp, de Tremp a Masbrú y de Masbrú
-aquí.
-
-—¡Oh, buen viaje ha sido! ¡Y seis meses de encierro, bajo el poder de
-esa canalla! No sé cómo no le fusilaron a usted seiscientas veces.
-
-—Eran demasiado inhumanos para hacerlo.
-
-Lleváronle fuera del pueblo, en una camilla, a presencia del brigadier,
-que le interrogó. Desde el cuartel general vio las llamas que devoraban
-a San Llorens, y entonces dijo:
-
-—Arde lo inocente, las guaridas, y los perversos lobos están en el
-monte.
-
-El bravo y generoso Seudoquis fue encargado por el brigadier de
-vestirle, pues los andrajos que cubrían el cuerpo del cautivo se caían
-a pedazos.
-
-Al día siguiente de su maravillosa redención, hallose muy repuesto por
-la influencia del aire sano y de los alimentos que tomara, y aunque le
-era imposible dar un paso, podía hablar sin acongojarse por falta de
-aliento como el primer día.
-
-—¿Qué ha pasado en todo este tiempo? —preguntó con voz temblorosa al
-que continuamente le daba pruebas de generosidad e interés—. ¿Sigue
-reinando Fernando VII?
-
-—Hombre, sí: todavía le tenemos encima —dijo Seudoquis atizando la
-hoguera, alrededor de la cual vivaqueaban juntamente con el cautivo
-cuatro o cinco oficiales—. Gotosillo sigue nuestro hombre; pero aún nos
-está embromando y nos embromará por mucho tiempo.
-
-—¿Y la Constitución, subsiste?
-
-—También está gotosa, o mejor dicho, acatarrada. Me parece que de esta
-fecha enterramos a la señora.
-
-—¿Y hay Cortes?
-
-—Cortes y recortes. Pero me parece que pronto no quedarán más que los
-de los sastres.
-
-—Y qué, ¿hay revolución en España?
-
-—Nada: estamos en una balsa de aceite.
-
-—¿Qué ministerio tenemos?
-
-—El de los _Siete niños de Écija_. ¿Pues qué, vamos a estar mudando de
-niños todos los días?
-
-—¿Y ha vuelto la Milicia a sacudir el polvo a la Guardia real?
-
-—Ahora nos ocupamos todos en cazar frailes y guerrilleros, siempre que
-ellos no nos cacen a nosotros.
-
-—¿Y Riego?
-
-—Ha ido a Andalucía.
-
-—¿Hay agitación allá?
-
-—Lo que hay es mucha sangre vertida en todas partes.
-
-—Revolución completa. ¿Dónde hay partidas?
-
-—Pregunte usted que dónde hay españoles.
-
-—Toda Cataluña parece estar en armas contra el gobierno.
-
-—Y casi todo Aragón y Navarra y Vizcaya y Burgos y León y mucha parte
-de Guadalajara, Cuenca, Ávila, Toledo, Cáceres. Hay facciones hasta en
-Andalucía, que es como decir que hasta las ranas han criado pelo.
-
-—¡Qué horrible sueño el mío —dijo lúgubremente el cautivo—, y qué
-triste despertar!
-
-—Esto es un volcán, amigo mío.
-
-—¿Pero qué quieren?
-
-—Confites. Piden Inquisición y cadenas.
-
-—¿Y quién los dirige?
-
-—El rey, y en su real nombre la Regencia de Urgel.
-
-—¡Una regencia...!
-
-—Que tiene su gobierno regular, sus embajadores en las cortes de
-Europa, y ha contratado hace poco un gran empréstito. ¡Si no hay país
-ninguno como este! Espanta el ver cómo falta dinero para todo menos
-para conspirar.
-
-—¿Y qué hace el gobierno?
-
-—¿Qué ha de hacer? Bobadas. Trasladar los curas de una parroquia a
-otra, declarar vacantes las sillas de los obispos que están en la
-facción, fomentar las sociedades patrióticas, suprimir los conventos
-que están en despoblado, y otras grandes medidas salvadoras.
-
-—¿No ha cerrado el gobierno las sociedades patrióticas?
-
-—Ha abierto la _Landaburiana_, para que los liberales tengan una buena
-plazuela donde insultarse.
-
-—¿Siguen los discursos?
-
-—Sí; pero abundan más los cachetes.
-
-—¿Y qué generales mandan los ejércitos de operaciones?
-
-—Aquí, Mina; en Castilla la Nueva, O’Daly; Quiroga, en Galicia; en
-Aragón, Torrijos.
-
-—¿Y vencen?
-
-—Cuando pueden.
-
-—Es una delicia lo que encuentro a mi vuelta del otro mundo.
-
-—Si casi era mejor que se hubiese usted quedado por allá. Así al menos
-no sufriría la vergüenza de la intervención extranjera.
-
-—¿Intervención?
-
-—¡Y se asusta! ¿Pues hay nada más natural? Según parece, allá por
-el mundo civilizado corre el rumor de que esto que aquí pasa es un
-escándalo.
-
-—Sí que lo es.
-
-—Los reyes temen que a sus naciones respectivas les entre este
-maleficio de las Constituciones, de las sociedades landaburianas, de
-las partidas de la fe, de los frailes con pistolas, y nos van a quitar
-todos estos motivos de distracción. Lejos del mundo ha estado usted,
-y muy dentro de tierra cuando no han llegado a sus oídos las célebres
-notas.
-
-—¿Qué notas?
-
-—El re mi fa de las potencias. Las notas han sido tres, todas muy
-desafinadas, y las potencias que las han dado, tres también, como las
-del alma: Rusia, Prusia y Austria.
-
-—¿Y qué pedían?
-
-—No puedo decírselo a usted claramente, porque los embajadores no me
-las han leído; pero sí sé que la contestación del gobierno español ha
-sido retumbante y guerrera como un redoble de tambor.
-
-—Es decir, que desafía a Europa.
-
-—Sí, señor, la desafiamos. Ahora se recuerda mucho la guerra de la
-Independencia; pero yo digo como Cervantes, que _nunca segundas partes
-fueron buenas_.
-
-—¿De modo que tendremos otra vez extranjeros?
-
-—Franceses. Ahí tiene usted en lo que ha venido a parar el ejército de
-observación. Entre el cordón sanitario y el de San Francisco nos van a
-dar que hacer... Digo... y los diputados, el día en que aprobaron la
-contestación a las notas, fueron aclamados por el pueblo. Yo estaba en
-Madrid esa noche, y como vivo frente al coronel San Miguel, las murgas
-no me dejaron dormir en toda la noche. Por todas partes no se oyen más
-que _mueras_ a la Santa Alianza, a las potencias del norte, a Francia y
-a la Regencia de Urgel. Ahora se dice también, como entonces: «dejadles
-que se internen»; pero la tropa no está muy entusiasmada que digamos.
-Con todo, si entran los interventores, no les recibiremos con las manos
-en los bolsillos.
-
-—Tremendos días vienen —dijo el cautivo—. Si los absolutistas vencen,
-no podremos vivir aquí. O ellos o nosotros. Hay que exterminarles para
-que no nos exterminen.
-
-—Diga usted que si hubiera muchos brigadieres Rotten, pronto se acababa
-esa casta maligna. Fusilamos realistas por docenas, sin distinción de
-sexo ni edad, ni formalidades de juicio... ¡Ay del que cae en nuestras
-manos! Nuestro brigadier dice que no hay otro remedio, ni entienden
-más razón que el arcabuzazo. Ayer hicimos catorce prisioneros en San
-Llorens. Hay de toda casta de gentes: mujeres, hombres, dos clérigos,
-un jesuita que usa gafas, un escribano de setenta años, una mujer
-pública, dos guerrilleros inválidos; en fin, un muestrario completo. El
-jefe les ha sentenciado ya; pero como esto no se puede decir así, se
-hace la comedia de enviarles a la cárcel de Solsona, y por el camino,
-cuando viene la noche y se llega a un sitio conveniente..., _pim,
-pam_..., se les despacha en un santiamén, y a otra.
-
-—Si no me engaño —dijo el cautivo—, aquellos paisanos que por allí
-asoman son los prisioneros de San Llorens.
-
-En una loma cercana, a distancia de dos tiros de fusil, se veía un
-grupo de personas, custodiado por la tropa.
-
-—Cabalmente —afirmó Seudoquis—, aquellos son. Dentro de una hora se
-pondrán en camino para la eternidad. ¡Y están tan tranquilos!... Como
-que no han probado aún las recetas del brigadier Rotten...
-
-—Ojo por ojo y diente por diente —dijo el cautivo contemplando el
-grupo de prisioneros—. ¡Ah, gran canalla!, no se entierran hombres
-impunemente durante seis meses; no se baila encima de su sepultura para
-atormentarles; no se les insulta por la reja; no se les arroja saliva e
-inmundicia, sin sentir, más tarde o más temprano, la mano justiciera
-que baja del cielo.
-
-Después callaron todos. No se oía más que el rasgueo de la pluma
-con que uno de los oficiales escribía, teniendo el papel sobre una
-cartera y esta sobre sus rodillas. Cuando hubo concluido, el cautivo
-rogó que se le diese lo necesario para escribir una carta a su madre,
-anunciándole que vivía, pues según dijo, en todo el tiempo de su ya
-concluida cautividad no había podido dar noticia de su existencia a los
-que le amaban.
-
-—¿Vivirán como yo —dijo tristemente—, o afligidos por mi desaparición
-habrán muerto?
-
-—Dispénseme usted —manifestó Seudoquis—. A medida que hablamos, me ha
-parecido reconocer en usted a una persona con quien hace algunos años
-tuve relaciones.
-
-—Sí, señor Seudoquis —dijo el cautivo sonriendo—. El mismo soy.
-Conspiramos juntos el año 19 y a principios del año 20.
-
-—Señor Monsalud —declaró el oficial abrazándole—, buen hallazgo
-hemos hecho sacándole a usted de aquella mazmorra. ¡Ya se ve! ¿Cómo
-podría conocerle, si está usted hecho un esqueleto...? Además, en
-estos tiempos se olvida pronto. ¡He visto tanta gente desde aquellos
-felices días...! Porque eran felices, sí. Aunque sea entre peligros, el
-conspirar es siempre muy agradable, sobre todo si se tiene fe.
-
-—Entonces tenía yo mucha fe.
-
-—¡Ah! Y yo también. Me hubiera dejado descuartizar por la libertad.
-
-—¡Con qué afán trabajábamos!
-
-—Sí, ¡con qué afán!
-
-—Nos parecía que de nuestras manos iba a salir acabada y completa la
-más liberal y al mismo tiempo la más feliz nación de la tierra.
-
-—¡Sí, qué ilusiones...! Si no estoy trascordado, también nos hallamos
-juntos en la logia de la calle de las Tres Cruces.
-
-—Sí, allí iba yo. En aquello nunca tuve mucha fe.
-
-—Yo sí; pero la he perdido completamente. Vea usted en qué han venido a
-parar aquellas detestables misas masónicas.
-
-—Nunca tuve ilusiones respecto a la Orden de la _Viuda_.
-
-—Pues nosotros —dijo Seudoquis riendo—, tuvimos hasta hace poco en el
-regimiento nuestra caverna de Adorinam. Pero apenas funcionaba ya.
-¡Cuánta ruina, amigo mío!... ¡Cómo se ha desmoronado aquel fantástico
-edificio que levantamos!... Yo he sido de los que con más gana, con más
-convicción y hasta con verdadera ferocidad han gritado: ¡_Constitución
-o muerte_! Hábleme usted con franqueza, Salvador: ¿tiene usted fe?
-
-—Ninguna —repuso el cautivo—; pero tengo odio, y por el odio que
-siento contra mis carceleros, estoy dispuesto a todo, a morir matando
-facciosos, si el general Mina quiere hacerme un hueco entre sus
-soldados.
-
-—Pues yo —manifestó Seudoquis con frialdad—, no tengo fe; tampoco tengo
-odio muy vivo; pero el deber militar suplirá en mí la falta de estas
-dos poderosas fuerzas guerreras. Pienso batirme con lealtad y llevar la
-bandera de la Constitución hasta donde se pueda.
-
-—Eso no basta —dijo Monsalud, moviendo la cabeza—. Para este conflicto
-nacional se necesita algo más... En fin, Dios dirá.
-
-Y empezó a escribir a su madre.
-
-
-
-
-VII
-
-
-Después de dar noticia de su estupenda liberación, exponiendo
-con brevedad los padecimientos del largo cautiverio que había
-sufrido, escribió frases cariñosas, y una patética declaración de
-arrepentimiento por su desnaturalizada conducta y la impía fuga que
-tan duramente había castigado Dios. Manifestando después su falta de
-recursos, y que más que un viaje a Madrid le convenía su permanencia en
-el ejército de Cataluña, rogaba a su madre que vendiese cuanto había en
-la casa, y juntamente con Solita se trasladase a la Puebla de Arganzón,
-donde a verlas pasaría, pidiendo una licencia. Concluía indicando la
-dirección que debía darse a las cartas de respuesta, y pedía que esta
-fuera inmediata, para calmar la incertidumbre y afán de su alma.
-
-Aquella misma tarde habló con el brigadier Rotten, el cual era un
-hombre muy rudo y fiero, bastante parecido en genio y modos a don
-Carlos España. Aconsejole este que viera al general Mina, en cuyo
-ejército había varias partidas de contraguerrilleros organizadas
-disciplinariamente; añadió que él (el brigadier Rotten) se había
-propuesto hacer la guerra de exterminio, quemando, arrasando y
-fusilando, en la seguridad de que la supresión de la humanidad traería
-infaliblemente el fin del absolutismo, y anunció que pasaba a la
-provincia de Tarragona con todas las fuerzas de su mando, excepción
-hecha del batallón de Murcia, que le había sido reclamado por el
-general en jefe para reforzar el sitio de la Seo. Monsalud, sin vacilar
-en su elección, optó por seguir a los de Murcia que iban hacia la Seo.
-
-Salió, pues, Murcia al día siguiente muy temprano en dirección a
-Castellar, llevando el triste encargo de conducir a catorce prisioneros
-de San Llorens de Morunys. Seudoquis no ocultó a Salvador su disgusto
-por comisión tan execrable; pero ni él ni sus compañeros podían
-desobedecer al bárbaro Rotten. Púsose en marcha el regimiento, que
-más bien parecía cortejo fúnebre, y en uno de sus últimos carros iba
-Monsalud, viendo delante de sí a los infelices cautivos atraillados,
-algunos medio desnudos, y todos abatidos y llorosos por su miserable
-destino, aunque no se creían condenados a muerte, sino tan solo a
-denigrante esclavitud.
-
-Camino más triste no se había visto jamás. Lleno de fango el suelo,
-cargada de neblina la atmósfera y enfriada por un remusguillo helado
-que del Pirineo descendía, todo era tristeza fuera y dentro del alma de
-los soldados. No se oían ni las canciones alegres con que estos suelen
-hacer menos pesadas las largas marchas, ni los diálogos picantes, ni
-más que el lúgubre compás de los pasos en el cieno y el crujir de los
-lentos carros y los suspiros de los acongojados prisioneros. El día
-se acabó muy pronto a causa de la niebla que, al modo de envidia, lo
-empañaba; y al llegar a un ángulo del camino, en cierto sitio llamado
-_Los tres Roures_ (los tres robles), el regimiento se detuvo. Tomaba
-aliento, porque lo que tenía que hacer era grave.
-
-Salvador sintió un súbito impulso en su alma cristiana. Eran los
-sentimientos de humanidad, que se sobreponían al odio pasajero y al
-recuerdo de tantas penas. Cuando vio que la horrible sentencia iba a
-cumplirse, hundió la cabeza, sepultándola entre los sacos y mantas que
-llenaban el carro, y oró en silencio. Los ayes lastimeros y los tiros
-que pusieron fin a los ayes hiciéronle estremecer y sacudirse, como
-si resonaran en la cavidad de su propio corazón. Cuando todo quedó en
-lúgubre silencio, alzando su angustiada cabeza, dijo así:
-
-—¡Qué cobarde soy! El estado de mi cuerpo, que parece de vidrio, me
-hace débil y pusilánime como una mujer... No debo tenerles lástima,
-porque me sepultaron durante seis meses, porque bailaron sobre mi
-calabozo y me injuriaron y escupieron, porque ni aun tuvieron la
-caridad de darme muerte, sino, por el contrario, me dejaban vivir para
-mortificarme más.
-
-El regimiento siguió adelante, y al pasar junto al lugar de la
-carnicería, Salvador sintió renacer su congoja.
-
-«Es preciso ser hombre —pensó—. La guerra es guerra, y exige estas
-crueldades. Vale más ser verdugo que víctima. O ellos o nosotros.»
-
-Seudoquis se acercó entonces para informarse de su estado de salud.
-Estaba el buen capitán tan pálido como los muertos, y su mano ardiente
-y nerviosa temblaba como la del asesino que acaba de arrojar el arma
-para no ser descubierto.
-
-—¿Qué dice usted, amigo mío? —le preguntó Salvador.
-
-—Digo —repuso el militar tristemente— que la Constitución será vencida.
-
-
-
-
-VIII
-
-
-Hasta el 25 de enero no llegaron a Canyellas, donde Mina tenía su
-cuartel general, frente a la Seo de Urgel. Habían pasado más de sesenta
-días desde que puso sitio a la plaza; y aunque la Regencia se había
-puesto en salvo llevándose el dinero y los papeles, los testarudos
-catalanes y aragoneses se sostenían fieramente en la población, en los
-castillos y en la formidable ciudadela.
-
-Mina, hombre muy impaciente, tenía en aquellos días un humor de mil
-demonios. Sus soldados estaban medio desnudos, sin ningún abrigo y
-con menos ardor guerrero que hambre. A los cuarenta y seis cañones que
-guarnecían las fortalezas de la Seo, el héroe navarro no podía oponer
-ni una sola pieza de artillería. El país en que operaba era tan pobre
-y desolado, que no había medios de que sobre él, como es costumbre,
-vivieran las tropas. Por carecer estas de todo, hasta carecían de
-fanatismo, y el grito de _Constitución o muerte_ hacía ya muy poco
-efecto. Era como los cumplimientos, que todo el mundo los dice y nadie
-cree en ellos. Un invierno frío y crudo completaban la situación,
-derramando nieves, escarchas, hielos y lluvia sobre los sitiadores, no
-menos desabrigados que aburridos.
-
-Delante de la miserable casilla que le servía de alojamiento,
-solía pasearse don Francisco por las tardes, con las manos en los
-bolsillos de su capote, y pisando fuerte para que entraran en calor
-las entumecidas piernas. Era hombre de cuarenta y dos años, recio y
-avellanado, de semblante rudo, en que se pintaba una gran energía,
-y todo su aspecto revelaba al guerreador castellano, más ágil que
-forzudo. En sus ojos, sombreados por cejas muy espesas, brillaba la
-astuta mirada del guerrillero que sabe organizar las emboscadas y las
-dispersiones. Tenía cortas patillas, que empezaban a emblanquecer, y
-una piel bronca; las mandíbulas, así como la parte inferior de la cara,
-muy pronunciadas; la cabeza cabelluda, y no como la de Napoleón, sino
-piriforme y amelonada, a lo guerrillero. No carecía de cierta sandunga
-su especial modo de sonreír, y su hablar era como su estilo: conciso y
-claro, si bien no muy elegante; pero si no escribía como Julio César,
-solía guerrear como él.
-
-No lo educaron sus mayores, sino los menores de su familia, y tuvo por
-maestro a su sobrino, un seminarista calaverón que empezó su carrera
-persiguiendo franceses y la acabó fusilado en América. Se hizo general
-como otros muchos, y con mejores motivos que la mayor parte, educándose
-en la guerra de la Independencia, sirviendo bien y con lealtad, ganando
-cada grado con veinte batallas, y defendiendo una idea política con
-perseverancia y buena fe. Su destreza militar era extraordinaria, y fue
-sin disputa el primero entre los caudillos de partidas, pues tenía la
-osadía de Merino, el brutal arrojo del Empecinado, la astucia de Albuín
-y la ligereza del Royo. Sus crueldades, de que tanto se ha hablado, no
-salían, como las de Rotten, de las perversidades de un corazón duro,
-sino de los cálculos de su activo cerebro, y constituían un plan como
-cualquier otro plan de guerra. Supo hacerse amar de los suyos hasta
-el delirio, y también sojuzgar a los que se le rebelaron, como el
-Malcarado.
-
-Poseía el genio navarro en toda su grandeza; era guerrero en cuerpo
-y alma, no muy amante de la disciplina, caminante audaz, cazador de
-hombres, enemigo de la lisonja, valiente por amor a la gloria, terco
-y caprichudo en los combates. Ganó batallas que equivalían a romper
-una muralla con la cabeza, y fueron obras maestras de la terquedad,
-que a veces sustituye al genio. En sus crueldades jamás cometió viles
-represalias, ni se ensañó, como otros, en criaturas débiles. Peleando
-contra Zumalacárregui, ambos caudillos cambiaron cartas muy tiernas a
-propósito de una niña de quince meses que el guipuzcoano tenía en poder
-del navarro. Fuera de la guerra, era hombre cortés y fino, desmintiendo
-así la humildad de su origen, al contrario de otros muchos, como don
-Juan Martín, por ejemplo, que, aun siendo general, nunca dejó de ser
-carbonero.
-
-Salvador Monsalud había conocido a Mina en 1813, durante la
-conspiración, y después en Madrid. Su amistad no era íntima, pero sí
-cordial y sincera. Oyó el general con mucho interés el relato de las
-desgracias del pobre cautivo de San Llorens, y a cada nueva crueldad
-que este refería, soltaba el otro alguna enérgica invectiva contra los
-facciosos.
-
-—Ya tendrá usted ocasión de vengarse, si persiste en su buen propósito
-de ingresar en mi ejército —le dijo, estrechándole la mano—. Yo tengo
-aquí varias partidas de contraguerrilleros, compuestas de gentes del
-país y de compatriotas míos que me ayudan como pueden. Desde luego le
-doy a usted el mando de una compañía. Vamos, ¿acepta usted?
-
-—Acepto. Nunca fue grande mi afición a la carrera militar; pero ahora
-me seduce la idea de hacer todo el daño posible a mis infames verdugos,
-no asesinándolos, sino venciéndolos... Este es el sentimiento de que
-han nacido todas las guerras. Además, yo no tengo nada que hacer en
-Madrid. El duque del Parque no se acordará ya de mí, y habrá puesto a
-otro en mi lugar. He rogado a mi madre que venda todo y se traslade a
-la Puebla con mi hermana. No quiero corte por ahora. Las circunstancias
-y una inclinación irresistible que hay dentro de mí desde que me
-sacaron de aquel horrible sepulcro, me impulsan a ser guerrillero.
-
-—Eso no es más que vocación de general —dijo Mina riendo.
-
-Después convidó a Monsalud a su frugal mesa, y hablaron largo rato de
-la campaña y del sitio emprendido, que, según las predicciones del
-general, tocaba ya a su fin.
-
-—Si para el día de la Candelaria no he entrado en esa cueva de ladrones
-—dijo—, rompo mi bastón de mando... Daría todos mis grados por
-podérselo romper en las costillas a Mataflorida.
-
-—O al arzobispo Creux.
-
-—Ese se pone siempre fuera de tiro. Ya marchó a Francia por miedo a la
-chamusquina que les espera. ¡Ah! Señor Monsalud, si no es usted hombre
-de corazón, no venga con nosotros. Cuando entremos en la Seo, no pienso
-perdonar ni a las moscas. El Trapense, al tomar esta plaza, pasó a
-cuchillo la guarnición. Yo pienso hacer lo mismo.
-
-—¿A qué cuerpo me destina mi general?
-
-—A la contraguerrilla del _Cojo de Lumbier_. Es un puñado de valientes
-que vale todo el oro del mundo.
-
-—¿En dónde está?
-
-—Hacia Fornals, vigilando siempre la ciudadela. Los contraguerrilleros
-del _Cojo_ han jurado morir todos o entrar en la ciudadela antes de la
-Candelaria. Me inspiran tal confianza, que les he dicho: «No tenéis que
-poneros delante de mí sino para decirme que la ciudadela es nuestra.»
-
-—Entrarán, entraremos de seguro —dijo Monsalud con entusiasmo.
-
-—Y ya les he leído muy bien la cartilla —añadió Mina—. Ya les he
-cantado muy claro que no tienen que hacerme prisioneros. No doy cuartel
-a nadie, absolutamente a nadie. Esa turba de sacristanes y salteadores
-no merece ninguna consideración militar.
-
-—Es decir...
-
-—Que me haréis el favor de pasarme a cuchillo a toda esa gavilla de
-tunantes... Amigo mío, la experiencia me ha demostrado que esta guerra
-no se sofoca sino por la ley del exterminio, llevada a su último
-extremo.
-
-Salvador, oyendo esto, se estremeció, y por largo rato no pudo apartar
-de su pensamiento la lúgubre fase que tomaba la guerra desde que él
-imaginó poner su mano en ella.
-
-Mina encargó al novel guerrillero que procurara restablecerse,
-dándose la mejor vida posible en el campamento, pues tiempo había de
-sobra para entrar en la lucha si continuaba la guerra, como parecía
-probable, según el estado del país y los amagos de intervención. Otros
-amigos, además del general, encontró Salvador en Canyellas y pueblos
-inmediatos; relaciones hechas la mayor parte en la conspiración y
-fomentadas después en las logias o en los cafés patrióticos.
-
-
-
-
-IX
-
-
-La Seo de Urgel está situada en la confluencia de dos ríos que allí
-son torrentes: el Segre, originario de Puigcerdá, y el Valira, un
-bullicioso y atronador joven enviado a España por la República de
-Andorra. Enormes montañas la cercan por todas partes, y tres gargantas
-estrechas le dan entrada por caminos que entonces solo eran a propósito
-para la segura planta del mulo. Sobre la misma villa se eleva la
-Ciudadela; más al norte, el Castillo; entre estas dos fortalezas el
-escarpado arrabal de Castel-Ciudad, y en dirección a Andorra la torre
-de Solsona. La imponente altura de estas posiciones hace muy difícil su
-expugnación: es preciso andar a gatas para llegar hasta ellas.
-
-El 29, Mina dispuso que se atacara a Castel-Ciudad. El éxito fue
-desgraciado; pero el 1.º de febrero, operando simultáneamente todas
-las tropas contra Castel-Ciudad, Solsona y el Castillo, se logró poner
-avanzadas en puntos cuya conquista hacía muy peligrosa la resistencia
-de los sitiados. Por último, el 3 de febrero, a las doce de la mañana,
-las contraguerrillas del _Cojo_ y el regimiento de Murcia penetraban
-en la Ciudadela, defendida por seiscientos hombres al mando de Romagosa.
-
-Aunque no se hallaba totalmente restablecido, Salvador Monsalud volvía
-tan rápidamente a su estado normal, que creyó de su deber darse
-de alta en los críticos días 1.º y 2 de febrero. Además de que se
-sentía regularmente ágil y fuerte, le mortificaba la idea de que se
-le supusiera más encariñado con la convalecencia que con las balas.
-Tomó, pues, el mando de su compañía de contraguerrillas, a las órdenes
-del valiente _Cojo de Lumbier_, y fue de los primeros que tuvieron la
-gloria de penetrar en la Ciudadela. Sin saber cómo, sintiose dominado
-por la rabiosa exaltación guerrera que animaba a su gente. Vio los
-raudales de sangre, oyó los salvajes gritos, todo ello muy acorde con
-su excitado espíritu.
-
-Cuando la turba vencedora cayó como una venganza celeste sobre los
-vencidos, sintió, sí, pasajero temblor; pero sobreponiéndose a sus
-sentimientos, recordó las instrucciones de Mina, y supo transmitir
-las órdenes de degüello con tanta firmeza como el cirujano que ordena
-la amputación. Vio pasar a cuchillo a más de doscientos hombres en la
-Ciudadela, y no pestañeó; pero no pudo vencer una tristeza más honda
-que todas las tristezas imaginables, cuando Seudoquis, acercándose a él
-sobre charcos de sangre y entre los destrozados cuerpos, le dijo con la
-misma expresión lúgubre de la tarde de los tres Roures:
-
-—Me confirmo en mi idea, amigo Monsalud. La Constitución será vencida.
-
-Al día siguiente, bajó a la Seo, que le pareció un sepulcro del cual
-se acabara de sacar el cuerpo putrefacto. Su estrechez lóbrega y
-húmeda, así como su suciedad, hacían pensar en los gusanos insaciables:
-no se podía entrar en ella con ánimo sereno. Como oyera decir que
-en los claustros de la catedral, convertidos en hospital, había no
-pocas personas de Madrid, allá se fue creyendo encontrar algún amigo
-de los muchos y diversos que tenía. Grande era el número de heridos
-y enfermos; mas no vio ningún semblante conocido. En el palacio
-arzobispal estaban los enfermos de más categoría. Dirigiose allá, y
-apenas había dado algunos pasos en la primera sala, cuando se sintió
-llamado enérgicamente.
-
-Miró, y dos nombres sonaron:
-
-—¡Salvador!
-
-—¡Pipaón!
-
-Los dos amigos de la niñez, los dos colegas de la conspiración del 19,
-los dos hermanos, aunque no bien avenidos, de la gloria de las Tres
-Cruces, se abrazaron con cariño. El buen Bragas, que poco antes, viendo
-mal parada la causa constitucional, había corrido a la Seo a ponerse
-a las órdenes de la Regencia, cual hombre previsor, padecía de un
-persistente reúma que le impidió absolutamente huir a la aproximación
-de las tropas liberales. Confiaba el pobrecito en las infinitas trazas
-de su sutil ingenio para conseguir que no se le causara daño; y como
-tuvo siempre por norte hacerse amigos, aunque fuera en el infierno,
-muy mal habían de venir las cosas para que no saliese alguno entre
-los soldados de Mina. A pesar de todo, estuvo con el alma en un hilo
-hasta que vio aparecer la figura, por demás simpática, de su antiguo
-camarada; y no pudiendo contener la alegría, le llamó, y después de
-estrecharle en sus brazos con la frenética alegría del condenado que
-logra salvarse, le dijo:
-
-—¡Qué bonita campaña la vuestra...! Habéis tomado la Seo como quien
-coge un nido de pájaros... Si he de ser franco contigo, me alegro... no
-se podía vivir aquí con esa canalla de Regencia... Yo vine por cuenta
-del gobierno constitucional a vigilar... ya tú me entiendes; y me
-marchaba, cuando... ¡Qué desgraciado soy! Pero supongo que no me harán
-daño alguno, ¿eh...? ¿Tienes influencia con Mina...? Dile que podré
-ponerle en autos de algunas picardías que proyectan los regentes. Te
-juro que diera no sé qué por ver colgado de la torre al arzobispo.
-
-Monsalud, después de tranquilizarle, pidiole noticias de Madrid y de su
-familia.
-
-Permaneció indeciso el cortesano breve rato, y después añadió con su
-habitual ligereza de lenguaje:
-
-—¿Pero dónde te has metido? ¿Te secuestraron los facciosos? Ya me lo
-suponía, y así lo dije a tu pobre madre cuando estuvo en mi casa a
-preguntarme por ti. La buena señora no tenía consuelo. Se comprende.
-¡No saber de ti en tanto tiempo...!
-
-—¿Vive mi madre? —preguntó Salvador—. ¿Está buena?
-
-—Hace algunos días que falto de Madrid y no puedo contestarte —dijo
-Bragas mascullando las palabras—; pero si recibieses alguna mala
-noticia, no debes sorprenderte. Tu ausencia durante tantos meses y
-la horrible incertidumbre en que ha vivido tu buena madre, no son
-ciertamente garantías de larga vida para ella.
-
-—Pipaón, por Dios —dijo Monsalud con amargura—, tú me ocultas algo; tú,
-por caridad, no quieres decirme todo lo que sabes. ¿Vive mi madre?
-
-—No puedo afirmar que sí ni que no.
-
-—¿Cuándo la has visto?
-
-—Hace cuatro meses.
-
-—¿Y entonces estaba buena?
-
-—Así, así...
-
-—Y Sola, ¿estaba buena?
-
-—Así, así. Las dos tan apesadumbradas, que daba pena verlas.
-
-—¿Seguían viviendo en el Prado?
-
-—No: volvieron a la calle de Coloreros... Comprendo tu ansiedad. Si no
-hubiera huido con la Regencia una persona que se toma interés por ti,
-que te nombra con frecuencia y que hace poco ha llegado de Madrid...
-
-—¿Quién?
-
-—Jenara.
-
-—¿Ha estado aquí...? No me dices nada que no me abrume, Pipaón.
-
-—Marchó con el arzobispo y Mataflorida. ¡Qué guapa está! Y conspira
-que es un primor. Solo ella se atrevería a meterse en Madrid, llevando
-mensajes de esta gente de la frontera, como hizo en la primavera
-pasada, y volver locos a los ministros y a la camarilla... Pero te has
-turbado al oír su nombre... Ya, ya sé que os queréis bien. Ella misma
-ha dejado comprender ciertas cosas... ¡Cuánto ha padecido por arrancar
-de la facción a un sujeto secuestrado en Benabarre! Ese hombre eres tú.
-Bien claro me lo ha dado a entender ella con sus suspiros siempre que
-te nombraba, y tú con esa palidez teatral que tienes desde que hablamos
-de ella. Amiguito, bien, bravo; mozas de tal calidad bien valen seis
-meses de prisión. A doce me condenaría yo por haber gustado esa miel
-hiblea.
-
-Y prorrumpió en alegres risas, sin que el otro participase de su
-jovialidad. Reclinado en la cama del enfermo, la cabeza apoyada en la
-mano, Monsalud parecía la imagen de la meditación. Después de larga
-pausa, volvió a anudar el hilo del interrumpido coloquio, diciendo:
-
-—¿Conque ha estado aquí hace poco?
-
-—Sí. ¿Ves esta cinta encarnada que tengo en el brazo...? Ella me la
-puso para sujetarme la manga que me molestaba. Si quieres este recuerdo
-suyo, te lo puedo ceder en cambio de la protección que me dispensas
-ahora.
-
-Salvador miró la cinta; pero no hizo movimiento alguno para tomarla, ni
-dijo nada sobre aquel amoroso tema.
-
-—¿Y dices que hizo esfuerzos por rescatarme? —preguntó.
-
-—Sí... ¡pobre mujer! Se me figura que te amó grandemente; pero acá
-para entre los dos, no creo que la primera virtud de Jenara sea la
-constancia... Si tanto empeño tenía por salvarte, ¿por qué no te salvó,
-siendo, como era, amiga de Mataflorida, del arzobispo y del barón?
-Con tomar una orden de la Regencia y dirigirse al interior del país
-dominado por los arcángeles de la fe, bastaba... Pero no había quien la
-decidiera a dar este paso, y antes que meterse entre guerrilleros, me
-dijo una vez que prefería morir.
-
-—Y ¿crees tú que ella podría darme noticias de mi familia?
-
-—Se me figura que sí —dijo Pipaón poniendo semblante compungido—. Yo
-le oí ciertas cosas... No será malo, querido amigo, que te dispongas a
-recibir alguna mala noticia.
-
-—Dímela de una vez, y no me atormentes con medias palabras —manifestó
-Salvador ansioso.
-
-—De este mundo miserable —añadió Bragas con una gravedad que no le
-sentaba bien—, ¿qué puede esperarse más que penas?
-
-—¡Ya lo sé! Jamás he esperado otra cosa.
-
-—Pues bien... Yo te tengo por un hombre valiente... ¿Para qué andar con
-rodeos y palabrillas?
-
-—Es verdad.
-
-—Si al fin había de suceder; si al fin habías de apurar este cáliz
-de amargura... ¡Ah, mi querido amigo, siento ser mensajero de esta
-tristísima nueva!
-
-—¡Oh, Dios mío, lo comprendo ya! —exclamó Salvador ocultando su rostro
-entre las temblorosas manos.
-
-—¡Tu madre ha muerto! —dijo Pipaón.
-
-—¡Oh, bien me lo decía el corazón! —balbució el huérfano traspasado de
-dolor—. ¡Madre querida, yo te he matado!
-
-Durante largo rato lloró amargamente.
-
-
-_Creyendo ahora oportuno no trabajar más por cuenta propia, vuelve el
-autor a utilizar el manuscrito de la señora en su segunda pieza, que
-concuerda cronológicamente con el punto en que se ha suspendido el
-anterior relato._
-
-_Los lectores perdonarán esta larga incrustación ripiosa, tan inferior
-a lo escrito por la hermosa mano y pensado por el agudo entendimiento
-de la señora. Pero como la seguridad del edificio de esta historia
-lo hacía necesario, el autor ha metido su tosco ladrillo entre el
-fino mármol de la gentil dama alavesa. El segundo fragmento lleva por
-título_ De París a Cádiz, _y a la letra dice así:_
-
-
-
-
-X
-
-
-A fines de diciembre del 22, tuve que huir precipitadamente de la
-Seo, que amenazaba el cabecilla Mina. No es fácil salir con pena de
-la Seo. Aquel pueblo es horrible, y todo el que vive dentro de él se
-siente amortajado. Mataflorida salió antes que nadie, trémulo y lleno
-de zozobra. No podré olvidar nunca la figura del arzobispo, montado a
-mujeriegas en un mulo, apoyando una mano en el arzón delantero y otra
-en el de atrás, y con la teja sujeta con un pañuelo para que no se la
-arrancase el fuerte viento que soplaba. Es sensible que no pueda una
-dejar de reírse en circunstancias tristes y luctuosas, y que a veces
-las personas más dignas de veneración por su estado religioso, exciten
-la hilaridad. Conozco que es pecado y lo confieso; pero ello es que yo
-no podía tener la risa.
-
-Nos reunimos todos en Tolosa de Francia. Resolví entonces no mezclarme
-más en asuntos de la Regencia. Jamás he visto un desconcierto
-semejante. Muchos españoles emigrados, viendo cercana la intervención
-(precipitada por las altaneras contestaciones de San Miguel), temblaban
-ante la idea de que se estableciese un absolutismo fanático y vengador,
-y suspiraban por una transacción, interpretando el pensamiento de Luis
-XVIII. Pero no había quien apease a Mataflorida de su borrica, o sea
-de su idea de restablecer las cosas _en el propio ser y estado que
-tuvieron_ desde el 10 de mayo de 1814 hasta el 7 de marzo de 1820.
-Balmaseda le apoyaba, y don Jaime Creux (el gran jinete de quien antes
-he hablado) era partidario también del absolutismo puro y sin mancha
-alguna de Cámaras ni camarines. El barón de Eroles y Eguía se oponían
-furiosamente a esta salutífera idea de sus compañeros.
-
-Mi amigo, el general de la coleta (ya separado de la pastelera de
-Bayona), quería destituir a la Regencia y prender a Mataflorida y al
-arzobispo. Mataflorida, fuerte con las instrucciones reservadísimas
-de Su Majestad, que yo y otros emisarios le habíamos traído, seguía
-en sus trece. La junta de Cataluña, los apostólicos de Galicia, la
-junta de Navarra, los obispos emigrados enviaban representaciones
-a Luis XVIII para que reconociese a la Regencia de Urgel, mientras
-la Regencia misma, echándosela de soberana, enviaba una especie de
-plenipotenciarios de figurón a los soberanos de Europa.
-
-Nada de esto hizo efecto, y la corte de Francia, conforme con Eguía y
-el barón de Eroles, puso a la Regencia cara de hereje. Por desgracia
-para la causa real, Ugarte había sido quitado de la escena política,
-y todo el negocio, como puede suponerse, andaba en manos muy ineptas.
-Allí era de ver la rabia de Mataflorida, que alegaba en su favor las
-órdenes terminantes del rey; pero nada de esto valía, porque los otros
-también mostraban cartas y mandatos reales. Fernando jugaba con todos
-los dados a la vez. Su voluntad, ¿quién podía saberla?
-
-Entre tanto, todo se volvía recados misteriosos de Tolosa a París y
-a Madrid y a Verona. Eguía se carteaba con el duque de Montmorency,
-ministro de Estado en Francia, y Mataflorida con Chateaubriand. Cuando
-este sustituyó a Montmorency en el ministerio, nuestro marqués vio el
-cielo abierto, por ser el vizconde de los que con más ahínco habían
-sostenido en Verona la necesidad de volver del revés las instituciones
-españolas. Necesitando negociar con él, y no queriendo apartarse de la
-frontera de España por temor a las intrigas de Eguía y del barón de
-Eroles, me rogó que le sirviese de mensajero, a lo que accedí gustosa,
-porque me agradaban, ¿a qué negarlo?, aquellos graciosos manejos de
-la diplomacia menuda, y el continuo zarandeo, y el trabar relaciones
-con personajes eminentes, príncipes y hasta soberanos reinantes. Yo,
-dicho sea sin perjuicio de la modestia, había mostrado regular destreza
-para tales tratos, así como para componer hábilmente una intriga; y
-el hábito de ocuparme en ello había despertado en mí lo que puede
-llamarse el amor al arte. Mi belleza, y cierta magia que, según dicen,
-tuve, contribuían no poco entonces al éxito de lo que yo nombraba
-plenipotencias de abanico.
-
-Tomé, pues, mis credenciales, y partí para París con mi doncella y
-dos criados excelentes que me proporcionó Mataflorida. Estaba en mis
-glorias. Felizmente yo hablaba el francés con bastante soltura, y tenía
-en tan alto grado la facultad de adaptación, que a medida que pasaba
-de Tolosa a Agen, de Agen a Poitiers, de Poitiers a Tours y a París,
-parecíame que me iba volviendo francesa en maneras, en traje, en figura
-y hasta en el modo de pensar.
-
-Llegué a la gran ciudad ya muy adelantado febrero. Tomé habitación
-en la calle del Bac, y después de destinar dos días a recorrer las
-tiendas del Palais Royal y a entablar algunas relaciones con modistas y
-joyeros, pedí una audiencia al señor ministro de Negocios Exteriores.
-Él, que ya tenía noticia de mi llegada, enviome uno de sus secretarios,
-dignándose al mismo tiempo ofrecerme un billete para presenciar la
-apertura de las tareas legislativas en el Louvre.
-
-Mucho me holgué de esto, y dispúseme a asistir a tan brillante
-ceremonia, en la cual debía leer su discurso el rey Luis XVIII,
-y presentarse de corte todos los grandes dignatarios de aquella
-fastuosa monarquía. Confieso que jamás he visto ceremonia que más me
-impresionase. ¡Qué solemnidad, qué grandeza y lujo! El puesto en que me
-colocaron los ujieres no era el más cómodo; pero vi perfectamente todo,
-y la admiración y arrobamiento de mi espíritu no me permitían atender a
-las molestias.
-
-La presencia del anciano rey me causó sensación muy viva. Aclamáronle
-ruidosamente cuando apareció en el gran salón, y en realidad inspiraba
-entusiasmo y afecto. Bien puede decirse que pocos reyes han existido
-más simpáticos ni más dignos de ser amados. Luis XVIII tomó asiento
-en un trono sombreado con rico dosel de terciopelo carmesí. Los altos
-dignatarios se colocaron en pie en los escaños alfombrados. No se verá
-en parte alguna nada más grave ni más imponente y suntuoso.
-
-Su Majestad Cristianísima empezó a leer. ¡Qué voz tan dulce, qué acento
-tan patético! A cada párrafo era interrumpido por vivas exclamaciones.
-Yo lloraba y atendía con toda mi alma. Se me grabaron profundamente
-en la memoria aquellas célebres palabras: «He mandado retirar mi
-embajador. Cien mil franceses mandados por un príncipe de mi familia,
-por aquel a quien mi corazón se complace en llamar hijo, están a punto
-de marchar invocando al Dios de San Luis para conservar el trono de
-España a un descendiente de Enrique IV, para librar a aquel hermoso
-reino de su ruina y reconciliarlo con Europa.»
-
-Ruidosos y entusiastas vítores manifestaron cuánto entusiasmaba a todos
-los franceses allí presentes la intervención. Yo, aunque española,
-comprendía la justicia y necesidad de esta medida. Así es que dije para
-mí pensando en mis paisanos:
-
-—Ahora veréis, brutos, cómo andáis bien derechos.
-
-Pero el bondadoso Luis XVIII siguió diciendo cosas altamente
-patrióticas solo bajo el punto de vista francés, y ya aquello no me
-gustaba tanto; porque, en fin, empecé a comprender que nos trataban
-como a un hato de carneros. He sido siempre de una volubilidad
-extraordinaria en mis ideas, las cuales varían al compás de los
-sentimientos que agitan mi alma. Así es que de pronto, y sin saber
-cómo, se enfrió un poco mi entusiasmo; y cuando Luis dijo con altanero
-acento y entre atronadores aplausos aquello de _Somos franceses,
-señores_, sentí oprimido mi corazón; sentí que corría por mis venas
-rápido fuego, y pensando en la intervención, dije para mí:
-
-«No hay que echar mucha facha todavía, amiguitos. _Españoles somos,
-señores._»
-
-Pero no puedo negar que la pompa de aquella corte, la seriedad y
-grandeza de la asamblea, acorde con su rey y existente con él sin
-estorbarse el uno a la otra, hicieron grande impresión en mi espíritu.
-Me acordaba de las discordias infecundas de mi país, y entonces sentía
-pena.
-
-«Allá —pensé— tenemos demasiadas Cortes para el rey, y demasiado rey
-para las Cortes.»
-
-El día siguiente, 1.º de marzo, era el señalado por Chateaubriand para
-recibirme. Vivísimos deseos de verle tenía yo, por dos motivos: por mi
-comisión, y porque había leído la _Atala_ poco antes, hallando en su
-lectura intenso deleite. No sé por qué me figuraba al vizconde como una
-especie de _triste Chactas_, de tal modo que no podía pensar en él sin
-traer a la memoria la célebre canción.
-
-Pero todo cambió cuando entré en el ministerio y en el despacho del
-célebre escritor, que llenaba el mundo con su nombre y había divulgado
-la manía de los bosques de América, el sentimentalismo católico y las
-tristezas quejumbrosas a lo René. Vestía de gran uniforme. Su semblante
-pálido y hermoso no tenía más defecto que el estudiado desorden de los
-cabellos, que asemejaban su cabeza a una de esas testas de aldeano en
-cuya selvática espesura jamás ha entrado el peine. En sus ojos brillaba
-un mirar vivo y penetrante, que me obligaba a bajar los míos. Pareciome
-bastante decaído, aunque su edad no pasara entonces de los cincuenta
-y dos años. Su exquisita urbanidad era algo finchada y fría. Sonreía
-ligeramente y pocas veces, contrayendo los casi imperceptibles pliegues
-de su boca de mármol; pero fruncía con frecuencia el ceño, como una
-maña adquirida por la costumbre de creer que cuanto veía era inferior a
-la majestad de su persona.
-
-Entendí que la presencia de la diplomática española le había causado
-sorpresa. Sin duda creía ver en mí una _maja_ de esas que, conforme él
-dice en uno de sus libros, se alimentan con una bellota, una aceituna
-o un higo. Debió admirarle mi intachable vestido francés, y la falta
-de aquella gravedad española, que consiste, según ellos, en hablar
-campanudamente y con altanería. En sus miradas creí sorprender una
-curiosidad reparona, algo impropia de hombre tan fino. Pareciome que
-miraba si había yo llevado el rosario para rezar en su presencia, o
-alguna guitarra para tocar y cantar mientras durase el largo plazo de
-la antesala. En sus primeras palabras advertí marcado deseo de llevarme
-al terreno literario, porque empezó hablando de lo mucho que admiraba a
-mi país, y del Romancero del Cid, asunto que no vino muy de molde.
-
-Viéndole en tan buen terreno, y considerando cuánto debía agradarle la
-lisonja, me afirmé en el terreno literario y le hablé de su universal
-fama, así como del gran eco de Chateaubriand por todo el orbe. Él me
-contestó con frases de modestia tan ingeniosas y bien perfiladas, que
-la modestia misma no las hubiera conocido por suyas. Preguntome si
-había leído el _Genio del Cristianismo_, y le contesté al punto que
-sí y que me entusiasmaba, aunque la verdad era que hasta entonces no
-había ni siquiera hojeado tal libro; mas recordando algunos pasajes de
-los _Mártires_, le hablé de esta obra y de la gran impresión que en mí
-produjera. Pareció maravillado de que una dama española supiera leer,
-y me dirigió galanterías del más delicado gusto. Por mi belleza y mis
-gracias materiales, yo no debía ser de palo para el vizconde. Después
-supe que con cincuenta y dos años a la espalda aún se creía bastante
-joven para el galanteo, y amaba a cierta artista inglesa con el furor
-de un colegial.
-
-
-
-
-XI
-
-
-Entrando de lleno en nuestro asunto, el _triste Chactas_ me dijo:
-
-—Ya oiría usted ayer el discurso de Su Majestad. La guerra es
-inevitable. Yo la creo conveniente para las dos naciones, y he tenido
-el honor de sostener esta opinión en el congreso de Verona y en el
-ministerio, contra muchos hombres eminentes que la juzgaban peligrosa.
-En cuanto a la cuestión principal, que es la clase de gobierno que debe
-darse a España, no creo en la posibilidad de sostener el absolutismo
-puro. Esto es un absurdo, aun en España: las luces del siglo lo
-rechazan.
-
-Hícele una pintura todo lo fiel que me fue posible del estado de
-nuestras costumbres y de las clases sociales en nuestro país, así como
-de los personajes eminentes que en él había, haciendo notar de paso,
-conforme a mi propósito, que un solo hombre grande existía en toda la
-redondez de las Españas. Este hombre era el marqués de Mataflorida.
-
-—Reconozco las altas dotes del señor marqués —me dijo Chateaubriand
-con finísima sonrisa—. Pero la conducta de la Regencia de Urgel ha
-sido poco prudente. Su manifiesto del 15 de agosto y sus propósitos
-de conservar el absolutismo puro, no pueden hallar eco en la Europa
-civilizada.
-
-Yo dije entonces, usando las frases más delicadas, que no era fácil
-juzgar de los sucesos de Urgel por lo que afirmaran hombres tan
-corrompidos como Eguía y el barón de Eroles, a los cuales, con buenas
-palabras, puse de oro y azul. Concluí mi perorata afirmando que la
-voluntad de Fernando era favorable a los planes de Mataflorida.
-
-—Para nosotros —dijo— no hay otra expresión de la voluntad del rey de
-España que la contenida en la carta que Su Majestad Católica dirigió a
-nuestro soberano.
-
-El pícaro me iba batiendo en todas mis trincheras, y me desconcertó
-completamente cuando me dijo:
-
-—El gobierno francés ha acordado nombrar una Junta provisional en la
-frontera, hasta que las tropas francesas entren en España.
-
-—¿Y la Regencia?
-
-—La Regencia dejará de existir, mejor dicho, ha dejado de existir ya.
-
-—Pero Fernando no le ha retirado sus poderes: antes bien, se los
-confirma secretamente un día y otro.
-
-Al oír esto, el insigne escritor y diplomático no contestó nada. Conocí
-que se veía en la alternativa de desmentir mi aserto, o de hablar mal
-de Fernando, y que, como hombre de intachable cortesía, no gustaba de
-hacer lo primero, ni como ministro de un Borbón lo segundo. Viéndole
-suspenso insistí, y entonces me dijo:
-
-—Indudablemente, aquí hay algo que ahora no comprendemos; pero que,
-andando el tiempo, se ha de ver con claridad.
-
-Después, deseando mostrarme un interés filantrópico por la ventura de
-nuestro país, afirmó que él había trabajado porque se declarara la
-guerra, sosteniendo para esto penosas luchas con monsieur de Villèle
-y sus demás colegas; que la resistencia de Inglaterra y de Wellington
-habían exigido de su parte grandes esfuerzos y constancia, y, por
-último, que aún necesitaba de no poca energía para vencer la oposición
-a la guerra que las Cámaras mostrarían desde su primera sesión.
-
-—Muchos —añadió _Chactas_— me consideran loco. Otros me tienen lástima.
-Algunos, y entre ellos los envidiosos, preguntan si podré yo conseguir
-lo que no fue dado a Napoleón. Pero yo fío al tiempo la consagración de
-este gran hecho, tan necesario a la seguridad del orden y la justicia
-en los pueblos de Occidente.
-
-Habló también de las sociedades secretas y de los carbonarios, que sin
-duda le inspiraban vivísimo miedo; y yo empecé a comprender que el
-objeto de la intervención no era poner paz entre nosotros, ni hacernos
-felices, ni aun siquiera consolidar el vacilante trono de un Borbón,
-sino aterrar a los revolucionarios franceses e italianos que bullían
-sin cesar en los tenebrosos fondos de la sociedad francesa, jamás
-reposada ni tranquila.
-
-Prometió contestar a Mataflorida, mas sin mostrarse muy entusiasta de
-las altas prendas de mi amigo, ni indicar nada que transcendiese a
-propósitos de acceder a su petición. Bajo sus frases corteses creía yo
-descubrir cierto menosprecio de los individuos de la Regencia, y aun
-de todos los que mangoneaban en la conspiración. De un solo español me
-habló con acento que indicaba respeto y casi admiración: de Martínez de
-la Rosa. Lo atribuí a mera simpatía del poeta.
-
-Despedime de él, deplorando el mal éxito de mi embajada, y aquí fue
-donde se deshizo en cumplidos, buscando y hallando en su fina habilidad
-cortesana ocasión para deslizar galanterías, con discretos elogios de
-mi hermosura y del país _donde florece el naranjo_. Me había tomado por
-andaluza, y yo le dejé en esta creencia.
-
-A los dos días fue a pagarme la visita a mi alojamiento de la calle
-del Bac, y en su breve entrevista me pareció que huía de mencionar los
-oscuros asuntos de la siempre oscura España. En los días sucesivos
-visité a otras personas, entre ellas al ministro del Interior, monsieur
-de Corbière, y a algunos señores del partido del conde de Artois,
-como el príncipe de Polignac y monsieur de la Bourdonnais. También
-tuve ocasión de tratar a dos o tres viejas aristócratas del barrio
-de San Germán, ardientes partidarias de la guerra de España y no muy
-bienquistas con el rey filósofo y tolerante que gobernaba a Francia,
-convaleciente aún de la Revolución y del Imperio. De mis conversaciones
-con toda aquella gente pude sacar en limpio el siguiente juicio, que
-creo seguro y verdadero: Las personas influyentes de la Restauración
-deseaban para Francia una monarquía templada y constitucional,
-fundada en el orden, y para España el absolutismo puro. Con tal que
-en Francia hubiera tolerancia y filosofía, no les importaba que en
-España tuviéramos frailes o Inquisición. Todo iría bien, siempre que
-en ninguna de las dos naciones hubiese francmasones, carbonarios y
-demagogos.
-
-Tenían de nuestro país una idea muy falsa. Cuando Chateaubriand, que
-era el genio de la Restauración, decía de España: _allí el matar es
-cosa natural, ya sea por amor, ya sea por odio_, puede juzgarse lo que
-pensarían todas aquellas personas que no supieron escribir el _Genio
-del Cristianismo_. Nos consideraban como un pueblo heroico y salvaje,
-dominado por pasiones violentas y por un fanatismo religioso semejante
-al del antiguo Egipto.
-
-La princesa de la Tremouille se asombraba de que yo supiera escribir,
-y me presentó en su tertulia como un objeto raro, aunque sin dar a
-conocer ningún sentimiento ni idea que me mortificasen. Yo creo que ni
-uno solo de sus amigos dejó de enamorarse de mí, ilusionados con la
-idea de mi sentimentalismo andaluz y de mi gravedad calderoniana, o
-de la mezcla que suponían en mí de maja y gran señora, de Dulcinea y
-gitana. El más rendido se suponía expuesto a morir asesinado por mí
-en un arrebato de celos, pues tal idea tenían de las españolas, que
-en cada una de ellas se habían de hallar comprendidas dos personas, a
-saber: la cantaora de Sevilla y Doña Jimena, la torera que gasta navaja
-y la dama ideal de los romances moriscos. Yo me reía con esto y llevaba
-adelante la broma.
-
-Volviendo al asunto de la guerra de España, diré que al salir de
-París no tenía duda alguna acerca del pensamiento de los franceses
-en esta cuestión. Ellos no hacían la guerra por nuestro bien ni por
-el de Fernando. Poco se les importaba que después de vencido el
-constitucionalismo, estableciésemos la Carta o el despotismo neto.
-Allá nos entenderíamos después con los frailes y los guerrilleros
-victoriosos. Su objeto, su bello ideal, era aterrar a los
-revolucionarios franceses, harto entusiasmados con las demencias de
-nuestros bobos liberales, y además dar a la dinastía restaurada el
-prestigio militar que no tenía.
-
-El principal enemigo de los Borbones en Francia era el recuerdo de
-Bonaparte y el dejo de aquel dulce licor de la gloria, con cuya
-embriaguez se habían enviciado los franceses. Una Monarquía que no
-daba batallas de Austerlitz, que no satisfacía de ningún modo el ardor
-guerrero de la nación y que no tocaba el tambor en cualquier parte de
-Europa, no podía ser amada de aquel pueblo, en quien la vanidad iguala
-a la verdadera grandeza, y que tiene tanta presunción como genio. Era
-preciso armarla, como decimos en nuestro país; era necesario que la
-Restauración tuviera su epopeya chica o grande, aunque esta epopeya
-fuese de mentirijillas; era indispensable vencer a alguien, para poder
-poner el grito en el cielo y regresar a París con la bambolla de las
-conquistas. Dios permitió que el _anima vili_ de este experimento
-fuésemos nosotros; que la desgraciada España, cuya fiereza libró a
-Europa de Bonaparte, fuese la víctima escogida para proporcionar a
-Francia el desahoguillo marcial que debía poner en olvido al Bonaparte
-tan execrado.
-
-Mi viaje a París modificó mis ideas absolutistas en principio, si bien,
-pensando en España, no podía admitir ciertas cosas que en Francia me
-parecían bien. Toda la vida me he congratulado de haber visto y hablado
-a monsieur de Chateaubriand, el escritor más grande de su tiempo.
-Aunque su fama se eclipsó bastante después de la revolución del 30, lo
-cual indica que había en su genio mucho tomado a las circunstancias,
-no puede negarse que sus obras deleitan y enamoran, principalmente
-por la galanura de su imaginación y la magia de su estilo; y aún
-deleitarían más si en todas ellas no hablase tanto de sí propio. Tengo
-muy presente su persona, por demás agradable, y su rostro simpático,
-con aquella expresión sentimental que se puso de moda, haciendo que
-todos los hombres pareciesen enamorados y enfermos. Me parece que le
-estoy mirando, y ahora, como entonces, me dan ganas de llevar un peine
-en el bolsillo y sacarlo y dárselo diciendo: «Caballero, hágame usted
-el favor de peinarse.»
-
-
-
-
-XII
-
-
-Ahora hablemos, ¿por qué no?, de la violentísima pasión que inspiré
-a un francés. Era este el conde de Montguyon, coronel del tercero de
-húsares. Yo le había conocido en Tolosa, habiendo tenido la desgracia
-de que mi persona hiciera profunda impresión en él, trastornando las
-tres potencias de su alma. Era soltero, de treinta y ocho años, bien
-parecido, atento y finísimo como todos los franceses. Persiguiome
-hasta París, donde me asediaba como esos conquistadores jóvenes e
-impacientes que han oído la célebre frase de César y quieren imitarla.
-Al principio me mortificaban sus obsequios; le rechazaba hasta con
-menosprecio y altanería; pero al fin, sin corresponder a su amor de
-ninguna manera, admití la parte superficial de sus galanterías. Esto le
-dio esperanza; pero siempre me trataba con el mayor respeto. Deseando,
-sin duda, identificarse con las ideas que en mi tierra suponía, se hizo
-una especie de don Quijote, cuya Dulcinea era yo. A veces me parecía
-por demás empalagoso; pero después de muchos meses de indiferencia
-absoluta, empecé a estimarle, reconociendo sus nobles prendas. Cuando
-me disponía a volver a mi país, se me presentó rebosando alegría, y me
-dijo:
-
-—Acabo de conseguir que me destinen a la guerra de España. De este modo
-consigo tres grandes objetos que interesan igualmente a mí corazón:
-guerrear por la Francia, visitar la hermosa tierra de España y estar
-cerca de usted.
-
-Él pretendía que me detuviese para partir juntos; pero a esto no
-accedí, y me marché dejándole atrás, aunque deseosa, ¿a qué negarlo?,
-de que no me siguiese a mucha distancia, pues a causa del fastidio de
-viaje tan largo, Francia, con ser tan bella, empezaba a aburrirme de lo
-lindo.
-
-¿Se creerá que yo había olvidado a mi pobre cautivo de Benabarre? ¡Ah!,
-no, y hasta el último momento que estuve en la Seo de Urgel me ocupé
-de su desgraciada suerte. Cada vez que venía a mi pensamiento la idea
-de sus penas, me estremecía de dolor, y toda alegría se disipaba en
-mi espíritu. Pero este tiene en sí mismo una energía restauradora, no
-menos poderosa que la del cuerpo, y sabe curarse de todos sus males
-siempre que le ayude el mejor de los Esculapios, que es el tiempo.
-
-Voltaire, que no por impío y blasfemo dejó de tener mucho talento,
-escribió una historieta titulada _Los dos consolados_, en la cual pone
-de relieve las admirables curas de aquel charlatán, el único cuyos
-específicos son infalibles. Yo he leído esa novelita, así como otras
-del célebre escritor sacrílego, y esta debilidad mía, imperdonable
-quizás en una dama tan acérrima defensora de la religión, la confieso
-aquí contritamente, rogando a mis lectores que no revelen a ningún
-cura de mi país tan feo secreto, ocultándolo principalmente al señor
-canónigo de Tortosa, mi director espiritual, el cual se enfurecerá
-si le hablan de las novelas de Voltaire, aunque a mí me consta que él
-también las ha leído.
-
-Pues bien: el tiempo fue cicatrizando mis heridas sin curarlas.
-Yo también podía erigir una estatua con la inscripción _A celui
-qui console_, pues la ausencia indefinida y los días que pasaban
-rápidamente, habían calmado aquel insaciable afán de mi alma. En mí
-reinaba la tranquilidad, pero no el taciturno y seco olvido; y una
-aparición repentina del ser amado podía muy bien en brevísimo instante
-destruir los efectos del tiempo, renovando mi mal y aun agravándolo.
-
-Desde París a la frontera no cesaba el movimiento de tropas. Por
-todas partes convoyes, cuerpos de ejército y oficiales que iban a
-incorporarse a sus regimientos. Francia podía creerse aún en los días
-del gran soldado. Hasta Burdeos no tuve noticias ciertas de mi querida
-Regencia y de mi ilustre mandatario el marqués de Mataflorida. ¡Ay! La
-suerte de este insigne hombre de Estado no podía ser más miserable.
-Había triunfado Eguía, a pesar de las furiosas protestas del regente
-de Urgel; y para colmo de desdicha, como aún quisiera este llevar
-adelante sus locas pretensiones, el duque de Angulema le mandó prender
-juntamente con el arzobispo, confinándoles a Tours. Así acabaron las
-glorias de aquellos dos ambiciosos. Yo llegué a tiempo para verles,
-y cuando manifesté al marqués las poco lisonjeras disposiciones del
-_triste Chactas_, el atroz regente, desairado, llamó a Chateaubriand
-intrigante, enredador, mal poeta y _franchute_. Esta fue la venganza
-del coloso.
-
-Bayona era un campamento cuando yo llegué. El número de españoles casi
-superaba al de franceses, y en todos reinaba grande alegría. Reanudé
-entonces mis buenas relaciones con el barón de Eroles, haciéndole ver
-que mi viaje a París había tenido por causa asuntos particulares,
-y entre risas y bromas me reconcilié con Eguía, el cual por razón
-del mismo gozo y embobamiento del triunfo, estaba muy dispuesto a
-perdonar. En cuanto a las negociaciones, yo no tenía humor de seguir
-ocupándome de ellas, y deseaba retirarme a descansar sobre mis laureles
-diplomáticos, no solo porque mi entusiasmo absolutista se había
-enfriado mucho, sino porque desde algún tiempo las conspiraciones y los
-manejos políticos me causaban hastío. Ya he dicho que siempre fui muy
-inclinada a la mudanza en mis ocupaciones. Mi espíritu se aviene poco
-con la monotonía, y si un día me sedujeron las embajadas, otro llegó en
-que me repugnaron. ¡Mágico efecto del tiempo, cuya misión es renovar,
-creando las estaciones con los admirables círculos del universo!
-También el alma humana ve en sí la alterada sucesión de las primaveras
-e inviernos en sus dilataciones y recogimientos.
-
-Yo deseaba entrar en España, y tenía propósito de reanudar las
-diligencias para averiguar el paradero de mi cautivo de Benabarre. En
-Bayona una familia francesa legitimista, con quien yo tenía antigua
-amistad, me convidó a pasar unos días en su casa de campo inmediata a
-Behovia, y unos parientes míos invitáronme a que les acompañase en Irún
-un par de semanas. A ambos ofrecimientos accedí, empezando por el de
-Behovia, aunque la frontera no me parecía el punto más a propósito para
-residir en los momentos en que principiaba la guerra. Pero la gente
-de aquel país estaba segura de que Angulema atravesaría fácilmente el
-Pirineo, por ser muy adicto al absolutismo todo el país vasco-navarro.
-
-Todavía no había pasado Su Alteza la raya, cuando se rompió el fuego
-junto al mismo puente internacional. Los carbonarios extranjeros que
-andaban por España, unidos a otros perdidos de nuestro país, habían
-formado una legión con objeto de hacer frente a las tropas francesas.
-Constaba aquella de doscientos hombres, tristes desechos de la ley
-demagógica de Italia, de Francia y de España; y para seducir a los
-Cien mil hijos de San Luis, se habían vestido a la usanza imperial,
-y ondeando la bandera tricolor, gritaban en la orilla española del
-Bidasoa: «¡Viva Napoleón II!»
-
-Su objeto era fascinar a los artilleros franceses con este mágico
-grito; mas tuvieron la desdicha de que tales aclamaciones fueran
-contestadas a cañonazos, y con sus banderas y sus enormes morriones
-huyeron a San Sebastián. Pasma la inocente credulidad de los
-carbonarios extranjeros y de los masones españoles. Oí decir en Behovia
-que los liberales franceses Lafayette, Manuel, Benjamín Constant y
-otros, fiaban mucho en los doscientos legionarios mandados por el
-republicano emigrado coronel Fabvier. ¡Qué desvaríos engendra el
-furor de partido! Corría esto parejas con la necia confianza del
-gobierno español, que aun después de declarada la guerra no había
-tomado disposiciones de ninguna clase, hallándose sus tropas sin más
-recursos ni elementos que el parlerío de los milicianos y el gárrulo
-charlatanismo de los clubs.
-
-
-
-
-XIII
-
-
-Hacia los primeros días de abril vi pasar a los generales de división
-Bourdessoulle, duque de Reggio y Molitor, que entraron en España por
-Behovia. Después pasó Su Alteza el sobrino de Luis XVIII con todo su
-Estado Mayor, en el cual iba Carlos Alberto, príncipe de Carignan.
-No se puede imaginar cortejo más lucido. Yo no había visto nada tan
-magnífico y deslumbrador, como no fuera la comitiva de José Bonaparte
-antes de darse la batalla de Vitoria el año 13, feliz para la causa
-española; pero de muy malos recuerdos para mí, porque en él perdí la
-batalla de mi juventud, casándome como me casé.
-
-También vi pasar a mi amigo Eguía, remozado por la emoción y tan
-vanaglorioso del papel que iba a representar, que no se le podía
-resistir, como no fuera tomando a broma sus bravatas. Iban con él don
-Juan Bautista Erro y Gómez Calderón, aquel a quien el mordaz Gallardo
-llamaba _Caldo pútrido_. El barón de Eroles, que con los anteriores
-tipos debía formar la Junta, al amparo del gobierno francés, entró por
-Cataluña con el mariscal Moncey.
-
-No recibieron a los franceses las bayonetas ni la artillería del
-gobierno constitucional, sino una nube de guerrilleros, que les
-abrieron sus fraternales brazos, ofreciéndose a ayudarles en todo,
-y a marchar a vanguardia, abriéndoles el camino. Tal apoyo era de
-grandísimo beneficio para la causa, porque los partidarios realistas
-ascendían a 35.000. ¡Ay de los franceses si les hubieran tenido en
-contra! Pero les tenían a su favor, y esto solo, ¡qué fenómeno!, puso
-al buen Angulema por encima de Napoleón. El absolutismo español no
-podía hacer al hijo de San Luis mejor presente que aquellos 35.000
-salvajes, entre los cuales (¡cuánto han variado mis ideas, Dios mío!)
-tengo el sentimiento de decir que estaba mi marido. ¡Y yo le había
-admirado, yo le había aceptado por esposo diez años antes solo por ser
-guerrillero!... Cuando se hacen ciertas cosas, ya que no es posible que
-el porvenir se anticipe para avisar el desengaño, debiera caer un rayo
-y aniquilarnos.
-
-El conde de España mandaba las partidas de Navarra; Quesada, las de las
-Provincias Vascongadas; y Eroles, las de Cataluña. ¡Cómo fraternizaron
-las partidas con los franceses, que habían sido origen de su nacimiento
-en 1808! Era todo lo que me quedaba por ver. Se abrazaban, dando vivas
-a San Luis, a San Fernando, a la religión, a los Borbones, al rey, a
-la Virgen María, a San Miguel arcángel y a los serenísimos infantes.
-Yo no lo vi, porque no quise pasar la frontera. Me repugnaban estas
-cosas, y los soldados de la fe habían llegado poco a poco a serme muy
-antipáticos.
-
-Largamente hablé de esto con el conde de Montguyon, que me perseguía
-tenazmente, permaneciendo en Behovia todo el tiempo que le fue posible.
-Elogiaba a los guerrilleros, diciendo que, a pesar de sus defectillos,
-eran tipos de heroísmo, de aquella independencia caballeresca que
-tanto había enaltecido el nombre español en tiempos remotos. También
-le seducían por ser, como los frailes, gente muy pintoresca. Mi don
-Quijote era una especie de artista, y gustaba de hacer monigotes en un
-libro, dibujando arcos viejos, mendigos, casuchas, una fila de chopos,
-carros, lanchas pescadoras y otras menudencias de que estaba muy
-envanecido.
-
-Era próximamente el 9 de abril cuando me trasladé a Irún para vivir con
-la familia de Sodupe-Monasterio, gente muy hidalga, más católica que el
-Papa, realista hasta el martirio y de afabilísimo trato. Frecuentaban
-la casa (que era más bien palacio con hermosos prados y huerta) todos
-los españoles que el gran suceso de la intervención traía y llevaba de
-una nación a otra, y no pocos oficiales franceses, de cuyas visitas
-se holgaban mucho los Sodupe-Monasterio, porque oían hablar sin cesar
-de exterminio de liberales, del trono de San Fernando y de nuestra
-preciosísima fe católica.
-
-Allí Montguyon no me dejaba a sol ni sombra, pintándome su amor con
-colores tan extremados que me daba lástima verle y oírle. Su acendrado
-y respetuoso galanteo merecía, en efecto, alguna misericordia. Le
-permití besar mi mano; pero no pudo arrancarme la promesa de seguirle
-al interior de España. Cada vez sentía yo más deseos de quedarme en
-Irún y en aquella apacible vivienda, donde, sin que faltara sosiego,
-había bastantes elementos para combatir el fastidio. Con esta
-resolución, mi don Quijote, que ya parecía querer dejar de serlo en
-la pureza de sus ensueños amorosos, estaba desesperado. Despidiose de
-mí muy enternecido, y besándome con ardor las manos, voluptuosidad
-inocente de que nunca se hartaba. ¡Cuán lejos estaba el llagado amante
-de que no pasarían dos horas sin que cambiara diametralmente mi
-determinación!
-
-Ocurrió del modo siguiente. Al saber que yo estaba en Irún, fue a
-visitarme un individuo, que aún no podía llamarse personaje, y al
-cual conocí en Madrid el año anterior, y también el 19. Se llamaba
-don Francisco Tadeo Calomarde, y era de la mejor pasta de servil que
-podía hallarse por aquellos tiempos. Empleado desde su tierna edad en
-el ministerio de Gracia y Justicia, se había criado en los cartapacios
-y en el papel de pleitos: los legajos fueron su cuna, y las Reales
-cédulas sus juguetes. Su jurisprudencia, llena de pedantería, me
-inspiraba aversión. Tenía fama de muy adulador de los poderosos, y,
-según se decía, compró el primer destino con su mano, casándose con una
-muchacha muy fea, a quien dio malos tratos.
-
-Los que le han juzgado tonto se equivocan, porque era listísimo, y su
-ingenio más bien socarrón que brillante, antes agudo que esclarecido;
-era maestro en el arte de tratar a las personas y de sacar partido de
-todo. Habíase hecho amigo de don Víctor Sáez, y aun del mismo rey y del
-infante don Carlos, por sus bajas lisonjas y lo bien que les servía
-siempre que encontraba ocasión para ello.
-
-Tenía entonces cincuenta años, y acababa de salir del encierro
-voluntario a que le redujo el régimen liberal. Había ido a la frontera
-para llevar no sé qué recados a los señores de la Junta. Me lo dijo,
-y como no me importaban ya gran cosa los dimes y diretes de los
-realistas, que no por estar tan cerca de la victoria dejaban de andar a
-la greña, fijeme poco en ello, y lo he olvidado. Calomarde no era mal
-parecido ni carecía de urbanidad, aunque muy hueca y afectada, como la
-del que la tiene más bien aprendida que ingénita. La humildad de su
-origen se traslucía bastante. Hablamos de los sucesos de Madrid que él
-había presenciado, y me informó de todo.
-
-—Siento que usted no hubiera estado por allá —me dijo—; habría visto
-cómo se iba desbaratando el constitucionalismo, solo con el anuncio de
-la intervención. ¡Si no podía ser de otra manera!... Ahora están que
-no les llega la camisa al cuerpo, y en ninguna parte se creen seguros.
-Después que ultrajaron a Su Majestad, le han arrastrado a Andalucía con
-el dogal al cuello, como el mártir a quien se lleva al sacrificio.
-
-—No tanto, señor don Tadeo —le dije—. Su Majestad habrá ido, como
-siempre, en carroza, y mucho será que los mozos de los pueblos no hayan
-tirado de ella.
-
-—Eso se deja para la vuelta —indicó Calomarde riendo—. Ahora los
-francmasones han seducido a la plebe, y Su Majestad, por donde
-quiera que va, no oye más que denuestos. El 19 de febrero, cuando se
-alborotaron los comuneros y masones porque estos querían sustituir a
-aquellos en el ministerio, los chisperos borrachos y los asesinos del
-Rastro daban _mueras_ al rey y a la reina. Un diputado muy conocido
-apareció en la Plaza Mayor mostrando una cuerda, con la cual proponía
-ahorcar a Su Majestad y arrastrarle después. La canalla penetró hasta
-la cámara real. ¡Escándalo de los escándalos! Parecía que estábamos en
-Francia y en los sangrientos días de 1793. El mismo rey me ha dicho que
-los ministros entraban en la cámara cantando el himno de Riego.
-
-—¡Oh, no tanto, por Dios! —repetí, ofendida de las exageraciones de mis
-amigos—. Poco mal y bien quejado.
-
-—Me parece que usted, con sus viajes a Francia y sus relaciones con
-los ministros del liberal y filósofo Luis XVIII, se nos está volviendo
-francmasona —dijo don Tadeo, entre bromas y veras—. ¿Hay en la historia
-desacato comparable al de obligar al rey a partir para Andalucía?
-
-—¡Oh, Dios nos tenga de su mano!... ¡Qué desacato! ¡Qué ignominia!...
-—exclamé, remedando sus aspavientos—. Es preciso considerar que un
-gobierno, cualquiera que sea, está en el caso de defenderse si es
-atacado.
-
-—Según mi modo de ver, un gobierno de tunantes no merece más que el
-decreto que ha de mandar a Ceuta a todos sus individuos. ¡Ah, señora
-mía, y cómo se ha entibiado el fervor de usted! Bien dicen que los
-aires de esa Francia loca son tan nocivos...
-
-—Creo lo mismo que creía; pero mi absolutismo se ha civilizado,
-mientras el de ustedes continúa en estado salvaje. El mío se viste como
-la gente, y el de ustedes sigue con taparrabo y plumas. Si el gobierno
-de tunantes ha resuelto refugiarse en Andalucía, llevándose a la corte,
-ha sido para no estar bajo la amenaza de los batallones franceses.
-
-—Ha sido —dijo Calomarde riendo brutalmente—, porque sabían que Madrid
-no tiene defensa posible; que los ejércitos de Ballesteros y de La
-Bisbal son dos fantasmas; que cuatro soldados y un cabo de los del
-serenísimo señor duque de Angulema podían cualquier mañanita sorprender
-a la villa y a los _Siete Niños_ y al Congreso entero, al Ayuntamiento
-soberano y a toda la comunidad masónica y landaburiana. Esta es la pura
-verdad. ¡Y qué bonito espectáculo han dado al mundo! En presencia de la
-intervención armada, ¿cómo se preparan esos mentecatos para conjurar
-la tormenta? Llamando a las armas a treinta mil hombres, y disponiendo
-(esto es lo más salado) que con los milicianos que quieran seguir al
-Congreso se formen algunos batallones, recibiendo cada individuo cinco
-reales diarios. ¡Se salvó la patria, señora!
-
-—El gobierno —repuse prontamente— creyó sin duda que los franceses
-eran como los Guardias del 7 de julio, es decir, simples juguetes de
-miliciano.
-
-—¡Ya se lo diremos de misas! —dijo frotándose las manos—. Ya pagarán su
-alevosía. Solo por el hecho de obligar a nuestro soberano a un viaje
-que no le agradaba, merecían todos ellos la muerte.
-
-—Hasta los reyes están en el caso de hacer alguna vez lo que no les
-agrada.
-
-—Incluso viajar con un ataque de gota, ¿eh? ¡Crueles y sanguinarios,
-más sanguinarios y crueles que Nerón y Calígula! Ni a un perro
-vagabundo de las calles se le trata peor.
-
-—¡Si el rey no tenía en aquellos días ataque de gota! —repliqué,
-complaciéndome en contradecirle—. Si estaba bueno y sano. La prueba es
-que después de clamorear tanto por su enfermedad, anduvo algunas leguas
-a pie el primer día de viaje.
-
-—Bueno: concedo que Su Majestad estaba tan bueno como yo. ¿Y si no
-quería partir?
-
-—Que hubiera dicho: «no parto».
-
-—¿Y si le amenazaban?
-
-—Haberles ametrallado.
-
-—¿Y si no tenía metralla?
-
-—Haberse dejado llevar por la fuerza.
-
-—¿Y si le mataban?
-
-—Haberse dejado matar. Todo lo admito menos la cobardía.
-
-—Amiguita, usted se nos ha _francmasoneado_ —me dijo el astuto
-intrigante, dando cariñosa palmada en mi mano—. A pesar de esto,
-siempre la queremos mucho, y la serviremos en lo que podamos. Yo estoy
-siempre a las órdenes de usted.
-
-Inflado de vanidad, el amigo del rey hizo elogios de sí mismo, y
-después añadió:
-
-—He tenido el honor de ser indicado para secretario de la Junta que se
-va a formar en la frontera.
-
-—¡Oh, amigo mío, doy a usted la enhorabuena! —manifesté sumamente
-complacida y deplorando entonces haber estado algo dura con Calomarde—.
-No se podía haber pensado en una persona más idónea para tan delicado
-puesto.
-
-—¿Se le ofrece a usted algo? —dijo don Tadeo, comprendiendo al punto mi
-cuarto de conversión.
-
-—Sí; pero yo acostumbro dirigirme siempre a la cabeza —afirmé
-resueltamente—. Ya sabe usted que soy muy amiga del general Eguía,
-presidente de la Junta.
-
-—¡Ah! entonces...
-
-—Sin embargo. No puedo molestar a Su Excelencia con ciertas
-menudencias, tales como pedir noticias de personas, averiguar alguna
-cosilla de poca monta...
-
-—Para esto es más propio un secretario tan bien informado como yo de
-todos los pormenores de la causa.
-
-—Exactamente. Dígame usted, si lo sabe, en dónde está ahora un pícaro
-de mala estofa, que se emplea en bajas cábalas del rey y tiene por
-nombre José Manuel Regato.
-
-—¡Ah! ¡Regato!... Debe andar por Andalucía con la corte. No es de mi
-negociado ese caballero... ¿Qué? ¿Hay ganas de sentarle la mano?
-
-—Por sentarle la derecha daría la izquierda.
-
-—Pocas noticias puedo dar a usted del señor Regato. Tengo con él muy
-pocas relaciones. Quizás Pipaón, que conoce a todo el mundo, pueda
-indicar dónde se halla y el modo de sentarle, no una mano, sino las
-dos, siempre que sea preciso.
-
-—Y Pipaón, ¿dónde está?
-
-—Aquí.
-
-—¡Aquí! ¡Pipaón!... —exclamé con gozo—. Yo le dejé en la Seo muy
-enfermo, y creí que había caído en poder de Mina.
-
-—En efecto, cayó; pero él... ya usted le conoce... con su destreza y
-habilidad parece que encontró por allí amigos que le favorecieron.
-
-—Quiero verle, quiero verle al punto —dije con la mayor impaciencia—.
-Deseo mucho tener noticias de la Seo y de las facciones de Cataluña.
-
-Y entonces se realizó aquel proverbio que dice: «En nombrando al ruin
-de Roma...»
-
-Por la vidriera que daba a la huerta de la casa viose la mofletuda
-cara y el pequeño cuerpo de Pipaón, que habiendo tenido noticia de
-mi residencia en Irún, iba también a visitarme. Mucho nos alegramos
-ambos de hallarnos juntos, y nuestras primeras palabras después de
-los cordiales saludos, fueron para recordar los tristes días de la
-Seo, su enfermedad y mi disgusto; y luego, por el enlace propio de
-los recuerdos, que van de lo triste a lo plácido, hablamos del miedo
-del arzobispo, de las casacas que usaba Mataflorida y de otras cosas
-frívolas y chistosas, de esas que ocurren siempre en los días trágicos
-y nunca faltan en los duelos. Después de estos desahogos, Pipaón,
-tomando aquel tono burlesco que unas veces le sentaba bien y otras le
-hacía muy insoportable, me dijo:
-
-—Le traigo a usted noticias muy buenas de una persona que le interesa,
-y con las noticias una cartita.
-
-
-
-
-XIV
-
-
-Me puse pálida. Comprendí de quién hablaba Pipaón; pero no me atreví
-a decir una palabra, por hallarse delante el entrometido y curioso
-Calomarde, gran coleccionador de debilidades ajenas. Varié de
-conversación, aguardando, para saciar mi afanosa curiosidad, a que don
-Tadeo se marchase; pero el pícaro había conocido en mi semblante la
-turbación y ansiedad que me dominaban, y no se retiró. Creyérase que le
-habían clavado en la silla. ¡Ay, qué gusto tan grande poder coger un
-palo y romperle con él la cabeza!... ¡Qué pachorra de hombre!
-
-Quise arrojarle con mi silencio; mas él era tan poco delicado, que
-conociendo mi mortificación, se arrellenaba en el blando asiento como
-si pensara pasar allí el día y la noche. Con su expresivo semblante
-me decía Pipaón mil cosas que no podía yo comprender claramente; pero
-que me deleitaban como avisos o presentimientos lisonjeros. Llegó un
-instante en que los tres nos callamos, y callados estuvimos más de
-un cuarto de hora. Calomarde tocaba una especie de pasodoble con su
-bastón en la pata de la mesa cercana. El grosero y pegajoso cortesano
-había resuelto quemarme la sangre, u obligarnos a Pipaón y a mí a que
-hablásemos en su presencia.
-
-Resistí todo el tiempo que pude. Mi carácter fogoso no puede ir
-más allá de cierto grado de paciencia, pasado el cual estalla y se
-sobrepone a todo, atropellando amistades, conveniencias y hasta las
-leyes de la caridad. Nunca he pedido corregir este defecto, y la
-estrechez de los límites de mi paciencia me ha proporcionado en esta
-vida muchos disgustos. Forzando la voluntad, puedo a veces aguantar
-más de lo que permite la extraordinaria fuerza de dilatación de mi
-espíritu; pero entonces estallo con más violencia, rompo mis ligaduras
-a la manera de Sansón, y derribo el templo. Vino por fin el momento en
-que se me subió la mostaza a la nariz, como dicen las majas madrileñas,
-y poniéndome en pie súbitamente, miré a Calomarde con enojo.
-Señalándole la puerta, exclamé:
-
-—Señor don Tadeo, tengo que hablar con Pipaón: suplico a usted que nos
-deje solos.
-
-Debían de ser muy terribles mi expresión y mi gesto, porque Calomarde
-se levantó temblando, y con voz turbada me dijo:
-
-—Señora, manos blancas no ofenden.
-
-¡_Manos blancas no ofenden_! Años después, Calomarde debía pronunciar
-esta frase al recibir un desaire más violento que el mío: la célebre
-bofetada de la infanta Carlota, una princesa que, como yo, tenía muy
-limitado el tesoro de su paciencia, y estallaba con tempestuosas
-cóleras cuándo la bajeza y solapada intriga de los Calomardes se
-interponían en su camino.
-
-Pipaón y yo nos quedamos solos. En pocas palabras me refirió que había
-visto a Salvador Monsalud sano y salvo en la Seo de Urgel. Al oír esto,
-el corazón dio un salto dentro de mí como una cosa muerta que torna a
-la vida, como un Lázaro que resucita por sobrehumano impulso.
-
-—Mina le salvó en San Llorens de Morunys —me dijo—, y desde que se
-restableció se puso a mandar una compañía de contraguerrilleros.
-
-Al decir esto, Pipaón me alargó una carta, que abrí con presteza
-febril, queriendo leerla antes de abrirla. Al mismo tiempo, y de una
-sola ojeada, leí el fin, el principio y el medio. Era la carta pequeña
-y fría. Decíame en ella que estaba en libertad y que no pensaba salir
-en mucho tiempo del lugar donde estaba fechada, que era Urgel. Sentí
-mi corazón inundado de un torrente de sangre glacial al ver que no
-contenía la carta expresiones de ardiente cariño.
-
-—¿De modo que sigue en Cataluña? —pregunté a don Juan.
-
-—No, señora. A estas horas va camino de Madrid.
-
-—Pues, ¿cómo dice en su carta que no piensa salir de la Seo?
-
-—Ese papel me lo dio cuando nos separamos el día 30 de marzo; pero dos
-días después supe, por nuestro común amigo el capitán Seudoquis, que
-Mina había encargado a Salvador que fuese a Madrid a llevar un mensaje
-reservadísimo a San Miguel y a otras personas.
-
-—¿De modo que está...?
-
-—Sobre Madrid, como se dice en los partes militares.
-
-—¿Pero eso es cierto?
-
-—Tan cierto como que estoy hablando con una dama hermosa.
-
-—¿Y salió...?
-
-—Según mis noticias, el 10 de este mes. No sabía qué camino tomar;
-pero, según me dijo Seudoquis, estaba decidido a ir por Zaragoza, que
-es el más derecho, aunque no el menos peligroso.
-
-—¿Sabe la muerte de su madre?
-
-—Yo le di la mala noticia.
-
-—Pero ¿qué va a hacer ese hombre en Madrid? —dije, sintiendo una
-tempestad en mi cerebro—. ¡Si allí no hay ya gobierno ni nada!
-
-—Pero está en Madrid el gran Consejo de la francmasonería. Mina es de
-la Orden de la Acacia, señora. Ahora se trata de que la _Viuda_ haga un
-esfuerzo supremo.
-
-En mi espíritu notaba yo aquella poderosa fuerza de dilatación de que
-antes hablé. Unas cuantas palabras habían trastornado todo mi ser: mi
-pulso latía con violencia; asaltáronme ideas mil, y el ardoroso afán
-de movimiento, que ha sido siempre una de las fórmulas más patentes de
-mi carácter, se apoderó de mí. Sin necesidad de que yo le despidiese,
-dejome Pipaón, que iba en busca de Eguía para solicitar un puesto en la
-Junta; y pasado mi trastorno, pude sondear aquel revuelto piélago de mi
-espíritu y mirar con serenidad lo que en el fondo de él había.
-
-¡Cuán grande había sido mi engaño al creer moribunda la afición aquella
-que tantas dulzuras dio a mi alma en el verano del 22! La ausencia
-habíala escondido entre las cenizas que diariamente depositan los
-sucesos de cada instante, esa multitud de ascuas de la vida que van
-pasando sin interrupción y apagándose hora tras hora. Pero aquella
-ascua del verano del 22 era demasiado grande y quemadora para pasar y
-extinguirse como las demás.
-
-Bastó que oyera pronunciar su nombre, que me le anunciaran vivo, para
-que se verificase en mí un brusco retroceso a los días de mi felicidad
-y de mi desgracia. El tiempo volvió atrás: las figuras veladas
-perdieron la sombra que las encubría; las apagadas voces que solo eran
-ya ecos confusos, volvieron a sonar como cuando eran la música a cuyo
-compás danzaba con la embriaguez de la pasión mi alma. ¡Cuánto me
-había engañado, y qué juicios tan erróneos hacemos de nuestros propios
-sentimientos y de todo aquello que lejos está! Nos pasa lo mismo que
-al ver las lontananzas de la tierra, cuando confundimos con las vanas
-y pasajeras nubes los montes sólidos o inmutables, que ninguna fuerza
-humana puede arrancar de sus seculares asientos. Fue aquello como una
-vuelta, como un ángulo brusco en el camino de la vida. Desde entonces
-vi nuevos horizontes, paisaje nuevo, y otra gente y otros caminos.
-¡Y yo había creído poder olvidarle, y aun poner en su altar vacío al
-conde de Montguyon! ¡Qué delirio!... ¡Lo que pueden la ausencia, la
-distancia, la ignorancia! El tiempo, que me había consolado, hiriome
-de nuevo, y un día, un instante marcado en mi vida por cuatro palabras
-como cuatro estrellas resplandecientes, había destruido la obra lenta
-de tantos meses.
-
-Con la presteza que Dios me ha dado formé mi plan de viaje. Tengo algo
-del genio de Napoleón para esto de los grandes movimientos. Para mí,
-la facultad de transportar todo el interés de la vida de un punto a
-otro del mundo es otra prenda muy principal de mi carácter, y al mismo
-tiempo una necesidad a la que muy difícilmente puedo resistir. El
-destino me ha presentado siempre los sucesos a propósito para tales
-juegos de estrategia sublime.
-
-Aquella misma tarde dispuse todo, y por la noche sorprendí a mi
-don Quijote con la noticia de mi viaje. Aficionada a jugar con los
-corazones que caen en mis manos (a excepción de uno solo), como juega
-el gatito con el ovillo que rueda por el suelo, dije al conde de
-Montguyon:
-
-—Me he asustado de la soledad en que voy a quedar después que usted se
-marche, y voy a Madrid. De esta manera podré vigilar a cierto caballero
-francés por si anda en malos pasos.
-
-Él se puso tan contento que olvidó aquella noche hablarme de la guerra
-y de los laureles que iban a recoger. Parecía un loco hablando de los
-alcázares de Granada, de los romances moriscos, de las ricahembras,
-de las boleras, de frailes que protegían los amores de los grandes,
-de volcánicas pasiones españolas, y de mujeres enamoradas capaces del
-martirio o del asesinato. Él se creía héroe de mil aventuras románticas
-e interesantes caballerías, tales como se las había imaginado leyendo
-obras francesas sobre España. Empleo la palabra _románticas_, porque
-si bien no estaba en moda todavía, es la más propia. El romanticismo
-existía ya, aunque no había sido bautizado. Excuso decir que Montguyon
-me juró amor eterno y una fidelidad inquebrantable como la del Cid por
-doña Jimena.
-
-Yo necesitaba de él para mi viaje, por lo cual me guardé muy bien de
-arrancar una sola hoja a la naciente flor de sus ilusiones. Era muy
-difícil viajar entonces, porque casi todos los vehículos del país
-habían sido intervenidos por ambos ejércitos. Montguyon me prometió una
-silla de postas, y cumplió su oferta, poniéndola a mi disposición al
-día siguiente.
-
-Con el primer movimiento del ejército francés coincidió mi marcha sobre
-Madrid, como una conquistadora. El estrépito guerrero que en derredor
-mío sonara, despertaba en mi mente ideas de Semíramis.
-
-
-
-
-XV
-
-
-Pasé por Vitoria y por la Puebla de Arganzón, como los días felices por
-la vida del hombre: a escape. No miraba a ningún lado, por miedo a mis
-malos recuerdos, que salían a detenerme.
-
-En los pueblos todos del norte, la intervención vencía sin batallas; y
-antes de que asomara el morrión del primer francés de la vanguardia,
-la Constitución estaba humillada. Los mozos todos comprendidos en la
-quinta ordenada por el gobierno, se unían a las facciones, y eran muy
-pocos los milicianos que se aventuraban a seguir a los liberales. No
-he visto una propagación más rápida de las ideas absolutistas. Era
-aquello como un incendio que de punta a punta se desarrolla rápidamente
-y todo lo devora. En medio de las plazas los frailes predicaban mañana
-y tarde, con pretexto de la Cuaresma, presentando a los franceses como
-enviados de Dios, y a los liberales como alumnos de Satanás que debían
-ser exterminados.
-
-El general Ballesteros mandaba el ejército que debía operar en el
-norte y línea del Ebro para alejar a los franceses. No viendo yo a
-dicho ejército por ninguna parte, sino inmensas plagas de partidas,
-pregunté por él, y me dijeron en Briviesca que Ballesteros, convencido
-de no poder hacer nada de provecho, se había retirado nada menos
-que a Valencia. Movimiento tan disparatado no podía explicarse en
-circunstancias normales; pero entonces todo lo que fuera desastres y
-yerros del liberalismo tenía explicación.
-
-Viendo crecer en los pueblos la aversión a las Cortes y al gobierno,
-el ejército perdía el entusiasmo. A su paso, como se levanta polvo del
-camino, levantábanse nubes de facciosos, que al instante eran soldados
-aguerridos. Así se explica que el ejército de Ballesteros compuesto
-de dieciséis mil hombres, se retirara sin combatir emprendiendo la
-inverosímil marcha a Valencia, donde podía adquirir algún prestigio
-derrotando a Sempere, al Locho y al carretero Chambó, tres nuevos
-generales o arcángeles guerreros que le habían salido a la fe.
-
-En Dueñas me adelanté, dejando atrás a los franceses; tenía tanta
-prisa como ellos y menos estorbos en el camino, aunque los suyos no
-eran tampoco grandes. ¡Cuánto deseaba yo ver por alguna parte tropas
-regulares españolas! En verdad, me avergonzaba que los hijos de San
-Luis, a pesar de que nos traían orden y catolicismo, se internaran en
-España tan fácilmente. Con todo mi absolutismo, yo habría visto con
-gusto una batalla en que aquellos liberales tan aborrecidos dieran
-una buena tunda a los que yo llamaba entonces mis aliados. Española
-antes que todo, distaba mucho de parecerme a los señores frailes
-y sacristanes que en 1808 llamaban judíos a los franceses y ahora
-ministros de Dios.
-
-En Somosierra encontré tropas. Eran las del ejército de La Bisbal,
-destinado por las Cortes a cerrar el paso del Guadarrama, amparando
-de este modo a Madrid. Mis dudas acerca del éxito de aquella empresa
-fueron grandes. Yo conocía a La Bisbal. ¿Cómo no, si era conocido de
-todo el mundo? Fue el que el año 14 se presentó al rey llevando dos
-discursos en el bolsillo, uno en sentido realista, otro en sentido
-liberal, para pronunciar el que mejor cuadrase a las circunstancias.
-Fue el que en 1820 hizo también el doble papel de ordenancista y
-de sedicioso. La inseguridad de sus opiniones había llegado a ser
-proverbial. Era hombre altamente penetrado del axioma italiano _ma per
-troppo variar natura è bella_. Yo no comprendía en qué estaba pensando
-el gobierno cuando le nombró. Si los ministros se hubieran propuesto
-elegir para mandar el ejército más importante al hombre más a propósito
-para perderlo, no habrían elegido a otro que a La Bisbal.
-
-Pasé con tristeza por entre su ejército. Aquellos soldados, capaces
-del más grande heroísmo, me inspiraban lástima, viéndoles destinados
-a desempeñar un papel irrisorio, como leones a quienes se obliga
-a bailar. Sentía yo impulsos de arengarles: «¡Que os engañan,
-pobres muchachos! No dejéis las armas sin combatir. Si os hablan de
-capitulación, degollad a vuestros generales.»
-
-En Madrid hallé un abatimiento superior a lo que esperaba. Se hablaba
-allí de capitular, como de la cosa más natural del mundo. Solo tenían
-entusiasmo algunos infelices que no servían para nada, el cuerpo de
-coros de los clubs y de las sociedades secretas, la gente gritona, y
-también bastantes de los que habían tirado del coche de Fernando VII
-cuando volvió de Francia el año 14. Los absolutistas creían con razón
-ganada la partida, y afectaban cierta generosidad magnánima. ¡Pobre
-gente! Algunos de estos pajarracos me visitaron, entre ellos don Víctor
-Sáez, y tuve el gusto de hacerles rabiar, asegurándoles que Angulema
-traía orden de obsequiarnos con las dos Cámaras y un absolutismo
-templado, suavísimo emoliente para nuestra anarquía. Esto ponía a mis
-buenos amigotes más furiosos que las bravatas de los liberales, pues
-aún había liberales con inocencia bastante para echar roncas.
-
-Pero yo me ocupaba poco de tales cosas. Mi primer cuidado fue hacer
-algunas averiguaciones concernientes a la entrañable política de mi
-herido corazón. Por fortuna, a la casa donde yo vivía, honradísimo
-albergue de una noble familia alavesa, iba a menudo un tal Campos,
-hombre muy intrigante, director de Correos, si no recuerdo mal, gran
-maestre de la Orden masónica, o por lo menos principalísimo dignatario
-de ella, amigo íntimo de los liberales de más viso y también de algunos
-absolutistas, como hombre que sabe el modo de comer a dos carrillos.
-
-Yo le había tratado el año anterior, y charlando juntos, me reía
-de los masones, lo cual a él no le enojaba. Entre bromas y veras
-solía enterarme de algunas cosas reservadas, porque no era hombre
-de extraordinaria discreción, ni tampoco de una incorruptibilidad
-absoluta. En los días de mi llegada de Irún, que eran los de mediados
-de mayo del 23, le pregunté si esperaban los masones algún mensaje
-reservado de Mina. Negolo; mas yo, asegurándolo con el mayor descaro
-y nombrando el mensajero, le hice confesar que esperaban órdenes de
-Mina de un día a otro. Él, lo mismo que su secretario, cuyo nombre no
-recuerdo, me aseguraron no haber visto todavía en Madrid a Salvador
-Monsalud, ni tener noticia alguna de él.
-
-—No ha llegado aún —dije—. Mucho tarda.
-
-Sin reparar en nada fui a su casa. Un portero, tan locuaz como pedante,
-liberal muy farolón, de aquellos a quienes yo llamo _sepultureros de
-la libertad_, porque son los que la han enterrado, me informó de que
-el señor Monsalud faltaba de Madrid desde el mes de agosto del año
-anterior.
-
-—Puede que la señora doña Solita sepa algo —me dijo—. Pero no es fácil,
-porque anoche lloraba... Como no llorase de placer, que también esto
-sucede a menudo...
-
-—¿De modo que la casa subsiste? —le pregunté.
-
-—Subsiste, sí, señora; pero no subsistirá mucho tiempo si el señor don
-Salvador no vuelve del otro mundo.
-
-—Pues qué, ¿ha muerto?
-
-—Así lo creo yo. Pero esa joven sentimental siempre tiene esperanzas,
-y cada vez que el sol sale por el horizonte esparciendo sus rayos de
-oro... ¿me entiende usted?
-
-—Sí, acabe de una vez el señor Sarmiento.
-
-—Quiero decir, que siempre que amanece, lo cual pasa todos los días, la
-señora doña Solita dice: «¡Hoy vendrá!» Tal es la naturaleza humana,
-señora, que de todo se cansa menos de esperar. Y yo digo: ¿qué sería
-del hombre sin esperanza?... Dispénseme la señora; pero si piensa
-subir, tengo el sentimiento de no poder acompañarla, porque como mi
-hijo es miliciano...
-
-—¿Y qué?
-
-—Como es miliciano, y el honor le ordena derramar hasta la última
-gota de su sangre en defensa de la dulce patria y de la libertad
-preciosísima del género humano...
-
-—¿Y qué más? —dije, complaciéndome en oír las graciosas pedanterías de
-aquel hombre.
-
-—Que impulsado por su ardoroso corazón, capaz del heroísmo, y por mi
-paternal mandato, ha ido a Cádiz con las Cortes; y como ha ido a Cádiz
-con las Cortes, y no volverá hasta dejar confundida a la facción y a
-los cien mil y quinientos hijos, nietos o tataranietos del calzonazos
-de Luis XVIII... ¡Por vida de la chilindraina y con cien mil pares
-de docenas de chilindrones, que si yo tuviera veinte años menos...!
-Pues digo que como Lucas ha ido a Cádiz..., y es un león mi hijo, un
-verdadero león..., resulta que me es forzoso estar al cuidado de la
-puerta; ¿me entiende la señora?
-
-—Está bien —le dije riendo—. Puedo subir sola.
-
-Quise darle una limosna, porque su aspecto me pareció muy miserable;
-pero la rechazó con dignidad y cierto rubor decoroso, propio de las
-grandezas caídas.
-
-Subí a la casa. Antes que yo subía mi corazón.
-
-
-
-
-XVI
-
-
-En seguida que llamé salieron a abrir. Se conocía que en la casa
-reinaba la impaciencia. Una mujer descorrió con presteza el cerrojo y
-me rogó que entrase. Era ella. Yo recordaba haberla visto en alguna
-parte.
-
-Carecía de verdadera hermosura; pero al reconocerlo así con gozo, no
-pude dejar de concederle una atracción singular en toda su persona, un
-encanto que habría establecido al instante entre ella y yo profunda
-simpatía, si en medio de las dos no existiese, como infranqueable
-abismo, la persona de un hombre. Vestía de luto, y la delgadez de su
-rostro anunciaba el paso de grandes penas. Cuando me vio, alterose
-tanto y su turbación fue tan grande, que no podía dirigirme la palabra.
-Por mi parte, la miré con serenidad y altanería, como de superior a
-inferior, haciendo todo lo posible para que ella se creyese muy honrada
-con mi visita.
-
-Yo había oído hablar a Salvador, con cariño y admiración que me
-ofendían, de aquella singular hermana suya que no era tal hermana, ni
-aun pariente, y que muy bien podía ser otra cosa. Nunca creí en la
-fraternidad honesta de que él me había hablado, porque conozco un
-poco el corazón del hombre, y admito solo los sentimientos cardinales
-y fundamentales, y no esas mixturas y composiciones sutiles que no
-sirven más que para disfrazar alguna pasión ilícita... Deseaba conocer
-por mí misma a la dichosa hermana tan ponderada por él, y ver si tenía
-fundamento el secreto odio que mi alma hacia ella sentía. Desde que
-la vi, a pesar de que me fue muy patente su inferioridad personal
-con respecto a la nieta de mi abuela, me pareció tener delante a una
-rival temible, más peligrosa cuanto más humilde en apariencia. Al
-instante traté de buscar en ella un defecto grande, de esos que afean
-espantosamente a la mujer. Mi ingenioso rencor encontró al punto aquel
-defecto, y dije en mi interior:
-
-«Esta muchacha debe de ser una hipocritona. No hay más remedio sino que
-lo es.»
-
-Mi juicio fue rápido, como la inspiración, como la improvisación.
-Desde la puerta a la sala a donde me condujo, hice mil observaciones,
-entre ellas una que no debo pasar en silencio. La casa estaba tan
-perfectamente arreglada, que no parecía vivienda sin dueño. Todo se
-hallaba en su sitio, sin el más ligero desorden, en perfecto estado de
-limpieza, descubriéndose en cada cosa el esmero peregrino que anuncia
-la mano de una mujer poseedora del genio doméstico. Creeríase que
-el amo era esperado de un momento a otro, y que todo se acababa de
-disponer para agradarle cuando entrara.
-
-Al sentarme reconcentré mis ideas acerca del plan que había formado, y
-le dije:
-
-—Sé que usted padece mucho por saber el paradero del amo de esta casa,
-y como tengo noticias de él, vengo a tranquilizarla.
-
-—¡Oh, señora, cuánta bondad! —exclamó con repentina alegría—. ¿De modo
-que usted sabe dónde está y por qué no viene?... ¿Han vuelto a cogerle
-los facciosos?
-
-—No, señora. Está libre y bueno.
-
-—Entonces no tiene perdón de Dios —dijo abatiendo el vuelo de su alma,
-que tanto se había elevado con las alas de la alegría—. No, no tiene
-perdón de Dios.
-
-—¿Usted le ha escrito?
-
-—Muchas veces. Dirijo las cartas al ejército de Mina, con la esperanza
-de que alguna llegue a sus manos... pero no recibo contestación. Es una
-iniquidad de mi hermano. Por poco que se acuerde de mí, por muy grande
-que sea su olvido, ¿será tal que no me haya escrito una sola vez?
-
-—Los que están en armas —dije sonriendo— no se acuerdan de las pobres
-mujeres que lloran.
-
-—Yo creo que me ha escrito. Él es muy bueno y me considera mucho. No es
-capaz de tenerme en esta incertidumbre por su voluntad.
-
-—¿Pero usted no ha recibido ninguna carta?
-
-—En febrero vinieron dos; pero después ninguna. Quizás se hayan perdido.
-
-—Podría ser.
-
-—A veces me figuro que no me escribe porque viene. Todos los días creo
-que va a llegar, y desde que siento pasos en la escalera, corro a ver
-si es él. Todo lo tengo preparado, y si viene, nada encontrará fuera de
-su sitio.
-
-—Sí, ya lo veo. Es usted una alhaja. El pobre Salvador debe de estar
-muy satisfecho de su hermana. Él la aprecia a usted mucho. Me lo ha
-dicho.
-
-—¡Se lo ha dicho a usted! —exclamó tan vivamente conmovida, que casi
-estuvo a punto de llorar.
-
-—Me lo ha dicho, sí. Él me cuenta todo. Para mí nunca ha tenido
-secretos.
-
-Sola me miró de hito en hito durante un momento, que me pareció
-demasiado largo. ¿Qué había en la expresión de su semblante al
-contemplar el mío? ¿Envidia? No podía ser otra cosa; pero la apariencia
-indicaba más bien una resignación dolorosa. Le habría tenido mucha
-lástima, si no hubiera estado convencida de que era una hipócrita.
-
-—Muchas veces me ha hablado de usted —proseguí—, elogiándome sus bellas
-cualidades para el gobierno de una casa. Vea usted de qué manera ha
-venido a encontrarse sola al frente de este hogar vacío, conservándole
-tan bien para cuando él vuelva.
-
-—La pobre doña Fermina —dijo—, que murió de pesadumbre por la pérdida
-de su hijo, me encargó todo al morir, poniendo en mi mano cuanto tenía
-y ordenándome que lo guardase y conservase hasta que pareciera Salvador.
-
-—¿Entonces ella no le creía muerto?
-
-—Dudaba. Siempre tenía esperanza —manifestó la joven dando un suspiro—.
-Yo le hablaba a todas horas de la vuelta de su hijo, y, la verdad,
-siempre tuve esperanza de verle entrar en la casa, porque una voz
-secreta de mi corazón me decía que volvería. El día antes de fallecer,
-doña Fermina escribió una larga carta a su hijo... ¡Cuántas lágrimas
-derramó la pobre! Yo habría dado con gusto mi vida porque la infeliz
-madre viera a su hijo antes de morir. Pero Dios no lo quiso así.
-
-—¿Y esa carta?... —pregunté, deseosa de conocer aquel detalle.
-
-—Esa carta la depositó en mí doña Fermina, mandándome que la entregase
-a Salvador en su propia mano, si parecía.
-
-—¿Y si no parecía?
-
-—Doña Fermina me ordenó que le buscase por todos los medios posibles,
-y que si tenía noticias de él y no venía a Madrid, fuese a buscarle
-aunque tuviera que ir muy lejos.
-
-—Pero ¿cómo podrá usted emprender esos viajes? ¡Pobrecilla! —exclamé
-mostrando una compasión que estaba muy lejos de sentir.
-
-—Eso sería lo de menos. No me faltan ánimos para ponerme en camino, ni
-tampoco recursos con que emprender un largo viaje, porque doña Fermina
-me entregó todos sus ahorros para que los destinase a buscar a su hijo.
-
-—¡Ah! Entonces... Y para el caso de no encontrarlo, ¿qué dispuso esa
-señora?
-
-—Que esperase, y le volviera a buscar después.
-
-—¿Y para el caso de que fuera evidente su muerte?
-
-—Que echase al fuego la carta sin leerla. ¡Ha sido desgraciada suerte
-la nuestra! —prosiguió la huérfana con abatimiento—. Un mes después de
-haber subido al cielo aquella buena señora, vino la carta de Salvador
-anunciando que estaba libre. ¡Ay! En mi vida he tenido mayor alegría
-ni mayor tristeza, juntas tristeza y alegría sin que pudiesen ser
-separadas. Yo le contesté diciéndole lo que pasaba y rogándole que
-viniese. Desde aquel día lo estoy esperando. Han pasado tres meses, y
-no ha venido ni me ha escrito.
-
-—Pues ha llegado la ocasión de que usted cumpla la última voluntad de
-la pobre señora difunta, partiendo en busca de ese hijo desnaturalizado.
-
-—¡Si no sé dónde está...! Un amigo que lee todos los papeles
-públicos y sabe por dónde andan los ejércitos, las guerrillas y las
-contraguerrillas, me ha dicho que las tropas de Mina se han disuelto.
-Otro que vino del norte, me aseguró que Salvador había emigrado a
-Francia. Yo, a pesar de estas noticias, le espero, tengo confianza en
-que ha de venir, y he resuelto aguardar lo que resta de mes. Sigo mis
-averiguaciones, y si en todo mayo no ha venido ni me ha escrito, pienso
-ponerme en camino y buscarle con la ayuda de Dios.
-
-—Siento quitarle a usted una ilusión —dije, adoptando definitivamente
-mi diabólico plan, y resolviéndome a ponerlo en práctica—. Salvador no
-vendrá por ahora, no puede venir.
-
-—¿Lo sabe usted de cierto? —me preguntó vivamente turbada y con algo de
-incredulidad en sus hermosos ojos.
-
-—¿Duda usted de mí? —dije poniendo en mi semblante esa naturalidad
-inefable que es uno de mis más preciosos resortes para expresar lo que
-quiero—. Precisamente no he venido a otra cosa que a decirle a usted su
-paradero, después de tranquilizarla, por si le creía enfermo o muerto.
-
-—¿Y dónde está?
-
-—Habiendo reñido con Mina por una cuestión de amor propio, pasó a las
-contraguerrillas que siguen al general Ballesteros.
-
-—¿Entonces sigue en el norte?
-
-—No, señora. Ya sabe usted que el ejército de Ballesteros se ha
-retirado a Valencia.
-
-—A Valencia, sí. Efectivamente, lo oí decir. ¿De modo que Salvador está
-en Valencia?
-
-—Sí, y estos informes no son vagos ni fundados en conjeturas, porque yo
-misma...
-
-Al llegar aquí di un suspiro afectando cierta emoción. Después acabé
-así la frase:
-
-—Yo misma me separé de él en Onteniente el 20 de abril.
-
-—¿Es cierto, señora, lo que usted me dice? —me preguntó con gran
-agitación.
-
-—Sí; pero no creo que haga usted el disparate de ponerse en camino para
-Levante —indiqué con objeto de que no conociera mi verdadera idea.
-
-—¿Pues qué, vendrá?
-
-—Venir no. No vendrá en mucho tiempo, mayormente si de hoy a mañana
-capitula la corte y se establece el absolutismo. Yo creo que se verá
-obligado a emigrar, embarcándose en cualquier puerto de la costa.
-
-—¡Embarcarse! —exclamó con desaliento—. No, señora, no; eso no puede
-ser. Corro allá al momento.
-
-Se levantó como si de un vuelo pudiera trasladarse a Valencia.
-
-—¿Y será usted capaz de emprender un viaje tan largo?... ¿Tendrá usted
-valor?... —manifesté con fingida admiración.
-
-—Yo tengo valor para todo, señora.
-
-Después del primer movimiento de credulidad, la vi como abatida y
-vacilante. Dudaba.
-
-—Puede usted escribirle —le dije— con la dirección que yo le dé, y
-cuando reciba la contestación de él, ponerse en camino... Lo malo será
-que en ese tiempo tome la guerra otro aspecto y llegue usted tarde.
-
-—Eso sería terrible. Yo creo que si voy, debo ir hoy mismo... ¿Y de él
-se separó usted el 20 de abril?
-
-Dudaba todavía. Al llegar a este punto, la voz de la conciencia, que
-aún me detenía, fue acallada por mis celos, y no pensé más que en el
-éxito completo del plan que me había propuesto. No vacilé más y pensé
-en la carta que me había traído Pipaón.
-
-—Me separé de él el 20 de abril —afirmé—; pero después de eso,
-hallándome en Aranjuez, recibí una carta suya.
-
-Con avidez fijó Solita sus ojos en mí. Por grande que fuera mi
-serenidad, mi corazón palpitaba, porque ni aun los criminales más
-criminales hacen ciertas cosas sin algo de procesión por dentro.
-Confesaré ahora la fealdad toda de mi acción, para que se comprenda
-bien la importancia de aquella escena y mi perverso papel.
-
-—Si quisiera mostrarme usted la carta de Salvador —me dijo en tono
-suplicante—, al menos para saber con fijeza el punto en que se halla...
-
-—No la he traído —repuse con el mayor aplomo—; pero volveré a mi casa,
-que está a dos pasos, y la traeré, para que tenga usted ese consuelo, y
-una seguridad que no pueden darle mis palabras.
-
-—¡Oh!, no, señora; yo creo...
-
-—No... estas cosas son delicadas. Al instante traeré a usted la
-carta que me escribió, y que no está fechada en Onteniente, sino en
-otro pueblo del reino de Valencia, pues como usted puede suponer, el
-ejército se mueve casi todos los días.
-
-Diciendo esto me levanté. Ella me daba las gracias por mi bondad en
-cariñosas y vehementes palabras. Brindose a ir conmigo porque yo no
-me molestase en volver; pero esto no me convenía, y salí rápidamente.
-¡Miserable de mí, y cuánto me cegaba la pasión y aquel detestable afán
-de hacer daño a la que aborrecía!... Contaré esto con la mayor brevedad
-posible, porque me mortifica tan desagradable recuerdo; y en verdad
-que si pudiera escribir estas vergonzosas líneas cerrando los ojos, lo
-haría para no ver lo que traza mi propia pluma.
-
-
-
-
-XVII
-
-
-Corrí a mi casa, tomé la carta de Salvador, y con ese golpe de vista
-del genio criminal, comprendí que lo previsto por mí momentos antes
-podía realizarse fácilmente. La data _Urgel_ estaba escrita en letra
-ancha y mala. La palabra podía ser variada por una mano hábil, y la
-mía, fuerza es decirlo, lo era, aunque nunca hasta entonces se había
-empleado en tan infames proezas.
-
-Yo tenía muy presente a un primo mío que había comerciado años antes
-en un pueblo de Alicante llamado _Vergel_, en las inmediaciones
-de Denia, a orillas del río Bolana. Esta palabra era el puñal del
-asesinato proyectado por mí. La tomé con la fiebre del rencor. ¡Qué
-admirablemente servía para mi objeto! ¡Qué bien dispuestas estaban sus
-letras para una obra satánica! No podía pedirse más, no. Tenía delante
-de mí una de esas infernales coincidencias que deciden a los criminales
-vacilantes, y a veces hasta impulsan a los justos a escandalosos y
-horribles pecados.
-
-Tomé la pluma, y con mano segura, regocijándome interiormente en la
-perfección de mi obra, convertí la palabra Urgel en Vergel. La fecha
-era fácil de mudar también. Salvador había puesto marzo en abreviatura.
-Yo convertí el marzo en mayo, dejando el día, que era el 3, lo mismo
-que estaba... ¡Oh, cuando no se me cayó la mano entonces, creo que
-tendré manos para toda mi vida!
-
-Del texto de la carta podía mostrarse la primer plana, donde decía,
-entre otras cosas insignificantes: «No pienso en muchos días salir de
-este pueblo.»
-
-Corrí allá con mi puñal. Las trágicas figuras antiguas a quienes pintan
-alborotadas y arrogantes con un hierro en la mano, no fruncirían el
-ceño más fieramente que yo al blandir mi carta homicida. Subí a la
-casa. Sola me esperaba en la puerta. Entramos: me senté al punto...
-Estaba muy cansada.
-
-—Vea usted —le dije—: el pueblo donde ahora está es Vergel. He pasado
-por él.
-
-Solita devoraba con los ojos la carta.
-
-—Vergel —añadí mostrándole la carta— está entre Pego y Denia, sobre
-un riachuelo que llaman Bolana. Si va usted a Onteniente, le será muy
-fácil llegar a Vergel.
-
-Ella seguía leyendo.
-
-—Asegura que por ahora no piensa moverse de ese pueblo —dijo
-meditabunda—. Mejor: con eso tendré la certeza de encontrarle.
-
-—¿Pero de veras insiste usted en ir?... El resto de la carta no se lo
-enseño a usted porque no puede interesarle —indiqué afectando la mayor
-naturalidad y guardando mi arma—. No puedo creer que haga usted la
-locura de...
-
-—Iré, iré —afirmó con resolución briosa, que inundó mi alma de los
-frenéticos goces del éxito criminal.
-
-Después de manifestar así su propósito, frunció el ceño y me dijo:
-
-—Cuando usted se separó de Salvador, ¿sabía él que venía usted a Madrid?
-
-—Lo sabía.
-
-—¿Y cómo no le rogó que me viese y me tranquilizara?
-
-—Porque sabe —repuse con dignidad— que yo no sirvo para hacer las veces
-de correo. Si he venido a esta casa, ha sido por..., se lo diré a usted
-con entera franqueza, no quiero fingir móviles que no tuve al venir
-aquí, aunque después que nos hemos tratado hayan sido distintas mis
-ideas.
-
-Solita atendía a mis palabras como el Evangelio. Yo le tomé una mano, y
-poniéndome a punto de llorar, me expresé así:
-
-—Señora doña Solita, dije a usted al entrar que venía con el simple
-objeto de tranquilizarla dándola informes de Salvador.
-
-—Así fue, señora, lo que usted me dijo.
-
-—Pues bien, falté a la verdad: quise encubrir mi verdadero objeto
-con una fórmula común. Pero yo no puedo fingir; no puedo ocultar la
-verdad. Mi carácter peca de excesivamente franco, natural y expansivo.
-Mis pasiones y mis defectos, la verdad toda de mi alma, buena o mala,
-se me sale por los ojos y por la palabra cuando más quiero disimular.
-Usted me ha inspirado simpatías; usted me ha revelado una pureza de
-sentimientos que merece el mayor respeto. Quiero ser como usted, y
-hablarle con la noble veracidad que se debe a los verdaderos amigos.
-¿No es usted hermana para él? Pues quiero que lo sea también para mí.
-
-Solita, al oír esto, se apartó lentamente de mi lado. Noté en ella
-cierta aversión contenida por el respeto.
-
-—Querida amiga —proseguí forzando mi arte—. No he venido aquí sino
-por un egoísmo que usted no comprenderá tal vez. He venido por ver su
-casa, por conocer lo único que guarda Madrid de esa amada persona,
-este asilo donde él ha vivido, donde murió su madre, y por el cual
-parecen vagar aún sus miradas. Quería yo dar a mis ojos el gusto de ver
-estos objetos, estos muebles donde tantas veces se han fijado los ojos
-suyos... Nada más, ningún otro objeto me trajo aquí. He tenido además
-el placer de conocerla a usted, y ahora, deseándole que halle pronto a
-su hermano, me retiro.
-
-Levanteme resueltamente. Solita había prorrumpido en amargo llanto.
-
-—¡Oh! ¡Gracias, gracias, señora! —exclamó secando sus lágrimas—. Le
-diré que debo a usted este inmenso favor.
-
-—No, no, por Dios. Ruego a usted que no me nombre para nada. Vería en
-mí una debilidad que no quiero confesarle, mediando, como median en uno
-y otro, los propósitos de separación eterna.
-
-—Pues callaré, señora, callaré. ¿De modo que usted no le verá más?
-
-Al decir esto había tanto afán en su mirada, que me causó indignación.
-La habría abofeteado, si mi papel no exigiera gran prudencia y
-circunspección.
-
-—No, señora, no le veré más —le dije, fijando más sobre mi semblante
-la máscara que se caía—. Después de lo que ha pasado... Pero no
-puedo revelar ciertas cosas. Si usted le conoce bien, conocerá su
-inconstancia. Yo le he amado con fidelidad y nobleza. Él... no quiero
-rebajarle delante de una persona que le estima. Adiós, señora, adiós.
-¿Se va usted al fin hoy?
-
-Esto lo dije en pie, estrechando aquella mano que habría deseado ver
-cortada.
-
-—Sí, señora, iré a buscarle, puesto que él no quiere venir.
-
-—¿Pero se atreve usted, sola, sin compañía, por esos caminos...?
-—indiqué, deseando que confirmara su resolución.
-
-—Dios irá conmigo —repuso la hipocritona con el acento de los que
-tienen verdadera fe—. El ordinario de Valencia que sale esta noche, era
-amigo de doña Fermina. Con él iré. Tengo confianza en Dios, y estoy
-segura de que no me pasará nada... Ahora, tomada esta determinación,
-estoy tranquila.
-
-—La felicidad le retoza a usted en el rostro —afirmé con cruel
-sarcasmo—. Bien se conoce que es usted feliz. Yo me congratulo de
-haberle proporcionado un cambio tan dichoso en su espíritu.
-
-Cuando pronuncié estas palabras, debió secárseme la lengua, lo confieso.
-
-Poco más hablamos. Hícele ofrecimientos corteses y salí de la casa.
-Cuando bajaba la escalera sentí impulsos de volver a subir y llamarla
-y decirle: «no crea usted nada de lo que he dicho; soy una embustera»;
-pero el egoísmo pudo más que aquel pasajero y débil sentimiento de
-rectitud, y seguí bajando. Del mismo modo iba bajando mi alma, escalón
-tras escalón, a los abismos de la iniquidad. Razoné como los perversos,
-diciéndome que la víctima de mi intriga era una mujer hipócrita, y que
-las pérfidas maquinaciones, tan dignas de censura cuando recaen en
-personas inocentes, son más tolerables si recaen en quien las merece
-y es capaz de urdirlas peores. Pero estos sofismas no acallaban mi
-remordimiento, que empezó a crecer desde que salí de la casa, y ha
-llegado después, por su mucha grandeza y pesadumbre, a mortificarme en
-gran manera.
-
-
-
-
-XVIII
-
-
-Verdaderamente mi acción no pudo ser más indigna. ¡Precipitar a una
-desamparada e infeliz mujer a resolución tan loca, obligarla por vil
-engaño a emprender un viaje largo, dispendioso, arriesgado, y, sobre
-todo, inútil!... Al mirar esto desde tan distante fecha, me espanto de
-mi acción, de mi lengua, y de la horrible travesura y sutileza de mi
-entendimiento.
-
-En aquellos días la pasión que me dominaba, y más que la pasión, el
-envidioso afán que me producían los recelos de que alguien me robase lo
-que yo juzgaba exclusivamente mío, no me permitieron ver claramente mi
-conciencia ni la infamia de la denigrante acción que había cometido;
-pero cuando todo se fue enfriando y oscureciendo, he podido mirarme
-tal cual era en aquel día, y declaro aquí que, según me veo, no hay
-fealdad de demonio del infierno que a la mía se parezca.
-
-¡Y sigue una viviendo después de hacer tales cosas! ¡Y parece que
-no ha pasado nada, y vuelve la felicidad, y aun se da el caso de
-olvidar completamente la perversa y villana acción!... Yo no vacilo
-en escribirla aquí, porque me he propuesto que este papel sea mi
-confesonario, y una vez puesta la mano sobre él, no he de ocultar ni
-lo bueno ni lo malo. La seguridad de que esto no ha de verlo nadie
-hasta que yo no me encuentre tan lejos de las censuras de este mundo
-como lo están los astros de las agitaciones de la tierra, da valor a mi
-espíritu para escribir tales cosas. Yo digo: «Que todo el mundo escriba
-con absoluta verdad su vida entera, y entonces, ¡cuánto disminuirá
-el número de los que pasan por buenos! Las cuatro quintas partes de
-las grandes reputaciones morales no significan otra cosa que _falta
-de datos_ para conocer a los individuos que se pavonean con ellas
-fatuamente, como los cómicos cuando se visten de reyes.»
-
-Aquella tarde torné a pasar por allí, y entablé conversación con
-Sarmiento; pero me fue imposible averiguar por él si Solita insistía
-en partir. Yo tenía gran desasosiego hasta no saberlo, y para salir de
-mi incertidumbre quise averiguarlo por mí misma. Soy así: lo que puedo
-hacer no lo confío a los demás. Me fatigan las dilaciones y la torpeza
-de los que sirven por dinero, y carezco de paciencia para aguardar a
-que me vengan a decir lo que yo puedo ver por mis propios ojos. Al
-llegar la noche y la hora en que solían partir los coches, sillas
-de postas y galeras, mi criada y yo nos vestimos manolescamente, con
-pañolón y basquiña, y nos encaminamos al parador del Fúcar, de donde,
-según mis noticias, salía el ordinario de Valencia.
-
-No tuve que esperar mucho para satisfacer mi curiosidad. Allí estaba.
-Solita partía irremisiblemente. Ya no me quedaba duda. La vi dentro del
-coche que salía, y no pude sofocar en mí un sentimiento de profundísima
-lástima, forma indirecta que tomaba entonces mi conciencia para
-presentarme ante los ojos la imagen de mi crimen. Pero el coche partió;
-ella se fue con su engaño, y yo me quedé con mi lástima.
-
-No se había extinguido el rumor de las ruedas del carro de Valencia,
-cuando sonó más vivo estrépito de ruedas y caballerías. Un gran
-carruaje de colleras entró en el parador. Mi criada y yo nos detuvimos
-por curiosidad.
-
-—Es el coche de Alcalá —dijeron a nuestro lado—. Esta noche viene lleno
-de gente.
-
-Por una de las portezuelas vi la cara de un hombre. El corazón parecía
-hacérseme pedazos. Me volví loca de alegría. No pude contenerme. Era
-él. Mis exclamaciones cariñosas le obligaron a bajar del coche, y
-apenas puso el pie en tierra, me arrojé llorando en sus brazos.
-
-
-
-
-XIX
-
-
-Al día siguiente le aguardaba en mi casa, y no fue hasta muy tarde,
-cuando ya anochecía. Estaba muy fatigado, triste y abatido. Lo primero
-de que me habló fue del vacío que había dejado en su casa la muerte
-de su madre, de la partida de su hermana, a quien creía encontrar en
-Madrid, y del brevísimo espacio que un perverso destino había puesto
-entre la marcha de ella y la llegada de él.
-
-—Castigo de Dios es esto —dijo—, por mi descuido en escribirle y mi
-desnaturalizado proceder.
-
-Después pasó de la tristeza a la furia. Yo procuraba arrancarle tan
-lúgubres ideas, recordándole nuestro placentero viaje del verano
-anterior y la catástrofe de su cautiverio; hacíale mil preguntas
-sobre sus padecimientos, emancipación, campaña de Cataluña y toma de
-la Seo; pero solo me contestaba con monosílabos y secamente. Escaso
-interés mostraba por las cosas pasadas, y aun yo misma, que era un
-presente digno, a mi parecer, de alguna estima, apenas podía obtener
-de él atención insegura y casi forzada. Su pensamiento estaba fijo en
-la fugitiva, y mis sutiles zalamerías no podían apartarle de allí. No
-cesaba de discurrir sobre los móviles de aquel viaje, y yo, sintiendo
-revivir y agitarse en mí lo que siempre tuve de serpiente, estuve a
-punto de indicarle que Soledad habría partido arrastrada por algún
-hombre; pero en el momento en que desplegaba los labios para sugerir
-esta idea, me contuve. Aquella vez había vencido mi conciencia, y
-hallándome con fuerzas para las mayores crueldades, no las tuve para la
-calumnia.
-
-Al fin creí prudente no decirle una palabra sobre aquella cuestión.
-
-—Bastaba que yo viniese con deseo de verla —dijo hiriendo violentamente
-el suelo con el pie— para que ella huyese de mí. Así son todas mis
-cosas. Lo bueno existe mientras yo lo deseo. Pero lo toco, y adiós.
-
-Estas amargas palabras eran un desaire para mí, y por lo visto yo no
-estaba comprendida en el número de las cosas buenas; pero sofoqué mi
-resentimiento y seguí escuchándole.
-
-—Desde que el deseo de venganza y mi odio al absolutismo —añadió— me
-inclinaron a tomar las armas, tuve el presentimiento de que la campaña
-se echaría a perder, y así ha sido. Ya tienes a la plaza de Figueras en
-poder de los franceses; a Mina vagabundo, sin saber qué partido tomar,
-y todo el ejército desconcertado y sin esperanza de vencer. ¡Gran
-milagro habría sido que donde yo estoy hubiese victorias! Desastres y
-nada más que desastres. La sombra que yo echo sobre la tierra, destruye.
-
-—¡Qué necio eres! ¿Crees acaso en las estrellas fatales y en el sino?
-
-—No debiera creer; pero todo me manda que crea... Ya ves. Me envía
-Mina a Madrid con una comisión en que funda grandes esperanzas, y
-desde que llego aquí pierdo las pocas que traía, porque no hallo sino
-desanimación y flojedad. Al mismo tiempo, la ilusión más querida de
-este viaje se ha desvanecido como el humo. Yo tenía una hermana, más
-que hermana, amiga, con una amistad pura y entrañable que nadie puede
-comprender sino ella y yo; una amistad que tiene todo lo santo de la
-fraternidad y todo lo bueno del amor, sin las tenebrosas ansias de
-este. En mi hermana veía yo todo lo que me queda de familia, lo único
-que me resta de hogar; en ella veía a mi madre, y una representación
-de todos los goces de mi casa, la paz del alma, dichas muy grandes sin
-mezcla de martirio alguno. Pues bien: llego, y mi casa está desierta.
-Jamás pensé en perderla. Ella, el único ser de quien estaba seguro,
-vuela también lejos de mí, y se va. ¡Ay, Jenara! ¡No puedo decirte
-cuán sola estaba mi casa! Figúrate todo el universo vacío y sin vida.
-Ni mi madre, ni Soledad... ¡Qué sepulcro, Dios mío! Así se va quedando
-mi corazón lo mismo que una gran fosa, todo lleno de muertos... Tú
-no puedes entender esto, Jenara. En ti todo vive. Tu carácter hace
-resucitar las cosas, y eres un ser privilegiado para quien el mundo se
-dispone siempre del modo más favorable; pero yo...
-
-—Cúlpate a ti mismo —le dije—, y no hables del destino. Te quejas
-de que tu hermana te haya abandonado, y no recuerdas que has estado
-mucho tiempo sin escribirle, sin darle noticias de ti, sin decirle ni
-siquiera: «estoy vivo».
-
-—Es verdad; pero se amparó de mí el estúpido delirio de la guerra.
-Me sedujo la idea gloriosa que representaba nuestro ejército al
-perseguir a los realistas. Solo veía lo que estaba delante de mis ojos
-y dentro de mí: el enemigo y los torbellinos de mi cerebro, un ideal
-de magníficas victorias que dieran a mi país lo que no tiene. Ya sabes
-que yo me equivoco siempre. Lo extraño es que conociendo mi torpeza
-me empeñe en andar hacia adelante como los demás hombres, en vez de
-estarme quieto como las estatuas... Ahora todo lo veo destrozado, caído
-y hecho pedazos por mis propias manos, como el que entrando en un
-cuarto oscuro y lleno de preciosidades, a ciegas tropieza y lo rompe
-todo. En Cataluña, desengaños; en Madrid, más desengaños todavía; un
-gran vacío del entendimiento, y otro más grande del corazón. Parece
-que la realidad de mis ideas es un ave que se asusta de mis pasos, y
-levanta el vuelo cuando me acerco a ella. ¡Maldita persona la mía!
-
-Debía enojarme de tales palabras, porque según ellas, yo no era nada.
-Pero no me mostré ofendida, y solamente dije:
-
-—Si al llegar encuentras todo solo y vacío, no es porque las cosas
-vuelen antes de tiempo, sino porque tú llegas siempre tarde.
-
-—También es verdad. Llego siempre tarde. Ya ves lo que me ha pasado
-ahora. Se le antoja al señor Mina enviarme aquí cuando todo está
-perdido. Pero él no contaba con la rapidez de este desmoronamiento:
-no contaba con la retirada de Ballesteros sin combatir, ni con la
-defección de La Bisbal. Mina tiene la desgracia de creer que todos son
-valientes y leales como él.
-
-—¿La defección de La Bisbal? ¡De modo que ya...! No creí que fuera
-tan pronto. El conde acostumbra preparar con cierto arte sus
-arrepentimientos.
-
-—No se dice públicamente; pero es seguro que ya está en tratos con
-los franceses para capitular. Me lo ha dicho Campos, que olfatea los
-sucesos. De mañana a pasado, el aborrecido estandarte negro ondeará en
-Madrid. ¿A qué he venido yo? No parece sino que vengo a izarlo yo mismo.
-
-—Pues no hagas caso de los masones, ni de la guerra, ni de la
-Constitución —le dije—. ¿Para qué te empeñas en cosas imposibles? ¿Por
-qué desprecias lo que tienes, y persigues fantasmas vanos?
-
-Me miró comprendiendo mi intención. Sus ojos no indicaban desafectos.
-Acompañome a cenar, y mis alardes de humor festivo, mi cháchara y las
-delicadas atenciones que con él tuve, no lograron disipar las nubes que
-ennegrecían su alma. También la mía se encapotaba lentamente, cayendo
-en hondas tristezas. Acostumbrada a verse señora de los sentimientos de
-aquel hombre, padecía mucho considerando perdido su amoroso dominio,
-esa tiranía dulcísima que al mismo tiempo embelesa al amo y al esclavo.
-
-Pero aún conservaba yo gran parte de mi prestigio. Vencí, aunque sin
-poder conseguir la tranquilidad que acompaña a los triunfos completos,
-porque descubrí en su complacencia algo de violento y forzado. Sospeché
-que al corresponder a mi leal cariño, lo hacía más bien por delicadeza
-y por deber que por verdadera inclinación. Esto me atormentó toda la
-noche, quitándome el sueño. Cuando pude dormir, la imagen de la pobre
-huérfana que recorría media España buscando a su hermano, a su amante o
-lo que fuera, se me presentó para atormentarme más. ¡Ay, qué terrible
-es una gran falta sin éxito!
-
-La visión de la mujer errante no se quitaba de mi imaginación. Pero
-yo entonces, creyéndome menos amada de lo que mi frenesí de amor
-exigía, pensando que me habían vencido ajenos recuerdos y vaguedades
-sentimentales referentes a otra persona, me gozaba con fiera crueldad
-en la desolación de la hermana viajera.
-
-«¡Bien —le decía—, corre tras él, corre hoy y mañana y siempre, para no
-encontrarle al fin...! Muy bien, hipocritona. ¡¡Me alegro, me alegro!!»
-
-
-
-
-XX
-
-
-Campos entró en casa al día siguiente muy temprano. Ya he dicho que
-este masón era amigo muy constante de la familia con quien yo vivía, un
-matrimonio alavés, de edad madura y sin hijos, extraño por lo general
-a las pasiones políticas, aunque la señora, como buena vascongada, se
-inclinaba al absolutismo. Campos entró gritando:
-
-—¡Ya nos la ha pegado ese tunante!
-
-Al punto comprendí lo que quería expresar.
-
-—La Bisbal ha capitulado, ¿no es eso? —le dije—. ¡Qué noticia! Ya lo
-suponíamos.
-
-—Pero al menos, señora, al menos... —manifestó Campos con afán—. Las
-formas, es preciso guardar ciertas formas... Todos estamos dispuestos
-a capitular, porque no es posible vivir en lucha con la general
-corriente, ni con la Europa entera; pero..., pero...
-
-—¿Y qué ha hecho La Bisbal?
-
-—Dar un manifiesto...
-
-—Ya lo suponía: es el hombre de los manifiestos.
-
-—Un manifiesto en que dice que sí y que no, y que tira y afloja, y
-que blanco y que negro... en fin, un manifiesto de La Bisbal. Después
-entregó el mando al marqués de Castelldosrius, y ha desaparecido. En
-el ejército cunde la desmoralización. La mayor parte de los soldados
-se van a donde les da la gana, y aquí nos tiene usted como el 3 de
-diciembre de 1808, en poder de los franceses... Vamos a ver, ¿qué hace
-ahora un hombre honrado como yo? ¿Qué hacen ahora los hombres que no se
-han metido en nada, que desde su campo defendieron siempre el orden y
-las conveniencias?...
-
-Yo hacía esfuerzos para contener la risa. La zozobra del masón en
-momentos de tanto apuro, y su afán por presentarse como hombre de
-orden, ofrecían un cuadro tan gracioso como instructivo.
-
-—¿De modo que ya se acabó la Constitución? —dijo la señora de Saracha,
-elevando majestuosamente las manos al cielo, como en acción de
-gracias—. Pues ahora habrá perdón general. Se reconciliarán todos los
-españoles, dándose fraternales abrazos, y amparándose bajo el manto
-amoroso del rey.
-
-Yo me eché a reír.
-
-—No es mal perdón el que nos aguarda —dijo Campos con detestable
-humor—. ¡Bonito manto nos amparará! Ya se ha alborotado la gentuza de
-los barrios bajos, y las caras siniestras, las manos negras y rapaces,
-los trabucos y las navajas, van apareciendo. Nada, nada. Tendremos
-escenas de luto y de ignominia, otro 10 de mayo de 1814.
-
-—¿Será posible? Pues me parece que efectivamente hay algo de alboroto
-en la calle —dijo mi amiga asomándose al balcón.
-
-Vivíamos en la calle de Toledo, que es la arteria por donde la
-emponzoñada sangre sube al cerebro de la villa de Madrid en los
-días de fiebre. Cruzaban la calle gentes del pueblo en actitud poco
-tranquilizadora. Al poco rato oímos gritar: «¡Viva la religión! ¡Vivan
-las caenas!» Fue aquella la primera vez de mi vida que oí tal grito, y
-confieso que me horrorizó.
-
-Campos no quiso asomarse, porque le enfurecían los desahogos de la
-plebe (mayormente cuando chillaba en contra de los liberales), y seguía
-diciendo:
-
-—Veremos cómo tratan ahora a los hombres honrados que han defendido
-el orden, que han procurado siempre contener al democratismo y a la
-demagogia.
-
-No pude vencer mi natural inclinación a las burlas, y le dije:
-
-—Señor Campos, no doy cuatro cuartos por su pellejo de usted.
-
-—Ni yo tampoco —me respondió riendo.
-
-Él, en medio de su descontento, esperaba filosóficamente el fin, seguro
-de sobrenadar tarde o temprano en el piélago absolutista. Era además
-hombre de tanto valor como audacia.
-
-La gente de los barrios bajos siguió alborotando todo el día. Moviose
-la tropa para mantener el orden, y el general Zayas, que mandaba en
-Madrid y había firmado la capitulación aquella misma mañana con los
-franceses, parecía dispuesto a ametrallar sin compasión a la canalla.
-En gran zozobra vivíamos todos los vecinos de la villa, porque se
-hablaba de saqueo y de la aproximación de las partidas de Bessieres, el
-infame aventurero que, defendiendo el despotismo, quería lograr lo que
-no pudo conseguir combatiendo por la república.
-
-Pero la principal causa de mi inquietud era no ver a mi lado a la
-persona que más me interesaba en aquellos días. Le esperé toda la
-mañana y toda la tarde, y como a ninguna hora parecía y había hecho
-promesa de visitarme, creí que le pasaba algo desagradable. Por la
-noche no pude refrenar mi ardorosa impaciencia, y volé a su casa.
-Tampoco estaba en ella, y el anciano portero y maestro de escuela,
-armado de fusil en medio de la portería, furioso y exaltado cual si
-acabara de escaparse de un manicomio, me inspiró tanto miedo que no
-quise esperar allí.
-
-Pasé la noche en un estado de angustia horrible. Corrían rumores de que
-pronto tendríamos saqueo, prisiones, muertes y escandalosas escenas.
-Se decía que los liberales más señalados eran perseguidos por las
-calles como perros rabiosos y apedreadas sus casas. Yo no podía vivir.
-Al amanecer del otro día, que era el 20 de mayo, busqué a Salvador en
-diversos puntos, y tampoco le pude encontrar. Antes de volver a casa vi
-movimientos de tropas en la Puerta del Sol, y me dijeron que Bessieres
-había aparecido con sus cuadrillas, que yo llamaba de _asesinos de
-la fe_, por detrás del Retiro, amenazando entrar en Madrid. La plebe
-de los barrios bajos se le había reunido, y como hambrientos perros
-aullaban mirando a la corte con ansias de devorarla. Todo Madrid estaba
-aterrado, y yo más que nadie, no por el temor del saqueo, sino por la
-sospecha de que la persona más cara a mi corazón hubiera sido víctima
-del furor de la plebe.
-
-Esperé también todo aquel día. Campos entró a darnos noticias de lo
-que pasaba. Oíamos cañonazos lejanos, y a cada instante creíamos ver
-llegar y difundirse por las calles a la desenfrenada turba soez, ebria
-de sangre y de pillaje. Pero Dios no quiso que en aquel día triunfaran
-los malvados. El general Zayas destrozó a los _asesinos de la fe_,
-acuchillando a los chisperos y mujerzuelas que entre ellos graznaban.
-La plebe, aterrada, volvió a sus oscuras guaridas, y mucha gente
-mala huyó a los campos, aguardando a poder entrar con los franceses.
-Desde que supimos el gran peligro a que habíamos estado expuestos los
-habitantes de Madrid, todos deseábamos que llegasen de una vez los Cien
-mil hijos de San Luis, para que, estableciendo un gobierno regular,
-contuvieran a la canalla azuzada por los realistas furibundos.
-
-Al fin salí de la angustia que me atormentaba. En la mañana del día 21,
-el prófugo, por quien yo había derramado tantas lágrimas, se presentó
-delante de mí en estado bastante lastimoso, desencajado y lleno de
-contusiones, con los ojos encendidos, seca la boca, cubierta de sudor
-la hermosa frente, rotos y llenos de polvo los vestidos.
-
-Al punto comprendí que había sido maltratado por las feroces bestias
-populares. No le dije nada, y me apresuré a cuidarle, proporcionándole
-alimento y reposo. Él me miraba con ojos extraviados. Apretando los
-puños exclamó:
-
-—¿Has visto a la canalla?
-
-Necesitaba sosiego, y por todos los medios procuré tranquilizarle.
-
-—No pienses más en eso —le dije—, y regocíjate ahora en la paz de mi
-compañía y en esta dulce soledad en que estamos.
-
-—¡No puedo, no puedo! —exclamó con gran agitación.
-
-Y después repetía:
-
-—¿Has visto a la canalla? Pero ¡qué canalla es la canalla!
-
-Más tarde me contó que había corrido un gran riesgo, porque al salir
-de un sitio en que estaban reunidas varias personas contrarias al
-despotismo, fue acometido, pudiendo salvar a duras penas la vida,
-gracias a su energía y al coraje con que se defendió.
-
-Su estado febril inspirome bastante ansiedad aquella noche que pasó
-junto a mí; pero a la mañana siguiente, su prodigiosa naturaleza había
-triunfado de la ebullición de la sangre irritada.
-
-—No puedo ir a mi casa —me dijo—, y aun será peligroso que salga a la
-calle; pero yo necesito disponer mi viaje.
-
-—¿Vuelves al norte?
-
-—No: tengo que ir a Sevilla, donde está lo que queda de gobierno
-liberal. No tengo ya ni un resto siquiera de esperanza; pero es preciso
-que cumpla fielmente la comisión del general Mina, y vaya hasta las
-últimas extremidades, para que nos quede al menos el consuelo de
-haberlo intentado todo, y para que se pueda decir esta verdad terrible:
-«No hubo un solo liberal en España que supiera cumplir con su deber.»
-
-—Pues si vas a Andalucía iré contigo —dije, regocijándome ya con la
-idea de acompañarle y huir de Madrid, donde mi conciencia no podía
-estar tranquila.
-
-—El viaje no será fácil —respondió sin demostrar grande entusiasmo por
-mi compañía—, mayormente para una señora.
-
-—Para mí todo es fácil.
-
-—No se encontrarán carruajes.
-
-—Como ruede el dinero, rodarán los coches.
-
-—La policía vigilará la salida de los liberales.
-
-—No importa.
-
-Sin pérdida de tiempo empecé mis diligencias para nuestro viaje. Ningún
-propietario de coches quería arriesgar su material ni sus caballerías,
-porque los facciosos se apoderaban de ellas. No me acobardó, sin
-embargo, y seguí mis pesquisas. Campos también deseaba proporcionar a
-mi amigo fácil escapatoria.
-
-La entrada de los franceses, el día 23, me dio alguna esperanza; mas,
-por desgracia, entre las fuerzas de vanguardia no venía el conde de
-Montguyon. Vi, en cambio, muchos guerrilleros del norte, de fiero
-aspecto, y temblé de pavor, deseando entonces más vivamente huir de la
-corte.
-
-¡Y qué desorden en los primeros momentos de aquel día! Por mucha prisa
-que se dieron los franceses a establecerse, no lograron impedir mil
-excesos.
-
-Centenares de hombres, cuyo furor había sido pagado, corrían por
-las calles celebrando entre borracheras el horrible carnaval del
-despotismo. Rompían a pedradas los cristales, trazaban cruces en las
-puertas de las casas donde vivían patriotas, como señal de futuras
-matanzas; escarnecían a todo el que no era conocido por su exaltación
-absolutista; gritaban como locos, maldiciendo la libertad y la nación.
-No escapaban de sus groserías las personas indiferentes a la política,
-porque era preciso haber sido perro de presa del absolutismo para
-obtener perdón. Algunos frailes de los que más habían escandalizado en
-el púlpito con sus sermones sanguinarios, eran llevados en triunfo.
-
-Saliendo de misa de San Isidro, me vi insultada y seguida por una turba
-de mujerzuelas feroces, solo porque llevaba un lazo verde. El color
-verde era ya el color de la ignominia, como emblema del liberalismo,
-que tantas veces había escrito sobre él _Constitución o muerte_.
-Vi maltratar a un joven de buen porte, solo porque usaba bigote, y
-desde aquel día, el tal adorno de las varoniles caras fue señal de
-francmasonismo y de extranjería filosófica.
-
-Quien vio una vez tales escenas, no puede olvidarlas. Mis ideas habían
-cambiado mucho desde mi viaje a Francia. Conservando el mismo respeto
-al trono y al gobierno fuerte, había perdido el entusiasmo realista.
-Pero en aquel día tristísimo se desvanecieron en mi cabeza no pocos
-fantasmas; y aunque seguí creyendo que uno solo gobierna mejor que
-doscientos, el absolutismo popular me inspiró aversión y repugnancia
-indecibles.
-
-No había concluido de referir en mi casa el gran peligro que había
-corrido por llevar un lazo verde, cuando entró Campos. Traía semblante
-muy alegre.
-
-—Ya está resuelta la cuestión de tu viaje —dijo a Salvador—. Esta noche
-puedes marchar, si quieres.
-
-—¿Cómo? —preguntamos él y yo.
-
-—De un modo tan sencillo como seguro. El marqués de Falfán de los
-Godos[4] había pensado marchar a Andalucía... ¡Como la pobre Andrea
-está tan delicada...! En fin, se han decidido a salir esta noche.
-Tienen silla de postas propia. Al punto me he acordado de ti. Falfán de
-los Godos tiene gusto en llevarte.
-
- [4] Véase _El Grande Oriente_.
-
-—Eso no puede ser —dije vivamente, saliendo al encuentro de aquella
-proposición con verdadera furia, que trataba de disimular.
-
-—¿Por qué no ha de poder ser, señora mía? —dijo Campos—. En la silla
-de postas irán cómoda y seguramente el marqués, mi sobrina con su
-hijo, la doncella y dos criados, que seremos nosotros, Salvador y yo.
-Perfectísimamente.
-
-El taimado masón se restregaba las manos en señal de regocijo.
-
-—Me parece una excelente idea —afirmó Monsalud mirándome—. ¿No crees tú
-lo mismo?
-
-Yo no contesté nada. Estaba furiosa. El vio sin duda en mis ojos la
-tempestad que se había desatado en mi corazón; mas no por conocerlo
-se apresuró a conjurarla. Antes bien, ocupose de disponer su viaje
-con una calma, con una indiferencia hacia mí que me irritaron más. Mi
-dignidad me impedía pedir un puesto en aquel coche que se llevaría la
-mitad de mi alma. La misma dignidad me impedía recordarle nuestro dulce
-proyecto de ir juntos. Encerreme breve rato en mi cuarto para que nadie
-conociese la alteración nerviosa que me sacudía, y con los dientes hice
-pedazos un pañuelo inocente. Mis ojos, secos e inflamados, no podían
-dar salida a la angustia de mi corazón, derramando una sola lágrima.
-
-Cuando me presenté de nuevo, mi apariencia no podía ser más tranquila.
-Afectaba naturalidad y hasta alegría: tal era la perfección de mi
-disimulo. Evoqué todas las fuerzas de mi voluntad para forjar la
-máscara de hierro, bajo la cual escondía mi verdadero semblante lleno
-de luto y consternación. ¡Qué intenso padecer! ¿Cómo no, si Salvador
-mismo me había contado toda la historia de sus relaciones con Andrea
-Campos, después marquesa de Falfán de los Godos? Yo la había tratado
-bastante después de su matrimonio. La admirable hermosura de la
-americanilla, representándose en mi imaginación, me la quemaba como un
-hierro abrasado.
-
-Tuve valor para verles partir. Vi a la sobrina de Campos subir al
-coche, haciéndose la interesante con su languidez de dama enfermita;
-vi al viejo marqués engomado y lustroso, como un muñeco que acaba de
-salir del taller de juguetes; vi a Salvador tomando en brazos y besando
-cariñoso al niño de la marquesa... No quise ver más... ¡El coche
-partió!... ¡Se fueron!...
-
-
-
-
-XXI
-
-
-Se fueron y yo me quedé. Las lágrimas que antes no habían querido salir
-de mis ojos, brotaron a raudales, abrasándome las mejillas. No podía
-dejar de pensar en la hipocritona, que corría por los campos desiertos,
-lanzada por mí al interminable viaje de la desesperación; pero lejos
-de tenerle lástima, aquel recuerdo avivaba mi hondo furor, haciéndome
-exclamar: «¡Me alegro, mil veces me alegro!»
-
-¡Cuán grande había sido mi castigo! Para que este fuera más evidente,
-fui condenada por Dios al mismo suplicio de viajar buscando a una
-persona amada, de correr un día y otro día como el que huye de su
-sombra, siempre impaciente, siempre anhelante, precipitada de la
-esperanza al desengaño y del desengaño a una nueva esperanza. Porque
-sí, yo emprendí también el viaje a Andalucía tres días después. Estaba
-en la alternativa de morir de despecho o correr también. Hubo en mí
-desde aquel día algo de la maldición espantosa que pesaba sobre el
-judío errante, y me sentí como arrastrada por la fuerza de un huracán.
-
-¡Ay!, el huracán estaba dentro de mí misma, en mi cólera, en mis celos,
-en un loco afán de no hallarme lejos de dos personas, cuya imagen ni
-un solo instante se apartaba de mi pensamiento. Si mis lectores me han
-conocido ya por lo que va contado de mi borrascosa vida, comprenderán
-que yo no podía quedarme en Madrid. Mi carácter me lanzaba fuera como
-la pólvora lanza la bala.
-
-Partí... Pero antes debo decir cómo pude conseguir los medios para
-ello. Mi primer paso fue recurrir a Eguía; mas desde la entrada de los
-franceses le habían arrinconado como trasto inútil, y una regencia
-fresca y lozana funcionaba en su lugar. Nombrola Angulema de acuerdo
-con el Consejo de Estado, y la componían los duques del Infantado y
-de Montemart, el barón de Eroles, el obispo de Osma y don Antonio
-Gómez Calderón. Secretario de ella era el venenoso Calomarde, al cual
-me dirigí solicitando un pase y licencia para el uso de coche-posta.
-Recibiome tan fríamente y con tanta soberbia e hinchazón, que no pude
-menos de recordar al don Soplado del poeta sainetero don Ramón de la
-Cruz.
-
-Le desprecié como merecía, y recurrí a don Víctor Sáez, nombrado
-ministro de Estado; pero este me recordó a la rana cuando quiso
-parecerse al buey. Tuvo el mal gusto de echarme en cara mi supuesta
-conversión al constitucionalismo y a la Carta francesa, diciéndome mil
-necedades presuntuosas y aun amenazándome. Su fatuidad, semejante a la
-del pavo cuando se sopla y arrastra las alas para meter ruido, me hizo
-reír en sus propias barbas. El único que se me mostró algo propicio
-fue Erro, hombre honrado y modesto. Pero nada positivo saqué de la
-flamante situación, que daba pruebas de su agudeza política volviendo
-las cosas _al propio ser y estado que tenían en 7 de marzo de 1810_,
-restableciendo los antiguos Consejos y la Sala de Alcaldes de Casa y
-Corte. Era esto volver a los tontillos, al guardainfante y al pelo
-empolvado.
-
-Por mi ventura, llegó a Madrid el conde de Montguyon. Le vi; hízome la
-centésima declaración de amor, y luego, con semblante dolorido, me
-dijo:
-
-—Soy muy desgraciado, señora, en no poder estar cerca de vos. Tengo que
-partir con el general Bourdessoulle para esa poética región que llaman
-la Mancha, idealizada por las aventuras del gran caballero.
-
-Entonces le manifesté que si me proporcionaba los medios de hacer el
-viaje, poniendo yo por mi cuenta todos los gastos, le seguiría a aquel
-encantado país que hizo célebre el caballero sin par. Al oír esto, se
-volvió todo obsequios, y tres días después tenía yo a mi disposición
-una silla de postas con caballos del cuartel general de Bourdessoulle,
-y un pase que me aseguraba el respeto de las turbas por todo el
-tránsito que iba a recorrer.
-
-Partí al fin de Madrid acompañada de mi doncella. Salí como el agua de
-una exclusa cuando se le abren las compuertas que la sujetan. Yo no
-veía bastante llanura por donde correr; en ningún momento me parecía
-que andaba bastante mi coche; enfadábame el cansancio de las mulas, la
-pesadez de los mesoneros y la flema del mayoral, que se ponía siempre
-de parte de las caballerías en mi febril contienda con el tiempo y la
-distancia.
-
-En los pueblos por donde rápidamente pasaba, vi escenas que me causaron
-tanta indignación como vergüenza. En Ocaña habían quitado las imágenes
-que adornaban el ángulo de algunas calles, poniendo en su lugar el
-retrato de Fernando, entre cirios y ramos de flores, y debajo la
-piadosa inscripción: «¡Vivan las caenas!» En Tembleque presencié el
-acto solemne de arrojar al pilón donde bebían las mulas, a dos o tres
-liberales y otros tantos milicianos. En Madridejos tuve miedo, porque
-una turba que invadía el camino cantando coplas tan disparatadas como
-obscenas, quiso detenerme, fundada en que el mayoral había tocado
-con su látigo el estandarte realista que llevaba un fraile. Necesité
-mostrar mucha serenidad, y aun derramar algún dinero para que no me
-causasen daño; pero no pude seguir hasta que no llegaron a aquel
-ilustrado pueblo las avanzadas de la caballería francesa.
-
-En Puerto Lápice se rompió una ballesta de mi coche, ocasionándome
-detención de dos días. Las horas eran siglos para mí. Quemaba la tierra
-bajo mis pies. Yo hubiera deseado poseer la autoridad de una reina
-asiática para vencer tantas dificultades, atando a los hombres al
-pescante de mi coche. La desproporción enorme entre mi impetuoso anhelo
-y los medios materiales de que disponía, me llevaron a un lamentable
-estado nervioso que de ningún modo podía calmar. Únicamente logré un
-poco de alivio a aquel penoso hervor de mi carácter empleando un medio
-bastante pueril, pero que no parecerá muy absurdo a las mujeres que
-se me asemejan. Consistía en tomar el látigo del mayoral y ponerme a
-descargar furiosos latigazos sobre los robles del camino en Sierra
-Morena, y sobre los olivos de Andalucía.
-
-En Despeñaperros hallé nuevos obstáculos. Allí había una especie de
-ejército español, mandado por una especie de general, que tenía
-el encargo de hacer una especie de resistencia a las tropas de
-Bourdessoulle. Dios había decidido que no hubiese otro Bailén en la
-historia, y los inocentes que creían en un nuevo 19 de julio de 1808
-se llevaron gran chasco. ¡Parece mentira! Quince años después, los
-papeles de aquel drama habían cambiado. Los personajes eran los mismos.
-Creeríase que habían resucitado los muertos de la gloriosa época, pero
-que al vestirse se habían equivocado de uniforme.
-
-En pocas horas fue desbaratado Plasencia (que así se llamaba el general
-que defendía la puerta de Andalucía), y los franceses pisaron el
-glorioso campo de las Navas de Tolosa, de Mengíbar y de Bailén. Menos
-afortunada yo, fui otra vez detenida, y el conde de Montguyon, a quien
-Bourdessoulle mandó situarse en Guarromán, mostró muy poco interés
-porque yo siguiera adelante. Con todo, tales artes usé para sacar
-partido de su caballería andante, que me libré de él muy lindamente.
-Por fin, el 6 de junio entré en Córdoba, donde no me detuve más que lo
-preciso.
-
-El 9 por la tarde vi a lo lejos una inmensa mole rojiza que iluminaban
-los rayos del sol poniente. Ante mí se extendían hermosas llanadas
-de trigo, como un campo de oro, cuya reverberación amarilla ofendía
-los ojos. Yo no había visto un cielo más alegre, ni un ambiente más
-respirable y que más embelesase los sentidos, ni un crepúsculo más
-delicioso. La enorme torre que se destacaba a lo lejos sobre apretado
-caserío, y entre otras mil torres pequeñas, iba creciendo a medida que
-yo me acercaba, y parecía venir a mi encuentro con gigantesco paso. La
-torre era la Giralda, y la ciudad Sevilla.
-
-
-
-
-XXII
-
-
-¡Sevilla! ¡De qué manera tan grata hería mi imaginación este nombre!
-¡Qué idealismo tan placentero despertaba en mí! No creo que nadie
-haya entrado en aquel pueblo con indiferencia, y desde luego aseguro
-que el que entre en Sevilla como si entrara en Pinto es un bruto. ¡El
-Burlador, don Pedro el Cruel, Murillo! Bastan estas tres figuras para
-poblar el inmenso recinto que es en todas sus partes teatro de la
-novela y el drama, lienzo y marco de la pintura. ¡Y hasta las pinturas
-sagradas son allí voluptuosas! Para que nada le falte, hasta tiene
-a Manolito Gázquez, cuyas hipérboles graciosas han dado la vuelta a
-España, y parece que forman la base de la riqueza anecdótica nacional.
-
-En Sevilla la noche y el día se disputan a cuál es más bello; pero
-cuando llega el rigor del verano, vence irremisiblemente la noche,
-asumiendo todos los encantos de la naturaleza y de la poesía. Para
-ellas son los delicados aromas de jazmines y rosas; para ella el
-picante rumor de las conversaciones amorosas; para ella la dulce
-tibieza de un ambiente que recrea y enamora, las quejumbrosas
-guitarras que expresan todo aquello a que no pueden alcanzar las
-lenguas. Cuando yo llegué se dejaba sentir bastante el calor, sin ser
-insoportable; pero las noches eran deliciosas, un paraíso en el cual no
-se echaba de menos el sol.
-
-Hallé un cómodo hospedaje en la calle de Génova, y desde la noche de
-mi llegada vi a muchos diputados que moraban allí y a otros que iban
-a visitarles. Era un hervidero de gente habladora, una olla puesta al
-fuego. Sus ardientes disputas, sus gestos, sus furores, indicaban la
-gravedad de la situación.
-
-Vivían conmigo Argüelles, Canga-Argüelles, Salvato, Flórez Calderón, el
-canónigo Villanueva y el almirante don Cayetano Valdés. Iban a visitar
-a estos Galiano, Istúriz, Bertrán de Lis, don Ángel de Saavedra,
-después duque de Rivas, y otros. Con algunos de ellos tenía yo amistad.
-Oyéndoles, supe que se había descubierto una conspiración tramada por
-cierto general inglés llamado Downie, el mismo que había organizado
-una partida de combatientes en la guerra de la Independencia. La
-conspiración debió ser muy inocente conforme a las modas de aquel
-tiempo, y todo en ella fue de sainete, hasta el descubrimiento, hecho
-por un cirujano.
-
-Tan solo descansé la noche de mi llegada, y el día siguiente, que era
-el 10 de junio, di principio a mis investigaciones, saliendo a hacer
-algunas visitas. Al pasar por las calles más principales experimentaba
-profunda emoción, creyendo ver semblantes conocidos. Yo no sé qué
-había en aquella fisonomía de la multitud para turbarme tanto; pero
-esto pasa cuando lo que amamos se pierde en las oleadas del gentío, al
-cual presta su rostro y su persona toda.
-
-Aprovechando bien el día, pude ver a muchas personas, y dar con alguna
-que me indicó el domicilio de los marqueses de Falfán. Este era el
-principal objeto de mis impacientes ansias. Pero en aquel día 10 de
-junio, precursor de una de las fechas más célebres de nuestra historia,
-nadie hablaba de otra cosa que de política, de la resistencia del rey
-a trasladarse a Cádiz, y del empeño de los ministros en llevársele de
-grado o por fuerza. Advertí entonces que no era Sevilla población muy
-liberal, y que en la contienda entablada, la mayoría de los paisanos
-de Manolito Gázquez se ponían de parte del rey. Por un fenómeno
-extraño, la aristocracia aparecía más enemiga del absolutismo que el
-pueblo; pero esto no me causaba sorpresa, por haber observado el mismo
-contrasentido en Madrid.
-
-No pudiendo refrenar mi impaciencia, aquella misma noche fui a casa
-del marqués de Falfán. Las visitas de noche son sumamente agradables
-en verano, en aquel país, contribuyendo a ello los frescos patios
-trocados en salones de tertulia. Nadie puede, sin haber visto estos
-agradables recintos, formar idea de ellos y del hermoso conjunto que
-presentan las plantas, la fuente de mármol con su murmurante surtidor,
-los espejos, los cuadros, al mismo tiempo iluminados por las bujías y
-por el rayo de luna que penetra burlando el toldo; la dulce cháchara
-de las conversaciones, más dulce a causa del gracioso ceceo bético, y,
-por último, las lindas andaluzas que alegrarían un cementerio, cuanto
-más un patio de Sevilla.
-
-Había pocas personas en casa de Falfán. Encontré a la marquesa muy
-desmejorada y triste en gran manera, lo cual no sé si me causó pena
-o alegría. Creo que ambas cosas a la vez. Yo justifiqué mi viaje a
-Sevilla, suponiendo asuntos de intereses, y no me atreví a preguntar
-por él ni siquiera a nombrarle, para que mi afectada indiferencia
-alejara todo recelo. Tenía esperanza de verle entrar en el patio cuando
-menos lo pensase, y me preparaba para no turbarme en el momento de su
-aparición. Cualquier ruido de la puerta me hacía temblar, dándome los
-escalofríos propios de la pasión en acecho.
-
-Sin que me esté mal el decirlo, y poniendo la verdad por delante de
-todo, aun de la modestia, yo estaba guapísima aquella noche, vestida
-al estilo de París con una elegancia superior a cuanto veían mis ojos.
-Harto me lo probaban los de los caballeros allí presentes, que no se
-apartaban de mí, causando envidia a todas. Como los andaluces no son
-cortos de genio, aquella noche recibí galanterías y donaires para el
-año entero.
-
-Mi afán consistía en sacar alguna luz, algún dato, alguna noticia de
-mi conversación con la marquesa de Falfán; pero fuese discreción suma
-o ignorancia de la hermosa dama, ello es que nada dejó comprender.
-Hablaba lo menos posible, y con sus miradas, lo mismo que con el
-sentido de sus palabras, solo una cosa me decía claramente, a saber:
-que me aborrecía de todo corazón. Yo, maestra consumada, disimulaba
-mejor que ella.
-
-El marqués de Falfán de los Godos, hablándome de política, me distrajo
-de esta batalla que yo daba a la taciturna reserva de Andrea. Las
-aficiones que yo había mostrado en Madrid a las cosas públicas me
-perdieron entonces, porque el buen señor me atacó con verdadera
-ferocidad de charlatanismo, deseando saber mi opinión sobre sucesos y
-personas. Mi fastidioso interlocutor era liberal templado, partidario
-de un justo medio muy justamente mediano, y de las dos Cámaras y
-del veto absoluto. Había tenido sus repulgos de masón, repetía los
-dichos de Martínez de la Rosa, y era bastante volteriano en asuntos
-religiosos. Defendía al clero como fuerza política; pero se burlaba de
-los curas, del Papa y aun del dogma mismo, sin que esto fuera obstáculo
-para creer en la conveniencia de que hubiese muchos clérigos, muchos
-obispos, muchísimas misas y hasta Inquisición. En suma: las ideas del
-marqués eran el capullo de donde, corriendo días, salió la mariposa del
-partido moderado.
-
-Decir cuánto me mareó aquella noche, fuera imposible. Tuve que saber
-cosas que a la verdad me interesaban poco, por ejemplo: que Calatrava,
-a la sazón presidente del ministerio, no era hombre apropiado a las
-circunstancias; que los masones primitivos o _descalzos_ estaban
-en gran pugna con los secundarios o _calzados_, y ambos con los
-carbonarios y comuneros; que los partidarios de San Miguel trabajaban
-por echarlo todo a perder más de lo que estaba, y que cuando ocurrió
-el cambio de ministerio que había llevado al poder a los amigos de
-Calatrava, se habían visto cosas muy feas. Exaltándose a medida que
-entraba en materia, me dijo que él (Falfán de los Godos) habría sido
-ministro si hubiera querido cuando se negó a serlo Flores Estrada;
-pero que no quiso meterse en danzas; que él (el propio marqués) había
-previsto los terribles sucesos que ya estaban cerca, y que la ruina del
-pobre sistema era ya inminente y segura. Apoyábanle en esto todos los
-presentes, mientras yo me aburría a mis anchas oyéndole. Era para morir.
-
-Habiendo dicho uno de los tertulios que Su Majestad se negaría
-resueltamente a salir de Sevilla, el marqués habló así:
-
-—Pues el gobierno insiste en llevárselo a Cádiz, ¡qué tontería...! y
-como el rey insiste en no ir, el gobierno piensa declararle loco...
-¡Loco Su Majestad, señores, el hombre más cuerdo de toda España, el
-único español que sabe a dónde va y por dónde ha de ir!
-
-Luego, dirigiéndose a mí y como quien habla en secreto, me dijo que
-Calatrava era un hombre atolondrado; Yandiola, ministro de Hacienda,
-una nulidad, y el de la Guerra, Sánchez Salvador, un insensato.
-
-Yo estaba nerviosa a más no poder. Las palabras se me venían a la boca
-para contestarle de este modo:
-
-«¿Y a mí qué me cuenta usted de todo eso, señor marqués? ¿Qué me
-importa a mí que Calatrava sea un majadero, Yandiola y Sánchez Salvador
-dos majaderos, y usted más majadero que todos ellos?»
-
-Pero con no poco trabajo me contenía. Obligada a decir algo, a causa
-de mi pícara reputación, me complacía en contradecirle, de modo que
-todo lo que para él era blanco, yo lo veía negro. A cuantos el marqués
-denigró, yo les supuse talentos desmedidos. En lo relativo a declarar
-loco a Su Majestad, dije que me parecía el acto más cuerdo y acertado
-del mundo.
-
-—Pero, señora —me dijo el marqués—, esto equivale a destronar a Su
-Majestad, porque si le declaran incapacitado para reinar...
-
-—Justamente, señor marqués —repuse—. Le destronan y luego le vuelven a
-entronizar; le quitan y le ponen, según conviene a las circunstancias.
-¿Hay cosa más natural? ¿No es el rey quien abre y cierra las Cortes?
-Pues las Cortes abren o cierran al rey cuando quieren.
-
-Tomaron a risa, como lo merecían, mis observaciones; pero no por verme
-tan inclinada a las burlas, cejó Falfán en su fastidioso disertar.
-
-Entonces entró el príncipe de Anglona, personaje distinguido de la
-fracción de Martínez de la Rosa, y el duque del Parque, cuya vista me
-causó grande alegría. El príncipe dijo que al día siguiente habría
-sesión muy interesante, para discutir lo que debiera hacerse en virtud
-de la negativa del rey a salir de Sevilla. Yo le pedí una papeleta de
-tribuna al duque, y ofreció mandármela. Anglona se brindó a llevarme
-a Palacio. Formado mi plan para el día siguiente, determiné ver a Su
-Majestad y asistir a la sesión de las Cortes, encendiendo de este modo
-una vela a San Miguel y otra al diablo.
-
-El del Parque, cuando no podían oírlo los demás, dijo con malignidad:
-
-—Mi secretario, a quien usted conoce, le llevará mañana la papeleta
-para la galería reservada de las Cortes.
-
-Al oír esto parece que se abrieron delante de mí los cielos. Mi alma
-se llenó de alegría, que a no ser por el gran disimulo que eché sobre
-ella, como se echa hipocresía sobre un pecado, hubiera sido advertida
-por la concurrencia. Desde aquel momento, todo se transformó a mis
-ojos. Cuanto dijo el marqués de Falfán de los Godos lo encontré
-discreto y agudo, y sus majaderías me parecieron prodigios de ingenio
-y perspicacia política. A todo le contesté, desplegando verbosidad
-abundante como en mis mejores tiempos de Madrid, emitiendo juicios
-picarescos y sentenciosos, juzgando a los personajes con graciosa
-malevolencia, y retratándoles con breves rasgos de caricatura. Ya tenía
-lo que me había faltado en toda la noche, ingenio. Respondí a las
-galanterías, supe marear a más de cuatro, mortifiqué a la marquesa,
-alegré la reunión. Al retirarme, no dejaba más que tristezas y
-presentimientos detrás de mí. Yo me llevaba todas las alegrías.
-
-
-
-
-XXIII
-
-
-Desde muy temprano me levanté, pues poco dormí aquella noche. Las
-noches de Sevilla no parece que son, como las de otras partes, para
-dormir. Son para soñar en vela... Le aguardaba con tanta impaciencia,
-que a cada instante salía al balcón, esperando verle entre la multitud
-que pasaba por la calle de Génova. De repente me anunciaron una
-visita. Creí verle entrar: salí corriendo; pero mi corazón dio un
-vuelco, quedándose frío y quieto cual si hubiera tropezado en una
-pared. Tenía delante al príncipe de Anglona, un señor muy bueno, un
-caballero muy simpático, muy atento, pero cuya presencia me contrariaba
-extraordinariamente en aquel instante.
-
-Venía para llevarme al Alcázar.
-
-—Su Majestad —me dijo— recibe ahora muy temprano. Anoche le manifesté
-que estaba usted aquí, y me rogó que la llevase a su presencia hoy
-mismo.
-
-Yo quise hacer objeciones, pretextando la inusitada hora, pues no
-habían dado las once; pero nada me valió. Érame imposible resistir
-a aquella majadería insoportable que revestía las formas de la más
-delicada atención. Tampoco podía defenderme con dolor de cabeza,
-vapores u otros recursos que tenemos para tales trances. Humillé la
-frente como víctima expiatoria de las conveniencias sociales, y
-después de arreglarme dispúseme a aceptar un puesto en la carroza del
-Príncipe, no sin dejar antes a mi criada instrucciones muy prolijas
-para que detuviera hasta mi vuelta al que forzosamente había de venir.
-Partí resuelta a hacer a Su Majestad visita de médico. En aquella
-ocasión deploré por primera vez que existieran reyes en el mundo.
-
-Poca es la distancia que hay de la calle de Génova al Alcázar. Antes
-de las doce estaba yo en la cámara de Su Majestad, y salía gozoso a
-saludarme el descendiente de cien reyes, pegado a su regia nariz. No
-parecía nada contento; pero mostró mucho placer en verme, dándome a
-besar su mano y rogándome que a su lado me sentase. Tanta bondad, que a
-cualquiera habría ensoberbecido, a mí me hizo muy poca gracia, y menos
-cuando con sus preguntas daba a entender que la visita sería larga.
-
-Fernando quiso saber por mí algunas particularidades de la entrada de
-los franceses en Madrid, de la defección de La Bisbal en Somosierra
-y de la derrota de Plasencia en Despeñaperros. Yo contesté a todo,
-cuidando de la brevedad más que de otra cosa, y fingiéndome ignorante
-de varios hechos que sabía perfectamente; pero ninguna de estas
-estratagemas me valía, porque Fernando VII, que en el preguntar
-había sido siempre absoluto, no se hartaba de oír contar cada paso
-del ejército francés; y como, además de mis palabras, le recreaba
-bastante, como he dicho en otra ocasión, la boca que las decía, de aquí
-que no llevara camino de saciar en muchas horas la curiosidad de su
-entendimiento y la concupiscencia de sus voraces ojos.
-
-«¡Ay! ¡Qué felices son las repúblicas! —pensé—. Al menos, en ellas no
-hay reyes pesados y preguntones que quieran saber noticias de la guerra
-a costa de la felicidad de sus súbditos.»
-
-Yo le miraba, haciendo esfuerzos heroicos para disimular mi
-descontento. Al responderle, decía en mi interior:
-
-«Me alegraría de que te encerraran en una jaula como loco rematado.»
-
-Él entonces, sin indicios de conocer mi cansancio, hablome así con
-cierto tono de confianza:
-
-—Se empeñan en que han de llevarme a Cádiz, y yo me empeño en no salir
-de Sevilla. Veremos si se atreven a llevarme a la fuerza, o si yo cedo
-al fin.
-
-—No se atreverán, señor.
-
-—Ellos saben —continuó— que en Cádiz hay una terrible epidemia;
-pero eso no les importa. ¡A Cádiz de cabeza! ¿Nada importa, señores
-diputados, que yo y toda la real familia nos expongamos a perecer...?
-Veremos lo que decide el Consejo...
-
-—Decidirá lo más conveniente.
-
-—Yo les digo a esos señores: ¿creen ustedes posible resistir a los
-franceses? No. Pues si al fin se ha de capitular, ¿no es mejor hacerlo
-en Sevilla?
-
-—Admirable raciocinio, señor.
-
-—Nada: a Cádiz, a Cádiz, y entre tanto, ni coches para el viaje, ni
-recursos...
-
-Parecía mortificado por dos o tres ideas fijas, que agitadas se
-sucedían en su mente y se enlazaban formando esa dolorosa serie de
-vibrantes círculos cerebrales que, si no producen la locura, la imitan.
-Me fue preciso, en vista de tanta pesadez, fingirme enferma y pedirle
-permiso para retirarme. Él, entonces, ¡oh fiero y descomunal tirano!,
-se empeñó en que me quedase en el Alcázar, donde se me prepararía
-habitación conveniente.
-
-«Te comprendo, déspota», dije para mí, sofocando mi cólera.
-
-No había más remedio que ser huraña y descortés, rehusando los
-obsequios y tapando mis oídos a preguntillas que empezaban a dejar de
-ser políticas. Al retirarme, Su Majestad me dijo:
-
-—No saldré de Sevilla, no saldré... Veremos si se atreven.
-
-—No se atreverán, señor —le respondí—. Vuestra Majestad podrá, con una
-voluntad firme, desbaratar las maquinaciones de los pérfidos.
-
-Estas vulgaridades palaciegas le agradaban. Dejele entregado a sus
-febriles inquietudes, y corrí a calmar las mías. Por el camino iba
-contando el tiempo transcurrido, que me parecía largo, como todo lo
-que precede a la felicidad que se espera. Llegué a mi casa, subí
-precipitadamente, creyendo que él saldría a recibirme con los brazos
-abiertos; pero en mis habitaciones hallé un silencio y un vacío
-tristísimos... No estaba. Mi primer impulso fue de ira contra él por la
-audacia inaudita, por la infame crueldad de no estar allí; pero luego
-tornáronse contra el rey mis furores, cuando Mariana, mi fiel criada,
-me dijo que el caballero se había cansado de esperar.
-
-—¿Luego ha estado aquí?
-
-—Sí, señora; ha estado más de hora y media. No haría diez minutos que
-usted había salido, cuando entró...
-
-—¿Y no dijo que volvería?
-
-—No dijo nada más sino que tenía que ir a las Cortes.
-
-—Yo también tengo que ir a las Cortes —afirmé, sintiéndome como una
-máquina loca que mueve a la vez con precipitada carrera todas sus
-ruedas—. Vamos, vístete, Mariana, que no quiero perder esa gran sesión.
-
-Por no ir sola, yo llevaba siempre conmigo a mi leal criada, vestida
-de señora, imitando en esto la usanza francesa de las _señoritas de
-compañía_. Esto era sumamente cómodo para mí, porque me libraba de la
-necesidad de admitir en muchos casos la compañía de hombres importunos
-o antipáticos. En poco tiempo, haciendo yo de sirviente y Mariana de
-señora, quedó vestida, no tan bien que se desconociese su inferioridad;
-pero con suficiente elegancia para poder ir al lado mío. Muchos la
-creían hermana soltera o parienta pobre.
-
-
-
-
-XXIV
-
-
-Fuimos a las Cortes, que estaban en San Hermenegildo, en la calle de
-la Palma, frente a San Miguel. Difícil hallamos la entrada a causa
-de la mucha gente que llenaba la calle, agolpándose a las puertas del
-edificio como las apiñadas lapas en la roca. Mujeres menos resueltas
-que nosotras habrían vuelto la espalda; pero Mariana y yo sabíamos
-romper las cortezas del vulgo, y al fin nos abrimos paso, y entrando
-con desenfado y pie ligero subimos a la galería. Antes de penetrar en
-ella, oímos la voz de un orador que resonaba en medio del más imponente
-silencio.
-
-Mucho hubimos de bregar para encontrar sitio; pero al fin, pidiendo
-mil veces perdón y oyendo murmullos de descontento a un lado y otro,
-logramos acomodarnos. Mi primer cuidado no fue atender a lo que aquel
-gran orador decía, cosas sin duda altamente dignas de aplauso: mi
-primer cuidado fue registrar con los ojos toda la galería reservada por
-ver si estaba allí quien me cautivaba más que los discursos. Pero ni a
-derecha ni a izquierda, ni delante ni detrás le vi, con lo cual la gran
-pieza oratoria que se estaba pronunciando empezó a serme muy fastidiosa.
-
-—¿Quién habla? —pregunté a una señora vieja que estaba junto a mí.
-
-—Alcalá Galiano, el gran orador —repuso en tono de extrañeza por mi
-ignorancia.
-
-—¿Y de qué habla? —pregunté, sin temor de que la señora vieja me
-creyera cerril.
-
-—¿De qué ha de hablar? Del suceso del día.
-
-La señora volvió el rostro hacia el salón, demostrando más interés por
-el discurso que por mis preguntas. Yo no quise molestar más, y traté
-de atender también. El orador hablaba de la patria, del inminente
-peligro de la patria, de la salvación de la patria y de la gloria de la
-patria. Es el gran tema de todos los oradores, incluso los buenos. No
-he conocido a ningún político que no estropeara la palabra patriotismo
-hasta dejarla inservible, y en esto se me parecen a los malos poetas,
-que al nombrar constantemente en sus versos la inspiración, la lira, el
-estro, la musa ardiente, la fantasía, hablan de lo que no conocen.
-
-Alcalá Galiano era tan feo y tan elocuente como Mirabeau. Su figura,
-bien poco académica, y su cara, no semejante a la de Antinoo, se
-embellecían con la virtud de un talismán prodigioso: la palabra. Le
-pasaba lo contrario que a muchas personas de admirable hermosura, las
-cuales se vuelven feas desde que abren la boca. Aquel día, el joven
-diputado andaluz había tomado por su cuenta el llevar adelante la
-hazaña más revolucionaria que registran nuestros anales.
-
-Sentían los españoles la comezón de destronar algo, y el afán de probar
-la embriaguez revolucionaria, que sin duda embelesa a los pueblos de
-Occidente como a los chinos el opio, y dijeron: «Hagamos temblar a los
-reyes, pues que ha llegado la hora de que los reyes tiemblen delante
-del pueblo...» Mas era aquí la gente demasiado bondadosa para una
-calaverada sangrienta. En otra parte, al ver al rey sistemáticamente
-contrario a la representación nacional, hubiéranle cortado la cabeza;
-aquí le privaron del uso de la razón temporalmente, diciendo: «Señor,
-vuestro deseo de esperar aquí a los franceses nos prueba que estáis
-loco. Con arreglo a la Constitución, declaramos que sois digno de un
-manicomio y de perder la autoridad real. Vámonos a Cádiz, y cuando
-estemos allí, os adornaremos de nuevo con vuestra cabal razón, y
-seguiremos partiendo un confite como hasta aquí.»
-
-Admirable recurso habría sido este, a mi parecer, desde el punto de
-vista liberal, teniendo un gran ejército para reforzar el argumento
-en los campos de batalla. Sin fuerza, aquel hecho probaba que los
-diputados estaban más locos que el rey, y así se lo dije a Falfán de
-los Godos. Con esto se comprende que el marqués había entrado en la
-galería, colocándose detrás de mí. Él ponía mucha más atención que yo
-al discurso y aun a los rumores que sonaban arriba y abajo.
-
-—Han llenado de gentuza la tribuna pública —me dijo en voz queda— para
-que aplauda las atrocidades que habla ese hombre.
