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+the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org.
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-The Project Gutenberg eBook of El Grande Oriente, by Benito Pérez
-Galdós
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you
-will have to check the laws of the country where you are located before
-using this eBook.
-
-Title: El Grande Oriente
-
-Author: Benito Pérez Galdós
-
-Release Date: July 22, 2023 [eBook #71250]
-
-Language: Spanish
-
-Credits: Ramón Pajares Box. (This file was produced from images
- generously made available by The Internet Archive/Canadian
- Libraries.)
-
-*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL GRANDE ORIENTE ***
-
-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han
- convertido a MAYÚSCULAS.
-
- * Los errores de imprenta han sido corregidos.
-
- * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
- las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
-
- * Las rayas intrapárrafos han sido espaciadas según los modernos usos
- ortotipográficos.
-
- * Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final
- del párrafo en que se las llama.
-
-
-
-
-EPISODIOS NACIONALES
-
-EL GRANDE ORIENTE
-
-
-
-
- Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán
- furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.
-
-
-Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33.
-
-
-
-
- B. PÉREZ GALDÓS
- EPISODIOS NACIONALES
- SEGUNDA SERIE
-
- EL
- GRANDE ORIENTE
-
- 35.000
-
- [Ilustración]
-
- MADRID
- LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO
- Calle del Arenal, núm. 11.
- —
- 1908
-
-
-
-
-EL GRANDE ORIENTE
-
-I
-
-
-Sí; era en la calle de Coloreros, en esa oscura vía que abre paso desde
-la calle Mayor hasta la plazuela y arco de San Ginés. Allí era sin duda
-alguna, y hasta se puede asegurar que en la misma casa donde hoy admira
-el atónito público fabulosa cantidad de pececillos de colores dentro
-de estanques de madera, y muestras preciosas de una importantísima
-industria: las jaulas de grillo. Allí era, sí, y no es fácil que ningún
-contemporáneo lo niegue, como han negado que Francisco I estuviese
-en la torre de los Lujanes, y que Sertorio fundara la Universidad
-de Huesca (que es achaque de los modernos meterse a desmentir la
-tradición). Allí era, sí, en la calle de Coloreros y en la casa de
-los rojos peces y de las jaulas de grillos, donde vivía el gran don
-Patricio Sarmiento.
-
-En lugar de los estanques de madera, vierais, corriendo el año 1821,
-una ventana baja con rejas verdes a la derecha del portal. Aplicad el
-oído, ya que la cortineja de indiana rameada no permite dirigir hacia
-dentro la vista, y oiréis una voz sonora y grandilocuente, ante cuya
-majestad las de Demóstenes y Mirabeau serían un pregón desacorde. Oíd
-sin cuidado. Es de día. Detiénense los curiosos y atienden todos sin
-que nadie les estorbe.
-
-—Cayo Graco, hijo de Tiberio Sempronio Graco y de Cornelia, era
-liberal, señores; tan liberal, que se rebeló contra el Senado. Decid,
-niño, ¿qué era el Senado en aquella época?
-
-Una voz infantil contesta:
-
-—El Senado era una camarilla de serviles y absolutistas que no iban más
-que a su negocio.
-
-Y la voz grave prosigue así:
-
-—Muy bien... Porque habéis de saber que Cayo Graco fijó el precio del
-trigo para que los pobres tuvieran el pan barato. Como que era un
-hombre que no vivía sino para el pueblo y por el pueblo. Luego les
-probó a los senadores que estaban robando el tesoro del reino... digo,
-de la república. Así es que aquellos tunantes no querían que Cayo Graco
-fuese elegido diputado... Decid, niño, ¿cómo llamaban entonces a los
-diputados de la nación?
-
-—Les llamaban Aglaé, Pasitea y Eufrósina.
-
-—Zopenco, esos son los nombres de las tres Gracias... De rodillas,
-pronto de rodillas... ¡Valiente borriquito tenemos aquí!... Tú,
-Gallipans, responde.
-
-—Les llamaban _tribunos de la plebe_, y había cuatro órdenes de ellos,
-a saber: el toscano, el jónico, el dórico y el corintio.
-
-—Has empezado como un sabio y concluyes como una mula. ¿Qué berenjenal
-es ese que haces mezclando a los diputados de Roma con los órdenes de
-arquitectura?... Pues bien, les llamaban _tribunos de la plebe_. El
-Senado, aquella pandillita de hombres ambiciosos, que acaparaban los
-destinos gordos, las superintendencias, las secretarías y, ¿por qué
-no decirlo?, los ministerios, no querían que Cayo Graco fuese tribuno
-y estorbaban su elección por medio de intriguillas. ¿Qué habían de
-querer, si en todas las sesiones de Cortes les ponía de hoja de
-perejil? No se mordía la lengua el gran patriota, y en plazas y cafés,
-en el foro y en los pórticos de las iglesias, por doquiera, señores,
-convocaba al pueblo para enseñarle las doctrinas constitucionales, y
-condenar la tiranía y los tiranos... Decidme ahora, niño, ¿quién era el
-cónsul Opimio?
-
-—El cónsul Opimio.
-
-—Muy bien dicho. Un fatuo, un pedante, un cobarde, un servilón,
-una especie de _persa_ que salía siempre a la calle escoltado por
-una cohorte de candiotas, o idiotas que es lo mismo, para que los
-partidarios de Graco no pudieran zurrarle la badana. Decid, niño, ¿cómo
-se llamaba el amigo de Cayo?
-
-Todas las voces infantiles responden a un tiempo.
-
-—Flaco.
-
-—Ese nombre no se os olvida, picarones, porque os hace reír. Muy
-bien. Pues sabed que un día los partidarios de Opimio, después del
-sacrificio, que es, como si dijéramos, al salir de misa de doce,
-insultaron a los de Graco, los cuales asesinaron a un alguacil,
-macero, lictor o como quiera llamársele. Viérais allí, cual encrespadas
-olas de un mar borrascoso, chocar unos y otros, pueblo y tropa,
-democracia y tiranía, patriotismo y servilismo. La sangre corría por
-las calles de Roma como corre en la de Coloreros el agua cuando llueve.
-Se degollaban unos a otros e iban arrojando cabezas al río. Quién
-gritaba _viva la Constitución_, quién aclamaba a los cónsules diciendo
-_vivan los verdugos_, y hasta los niños pequeñitos tomaban parte en la
-encarnizada refriega, no de otra manera que los tiernos cachorros del
-león, cuando se disputan un huesecillo para jugar. Retíranse Graco y
-Flaco... (_Risas en el menudo auditorio._)
-
-—¡Silencio!... ¿Qué importuno y discorde reír es ese? Retíranse Graco y
-Flaco; van en busca de Rufo... (_Nuevas risas._)
-
-—Silencio, digo... o ninguno sale hoy de aquí. ¿Qué risas son esas?
-Periquito, Chatillo, Roque... ¿no os da vergüenza de profanar este
-augusto recinto con vuestras ridículas bufonadas?... Orden, compostura,
-atención, silencio... Pues decía que se retiraron todos al monte
-Aventino, que era un monte, pues... un monte que se llamaba Aventino.
-Pero, ¡ay!, los cónsules los cercan; envían numerosa y aguerrida tropa
-para que a cañonazos los destruyan allí, y tienen que marcharse,
-señores, al otro lado del Manzanares, o sea el Tíber, que todo viene
-a ser lo mismo; a un sitio que bien podría nominarse la Fuente de la
-Teja, y que estaba consagrado a las Furias, o si se quiere con más
-propiedad, a los demonios. Los partidarios de Graco empiezan a desertar
-porque el gobierno les ofrece destinos y dinero. ¡Perfidia inaudita,
-escandalosa traición que no volverá a pasar, yo os lo juro!... Al
-mismo tiempo, Opimio y sus infames cómplices ofrecen pagar a peso de
-oro la cabeza del gran tribuno. Este se ve perdido. Dice a su esclavo
-Filócrates que lo mate. Filócrates vacila... ¡momento de angustia y
-dolor supremo! Los sicarios llegan; los serviles se acercan rugiendo,
-cual manada de famélicos lobos. Consérvase sereno y tranquilo Cayo. La
-fuga le es imposible. Suplica a su esclavo por segunda vez que le dé
-muerte. Este obedece. Hiérese él mismo con el estilete, que era una
-pluma de las que empleaba aquella gente para escribir sobre papel de
-cera, y cae, bañando el suelo con su sangre preciosa. Los del cónsul
-llegan, córtanle la cabeza y van con ella a pedir el vil premio de su
-hazaña. Decidme, niño, ¿de qué materia llenaron la cavidad cerebral de
-la patriótica cabeza para que pesara más y aumentase el valor de tan
-cruento trofeo?
-
-Todas las voces a un tiempo:
-
-—De plomo.
-
-—Perfectamente. Y pesó diecisiete libras. Ahora... basta de historia
-romana, y pasemos a la retórica. Ea, niños: divídanse los dos bandos.
-Roma a la izquierda, Cartago a la derecha. Veremos quién ciñe el lauro
-de la victoria, y quién muerde el polvo en esta honrosa lid de la
-retórica.
-
-Gran tumulto. Corren unos a este lado, otros al contrario, y
-agrúpanse en dos bandos al pie de los estandartes españoles con sendos
-cartelillos, en uno de los cuales se lee _Roma_ y en otro _Cartago_.
-Susurro murmurante, parecido al de las colmenas, precede a las primeras
-preguntas. Los combatientes esperan con ansia el encuentro inicial, y
-los juveniles corazones palpitan, vacilando entre el miedo y un honroso
-tesón.
-
-—Veamos... Comience este pindárico certamen por una proposición máxima.
-Decid, niño, ¿de cuántas clases son los pensamientos?
-
-—De dos: claros y oscuros.
-
-—Bien por Cartago. A ver, responda ahora la gran Roma. ¿Qué son
-pensamientos claros?
-
-No se había pronunciado aún la respuesta, cuando oyose gran tumulto en
-la calle, y una voz gritó en la reja:
-
-—¡Hoy no hay escuela!
-
-Y esta voz se confundió con alaridos de la bulliciosa turba, que
-corriendo decía:
-
-—¡A Palacio, a Palacio!
-
-
-
-
-II
-
-
-La escuela quedó en un instante vacía, y don Patricio Sarmiento salió
-a la puerta de la calle. Sesenta años muy cumplidos; alta y no muy
-gallarda estatura; ojos grandes y vivos; morena y arrugada tez, de
-color de puchero alcorconiano y con más dobleces que pellejo de
-fuelle; pero blanco y fuerte, con rizados copetes en ambas sienes, uno
-de los cuales servía para sostener la pluma de escribir sobre la oreja
-izquierda; boca sonriente, hendida a lo Voltaire, con más pliegues
-que dientes, y menos pliegues que palabras; barba rapada de semana
-en semana, monda o peluda, según que era lunes o sábado; quijada tan
-huesosa y cortante que habría servido para matar filisteos, y que tenía
-por compañero y vecino a un corbatín negro, durísimo y rancio, donde
-se encajaba aquella como la flor en el pedúnculo; un gorrete, de quien
-no se podía decir que fue encarnado, si bien conservaba históricos
-vestigios de este color, la cual prenda no se separaba jamás de la
-cúspide capital del maestro; luenga casaca castaña, aunque algunos la
-creyeran nuez por lo descolorida y arrugada; chaleco de provocativo
-color amarillo, con ramos que convidaban a recrear la vista en él, como
-en un ameno jardín; pantalones ceñidos, en cuyo término comenzaba el
-imperio de las medias negras, que se perdían en la lontananza oscura de
-unos zapatos con más golfos y promontorios que puntadas, y más puntadas
-que lustre; manos velludas, nervudas y flacas, que ora empuñaban
-crueles disciplinas, ora la atildada pluma de finos gavilanes, honra
-de la escuela de Iturzaeta; que unas veces nadaban en el bolsillo
-del chaleco para encontrar la caja de tabaco, y otras buceaban en la
-faltriquera del pantalón para buscar dinero y no hallarlo... tal era la
-personalidad física del buen Sarmiento.
-
-—¡A Palacio! —exclamó viendo la mucha gente que bajaba hacia San Ginés
-por delante de su casa y la muchísima que seguía la calle Mayor hacia
-Platerías—. Hoy tendremos otra gresca. ¿A cuántos estamos?
-
-—A 5 de febrero —repuso un joven que junto a don Patricio apareció con
-mandil de sastre, sosteniendo en la izquierda mano dos pedazos de tela
-y en la diestra una aguja—. Parece ser que _Narices_ ha escrito un
-papel al Ayuntamiento quejándose de los insultos, y para que rabie más,
-hoy le van a dar más música.
-
-—Aparte de que no me gusta que se hable del soberano con tan poco
-respeto —dijo el maestro—, lo que has dicho, querido Lucas, me parece
-muy bien. Pues que no quiere música, désele más música. Si no, que
-cumpla sus deberes de rey constitucional y marche francamente por la
-senda aquella de que nos habló el 10 de marzo del año pasado... Va
-mucha gente. ¿Por qué no dejas la obra y corres allá? Tal vez ocurra
-algún acontecimiento digno de ser transmitido a la posteridad. Yo iré
-después a _La Cruz de Malta_, a ver qué se decide esta noche respecto
-a la exposición que se proyecta dirigir al rey contra el ministerio.
-Me parece admirable idea, querido Lucas, porque has de saber que yo
-combato a Argüelles.
-
-—Y yo también —replicó el sastre—. O nos dan un ministerio
-liberalísimo, que de una vez acabe con todos los tunantes, o el pueblo
-soberano decidirá en su sabiduría... ¿Dejo el trabajo? ¿Cierro el
-puesto?
-
-—Deja el trabajo, _dimitte laborem_, y cierra el puesto, que tiempo
-hay de mover el paño. Día llegará en que la patria más necesite de
-bayonetas que de agujas. Si no tuviera que copiar esos pliegos, también
-husmearía un poco. Ponte el uniforme, hijo, que en estos sucesos
-públicos bueno es que cada cual se presente con los arreos de su
-jerarquía. Los uniformes dan respetabilidad. Procura que la muchedumbre
-no se desborde; amonéstala, que al verte ella respetará la gloriosa
-institución a que perteneces. No grites, no vociferes, que eso no
-es propio de quien representa la autoridad, la fuerza pública y la
-soberanía armada. Consérvate sereno en medio del tumulto, y si tocan a
-formar y hay lucha con los guardias y demás cohortes del absolutismo,
-despliega, querido hijo, todo el valor de tu pecho, todo el brío de tu
-raza, y sé cual indomable león, que no conoce riesgo y hace estremecer
-al cobarde lobo solo con el rugido de su cólera.
-
-El joven sastre, mientras esto decía su venerable padre, vestíase a
-toda prisa en el mismo portal que era albergue de la sastrería. En el
-momento de abandonar la tienda para mezclarse al popular tumulto, un
-hombre llegó a la puerta y se detuvo en ella, saludando cariñosamente
-al señor Sarmiento.
-
-—Hola, hola... señor Monsalud —dijo este—. ¿Tan pronto de vuelta? ¿No
-va usted a Palacio? Dicen que habrá tocata de _trágalas_, y sinfonía de
-_mueras_ y _vivas_.
-
-—¿Ha salido mi madre? —preguntó el joven sin hacer caso de las
-observaciones de su amigo.
-
-—No he visto salir a la señora doña Fermina —replicó Sarmiento—. Debe
-de estar arriba, acompañando a doña Solita y al Taciturno.
-
-—Subiré a decirle que no salga esta tarde.
-
-—Aguarde usted, don Salvador. Si no va usted más que a eso, le mandaré
-un recado con Lucas. Quédese usted aquí. Vámonos a la esquina a ver
-pasar la gente y hablaremos un rato. ¿Qué me dice usted de estas cosas?
-
-—¿Pero no tiene usted escuela?
-
-—He soltado al infantil rebaño. Si no lo hiciera me alborotaría la
-escuela, y mis lecciones se perderían en la algazara como semilla que
-se arroja al viento. Es preciso transigir un poco con la inquietud
-bulliciosa y la precocidad patriótica de estos chiquillos que han
-de ser ciudadanos. De esta manera les voy educando sin tiranías, y
-mansamente les inculco sus deberes, y les preparo para que ejerzan
-la soberanía en los venideros años venturosos, en los cuales nuestra
-nación se ha de empingorotar por encima de todas las naciones.
-
-El amigo y vecino de nuestro excelente don Patricio sonrió.
-
-—No crea usted —continuó el maestro— que imitaré la conducta de ese
-pedante insoportable, émulo y antagonista mío, el maestro Naranjo, de
-la calle de las Veneras, el cual, cada vez que hay bullanga, revista de
-milicianos, otra cualquier función vistosa, encierra a los chicos y no
-les permite ver, ni que regocijen sus tiernas almas con las emociones
-de la cosa pública. Pero bien sabe usted que Naranjo es un poco y un
-mucho servilón, hombre forrado en oscurantismo y encuadernado en
-intolerancia, amigo de los enemigos de la Constitución, indiferente
-en efigie, pero absolutista en esencia, con vislumbres de _persa_
-vergonzante y amagos de realista monacal. ¿Qué ha de hacer con los
-pobres chicos un hombre de estas cualidades? Tiranizarles, ennegrecer
-su espíritu, imbuirles ideas despóticas, educarles en el desprecio de
-la Constitución y en el amor al servilismo. ¡Desgraciada nación la
-nuestra, si prevalecieran en ella los alumnos de Naranjo! Vea usted,
-señor don Salvador, una cosa de que el ministerio debiera ocuparse sin
-levantar mano: extirpar esas infames cátedras, suprimiendo todos los
-maestros de escuela que con su conducta están sembrando la cizaña del
-servilismo, para que en lo venidero estorbe y ahogue la frondosa planta
-de la Constitución.
-
-—Sí, es preciso poner mano en eso —respondió distraídamente Monsalud—.
-Me parece que ya no pasa tanta gente.
-
-—Si no tuviera que barrer la escuela y copiar unos pliegos, señor don
-Salvador, nos iríamos usted y yo a meter nuestro hocico en la plaza de
-Palacio y oír algo de la rechifla... pero, ¡como ha de ser!..., primero
-es la obligación que la devoción.
-
-Diciendo esto, don Patricio entró en el aula, y tomando la escoba que
-detrás de la puerta estaba, empezó su tarea.
-
-—Si usted me lo permite —dijo Salvador siguiéndole también adentro—,
-escribiré una carta aquí, en la mesa de usted.
-
-—Gran honor es para mí... Aquí tiene usted la pluma que he cortado
-hace poco; aquí la tinta; aquí el papel. Me callaré para que usted
-pueda escribir tranquilo... Pues como iba diciendo, yo me alegro de que
-a Su Majestad, de quien siempre hablaré con mucho respeto, le den estas
-lecciones de constitucionalismo. Los reyes, amigo mío, no aprenden de
-otra manera. Les dice uno las cosas, y nada; se las repite, se las
-vuelve a repetir, y ni por esas: es preciso gritar y manotear para que
-fijen la atención... ¡Ah!... ¡perdone usted! estoy levantando mucho
-polvo. Regaré un poquito.
-
-Salvador Monsalud escribió lo siguiente:
-
- «A L.·. G.·. D.·. G.·. A.·. D.·. U.·. Pod.·. Sob.·. Gr.·. Com.·. y
- Secr.·. Gran Maest.·. del Gran Oriente de España.
-
- S.·. F.·. U.·.
-
- Aristogitón.·. gr.·. 18.
-
- (SALVADOR MONSALUD.)»
-
-Después se quedó un rato pensativo mordiendo las barbas de la pluma.
-
-—Cuidadito, retire usted un poco los pies, que mojo —dijo don Patricio,
-agitando la regadera junto a la mesa—. Ahora se puede barrer sin
-cuidado... No de otra manera la benéfica lluvia de la libertad impide
-que se levante el sucio polvo de la tiranía... Vea usted, señor don
-Salvador, qué poco aprenden los reyes. Como los chicos, no entienden
-sino a palos. Yo digo que la Constitución con sangre entra. En octubre
-del año pasado, cuando Su Majestad no quería sancionar la reforma de
-monacales, por instigación de don Víctor Sáez y del embajadorcillo de
-Su Santidad, el pueblo amenazó con una revolución y Fernando no tuvo
-otro remedio que sancionar. ¿Pero sirviole de enseñanza este suceso?
-No, señor, porque en el Escorial conspiraba contra el gobierno, y
-el nombramiento de Carvajal en decreto autógrafo era un proyecto de
-golpe de Estado. ¡Iniquidad funesta! Pero el pueblo no se duerme.
-Cuando Fernando entró en Madrid... ¡Qué día, qué solemne día! ¡Qué 21
-de noviembre! En vez de vítores y palmadas, galardón propio de los
-sabios monarcas, Fernando oyó gritos rencorosos, mueras furibundos,
-amenazas, dicterios; oyó ternos como puños y vio puños como ternos.
-No ha presenciado Madrid una escena tan imponente. Allí era de ver el
-pueblo ejerciendo el soberano atributo de amonestación; allí era de
-oír el trágala cantado por las elegantes mozas del Rastro. Miles de
-brazos se agitaban amenazando, y todas las bocas espumarajeaban de
-rabia. Los que llevábamos en la mano el libro de la Constitución, lo
-besábamos en presencia del rey. Un fraile pronunció varios discursos
-que encendían más los ánimos. De repente por entre apiñadas cabezas se
-alzan multitud de manos que sostienen un niño. Es el hijo de Lacy. La
-multitud soberana grita: «¡Es el vengador de su padre! ¡Es el hijo del
-gran patriota! ¡Mueran los tiranos! ¡Viva la Constitución!» El rey oía
-todo, y su semblante echaba fuego... Pues bien: ¿cree usted que esta
-lección fue provechosa? Nada de eso. La camarilla sigue conspirando;
-la corte desafía a la nación, al mundo, al linaje humano con la infame
-conspiración y plan de don Matías Vinuesa, que ha escandalizado a
-Madrid días pasados.
-
-Salvador, prestando escasa atención a las palabras del maestro,
-escribió despacio y con largos descansos lo siguiente:
-
- «Dispensad, H.·. y M.·. Q.·. H.·., la libertad con que os manifiesto
- mi pensamiento después de saludaros con los s.·. y b.·. c.·. en este
- Or.·. de Madrid.
-
- »Faltaría a los más altos deberes si no me negara a aceptar vuestros
- ofrecimientos y la misión que me encomendasteis, porque estando
- convencido de que ese Or.·. es un centro de libertinaje y de
- anarquía, y tal como está organizado produce efectos contrarios a los
- verdaderos principios liberales, deseo que se me considere como H.·.
- D.·. y se aparte mi humilde persona de todos los trabajos de la O.·.
- Quizás sea mío el error y no de los de V.·. H.·. pero...»
-
-Al llegar a este punto, se detuvo, recorrió con la vista lo escrito,
-hizo un gesto de disgusto, y rompiendo el papel empezó a escribir otro.
-
-—¿No sale, no sale la cartita? —dijo D. Patricio sonriendo—. Se
-conoce que es de amores. No a todos los mortales es dado manifestar
-elegantemente sus pensamientos en forma literaria. ¿Quiere usted que
-vea si puedo yo sacarle del paso?
-
-—Gracias; no es preciso... ¿Conque decía usted, señor don Patricio, que
-el rey...?
-
-—No aprende nunca. Veremos qué tal efecto produce la amonestación de
-esta tarde. Observe puntualmente la Constitución; sea amigo del pueblo;
-ame la libertad como la amamos todos, y entonces no habrá más que
-aclamaciones y flores... ¿Pero estuvo usted anoche en _Malta_?
-
-—Yo no voy a ese manicomio.
-
-—¿Y en _La Fontana_? Dicen que van a cerrar los cafés patrióticos.
-
-—Harán bien.
-
-—Bien sé que usted, al hablar de este modo, lo hace por espíritu de
-oposición, y que dice lo contrario de lo que piensa. Es particular
-que le parezcan a usted detestables esas sociedades tan propias de un
-pueblo libre, y que se le antojen majaderos y charlatanes los hombres
-eminentes que en ellas derraman el fructífero rocío de la palabra
-constitucional. Si no conociese el gran entendimiento de usted...
-
-El joven siguió escribiendo sin atender a las palabras del dómine. Pasó
-un rato, durante el cual uno y otro callaron. Después, Monsalud rompió
-por segunda vez el papel escrito y empezó otro.
-
-—Vamos, que está durilla esa oración primera de activa. Ya van dos
-pliegos rotos.
-
-—Antes me dejaré matar —dijo Monsalud en un arranque espontáneo—
-que contribuir a este desorden y figurar en una Sociedad que es un
-hormiguero de intrigantes, una agencia de destinos, un centro de
-corrupción o infames compadrazgos, una hermandad de pedigüeños...
-
-—¡Ah, ya veo, ya comprendo de quién habla usted! —exclamó Sarmiento,
-soltando rápidamente la escoba y sentándose frente a su amigo—. Esos
-intrigantes, esos compadres, esos pedigüeños, esos hermanos son los
-masones. Bien, muy bien dicho: todas esas picardías las he dicho yo
-antes que usted y las repito a quien quiera oírlas. El Grande Oriente
-perderá a España, perderá a la libertad, por su poco democratismo, sus
-transacciones con la corte, su repugnancia a las reformas violentas
-y prontas, su templanza ridícula, su orgullo, su justo medio, su
-doceañismo fanático, su estancamiento en las pestíferas lagunas de lo
-pasado, su repulsión a todo lo que sea marchar hacia adelante, siempre
-adelante por la senda constitucional. O hay progreso, o no lo hay.
-Si lo hay, si se admite, fuerza es que demos un paso cada día, que a
-cada hora desbaratemos una antigualla para construir una novedad, que
-a cada instante discurramos el modo de dar al pueblo una nueva dosis
-de principios, y que no se aparte de nuestra mente la idea de que hoy
-hemos de ser más liberales que ayer, y mañana más que hoy... Pero ¿se
-ríe usted?
-
-—No, no me río. Oigo al señor don Patricio con muchísimo gusto.
-
-—Adelante, siempre adelante —añadió Sarmiento con calor—. En virtud de
-este criterio, yo y todos los verdaderos patriotas hemos dado de lado a
-la masonería para fundar la grande y altísima, por mil títulos eminente
-y siempre española Sociedad de _Los Comuneros_.
-
-—He estado mucho tiempo fuera de Madrid —dijo Salvador—, y al regresar
-he oído hablar mucho de esa nueva hermandad. Por lo visto, el señor
-Sarmiento pertenece a ella. Sírvase usted explicarme en qué consiste.
-
-—¡Explicar! ¿A qué vienen esas explicaciones? ¿Por qué no ha de conocer
-usted de _visu_ lo que difícilmente podrá comprender _ex auditu_?
-Véngase usted conmigo. Le presentaremos en la Sociedad, le haremos
-caballero de Padilla, y para mí será tan grande honor presentarle como
-para la Confederación recibirle.
-
-—¡Confederación! ¡Padilla! ¿Qué ensalada es esa?
-
-—En el primer artículo de los Estatutos, se dice que nos _reunimos_ y
-nos _esparcimos_ por el territorio de las Españas, con el propósito _de
-imitar las virtudes de los héroes que, como Padilla y Lanuza, perdieron
-sus vidas por las libertades patrias_.
-
-—¿Y la Confederación se divide en talleres?
-
-—¿Qué talleres? Eso es cosa de artesanos. Aquí todos somos caballeros.
-Llámase nuestro jefe el _Gran castellano_; la Confederación se
-divide en _Comunidades_, estas en _Merindades_, estas en _Torres_, y
-las _Torres_ en _Casas fuertes_. Todo es caballeresco, romancesco,
-altisonante. Si la masonería tiene por objeto auxiliarse mutuamente en
-las pequeñeces de la vida, nosotros nos _reunimos_ y nos _esparcimos_,
-así mismo se dice... para _sostener a toda costa los derechos
-y libertades del pueblo español, según están consignados en la
-Constitución política, reconociendo por base inalterable su artículo
-tercero_. Nada de empeñitos; nada de lloriqueo de destinos, ni de
-asidero de faldones. El artículo 17 del capítulo 2.º, dice que ningún
-caballero _interesará el favor de la Confederación para pretender
-empleos del gobierno_. ¿Qué tal? Esto se llama catonismo. ¡Hombres
-incorruptibles! ¡Pléyade ilustre! Tenemos Código penal, alcaides,
-tesoreros, secretarios. Nuestras logias se llaman _Fortalezas_, a
-las cuales se entra por puente levadizo nada menos. La admisión es
-peliaguda. Está mandado que al iniciar a alguno, no se revele nada
-del objeto y modo de la Confederación; pero yo le digo a usted todo,
-todito, porque confío en su discreción y prudencia.
-
-—¿Y se puede ver eso? ¿Se puede ir allá? —dijo Salvador demostrando
-curiosidad—. Supongo que habrá juramentos y pruebas...
-
-—Le presentaré, señor don Salvador. Nuestra Confederación se honrará
-mucho con que usted entre en ella.
-
-—No; preguntaba si se puede ir a las _Fortalezas_ como se va al teatro,
-para ver, para reírse un rato.
-
-—Amigo mío —dijo Sarmiento con gravedad—. No es cosa de risa una
-sociedad donde se jura morir defendiendo a la patria, y donde se cumple
-lo que se jura.
-
-—Eso es lo que no se ha probado todavía.
-
-—Yo se lo probaré a usted; se lo probaré —exclamó vivamente don
-Patricio, apoyándose en la escoba como un centinela en el fusil.
-
-—Si usted me hiciera el favor... —indicó sonriendo Monsalud.
-
-—¿De probárselo?
-
-—No; de callarse. Un momento nada más, queridísimo amigo mío.
-
-—Si no digo una palabra... Escriba usted —indicó el maestro
-recomenzando su interrumpida tarea—. Voy a purificar mi escuela, a
-barrer, digámoslo así, mientras usted escribe la carta. ¿Quiere usted
-que se la dicte?
-
-—No, gracias. El asunto es delicado; pero a la tercera ha de salir.
-
-Y, en efecto, salió.
-
-
-
-
-III
-
-
-Es indispensable el conocimiento de todas las familias que vivían en
-aquella casa. Ocupaba el principal Salvador Monsalud con su madre, y
-el segundo un señor taciturno y reservado, del cual los vecinos, a
-excepción de Salvador, no conocían más que el nombre, ignorando sus
-antecedentes y sus ideas políticas, a pesar de las importunas pesquisas
-que por averiguarlo hacía diariamente el curioso Sarmiento. Este y su
-hijo Lucas, sastre de oficio, ocupaban una de las habitaciones del piso
-tercero, sirviendo la otra de morada a Pujitos, gran maestro de obra
-prima, miliciano nacional, patriota, cuasi orador, cuasi héroe, y un si
-es no es redactor de diarios políticos, que para todo había en aquel
-desmesurado entendimiento.