-
-No sé si era o no gente pagada; pero es lo cierto que a cada párrafo
-coruscante, terminado en _la salvación de la patria_ o en _el afrentoso
-yugo de esta nación heroica_, la galería pública mugía como una
-tempestad cercana. ¡Qué rugidos, qué gestos de bárbaro entusiasmo, qué
-manera de apostrofar! Algunas señoras tuvieron miedo y se retiraron, lo
-cual me agradó en extremo, porque la tribuna se quedó muy holgada.
-
-—¿Piensa usted seguir hasta el fin? —me dijo Falfán, endulzando su
-mirada hasta un extremo empalagoso.
-
-—Estaré algún tiempo más —repuse—. No me he cansado todavía.
-
-Y miraba a diestra y siniestra esperando verle y no viéndole nunca. Los
-que me conocen comprenderán mi aburrimiento y pena. No hay tormento
-peor que tener ocupada la mente por una idea fija que no puede ser
-desechada. Es una espina clavada en el cerebro, una acerada punta
-que hiere, y que, sin embargo, no se puede ni se quiere arrancar. Yo
-procuraba distraerme de aquel a manera de dolor agudísimo, charlando
-con Falfán; pero nada conseguí. La locura del rey, declarada por una
-votación que iba a verificarse; la exaltación revolucionaria de los
-diputados, la elocuencia fascinadora de Galiano, no bastaban a dar otra
-dirección a las fuerzas de mi espíritu.
-
-—¿Y usted qué cree? —me preguntó el marqués.
-
-—Yo no creo nada —respondí con el mayor hastío—. Si he de hablar con
-franqueza, nada de esto me importa gran cosa.
-
-—¡Que declaren loco a Su Majestad!...
-
-—Lo mismo que si le declaran cuerdo... Yo soy así... Parece que se
-cansan —añadí, reparando que se suspendían los discursos.
-
-—Es que ahora va una comisión de las Cortes al Alcázar a intimar al
-rey. Si no se resigna a salir...
-
-—¿Habrá más discursos?
-
-—Las Cortes están en sesión permanente. Después vendrá lo más
-interesante, lo más dramático; yo no pienso moverme de aquí.
-
-—Su Majestad ha de responder que no sale de Sevilla. Me lo ha dicho
-esta mañana, y aunque no tengo gran fe en su palabra, paréceme que por
-esta vez va a cumplir lo que dice.
-
-—Lo mismo creo, señora. En ese caso, las Cortes, después de este
-respiro que ahora se dan, están dispuestas a poner en ejecución el
-artículo 187 de la Constitución...
-
-—¿Y qué dice ese artículo?...
-
-En el momento de formular esta pregunta me estremecí toda, y me pasó
-por delante de los ojos una claridad relampagueante. Le vi: había
-entrado en la tribuna inmediata y volvía sus ojos en todas direcciones
-como buscándome. Desde aquel instante las palabras del marqués no
-fueron para mí sino un zumbido de moscardón... Por fin sus ojos se
-encontraron con los míos.
-
-—¡Gracias a Dios! —le dije, empleando el lenguaje de las pupilas.
-
-El marqués seguía hablando. Para que no descubriese mi turbación, ni se
-enojase al verme tan distraída, le pregunté de nuevo:
-
-—¿Y qué dice ese artículo?
-
-—¡Si se lo he explicado a usted! —repuso—. Sin duda no me presta
-atención. Es usted muy distraída.
-
-—¡Ah!, sí... Estaba pensando en ese pobre Fernando.
-
-—El mejor procedimiento, a mi modo de ver —manifestó Falfán de los
-Godos gravemente—, sería...
-
-—¡Que le cortaran la cabeza! —indiqué mostrándome, sin cuidarme de
-ello, tan revolucionaria como Robespierre.
-
-—¡Qué cosas tiene usted! —exclamó el marqués riendo.
-
-Y siguió hablándome, hablándome, es decir, zumbando como un abejorro.
-Pasados diez minutos, creí conveniente dirigirle otra vez la palabra, y
-repetí mi preguntilla:
-
-—¿Y qué dice ese artículo?
-
-—Por tercera vez se lo diré a usted.
-
-Entonces me fue forzoso dedicarle un pedacito de atención.
-
-—El artículo 187 dice poco más o menos que cuando se considere a Su
-Majestad imposibilitado moralmente para ejercer las funciones del poder
-ejecutivo, se nombre una Regencia...
-
-—¿Como la de Urgel?
-
-—Una Regencia constitucional, señora, que desempeñe aquellas
-funciones...
-
-—¡Oh!, señor marqués, en todo soy de la misma opinión de usted —exclamé
-con artificiosa admiración—. En pocos hombres he visto un juicio tan
-claro para hacerse cargo de los sucesos.
-
-Miré a Salvador. Pareciome que con los expresivos ojos me decía:
-«Salgamos.» Y al mismo tiempo salía.
-
-—Yo me retiro, señor marqués —dije de improviso levantándome.
-
-—¡Señora, se marcha usted en el momento crítico! —exclamó con asombro y
-pena—. Se van a reanudar estas interesantes discusiones. ¡Qué discursos
-vamos a oír!
-
-—Estoy fatigada. Hace mucho calor.
-
-—Sin embargo...
-
-Mientras en el salón resonaba un rumor sordo como el anuncio de
-furibunda tempestad parlamentaria, Mariana y yo nos dispusimos a salir;
-pero en el mismo instante, ¡oh contrariedad imprevista!, multitud de
-caballeros y señoras entraron en la tribuna. Eran los que habían salido
-durante el período de descanso, que regresaban a sus puestos, para
-disfrutar de la parte dramática de la sesión. Además, numeroso gentío
-recién venido se apiñaba en la puerta. Ya no era posible salir.
-
-—Señora —me dijo Falfán—, ya ve usted que no es fácil la salida. No
-pierda usted su asiento. Esto acabará pronto.
-
-No tuve más remedio que quedarme. Caí en mi asiento como un reo en su
-banquillo de muerte. Lo que principalmente me apenaba era que entre la
-multitud había desaparecido el que bastaba a alegrar o entristecer mi
-situación. En la muralla de rostros humanos, ávidos de curiosidad, no
-estaba su rostro ni otro alguno que se le pareciese.
-
-«Sin duda me aguarda fuera —pensé—. ¡Qué desesperación! ¡Cuándo acabará
-esta farsa!...»
-
-
-
-
-XXV
-
-
-—La comisión que fue con el mensaje a Palacio —dijo Falfán alargando su
-rostro para abarcar con una mirada todo el salón— ha vuelto, y va a
-manifestar la respuesta de Su Majestad.
-
-—Que le maten de una vez —indiqué en voz baja—. ¿Dice usted, señor
-marqués, que esto acabará pronto?
-
-—Quizás no. Me parece que tendremos para un rato. Cosas tan graves no
-se despachan en un credo.
-
-Pensé que se me caía el cielo encima. El profundo silencio que reinó
-durante un rato en aquel recinto, obligome a atender brevemente a lo
-que abajo pasaba. Un diputado, en quien reconocí al almirante Valdés,
-tomó la palabra.
-
-Pudimos oír claramente las expresiones del marino al decir: «Manifesté
-a Su Majestad que su conciencia quedaba salva, pues aunque como hombre
-podía errar, como rey constitucional no tenía responsabilidad alguna;
-que escuchase la voz de sus consejeros y de los representantes del
-pueblo, a quienes incumbía la salvación de la patria. Su Majestad
-respondió: _He dicho_, y volvió la espalda.»
-
-Cuando estas últimas palabras resonaron en el salón, un rumor de olas
-agitadas se oyó en las tribunas; olas de patriótico frenesí que fueron
-encrespándose y mugiendo poco a poco hasta llegar a un estruendo
-intolerable.
-
-—Todos esos que gritan están pagados —dijo el marqués.
-
-Entonces miré hacia atrás, pues no podía vencer el hábito adquirido de
-explorar a cada instante la muchedumbre, y le vi. Estaba en la postrera
-fila: apenas se distinguía su rostro.
-
-«¡Ah! —exclamé para mí con gozo—. ¡No me has abandonado! Gracias,
-querido amigo.»
-
-Advertí que desde el apartado sitio donde se encontraba, seguía los
-incidentes de la sesión con toda su alma. Mi pensamiento debía de
-estar donde estaba el suyo, y atendí también. Segura de tenerle cerca;
-segura de que fiel y cariñoso me aguardaba, pude tranquilamente fijar
-mi espíritu en aquella turbulenta parte de la sesión y en el orador
-que hablaba. Era otra vez Galiano. Su discurso, que en otra ocasión me
-hubiera fastidiado, entonces me pareció elocuente y arrebatador.
-
-¡Qué modo de hablar, qué elegancia de frases, qué fuerza de pensamiento
-y de estilo, qué ademán tan vigoroso, qué voz tan conmovedora! Siendo
-mis ideas tan contrarias a las suyas entonces, no pude resistir al
-deseo de aplaudirle, enojando mucho al marqués con mi llamarada de
-entusiasmo.
-
-—¡Oh, señor marqués! —le dije—. ¡Qué lástima que este hombre no hable
-mal! ¡Cuánto crecería el prestigio del realismo, si sus enemigos
-carecieran de talento!...
-
-Los argumentos del orador eran incontestables dentro de la situación
-y del artículo 187, que intentaban aplicar. «No queriendo Su Majestad
-—decía— ponerse en salvo, y pareciendo a primera vista que Su Majestad
-quiere ser presa de los enemigos de la patria, Su Majestad no puede
-estar en el pleno uso de su razón. Es preciso, pues, considerarle en un
-estado de delirio momentáneo, en una especie de letargo pasajero...»
-
-Estas palabras compendiaban todo el plan de las Cortes. Un rey
-constitucional que quiere entregarse al extranjero, está forzosamente
-loco. La nación lo declara así, y se pasa sin rey durante el tiempo
-que necesita para obrar con libertad. ¡Singular decapitación aquella!
-Hay distintas maneras de cortar la cabeza, y es forzoso confesar que
-la adoptada por los liberales españoles tiene cierta grandeza moral y
-filosófica digna de admiración. «Antes que arrancar de los hombros una
-cabeza que no se puede volver a poner en ellos —dijeron—, arranquémosle
-el juicio, y tomándonos la autoridad real, la persona jurídica,
-podremos devolverlas cuando nos hagan falta.»
-
-Yo miraba a cada rato a mi adorado amigo, y con los ojos le decía:
-
-«¿Qué piensas tú de estos enredos? Luego hablaremos y se ajustarán las
-cuentas, caballerito.»
-
-No duró mucho el discurso de Galiano, porque aquello era como lo
-muy bueno, corto, y habían llegado los momentos en que la economía
-de palabras era una gran necesidad. Cuando concluyó, las tribunas
-prorrumpieron en locos aplausos. Entre las palmadas, semejantes por su
-horrible chasquido a una lluvia de piedras, se oían estas voces: «¡A
-nombrar la Regencia! ¡A nombrar la Regencia!»
-
-—Señora —me dijo el marqués horrorizado—, estamos en la Convención
-francesa. Oiga usted esos gritos salvajes, esa coacción bestial de la
-gente de las galerías.
-
-—Van a nombrar la Regencia.
-
-—Antes votarán la proposición de Galiano. ¡Atentado sacrílego, señora!
-Me parece que asisto a la votación de la muerte de Luis XVI.
-
-—¡Qué exageración!
-
-—Señora —añadió con solemne acento—. Estamos presenciando un regicidio.
-
-Yo me eché a reír. Falfán, enfureciéndose por el regicidio que se
-perpetraba a sus ojos, e increpando en voz baja a la plebe de las
-galerías, era soberanamente ridículo.
-
-—Lo que más me indigna —exclamó pálido de ira— es que no dejen hablar a
-los que opinan que Su Majestad no debe ser destronado.
-
-En efecto: con los gritos de ¡_fuera_!, ¡_que se calle_!, ¡_a votar_!,
-ahogaban la voz de los pocos que abrazaron la causa del rey. La
-Presidencia y la mayoría, interesadas en que las tribunas gritasen, no
-ponían veto a las demostraciones. Veíase al alborotado público agitando
-sus cien cabezas y vociferando con sus cien bocas. En la primera
-fila los brazos gesticulaban señalando o amenazando, o golpeaban el
-antepecho con las bárbaras manos, que más bien parecían patas. Muchas
-señoras de la tribuna reservada se acobardaron, y diose principio al
-solemne acto de los desmayos. Esto fue circunstancia feliz, porque la
-tribuna empezó a despejarse un poco, haciendo menos difícil la salida.
-
-—Señor marqués —dije tomando la resolución de marcharme—. Me parece que
-es bastante ya.
-
-—¿Se va usted? Si falta lo mejor, señora.
-
-—Para mí lo mejor está fuera. Aquí no se respira. Adiós.
-
-—Que van a votar. Que vamos a ver quiénes son los que se atreven a
-sancionar con su nombre este horrible atentado.
-
-—Ahí tiene usted una cosa que a mí no me importa mucho. ¿Qué quiere
-usted? Yo soy así. Dormiré muy bien esta noche sin saber los nombres de
-los que dicen sí.
-
-—Pues yo no me voy sin saberlo. Quiero ver hasta lo último; quiero ver
-remachar los clavos con que la monarquía acaba de ser crucificada.
-
-—Pues que le aproveche a usted, marqués... Veo que ya se puede salir.
-Adiós; tantas cosas a la marquesa. Ya sabe que la quiero.
-
-No hice muy larga la despedida por temor a que tuviese la deplorable
-ocurrencia de acompañarme. Salí. ¡Ay! Aquella libertad me supo a
-gloria. ¡Con qué placentero desahogo respiraba! Al fin iba a satisfacer
-mi deseo, la sed de mis ojos y de mi alma, que ha tiempo no vivían sino
-a medias. Desde que salí a los pasillos le vi lejos esperándome. Hízome
-una seña, y ambos procuramos acercarnos el uno al otro, cortando el
-apretado gentío que salía. Pero cuando estaba a seis pasos de él, sentí
-detrás de mí la áspera voz de Falfán, la cual me hizo el efecto de un
-latigazo. Volvime, y vi su sonrisa y sus engomados bigotes, que yo
-creía haber perdido de vista por muchos días.
-
-—Señora, no se me escape usted —me dijo, ofreciéndome su brazo—. He
-salido porque la votación no es nominal. Esos pícaros han votado
-levantándose de su asiento... ¡Qué escándalo!... ¡Votar así un acuerdo
-tan grave!... ¡Tienen vergüenza y miedo!... Ya se ve... Tome usted mi
-brazo, señora.
-
-La importuna presencia del estafermo me dejó fría. No tuve más remedio
-que apoyar mi mano en su brazo y salir con él. Frente a nosotros vi a
-Salvador, que me pareció no menos contrariado que yo.
-
-—Querido Monsalud —le dijo el marqués—, ¿ha visto usted la sesión?
-¡Gran escena de teatro! Me parece que correrá sangre.
-
-No recuerdo lo que ambos hablaron mientras bajamos a la calle. Me daban
-ganas de desasirme del brazo del prócer, y empujarle con todas mis
-fuerzas para que fuera rodando por la escalera abajo, que era bastante
-pendiente. Pero me fue forzoso tener paciencia y esperar, fiando en que
-el insoportable intruso nos dejaría solos al llegar a la calle. ¡Vana
-ilusión! Sin duda se habían conjurado contra mí todas las potencias
-infernales. El marqués de Falfán, empleando su relamido tono, que a mí
-me sonaba a esquilón rajado, me dijo:
-
-—Ahora, dígnese usted aceptar mi coche, y la llevaré a su casa.
-
-—Si yo no voy a mi casa —repuse vivamente—. Voy a visitar a una
-amiga... o quizás, como ya es tarde y no hace calor, daremos Mariana y
-yo un paseo.
-
-—Bien, a donde quiera usted que vaya la acompañaré —dijo el marqués con
-la inexorable resolución de un hado funesto—. Y usted, Salvador, ¿a
-dónde va?
-
-—Tengo que ver a un amigo junto a San Telmo.
-
-—Entonces no digo nada. Si va usted en esa dirección, no puedo
-llevarle. Y usted, Jenara, ¿a dónde quiere que la lleve?
-
-—Mil gracias, un millón de gracias, amigo mío —repuse—. El movimiento
-del coche me marea un poco. Me duele la cabeza y necesito respirar
-libremente y hacer algo de ejercicio. Mariana y yo nos iremos a dar una
-vuelta por la orilla del río.
-
-Bien sabía yo que el señor marqués no gustaba de pasear a pie, y que en
-aquellos días estaba medianamente gotoso. Yo no quería que de ningún
-modo sospechase Falfán que Salvador y yo necesitábamos estar solos. Al
-indicar yo que iría a pasear por la orilla del río, claramente decía a
-mi amado: «Ve allá y espérame, que voy corriendo, luego que me sacuda
-este abejón.»
-
-Comprendiéndome al instante, por la costumbre que tenía de estudiar sus
-lecciones en el hermoso libro de mis ojos, se despidió. Bien claro leí
-yo también en los suyos esta respuesta: «Allá te espero; no tardes.»
-
-Luego que nos quedamos solos, el marqués reiteró sus ofrecimientos.
-Parecía que no rodaba en el mundo más carruaje que el suyo, según la
-oficiosidad con que a mi disposición lo ponía.
-
-—La tarde está hermosa. Deseo pasear un poco a pie —repetí como quien
-ahuyenta una mosca.
-
-—Pues entonces —me contestó estrechándome la mano—, no quiero alejarme
-de aquí: aún debe pasar algo importante. A los pies de usted, señora.
-
-Al fin... al fin me soltó aquel gavilán de sus impías garras... Mariana
-y yo nos dirigimos apresuradamente a la margen del Guadalquivir.
-
-«¡Ahora sí que no te me escapas, amor!», pensaba yo.
-
-
-
-
-XXVI
-
-
-¡Cuán largo me pareció el camino! Mariana y yo íbamos con más prisa
-de la que a dos señoras como nosotras convenía. Pero aun conociendo
-que parecíamos gente de poco más o menos, cuando vi la Torre del Oro,
-los palos de los barcos y los árboles que adornan la orilla, avivé más
-el paso. No faltaba gente en aquellos deliciosos sitios; mas esto me
-importaba poco.
-
-—Vamos hacia San Telmo —dije a Mariana—. Creo que es aquel edificio que
-se ve más abajo entre los árboles.
-
-—Aquel es.
-
-—Mira tú hacia la izquierda y yo miraré hacia adelante para que no se
-nos escape.
-
-—Ya le veo, señora. Allí está.
-
-Mariana le distinguió a regular distancia, y yo también le vi. Me
-aguardaba puntualmente.
-
-«¡Ah, bribón, ya eres mío!», pensé, deteniendo el paso, segura al fin
-de que no se me escaparía.
-
-Él miraba hacia la puerta de Jerez, como si nos aguardara por allí.
-Avanzamos Mariana y yo, dando un pequeño rodeo para acercarnos a él
-por detrás, y sorprenderle, sacudiéndole el polvo de los hombros con
-nuestros abanicos. Yo sonreía.
-
-Distábamos de él unos diez pasos, cuando sentí que me llamaban.
-
-—¡Jenara, Jenara! —oí detrás de mí, sin poder precisar en el primer
-instante a quién pertenecía aquella horrible e importuna voz.
-
-Volvime, y el coraje me clavó los pies en el suelo. Era el marqués
-de Falfán de los Godos, que venía hacia mí sonriendo y cojeando. Tan
-confundida estaba, que nada pude decirle ni contestar a sus empalagosos
-cumplidos.
-
-—Vaya que ha corrido usted, amiguita —me dijo—. Yo acabo de llegar en
-coche... Es que en el momento de separarnos se me ocurrió una cosa...
-
-—¿Qué cosa?
-
-—Padecí un gran olvido —dijo relamiéndose—. Dispénseme usted. Como
-usted dijo que venía a pasear a este sitio...
-
-—¿Y qué?..., ¿qué?..., ¿qué?...
-
-Según me dijo después Mariana, yo echaba fuego por los ojos.
-
-—Que olvidé ofrecerme a usted para una cosa que sin duda le será muy
-agradable.
-
-—Señor marqués, usted se burla de mí.
-
-—¡Burlarme! No, hija mía; al punto que nos separamos, dije para mí:
-«¡Qué desatento he sido!» Puesto que va al río, debí brindarme a
-acompañarla para ver el vapor y mostrarle ese prodigio de la industria
-del hombre.
-
-—¡Usted está loco, sin duda! —afirmé ocultando todo lo posible mi
-despecho—. ¿Qué es eso del vapor? No entiendo una palabra.
-
-—¡El vapor, señora! Es lo que más llama la atención de todo Sevilla en
-estos días.
-
-—¿Y qué me importa? —dije bruscamente siguiendo mi camino.
-
-—Dispénseme usted si la he ofendido —añadió el marqués siguiéndome—;
-pero como venía usted a pasear al río, y como yo tengo entrada libre,
-siempre que quiero, en esa prodigiosa máquina, creí que la complacería
-a usted apresurándome a mostrársela.
-
-—¿Qué máquina es esa? —le pregunté deteniéndome.
-
-Al decir esto había perdido de vista al imán de mi vida.
-
-—Mire usted hacia allá, junto a la Torre del Oro.
-
-Miré, y en efecto vi un buque de forma extraña, con una gran chimenea
-que arrojaba negro y espeso humo. Sus palos eran pequeños, y sobre el
-casco sobresalía una armazón bastante parecida a una balanza.
-
-—¿Qué es eso? —pregunté al marqués.
-
-—El vapor, una invención maravillosa, señora. Esos ingleses son el
-demonio. Ya sabe usted que hay unas máquinas que llaman de vapor,
-porque se mueven por medio de cierto humo blanquecino que va colándose
-de tubo en tubo...
-
-—Ya sé...
-
-—Pues los ingleses han aplicado esta máquina a la navegación, y ahí
-tiene usted un barco con ruedas que corre más que el viento y contra
-el viento. Esto cambiará la faz del mundo. Yo lo he predicho y no me
-equivocaré.
-
-Mirando hacia la máquina prodigiosa, vi a Salvador que se dirigía hacia
-la Torre del Oro.
-
-—Veámoslo de cerca, señor marqués —dije marchando hacia allá—.
-Verdaderamente, ese barco con ruedas es una maravilla.
-
-—Creo que ahora va a dar un par de vueltas por el río, para que lo vean
-sus altezas reales, que están, si no me engaño, en la Torre del Oro.
-
-—Corramos.
-
-—¡Va toda la gente hacia allá! Descuide usted, podremos entrar si usted
-quiere. El capitán es muy amigo mío, y los consignatarios son mis
-banqueros.
-
-—¿De quién es esa máquina?
-
-—De una sociedad inglesa. De veras hubiera sentido mucho no mostrársela
-a usted esta tarde. Cuando me acordé, faltábame tiempo para acudir a
-reparar mi grosería.
-
-—Gracias, marqués.
-
-Dejé de ver entonces la luz de mi vida. Mi corazón se llenó de angustia.
-
-—Yo estaba seguro de agradar a usted —me dijo Falfán—. Es un asombro
-ese buque.
-
-—Un asombro, sí; apresuremos el paso.
-
-—¡Si no se nos ha de marchar!
-
-—¡Que se nos pierde de vista, que se nos va! —exclamé yo sin saber lo
-que decía.
-
-—Señora, si está anclado... Podemos verlo con toda calma.
-
-Nos acercamos a la Torre del Oro, junto a la cual estaba la nave
-maravillosa. Tenía dos ruedas como las de un batán, resguardadas por
-grandes cajones de madera pintados de blanco, con chimenea negra y
-alta, en cuyo centro estaba la máquina, toda grasienta y ahumada como
-una cocina de hierro, y el resto no ofrecía nada de particular. De sus
-entrañas negras salía una especie de aliento ardoroso y retumbante,
-cuyo vaho causaba vértigos. De repente daba unos silbidos tan fuertes,
-que había que taparse los oídos. En verdad, tal máquina infundía miedo.
-Yo no lo tuve, porque no podía fijar en ella resueltamente la atención.
-
-—¿Se atreve usted a entrar? —me dijo el marqués.
-
-Yo miré a todos lados, y vi reaparecer a mi amor perdido, saliendo de
-entre la muchedumbre, como el sol entre las nubes.
-
-—No, señor; yo me mareo solo de ver un barco —respondí a Falfán—. Estoy
-satisfecha con admirar desde fuera esta hermosa invención, y le doy a
-usted las gracias.
-
-Yo hubiera dado no sé qué porque el vapor echase a andar hacia la
-eternidad, llevándose dentro al marqués de Falfán de los Godos.
-
-—¡Oh! —exclamó él—. Embarquémonos. Yo le garantizo a usted que no se
-marea. Daremos un paseo hasta Aznalfarache. Vea usted cuántas personas
-entran.
-
-—Pues yo no me decido. Pero no se prive usted por mí del gusto de
-embarcarse. Adentro, señor mío. Yo me voy a mi casa.
-
-—¡Ah! No consiento yo que usted vaya sola a su casa —dijo con una
-galantería cruel que me asesinaba—. Yo la acompañaré.
-
-—Gracias, gracias... No necesito compañía.
-
-—Es que yo no puedo permitir...
-
-De buena gana habría cogido al marqués por el pescuezo como se coge
-a un pollo destinado a la cazuela, y le hubiera estrangulado con mis
-propias manos: ¡tal era mi rabia!
-
-—Al menos —añadió—, ya que lo hemos visto por la popa, vamos a verlo
-también por la proa.
-
-Al decir esto, el prócer dirigió sus miradas hacia la Maestranza, y sus
-ideas variaron de súbito.
-
-—Vamos. Por allí viene mi esposa —dijo señalando—. ¿La ve usted? Por
-último se ha atrevido a salir a paseo, aunque no está bien de salud.
-
-Miré y vi a la marquesa de Falfán, que venía con otra dama. También
-ellas, atraídas por la curiosidad, se dirigían hacia la Torre del Oro.
-
-—Aguardemos aquí —me dijo el marqués sonriendo—. Veremos si pasa sin
-notar que estamos aquí.
-
-Andrea y su amiga estaban ya cerca de nosotros, cuando Salvador pasó
-junto a ellas, se detuvo, las saludó y continuó andando a su lado. Nos
-reunimos los cinco.
-
-—¿También tú vienes a ver el vapor? —preguntó Falfán riendo—. Ya te
-dije que era una maravilla. ¿Y usted, señora doña María Antonia,
-también viene a ver el vaporcito?... Y usted, Salvador, no quiere ser
-menos. El que desee entrar que lo diga, y nos embarcaremos.
-
-— ¿Yo?... —dijo la Marquesa después de saludarme—. Tengo miedo. Dicen
-que revienta la caldera cuando menos se piensa.
-
-—¿De modo que eso tiene una caldera como las fábricas de jabón?
-—preguntó doña María Antonia llevando a sus ojos el lente que usaba.
-
-—Entran ustedes, ¿sí o no? —dijo el marqués, empeñado siempre en
-reclutar gente.
-
-—Yo no entraré —repuso la dama con desdén—: me mareo solo de ver ese
-horrible aparato. Además, tengo que hacer.
-
-—¿A dónde vas ahora? —preguntó Falfán de mal talante.
-
-—A las tiendas de la calle de Francos. Ya sabes que necesito comprar
-varias cosillas.
-
-—Pero si no has paseado aún...
-
-—¿Que no? Señora doña María Antonia, dice que no hemos paseado... Si
-hace más de hora y media que estamos aquí dando vueltas. Ya nos íbamos
-cuando te vimos, y volví atrás para rogarte que nos acompañes.
-
-—¡Yo! —indicó el marqués con mucho disgusto—. Ya sabes que no me agrada
-ir a tiendas.
-
-—Y a mí no me gusta ir sola.
-
-—Doña María Antonia...
-
-—Es señora, y para ir a las tiendas conviene la compañía de un
-caballero. Mira, hijito, no te apures por eso: Salvador nos acompañará.
-
-—Con mil amores —dijo mi amigo inclinándose—. Tengo mucho honor en
-ello.
-
-Cuando allí mismo no abofeteé a mi amante, a la dama, al marqués, a
-doña María Antonia y a mí misma, de seguro queda demostrado que soy una
-oveja.
-
-—Sí, amigo Monsalud —manifestó Falfán—, acompáñelas usted, se lo
-suplico. Jenara y yo nos embarcaremos.
-
-¡Se marcharon! ¡Ay! No sé cómo lo escribo. Se marcharon sin que yo
-los estrangulase. Dentro de mí había un volcán mal sofocado por mi
-disimulo. El marqués me hablaba sin que yo pudiese responderle, porque
-estaba furiosamente absorta y embrutecida por el despecho que llenaba
-mi alma.
-
-—Nos embarcaremos —me dijo Falfán relamiéndose como un gato a quien
-ponen plato de su gusto.
-
-—¡Ah, señor marqués! —dije de improviso apoderándome de una idea
-feliz—. Ahora me acuerdo de una cosa... ¡Qué memoria la mía!
-
-—¿Qué, señora?
-
-—Que yo también tengo que comprar algunas cosillas. ¿No es verdad,
-Mariana?
-
-—¿De modo que va usted...?
-
-—Sí, señor; ahora mismo... Son cosas que necesito esta misma noche.
-
-—¿Y hacia dónde piensa dirigirse?
-
-—Hacia la calle de las Sierpes... o la de Francos. Son las únicas que
-conozco.
-
-—Pues la acompañaré a usted.
-
-Hizo señas a su cochero para que acercase el coche.
-
-—Mi mujer —añadió— se enfadará conmigo porque no quise acompañarla y
-la acompaño a usted.
-
-No hice caso de sus cumplidos ni de sus excusas.
-
-—Vamos, vamos pronto —dije subiendo al coche.
-
-Este nos dejó en la plaza de San Francisco. Nos dirigimos a las
-tiendas, recorrimos varias calles; pero, ¡ay! estábamos dejados de la
-mano de Dios. No les encontramos; no les vimos por ninguna parte.
-
-En mi cerebro se fijaba con letras de fuego esta horrible pregunta: «¿a
-dónde irán?»
-
-Cuando el marqués me dejó en mi casa, avanzada ya la noche, yo tenía
-calentura. Retireme a pensar y a recordar y a formar proyectos para el
-día siguiente; pero mi cerebro ardía como una lámpara; no pude dormir;
-hablaba a solas sin poder olvidar un solo momento el angustioso tema
-de mi vida en aquellos días. Por último, mis nervios se aplacaron un
-tanto, y me consolé pensando y hablando de este modo:
-
-—¡Mañana, mañana no se me escapará!
-
-
-
-
-XXVII
-
-
-Al levantarme con la cabeza llena de brumas, pensé en la extraña ley de
-las casualidades que a veces gobiernan la vida. En aquella época creía
-yo aún en las casualidades, en la buena o mala suerte y en el destino,
-fuerzas misteriosas que ciegamente, según mi modo de ver, causaban
-nuestra felicidad o nuestra desgracia. Después han variado mucho mis
-ideas, y tengo poca fe en el dogma de las casualidades.
-
-Mi cerebro estaba aquella mañana, como he dicho, cargado de neblinas.
-Pero el día amaneció muy hermoso, y para 12 de junio en Andalucía, no
-era fuerte el calor. Sevilla sonreía convidando a las dulces pláticas
-amorosas, a las divagaciones de la imaginación y a exhalar con suspiros
-los aromas del alma que van desprendiéndose y saliendo, ya gimiendo,
-ya cantando, entre vagas sensaciones que son a la manera de una pena
-deliciosa.
-
-Pero yo continuaba con mi idea fija y la contrariedad que me
-atormentaba. A ratos analizaba aquel singular estado mío, asombrándome
-de verme tan dominada por un capricho vano. Es verdad que yo le amaba;
-pero ¿no había sabido consolarme honradamente de su ausencia después
-de Benabarre? ¿Por qué en Sevilla ponía tanto empeño en tenerle a mi
-lado? ¿Acaso no podía vivir sin él? Meditando en esto, me creía muy
-capaz de prescindir de él en la totalidad de la vida; pero en aquel
-caso mi corazón había soltado prendas, habíase fatigado mucho, había,
-digámoslo así, adelantado imaginariamente gran parte de sus goces, y
-padecía horriblemente hasta hacerlos efectivos. El suplicio de Tántalo
-a que estaba sujeto irritábale más, y ya se sabe que las ambiciones
-más ardientes son las del corazón, y que en él residen los caprichos
-y la terrible ley satánica que ordena desear más aquello que más
-resueltamente nos es negado. Así se explica la indecorosa persecución
-de un hombre en que yo, sin poder dominarme, estaba empeñada.
-
-Ordené a Mariana que se preparase para salir conmigo. Mientras yo me
-peinaba y vestía, díjome que había oído hablar de la partida de Su
-Majestad aquella misma tarde, y que Sevilla estaba muy alborotada. Poco
-me interesaba este tema y le mandé callar; pero después me contó cosas
-muy desagradables. En la noche anterior, y por la mañana, dos diputados
-residentes en la misma casa, y que entre manos traían la conquista de
-mi criada, le habían hecho, con respecto a mí, indicaciones maliciosas.
-Según me dijo, eran conocidas y comentadas mis relaciones con el
-secretario del duque del Parque. ¡Maldita sociedad! Nada en ella puede
-tenerse secreto. Es un sol que todo lo alumbra, y en vano intenta el
-amor hallar bajo él un poco de sombra. A donde quiera que se esconda
-vendrá a buscarle la impertinente claridad del mundo, de modo que por
-mucho que os acurruquéis, a lo mejor os veis inundados por los rayos
-de la intrusa linterna que va buscando faltas. El único remedio contra
-esto es arrojar mucha, muchísima luz sobre las debilidades ajenas, para
-que las propias resulten ligeramente oscurecidas. No sé por qué desde
-que Mariana vino a mí con aquellos chismes, me figuré que mi difamación
-procedía de los labios de la marquesa de Falfán. «¡Ah, bribona! —dije
-para mí—, si yo hablara...»
-
-Las hablillas no me acobardaron. Siendo culpable, hice lo que
-corresponde a la inocencia: despreciar las murmuraciones.
-
-Cuando manifesté a Mariana que pensaba ir a buscarle a su propia casa,
-hízome algunas observaciones que me desagradaron, sin que por ellas
-desistiera yo de mi propósito.
-
-—¿No averiguaste ayer la casa donde vive?
-
-—Sí, señora: en la calle del Oeste. Pero usted no repara que en la
-misma casa viven también otras personas de Madrid que conocen a la
-señora...
-
-Ninguna consideración me detenía. Escribí una carta para dejarla en la
-casa si no le encontraba, y salimos. Mariana conocía bien Sevilla, y
-pronto me llevó a la calle del Oeste, hacia la Alameda Vieja, junto a
-la Inquisición. Salvador no estaba. Dejé mi carta, y corrimos a casa,
-porque al punto sospeché que mientras yo le buscaba en su vivienda, me
-buscaba él en la mía. Así me lo decía el corazón impaciente.
-
-—Me aguardará, de seguro —pensé—. Ahora, ahora sí que no se me escapa.
-
-En mi casa no había nadie, pero sí una esquela. Salvador estuvo a
-visitarme durante mi ausencia, y no pudiendo esperar, a causa de sus
-muchas ocupaciones, dejome también una carta en que así lo manifestaba,
-añadiendo, entre expresiones cariñosas, que por la tarde, a las
-cuatro en punto, me aguardaba en la catedral. Después de indicar la
-conveniencia de no volver a mi casa, me suplicaba que no faltase a la
-cita en la gran basílica y en su hermoso patio de los Naranjos. Tenía
-preparado un coche en la puerta de Jerez para irnos de paseo hacia
-Tablada.
-
-—¡Gracias a Dios! —exclamé—. Esta tarde...
-
-Tomando mis precauciones para que nadie me importunase y poder estar
-libre a la hora de la cita, consagré algunas al descanso. Pero la
-inquietud me abrasaba, y a las tres me fui a la catedral. Era la hora
-del coro, y los canónigos entraban uno tras otro por la puerta del
-Perdón. Algunos se detenían a echar un parrafito en el patio de los
-Naranjos, paseando junto al púlpito de San Vicente Ferrer.
-
-Al encontrarme dentro de la iglesia, la mayor que yo había visto, sentí
-una violenta irrupción de ideas religiosas en mi espíritu. ¡Maravilloso
-efecto del arte, que consigue lo que no es dado alcanzar a veces ni aun
-a la misma religión! Yo miraba aquel recinto grandioso, que me parecía
-una representación del universo. Aquel alto firmamento de piedra, así
-como las hacinadas palmas que lo sustentan, y el eminente tabernáculo,
-que es cual una escala de santos que sube hasta Dios, dilataban mi
-alma haciéndola divagar por la esfera infinita. La suave oscuridad del
-templo hace que brillen más las ventanas, cuyas vidrieras son como un
-fantástico muro de piedras preciosas. Las vagas manchas luminosas de
-azul y rosa que las ventanas arrojan sobre el suelo, se me figuraban
-huellas de ángeles que habían huido al sentir nuestros pasos.
-
-Las ideas abrumaban mi mente. Senteme en un banco; sentía la necesidad
-de meditar. Delante de mis pies, a manera de alfombra de luces, se
-extendía la transparencia de una ventana. Alzando los ojos veía las
-grandiosas bóvedas. Zumbaba en mis oídos el grave canto del coro, y a
-intervalos una chorretada de órgano, cuyas maravillosas armonías me
-hacían estremecer de emoción, poniendo mis nervios como alambres. A
-poca distancia de mí, a la izquierda, estaba la capilla de San Antonio,
-toda llena de luces, por ser 12 de junio, víspera del santo, y de
-hermosos búcaros con azucenas y rosas. Volviendo ligeramente la cabeza,
-veía el cuadro de Murillo y su espléndido altar.
-
-Yo pensaba en cosas religiosas; pero mi egoísmo las asociaba al amoroso
-afán que me poseía. Pensaba en la santidad de la unión sancionada
-por la Iglesia y de los lazos matrimoniales cuando son acertados.
-Consideraba lo feliz que hubiera sido yo no equivocando, como
-equivoqué, la elección de marido. También pasó por mi mente, aunque
-con gran rapidez, el recuerdo de la infeliz joven a quien con mis
-engaños precipité en los azares de un viaje absurdo; pero esto duró
-poco, y además me apresuré a sofocar tan triste memoria, dirigiendo el
-pensamiento a otra cosa.
-
-La imagen que tan cerca estaba atraje mi atención. Aquel santo tan
-bueno, tan humilde, compañero y amigo de los pobres, es, según dicen,
-el abogado de los amores y de los objetos perdidos. Ocurriome rezarle,
-y le recé con fervor, de labios y aun de corazón, porque en aquel
-instante me sentía piadosa. No solo le pedí como enamorada, sino
-como quien busca y no encuentra cosas de gran valor; y mientras más
-le rezaba, más me sentía encendida en devoción y llena de esperanza.
-Concluí adquiriendo la seguridad de que mi afán se calmaría aquella
-misma tarde; y juzgando que mi entrada en la catedral, como punto de
-cita, era obra de la Providencia, mi alma se alivió, y aquella tensión
-dolorosa en que estaba fue cesando poco a poco.
-
-¿Cómo no esperar, si aquel santo era tan bueno, tan complaciente que
-mereció siempre el amor y la veneración de los enamorados? No pude
-estar allí todo el tiempo que habría deseado, porque me daba vértigo el
-olor de las azucenas, y también porque la hora de la cita se acercaba.
-Cuando salí al patio, y en el momento de pasar bajo el cocodrilo que
-simboliza la prudencia, la alta campana de la Giralda dio las cuatro.
-
-No habíamos llegado al púlpito de San Vicente Ferrer, cuando Mariana y
-yo nos miramos aterradas. Sentíamos un ruido semejante al de las olas
-del mar. Al mismo tiempo mucha gente entraba corriendo.
-
-—¡Revolución, señora, revolución! —gritó Mariana temblando—. No
-salgamos.
-
-La curiosidad, venciendo el miedo, me llevó con más presteza hacia la
-puerta. Vi regular gentío que llenaba todo el sitio llamado Gradas de
-la Catedral, y parecía extenderse por delante del Palacio arzobispal
-y la Lonja hasta el Alcázar. Pero la actitud de la muchedumbre era
-pacífica, y más parecía de curiosos que de alborotadores. Al punto
-comprendí que la salida de la corte motivaba tal reunión de gente, y
-se calmaron mis súbitas inquietudes. Esperaba ver de un momento a otro
-a la persona por quien había ido a la catedral, y mis ojos la buscaron
-entre el gentío.
-
-«Aguardaremos un poco», pensé dando un suspiro.
-
-La muchedumbre se agitó de repente, murmurando. Por entre ella trataba
-de abrirse paso un regimiento de caballería que apareció por la
-calle de Génova. Entrad la mano en un vaso lleno de agua, y esta se
-desbordará; introducid un regimiento de caballería en una calle llena
-de curiosos, y veréis lo que pasa. Por la puerta del Perdón penetró
-un chorro que salpicaba dicharachos y apostrofes andaluces contra
-la tropa, y tal era su ímpetu, que los que allí estábamos tuvimos
-que retroceder hasta el centro del patio. Entonces un sacristán y un
-hombre forzudo y corpulento, de esos que desempeñan en toda iglesia
-las bajas funciones del transporte de altares, facistoles o bancos, o
-las altísimas de tocar las campanas y recorrer el tejado cuando hay
-goteras, se acercaron a la puerta, y después de arrojar fuera toda la
-gente que pudieron, cerraron con estruendo las pesadas maderas. Corrí
-a protestar contra un encierro que me parecía muy importuno; mas el
-sacristán, alzando el dedo, arqueando las cejas y ahuecando la voz como
-si estuviera en el púlpito, dijo lacónicamente:
-
-—De orden del señor deán.
-
-
-
-
-XXVIII
-
-
-Mucho me irritó la orden del señor deán, que sin duda no esperaba a una
-persona amada, y entré en la iglesia consolándome de aquel percance con
-la idea de que en edificio tan vasto no faltarían puertas por donde
-salir. Pasamos al otro lado; pero en la puerta que da a la plaza de la
-Lonja, otro ratón de iglesia me salió al encuentro después de echar los
-pesados cerrojos, y también dijo:
-
-—De orden del señor deán.
-
-«¡Malditos sean todos los deanes!», exclamé para mí, dirigiéndome a
-la puerta que da a la fachada. Allí, un viejo con gafas, sotana y
-sobrepelliz, se restregaba las manos gruñendo estas palabras:
-
-—Ahora, ahora va a ser ella. Señores liberales, nos veremos las caras.
-
-Yo fui derecha a levantar el picaporte; pero también aquella puerta
-estaba cerrada, y el sacristán viejo, al ver mi cólera, que no podía
-contener, alzó los hombros disculpándose con la orden de la primera
-autoridad capitular. El de las gafas añadió:
-
-—Hasta que no pase la gresca no se abrirán las puertas.
-
-—¿Qué gresca?
-
-—La que han armado con la salida del rey loco. Mi opinión, señora, es
-que ahora va a ser ella, porque hay un complot que no lo saben más de
-cuatro.
-
-Volvió a restregarse las manos fuertemente, guiñando un ojo.
-
-—¿Y a qué hora sale Su Majestad?
-
-—A las seis, según dicen; pero antes ha de correr la sangre por las
-calles de Sevilla como cuando la inundación de hace veinte años, la
-cual fue tan atroz, que por poco fondean los barcos dentro de la
-catedral.
-
-—¡De modo que estaré encerrada aquí hasta las seis! —exclamé llena de
-furor—. Esto no se puede sufrir, es un abuso, un escándalo. Me quejaré
-a las autoridades, al rey.
-
-—El rey está loco —dijo el viejo con horrible ironía.
-
-—Al gobierno; me quejaré al arzobispo. O me dejan salir o gritaré
-dentro de la iglesia, reclamando mi derecho.
-
-Discurrí con agitación indecible por la iglesia, nave arriba, nave
-abajo, saliendo de una capilla y entrando en otra, pasando del patio
-al templo y del templo al patio. Miraba a los negros muros buscando un
-resquicio por donde evadirme, y enfurecida contra el autor de orden tan
-inicua, me preguntaba para qué existían deanes en el mundo.
-
-Los canónigos dejaban el coro y se reunían en su camarín, marchando de
-dos en dos o de tres en tres, charlando sobre los graves sucesos. Los
-sochantres y el fagotista se dirigían piporro en mano a la capilla de
-música, y los inocentes y graciosos niños de coro, al ser puestos en
-libertad, iban saltando, con gorjeos y risas, a jugar a la sombra de
-los naranjos.
-
-Varias veces, en las repetidas vueltas que por toda la iglesia di, pasé
-por la capilla de San Antonio. Sin que pueda decir que me dominaban
-sentimientos de irreverencia, ello es que mi compungida devoción al
-santo había desaparecido. No le miré con aversión; pero si con cierto
-enojo respetuoso, y en mi interior le decía: «¿Es esto lo que yo tenía
-derecho a esperar? ¿Qué modo de tratar a los fieles es este?»
-
-Mi egoísmo había llegado al horrible extremo de pedir cuenta a la
-divinidad de los desaires que me hacía. Irritábame contra el cielo,
-porque no satisfacía mis caprichos.
-
-Pero, ¡maldita hora!, quien a mí me irritaba verdaderamente era el
-deán tirano que mandaba encerrar a la gente porque se le antojaba.
-Desde que le vi salir del coro en compañía del arcediano, moviéndose
-muy lentamente a causa del peso de su descomunal panza, le tuve por un
-realistón furibundo, sin que por esto me fuese menos antipático. ¿Por
-qué habían cerrado las puertas? Por poner el sagrado recinto a salvo de
-una invasión plebeya, e impedir que el bullicio de los vivas y mueras
-turbase la santa paz de la casa de Dios. Con todo su celo no pudo el
-señor deán conseguirlo, y desde el patio oíamos claramente los gritos
-de la muchedumbre y el paso de la caballería. La Giralda cantó las
-cinco, cantó las seis, y la deplorable situación no cambiaba, ni las
-puertas se abrían, ni se desvanecía el rumor del pueblo. Yo creo que
-si aquello se prolonga demasiado, me atrevo a decir dos palabras al
-buen canónigo encerrador. Por fin no era yo sola la impaciente: otras
-muchas personas, detenidas como yo, se quejaban igualmente, y todos nos
-dirigíamos en alarmante grupo al sacristán; pero sin conseguir nada.
-
-—Cuando Su Majestad haya salido de Sevilla —nos respondía—, o se arma
-la de San Quintín, o todo quedará tranquilo.
-
-Por fin, después de las siete, la puerta del Perdón se abrió y vimos
-las Gradas y la gente que iba y venía sin tumulto. Yo me arrojé a la
-calle como se arrojaría en el agua aquel cuyos vestidos ardieran.
-Miraba a un lado y otro; me comía con los ojos a cuantos pasaban;
-caminé apresuradamente hacia la Lonja y hasta el Alcázar; mi cabeza
-se movía sin cesar, dirigiendo la vista a todo semblante humano.
-¡Afán inútil!... Yo buscaba y rebuscaba, y mi hombre no aparecía en
-ninguna parte... Ya se ve... ¡las siete de la tarde! Se cansaría de
-aguardarme... tendría que hacer...
-
-Volví de nuevo a la catedral, recorrila toda, salí, di la vuelta
-por la Lonja; pero, ¡ay!, si diera la vuelta a toda la tierra, creo
-que tampoco le encontrara: ¡tal era la horrible insistencia de mi
-desgracia! Y, sin embargo, hasta en las baldosas del piso, en el aire y
-en el sonido, hallaba no sé qué indicio misterioso de que él me había
-aguardado allí largas horas. Esto era para morir.
-
-Después de mucho correr, senteme en un banco de piedra junto a la
-Lonja. Tanto me enfadaba la gente que veía regresar del Alcázar y de
-la puerta de San Fernando, que si las llamas de furor que abrasaban mi
-pecho fueran materiales, de buena gana hubiera vomitado fuego sobre
-los que pasaban ante mí. Venían de ver partir al rey loco. Muchos se
-lamentaban de que se tratase de tal suerte al soberano de Castilla.
-¡Menguados! ¿porqué no tomaban las armas? Sí, ¿por qué no las tomaban?
-Me habría gustado ver a todos los habitantes de Sevilla destrozándose
-unos a otros.
-
-La Giralda cantó otra hora, no sé cuál, y entonces me decidí a tomar
-nueva resolución.
-
-—Vamos a su casa —dije a Mariana.
-
-—Es de noche, señora.
-
-La infeliz no quería alejarse mucho de la casa. Pero no le contesté y
-nos pusimos en camino para la calle del Oeste.
-
-—¿Y si no está? —indicó mi criada—. Porque es muy posible que con estas
-cosas...
-
-—¿Qué cosas?
-
-—Estas revoluciones, señora.
-
-—Si no hay nada.
-
-—Pues... como se han llevado al rey después de volverle loco... En el
-patio de la catedral decía uno que tendremos revolución mañana cuando
-se marche el gobierno, porque el gobierno se marchará.
-
-—Déjalo ir: no nos hace falta. Date prisa.
-
-—Pues yo creo que nos llevaremos otro chasco.
-
-—Si no está en su casa, le esperaré.
-
-—¿Y si no vuelve hasta muy tarde?
-
-—¡Hasta muy tarde le esperaré!
-
-—¿Y si no vuelve hasta mañana?
-
-—Hasta mañana le esperaré. No me muevo de su casa hasta que le vea.
-Ahora, ahora sí que no se me escapa. ¿Concibes tú que se me pueda
-escapar?
-
-
-
-
-XXIX
-
-
-Diciendo esto, mi corazón, oprimido por tantos desengaños, se
-ensanchaba, llenándose otra vez de esperanza, de ese don del cielo que
-jamás se agota y que a nadie puede faltar.
-
-—Pues no veo yo muy tranquila esta noche la ciudad de Sevilla —indicó
-Mariana—. Si, como dicen, se ha marchado toda la tropa, puede que nos
-despertemos mañana en un charco de sangre.
-
-Echeme a reír, burlándome de sus ridículos temores, y seguimos
-avanzando con bastante presteza hacia la calle del Oeste. Detúveme
-antes de llamar en su casa, para que un breve descanso disimulara mi
-sofocación y se amortiguasen las llamaradas de mis mejillas.
-
-—Sentémonos —dije a Mariana— al amparo de este árbol. Ahora no hay gran
-prisa. Ya le tengo cogido. Estoy tranquila. Él ha de venir a su casa.
-Ahora, ahora sí que le tengo en mi mano.
-
-Cuando llamamos en la reja que daba entrada al patio, una mujer nos
-dijo que el señor Monsalud no estaba en casa.
-
-—Pues tengo que hablarle precisamente esta noche, y le esperaré —dije
-resueltamente.
-
-Yo no reparaba en conveniencia alguna social. En el estado de mi
-espíritu, nada tenía fuerza para contenerme. Importábame ya muy poco
-que me vieran, que me conocieran, que me señalasen con el dedo, ni
-que el vulgo suspicaz y murmurador me hiciera objeto de burlas y
-comentarios deshonrosos.
-
-Al principio vacilaba en dejarme entrar la mujer que me abrió la
-puerta; pero tanto insté y con tan arrogante autoridad me expresaba,
-que al fin me llevó a una sala baja. Allí estaba un viejecillo que,
-a la débil claridad de un velón de cobre, arreglaba baúles y cajas,
-poniendo en ellas libros, ropa y papeles. Era un tal Bartolomé
-Canencia. Él no debía conocerme; pero se apresuró a saludarme con
-extremada cortesía. Cual si comprendiera las ansias que yo padecía
-aquella noche, dijo:
-
-—No está en casa, ni puedo asegurar que venga pronto; pero sí que
-vendrá. Necesitamos arreglar todo para nuestra partida.
-
-—¿Cuándo?
-
-—Mañana. Nos vamos con el gobierno. ¿Quién se atreverá a quedarse
-aquí después que marchen los ministros? Esto es un volcán realista.
-En cuanto desaparezca el gobierno que obstruye el cráter, se agitará
-con fuego y vapores vomitando horrores. ¡Pobre Sevilla! no ha querido
-oír mis consejos, los consejos de la experiencia, señora; hela aquí en
-poder del realismo más brutal. Este pueblo, tan célebre por su riqueza
-y por su gracia como por sus procesiones, está infestado de curas, y
-aquí los curas son ricos.
-
-Ya me fastidiaba esta conversación, y hábilmente la desvié de la
-política haciéndola recaer sobre mi objeto. Canencia contestó a mis
-preguntas de una manera categórica.
-
-—Esta tarde salimos juntos —me dijo—. Él se quedó en las Gradas de
-la catedral, donde tenía una cita, y yo seguí hacia el Alcázar para
-asistir a la salida de Su Majestad... Luego nos encontramos de nuevo a
-eso de las siete: parecía disgustado, sin duda porque la cita no pudo
-verificarse. Entramos en casa, y a poco salió para ver a Calatrava.
-Díjome que volvería a arreglar su equipaje, y aquí me tiene usted
-arreglando el mío, señora, para lo que se le ofrezca mandar. De modo
-que si usted desea algo en Cádiz, puede dar sus órdenes con toda
-franqueza.
-
-—Yo también pienso ir a Cádiz.
-
-—¡Usted también! Bueno es que vayan todos —dijo con ironía maliciosa—
-para que se haga con solemnidad el entierro de la Constitución. Allí
-nació, señora, y allí le pondremos la mortaja; que todo lo que nace ha
-de perecer... ¡Si se hubieran seguido mis consejos, señora!... pero
-los hombres se han dejado enloquecer por la ambición y la vanidad.
-Ya no existen aquellos repúblicos austeros, aquellos filósofos
-incorruptibles, aquellos sectarios de la honradez más estricta y de
-la sabiduría ateniense, hombres que con un pedazo de pan, un vaso de
-agua y un buen libro se pasaban la mayor parte de la vida. Ahora todo
-es comer a dos carrillos, pedir destinos, figurar... en una palabra,
-señora, ya no hay virtudes cívicas.
-
-—¿Y es seguro que el gobierno marcha mañana? —le pregunté para
-desviarle de su fastidiosa disertación.
-
-—Segurísimo. No puede ser de otra manera.
-
-—¿Por tierra?
-
-—Por agua, señora. Los ministros y diputados marchan en el vapor.
-
-—¿Y usted y Salvador van también en el vapor?
-
-—Iremos donde podamos, señora, aunque sea en globo por los aires.
-
-Él siguió arreglando sus maletas, y yo me abrumé en mis pensamientos.
-En la sala había un reloj de _cucú_ con su impertinente pájaro, de esos
-que asoman al dar la hora y nos hacen tantas cortesías como campanadas
-tiene aquella. Nunca he visto un animalejo que más me enfadase, y cada
-vez que aparecía y me saludaba mirándome con sus ojillos negros y
-cantando el cucú, sentía ganas de retorcerle el pescuezo para que no me
-hiciera más cortesías. El pájaro cantó las nueve y las diez y las once,
-y con su insolente movimiento y su desagradable sonido parecía decirme:
-«¿Qué tal, señora, se aburre usted mucho?»
-
-Todo el que ha esperado comprenderá mi agonía. Aquel resbalar del
-tiempo, aquella veloz corrida de los minutos que pasan de nuestra
-frente a nuestra espalda, amontonándose atrás el tiempo que estaba
-delante, es para enloquecer a cualquiera. Cuando no hay un reloj que
-lleve la cuenta exacta de la cantidad de esperanza que se desvanece y
-de la paciencia que se gasta grano a grano, menos mal; pero cuando
-hay reloj y este reloj tiene un pájaro que hace reverencias cada
-sesenta minutos y dice _cucú_, no hay espíritu bastante fuerte para
-sobreponerse a la pena. Ya cerca de las doce me decía yo: «¡Si no
-vendrá!»
-
-Habiendo manifestado mis dudas al viejo Canencia, que parecía algo
-molesto por la duración de mi visita, me dijo:
-
-—Puede que venga y puede que no venga. Seguramente estará ahora en
-el café del Turco o en casa del duque del Parque. Ya es media noche.
-Dentro de unas cuantas horas será de día, y... ¡en marcha todo el mundo
-para Cádiz!
-
-Mariana bostezaba, siendo imitada por Canencia. Yo me sostenía
-intrépida, sin sueño ni cansancio, resuelta a estar un año en aquel
-sitio, si un año tardaba en venir mi hombre.
-
-—De todas maneras —dije a Canencia—, si se marcha mañana ha de venir a
-arreglar su equipaje.
-
-—Es muy posible, señora —me contestó secamente—. En caso de que quiera
-usted retirarse, puede con toda confianza dejar el recado verbal que
-guste. Yo se lo transmitiré puntualmente y con la fidelidad de un
-verdadero amigo.
-
-—Gracias.
-
-—Le diré que ha estado aquí... Aunque usted no me ha dicho su nombre,
-yo creo conocer a la persona con quien tengo el honor de hablar,
-por haberla visto en Madrid algunas veces... ¿No es usted la señora
-marquesa de Falfán?
-
-Esta pregunta me hizo estremecer en mi interior, como si un rayo pasara
-por mí. Pero dominándome con soberano esfuerzo, repuse gravemente, con
-afectada vergüenza.
-
-—Sí, señor: soy la marquesa de Falfán. Fiada en la discreción de usted,
-me he aventurado a esperar aquí en hora tan impropia.
-
-—Señora, yo soy un sepulcro, y además un amigo fiel de ese excelente
-joven; y como le debo no pocos beneficios, a la amistad se une la
-gratitud. Puede usted con toda libertad confiarme lo que quiera. Es muy
-posible que él no pueda verla a usted esta noche. Estará muy ocupado, y
-sin duda el viaje de mañana trastorna sus planes, porque si no recuerdo
-mal, hoy me dijo que pensaba despedirse de usted, por la noche, en casa
-de doña María Antonia.
-
-Al oír esto me quedé como mármol, y en seguida se me llenó el corazón
-de ascuas. Desplegué los labios para preguntar: «¿dónde vive esa doña
-María Antonia?» pero me contuve a tiempo comprendiendo la gran torpeza
-que iba a cometer. Evocando toda mi habilidad de cómica, dije:
-
-—Así pensábamos; pero no ha podido ser.
-
-El infame pájaro se asomó a su nicho, y burlándose de mí cantó la una.
-Yo me ahogaba, porque a mis primeras fatigas se unía, desde que habló
-aquel hombre, la inmensa sofocación de un despecho volcánico de los
-celos que me mataban. En mi cerebro se encajaba una corona de brasas
-resplandecientes; mi corazón chorreaba sangre, herido por mil púas
-venenosas. Mi afán, mi deseo más vivo era morder a alguien.
-
-Esperé más. Canencia seguía bostezando y Mariana dormitaba. Yo sentía
-en mis oídos un zumbido extraño, el zumbido del silencio nocturno, que
-es como un eco de mares lejanos, y deshaciéndome esperaba. Habría dado
-mi vida entera por verle entrar, por poder hablarle a solas un momento,
-arrojando sobre él las palabras, la furia, la hiel que se desbordaban
-en mí. A ratos balbucía terribles injurias, que siendo tan infames, a
-mí me parecían rosas.
-
-El vil pajarraco volvió a chancearse conmigo, y haciendo la reverencia
-más pronunciada y el canto más fuerte, anunció las dos.
-
-—¡Las dos!... ¡pronto será de día! —exclamé.
-
-—Fijamente no viene ya, señora. Es que se embarca con los diputados
-—dijo Canencia, dando a entender con sus bostezos que de buena gana
-dormiría un rato.
-
-—¿Y a qué hora se embarcan los diputados?
-
-—Al rayar el día: así se dijo anoche en el salón del Congreso, cuando
-se levantó la sesión, que ha durado treinta y tres horas.
-
-Estuve largo rato dudando lo que debía hacer. Delante de mi pensamiento
-daba vueltas un círculo de fuego que alternativamente, en su lenta
-rotación, mostrábame dos preguntas. Primera: ¿_Y si viene después que
-yo me vaya_? Segunda: ¿_Y si se embarca en el muelle mientras yo estoy
-aquí_?
-
-Yo veía pasar una pregunta, después otra. La segunda sustituía a la
-primera, y la primera a la segunda en órbita infinita. Ambas tenían
-igual claridad, ambas me deslumbraban y me enloquecían de la misma
-manera. Yo, que por lo general me decido pronto, entonces dudaba.
-Cuando la voluntad se iba inclinando de un lado, el pensamiento
-llamábame del otro, y así contrabalanceados los dos, ponían mi alma
-en estado de terrible ansiedad. Largo rato permanecí en esta dolorosa
-incertidumbre. Los minutos volaban, y acercándose aquel en que era
-preciso resolver definitivamente, el silencio mismo llegó a impresionar
-mi cerebro como un bramido intolerable, formado por mil voces. Oía el
-latir de mi corazón como se oye un secreto que nos dicen al oído; mi
-sangre ardía, y por fin aquella misma palpitación de mi alborotado seno
-fue como una voz que hablaba diciéndome: «Anda, anda.»
-
-El pájaro, riendo como un demonio burlón, me saludó tres veces con su
-cortesía y su infernal _cucú_. Eran las tres.
-
-—Pronto será de día —dijo Canencia dejando caer sobre el pecho su
-cabeza venerable.
-
-Levanteme. Estaba decidida. Pareciome que don Bartolomé, al verme
-dispuesta a partir, vio el cielo abierto. Despedime de él bruscamente,
-y salimos.
-
-—¿Adónde vamos, señora? —me dijo Mariana—. ¿No es hora de retirarnos ya
-a descansar?
-
-—Todavía no.
-
-—¡Señora, señora, por Dios!... Está amaneciendo. No hemos cenado, no
-hemos dormido...
-
-—Calla, imbécil —le dije clavando mis dedos en su brazo—. ¡Calla, o te
-ahogo!
-
-
-
-
-XXX
-
-
-Amanecía, y multitud de hombres de mal aspecto vagaban por la calle.
-Veíanse paisanos armados, y muchos guapos de la Macarena y de Triana.
-Mi criada tuvo miedo; pero yo no. Repetidas veces nos vimos obligadas
-a variar de rumbo para evitar el encuentro de algunos grupos en que se
-oía el ronco estruendo de ¡_vivan las caenas_!, ¡_muera la nación_!
-
-Llegamos por fin al río. Ya el día había aclarado bastante, y desde la
-puerta de Triana vimos la chimenea del vapor, que despedía humo.
-
-—Si esos barcos de nueva invención humean al andar —dije—, el vapor se
-marcha ya.
-
-Desde la puerta de Triana a la Torre del Oro se extendía un cordón de
-soldados de artillería. En la puerta de Jerez había cañones. Nada de
-esto me arredraba, porque mi exaltación me infundía grandes alientos,
-y hablando al oficial de artillería, logré pasar hasta la orilla,
-donde algunas tablas, sostenidas sobre pilotes, servían de muelle. El
-vapor bufaba como animal impaciente que quiere romper sus ligaduras
-y huir. Multitud de personas se dirigían al embarcadero. Reconocí a
-Canga-Argüelles, a Calatrava, a Bertrán de Lis, a Salvato, a Galiano y
-a otros muchos que no eran diputados.
-
-«Él se irá también —pensé—. Vendrá aquí de seguro... Pero no, no creo
-que se me pueda escapar.»
-
-Una idea grandiosa cruzó por mi mente, una de esas ideas napoleónicas
-que yo tengo en momentos de gravedad suma. Ocurriome embarcarme también
-en el vapor, si le veía partir. No tenía equipaje, ¿pero qué me
-importaba? Mariana se quedaría para llevarlo después.
-
-Acerqueme a Calatrava, que se asombra mucho de verme.
-
-—Quiero un puesto en el vapor —le dije.
-
-—¿También usted se marcha?... ¿De modo que...?
-
-—Temo ser perseguida. Estoy muerta de miedo desde ayer. Me han
-amenazado con anónimos atroces.
-
-—¿Ha preparado usted su equipaje?
-
-—He preparado lo más preciso: el viaje es corto. Mi criada se queda
-para arreglar lo que dejo aquí.
-
-—También nosotros dejamos nuestros equipajes, porque no caben en el
-vapor. Irán en aquella goleta.
-
-—¿Me hace usted un sitio, sí o no?
-
-—¿Un sitio? Sí, señora. Dejando el equipaje... El gobierno ha fletado
-el buque. Puede usted venir.
-
-Esto se llama proceder pronto y con energía... Pero observé a todos los
-que llegaban, y no le vi. A cada instante creía verle aparecer.
-
-—No puede tardar —dije, después que di mis órdenes a Mariana—. Ahora sí
-que es mío.
-
-Mariana hacía objeciones muy juiciosas; pero yo a nada atendía. Estaba
-ciega, loca.
-
-—¿Y si no se embarca? —me dijo mi criada—. Todavía no ha venido...
-
-—Pero ha de venir... A ver si está por ahí el duque del Parque.
-
-Miramos las dos en todos los grupos, y no vimos al duque.
-
-—¿El señor duque del Parque no va a Cádiz? —pregunté a Salvato.
-
-—El señor duque no se ha atrevido a votar el destronamiento.
-
-—¿Y qué?
-
-—Que los que no votaron no se creen en peligro, y seguirán en Sevilla.
-
-—De modo que Su Excelencia...
-
-—No tengo noticia de que se embarque con nosotros.
-
-—Venga usted —me dijo Calatrava alargándome la mano para llevarme a la
-cubierta del buque.
-
-—Entre usted, amigo, entre usted, que aún tengo que decir algo a mi
-criada.
-
-—Parece que vacila usted...
-
-—En efecto..., sí..., no estoy decidida aún.
-
-No, no podía entrar en aquel horrible bajel que iba a partir silbando
-y espumarajeando, sin llevar al que turbaba mi vida. Yo les vi entrar
-uno tras otro, les conté; ni uno solo escapó a mi observación, y ¡él
-no estaba! ¡Siempre ausente, siempre lejos de mí, siempre en dirección
-diametralmente opuesta a la dirección de mis ideas y de mi apasionada
-voluntad! Esto era para enloquecer completamente, y digo completamente,
-porque yo estaba ya bastante loca. Mi desvarío insensato aumentaba
-como la fiebre galopante del enfermo solicitado por la muerte.
-
-Se embarcaron, ¡ay! Vi al horrendo vapor separarse del muelle; vi
-moverse las paletas de sus ruedas machacando y rizando el agua, le oí
-silbar y mugir echando humo, hasta que emprendió su marcha majestuosa
-río abajo.
-
-No yendo él, no podía causarme aflicción quedarme en tierra. Él estaba
-también en Sevilla.
-
-—Ahora —dije—, ahora no es posible que lo pierda otra vez. Si tengo
-actividad e ingenio, pronto saldré de esta angustiosa situación.
-
-No quise detenerme, como el vulgo que se extasiaba contemplando el humo
-del vapor que conducía hacia el postrer rincón de España el último
-resto del liberalismo. Como aquel humo en los aires, así se desvanecía
-en el tiempo la Constitución... Pero en mi mente no podían fijarse ni
-por un instante estas ideas.
-
-Érame forzoso pensar en otras cosas, y en la realidad de mi ya
-insoportable desdicha. ¿A dónde debía ir? En los primeros momentos
-después del embarque no pude determinarlo, y vagué breve rato por
-la ribera, hasta que me obligaron a huir los excesos de la salvaje
-muchedumbre, que se precipitó sobre los equipajes de los diputados,
-apoderándose de ellos y saqueándolos en presencia de la poca tropa que
-había quedado en el muelle.
-
-Al mismo tiempo sentí el clamor de las campanas echadas a vuelo
-en señal de que Sevilla había dejado de pertenecer al gobierno
-constitucional, y en cuerpo y alma pertenecía ya al absolutismo.
-¡Cambio tan rápido como espantoso! El pronunciamiento se hizo entre
-berridos salvajes, en medio del saqueo y del escándalo, al grito de
-¡_muera la nación_! La verdad es que los alborotadores hacían poco daño
-a las personas; pero sí robaban cuanto podían. Al entrar por la puerta
-de Jerez, procuré apartarme lo más posible de la turbulenta oleada
-que marchaba hacia el corazón de Sevilla, con objeto, según oí, de
-destrozar el salón de sesiones y el café del Turco, donde se reunían
-los patriotas.
-
-Lejos de desmayar yo con tantas contrariedades, el insomnio y el
-continuo movimiento, parecía que la misma fatiga me daba alientos
-prodigiosos. No sentía el más ligero cansancio, y mi cerebro, como
-una llama cada vez más viva, hallábase en ese maravilloso estado de
-actividad que es para los poetas, para los criminales y para los que se
-ven en peligro, la rápida inspiración del momento. Yo sentía en mí un
-estro grandioso, avivado por mis contrariadas pasiones, mi rencor y mi
-despecho. Tenía la penetrante vista del genio, y había llegado a ese
-momento sublime en que los más profundos secretos de nuestro destino
-se nos muestran con claridad espantosa. Mi pensamiento, como la aguja
-magnética de una brújula, señalaba con insistencia la casa del marqués
-de Falfán.
-
-—¡Oh, allí, allí... he de encontrar la solución de este horrible
-problema!
-
-
-
-
-XXXI
-
-
-Y corriendo hacia la casa, no soñaba ya con las delicias de un
-encuentro feliz y de una amable reconciliación, sino con proporcionar
-a mi alma el inefable, el celestial, el infinito regocijo de un
-escándalo, de una escena, de una de esas venganzas de mujer que son
-la _Ilíada_ del corazón femenino. No sé si me equivocaré juzgando por
-mí de todas las mujeres; pero pienso firmemente que ninguna, por muy
-tímida que sea, deja de sentir en momentos dados, y cuando se discuten
-asuntos del corazón, el poderoso instinto de la majeza. La maja, digan
-lo que quieran, no es más que lo femenino puro. De mí puedo asegurar
-que en aquel instante me sentía verdulera.
-
-«Tengo la seguridad —decía— de que le encontraré allí. El corazón me
-lo dice... Es precisamente lo que necesito; es la satisfacción más
-preciosa y agradable de mi inmenso afán, el desahogo de mi pecho,
-semejante a un volcán sin cráter; el consuelo de todas mis penas.
-Hablaré, gritaré, vomitaré injurias, ¿qué digo injurias?, verdades.
-Diré todo lo que sé: abriré los ojos de un marido crédulo y bonachón;
-arrancaré la máscara a una hipócrita; confundiré a un ingrato... En
-suma, estaré en mi elemento... ¡¡Ahora, Santo Dios de las venganzas,
-ahora sí que no se me puede escapar!!»
-
-Al dirigirme a la plaza de la Magdalena, donde vivía el marqués, vi a
-dos o tres patriotas que eran llevados presos por el pueblo con una
-cuerda al cuello. ¡Pobre gente! Entre ellos vi a Canencia, que me
-dirigió al pasar una mirada suplicante; pero no hice caso y seguí. Casi
-arrastrando a Mariana, que apenas podía seguirme de puro cansada y
-soñolienta, llegué a casa de Falfán.
-
-En el patio encontré al marqués, que al punto que me vio asombrose
-de la alteración de mi semblante, creyendo que ocurría algún grave
-accidente.
-
-—Señora —me dijo ofreciéndome una silla—, no extraño que esa gente mal
-educada... Se están cometiendo toda clase de excesos en la desgraciada
-Sevilla.
-
-—No es eso, no. Si no me ha pasado nada.
-
-—Señora, su rostro de usted me indica desasosiego, agitación.
-
-—Es verdad; pero...
-
-—Está usted muy intranquila.
-
-—Intranquila no: estoy furiosa.
-
-Después de decir esto y de romper en seis pedazos mi abanico, que ya
-lo estaba en cuatro, procuré tomar una actitud aparentemente serena,
-pues el caso requería en mí la grave majestad del que condena, no la
-atolondrada cólera y pueril turbación del condenado.
-
-—¿Y por qué está usted furiosa? —me preguntó el marqués confundido—.
-¿En qué puedo servir a usted?
-
-—¡Yo sé que está aquí!... —dije mirando al marqués de un modo que le
-aterró.
-
-—¿Quién?
-
-—¡Oh!, ¿quién?... será preciso que yo hable, que lo diga todo...
-
-—Señora, no comprendo una palabra.
-
-—Llame usted a la señora marquesa, y quizás ella me comprenda —repuse
-con amargo sarcasmo.
-
-—Andrea no está en casa.
-
-Al oír esto sentí un sacudimiento. Nuevo y más doloroso cambio en mis
-ideas, en mi voluntad, en mi cólera, en mis planes; nuevo movimiento
-de la aguja magnética que brujuleaba en mi corazón, marcándome el
-derrotero en medio de la tempestad... El marqués no podía tener interés
-en negarme a su esposa. Así lo comprendí al momento, y sin vacilar un
-instante, dije:
-
-—¿Ha ido a la casa de doña María Antonia?
-
-—Precisamente, allí está —manifestó Falfán en tono de confianza honrada
-y tranquila que hubiera cautivado a otra persona más irritada que yo—.
-La señora doña María Antonia se puso anoche mala, y mi esposa fue a
-acompañarla un ratito. A las diez estaba de vuelta.
-
-—¿A las diez?
-
-—Pero sin duda hoy se agravó la señora doña María Antonia, porque al
-rayar el día vinieron a buscar a Andrea y allá está. ¿Encuentra usted
-en esto algo de extraño?
-
-—No, señor, nada —dije levantándome—. ¿Y dónde vive esa doña Antonia?
-
-—En la calle que sale a la puerta de Carmona, número 26. ¿Pero se va
-usted sin explicarme el motivo de su visita, su agitación...?
-
-— Sí, señor, me voy.
-
-—Pero...
-
-—Adiós, señor marqués.
-
-Quiso detenerme; pero rápida como un pájaro fugitivo, le dejé y salí de
-la casa.
-
-—A la calle que sale a la puerta de Carmona, número 26 —dije a Mariana,
-que me seguía durmiendo; y para mí en el horroroso vértigo que formaban
-mis pensamientos y mi marcha: «Ahora sí que de ningún modo se me puede
-escapar.»
-
-Yo saboreaba de antemano las horribles delicias del escándalo que iba
-a dar, de la venganza que tomaría, de las palabras que saldrían de mi
-boca, como el humo y la lava de un volcán en erupción. Me deleitaba con
-aquella copa de amarguras que se convertía en copa llena del delicioso
-licor de la venganza. Había llegado al extremo de recrearme en el
-veneno de mi alma, y de hallar delicioso el fuego que respiraba. Seguía
-teniendo las mismas ganas de morder a alguien, y creo que mi linda boca
-tan codiciada, habría sido un áspid si en carne humana hubiera posado
-sus secos labios.
-
-Mariana, que a Sevilla conocía, me llevó hacia la puerta de Carmona,
-yo no sé por dónde ni en cuánto tiempo. Había yo perdido la noción de
-la distancia y del tiempo. Vi una calle larga y solitaria, con muchas
-rejas verdes llenas de tiestos de albahaca. Vi una fila de casas de
-fachada blanca iluminadas por el sol, y otra línea de casas en la
-sombra. Yo buscaba el número 26, cuando sentí pisadas de caballos.
-Delante de mí, como a cuarenta pasos, abriose una gran puerta y
-salieron tres hombres a caballo. ¡Era él!
-
-Corrí, corrí... Iba vestido con el traje popular andaluz, y su figura
-era la más hermosa que puede imaginarse. Los otros dos vestían lo
-mismo. Caracolearon un instante los corceles delante de la casa, y en
-seguida emprendieron precipitadamente la carrera en dirección a la
-puerta de Carmona.
-
-Yo corría, corría, y al mismo tiempo gritaba. Mariana, que no había
-perdido el juicio, me detuvo enlazando con sus dos brazos mi talle...
-Mi furor estalló con un grito salvaje, con una convulsión horrible y
-este apóstrofe inexplicable: «¡Ladrones! ¡Ladrones!»
-
-En el mismo momento en que yo rugía de este modo, dos mujeres se
-asomaban a la ventana de la casa y saludaban a los jinetes con sus
-abanicos. Él miró repetidas veces hacia atrás y saludaba también
-sonriendo. Vi brillar el lente de doña María Antonia, vi los negros
-ojos de Andrea... ¡Oh, Satanás, Satanás!
-
-Seguí hasta ponerme debajo de la ventana; pero esta se cerró. Seguí
-corriendo un poco más. Un grupo de hombres feroces apareció por una
-bocacalle. Su aspecto infundía pavor; pero yo me adelanté hacia ellos,
-y señalando a los tres jinetes que huían a escape fuera de la puerta,
-entre nubes de polvo, grité con toda la fuerza de mis pulmones:
-
-—¡Que se escapan!... Corred... Corred tras ellos... ¡Que se
-escapan!... Los patriotas, los más malos de todos, los ateos,
-blasfemos, los republicanos, los masones, los regicidas, los enemigos
-del rey..., los que querían matarle... Corred y cogedles... Yo tengo
-dinero... Mil duros al que les coja... ¡En nombre de la religión!...
-¡En nombre de las caenas!... Vamos, vamos tras ellos... ¡Que se escapan!
-
-A medida que hablaba, iba desapareciendo en mi espíritu la noción de lo
-externo, y me sentía envuelta en tinieblas o en llamas, no sé en qué;
-me sentía caer en un hondo infierno lleno de demonios, sumergirme en
-abismos de negro delirio, de fiebre, de sueño o muerte, pues no puedo
-expresar bien lo que era aquello.
-
-Perdí el conocimiento.
-
-
-
-
-XXXII
-
-
-Mi dolorosa enfermedad, que me puso al borde del sepulcro, duró
-cuarenta días, de los cuales no sé cuántos pasé en terrible crisis,
-sin conciencia de las cosas, atormentada por la fiebre. Mi sangre
-enardecida había descompuesto en tales términos las funciones de mi
-cerebro, que en aquellos angustiosos días no vivía con mi vida propia,
-sino con el mismo fuego mortífero de la enfermedad. Asistiome uno de
-los primeros médicos de Sevilla.
-
-Cuando salí del peligro y hubo esperanzas de que aún podría seguir mi
-persona fatigando al mundo con su peso, halleme en tristísimo estado,
-sin memoria, sin fuerzas, sin belleza. Mas empecé a recobrar muy
-lentamente estos tesoros perdidos, y con ellos volvían mis pasiones y
-mis rencores a aposentarse en mi seno, como después de una inundación,
-y cuando las aguas se retiran, aparece lentamente la tierra,
-dibujándose primero los altos collados, luego las suaves pendientes,
-y, por último, el llano. Así, pasada aquella avenida de sangre que
-envolvió mi pensamiento en turbias olas venenosas, fue apareciendo poco
-a poco todo lo existente antes del 13 de junio.
-
-Una imagen descollaba sobre todas las que me perseguían cuando mi
-fantasía, como un borracho que recobra la claridad de sus sentidos,
-empezó a presentarme lo pasado. Esta imagen era la de la huérfana, a
-quien supuse corriendo sin cesar por campos y ciudades, buscando lo que
-no había de encontrar. ¿Acaso el tormento de ella no era tan grande o
-quizás mayor que el mío? Pero yo no me hacía cargo de esto; y lejos de
-sentir lástima de mi víctima, echaba leña a la hoguera de mis rencores,
-discurriendo mil defectos y fealdades en el carácter de la hermana de
-Salvador, para deducir que sus angustias le estaban muy bien merecidas.
-¡Qué desatinos tan horribles pensé con este motivo! Parece mentira que
-la exaltación de mi ánimo me llevara hasta los últimos desvaríos, hasta
-el sacrilegio y la blasfemia.
-
-«Es muy posible —decía yo— que mis horribles angustias hayan sido
-causadas por las maldiciones de esa mujer. Al verse engañada habrá
-pedido a Dios mi castigo, y Dios, no hay duda, hace caso de los
-hipócritas... ¡Ah, los hipócritas! ¡Perversa raza! Son capaces con sus
-fingidas lágrimas de engañar al mismo Dios y compelerle a castigar a
-los buenos.»
-
-A estas horrorosas ideas, hijas de una turbada razón, añadía otras
-quizás más sacrílegas. Mi enfermedad, que parecía un aviso del
-cielo, no me había corregido; antes bien, cuando resucité estaba más
-intolerante, más soberbia, y proyectaba nuevos planes para vencer la
-tenaz contrariedad de mi destino. Lejos de desconfiar de mis fuerzas y
-de acobardarme, tenía fe mayor en ellas y me vanagloriaba suponiendo
-una inmediata victoria.
-
-«Me han ocurrido tantos desastres —decía— porque he sido una tonta.
-Pero ahora..., ¡oh!, ahora, yo me juro a mí misma que moriré o he de
-atraparle... Iré a Cádiz.»
-
-Cuando esto decía, finalizaba julio y la temperatura de Sevilla era
-irresistible. El médico me ordenó que buscase en la costa aires más
-templados.
-
-Los franceses se habían establecido ya en Sevilla, donde reinaba un
-orden perfecto. En toda España, y principalmente en algunos puntos
-privilegiados de la tragedia, como Manresa y la Coruña, corría la
-sangre a raudales. Los dos furibundos partidos se herían mutuamente
-con impía crueldad. Pero los ejércitos de ambas naciones no habían
-empeñado ninguna lucha verdaderamente marcial y grandiosa. El nuestro
-se desbandaba como un rebaño sin pastores, y el francés iba ocupando
-las ciudades desguarnecidas y dominando todo el país sin trabajo y
-sin heroísmo, sin sangre y sin gloria. Sus victorias eran ramplonas
-y honradas; su proceder dentro de los pueblos, templado y noble. Era
-aquel ejército como su jefe, leal y sin genio; un ejército apreciable,
-compuesto de cien mil buenos sujetos que no conocían el saqueo, pero
-tampoco la gloria. ¡Detestable suerte la de España!... ¡Haber hecho
-temblar al coloso, y sucumbir ante un hijo del conde de Artois, ante un
-pobre emigrado de Gante!
-
-¡A Cádiz, a Cádiz! Estas palabras compendiaban todo mi pensamiento
-en aquellos días. Empecé a disponer mi viaje con gran prisa, y a
-principios de agosto nada tenía que hacer ya en Sevilla.
-
-Mi belleza recobraba al fin su esplendor. Y no era esto poco triunfo,
-porque me había quedado como un espectro. ¡Con cuánto alborozo veía
-yo despuntar de día en día la animación, la gracia, la frescura, la
-viveza, todos los encantos de mi fisonomía, que iban mostrándose como
-flores que se abren al cariñoso amor del sol! Yo no cesaba de mirarme
-al espejo para observar los progresos de mi restauración, y casi, casi
-estoy por decir que me encontraba más guapa que antes de mi enfermedad.
-Perdóneseme este orgullo vano; pero si Dios me hizo así, si me dio
-hermosura y gracias, ¿por qué no he de decirlo para que lo sepan los
-que no tuvieron la dicha de conocerme?
-
-El conde de Montguyon se me presentó en el momento de partir para
-Cádiz. ¡Oh, feliz encuentro! Mi don Quijote, que había sido ascendido
-a jefe de brigada, me acompañó en casi todo el camino de Sevilla a la
-costa, mostrándose en extremo orgulloso por creer próximo el momento de
-mi definitiva conquista, y yo cuidaba no poco de confirmarle en esta
-creencia, porque quería tenerle muy dispuesto a servirme en negocios
-difíciles. Hablamos también de política y de la Ordenanza de Andújar,
-en que Su Alteza recomendaba la mayor templanza a los absolutistas,
-habiéndoles disgustado por esto. Pero el tema más agradable a mi
-caballero era el amor.
-
-Según se expresaba, su bello ideal estaba a punto de realizarse. El
-país ardiente, el territorio pintoresco, la dama hermosa, nada faltaba
-para que la leyenda fuese completa. Pero yo, esmerándome en fomentar
-sus esperanzas, era sumamente avara de concesiones. Mi Ordenanza de
-Andújar prescribía también la moderación. Ya me había yo instalado en
-el Puerto cuando, apremiada por el conde, le revelé la causa de mis
-ardientes deseos de penetrar en Cádiz.
-
-—Un hombre —le dije— que antes poseía mi confianza, administrando
-los bienes de mi casa; un mayordomo que supo servirme algún tiempo
-lealmente para engañarme después con más seguridad, huyó de Madrid,
-robándome gran cantidad de dinero, muchas alhajas de valor y documentos
-preciosos. Ese hombre está en Cádiz...
-
-—Pero en Cádiz hay tribunales de justicia, hay autoridades...
-
-—En Cádiz no hay más que un gobierno moribundo, que para prolongar su
-vida entre agonías se rodea de todos los pillos.
-
-—Sin embargo, señora, un ladrón de semejante estofa no puede ser
-patrocinado por nadie. Horribles cosas se ven en las guerras civiles;
-pero nosotros los franceses entraremos en Cádiz.
-
-—Esa es mi esperanza.
-
-—¿No tiene usted valimiento con los ministros liberales?
-
-—Ninguno. Mi nombre solo les sonará a proclama realista.
-
-—Entonces....
-
-—Cuento con la protección de los jefes del ejército francés.
-
-—Y con los servicios de un leal amigo... El objeto principal es detener
-al ladrón.
-
-—¡Detenerle y amarrarle y arrastrarle! —exclamé con furor—. Pero deseo
-hacer mi justicia a espaldas de la curia, porque aborrezco los pleitos,
-aun cuando los gane.
-
-—¡Oh!, eso es muy español. Se trata, pues, de cazar a un hombre; ¿por
-ventura eso es fácil todavía?
-
-—Fácil no.
-
-—Y para una dama...
-
-—Pero yo no estoy sola. Tengo servidores leales que solo esperan una
-orden mía para...
-
-—Para matar...
-
-—No tanto —dije riendo—. Esto le parecerá a usted leyenda, novela,
-romance o lo que quiera; pero no, mis propósitos no son tan trágicos.
-
-—Lo supongo... pero siempre serán interesantes... ¿Ha dejado usted
-criados en Sevilla?
-
-—Uno tengo a mis órdenes. Le mandé por delante, y en Cádiz está ya.
-
-—¿Vigilando...?
-
-—Acechando.
-
-—Bien: le seguirá de noche embozado hasta las cejas, espiará sus
-acciones, se informará de su método de vida. ¿Y ese criado es fiel?
-
-—Como un perro... Examinemos bien mi situación, señor conde. ¿Se puede
-entrar en Cádiz?
-
-—Es muy difícil, señora, sobre todo para los que son sospechosos al
-gobierno liberal.
-
-—¿Y por mar?
-
-—Ya sabe usted que en la bahía tenemos nuestra escuadra.
-
-—¿Cuándo tomarán ustedes la plaza?
-
-—Pronto. Esperamos a que venga Su Alteza para forzar el sitio.
-
-—¿Y podrán escaparse los milicianos y el gobierno?
-
-—Es difícil saberlo. Ignorarnos si habrá capitulación; no sabemos el
-grado de resistencia que presentarán los insurgentes.
-
-—¡Oh! —exclamé sin saber lo que decía, obcecada por mis pasiones—.
-Ustedes los realistas no sirven para esto. Si Napoleón estuviera aquí,
-amigo mío, mañana, mañana mismo, sí señor, mañana, sería tomada por
-asalto esa ciudad rebelde y pasados a cuchillo los insensatos que la
-defienden.
-
-—Me parece demasiado pronto —dijo Montguyon sonriendo—. En fin,
-comprendo la impaciencia de usted.
-
-—Sí, quien ha sido robada, vilmente estafada, no puede aprobar estas
-dilaciones que dan fuerza al enemigo. Señor conde, es preciso entrar en
-Cádiz.
-
-—Si de mí dependiera, señora, esta tarde mandaba dar el asalto —repuso
-con entusiasmo—. Sorprendería a la guarnición, encarcelaría a los
-diputados y a las Cortes, y pondría en libertad al rey.
-
-—Ya eso no me importa tanto —dije en tono de conquistador—. Yo entraría
-al asalto sorprendiendo la guarnición. Dejaría, a los diputados que
-hicieran lo que les acomodase, mandaría al rey a paseo...
-
-—¡Señora!...
-
-—Buscaría a mi hombre, revolvería todos los rincones, todos los
-escondrijos de Cádiz hasta encontrarle... y después que le hallara...
-
-—Después...
-
-—Después, señor conde... ¡Oh!, mi sangre se abrasa...
-
-—En los divinos ojos de usted, Jenara —me dijo—, brilla el fuego de la
-venganza. Parece usted una Medea.
-
-—No me impulsan los celos —dije serenándome.
-
-—Una Judith.
-
-—Ni la idea política.
-
-—Una...
-
-—Parezca lo que parezca, señor conde, es preciso entrar en Cádiz.
-
-—Entraremos.
-
-—¿No sirve usted ahora en el Estado Mayor del general Bourmont?
-
-—En él estoy a las órdenes de la que es imán de mi vida —repuso
-poniendo los ojos en blanco.
-
-—¿Será Bourmont nombrado comandante general de Cádiz, luego que la
-plaza se rinda?
-
-—Así se dice.
-
-—¿Hará usted prender a mi mayordomo?...
-
-—Le haré fusilar...
-
-—¿Me lo entregará atado de pies y manos?
-
-—Siempre que no huya antes, sí, señora.
-
-—¡Huir! Pues qué, ¿tendrá ese hombre la vileza de huir, de no
-esperar?...
-
-—El criminal, amiga mía de mi corazón, pone su seguridad ante todo.
-
-—¿No dice usted que hay una especie de escuadra?
-
-—Una escuadra en toda regla.
-
-—¿Pues de qué sirven esos barcos, señor mío —dije de muy mal talante—,
-si permiten que se escape... ese?
-
-—Quizás no se escape.
-
-—¿De qué sirve la escuadra? —añadí con la más viva inquietud—. ¿Quién
-es el almirante que la manda? Yo quiero ver a ese almirante, quiero
-hablar con él...
-
-—Nada más fácil; pero dudo...
-
-—Me ocurre que si hay capitulación, será más fácil atraparle...
-
-—¿Al almirante?
-
-—No; a... a ese.
-
-—Sin duda. En tal caso se quedaría tranquilo en Cádiz, al menos por
-unos días.
-
-—Bien, muy bien. Si hay capitulación, arreglo, perdón de vidas y
-libertad para todos... Señor conde, aconsejaremos al príncipe que
-capitule... ¡Pero qué tonterías digo!
-
-—Está patente en su espíritu de usted la obsesión de ese asunto.
-
-—¡Oh!, sí. No puedo pensar en otra cosa. El caso es grave. Si no
-consigo apoderarme de ese hombre... no sé... creo que me costará la
-vida.
-
-—Yo también le aborrezco... ¡Hombre maldito!... Pero le cogeremos,
-señora. Me pongo al servicio de este gran propósito con la sumisión de
-un esclavo. ¿Acepta usted mi cooperación?
-
-Al decir esto, me besaba la mano.
-
-—La acepto, sí, hombre generoso y leal, la acepto con gratitud y
-profundo cariño.
-
-Al decir esto, yo ponía en mi semblante una sensibilidad capaz de
-conmover a las piedras, y en mis pestañas temblaba una lágrima.
-
-—Y entonces —añadió Montguyon con voz turbada—, cuando nuestro triunfo
-sea seguro, ¿podré esperar que el hueco que se me destina en ese
-corazón no sea tan pequeño?
-
-—¿Pequeño?
-
-—Si es evidente, por confesión de él mismo, que ya tengo una parte en
-sus sublimes afectos, ¿no puedo esperar...?
-
-—¿Una parte? ¡Oh! no. Todo, todo.
-
-El inflamado galán abrió sus brazos para estrecharme en ellos; pero
-evadí prontamente aquella prueba de su insensato ardor, y poniéndome
-primero seria y después amable, con una especie de enojo gracioso y
-virtud tolerante, le dije que ni Zamora ni yo podíamos ser ganadas en
-una hora. Al decir esto, violentos cañonazos me hicieron estremecer y
-corrí al balcón.
-
-—Son los primeros tiros de las baterías que se han armado para atacar
-el Trocadero —me dijo el conde.
-
-—¿Y esas bombas van a Cádiz?—pregunté poniendo inmenso interés en aquel
-asunto.
-
-—Van al Trocadero.
-
-—¿Y qué es eso?
-
-—Un fuerte que está en medio de las marismas.
-
-—¿Y allí están...?
-
-—Los liberales.
-
-—¿Muchos?
-
-— Mil y quinientos hombres.
-
-—¿Paisanos?
-
-—Hay muchos paisanos y milicianos.
-
-—¡Oh!, morirá mucha gente.
-
-—Eso es lo que deseamos. Parece que siente usted gran pena por ello.
-
-—La verdad —repuse, ocultando los sentimientos que bruscamente me
-asaltaban—, no me gusta que muera gente.
-
-—A excepción de su enemigo.
-
-—Ese..., pero ¿estará en el Trocadero?
-
-—¡Quién sabe!... Está usted aterrada.
-
-—¡Oh!, yo quiero ir al Trocadero.
-
-—Señora...
-
-—Quiero ir al Trocadero.
-
-—Eso mismo deseamos nosotros —me dijo riendo—, y para conseguirlo
-enviaremos por delante algunos centenares de bombas.
-
-—¿Dónde está el Trocadero? —pregunté corriendo otra vez a la ventana.
-
-—Allí —dijo Montguyon asomándose y alargando el brazo.
-
-Hízome explicaciones y descripciones muy prolijas de la bahía y de los
-fuertes; pero bien comprendí que antes que mostrar sus conocimientos
-deseaba estar cerca de mí, aproximando bastante su cabeza a la mía, y
-embriagándose con el calor de mi rostro y con el roce de mis cabellos.
-
-
-
-
-XXXIII
-
-
-¡Qué aparato desplegaron contra aquellas fortalezas que se alzan entre
-charcos salubres y que llevan por nombre el Trocadero! Desde que llegó
-Su Alteza a mediados de agosto, no hacían más que disparar bombas y
-balas contra los fuertes, esperando abrir brecha en sus gloriosos
-muros. ¡Figúrese el buen lector mi aburrimiento! Considere con cuánta
-tristeza y tedio vería yo pasar día tras día sin más distracción que
-oír los disparos y ver por las noches las majestuosas curvas de los
-proyectiles. Me consumía en mi casa del Puerto sin tener noticias del
-interior de Cádiz, ni esperanza de poder penetrar en la plaza. Ni
-parecía aquello guerra formal y heroica como creía yo que debían de ser
-las guerras, y como las que vi en mi niñez y en tiempo del Imperio.
-Casi todo el ejército sitiador estaba con los brazos cruzados: los
-oficiales paseaban fumando; los soldados hacían menos pesado el tiempo
-con bailoteo y cantos.
-
-No debo pasar en silencio que el duque del Infantado, que llegó de
-Madrid en aquellos días, me llevó a visitar a Su Alteza, nuestro
-salvador y el ángel tutelar de la moribunda España por aquellos días.
-Luis Antonio era un rubio desabrido, cuyo semblante respiraba honradez
-y buena fe; pero la aureola del genio no circundaba su frente. Fuera de
-aquel sitio, lejos de aquella deslumbradora posición y con otro nombre,
-el hijo del conde de Artois habría sido un joven de buen ver; mas no
-en tal manera que por su aspecto descollase entre la muchedumbre.
-Para hallar en él lo que realmente le distinguía era preciso que
-un trato frecuente hiciese resaltar las perfecciones morales de su
-alma privilegiada, su lealtad sin tacha y aquel levantado espíritu
-caballeresco sin quijotismo que le hacía estimable en la corte de
-Francia. Era valiente, humanitario, cortés, puntual y riguroso en el
-cumplimiento del deber. Si estas cualidades no eran suficientes a
-formar un gran guerrero, ¿qué importaba? La pericia militar diéronsela
-sus prácticos generales y nuestros desaciertos, que fueron el principal
-estro marcial de la segunda invasión.
-
-Recibiome Angulema con la más fina delicadeza y urbanidad; pero de
-todas sus cortesanías la que más me agradó fue la de disponer el
-asalto del Trocadero. «¡Al fin, al fin —exclamaba yo—, será nuestro el
-horrible fuerte que nos abrirá las puertas de Cádiz!»
-
-El 19 abrieron brecha; pero hasta la noche del 30 no se dio el asalto,
-habiéndose guardado secreto sobre esto en los días anteriores, aunque
-yo lo supe por el conde de Montguyon, que no me ocultaba nada referente
-a las operaciones. ¡Noche terrible la del 30 al 31 de agosto! Noche
-que me pareció día por lo clara y hermosa, así como por el estrépito
-guerrero que en ella resonara y las acciones heroicas dignas de ser
-alumbradas por el sol... Apretado fue el lance del asalto, según oí
-contar, y Su Alteza y el príncipe de Carignan se portaron bravamente,
-combatiendo como soldados en los sitios más peligrosos. No fue el hecho
-del Trocadero una de aquellas páginas de epopeya que ilustraron el
-Imperio: fue más bien lo que los dramaturgos franceses llaman _succès
-d’estime_, un éxito que no tiene envidiosos. Pero a la Restauración le
-convenía cacarearlo mucho, ciñendo a la inofensiva frente del duque
-los laureles napoleónicos; y se tocó la trompa sobre este tema hasta
-reventar, resultando del entusiasmo oficial que no hubo en Francia
-calle ni plaza que no llevase el nombre del _Trocadero_, y hasta el
-famoso arco de la Estrella, en cuyas piedras se habían grabado los
-nombres de Austerlitz y Wagram, fue durante algún tiempo _Arco del
-Trocadero_.
-
-Yo me había trasladado a Puerto Real para estar más cerca. En la mañana
-del 31, cuando vi pasar a los prisioneros hechos en los fuertes, me
-sentí morir de zozobra. Entre aquellas caras atezadas a cada instante
-creía ver la suya. Largo rato tardaron en pasar, porque eran más de
-mil entre paisanos y militares. Creo que los miré uno por uno; y al
-fin, cuando ya quedaban pocos, redoblé mi atención. ¡Oh misericordioso
-Dios, qué estupendas cosas permites! En la última fila, casi solo, más
-abatido, más quemado del sol, más demacrado, con los vestidos más rotos
-que los demás, pasó él, él mismo... no podía dudarlo, porque le estaba
-viendo, viendo, sí, con mis propios ojos arrasados de lágrimas. Llevaba
-la mano izquierda en cabestrillo, hecho con un andrajo, y su paso era
-inseguro y como dolorido, sin duda por tener lleno de contusiones el
-cuerpo. Al verle extendí los brazos y grité con toda la fuerza de
-mi voz. Mi enamorada exclamación hizo volver la cabeza a todos los
-que iban delante y a los curiosos que le rodeaban. Él, alzando los
-amortiguados ojos, me miró con expresión tan triste, que sentí partido
-mi corazón y estuve a punto de desmayarme. Creo que pronunció algunas
-palabras; pero no oí sino un adiós tan lúgubre como campanada funeral,
-y movió la mano en ademán de cariñoso saludo, y pasó, desapareciendo
-con los demás en una vuelta del camino.
-
-Mi primera intención fue correr tras él: pero en la casa me detuvieron.
-Cuando serenamente me hice cargo de la situación, formé diversos
-planes; pero todos los desechaba al punto por descabellados. Pensándolo
-bien, comprendí que no era tan difícil conseguir su libertad. Me
-congratulaba de que al cabo de tantas fatigas el destino me le
-presentara prisionero, para poder decir con más calor que nunca: «Ahora
-sí que no se me puede escapar.»
-
-
-
-
-XXXIV
-
-
-Envié recados al conde de Montguyon; pero no se le podía encontrar por
-ninguna parte. Unos decían que estaba en el Trocadero, otros que en
-el Puerto, otros que había ido a las fragatas con una comisión. Por
-último, averigüé con certeza su paradero, y le escribí una carta muy
-cariñosa. Mas pasó un día, pasaron dos, y yo me moría de impaciencia,
-sin poder ver al prisionero, ni aun saber dónde le habían llevado. El
-conde, robando al fin un rato a sus quehaceres, vino a verme el día
-4. Yo estaba otra vez medio loca; no tenía humor para hacer papeles,
-y espontáneamente dejaba que se desbordasen los sentimientos de mi
-corazón.
-
-—¡Oh, cuánto me alegro de ver a usted! —le dije—. Si usted no viene
-pronto, señor conde, me hubiera muerto de pena.
-
-Con estas palabras, que creyó dictadas por un vivo interés hacia
-él, se puso el noble francés un poco chispo, que así denomino yo al
-embobamiento de los hombres enamorados. Se deshizo en galanterías, a
-las cuales daba cierto tono de intimidad cargante, y después me dijo:
-
-—Pronto, muy pronto, libertaremos a Su Majestad el rey de España, y
-entraremos en Cádiz. El sol de ese día, señora, ¡cuán alegremente
-brillará sobre toda España, y especialmente sobre nuestros corazones!
-
-—Mi estimado amigo —indiqué riendo—, no diga usted tonterías.
-
-Montguyon se quedó cortado.
-
-—Basta de tonterías —añadí— y óigame usted lo que voy a decirle. Ya he
-encontrado al hombre que buscaba...
-
-—¿Dónde... cómo... ese malvado?
-
-—No es malvado.
-
-—¿Cómo no? Me dijo usted que le había robado sus alhajas.
-
-—¡No es ese... por Dios! ¿Cuándo entenderá usted las cosas al derecho?
-
-—Siempre que no se me expliquen al revés.
-
-—He encontrado a ese hombre... Pero entendamos. ¿No dije a usted que
-había venido delante de mí un fiel criado de mi casa, el cual entró en
-Cádiz?...
-
-—¡Ah! sí... entró para observar los pasos del ladrón.
-
-—Pues ese fiel criado tiene el defecto de ser algo patriota...
-¡debilidades humanas! y como es algo patriota, se puso a pelear en el
-Trocadero por una causa que no le importaba.
-
-—Ya comprendo: y ha caído prisionero. ¿Le ha visto usted?
-
-—Le vi cuando los prisioneros pasaron por aquí, pero no le he visto
-más; y ahora, señor conde, quiero que usted me le ponga en libertad.
-
-—Señora, si Cádiz se rinde pronto, como creo, y todo se arregla, espero
-conseguir lo que usted me pide.
-
-—¡Qué gracia! Para eso no necesito yo de la amistad de un jefe de
-brigada —dije con enfado—. Ha de ser antes, mañana mismo.
-
-—¡Oh! Señora, usted somete mi amor a pruebas demasiado fuertes.
-
-—¿Quiere usted que dejemos a un lado el amor —le dije, poniéndome muy
-seria— y que hablemos como amigos?
-
-Montguyon palideció.
-
-—¿Esa persona —me dijo— interesa a usted tanto que no puede esperar a
-que concluya la guerra, dando yo mi palabra de que el prisionero será
-bien atendido?
-
-—No basta que sea atendido —afirmé con resolución—. No basta eso:
-quiero su libertad; quiero atenderle yo misma, cuidarle, curar sus
-heridas, tenerle a mi lado, llevarle a sitio seguro...
-
-Me expresé, al decir esto, con vehemencia suma, porque me era ya
-muy difícil contener mi corazón, que iba al galope en busca de las
-anheladas soluciones. El conde me oía con cierto terror.
-
-—¿Tanto interesa a usted —repitió—, tanto interesa a usted... un criado?
-
-—No es criado.
-
-—¿Tal vez un anciano servidor de la casa?
-
-—No es anciano.
-
-—¿Un joven?... Supongo que no será el ladrón.
-
-—¿Qué ladrón?
-
-—El ladrón de quien usted me habló...
-
-—¡Ah! No me acordaba... Ya no me ocupo de eso.
-
-—¿Abandona usted la empresa de detener y castigar a ese miserable?
-
-—La abandono.
-
-—¡Qué inconstancia!
-
-—Yo soy así.
-
-—Pero ese, ese otro... ¿interesa a usted tanto...?
-
-—Muchísimo.
-
-—¿Es pariente de usted?
-
-—No. Es compañero de la infancia.
-
-—¿Es militar?
-
-—Paisano, señor conde —dije con el tono de severa autoridad que sé
-emplear cuando me conviene—. Si se empeña usted en ser catecismo,
-buscaré otra persona más galante y más generosa que sepa prestar un
-servicio, economizando las preguntas.
-
-—Creo tener algún derecho a ello —repuso con gravedad.
-
-—No tiene usted ninguno —afirmé con desenfado—, porque este derecho yo
-sola podría darlo, y yo lo niego.
-
-—Entonces, señora —objetó, encubriendo su ira bajo formas urbanas—, he
-padecido una equivocación.
-
-—Si cree usted que le amo, sí. La equivocación no puede ser más
-completa.
-
-Montguyon se levantó. Sus ojos, en los cuales se leía el furor mezclado
-con la dignidad, me dirigieron una mirada que debía ser la última. Yo
-corrí a él, y tomándole la mano le rogué que se sentase a mi lado.
-
-—Es usted un caballero —le dije—. Ningún otro ha merecido más que usted
-mi estimación, lo juro. Dios sabe que al decir esto hablo con el
-corazón.
-
-— Dios lo sabrá —repuso Montguyon muy afligido—; mas para mí, y de aquí
-en adelante, las palabras de usted están escritas en el agua.
-
-—Considere las que le diga hoy como si estuvieran grabadas en bronce.
-La que confiesa hechos que no le favorecen, ¿no tiene derecho a ser
-creída?
-
-—A veces sí. Confiéseme usted que su conducta conmigo no ha sido leal.
-
-—Lo confieso —repliqué bajando los ojos, y realmente avergonzada.
-
-—Confiese usted que yo no merecía servir de juguete a una mujer
-voluntariosa.
-
-—También es cierto.
-
-—Declare usted que ama a otro.
-
-—¡Oh!, sí, lo declaro con todo mi corazón, y si cien bocas tuviera, con
-todas lo diría.
-
-El leal caballero se quedó atónito y espantado. Estaba, como ellos
-dicen, _foudroyé_. Durante breve rato no me dijo nada; pero yo
-comprendí su martirio y le tenía lástima. ¡Oh, qué mala he sido siempre!
-
-—Ese hombre... —murmuró Montguyon—, ese hombre...
-
-—Ahora, reconociéndome culpable, reconociéndome inferior a usted
-—dije—, le autorizo para que me abrume a preguntas, si gusta, y aun
-para que me eche en cara mi ligereza.
-
-—Ese hombre... —prosiguió el francés—. Perdone usted; pero nada es más
-curioso que la desgracia. El amor desairado quiere tener miles de ojos
-para sondear las causas de su desdicha. Ese hombre... ¿quién es?
-
-—Un hombre.
-
-—¿De familia ilustre?
-
-—No, señor: de origen muy humilde.
-
-—¿Le ama usted hace tiempo?
-
-—Hace mucho tiempo.
-
-—Él... ¿la ama a usted?
-
-—No estoy muy segura de ello.
-
-—¡Oh! ¡Qué iniquidad! Es un miserable.
-
-—Un ingrato, y es bastante.
-
-—¿Y a pesar de su ingratitud le ama usted?
-
-—Tengo esa debilidad, que no puedo dominar.
-
-—Aborrézcale usted.
-
-—Si fuera fácil... Difícil cosa es esa.
-
-—¡Es verdad, difícil cosa! —exclamó Montguyon con tristeza—. ¿Y ese
-hombre...?
-
-—¿Pero hay más preguntas todavía?
-
-—No, ya no más. Me basta lo que sé, y me retiro.
-
-—Se conduce usted como un cualquiera —le dije afectuosa, deteniéndole—.
-Me abandona, precisamente cuando mi sinceridad merece alguna
-recompensa. ¿Será posible que cuando yo empiezo a tener franqueza, deje
-usted de tener generosidad?
-
-—¡Oh! señora, toca usted una fibra de mi corazón que siempre responde,
-aun cuando la hieran con un puñal.
-
-—Sí, sí, amigo mío. Es usted generoso y noble en gran manera. Para que
-la diferencia entre los dos sea siempre grande, para que usted sea
-siempre un caballero y yo una miserable, págueme usted como pagan en
-todas ocasiones las almas elevadas. Pues yo me he portado mal, pórtese
-usted bien conmigo. Haga cada cual su papel. Cumpla usted el precepto
-que manda volver bien por mal. Así crecerá más a mis ojos; así me
-abatiré yo más a los suyos; así su generosidad será mayor y mi culpa
-también, y usted tendrá en su vida una página más gloriosa que la
-victoria que acaba de alcanzar frente al enemigo.
-
-—Comprendo lo que usted me dice —murmuró el francés, descansando por
-breve rato su frente en la palma de la mano—. Yo seré siempre digno de
-mi nombre.
-
-—¡Caballero leal antes, ahora y siempre!
-
-—Bien, señora —dijo levantándose y alargándome la mano, que estreché
-cordialmente—. Lo que usted desea de mí es bastante claro.
-
-—Sí.
-
-—Y yo —añadió con manifiesta emoción— empeño mi palabra de honor...
-
-—¡Oh! Lo esperaba, lo esperaba.
-
-—Bajo mi palabra de honor, haré cuanto esté en mi mano para devolver a
-usted la felicidad, entregándole a su amante.
-
-—Gracias, gracias —exclamé derramando lágrimas de admiración y
-agradecimiento.
-
-Saludándome ceremoniosamente, el conde se retiró. De buena gana le
-habría dado un abrazo.
-
-
-
-
-XXXV
-
-
-¡Cuántos días pasaron! Yo contaba las horas, los minutos, como si de la
-duración de ellos dependiese mi vida. Entre españoles y franceses era
-opinión corriente que la guerra acabaría pronto, que Cádiz expiraba,
-que las Cortes se morían por momentos. Sin embargo, aún resistía
-el gobierno liberal y sus secuaces, como la bestia herida que no
-quiere soltar su presa mientras tenga un hálito de existencia. Esta
-constancia no carecía de mérito, y lo tendría mayor si se empleara en
-causa menos perdida. ¡Inútil sacrificio! No tenían hombres, porque
-los alistamientos no producían efecto. No tenían dinero, porque el
-empréstito que levantaron en Londres produjo... una libra esterlina.
-Yo creo que si mi espíritu hubiera estado en disposición de admirar
-algo, habría admirado la perseverancia de aquel gobierno que no pudo
-encontrar en toda Europa quien le prestase más de cinco duros.
-
-Mi deseo era que se rindiese todo el mundo, que el rey y la nación
-arreglasen pronto sus diferencias, aunque las arreglaran devorándose
-mutuamente. Yo quería tener el campo libre para el desenlace de mi
-campaña amorosa, que veía ya seguro y feliz.
-
-Casi todo septiembre lo pasaron Angulema y las Cortes en dimes y
-diretes. Mil recados atravesaban la bahía en un bote; callaban los
-cañones para que hablaran los parlamentarios. Tales comedias me ponían
-furiosa, porque no se decidía la suerte de los infelices prisioneros
-del Trocadero, que habían sido repartidos entre los Dominicos del
-Puerto y la Cartuja de Jerez.
-
-Montguyon me visitó el 12 para informarme de que había visto al
-prisionero, cuyo nombre y señas le había dado yo oportunamente.
-
-—Está sumamente abatido y melancólico —me dijo—. Se ha negado a recibir
-los auxilios pecuniarios que le ofrecí de parte de usted; pero se
-ha mostrado muy agradecido. Al oír que Jenara tenía gran empeño en
-conseguir su libertad, pareció muy turbado, pronunciando palabras
-sueltas cuyo sentido no pude comprender.
-
-—¿Y no desea verme?
-
-—Parece que lo desea ardientemente.
-
-—¡Oh! ¡Estas dilaciones son horribles! ¿Y qué más dijo?
-
-—Cosas tristes y peregrinas. Afirma que desea la libertad para
-conseguir por ella el destierro.
-
-—¡El destierro!
-
-—Dice que aborrece a su país, y que la idea de emigración le consuela.
-
-—Le conozco, sí... Esa idea es suya.
-
-Otras cosas me dijo el conde; pero se referían al trato que se daba a
-los prisioneros y a las excepciones ventajosas que él estableciera en
-beneficio de mi amado. ¡Cuánto le agradecí sus delicadezas! Mientras
-viva tendré buenos recuerdos de hombre tan caballeroso y humanitario.
-
-Interrumpidos los tratos por la terquedad de las Cortes, tomó de nuevo
-la palabra el cañón, y el día 20 fue ganado por los franceses, con otro
-brioso asalto, el castillo de Sancti-Petri. Después de este hecho de
-armas Angulema habló fuerte a los tenaces liberales, pegados como lapas
-a la roca constitucional, y les amenazó con pasar a cuchillo a toda la
-guarnición de Cádiz si Fernando VII no era puerto inmediatamente en
-libertad. El 26 se sublevó contra la Constitución el batallón de San
-Marcial, que guarnecía la batería de Urrutia en la costa; y la armada
-francesa, secundando el fuego de las baterías del Trocadero, arrojaba
-bombas sobre Cádiz. No era posible mayor resistencia. Era una tenacidad
-que empezaba a confundirse con el heroísmo, y la Constitución moría
-como había nacido, entre espantosa lluvia de balas, saludada en su
-triste ocaso, como en su dramático oriente, por las salvas del ejército
-francés.
-
-Por fin llegaba el anhelado día.
-
-—Habrá perdón general —decía yo para mí—. Todos los prisioneros serán
-puestos en libertad. Huiremos. ¡Cuán grato es el destierro! Comeremos
-los dos el dulce pan de la emigración, lejos de indiscretas miradas,
-libres y felices fuera de esta loca patria perturbada, donde ni aun los
-corazones pueden latir en paz.
-
-Montguyon me trajo el 29 malas noticias.
-
-—El duque ha resuelto poner en libertad a todos los prisioneros de
-guerra. Pero...
-
-—¿Pero qué?
-
-—Ha dispuesto que sean entregados a las autoridades españolas los
-individuos que en Cádiz desempeñaban comisiones políticas.
-
-—¿Él está comprendido?
-
-—Sí, señora. Desgraciadamente, se tienen de él las peores noticias.
-Había recorrido los pueblos alistando gente por orden de Calatrava;
-había venido desde Cataluña con órdenes de Mina para realizar
-asesinatos de franceses. Había organizado las partidas de gente soez
-que en el tránsito de Sevilla a Cádiz insultaron a Su Majestad.
-
-—¡Oh, eso es falso, falso, mil veces falso! —grité sin poder contener
-mi indignación.
-
-Y en efecto, tales suposiciones eran infames calumnias.
-
-—Ha llegado al Puerto de Santa María —añadió Montguyon— el señor don
-Víctor Sáez, Secretario de Estado. ¿Por qué no le ve usted?
-
-—No quiero nada con hombres de ese jaez —repuse con enojo—. Usted me
-ha dado su palabra de honor; usted ha empeñado su nombre de caballero,
-y con usted solo debo contar. ¡Oh, señor conde!, si mi prisionero es
-entregado a la brutalidad de las autoridades españolas, sedientas hoy
-de sangre y de venganza, sospecharé que usted me hace traición.
-
-Palideció el caballero francés. Dirigiéndome una mirada desdeñosa, me
-dijo al despedirse:
-
-—Todavía, señora, no sabe usted quién soy yo.
-
-A pesar de mis propósitos, determiné visitar a Sáez, porque bueno es
-tener amigos aunque sea en el infierno. Vencí mis recientes antipatías,
-y tomando un coche me encaminé al Puerto de Santa María. Era el 1.º de
-octubre, día solemne en los fastos españoles.
-
-Hallé al buen canónigo más soplado y presuntuoso que nunca, como todo
-aquel que se ve en altura a donde nunca debió llegar; pero contra lo
-que yo esperaba, recibiome afablemente, y no me dijo una sola palabra
-acerca de mi conversión al absolutismo. Parecía no dar valor a estas
-pequeñeces, y ocuparse tan solo, como Jiménez de Cisneros, en los
-negocios públicos de ambos mundos.
-
-—Hoy es día placentero, señora, día feliz entre todos los días felices
-de la tierra —me dijo—. Su Majestad don Fernando, ese ilustre mártir de
-los excesos revolucionarios, es ya libre.
-
-—¿Ya?
-
-—Hoy nos le entregan. Al fin han comprendido esos locos que su
-resistencia les podría costar muy cara, pero muy cara. El duque tiene
-malas moscas.
-
-—Felicitémonos, señor don Víctor —dije con afectado entusiasmo—, de
-esta solución lisonjera. España y el mundo están de enhorabuena. Mas
-para que se completara la dicha, convendría que tantas y tan graves
-heridas no se ensañasen con la venganza y la crueldad del partido
-vencedor, y que un generoso olvido de los errores pasados inaugurase la
-venturosa era que empieza hoy.
-
-—Así será, señora —repuso sonriendo de un modo que me pareció algo
-hipócrita—. Su Majestad ha dado ayer en Cádiz un manifiesto en que
-ofrece perdonar a todo el mundo y no acordarse para nada de los que le
-han ofendido. ¡Cuánta magnanimidad! ¡Cuánta nobleza!
-
-—¡Oh, sí, conducta digna de un descendiente de cien reyes, digna de
-quien da el perdón y del pueblo que la recibe! Si Fernando cumple lo
-que promete, será grande entre todos los reyes de España.
-
-—Lo cumplirá, señora, lo cumplirá.
-
-Aunque no tenía gran confianza en las afirmaciones de Sáez, di crédito
-a estos propósitos por creerlos inspiración del duque de Angulema.
-
-Invitome luego a presenciar el desembarco de Su Majestad, a lo que
-accedí muy gustosa. Nos trasladamos al muelle, y habiendo sido colocada
-por un oficial francés en sitio muy conveniente para ver todo,
-presencié aquel acto, que debía ser uno de los más notables recodos,
-uno de los más bruscos ángulos de la historia de España en el tortuoso
-siglo presente.
-
-¡Espectáculo conmovedor! La regia falúa, cuyo timón gobernaba el
-almirante Valdés, glorioso marino de Trafalgar, se acercaba al muelle.
-En ella venía toda la familia real, la monarquía histórica secuestrada
-por el liberalismo. La conciliación ideada por cabezas insensatas era
-imposible, y aquellos regios rehenes que la nación había tomado, eran
-devueltos al absolutismo, contra el cual no podían prevalecer aún
-los infiernos de la demagogia. En una lancha volvían del purgatorio
-constitucional las ánimas angustiadas del rey y los príncipes.
-
-Mientras el victorioso despotismo recobraba sus personas sagradas, allá
-lejos, sobre la gloriosa peña inundada de luz y ceñida por coronas de
-blancas olas, los pobres pensadores desesperados, los utopistas sin
-ilusiones, los desengañados patricios lloraban sus errores, y buscando
-hospitalidad en naves extranjeras, se disponían a huir para siempre de
-la patria a quien no habían podido convencer.
-
-Así acaban los esfuerzos superiores a la energía humana, las luchas
-imposibles con monstruos potentes de terribles lazos, y que hunden
-en el suelo sus patas para estar más seguros, como hunde sus raíces
-el árbol. Tal era la contienda con el absolutismo. Querían vencerle
-cortándole las ramas, y él retoñaba con más fuerza. Querían ahogarle,
-y regándole daban jugo a sus raíces. ¡A vosotros, oh venideros días
-del siglo, tocaba atacarlo en lo hondo, arrancándolo de cuajo!... Pero
-advierto que estoy hablando la jerga liberal. ¡Qué horror! Verdad es
-que escribo veinte años después de aquellos sucesos; que ya soy vieja,
-y que a los viejos, como a los sabios, se les permite mudar de parecer.
-
-Fernando puso el pie en tierra. Dicen que al verse en suelo firme
-dirigió a Valdés una mirada terrible, una mirada que era un programa
-político: el programa de la venganza. Yo no lo vi, pero debió de ser
-cierto, porque me lo dijo quien estaba muy cerca. Lo que sí puedo
-asegurar es que Angulema, hincando en tierra la rodilla, besó la mano
-al rey; que luego se abrazaron todos; que don Víctor Sáez lloraba
-como un simple, y que los vivas y las exclamaciones de entusiasmo
-me volvieron loca. Los franceses gritaban, los españoles gritaban
-también, celebrando la feliz resurrección de la monarquía tradicional y
-la miserable muerte del impío constitucionalismo. El glorioso imperio
-de las _caenas_ había empezado. Ya se podía decir con toda el alma:
-«¡Viva el rey absoluto! ¡Muera la nación!»
-
-
-
-
-XXXVI
-
-
-Faltaba la solución mía. Mi corazón estaba como el reo cuya sentencia
-no se ha escrito aún. El 1.º de octubre por la tarde y el día 2 hice
-diligencias sin fruto, no siéndome posible ver a Sáez ni a Montguyon,
-a quien envié frecuentes y apremiantes recados. Ninguna noticia pude
-adquirir tampoco de los prisioneros. Creo que me hubiera repetido el
-ataque cerebral que padecí en Sevilla, si en el momento de mi mayor
-desesperación no apareciese mi generoso galán francés a devolverme la
-vida. Estaba pálido y parecía muy agitado.
-
-—Vengo de Cádiz —me dijo—. Dispénseme usted si no he podido servirla
-más pronto.
-
-—¿Y qué hay? —pregunté con la vida toda en suspenso.
-
-—Deme usted su mano —dijo Montguyon ceremoniosamente.
-
-Se la di y la besó con amor.
-
-—Ahora, señora, todo ha acabado entre nosotros. Mi deber está cumplido,
-y mi deber es perdonar, pagando las ofensas con beneficios.
-
-Yo me sentía muy conmovida y no pude decirle nada.
-
-—Ni un momento he dudado de su hidalguía —indiqué con acento de pura
-verdad—. A veces tropezamos en la vida con el bien y pasamos sin verlo.
-Señor conde, mi gratitud será eterna.
-
-—No quiero gratitud —díjome con honda tristeza—. Es un sentimiento que
-no me gusta recibido, sino dado. Deseo tan solo un recuerdo bueno y
-constante.
-
-—¡Y una amistad entrañable, una estimación profunda! —exclamé
-derramando lágrimas.
-
-—Todo está hecho.
-
-—¿Conforme a mi deseo...? ¡Bendito sea el momento en que nos conocimos!
-
-—Señora, su prisionero de usted está sano y salvo a bordo de la corbeta
-_Tisbe_, que parte esta tarde para Gibraltar.
-
-—¿Y cómo?
-
-—Por sus antecedentes debía ser condenado a muerte. Otros menos
-criminales subirán al cadalso, si no se escapan a tiempo. Yo le saqué
-anoche furtivamente de los Dominicos y le embarqué esta mañana. Ya no
-corre peligro alguno. Está bajo la salvaguardia del noble pabellón
-inglés.
-
-—¡Oh, gracias, gracias!
-
-—Además del servicio que a usted presto, creo cumplir un deber de
-conciencia arrancando una víctima a los feroces ministros del rey de
-España.
-
-—¿Pues qué —pregunté con asombro—, Su Majestad no ha ofrecido en su
-manifiesto de Cádiz perdonar a todo el mundo?
-
-—¡Palabras de rey prisionero! Las palabras del déspota libre son las
-que rigen ahora. Su Majestad ha promulgado otro decreto que es la negra
-bandera de las proscripciones, un programa de sangre y exterminio.
-Innumerables personas han sido condenadas a muerte.
-
-—Esto es una infamia... Pero, en fin, ¿está él en salvo?...
-
-—En salvo.
-
-—¿Y sabe que me lo debe a mí..., sabe que yo...? ¡Oh, señor conde!, no
-extrañe usted mi egoísmo. Estoy loca de alegría, y puedo repetir con
-toda mi alma: «Ahora sí que no se me puede escapar.»
-
-—Sabe que a usted lo debe todo, y espera abrazarla pronto.
-
-—¿Cómo?
-
-—Muy fácilmente. Comprendiendo que usted desea ir en su compañía, he
-pedido otro pasaporte para doña Jenara de Baraona.
-
-—¿De modo que yo...?
-
-—Puede embarcarse usted esta tarde antes de las cuatro a bordo de la
-_Tisbe_.
-
-—¿Es verdad lo que oigo?
-
-—Aquí está la orden firmada por el almirante inglés. Me la ha dado con
-las que ponen en salvo a los exregentes Císcar y Valdés, impíamente
-condenados a muerte por el rey.
-
-—¡Oh..., soy feliz, y todo lo debo a usted!... ¡Qué admirable conducta!
-
-Sin poder contenerme, caí de rodillas, y con mis lágrimas bañé las
-generosas manos de aquel hombre.
-
-—Así castigo yo —me dijo, levantándome—. Prepárese usted. A las tres y
-media vengo a buscarla para conducirla a bordo del bote francés que me
-han facilitado dos guardias marinas, parientes míos.
-
-Retirose el francés, recomendándome otra vez que estuviera pronta a las
-tres y media. Era la una.
-
-Ocupeme con febril presteza en preparar mi viaje. Estaba resuelta
-al abandono de todo lo que no nos fuera fácil llevar. Mariana y yo
-trabajamos como locas sin darnos un segundo de reposo.
-
-La felicidad se desbordaba en mi alma. Me reía sola... Pero, ¡ay!, una
-idea triste conturbó de súbito mi mente. Acordeme de la pobre huérfana
-viajera, y esto produjo una detención dolorosa en el raudo y atrevido
-vuelo de mi espíritu. Pero al mismo tiempo sentía que los rencores
-huían de mi corazón, reemplazados por sentimientos dulces y expansivos,
-los únicos dignos de la privilegiada alma de la mujer.
-
-«Perdono a todo el mundo —dije para mí—. Reconozco que hice mal en
-engañar a aquella pobre muchacha... Todavía le estará buscando... Pero
-yo también le busqué, yo también he padecido horriblemente... ¡Oh!
-¡Dios mío! Al fin me das respiro, al fin me das la felicidad que no
-pude obtener a causa sin duda de mis atroces faltas... La felicidad
-hace buenos a los malos, y yo seré buena, seré siempre buena...
-Esta tarde, cuando le vea, le pediré perdón por lo que hice con su
-hermana... ¡Oh!, ahora me acuerdo de la marquesa de Falfán, y torno a
-ponerme furiosa... No, eso sí que no puede perdonarse, no... Tendrá
-que darme cuenta de su vil conducta... Pero al fin le perdonaré. ¡Es
-tan dulce perdonar!... Bendito sea Dios que nos hace felices para que
-seamos buenos.»
-
-Esto y otras cosas seguía pensando, sin cesar de trabajar en el arreglo
-de mi equipaje. Miraba a todas horas el reloj, que era también de
-_cucú_, como el de aquella horrible noche de Sevilla; pero el pájaro de
-Puerto Real me era simpático, y sus saluditos y su canto regocijaban mi
-espíritu.
-
-Dieron las tres. Una mano brutal golpeó mi puerta. No había dado yo
-la orden de pasar adelante, cuando se presentaron cuatro hombres,
-dos paisanos y dos militares. Uno de los paisanos llevaba bastón de
-policía. Avanzó hacia mí. ¡Visión horrible!... Yo había visto al tal en
-alguna parte. ¿Dónde? En Benabarre.
-
-Aquel hombre me dijo groseramente:
-
-—Señora doña Jenara de Baraona, dese usted presa.
-
-En el primer instante no contesté, porque la estupefacción me lo
-impedía. Después, rugiendo, más bien que hablando, exclamé:
-
-—¡Yo presa, yo!... ¿De orden de quién?
-
-—De orden del excelentísimo señor don Víctor Sáez, ministro universal
-de Su Majestad.
-
-—¡Vil! ¡Tan vil tú como Sáez! —grité.
-
-Yo no era una mujer, era una leona.
-
-Al ver que se me acercaron dos soldados y asieron mis brazos con sus
-manos de hierro, corrí por la estancia. No buscaba mi salvación en
-cobarde fuga: buscaba un cuchillo, un hacha, un arma cualquiera...
-Comprendía el asesinato. Mi furor no tenía comparación con ningún furor
-de hombre. Era furor de mujer. No encontré ningún arma. ¡Dios vengador,
-si la encontrara, aunque fuese un tenedor, creo que habría matado a los
-cuatro! Un candelabro vino a mis manos, tomelo, y al instante la cabeza
-de uno de ellos se rajó... ¡Sangre! ¡Yo quiero sangre!
-
-Pero me atenazaron con vigor salvaje... ¡Presa, presa!... Todos mis
-afanes, todos mis sentimientos, todos mis deseos se condensaban en uno
-solo: tener delante a don Víctor Sáez para lanzarme sobre él, y con mis
-dedos teñidos de sangre sacarle los ojos.
-
-No pudiendo hundir mis dedos en extraños ojos, los volví contra los
-míos... clavelos en mi cabeza, intentando agujerearme el cráneo y
-sacarme los sesos. Mi aliento era fuego puro.
-
-Lleváronme... ¿qué sé yo a dónde? Por el camino... ¡oh Satán mío!, ¡oh
-demonio injustamente arrojado del Paraíso!... sentí el disparo de la
-corbeta inglesa al darse a la vela.
-
-
- FIN DE «LOS CIEN MIL HIJOS DE SAN LUIS»
-
-
-Madrid, febrero de 1877.
-
-
-*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS CIEN MIL HIJOS DE SAN LUIS
-***
-
-
-
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+ +The Project Gutenberg eBook of Los cien mil hijos de san Luis + +This ebook is for the use of anyone anywhere in the United States and +most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions +whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms +of the Project Gutenberg License included with this ebook or online +at www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, +you will have to check the laws of the country where you are located +before using this eBook. + + +Title: Los cien mil hijos de san Luis + +Author: Benito Pérez Galdós + +Release Date: September 12, 2023 [eBook #71614] +Last Updated: November 5, 2023 + +Language: Spanish + +Credits: Ramón Pajares Box. (This file was produced from images + generously made available by The Internet Archive/Canadian + Libraries.) + +*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS CIEN MIL HIJOS DE SAN LUIS +*** + + +NOTA DE TRANSCRIPCIÓN + + * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han + convertido a MAYÚSCULAS. + + * Los errores de imprenta han sido corregidos. + + * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con + las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española. + + * Las rayas intrapárrafos han sido espaciadas según los modernos usos + ortotipográficos. + + * Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final + del párrafo en que se las llama. + + + + +EPISODIOS NACIONALES + +LOS CIEN MIL HIJOS DE SAN LUIS + + + + + Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán + furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor. + + + + + B. PÉREZ GALDÓS + EPISODIOS NACIONALES + SEGUNDA SERIE + + LOS CIEN MIL HIJOS + DE + SAN LUIS + + 33.000 + + [Ilustración] + + MADRID + OBRAS DE PÉREZ GALDÓS + 132, Hortaleza + 1904 + + + + + EST. TIP. DE LA VIUDA E HIJOS DE TELLO + IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M. + C. de San Francisco, 4. + + + + +LOS CIEN MIL HIJOS DE SAN LUIS + + +Para la composición de este libro cuenta el autor con materiales muy +preciosos. Además de las noticias verbales, que casi son el principal +fundamento de la presente obra, posee un manuscrito que le ayudará +admirablemente en la narración de la parte o tratado que lleva por +título _Los cien mil hijos de San Luis_. El tal manuscrito es hechura +de una señora, por cuya razón bien se comprende que será dos veces +interesante, y lo sería más aún si estuviese completo. ¡Lástima grande +que la negligencia de los primeros poseedores de él dejara perder +una de las partes más curiosas y necesarias que lo componen! Solo +dos fragmentos sin enlace entre sí llegaron a nuestras manos. Las +laboriosas indagaciones para allegar lo que falta han sido inútiles, lo +que en verdad es muy lamentable, porque nos veremos obligados a llenar +con relatos de nuestra propia cosecha el gran vacío que entre ambas +piezas del manuscrito femenil resulta. + +Este tiene la forma de Memorias. Su primer fragmento lleva por epígrafe +_De Madrid a Urgel_, y empieza así: + + + + +I + + +En Bayona, donde busqué refugio tranquilo al separarme de mi esposo, +conocí al general Eguía.[1] Iba a visitarme con frecuencia, y como era +tan indiscreto y vanidoso, me revelaba sus planes de conspiración, +regocijándose en mi sorpresa y riendo conmigo del gran chubasco que +amenazaba a los francmasones. Por él supe en el verano del 21 que +Su Majestad, nuestro católico rey don Fernando (que Dios guarde), +anhelando deshacerse de los revolucionarios por cualquier medio y a +toda costa, tenía dos comisionados en Francia, los cuales eran: + + [1] Puede verse el retrato de este personaje en las _Memorias + de un Cortesano de 1815_. + +1.º El mismo general don Francisco Eguía, cuya alta misión era promover +desde la frontera el levantamiento de partidas realistas. + +2.º Don José Morejón, oficial de la secretaría de la Guerra, y después +Secretario reservado de Su Majestad con ejercicio de decretos, el cual +tenía el encargo de gestionar en París con el gobierno francés los +medios de arrancar a España el cauterio de la Constitución gaditana, +sustituyéndole con una cataplasma anodina hecha en la misma farmacia de +donde salió la Carta de Luis XVIII. + +Alababa yo estas cosas por no reñir con el anciano general, que era muy +galante y atento conmigo; pero en mi interior deploraba, como amante +muy fiel del régimen absoluto, que cosas tan graves se emprendieran por +la mediación de personas de tan dudoso valer. No conocía yo en aquellos +tiempos a Morejón; pero mis noticias eran que no había sido inventor de +la pólvora. En cuanto a Eguía, debo decir con mi franqueza habitual que +era uno de los hombres más pobres de ingenio que en mi vida he visto. + +Aún gastaba la coleta que le hizo tan famoso en 1814, y con la coleta +el mismo humor atrabiliario, despótico, voluble y regañón. Pero en +Bayona no infundía miedo como en Madrid, y de él se reían todos. No +es exagerado cuanto se ha dicho de la astuta pastelera que llegó a +dominarle. Yo la conocí, y puedo atestiguar que el agente de nuestro +egregio soberano comprometía lamentablemente su dignidad y aun la +dignidad de la corona, poniendo en manos de aquella infame mujer +negocios tan delicados. Asistía la tal a las conferencias, administraba +gran parte de los fondos, se entendía directamente con los partidarios +que un día y otro pasaban la frontera, y parecía en todo ser ella misma +la organizadora del levantamiento y el principal apoderado de nuestro +querido rey. + +Después de esto he pasado temporaditas en Bayona, y he visto la +vergonzosa conducta de algunos españoles que sin cesar conspiran en +aquel pueblo, verdadera antesala de nuestras revoluciones; pero nunca +he visto degradación y torpeza semejantes a las del tiempo de Eguía. +Yo escribía entonces a don Víctor Sáez, residente en Madrid, y le +decía: «Felicite usted a los francmasones, porque mientras la salvación +de Su Majestad siga confiada a las manos que por aquí tocan el pandero, +ellos están de enhorabuena.» + +En el invierno del mismo año se realizaron las predicciones que yo, +por no poder darle consejos, había hecho al mismo Eguía, y fue que +habiendo convocado de orden del rey a otros personajes absolutistas +para trabajar en comunidad, se desavinieron de tal modo, que aquello +más que junta parecía la dispersión de las gentes. Cada cual pensaba +de distinto modo, y ninguno cedía en su terca opinión. A esta variedad +en los pareceres y terquedad para sostenerlos llamo yo enjaezar los +entendimientos a la calesera, es decir, a la española. El marqués +de Mataflorida[2] proponía el establecimiento del absolutismo puro. +Balmaseda, comisionado por el gobierno francés para tratar este asunto, +también estaba por lo despótico, aunque no en grado tan furioso; +Morejón se abrazaba a la Carta francesa; Eguía sostenía el veto +absoluto y las dos Cámaras, a pesar de no saber lo que eran una cosa y +otra, y Saldaña, nombrado como una especie de quinto en discordia, no +se resolvía ni por la tiranía entera ni por la tiranía a media miel. + + [2] Conocido por _don Buenaventura_ en las _Memorias de un + cortesano_ y en _La segunda casaca_. + +Entre tanto, el gobierno francés concedió a Eguía algunos millones, de +los cuales podría dar cuenta si viviese la hermosa pastelera. Dios +me perdone el mal juicio; pero casi podría jurar que de aquel dinero, +solo algunas sumas insignificantes pasaron a manos de los pobres +guerrilleros, tan bravos como desinteresados, que desnudos, descalzos +y hambrientos, levantaban el glorioso estandarte de la fe y de la +monarquía en las montañas de Navarra o de Cataluña. + +Las bajezas, la ineptitud y el despilfarro de los comisionados secretos +de Su Majestad no cesaron hasta que apareció en Bayona, también con +poderes reales, el gran pájaro de cuenta llamado don Antonio Ugarte, a +quien no vacilo en designar como el hombre más listo de su época. + +Yo le había tratado en Madrid el año 19. Él me estimaba en gran +manera, y, como Eguía, me visitaba a menudo, pero sin revelarme sus +planes. Desde que se encargó de manejar la conspiración, seguíala yo +con marcado interés, segura de su éxito, aunque sin sospechar que le +prestaría mi concurso activo en término muy breve. Un día Ugarte me +dijo: + +—No se encuentra un solo hombre que sirva para asuntos delicados. Todos +son indiscretos, soplones y venales. ¿Ve usted lo que trabajo aquí por +orden de Su Majestad? Pues es nada en comparación de lo que me dan que +hacer las intrigas y torpezas de mis propios colegas de conspiración. +No me fío de ninguno, y en el día de hoy, teniendo que enviar un +mensaje muy importante, estoy como Diógenes, buscando un hombre sin +poder encontrarlo. + +—Pues busque usted bien, señor don Antonio —le respondí—, y quizás +encuentre una mujer. + +Ugarte no daba crédito a mi determinación; pero tanto le encarecí mis +deseos de ser útil a la causa del rey y de la religión, que al fin +convino en fiarme sus secretos. + +—Efectivamente, Jenara —me dijo—: una dama podrá desempeñar mejor que +cualquier hombre tan delicado encargo, si reúne a la belleza y gallarda +compostura de su persona un valor a toda prueba. + +En seguida me reveló que en Madrid se preparaba un esfuerzo político, +es decir, un pronunciamiento, en el cual tomaría parte la Guardia real +con toda la tropa de línea que se pudiese comprometer; pero añadió que +desconfiaba del éxito si no se hacían con mucho pulso los trabajos, +tratando de combinar el movimiento cortesano con una ruidosa algarada +de las partidas del norte. Discurriendo sobre este negocio, me mostró +su grandísima perspicacia y colosal ingenio para conspirar, y después +me instruyó prolijamente de lo que yo debía hacer en Madrid, del arte +con que debía tratar a cada una de las personas para quienes llevaba +delicados mensajes, con otras muchas particularidades que no son de +este momento. Casi toda mi comisión era enteramente confidencial y +personal, quiero decir que el conspirador me entregó muy poco papel +escrito; pero, en cambio, me repitió varias veces sus instrucciones +para que, reteniéndolas en la memoria, obrase con desembarazo y +seguridad en las difíciles ocasiones que me aguardaban. + +Partí para Madrid en febrero del 22. + + + + +II + + +Con entusiasmo y placer emprendí estos manejos: con entusiasmo, porque +adoraba en aquellos días la causa de la Iglesia y el trono; con placer, +porque la ociosidad entristecía mis días en Bayona. La soledad de +mi existencia me abrumaba tanto como el peso de las desgracias que +a otros afligen y que yo aún no conocía. Separándome de mi esposo, +cuyo salvaje carácter y feroz suspicacia me hubieran quitado la vida, +adquirí libertad suma y un sosiego que, después de saboreado por +algún tiempo, llegó a ser para mí algo fastidioso. Poseía bienes de +fortuna suficientes para no inquietarme de las materialidades de la +vida: de modo que mi ociosidad era absoluta. Me refiero a la holganza +del espíritu, que es la más penosa, pues la de las manos, yo, que no +carezco de habilidades, jamás la he conocido. + +A estos motivos de tristeza debo añadir el gran vacío de mi corazón, +que estaba ha tiempo como casa deshabitada, lleno tan solo de sombras +y ecos. Después de la muerte de mi abuelo, ningún afecto de familia +podía interesarme, pues los Baraonas que subsistían, o eran muy lejanos +parientes, o no me querían bien. De mi infelicísimo casamiento solo +saqué amarguras y pesadumbres; y para que todo fuese maldito en aquella +unión, no tuve hijos. Sin duda Dios no quería que en el mundo quedase +memoria de tan grande error. + +Fácilmente se comprenderá que en tal situación de espíritu me gustaría +lanzarme a esas ocupaciones febriles que han sido siempre el principal +goce de mi vida. Ninguna cosa llana y natural ha cautivado jamás mi +corazón, ni me embelesó, como a otros, lo que llaman dulce corriente +de la vida. Antes bien, yo la quiero tortuosa y rápida; que me ofrezca +sorpresas a cada instante y aun peligros; que se interne por pasos +misteriosos, después de los cuales deslumbre más la claridad del día; +que caiga como el Piedra en cataratas llenas de ruido y colores, o se +oculte como el Guadiana, sin que nadie sepa dónde ha ido. + +Yo sentía además en mi alma la atracción de la corte, no pudiendo +descifrar claramente cuál objeto o persona me llamaban en ella, ni +explicarme las anticipadas emociones que por el camino sentía mi +corazón, como el derrochador que principia a gastar su fortuna antes de +heredada. Mi fantasía enviaba delante de sí, en el camino de Madrid, +maravillosos sueños e infinitos goces del alma, peligros vencidos y +amables ideales realizados. Caminando de este modo y con los fines que +llevaba, iba yo por mi propio y verdadero camino. + +Desde que llegué me puse en comunicación con los personajes para +quienes llevaba cartas o recados verbales. Tuve noticias de la rebelión +de los Guardias que se preparaba; hice lo que Ugarte me había mandado +en sus minuciosas instrucciones, y hallé ocasión de advertir el mucho +atolondramiento y ningún concierto con que eran llevados en Madrid los +arduos trámites de la conspiración. + +Lo mejor y más importante de mi comisión estaba en Palacio, a donde me +llevó don Víctor Sáez, confesor de Su Majestad. Muchos deseos tenía yo +de ver de cerca y conocer por mí misma al rey de España y toda su real +familia, y entonces quedó satisfecho mi anhelo. Hice un rápido estudio +de todos los habitantes de Palacio, particularmente de las mujeres: la +reina Amalia, doña Francisca, esposa de don Carlos, y doña Carlota, +del infante don Francisco. La segunda me pareció desde luego mujer a +propósito para revolver toda la corte. De los hombres, don Carlos me +pareció muy sesudo, dotado de cierto fondo de honradez preciosísima, +con lo cual compensaba su escasez de luces, y a Fernando le diputé por +muy astuto y conocedor de los hombres, apto para engañarles a todos, si +bien privado del valor necesario para sacar partido de las flaquezas +ajenas. La reina pasaba su vida rezando y desmayándose; pero la varonil +doña Francisca de Braganza ponía su alma entera en las cosas políticas, +y llena de ambición, trataba de ser el brazo derecho de la corte. +Doña Carlota, por entonces embarazada del que luego fue rey consorte, +tampoco se dormía en esto. + +Los palaciegos, tan aborrecidos de la muchedumbre constitucional, +Infantado, Montijo, Sarriá y demás aristócratas, no servían en realidad +de gran cosa. Sus planes, faltos de seso y travesura, tenían por +objeto algo en que se destacase con preferencia la personalidad de +ellos mismos. Ninguno valía para maldita la cosa, y así nada se habría +perdido con quitarles toda participación en la conjura. Los individuos +de la Congregación Apostólica, que era una especie de masonería +absolutista, tampoco hacían nada de provecho, como no fuera allegar +plebe y disponer de la gente fanática para un momento propicio. En los +jefes de la Guardia había más presunción que verdadera aptitud para +un golpe difícil, y el clero se precipitaba gritando en los púlpitos, +cuando la situación requería prudencia y habilidad sumas. Los liberales +masones o comuneros vendidos al absolutismo, y que al pronunciar sus +discursos violentos se entusiasmaban por cuenta de este, estaban muy +mal dirigidos, porque con su exageración ponían diariamente en guardia +a los constitucionales de buena fe. He examinado uno por uno los +elementos que formaban la conspiración absolutista del año 22, para que +cuando la refiera se explique en cierto modo el lamentable aborto y +total ruina de ella. + + +NOTA DEL AUTOR. _A continuación refiere la señora los sucesos del 7 de +julio. Aunque su narración es superior a la nuestra, por la graciosa +sencillez y verdad con que toda ella está hecha, la suprimimos, pues no +conviene repetir, aun mejorándolo, lo que ya apareció en otro volumen._ + + + + +III + + +Después de los aciagos días de julio, mi situación, que hasta entonces +había sido franca y segura, fue comprometidísima. No es fácil dar +una idea de la presteza con que se ocultaron todos aquellos hombres +que pocos días antes conspiraban descaradamente. Desaparecieron como +caterva de menudos ratoncillos, cuando los sorprende en sus audaces +rapiñas el hombre sin poder perseguirlos, ni aun conocer los agujeros +por donde se han metido. A mí me maravillaba que don Víctor Sáez, +hombre de una obesidad respetable, pudiera estar escondido sin que al +punto se descubriese su guarida. Los palaciegos se filtraron también, y +los que no estaban claramente comprometidos, como por ejemplo, Pipaón, +dieron vivas a la Constitución vencedora, uniéndose a los liberales. + +Tuve además la desgracia de perder varios papeles en casa de un pobre +maestro de escuela donde nos reuníamos, y esto me causó gran zozobra; +pero al fin los encontré, no sin trabajo, exponiéndome a los mayores +peligros. La seguridad de mi persona corrió también no poco riesgo, y +en los días 9 y 10 de julio no tuve un instante de respiro, pues por +milagro no me arrastraron a la cárcel los milicianos borrachos de vino +y de patriotería. Gracias a Dios, vino en mi amparo un joven paisano y +antiguo amigo mío, el cual en otras ocasiones había ejercido en mi vida +influencia muy decisiva, semejante a la de las estrellas en la antigua +cábala de los astrólogos. + +Pasados los primeros días, pude introducirme en Palacio, a pesar de +la formidable y espesa muralla liberalesca que lo defendía. Encontré +a Su Majestad lleno de consternación y amargura, principalmente por +verse obligado a poner semblante lisonjero a sus enemigos y aun a +darles abrazos, lo cual era muy del gusto de ellos, en su mayoría +gente inocentona y crédula. No me agradaba ver en nuestro soberano tan +menguado corazón; pero si en él concordara el valor con las travesuras +y agudezas del entendimiento, ningún tirano antiguo ni moderno le +habría igualado. Su desaliento y desesperación no le impidieron que +se enamorase de mí, porque en todas las ocasiones de su vida, bajo +las distintas máscaras que se quitaba y se ponía, aparecía siempre el +sátiro. + +Temerosa de ciertas brutalidades, quise huir. Brindéme entonces a +desempeñar una comisión difícil para lo cual Fernando no se fiaba de +ningún mensajero; y aunque él no quiso que yo me encargase de ella, +porque no me alejara de la corte, tanto insté y con tales muestras de +verdad prometí volver, que se me dieron los pasaportes. + +El mes anterior había salido para Francia don José Villar Frontín, +uno de los intrigantes más sutiles del año 14, aunque, como salido +de la academia del cuarto del infante don Antonio, no era hombre de +gran iniciativa, sino muy plegadizo y servicial en bajas urdimbres. +Llevaba órdenes para que el marqués de Mataflorida formase una regencia +absolutista en cualquier punto de la frontera conquistado por los +guerrilleros. Estas instrucciones eran conformes al plan del gobierno +francés, que deseaba la introducción de la Carta en España y un +absolutismo templado; pero Fernando, que hacía tantos papeles a la vez, +deseaba que sus comisionados, afectando amor a la Carta, trabajasen por +el absolutismo limpio. Esto exigía frecuentes rectificaciones en los +despachos que se enviaban y avisos contradictorios, trabajo no escaso +para quien había de ocultar de sus ministros todos estos y aun otros +inverosímiles líos. + +Yo me comprometí a hacer entender a Mataflorida y a Ugarte lo que +se quería, transmitiéndole verbalmente algunas preciosas ideas del +monarca, que no podían fiarse al papel, ni a signo ni cifra alguna. +Ya por aquellos días se supo que la Seo de Urgel había sido ganada +al gobierno por el bravo Trapense, y se esperaba que en la agreste +plaza se constituyera la salvadora regencia. A la Seo, pues, debía yo +dirigirme. + +La partida y el viaje no eran problemas fáciles. Esto me preocupó +durante algunos días, y traté de sobornar, para que me acompañase, al +amigo de quien antes he hablado. A él no le faltaban en verdad ganas +de ir conmigo al extremo del mundo; pero le contenía el amor de su +madre anciana. No poco luché para decidirle, empleando razonamientos y +seducciones diversas; mas a pesar de la propensión de su carácter a +ciertas locuras y del considerable dominio que yo empezaba a ejercer +sobre él, se resistía tenazmente, alegando motivos poderosos, cuya +fuerza no me era desconocida. Al fin, tanto pudo una mujer llorando, +que él abandonó todo, su madre y su casa, aunque por poco tiempo, +con la sana intención de volver cuando me dejase en paraje donde no +existiese peligro alguno. El infeliz presagiaba sin duda su desdichada +suerte en aquella expedición, porque luchó grandemente consigo mismo +para decidirse, y hasta última hora estuvo vacilante. + +Aquel hombre había sido enemigo mío, o más propiamente, de mi esposo. +Desde la niñez nos conocimos; fue mi novio en la edad en que se tiene +novio. Sucesos lamentables que me afligen al venir a la memoria, +caprichos y vanidades mías me separaron de él, yo creí que para +siempre; pero Dios lo dispuso de otro modo. Durante algún tiempo estuve +creyendo que le odiaba; pero el sentimiento que llenaba mi alma era, +más que rencor, una antipatía arbitraria y voluntariosa. Por causa de +ella siempre le tenía en la memoria y en el pensamiento. Circunstancias +funestas le pusieron en contacto conmigo diferentes veces, y siempre +que ocurría algo grave en la vida de él o en la mía, tropezábamos +providencialmente el uno con el otro, como si el alma de cada cual, +viéndose en peligro, pidiese auxilio a su compañera. + +En mí se verificó una crisis singular. Por razones que no son de este +sitio, llegué a aborrecer todo lo que mi esposo amaba y amar todo lo +que él aborrecía. Al mismo tiempo, mi antiguo novio mostraba hacia +mí sentimientos tan vivos de menosprecio y desdén, que esto inclinó +mi corazón a estimarle. Yo soy así, y me parece que no soy el único +ejemplar. Desde la ocasión en que le arranqué de las furibundas manos +de mi marido, no debí de ser tampoco para él muy aborrecible. + +Cuando nos encontramos en Madrid, y desde que hablamos, caímos en +la cuenta de que ambos estábamos muy solos. Y si había semejanza en +nuestra soledad, no era menor la de nuestros caracteres, principal +origen quizás de aquella. Hicimos propósito de echar a la espalda aquel +trágico aborrecimiento que antes nos teníamos, el cual se fundaba en +veleidades y caprichosas monomanías del espíritu, y no tardamos mucho +tiempo en conseguirlo. Ambos reconocimos las grandes y ya irremediables +equivocaciones de nuestra primera juventud, y nos maravillábamos de ver +tan extraordinaria fraternidad en nuestras almas. ¡Ser de este modo, +haber nacido el uno para el otro, y, sin embargo, haber estado dándonos +golpes en las tinieblas durante tanto tiempo! ¡Qué fatalidad! Hasta +parece que no somos responsables de ciertas faltas, y que estas, por lo +que tienen de placentero, pueden tolerarse como compensación de pasados +dolores y de un error deplorable y fatal, dependiente de voluntades +sobrehumanas. + +Pero no: no quiero eximirme de la responsabilidad de mi culpa y de +haber faltado claramente, impulsada por móviles irresistibles, a la ley +de Dios. No; nada me disculpa: ni las atrocidades de mi marido, ni la +espantosa soledad en que yo estaba; ni los mil escollos de la vida en +la corte, ni las grandes seducciones morales y físicas de mi paisano y +dulce compañero de la niñez. Reconozco mi falta; y atenta solo a que +este papel reciba un escrupuloso retrato de mi conciencia y de mis +acciones, la escribo aquí, venciendo la vergüenza que confesión tan +penosa me causa. + +Salimos de Madrid en una hermosa noche de julio. Cuando dejamos de oír +el rugido de la milicia victoriosa, me pareció que entraba en el cielo. +Íbamos cómodamente en una silla de postas con buenos caballos y un +hábil mayoral de Palacio. Yo había tomado un nombre supuesto diciéndome +marquesa de Berceo, y él era nada menos que mi esposo, una especie de +marqués de Berceo. Mucho nos reímos con esta invención, que a cada paso +daba lugar a picantes comentarios y agudezas. No recuerdo días más +placenteros que los de aquel viaje. + +¡Cuántas veces bajamos del coche para andar largos trechos a pie, +recreándonos en la hermosura de las incomparables noches de Castilla! +¡Cómo se agrandaba todo ante nuestros ojos, principalmente las cosas +inmateriales! Nos parecía que aquella dulce vagancia no acabaría nunca, +y que los días venideros serían siempre como aquel cielo que veíamos, +dilatados, serenos y sin nubes. En tales horas, o hablábamos poco, o +vertíamos el alma del uno en la del otro alternativamente por medio +de observaciones y preguntas acordes con el hermoso espectáculo que +veíamos fuera y dentro de nosotros, pues de mi alma puede decirse que +estaba tan llena de estrellas como el firmamento. + +Han pasado muchos años: entonces tenía yo veintisiete, y ahora... no +lo quiero decir por no espantarme; pero creo que he traspasado el +medio siglo.[3] Entonces mis cabellos eran de oro; ahora son de plata, +sin que ni una sola hebra de ellos conserve su primitivo color. Mis +ojos tenían el brillo que es reflejo de la inteligencia despierta y +de los sentimientos bullidores; ahora no son más que dos empañadas +cuentas azules, de las cuales se escapa alguna vez fugitivo rayo. Mi +cara entonces respiraba alegría, salud, y el alma rielaba sobre mis +facciones como la luz sobre la superficie de las temblorosas aguas; +ahora es una máscara que sirve para disimular los pensamientos, y que +a muchos deja ver todavía huellas claras de la hermosura que hubo en +ella. Entonces era muy hermosa; ahora soy una _vieja que debió de +haber sido guapa_, aunque si he de creer a don Toribio, el canónigo +de Tortosa, todavía puedo volver loco a cualquiera. En suma: todo ha +pasado, mudándose considerablemente, e infinitas personas han entrado +en la región de los recuerdos. Lo que siempre está lo mismo es mi +país, que no deja de luchar un momento por la misma causa y con las +mismas armas, y si no con las mismas personas, con los mismos tipos de +guerreros y políticos. Mi país sigue siempre a la calesera. + + [3] Según nuestras noticias, la señora escribió estas + memorias durante la guerra civil del 48. + +Pues bien: en todo el tiempo transcurrido entre estas dos épocas, no +he visto pasar días como aquellos. Fueron de los pocos que tiene cada +mortal como un regalo del cielo para toda la existencia, y que en +vano se aguardan después, porque no vuelven. Estos aguinaldos de la +vida no se reciben más que una vez. Salvador era menos feliz que yo, +a causa de los deberes y las afecciones que había dejado atrás. Yo +procuraba hacerle olvidar todo lo que no fuese nosotros mismos; mas +resultaba esto muy difícil, por ser él menos dueño de sus acciones que +yo, y aun si se quiere, menos egoísta. Íbamos de pueblo en pueblo, sin +apresurarnos ni detenernos mucho. Aquel vivir entre todo el mundo y al +mismo tiempo sin testigo, era mi mayor delicia. Los diversos pueblos +por donde pasábamos no tenían sin duda noticia de la felicidad de los +marqueses de Berceo, pues si la tuvieran, no creo que nos dejaran +seguir sin quitarnos algo de ella. + + + + +IV + + +Gracias a nuestro dinero y a nuestro buen porte, podíamos disfrutar de +todas las comodidades posibles en las posadas. El calor nos obligaba a +detenernos durante el día, caminando por las noches, y ni en Castilla +ni en Aragón tuvimos ningún mal encuentro, como recelábamos, con +milicianos, ladrones o espías del gobierno. + +Más allá de Zaragoza empezamos a temer que nos salieran al paso las +tropas de Torrijos o de Manso. Por eso, en vez de tomar directamente +el camino de Cataluña, subimos hacia Huesca. Salvador, cuya antipatía +a los facciosos y guerrilleros era violentísima, se mostró disgustado +al considerarse cerca de ellos. Entonces tuve un momento de súbita +tristeza oyéndole decir: + +—Cuando lleguemos a un lugar seguro o estés entre tus amigos, me +volveré a Madrid. + +Yo deseaba que no llegasen ni el lugar seguro ni tampoco mis amigos. +Pero aunque mi tristeza fue grande desde aquel momento, apoderándose +de mi corazón como un presagio de desventuras, estaba muy lejos +de sospechar el espantoso golpe que nos amenazaba, consecuencia +providencial de nuestra falta y de mi criminal ligereza. ¡Ay!, piensa +el malo que sus alegrías han de ser perpetuas, y la misma grata +corriente de ellas le lleva ciego a lo que yo llamo la sucursal del +infierno en la tierra, que es la desgracia y el anticipado castigo de +los delitos. + +De Huesca nos dirigimos a Barbastro, siguiendo por un detestable camino +hasta Benabarre, donde entramos al anochecer. Detuvieron nuestro coche +algunos hombres, y al verles, exclamé: + +—¡Los guerrilleros! Ya estamos en casa. + +Salvador mostró gran disgusto, y cuando fuimos interrogados, dio +algunas contestaciones que debieron sonar muy mal en los oídos de los +soldados de la fe. Yo tenía confianza en mi gente y la seguridad de +no ser detenida; pero no me fue posible evitar ciertas molestias. Nos +hicieron bajar del coche antes de llegar a la posada y presentarnos +a un rústico capitán que estaba en la venta del camino bebiendo vino +juntamente con otro guerrillero, al modo de frailazo, armado de +pistolas, y con dos o tres individuos de malísima catadura. + +Sus maneras no eran en verdad nada corteses, a pesar de defender causa +tan sagrada como es la del altar y el trono; pero con dos o tres +palabras dichas enérgicamente y en tono de dignidad, me hice respetar +al punto. Yo mostraba mis papeles al que me parecía jefe, cuando +observé que uno de los hombres allí presentes miraba a mi compañero de +viaje con expresión poco tranquilizadora. Llegose a él, y poniéndole la +mano en el hombro, le dijo con brutal modo y expresión de venganza: + +—¿Me conoces? ¿Sabes quién soy? + +—Sí —le respondió Monsalud, pálido y colérico—. Ya sé que eres un +hombre vil: tu nombre es Regato. + +El desconocido se abalanzó en ademán hostil hacia mi amigo; pero este +supo recibirle con tanta valentía, que le hizo rodar por el suelo, +bañado el rostro en sangre. Quedeme sin aliento al ver la furia de +aquella gente ante el mal trato dado a uno de los suyos. Milagro de +Dios fue que no pereciésemos allí; pero el capitán parecía hombre +prudente, y haciendo salir de la venta al agraviado, nos notificó que +estábamos presos hasta que el jefe decidiera lo que se había de hacer +con nosotros. + +Afectando serenidad, díjele que mirara bien lo que hacía, por ser yo +persona de gran poder en la frontera y en Palacio; pero encogiéndose de +hombros, tan solo me permitió, después de largas discusiones, hablar +al que ellos llamaban coronel. Salí desalada de la venta, dejando en +ella la mitad de mi alma, pues allí quedó guardado por dos hombres mi +ultrajado amigo, y me presenté al coronel, que era un capuchino de +Cervera. + +Acababa de despachar Su Paternidad un bodrio y dos azumbres que le +habían puesto para que cenase, y después del pienso, no tenía al +parecer la cabeza muy serena. Sin embargo, no me trató mal. Díjome que +el señor Regato le había informado ya de quién era mi acompañante, y +que en vista de sus antecedentes y circunstancias, no podían soltarle. +Púseme furiosa: yo me creí capaz de destrozar solo con mis uñas a +aquel tremendo fraile coronel, cuyas barbas y salvaje apostura ponían +miedo en el corazón más esforzado. Sin miramiento alguno le increpé, +diciéndole cuantas atrocidades me vinieron a la boca y amenazándole con +pedir su cabeza al rey; pero ni aun así logré ablandar aquella roca en +figura de bestia. Oyome el bárbaro con paciencia, sin duda por ser más +fraile que guerrero, y resumió sus resoluciones diciéndome: + +—Usted, señora, puede ir libremente a donde le acomode; pero ese hombre +no me sale de aquí. + +¡Ay!, si yo hubiera tenido a mis órdenes diez hombres armados, habría +atacado al batallón, cuadrilla o lo que fuera, segura de destrozarlo: +que tanto puede el furor de una hembra ofendida. Volví a la venta, +resuelta a sacar de ella a Salvador con mis propias manos, desafiando +las armas de sus guardianes; pero cuando entré, mi compañero de viaje, +mi adorado amigo, mi pobre marqués de Berceo, había desaparecido. Le +llamé con la voz ronca de tanto gritar; le llamé con toda mi alma; pero +no me respondió. Una mujer andrajosa, que parecía tan salvaje y feroz +como los hombres que en aquel pueblo vi, salió conmigo al camino, y +señalando a un punto en la oscuridad del espacio negro, dijo sordamente: + +—Allí. + +Y mirando hacia donde su dedo me indicaba, vi unas grandes sombras que +parecían murallones almenados y como ruinas hendidas. Pregunté qué +sitio era aquel, y la desconocida me contestó: + +—El castillo. + +La mujer, llevando una cesta con provisiones, marchó en dirección +del castillo. Yo la seguí. No tardamos en llegar, y por una poterna +desvencijada que se abría en la muralla, después de pasado el foso sin +agua, penetramos en un patio lleno de escombros y de hierba. + +—¡Aquí, aquí le han encerrado! —exclamé mirando a todos lados como +quien ha perdido el juicio. + +La mujer se detuvo ante mí, y señalando el suelo dijo con voz muy +lúgubre: + +—¡Abajo! + +Creí volverme loca. Los ojos de la horrible persona que me daba tan +tremendas noticias brillaban con claridad verdosa, como los de animal +felino. Quise seguirla cuando subió la escalerilla que conducía a las +habitaciones practicables entre tanta ruina; pero un centinela me echó +fuera brutalmente, amenazándome con arrojarme al foso si no me retiraba +_más pronto que la vista_. Estas fueron sus propias palabras. + +Corrí hacia el pueblo, decidida a ver de nuevo al coronel capuchino +de Cervera. Pero tanta agitación agotó al fin mis fuerzas, y tuve que +sentarme en una gran piedra del camino, fatigada y abatida, porque a mi +primera furia sustituyó una aflicción profundísima que me hizo llorar. +No recuerdo haber derramado nunca más lágrimas en menos tiempo. Al fin, +sobreponiéndome a mi dolor, seguí adelante, jurando no continuar el +viaje sin llevar en mi compañía al infeliz cuanto adorado amigo de mi +niñez. Desperté al capuchino, que ya roncaba, el cual de muy talante +repitió su fiera sentencia, diciendo: + +—Usted, señora, puede continuar su viaje; pero el otro no saldrá de +aquí sin orden superior. Yo sé lo que me digo. ¡Pisto!, que ya me canso +de sermonear. Vaya usted con Dios y déjenos en paz. + +Despreciando su barbarie, insistí y amenacé, y al cabo me dio algunas +esperanzas con estas palabras: + +—El jefe de nuestra partida acaba de llegar. Háblele usted a él. + +—¿Quién es el jefe? + +—Don Saturnino Albuín —me contestó. + +Al oír este nombre vi el cielo abierto. Yo había conocido en Bayona +al célebre _Manco_, y recordé que, aunque muy bruto, hacía alarde de +generosidad e hidalguía en todas las ocasiones que se le presentaban. +No quise detenerme ni un instante, y al punto me informé de que +don Saturnino se hallaba en una casa situada junto al camino, a la +salida del pueblo, en dirección a Tremp. Desde la plaza se veían dos +lucecillas en las ventanas de la vivienda. Corrí allá guiada por la +simpática claridad de aquellas luces semejantes a dos ojos, y que eran +para mí fanales de esperanza. Llegué sin aliento, agitada por la fatiga +y un dulce presagio de buen éxito que me llenaba el corazón. + +El centinela me dijo que no se podía pasar; pero apelando a mis +bolsillos, pasé. En la escalera, en el pasillo alto, fui repetidas +veces detenida; pero con el mismo talismán abríame paso. + +—Ahí está —me dijo un hombre señalando una puerta, detrás de la cual se +oían alteradas voces en disputa. Sin reparar más que en mi afán empujé +la puerta y entré. + +Albuín, que estaba en pie, se volvió al sentir el ruido de la puerta, +y me interrogó con sus ojos, que expresaban sorpresa y cólera por mi +brusca entrada. Otro guerrillero estaba junto a la mesa con los codos +sobre ella, encendiendo un cigarro en la luz del velón de cobre que +alumbraba la estancia. + +—¿Qué se le ofrece a usted, señora? —me dijo Albuín moviendo con gesto +de impaciencia su única mano. + +No había yo dado cuatro pasos dentro de la habitación, cuando observé +que más allá de la mesa había otro hombre, apoltronado en un sillón, +con los pies extendidos sobre una banqueta, inclinada la cabeza sobre +el hombro, y durmiendo tranquilamente con ese sueño del guerrillero +cansado que acaba de recorrer dos provincias y marear a dos ejércitos. +Al verle, ¡Santo Dios!, me quedé yerta, muda como estatua: no pude +pronunciar una palabra, ni dar un paso, ni respirar, ni huir, ni +gritar. El terror me arrancó súbitamente del pensamiento mis angustias +de aquella noche. + +Aquel hombre era mi marido. + +—¿Qué se le ofrece a usted, señora? —volvió a preguntarme el _Manco_. + +Pasado el primer instante de terror, en mí no hubo otra idea que la +idea de huir, de desaparecer, de desvanecerme como el humo o como la +palabra vana que se lleva el viento. + +—Pero ¿qué se le ofrece a usted, demonio? —repitió el guerrillero. + +—¡Nada! —contesté. Y a toda prisa salí de la habitación. + +Yo creo que ni un relámpago corre como yo corrí fuera de la casa. No +veía más que el camino, y mi veloz carrera nunca me parecía bastante +apresurada para llegar al centro del pueblo, donde había dejado mi +coche. + +A lo lejos, detrás de mí, sentí voces que decían burlonamente: + +—¡La mujer loca, la mujer loca! + +Eran los bárbaros a quienes yo había dado tanto dinero para que me +dejasen pasar. A cada instante volvía la cabeza por ver si mi marido +venía corriendo detrás de mí. + +Llegué medio muerta a donde estaba mi coche, y tirando del brazo al +cochero para que despertase, grité: + +—Francisco, Francisco, vuela, vuela fuera de este horrible pueblo. + +Y me metí en el coche. + +—¿A dónde vamos, señora? —me preguntó el buen hombre sacudiendo la +pereza. + +—¿Estás sordo? Te he dicho que vueles... ¿Hablo yo en griego? Que +vueles, hombre. Mata los caballos; pero ponme a muchas leguas de aquí. + +—¿A dónde vamos, señora? ¿Hacia la Seo? + +—Hacia el infierno si quieres, con tal que me saques de aquí. + +Mi coche partió a escape, y siguiendo el camino en dirección a Tremp, +pasé junto a la malhadada casa donde había visto a mi esposo. Entonces +los bárbaros reunidos junto a la puerta me aclamaron otra vez, +arrojando algunas piedras a mi coche. Su grito era: + +—¡La mujer loca, la mujer loca! + +En efecto, lo estaba. ¡Ah! ¡Benabarre, Benabarre, maldito seas! En +ti acabó mi felicidad; en las espinas de tu camino dejé clavado mi +corazón chorreando sangre. Fuiste mi calvario y la piedra resbaladiza +de mal agüero donde caí para siempre, cuando más orgullosa marchaba. +Fuiste el tajo donde el cielo puso mi cabeza para asegurar el golpe +de su cuchilla; pero con ser obra del cielo mi castigo, ¡te odio, +execrable pueblo de bandidos! ¡Sepulcro de mi edad feliz, no puedo +verte sin espanto, y mientras tenga lengua, te maldeciré! + + + + +V + + +El 14 de agosto llegué a la Seo. ¡Qué viaje el de Benabarre a la Seo! +Si antes todo se adaptaba al linsojero estado de mi alma, después +todos los caballos eran malos, todos los caminos intransitables, todas +las posadas insufribles, todos los días calurosos, y las noches todas +tristes como los pensamientos del desterrado. Mi alma sin consuelo, +mientras más gente veía, más sola se encontraba. Mi pensamiento no +podía apartarse de aquel lugar siniestro donde habían quedado mi amor +y mi suplicio, mi falta y mi conciencia, representados cada una en un +hombre. + +Casi antes de desempeñar mi comisión traté de ocuparme de salvar al +infeliz que había quedado cautivo en Benabarre; pero Mataflorida me +dijo sonriendo: + +—Luego, luego, mi querida señora, trataremos de ese asunto. Infórmeme +usted de lo que trae, pues no hay tiempo que perder. Hoy mismo +constituiremos la Regencia. + +Más de dos horas estuvimos departiendo. Él, como hombre muy ambicioso +y que gustaba de ser el primero en todo, recibió con gusto las +instrucciones reservadísimas que le daban gran superioridad entre sus +compañeros de regencia. Eran estos el barón de Eroles y don Jaime +Creux, arzobispo de Tarragona, ambos, lo mismo que Mataflorida, +de clase humildísima, sacados de su oscuridad por los tiempos +revolucionarios, lo cual no era un argumento muy fuerte en pro del +absolutismo. Una regencia destinada a restablecer el trono y el altar +debió constituirse con gente de abolengo. Pero la edad revuelta que +corríamos lo exigía de otro modo, y hasta el absolutismo alistaba su +gente en la plebe. Este hecho, que ya venía observándose desde el +siglo pasado, lo expresaba Luis XV diciendo que la nobleza necesitaba +estercolarse para ser fecundada. + +De los tres regentes, el más simpático era Mataflorida y también +el de más entendimiento; el más tolerante, Eroles, y el más malo y +antipático, don Jaime Creux. No puede decirse de estos hombres que +habían marchado con lentitud en sus brillantes carreras. Eroles era +estudiante en 1808, y en 1816 teniente general. El otro, de clérigo +oscuro pasó a obispo, en premio de su traición en las Cortes del año 14. + +Yo no tenía mi espíritu en disposición de atender a las ceremonias +con que quisieron celebrar los triunviros el establecimiento de la +Regencia. Después de publicar su célebre manifiesto, proclamaron +solemnemente al monarca, _restituyéndole a la plenitud de sus +derechos_, según decíamos entonces. Levantose en la plaza de la Seo un +tablado, sobre el que un sacristán, vestido de rey de armas, gritó: +«¡España por Fernando VII!», y luego dieron al viento una bandera, en +la cual las monjas habían bordado una cruz y aquellas palabras latinas +que quieren decir: _por este signo vencerás_. Los altos castillos que +coronan los montes en cuyo centro está sepultada la Seo, hicieron +salvas, y aquello en verdad parecía una proclamación en toda regla. + +Después de la ceremonia política hubo jubileo por las calles y rogativa +pública, a que concurrió el obispo con todo el clero armado y el +cabildo sin armas. Era un espectáculo edificante y al mismo tiempo +horroroso. Daba idea de la inmensa fuerza que tenían en nuestro país +las dos clases reunidas, clero y plebe; pero los frailes armados de +pistolas y los guerrilleros con vela, el general con su crucifijo y el +arcediano con espuelas, movían a risa y a odio juntamente. El ejército +de la fe, uniformado solo con la barretina, habría parecido un ejército +de pavos, si no estuviera bien probado su indomable valor. + +Yo veía aquella procesión chabacana, horrible parodia del levantamiento +nacional de 1808, y aquellas espantosas figuras de curas confundidos +con guerreros, como se ven las ficciones horrendas de una pesadilla. +Tal espectáculo era excesivamente desagradable a mi espíritu, y la +bulla del pueblo me ponía los nervios en lastimoso desorden. Semejante +carnaval en Urgel, que es sin disputa el pueblo más feo de todo el +mundo, era para enfermar y aun enloquecer a cualquiera. Mi privilegiada +naturaleza me salvó. + +Y pasaban días sin que me fuera posible hacer nada de provecho por mi +amado prisionero de Benabarre. Obtenía, sí, promesas y aun órdenes +de la Regencia; pero como no podía trasladarme yo misma al lugar del +conflicto, era muy difícil que tuviesen cumplimiento. Antes me dejara +morir que encaminarme a paraje alguno donde hubiese probabilidades de +encontrar la persona, o siquiera las huellas de mi esposo; y según mis +averiguaciones, este no había abandonado el bajo Aragón. + +Al fin supe que mi cara mitad, uniéndose a Jeps dels Estanys, había +pasado a la alta Cataluña. Llena de esperanza entonces corrí a +Benabarre, cargada de órdenes de Mataflorida y del mismo Eroles, que +acababa de ponerse a la cabeza de la insurrección catalana. Ningún +obstáculo podían oponerme ya los guerrilleros; mas por mi desgracia, +cuando llegué al funesto pueblo de Aragón, ni un solo partidario del +realismo quedaba en su recinto: el castillo había sido volado, y el +mísero cautivo, según me dijeron, trasladado a otro punto. + +—¿Vivo? —pregunté. + +—Vivo y cargado de cadenas —me contestó la misma mujer de aquella +horrenda noche de agosto—. Se iba muriendo por el camino; pero le +daban comida y bebida para que no acabase de padecer. + +No tuve tiempo para entregarme a inútiles lamentaciones, porque corrió +por todo el pueblo esta horrible voz: ¡_los liberales_!, ¡_que vienen +los liberales_!, y tuve que huir. Con mucho trabajo y gastando bastante +dinero, pude escapar a Francia por Canfranc. + + +NOTA DEL AUTOR. _Aquí concluye el primer fragmento de las curiosas +memorias._ + +_Como el segundo se refiere a sucesos ocurridos en la primavera del 22, +resultando una interrupción de siete meses, nos vemos en la necesidad +de llenar tan lamentable vacío con relaciones propias, que abreviaremos +todo lo posible para que no se echen de menos por mucho tiempo las +aventuras de la dama viajera, contadas por ella misma._ + + + + +VI + + +La primera determinación del gobierno popular que sucedió al de +Martínez de la Rosa, después de las jornadas de julio, fue nombrar +general del ejército del Norte al rayo de las guerrillas, al Napoleón +navarro, don Francisco Espoz y Mina. En medio de su atolondramiento, +los siete ministros, a quienes la corte llamaba los _Siete niños de +Écija_, no carecían de iniciativa y de cierta arrogancia emprendedora +que por algún tiempo les permitió sostenerse en el poder con +prestigio. El nombramiento de Mina y aquella orden que le dieron de +hacer tabla rasa de las provincias rebeldes, no pudieron ser más +acertados. + +El gran guerrillero no necesitaba muy vivas excitaciones para sentar +su pesada mano a los pueblos. Navarros y catalanes le conocían. +Pero antaño había hecho la guerra con ellos, y ahora debía hacerla +contra ellos, lo cual era muy distinto. Antes se batía contra tropas +regulares, y ahora con ellas perseguía las partidas. Bien se ve que +el coloso de las guerrillas estaba fuera de su natural esfera y +asiento. Tenía que hacer el papel del enemigo durante la guerra de la +Independencia. + +A pesar de esta desventaja, empezó con muy buen pie su campaña. +No podía decirse propiamente que había partidas en el norte, sino +que todo el norte, desde Gerona hasta Guipúzcoa y desde el Pirineo +hasta las inmediaciones del Ebro, ardía con horrible llamarada +absolutista. Quesada, a cuyo lado despuntaba un precoz muchacho +llamado Zumalacárregui, dominaba en Navarra, juntamente con Guergué y +don Santos Ladrón; Albuín, Cuevillas y Merino asolaban la tierra de +Burgos; Capapé la de Aragón; Jeps dels Estanys, el Trapense, Romagosa +y Caragol, la de Cataluña, donde el barón de Eroles trataba de formar +un ejército regular con las desperdigadas gavillas de la fe. Muchos +frailes del país, empezando por los aguerridos capuchinos de Cervera +que habían escapado del furor de las tropas liberales, y concluyendo +por los monjes de Poblet, que tanto trabajaron en la conspiración, +formaban en las filas del Manco, de Capapé o de Misas. + +Mina tomó el mando de las tropas de Cataluña, y al poco tiempo el +aspecto de la campaña principió a mudarse favorablemente a nuestras +armas. En 24 de octubre, después de obligar a los facciosos a levantar +el sitio de Cervera, arrasó a Castellfollit, poniendo sobre sus ruinas +el célebre cartel que decía: «Aquí existió Castellfollit. Pueblos, +tomad ejemplo, y no deis abrigo a los enemigos de la patria.» + +En noviembre tomó a Balaguer. En el mismo mes obligó a muchos facciosos +a pasar la frontera en presencia del cordón sanitario con que nos +amenazaban los franceses. En 20 de enero, uno de los suyos, el +brigadier Rotten, jefe de la cuarta división del ejército de Cataluña, +hacía sufrir a San Llorens de Morunys el tremendo castigo de que había +sido víctima Castellfollit, diciendo a las tropas en la orden del día: +«La villa esencialmente rebelde llamada San Llorens de Morunys, _será +borrada del mapa_.» + +Aquel destructor de ciudades señalaba a cada regimiento las calles que +debía saquear antes de dar principio a la operación de borrar del mapa. +No de otra manera procedió Hoche en la Vendée; pero este sistema de +_borrar del mapa_ es algo expuesto, sobre todo en España. + +El 8 de diciembre puso Mina sitio a la Seo de Urgel, mientras Rotten +iba convenciendo a los rebeldes catalanes con las suaves razones que +indicamos, y en uno de los pueblos demolidos y arrasados, precisamente +en aquel mismo San Llorens de Morunys, llamado también Piteus, ocurrió +un suceso digno de mencionarse, y que causó maravilla y emoción muy +viva en toda la tropa. + +Fue de la manera siguiente: para que el saqueo se hiciera con orden, +Rotten dispuso que el batallón de Murcia trabajase en las calles de +Arañas y Balldelfred; el de Canarias, en las calles de Frecsures y +Segories; el de Córdoba, en la de Ferronised, dejando los arrabales +para el destacamento de la Constitución y la caballería. Lo mismo +en la orden de saqueo que en la de incendio, que le siguió, fueron +exceptuadas doce casas que pertenecían a otros tantos patriotas. + +El regimiento de Córdoba funcionaba en la calle de Ferronised, entre +la consternación de los aterrados habitantes, cuando unos soldados +descubrieron un hondo sótano o mazmorra, y registrándolo, por si en +él había provisiones almacenadas para los facciosos, vieron a un +hombre aherrojado, o más propiamente dicho, un cadáver viviente, cuya +miserable postración les causó espanto. No vacilaron en prestarlo +auxilio cristianamente sacándole de allí en hombros, después de +quitarle con no poco trabajo las cadenas; y cuando el cautivo vio +la luz se desmayó, pronunciando incoherentes palabras, que más bien +expresaban demencia que alegría. + +Rodeáronle todos, siendo objeto de gran curiosidad por parte de +oficiales y soldados, que no cesaban de denostar a los facciosos por +la crueldad usada con aquel infeliz. Este parecía haber permanecido +bajo tierra mucho tiempo, según estaba de lívido y exangüe, y sin duda +era víctima del furor de las hordas absolutistas, y más que criminal +castigado por sus delitos, un buen patriota condenado por su amor a la +Constitución. + +Un capitán ayudante de Rotten, llamado don Rafael Seudoquis, se +interesó vivamente por el cautivo, y después de mandar que se le diera +toda clase de socorros, le apremió para que hablase. El hombre sacado +del fondo de la tierra parecía joven, a pesar de lo que le abrumaba su +padecer, y se sorprendió muy agradablemente de ver los uniformes de la +tropa. Las primeras palabras que pronunció fueron: + +—¿En dónde están? + +—¿Los facciosos? —dijo Seudoquis riendo—. Me parece que no les veremos +tan pronto, según la prisa que llevan... Ahora, buen amigo, díganos +cómo se llama usted y quién es. + +El cautivo hacía esfuerzos para recordar. + +—¿En qué año estamos? —preguntó al fin mirando a todos con extraviados +ojos. + +—En el de 1823, que parece será el peor año del siglo, según como +empieza. + +—¿Y en qué mes? + +—En enero y a 15, día de san Pablo ermitaño. Si usted recuerda cuándo +le empaquetaron, puede hacer la cuenta del tiempo que ha estado en +conserva. + +—He estado preso —dijo después de una larga pausa— seis meses y algunos +días. + +—Pues no es mucho: otros han estado más. No le habrán tratado a usted +muy bien, eso es lo malo; pero descuide, que ahora las van a pagar +todas juntas. El pueblo será incendiado y arrasado. + +—¡Incendiado y arrasado! —exclamó el cautivo con pena—. ¡Qué lástima +que no sea Benabarre! + +—Sin duda el cautiverio de usted —dijo Seudoquis intimando más con el +desgraciado— empezó en ese horrible pueblo aragonés. + +—Sí, señor: de allí me trajeron a Tremp, de Tremp a Masbrú y de Masbrú +aquí. + +—¡Oh, buen viaje ha sido! ¡Y seis meses de encierro, bajo el poder de +esa canalla! No sé cómo no le fusilaron a usted seiscientas veces. + +—Eran demasiado inhumanos para hacerlo. + +Lleváronle fuera del pueblo, en una camilla, a presencia del brigadier, +que le interrogó. Desde el cuartel general vio las llamas que devoraban +a San Llorens, y entonces dijo: + +—Arde lo inocente, las guaridas, y los perversos lobos están en el +monte. + +El bravo y generoso Seudoquis fue encargado por el brigadier de +vestirle, pues los andrajos que cubrían el cuerpo del cautivo se caían +a pedazos. + +Al día siguiente de su maravillosa redención, hallose muy repuesto por +la influencia del aire sano y de los alimentos que tomara, y aunque le +era imposible dar un paso, podía hablar sin acongojarse por falta de +aliento como el primer día. + +—¿Qué ha pasado en todo este tiempo? —preguntó con voz temblorosa al +que continuamente le daba pruebas de generosidad e interés—. ¿Sigue +reinando Fernando VII? + +—Hombre, sí: todavía le tenemos encima —dijo Seudoquis atizando la +hoguera, alrededor de la cual vivaqueaban juntamente con el cautivo +cuatro o cinco oficiales—. Gotosillo sigue nuestro hombre; pero aún nos +está embromando y nos embromará por mucho tiempo. + +—¿Y la Constitución, subsiste? + +—También está gotosa, o mejor dicho, acatarrada. Me parece que de esta +fecha enterramos a la señora. + +—¿Y hay Cortes? + +—Cortes y recortes. Pero me parece que pronto no quedarán más que los +de los sastres. + +—Y qué, ¿hay revolución en España? + +—Nada: estamos en una balsa de aceite. + +—¿Qué ministerio tenemos? + +—El de los _Siete niños de Écija_. ¿Pues qué, vamos a estar mudando de +niños todos los días? + +—¿Y ha vuelto la Milicia a sacudir el polvo a la Guardia real? + +—Ahora nos ocupamos todos en cazar frailes y guerrilleros, siempre que +ellos no nos cacen a nosotros. + +—¿Y Riego? + +—Ha ido a Andalucía. + +—¿Hay agitación allá? + +—Lo que hay es mucha sangre vertida en todas partes. + +—Revolución completa. ¿Dónde hay partidas? + +—Pregunte usted que dónde hay españoles. + +—Toda Cataluña parece estar en armas contra el gobierno. + +—Y casi todo Aragón y Navarra y Vizcaya y Burgos y León y mucha parte +de Guadalajara, Cuenca, Ávila, Toledo, Cáceres. Hay facciones hasta en +Andalucía, que es como decir que hasta las ranas han criado pelo. + +—¡Qué horrible sueño el mío —dijo lúgubremente el cautivo—, y qué +triste despertar! + +—Esto es un volcán, amigo mío. + +—¿Pero qué quieren? + +—Confites. Piden Inquisición y cadenas. + +—¿Y quién los dirige? + +—El rey, y en su real nombre la Regencia de Urgel. + +—¡Una regencia...! + +—Que tiene su gobierno regular, sus embajadores en las cortes de +Europa, y ha contratado hace poco un gran empréstito. ¡Si no hay país +ninguno como este! Espanta el ver cómo falta dinero para todo menos +para conspirar. + +—¿Y qué hace el gobierno? + +—¿Qué ha de hacer? Bobadas. Trasladar los curas de una parroquia a +otra, declarar vacantes las sillas de los obispos que están en la +facción, fomentar las sociedades patrióticas, suprimir los conventos +que están en despoblado, y otras grandes medidas salvadoras. + +—¿No ha cerrado el gobierno las sociedades patrióticas? + +—Ha abierto la _Landaburiana_, para que los liberales tengan una buena +plazuela donde insultarse. + +—¿Siguen los discursos? + +—Sí; pero abundan más los cachetes. + +—¿Y qué generales mandan los ejércitos de operaciones? + +—Aquí, Mina; en Castilla la Nueva, O’Daly; Quiroga, en Galicia; en +Aragón, Torrijos. + +—¿Y vencen? + +—Cuando pueden. + +—Es una delicia lo que encuentro a mi vuelta del otro mundo. + +—Si casi era mejor que se hubiese usted quedado por allá. Así al menos +no sufriría la vergüenza de la intervención extranjera. + +—¿Intervención? + +—¡Y se asusta! ¿Pues hay nada más natural? Según parece, allá por +el mundo civilizado corre el rumor de que esto que aquí pasa es un +escándalo. + +—Sí que lo es. + +—Los reyes temen que a sus naciones respectivas les entre este +maleficio de las Constituciones, de las sociedades landaburianas, de +las partidas de la fe, de los frailes con pistolas, y nos van a quitar +todos estos motivos de distracción. Lejos del mundo ha estado usted, +y muy dentro de tierra cuando no han llegado a sus oídos las célebres +notas. + +—¿Qué notas? + +—El re mi fa de las potencias. Las notas han sido tres, todas muy +desafinadas, y las potencias que las han dado, tres también, como las +del alma: Rusia, Prusia y Austria. + +—¿Y qué pedían? + +—No puedo decírselo a usted claramente, porque los embajadores no me +las han leído; pero sí sé que la contestación del gobierno español ha +sido retumbante y guerrera como un redoble de tambor. + +—Es decir, que desafía a Europa. + +—Sí, señor, la desafiamos. Ahora se recuerda mucho la guerra de la +Independencia; pero yo digo como Cervantes, que _nunca segundas partes +fueron buenas_. + +—¿De modo que tendremos otra vez extranjeros? + +—Franceses. Ahí tiene usted en lo que ha venido a parar el ejército de +observación. Entre el cordón sanitario y el de San Francisco nos van a +dar que hacer... Digo... y los diputados, el día en que aprobaron la +contestación a las notas, fueron aclamados por el pueblo. Yo estaba en +Madrid esa noche, y como vivo frente al coronel San Miguel, las murgas +no me dejaron dormir en toda la noche. Por todas partes no se oyen más +que _mueras_ a la Santa Alianza, a las potencias del norte, a Francia y +a la Regencia de Urgel. Ahora se dice también, como entonces: «dejadles +que se internen»; pero la tropa no está muy entusiasmada que digamos. +Con todo, si entran los interventores, no les recibiremos con las manos +en los bolsillos. + +—Tremendos días vienen —dijo el cautivo—. Si los absolutistas vencen, +no podremos vivir aquí. O ellos o nosotros. Hay que exterminarles para +que no nos exterminen. + +—Diga usted que si hubiera muchos brigadieres Rotten, pronto se acababa +esa casta maligna. Fusilamos realistas por docenas, sin distinción de +sexo ni edad, ni formalidades de juicio... ¡Ay del que cae en nuestras +manos! Nuestro brigadier dice que no hay otro remedio, ni entienden +más razón que el arcabuzazo. Ayer hicimos catorce prisioneros en San +Llorens. Hay de toda casta de gentes: mujeres, hombres, dos clérigos, +un jesuita que usa gafas, un escribano de setenta años, una mujer +pública, dos guerrilleros inválidos; en fin, un muestrario completo. El +jefe les ha sentenciado ya; pero como esto no se puede decir así, se +hace la comedia de enviarles a la cárcel de Solsona, y por el camino, +cuando viene la noche y se llega a un sitio conveniente..., _pim, +pam_..., se les despacha en un santiamén, y a otra. + +—Si no me engaño —dijo el cautivo—, aquellos paisanos que por allí +asoman son los prisioneros de San Llorens. + +En una loma cercana, a distancia de dos tiros de fusil, se veía un +grupo de personas, custodiado por la tropa. + +—Cabalmente —afirmó Seudoquis—, aquellos son. Dentro de una hora se +pondrán en camino para la eternidad. ¡Y están tan tranquilos!... Como +que no han probado aún las recetas del brigadier Rotten... + +—Ojo por ojo y diente por diente —dijo el cautivo contemplando el +grupo de prisioneros—. ¡Ah, gran canalla!, no se entierran hombres +impunemente durante seis meses; no se baila encima de su sepultura para +atormentarles; no se les insulta por la reja; no se les arroja saliva e +inmundicia, sin sentir, más tarde o más temprano, la mano justiciera +que baja del cielo. + +Después callaron todos. No se oía más que el rasgueo de la pluma +con que uno de los oficiales escribía, teniendo el papel sobre una +cartera y esta sobre sus rodillas. Cuando hubo concluido, el cautivo +rogó que se le diese lo necesario para escribir una carta a su madre, +anunciándole que vivía, pues según dijo, en todo el tiempo de su ya +concluida cautividad no había podido dar noticia de su existencia a los +que le amaban. + +—¿Vivirán como yo —dijo tristemente—, o afligidos por mi desaparición +habrán muerto? + +—Dispénseme usted —manifestó Seudoquis—. A medida que hablamos, me ha +parecido reconocer en usted a una persona con quien hace algunos años +tuve relaciones. + +—Sí, señor Seudoquis —dijo el cautivo sonriendo—. El mismo soy. +Conspiramos juntos el año 19 y a principios del año 20. + +—Señor Monsalud —declaró el oficial abrazándole—, buen hallazgo +hemos hecho sacándole a usted de aquella mazmorra. ¡Ya se ve! ¿Cómo +podría conocerle, si está usted hecho un esqueleto...? Además, en +estos tiempos se olvida pronto. ¡He visto tanta gente desde aquellos +felices días...! Porque eran felices, sí. Aunque sea entre peligros, el +conspirar es siempre muy agradable, sobre todo si se tiene fe. + +—Entonces tenía yo mucha fe. + +—¡Ah! Y yo también. Me hubiera dejado descuartizar por la libertad. + +—¡Con qué afán trabajábamos! + +—Sí, ¡con qué afán! + +—Nos parecía que de nuestras manos iba a salir acabada y completa la +más liberal y al mismo tiempo la más feliz nación de la tierra. + +—¡Sí, qué ilusiones...! Si no estoy trascordado, también nos hallamos +juntos en la logia de la calle de las Tres Cruces. + +—Sí, allí iba yo. En aquello nunca tuve mucha fe. + +—Yo sí; pero la he perdido completamente. Vea usted en qué han venido a +parar aquellas detestables misas masónicas. + +—Nunca tuve ilusiones respecto a la Orden de la _Viuda_. + +—Pues nosotros —dijo Seudoquis riendo—, tuvimos hasta hace poco en el +regimiento nuestra caverna de Adorinam. Pero apenas funcionaba ya. +¡Cuánta ruina, amigo mío!... ¡Cómo se ha desmoronado aquel fantástico +edificio que levantamos!... Yo he sido de los que con más gana, con más +convicción y hasta con verdadera ferocidad han gritado: ¡_Constitución +o muerte_! Hábleme usted con franqueza, Salvador: ¿tiene usted fe? + +—Ninguna —repuso el cautivo—; pero tengo odio, y por el odio que +siento contra mis carceleros, estoy dispuesto a todo, a morir matando +facciosos, si el general Mina quiere hacerme un hueco entre sus +soldados. + +—Pues yo —manifestó Seudoquis con frialdad—, no tengo fe; tampoco tengo +odio muy vivo; pero el deber militar suplirá en mí la falta de estas +dos poderosas fuerzas guerreras. Pienso batirme con lealtad y llevar la +bandera de la Constitución hasta donde se pueda. + +—Eso no basta —dijo Monsalud, moviendo la cabeza—. Para este conflicto +nacional se necesita algo más... En fin, Dios dirá. + +Y empezó a escribir a su madre. + + + + +VII + + +Después de dar noticia de su estupenda liberación, exponiendo +con brevedad los padecimientos del largo cautiverio que había +sufrido, escribió frases cariñosas, y una patética declaración de +arrepentimiento por su desnaturalizada conducta y la impía fuga que +tan duramente había castigado Dios. Manifestando después su falta de +recursos, y que más que un viaje a Madrid le convenía su permanencia en +el ejército de Cataluña, rogaba a su madre que vendiese cuanto había en +la casa, y juntamente con Solita se trasladase a la Puebla de Arganzón, +donde a verlas pasaría, pidiendo una licencia. Concluía indicando la +dirección que debía darse a las cartas de respuesta, y pedía que esta +fuera inmediata, para calmar la incertidumbre y afán de su alma. + +Aquella misma tarde habló con el brigadier Rotten, el cual era un +hombre muy rudo y fiero, bastante parecido en genio y modos a don +Carlos España. Aconsejole este que viera al general Mina, en cuyo +ejército había varias partidas de contraguerrilleros organizadas +disciplinariamente; añadió que él (el brigadier Rotten) se había +propuesto hacer la guerra de exterminio, quemando, arrasando y +fusilando, en la seguridad de que la supresión de la humanidad traería +infaliblemente el fin del absolutismo, y anunció que pasaba a la +provincia de Tarragona con todas las fuerzas de su mando, excepción +hecha del batallón de Murcia, que le había sido reclamado por el +general en jefe para reforzar el sitio de la Seo. Monsalud, sin vacilar +en su elección, optó por seguir a los de Murcia que iban hacia la Seo. + +Salió, pues, Murcia al día siguiente muy temprano en dirección a +Castellar, llevando el triste encargo de conducir a catorce prisioneros +de San Llorens de Morunys. Seudoquis no ocultó a Salvador su disgusto +por comisión tan execrable; pero ni él ni sus compañeros podían +desobedecer al bárbaro Rotten. Púsose en marcha el regimiento, que +más bien parecía cortejo fúnebre, y en uno de sus últimos carros iba +Monsalud, viendo delante de sí a los infelices cautivos atraillados, +algunos medio desnudos, y todos abatidos y llorosos por su miserable +destino, aunque no se creían condenados a muerte, sino tan solo a +denigrante esclavitud. + +Camino más triste no se había visto jamás. Lleno de fango el suelo, +cargada de neblina la atmósfera y enfriada por un remusguillo helado +que del Pirineo descendía, todo era tristeza fuera y dentro del alma de +los soldados. No se oían ni las canciones alegres con que estos suelen +hacer menos pesadas las largas marchas, ni los diálogos picantes, ni +más que el lúgubre compás de los pasos en el cieno y el crujir de los +lentos carros y los suspiros de los acongojados prisioneros. El día +se acabó muy pronto a causa de la niebla que, al modo de envidia, lo +empañaba; y al llegar a un ángulo del camino, en cierto sitio llamado +_Los tres Roures_ (los tres robles), el regimiento se detuvo. Tomaba +aliento, porque lo que tenía que hacer era grave. + +Salvador sintió un súbito impulso en su alma cristiana. Eran los +sentimientos de humanidad, que se sobreponían al odio pasajero y al +recuerdo de tantas penas. Cuando vio que la horrible sentencia iba a +cumplirse, hundió la cabeza, sepultándola entre los sacos y mantas que +llenaban el carro, y oró en silencio. Los ayes lastimeros y los tiros +que pusieron fin a los ayes hiciéronle estremecer y sacudirse, como +si resonaran en la cavidad de su propio corazón. Cuando todo quedó en +lúgubre silencio, alzando su angustiada cabeza, dijo así: + +—¡Qué cobarde soy! El estado de mi cuerpo, que parece de vidrio, me +hace débil y pusilánime como una mujer... No debo tenerles lástima, +porque me sepultaron durante seis meses, porque bailaron sobre mi +calabozo y me injuriaron y escupieron, porque ni aun tuvieron la +caridad de darme muerte, sino, por el contrario, me dejaban vivir para +mortificarme más. + +El regimiento siguió adelante, y al pasar junto al lugar de la +carnicería, Salvador sintió renacer su congoja. + +«Es preciso ser hombre —pensó—. La guerra es guerra, y exige estas +crueldades. Vale más ser verdugo que víctima. O ellos o nosotros.» + +Seudoquis se acercó entonces para informarse de su estado de salud. +Estaba el buen capitán tan pálido como los muertos, y su mano ardiente +y nerviosa temblaba como la del asesino que acaba de arrojar el arma +para no ser descubierto. + +—¿Qué dice usted, amigo mío? —le preguntó Salvador. + +—Digo —repuso el militar tristemente— que la Constitución será vencida. + + + + +VIII + + +Hasta el 25 de enero no llegaron a Canyellas, donde Mina tenía su +cuartel general, frente a la Seo de Urgel. Habían pasado más de sesenta +días desde que puso sitio a la plaza; y aunque la Regencia se había +puesto en salvo llevándose el dinero y los papeles, los testarudos +catalanes y aragoneses se sostenían fieramente en la población, en los +castillos y en la formidable ciudadela. + +Mina, hombre muy impaciente, tenía en aquellos días un humor de mil +demonios. Sus soldados estaban medio desnudos, sin ningún abrigo y +con menos ardor guerrero que hambre. A los cuarenta y seis cañones que +guarnecían las fortalezas de la Seo, el héroe navarro no podía oponer +ni una sola pieza de artillería. El país en que operaba era tan pobre +y desolado, que no había medios de que sobre él, como es costumbre, +vivieran las tropas. Por carecer estas de todo, hasta carecían de +fanatismo, y el grito de _Constitución o muerte_ hacía ya muy poco +efecto. Era como los cumplimientos, que todo el mundo los dice y nadie +cree en ellos. Un invierno frío y crudo completaban la situación, +derramando nieves, escarchas, hielos y lluvia sobre los sitiadores, no +menos desabrigados que aburridos. + +Delante de la miserable casilla que le servía de alojamiento, +solía pasearse don Francisco por las tardes, con las manos en los +bolsillos de su capote, y pisando fuerte para que entraran en calor +las entumecidas piernas. Era hombre de cuarenta y dos años, recio y +avellanado, de semblante rudo, en que se pintaba una gran energía, +y todo su aspecto revelaba al guerreador castellano, más ágil que +forzudo. En sus ojos, sombreados por cejas muy espesas, brillaba la +astuta mirada del guerrillero que sabe organizar las emboscadas y las +dispersiones. Tenía cortas patillas, que empezaban a emblanquecer, y +una piel bronca; las mandíbulas, así como la parte inferior de la cara, +muy pronunciadas; la cabeza cabelluda, y no como la de Napoleón, sino +piriforme y amelonada, a lo guerrillero. No carecía de cierta sandunga +su especial modo de sonreír, y su hablar era como su estilo: conciso y +claro, si bien no muy elegante; pero si no escribía como Julio César, +solía guerrear como él. + +No lo educaron sus mayores, sino los menores de su familia, y tuvo por +maestro a su sobrino, un seminarista calaverón que empezó su carrera +persiguiendo franceses y la acabó fusilado en América. Se hizo general +como otros muchos, y con mejores motivos que la mayor parte, educándose +en la guerra de la Independencia, sirviendo bien y con lealtad, ganando +cada grado con veinte batallas, y defendiendo una idea política con +perseverancia y buena fe. Su destreza militar era extraordinaria, y fue +sin disputa el primero entre los caudillos de partidas, pues tenía la +osadía de Merino, el brutal arrojo del Empecinado, la astucia de Albuín +y la ligereza del Royo. Sus crueldades, de que tanto se ha hablado, no +salían, como las de Rotten, de las perversidades de un corazón duro, +sino de los cálculos de su activo cerebro, y constituían un plan como +cualquier otro plan de guerra. Supo hacerse amar de los suyos hasta +el delirio, y también sojuzgar a los que se le rebelaron, como el +Malcarado. + +Poseía el genio navarro en toda su grandeza; era guerrero en cuerpo +y alma, no muy amante de la disciplina, caminante audaz, cazador de +hombres, enemigo de la lisonja, valiente por amor a la gloria, terco +y caprichudo en los combates. Ganó batallas que equivalían a romper +una muralla con la cabeza, y fueron obras maestras de la terquedad, +que a veces sustituye al genio. En sus crueldades jamás cometió viles +represalias, ni se ensañó, como otros, en criaturas débiles. Peleando +contra Zumalacárregui, ambos caudillos cambiaron cartas muy tiernas a +propósito de una niña de quince meses que el guipuzcoano tenía en poder +del navarro. Fuera de la guerra, era hombre cortés y fino, desmintiendo +así la humildad de su origen, al contrario de otros muchos, como don +Juan Martín, por ejemplo, que, aun siendo general, nunca dejó de ser +carbonero. + +Salvador Monsalud había conocido a Mina en 1813, durante la +conspiración, y después en Madrid. Su amistad no era íntima, pero sí +cordial y sincera. Oyó el general con mucho interés el relato de las +desgracias del pobre cautivo de San Llorens, y a cada nueva crueldad +que este refería, soltaba el otro alguna enérgica invectiva contra los +facciosos. + +—Ya tendrá usted ocasión de vengarse, si persiste en su buen propósito +de ingresar en mi ejército —le dijo, estrechándole la mano—. Yo tengo +aquí varias partidas de contraguerrilleros, compuestas de gentes del +país y de compatriotas míos que me ayudan como pueden. Desde luego le +doy a usted el mando de una compañía. Vamos, ¿acepta usted? + +—Acepto. Nunca fue grande mi afición a la carrera militar; pero ahora +me seduce la idea de hacer todo el daño posible a mis infames verdugos, +no asesinándolos, sino venciéndolos... Este es el sentimiento de que +han nacido todas las guerras. Además, yo no tengo nada que hacer en +Madrid. El duque del Parque no se acordará ya de mí, y habrá puesto a +otro en mi lugar. He rogado a mi madre que venda todo y se traslade a +la Puebla con mi hermana. No quiero corte por ahora. Las circunstancias +y una inclinación irresistible que hay dentro de mí desde que me +sacaron de aquel horrible sepulcro, me impulsan a ser guerrillero. + +—Eso no es más que vocación de general —dijo Mina riendo. + +Después convidó a Monsalud a su frugal mesa, y hablaron largo rato de +la campaña y del sitio emprendido, que, según las predicciones del +general, tocaba ya a su fin. + +—Si para el día de la Candelaria no he entrado en esa cueva de ladrones +—dijo—, rompo mi bastón de mando... Daría todos mis grados por +podérselo romper en las costillas a Mataflorida. + +—O al arzobispo Creux. + +—Ese se pone siempre fuera de tiro. Ya marchó a Francia por miedo a la +chamusquina que les espera. ¡Ah! Señor Monsalud, si no es usted hombre +de corazón, no venga con nosotros. Cuando entremos en la Seo, no pienso +perdonar ni a las moscas. El Trapense, al tomar esta plaza, pasó a +cuchillo la guarnición. Yo pienso hacer lo mismo. + +—¿A qué cuerpo me destina mi general? + +—A la contraguerrilla del _Cojo de Lumbier_. Es un puñado de valientes +que vale todo el oro del mundo. + +—¿En dónde está? + +—Hacia Fornals, vigilando siempre la ciudadela. Los contraguerrilleros +del _Cojo_ han jurado morir todos o entrar en la ciudadela antes de la +Candelaria. Me inspiran tal confianza, que les he dicho: «No tenéis que +poneros delante de mí sino para decirme que la ciudadela es nuestra.» + +—Entrarán, entraremos de seguro —dijo Monsalud con entusiasmo. + +—Y ya les he leído muy bien la cartilla —añadió Mina—. Ya les he +cantado muy claro que no tienen que hacerme prisioneros. No doy cuartel +a nadie, absolutamente a nadie. Esa turba de sacristanes y salteadores +no merece ninguna consideración militar. + +—Es decir... + +—Que me haréis el favor de pasarme a cuchillo a toda esa gavilla de +tunantes... Amigo mío, la experiencia me ha demostrado que esta guerra +no se sofoca sino por la ley del exterminio, llevada a su último +extremo. + +Salvador, oyendo esto, se estremeció, y por largo rato no pudo apartar +de su pensamiento la lúgubre fase que tomaba la guerra desde que él +imaginó poner su mano en ella. + +Mina encargó al novel guerrillero que procurara restablecerse, +dándose la mejor vida posible en el campamento, pues tiempo había de +sobra para entrar en la lucha si continuaba la guerra, como parecía +probable, según el estado del país y los amagos de intervención. Otros +amigos, además del general, encontró Salvador en Canyellas y pueblos +inmediatos; relaciones hechas la mayor parte en la conspiración y +fomentadas después en las logias o en los cafés patrióticos. + + + + +IX + + +La Seo de Urgel está situada en la confluencia de dos ríos que allí +son torrentes: el Segre, originario de Puigcerdá, y el Valira, un +bullicioso y atronador joven enviado a España por la República de +Andorra. Enormes montañas la cercan por todas partes, y tres gargantas +estrechas le dan entrada por caminos que entonces solo eran a propósito +para la segura planta del mulo. Sobre la misma villa se eleva la +Ciudadela; más al norte, el Castillo; entre estas dos fortalezas el +escarpado arrabal de Castel-Ciudad, y en dirección a Andorra la torre +de Solsona. La imponente altura de estas posiciones hace muy difícil su +expugnación: es preciso andar a gatas para llegar hasta ellas. + +El 29, Mina dispuso que se atacara a Castel-Ciudad. El éxito fue +desgraciado; pero el 1.º de febrero, operando simultáneamente todas +las tropas contra Castel-Ciudad, Solsona y el Castillo, se logró poner +avanzadas en puntos cuya conquista hacía muy peligrosa la resistencia +de los sitiados. Por último, el 3 de febrero, a las doce de la mañana, +las contraguerrillas del _Cojo_ y el regimiento de Murcia penetraban +en la Ciudadela, defendida por seiscientos hombres al mando de Romagosa. + +Aunque no se hallaba totalmente restablecido, Salvador Monsalud volvía +tan rápidamente a su estado normal, que creyó de su deber darse +de alta en los críticos días 1.º y 2 de febrero. Además de que se +sentía regularmente ágil y fuerte, le mortificaba la idea de que se +le supusiera más encariñado con la convalecencia que con las balas. +Tomó, pues, el mando de su compañía de contraguerrillas, a las órdenes +del valiente _Cojo de Lumbier_, y fue de los primeros que tuvieron la +gloria de penetrar en la Ciudadela. Sin saber cómo, sintiose dominado +por la rabiosa exaltación guerrera que animaba a su gente. Vio los +raudales de sangre, oyó los salvajes gritos, todo ello muy acorde con +su excitado espíritu. + +Cuando la turba vencedora cayó como una venganza celeste sobre los +vencidos, sintió, sí, pasajero temblor; pero sobreponiéndose a sus +sentimientos, recordó las instrucciones de Mina, y supo transmitir +las órdenes de degüello con tanta firmeza como el cirujano que ordena +la amputación. Vio pasar a cuchillo a más de doscientos hombres en la +Ciudadela, y no pestañeó; pero no pudo vencer una tristeza más honda +que todas las tristezas imaginables, cuando Seudoquis, acercándose a él +sobre charcos de sangre y entre los destrozados cuerpos, le dijo con la +misma expresión lúgubre de la tarde de los tres Roures: + +—Me confirmo en mi idea, amigo Monsalud. La Constitución será vencida. + +Al día siguiente, bajó a la Seo, que le pareció un sepulcro del cual +se acabara de sacar el cuerpo putrefacto. Su estrechez lóbrega y +húmeda, así como su suciedad, hacían pensar en los gusanos insaciables: +no se podía entrar en ella con ánimo sereno. Como oyera decir que +en los claustros de la catedral, convertidos en hospital, había no +pocas personas de Madrid, allá se fue creyendo encontrar algún amigo +de los muchos y diversos que tenía. Grande era el número de heridos +y enfermos; mas no vio ningún semblante conocido. En el palacio +arzobispal estaban los enfermos de más categoría. Dirigiose allá, y +apenas había dado algunos pasos en la primera sala, cuando se sintió +llamado enérgicamente. + +Miró, y dos nombres sonaron: + +—¡Salvador! + +—¡Pipaón! + +Los dos amigos de la niñez, los dos colegas de la conspiración del 19, +los dos hermanos, aunque no bien avenidos, de la gloria de las Tres +Cruces, se abrazaron con cariño. El buen Bragas, que poco antes, viendo +mal parada la causa constitucional, había corrido a la Seo a ponerse +a las órdenes de la Regencia, cual hombre previsor, padecía de un +persistente reúma que le impidió absolutamente huir a la aproximación +de las tropas liberales. Confiaba el pobrecito en las infinitas trazas +de su sutil ingenio para conseguir que no se le causara daño; y como +tuvo siempre por norte hacerse amigos, aunque fuera en el infierno, +muy mal habían de venir las cosas para que no saliese alguno entre +los soldados de Mina. A pesar de todo, estuvo con el alma en un hilo +hasta que vio aparecer la figura, por demás simpática, de su antiguo +camarada; y no pudiendo contener la alegría, le llamó, y después de +estrecharle en sus brazos con la frenética alegría del condenado que +logra salvarse, le dijo: + +—¡Qué bonita campaña la vuestra...! Habéis tomado la Seo como quien +coge un nido de pájaros... Si he de ser franco contigo, me alegro... no +se podía vivir aquí con esa canalla de Regencia... Yo vine por cuenta +del gobierno constitucional a vigilar... ya tú me entiendes; y me +marchaba, cuando... ¡Qué desgraciado soy! Pero supongo que no me harán +daño alguno, ¿eh...? ¿Tienes influencia con Mina...? Dile que podré +ponerle en autos de algunas picardías que proyectan los regentes. Te +juro que diera no sé qué por ver colgado de la torre al arzobispo. + +Monsalud, después de tranquilizarle, pidiole noticias de Madrid y de su +familia. + +Permaneció indeciso el cortesano breve rato, y después añadió con su +habitual ligereza de lenguaje: + +—¿Pero dónde te has metido? ¿Te secuestraron los facciosos? Ya me lo +suponía, y así lo dije a tu pobre madre cuando estuvo en mi casa a +preguntarme por ti. La buena señora no tenía consuelo. Se comprende. +¡No saber de ti en tanto tiempo...! + +—¿Vive mi madre? —preguntó Salvador—. ¿Está buena? + +—Hace algunos días que falto de Madrid y no puedo contestarte —dijo +Bragas mascullando las palabras—; pero si recibieses alguna mala +noticia, no debes sorprenderte. Tu ausencia durante tantos meses y +la horrible incertidumbre en que ha vivido tu buena madre, no son +ciertamente garantías de larga vida para ella. + +—Pipaón, por Dios —dijo Monsalud con amargura—, tú me ocultas algo; tú, +por caridad, no quieres decirme todo lo que sabes. ¿Vive mi madre? + +—No puedo afirmar que sí ni que no. + +—¿Cuándo la has visto? + +—Hace cuatro meses. + +—¿Y entonces estaba buena? + +—Así, así... + +—Y Sola, ¿estaba buena? + +—Así, así. Las dos tan apesadumbradas, que daba pena verlas. + +—¿Seguían viviendo en el Prado? + +—No: volvieron a la calle de Coloreros... Comprendo tu ansiedad. Si no +hubiera huido con la Regencia una persona que se toma interés por ti, +que te nombra con frecuencia y que hace poco ha llegado de Madrid... + +—¿Quién? + +—Jenara. + +—¿Ha estado aquí...? No me dices nada que no me abrume, Pipaón. + +—Marchó con el arzobispo y Mataflorida. ¡Qué guapa está! Y conspira +que es un primor. Solo ella se atrevería a meterse en Madrid, llevando +mensajes de esta gente de la frontera, como hizo en la primavera +pasada, y volver locos a los ministros y a la camarilla... Pero te has +turbado al oír su nombre... Ya, ya sé que os queréis bien. Ella misma +ha dejado comprender ciertas cosas... ¡Cuánto ha padecido por arrancar +de la facción a un sujeto secuestrado en Benabarre! Ese hombre eres tú. +Bien claro me lo ha dado a entender ella con sus suspiros siempre que +te nombraba, y tú con esa palidez teatral que tienes desde que hablamos +de ella. Amiguito, bien, bravo; mozas de tal calidad bien valen seis +meses de prisión. A doce me condenaría yo por haber gustado esa miel +hiblea. + +Y prorrumpió en alegres risas, sin que el otro participase de su +jovialidad. Reclinado en la cama del enfermo, la cabeza apoyada en la +mano, Monsalud parecía la imagen de la meditación. Después de larga +pausa, volvió a anudar el hilo del interrumpido coloquio, diciendo: + +—¿Conque ha estado aquí hace poco? + +—Sí. ¿Ves esta cinta encarnada que tengo en el brazo...? Ella me la +puso para sujetarme la manga que me molestaba. Si quieres este recuerdo +suyo, te lo puedo ceder en cambio de la protección que me dispensas +ahora. + +Salvador miró la cinta; pero no hizo movimiento alguno para tomarla, ni +dijo nada sobre aquel amoroso tema. + +—¿Y dices que hizo esfuerzos por rescatarme? —preguntó. + +—Sí... ¡pobre mujer! Se me figura que te amó grandemente; pero acá +para entre los dos, no creo que la primera virtud de Jenara sea la +constancia... Si tanto empeño tenía por salvarte, ¿por qué no te salvó, +siendo, como era, amiga de Mataflorida, del arzobispo y del barón? +Con tomar una orden de la Regencia y dirigirse al interior del país +dominado por los arcángeles de la fe, bastaba... Pero no había quien la +decidiera a dar este paso, y antes que meterse entre guerrilleros, me +dijo una vez que prefería morir. + +—Y ¿crees tú que ella podría darme noticias de mi familia? + +—Se me figura que sí —dijo Pipaón poniendo semblante compungido—. Yo +le oí ciertas cosas... No será malo, querido amigo, que te dispongas a +recibir alguna mala noticia. + +—Dímela de una vez, y no me atormentes con medias palabras —manifestó +Salvador ansioso. + +—De este mundo miserable —añadió Bragas con una gravedad que no le +sentaba bien—, ¿qué puede esperarse más que penas? + +—¡Ya lo sé! Jamás he esperado otra cosa. + +—Pues bien... Yo te tengo por un hombre valiente... ¿Para qué andar con +rodeos y palabrillas? + +—Es verdad. + +—Si al fin había de suceder; si al fin habías de apurar este cáliz +de amargura... ¡Ah, mi querido amigo, siento ser mensajero de esta +tristísima nueva! + +—¡Oh, Dios mío, lo comprendo ya! —exclamó Salvador ocultando su rostro +entre las temblorosas manos. + +—¡Tu madre ha muerto! —dijo Pipaón. + +—¡Oh, bien me lo decía el corazón! —balbució el huérfano traspasado de +dolor—. ¡Madre querida, yo te he matado! + +Durante largo rato lloró amargamente. + + +_Creyendo ahora oportuno no trabajar más por cuenta propia, vuelve el +autor a utilizar el manuscrito de la señora en su segunda pieza, que +concuerda cronológicamente con el punto en que se ha suspendido el +anterior relato._ + +_Los lectores perdonarán esta larga incrustación ripiosa, tan inferior +a lo escrito por la hermosa mano y pensado por el agudo entendimiento +de la señora. Pero como la seguridad del edificio de esta historia +lo hacía necesario, el autor ha metido su tosco ladrillo entre el +fino mármol de la gentil dama alavesa. El segundo fragmento lleva por +título_ De París a Cádiz, _y a la letra dice así:_ + + + + +X + + +A fines de diciembre del 22, tuve que huir precipitadamente de la +Seo, que amenazaba el cabecilla Mina. No es fácil salir con pena de +la Seo. Aquel pueblo es horrible, y todo el que vive dentro de él se +siente amortajado. Mataflorida salió antes que nadie, trémulo y lleno +de zozobra. No podré olvidar nunca la figura del arzobispo, montado a +mujeriegas en un mulo, apoyando una mano en el arzón delantero y otra +en el de atrás, y con la teja sujeta con un pañuelo para que no se la +arrancase el fuerte viento que soplaba. Es sensible que no pueda una +dejar de reírse en circunstancias tristes y luctuosas, y que a veces +las personas más dignas de veneración por su estado religioso, exciten +la hilaridad. Conozco que es pecado y lo confieso; pero ello es que yo +no podía tener la risa. + +Nos reunimos todos en Tolosa de Francia. Resolví entonces no mezclarme +más en asuntos de la Regencia. Jamás he visto un desconcierto +semejante. Muchos españoles emigrados, viendo cercana la intervención +(precipitada por las altaneras contestaciones de San Miguel), temblaban +ante la idea de que se estableciese un absolutismo fanático y vengador, +y suspiraban por una transacción, interpretando el pensamiento de Luis +XVIII. Pero no había quien apease a Mataflorida de su borrica, o sea +de su idea de restablecer las cosas _en el propio ser y estado que +tuvieron_ desde el 10 de mayo de 1814 hasta el 7 de marzo de 1820. +Balmaseda le apoyaba, y don Jaime Creux (el gran jinete de quien antes +he hablado) era partidario también del absolutismo puro y sin mancha +alguna de Cámaras ni camarines. El barón de Eroles y Eguía se oponían +furiosamente a esta salutífera idea de sus compañeros. + +Mi amigo, el general de la coleta (ya separado de la pastelera de +Bayona), quería destituir a la Regencia y prender a Mataflorida y al +arzobispo. Mataflorida, fuerte con las instrucciones reservadísimas +de Su Majestad, que yo y otros emisarios le habíamos traído, seguía +en sus trece. La junta de Cataluña, los apostólicos de Galicia, la +junta de Navarra, los obispos emigrados enviaban representaciones +a Luis XVIII para que reconociese a la Regencia de Urgel, mientras +la Regencia misma, echándosela de soberana, enviaba una especie de +plenipotenciarios de figurón a los soberanos de Europa. + +Nada de esto hizo efecto, y la corte de Francia, conforme con Eguía y +el barón de Eroles, puso a la Regencia cara de hereje. Por desgracia +para la causa real, Ugarte había sido quitado de la escena política, +y todo el negocio, como puede suponerse, andaba en manos muy ineptas. +Allí era de ver la rabia de Mataflorida, que alegaba en su favor las +órdenes terminantes del rey; pero nada de esto valía, porque los otros +también mostraban cartas y mandatos reales. Fernando jugaba con todos +los dados a la vez. Su voluntad, ¿quién podía saberla? + +Entre tanto, todo se volvía recados misteriosos de Tolosa a París y +a Madrid y a Verona. Eguía se carteaba con el duque de Montmorency, +ministro de Estado en Francia, y Mataflorida con Chateaubriand. Cuando +este sustituyó a Montmorency en el ministerio, nuestro marqués vio el +cielo abierto, por ser el vizconde de los que con más ahínco habían +sostenido en Verona la necesidad de volver del revés las instituciones +españolas. Necesitando negociar con él, y no queriendo apartarse de la +frontera de España por temor a las intrigas de Eguía y del barón de +Eroles, me rogó que le sirviese de mensajero, a lo que accedí gustosa, +porque me agradaban, ¿a qué negarlo?, aquellos graciosos manejos de +la diplomacia menuda, y el continuo zarandeo, y el trabar relaciones +con personajes eminentes, príncipes y hasta soberanos reinantes. Yo, +dicho sea sin perjuicio de la modestia, había mostrado regular destreza +para tales tratos, así como para componer hábilmente una intriga; y +el hábito de ocuparme en ello había despertado en mí lo que puede +llamarse el amor al arte. Mi belleza, y cierta magia que, según dicen, +tuve, contribuían no poco entonces al éxito de lo que yo nombraba +plenipotencias de abanico. + +Tomé, pues, mis credenciales, y partí para París con mi doncella y +dos criados excelentes que me proporcionó Mataflorida. Estaba en mis +glorias. Felizmente yo hablaba el francés con bastante soltura, y tenía +en tan alto grado la facultad de adaptación, que a medida que pasaba +de Tolosa a Agen, de Agen a Poitiers, de Poitiers a Tours y a París, +parecíame que me iba volviendo francesa en maneras, en traje, en figura +y hasta en el modo de pensar. + +Llegué a la gran ciudad ya muy adelantado febrero. Tomé habitación +en la calle del Bac, y después de destinar dos días a recorrer las +tiendas del Palais Royal y a entablar algunas relaciones con modistas y +joyeros, pedí una audiencia al señor ministro de Negocios Exteriores. +Él, que ya tenía noticia de mi llegada, enviome uno de sus secretarios, +dignándose al mismo tiempo ofrecerme un billete para presenciar la +apertura de las tareas legislativas en el Louvre. + +Mucho me holgué de esto, y dispúseme a asistir a tan brillante +ceremonia, en la cual debía leer su discurso el rey Luis XVIII, +y presentarse de corte todos los grandes dignatarios de aquella +fastuosa monarquía. Confieso que jamás he visto ceremonia que más me +impresionase. ¡Qué solemnidad, qué grandeza y lujo! El puesto en que me +colocaron los ujieres no era el más cómodo; pero vi perfectamente todo, +y la admiración y arrobamiento de mi espíritu no me permitían atender a +las molestias. + +La presencia del anciano rey me causó sensación muy viva. Aclamáronle +ruidosamente cuando apareció en el gran salón, y en realidad inspiraba +entusiasmo y afecto. Bien puede decirse que pocos reyes han existido +más simpáticos ni más dignos de ser amados. Luis XVIII tomó asiento +en un trono sombreado con rico dosel de terciopelo carmesí. Los altos +dignatarios se colocaron en pie en los escaños alfombrados. No se verá +en parte alguna nada más grave ni más imponente y suntuoso. + +Su Majestad Cristianísima empezó a leer. ¡Qué voz tan dulce, qué acento +tan patético! A cada párrafo era interrumpido por vivas exclamaciones. +Yo lloraba y atendía con toda mi alma. Se me grabaron profundamente +en la memoria aquellas célebres palabras: «He mandado retirar mi +embajador. Cien mil franceses mandados por un príncipe de mi familia, +por aquel a quien mi corazón se complace en llamar hijo, están a punto +de marchar invocando al Dios de San Luis para conservar el trono de +España a un descendiente de Enrique IV, para librar a aquel hermoso +reino de su ruina y reconciliarlo con Europa.» + +Ruidosos y entusiastas vítores manifestaron cuánto entusiasmaba a todos +los franceses allí presentes la intervención. Yo, aunque española, +comprendía la justicia y necesidad de esta medida. Así es que dije para +mí pensando en mis paisanos: + +—Ahora veréis, brutos, cómo andáis bien derechos. + +Pero el bondadoso Luis XVIII siguió diciendo cosas altamente +patrióticas solo bajo el punto de vista francés, y ya aquello no me +gustaba tanto; porque, en fin, empecé a comprender que nos trataban +como a un hato de carneros. He sido siempre de una volubilidad +extraordinaria en mis ideas, las cuales varían al compás de los +sentimientos que agitan mi alma. Así es que de pronto, y sin saber +cómo, se enfrió un poco mi entusiasmo; y cuando Luis dijo con altanero +acento y entre atronadores aplausos aquello de _Somos franceses, +señores_, sentí oprimido mi corazón; sentí que corría por mis venas +rápido fuego, y pensando en la intervención, dije para mí: + +«No hay que echar mucha facha todavía, amiguitos. _Españoles somos, +señores._» + +Pero no puedo negar que la pompa de aquella corte, la seriedad y +grandeza de la asamblea, acorde con su rey y existente con él sin +estorbarse el uno a la otra, hicieron grande impresión en mi espíritu. +Me acordaba de las discordias infecundas de mi país, y entonces sentía +pena. + +«Allá —pensé— tenemos demasiadas Cortes para el rey, y demasiado rey +para las Cortes.» + +El día siguiente, 1.º de marzo, era el señalado por Chateaubriand para +recibirme. Vivísimos deseos de verle tenía yo, por dos motivos: por mi +comisión, y porque había leído la _Atala_ poco antes, hallando en su +lectura intenso deleite. No sé por qué me figuraba al vizconde como una +especie de _triste Chactas_, de tal modo que no podía pensar en él sin +traer a la memoria la célebre canción. + +Pero todo cambió cuando entré en el ministerio y en el despacho del +célebre escritor, que llenaba el mundo con su nombre y había divulgado +la manía de los bosques de América, el sentimentalismo católico y las +tristezas quejumbrosas a lo René. Vestía de gran uniforme. Su semblante +pálido y hermoso no tenía más defecto que el estudiado desorden de los +cabellos, que asemejaban su cabeza a una de esas testas de aldeano en +cuya selvática espesura jamás ha entrado el peine. En sus ojos brillaba +un mirar vivo y penetrante, que me obligaba a bajar los míos. Pareciome +bastante decaído, aunque su edad no pasara entonces de los cincuenta +y dos años. Su exquisita urbanidad era algo finchada y fría. Sonreía +ligeramente y pocas veces, contrayendo los casi imperceptibles pliegues +de su boca de mármol; pero fruncía con frecuencia el ceño, como una +maña adquirida por la costumbre de creer que cuanto veía era inferior a +la majestad de su persona. + +Entendí que la presencia de la diplomática española le había causado +sorpresa. Sin duda creía ver en mí una _maja_ de esas que, conforme él +dice en uno de sus libros, se alimentan con una bellota, una aceituna +o un higo. Debió admirarle mi intachable vestido francés, y la falta +de aquella gravedad española, que consiste, según ellos, en hablar +campanudamente y con altanería. En sus miradas creí sorprender una +curiosidad reparona, algo impropia de hombre tan fino. Pareciome que +miraba si había yo llevado el rosario para rezar en su presencia, o +alguna guitarra para tocar y cantar mientras durase el largo plazo de +la antesala. En sus primeras palabras advertí marcado deseo de llevarme +al terreno literario, porque empezó hablando de lo mucho que admiraba a +mi país, y del Romancero del Cid, asunto que no vino muy de molde. + +Viéndole en tan buen terreno, y considerando cuánto debía agradarle la +lisonja, me afirmé en el terreno literario y le hablé de su universal +fama, así como del gran eco de Chateaubriand por todo el orbe. Él me +contestó con frases de modestia tan ingeniosas y bien perfiladas, que +la modestia misma no las hubiera conocido por suyas. Preguntome si +había leído el _Genio del Cristianismo_, y le contesté al punto que +sí y que me entusiasmaba, aunque la verdad era que hasta entonces no +había ni siquiera hojeado tal libro; mas recordando algunos pasajes de +los _Mártires_, le hablé de esta obra y de la gran impresión que en mí +produjera. Pareció maravillado de que una dama española supiera leer, +y me dirigió galanterías del más delicado gusto. Por mi belleza y mis +gracias materiales, yo no debía ser de palo para el vizconde. Después +supe que con cincuenta y dos años a la espalda aún se creía bastante +joven para el galanteo, y amaba a cierta artista inglesa con el furor +de un colegial. + + + + +XI + + +Entrando de lleno en nuestro asunto, el _triste Chactas_ me dijo: + +—Ya oiría usted ayer el discurso de Su Majestad. La guerra es +inevitable. Yo la creo conveniente para las dos naciones, y he tenido +el honor de sostener esta opinión en el congreso de Verona y en el +ministerio, contra muchos hombres eminentes que la juzgaban peligrosa. +En cuanto a la cuestión principal, que es la clase de gobierno que debe +darse a España, no creo en la posibilidad de sostener el absolutismo +puro. Esto es un absurdo, aun en España: las luces del siglo lo +rechazan. + +Hícele una pintura todo lo fiel que me fue posible del estado de +nuestras costumbres y de las clases sociales en nuestro país, así como +de los personajes eminentes que en él había, haciendo notar de paso, +conforme a mi propósito, que un solo hombre grande existía en toda la +redondez de las Españas. Este hombre era el marqués de Mataflorida. + +—Reconozco las altas dotes del señor marqués —me dijo Chateaubriand +con finísima sonrisa—. Pero la conducta de la Regencia de Urgel ha +sido poco prudente. Su manifiesto del 15 de agosto y sus propósitos +de conservar el absolutismo puro, no pueden hallar eco en la Europa +civilizada. + +Yo dije entonces, usando las frases más delicadas, que no era fácil +juzgar de los sucesos de Urgel por lo que afirmaran hombres tan +corrompidos como Eguía y el barón de Eroles, a los cuales, con buenas +palabras, puse de oro y azul. Concluí mi perorata afirmando que la +voluntad de Fernando era favorable a los planes de Mataflorida. + +—Para nosotros —dijo— no hay otra expresión de la voluntad del rey de +España que la contenida en la carta que Su Majestad Católica dirigió a +nuestro soberano. + +El pícaro me iba batiendo en todas mis trincheras, y me desconcertó +completamente cuando me dijo: + +—El gobierno francés ha acordado nombrar una Junta provisional en la +frontera, hasta que las tropas francesas entren en España. + +—¿Y la Regencia? + +—La Regencia dejará de existir, mejor dicho, ha dejado de existir ya. + +—Pero Fernando no le ha retirado sus poderes: antes bien, se los +confirma secretamente un día y otro. + +Al oír esto, el insigne escritor y diplomático no contestó nada. Conocí +que se veía en la alternativa de desmentir mi aserto, o de hablar mal +de Fernando, y que, como hombre de intachable cortesía, no gustaba de +hacer lo primero, ni como ministro de un Borbón lo segundo. Viéndole +suspenso insistí, y entonces me dijo: + +—Indudablemente, aquí hay algo que ahora no comprendemos; pero que, +andando el tiempo, se ha de ver con claridad. + +Después, deseando mostrarme un interés filantrópico por la ventura de +nuestro país, afirmó que él había trabajado porque se declarara la +guerra, sosteniendo para esto penosas luchas con monsieur de Villèle +y sus demás colegas; que la resistencia de Inglaterra y de Wellington +habían exigido de su parte grandes esfuerzos y constancia, y, por +último, que aún necesitaba de no poca energía para vencer la oposición +a la guerra que las Cámaras mostrarían desde su primera sesión. + +—Muchos —añadió _Chactas_— me consideran loco. Otros me tienen lástima. +Algunos, y entre ellos los envidiosos, preguntan si podré yo conseguir +lo que no fue dado a Napoleón. Pero yo fío al tiempo la consagración de +este gran hecho, tan necesario a la seguridad del orden y la justicia +en los pueblos de Occidente. + +Habló también de las sociedades secretas y de los carbonarios, que sin +duda le inspiraban vivísimo miedo; y yo empecé a comprender que el +objeto de la intervención no era poner paz entre nosotros, ni hacernos +felices, ni aun siquiera consolidar el vacilante trono de un Borbón, +sino aterrar a los revolucionarios franceses e italianos que bullían +sin cesar en los tenebrosos fondos de la sociedad francesa, jamás +reposada ni tranquila. + +Prometió contestar a Mataflorida, mas sin mostrarse muy entusiasta de +las altas prendas de mi amigo, ni indicar nada que transcendiese a +propósitos de acceder a su petición. Bajo sus frases corteses creía yo +descubrir cierto menosprecio de los individuos de la Regencia, y aun +de todos los que mangoneaban en la conspiración. De un solo español me +habló con acento que indicaba respeto y casi admiración: de Martínez de +la Rosa. Lo atribuí a mera simpatía del poeta. + +Despedime de él, deplorando el mal éxito de mi embajada, y aquí fue +donde se deshizo en cumplidos, buscando y hallando en su fina habilidad +cortesana ocasión para deslizar galanterías, con discretos elogios de +mi hermosura y del país _donde florece el naranjo_. Me había tomado por +andaluza, y yo le dejé en esta creencia. + +A los dos días fue a pagarme la visita a mi alojamiento de la calle +del Bac, y en su breve entrevista me pareció que huía de mencionar los +oscuros asuntos de la siempre oscura España. En los días sucesivos +visité a otras personas, entre ellas al ministro del Interior, monsieur +de Corbière, y a algunos señores del partido del conde de Artois, +como el príncipe de Polignac y monsieur de la Bourdonnais. También +tuve ocasión de tratar a dos o tres viejas aristócratas del barrio +de San Germán, ardientes partidarias de la guerra de España y no muy +bienquistas con el rey filósofo y tolerante que gobernaba a Francia, +convaleciente aún de la Revolución y del Imperio. De mis conversaciones +con toda aquella gente pude sacar en limpio el siguiente juicio, que +creo seguro y verdadero: Las personas influyentes de la Restauración +deseaban para Francia una monarquía templada y constitucional, +fundada en el orden, y para España el absolutismo puro. Con tal que +en Francia hubiera tolerancia y filosofía, no les importaba que en +España tuviéramos frailes o Inquisición. Todo iría bien, siempre que +en ninguna de las dos naciones hubiese francmasones, carbonarios y +demagogos. + +Tenían de nuestro país una idea muy falsa. Cuando Chateaubriand, que +era el genio de la Restauración, decía de España: _allí el matar es +cosa natural, ya sea por amor, ya sea por odio_, puede juzgarse lo que +pensarían todas aquellas personas que no supieron escribir el _Genio +del Cristianismo_. Nos consideraban como un pueblo heroico y salvaje, +dominado por pasiones violentas y por un fanatismo religioso semejante +al del antiguo Egipto. + +La princesa de la Tremouille se asombraba de que yo supiera escribir, +y me presentó en su tertulia como un objeto raro, aunque sin dar a +conocer ningún sentimiento ni idea que me mortificasen. Yo creo que ni +uno solo de sus amigos dejó de enamorarse de mí, ilusionados con la +idea de mi sentimentalismo andaluz y de mi gravedad calderoniana, o +de la mezcla que suponían en mí de maja y gran señora, de Dulcinea y +gitana. El más rendido se suponía expuesto a morir asesinado por mí +en un arrebato de celos, pues tal idea tenían de las españolas, que +en cada una de ellas se habían de hallar comprendidas dos personas, a +saber: la cantaora de Sevilla y Doña Jimena, la torera que gasta navaja +y la dama ideal de los romances moriscos. Yo me reía con esto y llevaba +adelante la broma. + +Volviendo al asunto de la guerra de España, diré que al salir de +París no tenía duda alguna acerca del pensamiento de los franceses +en esta cuestión. Ellos no hacían la guerra por nuestro bien ni por +el de Fernando. Poco se les importaba que después de vencido el +constitucionalismo, estableciésemos la Carta o el despotismo neto. +Allá nos entenderíamos después con los frailes y los guerrilleros +victoriosos. Su objeto, su bello ideal, era aterrar a los +revolucionarios franceses, harto entusiasmados con las demencias de +nuestros bobos liberales, y además dar a la dinastía restaurada el +prestigio militar que no tenía. + +El principal enemigo de los Borbones en Francia era el recuerdo de +Bonaparte y el dejo de aquel dulce licor de la gloria, con cuya +embriaguez se habían enviciado los franceses. Una Monarquía que no +daba batallas de Austerlitz, que no satisfacía de ningún modo el ardor +guerrero de la nación y que no tocaba el tambor en cualquier parte de +Europa, no podía ser amada de aquel pueblo, en quien la vanidad iguala +a la verdadera grandeza, y que tiene tanta presunción como genio. Era +preciso armarla, como decimos en nuestro país; era necesario que la +Restauración tuviera su epopeya chica o grande, aunque esta epopeya +fuese de mentirijillas; era indispensable vencer a alguien, para poder +poner el grito en el cielo y regresar a París con la bambolla de las +conquistas. Dios permitió que el _anima vili_ de este experimento +fuésemos nosotros; que la desgraciada España, cuya fiereza libró a +Europa de Bonaparte, fuese la víctima escogida para proporcionar a +Francia el desahoguillo marcial que debía poner en olvido al Bonaparte +tan execrado. + +Mi viaje a París modificó mis ideas absolutistas en principio, si bien, +pensando en España, no podía admitir ciertas cosas que en Francia me +parecían bien. Toda la vida me he congratulado de haber visto y hablado +a monsieur de Chateaubriand, el escritor más grande de su tiempo. +Aunque su fama se eclipsó bastante después de la revolución del 30, lo +cual indica que había en su genio mucho tomado a las circunstancias, +no puede negarse que sus obras deleitan y enamoran, principalmente +por la galanura de su imaginación y la magia de su estilo; y aún +deleitarían más si en todas ellas no hablase tanto de sí propio. Tengo +muy presente su persona, por demás agradable, y su rostro simpático, +con aquella expresión sentimental que se puso de moda, haciendo que +todos los hombres pareciesen enamorados y enfermos. Me parece que le +estoy mirando, y ahora, como entonces, me dan ganas de llevar un peine +en el bolsillo y sacarlo y dárselo diciendo: «Caballero, hágame usted +el favor de peinarse.» + + + + +XII + + +Ahora hablemos, ¿por qué no?, de la violentísima pasión que inspiré +a un francés. Era este el conde de Montguyon, coronel del tercero de +húsares. Yo le había conocido en Tolosa, habiendo tenido la desgracia +de que mi persona hiciera profunda impresión en él, trastornando las +tres potencias de su alma. Era soltero, de treinta y ocho años, bien +parecido, atento y finísimo como todos los franceses. Persiguiome +hasta París, donde me asediaba como esos conquistadores jóvenes e +impacientes que han oído la célebre frase de César y quieren imitarla. +Al principio me mortificaban sus obsequios; le rechazaba hasta con +menosprecio y altanería; pero al fin, sin corresponder a su amor de +ninguna manera, admití la parte superficial de sus galanterías. Esto le +dio esperanza; pero siempre me trataba con el mayor respeto. Deseando, +sin duda, identificarse con las ideas que en mi tierra suponía, se hizo +una especie de don Quijote, cuya Dulcinea era yo. A veces me parecía +por demás empalagoso; pero después de muchos meses de indiferencia +absoluta, empecé a estimarle, reconociendo sus nobles prendas. Cuando +me disponía a volver a mi país, se me presentó rebosando alegría, y me +dijo: + +—Acabo de conseguir que me destinen a la guerra de España. De este modo +consigo tres grandes objetos que interesan igualmente a mí corazón: +guerrear por la Francia, visitar la hermosa tierra de España y estar +cerca de usted. + +Él pretendía que me detuviese para partir juntos; pero a esto no +accedí, y me marché dejándole atrás, aunque deseosa, ¿a qué negarlo?, +de que no me siguiese a mucha distancia, pues a causa del fastidio de +viaje tan largo, Francia, con ser tan bella, empezaba a aburrirme de lo +lindo. + +¿Se creerá que yo había olvidado a mi pobre cautivo de Benabarre? ¡Ah!, +no, y hasta el último momento que estuve en la Seo de Urgel me ocupé +de su desgraciada suerte. Cada vez que venía a mi pensamiento la idea +de sus penas, me estremecía de dolor, y toda alegría se disipaba en +mi espíritu. Pero este tiene en sí mismo una energía restauradora, no +menos poderosa que la del cuerpo, y sabe curarse de todos sus males +siempre que le ayude el mejor de los Esculapios, que es el tiempo. + +Voltaire, que no por impío y blasfemo dejó de tener mucho talento, +escribió una historieta titulada _Los dos consolados_, en la cual pone +de relieve las admirables curas de aquel charlatán, el único cuyos +específicos son infalibles. Yo he leído esa novelita, así como otras +del célebre escritor sacrílego, y esta debilidad mía, imperdonable +quizás en una dama tan acérrima defensora de la religión, la confieso +aquí contritamente, rogando a mis lectores que no revelen a ningún +cura de mi país tan feo secreto, ocultándolo principalmente al señor +canónigo de Tortosa, mi director espiritual, el cual se enfurecerá +si le hablan de las novelas de Voltaire, aunque a mí me consta que él +también las ha leído. + +Pues bien: el tiempo fue cicatrizando mis heridas sin curarlas. +Yo también podía erigir una estatua con la inscripción _A celui +qui console_, pues la ausencia indefinida y los días que pasaban +rápidamente, habían calmado aquel insaciable afán de mi alma. En mí +reinaba la tranquilidad, pero no el taciturno y seco olvido; y una +aparición repentina del ser amado podía muy bien en brevísimo instante +destruir los efectos del tiempo, renovando mi mal y aun agravándolo. + +Desde París a la frontera no cesaba el movimiento de tropas. Por +todas partes convoyes, cuerpos de ejército y oficiales que iban a +incorporarse a sus regimientos. Francia podía creerse aún en los días +del gran soldado. Hasta Burdeos no tuve noticias ciertas de mi querida +Regencia y de mi ilustre mandatario el marqués de Mataflorida. ¡Ay! La +suerte de este insigne hombre de Estado no podía ser más miserable. +Había triunfado Eguía, a pesar de las furiosas protestas del regente +de Urgel; y para colmo de desdicha, como aún quisiera este llevar +adelante sus locas pretensiones, el duque de Angulema le mandó prender +juntamente con el arzobispo, confinándoles a Tours. Así acabaron las +glorias de aquellos dos ambiciosos. Yo llegué a tiempo para verles, +y cuando manifesté al marqués las poco lisonjeras disposiciones del +_triste Chactas_, el atroz regente, desairado, llamó a Chateaubriand +intrigante, enredador, mal poeta y _franchute_. Esta fue la venganza +del coloso. + +Bayona era un campamento cuando yo llegué. El número de españoles casi +superaba al de franceses, y en todos reinaba grande alegría. Reanudé +entonces mis buenas relaciones con el barón de Eroles, haciéndole ver +que mi viaje a París había tenido por causa asuntos particulares, +y entre risas y bromas me reconcilié con Eguía, el cual por razón +del mismo gozo y embobamiento del triunfo, estaba muy dispuesto a +perdonar. En cuanto a las negociaciones, yo no tenía humor de seguir +ocupándome de ellas, y deseaba retirarme a descansar sobre mis laureles +diplomáticos, no solo porque mi entusiasmo absolutista se había +enfriado mucho, sino porque desde algún tiempo las conspiraciones y los +manejos políticos me causaban hastío. Ya he dicho que siempre fui muy +inclinada a la mudanza en mis ocupaciones. Mi espíritu se aviene poco +con la monotonía, y si un día me sedujeron las embajadas, otro llegó en +que me repugnaron. ¡Mágico efecto del tiempo, cuya misión es renovar, +creando las estaciones con los admirables círculos del universo! +También el alma humana ve en sí la alterada sucesión de las primaveras +e inviernos en sus dilataciones y recogimientos. + +Yo deseaba entrar en España, y tenía propósito de reanudar las +diligencias para averiguar el paradero de mi cautivo de Benabarre. En +Bayona una familia francesa legitimista, con quien yo tenía antigua +amistad, me convidó a pasar unos días en su casa de campo inmediata a +Behovia, y unos parientes míos invitáronme a que les acompañase en Irún +un par de semanas. A ambos ofrecimientos accedí, empezando por el de +Behovia, aunque la frontera no me parecía el punto más a propósito para +residir en los momentos en que principiaba la guerra. Pero la gente +de aquel país estaba segura de que Angulema atravesaría fácilmente el +Pirineo, por ser muy adicto al absolutismo todo el país vasco-navarro. + +Todavía no había pasado Su Alteza la raya, cuando se rompió el fuego +junto al mismo puente internacional. Los carbonarios extranjeros que +andaban por España, unidos a otros perdidos de nuestro país, habían +formado una legión con objeto de hacer frente a las tropas francesas. +Constaba aquella de doscientos hombres, tristes desechos de la ley +demagógica de Italia, de Francia y de España; y para seducir a los +Cien mil hijos de San Luis, se habían vestido a la usanza imperial, +y ondeando la bandera tricolor, gritaban en la orilla española del +Bidasoa: «¡Viva Napoleón II!» + +Su objeto era fascinar a los artilleros franceses con este mágico +grito; mas tuvieron la desdicha de que tales aclamaciones fueran +contestadas a cañonazos, y con sus banderas y sus enormes morriones +huyeron a San Sebastián. Pasma la inocente credulidad de los +carbonarios extranjeros y de los masones españoles. Oí decir en Behovia +que los liberales franceses Lafayette, Manuel, Benjamín Constant y +otros, fiaban mucho en los doscientos legionarios mandados por el +republicano emigrado coronel Fabvier. ¡Qué desvaríos engendra el +furor de partido! Corría esto parejas con la necia confianza del +gobierno español, que aun después de declarada la guerra no había +tomado disposiciones de ninguna clase, hallándose sus tropas sin más +recursos ni elementos que el parlerío de los milicianos y el gárrulo +charlatanismo de los clubs. + + + + +XIII + + +Hacia los primeros días de abril vi pasar a los generales de división +Bourdessoulle, duque de Reggio y Molitor, que entraron en España por +Behovia. Después pasó Su Alteza el sobrino de Luis XVIII con todo su +Estado Mayor, en el cual iba Carlos Alberto, príncipe de Carignan. +No se puede imaginar cortejo más lucido. Yo no había visto nada tan +magnífico y deslumbrador, como no fuera la comitiva de José Bonaparte +antes de darse la batalla de Vitoria el año 13, feliz para la causa +española; pero de muy malos recuerdos para mí, porque en él perdí la +batalla de mi juventud, casándome como me casé. + +También vi pasar a mi amigo Eguía, remozado por la emoción y tan +vanaglorioso del papel que iba a representar, que no se le podía +resistir, como no fuera tomando a broma sus bravatas. Iban con él don +Juan Bautista Erro y Gómez Calderón, aquel a quien el mordaz Gallardo +llamaba _Caldo pútrido_. El barón de Eroles, que con los anteriores +tipos debía formar la Junta, al amparo del gobierno francés, entró por +Cataluña con el mariscal Moncey. + +No recibieron a los franceses las bayonetas ni la artillería del +gobierno constitucional, sino una nube de guerrilleros, que les +abrieron sus fraternales brazos, ofreciéndose a ayudarles en todo, +y a marchar a vanguardia, abriéndoles el camino. Tal apoyo era de +grandísimo beneficio para la causa, porque los partidarios realistas +ascendían a 35.000. ¡Ay de los franceses si les hubieran tenido en +contra! Pero les tenían a su favor, y esto solo, ¡qué fenómeno!, puso +al buen Angulema por encima de Napoleón. El absolutismo español no +podía hacer al hijo de San Luis mejor presente que aquellos 35.000 +salvajes, entre los cuales (¡cuánto han variado mis ideas, Dios mío!) +tengo el sentimiento de decir que estaba mi marido. ¡Y yo le había +admirado, yo le había aceptado por esposo diez años antes solo por ser +guerrillero!... Cuando se hacen ciertas cosas, ya que no es posible que +el porvenir se anticipe para avisar el desengaño, debiera caer un rayo +y aniquilarnos. + +El conde de España mandaba las partidas de Navarra; Quesada, las de las +Provincias Vascongadas; y Eroles, las de Cataluña. ¡Cómo fraternizaron +las partidas con los franceses, que habían sido origen de su nacimiento +en 1808! Era todo lo que me quedaba por ver. Se abrazaban, dando vivas +a San Luis, a San Fernando, a la religión, a los Borbones, al rey, a +la Virgen María, a San Miguel arcángel y a los serenísimos infantes. +Yo no lo vi, porque no quise pasar la frontera. Me repugnaban estas +cosas, y los soldados de la fe habían llegado poco a poco a serme muy +antipáticos. + +Largamente hablé de esto con el conde de Montguyon, que me perseguía +tenazmente, permaneciendo en Behovia todo el tiempo que le fue posible. +Elogiaba a los guerrilleros, diciendo que, a pesar de sus defectillos, +eran tipos de heroísmo, de aquella independencia caballeresca que +tanto había enaltecido el nombre español en tiempos remotos. También +le seducían por ser, como los frailes, gente muy pintoresca. Mi don +Quijote era una especie de artista, y gustaba de hacer monigotes en un +libro, dibujando arcos viejos, mendigos, casuchas, una fila de chopos, +carros, lanchas pescadoras y otras menudencias de que estaba muy +envanecido. + +Era próximamente el 9 de abril cuando me trasladé a Irún para vivir con +la familia de Sodupe-Monasterio, gente muy hidalga, más católica que el +Papa, realista hasta el martirio y de afabilísimo trato. Frecuentaban +la casa (que era más bien palacio con hermosos prados y huerta) todos +los españoles que el gran suceso de la intervención traía y llevaba de +una nación a otra, y no pocos oficiales franceses, de cuyas visitas +se holgaban mucho los Sodupe-Monasterio, porque oían hablar sin cesar +de exterminio de liberales, del trono de San Fernando y de nuestra +preciosísima fe católica. + +Allí Montguyon no me dejaba a sol ni sombra, pintándome su amor con +colores tan extremados que me daba lástima verle y oírle. Su acendrado +y respetuoso galanteo merecía, en efecto, alguna misericordia. Le +permití besar mi mano; pero no pudo arrancarme la promesa de seguirle +al interior de España. Cada vez sentía yo más deseos de quedarme en +Irún y en aquella apacible vivienda, donde, sin que faltara sosiego, +había bastantes elementos para combatir el fastidio. Con esta +resolución, mi don Quijote, que ya parecía querer dejar de serlo en +la pureza de sus ensueños amorosos, estaba desesperado. Despidiose de +mí muy enternecido, y besándome con ardor las manos, voluptuosidad +inocente de que nunca se hartaba. ¡Cuán lejos estaba el llagado amante +de que no pasarían dos horas sin que cambiara diametralmente mi +determinación! + +Ocurrió del modo siguiente. Al saber que yo estaba en Irún, fue a +visitarme un individuo, que aún no podía llamarse personaje, y al +cual conocí en Madrid el año anterior, y también el 19. Se llamaba +don Francisco Tadeo Calomarde, y era de la mejor pasta de servil que +podía hallarse por aquellos tiempos. Empleado desde su tierna edad en +el ministerio de Gracia y Justicia, se había criado en los cartapacios +y en el papel de pleitos: los legajos fueron su cuna, y las Reales +cédulas sus juguetes. Su jurisprudencia, llena de pedantería, me +inspiraba aversión. Tenía fama de muy adulador de los poderosos, y, +según se decía, compró el primer destino con su mano, casándose con una +muchacha muy fea, a quien dio malos tratos. + +Los que le han juzgado tonto se equivocan, porque era listísimo, y su +ingenio más bien socarrón que brillante, antes agudo que esclarecido; +era maestro en el arte de tratar a las personas y de sacar partido de +todo. Habíase hecho amigo de don Víctor Sáez, y aun del mismo rey y del +infante don Carlos, por sus bajas lisonjas y lo bien que les servía +siempre que encontraba ocasión para ello. + +Tenía entonces cincuenta años, y acababa de salir del encierro +voluntario a que le redujo el régimen liberal. Había ido a la frontera +para llevar no sé qué recados a los señores de la Junta. Me lo dijo, +y como no me importaban ya gran cosa los dimes y diretes de los +realistas, que no por estar tan cerca de la victoria dejaban de andar a +la greña, fijeme poco en ello, y lo he olvidado. Calomarde no era mal +parecido ni carecía de urbanidad, aunque muy hueca y afectada, como la +del que la tiene más bien aprendida que ingénita. La humildad de su +origen se traslucía bastante. Hablamos de los sucesos de Madrid que él +había presenciado, y me informó de todo. + +—Siento que usted no hubiera estado por allá —me dijo—; habría visto +cómo se iba desbaratando el constitucionalismo, solo con el anuncio de +la intervención. ¡Si no podía ser de otra manera!... Ahora están que +no les llega la camisa al cuerpo, y en ninguna parte se creen seguros. +Después que ultrajaron a Su Majestad, le han arrastrado a Andalucía con +el dogal al cuello, como el mártir a quien se lleva al sacrificio. + +—No tanto, señor don Tadeo —le dije—. Su Majestad habrá ido, como +siempre, en carroza, y mucho será que los mozos de los pueblos no hayan +tirado de ella. + +—Eso se deja para la vuelta —indicó Calomarde riendo—. Ahora los +francmasones han seducido a la plebe, y Su Majestad, por donde +quiera que va, no oye más que denuestos. El 19 de febrero, cuando se +alborotaron los comuneros y masones porque estos querían sustituir a +aquellos en el ministerio, los chisperos borrachos y los asesinos del +Rastro daban _mueras_ al rey y a la reina. Un diputado muy conocido +apareció en la Plaza Mayor mostrando una cuerda, con la cual proponía +ahorcar a Su Majestad y arrastrarle después. La canalla penetró hasta +la cámara real. ¡Escándalo de los escándalos! Parecía que estábamos en +Francia y en los sangrientos días de 1793. El mismo rey me ha dicho que +los ministros entraban en la cámara cantando el himno de Riego. + +—¡Oh, no tanto, por Dios! —repetí, ofendida de las exageraciones de mis +amigos—. Poco mal y bien quejado. + +—Me parece que usted, con sus viajes a Francia y sus relaciones con +los ministros del liberal y filósofo Luis XVIII, se nos está volviendo +francmasona —dijo don Tadeo, entre bromas y veras—. ¿Hay en la historia +desacato comparable al de obligar al rey a partir para Andalucía? + +—¡Oh, Dios nos tenga de su mano!... ¡Qué desacato! ¡Qué ignominia!... +—exclamé, remedando sus aspavientos—. Es preciso considerar que un +gobierno, cualquiera que sea, está en el caso de defenderse si es +atacado. + +—Según mi modo de ver, un gobierno de tunantes no merece más que el +decreto que ha de mandar a Ceuta a todos sus individuos. ¡Ah, señora +mía, y cómo se ha entibiado el fervor de usted! Bien dicen que los +aires de esa Francia loca son tan nocivos... + +—Creo lo mismo que creía; pero mi absolutismo se ha civilizado, +mientras el de ustedes continúa en estado salvaje. El mío se viste como +la gente, y el de ustedes sigue con taparrabo y plumas. Si el gobierno +de tunantes ha resuelto refugiarse en Andalucía, llevándose a la corte, +ha sido para no estar bajo la amenaza de los batallones franceses. + +—Ha sido —dijo Calomarde riendo brutalmente—, porque sabían que Madrid +no tiene defensa posible; que los ejércitos de Ballesteros y de La +Bisbal son dos fantasmas; que cuatro soldados y un cabo de los del +serenísimo señor duque de Angulema podían cualquier mañanita sorprender +a la villa y a los _Siete Niños_ y al Congreso entero, al Ayuntamiento +soberano y a toda la comunidad masónica y landaburiana. Esta es la pura +verdad. ¡Y qué bonito espectáculo han dado al mundo! En presencia de la +intervención armada, ¿cómo se preparan esos mentecatos para conjurar +la tormenta? Llamando a las armas a treinta mil hombres, y disponiendo +(esto es lo más salado) que con los milicianos que quieran seguir al +Congreso se formen algunos batallones, recibiendo cada individuo cinco +reales diarios. ¡Se salvó la patria, señora! + +—El gobierno —repuse prontamente— creyó sin duda que los franceses +eran como los Guardias del 7 de julio, es decir, simples juguetes de +miliciano. + +—¡Ya se lo diremos de misas! —dijo frotándose las manos—. Ya pagarán su +alevosía. Solo por el hecho de obligar a nuestro soberano a un viaje +que no le agradaba, merecían todos ellos la muerte. + +—Hasta los reyes están en el caso de hacer alguna vez lo que no les +agrada. + +—Incluso viajar con un ataque de gota, ¿eh? ¡Crueles y sanguinarios, +más sanguinarios y crueles que Nerón y Calígula! Ni a un perro +vagabundo de las calles se le trata peor. + +—¡Si el rey no tenía en aquellos días ataque de gota! —repliqué, +complaciéndome en contradecirle—. Si estaba bueno y sano. La prueba es +que después de clamorear tanto por su enfermedad, anduvo algunas leguas +a pie el primer día de viaje. + +—Bueno: concedo que Su Majestad estaba tan bueno como yo. ¿Y si no +quería partir? + +—Que hubiera dicho: «no parto». + +—¿Y si le amenazaban? + +—Haberles ametrallado. + +—¿Y si no tenía metralla? + +—Haberse dejado llevar por la fuerza. + +—¿Y si le mataban? + +—Haberse dejado matar. Todo lo admito menos la cobardía. + +—Amiguita, usted se nos ha _francmasoneado_ —me dijo el astuto +intrigante, dando cariñosa palmada en mi mano—. A pesar de esto, +siempre la queremos mucho, y la serviremos en lo que podamos. Yo estoy +siempre a las órdenes de usted. + +Inflado de vanidad, el amigo del rey hizo elogios de sí mismo, y +después añadió: + +—He tenido el honor de ser indicado para secretario de la Junta que se +va a formar en la frontera. + +—¡Oh, amigo mío, doy a usted la enhorabuena! —manifesté sumamente +complacida y deplorando entonces haber estado algo dura con Calomarde—. +No se podía haber pensado en una persona más idónea para tan delicado +puesto. + +—¿Se le ofrece a usted algo? —dijo don Tadeo, comprendiendo al punto mi +cuarto de conversión. + +—Sí; pero yo acostumbro dirigirme siempre a la cabeza —afirmé +resueltamente—. Ya sabe usted que soy muy amiga del general Eguía, +presidente de la Junta. + +—¡Ah! entonces... + +—Sin embargo. No puedo molestar a Su Excelencia con ciertas +menudencias, tales como pedir noticias de personas, averiguar alguna +cosilla de poca monta... + +—Para esto es más propio un secretario tan bien informado como yo de +todos los pormenores de la causa. + +—Exactamente. Dígame usted, si lo sabe, en dónde está ahora un pícaro +de mala estofa, que se emplea en bajas cábalas del rey y tiene por +nombre José Manuel Regato. + +—¡Ah! ¡Regato!... Debe andar por Andalucía con la corte. No es de mi +negociado ese caballero... ¿Qué? ¿Hay ganas de sentarle la mano? + +—Por sentarle la derecha daría la izquierda. + +—Pocas noticias puedo dar a usted del señor Regato. Tengo con él muy +pocas relaciones. Quizás Pipaón, que conoce a todo el mundo, pueda +indicar dónde se halla y el modo de sentarle, no una mano, sino las +dos, siempre que sea preciso. + +—Y Pipaón, ¿dónde está? + +—Aquí. + +—¡Aquí! ¡Pipaón!... —exclamé con gozo—. Yo le dejé en la Seo muy +enfermo, y creí que había caído en poder de Mina. + +—En efecto, cayó; pero él... ya usted le conoce... con su destreza y +habilidad parece que encontró por allí amigos que le favorecieron. + +—Quiero verle, quiero verle al punto —dije con la mayor impaciencia—. +Deseo mucho tener noticias de la Seo y de las facciones de Cataluña. + +Y entonces se realizó aquel proverbio que dice: «En nombrando al ruin +de Roma...» + +Por la vidriera que daba a la huerta de la casa viose la mofletuda +cara y el pequeño cuerpo de Pipaón, que habiendo tenido noticia de +mi residencia en Irún, iba también a visitarme. Mucho nos alegramos +ambos de hallarnos juntos, y nuestras primeras palabras después de +los cordiales saludos, fueron para recordar los tristes días de la +Seo, su enfermedad y mi disgusto; y luego, por el enlace propio de +los recuerdos, que van de lo triste a lo plácido, hablamos del miedo +del arzobispo, de las casacas que usaba Mataflorida y de otras cosas +frívolas y chistosas, de esas que ocurren siempre en los días trágicos +y nunca faltan en los duelos. Después de estos desahogos, Pipaón, +tomando aquel tono burlesco que unas veces le sentaba bien y otras le +hacía muy insoportable, me dijo: + +—Le traigo a usted noticias muy buenas de una persona que le interesa, +y con las noticias una cartita. + + + + +XIV + + +Me puse pálida. Comprendí de quién hablaba Pipaón; pero no me atreví +a decir una palabra, por hallarse delante el entrometido y curioso +Calomarde, gran coleccionador de debilidades ajenas. Varié de +conversación, aguardando, para saciar mi afanosa curiosidad, a que don +Tadeo se marchase; pero el pícaro había conocido en mi semblante la +turbación y ansiedad que me dominaban, y no se retiró. Creyérase que le +habían clavado en la silla. ¡Ay, qué gusto tan grande poder coger un +palo y romperle con él la cabeza!... ¡Qué pachorra de hombre! + +Quise arrojarle con mi silencio; mas él era tan poco delicado, que +conociendo mi mortificación, se arrellenaba en el blando asiento como +si pensara pasar allí el día y la noche. Con su expresivo semblante +me decía Pipaón mil cosas que no podía yo comprender claramente; pero +que me deleitaban como avisos o presentimientos lisonjeros. Llegó un +instante en que los tres nos callamos, y callados estuvimos más de +un cuarto de hora. Calomarde tocaba una especie de pasodoble con su +bastón en la pata de la mesa cercana. El grosero y pegajoso cortesano +había resuelto quemarme la sangre, u obligarnos a Pipaón y a mí a que +hablásemos en su presencia. + +Resistí todo el tiempo que pude. Mi carácter fogoso no puede ir +más allá de cierto grado de paciencia, pasado el cual estalla y se +sobrepone a todo, atropellando amistades, conveniencias y hasta las +leyes de la caridad. Nunca he pedido corregir este defecto, y la +estrechez de los límites de mi paciencia me ha proporcionado en esta +vida muchos disgustos. Forzando la voluntad, puedo a veces aguantar +más de lo que permite la extraordinaria fuerza de dilatación de mi +espíritu; pero entonces estallo con más violencia, rompo mis ligaduras +a la manera de Sansón, y derribo el templo. Vino por fin el momento en +que se me subió la mostaza a la nariz, como dicen las majas madrileñas, +y poniéndome en pie súbitamente, miré a Calomarde con enojo. +Señalándole la puerta, exclamé: + +—Señor don Tadeo, tengo que hablar con Pipaón: suplico a usted que nos +deje solos. + +Debían de ser muy terribles mi expresión y mi gesto, porque Calomarde +se levantó temblando, y con voz turbada me dijo: + +—Señora, manos blancas no ofenden. + +¡_Manos blancas no ofenden_! Años después, Calomarde debía pronunciar +esta frase al recibir un desaire más violento que el mío: la célebre +bofetada de la infanta Carlota, una princesa que, como yo, tenía muy +limitado el tesoro de su paciencia, y estallaba con tempestuosas +cóleras cuándo la bajeza y solapada intriga de los Calomardes se +interponían en su camino. + +Pipaón y yo nos quedamos solos. En pocas palabras me refirió que había +visto a Salvador Monsalud sano y salvo en la Seo de Urgel. Al oír esto, +el corazón dio un salto dentro de mí como una cosa muerta que torna a +la vida, como un Lázaro que resucita por sobrehumano impulso. + +—Mina le salvó en San Llorens de Morunys —me dijo—, y desde que se +restableció se puso a mandar una compañía de contraguerrilleros. + +Al decir esto, Pipaón me alargó una carta, que abrí con presteza +febril, queriendo leerla antes de abrirla. Al mismo tiempo, y de una +sola ojeada, leí el fin, el principio y el medio. Era la carta pequeña +y fría. Decíame en ella que estaba en libertad y que no pensaba salir +en mucho tiempo del lugar donde estaba fechada, que era Urgel. Sentí +mi corazón inundado de un torrente de sangre glacial al ver que no +contenía la carta expresiones de ardiente cariño. + +—¿De modo que sigue en Cataluña? —pregunté a don Juan. + +—No, señora. A estas horas va camino de Madrid. + +—Pues, ¿cómo dice en su carta que no piensa salir de la Seo? + +—Ese papel me lo dio cuando nos separamos el día 30 de marzo; pero dos +días después supe, por nuestro común amigo el capitán Seudoquis, que +Mina había encargado a Salvador que fuese a Madrid a llevar un mensaje +reservadísimo a San Miguel y a otras personas. + +—¿De modo que está...? + +—Sobre Madrid, como se dice en los partes militares. + +—¿Pero eso es cierto? + +—Tan cierto como que estoy hablando con una dama hermosa. + +—¿Y salió...? + +—Según mis noticias, el 10 de este mes. No sabía qué camino tomar; +pero, según me dijo Seudoquis, estaba decidido a ir por Zaragoza, que +es el más derecho, aunque no el menos peligroso. + +—¿Sabe la muerte de su madre? + +—Yo le di la mala noticia. + +—Pero ¿qué va a hacer ese hombre en Madrid? —dije, sintiendo una +tempestad en mi cerebro—. ¡Si allí no hay ya gobierno ni nada! + +—Pero está en Madrid el gran Consejo de la francmasonería. Mina es de +la Orden de la Acacia, señora. Ahora se trata de que la _Viuda_ haga un +esfuerzo supremo. + +En mi espíritu notaba yo aquella poderosa fuerza de dilatación de que +antes hablé. Unas cuantas palabras habían trastornado todo mi ser: mi +pulso latía con violencia; asaltáronme ideas mil, y el ardoroso afán +de movimiento, que ha sido siempre una de las fórmulas más patentes de +mi carácter, se apoderó de mí. Sin necesidad de que yo le despidiese, +dejome Pipaón, que iba en busca de Eguía para solicitar un puesto en la +Junta; y pasado mi trastorno, pude sondear aquel revuelto piélago de mi +espíritu y mirar con serenidad lo que en el fondo de él había. + +¡Cuán grande había sido mi engaño al creer moribunda la afición aquella +que tantas dulzuras dio a mi alma en el verano del 22! La ausencia +habíala escondido entre las cenizas que diariamente depositan los +sucesos de cada instante, esa multitud de ascuas de la vida que van +pasando sin interrupción y apagándose hora tras hora. Pero aquella +ascua del verano del 22 era demasiado grande y quemadora para pasar y +extinguirse como las demás. + +Bastó que oyera pronunciar su nombre, que me le anunciaran vivo, para +que se verificase en mí un brusco retroceso a los días de mi felicidad +y de mi desgracia. El tiempo volvió atrás: las figuras veladas +perdieron la sombra que las encubría; las apagadas voces que solo eran +ya ecos confusos, volvieron a sonar como cuando eran la música a cuyo +compás danzaba con la embriaguez de la pasión mi alma. ¡Cuánto me +había engañado, y qué juicios tan erróneos hacemos de nuestros propios +sentimientos y de todo aquello que lejos está! Nos pasa lo mismo que +al ver las lontananzas de la tierra, cuando confundimos con las vanas +y pasajeras nubes los montes sólidos o inmutables, que ninguna fuerza +humana puede arrancar de sus seculares asientos. Fue aquello como una +vuelta, como un ángulo brusco en el camino de la vida. Desde entonces +vi nuevos horizontes, paisaje nuevo, y otra gente y otros caminos. +¡Y yo había creído poder olvidarle, y aun poner en su altar vacío al +conde de Montguyon! ¡Qué delirio!... ¡Lo que pueden la ausencia, la +distancia, la ignorancia! El tiempo, que me había consolado, hiriome +de nuevo, y un día, un instante marcado en mi vida por cuatro palabras +como cuatro estrellas resplandecientes, había destruido la obra lenta +de tantos meses. + +Con la presteza que Dios me ha dado formé mi plan de viaje. Tengo algo +del genio de Napoleón para esto de los grandes movimientos. Para mí, +la facultad de transportar todo el interés de la vida de un punto a +otro del mundo es otra prenda muy principal de mi carácter, y al mismo +tiempo una necesidad a la que muy difícilmente puedo resistir. El +destino me ha presentado siempre los sucesos a propósito para tales +juegos de estrategia sublime. + +Aquella misma tarde dispuse todo, y por la noche sorprendí a mi +don Quijote con la noticia de mi viaje. Aficionada a jugar con los +corazones que caen en mis manos (a excepción de uno solo), como juega +el gatito con el ovillo que rueda por el suelo, dije al conde de +Montguyon: + +—Me he asustado de la soledad en que voy a quedar después que usted se +marche, y voy a Madrid. De esta manera podré vigilar a cierto caballero +francés por si anda en malos pasos. + +Él se puso tan contento que olvidó aquella noche hablarme de la guerra +y de los laureles que iban a recoger. Parecía un loco hablando de los +alcázares de Granada, de los romances moriscos, de las ricahembras, +de las boleras, de frailes que protegían los amores de los grandes, +de volcánicas pasiones españolas, y de mujeres enamoradas capaces del +martirio o del asesinato. Él se creía héroe de mil aventuras románticas +e interesantes caballerías, tales como se las había imaginado leyendo +obras francesas sobre España. Empleo la palabra _románticas_, porque +si bien no estaba en moda todavía, es la más propia. El romanticismo +existía ya, aunque no había sido bautizado. Excuso decir que Montguyon +me juró amor eterno y una fidelidad inquebrantable como la del Cid por +doña Jimena. + +Yo necesitaba de él para mi viaje, por lo cual me guardé muy bien de +arrancar una sola hoja a la naciente flor de sus ilusiones. Era muy +difícil viajar entonces, porque casi todos los vehículos del país +habían sido intervenidos por ambos ejércitos. Montguyon me prometió una +silla de postas, y cumplió su oferta, poniéndola a mi disposición al +día siguiente. + +Con el primer movimiento del ejército francés coincidió mi marcha sobre +Madrid, como una conquistadora. El estrépito guerrero que en derredor +mío sonara, despertaba en mi mente ideas de Semíramis. + + + + +XV + + +Pasé por Vitoria y por la Puebla de Arganzón, como los días felices por +la vida del hombre: a escape. No miraba a ningún lado, por miedo a mis +malos recuerdos, que salían a detenerme. + +En los pueblos todos del norte, la intervención vencía sin batallas; y +antes de que asomara el morrión del primer francés de la vanguardia, +la Constitución estaba humillada. Los mozos todos comprendidos en la +quinta ordenada por el gobierno, se unían a las facciones, y eran muy +pocos los milicianos que se aventuraban a seguir a los liberales. No +he visto una propagación más rápida de las ideas absolutistas. Era +aquello como un incendio que de punta a punta se desarrolla rápidamente +y todo lo devora. En medio de las plazas los frailes predicaban mañana +y tarde, con pretexto de la Cuaresma, presentando a los franceses como +enviados de Dios, y a los liberales como alumnos de Satanás que debían +ser exterminados. + +El general Ballesteros mandaba el ejército que debía operar en el +norte y línea del Ebro para alejar a los franceses. No viendo yo a +dicho ejército por ninguna parte, sino inmensas plagas de partidas, +pregunté por él, y me dijeron en Briviesca que Ballesteros, convencido +de no poder hacer nada de provecho, se había retirado nada menos +que a Valencia. Movimiento tan disparatado no podía explicarse en +circunstancias normales; pero entonces todo lo que fuera desastres y +yerros del liberalismo tenía explicación. + +Viendo crecer en los pueblos la aversión a las Cortes y al gobierno, +el ejército perdía el entusiasmo. A su paso, como se levanta polvo del +camino, levantábanse nubes de facciosos, que al instante eran soldados +aguerridos. Así se explica que el ejército de Ballesteros compuesto +de dieciséis mil hombres, se retirara sin combatir emprendiendo la +inverosímil marcha a Valencia, donde podía adquirir algún prestigio +derrotando a Sempere, al Locho y al carretero Chambó, tres nuevos +generales o arcángeles guerreros que le habían salido a la fe. + +En Dueñas me adelanté, dejando atrás a los franceses; tenía tanta +prisa como ellos y menos estorbos en el camino, aunque los suyos no +eran tampoco grandes. ¡Cuánto deseaba yo ver por alguna parte tropas +regulares españolas! En verdad, me avergonzaba que los hijos de San +Luis, a pesar de que nos traían orden y catolicismo, se internaran en +España tan fácilmente. Con todo mi absolutismo, yo habría visto con +gusto una batalla en que aquellos liberales tan aborrecidos dieran +una buena tunda a los que yo llamaba entonces mis aliados. Española +antes que todo, distaba mucho de parecerme a los señores frailes +y sacristanes que en 1808 llamaban judíos a los franceses y ahora +ministros de Dios. + +En Somosierra encontré tropas. Eran las del ejército de La Bisbal, +destinado por las Cortes a cerrar el paso del Guadarrama, amparando +de este modo a Madrid. Mis dudas acerca del éxito de aquella empresa +fueron grandes. Yo conocía a La Bisbal. ¿Cómo no, si era conocido de +todo el mundo? Fue el que el año 14 se presentó al rey llevando dos +discursos en el bolsillo, uno en sentido realista, otro en sentido +liberal, para pronunciar el que mejor cuadrase a las circunstancias. +Fue el que en 1820 hizo también el doble papel de ordenancista y +de sedicioso. La inseguridad de sus opiniones había llegado a ser +proverbial. Era hombre altamente penetrado del axioma italiano _ma per +troppo variar natura è bella_. Yo no comprendía en qué estaba pensando +el gobierno cuando le nombró. Si los ministros se hubieran propuesto +elegir para mandar el ejército más importante al hombre más a propósito +para perderlo, no habrían elegido a otro que a La Bisbal. + +Pasé con tristeza por entre su ejército. Aquellos soldados, capaces +del más grande heroísmo, me inspiraban lástima, viéndoles destinados +a desempeñar un papel irrisorio, como leones a quienes se obliga +a bailar. Sentía yo impulsos de arengarles: «¡Que os engañan, +pobres muchachos! No dejéis las armas sin combatir. Si os hablan de +capitulación, degollad a vuestros generales.» + +En Madrid hallé un abatimiento superior a lo que esperaba. Se hablaba +allí de capitular, como de la cosa más natural del mundo. Solo tenían +entusiasmo algunos infelices que no servían para nada, el cuerpo de +coros de los clubs y de las sociedades secretas, la gente gritona, y +también bastantes de los que habían tirado del coche de Fernando VII +cuando volvió de Francia el año 14. Los absolutistas creían con razón +ganada la partida, y afectaban cierta generosidad magnánima. ¡Pobre +gente! Algunos de estos pajarracos me visitaron, entre ellos don Víctor +Sáez, y tuve el gusto de hacerles rabiar, asegurándoles que Angulema +traía orden de obsequiarnos con las dos Cámaras y un absolutismo +templado, suavísimo emoliente para nuestra anarquía. Esto ponía a mis +buenos amigotes más furiosos que las bravatas de los liberales, pues +aún había liberales con inocencia bastante para echar roncas. + +Pero yo me ocupaba poco de tales cosas. Mi primer cuidado fue hacer +algunas averiguaciones concernientes a la entrañable política de mi +herido corazón. Por fortuna, a la casa donde yo vivía, honradísimo +albergue de una noble familia alavesa, iba a menudo un tal Campos, +hombre muy intrigante, director de Correos, si no recuerdo mal, gran +maestre de la Orden masónica, o por lo menos principalísimo dignatario +de ella, amigo íntimo de los liberales de más viso y también de algunos +absolutistas, como hombre que sabe el modo de comer a dos carrillos. + +Yo le había tratado el año anterior, y charlando juntos, me reía +de los masones, lo cual a él no le enojaba. Entre bromas y veras +solía enterarme de algunas cosas reservadas, porque no era hombre +de extraordinaria discreción, ni tampoco de una incorruptibilidad +absoluta. En los días de mi llegada de Irún, que eran los de mediados +de mayo del 23, le pregunté si esperaban los masones algún mensaje +reservado de Mina. Negolo; mas yo, asegurándolo con el mayor descaro +y nombrando el mensajero, le hice confesar que esperaban órdenes de +Mina de un día a otro. Él, lo mismo que su secretario, cuyo nombre no +recuerdo, me aseguraron no haber visto todavía en Madrid a Salvador +Monsalud, ni tener noticia alguna de él. + +—No ha llegado aún —dije—. Mucho tarda. + +Sin reparar en nada fui a su casa. Un portero, tan locuaz como pedante, +liberal muy farolón, de aquellos a quienes yo llamo _sepultureros de +la libertad_, porque son los que la han enterrado, me informó de que +el señor Monsalud faltaba de Madrid desde el mes de agosto del año +anterior. + +—Puede que la señora doña Solita sepa algo —me dijo—. Pero no es fácil, +porque anoche lloraba... Como no llorase de placer, que también esto +sucede a menudo... + +—¿De modo que la casa subsiste? —le pregunté. + +—Subsiste, sí, señora; pero no subsistirá mucho tiempo si el señor don +Salvador no vuelve del otro mundo. + +—Pues qué, ¿ha muerto? + +—Así lo creo yo. Pero esa joven sentimental siempre tiene esperanzas, +y cada vez que el sol sale por el horizonte esparciendo sus rayos de +oro... ¿me entiende usted? + +—Sí, acabe de una vez el señor Sarmiento. + +—Quiero decir, que siempre que amanece, lo cual pasa todos los días, la +señora doña Solita dice: «¡Hoy vendrá!» Tal es la naturaleza humana, +señora, que de todo se cansa menos de esperar. Y yo digo: ¿qué sería +del hombre sin esperanza?... Dispénseme la señora; pero si piensa +subir, tengo el sentimiento de no poder acompañarla, porque como mi +hijo es miliciano... + +—¿Y qué? + +—Como es miliciano, y el honor le ordena derramar hasta la última +gota de su sangre en defensa de la dulce patria y de la libertad +preciosísima del género humano... + +—¿Y qué más? —dije, complaciéndome en oír las graciosas pedanterías de +aquel hombre. + +—Que impulsado por su ardoroso corazón, capaz del heroísmo, y por mi +paternal mandato, ha ido a Cádiz con las Cortes; y como ha ido a Cádiz +con las Cortes, y no volverá hasta dejar confundida a la facción y a +los cien mil y quinientos hijos, nietos o tataranietos del calzonazos +de Luis XVIII... ¡Por vida de la chilindraina y con cien mil pares +de docenas de chilindrones, que si yo tuviera veinte años menos...! +Pues digo que como Lucas ha ido a Cádiz..., y es un león mi hijo, un +verdadero león..., resulta que me es forzoso estar al cuidado de la +puerta; ¿me entiende la señora? + +—Está bien —le dije riendo—. Puedo subir sola. + +Quise darle una limosna, porque su aspecto me pareció muy miserable; +pero la rechazó con dignidad y cierto rubor decoroso, propio de las +grandezas caídas. + +Subí a la casa. Antes que yo subía mi corazón. + + + + +XVI + + +En seguida que llamé salieron a abrir. Se conocía que en la casa +reinaba la impaciencia. Una mujer descorrió con presteza el cerrojo y +me rogó que entrase. Era ella. Yo recordaba haberla visto en alguna +parte. + +Carecía de verdadera hermosura; pero al reconocerlo así con gozo, no +pude dejar de concederle una atracción singular en toda su persona, un +encanto que habría establecido al instante entre ella y yo profunda +simpatía, si en medio de las dos no existiese, como infranqueable +abismo, la persona de un hombre. Vestía de luto, y la delgadez de su +rostro anunciaba el paso de grandes penas. Cuando me vio, alterose +tanto y su turbación fue tan grande, que no podía dirigirme la palabra. +Por mi parte, la miré con serenidad y altanería, como de superior a +inferior, haciendo todo lo posible para que ella se creyese muy honrada +con mi visita. + +Yo había oído hablar a Salvador, con cariño y admiración que me +ofendían, de aquella singular hermana suya que no era tal hermana, ni +aun pariente, y que muy bien podía ser otra cosa. Nunca creí en la +fraternidad honesta de que él me había hablado, porque conozco un +poco el corazón del hombre, y admito solo los sentimientos cardinales +y fundamentales, y no esas mixturas y composiciones sutiles que no +sirven más que para disfrazar alguna pasión ilícita... Deseaba conocer +por mí misma a la dichosa hermana tan ponderada por él, y ver si tenía +fundamento el secreto odio que mi alma hacia ella sentía. Desde que +la vi, a pesar de que me fue muy patente su inferioridad personal +con respecto a la nieta de mi abuela, me pareció tener delante a una +rival temible, más peligrosa cuanto más humilde en apariencia. Al +instante traté de buscar en ella un defecto grande, de esos que afean +espantosamente a la mujer. Mi ingenioso rencor encontró al punto aquel +defecto, y dije en mi interior: + +«Esta muchacha debe de ser una hipocritona. No hay más remedio sino que +lo es.» + +Mi juicio fue rápido, como la inspiración, como la improvisación. +Desde la puerta a la sala a donde me condujo, hice mil observaciones, +entre ellas una que no debo pasar en silencio. La casa estaba tan +perfectamente arreglada, que no parecía vivienda sin dueño. Todo se +hallaba en su sitio, sin el más ligero desorden, en perfecto estado de +limpieza, descubriéndose en cada cosa el esmero peregrino que anuncia +la mano de una mujer poseedora del genio doméstico. Creeríase que +el amo era esperado de un momento a otro, y que todo se acababa de +disponer para agradarle cuando entrara. + +Al sentarme reconcentré mis ideas acerca del plan que había formado, y +le dije: + +—Sé que usted padece mucho por saber el paradero del amo de esta casa, +y como tengo noticias de él, vengo a tranquilizarla. + +—¡Oh, señora, cuánta bondad! —exclamó con repentina alegría—. ¿De modo +que usted sabe dónde está y por qué no viene?... ¿Han vuelto a cogerle +los facciosos? + +—No, señora. Está libre y bueno. + +—Entonces no tiene perdón de Dios —dijo abatiendo el vuelo de su alma, +que tanto se había elevado con las alas de la alegría—. No, no tiene +perdón de Dios. + +—¿Usted le ha escrito? + +—Muchas veces. Dirijo las cartas al ejército de Mina, con la esperanza +de que alguna llegue a sus manos... pero no recibo contestación. Es una +iniquidad de mi hermano. Por poco que se acuerde de mí, por muy grande +que sea su olvido, ¿será tal que no me haya escrito una sola vez? + +—Los que están en armas —dije sonriendo— no se acuerdan de las pobres +mujeres que lloran. + +—Yo creo que me ha escrito. Él es muy bueno y me considera mucho. No es +capaz de tenerme en esta incertidumbre por su voluntad. + +—¿Pero usted no ha recibido ninguna carta? + +—En febrero vinieron dos; pero después ninguna. Quizás se hayan perdido. + +—Podría ser. + +—A veces me figuro que no me escribe porque viene. Todos los días creo +que va a llegar, y desde que siento pasos en la escalera, corro a ver +si es él. Todo lo tengo preparado, y si viene, nada encontrará fuera de +su sitio. + +—Sí, ya lo veo. Es usted una alhaja. El pobre Salvador debe de estar +muy satisfecho de su hermana. Él la aprecia a usted mucho. Me lo ha +dicho. + +—¡Se lo ha dicho a usted! —exclamó tan vivamente conmovida, que casi +estuvo a punto de llorar. + +—Me lo ha dicho, sí. Él me cuenta todo. Para mí nunca ha tenido +secretos. + +Sola me miró de hito en hito durante un momento, que me pareció +demasiado largo. ¿Qué había en la expresión de su semblante al +contemplar el mío? ¿Envidia? No podía ser otra cosa; pero la apariencia +indicaba más bien una resignación dolorosa. Le habría tenido mucha +lástima, si no hubiera estado convencida de que era una hipócrita. + +—Muchas veces me ha hablado de usted —proseguí—, elogiándome sus bellas +cualidades para el gobierno de una casa. Vea usted de qué manera ha +venido a encontrarse sola al frente de este hogar vacío, conservándole +tan bien para cuando él vuelva. + +—La pobre doña Fermina —dijo—, que murió de pesadumbre por la pérdida +de su hijo, me encargó todo al morir, poniendo en mi mano cuanto tenía +y ordenándome que lo guardase y conservase hasta que pareciera Salvador. + +—¿Entonces ella no le creía muerto? + +—Dudaba. Siempre tenía esperanza —manifestó la joven dando un suspiro—. +Yo le hablaba a todas horas de la vuelta de su hijo, y, la verdad, +siempre tuve esperanza de verle entrar en la casa, porque una voz +secreta de mi corazón me decía que volvería. El día antes de fallecer, +doña Fermina escribió una larga carta a su hijo... ¡Cuántas lágrimas +derramó la pobre! Yo habría dado con gusto mi vida porque la infeliz +madre viera a su hijo antes de morir. Pero Dios no lo quiso así. + +—¿Y esa carta?... —pregunté, deseosa de conocer aquel detalle. + +—Esa carta la depositó en mí doña Fermina, mandándome que la entregase +a Salvador en su propia mano, si parecía. + +—¿Y si no parecía? + +—Doña Fermina me ordenó que le buscase por todos los medios posibles, +y que si tenía noticias de él y no venía a Madrid, fuese a buscarle +aunque tuviera que ir muy lejos. + +—Pero ¿cómo podrá usted emprender esos viajes? ¡Pobrecilla! —exclamé +mostrando una compasión que estaba muy lejos de sentir. + +—Eso sería lo de menos. No me faltan ánimos para ponerme en camino, ni +tampoco recursos con que emprender un largo viaje, porque doña Fermina +me entregó todos sus ahorros para que los destinase a buscar a su hijo. + +—¡Ah! Entonces... Y para el caso de no encontrarlo, ¿qué dispuso esa +señora? + +—Que esperase, y le volviera a buscar después. + +—¿Y para el caso de que fuera evidente su muerte? + +—Que echase al fuego la carta sin leerla. ¡Ha sido desgraciada suerte +la nuestra! —prosiguió la huérfana con abatimiento—. Un mes después de +haber subido al cielo aquella buena señora, vino la carta de Salvador +anunciando que estaba libre. ¡Ay! En mi vida he tenido mayor alegría +ni mayor tristeza, juntas tristeza y alegría sin que pudiesen ser +separadas. Yo le contesté diciéndole lo que pasaba y rogándole que +viniese. Desde aquel día lo estoy esperando. Han pasado tres meses, y +no ha venido ni me ha escrito. + +—Pues ha llegado la ocasión de que usted cumpla la última voluntad de +la pobre señora difunta, partiendo en busca de ese hijo desnaturalizado. + +—¡Si no sé dónde está...! Un amigo que lee todos los papeles +públicos y sabe por dónde andan los ejércitos, las guerrillas y las +contraguerrillas, me ha dicho que las tropas de Mina se han disuelto. +Otro que vino del norte, me aseguró que Salvador había emigrado a +Francia. Yo, a pesar de estas noticias, le espero, tengo confianza en +que ha de venir, y he resuelto aguardar lo que resta de mes. Sigo mis +averiguaciones, y si en todo mayo no ha venido ni me ha escrito, pienso +ponerme en camino y buscarle con la ayuda de Dios. + +—Siento quitarle a usted una ilusión —dije, adoptando definitivamente +mi diabólico plan, y resolviéndome a ponerlo en práctica—. Salvador no +vendrá por ahora, no puede venir. + +—¿Lo sabe usted de cierto? —me preguntó vivamente turbada y con algo de +incredulidad en sus hermosos ojos. + +—¿Duda usted de mí? —dije poniendo en mi semblante esa naturalidad +inefable que es uno de mis más preciosos resortes para expresar lo que +quiero—. Precisamente no he venido a otra cosa que a decirle a usted su +paradero, después de tranquilizarla, por si le creía enfermo o muerto. + +—¿Y dónde está? + +—Habiendo reñido con Mina por una cuestión de amor propio, pasó a las +contraguerrillas que siguen al general Ballesteros. + +—¿Entonces sigue en el norte? + +—No, señora. Ya sabe usted que el ejército de Ballesteros se ha +retirado a Valencia. + +—A Valencia, sí. Efectivamente, lo oí decir. ¿De modo que Salvador está +en Valencia? + +—Sí, y estos informes no son vagos ni fundados en conjeturas, porque yo +misma... + +Al llegar aquí di un suspiro afectando cierta emoción. Después acabé +así la frase: + +—Yo misma me separé de él en Onteniente el 20 de abril. + +—¿Es cierto, señora, lo que usted me dice? —me preguntó con gran +agitación. + +—Sí; pero no creo que haga usted el disparate de ponerse en camino para +Levante —indiqué con objeto de que no conociera mi verdadera idea. + +—¿Pues qué, vendrá? + +—Venir no. No vendrá en mucho tiempo, mayormente si de hoy a mañana +capitula la corte y se establece el absolutismo. Yo creo que se verá +obligado a emigrar, embarcándose en cualquier puerto de la costa. + +—¡Embarcarse! —exclamó con desaliento—. No, señora, no; eso no puede +ser. Corro allá al momento. + +Se levantó como si de un vuelo pudiera trasladarse a Valencia. + +—¿Y será usted capaz de emprender un viaje tan largo?... ¿Tendrá usted +valor?... —manifesté con fingida admiración. + +—Yo tengo valor para todo, señora. + +Después del primer movimiento de credulidad, la vi como abatida y +vacilante. Dudaba. + +—Puede usted escribirle —le dije— con la dirección que yo le dé, y +cuando reciba la contestación de él, ponerse en camino... Lo malo será +que en ese tiempo tome la guerra otro aspecto y llegue usted tarde. + +—Eso sería terrible. Yo creo que si voy, debo ir hoy mismo... ¿Y de él +se separó usted el 20 de abril? + +Dudaba todavía. Al llegar a este punto, la voz de la conciencia, que +aún me detenía, fue acallada por mis celos, y no pensé más que en el +éxito completo del plan que me había propuesto. No vacilé más y pensé +en la carta que me había traído Pipaón. + +—Me separé de él el 20 de abril —afirmé—; pero después de eso, +hallándome en Aranjuez, recibí una carta suya. + +Con avidez fijó Solita sus ojos en mí. Por grande que fuera mi +serenidad, mi corazón palpitaba, porque ni aun los criminales más +criminales hacen ciertas cosas sin algo de procesión por dentro. +Confesaré ahora la fealdad toda de mi acción, para que se comprenda +bien la importancia de aquella escena y mi perverso papel. + +—Si quisiera mostrarme usted la carta de Salvador —me dijo en tono +suplicante—, al menos para saber con fijeza el punto en que se halla... + +—No la he traído —repuse con el mayor aplomo—; pero volveré a mi casa, +que está a dos pasos, y la traeré, para que tenga usted ese consuelo, y +una seguridad que no pueden darle mis palabras. + +—¡Oh!, no, señora; yo creo... + +—No... estas cosas son delicadas. Al instante traeré a usted la +carta que me escribió, y que no está fechada en Onteniente, sino en +otro pueblo del reino de Valencia, pues como usted puede suponer, el +ejército se mueve casi todos los días. + +Diciendo esto me levanté. Ella me daba las gracias por mi bondad en +cariñosas y vehementes palabras. Brindose a ir conmigo porque yo no +me molestase en volver; pero esto no me convenía, y salí rápidamente. +¡Miserable de mí, y cuánto me cegaba la pasión y aquel detestable afán +de hacer daño a la que aborrecía!... Contaré esto con la mayor brevedad +posible, porque me mortifica tan desagradable recuerdo; y en verdad +que si pudiera escribir estas vergonzosas líneas cerrando los ojos, lo +haría para no ver lo que traza mi propia pluma. + + + + +XVII + + +Corrí a mi casa, tomé la carta de Salvador, y con ese golpe de vista +del genio criminal, comprendí que lo previsto por mí momentos antes +podía realizarse fácilmente. La data _Urgel_ estaba escrita en letra +ancha y mala. La palabra podía ser variada por una mano hábil, y la +mía, fuerza es decirlo, lo era, aunque nunca hasta entonces se había +empleado en tan infames proezas. + +Yo tenía muy presente a un primo mío que había comerciado años antes +en un pueblo de Alicante llamado _Vergel_, en las inmediaciones +de Denia, a orillas del río Bolana. Esta palabra era el puñal del +asesinato proyectado por mí. La tomé con la fiebre del rencor. ¡Qué +admirablemente servía para mi objeto! ¡Qué bien dispuestas estaban sus +letras para una obra satánica! No podía pedirse más, no. Tenía delante +de mí una de esas infernales coincidencias que deciden a los criminales +vacilantes, y a veces hasta impulsan a los justos a escandalosos y +horribles pecados. + +Tomé la pluma, y con mano segura, regocijándome interiormente en la +perfección de mi obra, convertí la palabra Urgel en Vergel. La fecha +era fácil de mudar también. Salvador había puesto marzo en abreviatura. +Yo convertí el marzo en mayo, dejando el día, que era el 3, lo mismo +que estaba... ¡Oh, cuando no se me cayó la mano entonces, creo que +tendré manos para toda mi vida! + +Del texto de la carta podía mostrarse la primer plana, donde decía, +entre otras cosas insignificantes: «No pienso en muchos días salir de +este pueblo.» + +Corrí allá con mi puñal. Las trágicas figuras antiguas a quienes pintan +alborotadas y arrogantes con un hierro en la mano, no fruncirían el +ceño más fieramente que yo al blandir mi carta homicida. Subí a la +casa. Sola me esperaba en la puerta. Entramos: me senté al punto... +Estaba muy cansada. + +—Vea usted —le dije—: el pueblo donde ahora está es Vergel. He pasado +por él. + +Solita devoraba con los ojos la carta. + +—Vergel —añadí mostrándole la carta— está entre Pego y Denia, sobre +un riachuelo que llaman Bolana. Si va usted a Onteniente, le será muy +fácil llegar a Vergel. + +Ella seguía leyendo. + +—Asegura que por ahora no piensa moverse de ese pueblo —dijo +meditabunda—. Mejor: con eso tendré la certeza de encontrarle. + +—¿Pero de veras insiste usted en ir?... El resto de la carta no se lo +enseño a usted porque no puede interesarle —indiqué afectando la mayor +naturalidad y guardando mi arma—. No puedo creer que haga usted la +locura de... + +—Iré, iré —afirmó con resolución briosa, que inundó mi alma de los +frenéticos goces del éxito criminal. + +Después de manifestar así su propósito, frunció el ceño y me dijo: + +—Cuando usted se separó de Salvador, ¿sabía él que venía usted a Madrid? + +—Lo sabía. + +—¿Y cómo no le rogó que me viese y me tranquilizara? + +—Porque sabe —repuse con dignidad— que yo no sirvo para hacer las veces +de correo. Si he venido a esta casa, ha sido por..., se lo diré a usted +con entera franqueza, no quiero fingir móviles que no tuve al venir +aquí, aunque después que nos hemos tratado hayan sido distintas mis +ideas. + +Solita atendía a mis palabras como el Evangelio. Yo le tomé una mano, y +poniéndome a punto de llorar, me expresé así: + +—Señora doña Solita, dije a usted al entrar que venía con el simple +objeto de tranquilizarla dándola informes de Salvador. + +—Así fue, señora, lo que usted me dijo. + +—Pues bien, falté a la verdad: quise encubrir mi verdadero objeto +con una fórmula común. Pero yo no puedo fingir; no puedo ocultar la +verdad. Mi carácter peca de excesivamente franco, natural y expansivo. +Mis pasiones y mis defectos, la verdad toda de mi alma, buena o mala, +se me sale por los ojos y por la palabra cuando más quiero disimular. +Usted me ha inspirado simpatías; usted me ha revelado una pureza de +sentimientos que merece el mayor respeto. Quiero ser como usted, y +hablarle con la noble veracidad que se debe a los verdaderos amigos. +¿No es usted hermana para él? Pues quiero que lo sea también para mí. + +Solita, al oír esto, se apartó lentamente de mi lado. Noté en ella +cierta aversión contenida por el respeto. + +—Querida amiga —proseguí forzando mi arte—. No he venido aquí sino +por un egoísmo que usted no comprenderá tal vez. He venido por ver su +casa, por conocer lo único que guarda Madrid de esa amada persona, +este asilo donde él ha vivido, donde murió su madre, y por el cual +parecen vagar aún sus miradas. Quería yo dar a mis ojos el gusto de ver +estos objetos, estos muebles donde tantas veces se han fijado los ojos +suyos... Nada más, ningún otro objeto me trajo aquí. He tenido además +el placer de conocerla a usted, y ahora, deseándole que halle pronto a +su hermano, me retiro. + +Levanteme resueltamente. Solita había prorrumpido en amargo llanto. + +—¡Oh! ¡Gracias, gracias, señora! —exclamó secando sus lágrimas—. Le +diré que debo a usted este inmenso favor. + +—No, no, por Dios. Ruego a usted que no me nombre para nada. Vería en +mí una debilidad que no quiero confesarle, mediando, como median en uno +y otro, los propósitos de separación eterna. + +—Pues callaré, señora, callaré. ¿De modo que usted no le verá más? + +Al decir esto había tanto afán en su mirada, que me causó indignación. +La habría abofeteado, si mi papel no exigiera gran prudencia y +circunspección. + +—No, señora, no le veré más —le dije, fijando más sobre mi semblante +la máscara que se caía—. Después de lo que ha pasado... Pero no +puedo revelar ciertas cosas. Si usted le conoce bien, conocerá su +inconstancia. Yo le he amado con fidelidad y nobleza. Él... no quiero +rebajarle delante de una persona que le estima. Adiós, señora, adiós. +¿Se va usted al fin hoy? + +Esto lo dije en pie, estrechando aquella mano que habría deseado ver +cortada. + +—Sí, señora, iré a buscarle, puesto que él no quiere venir. + +—¿Pero se atreve usted, sola, sin compañía, por esos caminos...? +—indiqué, deseando que confirmara su resolución. + +—Dios irá conmigo —repuso la hipocritona con el acento de los que +tienen verdadera fe—. El ordinario de Valencia que sale esta noche, era +amigo de doña Fermina. Con él iré. Tengo confianza en Dios, y estoy +segura de que no me pasará nada... Ahora, tomada esta determinación, +estoy tranquila. + +—La felicidad le retoza a usted en el rostro —afirmé con cruel +sarcasmo—. Bien se conoce que es usted feliz. Yo me congratulo de +haberle proporcionado un cambio tan dichoso en su espíritu. + +Cuando pronuncié estas palabras, debió secárseme la lengua, lo confieso. + +Poco más hablamos. Hícele ofrecimientos corteses y salí de la casa. +Cuando bajaba la escalera sentí impulsos de volver a subir y llamarla +y decirle: «no crea usted nada de lo que he dicho; soy una embustera»; +pero el egoísmo pudo más que aquel pasajero y débil sentimiento de +rectitud, y seguí bajando. Del mismo modo iba bajando mi alma, escalón +tras escalón, a los abismos de la iniquidad. Razoné como los perversos, +diciéndome que la víctima de mi intriga era una mujer hipócrita, y que +las pérfidas maquinaciones, tan dignas de censura cuando recaen en +personas inocentes, son más tolerables si recaen en quien las merece +y es capaz de urdirlas peores. Pero estos sofismas no acallaban mi +remordimiento, que empezó a crecer desde que salí de la casa, y ha +llegado después, por su mucha grandeza y pesadumbre, a mortificarme en +gran manera. + + + + +XVIII + + +Verdaderamente mi acción no pudo ser más indigna. ¡Precipitar a una +desamparada e infeliz mujer a resolución tan loca, obligarla por vil +engaño a emprender un viaje largo, dispendioso, arriesgado, y, sobre +todo, inútil!... Al mirar esto desde tan distante fecha, me espanto de +mi acción, de mi lengua, y de la horrible travesura y sutileza de mi +entendimiento. + +En aquellos días la pasión que me dominaba, y más que la pasión, el +envidioso afán que me producían los recelos de que alguien me robase lo +que yo juzgaba exclusivamente mío, no me permitieron ver claramente mi +conciencia ni la infamia de la denigrante acción que había cometido; +pero cuando todo se fue enfriando y oscureciendo, he podido mirarme +tal cual era en aquel día, y declaro aquí que, según me veo, no hay +fealdad de demonio del infierno que a la mía se parezca. + +¡Y sigue una viviendo después de hacer tales cosas! ¡Y parece que +no ha pasado nada, y vuelve la felicidad, y aun se da el caso de +olvidar completamente la perversa y villana acción!... Yo no vacilo +en escribirla aquí, porque me he propuesto que este papel sea mi +confesonario, y una vez puesta la mano sobre él, no he de ocultar ni +lo bueno ni lo malo. La seguridad de que esto no ha de verlo nadie +hasta que yo no me encuentre tan lejos de las censuras de este mundo +como lo están los astros de las agitaciones de la tierra, da valor a mi +espíritu para escribir tales cosas. Yo digo: «Que todo el mundo escriba +con absoluta verdad su vida entera, y entonces, ¡cuánto disminuirá +el número de los que pasan por buenos! Las cuatro quintas partes de +las grandes reputaciones morales no significan otra cosa que _falta +de datos_ para conocer a los individuos que se pavonean con ellas +fatuamente, como los cómicos cuando se visten de reyes.» + +Aquella tarde torné a pasar por allí, y entablé conversación con +Sarmiento; pero me fue imposible averiguar por él si Solita insistía +en partir. Yo tenía gran desasosiego hasta no saberlo, y para salir de +mi incertidumbre quise averiguarlo por mí misma. Soy así: lo que puedo +hacer no lo confío a los demás. Me fatigan las dilaciones y la torpeza +de los que sirven por dinero, y carezco de paciencia para aguardar a +que me vengan a decir lo que yo puedo ver por mis propios ojos. Al +llegar la noche y la hora en que solían partir los coches, sillas +de postas y galeras, mi criada y yo nos vestimos manolescamente, con +pañolón y basquiña, y nos encaminamos al parador del Fúcar, de donde, +según mis noticias, salía el ordinario de Valencia. + +No tuve que esperar mucho para satisfacer mi curiosidad. Allí estaba. +Solita partía irremisiblemente. Ya no me quedaba duda. La vi dentro del +coche que salía, y no pude sofocar en mí un sentimiento de profundísima +lástima, forma indirecta que tomaba entonces mi conciencia para +presentarme ante los ojos la imagen de mi crimen. Pero el coche partió; +ella se fue con su engaño, y yo me quedé con mi lástima. + +No se había extinguido el rumor de las ruedas del carro de Valencia, +cuando sonó más vivo estrépito de ruedas y caballerías. Un gran +carruaje de colleras entró en el parador. Mi criada y yo nos detuvimos +por curiosidad. + +—Es el coche de Alcalá —dijeron a nuestro lado—. Esta noche viene lleno +de gente. + +Por una de las portezuelas vi la cara de un hombre. El corazón parecía +hacérseme pedazos. Me volví loca de alegría. No pude contenerme. Era +él. Mis exclamaciones cariñosas le obligaron a bajar del coche, y +apenas puso el pie en tierra, me arrojé llorando en sus brazos. + + + + +XIX + + +Al día siguiente le aguardaba en mi casa, y no fue hasta muy tarde, +cuando ya anochecía. Estaba muy fatigado, triste y abatido. Lo primero +de que me habló fue del vacío que había dejado en su casa la muerte +de su madre, de la partida de su hermana, a quien creía encontrar en +Madrid, y del brevísimo espacio que un perverso destino había puesto +entre la marcha de ella y la llegada de él. + +—Castigo de Dios es esto —dijo—, por mi descuido en escribirle y mi +desnaturalizado proceder. + +Después pasó de la tristeza a la furia. Yo procuraba arrancarle tan +lúgubres ideas, recordándole nuestro placentero viaje del verano +anterior y la catástrofe de su cautiverio; hacíale mil preguntas +sobre sus padecimientos, emancipación, campaña de Cataluña y toma de +la Seo; pero solo me contestaba con monosílabos y secamente. Escaso +interés mostraba por las cosas pasadas, y aun yo misma, que era un +presente digno, a mi parecer, de alguna estima, apenas podía obtener +de él atención insegura y casi forzada. Su pensamiento estaba fijo en +la fugitiva, y mis sutiles zalamerías no podían apartarle de allí. No +cesaba de discurrir sobre los móviles de aquel viaje, y yo, sintiendo +revivir y agitarse en mí lo que siempre tuve de serpiente, estuve a +punto de indicarle que Soledad habría partido arrastrada por algún +hombre; pero en el momento en que desplegaba los labios para sugerir +esta idea, me contuve. Aquella vez había vencido mi conciencia, y +hallándome con fuerzas para las mayores crueldades, no las tuve para la +calumnia. + +Al fin creí prudente no decirle una palabra sobre aquella cuestión. + +—Bastaba que yo viniese con deseo de verla —dijo hiriendo violentamente +el suelo con el pie— para que ella huyese de mí. Así son todas mis +cosas. Lo bueno existe mientras yo lo deseo. Pero lo toco, y adiós. + +Estas amargas palabras eran un desaire para mí, y por lo visto yo no +estaba comprendida en el número de las cosas buenas; pero sofoqué mi +resentimiento y seguí escuchándole. + +—Desde que el deseo de venganza y mi odio al absolutismo —añadió— me +inclinaron a tomar las armas, tuve el presentimiento de que la campaña +se echaría a perder, y así ha sido. Ya tienes a la plaza de Figueras en +poder de los franceses; a Mina vagabundo, sin saber qué partido tomar, +y todo el ejército desconcertado y sin esperanza de vencer. ¡Gran +milagro habría sido que donde yo estoy hubiese victorias! Desastres y +nada más que desastres. La sombra que yo echo sobre la tierra, destruye. + +—¡Qué necio eres! ¿Crees acaso en las estrellas fatales y en el sino? + +—No debiera creer; pero todo me manda que crea... Ya ves. Me envía +Mina a Madrid con una comisión en que funda grandes esperanzas, y +desde que llego aquí pierdo las pocas que traía, porque no hallo sino +desanimación y flojedad. Al mismo tiempo, la ilusión más querida de +este viaje se ha desvanecido como el humo. Yo tenía una hermana, más +que hermana, amiga, con una amistad pura y entrañable que nadie puede +comprender sino ella y yo; una amistad que tiene todo lo santo de la +fraternidad y todo lo bueno del amor, sin las tenebrosas ansias de +este. En mi hermana veía yo todo lo que me queda de familia, lo único +que me resta de hogar; en ella veía a mi madre, y una representación +de todos los goces de mi casa, la paz del alma, dichas muy grandes sin +mezcla de martirio alguno. Pues bien: llego, y mi casa está desierta. +Jamás pensé en perderla. Ella, el único ser de quien estaba seguro, +vuela también lejos de mí, y se va. ¡Ay, Jenara! ¡No puedo decirte +cuán sola estaba mi casa! Figúrate todo el universo vacío y sin vida. +Ni mi madre, ni Soledad... ¡Qué sepulcro, Dios mío! Así se va quedando +mi corazón lo mismo que una gran fosa, todo lleno de muertos... Tú +no puedes entender esto, Jenara. En ti todo vive. Tu carácter hace +resucitar las cosas, y eres un ser privilegiado para quien el mundo se +dispone siempre del modo más favorable; pero yo... + +—Cúlpate a ti mismo —le dije—, y no hables del destino. Te quejas +de que tu hermana te haya abandonado, y no recuerdas que has estado +mucho tiempo sin escribirle, sin darle noticias de ti, sin decirle ni +siquiera: «estoy vivo». + +—Es verdad; pero se amparó de mí el estúpido delirio de la guerra. +Me sedujo la idea gloriosa que representaba nuestro ejército al +perseguir a los realistas. Solo veía lo que estaba delante de mis ojos +y dentro de mí: el enemigo y los torbellinos de mi cerebro, un ideal +de magníficas victorias que dieran a mi país lo que no tiene. Ya sabes +que yo me equivoco siempre. Lo extraño es que conociendo mi torpeza +me empeñe en andar hacia adelante como los demás hombres, en vez de +estarme quieto como las estatuas... Ahora todo lo veo destrozado, caído +y hecho pedazos por mis propias manos, como el que entrando en un +cuarto oscuro y lleno de preciosidades, a ciegas tropieza y lo rompe +todo. En Cataluña, desengaños; en Madrid, más desengaños todavía; un +gran vacío del entendimiento, y otro más grande del corazón. Parece +que la realidad de mis ideas es un ave que se asusta de mis pasos, y +levanta el vuelo cuando me acerco a ella. ¡Maldita persona la mía! + +Debía enojarme de tales palabras, porque según ellas, yo no era nada. +Pero no me mostré ofendida, y solamente dije: + +—Si al llegar encuentras todo solo y vacío, no es porque las cosas +vuelen antes de tiempo, sino porque tú llegas siempre tarde. + +—También es verdad. Llego siempre tarde. Ya ves lo que me ha pasado +ahora. Se le antoja al señor Mina enviarme aquí cuando todo está +perdido. Pero él no contaba con la rapidez de este desmoronamiento: +no contaba con la retirada de Ballesteros sin combatir, ni con la +defección de La Bisbal. Mina tiene la desgracia de creer que todos son +valientes y leales como él. + +—¿La defección de La Bisbal? ¡De modo que ya...! No creí que fuera +tan pronto. El conde acostumbra preparar con cierto arte sus +arrepentimientos. + +—No se dice públicamente; pero es seguro que ya está en tratos con +los franceses para capitular. Me lo ha dicho Campos, que olfatea los +sucesos. De mañana a pasado, el aborrecido estandarte negro ondeará en +Madrid. ¿A qué he venido yo? No parece sino que vengo a izarlo yo mismo. + +—Pues no hagas caso de los masones, ni de la guerra, ni de la +Constitución —le dije—. ¿Para qué te empeñas en cosas imposibles? ¿Por +qué desprecias lo que tienes, y persigues fantasmas vanos? + +Me miró comprendiendo mi intención. Sus ojos no indicaban desafectos. +Acompañome a cenar, y mis alardes de humor festivo, mi cháchara y las +delicadas atenciones que con él tuve, no lograron disipar las nubes que +ennegrecían su alma. También la mía se encapotaba lentamente, cayendo +en hondas tristezas. Acostumbrada a verse señora de los sentimientos de +aquel hombre, padecía mucho considerando perdido su amoroso dominio, +esa tiranía dulcísima que al mismo tiempo embelesa al amo y al esclavo. + +Pero aún conservaba yo gran parte de mi prestigio. Vencí, aunque sin +poder conseguir la tranquilidad que acompaña a los triunfos completos, +porque descubrí en su complacencia algo de violento y forzado. Sospeché +que al corresponder a mi leal cariño, lo hacía más bien por delicadeza +y por deber que por verdadera inclinación. Esto me atormentó toda la +noche, quitándome el sueño. Cuando pude dormir, la imagen de la pobre +huérfana que recorría media España buscando a su hermano, a su amante o +lo que fuera, se me presentó para atormentarme más. ¡Ay, qué terrible +es una gran falta sin éxito! + +La visión de la mujer errante no se quitaba de mi imaginación. Pero +yo entonces, creyéndome menos amada de lo que mi frenesí de amor +exigía, pensando que me habían vencido ajenos recuerdos y vaguedades +sentimentales referentes a otra persona, me gozaba con fiera crueldad +en la desolación de la hermana viajera. + +«¡Bien —le decía—, corre tras él, corre hoy y mañana y siempre, para no +encontrarle al fin...! Muy bien, hipocritona. ¡¡Me alegro, me alegro!!» + + + + +XX + + +Campos entró en casa al día siguiente muy temprano. Ya he dicho que +este masón era amigo muy constante de la familia con quien yo vivía, un +matrimonio alavés, de edad madura y sin hijos, extraño por lo general +a las pasiones políticas, aunque la señora, como buena vascongada, se +inclinaba al absolutismo. Campos entró gritando: + +—¡Ya nos la ha pegado ese tunante! + +Al punto comprendí lo que quería expresar. + +—La Bisbal ha capitulado, ¿no es eso? —le dije—. ¡Qué noticia! Ya lo +suponíamos. + +—Pero al menos, señora, al menos... —manifestó Campos con afán—. Las +formas, es preciso guardar ciertas formas... Todos estamos dispuestos +a capitular, porque no es posible vivir en lucha con la general +corriente, ni con la Europa entera; pero..., pero... + +—¿Y qué ha hecho La Bisbal? + +—Dar un manifiesto... + +—Ya lo suponía: es el hombre de los manifiestos. + +—Un manifiesto en que dice que sí y que no, y que tira y afloja, y +que blanco y que negro... en fin, un manifiesto de La Bisbal. Después +entregó el mando al marqués de Castelldosrius, y ha desaparecido. En +el ejército cunde la desmoralización. La mayor parte de los soldados +se van a donde les da la gana, y aquí nos tiene usted como el 3 de +diciembre de 1808, en poder de los franceses... Vamos a ver, ¿qué hace +ahora un hombre honrado como yo? ¿Qué hacen ahora los hombres que no se +han metido en nada, que desde su campo defendieron siempre el orden y +las conveniencias?... + +Yo hacía esfuerzos para contener la risa. La zozobra del masón en +momentos de tanto apuro, y su afán por presentarse como hombre de +orden, ofrecían un cuadro tan gracioso como instructivo. + +—¿De modo que ya se acabó la Constitución? —dijo la señora de Saracha, +elevando majestuosamente las manos al cielo, como en acción de +gracias—. Pues ahora habrá perdón general. Se reconciliarán todos los +españoles, dándose fraternales abrazos, y amparándose bajo el manto +amoroso del rey. + +Yo me eché a reír. + +—No es mal perdón el que nos aguarda —dijo Campos con detestable +humor—. ¡Bonito manto nos amparará! Ya se ha alborotado la gentuza de +los barrios bajos, y las caras siniestras, las manos negras y rapaces, +los trabucos y las navajas, van apareciendo. Nada, nada. Tendremos +escenas de luto y de ignominia, otro 10 de mayo de 1814. + +—¿Será posible? Pues me parece que efectivamente hay algo de alboroto +en la calle —dijo mi amiga asomándose al balcón. + +Vivíamos en la calle de Toledo, que es la arteria por donde la +emponzoñada sangre sube al cerebro de la villa de Madrid en los +días de fiebre. Cruzaban la calle gentes del pueblo en actitud poco +tranquilizadora. Al poco rato oímos gritar: «¡Viva la religión! ¡Vivan +las caenas!» Fue aquella la primera vez de mi vida que oí tal grito, y +confieso que me horrorizó. + +Campos no quiso asomarse, porque le enfurecían los desahogos de la +plebe (mayormente cuando chillaba en contra de los liberales), y seguía +diciendo: + +—Veremos cómo tratan ahora a los hombres honrados que han defendido +el orden, que han procurado siempre contener al democratismo y a la +demagogia. + +No pude vencer mi natural inclinación a las burlas, y le dije: + +—Señor Campos, no doy cuatro cuartos por su pellejo de usted. + +—Ni yo tampoco —me respondió riendo. + +Él, en medio de su descontento, esperaba filosóficamente el fin, seguro +de sobrenadar tarde o temprano en el piélago absolutista. Era además +hombre de tanto valor como audacia. + +La gente de los barrios bajos siguió alborotando todo el día. Moviose +la tropa para mantener el orden, y el general Zayas, que mandaba en +Madrid y había firmado la capitulación aquella misma mañana con los +franceses, parecía dispuesto a ametrallar sin compasión a la canalla. +En gran zozobra vivíamos todos los vecinos de la villa, porque se +hablaba de saqueo y de la aproximación de las partidas de Bessieres, el +infame aventurero que, defendiendo el despotismo, quería lograr lo que +no pudo conseguir combatiendo por la república. + +Pero la principal causa de mi inquietud era no ver a mi lado a la +persona que más me interesaba en aquellos días. Le esperé toda la +mañana y toda la tarde, y como a ninguna hora parecía y había hecho +promesa de visitarme, creí que le pasaba algo desagradable. Por la +noche no pude refrenar mi ardorosa impaciencia, y volé a su casa. +Tampoco estaba en ella, y el anciano portero y maestro de escuela, +armado de fusil en medio de la portería, furioso y exaltado cual si +acabara de escaparse de un manicomio, me inspiró tanto miedo que no +quise esperar allí. + +Pasé la noche en un estado de angustia horrible. Corrían rumores de que +pronto tendríamos saqueo, prisiones, muertes y escandalosas escenas. +Se decía que los liberales más señalados eran perseguidos por las +calles como perros rabiosos y apedreadas sus casas. Yo no podía vivir. +Al amanecer del otro día, que era el 20 de mayo, busqué a Salvador en +diversos puntos, y tampoco le pude encontrar. Antes de volver a casa vi +movimientos de tropas en la Puerta del Sol, y me dijeron que Bessieres +había aparecido con sus cuadrillas, que yo llamaba de _asesinos de +la fe_, por detrás del Retiro, amenazando entrar en Madrid. La plebe +de los barrios bajos se le había reunido, y como hambrientos perros +aullaban mirando a la corte con ansias de devorarla. Todo Madrid estaba +aterrado, y yo más que nadie, no por el temor del saqueo, sino por la +sospecha de que la persona más cara a mi corazón hubiera sido víctima +del furor de la plebe. + +Esperé también todo aquel día. Campos entró a darnos noticias de lo +que pasaba. Oíamos cañonazos lejanos, y a cada instante creíamos ver +llegar y difundirse por las calles a la desenfrenada turba soez, ebria +de sangre y de pillaje. Pero Dios no quiso que en aquel día triunfaran +los malvados. El general Zayas destrozó a los _asesinos de la fe_, +acuchillando a los chisperos y mujerzuelas que entre ellos graznaban. +La plebe, aterrada, volvió a sus oscuras guaridas, y mucha gente +mala huyó a los campos, aguardando a poder entrar con los franceses. +Desde que supimos el gran peligro a que habíamos estado expuestos los +habitantes de Madrid, todos deseábamos que llegasen de una vez los Cien +mil hijos de San Luis, para que, estableciendo un gobierno regular, +contuvieran a la canalla azuzada por los realistas furibundos. + +Al fin salí de la angustia que me atormentaba. En la mañana del día 21, +el prófugo, por quien yo había derramado tantas lágrimas, se presentó +delante de mí en estado bastante lastimoso, desencajado y lleno de +contusiones, con los ojos encendidos, seca la boca, cubierta de sudor +la hermosa frente, rotos y llenos de polvo los vestidos. + +Al punto comprendí que había sido maltratado por las feroces bestias +populares. No le dije nada, y me apresuré a cuidarle, proporcionándole +alimento y reposo. Él me miraba con ojos extraviados. Apretando los +puños exclamó: + +—¿Has visto a la canalla? + +Necesitaba sosiego, y por todos los medios procuré tranquilizarle. + +—No pienses más en eso —le dije—, y regocíjate ahora en la paz de mi +compañía y en esta dulce soledad en que estamos. + +—¡No puedo, no puedo! —exclamó con gran agitación. + +Y después repetía: + +—¿Has visto a la canalla? Pero ¡qué canalla es la canalla! + +Más tarde me contó que había corrido un gran riesgo, porque al salir +de un sitio en que estaban reunidas varias personas contrarias al +despotismo, fue acometido, pudiendo salvar a duras penas la vida, +gracias a su energía y al coraje con que se defendió. + +Su estado febril inspirome bastante ansiedad aquella noche que pasó +junto a mí; pero a la mañana siguiente, su prodigiosa naturaleza había +triunfado de la ebullición de la sangre irritada. + +—No puedo ir a mi casa —me dijo—, y aun será peligroso que salga a la +calle; pero yo necesito disponer mi viaje. + +—¿Vuelves al norte? + +—No: tengo que ir a Sevilla, donde está lo que queda de gobierno +liberal. No tengo ya ni un resto siquiera de esperanza; pero es preciso +que cumpla fielmente la comisión del general Mina, y vaya hasta las +últimas extremidades, para que nos quede al menos el consuelo de +haberlo intentado todo, y para que se pueda decir esta verdad terrible: +«No hubo un solo liberal en España que supiera cumplir con su deber.» + +—Pues si vas a Andalucía iré contigo —dije, regocijándome ya con la +idea de acompañarle y huir de Madrid, donde mi conciencia no podía +estar tranquila. + +—El viaje no será fácil —respondió sin demostrar grande entusiasmo por +mi compañía—, mayormente para una señora. + +—Para mí todo es fácil. + +—No se encontrarán carruajes. + +—Como ruede el dinero, rodarán los coches. + +—La policía vigilará la salida de los liberales. + +—No importa. + +Sin pérdida de tiempo empecé mis diligencias para nuestro viaje. Ningún +propietario de coches quería arriesgar su material ni sus caballerías, +porque los facciosos se apoderaban de ellas. No me acobardó, sin +embargo, y seguí mis pesquisas. Campos también deseaba proporcionar a +mi amigo fácil escapatoria. + +La entrada de los franceses, el día 23, me dio alguna esperanza; mas, +por desgracia, entre las fuerzas de vanguardia no venía el conde de +Montguyon. Vi, en cambio, muchos guerrilleros del norte, de fiero +aspecto, y temblé de pavor, deseando entonces más vivamente huir de la +corte. + +¡Y qué desorden en los primeros momentos de aquel día! Por mucha prisa +que se dieron los franceses a establecerse, no lograron impedir mil +excesos. + +Centenares de hombres, cuyo furor había sido pagado, corrían por +las calles celebrando entre borracheras el horrible carnaval del +despotismo. Rompían a pedradas los cristales, trazaban cruces en las +puertas de las casas donde vivían patriotas, como señal de futuras +matanzas; escarnecían a todo el que no era conocido por su exaltación +absolutista; gritaban como locos, maldiciendo la libertad y la nación. +No escapaban de sus groserías las personas indiferentes a la política, +porque era preciso haber sido perro de presa del absolutismo para +obtener perdón. Algunos frailes de los que más habían escandalizado en +el púlpito con sus sermones sanguinarios, eran llevados en triunfo. + +Saliendo de misa de San Isidro, me vi insultada y seguida por una turba +de mujerzuelas feroces, solo porque llevaba un lazo verde. El color +verde era ya el color de la ignominia, como emblema del liberalismo, +que tantas veces había escrito sobre él _Constitución o muerte_. +Vi maltratar a un joven de buen porte, solo porque usaba bigote, y +desde aquel día, el tal adorno de las varoniles caras fue señal de +francmasonismo y de extranjería filosófica. + +Quien vio una vez tales escenas, no puede olvidarlas. Mis ideas habían +cambiado mucho desde mi viaje a Francia. Conservando el mismo respeto +al trono y al gobierno fuerte, había perdido el entusiasmo realista. +Pero en aquel día tristísimo se desvanecieron en mi cabeza no pocos +fantasmas; y aunque seguí creyendo que uno solo gobierna mejor que +doscientos, el absolutismo popular me inspiró aversión y repugnancia +indecibles. + +No había concluido de referir en mi casa el gran peligro que había +corrido por llevar un lazo verde, cuando entró Campos. Traía semblante +muy alegre. + +—Ya está resuelta la cuestión de tu viaje —dijo a Salvador—. Esta noche +puedes marchar, si quieres. + +—¿Cómo? —preguntamos él y yo. + +—De un modo tan sencillo como seguro. El marqués de Falfán de los +Godos[4] había pensado marchar a Andalucía... ¡Como la pobre Andrea +está tan delicada...! En fin, se han decidido a salir esta noche. +Tienen silla de postas propia. Al punto me he acordado de ti. Falfán de +los Godos tiene gusto en llevarte. + + [4] Véase _El Grande Oriente_. + +—Eso no puede ser —dije vivamente, saliendo al encuentro de aquella +proposición con verdadera furia, que trataba de disimular. + +—¿Por qué no ha de poder ser, señora mía? —dijo Campos—. En la silla +de postas irán cómoda y seguramente el marqués, mi sobrina con su +hijo, la doncella y dos criados, que seremos nosotros, Salvador y yo. +Perfectísimamente. + +El taimado masón se restregaba las manos en señal de regocijo. + +—Me parece una excelente idea —afirmó Monsalud mirándome—. ¿No crees tú +lo mismo? + +Yo no contesté nada. Estaba furiosa. El vio sin duda en mis ojos la +tempestad que se había desatado en mi corazón; mas no por conocerlo +se apresuró a conjurarla. Antes bien, ocupose de disponer su viaje +con una calma, con una indiferencia hacia mí que me irritaron más. Mi +dignidad me impedía pedir un puesto en aquel coche que se llevaría la +mitad de mi alma. La misma dignidad me impedía recordarle nuestro dulce +proyecto de ir juntos. Encerreme breve rato en mi cuarto para que nadie +conociese la alteración nerviosa que me sacudía, y con los dientes hice +pedazos un pañuelo inocente. Mis ojos, secos e inflamados, no podían +dar salida a la angustia de mi corazón, derramando una sola lágrima. + +Cuando me presenté de nuevo, mi apariencia no podía ser más tranquila. +Afectaba naturalidad y hasta alegría: tal era la perfección de mi +disimulo. Evoqué todas las fuerzas de mi voluntad para forjar la +máscara de hierro, bajo la cual escondía mi verdadero semblante lleno +de luto y consternación. ¡Qué intenso padecer! ¿Cómo no, si Salvador +mismo me había contado toda la historia de sus relaciones con Andrea +Campos, después marquesa de Falfán de los Godos? Yo la había tratado +bastante después de su matrimonio. La admirable hermosura de la +americanilla, representándose en mi imaginación, me la quemaba como un +hierro abrasado. + +Tuve valor para verles partir. Vi a la sobrina de Campos subir al +coche, haciéndose la interesante con su languidez de dama enfermita; +vi al viejo marqués engomado y lustroso, como un muñeco que acaba de +salir del taller de juguetes; vi a Salvador tomando en brazos y besando +cariñoso al niño de la marquesa... No quise ver más... ¡El coche +partió!... ¡Se fueron!... + + + + +XXI + + +Se fueron y yo me quedé. Las lágrimas que antes no habían querido salir +de mis ojos, brotaron a raudales, abrasándome las mejillas. No podía +dejar de pensar en la hipocritona, que corría por los campos desiertos, +lanzada por mí al interminable viaje de la desesperación; pero lejos +de tenerle lástima, aquel recuerdo avivaba mi hondo furor, haciéndome +exclamar: «¡Me alegro, mil veces me alegro!» + +¡Cuán grande había sido mi castigo! Para que este fuera más evidente, +fui condenada por Dios al mismo suplicio de viajar buscando a una +persona amada, de correr un día y otro día como el que huye de su +sombra, siempre impaciente, siempre anhelante, precipitada de la +esperanza al desengaño y del desengaño a una nueva esperanza. Porque +sí, yo emprendí también el viaje a Andalucía tres días después. Estaba +en la alternativa de morir de despecho o correr también. Hubo en mí +desde aquel día algo de la maldición espantosa que pesaba sobre el +judío errante, y me sentí como arrastrada por la fuerza de un huracán. + +¡Ay!, el huracán estaba dentro de mí misma, en mi cólera, en mis celos, +en un loco afán de no hallarme lejos de dos personas, cuya imagen ni +un solo instante se apartaba de mi pensamiento. Si mis lectores me han +conocido ya por lo que va contado de mi borrascosa vida, comprenderán +que yo no podía quedarme en Madrid. Mi carácter me lanzaba fuera como +la pólvora lanza la bala. + +Partí... Pero antes debo decir cómo pude conseguir los medios para +ello. Mi primer paso fue recurrir a Eguía; mas desde la entrada de los +franceses le habían arrinconado como trasto inútil, y una regencia +fresca y lozana funcionaba en su lugar. Nombrola Angulema de acuerdo +con el Consejo de Estado, y la componían los duques del Infantado y +de Montemart, el barón de Eroles, el obispo de Osma y don Antonio +Gómez Calderón. Secretario de ella era el venenoso Calomarde, al cual +me dirigí solicitando un pase y licencia para el uso de coche-posta. +Recibiome tan fríamente y con tanta soberbia e hinchazón, que no pude +menos de recordar al don Soplado del poeta sainetero don Ramón de la +Cruz. + +Le desprecié como merecía, y recurrí a don Víctor Sáez, nombrado +ministro de Estado; pero este me recordó a la rana cuando quiso +parecerse al buey. Tuvo el mal gusto de echarme en cara mi supuesta +conversión al constitucionalismo y a la Carta francesa, diciéndome mil +necedades presuntuosas y aun amenazándome. Su fatuidad, semejante a la +del pavo cuando se sopla y arrastra las alas para meter ruido, me hizo +reír en sus propias barbas. El único que se me mostró algo propicio +fue Erro, hombre honrado y modesto. Pero nada positivo saqué de la +flamante situación, que daba pruebas de su agudeza política volviendo +las cosas _al propio ser y estado que tenían en 7 de marzo de 1810_, +restableciendo los antiguos Consejos y la Sala de Alcaldes de Casa y +Corte. Era esto volver a los tontillos, al guardainfante y al pelo +empolvado. + +Por mi ventura, llegó a Madrid el conde de Montguyon. Le vi; hízome la +centésima declaración de amor, y luego, con semblante dolorido, me +dijo: + +—Soy muy desgraciado, señora, en no poder estar cerca de vos. Tengo que +partir con el general Bourdessoulle para esa poética región que llaman +la Mancha, idealizada por las aventuras del gran caballero. + +Entonces le manifesté que si me proporcionaba los medios de hacer el +viaje, poniendo yo por mi cuenta todos los gastos, le seguiría a aquel +encantado país que hizo célebre el caballero sin par. Al oír esto, se +volvió todo obsequios, y tres días después tenía yo a mi disposición +una silla de postas con caballos del cuartel general de Bourdessoulle, +y un pase que me aseguraba el respeto de las turbas por todo el +tránsito que iba a recorrer. + +Partí al fin de Madrid acompañada de mi doncella. Salí como el agua de +una exclusa cuando se le abren las compuertas que la sujetan. Yo no +veía bastante llanura por donde correr; en ningún momento me parecía +que andaba bastante mi coche; enfadábame el cansancio de las mulas, la +pesadez de los mesoneros y la flema del mayoral, que se ponía siempre +de parte de las caballerías en mi febril contienda con el tiempo y la +distancia. + +En los pueblos por donde rápidamente pasaba, vi escenas que me causaron +tanta indignación como vergüenza. En Ocaña habían quitado las imágenes +que adornaban el ángulo de algunas calles, poniendo en su lugar el +retrato de Fernando, entre cirios y ramos de flores, y debajo la +piadosa inscripción: «¡Vivan las caenas!» En Tembleque presencié el +acto solemne de arrojar al pilón donde bebían las mulas, a dos o tres +liberales y otros tantos milicianos. En Madridejos tuve miedo, porque +una turba que invadía el camino cantando coplas tan disparatadas como +obscenas, quiso detenerme, fundada en que el mayoral había tocado +con su látigo el estandarte realista que llevaba un fraile. Necesité +mostrar mucha serenidad, y aun derramar algún dinero para que no me +causasen daño; pero no pude seguir hasta que no llegaron a aquel +ilustrado pueblo las avanzadas de la caballería francesa. + +En Puerto Lápice se rompió una ballesta de mi coche, ocasionándome +detención de dos días. Las horas eran siglos para mí. Quemaba la tierra +bajo mis pies. Yo hubiera deseado poseer la autoridad de una reina +asiática para vencer tantas dificultades, atando a los hombres al +pescante de mi coche. La desproporción enorme entre mi impetuoso anhelo +y los medios materiales de que disponía, me llevaron a un lamentable +estado nervioso que de ningún modo podía calmar. Únicamente logré un +poco de alivio a aquel penoso hervor de mi carácter empleando un medio +bastante pueril, pero que no parecerá muy absurdo a las mujeres que +se me asemejan. Consistía en tomar el látigo del mayoral y ponerme a +descargar furiosos latigazos sobre los robles del camino en Sierra +Morena, y sobre los olivos de Andalucía. + +En Despeñaperros hallé nuevos obstáculos. Allí había una especie de +ejército español, mandado por una especie de general, que tenía +el encargo de hacer una especie de resistencia a las tropas de +Bourdessoulle. Dios había decidido que no hubiese otro Bailén en la +historia, y los inocentes que creían en un nuevo 19 de julio de 1808 +se llevaron gran chasco. ¡Parece mentira! Quince años después, los +papeles de aquel drama habían cambiado. Los personajes eran los mismos. +Creeríase que habían resucitado los muertos de la gloriosa época, pero +que al vestirse se habían equivocado de uniforme. + +En pocas horas fue desbaratado Plasencia (que así se llamaba el general +que defendía la puerta de Andalucía), y los franceses pisaron el +glorioso campo de las Navas de Tolosa, de Mengíbar y de Bailén. Menos +afortunada yo, fui otra vez detenida, y el conde de Montguyon, a quien +Bourdessoulle mandó situarse en Guarromán, mostró muy poco interés +porque yo siguiera adelante. Con todo, tales artes usé para sacar +partido de su caballería andante, que me libré de él muy lindamente. +Por fin, el 6 de junio entré en Córdoba, donde no me detuve más que lo +preciso. + +El 9 por la tarde vi a lo lejos una inmensa mole rojiza que iluminaban +los rayos del sol poniente. Ante mí se extendían hermosas llanadas +de trigo, como un campo de oro, cuya reverberación amarilla ofendía +los ojos. Yo no había visto un cielo más alegre, ni un ambiente más +respirable y que más embelesase los sentidos, ni un crepúsculo más +delicioso. La enorme torre que se destacaba a lo lejos sobre apretado +caserío, y entre otras mil torres pequeñas, iba creciendo a medida que +yo me acercaba, y parecía venir a mi encuentro con gigantesco paso. La +torre era la Giralda, y la ciudad Sevilla. + + + + +XXII + + +¡Sevilla! ¡De qué manera tan grata hería mi imaginación este nombre! +¡Qué idealismo tan placentero despertaba en mí! No creo que nadie +haya entrado en aquel pueblo con indiferencia, y desde luego aseguro +que el que entre en Sevilla como si entrara en Pinto es un bruto. ¡El +Burlador, don Pedro el Cruel, Murillo! Bastan estas tres figuras para +poblar el inmenso recinto que es en todas sus partes teatro de la +novela y el drama, lienzo y marco de la pintura. ¡Y hasta las pinturas +sagradas son allí voluptuosas! Para que nada le falte, hasta tiene +a Manolito Gázquez, cuyas hipérboles graciosas han dado la vuelta a +España, y parece que forman la base de la riqueza anecdótica nacional. + +En Sevilla la noche y el día se disputan a cuál es más bello; pero +cuando llega el rigor del verano, vence irremisiblemente la noche, +asumiendo todos los encantos de la naturaleza y de la poesía. Para +ellas son los delicados aromas de jazmines y rosas; para ella el +picante rumor de las conversaciones amorosas; para ella la dulce +tibieza de un ambiente que recrea y enamora, las quejumbrosas +guitarras que expresan todo aquello a que no pueden alcanzar las +lenguas. Cuando yo llegué se dejaba sentir bastante el calor, sin ser +insoportable; pero las noches eran deliciosas, un paraíso en el cual no +se echaba de menos el sol. + +Hallé un cómodo hospedaje en la calle de Génova, y desde la noche de +mi llegada vi a muchos diputados que moraban allí y a otros que iban +a visitarles. Era un hervidero de gente habladora, una olla puesta al +fuego. Sus ardientes disputas, sus gestos, sus furores, indicaban la +gravedad de la situación. + +Vivían conmigo Argüelles, Canga-Argüelles, Salvato, Flórez Calderón, el +canónigo Villanueva y el almirante don Cayetano Valdés. Iban a visitar +a estos Galiano, Istúriz, Bertrán de Lis, don Ángel de Saavedra, +después duque de Rivas, y otros. Con algunos de ellos tenía yo amistad. +Oyéndoles, supe que se había descubierto una conspiración tramada por +cierto general inglés llamado Downie, el mismo que había organizado +una partida de combatientes en la guerra de la Independencia. La +conspiración debió ser muy inocente conforme a las modas de aquel +tiempo, y todo en ella fue de sainete, hasta el descubrimiento, hecho +por un cirujano. + +Tan solo descansé la noche de mi llegada, y el día siguiente, que era +el 10 de junio, di principio a mis investigaciones, saliendo a hacer +algunas visitas. Al pasar por las calles más principales experimentaba +profunda emoción, creyendo ver semblantes conocidos. Yo no sé qué +había en aquella fisonomía de la multitud para turbarme tanto; pero +esto pasa cuando lo que amamos se pierde en las oleadas del gentío, al +cual presta su rostro y su persona toda. + +Aprovechando bien el día, pude ver a muchas personas, y dar con alguna +que me indicó el domicilio de los marqueses de Falfán. Este era el +principal objeto de mis impacientes ansias. Pero en aquel día 10 de +junio, precursor de una de las fechas más célebres de nuestra historia, +nadie hablaba de otra cosa que de política, de la resistencia del rey +a trasladarse a Cádiz, y del empeño de los ministros en llevársele de +grado o por fuerza. Advertí entonces que no era Sevilla población muy +liberal, y que en la contienda entablada, la mayoría de los paisanos +de Manolito Gázquez se ponían de parte del rey. Por un fenómeno +extraño, la aristocracia aparecía más enemiga del absolutismo que el +pueblo; pero esto no me causaba sorpresa, por haber observado el mismo +contrasentido en Madrid. + +No pudiendo refrenar mi impaciencia, aquella misma noche fui a casa +del marqués de Falfán. Las visitas de noche son sumamente agradables +en verano, en aquel país, contribuyendo a ello los frescos patios +trocados en salones de tertulia. Nadie puede, sin haber visto estos +agradables recintos, formar idea de ellos y del hermoso conjunto que +presentan las plantas, la fuente de mármol con su murmurante surtidor, +los espejos, los cuadros, al mismo tiempo iluminados por las bujías y +por el rayo de luna que penetra burlando el toldo; la dulce cháchara +de las conversaciones, más dulce a causa del gracioso ceceo bético, y, +por último, las lindas andaluzas que alegrarían un cementerio, cuanto +más un patio de Sevilla. + +Había pocas personas en casa de Falfán. Encontré a la marquesa muy +desmejorada y triste en gran manera, lo cual no sé si me causó pena +o alegría. Creo que ambas cosas a la vez. Yo justifiqué mi viaje a +Sevilla, suponiendo asuntos de intereses, y no me atreví a preguntar +por él ni siquiera a nombrarle, para que mi afectada indiferencia +alejara todo recelo. Tenía esperanza de verle entrar en el patio cuando +menos lo pensase, y me preparaba para no turbarme en el momento de su +aparición. Cualquier ruido de la puerta me hacía temblar, dándome los +escalofríos propios de la pasión en acecho. + +Sin que me esté mal el decirlo, y poniendo la verdad por delante de +todo, aun de la modestia, yo estaba guapísima aquella noche, vestida +al estilo de París con una elegancia superior a cuanto veían mis ojos. +Harto me lo probaban los de los caballeros allí presentes, que no se +apartaban de mí, causando envidia a todas. Como los andaluces no son +cortos de genio, aquella noche recibí galanterías y donaires para el +año entero. + +Mi afán consistía en sacar alguna luz, algún dato, alguna noticia de +mi conversación con la marquesa de Falfán; pero fuese discreción suma +o ignorancia de la hermosa dama, ello es que nada dejó comprender. +Hablaba lo menos posible, y con sus miradas, lo mismo que con el +sentido de sus palabras, solo una cosa me decía claramente, a saber: +que me aborrecía de todo corazón. Yo, maestra consumada, disimulaba +mejor que ella. + +El marqués de Falfán de los Godos, hablándome de política, me distrajo +de esta batalla que yo daba