-
-El habitante del cuarto segundo era un hombre decente, con indicios en
-toda su persona de pobreza decorosamente combatida y disimulada por
-el aseo, la economía, las cepilladuras de la ropa y otros artificios
-que no siempre realizaban el fin deseado. Tenía más de cincuenta
-años, aspecto débil y enfermizo, rostro muy melancólico, apagados
-ojos, ademanes corteses y fríos, escasísima propensión comunicativa
-y costumbres tan tranquilas como metódicas. Jamás anochecía sin
-que estuviese dentro de su casa. A horas fijas salía, y a horas
-inalterables entraba. Era rarísimo acontecimiento que alguien le
-visitase, y su morada era silenciosa y triste, como vivienda de
-cartujos.
-
-Antes de que penetrara en ella cualquier extraño, tomábanse minuciosas
-precauciones, y dos ojos negros miraban por la cruz del ventanillo
-examinando atentamente al inoportuno. Estos ojos negros eran los de
-una señorita, hija del señor Gil de la Cuadra (que así llamaban al
-taciturno), y única compañera suya, a más de una criada, en la triste
-mansión. Todo lo que tenía de antipático el padre entre los habitantes
-de la casa, lo compensaba en simpatías la hija. A todos agradaba; solía
-conversar con don Patricio al entrar y salir, y muy a menudo pasaba
-a la habitación de doña Fermina Monsalud, charlando con ella largas
-horas. Tenía por nombre Soledad; pero como su padre la llamaba Solita,
-así la decían todos, y más comúnmente doña Solita; que entonces las
-señoritas cargaban todavía con un _doña_ no menos grande que el de
-cualquiera quintañona.
-
-Como cronistas sentimos tener que decir que Solita era fea. Fuera de
-los ojos negros, que aunque chicos eran bonitos y llenos de luz, no
-había en su rostro facción ni parte alguna que aisladamente no fuese
-imperfectísima. Verdad es que hermoseaban la incorrecta boca finísimos
-dientes; mas la nariz redonda y pequeña desfiguraba todo el rostro.
-Su cuerpo habría sido esbelto si tuviera más carne; pero su delgadez
-exagerada no carecía de gracia y abandono. Mal color, aunque fino y
-puro, y un metal de voz delicioso, apacible, que no podía oírse sin
-sentir dulce simpatía, completaban su insignificante persona. Es
-sensible para el narrador que su dama no tenga siquiera un par de
-maravillas entre la raíz del cabello y la punta de la barba; pero
-así la encontramos y así sale, tal como Dios la crió, y tal como la
-conocieron los españoles del año 21.
-
-El gran misterio de don Urbano Gil de la Cuadra, lo que traía en gran
-inquietud a los vecinos, y principalmente a don Patricio, era la
-ignorancia en que todos estaban acerca de sus ideas políticas. ¿Era
-liberal? ¿Era servil? Enigma terrible que daba vueltas como una rueda
-pirotécnica dentro del febril cerebro de Sarmiento, sin ser descifrado
-jamás. A veces, fundándose en conjeturas, en palabras sueltas, en la
-letra _sui generis_ del sobre de una carta recibida por Gil, Sarmiento
-le declaraba absolutista. Otras veces, fundándose en iguales datos,
-diputábale revolucionario. Causaba desesperación al buen preceptor que
-Monsalud supiese la verdad, y no la revelase a los vecinos.
-
-—O este hombre es un emisario de la Santa Alianza —solía decir
-Sarmiento— o un apoderado de los republicanos franceses. A estos viejos
-ojos que tanto han visto, no se les escapa nada.
-
-Al anochecer de aquel día en que nuestra relación comienza, entró,
-como de costumbre, en su casa el padre de Solita. Esta, que se hallaba
-acompañando a doña Fermina, subió a su habitación cuando sintió los
-pasos de Gil. Al poco rato subieron también Sarmiento y Monsalud,
-acompañados de Lucas, que a la sazón volvía de la plaza de Palacio, y
-los tres entraron en el principal, porque el maestro de escuela gustaba
-de platicar con doña Fermina sobre la cosa pública en que él era, como
-el lector sabe, tan experto.
-
-Reunidos los cuatro, Lucas contó los sucesos de aquella tarde, que
-consistían en dos piedras arrojadas al coche de Su Majestad, en
-diversos gritos patrióticos, en un miliciano herido por un guardia, y
-algunas contusiones y corridas de escasa importancia.
-
-—A pesar de eso —dijo Sarmiento gravemente—, no aprenderá. Seguirá
-oponiéndose a la plantificación lógica del sistema constitucional;
-fomentará la superstición y el fanatismo. Si yo fuera llamado a regir
-los destinos de la nación; supongan ustedes que lo fuera..., ¿eh?, pues
-bien: mi primer decreto sería para suprimir el cuerpo de Guardias.
-Mientras la camarilla tenga la probabilidad de ese apoyo, la libertad
-no echará profundas raíces en el hispano suelo.
-
-—Esta tarde se ha dicho —indicó Lucas— que el gobierno va a disolver la
-Guardia.
-
-—¿Lo ven ustedes? Mi idea... es idea mía.
-
-—Y a cerrar las sociedades patrióticas.
-
-—Esa no es idea mía. La rechazo. Por el contrario, señor don Salvador,
-doña Fermina, yo abriría en cada calle dos por lo menos, dos cafés
-patrióticos, y los subvencionaría con fondos del estado, para que se
-propagase la idea constitucional. ¿Qué le parece al señor don Salvador
-mi idea?
-
-—Excelente —respondió el joven, ocupado a la sazón en hojear varios
-libros que sobre la mesa de la habitación había.
-
-—Ya que está aquí el señor don Patricio —dijo doña Fermina después de
-hablar un rato con la criada— no se irá sin tomar chocolate. Y lo mismo
-digo a usted, Lucas.
-
-Sarmiento, que, dicho sea en honor de la verdad histórica, no había ido
-a otra cosa, respondió de este modo:
-
-—No se moleste la señora... Siento haber venido; pero si se ha de
-enojar usted con nuestra negativa, aceptamos... Madre e hijos son tan
-amables, que, la verdad, cuando uno entra en esta casa, no encuentra la
-puerta para salir.
-
-—Gracias, señor don Patricio.
-
-—¿Saben ustedes —dijo con aire misterioso Lucas— que esta tarde vi en
-la plaza de Palacio al vecino del cuarto segundo? Estaba hablando con
-un guardia.
-
-—¿Pero no saben ustedes lo mejor? —indicó Sarmiento, padre—. Pues ya
-me olvidaba... Que tengo nuevos datos para juzgar de las opiniones
-políticas del señor Gil de la Cuadra.
-
-Monsalud miró fijamente al preceptor.
-
-—Un precioso dato. Tengo por seguro que es _despótico_.
-
-—Vamos, no hable usted mal de los vecinos, y menos de ese buen sujeto
-—dijo doña Fermina—. Él y su niña son personas muy decentes que merecen
-respeto.
-
-—¿Respeto? No se lo niego. Oiga usted el dato, señor don Salvador. Ayer
-tarde entró en mi academia para que le cortase una pluma. Ya sabe usted
-que en la pared de enfrente tengo un buen retrato de Riego. Como el
-señor Gil le mirase atentamente, yo dije: «Ese es el grande hombre.»
-Advertí en el semblante de nuestro vecino una sonrisilla picaresca.
-Mirome, y con mucha suficiencia y pedantería, exclamó: «Es un majadero.»
-
-—Lo mismo dice mi hijo —manifestó la Monsalud, ofreciendo el chocolate
-a sus dos vecinos.
-
-—¿Lo mismo dice? Será por broma. ¡Riego, don Rafael del Riego! ¡Inmensa
-figura que se alza sobre el suelo de la patria, y con su majestuosa
-cabeza toca las nubes! ¡Riego, sol refulgente que todo lo inunda con su
-luz! ¿A quién sino a él se debe la libertad que gozamos? ¿A quién sino
-a él debe España el haberse puesto por montera del mundo y el estar por
-encima de toditas las naciones?
-
-—Pues Salvador dice que es una cabeza llena de viento —dijo doña
-Fermina, gozando en mortificar al maestro.
-
-—Bromas; son bromas, señor Sarmiento —dijo el joven con benevolencia.
-
-Monsalud había encendido una luz y examinaba cartas y papeles.
-
-—Como bromas pueden pasar; pero son de mal género. Esas bromas
-puede oírlas cualquiera que no sepa discurrir... Yo no me tengo por
-ignorante; yo creo haber leído algo; creo poseer alguna ciencia...
-digo, me parece a mí...
-
-—Por de contado.
-
-—Algo sabe uno de lo que ha pasado en el mundo: memorables hechos y
-preclaras acciones, o sea lo que los eruditos llamamos Historia. Y si
-no, que lo diga el señor don Salvador.
-
-Monsalud no dijo nada.
-
-—Pues bien —añadió Sarmiento sorbiendo la mitad de lo que contenía la
-jícara—, yo declaro que conozco pocos varones de la antigüedad (y ahí
-está Plutarco que lo certifique)... sí, conozco pocos que se igualen a
-este atrevido comandante, que desafió al absolutismo, a toda la Europa,
-señores, a la Santa Alianza, a los Borbones todos, a los serviles
-todos. Y tan gran fin realizó sin derramamiento de sangre, porque...
-vean ustedes la historia: Harmodio y Aristogitón derramaron mucha
-sangre; las sediciones de los Gracos también fueron cruentas; Bruto
-mató a César; Robespierre y Danton ya sabemos que cortaban cabezas como
-yo plumas; Cromwell degolló a Carlos I, _etcétera_. Pero nuestro hombre
-ha dicho _sea la libertad_, y la libertad ha sido. Su espada no ha
-necesitado herir para vencer. Con su vívido fulgor deslumbráronse los
-tiranos, y despavoridos huyeron cual asustadas liebres. ¿No es verdad,
-señor don Salvador? ¿No es verdad esto?
-
-Monsalud tampoco dijo nada, ni hacía caso de la disertación sarmentil.
-
-—¡Y a hombre tan insigne, a este campeón que le dijo a España, como el
-ángel a María: _el Señor_, o _la Libertad es contigo_; a ese apóstol,
-señores, se le tiene alejado de la corte, como si fuera una plaga,
-un pedrisco u otra calamidad aterradora! Se le desterró primero a
-Asturias; se le desterró después, porque destierro es, a la Capitanía
-general de Aragón... ¡Oh!, si yo llegase a regir los destinos de la
-España; si yo... pongamos por caso que llegase a ser ministro... mi
-primera disposición sería para recompensar dignamente a ese héroe
-inaudito...
-
-—¿Más todavía?... —indicó festivamente Monsalud.
-
-—¿Pues qué? —dijo Sarmiento con ciceroniano ademán, poniendo sobre
-la mesa la jícara vacía—, ¿acaso se le han tributado honores
-correspondientes a sus servicios? Ni aun en la jerarquía militar ha
-tenido la elevación a que es acreedor. Él era comandante: le plantaron
-en mariscal de campo... Bueno: pues eso, digan lo que quieran, es bien
-poco, es poquísimo; y aún me parecían una bicoca los tres entorchados.
-Usted tenga presente cómo recompensó Inglaterra a Lord _Vellintón_
-después de la campañita aquella en que derrotó a Bonaparte. Así se
-premian los grandes servicios, no con estas mezquindades de aquí.
-
-—Tiene razón el señor Sarmiento —dijo doña Fermina—. Si por lo de
-militar merece los tres entorchados, por lo que tiene de orador y de
-hombre discreto se le puede señalar una renta. Vaya, que la escena y
-los discursos aquellos del teatro fueron cosa bonita.
-
-—Extraordinariamente bonita, aunque usted, señora mía, lo diga con
-cierto tonillo zumbón. Lucas, ¿te acuerdas?... Nosotros fuimos desde
-muy temprano a la cazuela. ¡Qué tumulto, qué palmadas, qué entusiasmo!
-Yo me puse tan ronco, que en ocho días no pude dar lección a los
-chicos. Aún me parece que veo a nuestro querido general levantarse del
-asiento con aquella majestad que él solo tiene, y echarnos un discurso
-que me pareció de perlas, si bien con el mucho alboroto no se oía una
-palabra desde arriba. Aún me parece que estoy oyendo la pomposa música
-del himno que entonó el público. Riego, con aquella gracia suma que
-Dios le ha dado, levantose y dijo: «La música del himno no es así, sino
-de esta otra manera.» Y se puso a cantarlo. Sus ayudantes llevaban el
-compás.
-
-—¡Estaría bonito!...
-
-—Después uno de los ayudantes cantó el _trágala, perro_, y aquí fue
-Troya. Yo creo que hasta las figuras pintadas en el techo cantaron en
-aquel instante. ¡Sublime momento, señora!... Pero los envidiosos no
-faltan en ninguna parte. Empéñase el jefe político en decir que aquello
-era un desorden. Quiere hacernos callar; encréspase el público como
-el océano agitado por rabioso Noto; empiezan las puñadas, los dimes,
-los diretes, los ternos de pimentón, las cantáridas gramaticales. Riego
-mira con desdén al jefe político. Algunos de sus ayudantes, mostrando
-una impavidez pasmosa, le insultan. Aporréanle dos o tres paisanos,
-Paco Rincón y Blas Cortada, si no me engaño; el teatro parecía una
-caldera hirviendo; el general se retira al fin, y, ¡oh, pavor!, las
-calles están llenas de gente, la tropa se encierra en los cuarteles,
-y todo es zozobra y miedo de trifulcas. Sin la imprudencia del jefe
-político, nada habría pasado. Pero el despotismo es así: no le gusta
-oír el himno ni el _trágala_; no quiere ver la faz del libertador
-del hesperio suelo, y aquí tienen ustedes el resultado: _guerras,
-asolamientos, fieros males_, como dijo el poeta. Nada, nada: según esa
-gente estólida, a la Libertad debe ponérsele bozal para que no muerda.
-
-—Bozal para que no muerda —repitió taciturnamente Monsalud.
-
-—De la cosa más sencilla, del desahogo más ingenuo —continuó el
-vehemente preceptor—, toma pie el despotismo para extender su férreo
-dominio... Volvamos a nuestro invicto don Rafael. De nada vale el
-popular deseo. Se empeñan en que ha de salir de aquí, y le echan como
-se echa un perro que incomoda. Las sociedades patrióticas dejan oír
-su autorizada voz en contra de tal vilipendio; pero no son oídas.
-Manifiesta el pueblo su voluntad de mil maneras; fíjanse pasquines;
-gritamos, pedimos, suplicamos, amenazamos. Yo pongo a todos los niños
-de mi academia la cinta verde con el lema _Constitución o muerte_. Ni
-por esas. ¿Cómo contestan a nuestras honradas exhortaciones? Echando
-los cañones a la calle; lanzando de los cuarteles la caballería para
-que pisotee al pueblo; acuchillando sin piedad a gente indefensa.
-En tanto Argüelles habla en las Cortes de las célebres _páginas_, y
-Feliú habla de los _hilos_; se alborotan también los diputados, y
-cuando un gran patriota como Romero Alpuente se dispone a defender al
-pueblo, ahogan su generosa voz los chillidos de los serviles. Riego
-es desterrado, y, ¡qué ignominia!, disuelven el ejército de la Isla,
-que había proclamado la Constitución; y por este camino volveremos a
-la tiranía y oscurantismo del año 14, y al despotismo puro, el cual,
-después de todo, es mejor que el mixto, vergonzante, tibio o moderado
-que ahora tenemos. ¿No es verdad, señor don Salvador?
-
-—Sí, amigo don Patricio: todo lo que usted quiera. ¡Y pensar que tantas
-cosas malas se remediarían con que el señor don Patricio fuese ministro
-media docena de días...!
-
-—No se burle usted —dijo el preceptor algo picado—. Yo no seré
-ministro; yo no puedo ser ministro, porque soy muy honrado, porque no
-soy intrigante, porque no soy ambicioso. Si tuviera un duro por cada
-vez que me he negado a aceptar este o el otro destinillo, sería un
-Fúcar... Pero supongamos que fuera ministro, y sentemos esa atrevida
-hipótesis...
-
-—Silencio —dijo Monsalud—. Llaman a la puerta.
-
-Atendieron todos. Oyéronse fuertes golpes en la puerta de la casa.
-
-—¿Quién será? —murmuró con temor doña Fermina—. Aquí no viene nadie
-después de anochecido.
-
-—Iré a ver —dijo Lucas, a quien los golpes sorprendieron descabezando
-un sueño.
-
-Pocos momentos después entraba Solita, con semblante pálido y
-consternado, sin aliento, encendidos de llorar los ojos.
-
-—¡Mi padre está enfermo! —exclamó dirigiendo a todos una mirada
-suplicante.
-
-—Iremos a buscar un médico —dijo don Patricio con oficiosidad—.
-¡Lucas!... Corre al momento.
-
-—No es preciso médico —dijo Solita, deteniendo a los Sarmientos con un
-expresivo ademán.
-
-—Yo entiendo algo de medicina...
-
-—No necesitamos cosa alguna —añadió la joven mirando a doña Fermina—.
-Lo que tiene mi padre es muy singular.
-
-—¿Congestión cerebral, ataque de gota, síncope, jaqueca?...
-
-—Mi padre está enfermo del ánimo —dijo tristemente Soledad—. No quiere
-médicos ni medicinas: lo que quiere es hablar con el señor Monsalud, y
-por eso vengo a rogarle que pase ahora mismo a casa.
-
-Asombráronse todos de ver enfermedad que se aliviaba hablando.
-
-—También puede que tenga algo que revelarme a mí —dijo Sarmiento dando
-algunos pasos—. Voy allá corriendo.
-
-—No, usted no —replicó la joven deteniéndole—. Salvador solo. Mi padre
-desea verle y hablarle ahora mismo, ahora mismo.
-
-Salvador subió sin tardanza al segundo piso.
-
-Malísimo humor tenía Sarmiento cuando se retiró a su casa. No pudiendo
-refrenar la abrasadora curiosidad que le consumía, detúvose junto a
-la puerta del misterioso vecino, y aplicó el oído, anhelando percibir
-algo de la conversación o confidencia que dentro se efectuaba; pero ni
-una sílaba llegó a sus grandes orejas. Resignose a no saber nada, y al
-entrar en su casa, dijo a Lucas:
-
-—Insisto en que es _servil_, hijo; un infame _persa_ que nos ahorcaría
-a todos si le dejáramos.
-
-
-
-
-IV
-
-
-Halló Monsalud al señor Gil de la Cuadra en un gabinete estrecho,
-donde tenía cama y mesa de escribir. Estaba el taciturno sentado en un
-viejo sillón, donde se hundía su flaco y miserable cuerpo, y todo en
-él revelaba perniciosa mezcla de abatimiento y exaltación, cual si su
-espíritu aumentase en actividad y la perdiera a toda prisa el cuerpo,
-reclamando el final descanso de la sepultura. Sus ojos brillaban,
-moviéndose en los irritados huecos, y con vaguedad calenturienta y
-voluble fijábase en todos los objetos. Movía la cabeza y los brazos
-sin descanso, asemejándose su inquietud a tentativas de acciones
-concebidas rápidamente y desechadas antes de la realización. Cada
-segundo determinaba en aquella alma llena de zozobra un nuevo proyecto,
-un nuevo plan, un deseo nuevo. Las luchas del insomnio le conmovían,
-pugilato horrendo que el alma sostiene consigo misma creyéndose otra,
-y en el cual hay formidables encuentros, caídas y elevaciones, un
-espantoso temblor de congojas, contra las cuales no hay voluntad ni
-razón que prevalezcan.
-
-El personaje que ahora nos ocupa no es desconocido para los lectores de
-estos libros.[1] Apareció brevemente cuando describimos la retirada de
-los franceses en 1813. Entonces abandonaba el suelo patrio como adicto
-al Intruso, a quien había servido, desempeñando una plaza de oidor en
-la Chancillería de Valladolid. Estableciose con su esposa doña Pepita
-Sanahuja en un pueblecillo del Poitou, y poco después de estar allí,
-hizo que le llevaran su hija única, Soledad, a quien, por no exponerla
-a los peligros de la retirada, dejó en el pueblo natal confiada a los
-parientes de su primera esposa. Gil de la Cuadra había sido casado dos
-veces, y Solita era hija del primer matrimonio, pues la señora que el
-lector conoció en los campos de Álava, no tuvo prole. La emigración
-fue tristísima para el oidor de la Chancillería de Valladolid, a pesar
-de la dulce compañía de su adorada hija, porque después de haber
-perdido casi toda su fortuna en el gran conflicto de la monarquía
-extranjera, tuvo el dolor de ver expirar a su segunda mujer en el
-invierno del año 18.
-
- [1] Véase _El equipaje del rey José_.
-
-De regreso a España, cuyas puertas abrió para los infelices renegados
-la revolución de 1820, se estableció con su hija en La Bañeza; pero
-circunstancias funestas que él mismo nos dará a conocer le obligaron
-a trasladarse a Madrid, donde la casualidad le llevó a la misma casa
-que habitaba Salvador Monsalud, cuya suerte tan unida estuvo, después
-de la batalla de Vitoria, a la del fugitivo matrimonio. A pesar de la
-amistad contraída en la fatal jornada del 21 de junio y de las buenas
-relaciones que sostuvieron en la emigración, pues Salvador vivió
-también algunos meses en Poitiers, Gil de la Cuadra se mostraba en
-Madrid muy poco comunicativo y afectuoso con su vecino. Era su carácter
-en verdad inclinado a la reserva, a cierta aspereza misantrópica que
-entibiaba las amistades. Visitábanse, sí, con frecuencia, y Soledad
-pasaba algunos ratos acompañando a doña Fermina; pero Gil de la Cuadra,
-en sus entrevistas con el antiguo jurado, mostraba el singular recato
-y la estudiada sobriedad de palabras que indican empeño de ocultar
-ocupaciones o designios. Por esta misma razón causó sorpresa al joven
-verse llamado tan a deshora y con tanto anhelo.
-
-Indicándole con una seña que se sentara a su lado, Gil de la Cuadra le
-habló de este modo:
-
-—Dispénseme usted si me he tomado la libertad de hacerle subir, para
-confiarle un asunto grave. Sepa usted que yo soy muy desgraciado,
-el más desgraciado de los hombres... Necesito el amparo de un ser
-generoso, de un buen amigo, de una persona discreta y al mismo tiempo
-poderosa.
-
-—Yo no puedo ni valgo nada —replicó Salvador—; pero lo que de mis
-escasas facultades dependa, está a disposición de usted.
-
-—Revelaré todo y decidiremos —dijo Gil de la Cuadra con esforzada voz—.
-Mi estado nervioso, la furia y exaltación de mi cerebro son tales
-esta noche, que creo moriré si no tomo una determinación salvadora...
-¿Quiere usted que le hable con toda franqueza? Pues, amigo mío, yo soy
-muy cobarde.
-
-Después de esta declaración, Monsalud creyó que el señor Gil iba a
-poner en su conocimiento cualquier contrariedad insignificante.
-
-—Muy cobarde —añadió el extraño enfermo—. Verdad es que lo que me pasa
-es gravísimo. Si no tuviera una hija a quien adoro, a estas horas,
-señor Monsalud, ya me habría dado muerte. En un momento de exaltación,
-casi llegué a olvidarme de mi pobre Solita, y abrí esa ventana para
-arrojarme a la calle. Vivir así, no es vivir.
-
-—Dígame usted con calma lo que tanto le mortifica, y resolveremos.
-
-—Ante todo, debo recordarle a usted una deuda que conmigo tiene —indicó
-el taciturno fijando en su amigo los ojos con expresión patética—.
-Mi esposa, que en gloria esté, y yo le salvamos a usted la vida en
-aquellos aciagos días de junio de 1813, que no puedo recordar sin
-espanto.
-
-—Tampoco yo —dijo Monsalud palideciendo.
-
-—Le salvamos a usted la vida —añadió Gil de la Cuadra complaciéndose en
-esta idea fundamental de su argumentación—. Después de ocultar a usted
-diferentes veces, yo autoricé a mi esposa para que, cediendo todas sus
-alhajas, que eran gran parte de nuestra fortuna, le rescatara a usted
-del poder de aquellos malvados guerrilleros que querían sacrificarle.
-
-—¡Es cierto! —murmuró Salvador con voz grave.
-
-—¿Cabe mayor abnegación tratándose de un desconocido?
-
-—No, no cabe más. Cien vidas de agradecimiento no bastarían para pagar
-eso que usted llama deuda, y como tal con todo mi corazón la reconozco.
-
-—¿De modo que usted, amigo mío, se halla dispuesto a hacer por mí, si
-me veo en un conflicto supremo, lo que mi esposa y yo hicimos por usted
-cuando peligraba su vida?
-
-—Dispuesto con toda mi alma —afirmó el joven lleno de piedad y
-efusión—. Ordene usted lo que debo hacer. Cuanto tengo, cuanto valgo,
-mi vida y mi nombre están a disposición de usted. No es un sacrificio,
-es un deber; y si no recuerdo mal, no ha sido preciso que llegaran
-ocasiones supremas para hacer este ofrecimiento, porque desde nuestra
-primera entrevista en Madrid me declaré deudor eterno de usted.
-
-—Es verdad: gracias, gracias —dijo el enfermo, estrechando con sus
-flacas y amarillas manos las de Monsalud—. Mucha atención a lo que voy
-a referir. Creo haber indicado a usted, cuando estábamos en Francia,
-que mis ideas han sido siempre favorables a los derechos absolutos de
-la corona y a la monarquía pura, tal como durante siglos la disfrutaron
-las más gloriosas naciones de la tierra. La ambición de mi segunda
-esposa, y debilidades mías, que deploro amargamente, me indujeron
-a reconocer y servir al intruso Bonaparte. No necesito recordar la
-ignominiosa caída del partido afrancesado. Yo, que no pertenecí a él
-de corazón, sino por las sugestiones de mi mujer, tengo más derecho
-que los demás a quejarme de mi detestable suerte. Volví del destierro
-sin que mis ideas sufriesen mudanza alguna, y es singularísimo, y a la
-par muy triste, que los absolutistas del 14, con quienes mi corazón
-simpatizaba, me cerraran las puertas de la patria, y que me las
-abriesen los liberales, a quienes tengo la desgracia de aborrecer. Esta
-contradicción real y molesta entre mi modo de pensar y mi gratitud,
-obligome el año pasado a huir prudentemente de las cosas políticas.
-
-Retireme a mi pueblo natal, La Bañeza. Como allí conocían todos mis
-ideas, un día los liberales me acometieron con palos ordenándome que
-diese vivas a la Constitución; negueme a tal vilipendio, y aquella
-deuda que para con ellos contrajeron mis honrados labios, pagáronla
-mis costillas con buenos cardenales. No obstante, tuve paciencia, señor
-y amigo mío, y seguí pacíficamente en mi casa, pidiéndole a Dios que
-ponga fin a esta insoportable tiranía del populacho, mas sin buscar
-venganza, resistiéndome a tomar parte en los trabajos que algunos
-realistas traían entre manos para levantar partidas. En estas andadas,
-organizose en La Bañeza la llamada Milicia nacional, que yo llamaría
-infernal, hablando propiamente, y para dar pruebas de su existencia y
-hacer el estreno de su bárbaro poder, emprendiendo con brillo el camino
-de la gloria, creyó que lo mejor era adjudicarme una nueva paliza,
-como lo hizo el 3 de septiembre del año pasado, pretextando que yo
-conspiraba.
-
-—Ya van dos, señor Gil. En verdad que admiro la resignación y
-sufrimiento de usted.
-
-—Mes y medio de cama me costó la hazaña de los milicianos de mi pueblo.
-¿Creerá usted que ni tales razones pudieron persuadirme a que dejara mi
-pacífico y santo retiro? Aguanté, callé y esperé. Mi actitud digna y
-cristiana debió ponerme a cubierto de nuevos ataques, ¿verdad?
-
-—Seguramente.
-
-—Pues no fue así. Precisamente por la razón de que yo sufría y callaba,
-debieron aplacarse en ellos la feroz intolerancia y salvajismo; pero no
-fue así, sino que mi humildad les hacía más bravos cada vez, y alegando
-conspiraciones que solo en su obtusa mente existían, me atacaron de
-nuevo...
-
-—¿Otra vez?
-
-—Sí, señor, y se lo digo a usted francamente. A la tercera paliza ya
-no pude aguantar más, y lo que no había hecho hasta entonces, lo hice
-desde aquel día.
-
-—¿Conspirar?
-
-—Justamente. Ellos se empeñaron en que conspirara, y conspiré. Aquí
-tiene usted la sabiduría de los liberales. Con su imbécil sistema de
-apalear a los que no piensan como ellos, van poco a poco convirtiendo
-en enemigos a todos los españoles. Yo, que había hecho propósito firme
-de no mezclarme en la política activa, ni contribuir al levantamiento
-de partidas, ni conspirar, salí de mi casa decidido a todo, a todo
-absolutamente; vine a Madrid, y mi mala suerte deparome aquí el
-encuentro con un amigo de mi juventud, don Matías Vinuesa, cura que
-fue de Tamajón, y a quien Su Majestad, en premio de los méritos que
-contrajo durante la guerra, hizo capellán de honor y arcediano de
-Tarazona.
-
-—Ya sé a dónde va usted a parar —dijo Monsalud con benevolencia—.
-Vinuesa le indujo a usted a intervenir en esa descabellada conspiración
-que le ha llevado a la cárcel, y que probablemente le llevará también
-al patíbulo.
-
-Al oír esto, el enfermo palideció y sus labios pronunciaron algunas
-palabras a guisa de oración.
-
-—Puesto que todo se lo he de confesar a usted —añadió exhalando un
-suspiro—, diré que, en efecto, he sido confidente y amigo de don Matías
-Vinuesa. Obra de muchos es el célebre plan, cuyo descubrimiento ha
-ocasionado la prisión de ese bendito, y que, con perdón de usted, no
-es descabellado ni mucho menos, y nos habría conducido al glorioso
-objeto que anhelamos los buenos españoles, si la imprudencia, el
-soborno o la traición no lo hubieran descubierto. Presumo yo que
-alrededor del trono, donde tanto se trabaja por derrotar al gobierno y
-a los liberales, existen la venalidad y la corrupción más que en parte
-alguna, y que de los mismos que nos han incitado a conspirar, partió
-la infame denuncia, fundada en móviles que no comprendo. Ya estoy
-aburrido, desengañado de la mala fe de todos, convencido de que tan
-pícaro es Juan como Pedro, y de que no es posible tomar parte activa en
-la cosa pública sin meterse en fango hasta la coronilla.
-
-—¡Lástima que no lo conociera usted antes de pringarse en la desdichada
-conjuración palaciega de Vinuesa, que es, según he oído, una de las
-mayores aberraciones que puede concebir la imaginación!
-
-—Siento que usted califique tan duramente un plan que no conoce —repuso
-Gil de la Cuadra en el tono del amor propio herido—. Y como no puede
-conocerlo si yo no se lo revelo, lo haré, porque después de la prisión
-de mi amigo, no hay en ello inconveniente. La primera condición de
-nuestro plan era el secreto. Solo debían tener noticia de él Su
-Majestad, el infante don Carlos, el duque del Infantado y el marqués
-de Castelar, como los únicos encargados de ponerlo en ejecución.
-Llegado el momento del golpe, Su Majestad debía llamar a los ministros,
-al capitán general y al Consejo de estado, y una vez que los tuviera
-a todos bien agazapados en la real cámara, debía entrar una partida
-de guardias de Corps, mandada por el serenísimo señor infante, y
-prenderlos a todos, luego qué el rey saliese de la estancia. Vea usted
-qué ardid tan sencillo y al mismo tiempo tan fácil.
-
-—Sí; todo es fácil y sencillo en las cabezas de los conspiradores.
-Prosiga usted.
-
-—Inmediatamente después el mismo señor infante don Carlos debía pasar
-al cuartel de guardias y mandar arrestar a todos los individuos poco
-afectos a Su Majestad y a nuestras ideas.
-
-—¿También eso es fácil y sencillo?
-
-—Déjeme usted seguir. Al mismo tiempo el señor duque del Infantado...
-bien le conoce usted: ¡qué imponente figura, qué aire marcial! Solo
-con presentarse inclina los ánimos a la obediencia... pues digo que el
-señor duque debía marchar en el mismo momento a Leganés a ponerse al
-frente del batallón de guardias que hay allí.
-
-—Suponga usted que los guardias de Leganés le recibieran a tiros, que
-también puede ser...
-
-—No es probable que a tan grande prócer y cumplido caballero le
-faltaran de ese modo... Pero aún resta algo... Excuso decirle a usted
-que todo debía hacerse en un momento dado.
-
-—Es natural, y en un mismo momento dado también debía hundirse todo.
-Adelante.
-
-—Se sobrentiende que ese momento había de ser nocturno —contestó el
-anciano—. Dado el primer golpe, veamos ahora su desarrollo. A las doce
-en punto, ni minuto más ni minuto menos, debía ponerse en camino para
-Madrid el batallón de Leganés, entrando en esta corte a las dos. A las
-tres en punto el regimiento del Príncipe, con cuyo coronel se contaba,
-debía ocupar todas las puertas de la villa, y a las cinco y media,
-ni minuto más ni minuto menos, debían las tropas y el pueblo empezar
-a dar _vivas_ a la religión, al rey, a la patria, y _mueras_ a la
-Constitución y a los ministros... Luego el plan contenía una multitud
-de determinaciones, consecuencia natural del triunfo. Debían ordenarse
-varias cosas, verbigracia: que se celebrase un Concilio nacional...
-que los cabildos se encargaran otra vez de la administración del
-_Noveno_... que hubiese tres días de rogativas... que se rebajase la
-tercera parte de la contribución... que los gastos de iluminaciones y
-festejos fueran muy moderados... que los milicianos sirvieran en el
-ejército ocho años o pagaran veinte mil reales de redención... que se
-trasladara al obispo de Mallorca... que se imprimieran por cuenta del
-Estado las cartas del padre Rancio... que el obispo auxiliar, portador
-del libro de la Constitución del año 20, lo llevase también ahora y con
-su propia mano se lo diese al verdugo para quemarlo... en fin, ya ve
-usted que nada faltaba.
-
-—Nada faltaba, a no ser sentido común. ¿Son también obra de usted los
-papeles _El grito de un Español_ y _La papeleta de León_?
-
-—En esta misma mesa he escrito parte de ellos —repuso el enfermo con
-disgusto—. Pero no disputemos ahora sobre la ruindad o excelencia
-del plan. Yo sigo creyendo que sin los infames sobornos y traiciones
-que han mediado, nuestra obra nos habría proporcionado un verdadero
-triunfo. No es posible formar juicio de lo que no ha podido pasar
-del pensamiento a la irrecusable prueba de los hechos. Lo real, lo
-positivo, lo que vemos y tocamos, amigo mío, es que yo me encuentro
-comprometido, expuesto a perder la libertad y quizás la vida, si no
-hallo un hombre discreto, astuto, hábil y poderoso que me ampare en
-trance tan aflictivo.
-
-—Pero la corte, esa corte que es la que alienta, paga y sostiene las
-conspiraciones realistas, no le abandonará a usted...
-
-—¡Ah, señor Monsalud de mis pecados! —exclamó Gil de la Cuadra con
-amarga tristeza—, la corte, o no puede nada, o teme comprometerse
-dándome el amparo que de ella he solicitado. Preso don Matías, sin que
-ni rey ni Roque hayan podido evitarlo; hecha pública la conjuración,
-no hay ningún prócer ni potentado de Palacio que no proteste de su
-adhesión al liberalismo. ¡Pecador de mí! ¡Mil veces pecador! La
-circunstancia de haber sido afrancesado me hace sospechoso a los
-absolutistas. Esa es mi fatalidad; esa es mi estrella negra; esa es la
-funesta herencia que me dejó mi esposa. ¡Si viera usted cuántas puertas
-se han cerrado hoy ante mí! Es particular: de la noche a la mañana ya
-nadie me conoce. Soy un extraño, un importuno; creen sin duda que les
-voy a pedir un socorro pecuniario, y me reciben de malísimo talante.
-La única muestra de benevolencia que he recibido es muy triste, señor
-Monsalud. Diómela un caballero de Palacio, avisándome hoy el peligro
-que corro, porque halladas varias cartas y notas mías entre los papeles
-de Vinuesa, no han de tardar en venir por mí para embaularme en la
-cárcel, donde, si Dios no lo remedia, nos pudriremos el cura y yo, a no
-ser que nos cuelguen en la plazuela de la Cebada. ¿No es verdad, señor
-Monsalud, que debí preferir el tratamiento de los milicianos de La
-Bañeza?
-
-—¿Espera usted que le prendan? ¿Lo sabe?
-
-—Lo sé.
-
-—Pues en tal caso —dijo Salvador con asombro—, ¿por qué no huye usted?
-¿Por qué no se oculta al menos?
-
-—Precisamente de eso quiero hablarle —manifestó Gil de la Cuadra,
-cayendo de nuevo en el lúgubre abatimiento en que Salvador le
-encontrara—. ¡Huir!... creo que no habrá otro remedio.
-
-—Es el más seguro por ahora.
-
-—Mis achaques me hacen de tal modo cobarde, que no acertaré a dar un
-paso... ¡Si parece que me convierto en un niño!... ¡Cómo se me oprime
-el corazón!... Luego doy en pensar en la desdichada suerte y desamparo
-de mi pobre hija... ¿qué será de ella si muero? De tal manera se
-perturba mi alma y se enflaquece mi razón pensando en esto, que no
-puedo discurrir los medios de mi fuga o escondite. Piense usted por
-mí, pues no con otro objeto he solicitado su protección; dígame usted
-lo que debo hacer... tráceme un plan.
-
-—No solo indicaré lo conveniente, sino que haré cuanto pueda para que
-usted quede en salvo esta misma noche. Es preciso tomar una resolución
-pronta. Ánimo, señor Gil; no acobardarse, y triunfaremos.
-
-—¡Oh!, gracias, gracias mil —exclamó el enfermo estrechando las manos
-de Salvador.
-
-El infeliz conspirador lloraba.
-
-—No perdamos tiempo... Saldremos juntos para que vaya usted más
-tranquilo —dijo Monsalud, restaurando más a cada palabra la energía
-moral y física de su vecino—. No carecerá usted de nada.
-
-—¡De nada!... ¡qué bendición de Dios! Usted me devuelve la vida... Yo,
-que empezaba a carecer de todo, hasta de lo más preciso...
-
-—Este conflicto, amigo don Urbano, es poca cosa. Creo que nadie nos
-estorbará la fuga. Le llevaré a usted a paraje seguro, donde vivirá
-tranquilo y oculto hasta que podamos conseguir un sobreseimiento, una
-absolución... allá lo veremos.
-
-—¡Benditas mil veces sean esa boca y esas manos! —dijo Gil de la Cuadra
-con emoción profunda—. Usted me salva; yo me arrojo en sus brazos
-como en una playa hospitalaria, después de ser juguete de las olas...
-¿Conque usted, después que me ponga en lugar seguro, conseguirá un
-sobreseimiento, una absolución?... ¡Cuánto lo agradeceremos mi hija
-y yo!... Sola, Solita, ¿dónde estás? Ven, corre a abrazar a este
-caballero.
-
-—Vale más que nos dediquemos sin perder un instante a preparar todo lo
-necesario... ¿Qué hora es?
-
-—Las once —dijo el anciano levantándose con dificultad—. Me siento
-mejor; me siento más ligero; se me ha despejado la cabeza; muevo las
-piernas con flexibilidad; en fin, soy otro... ¿Conque a disponer...?
-
-—Sí, a disponerlo todo. Arregle usted lo que ha de llevar de su casa.
-Yo me encargo de todo lo demás.
-
-—¡Oh idolatrada hija mía, ya tienes padre otra vez; viviremos tú y yo!
-—exclamó Gil de la Cuadra con viva excitación de espíritu—. Lo que
-va a hacer por mí, señor Monsalud, supera a cuanto hicimos por usted
-en aquel horrendo día. Si consigue ponerme en salvo esta noche, me
-parecerá que resucito, y el horroroso aspecto de la cárcel dejará de
-atormentar mi imaginación... Conque apresurémonos. Soledad, hija mía,
-ven... Una vez que esté libre de las garras de esos infames, fácil
-le será a usted sacarme del atolladero de la causa. Las sociedades
-secretas a que usted pertenece lo hacen y deshacen todo. Además, el
-señor duque del Parque, de quien es usted secretario, administrador o
-no sé qué, pasa por uno de los hombres de más valimiento que existen en
-España.
-
-—Antes de media noche estaremos fuera de Madrid —dijo Monsalud haciendo
-sus cálculos—. No conviene perder tiempo.
-
-—Ese ánimo y decisión me regeneran —dijo Cuadra dando algunos pasos
-vacilantes por la habitación—. Déjeme usted que antes de ocuparme en
-los preparativos de la fuga, le dé a usted un abrazo, un estrecho
-abrazo de amigo... así... Ahora veamos lo que se lleva... ¡Soledad,
-Solita!
-
-La muchacha apareció de repente, pálida, desconcertada. Su semblante
-expresaba el terror más vivo, y sus descoloridos labios no acertaban
-a pronunciar palabra alguna. El padre participó al punto por simpatía
-natural del pavor de su hija; miró a Monsalud; este formuló con
-ansiedad una pregunta.
-
-No pudo dar contestación la atribulada niña. Oyéronse terribles golpes
-que resonaban en la puerta de la casa, haciendo retemblar a esta de
-los cimientos al tejado... Oyéronse al mismo tiempo pasos de mucha
-gente, palabras, un rumor soez que llenó de espanto el alma de los tres
-personajes.
-
-—¡Ahí están! —murmuró con voz tétrica Gil de la Cuadra.
-
-—¡Ahí están! —replicó Monsalud, golpeando el suelo con tanta fuerza que
-la casa redobló su temblor convulsivo y profundo, como contestando a
-las llamadas de los polizontes.
-
-
-
-
-V
-
-
-El amigo de Vinuesa, cayendo en el sillón se oprimió con ambas manos la
-desnuda calva.
-
-—Se me ha partido el alma... —exclamó sordamente—. Parece que me han
-arrancado la última raíz de la vida... ¡yo me muero!... ¡Pobre hija
-mía!...
-
-Solita corrió hacia él. Hija y padre se unieron en estrecho abrazo.
-
-—Ya no hay remedio —dijo el segundo con amargura.
-
-Los golpes se repetían con más fuerza. Salvador, agitado por violenta
-cólera y despecho, se golpeaba la frente con el puño. En algunos
-momentos se sentía impulsado a una resolución desesperada; pero tenía
-demasiado buen sentido para no refrenarse al punto.
-
-—No hay remedio —dijo Cuadra con acento solemne—. Hija mía, oye lo que
-voy a decirte. ¿Ves este hombre?...
-
-Solita fijó en Monsalud sus ojos llenos de lágrimas.
-
-—Salve usted a mi padre —gritó—. Discurra usted algún medio para
-ocultarle, para sacarle de la casa sin que esos malditos le vean.
-
-El tétrico silencio del joven indicó claramente que no podía discurrir
-medio alguno que no fuese una locura.
-
-—No puede ser, no puede ser —dijo el anciano—. ¿Ves este señor? Es
-el único que puede hacer algo por mí, por nosotros. Mientras vivamos
-separados, recuérdale un día y otro que tu padre está en la cárcel. Se
-me figura... se me figura que será un buen hermano para ti.
-
-Los golpes redoblaron. Parecía que cien puños de hierro martillaban la
-puerta; la campanilla, sin cesar movida, cayó de su sitio.
-
-—Es preciso abrir al instante —manifestó con vivísima agitación Gil
-de la Cuadra—. Una palabra más, amigo mío, hija de mi alma. Mientras
-viene de Asturias tu primo Anatolio, que ha de ser, amén de tu marido,
-tu único amparo después que yo falte, te dejo encomendada a este buen
-amigo. Él será tu padre y tu hermano. Señor Monsalud, si acepta usted
-el encargo, me voy más tranquilo a la cárcel, y de allí...
-
-—Acepto —dijo con grave acento el joven—. Solita será mi hermana.
-Además, juro por todos los santos y por Dios, que es mi padre, que le
-he de sacar a usted de la cárcel a donde va esta noche.
-
-Los tres se abrazaron sin añadir una palabra más. En el mismo instante,
-despedazada la puerta de la casa, entró en la estancia un hombre brutal
-y grosero, uno de estos que no creen representar bien a la autoridad si
-no la hacen antipática y aborrecible.
-
-—¿Quién es aquí el bribón de Gil de la Cuadra? —dijo mirando
-alternativamente al joven y al anciano... ¡Ah!, conozco al mozo, que es
-Monsalud... supongo que Cuadra será el vejete... Véngase usted conmigo
-a la cárcel de Villa... no, a la de la Corona, porque en aquella no
-cabe más gente.
-
-—El señor es Gil de la Cuadra —dijo Salvador—. Por el bribón no
-preguntes, que aquí no hay otro que tú.
-
-Dos, tres, cuatro individuos no menos simpáticos que su lindo jefe,
-penetraron en la estancia.
-
-—¿Y a esta tortolilla, la llevamos también? —preguntó uno, atreviéndose
-a poner la mano en el hombro de la joven.
-
-—Para preguntar una estupidez —repuso Monsalud rechazándole
-violentamente— no se necesita dar coces.
-
-—Juan Violín, no seas bruto —gruñó el jefe—. Deja a esa señorita y
-alcánzame las esposas.
-
-Gil de la Cuadra, al ver que le iban a atar las manos, huyó despavorido
-a la pieza inmediata. Siguiéronle todos. Rogole Salvador que se
-sosegase, no haciendo resistencia a sus bárbaros aprehensores; cedió al
-fin el anciano, y ofreció sus manos a las argollas de hierro. Abrazole
-estrechamente Solita, diciendo con lastimeros ayes y lamentos que no
-se apartaría de él, y fue necesario separarla. En la sala, Gil de la
-Cuadra, agobiado por la amarga pena, exánime y aturdido, cayó al suelo.
-Los polizontes tiraron de él como se tira de un perro que se detiene a
-hociquear en el suelo. Ayudole Salvador a levantarse, y salieron de la
-casa.
-
-Cuando bajaban la escalera, don Patricio y su hijo salieron a ver la
-tristísima comitiva, y Fermina Monsalud quiso que Soledad entrase
-desde luego en su casa. Detuviéronla todos, procurando consolarla; pero
-ella insistió en bajar, y luchando con todas sus fuerzas, que no eran
-muchas, procuraba desasirse de los brazos de Sarmiento y doña Fermina.
-
-—Le soltarán pronto... no llore usted, niña —le decía el preceptor—.
-Este gobierno es como Dios lo ha hecho... no persigue más que a los
-liberales... ¿Conque el señor Gil de la Cuadra era la mano derecha de
-don Matías Vinuesa?...
-
-Soledad bajó rápidamente, y tras ella Sarmiento. En la calle arrojose
-otra vez la joven en brazos de su padre, manifestando inquebrantable
-resolución de seguirle; pero las fuertes manos de los corchetes la
-separaron. Gil de la Cuadra, negándose a dar un paso en compañía de
-la soez cuadrilla, dejose caer en el suelo, y otra vez el egregio
-polizonte tiró de la soga.
-
-—Tengo sed —dijo el anciano, respirando con ansia.
-
-Delante de él estaba don Patricio, con las manos a la espalda, fijando
-en el reo una mirada maliciosa y nada compasiva.
-
-—Tengo sed —repitió Gil de la Cuadra.
-
-—Señor Sarmiento—dijo Monsalud vivamente—, en la escuela de usted hay
-una alcarraza con agua...
-
-—¡Mire usted qué demonches de casualidad! —repuso Sarmiento sin moverse
-del sitio en que al anciano contemplaba—: se me ha olvidado dónde puse
-esta tarde la dichosa alcarraza.
-
-—Subiré yo —dijo Soledad procurando sobreponerse a su pena.
-
-—Subiré yo —dijo Monsalud tomándole la delantera con rapidez suma—.
-Aguarde usted abajo y procure calmar al pobre viejo.
-
-Pocos instantes después, Salvador daba de beber a su amigo.
-
-—La noche está fría —manifestó imperturbable y sin dejar su sonrisa
-picaresca el gran Sarmiento—; y cuando la noche está fría... y el
-tiempo fresco... pues... no se tiene sed.
-
-Los polizontes tiraron de la soga, acompañando su movimiento de ese
-chasquido de lengua que tan bien entienden los animales.
-
-—Ánimo, amigo —le dijo Monsalud—. No olvide usted mi promesa.
-
-Pareció que el infeliz colega de Vinuesa recibía ánimo y vida al oír
-estas palabras.
-
-—¡Pobre hija mía! —exclamó bebiéndose las lágrimas que copiosamente
-corrían por sus mejillas.
-
-—Solita es mi hermana —dijo Salvador abrazándola—. Vamos, esto debe
-acabarse. Se reúne gente.
-
-Cuadra se levantó con dificultad. En su espíritu había seguramente
-poderoso anhelo de colocarse a la altura de su situación, sofocando la
-ruin pusilanimidad que le abatía.
-
-—¡Mi hija!... ¡mi pobre hija! —gritó clavando los tristes ojos en el
-semblante del joven, su vecino.
-
-Con aquella mirada su afligido corazón de padre dijo cuanto las
-circunstancias exigían que dijera.
-
-Solita perdió el conocimiento. Don Patricio, que estaba a dos pasos de
-ella, la sostuvo en sus brazos.
-
-—¿En dónde pongo esto? —murmuró festivamente.
-
-—Subiré a Soledad a mi casa —dijo Salvador tomando en brazos a la joven
-como si fuese un niño—, y después, señor Gil, le acompañaré a usted a
-la prisión.
-
-Como lo dijo lo hizo, y poco después de media noche todo estaba
-terminado.
-
-
-
-
-VI
-
-
-Todavía no se había _descubierto_ el templo. No era aún la hora de
-la _tenida_, y los _Hijos de la Viuda_, descansando de las fatigas
-políticas en sus casas o en los cafés, esperaban que la luz astral de
-la noche marcase la hora propia para los trabajos del _Arte-Real_. Los
-_Maestros sublimes perfectos_, los _Valientes Príncipes del Líbano_ o
-_de Jerusalén_, los _Caballeros Kadossch_, los que antaño se llamaban
-_Gerográmatas_, los _Hierorices_, los _Epivames_, los _Dadouques_,
-los _Rosa-Cruz_ de hogaño, los hermanos todos, desde el _terrible_
-hasta el _sirviente_; los aprendices, compañeros y maestros, desde
-los de mallete hasta los de cuchara, estaban ocupados en el _ágape_
-doméstico, o bien conversando con sus _mopsses_, jugando con sus
-_lovatone_ o matando el tiempo en las reuniones profanas, lejos de
-la _verdadera luz_. Las _estrellas_ no se habían encendido todavía,
-ni el _mirto eleusiaco_ exhalaba su aroma. Imperaba la rosa, emblema
-del silencio, y la imponente exclamación _Ossé_ no había resonado aún
-bajo las _bóvedas_ orientales. En una palabra (y hablando con claridad
-para inteligencia de los ignorantes), la sesión de la logia no había
-empezado todavía.
-
-En la _Caverna del Mithra_, o sea el universo, hay un punto que se
-llama _Mantua_, o Madrid, en cuyo punto es evidente la existencia de
-una calle llamada de las Tres Cruces. En esa calle cualquier curioso,
-aunque no tenga sus oídos abiertos a la _verdadera luz_, podrá ver una
-tienda de sastre; y si penetra en ella para que el supremo arquitecto
-de las levitas le tome medida de una; si durante esta fastidiosa
-operación alza los ojos a la _bóveda del firmamento_, vulgo cielo raso,
-verá sin duda que por aquellos descoloridos y descascarados yesos se
-pasean soles, lunas, rayos que fueron de oro, cordones, triángulos,
-estrellas pitagóricas, y otros signos. Al ver esto, sentirá en su alma
-profundísima emoción de respeto, y dirá: «Aquí estuvo el gran templo
-masónico en los tres _llamados_ años, del 20 al 23.»
-
-Siguiendo nuestra relación (y dejando que pasen algunos días después
-de las escenas últimamente referidas, lo cual nos lleva a los últimos
-de febrero de 1821), nos dirigimos allá. Es temprano: es la hora en
-que hierven los clubs; la hora en que _Lorencini_, _La Cruz de Malta_
-y _La Fontana_ son otras tantas ollas donde burbujean con rumoroso
-y mareante zumbido las pasiones políticas, entre el chisporroteo de
-las envidias y el resoplido de las ambiciones. Todavía es temprano,
-porque los trabajos masónicos _se abren_ (este tecnicismo obliga
-frecuentemente a no hablar en castellano) a hora más avanzada.
-
-Aún está a oscuras el edificio de la calle de las Tres Cruces.
-Reconocemos el _vestíbulo_; la sala de _Pasos perdidos_, donde campean
-los _Cuadros lógicos_, y no hallamos persona viva. Óyense tan solo los
-pasos de un _hermano sirviente_ que va y viene, poniendo en su sitio
-las lámparas de aceite que bien pronto se han de llamar _estrellas
-polares_, _astros_ o _nebulosas_. Por último, vemos que entra un hombre
-con ademán resuelto, como persona muy hecha a semejantes lugares, y
-observando que adelanta sin recelo alguno, nos apresuramos a seguirle
-tomándole por guía en el laberinto de galerías y salas. El desconocido
-se acerca al _sirviente_, y después de saludarle con signos que no nos
-es posible determinar, pronunciando una especie de santo y seña, le
-hace esta pregunta:
-
-—¿Está el señor Canencia?
-
-—En la _Cámara de meditaciones_ le hallará usted, señor Monsalud.
-
-Le seguimos denodadamente, aunque el nombre de _Cámara de meditaciones_
-nos da cierta comezoncilla de miedo, por haber oído que es un recinto
-pavoroso que hace enflaquecer el ánimo más esforzado. A pesar de
-esto, penetramos detrás del gallardo joven, y desde el mismo instante
-sentimos temblores y escalofríos al ver una habitación toda colgada de
-negro, no puede decirse que alumbrada, sino entristecida por macilenta
-luz. Damos diente con diente y el cabello se nos eriza, al observar
-que en diversas partes de la triste estancia, cuelgan, cual objetos
-en testero de tienda, cantidad de huesos y calaveras, y que medio
-esqueleto se apoya contra la pared mirando con desconsuelo al otro
-medio, o sea los fémures y tibias que fueron de su pertenencia y ora
-yacen en el suelo.
-
-En la sepulcral pieza hay una mesa, y junto a esta mesa se ocupa
-en _burilar una plancha_, o sea extender un acta (hablando a lo
-cristiano), un viejo de cabellos blancos. No atendemos a las
-demostraciones amistosas que hace a nuestro introductor, ni a las
-palabras de este: por ahora, atentos solo al conocimiento del local,
-fijamos los atónitos ojos en algunos letreros que entre hueco y
-hueco adornan las paredes, y leemos: «_Si vienes impulsado por una
-mera curiosidad o por otro móvil aún peor, retírate: no trates de
-descubrirla, porque penetraremos tus intenciones._» Volvemos la
-cabeza y nos sale al encuentro otro parrafillo: «_Si tu conciencia
-está tranquila, ¿por qué sientes disgusto ante estos despojos que te
-recuerdan el fin de tu vida?_» Otro letrero dice: «_¿Siente tu alma
-temor? Pues retírate, porque solo un espíritu fuerte puede soportar
-las pruebas a que has de ser sometido._» «_¿Te hallas dispuesto a
-sacrificar tu vida en aras del progreso humano?_»
-
-Poco a poco nos vamos familiarizando con el fúnebre y medroso
-espectáculo, y echamos de ver que la Cámara, lo mismo que su extraño
-mueblaje, tienen cierto sello de arrinconados cachivaches de teatro,
-dicho sea con perdón de las humanas calaveras. El polvo que los cubre,
-el desorden y abandono con que están colocados los huesos y las
-inscripciones, indican que todo aquello está en lamentable desuso.
-Era la _Cámara de las meditaciones_ un recinto donde encerraban al
-catecúmeno para que preparara su ánimo antes de ser recibido como
-aprendiz por la congregación masónica. Lo primero que tenía que hacer
-el pobre profano una vez que lo metían bonitamente allí, era otorgar
-su testamento y contestar por escrito a varias preguntas, con objeto
-de mostrar su manera de discurrir y los gramos de sal que tenía en
-la mollera. Formuladas las respuestas, un hermano entraba con el
-rostro cubierto en la Cámara, y recogiendo aquellas, las entregaba
-al _Venerable_, que ya estaba presidiendo la sesión o _tenida_.
-Leíanse las pruebas del talento del neófito, y si no resultaba alguna
-barbaridad estupenda, concedíanle el goce de la verdadera luz. Aquí
-empezaba una serie de ceremonias de que la gente de todos tiempos se ha
-reído mucho; pero dicen los masones que hasta sus más insignificantes
-gestos y signos tienen un sentido no menos profundo que los ritos de
-las religiones india, judaica y cristiana. Digan lo que quieran, las
-ceremonias de estas religiones, aun consideradas tan solo bajo el punto
-de vista artístico, tienen un sello especial de grandeza e idealidad;
-las masónicas, que solo vagamente responden a una idea filosófica,
-parecen, por lo general, un juego de chiquillos, dicho sea con perdón
-de los _Valerosos y soberanos Príncipes_.
-
-Cuando se acordaba que el profano tenía bastante entendimiento para
-ser masón (y no debían de ser grandes las exigencias del tribunal),
-vendábanle a mi hombre los ojos para conducirle a la logia, que
-estaba comúnmente a dos pasos de la _Cámara de meditaciones_. Daba
-él un golpecito en la puerta, y un masón, a cuyo cargo corrían las
-funciones de _primer celador_, decía con la voz más campanuda posible:
-«Venerable, llaman profanamente a la puerta del templo.»
-
-El _Venerable_, aunque sabía bien quién llamaba y por qué llamaba, se
-hacía el sorprendido, diciendo con acento solemne: «Ved quién es.»
-
-Intervenía entonces otro funcionario que se llamaba el _guarda
-interino_. Este salía en averiguación del profano forastero que a
-deshora turbaba la tranquilidad augusta de la logia, y entonces el
-hermano que acompañaba al neófito decía: «Es un profano que desea ser
-iniciado en nuestros secretos.»
-
-Por fin, después que habían mareado bastante al pobre lego, le dejaban
-entrar, no sin que dijera antes su nombre, edad, naturaleza, estado,
-religión, profesión y domicilio. El hermano que le presentaba ponía fin
-a su alta misión con estas palabras: «Ahí os lo entrego; ya no respondo
-de él.»
-
-Sería molesto y ocioso referir la serie de preguntas que el
-_Venerable_, desde la celeste luminosa altura del Oriente, dirigía
-al neófito. Después de las preguntas empezaban las pruebas, a fin
-de ver, según el código masónico, _hasta qué punto la tortura física
-influye en la lucidez de las ideas del neófito, y conocer su energía,
-su carácter_, etc. Aquí venían las figuradas copas de sangre; los
-homicidios de mentirijillas; los testarazos que no pasaban de broma;
-los _cálices de amargura_, cuyo licor ha sido siempre muy conocido en
-la Fuente del Berro; las abluciones en un pilón denominado _Mar de
-bronce_, y otros sainetes, algunos de los cuales recibían el nombre de
-_viajes_, y lo eran, en efecto, por los imaginarios países de Babia. Al
-_recién nacido_ le asistía en tales actos un individuo a quien llamaban
-el _hermano terrible_, siendo común que desempeñara tal comisión y
-llevase el atroz mote, algún bonachón tendero de la Plaza Mayor, o
-manso escribientillo de cualquier oficina.
-
-En seguida juraba el recipiendario, prometiendo realizar cosas muy
-buenas, para las cuales no es preciso seguramente hacer el payaso,
-pues multitud de personas socorren a sus hermanos en la _Caverna del
-Mithra_, vulgo mundo, sin necesidad de que se lo mande un _Venerable_,
-ni de que le mareen con preguntas vanas después de bailar el _minuetto_
-entre un _Caballero Kadossch_ y un _Príncipe del Líbano_. El juramento
-no era la última ceremonia, pues ningún profano podía dejar de serlo
-hasta que no le sobaban de lo lindo. Al golpe de los _malletes_, o
-sea martillos de palo, caía la venda de los ojos del neófito y se
-encontraba rodeado de llamas y espadas.