a la taciturna reserva de Andrea. Las +aficiones que yo había mostrado en Madrid a las cosas públicas me +perdieron entonces, porque el buen señor me atacó con verdadera +ferocidad de charlatanismo, deseando saber mi opinión sobre sucesos y +personas. Mi fastidioso interlocutor era liberal templado, partidario +de un justo medio muy justamente mediano, y de las dos Cámaras y +del veto absoluto. Había tenido sus repulgos de masón, repetía los +dichos de Martínez de la Rosa, y era bastante volteriano en asuntos +religiosos. Defendía al clero como fuerza política; pero se burlaba de +los curas, del Papa y aun del dogma mismo, sin que esto fuera obstáculo +para creer en la conveniencia de que hubiese muchos clérigos, muchos +obispos, muchísimas misas y hasta Inquisición. En suma: las ideas del +marqués eran el capullo de donde, corriendo días, salió la mariposa del +partido moderado. + +Decir cuánto me mareó aquella noche, fuera imposible. Tuve que saber +cosas que a la verdad me interesaban poco, por ejemplo: que Calatrava, +a la sazón presidente del ministerio, no era hombre apropiado a las +circunstancias; que los masones primitivos o _descalzos_ estaban +en gran pugna con los secundarios o _calzados_, y ambos con los +carbonarios y comuneros; que los partidarios de San Miguel trabajaban +por echarlo todo a perder más de lo que estaba, y que cuando ocurrió +el cambio de ministerio que había llevado al poder a los amigos de +Calatrava, se habían visto cosas muy feas. Exaltándose a medida que +entraba en materia, me dijo que él (Falfán de los Godos) habría sido +ministro si hubiera querido cuando se negó a serlo Flores Estrada; +pero que no quiso meterse en danzas; que él (el propio marqués) había +previsto los terribles sucesos que ya estaban cerca, y que la ruina del +pobre sistema era ya inminente y segura. Apoyábanle en esto todos los +presentes, mientras yo me aburría a mis anchas oyéndole. Era para morir. + +Habiendo dicho uno de los tertulios que Su Majestad se negaría +resueltamente a salir de Sevilla, el marqués habló así: + +—Pues el gobierno insiste en llevárselo a Cádiz, ¡qué tontería...! y +como el rey insiste en no ir, el gobierno piensa declararle loco... +¡Loco Su Majestad, señores, el hombre más cuerdo de toda España, el +único español que sabe a dónde va y por dónde ha de ir! + +Luego, dirigiéndose a mí y como quien habla en secreto, me dijo que +Calatrava era un hombre atolondrado; Yandiola, ministro de Hacienda, +una nulidad, y el de la Guerra, Sánchez Salvador, un insensato. + +Yo estaba nerviosa a más no poder. Las palabras se me venían a la boca +para contestarle de este modo: + +«¿Y a mí qué me cuenta usted de todo eso, señor marqués? ¿Qué me +importa a mí que Calatrava sea un majadero, Yandiola y Sánchez Salvador +dos majaderos, y usted más majadero que todos ellos?» + +Pero con no poco trabajo me contenía. Obligada a decir algo, a causa +de mi pícara reputación, me complacía en contradecirle, de modo que +todo lo que para él era blanco, yo lo veía negro. A cuantos el marqués +denigró, yo les supuse talentos desmedidos. En lo relativo a declarar +loco a Su Majestad, dije que me parecía el acto más cuerdo y acertado +del mundo. + +—Pero, señora —me dijo el marqués—, esto equivale a destronar a Su +Majestad, porque si le declaran incapacitado para reinar... + +—Justamente, señor marqués —repuse—. Le destronan y luego le vuelven a +entronizar; le quitan y le ponen, según conviene a las circunstancias. +¿Hay cosa más natural? ¿No es el rey quien abre y cierra las Cortes? +Pues las Cortes abren o cierran al rey cuando quieren. + +Tomaron a risa, como lo merecían, mis observaciones; pero no por verme +tan inclinada a las burlas, cejó Falfán en su fastidioso disertar. + +Entonces entró el príncipe de Anglona, personaje distinguido de la +fracción de Martínez de la Rosa, y el duque del Parque, cuya vista me +causó grande alegría. El príncipe dijo que al día siguiente habría +sesión muy interesante, para discutir lo que debiera hacerse en virtud +de la negativa del rey a salir de Sevilla. Yo le pedí una papeleta de +tribuna al duque, y ofreció mandármela. Anglona se brindó a llevarme +a Palacio. Formado mi plan para el día siguiente, determiné ver a Su +Majestad y asistir a la sesión de las Cortes, encendiendo de este modo +una vela a San Miguel y otra al diablo. + +El del Parque, cuando no podían oírlo los demás, dijo con malignidad: + +—Mi secretario, a quien usted conoce, le llevará mañana la papeleta +para la galería reservada de las Cortes. + +Al oír esto parece que se abrieron delante de mí los cielos. Mi alma +se llenó de alegría, que a no ser por el gran disimulo que eché sobre +ella, como se echa hipocresía sobre un pecado, hubiera sido advertida +por la concurrencia. Desde aquel momento, todo se transformó a mis +ojos. Cuanto dijo el marqués de Falfán de los Godos lo encontré +discreto y agudo, y sus majaderías me parecieron prodigios de ingenio +y perspicacia política. A todo le contesté, desplegando verbosidad +abundante como en mis mejores tiempos de Madrid, emitiendo juicios +picarescos y sentenciosos, juzgando a los personajes con graciosa +malevolencia, y retratándoles con breves rasgos de caricatura. Ya tenía +lo que me había faltado en toda la noche, ingenio. Respondí a las +galanterías, supe marear a más de cuatro, mortifiqué a la marquesa, +alegré la reunión. Al retirarme, no dejaba más que tristezas y +presentimientos detrás de mí. Yo me llevaba todas las alegrías. + + + + +XXIII + + +Desde muy temprano me levanté, pues poco dormí aquella noche. Las +noches de Sevilla no parece que son, como las de otras partes, para +dormir. Son para soñar en vela... Le aguardaba con tanta impaciencia, +que a cada instante salía al balcón, esperando verle entre la multitud +que pasaba por la calle de Génova. De repente me anunciaron una +visita. Creí verle entrar: salí corriendo; pero mi corazón dio un +vuelco, quedándose frío y quieto cual si hubiera tropezado en una +pared. Tenía delante al príncipe de Anglona, un señor muy bueno, un +caballero muy simpático, muy atento, pero cuya presencia me contrariaba +extraordinariamente en aquel instante. + +Venía para llevarme al Alcázar. + +—Su Majestad —me dijo— recibe ahora muy temprano. Anoche le manifesté +que estaba usted aquí, y me rogó que la llevase a su presencia hoy +mismo. + +Yo quise hacer objeciones, pretextando la inusitada hora, pues no +habían dado las once; pero nada me valió. Érame imposible resistir +a aquella majadería insoportable que revestía las formas de la más +delicada atención. Tampoco podía defenderme con dolor de cabeza, +vapores u otros recursos que tenemos para tales trances. Humillé la +frente como víctima expiatoria de las conveniencias sociales, y +después de arreglarme dispúseme a aceptar un puesto en la carroza del +Príncipe, no sin dejar antes a mi criada instrucciones muy prolijas +para que detuviera hasta mi vuelta al que forzosamente había de venir. +Partí resuelta a hacer a Su Majestad visita de médico. En aquella +ocasión deploré por primera vez que existieran reyes en el mundo. + +Poca es la distancia que hay de la calle de Génova al Alcázar. Antes +de las doce estaba yo en la cámara de Su Majestad, y salía gozoso a +saludarme el descendiente de cien reyes, pegado a su regia nariz. No +parecía nada contento; pero mostró mucho placer en verme, dándome a +besar su mano y rogándome que a su lado me sentase. Tanta bondad, que a +cualquiera habría ensoberbecido, a mí me hizo muy poca gracia, y menos +cuando con sus preguntas daba a entender que la visita sería larga. + +Fernando quiso saber por mí algunas particularidades de la entrada de +los franceses en Madrid, de la defección de La Bisbal en Somosierra +y de la derrota de Plasencia en Despeñaperros. Yo contesté a todo, +cuidando de la brevedad más que de otra cosa, y fingiéndome ignorante +de varios hechos que sabía perfectamente; pero ninguna de estas +estratagemas me valía, porque Fernando VII, que en el preguntar +había sido siempre absoluto, no se hartaba de oír contar cada paso +del ejército francés; y como, además de mis palabras, le recreaba +bastante, como he dicho en otra ocasión, la boca que las decía, de aquí +que no llevara camino de saciar en muchas horas la curiosidad de su +entendimiento y la concupiscencia de sus voraces ojos. + +«¡Ay! ¡Qué felices son las repúblicas! —pensé—. Al menos, en ellas no +hay reyes pesados y preguntones que quieran saber noticias de la guerra +a costa de la felicidad de sus súbditos.» + +Yo le miraba, haciendo esfuerzos heroicos para disimular mi +descontento. Al responderle, decía en mi interior: + +«Me alegraría de que te encerraran en una jaula como loco rematado.» + +Él entonces, sin indicios de conocer mi cansancio, hablome así con +cierto tono de confianza: + +—Se empeñan en que han de llevarme a Cádiz, y yo me empeño en no salir +de Sevilla. Veremos si se atreven a llevarme a la fuerza, o si yo cedo +al fin. + +—No se atreverán, señor. + +—Ellos saben —continuó— que en Cádiz hay una terrible epidemia; +pero eso no les importa. ¡A Cádiz de cabeza! ¿Nada importa, señores +diputados, que yo y toda la real familia nos expongamos a perecer...? +Veremos lo que decide el Consejo... + +—Decidirá lo más conveniente. + +—Yo les digo a esos señores: ¿creen ustedes posible resistir a los +franceses? No. Pues si al fin se ha de capitular, ¿no es mejor hacerlo +en Sevilla? + +—Admirable raciocinio, señor. + +—Nada: a Cádiz, a Cádiz, y entre tanto, ni coches para el viaje, ni +recursos... + +Parecía mortificado por dos o tres ideas fijas, que agitadas se +sucedían en su mente y se enlazaban formando esa dolorosa serie de +vibrantes círculos cerebrales que, si no producen la locura, la imitan. +Me fue preciso, en vista de tanta pesadez, fingirme enferma y pedirle +permiso para retirarme. Él, entonces, ¡oh fiero y descomunal tirano!, +se empeñó en que me quedase en el Alcázar, donde se me prepararía +habitación conveniente. + +«Te comprendo, déspota», dije para mí, sofocando mi cólera. + +No había más remedio que ser huraña y descortés, rehusando los +obsequios y tapando mis oídos a preguntillas que empezaban a dejar de +ser políticas. Al retirarme, Su Majestad me dijo: + +—No saldré de Sevilla, no saldré... Veremos si se atreven. + +—No se atreverán, señor —le respondí—. Vuestra Majestad podrá, con una +voluntad firme, desbaratar las maquinaciones de los pérfidos. + +Estas vulgaridades palaciegas le agradaban. Dejele entregado a sus +febriles inquietudes, y corrí a calmar las mías. Por el camino iba +contando el tiempo transcurrido, que me parecía largo, como todo lo +que precede a la felicidad que se espera. Llegué a mi casa, subí +precipitadamente, creyendo que él saldría a recibirme con los brazos +abiertos; pero en mis habitaciones hallé un silencio y un vacío +tristísimos... No estaba. Mi primer impulso fue de ira contra él por la +audacia inaudita, por la infame crueldad de no estar allí; pero luego +tornáronse contra el rey mis furores, cuando Mariana, mi fiel criada, +me dijo que el caballero se había cansado de esperar. + +—¿Luego ha estado aquí? + +—Sí, señora; ha estado más de hora y media. No haría diez minutos que +usted había salido, cuando entró... + +—¿Y no dijo que volvería? + +—No dijo nada más sino que tenía que ir a las Cortes. + +—Yo también tengo que ir a las Cortes —afirmé, sintiéndome como una +máquina loca que mueve a la vez con precipitada carrera todas sus +ruedas—. Vamos, vístete, Mariana, que no quiero perder esa gran sesión. + +Por no ir sola, yo llevaba siempre conmigo a mi leal criada, vestida +de señora, imitando en esto la usanza francesa de las _señoritas de +compañía_. Esto era sumamente cómodo para mí, porque me libraba de la +necesidad de admitir en muchos casos la compañía de hombres importunos +o antipáticos. En poco tiempo, haciendo yo de sirviente y Mariana de +señora, quedó vestida, no tan bien que se desconociese su inferioridad; +pero con suficiente elegancia para poder ir al lado mío. Muchos la +creían hermana soltera o parienta pobre. + + + + +XXIV + + +Fuimos a las Cortes, que estaban en San Hermenegildo, en la calle de +la Palma, frente a San Miguel. Difícil hallamos la entrada a causa +de la mucha gente que llenaba la calle, agolpándose a las puertas del +edificio como las apiñadas lapas en la roca. Mujeres menos resueltas +que nosotras habrían vuelto la espalda; pero Mariana y yo sabíamos +romper las cortezas del vulgo, y al fin nos abrimos paso, y entrando +con desenfado y pie ligero subimos a la galería. Antes de penetrar en +ella, oímos la voz de un orador que resonaba en medio del más imponente +silencio. + +Mucho hubimos de bregar para encontrar sitio; pero al fin, pidiendo +mil veces perdón y oyendo murmullos de descontento a un lado y otro, +logramos acomodarnos. Mi primer cuidado no fue atender a lo que aquel +gran orador decía, cosas sin duda altamente dignas de aplauso: mi +primer cuidado fue registrar con los ojos toda la galería reservada por +ver si estaba allí quien me cautivaba más que los discursos. Pero ni a +derecha ni a izquierda, ni delante ni detrás le vi, con lo cual la gran +pieza oratoria que se estaba pronunciando empezó a serme muy fastidiosa. + +—¿Quién habla? —pregunté a una señora vieja que estaba junto a mí. + +—Alcalá Galiano, el gran orador —repuso en tono de extrañeza por mi +ignorancia. + +—¿Y de qué habla? —pregunté, sin temor de que la señora vieja me +creyera cerril. + +—¿De qué ha de hablar? Del suceso del día. + +La señora volvió el rostro hacia el salón, demostrando más interés por +el discurso que por mis preguntas. Yo no quise molestar más, y traté +de atender también. El orador hablaba de la patria, del inminente +peligro de la patria, de la salvación de la patria y de la gloria de la +patria. Es el gran tema de todos los oradores, incluso los buenos. No +he conocido a ningún político que no estropeara la palabra patriotismo +hasta dejarla inservible, y en esto se me parecen a los malos poetas, +que al nombrar constantemente en sus versos la inspiración, la lira, el +estro, la musa ardiente, la fantasía, hablan de lo que no conocen. + +Alcalá Galiano era tan feo y tan elocuente como Mirabeau. Su figura, +bien poco académica, y su cara, no semejante a la de Antinoo, se +embellecían con la virtud de un talismán prodigioso: la palabra. Le +pasaba lo contrario que a muchas personas de admirable hermosura, las +cuales se vuelven feas desde que abren la boca. Aquel día, el joven +diputado andaluz había tomado por su cuenta el llevar adelante la +hazaña más revolucionaria que registran nuestros anales. + +Sentían los españoles la comezón de destronar algo, y el afán de probar +la embriaguez revolucionaria, que sin duda embelesa a los pueblos de +Occidente como a los chinos el opio, y dijeron: «Hagamos temblar a los +reyes, pues que ha llegado la hora de que los reyes tiemblen delante +del pueblo...» Mas era aquí la gente demasiado bondadosa para una +calaverada sangrienta. En otra parte, al ver al rey sistemáticamente +contrario a la representación nacional, hubiéranle cortado la cabeza; +aquí le privaron del uso de la razón temporalmente, diciendo: «Señor, +vuestro deseo de esperar aquí a los franceses nos prueba que estáis +loco. Con arreglo a la Constitución, declaramos que sois digno de un +manicomio y de perder la autoridad real. Vámonos a Cádiz, y cuando +estemos allí, os adornaremos de nuevo con vuestra cabal razón, y +seguiremos partiendo un confite como hasta aquí.» + +Admirable recurso habría sido este, a mi parecer, desde el punto de +vista liberal, teniendo un gran ejército para reforzar el argumento +en los campos de batalla. Sin fuerza, aquel hecho probaba que los +diputados estaban más locos que el rey, y así se lo dije a Falfán de +los Godos. Con esto se comprende que el marqués había entrado en la +galería, colocándose detrás de mí. Él ponía mucha más atención que yo +al discurso y aun a los rumores que sonaban arriba y abajo. + +—Han llenado de gentuza la tribuna pública —me dijo en voz queda— para +que aplauda las atrocidades que habla ese hombre. + +No sé si era o no gente pagada; pero es lo cierto que a cada párrafo +coruscante, terminado en _la salvación de la patria_ o en _el afrentoso +yugo de esta nación heroica_, la galería pública mugía como una +tempestad cercana. ¡Qué rugidos, qué gestos de bárbaro entusiasmo, qué +manera de apostrofar! Algunas señoras tuvieron miedo y se retiraron, lo +cual me agradó en extremo, porque la tribuna se quedó muy holgada. + +—¿Piensa usted seguir hasta el fin? —me dijo Falfán, endulzando su +mirada hasta un extremo empalagoso. + +—Estaré algún tiempo más —repuse—. No me he cansado todavía. + +Y miraba a diestra y siniestra esperando verle y no viéndole nunca. Los +que me conocen comprenderán mi aburrimiento y pena. No hay tormento +peor que tener ocupada la mente por una idea fija que no puede ser +desechada. Es una espina clavada en el cerebro, una acerada punta +que hiere, y que, sin embargo, no se puede ni se quiere arrancar. Yo +procuraba distraerme de aquel a manera de dolor agudísimo, charlando +con Falfán; pero nada conseguí. La locura del rey, declarada por una +votación que iba a verificarse; la exaltación revolucionaria de los +diputados, la elocuencia fascinadora de Galiano, no bastaban a dar otra +dirección a las fuerzas de mi espíritu. + +—¿Y usted qué cree? —me preguntó el marqués. + +—Yo no creo nada —respondí con el mayor hastío—. Si he de hablar con +franqueza, nada de esto me importa gran cosa. + +—¡Que declaren loco a Su Majestad!... + +—Lo mismo que si le declaran cuerdo... Yo soy así... Parece que se +cansan —añadí, reparando que se suspendían los discursos. + +—Es que ahora va una comisión de las Cortes al Alcázar a intimar al +rey. Si no se resigna a salir... + +—¿Habrá más discursos? + +—Las Cortes están en sesión permanente. Después vendrá lo más +interesante, lo más dramático; yo no pienso moverme de aquí. + +—Su Majestad ha de responder que no sale de Sevilla. Me lo ha dicho +esta mañana, y aunque no tengo gran fe en su palabra, paréceme que por +esta vez va a cumplir lo que dice. + +—Lo mismo creo, señora. En ese caso, las Cortes, después de este +respiro que ahora se dan, están dispuestas a poner en ejecución el +artículo 187 de la Constitución... + +—¿Y qué dice ese artículo?... + +En el momento de formular esta pregunta me estremecí toda, y me pasó +por delante de los ojos una claridad relampagueante. Le vi: había +entrado en la tribuna inmediata y volvía sus ojos en todas direcciones +como buscándome. Desde aquel instante las palabras del marqués no +fueron para mí sino un zumbido de moscardón... Por fin sus ojos se +encontraron con los míos. + +—¡Gracias a Dios! —le dije, empleando el lenguaje de las pupilas. + +El marqués seguía hablando. Para que no descubriese mi turbación, ni se +enojase al verme tan distraída, le pregunté de nuevo: + +—¿Y qué dice ese artículo? + +—¡Si se lo he explicado a usted! —repuso—. Sin duda no me presta +atención. Es usted muy distraída. + +—¡Ah!, sí... Estaba pensando en ese pobre Fernando. + +—El mejor procedimiento, a mi modo de ver —manifestó Falfán de los +Godos gravemente—, sería... + +—¡Que le cortaran la cabeza! —indiqué mostrándome, sin cuidarme de +ello, tan revolucionaria como Robespierre. + +—¡Qué cosas tiene usted! —exclamó el marqués riendo. + +Y siguió hablándome, hablándome, es decir, zumbando como un abejorro. +Pasados diez minutos, creí conveniente dirigirle otra vez la palabra, y +repetí mi preguntilla: + +—¿Y qué dice ese artículo? + +—Por tercera vez se lo diré a usted. + +Entonces me fue forzoso dedicarle un pedacito de atención. + +—El artículo 187 dice poco más o menos que cuando se considere a Su +Majestad imposibilitado moralmente para ejercer las funciones del poder +ejecutivo, se nombre una Regencia... + +—¿Como la de Urgel? + +—Una Regencia constitucional, señora, que desempeñe aquellas +funciones... + +—¡Oh!, señor marqués, en todo soy de la misma opinión de usted —exclamé +con artificiosa admiración—. En pocos hombres he visto un juicio tan +claro para hacerse cargo de los sucesos. + +Miré a Salvador. Pareciome que con los expresivos ojos me decía: +«Salgamos.» Y al mismo tiempo salía. + +—Yo me retiro, señor marqués —dije de improviso levantándome. + +—¡Señora, se marcha usted en el momento crítico! —exclamó con asombro y +pena—. Se van a reanudar estas interesantes discusiones. ¡Qué discursos +vamos a oír! + +—Estoy fatigada. Hace mucho calor. + +—Sin embargo... + +Mientras en el salón resonaba un rumor sordo como el anuncio de +furibunda tempestad parlamentaria, Mariana y yo nos dispusimos a salir; +pero en el mismo instante, ¡oh contrariedad imprevista!, multitud de +caballeros y señoras entraron en la tribuna. Eran los que habían salido +durante el período de descanso, que regresaban a sus puestos, para +disfrutar de la parte dramática de la sesión. Además, numeroso gentío +recién venido se apiñaba en la puerta. Ya no era posible salir. + +—Señora —me dijo Falfán—, ya ve usted que no es fácil la salida. No +pierda usted su asiento. Esto acabará pronto. + +No tuve más remedio que quedarme. Caí en mi asiento como un reo en su +banquillo de muerte. Lo que principalmente me apenaba era que entre la +multitud había desaparecido el que bastaba a alegrar o entristecer mi +situación. En la muralla de rostros humanos, ávidos de curiosidad, no +estaba su rostro ni otro alguno que se le pareciese. + +«Sin duda me aguarda fuera —pensé—. ¡Qué desesperación! ¡Cuándo acabará +esta farsa!...» + + + + +XXV + + +—La comisión que fue con el mensaje a Palacio —dijo Falfán alargando su +rostro para abarcar con una mirada todo el salón— ha vuelto, y va a +manifestar la respuesta de Su Majestad. + +—Que le maten de una vez —indiqué en voz baja—. ¿Dice usted, señor +marqués, que esto acabará pronto? + +—Quizás no. Me parece que tendremos para un rato. Cosas tan graves no +se despachan en un credo. + +Pensé que se me caía el cielo encima. El profundo silencio que reinó +durante un rato en aquel recinto, obligome a atender brevemente a lo +que abajo pasaba. Un diputado, en quien reconocí al almirante Valdés, +tomó la palabra. + +Pudimos oír claramente las expresiones del marino al decir: «Manifesté +a Su Majestad que su conciencia quedaba salva, pues aunque como hombre +podía errar, como rey constitucional no tenía responsabilidad alguna; +que escuchase la voz de sus consejeros y de los representantes del +pueblo, a quienes incumbía la salvación de la patria. Su Majestad +respondió: _He dicho_, y volvió la espalda.» + +Cuando estas últimas palabras resonaron en el salón, un rumor de olas +agitadas se oyó en las tribunas; olas de patriótico frenesí que fueron +encrespándose y mugiendo poco a poco hasta llegar a un estruendo +intolerable. + +—Todos esos que gritan están pagados —dijo el marqués. + +Entonces miré hacia atrás, pues no podía vencer el hábito adquirido de +explorar a cada instante la muchedumbre, y le vi. Estaba en la postrera +fila: apenas se distinguía su rostro. + +«¡Ah! —exclamé para mí con gozo—. ¡No me has abandonado! Gracias, +querido amigo.» + +Advertí que desde el apartado sitio donde se encontraba, seguía los +incidentes de la sesión con toda su alma. Mi pensamiento debía de +estar donde estaba el suyo, y atendí también. Segura de tenerle cerca; +segura de que fiel y cariñoso me aguardaba, pude tranquilamente fijar +mi espíritu en aquella turbulenta parte de la sesión y en el orador +que hablaba. Era otra vez Galiano. Su discurso, que en otra ocasión me +hubiera fastidiado, entonces me pareció elocuente y arrebatador. + +¡Qué modo de hablar, qué elegancia de frases, qué fuerza de pensamiento +y de estilo, qué ademán tan vigoroso, qué voz tan conmovedora! Siendo +mis ideas tan contrarias a las suyas entonces, no pude resistir al +deseo de aplaudirle, enojando mucho al marqués con mi llamarada de +entusiasmo. + +—¡Oh, señor marqués! —le dije—. ¡Qué lástima que este hombre no hable +mal! ¡Cuánto crecería el prestigio del realismo, si sus enemigos +carecieran de talento!... + +Los argumentos del orador eran incontestables dentro de la situación +y del artículo 187, que intentaban aplicar. «No queriendo Su Majestad +—decía— ponerse en salvo, y pareciendo a primera vista que Su Majestad +quiere ser presa de los enemigos de la patria, Su Majestad no puede +estar en el pleno uso de su razón. Es preciso, pues, considerarle en un +estado de delirio momentáneo, en una especie de letargo pasajero...» + +Estas palabras compendiaban todo el plan de las Cortes. Un rey +constitucional que quiere entregarse al extranjero, está forzosamente +loco. La nación lo declara así, y se pasa sin rey durante el tiempo +que necesita para obrar con libertad. ¡Singular decapitación aquella! +Hay distintas maneras de cortar la cabeza, y es forzoso confesar que +la adoptada por los liberales españoles tiene cierta grandeza moral y +filosófica digna de admiración. «Antes que arrancar de los hombros una +cabeza que no se puede volver a poner en ellos —dijeron—, arranquémosle +el juicio, y tomándonos la autoridad real, la persona jurídica, +podremos devolverlas cuando nos hagan falta.» + +Yo miraba a cada rato a mi adorado amigo, y con los ojos le decía: + +«¿Qué piensas tú de estos enredos? Luego hablaremos y se ajustarán las +cuentas, caballerito.» + +No duró mucho el discurso de Galiano, porque aquello era como lo +muy bueno, corto, y habían llegado los momentos en que la economía +de palabras era una gran necesidad. Cuando concluyó, las tribunas +prorrumpieron en locos aplausos. Entre las palmadas, semejantes por su +horrible chasquido a una lluvia de piedras, se oían estas voces: «¡A +nombrar la Regencia! ¡A nombrar la Regencia!» + +—Señora —me dijo el marqués horrorizado—, estamos en la Convención +francesa. Oiga usted esos gritos salvajes, esa coacción bestial de la +gente de las galerías. + +—Van a nombrar la Regencia. + +—Antes votarán la proposición de Galiano. ¡Atentado sacrílego, señora! +Me parece que asisto a la votación de la muerte de Luis XVI. + +—¡Qué exageración! + +—Señora —añadió con solemne acento—. Estamos presenciando un regicidio. + +Yo me eché a reír. Falfán, enfureciéndose por el regicidio que se +perpetraba a sus ojos, e increpando en voz baja a la plebe de las +galerías, era soberanamente ridículo. + +—Lo que más me indigna —exclamó pálido de ira— es que no dejen hablar a +los que opinan que Su Majestad no debe ser destronado. + +En efecto: con los gritos de ¡_fuera_!, ¡_que se calle_!, ¡_a votar_!, +ahogaban la voz de los pocos que abrazaron la causa del rey. La +Presidencia y la mayoría, interesadas en que las tribunas gritasen, no +ponían veto a las demostraciones. Veíase al alborotado público agitando +sus cien cabezas y vociferando con sus cien bocas. En la primera +fila los brazos gesticulaban señalando o amenazando, o golpeaban el +antepecho con las bárbaras manos, que más bien parecían patas. Muchas +señoras de la tribuna reservada se acobardaron, y diose principio al +solemne acto de los desmayos. Esto fue circunstancia feliz, porque la +tribuna empezó a despejarse un poco, haciendo menos difícil la salida. + +—Señor marqués —dije tomando la resolución de marcharme—. Me parece que +es bastante ya. + +—¿Se va usted? Si falta lo mejor, señora. + +—Para mí lo mejor está fuera. Aquí no se respira. Adiós. + +—Que van a votar. Que vamos a ver quiénes son los que se atreven a +sancionar con su nombre este horrible atentado. + +—Ahí tiene usted una cosa que a mí no me importa mucho. ¿Qué quiere +usted? Yo soy así. Dormiré muy bien esta noche sin saber los nombres de +los que dicen sí. + +—Pues yo no me voy sin saberlo. Quiero ver hasta lo último; quiero ver +remachar los clavos con que la monarquía acaba de ser crucificada. + +—Pues que le aproveche a usted, marqués... Veo que ya se puede salir. +Adiós; tantas cosas a la marquesa. Ya sabe que la quiero. + +No hice muy larga la despedida por temor a que tuviese la deplorable +ocurrencia de acompañarme. Salí. ¡Ay! Aquella libertad me supo a +gloria. ¡Con qué placentero desahogo respiraba! Al fin iba a satisfacer +mi deseo, la sed de mis ojos y de mi alma, que ha tiempo no vivían sino +a medias. Desde que salí a los pasillos le vi lejos esperándome. Hízome +una seña, y ambos procuramos acercarnos el uno al otro, cortando el +apretado gentío que salía. Pero cuando estaba a seis pasos de él, sentí +detrás de mí la áspera voz de Falfán, la cual me hizo el efecto de un +latigazo. Volvime, y vi su sonrisa y sus engomados bigotes, que yo +creía haber perdido de vista por muchos días. + +—Señora, no se me escape usted —me dijo, ofreciéndome su brazo—. He +salido porque la votación no es nominal. Esos pícaros han votado +levantándose de su asiento... ¡Qué escándalo!... ¡Votar así un acuerdo +tan grave!... ¡Tienen vergüenza y miedo!... Ya se ve... Tome usted mi +brazo, señora. + +La importuna presencia del estafermo me dejó fría. No tuve más remedio +que apoyar mi mano en su brazo y salir con él. Frente a nosotros vi a +Salvador, que me pareció no menos contrariado que yo. + +—Querido Monsalud —le dijo el marqués—, ¿ha visto usted la sesión? +¡Gran escena de teatro! Me parece que correrá sangre. + +No recuerdo lo que ambos hablaron mientras bajamos a la calle. Me daban +ganas de desasirme del brazo del prócer, y empujarle con todas mis +fuerzas para que fuera rodando por la escalera abajo, que era bastante +pendiente. Pero me fue forzoso tener paciencia y esperar, fiando en que +el insoportable intruso nos dejaría solos al llegar a la calle. ¡Vana +ilusión! Sin duda se habían conjurado contra mí todas las potencias +infernales. El marqués de Falfán, empleando su relamido tono, que a mí +me sonaba a esquilón rajado, me dijo: + +—Ahora, dígnese usted aceptar mi coche, y la llevaré a su casa. + +—Si yo no voy a mi casa —repuse vivamente—. Voy a visitar a una +amiga... o quizás, como ya es tarde y no hace calor, daremos Mariana y +yo un paseo. + +—Bien, a donde quiera usted que vaya la acompañaré —dijo el marqués con +la inexorable resolución de un hado funesto—. Y usted, Salvador, ¿a +dónde va? + +—Tengo que ver a un amigo junto a San Telmo. + +—Entonces no digo nada. Si va usted en esa dirección, no puedo +llevarle. Y usted, Jenara, ¿a dónde quiere que la lleve? + +—Mil gracias, un millón de gracias, amigo mío —repuse—. El movimiento +del coche me marea un poco. Me duele la cabeza y necesito respirar +libremente y hacer algo de ejercicio. Mariana y yo nos iremos a dar una +vuelta por la orilla del río. + +Bien sabía yo que el señor marqués no gustaba de pasear a pie, y que en +aquellos días estaba medianamente gotoso. Yo no quería que de ningún +modo sospechase Falfán que Salvador y yo necesitábamos estar solos. Al +indicar yo que iría a pasear por la orilla del río, claramente decía a +mi amado: «Ve allá y espérame, que voy corriendo, luego que me sacuda +este abejón.» + +Comprendiéndome al instante, por la costumbre que tenía de estudiar sus +lecciones en el hermoso libro de mis ojos, se despidió. Bien claro leí +yo también en los suyos esta respuesta: «Allá te espero; no tardes.» + +Luego que nos quedamos solos, el marqués reiteró sus ofrecimientos. +Parecía que no rodaba en el mundo más carruaje que el suyo, según la +oficiosidad con que a mi disposición lo ponía. + +—La tarde está hermosa. Deseo pasear un poco a pie —repetí como quien +ahuyenta una mosca. + +—Pues entonces —me contestó estrechándome la mano—, no quiero alejarme +de aquí: aún debe pasar algo importante. A los pies de usted, señora. + +Al fin... al fin me soltó aquel gavilán de sus impías garras... Mariana +y yo nos dirigimos apresuradamente a la margen del Guadalquivir. + +«¡Ahora sí que no te me escapas, amor!», pensaba yo. + + + + +XXVI + + +¡Cuán largo me pareció el camino! Mariana y yo íbamos con más prisa +de la que a dos señoras como nosotras convenía. Pero aun conociendo +que parecíamos gente de poco más o menos, cuando vi la Torre del Oro, +los palos de los barcos y los árboles que adornan la orilla, avivé más +el paso. No faltaba gente en aquellos deliciosos sitios; mas esto me +importaba poco. + +—Vamos hacia San Telmo —dije a Mariana—. Creo que es aquel edificio que +se ve más abajo entre los árboles. + +—Aquel es. + +—Mira tú hacia la izquierda y yo miraré hacia adelante para que no se +nos escape. + +—Ya le veo, señora. Allí está. + +Mariana le distinguió a regular distancia, y yo también le vi. Me +aguardaba puntualmente. + +«¡Ah, bribón, ya eres mío!», pensé, deteniendo el paso, segura al fin +de que no se me escaparía. + +Él miraba hacia la puerta de Jerez, como si nos aguardara por allí. +Avanzamos Mariana y yo, dando un pequeño rodeo para acercarnos a él +por detrás, y sorprenderle, sacudiéndole el polvo de los hombros con +nuestros abanicos. Yo sonreía. + +Distábamos de él unos diez pasos, cuando sentí que me llamaban. + +—¡Jenara, Jenara! —oí detrás de mí, sin poder precisar en el primer +instante a quién pertenecía aquella horrible e importuna voz. + +Volvime, y el coraje me clavó los pies en el suelo. Era el marqués +de Falfán de los Godos, que venía hacia mí sonriendo y cojeando. Tan +confundida estaba, que nada pude decirle ni contestar a sus empalagosos +cumplidos. + +—Vaya que ha corrido usted, amiguita —me dijo—. Yo acabo de llegar en +coche... Es que en el momento de separarnos se me ocurrió una cosa... + +—¿Qué cosa? + +—Padecí un gran olvido —dijo relamiéndose—. Dispénseme usted. Como +usted dijo que venía a pasear a este sitio... + +—¿Y qué?..., ¿qué?..., ¿qué?... + +Según me dijo después Mariana, yo echaba fuego por los ojos. + +—Que olvidé ofrecerme a usted para una cosa que sin duda le será muy +agradable. + +—Señor marqués, usted se burla de mí. + +—¡Burlarme! No, hija mía; al punto que nos separamos, dije para mí: +«¡Qué desatento he sido!» Puesto que va al río, debí brindarme a +acompañarla para ver el vapor y mostrarle ese prodigio de la industria +del hombre. + +—¡Usted está loco, sin duda! —afirmé ocultando todo lo posible mi +despecho—. ¿Qué es eso del vapor? No entiendo una palabra. + +—¡El vapor, señora! Es lo que más llama la atención de todo Sevilla en +estos días. + +—¿Y qué me importa? —dije bruscamente siguiendo mi camino. + +—Dispénseme usted si la he ofendido —añadió el marqués siguiéndome—; +pero como venía usted a pasear al río, y como yo tengo entrada libre, +siempre que quiero, en esa prodigiosa máquina, creí que la complacería +a usted apresurándome a mostrársela. + +—¿Qué máquina es esa? —le pregunté deteniéndome. + +Al decir esto había perdido de vista al imán de mi vida. + +—Mire usted hacia allá, junto a la Torre del Oro. + +Miré, y en efecto vi un buque de forma extraña, con una gran chimenea +que arrojaba negro y espeso humo. Sus palos eran pequeños, y sobre el +casco sobresalía una armazón bastante parecida a una balanza. + +—¿Qué es eso? —pregunté al marqués. + +—El vapor, una invención maravillosa, señora. Esos ingleses son el +demonio. Ya sabe usted que hay unas máquinas que llaman de vapor, +porque se mueven por medio de cierto humo blanquecino que va colándose +de tubo en tubo... + +—Ya sé... + +—Pues los ingleses han aplicado esta máquina a la navegación, y ahí +tiene usted un barco con ruedas que corre más que el viento y contra +el viento. Esto cambiará la faz del mundo. Yo lo he predicho y no me +equivocaré. + +Mirando hacia la máquina prodigiosa, vi a Salvador que se dirigía hacia +la Torre del Oro. + +—Veámoslo de cerca, señor marqués —dije marchando hacia allá—. +Verdaderamente, ese barco con ruedas es una maravilla. + +—Creo que ahora va a dar un par de vueltas por el río, para que lo vean +sus altezas reales, que están, si no me engaño, en la Torre del Oro. + +—Corramos. + +—¡Va toda la gente hacia allá! Descuide usted, podremos entrar si usted +quiere. El capitán es muy amigo mío, y los consignatarios son mis +banqueros. + +—¿De quién es esa máquina? + +—De una sociedad inglesa. De veras hubiera sentido mucho no mostrársela +a usted esta tarde. Cuando me acordé, faltábame tiempo para acudir a +reparar mi grosería. + +—Gracias, marqués. + +Dejé de ver entonces la luz de mi vida. Mi corazón se llenó de angustia. + +—Yo estaba seguro de agradar a usted —me dijo Falfán—. Es un asombro +ese buque. + +—Un asombro, sí; apresuremos el paso. + +—¡Si no se nos ha de marchar! + +—¡Que se nos pierde de vista, que se nos va! —exclamé yo sin saber lo +que decía. + +—Señora, si está anclado... Podemos verlo con toda calma. + +Nos acercamos a la Torre del Oro, junto a la cual estaba la nave +maravillosa. Tenía dos ruedas como las de un batán, resguardadas por +grandes cajones de madera pintados de blanco, con chimenea negra y +alta, en cuyo centro estaba la máquina, toda grasienta y ahumada como +una cocina de hierro, y el resto no ofrecía nada de particular. De sus +entrañas negras salía una especie de aliento ardoroso y retumbante, +cuyo vaho causaba vértigos. De repente daba unos silbidos tan fuertes, +que había que taparse los oídos. En verdad, tal máquina infundía miedo. +Yo no lo tuve, porque no podía fijar en ella resueltamente la atención. + +—¿Se atreve usted a entrar? —me dijo el marqués. + +Yo miré a todos lados, y vi reaparecer a mi amor perdido, saliendo de +entre la muchedumbre, como el sol entre las nubes. + +—No, señor; yo me mareo solo de ver un barco —respondí a Falfán—. Estoy +satisfecha con admirar desde fuera esta hermosa invención, y le doy a +usted las gracias. + +Yo hubiera dado no sé qué porque el vapor echase a andar hacia la +eternidad, llevándose dentro al marqués de Falfán de los Godos. + +—¡Oh! —exclamó él—. Embarquémonos. Yo le garantizo a usted que no se +marea. Daremos un paseo hasta Aznalfarache. Vea usted cuántas personas +entran. + +—Pues yo no me decido. Pero no se prive usted por mí del gusto de +embarcarse. Adentro, señor mío. Yo me voy a mi casa. + +—¡Ah! No consiento yo que usted vaya sola a su casa —dijo con una +galantería cruel que me asesinaba—. Yo la acompañaré. + +—Gracias, gracias... No necesito compañía. + +—Es que yo no puedo permitir... + +De buena gana habría cogido al marqués por el pescuezo como se coge +a un pollo destinado a la cazuela, y le hubiera estrangulado con mis +propias manos: ¡tal era mi rabia! + +—Al menos —añadió—, ya que lo hemos visto por la popa, vamos a verlo +también por la proa. + +Al decir esto, el prócer dirigió sus miradas hacia la Maestranza, y sus +ideas variaron de súbito. + +—Vamos. Por allí viene mi esposa —dijo señalando—. ¿La ve usted? Por +último se ha atrevido a salir a paseo, aunque no está bien de salud. + +Miré y vi a la marquesa de Falfán, que venía con otra dama. También +ellas, atraídas por la curiosidad, se dirigían hacia la Torre del Oro. + +—Aguardemos aquí —me dijo el marqués sonriendo—. Veremos si pasa sin +notar que estamos aquí. + +Andrea y su amiga estaban ya cerca de nosotros, cuando Salvador pasó +junto a ellas, se detuvo, las saludó y continuó andando a su lado. Nos +reunimos los cinco. + +—¿También tú vienes a ver el vapor? —preguntó Falfán riendo—. Ya te +dije que era una maravilla. ¿Y usted, señora doña María Antonia, +también viene a ver el vaporcito?... Y usted, Salvador, no quiere ser +menos. El que desee entrar que lo diga, y nos embarcaremos. + +— ¿Yo?... —dijo la Marquesa después de saludarme—. Tengo miedo. Dicen +que revienta la caldera cuando menos se piensa. + +—¿De modo que eso tiene una caldera como las fábricas de jabón? +—preguntó doña María Antonia llevando a sus ojos el lente que usaba. + +—Entran ustedes, ¿sí o no? —dijo el marqués, empeñado siempre en +reclutar gente. + +—Yo no entraré —repuso la dama con desdén—: me mareo solo de ver ese +horrible aparato. Además, tengo que hacer. + +—¿A dónde vas ahora? —preguntó Falfán de mal talante. + +—A las tiendas de la calle de Francos. Ya sabes que necesito comprar +varias cosillas. + +—Pero si no has paseado aún... + +—¿Que no? Señora doña María Antonia, dice que no hemos paseado... Si +hace más de hora y media que estamos aquí dando vueltas. Ya nos íbamos +cuando te vimos, y volví atrás para rogarte que nos acompañes. + +—¡Yo! —indicó el marqués con mucho disgusto—. Ya sabes que no me agrada +ir a tiendas. + +—Y a mí no me gusta ir sola. + +—Doña María Antonia... + +—Es señora, y para ir a las tiendas conviene la compañía de un +caballero. Mira, hijito, no te apures por eso: Salvador nos acompañará. + +—Con mil amores —dijo mi amigo inclinándose—. Tengo mucho honor en +ello. + +Cuando allí mismo no abofeteé a mi amante, a la dama, al marqués, a +doña María Antonia y a mí misma, de seguro queda demostrado que soy una +oveja. + +—Sí, amigo Monsalud —manifestó Falfán—, acompáñelas usted, se lo +suplico. Jenara y yo nos embarcaremos. + +¡Se marcharon! ¡Ay! No sé cómo lo escribo. Se marcharon sin que yo +los estrangulase. Dentro de mí había un volcán mal sofocado por mi +disimulo. El marqués me hablaba sin que yo pudiese responderle, porque +estaba furiosamente absorta y embrutecida por el despecho que llenaba +mi alma. + +—Nos embarcaremos —me dijo Falfán relamiéndose como un gato a quien +ponen plato de su gusto. + +—¡Ah, señor marqués! —dije de improviso apoderándome de una idea +feliz—. Ahora me acuerdo de una cosa... ¡Qué memoria la mía! + +—¿Qué, señora? + +—Que yo también tengo que comprar algunas cosillas. ¿No es verdad, +Mariana? + +—¿De modo que va usted...? + +—Sí, señor; ahora mismo... Son cosas que necesito esta misma noche. + +—¿Y hacia dónde piensa dirigirse? + +—Hacia la calle de las Sierpes... o la de Francos. Son las únicas que +conozco. + +—Pues la acompañaré a usted. + +Hizo señas a su cochero para que acercase el coche. + +—Mi mujer —añadió— se enfadará conmigo porque no quise acompañarla y +la acompaño a usted. + +No hice caso de sus cumplidos ni de sus excusas. + +—Vamos, vamos pronto —dije subiendo al coche. + +Este nos dejó en la plaza de San Francisco. Nos dirigimos a las +tiendas, recorrimos varias calles; pero, ¡ay! estábamos dejados de la +mano de Dios. No les encontramos; no les vimos por ninguna parte. + +En mi cerebro se fijaba con letras de fuego esta horrible pregunta: «¿a +dónde irán?» + +Cuando el marqués me dejó en mi casa, avanzada ya la noche, yo tenía +calentura. Retireme a pensar y a recordar y a formar proyectos para el +día siguiente; pero mi cerebro ardía como una lámpara; no pude dormir; +hablaba a solas sin poder olvidar un solo momento el angustioso tema +de mi vida en aquellos días. Por último, mis nervios se aplacaron un +tanto, y me consolé pensando y hablando de este modo: + +—¡Mañana, mañana no se me escapará! + + + + +XXVII + + +Al levantarme con la cabeza llena de brumas, pensé en la extraña ley de +las casualidades que a veces gobiernan la vida. En aquella época creía +yo aún en las casualidades, en la buena o mala suerte y en el destino, +fuerzas misteriosas que ciegamente, según mi modo de ver, causaban +nuestra felicidad o nuestra desgracia. Después han variado mucho mis +ideas, y tengo poca fe en el dogma de las casualidades. + +Mi cerebro estaba aquella mañana, como he dicho, cargado de neblinas. +Pero el día amaneció muy hermoso, y para 12 de junio en Andalucía, no +era fuerte el calor. Sevilla sonreía convidando a las dulces pláticas +amorosas, a las divagaciones de la imaginación y a exhalar con suspiros +los aromas del alma que van desprendiéndose y saliendo, ya gimiendo, +ya cantando, entre vagas sensaciones que son a la manera de una pena +deliciosa. + +Pero yo continuaba con mi idea fija y la contrariedad que me +atormentaba. A ratos analizaba aquel singular estado mío, asombrándome +de verme tan dominada por un capricho vano. Es verdad que yo le amaba; +pero ¿no había sabido consolarme honradamente de su ausencia después +de Benabarre? ¿Por qué en Sevilla ponía tanto empeño en tenerle a mi +lado? ¿Acaso no podía vivir sin él? Meditando en esto, me creía muy +capaz de prescindir de él en la totalidad de la vida; pero en aquel +caso mi corazón había soltado prendas, habíase fatigado mucho, había, +digámoslo así, adelantado imaginariamente gran parte de sus goces, y +padecía horriblemente hasta hacerlos efectivos. El suplicio de Tántalo +a que estaba sujeto irritábale más, y ya se sabe que las ambiciones +más ardientes son las del corazón, y que en él residen los caprichos +y la terrible ley satánica que ordena desear más aquello que más +resueltamente nos es negado. Así se explica la indecorosa persecución +de un hombre en que yo, sin poder dominarme, estaba empeñada. + +Ordené a Mariana que se preparase para salir conmigo. Mientras yo me +peinaba y vestía, díjome que había oído hablar de la partida de Su +Majestad aquella misma tarde, y que Sevilla estaba muy alborotada. Poco +me interesaba este tema y le mandé callar; pero después me contó cosas +muy desagradables. En la noche anterior, y por la mañana, dos diputados +residentes en la misma casa, y que entre manos traían la conquista de +mi criada, le habían hecho, con respecto a mí, indicaciones maliciosas. +Según me dijo, eran conocidas y comentadas mis relaciones con el +secretario del duque del Parque. ¡Maldita sociedad! Nada en ella puede +tenerse secreto. Es un sol que todo lo alumbra, y en vano intenta el +amor hallar bajo él un poco de sombra. A donde quiera que se esconda +vendrá a buscarle la impertinente claridad del mundo, de modo que por +mucho que os acurruquéis, a lo mejor os veis inundados por los rayos +de la intrusa linterna que va buscando faltas. El único remedio contra +esto es arrojar mucha, muchísima luz sobre las debilidades ajenas, para +que las propias resulten ligeramente oscurecidas. No sé por qué desde +que Mariana vino a mí con aquellos chismes, me figuré que mi difamación +procedía de los labios de la marquesa de Falfán. «¡Ah, bribona! —dije +para mí—, si yo hablara...» + +Las hablillas no me acobardaron. Siendo culpable, hice lo que +corresponde a la inocencia: despreciar las murmuraciones. + +Cuando manifesté a Mariana que pensaba ir a buscarle a su propia casa, +hízome algunas observaciones que me desagradaron, sin que por ellas +desistiera yo de mi propósito. + +—¿No averiguaste ayer la casa donde vive? + +—Sí, señora: en la calle del Oeste. Pero usted no repara que en la +misma casa viven también otras personas de Madrid que conocen a la +señora... + +Ninguna consideración me detenía. Escribí una carta para dejarla en la +casa si no le encontraba, y salimos. Mariana conocía bien Sevilla, y +pronto me llevó a la calle del Oeste, hacia la Alameda Vieja, junto a +la Inquisición. Salvador no estaba. Dejé mi carta, y corrimos a casa, +porque al punto sospeché que mientras yo le buscaba en su vivienda, me +buscaba él en la mía. Así me lo decía el corazón impaciente. + +—Me aguardará, de seguro —pensé—. Ahora, ahora sí que no se me escapa. + +En mi casa no había nadie, pero sí una esquela. Salvador estuvo a +visitarme durante mi ausencia, y no pudiendo esperar, a causa de sus +muchas ocupaciones, dejome también una carta en que así lo manifestaba, +añadiendo, entre expresiones cariñosas, que por la tarde, a las +cuatro en punto, me aguardaba en la catedral. Después de indicar la +conveniencia de no volver a mi casa, me suplicaba que no faltase a la +cita en la gran basílica y en su hermoso patio de los Naranjos. Tenía +preparado un coche en la puerta de Jerez para irnos de paseo hacia +Tablada. + +—¡Gracias a Dios! —exclamé—. Esta tarde... + +Tomando mis precauciones para que nadie me importunase y poder estar +libre a la hora de la cita, consagré algunas al descanso. Pero la +inquietud me abrasaba, y a las tres me fui a la catedral. Era la hora +del coro, y los canónigos entraban uno tras otro por la puerta del +Perdón. Algunos se detenían a echar un parrafito en el patio de los +Naranjos, paseando junto al púlpito de San Vicente Ferrer. + +Al encontrarme dentro de la iglesia, la mayor que yo había visto, sentí +una violenta irrupción de ideas religiosas en mi espíritu. ¡Maravilloso +efecto del arte, que consigue lo que no es dado alcanzar a veces ni aun +a la misma religión! Yo miraba aquel recinto grandioso, que me parecía +una representación del universo. Aquel alto firmamento de piedra, así +como las hacinadas palmas que lo sustentan, y el eminente tabernáculo, +que es cual una escala de santos que sube hasta Dios, dilataban mi +alma haciéndola divagar por la esfera infinita. La suave oscuridad del +templo hace que brillen más las ventanas, cuyas vidrieras son como un +fantástico muro de piedras preciosas. Las vagas manchas luminosas de +azul y rosa que las ventanas arrojan sobre el suelo, se me figuraban +huellas de ángeles que habían huido al sentir nuestros pasos. + +Las ideas abrumaban mi mente. Senteme en un banco; sentía la necesidad +de meditar. Delante de mis pies, a manera de alfombra de luces, se +extendía la transparencia de una ventana. Alzando los ojos veía las +grandiosas bóvedas. Zumbaba en mis oídos el grave canto del coro, y a +intervalos una chorretada de órgano, cuyas maravillosas armonías me +hacían estremecer de emoción, poniendo mis nervios como alambres. A +poca distancia de mí, a la izquierda, estaba la capilla de San Antonio, +toda llena de luces, por ser 12 de junio, víspera del santo, y de +hermosos búcaros con azucenas y rosas. Volviendo ligeramente la cabeza, +veía el cuadro de Murillo y su espléndido altar. + +Yo pensaba en cosas religiosas; pero mi egoísmo las asociaba al amoroso +afán que me poseía. Pensaba en la santidad de la unión sancionada +por la Iglesia y de los lazos matrimoniales cuando son acertados. +Consideraba lo feliz que hubiera sido yo no equivocando, como +equivoqué, la elección de marido. También pasó por mi mente, aunque +con gran rapidez, el recuerdo de la infeliz joven a quien con mis +engaños precipité en los azares de un viaje absurdo; pero esto duró +poco, y además me apresuré a sofocar tan triste memoria, dirigiendo el +pensamiento a otra cosa. + +La imagen que tan cerca estaba atraje mi atención. Aquel santo tan +bueno, tan humilde, compañero y amigo de los pobres, es, según dicen, +el abogado de los amores y de los objetos perdidos. Ocurriome rezarle, +y le recé con fervor, de labios y aun de corazón, porque en aquel +instante me sentía piadosa. No solo le pedí como enamorada, sino +como quien busca y no encuentra cosas de gran valor; y mientras más +le rezaba, más me sentía encendida en devoción y llena de esperanza. +Concluí adquiriendo la seguridad de que mi afán se calmaría aquella +misma tarde; y juzgando que mi entrada en la catedral, como punto de +cita, era obra de la Providencia, mi alma se alivió, y aquella tensión +dolorosa en que estaba fue cesando poco a poco. + +¿Cómo no esperar, si aquel santo era tan bueno, tan complaciente que +mereció siempre el amor y la veneración de los enamorados? No pude +estar allí todo el tiempo que habría deseado, porque me daba vértigo el +olor de las azucenas, y también porque la hora de la cita se acercaba. +Cuando salí al patio, y en el momento de pasar bajo el cocodrilo que +simboliza la prudencia, la alta campana de la Giralda dio las cuatro. + +No habíamos llegado al púlpito de San Vicente Ferrer, cuando Mariana y +yo nos miramos aterradas. Sentíamos un ruido semejante al de las olas +del mar. Al mismo tiempo mucha gente entraba corriendo. + +—¡Revolución, señora, revolución! —gritó Mariana temblando—. No +salgamos. + +La curiosidad, venciendo el miedo, me llevó con más presteza hacia la +puerta. Vi regular gentío que llenaba todo el sitio llamado Gradas de +la Catedral, y parecía extenderse por delante del Palacio arzobispal +y la Lonja hasta el Alcázar. Pero la actitud de la muchedumbre era +pacífica, y más parecía de curiosos que de alborotadores. Al punto +comprendí que la salida de la corte motivaba tal reunión de gente, y +se calmaron mis súbitas inquietudes. Esperaba ver de un momento a otro +a la persona por quien había ido a la catedral, y mis ojos la buscaron +entre el gentío. + +«Aguardaremos un poco», pensé dando un suspiro. + +La muchedumbre se agitó de repente, murmurando. Por entre ella trataba +de abrirse paso un regimiento de caballería que apareció por la +calle de Génova. Entrad la mano en un vaso lleno de agua, y esta se +desbordará; introducid un regimiento de caballería en una calle llena +de curiosos, y veréis lo que pasa. Por la puerta del Perdón penetró +un chorro que salpicaba dicharachos y apostrofes andaluces contra +la tropa, y tal era su ímpetu, que los que allí estábamos tuvimos +que retroceder hasta el centro del patio. Entonces un sacristán y un +hombre forzudo y corpulento, de esos que desempeñan en toda iglesia +las bajas funciones del transporte de altares, facistoles o bancos, o +las altísimas de tocar las campanas y recorrer el tejado cuando hay +goteras, se acercaron a la puerta, y después de arrojar fuera toda la +gente que pudieron, cerraron con estruendo las pesadas maderas. Corrí +a protestar contra un encierro que me parecía muy importuno; mas el +sacristán, alzando el dedo, arqueando las cejas y ahuecando la voz como +si estuviera en el púlpito, dijo lacónicamente: + +—De orden del señor deán. + + + + +XXVIII + + +Mucho me irritó la orden del señor deán, que sin duda no esperaba a una +persona amada, y entré en la iglesia consolándome de aquel percance con +la idea de que en edificio tan vasto no faltarían puertas por donde +salir. Pasamos al otro lado; pero en la puerta que da a la plaza de la +Lonja, otro ratón de iglesia me salió al encuentro después de echar los +pesados cerrojos, y también dijo: + +—De orden del señor deán. + +«¡Malditos sean todos los deanes!», exclamé para mí, dirigiéndome a +la puerta que da a la fachada. Allí, un viejo con gafas, sotana y +sobrepelliz, se restregaba las manos gruñendo estas palabras: + +—Ahora, ahora va a ser ella. Señores liberales, nos veremos las caras. + +Yo fui derecha a levantar el picaporte; pero también aquella puerta +estaba cerrada, y el sacristán viejo, al ver mi cólera, que no podía +contener, alzó los hombros disculpándose con la orden de la primera +autoridad capitular. El de las gafas añadió: + +—Hasta que no pase la gresca no se abrirán las puertas. + +—¿Qué gresca? + +—La que han armado con la salida del rey loco. Mi opinión, señora, es +que ahora va a ser ella, porque hay un complot que no lo saben más de +cuatro. + +Volvió a restregarse las manos fuertemente, guiñando un ojo. + +—¿Y a qué hora sale Su Majestad? + +—A las seis, según dicen; pero antes ha de correr la sangre por las +calles de Sevilla como cuando la inundación de hace veinte años, la +cual fue tan atroz, que por poco fondean los barcos dentro de la +catedral. + +—¡De modo que estaré encerrada aquí hasta las seis! —exclamé llena de +furor—. Esto no se puede sufrir, es un abuso, un escándalo. Me quejaré +a las autoridades, al rey. + +—El rey está loco —dijo el viejo con horrible ironía. + +—Al gobierno; me quejaré al arzobispo. O me dejan salir o gritaré +dentro de la iglesia, reclamando mi derecho. + +Discurrí con agitación indecible por la iglesia, nave arriba, nave +abajo, saliendo de una capilla y entrando en otra, pasando del patio +al templo y del templo al patio. Miraba a los negros muros buscando un +resquicio por donde evadirme, y enfurecida contra el autor de orden tan +inicua, me preguntaba para qué existían deanes en el mundo. + +Los canónigos dejaban el coro y se reunían en su camarín, marchando de +dos en dos o de tres en tres, charlando sobre los graves sucesos. Los +sochantres y el fagotista se dirigían piporro en mano a la capilla de +música, y los inocentes y graciosos niños de coro, al ser puestos en +libertad, iban saltando, con gorjeos y risas, a jugar a la sombra de +los naranjos. + +Varias veces, en las repetidas vueltas que por toda la iglesia di, pasé +por la capilla de San Antonio. Sin que pueda decir que me dominaban +sentimientos de irreverencia, ello es que mi compungida devoción al +santo había desaparecido. No le miré con aversión; pero si con cierto +enojo respetuoso, y en mi interior le decía: «¿Es esto lo que yo tenía +derecho a esperar? ¿Qué modo de tratar a los fieles es este?» + +Mi egoísmo había llegado al horrible extremo de pedir cuenta a la +divinidad de los desaires que me hacía. Irritábame contra el cielo, +porque no satisfacía mis caprichos. + +Pero, ¡maldita hora!, quien a mí me irritaba verdaderamente era el +deán tirano que mandaba encerrar a la gente porque se le antojaba. +Desde que le vi salir del coro en compañía del arcediano, moviéndose +muy lentamente a causa del peso de su descomunal panza, le tuve por un +realistón furibundo, sin que por esto me fuese menos antipático. ¿Por +qué habían cerrado las puertas? Por poner el sagrado recinto a salvo de +una invasión plebeya, e impedir que el bullicio de los vivas y mueras +turbase la santa paz de la casa de Dios. Con todo su celo no pudo el +señor deán conseguirlo, y desde el patio oíamos claramente los gritos +de la muchedumbre y el paso de la caballería. La Giralda cantó las +cinco, cantó las seis, y la deplorable situación no cambiaba, ni las +puertas se abrían, ni se desvanecía el rumor del pueblo. Yo creo que +si aquello se prolonga demasiado, me atrevo a decir dos palabras al +buen canónigo encerrador. Por fin no era yo sola la impaciente: otras +muchas personas, detenidas como yo, se quejaban igualmente, y todos nos +dirigíamos en alarmante grupo al sacristán; pero sin conseguir nada. + +—Cuando Su Majestad haya salido de Sevilla —nos respondía—, o se arma +la de San Quintín, o todo quedará tranquilo. + +Por fin, después de las siete, la puerta del Perdón se abrió y vimos +las Gradas y la gente que iba y venía sin tumulto. Yo me arrojé a la +calle como se arrojaría en el agua aquel cuyos vestidos ardieran. +Miraba a un lado y otro; me comía con los ojos a cuantos pasaban; +caminé apresuradamente hacia la Lonja y hasta el Alcázar; mi cabeza +se movía sin cesar, dirigiendo la vista a todo semblante humano. +¡Afán inútil!... Yo buscaba y rebuscaba, y mi hombre no aparecía en +ninguna parte... Ya se ve... ¡las siete de la tarde! Se cansaría de +aguardarme... tendría que hacer... + +Volví de nuevo a la catedral, recorrila toda, salí, di la vuelta +por la Lonja; pero, ¡ay!, si diera la vuelta a toda la tierra, creo +que tampoco le encontrara: ¡tal era la horrible insistencia de mi +desgracia! Y, sin embargo, hasta en las baldosas del piso, en el aire y +en el sonido, hallaba no sé qué indicio misterioso de que él me había +aguardado allí largas horas. Esto era para morir. + +Después de mucho correr, senteme en un banco de piedra junto a la +Lonja. Tanto me enfadaba la gente que veía regresar del Alcázar y de +la puerta de San Fernando, que si las llamas de furor que abrasaban mi +pecho fueran materiales, de buena gana hubiera vomitado fuego sobre +los que pasaban ante mí. Venían de ver partir al rey loco. Muchos se +lamentaban de que se tratase de tal suerte al soberano de Castilla. +¡Menguados! ¿porqué no tomaban las armas? Sí, ¿por qué no las tomaban? +Me habría gustado ver a todos los habitantes de Sevilla destrozándose +unos a otros. + +La Giralda cantó otra hora, no sé cuál, y entonces me decidí a tomar +nueva resolución. + +—Vamos a su casa —dije a Mariana. + +—Es de noche, señora. + +La infeliz no quería alejarse mucho de la casa. Pero no le contesté y +nos pusimos en camino para la calle del Oeste. + +—¿Y si no está? —indicó mi criada—. Porque es muy posible que con estas +cosas... + +—¿Qué cosas? + +—Estas revoluciones, señora. + +—Si no hay nada. + +—Pues... como se han llevado al rey después de volverle loco... En el +patio de la catedral decía uno que tendremos revolución mañana cuando +se marche el gobierno, porque el gobierno se marchará. + +—Déjalo ir: no nos hace falta. Date prisa. + +—Pues yo creo que nos llevaremos otro chasco. + +—Si no está en su casa, le esperaré. + +—¿Y si no vuelve hasta muy tarde? + +—¡Hasta muy tarde le esperaré! + +—¿Y si no vuelve hasta mañana? + +—Hasta mañana le esperaré. No me muevo de su casa hasta que le vea. +Ahora, ahora sí que no se me escapa. ¿Concibes tú que se me pueda +escapar? + + + + +XXIX + + +Diciendo esto, mi corazón, oprimido por tantos desengaños, se +ensanchaba, llenándose otra vez de esperanza, de ese don del cielo que +jamás se agota y que a nadie puede faltar. + +—Pues no veo yo muy tranquila esta noche la ciudad de Sevilla —indicó +Mariana—. Si, como dicen, se ha marchado toda la tropa, puede que nos +despertemos mañana en un charco de sangre. + +Echeme a reír, burlándome de sus ridículos temores, y seguimos +avanzando con bastante presteza hacia la calle del Oeste. Detúveme +antes de llamar en su casa, para que un breve descanso disimulara mi +sofocación y se amortiguasen las llamaradas de mis mejillas. + +—Sentémonos —dije a Mariana— al amparo de este árbol. Ahora no hay gran +prisa. Ya le tengo cogido. Estoy tranquila. Él ha de venir a su casa. +Ahora, ahora sí que le tengo en mi mano. + +Cuando llamamos en la reja que daba entrada al patio, una mujer nos +dijo que el señor Monsalud no estaba en casa. + +—Pues tengo que hablarle precisamente esta noche, y le esperaré —dije +resueltamente. + +Yo no reparaba en conveniencia alguna social. En el estado de mi +espíritu, nada tenía fuerza para contenerme. Importábame ya muy poco +que me vieran, que me conocieran, que me señalasen con el dedo, ni +que el vulgo suspicaz y murmurador me hiciera objeto de burlas y +comentarios deshonrosos. + +Al principio vacilaba en dejarme entrar la mujer que me abrió la +puerta; pero tanto insté y con tan arrogante autoridad me expresaba, +que al fin me llevó a una sala baja. Allí estaba un viejecillo que, +a la débil claridad de un velón de cobre, arreglaba baúles y cajas, +poniendo en ellas libros, ropa y papeles. Era un tal Bartolomé +Canencia. Él no debía conocerme; pero se apresuró a saludarme con +extremada cortesía. Cual si comprendiera las ansias que yo padecía +aquella noche, dijo: + +—No está en casa, ni puedo asegurar que venga pronto; pero sí que +vendrá. Necesitamos arreglar todo para nuestra partida. + +—¿Cuándo? + +—Mañana. Nos vamos con el gobierno. ¿Quién se atreverá a quedarse +aquí después que marchen los ministros? Esto es un volcán realista. +En cuanto desaparezca el gobierno que obstruye el cráter, se agitará +con fuego y vapores vomitando horrores. ¡Pobre Sevilla! no ha querido +oír mis consejos, los consejos de la experiencia, señora; hela aquí en +poder del realismo más brutal. Este pueblo, tan célebre por su riqueza +y por su gracia como por sus procesiones, está infestado de curas, y +aquí los curas son ricos. + +Ya me fastidiaba esta conversación, y hábilmente la desvié de la +política haciéndola recaer sobre mi objeto. Canencia contestó a mis +preguntas de una manera categórica. + +—Esta tarde salimos juntos —me dijo—. Él se quedó en las Gradas de +la catedral, donde tenía una cita, y yo seguí hacia el Alcázar para +asistir a la salida de Su Majestad... Luego nos encontramos de nuevo a +eso de las siete: parecía disgustado, sin duda porque la cita no pudo +verificarse. Entramos en casa, y a poco salió para ver a Calatrava. +Díjome que volvería a arreglar su equipaje, y aquí me tiene usted +arreglando el mío, señora, para lo que se le ofrezca mandar. De modo +que si usted desea algo en Cádiz, puede dar sus órdenes con toda +franqueza. + +—Yo también pienso ir a Cádiz. + +—¡Usted también! Bueno es que vayan todos —dijo con ironía maliciosa— +para que se haga con solemnidad el entierro de la Constitución. Allí +nació, señora, y allí le pondremos la mortaja; que todo lo que nace ha +de perecer... ¡Si se hubieran seguido mis consejos, señora!... pero +los hombres se han dejado enloquecer por la ambición y la vanidad. +Ya no existen aquellos repúblicos austeros, aquellos filósofos +incorruptibles, aquellos sectarios de la honradez más estricta y de +la sabiduría ateniense, hombres que con un pedazo de pan, un vaso de +agua y un buen libro se pasaban la mayor parte de la vida. Ahora todo +es comer a dos carrillos, pedir destinos, figurar... en una palabra, +señora, ya no hay virtudes cívicas. + +—¿Y es seguro que el gobierno marcha mañana? —le pregunté para +desviarle de su fastidiosa disertación. + +—Segurísimo. No puede ser de otra manera. + +—¿Por tierra? + +—Por agua, señora. Los ministros y diputados marchan en el vapor. + +—¿Y usted y Salvador van también en el vapor? + +—Iremos donde podamos, señora, aunque sea en globo por los aires. + +Él siguió arreglando sus maletas, y yo me abrumé en mis pensamientos. +En la sala había un reloj de _cucú_ con su impertinente pájaro, de esos +que asoman al dar la hora y nos hacen tantas cortesías como campanadas +tiene aquella. Nunca he visto un animalejo que más me enfadase, y cada +vez que aparecía y me saludaba mirándome con sus ojillos negros y +cantando el cucú, sentía ganas de retorcerle el pescuezo para que no me +hiciera más cortesías. El pájaro cantó las nueve y las diez y las once, +y con su insolente movimiento y su desagradable sonido parecía decirme: +«¿Qué tal, señora, se aburre usted mucho?» + +Todo el que ha esperado comprenderá mi agonía. Aquel resbalar del +tiempo, aquella veloz corrida de los minutos que pasan de nuestra +frente a nuestra espalda, amontonándose atrás el tiempo que estaba +delante, es para enloquecer a cualquiera. Cuando no hay un reloj que +lleve la cuenta exacta de la cantidad de esperanza que se desvanece y +de la paciencia que se gasta grano a grano, menos mal; pero cuando +hay reloj y este reloj tiene un pájaro que hace reverencias cada +sesenta minutos y dice _cucú_, no hay espíritu bastante fuerte para +sobreponerse a la pena. Ya cerca de las doce me decía yo: «¡Si no +vendrá!» + +Habiendo manifestado mis dudas al viejo Canencia, que parecía algo +molesto por la duración de mi visita, me dijo: + +—Puede que venga y puede que no venga. Seguramente estará ahora en +el café del Turco o en casa del duque del Parque. Ya es media noche. +Dentro de unas cuantas horas será de día, y... ¡en marcha todo el mundo +para Cádiz! + +Mariana bostezaba, siendo imitada por Canencia. Yo me sostenía +intrépida, sin sueño ni cansancio, resuelta a estar un año en aquel +sitio, si un año tardaba en venir mi hombre. + +—De todas maneras —dije a Canencia—, si se marcha mañana ha de venir a +arreglar su equipaje. + +—Es muy posible, señora —me contestó secamente—. En caso de que quiera +usted retirarse, puede con toda confianza dejar el recado verbal que +guste. Yo se lo transmitiré puntualmente y con la fidelidad de un +verdadero amigo. + +—Gracias. + +—Le diré que ha estado aquí... Aunque usted no me ha dicho su nombre, +yo creo conocer a la persona con quien tengo el honor de hablar, +por haberla visto en Madrid algunas veces... ¿No es usted la señora +marquesa de Falfán? + +Esta pregunta me hizo estremecer en mi interior, como si un rayo pasara +por mí. Pero dominándome con soberano esfuerzo, repuse gravemente, con +afectada vergüenza. + +—Sí, señor: soy la marquesa de Falfán. Fiada en la discreción de usted, +me he aventurado a esperar aquí en hora tan impropia. + +—Señora, yo soy un sepulcro, y además un amigo fiel de ese excelente +joven; y como le debo no pocos beneficios, a la amistad se une la +gratitud. Puede usted con toda libertad confiarme lo que quiera. Es muy +posible que él no pueda verla a usted esta noche. Estará muy ocupado, y +sin duda el viaje de mañana trastorna sus planes, porque si no recuerdo +mal, hoy me dijo que pensaba despedirse de usted, por la noche, en casa +de doña María Antonia. + +Al oír esto me quedé como mármol, y en seguida se me llenó el corazón +de ascuas. Desplegué los labios para preguntar: «¿dónde vive esa doña +María Antonia?» pero me contuve a tiempo comprendiendo la gran torpeza +que iba a cometer. Evocando toda mi habilidad de cómica, dije: + +—Así pensábamos; pero no ha podido ser. + +El infame pájaro se asomó a su nicho, y burlándose de mí cantó la una. +Yo me ahogaba, porque a mis primeras fatigas se unía, desde que habló +aquel hombre, la inmensa sofocación de un despecho volcánico de los +celos que me mataban. En mi cerebro se encajaba una corona de brasas +resplandecientes; mi corazón chorreaba sangre, herido por mil púas +venenosas. Mi afán, mi deseo más vivo era morder a alguien. + +Esperé más. Canencia seguía bostezando y Mariana dormitaba. Yo sentía +en mis oídos un zumbido extraño, el zumbido del silencio nocturno, que +es como un eco de mares lejanos, y deshaciéndome esperaba. Habría dado +mi vida entera por verle entrar, por poder hablarle a solas un momento, +arrojando sobre él las palabras, la furia, la hiel que se desbordaban +en mí. A ratos balbucía terribles injurias, que siendo tan infames, a +mí me parecían rosas. + +El vil pajarraco volvió a chancearse conmigo, y haciendo la reverencia +más pronunciada y el canto más fuerte, anunció las dos. + +—¡Las dos!... ¡pronto será de día! —exclamé. + +—Fijamente no viene ya, señora. Es que se embarca con los diputados +—dijo Canencia, dando a entender con sus bostezos que de buena gana +dormiría un rato. + +—¿Y a qué hora se embarcan los diputados? + +—Al rayar el día: así se dijo anoche en el salón del Congreso, cuando +se levantó la sesión, que ha durado treinta y tres horas. + +Estuve largo rato dudando lo que debía hacer. Delante de mi pensamiento +daba vueltas un círculo de fuego que alternativamente, en su lenta +rotación, mostrábame dos preguntas. Primera: ¿_Y si viene después que +yo me vaya_? Segunda: ¿_Y si se embarca en el muelle mientras yo estoy +aquí_? + +Yo veía pasar una pregunta, después otra. La segunda sustituía a la +primera, y la primera a la segunda en órbita infinita. Ambas tenían +igual claridad, ambas me deslumbraban y me enloquecían de la misma +manera. Yo, que por lo general me decido pronto, entonces dudaba. +Cuando la voluntad se iba inclinando de un lado, el pensamiento +llamábame del otro, y así contrabalanceados los dos, ponían mi alma +en estado de terrible ansiedad. Largo rato permanecí en esta dolorosa +incertidumbre. Los minutos volaban, y acercándose aquel en que era +preciso resolver definitivamente, el silencio mismo llegó a impresionar +mi cerebro como un bramido intolerable, formado por mil voces. Oía el +latir de mi corazón como se oye un secreto que nos dicen al oído; mi +sangre ardía, y por fin aquella misma palpitación de mi alborotado seno +fue como una voz que hablaba diciéndome: «Anda, anda.» + +El pájaro, riendo como un demonio burlón, me saludó tres veces con su +cortesía y su infernal _cucú_. Eran las tres. + +—Pronto será de día —dijo Canencia dejando caer sobre el pecho su +cabeza venerable. + +Levanteme. Estaba decidida. Pareciome que don Bartolomé, al verme +dispuesta a partir, vio el cielo abierto. Despedime de él bruscamente, +y salimos. + +—¿Adónde vamos, señora? —me dijo Mariana—. ¿No es hora de retirarnos ya +a descansar? + +—Todavía no. + +—¡Señora, señora, por Dios!... Está amaneciendo. No hemos cenado, no +hemos dormido... + +—Calla, imbécil —le dije clavando mis dedos en su brazo—. ¡Calla, o te +ahogo! + + + + +XXX + + +Amanecía, y multitud de hombres de mal aspecto vagaban por la calle. +Veíanse paisanos armados, y muchos guapos de la Macarena y de Triana. +Mi criada tuvo miedo; pero yo no. Repetidas veces nos vimos obligadas +a variar de rumbo para evitar el encuentro de algunos grupos en que se +oía el ronco estruendo de ¡_vivan las caenas_!, ¡_muera la nación_! + +Llegamos por fin al río. Ya el día había aclarado bastante, y desde la +puerta de Triana vimos la chimenea del vapor, que despedía humo. + +—Si esos barcos de nueva invención humean al andar —dije—, el vapor se +marcha ya. + +Desde la puerta de Triana a la Torre del Oro se extendía un cordón de +soldados de artillería. En la puerta de Jerez había cañones. Nada de +esto me arredraba, porque mi exaltación me infundía grandes alientos, +y hablando al oficial de artillería, logré pasar hasta la orilla, +donde algunas tablas, sostenidas sobre pilotes, servían de muelle. El +vapor bufaba como animal impaciente que quiere romper sus ligaduras +y huir. Multitud de personas se dirigían al embarcadero. Reconocí a +Canga-Argüelles, a Calatrava, a Bertrán de Lis, a Salvato, a Galiano y +a otros muchos que no eran diputados. + +«Él se irá también —pensé—. Vendrá aquí de seguro... Pero no, no creo +que se me pueda escapar.» + +Una idea grandiosa cruzó por mi mente, una de esas ideas napoleónicas +que yo tengo en momentos de gravedad suma. Ocurriome embarcarme también +en el vapor, si le veía partir. No tenía equipaje, ¿pero qué me +importaba? Mariana se quedaría para llevarlo después. + +Acerqueme a Calatrava, que se asombra mucho de verme. + +—Quiero un puesto en el vapor —le dije. + +—¿También usted se marcha?... ¿De modo que...? + +—Temo ser perseguida. Estoy muerta de miedo desde ayer. Me han +amenazado con anónimos atroces. + +—¿Ha preparado usted su equipaje? + +—He preparado lo más preciso: el viaje es corto. Mi criada se queda +para arreglar lo que dejo aquí. + +—También nosotros dejamos nuestros equipajes, porque no caben en el +vapor. Irán en aquella goleta. + +—¿Me hace usted un sitio, sí o no? + +—¿Un sitio? Sí, señora. Dejando el equipaje... El gobierno ha fletado +el buque. Puede usted venir. + +Esto se llama proceder pronto y con energía... Pero observé a todos los +que llegaban, y no le vi. A cada instante creía verle aparecer. + +—No puede tardar —dije, después que di mis órdenes a Mariana—. Ahora sí +que es mío. + +Mariana hacía objeciones muy juiciosas; pero yo a nada atendía. Estaba +ciega, loca. + +—¿Y si no se embarca? —me dijo mi criada—. Todavía no ha venido... + +—Pero ha de venir... A ver si está por ahí el duque del Parque. + +Miramos las dos en todos los grupos, y no vimos al duque. + +—¿El señor duque del Parque no va a Cádiz? —pregunté a Salvato. + +—El señor duque no se ha atrevido a votar el destronamiento. + +—¿Y qué? + +—Que los que no votaron no se creen en peligro, y seguirán en Sevilla. + +—De modo que Su Excelencia... + +—No tengo noticia de que se embarque con nosotros. + +—Venga usted —me dijo Calatrava alargándome la mano para llevarme a la +cubierta del buque. + +—Entre usted, amigo, entre usted, que aún tengo que decir algo a mi +criada. + +—Parece que vacila usted... + +—En efecto..., sí..., no estoy decidida aún. + +No, no podía entrar en aquel horrible bajel que iba a partir silbando +y espumarajeando, sin llevar al que turbaba mi vida. Yo les vi entrar +uno tras otro, les conté; ni uno solo escapó a mi observación, y ¡él +no estaba! ¡Siempre ausente, siempre lejos de mí, siempre en dirección +diametralmente opuesta a la dirección de mis ideas y de mi apasionada +voluntad! Esto era para enloquecer completamente, y digo completamente, +porque yo estaba ya bastante loca. Mi desvarío insensato aumentaba +como la fiebre galopante del enfermo solicitado por la muerte. + +Se embarcaron, ¡ay! Vi al horrendo vapor separarse del muelle; vi +moverse las paletas de sus ruedas machacando y rizando el agua, le oí +silbar y mugir echando humo, hasta que emprendió su marcha majestuosa +río abajo. + +No yendo él, no podía causarme aflicción quedarme en tierra. Él estaba +también en Sevilla. + +—Ahora —dije—, ahora no es posible que lo pierda otra vez. Si tengo +actividad e ingenio, pronto saldré de esta angustiosa situación. + +No quise detenerme, como el vulgo que se extasiaba contemplando el humo +del vapor que conducía hacia el postrer rincón de España el último +resto del liberalismo. Como aquel humo en los aires, así se desvanecía +en el tiempo la Constitución... Pero en mi mente no podían fijarse ni +por un instante estas ideas. + +Érame forzoso pensar en otras cosas, y en la realidad de mi ya +insoportable desdicha. ¿A dónde debía ir? En los primeros momentos +después del embarque no pude determinarlo, y vagué breve rato por +la ribera, hasta que me obligaron a huir los excesos de la salvaje +muchedumbre, que se precipitó sobre los equipajes de los diputados, +apoderándose de ellos y saqueándolos en presencia de la poca tropa que +había quedado en el muelle. + +Al mismo tiempo sentí el clamor de las campanas echadas a vuelo +en señal de que Sevilla había dejado de pertenecer al gobierno +constitucional, y en cuerpo y alma pertenecía ya al absolutismo. +¡Cambio tan rápido como espantoso! El pronunciamiento se hizo entre +berridos salvajes, en medio del saqueo y del escándalo, al grito de +¡_muera la nación_! La verdad es que los alborotadores hacían poco daño +a las personas; pero sí robaban cuanto podían. Al entrar por la puerta +de Jerez, procuré apartarme lo más posible de la turbulenta oleada +que marchaba hacia el corazón de Sevilla, con objeto, según oí, de +destrozar el salón de sesiones y el café del Turco, donde se reunían +los patriotas. + +Lejos de desmayar yo con tantas contrariedades, el insomnio y el +continuo movimiento, parecía que la misma fatiga me daba alientos +prodigiosos. No sentía el más ligero cansancio, y mi cerebro, como +una llama cada vez más viva, hallábase en ese maravilloso estado de +actividad que es para los poetas, para los criminales y para los que se +ven en peligro, la rápida inspiración del momento. Yo sentía en mí un +estro grandioso, avivado por mis contrariadas pasiones, mi rencor y mi +despecho. Tenía la penetrante vista del genio, y había llegado a ese +momento sublime en que los más profundos secretos de nuestro destino +se nos muestran con claridad espantosa. Mi pensamiento, como la aguja +magnética de una brújula, señalaba con insistencia la casa del marqués +de Falfán. + +—¡Oh, allí, allí... he de encontrar la solución de este horrible +problema! + + + + +XXXI + + +Y corriendo hacia la casa, no soñaba ya con las delicias de un +encuentro feliz y de una amable reconciliación, sino con proporcionar +a mi alma el inefable, el celestial, el infinito regocijo de un +escándalo, de una escena, de una de esas venganzas de mujer que son +la _Ilíada_ del corazón femenino. No sé si me equivocaré juzgando por +mí de todas las mujeres; pero pienso firmemente que ninguna, por muy +tímida que sea, deja de sentir en momentos dados, y cuando se discuten +asuntos del corazón, el poderoso instinto de la majeza. La maja, digan +lo que quieran, no es más que lo femenino puro. De mí puedo asegurar +que en aquel instante me sentía verdulera. + +«Tengo la seguridad —decía— de que le encontraré allí. El corazón me +lo dice... Es precisamente lo que necesito; es la satisfacción más +preciosa y agradable de mi inmenso afán, el desahogo de mi pecho, +semejante a un volcán sin cráter; el consuelo de todas mis penas. +Hablaré, gritaré, vomitaré injurias, ¿qué digo injurias?, verdades. +Diré todo lo que sé: abriré los ojos de un marido crédulo y bonachón; +arrancaré la máscara a una hipócrita; confundiré a un ingrato... En +suma, estaré en mi elemento... ¡¡Ahora, Santo Dios de las venganzas, +ahora sí que no se me puede escapar!!» + +Al dirigirme a la plaza de la Magdalena, donde vivía el marqués, vi a +dos o tres patriotas que eran llevados presos por el pueblo con una +cuerda al cuello. ¡Pobre gente! Entre ellos vi a Canencia, que me +dirigió al pasar una mirada suplicante; pero no hice caso y seguí. Casi +arrastrando a Mariana, que apenas podía seguirme de puro cansada y +soñolienta, llegué a casa de Falfán. + +En el patio encontré al marqués, que al punto que me vio asombrose +de la alteración de mi semblante, creyendo que ocurría algún grave +accidente. + +—Señora —me dijo ofreciéndome una silla—, no extraño que esa gente mal +educada... Se están cometiendo toda clase de excesos en la desgraciada +Sevilla. + +—No es eso, no. Si no me ha pasado nada. + +—Señora, su rostro de usted me indica desasosiego, agitación. + +—Es verdad; pero... + +—Está usted muy intranquila. + +—Intranquila no: estoy furiosa. + +Después de decir esto y de romper en seis pedazos mi abanico, que ya +lo estaba en cuatro, procuré tomar una actitud aparentemente serena, +pues el caso requería en mí la grave majestad del que condena, no la +atolondrada cólera y pueril turbación del condenado. + +—¿Y por qué está usted furiosa? —me preguntó el marqués confundido—. +¿En qué puedo servir a usted? + +—¡Yo sé que está aquí!... —dije mirando al marqués de un modo que le +aterró. + +—¿Quién? + +—¡Oh!, ¿quién?... será preciso que yo hable, que lo diga todo... + +—Señora, no comprendo una palabra. + +—Llame usted a la señora marquesa, y quizás ella me comprenda —repuse +con amargo sarcasmo. + +—Andrea no está en casa. + +Al oír esto sentí un sacudimiento. Nuevo y más doloroso cambio en mis +ideas, en mi voluntad, en mi cólera, en mis planes; nuevo movimiento +de la aguja magnética que brujuleaba en mi corazón, marcándome el +derrotero en medio de la tempestad... El marqués no podía tener interés +en negarme a su esposa. Así lo comprendí al momento, y sin vacilar un +instante, dije: + +—¿Ha ido a la casa de doña María Antonia? + +—Precisamente, allí está —manifestó Falfán en tono de confianza honrada +y tranquila que hubiera cautivado a otra persona más irritada que yo—. +La señora doña María Antonia se puso anoche mala, y mi esposa fue a +acompañarla un ratito. A las diez estaba de vuelta. + +—¿A las diez? + +—Pero sin duda hoy se agravó la señora doña María Antonia, porque al +rayar el día vinieron a buscar a Andrea y allá está. ¿Encuentra usted +en esto algo de extraño? + +—No, señor, nada —dije levantándome—. ¿Y dónde vive esa doña Antonia? + +—En la calle que sale a la puerta de Carmona, número 26. ¿Pero se va +usted sin explicarme el motivo de su visita, su agitación...? + +— Sí, señor, me voy. + +—Pero... + +—Adiós, señor marqués. + +Quiso detenerme; pero rápida como un pájaro fugitivo, le dejé y salí de +la casa. + +—A la calle que sale a la puerta de Carmona, número 26 —dije a Mariana, +que me seguía durmiendo; y para mí en el horroroso vértigo que formaban +mis pensamientos y mi marcha: «Ahora sí que de ningún modo se me puede +escapar.» + +Yo saboreaba de antemano las horribles delicias del escándalo que iba +a dar, de la venganza que tomaría, de las palabras que saldrían de mi +boca, como el humo y la lava de un volcán en erupción. Me deleitaba con +aquella copa de amarguras que se convertía en copa llena del delicioso +licor de la venganza. Había llegado al extremo de recrearme en el +veneno de mi alma, y de hallar delicioso el fuego que respiraba. Seguía +teniendo las mismas ganas de morder a alguien, y creo que mi linda boca +tan codiciada, habría sido un áspid si en carne humana hubiera posado +sus secos labios. + +Mariana, que a Sevilla conocía, me llevó hacia la puerta de Carmona, +yo no sé por dónde ni en cuánto tiempo. Había yo perdido la noción de +la distancia y del tiempo. Vi una calle larga y solitaria, con muchas +rejas verdes llenas de tiestos de albahaca. Vi una fila de casas de +fachada blanca iluminadas por el sol, y otra línea de casas en la +sombra. Yo buscaba el número 26, cuando sentí pisadas de caballos. +Delante de mí, como a cuarenta pasos, abriose una gran puerta y +salieron tres hombres a caballo. ¡Era él! + +Corrí, corrí... Iba vestido con el traje popular andaluz, y su figura +era la más hermosa que puede imaginarse. Los otros dos vestían lo +mismo. Caracolearon un instante los corceles delante de la casa, y en +seguida emprendieron precipitadamente la carrera en dirección a la +puerta de Carmona. + +Yo corría, corría, y al mismo tiempo gritaba. Mariana, que no había +perdido el juicio, me detuvo enlazando con sus dos brazos mi talle... +Mi furor estalló con un grito salvaje, con una convulsión horrible y +este apóstrofe inexplicable: «¡Ladrones! ¡Ladrones!» + +En el mismo momento en que yo rugía de este modo, dos mujeres se +asomaban a la ventana de la casa y saludaban a los jinetes con sus +abanicos. Él miró repetidas veces hacia atrás y saludaba también +sonriendo. Vi brillar el lente de doña María Antonia, vi los negros +ojos de Andrea... ¡Oh, Satanás, Satanás! + +Seguí hasta ponerme debajo de la ventana; pero esta se cerró. Seguí +corriendo un poco más. Un grupo de hombres feroces apareció por una +bocacalle. Su aspecto infundía pavor; pero yo me adelanté hacia ellos, +y señalando a los tres jinetes que huían a escape fuera de la puerta, +entre nubes de polvo, grité con toda la fuerza de mis pulmones: + +—¡Que se escapan!... Corred... Corred tras ellos... ¡Que se +escapan!... Los patriotas, los más malos de todos, los ateos, +blasfemos, los republicanos, los masones, los regicidas, los enemigos +del rey..., los que querían matarle... Corred y cogedles... Yo tengo +dinero... Mil duros al que les coja... ¡En nombre de la religión!... +¡En nombre de las caenas!... Vamos, vamos tras ellos... ¡Que se escapan! + +A medida que hablaba, iba desapareciendo en mi espíritu la noción de lo +externo, y me sentía envuelta en tinieblas o en llamas, no sé en qué; +me sentía caer en un hondo infierno lleno de demonios, sumergirme en +abismos de negro delirio, de fiebre, de sueño o muerte, pues no puedo +expresar bien lo que era aquello. + +Perdí el conocimiento. + + + + +XXXII + + +Mi dolorosa enfermedad, que me puso al borde del sepulcro, duró +cuarenta días, de los cuales no sé cuántos pasé en terrible crisis, +sin conciencia de las cosas, atormentada por la fiebre. Mi sangre +enardecida había descompuesto en tales términos las funciones de mi +cerebro, que en aquellos angustiosos días no vivía con mi vida propia, +sino con el mismo fuego mortífero de la enfermedad. Asistiome uno de +los primeros médicos de Sevilla. + +Cuando salí del peligro y hubo esperanzas de que aún podría seguir mi +persona fatigando al mundo con su peso, halleme en tristísimo estado, +sin memoria, sin fuerzas, sin belleza. Mas empecé a recobrar muy +lentamente estos tesoros perdidos, y con ellos volvían mis pasiones y +mis rencores a aposentarse en mi seno, como después de una inundación, +y cuando las aguas se retiran, aparece lentamente la tierra, +dibujándose primero los altos collados, luego las suaves pendientes, +y, por último, el llano. Así, pasada aquella avenida de sangre que +envolvió mi pensamiento en turbias olas venenosas, fue apareciendo poco +a poco todo lo existente antes del 13 de junio. + +Una imagen descollaba sobre todas las que me perseguían cuando mi +fantasía, como un borracho que recobra la claridad de sus sentidos, +empezó a presentarme lo pasado. Esta imagen era la de la huérfana, a +quien supuse corriendo sin cesar por campos y ciudades, buscando lo que +no había de encontrar. ¿Acaso el tormento de ella no era tan grande o +quizás mayor que el mío? Pero yo no me hacía cargo de esto; y lejos de +sentir lástima de mi víctima, echaba leña a la hoguera de mis rencores, +discurriendo mil defectos y fealdades en el carácter de la hermana de +Salvador, para deducir que sus angustias le estaban muy bien merecidas. +¡Qué desatinos tan horribles pensé con este motivo! Parece mentira que +la exaltación de mi ánimo me llevara hasta los últimos desvaríos, hasta +el sacrilegio y la blasfemia. + +«Es muy posible —decía yo— que mis horribles angustias hayan sido +causadas por las maldiciones de esa mujer. Al verse engañada habrá +pedido a Dios mi castigo, y Dios, no hay duda, hace caso de los +hipócritas... ¡Ah, los hipócritas! ¡Perversa raza! Son capaces con sus +fingidas lágrimas de engañar al mismo Dios y compelerle a castigar a +los buenos.» + +A estas horrorosas ideas, hijas de una turbada razón, añadía otras +quizás más sacrílegas. Mi enfermedad, que parecía un aviso del +cielo, no me había corregido; antes bien, cuando resucité estaba más +intolerante, más soberbia, y proyectaba nuevos planes para vencer la +tenaz contrariedad de mi destino. Lejos de desconfiar de mis fuerzas y +de acobardarme, tenía fe mayor en ellas y me vanagloriaba suponiendo +una inmediata victoria. + +«Me han ocurrido tantos desastres —decía— porque he sido una tonta. +Pero ahora..., ¡oh!, ahora, yo me juro a mí misma que moriré o he de +atraparle... Iré a Cádiz.» + +Cuando esto decía, finalizaba julio y la temperatura de Sevilla era +irresistible. El médico me ordenó que buscase en la costa aires más +templados. + +Los franceses se habían establecido ya en Sevilla, donde reinaba un +orden perfecto. En toda España, y principalmente en algunos puntos +privilegiados de la tragedia, como Manresa y la Coruña, corría la +sangre a raudales. Los dos furibundos partidos se herían mutuamente +con impía crueldad. Pero los ejércitos de ambas naciones no habían +empeñado ninguna lucha verdaderamente marcial y grandiosa. El nuestro +se desbandaba como un rebaño sin pastores, y el francés iba ocupando +las ciudades desguarnecidas y dominando todo el país sin trabajo y +sin heroísmo, sin sangre y sin gloria. Sus victorias eran ramplonas +y honradas; su proceder dentro de los pueblos, templado y noble. Era +aquel ejército como su jefe, leal y sin genio; un ejército apreciable, +compuesto de cien mil buenos sujetos que no conocían el saqueo, pero +tampoco la gloria. ¡Detestable suerte la de España!... ¡Haber hecho +temblar al coloso, y sucumbir ante un hijo del conde de Artois, ante un +pobre emigrado de Gante! + +¡A Cádiz, a Cádiz! Estas palabras compendiaban todo mi pensamiento +en aquellos días. Empecé a disponer mi viaje con gran prisa, y a +principios de agosto nada tenía que hacer ya en Sevilla. + +Mi belleza recobraba al fin su esplendor. Y no era esto poco triunfo, +porque me había quedado como un espectro. ¡Con cuánto alborozo veía +yo despuntar de día en día la animación, la gracia, la frescura, la +viveza, todos los encantos de mi fisonomía, que iban mostrándose como +flores que se abren al cariñoso amor del sol! Yo no cesaba de mirarme +al espejo para observar los progresos de mi restauración, y casi, casi +estoy por decir que me encontraba más guapa que antes de mi enfermedad. +Perdóneseme este orgullo vano; pero si Dios me hizo así, si me dio +hermosura y gracias, ¿por qué no he de decirlo para que lo sepan los +que no tuvieron la dicha de conocerme? + +El conde de Montguyon se me presentó en el momento de partir para +Cádiz. ¡Oh, feliz encuentro! Mi don Quijote, que había sido ascendido +a jefe de brigada, me acompañó en casi todo el camino de Sevilla a la +costa, mostrándose en extremo orgulloso por creer próximo el momento de +mi definitiva conquista, y yo cuidaba no poco de confirmarle en esta +creencia, porque quería tenerle muy dispuesto a servirme en negocios +difíciles. Hablamos también de política y de la Ordenanza de Andújar, +en que Su Alteza recomendaba la mayor templanza a los absolutistas, +habiéndoles disgustado por esto. Pero el tema más agradable a mi +caballero era el amor. + +Según se expresaba, su bello ideal estaba a punto de realizarse. El +país ardiente, el territorio pintoresco, la dama hermosa, nada faltaba +para que la leyenda fuese completa. Pero yo, esmerándome en fomentar +sus esperanzas, era sumamente avara de concesiones. Mi Ordenanza de +Andújar prescribía también la moderación. Ya me había yo instalado en +el Puerto cuando, apremiada por el conde, le revelé la causa de mis +ardientes deseos de penetrar en Cádiz. + +—Un hombre —le dije— que antes poseía mi confianza, administrando +los bienes de mi casa; un mayordomo que supo servirme algún tiempo +lealmente para engañarme después con más seguridad, huyó de Madrid, +robándome gran cantidad de dinero, muchas alhajas de valor y documentos +preciosos. Ese hombre está en Cádiz... + +—Pero en Cádiz hay tribunales de justicia, hay autoridades... + +—En Cádiz no hay más que un gobierno moribundo, que para prolongar su +vida entre agonías se rodea de todos los pillos. + +—Sin embargo, señora, un ladrón de semejante estofa no puede ser +patrocinado por nadie. Horribles cosas se ven en las guerras civiles; +pero nosotros los franceses entraremos en Cádiz. + +—Esa es mi esperanza. + +—¿No tiene usted valimiento con los ministros liberales? + +—Ninguno. Mi nombre solo les sonará a proclama realista. + +—Entonces.... + +—Cuento con la protección de los jefes del ejército francés. + +—Y con los servicios de un leal amigo... El objeto principal es detener +al ladrón. + +—¡Detenerle y amarrarle y arrastrarle! —exclamé con furor—. Pero deseo +hacer mi justicia a espaldas de la curia, porque aborrezco los pleitos, +aun cuando los gane. + +—¡Oh!, eso es muy español. Se trata, pues, de cazar a un hombre; ¿por +ventura eso es fácil todavía? + +—Fácil no. + +—Y para una dama... + +—Pero yo no estoy sola. Tengo servidores leales que solo esperan una +orden mía para... + +—Para matar... + +—No tanto —dije riendo—. Esto le parecerá a usted leyenda, novela, +romance o lo que quiera; pero no, mis propósitos no son tan trágicos. + +—Lo supongo... pero siempre serán interesantes... ¿Ha dejado usted +criados en Sevilla? + +—Uno tengo a mis órdenes. Le mandé por delante, y en Cádiz está ya. + +—¿Vigilando...? + +—Acechando. + +—Bien: le seguirá de noche embozado hasta las cejas, espiará sus +acciones, se informará de su método de vida. ¿Y ese criado es fiel? + +—Como un perro... Examinemos bien mi situación, señor conde. ¿Se puede +entrar en Cádiz? + +—Es muy difícil, señora, sobre todo para los que son sospechosos al +gobierno liberal. + +—¿Y por mar? + +—Ya sabe usted que en la bahía tenemos nuestra escuadra. + +—¿Cuándo tomarán ustedes la plaza? + +—Pronto. Esperamos a que venga Su Alteza para forzar el sitio. + +—¿Y podrán escaparse los milicianos y el gobierno? + +—Es difícil saberlo. Ignorarnos si habrá capitulación; no sabemos el +grado de resistencia que presentarán los insurgentes. + +—¡Oh! —exclamé sin saber lo que decía, obcecada por mis pasiones—. +Ustedes los realistas no sirven para esto. Si Napoleón estuviera aquí, +amigo mío, mañana, mañana mismo, sí señor, mañana, sería tomada por +asalto esa ciudad rebelde y pasados a cuchillo los insensatos que la +defienden. + +—Me parece demasiado pronto —dijo Montguyon sonriendo—. En fin, +comprendo la impaciencia de usted. + +—Sí, quien ha sido robada, vilmente estafada, no puede aprobar estas +dilaciones que dan fuerza al enemigo. Señor conde, es preciso entrar en +Cádiz. + +—Si de mí dependiera, señora, esta tarde mandaba dar el asalto —repuso +con entusiasmo—. Sorprendería a la guarnición, encarcelaría a los +diputados y a las Cortes, y pondría en libertad al rey. + +—Ya eso no me importa tanto —dije en tono de conquistador—. Yo entraría +al asalto sorprendiendo la guarnición. Dejaría, a los diputados que +hicieran lo que les acomodase, mandaría al rey a paseo... + +—¡Señora!... + +—Buscaría a mi hombre, revolvería todos los rincones, todos los +escondrijos de Cádiz hasta encontrarle... y después que le hallara... + +—Después... + +—Después, señor conde... ¡Oh!, mi sangre se abrasa... + +—En los divinos ojos de usted, Jenara —me dijo—, brilla el fuego de la +venganza. Parece usted una Medea. + +—No me impulsan los celos —dije serenándome. + +—Una Judith. + +—Ni la idea política. + +—Una... + +—Parezca lo que parezca, señor conde, es preciso entrar en Cádiz. + +—Entraremos. + +—¿No sirve usted ahora en el Estado Mayor del general Bourmont? + +—En él estoy a las órdenes de la que es imán de mi vida —repuso +poniendo los ojos en blanco. + +—¿Será Bourmont nombrado comandante general de Cádiz, luego que la +plaza se rinda? + +—Así se dice. + +—¿Hará usted prender a mi mayordomo?... + +—Le haré fusilar... + +—¿Me lo entregará atado de pies y manos? + +—Siempre que no huya antes, sí, señora. + +—¡Huir! Pues qué, ¿tendrá ese hombre la vileza de huir, de no +esperar?... + +—El criminal, amiga mía de mi corazón, pone su seguridad ante todo. + +—¿No dice usted que hay una especie de escuadra? + +—Una escuadra en toda regla. + +—¿Pues de qué sirven esos barcos, señor mío —dije de muy mal talante—, +si permiten que se escape... ese? + +—Quizás no se escape. + +—¿De qué sirve la escuadra? —añadí con la más viva inquietud—. ¿Quién +es el almirante que la manda? Yo quiero ver a ese almirante, quiero +hablar con él... + +—Nada más fácil; pero dudo... + +—Me ocurre que si hay capitulación, será más fácil atraparle... + +—¿Al almirante? + +—No; a... a ese. + +—Sin duda. En tal caso se quedaría tranquilo en Cádiz, al menos por +unos días. + +—Bien, muy bien. Si hay capitulación, arreglo, perdón de vidas y +libertad para todos... Señor conde, aconsejaremos al príncipe que +capitule... ¡Pero qué tonterías digo! + +—Está patente en su espíritu de usted la obsesión de ese asunto. + +—¡Oh!, sí. No puedo pensar en otra cosa. El caso es grave. Si no +consigo apoderarme de ese hombre... no sé... creo que me costará la +vida. + +—Yo también le aborrezco... ¡Hombre maldito!... Pero le cogeremos, +señora. Me pongo al servicio de este gran propósito con la sumisión de +un esclavo. ¿Acepta usted mi cooperación? + +Al decir esto, me besaba la mano. + +—La acepto, sí, hombre generoso y leal, la acepto con gratitud y +profundo cariño. + +Al decir esto, yo ponía en mi semblante una sensibilidad capaz de +conmover a las piedras, y en mis pestañas temblaba una lágrima. + +—Y entonces —añadió Montguyon con voz turbada—, cuando nuestro triunfo +sea seguro, ¿podré esperar que el hueco que se me destina en ese +corazón no sea tan pequeño? + +—¿Pequeño? + +—Si es evidente, por confesión de él mismo, que ya tengo una parte en +sus sublimes afectos, ¿no puedo esperar...? + +—¿Una parte? ¡Oh! no. Todo, todo. + +El inflamado galán abrió sus brazos para estrecharme en ellos; pero +evadí prontamente aquella prueba de su insensato ardor, y poniéndome +primero seria y después amable, con una especie de enojo gracioso y +virtud tolerante, le dije que ni Zamora ni yo podíamos ser ganadas en +una hora. Al decir esto, violentos cañonazos me hicieron estremecer y +corrí al balcón. + +—Son los primeros tiros de las baterías que se han armado para atacar +el Trocadero —me dijo el conde. + +—¿Y esas bombas van a Cádiz?—pregunté poniendo inmenso interés en aquel +asunto. + +—Van al Trocadero. + +—¿Y qué es eso? + +—Un fuerte que está en medio de las marismas. + +—¿Y allí están...? + +—Los liberales. + +—¿Muchos? + +— Mil y quinientos hombres. + +—¿Paisanos? + +—Hay muchos paisanos y milicianos. + +—¡Oh!, morirá mucha gente. + +—Eso es lo que deseamos. Parece que siente usted gran pena por ello. + +—La verdad —repuse, ocultando los sentimientos que bruscamente me +asaltaban—, no me gusta que muera gente. + +—A excepción de su enemigo. + +—Ese..., pero ¿estará en el Trocadero? + +—¡Quién sabe!... Está usted aterrada. + +—¡Oh!, yo quiero ir al Trocadero. + +—Señora... + +—Quiero ir al Trocadero. + +—Eso mismo deseamos nosotros —me dijo riendo—, y para conseguirlo +enviaremos por delante algunos centenares de bombas. + +—¿Dónde está el Trocadero? —pregunté corriendo otra vez a la ventana. + +—Allí —dijo Montguyon asomándose y alargando el brazo. + +Hízome explicaciones y descripciones muy prolijas de la bahía y de los +fuertes; pero bien comprendí que antes que mostrar sus conocimientos +deseaba estar cerca de mí, aproximando bastante su cabeza a la mía, y +embriagándose con el calor de mi rostro y con el roce de mis cabellos. + + + + +XXXIII + + +¡Qué aparato desplegaron contra aquellas fortalezas que se alzan entre +charcos salubres y que llevan por nombre el Trocadero! Desde que llegó +Su Alteza a mediados de agosto, no hacían más que disparar bombas y +balas contra los fuertes, esperando abrir brecha en sus gloriosos +muros. ¡Figúrese el buen lector mi aburrimiento! Considere con cuánta +tristeza y tedio vería yo pasar día tras día sin más distracción que +oír los disparos y ver por las noches las majestuosas curvas de los +proyectiles. Me consumía en mi casa del Puerto sin tener noticias del +interior de Cádiz, ni esperanza de poder penetrar en la plaza. Ni +parecía aquello guerra formal y heroica como creía yo que debían de ser +las guerras, y como las que vi en mi niñez y en tiempo del Imperio. +Casi todo el ejército sitiador estaba con los brazos cruzados: los +oficiales paseaban fumando; los soldados hacían menos pesado el tiempo +con bailoteo y cantos. + +No debo pasar en silencio que el duque del Infantado, que llegó de +Madrid en aquellos días, me llevó a visitar a Su Alteza, nuestro +salvador y el ángel tutelar de la moribunda España por aquellos días. +Luis Antonio era un rubio desabrido, cuyo semblante respiraba honradez +y buena fe; pero la aureola del genio no circundaba su frente. Fuera de +aquel sitio, lejos de aquella deslumbradora posición y con otro nombre, +el hijo del conde de Artois habría sido un joven de buen ver; mas no +en tal manera que por su aspecto descollase entre la muchedumbre. +Para hallar en él lo que realmente le distinguía era preciso que +un trato frecuente hiciese resaltar las perfecciones morales de su +alma privilegiada, su lealtad sin tacha y aquel levantado espíritu +caballeresco sin quijotismo que le hacía estimable en la corte de +Francia. Era valiente, humanitario, cortés, puntual y riguroso en el +cumplimiento del deber. Si estas cualidades no eran suficientes a +formar un gran guerrero, ¿qué importaba? La pericia militar diéronsela +sus prácticos generales y nuestros desaciertos, que fueron el principal +estro marcial de la segunda invasión. + +Recibiome Angulema con la más fina delicadeza y urbanidad; pero de +todas sus cortesanías la que más me agradó fue la de disponer el +asalto del Trocadero. «¡Al fin, al fin —exclamaba yo—, será nuestro el +horrible fuerte que nos abrirá las puertas de Cádiz!» + +El 19 abrieron brecha; pero hasta la noche del 30 no se dio el asalto, +habiéndose guardado secreto sobre esto en los días anteriores, aunque +yo lo supe por el conde de Montguyon, que no me ocultaba nada referente +a las operaciones. ¡Noche terrible la del 30 al 31 de agosto! Noche +que me pareció día por lo clara y hermosa, así como por el estrépito +guerrero que en ella resonara y las acciones heroicas dignas de ser +alumbradas por el sol... Apretado fue el lance del asalto, según oí +contar, y Su Alteza y el príncipe de Carignan se portaron bravamente, +combatiendo como soldados en los sitios más peligrosos. No fue el hecho +del Trocadero una de aquellas páginas de epopeya que ilustraron el +Imperio: fue más bien lo que los dramaturgos franceses llaman _succès +d’estime_, un éxito que no tiene envidiosos. Pero a la Restauración le +convenía cacarearlo mucho, ciñendo a la inofensiva frente del duque +los laureles napoleónicos; y se tocó la trompa sobre este tema hasta +reventar, resultando del entusiasmo oficial que no hubo en Francia +calle ni plaza que no llevase el nombre del _Trocadero_, y hasta el +famoso arco de la Estrella, en cuyas piedras se habían grabado los +nombres de Austerlitz y Wagram, fue durante algún tiempo _Arco del +Trocadero_. + +Yo me había trasladado a Puerto Real para estar más cerca. En la mañana +del 31, cuando vi pasar a los prisioneros hechos en los fuertes, me +sentí morir de zozobra. Entre aquellas caras atezadas a cada instante +creía ver la suya. Largo rato tardaron en pasar, porque eran más de +mil entre paisanos y militares. Creo que los miré uno por uno; y al +fin, cuando ya quedaban pocos, redoblé mi atención. ¡Oh misericordioso +Dios, qué estupendas cosas permites! En la última fila, casi solo, más +abatido, más quemado del sol, más demacrado, con los vestidos más rotos +que los demás, pasó él, él mismo... no podía dudarlo, porque le estaba +viendo, viendo, sí, con mis propios ojos arrasados de lágrimas. Llevaba +la mano izquierda en cabestrillo, hecho con un andrajo, y su paso era +inseguro y como dolorido, sin duda por tener lleno de contusiones el +cuerpo. Al verle extendí los brazos y grité con toda la fuerza de +mi voz. Mi enamorada exclamación hizo volver la cabeza a todos los +que iban delante y a los curiosos que le rodeaban. Él, alzando los +amortiguados ojos, me miró con expresión tan triste, que sentí partido +mi corazón y estuve a punto de desmayarme. Creo que pronunció algunas +palabras; pero no oí sino un adiós tan lúgubre como campanada funeral, +y movió la mano en ademán de cariñoso saludo, y pasó, desapareciendo +con los demás en una vuelta del camino. + +Mi primera intención fue correr tras él: pero en la casa me detuvieron. +Cuando serenamente me hice cargo de la situación, formé diversos +planes; pero todos los desechaba al punto por descabellados. Pensándolo +bien, comprendí que no era tan difícil conseguir su libertad. Me +congratulaba de que al cabo de tantas fatigas el destino me le +presentara prisionero, para poder decir con más calor que nunca: «Ahora +sí que no se me puede escapar.» + + + + +XXXIV + + +Envié recados al conde de Montguyon; pero no se le podía encontrar por +ninguna parte. Unos decían que estaba en el Trocadero, otros que en +el Puerto, otros que había ido a las fragatas con una comisión. Por +último, averigüé con certeza su paradero, y le escribí una carta muy +cariñosa. Mas pasó un día, pasaron dos, y yo me moría de impaciencia, +sin poder ver al prisionero, ni aun saber dónde le habían llevado. El +conde, robando al fin un rato a sus quehaceres, vino a verme el día +4. Yo estaba otra vez medio loca; no tenía humor para hacer papeles, +y espontáneamente dejaba que se desbordasen los sentimientos de mi +corazón. + +—¡Oh, cuánto me alegro de ver a usted! —le dije—. Si usted no viene +pronto, señor conde, me hubiera muerto de pena. + +Con estas palabras, que creyó dictadas por un vivo interés hacia +él, se puso el noble francés un poco chispo, que así denomino yo al +embobamiento de los hombres enamorados. Se deshizo en galanterías, a +las cuales daba cierto tono de intimidad cargante, y después me dijo: + +—Pronto, muy pronto, libertaremos a Su Majestad el rey de España, y +entraremos en Cádiz. El sol de ese día, señora, ¡cuán alegremente +brillará sobre toda España, y especialmente sobre nuestros corazones! + +—Mi estimado amigo —indiqué riendo—, no diga usted tonterías. + +Montguyon se quedó cortado. + +—Basta de tonterías —añadí— y óigame usted lo que voy a decirle. Ya he +encontrado al hombre que buscaba... + +—¿Dónde... cómo... ese malvado? + +—No es malvado. + +—¿Cómo no? Me dijo usted que le había robado sus alhajas. + +—¡No es ese... por Dios! ¿Cuándo entenderá usted las cosas al derecho? + +—Siempre que no se me expliquen al revés. + +—He encontrado a ese hombre... Pero entendamos. ¿No dije a usted que +había venido delante de mí un fiel criado de mi casa, el cual entró en +Cádiz?... + +—¡Ah! sí... entró para observar los pasos del ladrón. + +—Pues ese fiel criado tiene el defecto de ser algo patriota... +¡debilidades humanas! y como es algo patriota, se puso a pelear en el +Trocadero por una causa que no le importaba. + +—Ya comprendo: y ha caído prisionero. ¿Le ha visto usted? + +—Le vi cuando los prisioneros pasaron por aquí, pero no le he visto +más; y ahora, señor conde, quiero que usted me le ponga en libertad. + +—Señora, si Cádiz se rinde pronto, como creo, y todo se arregla, espero +conseguir lo que usted me pide. + +—¡Qué gracia! Para eso no necesito yo de la amistad de un jefe de +brigada —dije con enfado—. Ha de ser antes, mañana mismo. + +—¡Oh! Señora, usted somete mi amor a pruebas demasiado fuertes. + +—¿Quiere usted que dejemos a un lado el amor —le dije, poniéndome muy +seria— y que hablemos como amigos? + +Montguyon palideció. + +—¿Esa persona —me dijo— interesa a usted tanto que no puede esperar a +que concluya la guerra, dando yo mi palabra de que el prisionero será +bien atendido? + +—No basta que sea atendido —afirmé con resolución—. No basta eso: +quiero su libertad; quiero atenderle yo misma, cuidarle, curar sus +heridas, tenerle a mi lado, llevarle a sitio seguro... + +Me expresé, al decir esto, con vehemencia suma, porque me era ya +muy difícil contener mi corazón, que iba al galope en busca de las +anheladas soluciones. El conde me oía con cierto terror. + +—¿Tanto interesa a usted —repitió—, tanto interesa a usted... un criado? + +—No es criado. + +—¿Tal vez un anciano servidor de la casa? + +—No es anciano. + +—¿Un joven?... Supongo que no será el ladrón. + +—¿Qué ladrón? + +—El ladrón de quien usted me habló... + +—¡Ah! No me acordaba... Ya no me ocupo de eso. + +—¿Abandona usted la empresa de detener y castigar a ese miserable? + +—La abandono. + +—¡Qué inconstancia! + +—Yo soy así. + +—Pero ese, ese otro... ¿interesa a usted tanto...? + +—Muchísimo. + +—¿Es pariente de usted? + +—No. Es compañero de la infancia. + +—¿Es militar? + +—Paisano, señor conde —dije con el tono de severa autoridad que sé +emplear cuando me conviene—. Si se empeña usted en ser catecismo, +buscaré otra persona más galante y más generosa que sepa prestar un +servicio, economizando las preguntas. + +—Creo tener algún derecho a ello —repuso con gravedad. + +—No tiene usted ninguno —afirmé con desenfado—, porque este derecho yo +sola podría darlo, y yo lo niego. + +—Entonces, señora —objetó, encubriendo su ira bajo formas urbanas—, he +padecido una equivocación. + +—Si cree usted que le amo, sí. La equivocación no puede ser más +completa. + +Montguyon se levantó. Sus ojos, en los cuales se leía el furor mezclado +con la dignidad, me dirigieron una mirada que debía ser la última. Yo +corrí a él, y tomándole la mano le rogué que se sentase a mi lado. + +—Es usted un caballero —le dije—. Ningún otro ha merecido más que usted +mi estimación, lo juro. Dios sabe que al decir esto hablo con el +corazón. + +— Dios lo sabrá —repuso Montguyon muy afligido—; mas para mí, y de aquí +en adelante, las palabras de usted están escritas en el agua. + +—Considere las que le diga hoy como si estuvieran grabadas en bronce. +La que confiesa hechos que no le favorecen, ¿no tiene derecho a ser +creída? + +—A veces sí. Confiéseme usted que su conducta conmigo no ha sido leal. + +—Lo confieso —repliqué bajando los ojos, y realmente avergonzada. + +—Confiese usted que yo no merecía servir de juguete a una mujer +voluntariosa. + +—También es cierto. + +—Declare usted que ama a otro. + +—¡Oh!, sí, lo declaro con todo mi corazón, y si cien bocas tuviera, con +todas lo diría. + +El leal caballero se quedó atónito y espantado. Estaba, como ellos +dicen, _foudroyé_. Durante breve rato no me dijo nada; pero yo +comprendí su martirio y le tenía lástima. ¡Oh, qué mala he sido siempre! + +—Ese hombre... —murmuró Montguyon—, ese hombre... + +—Ahora, reconociéndome culpable, reconociéndome inferior a usted +—dije—, le autorizo para que me abrume a preguntas, si gusta, y aun +para que me eche en cara mi ligereza. + +—Ese hombre... —prosiguió el francés—. Perdone usted; pero nada es más +curioso que la desgracia. El amor desairado quiere tener miles de ojos +para sondear las causas de su desdicha. Ese hombre... ¿quién es? + +—Un hombre. + +—¿De familia ilustre? + +—No, señor: de origen muy humilde. + +—¿Le ama usted hace tiempo? + +—Hace mucho tiempo. + +—Él... ¿la ama a usted? + +—No estoy muy segura de ello. + +—¡Oh! ¡Qué iniquidad! Es un miserable. + +—Un ingrato, y es bastante. + +—¿Y a pesar de su ingratitud le ama usted? + +—Tengo esa debilidad, que no puedo dominar. + +—Aborrézcale usted. + +—Si fuera fácil... Difícil cosa es esa. + +—¡Es verdad, difícil cosa! —exclamó Montguyon con tristeza—. ¿Y ese +hombre...? + +—¿Pero hay más preguntas todavía? + +—No, ya no más. Me basta lo que sé, y me retiro. + +—Se conduce usted como un cualquiera —le dije afectuosa, deteniéndole—. +Me abandona, precisamente cuando mi sinceridad merece alguna +recompensa. ¿Será posible que cuando yo empiezo a tener franqueza, deje +usted de tener generosidad? + +—¡Oh! señora, toca usted una fibra de mi corazón que siempre responde, +aun cuando la hieran con un puñal. + +—Sí, sí, amigo mío. Es usted generoso y noble en gran manera. Para que +la diferencia entre los dos sea siempre grande, para que usted sea +siempre un caballero y yo una miserable, págueme usted como pagan en +todas ocasiones las almas elevadas. Pues yo me he portado mal, pórtese +usted bien conmigo. Haga cada cual su papel. Cumpla usted el precepto +que manda volver bien por mal. Así crecerá más a mis ojos; así me +abatiré yo más a los suyos; así su generosidad será mayor y mi culpa +también, y usted tendrá en su vida una página más gloriosa que la +victoria que acaba de alcanzar frente al enemigo. + +—Comprendo lo que usted me dice —murmuró el francés, descansando por +breve rato su frente en la palma de la mano—. Yo seré siempre digno de +mi nombre. + +—¡Caballero leal antes, ahora y siempre! + +—Bien, señora —dijo levantándose y alargándome la mano, que estreché +cordialmente—. Lo que usted desea de mí es bastante claro. + +—Sí. + +—Y yo —añadió con manifiesta emoción— empeño mi palabra de honor... + +—¡Oh! Lo esperaba, lo esperaba. + +—Bajo mi palabra de honor, haré cuanto esté en mi mano para devolver a +usted la felicidad, entregándole a su amante. + +—Gracias, gracias —exclamé derramando lágrimas de admiración y +agradecimiento. + +Saludándome ceremoniosamente, el conde se retiró. De buena gana le +habría dado un abrazo. + + + + +XXXV + + +¡Cuántos días pasaron! Yo contaba las horas, los minutos, como si de la +duración de ellos dependiese mi vida. Entre españoles y franceses era +opinión corriente que la guerra acabaría pronto, que Cádiz expiraba, +que las Cortes se morían por momentos. Sin embargo, aún resistía +el gobierno liberal y sus secuaces, como la bestia herida que no +quiere soltar su presa mientras tenga un hálito de existencia. Esta +constancia no carecía de mérito, y lo tendría mayor si se empleara en +causa menos perdida. ¡Inútil sacrificio! No tenían hombres, porque +los alistamientos no producían efecto. No tenían dinero, porque el +empréstito que levantaron en Londres produjo... una libra esterlina. +Yo creo que si mi espíritu hubiera estado en disposición de admirar +algo, habría admirado la perseverancia de aquel gobierno que no pudo +encontrar en toda Europa quien le prestase más de cinco duros. + +Mi deseo era que se rindiese todo el mundo, que el rey y la nación +arreglasen pronto sus diferencias, aunque las arreglaran devorándose +mutuamente. Yo quería tener el campo libre para el desenlace de mi +campaña amorosa, que veía ya seguro y feliz. + +Casi todo septiembre lo pasaron Angulema y las Cortes en dimes y +diretes. Mil recados atravesaban la bahía en un bote; callaban los +cañones para que hablaran los parlamentarios. Tales comedias me ponían +furiosa, porque no se decidía la suerte de los infelices prisioneros +del Trocadero, que habían sido repartidos entre los Dominicos del +Puerto y la Cartuja de Jerez. + +Montguyon me visitó el 12 para informarme de que había visto al +prisionero, cuyo nombre y señas le había dado yo oportunamente. + +—Está sumamente abatido y melancólico —me dijo—. Se ha negado a recibir +los auxilios pecuniarios que le ofrecí de parte de usted; pero se +ha mostrado muy agradecido. Al oír que Jenara tenía gran empeño en +conseguir su libertad, pareció muy turbado, pronunciando palabras +sueltas cuyo sentido no pude comprender. + +—¿Y no desea verme? + +—Parece que lo desea ardientemente. + +—¡Oh! ¡Estas dilaciones son horribles! ¿Y qué más dijo? + +—Cosas tristes y peregrinas. Afirma que desea la libertad para +conseguir por ella el destierro. + +—¡El destierro! + +—Dice que aborrece a su país, y que la idea de emigración le consuela. + +—Le conozco, sí... Esa idea es suya. + +Otras cosas me dijo el conde; pero se referían al trato que se daba a +los prisioneros y a las excepciones ventajosas que él estableciera en +beneficio de mi amado. ¡Cuánto le agradecí sus delicadezas! Mientras +viva tendré buenos recuerdos de hombre tan caballeroso y humanitario. + +Interrumpidos los tratos por la terquedad de las Cortes, tomó de nuevo +la palabra el cañón, y el día 20 fue ganado por los franceses, con otro +brioso asalto, el castillo de Sancti-Petri. Después de este hecho de +armas Angulema habló fuerte a los tenaces liberales, pegados como lapas +a la roca constitucional, y les amenazó con pasar a cuchillo a toda la +guarnición de Cádiz si Fernando VII no era puerto inmediatamente en +libertad. El 26 se sublevó contra la Constitución el batallón de San +Marcial, que guarnecía la batería de Urrutia en la costa; y la armada +francesa, secundando el fuego de las baterías del Trocadero, arrojaba +bombas sobre Cádiz. No era posible mayor resistencia. Era una tenacidad +que empezaba a confundirse con el heroísmo, y la Constitución moría +como había nacido, entre espantosa lluvia de balas, saludada en su +triste ocaso, como en su dramático oriente, por las salvas del ejército +francés. + +Por fin llegaba el anhelado día. + +—Habrá perdón general —decía yo para mí—. Todos los prisioneros serán +puestos en libertad. Huiremos. ¡Cuán grato es el destierro! Comeremos +los dos el dulce pan de la emigración, lejos de indiscretas miradas, +libres y felices fuera de esta loca patria perturbada, donde ni aun los +corazones pueden latir en paz. + +Montguyon me trajo el 29 malas noticias. + +—El duque ha resuelto poner en libertad a todos los prisioneros de +guerra. Pero... + +—¿Pero qué? + +—Ha dispuesto que sean entregados a las autoridades españolas los +individuos que en Cádiz desempeñaban comisiones políticas. + +—¿Él está comprendido? + +—Sí, señora. Desgraciadamente, se tienen de él las peores noticias. +Había recorrido los pueblos alistando gente por orden de Calatrava; +había venido desde Cataluña con órdenes de Mina para realizar +asesinatos de franceses. Había organizado las partidas de gente soez +que en el tránsito de Sevilla a Cádiz insultaron a Su Majestad. + +—¡Oh, eso es falso, falso, mil veces falso! —grité sin poder contener +mi indignación. + +Y en efecto, tales suposiciones eran infames calumnias. + +—Ha llegado al Puerto de Santa María —añadió Montguyon— el señor don +Víctor Sáez, Secretario de Estado. ¿Por qué no le ve usted? + +—No quiero nada con hombres de ese jaez —repuse con enojo—. Usted me +ha dado su palabra de honor; usted ha empeñado su nombre de caballero, +y con usted solo debo contar. ¡Oh, señor conde!, si mi prisionero es +entregado a la brutalidad de las autoridades españolas, sedientas hoy +de sangre y de venganza, sospecharé que usted me hace traición. + +Palideció el caballero francés. Dirigiéndome una mirada desdeñosa, me +dijo al despedirse: + +—Todavía, señora, no sabe usted quién soy yo. + +A pesar de mis propósitos, determiné visitar a Sáez, porque bueno es +tener amigos aunque sea en el infierno. Vencí mis recientes antipatías, +y tomando un coche me encaminé al Puerto de Santa María. Era el 1.º de +octubre, día solemne en los fastos españoles. + +Hallé al buen canónigo más soplado y presuntuoso que nunca, como todo +aquel que se ve en altura a donde nunca debió llegar; pero contra lo +que yo esperaba, recibiome afablemente, y no me dijo una sola palabra +acerca de mi conversión al absolutismo. Parecía no dar valor a estas +pequeñeces, y ocuparse tan solo, como Jiménez de Cisneros, en los +negocios públicos de ambos mundos. + +—Hoy es día placentero, señora, día feliz entre todos los días felices +de la tierra —me dijo—. Su Majestad don Fernando, ese ilustre mártir de +los excesos revolucionarios, es ya libre. + +—¿Ya? + +—Hoy nos le entregan. Al fin han comprendido esos locos que su +resistencia les podría costar muy cara, pero muy cara. El duque tiene +malas moscas. + +—Felicitémonos, señor don Víctor —dije con afectado entusiasmo—, de +esta solución lisonjera. España y el mundo están de enhorabuena. Mas +para que se completara la dicha, convendría que tantas y tan graves +heridas no se ensañasen con la venganza y la crueldad del partido +vencedor, y que un generoso olvido de los errores pasados inaugurase la +venturosa era que empieza hoy. + +—Así será, señora —repuso sonriendo de un modo que me pareció algo +hipócrita—. Su Majestad ha dado ayer en Cádiz un manifiesto en que +ofrece perdonar a todo el mundo y no acordarse para nada de los que le +han ofendido. ¡Cuánta magnanimidad! ¡Cuánta nobleza! + +—¡Oh, sí, conducta digna de un descendiente de cien reyes, digna de +quien da el perdón y del pueblo que la recibe! Si Fernando cumple lo +que promete, será grande entre todos los reyes de España. + +—Lo cumplirá, señora, lo cumplirá. + +Aunque no tenía gran confianza en las afirmaciones de Sáez, di crédito +a estos propósitos por creerlos inspiración del duque de Angulema. + +Invitome luego a presenciar el desembarco de Su Majestad, a lo que +accedí muy gustosa. Nos trasladamos al muelle, y habiendo sido colocada +por un oficial francés en sitio muy conveniente para ver todo, +presencié aquel acto, que debía ser uno de los más notables recodos, +uno de los más bruscos ángulos de la historia de España en el tortuoso +siglo presente. + +¡Espectáculo conmovedor! La regia falúa, cuyo timón gobernaba el +almirante Valdés, glorioso marino de Trafalgar, se acercaba al muelle. +En ella venía toda la familia real, la monarquía histórica secuestrada +por el liberalismo. La conciliación ideada por cabezas insensatas era +imposible, y aquellos regios rehenes que la nación había tomado, eran +devueltos al absolutismo, contra el cual no podían prevalecer aún +los infiernos de la demagogia. En una lancha volvían del purgatorio +constitucional las ánimas angustiadas del rey y los príncipes. + +Mientras el victorioso despotismo recobraba sus personas sagradas, allá +lejos, sobre la gloriosa peña inundada de luz y ceñida por coronas de +blancas olas, los pobres pensadores desesperados, los utopistas sin +ilusiones, los desengañados patricios lloraban sus errores, y buscando +hospitalidad en naves extranjeras, se disponían a huir para siempre de +la patria a quien no habían podido convencer. + +Así acaban los esfuerzos superiores a la energía humana, las luchas +imposibles con monstruos potentes de terribles lazos, y que hunden +en el suelo sus patas para estar más seguros, como hunde sus raíces +el árbol. Tal era la contienda con el absolutismo. Querían vencerle +cortándole las ramas, y él retoñaba con más fuerza. Querían ahogarle, +y regándole daban jugo a sus raíces. ¡A vosotros, oh venideros días +del siglo, tocaba atacarlo en lo hondo, arrancándolo de cuajo!... Pero +advierto que estoy hablando la jerga liberal. ¡Qué horror! Verdad es +que escribo veinte años después de aquellos sucesos; que ya soy vieja, +y que a los viejos, como a los sabios, se les permite mudar de parecer. + +Fernando puso el pie en tierra. Dicen que al verse en suelo firme +dirigió a Valdés una mirada terrible, una mirada que era un programa +político: el programa de la venganza. Yo no lo vi, pero debió de ser +cierto, porque me lo dijo quien estaba muy cerca. Lo que sí puedo +asegurar es que Angulema, hincando en tierra la rodilla, besó la mano +al rey; que luego se abrazaron todos; que don Víctor Sáez lloraba +como un simple, y que los vivas y las exclamaciones de entusiasmo +me volvieron loca. Los franceses gritaban, los españoles gritaban +también, celebrando la feliz resurrección de la monarquía tradicional y +la miserable muerte del impío constitucionalismo. El glorioso imperio +de las _caenas_ había empezado. Ya se podía decir con toda el alma: +«¡Viva el rey absoluto! ¡Muera la nación!» + + + + +XXXVI + + +Faltaba la solución mía. Mi corazón estaba como el reo cuya sentencia +no se ha escrito aún. El 1.º de octubre por la tarde y el día 2 hice +diligencias sin fruto, no siéndome posible ver a Sáez ni a Montguyon, +a quien envié frecuentes y apremiantes recados. Ninguna noticia pude +adquirir tampoco de los prisioneros. Creo que me hubiera repetido el +ataque cerebral que padecí en Sevilla, si en el momento de mi mayor +desesperación no apareciese mi generoso galán francés a devolverme la +vida. Estaba pálido y parecía muy agitado. + +—Vengo de Cádiz —me dijo—. Dispénseme usted si no he podido servirla +más pronto. + +—¿Y qué hay? —pregunté con la vida toda en suspenso. + +—Deme usted su mano —dijo Montguyon ceremoniosamente. + +Se la di y la besó con amor. + +—Ahora, señora, todo ha acabado entre nosotros. Mi deber está cumplido, +y mi deber es perdonar, pagando las ofensas con beneficios. + +Yo me sentía muy conmovida y no pude decirle nada. + +—Ni un momento he dudado de su hidalguía —indiqué con acento de pura +verdad—. A veces tropezamos en la vida con el bien y pasamos sin verlo. +Señor conde, mi gratitud será eterna. + +—No quiero gratitud —díjome con honda tristeza—. Es un sentimiento que +no me gusta recibido, sino dado. Deseo tan solo un recuerdo bueno y +constante. + +—¡Y una amistad entrañable, una estimación profunda! —exclamé +derramando lágrimas. + +—Todo está hecho. + +—¿Conforme a mi deseo...? ¡Bendito sea el momento en que nos conocimos! + +—Señora, su prisionero de usted está sano y salvo a bordo de la corbeta +_Tisbe_, que parte esta tarde para Gibraltar. + +—¿Y cómo? + +—Por sus antecedentes debía ser condenado a muerte. Otros menos +criminales subirán al cadalso, si no se escapan a tiempo. Yo le saqué +anoche furtivamente de los Dominicos y le embarqué esta mañana. Ya no +corre peligro alguno. Está bajo la salvaguardia del noble pabellón +inglés. + +—¡Oh, gracias, gracias! + +—Además del servicio que a usted presto, creo cumplir un deber de +conciencia arrancando una víctima a los feroces ministros del rey de +España. + +—¿Pues qué —pregunté con asombro—, Su Majestad no ha ofrecido en su +manifiesto de Cádiz perdonar a todo el mundo? + +—¡Palabras de rey prisionero! Las palabras del déspota libre son las +que rigen ahora. Su Majestad ha promulgado otro decreto que es la negra +bandera de las proscripciones, un programa de sangre y exterminio. +Innumerables personas han sido condenadas a muerte. + +—Esto es una infamia... Pero, en fin, ¿está él en salvo?... + +—En salvo. + +—¿Y sabe que me lo debe a mí..., sabe que yo...? ¡Oh, señor conde!, no +extrañe usted mi egoísmo. Estoy loca de alegría, y puedo repetir con +toda mi alma: «Ahora sí que no se me puede escapar.» + +—Sabe que a usted lo debe todo, y espera abrazarla pronto. + +—¿Cómo? + +—Muy fácilmente. Comprendiendo que usted desea ir en su compañía, he +pedido otro pasaporte para doña Jenara de Baraona. + +—¿De modo que yo...? + +—Puede embarcarse usted esta tarde antes de las cuatro a bordo de la +_Tisbe_. + +—¿Es verdad lo que oigo? + +—Aquí está la orden firmada por el almirante inglés. Me la ha dado con +las que ponen en salvo a los exregentes Císcar y Valdés, impíamente +condenados a muerte por el rey. + +—¡Oh..., soy feliz, y todo lo debo a usted!... ¡Qué admirable conducta! + +Sin poder contenerme, caí de rodillas, y con mis lágrimas bañé las +generosas manos de aquel hombre. + +—Así castigo yo —me dijo, levantándome—. Prepárese usted. A las tres y +media vengo a buscarla para conducirla a bordo del bote francés que me +han facilitado dos guardias marinas, parientes míos. + +Retirose el francés, recomendándome otra vez que estuviera pronta a las +tres y media. Era la una. + +Ocupeme con febril presteza en preparar mi viaje. Estaba resuelta +al abandono de todo lo que no nos fuera fácil llevar. Mariana y yo +trabajamos como locas sin darnos un segundo de reposo. + +La felicidad se desbordaba en mi alma. Me reía sola... Pero, ¡ay!, una +idea triste conturbó de súbito mi mente. Acordeme de la pobre huérfana +viajera, y esto produjo una detención dolorosa en el raudo y atrevido +vuelo de mi espíritu. Pero al mismo tiempo sentía que los rencores +huían de mi corazón, reemplazados por sentimientos dulces y expansivos, +los únicos dignos de la privilegiada alma de la mujer. + +«Perdono a todo el mundo —dije para mí—. Reconozco que hice mal en +engañar a aquella pobre muchacha... Todavía le estará buscando... Pero +yo también le busqué, yo también he padecido horriblemente... ¡Oh! +¡Dios mío! Al fin me das respiro, al fin me das la felicidad que no +pude obtener a causa sin duda de mis atroces faltas... La felicidad +hace buenos a los malos, y yo seré buena, seré siempre buena... +Esta tarde, cuando le vea, le pediré perdón por lo que hice con su +hermana... ¡Oh!, ahora me acuerdo de la marquesa de Falfán, y torno a +ponerme furiosa... No, eso sí que no puede perdonarse, no... Tendrá +que darme cuenta de su vil conducta... Pero al fin le perdonaré. ¡Es +tan dulce perdonar!... Bendito sea Dios que nos hace felices para que +seamos buenos.» + +Esto y otras cosas seguía pensando, sin cesar de trabajar en el arreglo +de mi equipaje. Miraba a todas horas el reloj, que era también de +_cucú_, como el de aquella horrible noche de Sevilla; pero el pájaro de +Puerto Real me era simpático, y sus saluditos y su canto regocijaban mi +espíritu. + +Dieron las tres. Una mano brutal golpeó mi puerta. No había dado yo +la orden de pasar adelante, cuando se presentaron cuatro hombres, +dos paisanos y dos militares. Uno de los paisanos llevaba bastón de +policía. Avanzó hacia mí. ¡Visión horrible!... Yo había visto al tal en +alguna parte. ¿Dónde? En Benabarre. + +Aquel hombre me dijo groseramente: + +—Señora doña Jenara de Baraona, dese usted presa. + +En el primer instante no contesté, porque la estupefacción me lo +impedía. Después, rugiendo, más bien que hablando, exclamé: + +—¡Yo presa, yo!... ¿De orden de quién? + +—De orden del excelentísimo señor don Víctor Sáez, ministro universal +de Su Majestad. + +—¡Vil! ¡Tan vil tú como Sáez! —grité. + +Yo no era una mujer, era una leona. + +Al ver que se me acercaron dos soldados y asieron mis brazos con sus +manos de hierro, corrí por la estancia. No buscaba mi salvación en +cobarde fuga: buscaba un cuchillo, un hacha, un arma cualquiera... +Comprendía el asesinato. Mi furor no tenía comparación con ningún furor +de hombre. Era furor de mujer. No encontré ningún arma. ¡Dios vengador, +si la encontrara, aunque fuese un tenedor, creo que habría matado a los +cuatro! Un candelabro vino a mis manos, tomelo, y al instante la cabeza +de uno de ellos se rajó... ¡Sangre! ¡Yo quiero sangre! + +Pero me atenazaron con vigor salvaje... ¡Presa, presa!... Todos mis +afanes, todos mis sentimientos, todos mis deseos se condensaban en uno +solo: tener delante a don Víctor Sáez para lanzarme sobre él, y con mis +dedos teñidos de sangre sacarle los ojos. + +No pudiendo hundir mis dedos en extraños ojos, los volví contra los +míos... clavelos en mi cabeza, intentando agujerearme el cráneo y +sacarme los sesos. Mi aliento era fuego puro. + +Lleváronme... ¿qué sé yo a dónde? Por el camino... ¡oh Satán mío!, ¡oh +demonio injustamente arrojado del Paraíso!... sentí el disparo de la +corbeta inglesa al darse a la vela. + + + FIN DE «LOS CIEN MIL HIJOS DE SAN LUIS» + + +Madrid, febrero de 1877. + + +*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS CIEN MIL HIJOS DE SAN LUIS +*** + + + +Updated editions will replace the previous one—the old editions will +be renamed. + + +Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright +law means that no one owns a United States copyright in these works, +so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United +States without permission and without paying copyright +royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part +of this license, apply to copying and distributing Project +Gutenberg™ electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG™ +concept and trademark. 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If an individual Project Gutenberg™ electronic work is posted +with the permission of the copyright holder, your use and distribution +must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any +additional terms imposed by the copyright holder. Additional terms +will be linked to the Project Gutenberg™ License for all works +posted with the permission of the copyright holder found at the +beginning of this work. + + +1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg™ +License terms from this work, or any files containing a part of this +work or any other work associated with Project Gutenberg™. + + +1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this +electronic work, or any part of this electronic work, without +prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with +active links or immediate access to the full terms of the Project +Gutenberg™ License. + + +1.E.6. 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Royalty + payments should be clearly marked as such and sent to the Project + Gutenberg Literary Archive Foundation at the address specified in + Section 4, “Information about donations to the Project Gutenberg + Literary Archive Foundation.” + + • You provide a full refund of any money paid by a user who notifies + you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he + does not agree to the terms of the full Project Gutenberg™ + License. You must require such a user to return or destroy all + copies of the works possessed in a physical medium and discontinue + all use of and all access to other copies of Project Gutenberg™ + works. + + • You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of + any money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the + electronic work is discovered and reported to you within 90 days of + receipt of the work. + + • You comply with all other terms of this agreement for free + distribution of Project Gutenberg™ works. + + + +1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project +Gutenberg™ electronic work or group of works on different terms than +are set forth in this agreement, you must obtain permission in writing +from the Project Gutenberg Literary Archive Foundation, the manager of +the Project Gutenberg™ trademark. Contact the Foundation as set +forth in Section 3 below. + + +1.F. + + +1.F.1. 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Except for the limited right of replacement or refund set forth +in paragraph 1.F.3, this work is provided to you ‘AS-IS’, WITH NO +OTHER WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT +LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE. + + +1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied +warranties or the exclusion or limitation of certain types of +damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement +violates the law of the state applicable to this agreement, the +agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or +limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or +unenforceability of any provision of this agreement shall not void the +remaining provisions. + + +1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the +trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone +providing copies of Project Gutenberg™ electronic works in +accordance with this agreement, and any volunteers associated with the +production, promotion and distribution of Project Gutenberg™ +electronic works, harmless from all liability, costs and expenses, +including legal fees, that arise directly or indirectly from any of +the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this +or any Project Gutenberg™ work, (b) alteration, modification, or +additions or deletions to any Project Gutenberg™ work, and (c) any +Defect you cause. + + +Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg™ + + +Project Gutenberg™ is synonymous with the free distribution of +electronic works in formats readable by the widest variety of +computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It +exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations +from people in all walks of life. + + +Volunteers and financial support to provide volunteers with the +assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg™’s +goals and ensuring that the Project Gutenberg™ collection will +remain freely available for generations to come. In 2001, the Project +Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure +and permanent future for Project Gutenberg™ and future +generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary +Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see +Sections 3 and 4 and the Foundation information page at www.gutenberg.org. + + +Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation + + +The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit +501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the +state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal +Revenue Service. The Foundation’s EIN or federal tax identification +number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary +Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by +U.S. federal laws and your state’s laws. + + +The Foundation’s business office is located at 809 North 1500 West, +Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up +to date contact information can be found at the Foundation’s website +and official page at www.gutenberg.org/contact + + +Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation + + +Project Gutenberg™ depends upon and cannot survive without widespread +public support and donations to carry out its mission of +increasing the number of public domain and licensed works that can be +freely distributed in machine-readable form accessible by the widest +array of equipment including outdated equipment. Many small donations +($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt +status with the IRS. + + +The Foundation is committed to complying with the laws regulating +charities and charitable donations in all 50 states of the United +States. Compliance requirements are not uniform and it takes a +considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up +with these requirements. We do not solicit donations in locations +where we have not received written confirmation of compliance. To SEND +DONATIONS or determine the status of compliance for any particular state +visit www.gutenberg.org/donate. + + +While we cannot and do not solicit contributions from states where we +have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition +against accepting unsolicited donations from donors in such states who +approach us with offers to donate. + + +International donations are gratefully accepted, but we cannot make +any statements concerning tax treatment of donations received from +outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff. + + +Please check the Project Gutenberg web pages for current donation +methods and addresses. Donations are accepted in a number of other +ways including checks, online payments and credit card donations. To +donate, please visit: www.gutenberg.org/donate. + + +Section 5. General Information About Project Gutenberg™ electronic works + + +Professor Michael S. Hart was the originator of the Project +Gutenberg™ concept of a library of electronic works that could be +freely shared with anyone. For forty years, he produced and +distributed Project Gutenberg™ eBooks with only a loose network of +volunteer support. + + +Project Gutenberg™ eBooks are often created from several printed +editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in +the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not +necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper +edition. + + +Most people start at our website which has the main PG search +facility: www.gutenberg.org. + + +This website includes information about Project Gutenberg™, +including how to make donations to the Project Gutenberg Literary +Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to +subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. + diff --git a/71614-h/71614-h.htm b/71614-h/71614-h.htm index a1c2dfd..3b22b59 100644 --- a/71614-h/71614-h.htm +++ b/71614-h/71614-h.htm @@ -1,8152 +1,8152 @@ -<!DOCTYPE html>
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- Los cien mil hijos de san Luis | Project Gutenberg
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-<body class="formato">
-<section class='pg-boilerplate pgheader' id='pg-header' lang='en'>
-<h2 id='pg-header-heading' title=''>The Project Gutenberg eBook of Los cien mil hijos de san Luis by Benito Pérez Galdós</h2>
-
-<div>This ebook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this ebook or online
-at <a class="reference external" href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you are not located in the United States,
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-before using this eBook.</div>
-
-
-<div class='container' id='pg-machine-header'>
-<p><strong>Title: </strong>Los cien mil hijos de san Luis</p>
-<div id='pg-header-authlist'>
-<p><strong>Author: </strong>Benito Pérez Galdós</p>
-</div>
-
-<p><strong>Release Date: </strong>September 12, 2023 [eBook #71614]<br>Last Updated: November 5, 2023</p>
-<p><strong>Language: </strong>Spanish</p>
-<p><strong>Credits: </strong>Ramón Pajares Box. (This file was produced from images generously made available by The Internet Archive/Canadian Libraries.)</p>
-</div>
-<div id='pg-start-separator'>
-<span>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS CIEN MIL HIJOS DE SAN LUIS ***</span>
-</div>
-</section>
-
-<div class="front">
- <hr class="full">
- <p class="rol">Índice:</p>
- <p class="txt">
- <a href="#Ch1">I</a>,
- <a href="#Ch2">II</a>,
- <a href="#Ch3">III</a>,
- <a href="#Ch4">IV</a>,
- <a href="#Ch5">V</a>,
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- <a href="#Ch32">XXXII</a>,
- <a href="#Ch33">XXXIII</a>,
- <a href="#Ch34">XXXIV</a>,
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- <a href="#Ch36">XXXVI</a>.
- </p>
- <h1 class="faux">Los cien mil hijos de san Luis</h1>
-</div>
-
-<div class="transnote" id="tnote">
- <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p>
- <ul>
- <li>Los errores de imprenta han sido corregidos.</li>
-
- <li>La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
- las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.</li>
-
- <li>Las rayas intrapárrafos han sido espaciadas según los modernos usos
- ortotipográficos.</li>
-
- <li>Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final
- del párrafo en que se las llama.</li>
- </ul>
-</div>
-
-
-<div class="screenonly x-ebookmaker-drop">
- <hr class="chap">
- <div class="figcenter">
- <img class="thin"
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- src="images/cover.jpg"
- alt="Cubierta del libro">
- </div>
-</div>
-
-
-<div class="tit pt6">
- <hr class="chap">
- <p><span class="pagenum" id="Page_1">p. 1</span></p>
- <p class="lh150 g0 ws1">EPISODIOS NACIONALES</p>
- <hr class="tir">
- <p class="fs120 lh150 g0 ws1">LOS CIEN MIL HIJOS DE SAN LUIS</p>
- <hr class="chap">
-</div>
-
-
-<div class="chapter pt6">
- <div class="legal">
- <p><span class="pagenum" id="Page_2">p. 2</span>Es propiedad. Queda
- hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que
- no lleven el sello del autor.</p>
- </div>
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="tit">
- <p><span class="pagenum" id="Page_3">p. 3</span></p>
- <p class="fs120 lh150 ws1">B. PÉREZ GALDÓS</p>
- <p class="fs140 lh150 ws1">EPISODIOS NACIONALES</p>
- <p class="lh150 ws1">SEGUNDA SERIE</p>
- <hr class="fil">
-
- <p class="fs150 lh150 ws1 mt1">LOS CIEN MIL HIJOS</p>
- <p class="fs75 lh150 mt1">DE</p>
- <p class="fs350 lh150 ws1">SAN LUIS</p>
-
- <hr class="tir">
- <p class="fs110 negr g1 mt15">33.000</p>
-
- <div class="figcenter mt3">
- <img src="images/logo.jpg"
- style="width: 6em; height: auto;"
- alt="Logotipo del editor">
- </div>
-
- <p class="lh150 g1 mt2">MADRID</p>
- <p class="lh150 g1 ws1">OBRAS DE PÉREZ GALDÓS</p>
- <p class="smaller lh150 g0 ws1">132, Hortaleza</p>
- <p class="lh150 g0">1904</p>
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="tit pt6">
- <p class="smaller lh200 ws1"><span class="pagenum" id="Page_4">p.
- 4</span>EST. TIP. DE LA VIUDA E HIJOS DE TELLO</p>
- <p class="fs60 lh200 ws1">IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.</p>
- <p class="fs60 lh200 ws1">C. de San Francisco, 4.</p>
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch0">
- <p><span class="pagenum" id="Page_5">p. 5</span></p>
- <p class="centra ws1 g0 fs175">LOS CIEN MIL HIJOS<br>
- <span class="smaller">DE SAN LUIS</span></p>
-</div>
-
-<p>Para la composición de este libro cuenta el autor con materiales muy
-preciosos. Además de las noticias verbales, que casi son el principal
-fundamento de la presente obra, posee un manuscrito que le ayudará
-admirablemente en la narración de la parte o tratado que lleva por
-título <i>Los cien mil hijos de San Luis</i>. El tal manuscrito es
-hechura de una señora, por cuya razón bien se comprende que será dos
-veces interesante, y lo sería más aún si estuviese completo. ¡Lástima
-grande que la negligencia de los primeros poseedores de él dejara
-perder una de las partes más curiosas y necesarias que lo componen!
-Solo dos fragmentos sin enlace entre sí llegaron a nuestras manos. Las
-laboriosas indagaciones para allegar lo que falta han sido inútiles, lo
-que en verdad es muy lamentable, porque nos veremos obligados a llenar
-con relatos de nuestra propia cosecha el gran vacío que entre ambas
-piezas del manuscrito femenil resulta.</p>
-
-<p>Este tiene la forma de Memorias. Su primer fragmento lleva por
-epígrafe <i>De Madrid a Urgel</i>, y empieza así:</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_6">p. 6</span></p>
- <h2 class="nobreak">I</h2>
-</div>
-
-<p>En Bayona, donde busqué refugio tranquilo al separarme de mi
-esposo, conocí al general Eguía.<a id="FNanchor_1" href="#Footnote_1"
-class="fnanchor">[1]</a> Iba a visitarme con frecuencia, y como era
-tan indiscreto y vanidoso, me revelaba sus planes de conspiración,
-regocijándose en mi sorpresa y riendo conmigo del gran chubasco que
-amenazaba a los francmasones. Por él supe en el verano del 21 que
-Su Majestad, nuestro católico rey don Fernando (que Dios guarde),
-anhelando deshacerse de los revolucionarios por cualquier medio y a
-toda costa, tenía dos comisionados en Francia, los cuales eran:</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_1" href="#FNanchor_1" class="label">[1]</a> Puede
-verse el retrato de este personaje en las <i>Memorias de un Cortesano
-de 1815</i>.</p>
-
-</div>
-
-<p>1.º El mismo general don Francisco Eguía, cuya alta
-misión era promover desde la frontera el levantamiento de partidas
-realistas.</p>
-
-<p>2.º Don José Morejón, oficial de la secretaría de la
-Guerra, y después Secretario reservado de Su Majestad con ejercicio
-de decretos, el cual tenía el encargo de gestionar en París con el
-gobierno francés los medios de arrancar a España el cauterio de la
-Constitución gaditana, sustituyéndole con una cataplasma anodina hecha
-en la misma farmacia de donde salió la Carta de Luis XVIII.</p>
-
-<p>Alababa yo estas cosas por no reñir con el anciano general, que era
-muy galante y atento<span class="pagenum" id="Page_7">p. 7</span>
-conmigo; pero en mi interior deploraba, como amante muy fiel del
-régimen absoluto, que cosas tan graves se emprendieran por la mediación
-de personas de tan dudoso valer. No conocía yo en aquellos tiempos
-a Morejón; pero mis noticias eran que no había sido inventor de la
-pólvora. En cuanto a Eguía, debo decir con mi franqueza habitual
-que era uno de los hombres más pobres de ingenio que en mi vida he
-visto.</p>
-
-<p>Aún gastaba la coleta que le hizo tan famoso en 1814, y con la
-coleta el mismo humor atrabiliario, despótico, voluble y regañón.
-Pero en Bayona no infundía miedo como en Madrid, y de él se reían
-todos. No es exagerado cuanto se ha dicho de la astuta pastelera que
-llegó a dominarle. Yo la conocí, y puedo atestiguar que el agente de
-nuestro egregio soberano comprometía lamentablemente su dignidad y aun
-la dignidad de la corona, poniendo en manos de aquella infame mujer
-negocios tan delicados. Asistía la tal a las conferencias, administraba
-gran parte de los fondos, se entendía directamente con los partidarios
-que un día y otro pasaban la frontera, y parecía en todo ser ella misma
-la organizadora del levantamiento y el principal apoderado de nuestro
-querido rey.</p>
-
-<p>Después de esto he pasado temporaditas en Bayona, y he visto la
-vergonzosa conducta de algunos españoles que sin cesar conspiran en
-aquel pueblo, verdadera antesala de nuestras revoluciones; pero nunca
-he visto degradación y torpeza semejantes a las del tiempo de<span
-class="pagenum" id="Page_8">p. 8</span> Eguía. Yo escribía entonces
-a don Víctor Sáez, residente en Madrid, y le decía: «Felicite usted
-a los francmasones, porque mientras la salvación de Su Majestad siga
-confiada a las manos que por aquí tocan el pandero, ellos están de
-enhorabuena.»</p>
-
-<p>En el invierno del mismo año se realizaron las predicciones
-que yo, por no poder darle consejos, había hecho al mismo Eguía,
-y fue que habiendo convocado de orden del rey a otros personajes
-absolutistas para trabajar en comunidad, se desavinieron de tal modo,
-que aquello más que junta parecía la dispersión de las gentes. Cada
-cual pensaba de distinto modo, y ninguno cedía en su terca opinión. A
-esta variedad en los pareceres y terquedad para sostenerlos llamo yo
-enjaezar los entendimientos a la calesera, es decir, a la española.
-El marqués de Mataflorida<a id="FNanchor_2" href="#Footnote_2"
-class="fnanchor">[2]</a> proponía el establecimiento del absolutismo
-puro. Balmaseda, comisionado por el gobierno francés para tratar
-este asunto, también estaba por lo despótico, aunque no en grado tan
-furioso; Morejón se abrazaba a la Carta francesa; Eguía sostenía el
-veto absoluto y las dos Cámaras, a pesar de no saber lo que eran
-una cosa y otra, y Saldaña, nombrado como una especie de quinto en
-discordia, no se resolvía ni por la tiranía entera ni por la tiranía a
-media miel.</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_2" href="#FNanchor_2" class="label">[2]</a> Conocido
-por <i>don Buenaventura</i> en las <i>Memorias de un cortesano</i> y en
-<i>La segunda casaca</i>.</p>
-
-</div>
-
-<p>Entre tanto, el gobierno francés concedió a Eguía algunos millones,
-de los cuales podría<span class="pagenum" id="Page_9">p. 9</span>
-dar cuenta si viviese la hermosa pastelera. Dios me perdone el mal
-juicio; pero casi podría jurar que de aquel dinero, solo algunas sumas
-insignificantes pasaron a manos de los pobres guerrilleros, tan bravos
-como desinteresados, que desnudos, descalzos y hambrientos, levantaban
-el glorioso estandarte de la fe y de la monarquía en las montañas de
-Navarra o de Cataluña.</p>
-
-<p>Las bajezas, la ineptitud y el despilfarro de los comisionados
-secretos de Su Majestad no cesaron hasta que apareció en Bayona,
-también con poderes reales, el gran pájaro de cuenta llamado don
-Antonio Ugarte, a quien no vacilo en designar como el hombre más listo
-de su época.</p>
-
-<p>Yo le había tratado en Madrid el año 19. Él me estimaba en gran
-manera, y, como Eguía, me visitaba a menudo, pero sin revelarme sus
-planes. Desde que se encargó de manejar la conspiración, seguíala yo
-con marcado interés, segura de su éxito, aunque sin sospechar que le
-prestaría mi concurso activo en término muy breve. Un día Ugarte me
-dijo:</p>
-
-<p>—No se encuentra un solo hombre que sirva para asuntos delicados.
-Todos son indiscretos, soplones y venales. ¿Ve usted lo que trabajo
-aquí por orden de Su Majestad? Pues es nada en comparación de lo que
-me dan que hacer las intrigas y torpezas de mis propios colegas de
-conspiración. No me fío de ninguno, y en el día de hoy, teniendo que
-enviar un mensaje muy importante, estoy como Diógenes, buscando un
-hombre sin poder encontrarlo.</p>
-
-<p>—Pues busque usted bien, señor don Antonio<span class="pagenum"
-id="Page_10">p. 10</span> —le respondí—, y quizás encuentre una
-mujer.</p>
-
-<p>Ugarte no daba crédito a mi determinación; pero tanto le encarecí
-mis deseos de ser útil a la causa del rey y de la religión, que al fin
-convino en fiarme sus secretos.</p>
-
-<p>—Efectivamente, Jenara —me dijo—: una dama podrá desempeñar mejor
-que cualquier hombre tan delicado encargo, si reúne a la belleza y
-gallarda compostura de su persona un valor a toda prueba.</p>
-
-<p>En seguida me reveló que en Madrid se preparaba un esfuerzo
-político, es decir, un pronunciamiento, en el cual tomaría parte la
-Guardia real con toda la tropa de línea que se pudiese comprometer;
-pero añadió que desconfiaba del éxito si no se hacían con mucho pulso
-los trabajos, tratando de combinar el movimiento cortesano con una
-ruidosa algarada de las partidas del norte. Discurriendo sobre este
-negocio, me mostró su grandísima perspicacia y colosal ingenio para
-conspirar, y después me instruyó prolijamente de lo que yo debía
-hacer en Madrid, del arte con que debía tratar a cada una de las
-personas para quienes llevaba delicados mensajes, con otras muchas
-particularidades que no son de este momento. Casi toda mi comisión era
-enteramente confidencial y personal, quiero decir que el conspirador
-me entregó muy poco papel escrito; pero, en cambio, me repitió varias
-veces sus instrucciones para que, reteniéndolas en la memoria,
-obrase con desembarazo y seguridad en las difíciles ocasiones que me
-aguardaban.</p>
-
-<p>Partí para Madrid en febrero del 22.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch2">
- <p><span class="pagenum" id="Page_11">p. 11</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">II</h2>
-</div>
-
-<p>Con entusiasmo y placer emprendí estos manejos: con entusiasmo,
-porque adoraba en aquellos días la causa de la Iglesia y el trono; con
-placer, porque la ociosidad entristecía mis días en Bayona. La soledad
-de mi existencia me abrumaba tanto como el peso de las desgracias que
-a otros afligen y que yo aún no conocía. Separándome de mi esposo,
-cuyo salvaje carácter y feroz suspicacia me hubieran quitado la vida,
-adquirí libertad suma y un sosiego que, después de saboreado por
-algún tiempo, llegó a ser para mí algo fastidioso. Poseía bienes de
-fortuna suficientes para no inquietarme de las materialidades de la
-vida: de modo que mi ociosidad era absoluta. Me refiero a la holganza
-del espíritu, que es la más penosa, pues la de las manos, yo, que no
-carezco de habilidades, jamás la he conocido.</p>
-
-<p>A estos motivos de tristeza debo añadir el gran vacío de mi corazón,
-que estaba ha tiempo como casa deshabitada, lleno tan solo de sombras
-y ecos. Después de la muerte de mi abuelo, ningún afecto de familia
-podía interesarme, pues los Baraonas que subsistían, o eran muy lejanos
-parientes, o no me querían bien. De mi infelicísimo casamiento solo
-saqué amarguras y pesadumbres; y para que todo fuese maldito en aquella
-unión, no tuve hijos.<span class="pagenum" id="Page_12">p. 12</span>
-Sin duda Dios no quería que en el mundo quedase memoria de tan grande
-error.</p>
-
-<p>Fácilmente se comprenderá que en tal situación de espíritu me
-gustaría lanzarme a esas ocupaciones febriles que han sido siempre el
-principal goce de mi vida. Ninguna cosa llana y natural ha cautivado
-jamás mi corazón, ni me embelesó, como a otros, lo que llaman dulce
-corriente de la vida. Antes bien, yo la quiero tortuosa y rápida; que
-me ofrezca sorpresas a cada instante y aun peligros; que se interne por
-pasos misteriosos, después de los cuales deslumbre más la claridad del
-día; que caiga como el Piedra en cataratas llenas de ruido y colores, o
-se oculte como el Guadiana, sin que nadie sepa dónde ha ido.</p>
-
-<p>Yo sentía además en mi alma la atracción de la corte, no pudiendo
-descifrar claramente cuál objeto o persona me llamaban en ella, ni
-explicarme las anticipadas emociones que por el camino sentía mi
-corazón, como el derrochador que principia a gastar su fortuna antes de
-heredada. Mi fantasía enviaba delante de sí, en el camino de Madrid,
-maravillosos sueños e infinitos goces del alma, peligros vencidos y
-amables ideales realizados. Caminando de este modo y con los fines que
-llevaba, iba yo por mi propio y verdadero camino.</p>
-
-<p>Desde que llegué me puse en comunicación con los personajes para
-quienes llevaba cartas o recados verbales. Tuve noticias de la rebelión
-de los Guardias que se preparaba; hice lo que Ugarte me había mandado
-en sus minuciosas instrucciones, y hallé ocasión de advertir el<span
-class="pagenum" id="Page_13">p. 13</span> mucho atolondramiento y
-ningún concierto con que eran llevados en Madrid los arduos trámites de
-la conspiración.</p>
-
-<p>Lo mejor y más importante de mi comisión estaba en Palacio, a donde
-me llevó don Víctor Sáez, confesor de Su Majestad. Muchos deseos
-tenía yo de ver de cerca y conocer por mí misma al rey de España y
-toda su real familia, y entonces quedó satisfecho mi anhelo. Hice un
-rápido estudio de todos los habitantes de Palacio, particularmente de
-las mujeres: la reina Amalia, doña Francisca, esposa de don Carlos,
-y doña Carlota, del infante don Francisco. La segunda me pareció
-desde luego mujer a propósito para revolver toda la corte. De los
-hombres, don Carlos me pareció muy sesudo, dotado de cierto fondo de
-honradez preciosísima, con lo cual compensaba su escasez de luces, y
-a Fernando le diputé por muy astuto y conocedor de los hombres, apto
-para engañarles a todos, si bien privado del valor necesario para sacar
-partido de las flaquezas ajenas. La reina pasaba su vida rezando y
-desmayándose; pero la varonil doña Francisca de Braganza ponía su alma
-entera en las cosas políticas, y llena de ambición, trataba de ser el
-brazo derecho de la corte. Doña Carlota, por entonces embarazada del
-que luego fue rey consorte, tampoco se dormía en esto.</p>
-
-<p>Los palaciegos, tan aborrecidos de la muchedumbre constitucional,
-Infantado, Montijo, Sarriá y demás aristócratas, no servían en realidad
-de gran cosa. Sus planes, faltos de seso y travesura, tenían por
-objeto algo en que se<span class="pagenum" id="Page_14">p. 14</span>
-destacase con preferencia la personalidad de ellos mismos. Ninguno
-valía para maldita la cosa, y así nada se habría perdido con quitarles
-toda participación en la conjura. Los individuos de la Congregación
-Apostólica, que era una especie de masonería absolutista, tampoco
-hacían nada de provecho, como no fuera allegar plebe y disponer de la
-gente fanática para un momento propicio. En los jefes de la Guardia
-había más presunción que verdadera aptitud para un golpe difícil, y
-el clero se precipitaba gritando en los púlpitos, cuando la situación
-requería prudencia y habilidad sumas. Los liberales masones o comuneros
-vendidos al absolutismo, y que al pronunciar sus discursos violentos
-se entusiasmaban por cuenta de este, estaban muy mal dirigidos, porque
-con su exageración ponían diariamente en guardia a los constitucionales
-de buena fe. He examinado uno por uno los elementos que formaban la
-conspiración absolutista del año 22, para que cuando la refiera se
-explique en cierto modo el lamentable aborto y total ruina de ella.</p>
-
-
-<p class="mt2"><span class="sc">Nota del autor.</span> <i>A
-continuación refiere la señora los sucesos del 7 de julio. Aunque su
-narración es superior a la nuestra, por la graciosa sencillez y verdad
-con que toda ella está hecha, la suprimimos, pues no conviene repetir,
-aun mejorándolo, lo que ya apareció en otro volumen.</i></p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch3">
- <p><span class="pagenum" id="Page_15">p. 15</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">III</h2>
-</div>
-
-<p>Después de los aciagos días de julio, mi situación, que hasta
-entonces había sido franca y segura, fue comprometidísima. No es fácil
-dar una idea de la presteza con que se ocultaron todos aquellos hombres
-que pocos días antes conspiraban descaradamente. Desaparecieron como
-caterva de menudos ratoncillos, cuando los sorprende en sus audaces
-rapiñas el hombre sin poder perseguirlos, ni aun conocer los agujeros
-por donde se han metido. A mí me maravillaba que don Víctor Sáez,
-hombre de una obesidad respetable, pudiera estar escondido sin que al
-punto se descubriese su guarida. Los palaciegos se filtraron también, y
-los que no estaban claramente comprometidos, como por ejemplo, Pipaón,
-dieron vivas a la Constitución vencedora, uniéndose a los liberales.</p>
-
-<p>Tuve además la desgracia de perder varios papeles en casa de un
-pobre maestro de escuela donde nos reuníamos, y esto me causó gran
-zozobra; pero al fin los encontré, no sin trabajo, exponiéndome a los
-mayores peligros. La seguridad de mi persona corrió también no poco
-riesgo, y en los días 9 y 10 de julio no tuve un instante de respiro,
-pues por milagro no me arrastraron a la cárcel los milicianos borrachos
-de vino y de patriotería. Gracias a Dios, vino en mi amparo un joven
-paisano y<span class="pagenum" id="Page_16">p. 16</span> antiguo amigo
-mío, el cual en otras ocasiones había ejercido en mi vida influencia
-muy decisiva, semejante a la de las estrellas en la antigua cábala de
-los astrólogos.</p>
-
-<p>Pasados los primeros días, pude introducirme en Palacio, a pesar de
-la formidable y espesa muralla liberalesca que lo defendía. Encontré
-a Su Majestad lleno de consternación y amargura, principalmente por
-verse obligado a poner semblante lisonjero a sus enemigos y aun a
-darles abrazos, lo cual era muy del gusto de ellos, en su mayoría
-gente inocentona y crédula. No me agradaba ver en nuestro soberano tan
-menguado corazón; pero si en él concordara el valor con las travesuras
-y agudezas del entendimiento, ningún tirano antiguo ni moderno le
-habría igualado. Su desaliento y desesperación no le impidieron que
-se enamorase de mí, porque en todas las ocasiones de su vida, bajo
-las distintas máscaras que se quitaba y se ponía, aparecía siempre el
-sátiro.</p>
-
-<p>Temerosa de ciertas brutalidades, quise huir. Brindéme entonces a
-desempeñar una comisión difícil para lo cual Fernando no se fiaba de
-ningún mensajero; y aunque él no quiso que yo me encargase de ella,
-porque no me alejara de la corte, tanto insté y con tales muestras de
-verdad prometí volver, que se me dieron los pasaportes.</p>
-
-<p>El mes anterior había salido para Francia don José Villar Frontín,
-uno de los intrigantes más sutiles del año 14, aunque, como salido
-de la academia del cuarto del infante don Antonio, no era hombre de
-gran iniciativa, sino<span class="pagenum" id="Page_17">p. 17</span>
-muy plegadizo y servicial en bajas urdimbres. Llevaba órdenes para
-que el marqués de Mataflorida formase una regencia absolutista en
-cualquier punto de la frontera conquistado por los guerrilleros. Estas
-instrucciones eran conformes al plan del gobierno francés, que deseaba
-la introducción de la Carta en España y un absolutismo templado;
-pero Fernando, que hacía tantos papeles a la vez, deseaba que sus
-comisionados, afectando amor a la Carta, trabajasen por el absolutismo
-limpio. Esto exigía frecuentes rectificaciones en los despachos que se
-enviaban y avisos contradictorios, trabajo no escaso para quien había
-de ocultar de sus ministros todos estos y aun otros inverosímiles
-líos.</p>
-
-<p>Yo me comprometí a hacer entender a Mataflorida y a Ugarte lo que
-se quería, transmitiéndole verbalmente algunas preciosas ideas del
-monarca, que no podían fiarse al papel, ni a signo ni cifra alguna.
-Ya por aquellos días se supo que la Seo de Urgel había sido ganada
-al gobierno por el bravo Trapense, y se esperaba que en la agreste
-plaza se constituyera la salvadora regencia. A la Seo, pues, debía yo
-dirigirme.</p>
-
-<p>La partida y el viaje no eran problemas fáciles. Esto me preocupó
-durante algunos días, y traté de sobornar, para que me acompañase, al
-amigo de quien antes he hablado. A él no le faltaban en verdad ganas
-de ir conmigo al extremo del mundo; pero le contenía el amor de su
-madre anciana. No poco luché para decidirle, empleando razonamientos y
-seducciones<span class="pagenum" id="Page_18">p. 18</span> diversas;
-mas a pesar de la propensión de su carácter a ciertas locuras y del
-considerable dominio que yo empezaba a ejercer sobre él, se resistía
-tenazmente, alegando motivos poderosos, cuya fuerza no me era
-desconocida. Al fin, tanto pudo una mujer llorando, que él abandonó
-todo, su madre y su casa, aunque por poco tiempo, con la sana intención
-de volver cuando me dejase en paraje donde no existiese peligro
-alguno. El infeliz presagiaba sin duda su desdichada suerte en aquella
-expedición, porque luchó grandemente consigo mismo para decidirse, y
-hasta última hora estuvo vacilante.</p>
-
-<p>Aquel hombre había sido enemigo mío, o más propiamente, de mi
-esposo. Desde la niñez nos conocimos; fue mi novio en la edad en que se
-tiene novio. Sucesos lamentables que me afligen al venir a la memoria,
-caprichos y vanidades mías me separaron de él, yo creí que para
-siempre; pero Dios lo dispuso de otro modo. Durante algún tiempo estuve
-creyendo que le odiaba; pero el sentimiento que llenaba mi alma era,
-más que rencor, una antipatía arbitraria y voluntariosa. Por causa de
-ella siempre le tenía en la memoria y en el pensamiento. Circunstancias
-funestas le pusieron en contacto conmigo diferentes veces, y siempre
-que ocurría algo grave en la vida de él o en la mía, tropezábamos
-providencialmente el uno con el otro, como si el alma de cada cual,
-viéndose en peligro, pidiese auxilio a su compañera.</p>
-
-<p>En mí se verificó una crisis singular. Por<span class="pagenum"
-id="Page_19">p. 19</span> razones que no son de este sitio, llegué a
-aborrecer todo lo que mi esposo amaba y amar todo lo que él aborrecía.
-Al mismo tiempo, mi antiguo novio mostraba hacia mí sentimientos tan
-vivos de menosprecio y desdén, que esto inclinó mi corazón a estimarle.
-Yo soy así, y me parece que no soy el único ejemplar. Desde la ocasión
-en que le arranqué de las furibundas manos de mi marido, no debí de ser
-tampoco para él muy aborrecible.</p>
-
-<p>Cuando nos encontramos en Madrid, y desde que hablamos, caímos en
-la cuenta de que ambos estábamos muy solos. Y si había semejanza en
-nuestra soledad, no era menor la de nuestros caracteres, principal
-origen quizás de aquella. Hicimos propósito de echar a la espalda aquel
-trágico aborrecimiento que antes nos teníamos, el cual se fundaba en
-veleidades y caprichosas monomanías del espíritu, y no tardamos mucho
-tiempo en conseguirlo. Ambos reconocimos las grandes y ya irremediables
-equivocaciones de nuestra primera juventud, y nos maravillábamos de ver
-tan extraordinaria fraternidad en nuestras almas. ¡Ser de este modo,
-haber nacido el uno para el otro, y, sin embargo, haber estado dándonos
-golpes en las tinieblas durante tanto tiempo! ¡Qué fatalidad! Hasta
-parece que no somos responsables de ciertas faltas, y que estas, por lo
-que tienen de placentero, pueden tolerarse como compensación de pasados
-dolores y de un error deplorable y fatal, dependiente de voluntades
-sobrehumanas.</p>
-
-<p>Pero no: no quiero eximirme de la responsabilidad<span
-class="pagenum" id="Page_20">p. 20</span> de mi culpa y de haber
-faltado claramente, impulsada por móviles irresistibles, a la ley de
-Dios. No; nada me disculpa: ni las atrocidades de mi marido, ni la
-espantosa soledad en que yo estaba; ni los mil escollos de la vida en
-la corte, ni las grandes seducciones morales y físicas de mi paisano y
-dulce compañero de la niñez. Reconozco mi falta; y atenta solo a que
-este papel reciba un escrupuloso retrato de mi conciencia y de mis
-acciones, la escribo aquí, venciendo la vergüenza que confesión tan
-penosa me causa.</p>
-
-<p>Salimos de Madrid en una hermosa noche de julio. Cuando dejamos de
-oír el rugido de la milicia victoriosa, me pareció que entraba en el
-cielo. Íbamos cómodamente en una silla de postas con buenos caballos
-y un hábil mayoral de Palacio. Yo había tomado un nombre supuesto
-diciéndome marquesa de Berceo, y él era nada menos que mi esposo, una
-especie de marqués de Berceo. Mucho nos reímos con esta invención, que
-a cada paso daba lugar a picantes comentarios y agudezas. No recuerdo
-días más placenteros que los de aquel viaje.</p>
-
-<p>¡Cuántas veces bajamos del coche para andar largos trechos a pie,
-recreándonos en la hermosura de las incomparables noches de Castilla!
-¡Cómo se agrandaba todo ante nuestros ojos, principalmente las cosas
-inmateriales! Nos parecía que aquella dulce vagancia no acabaría nunca,
-y que los días venideros serían siempre como aquel cielo que veíamos,
-dilatados, serenos y sin nubes. En tales horas,<span class="pagenum"
-id="Page_21">p. 21</span> o hablábamos poco, o vertíamos el alma del
-uno en la del otro alternativamente por medio de observaciones y
-preguntas acordes con el hermoso espectáculo que veíamos fuera y dentro
-de nosotros, pues de mi alma puede decirse que estaba tan llena de
-estrellas como el firmamento.</p>
-
-<p>Han pasado muchos años: entonces tenía yo veintisiete, y ahora... no
-lo quiero decir por no espantarme; pero creo que he traspasado el medio
-siglo.<a id="FNanchor_3" href="#Footnote_3" class="fnanchor">[3]</a>
-Entonces mis cabellos eran de oro; ahora son de plata, sin que
-ni una sola hebra de ellos conserve su primitivo color. Mis ojos
-tenían el brillo que es reflejo de la inteligencia despierta y de
-los sentimientos bullidores; ahora no son más que dos empañadas
-cuentas azules, de las cuales se escapa alguna vez fugitivo rayo. Mi
-cara entonces respiraba alegría, salud, y el alma rielaba sobre mis
-facciones como la luz sobre la superficie de las temblorosas aguas;
-ahora es una máscara que sirve para disimular los pensamientos, y que
-a muchos deja ver todavía huellas claras de la hermosura que hubo en
-ella. Entonces era muy hermosa; ahora soy una <i>vieja que debió de
-haber sido guapa</i>, aunque si he de creer a don Toribio, el canónigo
-de Tortosa, todavía puedo volver loco a cualquiera. En suma: todo ha
-pasado, mudándose considerablemente, e infinitas personas han entrado
-en la región de los recuerdos. Lo que siempre está lo mismo<span
-class="pagenum" id="Page_22">p. 22</span> es mi país, que no deja de
-luchar un momento por la misma causa y con las mismas armas, y si no
-con las mismas personas, con los mismos tipos de guerreros y políticos.
-Mi país sigue siempre a la calesera.</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_3" href="#FNanchor_3" class="label">[3]</a> Según
-nuestras noticias, la señora escribió estas memorias durante la guerra
-civil del 48.</p>
-
-</div>
-
-<p>Pues bien: en todo el tiempo transcurrido entre estas dos épocas,
-no he visto pasar días como aquellos. Fueron de los pocos que tiene
-cada mortal como un regalo del cielo para toda la existencia, y que
-en vano se aguardan después, porque no vuelven. Estos aguinaldos de
-la vida no se reciben más que una vez. Salvador era menos feliz que
-yo, a causa de los deberes y las afecciones que había dejado atrás. Yo
-procuraba hacerle olvidar todo lo que no fuese nosotros mismos; mas
-resultaba esto muy difícil, por ser él menos dueño de sus acciones que
-yo, y aun si se quiere, menos egoísta. Íbamos de pueblo en pueblo, sin
-apresurarnos ni detenernos mucho. Aquel vivir entre todo el mundo y al
-mismo tiempo sin testigo, era mi mayor delicia. Los diversos pueblos
-por donde pasábamos no tenían sin duda noticia de la felicidad de los
-marqueses de Berceo, pues si la tuvieran, no creo que nos dejaran
-seguir sin quitarnos algo de ella.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch4">
- <h2 class="nobreak g0">IV</h2>
-</div>
-
-<p>Gracias a nuestro dinero y a nuestro buen porte, podíamos disfrutar
-de todas las comodidades posibles en las posadas. El calor nos<span
-class="pagenum" id="Page_23">p. 23</span> obligaba a detenernos durante
-el día, caminando por las noches, y ni en Castilla ni en Aragón tuvimos
-ningún mal encuentro, como recelábamos, con milicianos, ladrones o
-espías del gobierno.</p>
-
-<p>Más allá de Zaragoza empezamos a temer que nos salieran al paso las
-tropas de Torrijos o de Manso. Por eso, en vez de tomar directamente
-el camino de Cataluña, subimos hacia Huesca. Salvador, cuya antipatía
-a los facciosos y guerrilleros era violentísima, se mostró disgustado
-al considerarse cerca de ellos. Entonces tuve un momento de súbita
-tristeza oyéndole decir:</p>
-
-<p>—Cuando lleguemos a un lugar seguro o estés entre tus amigos, me
-volveré a Madrid.</p>
-
-<p>Yo deseaba que no llegasen ni el lugar seguro ni tampoco mis
-amigos. Pero aunque mi tristeza fue grande desde aquel momento,
-apoderándose de mi corazón como un presagio de desventuras, estaba muy
-lejos de sospechar el espantoso golpe que nos amenazaba, consecuencia
-providencial de nuestra falta y de mi criminal ligereza. ¡Ay!, piensa
-el malo que sus alegrías han de ser perpetuas, y la misma grata
-corriente de ellas le lleva ciego a lo que yo llamo la sucursal del
-infierno en la tierra, que es la desgracia y el anticipado castigo de
-los delitos.</p>
-
-<p>De Huesca nos dirigimos a Barbastro, siguiendo por un detestable
-camino hasta Benabarre, donde entramos al anochecer. Detuvieron nuestro
-coche algunos hombres, y al verles, exclamé:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_24">p. 24</span>—¡Los guerrilleros!
-Ya estamos en casa.</p>
-
-<p>Salvador mostró gran disgusto, y cuando fuimos interrogados, dio
-algunas contestaciones que debieron sonar muy mal en los oídos de los
-soldados de la fe. Yo tenía confianza en mi gente y la seguridad de
-no ser detenida; pero no me fue posible evitar ciertas molestias. Nos
-hicieron bajar del coche antes de llegar a la posada y presentarnos
-a un rústico capitán que estaba en la venta del camino bebiendo vino
-juntamente con otro guerrillero, al modo de frailazo, armado de
-pistolas, y con dos o tres individuos de malísima catadura.</p>
-
-<p>Sus maneras no eran en verdad nada corteses, a pesar de defender
-causa tan sagrada como es la del altar y el trono; pero con dos o tres
-palabras dichas enérgicamente y en tono de dignidad, me hice respetar
-al punto. Yo mostraba mis papeles al que me parecía jefe, cuando
-observé que uno de los hombres allí presentes miraba a mi compañero de
-viaje con expresión poco tranquilizadora. Llegose a él, y poniéndole la
-mano en el hombro, le dijo con brutal modo y expresión de venganza:</p>
-
-<p>—¿Me conoces? ¿Sabes quién soy?</p>
-
-<p>—Sí —le respondió Monsalud, pálido y colérico—. Ya sé que eres un
-hombre vil: tu nombre es Regato.</p>
-
-<p>El desconocido se abalanzó en ademán hostil hacia mi amigo; pero
-este supo recibirle con tanta valentía, que le hizo rodar por el suelo,
-bañado el rostro en sangre. Quedeme sin aliento al ver la furia de
-aquella gente ante el mal trato dado a uno de los suyos. Milagro<span
-class="pagenum" id="Page_25">p. 25</span> de Dios fue que no
-pereciésemos allí; pero el capitán parecía hombre prudente, y haciendo
-salir de la venta al agraviado, nos notificó que estábamos presos hasta
-que el jefe decidiera lo que se había de hacer con nosotros.</p>
-
-<p>Afectando serenidad, díjele que mirara bien lo que hacía, por ser yo
-persona de gran poder en la frontera y en Palacio; pero encogiéndose de
-hombros, tan solo me permitió, después de largas discusiones, hablar
-al que ellos llamaban coronel. Salí desalada de la venta, dejando en
-ella la mitad de mi alma, pues allí quedó guardado por dos hombres mi
-ultrajado amigo, y me presenté al coronel, que era un capuchino de
-Cervera.</p>
-
-<p>Acababa de despachar Su Paternidad un bodrio y dos azumbres que
-le habían puesto para que cenase, y después del pienso, no tenía al
-parecer la cabeza muy serena. Sin embargo, no me trató mal. Díjome que
-el señor Regato le había informado ya de quién era mi acompañante, y
-que en vista de sus antecedentes y circunstancias, no podían soltarle.
-Púseme furiosa: yo me creí capaz de destrozar solo con mis uñas a
-aquel tremendo fraile coronel, cuyas barbas y salvaje apostura ponían
-miedo en el corazón más esforzado. Sin miramiento alguno le increpé,
-diciéndole cuantas atrocidades me vinieron a la boca y amenazándole con
-pedir su cabeza al rey; pero ni aun así logré ablandar aquella roca en
-figura de bestia. Oyome el bárbaro con paciencia, sin duda por ser más
-fraile que guerrero, y resumió sus resoluciones diciéndome:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_26">p. 26</span>—Usted, señora,
-puede ir libremente a donde le acomode; pero ese hombre no me sale de
-aquí.</p>
-
-<p>¡Ay!, si yo hubiera tenido a mis órdenes diez hombres armados,
-habría atacado al batallón, cuadrilla o lo que fuera, segura de
-destrozarlo: que tanto puede el furor de una hembra ofendida. Volví
-a la venta, resuelta a sacar de ella a Salvador con mis propias
-manos, desafiando las armas de sus guardianes; pero cuando entré, mi
-compañero de viaje, mi adorado amigo, mi pobre marqués de Berceo, había
-desaparecido. Le llamé con la voz ronca de tanto gritar; le llamé con
-toda mi alma; pero no me respondió. Una mujer andrajosa, que parecía
-tan salvaje y feroz como los hombres que en aquel pueblo vi, salió
-conmigo al camino, y señalando a un punto en la oscuridad del espacio
-negro, dijo sordamente:</p>
-
-<p>—Allí.</p>
-
-<p>Y mirando hacia donde su dedo me indicaba, vi unas grandes sombras
-que parecían murallones almenados y como ruinas hendidas. Pregunté qué
-sitio era aquel, y la desconocida me contestó:</p>
-
-<p>—El castillo.</p>
-
-<p>La mujer, llevando una cesta con provisiones, marchó en dirección
-del castillo. Yo la seguí. No tardamos en llegar, y por una poterna
-desvencijada que se abría en la muralla, después de pasado el foso sin
-agua, penetramos en un patio lleno de escombros y de hierba.</p>
-
-<p>—¡Aquí, aquí le han encerrado! —exclamé<span class="pagenum"
-id="Page_27">p. 27</span> mirando a todos lados como quien ha perdido
-el juicio.</p>
-
-<p>La mujer se detuvo ante mí, y señalando el suelo dijo con voz muy
-lúgubre:</p>
-
-<p>—¡Abajo!</p>
-
-<p>Creí volverme loca. Los ojos de la horrible persona que me daba tan
-tremendas noticias brillaban con claridad verdosa, como los de animal
-felino. Quise seguirla cuando subió la escalerilla que conducía a las
-habitaciones practicables entre tanta ruina; pero un centinela me echó
-fuera brutalmente, amenazándome con arrojarme al foso si no me retiraba
-<i>más pronto que la vista</i>. Estas fueron sus propias palabras.</p>
-
-<p>Corrí hacia el pueblo, decidida a ver de nuevo al coronel capuchino
-de Cervera. Pero tanta agitación agotó al fin mis fuerzas, y tuve que
-sentarme en una gran piedra del camino, fatigada y abatida, porque a mi
-primera furia sustituyó una aflicción profundísima que me hizo llorar.
-No recuerdo haber derramado nunca más lágrimas en menos tiempo. Al fin,
-sobreponiéndome a mi dolor, seguí adelante, jurando no continuar el
-viaje sin llevar en mi compañía al infeliz cuanto adorado amigo de mi
-niñez. Desperté al capuchino, que ya roncaba, el cual de muy talante
-repitió su fiera sentencia, diciendo:</p>
-
-<p>—Usted, señora, puede continuar su viaje; pero el otro no saldrá de
-aquí sin orden superior. Yo sé lo que me digo. ¡Pisto!, que ya me canso
-de sermonear. Vaya usted con Dios y déjenos en paz.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_28">p. 28</span>Despreciando su
-barbarie, insistí y amenacé, y al cabo me dio algunas esperanzas con
-estas palabras:</p>
-
-<p>—El jefe de nuestra partida acaba de llegar. Háblele usted a él.</p>
-
-<p>—¿Quién es el jefe?</p>
-
-<p>—Don Saturnino Albuín —me contestó.</p>
-
-<p>Al oír este nombre vi el cielo abierto. Yo había conocido en Bayona
-al célebre <i>Manco</i>, y recordé que, aunque muy bruto, hacía
-alarde de generosidad e hidalguía en todas las ocasiones que se le
-presentaban. No quise detenerme ni un instante, y al punto me informé
-de que don Saturnino se hallaba en una casa situada junto al camino,
-a la salida del pueblo, en dirección a Tremp. Desde la plaza se veían
-dos lucecillas en las ventanas de la vivienda. Corrí allá guiada por la
-simpática claridad de aquellas luces semejantes a dos ojos, y que eran
-para mí fanales de esperanza. Llegué sin aliento, agitada por la fatiga
-y un dulce presagio de buen éxito que me llenaba el corazón.</p>
-
-<p>El centinela me dijo que no se podía pasar; pero apelando a mis
-bolsillos, pasé. En la escalera, en el pasillo alto, fui repetidas
-veces detenida; pero con el mismo talismán abríame paso.</p>
-
-<p>—Ahí está —me dijo un hombre señalando una puerta, detrás de la cual
-se oían alteradas voces en disputa. Sin reparar más que en mi afán
-empujé la puerta y entré.</p>
-
-<p>Albuín, que estaba en pie, se volvió al sentir el ruido de la
-puerta, y me interrogó con sus ojos, que expresaban sorpresa y cólera
-por<span class="pagenum" id="Page_29">p. 29</span> mi brusca entrada.
-Otro guerrillero estaba junto a la mesa con los codos sobre ella,
-encendiendo un cigarro en la luz del velón de cobre que alumbraba la
-estancia.</p>
-
-<p>—¿Qué se le ofrece a usted, señora? —me dijo Albuín moviendo con
-gesto de impaciencia su única mano.</p>
-
-<p>No había yo dado cuatro pasos dentro de la habitación, cuando
-observé que más allá de la mesa había otro hombre, apoltronado en
-un sillón, con los pies extendidos sobre una banqueta, inclinada la
-cabeza sobre el hombro, y durmiendo tranquilamente con ese sueño del
-guerrillero cansado que acaba de recorrer dos provincias y marear a dos
-ejércitos. Al verle, ¡Santo Dios!, me quedé yerta, muda como estatua:
-no pude pronunciar una palabra, ni dar un paso, ni respirar, ni huir,
-ni gritar. El terror me arrancó súbitamente del pensamiento mis
-angustias de aquella noche.</p>
-
-<p>Aquel hombre era mi marido.</p>
-
-<p>—¿Qué se le ofrece a usted, señora? —volvió a preguntarme el
-<i>Manco</i>.</p>
-
-<p>Pasado el primer instante de terror, en mí no hubo otra idea que la
-idea de huir, de desaparecer, de desvanecerme como el humo o como la
-palabra vana que se lleva el viento.</p>
-
-<p>—Pero ¿qué se le ofrece a usted, demonio? —repitió el
-guerrillero.</p>
-
-<p>—¡Nada! —contesté. Y a toda prisa salí de la habitación.</p>
-
-<p>Yo creo que ni un relámpago corre como yo corrí fuera de la casa.
-No veía más que el camino, y mi veloz carrera nunca me parecía<span
-class="pagenum" id="Page_30">p. 30</span> bastante apresurada para
-llegar al centro del pueblo, donde había dejado mi coche.</p>
-
-<p>A lo lejos, detrás de mí, sentí voces que decían burlonamente:</p>
-
-<p>—¡La mujer loca, la mujer loca!</p>
-
-<p>Eran los bárbaros a quienes yo había dado tanto dinero para que me
-dejasen pasar. A cada instante volvía la cabeza por ver si mi marido
-venía corriendo detrás de mí.</p>
-
-<p>Llegué medio muerta a donde estaba mi coche, y tirando del brazo al
-cochero para que despertase, grité:</p>
-
-<p>—Francisco, Francisco, vuela, vuela fuera de este horrible
-pueblo.</p>
-
-<p>Y me metí en el coche.</p>
-
-<p>—¿A dónde vamos, señora? —me preguntó el buen hombre sacudiendo la
-pereza.</p>
-
-<p>—¿Estás sordo? Te he dicho que vueles... ¿Hablo yo en griego? Que
-vueles, hombre. Mata los caballos; pero ponme a muchas leguas de
-aquí.</p>
-
-<p>—¿A dónde vamos, señora? ¿Hacia la Seo?</p>
-
-<p>—Hacia el infierno si quieres, con tal que me saques de aquí.</p>
-
-<p>Mi coche partió a escape, y siguiendo el camino en dirección a
-Tremp, pasé junto a la malhadada casa donde había visto a mi esposo.
-Entonces los bárbaros reunidos junto a la puerta me aclamaron otra vez,
-arrojando algunas piedras a mi coche. Su grito era:</p>
-
-<p>—¡La mujer loca, la mujer loca!</p>
-
-<p>En efecto, lo estaba. ¡Ah! ¡Benabarre, Benabarre, maldito seas! En
-ti acabó mi felicidad; en las espinas de tu camino dejé clavado<span
-class="pagenum" id="Page_31">p. 31</span> mi corazón chorreando sangre.
-Fuiste mi calvario y la piedra resbaladiza de mal agüero donde caí para
-siempre, cuando más orgullosa marchaba. Fuiste el tajo donde el cielo
-puso mi cabeza para asegurar el golpe de su cuchilla; pero con ser obra
-del cielo mi castigo, ¡te odio, execrable pueblo de bandidos! ¡Sepulcro
-de mi edad feliz, no puedo verte sin espanto, y mientras tenga lengua,
-te maldeciré!</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch5">
- <h2 class="nobreak">V</h2>
-</div>
-
-<p>El 14 de agosto llegué a la Seo. ¡Qué viaje el de Benabarre a la
-Seo! Si antes todo se adaptaba al linsojero estado de mi alma, después
-todos los caballos eran malos, todos los caminos intransitables, todas
-las posadas insufribles, todos los días calurosos, y las noches todas
-tristes como los pensamientos del desterrado. Mi alma sin consuelo,
-mientras más gente veía, más sola se encontraba. Mi pensamiento no
-podía apartarse de aquel lugar siniestro donde habían quedado mi amor
-y mi suplicio, mi falta y mi conciencia, representados cada una en un
-hombre.</p>
-
-<p>Casi antes de desempeñar mi comisión traté de ocuparme de salvar al
-infeliz que había quedado cautivo en Benabarre; pero Mataflorida me
-dijo sonriendo:</p>
-
-<p>—Luego, luego, mi querida señora, trataremos de ese asunto.
-Infórmeme usted de lo<span class="pagenum" id="Page_32">p. 32</span>
-que trae, pues no hay tiempo que perder. Hoy mismo constituiremos la
-Regencia.</p>
-
-<p>Más de dos horas estuvimos departiendo. Él, como hombre muy
-ambicioso y que gustaba de ser el primero en todo, recibió con gusto
-las instrucciones reservadísimas que le daban gran superioridad entre
-sus compañeros de regencia. Eran estos el barón de Eroles y don Jaime
-Creux, arzobispo de Tarragona, ambos, lo mismo que Mataflorida,
-de clase humildísima, sacados de su oscuridad por los tiempos
-revolucionarios, lo cual no era un argumento muy fuerte en pro del
-absolutismo. Una regencia destinada a restablecer el trono y el altar
-debió constituirse con gente de abolengo. Pero la edad revuelta que
-corríamos lo exigía de otro modo, y hasta el absolutismo alistaba su
-gente en la plebe. Este hecho, que ya venía observándose desde el
-siglo pasado, lo expresaba Luis XV diciendo que la nobleza necesitaba
-estercolarse para ser fecundada.</p>
-
-<p>De los tres regentes, el más simpático era Mataflorida y también
-el de más entendimiento; el más tolerante, Eroles, y el más malo y
-antipático, don Jaime Creux. No puede decirse de estos hombres que
-habían marchado con lentitud en sus brillantes carreras. Eroles era
-estudiante en 1808, y en 1816 teniente general. El otro, de clérigo
-oscuro pasó a obispo, en premio de su traición en las Cortes del año
-14.</p>
-
-<p>Yo no tenía mi espíritu en disposición de atender a las ceremonias
-con que quisieron celebrar los triunviros el establecimiento de
-la<span class="pagenum" id="Page_33">p. 33</span> Regencia. Después de
-publicar su célebre manifiesto, proclamaron solemnemente al monarca,
-<i>restituyéndole a la plenitud de sus derechos</i>, según decíamos
-entonces. Levantose en la plaza de la Seo un tablado, sobre el que un
-sacristán, vestido de rey de armas, gritó: «¡España por Fernando VII!»,
-y luego dieron al viento una bandera, en la cual las monjas habían
-bordado una cruz y aquellas palabras latinas que quieren decir: <i>por
-este signo vencerás</i>. Los altos castillos que coronan los montes en
-cuyo centro está sepultada la Seo, hicieron salvas, y aquello en verdad
-parecía una proclamación en toda regla.</p>
-
-<p>Después de la ceremonia política hubo jubileo por las calles y
-rogativa pública, a que concurrió el obispo con todo el clero armado y
-el cabildo sin armas. Era un espectáculo edificante y al mismo tiempo
-horroroso. Daba idea de la inmensa fuerza que tenían en nuestro país
-las dos clases reunidas, clero y plebe; pero los frailes armados de
-pistolas y los guerrilleros con vela, el general con su crucifijo y el
-arcediano con espuelas, movían a risa y a odio juntamente. El ejército
-de la fe, uniformado solo con la barretina, habría parecido un ejército
-de pavos, si no estuviera bien probado su indomable valor.</p>
-
-<p>Yo veía aquella procesión chabacana, horrible parodia del
-levantamiento nacional de 1808, y aquellas espantosas figuras de curas
-confundidos con guerreros, como se ven las ficciones horrendas de una
-pesadilla. Tal espectáculo era excesivamente desagradable a mi<span
-class="pagenum" id="Page_34">p. 34</span> espíritu, y la bulla del
-pueblo me ponía los nervios en lastimoso desorden. Semejante carnaval
-en Urgel, que es sin disputa el pueblo más feo de todo el mundo, era
-para enfermar y aun enloquecer a cualquiera. Mi privilegiada naturaleza
-me salvó.</p>
-
-<p>Y pasaban días sin que me fuera posible hacer nada de provecho por
-mi amado prisionero de Benabarre. Obtenía, sí, promesas y aun órdenes
-de la Regencia; pero como no podía trasladarme yo misma al lugar del
-conflicto, era muy difícil que tuviesen cumplimiento. Antes me dejara
-morir que encaminarme a paraje alguno donde hubiese probabilidades de
-encontrar la persona, o siquiera las huellas de mi esposo; y según mis
-averiguaciones, este no había abandonado el bajo Aragón.</p>
-
-<p>Al fin supe que mi cara mitad, uniéndose a Jeps dels Estanys,
-había pasado a la alta Cataluña. Llena de esperanza entonces corrí a
-Benabarre, cargada de órdenes de Mataflorida y del mismo Eroles, que
-acababa de ponerse a la cabeza de la insurrección catalana. Ningún
-obstáculo podían oponerme ya los guerrilleros; mas por mi desgracia,
-cuando llegué al funesto pueblo de Aragón, ni un solo partidario del
-realismo quedaba en su recinto: el castillo había sido volado, y el
-mísero cautivo, según me dijeron, trasladado a otro punto.</p>
-
-<p>—¿Vivo? —pregunté.</p>
-
-<p>—Vivo y cargado de cadenas —me contestó la misma mujer de aquella
-horrenda noche de agosto—. Se iba muriendo por el camino; pero<span
-class="pagenum" id="Page_35">p. 35</span> le daban comida y bebida para
-que no acabase de padecer.</p>
-
-<p>No tuve tiempo para entregarme a inútiles lamentaciones, porque
-corrió por todo el pueblo esta horrible voz: ¡<i>los liberales</i>!,
-¡<i>que vienen los liberales</i>!, y tuve que huir. Con mucho trabajo y
-gastando bastante dinero, pude escapar a Francia por Canfranc.</p>
-
-
-<p class="mt2"><span class="sc">Nota del autor.</span> <i>Aquí concluye
-el primer fragmento de las curiosas memorias.</i></p>
-
-<p><i>Como el segundo se refiere a sucesos ocurridos en la primavera
-del 22, resultando una interrupción de siete meses, nos vemos en la
-necesidad de llenar tan lamentable vacío con relaciones propias,
-que abreviaremos todo lo posible para que no se echen de menos por
-mucho tiempo las aventuras de la dama viajera, contadas por ella
-misma.</i></p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch6">
- <h2 class="nobreak g0">VI</h2>
-</div>
-
-<p>La primera determinación del gobierno popular que sucedió al de
-Martínez de la Rosa, después de las jornadas de julio, fue nombrar
-general del ejército del Norte al rayo de las guerrillas, al Napoleón
-navarro, don Francisco Espoz y Mina. En medio de su atolondramiento,
-los siete ministros, a quienes la corte llamaba los <i>Siete niños
-de Écija</i>, no carecían de iniciativa y de cierta arrogancia
-emprendedora que por algún tiempo les permitió sostenerse<span
-class="pagenum" id="Page_36">p. 36</span> en el poder con prestigio. El
-nombramiento de Mina y aquella orden que le dieron de hacer tabla rasa
-de las provincias rebeldes, no pudieron ser más acertados.</p>
-
-<p>El gran guerrillero no necesitaba muy vivas excitaciones para
-sentar su pesada mano a los pueblos. Navarros y catalanes le conocían.
-Pero antaño había hecho la guerra con ellos, y ahora debía hacerla
-contra ellos, lo cual era muy distinto. Antes se batía contra tropas
-regulares, y ahora con ellas perseguía las partidas. Bien se ve que
-el coloso de las guerrillas estaba fuera de su natural esfera y
-asiento. Tenía que hacer el papel del enemigo durante la guerra de la
-Independencia.</p>
-
-<p>A pesar de esta desventaja, empezó con muy buen pie su campaña.
-No podía decirse propiamente que había partidas en el norte, sino
-que todo el norte, desde Gerona hasta Guipúzcoa y desde el Pirineo
-hasta las inmediaciones del Ebro, ardía con horrible llamarada
-absolutista. Quesada, a cuyo lado despuntaba un precoz muchacho
-llamado Zumalacárregui, dominaba en Navarra, juntamente con Guergué y
-don Santos Ladrón; Albuín, Cuevillas y Merino asolaban la tierra de
-Burgos; Capapé la de Aragón; Jeps dels Estanys, el Trapense, Romagosa
-y Caragol, la de Cataluña, donde el barón de Eroles trataba de formar
-un ejército regular con las desperdigadas gavillas de la fe. Muchos
-frailes del país, empezando por los aguerridos capuchinos de Cervera
-que habían escapado del furor de las tropas liberales, y concluyendo
-por los monjes de Poblet, que<span class="pagenum" id="Page_37">p.
-37</span> tanto trabajaron en la conspiración, formaban en las filas
-del Manco, de Capapé o de Misas.</p>
-
-<p>Mina tomó el mando de las tropas de Cataluña, y al poco tiempo el
-aspecto de la campaña principió a mudarse favorablemente a nuestras
-armas. En 24 de octubre, después de obligar a los facciosos a levantar
-el sitio de Cervera, arrasó a Castellfollit, poniendo sobre sus ruinas
-el célebre cartel que decía: «Aquí existió Castellfollit. Pueblos,
-tomad ejemplo, y no deis abrigo a los enemigos de la patria.»</p>
-
-<p>En noviembre tomó a Balaguer. En el mismo mes obligó a muchos
-facciosos a pasar la frontera en presencia del cordón sanitario con
-que nos amenazaban los franceses. En 20 de enero, uno de los suyos, el
-brigadier Rotten, jefe de la cuarta división del ejército de Cataluña,
-hacía sufrir a San Llorens de Morunys el tremendo castigo de que había
-sido víctima Castellfollit, diciendo a las tropas en la orden del día:
-«La villa esencialmente rebelde llamada San Llorens de Morunys, <i>será
-borrada del mapa</i>.»</p>
-
-<p>Aquel destructor de ciudades señalaba a cada regimiento las calles
-que debía saquear antes de dar principio a la operación de borrar del
-mapa. No de otra manera procedió Hoche en la Vendée; pero este sistema
-de <i>borrar del mapa</i> es algo expuesto, sobre todo en España.</p>
-
-<p>El 8 de diciembre puso Mina sitio a la Seo de Urgel, mientras Rotten
-iba convenciendo a los rebeldes catalanes con las suaves razones que
-indicamos, y en uno de los pueblos demolidos y arrasados, precisamente
-en aquel<span class="pagenum" id="Page_38">p. 38</span> mismo San
-Llorens de Morunys, llamado también Piteus, ocurrió un suceso digno
-de mencionarse, y que causó maravilla y emoción muy viva en toda la
-tropa.</p>
-
-<p>Fue de la manera siguiente: para que el saqueo se hiciera con orden,
-Rotten dispuso que el batallón de Murcia trabajase en las calles de
-Arañas y Balldelfred; el de Canarias, en las calles de Frecsures y
-Segories; el de Córdoba, en la de Ferronised, dejando los arrabales
-para el destacamento de la Constitución y la caballería. Lo mismo
-en la orden de saqueo que en la de incendio, que le siguió, fueron
-exceptuadas doce casas que pertenecían a otros tantos patriotas.</p>
-
-<p>El regimiento de Córdoba funcionaba en la calle de Ferronised, entre
-la consternación de los aterrados habitantes, cuando unos soldados
-descubrieron un hondo sótano o mazmorra, y registrándolo, por si en
-él había provisiones almacenadas para los facciosos, vieron a un
-hombre aherrojado, o más propiamente dicho, un cadáver viviente, cuya
-miserable postración les causó espanto. No vacilaron en prestarlo
-auxilio cristianamente sacándole de allí en hombros, después de
-quitarle con no poco trabajo las cadenas; y cuando el cautivo vio
-la luz se desmayó, pronunciando incoherentes palabras, que más bien
-expresaban demencia que alegría.</p>
-
-<p>Rodeáronle todos, siendo objeto de gran curiosidad por parte de
-oficiales y soldados, que no cesaban de denostar a los facciosos por la
-crueldad usada con aquel infeliz. Este parecía<span class="pagenum"
-id="Page_39">p. 39</span> haber permanecido bajo tierra mucho tiempo,
-según estaba de lívido y exangüe, y sin duda era víctima del furor de
-las hordas absolutistas, y más que criminal castigado por sus delitos,
-un buen patriota condenado por su amor a la Constitución.</p>
-
-<p>Un capitán ayudante de Rotten, llamado don Rafael Seudoquis, se
-interesó vivamente por el cautivo, y después de mandar que se le diera
-toda clase de socorros, le apremió para que hablase. El hombre sacado
-del fondo de la tierra parecía joven, a pesar de lo que le abrumaba su
-padecer, y se sorprendió muy agradablemente de ver los uniformes de la
-tropa. Las primeras palabras que pronunció fueron:</p>
-
-<p>—¿En dónde están?</p>
-
-<p>—¿Los facciosos? —dijo Seudoquis riendo—. Me parece que no les
-veremos tan pronto, según la prisa que llevan... Ahora, buen amigo,
-díganos cómo se llama usted y quién es.</p>
-
-<p>El cautivo hacía esfuerzos para recordar.</p>
-
-<p>—¿En qué año estamos? —preguntó al fin mirando a todos con
-extraviados ojos.</p>
-
-<p>—En el de 1823, que parece será el peor año del siglo, según como
-empieza.</p>
-
-<p>—¿Y en qué mes?</p>
-
-<p>—En enero y a 15, día de san Pablo ermitaño. Si usted recuerda
-cuándo le empaquetaron, puede hacer la cuenta del tiempo que ha estado
-en conserva.</p>
-
-<p>—He estado preso —dijo después de una larga pausa— seis meses y
-algunos días.</p>
-
-<p>—Pues no es mucho: otros han estado más.<span class="pagenum"
-id="Page_40">p. 40</span> No le habrán tratado a usted muy bien, eso
-es lo malo; pero descuide, que ahora las van a pagar todas juntas. El
-pueblo será incendiado y arrasado.</p>
-
-<p>—¡Incendiado y arrasado! —exclamó el cautivo con pena—. ¡Qué lástima
-que no sea Benabarre!</p>
-
-<p>—Sin duda el cautiverio de usted —dijo Seudoquis intimando más con
-el desgraciado— empezó en ese horrible pueblo aragonés.</p>
-
-<p>—Sí, señor: de allí me trajeron a Tremp, de Tremp a Masbrú y de
-Masbrú aquí.</p>
-
-<p>—¡Oh, buen viaje ha sido! ¡Y seis meses de encierro, bajo el
-poder de esa canalla! No sé cómo no le fusilaron a usted seiscientas
-veces.</p>
-
-<p>—Eran demasiado inhumanos para hacerlo.</p>
-
-<p>Lleváronle fuera del pueblo, en una camilla, a presencia del
-brigadier, que le interrogó. Desde el cuartel general vio las llamas que
-devoraban a San Llorens, y entonces dijo:</p>
-
-<p>—Arde lo inocente, las guaridas, y los perversos lobos están en el
-monte.</p>
-
-<p>El bravo y generoso Seudoquis fue encargado por el brigadier de
-vestirle, pues los andrajos que cubrían el cuerpo del cautivo se caían
-a pedazos.</p>
-
-<p>Al día siguiente de su maravillosa redención, hallose muy repuesto
-por la influencia del aire sano y de los alimentos que tomara, y aunque
-le era imposible dar un paso, podía hablar sin acongojarse por falta de
-aliento como el primer día.</p>
-
-<p>—¿Qué ha pasado en todo este tiempo?<span class="pagenum"
-id="Page_41">p. 41</span> —preguntó con voz temblorosa al que
-continuamente le daba pruebas de generosidad e interés—. ¿Sigue
-reinando Fernando VII?</p>
-
-<p>—Hombre, sí: todavía le tenemos encima —dijo Seudoquis atizando la
-hoguera, alrededor de la cual vivaqueaban juntamente con el cautivo
-cuatro o cinco oficiales—. Gotosillo sigue nuestro hombre; pero aún nos
-está embromando y nos embromará por mucho tiempo.</p>
-
-<p>—¿Y la Constitución, subsiste?</p>
-
-<p>—También está gotosa, o mejor dicho, acatarrada. Me parece que de
-esta fecha enterramos a la señora.</p>
-
-<p>—¿Y hay Cortes?</p>
-
-<p>—Cortes y recortes. Pero me parece que pronto no quedarán más que
-los de los sastres.</p>
-
-<p>—Y qué, ¿hay revolución en España?</p>
-
-<p>—Nada: estamos en una balsa de aceite.</p>
-
-<p>—¿Qué ministerio tenemos?</p>
-
-<p>—El de los <i>Siete niños de Écija</i>. ¿Pues qué, vamos a estar
-mudando de niños todos los días?</p>
-
-<p>—¿Y ha vuelto la Milicia a sacudir el polvo a la Guardia real?</p>
-
-<p>—Ahora nos ocupamos todos en cazar frailes y guerrilleros, siempre
-que ellos no nos cacen a nosotros.</p>
-
-<p>—¿Y Riego?</p>
-
-<p>—Ha ido a Andalucía.</p>
-
-<p>—¿Hay agitación allá?</p>
-
-<p>—Lo que hay es mucha sangre vertida en todas partes.</p>
-
-<p>—Revolución completa. ¿Dónde hay partidas?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_42">p. 42</span>—Pregunte usted que
-dónde hay españoles.</p>
-
-<p>—Toda Cataluña parece estar en armas contra el gobierno.</p>
-
-<p>—Y casi todo Aragón y Navarra y Vizcaya y Burgos y León y mucha
-parte de Guadalajara, Cuenca, Ávila, Toledo, Cáceres. Hay facciones
-hasta en Andalucía, que es como decir que hasta las ranas han criado
-pelo.</p>
-
-<p>—¡Qué horrible sueño el mío —dijo lúgubremente el cautivo—, y qué
-triste despertar!</p>
-
-<p>—Esto es un volcán, amigo mío.</p>
-
-<p>—¿Pero qué quieren?</p>
-
-<p>—Confites. Piden Inquisición y cadenas.</p>
-
-<p>—¿Y quién los dirige?</p>
-
-<p>—El rey, y en su real nombre la Regencia de Urgel.</p>
-
-<p>—¡Una regencia...!</p>
-
-<p>—Que tiene su gobierno regular, sus embajadores en las cortes de
-Europa, y ha contratado hace poco un gran empréstito. ¡Si no hay país
-ninguno como este! Espanta el ver cómo falta dinero para todo menos
-para conspirar.</p>
-
-<p>—¿Y qué hace el gobierno?</p>
-
-<p>—¿Qué ha de hacer? Bobadas. Trasladar los curas de una parroquia
-a otra, declarar vacantes las sillas de los obispos que están en la
-facción, fomentar las sociedades patrióticas, suprimir los conventos
-que están en despoblado, y otras grandes medidas salvadoras.</p>
-
-<p>—¿No ha cerrado el gobierno las sociedades patrióticas?</p>
-
-<p>—Ha abierto la <i>Landaburiana</i>, para que los liberales tengan
-una buena plazuela donde insultarse.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_43">p. 43</span>—¿Siguen los
-discursos?</p>
-
-<p>—Sí; pero abundan más los cachetes.</p>
-
-<p>—¿Y qué generales mandan los ejércitos de operaciones?</p>
-
-<p>—Aquí, Mina; en Castilla la Nueva, O’Daly; Quiroga, en Galicia; en
-Aragón, Torrijos.</p>
-
-<p>—¿Y vencen?</p>
-
-<p>—Cuando pueden.</p>
-
-<p>—Es una delicia lo que encuentro a mi vuelta del otro mundo.</p>
-
-<p>—Si casi era mejor que se hubiese usted quedado por allá. Así al
-menos no sufriría la vergüenza de la intervención extranjera.</p>
-
-<p>—¿Intervención?</p>
-
-<p>—¡Y se asusta! ¿Pues hay nada más natural? Según parece, allá por
-el mundo civilizado corre el rumor de que esto que aquí pasa es un
-escándalo.</p>
-
-<p>—Sí que lo es.</p>
-
-<p>—Los reyes temen que a sus naciones respectivas les entre este
-maleficio de las Constituciones, de las sociedades landaburianas, de
-las partidas de la fe, de los frailes con pistolas, y nos van a quitar
-todos estos motivos de distracción. Lejos del mundo ha estado usted,
-y muy dentro de tierra cuando no han llegado a sus oídos las célebres
-notas.</p>
-
-<p>—¿Qué notas?</p>
-
-<p>—El re mi fa de las potencias. Las notas han sido tres, todas muy
-desafinadas, y las potencias que las han dado, tres también, como las
-del alma: Rusia, Prusia y Austria.</p>
-
-<p>—¿Y qué pedían?</p>
-
-<p>—No puedo decírselo a usted claramente,<span class="pagenum"
-id="Page_44">p. 44</span> porque los embajadores no me las han leído;
-pero sí sé que la contestación del gobierno español ha sido retumbante
-y guerrera como un redoble de tambor.</p>
-
-<p>—Es decir, que desafía a Europa.</p>
-
-<p>—Sí, señor, la desafiamos. Ahora se recuerda mucho la guerra de
-la Independencia; pero yo digo como Cervantes, que <i>nunca segundas
-partes fueron buenas</i>.</p>
-
-<p>—¿De modo que tendremos otra vez extranjeros?</p>
-
-<p>—Franceses. Ahí tiene usted en lo que ha venido a parar el ejército
-de observación. Entre el cordón sanitario y el de San Francisco nos van
-a dar que hacer... Digo... y los diputados, el día en que aprobaron la
-contestación a las notas, fueron aclamados por el pueblo. Yo estaba en
-Madrid esa noche, y como vivo frente al coronel San Miguel, las murgas
-no me dejaron dormir en toda la noche. Por todas partes no se oyen más
-que <i>mueras</i> a la Santa Alianza, a las potencias del norte, a
-Francia y a la Regencia de Urgel. Ahora se dice también, como entonces:
-«dejadles que se internen»; pero la tropa no está muy entusiasmada que
-digamos. Con todo, si entran los interventores, no les recibiremos con
-las manos en los bolsillos.</p>
-
-<p>—Tremendos días vienen —dijo el cautivo—. Si los absolutistas
-vencen, no podremos vivir aquí. O ellos o nosotros. Hay que
-exterminarles para que no nos exterminen.</p>
-
-<p>—Diga usted que si hubiera muchos brigadieres Rotten, pronto se
-acababa esa casta maligna.<span class="pagenum" id="Page_45">p.