-
-¡Tremendo, crítico instante para aquel que creyera iba a ser mechado y
-asado culinariamente!... pero las llamas eran pintadas y las espadas
-de hoja de lata. El _Venerable_, compadecido entonces sin duda de
-la situación de aquel pobre hermano metido dentro de una hoguera y
-entre punzantes aceros, procuraba tranquilizarle diciéndole que las
-llamas y espadas no eran otra cosa que una imagen del remordimiento
-que _desgarraría el alma del recién nacido_ si llegaba a vender los
-secretos de la Sociedad. Con esto quedaban terminadas las fórmulas, y
-respiraba con libertad el iniciado viendo concluidas las pesadeces del
-rito. Pero a lo mejor tomaba la palabra el _Venerable_, que era por
-lo común un hombre, si no digno de veneración, muy convencido de la
-importancia de aquellas comedias, y le espetaba un discursazo, llamado
-entre ellos _pieza de arquitectura_, encareciendo la sublimidad de la
-masonería, y revelándole algo de lo concerniente al grado primero o de
-aprendiz. Este dejaba de llamarse Juan o Pedro, y tomaba con singular
-modestia el nombre de Catón, Horacio Cocles, Leibniz u otro cualquier
-personaje célebre.
-
-No puede formarse juicio exacto de la masonería por lo que esta
-institución ha sido en España. Los masones de todos los países
-declaran que la Sociedad del compás y la escuadra existe tan solo para
-fines filantrópicos, independientes en absoluto de toda intención y
-propaganda políticas. En España, por más que digan los sectarios de
-esta Orden, cuyos misterios han pasado al dominio de las gacetillas,
-los masones han sido en las épocas de su mayor auge, propagandistas
-y compadres políticos. Tampoco puede formarse juicio de la masonería
-española de antaño por los restos de ella que existen hoy, y que,
-al decir de los devotos, se reducen a unas juntillas diseminadas
-e irregulares, sin orden, sin ley, sin unidad, aunque cumplen
-medianamente su objeto de dar de comer a tres o cuatro hierofantes.
-Esta antigualla oscura que algunos sostienen como una confabulación
-caritativa para fines positivos o menudencias individuales, y para
-protegerse en uno y otro continente (por lo cual son masones casi todos
-los marineros que hacen la carrera de América), no tiene nada de común
-con la asociación de 1820.
-
-Era esta una poderosa cuadrilla política, que iba derecha a su objeto;
-una hermandad utilitaria que miraba los destinos como una especie de
-religión (hecho que parcialmente subsiste en la desmayada y moribunda
-masonería moderna), y no se ocupaba más que de política a la menuda,
-de levantar y hundir adeptos, de impulsar la desgobernación del reino;
-era un centro colosal de intrigas, pues allí se urdían de todas clases
-y dimensiones; una máquina potente que movía tres cosas: gobierno,
-Cortes y clubs, y a su vez dejábase mover a menudo por las influencias
-de Palacio; un noviciado de la vida pública, o más bien ensayo de ella,
-pues por las logias se entraba a _La Fontana_ y _La Cruz de Malta_,
-y de aprendices se hacían diputados, así como de _Venerables_ los
-ministros. Era, en fin, la corrupción de la masonería extranjera, que
-al entrar en España había de parecerse necesariamente a los españoles.
-
-Durante la época de persecución, es notorio que conservó cierta
-pureza a estilo de catacumbas; pero el triunfo desató tempestades de
-ambición y codicia en el seno de la hermandad, donde al lado de hombres
-inocentes y honrados, había tanto pobre aprendiz holgazán que deseaba
-medrar y redondearse. Apareció formidable el compadrazgo, y desde la
-simonía, el cohecho, la desenfrenada concupiscencia de lucro y poder,
-asemejándose a las asociaciones religiosas en estado de desprestigio,
-con la diferencia de que estas conservan siempre algo del simpático
-idealismo de su instinto original, mientras aquella solo conservaba,
-con su embrollada y empalagosa liturgia, el grotesco aparato mímico y
-el empolvado _atrezzo_ de las llamas pintadas y las espadas de latón.
-
-A medida que iba avanzando el triunfo, iba decayendo el ritual
-masónico, simplificándose los símbolos, ralajándose la disciplina en
-lo relativo a juramentos, pruebas, iniciación. Por eso hemos visto
-tan empolvados y rotos los tarjetones y huesos de la _Cámara de
-meditaciones_, cuya inutilidad empezaba a ser reconocida. Es propio de
-gente tocada del afán de codicia el no preocuparse de detalles tontos,
-y bien se sabe que hambre o ambición no tienen espera.
-
-
-
-
-VII
-
-
-—Gracias a Dios que se te ve por aquí —dijo Canencia dando un apretado
-abrazo al joven—. Sé que has venido de Francia hace más de veinte
-días..., ¡tunante!, y no te has dignado dar una vuelta por la logia...
-¡Cuando sabes que te queremos tanto; cuando sabes que los señores te
-estiman mucho y desean hacerte hombre de pro...!
-
-—Por tener ocupaciones graves no he podido venir —repuso Monsalud
-sentándose—. Me han dicho que esto anda muy revuelto, papá Canencia.
-
-—No es esto un modelo de paz y concierto —dijo el anciano con cierto
-desconsuelo—. Las diversiones crecen, y la reciente fundación de los
-comuneros ha hecho mucho daño a la Sociedad... ¿Y tú en qué piensas? Me
-han dicho que los negocios del duque del Parque te dan de comer... Lo
-celebro.
-
-—Vivo regularmente; no como ustedes, los hombres mimados de la
-situación, que están hechos unos bajás.
-
-—¿Lo dices por mí? ¡Pobre Aristogitón! —exclamó Canencia con filosófica
-humildad—. Yo no disfruto otras delicias de Capua que las emanadas de
-un miserable destino en Correos. Pero estoy contento, contentísimo. Ya
-sabes que no soy ambicioso, que me precio de filósofo en la verdadera
-acepción de la palabra... Hijo mío, un pedazo de pan, un vaso de agua
-clara, un buen libro, un tiesto de flores: he aquí mis tesoros, he aquí
-mis necesidades, he aquí mi sibaritismo. Recordarás lo que dice el gran
-Juan Jacobo acerca de...
-
-—Yo no recuerdo nada.
-
-—Pues el filósofo de los filósofos dice que no hay verdadera felicidad
-sin sabiduría... ¡Oh!, ¿de qué sirven las grandezas humanas? Hasta
-el heroísmo es cosa que no tiene simpatías, porque, como dice el
-ginebrino: «la continuidad de pequeños deberes bien cumplidos no
-exige menos fuerza moral que las acciones heroicas.» Mira tú cómo un
-hombre humilde que no va más que de su casa a la de Correos, y de
-la casa de Correos a la suya o a la logia, y carece de esposa y de
-prole, puede ser un grande hombre, es decir, un sabio, o si lo quieres
-más claro, un hombre feliz... Que suban los comuneros; que bajen o
-suban o se estén quedos los masones... es cuestión que no me importa
-mucho. El zoquete de pan, la cántara de agua, el tiesto de flores y
-el buen libro no han de faltar. Convéncete, ¡oh joven inexperto!, de
-que la ambición no ocasiona más que disgustos y enfermedades en el
-hépate..., en el hígado, para hablar claramente... Se me figura que tú
-estás carcomido por la ambición, ¿eh? Tú traes algo entre manos. Dime
-—añadió poniéndole la mano en el hombro con patriarcal cariño—, ¿por
-qué has escrito aquella carta a Campos, diciéndole que te retiras de la
-masonería, y poniéndonos de oro y azul?... ¿Tratas de pasarte a los
-comuneros? Ahí tienes una apostasía que me parece tonta. Pareces un
-chiquillo. El creer que esto es una casa de locos, no es motivo para
-querer salir de ella, señorito Aristogitón. Quédate aquí, quédate, sin
-perjuicio de que _in foro conscienciæ_ te rías un poquillo de la parte
-externa, ¿entiendes? Yo también, si he de decirte la verdad, me río
-algunas veces.
-
-—Pues si usted se ríe, amigo don Bartolo —dijo Monsalud siguiendo el
-consejo del anciano—, es un hipócrita; porque usted es el hermano
-secretario y orador de la Sociedad; usted es el erudito, el que explica
-las leyes de la masonería, el consultor general, el que lo sabe todo
-dentro de esta casa, el que ordena los ritos, el que explica lo que los
-demás no entienden; usted es el sacerdote, el mago, el patriarca, el
-senescal, el archimandrita, el santón, el hierofante o no sé qué nombre
-darle, porque no sé todavía qué especie de religión, secta o jerigonza
-es esta. Usted es el que predica cosas enrevesadas y enigmáticas que no
-entendemos; usted es el que dibuja garabatos en los diplomas; usted,
-asistido de su ayudante el señor Regato, fue quien puso aquí esos
-huesos y esas calaveras que están abriendo la boca para decir que las
-vuelvan a la tierra; usted escribió estos tarjetoncillos y puso las
-granadas abiertas, las columnas, los triángulos y la soga, y lo que
-llaman el _Delta_, el sol, la luna, el dosel, la J y la B, el cirio y
-demás signos y majaderías. Si después de hacer esto se ríe usted de los
-masones... vamos, se comprende en qué consiste el ser sabio y filósofo.
-
-Durante el discursillo, el anciano Canencia sonreía socarronamente
-acariciándose la barba. Cuando le tocó hablar volvió a poner su mano en
-el hombro del amigo, y bondadosamente le dijo:
-
-—¿Tú no sabes que al pueblo, al vulgo, al común de las gentes, o como
-quiera llamarse a esa turbamulta ignorante e impresionable, es preciso
-meterle las ideas por los ojos? Ya es un gran adelanto que hayamos
-desterrado los símbolos y fórmulas absurdas de las religiones. Para
-inculcar en esas cabezas de estuco el culto y veneración del ser
-supremo, hay que proceder con paciencia. ¿Hemos de decirles que lo
-mejor es adorar a Dios bajo la bóveda de los cielos? No, mil veces no:
-mientras haya hombres, es preciso que haya templos, y mientras haya
-templos, es preciso que haya simbolismo, y mientras haya simbolismo es
-preciso que haya imágenes, o a falta de imágenes, garabatos, cositas
-raras y de difícil inteligencia... Vaya, amiguito, no repitas la
-vulgaridad de que soy un farsante. Equivaldría esta calumniosa especie
-a llamar farsantes al Papa y demás gigantones del catolicismo, y no
-lo son: dentro de su esfera, bajo su punto de vista, no lo son... Lo
-que yo siento es que la gente va perdiendo el respeto al ritual, y
-llegará día en que miren todo esto como miran los curas dentro de la
-sacristía los objetos de su oficio. ¡Pícara humanidad! Verdaderamente
-es una bestia. No se la puede tratar sino a palos. Acá para entre los
-dos, Aristogitoncillo de mil demonios, desde que se planteó aquí la
-libertad, voy creyendo que Atila, Omar, Felipe II y Bonaparte han
-tratado a los hombres como se merecen. Mientras todo no vuelva al
-estado primitivo... ¡Oh! Pero tú no entiendes de esto, ¿no es verdad?
-¡El estado primitivo! ¡Ah! ¡Imagínate el estado anterior a este
-funesto pacto que hemos hecho para destrozarnos los unos a los otros,
-y hacernos todo el daño posible!... No hay nada comparable al pacto.
-La verdadera sabiduría debe dirigirse a ese fin; un fin, muchacho, que
-consiste en volver al principio. Mas no puede formar idea de esto quien
-está devorado por la ambición, y tiene lleno el espíritu de ansiedades
-mundanas, en vez de conformarse a vivir modesta y primitivamente con un
-pedazo de pan y un vaso de agua cristalina, un tiesto de flores y un
-buen libro...
-
-Monsalud no podía tener la risa. Durante un rato, Canencia, poniéndose
-las antiparras, siguió _burilando_, o sea escribiendo, _la plancha_, o
-mejor, el acta.
-
-—Tú te ríes —dijo en el momento en que echaba polvos para volver la
-hoja— porque crees que ganarse la vida de esta manera, no cuesta
-trabajo. Niño mimado de la fortuna, yo quisiera saber qué sería de ti
-sin la prebenda que tienes en casa del duque del Parque.
-
-—Las prebendas —repuso Salvador— no existen hoy sino en este manejo de
-la J. y la B., y en este cepillo o tronco masónico, que es el mejor del
-mundo después del de las Ánimas. ¡Ah, papá Canencia, ya podía usted
-echar un remiendo a estas pobres calaveras, que están diciendo con sus
-bocas sin lengua la inmensa tacañería del sacristán mayor de este
-templo!
-
-—Así como no tienen lengua para pedir —dijo don Bartolomé con malicia—,
-tampoco tienen paladar, y puesto que no comen más que polvo, no puede
-haber cocina más económica, y limpiarlas sería ponerlas a dieta. Bien
-dijo el otro, que en polvo nos hemos de convertir.
-
-—No lo dije por usted, que se está convirtiendo en momia de Egipto
-forrada en oro y plata, por obra y gracia de los misterios de Isis, de
-Eleusis o de Patillas.
-
-—Esa es la opinión de esos bobos de comuneros —dijo Canencia algo
-amostazado—. ¿Por ventura este granuja se nos ha hecho comunero?
-
-—Tal vez —replicó Salvador—. Allá parece que están por la formalidad.
-¿Hay también cepillo y colectas?
-
-—Más que aquí. Pregúntaselo al señor Regato, que ha contribuido a
-fundar aquella Sociedad, después de haber comido a dos carrillos en
-nuestro plato, y hecho _salvas_ con nuestra _pólvora_.
-
-Los masones llamaban al vino _pólvora roja_, al vaso, _cañón_, y a
-los brindis, _salvas_. No es fácil comprender la misteriosa relación
-simbólica entre la embriaguez y la artillería.
-
-—Pero te advierto —continuó Canencia—, por si es tu intención pasarte a
-los comuneros, que aquí no tienes más que boquear para obtener lo que
-mejor te cuadre. Campos te quiere mucho... anoche mismo habló mucho de
-ti, y aun se me figura que te va a sorprender con un buen regalito.
-Has hecho bien en venir esta noche.
-
-—Lo celebro, porque vengo a pedir.
-
-—¿A pedir?... Gracias a Dios, hombre. Eres de los nuestros. Veo que
-entras en el buen camino —dijo Canencia mirando su reloj—. El acta está
-lista. Ya es hora de empezar la _tenida_. ¿Y qué pides?
-
-—Dígame, señor Canencia —preguntó Monsalud con gran interés—, cuál es
-el criterio del Orden respecto a la suerte de los que están presos por
-conspiraciones absolutistas.
-
-—¿Cuál ha de ser? Que los ahorquen. ¿Te has echado a filántropo? ¿Hay
-algún pariente tuyo en la cárcel de Villa?
-
-—Sí, señor: hay un pariente mío en la cárcel de la Corona —repuso
-Salvador con firmeza—, y es preciso sacarlo de allí.
-
-—¿Es rico?
-
-—Es pobre.
-
-—Pues veo muy difícil que tu pariente coma los buñuelos del San Isidro
-de este año... Sin embargo, puedes trabajar. Campos te quiere mucho. El
-duque pertenece al Supremo Consejo. Ya sabes que lo que aquí se ata,
-atado será en el gobierno, y lo que allá dentro desatemos, desatado
-será... allá arriba. Esta noche, después de la _tenida_ ordinaria, hay
-_tenida de Príncipes del grado 31_. Creo que se tratará de cosas muy
-altas. Si consigues tener de tu parte a Campos...
-
-—En la _tenida_ ordinaria, ¿quién preside esta noche?
-
-—El mismo Campos... Ya comienza a venir gente. Señor Aristogitón,
-orden y compostura.
-
-Ambos personajes se trasladaron a la sala de _Pasos perdidos_, donde
-encontraron a varias personas. La concurrencia aumentaba cada instante
-con la entrada de nuevos hermanos, entre los cuales los había de todas
-clases, edades y figuras; muchos militares, aunque sin uniforme, y
-no pocos clérigos, aunque sin hábitos. El hermano Aristogitón, que
-por espacio de algunos meses había estado _dormido_, saludó a sus
-compañeros de taller. Pasó algún tiempo en animadas conversaciones
-particulares, hasta que el templo _fue descubierto_, mejor dicho, se
-abrió una puertecilla que daba entrada a la logia.
-
-
-
-
-VIII
-
-
-La logia era un salón cuadrangular, muy mal alumbrado y peor ventilado,
-de techo plano y no muy alto, de paredes sucias y más parecido a cuadra
-o almacén que a templo de una religión que dicen tenía entonces en
-todo el mundo ocho o diez mil logias. En los cuatro testeros, otras
-tantas palabras de doradas letras indicaban los puntos cardinales,
-correspondiendo el _Oriente_ a la presidencia, presbiterio, _sancta
-sanctorum_, altar mayor o como quiera llamársele, a cuyo sitio, más
-elevado que el resto del local, se subía por tres escalones. Para que
-todo se pareciera a un recinto religioso serio, había un doselete de
-terciopelo, en cuyo centro resplandecía un triangulillo, al cual, para
-hablar con la menor claridad posible, llamaban ellos _Delta_. Dentro de
-él se veían unos garabatos que indicaban el nombre de Dios puesto en
-hebreo, también para mayor claridad; pero ya es sabido que ningún signo
-masónico ha de estar al alcance de los tontos. Lo que sí se entendía
-perfectamente era el sol y la luna, dos caricaturas de aquellos astros
-pintadas a derecha e izquierda del Delta, o como si dijéramos, al lado
-del evangelio y al de la epístola.
-
-En igual disposición respecto al presidente estaban los sitios del
-hermano orador y del secretario. Cierto es que las mesillas de que
-se servían fueran más útiles teniendo la forma cuadrada; mas era
-indispensable no abandonar el triangulillo siempre que se pudiera,
-y por esto las mesas eran de tres picos. También tenían un poco más
-abajo bufetes tripicos el tesorero y el hospitalario. En el remoto
-_occidente_, es decir, junto a la puerta, se elevaban dos columnas
-rematando en granadas entreabiertas. Una columna tenía la J. y otra la
-B., letras que al parecer querían decir Juan Bautista, pues también al
-precursor del Mesías le metieron de cabeza en la heterogénea liturgia
-masónica, donde los misterios egipcios y mil desabridas fábulas se
-mezclan gárrulamente con el mosaísmo, el paganismo, la religión
-cristiana, la revolución inglesa y la filosofía del siglo de Federico.
-Junto a las columnas se repetían las mesillas triangulares, una para
-el primer vigilante y otra para el segundo.
-
-El techo no carecía de interés. Por encima del doselete destinado
-a guarecer la calva del presidente, asomaban unas listas doradas
-representando los rayos del sol con dudosa fidelidad. En el friso había
-varios garabatos, obra de indocto pincel, a los cuales se atribuían
-intenciones de querer expresar los signos del zodiaco; y por debajo de
-ellos corría, también pintada, una soga, símbolo de unión y fuerza. La
-estrella pitagórica andaba también de paseo por aquellos altos cielos,
-testimonio de grandeza del supremo _Demiurgos_ (Dios), y en su centro
-llevaba la letra G., significando _gnos_, palabreja que hasta los niños
-entienden, sin necesidad de aprender, que significa _generación_.
-Completaban el sublime ajuar cuatro candelabros con sendas _estrellas_
-que en el mundo ordinario llamamos velas, y, por último, la consabida
-batería de trastos, espada ondulante, compás, escuadra y el ejemplar
-de los estatutos. No había ventanas, ni más puertas que la de entrada,
-porque era de rito el ahogarse.
-
-El _Venerable_ o presidente era un hombre como de sesenta años,
-de agradable y aun hermosa presencia, fisonomía simpática,
-sonrisa esculpida, más bien de cortesía que de burla. En todo él
-había marcadísima expresión de contento de la vida, un singular
-convencimiento de que el mundo era bueno, y si se quiere, de que el
-_Arte-Real_ era óptimo. Vestía con elegancia, y los atributos y arreos
-de la masonería, que no tienen comúnmente nada de airosos, le sentaban
-a maravilla. Había en su bizarra apostura corpulenta cierto aire de
-obispo, y también algo de hombre de mundo, sin que pudiera adivinarse
-cómo se verificaba la síntesis de estos dos términos tan diversos.
-
-Aquel personaje, que a pesar de su indudable influjo en los sucesos
-de su época, ha escapado, por extraño fenómeno, a las fiscalizaciones
-entrometidas de la Historia, se llamaba don José Campos. Este era su
-verdadero nombre, y no anagrama impuesto por el novelador para tapar
-una celebridad; mas no lo busquéis en la Historia, como no sea en
-algún olvidado y oscuro libro de masones; buscadlo en la _Guía de
-forasteros_, porque era director general de Correos.
-
-A pesar de la poca resonancia de su nombre, y de no estar asociado
-este a ningún mérito político ni oratorio, ni menos a batallas o
-sediciones, es indudable que el portador de él fue uno de los hombres
-más importantes del célebre trienio. A él se debió la organización de
-la masonería en aquel pie de ejército poderoso. Lo que no se comprende
-fácilmente es la razón de su modestia. Campos no quiso nunca salir
-de la dirección de Correos, aunque su familiaridad con ministros,
-generales y consejeros, le ponía en la mejor situación del mundo para
-satisfacer su vanidad si la hubiera tenido. De las más verosímiles
-tradiciones masónicas se desprende que el _Venerable_ en cuestión era
-de los que se agachan para dejar pasar las turbonadas y los pedriscos,
-conservando siempre el mismo sitio y no dejándose arrastrar por la
-furia de las pasiones, con lo cual si aparentemente adelantan poco,
-en realidad salen siempre ganando, y no están sujetos a las caídas y
-vaivenes de la gente muy visible y talluda. Más hábil vividor no le
-conocieron los pasados ni conocerán los venideros siglos.
-
-Los anales masónicos están conformes con asegurar que Campos tenía en
-las logias el nombre de _Cicerón_.
-
-Tomaron todos asiento, siendo de notar que algunos tenían mandil y
-banda, y otros no. Hubo no pocos pasos de baile francés, tocamientos y
-signos que no describiremos por ser demasiado conocidos. La patriarcal
-fisonomía y espesa cabellera blanca de Canencia se destacaban al
-lado de la epístola, y al verle tan circunspecto y hasta con cierta
-expresión beatífica, se creería que los templos elevados a la gloria
-del Gran Arquitecto _Iod_ también tenían sus santos. El Venerable,
-usando las fórmulas rituales, mandó al primer vigilante que _se
-asegurase si el templo estaba a cubierto_, y el primer vigilante,
-después de hacer la pantomima de salir y volver a entrar, declaró que
-no _llovía_, es decir, que el templo estaba libre de entrometidos y que
-podían empezar los trabajos. Un martillazo presidencial abrió estos en
-el grado convenido.
-
-El _Maestro de ceremonias_, que era uno de los oficiales dignatarios,
-recorrió los asientos presentando el _saco_ de las proposiciones.
-Algunos masones depositaron un papelillo como los que se usan en las
-rifas domésticas. El Venerable extrajo todas las proposiciones, y
-escogiendo la que le pareció más grave, leyó lo siguiente:
-
- «_Proposición de Aristogitón. — G.·. 18: Salvador Monsalud._ — Pido
- a este Grande Oriente de Madrid se sirva declarar que reprueba
- las prisiones ordenadas por el gobierno con motivo de inofensivas
- conspiraciones absolutistas, y que se apresure a interponer su
- mediación benéfica para que don Matías Vinuesa y los demás infelices
- encarcelados por causa del ridículo plan descubierto el 21 de enero,
- se libren no solo de ejecución capital, sino del largo cautiverio a
- que los condenará la pasión política.»
-
-Cuando el Venerable concluyó de leer, rumores de desaprobación sonaron
-en la logia; pero el martillo del Venerable impuso silencio, y algunos
-instantes después, Aristogitón se expresaba en estos términos:
-
-—He presentado esa proposición por pura fórmula y para cumplir con
-los Estatutos del Orden, que disponen sean tratados todos los asuntos
-en sesión reglamentaria, y no en conciliábulos reservados entre dos o
-tres hermanos bullidores que arreglan el mundo y la nación para su uso
-particular.
-
-Nuevos rumores interrumpieron al orador, y Cicerón, después de
-acallarlos a golpes, recomendó a todos moderación.
-
-—Temprano empiezan las interrupciones —prosiguió el masón del gr.·.
-18—, y lo siento, no por mí, que estoy dispuesto a decir todo lo que
-sea preciso, sino por mis queridos hermanos, que van a perder la
-paciencia y la voz, si continúan haciéndome coro hasta el fin de mi
-discurso... Decía que desconfío de que mi proposición tenga éxito aquí,
-a pesar de ser la expresión más leal y clara del espíritu y de las
-prácticas constantes de este respetable Orden en todos los países del
-mundo; y no tendrá éxito, porque este Gran Oriente y los individuos que
-en diversos grados dependen de él, han olvidado completamente los fines
-benéficos, desinteresados y filantrópicos de tan antiguo instituto,
-para desvirtuarlo y corromperlo, haciéndole instrumento de intereses
-políticos y de la codicia...
-
-El martillo del Venerable, interpretando el descontento de la asamblea,
-advirtió al orador que hablaba con la pasión y vivacidad propias de un
-Congreso. Cicerón rogó en breves palabras al orador tuviese presente
-que aquello era un templo y no un club.
-
-—Hermano Venerable —indicó Aristogitón—: si la condición de templo
-impide a este local oír la verdad, me callaré. Cuantos me escuchan
-saben ya por su conciencia lo que yo estoy diciendo. ¿Por qué no me
-lo han de oír a mí, si ya lo saben, y no les digo nada nuevo?...
-Continuaré, pues, procurando ser breve y herir lo menos posible la
-susceptibilidad de mis hermanos, a quienes ofende más lo dicho que lo
-sentido; más las palabras que los hechos... Al proponer al Oriente
-que temple en lo posible el ardor de las luchas políticas, he querido
-protestar contra la tendencia a fomentarlas y exacerbarlas. El
-instituto masónico debe ser extraño a la política, debe ser puramente
-humanitario, debe proteger a los desvalidos sin pedirles cuenta de sus
-ideas, y aun sin conocer sus nombres. Está fundado en la abnegación
-y en la filantropía. Lo dicen así su historia, sus antecedentes, sus
-símbolos, que o no representan nada, o representan una asociación de
-caridad y protección mutua. Lejos de practicarse estos principios en
-España, el Orden se ha olvidado de los menesterosos, constituyéndose en
-agencia clandestina de ambiciones locas, en correduría de destinos y
-en...
-
-Protestas, amenazas, y tal cual palabreja puramente española, que no
-fue conocida de Salomón ni de Hiram-Abí, ahogaron la voz del orador. El
-tumulto fue tan grande como cuando en el templo de Salomón se dispuso
-que la multitud prorrumpiese en gritos para que la palabra Jehová,
-pronunciada por el Gran Maestro, no llegase a oídos profanos. Del mismo
-modo los martillazos de Campos-Cicerón no llegaban a profanas orejas.
-Por último, entre Canencia y el Venerable lograron restablecer el orden.
-
-—Esto no se puede tolerar —gritó un compañero—. Si el hermano
-Aristogitón quiere abogar por los absolutistas, que tanto nos han
-perseguido; si es absolutista él mismo, dígalo de una vez, sin
-necesidad de insultarnos, ni de manchar tan audazmente la honra
-inmaculada de esta santa Sociedad.
-
-—Hermano Arístides, o mejor Pipaón, pues no puedo acostumbrarme a
-prescindir de los nombres verdaderos —dijo Salvador, sin perder ni un
-instante su serenidad—: tú que has cantado en todos los corrales y
-has venido aquí mandado por los absolutistas, para referirles lo que
-hacemos, debes callar para no exponerte a que se descubra bajo la piel
-de ese ridículo celo, la verdadera oreja asnal de tu conciencia negra.
-
-—Que se _burilen_, que se escriban ahora mismo esos insultos —gritó
-Pipaón fuera de sí—. Hermano Venerable, pido que el Oriente formule
-ahora mismo el acta de acusación contra el hermano Aristogitón, y que
-pase a la Cámara de Justicia.
-
-—¿Para qué se ha de escribir lo que he dicho? —añadió Monsalud—. Mejor
-es que lo repita, y lo repetiré cuantas veces queráis.
-
-—¡Orden, orden!
-
-Cicerón rompía la mesa a martillazos.
-
-—¡Fuera, fuera!
-
-—Hermanos queridos —dijo el Venerable haciendo un esfuerzo para que su
-sonora voz fuese oída—. Tengamos calma. Ruego al orador tenga presente
-que estamos en un templo, en el santo templo abierto a las luces,
-a la honradez pura, a la filosofía pura, a los nobles sentimientos
-filantrópicos de la humanidad toda, sin distinción de clases, iglesias,
-castas ni estados...
-
-—¡Bien, muy bien!
-
-—Pues digo al orador que estamos en un templo y no en un Congreso, y
-menos en un club.
-
-—¡Muy bien!
-
-—Hecha esta advertencia, y rogando a los hermanos de las columnas
-septentrional y meridional que se calmen y tengan prudencia, oigamos
-a nuestro hermano; que después el Oriente tomará las medidas que crea
-necesarias. Adelante, hermano Aristogitón.
-
-—Es el colmo de la insolencia —gritó un hermano sin hacer caso del
-martillo o cachiporra ciceroniana— que dentro se levante una voz a
-defender al cura Vinuesa y a los demás conspiradores absolutistas.
-
-—Yo no defiendo a los conspiradores —prosiguió el orador—. Lo que pido
-al Oriente es protección para los que padecen, martirizados por una
-populachería indigna que no sabe oponerse a las conspiraciones de la
-corona sino insultando al rey; que no sabe sofocar las conspiraciones
-realistas, porque perdona, tolera y agasaja a los hombres
-verdaderamente temibles, mientras encarcela y atormenta y ahorca a
-infelices clérigos y ancianos ineptos, incapaces de hacer cosa alguna
-de provecho contra el régimen establecido. El populacho a cuyo servicio
-se ha puesto este Orden, no ve los enemigos reales y poderosos que se
-unen astutamente al pueblo y se meten aquí minando el terreno en que
-la libertad, trata de fundar, sin poderlo conseguir, un edificio más o
-menos perfecto. La pleble, mientras deja trabajar en silencio a los que
-odian la libertad, se entretiene en dar tormento a la gente menuda.
-
-»Señores masones, o señores liberales templados, que ahora todo viene
-a ser lo mismo, sois como aquel emperador romano que se ocupaba en
-cazar moscas, y mientras mortificaba a estos pobres insectos, no veía
-a los pretorianos que se conjuraban para echarle del trono. Este era
-Domiciano. Así sois vosotros. Yo quiero que variéis de conducta, y
-principio por pedir que se deje en paz a las moscas... No conozco a
-Vinuesa; pero sí a compañeros y amigos suyos, que comparten su suerte
-en la cárcel de la Villa o de la Corona. He visto la feroz excitación
-que existe en el pueblo contra ellos, y esta excitación, creada y
-fomentada por este Orden, y más aún por la asamblea de los comuneros,
-es una barbarie y al mismo tiempo una imprudencia política. El vil
-populacho a quien instruís en el inicuo arte de hacerse justicia por
-sí mismo, aprenderá al cabo, y una vez maestro, querrá dar todos
-los días una prueba de esa atroz soberanía que le habéis enseñado.