-45</span> Fusilamos realistas por docenas, sin distinción de sexo
-ni edad, ni formalidades de juicio... ¡Ay del que cae en nuestras
-manos! Nuestro brigadier dice que no hay otro remedio, ni entienden
-más razón que el arcabuzazo. Ayer hicimos catorce prisioneros en San
-Llorens. Hay de toda casta de gentes: mujeres, hombres, dos clérigos,
-un jesuita que usa gafas, un escribano de setenta años, una mujer
-pública, dos guerrilleros inválidos; en fin, un muestrario completo. El
-jefe les ha sentenciado ya; pero como esto no se puede decir así, se
-hace la comedia de enviarles a la cárcel de Solsona, y por el camino,
-cuando viene la noche y se llega a un sitio conveniente..., <i>pim,
-pam</i>..., se les despacha en un santiamén, y a otra.</p>
-
-<p>—Si no me engaño —dijo el cautivo—, aquellos paisanos que por allí
-asoman son los prisioneros de San Llorens.</p>
-
-<p>En una loma cercana, a distancia de dos tiros de fusil, se veía un
-grupo de personas, custodiado por la tropa.</p>
-
-<p>—Cabalmente —afirmó Seudoquis—, aquellos son. Dentro de una hora se
-pondrán en camino para la eternidad. ¡Y están tan tranquilos!... Como
-que no han probado aún las recetas del brigadier Rotten...</p>
-
-<p>—Ojo por ojo y diente por diente —dijo el cautivo contemplando el
-grupo de prisioneros—. ¡Ah, gran canalla!, no se entierran hombres
-impunemente durante seis meses; no se baila encima de su sepultura
-para atormentarles; no se les insulta por la reja; no se les arroja
-saliva e inmundicia, sin sentir, más tarde o más<span class="pagenum"
-id="Page_46">p. 46</span> temprano, la mano justiciera que baja del
-cielo.</p>
-
-<p>Después callaron todos. No se oía más que el rasgueo de la pluma
-con que uno de los oficiales escribía, teniendo el papel sobre una
-cartera y esta sobre sus rodillas. Cuando hubo concluido, el cautivo
-rogó que se le diese lo necesario para escribir una carta a su madre,
-anunciándole que vivía, pues según dijo, en todo el tiempo de su ya
-concluida cautividad no había podido dar noticia de su existencia a los
-que le amaban.</p>
-
-<p>—¿Vivirán como yo —dijo tristemente—, o afligidos por mi
-desaparición habrán muerto?</p>
-
-<p>—Dispénseme usted —manifestó Seudoquis—. A medida que hablamos, me
-ha parecido reconocer en usted a una persona con quien hace algunos
-años tuve relaciones.</p>
-
-<p>—Sí, señor Seudoquis —dijo el cautivo sonriendo—. El mismo soy.
-Conspiramos juntos el año 19 y a principios del año 20.</p>
-
-<p>—Señor Monsalud —declaró el oficial abrazándole—, buen hallazgo
-hemos hecho sacándole a usted de aquella mazmorra. ¡Ya se ve! ¿Cómo
-podría conocerle, si está usted hecho un esqueleto...? Además, en
-estos tiempos se olvida pronto. ¡He visto tanta gente desde aquellos
-felices días...! Porque eran felices, sí. Aunque sea entre peligros, el
-conspirar es siempre muy agradable, sobre todo si se tiene fe.</p>
-
-<p>—Entonces tenía yo mucha fe.</p>
-
-<p>—¡Ah! Y yo también. Me hubiera dejado descuartizar por la
-libertad.</p>
-
-<p>—¡Con qué afán trabajábamos!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_47">p. 47</span>—Sí, ¡con qué
-afán!</p>
-
-<p>—Nos parecía que de nuestras manos iba a salir acabada y completa la
-más liberal y al mismo tiempo la más feliz nación de la tierra.</p>
-
-<p>—¡Sí, qué ilusiones...! Si no estoy trascordado, también nos
-hallamos juntos en la logia de la calle de las Tres Cruces.</p>
-
-<p>—Sí, allí iba yo. En aquello nunca tuve mucha fe.</p>
-
-<p>—Yo sí; pero la he perdido completamente. Vea usted en qué han
-venido a parar aquellas detestables misas masónicas.</p>
-
-<p>—Nunca tuve ilusiones respecto a la Orden de la <i>Viuda</i>.</p>
-
-<p>—Pues nosotros —dijo Seudoquis riendo—, tuvimos hasta hace poco
-en el regimiento nuestra caverna de Adorinam. Pero apenas funcionaba
-ya. ¡Cuánta ruina, amigo mío!... ¡Cómo se ha desmoronado aquel
-fantástico edificio que levantamos!... Yo he sido de los que con más
-gana, con más convicción y hasta con verdadera ferocidad han gritado:
-¡<i>Constitución o muerte</i>! Hábleme usted con franqueza, Salvador:
-¿tiene usted fe?</p>
-
-<p>—Ninguna —repuso el cautivo—; pero tengo odio, y por el odio que
-siento contra mis carceleros, estoy dispuesto a todo, a morir matando
-facciosos, si el general Mina quiere hacerme un hueco entre sus
-soldados.</p>
-
-<p>—Pues yo —manifestó Seudoquis con frialdad—, no tengo fe; tampoco
-tengo odio muy vivo; pero el deber militar suplirá en mí la falta de
-estas dos poderosas fuerzas guerreras. Pienso batirme con lealtad y
-llevar la bandera<span class="pagenum" id="Page_48">p. 48</span> de la
-Constitución hasta donde se pueda.</p>
-
-<p>—Eso no basta —dijo Monsalud, moviendo la cabeza—. Para este
-conflicto nacional se necesita algo más... En fin, Dios dirá.</p>
-
-<p>Y empezó a escribir a su madre.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch7">
- <h2 class="nobreak g0">VII</h2>
-</div>
-
-<p>Después de dar noticia de su estupenda liberación, exponiendo
-con brevedad los padecimientos del largo cautiverio que había
-sufrido, escribió frases cariñosas, y una patética declaración de
-arrepentimiento por su desnaturalizada conducta y la impía fuga que
-tan duramente había castigado Dios. Manifestando después su falta de
-recursos, y que más que un viaje a Madrid le convenía su permanencia en
-el ejército de Cataluña, rogaba a su madre que vendiese cuanto había en
-la casa, y juntamente con Solita se trasladase a la Puebla de Arganzón,
-donde a verlas pasaría, pidiendo una licencia. Concluía indicando la
-dirección que debía darse a las cartas de respuesta, y pedía que esta
-fuera inmediata, para calmar la incertidumbre y afán de su alma.</p>
-
-<p>Aquella misma tarde habló con el brigadier Rotten, el cual era un
-hombre muy rudo y fiero, bastante parecido en genio y modos a don
-Carlos España. Aconsejole este que viera al general Mina, en cuyo
-ejército había varias partidas de contraguerrilleros organizadas
-disciplinariamente;<span class="pagenum" id="Page_49">p. 49</span>
-añadió que él (el brigadier Rotten) se había propuesto hacer la guerra
-de exterminio, quemando, arrasando y fusilando, en la seguridad de
-que la supresión de la humanidad traería infaliblemente el fin del
-absolutismo, y anunció que pasaba a la provincia de Tarragona con todas
-las fuerzas de su mando, excepción hecha del batallón de Murcia, que le
-había sido reclamado por el general en jefe para reforzar el sitio de
-la Seo. Monsalud, sin vacilar en su elección, optó por seguir a los de
-Murcia que iban hacia la Seo.</p>
-
-<p>Salió, pues, Murcia al día siguiente muy temprano en dirección a
-Castellar, llevando el triste encargo de conducir a catorce prisioneros
-de San Llorens de Morunys. Seudoquis no ocultó a Salvador su disgusto
-por comisión tan execrable; pero ni él ni sus compañeros podían
-desobedecer al bárbaro Rotten. Púsose en marcha el regimiento, que
-más bien parecía cortejo fúnebre, y en uno de sus últimos carros iba
-Monsalud, viendo delante de sí a los infelices cautivos atraillados,
-algunos medio desnudos, y todos abatidos y llorosos por su miserable
-destino, aunque no se creían condenados a muerte, sino tan solo a
-denigrante esclavitud.</p>
-
-<p>Camino más triste no se había visto jamás. Lleno de fango el suelo,
-cargada de neblina la atmósfera y enfriada por un remusguillo helado
-que del Pirineo descendía, todo era tristeza fuera y dentro del alma de
-los soldados. No se oían ni las canciones alegres con que estos<span
-class="pagenum" id="Page_50">p. 50</span> suelen hacer menos pesadas
-las largas marchas, ni los diálogos picantes, ni más que el lúgubre
-compás de los pasos en el cieno y el crujir de los lentos carros y los
-suspiros de los acongojados prisioneros. El día se acabó muy pronto a
-causa de la niebla que, al modo de envidia, lo empañaba; y al llegar a
-un ángulo del camino, en cierto sitio llamado <i>Los tres Roures</i>
-(los tres robles), el regimiento se detuvo. Tomaba aliento, porque lo
-que tenía que hacer era grave.</p>
-
-<p>Salvador sintió un súbito impulso en su alma cristiana. Eran los
-sentimientos de humanidad, que se sobreponían al odio pasajero y al
-recuerdo de tantas penas. Cuando vio que la horrible sentencia iba a
-cumplirse, hundió la cabeza, sepultándola entre los sacos y mantas que
-llenaban el carro, y oró en silencio. Los ayes lastimeros y los tiros
-que pusieron fin a los ayes hiciéronle estremecer y sacudirse, como
-si resonaran en la cavidad de su propio corazón. Cuando todo quedó en
-lúgubre silencio, alzando su angustiada cabeza, dijo así:</p>
-
-<p>—¡Qué cobarde soy! El estado de mi cuerpo, que parece de vidrio, me
-hace débil y pusilánime como una mujer... No debo tenerles lástima,
-porque me sepultaron durante seis meses, porque bailaron sobre mi
-calabozo y me injuriaron y escupieron, porque ni aun tuvieron la
-caridad de darme muerte, sino, por el contrario, me dejaban vivir para
-mortificarme más.</p>
-
-<p>El regimiento siguió adelante, y al pasar<span class="pagenum"
-id="Page_51">p. 51</span> junto al lugar de la carnicería, Salvador
-sintió renacer su congoja.</p>
-
-<p>«Es preciso ser hombre —pensó—. La guerra es guerra, y exige estas
-crueldades. Vale más ser verdugo que víctima. O ellos o nosotros.»</p>
-
-<p>Seudoquis se acercó entonces para informarse de su estado de salud.
-Estaba el buen capitán tan pálido como los muertos, y su mano ardiente
-y nerviosa temblaba como la del asesino que acaba de arrojar el arma
-para no ser descubierto.</p>
-
-<p>—¿Qué dice usted, amigo mío? —le preguntó Salvador.</p>
-
-<p>—Digo —repuso el militar tristemente— que la Constitución será
-vencida.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch8">
- <h2 class="nobreak g0">VIII</h2>
-</div>
-
-<p>Hasta el 25 de enero no llegaron a Canyellas, donde Mina tenía su
-cuartel general, frente a la Seo de Urgel. Habían pasado más de sesenta
-días desde que puso sitio a la plaza; y aunque la Regencia se había
-puesto en salvo llevándose el dinero y los papeles, los testarudos
-catalanes y aragoneses se sostenían fieramente en la población, en los
-castillos y en la formidable ciudadela.</p>
-
-<p>Mina, hombre muy impaciente, tenía en aquellos días un humor de
-mil demonios. Sus soldados estaban medio desnudos, sin ningún<span
-class="pagenum" id="Page_52">p. 52</span> abrigo y con menos ardor
-guerrero que hambre. A los cuarenta y seis cañones que guarnecían las
-fortalezas de la Seo, el héroe navarro no podía oponer ni una sola
-pieza de artillería. El país en que operaba era tan pobre y desolado,
-que no había medios de que sobre él, como es costumbre, vivieran las
-tropas. Por carecer estas de todo, hasta carecían de fanatismo, y el
-grito de <i>Constitución o muerte</i> hacía ya muy poco efecto. Era
-como los cumplimientos, que todo el mundo los dice y nadie cree en
-ellos. Un invierno frío y crudo completaban la situación, derramando
-nieves, escarchas, hielos y lluvia sobre los sitiadores, no menos
-desabrigados que aburridos.</p>
-
-<p>Delante de la miserable casilla que le servía de alojamiento,
-solía pasearse don Francisco por las tardes, con las manos en los
-bolsillos de su capote, y pisando fuerte para que entraran en calor
-las entumecidas piernas. Era hombre de cuarenta y dos años, recio y
-avellanado, de semblante rudo, en que se pintaba una gran energía,
-y todo su aspecto revelaba al guerreador castellano, más ágil que
-forzudo. En sus ojos, sombreados por cejas muy espesas, brillaba la
-astuta mirada del guerrillero que sabe organizar las emboscadas y las
-dispersiones. Tenía cortas patillas, que empezaban a emblanquecer, y
-una piel bronca; las mandíbulas, así como la parte inferior de la cara,
-muy pronunciadas; la cabeza cabelluda, y no como la de Napoleón, sino
-piriforme y amelonada, a lo guerrillero. No carecía de cierta sandunga
-su especial modo de sonreír,<span class="pagenum" id="Page_53">p.
-53</span> y su hablar era como su estilo: conciso y claro, si bien no
-muy elegante; pero si no escribía como Julio César, solía guerrear como
-él.</p>
-
-<p>No lo educaron sus mayores, sino los menores de su familia, y
-tuvo por maestro a su sobrino, un seminarista calaverón que empezó
-su carrera persiguiendo franceses y la acabó fusilado en América. Se
-hizo general como otros muchos, y con mejores motivos que la mayor
-parte, educándose en la guerra de la Independencia, sirviendo bien y
-con lealtad, ganando cada grado con veinte batallas, y defendiendo
-una idea política con perseverancia y buena fe. Su destreza militar
-era extraordinaria, y fue sin disputa el primero entre los caudillos
-de partidas, pues tenía la osadía de Merino, el brutal arrojo
-del Empecinado, la astucia de Albuín y la ligereza del Royo. Sus
-crueldades, de que tanto se ha hablado, no salían, como las de Rotten,
-de las perversidades de un corazón duro, sino de los cálculos de su
-activo cerebro, y constituían un plan como cualquier otro plan de
-guerra. Supo hacerse amar de los suyos hasta el delirio, y también
-sojuzgar a los que se le rebelaron, como el Malcarado.</p>
-
-<p>Poseía el genio navarro en toda su grandeza; era guerrero en cuerpo
-y alma, no muy amante de la disciplina, caminante audaz, cazador de
-hombres, enemigo de la lisonja, valiente por amor a la gloria, terco y
-caprichudo en los combates. Ganó batallas que equivalían a romper una
-muralla con la cabeza, y fueron obras maestras de la terquedad, que
-a veces<span class="pagenum" id="Page_54">p. 54</span> sustituye al
-genio. En sus crueldades jamás cometió viles represalias, ni se ensañó,
-como otros, en criaturas débiles. Peleando contra Zumalacárregui,
-ambos caudillos cambiaron cartas muy tiernas a propósito de una niña
-de quince meses que el guipuzcoano tenía en poder del navarro. Fuera
-de la guerra, era hombre cortés y fino, desmintiendo así la humildad
-de su origen, al contrario de otros muchos, como don Juan Martín, por
-ejemplo, que, aun siendo general, nunca dejó de ser carbonero.</p>
-
-<p>Salvador Monsalud había conocido a Mina en 1813, durante la
-conspiración, y después en Madrid. Su amistad no era íntima, pero sí
-cordial y sincera. Oyó el general con mucho interés el relato de las
-desgracias del pobre cautivo de San Llorens, y a cada nueva crueldad
-que este refería, soltaba el otro alguna enérgica invectiva contra los
-facciosos.</p>
-
-<p>—Ya tendrá usted ocasión de vengarse, si persiste en su buen
-propósito de ingresar en mi ejército —le dijo, estrechándole la mano—.
-Yo tengo aquí varias partidas de contraguerrilleros, compuestas de
-gentes del país y de compatriotas míos que me ayudan como pueden. Desde
-luego le doy a usted el mando de una compañía. Vamos, ¿acepta usted?</p>
-
-<p>—Acepto. Nunca fue grande mi afición a la carrera militar; pero
-ahora me seduce la idea de hacer todo el daño posible a mis infames
-verdugos, no asesinándolos, sino venciéndolos... Este es el sentimiento
-de que han nacido todas las guerras. Además, yo no tengo nada<span
-class="pagenum" id="Page_55">p. 55</span> que hacer en Madrid. El
-duque del Parque no se acordará ya de mí, y habrá puesto a otro en mi
-lugar. He rogado a mi madre que venda todo y se traslade a la Puebla
-con mi hermana. No quiero corte por ahora. Las circunstancias y una
-inclinación irresistible que hay dentro de mí desde que me sacaron de
-aquel horrible sepulcro, me impulsan a ser guerrillero.</p>
-
-<p>—Eso no es más que vocación de general —dijo Mina riendo.</p>
-
-<p>Después convidó a Monsalud a su frugal mesa, y hablaron largo rato
-de la campaña y del sitio emprendido, que, según las predicciones del
-general, tocaba ya a su fin.</p>
-
-<p>—Si para el día de la Candelaria no he entrado en esa cueva de
-ladrones —dijo—, rompo mi bastón de mando... Daría todos mis grados por
-podérselo romper en las costillas a Mataflorida.</p>
-
-<p>—O al arzobispo Creux.</p>
-
-<p>—Ese se pone siempre fuera de tiro. Ya marchó a Francia por miedo
-a la chamusquina que les espera. ¡Ah! Señor Monsalud, si no es usted
-hombre de corazón, no venga con nosotros. Cuando entremos en la Seo, no
-pienso perdonar ni a las moscas. El Trapense, al tomar esta plaza, pasó
-a cuchillo la guarnición. Yo pienso hacer lo mismo.</p>
-
-<p>—¿A qué cuerpo me destina mi general?</p>
-
-<p>—A la contraguerrilla del <i>Cojo de Lumbier</i>. Es un puñado de
-valientes que vale todo el oro del mundo.</p>
-
-<p>—¿En dónde está?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_56">p. 56</span>—Hacia Fornals,
-vigilando siempre la ciudadela. Los contraguerrilleros del <i>Cojo</i>
-han jurado morir todos o entrar en la ciudadela antes de la Candelaria.
-Me inspiran tal confianza, que les he dicho: «No tenéis que poneros
-delante de mí sino para decirme que la ciudadela es nuestra.»</p>
-
-<p>—Entrarán, entraremos de seguro —dijo Monsalud con entusiasmo.</p>
-
-<p>—Y ya les he leído muy bien la cartilla —añadió Mina—. Ya les he
-cantado muy claro que no tienen que hacerme prisioneros. No doy cuartel
-a nadie, absolutamente a nadie. Esa turba de sacristanes y salteadores
-no merece ninguna consideración militar.</p>
-
-<p>—Es decir...</p>
-
-<p>—Que me haréis el favor de pasarme a cuchillo a toda esa gavilla
-de tunantes... Amigo mío, la experiencia me ha demostrado que esta
-guerra no se sofoca sino por la ley del exterminio, llevada a su último
-extremo.</p>
-
-<p>Salvador, oyendo esto, se estremeció, y por largo rato no pudo
-apartar de su pensamiento la lúgubre fase que tomaba la guerra desde
-que él imaginó poner su mano en ella.</p>
-
-<p>Mina encargó al novel guerrillero que procurara restablecerse,
-dándose la mejor vida posible en el campamento, pues tiempo había de
-sobra para entrar en la lucha si continuaba la guerra, como parecía
-probable, según el estado del país y los amagos de intervención. Otros
-amigos, además del general, encontró Salvador en Canyellas y pueblos
-inmediatos;<span class="pagenum" id="Page_57">p. 57</span> relaciones
-hechas la mayor parte en la conspiración y fomentadas después en las
-logias o en los cafés patrióticos.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch9">
- <h2 class="nobreak g0">IX</h2>
-</div>
-
-<p>La Seo de Urgel está situada en la confluencia de dos ríos que
-allí son torrentes: el Segre, originario de Puigcerdá, y el Valira,
-un bullicioso y atronador joven enviado a España por la República de
-Andorra. Enormes montañas la cercan por todas partes, y tres gargantas
-estrechas le dan entrada por caminos que entonces solo eran a propósito
-para la segura planta del mulo. Sobre la misma villa se eleva la
-Ciudadela; más al norte, el Castillo; entre estas dos fortalezas el
-escarpado arrabal de Castel-Ciudad, y en dirección a Andorra la torre
-de Solsona. La imponente altura de estas posiciones hace muy difícil su
-expugnación: es preciso andar a gatas para llegar hasta ellas.</p>
-
-<p>El 29, Mina dispuso que se atacara a Castel-Ciudad. El éxito fue
-desgraciado; pero el 1.º de febrero, operando simultáneamente todas
-las tropas contra Castel-Ciudad, Solsona y el Castillo, se logró poner
-avanzadas en puntos cuya conquista hacía muy peligrosa la resistencia
-de los sitiados. Por último, el 3 de febrero, a las doce de la mañana,
-las contraguerrillas del <i>Cojo</i> y el regimiento de Murcia<span
-class="pagenum" id="Page_58">p. 58</span> penetraban en la Ciudadela,
-defendida por seiscientos hombres al mando de Romagosa.</p>
-
-<p>Aunque no se hallaba totalmente restablecido, Salvador Monsalud
-volvía tan rápidamente a su estado normal, que creyó de su deber darse
-de alta en los críticos días 1.º y 2 de febrero. Además de que se
-sentía regularmente ágil y fuerte, le mortificaba la idea de que se le
-supusiera más encariñado con la convalecencia que con las balas. Tomó,
-pues, el mando de su compañía de contraguerrillas, a las órdenes del
-valiente <i>Cojo de Lumbier</i>, y fue de los primeros que tuvieron la
-gloria de penetrar en la Ciudadela. Sin saber cómo, sintiose dominado
-por la rabiosa exaltación guerrera que animaba a su gente. Vio los
-raudales de sangre, oyó los salvajes gritos, todo ello muy acorde con
-su excitado espíritu.</p>
-
-<p>Cuando la turba vencedora cayó como una venganza celeste sobre los
-vencidos, sintió, sí, pasajero temblor; pero sobreponiéndose a sus
-sentimientos, recordó las instrucciones de Mina, y supo transmitir
-las órdenes de degüello con tanta firmeza como el cirujano que ordena
-la amputación. Vio pasar a cuchillo a más de doscientos hombres en la
-Ciudadela, y no pestañeó; pero no pudo vencer una tristeza más honda
-que todas las tristezas imaginables, cuando Seudoquis, acercándose a él
-sobre charcos de sangre y entre los destrozados cuerpos, le dijo con la
-misma expresión lúgubre de la tarde de los tres Roures:</p>
-
-<p>—Me confirmo en mi idea, amigo Monsalud. La Constitución será
-vencida.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_59">p. 59</span>Al día siguiente,
-bajó a la Seo, que le pareció un sepulcro del cual se acabara de sacar
-el cuerpo putrefacto. Su estrechez lóbrega y húmeda, así como su
-suciedad, hacían pensar en los gusanos insaciables: no se podía entrar
-en ella con ánimo sereno. Como oyera decir que en los claustros de la
-catedral, convertidos en hospital, había no pocas personas de Madrid,
-allá se fue creyendo encontrar algún amigo de los muchos y diversos que
-tenía. Grande era el número de heridos y enfermos; mas no vio ningún
-semblante conocido. En el palacio arzobispal estaban los enfermos de
-más categoría. Dirigiose allá, y apenas había dado algunos pasos en la
-primera sala, cuando se sintió llamado enérgicamente.</p>
-
-<p>Miró, y dos nombres sonaron:</p>
-
-<p>—¡Salvador!</p>
-
-<p>—¡Pipaón!</p>
-
-<p>Los dos amigos de la niñez, los dos colegas de la conspiración del
-19, los dos hermanos, aunque no bien avenidos, de la gloria de las Tres
-Cruces, se abrazaron con cariño. El buen Bragas, que poco antes, viendo
-mal parada la causa constitucional, había corrido a la Seo a ponerse
-a las órdenes de la Regencia, cual hombre previsor, padecía de un
-persistente reúma que le impidió absolutamente huir a la aproximación
-de las tropas liberales. Confiaba el pobrecito en las infinitas trazas
-de su sutil ingenio para conseguir que no se le causara daño; y como
-tuvo siempre por norte hacerse amigos, aunque fuera en el infierno, muy
-mal habían de venir las cosas para que no saliese<span class="pagenum"
-id="Page_60">p. 60</span> alguno entre los soldados de Mina. A pesar de
-todo, estuvo con el alma en un hilo hasta que vio aparecer la figura,
-por demás simpática, de su antiguo camarada; y no pudiendo contener
-la alegría, le llamó, y después de estrecharle en sus brazos con la
-frenética alegría del condenado que logra salvarse, le dijo:</p>
-
-<p>—¡Qué bonita campaña la vuestra...! Habéis tomado la Seo como quien
-coge un nido de pájaros... Si he de ser franco contigo, me alegro... no
-se podía vivir aquí con esa canalla de Regencia... Yo vine por cuenta
-del gobierno constitucional a vigilar... ya tú me entiendes; y me
-marchaba, cuando... ¡Qué desgraciado soy! Pero supongo que no me harán
-daño alguno, ¿eh...? ¿Tienes influencia con Mina...? Dile que podré
-ponerle en autos de algunas picardías que proyectan los regentes. Te
-juro que diera no sé qué por ver colgado de la torre al arzobispo.</p>
-
-<p>Monsalud, después de tranquilizarle, pidiole noticias de Madrid y de
-su familia.</p>
-
-<p>Permaneció indeciso el cortesano breve rato, y después añadió con su
-habitual ligereza de lenguaje:</p>
-
-<p>—¿Pero dónde te has metido? ¿Te secuestraron los facciosos? Ya me
-lo suponía, y así lo dije a tu pobre madre cuando estuvo en mi casa a
-preguntarme por ti. La buena señora no tenía consuelo. Se comprende.
-¡No saber de ti en tanto tiempo...!</p>
-
-<p>—¿Vive mi madre? —preguntó Salvador—. ¿Está buena?</p>
-
-<p>—Hace algunos días que falto de Madrid y<span class="pagenum"
-id="Page_61">p. 61</span> no puedo contestarte —dijo Bragas
-mascullando las palabras—; pero si recibieses alguna mala noticia, no
-debes sorprenderte. Tu ausencia durante tantos meses y la horrible
-incertidumbre en que ha vivido tu buena madre, no son ciertamente
-garantías de larga vida para ella.</p>
-
-<p>—Pipaón, por Dios —dijo Monsalud con amargura—, tú me ocultas
-algo; tú, por caridad, no quieres decirme todo lo que sabes. ¿Vive mi
-madre?</p>
-
-<p>—No puedo afirmar que sí ni que no.</p>
-
-<p>—¿Cuándo la has visto?</p>
-
-<p>—Hace cuatro meses.</p>
-
-<p>—¿Y entonces estaba buena?</p>
-
-<p>—Así, así...</p>
-
-<p>—Y Sola, ¿estaba buena?</p>
-
-<p>—Así, así. Las dos tan apesadumbradas, que daba pena verlas.</p>
-
-<p>—¿Seguían viviendo en el Prado?</p>
-
-<p>—No: volvieron a la calle de Coloreros... Comprendo tu ansiedad.
-Si no hubiera huido con la Regencia una persona que se toma interés
-por ti, que te nombra con frecuencia y que hace poco ha llegado de
-Madrid...</p>
-
-<p>—¿Quién?</p>
-
-<p>—Jenara.</p>
-
-<p>—¿Ha estado aquí...? No me dices nada que no me abrume, Pipaón.</p>
-
-<p>—Marchó con el arzobispo y Mataflorida. ¡Qué guapa está! Y conspira
-que es un primor. Solo ella se atrevería a meterse en Madrid, llevando
-mensajes de esta gente de la frontera, como hizo en la primavera
-pasada, y volver<span class="pagenum" id="Page_62">p. 62</span>
-locos a los ministros y a la camarilla... Pero te has turbado al oír
-su nombre... Ya, ya sé que os queréis bien. Ella misma ha dejado
-comprender ciertas cosas... ¡Cuánto ha padecido por arrancar de la
-facción a un sujeto secuestrado en Benabarre! Ese hombre eres tú. Bien
-claro me lo ha dado a entender ella con sus suspiros siempre que te
-nombraba, y tú con esa palidez teatral que tienes desde que hablamos
-de ella. Amiguito, bien, bravo; mozas de tal calidad bien valen seis
-meses de prisión. A doce me condenaría yo por haber gustado esa miel
-hiblea.</p>
-
-<p>Y prorrumpió en alegres risas, sin que el otro participase de su
-jovialidad. Reclinado en la cama del enfermo, la cabeza apoyada en la
-mano, Monsalud parecía la imagen de la meditación. Después de larga
-pausa, volvió a anudar el hilo del interrumpido coloquio, diciendo:</p>
-
-<p>—¿Conque ha estado aquí hace poco?</p>
-
-<p>—Sí. ¿Ves esta cinta encarnada que tengo en el brazo...? Ella me la
-puso para sujetarme la manga que me molestaba. Si quieres este recuerdo
-suyo, te lo puedo ceder en cambio de la protección que me dispensas
-ahora.</p>
-
-<p>Salvador miró la cinta; pero no hizo movimiento alguno para tomarla,
-ni dijo nada sobre aquel amoroso tema.</p>
-
-<p>—¿Y dices que hizo esfuerzos por rescatarme? —preguntó.</p>
-
-<p>—Sí... ¡pobre mujer! Se me figura que te amó grandemente; pero acá
-para entre los dos, no creo que la primera virtud de Jenara sea<span
-class="pagenum" id="Page_63">p. 63</span> la constancia... Si tanto
-empeño tenía por salvarte, ¿por qué no te salvó, siendo, como era,
-amiga de Mataflorida, del arzobispo y del barón? Con tomar una orden
-de la Regencia y dirigirse al interior del país dominado por los
-arcángeles de la fe, bastaba... Pero no había quien la decidiera a dar
-este paso, y antes que meterse entre guerrilleros, me dijo una vez que
-prefería morir.</p>
-
-<p>—Y ¿crees tú que ella podría darme noticias de mi familia?</p>
-
-<p>—Se me figura que sí —dijo Pipaón poniendo semblante compungido—. Yo
-le oí ciertas cosas... No será malo, querido amigo, que te dispongas a
-recibir alguna mala noticia.</p>
-
-<p>—Dímela de una vez, y no me atormentes con medias palabras
-—manifestó Salvador ansioso.</p>
-
-<p>—De este mundo miserable —añadió Bragas con una gravedad que no le
-sentaba bien—, ¿qué puede esperarse más que penas?</p>
-
-<p>—¡Ya lo sé! Jamás he esperado otra cosa.</p>
-
-<p>—Pues bien... Yo te tengo por un hombre valiente... ¿Para qué andar
-con rodeos y palabrillas?</p>
-
-<p>—Es verdad.</p>
-
-<p>—Si al fin había de suceder; si al fin habías de apurar este cáliz
-de amargura... ¡Ah, mi querido amigo, siento ser mensajero de esta
-tristísima nueva!</p>
-
-<p>—¡Oh, Dios mío, lo comprendo ya! —exclamó Salvador ocultando su
-rostro entre las temblorosas manos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_64">p. 64</span></p>
-
-<p>—¡Tu madre ha muerto! —dijo Pipaón.</p>
-
-<p>—¡Oh, bien me lo decía el corazón! —balbució el huérfano traspasado
-de dolor—. ¡Madre querida, yo te he matado!</p>
-
-<p>Durante largo rato lloró amargamente.</p>
-
-
-<p class="mt2"><i>Creyendo ahora oportuno no trabajar más por cuenta
-propia, vuelve el autor a utilizar el manuscrito de la señora en su
-segunda pieza, que concuerda cronológicamente con el punto en que se ha
-suspendido el anterior relato.</i></p>
-
-<p><i>Los lectores perdonarán esta larga incrustación ripiosa, tan
-inferior a lo escrito por la hermosa mano y pensado por el agudo
-entendimiento de la señora. Pero como la seguridad del edificio de esta
-historia lo hacía necesario, el autor ha metido su tosco ladrillo entre
-el fino mármol de la gentil dama alavesa. El segundo fragmento lleva
-por título</i> De París a Cádiz, <i>y a la letra dice así:</i></p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch10">
- <h2 class="nobreak">X</h2>
-</div>
-
-<p>A fines de diciembre del 22, tuve que huir precipitadamente de la
-Seo, que amenazaba el cabecilla Mina. No es fácil salir con pena de
-la Seo. Aquel pueblo es horrible, y todo el que vive dentro de él se
-siente amortajado. Mataflorida salió antes que nadie, trémulo y lleno
-de zozobra. No podré olvidar nunca la figura del arzobispo, montado
-a mujeriegas en un mulo, apoyando una mano en el arzón delantero y
-otra en el de atrás, y con la teja sujeta con<span class="pagenum"
-id="Page_65">p. 65</span> un pañuelo para que no se la arrancase el
-fuerte viento que soplaba. Es sensible que no pueda una dejar de reírse
-en circunstancias tristes y luctuosas, y que a veces las personas más
-dignas de veneración por su estado religioso, exciten la hilaridad.
-Conozco que es pecado y lo confieso; pero ello es que yo no podía tener
-la risa.</p>
-
-<p>Nos reunimos todos en Tolosa de Francia. Resolví entonces no
-mezclarme más en asuntos de la Regencia. Jamás he visto un desconcierto
-semejante. Muchos españoles emigrados, viendo cercana la intervención
-(precipitada por las altaneras contestaciones de San Miguel), temblaban
-ante la idea de que se estableciese un absolutismo fanático y vengador,
-y suspiraban por una transacción, interpretando el pensamiento de Luis
-XVIII. Pero no había quien apease a Mataflorida de su borrica, o sea
-de su idea de restablecer las cosas <i>en el propio ser y estado que
-tuvieron</i> desde el 10 de mayo de 1814 hasta el 7 de marzo de 1820.
-Balmaseda le apoyaba, y don Jaime Creux (el gran jinete de quien antes
-he hablado) era partidario también del absolutismo puro y sin mancha
-alguna de Cámaras ni camarines. El barón de Eroles y Eguía se oponían
-furiosamente a esta salutífera idea de sus compañeros.</p>
-
-<p>Mi amigo, el general de la coleta (ya separado de la pastelera de
-Bayona), quería destituir a la Regencia y prender a Mataflorida y al
-arzobispo. Mataflorida, fuerte con las instrucciones reservadísimas
-de Su Majestad, que yo y otros emisarios le habíamos traído, seguía
-en<span class="pagenum" id="Page_66">p. 66</span> sus trece. La
-junta de Cataluña, los apostólicos de Galicia, la junta de Navarra,
-los obispos emigrados enviaban representaciones a Luis XVIII para
-que reconociese a la Regencia de Urgel, mientras la Regencia misma,
-echándosela de soberana, enviaba una especie de plenipotenciarios de
-figurón a los soberanos de Europa.</p>
-
-<p>Nada de esto hizo efecto, y la corte de Francia, conforme con Eguía
-y el barón de Eroles, puso a la Regencia cara de hereje. Por desgracia
-para la causa real, Ugarte había sido quitado de la escena política,
-y todo el negocio, como puede suponerse, andaba en manos muy ineptas.
-Allí era de ver la rabia de Mataflorida, que alegaba en su favor las
-órdenes terminantes del rey; pero nada de esto valía, porque los otros
-también mostraban cartas y mandatos reales. Fernando jugaba con todos
-los dados a la vez. Su voluntad, ¿quién podía saberla?</p>
-
-<p>Entre tanto, todo se volvía recados misteriosos de Tolosa a París
-y a Madrid y a Verona. Eguía se carteaba con el duque de Montmorency,
-ministro de Estado en Francia, y Mataflorida con Chateaubriand. Cuando
-este sustituyó a Montmorency en el ministerio, nuestro marqués vio el
-cielo abierto, por ser el vizconde de los que con más ahínco habían
-sostenido en Verona la necesidad de volver del revés las instituciones
-españolas. Necesitando negociar con él, y no queriendo apartarse de
-la frontera de España por temor a las intrigas de Eguía y del barón
-de Eroles, me rogó que le sirviese de mensajero, a lo que accedí
-gustosa,<span class="pagenum" id="Page_67">p. 67</span> porque me
-agradaban, ¿a qué negarlo?, aquellos graciosos manejos de la diplomacia
-menuda, y el continuo zarandeo, y el trabar relaciones con personajes
-eminentes, príncipes y hasta soberanos reinantes. Yo, dicho sea sin
-perjuicio de la modestia, había mostrado regular destreza para tales
-tratos, así como para componer hábilmente una intriga; y el hábito de
-ocuparme en ello había despertado en mí lo que puede llamarse el amor
-al arte. Mi belleza, y cierta magia que, según dicen, tuve, contribuían
-no poco entonces al éxito de lo que yo nombraba plenipotencias de
-abanico.</p>
-
-<p>Tomé, pues, mis credenciales, y partí para París con mi doncella y
-dos criados excelentes que me proporcionó Mataflorida. Estaba en mis
-glorias. Felizmente yo hablaba el francés con bastante soltura, y tenía
-en tan alto grado la facultad de adaptación, que a medida que pasaba
-de Tolosa a Agen, de Agen a Poitiers, de Poitiers a Tours y a París,
-parecíame que me iba volviendo francesa en maneras, en traje, en figura
-y hasta en el modo de pensar.</p>
-
-<p>Llegué a la gran ciudad ya muy adelantado febrero. Tomé habitación
-en la calle del Bac, y después de destinar dos días a recorrer las
-tiendas del Palais Royal y a entablar algunas relaciones con modistas y
-joyeros, pedí una audiencia al señor ministro de Negocios Exteriores.
-Él, que ya tenía noticia de mi llegada, enviome uno de sus secretarios,
-dignándose al mismo tiempo ofrecerme un billete para presenciar la
-apertura de las tareas legislativas en el Louvre.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_68">p. 68</span>Mucho me holgué de
-esto, y dispúseme a asistir a tan brillante ceremonia, en la cual
-debía leer su discurso el rey Luis XVIII, y presentarse de corte todos
-los grandes dignatarios de aquella fastuosa monarquía. Confieso que
-jamás he visto ceremonia que más me impresionase. ¡Qué solemnidad, qué
-grandeza y lujo! El puesto en que me colocaron los ujieres no era el
-más cómodo; pero vi perfectamente todo, y la admiración y arrobamiento
-de mi espíritu no me permitían atender a las molestias.</p>
-
-<p>La presencia del anciano rey me causó sensación muy viva.
-Aclamáronle ruidosamente cuando apareció en el gran salón, y en
-realidad inspiraba entusiasmo y afecto. Bien puede decirse que pocos
-reyes han existido más simpáticos ni más dignos de ser amados. Luis
-XVIII tomó asiento en un trono sombreado con rico dosel de terciopelo
-carmesí. Los altos dignatarios se colocaron en pie en los escaños
-alfombrados. No se verá en parte alguna nada más grave ni más imponente
-y suntuoso.</p>
-
-<p>Su Majestad Cristianísima empezó a leer. ¡Qué voz tan dulce,
-qué acento tan patético! A cada párrafo era interrumpido por vivas
-exclamaciones. Yo lloraba y atendía con toda mi alma. Se me grabaron
-profundamente en la memoria aquellas célebres palabras: «He mandado
-retirar mi embajador. Cien mil franceses mandados por un príncipe de
-mi familia, por aquel a quien mi corazón se complace en llamar hijo,
-están a punto de marchar invocando al Dios de San Luis para conservar
-el trono de España a un descendiente de Enrique<span class="pagenum"
-id="Page_69">p. 69</span> IV, para librar a aquel hermoso reino de su
-ruina y reconciliarlo con Europa.»</p>
-
-<p>Ruidosos y entusiastas vítores manifestaron cuánto entusiasmaba
-a todos los franceses allí presentes la intervención. Yo, aunque
-española, comprendía la justicia y necesidad de esta medida. Así es que
-dije para mí pensando en mis paisanos:</p>
-
-<p>—Ahora veréis, brutos, cómo andáis bien derechos.</p>
-
-<p>Pero el bondadoso Luis XVIII siguió diciendo cosas altamente
-patrióticas solo bajo el punto de vista francés, y ya aquello no me
-gustaba tanto; porque, en fin, empecé a comprender que nos trataban
-como a un hato de carneros. He sido siempre de una volubilidad
-extraordinaria en mis ideas, las cuales varían al compás de los
-sentimientos que agitan mi alma. Así es que de pronto, y sin saber
-cómo, se enfrió un poco mi entusiasmo; y cuando Luis dijo con altanero
-acento y entre atronadores aplausos aquello de <i>Somos franceses,
-señores</i>, sentí oprimido mi corazón; sentí que corría por mis venas
-rápido fuego, y pensando en la intervención, dije para mí:</p>
-
-<p>«No hay que echar mucha facha todavía, amiguitos. <i>Españoles
-somos, señores.</i>»</p>
-
-<p>Pero no puedo negar que la pompa de aquella corte, la seriedad y
-grandeza de la asamblea, acorde con su rey y existente con él sin
-estorbarse el uno a la otra, hicieron grande impresión en mi espíritu.
-Me acordaba de las discordias infecundas de mi país, y entonces sentía
-pena.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_70">p. 70</span>«Allá —pensé— tenemos
-demasiadas Cortes para el rey, y demasiado rey para las Cortes.»</p>
-
-<p>El día siguiente, 1.º de marzo, era el señalado por Chateaubriand
-para recibirme. Vivísimos deseos de verle tenía yo, por dos motivos:
-por mi comisión, y porque había leído la <i>Atala</i> poco antes,
-hallando en su lectura intenso deleite. No sé por qué me figuraba al
-vizconde como una especie de <i>triste Chactas</i>, de tal modo que no
-podía pensar en él sin traer a la memoria la célebre canción.</p>
-
-<p>Pero todo cambió cuando entré en el ministerio y en el despacho del
-célebre escritor, que llenaba el mundo con su nombre y había divulgado
-la manía de los bosques de América, el sentimentalismo católico y las
-tristezas quejumbrosas a lo René. Vestía de gran uniforme. Su semblante
-pálido y hermoso no tenía más defecto que el estudiado desorden de los
-cabellos, que asemejaban su cabeza a una de esas testas de aldeano en
-cuya selvática espesura jamás ha entrado el peine. En sus ojos brillaba
-un mirar vivo y penetrante, que me obligaba a bajar los míos. Pareciome
-bastante decaído, aunque su edad no pasara entonces de los cincuenta
-y dos años. Su exquisita urbanidad era algo finchada y fría. Sonreía
-ligeramente y pocas veces, contrayendo los casi imperceptibles pliegues
-de su boca de mármol; pero fruncía con frecuencia el ceño, como una
-maña adquirida por la costumbre de creer que cuanto veía era inferior a
-la majestad de su persona.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_71">p. 71</span>Entendí que la
-presencia de la diplomática española le había causado sorpresa. Sin
-duda creía ver en mí una <i>maja</i> de esas que, conforme él dice
-en uno de sus libros, se alimentan con una bellota, una aceituna o
-un higo. Debió admirarle mi intachable vestido francés, y la falta
-de aquella gravedad española, que consiste, según ellos, en hablar
-campanudamente y con altanería. En sus miradas creí sorprender una
-curiosidad reparona, algo impropia de hombre tan fino. Pareciome que
-miraba si había yo llevado el rosario para rezar en su presencia, o
-alguna guitarra para tocar y cantar mientras durase el largo plazo de
-la antesala. En sus primeras palabras advertí marcado deseo de llevarme
-al terreno literario, porque empezó hablando de lo mucho que admiraba a
-mi país, y del Romancero del Cid, asunto que no vino muy de molde.</p>
-
-<p>Viéndole en tan buen terreno, y considerando cuánto debía agradarle
-la lisonja, me afirmé en el terreno literario y le hablé de su
-universal fama, así como del gran eco de Chateaubriand por todo el
-orbe. Él me contestó con frases de modestia tan ingeniosas y bien
-perfiladas, que la modestia misma no las hubiera conocido por suyas.
-Preguntome si había leído el <i>Genio del Cristianismo</i>, y le
-contesté al punto que sí y que me entusiasmaba, aunque la verdad
-era que hasta entonces no había ni siquiera hojeado tal libro; mas
-recordando algunos pasajes de los <i>Mártires</i>, le hablé de esta
-obra y de la gran impresión que en mí produjera. Pareció maravillado de
-que<span class="pagenum" id="Page_72">p. 72</span> una dama española
-supiera leer, y me dirigió galanterías del más delicado gusto. Por
-mi belleza y mis gracias materiales, yo no debía ser de palo para el
-vizconde. Después supe que con cincuenta y dos años a la espalda aún se
-creía bastante joven para el galanteo, y amaba a cierta artista inglesa
-con el furor de un colegial.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch11">
- <h2 class="nobreak g0">XI</h2>
-</div>
-
-<p>Entrando de lleno en nuestro asunto, el <i>triste Chactas</i> me
-dijo:</p>
-
-<p>—Ya oiría usted ayer el discurso de Su Majestad. La guerra es
-inevitable. Yo la creo conveniente para las dos naciones, y he tenido
-el honor de sostener esta opinión en el congreso de Verona y en el
-ministerio, contra muchos hombres eminentes que la juzgaban peligrosa.
-En cuanto a la cuestión principal, que es la clase de gobierno que debe
-darse a España, no creo en la posibilidad de sostener el absolutismo
-puro. Esto es un absurdo, aun en España: las luces del siglo lo
-rechazan.</p>
-
-<p>Hícele una pintura todo lo fiel que me fue posible del estado de
-nuestras costumbres y de las clases sociales en nuestro país, así como
-de los personajes eminentes que en él había, haciendo notar de paso,
-conforme a mi propósito, que un solo hombre grande existía en toda la
-redondez de las Españas. Este hombre era el marqués de Mataflorida.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_73">p. 73</span>—Reconozco las altas
-dotes del señor marqués —me dijo Chateaubriand con finísima sonrisa—.
-Pero la conducta de la Regencia de Urgel ha sido poco prudente.
-Su manifiesto del 15 de agosto y sus propósitos de conservar el
-absolutismo puro, no pueden hallar eco en la Europa civilizada.</p>
-
-<p>Yo dije entonces, usando las frases más delicadas, que no era
-fácil juzgar de los sucesos de Urgel por lo que afirmaran hombres tan
-corrompidos como Eguía y el barón de Eroles, a los cuales, con buenas
-palabras, puse de oro y azul. Concluí mi perorata afirmando que la
-voluntad de Fernando era favorable a los planes de Mataflorida.</p>
-
-<p>—Para nosotros —dijo— no hay otra expresión de la voluntad del rey
-de España que la contenida en la carta que Su Majestad Católica dirigió
-a nuestro soberano.</p>
-
-<p>El pícaro me iba batiendo en todas mis trincheras, y me desconcertó
-completamente cuando me dijo:</p>
-
-<p>—El gobierno francés ha acordado nombrar una Junta provisional en la
-frontera, hasta que las tropas francesas entren en España.</p>
-
-<p>—¿Y la Regencia?</p>
-
-<p>—La Regencia dejará de existir, mejor dicho, ha dejado de existir
-ya.</p>
-
-<p>—Pero Fernando no le ha retirado sus poderes: antes bien, se los
-confirma secretamente un día y otro.</p>
-
-<p>Al oír esto, el insigne escritor y diplomático no contestó nada.
-Conocí que se veía en la alternativa de desmentir mi aserto, o de
-hablar<span class="pagenum" id="Page_74">p. 74</span> mal de Fernando,
-y que, como hombre de intachable cortesía, no gustaba de hacer lo
-primero, ni como ministro de un Borbón lo segundo. Viéndole suspenso
-insistí, y entonces me dijo:</p>
-
-<p>—Indudablemente, aquí hay algo que ahora no comprendemos; pero que,
-andando el tiempo, se ha de ver con claridad.</p>
-
-<p>Después, deseando mostrarme un interés filantrópico por la ventura
-de nuestro país, afirmó que él había trabajado porque se declarara la
-guerra, sosteniendo para esto penosas luchas con monsieur de Villèle
-y sus demás colegas; que la resistencia de Inglaterra y de Wellington
-habían exigido de su parte grandes esfuerzos y constancia, y, por
-último, que aún necesitaba de no poca energía para vencer la oposición
-a la guerra que las Cámaras mostrarían desde su primera sesión.</p>
-
-<p>—Muchos —añadió <i>Chactas</i>— me consideran loco. Otros me tienen
-lástima. Algunos, y entre ellos los envidiosos, preguntan si podré
-yo conseguir lo que no fue dado a Napoleón. Pero yo fío al tiempo la
-consagración de este gran hecho, tan necesario a la seguridad del orden
-y la justicia en los pueblos de Occidente.</p>
-
-<p>Habló también de las sociedades secretas y de los carbonarios,
-que sin duda le inspiraban vivísimo miedo; y yo empecé a comprender
-que el objeto de la intervención no era poner paz entre nosotros, ni
-hacernos felices, ni aun siquiera consolidar el vacilante trono de un
-Borbón, sino aterrar a los revolucionarios franceses e italianos que
-bullían sin cesar en<span class="pagenum" id="Page_75">p. 75</span>
-los tenebrosos fondos de la sociedad francesa, jamás reposada ni
-tranquila.</p>
-
-<p>Prometió contestar a Mataflorida, mas sin mostrarse muy entusiasta
-de las altas prendas de mi amigo, ni indicar nada que transcendiese a
-propósitos de acceder a su petición. Bajo sus frases corteses creía yo
-descubrir cierto menosprecio de los individuos de la Regencia, y aun
-de todos los que mangoneaban en la conspiración. De un solo español me
-habló con acento que indicaba respeto y casi admiración: de Martínez de
-la Rosa. Lo atribuí a mera simpatía del poeta.</p>
-
-<p>Despedime de él, deplorando el mal éxito de mi embajada, y aquí fue
-donde se deshizo en cumplidos, buscando y hallando en su fina habilidad
-cortesana ocasión para deslizar galanterías, con discretos elogios
-de mi hermosura y del país <i>donde florece el naranjo</i>. Me había
-tomado por andaluza, y yo le dejé en esta creencia.</p>
-
-<p>A los dos días fue a pagarme la visita a mi alojamiento de la calle
-del Bac, y en su breve entrevista me pareció que huía de mencionar los
-oscuros asuntos de la siempre oscura España. En los días sucesivos
-visité a otras personas, entre ellas al ministro del Interior, monsieur
-de Corbière, y a algunos señores del partido del conde de Artois,
-como el príncipe de Polignac y monsieur de la Bourdonnais. También
-tuve ocasión de tratar a dos o tres viejas aristócratas del barrio
-de San Germán, ardientes partidarias de la guerra de España y no muy
-bienquistas con el rey filósofo y tolerante que<span class="pagenum"
-id="Page_76">p. 76</span> gobernaba a Francia, convaleciente aún de la
-Revolución y del Imperio. De mis conversaciones con toda aquella gente
-pude sacar en limpio el siguiente juicio, que creo seguro y verdadero:
-Las personas influyentes de la Restauración deseaban para Francia
-una monarquía templada y constitucional, fundada en el orden, y para
-España el absolutismo puro. Con tal que en Francia hubiera tolerancia
-y filosofía, no les importaba que en España tuviéramos frailes o
-Inquisición. Todo iría bien, siempre que en ninguna de las dos naciones
-hubiese francmasones, carbonarios y demagogos.</p>
-
-<p>Tenían de nuestro país una idea muy falsa. Cuando Chateaubriand,
-que era el genio de la Restauración, decía de España: <i>allí el matar
-es cosa natural, ya sea por amor, ya sea por odio</i>, puede juzgarse
-lo que pensarían todas aquellas personas que no supieron escribir el
-<i>Genio del Cristianismo</i>. Nos consideraban como un pueblo heroico
-y salvaje, dominado por pasiones violentas y por un fanatismo religioso
-semejante al del antiguo Egipto.</p>
-
-<p>La princesa de la Tremouille se asombraba de que yo supiera
-escribir, y me presentó en su tertulia como un objeto raro, aunque sin
-dar a conocer ningún sentimiento ni idea que me mortificasen. Yo creo
-que ni uno solo de sus amigos dejó de enamorarse de mí, ilusionados con
-la idea de mi sentimentalismo andaluz y de mi gravedad calderoniana,
-o de la mezcla que suponían en mí de maja y gran señora, de Dulcinea
-y gitana. El más rendido se suponía expuesto a morir asesinado por
-mí<span class="pagenum" id="Page_77">p. 77</span> en un arrebato de
-celos, pues tal idea tenían de las españolas, que en cada una de ellas
-se habían de hallar comprendidas dos personas, a saber: la cantaora
-de Sevilla y Doña Jimena, la torera que gasta navaja y la dama ideal
-de los romances moriscos. Yo me reía con esto y llevaba adelante la
-broma.</p>
-
-<p>Volviendo al asunto de la guerra de España, diré que al salir de
-París no tenía duda alguna acerca del pensamiento de los franceses
-en esta cuestión. Ellos no hacían la guerra por nuestro bien ni por
-el de Fernando. Poco se les importaba que después de vencido el
-constitucionalismo, estableciésemos la Carta o el despotismo neto.
-Allá nos entenderíamos después con los frailes y los guerrilleros
-victoriosos. Su objeto, su bello ideal, era aterrar a los
-revolucionarios franceses, harto entusiasmados con las demencias de
-nuestros bobos liberales, y además dar a la dinastía restaurada el
-prestigio militar que no tenía.</p>
-
-<p>El principal enemigo de los Borbones en Francia era el recuerdo
-de Bonaparte y el dejo de aquel dulce licor de la gloria, con cuya
-embriaguez se habían enviciado los franceses. Una Monarquía que no
-daba batallas de Austerlitz, que no satisfacía de ningún modo el
-ardor guerrero de la nación y que no tocaba el tambor en cualquier
-parte de Europa, no podía ser amada de aquel pueblo, en quien la
-vanidad iguala a la verdadera grandeza, y que tiene tanta presunción
-como genio. Era preciso armarla, como decimos en nuestro país; era
-necesario que la Restauración tuviera su epopeya<span class="pagenum"
-id="Page_78">p. 78</span> chica o grande, aunque esta epopeya fuese de
-mentirijillas; era indispensable vencer a alguien, para poder poner el
-grito en el cielo y regresar a París con la bambolla de las conquistas.
-Dios permitió que el <i>anima vili</i> de este experimento fuésemos
-nosotros; que la desgraciada España, cuya fiereza libró a Europa de
-Bonaparte, fuese la víctima escogida para proporcionar a Francia
-el desahoguillo marcial que debía poner en olvido al Bonaparte tan
-execrado.</p>
-
-<p>Mi viaje a París modificó mis ideas absolutistas en principio, si
-bien, pensando en España, no podía admitir ciertas cosas que en Francia
-me parecían bien. Toda la vida me he congratulado de haber visto y
-hablado a monsieur de Chateaubriand, el escritor más grande de su
-tiempo. Aunque su fama se eclipsó bastante después de la revolución
-del 30, lo cual indica que había en su genio mucho tomado a las
-circunstancias, no puede negarse que sus obras deleitan y enamoran,
-principalmente por la galanura de su imaginación y la magia de su
-estilo; y aún deleitarían más si en todas ellas no hablase tanto de
-sí propio. Tengo muy presente su persona, por demás agradable, y su
-rostro simpático, con aquella expresión sentimental que se puso de
-moda, haciendo que todos los hombres pareciesen enamorados y enfermos.
-Me parece que le estoy mirando, y ahora, como entonces, me dan ganas
-de llevar un peine en el bolsillo y sacarlo y dárselo diciendo:
-«Caballero, hágame usted el favor de peinarse.»</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch12">
- <p><span class="pagenum" id="Page_79">p. 79</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XII</h2>
-</div>
-
-<p>Ahora hablemos, ¿por qué no?, de la violentísima pasión que inspiré
-a un francés. Era este el conde de Montguyon, coronel del tercero de
-húsares. Yo le había conocido en Tolosa, habiendo tenido la desgracia
-de que mi persona hiciera profunda impresión en él, trastornando las
-tres potencias de su alma. Era soltero, de treinta y ocho años, bien
-parecido, atento y finísimo como todos los franceses. Persiguiome
-hasta París, donde me asediaba como esos conquistadores jóvenes e
-impacientes que han oído la célebre frase de César y quieren imitarla.
-Al principio me mortificaban sus obsequios; le rechazaba hasta con
-menosprecio y altanería; pero al fin, sin corresponder a su amor de
-ninguna manera, admití la parte superficial de sus galanterías. Esto le
-dio esperanza; pero siempre me trataba con el mayor respeto. Deseando,
-sin duda, identificarse con las ideas que en mi tierra suponía, se hizo
-una especie de don Quijote, cuya Dulcinea era yo. A veces me parecía
-por demás empalagoso; pero después de muchos meses de indiferencia
-absoluta, empecé a estimarle, reconociendo sus nobles prendas. Cuando
-me disponía a volver a mi país, se me presentó rebosando alegría, y me
-dijo:</p>
-
-<p>—Acabo de conseguir que me destinen a la guerra de España. De este
-modo consigo tres<span class="pagenum" id="Page_80">p. 80</span>
-grandes objetos que interesan igualmente a mí corazón: guerrear por la
-Francia, visitar la hermosa tierra de España y estar cerca de usted.</p>
-
-<p>Él pretendía que me detuviese para partir juntos; pero a esto no
-accedí, y me marché dejándole atrás, aunque deseosa, ¿a qué negarlo?,
-de que no me siguiese a mucha distancia, pues a causa del fastidio de
-viaje tan largo, Francia, con ser tan bella, empezaba a aburrirme de lo
-lindo.</p>
-
-<p>¿Se creerá que yo había olvidado a mi pobre cautivo de Benabarre?
-¡Ah!, no, y hasta el último momento que estuve en la Seo de Urgel me
-ocupé de su desgraciada suerte. Cada vez que venía a mi pensamiento la
-idea de sus penas, me estremecía de dolor, y toda alegría se disipaba
-en mi espíritu. Pero este tiene en sí mismo una energía restauradora,
-no menos poderosa que la del cuerpo, y sabe curarse de todos sus males
-siempre que le ayude el mejor de los Esculapios, que es el tiempo.</p>
-
-<p>Voltaire, que no por impío y blasfemo dejó de tener mucho talento,
-escribió una historieta titulada <i>Los dos consolados</i>, en la cual
-pone de relieve las admirables curas de aquel charlatán, el único cuyos
-específicos son infalibles. Yo he leído esa novelita, así como otras
-del célebre escritor sacrílego, y esta debilidad mía, imperdonable
-quizás en una dama tan acérrima defensora de la religión, la confieso
-aquí contritamente, rogando a mis lectores que no revelen a ningún
-cura de mi país tan feo secreto, ocultándolo principalmente al señor
-canónigo de Tortosa, mi director espiritual, el<span class="pagenum"
-id="Page_81">p. 81</span> cual se enfurecerá si le hablan de las
-novelas de Voltaire, aunque a mí me consta que él también las ha
-leído.</p>
-
-<p>Pues bien: el tiempo fue cicatrizando mis heridas sin curarlas.
-Yo también podía erigir una estatua con la inscripción <i>A celui
-qui console</i>, pues la ausencia indefinida y los días que pasaban
-rápidamente, habían calmado aquel insaciable afán de mi alma. En mí
-reinaba la tranquilidad, pero no el taciturno y seco olvido; y una
-aparición repentina del ser amado podía muy bien en brevísimo instante
-destruir los efectos del tiempo, renovando mi mal y aun agravándolo.</p>
-
-<p>Desde París a la frontera no cesaba el movimiento de tropas. Por
-todas partes convoyes, cuerpos de ejército y oficiales que iban a
-incorporarse a sus regimientos. Francia podía creerse aún en los
-días del gran soldado. Hasta Burdeos no tuve noticias ciertas de mi
-querida Regencia y de mi ilustre mandatario el marqués de Mataflorida.
-¡Ay! La suerte de este insigne hombre de Estado no podía ser más
-miserable. Había triunfado Eguía, a pesar de las furiosas protestas
-del regente de Urgel; y para colmo de desdicha, como aún quisiera
-este llevar adelante sus locas pretensiones, el duque de Angulema le
-mandó prender juntamente con el arzobispo, confinándoles a Tours.
-Así acabaron las glorias de aquellos dos ambiciosos. Yo llegué a
-tiempo para verles, y cuando manifesté al marqués las poco lisonjeras
-disposiciones del <i>triste Chactas</i>, el atroz regente, desairado,
-llamó a Chateaubriand<span class="pagenum" id="Page_82">p. 82</span>
-intrigante, enredador, mal poeta y <i>franchute</i>. Esta fue la
-venganza del coloso.</p>
-
-<p>Bayona era un campamento cuando yo llegué. El número de españoles
-casi superaba al de franceses, y en todos reinaba grande alegría.
-Reanudé entonces mis buenas relaciones con el barón de Eroles,
-haciéndole ver que mi viaje a París había tenido por causa asuntos
-particulares, y entre risas y bromas me reconcilié con Eguía, el
-cual por razón del mismo gozo y embobamiento del triunfo, estaba muy
-dispuesto a perdonar. En cuanto a las negociaciones, yo no tenía humor
-de seguir ocupándome de ellas, y deseaba retirarme a descansar sobre
-mis laureles diplomáticos, no solo porque mi entusiasmo absolutista se
-había enfriado mucho, sino porque desde algún tiempo las conspiraciones
-y los manejos políticos me causaban hastío. Ya he dicho que siempre fui
-muy inclinada a la mudanza en mis ocupaciones. Mi espíritu se aviene
-poco con la monotonía, y si un día me sedujeron las embajadas, otro
-llegó en que me repugnaron. ¡Mágico efecto del tiempo, cuya misión
-es renovar, creando las estaciones con los admirables círculos del
-universo! También el alma humana ve en sí la alterada sucesión de las
-primaveras e inviernos en sus dilataciones y recogimientos.</p>
-
-<p>Yo deseaba entrar en España, y tenía propósito de reanudar las
-diligencias para averiguar el paradero de mi cautivo de Benabarre. En
-Bayona una familia francesa legitimista, con quien yo tenía antigua
-amistad, me convidó<span class="pagenum" id="Page_83">p. 83</span>
-a pasar unos días en su casa de campo inmediata a Behovia, y unos
-parientes míos invitáronme a que les acompañase en Irún un par de
-semanas. A ambos ofrecimientos accedí, empezando por el de Behovia,
-aunque la frontera no me parecía el punto más a propósito para residir
-en los momentos en que principiaba la guerra. Pero la gente de aquel
-país estaba segura de que Angulema atravesaría fácilmente el Pirineo,
-por ser muy adicto al absolutismo todo el país vasco-navarro.</p>
-
-<p>Todavía no había pasado Su Alteza la raya, cuando se rompió el fuego
-junto al mismo puente internacional. Los carbonarios extranjeros que
-andaban por España, unidos a otros perdidos de nuestro país, habían
-formado una legión con objeto de hacer frente a las tropas francesas.
-Constaba aquella de doscientos hombres, tristes desechos de la ley
-demagógica de Italia, de Francia y de España; y para seducir a los
-Cien mil hijos de San Luis, se habían vestido a la usanza imperial,
-y ondeando la bandera tricolor, gritaban en la orilla española del
-Bidasoa: «¡Viva Napoleón II!»</p>
-
-<p>Su objeto era fascinar a los artilleros franceses con este
-mágico grito; mas tuvieron la desdicha de que tales aclamaciones
-fueran contestadas a cañonazos, y con sus banderas y sus enormes
-morriones huyeron a San Sebastián. Pasma la inocente credulidad de
-los carbonarios extranjeros y de los masones españoles. Oí decir
-en Behovia que los liberales franceses Lafayette, Manuel, Benjamín
-Constant y otros, fiaban mucho en los doscientos<span class="pagenum"
-id="Page_84">p. 84</span> legionarios mandados por el republicano
-emigrado coronel Fabvier. ¡Qué desvaríos engendra el furor de partido!
-Corría esto parejas con la necia confianza del gobierno español, que
-aun después de declarada la guerra no había tomado disposiciones de
-ninguna clase, hallándose sus tropas sin más recursos ni elementos
-que el parlerío de los milicianos y el gárrulo charlatanismo de los
-clubs.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch13">
- <h2 class="nobreak g0">XIII</h2>
-</div>
-
-<p>Hacia los primeros días de abril vi pasar a los generales de
-división Bourdessoulle, duque de Reggio y Molitor, que entraron en
-España por Behovia. Después pasó Su Alteza el sobrino de Luis XVIII
-con todo su Estado Mayor, en el cual iba Carlos Alberto, príncipe de
-Carignan. No se puede imaginar cortejo más lucido. Yo no había visto
-nada tan magnífico y deslumbrador, como no fuera la comitiva de José
-Bonaparte antes de darse la batalla de Vitoria el año 13, feliz para la
-causa española; pero de muy malos recuerdos para mí, porque en él perdí
-la batalla de mi juventud, casándome como me casé.</p>
-
-<p>También vi pasar a mi amigo Eguía, remozado por la emoción y tan
-vanaglorioso del papel que iba a representar, que no se le podía
-resistir, como no fuera tomando a broma sus bravatas. Iban con él don
-Juan Bautista Erro y Gómez Calderón, aquel a quien el mordaz<span
-class="pagenum" id="Page_85">p. 85</span> Gallardo llamaba <i>Caldo
-pútrido</i>. El barón de Eroles, que con los anteriores tipos debía
-formar la Junta, al amparo del gobierno francés, entró por Cataluña con
-el mariscal Moncey.</p>
-
-<p>No recibieron a los franceses las bayonetas ni la artillería del
-gobierno constitucional, sino una nube de guerrilleros, que les
-abrieron sus fraternales brazos, ofreciéndose a ayudarles en todo,
-y a marchar a vanguardia, abriéndoles el camino. Tal apoyo era de
-grandísimo beneficio para la causa, porque los partidarios realistas
-ascendían a 35.000. ¡Ay de los franceses si les hubieran tenido en
-contra! Pero les tenían a su favor, y esto solo, ¡qué fenómeno!, puso
-al buen Angulema por encima de Napoleón. El absolutismo español no
-podía hacer al hijo de San Luis mejor presente que aquellos 35.000
-salvajes, entre los cuales (¡cuánto han variado mis ideas, Dios mío!)
-tengo el sentimiento de decir que estaba mi marido. ¡Y yo le había
-admirado, yo le había aceptado por esposo diez años antes solo por ser
-guerrillero!... Cuando se hacen ciertas cosas, ya que no es posible que
-el porvenir se anticipe para avisar el desengaño, debiera caer un rayo
-y aniquilarnos.</p>
-
-<p>El conde de España mandaba las partidas de Navarra; Quesada, las
-de las Provincias Vascongadas; y Eroles, las de Cataluña. ¡Cómo
-fraternizaron las partidas con los franceses, que habían sido origen
-de su nacimiento en 1808! Era todo lo que me quedaba por ver. Se
-abrazaban, dando vivas a San Luis, a San Fernando, a la religión, a los
-Borbones, al rey, a la Virgen María, a San Miguel arcángel y a<span
-class="pagenum" id="Page_86">p. 86</span> los serenísimos infantes.
-Yo no lo vi, porque no quise pasar la frontera. Me repugnaban estas
-cosas, y los soldados de la fe habían llegado poco a poco a serme muy
-antipáticos.</p>
-
-<p>Largamente hablé de esto con el conde de Montguyon, que me perseguía
-tenazmente, permaneciendo en Behovia todo el tiempo que le fue posible.
-Elogiaba a los guerrilleros, diciendo que, a pesar de sus defectillos,
-eran tipos de heroísmo, de aquella independencia caballeresca que
-tanto había enaltecido el nombre español en tiempos remotos. También
-le seducían por ser, como los frailes, gente muy pintoresca. Mi don
-Quijote era una especie de artista, y gustaba de hacer monigotes en un
-libro, dibujando arcos viejos, mendigos, casuchas, una fila de chopos,
-carros, lanchas pescadoras y otras menudencias de que estaba muy
-envanecido.</p>
-
-<p>Era próximamente el 9 de abril cuando me trasladé a Irún para vivir
-con la familia de Sodupe-Monasterio, gente muy hidalga, más católica
-que el Papa, realista hasta el martirio y de afabilísimo trato.
-Frecuentaban la casa (que era más bien palacio con hermosos prados
-y huerta) todos los españoles que el gran suceso de la intervención
-traía y llevaba de una nación a otra, y no pocos oficiales franceses,
-de cuyas visitas se holgaban mucho los Sodupe-Monasterio, porque oían
-hablar sin cesar de exterminio de liberales, del trono de San Fernando
-y de nuestra preciosísima fe católica.</p>
-
-<p>Allí Montguyon no me dejaba a sol ni sombra, pintándome su amor con
-colores tan extremados<span class="pagenum" id="Page_87">p. 87</span>
-que me daba lástima verle y oírle. Su acendrado y respetuoso galanteo
-merecía, en efecto, alguna misericordia. Le permití besar mi mano; pero
-no pudo arrancarme la promesa de seguirle al interior de España. Cada
-vez sentía yo más deseos de quedarme en Irún y en aquella apacible
-vivienda, donde, sin que faltara sosiego, había bastantes elementos
-para combatir el fastidio. Con esta resolución, mi don Quijote, que ya
-parecía querer dejar de serlo en la pureza de sus ensueños amorosos,
-estaba desesperado. Despidiose de mí muy enternecido, y besándome con
-ardor las manos, voluptuosidad inocente de que nunca se hartaba. ¡Cuán
-lejos estaba el llagado amante de que no pasarían dos horas sin que
-cambiara diametralmente mi determinación!</p>
-
-<p>Ocurrió del modo siguiente. Al saber que yo estaba en Irún, fue
-a visitarme un individuo, que aún no podía llamarse personaje, y al
-cual conocí en Madrid el año anterior, y también el 19. Se llamaba
-don Francisco Tadeo Calomarde, y era de la mejor pasta de servil que
-podía hallarse por aquellos tiempos. Empleado desde su tierna edad en
-el ministerio de Gracia y Justicia, se había criado en los cartapacios
-y en el papel de pleitos: los legajos fueron su cuna, y las Reales
-cédulas sus juguetes. Su jurisprudencia, llena de pedantería, me
-inspiraba aversión. Tenía fama de muy adulador de los poderosos, y,
-según se decía, compró el primer destino con su mano, casándose con una
-muchacha muy fea, a quien dio malos tratos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_88">p. 88</span>Los que le han
-juzgado tonto se equivocan, porque era listísimo, y su ingenio más bien
-socarrón que brillante, antes agudo que esclarecido; era maestro en el
-arte de tratar a las personas y de sacar partido de todo. Habíase hecho
-amigo de don Víctor Sáez, y aun del mismo rey y del infante don Carlos,
-por sus bajas lisonjas y lo bien que les servía siempre que encontraba
-ocasión para ello.</p>
-
-<p>Tenía entonces cincuenta años, y acababa de salir del encierro
-voluntario a que le redujo el régimen liberal. Había ido a la frontera
-para llevar no sé qué recados a los señores de la Junta. Me lo dijo,
-y como no me importaban ya gran cosa los dimes y diretes de los
-realistas, que no por estar tan cerca de la victoria dejaban de andar a
-la greña, fijeme poco en ello, y lo he olvidado. Calomarde no era mal
-parecido ni carecía de urbanidad, aunque muy hueca y afectada, como la
-del que la tiene más bien aprendida que ingénita. La humildad de su
-origen se traslucía bastante. Hablamos de los sucesos de Madrid que él
-había presenciado, y me informó de todo.</p>
-
-<p>—Siento que usted no hubiera estado por allá —me dijo—; habría visto
-cómo se iba desbaratando el constitucionalismo, solo con el anuncio de
-la intervención. ¡Si no podía ser de otra manera!... Ahora están que
-no les llega la camisa al cuerpo, y en ninguna parte se creen seguros.
-Después que ultrajaron a Su Majestad, le han arrastrado a Andalucía con
-el dogal al cuello, como el mártir a quien se lleva al sacrificio.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_89">p. 89</span>—No tanto, señor don
-Tadeo —le dije—. Su Majestad habrá ido, como siempre, en carroza, y
-mucho será que los mozos de los pueblos no hayan tirado de ella.</p>
-
-<p>—Eso se deja para la vuelta —indicó Calomarde riendo—. Ahora
-los francmasones han seducido a la plebe, y Su Majestad, por donde
-quiera que va, no oye más que denuestos. El 19 de febrero, cuando se
-alborotaron los comuneros y masones porque estos querían sustituir
-a aquellos en el ministerio, los chisperos borrachos y los asesinos
-del Rastro daban <i>mueras</i> al rey y a la reina. Un diputado muy
-conocido apareció en la Plaza Mayor mostrando una cuerda, con la cual
-proponía ahorcar a Su Majestad y arrastrarle después. La canalla
-penetró hasta la cámara real. ¡Escándalo de los escándalos! Parecía que
-estábamos en Francia y en los sangrientos días de 1793. El mismo rey me
-ha dicho que los ministros entraban en la cámara cantando el himno de
-Riego.</p>
-
-<p>—¡Oh, no tanto, por Dios! —repetí, ofendida de las exageraciones de
-mis amigos—. Poco mal y bien quejado.</p>
-
-<p>—Me parece que usted, con sus viajes a Francia y sus relaciones con
-los ministros del liberal y filósofo Luis XVIII, se nos está volviendo
-francmasona —dijo don Tadeo, entre bromas y veras—. ¿Hay en la historia
-desacato comparable al de obligar al rey a partir para Andalucía?</p>
-
-<p>—¡Oh, Dios nos tenga de su mano!... ¡Qué desacato! ¡Qué
-ignominia!... —exclamé, remedando sus aspavientos—. Es preciso
-considerar<span class="pagenum" id="Page_90">p. 90</span> que un
-gobierno, cualquiera que sea, está en el caso de defenderse si es
-atacado.</p>
-
-<p>—Según mi modo de ver, un gobierno de tunantes no merece más que el
-decreto que ha de mandar a Ceuta a todos sus individuos. ¡Ah, señora
-mía, y cómo se ha entibiado el fervor de usted! Bien dicen que los
-aires de esa Francia loca son tan nocivos...</p>
-
-<p>—Creo lo mismo que creía; pero mi absolutismo se ha civilizado,
-mientras el de ustedes continúa en estado salvaje. El mío se viste como
-la gente, y el de ustedes sigue con taparrabo y plumas. Si el gobierno
-de tunantes ha resuelto refugiarse en Andalucía, llevándose a la corte,
-ha sido para no estar bajo la amenaza de los batallones franceses.</p>
-
-<p>—Ha sido —dijo Calomarde riendo brutalmente—, porque sabían que
-Madrid no tiene defensa posible; que los ejércitos de Ballesteros
-y de La Bisbal son dos fantasmas; que cuatro soldados y un cabo de
-los del serenísimo señor duque de Angulema podían cualquier mañanita
-sorprender a la villa y a los <i>Siete Niños</i> y al Congreso entero,
-al Ayuntamiento soberano y a toda la comunidad masónica y landaburiana.
-Esta es la pura verdad. ¡Y qué bonito espectáculo han dado al mundo! En
-presencia de la intervención armada, ¿cómo se preparan esos mentecatos
-para conjurar la tormenta? Llamando a las armas a treinta mil hombres,
-y disponiendo (esto es lo más salado) que con los milicianos que
-quieran seguir al Congreso se formen algunos batallones, recibiendo
-cada individuo cinco<span class="pagenum" id="Page_91">p. 91</span>
-reales diarios. ¡Se salvó la patria, señora!</p>
-
-<p>—El gobierno —repuse prontamente— creyó sin duda que los franceses
-eran como los Guardias del 7 de julio, es decir, simples juguetes de
-miliciano.</p>
-
-<p>—¡Ya se lo diremos de misas! —dijo frotándose las manos—. Ya pagarán
-su alevosía. Solo por el hecho de obligar a nuestro soberano a un viaje
-que no le agradaba, merecían todos ellos la muerte.</p>
-
-<p>—Hasta los reyes están en el caso de hacer alguna vez lo que no les
-agrada.</p>
-
-<p>—Incluso viajar con un ataque de gota, ¿eh? ¡Crueles y sanguinarios,
-más sanguinarios y crueles que Nerón y Calígula! Ni a un perro
-vagabundo de las calles se le trata peor.</p>
-
-<p>—¡Si el rey no tenía en aquellos días ataque de gota! —repliqué,
-complaciéndome en contradecirle—. Si estaba bueno y sano. La prueba es
-que después de clamorear tanto por su enfermedad, anduvo algunas leguas
-a pie el primer día de viaje.</p>
-
-<p>—Bueno: concedo que Su Majestad estaba tan bueno como yo. ¿Y si no
-quería partir?</p>
-
-<p>—Que hubiera dicho: «no parto».</p>
-
-<p>—¿Y si le amenazaban?</p>
-
-<p>—Haberles ametrallado.</p>
-
-<p>—¿Y si no tenía metralla?</p>
-
-<p>—Haberse dejado llevar por la fuerza.</p>
-
-<p>—¿Y si le mataban?</p>
-
-<p>—Haberse dejado matar. Todo lo admito menos la cobardía.</p>
-
-<p>—Amiguita, usted se nos ha <i>francmasoneado</i> —me dijo el astuto
-intrigante, dando cariñosa<span class="pagenum" id="Page_92">p.
-92</span> palmada en mi mano—. A pesar de esto, siempre la queremos
-mucho, y la serviremos en lo que podamos. Yo estoy siempre a las
-órdenes de usted.</p>
-
-<p>Inflado de vanidad, el amigo del rey hizo elogios de sí mismo, y
-después añadió:</p>
-
-<p>—He tenido el honor de ser indicado para secretario de la Junta que
-se va a formar en la frontera.</p>
-
-<p>—¡Oh, amigo mío, doy a usted la enhorabuena! —manifesté sumamente
-complacida y deplorando entonces haber estado algo dura con Calomarde—.
-No se podía haber pensado en una persona más idónea para tan delicado
-puesto.</p>
-
-<p>—¿Se le ofrece a usted algo? —dijo don Tadeo, comprendiendo al punto
-mi cuarto de conversión.</p>
-
-<p>—Sí; pero yo acostumbro dirigirme siempre a la cabeza —afirmé
-resueltamente—. Ya sabe usted que soy muy amiga del general Eguía,
-presidente de la Junta.</p>
-
-<p>—¡Ah! entonces...</p>
-
-<p>—Sin embargo. No puedo molestar a Su Excelencia con ciertas
-menudencias, tales como pedir noticias de personas, averiguar alguna
-cosilla de poca monta...</p>
-
-<p>—Para esto es más propio un secretario tan bien informado como yo de
-todos los pormenores de la causa.</p>
-
-<p>—Exactamente. Dígame usted, si lo sabe, en dónde está ahora un
-pícaro de mala estofa, que se emplea en bajas cábalas del rey y tiene
-por nombre José Manuel Regato.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_93">p. 93</span>—¡Ah! ¡Regato!...
-Debe andar por Andalucía con la corte. No es de mi negociado ese
-caballero... ¿Qué? ¿Hay ganas de sentarle la mano?</p>
-
-<p>—Por sentarle la derecha daría la izquierda.</p>
-
-<p>—Pocas noticias puedo dar a usted del señor Regato. Tengo con él
-muy pocas relaciones. Quizás Pipaón, que conoce a todo el mundo, pueda
-indicar dónde se halla y el modo de sentarle, no una mano, sino las
-dos, siempre que sea preciso.</p>
-
-<p>—Y Pipaón, ¿dónde está?</p>
-
-<p>—Aquí.</p>
-
-<p>—¡Aquí! ¡Pipaón!... —exclamé con gozo—. Yo le dejé en la Seo muy
-enfermo, y creí que había caído en poder de Mina.</p>
-
-<p>—En efecto, cayó; pero él... ya usted le conoce... con su destreza y
-habilidad parece que encontró por allí amigos que le favorecieron.</p>
-
-<p>—Quiero verle, quiero verle al punto —dije con la mayor
-impaciencia—. Deseo mucho tener noticias de la Seo y de las facciones
-de Cataluña.</p>
-
-<p>Y entonces se realizó aquel proverbio que dice: «En nombrando al
-ruin de Roma...»</p>
-
-<p>Por la vidriera que daba a la huerta de la casa viose la mofletuda
-cara y el pequeño cuerpo de Pipaón, que habiendo tenido noticia de
-mi residencia en Irún, iba también a visitarme. Mucho nos alegramos
-ambos de hallarnos juntos, y nuestras primeras palabras después de
-los cordiales saludos, fueron para recordar los tristes días de la
-Seo, su enfermedad y mi disgusto; y luego, por el enlace propio de los
-recuerdos,<span class="pagenum" id="Page_94">p. 94</span> que van
-de lo triste a lo plácido, hablamos del miedo del arzobispo, de las
-casacas que usaba Mataflorida y de otras cosas frívolas y chistosas,
-de esas que ocurren siempre en los días trágicos y nunca faltan en los
-duelos. Después de estos desahogos, Pipaón, tomando aquel tono burlesco
-que unas veces le sentaba bien y otras le hacía muy insoportable, me
-dijo:</p>
-
-<p>—Le traigo a usted noticias muy buenas de una persona que le
-interesa, y con las noticias una cartita.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch14">
- <h2 class="nobreak g0">XIV</h2>
-</div>
-
-<p>Me puse pálida. Comprendí de quién hablaba Pipaón; pero no me
-atreví a decir una palabra, por hallarse delante el entrometido y
-curioso Calomarde, gran coleccionador de debilidades ajenas. Varié de
-conversación, aguardando, para saciar mi afanosa curiosidad, a que don
-Tadeo se marchase; pero el pícaro había conocido en mi semblante la
-turbación y ansiedad que me dominaban, y no se retiró. Creyérase que le
-habían clavado en la silla. ¡Ay, qué gusto tan grande poder coger un
-palo y romperle con él la cabeza!... ¡Qué pachorra de hombre!</p>
-
-<p>Quise arrojarle con mi silencio; mas él era tan poco delicado, que
-conociendo mi mortificación, se arrellenaba en el blando asiento como
-si pensara pasar allí el día y la noche. Con<span class="pagenum"
-id="Page_95">p. 95</span> su expresivo semblante me decía Pipaón mil
-cosas que no podía yo comprender claramente; pero que me deleitaban
-como avisos o presentimientos lisonjeros. Llegó un instante en que
-los tres nos callamos, y callados estuvimos más de un cuarto de hora.
-Calomarde tocaba una especie de pasodoble con su bastón en la pata
-de la mesa cercana. El grosero y pegajoso cortesano había resuelto
-quemarme la sangre, u obligarnos a Pipaón y a mí a que hablásemos en su
-presencia.</p>
-
-<p>Resistí todo el tiempo que pude. Mi carácter fogoso no puede ir
-más allá de cierto grado de paciencia, pasado el cual estalla y se
-sobrepone a todo, atropellando amistades, conveniencias y hasta las
-leyes de la caridad. Nunca he pedido corregir este defecto, y la
-estrechez de los límites de mi paciencia me ha proporcionado en esta
-vida muchos disgustos. Forzando la voluntad, puedo a veces aguantar
-más de lo que permite la extraordinaria fuerza de dilatación de mi
-espíritu; pero entonces estallo con más violencia, rompo mis ligaduras
-a la manera de Sansón, y derribo el templo. Vino por fin el momento en
-que se me subió la mostaza a la nariz, como dicen las majas madrileñas,
-y poniéndome en pie súbitamente, miré a Calomarde con enojo.
-Señalándole la puerta, exclamé:</p>
-
-<p>—Señor don Tadeo, tengo que hablar con Pipaón: suplico a usted que
-nos deje solos.</p>
-
-<p>Debían de ser muy terribles mi expresión y mi gesto, porque
-Calomarde se levantó temblando, y con voz turbada me dijo:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_96">p. 96</span>—Señora, manos
-blancas no ofenden.</p>
-
-<p>¡<i>Manos blancas no ofenden</i>! Años después, Calomarde debía
-pronunciar esta frase al recibir un desaire más violento que el
-mío: la célebre bofetada de la infanta Carlota, una princesa que,
-como yo, tenía muy limitado el tesoro de su paciencia, y estallaba
-con tempestuosas cóleras cuándo la bajeza y solapada intriga de los
-Calomardes se interponían en su camino.</p>
-
-<p>Pipaón y yo nos quedamos solos. En pocas palabras me refirió que
-había visto a Salvador Monsalud sano y salvo en la Seo de Urgel. Al
-oír esto, el corazón dio un salto dentro de mí como una cosa muerta
-que torna a la vida, como un Lázaro que resucita por sobrehumano
-impulso.</p>
-
-<p>—Mina le salvó en San Llorens de Morunys —me dijo—, y desde que se
-restableció se puso a mandar una compañía de contraguerrilleros.</p>
-
-<p>Al decir esto, Pipaón me alargó una carta, que abrí con presteza
-febril, queriendo leerla antes de abrirla. Al mismo tiempo, y de una
-sola ojeada, leí el fin, el principio y el medio. Era la carta pequeña
-y fría. Decíame en ella que estaba en libertad y que no pensaba salir
-en mucho tiempo del lugar donde estaba fechada, que era Urgel. Sentí
-mi corazón inundado de un torrente de sangre glacial al ver que no
-contenía la carta expresiones de ardiente cariño.</p>
-
-<p>—¿De modo que sigue en Cataluña? —pregunté a don Juan.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_97">p. 97</span>—No, señora. A estas
-horas va camino de Madrid.</p>
-
-<p>—Pues, ¿cómo dice en su carta que no piensa salir de la Seo?</p>
-
-<p>—Ese papel me lo dio cuando nos separamos el día 30 de marzo; pero
-dos días después supe, por nuestro común amigo el capitán Seudoquis,
-que Mina había encargado a Salvador que fuese a Madrid a llevar un
-mensaje reservadísimo a San Miguel y a otras personas.</p>
-
-<p>—¿De modo que está...?</p>
-
-<p>—Sobre Madrid, como se dice en los partes militares.</p>
-
-<p>—¿Pero eso es cierto?</p>
-
-<p>—Tan cierto como que estoy hablando con una dama hermosa.</p>
-
-<p>—¿Y salió...?</p>
-
-<p>—Según mis noticias, el 10 de este mes. No sabía qué camino tomar;
-pero, según me dijo Seudoquis, estaba decidido a ir por Zaragoza, que
-es el más derecho, aunque no el menos peligroso.</p>
-
-<p>—¿Sabe la muerte de su madre?</p>
-
-<p>—Yo le di la mala noticia.</p>
-
-<p>—Pero ¿qué va a hacer ese hombre en Madrid? —dije, sintiendo una
-tempestad en mi cerebro—. ¡Si allí no hay ya gobierno ni nada!</p>
-
-<p>—Pero está en Madrid el gran Consejo de la francmasonería. Mina es
-de la Orden de la Acacia, señora. Ahora se trata de que la <i>Viuda</i>
-haga un esfuerzo supremo.</p>
-
-<p>En mi espíritu notaba yo aquella poderosa fuerza de dilatación de
-que antes hablé. Unas<span class="pagenum" id="Page_98">p. 98</span>
-cuantas palabras habían trastornado todo mi ser: mi pulso latía con
-violencia; asaltáronme ideas mil, y el ardoroso afán de movimiento, que
-ha sido siempre una de las fórmulas más patentes de mi carácter, se
-apoderó de mí. Sin necesidad de que yo le despidiese, dejome Pipaón,
-que iba en busca de Eguía para solicitar un puesto en la Junta; y
-pasado mi trastorno, pude sondear aquel revuelto piélago de mi espíritu
-y mirar con serenidad lo que en el fondo de él había.</p>
-
-<p>¡Cuán grande había sido mi engaño al creer moribunda la afición
-aquella que tantas dulzuras dio a mi alma en el verano del 22! La
-ausencia habíala escondido entre las cenizas que diariamente depositan
-los sucesos de cada instante, esa multitud de ascuas de la vida que
-van pasando sin interrupción y apagándose hora tras hora. Pero aquella
-ascua del verano del 22 era demasiado grande y quemadora para pasar y
-extinguirse como las demás.</p>
-
-<p>Bastó que oyera pronunciar su nombre, que me le anunciaran vivo,
-para que se verificase en mí un brusco retroceso a los días de mi
-felicidad y de mi desgracia. El tiempo volvió atrás: las figuras
-veladas perdieron la sombra que las encubría; las apagadas voces que
-solo eran ya ecos confusos, volvieron a sonar como cuando eran la
-música a cuyo compás danzaba con la embriaguez de la pasión mi alma.
-¡Cuánto me había engañado, y qué juicios tan erróneos hacemos de
-nuestros propios sentimientos y de todo aquello que lejos está! Nos
-pasa lo mismo que al ver las lontananzas de<span class="pagenum"
-id="Page_99">p. 99</span> la tierra, cuando confundimos con las vanas
-y pasajeras nubes los montes sólidos o inmutables, que ninguna fuerza
-humana puede arrancar de sus seculares asientos. Fue aquello como una
-vuelta, como un ángulo brusco en el camino de la vida. Desde entonces
-vi nuevos horizontes, paisaje nuevo, y otra gente y otros caminos.
-¡Y yo había creído poder olvidarle, y aun poner en su altar vacío al
-conde de Montguyon! ¡Qué delirio!... ¡Lo que pueden la ausencia, la
-distancia, la ignorancia! El tiempo, que me había consolado, hiriome
-de nuevo, y un día, un instante marcado en mi vida por cuatro palabras
-como cuatro estrellas resplandecientes, había destruido la obra lenta
-de tantos meses.</p>
-
-<p>Con la presteza que Dios me ha dado formé mi plan de viaje. Tengo
-algo del genio de Napoleón para esto de los grandes movimientos. Para
-mí, la facultad de transportar todo el interés de la vida de un punto
-a otro del mundo es otra prenda muy principal de mi carácter, y al
-mismo tiempo una necesidad a la que muy difícilmente puedo resistir.
-El destino me ha presentado siempre los sucesos a propósito para tales
-juegos de estrategia sublime.</p>
-
-<p>Aquella misma tarde dispuse todo, y por la noche sorprendí a mi
-don Quijote con la noticia de mi viaje. Aficionada a jugar con los
-corazones que caen en mis manos (a excepción de uno solo), como juega
-el gatito con el ovillo que rueda por el suelo, dije al conde de
-Montguyon:</p>
-
-<p>—Me he asustado de la soledad en que voy<span class="pagenum"
-id="Page_100">p. 100</span> a quedar después que usted se marche, y voy
-a Madrid. De esta manera podré vigilar a cierto caballero francés por
-si anda en malos pasos.</p>
-
-<p>Él se puso tan contento que olvidó aquella noche hablarme de
-la guerra y de los laureles que iban a recoger. Parecía un loco
-hablando de los alcázares de Granada, de los romances moriscos, de
-las ricahembras, de las boleras, de frailes que protegían los amores
-de los grandes, de volcánicas pasiones españolas, y de mujeres
-enamoradas capaces del martirio o del asesinato. Él se creía héroe de
-mil aventuras románticas e interesantes caballerías, tales como se las
-había imaginado leyendo obras francesas sobre España. Empleo la palabra
-<i>románticas</i>, porque si bien no estaba en moda todavía, es la más
-propia. El romanticismo existía ya, aunque no había sido bautizado.
-Excuso decir que Montguyon me juró amor eterno y una fidelidad
-inquebrantable como la del Cid por doña Jimena.</p>
-
-<p>Yo necesitaba de él para mi viaje, por lo cual me guardé muy bien
-de arrancar una sola hoja a la naciente flor de sus ilusiones. Era
-muy difícil viajar entonces, porque casi todos los vehículos del país
-habían sido intervenidos por ambos ejércitos. Montguyon me prometió una
-silla de postas, y cumplió su oferta, poniéndola a mi disposición al
-día siguiente.</p>
-
-<p>Con el primer movimiento del ejército francés coincidió mi marcha
-sobre Madrid, como una conquistadora. El estrépito guerrero que en
-derredor mío sonara, despertaba en mi mente ideas de Semíramis.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch15">
- <p><span class="pagenum" id="Page_101">p. 101</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XV</h2>
-</div>
-
-<p>Pasé por Vitoria y por la Puebla de Arganzón, como los días felices
-por la vida del hombre: a escape. No miraba a ningún lado, por miedo a
-mis malos recuerdos, que salían a detenerme.</p>
-
-<p>En los pueblos todos del norte, la intervención vencía sin batallas;
-y antes de que asomara el morrión del primer francés de la vanguardia,
-la Constitución estaba humillada. Los mozos todos comprendidos en la
-quinta ordenada por el gobierno, se unían a las facciones, y eran muy
-pocos los milicianos que se aventuraban a seguir a los liberales. No
-he visto una propagación más rápida de las ideas absolutistas. Era
-aquello como un incendio que de punta a punta se desarrolla rápidamente
-y todo lo devora. En medio de las plazas los frailes predicaban mañana
-y tarde, con pretexto de la Cuaresma, presentando a los franceses como
-enviados de Dios, y a los liberales como alumnos de Satanás que debían
-ser exterminados.</p>
-
-<p>El general Ballesteros mandaba el ejército que debía operar en
-el norte y línea del Ebro para alejar a los franceses. No viendo
-yo a dicho ejército por ninguna parte, sino inmensas plagas de
-partidas, pregunté por él, y me dijeron en Briviesca que Ballesteros,
-convencido de no poder hacer nada de provecho, se<span class="pagenum"
-id="Page_102">p. 102</span> había retirado nada menos que a Valencia.
-Movimiento tan disparatado no podía explicarse en circunstancias
-normales; pero entonces todo lo que fuera desastres y yerros del
-liberalismo tenía explicación.</p>
-
-<p>Viendo crecer en los pueblos la aversión a las Cortes y al gobierno,
-el ejército perdía el entusiasmo. A su paso, como se levanta polvo del
-camino, levantábanse nubes de facciosos, que al instante eran soldados
-aguerridos. Así se explica que el ejército de Ballesteros compuesto
-de dieciséis mil hombres, se retirara sin combatir emprendiendo la
-inverosímil marcha a Valencia, donde podía adquirir algún prestigio
-derrotando a Sempere, al Locho y al carretero Chambó, tres nuevos
-generales o arcángeles guerreros que le habían salido a la fe.</p>
-
-<p>En Dueñas me adelanté, dejando atrás a los franceses; tenía tanta
-prisa como ellos y menos estorbos en el camino, aunque los suyos no
-eran tampoco grandes. ¡Cuánto deseaba yo ver por alguna parte tropas
-regulares españolas! En verdad, me avergonzaba que los hijos de San
-Luis, a pesar de que nos traían orden y catolicismo, se internaran en
-España tan fácilmente. Con todo mi absolutismo, yo habría visto con
-gusto una batalla en que aquellos liberales tan aborrecidos dieran
-una buena tunda a los que yo llamaba entonces mis aliados. Española
-antes que todo, distaba mucho de parecerme a los señores frailes
-y sacristanes que en 1808 llamaban judíos a los franceses y ahora
-ministros de Dios.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_103">p. 103</span>En Somosierra
-encontré tropas. Eran las del ejército de La Bisbal, destinado por
-las Cortes a cerrar el paso del Guadarrama, amparando de este modo a
-Madrid. Mis dudas acerca del éxito de aquella empresa fueron grandes.
-Yo conocía a La Bisbal. ¿Cómo no, si era conocido de todo el mundo?
-Fue el que el año 14 se presentó al rey llevando dos discursos en
-el bolsillo, uno en sentido realista, otro en sentido liberal, para
-pronunciar el que mejor cuadrase a las circunstancias. Fue el que en
-1820 hizo también el doble papel de ordenancista y de sedicioso. La
-inseguridad de sus opiniones había llegado a ser proverbial. Era hombre
-altamente penetrado del axioma italiano <i>ma per troppo variar natura
-è bella</i>. Yo no comprendía en qué estaba pensando el gobierno cuando
-le nombró. Si los ministros se hubieran propuesto elegir para mandar
-el ejército más importante al hombre más a propósito para perderlo, no
-habrían elegido a otro que a La Bisbal.</p>
-
-<p>Pasé con tristeza por entre su ejército. Aquellos soldados,
-capaces del más grande heroísmo, me inspiraban lástima, viéndoles
-destinados a desempeñar un papel irrisorio, como leones a quienes se
-obliga a bailar. Sentía yo impulsos de arengarles: «¡Que os engañan,
-pobres muchachos! No dejéis las armas sin combatir. Si os hablan de
-capitulación, degollad a vuestros generales.»</p>
-
-<p>En Madrid hallé un abatimiento superior a lo que esperaba. Se
-hablaba allí de capitular, como de la cosa más natural del mundo.
-Solo<span class="pagenum" id="Page_104">p. 104</span> tenían
-entusiasmo algunos infelices que no servían para nada, el cuerpo de
-coros de los clubs y de las sociedades secretas, la gente gritona, y
-también bastantes de los que habían tirado del coche de Fernando VII
-cuando volvió de Francia el año 14. Los absolutistas creían con razón
-ganada la partida, y afectaban cierta generosidad magnánima. ¡Pobre
-gente! Algunos de estos pajarracos me visitaron, entre ellos don Víctor
-Sáez, y tuve el gusto de hacerles rabiar, asegurándoles que Angulema
-traía orden de obsequiarnos con las dos Cámaras y un absolutismo
-templado, suavísimo emoliente para nuestra anarquía. Esto ponía a mis
-buenos amigotes más furiosos que las bravatas de los liberales, pues
-aún había liberales con inocencia bastante para echar roncas.</p>
-
-<p>Pero yo me ocupaba poco de tales cosas. Mi primer cuidado fue hacer
-algunas averiguaciones concernientes a la entrañable política de mi
-herido corazón. Por fortuna, a la casa donde yo vivía, honradísimo
-albergue de una noble familia alavesa, iba a menudo un tal Campos,
-hombre muy intrigante, director de Correos, si no recuerdo mal, gran
-maestre de la Orden masónica, o por lo menos principalísimo dignatario
-de ella, amigo íntimo de los liberales de más viso y también de algunos
-absolutistas, como hombre que sabe el modo de comer a dos carrillos.</p>
-
-<p>Yo le había tratado el año anterior, y charlando juntos, me reía de
-los masones, lo cual a él no le enojaba. Entre bromas y veras solía
-enterarme de algunas cosas reservadas, porque<span class="pagenum"
-id="Page_105">p. 105</span> no era hombre de extraordinaria discreción,
-ni tampoco de una incorruptibilidad absoluta. En los días de mi llegada
-de Irún, que eran los de mediados de mayo del 23, le pregunté si
-esperaban los masones algún mensaje reservado de Mina. Negolo; mas yo,
-asegurándolo con el mayor descaro y nombrando el mensajero, le hice
-confesar que esperaban órdenes de Mina de un día a otro. Él, lo mismo
-que su secretario, cuyo nombre no recuerdo, me aseguraron no haber
-visto todavía en Madrid a Salvador Monsalud, ni tener noticia alguna de
-él.</p>
-
-<p>—No ha llegado aún —dije—. Mucho tarda.</p>
-
-<p>Sin reparar en nada fui a su casa. Un portero, tan locuaz como
-pedante, liberal muy farolón, de aquellos a quienes yo llamo
-<i>sepultureros de la libertad</i>, porque son los que la han
-enterrado, me informó de que el señor Monsalud faltaba de Madrid desde
-el mes de agosto del año anterior.</p>
-
-<p>—Puede que la señora doña Solita sepa algo —me dijo—. Pero no es
-fácil, porque anoche lloraba... Como no llorase de placer, que también
-esto sucede a menudo...</p>
-
-<p>—¿De modo que la casa subsiste? —le pregunté.</p>
-
-<p>—Subsiste, sí, señora; pero no subsistirá mucho tiempo si el señor
-don Salvador no vuelve del otro mundo.</p>
-
-<p>—Pues qué, ¿ha muerto?</p>
-
-<p>—Así lo creo yo. Pero esa joven sentimental siempre tiene
-esperanzas, y cada vez que el sol sale por el horizonte esparciendo sus
-rayos de oro... ¿me entiende usted?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_106">p. 106</span>—Sí, acabe de una
-vez el señor Sarmiento.</p>
-
-<p>—Quiero decir, que siempre que amanece, lo cual pasa todos los
-días, la señora doña Solita dice: «¡Hoy vendrá!» Tal es la naturaleza
-humana, señora, que de todo se cansa menos de esperar. Y yo digo: ¿qué
-sería del hombre sin esperanza?... Dispénseme la señora; pero si piensa
-subir, tengo el sentimiento de no poder acompañarla, porque como mi
-hijo es miliciano...</p>
-
-<p>—¿Y qué?</p>
-
-<p>—Como es miliciano, y el honor le ordena derramar hasta la última
-gota de su sangre en defensa de la dulce patria y de la libertad
-preciosísima del género humano...</p>
-
-<p>—¿Y qué más? —dije, complaciéndome en oír las graciosas pedanterías
-de aquel hombre.</p>
-
-<p>—Que impulsado por su ardoroso corazón, capaz del heroísmo, y por mi
-paternal mandato, ha ido a Cádiz con las Cortes; y como ha ido a Cádiz
-con las Cortes, y no volverá hasta dejar confundida a la facción y a
-los cien mil y quinientos hijos, nietos o tataranietos del calzonazos
-de Luis XVIII... ¡Por vida de la chilindraina y con cien mil pares
-de docenas de chilindrones, que si yo tuviera veinte años menos...!
-Pues digo que como Lucas ha ido a Cádiz..., y es un león mi hijo, un
-verdadero león..., resulta que me es forzoso estar al cuidado de la
-puerta; ¿me entiende la señora?</p>
-
-<p>—Está bien —le dije riendo—. Puedo subir sola.</p>
-
-<p>Quise darle una limosna, porque su aspecto me pareció muy miserable;
-pero la rechazó<span class="pagenum" id="Page_107">p. 107</span> con
-dignidad y cierto rubor decoroso, propio de las grandezas caídas.</p>
-
-<p>Subí a la casa. Antes que yo subía mi corazón.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch16">
- <h2 class="nobreak g0">XVI</h2>
-</div>
-
-<p>En seguida que llamé salieron a abrir. Se conocía que en la casa
-reinaba la impaciencia. Una mujer descorrió con presteza el cerrojo y
-me rogó que entrase. Era ella. Yo recordaba haberla visto en alguna
-parte.</p>
-
-<p>Carecía de verdadera hermosura; pero al reconocerlo así con gozo,
-no pude dejar de concederle una atracción singular en toda su persona,
-un encanto que habría establecido al instante entre ella y yo profunda
-simpatía, si en medio de las dos no existiese, como infranqueable
-abismo, la persona de un hombre. Vestía de luto, y la delgadez de su
-rostro anunciaba el paso de grandes penas. Cuando me vio, alterose
-tanto y su turbación fue tan grande, que no podía dirigirme la palabra.
-Por mi parte, la miré con serenidad y altanería, como de superior a
-inferior, haciendo todo lo posible para que ella se creyese muy honrada
-con mi visita.</p>
-
-<p>Yo había oído hablar a Salvador, con cariño y admiración que me
-ofendían, de aquella singular hermana suya que no era tal hermana, ni
-aun pariente, y que muy bien podía ser otra cosa. Nunca creí en la
-fraternidad honesta<span class="pagenum" id="Page_108">p. 108</span>
-de que él me había hablado, porque conozco un poco el corazón del
-hombre, y admito solo los sentimientos cardinales y fundamentales, y
-no esas mixturas y composiciones sutiles que no sirven más que para
-disfrazar alguna pasión ilícita... Deseaba conocer por mí misma a la
-dichosa hermana tan ponderada por él, y ver si tenía fundamento el
-secreto odio que mi alma hacia ella sentía. Desde que la vi, a pesar
-de que me fue muy patente su inferioridad personal con respecto a la
-nieta de mi abuela, me pareció tener delante a una rival temible, más
-peligrosa cuanto más humilde en apariencia. Al instante traté de buscar
-en ella un defecto grande, de esos que afean espantosamente a la mujer.
-Mi ingenioso rencor encontró al punto aquel defecto, y dije en mi
-interior:</p>
-
-<p>«Esta muchacha debe de ser una hipocritona. No hay más remedio sino
-que lo es.»</p>
-
-<p>Mi juicio fue rápido, como la inspiración, como la improvisación.
-Desde la puerta a la sala a donde me condujo, hice mil observaciones,
-entre ellas una que no debo pasar en silencio. La casa estaba tan
-perfectamente arreglada, que no parecía vivienda sin dueño. Todo se
-hallaba en su sitio, sin el más ligero desorden, en perfecto estado de
-limpieza, descubriéndose en cada cosa el esmero peregrino que anuncia
-la mano de una mujer poseedora del genio doméstico. Creeríase que
-el amo era esperado de un momento a otro, y que todo se acababa de
-disponer para agradarle cuando entrara.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_109">p. 109</span>Al sentarme
-reconcentré mis ideas acerca del plan que había formado, y le dije:</p>
-
-<p>—Sé que usted padece mucho por saber el paradero del amo de esta
-casa, y como tengo noticias de él, vengo a tranquilizarla.</p>
-
-<p>—¡Oh, señora, cuánta bondad! —exclamó con repentina alegría—. ¿De
-modo que usted sabe dónde está y por qué no viene?... ¿Han vuelto a
-cogerle los facciosos?</p>
-
-<p>—No, señora. Está libre y bueno.</p>
-
-<p>—Entonces no tiene perdón de Dios —dijo abatiendo el vuelo de su
-alma, que tanto se había elevado con las alas de la alegría—. No, no
-tiene perdón de Dios.</p>
-
-<p>—¿Usted le ha escrito?</p>
-
-<p>—Muchas veces. Dirijo las cartas al ejército de Mina, con la
-esperanza de que alguna llegue a sus manos... pero no recibo
-contestación. Es una iniquidad de mi hermano. Por poco que se acuerde
-de mí, por muy grande que sea su olvido, ¿será tal que no me haya
-escrito una sola vez?</p>
-
-<p>—Los que están en armas —dije sonriendo— no se acuerdan de las
-pobres mujeres que lloran.</p>
-
-<p>—Yo creo que me ha escrito. Él es muy bueno y me considera mucho. No
-es capaz de tenerme en esta incertidumbre por su voluntad.</p>
-
-<p>—¿Pero usted no ha recibido ninguna carta?</p>
-
-<p>—En febrero vinieron dos; pero después ninguna. Quizás se hayan
-perdido.</p>
-
-<p>—Podría ser.</p>
-
-<p>—A veces me figuro que no me escribe porque<span class="pagenum"
-id="Page_110">p. 110</span> viene. Todos los días creo que va a llegar,
-y desde que siento pasos en la escalera, corro a ver si es él. Todo lo
-tengo preparado, y si viene, nada encontrará fuera de su sitio.</p>
-
-<p>—Sí, ya lo veo. Es usted una alhaja. El pobre Salvador debe de estar
-muy satisfecho de su hermana. Él la aprecia a usted mucho. Me lo ha
-dicho.</p>
-
-<p>—¡Se lo ha dicho a usted! —exclamó tan vivamente conmovida, que casi
-estuvo a punto de llorar.</p>
-
-<p>—Me lo ha dicho, sí. Él me cuenta todo. Para mí nunca ha tenido
-secretos.</p>
-
-<p>Sola me miró de hito en hito durante un momento, que me pareció
-demasiado largo. ¿Qué había en la expresión de su semblante al
-contemplar el mío? ¿Envidia? No podía ser otra cosa; pero la apariencia
-indicaba más bien una resignación dolorosa. Le habría tenido mucha
-lástima, si no hubiera estado convencida de que era una hipócrita.</p>
-
-<p>—Muchas veces me ha hablado de usted —proseguí—, elogiándome sus
-bellas cualidades para el gobierno de una casa. Vea usted de qué
-manera ha venido a encontrarse sola al frente de este hogar vacío,
-conservándole tan bien para cuando él vuelva.</p>
-
-<p>—La pobre doña Fermina —dijo—, que murió de pesadumbre por la
-pérdida de su hijo, me encargó todo al morir, poniendo en mi mano
-cuanto tenía y ordenándome que lo guardase y conservase hasta que
-pareciera Salvador.</p>
-
-<p>—¿Entonces ella no le creía muerto?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_111">p. 111</span>—Dudaba. Siempre
-tenía esperanza —manifestó la joven dando un suspiro—. Yo le hablaba
-a todas horas de la vuelta de su hijo, y, la verdad, siempre tuve
-esperanza de verle entrar en la casa, porque una voz secreta de mi
-corazón me decía que volvería. El día antes de fallecer, doña Fermina
-escribió una larga carta a su hijo... ¡Cuántas lágrimas derramó la
-pobre! Yo habría dado con gusto mi vida porque la infeliz madre viera a
-su hijo antes de morir. Pero Dios no lo quiso así.</p>
-
-<p>—¿Y esa carta?... —pregunté, deseosa de conocer aquel detalle.</p>
-
-<p>—Esa carta la depositó en mí doña Fermina, mandándome que la
-entregase a Salvador en su propia mano, si parecía.</p>
-
-<p>—¿Y si no parecía?</p>
-
-<p>—Doña Fermina me ordenó que le buscase por todos los medios
-posibles, y que si tenía noticias de él y no venía a Madrid, fuese a
-buscarle aunque tuviera que ir muy lejos.</p>
-
-<p>—Pero ¿cómo podrá usted emprender esos viajes? ¡Pobrecilla! —exclamé
-mostrando una compasión que estaba muy lejos de sentir.</p>
-
-<p>—Eso sería lo de menos. No me faltan ánimos para ponerme en camino,
-ni tampoco recursos con que emprender un largo viaje, porque doña
-Fermina me entregó todos sus ahorros para que los destinase a buscar a
-su hijo.</p>
-
-<p>—¡Ah! Entonces... Y para el caso de no encontrarlo, ¿qué dispuso esa
-señora?</p>
-
-<p>—Que esperase, y le volviera a buscar después.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_112">p. 112</span>—¿Y para el caso de
-que fuera evidente su muerte?</p>
-
-<p>—Que echase al fuego la carta sin leerla. ¡Ha sido desgraciada
-suerte la nuestra! —prosiguió la huérfana con abatimiento—. Un mes
-después de haber subido al cielo aquella buena señora, vino la carta de
-Salvador anunciando que estaba libre. ¡Ay! En mi vida he tenido mayor
-alegría ni mayor tristeza, juntas tristeza y alegría sin que pudiesen
-ser separadas. Yo le contesté diciéndole lo que pasaba y rogándole que
-viniese. Desde aquel día lo estoy esperando. Han pasado tres meses, y
-no ha venido ni me ha escrito.</p>
-
-<p>—Pues ha llegado la ocasión de que usted cumpla la última
-voluntad de la pobre señora difunta, partiendo en busca de ese hijo
-desnaturalizado.</p>
-
-<p>—¡Si no sé dónde está...! Un amigo que lee todos los papeles
-públicos y sabe por dónde andan los ejércitos, las guerrillas y las
-contraguerrillas, me ha dicho que las tropas de Mina se han disuelto.
-Otro que vino del norte, me aseguró que Salvador había emigrado a
-Francia. Yo, a pesar de estas noticias, le espero, tengo confianza en
-que ha de venir, y he resuelto aguardar lo que resta de mes. Sigo mis
-averiguaciones, y si en todo mayo no ha venido ni me ha escrito, pienso
-ponerme en camino y buscarle con la ayuda de Dios.</p>
-
-<p>—Siento quitarle a usted una ilusión —dije, adoptando
-definitivamente mi diabólico plan, y resolviéndome a ponerlo en
-práctica—. Salvador no vendrá por ahora, no puede venir.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_113">p. 113</span>—¿Lo sabe usted de
-cierto? —me preguntó vivamente turbada y con algo de incredulidad en
-sus hermosos ojos.</p>
-
-<p>—¿Duda usted de mí? —dije poniendo en mi semblante esa naturalidad
-inefable que es uno de mis más preciosos resortes para expresar lo que
-quiero—. Precisamente no he venido a otra cosa que a decirle a usted
-su paradero, después de tranquilizarla, por si le creía enfermo o
-muerto.</p>
-
-<p>—¿Y dónde está?</p>
-
-<p>—Habiendo reñido con Mina por una cuestión de amor propio, pasó a
-las contraguerrillas que siguen al general Ballesteros.</p>
-
-<p>—¿Entonces sigue en el norte?</p>
-
-<p>—No, señora. Ya sabe usted que el ejército de Ballesteros se ha
-retirado a Valencia.</p>
-
-<p>—A Valencia, sí. Efectivamente, lo oí decir. ¿De modo que Salvador
-está en Valencia?</p>
-
-<p>—Sí, y estos informes no son vagos ni fundados en conjeturas, porque
-yo misma...</p>
-
-<p>Al llegar aquí di un suspiro afectando cierta emoción. Después acabé
-así la frase:</p>
-
-<p>—Yo misma me separé de él en Onteniente el 20 de abril.</p>
-
-<p>—¿Es cierto, señora, lo que usted me dice? —me preguntó con gran
-agitación.</p>
-
-<p>—Sí; pero no creo que haga usted el disparate de ponerse en camino
-para Levante —indiqué con objeto de que no conociera mi verdadera
-idea.</p>
-
-<p>—¿Pues qué, vendrá?</p>
-
-<p>—Venir no. No vendrá en mucho tiempo, mayormente si de hoy a mañana
-capitula la<span class="pagenum" id="Page_114">p. 114</span> corte y
-se establece el absolutismo. Yo creo que se verá obligado a emigrar,
-embarcándose en cualquier puerto de la costa.</p>
-
-<p>—¡Embarcarse! —exclamó con desaliento—. No, señora, no; eso no puede
-ser. Corro allá al momento.</p>
-
-<p>Se levantó como si de un vuelo pudiera trasladarse a Valencia.</p>
-
-<p>—¿Y será usted capaz de emprender un viaje tan largo?... ¿Tendrá
-usted valor?... —manifesté con fingida admiración.</p>
-
-<p>—Yo tengo valor para todo, señora.</p>
-
-<p>Después del primer movimiento de credulidad, la vi como abatida y
-vacilante. Dudaba.</p>
-
-<p>—Puede usted escribirle —le dije— con la dirección que yo le dé, y
-cuando reciba la contestación de él, ponerse en camino... Lo malo será
-que en ese tiempo tome la guerra otro aspecto y llegue usted tarde.</p>
-
-<p>—Eso sería terrible. Yo creo que si voy, debo ir hoy mismo... ¿Y de
-él se separó usted el 20 de abril?</p>
-
-<p>Dudaba todavía. Al llegar a este punto, la voz de la conciencia, que
-aún me detenía, fue acallada por mis celos, y no pensé más que en el
-éxito completo del plan que me había propuesto. No vacilé más y pensé
-en la carta que me había traído Pipaón.</p>
-
-<p>—Me separé de él el 20 de abril —afirmé—; pero después de eso,
-hallándome en Aranjuez, recibí una carta suya.</p>
-
-<p>Con avidez fijó Solita sus ojos en mí. Por grande que fuera mi
-serenidad, mi corazón palpitaba, porque ni aun los criminales más<span
-class="pagenum" id="Page_115">p. 115</span> criminales hacen ciertas
-cosas sin algo de procesión por dentro. Confesaré ahora la fealdad toda
-de mi acción, para que se comprenda bien la importancia de aquella
-escena y mi perverso papel.</p>
-
-<p>—Si quisiera mostrarme usted la carta de Salvador —me dijo en
-tono suplicante—, al menos para saber con fijeza el punto en que se
-halla...</p>
-
-<p>—No la he traído —repuse con el mayor aplomo—; pero volveré a mi
-casa, que está a dos pasos, y la traeré, para que tenga usted ese
-consuelo, y una seguridad que no pueden darle mis palabras.</p>
-
-<p>—¡Oh!, no, señora; yo creo...</p>
-
-<p>—No... estas cosas son delicadas. Al instante traeré a usted la
-carta que me escribió, y que no está fechada en Onteniente, sino en
-otro pueblo del reino de Valencia, pues como usted puede suponer, el
-ejército se mueve casi todos los días.</p>
-
-<p>Diciendo esto me levanté. Ella me daba las gracias por mi bondad en
-cariñosas y vehementes palabras. Brindose a ir conmigo porque yo no
-me molestase en volver; pero esto no me convenía, y salí rápidamente.
-¡Miserable de mí, y cuánto me cegaba la pasión y aquel detestable afán
-de hacer daño a la que aborrecía!... Contaré esto con la mayor brevedad
-posible, porque me mortifica tan desagradable recuerdo; y en verdad
-que si pudiera escribir estas vergonzosas líneas cerrando los ojos, lo
-haría para no ver lo que traza mi propia pluma.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch17">
- <p><span class="pagenum" id="Page_116">p. 116</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XVII</h2>
-</div>
-
-<p>Corrí a mi casa, tomé la carta de Salvador, y con ese golpe de vista
-del genio criminal, comprendí que lo previsto por mí momentos antes
-podía realizarse fácilmente. La data <i>Urgel</i> estaba escrita en
-letra ancha y mala. La palabra podía ser variada por una mano hábil, y
-la mía, fuerza es decirlo, lo era, aunque nunca hasta entonces se había
-empleado en tan infames proezas.</p>
-
-<p>Yo tenía muy presente a un primo mío que había comerciado años antes
-en un pueblo de Alicante llamado <i>Vergel</i>, en las inmediaciones
-de Denia, a orillas del río Bolana. Esta palabra era el puñal del
-asesinato proyectado por mí. La tomé con la fiebre del rencor. ¡Qué
-admirablemente servía para mi objeto! ¡Qué bien dispuestas estaban sus
-letras para una obra satánica! No podía pedirse más, no. Tenía delante
-de mí una de esas infernales coincidencias que deciden a los criminales
-vacilantes, y a veces hasta impulsan a los justos a escandalosos y
-horribles pecados.</p>
-
-<p>Tomé la pluma, y con mano segura, regocijándome interiormente en
-la perfección de mi obra, convertí la palabra Urgel en Vergel. La
-fecha era fácil de mudar también. Salvador había puesto marzo en
-abreviatura. Yo convertí el marzo en mayo, dejando el día, que era el
-3, lo mismo que estaba... ¡Oh, cuando no se me<span class="pagenum"
-id="Page_117">p. 117</span> cayó la mano entonces, creo que tendré
-manos para toda mi vida!</p>
-
-<p>Del texto de la carta podía mostrarse la primer plana, donde decía,
-entre otras cosas insignificantes: «No pienso en muchos días salir de
-este pueblo.»</p>
-
-<p>Corrí allá con mi puñal. Las trágicas figuras antiguas a quienes
-pintan alborotadas y arrogantes con un hierro en la mano, no fruncirían
-el ceño más fieramente que yo al blandir mi carta homicida. Subí a la
-casa. Sola me esperaba en la puerta. Entramos: me senté al punto...
-Estaba muy cansada.</p>
-
-<p>—Vea usted —le dije—: el pueblo donde ahora está es Vergel. He
-pasado por él.</p>
-
-<p>Solita devoraba con los ojos la carta.</p>
-
-<p>—Vergel —añadí mostrándole la carta— está entre Pego y Denia, sobre
-un riachuelo que llaman Bolana. Si va usted a Onteniente, le será muy
-fácil llegar a Vergel.</p>
-
-<p>Ella seguía leyendo.</p>
-
-<p>—Asegura que por ahora no piensa moverse de ese pueblo —dijo
-meditabunda—. Mejor: con eso tendré la certeza de encontrarle.</p>
-
-<p>—¿Pero de veras insiste usted en ir?... El resto de la carta no se
-lo enseño a usted porque no puede interesarle —indiqué afectando la
-mayor naturalidad y guardando mi arma—. No puedo creer que haga usted
-la locura de...</p>
-
-<p>—Iré, iré —afirmó con resolución briosa, que inundó mi alma de los
-frenéticos goces del éxito criminal.</p>
-
-<p>Después de manifestar así su propósito, frunció el ceño y me
-dijo:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_118">p. 118</span>—Cuando usted se
-separó de Salvador, ¿sabía él que venía usted a Madrid?</p>
-
-<p>—Lo sabía.</p>
-
-<p>—¿Y cómo no le rogó que me viese y me tranquilizara?</p>
-
-<p>—Porque sabe —repuse con dignidad— que yo no sirvo para hacer las
-veces de correo. Si he venido a esta casa, ha sido por..., se lo diré
-a usted con entera franqueza, no quiero fingir móviles que no tuve al
-venir aquí, aunque después que nos hemos tratado hayan sido distintas
-mis ideas.</p>
-
-<p>Solita atendía a mis palabras como el Evangelio. Yo le tomé una
-mano, y poniéndome a punto de llorar, me expresé así:</p>
-
-<p>—Señora doña Solita, dije a usted al entrar que venía con el simple
-objeto de tranquilizarla dándola informes de Salvador.</p>
-
-<p>—Así fue, señora, lo que usted me dijo.</p>
-
-<p>—Pues bien, falté a la verdad: quise encubrir mi verdadero objeto
-con una fórmula común. Pero yo no puedo fingir; no puedo ocultar la
-verdad. Mi carácter peca de excesivamente franco, natural y expansivo.
-Mis pasiones y mis defectos, la verdad toda de mi alma, buena o mala,
-se me sale por los ojos y por la palabra cuando más quiero disimular.
-Usted me ha inspirado simpatías; usted me ha revelado una pureza de
-sentimientos que merece el mayor respeto. Quiero ser como usted, y
-hablarle con la noble veracidad que se debe a los verdaderos amigos.
-¿No es usted hermana para él? Pues quiero que lo sea también para
-mí.</p>
-
-<p>Solita, al oír esto, se apartó lentamente de<span class="pagenum"
-id="Page_119">p. 119</span> mi lado. Noté en ella cierta aversión
-contenida por el respeto.</p>
-
-<p>—Querida amiga —proseguí forzando mi arte—. No he venido aquí sino
-por un egoísmo que usted no comprenderá tal vez. He venido por ver su
-casa, por conocer lo único que guarda Madrid de esa amada persona,
-este asilo donde él ha vivido, donde murió su madre, y por el cual
-parecen vagar aún sus miradas. Quería yo dar a mis ojos el gusto de ver
-estos objetos, estos muebles donde tantas veces se han fijado los ojos
-suyos... Nada más, ningún otro objeto me trajo aquí. He tenido además
-el placer de conocerla a usted, y ahora, deseándole que halle pronto a
-su hermano, me retiro.</p>
-
-<p>Levanteme resueltamente. Solita había prorrumpido en amargo
-llanto.</p>
-
-<p>—¡Oh! ¡Gracias, gracias, señora! —exclamó secando sus lágrimas—. Le
-diré que debo a usted este inmenso favor.</p>
-
-<p>—No, no, por Dios. Ruego a usted que no me nombre para nada. Vería
-en mí una debilidad que no quiero confesarle, mediando, como median en
-uno y otro, los propósitos de separación eterna.</p>
-
-<p>—Pues callaré, señora, callaré. ¿De modo que usted no le verá
-más?</p>
-
-<p>Al decir esto había tanto afán en su mirada, que me causó
-indignación. La habría abofeteado, si mi papel no exigiera gran
-prudencia y circunspección.</p>
-
-<p>—No, señora, no le veré más —le dije, fijando más sobre mi semblante
-la máscara que se caía—. Después de lo que ha pasado... Pero no<span
-class="pagenum" id="Page_120">p. 120</span> puedo revelar ciertas
-cosas. Si usted le conoce bien, conocerá su inconstancia. Yo le he
-amado con fidelidad y nobleza. Él... no quiero rebajarle delante de
-una persona que le estima. Adiós, señora, adiós. ¿Se va usted al fin
-hoy?</p>
-
-<p>Esto lo dije en pie, estrechando aquella mano que habría deseado ver
-cortada.</p>
-
-<p>—Sí, señora, iré a buscarle, puesto que él no quiere venir.</p>
-
-<p>—¿Pero se atreve usted, sola, sin compañía, por esos caminos...?
-—indiqué, deseando que confirmara su resolución.</p>
-
-<p>—Dios irá conmigo —repuso la hipocritona con el acento de los que
-tienen verdadera fe—. El ordinario de Valencia que sale esta noche, era
-amigo de doña Fermina. Con él iré. Tengo confianza en Dios, y estoy
-segura de que no me pasará nada... Ahora, tomada esta determinación,
-estoy tranquila.</p>
-
-<p>—La felicidad le retoza a usted en el rostro —afirmé con cruel
-sarcasmo—. Bien se conoce que es usted feliz. Yo me congratulo de
-haberle proporcionado un cambio tan dichoso en su espíritu.</p>
-
-<p>Cuando pronuncié estas palabras, debió secárseme la lengua, lo
-confieso.</p>
-
-<p>Poco más hablamos. Hícele ofrecimientos corteses y salí de la casa.
-Cuando bajaba la escalera sentí impulsos de volver a subir y llamarla
-y decirle: «no crea usted nada de lo que he dicho; soy una embustera»;
-pero el egoísmo pudo más que aquel pasajero y débil sentimiento
-de rectitud, y seguí bajando. Del mismo modo iba bajando mi alma,
-escalón<span class="pagenum" id="Page_121">p. 121</span> tras escalón,
-a los abismos de la iniquidad. Razoné como los perversos, diciéndome
-que la víctima de mi intriga era una mujer hipócrita, y que las
-pérfidas maquinaciones, tan dignas de censura cuando recaen en personas
-inocentes, son más tolerables si recaen en quien las merece y es capaz
-de urdirlas peores. Pero estos sofismas no acallaban mi remordimiento,
-que empezó a crecer desde que salí de la casa, y ha llegado después,
-por su mucha grandeza y pesadumbre, a mortificarme en gran manera.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch18">
- <h2 class="nobreak g0">XVIII</h2>
-</div>
-
-<p>Verdaderamente mi acción no pudo ser más indigna. ¡Precipitar a una
-desamparada e infeliz mujer a resolución tan loca, obligarla por vil
-engaño a emprender un viaje largo, dispendioso, arriesgado, y, sobre
-todo, inútil!... Al mirar esto desde tan distante fecha, me espanto de
-mi acción, de mi lengua, y de la horrible travesura y sutileza de mi
-entendimiento.</p>
-
-<p>En aquellos días la pasión que me dominaba, y más que la pasión, el
-envidioso afán que me producían los recelos de que alguien me robase lo
-que yo juzgaba exclusivamente mío, no me permitieron ver claramente mi
-conciencia ni la infamia de la denigrante acción que había cometido;
-pero cuando todo se fue enfriando y oscureciendo, he podido mirarme
-tal cual era en aquel día, y declaro aquí que,<span class="pagenum"
-id="Page_122">p. 122</span> según me veo, no hay fealdad de demonio del
-infierno que a la mía se parezca.</p>
-
-<p>¡Y sigue una viviendo después de hacer tales cosas! ¡Y parece que
-no ha pasado nada, y vuelve la felicidad, y aun se da el caso de
-olvidar completamente la perversa y villana acción!... Yo no vacilo
-en escribirla aquí, porque me he propuesto que este papel sea mi
-confesonario, y una vez puesta la mano sobre él, no he de ocultar ni
-lo bueno ni lo malo. La seguridad de que esto no ha de verlo nadie
-hasta que yo no me encuentre tan lejos de las censuras de este mundo
-como lo están los astros de las agitaciones de la tierra, da valor a mi
-espíritu para escribir tales cosas. Yo digo: «Que todo el mundo escriba
-con absoluta verdad su vida entera, y entonces, ¡cuánto disminuirá
-el número de los que pasan por buenos! Las cuatro quintas partes de
-las grandes reputaciones morales no significan otra cosa que <i>falta
-de datos</i> para conocer a los individuos que se pavonean con ellas
-fatuamente, como los cómicos cuando se visten de reyes.»</p>
-
-<p>Aquella tarde torné a pasar por allí, y entablé conversación con
-Sarmiento; pero me fue imposible averiguar por él si Solita insistía
-en partir. Yo tenía gran desasosiego hasta no saberlo, y para salir de
-mi incertidumbre quise averiguarlo por mí misma. Soy así: lo que puedo
-hacer no lo confío a los demás. Me fatigan las dilaciones y la torpeza
-de los que sirven por dinero, y carezco de paciencia para aguardar a
-que me vengan a decir lo que yo puedo ver por mis propios ojos. Al
-llegar la<span class="pagenum" id="Page_123">p. 123</span> noche y la
-hora en que solían partir los coches, sillas de postas y galeras, mi
-criada y yo nos vestimos manolescamente, con pañolón y basquiña, y nos
-encaminamos al parador del Fúcar, de donde, según mis noticias, salía
-el ordinario de Valencia.</p>
-
-<p>No tuve que esperar mucho para satisfacer mi curiosidad. Allí
-estaba. Solita partía irremisiblemente. Ya no me quedaba duda. La vi
-dentro del coche que salía, y no pude sofocar en mí un sentimiento de
-profundísima lástima, forma indirecta que tomaba entonces mi conciencia
-para presentarme ante los ojos la imagen de mi crimen. Pero el coche
-partió; ella se fue con su engaño, y yo me quedé con mi lástima.</p>
-
-<p>No se había extinguido el rumor de las ruedas del carro de Valencia,
-cuando sonó más vivo estrépito de ruedas y caballerías. Un gran
-carruaje de colleras entró en el parador. Mi criada y yo nos detuvimos
-por curiosidad.</p>
-
-<p>—Es el coche de Alcalá —dijeron a nuestro lado—. Esta noche viene
-lleno de gente.</p>
-
-<p>Por una de las portezuelas vi la cara de un hombre. El corazón
-parecía hacérseme pedazos. Me volví loca de alegría. No pude
-contenerme. Era él. Mis exclamaciones cariñosas le obligaron a bajar
-del coche, y apenas puso el pie en tierra, me arrojé llorando en sus
-brazos.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch19">
- <p><span class="pagenum" id="Page_124">p. 124</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XIX</h2>
-</div>
-
-<p>Al día siguiente le aguardaba en mi casa, y no fue hasta muy tarde,
-cuando ya anochecía. Estaba muy fatigado, triste y abatido. Lo primero
-de que me habló fue del vacío que había dejado en su casa la muerte
-de su madre, de la partida de su hermana, a quien creía encontrar en
-Madrid, y del brevísimo espacio que un perverso destino había puesto
-entre la marcha de ella y la llegada de él.</p>
-
-<p>—Castigo de Dios es esto —dijo—, por mi descuido en escribirle y mi
-desnaturalizado proceder.</p>
-
-<p>Después pasó de la tristeza a la furia. Yo procuraba arrancarle
-tan lúgubres ideas, recordándole nuestro placentero viaje del verano
-anterior y la catástrofe de su cautiverio; hacíale mil preguntas
-sobre sus padecimientos, emancipación, campaña de Cataluña y toma de
-la Seo; pero solo me contestaba con monosílabos y secamente. Escaso
-interés mostraba por las cosas pasadas, y aun yo misma, que era un
-presente digno, a mi parecer, de alguna estima, apenas podía obtener
-de él atención insegura y casi forzada. Su pensamiento estaba fijo en
-la fugitiva, y mis sutiles zalamerías no podían apartarle de allí. No
-cesaba de discurrir sobre los móviles de aquel viaje, y yo, sintiendo
-revivir y agitarse en mí lo que siempre tuve de serpiente, estuve a
-punto de indicarle que Soledad<span class="pagenum" id="Page_125">p.
-125</span> habría partido arrastrada por algún hombre; pero en el
-momento en que desplegaba los labios para sugerir esta idea, me
-contuve. Aquella vez había vencido mi conciencia, y hallándome con
-fuerzas para las mayores crueldades, no las tuve para la calumnia.</p>
-
-<p>Al fin creí prudente no decirle una palabra sobre aquella
-cuestión.</p>
-
-<p>—Bastaba que yo viniese con deseo de verla —dijo hiriendo
-violentamente el suelo con el pie— para que ella huyese de mí. Así son
-todas mis cosas. Lo bueno existe mientras yo lo deseo. Pero lo toco, y
-adiós.</p>
-
-<p>Estas amargas palabras eran un desaire para mí, y por lo visto yo no
-estaba comprendida en el número de las cosas buenas; pero sofoqué mi
-resentimiento y seguí escuchándole.</p>
-
-<p>—Desde que el deseo de venganza y mi odio al absolutismo —añadió— me
-inclinaron a tomar las armas, tuve el presentimiento de que la campaña
-se echaría a perder, y así ha sido. Ya tienes a la plaza de Figueras en
-poder de los franceses; a Mina vagabundo, sin saber qué partido tomar,
-y todo el ejército desconcertado y sin esperanza de vencer. ¡Gran
-milagro habría sido que donde yo estoy hubiese victorias! Desastres
-y nada más que desastres. La sombra que yo echo sobre la tierra,
-destruye.</p>
-
-<p>—¡Qué necio eres! ¿Crees acaso en las estrellas fatales y en el
-sino?</p>
-
-<p>—No debiera creer; pero todo me manda que crea... Ya ves. Me envía
-Mina a Madrid<span class="pagenum" id="Page_126">p. 126</span> con una
-comisión en que funda grandes esperanzas, y desde que llego aquí pierdo
-las pocas que traía, porque no hallo sino desanimación y flojedad. Al
-mismo tiempo, la ilusión más querida de este viaje se ha desvanecido
-como el humo. Yo tenía una hermana, más que hermana, amiga, con una
-amistad pura y entrañable que nadie puede comprender sino ella y yo;
-una amistad que tiene todo lo santo de la fraternidad y todo lo bueno
-del amor, sin las tenebrosas ansias de este. En mi hermana veía yo todo
-lo que me queda de familia, lo único que me resta de hogar; en ella
-veía a mi madre, y una representación de todos los goces de mi casa, la
-paz del alma, dichas muy grandes sin mezcla de martirio alguno. Pues
-bien: llego, y mi casa está desierta. Jamás pensé en perderla. Ella, el
-único ser de quien estaba seguro, vuela también lejos de mí, y se va.
-¡Ay, Jenara! ¡No puedo decirte cuán sola estaba mi casa! Figúrate todo
-el universo vacío y sin vida. Ni mi madre, ni Soledad... ¡Qué sepulcro,
-Dios mío! Así se va quedando mi corazón lo mismo que una gran fosa,
-todo lleno de muertos... Tú no puedes entender esto, Jenara. En ti todo
-vive. Tu carácter hace resucitar las cosas, y eres un ser privilegiado
-para quien el mundo se dispone siempre del modo más favorable; pero
-yo...</p>
-
-<p>—Cúlpate a ti mismo —le dije—, y no hables del destino. Te quejas
-de que tu hermana te haya abandonado, y no recuerdas que has estado
-mucho tiempo sin escribirle, sin darle noticias de ti, sin decirle ni
-siquiera: «estoy vivo».</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_127">p. 127</span>—Es verdad;
-pero se amparó de mí el estúpido delirio de la guerra. Me sedujo la
-idea gloriosa que representaba nuestro ejército al perseguir a los
-realistas. Solo veía lo que estaba delante de mis ojos y dentro de mí:
-el enemigo y los torbellinos de mi cerebro, un ideal de magníficas
-victorias que dieran a mi país lo que no tiene. Ya sabes que yo me
-equivoco siempre. Lo extraño es que conociendo mi torpeza me empeñe
-en andar hacia adelante como los demás hombres, en vez de estarme
-quieto como las estatuas... Ahora todo lo veo destrozado, caído y
-hecho pedazos por mis propias manos, como el que entrando en un cuarto
-oscuro y lleno de preciosidades, a ciegas tropieza y lo rompe todo.
-En Cataluña, desengaños; en Madrid, más desengaños todavía; un gran
-vacío del entendimiento, y otro más grande del corazón. Parece que la
-realidad de mis ideas es un ave que se asusta de mis pasos, y levanta
-el vuelo cuando me acerco a ella. ¡Maldita persona la mía!</p>
-
-<p>Debía enojarme de tales palabras, porque según ellas, yo no era
-nada. Pero no me mostré ofendida, y solamente dije:</p>
-
-<p>—Si al llegar encuentras todo solo y vacío, no es porque las cosas
-vuelen antes de tiempo, sino porque tú llegas siempre tarde.</p>
-
-<p>—También es verdad. Llego siempre tarde. Ya ves lo que me ha pasado
-ahora. Se le antoja al señor Mina enviarme aquí cuando todo está
-perdido. Pero él no contaba con la rapidez de este desmoronamiento:
-no contaba con la retirada de Ballesteros sin combatir, ni con<span
-class="pagenum" id="Page_128">p. 128</span> la defección de La Bisbal.
-Mina tiene la desgracia de creer que todos son valientes y leales como
-él.</p>
-
-<p>—¿La defección de La Bisbal? ¡De modo que ya...! No creí que
-fuera tan pronto. El conde acostumbra preparar con cierto arte sus
-arrepentimientos.</p>
-
-<p>—No se dice públicamente; pero es seguro que ya está en tratos con
-los franceses para capitular. Me lo ha dicho Campos, que olfatea los
-sucesos. De mañana a pasado, el aborrecido estandarte negro ondeará
-en Madrid. ¿A qué he venido yo? No parece sino que vengo a izarlo yo
-mismo.</p>
-
-<p>—Pues no hagas caso de los masones, ni de la guerra, ni de la
-Constitución —le dije—. ¿Para qué te empeñas en cosas imposibles? ¿Por
-qué desprecias lo que tienes, y persigues fantasmas vanos?</p>
-
-<p>Me miró comprendiendo mi intención. Sus ojos no indicaban
-desafectos. Acompañome a cenar, y mis alardes de humor festivo, mi
-cháchara y las delicadas atenciones que con él tuve, no lograron
-disipar las nubes que ennegrecían su alma. También la mía se encapotaba
-lentamente, cayendo en hondas tristezas. Acostumbrada a verse señora de
-los sentimientos de aquel hombre, padecía mucho considerando perdido su
-amoroso dominio, esa tiranía dulcísima que al mismo tiempo embelesa al
-amo y al esclavo.</p>
-
-<p>Pero aún conservaba yo gran parte de mi prestigio. Vencí, aunque
-sin poder conseguir la tranquilidad que acompaña a los triunfos<span
-class="pagenum" id="Page_129">p. 129</span> completos, porque descubrí
-en su complacencia algo de violento y forzado. Sospeché que al
-corresponder a mi leal cariño, lo hacía más bien por delicadeza y por
-deber que por verdadera inclinación. Esto me atormentó toda la noche,
-quitándome el sueño. Cuando pude dormir, la imagen de la pobre huérfana
-que recorría media España buscando a su hermano, a su amante o lo que
-fuera, se me presentó para atormentarme más. ¡Ay, qué terrible es una
-gran falta sin éxito!</p>
-
-<p>La visión de la mujer errante no se quitaba de mi imaginación.
-Pero yo entonces, creyéndome menos amada de lo que mi frenesí de amor
-exigía, pensando que me habían vencido ajenos recuerdos y vaguedades
-sentimentales referentes a otra persona, me gozaba con fiera crueldad
-en la desolación de la hermana viajera.</p>
-
-<p>«¡Bien —le decía—, corre tras él, corre hoy y mañana y siempre,
-para no encontrarle al fin...! Muy bien, hipocritona. ¡¡Me alegro, me
-alegro!!»</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch20">
- <h2 class="nobreak g0">XX</h2>
-</div>
-
-<p>Campos entró en casa al día siguiente muy temprano. Ya he dicho que
-este masón era amigo muy constante de la familia con quien yo vivía, un
-matrimonio alavés, de edad madura y sin hijos, extraño por lo general
-a las<span class="pagenum" id="Page_130">p. 130</span> pasiones
-políticas, aunque la señora, como buena vascongada, se inclinaba al
-absolutismo. Campos entró gritando:</p>
-
-<p>—¡Ya nos la ha pegado ese tunante!</p>
-
-<p>Al punto comprendí lo que quería expresar.</p>
-
-<p>—La Bisbal ha capitulado, ¿no es eso? —le dije—. ¡Qué noticia! Ya lo
-suponíamos.</p>
-
-<p>—Pero al menos, señora, al menos... —manifestó Campos con afán—. Las
-formas, es preciso guardar ciertas formas... Todos estamos dispuestos
-a capitular, porque no es posible vivir en lucha con la general
-corriente, ni con la Europa entera; pero..., pero...</p>
-
-<p>—¿Y qué ha hecho La Bisbal?</p>
-
-<p>—Dar un manifiesto...</p>
-
-<p>—Ya lo suponía: es el hombre de los manifiestos.</p>
-
-<p>—Un manifiesto en que dice que sí y que no, y que tira y afloja, y
-que blanco y que negro... en fin, un manifiesto de La Bisbal. Después
-entregó el mando al marqués de Castelldosrius, y ha desaparecido. En
-el ejército cunde la desmoralización. La mayor parte de los soldados
-se van a donde les da la gana, y aquí nos tiene usted como el 3 de
-diciembre de 1808, en poder de los franceses... Vamos a ver, ¿qué hace
-ahora un hombre honrado como yo? ¿Qué hacen ahora los hombres que no se
-han metido en nada, que desde su campo defendieron siempre el orden y
-las conveniencias?...</p>
-
-<p>Yo hacía esfuerzos para contener la risa. La zozobra del masón en
-momentos de tanto apuro, y su afán por presentarse como hombre<span
-class="pagenum" id="Page_131">p. 131</span> de orden, ofrecían un
-cuadro tan gracioso como instructivo.</p>
-
-<p>—¿De modo que ya se acabó la Constitución? —dijo la señora de
-Saracha, elevando majestuosamente las manos al cielo, como en acción
-de gracias—. Pues ahora habrá perdón general. Se reconciliarán todos
-los españoles, dándose fraternales abrazos, y amparándose bajo el manto
-amoroso del rey.</p>
-
-<p>Yo me eché a reír.</p>
-
-<p>—No es mal perdón el que nos aguarda —dijo Campos con detestable
-humor—. ¡Bonito manto nos amparará! Ya se ha alborotado la gentuza de
-los barrios bajos, y las caras siniestras, las manos negras y rapaces,
-los trabucos y las navajas, van apareciendo. Nada, nada. Tendremos
-escenas de luto y de ignominia, otro 10 de mayo de 1814.</p>
-
-<p>—¿Será posible? Pues me parece que efectivamente hay algo de
-alboroto en la calle —dijo mi amiga asomándose al balcón.</p>
-
-<p>Vivíamos en la calle de Toledo, que es la arteria por donde la
-emponzoñada sangre sube al cerebro de la villa de Madrid en los
-días de fiebre. Cruzaban la calle gentes del pueblo en actitud poco
-tranquilizadora. Al poco rato oímos gritar: «¡Viva la religión! ¡Vivan
-las caenas!» Fue aquella la primera vez de mi vida que oí tal grito, y
-confieso que me horrorizó.</p>
-
-<p>Campos no quiso asomarse, porque le enfurecían los desahogos de la
-plebe (mayormente cuando chillaba en contra de los liberales), y seguía
-diciendo:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_132">p. 132</span>—Veremos cómo
-tratan ahora a los hombres honrados que han defendido el orden, que han
-procurado siempre contener al democratismo y a la demagogia.</p>
-
-<p>No pude vencer mi natural inclinación a las burlas, y le dije:</p>
-
-<p>—Señor Campos, no doy cuatro cuartos por su pellejo de usted.</p>
-
-<p>—Ni yo tampoco —me respondió riendo.</p>
-
-<p>Él, en medio de su descontento, esperaba filosóficamente el fin,
-seguro de sobrenadar tarde o temprano en el piélago absolutista. Era
-además hombre de tanto valor como audacia.</p>
-
-<p>La gente de los barrios bajos siguió alborotando todo el día.
-Moviose la tropa para mantener el orden, y el general Zayas, que
-mandaba en Madrid y había firmado la capitulación aquella misma mañana
-con los franceses, parecía dispuesto a ametrallar sin compasión a la
-canalla. En gran zozobra vivíamos todos los vecinos de la villa, porque
-se hablaba de saqueo y de la aproximación de las partidas de Bessieres,
-el infame aventurero que, defendiendo el despotismo, quería lograr lo
-que no pudo conseguir combatiendo por la república.</p>
-
-<p>Pero la principal causa de mi inquietud era no ver a mi lado a
-la persona que más me interesaba en aquellos días. Le esperé toda
-la mañana y toda la tarde, y como a ninguna hora parecía y había
-hecho promesa de visitarme, creí que le pasaba algo desagradable.
-Por la noche no pude refrenar mi ardorosa impaciencia, y volé a su
-casa. Tampoco estaba en ella, y el anciano portero y maestro de
-escuela,<span class="pagenum" id="Page_133">p. 133</span> armado de
-fusil en medio de la portería, furioso y exaltado cual si acabara de
-escaparse de un manicomio, me inspiró tanto miedo que no quise esperar
-allí.</p>
-
-<p>Pasé la noche en un estado de angustia horrible. Corrían rumores
-de que pronto tendríamos saqueo, prisiones, muertes y escandalosas
-escenas. Se decía que los liberales más señalados eran perseguidos
-por las calles como perros rabiosos y apedreadas sus casas. Yo no
-podía vivir. Al amanecer del otro día, que era el 20 de mayo, busqué
-a Salvador en diversos puntos, y tampoco le pude encontrar. Antes
-de volver a casa vi movimientos de tropas en la Puerta del Sol, y
-me dijeron que Bessieres había aparecido con sus cuadrillas, que yo
-llamaba de <i>asesinos de la fe</i>, por detrás del Retiro, amenazando
-entrar en Madrid. La plebe de los barrios bajos se le había reunido,
-y como hambrientos perros aullaban mirando a la corte con ansias de
-devorarla. Todo Madrid estaba aterrado, y yo más que nadie, no por el
-temor del saqueo, sino por la sospecha de que la persona más cara a mi
-corazón hubiera sido víctima del furor de la plebe.</p>
-
-<p>Esperé también todo aquel día. Campos entró a darnos noticias de
-lo que pasaba. Oíamos cañonazos lejanos, y a cada instante creíamos
-ver llegar y difundirse por las calles a la desenfrenada turba soez,
-ebria de sangre y de pillaje. Pero Dios no quiso que en aquel día
-triunfaran los malvados. El general Zayas destrozó a los <i>asesinos de
-la fe</i>, acuchillando a los chisperos y mujerzuelas que entre<span
-class="pagenum" id="Page_134">p. 134</span> ellos graznaban. La plebe,
-aterrada, volvió a sus oscuras guaridas, y mucha gente mala huyó a los
-campos, aguardando a poder entrar con los franceses. Desde que supimos
-el gran peligro a que habíamos estado expuestos los habitantes de
-Madrid, todos deseábamos que llegasen de una vez los Cien mil hijos de
-San Luis, para que, estableciendo un gobierno regular, contuvieran a la
-canalla azuzada por los realistas furibundos.</p>
-
-<p>Al fin salí de la angustia que me atormentaba. En la mañana del
-día 21, el prófugo, por quien yo había derramado tantas lágrimas, se
-presentó delante de mí en estado bastante lastimoso, desencajado y
-lleno de contusiones, con los ojos encendidos, seca la boca, cubierta
-de sudor la hermosa frente, rotos y llenos de polvo los vestidos.</p>
-
-<p>Al punto comprendí que había sido maltratado por las feroces bestias
-populares. No le dije nada, y me apresuré a cuidarle, proporcionándole
-alimento y reposo. Él me miraba con ojos extraviados. Apretando los
-puños exclamó:</p>
-
-<p>—¿Has visto a la canalla?</p>
-
-<p>Necesitaba sosiego, y por todos los medios procuré
-tranquilizarle.</p>
-
-<p>—No pienses más en eso —le dije—, y regocíjate ahora en la paz de mi
-compañía y en esta dulce soledad en que estamos.</p>
-
-<p>—¡No puedo, no puedo! —exclamó con gran agitación.</p>
-
-<p>Y después repetía:</p>
-
-<p>—¿Has visto a la canalla? Pero ¡qué canalla es la canalla!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_135">p. 135</span>Más tarde me
-contó que había corrido un gran riesgo, porque al salir de un sitio
-en que estaban reunidas varias personas contrarias al despotismo, fue
-acometido, pudiendo salvar a duras penas la vida, gracias a su energía
-y al coraje con que se defendió.</p>
-
-<p>Su estado febril inspirome bastante ansiedad aquella noche que pasó
-junto a mí; pero a la mañana siguiente, su prodigiosa naturaleza había
-triunfado de la ebullición de la sangre irritada.</p>
-
-<p>—No puedo ir a mi casa —me dijo—, y aun será peligroso que salga a
-la calle; pero yo necesito disponer mi viaje.</p>
-
-<p>—¿Vuelves al norte?</p>
-
-<p>—No: tengo que ir a Sevilla, donde está lo que queda de gobierno
-liberal. No tengo ya ni un resto siquiera de esperanza; pero es preciso
-que cumpla fielmente la comisión del general Mina, y vaya hasta
-las últimas extremidades, para que nos quede al menos el consuelo
-de haberlo intentado todo, y para que se pueda decir esta verdad
-terrible: «No hubo un solo liberal en España que supiera cumplir con su
-deber.»</p>
-
-<p>—Pues si vas a Andalucía iré contigo —dije, regocijándome ya con
-la idea de acompañarle y huir de Madrid, donde mi conciencia no podía
-estar tranquila.</p>
-
-<p>—El viaje no será fácil —respondió sin demostrar grande entusiasmo
-por mi compañía—, mayormente para una señora.</p>
-
-<p>—Para mí todo es fácil.</p>
-
-<p>—No se encontrarán carruajes.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_136">p. 136</span>—Como ruede el
-dinero, rodarán los coches.</p>
-
-<p>—La policía vigilará la salida de los liberales.</p>
-
-<p>—No importa.</p>
-
-<p>Sin pérdida de tiempo empecé mis diligencias para nuestro viaje.
-Ningún propietario de coches quería arriesgar su material ni sus
-caballerías, porque los facciosos se apoderaban de ellas. No me
-acobardó, sin embargo, y seguí mis pesquisas. Campos también deseaba
-proporcionar a mi amigo fácil escapatoria.</p>
-
-<p>La entrada de los franceses, el día 23, me dio alguna esperanza;
-mas, por desgracia, entre las fuerzas de vanguardia no venía el conde
-de Montguyon. Vi, en cambio, muchos guerrilleros del norte, de fiero
-aspecto, y temblé de pavor, deseando entonces más vivamente huir de la
-corte.</p>
-
-<p>¡Y qué desorden en los primeros momentos de aquel día! Por mucha
-prisa que se dieron los franceses a establecerse, no lograron impedir
-mil excesos.</p>
-
-<p>Centenares de hombres, cuyo furor había sido pagado, corrían por
-las calles celebrando entre borracheras el horrible carnaval del
-despotismo. Rompían a pedradas los cristales, trazaban cruces en las
-puertas de las casas donde vivían patriotas, como señal de futuras
-matanzas; escarnecían a todo el que no era conocido por su exaltación
-absolutista; gritaban como locos, maldiciendo la libertad y la nación.
-No escapaban de sus groserías las personas indiferentes a la política,
-porque era preciso haber sido perro de presa del absolutismo<span
-class="pagenum" id="Page_137">p. 137</span> para obtener perdón.
-Algunos frailes de los que más habían escandalizado en el púlpito con
-sus sermones sanguinarios, eran llevados en triunfo.</p>
-
-<p>Saliendo de misa de San Isidro, me vi insultada y seguida por una
-turba de mujerzuelas feroces, solo porque llevaba un lazo verde.
-El color verde era ya el color de la ignominia, como emblema del
-liberalismo, que tantas veces había escrito sobre él <i>Constitución o
-muerte</i>. Vi maltratar a un joven de buen porte, solo porque usaba
-bigote, y desde aquel día, el tal adorno de las varoniles caras fue
-señal de francmasonismo y de extranjería filosófica.</p>
-
-<p>Quien vio una vez tales escenas, no puede olvidarlas. Mis ideas
-habían cambiado mucho desde mi viaje a Francia. Conservando el mismo
-respeto al trono y al gobierno fuerte, había perdido el entusiasmo
-realista. Pero en aquel día tristísimo se desvanecieron en mi cabeza
-no pocos fantasmas; y aunque seguí creyendo que uno solo gobierna
-mejor que doscientos, el absolutismo popular me inspiró aversión y
-repugnancia indecibles.</p>
-
-<p>No había concluido de referir en mi casa el gran peligro que había
-corrido por llevar un lazo verde, cuando entró Campos. Traía semblante
-muy alegre.</p>
-
-<p>—Ya está resuelta la cuestión de tu viaje —dijo a Salvador—. Esta
-noche puedes marchar, si quieres.</p>
-
-<p>—¿Cómo? —preguntamos él y yo.</p>
-
-<p>—De un modo tan sencillo como seguro. El<span class="pagenum"
-id="Page_138">p. 138</span> marqués de Falfán de los Godos<a
-id="FNanchor_4" href="#Footnote_4" class="fnanchor">[4]</a> había
-pensado marchar a Andalucía... ¡Como la pobre Andrea está tan
-delicada...! En fin, se han decidido a salir esta noche. Tienen silla
-de postas propia. Al punto me he acordado de ti. Falfán de los Godos
-tiene gusto en llevarte.</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_4" href="#FNanchor_4" class="label">[4]</a> Véase
-<i>El Grande Oriente</i>.</p>
-
-</div>
-
-<p>—Eso no puede ser —dije vivamente, saliendo al encuentro de aquella
-proposición con verdadera furia, que trataba de disimular.</p>
-
-<p>—¿Por qué no ha de poder ser, señora mía? —dijo Campos—. En la silla
-de postas irán cómoda y seguramente el marqués, mi sobrina con su
-hijo, la doncella y dos criados, que seremos nosotros, Salvador y yo.
-Perfectísimamente.</p>
-
-<p>El taimado masón se restregaba las manos en señal de regocijo.</p>
-
-<p>—Me parece una excelente idea —afirmó Monsalud mirándome—. ¿No crees
-tú lo mismo?</p>
-
-<p>Yo no contesté nada. Estaba furiosa. El vio sin duda en mis ojos la
-tempestad que se había desatado en mi corazón; mas no por conocerlo
-se apresuró a conjurarla. Antes bien, ocupose de disponer su viaje
-con una calma, con una indiferencia hacia mí que me irritaron más. Mi
-dignidad me impedía pedir un puesto en aquel coche que se llevaría la
-mitad de mi alma. La misma dignidad me impedía recordarle nuestro dulce
-proyecto de ir juntos. Encerreme breve rato en mi cuarto para que nadie
-conociese la alteración nerviosa que me sacudía, y con los dientes hice
-pedazos un pañuelo<span class="pagenum" id="Page_139">p. 139</span>
-inocente. Mis ojos, secos e inflamados, no podían dar salida a la
-angustia de mi corazón, derramando una sola lágrima.</p>
-
-<p>Cuando me presenté de nuevo, mi apariencia no podía ser más
-tranquila. Afectaba naturalidad y hasta alegría: tal era la perfección
-de mi disimulo. Evoqué todas las fuerzas de mi voluntad para forjar
-la máscara de hierro, bajo la cual escondía mi verdadero semblante
-lleno de luto y consternación. ¡Qué intenso padecer! ¿Cómo no, si
-Salvador mismo me había contado toda la historia de sus relaciones con
-Andrea Campos, después marquesa de Falfán de los Godos? Yo la había
-tratado bastante después de su matrimonio. La admirable hermosura de la
-americanilla, representándose en mi imaginación, me la quemaba como un
-hierro abrasado.</p>
-
-<p>Tuve valor para verles partir. Vi a la sobrina de Campos subir al
-coche, haciéndose la interesante con su languidez de dama enfermita;
-vi al viejo marqués engomado y lustroso, como un muñeco que acaba de
-salir del taller de juguetes; vi a Salvador tomando en brazos y besando
-cariñoso al niño de la marquesa... No quise ver más... ¡El coche
-partió!... ¡Se fueron!...</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch21">
- <h2 class="nobreak g0">XXI</h2>
-</div>
-
-<p>Se fueron y yo me quedé. Las lágrimas que antes no habían querido
-salir de mis ojos, brotaron a raudales, abrasándome las mejillas.<span
-class="pagenum" id="Page_140">p. 140</span> No podía dejar de pensar
-en la hipocritona, que corría por los campos desiertos, lanzada por
-mí al interminable viaje de la desesperación; pero lejos de tenerle
-lástima, aquel recuerdo avivaba mi hondo furor, haciéndome exclamar:
-«¡Me alegro, mil veces me alegro!»</p>
-
-<p>¡Cuán grande había sido mi castigo! Para que este fuera más
-evidente, fui condenada por Dios al mismo suplicio de viajar buscando
-a una persona amada, de correr un día y otro día como el que huye de
-su sombra, siempre impaciente, siempre anhelante, precipitada de la
-esperanza al desengaño y del desengaño a una nueva esperanza. Porque
-sí, yo emprendí también el viaje a Andalucía tres días después. Estaba
-en la alternativa de morir de despecho o correr también. Hubo en
-mí desde aquel día algo de la maldición espantosa que pesaba sobre
-el judío errante, y me sentí como arrastrada por la fuerza de un
-huracán.</p>
-
-<p>¡Ay!, el huracán estaba dentro de mí misma, en mi cólera, en mis
-celos, en un loco afán de no hallarme lejos de dos personas, cuya
-imagen ni un solo instante se apartaba de mi pensamiento. Si mis
-lectores me han conocido ya por lo que va contado de mi borrascosa
-vida, comprenderán que yo no podía quedarme en Madrid. Mi carácter me
-lanzaba fuera como la pólvora lanza la bala.</p>
-
-<p>Partí... Pero antes debo decir cómo pude conseguir los medios
-para ello. Mi primer paso fue recurrir a Eguía; mas desde la entrada
-de los franceses le habían arrinconado como<span class="pagenum"
-id="Page_141">p. 141</span> trasto inútil, y una regencia fresca
-y lozana funcionaba en su lugar. Nombrola Angulema de acuerdo con
-el Consejo de Estado, y la componían los duques del Infantado y de
-Montemart, el barón de Eroles, el obispo de Osma y don Antonio Gómez
-Calderón. Secretario de ella era el venenoso Calomarde, al cual me
-dirigí solicitando un pase y licencia para el uso de coche-posta.
-Recibiome tan fríamente y con tanta soberbia e hinchazón, que no pude
-menos de recordar al don Soplado del poeta sainetero don Ramón de la
-Cruz.</p>
-
-<p>Le desprecié como merecía, y recurrí a don Víctor Sáez, nombrado
-ministro de Estado; pero este me recordó a la rana cuando quiso
-parecerse al buey. Tuvo el mal gusto de echarme en cara mi supuesta
-conversión al constitucionalismo y a la Carta francesa, diciéndome mil
-necedades presuntuosas y aun amenazándome. Su fatuidad, semejante a la
-del pavo cuando se sopla y arrastra las alas para meter ruido, me hizo
-reír en sus propias barbas. El único que se me mostró algo propicio fue
-Erro, hombre honrado y modesto. Pero nada positivo saqué de la flamante
-situación, que daba pruebas de su agudeza política volviendo las
-cosas <i>al propio ser y estado que tenían en 7 de marzo de 1810</i>,
-restableciendo los antiguos Consejos y la Sala de Alcaldes de Casa y
-Corte. Era esto volver a los tontillos, al guardainfante y al pelo
-empolvado.</p>
-
-<p>Por mi ventura, llegó a Madrid el conde de Montguyon. Le vi; hízome
-la centésima declaración<span class="pagenum" id="Page_142">p.
-142</span> de amor, y luego, con semblante dolorido, me dijo:</p>
-
-<p>—Soy muy desgraciado, señora, en no poder estar cerca de vos. Tengo
-que partir con el general Bourdessoulle para esa poética región que
-llaman la Mancha, idealizada por las aventuras del gran caballero.</p>
-
-<p>Entonces le manifesté que si me proporcionaba los medios de hacer el
-viaje, poniendo yo por mi cuenta todos los gastos, le seguiría a aquel
-encantado país que hizo célebre el caballero sin par. Al oír esto, se
-volvió todo obsequios, y tres días después tenía yo a mi disposición
-una silla de postas con caballos del cuartel general de Bourdessoulle,
-y un pase que me aseguraba el respeto de las turbas por todo el
-tránsito que iba a recorrer.</p>
-
-<p>Partí al fin de Madrid acompañada de mi doncella. Salí como el agua
-de una exclusa cuando se le abren las compuertas que la sujetan. Yo no
-veía bastante llanura por donde correr; en ningún momento me parecía
-que andaba bastante mi coche; enfadábame el cansancio de las mulas, la
-pesadez de los mesoneros y la flema del mayoral, que se ponía siempre
-de parte de las caballerías en mi febril contienda con el tiempo y la
-distancia.</p>
-
-<p>En los pueblos por donde rápidamente pasaba, vi escenas que me
-causaron tanta indignación como vergüenza. En Ocaña habían quitado las
-imágenes que adornaban el ángulo de algunas calles, poniendo en su
-lugar el retrato de Fernando, entre cirios y ramos de flores, y debajo
-la piadosa inscripción: «¡Vivan<span class="pagenum" id="Page_143">p.
-143</span> las caenas!» En Tembleque presencié el acto solemne de
-arrojar al pilón donde bebían las mulas, a dos o tres liberales y
-otros tantos milicianos. En Madridejos tuve miedo, porque una turba
-que invadía el camino cantando coplas tan disparatadas como obscenas,
-quiso detenerme, fundada en que el mayoral había tocado con su látigo
-el estandarte realista que llevaba un fraile. Necesité mostrar mucha
-serenidad, y aun derramar algún dinero para que no me causasen daño;
-pero no pude seguir hasta que no llegaron a aquel ilustrado pueblo las
-avanzadas de la caballería francesa.</p>
-
-<p>En Puerto Lápice se rompió una ballesta de mi coche, ocasionándome
-detención de dos días. Las horas eran siglos para mí. Quemaba la tierra
-bajo mis pies. Yo hubiera deseado poseer la autoridad de una reina
-asiática para vencer tantas dificultades, atando a los hombres al
-pescante de mi coche. La desproporción enorme entre mi impetuoso anhelo
-y los medios materiales de que disponía, me llevaron a un lamentable
-estado nervioso que de ningún modo podía calmar. Únicamente logré un
-poco de alivio a aquel penoso hervor de mi carácter empleando un medio
-bastante pueril, pero que no parecerá muy absurdo a las mujeres que
-se me asemejan. Consistía en tomar el látigo del mayoral y ponerme a
-descargar furiosos latigazos sobre los robles del camino en Sierra
-Morena, y sobre los olivos de Andalucía.</p>
-
-<p>En Despeñaperros hallé nuevos obstáculos. Allí había una especie de
-ejército español, mandado por una especie de general, que tenía<span
-class="pagenum" id="Page_144">p. 144</span> el encargo de hacer una
-especie de resistencia a las tropas de Bourdessoulle. Dios había
-decidido que no hubiese otro Bailén en la historia, y los inocentes
-que creían en un nuevo 19 de julio de 1808 se llevaron gran chasco.
-¡Parece mentira! Quince años después, los papeles de aquel drama
-habían cambiado. Los personajes eran los mismos. Creeríase que habían
-resucitado los muertos de la gloriosa época, pero que al vestirse se
-habían equivocado de uniforme.</p>
-
-<p>En pocas horas fue desbaratado Plasencia (que así se llamaba el
-general que defendía la puerta de Andalucía), y los franceses pisaron
-el glorioso campo de las Navas de Tolosa, de Mengíbar y de Bailén.
-Menos afortunada yo, fui otra vez detenida, y el conde de Montguyon,
-a quien Bourdessoulle mandó situarse en Guarromán, mostró muy poco
-interés porque yo siguiera adelante. Con todo, tales artes usé para
-sacar partido de su caballería andante, que me libré de él muy
-lindamente. Por fin, el 6 de junio entré en Córdoba, donde no me detuve
-más que lo preciso.</p>
-
-<p>El 9 por la tarde vi a lo lejos una inmensa mole rojiza que
-iluminaban los rayos del sol poniente. Ante mí se extendían hermosas
-llanadas de trigo, como un campo de oro, cuya reverberación amarilla
-ofendía los ojos. Yo no había visto un cielo más alegre, ni un ambiente
-más respirable y que más embelesase los sentidos, ni un crepúsculo más
-delicioso. La enorme torre que se destacaba a lo lejos sobre apretado
-caserío, y entre otras mil torres pequeñas,<span class="pagenum"
-id="Page_145">p. 145</span> iba creciendo a medida que yo me acercaba,
-y parecía venir a mi encuentro con gigantesco paso. La torre era la
-Giralda, y la ciudad Sevilla.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch22">
- <h2 class="nobreak g0">XXII</h2>
-</div>
-
-<p>¡Sevilla! ¡De qué manera tan grata hería mi imaginación este
-nombre! ¡Qué idealismo tan placentero despertaba en mí! No creo que
-nadie haya entrado en aquel pueblo con indiferencia, y desde luego
-aseguro que el que entre en Sevilla como si entrara en Pinto es un
-bruto. ¡El Burlador, don Pedro el Cruel, Murillo! Bastan estas tres
-figuras para poblar el inmenso recinto que es en todas sus partes
-teatro de la novela y el drama, lienzo y marco de la pintura. ¡Y hasta
-las pinturas sagradas son allí voluptuosas! Para que nada le falte,
-hasta tiene a Manolito Gázquez, cuyas hipérboles graciosas han dado la
-vuelta a España, y parece que forman la base de la riqueza anecdótica
-nacional.</p>
-
-<p>En Sevilla la noche y el día se disputan a cuál es más bello;
-pero cuando llega el rigor del verano, vence irremisiblemente la
-noche, asumiendo todos los encantos de la naturaleza y de la poesía.
-Para ellas son los delicados aromas de jazmines y rosas; para
-ella el picante rumor de las conversaciones amorosas; para ella
-la dulce tibieza de un ambiente que recrea<span class="pagenum"
-id="Page_146">p. 146</span> y enamora, las quejumbrosas guitarras que
-expresan todo aquello a que no pueden alcanzar las lenguas. Cuando yo
-llegué se dejaba sentir bastante el calor, sin ser insoportable; pero
-las noches eran deliciosas, un paraíso en el cual no se echaba de menos
-el sol.</p>
-
-<p>Hallé un cómodo hospedaje en la calle de Génova, y desde la noche de
-mi llegada vi a muchos diputados que moraban allí y a otros que iban
-a visitarles. Era un hervidero de gente habladora, una olla puesta al
-fuego. Sus ardientes disputas, sus gestos, sus furores, indicaban la
-gravedad de la situación.</p>
-
-<p>Vivían conmigo Argüelles, Canga-Argüelles, Salvato, Flórez
-Calderón, el canónigo Villanueva y el almirante don Cayetano Valdés.
-Iban a visitar a estos Galiano, Istúriz, Bertrán de Lis, don Ángel
-de Saavedra, después duque de Rivas, y otros. Con algunos de ellos
-tenía yo amistad. Oyéndoles, supe que se había descubierto una
-conspiración tramada por cierto general inglés llamado Downie, el
-mismo que había organizado una partida de combatientes en la guerra
-de la Independencia. La conspiración debió ser muy inocente conforme
-a las modas de aquel tiempo, y todo en ella fue de sainete, hasta el
-descubrimiento, hecho por un cirujano.</p>
-
-<p>Tan solo descansé la noche de mi llegada, y el día siguiente, que
-era el 10 de junio, di principio a mis investigaciones, saliendo
-a hacer algunas visitas. Al pasar por las calles más principales
-experimentaba profunda emoción, creyendo ver semblantes conocidos. Yo
-no sé qué<span class="pagenum" id="Page_147">p. 147</span> había en
-aquella fisonomía de la multitud para turbarme tanto; pero esto pasa
-cuando lo que amamos se pierde en las oleadas del gentío, al cual
-presta su rostro y su persona toda.</p>
-
-<p>Aprovechando bien el día, pude ver a muchas personas, y dar con
-alguna que me indicó el domicilio de los marqueses de Falfán. Este era
-el principal objeto de mis impacientes ansias. Pero en aquel día 10 de
-junio, precursor de una de las fechas más célebres de nuestra historia,
-nadie hablaba de otra cosa que de política, de la resistencia del rey
-a trasladarse a Cádiz, y del empeño de los ministros en llevársele de
-grado o por fuerza. Advertí entonces que no era Sevilla población muy
-liberal, y que en la contienda entablada, la mayoría de los paisanos
-de Manolito Gázquez se ponían de parte del rey. Por un fenómeno
-extraño, la aristocracia aparecía más enemiga del absolutismo que el
-pueblo; pero esto no me causaba sorpresa, por haber observado el mismo
-contrasentido en Madrid.</p>
-
-<p>No pudiendo refrenar mi impaciencia, aquella misma noche fui a casa
-del marqués de Falfán. Las visitas de noche son sumamente agradables en
-verano, en aquel país, contribuyendo a ello los frescos patios trocados
-en salones de tertulia. Nadie puede, sin haber visto estos agradables
-recintos, formar idea de ellos y del hermoso conjunto que presentan
-las plantas, la fuente de mármol con su murmurante surtidor, los
-espejos, los cuadros, al mismo tiempo iluminados por las bujías y por
-el rayo de luna que penetra burlando el toldo; la dulce cháchara<span
-class="pagenum" id="Page_148">p. 148</span> de las conversaciones,
-más dulce a causa del gracioso ceceo bético, y, por último, las
-lindas andaluzas que alegrarían un cementerio, cuanto más un patio de
-Sevilla.</p>
-
-<p>Había pocas personas en casa de Falfán. Encontré a la marquesa muy
-desmejorada y triste en gran manera, lo cual no sé si me causó pena
-o alegría. Creo que ambas cosas a la vez. Yo justifiqué mi viaje a
-Sevilla, suponiendo asuntos de intereses, y no me atreví a preguntar
-por él ni siquiera a nombrarle, para que mi afectada indiferencia
-alejara todo recelo. Tenía esperanza de verle entrar en el patio cuando
-menos lo pensase, y me preparaba para no turbarme en el momento de su
-aparición. Cualquier ruido de la puerta me hacía temblar, dándome los
-escalofríos propios de la pasión en acecho.</p>
-
-<p>Sin que me esté mal el decirlo, y poniendo la verdad por delante de
-todo, aun de la modestia, yo estaba guapísima aquella noche, vestida
-al estilo de París con una elegancia superior a cuanto veían mis ojos.
-Harto me lo probaban los de los caballeros allí presentes, que no se
-apartaban de mí, causando envidia a todas. Como los andaluces no son
-cortos de genio, aquella noche recibí galanterías y donaires para el
-año entero.</p>
-
-<p>Mi afán consistía en sacar alguna luz, algún dato, alguna noticia
-de mi conversación con la marquesa de Falfán; pero fuese discreción
-suma o ignorancia de la hermosa dama, ello es que nada dejó comprender.
-Hablaba lo menos posible, y con sus miradas, lo mismo<span
-class="pagenum" id="Page_149">p. 149</span> que con el sentido de sus
-palabras, solo una cosa me decía claramente, a saber: que me aborrecía
-de todo corazón. Yo, maestra consumada, disimulaba mejor que ella.</p>
-
-<p>El marqués de Falfán de los Godos, hablándome de política, me
-distrajo de esta batalla que yo daba a la taciturna reserva de Andrea.
-Las aficiones que yo había mostrado en Madrid a las cosas públicas
-me perdieron entonces, porque el buen señor me atacó con verdadera
-ferocidad de charlatanismo, deseando saber mi opinión sobre sucesos y
-personas. Mi fastidioso interlocutor era liberal templado, partidario
-de un justo medio muy justamente mediano, y de las dos Cámaras y
-del veto absoluto. Había tenido sus repulgos de masón, repetía los
-dichos de Martínez de la Rosa, y era bastante volteriano en asuntos
-religiosos. Defendía al clero como fuerza política; pero se burlaba de
-los curas, del Papa y aun del dogma mismo, sin que esto fuera obstáculo
-para creer en la conveniencia de que hubiese muchos clérigos, muchos
-obispos, muchísimas misas y hasta Inquisición. En suma: las ideas del
-marqués eran el capullo de donde, corriendo días, salió la mariposa del
-partido moderado.</p>
-
-<p>Decir cuánto me mareó aquella noche, fuera imposible. Tuve que saber
-cosas que a la verdad me interesaban poco, por ejemplo: que Calatrava,
-a la sazón presidente del ministerio, no era hombre apropiado a
-las circunstancias; que los masones primitivos o <i>descalzos</i>
-estaban en gran pugna con los secundarios<span class="pagenum"
-id="Page_150">p. 150</span> o <i>calzados</i>, y ambos con los
-carbonarios y comuneros; que los partidarios de San Miguel trabajaban
-por echarlo todo a perder más de lo que estaba, y que cuando ocurrió
-el cambio de ministerio que había llevado al poder a los amigos de
-Calatrava, se habían visto cosas muy feas. Exaltándose a medida que
-entraba en materia, me dijo que él (Falfán de los Godos) habría sido
-ministro si hubiera querido cuando se negó a serlo Flores Estrada;
-pero que no quiso meterse en danzas; que él (el propio marqués) había
-previsto los terribles sucesos que ya estaban cerca, y que la ruina
-del pobre sistema era ya inminente y segura. Apoyábanle en esto todos
-los presentes, mientras yo me aburría a mis anchas oyéndole. Era para
-morir.</p>
-
-<p>Habiendo dicho uno de los tertulios que Su Majestad se negaría
-resueltamente a salir de Sevilla, el marqués habló así:</p>
-
-<p>—Pues el gobierno insiste en llevárselo a Cádiz, ¡qué tontería...!
-y como el rey insiste en no ir, el gobierno piensa declararle loco...