-Tengo la seguridad de que si el tribunal que va a juzgar a Vinuesa
-se mostrase benigno, la canalla destrozaría a Vinuesa, al tribunal y
-luego a vosotros, que habéis hecho creer a la bestia en la necesidad
-de los sacrificios humanos. Mientras la corte juega con vosotros y os
-lanza de desacierto en desacierto para desacreditaros, para que os
-devoréis los unos a los otros, os entretenéis en menudencias ridículas,
-os debilitáis en rivalidades indignas y aduláis las pasiones de la
-canalla, que si hoy ladra libertad, ladrará mañana absolutismo. Todo
-depende de la mano que arroje el pedazo de pan.
-
-»Poniéndome, pues, en el terreno político, a pesar de creerlo
-impropio de esta Sociedad; hablando el único lenguaje que entienden
-aquí, declaro que la persecución de Vinuesa, y mucho más la sañuda
-irritación del pueblo contra ese hombre infeliz, me parecen una
-desgracia casi irreparable para la libertad, un mal gravísimo que
-este Orden debe evitar a toda costa, principiando por propagar la
-tolerancia, la benignidad, la cordura, y concluyendo por emplear toda
-su influencia en pro de los procesados. Si no se hace así, esto que
-llamamos templo merece que el mejor día entren en él cuatro soldados
-y un cabo, y que después de entregar todos los trastos del rito a los
-chicos de las calles para que jueguen, recojan a los hermanos todos
-para llenar otras tantas jaulas en el Nuncio de Toledo.
-
-Las últimas palabras del orador apenas fueron entendidas, a causa
-del gran alboroto que se armó dentro del templo, que representaba la
-grandeza y maravillosa arquitectura del mundo.
-
-—¡Fuera, fuera!... Él mismo se ha desenmascarado, y ya sabemos lo que
-quiere.
-
-—A votar... que se vote la proposición en escrutinio secreto.
-
-—Ahora mismo se va a redactar el acta de acusación.
-
-—¡Fuera!
-
-—¡El acta de acusación!...
-
-—Pedimos que pierda en absoluto los derechos masónicos. Tanta
-insolencia, esas brutales amenazas, la defensa de nuestros enemigos no
-pueden quedar sin castigo...
-
-Estas y otras frases pronunciadas en indescriptible tumulto, indicaban
-la efervescencia que en el templo reinaba, y por largo rato Cicerón se
-rompía las manos dando martillazos sin poder calmar las olas de aquel
-mar embravecido. Al fin, auxiliado de Canencia y de otros, lograron
-serenar un tanto los irritados ánimos, librando asimismo al insolente
-orador de las manifestaciones un poco brutales que el grupo más
-entusiasta, la columna del septentrión, si no estamos equivocados, se
-dispuso a emplear contra él.
-
-—Después de ver lo que veo, me preocupa poco que se vote o no lo que
-he propuesto —dijo Salvador—. Y en cuanto al acta de acusación, no se
-tomen mis hermanos el trabajo de redactarla, porque no es preciso que
-me expulsen. Me expulsaré yo mismo, abandonando para siempre este Orden
-inútil, enfermo, podrido, que si aún respira y habla como los vivos, ya
-infesta como los cadáveres.
-
-¡Escándalo inaudito! Aunque lo normal en las _tenidas_ era que se
-discutiera con tranquilidad, cuando la congregación salomónica se
-alborotaba parecía un club de los más fogosos. Unos rugían tan
-cerca del atrevido Aristogitón, que fue necesario que interviniera
-personalmente el Venerable para impedir cosas mayores entre hermanos,
-olvidados de la santidad que infunde un mandil de cocinero. De las
-columnas septentrionales partía el más atroz nublado de amenazas y
-recriminaciones. Las columnas del mediodía estaban más tranquilas.
-Indudablemente había allí no pocos compañeros que opinaban lo mismo
-que el orador, hallando tan solo reprensible la forma violenta del
-discurso.
-
-—¡_Radiación, radiación_! —gritaron algunos—. Sin alborotar se puede
-imponer castigo al delincuente.
-
-_Radiar_ significaba dar de baja.
-
-—Que se le inscriba en el _Libro rojo_.
-
-Era un librote donde se inscribían los hermanos _radiados_ por
-sentencia masónica.
-
-—Que se vote antes por _esferas_ esa absurda proposición.
-
-_Esferas_ llamaban a las bolas.
-
-—Queridos hermanos —repetía el Venerable con mansedumbre—. Estamos en
-un templo, no en un club. Orden.
-
-El orador se hubiera marchado de la logia sin esperar las resoluciones
-del templo; pero un resto de consideración hacia los que aún le
-llamaban hermano, detúvole allí. Vio que Canencia desde su tripódica
-mesilla le hacía señas de reprobación y pesadumbre; vio que el
-Venerable le miraba con expresión de lástima; oyó algunas palabras
-rencorosas de tal cual hermano que no lejos de él tenía su asiento;
-observó que muchos, mayormente los del mediodía, guardaban una actitud
-reservada, como hombres demasiado prudentes que no se atreven a poner
-su opinión frente a la opinión de la mayoría; vio después que votaban
-su proposición, y por unanimidad la desechaban; pero lo que más
-sorpresa le causó fue que en la sala de _Pasos perdidos_, concluida la
-sesión, le dijera al oído algún hermano de los más callados bajo la
-_bóveda del universo_:
-
-—Hermano Aristogitón, yo pienso como usted en lo de dejar en paz a las
-moscas y hacer puntería a los pajarracos; pero esto no se puede decir
-aquí. Conviene seguir la corriente y no chocar con la mayoría. A donde
-nos lleven iremos.
-
-Y otro le dijo, también en secreto:
-
-—Lo mismo que usted hubiera dicho yo, aunque en tono menos agresivo. No
-conviene ensoberbecer al pueblo, ni adular sus instintos sanguinarios;
-pero, amigo, la consigna de estos días es sacrificar algún absolutista
-a la implacable furia populachera, y como no ha caído en nuestras
-redes, ni caerá, ningún tiburón, fuerza es echar en la sartén los
-pececillos de redoma. Vinuesa morirá.
-
-Y un tercero le dijo, también en secreto:
-
-—Le hubiera aplaudido a usted con toda mi alma; pero, amigo, estas
-cosas se sienten y no se dicen. Ni vale la pena de que pierda uno
-su destino y el pan de sus _lobatones_ (hijos) por una apreciación
-política. Yo creo que esto se lo lleva la trampa. Estamos dentro de un
-torbellino que nos arrastra, nos hace dar mil vueltas, nos marea, que
-no para nunca, y nos llevará a donde quiera el gran _Demiurgos_. Creo
-que hace usted mal en manifestar tan crudamente sus ideas. La masa
-popular tiene ya a Vinuesa entre los dientes, y no seré yo el guapo que
-pretenda quitárselo. Ese clérigo es bastante criminal, es un disoluto,
-un perdido. ¿Por qué le defiende usted?
-
-Y un cuarto le dijo, en secreto también:
-
-—Siento mucho que le tengamos que _radiar_ a usted y apuntarlo en el
-Libro rojo; pero no hay más remedio. No se puede tratar al Orden como
-usted lo ha tratado... Por mi parte, acepto esa idea de no hacer caso
-del bajo pueblo; pero ¿quién le pone el cascabel al gato? Soltamos los
-mastines, y ahora tenemos que andar brincando y corriendo y huyéndoles
-el bulto, para que no nos muerdan. Si he de hablarle a usted con
-franqueza, creo que nada se pierde con quitar de en medio a los autores
-de ese monstruoso plan; pero al mismo tiempo opino como usted que hay
-otros peores, sí, señor; otros que trabajan en obra fina, y no digo
-más... Dios nos tenga de su mano, Aristogitón, y lo que fuere sonará...
-Allí veo a Argüelles, a Calatrava y a Feliú que acaban de entrar.
-Esta noche hay _tenida de Maestros sublimes perfectos_... Parece que
-en Palacio anda la cosa mal, y que las Cortes nuevas no serán muy
-sumisas... Yo me voy, porque según me ha dicho Campos, debo perder la
-esperanza de un ascenso, por ahora.
-
-Y un quinto le dijo en voz alta:
-
-—¡Buena la has hecho...! Yo que pensaba decirte que te empeñaras con
-Campos para que me trasladasen a la vacante de la secretaría...
-
-—El duque del Parque acaba de entrar —le dijo un sexto—. Hay _tenida
-de Valientes y soberanos Príncipes_. Sentiré que te _radien_, hermano
-Aristogitón. Aunque grité contra ti, y te llamé insolente y procaz,
-no hagas caso. Somos amigos. Algo de lo que dijiste, me gusta;
-principalmente el apóstrofe a Pipaón. Ese canalla va a ser presentado
-esta noche en un grado superior. No hay quien pueda con él. ¿Creerás
-que la plaza que estaba destinada para mí, la pescó Pipaón para su
-criado?
-
-Otros pasaban sin mirarle, o mirándole con provocativo enojo.
-
-Mientras entraban diversos hermanos, que en el siglo respondían a los
-nombres de Quintana, Argüelles, Valdés, San Miguel, etc., salieron
-otros, entre los cuales también había nombres que después fueron
-ilustres, pero que callamos por varias razones.
-
-Quedose Monsalud en la sala de _Pasos perdidos_, esperando el resultado
-de la _tenida de Maestros sublimes perfectos_.
-
-La logia se iba a abrir en uno de los grados superiores.
-
-
-
-
-IX
-
-
-Duró la reunión de los padres graves bastante tiempo, porque además
-de que en ella trataron diversos asuntos de política elevada, hubo
-admisión de un hermano que había recibido _aumento de salario_, es
-decir, ascenso en la escala masónica. La ceremonia de recepción en
-los grados superiores no era más seria que en el grado de aprendiz, y
-se hablaba mucho de la _Acacia_, de la _Sala de en medio_, de la _Luz
-opaca_ y otras lindezas. Para explicarlas sería preciso entrar con
-brío en la leyenda del _Arte-Real_; pero como esta y cuanto a ella
-se refiere es fastidioso en grado sumo, nos limitamos a recomendar
-al lector se abstenga de perder el tiempo averiguando el significado
-de los millares de emblemas diversos usados por las doscientas o
-trescientas disidencias o cisma del primitivo francmasonismo, entre
-los cuales el rito _escocés y aceptado_, que parece predominante
-en nuestros tiempos, tiene por liturgia un enredado berenjenal de
-alegorías, entre místicas y filosóficas, donde fracasa la más segura y
-sólida cabeza.
-
-Los _Maestros sublimes perfectos_ se retiraron muy tarde, y a la
-madrugada no quedaban en el local más que cuatro individuos, reunidos
-en torno a la mesa en la _Cámara de meditaciones_. Eran _Cicerón_,
-Monsalud, don Bartolomé Canencia, y otro cuyo nombre y persona serán
-conocidos en el transcurso del diálogo. Este (que acababa de entrar
-concluidas las sesiones) y Canencia fijaban su atención en unos papeles
-llenos de guarismos y en un saquillo de monedas, contando a ratos, y a
-ratos apuntando cifras. Los otros dos hablaban.
-
-—La _Cámara de perfección_ —dijo Campos—, no ha querido mostrarse
-severa contigo. Ha decidido que no seas _radiado_ por ahora, y que, en
-vez de _dormir_, pidas una licencia ilimitada, que se te dará.
-
-—Tonterías y debilidades —respondió Salvador riendo—. Ni yo quiero
-licencia, ni la necesito, ni la pediré, ni me importa que me _radien_ o
-me escriban en todos los libros rojos o amarillos.
-
-—Hazme el favor —indicó Campos con socarronería— de no echártela de
-hombre superior. No valemos tan poco como crees. El discursillo
-de esta noche que tan justamente alborotó la logia, y la carta que
-me escribiste renunciando las comisiones que yo quería encargarte
-en provincias, me prueban que estás en un período de hipocondría o
-satánico orgullo. Señor Aristogitón, hay que civilizarse; hay que
-aceptar las cosas como son; hay que renunciar a esos humos de hombre
-puro, so pena de anularse y caer en triste olvido... Es particular: yo
-te alargo la mano para sostenerte y elevarte, y me la rasguñas. ¡Pobre
-gatillo inocente! El discurso de esta noche bastaría para expulsarte
-definitivamente de entre nosotros, y, sin embargo, gracias a mí te
-quedarás; gracias a mí...
-
-—Para nada quiero seguir.
-
-—Seguirás —repitió Campos con benévola insistencia—, y no solo
-seguirás, sino que nos serás útil. ¡Tunante! Más de cuatro quisieran
-verse en tu lugar. Has de saber que tus salidas de tono y tus desaires,
-en vez de ocasionarte disgustos, te proporcionan gangas. Ya verás qué
-pedrada te voy a dar esta noche.
-
-—A nada conduce tanto hablar, señor Campos —repuso Aristogitón con
-impaciencia—. Es tarde: de una vez dígame usted si han tratado esos
-señores algo referente a Vinuesa y su conspiración.
-
-—Eres en verdad sospechoso. ¿En qué se funda tu interés por ese Gil de
-la Cochera, de la Cuadra o no sé de qué?
-
-—Es pariente mío.
-
-—¿Cercano?
-
-—Muy cercano.
-
-«Quizás sea su padre —dijo para sí—. Estos hijos de nadie se exponen a
-que de buenas a primeras les salga un padre en cualquier calabozo.»
-
-—¿Se ocupan de esto? ¿Sí o no?
-
-—Nos ocupamos, sí. El castigo de Vinuesa y sus cómplices es una de las
-cosas que más preocupan a la gente política. No han sido olvidados
-otros asuntos graves, como la disolución del cuerpo de Guardias; los
-insultos al rey; las nuevas Cortes, que se abrirán dentro de unos días;
-la Sociedad de los comuneros, que está metiendo demasiado ruido, y las
-partidas de guerrilleros que comienzan a aparecer. Es un hormiguero de
-asuntos graves, que hacen de España un país de delicias.
-
-—Por supuesto, no habrán resuelto nada. Los _Maestros sublimes
-perfectos_ se parecen al gobierno como una calabaza a otra. Aquí como
-allí se procede de la misma manera. Habrán decidido que no conviene
-absolver a Vinuesa, ni tampoco condenarlo; que no conviene castigar
-a los insultadores del rey, ni tampoco alentarles; que el cuerpo de
-Guardias está bien disuelto, pero que se debe crear otro; que la mejor
-manera de acallar el ruido que hacen los comuneros, es alborotar mucho
-aquí; que las nuevas Cortes no son buenas, pero tampoco malas, y que
-la política debe ser exaltada para contentar al populacho, y al mismo
-tiempo despótica para contentar a la corte.
-
-—Atacas el justo medio, que es el arte político por excelencia, bribón
-—dijo Campos riendo—. ¿Tú qué entiendes de eso? Sin este tira y
-afloja; sin esta gracia de Dios que consiste en no hacer las cosas
-por temor de hacerlas a disgusto de Juan o de Pedro, no hay gobierno
-posible.
-
-—En una palabra, los _sublimes_ no han decidido nada. Ya dijo Voltaire
-hace muchos años: _La masonería no ha hecho nunca nada, ni lo hará_.
-Tenía razón.
-
-—Protesto —gritó Canencia, apartando por un momento su atención de las
-monedas, de los guarismos y del amigo que con él contaba y escribía—.
-El buen Arouet no ha dicho semejante cosa. No calumniemos al gran
-filósofo, señores.
-
-—Quienes le calumnian, querido Sócrates —dijo Campos en un momento de
-ira—, son los volterianos, que fuera de aquí se fingen beatos para
-halagar a los curas.
-
-—Pero si halagan a los curas honrados —repuso Canencia volviendo a
-contar—, no trabajan por la impunidad de los curas absolutistas que
-escandalizan al país con sus conspiraciones... Cuarenta y cinco reales
-en medias pesetas.
-
-—Usted, papá Sócrates —dijo Monsalud con mal humor—, reparta el _dinero
-de la Viuda_ y deje lo demás.
-
-—Volviendo a nuestro asunto, hermano Aristogitón —manifestó Campos—, te
-conviene mucho no meterte a redentor de cautivos. El Grande Oriente no
-puede aplacar la efervescencia del pueblo contra Vinuesa, ni absolver
-a este, aunque hará todo lo posible porque no se le condene a muerte,
-ni tampoco pondrá en libertad al de Tamajón, ni a tu Gil de la Cuadra,
-porque si lo hiciera se supondrían complicidades absurdas. Ya sabes lo
-que es el vulgo... y por más que digan, los gobiernos deben dar algo al
-señor vulgo en compensación de lo mucho que a todas horas le piden.
-
-—Pues yo me retiro —dijo Monsalud resueltamente.
-
-—Aguarda, torpe, ingrato. Te he dicho que iba a darte una pedrada esta
-noche.
-
-—No estoy para bromas.
-
-—Vamos, será preciso cogerte con lazo, y luego atarte las manos para
-que no des bofetadas a tus favorecedores.
-
-Campos sacó del bolsillo un pliego doblado en cuatro.
-
-—Aquí tienes tu destino.
-
-—¿Qué destino? —preguntó el joven con asombro.
-
-—No te hagas el tonto, Salvador, ni vengas acá con ridículas y
-mentirosas modestias. Con esta clase de latigazos se domestica a las
-fieras catonianas. Ya se que no te gusta pedir nada; ya sé que te falta
-boca para proclamar tu horror a los destinos públicos, y censurar la
-ambición y a los ambiciosos. Todos hacemos lo mismo; pero cuando nos
-dan algo... lo tomamos.
-
-—Yo no entiendo una palabra de lo que usted me dice.
-
-—Vamos, que no te falta ya más que hacerte anacoreta, y excomulgarme
-por favorecerte. No tanto, joven modesto. Aquí tengo una credencial de
-treinta mil reales, una canonjía admirable en la secretaría del Consejo
-de Indias. Poco trabajo, ninguna responsabilidad. Con los suspiros que
-otros han exhalado por esta plaza, se podría dar a la vela un navío. El
-ministro, al dármela esta noche en el capítulo, me dijo que desde que
-vacó ese puesto, lo han solicitado unos cien o doscientos _adictos_.
-Pero yo la había pedido para ti con muchísimo empeño, y el ministro
-no podía desairarme; el ministro me ha dado la plaza, a pesar de tu
-irreverente y sacrílego discurso de esta noche.
-
-—Estoy muy agradecido a usted, pero no acepto.
-
-—Es el primer caso que veo en España, querido Salvador —dijo Cicerón
-con la malicia escéptica que le era habitual—; es el primer caso que
-veo de un hombre a quien le dan esta bendición de Dios que yo tengo
-en la mano, y se queda sereno y frío como tú estás ahora. Tú no eres
-hombre, tú no eres español.
-
-—¿Pero usted por su propia iniciativa ha pedido para mí ese destino, no
-habiéndolo solicitado yo? —preguntó el joven tratando de averiguar el
-motivo de aquella protección sospechosa.
-
-—Hombre, la verdad... a mí no se me ocurría tal cosa; pero mi
-sobrina Andrea, que a todo atiende, que todo lo prevé, que sabe tan
-bien adivinar las necesidades, me dijo no hace muchos días: «Es una
-vergüenza que hayan colocado tanta gente inepta, y esté sin destino
-Salvador Monsalud.» Comprendí que tenía razón, y le contesté que tú
-nunca habías pedido nada, y que en la casa del señor duque del Parque
-estabas muy bien... Ella me dio a entender que deseas la plaza.
-
-—¡Yo!
-
-—Tú. Andrea es excelente, es caritativa como ninguna, y estima mucho
-a todos mis amigos. Me ha dicho que habías estado en casa a verme;
-que no hallándome, esperaste largo rato; que estabas meditabundo y
-cariacontecido; que te dio conversación para distraerte; que hablando
-de cosas de la vida, le diste a entender con frases delicadas y
-parabólicas que deseabas un buen empleo; en suma, según mi sobrina, tú
-le rogaste con buenos modos que influyera conmigo para que el Grande
-Oriente te proporcionara una pingüe colocación.
-
-—¡Qué falsedad!... Pero, ¿lo dice usted seriamente? —preguntó Monsalud
-con ira.
-
-—¿Desmentirás a mi sobrina?
-
-—Yo no desmiento a nadie. Simplemente digo que muchas gracias, y que
-guarde usted su credencial para otro.
-
-Diciendo esto, Salvador clavó tenazmente los ojos en el semblante de
-Cicerón, tratando de leer en él los móviles de conducta tan extraña.
-Aquella extemporánea protección del _Maestro sublime perfecto_,
-otorgada precisamente a quien acababa de hacer a la congregación una
-ofensa grave, encerraba sin duda algún misterio. Conocía bastante
-Monsalud el carácter de Campos para creer en su benevolencia, y
-conocía bastante el Orden para suponerle capaz de dar a los que no
-pedían. Ni consideraba tampoco verosímil la intervención de Andrea en
-aquel asunto. Hizo diversos juicios y sentó varias hipótesis; pero
-ni de aquellos ni de estas resultó nada concreto. También fue inútil
-la observación analítica del plácido rostro de Campos, pues el gran
-masón no era hombre que a su cara permitía vender los secretos del
-entendimiento.
-
-—Yo lo agradezco mucho —repitió el joven—; pero de ningún modo puedo
-aceptar.
-
-—Basta: para fórmula modesta, para vergüencilla de niño bien educado,
-basta ya —dijo Campos burlonamente—. Pues esto que ahora te doy, no
-es más que para hacer boca. Ya he hablado al ministro de enviarte a
-desempeñar una de las superintendencias de Indias, con la cual puedes
-ser hombre rico en diez años.
-
-Aquel proyecto de envío a Ultramar, aumentando al principio la
-confusión del joven, confirmó sospechas dolorosas que en su alma
-empezaban a nacer.
-
-—¡Repito que no y que no! —dijo con la mayor energía—. Muchas gracias
-por todo; pero celebraré que no me vuelva usted a hablar de eso.
-
-—Entonces —indicó Campos, cruzando los brazos en señal de perplejidad—,
-pide por esa boca. Imagina algún imposible; pide la luna, a ver si te
-la podemos dar.
-
-—Lo que deseo, ya lo pedí en la _tenida_.
-
-—Pues eso es un disparate. Ya te he dicho que no podemos decidir nada.
-Hay cuestiones que no se resuelven sino dejándolas sin resolución. ¿Te
-ríes...? ¡Maldita sea tu filantropía! Yo quisiera comprender en qué
-consiste tu interés por Gil de la Cuadra.
-
-—En que le debo la vida.
-
-—¿Y qué es eso de deber la vida?
-
-—Una cosa que no entienden los egoístas.
-
-—Tú estás loco —dijo Cicerón haciendo gestos de desdén—. Señor Regato,
-¿qué le parece a usted la pretensión de nuestro joven filántropo?
-
-El señor don José Manuel Regato alzó los ojos del montón de dinero para
-fijarlos en el cercano grupo. Hombre tan célebre merece algunas líneas.
-
-
-
-
-X
-
-
-Era de mediana edad y fisonomía harto común: ni alto ni bajo, moreno y
-curtido de rostro, a excepción de la frente, que era muy blanca. Sus
-pobladas cejas negras y el pelo espeso y cerdoso indicaban fortaleza.
-Había en sus ojos la vaguedad singular propia de los tontos o de
-los que aparentan serlo, y a menudo reía, como tributando de este
-modo complaciente lisonja a cuantos le dirigían la palabra. Vestía
-completamente de negro, asemejándose, por esta circunstancia, a una
-persona de estado eclesiástico; afectaba la más refinada compostura,
-y al mirar contraía los párpados a manera de los miopes. Si los abría
-en momentos de sorpresa, de miedo o de ira, distinguíanse los verdosos
-y dorados reflejos de su iris, muy parecido al de los gatos. Cuando
-quería hablar algo de interés, iba acercándose poco a poco al asiento
-de su interlocutor, y su manera de acercarse, su especialísima postura
-al sentarse, arrimando el codo o el hombro a la persona, eran fiel
-copia de los zalameros arrumacos del gato. Muchos habían observado esta
-semejanza, y hasta en el apellido de Regato, es decir, reiteración en
-las cualidades gatunas, hallaban motivo de burla los maliciosos.
-
-—Antes de pedir con tanto empeño la impunidad de Vinuesa y compañeros
-—dijo don José Manuel—, yo me pondría en paz con Dios por lo que
-pudiera tronar. Defendiendo a tales víctimas, se corre el peligro de
-ser una de ellas. Gil de la Cuadra es uno de los peores. ¡Valiente
-pajarraco defiende usted, amiguito Monsalud! Con la mitad de lo que él
-ha hecho se va de bureo a la plazuela de la Cebada. No es crueldad,
-señores; pero si a este candoroso anciano no le ponen la corbata de
-cáñamo, no hay justicia en el mundo.
-
-—A quien hay que poner la corbata de cáñamo —dijo Salvador con súbita
-ira— es a los serviles que impulsaron a Vinuesa y compañeros mártires,
-para abandonarles en el momento del peligro. Quizás celebran hoy que
-la muerte de esos infelices borre la huella de trabajos más formales;
-quizás se mezclan hipócritamente a la canalla soez que pide horca y
-hogueras... para distraer de sí la atención del pueblo honrado y del
-gobierno.
-
-—Quizás... —repitió serenamente Regato.
-
-—Si sigues por esa senda de sentimentalismo —afirmó Campos, dando a
-Monsalud familiar espaldarazo—, es muy posible, ¡oh joven!, que te
-pongan entre los sospechosos o poco adictos al sistema.
-
-—Pónganme donde quieran —manifestó Salvador—. Yo sé dónde estoy y
-conozco bien los sitios y las personas. Desprecio los juicios malignos
-que aquí o fuera de aquí puedan hacerse de mi conducta.
-
-—Enérgico estás —dijo Cicerón con jovialidad—. Verdad es que quien se
-ha extralimitado en el templo, bien puede salir de sus casillas en la
-sacristía.
-
-—¿Qué es eso de sacristía? —indicó Canencia, desperezándose, después de
-contado el dinero, como hombre que ha terminado un gran trabajo—. No se
-pongan motes de clerigalla a estos venerables lugares. Esto se llama
-la _Cámara de meditaciones_... Cuente usted otra vez lo suyo, señor
-Regato. Son 836 reales y tres maravedises.
-
-—No vuelvo a ensuciar mis manos en esta inmundicia —dijo Regato—.
-¡Válgame Santa Mónica, cuánta calderilla! Parece mentira que una
-hermandad tan ilustre y a la cual pertenece tanta gente adinerada, no
-ponga más que estos miserables huevecillos.
-
-—Los gordos son para el hermano Sócrates —dijo Monsalud—. Mire usted,
-señor Regato, cómo va echando carrillos y rejuveneciéndose el buen
-masón de Salamanca.
-
-—Cállate, picarillo —repuso Canencia—. Ya sabes que puedo sacarte los
-colores a la cara siempre que quiera.
-
-—Señal de que tengo vergüenza.
-
-—O de que la tuviste... Pero basta de boberías. Cobre usted, señor
-Regato, y venga recibo.
-
-—Las cuentas de estos señores —dijo Salvador— son tan embrolladas como
-las leyes masónicas.
-
-—Es sencillísimo —contestó Regato—. Se me deben 1233 reales. Aquí
-está mi cuenta... «Por dos calaveras que mandó traer de la bóveda de
-San Ginés en 6 de noviembre, 42 reales... Por el bordado de cuatro
-mandiles, 268... Por echar una pieza al sol, 12... Por pintar las
-llamas, 30... Por una escuadra nueva y siete malletes, 58... Por
-aguardiente que se dio a los de policía el 5 de enero, 14... Por lo que
-se repartió cuando tiraron la pedrada al coche de _Narices_, 410...
-Por papel de circulares, 60... Por saldo del piquillo que se le debía
-a Grippini, el cafetero de _La Fontana_, 140... y así sucesivamente,
-señores. Total, 1233 reales.» Ahora papá Sócrates ajusta las cuentas
-de otro modo, y no quiere darme más que 836 reales. Estas mermas son
-las recompensas de un hombre de bien que consagró su tiempo a ser
-secretario de la masonería durante cinco meses... ¡Vean ustedes qué
-pago! Adelanta uno su dinero para que el Orden no carezca de nada, y al
-pagar... ¡Luego se espantan de que me haya hecho comunero!...
-
-—Bendito don José —dijo vivamente Cicerón—, poco a poco. No nos
-espantamos de que usted se haya hecho comunero: nos espantamos y
-nos enojamos de que usted, tan favorecido por este Gran Oriente,
-prescindiendo de piquillos, alcances y descuentos, fomentara la
-escisión funesta que acaba de realizarse en la Sociedad; que arrastrara
-fuera del Orden a esos desgraciados fundadores de la gárrula Comunería,
-y que ahora, después que forman iglesia aparte, les incite contra
-nosotros, les predique la anarquía y el desorden, convirtiéndoles en
-desalmados jacobinos.
-
-—Yo me marché de la masonería —dijo Regato con firmeza—; yo fomenté
-el cisma; yo contribuí a fundar la Sociedad de los Hijos de Padilla,
-porque la masonería vino a ser rápidamente una sociedad ñoña y que no
-sirve para nada, como dijo Voltaire. Yo no oí las verdades amargas que
-dijo el señor Monsalud esta noche, porque como hermano _durmiente_ a
-perpetuidad, no puedo pasar de la sacristía ni aun entrar aquí sino
-recatadamente y a ciertas horas; pero por lo que me contó el señor
-Canencia, sé que este joven puso el dedo en la llaga. Señores, esto
-es una farsa; esto no conduce más que a un servilismo no menos infame
-que el servilismo del año 14. Aquí se hacen los decretos a gusto de
-dos o tres maestros del grado sublime; aquí se eligen los diputados;
-aquí no hay otra cosa que los manejos de cuatro fatuos que mandan
-y a su gusto disponen de todo. No les quiero citar, porque no hay
-para qué. Pero ellos quieren establecer el gobierno perpetuo de los
-tibios, y adjudicarse todos los destinos. Esto no puede ser, y no será.