-¡Loco Su Majestad, señores, el hombre más cuerdo de toda España, el
-único español que sabe a dónde va y por dónde ha de ir!</p>
-
-<p>Luego, dirigiéndose a mí y como quien habla en secreto, me dijo que
-Calatrava era un hombre atolondrado; Yandiola, ministro de Hacienda,
-una nulidad, y el de la Guerra, Sánchez Salvador, un insensato.</p>
-
-<p>Yo estaba nerviosa a más no poder. Las palabras se me venían a la
-boca para contestarle de este modo:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_151">p. 151</span>«¿Y a mí qué me
-cuenta usted de todo eso, señor marqués? ¿Qué me importa a mí que
-Calatrava sea un majadero, Yandiola y Sánchez Salvador dos majaderos, y
-usted más majadero que todos ellos?»</p>
-
-<p>Pero con no poco trabajo me contenía. Obligada a decir algo, a causa
-de mi pícara reputación, me complacía en contradecirle, de modo que
-todo lo que para él era blanco, yo lo veía negro. A cuantos el marqués
-denigró, yo les supuse talentos desmedidos. En lo relativo a declarar
-loco a Su Majestad, dije que me parecía el acto más cuerdo y acertado
-del mundo.</p>
-
-<p>—Pero, señora —me dijo el marqués—, esto equivale a destronar a Su
-Majestad, porque si le declaran incapacitado para reinar...</p>
-
-<p>—Justamente, señor marqués —repuse—. Le destronan y luego le
-vuelven a entronizar; le quitan y le ponen, según conviene a las
-circunstancias. ¿Hay cosa más natural? ¿No es el rey quien abre y
-cierra las Cortes? Pues las Cortes abren o cierran al rey cuando
-quieren.</p>
-
-<p>Tomaron a risa, como lo merecían, mis observaciones; pero no
-por verme tan inclinada a las burlas, cejó Falfán en su fastidioso
-disertar.</p>
-
-<p>Entonces entró el príncipe de Anglona, personaje distinguido de la
-fracción de Martínez de la Rosa, y el duque del Parque, cuya vista me
-causó grande alegría. El príncipe dijo que al día siguiente habría
-sesión muy interesante, para discutir lo que debiera hacerse en virtud
-de la negativa del rey a salir de Sevilla. Yo le pedí una papeleta de
-tribuna al duque, y<span class="pagenum" id="Page_152">p. 152</span>
-ofreció mandármela. Anglona se brindó a llevarme a Palacio. Formado mi
-plan para el día siguiente, determiné ver a Su Majestad y asistir a la
-sesión de las Cortes, encendiendo de este modo una vela a San Miguel y
-otra al diablo.</p>
-
-<p>El del Parque, cuando no podían oírlo los demás, dijo con
-malignidad:</p>
-
-<p>—Mi secretario, a quien usted conoce, le llevará mañana la papeleta
-para la galería reservada de las Cortes.</p>
-
-<p>Al oír esto parece que se abrieron delante de mí los cielos. Mi
-alma se llenó de alegría, que a no ser por el gran disimulo que eché
-sobre ella, como se echa hipocresía sobre un pecado, hubiera sido
-advertida por la concurrencia. Desde aquel momento, todo se transformó
-a mis ojos. Cuanto dijo el marqués de Falfán de los Godos lo encontré
-discreto y agudo, y sus majaderías me parecieron prodigios de ingenio
-y perspicacia política. A todo le contesté, desplegando verbosidad
-abundante como en mis mejores tiempos de Madrid, emitiendo juicios
-picarescos y sentenciosos, juzgando a los personajes con graciosa
-malevolencia, y retratándoles con breves rasgos de caricatura. Ya tenía
-lo que me había faltado en toda la noche, ingenio. Respondí a las
-galanterías, supe marear a más de cuatro, mortifiqué a la marquesa,
-alegré la reunión. Al retirarme, no dejaba más que tristezas y
-presentimientos detrás de mí. Yo me llevaba todas las alegrías.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch23">
- <p><span class="pagenum" id="Page_153">p. 153</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XXIII</h2>
-</div>
-
-<p>Desde muy temprano me levanté, pues poco dormí aquella noche. Las
-noches de Sevilla no parece que son, como las de otras partes, para
-dormir. Son para soñar en vela... Le aguardaba con tanta impaciencia,
-que a cada instante salía al balcón, esperando verle entre la multitud
-que pasaba por la calle de Génova. De repente me anunciaron una
-visita. Creí verle entrar: salí corriendo; pero mi corazón dio un
-vuelco, quedándose frío y quieto cual si hubiera tropezado en una
-pared. Tenía delante al príncipe de Anglona, un señor muy bueno, un
-caballero muy simpático, muy atento, pero cuya presencia me contrariaba
-extraordinariamente en aquel instante.</p>
-
-<p>Venía para llevarme al Alcázar.</p>
-
-<p>—Su Majestad —me dijo— recibe ahora muy temprano. Anoche le
-manifesté que estaba usted aquí, y me rogó que la llevase a su
-presencia hoy mismo.</p>
-
-<p>Yo quise hacer objeciones, pretextando la inusitada hora, pues no
-habían dado las once; pero nada me valió. Érame imposible resistir
-a aquella majadería insoportable que revestía las formas de la más
-delicada atención. Tampoco podía defenderme con dolor de cabeza,
-vapores u otros recursos que tenemos para tales trances. Humillé la
-frente como víctima expiatoria de las conveniencias sociales,<span
-class="pagenum" id="Page_154">p. 154</span> y después de arreglarme
-dispúseme a aceptar un puesto en la carroza del Príncipe, no sin dejar
-antes a mi criada instrucciones muy prolijas para que detuviera hasta
-mi vuelta al que forzosamente había de venir. Partí resuelta a hacer a
-Su Majestad visita de médico. En aquella ocasión deploré por primera
-vez que existieran reyes en el mundo.</p>
-
-<p>Poca es la distancia que hay de la calle de Génova al Alcázar. Antes
-de las doce estaba yo en la cámara de Su Majestad, y salía gozoso a
-saludarme el descendiente de cien reyes, pegado a su regia nariz. No
-parecía nada contento; pero mostró mucho placer en verme, dándome a
-besar su mano y rogándome que a su lado me sentase. Tanta bondad, que a
-cualquiera habría ensoberbecido, a mí me hizo muy poca gracia, y menos
-cuando con sus preguntas daba a entender que la visita sería larga.</p>
-
-<p>Fernando quiso saber por mí algunas particularidades de la
-entrada de los franceses en Madrid, de la defección de La Bisbal en
-Somosierra y de la derrota de Plasencia en Despeñaperros. Yo contesté
-a todo, cuidando de la brevedad más que de otra cosa, y fingiéndome
-ignorante de varios hechos que sabía perfectamente; pero ninguna de
-estas estratagemas me valía, porque Fernando VII, que en el preguntar
-había sido siempre absoluto, no se hartaba de oír contar cada paso
-del ejército francés; y como, además de mis palabras, le recreaba
-bastante, como he dicho en otra ocasión, la boca que las decía, de aquí
-que no llevara camino de saciar en muchas horas la curiosidad<span
-class="pagenum" id="Page_155">p. 155</span> de su entendimiento y la
-concupiscencia de sus voraces ojos.</p>
-
-<p>«¡Ay! ¡Qué felices son las repúblicas! —pensé—. Al menos, en ellas
-no hay reyes pesados y preguntones que quieran saber noticias de la
-guerra a costa de la felicidad de sus súbditos.»</p>
-
-<p>Yo le miraba, haciendo esfuerzos heroicos para disimular mi
-descontento. Al responderle, decía en mi interior:</p>
-
-<p>«Me alegraría de que te encerraran en una jaula como loco
-rematado.»</p>
-
-<p>Él entonces, sin indicios de conocer mi cansancio, hablome así con
-cierto tono de confianza:</p>
-
-<p>—Se empeñan en que han de llevarme a Cádiz, y yo me empeño en no
-salir de Sevilla. Veremos si se atreven a llevarme a la fuerza, o si yo
-cedo al fin.</p>
-
-<p>—No se atreverán, señor.</p>
-
-<p>—Ellos saben —continuó— que en Cádiz hay una terrible epidemia;
-pero eso no les importa. ¡A Cádiz de cabeza! ¿Nada importa, señores
-diputados, que yo y toda la real familia nos expongamos a perecer...?
-Veremos lo que decide el Consejo...</p>
-
-<p>—Decidirá lo más conveniente.</p>
-
-<p>—Yo les digo a esos señores: ¿creen ustedes posible resistir a los
-franceses? No. Pues si al fin se ha de capitular, ¿no es mejor hacerlo
-en Sevilla?</p>
-
-<p>—Admirable raciocinio, señor.</p>
-
-<p>—Nada: a Cádiz, a Cádiz, y entre tanto, ni coches para el viaje, ni
-recursos...</p>
-
-<p>Parecía mortificado por dos o tres ideas fijas,<span
-class="pagenum" id="Page_156">p. 156</span> que agitadas se sucedían
-en su mente y se enlazaban formando esa dolorosa serie de vibrantes
-círculos cerebrales que, si no producen la locura, la imitan. Me fue
-preciso, en vista de tanta pesadez, fingirme enferma y pedirle permiso
-para retirarme. Él, entonces, ¡oh fiero y descomunal tirano!, se empeñó
-en que me quedase en el Alcázar, donde se me prepararía habitación
-conveniente.</p>
-
-<p>«Te comprendo, déspota», dije para mí, sofocando mi cólera.</p>
-
-<p>No había más remedio que ser huraña y descortés, rehusando los
-obsequios y tapando mis oídos a preguntillas que empezaban a dejar de
-ser políticas. Al retirarme, Su Majestad me dijo:</p>
-
-<p>—No saldré de Sevilla, no saldré... Veremos si se atreven.</p>
-
-<p>—No se atreverán, señor —le respondí—. Vuestra Majestad podrá, con
-una voluntad firme, desbaratar las maquinaciones de los pérfidos.</p>
-
-<p>Estas vulgaridades palaciegas le agradaban. Dejele entregado a
-sus febriles inquietudes, y corrí a calmar las mías. Por el camino
-iba contando el tiempo transcurrido, que me parecía largo, como todo
-lo que precede a la felicidad que se espera. Llegué a mi casa, subí
-precipitadamente, creyendo que él saldría a recibirme con los brazos
-abiertos; pero en mis habitaciones hallé un silencio y un vacío
-tristísimos... No estaba. Mi primer impulso fue de ira contra él por
-la audacia inaudita, por la infame crueldad de no estar allí; pero
-luego tornáronse contra el rey mis furores, cuando Mariana,<span
-class="pagenum" id="Page_157">p. 157</span> mi fiel criada, me dijo que
-el caballero se había cansado de esperar.</p>
-
-<p>—¿Luego ha estado aquí?</p>
-
-<p>—Sí, señora; ha estado más de hora y media. No haría diez minutos
-que usted había salido, cuando entró...</p>
-
-<p>—¿Y no dijo que volvería?</p>
-
-<p>—No dijo nada más sino que tenía que ir a las Cortes.</p>
-
-<p>—Yo también tengo que ir a las Cortes —afirmé, sintiéndome como
-una máquina loca que mueve a la vez con precipitada carrera todas
-sus ruedas—. Vamos, vístete, Mariana, que no quiero perder esa gran
-sesión.</p>
-
-<p>Por no ir sola, yo llevaba siempre conmigo a mi leal criada, vestida
-de señora, imitando en esto la usanza francesa de las <i>señoritas de
-compañía</i>. Esto era sumamente cómodo para mí, porque me libraba
-de la necesidad de admitir en muchos casos la compañía de hombres
-importunos o antipáticos. En poco tiempo, haciendo yo de sirviente y
-Mariana de señora, quedó vestida, no tan bien que se desconociese su
-inferioridad; pero con suficiente elegancia para poder ir al lado mío.
-Muchos la creían hermana soltera o parienta pobre.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch24">
- <h2 class="nobreak g0">XXIV</h2>
-</div>
-
-<p>Fuimos a las Cortes, que estaban en San Hermenegildo, en la calle
-de la Palma, frente a San Miguel. Difícil hallamos la entrada a<span
-class="pagenum" id="Page_158">p. 158</span> causa de la mucha gente
-que llenaba la calle, agolpándose a las puertas del edificio como las
-apiñadas lapas en la roca. Mujeres menos resueltas que nosotras habrían
-vuelto la espalda; pero Mariana y yo sabíamos romper las cortezas del
-vulgo, y al fin nos abrimos paso, y entrando con desenfado y pie ligero
-subimos a la galería. Antes de penetrar en ella, oímos la voz de un
-orador que resonaba en medio del más imponente silencio.</p>
-
-<p>Mucho hubimos de bregar para encontrar sitio; pero al fin, pidiendo
-mil veces perdón y oyendo murmullos de descontento a un lado y otro,
-logramos acomodarnos. Mi primer cuidado no fue atender a lo que aquel
-gran orador decía, cosas sin duda altamente dignas de aplauso: mi
-primer cuidado fue registrar con los ojos toda la galería reservada
-por ver si estaba allí quien me cautivaba más que los discursos. Pero
-ni a derecha ni a izquierda, ni delante ni detrás le vi, con lo cual
-la gran pieza oratoria que se estaba pronunciando empezó a serme muy
-fastidiosa.</p>
-
-<p>—¿Quién habla? —pregunté a una señora vieja que estaba junto a
-mí.</p>
-
-<p>—Alcalá Galiano, el gran orador —repuso en tono de extrañeza por mi
-ignorancia.</p>
-
-<p>—¿Y de qué habla? —pregunté, sin temor de que la señora vieja me
-creyera cerril.</p>
-
-<p>—¿De qué ha de hablar? Del suceso del día.</p>
-
-<p>La señora volvió el rostro hacia el salón, demostrando más interés
-por el discurso que por mis preguntas. Yo no quise molestar más, y
-traté de atender también. El orador hablaba<span class="pagenum"
-id="Page_159">p. 159</span> de la patria, del inminente peligro de la
-patria, de la salvación de la patria y de la gloria de la patria. Es el
-gran tema de todos los oradores, incluso los buenos. No he conocido a
-ningún político que no estropeara la palabra patriotismo hasta dejarla
-inservible, y en esto se me parecen a los malos poetas, que al nombrar
-constantemente en sus versos la inspiración, la lira, el estro, la musa
-ardiente, la fantasía, hablan de lo que no conocen.</p>
-
-<p>Alcalá Galiano era tan feo y tan elocuente como Mirabeau. Su figura,
-bien poco académica, y su cara, no semejante a la de Antinoo, se
-embellecían con la virtud de un talismán prodigioso: la palabra. Le
-pasaba lo contrario que a muchas personas de admirable hermosura, las
-cuales se vuelven feas desde que abren la boca. Aquel día, el joven
-diputado andaluz había tomado por su cuenta el llevar adelante la
-hazaña más revolucionaria que registran nuestros anales.</p>
-
-<p>Sentían los españoles la comezón de destronar algo, y el afán de
-probar la embriaguez revolucionaria, que sin duda embelesa a los
-pueblos de Occidente como a los chinos el opio, y dijeron: «Hagamos
-temblar a los reyes, pues que ha llegado la hora de que los reyes
-tiemblen delante del pueblo...» Mas era aquí la gente demasiado
-bondadosa para una calaverada sangrienta. En otra parte, al ver al rey
-sistemáticamente contrario a la representación nacional, hubiéranle
-cortado la cabeza; aquí le privaron del uso de la razón temporalmente,
-diciendo: «Señor, vuestro deseo de esperar<span class="pagenum"
-id="Page_160">p. 160</span> aquí a los franceses nos prueba que estáis
-loco. Con arreglo a la Constitución, declaramos que sois digno de un
-manicomio y de perder la autoridad real. Vámonos a Cádiz, y cuando
-estemos allí, os adornaremos de nuevo con vuestra cabal razón, y
-seguiremos partiendo un confite como hasta aquí.»</p>
-
-<p>Admirable recurso habría sido este, a mi parecer, desde el punto de
-vista liberal, teniendo un gran ejército para reforzar el argumento
-en los campos de batalla. Sin fuerza, aquel hecho probaba que los
-diputados estaban más locos que el rey, y así se lo dije a Falfán de
-los Godos. Con esto se comprende que el marqués había entrado en la
-galería, colocándose detrás de mí. Él ponía mucha más atención que yo
-al discurso y aun a los rumores que sonaban arriba y abajo.</p>
-
-<p>—Han llenado de gentuza la tribuna pública —me dijo en voz queda—
-para que aplauda las atrocidades que habla ese hombre.</p>
-
-<p>No sé si era o no gente pagada; pero es lo cierto que a cada
-párrafo coruscante, terminado en <i>la salvación de la patria</i> o en
-<i>el afrentoso yugo de esta nación heroica</i>, la galería pública
-mugía como una tempestad cercana. ¡Qué rugidos, qué gestos de bárbaro
-entusiasmo, qué manera de apostrofar! Algunas señoras tuvieron miedo y
-se retiraron, lo cual me agradó en extremo, porque la tribuna se quedó
-muy holgada.</p>
-
-<p>—¿Piensa usted seguir hasta el fin? —me dijo Falfán, endulzando su
-mirada hasta un extremo empalagoso.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_161">p. 161</span>—Estaré algún
-tiempo más —repuse—. No me he cansado todavía.</p>
-
-<p>Y miraba a diestra y siniestra esperando verle y no viéndole nunca.
-Los que me conocen comprenderán mi aburrimiento y pena. No hay tormento
-peor que tener ocupada la mente por una idea fija que no puede ser
-desechada. Es una espina clavada en el cerebro, una acerada punta
-que hiere, y que, sin embargo, no se puede ni se quiere arrancar. Yo
-procuraba distraerme de aquel a manera de dolor agudísimo, charlando
-con Falfán; pero nada conseguí. La locura del rey, declarada por una
-votación que iba a verificarse; la exaltación revolucionaria de los
-diputados, la elocuencia fascinadora de Galiano, no bastaban a dar otra
-dirección a las fuerzas de mi espíritu.</p>
-
-<p>—¿Y usted qué cree? —me preguntó el marqués.</p>
-
-<p>—Yo no creo nada —respondí con el mayor hastío—. Si he de hablar con
-franqueza, nada de esto me importa gran cosa.</p>
-
-<p>—¡Que declaren loco a Su Majestad!...</p>
-
-<p>—Lo mismo que si le declaran cuerdo... Yo soy así... Parece que se
-cansan —añadí, reparando que se suspendían los discursos.</p>
-
-<p>—Es que ahora va una comisión de las Cortes al Alcázar a intimar al
-rey. Si no se resigna a salir...</p>
-
-<p>—¿Habrá más discursos?</p>
-
-<p>—Las Cortes están en sesión permanente. Después vendrá lo más
-interesante, lo más dramático; yo no pienso moverme de aquí.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_162">p. 162</span>—Su Majestad ha de
-responder que no sale de Sevilla. Me lo ha dicho esta mañana, y aunque
-no tengo gran fe en su palabra, paréceme que por esta vez va a cumplir
-lo que dice.</p>
-
-<p>—Lo mismo creo, señora. En ese caso, las Cortes, después de este
-respiro que ahora se dan, están dispuestas a poner en ejecución el
-artículo 187 de la Constitución...</p>
-
-<p>—¿Y qué dice ese artículo?...</p>
-
-<p>En el momento de formular esta pregunta me estremecí toda, y me
-pasó por delante de los ojos una claridad relampagueante. Le vi: había
-entrado en la tribuna inmediata y volvía sus ojos en todas direcciones
-como buscándome. Desde aquel instante las palabras del marqués no
-fueron para mí sino un zumbido de moscardón... Por fin sus ojos se
-encontraron con los míos.</p>
-
-<p>—¡Gracias a Dios! —le dije, empleando el lenguaje de las pupilas.</p>
-
-<p>El marqués seguía hablando. Para que no descubriese mi turbación, ni
-se enojase al verme tan distraída, le pregunté de nuevo:</p>
-
-<p>—¿Y qué dice ese artículo?</p>
-
-<p>—¡Si se lo he explicado a usted! —repuso—. Sin duda no me presta
-atención. Es usted muy distraída.</p>
-
-<p>—¡Ah!, sí... Estaba pensando en ese pobre Fernando.</p>
-
-<p>—El mejor procedimiento, a mi modo de ver —manifestó Falfán de los
-Godos gravemente—, sería...</p>
-
-<p>—¡Que le cortaran la cabeza! —indiqué mostrándome,<span
-class="pagenum" id="Page_163">p. 163</span> sin cuidarme de ello, tan
-revolucionaria como Robespierre.</p>
-
-<p>—¡Qué cosas tiene usted! —exclamó el marqués riendo.</p>
-
-<p>Y siguió hablándome, hablándome, es decir, zumbando como un
-abejorro. Pasados diez minutos, creí conveniente dirigirle otra vez la
-palabra, y repetí mi preguntilla:</p>
-
-<p>—¿Y qué dice ese artículo?</p>
-
-<p>—Por tercera vez se lo diré a usted.</p>
-
-<p>Entonces me fue forzoso dedicarle un pedacito de atención.</p>
-
-<p>—El artículo 187 dice poco más o menos que cuando se considere a Su
-Majestad imposibilitado moralmente para ejercer las funciones del poder
-ejecutivo, se nombre una Regencia...</p>
-
-<p>—¿Como la de Urgel?</p>
-
-<p>—Una Regencia constitucional, señora, que desempeñe aquellas
-funciones...</p>
-
-<p>—¡Oh!, señor marqués, en todo soy de la misma opinión de usted
-—exclamé con artificiosa admiración—. En pocos hombres he visto un
-juicio tan claro para hacerse cargo de los sucesos.</p>
-
-<p>Miré a Salvador. Pareciome que con los expresivos ojos me decía:
-«Salgamos.» Y al mismo tiempo salía.</p>
-
-<p>—Yo me retiro, señor marqués —dije de improviso levantándome.</p>
-
-<p>—¡Señora, se marcha usted en el momento crítico! —exclamó con
-asombro y pena—. Se van a reanudar estas interesantes discusiones. ¡Qué
-discursos vamos a oír!</p>
-
-<p>—Estoy fatigada. Hace mucho calor.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_164">p. 164</span>—Sin embargo...</p>
-
-<p>Mientras en el salón resonaba un rumor sordo como el anuncio de
-furibunda tempestad parlamentaria, Mariana y yo nos dispusimos a salir;
-pero en el mismo instante, ¡oh contrariedad imprevista!, multitud de
-caballeros y señoras entraron en la tribuna. Eran los que habían salido
-durante el período de descanso, que regresaban a sus puestos, para
-disfrutar de la parte dramática de la sesión. Además, numeroso gentío
-recién venido se apiñaba en la puerta. Ya no era posible salir.</p>
-
-<p>—Señora —me dijo Falfán—, ya ve usted que no es fácil la salida. No
-pierda usted su asiento. Esto acabará pronto.</p>
-
-<p>No tuve más remedio que quedarme. Caí en mi asiento como un reo en
-su banquillo de muerte. Lo que principalmente me apenaba era que entre
-la multitud había desaparecido el que bastaba a alegrar o entristecer
-mi situación. En la muralla de rostros humanos, ávidos de curiosidad,
-no estaba su rostro ni otro alguno que se le pareciese.</p>
-
-<p>«Sin duda me aguarda fuera —pensé—. ¡Qué desesperación! ¡Cuándo
-acabará esta farsa!...»</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch25">
- <h2 class="nobreak g0">XXV</h2>
-</div>
-
-<p>—La comisión que fue con el mensaje a Palacio —dijo Falfán alargando
-su rostro para abarcar con una mirada todo el salón— ha<span
-class="pagenum" id="Page_165">p. 165</span> vuelto, y va a manifestar
-la respuesta de Su Majestad.</p>
-
-<p>—Que le maten de una vez —indiqué en voz baja—. ¿Dice usted, señor
-marqués, que esto acabará pronto?</p>
-
-<p>—Quizás no. Me parece que tendremos para un rato. Cosas tan graves
-no se despachan en un credo.</p>
-
-<p>Pensé que se me caía el cielo encima. El profundo silencio que reinó
-durante un rato en aquel recinto, obligome a atender brevemente a lo
-que abajo pasaba. Un diputado, en quien reconocí al almirante Valdés,
-tomó la palabra.</p>
-
-<p>Pudimos oír claramente las expresiones del marino al decir:
-«Manifesté a Su Majestad que su conciencia quedaba salva, pues
-aunque como hombre podía errar, como rey constitucional no tenía
-responsabilidad alguna; que escuchase la voz de sus consejeros y
-de los representantes del pueblo, a quienes incumbía la salvación
-de la patria. Su Majestad respondió: <i>He dicho</i>, y volvió la
-espalda.»</p>
-
-<p>Cuando estas últimas palabras resonaron en el salón, un rumor de
-olas agitadas se oyó en las tribunas; olas de patriótico frenesí que
-fueron encrespándose y mugiendo poco a poco hasta llegar a un estruendo
-intolerable.</p>
-
-<p>—Todos esos que gritan están pagados —dijo el marqués.</p>
-
-<p>Entonces miré hacia atrás, pues no podía vencer el hábito adquirido
-de explorar a cada instante la muchedumbre, y le vi. Estaba en la
-postrera fila: apenas se distinguía su rostro.</p>
-
-<p>«¡Ah! —exclamé para mí con gozo—. ¡No me has abandonado! Gracias,
-querido amigo.»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_166">p. 166</span>Advertí que desde
-el apartado sitio donde se encontraba, seguía los incidentes de la
-sesión con toda su alma. Mi pensamiento debía de estar donde estaba el
-suyo, y atendí también. Segura de tenerle cerca; segura de que fiel y
-cariñoso me aguardaba, pude tranquilamente fijar mi espíritu en aquella
-turbulenta parte de la sesión y en el orador que hablaba. Era otra
-vez Galiano. Su discurso, que en otra ocasión me hubiera fastidiado,
-entonces me pareció elocuente y arrebatador.</p>
-
-<p>¡Qué modo de hablar, qué elegancia de frases, qué fuerza de
-pensamiento y de estilo, qué ademán tan vigoroso, qué voz tan
-conmovedora! Siendo mis ideas tan contrarias a las suyas entonces, no
-pude resistir al deseo de aplaudirle, enojando mucho al marqués con mi
-llamarada de entusiasmo.</p>
-
-<p>—¡Oh, señor marqués! —le dije—. ¡Qué lástima que este hombre no
-hable mal! ¡Cuánto crecería el prestigio del realismo, si sus enemigos
-carecieran de talento!...</p>
-
-<p>Los argumentos del orador eran incontestables dentro de la situación
-y del artículo 187, que intentaban aplicar. «No queriendo Su Majestad
-—decía— ponerse en salvo, y pareciendo a primera vista que Su Majestad
-quiere ser presa de los enemigos de la patria, Su Majestad no puede
-estar en el pleno uso de su razón. Es preciso, pues, considerarle en un
-estado de delirio momentáneo, en una especie de letargo pasajero...»</p>
-
-<p>Estas palabras compendiaban todo el plan de las Cortes. Un
-rey constitucional que quiere entregarse al extranjero, está
-forzosamente<span class="pagenum" id="Page_167">p. 167</span> loco. La
-nación lo declara así, y se pasa sin rey durante el tiempo que necesita
-para obrar con libertad. ¡Singular decapitación aquella! Hay distintas
-maneras de cortar la cabeza, y es forzoso confesar que la adoptada por
-los liberales españoles tiene cierta grandeza moral y filosófica digna
-de admiración. «Antes que arrancar de los hombros una cabeza que no se
-puede volver a poner en ellos —dijeron—, arranquémosle el juicio, y
-tomándonos la autoridad real, la persona jurídica, podremos devolverlas
-cuando nos hagan falta.»</p>
-
-<p>Yo miraba a cada rato a mi adorado amigo, y con los ojos le
-decía:</p>
-
-<p>«¿Qué piensas tú de estos enredos? Luego hablaremos y se ajustarán
-las cuentas, caballerito.»</p>
-
-<p>No duró mucho el discurso de Galiano, porque aquello era como lo
-muy bueno, corto, y habían llegado los momentos en que la economía
-de palabras era una gran necesidad. Cuando concluyó, las tribunas
-prorrumpieron en locos aplausos. Entre las palmadas, semejantes por su
-horrible chasquido a una lluvia de piedras, se oían estas voces: «¡A
-nombrar la Regencia! ¡A nombrar la Regencia!»</p>
-
-<p>—Señora —me dijo el marqués horrorizado—, estamos en la Convención
-francesa. Oiga usted esos gritos salvajes, esa coacción bestial de la
-gente de las galerías.</p>
-
-<p>—Van a nombrar la Regencia.</p>
-
-<p>—Antes votarán la proposición de Galiano. ¡Atentado sacrílego,
-señora! Me parece que asisto a la votación de la muerte de Luis
-XVI.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_168">p. 168</span>—¡Qué
-exageración!</p>
-
-<p>—Señora —añadió con solemne acento—. Estamos presenciando un
-regicidio.</p>
-
-<p>Yo me eché a reír. Falfán, enfureciéndose por el regicidio que se
-perpetraba a sus ojos, e increpando en voz baja a la plebe de las
-galerías, era soberanamente ridículo.</p>
-
-<p>—Lo que más me indigna —exclamó pálido de ira— es que no dejen
-hablar a los que opinan que Su Majestad no debe ser destronado.</p>
-
-<p>En efecto: con los gritos de ¡<i>fuera</i>!, ¡<i>que se calle</i>!,
-¡<i>a votar</i>!, ahogaban la voz de los pocos que abrazaron la causa
-del rey. La Presidencia y la mayoría, interesadas en que las tribunas
-gritasen, no ponían veto a las demostraciones. Veíase al alborotado
-público agitando sus cien cabezas y vociferando con sus cien bocas.
-En la primera fila los brazos gesticulaban señalando o amenazando, o
-golpeaban el antepecho con las bárbaras manos, que más bien parecían
-patas. Muchas señoras de la tribuna reservada se acobardaron, y diose
-principio al solemne acto de los desmayos. Esto fue circunstancia
-feliz, porque la tribuna empezó a despejarse un poco, haciendo menos
-difícil la salida.</p>
-
-<p>—Señor marqués —dije tomando la resolución de marcharme—. Me parece
-que es bastante ya.</p>
-
-<p>—¿Se va usted? Si falta lo mejor, señora.</p>
-
-<p>—Para mí lo mejor está fuera. Aquí no se respira. Adiós.</p>
-
-<p>—Que van a votar. Que vamos a ver quiénes<span class="pagenum"
-id="Page_169">p. 169</span> son los que se atreven a sancionar con su
-nombre este horrible atentado.</p>
-
-<p>—Ahí tiene usted una cosa que a mí no me importa mucho. ¿Qué quiere
-usted? Yo soy así. Dormiré muy bien esta noche sin saber los nombres de
-los que dicen sí.</p>
-
-<p>—Pues yo no me voy sin saberlo. Quiero ver hasta lo último;
-quiero ver remachar los clavos con que la monarquía acaba de ser
-crucificada.</p>
-
-<p>—Pues que le aproveche a usted, marqués... Veo que ya se puede
-salir. Adiós; tantas cosas a la marquesa. Ya sabe que la quiero.</p>
-
-<p>No hice muy larga la despedida por temor a que tuviese la deplorable
-ocurrencia de acompañarme. Salí. ¡Ay! Aquella libertad me supo a
-gloria. ¡Con qué placentero desahogo respiraba! Al fin iba a satisfacer
-mi deseo, la sed de mis ojos y de mi alma, que ha tiempo no vivían sino
-a medias. Desde que salí a los pasillos le vi lejos esperándome. Hízome
-una seña, y ambos procuramos acercarnos el uno al otro, cortando el
-apretado gentío que salía. Pero cuando estaba a seis pasos de él, sentí
-detrás de mí la áspera voz de Falfán, la cual me hizo el efecto de un
-latigazo. Volvime, y vi su sonrisa y sus engomados bigotes, que yo
-creía haber perdido de vista por muchos días.</p>
-
-<p>—Señora, no se me escape usted —me dijo, ofreciéndome su brazo—.
-He salido porque la votación no es nominal. Esos pícaros han votado
-levantándose de su asiento... ¡Qué escándalo!... ¡Votar así un acuerdo
-tan grave!...<span class="pagenum" id="Page_170">p. 170</span> ¡Tienen
-vergüenza y miedo!... Ya se ve... Tome usted mi brazo, señora.</p>
-
-<p>La importuna presencia del estafermo me dejó fría. No tuve más
-remedio que apoyar mi mano en su brazo y salir con él. Frente a
-nosotros vi a Salvador, que me pareció no menos contrariado que yo.</p>
-
-<p>—Querido Monsalud —le dijo el marqués—, ¿ha visto usted la sesión?
-¡Gran escena de teatro! Me parece que correrá sangre.</p>
-
-<p>No recuerdo lo que ambos hablaron mientras bajamos a la calle. Me
-daban ganas de desasirme del brazo del prócer, y empujarle con todas
-mis fuerzas para que fuera rodando por la escalera abajo, que era
-bastante pendiente. Pero me fue forzoso tener paciencia y esperar,
-fiando en que el insoportable intruso nos dejaría solos al llegar a la
-calle. ¡Vana ilusión! Sin duda se habían conjurado contra mí todas las
-potencias infernales. El marqués de Falfán, empleando su relamido tono,
-que a mí me sonaba a esquilón rajado, me dijo:</p>
-
-<p>—Ahora, dígnese usted aceptar mi coche, y la llevaré a su casa.</p>
-
-<p>—Si yo no voy a mi casa —repuse vivamente—. Voy a visitar a una
-amiga... o quizás, como ya es tarde y no hace calor, daremos Mariana y
-yo un paseo.</p>
-
-<p>—Bien, a donde quiera usted que vaya la acompañaré —dijo el marqués
-con la inexorable resolución de un hado funesto—. Y usted, Salvador, ¿a
-dónde va?</p>
-
-<p>—Tengo que ver a un amigo junto a San Telmo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_171">p. 171</span>—Entonces no digo
-nada. Si va usted en esa dirección, no puedo llevarle. Y usted, Jenara,
-¿a dónde quiere que la lleve?</p>
-
-<p>—Mil gracias, un millón de gracias, amigo mío —repuse—. El
-movimiento del coche me marea un poco. Me duele la cabeza y necesito
-respirar libremente y hacer algo de ejercicio. Mariana y yo nos iremos
-a dar una vuelta por la orilla del río.</p>
-
-<p>Bien sabía yo que el señor marqués no gustaba de pasear a pie, y que
-en aquellos días estaba medianamente gotoso. Yo no quería que de ningún
-modo sospechase Falfán que Salvador y yo necesitábamos estar solos. Al
-indicar yo que iría a pasear por la orilla del río, claramente decía a
-mi amado: «Ve allá y espérame, que voy corriendo, luego que me sacuda
-este abejón.»</p>
-
-<p>Comprendiéndome al instante, por la costumbre que tenía de estudiar
-sus lecciones en el hermoso libro de mis ojos, se despidió. Bien
-claro leí yo también en los suyos esta respuesta: «Allá te espero; no
-tardes.»</p>
-
-<p>Luego que nos quedamos solos, el marqués reiteró sus ofrecimientos.
-Parecía que no rodaba en el mundo más carruaje que el suyo, según la
-oficiosidad con que a mi disposición lo ponía.</p>
-
-<p>—La tarde está hermosa. Deseo pasear un poco a pie —repetí como
-quien ahuyenta una mosca.</p>
-
-<p>—Pues entonces —me contestó estrechándome la mano—, no quiero
-alejarme de aquí: aún debe pasar algo importante. A los pies de usted,
-señora.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_172">p. 172</span>Al fin... al fin me
-soltó aquel gavilán de sus impías garras... Mariana y yo nos dirigimos
-apresuradamente a la margen del Guadalquivir.</p>
-
-<p>«¡Ahora sí que no te me escapas, amor!», pensaba yo.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch26">
- <h2 class="nobreak g0">XXVI</h2>
-</div>
-
-<p>¡Cuán largo me pareció el camino! Mariana y yo íbamos con más prisa
-de la que a dos señoras como nosotras convenía. Pero aun conociendo
-que parecíamos gente de poco más o menos, cuando vi la Torre del Oro,
-los palos de los barcos y los árboles que adornan la orilla, avivé más
-el paso. No faltaba gente en aquellos deliciosos sitios; mas esto me
-importaba poco.</p>
-
-<p>—Vamos hacia San Telmo —dije a Mariana—. Creo que es aquel edificio
-que se ve más abajo entre los árboles.</p>
-
-<p>—Aquel es.</p>
-
-<p>—Mira tú hacia la izquierda y yo miraré hacia adelante para que no
-se nos escape.</p>
-
-<p>—Ya le veo, señora. Allí está.</p>
-
-<p>Mariana le distinguió a regular distancia, y yo también le vi. Me
-aguardaba puntualmente.</p>
-
-<p>«¡Ah, bribón, ya eres mío!», pensé, deteniendo el paso, segura al
-fin de que no se me escaparía.</p>
-
-<p>Él miraba hacia la puerta de Jerez, como<span class="pagenum"
-id="Page_173">p. 173</span> si nos aguardara por allí. Avanzamos
-Mariana y yo, dando un pequeño rodeo para acercarnos a él por detrás,
-y sorprenderle, sacudiéndole el polvo de los hombros con nuestros
-abanicos. Yo sonreía.</p>
-
-<p>Distábamos de él unos diez pasos, cuando sentí que me llamaban.</p>
-
-<p>—¡Jenara, Jenara! —oí detrás de mí, sin poder precisar en el primer
-instante a quién pertenecía aquella horrible e importuna voz.</p>
-
-<p>Volvime, y el coraje me clavó los pies en el suelo. Era el marqués
-de Falfán de los Godos, que venía hacia mí sonriendo y cojeando. Tan
-confundida estaba, que nada pude decirle ni contestar a sus empalagosos
-cumplidos.</p>
-
-<p>—Vaya que ha corrido usted, amiguita —me dijo—. Yo acabo de llegar
-en coche... Es que en el momento de separarnos se me ocurrió una
-cosa...</p>
-
-<p>—¿Qué cosa?</p>
-
-<p>—Padecí un gran olvido —dijo relamiéndose—. Dispénseme usted. Como
-usted dijo que venía a pasear a este sitio...</p>
-
-<p>—¿Y qué?..., ¿qué?..., ¿qué?...</p>
-
-<p>Según me dijo después Mariana, yo echaba fuego por los ojos.</p>
-
-<p>—Que olvidé ofrecerme a usted para una cosa que sin duda le será muy
-agradable.</p>
-
-<p>—Señor marqués, usted se burla de mí.</p>
-
-<p>—¡Burlarme! No, hija mía; al punto que nos separamos, dije para
-mí: «¡Qué desatento he sido!» Puesto que va al río, debí brindarme a
-acompañarla para ver el vapor y mostrarle ese prodigio de la industria
-del hombre.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_174">p. 174</span>—¡Usted está loco,
-sin duda! —afirmé ocultando todo lo posible mi despecho—. ¿Qué es eso
-del vapor? No entiendo una palabra.</p>
-
-<p>—¡El vapor, señora! Es lo que más llama la atención de todo Sevilla
-en estos días.</p>
-
-<p>—¿Y qué me importa? —dije bruscamente siguiendo mi camino.</p>
-
-<p>—Dispénseme usted si la he ofendido —añadió el marqués siguiéndome—;
-pero como venía usted a pasear al río, y como yo tengo entrada libre,
-siempre que quiero, en esa prodigiosa máquina, creí que la complacería
-a usted apresurándome a mostrársela.</p>
-
-<p>—¿Qué máquina es esa? —le pregunté deteniéndome.</p>
-
-<p>Al decir esto había perdido de vista al imán de mi vida.</p>
-
-<p>—Mire usted hacia allá, junto a la Torre del Oro.</p>
-
-<p>Miré, y en efecto vi un buque de forma extraña, con una gran
-chimenea que arrojaba negro y espeso humo. Sus palos eran pequeños,
-y sobre el casco sobresalía una armazón bastante parecida a una
-balanza.</p>
-
-<p>—¿Qué es eso? —pregunté al marqués.</p>
-
-<p>—El vapor, una invención maravillosa, señora. Esos ingleses son
-el demonio. Ya sabe usted que hay unas máquinas que llaman de vapor,
-porque se mueven por medio de cierto humo blanquecino que va colándose
-de tubo en tubo...</p>
-
-<p>—Ya sé...</p>
-
-<p>—Pues los ingleses han aplicado esta máquina a la navegación, y
-ahí tiene usted un<span class="pagenum" id="Page_175">p. 175</span>
-barco con ruedas que corre más que el viento y contra el viento. Esto
-cambiará la faz del mundo. Yo lo he predicho y no me equivocaré.</p>
-
-<p>Mirando hacia la máquina prodigiosa, vi a Salvador que se dirigía
-hacia la Torre del Oro.</p>
-
-<p>—Veámoslo de cerca, señor marqués —dije marchando hacia allá—.
-Verdaderamente, ese barco con ruedas es una maravilla.</p>
-
-<p>—Creo que ahora va a dar un par de vueltas por el río, para que lo
-vean sus altezas reales, que están, si no me engaño, en la Torre del
-Oro.</p>
-
-<p>—Corramos.</p>
-
-<p>—¡Va toda la gente hacia allá! Descuide usted, podremos entrar si
-usted quiere. El capitán es muy amigo mío, y los consignatarios son mis
-banqueros.</p>
-
-<p>—¿De quién es esa máquina?</p>
-
-<p>—De una sociedad inglesa. De veras hubiera sentido mucho no
-mostrársela a usted esta tarde. Cuando me acordé, faltábame tiempo para
-acudir a reparar mi grosería.</p>
-
-<p>—Gracias, marqués.</p>
-
-<p>Dejé de ver entonces la luz de mi vida. Mi corazón se llenó de
-angustia.</p>
-
-<p>—Yo estaba seguro de agradar a usted —me dijo Falfán—. Es un asombro
-ese buque.</p>
-
-<p>—Un asombro, sí; apresuremos el paso.</p>
-
-<p>—¡Si no se nos ha de marchar!</p>
-
-<p>—¡Que se nos pierde de vista, que se nos va! —exclamé yo sin saber
-lo que decía.</p>
-
-<p>—Señora, si está anclado... Podemos verlo con toda calma.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_176">p. 176</span>Nos acercamos a la
-Torre del Oro, junto a la cual estaba la nave maravillosa. Tenía dos
-ruedas como las de un batán, resguardadas por grandes cajones de madera
-pintados de blanco, con chimenea negra y alta, en cuyo centro estaba
-la máquina, toda grasienta y ahumada como una cocina de hierro, y el
-resto no ofrecía nada de particular. De sus entrañas negras salía una
-especie de aliento ardoroso y retumbante, cuyo vaho causaba vértigos.
-De repente daba unos silbidos tan fuertes, que había que taparse los
-oídos. En verdad, tal máquina infundía miedo. Yo no lo tuve, porque no
-podía fijar en ella resueltamente la atención.</p>
-
-<p>—¿Se atreve usted a entrar? —me dijo el marqués.</p>
-
-<p>Yo miré a todos lados, y vi reaparecer a mi amor perdido, saliendo
-de entre la muchedumbre, como el sol entre las nubes.</p>
-
-<p>—No, señor; yo me mareo solo de ver un barco —respondí a Falfán—.
-Estoy satisfecha con admirar desde fuera esta hermosa invención, y le
-doy a usted las gracias.</p>
-
-<p>Yo hubiera dado no sé qué porque el vapor echase a andar hacia la
-eternidad, llevándose dentro al marqués de Falfán de los Godos.</p>
-
-<p>—¡Oh! —exclamó él—. Embarquémonos. Yo le garantizo a usted que no se
-marea. Daremos un paseo hasta Aznalfarache. Vea usted cuántas personas
-entran.</p>
-
-<p>—Pues yo no me decido. Pero no se prive usted por mí del gusto de
-embarcarse. Adentro, señor mío. Yo me voy a mi casa.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_177">p. 177</span></p>
-
-<p>—¡Ah! No consiento yo que usted vaya sola a su casa —dijo con una
-galantería cruel que me asesinaba—. Yo la acompañaré.</p>
-
-<p>—Gracias, gracias... No necesito compañía.</p>
-
-<p>—Es que yo no puedo permitir...</p>
-
-<p>De buena gana habría cogido al marqués por el pescuezo como se coge
-a un pollo destinado a la cazuela, y le hubiera estrangulado con mis
-propias manos: ¡tal era mi rabia!</p>
-
-<p>—Al menos —añadió—, ya que lo hemos visto por la popa, vamos a verlo
-también por la proa.</p>
-
-<p>Al decir esto, el prócer dirigió sus miradas hacia la Maestranza, y
-sus ideas variaron de súbito.</p>
-
-<p>—Vamos. Por allí viene mi esposa —dijo señalando—. ¿La ve usted? Por
-último se ha atrevido a salir a paseo, aunque no está bien de salud.</p>
-
-<p>Miré y vi a la marquesa de Falfán, que venía con otra dama. También
-ellas, atraídas por la curiosidad, se dirigían hacia la Torre del
-Oro.</p>
-
-<p>—Aguardemos aquí —me dijo el marqués sonriendo—. Veremos si pasa sin
-notar que estamos aquí.</p>
-
-<p>Andrea y su amiga estaban ya cerca de nosotros, cuando Salvador pasó
-junto a ellas, se detuvo, las saludó y continuó andando a su lado. Nos
-reunimos los cinco.</p>
-
-<p>—¿También tú vienes a ver el vapor? —preguntó Falfán riendo—. Ya
-te dije que era una maravilla. ¿Y usted, señora doña María Antonia,
-también viene a ver el vaporcito?... Y<span class="pagenum"
-id="Page_178">p. 178</span> usted, Salvador, no quiere ser menos. El
-que desee entrar que lo diga, y nos embarcaremos.</p>
-
-<p>— ¿Yo?... —dijo la Marquesa después de saludarme—. Tengo miedo.
-Dicen que revienta la caldera cuando menos se piensa.</p>
-
-<p>—¿De modo que eso tiene una caldera como las fábricas de jabón?
-—preguntó doña María Antonia llevando a sus ojos el lente que usaba.</p>
-
-<p>—Entran ustedes, ¿sí o no? —dijo el marqués, empeñado siempre en
-reclutar gente.</p>
-
-<p>—Yo no entraré —repuso la dama con desdén—: me mareo solo de ver ese
-horrible aparato. Además, tengo que hacer.</p>
-
-<p>—¿A dónde vas ahora? —preguntó Falfán de mal talante.</p>
-
-<p>—A las tiendas de la calle de Francos. Ya sabes que necesito comprar
-varias cosillas.</p>
-
-<p>—Pero si no has paseado aún...</p>
-
-<p>—¿Que no? Señora doña María Antonia, dice que no hemos paseado... Si
-hace más de hora y media que estamos aquí dando vueltas. Ya nos íbamos
-cuando te vimos, y volví atrás para rogarte que nos acompañes.</p>
-
-<p>—¡Yo! —indicó el marqués con mucho disgusto—. Ya sabes que no me
-agrada ir a tiendas.</p>
-
-<p>—Y a mí no me gusta ir sola.</p>
-
-<p>—Doña María Antonia...</p>
-
-<p>—Es señora, y para ir a las tiendas conviene la compañía de
-un caballero. Mira, hijito, no te apures por eso: Salvador nos
-acompañará.</p>
-
-<p>—Con mil amores —dijo mi amigo inclinándose—. Tengo mucho honor en
-ello.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_179">p. 179</span>Cuando allí mismo
-no abofeteé a mi amante, a la dama, al marqués, a doña María Antonia y
-a mí misma, de seguro queda demostrado que soy una oveja.</p>
-
-<p>—Sí, amigo Monsalud —manifestó Falfán—, acompáñelas usted, se lo
-suplico. Jenara y yo nos embarcaremos.</p>
-
-<p>¡Se marcharon! ¡Ay! No sé cómo lo escribo. Se marcharon sin que yo
-los estrangulase. Dentro de mí había un volcán mal sofocado por mi
-disimulo. El marqués me hablaba sin que yo pudiese responderle, porque
-estaba furiosamente absorta y embrutecida por el despecho que llenaba
-mi alma.</p>
-
-<p>—Nos embarcaremos —me dijo Falfán relamiéndose como un gato a quien
-ponen plato de su gusto.</p>
-
-<p>—¡Ah, señor marqués! —dije de improviso apoderándome de una idea
-feliz—. Ahora me acuerdo de una cosa... ¡Qué memoria la mía!</p>
-
-<p>—¿Qué, señora?</p>
-
-<p>—Que yo también tengo que comprar algunas cosillas. ¿No es verdad,
-Mariana?</p>
-
-<p>—¿De modo que va usted...?</p>
-
-<p>—Sí, señor; ahora mismo... Son cosas que necesito esta misma
-noche.</p>
-
-<p>—¿Y hacia dónde piensa dirigirse?</p>
-
-<p>—Hacia la calle de las Sierpes... o la de Francos. Son las únicas
-que conozco.</p>
-
-<p>—Pues la acompañaré a usted.</p>
-
-<p>Hizo señas a su cochero para que acercase el coche.</p>
-
-<p>—Mi mujer —añadió— se enfadará conmigo<span class="pagenum"
-id="Page_180">p. 180</span> porque no quise acompañarla y la acompaño a
-usted.</p>
-
-<p>No hice caso de sus cumplidos ni de sus excusas.</p>
-
-<p>—Vamos, vamos pronto —dije subiendo al coche.</p>
-
-<p>Este nos dejó en la plaza de San Francisco. Nos dirigimos a las
-tiendas, recorrimos varias calles; pero, ¡ay! estábamos dejados de la
-mano de Dios. No les encontramos; no les vimos por ninguna parte.</p>
-
-<p>En mi cerebro se fijaba con letras de fuego esta horrible pregunta:
-«¿a dónde irán?»</p>
-
-<p>Cuando el marqués me dejó en mi casa, avanzada ya la noche, yo tenía
-calentura. Retireme a pensar y a recordar y a formar proyectos para el
-día siguiente; pero mi cerebro ardía como una lámpara; no pude dormir;
-hablaba a solas sin poder olvidar un solo momento el angustioso tema
-de mi vida en aquellos días. Por último, mis nervios se aplacaron un
-tanto, y me consolé pensando y hablando de este modo:</p>
-
-<p>—¡Mañana, mañana no se me escapará!</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch27">
- <h2 class="nobreak g0">XXVII</h2>
-</div>
-
-<p>Al levantarme con la cabeza llena de brumas, pensé en la extraña
-ley de las casualidades que a veces gobiernan la vida. En aquella
-época creía yo aún en las casualidades, en<span class="pagenum"
-id="Page_181">p. 181</span> la buena o mala suerte y en el destino,
-fuerzas misteriosas que ciegamente, según mi modo de ver, causaban
-nuestra felicidad o nuestra desgracia. Después han variado mucho mis
-ideas, y tengo poca fe en el dogma de las casualidades.</p>
-
-<p>Mi cerebro estaba aquella mañana, como he dicho, cargado de
-neblinas. Pero el día amaneció muy hermoso, y para 12 de junio en
-Andalucía, no era fuerte el calor. Sevilla sonreía convidando a las
-dulces pláticas amorosas, a las divagaciones de la imaginación y a
-exhalar con suspiros los aromas del alma que van desprendiéndose y
-saliendo, ya gimiendo, ya cantando, entre vagas sensaciones que son a
-la manera de una pena deliciosa.</p>
-
-<p>Pero yo continuaba con mi idea fija y la contrariedad que me
-atormentaba. A ratos analizaba aquel singular estado mío, asombrándome
-de verme tan dominada por un capricho vano. Es verdad que yo le amaba;
-pero ¿no había sabido consolarme honradamente de su ausencia después
-de Benabarre? ¿Por qué en Sevilla ponía tanto empeño en tenerle a mi
-lado? ¿Acaso no podía vivir sin él? Meditando en esto, me creía muy
-capaz de prescindir de él en la totalidad de la vida; pero en aquel
-caso mi corazón había soltado prendas, habíase fatigado mucho, había,
-digámoslo así, adelantado imaginariamente gran parte de sus goces, y
-padecía horriblemente hasta hacerlos efectivos. El suplicio de Tántalo
-a que estaba sujeto irritábale más, y ya se sabe que las ambiciones más
-ardientes son las del corazón,<span class="pagenum" id="Page_182">p.
-182</span> y que en él residen los caprichos y la terrible ley satánica
-que ordena desear más aquello que más resueltamente nos es negado. Así
-se explica la indecorosa persecución de un hombre en que yo, sin poder
-dominarme, estaba empeñada.</p>
-
-<p>Ordené a Mariana que se preparase para salir conmigo. Mientras yo
-me peinaba y vestía, díjome que había oído hablar de la partida de Su
-Majestad aquella misma tarde, y que Sevilla estaba muy alborotada. Poco
-me interesaba este tema y le mandé callar; pero después me contó cosas
-muy desagradables. En la noche anterior, y por la mañana, dos diputados
-residentes en la misma casa, y que entre manos traían la conquista de
-mi criada, le habían hecho, con respecto a mí, indicaciones maliciosas.
-Según me dijo, eran conocidas y comentadas mis relaciones con el
-secretario del duque del Parque. ¡Maldita sociedad! Nada en ella puede
-tenerse secreto. Es un sol que todo lo alumbra, y en vano intenta el
-amor hallar bajo él un poco de sombra. A donde quiera que se esconda
-vendrá a buscarle la impertinente claridad del mundo, de modo que por
-mucho que os acurruquéis, a lo mejor os veis inundados por los rayos
-de la intrusa linterna que va buscando faltas. El único remedio contra
-esto es arrojar mucha, muchísima luz sobre las debilidades ajenas,
-para que las propias resulten ligeramente oscurecidas. No sé por qué
-desde que Mariana vino a mí con aquellos chismes, me figuré que mi
-difamación procedía de los labios de la marquesa de Falfán. «¡Ah,<span
-class="pagenum" id="Page_183">p. 183</span> bribona! —dije para mí—, si
-yo hablara...»</p>
-
-<p>Las hablillas no me acobardaron. Siendo culpable, hice lo que
-corresponde a la inocencia: despreciar las murmuraciones.</p>
-
-<p>Cuando manifesté a Mariana que pensaba ir a buscarle a su propia
-casa, hízome algunas observaciones que me desagradaron, sin que por
-ellas desistiera yo de mi propósito.</p>
-
-<p>—¿No averiguaste ayer la casa donde vive?</p>
-
-<p>—Sí, señora: en la calle del Oeste. Pero usted no repara que en la
-misma casa viven también otras personas de Madrid que conocen a la
-señora...</p>
-
-<p>Ninguna consideración me detenía. Escribí una carta para dejarla en
-la casa si no le encontraba, y salimos. Mariana conocía bien Sevilla, y
-pronto me llevó a la calle del Oeste, hacia la Alameda Vieja, junto a
-la Inquisición. Salvador no estaba. Dejé mi carta, y corrimos a casa,
-porque al punto sospeché que mientras yo le buscaba en su vivienda, me
-buscaba él en la mía. Así me lo decía el corazón impaciente.</p>
-
-<p>—Me aguardará, de seguro —pensé—. Ahora, ahora sí que no se me
-escapa.</p>
-
-<p>En mi casa no había nadie, pero sí una esquela. Salvador estuvo a
-visitarme durante mi ausencia, y no pudiendo esperar, a causa de sus
-muchas ocupaciones, dejome también una carta en que así lo manifestaba,
-añadiendo, entre expresiones cariñosas, que por la tarde, a las
-cuatro en punto, me aguardaba en la catedral. Después de indicar la
-conveniencia de no volver a mi casa, me suplicaba<span class="pagenum"
-id="Page_184">p. 184</span> que no faltase a la cita en la gran
-basílica y en su hermoso patio de los Naranjos. Tenía preparado un
-coche en la puerta de Jerez para irnos de paseo hacia Tablada.</p>
-
-<p>—¡Gracias a Dios! —exclamé—. Esta tarde...</p>
-
-<p>Tomando mis precauciones para que nadie me importunase y poder
-estar libre a la hora de la cita, consagré algunas al descanso. Pero
-la inquietud me abrasaba, y a las tres me fui a la catedral. Era la
-hora del coro, y los canónigos entraban uno tras otro por la puerta del
-Perdón. Algunos se detenían a echar un parrafito en el patio de los
-Naranjos, paseando junto al púlpito de San Vicente Ferrer.</p>
-
-<p>Al encontrarme dentro de la iglesia, la mayor que yo había visto,
-sentí una violenta irrupción de ideas religiosas en mi espíritu.
-¡Maravilloso efecto del arte, que consigue lo que no es dado alcanzar
-a veces ni aun a la misma religión! Yo miraba aquel recinto grandioso,
-que me parecía una representación del universo. Aquel alto firmamento
-de piedra, así como las hacinadas palmas que lo sustentan, y el
-eminente tabernáculo, que es cual una escala de santos que sube hasta
-Dios, dilataban mi alma haciéndola divagar por la esfera infinita. La
-suave oscuridad del templo hace que brillen más las ventanas, cuyas
-vidrieras son como un fantástico muro de piedras preciosas. Las vagas
-manchas luminosas de azul y rosa que las ventanas arrojan sobre el
-suelo, se me figuraban huellas de ángeles que habían huido al sentir
-nuestros pasos.</p>
-
-<p>Las ideas abrumaban mi mente. Senteme<span class="pagenum"
-id="Page_185">p. 185</span> en un banco; sentía la necesidad de
-meditar. Delante de mis pies, a manera de alfombra de luces, se
-extendía la transparencia de una ventana. Alzando los ojos veía las
-grandiosas bóvedas. Zumbaba en mis oídos el grave canto del coro, y a
-intervalos una chorretada de órgano, cuyas maravillosas armonías me
-hacían estremecer de emoción, poniendo mis nervios como alambres. A
-poca distancia de mí, a la izquierda, estaba la capilla de San Antonio,
-toda llena de luces, por ser 12 de junio, víspera del santo, y de
-hermosos búcaros con azucenas y rosas. Volviendo ligeramente la cabeza,
-veía el cuadro de Murillo y su espléndido altar.</p>
-
-<p>Yo pensaba en cosas religiosas; pero mi egoísmo las asociaba
-al amoroso afán que me poseía. Pensaba en la santidad de la unión
-sancionada por la Iglesia y de los lazos matrimoniales cuando son
-acertados. Consideraba lo feliz que hubiera sido yo no equivocando,
-como equivoqué, la elección de marido. También pasó por mi mente,
-aunque con gran rapidez, el recuerdo de la infeliz joven a quien con
-mis engaños precipité en los azares de un viaje absurdo; pero esto duró
-poco, y además me apresuré a sofocar tan triste memoria, dirigiendo el
-pensamiento a otra cosa.</p>
-
-<p>La imagen que tan cerca estaba atraje mi atención. Aquel santo
-tan bueno, tan humilde, compañero y amigo de los pobres, es, según
-dicen, el abogado de los amores y de los objetos perdidos. Ocurriome
-rezarle, y le recé con fervor, de labios y aun de corazón, porque<span
-class="pagenum" id="Page_186">p. 186</span> en aquel instante me sentía
-piadosa. No solo le pedí como enamorada, sino como quien busca y no
-encuentra cosas de gran valor; y mientras más le rezaba, más me sentía
-encendida en devoción y llena de esperanza. Concluí adquiriendo la
-seguridad de que mi afán se calmaría aquella misma tarde; y juzgando
-que mi entrada en la catedral, como punto de cita, era obra de la
-Providencia, mi alma se alivió, y aquella tensión dolorosa en que
-estaba fue cesando poco a poco.</p>
-
-<p>¿Cómo no esperar, si aquel santo era tan bueno, tan complaciente
-que mereció siempre el amor y la veneración de los enamorados? No pude
-estar allí todo el tiempo que habría deseado, porque me daba vértigo el
-olor de las azucenas, y también porque la hora de la cita se acercaba.
-Cuando salí al patio, y en el momento de pasar bajo el cocodrilo
-que simboliza la prudencia, la alta campana de la Giralda dio las
-cuatro.</p>
-
-<p>No habíamos llegado al púlpito de San Vicente Ferrer, cuando Mariana
-y yo nos miramos aterradas. Sentíamos un ruido semejante al de las olas
-del mar. Al mismo tiempo mucha gente entraba corriendo.</p>
-
-<p>—¡Revolución, señora, revolución! —gritó Mariana temblando—. No
-salgamos.</p>
-
-<p>La curiosidad, venciendo el miedo, me llevó con más presteza hacia
-la puerta. Vi regular gentío que llenaba todo el sitio llamado Gradas
-de la Catedral, y parecía extenderse por delante del Palacio arzobispal
-y la Lonja hasta el Alcázar. Pero la actitud de la muchedumbre<span
-class="pagenum" id="Page_187">p. 187</span> era pacífica, y más parecía
-de curiosos que de alborotadores. Al punto comprendí que la salida
-de la corte motivaba tal reunión de gente, y se calmaron mis súbitas
-inquietudes. Esperaba ver de un momento a otro a la persona por quien
-había ido a la catedral, y mis ojos la buscaron entre el gentío.</p>
-
-<p>«Aguardaremos un poco», pensé dando un suspiro.</p>
-
-<p>La muchedumbre se agitó de repente, murmurando. Por entre ella
-trataba de abrirse paso un regimiento de caballería que apareció por
-la calle de Génova. Entrad la mano en un vaso lleno de agua, y esta se
-desbordará; introducid un regimiento de caballería en una calle llena
-de curiosos, y veréis lo que pasa. Por la puerta del Perdón penetró
-un chorro que salpicaba dicharachos y apostrofes andaluces contra
-la tropa, y tal era su ímpetu, que los que allí estábamos tuvimos
-que retroceder hasta el centro del patio. Entonces un sacristán y un
-hombre forzudo y corpulento, de esos que desempeñan en toda iglesia
-las bajas funciones del transporte de altares, facistoles o bancos, o
-las altísimas de tocar las campanas y recorrer el tejado cuando hay
-goteras, se acercaron a la puerta, y después de arrojar fuera toda la
-gente que pudieron, cerraron con estruendo las pesadas maderas. Corrí
-a protestar contra un encierro que me parecía muy importuno; mas el
-sacristán, alzando el dedo, arqueando las cejas y ahuecando la voz como
-si estuviera en el púlpito, dijo lacónicamente:</p>
-
-<p>—De orden del señor deán.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch28">
- <p><span class="pagenum" id="Page_188">p. 188</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XXVIII</h2>
-</div>
-
-<p>Mucho me irritó la orden del señor deán, que sin duda no esperaba a
-una persona amada, y entré en la iglesia consolándome de aquel percance
-con la idea de que en edificio tan vasto no faltarían puertas por donde
-salir. Pasamos al otro lado; pero en la puerta que da a la plaza de la
-Lonja, otro ratón de iglesia me salió al encuentro después de echar los
-pesados cerrojos, y también dijo:</p>
-
-<p>—De orden del señor deán.</p>
-
-<p>«¡Malditos sean todos los deanes!», exclamé para mí, dirigiéndome
-a la puerta que da a la fachada. Allí, un viejo con gafas, sotana y
-sobrepelliz, se restregaba las manos gruñendo estas palabras:</p>
-
-<p>—Ahora, ahora va a ser ella. Señores liberales, nos veremos las
-caras.</p>
-
-<p>Yo fui derecha a levantar el picaporte; pero también aquella puerta
-estaba cerrada, y el sacristán viejo, al ver mi cólera, que no podía
-contener, alzó los hombros disculpándose con la orden de la primera
-autoridad capitular. El de las gafas añadió:</p>
-
-<p>—Hasta que no pase la gresca no se abrirán las puertas.</p>
-
-<p>—¿Qué gresca?</p>
-
-<p>—La que han armado con la salida del rey loco. Mi opinión, señora,
-es que ahora va a<span class="pagenum" id="Page_189">p. 189</span> ser
-ella, porque hay un complot que no lo saben más de cuatro.</p>
-
-<p>Volvió a restregarse las manos fuertemente, guiñando un ojo.</p>
-
-<p>—¿Y a qué hora sale Su Majestad?</p>
-
-<p>—A las seis, según dicen; pero antes ha de correr la sangre por
-las calles de Sevilla como cuando la inundación de hace veinte años,
-la cual fue tan atroz, que por poco fondean los barcos dentro de la
-catedral.</p>
-
-<p>—¡De modo que estaré encerrada aquí hasta las seis! —exclamé llena
-de furor—. Esto no se puede sufrir, es un abuso, un escándalo. Me
-quejaré a las autoridades, al rey.</p>
-
-<p>—El rey está loco —dijo el viejo con horrible ironía.</p>
-
-<p>—Al gobierno; me quejaré al arzobispo. O me dejan salir o gritaré
-dentro de la iglesia, reclamando mi derecho.</p>
-
-<p>Discurrí con agitación indecible por la iglesia, nave arriba, nave
-abajo, saliendo de una capilla y entrando en otra, pasando del patio
-al templo y del templo al patio. Miraba a los negros muros buscando un
-resquicio por donde evadirme, y enfurecida contra el autor de orden tan
-inicua, me preguntaba para qué existían deanes en el mundo.</p>
-
-<p>Los canónigos dejaban el coro y se reunían en su camarín, marchando
-de dos en dos o de tres en tres, charlando sobre los graves sucesos.
-Los sochantres y el fagotista se dirigían piporro en mano a la
-capilla de música, y los inocentes y graciosos niños de coro, al ser
-puestos en libertad, iban saltando, con gorjeos<span class="pagenum"
-id="Page_190">p. 190</span> y risas, a jugar a la sombra de los
-naranjos.</p>
-
-<p>Varias veces, en las repetidas vueltas que por toda la iglesia
-di, pasé por la capilla de San Antonio. Sin que pueda decir que me
-dominaban sentimientos de irreverencia, ello es que mi compungida
-devoción al santo había desaparecido. No le miré con aversión; pero si
-con cierto enojo respetuoso, y en mi interior le decía: «¿Es esto lo
-que yo tenía derecho a esperar? ¿Qué modo de tratar a los fieles es
-este?»</p>
-
-<p>Mi egoísmo había llegado al horrible extremo de pedir cuenta a la
-divinidad de los desaires que me hacía. Irritábame contra el cielo,
-porque no satisfacía mis caprichos.</p>
-
-<p>Pero, ¡maldita hora!, quien a mí me irritaba verdaderamente era el
-deán tirano que mandaba encerrar a la gente porque se le antojaba.
-Desde que le vi salir del coro en compañía del arcediano, moviéndose
-muy lentamente a causa del peso de su descomunal panza, le tuve por un
-realistón furibundo, sin que por esto me fuese menos antipático. ¿Por
-qué habían cerrado las puertas? Por poner el sagrado recinto a salvo de
-una invasión plebeya, e impedir que el bullicio de los vivas y mueras
-turbase la santa paz de la casa de Dios. Con todo su celo no pudo el
-señor deán conseguirlo, y desde el patio oíamos claramente los gritos
-de la muchedumbre y el paso de la caballería. La Giralda cantó las
-cinco, cantó las seis, y la deplorable situación no cambiaba, ni las
-puertas se abrían, ni se desvanecía el rumor del pueblo. Yo creo que si
-aquello se prolonga demasiado,<span class="pagenum" id="Page_191">p.
-191</span> me atrevo a decir dos palabras al buen canónigo encerrador.
-Por fin no era yo sola la impaciente: otras muchas personas, detenidas
-como yo, se quejaban igualmente, y todos nos dirigíamos en alarmante
-grupo al sacristán; pero sin conseguir nada.</p>
-
-<p>—Cuando Su Majestad haya salido de Sevilla —nos respondía—, o se
-arma la de San Quintín, o todo quedará tranquilo.</p>
-
-<p>Por fin, después de las siete, la puerta del Perdón se abrió y
-vimos las Gradas y la gente que iba y venía sin tumulto. Yo me arrojé
-a la calle como se arrojaría en el agua aquel cuyos vestidos ardieran.
-Miraba a un lado y otro; me comía con los ojos a cuantos pasaban;
-caminé apresuradamente hacia la Lonja y hasta el Alcázar; mi cabeza
-se movía sin cesar, dirigiendo la vista a todo semblante humano.
-¡Afán inútil!... Yo buscaba y rebuscaba, y mi hombre no aparecía en
-ninguna parte... Ya se ve... ¡las siete de la tarde! Se cansaría de
-aguardarme... tendría que hacer...</p>
-
-<p>Volví de nuevo a la catedral, recorrila toda, salí, di la vuelta
-por la Lonja; pero, ¡ay!, si diera la vuelta a toda la tierra, creo
-que tampoco le encontrara: ¡tal era la horrible insistencia de mi
-desgracia! Y, sin embargo, hasta en las baldosas del piso, en el aire y
-en el sonido, hallaba no sé qué indicio misterioso de que él me había
-aguardado allí largas horas. Esto era para morir.</p>
-
-<p>Después de mucho correr, senteme en un banco de piedra junto a la
-Lonja. Tanto me enfadaba la gente que veía regresar del Alcázar<span
-class="pagenum" id="Page_192">p. 192</span> y de la puerta de San
-Fernando, que si las llamas de furor que abrasaban mi pecho fueran
-materiales, de buena gana hubiera vomitado fuego sobre los que pasaban
-ante mí. Venían de ver partir al rey loco. Muchos se lamentaban de que
-se tratase de tal suerte al soberano de Castilla. ¡Menguados! ¿porqué
-no tomaban las armas? Sí, ¿por qué no las tomaban? Me habría gustado
-ver a todos los habitantes de Sevilla destrozándose unos a otros.</p>
-
-<p>La Giralda cantó otra hora, no sé cuál, y entonces me decidí a tomar
-nueva resolución.</p>
-
-<p>—Vamos a su casa —dije a Mariana.</p>
-
-<p>—Es de noche, señora.</p>
-
-<p>La infeliz no quería alejarse mucho de la casa. Pero no le contesté
-y nos pusimos en camino para la calle del Oeste.</p>
-
-<p>—¿Y si no está? —indicó mi criada—. Porque es muy posible que con
-estas cosas...</p>
-
-<p>—¿Qué cosas?</p>
-
-<p>—Estas revoluciones, señora.</p>
-
-<p>—Si no hay nada.</p>
-
-<p>—Pues... como se han llevado al rey después de volverle loco...
-En el patio de la catedral decía uno que tendremos revolución mañana
-cuando se marche el gobierno, porque el gobierno se marchará.</p>
-
-<p>—Déjalo ir: no nos hace falta. Date prisa.</p>
-
-<p>—Pues yo creo que nos llevaremos otro chasco.</p>
-
-<p>—Si no está en su casa, le esperaré.</p>
-
-<p>—¿Y si no vuelve hasta muy tarde?</p>
-
-<p>—¡Hasta muy tarde le esperaré!</p>
-
-<p>—¿Y si no vuelve hasta mañana?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_193">p. 193</span>—Hasta mañana le
-esperaré. No me muevo de su casa hasta que le vea. Ahora, ahora sí que
-no se me escapa. ¿Concibes tú que se me pueda escapar?</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch29">
- <h2 class="nobreak g0">XXIX</h2>
-</div>
-
-<p>Diciendo esto, mi corazón, oprimido por tantos desengaños, se
-ensanchaba, llenándose otra vez de esperanza, de ese don del cielo que
-jamás se agota y que a nadie puede faltar.</p>
-
-<p>—Pues no veo yo muy tranquila esta noche la ciudad de Sevilla
-—indicó Mariana—. Si, como dicen, se ha marchado toda la tropa, puede
-que nos despertemos mañana en un charco de sangre.</p>
-
-<p>Echeme a reír, burlándome de sus ridículos temores, y seguimos
-avanzando con bastante presteza hacia la calle del Oeste. Detúveme
-antes de llamar en su casa, para que un breve descanso disimulara mi
-sofocación y se amortiguasen las llamaradas de mis mejillas.</p>
-
-<p>—Sentémonos —dije a Mariana— al amparo de este árbol. Ahora no hay
-gran prisa. Ya le tengo cogido. Estoy tranquila. Él ha de venir a su
-casa. Ahora, ahora sí que le tengo en mi mano.</p>
-
-<p>Cuando llamamos en la reja que daba entrada al patio, una mujer nos
-dijo que el señor Monsalud no estaba en casa.</p>
-
-<p>—Pues tengo que hablarle precisamente esta noche, y le esperaré
-—dije resueltamente.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_194">p. 194</span>Yo no reparaba en
-conveniencia alguna social. En el estado de mi espíritu, nada tenía
-fuerza para contenerme. Importábame ya muy poco que me vieran, que me
-conocieran, que me señalasen con el dedo, ni que el vulgo suspicaz y
-murmurador me hiciera objeto de burlas y comentarios deshonrosos.</p>
-
-<p>Al principio vacilaba en dejarme entrar la mujer que me abrió la
-puerta; pero tanto insté y con tan arrogante autoridad me expresaba,
-que al fin me llevó a una sala baja. Allí estaba un viejecillo que,
-a la débil claridad de un velón de cobre, arreglaba baúles y cajas,
-poniendo en ellas libros, ropa y papeles. Era un tal Bartolomé
-Canencia. Él no debía conocerme; pero se apresuró a saludarme con
-extremada cortesía. Cual si comprendiera las ansias que yo padecía
-aquella noche, dijo:</p>
-
-<p>—No está en casa, ni puedo asegurar que venga pronto; pero sí que
-vendrá. Necesitamos arreglar todo para nuestra partida.</p>
-
-<p>—¿Cuándo?</p>
-
-<p>—Mañana. Nos vamos con el gobierno. ¿Quién se atreverá a quedarse
-aquí después que marchen los ministros? Esto es un volcán realista.
-En cuanto desaparezca el gobierno que obstruye el cráter, se agitará
-con fuego y vapores vomitando horrores. ¡Pobre Sevilla! no ha querido
-oír mis consejos, los consejos de la experiencia, señora; hela aquí en
-poder del realismo más brutal. Este pueblo, tan célebre por su riqueza
-y por su gracia como por sus procesiones, está infestado de curas, y
-aquí los curas son ricos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_195">p. 195</span>Ya me fastidiaba
-esta conversación, y hábilmente la desvié de la política haciéndola
-recaer sobre mi objeto. Canencia contestó a mis preguntas de una manera
-categórica.</p>
-
-<p>—Esta tarde salimos juntos —me dijo—. Él se quedó en las Gradas de
-la catedral, donde tenía una cita, y yo seguí hacia el Alcázar para
-asistir a la salida de Su Majestad... Luego nos encontramos de nuevo a
-eso de las siete: parecía disgustado, sin duda porque la cita no pudo
-verificarse. Entramos en casa, y a poco salió para ver a Calatrava.
-Díjome que volvería a arreglar su equipaje, y aquí me tiene usted
-arreglando el mío, señora, para lo que se le ofrezca mandar. De modo
-que si usted desea algo en Cádiz, puede dar sus órdenes con toda
-franqueza.</p>
-
-<p>—Yo también pienso ir a Cádiz.</p>
-
-<p>—¡Usted también! Bueno es que vayan todos —dijo con ironía
-maliciosa— para que se haga con solemnidad el entierro de la
-Constitución. Allí nació, señora, y allí le pondremos la mortaja; que
-todo lo que nace ha de perecer... ¡Si se hubieran seguido mis consejos,
-señora!... pero los hombres se han dejado enloquecer por la ambición
-y la vanidad. Ya no existen aquellos repúblicos austeros, aquellos
-filósofos incorruptibles, aquellos sectarios de la honradez más
-estricta y de la sabiduría ateniense, hombres que con un pedazo de pan,
-un vaso de agua y un buen libro se pasaban la mayor parte de la vida.
-Ahora todo es comer a dos carrillos, pedir destinos, figurar... en una
-palabra, señora, ya no hay virtudes cívicas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_196">p. 196</span>—¿Y es seguro que
-el gobierno marcha mañana? —le pregunté para desviarle de su fastidiosa
-disertación.</p>
-
-<p>—Segurísimo. No puede ser de otra manera.</p>
-
-<p>—¿Por tierra?</p>
-
-<p>—Por agua, señora. Los ministros y diputados marchan en el vapor.</p>
-
-<p>—¿Y usted y Salvador van también en el vapor?</p>
-
-<p>—Iremos donde podamos, señora, aunque sea en globo por los aires.</p>
-
-<p>Él siguió arreglando sus maletas, y yo me abrumé en mis
-pensamientos. En la sala había un reloj de <i>cucú</i> con su
-impertinente pájaro, de esos que asoman al dar la hora y nos hacen
-tantas cortesías como campanadas tiene aquella. Nunca he visto un
-animalejo que más me enfadase, y cada vez que aparecía y me saludaba
-mirándome con sus ojillos negros y cantando el cucú, sentía ganas de
-retorcerle el pescuezo para que no me hiciera más cortesías. El pájaro
-cantó las nueve y las diez y las once, y con su insolente movimiento y
-su desagradable sonido parecía decirme: «¿Qué tal, señora, se aburre
-usted mucho?»</p>
-
-<p>Todo el que ha esperado comprenderá mi agonía. Aquel resbalar del
-tiempo, aquella veloz corrida de los minutos que pasan de nuestra
-frente a nuestra espalda, amontonándose atrás el tiempo que estaba
-delante, es para enloquecer a cualquiera. Cuando no hay un reloj que
-lleve la cuenta exacta de la cantidad de esperanza que se desvanece
-y de la paciencia que se gasta grano a grano, menos mal;<span
-class="pagenum" id="Page_197">p. 197</span> pero cuando hay reloj y
-este reloj tiene un pájaro que hace reverencias cada sesenta minutos y
-dice <i>cucú</i>, no hay espíritu bastante fuerte para sobreponerse a
-la pena. Ya cerca de las doce me decía yo: «¡Si no vendrá!»</p>
-
-<p>Habiendo manifestado mis dudas al viejo Canencia, que parecía algo
-molesto por la duración de mi visita, me dijo:</p>
-
-<p>—Puede que venga y puede que no venga. Seguramente estará ahora en
-el café del Turco o en casa del duque del Parque. Ya es media noche.
-Dentro de unas cuantas horas será de día, y... ¡en marcha todo el mundo
-para Cádiz!</p>
-
-<p>Mariana bostezaba, siendo imitada por Canencia. Yo me sostenía
-intrépida, sin sueño ni cansancio, resuelta a estar un año en aquel
-sitio, si un año tardaba en venir mi hombre.</p>
-
-<p>—De todas maneras —dije a Canencia—, si se marcha mañana ha de venir
-a arreglar su equipaje.</p>
-
-<p>—Es muy posible, señora —me contestó secamente—. En caso de que
-quiera usted retirarse, puede con toda confianza dejar el recado verbal
-que guste. Yo se lo transmitiré puntualmente y con la fidelidad de un
-verdadero amigo.</p>
-
-<p>—Gracias.</p>
-
-<p>—Le diré que ha estado aquí... Aunque usted no me ha dicho su
-nombre, yo creo conocer a la persona con quien tengo el honor de
-hablar, por haberla visto en Madrid algunas veces... ¿No es usted la
-señora marquesa de Falfán?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_198">p. 198</span>Esta pregunta me
-hizo estremecer en mi interior, como si un rayo pasara por mí. Pero
-dominándome con soberano esfuerzo, repuse gravemente, con afectada
-vergüenza.</p>
-
-<p>—Sí, señor: soy la marquesa de Falfán. Fiada en la discreción de
-usted, me he aventurado a esperar aquí en hora tan impropia.</p>
-
-<p>—Señora, yo soy un sepulcro, y además un amigo fiel de ese excelente
-joven; y como le debo no pocos beneficios, a la amistad se une la
-gratitud. Puede usted con toda libertad confiarme lo que quiera. Es muy
-posible que él no pueda verla a usted esta noche. Estará muy ocupado, y
-sin duda el viaje de mañana trastorna sus planes, porque si no recuerdo
-mal, hoy me dijo que pensaba despedirse de usted, por la noche, en casa
-de doña María Antonia.</p>
-
-<p>Al oír esto me quedé como mármol, y en seguida se me llenó el
-corazón de ascuas. Desplegué los labios para preguntar: «¿dónde vive
-esa doña María Antonia?» pero me contuve a tiempo comprendiendo la
-gran torpeza que iba a cometer. Evocando toda mi habilidad de cómica,
-dije:</p>
-
-<p>—Así pensábamos; pero no ha podido ser.</p>
-
-<p>El infame pájaro se asomó a su nicho, y burlándose de mí cantó la
-una. Yo me ahogaba, porque a mis primeras fatigas se unía, desde que
-habló aquel hombre, la inmensa sofocación de un despecho volcánico
-de los celos que me mataban. En mi cerebro se encajaba una corona de
-brasas resplandecientes; mi corazón chorreaba sangre, herido por mil
-púas venenosas.<span class="pagenum" id="Page_199">p. 199</span> Mi
-afán, mi deseo más vivo era morder a alguien.</p>
-
-<p>Esperé más. Canencia seguía bostezando y Mariana dormitaba. Yo
-sentía en mis oídos un zumbido extraño, el zumbido del silencio
-nocturno, que es como un eco de mares lejanos, y deshaciéndome
-esperaba. Habría dado mi vida entera por verle entrar, por poder
-hablarle a solas un momento, arrojando sobre él las palabras, la furia,
-la hiel que se desbordaban en mí. A ratos balbucía terribles injurias,
-que siendo tan infames, a mí me parecían rosas.</p>
-
-<p>El vil pajarraco volvió a chancearse conmigo, y haciendo la
-reverencia más pronunciada y el canto más fuerte, anunció las dos.</p>
-
-<p>—¡Las dos!... ¡pronto será de día! —exclamé.</p>
-
-<p>—Fijamente no viene ya, señora. Es que se embarca con los diputados
-—dijo Canencia, dando a entender con sus bostezos que de buena gana
-dormiría un rato.</p>
-
-<p>—¿Y a qué hora se embarcan los diputados?</p>
-
-<p>—Al rayar el día: así se dijo anoche en el salón del Congreso,
-cuando se levantó la sesión, que ha durado treinta y tres horas.</p>
-
-<p>Estuve largo rato dudando lo que debía hacer. Delante de mi
-pensamiento daba vueltas un círculo de fuego que alternativamente, en
-su lenta rotación, mostrábame dos preguntas. Primera: ¿<i>Y si viene
-después que yo me vaya</i>? Segunda: ¿<i>Y si se embarca en el muelle
-mientras yo estoy aquí</i>?</p>
-
-<p>Yo veía pasar una pregunta, después otra. La segunda sustituía
-a la primera, y la primera<span class="pagenum" id="Page_200">p.
-200</span> a la segunda en órbita infinita. Ambas tenían igual
-claridad, ambas me deslumbraban y me enloquecían de la misma manera.
-Yo, que por lo general me decido pronto, entonces dudaba. Cuando la
-voluntad se iba inclinando de un lado, el pensamiento llamábame del
-otro, y así contrabalanceados los dos, ponían mi alma en estado de
-terrible ansiedad. Largo rato permanecí en esta dolorosa incertidumbre.
-Los minutos volaban, y acercándose aquel en que era preciso resolver
-definitivamente, el silencio mismo llegó a impresionar mi cerebro como
-un bramido intolerable, formado por mil voces. Oía el latir de mi
-corazón como se oye un secreto que nos dicen al oído; mi sangre ardía,
-y por fin aquella misma palpitación de mi alborotado seno fue como una
-voz que hablaba diciéndome: «Anda, anda.»</p>
-
-<p>El pájaro, riendo como un demonio burlón, me saludó tres veces con
-su cortesía y su infernal <i>cucú</i>. Eran las tres.</p>
-
-<p>—Pronto será de día —dijo Canencia dejando caer sobre el pecho su
-cabeza venerable.</p>
-
-<p>Levanteme. Estaba decidida. Pareciome que don Bartolomé, al verme
-dispuesta a partir, vio el cielo abierto. Despedime de él bruscamente,
-y salimos.</p>
-
-<p>—¿Adónde vamos, señora? —me dijo Mariana—. ¿No es hora de retirarnos
-ya a descansar?</p>
-
-<p>—Todavía no.</p>
-
-<p>—¡Señora, señora, por Dios!... Está amaneciendo. No hemos cenado, no
-hemos dormido...</p>
-
-<p>—Calla, imbécil —le dije clavando mis dedos en su brazo—. ¡Calla, o
-te ahogo!</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch30">
- <p><span class="pagenum" id="Page_201">p. 201</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XXX</h2>
-</div>
-
-<p>Amanecía, y multitud de hombres de mal aspecto vagaban por la calle.
-Veíanse paisanos armados, y muchos guapos de la Macarena y de Triana.
-Mi criada tuvo miedo; pero yo no. Repetidas veces nos vimos obligadas
-a variar de rumbo para evitar el encuentro de algunos grupos en que
-se oía el ronco estruendo de ¡<i>vivan las caenas</i>!, ¡<i>muera la
-nación</i>!</p>
-
-<p>Llegamos por fin al río. Ya el día había aclarado bastante, y desde
-la puerta de Triana vimos la chimenea del vapor, que despedía humo.</p>
-
-<p>—Si esos barcos de nueva invención humean al andar —dije—, el vapor
-se marcha ya.</p>
-
-<p>Desde la puerta de Triana a la Torre del Oro se extendía un cordón
-de soldados de artillería. En la puerta de Jerez había cañones. Nada de
-esto me arredraba, porque mi exaltación me infundía grandes alientos,
-y hablando al oficial de artillería, logré pasar hasta la orilla,
-donde algunas tablas, sostenidas sobre pilotes, servían de muelle. El
-vapor bufaba como animal impaciente que quiere romper sus ligaduras
-y huir. Multitud de personas se dirigían al embarcadero. Reconocí a
-Canga-Argüelles, a Calatrava, a Bertrán de Lis, a Salvato, a Galiano y
-a otros muchos que no eran diputados.</p>
-
-<p>«Él se irá también —pensé—. Vendrá aquí<span class="pagenum"
-id="Page_202">p. 202</span> de seguro... Pero no, no creo que se me
-pueda escapar.»</p>
-
-<p>Una idea grandiosa cruzó por mi mente, una de esas ideas
-napoleónicas que yo tengo en momentos de gravedad suma. Ocurriome
-embarcarme también en el vapor, si le veía partir. No tenía equipaje,
-¿pero qué me importaba? Mariana se quedaría para llevarlo después.</p>
-
-<p>Acerqueme a Calatrava, que se asombra mucho de verme.</p>
-
-<p>—Quiero un puesto en el vapor —le dije.</p>
-
-<p>—¿También usted se marcha?... ¿De modo que...?</p>
-
-<p>—Temo ser perseguida. Estoy muerta de miedo desde ayer. Me han
-amenazado con anónimos atroces.</p>
-
-<p>—¿Ha preparado usted su equipaje?</p>
-
-<p>—He preparado lo más preciso: el viaje es corto. Mi criada se queda
-para arreglar lo que dejo aquí.</p>
-
-<p>—También nosotros dejamos nuestros equipajes, porque no caben en el
-vapor. Irán en aquella goleta.</p>
-
-<p>—¿Me hace usted un sitio, sí o no?</p>
-
-<p>—¿Un sitio? Sí, señora. Dejando el equipaje... El gobierno ha
-fletado el buque. Puede usted venir.</p>
-
-<p>Esto se llama proceder pronto y con energía... Pero observé a todos
-los que llegaban, y no le vi. A cada instante creía verle aparecer.</p>
-
-<p>—No puede tardar —dije, después que di mis órdenes a Mariana—. Ahora
-sí que es mío.</p>
-
-<p>Mariana hacía objeciones muy juiciosas;<span class="pagenum"
-id="Page_203">p. 203</span> pero yo a nada atendía. Estaba ciega,
-loca.</p>
-
-<p>—¿Y si no se embarca? —me dijo mi criada—. Todavía no ha
-venido...</p>
-
-<p>—Pero ha de venir... A ver si está por ahí el duque del Parque.</p>
-
-<p>Miramos las dos en todos los grupos, y no vimos al duque.</p>
-
-<p>—¿El señor duque del Parque no va a Cádiz? —pregunté a Salvato.</p>
-
-<p>—El señor duque no se ha atrevido a votar el destronamiento.</p>
-
-<p>—¿Y qué?</p>
-
-<p>—Que los que no votaron no se creen en peligro, y seguirán en
-Sevilla.</p>
-
-<p>—De modo que Su Excelencia...</p>
-
-<p>—No tengo noticia de que se embarque con nosotros.</p>
-
-<p>—Venga usted —me dijo Calatrava alargándome la mano para llevarme a
-la cubierta del buque.</p>
-
-<p>—Entre usted, amigo, entre usted, que aún tengo que decir algo a mi
-criada.</p>
-
-<p>—Parece que vacila usted...</p>
-
-<p>—En efecto..., sí..., no estoy decidida aún.</p>
-
-<p>No, no podía entrar en aquel horrible bajel que iba a partir
-silbando y espumarajeando, sin llevar al que turbaba mi vida. Yo les vi
-entrar uno tras otro, les conté; ni uno solo escapó a mi observación,
-y ¡él no estaba! ¡Siempre ausente, siempre lejos de mí, siempre en
-dirección diametralmente opuesta a la dirección de mis ideas y de mi
-apasionada voluntad! Esto era para enloquecer completamente, y digo
-completamente, porque yo estaba ya bastante<span class="pagenum"
-id="Page_204">p. 204</span> loca. Mi desvarío insensato aumentaba como
-la fiebre galopante del enfermo solicitado por la muerte.</p>
-
-<p>Se embarcaron, ¡ay! Vi al horrendo vapor separarse del muelle; vi
-moverse las paletas de sus ruedas machacando y rizando el agua, le oí
-silbar y mugir echando humo, hasta que emprendió su marcha majestuosa
-río abajo.</p>
-
-<p>No yendo él, no podía causarme aflicción quedarme en tierra. Él
-estaba también en Sevilla.</p>
-
-<p>—Ahora —dije—, ahora no es posible que lo pierda otra vez. Si tengo
-actividad e ingenio, pronto saldré de esta angustiosa situación.</p>
-
-<p>No quise detenerme, como el vulgo que se extasiaba contemplando el
-humo del vapor que conducía hacia el postrer rincón de España el último
-resto del liberalismo. Como aquel humo en los aires, así se desvanecía
-en el tiempo la Constitución... Pero en mi mente no podían fijarse ni
-por un instante estas ideas.</p>
-
-<p>Érame forzoso pensar en otras cosas, y en la realidad de mi ya
-insoportable desdicha. ¿A dónde debía ir? En los primeros momentos
-después del embarque no pude determinarlo, y vagué breve rato por
-la ribera, hasta que me obligaron a huir los excesos de la salvaje
-muchedumbre, que se precipitó sobre los equipajes de los diputados,
-apoderándose de ellos y saqueándolos en presencia de la poca tropa que
-había quedado en el muelle.</p>
-
-<p>Al mismo tiempo sentí el clamor de las campanas echadas a vuelo
-en señal de que Sevilla había dejado de pertenecer al gobierno<span
-class="pagenum" id="Page_205">p. 205</span> constitucional, y en cuerpo
-y alma pertenecía ya al absolutismo. ¡Cambio tan rápido como espantoso!
-El pronunciamiento se hizo entre berridos salvajes, en medio del saqueo
-y del escándalo, al grito de ¡<i>muera la nación</i>! La verdad es que
-los alborotadores hacían poco daño a las personas; pero sí robaban
-cuanto podían. Al entrar por la puerta de Jerez, procuré apartarme lo
-más posible de la turbulenta oleada que marchaba hacia el corazón de
-Sevilla, con objeto, según oí, de destrozar el salón de sesiones y el
-café del Turco, donde se reunían los patriotas.</p>
-
-<p>Lejos de desmayar yo con tantas contrariedades, el insomnio y el
-continuo movimiento, parecía que la misma fatiga me daba alientos
-prodigiosos. No sentía el más ligero cansancio, y mi cerebro, como
-una llama cada vez más viva, hallábase en ese maravilloso estado de
-actividad que es para los poetas, para los criminales y para los que se
-ven en peligro, la rápida inspiración del momento. Yo sentía en mí un
-estro grandioso, avivado por mis contrariadas pasiones, mi rencor y mi
-despecho. Tenía la penetrante vista del genio, y había llegado a ese
-momento sublime en que los más profundos secretos de nuestro destino
-se nos muestran con claridad espantosa. Mi pensamiento, como la aguja
-magnética de una brújula, señalaba con insistencia la casa del marqués
-de Falfán.</p>
-
-<p>—¡Oh, allí, allí... he de encontrar la solución de este horrible
-problema!</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch31">
- <p><span class="pagenum" id="Page_206">p. 206</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XXXI</h2>
-</div>
-
-<p>Y corriendo hacia la casa, no soñaba ya con las delicias de un
-encuentro feliz y de una amable reconciliación, sino con proporcionar
-a mi alma el inefable, el celestial, el infinito regocijo de un
-escándalo, de una escena, de una de esas venganzas de mujer que son la
-<i>Ilíada</i> del corazón femenino. No sé si me equivocaré juzgando por
-mí de todas las mujeres; pero pienso firmemente que ninguna, por muy
-tímida que sea, deja de sentir en momentos dados, y cuando se discuten
-asuntos del corazón, el poderoso instinto de la majeza. La maja, digan
-lo que quieran, no es más que lo femenino puro. De mí puedo asegurar
-que en aquel instante me sentía verdulera.</p>
-
-<p>«Tengo la seguridad —decía— de que le encontraré allí. El corazón
-me lo dice... Es precisamente lo que necesito; es la satisfacción más
-preciosa y agradable de mi inmenso afán, el desahogo de mi pecho,
-semejante a un volcán sin cráter; el consuelo de todas mis penas.
-Hablaré, gritaré, vomitaré injurias, ¿qué digo injurias?, verdades.
-Diré todo lo que sé: abriré los ojos de un marido crédulo y bonachón;
-arrancaré la máscara a una hipócrita; confundiré a un ingrato... En
-suma, estaré en mi elemento... ¡¡Ahora, Santo Dios de las venganzas,
-ahora sí que no se me puede escapar!!»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_207">p. 207</span>Al dirigirme a
-la plaza de la Magdalena, donde vivía el marqués, vi a dos o tres
-patriotas que eran llevados presos por el pueblo con una cuerda al
-cuello. ¡Pobre gente! Entre ellos vi a Canencia, que me dirigió
-al pasar una mirada suplicante; pero no hice caso y seguí. Casi
-arrastrando a Mariana, que apenas podía seguirme de puro cansada y
-soñolienta, llegué a casa de Falfán.</p>
-
-<p>En el patio encontré al marqués, que al punto que me vio asombrose
-de la alteración de mi semblante, creyendo que ocurría algún grave
-accidente.</p>
-
-<p>—Señora —me dijo ofreciéndome una silla—, no extraño que esa
-gente mal educada... Se están cometiendo toda clase de excesos en la
-desgraciada Sevilla.</p>
-
-<p>—No es eso, no. Si no me ha pasado nada.</p>
-
-<p>—Señora, su rostro de usted me indica desasosiego, agitación.</p>
-
-<p>—Es verdad; pero...</p>
-
-<p>—Está usted muy intranquila.</p>
-
-<p>—Intranquila no: estoy furiosa.</p>
-
-<p>Después de decir esto y de romper en seis pedazos mi abanico, que ya
-lo estaba en cuatro, procuré tomar una actitud aparentemente serena,
-pues el caso requería en mí la grave majestad del que condena, no la
-atolondrada cólera y pueril turbación del condenado.</p>
-
-<p>—¿Y por qué está usted furiosa? —me preguntó el marqués confundido—.
-¿En qué puedo servir a usted?</p>
-
-<p>—¡Yo sé que está aquí!... —dije mirando al marqués de un modo que le
-aterró.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_208">p. 208</span>—¿Quién?</p>
-
-<p>—¡Oh!, ¿quién?... será preciso que yo hable, que lo diga todo...</p>
-
-<p>—Señora, no comprendo una palabra.</p>
-
-<p>—Llame usted a la señora marquesa, y quizás ella me comprenda
-—repuse con amargo sarcasmo.</p>
-
-<p>—Andrea no está en casa.</p>
-
-<p>Al oír esto sentí un sacudimiento. Nuevo y más doloroso cambio
-en mis ideas, en mi voluntad, en mi cólera, en mis planes; nuevo
-movimiento de la aguja magnética que brujuleaba en mi corazón,
-marcándome el derrotero en medio de la tempestad... El marqués no podía
-tener interés en negarme a su esposa. Así lo comprendí al momento, y
-sin vacilar un instante, dije:</p>
-
-<p>—¿Ha ido a la casa de doña María Antonia?</p>
-
-<p>—Precisamente, allí está —manifestó Falfán en tono de confianza
-honrada y tranquila que hubiera cautivado a otra persona más irritada
-que yo—. La señora doña María Antonia se puso anoche mala, y mi esposa
-fue a acompañarla un ratito. A las diez estaba de vuelta.</p>
-
-<p>—¿A las diez?</p>
-
-<p>—Pero sin duda hoy se agravó la señora doña María Antonia, porque al
-rayar el día vinieron a buscar a Andrea y allá está. ¿Encuentra usted
-en esto algo de extraño?</p>
-
-<p>—No, señor, nada —dije levantándome—. ¿Y dónde vive esa doña
-Antonia?</p>
-
-<p>—En la calle que sale a la puerta de Carmona,<span class="pagenum"
-id="Page_209">p. 209</span> número 26. ¿Pero se va usted sin explicarme
-el motivo de su visita, su agitación...?</p>
-
-<p>— Sí, señor, me voy.</p>
-
-<p>—Pero...</p>
-
-<p>—Adiós, señor marqués.</p>
-
-<p>Quiso detenerme; pero rápida como un pájaro fugitivo, le dejé y salí
-de la casa.</p>
-
-<p>—A la calle que sale a la puerta de Carmona, número 26 —dije a
-Mariana, que me seguía durmiendo; y para mí en el horroroso vértigo que
-formaban mis pensamientos y mi marcha: «Ahora sí que de ningún modo se
-me puede escapar.»</p>
-
-<p>Yo saboreaba de antemano las horribles delicias del escándalo que
-iba a dar, de la venganza que tomaría, de las palabras que saldrían de
-mi boca, como el humo y la lava de un volcán en erupción. Me deleitaba
-con aquella copa de amarguras que se convertía en copa llena del
-delicioso licor de la venganza. Había llegado al extremo de recrearme
-en el veneno de mi alma, y de hallar delicioso el fuego que respiraba.
-Seguía teniendo las mismas ganas de morder a alguien, y creo que mi
-linda boca tan codiciada, habría sido un áspid si en carne humana
-hubiera posado sus secos labios.</p>
-
-<p>Mariana, que a Sevilla conocía, me llevó hacia la puerta de Carmona,
-yo no sé por dónde ni en cuánto tiempo. Había yo perdido la noción de
-la distancia y del tiempo. Vi una calle larga y solitaria, con muchas
-rejas verdes llenas de tiestos de albahaca. Vi una fila de casas de
-fachada blanca iluminadas por el sol, y otra<span class="pagenum"
-id="Page_210">p. 210</span> línea de casas en la sombra. Yo buscaba
-el número 26, cuando sentí pisadas de caballos. Delante de mí, como
-a cuarenta pasos, abriose una gran puerta y salieron tres hombres a
-caballo. ¡Era él!</p>
-
-<p>Corrí, corrí... Iba vestido con el traje popular andaluz, y su
-figura era la más hermosa que puede imaginarse. Los otros dos vestían
-lo mismo. Caracolearon un instante los corceles delante de la casa, y
-en seguida emprendieron precipitadamente la carrera en dirección a la
-puerta de Carmona.</p>
-
-<p>Yo corría, corría, y al mismo tiempo gritaba. Mariana, que no había
-perdido el juicio, me detuvo enlazando con sus dos brazos mi talle...
-Mi furor estalló con un grito salvaje, con una convulsión horrible y
-este apóstrofe inexplicable: «¡Ladrones! ¡Ladrones!»</p>
-
-<p>En el mismo momento en que yo rugía de este modo, dos mujeres se
-asomaban a la ventana de la casa y saludaban a los jinetes con sus
-abanicos. Él miró repetidas veces hacia atrás y saludaba también
-sonriendo. Vi brillar el lente de doña María Antonia, vi los negros
-ojos de Andrea... ¡Oh, Satanás, Satanás!</p>
-
-<p>Seguí hasta ponerme debajo de la ventana; pero esta se cerró. Seguí
-corriendo un poco más. Un grupo de hombres feroces apareció por una
-bocacalle. Su aspecto infundía pavor; pero yo me adelanté hacia ellos,
-y señalando a los tres jinetes que huían a escape fuera de la puerta,
-entre nubes de polvo, grité con toda la fuerza de mis pulmones:</p>
-
-<p>—¡Que se escapan!... Corred... Corred tras<span class="pagenum"
-id="Page_211">p. 211</span> ellos... ¡Que se escapan!... Los patriotas,
-los más malos de todos, los ateos, blasfemos, los republicanos, los
-masones, los regicidas, los enemigos del rey..., los que querían
-matarle... Corred y cogedles... Yo tengo dinero... Mil duros al que
-les coja... ¡En nombre de la religión!... ¡En nombre de las caenas!...
-Vamos, vamos tras ellos... ¡Que se escapan!</p>
-
-<p>A medida que hablaba, iba desapareciendo en mi espíritu la noción
-de lo externo, y me sentía envuelta en tinieblas o en llamas, no sé en
-qué; me sentía caer en un hondo infierno lleno de demonios, sumergirme
-en abismos de negro delirio, de fiebre, de sueño o muerte, pues no
-puedo expresar bien lo que era aquello.</p>
-
-<p>Perdí el conocimiento.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch32">
- <h2 class="nobreak g0">XXXII</h2>
-</div>
-
-<p>Mi dolorosa enfermedad, que me puso al borde del sepulcro, duró
-cuarenta días, de los cuales no sé cuántos pasé en terrible crisis,
-sin conciencia de las cosas, atormentada por la fiebre. Mi sangre
-enardecida había descompuesto en tales términos las funciones de mi
-cerebro, que en aquellos angustiosos días no vivía con mi vida propia,
-sino con el mismo fuego mortífero de la enfermedad. Asistiome uno de
-los primeros médicos de Sevilla.</p>
-
-<p>Cuando salí del peligro y hubo esperanzas de que aún podría seguir
-mi persona fatigando<span class="pagenum" id="Page_212">p. 212</span>
-al mundo con su peso, halleme en tristísimo estado, sin memoria, sin
-fuerzas, sin belleza. Mas empecé a recobrar muy lentamente estos
-tesoros perdidos, y con ellos volvían mis pasiones y mis rencores a
-aposentarse en mi seno, como después de una inundación, y cuando las
-aguas se retiran, aparece lentamente la tierra, dibujándose primero los
-altos collados, luego las suaves pendientes, y, por último, el llano.
-Así, pasada aquella avenida de sangre que envolvió mi pensamiento en
-turbias olas venenosas, fue apareciendo poco a poco todo lo existente
-antes del 13 de junio.</p>
-
-<p>Una imagen descollaba sobre todas las que me perseguían cuando mi
-fantasía, como un borracho que recobra la claridad de sus sentidos,
-empezó a presentarme lo pasado. Esta imagen era la de la huérfana, a
-quien supuse corriendo sin cesar por campos y ciudades, buscando lo que
-no había de encontrar. ¿Acaso el tormento de ella no era tan grande o
-quizás mayor que el mío? Pero yo no me hacía cargo de esto; y lejos de
-sentir lástima de mi víctima, echaba leña a la hoguera de mis rencores,
-discurriendo mil defectos y fealdades en el carácter de la hermana de
-Salvador, para deducir que sus angustias le estaban muy bien merecidas.
-¡Qué desatinos tan horribles pensé con este motivo! Parece mentira que
-la exaltación de mi ánimo me llevara hasta los últimos desvaríos, hasta
-el sacrilegio y la blasfemia.</p>
-
-<p>«Es muy posible —decía yo— que mis horribles angustias hayan sido
-causadas por las<span class="pagenum" id="Page_213">p. 213</span>
-maldiciones de esa mujer. Al verse engañada habrá pedido a Dios mi
-castigo, y Dios, no hay duda, hace caso de los hipócritas... ¡Ah, los
-hipócritas! ¡Perversa raza! Son capaces con sus fingidas lágrimas de
-engañar al mismo Dios y compelerle a castigar a los buenos.»</p>
-
-<p>A estas horrorosas ideas, hijas de una turbada razón, añadía
-otras quizás más sacrílegas. Mi enfermedad, que parecía un aviso del
-cielo, no me había corregido; antes bien, cuando resucité estaba más
-intolerante, más soberbia, y proyectaba nuevos planes para vencer la
-tenaz contrariedad de mi destino. Lejos de desconfiar de mis fuerzas y
-de acobardarme, tenía fe mayor en ellas y me vanagloriaba suponiendo
-una inmediata victoria.</p>
-
-<p>«Me han ocurrido tantos desastres —decía— porque he sido una tonta.
-Pero ahora..., ¡oh!, ahora, yo me juro a mí misma que moriré o he de
-atraparle... Iré a Cádiz.»</p>
-
-<p>Cuando esto decía, finalizaba julio y la temperatura de Sevilla era
-irresistible. El médico me ordenó que buscase en la costa aires más
-templados.</p>
-
-<p>Los franceses se habían establecido ya en Sevilla, donde reinaba
-un orden perfecto. En toda España, y principalmente en algunos puntos
-privilegiados de la tragedia, como Manresa y la Coruña, corría la
-sangre a raudales. Los dos furibundos partidos se herían mutuamente
-con impía crueldad. Pero los ejércitos de ambas naciones no habían
-empeñado ninguna lucha verdaderamente marcial y grandiosa. El nuestro
-se desbandaba como un rebaño sin pastores,<span class="pagenum"
-id="Page_214">p. 214</span> y el francés iba ocupando las ciudades
-desguarnecidas y dominando todo el país sin trabajo y sin heroísmo,
-sin sangre y sin gloria. Sus victorias eran ramplonas y honradas; su
-proceder dentro de los pueblos, templado y noble. Era aquel ejército
-como su jefe, leal y sin genio; un ejército apreciable, compuesto de
-cien mil buenos sujetos que no conocían el saqueo, pero tampoco la
-gloria. ¡Detestable suerte la de España!... ¡Haber hecho temblar al
-coloso, y sucumbir ante un hijo del conde de Artois, ante un pobre
-emigrado de Gante!</p>
-
-<p>¡A Cádiz, a Cádiz! Estas palabras compendiaban todo mi pensamiento
-en aquellos días. Empecé a disponer mi viaje con gran prisa, y a
-principios de agosto nada tenía que hacer ya en Sevilla.</p>
-
-<p>Mi belleza recobraba al fin su esplendor. Y no era esto poco
-triunfo, porque me había quedado como un espectro. ¡Con cuánto alborozo
-veía yo despuntar de día en día la animación, la gracia, la frescura,
-la viveza, todos los encantos de mi fisonomía, que iban mostrándose
-como flores que se abren al cariñoso amor del sol! Yo no cesaba de
-mirarme al espejo para observar los progresos de mi restauración, y
-casi, casi estoy por decir que me encontraba más guapa que antes de mi
-enfermedad. Perdóneseme este orgullo vano; pero si Dios me hizo así, si
-me dio hermosura y gracias, ¿por qué no he de decirlo para que lo sepan
-los que no tuvieron la dicha de conocerme?</p>
-
-<p>El conde de Montguyon se me presentó en el momento de partir para
-Cádiz. ¡Oh, feliz encuentro!<span class="pagenum" id="Page_215">p.
-215</span> Mi don Quijote, que había sido ascendido a jefe de brigada,
-me acompañó en casi todo el camino de Sevilla a la costa, mostrándose
-en extremo orgulloso por creer próximo el momento de mi definitiva
-conquista, y yo cuidaba no poco de confirmarle en esta creencia,
-porque quería tenerle muy dispuesto a servirme en negocios difíciles.
-Hablamos también de política y de la Ordenanza de Andújar, en que Su
-Alteza recomendaba la mayor templanza a los absolutistas, habiéndoles
-disgustado por esto. Pero el tema más agradable a mi caballero era el
-amor.</p>
-
-<p>Según se expresaba, su bello ideal estaba a punto de realizarse. El
-país ardiente, el territorio pintoresco, la dama hermosa, nada faltaba
-para que la leyenda fuese completa. Pero yo, esmerándome en fomentar
-sus esperanzas, era sumamente avara de concesiones. Mi Ordenanza de
-Andújar prescribía también la moderación. Ya me había yo instalado en
-el Puerto cuando, apremiada por el conde, le revelé la causa de mis
-ardientes deseos de penetrar en Cádiz.</p>
-
-<p>—Un hombre —le dije— que antes poseía mi confianza, administrando
-los bienes de mi casa; un mayordomo que supo servirme algún tiempo
-lealmente para engañarme después con más seguridad, huyó de Madrid,
-robándome gran cantidad de dinero, muchas alhajas de valor y documentos
-preciosos. Ese hombre está en Cádiz...</p>
-
-<p>—Pero en Cádiz hay tribunales de justicia, hay autoridades...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_216">p. 216</span>—En Cádiz no hay
-más que un gobierno moribundo, que para prolongar su vida entre agonías
-se rodea de todos los pillos.</p>
-
-<p>—Sin embargo, señora, un ladrón de semejante estofa no puede ser
-patrocinado por nadie. Horribles cosas se ven en las guerras civiles;
-pero nosotros los franceses entraremos en Cádiz.</p>
-
-<p>—Esa es mi esperanza.</p>
-
-<p>—¿No tiene usted valimiento con los ministros liberales?</p>
-
-<p>—Ninguno. Mi nombre solo les sonará a proclama realista.</p>
-
-<p>—Entonces....</p>
-
-<p>—Cuento con la protección de los jefes del ejército francés.</p>
-
-<p>—Y con los servicios de un leal amigo... El objeto principal es
-detener al ladrón.</p>
-
-<p>—¡Detenerle y amarrarle y arrastrarle! —exclamé con furor—. Pero
-deseo hacer mi justicia a espaldas de la curia, porque aborrezco los
-pleitos, aun cuando los gane.</p>
-
-<p>—¡Oh!, eso es muy español. Se trata, pues, de cazar a un hombre;
-¿por ventura eso es fácil todavía?</p>
-
-<p>—Fácil no.</p>
-
-<p>—Y para una dama...</p>
-
-<p>—Pero yo no estoy sola. Tengo servidores leales que solo esperan una
-orden mía para...</p>
-
-<p>—Para matar...</p>
-
-<p>—No tanto —dije riendo—. Esto le parecerá a usted leyenda,
-novela, romance o lo que quiera; pero no, mis propósitos no son tan
-trágicos.</p>
-
-<p>—Lo supongo... pero siempre serán interesantes...<span
-class="pagenum" id="Page_217">p. 217</span> ¿Ha dejado usted criados en
-Sevilla?</p>
-
-<p>—Uno tengo a mis órdenes. Le mandé por delante, y en Cádiz está
-ya.</p>
-
-<p>—¿Vigilando...?</p>
-
-<p>—Acechando.</p>
-
-<p>—Bien: le seguirá de noche embozado hasta las cejas, espiará sus
-acciones, se informará de su método de vida. ¿Y ese criado es fiel?</p>
-
-<p>—Como un perro... Examinemos bien mi situación, señor conde. ¿Se
-puede entrar en Cádiz?</p>
-
-<p>—Es muy difícil, señora, sobre todo para los que son sospechosos al
-gobierno liberal.</p>
-
-<p>—¿Y por mar?</p>
-
-<p>—Ya sabe usted que en la bahía tenemos nuestra escuadra.</p>
-
-<p>—¿Cuándo tomarán ustedes la plaza?</p>
-
-<p>—Pronto. Esperamos a que venga Su Alteza para forzar el sitio.</p>
-
-<p>—¿Y podrán escaparse los milicianos y el gobierno?</p>
-
-<p>—Es difícil saberlo. Ignorarnos si habrá capitulación; no sabemos el
-grado de resistencia que presentarán los insurgentes.</p>
-
-<p>—¡Oh! —exclamé sin saber lo que decía, obcecada por mis pasiones—.
-Ustedes los realistas no sirven para esto. Si Napoleón estuviera aquí,
-amigo mío, mañana, mañana mismo, sí señor, mañana, sería tomada por
-asalto esa ciudad rebelde y pasados a cuchillo los insensatos que la
-defienden.</p>
-
-<p>—Me parece demasiado pronto —dijo Montguyon sonriendo—. En fin,
-comprendo la impaciencia de usted.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_218">p. 218</span>—Sí, quien ha sido
-robada, vilmente estafada, no puede aprobar estas dilaciones que dan
-fuerza al enemigo. Señor conde, es preciso entrar en Cádiz.</p>
-
-<p>—Si de mí dependiera, señora, esta tarde mandaba dar el asalto
-—repuso con entusiasmo—. Sorprendería a la guarnición, encarcelaría a
-los diputados y a las Cortes, y pondría en libertad al rey.</p>
-
-<p>—Ya eso no me importa tanto —dije en tono de conquistador—. Yo
-entraría al asalto sorprendiendo la guarnición. Dejaría, a los
-diputados que hicieran lo que les acomodase, mandaría al rey a
-paseo...</p>
-
-<p>—¡Señora!...</p>
-
-<p>—Buscaría a mi hombre, revolvería todos los rincones, todos
-los escondrijos de Cádiz hasta encontrarle... y después que le
-hallara...</p>
-
-<p>—Después...</p>
-
-<p>—Después, señor conde... ¡Oh!, mi sangre se abrasa...</p>
-
-<p>—En los divinos ojos de usted, Jenara —me dijo—, brilla el fuego de
-la venganza. Parece usted una Medea.</p>
-
-<p>—No me impulsan los celos —dije serenándome.</p>
-
-<p>—Una Judith.</p>
-
-<p>—Ni la idea política.</p>
-
-<p>—Una...</p>
-
-<p>—Parezca lo que parezca, señor conde, es preciso entrar en Cádiz.</p>
-
-<p>—Entraremos.</p>
-
-<p>—¿No sirve usted ahora en el Estado Mayor del general Bourmont?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_219">p. 219</span>—En él estoy a
-las órdenes de la que es imán de mi vida —repuso poniendo los ojos en
-blanco.</p>
-
-<p>—¿Será Bourmont nombrado comandante general de Cádiz, luego que la
-plaza se rinda?</p>
-
-<p>—Así se dice.</p>
-
-<p>—¿Hará usted prender a mi mayordomo?...</p>
-
-<p>—Le haré fusilar...</p>
-
-<p>—¿Me lo entregará atado de pies y manos?</p>
-
-<p>—Siempre que no huya antes, sí, señora.</p>
-
-<p>—¡Huir! Pues qué, ¿tendrá ese hombre la vileza de huir, de no
-esperar?...</p>
-
-<p>—El criminal, amiga mía de mi corazón, pone su seguridad ante
-todo.</p>
-
-<p>—¿No dice usted que hay una especie de escuadra?</p>
-
-<p>—Una escuadra en toda regla.</p>
-
-<p>—¿Pues de qué sirven esos barcos, señor mío —dije de muy mal
-talante—, si permiten que se escape... ese?</p>
-
-<p>—Quizás no se escape.</p>
-
-<p>—¿De qué sirve la escuadra? —añadí con la más viva inquietud—.
-¿Quién es el almirante que la manda? Yo quiero ver a ese almirante,
-quiero hablar con él...</p>
-
-<p>—Nada más fácil; pero dudo...</p>
-
-<p>—Me ocurre que si hay capitulación, será más fácil atraparle...</p>
-
-<p>—¿Al almirante?</p>
-
-<p>—No; a... a ese.</p>
-
-<p>—Sin duda. En tal caso se quedaría tranquilo en Cádiz, al menos por
-unos días.</p>
-
-<p>—Bien, muy bien. Si hay capitulación, arreglo, perdón de vidas
-y libertad para todos...<span class="pagenum" id="Page_220">p.
-220</span> Señor conde, aconsejaremos al príncipe que capitule... ¡Pero
-qué tonterías digo!</p>
-
-<p>—Está patente en su espíritu de usted la obsesión de ese asunto.</p>
-
-<p>—¡Oh!, sí. No puedo pensar en otra cosa. El caso es grave. Si no
-consigo apoderarme de ese hombre... no sé... creo que me costará la
-vida.</p>
-
-<p>—Yo también le aborrezco... ¡Hombre maldito!... Pero le cogeremos,
-señora. Me pongo al servicio de este gran propósito con la sumisión de
-un esclavo. ¿Acepta usted mi cooperación?</p>
-
-<p>Al decir esto, me besaba la mano.</p>
-
-<p>—La acepto, sí, hombre generoso y leal, la acepto con gratitud y
-profundo cariño.</p>
-
-<p>Al decir esto, yo ponía en mi semblante una sensibilidad capaz de
-conmover a las piedras, y en mis pestañas temblaba una lágrima.</p>
-
-<p>—Y entonces —añadió Montguyon con voz turbada—, cuando nuestro
-triunfo sea seguro, ¿podré esperar que el hueco que se me destina en
-ese corazón no sea tan pequeño?</p>
-
-<p>—¿Pequeño?</p>
-
-<p>—Si es evidente, por confesión de él mismo, que ya tengo una parte
-en sus sublimes afectos, ¿no puedo esperar...?</p>
-
-<p>—¿Una parte? ¡Oh! no. Todo, todo.</p>
-
-<p>El inflamado galán abrió sus brazos para estrecharme en ellos;
-pero evadí prontamente aquella prueba de su insensato ardor, y
-poniéndome primero seria y después amable, con una especie de enojo
-gracioso y virtud tolerante, le dije que ni Zamora ni yo podíamos ser
-ganadas en una hora. Al decir esto, violentos<span class="pagenum"
-id="Page_221">p. 221</span> cañonazos me hicieron estremecer y corrí al
-balcón.</p>
-
-<p>—Son los primeros tiros de las baterías que se han armado para
-atacar el Trocadero —me dijo el conde.</p>
-
-<p>—¿Y esas bombas van a Cádiz?—pregunté poniendo inmenso interés en
-aquel asunto.</p>
-
-<p>—Van al Trocadero.</p>
-
-<p>—¿Y qué es eso?</p>
-
-<p>—Un fuerte que está en medio de las marismas.</p>
-
-<p>—¿Y allí están...?</p>
-
-<p>—Los liberales.</p>
-
-<p>—¿Muchos?</p>
-
-<p>— Mil y quinientos hombres.</p>
-
-<p>—¿Paisanos?</p>
-
-<p>—Hay muchos paisanos y milicianos.</p>
-
-<p>—¡Oh!, morirá mucha gente.</p>
-
-<p>—Eso es lo que deseamos. Parece que siente usted gran pena por
-ello.</p>
-
-<p>—La verdad —repuse, ocultando los sentimientos que bruscamente me
-asaltaban—, no me gusta que muera gente.</p>
-
-<p>—A excepción de su enemigo.</p>
-
-<p>—Ese..., pero ¿estará en el Trocadero?</p>
-
-<p>—¡Quién sabe!... Está usted aterrada.</p>
-
-<p>—¡Oh!, yo quiero ir al Trocadero.</p>
-
-<p>—Señora...</p>
-
-<p>—Quiero ir al Trocadero.</p>
-
-<p>—Eso mismo deseamos nosotros —me dijo riendo—, y para conseguirlo
-enviaremos por delante algunos centenares de bombas.</p>
-
-<p>—¿Dónde está el Trocadero? —pregunté corriendo otra vez a la
-ventana.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_222">p. 222</span>—Allí —dijo
-Montguyon asomándose y alargando el brazo.</p>
-
-<p>Hízome explicaciones y descripciones muy prolijas de la bahía
-y de los fuertes; pero bien comprendí que antes que mostrar sus
-conocimientos deseaba estar cerca de mí, aproximando bastante su cabeza
-a la mía, y embriagándose con el calor de mi rostro y con el roce de
-mis cabellos.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch33">
- <h2 class="nobreak g0">XXXIII</h2>
-</div>
-
-<p>¡Qué aparato desplegaron contra aquellas fortalezas que se alzan
-entre charcos salubres y que llevan por nombre el Trocadero! Desde que
-llegó Su Alteza a mediados de agosto, no hacían más que disparar bombas
-y balas contra los fuertes, esperando abrir brecha en sus gloriosos
-muros. ¡Figúrese el buen lector mi aburrimiento! Considere con cuánta
-tristeza y tedio vería yo pasar día tras día sin más distracción que
-oír los disparos y ver por las noches las majestuosas curvas de los
-proyectiles. Me consumía en mi casa del Puerto sin tener noticias
-del interior de Cádiz, ni esperanza de poder penetrar en la plaza.
-Ni parecía aquello guerra formal y heroica como creía yo que debían
-de ser las guerras, y como las que vi en mi niñez y en tiempo del
-Imperio. Casi todo el ejército sitiador estaba con los brazos cruzados:
-los oficiales paseaban fumando; los soldados<span class="pagenum"
-id="Page_223">p. 223</span> hacían menos pesado el tiempo con bailoteo
-y cantos.</p>
-
-<p>No debo pasar en silencio que el duque del Infantado, que llegó
-de Madrid en aquellos días, me llevó a visitar a Su Alteza, nuestro
-salvador y el ángel tutelar de la moribunda España por aquellos días.
-Luis Antonio era un rubio desabrido, cuyo semblante respiraba honradez
-y buena fe; pero la aureola del genio no circundaba su frente. Fuera de
-aquel sitio, lejos de aquella deslumbradora posición y con otro nombre,
-el hijo del conde de Artois habría sido un joven de buen ver; mas no
-en tal manera que por su aspecto descollase entre la muchedumbre.
-Para hallar en él lo que realmente le distinguía era preciso que
-un trato frecuente hiciese resaltar las perfecciones morales de su
-alma privilegiada, su lealtad sin tacha y aquel levantado espíritu
-caballeresco sin quijotismo que le hacía estimable en la corte de
-Francia. Era valiente, humanitario, cortés, puntual y riguroso en el
-cumplimiento del deber. Si estas cualidades no eran suficientes a
-formar un gran guerrero, ¿qué importaba? La pericia militar diéronsela
-sus prácticos generales y nuestros desaciertos, que fueron el principal
-estro marcial de la segunda invasión.</p>
-
-<p>Recibiome Angulema con la más fina delicadeza y urbanidad; pero
-de todas sus cortesanías la que más me agradó fue la de disponer el
-asalto del Trocadero. «¡Al fin, al fin —exclamaba yo—, será nuestro el
-horrible fuerte que nos abrirá las puertas de Cádiz!»</p>
-
-<p>El 19 abrieron brecha; pero hasta la noche<span class="pagenum"
-id="Page_224">p. 224</span> del 30 no se dio el asalto, habiéndose
-guardado secreto sobre esto en los días anteriores, aunque yo lo
-supe por el conde de Montguyon, que no me ocultaba nada referente a
-las operaciones. ¡Noche terrible la del 30 al 31 de agosto! Noche
-que me pareció día por lo clara y hermosa, así como por el estrépito
-guerrero que en ella resonara y las acciones heroicas dignas de ser
-alumbradas por el sol... Apretado fue el lance del asalto, según oí
-contar, y Su Alteza y el príncipe de Carignan se portaron bravamente,
-combatiendo como soldados en los sitios más peligrosos. No fue el hecho
-del Trocadero una de aquellas páginas de epopeya que ilustraron el
-Imperio: fue más bien lo que los dramaturgos franceses llaman <i>succès
-d’estime</i>, un éxito que no tiene envidiosos. Pero a la Restauración
-le convenía cacarearlo mucho, ciñendo a la inofensiva frente del duque
-los laureles napoleónicos; y se tocó la trompa sobre este tema hasta
-reventar, resultando del entusiasmo oficial que no hubo en Francia
-calle ni plaza que no llevase el nombre del <i>Trocadero</i>, y hasta
-el famoso arco de la Estrella, en cuyas piedras se habían grabado los
-nombres de Austerlitz y Wagram, fue durante algún tiempo <i>Arco del
-Trocadero</i>.</p>
-
-<p>Yo me había trasladado a Puerto Real para estar más cerca. En
-la mañana del 31, cuando vi pasar a los prisioneros hechos en los
-fuertes, me sentí morir de zozobra. Entre aquellas caras atezadas a
-cada instante creía ver la suya. Largo rato tardaron en pasar, porque
-eran más de mil entre paisanos y militares.<span class="pagenum"
-id="Page_225">p. 225</span> Creo que los miré uno por uno; y al fin,
-cuando ya quedaban pocos, redoblé mi atención. ¡Oh misericordioso
-Dios, qué estupendas cosas permites! En la última fila, casi solo, más
-abatido, más quemado del sol, más demacrado, con los vestidos más rotos
-que los demás, pasó él, él mismo... no podía dudarlo, porque le estaba
-viendo, viendo, sí, con mis propios ojos arrasados de lágrimas. Llevaba
-la mano izquierda en cabestrillo, hecho con un andrajo, y su paso era
-inseguro y como dolorido, sin duda por tener lleno de contusiones el
-cuerpo. Al verle extendí los brazos y grité con toda la fuerza de
-mi voz. Mi enamorada exclamación hizo volver la cabeza a todos los
-que iban delante y a los curiosos que le rodeaban. Él, alzando los
-amortiguados ojos, me miró con expresión tan triste, que sentí partido
-mi corazón y estuve a punto de desmayarme. Creo que pronunció algunas
-palabras; pero no oí sino un adiós tan lúgubre como campanada funeral,
-y movió la mano en ademán de cariñoso saludo, y pasó, desapareciendo
-con los demás en una vuelta del camino.</p>
-
-<p>Mi primera intención fue correr tras él: pero en la casa me
-detuvieron. Cuando serenamente me hice cargo de la situación, formé
-diversos planes; pero todos los desechaba al punto por descabellados.
-Pensándolo bien, comprendí que no era tan difícil conseguir su
-libertad. Me congratulaba de que al cabo de tantas fatigas el destino
-me le presentara prisionero, para poder decir con más calor que nunca:
-«Ahora sí que no se me puede escapar.»</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch34">
- <p><span class="pagenum" id="Page_226">p. 226</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XXXIV</h2>
-</div>
-
-<p>Envié recados al conde de Montguyon; pero no se le podía encontrar
-por ninguna parte. Unos decían que estaba en el Trocadero, otros que
-en el Puerto, otros que había ido a las fragatas con una comisión. Por
-último, averigüé con certeza su paradero, y le escribí una carta muy
-cariñosa. Mas pasó un día, pasaron dos, y yo me moría de impaciencia,
-sin poder ver al prisionero, ni aun saber dónde le habían llevado. El
-conde, robando al fin un rato a sus quehaceres, vino a verme el día
-4. Yo estaba otra vez medio loca; no tenía humor para hacer papeles,
-y espontáneamente dejaba que se desbordasen los sentimientos de mi
-corazón.</p>
-
-<p>—¡Oh, cuánto me alegro de ver a usted! —le dije—. Si usted no viene
-pronto, señor conde, me hubiera muerto de pena.</p>
-
-<p>Con estas palabras, que creyó dictadas por un vivo interés hacia
-él, se puso el noble francés un poco chispo, que así denomino yo al
-embobamiento de los hombres enamorados. Se deshizo en galanterías,
-a las cuales daba cierto tono de intimidad cargante, y después me
-dijo:</p>
-
-<p>—Pronto, muy pronto, libertaremos a Su Majestad el rey de
-España, y entraremos en Cádiz. El sol de ese día, señora, ¡cuán
-alegremente brillará sobre toda España, y especialmente sobre nuestros
-corazones!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_227">p. 227</span>—Mi estimado amigo
-—indiqué riendo—, no diga usted tonterías.</p>
-
-<p>Montguyon se quedó cortado.</p>
-
-<p>—Basta de tonterías —añadí— y óigame usted lo que voy a decirle. Ya
-he encontrado al hombre que buscaba...</p>
-
-<p>—¿Dónde... cómo... ese malvado?</p>
-
-<p>—No es malvado.</p>
-
-<p>—¿Cómo no? Me dijo usted que le había robado sus alhajas.</p>
-
-<p>—¡No es ese... por Dios! ¿Cuándo entenderá usted las cosas al
-derecho?</p>
-
-<p>—Siempre que no se me expliquen al revés.</p>
-
-<p>—He encontrado a ese hombre... Pero entendamos. ¿No dije a usted que
-había venido delante de mí un fiel criado de mi casa, el cual entró en
-Cádiz?...</p>
-
-<p>—¡Ah! sí... entró para observar los pasos del ladrón.</p>
-
-<p>—Pues ese fiel criado tiene el defecto de ser algo patriota...
-¡debilidades humanas! y como es algo patriota, se puso a pelear en el
-Trocadero por una causa que no le importaba.</p>
-
-<p>—Ya comprendo: y ha caído prisionero. ¿Le ha visto usted?</p>
-
-<p>—Le vi cuando los prisioneros pasaron por aquí, pero no le he visto
-más; y ahora, señor conde, quiero que usted me le ponga en libertad.</p>
-
-<p>—Señora, si Cádiz se rinde pronto, como creo, y todo se arregla,
-espero conseguir lo que usted me pide.</p>
-
-<p>—¡Qué gracia! Para eso no necesito yo de la<span class="pagenum"
-id="Page_228">p. 228</span> amistad de un jefe de brigada —dije con
-enfado—. Ha de ser antes, mañana mismo.</p>
-
-<p>—¡Oh! Señora, usted somete mi amor a pruebas demasiado fuertes.</p>
-
-<p>—¿Quiere usted que dejemos a un lado el amor —le dije, poniéndome
-muy seria— y que hablemos como amigos?</p>
-
-<p>Montguyon palideció.</p>
-
-<p>—¿Esa persona —me dijo— interesa a usted tanto que no puede esperar
-a que concluya la guerra, dando yo mi palabra de que el prisionero será
-bien atendido?</p>
-
-<p>—No basta que sea atendido —afirmé con resolución—. No basta eso:
-quiero su libertad; quiero atenderle yo misma, cuidarle, curar sus
-heridas, tenerle a mi lado, llevarle a sitio seguro...</p>
-
-<p>Me expresé, al decir esto, con vehemencia suma, porque me era ya
-muy difícil contener mi corazón, que iba al galope en busca de las
-anheladas soluciones. El conde me oía con cierto terror.</p>
-
-<p>—¿Tanto interesa a usted —repitió—, tanto interesa a usted... un
-criado?</p>
-
-<p>—No es criado.</p>
-
-<p>—¿Tal vez un anciano servidor de la casa?</p>
-
-<p>—No es anciano.</p>
-
-<p>—¿Un joven?... Supongo que no será el ladrón.</p>
-
-<p>—¿Qué ladrón?</p>
-
-<p>—El ladrón de quien usted me habló...</p>
-
-<p>—¡Ah! No me acordaba... Ya no me ocupo de eso.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_229">p. 229</span>—¿Abandona usted la
-empresa de detener y castigar a ese miserable?</p>
-
-<p>—La abandono.</p>
-
-<p>—¡Qué inconstancia!</p>
-
-<p>—Yo soy así.</p>
-
-<p>—Pero ese, ese otro... ¿interesa a usted tanto...?</p>
-
-<p>—Muchísimo.</p>
-
-<p>—¿Es pariente de usted?</p>
-
-<p>—No. Es compañero de la infancia.</p>
-
-<p>—¿Es militar?</p>
-
-<p>—Paisano, señor conde —dije con el tono de severa autoridad que
-sé emplear cuando me conviene—. Si se empeña usted en ser catecismo,
-buscaré otra persona más galante y más generosa que sepa prestar un
-servicio, economizando las preguntas.</p>
-
-<p>—Creo tener algún derecho a ello —repuso con gravedad.</p>
-
-<p>—No tiene usted ninguno —afirmé con desenfado—, porque este derecho
-yo sola podría darlo, y yo lo niego.</p>
-
-<p>—Entonces, señora —objetó, encubriendo su ira bajo formas urbanas—,
-he padecido una equivocación.</p>
-
-<p>—Si cree usted que le amo, sí. La equivocación no puede ser más
-completa.</p>
-
-<p>Montguyon se levantó. Sus ojos, en los cuales se leía el furor
-mezclado con la dignidad, me dirigieron una mirada que debía ser la
-última. Yo corrí a él, y tomándole la mano le rogué que se sentase a mi
-lado.</p>
-
-<p>—Es usted un caballero —le dije—. Ningún otro ha merecido más que
-usted mi estimación,<span class="pagenum" id="Page_230">p. 230</span>
-lo juro. Dios sabe que al decir esto hablo con el corazón.</p>
-
-<p>— Dios lo sabrá —repuso Montguyon muy afligido—; mas para mí, y de
-aquí en adelante, las palabras de usted están escritas en el agua.</p>
-
-<p>—Considere las que le diga hoy como si estuvieran grabadas en
-bronce. La que confiesa hechos que no le favorecen, ¿no tiene derecho a
-ser creída?</p>
-
-<p>—A veces sí. Confiéseme usted que su conducta conmigo no ha sido
-leal.</p>
-
-<p>—Lo confieso —repliqué bajando los ojos, y realmente avergonzada.</p>
-
-<p>—Confiese usted que yo no merecía servir de juguete a una mujer
-voluntariosa.</p>
-
-<p>—También es cierto.</p>
-
-<p>—Declare usted que ama a otro.</p>
-
-<p>—¡Oh!, sí, lo declaro con todo mi corazón, y si cien bocas tuviera,
-con todas lo diría.</p>
-
-<p>El leal caballero se quedó atónito y espantado. Estaba, como ellos
-dicen, <i>foudroyé</i>. Durante breve rato no me dijo nada; pero
-yo comprendí su martirio y le tenía lástima. ¡Oh, qué mala he sido
-siempre!</p>
-
-<p>—Ese hombre... —murmuró Montguyon—, ese hombre...</p>
-
-<p>—Ahora, reconociéndome culpable, reconociéndome inferior a usted
-—dije—, le autorizo para que me abrume a preguntas, si gusta, y aun
-para que me eche en cara mi ligereza.</p>
-
-<p>—Ese hombre... —prosiguió el francés—. Perdone usted; pero nada es
-más curioso que la desgracia. El amor desairado quiere tener<span
-class="pagenum" id="Page_231">p. 231</span> miles de ojos para sondear
-las causas de su desdicha. Ese hombre... ¿quién es?</p>
-
-<p>—Un hombre.</p>
-
-<p>—¿De familia ilustre?</p>
-
-<p>—No, señor: de origen muy humilde.</p>
-
-<p>—¿Le ama usted hace tiempo?</p>
-
-<p>—Hace mucho tiempo.</p>
-
-<p>—Él... ¿la ama a usted?</p>
-
-<p>—No estoy muy segura de ello.</p>
-
-<p>—¡Oh! ¡Qué iniquidad! Es un miserable.</p>
-
-<p>—Un ingrato, y es bastante.</p>
-
-<p>—¿Y a pesar de su ingratitud le ama usted?</p>
-
-<p>—Tengo esa debilidad, que no puedo dominar.</p>
-
-<p>—Aborrézcale usted.</p>
-
-<p>—Si fuera fácil... Difícil cosa es esa.</p>
-
-<p>—¡Es verdad, difícil cosa! —exclamó Montguyon con tristeza—. ¿Y ese
-hombre...?</p>
-
-<p>—¿Pero hay más preguntas todavía?</p>
-
-<p>—No, ya no más. Me basta lo que sé, y me retiro.</p>
-
-<p>—Se conduce usted como un cualquiera —le dije afectuosa,
-deteniéndole—. Me abandona, precisamente cuando mi sinceridad merece
-alguna recompensa. ¿Será posible que cuando yo empiezo a tener
-franqueza, deje usted de tener generosidad?</p>
-
-<p>—¡Oh! señora, toca usted una fibra de mi corazón que siempre
-responde, aun cuando la hieran con un puñal.</p>
-
-<p>—Sí, sí, amigo mío. Es usted generoso y noble en gran manera. Para
-que la diferencia entre los dos sea siempre grande, para que usted
-sea siempre un caballero y yo una miserable,<span class="pagenum"
-id="Page_232">p. 232</span> págueme usted como pagan en todas ocasiones
-las almas elevadas. Pues yo me he portado mal, pórtese usted bien
-conmigo. Haga cada cual su papel. Cumpla usted el precepto que manda
-volver bien por mal. Así crecerá más a mis ojos; así me abatiré yo más
-a los suyos; así su generosidad será mayor y mi culpa también, y usted
-tendrá en su vida una página más gloriosa que la victoria que acaba de
-alcanzar frente al enemigo.</p>
-
-<p>—Comprendo lo que usted me dice —murmuró el francés, descansando por
-breve rato su frente en la palma de la mano—. Yo seré siempre digno de
-mi nombre.</p>
-
-<p>—¡Caballero leal antes, ahora y siempre!</p>
-
-<p>—Bien, señora —dijo levantándose y alargándome la mano, que estreché
-cordialmente—. Lo que usted desea de mí es bastante claro.</p>
-
-<p>—Sí.</p>
-
-<p>—Y yo —añadió con manifiesta emoción— empeño mi palabra de
-honor...</p>
-
-<p>—¡Oh! Lo esperaba, lo esperaba.</p>
-
-<p>—Bajo mi palabra de honor, haré cuanto esté en mi mano para devolver
-a usted la felicidad, entregándole a su amante.</p>
-
-<p>—Gracias, gracias —exclamé derramando lágrimas de admiración y
-agradecimiento.</p>
-
-<p>Saludándome ceremoniosamente, el conde se retiró. De buena gana le
-habría dado un abrazo.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch35">
- <p><span class="pagenum" id="Page_233">p. 233</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XXXV</h2>
-</div>
-
-<p>¡Cuántos días pasaron! Yo contaba las horas, los minutos, como
-si de la duración de ellos dependiese mi vida. Entre españoles y
-franceses era opinión corriente que la guerra acabaría pronto, que
-Cádiz expiraba, que las Cortes se morían por momentos. Sin embargo,
-aún resistía el gobierno liberal y sus secuaces, como la bestia herida
-que no quiere soltar su presa mientras tenga un hálito de existencia.
-Esta constancia no carecía de mérito, y lo tendría mayor si se empleara
-en causa menos perdida. ¡Inútil sacrificio! No tenían hombres, porque
-los alistamientos no producían efecto. No tenían dinero, porque el
-empréstito que levantaron en Londres produjo... una libra esterlina.
-Yo creo que si mi espíritu hubiera estado en disposición de admirar
-algo, habría admirado la perseverancia de aquel gobierno que no pudo
-encontrar en toda Europa quien le prestase más de cinco duros.</p>
-
-<p>Mi deseo era que se rindiese todo el mundo, que el rey y la nación
-arreglasen pronto sus diferencias, aunque las arreglaran devorándose
-mutuamente. Yo quería tener el campo libre para el desenlace de mi
-campaña amorosa, que veía ya seguro y feliz.</p>
-
-<p>Casi todo septiembre lo pasaron Angulema y las Cortes en dimes
-y diretes. Mil recados atravesaban la bahía en un bote; callaban
-los<span class="pagenum" id="Page_234">p. 234</span> cañones para que
-hablaran los parlamentarios. Tales comedias me ponían furiosa, porque
-no se decidía la suerte de los infelices prisioneros del Trocadero, que
-habían sido repartidos entre los Dominicos del Puerto y la Cartuja de
-Jerez.</p>
-
-<p>Montguyon me visitó el 12 para informarme de que había visto al
-prisionero, cuyo nombre y señas le había dado yo oportunamente.</p>
-
-<p>—Está sumamente abatido y melancólico —me dijo—. Se ha negado a
-recibir los auxilios pecuniarios que le ofrecí de parte de usted; pero
-se ha mostrado muy agradecido. Al oír que Jenara tenía gran empeño
-en conseguir su libertad, pareció muy turbado, pronunciando palabras
-sueltas cuyo sentido no pude comprender.</p>
-
-<p>—¿Y no desea verme?</p>
-
-<p>—Parece que lo desea ardientemente.</p>
-
-<p>—¡Oh! ¡Estas dilaciones son horribles! ¿Y qué más dijo?</p>
-
-<p>—Cosas tristes y peregrinas. Afirma que desea la libertad para
-conseguir por ella el destierro.</p>
-
-<p>—¡El destierro!</p>
-
-<p>—Dice que aborrece a su país, y que la idea de emigración le
-consuela.</p>
-
-<p>—Le conozco, sí... Esa idea es suya.</p>
-
-<p>Otras cosas me dijo el conde; pero se referían al trato que se daba
-a los prisioneros y a las excepciones ventajosas que él estableciera
-en beneficio de mi amado. ¡Cuánto le agradecí sus delicadezas!
-Mientras viva tendré buenos recuerdos de hombre tan caballeroso y
-humanitario.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_235">p. 235</span>Interrumpidos
-los tratos por la terquedad de las Cortes, tomó de nuevo la palabra
-el cañón, y el día 20 fue ganado por los franceses, con otro brioso
-asalto, el castillo de Sancti-Petri. Después de este hecho de armas
-Angulema habló fuerte a los tenaces liberales, pegados como lapas a
-la roca constitucional, y les amenazó con pasar a cuchillo a toda la
-guarnición de Cádiz si Fernando VII no era puerto inmediatamente en
-libertad. El 26 se sublevó contra la Constitución el batallón de San
-Marcial, que guarnecía la batería de Urrutia en la costa; y la armada
-francesa, secundando el fuego de las baterías del Trocadero, arrojaba
-bombas sobre Cádiz. No era posible mayor resistencia. Era una tenacidad
-que empezaba a confundirse con el heroísmo, y la Constitución moría
-como había nacido, entre espantosa lluvia de balas, saludada en su
-triste ocaso, como en su dramático oriente, por las salvas del ejército
-francés.</p>
-
-<p>Por fin llegaba el anhelado día.</p>
-
-<p>—Habrá perdón general —decía yo para mí—. Todos los prisioneros
-serán puestos en libertad. Huiremos. ¡Cuán grato es el destierro!
-Comeremos los dos el dulce pan de la emigración, lejos de indiscretas
-miradas, libres y felices fuera de esta loca patria perturbada, donde
-ni aun los corazones pueden latir en paz.</p>
-
-<p>Montguyon me trajo el 29 malas noticias.</p>
-
-<p>—El duque ha resuelto poner en libertad a todos los prisioneros de
-guerra. Pero...</p>
-
-<p>—¿Pero qué?</p>
-
-<p>—Ha dispuesto que sean entregados a las<span class="pagenum"
-id="Page_236">p. 236</span> autoridades españolas los individuos que en
-Cádiz desempeñaban comisiones políticas.</p>
-
-<p>—¿Él está comprendido?</p>
-
-<p>—Sí, señora. Desgraciadamente, se tienen de él las peores noticias.
-Había recorrido los pueblos alistando gente por orden de Calatrava;
-había venido desde Cataluña con órdenes de Mina para realizar
-asesinatos de franceses. Había organizado las partidas de gente soez
-que en el tránsito de Sevilla a Cádiz insultaron a Su Majestad.</p>
-
-<p>—¡Oh, eso es falso, falso, mil veces falso! —grité sin poder
-contener mi indignación.</p>
-
-<p>Y en efecto, tales suposiciones eran infames calumnias.</p>
-
-<p>—Ha llegado al Puerto de Santa María —añadió Montguyon— el señor don
-Víctor Sáez, Secretario de Estado. ¿Por qué no le ve usted?</p>
-
-<p>—No quiero nada con hombres de ese jaez —repuse con enojo—. Usted me
-ha dado su palabra de honor; usted ha empeñado su nombre de caballero,
-y con usted solo debo contar. ¡Oh, señor conde!, si mi prisionero es
-entregado a la brutalidad de las autoridades españolas, sedientas hoy
-de sangre y de venganza, sospecharé que usted me hace traición.</p>
-
-<p>Palideció el caballero francés. Dirigiéndome una mirada desdeñosa,
-me dijo al despedirse:</p>
-
-<p>—Todavía, señora, no sabe usted quién soy yo.</p>
-
-<p>A pesar de mis propósitos, determiné visitar a Sáez, porque bueno
-es tener amigos aunque sea en el infierno. Vencí mis recientes
-antipatías, y tomando un coche me encaminé al<span class="pagenum"
-id="Page_237">p. 237</span> Puerto de Santa María. Era el 1.º de
-octubre, día solemne en los fastos españoles.</p>
-
-<p>Hallé al buen canónigo más soplado y presuntuoso que nunca, como
-todo aquel que se ve en altura a donde nunca debió llegar; pero contra
-lo que yo esperaba, recibiome afablemente, y no me dijo una sola
-palabra acerca de mi conversión al absolutismo. Parecía no dar valor a
-estas pequeñeces, y ocuparse tan solo, como Jiménez de Cisneros, en los
-negocios públicos de ambos mundos.</p>
-
-<p>—Hoy es día placentero, señora, día feliz entre todos los días
-felices de la tierra —me dijo—. Su Majestad don Fernando, ese ilustre
-mártir de los excesos revolucionarios, es ya libre.</p>
-
-<p>—¿Ya?</p>
-
-<p>—Hoy nos le entregan. Al fin han comprendido esos locos que su
-resistencia les podría costar muy cara, pero muy cara. El duque tiene
-malas moscas.</p>
-
-<p>—Felicitémonos, señor don Víctor —dije con afectado entusiasmo—, de
-esta solución lisonjera. España y el mundo están de enhorabuena. Mas
-para que se completara la dicha, convendría que tantas y tan graves
-heridas no se ensañasen con la venganza y la crueldad del partido
-vencedor, y que un generoso olvido de los errores pasados inaugurase la
-venturosa era que empieza hoy.</p>
-
-<p>—Así será, señora —repuso sonriendo de un modo que me pareció algo
-hipócrita—. Su Majestad ha dado ayer en Cádiz un manifiesto en que
-ofrece perdonar a todo el mundo y no acordarse para nada de los que le
-han ofendido.<span class="pagenum" id="Page_238">p. 238</span> ¡Cuánta
-magnanimidad! ¡Cuánta nobleza!</p>
-
-<p>—¡Oh, sí, conducta digna de un descendiente de cien reyes, digna de
-quien da el perdón y del pueblo que la recibe! Si Fernando cumple lo
-que promete, será grande entre todos los reyes de España.</p>
-
-<p>—Lo cumplirá, señora, lo cumplirá.</p>
-
-<p>Aunque no tenía gran confianza en las afirmaciones de Sáez, di
-crédito a estos propósitos por creerlos inspiración del duque de
-Angulema.</p>
-
-<p>Invitome luego a presenciar el desembarco de Su Majestad, a lo
-que accedí muy gustosa. Nos trasladamos al muelle, y habiendo sido
-colocada por un oficial francés en sitio muy conveniente para ver todo,
-presencié aquel acto, que debía ser uno de los más notables recodos,
-uno de los más bruscos ángulos de la historia de España en el tortuoso
-siglo presente.</p>
-
-<p>¡Espectáculo conmovedor! La regia falúa, cuyo timón gobernaba el
-almirante Valdés, glorioso marino de Trafalgar, se acercaba al muelle.
-En ella venía toda la familia real, la monarquía histórica secuestrada
-por el liberalismo. La conciliación ideada por cabezas insensatas era
-imposible, y aquellos regios rehenes que la nación había tomado, eran
-devueltos al absolutismo, contra el cual no podían prevalecer aún
-los infiernos de la demagogia. En una lancha volvían del purgatorio
-constitucional las ánimas angustiadas del rey y los príncipes.</p>
-
-<p>Mientras el victorioso despotismo recobraba sus personas sagradas,
-allá lejos, sobre la gloriosa<span class="pagenum" id="Page_239">p.
-239</span> peña inundada de luz y ceñida por coronas de blancas olas,
-los pobres pensadores desesperados, los utopistas sin ilusiones, los
-desengañados patricios lloraban sus errores, y buscando hospitalidad
-en naves extranjeras, se disponían a huir para siempre de la patria a
-quien no habían podido convencer.</p>
-
-<p>Así acaban los esfuerzos superiores a la energía humana, las luchas
-imposibles con monstruos potentes de terribles lazos, y que hunden
-en el suelo sus patas para estar más seguros, como hunde sus raíces
-el árbol. Tal era la contienda con el absolutismo. Querían vencerle
-cortándole las ramas, y él retoñaba con más fuerza. Querían ahogarle,
-y regándole daban jugo a sus raíces. ¡A vosotros, oh venideros días
-del siglo, tocaba atacarlo en lo hondo, arrancándolo de cuajo!... Pero
-advierto que estoy hablando la jerga liberal. ¡Qué horror! Verdad
-es que escribo veinte años después de aquellos sucesos; que ya soy
-vieja, y que a los viejos, como a los sabios, se les permite mudar de
-parecer.</p>
-
-<p>Fernando puso el pie en tierra. Dicen que al verse en suelo firme
-dirigió a Valdés una mirada terrible, una mirada que era un programa
-político: el programa de la venganza. Yo no lo vi, pero debió de ser
-cierto, porque me lo dijo quien estaba muy cerca. Lo que sí puedo
-asegurar es que Angulema, hincando en tierra la rodilla, besó la mano
-al rey; que luego se abrazaron todos; que don Víctor Sáez lloraba
-como un simple, y que los vivas y las exclamaciones de entusiasmo me
-volvieron loca.<span class="pagenum" id="Page_240">p. 240</span> Los
-franceses gritaban, los españoles gritaban también, celebrando la
-feliz resurrección de la monarquía tradicional y la miserable muerte
-del impío constitucionalismo. El glorioso imperio de las <i>caenas</i>
-había empezado. Ya se podía decir con toda el alma: «¡Viva el rey
-absoluto! ¡Muera la nación!»</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch36">
- <h2 class="nobreak g0">XXXVI</h2>
-</div>
-
-<p>Faltaba la solución mía. Mi corazón estaba como el reo cuya
-sentencia no se ha escrito aún. El 1.º de octubre por la tarde y el
-día 2 hice diligencias sin fruto, no siéndome posible ver a Sáez ni
-a Montguyon, a quien envié frecuentes y apremiantes recados. Ninguna
-noticia pude adquirir tampoco de los prisioneros. Creo que me hubiera
-repetido el ataque cerebral que padecí en Sevilla, si en el momento
-de mi mayor desesperación no apareciese mi generoso galán francés a
-devolverme la vida. Estaba pálido y parecía muy agitado.</p>
-
-<p>—Vengo de Cádiz —me dijo—. Dispénseme usted si no he podido servirla
-más pronto.</p>
-
-<p>—¿Y qué hay? —pregunté con la vida toda en suspenso.</p>
-
-<p>—Deme usted su mano —dijo Montguyon ceremoniosamente.</p>
-
-<p>Se la di y la besó con amor.</p>
-
-<p>—Ahora, señora, todo ha acabado entre nosotros. Mi deber está
-cumplido, y mi deber es<span class="pagenum" id="Page_241">p.
-241</span> perdonar, pagando las ofensas con beneficios.</p>
-
-<p>Yo me sentía muy conmovida y no pude decirle nada.</p>
-
-<p>—Ni un momento he dudado de su hidalguía —indiqué con acento de pura
-verdad—. A veces tropezamos en la vida con el bien y pasamos sin verlo.
-Señor conde, mi gratitud será eterna.</p>
-
-<p>—No quiero gratitud —díjome con honda tristeza—. Es un sentimiento
-que no me gusta recibido, sino dado. Deseo tan solo un recuerdo bueno y
-constante.</p>
-
-<p>—¡Y una amistad entrañable, una estimación profunda! —exclamé
-derramando lágrimas.</p>
-
-<p>—Todo está hecho.</p>
-
-<p>—¿Conforme a mi deseo...? ¡Bendito sea el momento en que nos
-conocimos!</p>
-
-<p>—Señora, su prisionero de usted está sano y salvo a bordo de la
-corbeta <i>Tisbe</i>, que parte esta tarde para Gibraltar.</p>
-
-<p>—¿Y cómo?</p>
-
-<p>—Por sus antecedentes debía ser condenado a muerte. Otros menos
-criminales subirán al cadalso, si no se escapan a tiempo. Yo le saqué
-anoche furtivamente de los Dominicos y le embarqué esta mañana. Ya no
-corre peligro alguno. Está bajo la salvaguardia del noble pabellón
-inglés.</p>
-
-<p>—¡Oh, gracias, gracias!</p>
-
-<p>—Además del servicio que a usted presto, creo cumplir un deber de
-conciencia arrancando una víctima a los feroces ministros del rey de
-España.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_242">p. 242</span>—¿Pues qué
-—pregunté con asombro—, Su Majestad no ha ofrecido en su manifiesto de
-Cádiz perdonar a todo el mundo?</p>
-
-<p>—¡Palabras de rey prisionero! Las palabras del déspota libre son las
-que rigen ahora. Su Majestad ha promulgado otro decreto que es la negra
-bandera de las proscripciones, un programa de sangre y exterminio.
-Innumerables personas han sido condenadas a muerte.</p>
-
-<p>—Esto es una infamia... Pero, en fin, ¿está él en salvo?...</p>
-
-<p>—En salvo.</p>
-
-<p>—¿Y sabe que me lo debe a mí..., sabe que yo...? ¡Oh, señor conde!,
-no extrañe usted mi egoísmo. Estoy loca de alegría, y puedo repetir con
-toda mi alma: «Ahora sí que no se me puede escapar.»</p>
-
-<p>—Sabe que a usted lo debe todo, y espera abrazarla pronto.</p>
-
-<p>—¿Cómo?</p>
-
-<p>—Muy fácilmente. Comprendiendo que usted desea ir en su compañía, he
-pedido otro pasaporte para doña Jenara de Baraona.</p>
-
-<p>—¿De modo que yo...?</p>
-
-<p>—Puede embarcarse usted esta tarde antes de las cuatro a bordo de la
-<i>Tisbe</i>.</p>
-
-<p>—¿Es verdad lo que oigo?</p>
-
-<p>—Aquí está la orden firmada por el almirante inglés. Me la ha dado
-con las que ponen en salvo a los exregentes Císcar y Valdés, impíamente
-condenados a muerte por el rey.</p>
-
-<p>—¡Oh..., soy feliz, y todo lo debo a usted!... ¡Qué admirable
-conducta!</p>
-
-<p>Sin poder contenerme, caí de rodillas, y con<span class="pagenum"
-id="Page_243">p. 243</span> mis lágrimas bañé las generosas manos de
-aquel hombre.</p>
-
-<p>—Así castigo yo —me dijo, levantándome—. Prepárese usted. A las tres
-y media vengo a buscarla para conducirla a bordo del bote francés que
-me han facilitado dos guardias marinas, parientes míos.</p>
-
-<p>Retirose el francés, recomendándome otra vez que estuviera pronta a
-las tres y media. Era la una.</p>
-
-<p>Ocupeme con febril presteza en preparar mi viaje. Estaba resuelta
-al abandono de todo lo que no nos fuera fácil llevar. Mariana y yo
-trabajamos como locas sin darnos un segundo de reposo.</p>
-
-<p>La felicidad se desbordaba en mi alma. Me reía sola... Pero, ¡ay!,
-una idea triste conturbó de súbito mi mente. Acordeme de la pobre
-huérfana viajera, y esto produjo una detención dolorosa en el raudo
-y atrevido vuelo de mi espíritu. Pero al mismo tiempo sentía que los
-rencores huían de mi corazón, reemplazados por sentimientos dulces y
-expansivos, los únicos dignos de la privilegiada alma de la mujer.</p>
-
-<p>«Perdono a todo el mundo —dije para mí—. Reconozco que hice mal en
-engañar a aquella pobre muchacha... Todavía le estará buscando... Pero
-yo también le busqué, yo también he padecido horriblemente... ¡Oh!
-¡Dios mío! Al fin me das respiro, al fin me das la felicidad que no
-pude obtener a causa sin duda de mis atroces faltas... La felicidad
-hace buenos a los malos, y yo seré buena, seré siempre buena... Esta
-tarde, cuando le vea, le pediré<span class="pagenum" id="Page_244">p.
-244</span> perdón por lo que hice con su hermana... ¡Oh!, ahora me
-acuerdo de la marquesa de Falfán, y torno a ponerme furiosa... No,
-eso sí que no puede perdonarse, no... Tendrá que darme cuenta de su
-vil conducta... Pero al fin le perdonaré. ¡Es tan dulce perdonar!...
-Bendito sea Dios que nos hace felices para que seamos buenos.»</p>
-
-<p>Esto y otras cosas seguía pensando, sin cesar de trabajar en el
-arreglo de mi equipaje. Miraba a todas horas el reloj, que era también
-de <i>cucú</i>, como el de aquella horrible noche de Sevilla; pero el
-pájaro de Puerto Real me era simpático, y sus saluditos y su canto
-regocijaban mi espíritu.</p>
-
-<p>Dieron las tres. Una mano brutal golpeó mi puerta. No había dado
-yo la orden de pasar adelante, cuando se presentaron cuatro hombres,
-dos paisanos y dos militares. Uno de los paisanos llevaba bastón de
-policía. Avanzó hacia mí. ¡Visión horrible!... Yo había visto al tal en
-alguna parte. ¿Dónde? En Benabarre.</p>
-
-<p>Aquel hombre me dijo groseramente:</p>
-
-<p>—Señora doña Jenara de Baraona, dese usted presa.</p>
-
-<p>En el primer instante no contesté, porque la estupefacción me lo
-impedía. Después, rugiendo, más bien que hablando, exclamé:</p>
-
-<p>—¡Yo presa, yo!... ¿De orden de quién?</p>
-
-<p>—De orden del excelentísimo señor don Víctor Sáez, ministro
-universal de Su Majestad.</p>
-
-<p>—¡Vil! ¡Tan vil tú como Sáez! —grité.</p>
-
-<p>Yo no era una mujer, era una leona.</p>
-
-<p>Al ver que se me acercaron dos soldados y<span class="pagenum"
-id="Page_245">p. 245</span> asieron mis brazos con sus manos de hierro,
-corrí por la estancia. No buscaba mi salvación en cobarde fuga: buscaba
-un cuchillo, un hacha, un arma cualquiera... Comprendía el asesinato.
-Mi furor no tenía comparación con ningún furor de hombre. Era furor
-de mujer. No encontré ningún arma. ¡Dios vengador, si la encontrara,
-aunque fuese un tenedor, creo que habría matado a los cuatro! Un
-candelabro vino a mis manos, tomelo, y al instante la cabeza de uno de
-ellos se rajó... ¡Sangre! ¡Yo quiero sangre!</p>
-
-<p>Pero me atenazaron con vigor salvaje... ¡Presa, presa!... Todos mis
-afanes, todos mis sentimientos, todos mis deseos se condensaban en uno
-solo: tener delante a don Víctor Sáez para lanzarme sobre él, y con mis
-dedos teñidos de sangre sacarle los ojos.</p>
-
-<p>No pudiendo hundir mis dedos en extraños ojos, los volví contra
-los míos... clavelos en mi cabeza, intentando agujerearme el cráneo y
-sacarme los sesos. Mi aliento era fuego puro.</p>
-
-<p>Lleváronme... ¿qué sé yo a dónde? Por el camino... ¡oh Satán mío!,
-¡oh demonio injustamente arrojado del Paraíso!... sentí el disparo de
-la corbeta inglesa al darse a la vela.</p>
-
-
-<p class="fin">FIN DE «LOS CIEN MIL HIJOS DE SAN LUIS»</p>
-
-
-<p class="smaller mt3">Madrid, febrero de 1877.</p>
-
-<hr class="chap">
-
-
-<hr class="full">
-
-<div style='display:block; margin-top:4em'></div>
-<section class='pg-boilerplate pgheader' id='pg-footer' lang='en' >
-<div id='pg-end-separator'>
-<span>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS CIEN MIL HIJOS DE SAN LUIS ***</span>
-</div>
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-</div>
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-</div>
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+<!DOCTYPE html> +<html lang="es"> +<head> + <meta charset="UTF-8"> + <title> + Los cien mil hijos de san Luis | Project Gutenberg + </title> + <link rel="icon" href="images/cover.jpg" type="image/x-cover"> + <style> + + #pg-header div, #pg-footer div { + all: initial; + display: block; + margin-top: 1em; + margin-bottom: 1em; + margin-left: 2em; + } + #pg-footer div.agate { + font-size: 90%; + margin-top: 0; + margin-bottom: 0; + text-align: center; + } + #pg-footer li { + all: initial; + display: block; + margin-top: 1em; + margin-bottom: 1em; + text-indent: -0.6em; + } + #pg-footer div.secthead { + font-size: 110%; + font-weight: bold; + } + #pg-footer #project-gutenberg-license { + font-size: 110%; + margin-top: 0; + margin-bottom: 0; + text-align: center; + } + #pg-header-heading { + all: inherit; + text-align: center; + font-size: 120%; + font-weight:bold; + } + #pg-footer-heading { + all: inherit; + text-align: center; + font-size: 120%; + font-weight: normal; + margin-top: 0; + margin-bottom: 0; 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You may copy it, give it away or re-use it under the terms +of the Project Gutenberg License included with this ebook or online +at <a class="reference external" href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you are not located in the United States, +you will have to check the laws of the country where you are located +before using this eBook.</div> + + +<div class='container' id='pg-machine-header'> +<p><strong>Title: </strong>Los cien mil hijos de san Luis</p> +<div id='pg-header-authlist'> +<p><strong>Author: </strong>Benito Pérez Galdós</p> +</div> + +<p><strong>Release Date: </strong>September 12, 2023 [eBook #71614]<br>Last Updated: November 5, 2023</p> +<p><strong>Language: </strong>Spanish</p> +<p><strong>Credits: </strong>Ramón Pajares Box. (This file was produced from images generously made available by The Internet Archive/Canadian Libraries.)</p> +</div> +<div id='pg-start-separator'> +<span>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS CIEN MIL HIJOS DE SAN LUIS ***</span> +</div> +</section> + +<div class="front"> + <hr class="full"> + <p class="rol">Índice:</p> + <p class="txt"> + <a href="#Ch1">I</a>, + <a href="#Ch2">II</a>, + <a href="#Ch3">III</a>, + <a href="#Ch4">IV</a>, + <a href="#Ch5">V</a>, + <a href="#Ch6">VI</a>, + <a href="#Ch7">VII</a>, + <a href="#Ch8">VIII</a>, + <a href="#Ch9">IX</a>, + <a href="#Ch10">X</a>, + <a href="#Ch11">XI</a>, + <a href="#Ch12">XII</a>, + <a href="#Ch13">XIII</a>, + <a href="#Ch14">XIV</a>, + <a href="#Ch15">XV</a>, + <a href="#Ch16">XVI</a>, + <a href="#Ch17">XVII</a>, + <a href="#Ch18">XVIII</a>, + <a href="#Ch19">XIX</a>, + <a href="#Ch20">XX</a>, + <a href="#Ch21">XXI</a>, + <a href="#Ch22">XXII</a>, + <a href="#Ch23">XXIII</a>, + <a href="#Ch24">XXIV</a>, + <a href="#Ch25">XXV</a>, + <a href="#Ch26">XXVI</a>, + <a href="#Ch27">XXVII</a>, + <a href="#Ch28">XXVIII</a>, + <a href="#Ch29">XXIX</a>, + <a href="#Ch30">XXX</a>, + <a href="#Ch31">XXXI</a>, + <a href="#Ch32">XXXII</a>, + <a href="#Ch33">XXXIII</a>, + <a href="#Ch34">XXXIV</a>, + <a href="#Ch35">XXXV</a>, + <a href="#Ch36">XXXVI</a>. + </p> + <h1 class="faux">Los cien mil hijos de san Luis</h1> +</div> + +<div class="transnote" id="tnote"> + <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p> + <ul> + <li>Los errores de imprenta han sido corregidos.</li> + + <li>La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con + las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.</li> + + <li>Las rayas intrapárrafos han sido espaciadas según los modernos usos + ortotipográficos.</li> + + <li>Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final + del párrafo en que se las llama.</li> + </ul> +</div> + + +<div class="screenonly x-ebookmaker-drop"> + <hr class="chap"> + <div class="figcenter"> + <img class="thin" + style="width: 26em; height: auto;" + src="images/cover.jpg" + alt="Cubierta del libro"> + </div> +</div> + + +<div class="tit pt6"> + <hr class="chap"> + <p><span class="pagenum" id="Page_1">p. 1</span></p> + <p class="lh150 g0 ws1">EPISODIOS NACIONALES</p> + <hr class="tir"> + <p class="fs120 lh150 g0 ws1">LOS CIEN MIL HIJOS DE SAN LUIS</p> + <hr class="chap"> +</div> + + +<div class="chapter pt6"> + <div class="legal"> + <p><span class="pagenum" id="Page_2">p. 2</span>Es propiedad. Queda + hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que + no lleven el sello del autor.</p> + </div> +</div> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="tit"> + <p><span class="pagenum" id="Page_3">p. 3</span></p> + <p class="fs120 lh150 ws1">B. PÉREZ GALDÓS</p> + <p class="fs140 lh150 ws1">EPISODIOS NACIONALES</p> + <p class="lh150 ws1">SEGUNDA SERIE</p> + <hr class="fil"> + + <p class="fs150 lh150 ws1 mt1">LOS CIEN MIL HIJOS</p> + <p class="fs75 lh150 mt1">DE</p> + <p class="fs350 lh150 ws1">SAN LUIS</p> + + <hr class="tir"> + <p class="fs110 negr g1 mt15">33.000</p> + + <div class="figcenter mt3"> + <img src="images/logo.jpg" + style="width: 6em; height: auto;" + alt="Logotipo del editor"> + </div> + + <p class="lh150 g1 mt2">MADRID</p> + <p class="lh150 g1 ws1">OBRAS DE PÉREZ GALDÓS</p> + <p class="smaller lh150 g0 ws1">132, Hortaleza</p> + <p class="lh150 g0">1904</p> +</div> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="tit pt6"> + <p class="smaller lh200 ws1"><span class="pagenum" id="Page_4">p. + 4</span>EST. TIP. DE LA VIUDA E HIJOS DE TELLO</p> + <p class="fs60 lh200 ws1">IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.</p> + <p class="fs60 lh200 ws1">C. de San Francisco, 4.</p> +</div> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch0"> + <p><span class="pagenum" id="Page_5">p. 5</span></p> + <p class="centra ws1 g0 fs175">LOS CIEN MIL HIJOS<br> + <span class="smaller">DE SAN LUIS</span></p> +</div> + +<p>Para la composición de este libro cuenta el autor con materiales muy +preciosos. Además de las noticias verbales, que casi son el principal +fundamento de la presente obra, posee un manuscrito que le ayudará +admirablemente en la narración de la parte o tratado que lleva por +título <i>Los cien mil hijos de San Luis</i>. El tal manuscrito es +hechura de una señora, por cuya razón bien se comprende que será dos +veces interesante, y lo sería más aún si estuviese completo. ¡Lástima +grande que la negligencia de los primeros poseedores de él dejara +perder una de las partes más curiosas y necesarias que lo componen! +Solo dos fragmentos sin enlace entre sí llegaron a nuestras manos. Las +laboriosas indagaciones para allegar lo que falta han sido inútiles, lo +que en verdad es muy lamentable, porque nos veremos obligados a llenar +con relatos de nuestra propia cosecha el gran vacío que entre ambas +piezas del manuscrito femenil resulta.</p> + +<p>Este tiene la forma de Memorias. Su primer fragmento lleva por +epígrafe <i>De Madrid a Urgel</i>, y empieza así:</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch1"> + <p><span class="pagenum" id="Page_6">p. 6</span></p> + <h2 class="nobreak">I</h2> +</div> + +<p>En Bayona, donde busqué refugio tranquilo al separarme de mi +esposo, conocí al general Eguía.<a id="FNanchor_1" href="#Footnote_1" +class="fnanchor">[1]</a> Iba a visitarme con frecuencia, y como era +tan indiscreto y vanidoso, me revelaba sus planes de conspiración, +regocijándose en mi sorpresa y riendo conmigo del gran chubasco que +amenazaba a los francmasones. Por él supe en el verano del 21 que +Su Majestad, nuestro católico rey don Fernando (que Dios guarde), +anhelando deshacerse de los revolucionarios por cualquier medio y a +toda costa, tenía dos comisionados en Francia, los cuales eran:</p> + +<div class="footnote"> + +<p><a id="Footnote_1" href="#FNanchor_1" class="label">[1]</a> Puede +verse el retrato de este personaje en las <i>Memorias de un Cortesano +de 1815</i>.</p> + +</div> + +<p>1.º El mismo general don Francisco Eguía, cuya alta +misión era promover desde la frontera el levantamiento de partidas +realistas.</p> + +<p>2.º Don José Morejón, oficial de la secretaría de la +Guerra, y después Secretario reservado de Su Majestad con ejercicio +de decretos, el cual tenía el encargo de gestionar en París con el +gobierno francés los medios de arrancar a España el cauterio de la +Constitución gaditana, sustituyéndole con una cataplasma anodina hecha +en la misma farmacia de donde salió la Carta de Luis XVIII.</p> + +<p>Alababa yo estas cosas por no reñir con el anciano general, que era +muy galante y atento<span class="pagenum" id="Page_7">p. 7</span> +conmigo; pero en mi interior deploraba, como amante muy fiel del +régimen absoluto, que cosas tan graves se emprendieran por la mediación +de personas de tan dudoso valer. No conocía yo en aquellos tiempos +a Morejón; pero mis noticias eran que no había sido inventor de la +pólvora. En cuanto a Eguía, debo decir con mi franqueza habitual +que era uno de los hombres más pobres de ingenio que en mi vida he +visto.</p> + +<p>Aún gastaba la coleta que le hizo tan famoso en 1814, y con la +coleta el mismo humor atrabiliario, despótico, voluble y regañón. +Pero en Bayona no infundía miedo como en Madrid, y de él se reían +todos. No es exagerado cuanto se ha dicho de la astuta pastelera que +llegó a dominarle. Yo la conocí, y puedo atestiguar que el agente de +nuestro egregio soberano comprometía lamentablemente su dignidad y aun +la dignidad de la corona, poniendo en manos de aquella infame mujer +negocios tan delicados. Asistía la tal a las conferencias, administraba +gran parte de los fondos, se entendía directamente con los partidarios +que un día y otro pasaban la frontera, y parecía en todo ser ella misma +la organizadora del levantamiento y el principal apoderado de nuestro +querido rey.</p> + +<p>Después de esto he pasado temporaditas en Bayona, y he visto la +vergonzosa conducta de algunos españoles que sin cesar conspiran en +aquel pueblo, verdadera antesala de nuestras revoluciones; pero nunca +he visto degradación y torpeza semejantes a las del tiempo de<span +class="pagenum" id="Page_8">p. 8</span> Eguía. Yo escribía entonces +a don Víctor Sáez, residente en Madrid, y le decía: «Felicite usted +a los francmasones, porque mientras la salvación de Su Majestad siga +confiada a las manos que por aquí tocan el pandero, ellos están de +enhorabuena.»</p> + +<p>En el invierno del mismo año se realizaron las predicciones +que yo, por no poder darle consejos, había hecho al mismo Eguía, +y fue que habiendo convocado de orden del rey a otros personajes +absolutistas para trabajar en comunidad, se desavinieron de tal modo, +que aquello más que junta parecía la dispersión de las gentes. Cada +cual pensaba de distinto modo, y ninguno cedía en su terca opinión. A +esta variedad en los pareceres y terquedad para sostenerlos llamo yo +enjaezar los entendimientos a la calesera, es decir, a la española. +El marqués de Mataflorida<a id="FNanchor_2" href="#Footnote_2" +class="fnanchor">[2]</a> proponía el establecimiento del absolutismo +puro. Balmaseda, comisionado por el gobierno francés para tratar +este asunto, también estaba por lo despótico, aunque no en grado tan +furioso; Morejón se abrazaba a la Carta francesa; Eguía sostenía el +veto absoluto y las dos Cámaras, a pesar de no saber lo que eran +una cosa y otra, y Saldaña, nombrado como una especie de quinto en +discordia, no se resolvía ni por la tiranía entera ni por la tiranía a +media miel.</p> + +<div class="footnote"> + +<p><a id="Footnote_2" href="#FNanchor_2" class="label">[2]</a> Conocido +por <i>don Buenaventura</i> en las <i>Memorias de un cortesano</i> y en +<i>La segunda casaca</i>.</p> + +</div> + +<p>Entre tanto, el gobierno francés concedió a Eguía algunos millones, +de los cuales podría<span class="pagenum" id="Page_9">p. 9</span> +dar cuenta si viviese la hermosa pastelera. Dios me perdone el mal +juicio; pero casi podría jurar que de aquel dinero, solo algunas sumas +insignificantes pasaron a manos de los pobres guerrilleros, tan bravos +como desinteresados, que desnudos, descalzos y hambrientos, levantaban +el glorioso estandarte de la fe y de la monarquía en las montañas de +Navarra o de Cataluña.</p> + +<p>Las bajezas, la ineptitud y el despilfarro de los comisionados +secretos de Su Majestad no cesaron hasta que apareció en Bayona, +también con poderes reales, el gran pájaro de cuenta llamado don +Antonio Ugarte, a quien no vacilo en designar como el hombre más listo +de su época.</p> + +<p>Yo le había tratado en Madrid el año 19. Él me estimaba en gran +manera, y, como Eguía, me visitaba a menudo, pero sin revelarme sus +planes. Desde que se encargó de manejar la conspiración, seguíala yo +con marcado interés, segura de su éxito, aunque sin sospechar que le +prestaría mi concurso activo en término muy breve. Un día Ugarte me +dijo:</p> + +<p>—No se encuentra un solo hombre que sirva para asuntos delicados. +Todos son indiscretos, soplones y venales. ¿Ve usted lo que trabajo +aquí por orden de Su Majestad? Pues es nada en comparación de lo que +me dan que hacer las intrigas y torpezas de mis propios colegas de +conspiración. No me fío de ninguno, y en el día de hoy, teniendo que +enviar un mensaje muy importante, estoy como Diógenes, buscando un +hombre sin poder encontrarlo.</p> + +<p>—Pues busque usted bien, señor don Antonio<span class="pagenum" +id="Page_10">p. 10</span> —le respondí—, y quizás encuentre una +mujer.</p> + +<p>Ugarte no daba crédito a mi determinación; pero tanto le encarecí +mis deseos de ser útil a la causa del rey y de la religión, que al fin +convino en fiarme sus secretos.</p> + +<p>—Efectivamente, Jenara —me dijo—: una dama podrá desempeñar mejor +que cualquier hombre tan delicado encargo, si reúne a la belleza y +gallarda compostura de su persona un valor a toda prueba.</p> + +<p>En seguida me reveló que en Madrid se preparaba un esfuerzo +político, es decir, un pronunciamiento, en el cual tomaría parte la +Guardia real con toda la tropa de línea que se pudiese comprometer; +pero añadió que desconfiaba del éxito si no se hacían con mucho pulso +los trabajos, tratando de combinar el movimiento cortesano con una +ruidosa algarada de las partidas del norte. Discurriendo sobre este +negocio, me mostró su grandísima perspicacia y colosal ingenio para +conspirar, y después me instruyó prolijamente de lo que yo debía +hacer en Madrid, del arte con que debía tratar a cada una de las +personas para quienes llevaba delicados mensajes, con otras muchas +particularidades que no son de este momento. Casi toda mi comisión era +enteramente confidencial y personal, quiero decir que el conspirador +me entregó muy poco papel escrito; pero, en cambio, me repitió varias +veces sus instrucciones para que, reteniéndolas en la memoria, +obrase con desembarazo y seguridad en las difíciles ocasiones que me +aguardaban.</p> + +<p>Partí para Madrid en febrero del 22.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch2"> + <p><span class="pagenum" id="Page_11">p. 11</span></p> + <h2 class="nobreak g0">II</h2> +</div> + +<p>Con entusiasmo y placer emprendí estos manejos: con entusiasmo, +porque adoraba en aquellos días la causa de la Iglesia y el trono; con +placer, porque la ociosidad entristecía mis días en Bayona. La soledad +de mi existencia me abrumaba tanto como el peso de las desgracias que +a otros afligen y que yo aún no conocía. Separándome de mi esposo, +cuyo salvaje carácter y feroz suspicacia me hubieran quitado la vida, +adquirí libertad suma y un sosiego que, después de saboreado por +algún tiempo, llegó a ser para mí algo fastidioso. Poseía bienes de +fortuna suficientes para no inquietarme de las materialidades de la +vida: de modo que mi ociosidad era absoluta. Me refiero a la holganza +del espíritu, que es la más penosa, pues la de las manos, yo, que no +carezco de habilidades, jamás la he conocido.</p> + +<p>A estos motivos de tristeza debo añadir el gran vacío de mi corazón, +que estaba ha tiempo como casa deshabitada, lleno tan solo de sombras +y ecos. Después de la muerte de mi abuelo, ningún afecto de familia +podía interesarme, pues los Baraonas que subsistían, o eran muy lejanos +parientes, o no me querían bien. De mi infelicísimo casamiento solo +saqué amarguras y pesadumbres; y para que todo fuese maldito en aquella +unión, no tuve hijos.<span class="pagenum" id="Page_12">p. 12</span> +Sin duda Dios no quería que en el mundo quedase memoria de tan grande +error.</p> + +<p>Fácilmente se comprenderá que en tal situación de espíritu me +gustaría lanzarme a esas ocupaciones febriles que han sido siempre el +principal goce de mi vida. Ninguna cosa llana y natural ha cautivado +jamás mi corazón, ni me embelesó, como a otros, lo que llaman dulce +corriente de la vida. Antes bien, yo la quiero tortuosa y rápida; que +me ofrezca sorpresas a cada instante y aun peligros; que se interne por +pasos misteriosos, después de los cuales deslumbre más la claridad del +día; que caiga como el Piedra en cataratas llenas de ruido y colores, o +se oculte como el Guadiana, sin que nadie sepa dónde ha ido.</p> + +<p>Yo sentía además en mi alma la atracción de la corte, no pudiendo +descifrar claramente cuál objeto o persona me llamaban en ella, ni +explicarme las anticipadas emociones que por el camino sentía mi +corazón, como el derrochador que principia a gastar su fortuna antes de +heredada. Mi fantasía enviaba delante de sí, en el camino de Madrid, +maravillosos sueños e infinitos goces del alma, peligros vencidos y +amables ideales realizados. Caminando de este modo y con los fines que +llevaba, iba yo por mi propio y verdadero camino.</p> + +<p>Desde que llegué me puse en comunicación con los personajes para +quienes llevaba cartas o recados verbales. Tuve noticias de la rebelión +de los Guardias que se preparaba; hice lo que Ugarte me había mandado +en sus minuciosas instrucciones, y hallé ocasión de advertir el<span +class="pagenum" id="Page_13">p. 13</span> mucho atolondramiento y +ningún concierto con que eran llevados en Madrid los arduos trámites de +la conspiración.</p> + +<p>Lo mejor y más importante de mi comisión estaba en Palacio, a donde +me llevó don Víctor Sáez, confesor de Su Majestad. Muchos deseos +tenía yo de ver de cerca y conocer por mí misma al rey de España y +toda su real familia, y entonces quedó satisfecho mi anhelo. Hice un +rápido estudio de todos los habitantes de Palacio, particularmente de +las mujeres: la reina Amalia, doña Francisca, esposa de don Carlos, +y doña Carlota, del infante don Francisco. La segunda me pareció +desde luego mujer a propósito para revolver toda la corte. De los +hombres, don Carlos me pareció muy sesudo, dotado de cierto fondo de +honradez preciosísima, con lo cual compensaba su escasez de luces, y +a Fernando le diputé por muy astuto y conocedor de los hombres, apto +para engañarles a todos, si bien privado del valor necesario para sacar +partido de las flaquezas ajenas. La reina pasaba su vida rezando y +desmayándose; pero la varonil doña Francisca de Braganza ponía su alma +entera en las cosas políticas, y llena de ambición, trataba de ser el +brazo derecho de la corte. Doña Carlota, por entonces embarazada del +que luego fue rey consorte, tampoco se dormía en esto.</p> + +<p>Los palaciegos, tan aborrecidos de la muchedumbre constitucional, +Infantado, Montijo, Sarriá y demás aristócratas, no servían en realidad +de gran cosa. Sus planes, faltos de seso y travesura, tenían por +objeto algo en que se<span class="pagenum" id="Page_14">p. 14</span> +destacase con preferencia la personalidad de ellos mismos. Ninguno +valía para maldita la cosa, y así nada se habría perdido con quitarles +toda participación en la conjura. Los individuos de la Congregación +Apostólica, que era una especie de masonería absolutista, tampoco +hacían nada de provecho, como no fuera allegar plebe y disponer de la +gente fanática para un momento propicio. En los jefes de la Guardia +había más presunción que verdadera aptitud para un golpe difícil, y +el clero se precipitaba gritando en los púlpitos, cuando la situación +requería prudencia y habilidad sumas. Los liberales masones o comuneros +vendidos al absolutismo, y que al pronunciar sus discursos violentos +se entusiasmaban por cuenta de este, estaban muy mal dirigidos, porque +con su exageración ponían diariamente en guardia a los constitucionales +de buena fe. He examinado uno por uno los elementos que formaban la +conspiración absolutista del año 22, para que cuando la refiera se +explique en cierto modo el lamentable aborto y total ruina de ella.</p> + + +<p class="mt2"><span class="sc">Nota del autor.</span> <i>A +continuación refiere la señora los sucesos del 7 de julio. Aunque su +narración es superior a la nuestra, por la graciosa sencillez y verdad +con que toda ella está hecha, la suprimimos, pues no conviene repetir, +aun mejorándolo, lo que ya apareció en otro volumen.</i></p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch3"> + <p><span class="pagenum" id="Page_15">p. 15</span></p> + <h2 class="nobreak g0">III</h2> +</div> + +<p>Después de los aciagos días de julio, mi situación, que hasta +entonces había sido franca y segura, fue comprometidísima. No es fácil +dar una idea de la presteza con que se ocultaron todos aquellos hombres +que pocos días antes conspiraban descaradamente. Desaparecieron como +caterva de menudos ratoncillos, cuando los sorprende en sus audaces +rapiñas el hombre sin poder perseguirlos, ni aun conocer los agujeros +por donde se han metido. A mí me maravillaba que don Víctor Sáez, +hombre de una obesidad respetable, pudiera estar escondido sin que al +punto se descubriese su guarida. Los palaciegos se filtraron también, y +los que no estaban claramente comprometidos, como por ejemplo, Pipaón, +dieron vivas a la Constitución vencedora, uniéndose a los liberales.</p> + +<p>Tuve además la desgracia de perder varios papeles en casa de un +pobre maestro de escuela donde nos reuníamos, y esto me causó gran +zozobra; pero al fin los encontré, no sin trabajo, exponiéndome a los +mayores peligros. La seguridad de mi persona corrió también no poco +riesgo, y en los días 9 y 10 de julio no tuve un instante de respiro, +pues por milagro no me arrastraron a la cárcel los milicianos borrachos +de vino y de patriotería. Gracias a Dios, vino en mi amparo un joven +paisano y<span class="pagenum" id="Page_16">p. 16</span> antiguo amigo +mío, el cual en otras ocasiones había ejercido en mi vida influencia +muy decisiva, semejante a la de las estrellas en la antigua cábala de +los astrólogos.</p> + +<p>Pasados los primeros días, pude introducirme en Palacio, a pesar de +la formidable y espesa muralla liberalesca que lo defendía. Encontré +a Su Majestad lleno de consternación y amargura, principalmente por +verse obligado a poner semblante lisonjero a sus enemigos y aun a +darles abrazos, lo cual era muy del gusto de ellos, en su mayoría +gente inocentona y crédula. No me agradaba ver en nuestro soberano tan +menguado corazón; pero si en él concordara el valor con las travesuras +y agudezas del entendimiento, ningún tirano antiguo ni moderno le +habría igualado. Su desaliento y desesperación no le impidieron que +se enamorase de mí, porque en todas las ocasiones de su vida, bajo +las distintas máscaras que se quitaba y se ponía, aparecía siempre el +sátiro.</p> + +<p>Temerosa de ciertas brutalidades, quise huir. Brindéme entonces a +desempeñar una comisión difícil para lo cual Fernando no se fiaba de +ningún mensajero; y aunque él no quiso que yo me encargase de ella, +porque no me alejara de la corte, tanto insté y con tales muestras de +verdad prometí volver, que se me dieron los pasaportes.</p> + +<p>El mes anterior había salido para Francia don José Villar Frontín, +uno de los intrigantes más sutiles del año 14, aunque, como salido +de la academia del cuarto del infante don Antonio, no era hombre de +gran iniciativa, sino<span class="pagenum" id="Page_17">p. 17</span> +muy plegadizo y servicial en bajas urdimbres. Llevaba órdenes para +que el marqués de Mataflorida formase una regencia absolutista en +cualquier punto de la frontera conquistado por los guerrilleros. Estas +instrucciones eran conformes al plan del gobierno francés, que deseaba +la introducción de la Carta en España y un absolutismo templado; +pero Fernando, que hacía tantos papeles a la vez, deseaba que sus +comisionados, afectando amor a la Carta, trabajasen por el absolutismo +limpio. Esto exigía frecuentes rectificaciones en los despachos que se +enviaban y avisos contradictorios, trabajo no escaso para quien había +de ocultar de sus ministros todos estos y aun otros inverosímiles +líos.</p> + +<p>Yo me comprometí a hacer entender a Mataflorida y a Ugarte lo que +se quería, transmitiéndole verbalmente algunas preciosas ideas del +monarca, que no podían fiarse al papel, ni a signo ni cifra alguna. +Ya por aquellos días se supo que la Seo de Urgel había sido ganada +al gobierno por el bravo Trapense, y se esperaba que en la agreste +plaza se constituyera la salvadora regencia. A la Seo, pues, debía yo +dirigirme.</p> + +<p>La partida y el viaje no eran problemas fáciles. Esto me preocupó +durante algunos días, y traté de sobornar, para que me acompañase, al +amigo de quien antes he hablado. A él no le faltaban en verdad ganas +de ir conmigo al extremo del mundo; pero le contenía el amor de su +madre anciana. No poco luché para decidirle, empleando razonamientos y +seducciones<span class="pagenum" id="Page_18">p. 18</span> diversas; +mas a pesar de la propensión de su carácter a ciertas locuras y del +considerable dominio que yo empezaba a ejercer sobre él, se resistía +tenazmente, alegando motivos poderosos, cuya fuerza no me era +desconocida. Al fin, tanto pudo una mujer llorando, que él abandonó +todo, su madre y su casa, aunque por poco tiempo, con la sana intención +de volver cuando me dejase en paraje donde no existiese peligro +alguno. El infeliz presagiaba sin duda su desdichada suerte en aquella +expedición, porque luchó grandemente consigo mismo para decidirse, y +hasta última hora estuvo vacilante.</p> + +<p>Aquel hombre había sido enemigo mío, o más propiamente, de mi +esposo. Desde la niñez nos conocimos; fue mi novio en la edad en que se +tiene novio. Sucesos lamentables que me afligen al venir a la memoria, +caprichos y vanidades mías me separaron de él, yo creí que para +siempre; pero Dios lo dispuso de otro modo. Durante algún tiempo estuve +creyendo que le odiaba; pero el sentimiento que llenaba mi alma era, +más que rencor, una antipatía arbitraria y voluntariosa. Por causa de +ella siempre le tenía en la memoria y en el pensamiento. Circunstancias +funestas le pusieron en contacto conmigo diferentes veces, y siempre +que ocurría algo grave en la vida de él o en la mía, tropezábamos +providencialmente el uno con el otro, como si el alma de cada cual, +viéndose en peligro, pidiese auxilio a su compañera.</p> + +<p>En mí se verificó una crisis singular. Por<span class="pagenum" +id="Page_19">p. 19</span> razones que no son de este sitio, llegué a +aborrecer todo lo que mi esposo amaba y amar todo lo que él aborrecía. +Al mismo tiempo, mi antiguo novio mostraba hacia mí sentimientos tan +vivos de menosprecio y desdén, que esto inclinó mi corazón a estimarle. +Yo soy así, y me parece que no soy el único ejemplar. Desde la ocasión +en que le arranqué de las furibundas manos de mi marido, no debí de ser +tampoco para él muy aborrecible.</p> + +<p>Cuando nos encontramos en Madrid, y desde que hablamos, caímos en +la cuenta de que ambos estábamos muy solos. Y si había semejanza en +nuestra soledad, no era menor la de nuestros caracteres, principal +origen quizás de aquella. Hicimos propósito de echar a la espalda aquel +trágico aborrecimiento que antes nos teníamos, el cual se fundaba en +veleidades y caprichosas monomanías del espíritu, y no tardamos mucho +tiempo en conseguirlo. Ambos reconocimos las grandes y ya irremediables +equivocaciones de nuestra primera juventud, y nos maravillábamos de ver +tan extraordinaria fraternidad en nuestras almas. ¡Ser de este modo, +haber nacido el uno para el otro, y, sin embargo, haber estado dándonos +golpes en las tinieblas durante tanto tiempo! ¡Qué fatalidad! Hasta +parece que no somos responsables de ciertas faltas, y que estas, por lo +que tienen de placentero, pueden tolerarse como compensación de pasados +dolores y de un error deplorable y fatal, dependiente de voluntades +sobrehumanas.</p> + +<p>Pero no: no quiero eximirme de la responsabilidad<span +class="pagenum" id="Page_20">p. 20</span> de mi culpa y de haber +faltado claramente, impulsada por móviles irresistibles, a la ley de +Dios. No; nada me disculpa: ni las atrocidades de mi marido, ni la +espantosa soledad en que yo estaba; ni los mil escollos de la vida en +la corte, ni las grandes seducciones morales y físicas de mi paisano y +dulce compañero de la niñez. Reconozco mi falta; y atenta solo a que +este papel reciba un escrupuloso retrato de mi conciencia y de mis +acciones, la escribo aquí, venciendo la vergüenza que confesión tan +penosa me causa.</p> + +<p>Salimos de Madrid en una hermosa noche de julio. Cuando dejamos de +oír el rugido de la milicia victoriosa, me pareció que entraba en el +cielo. Íbamos cómodamente en una silla de postas con buenos caballos +y un hábil mayoral de Palacio. Yo había tomado un nombre supuesto +diciéndome marquesa de Berceo, y él era nada menos que mi esposo, una +especie de marqués de Berceo. Mucho nos reímos con esta invención, que +a cada paso daba lugar a picantes comentarios y agudezas. No recuerdo +días más placenteros que los de aquel viaje.</p> + +<p>¡Cuántas veces bajamos del coche para andar largos trechos a pie, +recreándonos en la hermosura de las incomparables noches de Castilla! +¡Cómo se agrandaba todo ante nuestros ojos, principalmente las cosas +inmateriales! Nos parecía que aquella dulce vagancia no acabaría nunca, +y que los días venideros serían siempre como aquel cielo que veíamos, +dilatados, serenos y sin nubes. En tales horas,<span class="pagenum" +id="Page_21">p. 21</span> o hablábamos poco, o vertíamos el alma del +uno en la del otro alternativamente por medio de observaciones y +preguntas acordes con el hermoso espectáculo que veíamos fuera y dentro +de nosotros, pues de mi alma puede decirse que estaba tan llena de +estrellas como el firmamento.</p> + +<p>Han pasado muchos años: entonces tenía yo veintisiete, y ahora... no +lo quiero decir por no espantarme; pero creo que he traspasado el medio +siglo.<a id="FNanchor_3" href="#Footnote_3" class="fnanchor">[3]</a> +Entonces mis cabellos eran de oro; ahora son de plata, sin que +ni una sola hebra de ellos conserve su primitivo color. Mis ojos +tenían el brillo que es reflejo de la inteligencia despierta y de +los sentimientos bullidores; ahora no son más que dos empañadas +cuentas azules, de las cuales se escapa alguna vez fugitivo rayo. Mi +cara entonces respiraba alegría, salud, y el alma rielaba sobre mis +facciones como la luz sobre la superficie de las temblorosas aguas; +ahora es una máscara que sirve para disimular los pensamientos, y que +a muchos deja ver todavía huellas claras de la hermosura que hubo en +ella. Entonces era muy hermosa; ahora soy una <i>vieja que debió de +haber sido guapa</i>, aunque si he de creer a don Toribio, el canónigo +de Tortosa, todavía puedo volver loco a cualquiera. En suma: todo ha +pasado, mudándose considerablemente, e infinitas personas han entrado +en la región de los recuerdos. Lo que siempre está lo mismo<span +class="pagenum" id="Page_22">p. 22</span> es mi país, que no deja de +luchar un momento por la misma causa y con las mismas armas, y si no +con las mismas personas, con los mismos tipos de guerreros y políticos. +Mi país sigue siempre a la calesera.</p> + +<div class="footnote"> + +<p><a id="Footnote_3" href="#FNanchor_3" class="label">[3]</a> Según +nuestras noticias, la señora escribió estas memorias durante la guerra +civil del 48.</p> + +</div> + +<p>Pues bien: en todo el tiempo transcurrido entre estas dos épocas, +no he visto pasar días como aquellos. Fueron de los pocos que tiene +cada mortal como un regalo del cielo para toda la existencia, y que +en vano se aguardan después, porque no vuelven. Estos aguinaldos de +la vida no se reciben más que una vez. Salvador era menos feliz que +yo, a causa de los deberes y las afecciones que había dejado atrás. Yo +procuraba hacerle olvidar todo lo que no fuese nosotros mismos; mas +resultaba esto muy difícil, por ser él menos dueño de sus acciones que +yo, y aun si se quiere, menos egoísta. Íbamos de pueblo en pueblo, sin +apresurarnos ni detenernos mucho. Aquel vivir entre todo el mundo y al +mismo tiempo sin testigo, era mi mayor delicia. Los diversos pueblos +por donde pasábamos no tenían sin duda noticia de la felicidad de los +marqueses de Berceo, pues si la tuvieran, no creo que nos dejaran +seguir sin quitarnos algo de ella.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch4"> + <h2 class="nobreak g0">IV</h2> +</div> + +<p>Gracias a nuestro dinero y a nuestro buen porte, podíamos disfrutar +de todas las comodidades posibles en las posadas. El calor nos<span +class="pagenum" id="Page_23">p. 23</span> obligaba a detenernos durante +el día, caminando por las noches, y ni en Castilla ni en Aragón tuvimos +ningún mal encuentro, como recelábamos, con milicianos, ladrones o +espías del gobierno.</p> + +<p>Más allá de Zaragoza empezamos a temer que nos salieran al paso las +tropas de Torrijos o de Manso. Por eso, en vez de tomar directamente +el camino de Cataluña, subimos hacia Huesca. Salvador, cuya antipatía +a los facciosos y guerrilleros era violentísima, se mostró disgustado +al considerarse cerca de ellos. Entonces tuve un momento de súbita +tristeza oyéndole decir:</p> + +<p>—Cuando lleguemos a un lugar seguro o estés entre tus amigos, me +volveré a Madrid.</p> + +<p>Yo deseaba que no llegasen ni el lugar seguro ni tampoco mis +amigos. Pero aunque mi tristeza fue grande desde aquel momento, +apoderándose de mi corazón como un presagio de desventuras, estaba muy +lejos de sospechar el espantoso golpe que nos amenazaba, consecuencia +providencial de nuestra falta y de mi criminal ligereza. ¡Ay!, piensa +el malo que sus alegrías han de ser perpetuas, y la misma grata +corriente de ellas le lleva ciego a lo que yo llamo la sucursal del +infierno en la tierra, que es la desgracia y el anticipado castigo de +los delitos.</p> + +<p>De Huesca nos dirigimos a Barbastro, siguiendo por un detestable +camino hasta Benabarre, donde entramos al anochecer. Detuvieron nuestro +coche algunos hombres, y al verles, exclamé:</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_24">p. 24</span>—¡Los guerrilleros! +Ya estamos en casa.</p> + +<p>Salvador mostró gran disgusto, y cuando fuimos interrogados, dio +algunas contestaciones que debieron sonar muy mal en los oídos de los +soldados de la fe. Yo tenía confianza en mi gente y la seguridad de +no ser detenida; pero no me fue posible evitar ciertas molestias. Nos +hicieron bajar del coche antes de llegar a la posada y presentarnos +a un rústico capitán que estaba en la venta del camino bebiendo vino +juntamente con otro guerrillero, al modo de frailazo, armado de +pistolas, y con dos o tres individuos de malísima catadura.</p> + +<p>Sus maneras no eran en verdad nada corteses, a pesar de defender +causa tan sagrada como es la del altar y el trono; pero con dos o tres +palabras dichas enérgicamente y en tono de dignidad, me hice respetar +al punto. Yo mostraba mis papeles al que me parecía jefe, cuando +observé que uno de los hombres allí presentes miraba a mi compañero de +viaje con expresión poco tranquilizadora. Llegose a él, y poniéndole la +mano en el hombro, le dijo con brutal modo y expresión de venganza:</p> + +<p>—¿Me conoces? ¿Sabes quién soy?</p> + +<p>—Sí —le respondió Monsalud, pálido y colérico—. Ya sé que eres un +hombre vil: tu nombre es Regato.</p> + +<p>El desconocido se abalanzó en ademán hostil hacia mi amigo; pero +este supo recibirle con tanta valentía, que le hizo rodar por el suelo, +bañado el rostro en sangre. Quedeme sin aliento al ver la furia de +aquella gente ante el mal trato dado a uno de los suyos. Milagro<span +class="pagenum" id="Page_25">p. 25</span> de Dios fue que no +pereciésemos allí; pero el capitán parecía hombre prudente, y haciendo +salir de la venta al agraviado, nos notificó que estábamos presos hasta +que el jefe decidiera lo que se había de hacer con nosotros.</p> + +<p>Afectando serenidad, díjele que mirara bien lo que hacía, por ser yo +persona de gran poder en la frontera y en Palacio; pero encogiéndose de +hombros, tan solo me permitió, después de largas discusiones, hablar +al que ellos llamaban coronel. Salí desalada de la venta, dejando en +ella la mitad de mi alma, pues allí quedó guardado por dos hombres mi +ultrajado amigo, y me presenté al coronel, que era un capuchino de +Cervera.</p> + +<p>Acababa de despachar Su Paternidad un bodrio y dos azumbres que +le habían puesto para que cenase, y después del pienso, no tenía al +parecer la cabeza muy serena. Sin embargo, no me trató mal. Díjome que +el señor Regato le había informado ya de quién era mi acompañante, y +que en vista de sus antecedentes y circunstancias, no podían soltarle. +Púseme furiosa: yo me creí capaz de destrozar solo con mis uñas a +aquel tremendo fraile coronel, cuyas barbas y salvaje apostura ponían +miedo en el corazón más esforzado. Sin miramiento alguno le increpé, +diciéndole cuantas atrocidades me vinieron a la boca y amenazándole con +pedir su cabeza al rey; pero ni aun así logré ablandar aquella roca en +figura de bestia. Oyome el bárbaro con paciencia, sin duda por ser más +fraile que guerrero, y resumió sus resoluciones diciéndome:</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_26">p. 26</span>—Usted, señora, +puede ir libremente a donde le acomode; pero ese hombre no me sale de +aquí.</p> + +<p>¡Ay!, si yo hubiera tenido a mis órdenes diez hombres armados, +habría atacado al batallón, cuadrilla o lo que fuera, segura de +destrozarlo: que tanto puede el furor de una hembra ofendida. Volví +a la venta, resuelta a sacar de ella a Salvador con mis propias +manos, desafiando las armas de sus guardianes; pero cuando entré, mi +compañero de viaje, mi adorado amigo, mi pobre marqués de Berceo, había +desaparecido. Le llamé con la voz ronca de tanto gritar; le llamé con +toda mi alma; pero no me respondió. Una mujer andrajosa, que parecía +tan salvaje y feroz como los hombres que en aquel pueblo vi, salió +conmigo al camino, y señalando a un punto en la oscuridad del espacio +negro, dijo sordamente:</p> + +<p>—Allí.</p> + +<p>Y mirando hacia donde su dedo me indicaba, vi unas grandes sombras +que parecían murallones almenados y como ruinas hendidas. Pregunté qué +sitio era aquel, y la desconocida me contestó:</p> + +<p>—El castillo.</p> + +<p>La mujer, llevando una cesta con provisiones, marchó en dirección +del castillo. Yo la seguí. No tardamos en llegar, y por una poterna +desvencijada que se abría en la muralla, después de pasado el foso sin +agua, penetramos en un patio lleno de escombros y de hierba.</p> + +<p>—¡Aquí, aquí le han encerrado! —exclamé<span class="pagenum" +id="Page_27">p. 27</span> mirando a todos lados como quien ha perdido +el juicio.</p> + +<p>La mujer se detuvo ante mí, y señalando el suelo dijo con voz muy +lúgubre:</p> + +<p>—¡Abajo!</p> + +<p>Creí volverme loca. Los ojos de la horrible persona que me daba tan +tremendas noticias brillaban con claridad verdosa, como los de animal +felino. Quise seguirla cuando subió la escalerilla que conducía a las +habitaciones practicables entre tanta ruina; pero un centinela me echó +fuera brutalmente, amenazándome con arrojarme al foso si no me retiraba +<i>más pronto que la vista</i>. Estas fueron sus propias palabras.</p> + +<p>Corrí hacia el pueblo, decidida a ver de nuevo al coronel capuchino +de Cervera. Pero tanta agitación agotó al fin mis fuerzas, y tuve que +sentarme en una gran piedra del camino, fatigada y abatida, porque a mi +primera furia sustituyó una aflicción profundísima que me hizo llorar. +No recuerdo haber derramado nunca más lágrimas en menos tiempo. Al fin, +sobreponiéndome a mi dolor, seguí adelante, jurando no continuar el +viaje sin llevar en mi compañía al infeliz cuanto adorado amigo de mi +niñez. Desperté al capuchino, que ya roncaba, el cual de muy talante +repitió su fiera sentencia, diciendo:</p> + +<p>—Usted, señora, puede continuar su viaje; pero el otro no saldrá de +aquí sin orden superior. Yo sé lo que me digo. ¡Pisto!, que ya me canso +de sermonear. Vaya usted con Dios y déjenos en paz.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_28">p. 28</span>Despreciando su +barbarie, insistí y amenacé, y al cabo me dio algunas esperanzas con +estas palabras:</p> + +<p>—El jefe de nuestra partida acaba de llegar. Háblele usted a él.</p> + +<p>—¿Quién es el jefe?</p> + +<p>—Don Saturnino Albuín —me contestó.</p> + +<p>Al oír este nombre vi el cielo abierto. Yo había conocido en Bayona +al célebre <i>Manco</i>, y recordé que, aunque muy bruto, hacía +alarde de generosidad e hidalguía en todas las ocasiones que se le +presentaban. No quise detenerme ni un instante, y al punto me informé +de que don Saturnino se hallaba en una casa situada junto al camino, +a la salida del pueblo, en dirección a Tremp. Desde la plaza se veían +dos lucecillas en las ventanas de la vivienda. Corrí allá guiada por la +simpática claridad de aquellas luces semejantes a dos ojos, y que eran +para mí fanales de esperanza. Llegué sin aliento, agitada por la fatiga +y un dulce presagio de buen éxito que me llenaba el corazón.</p> + +<p>El centinela me dijo que no se podía pasar; pero apelando a mis +bolsillos, pasé. En la escalera, en el pasillo alto, fui repetidas +veces detenida; pero con el mismo talismán abríame paso.</p> + +<p>—Ahí está —me dijo un hombre señalando una puerta, detrás de la cual +se oían alteradas voces en disputa. Sin reparar más que en mi afán +empujé la puerta y entré.</p> + +<p>Albuín, que estaba en pie, se volvió al sentir el ruido de la +puerta, y me interrogó con sus ojos, que expresaban sorpresa y cólera +por<span class="pagenum" id="Page_29">p. 29</span> mi brusca entrada. +Otro guerrillero estaba junto a la mesa con los codos sobre ella, +encendiendo un cigarro en la luz del velón de cobre que alumbraba la +estancia.</p> + +<p>—¿Qué se le ofrece a usted, señora? —me dijo Albuín moviendo con +gesto de impaciencia su única mano.</p> + +<p>No había yo dado cuatro pasos dentro de la habitación, cuando +observé que más allá de la mesa había otro hombre, apoltronado en +un sillón, con los pies extendidos sobre una banqueta, inclinada la +cabeza sobre el hombro, y durmiendo tranquilamente con ese sueño del +guerrillero cansado que acaba de recorrer dos provincias y marear a dos +ejércitos. Al verle, ¡Santo Dios!, me quedé yerta, muda como estatua: +no pude pronunciar una palabra, ni dar un paso, ni respirar, ni huir, +ni gritar. El terror me arrancó súbitamente del pensamiento mis +angustias de aquella noche.</p> + +<p>Aquel hombre era mi marido.</p> + +<p>—¿Qué se le ofrece a usted, señora? —volvió a preguntarme el +<i>Manco</i>.</p> + +<p>Pasado el primer instante de terror, en mí no hubo otra idea que la +idea de huir, de desaparecer, de desvanecerme como el humo o como la +palabra vana que se lleva el viento.</p> + +<p>—Pero ¿qué se le ofrece a usted, demonio? —repitió el +guerrillero.</p> + +<p>—¡Nada! —contesté. Y a toda prisa salí de la habitación.</p> + +<p>Yo creo que ni un relámpago corre como yo corrí fuera de la casa. +No veía más que el camino, y mi veloz carrera nunca me parecía<span +class="pagenum" id="Page_30">p. 30</span> bastante apresurada para +llegar al centro del pueblo, donde había dejado mi coche.</p> + +<p>A lo lejos, detrás de mí, sentí voces que decían burlonamente:</p> + +<p>—¡La mujer loca, la mujer loca!</p> + +<p>Eran los bárbaros a quienes yo había dado tanto dinero para que me +dejasen pasar. A cada instante volvía la cabeza por ver si mi marido +venía corriendo detrás de mí.</p> + +<p>Llegué medio muerta a donde estaba mi coche, y tirando del brazo al +cochero para que despertase, grité:</p> + +<p>—Francisco, Francisco, vuela, vuela fuera de este horrible +pueblo.</p> + +<p>Y me metí en el coche.</p> + +<p>—¿A dónde vamos, señora? —me preguntó el buen hombre sacudiendo la +pereza.</p> + +<p>—¿Estás sordo? Te he dicho que vueles... ¿Hablo yo en griego? Que +vueles, hombre. Mata los caballos; pero ponme a muchas leguas de +aquí.</p> + +<p>—¿A dónde vamos, señora? ¿Hacia la Seo?</p> + +<p>—Hacia el infierno si quieres, con tal que me saques de aquí.</p> + +<p>Mi coche partió a escape, y siguiendo el camino en dirección a +Tremp, pasé junto a la malhadada casa donde había visto a mi esposo. +Entonces los bárbaros reunidos junto a la puerta me aclamaron otra vez, +arrojando algunas piedras a mi coche. Su grito era:</p> + +<p>—¡La mujer loca, la mujer loca!</p> + +<p>En efecto, lo estaba. ¡Ah! ¡Benabarre, Benabarre, maldito seas! En +ti acabó mi felicidad; en las espinas de tu camino dejé clavado<span +class="pagenum" id="Page_31">p. 31</span> mi corazón chorreando sangre. +Fuiste mi calvario y la piedra resbaladiza de mal agüero donde caí para +siempre, cuando más orgullosa marchaba. Fuiste el tajo donde el cielo +puso mi cabeza para asegurar el golpe de su cuchilla; pero con ser obra +del cielo mi castigo, ¡te odio, execrable pueblo de bandidos! ¡Sepulcro +de mi edad feliz, no puedo verte sin espanto, y mientras tenga lengua, +te maldeciré!</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch5"> + <h2 class="nobreak">V</h2> +</div> + +<p>El 14 de agosto llegué a la Seo. ¡Qué viaje el de Benabarre a la +Seo! Si antes todo se adaptaba al linsojero estado de mi alma, después +todos los caballos eran malos, todos los caminos intransitables, todas +las posadas insufribles, todos los días calurosos, y las noches todas +tristes como los pensamientos del desterrado. Mi alma sin consuelo, +mientras más gente veía, más sola se encontraba. Mi pensamiento no +podía apartarse de aquel lugar siniestro donde habían quedado mi amor +y mi suplicio, mi falta y mi conciencia, representados cada una en un +hombre.</p> + +<p>Casi antes de desempeñar mi comisión traté de ocuparme de salvar al +infeliz que había quedado cautivo en Benabarre; pero Mataflorida me +dijo sonriendo:</p> + +<p>—Luego, luego, mi querida señora, trataremos de ese asunto. +Infórmeme usted de lo<span class="pagenum" id="Page_32">p. 32</span> +que trae, pues no hay tiempo que perder. Hoy mismo constituiremos la +Regencia.</p> + +<p>Más de dos horas estuvimos departiendo. Él, como hombre muy +ambicioso y que gustaba de ser el primero en todo, recibió con gusto +las instrucciones reservadísimas que le daban gran superioridad entre +sus compañeros de regencia. Eran estos el barón de Eroles y don Jaime +Creux, arzobispo de Tarragona, ambos, lo mismo que Mataflorida, +de clase humildísima, sacados de su oscuridad por los tiempos +revolucionarios, lo cual no era un argumento muy fuerte en pro del +absolutismo. Una regencia destinada a restablecer el trono y el altar +debió constituirse con gente de abolengo. Pero la edad revuelta que +corríamos lo exigía de otro modo, y hasta el absolutismo alistaba su +gente en la plebe. Este hecho, que ya venía observándose desde el +siglo pasado, lo expresaba Luis XV diciendo que la nobleza necesitaba +estercolarse para ser fecundada.</p> + +<p>De los tres regentes, el más simpático era Mataflorida y también +el de más entendimiento; el más tolerante, Eroles, y el más malo y +antipático, don Jaime Creux. No puede decirse de estos hombres que +habían marchado con lentitud en sus brillantes carreras. Eroles era +estudiante en 1808, y en 1816 teniente general. El otro, de clérigo +oscuro pasó a obispo, en premio de su traición en las Cortes del año +14.</p> + +<p>Yo no tenía mi espíritu en disposición de atender a las ceremonias +con que quisieron celebrar los triunviros el establecimiento de +la<span class="pagenum" id="Page_33">p. 33</span> Regencia. Después de +publicar su célebre manifiesto, proclamaron solemnemente al monarca, +<i>restituyéndole a la plenitud de sus derechos</i>, según decíamos +entonces. Levantose en la plaza de la Seo un tablado, sobre el que un +sacristán, vestido de rey de armas, gritó: «¡España por Fernando VII!», +y luego dieron al viento una bandera, en la cual las monjas habían +bordado una cruz y aquellas palabras latinas que quieren decir: <i>por +este signo vencerás</i>. Los altos castillos que coronan los montes en +cuyo centro está sepultada la Seo, hicieron salvas, y aquello en verdad +parecía una proclamación en toda regla.</p> + +<p>Después de la ceremonia política hubo jubileo por las calles y +rogativa pública, a que concurrió el obispo con todo el clero armado y +el cabildo sin armas. Era un espectáculo edificante y al mismo tiempo +horroroso. Daba idea de la inmensa fuerza que tenían en nuestro país +las dos clases reunidas, clero y plebe; pero los frailes armados de +pistolas y los guerrilleros con vela, el general con su crucifijo y el +arcediano con espuelas, movían a risa y a odio juntamente. El ejército +de la fe, uniformado solo con la barretina, habría parecido un ejército +de pavos, si no estuviera bien probado su indomable valor.</p> + +<p>Yo veía aquella procesión chabacana, horrible parodia del +levantamiento nacional de 1808, y aquellas espantosas figuras de curas +confundidos con guerreros, como se ven las ficciones horrendas de una +pesadilla. Tal espectáculo era excesivamente desagradable a mi<span +class="pagenum" id="Page_34">p. 34</span> espíritu, y la bulla del +pueblo me ponía los nervios en lastimoso desorden. Semejante carnaval +en Urgel, que es sin disputa el pueblo más feo de todo el mundo, era +para enfermar y aun enloquecer a cualquiera. Mi privilegiada naturaleza +me salvó.</p> + +<p>Y pasaban días sin que me fuera posible hacer nada de provecho por +mi amado prisionero de Benabarre. Obtenía, sí, promesas y aun órdenes +de la Regencia; pero como no podía trasladarme yo misma al lugar del +conflicto, era muy difícil que tuviesen cumplimiento. Antes me dejara +morir que encaminarme a paraje alguno donde hubiese probabilidades de +encontrar la persona, o siquiera las huellas de mi esposo; y según mis +averiguaciones, este no había abandonado el bajo Aragón.</p> + +<p>Al fin supe que mi cara mitad, uniéndose a Jeps dels Estanys, +había pasado a la alta Cataluña. Llena de esperanza entonces corrí a +Benabarre, cargada de órdenes de Mataflorida y del mismo Eroles, que +acababa de ponerse a la cabeza de la insurrección catalana. Ningún +obstáculo podían oponerme ya los guerrilleros; mas por mi desgracia, +cuando llegué al funesto pueblo de Aragón, ni un solo partidario del +realismo quedaba en su recinto: el castillo había sido volado, y el +mísero cautivo, según me dijeron, trasladado a otro punto.</p> + +<p>—¿Vivo? —pregunté.</p> + +<p>—Vivo y cargado de cadenas —me contestó la misma mujer de aquella +horrenda noche de agosto—. Se iba muriendo por el camino; pero<span +class="pagenum" id="Page_35">p. 35</span> le daban comida y bebida para +que no acabase de padecer.</p> + +<p>No tuve tiempo para entregarme a inútiles lamentaciones, porque +corrió por todo el pueblo esta horrible voz: ¡<i>los liberales</i>!, +¡<i>que vienen los liberales</i>!, y tuve que huir. Con mucho trabajo y +gastando bastante dinero, pude escapar a Francia por Canfranc.</p> + + +<p class="mt2"><span class="sc">Nota del autor.</span> <i>Aquí concluye +el primer fragmento de las curiosas memorias.</i></p> + +<p><i>Como el segundo se refiere a sucesos ocurridos en la primavera +del 22, resultando una interrupción de siete meses, nos vemos en la +necesidad de llenar tan lamentable vacío con relaciones propias, +que abreviaremos todo lo posible para que no se echen de menos por +mucho tiempo las aventuras de la dama viajera, contadas por ella +misma.</i></p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch6"> + <h2 class="nobreak g0">VI</h2> +</div> + +<p>La primera determinación del gobierno popular que sucedió al de +Martínez de la Rosa, después de las jornadas de julio, fue nombrar +general del ejército del Norte al rayo de las guerrillas, al Napoleón +navarro, don Francisco Espoz y Mina. En medio de su atolondramiento, +los siete ministros, a quienes la corte llamaba los <i>Siete niños +de Écija</i>, no carecían de iniciativa y de cierta arrogancia +emprendedora que por algún tiempo les permitió sostenerse<span +class="pagenum" id="Page_36">p. 36</span> en el poder con prestigio. El +nombramiento de Mina y aquella orden que le dieron de hacer tabla rasa +de las provincias rebeldes, no pudieron ser más acertados.</p> + +<p>El gran guerrillero no necesitaba muy vivas excitaciones para +sentar su pesada mano a los pueblos. Navarros y catalanes le conocían. +Pero antaño había hecho la guerra con ellos, y ahora debía hacerla +contra ellos, lo cual era muy distinto. Antes se batía contra tropas +regulares, y ahora con ellas perseguía las partidas. Bien se ve que +el coloso de las guerrillas estaba fuera de su natural esfera y +asiento. Tenía que hacer el papel del enemigo durante la guerra de la +Independencia.</p> + +<p>A pesar de esta desventaja, empezó con muy buen pie su campaña. +No podía decirse propiamente que había partidas en el norte, sino +que todo el norte, desde Gerona hasta Guipúzcoa y desde el Pirineo +hasta las inmediaciones del Ebro, ardía con horrible llamarada +absolutista. Quesada, a cuyo lado despuntaba un precoz muchacho +llamado Zumalacárregui, dominaba en Navarra, juntamente con Guergué y +don Santos Ladrón; Albuín, Cuevillas y Merino asolaban la tierra de +Burgos; Capapé la de Aragón; Jeps dels Estanys, el Trapense, Romagosa +y Caragol, la de Cataluña, donde el barón de Eroles trataba de formar +un ejército regular con las desperdigadas gavillas de la fe. Muchos +frailes del país, empezando por los aguerridos capuchinos de Cervera +que habían escapado del furor de las tropas liberales, y concluyendo +por los monjes de Poblet, que<span class="pagenum" id="Page_37">p. +37</span> tanto trabajaron en la conspiración, formaban en las filas +del Manco, de Capapé o de Misas.</p> + +<p>Mina tomó el mando de las tropas de Cataluña, y al poco tiempo el +aspecto de la campaña principió a mudarse favorablemente a nuestras +armas. En 24 de octubre, después de obligar a los facciosos a levantar +el sitio de Cervera, arrasó a Castellfollit, poniendo sobre sus ruinas +el célebre cartel que decía: «Aquí existió Castellfollit. Pueblos, +tomad ejemplo, y no deis abrigo a los enemigos de la patria.»</p> + +<p>En noviembre tomó a Balaguer. En el mismo mes obligó a muchos +facciosos a pasar la frontera en presencia del cordón sanitario con +que nos amenazaban los franceses. En 20 de enero, uno de los suyos, el +brigadier Rotten, jefe de la cuarta división del ejército de Cataluña, +hacía sufrir a San Llorens de Morunys el tremendo castigo de que había +sido víctima Castellfollit, diciendo a las tropas en la orden del día: +«La villa esencialmente rebelde llamada San Llorens de Morunys, <i>será +borrada del mapa</i>.»</p> + +<p>Aquel destructor de ciudades señalaba a cada regimiento las calles +que debía saquear antes de dar principio a la operación de borrar del +mapa. No de otra manera procedió Hoche en la Vendée; pero este sistema +de <i>borrar del mapa</i> es algo expuesto, sobre todo en España.</p> + +<p>El 8 de diciembre puso Mina sitio a la Seo de Urgel, mientras Rotten +iba convenciendo a los rebeldes catalanes con las suaves razones que +indicamos, y en uno de los pueblos demolidos y arrasados, precisamente +en aquel<span class="pagenum" id="Page_38">p. 38</span> mismo San +Llorens de Morunys, llamado también Piteus, ocurrió un suceso digno +de mencionarse, y que causó maravilla y emoción muy viva en toda la +tropa.</p> + +<p>Fue de la manera siguiente: para que el saqueo se hiciera con orden, +Rotten dispuso que el batallón de Murcia trabajase en las calles de +Arañas y Balldelfred; el de Canarias, en las calles de Frecsures y +Segories; el de Córdoba, en la de Ferronised, dejando los arrabales +para el destacamento de la Constitución y la caballería. Lo mismo +en la orden de saqueo que en la de incendio, que le siguió, fueron +exceptuadas doce casas que pertenecían a otros tantos patriotas.</p> + +<p>El regimiento de Córdoba funcionaba en la calle de Ferronised, entre +la consternación de los aterrados habitantes, cuando unos soldados +descubrieron un hondo sótano o mazmorra, y registrándolo, por si en +él había provisiones almacenadas para los facciosos, vieron a un +hombre aherrojado, o más propiamente dicho, un cadáver viviente, cuya +miserable postración les causó espanto. No vacilaron en prestarlo +auxilio cristianamente sacándole de allí en hombros, después de +quitarle con no poco trabajo las cadenas; y cuando el cautivo vio +la luz se desmayó, pronunciando incoherentes palabras, que más bien +expresaban demencia que alegría.</p> + +<p>Rodeáronle todos, siendo objeto de gran curiosidad por parte de +oficiales y soldados, que no cesaban de denostar a los facciosos por la +crueldad usada con aquel infeliz. Este parecía<span class="pagenum" +id="Page_39">p. 39</span> haber permanecido bajo tierra mucho tiempo, +según estaba de lívido y exangüe, y sin duda era víctima del furor de +las hordas absolutistas, y más que criminal castigado por sus delitos, +un buen patriota condenado por su amor a la Constitución.</p> + +<p>Un capitán ayudante de Rotten, llamado don Rafael Seudoquis, se +interesó vivamente por el cautivo, y después de mandar que se le diera +toda clase de socorros, le apremió para que hablase. El hombre sacado +del fondo de la tierra parecía joven, a pesar de lo que le abrumaba su +padecer, y se sorprendió muy agradablemente de ver los uniformes de la +tropa. Las primeras palabras que pronunció fueron:</p> + +<p>—¿En dónde están?</p> + +<p>—¿Los facciosos? —dijo Seudoquis riendo—. Me parece que no les +veremos tan pronto, según la prisa que llevan... Ahora, buen amigo, +díganos cómo se llama usted y quién es.</p> + +<p>El cautivo hacía esfuerzos para recordar.</p> + +<p>—¿En qué año estamos? —preguntó al fin mirando a todos con +extraviados ojos.</p> + +<p>—En el de 1823, que parece será el peor año del siglo, según como +empieza.</p> + +<p>—¿Y en qué mes?</p> + +<p>—En enero y a 15, día de san Pablo ermitaño. Si usted recuerda +cuándo le empaquetaron, puede hacer la cuenta del tiempo que ha estado +en conserva.</p> + +<p>—He estado preso —dijo después de una larga pausa— seis meses y +algunos días.</p> + +<p>—Pues no es mucho: otros han estado más.<span class="pagenum" +id="Page_40">p. 40</span> No le habrán tratado a usted muy bien, eso +es lo malo; pero descuide, que ahora las van a pagar todas juntas. El +pueblo será incendiado y arrasado.</p> + +<p>—¡Incendiado y arrasado! —exclamó el cautivo con pena—. ¡Qué lástima +que no sea Benabarre!</p> + +<p>—Sin duda el cautiverio de usted —dijo Seudoquis intimando más con +el desgraciado— empezó en ese horrible pueblo aragonés.</p> + +<p>—Sí, señor: de allí me trajeron a Tremp, de Tremp a Masbrú y de +Masbrú aquí.</p> + +<p>—¡Oh, buen viaje ha sido! ¡Y seis meses de encierro, bajo el +poder de esa canalla! No sé cómo no le fusilaron a usted seiscientas +veces.</p> + +<p>—Eran demasiado inhumanos para hacerlo.</p> + +<p>Lleváronle fuera del pueblo, en una camilla, a presencia del +brigadier, que le interrogó. Desde el cuartel general vio las llamas que +devoraban a San Llorens, y entonces dijo:</p> + +<p>—Arde lo inocente, las guaridas, y los perversos lobos están en el +monte.</p> + +<p>El bravo y generoso Seudoquis fue encargado por el brigadier de +vestirle, pues los andrajos que cubrían el cuerpo del cautivo se caían +a pedazos.</p> + +<p>Al día siguiente de su maravillosa redención, hallose muy repuesto +por la influencia del aire sano y de los alimentos que tomara, y aunque +le era imposible dar un paso, podía hablar sin acongojarse por falta de +aliento como el primer día.</p> + +<p>—¿Qué ha pasado en todo este tiempo?<span class="pagenum" +id="Page_41">p. 41</span> —preguntó con voz temblorosa al que +continuamente le daba pruebas de generosidad e interés—. ¿Sigue +reinando Fernando VII?</p> + +<p>—Hombre, sí: todavía le tenemos encima —dijo Seudoquis atizando la +hoguera, alrededor de la cual vivaqueaban juntamente con el cautivo +cuatro o cinco oficiales—. Gotosillo sigue nuestro hombre; pero aún nos +está embromando y nos embromará por mucho tiempo.</p> + +<p>—¿Y la Constitución, subsiste?</p> + +<p>—También está gotosa, o mejor dicho, acatarrada. Me parece que de +esta fecha enterramos a la señora.</p> + +<p>—¿Y hay Cortes?</p> + +<p>—Cortes y recortes. Pero me parece que pronto no quedarán más que +los de los sastres.</p> + +<p>—Y qué, ¿hay revolución en España?</p> + +<p>—Nada: estamos en una balsa de aceite.</p> + +<p>—¿Qué ministerio tenemos?</p> + +<p>—El de los <i>Siete niños de Écija</i>. ¿Pues qué, vamos a estar +mudando de niños todos los días?</p> + +<p>—¿Y ha vuelto la Milicia a sacudir el polvo a la Guardia real?</p> + +<p>—Ahora nos ocupamos todos en cazar frailes y guerrilleros, siempre +que ellos no nos cacen a nosotros.</p> + +<p>—¿Y Riego?</p> + +<p>—Ha ido a Andalucía.</p> + +<p>—¿Hay agitación allá?</p> + +<p>—Lo que hay es mucha sangre vertida en todas partes.</p> + +<p>—Revolución completa. ¿Dónde hay partidas?</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_42">p. 42</span>—Pregunte usted que +dónde hay españoles.</p> + +<p>—Toda Cataluña parece estar en armas contra el gobierno.</p> + +<p>—Y casi todo Aragón y Navarra y Vizcaya y Burgos y León y mucha +parte de Guadalajara, Cuenca, Ávila, Toledo, Cáceres. Hay facciones +hasta en Andalucía, que es como decir que hasta las ranas han criado +pelo.</p> + +<p>—¡Qué horrible sueño el mío —dijo lúgubremente el cautivo—, y qué +triste despertar!</p> + +<p>—Esto es un volcán, amigo mío.</p> + +<p>—¿Pero qué quieren?</p> + +<p>—Confites. Piden Inquisición y cadenas.</p> + +<p>—¿Y quién los dirige?</p> + +<p>—El rey, y en su real nombre la Regencia de Urgel.</p> + +<p>—¡Una regencia...!</p> + +<p>—Que tiene su gobierno regular, sus embajadores en las cortes de +Europa, y ha contratado hace poco un gran empréstito. ¡Si no hay país +ninguno como este! Espanta el ver cómo falta dinero para todo menos +para conspirar.</p> + +<p>—¿Y qué hace el gobierno?</p> + +<p>—¿Qué ha de hacer? Bobadas. Trasladar los curas de una parroquia +a otra, declarar vacantes las sillas de los obispos que están en la +facción, fomentar las sociedades patrióticas, suprimir los conventos +que están en despoblado, y otras grandes medidas salvadoras.</p> + +<p>—¿No ha cerrado el gobierno las sociedades patrióticas?</p> + +<p>—Ha abierto la <i>Landaburiana</i>, para que los liberales tengan +una buena plazuela donde insultarse.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_43">p. 43</span>—¿Siguen los +discursos?</p> + +<p>—Sí; pero abundan más los cachetes.</p> + +<p>—¿Y qué generales mandan los ejércitos de operaciones?</p> + +<p>—Aquí, Mina; en Castilla la Nueva, O’Daly; Quiroga, en Galicia; en +Aragón, Torrijos.</p> + +<p>—¿Y vencen?</p> + +<p>—Cuando pueden.</p> + +<p>—Es una delicia lo que encuentro a mi vuelta del otro mundo.</p> + +<p>—Si casi era mejor que se hubiese usted quedado por allá. Así al +menos no sufriría la vergüenza de la intervención extranjera.</p> + +<p>—¿Intervención?</p> + +<p>—¡Y se asusta! ¿Pues hay nada más natural? Según parece, allá por +el mundo civilizado corre el rumor de que esto que aquí pasa es un +escándalo.</p> + +<p>—Sí que lo es.</p> + +<p>—Los reyes temen que a sus naciones respectivas les entre este +maleficio de las Constituciones, de las sociedades landaburianas, de +las partidas de la fe, de los frailes con pistolas, y nos van a quitar +todos estos motivos de distracción. Lejos del mundo ha estado usted, +y muy dentro de tierra cuando no han llegado a sus oídos las célebres +notas.</p> + +<p>—¿Qué notas?</p> + +<p>—El re mi fa de las potencias. Las notas han sido tres, todas muy +desafinadas, y las potencias que las han dado, tres también, como las +del alma: Rusia, Prusia y Austria.</p> + +<p>—¿Y qué pedían?</p> + +<p>—No puedo decírselo a usted claramente,<span class="pagenum" +id="Page_44">p. 44</span> porque los embajadores no me las han leído; +pero sí sé que la contestación del gobierno español ha sido retumbante +y guerrera como un redoble de tambor.</p> + +<p>—Es decir, que desafía a Europa.</p> + +<p>—Sí, señor, la desafiamos. Ahora se recuerda mucho la guerra de +la Independencia; pero yo digo como Cervantes, que <i>nunca segundas +partes fueron buenas</i>.</p> + +<p>—¿De modo que tendremos otra vez extranjeros?</p> + +<p>—Franceses. Ahí tiene usted en lo que ha venido a parar el ejército +de observación. Entre el cordón sanitario y el de San Francisco nos van +a dar que hacer... Digo... y los diputados, el día en que aprobaron la +contestación a las notas, fueron aclamados por el pueblo. Yo estaba en +Madrid esa noche, y como vivo frente al coronel San Miguel, las murgas +no me dejaron dormir en toda la noche. Por todas partes no se oyen más +que <i>mueras</i> a la Santa Alianza, a las potencias del norte, a +Francia y a la Regencia de Urgel. Ahora se dice también, como entonces: +«dejadles que se internen»; pero la tropa no está muy entusiasmada que +digamos. Con todo, si entran los interventores, no les recibiremos con +las manos en los bolsillos.</p> + +<p>—Tremendos días vienen —dijo el cautivo—. Si los absolutistas +vencen, no podremos vivir aquí. O ellos o nosotros. Hay que +exterminarles para que no nos exterminen.</p> + +<p>—Diga usted que si hubiera muchos brigadieres Rotten, pronto se +acababa esa casta maligna.<span class="pagenum" id="Page_45">p. +45</span> Fusilamos realistas por docenas, sin distinción de sexo +ni edad, ni formalidades de juicio... ¡Ay del que cae en nuestras +manos! Nuestro brigadier dice que no hay otro remedio, ni entienden +más razón que el arcabuzazo. Ayer hicimos catorce prisioneros en San +Llorens. Hay de toda casta de gentes: mujeres, hombres, dos clérigos, +un jesuita que usa gafas, un escribano de setenta años, una mujer +pública, dos guerrilleros inválidos; en fin, un muestrario completo. El +jefe les ha sentenciado ya; pero como esto no se puede decir así, se +hace la comedia de enviarles a la cárcel de Solsona, y por el camino, +cuando viene la noche y se llega a un sitio conveniente..., <i>pim, +pam</i>..., se les despacha en un santiamén, y a otra.</p> + +<p>—Si no me engaño —dijo el cautivo—, aquellos paisanos que por allí +asoman son los prisioneros de San Llorens.</p> + +<p>En una loma cercana, a distancia de dos tiros de fusil, se veía un +grupo de personas, custodiado por la tropa.</p> + +<p>—Cabalmente —afirmó Seudoquis—, aquellos son. Dentro de una hora se +pondrán en camino para la eternidad. ¡Y están tan tranquilos!... Como +que no han probado aún las recetas del brigadier Rotten...</p> + +<p>—Ojo por ojo y diente por diente —dijo el cautivo contemplando el +grupo de prisioneros—. ¡Ah, gran canalla!, no se entierran hombres +impunemente durante seis meses; no se baila encima de su sepultura +para atormentarles; no se les insulta por la reja; no se les arroja +saliva e inmundicia, sin sentir, más tarde o más<span class="pagenum" +id="Page_46">p. 46</span> temprano, la mano justiciera que baja del +cielo.</p> + +<p>Después callaron todos. No se oía más que el rasgueo de la pluma +con que uno de los oficiales escribía, teniendo el papel sobre una +cartera y esta sobre sus rodillas. Cuando hubo concluido, el cautivo +rogó que se le diese lo necesario para escribir una carta a su madre, +anunciándole que vivía, pues según dijo, en todo el tiempo de su ya +concluida cautividad no había podido dar noticia de su existencia a los +que le amaban.</p> + +<p>—¿Vivirán como yo —dijo tristemente—, o afligidos por mi +desaparición habrán muerto?</p> + +<p>—Dispénseme usted —manifestó Seudoquis—. A medida que hablamos, me +ha parecido reconocer en usted a una persona con quien hace algunos +años tuve relaciones.</p> + +<p>—Sí, señor Seudoquis —dijo el cautivo sonriendo—. El mismo soy. +Conspiramos juntos el año 19 y a principios del año 20.</p> + +<p>—Señor Monsalud —declaró el oficial abrazándole—, buen hallazgo +hemos hecho sacándole a usted de aquella mazmorra. ¡Ya se ve! ¿Cómo +podría conocerle, si está usted hecho un esqueleto...? Además, en +estos tiempos se olvida pronto. ¡He visto tanta gente desde aquellos +felices días...! Porque eran felices, sí. Aunque sea entre peligros, el +conspirar es siempre muy agradable, sobre todo si se tiene fe.</p> + +<p>—Entonces tenía yo mucha fe.</p> + +<p>—¡Ah! Y yo también. Me hubiera dejado descuartizar por la +libertad.</p> + +<p>—¡Con qué afán trabajábamos!</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_47">p. 47</span>—Sí, ¡con qué +afán!</p> + +<p>—Nos parecía que de nuestras manos iba a salir acabada y completa la +más liberal y al mismo tiempo la más feliz nación de la tierra.</p> + +<p>—¡Sí, qué ilusiones...! Si no estoy trascordado, también nos +hallamos juntos en la logia de la calle de las Tres Cruces.</p> + +<p>—Sí, allí iba yo. En aquello nunca tuve mucha fe.</p> + +<p>—Yo sí; pero la he perdido completamente. Vea usted en qué han +venido a parar aquellas detestables misas masónicas.</p> + +<p>—Nunca tuve ilusiones respecto a la Orden de la <i>Viuda</i>.</p> + +<p>—Pues nosotros —dijo Seudoquis riendo—, tuvimos hasta hace poco +en el regimiento nuestra caverna de Adorinam. Pero apenas funcionaba +ya. ¡Cuánta ruina, amigo mío!... ¡Cómo se ha desmoronado aquel +fantástico edificio que levantamos!... Yo he sido de los que con más +gana, con más convicción y hasta con verdadera ferocidad han gritado: +¡<i>Constitución o muerte</i>! Hábleme usted con franqueza, Salvador: +¿tiene usted fe?</p> + +<p>—Ninguna —repuso el cautivo—; pero tengo odio, y por el odio que +siento contra mis carceleros, estoy dispuesto a todo, a morir matando +facciosos, si el general Mina quiere hacerme un hueco entre sus +soldados.</p> + +<p>—Pues yo —manifestó Seudoquis con frialdad—, no tengo fe; tampoco +tengo odio muy vivo; pero el deber militar suplirá en mí la falta de +estas dos poderosas fuerzas guerreras. Pienso batirme con lealtad y +llevar la bandera<span class="pagenum" id="Page_48">p. 48</span> de la +Constitución hasta donde se pueda.</p> + +<p>—Eso no basta —dijo Monsalud, moviendo la cabeza—. Para este +conflicto nacional se necesita algo más... En fin, Dios dirá.</p> + +<p>Y empezó a escribir a su madre.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch7"> + <h2 class="nobreak g0">VII</h2> +</div> + +<p>Después de dar noticia de su estupenda liberación, exponiendo +con brevedad los padecimientos del largo cautiverio que había +sufrido, escribió frases cariñosas, y una patética declaración de +arrepentimiento por su desnaturalizada conducta y la impía fuga que +tan duramente había castigado Dios. Manifestando después su falta de +recursos, y que más que un viaje a Madrid le convenía su permanencia en +el ejército de Cataluña, rogaba a su madre que vendiese cuanto había en +la casa, y juntamente con Solita se trasladase a la Puebla de Arganzón, +donde a verlas pasaría, pidiendo una licencia. Concluía indicando la +dirección que debía darse a las cartas de respuesta, y pedía que esta +fuera inmediata, para calmar la incertidumbre y afán de su alma.</p> + +<p>Aquella misma tarde habló con el brigadier Rotten, el cual era un +hombre muy rudo y fiero, bastante parecido en genio y modos a don +Carlos España. Aconsejole este que viera al general Mina, en cuyo +ejército había varias partidas de contraguerrilleros organizadas +disciplinariamente;<span class="pagenum" id="Page_49">p. 49</span> +añadió que él (el brigadier Rotten) se había propuesto hacer la guerra +de exterminio, quemando, arrasando y fusilando, en la seguridad de +que la supresión de la humanidad traería infaliblemente el fin del +absolutismo, y anunció que pasaba a la provincia de Tarragona con todas +las fuerzas de su mando, excepción hecha del batallón de Murcia, que le +había sido reclamado por el general en jefe para reforzar el sitio de +la Seo. Monsalud, sin vacilar en su elección, optó por seguir a los de +Murcia que iban hacia la Seo.</p> + +<p>Salió, pues, Murcia al día siguiente muy temprano en dirección a +Castellar, llevando el triste encargo de conducir a catorce prisioneros +de San Llorens de Morunys. Seudoquis no ocultó a Salvador su disgusto +por comisión tan execrable; pero ni él ni sus compañeros podían +desobedecer al bárbaro Rotten. Púsose en marcha el regimiento, que +más bien parecía cortejo fúnebre, y en uno de sus últimos carros iba +Monsalud, viendo delante de sí a los infelices cautivos atraillados, +algunos medio desnudos, y todos abatidos y llorosos por su miserable +destino, aunque no se creían condenados a muerte, sino tan solo a +denigrante esclavitud.</p> + +<p>Camino más triste no se había visto jamás. Lleno de fango el suelo, +cargada de neblina la atmósfera y enfriada por un remusguillo helado +que del Pirineo descendía, todo era tristeza fuera y dentro del alma de +los soldados. No se oían ni las canciones alegres con que estos<span +class="pagenum" id="Page_50">p. 50</span> suelen hacer menos pesadas +las largas marchas, ni los diálogos picantes, ni más que el lúgubre +compás de los pasos en el cieno y el crujir de los lentos carros y los +suspiros de los acongojados prisioneros. El día se acabó muy pronto a +causa de la niebla que, al modo de envidia, lo empañaba; y al llegar a +un ángulo del camino, en cierto sitio llamado <i>Los tres Roures</i> +(los tres robles), el regimiento se detuvo. Tomaba aliento, porque lo +que tenía que hacer era grave.</p> + +<p>Salvador sintió un súbito impulso en su alma cristiana. Eran los +sentimientos de humanidad, que se sobreponían al odio pasajero y al +recuerdo de tantas penas. Cuando vio que la horrible sentencia iba a +cumplirse, hundió la cabeza, sepultándola entre los sacos y mantas que +llenaban el carro, y oró en silencio. Los ayes lastimeros y los tiros +que pusieron fin a los ayes hiciéronle estremecer y sacudirse, como +si resonaran en la cavidad de su propio corazón. Cuando todo quedó en +lúgubre silencio, alzando su angustiada cabeza, dijo así:</p> + +<p>—¡Qué cobarde soy! El estado de mi cuerpo, que parece de vidrio, me +hace débil y pusilánime como una mujer... No debo tenerles lástima, +porque me sepultaron durante seis meses, porque bailaron sobre mi +calabozo y me injuriaron y escupieron, porque ni aun tuvieron la +caridad de darme muerte, sino, por el contrario, me dejaban vivir para +mortificarme más.</p> + +<p>El regimiento siguió adelante, y al pasar<span class="pagenum" +id="Page_51">p. 51</span> junto al lugar de la carnicería, Salvador +sintió renacer su congoja.</p> + +<p>«Es preciso ser hombre —pensó—. La guerra es guerra, y exige estas +crueldades. Vale más ser verdugo que víctima. O ellos o nosotros.»</p> + +<p>Seudoquis se acercó entonces para informarse de su estado de salud. +Estaba el buen capitán tan pálido como los muertos, y su mano ardiente +y nerviosa temblaba como la del asesino que acaba de arrojar el arma +para no ser descubierto.</p> + +<p>—¿Qué dice usted, amigo mío? —le preguntó Salvador.</p> + +<p>—Digo —repuso el militar tristemente— que la Constitución será +vencida.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch8"> + <h2 class="nobreak g0">VIII</h2> +</div> + +<p>Hasta el 25 de enero no llegaron a Canyellas, donde Mina tenía su +cuartel general, frente a la Seo de Urgel. Habían pasado más de sesenta +días desde que puso sitio a la plaza; y aunque la Regencia se había +puesto en salvo llevándose el dinero y los papeles, los testarudos +catalanes y aragoneses se sostenían fieramente en la población, en los +castillos y en la formidable ciudadela.</p> + +<p>Mina, hombre muy impaciente, tenía en aquellos días un humor de +mil demonios. Sus soldados estaban medio desnudos, sin ningún<span +class="pagenum" id="Page_52">p. 52</span> abrigo y con menos ardor +guerrero que hambre. A los cuarenta y seis cañones que guarnecían las +fortalezas de la Seo, el héroe navarro no podía oponer ni una sola +pieza de artillería. El país en que operaba era tan pobre y desolado, +que no había medios de que sobre él, como es costumbre, vivieran las +tropas. Por carecer estas de todo, hasta carecían de fanatismo, y el +grito de <i>Constitución o muerte</i> hacía ya muy poco efecto. Era +como los cumplimientos, que todo el mundo los dice y nadie cree en +ellos. Un invierno frío y crudo completaban la situación, derramando +nieves, escarchas, hielos y lluvia sobre los sitiadores, no menos +desabrigados que aburridos.</p> + +<p>Delante de la miserable casilla que le servía de alojamiento, +solía pasearse don Francisco por las tardes, con las manos en los +bolsillos de su capote, y pisando fuerte para que entraran en calor +las entumecidas piernas. Era hombre de cuarenta y dos años, recio y +avellanado, de semblante rudo, en que se pintaba una gran energía, +y todo su aspecto revelaba al guerreador castellano, más ágil que +forzudo. En sus ojos, sombreados por cejas muy espesas, brillaba la +astuta mirada del guerrillero que sabe organizar las emboscadas y las +dispersiones. Tenía cortas patillas, que empezaban a emblanquecer, y +una piel bronca; las mandíbulas, así como la parte inferior de la cara, +muy pronunciadas; la cabeza cabelluda, y no como la de Napoleón, sino +piriforme y amelonada, a lo guerrillero. No carecía de cierta sandunga +su especial modo de sonreír,<span class="pagenum" id="Page_53">p. +53</span> y su hablar era como su estilo: conciso y claro, si bien no +muy elegante; pero si no escribía como Julio César, solía guerrear como +él.</p> + +<p>No lo educaron sus mayores, sino los menores de su familia, y +tuvo por maestro a su sobrino, un seminarista calaverón que empezó +su carrera persiguiendo franceses y la acabó fusilado en América. Se +hizo general como otros muchos, y con mejores motivos que la mayor +parte, educándose en la guerra de la Independencia, sirviendo bien y +con lealtad, ganando cada grado con veinte batallas, y defendiendo +una idea política con perseverancia y buena fe. Su destreza militar +era extraordinaria, y fue sin disputa el primero entre los caudillos +de partidas, pues tenía la osadía de Merino, el brutal arrojo +del Empecinado, la astucia de Albuín y la ligereza del Royo. Sus +crueldades, de que tanto se ha hablado, no salían, como las de Rotten, +de las perversidades de un corazón duro, sino de los cálculos de su +activo cerebro, y constituían un plan como cualquier otro plan de +guerra. Supo hacerse amar de los suyos hasta el delirio, y también +sojuzgar a los que se le rebelaron, como el Malcarado.</p> + +<p>Poseía el genio navarro en toda su grandeza; era guerrero en cuerpo +y alma, no muy amante de la disciplina, caminante audaz, cazador de +hombres, enemigo de la lisonja, valiente por amor a la gloria, terco y +caprichudo en los combates. Ganó batallas que equivalían a romper una +muralla con la cabeza, y fueron obras maestras de la terquedad, que +a veces<span class="pagenum" id="Page_54">p. 54</span> sustituye al +genio. En sus crueldades jamás cometió viles represalias, ni se ensañó, +como otros, en criaturas débiles. Peleando contra Zumalacárregui, +ambos caudillos cambiaron cartas muy tiernas a propósito de una niña +de quince meses que el guipuzcoano tenía en poder del navarro. Fuera +de la guerra, era hombre cortés y fino, desmintiendo así la humildad +de su origen, al contrario de otros muchos, como don Juan Martín, por +ejemplo, que, aun siendo general, nunca dejó de ser carbonero.</p> + +<p>Salvador Monsalud había conocido a Mina en 1813, durante la +conspiración, y después en Madrid. Su amistad no era íntima, pero sí +cordial y sincera. Oyó el general con mucho interés el relato de las +desgracias del pobre cautivo de San Llorens, y a cada nueva crueldad +que este refería, soltaba el otro alguna enérgica invectiva contra los +facciosos.</p> + +<p>—Ya tendrá usted ocasión de vengarse, si persiste en su buen +propósito de ingresar en mi ejército —le dijo, estrechándole la mano—. +Yo tengo aquí varias partidas de contraguerrilleros, compuestas de +gentes del país y de compatriotas míos que me ayudan como pueden. Desde +luego le doy a usted el mando de una compañía. Vamos, ¿acepta usted?</p> + +<p>—Acepto. Nunca fue grande mi afición a la carrera militar; pero +ahora me seduce la idea de hacer todo el daño posible a mis infames +verdugos, no asesinándolos, sino venciéndolos... Este es el sentimiento +de que han nacido todas las guerras. Además, yo no tengo nada<span +class="pagenum" id="Page_55">p. 55</span> que hacer en Madrid. El +duque del Parque no se acordará ya de mí, y habrá puesto a otro en mi +lugar. He rogado a mi madre que venda todo y se traslade a la Puebla +con mi hermana. No quiero corte por ahora. Las circunstancias y una +inclinación irresistible que hay dentro de mí desde que me sacaron de +aquel horrible sepulcro, me impulsan a ser guerrillero.</p> + +<p>—Eso no es más que vocación de general —dijo Mina riendo.</p> + +<p>Después convidó a Monsalud a su frugal mesa, y hablaron largo rato +de la campaña y del sitio emprendido, que, según las predicciones del +general, tocaba ya a su fin.</p> + +<p>—Si para el día de la Candelaria no he entrado en esa cueva de +ladrones —dijo—, rompo mi bastón de mando... Daría todos mis grados por +podérselo romper en las costillas a Mataflorida.</p> + +<p>—O al arzobispo Creux.</p> + +<p>—Ese se pone siempre fuera de tiro. Ya marchó a Francia por miedo +a la chamusquina que les espera. ¡Ah! Señor Monsalud, si no es usted +hombre de corazón, no venga con nosotros. Cuando entremos en la Seo, no +pienso perdonar ni a las moscas. El Trapense, al tomar esta plaza, pasó +a cuchillo la guarnición. Yo pienso hacer lo mismo.</p> + +<p>—¿A qué cuerpo me destina mi general?</p> + +<p>—A la contraguerrilla del <i>Cojo de Lumbier</i>. Es un puñado de +valientes que vale todo el oro del mundo.</p> + +<p>—¿En dónde está?</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_56">p. 56</span>—Hacia Fornals, +vigilando siempre la ciudadela. Los contraguerrilleros del <i>Cojo</i> +han jurado morir todos o entrar en la ciudadela antes de la Candelaria. +Me inspiran tal confianza, que les he dicho: «No tenéis que poneros +delante de mí sino para decirme que la ciudadela es nuestra.»</p> + +<p>—Entrarán, entraremos de seguro —dijo Monsalud con entusiasmo.</p> + +<p>—Y ya les he leído muy bien la cartilla —añadió Mina—. Ya les he +cantado muy claro que no tienen que hacerme prisioneros. No doy cuartel +a nadie, absolutamente a nadie. Esa turba de sacristanes y salteadores +no merece ninguna consideración militar.</p> + +<p>—Es decir...</p> + +<p>—Que me haréis el favor de pasarme a cuchillo a toda esa gavilla +de tunantes... Amigo mío, la experiencia me ha demostrado que esta +guerra no se sofoca sino por la ley del exterminio, llevada a su último +extremo.</p> + +<p>Salvador, oyendo esto, se estremeció, y por largo rato no pudo +apartar de su pensamiento la lúgubre fase que tomaba la guerra desde +que él imaginó poner su mano en ella.</p> + +<p>Mina encargó al novel guerrillero que procurara restablecerse, +dándose la mejor vida posible en el campamento, pues tiempo había de +sobra para entrar en la lucha si continuaba la guerra, como parecía +probable, según el estado del país y los amagos de intervención. Otros +amigos, además del general, encontró Salvador en Canyellas y pueblos +inmediatos;<span class="pagenum" id="Page_57">p. 57</span> relaciones +hechas la mayor parte en la conspiración y fomentadas después en las +logias o en los cafés patrióticos.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch9"> + <h2 class="nobreak g0">IX</h2> +</div> + +<p>La Seo de Urgel está situada en la confluencia de dos ríos que +allí son torrentes: el Segre, originario de Puigcerdá, y el Valira, +un bullicioso y atronador joven enviado a España por la República de +Andorra. Enormes montañas la cercan por todas partes, y tres gargantas +estrechas le dan entrada por caminos que entonces solo eran a propósito +para la segura planta del mulo. Sobre la misma villa se eleva la +Ciudadela; más al norte, el Castillo; entre estas dos fortalezas el +escarpado arrabal de Castel-Ciudad, y en dirección a Andorra la torre +de Solsona. La imponente altura de estas posiciones hace muy difícil su +expugnación: es preciso andar a gatas para llegar hasta ellas.</p> + +<p>El 29, Mina dispuso que se atacara a Castel-Ciudad. El éxito fue +desgraciado; pero el 1.º de febrero, operando simultáneamente todas +las tropas contra Castel-Ciudad, Solsona y el Castillo, se logró poner +avanzadas en puntos cuya conquista hacía muy peligrosa la resistencia +de los sitiados. Por último, el 3 de febrero, a las doce de la mañana, +las contraguerrillas del <i>Cojo</i> y el regimiento de Murcia<span +class="pagenum" id="Page_58">p. 58</span> penetraban en la Ciudadela, +defendida por seiscientos hombres al mando de Romagosa.</p> + +<p>Aunque no se hallaba totalmente restablecido, Salvador Monsalud +volvía tan rápidamente a su estado normal, que creyó de su deber darse +de alta en los críticos días 1.º y 2 de febrero. Además de que se +sentía regularmente ágil y fuerte, le mortificaba la idea de que se le +supusiera más encariñado con la convalecencia que con las balas. Tomó, +pues, el mando de su compañía de contraguerrillas, a las órdenes del +valiente <i>Cojo de Lumbier</i>, y fue de los primeros que tuvieron la +gloria de penetrar en la Ciudadela. Sin saber cómo, sintiose dominado +por la rabiosa exaltación guerrera que animaba a su gente. Vio los +raudales de sangre, oyó los salvajes gritos, todo ello muy acorde con +su excitado espíritu.</p> + +<p>Cuando la turba vencedora cayó como una venganza celeste sobre los +vencidos, sintió, sí, pasajero temblor; pero sobreponiéndose a sus +sentimientos, recordó las instrucciones de Mina, y supo transmitir +las órdenes de degüello con tanta firmeza como el cirujano que ordena +la amputación. Vio pasar a cuchillo a más de doscientos hombres en la +Ciudadela, y no pestañeó; pero no pudo vencer una tristeza más honda +que todas las tristezas imaginables, cuando Seudoquis, acercándose a él +sobre charcos de sangre y entre los destrozados cuerpos, le dijo con la +misma expresión lúgubre de la tarde de los tres Roures:</p> + +<p>—Me confirmo en mi idea, amigo Monsalud. La Constitución será +vencida.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_59">p. 59</span>Al día siguiente, +bajó a la Seo, que le pareció un sepulcro del cual se acabara de sacar +el cuerpo putrefacto. Su estrechez lóbrega y húmeda, así como su +suciedad, hacían pensar en los gusanos insaciables: no se podía entrar +en ella con ánimo sereno. Como oyera decir que en los claustros de la +catedral, convertidos en hospital, había no pocas personas de Madrid, +allá se fue creyendo encontrar algún amigo de los muchos y diversos que +tenía. Grande era el número de heridos y enfermos; mas no vio ningún +semblante conocido. En el palacio arzobispal estaban los enfermos de +más categoría. Dirigiose allá, y apenas había dado algunos pasos en la +primera sala, cuando se sintió llamado enérgicamente.</p> + +<p>Miró, y dos nombres sonaron:</p> + +<p>—¡Salvador!</p> + +<p>—¡Pipaón!</p> + +<p>Los dos amigos de la niñez, los dos colegas de la conspiración del +19, los dos hermanos, aunque no bien avenidos, de la gloria de las Tres +Cruces, se abrazaron con cariño. El buen Bragas, que poco antes, viendo +mal parada la causa constitucional, había corrido a la Seo a ponerse +a las órdenes de la Regencia, cual hombre previsor, padecía de un +persistente reúma que le impidió absolutamente huir a la aproximación +de las tropas liberales. Confiaba el pobrecito en las infinitas trazas +de su sutil ingenio para conseguir que no se le causara daño; y como +tuvo siempre por norte hacerse amigos, aunque fuera en el infierno, muy +mal habían de venir las cosas para que no saliese<span class="pagenum" +id="Page_60">p. 60</span> alguno entre los soldados de Mina. A pesar de +todo, estuvo con el alma en un hilo hasta que vio aparecer la figura, +por demás simpática, de su antiguo camarada; y no pudiendo contener +la alegría, le llamó, y después de estrecharle en sus brazos con la +frenética alegría del condenado que logra salvarse, le dijo:</p> + +<p>—¡Qué bonita campaña la vuestra...! Habéis tomado la Seo como quien +coge un nido de pájaros... Si he de ser franco contigo, me alegro... no +se podía vivir aquí con esa canalla de Regencia... Yo vine por cuenta +del gobierno constitucional a vigilar... ya tú me entiendes; y me +marchaba, cuando... ¡Qué desgraciado soy! Pero supongo que no me harán +daño alguno, ¿eh...? ¿Tienes influencia con Mina...? Dile que podré +ponerle en autos de algunas picardías que proyectan los regentes. Te +juro que diera no sé qué por ver colgado de la torre al arzobispo.</p> + +<p>Monsalud, después de tranquilizarle, pidiole noticias de Madrid y de +su familia.</p> + +<p>Permaneció indeciso el cortesano breve rato, y después añadió con su +habitual ligereza de lenguaje:</p> + +<p>—¿Pero dónde te has metido? ¿Te secuestraron los facciosos? Ya me +lo suponía, y así lo dije a tu pobre madre cuando estuvo en mi casa a +preguntarme por ti. La buena señora no tenía consuelo. Se comprende. +¡No saber de ti en tanto tiempo...!</p> + +<p>—¿Vive mi madre? —preguntó Salvador—. ¿Está buena?</p> + +<p>—Hace algunos días que falto de Madrid y<span class="pagenum" +id="Page_61">p. 61</span> no puedo contestarte —dijo Bragas +mascullando las palabras—; pero si recibieses alguna mala noticia, no +debes sorprenderte. Tu ausencia durante tantos meses y la horrible +incertidumbre en que ha vivido tu buena madre, no son ciertamente +garantías de larga vida para ella.</p> + +<p>—Pipaón, por Dios —dijo Monsalud con amargura—, tú me ocultas +algo; tú, por caridad, no quieres decirme todo lo que sabes. ¿Vive mi +madre?</p> + +<p>—No puedo afirmar que sí ni que no.</p> + +<p>—¿Cuándo la has visto?</p> + +<p>—Hace cuatro meses.</p> + +<p>—¿Y entonces estaba buena?</p> + +<p>—Así, así...</p> + +<p>—Y Sola, ¿estaba buena?</p> + +<p>—Así, así. Las dos tan apesadumbradas, que daba pena verlas.</p> + +<p>—¿Seguían viviendo en el Prado?</p> + +<p>—No: volvieron a la calle de Coloreros... Comprendo tu ansiedad. +Si no hubiera huido con la Regencia una persona que se toma interés +por ti, que te nombra con frecuencia y que hace poco ha llegado de +Madrid...</p> + +<p>—¿Quién?</p> + +<p>—Jenara.</p> + +<p>—¿Ha estado aquí...? No me dices nada que no me abrume, Pipaón.</p> + +<p>—Marchó con el arzobispo y Mataflorida. ¡Qué guapa está! Y conspira +que es un primor. Solo ella se atrevería a meterse en Madrid, llevando +mensajes de esta gente de la frontera, como hizo en la primavera +pasada, y volver<span class="pagenum" id="Page_62">p. 62</span> +locos a los ministros y a la camarilla... Pero te has turbado al oír +su nombre... Ya, ya sé que os queréis bien. Ella misma ha dejado +comprender ciertas cosas... ¡Cuánto ha padecido por arrancar de la +facción a un sujeto secuestrado en Benabarre! Ese hombre eres tú. Bien +claro me lo ha dado a entender ella con sus suspiros siempre que te +nombraba, y tú con esa palidez teatral que tienes desde que hablamos +de ella. Amiguito, bien, bravo; mozas de tal calidad bien valen seis +meses de prisión. A doce me condenaría yo por haber gustado esa miel +hiblea.</p> + +<p>Y prorrumpió en alegres risas, sin que el otro participase de su +jovialidad. Reclinado en la cama del enfermo, la cabeza apoyada en la +mano, Monsalud parecía la imagen de la meditación. Después de larga +pausa, volvió a anudar el hilo del interrumpido coloquio, diciendo:</p> + +<p>—¿Conque ha estado aquí hace poco?</p> + +<p>—Sí. ¿Ves esta cinta encarnada que tengo en el brazo...? Ella me la +puso para sujetarme la manga que me molestaba. Si quieres este recuerdo +suyo, te lo puedo ceder en cambio de la protección que me dispensas +ahora.</p> + +<p>Salvador miró la cinta; pero no hizo movimiento alguno para tomarla, +ni dijo nada sobre aquel amoroso tema.</p> + +<p>—¿Y dices que hizo esfuerzos por rescatarme? —preguntó.</p> + +<p>—Sí... ¡pobre mujer! Se me figura que te amó grandemente; pero acá +para entre los dos, no creo que la primera virtud de Jenara sea<span +class="pagenum" id="Page_63">p. 63</span> la constancia... Si tanto +empeño tenía por salvarte, ¿por qué no te salvó, siendo, como era, +amiga de Mataflorida, del arzobispo y del barón? Con tomar una orden +de la Regencia y dirigirse al interior del país dominado por los +arcángeles de la fe, bastaba... Pero no había quien la decidiera a dar +este paso, y antes que meterse entre guerrilleros, me dijo una vez que +prefería morir.</p> + +<p>—Y ¿crees tú que ella podría darme noticias de mi familia?</p> + +<p>—Se me figura que sí —dijo Pipaón poniendo semblante compungido—. Yo +le oí ciertas cosas... No será malo, querido amigo, que te dispongas a +recibir alguna mala noticia.</p> + +<p>—Dímela de una vez, y no me atormentes con medias palabras +—manifestó Salvador ansioso.</p> + +<p>—De este mundo miserable —añadió Bragas con una gravedad que no le +sentaba bien—, ¿qué puede esperarse más que penas?</p> + +<p>—¡Ya lo sé! Jamás he esperado otra cosa.</p> + +<p>—Pues bien... Yo te tengo por un hombre valiente... ¿Para qué andar +con rodeos y palabrillas?</p> + +<p>—Es verdad.</p> + +<p>—Si al fin había de suceder; si al fin habías de apurar este cáliz +de amargura... ¡Ah, mi querido amigo, siento ser mensajero de esta +tristísima nueva!</p> + +<p>—¡Oh, Dios mío, lo comprendo ya! —exclamó Salvador ocultando su +rostro entre las temblorosas manos.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_64">p. 64</span></p> + +<p>—¡Tu madre ha muerto! —dijo Pipaón.</p> + +<p>—¡Oh, bien me lo decía el corazón! —balbució el huérfano traspasado +de dolor—. ¡Madre querida, yo te he matado!</p> + +<p>Durante largo rato lloró amargamente.</p> + + +<p class="mt2"><i>Creyendo ahora oportuno no trabajar más por cuenta +propia, vuelve el autor a utilizar el manuscrito de la señora en su +segunda pieza, que concuerda cronológicamente con el punto en que se ha +suspendido el anterior relato.</i></p> + +<p><i>Los lectores perdonarán esta larga incrustación ripiosa, tan +inferior a lo escrito por la hermosa mano y pensado por el agudo +entendimiento de la señora. Pero como la seguridad del edificio de esta +historia lo hacía necesario, el autor ha metido su tosco ladrillo entre +el fino mármol de la gentil dama alavesa. El segundo fragmento lleva +por título</i> De París a Cádiz, <i>y a la letra dice así:</i></p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch10"> + <h2 class="nobreak">X</h2> +</div> + +<p>A fines de diciembre del 22, tuve que huir precipitadamente de la +Seo, que amenazaba el cabecilla Mina. No es fácil salir con pena de +la Seo. Aquel pueblo es horrible, y todo el que vive dentro de él se +siente amortajado. Mataflorida salió antes que nadie, trémulo y lleno +de zozobra. No podré olvidar nunca la figura del arzobispo, montado +a mujeriegas en un mulo, apoyando una mano en el arzón delantero y +otra en el de atrás, y con la teja sujeta con<span class="pagenum" +id="Page_65">p. 65</span> un pañuelo para que no se la arrancase el +fuerte viento que soplaba. Es sensible que no pueda una dejar de reírse +en circunstancias tristes y luctuosas, y que a veces las personas más +dignas de veneración por su estado religioso, exciten la hilaridad. +Conozco que es pecado y lo confieso; pero ello es que yo no podía tener +la risa.</p> + +<p>Nos reunimos todos en Tolosa de Francia. Resolví entonces no +mezclarme más en asuntos de la Regencia. Jamás he visto un desconcierto +semejante. Muchos españoles emigrados, viendo cercana la intervención +(precipitada por las altaneras contestaciones de San Miguel), temblaban +ante la idea de que se estableciese un absolutismo fanático y vengador, +y suspiraban por una transacción, interpretando el pensamiento de Luis +XVIII. Pero no había quien apease a Mataflorida de su borrica, o sea +de su idea de restablecer las cosas <i>en el propio ser y estado que +tuvieron</i> desde el 10 de mayo de 1814 hasta el 7 de marzo de 1820. +Balmaseda le apoyaba, y don Jaime Creux (el gran jinete de quien antes +he hablado) era partidario también del absolutismo puro y sin mancha +alguna de Cámaras ni camarines. El barón de Eroles y Eguía se oponían +furiosamente a esta salutífera idea de sus compañeros.</p> + +<p>Mi amigo, el general de la coleta (ya separado de la pastelera de +Bayona), quería destituir a la Regencia y prender a Mataflorida y al +arzobispo. Mataflorida, fuerte con las instrucciones reservadísimas +de Su Majestad, que yo y otros emisarios le habíamos traído, seguía +en<span class="pagenum" id="Page_66">p. 66</span> sus trece. La +junta de Cataluña, los apostólicos de Galicia, la junta de Navarra, +los obispos emigrados enviaban representaciones a Luis XVIII para +que reconociese a la Regencia de Urgel, mientras la Regencia misma, +echándosela de soberana, enviaba una especie de plenipotenciarios de +figurón a los soberanos de Europa.</p> + +<p>Nada de esto hizo efecto, y la corte de Francia, conforme con Eguía +y el barón de Eroles, puso a la Regencia cara de hereje. Por desgracia +para la causa real, Ugarte había sido quitado de la escena política, +y todo el negocio, como puede suponerse, andaba en manos muy ineptas. +Allí era de ver la rabia de Mataflorida, que alegaba en su favor las +órdenes terminantes del rey; pero nada de esto valía, porque los otros +también mostraban cartas y mandatos reales. Fernando jugaba con todos +los dados a la vez. Su voluntad, ¿quién podía saberla?</p> + +<p>Entre tanto, todo se volvía recados misteriosos de Tolosa a París +y a Madrid y a Verona. Eguía se carteaba con el duque de Montmorency, +ministro de Estado en Francia, y Mataflorida con Chateaubriand. Cuando +este sustituyó a Montmorency en el ministerio, nuestro marqués vio el +cielo abierto, por ser el vizconde de los que con más ahínco habían +sostenido en Verona la necesidad de volver del revés las instituciones +españolas. Necesitando negociar con él, y no queriendo apartarse de +la frontera de España por temor a las intrigas de Eguía y del barón +de Eroles, me rogó que le sirviese de mensajero, a lo que accedí +gustosa,<span class="pagenum" id="Page_67">p. 67</span> porque me +agradaban, ¿a qué negarlo?, aquellos graciosos manejos de la diplomacia +menuda, y el continuo zarandeo, y el trabar relaciones con personajes +eminentes, príncipes y hasta soberanos reinantes. Yo, dicho sea sin +perjuicio de la modestia, había mostrado regular destreza para tales +tratos, así como para componer hábilmente una intriga; y el hábito de +ocuparme en ello había despertado en mí lo que puede llamarse el amor +al arte. Mi belleza, y cierta magia que, según dicen, tuve, contribuían +no poco entonces al éxito de lo que yo nombraba plenipotencias de +abanico.</p> + +<p>Tomé, pues, mis credenciales, y partí para París con mi doncella y +dos criados excelentes que me proporcionó Mataflorida. Estaba en mis +glorias. Felizmente yo hablaba el francés con bastante soltura, y tenía +en tan alto grado la facultad de adaptación, que a medida que pasaba +de Tolosa a Agen, de Agen a Poitiers, de Poitiers a Tours y a París, +parecíame que me iba volviendo francesa en maneras, en traje, en figura +y hasta en el modo de pensar.</p> + +<p>Llegué a la gran ciudad ya muy adelantado febrero. Tomé habitación +en la calle del Bac, y después de destinar dos días a recorrer las +tiendas del Palais Royal y a entablar algunas relaciones con modistas y +joyeros, pedí una audiencia al señor ministro de Negocios Exteriores. +Él, que ya tenía noticia de mi llegada, enviome uno de sus secretarios, +dignándose al mismo tiempo ofrecerme un billete para presenciar la +apertura de las tareas legislativas en el Louvre.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_68">p. 68</span>Mucho me holgué de +esto, y dispúseme a asistir a tan brillante ceremonia, en la cual +debía leer su discurso el rey Luis XVIII, y presentarse de corte todos +los grandes dignatarios de aquella fastuosa monarquía. Confieso que +jamás he visto ceremonia que más me impresionase. ¡Qué solemnidad, qué +grandeza y lujo! El puesto en que me colocaron los ujieres no era el +más cómodo; pero vi perfectamente todo, y la admiración y arrobamiento +de mi espíritu no me permitían atender a las molestias.</p> + +<p>La presencia del anciano rey me causó sensación muy viva. +Aclamáronle ruidosamente cuando apareció en el gran salón, y en +realidad inspiraba entusiasmo y afecto. Bien puede decirse que pocos +reyes han existido más simpáticos ni más dignos de ser amados. Luis +XVIII tomó asiento en un trono sombreado con rico dosel de terciopelo +carmesí. Los altos dignatarios se colocaron en pie en los escaños +alfombrados. No se verá en parte alguna nada más grave ni más imponente +y suntuoso.</p> + +<p>Su Majestad Cristianísima empezó a leer. ¡Qué voz tan dulce, +qué acento tan patético! A cada párrafo era interrumpido por vivas +exclamaciones. Yo lloraba y atendía con toda mi alma. Se me grabaron +profundamente en la memoria aquellas célebres palabras: «He mandado +retirar mi embajador. Cien mil franceses mandados por un príncipe de +mi familia, por aquel a quien mi corazón se complace en llamar hijo, +están a punto de marchar invocando al Dios de San Luis para conservar +el trono de España a un descendiente de Enrique<span class="pagenum" +id="Page_69">p. 69</span> IV, para librar a aquel hermoso reino de su +ruina y reconciliarlo con Europa.»</p> + +<p>Ruidosos y entusiastas vítores manifestaron cuánto entusiasmaba +a todos los franceses allí presentes la intervención. Yo, aunque +española, comprendía la justicia y necesidad de esta medida. Así es que +dije para mí pensando en mis paisanos:</p> + +<p>—Ahora veréis, brutos, cómo andáis bien derechos.</p> + +<p>Pero el bondadoso Luis XVIII siguió diciendo cosas altamente +patrióticas solo bajo el punto de vista francés, y ya aquello no me +gustaba tanto; porque, en fin, empecé a comprender que nos trataban +como a un hato de carneros. He sido siempre de una volubilidad +extraordinaria en mis ideas, las cuales varían al compás de los +sentimientos que agitan mi alma. Así es que de pronto, y sin saber +cómo, se enfrió un poco mi entusiasmo; y cuando Luis dijo con altanero +acento y entre atronadores aplausos aquello de <i>Somos franceses, +señores</i>, sentí oprimido mi corazón; sentí que corría por mis venas +rápido fuego, y pensando en la intervención, dije para mí:</p> + +<p>«No hay que echar mucha facha todavía, amiguitos. <i>Españoles +somos, señores.</i>»</p> + +<p>Pero no puedo negar que la pompa de aquella corte, la seriedad y +grandeza de la asamblea, acorde con su rey y existente con él sin +estorbarse el uno a la otra, hicieron grande impresión en mi espíritu. +Me acordaba de las discordias infecundas de mi país, y entonces sentía +pena.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_70">p. 70</span>«Allá —pensé— tenemos +demasiadas Cortes para el rey, y demasiado rey para las Cortes.»</p> + +<p>El día siguiente, 1.º de marzo, era el señalado por Chateaubriand +para recibirme. Vivísimos deseos de verle tenía yo, por dos motivos: +por mi comisión, y porque había leído la <i>Atala</i> poco antes, +hallando en su lectura intenso deleite. No sé por qué me figuraba al +vizconde como una especie de <i>triste Chactas</i>, de tal modo que no +podía pensar en él sin traer a la memoria la célebre canción.</p> + +<p>Pero todo cambió cuando entré en el ministerio y en el despacho del +célebre escritor, que llenaba el mundo con su nombre y había divulgado +la manía de los bosques de América, el sentimentalismo católico y las +tristezas quejumbrosas a lo René. Vestía de gran uniforme. Su semblante +pálido y hermoso no tenía más defecto que el estudiado desorden de los +cabellos, que asemejaban su cabeza a una de esas testas de aldeano en +cuya selvática espesura jamás ha entrado el peine. En sus ojos brillaba +un mirar vivo y penetrante, que me obligaba a bajar los míos. Pareciome +bastante decaído, aunque su edad no pasara entonces de los cincuenta +y dos años. Su exquisita urbanidad era algo finchada y fría. Sonreía +ligeramente y pocas veces, contrayendo los casi imperceptibles pliegues +de su boca de mármol; pero fruncía con frecuencia el ceño, como una +maña adquirida por la costumbre de creer que cuanto veía era inferior a +la majestad de su persona.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_71">p. 71</span>Entendí que la +presencia de la diplomática española le había causado sorpresa. Sin +duda creía ver en mí una <i>maja</i> de esas que, conforme él dice +en uno de sus libros, se alimentan con una bellota, una aceituna o +un higo. Debió admirarle mi intachable vestido francés, y la falta +de aquella gravedad española, que consiste, según ellos, en hablar +campanudamente y con altanería. En sus miradas creí sorprender una +curiosidad reparona, algo impropia de hombre tan fino. Pareciome que +miraba si había yo llevado el rosario para rezar en su presencia, o +alguna guitarra para tocar y cantar mientras durase el largo plazo de +la antesala. En sus primeras palabras advertí marcado deseo de llevarme +al terreno literario, porque empezó hablando de lo mucho que admiraba a +mi país, y del Romancero del Cid, asunto que no vino muy de molde.</p> + +<p>Viéndole en tan buen terreno, y considerando cuánto debía agradarle +la lisonja, me afirmé en el terreno literario y le hablé de su +universal fama, así como del gran eco de Chateaubriand por todo el +orbe. Él me contestó con frases de modestia tan ingeniosas y bien +perfiladas, que la modestia misma no las hubiera conocido por suyas. +Preguntome si había leído el <i>Genio del Cristianismo</i>, y le +contesté al punto que sí y que me entusiasmaba, aunque la verdad +era que hasta entonces no había ni siquiera hojeado tal libro; mas +recordando algunos pasajes de los <i>Mártires</i>, le hablé de esta +obra y de la gran impresión que en mí produjera. Pareció maravillado de +que<span class="pagenum" id="Page_72">p. 72</span> una dama española +supiera leer, y me dirigió galanterías del más delicado gusto. Por +mi belleza y mis gracias materiales, yo no debía ser de palo para el +vizconde. Después supe que con cincuenta y dos años a la espalda aún se +creía bastante joven para el galanteo, y amaba a cierta artista inglesa +con el furor de un colegial.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch11"> + <h2 class="nobreak g0">XI</h2> +</div> + +<p>Entrando de lleno en nuestro asunto, el <i>triste Chactas</i> me +dijo:</p> + +<p>—Ya oiría usted ayer el discurso de Su Majestad. La guerra es +inevitable. Yo la creo conveniente para las dos naciones, y he tenido +el honor de sostener esta opinión en el congreso de Verona y en el +ministerio, contra muchos hombres eminentes que la juzgaban peligrosa. +En cuanto a la cuestión principal, que es la clase de gobierno que debe +darse a España, no creo en la posibilidad de sostener el absolutismo +puro. Esto es un absurdo, aun en España: las luces del siglo lo +rechazan.</p> + +<p>Hícele una pintura todo lo fiel que me fue posible del estado de +nuestras costumbres y de las clases sociales en nuestro país, así como +de los personajes eminentes que en él había, haciendo notar de paso, +conforme a mi propósito, que un solo hombre grande existía en toda la +redondez de las Españas. Este hombre era el marqués de Mataflorida.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_73">p. 73</span>—Reconozco las altas +dotes del señor marqués —me dijo Chateaubriand con finísima sonrisa—. +Pero la conducta de la Regencia de Urgel ha sido poco prudente. +Su manifiesto del 15 de agosto y sus propósitos de conservar el +absolutismo puro, no pueden hallar eco en la Europa civilizada.</p> + +<p>Yo dije entonces, usando las frases más delicadas, que no era +fácil juzgar de los sucesos de Urgel por lo que afirmaran hombres tan +corrompidos como Eguía y el barón de Eroles, a los cuales, con buenas +palabras, puse de oro y azul. Concluí mi perorata afirmando que la +voluntad de Fernando era favorable a los planes de Mataflorida.</p> + +<p>—Para nosotros —dijo— no hay otra expresión de la voluntad del rey +de España que la contenida en la carta que Su Majestad Católica dirigió +a nuestro soberano.</p> + +<p>El pícaro me iba batiendo en todas mis trincheras, y me desconcertó +completamente cuando me dijo:</p> + +<p>—El gobierno francés ha acordado nombrar una Junta provisional en la +frontera, hasta que las tropas francesas entren en España.</p> + +<p>—¿Y la Regencia?</p> + +<p>—La Regencia dejará de existir, mejor dicho, ha dejado de existir +ya.</p> + +<p>—Pero Fernando no le ha retirado sus poderes: antes bien, se los +confirma secretamente un día y otro.</p> + +<p>Al oír esto, el insigne escritor y diplomático no contestó nada. +Conocí que se veía en la alternativa de desmentir mi aserto, o de +hablar<span class="pagenum" id="Page_74">p. 74</span> mal de Fernando, +y que, como hombre de intachable cortesía, no gustaba de hacer lo +primero, ni como ministro de un Borbón lo segundo. Viéndole suspenso +insistí, y entonces me dijo:</p> + +<p>—Indudablemente, aquí hay algo que ahora no comprendemos; pero que, +andando el tiempo, se ha de ver con claridad.</p> + +<p>Después, deseando mostrarme un interés filantrópico por la ventura +de nuestro país, afirmó que él había trabajado porque se declarara la +guerra, sosteniendo para esto penosas luchas con monsieur de Villèle +y sus demás colegas; que la resistencia de Inglaterra y de Wellington +habían exigido de su parte grandes esfuerzos y constancia, y, por +último, que aún necesitaba de no poca energía para vencer la oposición +a la guerra que las Cámaras mostrarían desde su primera sesión.</p> + +<p>—Muchos —añadió <i>Chactas</i>— me consideran loco. Otros me tienen +lástima. Algunos, y entre ellos los envidiosos, preguntan si podré +yo conseguir lo que no fue dado a Napoleón. Pero yo fío al tiempo la +consagración de este gran hecho, tan necesario a la seguridad del orden +y la justicia en los pueblos de Occidente.</p> + +<p>Habló también de las sociedades secretas y de los carbonarios, +que sin duda le inspiraban vivísimo miedo; y yo empecé a comprender +que el objeto de la intervención no era poner paz entre nosotros, ni +hacernos felices, ni aun siquiera consolidar el vacilante trono de un +Borbón, sino aterrar a los revolucionarios franceses e italianos que +bullían sin cesar en<span class="pagenum" id="Page_75">p. 75</span> +los tenebrosos fondos de la sociedad francesa, jamás reposada ni +tranquila.</p> + +<p>Prometió contestar a Mataflorida, mas sin mostrarse muy entusiasta +de las altas prendas de mi amigo, ni indicar nada que transcendiese a +propósitos de acceder a su petición. Bajo sus frases corteses creía yo +descubrir cierto menosprecio de los individuos de la Regencia, y aun +de todos los que mangoneaban en la conspiración. De un solo español me +habló con acento que indicaba respeto y casi admiración: de Martínez de +la Rosa. Lo atribuí a mera simpatía del poeta.</p> + +<p>Despedime de él, deplorando el mal éxito de mi embajada, y aquí fue +donde se deshizo en cumplidos, buscando y hallando en su fina habilidad +cortesana ocasión para deslizar galanterías, con discretos elogios +de mi hermosura y del país <i>donde florece el naranjo</i>. Me había +tomado por andaluza, y yo le dejé en esta creencia.</p> + +<p>A los dos días fue a pagarme la visita a mi alojamiento de la calle +del Bac, y en su breve entrevista me pareció que huía de mencionar los +oscuros asuntos de la siempre oscura España. En los días sucesivos +visité a otras personas, entre ellas al ministro del Interior, monsieur +de Corbière, y a algunos señores del partido del conde de Artois, +como el príncipe de Polignac y monsieur de la Bourdonnais. También +tuve ocasión de tratar a dos o tres viejas aristócratas del barrio +de San Germán, ardientes partidarias de la guerra de España y no muy +bienquistas con el rey filósofo y tolerante que<span class="pagenum" +id="Page_76">p. 76</span> gobernaba a Francia, convaleciente aún de la +Revolución y del Imperio. De mis conversaciones con toda aquella gente +pude sacar en limpio el siguiente juicio, que creo seguro y verdadero: +Las personas influyentes de la Restauración deseaban para Francia +una monarquía templada y constitucional, fundada en el orden, y para +España el absolutismo puro. Con tal que en Francia hubiera tolerancia +y filosofía, no les importaba que en España tuviéramos frailes o +Inquisición. Todo iría bien, siempre que en ninguna de las dos naciones +hubiese francmasones, carbonarios y demagogos.</p> + +<p>Tenían de nuestro país una idea muy falsa. Cuando Chateaubriand, +que era el genio de la Restauración, decía de España: <i>allí el matar +es cosa natural, ya sea por amor, ya sea por odio</i>, puede juzgarse +lo que pensarían todas aquellas personas que no supieron escribir el +<i>Genio del Cristianismo</i>. Nos consideraban como un pueblo heroico +y salvaje, dominado por pasiones violentas y por un fanatismo religioso +semejante al del antiguo Egipto.</p> + +<p>La princesa de la Tremouille se asombraba de que yo supiera +escribir, y me presentó en su tertulia como un objeto raro, aunque sin +dar a conocer ningún sentimiento ni idea que me mortificasen. Yo creo +que ni uno solo de sus amigos dejó de enamorarse de mí, ilusionados con +la idea de mi sentimentalismo andaluz y de mi gravedad calderoniana, +o de la mezcla que suponían en mí de maja y gran señora, de Dulcinea +y gitana. El más rendido se suponía expuesto a morir asesinado por +mí<span class="pagenum" id="Page_77">p. 77</span> en un arrebato de +celos, pues tal idea tenían de las españolas, que en cada una de ellas +se habían de hallar comprendidas dos personas, a saber: la cantaora +de Sevilla y Doña Jimena, la torera que gasta navaja y la dama ideal +de los romances moriscos. Yo me reía con esto y llevaba adelante la +broma.</p> + +<p>Volviendo al asunto de la guerra de España, diré que al salir de +París no tenía duda alguna acerca del pensamiento de los franceses +en esta cuestión. Ellos no hacían la guerra por nuestro bien ni por +el de Fernando. Poco se les importaba que después de vencido el +constitucionalismo, estableciésemos la Carta o el despotismo neto. +Allá nos entenderíamos después con los frailes y los guerrilleros +victoriosos. Su objeto, su bello ideal, era aterrar a los +revolucionarios franceses, harto entusiasmados con las demencias de +nuestros bobos liberales, y además dar a la dinastía restaurada el +prestigio militar que no tenía.</p> + +<p>El principal enemigo de los Borbones en Francia era el recuerdo +de Bonaparte y el dejo de aquel dulce licor de la gloria, con cuya +embriaguez se habían enviciado los franceses. Una Monarquía que no +daba batallas de Austerlitz, que no satisfacía de ningún modo el +ardor guerrero de la nación y que no tocaba el tambor en cualquier +parte de Europa, no podía ser amada de aquel pueblo, en quien la +vanidad iguala a la verdadera grandeza, y que tiene tanta presunción +como genio. Era preciso armarla, como decimos en nuestro país; era +necesario que la Restauración tuviera su epopeya<span class="pagenum" +id="Page_78">p. 78</span> chica o grande, aunque esta epopeya fuese de +mentirijillas; era indispensable vencer a alguien, para poder poner el +grito en el cielo y regresar a París con la bambolla de las conquistas. +Dios permitió que el <i>anima vili</i> de este experimento fuésemos +nosotros; que la desgraciada España, cuya fiereza libró a Europa de +Bonaparte, fuese la víctima escogida para proporcionar a Francia +el desahoguillo marcial que debía poner en olvido al Bonaparte tan +execrado.</p> + +<p>Mi viaje a París modificó mis ideas absolutistas en principio, si +bien, pensando en España, no podía admitir ciertas cosas que en Francia +me parecían bien. Toda la vida me he congratulado de haber visto y +hablado a monsieur de Chateaubriand, el escritor más grande de su +tiempo. Aunque su fama se eclipsó bastante después de la revolución +del 30, lo cual indica que había en su genio mucho tomado a las +circunstancias, no puede negarse que sus obras deleitan y enamoran, +principalmente por la galanura de su imaginación y la magia de su +estilo; y aún deleitarían más si en todas ellas no hablase tanto de +sí propio. Tengo muy presente su persona, por demás agradable, y su +rostro simpático, con aquella expresión sentimental que se puso de +moda, haciendo que todos los hombres pareciesen enamorados y enfermos. +Me parece que le estoy mirando, y ahora, como entonces, me dan ganas +de llevar un peine en el bolsillo y sacarlo y dárselo diciendo: +«Caballero, hágame usted el favor de peinarse.»</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch12"> + <p><span class="pagenum" id="Page_79">p. 79</span></p> + <h2 class="nobreak g0">XII</h2> +</div> + +<p>Ahora hablemos, ¿por qué no?, de la violentísima pasión que inspiré +a un francés. Era este el conde de Montguyon, coronel del tercero de +húsares. Yo le había conocido en Tolosa, habiendo tenido la desgracia +de que mi persona hiciera profunda impresión en él, trastornando las +tres potencias de su alma. Era soltero, de treinta y ocho años, bien +parecido, atento y finísimo como todos los franceses. Persiguiome +hasta París, donde me asediaba como esos conquistadores jóvenes e +impacientes que han oído la célebre frase de César y quieren imitarla. +Al principio me mortificaban sus obsequios; le rechazaba hasta con +menosprecio y altanería; pero al fin, sin corresponder a su amor de +ninguna manera, admití la parte superficial de sus galanterías. Esto le +dio esperanza; pero siempre me trataba con el mayor respeto. Deseando, +sin duda, identificarse con las ideas que en mi tierra suponía, se hizo +una especie de don Quijote, cuya Dulcinea era yo. A veces me parecía +por demás empalagoso; pero después de muchos meses de indiferencia +absoluta, empecé a estimarle, reconociendo sus nobles prendas. Cuando +me disponía a volver a mi país, se me presentó rebosando alegría, y me +dijo:</p> + +<p>—Acabo de conseguir que me destinen a la guerra de España. De este +modo consigo tres<span class="pagenum" id="Page_80">p. 80</span> +grandes objetos que interesan igualmente a mí corazón: guerrear por la +Francia, visitar la hermosa tierra de España y estar cerca de usted.</p> + +<p>Él pretendía que me detuviese para partir juntos; pero a esto no +accedí, y me marché dejándole atrás, aunque deseosa, ¿a qué negarlo?, +de que no me siguiese a mucha distancia, pues a causa del fastidio de +viaje tan largo, Francia, con ser tan bella, empezaba a aburrirme de lo +lindo.</p> + +<p>¿Se creerá que yo había olvidado a mi pobre cautivo de Benabarre? +¡Ah!, no, y hasta el último momento que estuve en la Seo de Urgel me +ocupé de su desgraciada suerte. Cada vez que venía a mi pensamiento la +idea de sus penas, me estremecía de dolor, y toda alegría se disipaba +en mi espíritu. Pero este tiene en sí mismo una energía restauradora, +no menos poderosa que la del cuerpo, y sabe curarse de todos sus males +siempre que le ayude el mejor de los Esculapios, que es el tiempo.</p> + +<p>Voltaire, que no por impío y blasfemo dejó de tener mucho talento, +escribió una historieta titulada <i>Los dos consolados</i>, en la cual +pone de relieve las admirables curas de aquel charlatán, el único cuyos +específicos son infalibles. Yo he leído esa novelita, así como otras +del célebre escritor sacrílego, y esta debilidad mía, imperdonable +quizás en una dama tan acérrima defensora de la religión, la confieso +aquí contritamente, rogando a mis lectores que no revelen a ningún +cura de mi país tan feo secreto, ocultándolo principalmente al señor +canónigo de Tortosa, mi director espiritual, el<span class="pagenum" +id="Page_81">p. 81</span> cual se enfurecerá si le hablan de las +novelas de Voltaire, aunque a mí me consta que él también las ha +leído.</p> + +<p>Pues bien: el tiempo fue cicatrizando mis heridas sin curarlas. +Yo también podía erigir una estatua con la inscripción <i>A celui +qui console</i>, pues la ausencia indefinida y los días que pasaban +rápidamente, habían calmado aquel insaciable afán de mi alma. En mí +reinaba la tranquilidad, pero no el taciturno y seco olvido; y una +aparición repentina del ser amado podía muy bien en brevísimo instante +destruir los efectos del tiempo, renovando mi mal y aun agravándolo.</p> + +<p>Desde París a la frontera no cesaba el movimiento de tropas. Por +todas partes convoyes, cuerpos de ejército y oficiales que iban a +incorporarse a sus regimientos. Francia podía creerse aún en los +días del gran soldado. Hasta Burdeos no tuve noticias ciertas de mi +querida Regencia y de mi ilustre mandatario el marqués de Mataflorida. +¡Ay! La suerte de este insigne hombre de Estado no podía ser más +miserable. Había triunfado Eguía, a pesar de las furiosas protestas +del regente de Urgel; y para colmo de desdicha, como aún quisiera +este llevar adelante sus locas pretensiones, el duque de Angulema le +mandó prender juntamente con el arzobispo, confinándoles a Tours. +Así acabaron las glorias de aquellos dos ambiciosos. Yo llegué a +tiempo para verles, y cuando manifesté al marqués las poco lisonjeras +disposiciones del <i>triste Chactas</i>, el atroz regente, desairado, +llamó a Chateaubriand<span class="pagenum" id="Page_82">p. 82</span> +intrigante, enredador, mal poeta y <i>franchute</i>. Esta fue la +venganza del coloso.</p> + +<p>Bayona era un campamento cuando yo llegué. El número de españoles +casi superaba al de franceses, y en todos reinaba grande alegría. +Reanudé entonces mis buenas relaciones con el barón de Eroles, +haciéndole ver que mi viaje a París había tenido por causa asuntos +particulares, y entre risas y bromas me reconcilié con Eguía, el +cual por razón del mismo gozo y embobamiento del triunfo, estaba muy +dispuesto a perdonar. En cuanto a las negociaciones, yo no tenía humor +de seguir ocupándome de ellas, y deseaba retirarme a descansar sobre +mis laureles diplomáticos, no solo porque mi entusiasmo absolutista se +había enfriado mucho, sino porque desde algún tiempo las conspiraciones +y los manejos políticos me causaban hastío. Ya he dicho que siempre fui +muy inclinada a la mudanza en mis ocupaciones. Mi espíritu se aviene +poco con la monotonía, y si un día me sedujeron las embajadas, otro +llegó en que me repugnaron. ¡Mágico efecto del tiempo, cuya misión +es renovar, creando las estaciones con los admirables círculos del +universo! También el alma humana ve en sí la alterada sucesión de las +primaveras e inviernos en sus dilataciones y recogimientos.</p> + +<p>Yo deseaba entrar en España, y tenía propósito de reanudar las +diligencias para averiguar el paradero de mi cautivo de Benabarre. En +Bayona una familia francesa legitimista, con quien yo tenía antigua +amistad, me convidó<span class="pagenum" id="Page_83">p. 83</span> +a pasar unos días en su casa de campo inmediata a Behovia, y unos +parientes míos invitáronme a que les acompañase en Irún un par de +semanas. A ambos ofrecimientos accedí, empezando por el de Behovia, +aunque la frontera no me parecía el punto más a propósito para residir +en los momentos en que principiaba la guerra. Pero la gente de aquel +país estaba segura de que Angulema atravesaría fácilmente el Pirineo, +por ser muy adicto al absolutismo todo el país vasco-navarro.</p> + +<p>Todavía no había pasado Su Alteza la raya, cuando se rompió el fuego +junto al mismo puente internacional. Los carbonarios extranjeros que +andaban por España, unidos a otros perdidos de nuestro país, habían +formado una legión con objeto de hacer frente a las tropas francesas. +Constaba aquella de doscientos hombres, tristes desechos de la ley +demagógica de Italia, de Francia y de España; y para seducir a los +Cien mil hijos de San Luis, se habían vestido a la usanza imperial, +y ondeando la bandera tricolor, gritaban en la orilla española del +Bidasoa: «¡Viva Napoleón II!»</p> + +<p>Su objeto era fascinar a los artilleros franceses con este +mágico grito; mas tuvieron la desdicha de que tales aclamaciones +fueran contestadas a cañonazos, y con sus banderas y sus enormes +morriones huyeron a San Sebastián. Pasma la inocente credulidad de +los carbonarios extranjeros y de los masones españoles. Oí decir +en Behovia que los liberales franceses Lafayette, Manuel, Benjamín +Constant y otros, fiaban mucho en los doscientos<span class="pagenum" +id="Page_84">p. 84</span> legionarios mandados por el republicano +emigrado coronel Fabvier. ¡Qué desvaríos engendra el furor de partido! +Corría esto parejas con la necia confianza del gobierno español, que +aun después de declarada la guerra no había tomado disposiciones de +ninguna clase, hallándose sus tropas sin más recursos ni elementos +que el parlerío de los milicianos y el gárrulo charlatanismo de los +clubs.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch13"> + <h2 class="nobreak g0">XIII</h2> +</div> + +<p>Hacia los primeros días de abril vi pasar a los generales de +división Bourdessoulle, duque de Reggio y Molitor, que entraron en +España por Behovia. Después pasó Su Alteza el sobrino de Luis XVIII +con todo su Estado Mayor, en el cual iba Carlos Alberto, príncipe de +Carignan. No se puede imaginar cortejo más lucido. Yo no había visto +nada tan magnífico y deslumbrador, como no fuera la comitiva de José +Bonaparte antes de darse la batalla de Vitoria el año 13, feliz para la +causa española; pero de muy malos recuerdos para mí, porque en él perdí +la batalla de mi juventud, casándome como me casé.</p> + +<p>También vi pasar a mi amigo Eguía, remozado por la emoción y tan +vanaglorioso del papel que iba a representar, que no se le podía +resistir, como no fuera tomando a broma sus bravatas. Iban con él don +Juan Bautista Erro y Gómez Calderón, aquel a quien el mordaz<span +class="pagenum" id="Page_85">p. 85</span> Gallardo llamaba <i>Caldo +pútrido</i>. El barón de Eroles, que con los anteriores tipos debía +formar la Junta, al amparo del gobierno francés, entró por Cataluña con +el mariscal Moncey.</p> + +<p>No recibieron a los franceses las bayonetas ni la artillería del +gobierno constitucional, sino una nube de guerrilleros, que les +abrieron sus fraternales brazos, ofreciéndose a ayudarles en todo, +y a marchar a vanguardia, abriéndoles el camino. Tal apoyo era de +grandísimo beneficio para la causa, porque los partidarios realistas +ascendían a 35.000. ¡Ay de los franceses si les hubieran tenido en +contra! Pero les tenían a su favor, y esto solo, ¡qué fenómeno!, puso +al buen Angulema por encima de Napoleón. El absolutismo español no +podía hacer al hijo de San Luis mejor presente que aquellos 35.000 +salvajes, entre los cuales (¡cuánto han variado mis ideas, Dios mío!) +tengo el sentimiento de decir que estaba mi marido. ¡Y yo le había +admirado, yo le había aceptado por esposo diez años antes solo por ser +guerrillero!... Cuando se hacen ciertas cosas, ya que no es posible que +el porvenir se anticipe para avisar el desengaño, debiera caer un rayo +y aniquilarnos.</p> + +<p>El conde de España mandaba las partidas de Navarra; Quesada, las +de las Provincias Vascongadas; y Eroles, las de Cataluña. ¡Cómo +fraternizaron las partidas con los franceses, que habían sido origen +de su nacimiento en 1808! Era todo lo que me quedaba por ver. Se +abrazaban, dando vivas a San Luis, a San Fernando, a la religión, a los +Borbones, al rey, a la Virgen María, a San Miguel arcángel y a<span +class="pagenum" id="Page_86">p. 86</span> los serenísimos infantes. +Yo no lo vi, porque no quise pasar la frontera. Me repugnaban estas +cosas, y los soldados de la fe habían llegado poco a poco a serme muy +antipáticos.</p> + +<p>Largamente hablé de esto con el conde de Montguyon, que me perseguía +tenazmente, permaneciendo en Behovia todo el tiempo que le fue posible. +Elogiaba a los guerrilleros, diciendo que, a pesar de sus defectillos, +eran tipos de heroísmo, de aquella independencia caballeresca que +tanto había enaltecido el nombre español en tiempos remotos. También +le seducían por ser, como los frailes, gente muy pintoresca. Mi don +Quijote era una especie de artista, y gustaba de hacer monigotes en un +libro, dibujando arcos viejos, mendigos, casuchas, una fila de chopos, +carros, lanchas pescadoras y otras menudencias de que estaba muy +envanecido.</p> + +<p>Era próximamente el 9 de abril cuando me trasladé a Irún para vivir +con la familia de Sodupe-Monasterio, gente muy hidalga, más católica +que el Papa, realista hasta el martirio y de afabilísimo trato. +Frecuentaban la casa (que era más bien palacio con hermosos prados +y huerta) todos los españoles que el gran suceso de la intervención +traía y llevaba de una nación a otra, y no pocos oficiales franceses, +de cuyas visitas se holgaban mucho los Sodupe-Monasterio, porque oían +hablar sin cesar de exterminio de liberales, del trono de San Fernando +y de nuestra preciosísima fe católica.</p> + +<p>Allí Montguyon no me dejaba a sol ni sombra, pintándome su amor con +colores tan extremados<span class="pagenum" id="Page_87">p. 87</span> +que me daba lástima verle y oírle. Su acendrado y respetuoso galanteo +merecía, en efecto, alguna misericordia. Le permití besar mi mano; pero +no pudo arrancarme la promesa de seguirle al interior de España. Cada +vez sentía yo más deseos de quedarme en Irún y en aquella apacible +vivienda, donde, sin que faltara sosiego, había bastantes elementos +para combatir el fastidio. Con esta resolución, mi don Quijote, que ya +parecía querer dejar de serlo en la pureza de sus ensueños amorosos, +estaba desesperado. Despidiose de mí muy enternecido, y besándome con +ardor las manos, voluptuosidad inocente de que nunca se hartaba. ¡Cuán +lejos estaba el llagado amante de que no pasarían dos horas sin que +cambiara diametralmente mi determinación!</p> + +<p>Ocurrió del modo siguiente. Al saber que yo estaba en Irún, fue +a visitarme un individuo, que aún no podía llamarse personaje, y al +cual conocí en Madrid el año anterior, y también el 19. Se llamaba +don Francisco Tadeo Calomarde, y era de la mejor pasta de servil que +podía hallarse por aquellos tiempos. Empleado desde su tierna edad en +el ministerio de Gracia y Justicia, se había criado en los cartapacios +y en el papel de pleitos: los legajos fueron su cuna, y las Reales +cédulas sus juguetes. Su jurisprudencia, llena de pedantería, me +inspiraba aversión. Tenía fama de muy adulador de los poderosos, y, +según se decía, compró el primer destino con su mano, casándose con una +muchacha muy fea, a quien dio malos tratos.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_88">p. 88</span>Los que le han +juzgado tonto se equivocan, porque era listísimo, y su ingenio más bien +socarrón que brillante, antes agudo que esclarecido; era maestro en el +arte de tratar a las personas y de sacar partido de todo. Habíase hecho +amigo de don Víctor Sáez, y aun del mismo rey y del infante don Carlos, +por sus bajas lisonjas y lo bien que les servía siempre que encontraba +ocasión para ello.</p> + +<p>Tenía entonces cincuenta años, y acababa de salir del encierro +voluntario a que le redujo el régimen liberal. Había ido a la frontera +para llevar no sé qué recados a los señores de la Junta. Me lo dijo, +y como no me importaban ya gran cosa los dimes y diretes de los +realistas, que no por estar tan cerca de la victoria dejaban de andar a +la greña, fijeme poco en ello, y lo he olvidado. Calomarde no era mal +parecido ni carecía de urbanidad, aunque muy hueca y afectada, como la +del que la tiene más bien aprendida que ingénita. La humildad de su +origen se traslucía bastante. Hablamos de los sucesos de Madrid que él +había presenciado, y me informó de todo.</p> + +<p>—Siento que usted no hubiera estado por allá —me dijo—; habría visto +cómo se iba desbaratando el constitucionalismo, solo con el anuncio de +la intervención. ¡Si no podía ser de otra manera!... Ahora están que +no les llega la camisa al cuerpo, y en ninguna parte se creen seguros. +Después que ultrajaron a Su Majestad, le han arrastrado a Andalucía con +el dogal al cuello, como el mártir a quien se lleva al sacrificio.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_89">p. 89</span>—No tanto, señor don +Tadeo —le dije—. Su Majestad habrá ido, como siempre, en carroza, y +mucho será que los mozos de los pueblos no hayan tirado de ella.</p> + +<p>—Eso se deja para la vuelta —indicó Calomarde riendo—. Ahora +los francmasones han seducido a la plebe, y Su Majestad, por donde +quiera que va, no oye más que denuestos. El 19 de febrero, cuando se +alborotaron los comuneros y masones porque estos querían sustituir +a aquellos en el ministerio, los chisperos borrachos y los asesinos +del Rastro daban <i>mueras</i> al rey y a la reina. Un diputado muy +conocido apareció en la Plaza Mayor mostrando una cuerda, con la cual +proponía ahorcar a Su Majestad y arrastrarle después. La canalla +penetró hasta la cámara real. ¡Escándalo de los escándalos! Parecía que +estábamos en Francia y en los sangrientos días de 1793. El mismo rey me +ha dicho que los ministros entraban en la cámara cantando el himno de +Riego.</p> + +<p>—¡Oh, no tanto, por Dios! —repetí, ofendida de las exageraciones de +mis amigos—. Poco mal y bien quejado.</p> + +<p>—Me parece que usted, con sus viajes a Francia y sus relaciones con +los ministros del liberal y filósofo Luis XVIII, se nos está volviendo +francmasona —dijo don Tadeo, entre bromas y veras—. ¿Hay en la historia +desacato comparable al de obligar al rey a partir para Andalucía?</p> + +<p>—¡Oh, Dios nos tenga de su mano!... ¡Qué desacato! ¡Qué +ignominia!... —exclamé, remedando sus aspavientos—. Es preciso +considerar<span class="pagenum" id="Page_90">p. 90</span> que un +gobierno, cualquiera que sea, está en el caso de defenderse si es +atacado.</p> + +<p>—Según mi modo de ver, un gobierno de tunantes no merece más que el +decreto que ha de mandar a Ceuta a todos sus individuos. ¡Ah, señora +mía, y cómo se ha entibiado el fervor de usted! Bien dicen que los +aires de esa Francia loca son tan nocivos...</p> + +<p>—Creo lo mismo que creía; pero mi absolutismo se ha civilizado, +mientras el de ustedes continúa en estado salvaje. El mío se viste como +la gente, y el de ustedes sigue con taparrabo y plumas. Si el gobierno +de tunantes ha resuelto refugiarse en Andalucía, llevándose a la corte, +ha sido para no estar bajo la amenaza de los batallones franceses.</p> + +<p>—Ha sido —dijo Calomarde riendo brutalmente—, porque sabían que +Madrid no tiene defensa posible; que los ejércitos de Ballesteros +y de La Bisbal son dos fantasmas; que cuatro soldados y un cabo de +los del serenísimo señor duque de Angulema podían cualquier mañanita +sorprender a la villa y a los <i>Siete Niños</i> y al Congreso entero, +al Ayuntamiento soberano y a toda la comunidad masónica y landaburiana. +Esta es la pura verdad. ¡Y qué bonito espectáculo han dado al mundo! En +presencia de la intervención armada, ¿cómo se preparan esos mentecatos +para conjurar la tormenta? Llamando a las armas a treinta mil hombres, +y disponiendo (esto es lo más salado) que con los milicianos que +quieran seguir al Congreso se formen algunos batallones, recibiendo +cada individuo cinco<span class="pagenum" id="Page_91">p. 91</span> +reales diarios. ¡Se salvó la patria, señora!</p> + +<p>—El gobierno —repuse prontamente— creyó sin duda que los franceses +eran como los Guardias del 7 de julio, es decir, simples juguetes de +miliciano.</p> + +<p>—¡Ya se lo diremos de misas! —dijo frotándose las manos—. Ya pagarán +su alevosía. Solo por el hecho de obligar a nuestro soberano a un viaje +que no le agradaba, merecían todos ellos la muerte.</p> + +<p>—Hasta los reyes están en el caso de hacer alguna vez lo que no les +agrada.</p> + +<p>—Incluso viajar con un ataque de gota, ¿eh? ¡Crueles y sanguinarios, +más sanguinarios y crueles que Nerón y Calígula! Ni a un perro +vagabundo de las calles se le trata peor.</p> + +<p>—¡Si el rey no tenía en aquellos días ataque de gota! —repliqué, +complaciéndome en contradecirle—. Si estaba bueno y sano. La prueba es +que después de clamorear tanto por su enfermedad, anduvo algunas leguas +a pie el primer día de viaje.</p> + +<p>—Bueno: concedo que Su Majestad estaba tan bueno como yo. ¿Y si no +quería partir?</p> + +<p>—Que hubiera dicho: «no parto».</p> + +<p>—¿Y si le amenazaban?</p> + +<p>—Haberles ametrallado.</p> + +<p>—¿Y si no tenía metralla?</p> + +<p>—Haberse dejado llevar por la fuerza.</p> + +<p>—¿Y si le mataban?</p> + +<p>—Haberse dejado matar. Todo lo admito menos la cobardía.</p> + +<p>—Amiguita, usted se nos ha <i>francmasoneado</i> —me dijo el astuto +intrigante, dando cariñosa<span class="pagenum" id="Page_92">p. +92</span> palmada en mi mano—. A pesar de esto, siempre la queremos +mucho, y la serviremos en lo que podamos. Yo estoy siempre a las +órdenes de usted.</p> + +<p>Inflado de vanidad, el amigo del rey hizo elogios de sí mismo, y +después añadió:</p> + +<p>—He tenido el honor de ser indicado para secretario de la Junta que +se va a formar en la frontera.</p> + +<p>—¡Oh, amigo mío, doy a usted la enhorabuena! —manifesté sumamente +complacida y deplorando entonces haber estado algo dura con Calomarde—. +No se podía haber pensado en una persona más idónea para tan delicado +puesto.</p> + +<p>—¿Se le ofrece a usted algo? —dijo don Tadeo, comprendiendo al punto +mi cuarto de conversión.</p> + +<p>—Sí; pero yo acostumbro dirigirme siempre a la cabeza —afirmé +resueltamente—. Ya sabe usted que soy muy amiga del general Eguía, +presidente de la Junta.</p> + +<p>—¡Ah! entonces...</p> + +<p>—Sin embargo. No puedo molestar a Su Excelencia con ciertas +menudencias, tales como pedir noticias de personas, averiguar alguna +cosilla de poca monta...</p> + +<p>—Para esto es más propio un secretario tan bien informado como yo de +todos los pormenores de la causa.</p> + +<p>—Exactamente. Dígame usted, si lo sabe, en dónde está ahora un +pícaro de mala estofa, que se emplea en bajas cábalas del rey y tiene +por nombre José Manuel Regato.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_93">p. 93</span>—¡Ah! ¡Regato!... +Debe andar por Andalucía con la corte. No es de mi negociado ese +caballero... ¿Qué? ¿Hay ganas de sentarle la mano?</p> + +<p>—Por sentarle la derecha daría la izquierda.</p> + +<p>—Pocas noticias puedo dar a usted del señor Regato. Tengo con él +muy pocas relaciones. Quizás Pipaón, que conoce a todo el mundo, pueda +indicar dónde se halla y el modo de sentarle, no una mano, sino las +dos, siempre que sea preciso.</p> + +<p>—Y Pipaón, ¿dónde está?</p> + +<p>—Aquí.</p> + +<p>—¡Aquí! ¡Pipaón!... —exclamé con gozo—. Yo le dejé en la Seo muy +enfermo, y creí que había caído en poder de Mina.</p> + +<p>—En efecto, cayó; pero él... ya usted le conoce... con su destreza y +habilidad parece que encontró por allí amigos que le favorecieron.</p> + +<p>—Quiero verle, quiero verle al punto —dije con la mayor +impaciencia—. Deseo mucho tener noticias de la Seo y de las facciones +de Cataluña.</p> + +<p>Y entonces se realizó aquel proverbio que dice: «En nombrando al +ruin de Roma...»</p> + +<p>Por la vidriera que daba a la huerta de la casa viose la mofletuda +cara y el pequeño cuerpo de Pipaón, que habiendo tenido noticia de +mi residencia en Irún, iba también a visitarme. Mucho nos alegramos +ambos de hallarnos juntos, y nuestras primeras palabras después de +los cordiales saludos, fueron para recordar los tristes días de la +Seo, su enfermedad y mi disgusto; y luego, por el enlace propio de los +recuerdos,<span class="pagenum" id="Page_94">p. 94</span> que van +de lo triste a lo plácido, hablamos del miedo del arzobispo, de las +casacas que usaba Mataflorida y de otras cosas frívolas y chistosas, +de esas que ocurren siempre en los días trágicos y nunca faltan en los +duelos. Después de estos desahogos, Pipaón, tomando aquel tono burlesco +que unas veces le sentaba bien y otras le hacía muy insoportable, me +dijo:</p> + +<p>—Le traigo a usted noticias muy buenas de una persona que le +interesa, y con las noticias una cartita.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch14"> + <h2 class="nobreak g0">XIV</h2> +</div> + +<p>Me puse pálida. Comprendí de quién hablaba Pipaón; pero no me +atreví a decir una palabra, por hallarse delante el entrometido y +curioso Calomarde, gran coleccionador de debilidades ajenas. Varié de +conversación, aguardando, para saciar mi afanosa curiosidad, a que don +Tadeo se marchase; pero el pícaro había conocido en mi semblante la +turbación y ansiedad que me dominaban, y no se retiró. Creyérase que le +habían clavado en la silla. ¡Ay, qué gusto tan grande poder coger un +palo y romperle con él la cabeza!... ¡Qué pachorra de hombre!</p> + +<p>Quise arrojarle con mi silencio; mas él era tan poco delicado, que +conociendo mi mortificación, se arrellenaba en el blando asiento como +si pensara pasar allí el día y la noche. Con<span class="pagenum" +id="Page_95">p. 95</span> su expresivo semblante me decía Pipaón mil +cosas que no podía yo comprender claramente; pero que me deleitaban +como avisos o presentimientos lisonjeros. Llegó un instante en que +los tres nos callamos, y callados estuvimos más de un cuarto de hora. +Calomarde tocaba una especie de pasodoble con su bastón en la pata +de la mesa cercana. El grosero y pegajoso cortesano había resuelto +quemarme la sangre, u obligarnos a Pipaón y a mí a que hablásemos en su +presencia.</p> + +<p>Resistí todo el tiempo que pude. Mi carácter fogoso no puede ir +más allá de cierto grado de paciencia, pasado el cual estalla y se +sobrepone a todo, atropellando amistades, conveniencias y hasta las +leyes de la caridad. Nunca he pedido corregir este defecto, y la +estrechez de los límites de mi paciencia me ha proporcionado en esta +vida muchos disgustos. Forzando la voluntad, puedo a veces aguantar +más de lo que permite la extraordinaria fuerza de dilatación de mi +espíritu; pero entonces estallo con más violencia, rompo mis ligaduras +a la manera de Sansón, y derribo el templo. Vino por fin el momento en +que se me subió la mostaza a la nariz, como dicen las majas madrileñas, +y poniéndome en pie súbitamente, miré a Calomarde con enojo. +Señalándole la puerta, exclamé:</p> + +<p>—Señor don Tadeo, tengo que hablar con Pipaón: suplico a usted que +nos deje solos.</p> + +<p>Debían de ser muy terribles mi expresión y mi gesto, porque +Calomarde se levantó temblando, y con voz turbada me dijo:</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_96">p. 96</span>—Señora, manos +blancas no ofenden.</p> + +<p>¡<i>Manos blancas no ofenden</i>! Años después, Calomarde debía +pronunciar esta frase al recibir un desaire más violento que el +mío: la célebre bofetada de la infanta Carlota, una princesa que, +como yo, tenía muy limitado el tesoro de su paciencia, y estallaba +con tempestuosas cóleras cuándo la bajeza y solapada intriga de los +Calomardes se interponían en su camino.</p> + +<p>Pipaón y yo nos quedamos solos. En pocas palabras me refirió que +había visto a Salvador Monsalud sano y salvo en la Seo de Urgel. Al +oír esto, el corazón dio un salto dentro de mí como una cosa muerta +que torna a la vida, como un Lázaro que resucita por sobrehumano +impulso.</p> + +<p>—Mina le salvó en San Llorens de Morunys —me dijo—, y desde que se +restableció se puso a mandar una compañía de contraguerrilleros.</p> + +<p>Al decir esto, Pipaón me alargó una carta, que abrí con presteza +febril, queriendo leerla antes de abrirla. Al mismo tiempo, y de una +sola ojeada, leí el fin, el principio y el medio. Era la carta pequeña +y fría. Decíame en ella que estaba en libertad y que no pensaba salir +en mucho tiempo del lugar donde estaba fechada, que era Urgel. Sentí +mi corazón inundado de un torrente de sangre glacial al ver que no +contenía la carta expresiones de ardiente cariño.</p> + +<p>—¿De modo que sigue en Cataluña? —pregunté a don Juan.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_97">p. 97</span>—No, señora. A estas +horas va camino de Madrid.</p> + +<p>—Pues, ¿cómo dice en su carta que no piensa salir de la Seo?</p> + +<p>—Ese papel me lo dio cuando nos separamos el día 30 de marzo; pero +dos días después supe, por nuestro común amigo el capitán Seudoquis, +que Mina había encargado a Salvador que fuese a Madrid a llevar un +mensaje reservadísimo a San Miguel y a otras personas.</p> + +<p>—¿De modo que está...?</p> + +<p>—Sobre Madrid, como se dice en los partes militares.</p> + +<p>—¿Pero eso es cierto?</p> + +<p>—Tan cierto como que estoy hablando con una dama hermosa.</p> + +<p>—¿Y salió...?</p> + +<p>—Según mis noticias, el 10 de este mes. No sabía qué camino tomar; +pero, según me dijo Seudoquis, estaba decidido a ir por Zaragoza, que +es el más derecho, aunque no el menos peligroso.</p> + +<p>—¿Sabe la muerte de su madre?</p> + +<p>—Yo le di la mala noticia.</p> + +<p>—Pero ¿qué va a hacer ese hombre en Madrid? —dije, sintiendo una +tempestad en mi cerebro—. ¡Si allí no hay ya gobierno ni nada!</p> + +<p>—Pero está en Madrid el gran Consejo de la francmasonería. Mina es +de la Orden de la Acacia, señora. Ahora se trata de que la <i>Viuda</i> +haga un esfuerzo supremo.</p> + +<p>En mi espíritu notaba yo aquella poderosa fuerza de dilatación de +que antes hablé. Unas<span class="pagenum" id="Page_98">p. 98</span> +cuantas palabras habían trastornado todo mi ser: mi pulso latía con +violencia; asaltáronme ideas mil, y el ardoroso afán de movimiento, que +ha sido siempre una de las fórmulas más patentes de mi carácter, se +apoderó de mí. Sin necesidad de que yo le despidiese, dejome Pipaón, +que iba en busca de Eguía para solicitar un puesto en la Junta; y +pasado mi trastorno, pude sondear aquel revuelto piélago de mi espíritu +y mirar con serenidad lo que en el fondo de él había.</p> + +<p>¡Cuán grande había sido mi engaño al creer moribunda la afición +aquella que tantas dulzuras dio a mi alma en el verano del 22! La +ausencia habíala escondido entre las cenizas que diariamente depositan +los sucesos de cada instante, esa multitud de ascuas de la vida que +van pasando sin interrupción y apagándose hora tras hora. Pero aquella +ascua del verano del 22 era demasiado grande y quemadora para pasar y +extinguirse como las demás.</p> + +<p>Bastó que oyera pronunciar su nombre, que me le anunciaran vivo, +para que se verificase en mí un brusco retroceso a los días de mi +felicidad y de mi desgracia. El tiempo volvió atrás: las figuras +veladas perdieron la sombra que las encubría; las apagadas voces que +solo eran ya ecos confusos, volvieron a sonar como cuando eran la +música a cuyo compás danzaba con la embriaguez de la pasión mi alma. +¡Cuánto me había engañado, y qué juicios tan erróneos hacemos de +nuestros propios sentimientos y de todo aquello que lejos está! Nos +pasa lo mismo que al ver las lontananzas de<span class="pagenum" +id="Page_99">p. 99</span> la tierra, cuando confundimos con las vanas +y pasajeras nubes los montes sólidos o inmutables, que ninguna fuerza +humana puede arrancar de sus seculares asientos. Fue aquello como una +vuelta, como un ángulo brusco en el camino de la vida. Desde entonces +vi nuevos horizontes, paisaje nuevo, y otra gente y otros caminos. +¡Y yo había creído poder olvidarle, y aun poner en su altar vacío al +conde de Montguyon! ¡Qué delirio!... ¡Lo que pueden la ausencia, la +distancia, la ignorancia! El tiempo, que me había consolado, hiriome +de nuevo, y un día, un instante marcado en mi vida por cuatro palabras +como cuatro estrellas resplandecientes, había destruido la obra lenta +de tantos meses.</p> + +<p>Con la presteza que Dios me ha dado formé mi plan de viaje. Tengo +algo del genio de Napoleón para esto de los grandes movimientos. Para +mí, la facultad de transportar todo el interés de la vida de un punto +a otro del mundo es otra prenda muy principal de mi carácter, y al +mismo tiempo una necesidad a la que muy difícilmente puedo resistir. +El destino me ha presentado siempre los sucesos a propósito para tales +juegos de estrategia sublime.</p> + +<p>Aquella misma tarde dispuse todo, y por la noche sorprendí a mi +don Quijote con la noticia de mi viaje. Aficionada a jugar con los +corazones que caen en mis manos (a excepción de uno solo), como juega +el gatito con el ovillo que rueda por el suelo, dije al conde de +Montguyon:</p> + +<p>—Me he asustado de la soledad en que voy<span class="pagenum" +id="Page_100">p. 100</span> a quedar después que usted se marche, y voy +a Madrid. De esta manera podré vigilar a cierto caballero francés por +si anda en malos pasos.</p> + +<p>Él se puso tan contento que olvidó aquella noche hablarme de +la guerra y de los laureles que iban a recoger. Parecía un loco +hablando de los alcázares de Granada, de los romances moriscos, de +las ricahembras, de las boleras, de frailes que protegían los amores +de los grandes, de volcánicas pasiones españolas, y de mujeres +enamoradas capaces del martirio o del asesinato. Él se creía héroe de +mil aventuras románticas e interesantes caballerías, tales como se las +había imaginado leyendo obras francesas sobre España. Empleo la palabra +<i>románticas</i>, porque si bien no estaba en moda todavía, es la más +propia. El romanticismo existía ya, aunque no había sido bautizado. +Excuso decir que Montguyon me juró amor eterno y una fidelidad +inquebrantable como la del Cid por doña Jimena.</p> + +<p>Yo necesitaba de él para mi viaje, por lo cual me guardé muy bien +de arrancar una sola hoja a la naciente flor de sus ilusiones. Era +muy difícil viajar entonces, porque casi todos los vehículos del país +habían sido intervenidos por ambos ejércitos. Montguyon me prometió una +silla de postas, y cumplió su oferta, poniéndola a mi disposición al +día siguiente.</p> + +<p>Con el primer movimiento del ejército francés coincidió mi marcha +sobre Madrid, como una conquistadora. El estrépito guerrero que en +derredor mío sonara, despertaba en mi mente ideas de Semíramis.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch15"> + <p><span class="pagenum" id="Page_101">p. 101</span></p> + <h2 class="nobreak g0">XV</h2> +</div> + +<p>Pasé por Vitoria y por la Puebla de Arganzón, como los días felices +por la vida del hombre: a escape. No miraba a ningún lado, por miedo a +mis malos recuerdos, que salían a detenerme.</p> + +<p>En los pueblos todos del norte, la intervención vencía sin batallas; +y antes de que asomara el morrión del primer francés de la vanguardia, +la Constitución estaba humillada. Los mozos todos comprendidos en la +quinta ordenada por el gobierno, se unían a las facciones, y eran muy +pocos los milicianos que se aventuraban a seguir a los liberales. No +he visto una propagación más rápida de las ideas absolutistas. Era +aquello como un incendio que de punta a punta se desarrolla rápidamente +y todo lo devora. En medio de las plazas los frailes predicaban mañana +y tarde, con pretexto de la Cuaresma, presentando a los franceses como +enviados de Dios, y a los liberales como alumnos de Satanás que debían +ser exterminados.</p> + +<p>El general Ballesteros mandaba el ejército que debía operar en +el norte y línea del Ebro para alejar a los franceses. No viendo +yo a dicho ejército por ninguna parte, sino inmensas plagas de +partidas, pregunté por él, y me dijeron en Briviesca que Ballesteros, +convencido de no poder hacer nada de provecho, se<span class="pagenum" +id="Page_102">p. 102</span> había retirado nada menos que a Valencia. +Movimiento tan disparatado no podía explicarse en circunstancias +normales; pero entonces todo lo que fuera desastres y yerros del +liberalismo tenía explicación.</p> + +<p>Viendo crecer en los pueblos la aversión a las Cortes y al gobierno, +el ejército perdía el entusiasmo. A su paso, como se levanta polvo del +camino, levantábanse nubes de facciosos, que al instante eran soldados +aguerridos. Así se explica que el ejército de Ballesteros compuesto +de dieciséis mil hombres, se retirara sin combatir emprendiendo la +inverosímil marcha a Valencia, donde podía adquirir algún prestigio +derrotando a Sempere, al Locho y al carretero Chambó, tres nuevos +generales o arcángeles guerreros que le habían salido a la fe.</p> + +<p>En Dueñas me adelanté, dejando atrás a los franceses; tenía tanta +prisa como ellos y menos estorbos en el camino, aunque los suyos no +eran tampoco grandes. ¡Cuánto deseaba yo ver por alguna parte tropas +regulares españolas! En verdad, me avergonzaba que los hijos de San +Luis, a pesar de que nos traían orden y catolicismo, se internaran en +España tan fácilmente. Con todo mi absolutismo, yo habría visto con +gusto una batalla en que aquellos liberales tan aborrecidos dieran +una buena tunda a los que yo llamaba entonces mis aliados. Española +antes que todo, distaba mucho de parecerme a los señores frailes +y sacristanes que en 1808 llamaban judíos a los franceses y ahora +ministros de Dios.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_103">p. 103</span>En Somosierra +encontré tropas. Eran las del ejército de La Bisbal, destinado por +las Cortes a cerrar el paso del Guadarrama, amparando de este modo a +Madrid. Mis dudas acerca del éxito de aquella empresa fueron grandes. +Yo conocía a La Bisbal. ¿Cómo no, si era conocido de todo el mundo? +Fue el que el año 14 se presentó al rey llevando dos discursos en +el bolsillo, uno en sentido realista, otro en sentido liberal, para +pronunciar el que mejor cuadrase a las circunstancias. Fue el que en +1820 hizo también el doble papel de ordenancista y de sedicioso. La +inseguridad de sus opiniones había llegado a ser proverbial. Era hombre +altamente penetrado del axioma italiano <i>ma per troppo variar natura +è bella</i>. Yo no comprendía en qué estaba pensando el gobierno cuando +le nombró. Si los ministros se hubieran propuesto elegir para mandar +el ejército más importante al hombre más a propósito para perderlo, no +habrían elegido a otro que a La Bisbal.</p> + +<p>Pasé con tristeza por entre su ejército. Aquellos soldados, +capaces del más grande heroísmo, me inspiraban lástima, viéndoles +destinados a desempeñar un papel irrisorio, como leones a quienes se +obliga a bailar. Sentía yo impulsos de arengarles: «¡Que os engañan, +pobres muchachos! No dejéis las armas sin combatir. Si os hablan de +capitulación, degollad a vuestros generales.»</p> + +<p>En Madrid hallé un abatimiento superior a lo que esperaba. Se +hablaba allí de capitular, como de la cosa más natural del mundo. +Solo<span class="pagenum" id="Page_104">p. 104</span> tenían +entusiasmo algunos infelices que no servían para nada, el cuerpo de +coros de los clubs y de las sociedades secretas, la gente gritona, y +también bastantes de los que habían tirado del coche de Fernando VII +cuando volvió de Francia el año 14. Los absolutistas creían con razón +ganada la partida, y afectaban cierta generosidad magnánima. ¡Pobre +gente! Algunos de estos pajarracos me visitaron, entre ellos don Víctor +Sáez, y tuve el gusto de hacerles rabiar, asegurándoles que Angulema +traía orden de obsequiarnos con las dos Cámaras y un absolutismo +templado, suavísimo emoliente para nuestra anarquía. Esto ponía a mis +buenos amigotes más furiosos que las bravatas de los liberales, pues +aún había liberales con inocencia bastante para echar roncas.</p> + +<p>Pero yo me ocupaba poco de tales cosas. Mi primer cuidado fue hacer +algunas averiguaciones concernientes a la entrañable política de mi +herido corazón. Por fortuna, a la casa donde yo vivía, honradísimo +albergue de una noble familia alavesa, iba a menudo un tal Campos, +hombre muy intrigante, director de Correos, si no recuerdo mal, gran +maestre de la Orden masónica, o por lo menos principalísimo dignatario +de ella, amigo íntimo de los liberales de más viso y también de algunos +absolutistas, como hombre que sabe el modo de comer a dos carrillos.</p> + +<p>Yo le había tratado el año anterior, y charlando juntos, me reía de +los masones, lo cual a él no le enojaba. Entre bromas y veras solía +enterarme de algunas cosas reservadas, porque<span class="pagenum" +id="Page_105">p. 105</span> no era hombre de extraordinaria discreción, +ni tampoco de una incorruptibilidad absoluta. En los días de mi llegada +de Irún, que eran los de mediados de mayo del 23, le pregunté si +esperaban los masones algún mensaje reservado de Mina. Negolo; mas yo, +asegurándolo con el mayor descaro y nombrando el mensajero, le hice +confesar que esperaban órdenes de Mina de un día a otro. Él, lo mismo +que su secretario, cuyo nombre no recuerdo, me aseguraron no haber +visto todavía en Madrid a Salvador Monsalud, ni tener noticia alguna de +él.</p> + +<p>—No ha llegado aún —dije—. Mucho tarda.</p> + +<p>Sin reparar en nada fui a su casa. Un portero, tan locuaz como +pedante, liberal muy farolón, de aquellos a quienes yo llamo +<i>sepultureros de la libertad</i>, porque son los que la han +enterrado, me informó de que el señor Monsalud faltaba de Madrid desde +el mes de agosto del año anterior.</p> + +<p>—Puede que la señora doña Solita sepa algo —me dijo—. Pero no es +fácil, porque anoche lloraba... Como no llorase de placer, que también +esto sucede a menudo...</p> + +<p>—¿De modo que la casa subsiste? —le pregunté.</p> + +<p>—Subsiste, sí, señora; pero no subsistirá mucho tiempo si el señor +don Salvador no vuelve del otro mundo.</p> + +<p>—Pues qué, ¿ha muerto?</p> + +<p>—Así lo creo yo. Pero esa joven sentimental siempre tiene +esperanzas, y cada vez que el sol sale por el horizonte esparciendo sus +rayos de oro... ¿me entiende usted?</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_106">p. 106</span>—Sí, acabe de una +vez el señor Sarmiento.</p> + +<p>—Quiero decir, que siempre que amanece, lo cual pasa todos los +días, la señora doña Solita dice: «¡Hoy vendrá!» Tal es la naturaleza +humana, señora, que de todo se cansa menos de esperar. Y yo digo: ¿qué +sería del hombre sin esperanza?... Dispénseme la señora; pero si piensa +subir, tengo el sentimiento de no poder acompañarla, porque como mi +hijo es miliciano...</p> + +<p>—¿Y qué?</p> + +<p>—Como es miliciano, y el honor le ordena derramar hasta la última +gota de su sangre en defensa de la dulce patria y de la libertad +preciosísima del género humano...</p> + +<p>—¿Y qué más? —dije, complaciéndome en oír las graciosas pedanterías +de aquel hombre.</p> + +<p>—Que impulsado por su ardoroso corazón, capaz del heroísmo, y por mi +paternal mandato, ha ido a Cádiz con las Cortes; y como ha ido a Cádiz +con las Cortes, y no volverá hasta dejar confundida a la facción y a +los cien mil y quinientos hijos, nietos o tataranietos del calzonazos +de Luis XVIII... ¡Por vida de la chilindraina y con cien mil pares +de docenas de chilindrones, que si yo tuviera veinte años menos...! +Pues digo que como Lucas ha ido a Cádiz..., y es un león mi hijo, un +verdadero león..., resulta que me es forzoso estar al cuidado de la +puerta; ¿me entiende la señora?</p> + +<p>—Está bien —le dije riendo—. Puedo subir sola.</p> + +<p>Quise darle una limosna, porque su aspecto me pareció muy miserable; +pero la rechazó<span class="pagenum" id="Page_107">p. 107</span> con +dignidad y cierto rubor decoroso, propio de las grandezas caídas.</p> + +<p>Subí a la casa. Antes que yo subía mi corazón.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch16"> + <h2 class="nobreak g0">XVI</h2> +</div> + +<p>En seguida que llamé salieron a abrir. Se conocía que en la casa +reinaba la impaciencia. Una mujer descorrió con presteza el cerrojo y +me rogó que entrase. Era ella. Yo recordaba haberla visto en alguna +parte.</p> + +<p>Carecía de verdadera hermosura; pero al reconocerlo así con gozo, +no pude dejar de concederle una atracción singular en toda su persona, +un encanto que habría establecido al instante entre ella y yo profunda +simpatía, si en medio de las dos no existiese, como infranqueable +abismo, la persona de un hombre. Vestía de luto, y la delgadez de su +rostro anunciaba el paso de grandes penas. Cuando me vio, alterose +tanto y su turbación fue tan grande, que no podía dirigirme la palabra. +Por mi parte, la miré con serenidad y altanería, como de superior a +inferior, haciendo todo lo posible para que ella se creyese muy honrada +con mi visita.</p> + +<p>Yo había oído hablar a Salvador, con cariño y admiración que me +ofendían, de aquella singular hermana suya que no era tal hermana, ni +aun pariente, y que muy bien podía ser otra cosa. Nunca creí en la +fraternidad honesta<span class="pagenum" id="Page_108">p. 108</span> +de que él me había hablado, porque conozco un poco el corazón del +hombre, y admito solo los sentimientos cardinales y fundamentales, y +no esas mixturas y composiciones sutiles que no sirven más que para +disfrazar alguna pasión ilícita... Deseaba conocer por mí misma a la +dichosa hermana tan ponderada por él, y ver si tenía fundamento el +secreto odio que mi alma hacia ella sentía. Desde que la vi, a pesar +de que me fue muy patente su inferioridad personal con respecto a la +nieta de mi abuela, me pareció tener delante a una rival temible, más +peligrosa cuanto más humilde en apariencia. Al instante traté de buscar +en ella un defecto grande, de esos que afean espantosamente a la mujer. +Mi ingenioso rencor encontró al punto aquel defecto, y dije en mi +interior:</p> + +<p>«Esta muchacha debe de ser una hipocritona. No hay más remedio sino +que lo es.»</p> + +<p>Mi juicio fue rápido, como la inspiración, como la improvisación. +Desde la puerta a la sala a donde me condujo, hice mil observaciones, +entre ellas una que no debo pasar en silencio. La casa estaba tan +perfectamente arreglada, que no parecía vivienda sin dueño. Todo se +hallaba en su sitio, sin el más ligero desorden, en perfecto estado de +limpieza, descubriéndose en cada cosa el esmero peregrino que anuncia +la mano de una mujer poseedora del genio doméstico. Creeríase que +el amo era esperado de un momento a otro, y que todo se acababa de +disponer para agradarle cuando entrara.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_109">p. 109</span>Al sentarme +reconcentré mis ideas acerca del plan que había formado, y le dije:</p> + +<p>—Sé que usted padece mucho por saber el paradero del amo de esta +casa, y como tengo noticias de él, vengo a tranquilizarla.</p> + +<p>—¡Oh, señora, cuánta bondad! —exclamó con repentina alegría—. ¿De +modo que usted sabe dónde está y por qué no viene?... ¿Han vuelto a +cogerle los facciosos?</p> + +<p>—No, señora. Está libre y bueno.</p> + +<p>—Entonces no tiene perdón de Dios —dijo abatiendo el vuelo de su +alma, que tanto se había elevado con las alas de la alegría—. No, no +tiene perdón de Dios.</p> + +<p>—¿Usted le ha escrito?</p> + +<p>—Muchas veces. Dirijo las cartas al ejército de Mina, con la +esperanza de que alguna llegue a sus manos... pero no recibo +contestación. Es una iniquidad de mi hermano. Por poco que se acuerde +de mí, por muy grande que sea su olvido, ¿será tal que no me haya +escrito una sola vez?</p> + +<p>—Los que están en armas —dije sonriendo— no se acuerdan de las +pobres mujeres que lloran.</p> + +<p>—Yo creo que me ha escrito. Él es muy bueno y me considera mucho. No +es capaz de tenerme en esta incertidumbre por su voluntad.</p> + +<p>—¿Pero usted no ha recibido ninguna carta?</p> + +<p>—En febrero vinieron dos; pero después ninguna. Quizás se hayan +perdido.</p> + +<p>—Podría ser.</p> + +<p>—A veces me figuro que no me escribe porque<span class="pagenum" +id="Page_110">p. 110</span> viene. Todos los días creo que va a llegar, +y desde que siento pasos en la escalera, corro a ver si es él. Todo lo +tengo preparado, y si viene, nada encontrará fuera de su sitio.</p> + +<p>—Sí, ya lo veo. Es usted una alhaja. El pobre Salvador debe de estar +muy satisfecho de su hermana. Él la aprecia a usted mucho. Me lo ha +dicho.</p> + +<p>—¡Se lo ha dicho a usted! —exclamó tan vivamente conmovida, que casi +estuvo a punto de llorar.</p> + +<p>—Me lo ha dicho, sí. Él me cuenta todo. Para mí nunca ha tenido +secretos.</p> + +<p>Sola me miró de hito en hito durante un momento, que me pareció +demasiado largo. ¿Qué había en la expresión de su semblante al +contemplar el mío? ¿Envidia? No podía ser otra cosa; pero la apariencia +indicaba más bien una resignación dolorosa. Le habría tenido mucha +lástima, si no hubiera estado convencida de que era una hipócrita.</p> + +<p>—Muchas veces me ha hablado de usted —proseguí—, elogiándome sus +bellas cualidades para el gobierno de una casa. Vea usted de qué +manera ha venido a encontrarse sola al frente de este hogar vacío, +conservándole tan bien para cuando él vuelva.</p> + +<p>—La pobre doña Fermina —dijo—, que murió de pesadumbre por la +pérdida de su hijo, me encargó todo al morir, poniendo en mi mano +cuanto tenía y ordenándome que lo guardase y conservase hasta que +pareciera Salvador.</p> + +<p>—¿Entonces ella no le creía muerto?</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_111">p. 111</span>—Dudaba. Siempre +tenía esperanza —manifestó la joven dando un suspiro—. Yo le hablaba +a todas horas de la vuelta de su hijo, y, la verdad, siempre tuve +esperanza de verle entrar en la casa, porque una voz secreta de mi +corazón me decía que volvería. El día antes de fallecer, doña Fermina +escribió una larga carta a su hijo... ¡Cuántas lágrimas derramó la +pobre! Yo habría dado con gusto mi vida porque la infeliz madre viera a +su hijo antes de morir. Pero Dios no lo quiso así.</p> + +<p>—¿Y esa carta?... —pregunté, deseosa de conocer aquel detalle.</p> + +<p>—Esa carta la depositó en mí doña Fermina, mandándome que la +entregase a Salvador en su propia mano, si parecía.</p> + +<p>—¿Y si no parecía?</p> + +<p>—Doña Fermina me ordenó que le buscase por todos los medios +posibles, y que si tenía noticias de él y no venía a Madrid, fuese a +buscarle aunque tuviera que ir muy lejos.</p> + +<p>—Pero ¿cómo podrá usted emprender esos viajes? ¡Pobrecilla! —exclamé +mostrando una compasión que estaba muy lejos de sentir.</p> + +<p>—Eso sería lo de menos. No me faltan ánimos para ponerme en camino, +ni tampoco recursos con que emprender un largo viaje, porque doña +Fermina me entregó todos sus ahorros para que los destinase a buscar a +su hijo.</p> + +<p>—¡Ah! Entonces... Y para el caso de no encontrarlo, ¿qué dispuso esa +señora?</p> + +<p>—Que esperase, y le volviera a buscar después.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_112">p. 112</span>—¿Y para el caso de +que fuera evidente su muerte?</p> + +<p>—Que echase al fuego la carta sin leerla. ¡Ha sido desgraciada +suerte la nuestra! —prosiguió la huérfana con abatimiento—. Un mes +después de haber subido al cielo aquella buena señora, vino la carta de +Salvador anunciando que estaba libre. ¡Ay! En mi vida he tenido mayor +alegría ni mayor tristeza, juntas tristeza y alegría sin que pudiesen +ser separadas. Yo le contesté diciéndole lo que pasaba y rogándole que +viniese. Desde aquel día lo estoy esperando. Han pasado tres meses, y +no ha venido ni me ha escrito.</p> + +<p>—Pues ha llegado la ocasión de que usted cumpla la última +voluntad de la pobre señora difunta, partiendo en busca de ese hijo +desnaturalizado.</p> + +<p>—¡Si no sé dónde está...! Un amigo que lee todos los papeles +públicos y sabe por dónde andan los ejércitos, las guerrillas y las +contraguerrillas, me ha dicho que las tropas de Mina se han disuelto. +Otro que vino del norte, me aseguró que Salvador había emigrado a +Francia. Yo, a pesar de estas noticias, le espero, tengo confianza en +que ha de venir, y he resuelto aguardar lo que resta de mes. Sigo mis +averiguaciones, y si en todo mayo no ha venido ni me ha escrito, pienso +ponerme en camino y buscarle con la ayuda de Dios.</p> + +<p>—Siento quitarle a usted una ilusión —dije, adoptando +definitivamente mi diabólico plan, y resolviéndome a ponerlo en +práctica—. Salvador no vendrá por ahora, no puede venir.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_113">p. 113</span>—¿Lo sabe usted de +cierto? —me preguntó vivamente turbada y con algo de incredulidad en +sus hermosos ojos.</p> + +<p>—¿Duda usted de mí? —dije poniendo en mi semblante esa naturalidad +inefable que es uno de mis más preciosos resortes para expresar lo que +quiero—. Precisamente no he venido a otra cosa que a decirle a usted +su paradero, después de tranquilizarla, por si le creía enfermo o +muerto.</p> + +<p>—¿Y dónde está?</p> + +<p>—Habiendo reñido con Mina por una cuestión de amor propio, pasó a +las contraguerrillas que siguen al general Ballesteros.</p> + +<p>—¿Entonces sigue en el norte?</p> + +<p>—No, señora. Ya sabe usted que el ejército de Ballesteros se ha +retirado a Valencia.</p> + +<p>—A Valencia, sí. Efectivamente, lo oí decir. ¿De modo que Salvador +está en Valencia?</p> + +<p>—Sí, y estos informes no son vagos ni fundados en conjeturas, porque +yo misma...</p> + +<p>Al llegar aquí di un suspiro afectando cierta emoción. Después acabé +así la frase:</p> + +<p>—Yo misma me separé de él en Onteniente el 20 de abril.</p> + +<p>—¿Es cierto, señora, lo que usted me dice? —me preguntó con gran +agitación.</p> + +<p>—Sí; pero no creo que haga usted el disparate de ponerse en camino +para Levante —indiqué con objeto de que no conociera mi verdadera +idea.</p> + +<p>—¿Pues qué, vendrá?</p> + +<p>—Venir no. No vendrá en mucho tiempo, mayormente si de hoy a mañana +capitula la<span class="pagenum" id="Page_114">p. 114</span> corte y +se establece el absolutismo. Yo creo que se verá obligado a emigrar, +embarcándose en cualquier puerto de la costa.</p> + +<p>—¡Embarcarse! —exclamó con desaliento—. No, señora, no; eso no puede +ser. Corro allá al momento.</p> + +<p>Se levantó como si de un vuelo pudiera trasladarse a Valencia.</p> + +<p>—¿Y será usted capaz de emprender un viaje tan largo?... ¿Tendrá +usted valor?... —manifesté con fingida admiración.</p> + +<p>—Yo tengo valor para todo, señora.</p> + +<p>Después del primer movimiento de credulidad, la vi como abatida y +vacilante. Dudaba.</p> + +<p>—Puede usted escribirle —le dije— con la dirección que yo le dé, y +cuando reciba la contestación de él, ponerse en camino... Lo malo será +que en ese tiempo tome la guerra otro aspecto y llegue usted tarde.</p> + +<p>—Eso sería terrible. Yo creo que si voy, debo ir hoy mismo... ¿Y de +él se separó usted el 20 de abril?</p> + +<p>Dudaba todavía. Al llegar a este punto, la voz de la conciencia, que +aún me detenía, fue acallada por mis celos, y no pensé más que en el +éxito completo del plan que me había propuesto. No vacilé más y pensé +en la carta que me había traído Pipaón.</p> + +<p>—Me separé de él el 20 de abril —afirmé—; pero después de eso, +hallándome en Aranjuez, recibí una carta suya.</p> + +<p>Con avidez fijó Solita sus ojos en mí. Por grande que fuera mi +serenidad, mi corazón palpitaba, porque ni aun los criminales más<span +class="pagenum" id="Page_115">p. 115</span> criminales hacen ciertas +cosas sin algo de procesión por dentro. Confesaré ahora la fealdad toda +de mi acción, para que se comprenda bien la importancia de aquella +escena y mi perverso papel.</p> + +<p>—Si quisiera mostrarme usted la carta de Salvador —me dijo en +tono suplicante—, al menos para saber con fijeza el punto en que se +halla...</p> + +<p>—No la he traído —repuse con el mayor aplomo—; pero volveré a mi +casa, que está a dos pasos, y la traeré, para que tenga usted ese +consuelo, y una seguridad que no pueden darle mis palabras.</p> + +<p>—¡Oh!, no, señora; yo creo...</p> + +<p>—No... estas cosas son delicadas. Al instante traeré a usted la +carta que me escribió, y que no está fechada en Onteniente, sino en +otro pueblo del reino de Valencia, pues como usted puede suponer, el +ejército se mueve casi todos los días.</p> + +<p>Diciendo esto me levanté. Ella me daba las gracias por mi bondad en +cariñosas y vehementes palabras. Brindose a ir conmigo porque yo no +me molestase en volver; pero esto no me convenía, y salí rápidamente. +¡Miserable de mí, y cuánto me cegaba la pasión y aquel detestable afán +de hacer daño a la que aborrecía!... Contaré esto con la mayor brevedad +posible, porque me mortifica tan desagradable recuerdo; y en verdad +que si pudiera escribir estas vergonzosas líneas cerrando los ojos, lo +haría para no ver lo que traza mi propia pluma.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch17"> + <p><span class="pagenum" id="Page_116">p. 116</span></p> + <h2 class="nobreak g0">XVII</h2> +</div> + +<p>Corrí a mi casa, tomé la carta de Salvador, y con ese golpe de vista +del genio criminal, comprendí que lo previsto por mí momentos antes +podía realizarse fácilmente. La data <i>Urgel</i> estaba escrita en +letra ancha y mala. La palabra podía ser variada por una mano hábil, y +la mía, fuerza es decirlo, lo era, aunque nunca hasta entonces se había +empleado en tan infames proezas.</p> + +<p>Yo tenía muy presente a un primo mío que había comerciado años antes +en un pueblo de Alicante llamado <i>Vergel</i>, en las inmediaciones +de Denia, a orillas del río Bolana. Esta palabra era el puñal del +asesinato proyectado por mí. La tomé con la fiebre del rencor. ¡Qué +admirablemente servía para mi objeto! ¡Qué bien dispuestas estaban sus +letras para una obra satánica! No podía pedirse más, no. Tenía delante +de mí una de esas infernales coincidencias que deciden a los criminales +vacilantes, y a veces hasta impulsan a los justos a escandalosos y +horribles pecados.</p> + +<p>Tomé la pluma, y con mano segura, regocijándome interiormente en +la perfección de mi obra, convertí la palabra Urgel en Vergel. La +fecha era fácil de mudar también. Salvador había puesto marzo en +abreviatura. Yo convertí el marzo en mayo, dejando el día, que era el +3, lo mismo que estaba... ¡Oh, cuando no se me<span class="pagenum" +id="Page_117">p. 117</span> cayó la mano entonces, creo que tendré +manos para toda mi vida!</p> + +<p>Del texto de la carta podía mostrarse la primer plana, donde decía, +entre otras cosas insignificantes: «No pienso en muchos días salir de +este pueblo.»</p> + +<p>Corrí allá con mi puñal. Las trágicas figuras antiguas a quienes +pintan alborotadas y arrogantes con un hierro en la mano, no fruncirían +el ceño más fieramente que yo al blandir mi carta homicida. Subí a la +casa. Sola me esperaba en la puerta. Entramos: me senté al punto... +Estaba muy cansada.</p> + +<p>—Vea usted —le dije—: el pueblo donde ahora está es Vergel. He +pasado por él.</p> + +<p>Solita devoraba con los ojos la carta.</p> + +<p>—Vergel —añadí mostrándole la carta— está entre Pego y Denia, sobre +un riachuelo que llaman Bolana. Si va usted a Onteniente, le será muy +fácil llegar a Vergel.</p> + +<p>Ella seguía leyendo.</p> + +<p>—Asegura que por ahora no piensa moverse de ese pueblo —dijo +meditabunda—. Mejor: con eso tendré la certeza de encontrarle.</p> + +<p>—¿Pero de veras insiste usted en ir?... El resto de la carta no se +lo enseño a usted porque no puede interesarle —indiqué afectando la +mayor naturalidad y guardando mi arma—. No puedo creer que haga usted +la locura de...</p> + +<p>—Iré, iré —afirmó con resolución briosa, que inundó mi alma de los +frenéticos goces del éxito criminal.</p> + +<p>Después de manifestar así su propósito, frunció el ceño y me +dijo:</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_118">p. 118</span>—Cuando usted se +separó de Salvador, ¿sabía él que venía usted a Madrid?</p> + +<p>—Lo sabía.</p> + +<p>—¿Y cómo no le rogó que me viese y me tranquilizara?</p> + +<p>—Porque sabe —repuse con dignidad— que yo no sirvo para hacer las +veces de correo. Si he venido a esta casa, ha sido por..., se lo diré +a usted con entera franqueza, no quiero fingir móviles que no tuve al +venir aquí, aunque después que nos hemos tratado hayan sido distintas +mis ideas.</p> + +<p>Solita atendía a mis palabras como el Evangelio. Yo le tomé una +mano, y poniéndome a punto de llorar, me expresé así:</p> + +<p>—Señora doña Solita, dije a usted al entrar que venía con el simple +objeto de tranquilizarla dándola informes de Salvador.</p> + +<p>—Así fue, señora, lo que usted me dijo.</p> + +<p>—Pues bien, falté a la verdad: quise encubrir mi verdadero objeto +con una fórmula común. Pero yo no puedo fingir; no puedo ocultar la +verdad. Mi carácter peca de excesivamente franco, natural y expansivo. +Mis pasiones y mis defectos, la verdad toda de mi alma, buena o mala, +se me sale por los ojos y por la palabra cuando más quiero disimular. +Usted me ha inspirado simpatías; usted me ha revelado una pureza de +sentimientos que merece el mayor respeto. Quiero ser como usted, y +hablarle con la noble veracidad que se debe a los verdaderos amigos. +¿No es usted hermana para él? Pues quiero que lo sea también para +mí.</p> + +<p>Solita, al oír esto, se apartó lentamente de<span class="pagenum" +id="Page_119">p. 119</span> mi lado. Noté en ella cierta aversión +contenida por el respeto.</p> + +<p>—Querida amiga —proseguí forzando mi arte—. No he venido aquí sino +por un egoísmo que usted no comprenderá tal vez. He venido por ver su +casa, por conocer lo único que guarda Madrid de esa amada persona, +este asilo donde él ha vivido, donde murió su madre, y por el cual +parecen vagar aún sus miradas. Quería yo dar a mis ojos el gusto de ver +estos objetos, estos muebles donde tantas veces se han fijado los ojos +suyos... Nada más, ningún otro objeto me trajo aquí. He tenido además +el placer de conocerla a usted, y ahora, deseándole que halle pronto a +su hermano, me retiro.</p> + +<p>Levanteme resueltamente. Solita había prorrumpido en amargo +llanto.</p> + +<p>—¡Oh! ¡Gracias, gracias, señora! —exclamó secando sus lágrimas—. Le +diré que debo a usted este inmenso favor.</p> + +<p>—No, no, por Dios. Ruego a usted que no me nombre para nada. Vería +en mí una debilidad que no quiero confesarle, mediando, como median en +uno y otro, los propósitos de separación eterna.</p> + +<p>—Pues callaré, señora, callaré. ¿De modo que usted no le verá +más?</p> + +<p>Al decir esto había tanto afán en su mirada, que me causó +indignación. La habría abofeteado, si mi papel no exigiera gran +prudencia y circunspección.</p> + +<p>—No, señora, no le veré más —le dije, fijando más sobre mi semblante +la máscara que se caía—. Después de lo que ha pasado... Pero no<span +class="pagenum" id="Page_120">p. 120</span> puedo revelar ciertas +cosas. Si usted le conoce bien, conocerá su inconstancia. Yo le he +amado con fidelidad y nobleza. Él... no quiero rebajarle delante de +una persona que le estima. Adiós, señora, adiós. ¿Se va usted al fin +hoy?</p> + +<p>Esto lo dije en pie, estrechando aquella mano que habría deseado ver +cortada.</p> + +<p>—Sí, señora, iré a buscarle, puesto que él no quiere venir.</p> + +<p>—¿Pero se atreve usted, sola, sin compañía, por esos caminos...? +—indiqué, deseando que confirmara su resolución.</p> + +<p>—Dios irá conmigo —repuso la hipocritona con el acento de los que +tienen verdadera fe—. El ordinario de Valencia que sale esta noche, era +amigo de doña Fermina. Con él iré. Tengo confianza en Dios, y estoy +segura de que no me pasará nada... Ahora, tomada esta determinación, +estoy tranquila.</p> + +<p>—La felicidad le retoza a usted en el rostro —afirmé con cruel +sarcasmo—. Bien se conoce que es usted feliz. Yo me congratulo de +haberle proporcionado un cambio tan dichoso en su espíritu.</p> + +<p>Cuando pronuncié estas palabras, debió secárseme la lengua, lo +confieso.</p> + +<p>Poco más hablamos. Hícele ofrecimientos corteses y salí de la casa. +Cuando bajaba la escalera sentí impulsos de volver a subir y llamarla +y decirle: «no crea usted nada de lo que he dicho; soy una embustera»; +pero el egoísmo pudo más que aquel pasajero y débil sentimiento +de rectitud, y seguí bajando. Del mismo modo iba bajando mi alma, +escalón<span class="pagenum" id="Page_121">p. 121</span> tras escalón, +a los abismos de la iniquidad. Razoné como los perversos, diciéndome +que la víctima de mi intriga era una mujer hipócrita, y que las +pérfidas maquinaciones, tan dignas de censura cuando recaen en personas +inocentes, son más tolerables si recaen en quien las merece y es capaz +de urdirlas peores. Pero estos sofismas no acallaban mi remordimiento, +que empezó a crecer desde que salí de la casa, y ha llegado después, +por su mucha grandeza y pesadumbre, a mortificarme en gran manera.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch18"> + <h2 class="nobreak g0">XVIII</h2> +</div> + +<p>Verdaderamente mi acción no pudo ser más indigna. ¡Precipitar a una +desamparada e infeliz mujer a resolución tan loca, obligarla por vil +engaño a emprender un viaje largo, dispendioso, arriesgado, y, sobre +todo, inútil!... Al mirar esto desde tan distante fecha, me espanto de +mi acción, de mi lengua, y de la horrible travesura y sutileza de mi +entendimiento.</p> + +<p>En aquellos días la pasión que me dominaba, y más que la pasión, el +envidioso afán que me producían los recelos de que alguien me robase lo +que yo juzgaba exclusivamente mío, no me permitieron ver claramente mi +conciencia ni la infamia de la denigrante acción que había cometido; +pero cuando todo se fue enfriando y oscureciendo, he podido mirarme +tal cual era en aquel día, y declaro aquí que,<span class="pagenum" +id="Page_122">p. 122</span> según me veo, no hay fealdad de demonio del +infierno que a la mía se parezca.</p> + +<p>¡Y sigue una viviendo después de hacer tales cosas! ¡Y parece que +no ha pasado nada, y vuelve la felicidad, y aun se da el caso de +olvidar completamente la perversa y villana acción!... Yo no vacilo +en escribirla aquí, porque me he propuesto que este papel sea mi +confesonario, y una vez puesta la mano sobre él, no he de ocultar ni +lo bueno ni lo malo. La seguridad de que esto no ha de verlo nadie +hasta que yo no me encuentre tan lejos de las censuras de este mundo +como lo están los astros de las agitaciones de la tierra, da valor a mi +espíritu para escribir tales cosas. Yo digo: «Que todo el mundo escriba +con absoluta verdad su vida entera, y entonces, ¡cuánto disminuirá +el número de los que pasan por buenos! Las cuatro quintas partes de +las grandes reputaciones morales no significan otra cosa que <i>falta +de datos</i> para conocer a los individuos que se pavonean con ellas +fatuamente, como los cómicos cuando se visten de reyes.»</p> + +<p>Aquella tarde torné a pasar por allí, y entablé conversación con +Sarmiento; pero me fue imposible averiguar por él si Solita insistía +en partir. Yo tenía gran desasosiego hasta no saberlo, y para salir de +mi incertidumbre quise averiguarlo por mí misma. Soy así: lo que puedo +hacer no lo confío a los demás. Me fatigan las dilaciones y la torpeza +de los que sirven por dinero, y carezco de paciencia para aguardar a +que me vengan a decir lo que yo puedo ver por mis propios ojos. Al +llegar la<span class="pagenum" id="Page_123">p. 123</span> noche y la +hora en que solían partir los coches, sillas de postas y galeras, mi +criada y yo nos vestimos manolescamente, con pañolón y basquiña, y nos +encaminamos al parador del Fúcar, de donde, según mis noticias, salía +el ordinario de Valencia.