-Hemos fundado la Comunería para establecer la verdadera libertad,
-sin boberías de orden y servilismo encubierto; para darle al pueblo
-su total soberanía, y que se hagan todas las cosas como al santo
-pueblo le dé la gana; para desenmascarar a tanto pillo farsante, y
-hacer que obtengan destinos los verdaderos hombres de bien, adictos
-al sistema. Basta de papeles y comedias bufonas. Nosotros vamos a
-la verdad, a la realidad. Odio eterno, señores, entre unos y otros;
-queremos separación eterna, irreconciliable de los que desterraron
-a nuestro querido héroe, de los que contemporizan con la corte y la
-Santa Alianza, de los que disuelven el ejército libertador, de los que
-persiguen a las sociedades patrióticas de _La Fontana_ y _La Cruz de
-Malta_, de los que hacen la mamola a los obispos y al Papa, de los que
-ponen dificultades a la organización de la Milicia nacional; separación
-eterna de los que en una mano tienen el libro de la Constitución y en
-otra el cetro de hierro del _Rey neto_. Este es el Orden de Padilla;
-esta es la Confederación de Padilla, que hará en España la revolución
-verdadera, que establecerá el sistema constitucional en toda su pureza,
-y pondrá fin al reinado de los pillos e hipócritas. El Orden de Padilla
-derribará al infame ministerio de las _páginas_ y de los _hilos_ antes
-de ocho días, señores; óiganlo bien, antes de ocho días.
-
-Nadie contestó en los primeros momentos. Cicerón meditaba apoyando su
-sien en el dedo índice. Canencia sonreía. Monsalud, indiferente a la
-perorata, se levantó para retirarse.
-
-—¡Gran suerte será para nosotros —dijo al fin Campos— que el señor
-Regato nos perdone la vida!
-
-—Yo no amenazo. Al contrario, invito a todos los buenos amigos a que se
-vengan conmigo.
-
-—Es muy cómodo eso —indicó Cicerón—. Vivir con la masonería, cobrar 800
-reales por calaveras, remiendos echados al sol y aguardiente dado a la
-policía, y marcharse después con los comuneros para hacernos la guerra.
-
-—No pueden ustedes acusarme de interesado —dijo Regato, levantándose
-también para marcharse—. La Comunería es pobre; no da destinos.
-
-—Pero los dará tal vez dentro de ocho días. Ya se puede esperar.
-
-—Antes que se me olvide, señor don José Manuel —dijo el filósofo
-Canencia, que no se apartaba de lo positivo—. Me han dicho que allá
-tienen falta de espadas y broqueles. Aquí tenemos algunas piezas de
-sobra.
-
-—Veo que esto acabará en Rastro —repuso el comunero guardando sus
-cuartos—. Nosotros usamos espadas de acero, no de latón.
-
-—Pues buen provecho, hombre, buen provecho.
-
-—Para mis amigos soy el mismo de siempre —dijo Regato echándose la capa
-sobre los hombros—. ¡Quién sabe si...!
-
-—El hermano Sócrates y yo tenemos que ajustar ahora otra especie de
-cuentas. Buenas noches, señor Regato.
-
-—Yo me retiro también —dijo Monsalud—. Repito lo del destino, señor
-Marco Tulio. Muchas gracias, muchas gracias por la secretaría; pero que
-sea para otro.
-
-—Adiós, puerco-espín... Señor Regato, mucho cuidado con ese granuja que
-sale con usted... Es capaz de hacerse comunero si usted se lo dice tres
-veces.
-
-Cuando ambos salieron a la calle, el más joven dijo:
-
-—Señor don José Manuel Regato, yo quiero ser comunero.
-
-Uno y otro hablaron breve rato, separándose después.
-
-
-
-
-XI
-
-
-Seguía viviendo Solita en casa de doña Fermina Monsalud, a donde
-trasladó el pequeño mueblaje patrimonial; y su bondad y sencillez
-nativas, así como la gran desgracia que padecía, abriéronle pronto el
-corazón de la madre y el hijo. Otras personas necesitan largo tiempo y
-trato para ganarse una amistad profunda; pero Solita a los ocho días
-ya era de la familia. Durante las largas ausencias de Salvador, que
-estaba fuera casi todo el día y parte de la noche, la señora mayor
-y la señorita, sin dejar de la mano una y otra labor de utilidad o
-entretenimiento, no cesaban de discurrir sobre las probabilidades de
-que el señor Gil de la Cuadra fuese puesto en libertad; y como el
-tema las llevaba al áspero terreno de la política, concluían siempre
-diciendo mil desatinos, que en su buena fe y candor les parecían
-discretas observaciones o grandiosos descubrimientos.
-
-—Dicen que va a caer el gobierno —indicaba doña Fermina—. Si entran
-después los que quieren que todo sea libertad y más libertad, no habrá
-presos.
-
-—Lo que yo creo más probable —respondía Soledad— es que el rey se
-levante de mal humor cualquier mañanita, y mande a su caballerizo mayor
-a las Cortes. Desengáñese usted, de ahí viene todo el mal.
-
-Algunos días veían los sucesos con alegres ojos; otros sombríamente y
-con tristeza.
-
-—Tengo el corazón traspasado —decía Solita dejando caer sus lágrimas
-sobre la costura—. He cerrado un momento los ojos para rezar, y he
-visto a mi padre expirando en el calabozo.
-
-—No pienses tonterías —contestaba la Monsalud—. Yo he cerrado también
-los ojos para rezar, y he visto al señor Gil poniéndose la capa para
-salir de la cárcel. El mejor día le ves entrar por esa puerta... Mi
-buen hijo ha tomado con empeño este negocio.
-
-Entraba entonces Salvador fatigado y sombrío, y al punto las dos
-mujeres clavaban en él la vista para adivinarle los pensamientos antes
-que los manifestase. Solita se lo comía con los ojos, y había adquirido
-tal arte para leer en la expresiva fisonomía del joven, que al verle
-entrar decía para sí: «hoy tenemos malas noticias», o: «hay esperanzas.»
-
-Soledad creía deber suyo pagar con pequeños trabajos y servicios los
-favores sin cuento que en aquella casa recibía. En un par de días
-enterose minuciosamente de los hábitos de la familia, y procuraba que
-su presencia en la humilde vivienda fuera de lo más útil posible.
-Aguzaba su ingenio para introducir en el cuarto de Salvador refinadas
-comodidades, previendo cuanto el buen muchacho necesitar pudiera; se le
-conocía en la cara y en el modo de mirar que no abandonaba un punto la
-observación cariñosa y vigilante de todo cuanto a su hermano postizo se
-refiriese.
-
-Separada de su padre y de los parientes maternos, la persona a
-quien tenía mayor respeto era aquel protector advenedizo en cuyos
-brazos había caído. Con la madre tenía confianza, con el hijo no.
-Además de que no osaba entablar conversación con él, fuera de las
-preguntas propias de las circunstancias, manteníase siempre distante y
-respetuosa. Salvador, a los pocos días de vida común, la tuteaba. Como
-pasasen muchos días sin que ella correspondiese a esta familiaridad, él
-le dijo:
-
-—Cuando el pobre Gil se separó de nosotros, quiso que fuéramos
-hermanos. Trátame como se tratan los hermanos, y llámame _Salvador_ a
-secas y _tú_.
-
-—Me parece que no podré acostumbrarme a eso —respondió la niña
-ruborizándose.
-
-Contradiciendo su propia opinión, se acostumbró muy pronto.
-
-Cuando el joven dormía, avanzada la mañana, una como divinidad del
-silencio cuidaba de evitar los más ligeros ruidos de la casa. Cuando
-volvía muy tarde, las más veces en el último confín de la noche, Solita
-velaba sin fatiga ni sueño para que no esperase ni un minuto en la
-puerta, ni le faltara nada al entrar. Nunca se había permitido la más
-ligera broma con él, ni dejó de emplear, para decirle algo, el tono más
-comedido y serio. Una noche, sin embargo, le salieron las palabras a la
-boca con tal ímpetu, que se extralimitó a hablarle así:
-
-—¡Qué tarde has venido esta noche, hermano! Se conoce que tú y tu novia
-habéis tenido muchas cosas que deciros.
-
-Soledad no comprendía que un hombre trasnochase por otra razón que por
-estar hablando con su novia.
-
-Acogió Salvador la observación con amable sonrisa. Arrojándose en
-una silla con muestras de gran cansancio, contempló a su improvisada
-hermana que estaba ante él sosteniendo una luz, y se fijó más que nunca
-en las graves imperfecciones de su rostro, no tantas, sin embargo,
-que disminuyesen el fuerte atractivo simpático que existía en ella, a
-manera de reflejo o anuncio del alma.
-
-—Solita —le dijo Monsalud riendo—, con esa luz en la mano te me pareces
-a la Fe iluminando al mundo. Yo he visto en alguna parte una estatua,
-cuadro o estampita igual a ti en este momento... Dime, hermana, y
-perdona mi curiosidad: y tú, ¿no tienes novio?
-
-Solita volvió rápidamente la espalda para retirarse; pero arrepentida
-sin duda, tornó a mirar a su hermano.
-
-—Bien sabes que lo tengo. Mi primo Anatolio...
-
-—¡Ah, ya recuerdo! Tu papá me habló de un primo tuyo, que también será
-ahora primo mío... Ya recuerdo, sí; el primo Anatolio, que va a ser mi
-cuñado.
-
-—Justamente. ¿Quieres algo?
-
-—Aguárdate y respóndeme. ¿Quieres mucho a nuestro primo?
-
-—Ya sabes que mi padre ha dispuesto que sea mi marido.
-
-—¿Le has visto alguna vez?
-
-—Cuando éramos niños. Yo no me acuerdo bien cómo es. Mi padre hace poco
-me solía decir: «Tu primo Anatolio ha de ser a esta fecha un arrogante
-hombrazo como Salvador el de doña Fermina.»
-
-—Pero no me has dicho si quieres mucho a tu Anatolio.
-
-—Eso no se pregunta. ¿No he de quererle si mi padre me ha mandado que
-le quiera y me case con él?
-
-—A eso no hay nada que decir, hermana. Cuando te cases y vayas a
-Asturias, te prometo hacerte una visita: ¿qué te parece?
-
-—Me parece muy bien.
-
-—Y seré padrino de tu boda... y seré padrino de tus niños, de mis
-sobrinillos.
-
-—Buenas noches, compadre.
-
-Pero esta clase de diálogos eran una excepción. Generalmente, cuando
-Salvador entraba, Soledad le decía preguntas referentes a la deseada
-libertad de su padre.
-
-—Hermano —le dijo una noche—, tu cara me anuncia malas noticias: ¿qué
-hay?
-
-—¿Malas noticias? —repuso el joven dando un suspiro y meditando breve
-rato—. La verdad, este asunto es difícil. Se sacan piedras del fondo
-del mar; pero ¿quién saca la pobre víctima que cae en el inmenso fondo
-de barbarie del populacho?
-
-Solita dio un suspiro y elevó sus expresivos ojos al cielo.
-
-—Pero no hay que desesperar, hermanita —añadió Salvador consolándola—.
-Cuando yo llegue al último extremo en mis fatigas y empeños por salvar
-la vida al pobre reo; cuando yo no pueda más, vendrá lo imprevisto,
-vendrá Dios y lo salvará.
-
-—Según eso, traes malas noticias —dijo Soledad con abatimiento.
-
-—Malas no, regulares. He adelantado algo. Mañana veremos. Conque buenas
-noches, comadre.
-
-Solita dio otro suspiro y se alejó; pero retrocediendo al instante,
-hizo esta pregunta:
-
-—¿Y le has visto?
-
-—Todavía no he podido verle. Ponen mil dificultades; pero pienso
-hacerme amigo de los comuneros, a ver si por este medio...
-
-—Los comuneros... es decir, don Patricio. Dime, hermano, ¿son todos tan
-tontos y tan crueles como nuestro vecino?
-
-—Allá se le van... Creo que me será fácil ver a tu padre. Descuida,
-que si no podemos conseguir su absolución, trataremos de arreglarle la
-escapatoria.
-
-—¡Qué bueno eres, pero qué bueno! —exclamó Sola—. Siempre que te oigo
-hablar, se me llena el corazón de esperanza, y veo a mi pobre padre
-libre y feliz. Lo que haces por nosotros, Salvador, es más que cuanto
-pueden hacer los hombree más generosos. Mucho ha de darte Dios en esta
-vida o en la otra para poder premiarte.
-
-—Dios no tiene que darme nada, tonta. Esto es una deuda, mejor dicho,
-aquí hay varias deudas que pesan sobre mi alma. Si salvo a tu padre de
-la muerte primero, de la cárcel después, sentiré un alivio...
-
-—Ya sé... cuando mis padres marcharon a Francia hace ocho años,
-ocurrieron cosas terribles.
-
-—Sí, muy terribles. Algunas de ellas no las puedes comprender. Por
-fortuna tú no estabas allí: te dejaron en La Bañeza.
-
-—Pero todo me lo contó mi madrastra —manifestó Solita con emoción—. La
-pobre te estimaba mucho, y constantemente hablaba de ti. Hasta en el
-día de su muerte te nombró varias veces...
-
-Salvador callaba, fijando la vista en el suelo.
-
-—No digas que soy generoso si saco a tu padre de este mal paso
-—manifestó después de una pausa—. Di más bien que soy un malvado si no
-le salvo.
-
-—¿Y si es imposible?
-
-—Nada hay imposible —repuso el joven con brío—. Soledad, tendrás padre,
-tendrás marido... ¿Sabes que conviene escribir a tu primo Anatolio,
-refiriéndole la situación en que te hallas?
-
-—Como tú quieras —respondió la joven con indiferencia.
-
-—Le escribiré, vendrá, te casarás. Para entonces, vive Dios, o soy
-digno del desprecio de todos, o estará tu padre libre. Viviréis felices
-y tranquilos... ¡Oh, qué hermosa familia vamos a tener aquí!... porque
-supongo que el señor Gil se verá rodeado de nietos dentro de algunos
-años... ¡Pobre anciano, cómo gozará jugando con los pequeñuelos!...
-Y ese Anatolio será un buenazo, un corazón de oro... Lo dicho, seré
-padrino de tus muñecos.
-
-—Buenas noches, compadre. Que duermas bien.
-
-—Buenas noches.
-
-Y al acostarse, a sí mismo se decía:
-
-—¿La ves tan desgraciada, tan pobre, tan sola? Pues con su sencillez,
-su ignorancia y su Anatolio, será más feliz que tú.
-
-
-
-
-XII
-
-
-El personaje a quien los de la _Acacia_ daban el nombre de _Cicerón_,
-vivía en una hermosa casa a la extremidad de la calle de Don Pedro,
-junto a las Vistillas. La dirección de Correos, que hoy constituye
-una posición decente, era en aquellas calendas una verdadera mina,
-y ahondando en ella, el señor Campos, a pesar de su oscuridad
-política, había conseguido, manejando cartas, y no de baraja, allegar
-un capitalejo que en lo sucesivo sirvió de tema de maledicencia
-al envidioso vulgo. Entró con pie derecho este insigne personaje
-en la burocracia revolucionaria, por reunir los tres requisitos
-indispensables para medrar durante aquel período, los cuales eran:
-haber padecido durante el régimen absoluto, haber intervenido en la
-mudanza del 20, y estar afiliado en las sociedades secretas.
-
-Vivía, pues, pacífica y cómodamente con su familia, no por cierto muy
-numerosa; pues constaba tan solo de dos personas: su hermana doña
-Romualda (señora de muy poco seso en su juventud, al decir de la gente;
-pero que en la época de nuestra historia parecía querer apaciguar su
-conciencia dándose a la devoción con ardiente celo), y su sobrina
-Andrea, hija de Mauricio Campos, que volvió de Indias el año 12 con
-una regular fortuna de que no pudo disfrutar porque le sobrevino la
-muerte. Huérfana de padre y madre a los once años de edad, la hermosa
-niña quedó bajo la tutela de su tío, que no tuvo reparo en empezar su
-administración disipando en conspiraciones una parte de la fortuna de
-la pobre indianilla; y para mayor perjuicio de esta, los frecuentes
-viajes de Campos la ponían bajo la inmediata protección de doña
-Romualda, que por aquellos días no había salido aún de la etapa de las
-calaveradas amorosas.
-
-Andrea, cuya crianza en América no había sido ejemplar, a causa de
-la temprana muerte de su madre, tuvo una escuela lamentable en la
-peligrosa edad del cambio de juguetes, es decir, cuando se decreta la
-jubilación definitiva de las muñecas y el planteamiento de los novios.
-Mal atendida por su tío y peor tratada por doña Romualda, a quien
-aborrecía cordialmente, la joven vivía ensimismada, cultivando con
-ardor su propia imaginación. Contrajo amistades que una madre prudente
-hubiera prohibido; intimó excesivamente con las criadas; paseaba en
-compañía de estas más de lo conveniente, y en cambio del cariño y
-agasajo que le negaran dentro de casa, disfrutaba de una libertad que
-no conocían las señoritas de aquella época y rara vez las de esta. Por
-esto Andrea se parecía tan poco a las niñas españolas de su tiempo.
-Era una criolla voluntariosa, una extranjera intrusa que habrían
-repudiado Moratín y Cruz. Su familia favorecía más cada vez aquella
-libertad. Doña Romualda, que empezaba a sufrir la transformación de la
-edad paleolítica de los amores a la edad neolítica de las devociones,
-tenía mucho que hacer: estaba en la iglesia. El buen Campos también era
-hombre ocupadísimo por aquellos días: estaba conspirando.
-
-Era la indiana buena y sensible. Fácilmente comprendía la verdad, por
-poco que se la mostraran. Fácilmente acertaba con lo justo y honrado,
-por simple iniciativa de su conciencia. Pero tenía ansia de afectos
-ardientes, y miraba sin cesar a todos lados buscándolos. Su desgracia
-consistía en que le era forzoso abrirse sola y sin ayuda de nadie
-el áspero camino de la juventud. Habría necesitado para esto tener
-un caudal de energía y de entereza moral que rara vez da Dios a las
-criaturas; pero que suplen, en el admirable orden de la sociedad,
-las personas allegadas y mayores de la familia. Careciendo de fuerza
-propia y de sostén extraño, hubiera sido prodigio que la gallarda flor
-se mantuviera derecha. Los prodigios son muy raros en el mundo. Bueno
-es hacer constar que la pobre Andrea, avisada del peligro por una
-intuición potente, hizo esfuerzos instintivos para sostenerse erguida y
-pomposa, vuelta hacia el sol la virginal corola; pero el viento soplaba
-con demasiada fuerza y se dobló.
-
-Era tan guapa que su vanidad (otra desgracia no pequeña) resultaba cada
-vez más lógica. Habría sido conveniente que ignorara durante algún
-tiempo la riqueza de seducciones que atesoraba en sus ojos, en su boca,
-en todas las partes de su cara morena y alegre, llena de inexplicables
-gracejos y atractivos; en su cuerpo delgado y flexible, de esos que no
-tienen clasificación fácil en el cuadro ginecológico, y son tales, que
-para buscarles semejante necesita el observador descender en busca de
-un ser antipático y que se arrastra: la culebra.
-
-Pero Andrea no tuvo a nadie que le hiciera el sumo bien de engañarla
-durante algún tiempo respecto a su belleza, y entregose desde muy niña
-al fascinador deleite de los espejos. Las criadas cantaban a su oído un
-coro de lisonjas. En la sala de su casa había una hermosa estampa que
-representaba la famosa escena de Friné entre los jueces de Atenas, y
-Andrea, de tanto leerla, se sabía de memoria la leyenda grabada al pie
-con resplandecientes letras de oro. Aunque parezca extraño, conocidos
-los tiempos y el lugar, no puede menos de suponerse que en aquella
-cabeza hervían ideas gentílicas; pero el paganismo es de todas las
-edades; y buscando sin cesar dónde establecerse, se mete y se acomoda
-allí donde no hay otra religión que haya echado raíces.
-
-Andrea fomentó su vanidad y la adoración de sí misma, consagrando al
-adorno de la persona mucho tiempo, mucha atención y todo el dinero de
-que podía disponer. Si este no abundó durante los ominosos tiempos en
-que Campos conspiraba, luego que vino la era feliz y fue restablecido
-en parte el patrimonio de la huérfana, el buen tío, que no era tacaño
-y gustaba de que su pupila se presentase bien, abrió bastante la mano
-en lo relativo al lujo. Esta era la fórmula de su cariño, porque sin
-duda hay distintas maneras de amar a las sobrinas. Además, Campos, por
-razones de egoísmo, tenía empeño en no contrariarla, deseando alcanzar
-de ella consentimiento para un proyecto nupcial que entre manos traía
-después de la revolución.
-
-No se crea que el _Venerable_ se parecía a los grotescos tutores que
-son el elemento bufón de las comedias italianas del siglo XVIII, y
-que también abundan en el repertorio de las óperas. Campos no quería
-que su sobrina se casase con él. Era viejo; habíase entregado al
-volterianismo, que en aquellos tiempos empezaba a propagar tanto las
-cómodas prácticas del celibato; era además un epicúreo refinado, de
-esos que nos legó el siglo XVIII, y que ya comenzaba a desbancar a los
-rancios egoístas de chocolate y bollos de monjas. Otrosí, tenía Campos
-sus entretenimientos fuera de casa, con los cuales le iba muy bien al
-parecer. Su claro talento, además, no le decía nada favorable a su
-enlace con muchacha primaveral. Su amigo don Leandro no escribió para
-él _El viejo y la niña_ ni _El sí_.
-
-El proyecto consistía en casarla con un señor de edad algo avanzada,
-pero entero, arrogante, fino, discreto, y que sabía ocultar sus años y
-aun hacerse amable, pues a tanto llega en privilegiados individuos el
-arte social. El marqués de Falfán de los Godos era un medio siglo bien
-conservado, gracias a reparaciones hábiles y a un cuidado continuo.
-Había sido exento de Guardias, compañero de Palafox y de Godoy, y en
-aquellos tiempos en que los mozos guapos desempeñaban grandes papeles
-en la corte, y en que se hablaba, como lo prueba el desvergonzado libro
-de un fraile, de serrallos a la turca, de envenenamientos proyectados,
-de matrimonios dobles y otras barbaridades, ante las cuales la discreta
-historia se complace en cerrar los ojos. Así como el duque de Zaragoza
-fue célebre y simpático por sus hurañas resistencias, Falfán de los
-Godos tuvo fama por lo contrario. En 1821 era general; tenía fama, no
-solo de honrado y decente, sino también de gastrónomo y mujeriego, cosa
-natural en un solterón riquísimo y bien parecido, de ancha conciencia
-formada en la escuela enciclopedista del siglo pasado.
-
-Hacia 1820 comenzó a pesarle el celibato; echó de menos algo amante,
-tierno y cariñoso, es decir, los hijos que debía tener y no tenía,
-la esposa que siempre había rechazado como una fastidiosa carga de la
-vida. Falfán de los Godos pensó en casarse, y supuso que sus cincuenta
-años, a pesar de la madurez consiguiente, podían dar aún mucho de sí.
-Acontece o menudo que estos hombres listos y conocedores del mundo,
-pierden la chaveta cuando tratan de poner algún orden en su vida, y
-bastardean completamente la meritoria idea de ser padres, que tan a
-deshora les ocurre. Falfán de los Godos, maestro en el arte de vivir,
-perdió el tino, como todos los de su clase, y en vez de buscar para
-esposa un tipo de bondad reposada, una madura belleza asegurada de
-peligros, y que se acomodase fácilmente a los gustos o ideas del
-trasnochado esposo, fue a incurrir en el maldito antojo de la niña
-fresca y tiernecita que apenas ha empezado a vivir, y tiene un porvenir
-ignoto delante de sus ojos chispeantes. Él no dejaba de comprender
-en ratos lúcidos su error; pero se engañó a sí mismo vanidosamente
-trayendo a la memoria su buena presencia, su gran fortuna, su fama, sus
-gustos artísticos, su finura, rica herencia del antiguo régimen que
-contrastaba con la grosería de los revolucionarios.
-
-Si todo hubiera de resolverse entre el acartonado marqués y Campos,
-la cuestión habría estado concluida en un par de semanas; pero Andrea
-no quería casarse con Falfán de los Godos, porque amaba a otro. Esto
-sí que se parece a todas las comedias italianas del siglo XVIII, a
-las óperas del primer repertorio y a muchas novelas de aquel tiempo,
-principalmente a las de d’Arlincourt, madame Cottin, Florián y mistress
-Bennet; pero no es culpa nuestra que esta vieja historia se nos venga
-a las manos. Acontece alguna vez que las cosas vulgares son las más
-dignas de ser contadas.
-
-En los días que van corriendo para nuestra relación, hacía tres años
-que Andrea había entablado amistades íntimas con un hombre que cierto
-día se metió en su casa buscando refugio contra los corchetes que
-le perseguían. Cómo nacieron y rápidamente tomaron vuelo a manera
-de incendio estos amores, es cosa que ahora no nos importa; pero la
-libertad de que disfrutaba Andrea explicaría muchas cosas. Pasaron
-días, muchos días, y con ellos sucesos buenos y malos que no merecen
-ser referidos. En 1821, la casualidad, o mejor dicho, la política,
-juntó en un círculo al amante de Andrea y a Campos: hiciéronse amigos,
-y cuando este le llevó a su casa no tenía ni vagas sospechas del
-interés que aquella amistad inspiraba a su sobrina. De este modo,
-Píramo y Tisbe no tuvieron que horadar paredes para hablarse, y aunque
-la presencia casi constante del tío les estorbaba, viéndose a menudo
-aun delante de testigos, tenían medios para preparar sus conferencias
-reservadas, las cuales no eran ya frecuentes, porque la libertad de
-Andrea empezaba a disminuir.
-
-El favorecido conocía perfectamente las horas que doña Romualda
-consagraba a la grave faena diaria de sus devociones, las de oficina
-y logia para Campos. Aplicando bien la sentencia profundísima de uno
-de los siete sabios de Grecia, que dijo _aprovecha la ocasión_, aquel
-hombre enamorado hasta la ceguera y el aturdimiento entraba en la casa.
-Estas atrevidas invasiones del templo de un exaltado amor no eran ni
-podían ser frecuentes, y exigían gran cautela con criados y gente
-menuda; pero los amantes habían discurrido mil triquiñuelas y contaban
-con la fiel complicidad de una criada antigua. Su ceguera, con todo, no
-era tanta, que se ocultase a entrambos la necesidad de poner término a
-tal género de vida.
-
-
-
-
-XIII
-
-
-Una mañana, Salvador entró. Como no había temor de sorpresas, Andrea,
-después de poner en escucha a su criada, según costumbre, abrió al
-amante las puertas de su habitación.
-
-—Ven aquí —le dijo asomando la linda cara y la mano tras la cortina de
-la sala donde él esperaba—. Estaremos solos hasta que venga mi tía.
-
-Sentose el tal sin decir nada en un canapé, y Andrea volvió al espejo
-de donde poco antes se había apartado. Con su preciosa mano se tocaba
-aquí y allí el recién peinado cabello, dándole la última forma, como
-artista que remata su obra. Después se puso una flor. Sin retirarse
-del espejo, porque en él veía la figura del hombre, le habló así:
-
-—¿Qué tienes hoy que estás tan callado?
-
-—Hace pocas noches vi a tu tío. ¿Te lo ha dicho? —contestó Salvador.
-
-—Sí, me contó que te había ofrecido un destino y no lo quisiste.
-¡Bonito modo de ser agradecido! —dijo Andrea, moviendo su cabeza ante
-el espejo—. ¡Qué orgullo!... porque no es más que orgullo.
-
-—Gracias por tu protección.
-
-—¿Qué protección?
-
-—¿No fuiste tú quien dijo a Campos que me proporcionara una posición
-decente?
-
-—¡Yo! ¿Estás loco? —exclamó Andrea con sorpresa, volviéndose, porque
-para manifestar cosas importantes no satisface ver la figura del
-interlocutor reflejada en un espejo.
-
-—No te esfuerces en convencerme de que no fuiste tú —dijo Salvador—.
-Desde luego comprendí que tu tío me engañaba.
-
-—Seguramente te engañaba. Bien sabes que nunca me atrevo a hablarle de
-ti; y cuando lo hago, es de la manera más indiferente.
-
-—Extraño que Campos, hombre muy listo, urdiera tan mal su farsa —dijo
-Salvador—. ¿En qué se funda ese oficioso empeño de favorecerme? No
-creas, quiere mandarme a América nada menos. Seguramente le estorbo.
-
-—No lo comprendo así. Si quiere favorecerte, es porque te estima
-—repuso Andrea, volviéndose hacia el espejo.
-
-—¿Tú también? —dijo Monsalud con impaciencia y desasosiego.
-
-—¿Qué es eso de yo también? —indicó la indiana jovialmente.
-
-—Quizás tú puedas explicarme lo que la astucia de Campos no ha dejado
-entrever.
-
-—Querido, yo no puedo explicarte nada, ¿estamos?... Hoy has pisado mala
-yerba. Ya veo que no me libraré hoy de un poquillo de mareo. ¿Y por
-qué? Por la cosa más natural del mundo: porque mi tío ha querido darte
-una prueba de lo mucho que te aprecia.
-
-—Sería, no muy natural, sino algo natural, esa prueba de estimación, si
-tu tío, después de ofrecerme el destino, no me hubiera dicho una cosa
-grave.
-
-—¿Qué cosa?
-
-Salvador la miró con fijeza.
-
-—Me dijo que pensaba casarte.
-
-Como el lector recordará, Campos no había dicho tal cosa; pero el
-inquieto joven practicaba el aforismo vulgar que ordena decir mentira
-para sacar verdad.
-
-—¡Ah! —exclamó Andrea riendo—. Eso es lo que traes hoy. Te conozco,
-tunante. Vienes mascullando esa idea.
-
-Diciendo esto tomó un abanico, y con expresión de graciosísima burla,
-sonriente la boca, húmedos los ojos, acercose al joven y empezó a darle
-aire rápidamente.
-
-—¿Estás sofocado?... Aire, aire, no sea que te dé un síncope.
-Refréscate, hombre... que se te quite eso de la cabeza.
-
-Monsalud le arrebató violentamente el abanico, lanzándolo al aire. El
-abanico atravesó el recinto de un extremo a otro, abriéndose como un
-pájaro que extiende las alas.
-
-—¡Qué modo de tratar mis joyas!... Pues me gusta —dijo Andrea corriendo
-tras el abanico.
-
-Arrodillose para cogerlo del suelo, cerrolo, y empuñándolo a manera de
-puñal, amenazó a su amante diciéndole:
-
-—Te voy a matar.
-
-Monsalud contemplaba, primero sin enojo, después con gozo, la hermosa
-figura juguetona y ligera que tenía delante. De súbito Andrea corrió
-hacia él con los brazos abiertos, y abrazándole el cuello, le apretó
-fuertemente diciendo:
-
-—Ya me casé, ya me casé, ya me casé.