</p> + +<p>No tuve que esperar mucho para satisfacer mi curiosidad. Allí +estaba. Solita partía irremisiblemente. Ya no me quedaba duda. La vi +dentro del coche que salía, y no pude sofocar en mí un sentimiento de +profundísima lástima, forma indirecta que tomaba entonces mi conciencia +para presentarme ante los ojos la imagen de mi crimen. Pero el coche +partió; ella se fue con su engaño, y yo me quedé con mi lástima.</p> + +<p>No se había extinguido el rumor de las ruedas del carro de Valencia, +cuando sonó más vivo estrépito de ruedas y caballerías. Un gran +carruaje de colleras entró en el parador. Mi criada y yo nos detuvimos +por curiosidad.</p> + +<p>—Es el coche de Alcalá —dijeron a nuestro lado—. Esta noche viene +lleno de gente.</p> + +<p>Por una de las portezuelas vi la cara de un hombre. El corazón +parecía hacérseme pedazos. Me volví loca de alegría. No pude +contenerme. Era él. Mis exclamaciones cariñosas le obligaron a bajar +del coche, y apenas puso el pie en tierra, me arrojé llorando en sus +brazos.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch19"> + <p><span class="pagenum" id="Page_124">p. 124</span></p> + <h2 class="nobreak g0">XIX</h2> +</div> + +<p>Al día siguiente le aguardaba en mi casa, y no fue hasta muy tarde, +cuando ya anochecía. Estaba muy fatigado, triste y abatido. Lo primero +de que me habló fue del vacío que había dejado en su casa la muerte +de su madre, de la partida de su hermana, a quien creía encontrar en +Madrid, y del brevísimo espacio que un perverso destino había puesto +entre la marcha de ella y la llegada de él.</p> + +<p>—Castigo de Dios es esto —dijo—, por mi descuido en escribirle y mi +desnaturalizado proceder.</p> + +<p>Después pasó de la tristeza a la furia. Yo procuraba arrancarle +tan lúgubres ideas, recordándole nuestro placentero viaje del verano +anterior y la catástrofe de su cautiverio; hacíale mil preguntas +sobre sus padecimientos, emancipación, campaña de Cataluña y toma de +la Seo; pero solo me contestaba con monosílabos y secamente. Escaso +interés mostraba por las cosas pasadas, y aun yo misma, que era un +presente digno, a mi parecer, de alguna estima, apenas podía obtener +de él atención insegura y casi forzada. Su pensamiento estaba fijo en +la fugitiva, y mis sutiles zalamerías no podían apartarle de allí. No +cesaba de discurrir sobre los móviles de aquel viaje, y yo, sintiendo +revivir y agitarse en mí lo que siempre tuve de serpiente, estuve a +punto de indicarle que Soledad<span class="pagenum" id="Page_125">p. +125</span> habría partido arrastrada por algún hombre; pero en el +momento en que desplegaba los labios para sugerir esta idea, me +contuve. Aquella vez había vencido mi conciencia, y hallándome con +fuerzas para las mayores crueldades, no las tuve para la calumnia.</p> + +<p>Al fin creí prudente no decirle una palabra sobre aquella +cuestión.</p> + +<p>—Bastaba que yo viniese con deseo de verla —dijo hiriendo +violentamente el suelo con el pie— para que ella huyese de mí. Así son +todas mis cosas. Lo bueno existe mientras yo lo deseo. Pero lo toco, y +adiós.</p> + +<p>Estas amargas palabras eran un desaire para mí, y por lo visto yo no +estaba comprendida en el número de las cosas buenas; pero sofoqué mi +resentimiento y seguí escuchándole.</p> + +<p>—Desde que el deseo de venganza y mi odio al absolutismo —añadió— me +inclinaron a tomar las armas, tuve el presentimiento de que la campaña +se echaría a perder, y así ha sido. Ya tienes a la plaza de Figueras en +poder de los franceses; a Mina vagabundo, sin saber qué partido tomar, +y todo el ejército desconcertado y sin esperanza de vencer. ¡Gran +milagro habría sido que donde yo estoy hubiese victorias! Desastres +y nada más que desastres. La sombra que yo echo sobre la tierra, +destruye.</p> + +<p>—¡Qué necio eres! ¿Crees acaso en las estrellas fatales y en el +sino?</p> + +<p>—No debiera creer; pero todo me manda que crea... Ya ves. Me envía +Mina a Madrid<span class="pagenum" id="Page_126">p. 126</span> con una +comisión en que funda grandes esperanzas, y desde que llego aquí pierdo +las pocas que traía, porque no hallo sino desanimación y flojedad. Al +mismo tiempo, la ilusión más querida de este viaje se ha desvanecido +como el humo. Yo tenía una hermana, más que hermana, amiga, con una +amistad pura y entrañable que nadie puede comprender sino ella y yo; +una amistad que tiene todo lo santo de la fraternidad y todo lo bueno +del amor, sin las tenebrosas ansias de este. En mi hermana veía yo todo +lo que me queda de familia, lo único que me resta de hogar; en ella +veía a mi madre, y una representación de todos los goces de mi casa, la +paz del alma, dichas muy grandes sin mezcla de martirio alguno. Pues +bien: llego, y mi casa está desierta. Jamás pensé en perderla. Ella, el +único ser de quien estaba seguro, vuela también lejos de mí, y se va. +¡Ay, Jenara! ¡No puedo decirte cuán sola estaba mi casa! Figúrate todo +el universo vacío y sin vida. Ni mi madre, ni Soledad... ¡Qué sepulcro, +Dios mío! Así se va quedando mi corazón lo mismo que una gran fosa, +todo lleno de muertos... Tú no puedes entender esto, Jenara. En ti todo +vive. Tu carácter hace resucitar las cosas, y eres un ser privilegiado +para quien el mundo se dispone siempre del modo más favorable; pero +yo...</p> + +<p>—Cúlpate a ti mismo —le dije—, y no hables del destino. Te quejas +de que tu hermana te haya abandonado, y no recuerdas que has estado +mucho tiempo sin escribirle, sin darle noticias de ti, sin decirle ni +siquiera: «estoy vivo».</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_127">p. 127</span>—Es verdad; +pero se amparó de mí el estúpido delirio de la guerra. Me sedujo la +idea gloriosa que representaba nuestro ejército al perseguir a los +realistas. Solo veía lo que estaba delante de mis ojos y dentro de mí: +el enemigo y los torbellinos de mi cerebro, un ideal de magníficas +victorias que dieran a mi país lo que no tiene. Ya sabes que yo me +equivoco siempre. Lo extraño es que conociendo mi torpeza me empeñe +en andar hacia adelante como los demás hombres, en vez de estarme +quieto como las estatuas... Ahora todo lo veo destrozado, caído y +hecho pedazos por mis propias manos, como el que entrando en un cuarto +oscuro y lleno de preciosidades, a ciegas tropieza y lo rompe todo. +En Cataluña, desengaños; en Madrid, más desengaños todavía; un gran +vacío del entendimiento, y otro más grande del corazón. Parece que la +realidad de mis ideas es un ave que se asusta de mis pasos, y levanta +el vuelo cuando me acerco a ella. ¡Maldita persona la mía!</p> + +<p>Debía enojarme de tales palabras, porque según ellas, yo no era +nada. Pero no me mostré ofendida, y solamente dije:</p> + +<p>—Si al llegar encuentras todo solo y vacío, no es porque las cosas +vuelen antes de tiempo, sino porque tú llegas siempre tarde.</p> + +<p>—También es verdad. Llego siempre tarde. Ya ves lo que me ha pasado +ahora. Se le antoja al señor Mina enviarme aquí cuando todo está +perdido. Pero él no contaba con la rapidez de este desmoronamiento: +no contaba con la retirada de Ballesteros sin combatir, ni con<span +class="pagenum" id="Page_128">p. 128</span> la defección de La Bisbal. +Mina tiene la desgracia de creer que todos son valientes y leales como +él.</p> + +<p>—¿La defección de La Bisbal? ¡De modo que ya...! No creí que +fuera tan pronto. El conde acostumbra preparar con cierto arte sus +arrepentimientos.</p> + +<p>—No se dice públicamente; pero es seguro que ya está en tratos con +los franceses para capitular. Me lo ha dicho Campos, que olfatea los +sucesos. De mañana a pasado, el aborrecido estandarte negro ondeará +en Madrid. ¿A qué he venido yo? No parece sino que vengo a izarlo yo +mismo.</p> + +<p>—Pues no hagas caso de los masones, ni de la guerra, ni de la +Constitución —le dije—. ¿Para qué te empeñas en cosas imposibles? ¿Por +qué desprecias lo que tienes, y persigues fantasmas vanos?</p> + +<p>Me miró comprendiendo mi intención. Sus ojos no indicaban +desafectos. Acompañome a cenar, y mis alardes de humor festivo, mi +cháchara y las delicadas atenciones que con él tuve, no lograron +disipar las nubes que ennegrecían su alma. También la mía se encapotaba +lentamente, cayendo en hondas tristezas. Acostumbrada a verse señora de +los sentimientos de aquel hombre, padecía mucho considerando perdido su +amoroso dominio, esa tiranía dulcísima que al mismo tiempo embelesa al +amo y al esclavo.</p> + +<p>Pero aún conservaba yo gran parte de mi prestigio. Vencí, aunque +sin poder conseguir la tranquilidad que acompaña a los triunfos<span +class="pagenum" id="Page_129">p. 129</span> completos, porque descubrí +en su complacencia algo de violento y forzado. Sospeché que al +corresponder a mi leal cariño, lo hacía más bien por delicadeza y por +deber que por verdadera inclinación. Esto me atormentó toda la noche, +quitándome el sueño. Cuando pude dormir, la imagen de la pobre huérfana +que recorría media España buscando a su hermano, a su amante o lo que +fuera, se me presentó para atormentarme más. ¡Ay, qué terrible es una +gran falta sin éxito!</p> + +<p>La visión de la mujer errante no se quitaba de mi imaginación. +Pero yo entonces, creyéndome menos amada de lo que mi frenesí de amor +exigía, pensando que me habían vencido ajenos recuerdos y vaguedades +sentimentales referentes a otra persona, me gozaba con fiera crueldad +en la desolación de la hermana viajera.</p> + +<p>«¡Bien —le decía—, corre tras él, corre hoy y mañana y siempre, +para no encontrarle al fin...! Muy bien, hipocritona. ¡¡Me alegro, me +alegro!!»</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch20"> + <h2 class="nobreak g0">XX</h2> +</div> + +<p>Campos entró en casa al día siguiente muy temprano. Ya he dicho que +este masón era amigo muy constante de la familia con quien yo vivía, un +matrimonio alavés, de edad madura y sin hijos, extraño por lo general +a las<span class="pagenum" id="Page_130">p. 130</span> pasiones +políticas, aunque la señora, como buena vascongada, se inclinaba al +absolutismo. Campos entró gritando:</p> + +<p>—¡Ya nos la ha pegado ese tunante!</p> + +<p>Al punto comprendí lo que quería expresar.</p> + +<p>—La Bisbal ha capitulado, ¿no es eso? —le dije—. ¡Qué noticia! Ya lo +suponíamos.</p> + +<p>—Pero al menos, señora, al menos... —manifestó Campos con afán—. Las +formas, es preciso guardar ciertas formas... Todos estamos dispuestos +a capitular, porque no es posible vivir en lucha con la general +corriente, ni con la Europa entera; pero..., pero...</p> + +<p>—¿Y qué ha hecho La Bisbal?</p> + +<p>—Dar un manifiesto...</p> + +<p>—Ya lo suponía: es el hombre de los manifiestos.</p> + +<p>—Un manifiesto en que dice que sí y que no, y que tira y afloja, y +que blanco y que negro... en fin, un manifiesto de La Bisbal. Después +entregó el mando al marqués de Castelldosrius, y ha desaparecido. En +el ejército cunde la desmoralización. La mayor parte de los soldados +se van a donde les da la gana, y aquí nos tiene usted como el 3 de +diciembre de 1808, en poder de los franceses... Vamos a ver, ¿qué hace +ahora un hombre honrado como yo? ¿Qué hacen ahora los hombres que no se +han metido en nada, que desde su campo defendieron siempre el orden y +las conveniencias?...</p> + +<p>Yo hacía esfuerzos para contener la risa. La zozobra del masón en +momentos de tanto apuro, y su afán por presentarse como hombre<span +class="pagenum" id="Page_131">p. 131</span> de orden, ofrecían un +cuadro tan gracioso como instructivo.</p> + +<p>—¿De modo que ya se acabó la Constitución? —dijo la señora de +Saracha, elevando majestuosamente las manos al cielo, como en acción +de gracias—. Pues ahora habrá perdón general. Se reconciliarán todos +los españoles, dándose fraternales abrazos, y amparándose bajo el manto +amoroso del rey.</p> + +<p>Yo me eché a reír.</p> + +<p>—No es mal perdón el que nos aguarda —dijo Campos con detestable +humor—. ¡Bonito manto nos amparará! Ya se ha alborotado la gentuza de +los barrios bajos, y las caras siniestras, las manos negras y rapaces, +los trabucos y las navajas, van apareciendo. Nada, nada. Tendremos +escenas de luto y de ignominia, otro 10 de mayo de 1814.</p> + +<p>—¿Será posible? Pues me parece que efectivamente hay algo de +alboroto en la calle —dijo mi amiga asomándose al balcón.</p> + +<p>Vivíamos en la calle de Toledo, que es la arteria por donde la +emponzoñada sangre sube al cerebro de la villa de Madrid en los +días de fiebre. Cruzaban la calle gentes del pueblo en actitud poco +tranquilizadora. Al poco rato oímos gritar: «¡Viva la religión! ¡Vivan +las caenas!» Fue aquella la primera vez de mi vida que oí tal grito, y +confieso que me horrorizó.</p> + +<p>Campos no quiso asomarse, porque le enfurecían los desahogos de la +plebe (mayormente cuando chillaba en contra de los liberales), y seguía +diciendo:</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_132">p. 132</span>—Veremos cómo +tratan ahora a los hombres honrados que han defendido el orden, que han +procurado siempre contener al democratismo y a la demagogia.</p> + +<p>No pude vencer mi natural inclinación a las burlas, y le dije:</p> + +<p>—Señor Campos, no doy cuatro cuartos por su pellejo de usted.</p> + +<p>—Ni yo tampoco —me respondió riendo.</p> + +<p>Él, en medio de su descontento, esperaba filosóficamente el fin, +seguro de sobrenadar tarde o temprano en el piélago absolutista. Era +además hombre de tanto valor como audacia.</p> + +<p>La gente de los barrios bajos siguió alborotando todo el día. +Moviose la tropa para mantener el orden, y el general Zayas, que +mandaba en Madrid y había firmado la capitulación aquella misma mañana +con los franceses, parecía dispuesto a ametrallar sin compasión a la +canalla. En gran zozobra vivíamos todos los vecinos de la villa, porque +se hablaba de saqueo y de la aproximación de las partidas de Bessieres, +el infame aventurero que, defendiendo el despotismo, quería lograr lo +que no pudo conseguir combatiendo por la república.</p> + +<p>Pero la principal causa de mi inquietud era no ver a mi lado a +la persona que más me interesaba en aquellos días. Le esperé toda +la mañana y toda la tarde, y como a ninguna hora parecía y había +hecho promesa de visitarme, creí que le pasaba algo desagradable. +Por la noche no pude refrenar mi ardorosa impaciencia, y volé a su +casa. Tampoco estaba en ella, y el anciano portero y maestro de +escuela,<span class="pagenum" id="Page_133">p. 133</span> armado de +fusil en medio de la portería, furioso y exaltado cual si acabara de +escaparse de un manicomio, me inspiró tanto miedo que no quise esperar +allí.</p> + +<p>Pasé la noche en un estado de angustia horrible. Corrían rumores +de que pronto tendríamos saqueo, prisiones, muertes y escandalosas +escenas. Se decía que los liberales más señalados eran perseguidos +por las calles como perros rabiosos y apedreadas sus casas. Yo no +podía vivir. Al amanecer del otro día, que era el 20 de mayo, busqué +a Salvador en diversos puntos, y tampoco le pude encontrar. Antes +de volver a casa vi movimientos de tropas en la Puerta del Sol, y +me dijeron que Bessieres había aparecido con sus cuadrillas, que yo +llamaba de <i>asesinos de la fe</i>, por detrás del Retiro, amenazando +entrar en Madrid. La plebe de los barrios bajos se le había reunido, +y como hambrientos perros aullaban mirando a la corte con ansias de +devorarla. Todo Madrid estaba aterrado, y yo más que nadie, no por el +temor del saqueo, sino por la sospecha de que la persona más cara a mi +corazón hubiera sido víctima del furor de la plebe.</p> + +<p>Esperé también todo aquel día. Campos entró a darnos noticias de +lo que pasaba. Oíamos cañonazos lejanos, y a cada instante creíamos +ver llegar y difundirse por las calles a la desenfrenada turba soez, +ebria de sangre y de pillaje. Pero Dios no quiso que en aquel día +triunfaran los malvados. El general Zayas destrozó a los <i>asesinos de +la fe</i>, acuchillando a los chisperos y mujerzuelas que entre<span +class="pagenum" id="Page_134">p. 134</span> ellos graznaban. La plebe, +aterrada, volvió a sus oscuras guaridas, y mucha gente mala huyó a los +campos, aguardando a poder entrar con los franceses. Desde que supimos +el gran peligro a que habíamos estado expuestos los habitantes de +Madrid, todos deseábamos que llegasen de una vez los Cien mil hijos de +San Luis, para que, estableciendo un gobierno regular, contuvieran a la +canalla azuzada por los realistas furibundos.</p> + +<p>Al fin salí de la angustia que me atormentaba. En la mañana del +día 21, el prófugo, por quien yo había derramado tantas lágrimas, se +presentó delante de mí en estado bastante lastimoso, desencajado y +lleno de contusiones, con los ojos encendidos, seca la boca, cubierta +de sudor la hermosa frente, rotos y llenos de polvo los vestidos.</p> + +<p>Al punto comprendí que había sido maltratado por las feroces bestias +populares. No le dije nada, y me apresuré a cuidarle, proporcionándole +alimento y reposo. Él me miraba con ojos extraviados. Apretando los +puños exclamó:</p> + +<p>—¿Has visto a la canalla?</p> + +<p>Necesitaba sosiego, y por todos los medios procuré +tranquilizarle.</p> + +<p>—No pienses más en eso —le dije—, y regocíjate ahora en la paz de mi +compañía y en esta dulce soledad en que estamos.</p> + +<p>—¡No puedo, no puedo! —exclamó con gran agitación.</p> + +<p>Y después repetía:</p> + +<p>—¿Has visto a la canalla? Pero ¡qué canalla es la canalla!</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_135">p. 135</span>Más tarde me +contó que había corrido un gran riesgo, porque al salir de un sitio +en que estaban reunidas varias personas contrarias al despotismo, fue +acometido, pudiendo salvar a duras penas la vida, gracias a su energía +y al coraje con que se defendió.</p> + +<p>Su estado febril inspirome bastante ansiedad aquella noche que pasó +junto a mí; pero a la mañana siguiente, su prodigiosa naturaleza había +triunfado de la ebullición de la sangre irritada.</p> + +<p>—No puedo ir a mi casa —me dijo—, y aun será peligroso que salga a +la calle; pero yo necesito disponer mi viaje.</p> + +<p>—¿Vuelves al norte?</p> + +<p>—No: tengo que ir a Sevilla, donde está lo que queda de gobierno +liberal. No tengo ya ni un resto siquiera de esperanza; pero es preciso +que cumpla fielmente la comisión del general Mina, y vaya hasta +las últimas extremidades, para que nos quede al menos el consuelo +de haberlo intentado todo, y para que se pueda decir esta verdad +terrible: «No hubo un solo liberal en España que supiera cumplir con su +deber.»</p> + +<p>—Pues si vas a Andalucía iré contigo —dije, regocijándome ya con +la idea de acompañarle y huir de Madrid, donde mi conciencia no podía +estar tranquila.</p> + +<p>—El viaje no será fácil —respondió sin demostrar grande entusiasmo +por mi compañía—, mayormente para una señora.</p> + +<p>—Para mí todo es fácil.</p> + +<p>—No se encontrarán carruajes.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_136">p. 136</span>—Como ruede el +dinero, rodarán los coches.</p> + +<p>—La policía vigilará la salida de los liberales.</p> + +<p>—No importa.</p> + +<p>Sin pérdida de tiempo empecé mis diligencias para nuestro viaje. +Ningún propietario de coches quería arriesgar su material ni sus +caballerías, porque los facciosos se apoderaban de ellas. No me +acobardó, sin embargo, y seguí mis pesquisas. Campos también deseaba +proporcionar a mi amigo fácil escapatoria.</p> + +<p>La entrada de los franceses, el día 23, me dio alguna esperanza; +mas, por desgracia, entre las fuerzas de vanguardia no venía el conde +de Montguyon. Vi, en cambio, muchos guerrilleros del norte, de fiero +aspecto, y temblé de pavor, deseando entonces más vivamente huir de la +corte.</p> + +<p>¡Y qué desorden en los primeros momentos de aquel día! Por mucha +prisa que se dieron los franceses a establecerse, no lograron impedir +mil excesos.</p> + +<p>Centenares de hombres, cuyo furor había sido pagado, corrían por +las calles celebrando entre borracheras el horrible carnaval del +despotismo. Rompían a pedradas los cristales, trazaban cruces en las +puertas de las casas donde vivían patriotas, como señal de futuras +matanzas; escarnecían a todo el que no era conocido por su exaltación +absolutista; gritaban como locos, maldiciendo la libertad y la nación. +No escapaban de sus groserías las personas indiferentes a la política, +porque era preciso haber sido perro de presa del absolutismo<span +class="pagenum" id="Page_137">p. 137</span> para obtener perdón. +Algunos frailes de los que más habían escandalizado en el púlpito con +sus sermones sanguinarios, eran llevados en triunfo.</p> + +<p>Saliendo de misa de San Isidro, me vi insultada y seguida por una +turba de mujerzuelas feroces, solo porque llevaba un lazo verde. +El color verde era ya el color de la ignominia, como emblema del +liberalismo, que tantas veces había escrito sobre él <i>Constitución o +muerte</i>. Vi maltratar a un joven de buen porte, solo porque usaba +bigote, y desde aquel día, el tal adorno de las varoniles caras fue +señal de francmasonismo y de extranjería filosófica.</p> + +<p>Quien vio una vez tales escenas, no puede olvidarlas. Mis ideas +habían cambiado mucho desde mi viaje a Francia. Conservando el mismo +respeto al trono y al gobierno fuerte, había perdido el entusiasmo +realista. Pero en aquel día tristísimo se desvanecieron en mi cabeza +no pocos fantasmas; y aunque seguí creyendo que uno solo gobierna +mejor que doscientos, el absolutismo popular me inspiró aversión y +repugnancia indecibles.</p> + +<p>No había concluido de referir en mi casa el gran peligro que había +corrido por llevar un lazo verde, cuando entró Campos. Traía semblante +muy alegre.</p> + +<p>—Ya está resuelta la cuestión de tu viaje —dijo a Salvador—. Esta +noche puedes marchar, si quieres.</p> + +<p>—¿Cómo? —preguntamos él y yo.</p> + +<p>—De un modo tan sencillo como seguro. El<span class="pagenum" +id="Page_138">p. 138</span> marqués de Falfán de los Godos<a +id="FNanchor_4" href="#Footnote_4" class="fnanchor">[4]</a> había +pensado marchar a Andalucía... ¡Como la pobre Andrea está tan +delicada...! En fin, se han decidido a salir esta noche. Tienen silla +de postas propia. Al punto me he acordado de ti. Falfán de los Godos +tiene gusto en llevarte.</p> + +<div class="footnote"> + +<p><a id="Footnote_4" href="#FNanchor_4" class="label">[4]</a> Véase +<i>El Grande Oriente</i>.</p> + +</div> + +<p>—Eso no puede ser —dije vivamente, saliendo al encuentro de aquella +proposición con verdadera furia, que trataba de disimular.</p> + +<p>—¿Por qué no ha de poder ser, señora mía? —dijo Campos—. En la silla +de postas irán cómoda y seguramente el marqués, mi sobrina con su +hijo, la doncella y dos criados, que seremos nosotros, Salvador y yo. +Perfectísimamente.</p> + +<p>El taimado masón se restregaba las manos en señal de regocijo.</p> + +<p>—Me parece una excelente idea —afirmó Monsalud mirándome—. ¿No crees +tú lo mismo?</p> + +<p>Yo no contesté nada. Estaba furiosa. El vio sin duda en mis ojos la +tempestad que se había desatado en mi corazón; mas no por conocerlo +se apresuró a conjurarla. Antes bien, ocupose de disponer su viaje +con una calma, con una indiferencia hacia mí que me irritaron más. Mi +dignidad me impedía pedir un puesto en aquel coche que se llevaría la +mitad de mi alma. La misma dignidad me impedía recordarle nuestro dulce +proyecto de ir juntos. Encerreme breve rato en mi cuarto para que nadie +conociese la alteración nerviosa que me sacudía, y con los dientes hice +pedazos un pañuelo<span class="pagenum" id="Page_139">p. 139</span> +inocente. Mis ojos, secos e inflamados, no podían dar salida a la +angustia de mi corazón, derramando una sola lágrima.</p> + +<p>Cuando me presenté de nuevo, mi apariencia no podía ser más +tranquila. Afectaba naturalidad y hasta alegría: tal era la perfección +de mi disimulo. Evoqué todas las fuerzas de mi voluntad para forjar +la máscara de hierro, bajo la cual escondía mi verdadero semblante +lleno de luto y consternación. ¡Qué intenso padecer! ¿Cómo no, si +Salvador mismo me había contado toda la historia de sus relaciones con +Andrea Campos, después marquesa de Falfán de los Godos? Yo la había +tratado bastante después de su matrimonio. La admirable hermosura de la +americanilla, representándose en mi imaginación, me la quemaba como un +hierro abrasado.</p> + +<p>Tuve valor para verles partir. Vi a la sobrina de Campos subir al +coche, haciéndose la interesante con su languidez de dama enfermita; +vi al viejo marqués engomado y lustroso, como un muñeco que acaba de +salir del taller de juguetes; vi a Salvador tomando en brazos y besando +cariñoso al niño de la marquesa... No quise ver más... ¡El coche +partió!... ¡Se fueron!...</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch21"> + <h2 class="nobreak g0">XXI</h2> +</div> + +<p>Se fueron y yo me quedé. Las lágrimas que antes no habían querido +salir de mis ojos, brotaron a raudales, abrasándome las mejillas.<span +class="pagenum" id="Page_140">p. 140</span> No podía dejar de pensar +en la hipocritona, que corría por los campos desiertos, lanzada por +mí al interminable viaje de la desesperación; pero lejos de tenerle +lástima, aquel recuerdo avivaba mi hondo furor, haciéndome exclamar: +«¡Me alegro, mil veces me alegro!»</p> + +<p>¡Cuán grande había sido mi castigo! Para que este fuera más +evidente, fui condenada por Dios al mismo suplicio de viajar buscando +a una persona amada, de correr un día y otro día como el que huye de +su sombra, siempre impaciente, siempre anhelante, precipitada de la +esperanza al desengaño y del desengaño a una nueva esperanza. Porque +sí, yo emprendí también el viaje a Andalucía tres días después. Estaba +en la alternativa de morir de despecho o correr también. Hubo en +mí desde aquel día algo de la maldición espantosa que pesaba sobre +el judío errante, y me sentí como arrastrada por la fuerza de un +huracán.</p> + +<p>¡Ay!, el huracán estaba dentro de mí misma, en mi cólera, en mis +celos, en un loco afán de no hallarme lejos de dos personas, cuya +imagen ni un solo instante se apartaba de mi pensamiento. Si mis +lectores me han conocido ya por lo que va contado de mi borrascosa +vida, comprenderán que yo no podía quedarme en Madrid. Mi carácter me +lanzaba fuera como la pólvora lanza la bala.</p> + +<p>Partí... Pero antes debo decir cómo pude conseguir los medios +para ello. Mi primer paso fue recurrir a Eguía; mas desde la entrada +de los franceses le habían arrinconado como<span class="pagenum" +id="Page_141">p. 141</span> trasto inútil, y una regencia fresca +y lozana funcionaba en su lugar. Nombrola Angulema de acuerdo con +el Consejo de Estado, y la componían los duques del Infantado y de +Montemart, el barón de Eroles, el obispo de Osma y don Antonio Gómez +Calderón. Secretario de ella era el venenoso Calomarde, al cual me +dirigí solicitando un pase y licencia para el uso de coche-posta. +Recibiome tan fríamente y con tanta soberbia e hinchazón, que no pude +menos de recordar al don Soplado del poeta sainetero don Ramón de la +Cruz.</p> + +<p>Le desprecié como merecía, y recurrí a don Víctor Sáez, nombrado +ministro de Estado; pero este me recordó a la rana cuando quiso +parecerse al buey. Tuvo el mal gusto de echarme en cara mi supuesta +conversión al constitucionalismo y a la Carta francesa, diciéndome mil +necedades presuntuosas y aun amenazándome. Su fatuidad, semejante a la +del pavo cuando se sopla y arrastra las alas para meter ruido, me hizo +reír en sus propias barbas. El único que se me mostró algo propicio fue +Erro, hombre honrado y modesto. Pero nada positivo saqué de la flamante +situación, que daba pruebas de su agudeza política volviendo las +cosas <i>al propio ser y estado que tenían en 7 de marzo de 1810</i>, +restableciendo los antiguos Consejos y la Sala de Alcaldes de Casa y +Corte. Era esto volver a los tontillos, al guardainfante y al pelo +empolvado.</p> + +<p>Por mi ventura, llegó a Madrid el conde de Montguyon. Le vi; hízome +la centésima declaración<span class="pagenum" id="Page_142">p. +142</span> de amor, y luego, con semblante dolorido, me dijo:</p> + +<p>—Soy muy desgraciado, señora, en no poder estar cerca de vos. Tengo +que partir con el general Bourdessoulle para esa poética región que +llaman la Mancha, idealizada por las aventuras del gran caballero.</p> + +<p>Entonces le manifesté que si me proporcionaba los medios de hacer el +viaje, poniendo yo por mi cuenta todos los gastos, le seguiría a aquel +encantado país que hizo célebre el caballero sin par. Al oír esto, se +volvió todo obsequios, y tres días después tenía yo a mi disposición +una silla de postas con caballos del cuartel general de Bourdessoulle, +y un pase que me aseguraba el respeto de las turbas por todo el +tránsito que iba a recorrer.</p> + +<p>Partí al fin de Madrid acompañada de mi doncella. Salí como el agua +de una exclusa cuando se le abren las compuertas que la sujetan. Yo no +veía bastante llanura por donde correr; en ningún momento me parecía +que andaba bastante mi coche; enfadábame el cansancio de las mulas, la +pesadez de los mesoneros y la flema del mayoral, que se ponía siempre +de parte de las caballerías en mi febril contienda con el tiempo y la +distancia.</p> + +<p>En los pueblos por donde rápidamente pasaba, vi escenas que me +causaron tanta indignación como vergüenza. En Ocaña habían quitado las +imágenes que adornaban el ángulo de algunas calles, poniendo en su +lugar el retrato de Fernando, entre cirios y ramos de flores, y debajo +la piadosa inscripción: «¡Vivan<span class="pagenum" id="Page_143">p. +143</span> las caenas!» En Tembleque presencié el acto solemne de +arrojar al pilón donde bebían las mulas, a dos o tres liberales y +otros tantos milicianos. En Madridejos tuve miedo, porque una turba +que invadía el camino cantando coplas tan disparatadas como obscenas, +quiso detenerme, fundada en que el mayoral había tocado con su látigo +el estandarte realista que llevaba un fraile. Necesité mostrar mucha +serenidad, y aun derramar algún dinero para que no me causasen daño; +pero no pude seguir hasta que no llegaron a aquel ilustrado pueblo las +avanzadas de la caballería francesa.</p> + +<p>En Puerto Lápice se rompió una ballesta de mi coche, ocasionándome +detención de dos días. Las horas eran siglos para mí. Quemaba la tierra +bajo mis pies. Yo hubiera deseado poseer la autoridad de una reina +asiática para vencer tantas dificultades, atando a los hombres al +pescante de mi coche. La desproporción enorme entre mi impetuoso anhelo +y los medios materiales de que disponía, me llevaron a un lamentable +estado nervioso que de ningún modo podía calmar. Únicamente logré un +poco de alivio a aquel penoso hervor de mi carácter empleando un medio +bastante pueril, pero que no parecerá muy absurdo a las mujeres que +se me asemejan. Consistía en tomar el látigo del mayoral y ponerme a +descargar furiosos latigazos sobre los robles del camino en Sierra +Morena, y sobre los olivos de Andalucía.</p> + +<p>En Despeñaperros hallé nuevos obstáculos. Allí había una especie de +ejército español, mandado por una especie de general, que tenía<span +class="pagenum" id="Page_144">p. 144</span> el encargo de hacer una +especie de resistencia a las tropas de Bourdessoulle. Dios había +decidido que no hubiese otro Bailén en la historia, y los inocentes +que creían en un nuevo 19 de julio de 1808 se llevaron gran chasco. +¡Parece mentira! Quince años después, los papeles de aquel drama +habían cambiado. Los personajes eran los mismos. Creeríase que habían +resucitado los muertos de la gloriosa época, pero que al vestirse se +habían equivocado de uniforme.</p> + +<p>En pocas horas fue desbaratado Plasencia (que así se llamaba el +general que defendía la puerta de Andalucía), y los franceses pisaron +el glorioso campo de las Navas de Tolosa, de Mengíbar y de Bailén. +Menos afortunada yo, fui otra vez detenida, y el conde de Montguyon, +a quien Bourdessoulle mandó situarse en Guarromán, mostró muy poco +interés porque yo siguiera adelante. Con todo, tales artes usé para +sacar partido de su caballería andante, que me libré de él muy +lindamente. Por fin, el 6 de junio entré en Córdoba, donde no me detuve +más que lo preciso.</p> + +<p>El 9 por la tarde vi a lo lejos una inmensa mole rojiza que +iluminaban los rayos del sol poniente. Ante mí se extendían hermosas +llanadas de trigo, como un campo de oro, cuya reverberación amarilla +ofendía los ojos. Yo no había visto un cielo más alegre, ni un ambiente +más respirable y que más embelesase los sentidos, ni un crepúsculo más +delicioso. La enorme torre que se destacaba a lo lejos sobre apretado +caserío, y entre otras mil torres pequeñas,<span class="pagenum" +id="Page_145">p. 145</span> iba creciendo a medida que yo me acercaba, +y parecía venir a mi encuentro con gigantesco paso. La torre era la +Giralda, y la ciudad Sevilla.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch22"> + <h2 class="nobreak g0">XXII</h2> +</div> + +<p>¡Sevilla! ¡De qué manera tan grata hería mi imaginación este +nombre! ¡Qué idealismo tan placentero despertaba en mí! No creo que +nadie haya entrado en aquel pueblo con indiferencia, y desde luego +aseguro que el que entre en Sevilla como si entrara en Pinto es un +bruto. ¡El Burlador, don Pedro el Cruel, Murillo! Bastan estas tres +figuras para poblar el inmenso recinto que es en todas sus partes +teatro de la novela y el drama, lienzo y marco de la pintura. ¡Y hasta +las pinturas sagradas son allí voluptuosas! Para que nada le falte, +hasta tiene a Manolito Gázquez, cuyas hipérboles graciosas han dado la +vuelta a España, y parece que forman la base de la riqueza anecdótica +nacional.</p> + +<p>En Sevilla la noche y el día se disputan a cuál es más bello; +pero cuando llega el rigor del verano, vence irremisiblemente la +noche, asumiendo todos los encantos de la naturaleza y de la poesía. +Para ellas son los delicados aromas de jazmines y rosas; para +ella el picante rumor de las conversaciones amorosas; para ella +la dulce tibieza de un ambiente que recrea<span class="pagenum" +id="Page_146">p. 146</span> y enamora, las quejumbrosas guitarras que +expresan todo aquello a que no pueden alcanzar las lenguas. Cuando yo +llegué se dejaba sentir bastante el calor, sin ser insoportable; pero +las noches eran deliciosas, un paraíso en el cual no se echaba de menos +el sol.</p> + +<p>Hallé un cómodo hospedaje en la calle de Génova, y desde la noche de +mi llegada vi a muchos diputados que moraban allí y a otros que iban +a visitarles. Era un hervidero de gente habladora, una olla puesta al +fuego. Sus ardientes disputas, sus gestos, sus furores, indicaban la +gravedad de la situación.</p> + +<p>Vivían conmigo Argüelles, Canga-Argüelles, Salvato, Flórez +Calderón, el canónigo Villanueva y el almirante don Cayetano Valdés. +Iban a visitar a estos Galiano, Istúriz, Bertrán de Lis, don Ángel +de Saavedra, después duque de Rivas, y otros. Con algunos de ellos +tenía yo amistad. Oyéndoles, supe que se había descubierto una +conspiración tramada por cierto general inglés llamado Downie, el +mismo que había organizado una partida de combatientes en la guerra +de la Independencia. La conspiración debió ser muy inocente conforme +a las modas de aquel tiempo, y todo en ella fue de sainete, hasta el +descubrimiento, hecho por un cirujano.</p> + +<p>Tan solo descansé la noche de mi llegada, y el día siguiente, que +era el 10 de junio, di principio a mis investigaciones, saliendo +a hacer algunas visitas. Al pasar por las calles más principales +experimentaba profunda emoción, creyendo ver semblantes conocidos. Yo +no sé qué<span class="pagenum" id="Page_147">p. 147</span> había en +aquella fisonomía de la multitud para turbarme tanto; pero esto pasa +cuando lo que amamos se pierde en las oleadas del gentío, al cual +presta su rostro y su persona toda.</p> + +<p>Aprovechando bien el día, pude ver a muchas personas, y dar con +alguna que me indicó el domicilio de los marqueses de Falfán. Este era +el principal objeto de mis impacientes ansias. Pero en aquel día 10 de +junio, precursor de una de las fechas más célebres de nuestra historia, +nadie hablaba de otra cosa que de política, de la resistencia del rey +a trasladarse a Cádiz, y del empeño de los ministros en llevársele de +grado o por fuerza. Advertí entonces que no era Sevilla población muy +liberal, y que en la contienda entablada, la mayoría de los paisanos +de Manolito Gázquez se ponían de parte del rey. Por un fenómeno +extraño, la aristocracia aparecía más enemiga del absolutismo que el +pueblo; pero esto no me causaba sorpresa, por haber observado el mismo +contrasentido en Madrid.</p> + +<p>No pudiendo refrenar mi impaciencia, aquella misma noche fui a casa +del marqués de Falfán. Las visitas de noche son sumamente agradables en +verano, en aquel país, contribuyendo a ello los frescos patios trocados +en salones de tertulia. Nadie puede, sin haber visto estos agradables +recintos, formar idea de ellos y del hermoso conjunto que presentan +las plantas, la fuente de mármol con su murmurante surtidor, los +espejos, los cuadros, al mismo tiempo iluminados por las bujías y por +el rayo de luna que penetra burlando el toldo; la dulce cháchara<span +class="pagenum" id="Page_148">p. 148</span> de las conversaciones, +más dulce a causa del gracioso ceceo bético, y, por último, las +lindas andaluzas que alegrarían un cementerio, cuanto más un patio de +Sevilla.</p> + +<p>Había pocas personas en casa de Falfán. Encontré a la marquesa muy +desmejorada y triste en gran manera, lo cual no sé si me causó pena +o alegría. Creo que ambas cosas a la vez. Yo justifiqué mi viaje a +Sevilla, suponiendo asuntos de intereses, y no me atreví a preguntar +por él ni siquiera a nombrarle, para que mi afectada indiferencia +alejara todo recelo. Tenía esperanza de verle entrar en el patio cuando +menos lo pensase, y me preparaba para no turbarme en el momento de su +aparición. Cualquier ruido de la puerta me hacía temblar, dándome los +escalofríos propios de la pasión en acecho.</p> + +<p>Sin que me esté mal el decirlo, y poniendo la verdad por delante de +todo, aun de la modestia, yo estaba guapísima aquella noche, vestida +al estilo de París con una elegancia superior a cuanto veían mis ojos. +Harto me lo probaban los de los caballeros allí presentes, que no se +apartaban de mí, causando envidia a todas. Como los andaluces no son +cortos de genio, aquella noche recibí galanterías y donaires para el +año entero.</p> + +<p>Mi afán consistía en sacar alguna luz, algún dato, alguna noticia +de mi conversación con la marquesa de Falfán; pero fuese discreción +suma o ignorancia de la hermosa dama, ello es que nada dejó comprender. +Hablaba lo menos posible, y con sus miradas, lo mismo<span +class="pagenum" id="Page_149">p. 149</span> que con el sentido de sus +palabras, solo una cosa me decía claramente, a saber: que me aborrecía +de todo corazón. Yo, maestra consumada, disimulaba mejor que ella.</p> + +<p>El marqués de Falfán de los Godos, hablándome de política, me +distrajo de esta batalla que yo daba a la taciturna reserva de Andrea. +Las aficiones que yo había mostrado en Madrid a las cosas públicas +me perdieron entonces, porque el buen señor me atacó con verdadera +ferocidad de charlatanismo, deseando saber mi opinión sobre sucesos y +personas. Mi fastidioso interlocutor era liberal templado, partidario +de un justo medio muy justamente mediano, y de las dos Cámaras y +del veto absoluto. Había tenido sus repulgos de masón, repetía los +dichos de Martínez de la Rosa, y era bastante volteriano en asuntos +religiosos. Defendía al clero como fuerza política; pero se burlaba de +los curas, del Papa y aun del dogma mismo, sin que esto fuera obstáculo +para creer en la conveniencia de que hubiese muchos clérigos, muchos +obispos, muchísimas misas y hasta Inquisición. En suma: las ideas del +marqués eran el capullo de donde, corriendo días, salió la mariposa del +partido moderado.</p> + +<p>Decir cuánto me mareó aquella noche, fuera imposible. Tuve que saber +cosas que a la verdad me interesaban poco, por ejemplo: que Calatrava, +a la sazón presidente del ministerio, no era hombre apropiado a +las circunstancias; que los masones primitivos o <i>descalzos</i> +estaban en gran pugna con los secundarios<span class="pagenum" +id="Page_150">p. 150</span> o <i>calzados</i>, y ambos con los +carbonarios y comuneros; que los partidarios de San Miguel trabajaban +por echarlo todo a perder más de lo que estaba, y que cuando ocurrió +el cambio de ministerio que había llevado al poder a los amigos de +Calatrava, se habían visto cosas muy feas. Exaltándose a medida que +entraba en materia, me dijo que él (Falfán de los Godos) habría sido +ministro si hubiera querido cuando se negó a serlo Flores Estrada; +pero que no quiso meterse en danzas; que él (el propio marqués) había +previsto los terribles sucesos que ya estaban cerca, y que la ruina +del pobre sistema era ya inminente y segura. Apoyábanle en esto todos +los presentes, mientras yo me aburría a mis anchas oyéndole. Era para +morir.</p> + +<p>Habiendo dicho uno de los tertulios que Su Majestad se negaría +resueltamente a salir de Sevilla, el marqués habló así:</p> + +<p>—Pues el gobierno insiste en llevárselo a Cádiz, ¡qué tontería...! +y como el rey insiste en no ir, el gobierno piensa declararle loco... +¡Loco Su Majestad, señores, el hombre más cuerdo de toda España, el +único español que sabe a dónde va y por dónde ha de ir!</p> + +<p>Luego, dirigiéndose a mí y como quien habla en secreto, me dijo que +Calatrava era un hombre atolondrado; Yandiola, ministro de Hacienda, +una nulidad, y el de la Guerra, Sánchez Salvador, un insensato.</p> + +<p>Yo estaba nerviosa a más no poder. Las palabras se me venían a la +boca para contestarle de este modo:</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_151">p. 151</span>«¿Y a mí qué me +cuenta usted de todo eso, señor marqués? ¿Qué me importa a mí que +Calatrava sea un majadero, Yandiola y Sánchez Salvador dos majaderos, y +usted más majadero que todos ellos?»</p> + +<p>Pero con no poco trabajo me contenía. Obligada a decir algo, a causa +de mi pícara reputación, me complacía en contradecirle, de modo que +todo lo que para él era blanco, yo lo veía negro. A cuantos el marqués +denigró, yo les supuse talentos desmedidos. En lo relativo a declarar +loco a Su Majestad, dije que me parecía el acto más cuerdo y acertado +del mundo.</p> + +<p>—Pero, señora —me dijo el marqués—, esto equivale a destronar a Su +Majestad, porque si le declaran incapacitado para reinar...</p> + +<p>—Justamente, señor marqués —repuse—. Le destronan y luego le +vuelven a entronizar; le quitan y le ponen, según conviene a las +circunstancias. ¿Hay cosa más natural? ¿No es el rey quien abre y +cierra las Cortes? Pues las Cortes abren o cierran al rey cuando +quieren.</p> + +<p>Tomaron a risa, como lo merecían, mis observaciones; pero no +por verme tan inclinada a las burlas, cejó Falfán en su fastidioso +disertar.</p> + +<p>Entonces entró el príncipe de Anglona, personaje distinguido de la +fracción de Martínez de la Rosa, y el duque del Parque, cuya vista me +causó grande alegría. El príncipe dijo que al día siguiente habría +sesión muy interesante, para discutir lo que debiera hacerse en virtud +de la negativa del rey a salir de Sevilla. Yo le pedí una papeleta de +tribuna al duque, y<span class="pagenum" id="Page_152">p. 152</span> +ofreció mandármela. Anglona se brindó a llevarme a Palacio. Formado mi +plan para el día siguiente, determiné ver a Su Majestad y asistir a la +sesión de las Cortes, encendiendo de este modo una vela a San Miguel y +otra al diablo.</p> + +<p>El del Parque, cuando no podían oírlo los demás, dijo con +malignidad:</p> + +<p>—Mi secretario, a quien usted conoce, le llevará mañana la papeleta +para la galería reservada de las Cortes.</p> + +<p>Al oír esto parece que se abrieron delante de mí los cielos. Mi +alma se llenó de alegría, que a no ser por el gran disimulo que eché +sobre ella, como se echa hipocresía sobre un pecado, hubiera sido +advertida por la concurrencia. Desde aquel momento, todo se transformó +a mis ojos. Cuanto dijo el marqués de Falfán de los Godos lo encontré +discreto y agudo, y sus majaderías me parecieron prodigios de ingenio +y perspicacia política. A todo le contesté, desplegando verbosidad +abundante como en mis mejores tiempos de Madrid, emitiendo juicios +picarescos y sentenciosos, juzgando a los personajes con graciosa +malevolencia, y retratándoles con breves rasgos de caricatura. Ya tenía +lo que me había faltado en toda la noche, ingenio. Respondí a las +galanterías, supe marear a más de cuatro, mortifiqué a la marquesa, +alegré la reunión. Al retirarme, no dejaba más que tristezas y +presentimientos detrás de mí. Yo me llevaba todas las alegrías.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch23"> + <p><span class="pagenum" id="Page_153">p. 153</span></p> + <h2 class="nobreak g0">XXIII</h2> +</div> + +<p>Desde muy temprano me levanté, pues poco dormí aquella noche. Las +noches de Sevilla no parece que son, como las de otras partes, para +dormir. Son para soñar en vela... Le aguardaba con tanta impaciencia, +que a cada instante salía al balcón, esperando verle entre la multitud +que pasaba por la calle de Génova. De repente me anunciaron una +visita. Creí verle entrar: salí corriendo; pero mi corazón dio un +vuelco, quedándose frío y quieto cual si hubiera tropezado en una +pared. Tenía delante al príncipe de Anglona, un señor muy bueno, un +caballero muy simpático, muy atento, pero cuya presencia me contrariaba +extraordinariamente en aquel instante.</p> + +<p>Venía para llevarme al Alcázar.</p> + +<p>—Su Majestad —me dijo— recibe ahora muy temprano. Anoche le +manifesté que estaba usted aquí, y me rogó que la llevase a su +presencia hoy mismo.</p> + +<p>Yo quise hacer objeciones, pretextando la inusitada hora, pues no +habían dado las once; pero nada me valió. Érame imposible resistir +a aquella majadería insoportable que revestía las formas de la más +delicada atención. Tampoco podía defenderme con dolor de cabeza, +vapores u otros recursos que tenemos para tales trances. Humillé la +frente como víctima expiatoria de las conveniencias sociales,<span +class="pagenum" id="Page_154">p. 154</span> y después de arreglarme +dispúseme a aceptar un puesto en la carroza del Príncipe, no sin dejar +antes a mi criada instrucciones muy prolijas para que detuviera hasta +mi vuelta al que forzosamente había de venir. Partí resuelta a hacer a +Su Majestad visita de médico. En aquella ocasión deploré por primera +vez que existieran reyes en el mundo.</p> + +<p>Poca es la distancia que hay de la calle de Génova al Alcázar. Antes +de las doce estaba yo en la cámara de Su Majestad, y salía gozoso a +saludarme el descendiente de cien reyes, pegado a su regia nariz. No +parecía nada contento; pero mostró mucho placer en verme, dándome a +besar su mano y rogándome que a su lado me sentase. Tanta bondad, que a +cualquiera habría ensoberbecido, a mí me hizo muy poca gracia, y menos +cuando con sus preguntas daba a entender que la visita sería larga.</p> + +<p>Fernando quiso saber por mí algunas particularidades de la +entrada de los franceses en Madrid, de la defección de La Bisbal en +Somosierra y de la derrota de Plasencia en Despeñaperros. Yo contesté +a todo, cuidando de la brevedad más que de otra cosa, y fingiéndome +ignorante de varios hechos que sabía perfectamente; pero ninguna de +estas estratagemas me valía, porque Fernando VII, que en el preguntar +había sido siempre absoluto, no se hartaba de oír contar cada paso +del ejército francés; y como, además de mis palabras, le recreaba +bastante, como he dicho en otra ocasión, la boca que las decía, de aquí +que no llevara camino de saciar en muchas horas la curiosidad<span +class="pagenum" id="Page_155">p. 155</span> de su entendimiento y la +concupiscencia de sus voraces ojos.</p> + +<p>«¡Ay! ¡Qué felices son las repúblicas! —pensé—. Al menos, en ellas +no hay reyes pesados y preguntones que quieran saber noticias de la +guerra a costa de la felicidad de sus súbditos.»</p> + +<p>Yo le miraba, haciendo esfuerzos heroicos para disimular mi +descontento. Al responderle, decía en mi interior:</p> + +<p>«Me alegraría de que te encerraran en una jaula como loco +rematado.»</p> + +<p>Él entonces, sin indicios de conocer mi cansancio, hablome así con +cierto tono de confianza:</p> + +<p>—Se empeñan en que han de llevarme a Cádiz, y yo me empeño en no +salir de Sevilla. Veremos si se atreven a llevarme a la fuerza, o si yo +cedo al fin.</p> + +<p>—No se atreverán, señor.</p> + +<p>—Ellos saben —continuó— que en Cádiz hay una terrible epidemia; +pero eso no les importa. ¡A Cádiz de cabeza! ¿Nada importa, señores +diputados, que yo y toda la real familia nos expongamos a perecer...? +Veremos lo que decide el Consejo...</p> + +<p>—Decidirá lo más conveniente.</p> + +<p>—Yo les digo a esos señores: ¿creen ustedes posible resistir a los +franceses? No. Pues si al fin se ha de capitular, ¿no es mejor hacerlo +en Sevilla?</p> + +<p>—Admirable raciocinio, señor.</p> + +<p>—Nada: a Cádiz, a Cádiz, y entre tanto, ni coches para el viaje, ni +recursos...</p> + +<p>Parecía mortificado por dos o tres ideas fijas,<span +class="pagenum" id="Page_156">p. 156</span> que agitadas se sucedían +en su mente y se enlazaban formando esa dolorosa serie de vibrantes +círculos cerebrales que, si no producen la locura, la imitan. Me fue +preciso, en vista de tanta pesadez, fingirme enferma y pedirle permiso +para retirarme. Él, entonces, ¡oh fiero y descomunal tirano!, se empeñó +en que me quedase en el Alcázar, donde se me prepararía habitación +conveniente.</p> + +<p>«Te comprendo, déspota», dije para mí, sofocando mi cólera.</p> + +<p>No había más remedio que ser huraña y descortés, rehusando los +obsequios y tapando mis oídos a preguntillas que empezaban a dejar de +ser políticas. Al retirarme, Su Majestad me dijo:</p> + +<p>—No saldré de Sevilla, no saldré... Veremos si se atreven.</p> + +<p>—No se atreverán, señor —le respondí—. Vuestra Majestad podrá, con +una voluntad firme, desbaratar las maquinaciones de los pérfidos.</p> + +<p>Estas vulgaridades palaciegas le agradaban. Dejele entregado a +sus febriles inquietudes, y corrí a calmar las mías. Por el camino +iba contando el tiempo transcurrido, que me parecía largo, como todo +lo que precede a la felicidad que se espera. Llegué a mi casa, subí +precipitadamente, creyendo que él saldría a recibirme con los brazos +abiertos; pero en mis habitaciones hallé un silencio y un vacío +tristísimos... No estaba. Mi primer impulso fue de ira contra él por +la audacia inaudita, por la infame crueldad de no estar allí; pero +luego tornáronse contra el rey mis furores, cuando Mariana,<span +class="pagenum" id="Page_157">p. 157</span> mi fiel criada, me dijo que +el caballero se había cansado de esperar.</p> + +<p>—¿Luego ha estado aquí?</p> + +<p>—Sí, señora; ha estado más de hora y media. No haría diez minutos +que usted había salido, cuando entró...</p> + +<p>—¿Y no dijo que volvería?</p> + +<p>—No dijo nada más sino que tenía que ir a las Cortes.</p> + +<p>—Yo también tengo que ir a las Cortes —afirmé, sintiéndome como +una máquina loca que mueve a la vez con precipitada carrera todas +sus ruedas—. Vamos, vístete, Mariana, que no quiero perder esa gran +sesión.</p> + +<p>Por no ir sola, yo llevaba siempre conmigo a mi leal criada, vestida +de señora, imitando en esto la usanza francesa de las <i>señoritas de +compañía</i>. Esto era sumamente cómodo para mí, porque me libraba +de la necesidad de admitir en muchos casos la compañía de hombres +importunos o antipáticos. En poco tiempo, haciendo yo de sirviente y +Mariana de señora, quedó vestida, no tan bien que se desconociese su +inferioridad; pero con suficiente elegancia para poder ir al lado mío. +Muchos la creían hermana soltera o parienta pobre.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch24"> + <h2 class="nobreak g0">XXIV</h2> +</div> + +<p>Fuimos a las Cortes, que estaban en San Hermenegildo, en la calle +de la Palma, frente a San Miguel. Difícil hallamos la entrada a<span +class="pagenum" id="Page_158">p. 158</span> causa de la mucha gente +que llenaba la calle, agolpándose a las puertas del edificio como las +apiñadas lapas en la roca. Mujeres menos resueltas que nosotras habrían +vuelto la espalda; pero Mariana y yo sabíamos romper las cortezas del +vulgo, y al fin nos abrimos paso, y entrando con desenfado y pie ligero +subimos a la galería. Antes de penetrar en ella, oímos la voz de un +orador que resonaba en medio del más imponente silencio.</p> + +<p>Mucho hubimos de bregar para encontrar sitio; pero al fin, pidiendo +mil veces perdón y oyendo murmullos de descontento a un lado y otro, +logramos acomodarnos. Mi primer cuidado no fue atender a lo que aquel +gran orador decía, cosas sin duda altamente dignas de aplauso: mi +primer cuidado fue registrar con los ojos toda la galería reservada +por ver si estaba allí quien me cautivaba más que los discursos. Pero +ni a derecha ni a izquierda, ni delante ni detrás le vi, con lo cual +la gran pieza oratoria que se estaba pronunciando empezó a serme muy +fastidiosa.</p> + +<p>—¿Quién habla? —pregunté a una señora vieja que estaba junto a +mí.</p> + +<p>—Alcalá Galiano, el gran orador —repuso en tono de extrañeza por mi +ignorancia.</p> + +<p>—¿Y de qué habla? —pregunté, sin temor de que la señora vieja me +creyera cerril.</p> + +<p>—¿De qué ha de hablar? Del suceso del día.</p> + +<p>La señora volvió el rostro hacia el salón, demostrando más interés +por el discurso que por mis preguntas. Yo no quise molestar más, y +traté de atender también. El orador hablaba<span class="pagenum" +id="Page_159">p. 159</span> de la patria, del inminente peligro de la +patria, de la salvación de la patria y de la gloria de la patria. Es el +gran tema de todos los oradores, incluso los buenos. No he conocido a +ningún político que no estropeara la palabra patriotismo hasta dejarla +inservible, y en esto se me parecen a los malos poetas, que al nombrar +constantemente en sus versos la inspiración, la lira, el estro, la musa +ardiente, la fantasía, hablan de lo que no conocen.</p> + +<p>Alcalá Galiano era tan feo y tan elocuente como Mirabeau. Su figura, +bien poco académica, y su cara, no semejante a la de Antinoo, se +embellecían con la virtud de un talismán prodigioso: la palabra. Le +pasaba lo contrario que a muchas personas de admirable hermosura, las +cuales se vuelven feas desde que abren la boca. Aquel día, el joven +diputado andaluz había tomado por su cuenta el llevar adelante la +hazaña más revolucionaria que registran nuestros anales.</p> + +<p>Sentían los españoles la comezón de destronar algo, y el afán de +probar la embriaguez revolucionaria, que sin duda embelesa a los +pueblos de Occidente como a los chinos el opio, y dijeron: «Hagamos +temblar a los reyes, pues que ha llegado la hora de que los reyes +tiemblen delante del pueblo...» Mas era aquí la gente demasiado +bondadosa para una calaverada sangrienta. En otra parte, al ver al rey +sistemáticamente contrario a la representación nacional, hubiéranle +cortado la cabeza; aquí le privaron del uso de la razón temporalmente, +diciendo: «Señor, vuestro deseo de esperar<span class="pagenum" +id="Page_160">p. 160</span> aquí a los franceses nos prueba que estáis +loco. Con arreglo a la Constitución, declaramos que sois digno de un +manicomio y de perder la autoridad real. Vámonos a Cádiz, y cuando +estemos allí, os adornaremos de nuevo con vuestra cabal razón, y +seguiremos partiendo un confite como hasta aquí.»</p> + +<p>Admirable recurso habría sido este, a mi parecer, desde el punto de +vista liberal, teniendo un gran ejército para reforzar el argumento +en los campos de batalla. Sin fuerza, aquel hecho probaba que los +diputados estaban más locos que el rey, y así se lo dije a Falfán de +los Godos. Con esto se comprende que el marqués había entrado en la +galería, colocándose detrás de mí. Él ponía mucha más atención que yo +al discurso y aun a los rumores que sonaban arriba y abajo.</p> + +<p>—Han llenado de gentuza la tribuna pública —me dijo en voz queda— +para que aplauda las atrocidades que habla ese hombre.</p> + +<p>No sé si era o no gente pagada; pero es lo cierto que a cada +párrafo coruscante, terminado en <i>la salvación de la patria</i> o en +<i>el afrentoso yugo de esta nación heroica</i>, la galería pública +mugía como una tempestad cercana. ¡Qué rugidos, qué gestos de bárbaro +entusiasmo, qué manera de apostrofar! Algunas señoras tuvieron miedo y +se retiraron, lo cual me agradó en extremo, porque la tribuna se quedó +muy holgada.</p> + +<p>—¿Piensa usted seguir hasta el fin? —me dijo Falfán, endulzando su +mirada hasta un extremo empalagoso.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_161">p. 161</span>—Estaré algún +tiempo más —repuse—. No me he cansado todavía.</p> + +<p>Y miraba a diestra y siniestra esperando verle y no viéndole nunca. +Los que me conocen comprenderán mi aburrimiento y pena. No hay tormento +peor que tener ocupada la mente por una idea fija que no puede ser +desechada. Es una espina clavada en el cerebro, una acerada punta +que hiere, y que, sin embargo, no se puede ni se quiere arrancar. Yo +procuraba distraerme de aquel a manera de dolor agudísimo, charlando +con Falfán; pero nada conseguí. La locura del rey, declarada por una +votación que iba a verificarse; la exaltación revolucionaria de los +diputados, la elocuencia fascinadora de Galiano, no bastaban a dar otra +dirección a las fuerzas de mi espíritu.</p> + +<p>—¿Y usted qué cree? —me preguntó el marqués.</p> + +<p>—Yo no creo nada —respondí con el mayor hastío—. Si he de hablar con +franqueza, nada de esto me importa gran cosa.</p> + +<p>—¡Que declaren loco a Su Majestad!...</p> + +<p>—Lo mismo que si le declaran cuerdo... Yo soy así... Parece que se +cansan —añadí, reparando que se suspendían los discursos.</p> + +<p>—Es que ahora va una comisión de las Cortes al Alcázar a intimar al +rey. Si no se resigna a salir...</p> + +<p>—¿Habrá más discursos?</p> + +<p>—Las Cortes están en sesión permanente. Después vendrá lo más +interesante, lo más dramático; yo no pienso moverme de aquí.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_162">p. 162</span>—Su Majestad ha de +responder que no sale de Sevilla. Me lo ha dicho esta mañana, y aunque +no tengo gran fe en su palabra, paréceme que por esta vez va a cumplir +lo que dice.</p> + +<p>—Lo mismo creo, señora. En ese caso, las Cortes, después de este +respiro que ahora se dan, están dispuestas a poner en ejecución el +artículo 187 de la Constitución...</p> + +<p>—¿Y qué dice ese artículo?...</p> + +<p>En el momento de formular esta pregunta me estremecí toda, y me +pasó por delante de los ojos una claridad relampagueante. Le vi: había +entrado en la tribuna inmediata y volvía sus ojos en todas direcciones +como buscándome. Desde aquel instante las palabras del marqués no +fueron para mí sino un zumbido de moscardón... Por fin sus ojos se +encontraron con los míos.</p> + +<p>—¡Gracias a Dios! —le dije, empleando el lenguaje de las pupilas.</p> + +<p>El marqués seguía hablando. Para que no descubriese mi turbación, ni +se enojase al verme tan distraída, le pregunté de nuevo:</p> + +<p>—¿Y qué dice ese artículo?</p> + +<p>—¡Si se lo he explicado a usted! —repuso—. Sin duda no me presta +atención. Es usted muy distraída.</p> + +<p>—¡Ah!, sí... Estaba pensando en ese pobre Fernando.</p> + +<p>—El mejor procedimiento, a mi modo de ver —manifestó Falfán de los +Godos gravemente—, sería...</p> + +<p>—¡Que le cortaran la cabeza! —indiqué mostrándome,<span +class="pagenum" id="Page_163">p. 163</span> sin cuidarme de ello, tan +revolucionaria como Robespierre.</p> + +<p>—¡Qué cosas tiene usted! —exclamó el marqués riendo.</p> + +<p>Y siguió hablándome, hablándome, es decir, zumbando como un +abejorro. Pasados diez minutos, creí conveniente dirigirle otra vez la +palabra, y repetí mi preguntilla:</p> + +<p>—¿Y qué dice ese artículo?</p> + +<p>—Por tercera vez se lo diré a usted.</p> + +<p>Entonces me fue forzoso dedicarle un pedacito de atención.</p> + +<p>—El artículo 187 dice poco más o menos que cuando se considere a Su +Majestad imposibilitado moralmente para ejercer las funciones del poder +ejecutivo, se nombre una Regencia...</p> + +<p>—¿Como la de Urgel?</p> + +<p>—Una Regencia constitucional, señora, que desempeñe aquellas +funciones...</p> + +<p>—¡Oh!, señor marqués, en todo soy de la misma opinión de usted +—exclamé con artificiosa admiración—. En pocos hombres he visto un +juicio tan claro para hacerse cargo de los sucesos.</p> + +<p>Miré a Salvador. Pareciome que con los expresivos ojos me decía: +«Salgamos.» Y al mismo tiempo salía.</p> + +<p>—Yo me retiro, señor marqués —dije de improviso levantándome.</p> + +<p>—¡Señora, se marcha usted en el momento crítico! —exclamó con +asombro y pena—. Se van a reanudar estas interesantes discusiones. ¡Qué +discursos vamos a oír!</p> + +<p>—Estoy fatigada. Hace mucho calor.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_164">p. 164</span>—Sin embargo...</p> + +<p>Mientras en el salón resonaba un rumor sordo como el anuncio de +furibunda tempestad parlamentaria, Mariana y yo nos dispusimos a salir; +pero en el mismo instante, ¡oh contrariedad imprevista!, multitud de +caballeros y señoras entraron en la tribuna. Eran los que habían salido +durante el período de descanso, que regresaban a sus puestos, para +disfrutar de la parte dramática de la sesión. Además, numeroso gentío +recién venido se apiñaba en la puerta. Ya no era posible salir.</p> + +<p>—Señora —me dijo Falfán—, ya ve usted que no es fácil la salida. No +pierda usted su asiento. Esto acabará pronto.</p> + +<p>No tuve más remedio que quedarme. Caí en mi asiento como un reo en +su banquillo de muerte. Lo que principalmente me apenaba era que entre +la multitud había desaparecido el que bastaba a alegrar o entristecer +mi situación. En la muralla de rostros humanos, ávidos de curiosidad, +no estaba su rostro ni otro alguno que se le pareciese.</p> + +<p>«Sin duda me aguarda fuera —pensé—. ¡Qué desesperación! ¡Cuándo +acabará esta farsa!...»</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch25"> + <h2 class="nobreak g0">XXV</h2> +</div> + +<p>—La comisión que fue con el mensaje a Palacio —dijo Falfán alargando +su rostro para abarcar con una mirada todo el salón— ha<span +class="pagenum" id="Page_165">p. 165</span> vuelto, y va a manifestar +la respuesta de Su Majestad.</p> + +<p>—Que le maten de una vez —indiqué en voz baja—. ¿Dice usted, señor +marqués, que esto acabará pronto?</p> + +<p>—Quizás no. Me parece que tendremos para un rato. Cosas tan graves +no se despachan en un credo.</p> + +<p>Pensé que se me caía el cielo encima. El profundo silencio que reinó +durante un rato en aquel recinto, obligome a atender brevemente a lo +que abajo pasaba. Un diputado, en quien reconocí al almirante Valdés, +tomó la palabra.</p> + +<p>Pudimos oír claramente las expresiones del marino al decir: +«Manifesté a Su Majestad que su conciencia quedaba salva, pues +aunque como hombre podía errar, como rey constitucional no tenía +responsabilidad alguna; que escuchase la voz de sus consejeros y +de los representantes del pueblo, a quienes incumbía la salvación +de la patria. Su Majestad respondió: <i>He dicho</i>, y volvió la +espalda.»</p> + +<p>Cuando estas últimas palabras resonaron en el salón, un rumor de +olas agitadas se oyó en las tribunas; olas de patriótico frenesí que +fueron encrespándose y mugiendo poco a poco hasta llegar a un estruendo +intolerable.</p> + +<p>—Todos esos que gritan están pagados —dijo el marqués.</p> + +<p>Entonces miré hacia atrás, pues no podía vencer el hábito adquirido +de explorar a cada instante la muchedumbre, y le vi. Estaba en la +postrera fila: apenas se distinguía su rostro.</p> + +<p>«¡Ah! —exclamé para mí con gozo—. ¡No me has abandonado! Gracias, +querido amigo.»</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_166">p. 166</span>Advertí que desde +el apartado sitio donde se encontraba, seguía los incidentes de la +sesión con toda su alma. Mi pensamiento debía de estar donde estaba el +suyo, y atendí también. Segura de tenerle cerca; segura de que fiel y +cariñoso me aguardaba, pude tranquilamente fijar mi espíritu en aquella +turbulenta parte de la sesión y en el orador que hablaba. Era otra +vez Galiano. Su discurso, que en otra ocasión me hubiera fastidiado, +entonces me pareció elocuente y arrebatador.</p> + +<p>¡Qué modo de hablar, qué elegancia de frases, qué fuerza de +pensamiento y de estilo, qué ademán tan vigoroso, qué voz tan +conmovedora! Siendo mis ideas tan contrarias a las suyas entonces, no +pude resistir al deseo de aplaudirle, enojando mucho al marqués con mi +llamarada de entusiasmo.</p> + +<p>—¡Oh, señor marqués! —le dije—. ¡Qué lástima que este hombre no +hable mal! ¡Cuánto crecería el prestigio del realismo, si sus enemigos +carecieran de talento!...</p> + +<p>Los argumentos del orador eran incontestables dentro de la situación +y del artículo 187, que intentaban aplicar. «No queriendo Su Majestad +—decía— ponerse en salvo, y pareciendo a primera vista que Su Majestad +quiere ser presa de los enemigos de la patria, Su Majestad no puede +estar en el pleno uso de su razón. Es preciso, pues, considerarle en un +estado de delirio momentáneo, en una especie de letargo pasajero...»</p> + +<p>Estas palabras compendiaban todo el plan de las Cortes. Un +rey constitucional que quiere entregarse al extranjero, está +forzosamente<span class="pagenum" id="Page_167">p. 167</span> loco. La +nación lo declara así, y se pasa sin rey durante el tiempo que necesita +para obrar con libertad. ¡Singular decapitación aquella! Hay distintas +maneras de cortar la cabeza, y es forzoso confesar que la adoptada por +los liberales españoles tiene cierta grandeza moral y filosófica digna +de admiración. «Antes que arrancar de los hombros una cabeza que no se +puede volver a poner en ellos —dijeron—, arranquémosle el juicio, y +tomándonos la autoridad real, la persona jurídica, podremos devolverlas +cuando nos hagan falta.»</p> + +<p>Yo miraba a cada rato a mi adorado amigo, y con los ojos le +decía:</p> + +<p>«¿Qué piensas tú de estos enredos? Luego hablaremos y se ajustarán +las cuentas, caballerito.»</p> + +<p>No duró mucho el discurso de Galiano, porque aquello era como lo +muy bueno, corto, y habían llegado los momentos en que la economía +de palabras era una gran necesidad. Cuando concluyó, las tribunas +prorrumpieron en locos aplausos. Entre las palmadas, semejantes por su +horrible chasquido a una lluvia de piedras, se oían estas voces: «¡A +nombrar la Regencia! ¡A nombrar la Regencia!»</p> + +<p>—Señora —me dijo el marqués horrorizado—, estamos en la Convención +francesa. Oiga usted esos gritos salvajes, esa coacción bestial de la +gente de las galerías.</p> + +<p>—Van a nombrar la Regencia.</p> + +<p>—Antes votarán la proposición de Galiano. ¡Atentado sacrílego, +señora! Me parece que asisto a la votación de la muerte de Luis +XVI.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_168">p. 168</span>—¡Qué +exageración!</p> + +<p>—Señora —añadió con solemne acento—. Estamos presenciando un +regicidio.</p> + +<p>Yo me eché a reír. Falfán, enfureciéndose por el regicidio que se +perpetraba a sus ojos, e increpando en voz baja a la plebe de las +galerías, era soberanamente ridículo.</p> + +<p>—Lo que más me indigna —exclamó pálido de ira— es que no dejen +hablar a los que opinan que Su Majestad no debe ser destronado.</p> + +<p>En efecto: con los gritos de ¡<i>fuera</i>!, ¡<i>que se calle</i>!, +¡<i>a votar</i>!, ahogaban la voz de los pocos que abrazaron la causa +del rey. La Presidencia y la mayoría, interesadas en que las tribunas +gritasen, no ponían veto a las demostraciones. Veíase al alborotado +público agitando sus cien cabezas y vociferando con sus cien bocas. +En la primera fila los brazos gesticulaban señalando o amenazando, o +golpeaban el antepecho con las bárbaras manos, que más bien parecían +patas. Muchas señoras de la tribuna reservada se acobardaron, y diose +principio al solemne acto de los desmayos. Esto fue circunstancia +feliz, porque la tribuna empezó a despejarse un poco, haciendo menos +difícil la salida.</p> + +<p>—Señor marqués —dije tomando la resolución de marcharme—. Me parece +que es bastante ya.</p> + +<p>—¿Se va usted? Si falta lo mejor, señora.</p> + +<p>—Para mí lo mejor está fuera. Aquí no se respira. Adiós.</p> + +<p>—Que van a votar. Que vamos a ver quiénes<span class="pagenum" +id="Page_169">p. 169</span> son los que se atreven a sancionar con su +nombre este horrible atentado.</p> + +<p>—Ahí tiene usted una cosa que a mí no me importa mucho. ¿Qué quiere +usted? Yo soy así. Dormiré muy bien esta noche sin saber los nombres de +los que dicen sí.</p> + +<p>—Pues yo no me voy sin saberlo. Quiero ver hasta lo último; +quiero ver remachar los clavos con que la monarquía acaba de ser +crucificada.</p> + +<p>—Pues que le aproveche a usted, marqués... Veo que ya se puede +salir. Adiós; tantas cosas a la marquesa. Ya sabe que la quiero.</p> + +<p>No hice muy larga la despedida por temor a que tuviese la deplorable +ocurrencia de acompañarme. Salí. ¡Ay! Aquella libertad me supo a +gloria. ¡Con qué placentero desahogo respiraba! Al fin iba a satisfacer +mi deseo, la sed de mis ojos y de mi alma, que ha tiempo no vivían sino +a medias. Desde que salí a los pasillos le vi lejos esperándome. Hízome +una seña, y ambos procuramos acercarnos el uno al otro, cortando el +apretado gentío que salía. Pero cuando estaba a seis pasos de él, sentí +detrás de mí la áspera voz de Falfán, la cual me hizo el efecto de un +latigazo. Volvime, y vi su sonrisa y sus engomados bigotes, que yo +creía haber perdido de vista por muchos días.</p> + +<p>—Señora, no se me escape usted —me dijo, ofreciéndome su brazo—. +He salido porque la votación no es nominal. Esos pícaros han votado +levantándose de su asiento... ¡Qué escándalo!... ¡Votar así un acuerdo +tan grave!...<span class="pagenum" id="Page_170">p. 170</span> ¡Tienen +vergüenza y miedo!... Ya se ve... Tome usted mi brazo, señora.</p> + +<p>La importuna presencia del estafermo me dejó fría. No tuve más +remedio que apoyar mi mano en su brazo y salir con él. Frente a +nosotros vi a Salvador, que me pareció no menos contrariado que yo.</p> + +<p>—Querido Monsalud —le dijo el marqués—, ¿ha visto usted la sesión? +¡Gran escena de teatro! Me parece que correrá sangre.</p> + +<p>No recuerdo lo que ambos hablaron mientras bajamos a la calle. Me +daban ganas de desasirme del brazo del prócer, y empujarle con todas +mis fuerzas para que fuera rodando por la escalera abajo, que era +bastante pendiente. Pero me fue forzoso tener paciencia y esperar, +fiando en que el insoportable intruso nos dejaría solos al llegar a la +calle. ¡Vana ilusión! Sin duda se habían conjurado contra mí todas las +potencias infernales. El marqués de Falfán, empleando su relamido tono, +que a mí me sonaba a esquilón rajado, me dijo:</p> + +<p>—Ahora, dígnese usted aceptar mi coche, y la llevaré a su casa.</p> + +<p>—Si yo no voy a mi casa —repuse vivamente—. Voy a visitar a una +amiga... o quizás, como ya es tarde y no hace calor, daremos Mariana y +yo un paseo.</p> + +<p>—Bien, a donde quiera usted que vaya la acompañaré —dijo el marqués +con la inexorable resolución de un hado funesto—. Y usted, Salvador, ¿a +dónde va?</p> + +<p>—Tengo que ver a un amigo junto a San Telmo.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_171">p. 171</span>—Entonces no digo +nada. Si va usted en esa dirección, no puedo llevarle. Y usted, Jenara, +¿a dónde quiere que la lleve?</p> + +<p>—Mil gracias, un millón de gracias, amigo mío —repuse—. El +movimiento del coche me marea un poco. Me duele la cabeza y necesito +respirar libremente y hacer algo de ejercicio. Mariana y yo nos iremos +a dar una vuelta por la orilla del río.</p> + +<p>Bien sabía yo que el señor marqués no gustaba de pasear a pie, y que +en aquellos días estaba medianamente gotoso. Yo no quería que de ningún +modo sospechase Falfán que Salvador y yo necesitábamos estar solos. Al +indicar yo que iría a pasear por la orilla del río, claramente decía a +mi amado: «Ve allá y espérame, que voy corriendo, luego que me sacuda +este abejón.»</p> + +<p>Comprendiéndome al instante, por la costumbre que tenía de estudiar +sus lecciones en el hermoso libro de mis ojos, se despidió. Bien +claro leí yo también en los suyos esta respuesta: «Allá te espero; no +tardes.»</p> + +<p>Luego que nos quedamos solos, el marqués reiteró sus ofrecimientos. +Parecía que no rodaba en el mundo más carruaje que el suyo, según la +oficiosidad con que a mi disposición lo ponía.</p> + +<p>—La tarde está hermosa. Deseo pasear un poco a pie —repetí como +quien ahuyenta una mosca.</p> + +<p>—Pues entonces —me contestó estrechándome la mano—, no quiero +alejarme de aquí: aún debe pasar algo importante. A los pies de usted, +señora.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_172">p. 172</span>Al fin... al fin me +soltó aquel gavilán de sus impías garras... Mariana y yo nos dirigimos +apresuradamente a la margen del Guadalquivir.</p> + +<p>«¡Ahora sí que no te me escapas, amor!», pensaba yo.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch26"> + <h2 class="nobreak g0">XXVI</h2> +</div> + +<p>¡Cuán largo me pareció el camino! Mariana y yo íbamos con más prisa +de la que a dos señoras como nosotras convenía. Pero aun conociendo +que parecíamos gente de poco más o menos, cuando vi la Torre del Oro, +los palos de los barcos y los árboles que adornan la orilla, avivé más +el paso. No faltaba gente en aquellos deliciosos sitios; mas esto me +importaba poco.</p> + +<p>—Vamos hacia San Telmo —dije a Mariana—. Creo que es aquel edificio +que se ve más abajo entre los árboles.</p> + +<p>—Aquel es.</p> + +<p>—Mira tú hacia la izquierda y yo miraré hacia adelante para que no +se nos escape.</p> + +<p>—Ya le veo, señora. Allí está.</p> + +<p>Mariana le distinguió a regular distancia, y yo también le vi. Me +aguardaba puntualmente.</p> + +<p>«¡Ah, bribón, ya eres mío!», pensé, deteniendo el paso, segura al +fin de que no se me escaparía.</p> + +<p>Él miraba hacia la puerta de Jerez, como<span class="pagenum" +id="Page_173">p. 173</span> si nos aguardara por allí. Avanzamos +Mariana y yo, dando un pequeño rodeo para acercarnos a él por detrás, +y sorprenderle, sacudiéndole el polvo de los hombros con nuestros +abanicos. Yo sonreía.</p> + +<p>Distábamos de él unos diez pasos, cuando sentí que me llamaban.</p> + +<p>—¡Jenara, Jenara! —oí detrás de mí, sin poder precisar en el primer +instante a quién pertenecía aquella horrible e importuna voz.</p> + +<p>Volvime, y el coraje me clavó los pies en el suelo. Era el marqués +de Falfán de los Godos, que venía hacia mí sonriendo y cojeando. Tan +confundida estaba, que nada pude decirle ni contestar a sus empalagosos +cumplidos.</p> + +<p>—Vaya que ha corrido usted, amiguita —me dijo—. Yo acabo de llegar +en coche... Es que en el momento de separarnos se me ocurrió una +cosa...</p> + +<p>—¿Qué cosa?</p> + +<p>—Padecí un gran olvido —dijo relamiéndose—. Dispénseme usted. Como +usted dijo que venía a pasear a este sitio...</p> + +<p>—¿Y qué?..., ¿qué?..., ¿qué?...</p> + +<p>Según me dijo después Mariana, yo echaba fuego por los ojos.</p> + +<p>—Que olvidé ofrecerme a usted para una cosa que sin duda le será muy +agradable.</p> + +<p>—Señor marqués, usted se burla de mí.</p> + +<p>—¡Burlarme! No, hija mía; al punto que nos separamos, dije para +mí: «¡Qué desatento he sido!» Puesto que va al río, debí brindarme a +acompañarla para ver el vapor y mostrarle ese prodigio de la industria +del hombre.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_174">p. 174</span>—¡Usted está loco, +sin duda! —afirmé ocultando todo lo posible mi despecho—. ¿Qué es eso +del vapor? No entiendo una palabra.</p> + +<p>—¡El vapor, señora! Es lo que más llama la atención de todo Sevilla +en estos días.</p> + +<p>—¿Y qué me importa? —dije bruscamente siguiendo mi camino.</p> + +<p>—Dispénseme usted si la he ofendido —añadió el marqués siguiéndome—; +pero como venía usted a pasear al río, y como yo tengo entrada libre, +siempre que quiero, en esa prodigiosa máquina, creí que la complacería +a usted apresurándome a mostrársela.</p> + +<p>—¿Qué máquina es esa? —le pregunté deteniéndome.</p> + +<p>Al decir esto había perdido de vista al imán de mi vida.</p> + +<p>—Mire usted hacia allá, junto a la Torre del Oro.</p> + +<p>Miré, y en efecto vi un buque de forma extraña, con una gran +chimenea que arrojaba negro y espeso humo. Sus palos eran pequeños, +y sobre el casco sobresalía una armazón bastante parecida a una +balanza.</p> + +<p>—¿Qué es eso? —pregunté al marqués.</p> + +<p>—El vapor, una invención maravillosa, señora. Esos ingleses son +el demonio. Ya sabe usted que hay unas máquinas que llaman de vapor, +porque se mueven por medio de cierto humo blanquecino que va colándose +de tubo en tubo...</p> + +<p>—Ya sé...</p> + +<p>—Pues los ingleses han aplicado esta máquina a la navegación, y +ahí tiene usted un<span class="pagenum" id="Page_175">p. 175</span> +barco con ruedas que corre más que el viento y contra el viento. Esto +cambiará la faz del mundo. Yo lo he predicho y no me equivocaré.</p> + +<p>Mirando hacia la máquina prodigiosa, vi a Salvador que se dirigía +hacia la Torre del Oro.</p> + +<p>—Veámoslo de cerca, señor marqués —dije marchando hacia allá—. +Verdaderamente, ese barco con ruedas es una maravilla.</p> + +<p>—Creo que ahora va a dar un par de vueltas por el río, para que lo +vean sus altezas reales, que están, si no me engaño, en la Torre del +Oro.</p> + +<p>—Corramos.</p> + +<p>—¡Va toda la gente hacia allá! Descuide usted, podremos entrar si +usted quiere. El capitán es muy amigo mío, y los consignatarios son mis +banqueros.</p> + +<p>—¿De quién es esa máquina?</p> + +<p>—De una sociedad inglesa. De veras hubiera sentido mucho no +mostrársela a usted esta tarde. Cuando me acordé, faltábame tiempo para +acudir a reparar mi grosería.</p> + +<p>—Gracias, marqués.</p> + +<p>Dejé de ver entonces la luz de mi vida. Mi corazón se llenó de +angustia.</p> + +<p>—Yo estaba seguro de agradar a usted —me dijo Falfán—. Es un asombro +ese buque.</p> + +<p>—Un asombro, sí; apresuremos el paso.</p> + +<p>—¡Si no se nos ha de marchar!</p> + +<p>—¡Que se nos pierde de vista, que se nos va! —exclamé yo sin saber +lo que decía.</p> + +<p>—Señora, si está anclado... Podemos verlo con toda calma.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_176">p. 176</span>Nos acercamos a la +Torre del Oro, junto a la cual estaba la nave maravillosa. Tenía dos +ruedas como las de un batán, resguardadas por grandes cajones de madera +pintados de blanco, con chimenea negra y alta, en cuyo centro estaba +la máquina, toda grasienta y ahumada como una cocina de hierro, y el +resto no ofrecía nada de particular. De sus entrañas negras salía una +especie de aliento ardoroso y retumbante, cuyo vaho causaba vértigos. +De repente daba unos silbidos tan fuertes, que había que taparse los +oídos. En verdad, tal máquina infundía miedo. Yo no lo tuve, porque no +podía fijar en ella resueltamente la atención.</p> + +<p>—¿Se atreve usted a entrar? —me dijo el marqués.</p> + +<p>Yo miré a todos lados, y vi reaparecer a mi amor perdido, saliendo +de entre la muchedumbre, como el sol entre las nubes.</p> + +<p>—No, señor; yo me mareo solo de ver un barco —respondí a Falfán—. +Estoy satisfecha con admirar desde fuera esta hermosa invención, y le +doy a usted las gracias.</p> + +<p>Yo hubiera dado no sé qué porque el vapor echase a andar hacia la +eternidad, llevándose dentro al marqués de Falfán de los Godos.</p> + +<p>—¡Oh! —exclamó él—. Embarquémonos. Yo le garantizo a usted que no se +marea. Daremos un paseo hasta Aznalfarache. Vea usted cuántas personas +entran.</p> + +<p>—Pues yo no me decido. Pero no se prive usted por mí del gusto de +embarcarse. Adentro, señor mío. Yo me voy a mi casa.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_177">p. 177</span></p> + +<p>—¡Ah! No consiento yo que usted vaya sola a su casa —dijo con una +galantería cruel que me asesinaba—. Yo la acompañaré.</p> + +<p>—Gracias, gracias... No necesito compañía.</p> + +<p>—Es que yo no puedo permitir...</p> + +<p>De buena gana habría cogido al marqués por el pescuezo como se coge +a un pollo destinado a la cazuela, y le hubiera estrangulado con mis +propias manos: ¡tal era mi rabia!</p> + +<p>—Al menos —añadió—, ya que lo hemos visto por la popa, vamos a verlo +también por la proa.</p> + +<p>Al decir esto, el prócer dirigió sus miradas hacia la Maestranza, y +sus ideas variaron de súbito.</p> + +<p>—Vamos. Por allí viene mi esposa —dijo señalando—. ¿La ve usted? Por +último se ha atrevido a salir a paseo, aunque no está bien de salud.</p> + +<p>Miré y vi a la marquesa de Falfán, que venía con otra dama. También +ellas, atraídas por la curiosidad, se dirigían hacia la Torre del +Oro.</p> + +<p>—Aguardemos aquí —me dijo el marqués sonriendo—. Veremos si pasa sin +notar que estamos aquí.</p> + +<p>Andrea y su amiga estaban ya cerca de nosotros, cuando Salvador pasó +junto a ellas, se detuvo, las saludó y continuó andando a su lado. Nos +reunimos los cinco.</p> + +<p>—¿También tú vienes a ver el vapor? —preguntó Falfán riendo—. Ya +te dije que era una maravilla. ¿Y usted, señora doña María Antonia, +también viene a ver el vaporcito?... Y<span class="pagenum" +id="Page_178">p. 178</span> usted, Salvador, no quiere ser menos. El +que desee entrar que lo diga, y nos embarcaremos.</p> + +<p>— ¿Yo?... —dijo la Marquesa después de saludarme—. Tengo miedo. +Dicen que revienta la caldera cuando menos se piensa.</p> + +<p>—¿De modo que eso tiene una caldera como las fábricas de jabón? +—preguntó doña María Antonia llevando a sus ojos el lente que usaba.</p> + +<p>—Entran ustedes, ¿sí o no? —dijo el marqués, empeñado siempre en +reclutar gente.</p> + +<p>—Yo no entraré —repuso la dama con desdén—: me mareo solo de ver ese +horrible aparato. Además, tengo que hacer.</p> + +<p>—¿A dónde vas ahora? —preguntó Falfán de mal talante.</p> + +<p>—A las tiendas de la calle de Francos. Ya sabes que necesito comprar +varias cosillas.</p> + +<p>—Pero si no has paseado aún...</p> + +<p>—¿Que no? Señora doña María Antonia, dice que no hemos paseado... Si +hace más de hora y media que estamos aquí dando vueltas. Ya nos íbamos +cuando te vimos, y volví atrás para rogarte que nos acompañes.</p> + +<p>—¡Yo! —indicó el marqués con mucho disgusto—. Ya sabes que no me +agrada ir a tiendas.</p> + +<p>—Y a mí no me gusta ir sola.</p> + +<p>—Doña María Antonia...</p> + +<p>—Es señora, y para ir a las tiendas conviene la compañía de +un caballero. Mira, hijito, no te apures por eso: Salvador nos +acompañará.</p> + +<p>—Con mil amores —dijo mi amigo inclinándose—. Tengo mucho honor en +ello.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_179">p. 179</span>Cuando allí mismo +no abofeteé a mi amante, a la dama, al marqués, a doña María Antonia y +a mí misma, de seguro queda demostrado que soy una oveja.</p> + +<p>—Sí, amigo Monsalud —manifestó Falfán—, acompáñelas usted, se lo +suplico. Jenara y yo nos embarcaremos.</p> + +<p>¡Se marcharon! ¡Ay! No sé cómo lo escribo. Se marcharon sin que yo +los estrangulase. Dentro de mí había un volcán mal sofocado por mi +disimulo. El marqués me hablaba sin que yo pudiese responderle, porque +estaba furiosamente absorta y embrutecida por el despecho que llenaba +mi alma.</p> + +<p>—Nos embarcaremos —me dijo Falfán relamiéndose como un gato a quien +ponen plato de su gusto.</p> + +<p>—¡Ah, señor marqués! —dije de improviso apoderándome de una idea +feliz—. Ahora me acuerdo de una cosa... ¡Qué memoria la mía!</p> + +<p>—¿Qué, señora?</p> + +<p>—Que yo también tengo que comprar algunas cosillas. ¿No es verdad, +Mariana?</p> + +<p>—¿De modo que va usted...?</p> + +<p>—Sí, señor; ahora mismo... Son cosas que necesito esta misma +noche.</p> + +<p>—¿Y hacia dónde piensa dirigirse?</p> + +<p>—Hacia la calle de las Sierpes... o la de Francos. Son las únicas +que conozco.</p> + +<p>—Pues la acompañaré a usted.</p> + +<p>Hizo señas a su cochero para que acercase el coche.</p> + +<p>—Mi mujer —añadió— se enfadará conmigo<span class="pagenum" +id="Page_180">p. 180</span> porque no quise acompañarla y la acompaño a +usted.</p> + +<p>No hice caso de sus cumplidos ni de sus excusas.</p> + +<p>—Vamos, vamos pronto —dije subiendo al coche.</p> + +<p>Este nos dejó en la plaza de San Francisco. Nos dirigimos a las +tiendas, recorrimos varias calles; pero, ¡ay! estábamos dejados de la +mano de Dios. No les encontramos; no les vimos por ninguna parte.</p> + +<p>En mi cerebro se fijaba con letras de fuego esta horrible pregunta: +«¿a dónde irán?»</p> + +<p>Cuando el marqués me dejó en mi casa, avanzada ya la noche, yo tenía +calentura. Retireme a pensar y a recordar y a formar proyectos para el +día siguiente; pero mi cerebro ardía como una lámpara; no pude dormir; +hablaba a solas sin poder olvidar un solo momento el angustioso tema +de mi vida en aquellos días. Por último, mis nervios se aplacaron un +tanto, y me consolé pensando y hablando de este modo:</p> + +<p>—¡Mañana, mañana no se me escapará!</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch27"> + <h2 class="nobreak g0">XXVII</h2> +</div> + +<p>Al levantarme con la cabeza llena de brumas, pensé en la extraña +ley de las casualidades que a veces gobiernan la vida. En aquella +época creía yo aún en las casualidades, en<span class="pagenum" +id="Page_181">p. 181</span> la buena o mala suerte y en el destino, +fuerzas misteriosas que ciegamente, según mi modo de ver, causaban +nuestra felicidad o nuestra desgracia. Después han variado mucho mis +ideas, y tengo poca fe en el dogma de las casualidades.</p> + +<p>Mi cerebro estaba aquella mañana, como he dicho, cargado de +neblinas. Pero el día amaneció muy hermoso, y para 12 de junio en +Andalucía, no era fuerte el calor. Sevilla sonreía convidando a las +dulces pláticas amorosas, a las divagaciones de la imaginación y a +exhalar con suspiros los aromas del alma que van desprendiéndose y +saliendo, ya gimiendo, ya cantando, entre vagas sensaciones que son a +la manera de una pena deliciosa.</p> + +<p>Pero yo continuaba con mi idea fija y la contrariedad que me +atormentaba. A ratos analizaba aquel singular estado mío, asombrándome +de verme tan dominada por un capricho vano. Es verdad que yo le amaba; +pero ¿no había sabido consolarme honradamente de su ausencia después +de Benabarre? ¿Por qué en Sevilla ponía tanto empeño en tenerle a mi +lado? ¿Acaso no podía vivir sin él? Meditando en esto, me creía muy +capaz de prescindir de él en la totalidad de la vida; pero en aquel +caso mi corazón había soltado prendas, habíase fatigado mucho, había, +digámoslo así, adelantado imaginariamente gran parte de sus goces, y +padecía horriblemente hasta hacerlos efectivos. El suplicio de Tántalo +a que estaba sujeto irritábale más, y ya se sabe que las ambiciones más +ardientes son las del corazón,<span class="pagenum" id="Page_182">p. +182</span> y que en él residen los caprichos y la terrible ley satánica +que ordena desear más aquello que más resueltamente nos es negado. Así +se explica la indecorosa persecución de un hombre en que yo, sin poder +dominarme, estaba empeñada.</p> + +<p>Ordené a Mariana que se preparase para salir conmigo. Mientras yo +me peinaba y vestía, díjome que había oído hablar de la partida de Su +Majestad aquella misma tarde, y que Sevilla estaba muy alborotada. Poco +me interesaba este tema y le mandé callar; pero después me contó cosas +muy desagradables. En la noche anterior, y por la mañana, dos diputados +residentes en la misma casa, y que entre manos traían la conquista de +mi criada, le habían hecho, con respecto a mí, indicaciones maliciosas. +Según me dijo, eran conocidas y comentadas mis relaciones con el +secretario del duque del Parque. ¡Maldita sociedad! Nada en ella puede +tenerse secreto. Es un sol que todo lo alumbra, y en vano intenta el +amor hallar bajo él un poco de sombra. A donde quiera que se esconda +vendrá a buscarle la impertinente claridad del mundo, de modo que por +mucho que os acurruquéis, a lo mejor os veis inundados por los rayos +de la intrusa linterna que va buscando faltas. El único remedio contra +esto es arrojar mucha, muchísima luz sobre las debilidades ajenas, +para que las propias resulten ligeramente oscurecidas. No sé por qué +desde que Mariana vino a mí con aquellos chismes, me figuré que mi +difamación procedía de los labios de la marquesa de Falfán. «¡Ah,<span +class="pagenum" id="Page_183">p. 183</span> bribona! —dije para mí—, si +yo hablara...»</p> + +<p>Las hablillas no me acobardaron. Siendo culpable, hice lo que +corresponde a la inocencia: despreciar las murmuraciones.</p> + +<p>Cuando manifesté a Mariana que pensaba ir a buscarle a su propia +casa, hízome algunas observaciones que me desagradaron, sin que por +ellas desistiera yo de mi propósito.</p> + +<p>—¿No averiguaste ayer la casa donde vive?</p> + +<p>—Sí, señora: en la calle del Oeste. Pero usted no repara que en la +misma casa viven también otras personas de Madrid que conocen a la +señora...</p> + +<p>Ninguna consideración me detenía. Escribí una carta para dejarla en +la casa si no le encontraba, y salimos. Mariana conocía bien Sevilla, y +pronto me llevó a la calle del Oeste, hacia la Alameda Vieja, junto a +la Inquisición. Salvador no estaba. Dejé mi carta, y corrimos a casa, +porque al punto sospeché que mientras yo le buscaba en su vivienda, me +buscaba él en la mía. Así me lo decía el corazón impaciente.</p> + +<p>—Me aguardará, de seguro —pensé—. Ahora, ahora sí que no se me +escapa.</p> + +<p>En mi casa no había nadie, pero sí una esquela. Salvador estuvo a +visitarme durante mi ausencia, y no pudiendo esperar, a causa de sus +muchas ocupaciones, dejome también una carta en que así lo manifestaba, +añadiendo, entre expresiones cariñosas, que por la tarde, a las +cuatro en punto, me aguardaba en la catedral. Después de indicar la +conveniencia de no volver a mi casa, me suplicaba<span class="pagenum" +id="Page_184">p. 184</span> que no faltase a la cita en la gran +basílica y en su hermoso patio de los Naranjos. Tenía preparado un +coche en la puerta de Jerez para irnos de paseo hacia Tablada.</p> + +<p>—¡Gracias a Dios! —exclamé—. Esta tarde...</p> + +<p>Tomando mis precauciones para que nadie me importunase y poder +estar libre a la hora de la cita, consagré algunas al descanso. Pero +la inquietud me abrasaba, y a las tres me fui a la catedral. Era la +hora del coro, y los canónigos entraban uno tras otro por la puerta del +Perdón. Algunos se detenían a echar un parrafito en el patio de los +Naranjos, paseando junto al púlpito de San Vicente Ferrer.</p> + +<p>Al encontrarme dentro de la iglesia, la mayor que yo había visto, +sentí una violenta irrupción de ideas religiosas en mi espíritu. +¡Maravilloso efecto del arte, que consigue lo que no es dado alcanzar +a veces ni aun a la misma religión! Yo miraba aquel recinto grandioso, +que me parecía una representación del universo. Aquel alto firmamento +de piedra, así como las hacinadas palmas que lo sustentan, y el +eminente tabernáculo, que es cual una escala de santos que sube hasta +Dios, dilataban mi alma haciéndola divagar por la esfera infinita. La +suave oscuridad del templo hace que brillen más las ventanas, cuyas +vidrieras son como un fantástico muro de piedras preciosas. Las vagas +manchas luminosas de azul y rosa que las ventanas arrojan sobre el +suelo, se me figuraban huellas de ángeles que habían huido al sentir +nuestros pasos.</p> + +<p>Las ideas abrumaban mi mente. Senteme<span class="pagenum" +id="Page_185">p. 185</span> en un banco; sentía la necesidad de +meditar. Delante de mis pies, a manera de alfombra de luces, se +extendía la transparencia de una ventana. Alzando los ojos veía las +grandiosas bóvedas. Zumbaba en mis oídos el grave canto del coro, y a +intervalos una chorretada de órgano, cuyas maravillosas armonías me +hacían estremecer de emoción, poniendo mis nervios como alambres. A +poca distancia de mí, a la izquierda, estaba la capilla de San Antonio, +toda llena de luces, por ser 12 de junio, víspera del santo, y de +hermosos búcaros con azucenas y rosas. Volviendo ligeramente la cabeza, +veía el cuadro de Murillo y su espléndido altar.</p> + +<p>Yo pensaba en cosas religiosas; pero mi egoísmo las asociaba +al amoroso afán que me poseía. Pensaba en la santidad de la unión +sancionada por la Iglesia y de los lazos matrimoniales cuando son +acertados. Consideraba lo feliz que hubiera sido yo no equivocando, +como equivoqué, la elección de marido. También pasó por mi mente, +aunque con gran rapidez, el recuerdo de la infeliz joven a quien con +mis engaños precipité en los azares de un viaje absurdo; pero esto duró +poco, y además me apresuré a sofocar tan triste memoria, dirigiendo el +pensamiento a otra cosa.</p> + +<p>La imagen que tan cerca estaba atraje mi atención. Aquel santo +tan bueno, tan humilde, compañero y amigo de los pobres, es, según +dicen, el abogado de los amores y de los objetos perdidos. Ocurriome +rezarle, y le recé con fervor, de labios y aun de corazón, porque<span +class="pagenum" id="Page_186">p. 186</span> en aquel instante me sentía +piadosa. No solo le pedí como enamorada, sino como quien busca y no +encuentra cosas de gran valor; y mientras más le rezaba, más me sentía +encendida en devoción y llena de esperanza. Concluí adquiriendo la +seguridad de que mi afán se calmaría aquella misma tarde; y juzgando +que mi entrada en la catedral, como punto de cita, era obra de la +Providencia, mi alma se alivió, y aquella tensión dolorosa en que +estaba fue cesando poco a poco.</p> + +<p>¿Cómo no esperar, si aquel santo era tan bueno, tan complaciente +que mereció siempre el amor y la veneración de los enamorados? No pude +estar allí todo el tiempo que habría deseado, porque me daba vértigo el +olor de las azucenas, y también porque la hora de la cita se acercaba. +Cuando salí al patio, y en el momento de pasar bajo el cocodrilo +que simboliza la prudencia, la alta campana de la Giralda dio las +cuatro.</p> + +<p>No habíamos llegado al púlpito de San Vicente Ferrer, cuando Mariana +y yo nos miramos aterradas. Sentíamos un ruido semejante al de las olas +del mar. Al mismo tiempo mucha gente entraba corriendo.</p> + +<p>—¡Revolución, señora, revolución! —gritó Mariana temblando—. No +salgamos.</p> + +<p>La curiosidad, venciendo el miedo, me llevó con más presteza hacia +la puerta. Vi regular gentío que llenaba todo el sitio llamado Gradas +de la Catedral, y parecía extenderse por delante del Palacio arzobispal +y la Lonja hasta el Alcázar. Pero la actitud de la muchedumbre<span +class="pagenum" id="Page_187">p. 187</span> era pacífica, y más parecía +de curiosos que de alborotadores. Al punto comprendí que la salida +de la corte motivaba tal reunión de gente, y se calmaron mis súbitas +inquietudes. Esperaba ver de un momento a otro a la persona por quien +había ido a la catedral, y mis ojos la buscaron entre el gentío.</p> + +<p>«Aguardaremos un poco», pensé dando un suspiro.</p> + +<p>La muchedumbre se agitó de repente, murmurando. Por entre ella +trataba de abrirse paso un regimiento de caballería que apareció por +la calle de Génova. Entrad la mano en un vaso lleno de agua, y esta se +desbordará; introducid un regimiento de caballería en una calle llena +de curiosos, y veréis lo que pasa. Por la puerta del Perdón penetró +un chorro que salpicaba dicharachos y apostrofes andaluces contra +la tropa, y tal era su ímpetu, que los que allí estábamos tuvimos +que retroceder hasta el centro del patio. Entonces un sacristán y un +hombre forzudo y corpulento, de esos que desempeñan en toda iglesia +las bajas funciones del transporte de altares, facistoles o bancos, o +las altísimas de tocar las campanas y recorrer el tejado cuando hay +goteras, se acercaron a la puerta, y después de arrojar fuera toda la +gente que pudieron, cerraron con estruendo las pesadas maderas. Corrí +a protestar contra un encierro que me parecía muy importuno; mas el +sacristán, alzando el dedo, arqueando las cejas y ahuecando la voz como +si estuviera en el púlpito, dijo lacónicamente:</p> + +<p>—De orden del señor deán.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch28"> + <p><span class="pagenum" id="Page_188">p. 188</span></p> + <h2 class="nobreak g0">XXVIII</h2> +</div> + +<p>Mucho me irritó la orden del señor deán, que sin duda no esperaba a +una persona amada, y entré en la iglesia consolándome de aquel percance +con la idea de que en edificio tan vasto no faltarían puertas por donde +salir. Pasamos al otro lado; pero en la puerta que da a la plaza de la +Lonja, otro ratón de iglesia me salió al encuentro después de echar los +pesados cerrojos, y también dijo:</p> + +<p>—De orden del señor deán.</p> + +<p>«¡Malditos sean todos los deanes!», exclamé para mí, dirigiéndome +a la puerta que da a la fachada. Allí, un viejo con gafas, sotana y +sobrepelliz, se restregaba las manos gruñendo estas palabras:</p> + +<p>—Ahora, ahora va a ser ella. Señores liberales, nos veremos las +caras.</p> + +<p>Yo fui derecha a levantar el picaporte; pero también aquella puerta +estaba cerrada, y el sacristán viejo, al ver mi cólera, que no podía +contener, alzó los hombros disculpándose con la orden de la primera +autoridad capitular. El de las gafas añadió:</p> + +<p>—Hasta que no pase la gresca no se abrirán las puertas.</p> + +<p>—¿Qué gresca?</p> + +<p>—La que han armado con la salida del rey loco. Mi opinión, señora, +es que ahora va a<span class="pagenum" id="Page_189">p. 189</span> ser +ella, porque hay un complot que no lo saben más de cuatro.</p> + +<p>Volvió a restregarse las manos fuertemente, guiñando un ojo.</p> + +<p>—¿Y a qué hora sale Su Majestad?</p> + +<p>—A las seis, según dicen; pero antes ha de correr la sangre por +las calles de Sevilla como cuando la inundación de hace veinte años, +la cual fue tan atroz, que por poco fondean los barcos dentro de la +catedral.</p> + +<p>—¡De modo que estaré encerrada aquí hasta las seis! —exclamé llena +de furor—. Esto no se puede sufrir, es un abuso, un escándalo. Me +quejaré a las autoridades, al rey.</p> + +<p>—El rey está loco —dijo el viejo con horrible ironía.</p> + +<p>—Al gobierno; me quejaré al arzobispo. O me dejan salir o gritaré +dentro de la iglesia, reclamando mi derecho.</p> + +<p>Discurrí con agitación indecible por la iglesia, nave arriba, nave +abajo, saliendo de una capilla y entrando en otra, pasando del patio +al templo y del templo al patio. Miraba a los negros muros buscando un +resquicio por donde evadirme, y enfurecida contra el autor de orden tan +inicua, me preguntaba para qué existían deanes en el mundo.</p> + +<p>Los canónigos dejaban el coro y se reunían en su camarín, marchando +de dos en dos o de tres en tres, charlando sobre los graves sucesos. +Los sochantres y el fagotista se dirigían piporro en mano a la +capilla de música, y los inocentes y graciosos niños de coro, al ser +puestos en libertad, iban saltando, con gorjeos<span class="pagenum" +id="Page_190">p. 190</span> y risas, a jugar a la sombra de los +naranjos.</p> + +<p>Varias veces, en las repetidas vueltas que por toda la iglesia +di, pasé por la capilla de San Antonio. Sin que pueda decir que me +dominaban sentimientos de irreverencia, ello es que mi compungida +devoción al santo había desaparecido. No le miré con aversión; pero si +con cierto enojo respetuoso, y en mi interior le decía: «¿Es esto lo +que yo tenía derecho a esperar? ¿Qué modo de tratar a los fieles es +este?»</p> + +<p>Mi egoísmo había llegado al horrible extremo de pedir cuenta a la +divinidad de los desaires que me hacía. Irritábame contra el cielo, +porque no satisfacía mis caprichos.</p> + +<p>Pero, ¡maldita hora!, quien a mí me irritaba verdaderamente era el +deán tirano que mandaba encerrar a la gente porque se le antojaba. +Desde que le vi salir del coro en compañía del arcediano, moviéndose +muy lentamente a causa del peso de su descomunal panza, le tuve por un +realistón furibundo, sin que por esto me fuese menos antipático. ¿Por +qué habían cerrado las puertas? Por poner el sagrado recinto a salvo de +una invasión plebeya, e impedir que el bullicio de los vivas y mueras +turbase la santa paz de la casa de Dios. Con todo su celo no pudo el +señor deán conseguirlo, y desde el patio oíamos claramente los gritos +de la muchedumbre y el paso de la caballería. La Giralda cantó las +cinco, cantó las seis, y la deplorable situación no cambiaba, ni las +puertas se abrían, ni se desvanecía el rumor del pueblo. Yo creo que si +aquello se prolonga demasiado,<span class="pagenum" id="Page_191">p. +191</span> me atrevo a decir dos palabras al buen canónigo encerrador. +Por fin no era yo sola la impaciente: otras muchas personas, detenidas +como yo, se quejaban igualmente, y todos nos dirigíamos en alarmante +grupo al sacristán; pero sin conseguir nada.</p> + +<p>—Cuando Su Majestad haya salido de Sevilla —nos respondía—, o se +arma la de San Quintín, o todo quedará tranquilo.</p> + +<p>Por fin, después de las siete, la puerta del Perdón se abrió y +vimos las Gradas y la gente que iba y venía sin tumulto. Yo me arrojé +a la calle como se arrojaría en el agua aquel cuyos vestidos ardieran. +Miraba a un lado y otro; me comía con los ojos a cuantos pasaban; +caminé apresuradamente hacia la Lonja y hasta el Alcázar; mi cabeza +se movía sin cesar, dirigiendo la vista a todo semblante humano. +¡Afán inútil!... Yo buscaba y rebuscaba, y mi hombre no aparecía en +ninguna parte... Ya se ve... ¡las siete de la tarde! Se cansaría de +aguardarme... tendría que hacer...</p> + +<p>Volví de nuevo a la catedral, recorrila toda, salí, di la vuelta +por la Lonja; pero, ¡ay!, si diera la vuelta a toda la tierra, creo +que tampoco le encontrara: ¡tal era la horrible insistencia de mi +desgracia! Y, sin embargo, hasta en las baldosas del piso, en el aire y +en el sonido, hallaba no sé qué indicio misterioso de que él me había +aguardado allí largas horas. Esto era para morir.</p> + +<p>Después de mucho correr, senteme en un banco de piedra junto a la +Lonja. Tanto me enfadaba la gente que veía regresar del Alcázar<span +class="pagenum" id="Page_192">p. 192</span> y de la puerta de San +Fernando, que si las llamas de furor que abrasaban mi pecho fueran +materiales, de buena gana hubiera vomitado fuego sobre los que pasaban +ante mí. Venían de ver partir al rey loco. Muchos se lamentaban de que +se tratase de tal suerte al soberano de Castilla. ¡Menguados! ¿porqué +no tomaban las armas? Sí, ¿por qué no las tomaban? Me habría gustado +ver a todos los habitantes de Sevilla destrozándose unos a otros.</p> + +<p>La Giralda cantó otra hora, no sé cuál, y entonces me decidí a tomar +nueva resolución.</p> + +<p>—Vamos a su casa —dije a Mariana.</p> + +<p>—Es de noche, señora.</p> + +<p>La infeliz no quería alejarse mucho de la casa. Pero no le contesté +y nos pusimos en camino para la calle del Oeste.</p> + +<p>—¿Y si no está? —indicó mi criada—. Porque es muy posible que con +estas cosas...</p> + +<p>—¿Qué cosas?</p> + +<p>—Estas revoluciones, señora.</p> + +<p>—Si no hay nada.</p> + +<p>—Pues... como se han llevado al rey después de volverle loco... +En el patio de la catedral decía uno que tendremos revolución mañana +cuando se marche el gobierno, porque el gobierno se marchará.</p> + +<p>—Déjalo ir: no nos hace falta. Date prisa.</p> + +<p>—Pues yo creo que nos llevaremos otro chasco.</p> + +<p>—Si no está en su casa, le esperaré.</p> + +<p>—¿Y si no vuelve hasta muy tarde?</p> + +<p>—¡Hasta muy tarde le esperaré!</p> + +<p>—¿Y si no vuelve hasta mañana?</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_193">p. 193</span>—Hasta mañana le +esperaré. No me muevo de su casa hasta que le vea. Ahora, ahora sí que +no se me escapa. ¿Concibes tú que se me pueda escapar?</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch29"> + <h2 class="nobreak g0">XXIX</h2> +</div> + +<p>Diciendo esto, mi corazón, oprimido por tantos desengaños, se +ensanchaba, llenándose otra vez de esperanza, de ese don del cielo que +jamás se agota y que a nadie puede faltar.</p> + +<p>—Pues no veo yo muy tranquila esta noche la ciudad de Sevilla +—indicó Mariana—. Si, como dicen, se ha marchado toda la tropa, puede +que nos despertemos mañana en un charco de sangre.</p> + +<p>Echeme a reír, burlándome de sus ridículos temores, y seguimos +avanzando con bastante presteza hacia la calle del Oeste. Detúveme +antes de llamar en su casa, para que un breve descanso disimulara mi +sofocación y se amortiguasen las llamaradas de mis mejillas.</p> + +<p>—Sentémonos —dije a Mariana— al amparo de este árbol. Ahora no hay +gran prisa. Ya le tengo cogido. Estoy tranquila. Él ha de venir a su +casa. Ahora, ahora sí que le tengo en mi mano.</p> + +<p>Cuando llamamos en la reja que daba entrada al patio, una mujer nos +dijo que el señor Monsalud no estaba en casa.</p> + +<p>—Pues tengo que hablarle precisamente esta noche, y le esperaré +—dije resueltamente.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_194">p. 194</span>Yo no reparaba en +conveniencia alguna social. En el estado de mi espíritu, nada tenía +fuerza para contenerme. Importábame ya muy poco que me vieran, que me +conocieran, que me señalasen con el dedo, ni que el vulgo suspicaz y +murmurador me hiciera objeto de burlas y comentarios deshonrosos.</p> + +<p>Al principio vacilaba en dejarme entrar la mujer que me abrió la +puerta; pero tanto insté y con tan arrogante autoridad me expresaba, +que al fin me llevó a una sala baja. Allí estaba un viejecillo que, +a la débil claridad de un velón de cobre, arreglaba baúles y cajas, +poniendo en ellas libros, ropa y papeles. Era un tal Bartolomé +Canencia. Él no debía conocerme; pero se apresuró a saludarme con +extremada cortesía. Cual si comprendiera las ansias que yo padecía +aquella noche, dijo:</p> + +<p>—No está en casa, ni puedo asegurar que venga pronto; pero sí que +vendrá. Necesitamos arreglar todo para nuestra partida.</p> + +<p>—¿Cuándo?</p> + +<p>—Mañana. Nos vamos con el gobierno. ¿Quién se atreverá a quedarse +aquí después que marchen los ministros? Esto es un volcán realista. +En cuanto desaparezca el gobierno que obstruye el cráter, se agitará +con fuego y vapores vomitando horrores. ¡Pobre Sevilla! no ha querido +oír mis consejos, los consejos de la experiencia, señora; hela aquí en +poder del realismo más brutal. Este pueblo, tan célebre por su riqueza +y por su gracia como por sus procesiones, está infestado de curas, y +aquí los curas son ricos.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_195">p. 195</span>Ya me fastidiaba +esta conversación, y hábilmente la desvié de la política haciéndola +recaer sobre mi objeto. Canencia contestó a mis preguntas de una manera +categórica.</p> + +<p>—Esta tarde salimos juntos —me dijo—. Él se quedó en las Gradas de +la catedral, donde tenía una cita, y yo seguí hacia el Alcázar para +asistir a la salida de Su Majestad... Luego nos encontramos de nuevo a +eso de las siete: parecía disgustado, sin duda porque la cita no pudo +verificarse. Entramos en casa, y a poco salió para ver a Calatrava. +Díjome que volvería a arreglar su equipaje, y aquí me tiene usted +arreglando el mío, señora, para lo que se le ofrezca mandar. De modo +que si usted desea algo en Cádiz, puede dar sus órdenes con toda +franqueza.</p> + +<p>—Yo también pienso ir a Cádiz.</p> + +<p>—¡Usted también! Bueno es que vayan todos —dijo con ironía +maliciosa— para que se haga con solemnidad el entierro de la +Constitución. Allí nació, señora, y allí le pondremos la mortaja; que +todo lo que nace ha de perecer... ¡Si se hubieran seguido mis consejos, +señora!... pero los hombres se han dejado enloquecer por la ambición +y la vanidad. Ya no existen aquellos repúblicos austeros, aquellos +filósofos incorruptibles, aquellos sectarios de la honradez más +estricta y de la sabiduría ateniense, hombres que con un pedazo de pan, +un vaso de agua y un buen libro se pasaban la mayor parte de la vida. +Ahora todo es comer a dos carrillos, pedir destinos, figurar... en una +palabra, señora, ya no hay virtudes cívicas.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_196">p. 196</span>—¿Y es seguro que +el gobierno marcha mañana? —le pregunté para desviarle de su fastidiosa +disertación.</p> + +<p>—Segurísimo. No puede ser de otra manera.</p> + +<p>—¿Por tierra?</p> + +<p>—Por agua, señora. Los ministros y diputados marchan en el vapor.</p> + +<p>—¿Y usted y Salvador van también en el vapor?</p> + +<p>—Iremos donde podamos, señora, aunque sea en globo por los aires.</p> + +<p>Él siguió arreglando sus maletas, y yo me abrumé en mis +pensamientos. En la sala había un reloj de <i>cucú</i> con su +impertinente pájaro, de esos que asoman al dar la hora y nos hacen +tantas cortesías como campanadas tiene aquella. Nunca he visto un +animalejo que más me enfadase, y cada vez que aparecía y me saludaba +mirándome con sus ojillos negros y cantando el cucú, sentía ganas de +retorcerle el pescuezo para que no me hiciera más cortesías. El pájaro +cantó las nueve y las diez y las once, y con su insolente movimiento y +su desagradable sonido parecía decirme: «¿Qué tal, señora, se aburre +usted mucho?»</p> + +<p>Todo el que ha esperado comprenderá mi agonía. Aquel resbalar del +tiempo, aquella veloz corrida de los minutos que pasan de nuestra +frente a nuestra espalda, amontonándose atrás el tiempo que estaba +delante, es para enloquecer a cualquiera. Cuando no hay un reloj que +lleve la cuenta exacta de la cantidad de esperanza que se desvanece +y de la paciencia que se gasta grano a grano, menos mal;<span +class="pagenum" id="Page_197">p. 197</span> pero cuando hay reloj y +este reloj tiene un pájaro que hace reverencias cada sesenta minutos y +dice <i>cucú</i>, no hay espíritu bastante fuerte para sobreponerse a +la pena. Ya cerca de las doce me decía yo: «¡Si no vendrá!»</p> + +<p>Habiendo manifestado mis dudas al viejo Canencia, que parecía algo +molesto por la duración de mi visita, me dijo:</p> + +<p>—Puede que venga y puede que no venga. Seguramente estará ahora en +el café del Turco o en casa del duque del Parque. Ya es media noche. +Dentro de unas cuantas horas será de día, y... ¡en marcha todo el mundo +para Cádiz!</p> + +<p>Mariana bostezaba, siendo imitada por Canencia. Yo me sostenía +intrépida, sin sueño ni cansancio, resuelta a estar un año en aquel +sitio, si un año tardaba en venir mi hombre.</p> + +<p>—De todas maneras —dije a Canencia—, si se marcha mañana ha de venir +a arreglar su equipaje.</p> + +<p>—Es muy posible, señora —me contestó secamente—. En caso de que +quiera usted retirarse, puede con toda confianza dejar el recado verbal +que guste. Yo se lo transmitiré puntualmente y con la fidelidad de un +verdadero amigo.</p> + +<p>—Gracias.</p> + +<p>—Le diré que ha estado aquí... Aunque usted no me ha dicho su +nombre, yo creo conocer a la persona con quien tengo el honor de +hablar, por haberla visto en Madrid algunas veces... ¿No es usted la +señora marquesa de Falfán?</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_198">p. 198</span>Esta pregunta me +hizo estremecer en mi interior, como si un rayo pasara por mí. Pero +dominándome con soberano esfuerzo, repuse gravemente, con afectada +vergüenza.</p> + +<p>—Sí, señor: soy la marquesa de Falfán. Fiada en la discreción de +usted, me he aventurado a esperar aquí en hora tan impropia.</p> + +<p>—Señora, yo soy un sepulcro, y además un amigo fiel de ese excelente +joven; y como le debo no pocos beneficios, a la amistad se une la +gratitud. Puede usted con toda libertad confiarme lo que quiera. Es muy +posible que él no pueda verla a usted esta noche. Estará muy ocupado, y +sin duda el viaje de mañana trastorna sus planes, porque si no recuerdo +mal, hoy me dijo que pensaba despedirse de usted, por la noche, en casa +de doña María Antonia.</p> + +<p>Al oír esto me quedé como mármol, y en seguida se me llenó el +corazón de ascuas. Desplegué los labios para preguntar: «¿dónde vive +esa doña María Antonia?» pero me contuve a tiempo comprendiendo la +gran torpeza que iba a cometer. Evocando toda mi habilidad de cómica, +dije:</p> + +<p>—Así pensábamos; pero no ha podido ser.</p> + +<p>El infame pájaro se asomó a su nicho, y burlándose de mí cantó la +una. Yo me ahogaba, porque a mis primeras fatigas se unía, desde que +habló aquel hombre, la inmensa sofocación de un despecho volcánico +de los celos que me mataban. En mi cerebro se encajaba una corona de +brasas resplandecientes; mi corazón chorreaba sangre, herido por mil +púas venenosas.<span class="pagenum" id="Page_199">p. 199</span> Mi +afán, mi deseo más vivo era morder a alguien.</p> + +<p>Esperé más. Canencia seguía bostezando y Mariana dormitaba. Yo +sentía en mis oídos un zumbido extraño, el zumbido del silencio +nocturno, que es como un eco de mares lejanos, y deshaciéndome +esperaba. Habría dado mi vida entera por verle entrar, por poder +hablarle a solas un momento, arrojando sobre él las palabras, la furia, +la hiel que se desbordaban en mí. A ratos balbucía terribles injurias, +que siendo tan infames, a mí me parecían rosas.</p> + +<p>El vil pajarraco volvió a chancearse conmigo, y haciendo la +reverencia más pronunciada y el canto más fuerte, anunció las dos.</p> + +<p>—¡Las dos!... ¡pronto será de día! —exclamé.</p> + +<p>—Fijamente no viene ya, señora. Es que se embarca con los diputados +—dijo Canencia, dando a entender con sus bostezos que de buena gana +dormiría un rato.</p> + +<p>—¿Y a qué hora se embarcan los diputados?</p> + +<p>—Al rayar el día: así se dijo anoche en el salón del Congreso, +cuando se levantó la sesión, que ha durado treinta y tres horas.</p> + +<p>Estuve largo rato dudando lo que debía hacer. Delante de mi +pensamiento daba vueltas un círculo de fuego que alternativamente, en +su lenta rotación, mostrábame dos preguntas. Primera: ¿<i>Y si viene +después que yo me vaya</i>? Segunda: ¿<i>Y si se embarca en el muelle +mientras yo estoy aquí</i>?</p> + +<p>Yo veía pasar una pregunta, después otra. La segunda sustituía +a la primera, y la primera<span class="pagenum" id="Page_200">p. +200</span> a la segunda en órbita infinita. Ambas tenían igual +claridad, ambas me deslumbraban y me enloquecían de la misma manera. +Yo, que por lo general me decido pronto, entonces dudaba. Cuando la +voluntad se iba inclinando de un lado, el pensamiento llamábame del +otro, y así contrabalanceados los dos, ponían mi alma en estado de +terrible ansiedad. Largo rato permanecí en esta dolorosa incertidumbre. +Los minutos volaban, y acercándose aquel en que era preciso resolver +definitivamente, el silencio mismo llegó a impresionar mi cerebro como +un bramido intolerable, formado por mil voces. Oía el latir de mi +corazón como se oye un secreto que nos dicen al oído; mi sangre ardía, +y por fin aquella misma palpitación de mi alborotado seno fue como una +voz que hablaba diciéndome: «Anda, anda.»</p> + +<p>El pájaro, riendo como un demonio burlón, me saludó tres veces con +su cortesía y su infernal <i>cucú</i>. Eran las tres.</p> + +<p>—Pronto será de día —dijo Canencia dejando caer sobre el pecho su +cabeza venerable.</p> + +<p>Levanteme. Estaba decidida. Pareciome que don Bartolomé, al verme +dispuesta a partir, vio el cielo abierto. Despedime de él bruscamente, +y salimos.</p> + +<p>—¿Adónde vamos, señora? —me dijo Mariana—. ¿No es hora de retirarnos +ya a descansar?</p> + +<p>—Todavía no.</p> + +<p>—¡Señora, señora, por Dios!... Está amaneciendo. No hemos cenado, no +hemos dormido...</p> + +<p>—Calla, imbécil —le dije clavando mis dedos en su brazo—. ¡Calla, o +te ahogo!</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch30"> + <p><span class="pagenum" id="Page_201">p. 201</span></p> + <h2 class="nobreak g0">XXX</h2> +</div> + +<p>Amanecía, y multitud de hombres de mal aspecto vagaban por la calle. +Veíanse paisanos armados, y muchos guapos de la Macarena y de Triana. +Mi criada tuvo miedo; pero yo no. Repetidas veces nos vimos obligadas +a variar de rumbo para evitar el encuentro de algunos grupos en que +se oía el ronco estruendo de ¡<i>vivan las caenas</i>!, ¡<i>muera la +nación</i>!</p> + +<p>Llegamos por fin al río. Ya el día había aclarado bastante, y desde +la puerta de Triana vimos la chimenea del vapor, que despedía humo.</p> + +<p>—Si esos barcos de nueva invención humean al andar —dije—, el vapor +se marcha ya.</p> + +<p>Desde la puerta de Triana a la Torre del Oro se extendía un cordón +de soldados de artillería. En la puerta de Jerez había cañones. Nada de +esto me arredraba, porque mi exaltación me infundía grandes alientos, +y hablando al oficial de artillería, logré pasar hasta la orilla, +donde algunas tablas, sostenidas sobre pilotes, servían de muelle. El +vapor bufaba como animal impaciente que quiere romper sus ligaduras +y huir. Multitud de personas se dirigían al embarcadero. Reconocí a +Canga-Argüelles, a Calatrava, a Bertrán de Lis, a Salvato, a Galiano y +a otros muchos que no eran diputados.</p> + +<p>«Él se irá también —pensé—. Vendrá aquí<span class="pagenum" +id="Page_202">p. 202</span> de seguro... Pero no, no creo que se me +pueda escapar.»</p> + +<p>Una idea grandiosa cruzó por mi mente, una de esas ideas +napoleónicas que yo tengo en momentos de gravedad suma. Ocurriome +embarcarme también en el vapor, si le veía partir. No tenía equipaje, +¿pero qué me importaba? Mariana se quedaría para llevarlo después.</p> + +<p>Acerqueme a Calatrava, que se asombra mucho de verme.</p> + +<p>—Quiero un puesto en el vapor —le dije.</p> + +<p>—¿También usted se marcha?... ¿De modo que...?</p> + +<p>—Temo ser perseguida. Estoy muerta de miedo desde ayer. Me han +amenazado con anónimos atroces.</p> + +<p>—¿Ha preparado usted su equipaje?</p> + +<p>—He preparado lo más preciso: el viaje es corto. Mi criada se queda +para arreglar lo que dejo aquí.</p> + +<p>—También nosotros dejamos nuestros equipajes, porque no caben en el +vapor. Irán en aquella goleta.</p> + +<p>—¿Me hace usted un sitio, sí o no?</p> + +<p>—¿Un sitio? Sí, señora. Dejando el equipaje... El gobierno ha +fletado el buque. Puede usted venir.</p> + +<p>Esto se llama proceder pronto y con energía... Pero observé a todos +los que llegaban, y no le vi. A cada instante creía verle aparecer.</p> + +<p>—No puede tardar —dije, después que di mis órdenes a Mariana—. Ahora +sí que es mío.</p> + +<p>Mariana hacía objeciones muy juiciosas;<span class="pagenum" +id="Page_203">p. 203</span> pero yo a nada atendía. Estaba ciega, +loca.</p> + +<p>—¿Y si no se embarca? —me dijo mi criada—. Todavía no ha +venido...</p> + +<p>—Pero ha de venir... A ver si está por ahí el duque del Parque.</p> + +<p>Miramos las dos en todos los grupos, y no vimos al duque.</p> + +<p>—¿El señor duque del Parque no va a Cádiz? —pregunté a Salvato.</p> + +<p>—El señor duque no se ha atrevido a votar el destronamiento.</p> + +<p>—¿Y qué?</p> + +<p>—Que los que no votaron no se creen en peligro, y seguirán en +Sevilla.</p> + +<p>—De modo que Su Excelencia...</p> + +<p>—No tengo noticia de que se embarque con nosotros.</p> + +<p>—Venga usted —me dijo Calatrava alargándome la mano para llevarme a +la cubierta del buque.</p> + +<p>—Entre usted, amigo, entre usted, que aún tengo que decir algo a mi +criada.</p> + +<p>—Parece que vacila usted...</p> + +<p>—En efecto..., sí..., no estoy decidida aún.</p> + +<p>No, no podía entrar en aquel horrible bajel que iba a partir +silbando y espumarajeando, sin llevar al que turbaba mi vida. Yo les vi +entrar uno tras otro, les conté; ni uno solo escapó a mi observación, +y ¡él no estaba! ¡Siempre ausente, siempre lejos de mí, siempre en +dirección diametralmente opuesta a la dirección de mis ideas y de mi +apasionada voluntad! Esto era para enloquecer completamente, y digo +completamente, porque yo estaba ya bastante<span class="pagenum" +id="Page_204">p. 204</span> loca. Mi desvarío insensato aumentaba como +la fiebre galopante del enfermo solicitado por la muerte.</p> + +<p>Se embarcaron, ¡ay! Vi al horrendo vapor separarse del muelle; vi +moverse las paletas de sus ruedas machacando y rizando el agua, le oí +silbar y mugir echando humo, hasta que emprendió su marcha majestuosa +río abajo.</p> + +<p>No yendo él, no podía causarme aflicción quedarme en tierra. Él +estaba también en Sevilla.</p> + +<p>—Ahora —dije—, ahora no es posible que lo pierda otra vez. Si tengo +actividad e ingenio, pronto saldré de esta angustiosa situación.</p> + +<p>No quise detenerme, como el vulgo que se extasiaba contemplando el +humo del vapor que conducía hacia el postrer rincón de España el último +resto del liberalismo. Como aquel humo en los aires, así se desvanecía +en el tiempo la Constitución... Pero en mi mente no podían fijarse ni +por un instante estas ideas.</p> + +<p>Érame forzoso pensar en otras cosas, y en la realidad de mi ya +insoportable desdicha. ¿A dónde debía ir? En los primeros momentos +después del embarque no pude determinarlo, y vagué breve rato por +la ribera, hasta que me obligaron a huir los excesos de la salvaje +muchedumbre, que se precipitó sobre los equipajes de los diputados, +apoderándose de ellos y saqueándolos en presencia de la poca tropa que +había quedado en el muelle.</p> + +<p>Al mismo tiempo sentí el clamor de las campanas echadas a vuelo +en señal de que Sevilla había dejado de pertenecer al gobierno<span +class="pagenum" id="Page_205">p. 205</span> constitucional, y en cuerpo +y alma pertenecía ya al absolutismo. ¡Cambio tan rápido como espantoso! +El pronunciamiento se hizo entre berridos salvajes, en medio del saqueo +y del escándalo, al grito de ¡<i>muera la nación</i>! La verdad es que +los alborotadores hacían poco daño a las personas; pero sí robaban +cuanto podían. Al entrar por la puerta de Jerez, procuré apartarme lo +más posible de la turbulenta oleada que marchaba hacia el corazón de +Sevilla, con objeto, según oí, de destrozar el salón de sesiones y el +café del Turco, donde se reunían los patriotas.</p> + +<p>Lejos de desmayar yo con tantas contrariedades, el insomnio y el +continuo movimiento, parecía que la misma fatiga me daba alientos +prodigiosos. No sentía el más ligero cansancio, y mi cerebro, como +una llama cada vez más viva, hallábase en ese maravilloso estado de +actividad que es para los poetas, para los criminales y para los que se +ven en peligro, la rápida inspiración del momento. Yo sentía en mí un +estro grandioso, avivado por mis contrariadas pasiones, mi rencor y mi +despecho. Tenía la penetrante vista del genio, y había llegado a ese +momento sublime en que los más profundos secretos de nuestro destino +se nos muestran con claridad espantosa. Mi pensamiento, como la aguja +magnética de una brújula, señalaba con insistencia la casa del marqués +de Falfán.</p> + +<p>—¡Oh, allí, allí... he de encontrar la solución de este horrible +problema!</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch31"> + <p><span class="pagenum" id="Page_206">p. 206</span></p> + <h2 class="nobreak g0">XXXI</h2> +</div> + +<p>Y corriendo hacia la casa, no soñaba ya con las delicias de un +encuentro feliz y de una amable reconciliación, sino con proporcionar +a mi alma el inefable, el celestial, el infinito regocijo de un +escándalo, de una escena, de una de esas venganzas de mujer que son la +<i>Ilíada</i> del corazón femenino. No sé si me equivocaré juzgando por +mí de todas las mujeres; pero pienso firmemente que ninguna, por muy +tímida que sea, deja de sentir en momentos dados, y cuando se discuten +asuntos del corazón, el poderoso instinto de la majeza. La maja, digan +lo que quieran, no es más que lo femenino puro. De mí puedo asegurar +que en aquel instante me sentía verdulera.</p> + +<p>«Tengo la seguridad —decía— de que le encontraré allí. El corazón +me lo dice... Es precisamente lo que necesito; es la satisfacción más +preciosa y agradable de mi inmenso afán, el desahogo de mi pecho, +semejante a un volcán sin cráter; el consuelo de todas mis penas. +Hablaré, gritaré, vomitaré injurias, ¿qué digo injurias?, verdades. +Diré todo lo que sé: abriré los ojos de un marido crédulo y bonachón; +arrancaré la máscara a una hipócrita; confundiré a un ingrato... En +suma, estaré en mi elemento... ¡¡Ahora, Santo Dios de las venganzas, +ahora sí que no se me puede escapar!!»</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_207">p. 207</span>Al dirigirme a +la plaza de la Magdalena, donde vivía el marqués, vi a dos o tres +patriotas que eran llevados presos por el pueblo con una cuerda al +cuello. ¡Pobre gente! Entre ellos vi a Canencia, que me dirigió +al pasar una mirada suplicante; pero no hice caso y seguí. Casi +arrastrando a Mariana, que apenas podía seguirme de puro cansada y +soñolienta, llegué a casa de Falfán.</p> + +<p>En el patio encontré al marqués, que al punto que me vio asombrose +de la alteración de mi semblante, creyendo que ocurría algún grave +accidente.</p> + +<p>—Señora —me dijo ofreciéndome una silla—, no extraño que esa +gente mal educada... Se están cometiendo toda clase de excesos en la +desgraciada Sevilla.</p> + +<p>—No es eso, no. Si no me ha pasado nada.</p> + +<p>—Señora, su rostro de usted me indica desasosiego, agitación.</p> + +<p>—Es verdad; pero...</p> + +<p>—Está usted muy intranquila.</p> + +<p>—Intranquila no: estoy furiosa.</p> + +<p>Después de decir esto y de romper en seis pedazos mi abanico, que ya +lo estaba en cuatro, procuré tomar una actitud aparentemente serena, +pues el caso requería en mí la grave majestad del que condena, no la +atolondrada cólera y pueril turbación del condenado.</p> + +<p>—¿Y por qué está usted furiosa? —me preguntó el marqués confundido—. +¿En qué puedo servir a usted?</p> + +<p>—¡Yo sé que está aquí!... —dije mirando al marqués de un modo que le +aterró.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_208">p. 208</span>—¿Quién?</p> + +<p>—¡Oh!, ¿quién?... será preciso que yo hable, que lo diga todo...</p> + +<p>—Señora, no comprendo una palabra.</p> + +<p>—Llame usted a la señora marquesa, y quizás ella me comprenda +—repuse con amargo sarcasmo.</p> + +<p>—Andrea no está en casa.</p> + +<p>Al oír esto sentí un sacudimiento. Nuevo y más doloroso cambio +en mis ideas, en mi voluntad, en mi cólera, en mis planes; nuevo +movimiento de la aguja magnética que brujuleaba en mi corazón, +marcándome el derrotero en medio de la tempestad... El marqués no podía +tener interés en negarme a su esposa. Así lo comprendí al momento, y +sin vacilar un instante, dije:</p> + +<p>—¿Ha ido a la casa de doña María Antonia?</p> + +<p>—Precisamente, allí está —manifestó Falfán en tono de confianza +honrada y tranquila que hubiera cautivado a otra persona más irritada +que yo—. La señora doña María Antonia se puso anoche mala, y mi esposa +fue a acompañarla un ratito. A las diez estaba de vuelta.</p> + +<p>—¿A las diez?</p> + +<p>—Pero sin duda hoy se agravó la señora doña María Antonia, porque al +rayar el día vinieron a buscar a Andrea y allá está. ¿Encuentra usted +en esto algo de extraño?</p> + +<p>—No, señor, nada —dije levantándome—. ¿Y dónde vive esa doña +Antonia?</p> + +<p>—En la calle que sale a la puerta de Carmona,<span class="pagenum" +id="Page_209">p. 209</span> número 26. ¿Pero se va usted sin explicarme +el motivo de su visita, su agitación...?</p> + +<p>— Sí, señor, me voy.</p> + +<p>—Pero...</p> + +<p>—Adiós, señor marqués.</p> + +<p>Quiso detenerme; pero rápida como un pájaro fugitivo, le dejé y salí +de la casa.</p> + +<p>—A la calle que sale a la puerta de Carmona, número 26 —dije a +Mariana, que me seguía durmiendo; y para mí en el horroroso vértigo que +formaban mis pensamientos y mi marcha: «Ahora sí que de ningún modo se +me puede escapar.»</p> + +<p>Yo saboreaba de antemano las horribles delicias del escándalo que +iba a dar, de la venganza que tomaría, de las palabras que saldrían de +mi boca, como el humo y la lava de un volcán en erupción. Me deleitaba +con aquella copa de amarguras que se convertía en copa llena del +delicioso licor de la venganza. Había llegado al extremo de recrearme +en el veneno de mi alma, y de hallar delicioso el fuego que respiraba. +Seguía teniendo las mismas ganas de morder a alguien, y creo que mi +linda boca tan codiciada, habría sido un áspid si en carne humana +hubiera posado sus secos labios.</p> + +<p>Mariana, que a Sevilla conocía, me llevó hacia la puerta de Carmona, +yo no sé por dónde ni en cuánto tiempo. Había yo perdido la noción de +la distancia y del tiempo. Vi una calle larga y solitaria, con muchas +rejas verdes llenas de tiestos de albahaca. Vi una fila de casas de +fachada blanca iluminadas por el sol, y otra<span class="pagenum" +id="Page_210">p. 210</span> línea de casas en la sombra. Yo buscaba +el número 26, cuando sentí pisadas de caballos. Delante de mí, como +a cuarenta pasos, abriose una gran puerta y salieron tres hombres a +caballo. ¡Era él!</p> + +<p>Corrí, corrí... Iba vestido con el traje popular andaluz, y su +figura era la más hermosa que puede imaginarse. Los otros dos vestían +lo mismo. Caracolearon un instante los corceles delante de la casa, y +en seguida emprendieron precipitadamente la carrera en dirección a la +puerta de Carmona.</p> + +<p>Yo corría, corría, y al mismo tiempo gritaba. Mariana, que no había +perdido el juicio, me detuvo enlazando con sus dos brazos mi talle... +Mi furor estalló con un grito salvaje, con una convulsión horrible y +este apóstrofe inexplicable: «¡Ladrones! ¡Ladrones!»</p> + +<p>En el mismo momento en que yo rugía de este modo, dos mujeres se +asomaban a la ventana de la casa y saludaban a los jinetes con sus +abanicos. Él miró repetidas veces hacia atrás y saludaba también +sonriendo. Vi brillar el lente de doña María Antonia, vi los negros +ojos de Andrea... ¡Oh, Satanás, Satanás!</p> + +<p>Seguí hasta ponerme debajo de la ventana; pero esta se cerró. Seguí +corriendo un poco más. Un grupo de hombres feroces apareció por una +bocacalle. Su aspecto infundía pavor; pero yo me adelanté hacia ellos, +y señalando a los tres jinetes que huían a escape fuera de la puerta, +entre nubes de polvo, grité con toda la fuerza de mis pulmones:</p> + +<p>—¡Que se escapan!... Corred... Corred tras<span class="pagenum" +id="Page_211">p. 211</span> ellos... ¡Que se escapan!... Los patriotas, +los más malos de todos, los ateos, blasfemos, los republicanos, los +masones, los regicidas, los enemigos del rey..., los que querían +matarle... Corred y cogedles... Yo tengo dinero... Mil duros al que +les coja... ¡En nombre de la religión!... ¡En nombre de las caenas!... +Vamos, vamos tras ellos... ¡Que se escapan!</p> + +<p>A medida que hablaba, iba desapareciendo en mi espíritu la noción +de lo externo, y me sentía envuelta en tinieblas o en llamas, no sé en +qué; me sentía caer en un hondo infierno lleno de demonios, sumergirme +en abismos de negro delirio, de fiebre, de sueño o muerte, pues no +puedo expresar bien lo que era aquello.</p> + +<p>Perdí el conocimiento.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch32"> + <h2 class="nobreak g0">XXXII</h2> +</div> + +<p>Mi dolorosa enfermedad, que me puso al borde del sepulcro, duró +cuarenta días, de los cuales no sé cuántos pasé en terrible crisis, +sin conciencia de las cosas, atormentada por la fiebre. Mi sangre +enardecida había descompuesto en tales términos las funciones de mi +cerebro, que en aquellos angustiosos días no vivía con mi vida propia, +sino con el mismo fuego mortífero de la enfermedad. Asistiome uno de +los primeros médicos de Sevilla.</p> + +<p>Cuando salí del peligro y hubo esperanzas de que aún podría seguir +mi persona fatigando<span class="pagenum" id="Page_212">p. 212</span> +al mundo con su peso, halleme en tristísimo estado, sin memoria, sin +fuerzas, sin belleza. Mas empecé a recobrar muy lentamente estos +tesoros perdidos, y con ellos volvían mis pasiones y mis rencores a +aposentarse en mi seno, como después de una inundación, y cuando las +aguas se retiran, aparece lentamente la tierra, dibujándose primero los +altos collados, luego las suaves pendientes, y, por último, el llano. +Así, pasada aquella avenida de sangre que envolvió mi pensamiento en +turbias olas venenosas, fue apareciendo poco a poco todo lo existente +antes del 13 de junio.</p> + +<p>Una imagen descollaba sobre todas las que me perseguían cuando mi +fantasía, como un borracho que recobra la claridad de sus sentidos, +empezó a presentarme lo pasado. Esta imagen era la de la huérfana, a +quien supuse corriendo sin cesar por campos y ciudades, buscando lo que +no había de encontrar. ¿Acaso el tormento de ella no era tan grande o +quizás mayor que el mío? Pero yo no me hacía cargo de esto; y lejos de +sentir lástima de mi víctima, echaba leña a la hoguera de mis rencores, +discurriendo mil defectos y fealdades en el carácter de la hermana de +Salvador, para deducir que sus angustias le estaban muy bien merecidas. +¡Qué desatinos tan horribles pensé con este motivo! Parece mentira que +la exaltación de mi ánimo me llevara hasta los últimos desvaríos, hasta +el sacrilegio y la blasfemia.</p> + +<p>«Es muy posible —decía yo— que mis horribles angustias hayan sido +causadas por las<span class="pagenum" id="Page_213">p. 213</span> +maldiciones de esa mujer. Al verse engañada habrá pedido a Dios mi +castigo, y Dios, no hay duda, hace caso de los hipócritas... ¡Ah, los +hipócritas! ¡Perversa raza! Son capaces con sus fingidas lágrimas de +engañar al mismo Dios y compelerle a castigar a los buenos.»</p> + +<p>A estas horrorosas ideas, hijas de una turbada razón, añadía +otras quizás más sacrílegas. Mi enfermedad, que parecía un aviso del +cielo, no me había corregido; antes bien, cuando resucité estaba más +intolerante, más soberbia, y proyectaba nuevos planes para vencer la +tenaz contrariedad de mi destino. Lejos de desconfiar de mis fuerzas y +de acobardarme, tenía fe mayor en ellas y me vanagloriaba suponiendo +una inmediata victoria.</p> + +<p>«Me han ocurrido tantos desastres —decía— porque he sido una tonta. +Pero ahora..., ¡oh!, ahora, yo me juro a mí misma que moriré o he de +atraparle... Iré a Cádiz.»</p> + +<p>Cuando esto decía, finalizaba julio y la temperatura de Sevilla era +irresistible. El médico me ordenó que buscase en la costa aires más +templados.</p> + +<p>Los franceses se habían establecido ya en Sevilla, donde reinaba +un orden perfecto. En toda España, y principalmente en algunos puntos +privilegiados de la tragedia, como Manresa y la Coruña, corría la +sangre a raudales. Los dos furibundos partidos se herían mutuamente +con impía crueldad. Pero los ejércitos de ambas naciones no habían +empeñado ninguna lucha verdaderamente marcial y grandiosa. El nuestro +se desbandaba como un rebaño sin pastores,<span class="pagenum" +id="Page_214">p. 214</span> y el francés iba ocupando las ciudades +desguarnecidas y dominando todo el país sin trabajo y sin heroísmo, +sin sangre y sin gloria. Sus victorias eran ramplonas y honradas; su +proceder dentro de los pueblos, templado y noble. Era aquel ejército +como su jefe, leal y sin genio; un ejército apreciable, compuesto de +cien mil buenos sujetos que no conocían el saqueo, pero tampoco la +gloria. ¡Detestable suerte la de España!... ¡Haber hecho temblar al +coloso, y sucumbir ante un hijo del conde de Artois, ante un pobre +emigrado de Gante!</p> + +<p>¡A Cádiz, a Cádiz! Estas palabras compendiaban todo mi pensamiento +en aquellos días. Empecé a disponer mi viaje con gran prisa, y a +principios de agosto nada tenía que hacer ya en Sevilla.</p> + +<p>Mi belleza recobraba al fin su esplendor. Y no era esto poco +triunfo, porque me había quedado como un espectro. ¡Con cuánto alborozo +veía yo despuntar de día en día la animación, la gracia, la frescura, +la viveza, todos los encantos de mi fisonomía, que iban mostrándose +como flores que se abren al cariñoso amor del sol! Yo no cesaba de +mirarme al espejo para observar los progresos de mi restauración, y +casi, casi estoy por decir que me encontraba más guapa que antes de mi +enfermedad. Perdóneseme este orgullo vano; pero si Dios me hizo así, si +me dio hermosura y gracias, ¿por qué no he de decirlo para que lo sepan +los que no tuvieron la dicha de conocerme?</p> + +<p>El conde de Montguyon se me presentó en el momento de partir para +Cádiz. ¡Oh, feliz encuentro!<span class="pagenum" id="Page_215">p. +215</span> Mi don Quijote, que había sido ascendido a jefe de brigada, +me acompañó en casi todo el camino de Sevilla a la costa, mostrándose +en extremo orgulloso por creer próximo el momento de mi definitiva +conquista, y yo cuidaba no poco de confirmarle en esta creencia, +porque quería tenerle muy dispuesto a servirme en negocios difíciles. +Hablamos también de política y de la Ordenanza de Andújar, en que Su +Alteza recomendaba la mayor templanza a los absolutistas, habiéndoles +disgustado por esto. Pero el tema más agradable a mi caballero era el +amor.</p> + +<p>Según se expresaba, su bello ideal estaba a punto de realizarse. El +país ardiente, el territorio pintoresco, la dama hermosa, nada faltaba +para que la leyenda fuese completa. Pero yo, esmerándome en fomentar +sus esperanzas, era sumamente avara de concesiones. Mi Ordenanza de +Andújar prescribía también la moderación. Ya me había yo instalado en +el Puerto cuando, apremiada por el conde, le revelé la causa de mis +ardientes deseos de penetrar en Cádiz.</p> + +<p>—Un hombre —le dije— que antes poseía mi confianza, administrando +los bienes de mi casa; un mayordomo que supo servirme algún tiempo +lealmente para engañarme después con más seguridad, huyó de Madrid, +robándome gran cantidad de dinero, muchas alhajas de valor y documentos +preciosos. Ese hombre está en Cádiz...</p> + +<p>—Pero en Cádiz hay tribunales de justicia, hay autoridades...</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_216">p. 216</span>—En Cádiz no hay +más que un gobierno moribundo, que para prolongar su vida entre agonías +se rodea de todos los pillos.</p> + +<p>—Sin embargo, señora, un ladrón de semejante estofa no puede ser +patrocinado por nadie. Horribles cosas se ven en las guerras civiles; +pero nosotros los franceses entraremos en Cádiz.</p> + +<p>—Esa es mi esperanza.</p> + +<p>—¿No tiene usted valimiento con los ministros liberales?</p> + +<p>—Ninguno. Mi nombre solo les sonará a proclama realista.</p> + +<p>—Entonces....</p> + +<p>—Cuento con la protección de los jefes del ejército francés.</p> + +<p>—Y con los servicios de un leal amigo... El objeto principal es +detener al ladrón.</p> + +<p>—¡Detenerle y amarrarle y arrastrarle! —exclamé con furor—. Pero +deseo hacer mi justicia a espaldas de la curia, porque aborrezco los +pleitos, aun cuando los gane.</p> + +<p>—¡Oh!, eso es muy español. Se trata, pues, de cazar a un hombre; +¿por ventura eso es fácil todavía?</p> + +<p>—Fácil no.</p> + +<p>—Y para una dama...</p> + +<p>—Pero yo no estoy sola. Tengo servidores leales que solo esperan una +orden mía para...</p> + +<p>—Para matar...</p> + +<p>—No tanto —dije riendo—. Esto le parecerá a usted leyenda, +novela, romance o lo que quiera; pero no, mis propósitos no son tan +trágicos.</p> + +<p>—Lo supongo... pero siempre serán interesantes...<span +class="pagenum" id="Page_217">p. 217</span> ¿Ha dejado usted criados en +Sevilla?</p> + +<p>—Uno tengo a mis órdenes. Le mandé por delante, y en Cádiz está +ya.</p> + +<p>—¿Vigilando...?</p> + +<p>—Acechando.</p> + +<p>—Bien: le seguirá de noche embozado hasta las cejas, espiará sus +acciones, se informará de su método de vida. ¿Y ese criado es fiel?</p> + +<p>—Como un perro... Examinemos bien mi situación, señor conde. ¿Se +puede entrar en Cádiz?</p> + +<p>—Es muy difícil, señora, sobre todo para los que son sospechosos al +gobierno liberal.</p> + +<p>—¿Y por mar?</p> + +<p>—Ya sabe usted que en la bahía tenemos nuestra escuadra.</p> + +<p>—¿Cuándo tomarán ustedes la plaza?</p> + +<p>—Pronto. Esperamos a que venga Su Alteza para forzar el sitio.</p> + +<p>—¿Y podrán escaparse los milicianos y el gobierno?</p> + +<p>—Es difícil saberlo. Ignorarnos si habrá capitulación; no sabemos el +grado de resistencia que presentarán los insurgentes.</p> + +<p>—¡Oh! —exclamé sin saber lo que decía, obcecada por mis pasiones—. +Ustedes los realistas no sirven para esto. Si Napoleón estuviera aquí, +amigo mío, mañana, mañana mismo, sí señor, mañana, sería tomada por +asalto esa ciudad rebelde y pasados a cuchillo los insensatos que la +defienden.</p> + +<p>—Me parece demasiado pronto —dijo Montguyon sonriendo—. En fin, +comprendo la impaciencia de usted.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_218">p. 218</span>—Sí, quien ha sido +robada, vilmente estafada, no puede aprobar estas dilaciones que dan +fuerza al enemigo. Señor conde, es preciso entrar en Cádiz.</p> + +<p>—Si de mí dependiera, señora, esta tarde mandaba dar el asalto +—repuso con entusiasmo—. Sorprendería a la guarnición, encarcelaría a +los diputados y a las Cortes, y pondría en libertad al rey.</p> + +<p>—Ya eso no me importa tanto —dije en tono de conquistador—. Yo +entraría al asalto sorprendiendo la guarnición. Dejaría, a los +diputados que hicieran lo que les acomodase, mandaría al rey a +paseo...</p> + +<p>—¡Señora!...</p> + +<p>—Buscaría a mi hombre, revolvería todos los rincones, todos +los escondrijos de Cádiz hasta encontrarle... y después que le +hallara...</p> + +<p>—Después...</p> + +<p>—Después, señor conde... ¡Oh!, mi sangre se abrasa...</p> + +<p>—En los divinos ojos de usted, Jenara —me dijo—, brilla el fuego de +la venganza. Parece usted una Medea.</p> + +<p>—No me impulsan los celos —dije serenándome.</p> + +<p>—Una Judith.</p> + +<p>—Ni la idea política.</p> + +<p>—Una...</p> + +<p>—Parezca lo que parezca, señor conde, es preciso entrar en Cádiz.</p> + +<p>—Entraremos.</p> + +<p>—¿No sirve usted ahora en el Estado Mayor del general Bourmont?</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_219">p. 219</span>—En él estoy a +las órdenes de la que es imán de mi vida —repuso poniendo los ojos en +blanco.</p> + +<p>—¿Será Bourmont nombrado comandante general de Cádiz, luego que la +plaza se rinda?</p> + +<p>—Así se dice.</p> + +<p>—¿Hará usted prender a mi mayordomo?...</p> + +<p>—Le haré fusilar...</p> + +<p>—¿Me lo entregará atado de pies y manos?</p> + +<p>—Siempre que no huya antes, sí, señora.</p> + +<p>—¡Huir! Pues qué, ¿tendrá ese hombre la vileza de huir, de no +esperar?...</p> + +<p>—El criminal, amiga mía de mi corazón, pone su seguridad ante +todo.</p> + +<p>—¿No dice usted que hay una especie de escuadra?</p> + +<p>—Una escuadra en toda regla.</p> + +<p>—¿Pues de qué sirven esos barcos, señor mío —dije de muy mal +talante—, si permiten que se escape... ese?</p> + +<p>—Quizás no se escape.</p> + +<p>—¿De qué sirve la escuadra? —añadí con la más viva inquietud—. +¿Quién es el almirante que la manda? Yo quiero ver a ese almirante, +quiero hablar con él...</p> + +<p>—Nada más fácil; pero dudo...</p> + +<p>—Me ocurre que si hay capitulación, será más fácil atraparle...</p> + +<p>—¿Al almirante?</p> + +<p>—No; a... a ese.</p> + +<p>—Sin duda. En tal caso se quedaría tranquilo en Cádiz, al menos por +unos días.</p> + +<p>—Bien, muy bien. Si hay capitulación, arreglo, perdón de vidas +y libertad para todos...<span class="pagenum" id="Page_220">p. +220</span> Señor conde, aconsejaremos al príncipe que capitule... ¡Pero +qué tonterías digo!</p> + +<p>—Está patente en su espíritu de usted la obsesión de ese asunto.</p> + +<p>—¡Oh!, sí. No puedo pensar en otra cosa. El caso es grave. Si no +consigo apoderarme de ese hombre... no sé... creo que me costará la +vida.</p> + +<p>—Yo también le aborrezco... ¡Hombre maldito!... Pero le cogeremos, +señora. Me pongo al servicio de este gran propósito con la sumisión de +un esclavo. ¿Acepta usted mi cooperación?</p> + +<p>Al decir esto, me besaba la mano.</p> + +<p>—La acepto, sí, hombre generoso y leal, la acepto con gratitud y +profundo cariño.</p> + +<p>Al decir esto, yo ponía en mi semblante una sensibilidad capaz de +conmover a las piedras, y en mis pestañas temblaba una lágrima.</p> + +<p>—Y entonces —añadió Montguyon con voz turbada—, cuando nuestro +triunfo sea seguro, ¿podré esperar que el hueco que se me destina en +ese corazón no sea tan pequeño?</p> + +<p>—¿Pequeño?</p> + +<p>—Si es evidente, por confesión de él mismo, que ya tengo una parte +en sus sublimes afectos, ¿no puedo esperar...?</p> + +<p>—¿Una parte? ¡Oh! no. Todo, todo.</p> + +<p>El inflamado galán abrió sus brazos para estrecharme en ellos; +pero evadí prontamente aquella prueba de su insensato ardor, y +poniéndome primero seria y después amable, con una especie de enojo +gracioso y virtud tolerante, le dije que ni Zamora ni yo podíamos ser +ganadas en una hora. Al decir esto, violentos<span class="pagenum" +id="Page_221">p. 221</span> cañonazos me hicieron estremecer y corrí al +balcón.</p> + +<p>—Son los primeros tiros de las baterías que se han armado para +atacar el Trocadero —me dijo el conde.</p> + +<p>—¿Y esas bombas van a Cádiz?—pregunté poniendo inmenso interés en +aquel asunto.</p> + +<p>—Van al Trocadero.</p> + +<p>—¿Y qué es eso?</p> + +<p>—Un fuerte que está en medio de las marismas.</p> + +<p>—¿Y allí están...?</p> + +<p>—Los liberales.</p> + +<p>—¿Muchos?</p> + +<p>— Mil y quinientos hombres.</p> + +<p>—¿Paisanos?</p> + +<p>—Hay muchos paisanos y milicianos.</p> + +<p>—¡Oh!, morirá mucha gente.</p> + +<p>—Eso es lo que deseamos. Parece que siente usted gran pena por +ello.</p> + +<p>—La verdad —repuse, ocultando los sentimientos que bruscamente me +asaltaban—, no me gusta que muera gente.</p> + +<p>—A excepción de su enemigo.</p> + +<p>—Ese..., pero ¿estará en el Trocadero?</p> + +<p>—¡Quién sabe!... Está usted aterrada.</p> + +<p>—¡Oh!, yo quiero ir al Trocadero.</p> + +<p>—Señora...</p> + +<p>—Quiero ir al Trocadero.</p> + +<p>—Eso mismo deseamos nosotros —me dijo riendo—, y para conseguirlo +enviaremos por delante algunos centenares de bombas.</p> + +<p>—¿Dónde está el Trocadero? —pregunté corriendo otra vez a la +ventana.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_222">p. 222</span>—Allí —dijo +Montguyon asomándose y alargando el brazo.</p> + +<p>Hízome explicaciones y descripciones muy prolijas de la bahía +y de los fuertes; pero bien comprendí que antes que mostrar sus +conocimientos deseaba estar cerca de mí, aproximando bastante su cabeza +a la mía, y embriagándose con el calor de mi rostro y con el roce de +mis cabellos.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch33"> + <h2 class="nobreak g0">XXXIII</h2> +</div> + +<p>¡Qué aparato desplegaron contra aquellas fortalezas que se alzan +entre charcos salubres y que llevan por nombre el Trocadero! Desde que +llegó Su Alteza a mediados de agosto, no hacían más que disparar bombas +y balas contra los fuertes, esperando abrir brecha en sus gloriosos +muros. ¡Figúrese el buen lector mi aburrimiento! Considere con cuánta +tristeza y tedio vería yo pasar día tras día sin más distracción que +oír los disparos y ver por las noches las majestuosas curvas de los +proyectiles. Me consumía en mi casa del Puerto sin tener noticias +del interior de Cádiz, ni esperanza de poder penetrar en la plaza. +Ni parecía aquello guerra formal y heroica como creía yo que debían +de ser las guerras, y como las que vi en mi niñez y en tiempo del +Imperio. Casi todo el ejército sitiador estaba con los brazos cruzados: +los oficiales paseaban fumando; los soldados<span class="pagenum" +id="Page_223">p. 223</span> hacían menos pesado el tiempo con bailoteo +y cantos.</p> + +<p>No debo pasar en silencio que el duque del Infantado, que llegó +de Madrid en aquellos días, me llevó a visitar a Su Alteza, nuestro +salvador y el ángel tutelar de la moribunda España por aquellos días. +Luis Antonio era un rubio desabrido, cuyo semblante respiraba honradez +y buena fe; pero la aureola del genio no circundaba su frente. Fuera de +aquel sitio, lejos de aquella deslumbradora posición y con otro nombre, +el hijo del conde de Artois habría sido un joven de buen ver; mas no +en tal manera que por su aspecto descollase entre la muchedumbre. +Para hallar en él lo que realmente le distinguía era preciso que +un trato frecuente hiciese resaltar las perfecciones morales de su +alma privilegiada, su lealtad sin tacha y aquel levantado espíritu +caballeresco sin quijotismo que le hacía estimable en la corte de +Francia. Era valiente, humanitario, cortés, puntual y riguroso en el +cumplimiento del deber. Si estas cualidades no eran suficientes a +formar un gran guerrero, ¿qué importaba? La pericia militar diéronsela +sus prácticos generales y nuestros desaciertos, que fueron el principal +estro marcial de la segunda invasión.</p> + +<p>Recibiome Angulema con la más fina delicadeza y urbanidad; pero +de todas sus cortesanías la que más me agradó fue la de disponer el +asalto del Trocadero. «¡Al fin, al fin —exclamaba yo—, será nuestro el +horrible fuerte que nos abrirá las puertas de Cádiz!»</p> + +<p>El 19 abrieron brecha; pero hasta la noche<span class="pagenum" +id="Page_224">p. 224</span> del 30 no se dio el asalto, habiéndose +guardado secreto sobre esto en los días anteriores, aunque yo lo +supe por el conde de Montguyon, que no me ocultaba nada referente a +las operaciones. ¡Noche terrible la del 30 al 31 de agosto! Noche +que me pareció día por lo clara y hermosa, así como por el estrépito +guerrero que en ella resonara y las acciones heroicas dignas de ser +alumbradas por el sol... Apretado fue el lance del asalto, según oí +contar, y Su Alteza y el príncipe de Carignan se portaron bravamente, +combatiendo como soldados en los sitios más peligrosos. No fue el hecho +del Trocadero una de aquellas páginas de epopeya que ilustraron el +Imperio: fue más bien lo que los dramaturgos franceses llaman <i>succès +d’estime</i>, un éxito que no tiene envidiosos. Pero a la Restauración +le convenía cacarearlo mucho, ciñendo a la inofensiva frente del duque +los laureles napoleónicos; y se tocó la trompa sobre este tema hasta +reventar, resultando del entusiasmo oficial que no hubo en Francia +calle ni plaza que no llevase el nombre del <i>Trocadero</i>, y hasta +el famoso arco de la Estrella, en cuyas piedras se habían grabado los +nombres de Austerlitz y Wagram, fue durante algún tiempo <i>Arco del +Trocadero</i>.</p> + +<p>Yo me había trasladado a Puerto Real para estar más cerca. En +la mañana del 31, cuando vi pasar a los prisioneros hechos en los +fuertes, me sentí morir de zozobra. Entre aquellas caras atezadas a +cada instante creía ver la suya. Largo rato tardaron en pasar, porque +eran más de mil entre paisanos y militares.<span class="pagenum" +id="Page_225">p. 225</span> Creo que los miré uno por uno; y al fin, +cuando ya quedaban pocos, redoblé mi atención. ¡Oh misericordioso +Dios, qué estupendas cosas permites! En la última fila, casi solo, más +abatido, más quemado del sol, más demacrado, con los vestidos más rotos +que los demás, pasó él, él mismo... no podía dudarlo, porque le estaba +viendo, viendo, sí, con mis propios ojos arrasados de lágrimas. Llevaba +la mano izquierda en cabestrillo, hecho con un andrajo, y su paso era +inseguro y como dolorido, sin duda por tener lleno de contusiones el +cuerpo. Al verle extendí los brazos y grité con toda la fuerza de +mi voz. Mi enamorada exclamación hizo volver la cabeza a todos los +que iban delante y a los curiosos que le rodeaban. Él, alzando los +amortiguados ojos, me miró con expresión tan triste, que sentí partido +mi corazón y estuve a punto de desmayarme. Creo que pronunció algunas +palabras; pero no oí sino un adiós tan lúgubre como campanada funeral, +y movió la mano en ademán de cariñoso saludo, y pasó, desapareciendo +con los demás en una vuelta del camino.</p> + +<p>Mi primera intención fue correr tras él: pero en la casa me +detuvieron. Cuando serenamente me hice cargo de la situación, formé +diversos planes; pero todos los desechaba al punto por descabellados. +Pensándolo bien, comprendí que no era tan difícil conseguir su +libertad. Me congratulaba de que al cabo de tantas fatigas el destino +me le presentara prisionero, para poder decir con más calor que nunca: +«Ahora sí que no se me puede escapar.»</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch34"> + <p><span class="pagenum" id="Page_226">p. 226</span></p> + <h2 class="nobreak g0">XXXIV</h2> +</div> + +<p>Envié recados al conde de Montguyon; pero no se le podía encontrar +por ninguna parte. Unos decían que estaba en el Trocadero, otros que +en el Puerto, otros que había ido a las fragatas con una comisión. Por +último, averigüé con certeza su paradero, y le escribí una carta muy +cariñosa. Mas pasó un día, pasaron dos, y yo me moría de impaciencia, +sin poder ver al prisionero, ni aun saber dónde le habían llevado. El +conde, robando al fin un rato a sus quehaceres, vino a verme el día +4. Yo estaba otra vez medio loca; no tenía humor para hacer papeles, +y espontáneamente dejaba que se desbordasen los sentimientos de mi +corazón.</p> + +<p>—¡Oh, cuánto me alegro de ver a usted! —le dije—. Si usted no viene +pronto, señor conde, me hubiera muerto de pena.</p> + +<p>Con estas palabras, que creyó dictadas por un vivo interés hacia +él, se puso el noble francés un poco chispo, que así denomino yo al +embobamiento de los hombres enamorados. Se deshizo en galanterías, +a las cuales daba cierto tono de intimidad cargante, y después me +dijo:</p> + +<p>—Pronto, muy pronto, libertaremos a Su Majestad el rey de +España, y entraremos en Cádiz. El sol de ese día, señora, ¡cuán +alegremente brillará sobre toda España, y especialmente sobre nuestros +corazones!</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_227">p. 227</span>—Mi estimado amigo +—indiqué riendo—, no diga usted tonterías.</p> + +<p>Montguyon se quedó cortado.</p> + +<p>—Basta de tonterías —añadí— y óigame usted lo que voy a decirle. Ya +he encontrado al hombre que buscaba...</p> + +<p>—¿Dónde... cómo... ese malvado?</p> + +<p>—No es malvado.</p> + +<p>—¿Cómo no? Me dijo usted que le había robado sus alhajas.</p> + +<p>—¡No es ese... por Dios! ¿Cuándo entenderá usted las cosas al +derecho?</p> + +<p>—Siempre que no se me expliquen al revés.</p> + +<p>—He encontrado a ese hombre... Pero entendamos. ¿No dije a usted que +había venido delante de mí un fiel criado de mi casa, el cual entró en +Cádiz?...</p> + +<p>—¡Ah! sí... entró para observar los pasos del ladrón.</p> + +<p>—Pues ese fiel criado tiene el defecto de ser algo patriota... +¡debilidades humanas! y como es algo patriota, se puso a pelear en el +Trocadero por una causa que no le importaba.</p> + +<p>—Ya comprendo: y ha caído prisionero. ¿Le ha visto usted?</p> + +<p>—Le vi cuando los prisioneros pasaron por aquí, pero no le he visto +más; y ahora, señor conde, quiero que usted me le ponga en libertad.</p> + +<p>—Señora, si Cádiz se rinde pronto, como creo, y todo se arregla, +espero conseguir lo que usted me pide.</p> + +<p>—¡Qué gracia! Para eso no necesito yo de la<span class="pagenum" +id="Page_228">p. 228</span> amistad de un jefe de brigada —dije con +enfado—. Ha de ser antes, mañana mismo.</p> + +<p>—¡Oh! Señora, usted somete mi amor a pruebas demasiado fuertes.</p> + +<p>—¿Quiere usted que dejemos a un lado el amor —le dije, poniéndome +muy seria— y que hablemos como amigos?</p> + +<p>Montguyon palideció.</p> + +<p>—¿Esa persona —me dijo— interesa a usted tanto que no puede esperar +a que concluya la guerra, dando yo mi palabra de que el prisionero será +bien atendido?</p> + +<p>—No basta que sea atendido —afirmé con resolución—. No basta eso: +quiero su libertad; quiero atenderle yo misma, cuidarle, curar sus +heridas, tenerle a mi lado, llevarle a sitio seguro...</p> + +<p>Me expresé, al decir esto, con vehemencia suma, porque me era ya +muy difícil contener mi corazón, que iba al galope en busca de las +anheladas soluciones. El conde me oía con cierto terror.</p> + +<p>—¿Tanto interesa a usted —repitió—, tanto interesa a usted... un +criado?</p> + +<p>—No es criado.</p> + +<p>—¿Tal vez un anciano servidor de la casa?</p> + +<p>—No es anciano.</p> + +<p>—¿Un joven?... Supongo que no será el ladrón.</p> + +<p>—¿Qué ladrón?</p> + +<p>—El ladrón de quien usted me habló...</p> + +<p>—¡Ah! No me acordaba... Ya no me ocupo de eso.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_229">p. 229</span>—¿Abandona usted la +empresa de detener y castigar a ese miserable?</p> + +<p>—La abandono.</p> + +<p>—¡Qué inconstancia!</p> + +<p>—Yo soy así.</p> + +<p>—Pero ese, ese otro... ¿interesa a usted tanto...?</p> + +<p>—Muchísimo.</p> + +<p>—¿Es pariente de usted?</p> + +<p>—No. Es compañero de la infancia.</p> + +<p>—¿Es militar?</p> + +<p>—Paisano, señor conde —dije con el tono de severa autoridad que +sé emplear cuando me conviene—. Si se empeña usted en ser catecismo, +buscaré otra persona más galante y más generosa que sepa prestar un +servicio, economizando las preguntas.</p> + +<p>—Creo tener algún derecho a ello —repuso con gravedad.</p> + +<p>—No tiene usted ninguno —afirmé con desenfado—, porque este derecho +yo sola podría darlo, y yo lo niego.</p> + +<p>—Entonces, señora —objetó, encubriendo su ira bajo formas urbanas—, +he padecido una equivocación.</p> + +<p>—Si cree usted que le amo, sí. La equivocación no puede ser más +completa.</p> + +<p>Montguyon se levantó. Sus ojos, en los cuales se leía el furor +mezclado con la dignidad, me dirigieron una mirada que debía ser la +última. Yo corrí a él, y tomándole la mano le rogué que se sentase a mi +lado.</p> + +<p>—Es usted un caballero —le dije—. Ningún otro ha merecido más que +usted mi estimación,<span class="pagenum" id="Page_230">p. 230</span> +lo juro. Dios sabe que al decir esto hablo con el corazón.</p> + +<p>— Dios lo sabrá —repuso Montguyon muy afligido—; mas para mí, y de +aquí en adelante, las palabras de usted están escritas en el agua.</p> + +<p>—Considere las que le diga hoy como si estuvieran grabadas en +bronce. La que confiesa hechos que no le favorecen, ¿no tiene derecho a +ser creída?</p> + +<p>—A veces sí. Confiéseme usted que su conducta conmigo no ha sido +leal.</p> + +<p>—Lo confieso —repliqué bajando los ojos, y realmente avergonzada.</p> + +<p>—Confiese usted que yo no merecía servir de juguete a una mujer +voluntariosa.</p> + +<p>—También es cierto.</p> + +<p>—Declare usted que ama a otro.</p> + +<p>—¡Oh!, sí, lo declaro con todo mi corazón, y si cien bocas tuviera, +con todas lo diría.</p> + +<p>El leal caballero se quedó atónito y espantado. Estaba, como ellos +dicen, <i>foudroyé</i>. Durante breve rato no me dijo nada; pero +yo comprendí su martirio y le tenía lástima. ¡Oh, qué mala he sido +siempre!</p> + +<p>—Ese hombre... —murmuró Montguyon—, ese hombre...</p> + +<p>—Ahora, reconociéndome culpable, reconociéndome inferior a usted +—dije—, le autorizo para que me abrume a preguntas, si gusta, y aun +para que me eche en cara mi ligereza.</p> + +<p>—Ese hombre... —prosiguió el francés—. Perdone usted; pero nada es +más curioso que la desgracia. El amor desairado quiere tener<span +class="pagenum" id="Page_231">p. 231</span> miles de ojos para sondear +las causas de su desdicha. Ese hombre... ¿quién es?</p> + +<p>—Un hombre.</p> + +<p>—¿De familia ilustre?</p> + +<p>—No, señor: de origen muy humilde.</p> + +<p>—¿Le ama usted hace tiempo?</p> + +<p>—Hace mucho tiempo.</p> + +<p>—Él... ¿la ama a usted?</p> + +<p>—No estoy muy segura de ello.</p> + +<p>—¡Oh! ¡Qué iniquidad! Es un miserable.</p> + +<p>—Un ingrato, y es bastante.</p> + +<p>—¿Y a pesar de su ingratitud le ama usted?</p> + +<p>—Tengo esa debilidad, que no puedo dominar.</p> + +<p>—Aborrézcale usted.</p> + +<p>—Si fuera fácil... Difícil cosa es esa.</p> + +<p>—¡Es verdad, difícil cosa! —exclamó Montguyon con tristeza—. ¿Y ese +hombre...?</p> + +<p>—¿Pero hay más preguntas todavía?</p> + +<p>—No, ya no más. Me basta lo que sé, y me retiro.</p> + +<p>—Se conduce usted como un cualquiera —le dije afectuosa, +deteniéndole—. Me abandona, precisamente cuando mi sinceridad merece +alguna recompensa. ¿Será posible que cuando yo empiezo a tener +franqueza, deje usted de tener generosidad?</p> + +<p>—¡Oh! señora, toca usted una fibra de mi corazón que siempre +responde, aun cuando la hieran con un puñal.</p> + +<p>—Sí, sí, amigo mío. Es usted generoso y noble en gran manera. Para +que la diferencia entre los dos sea siempre grande, para que usted +sea siempre un caballero y yo una miserable,<span class="pagenum" +id="Page_232">p. 232</span> págueme usted como pagan en todas ocasiones +las almas elevadas. Pues yo me he portado mal, pórtese usted bien +conmigo. Haga cada cual su papel. Cumpla usted el precepto que manda +volver bien por mal. Así crecerá más a mis ojos; así me abatiré yo más +a los suyos; así su generosidad será mayor y mi culpa también, y usted +tendrá en su vida una página más gloriosa que la victoria que acaba de +alcanzar frente al enemigo.</p> + +<p>—Comprendo lo que usted me dice —murmuró el francés, descansando por +breve rato su frente en la palma de la mano—. Yo seré siempre digno de +mi nombre.</p> + +<p>—¡Caballero leal antes, ahora y siempre!</p> + +<p>—Bien, señora —dijo levantándose y alargándome la mano, que estreché +cordialmente—. Lo que usted desea de mí es bastante claro.</p> + +<p>—Sí.</p> + +<p>—Y yo —añadió con manifiesta emoción— empeño mi palabra de +honor...</p> + +<p>—¡Oh! Lo esperaba, lo esperaba.</p> + +<p>—Bajo mi palabra de honor, haré cuanto esté en mi mano para devolver +a usted la felicidad, entregándole a su amante.</p> + +<p>—Gracias, gracias —exclamé derramando lágrimas de admiración y +agradecimiento.</p> + +<p>Saludándome ceremoniosamente, el conde se retiró. De buena gana le +habría dado un abrazo.</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch35"> + <p><span class="pagenum" id="Page_233">p. 233</span></p> + <h2 class="nobreak g0">XXXV</h2> +</div> + +<p>¡Cuántos días pasaron! Yo contaba las horas, los minutos, como +si de la duración de ellos dependiese mi vida. Entre españoles y +franceses era opinión corriente que la guerra acabaría pronto, que +Cádiz expiraba, que las Cortes se morían por momentos. Sin embargo, +aún resistía el gobierno liberal y sus secuaces, como la bestia herida +que no quiere soltar su presa mientras tenga un hálito de existencia. +Esta constancia no carecía de mérito, y lo tendría mayor si se empleara +en causa menos perdida. ¡Inútil sacrificio! No tenían hombres, porque +los alistamientos no producían efecto. No tenían dinero, porque el +empréstito que levantaron en Londres produjo... una libra esterlina. +Yo creo que si mi espíritu hubiera estado en disposición de admirar +algo, habría admirado la perseverancia de aquel gobierno que no pudo +encontrar en toda Europa quien le prestase más de cinco duros.</p> + +<p>Mi deseo era que se rindiese todo el mundo, que el rey y la nación +arreglasen pronto sus diferencias, aunque las arreglaran devorándose +mutuamente. Yo quería tener el campo libre para el desenlace de mi +campaña amorosa, que veía ya seguro y feliz.</p> + +<p>Casi todo septiembre lo pasaron Angulema y las Cortes en dimes +y diretes. Mil recados atravesaban la bahía en un bote; callaban +los<span class="pagenum" id="Page_234">p. 234</span> cañones para que +hablaran los parlamentarios. Tales comedias me ponían furiosa, porque +no se decidía la suerte de los infelices prisioneros del Trocadero, que +habían sido repartidos entre los Dominicos del Puerto y la Cartuja de +Jerez.</p> + +<p>Montguyon me visitó el 12 para informarme de que había visto al +prisionero, cuyo nombre y señas le había dado yo oportunamente.</p> + +<p>—Está sumamente abatido y melancólico —me dijo—. Se ha negado a +recibir los auxilios pecuniarios que le ofrecí de parte de usted; pero +se ha mostrado muy agradecido. Al oír que Jenara tenía gran empeño +en conseguir su libertad, pareció muy turbado, pronunciando palabras +sueltas cuyo sentido no pude comprender.</p> + +<p>—¿Y no desea verme?</p> + +<p>—Parece que lo desea ardientemente.</p> + +<p>—¡Oh! ¡Estas dilaciones son horribles! ¿Y qué más dijo?</p> + +<p>—Cosas tristes y peregrinas. Afirma que desea la libertad para +conseguir por ella el destierro.</p> + +<p>—¡El destierro!</p> + +<p>—Dice que aborrece a su país, y que la idea de emigración le +consuela.</p> + +<p>—Le conozco, sí... Esa idea es suya.</p> + +<p>Otras cosas me dijo el conde; pero se referían al trato que se daba +a los prisioneros y a las excepciones ventajosas que él estableciera +en beneficio de mi amado. ¡Cuánto le agradecí sus delicadezas! +Mientras viva tendré buenos recuerdos de hombre tan caballeroso y +humanitario.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_235">p. 235</span>Interrumpidos +los tratos por la terquedad de las Cortes, tomó de nuevo la palabra +el cañón, y el día 20 fue ganado por los franceses, con otro brioso +asalto, el castillo de Sancti-Petri. Después de este hecho de armas +Angulema habló fuerte a los tenaces liberales, pegados como lapas a +la roca constitucional, y les amenazó con pasar a cuchillo a toda la +guarnición de Cádiz si Fernando VII no era puerto inmediatamente en +libertad. El 26 se sublevó contra la Constitución el batallón de San +Marcial, que guarnecía la batería de Urrutia en la costa; y la armada +francesa, secundando el fuego de las baterías del Trocadero, arrojaba +bombas sobre Cádiz. No era posible mayor resistencia. Era una tenacidad +que empezaba a confundirse con el heroísmo, y la Constitución moría +como había nacido, entre espantosa lluvia de balas, saludada en su +triste ocaso, como en su dramático oriente, por las salvas del ejército +francés.</p> + +<p>Por fin llegaba el anhelado día.</p> + +<p>—Habrá perdón general —decía yo para mí—. Todos los prisioneros +serán puestos en libertad. Huiremos. ¡Cuán grato es el destierro! +Comeremos los dos el dulce pan de la emigración, lejos de indiscretas +miradas, libres y felices fuera de esta loca patria perturbada, donde +ni aun los corazones pueden latir en paz.</p> + +<p>Montguyon me trajo el 29 malas noticias.</p> + +<p>—El duque ha resuelto poner en libertad a todos los prisioneros de +guerra. Pero...</p> + +<p>—¿Pero qué?</p> + +<p>—Ha dispuesto que sean entregados a las<span class="pagenum" +id="Page_236">p. 236</span> autoridades españolas los individuos que en +Cádiz desempeñaban comisiones políticas.</p> + +<p>—¿Él está comprendido?</p> + +<p>—Sí, señora. Desgraciadamente, se tienen de él las peores noticias. +Había recorrido los pueblos alistando gente por orden de Calatrava; +había venido desde Cataluña con órdenes de Mina para realizar +asesinatos de franceses. Había organizado las partidas de gente soez +que en el tránsito de Sevilla a Cádiz insultaron a Su Majestad.</p> + +<p>—¡Oh, eso es falso, falso, mil veces falso! —grité sin poder +contener mi indignación.</p> + +<p>Y en efecto, tales suposiciones eran infames calumnias.</p> + +<p>—Ha llegado al Puerto de Santa María —añadió Montguyon— el señor don +Víctor Sáez, Secretario de Estado. ¿Por qué no le ve usted?</p> + +<p>—No quiero nada con hombres de ese jaez —repuse con enojo—. Usted me +ha dado su palabra de honor; usted ha empeñado su nombre de caballero, +y con usted solo debo contar. ¡Oh, señor conde!, si mi prisionero es +entregado a la brutalidad de las autoridades españolas, sedientas hoy +de sangre y de venganza, sospecharé que usted me hace traición.</p> + +<p>Palideció el caballero francés. Dirigiéndome una mirada desdeñosa, +me dijo al despedirse:</p> + +<p>—Todavía, señora, no sabe usted quién soy yo.</p> + +<p>A pesar de mis propósitos, determiné visitar a Sáez, porque bueno +es tener amigos aunque sea en el infierno. Vencí mis recientes +antipatías, y tomando un coche me encaminé al<span class="pagenum" +id="Page_237">p. 237</span> Puerto de Santa María. Era el 1.º de +octubre, día solemne en los fastos españoles.</p> + +<p>Hallé al buen canónigo más soplado y presuntuoso que nunca, como +todo aquel que se ve en altura a donde nunca debió llegar; pero contra +lo que yo esperaba, recibiome afablemente, y no me dijo una sola +palabra acerca de mi conversión al absolutismo. Parecía no dar valor a +estas pequeñeces, y ocuparse tan solo, como Jiménez de Cisneros, en los +negocios públicos de ambos mundos.</p> + +<p>—Hoy es día placentero, señora, día feliz entre todos los días +felices de la tierra —me dijo—. Su Majestad don Fernando, ese ilustre +mártir de los excesos revolucionarios, es ya libre.</p> + +<p>—¿Ya?</p> + +<p>—Hoy nos le entregan. Al fin han comprendido esos locos que su +resistencia les podría costar muy cara, pero muy cara. El duque tiene +malas moscas.</p> + +<p>—Felicitémonos, señor don Víctor —dije con afectado entusiasmo—, de +esta solución lisonjera. España y el mundo están de enhorabuena. Mas +para que se completara la dicha, convendría que tantas y tan graves +heridas no se ensañasen con la venganza y la crueldad del partido +vencedor, y que un generoso olvido de los errores pasados inaugurase la +venturosa era que empieza hoy.</p> + +<p>—Así será, señora —repuso sonriendo de un modo que me pareció algo +hipócrita—. Su Majestad ha dado ayer en Cádiz un manifiesto en que +ofrece perdonar a todo el mundo y no acordarse para nada de los que le +han ofendido.<span class="pagenum" id="Page_238">p. 238</span> ¡Cuánta +magnanimidad! ¡Cuánta nobleza!</p> + +<p>—¡Oh, sí, conducta digna de un descendiente de cien reyes, digna de +quien da el perdón y del pueblo que la recibe! Si Fernando cumple lo +que promete, será grande entre todos los reyes de España.</p> + +<p>—Lo cumplirá, señora, lo cumplirá.</p> + +<p>Aunque no tenía gran confianza en las afirmaciones de Sáez, di +crédito a estos propósitos por creerlos inspiración del duque de +Angulema.</p> + +<p>Invitome luego a presenciar el desembarco de Su Majestad, a lo +que accedí muy gustosa. Nos trasladamos al muelle, y habiendo sido +colocada por un oficial francés en sitio muy conveniente para ver todo, +presencié aquel acto, que debía ser uno de los más notables recodos, +uno de los más bruscos ángulos de la historia de España en el tortuoso +siglo presente.</p> + +<p>¡Espectáculo conmovedor! La regia falúa, cuyo timón gobernaba el +almirante Valdés, glorioso marino de Trafalgar, se acercaba al muelle. +En ella venía toda la familia real, la monarquía histórica secuestrada +por el liberalismo. La conciliación ideada por cabezas insensatas era +imposible, y aquellos regios rehenes que la nación había tomado, eran +devueltos al absolutismo, contra el cual no podían prevalecer aún +los infiernos de la demagogia. En una lancha volvían del purgatorio +constitucional las ánimas angustiadas del rey y los príncipes.</p> + +<p>Mientras el victorioso despotismo recobraba sus personas sagradas, +allá lejos, sobre la gloriosa<span class="pagenum" id="Page_239">p. +239</span> peña inundada de luz y ceñida por coronas de blancas olas, +los pobres pensadores desesperados, los utopistas sin ilusiones, los +desengañados patricios lloraban sus errores, y buscando hospitalidad +en naves extranjeras, se disponían a huir para siempre de la patria a +quien no habían podido convencer.</p> + +<p>Así acaban los esfuerzos superiores a la energía humana, las luchas +imposibles con monstruos potentes de terribles lazos, y que hunden +en el suelo sus patas para estar más seguros, como hunde sus raíces +el árbol. Tal era la contienda con el absolutismo. Querían vencerle +cortándole las ramas, y él retoñaba con más fuerza. Querían ahogarle, +y regándole daban jugo a sus raíces. ¡A vosotros, oh venideros días +del siglo, tocaba atacarlo en lo hondo, arrancándolo de cuajo!... Pero +advierto que estoy hablando la jerga liberal. ¡Qué horror! Verdad +es que escribo veinte años después de aquellos sucesos; que ya soy +vieja, y que a los viejos, como a los sabios, se les permite mudar de +parecer.</p> + +<p>Fernando puso el pie en tierra. Dicen que al verse en suelo firme +dirigió a Valdés una mirada terrible, una mirada que era un programa +político: el programa de la venganza. Yo no lo vi, pero debió de ser +cierto, porque me lo dijo quien estaba muy cerca. Lo que sí puedo +asegurar es que Angulema, hincando en tierra la rodilla, besó la mano +al rey; que luego se abrazaron todos; que don Víctor Sáez lloraba +como un simple, y que los vivas y las exclamaciones de entusiasmo me +volvieron loca.<span class="pagenum" id="Page_240">p. 240</span> Los +franceses gritaban, los españoles gritaban también, celebrando la +feliz resurrección de la monarquía tradicional y la miserable muerte +del impío constitucionalismo. El glorioso imperio de las <i>caenas</i> +había empezado. Ya se podía decir con toda el alma: «¡Viva el rey +absoluto! ¡Muera la nación!»</p> + +<hr class="chap x-ebookmaker-drop"> + + +<div class="chapter pt3" id="Ch36"> + <h2 class="nobreak g0">XXXVI</h2> +</div> + +<p>Faltaba la solución mía. Mi corazón estaba como el reo cuya +sentencia no se ha escrito aún. El 1.º de octubre por la tarde y el +día 2 hice diligencias sin fruto, no siéndome posible ver a Sáez ni +a Montguyon, a quien envié frecuentes y apremiantes recados. Ninguna +noticia pude adquirir tampoco de los prisioneros. Creo que me hubiera +repetido el ataque cerebral que padecí en Sevilla, si en el momento +de mi mayor desesperación no apareciese mi generoso galán francés a +devolverme la vida. Estaba pálido y parecía muy agitado.</p> + +<p>—Vengo de Cádiz —me dijo—. Dispénseme usted si no he podido servirla +más pronto.</p> + +<p>—¿Y qué hay? —pregunté con la vida toda en suspenso.</p> + +<p>—Deme usted su mano —dijo Montguyon ceremoniosamente.</p> + +<p>Se la di y la besó con amor.</p> + +<p>—Ahora, señora, todo ha acabado entre nosotros. Mi deber está +cumplido, y mi deber es<span class="pagenum" id="Page_241">p. +241</span> perdonar, pagando las ofensas con beneficios.</p> + +<p>Yo me sentía muy conmovida y no pude decirle nada.</p> + +<p>—Ni un momento he dudado de su hidalguía —indiqué con acento de pura +verdad—. A veces tropezamos en la vida con el bien y pasamos sin verlo. +Señor conde, mi gratitud será eterna.</p> + +<p>—No quiero gratitud —díjome con honda tristeza—. Es un sentimiento +que no me gusta recibido, sino dado. Deseo tan solo un recuerdo bueno y +constante.</p> + +<p>—¡Y una amistad entrañable, una estimación profunda! —exclamé +derramando lágrimas.</p> + +<p>—Todo está hecho.</p> + +<p>—¿Conforme a mi deseo...? ¡Bendito sea el momento en que nos +conocimos!</p> + +<p>—Señora, su prisionero de usted está sano y salvo a bordo de la +corbeta <i>Tisbe</i>, que parte esta tarde para Gibraltar.</p> + +<p>—¿Y cómo?</p> + +<p>—Por sus antecedentes debía ser condenado a muerte. Otros menos +criminales subirán al cadalso, si no se escapan a tiempo. Yo le saqué +anoche furtivamente de los Dominicos y le embarqué esta mañana. Ya no +corre peligro alguno. Está bajo la salvaguardia del noble pabellón +inglés.</p> + +<p>—¡Oh, gracias, gracias!</p> + +<p>—Además del servicio que a usted presto, creo cumplir un deber de +conciencia arrancando una víctima a los feroces ministros del rey de +España.</p> + +<p><span class="pagenum" id="Page_242">p. 242</span>—¿Pues qué +—pregunté con asombro—, Su Majestad no ha ofrecido en su manifiesto de +Cádiz perdonar a todo el mundo?</p> + +<p>—¡Palabras de rey prisionero! Las palabras del déspota libre son las +que rigen ahora. Su Majestad ha promulgado otro decreto que es la negra +bandera de las proscripciones, un programa de sangre y exterminio. +Innumerables personas han sido condenadas a muerte.</p> + +<p>—Esto es una infamia... Pero, en fin, ¿está él en salvo?...</p> + +<p>—En salvo.</p> + +<p>—¿Y sabe que me lo debe a mí..., sabe que yo...? ¡Oh, señor conde!, +no extrañe usted mi egoísmo. Estoy loca de alegría, y puedo repetir con +toda mi alma: «Ahora sí que no se me puede escapar.»</p> + +<p>—Sabe que a usted lo debe todo, y espera abrazarla pronto.</p> + +<p>—¿Cómo?</p> + +<p>—Muy fácilmente. Comprendiendo que usted desea ir en su compañía, he +pedido otro pasaporte para doña Jenara de Baraona.</p> + +<p>—¿De modo que yo...?</p> + +<p>—Puede embarcarse usted esta tarde antes de las cuatro a bordo de la +<i>Tisbe</i>.</p> + +<p>—¿Es verdad lo que oigo?</p> + +<p>—Aquí está la orden firmada por el almirante inglés. Me la ha dado +con las que ponen en salvo a los exregentes Císcar y Valdés, impíamente +condenados a muerte por el rey.</p> + +<p>—¡Oh..., soy feliz, y todo lo debo a usted!... ¡Qué admirable +conducta!</p> + +<p>Sin poder contenerme, caí de rodillas, y con<span class="pagenum" +id="Page_243">p. 243</span> mis lágrimas bañé las generosas manos de +aquel hombre.</p> + +<p>—Así castigo yo —me dijo, levantándome—. Prepárese usted. A las tres +y media vengo a buscarla para conducirla a bordo del bote francés que +me han facilitado dos guardias marinas, parientes míos.</p> + +<p>Retirose el francés, recomendándome otra vez que estuviera pronta a +las tres y media. Era la una.</p> + +<p>Ocupeme con febril presteza en preparar mi viaje. Estaba resuelta +al abandono de todo lo que no nos fuera fácil llevar. Mariana y yo +trabajamos como locas sin darnos un segundo de reposo.</p> + +<p>La felicidad se desbordaba en mi alma. Me reía sola... Pero, ¡ay!, +una idea triste conturbó de súbito mi mente. Acordeme de la pobre +huérfana viajera, y esto produjo una detención dolorosa en el raudo +y atrevido vuelo de mi espíritu. Pero al mismo tiempo sentía que los +rencores huían de mi corazón, reemplazados por sentimientos dulces y +expansivos, los únicos dignos de la privilegiada alma de la mujer.</p> + +<p>«Perdono a todo el mundo —dije para mí—. Reconozco que hice mal en +engañar a aquella pobre muchacha... Todavía le estará buscando... Pero +yo también le busqué, yo también he padecido horriblemente... ¡Oh! +¡Dios mío! Al fin me das respiro, al fin me das la felicidad que no +pude obtener a causa sin duda de mis atroces faltas... La felicidad +hace buenos a los malos, y yo seré buena, seré siempre buena... Esta +tarde, cuando le vea, le pediré<span class="pagenum" id="Page_244">p. +244</span> perdón por lo que hice con su hermana... ¡Oh!, ahora me +acuerdo de la marquesa de Falfán, y torno a ponerme furiosa... No, +eso sí que no puede perdonarse, no... Tendrá que darme cuenta de su +vil conducta... Pero al fin le perdonaré. ¡Es tan dulce perdonar!... +Bendito sea Dios que nos hace felices para que seamos buenos.»</p> + +<p>Esto y otras cosas seguía pensando, sin cesar de trabajar en el +arreglo de mi equipaje. Miraba a todas horas el reloj, que era también +de <i>cucú</i>, como el de aquella horrible noche de Sevilla; pero el +pájaro de Puerto Real me era simpático, y sus saluditos y su canto +regocijaban mi espíritu.</p> + +<p>Dieron las tres. Una mano brutal golpeó mi puerta. No había dado +yo la orden de pasar adelante, cuando se presentaron cuatro hombres, +dos paisanos y dos militares. Uno de los paisanos llevaba bastón de +policía. Avanzó hacia mí. ¡Visión horrible!... Yo había visto al tal en +alguna parte. ¿Dónde? En Benabarre.</p> + +<p>Aquel hombre me dijo groseramente:</p> + +<p>—Señora doña Jenara de Baraona, dese usted presa.</p> + +<p>En el primer instante no contesté, porque la estupefacción me lo +impedía. Después, rugiendo, más bien que hablando, exclamé:</p> + +<p>—¡Yo presa, yo!... ¿De orden de quién?</p> + +<p>—De orden del excelentísimo señor don Víctor Sáez, ministro +universal de Su Majestad.</p> + +<p>—¡Vil! ¡Tan vil tú como Sáez! —grité.</p> + +<p>Yo no era una mujer, era una leona.</p> + +<p>Al ver que se me acercaron dos soldados y<span class="pagenum" +id="Page_245">p. 245</span> asieron mis brazos con sus manos de hierro, +corrí por la estancia. No buscaba mi salvación en cobarde fuga: buscaba +un cuchillo, un hacha, un arma cualquiera... Comprendía el asesinato. +Mi furor no tenía comparación con ningún furor de hombre. Era furor +de mujer. No encontré ningún arma. ¡Dios vengador, si la encontrara, +aunque fuese un tenedor, creo que habría matado a los cuatro! Un +candelabro vino a mis manos, tomelo, y al instante la cabeza de uno de +ellos se rajó... ¡Sangre! ¡Yo quiero sangre!</p> + +<p>Pero me atenazaron con vigor salvaje... ¡Presa, presa!... Todos mis +afanes, todos mis sentimientos, todos mis deseos se condensaban en uno +solo: tener delante a don Víctor Sáez para lanzarme sobre él, y con mis +dedos teñidos de sangre sacarle los ojos.</p> + +<p>No pudiendo hundir mis dedos en extraños ojos, los volví contra +los míos... clavelos en mi cabeza, intentando agujerearme el cráneo y +sacarme los sesos. Mi aliento era fuego puro.</p> + +<p>Lleváronme... ¿qué sé yo a dónde? Por el camino... ¡oh Satán mío!, +¡oh demonio injustamente arrojado del Paraíso!... sentí el disparo de +la corbeta inglesa al darse a la vela.</p> + + +<p class="fin">FIN DE «LOS CIEN MIL HIJOS DE SAN LUIS»</p> + + +<p class="smaller mt3">Madrid, febrero de 1877.</p> + +<hr class="chap"> + + +<hr class="full"> + +<div style='display:block; margin-top:4em'></div> +<section class='pg-boilerplate pgheader' id='pg-footer' lang='en' > +<div id='pg-end-separator'> +<span>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS CIEN MIL HIJOS DE SAN LUIS ***</span> +</div> + +<div> +Updated editions will replace the previous one—the old editions will +be renamed. +</div> +<div> +Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright +law means that no one owns a United States copyright in these works, +so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United +States without permission and without paying copyright +royalties. 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It +exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations +from people in all walks of life. +</div> +<div> +Volunteers and financial support to provide volunteers with the +assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg™’s +goals and ensuring that the Project Gutenberg™ collection will +remain freely available for generations to come. In 2001, the Project +Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure +and permanent future for Project Gutenberg™ and future +generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary +Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see +Sections 3 and 4 and the Foundation information page at www.gutenberg.org. +</div> +<div class='secthead'> +Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation +</div> +<div> +The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit +501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the +state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal +Revenue Service. The Foundation’s EIN or federal tax identification +number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary +Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by +U.S. federal laws and your state’s laws. +</div> +<div> +The Foundation’s business office is located at 809 North 1500 West, +Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up +to date contact information can be found at the Foundation’s website +and official page at www.gutenberg.org/contact +</div> +<div class='secthead'> +Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation +</div> +<div> +Project Gutenberg™ depends upon and cannot survive without widespread +public support and donations to carry out its mission of +increasing the number of public domain and licensed works that can be +freely distributed in machine-readable form accessible by the widest +array of equipment including outdated equipment. Many small donations +($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt +status with the IRS. +</div> +<div> +The Foundation is committed to complying with the laws regulating +charities and charitable donations in all 50 states of the United +States. Compliance requirements are not uniform and it takes a +considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up +with these requirements. We do not solicit donations in locations +where we have not received written confirmation of compliance. 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General Information About Project Gutenberg™ electronic works +</div> +<div> +Professor Michael S. Hart was the originator of the Project +Gutenberg™ concept of a library of electronic works that could be +freely shared with anyone. For forty years, he produced and +distributed Project Gutenberg™ eBooks with only a loose network of +volunteer support. +</div> +<div> +Project Gutenberg™ eBooks are often created from several printed +editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in +the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not +necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper +edition. +</div> +<div> +Most people start at our website which has the main PG search +facility: <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. +</div> +<div> +This website includes information about Project Gutenberg™, +including how to make donations to the Project Gutenberg Literary +Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to +subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. +</div> + +</section> +</body> +</html> |