-
-Repitió esto unas cuarenta veces.
-
-Salvador la obligó a sentarse a su lado.
-
-—A mí se me está preparando una desgracia —le dijo cariñosamente—.
-Andrea, tengo desde hace muchos días el presentimiento de que esta
-preciosa cabeza me hará traición. ¿No recuerdas lo que te he dicho
-tantas veces? Desde que tengo uso de razón no he intentado cosa alguna
-que haya tenido un desenlace lisonjero para mí. Si alguna vez he
-conseguido el objeto por mucho tiempo deseado, mi dicha ha sido corta.
-Siempre que cavilo acerca del resultado de un asunto cualquiera que me
-intranquiliza, no puedo apartar de mi pensamiento la idea de un éxito
-desgraciado, y siempre acierto... Tengo la desdicha de no haberme
-equivocado una sola vez. Yo no sé qué pensar de mí. Si se castigan en
-la tierra las faltas, las que yo he cometido no corresponden a los
-golpes que en diversas ocasiones me han venido de arriba. Fui jurado,
-y cayó José I; tuve amores, y por poco muero en ellos; conspiré, y la
-conspiración salió mal; dejé de conspirar, y salió bien... en fin, tú
-sabes mi vida toda y podrás juzgarlo. Si es verdad que los hombres
-nacen con buena o mala estrella, la que andaba por los cielos el día
-que yo vine al mundo era la más mala, la más perra de todas.
-
-—Eso que dices, ¿tiene algo que ver con mi casamiento? —preguntole
-Andrea con malicia.
-
-—Tiene que ver, sí. Te quise y te quiero. Si tú me correspondieras con
-la fidelidad constante que yo merezco y que me debes... esto sería una
-suerte, una felicidad, y yo no puedo tener suerte alguna, ni felicidad.
-
-—¡Qué majadero! —dijo la sobrina de Cicerón con desdén humorístico.
-
-—Cuando pienso en esto, Andrea —prosiguió el joven enlazando con su
-brazo el cuerpo de ella—, me asombro de que tal absurdo haya durado
-dos años sin desvanecerse, y hace tiempo estoy pensando que concluirá
-pronto, y que tú, como todo lo que interesa a mi corazón, te vas a
-desvanecer, a alejarte de mí, dejándome solo con mi desgracia.
-
-—¡Caviloso!...
-
-—¡Veo que no te defiendes con ardor; veo que no protestas como yo
-protestaría en tu caso! —exclamó Monsalud con la impertinente comezón
-de los celosos—. Andrea, tú meditas algo, tú me ocultas algo.
-
-—Medito que te quiero más que a mi vida —repuso ella cerrando los ojos
-y apoyando la cabeza en el hombro de Salvador, mientras le deshacía el
-nudo de la corbata.
-
-—Ya sabes, querida mía —repuso él moviendo la cabeza negativamente—,
-que tengo motivos para no creer en palabras de mujeres. Déjame que te
-diga una cosa. Yo creo que tu tío tiene razón al querer casarte; pero
-el pobre señor ignora que no puedes casarte sino conmigo. Eres tal para
-mí, que sin poseerte no comprendo la vida. Si me amas del mismo modo,
-demos fin a estas relaciones peligrosas. Casémonos, cielo.
-
-—Casémonos, tierra —repitió maquinalmente Andrea—. Cuando quise, no
-quisiste... Está bien. Es verdad que así no podemos seguir... Pero si
-le dices a mi tío que seré tu mujer, te arrojará por el balcón.
-
-—Me arrojará por la puerta. Verdaderamente no me importa gran cosa,
-llevándote conmigo.
-
-—¡Huir! —exclamó la joven con terror.
-
-—¡Huir! —dijo Monsalud remedándola—. Siempre eres tímida para todo
-lo que me favorece. ¡Huir! No te llevaré a ningún desierto... Nos
-quedaremos aquí.
-
-—Tú estás loco —dijo Andrea levantándose pensativa.
-
-—Pues entonces, hoy mismo le diré al gran Cicerón que te adoro...
-
-—Si haces eso, si haces eso... —dijo vivamente Andrea poniéndose
-pálida—. Pero tú estás loco, Salvador. Mi tío te aprecia mucho, te
-aprecia muchísimo; pero, ¡ay!, tú no le conoces. Temo cualquier
-atrocidad si le dices eso.
-
-—Pues no te comprendo. ¿Creerá tu tío que te morirás de hambre en mi
-casa? ¿Creerá que no vas a tener una posición decorosa?
-
-—No... —dijo Andrea con los ojos fijos en el suelo—; pero mi tío es
-ambicioso... tú no sabes quién es mi tío... tiene la cabeza llena de
-vanidades, y yo no sé... Se le figura que yo valgo mucho, que merezco
-la mano de reyes y emperadores... tonterías.
-
-—Si tú le ayudas, si tú favoreces en él esas ideas, entonces todo se
-acabó... Yo me voy —dijo Monsalud con repentina cólera.
-
-—Te enfadas contigo mismo —dijo Andrea mirándole con dulces ojos—.
-Hazme el favor de no ser terrible. Por ahora no le digas nada a mi tío.
-Ya veremos.
-
-—Campos quiere casarte; piensa en ello, y sin duda ha formado ya su
-plan. Andrea, tú no quieres decirme la verdad.
-
-—La verdad es que te quiero con toda mi vida —repitió amorosamente la
-indiana, repitiendo también el abrazo—. Cállate. Haz lo que te mando, y
-espera.
-
-—¿Crees tú que se puede vivir mucho tiempo de esta manera, a
-escondidas, ideando mentiras, y con absoluta ignorancia del porvenir?
-
-—Es verdad, no se puede vivir así —repuso Andrea con tristeza.
-
-—No puedes ocultar que te agrada este sistema de vida; que no deseas
-como yo una paz dichosa al lado de la persona amada. Andrea, en ti
-ocurre algo. Tú no eres lo que eras; tú has variado mucho; en tu cabeza
-hay una idea nueva. Recuerdo que hace tiempo deseabas lo que yo te
-propongo ahora. ¿Crees que podrás engañarme muchos días? O te sacaré la
-verdad, o te venderás tú misma.
-
-—¿Qué sospechas de mí?
-
-—No lo sé —dijo Monsalud lleno de confusión—. Los que aman no sospechan
-poco ni mucho: lo sospechan todo de una vez. Cualquier indicio es
-traición. Andrea, tú no eres la misma; repito que no eres la misma.
-
-La estrechó entre sus brazos, apretándola con una fuerza que más que
-frenesí de amante parecía el fatal abrazo de Otelo.
-
-—Que me ahogas, tigre —gritó Andrea.
-
-Y entre festivas risas le mordió el brazo. En el mismo instante, de las
-ropas de la joven cayó una llave, que escurriéndose por la alfombra
-brilló, al detenerse, sobre el pétalo de una flor pintada.
-
-—¿Qué llave es esta? —preguntó Monsalud, cuya excitación suspicaz le
-obligaba a fijarse en el más ligero incidente.
-
-—Es la llave de mis secretos.
-
-Salvador, con su perspicacia sutil, creyó ver en el semblante de Andrea
-ligerísimo indicio de contrariedad.
-
-—¿La llave de tus secretos?
-
-—Sí: dámela —dijo ella apresurándose a recogerla.
-
-—Es la llave de la cajita negra. Se me ha antojado abrirla. ¿Dónde está?
-
-Andrea vaciló un instante. Pareció que meditaba, y que con el
-pensamiento exploraba todo el interior de la cajita negra antes de
-entregarla a las pesquisas del receloso amante.
-
-—Ábrela —dijo al fin—. Allí están tus cartas y tu retrato.
-
-—¿Dónde está?
-
-Andrea vaciló otra vez. Al fin, sacando de la cómoda una caja de
-finísima madera negra, la puso en manos de su cortejo.
-
-—Si encuentras en ella cartas que no sean las tuyas, y un retrato que
-no sea el tuyo —dijo con gravedad—, puedes matarme. ¿Crees que no hay
-armas aquí? Mira esto.
-
-Conservando la caja en la mano izquierda, metió la derecha en otro
-cajón de la cómoda y sacó un puñal. Era un arma preciosa, damasquinada
-y nielada, con puño berberisco adornado de turquesas.
-
-—Este era de mi padre... ya lo has visto —dijo la indiana riendo—. Está
-destinado a mi esposo, para que me mate el día que le sea infiel.
-
-Monsalud, poniendo a su lado el arma, tomó la caja y la abrió.
-
-—Mi retrato —dijo sacándolo.
-
-Andrea se apoderó del medallón y lo cubrió de besos.
-
-—Tú sí que no me riñes, tú sí que no dudas de mí —le dijo a la
-pintura—. Tú sí que eres bueno y cariñoso y pacífico.
-
-—Un paquete de cartas —dijo Salvador Monsalud—. Son las mías.
-
-—Dámelas. Valen más que tú.
-
-Andrea desató el paquete. Varias cartas cayeron al suelo. Al inclinarse
-para recogerlas, se sentó en una preciosa piel de tigre que cubría en
-parte la alfombra. Un rayo de sol que por la ventana entraba inundó de
-luz el pellejo muerto del animal y el cuerpo extraordinariamente vivo
-de la hermosa americana.
-
-—Venid acá, prendas de mi corazón —exclamó recogiendo los papeles
-diseminados a su lado y poniéndolos sobre su lindo pecho—. Vosotras sí
-que sois amables y cariñosas; vosotras no reñís ni amenazáis.
-
-Monsalud, que en el canapé inmediato registraba la cajita, alargó la
-mano mostrando a Andrea un estuchito abierto.
-
-—¿Quién te ha dado esta joya? —preguntó con calma.
-
-En el estuche brillaba un diamante de gran tamaño. Como al extender
-la mano entrase en la esfera de rayo del sol, Monsalud parecía estar
-enseñando una estrella.
-
-—La he comprado yo —repuso Andrea.
-
-—¿Tú? —manifestó Salvador en tono de amarga duda—. Ya sé que tu tío te
-da de algún tiempo a esta parte bastante dinero para tus vanidades;
-pero esto es joya cara. ¿Cómo es que siendo tu costumbre consultarme
-hasta cuando compras una vara de cinta, no me has dicho nada de este
-despilfarro?
-
-—Pensaba decírtelo hoy —repuso Andrea soportando con heroísmo la mirada
-penetrante del hombre.
-
-—Entonces lo has comprado ayer.
-
-—Ayer, sí. ¿Eso te sorprende? Ya sabes que me gustan las joyas
-bonitas... ¿Pero por qué pones esa cara? ¿Qué piensas?
-
-—Pienso que lo que me dices no será tal vez la verdad —afirmó Monsalud
-severamente.
-
-—¿De modo que yo no puedo comprar un diamante?
-
-—Pero este diamante es muy caro.
-
-—No tanto como crees, niñito —dijo Andrea tomando la sortija y
-poniéndosela en el dedo—. No es muy fino. ¡Pero qué bonito!
-
-Movía su mano al sol, y los reflejos que partían de ella semejaban
-hilos de luz, enredándosele en los dedos.
-
-—¿Y este collar de perlas? —preguntó el amante sacando de la caja una
-magnífica madeja de diez hilos con perlas pequeñas, pero muy iguales—.
-No dirás que no es fino. Entiendo algo de perlas, y estas son de las
-mejores.
-
-—Ya lo creo —dijo Andrea, sin dejar su cómodo asiento sobre la piel de
-tigre, entre cuyos pelos habían vuelto a desparramarse aquí y allí las
-amorosas cartas—. Buen dinero me ha costado.
-
-Salvador la miró de tal modo, que la indiana no pudo permanecer en
-silencio. Necesitaba hablar con cháchara festiva para borrar de su
-rostro todo rasgo que, indicando la presencia de ciertas ideas en su
-mente, confirmara las sospechas del hombre.
-
-—Veo que estás muy fastidioso —dijo—. Dame acá.
-
-Tomando vivamente el collar, se lo puso.
-
-—¿No es verdad que es precioso? —añadió inclinando la cabeza hasta
-unir la barba con la garganta, y bajando todo lo posible los ojos para
-recrearse en la voluptuosa hermosura de su propio seno—. Sostén que no
-es bonito.
-
-—¿Lo has comprado tú?
-
-—No, que me cayó del cielo. ¿Pues cómo lo tendría si no lo hubiera
-comprado?...
-
-Monsalud movió la cabeza con triste expresión.
-
-—Vamos, que no se puede tener nada sin tu permiso... Precisamente hoy
-pensaba hablarte de esas magníficas compras. Mi tío me dio anteayer
-una gran cantidad: no sé cuánto; mucho, muchísimo dinero. Compré estas
-joyas a una señora viuda de un intendente... ¡Qué ojos pones! Parece
-que eres tonto... Sí, señor, las compré con mi dinerito. Me gustan las
-cosas buenas. También compré en casa del francés de los portales de
-Bringas una _citoyenne_ preciosísima, y un chal muy rico. ¿Qué tiene
-usted que decir a eso, señor Majaderito?
-
-Como un pájaro que vuela, corrió a la cómoda y sacó las dos prendas
-mencionadas. La _citoyenne_, guarnecida de pieles de armiño, con
-forro de seda azul y recamada con cordonadura de oro, presentaba rico
-y lujoso aspecto. El chal era de color de rosa con listas blancas
-que brillaban como deslumbradora plata. Con esa rapidez de manos que
-acompaña siempre al instinto del bien parecer, Andrea se puso la
-_citoyenne_; después arrojó la _citoyenne_ para ponerse el chal.
-
-—¿Estoy bien?
-
-—Demasiado bien —repuso Monsalud contemplando con arrobamiento la
-hermosísima figura de la indiana, que volvía la cabeza ante el espejo
-para verse la espalda.
-
-—Si me lo permite el señor Majaderito —dijo andando hacia él con ademán
-ceremonioso—, usaré estas prendas que me han costado mi dinero.
-
-Salvador no contestó. Hallábase en un estado de estupor, cercano al
-embrutecimiento. Andrea se quitó el chal y lo envolvió rápidamente en
-el cuello de su amante, diciendo:
-
-—¡Te ahorcaré!
-
-Había puesto la rodilla en el canapé, y su cuerpo gravitaba con dulce
-pesadumbre sobre el pecho y los hombros de Monsalud.
-
-—Andrea —dijo este rechazándola suavemente—, si mintieras, si me
-engañaras, si estuvieras jugando conmigo, no tendrías perdón de Dios.
-Quiero creer que no es así. Casi prefiero una ceguera estúpida a perder
-la idea que tengo de ti.
-
-—Pues si te enfadas —declaró ella con vehemencia—, no quiero el
-diamante, no quiero el collar, no quiero el chal.
-
-Quitose rápidamente las tres cosas y las arrojó lejos de sí, dando al
-mismo tiempo con el pie a la _citoyenne_ que estaba en el suelo. Las
-perlas chocaron contra el cristal de una lámina, y el diamante cayó
-detrás de la cortina de uno de los balcones, sin producir ruido alguno.
-Monsalud fue allá.
-
-—Ha caído sobre un ramo de flores —dijo con asombro—. Andrea, ¿quién te
-ha dado este ramillete?
-
-Señaló el objeto mencionado, que estaba en el suelo junto a los
-cristales del balcón, dentro de un hermoso búcaro de la Moncloa.
-
-Andrea permaneció breve rato sin contestar.
-
-—¿No te dije que me lo trajo mi tío esta mañana?
-
-—Nada me has dicho. ¡Hermoso ramo! Violetas, pensamientos y rosas
-tempranas. ¡Qué galante es tu tío!
-
-—¡Si creerás que me pretende por esposa!
-
-—¿Por qué no? —dijo Salvador tomando el ramo y aspirando su delicado
-aroma—. El señor Campos está todavía en buena edad.
-
-—Pero no quiere hacer el papel de don Bartolo. Dame el ramo. Quisiera
-que la belleza de tantas flores estuviese en una sola para dártela,
-y que el olor de todas también en una sola estuviese para que,
-guardándola siempre, te sirviera de memoria mía.
-
-Dicho esto con voz tierna que sorprendió mucho a su interlocutor, sacó
-del ramo una rosa para ofrecerla a Monsalud.
-
-—¿Es la primera vez que tu tío te regala flores? —dijo este meditabundo.
-
-—¿No la quieres? ¿No quieres una flor que te doy? Pues toma, toma, toma.
-
-Andrea se había sentado otra vez sobre la piel de tigre, y desbaratando
-el ramo, cada vez que decía _toma_, arrojaba una flor a su cortejo,
-apedreándole de este modo lindamente. Él se las devolvía.
-
-Concluido esto, extendió sus brazos sobre la piel ocultando el rostro
-entre ellos. Yacía dulcemente contorneada en el suelo, y en ella se
-enroscaba como una culebra de rosa y plata. El desorden de tal escena
-era encantador. Las pieles de armiño de la _citoyenne_, semejantes a
-copos de nieve, eran hollados por los pies de la preciosa indiana, y
-las ricas telas y la cordonadura de oro se revolvían entre los pliegues
-de sus vestidos; las flores aparecían diseminadas en distintos puntos;
-algunas cayeron sobre las sillas, otras sobre la misma piel de tigre;
-violetas y jacintos veíanse deshojados y rotos, ya sobre las mismas
-piernas de Monsalud, ya en los propios rizos del negro pelo de ella.
-Las perlas extendían diversos circuitos irregulares sobre la alfombra,
-y el diamante fulguraba sobre el velador como una mirada satisfecha,
-recreándose en aquel pintoresco y brillante desconcierto.
-
-Uno y otro callaban. Únicamente se oía el ruido que hacía un jilguero
-en el balcón, escarbando su alpiste y limpiándose después el pico
-contra los alambres de la jaula. Monsalud, con el codo puesto en uno de
-los cojines de la cabecera del canapé y la barba en la mano, hallábase
-en el estado de atonía y silencio que anuncia miradas interiores,
-u observación de fenómenos propios que impresionan profundamente.
-Andrea no chistaba. Las elegantes ondulaciones de su cuerpo yacente
-alterábanse un poco con los movimientos propios de la impaciencia
-contenida o con los de la respiración. De pronto movió la cabeza:
-Monsalud se estremeció todo al ver aquel movimiento que le mostró la
-hermosa fisonomía de la indiana, y sus ojos arrasados en llanto.
-
-—¡Andrea! —exclamó movido de sorpresa y pasión.
-
-La indiana saltó como una ondina, y corriendo a abrazarle, secó sus
-lágrimas junto a él.
-
-
-
-
-XIV
-
-
-Cuando la criada les avisó que había peligro, Monsalud pasó a la sala.
-No era doña Romualda quien venía, sino el mismísimo Campos, acompañado
-del marqués de Falfán de los Godos.
-
-—¿Has esperado mucho? —preguntole Cicerón—. ¿Y Andreílla, no ha salido
-a acompañarte?
-
-Salvador, contestando lo que le pareció, estrechaba fríamente la mano
-del señor Campos y la del marqués.
-
-—Ya sé a lo que vienes —dijo el _Sublime perfecto_—. Siempre con el
-tema de ese bribón de Gil de la Cuadra... Ahora quizás sea más fácil.
-Ya sabes que cae el ministerio.
-
-—¿Es positivo?
-
-—Figúrate que hoy, en la apertura de las Cortes, Su Majestad ha añadido
-por cuenta propia un parrafillo al discurso de la Corona, en el cual
-con buenas palabras pone cual no digan dueñas a sus ministros.
-
-—Y en cuanto ha llegado a Palacio le ha faltado tiempo para
-exonerarles... —dijo Falfán—. Yo me río de las singulares prácticas
-constitucionales de nuestro soberano.
-
-—Mientras no se sepa quién nos gobernará mañana —añadió Campos—, hay
-que dejar a un lado todos los negocios pendientes. ¡Oh!, mi buen
-Aristogitón, no pienses que te olvido. Aunque tú pagas con desaires y
-un hocico de tres varas los beneficios que se te hacen, ¡qué demonios!,
-me he propuesto complacerte y lo conseguiré. Encuentro muy meritorio
-ese interés que tomas por un pobre anciano desvalido. Hay que trabajar,
-hay que trabajar, granujilla, porque satisfagas tus sentimientos
-caritativos. Eres todo un hombre de bien...
-
-—Gracias —repuso Salvador caviloso.
-
-—Ya hablaremos, ya hablaremos —dijo Campos—. Ahora tenemos el marqués
-y yo muchas cosas en qué pensar. Y puesto que te hallamos aquí tan a
-punto, querido Monsalud, vamos a darte una buena noticia. ¿Se lo digo,
-señor marqués?
-
-—¿Por qué no? —indicó Falfán de los Godos promulgando el gozo de su
-alma por medio de sonrisillas y gestos.
-
-—El señor marqués se nos casa —dijo Campos acariciando la espaldas del
-exento—. Ya supondrás con quién. Con mi sobrina.
-
-Monsalud se quedó blanco y frío. Punzada agudísima hizo estremecer de
-dolor su corazón. Afortunadamente, la sala estaba oscura, y la emoción
-del joven, que se esforzaba en disimular, no fue advertida.
-
-—Es un proyecto improvisado sin duda —dijo pasándose la mano por la
-frente para apartar la negrura que le caía sobre los ojos.
-
-—Ya venimos pensando en esto hace algún tiempo. Pero el señor marqués
-no ha necesitado hacer grandes esfuerzos para cautivar a la hermosa
-americanilla.
-
-—Pongamos las cosas en su verdadero lugar —dijo Falfán de los Godos
-haciendo alarde de buen sentido—. No soy un vejete de comedia, bien
-lo sabe el amigo Monsalud. Conozco la fecha de mi nacimiento y la
-desproporción que existe entre mi edad y la de Andrea. Por eso no
-he caído en la ridiculez de pretender inspirar a la niña una pasión
-formidable... Verdad es que no soy un mamarracho, y mis cincuenta
-ofrecen un aspecto tolerable... pero no: nada de pasiones exaltadas. Yo
-me contento, amigos míos, con haber logrado, como es evidente, inspirar
-a Andreíta un amor tranquilo y sesudo... pues, sesudo; un amor que a
-las dulzuras propias de este sentimiento reúna las sabrosas insulseces
-de la amistad. Me satisface además, completamente, el saber que las
-primicias sentimentales del corazón de esa tierna criatura van a ser
-para este goloso, que indudablemente no las merece.
-
-—Eso sí, amigo Falfán —manifestó Campos—: la prenda que se lleva
-usted excede a todos los elogios. No es porque sea hija de mi querido
-hermano, ni me ciega el amor de tío que le profeso; pero la verdad por
-delante: existen pocas muchachas como Andrea. Nada hay que decir de
-su belleza, que está a la vista de todos; pero, ¿y su talento, y sus
-virtudes, y su piedad, y su genio manso y apacible, y aquella bondad
-deliciosa que convida a entregarle el corazón? Un defecto tiene, y
-por lo mismo que está delante el que va a ser su marido, lo digo...
-ya hemos hablado de esto el marqués y yo; pero este defecto es de los
-que dejan de serlo cuando se está en posición holgada y opulenta como
-la que tendrá la marquesa de Falfán de los Godos... la marquesa, sí,
-sí: ¿por qué no se ha de decir? He encargado hoy mismo una magnífica
-palangana de plata con las armas y el hermoso lema _Vallifanius
-Gothorum_... pues volviendo al defectillo...
-
-—No hay que fijarse en una inclinación propia del bello sexo, y que
-frecuentemente adorna a las que han nacido hermosas —dijo el marqués—.
-¿No es verdad, querido Aristogitón?
-
-—Seguramente. El señor Campos se refiere a la pasión del lujo, al
-delirio de las galas y atavíos para realzar la hermosura.
-
-—Andrea se ocupa excesivamente de engalanar su persona —dijo Cicerón—;
-pero esto, que sería imperdonable en la esposa de un menestral, ¿puede
-vituperarse en la mujer de un prócer millonario? De ninguna manera.
-
-—Al contrario —indicó Monsalud—, la alta posición exige un esmero
-constante en la persona, cultivar el lujo, favorecer las artes; con lo
-cual, una dama elegante da lustre a su marido y a la casa cuyo nombre
-lleva.
-
-—¡Oh! Ha hablado usted acertadamente —dijo el marqués echándose atrás y
-dándose golpecitos en la boca con el puño de su bastón.
-
-—¿Pero qué hace esa chiquilla que no viene? —exclamó con impaciencia
-Campos—. ¡Andrea, Andrea!
-
-Monsalud, ante la anunciada presencia de Andrea, sintió una llama en su
-pecho. Resolvió esperar.
-
-—Voy a buscarla —dijo Campos—. ¡Vaya, que nos obliga a hacer unas
-antesalas...!
-
-Cuando el marqués y Salvador se quedaron solos, aquel pegó la hebra,
-como suele decirse, en la política, espetando a nuestro amigo un
-trozo literario que bien podría haber pasado por artículo de fondo
-en las graves columnas de _El Universal_, órgano entonces de la
-gente templada. Poca o ninguna atención ponía el angustiado joven a
-los atildados párrafos y discretas observaciones del marqués, que
-supo hacer un resumen de la famosa _coletilla_ añadida por el rey
-a su discurso de apertura en la solemnidad constitucional de aquel
-día 1.º de marzo de 1821. Emitió después varios juicios, todos muy
-templados y sesudos, acerca del estado general de la cosa pública, de
-la caída del ministerio, del conflicto parlamentario que debía suceder
-al acto imprudente de la Corona; dirigió una ojeada en redondo al
-inmenso círculo de los sucesos y de las personas, señalando fenómenos
-desconsoladores, previendo desastres, anunciando terribles hundimientos
-y naufragios de esa viejísima _nave del Estado_, en la cual la
-literatura política de todos los tiempos y lugares ha hecho tantas
-travesías.
-
-Como se atiende a la lluvia cuando no se piensa salir a la calle, así
-atendió Monsalud al chubasco verbal del marqués. Dejábale hablar. Al
-través de aquel nublado, el desairado amante no veía más que el cielo
-que había perdido. Estaba anonadado cuando regresó Campos. El semblante
-de este revelaba tristeza y contrariedad.
-
-—¿Qué hay? —le preguntó Falfán.
-
-—Nada, que esa mocosilla se nos ha puesto mala.
-
-—Que vayan a buscar un médico... ¡pronto, un médico! —exclamó con
-agitación el exento, levantándose y dirigiendo brazo y bastón a oriente
-y occidente, como general que da órdenes en una batalla.
-
-—No es para tanto.
-
-—¿Puedo pasar a verla?
-
-—Creo que sí —dijo Campos con oficiosa complacencia—. Pero ahora...
-querrá dormir un rato... Puede usted pasar si gusta al cuarto de
-Romualda, que acaba de llegar.
-
-Falfán salió.
-
-Al verse solo con Campos, sintió Monsalud que en su pecho nacía uno de
-esos accesos de coraje que al varón más prudente le impulsan a acciones
-violentas y brutales. Levantose con los dientes apretados, las manos
-crispadas...
-
-Campos vio que sobre él caía una tempestad. Cruzando las manos en
-ademán de súplica, detuvo al joven, diciéndole:
-
-—Monsalud, por tu honor, por tu vida, cálmate... Soy tuyo, soy todo
-tuyo; te pertenezco. Pídeme lo que quieras. Da por conseguido lo que
-pretendes. Tu pariente, tu padre o lo que sea, saldrá de la cárcel...
-pero no hagas escándalos, no me comprometas... por Dios y por la Virgen
-Santísima, no alces la voz.
-
-Monsalud vaciló un instante, hizo un esfuerzo para dominar su cólera, y
-después dijo:
-
-—¿A qué tanta farsa? Hablemos con claridad.
-
-—Sí, con claridad —repuso Campos muy agitado—. He descubierto todo. Yo
-soy aquí el engañado, yo soy aquí el ofendido, porque has infamado mi
-casa; pero te perdono, te lo perdono todo con tal que te vayas y no
-vuelvas, con tal que desaparezcas y no existas para mi sobrina... Yo
-tengo derecho a ello: tendría derecho a quitarte hasta la vida; pero
-lo pasado, pasado. Vete. Ya sabes que he querido favorecerte: no te
-quejarás de mí. En cambio te pido que huyas, que desaparezcas, que no
-existas más para mi sobrina. Si quieres, te lo pediré de rodillas, y
-será gracioso ver a un _Valeroso Príncipe del real secreto_ de hinojos
-ante un triste _Caballero Kadossch_. Vete y búscame lejos de aquí para
-ponerme a tus órdenes. ¿Quieres que se suelte a todos los reos que hay
-en Madrid? Se soltarán, se soltarán, con tal que no existas más para
-Andrea.
-
-—¡Andrea! —exclamó Monsalud procurando traducir en expresiones de
-desprecio la furia de su alma—. ¡Yo la desprecio como te desprecio a
-ti, farsante!
-
-Sin oír las palabras que Campos balbucía, el amante engañado salió de
-la casa.
-
-
-
-
-XV
-
-
-Durante gran parte del día, se ocupó Salvador en diversos asuntos que
-no podía abandonar, por muy perturbado que su ánimo estuviese. Cuando
-fue a su casa, mucho más temprano que de costumbre, Solita con toda la
-inocencia de su alma le dijo estas palabras:
-
-—Hermano, hoy sí que te ha soltado pronto tu novia.
-
-Quedose la muchacha muda de asombro y terror al ver que su broma no era
-recibida, como de costumbre, con simpatía y buen humor. El semblante de
-su hermano indicaba una agitación extrema, y sus labios descoloridos
-articulaban sílabas silenciosas.
-
-—Déjame en paz —le dijo con bruscos modos—. No seas impertinente.
-
-Solita temblaba como un criminal arrepentido. Su impertinencia se
-le representaba en la imaginación cual horrendo delito. Después de
-meditar breve rato, creyó que el mejor medio para lavar su falta, era
-pronunciar algunas palabras que destruyeran el deplorable efecto de las
-anteriores.
-
-—¿Te pasa algo? —preguntó con mucho interés—. ¿Estás enfermo?
-
-Monsalud alzó la cabeza, mostrando a los atónitos ojos de Solita los
-suyos llenos de extraño fuego.
-
-—No me pasa nada. Ya hace media hora que estás plantada en la puerta
-—dijo el hermano en tono durísimo—. ¿Me dejarás al fin en paz? Sola,
-Sola, ¿por qué eres tan pesada?
-
-Esta reprensión era demasiado fuerte para el alma asustadiza de la hija
-del señor Gil. Sintió una congoja que le desgarraba el corazón, y casi
-casi estuvo dispuesta a arrojarse de rodillas delante de su hermano,
-pidiéndole que la perdonase. Pero el temor de enojarle más la contuvo.
-Tal era su sobresalto, que hasta temía molestarle con el ruido de sus
-pasos al retirarse. Hubiera deseado poder huir sin moverse, sin correr,
-sin andar, desapareciendo como sombra, o apagándose como una luz.
-
-—Te he dicho que no necesito nada —repitió Salvador deteniéndose ante
-ella, después de dar varios pasos por la habitación.
-
-Un instante después Monsalud se hallaba solo consigo mismo. Midió la
-pieza de largo a largo varias veces con agitado paseo; sentose luego, y
-apoyando los codos en la mesa, puso la cabeza entre las manos, como si
-necesitara aquella de estos dos puntales para no caerse del busto. Al
-cabo de un rato de dolorosa meditación sobre su desaire, la voluntad,
-o mejor dicho, la misteriosa fuerza reparadora que en el orden físico
-poseemos, empezó a trabajar dentro de él. Trataba de consolarse,
-imaginando razones positivistas que atenuaran el desconsuelo total de
-su alma, curando además la profunda herida abierta en su amor propio.
-Pero en estos casos de sensibilidad hondamente excitada, las razones
-positivistas, por ingeniosas que sean y aunque emanen de la dialéctica
-más segura, son como los medicamentos que el criterio vulgar llama
-paños calientes, que o no hacen nada o exacerban el mal.
-
-El dolorido razonaba admirablemente, y mientras mejor razonaba,
-argumentando contra su propio dolor, más crecía este, con más fuerza
-hincaba su agudo diente, más avivaba sus inextinguibles ascuas. Una
-lógica incontrovertible demostraba que habría sido gran error contraer
-matrimonio con Andrea: en el carácter de la americana había un germen
-maléfico cuyas consecuencias érale fácil prever a la razón fría. Pero
-armas tan sutiles no eran poderosas contra la sensibilidad inflamada.
-Calmada esta, consideraba Monsalud con elevación el mal que padecía,
-generalizando sus desgracias y sometiendo todas las ocurrencias
-desdichadas de su vida a una ley fatal, que presidía sus tristes
-destinos, como las estrellas de la antigua nigromancia.
-
-—Otra equivocación —decía—, otra caída, otro desengaño. Todo aquello en
-que pongo los ojos se vuelve negro. Si mi corazón se apasiona por algo,
-persona o idea, la persona se corrompe y la idea se envilece. Conspiro
-y todo sale mal. Deseo la guerra y hay paz. Deseo la paz y hay guerra.
-Trabajo por la libertad y mis manos contribuyen a modelar este horrible
-monstruo. Quiero ser como los demás y no puedo. En todas partes soy una
-excepción. Otros viven y son amados; yo no vivo ni soy amado, ni hallo
-fuente alguna donde saciar la sed que me devora. ¿Amigos? Ninguno
-me satisface. ¿Artes? Las siento en mí; pero no tengo educación para
-practicarlas. ¿Amor? Siempre que me acerco a él y lo toco, me quemo.
-¿Religión? Los volterianos me la han quitado sin ponerme en su lugar
-más que ideas vagas... Dios mío, ¿por qué estoy yo tan lleno, y todo
-tan vacío en derredor de mí? ¿En dónde arrojaré este gran peso que
-llevo encima y dentro de mi alma? Voy tocando a todas las puertas, y
-en todas me dicen: «Aquí no es, hermano; siga usted adelante.» Voy
-siempre adelante. Algún ser existe, sin duda, que está sentado junto
-a su casa, esperándome con ansiedad; pero yo paso y vuelvo a pasar,
-subo y bajo, entro y salgo con mi carga a cuestas, y no doy jamás con
-la puerta de mi semejante. Voy aburrido y desesperado; ando sin cesar.
-«¿Será aquel?», me pregunto. Creo haber acertado, y una brutal mano me
-lanza al camino diciendo: «Sigue adelante, que aquí no es...» «Aquí
-no es, aquí no es, aquí no es.» En toda mi vida no oiré sino estas
-desesperantes palabras. «Aquí no es», me dijo Jenara. «Aquí no es», me
-dijo el partido jurado. «Aquí no es», me dijo la emigración. «Aquí no
-es», me dijo la patria. «Aquí no es», me dijeron las logias del año 19.
-«Aquí no es», me han dicho los liberales de ahora. «Aquí no es», me
-acaba de decir Andrea. No es en ninguna parte, y yo moriré de cansancio
-y fastidio en medio del camino. ¡Maldita sea la hora en que nací! Hijo
-soy del crimen, y la expiación de él tomó carne y vida en mi persona
-miserable... ¿Por qué soy tan distinto de los demás, que en ninguna
-parte encajo? ¿Por qué ningún hueco social cuadra a mi forma? Mejor es
-desbaratarse y morir, ¡Dios mío!, que estar siempre de más...
-
-Al concluir esta serie de razonamientos que brotaban en su cerebro como
-chispas de un hierro candente herido en la fragua por el martillo, dio
-repetidos golpes con la frente en la dura tabla de la mesa.
-
-¡Pobre hombre! La verdad es que teniendo los medios vulgares para
-ser feliz, no podía serlo, sin duda por repugnar a su naturaleza
-los vulgares medios. Pero se equivocaba al echar la culpa de sus
-contrariedades al destino, a las estrellas, a una crueldad sistemática
-de la Providencia, como es frecuente en los que razonan poco: las
-causas de su constante desaliento y de sus caídas teníalas dentro de
-sí mismo, y se atormentaba constantemente, en virtud de una poderosa
-fuerza crítica, compañera de todos sus actos. Sin quererlo, su mente le
-presentaba con claridad suma todas las abominaciones y fealdades de los
-hombres y de la vida, exagerándolas quizás, pero sin perder ninguna.
-Por eso cuando el natural orden de compensaciones que preside a la
-existencia le conducía a una situación lisonjera y optimista, el amor,
-por ejemplo, se abrazaba a ella con la desesperación del náufrago;
-y despertando todas las fuerzas de su ser, las dirigía al caro
-objeto; se apasionaba y exaltaba tanto, como si toda la vida debiera
-condensarse en una semana, y el universo entero en las sensaciones
-y los espectáculos de un día. Cuando el desengaño llegaba, natural
-invierno que con orden incontrovertible sigue al verano de la pasión
-y del entusiasmo, le sorprendía a tanta altura que sus caídas eran
-desastrosas. Otros caen de una silla y apenas se hacen daño. Él, que
-siempre se encaramaba a las más altas torres, quedaba como muerto.
-
-Otra causa le hacía infeliz: la desproporción inmensa entre sus
-condiciones sociales o de nacimiento, y la superioridad ingénita de su
-inteligencia y de su fantasía. La fantasía le incitaba a todas horas
-con vivaces estímulos: era como un aguijón constante que intentara
-hacer correr a quien carece de pies. Considerad una inspiración
-ardiente sin medios de manifestarse, semejante a la curiosidad óptica
-del ciego; una inspiración que daba el fuego sin combustible, el agua
-sin vaso, la idea sin la palabra, sin la línea, sin la nota; considerad
-un alto ingenio que no sabe más que leer y escribir en una época en
-que el arte tiene que ser letrado, porque han desaparecido los bardos
-y los trovadores de camino, y comprenderéis cómo pesa sobre un alma la
-fantasía cuando la falta de educación la ha privado de sus sentidos
-propios. Es verbo inencarnado que lucha en las tinieblas con horrendo
-torbellino, queriendo ser forma y sin satisfacer jamás su anhelo
-doloroso.
-
-Salvador tenía pasión por la música. Al establecerse en Madrid el año
-18, creía en su candor (pues su alma era en el fondo excesivamente
-candorosa) que aquel arte estaba al alcance de todo el mundo. Ignoraba
-las inmensas dificultades técnicas, jamás vencidas después de la
-infancia, que caracterizan el arte más amable y más profundamente
-patético en la vaguedad soñadora de su expresión. Con estas ideas,
-Monsalud compró un piano. Creía que en el clave todo es, como
-vulgarmente se dice, coser y cantar. El desengaño vino al instante,
-y el pobre joven se encorvaba con desesperación sobre el ingrato
-instrumento, y sus dedos de hierro herían las teclas sin poder hacerles
-hablar más que un lenguaje discorde y estrepitoso. Al mismo tiempo
-trataba de explorar el mundo de aritmética y de armonía comprendido
-en las cinco rayas de la cábala musical, y su mente caía rendida
-ante un trabajo que exige paciencia sin fin y árida práctica. Un día
-le sobrevino un arranque de ira durante los estudios musicales, que
-asemejaban su casa a un conservatorio de locos, y tomando un martillo,
-dijo a las teclas:
-
-—¿No queréis responderme? Pues tocad ahora.
-
-Y las despedazó. La caja no tuvo mejor suerte, y una vez vacía, la
-llenó de legajos. El clave sufrió la suerte de los hombres que a cierta
-edad se vacían de ilusiones y se llenan de positivismo.
-
-La poesía escrita le cautivaba sobremanera. También se le antojó ser
-poeta escrito, lo cual es muy distinto de poeta sentido; pero tropezó
-con el inconveniente de no saber de nada, grave contrariedad que
-estorba mucho, aunque no tanto como al músico la ignorancia técnica de
-su arte. El poeta puede salir de su atolladero con libros, y en aquel
-tiempo, aunque pocos, había libros. Lo que principalmente faltaba era
-espíritu literario, que es la atmósfera del artista; faltaban público
-y amigos tocados de la misma debilidad versificante, porque cuanto
-respiraba, respiraba entonces con los pulmones de la política. Salvador
-creyó, sin embargo, que en sí mismo encontraría todo lo necesario, es
-decir, poeta, espíritu poético, público y hasta el aplauso, que también
-es musa. Compró libros, empezó a desflorar aquí y allí; pero, ¡ay!, a
-las primeras tentativas vio que le faltaba una musa imprescindible,
-una musa sin cuya condescendencia no es posible hacer absolutamente
-nada: le faltaba tiempo. No sabemos lo que habrían hecho Homero y el
-Dante con su inmensa inspiración, si no hubieran podido consagrar a
-los versos ni aun medio minuto; si hubieran tenido que ganarse la vida
-trabajando dieciséis horas en áridas cuentas y fatigosos menesteres; si
-la obligación sagrada de mantener a su madre les hubiera quitado toda
-ocasión de renunciar al trabajo lucrativo para emprender la gloriosa,
-agitada y vagabunda vida de la imaginación.
-
-Un día Salvador se sintió muy malhumorado. Cogió los poetas, y
-acordándose de Felipe II, les trató como a herejes.
-
-Aún le quedaba un respiradero, un escape, una vía libre, aunque muy
-estrecha para salirse a sí mismo y quebrantar la ley de concentración y
-encierro que le estaba emparedando el alma, digámoslo así; le quedaba
-el periodismo, y entonces había una prensa no despreciable, donde la
-juventud podía hacer sus juegos. _El Espectador_ y _El Universal_, que
-hoy nos hacen reír, eran órganos hasta cierto punto afinados y sonoros.
-Salvador no dejó de hacer la prueba; pero bien pronto aquel displicente
-espíritu crítico de que antes hablamos le hizo aborrecibles las
-redacciones, como le hizo aborrecibles más tarde las logias, los clubs
-y la política.
-
-De repente descendió para él de ignorado cielo la hermosa figura de
-Andrea. Entonces las artes todas, que antes no habían tenido nota ni
-palabra, se realizaron. Andrea era la música, la poesía, la pintura,
-la estatuaria, hasta la arquitectura y la danza; era también, si se
-quiere, el periodismo, la gran política, la vida toda, en fin. El arte
-tiene distintos caminos para satisfacer el alma: unas veces va por el
-camino de los lienzos y de las notas; otras por los derrumbaderos de
-la pasión entre tormentos y goces infinitos. Como quien lo tiene todo,
-como quien recoge a manos llenas abundantes frutos y flores en todas
-las ramas del gran árbol del espíritu, Salvador estaba satisfecho: las
-teclas habían respondido, y sin notas ni versos, poesía y música habían
-saciado su sediento afán.
-
-Corrieron días felices. Él, sin embargo, se proporcionaba el placer
-de atormentarse pensando en la probabilidad de perder a su amada;
-y su cavilación, despertando otros recuerdos y estableciendo los
-términos sistemáticos de su desgracia, llegó a darle la seguridad
-completa de un conflicto. El alma se defendía rabiosamente contra
-aquella alevosa guerra de distingos y sutilezas. Por adorar, hasta
-adoraba los defectos de Andrea, mejor dicho, veía en ellos gracias
-nuevas y donaires desconocidos, por cuyo motivo, en el momento de la
-catástrofe, le hemos visto rechazando las razones positivistas con
-que el pérfido _intellectus_ trataba de arrancarle su hermoso sueño.
-Andrea era para él la totalidad de las satisfacciones humanas y el
-ideal de la vida. La amaba en globo, con sus defectos, conociéndolos y
-aceptándolos como se aceptan sin la más leve protesta de los ojos las
-manchas del sol. Ni por un momento pensó en apartarse de ella por causa
-de tales lunares, accidentes encantadores que se confundían con las
-perfecciones, sin que el ciego amor pudiera decir dónde acababa Dios
-y empezaba Satán. El egoísmo estupendo del amor ahogaba entonces en
-Monsalud la potencia crítica que en él hemos reconocido. Para que uno y
-otro se separaran, era preciso, pues, que mediase una gran violencia o
-una traición de ella. Esta vino, como hemos visto, y el pobre hombre,
-dolorido y desesperado por la conmoción de la caída, meditaba en la
-noche que siguió al día del desengaño, buscando una especie de recreo
-en su propia pena, y golpeaba en la tabla del bufete con su cabeza,
-cual si esta fuera un caldero lleno de absurdos, que merecía ser roto y
-desocupado.
-
-Entre tanto, Solita, llena de consternación por lo que había visto y
-oído, se retiró. No se apartaba de su mente la idea de que Salvador
-sufría algún mal muy grande. ¿Cómo consolarle, cómo aliviarle al menos?
-Por último, cavilando durante largo rato, sus ideas variaron.
-
-—Ya adivino lo que es —dijo—. Salvador está triste y enojado porque
-tiene malas noticias de la causa de mi padre.
-
-Al instante corrió en busca de doña Fermina. Manifestole lo que había
-pasado, y las dos deliberaron si debían esperar a que él revelase la
-causa de su malestar o interpelarle desde luego sin miedo.
-
-—Esperemos —dijo la madre—. Si da en callar, no le sacaremos una
-palabra.
-
-No había concluido de decirlo, cuando sintieron la voz de Monsalud.
-
-—¡Madre, madre... Soledad!
-
-Corrieron allá.
-
-—Madre... Soledad... —repitió Salvador viéndolas entrar—. Aquí no
-tiene uno quien le acompañe... le dejan a uno morirse de tristeza. Ni
-siquiera vienen a preguntar si se me ofrece algo.
-
-El semblante del joven expresaba una reacción viva en sentido
-consolador. En lo más extremado de su pena, sintió que esta se
-agrandaba con el aislamiento, y un poderoso instinto de restauración le
-impulsaba a rodearse de personas queridas.
-
-—¡Hijo, si estamos aquí!... Sola me ha dicho que la has despedido con
-dos piedras en la mano —dijo doña Fermina.
-
-—Ha sido una broma —indicó Monsalud, sintiendo remordimiento por haber
-tratado mal a su protegida—. Solilla, siéntate aquí y trabaja en mi
-cuarto. Necesito que me acompañes.
-
-—¿Tienes que decirnos algo desfavorable del pobre don Urbano?
-
-—Nada, nada; todo lo contrario. Espero sacarle pronto de la cárcel. Hoy
-precisamente han variado las cosas.
-
-Solita miró con expresión de incredulidad a su hermano.
-
-—¿No lo crees?... Pronto verás que no te engaño... Una circunstancia
-imprevista lo arreglará todo. ¿Estás enfadada conmigo porque te llamé
-impertinente?
-
-—¡Qué tonto eres! —respondió la de Gil de la Cuadra toda ruborosa
-y turbada—. Nada de lo que tú hagas o digas me puede enfadar. ¿Qué
-importa una palabra de más o de menos? Bien sé que eres muy bueno para
-mí.
-
-—Gracias, hijita. Haces bien en tener esa confianza en el hombre que va
-a ser...
-
-—¿Qué?
-
-—Padrino de tus muñecos. Tengo ganas de ser padrino de algo. Sin
-embargo, más vale que no sea yo padrino de ellos.
-
-—¿Por qué?
-
-—Porque se morirían.
-
-—¿Pero es verdad que no nos engañas? ¿Hay esperanzas de que el señor
-don Urbano?... —volvió a preguntar doña Fermina.
-
-—Sí, empiezo a creer que lograré mi objeto. ¡De qué caminos tan
-extraños se vale la Providencia!
-
-—¿Pero es cierto, es verdad lo que dices? — exclamó Sola derramando
-lágrimas de ternura—. ¡Mi padre libre!
-
-—El corazón —dijo doña Fermina— me ha estado diciendo todo el día que
-se nos preparaba un acontecimiento feliz.
-
-—¡Y yo —añadió Solita con emoción profunda— también he tenido hoy unas
-corazonadas!... Anoche soñé que me asomaba al balcón y que veía a mi
-padre entrando en la calle. El pobrecito me saludaba con la mano,
-dándose tanta prisa a entrar y subir la escalera, que tropezaba a cada
-momento.
-
-—Es particular —dijo la madre—. Yo también soñé anoche una cosa
-parecida.
-
-—Es particular —dijo Monsalud—. Sin duda es esta la casa del sueño.
-Hace poco me quedé aletargado y soñé...
-
-—¿Que mi padre estaba libre?
-
-—Sí; pero mira de qué modo tan extraño: Yo me dirigía por la calle de
-la Cabeza a la cárcel de la Corona. Llegué a la puerta y me salió al
-encuentro, ¿quién creerás que me salió al encuentro?
-
-—¿Un centinela?
-
-—¿Un carcelero?
-
-—Un perro.
-
-—Lo mismo da.
-
-—Un perro, no de tres cabezas, como el del infierno, sino de una sola;
-pero tan horrible, que su vista me hacía temblar de sobresalto y pavor.
-Sus ojos despedían fuego, y su espantosa boca, llena de cuajarones
-de sangre, se abría hasta las orejas dejando ver feroces dientes
-agudísimos y una lengua que vibraba como hoja de metal. Era la bestia
-más repugnante y fea que imaginarse puede. Pero lo más raro era que
-aquel horrendo animal hablaba.
-
-—¿Hablaba?...
-
-—Yo le dije que iba a buscar a un infeliz encerrado en la cárcel. El
-perro fijó en mí sus ojos de fuego, cuya claridad me llegaba al alma,
-estremeciéndome todo.
-
-Las dos mujeres se estremecían también, y los ojos de Solita no estaban
-menos espantados que si tuvieran enfrente al temible can.
-
-—El perro dio un gruñido —continuó Monsalud—, y con su voz, que
-resonaba como si saliera de honda caverna, me dijo: «Está bien, amigo
-mío...»
-
-—¡Amigo mío!... Pues no dejaba de ser cortés.
-
-—Está bien, amigo mío —me dijo—; puedes llevarte al preso, con una
-condición. Ya sabes que yo me alimento de corazones. Dame el tuyo, y
-hemos concluido...
-
-—¿Y se lo diste?... pero hombre... pero hijo... —gritó doña Fermina con
-impaciencia.
-
-—Me clavé las uñas en el pecho, apreté fuertemente, metí la mano....
-
-—¡Jesús! —exclamó Solita apartando el rostro.
-
-—Metí la mano, me saqué el corazón y se lo arrojé a la bestia, que con
-su feroz boca lo cogió en el aire. Entré, y cuando salía, sacando al
-señor Gil, vi que el perro mascullaba el pedazo de carne, saciándose en
-él. ¡Ay, cuánto me dolía!
-
-
-
-
-XVI
-
-
-Salvador se inquietaba bien poco de un acontecimiento que por
-aquellos días, los primeros de marzo, agitaba hondamente el mar de la
-política, produciendo borrascas, zozobras y naufragios. ¿Necesitaremos
-recordarlo, a pesar de haber hablado de él, por cierto con mucha
-discreción, el marqués de Falfán de los Godos? Olvidando las prácticas
-constitucionales o haciéndose el tonto, que es la opinión más
-autorizada, añadió el rey al discurso de la Corona un parrafillo de
-su invención, en el cual se quejaba de los insultos que diariamente
-recibía, y acusaba con este motivo a los ministros y a las autoridades
-de Madrid. Alborotose el congreso, alborotáronse más los clubs, los
-ministros estaban con medio palmo de boca abierta, sin saber lo que les
-pasaba, y mientras el rey les destituía arrebatadamente, dábales el
-Congreso un voto de confianza y una pensioncita de sesenta mil reales;
-admirable almohada para reclinar la gloriosa cabeza después de una
-caída.
-
-Su Majestad, firme en el propósito de hacerse el tonto (y quien
-crea otra cosa no sabe hasta dónde llegaba la malicia del astuto
-_Rey neto_), pidió consejo a las Cortes para la formación del nuevo
-ministerio, inaudita aberración constitucional, pues el gabinete caído
-tenía mayoría. Los diputados contestaron al mensaje del rey con un
-refunfuño de desconfianza, achacaron a la _mano oculta_ los insultos
-consabidos, y negáronse a proponer los nuevos ministros, dando a
-entender al soberano que el ministerio Argüelles era el mejor de los
-ministerios posibles. Fernando consultó entonces al consejo de Estado,
-y de esta consulta salió el ministerio del 4 de marzo.
-
-Era natural que el nuevo Gabinete no gustase a nadie. Los tibios le
-tenían por exaltado, y los exaltados por tibio. Procedente como el
-anterior de la mayoría, el gabinete Valdemoro-Feliú representaba las
-mismas ideas, la propia indecisión, idéntica dependencia de manejos
-secretos; representaba también la debilidad frente a los alborotadores,
-las pedradas al coche del rey, la tolerancia de las grandes
-conspiraciones y la persecución sañuda de las pequeñas. De entonces
-data, si no estamos equivocados, la célebre frase de _los mismos perros
-con distintos collares_. Más adelante, cuando Feliú pasó de Ultramar
-a Gobernación, el gabinete se enderezó como una planta cuya savia se
-regenera, y supo desplegar contra los alborotadores y los clubs una
-energía que hasta entonces no se había visto en el gobierno después de
-la revolución.
-
-Tal era la situación política a principios de marzo. En el gobierno,
-debilidad; en el congreso, confusión; en Palacio, solapadas intrigas,
-cuyas resultas se verán más adelante. El pueblo desbordado y sin
-reconocer ley ni freno alguno, expresaba su voluntad ruidosa y
-groseramente en los clubs. A fuerza de oír hablar de su soberanía,
-empezaba a creer que consistía esta en el uso constante de la
-iniciativa revolucionaria y en el ejercicio atropellado de la sanción
-popular en asonadas, violencias y atrocidades sin cuento. Romero
-Alpuente, un vejete furibundo a quien después conoceremos, había dicho
-que _la guerra civil era un don del cielo_. Istúriz, joven y exaltado,
-había dicho que _la palabra rey era anticonstitucional_. Moreno Guerra,
-que _el pueblo tiene derecho a hacerse justicia y vengarse a sí
-propio_. Golfín, que _la anarquía purgaba la tierra de tiranos_. Otro
-llamaba al trono _cadalso de la libertad_.
-
-Entre tanto las sociedades secretas estaban desconcertadas; porque si
-bien el nuevo ministerio saliera de ellas como el anterior, no había
-gran seguridad de que se dejase gobernar por los _Valerosos príncipes_.
-
-—Estamos —decía Campos— en la situación más oscura que puede
-imaginarse. Yo no he tenido nunca a Feliú por muy afecto a nuestro
-Orden, y temo mucho que se nos vuelva en contra. Sin embargo, anoche
-nos ha echado un discursejo con muchos ofrecimientos y palabrotas; pero
-no me fío, no me fío.
-
-Esto lo decía el gran Cicerón sentado junto a una mesa del café
-de _La Fontana_, teniendo enfrente a Salvador Monsalud, que entre
-sorbo y sorbo de café leía _El Espectador_. Cómo se habían juntado
-después de su violenta separación, cómo habían ido allí, apareciendo
-amistosamente reconciliados, merced a un par de tazas y otras tantas
-copas, es cosa que se explica fácilmente. Campos fue a casa de Monsalud
-una mañana, anunciole que tenía que hablar de asuntos igualmente graves
-para los dos, y aunque el joven le recibió con los peores y más ásperos
-modos, como Cicerón no se daba por ofendido y era hombre que respondía
-con risas a las palabras duras, bien pronto uno y otro, a pesar de
-su desacuerdo, hallaron un término común de reconciliación pasajera.
-Campos convidó a Aristogitón a pasar un par de horas en _La Fontana_, y
-una vez allí, sentáronse en el más apartado y oscuro rincón del local,
-tras la tribuna y no lejos del mostrador. Casi estaban solos, porque en
-tal hora, el célebre club _de los amigos del orden_ descansaba de sus
-fatigas.
-
-—Pero a pesar de todo, nosotros no hemos perdido nada todavía —añadió
-Campos—, y yo quiero ver quién es el guapo que se atreve a dar un golpe
-a las sociedades secretas, autoras, no solo de la revolución de España,
-sino de las de Portugal y Nápoles. Este poder inmenso no se pierde
-por una veleidad ministerial... Conque, amado Aristogitón, yo planteo
-nuestra cuestión en los mismos términos en que la planteé en mi casa
-hace ocho días, cuando te pusiste como un basilisco, y aun creo que
-intentaste pegar a tu maestro... pero hombre de Dios, ¿no me haces caso
-de lo que te digo? Mientras hablo, tú lees.
-
-—Oigo perfectamente —dijo Monsalud dejando el periódico y tomando la
-taza—. La cuestión planteada en los mismos términos de aquel día...
-
-—Cuando me quisiste pegar —repitió Campos con burla—. Después me estuve
-riendo de ti dos horas. Si yo fuera un hombre terrible, te hubiera
-echado por el balcón; estaba en mi derecho.
-
-—No lo niego. Si yo hubiera sido un hombre imprudente le hubiera roto a
-usted la cabeza; también estaba en mi derecho por haber sido engañado.
-Usted intentó comprarme con viles ofertas de destinos y menudencias.
-
-—Y ahora te compro por el precio que tú te has puesto: por la concesión
-de una gracia a que das suma importancia. La cosa en sí es la misma, no
-varía más que el precio y la clase de moneda. Tú me dejas en paz a mi
-sobrina...
-
-—Y usted me pone en la calle a un pobre preso, que será ahorcado si las
-cosas siguen por el camino que llevan.
-
-—Perfectamente. Trato clarísimo y que no da lugar a engaños ni malas
-interpretaciones. _Do ut des_.
-
-Campos, como hombre que ve adelantar satisfactoriamente una negociación
-de importancia, respiró con fuerza, embaulando después media taza.
-_Robespierre_[2] subió a sus rodillas. Uno y otro se acariciaron.
-
- [2] Un gato. Véase _La Fontana de Oro_.
-
-—No debieras extrañar —añadió— que yo quisiera favorecerte con un buen
-destino y aun alejarte. A mí me gusta hacer las cosas con delicadeza.
-De este modo se llega al objeto sin ofender a nadie, sin ruido y sin
-dimes ni diretes. Creí que tú, hombre listo, me entenderías después
-del primer avance, y tomando lo que te daba, te dispondrías a callar
-y obedecer, dejándome el campo libre. Pero no entendiste. Tienes un
-candor honradillo que exige se te digan las cosas claras, y en verdad,
-a mí me repugnaba hablarte con claridad en asunto tan espinoso.
-
-—Algo creí entender; pero como no contaba con la traición de Andrea, no
-pasé de sospechas vagas.
-
-—¡La traición! —dijo Campos con gravedad irónica—. Pero hombre... ¡qué
-palabrotas se estilan ahora! Di más bien que mi sobrina comprendió lo
-que sacaba del noviazgo contigo. Por mi parte, de algún tiempo acá me
-desvelo porque disfrute una posición tónica y como corresponde a sus
-méritos. Es tiempo ya de que tenga un padre vigilante y cariñoso. Te
-confieso, amigo Aristogitón, que cuando sospeché tus niñadas con ella,
-y más aún, cuando las sospechas se trocaron en certidumbre..., ¡ay!,
-sentía impulsos de despedazarte. Pero meditando bien, resolví tener
-mucha calma, abordar la cuestión con astucia, evitar un escándalo que
-pudiera turbar la paz espiritual del buen Falfán de los Godos. De esta
-manera todos quedan contentos. No creas que me ha costado poco cautivar
-a Andreílla. La pícara se nos escapaba como una mariposa, cuando
-creíamos tenerla segura; pero conquistado tú, que eres el Montjuich, la
-rendición de la ciudadela es inevitable... ¿Te das por conquistado?
-
-—Me doy por conquistado.
-
-—¿Renuncias por completo y en absoluto a ella? ¿Huirás de su trato y de
-su vista, y en caso de que la casualidad te la ponga delante, harás con
-ella como si nunca la hubieras conocido?
-
-—Lo haré.
-
-—¿La despreciarás, la arrojarás de tu lado, le harás ver de una manera
-indudable que tú y ella sois como el agua y el fuego que no pueden
-juntarse?
-
-—Como el agua y el fuego.
-
-—Y si la tempestad arrecia, ¿serás capaz hasta de hacerle creer que
-estás enamorado de otra?
-
-—También.
-
-—Vamos, eres un hombre. Tus declaraciones merecen una _salva_. Echemos
-_pólvora fulminante_ en el _cañón_ y disparemos.
-
-Los masones llamaban pólvora fulminante al _ron_. El _cañón_ y la
-_salva_ ya sabemos lo que eran.
-
-—¡_Fuego_! —dijo Monsalud llevando la copa a sus labios.
-
-—¡_Fuego_! —repitió Campos.
-
-Los del _Arte-Real_, en sus _tenidas_ de banquetes, pronunciaban esta
-voz de mando para indicar los brindis.
-
-—¿Pero a qué vienen tantas exigencias, que parecen pruebas masónicas
-—dijo Salvador—, si Andrea no necesita de mis desdenes para obedecerle
-a usted? ¿No ha dado su consentimiento?
-
-¡Ah, ah!..., fíate de consentimientos. Dicen que la palabra _veleidad_
-es femenina en todas las lenguas. Prueba de que todas las mujeres son
-veleidosas. Es verdad que Andrea, a fuerza de ruegos, de razones, de
-regalos, de mimos, de promesas, me prometió ser marquesa... ¡Marquesa,
-ya ves qué pedrada!..., y la muy tonta... Por algo se ha dicho que
-_entre el sí y el no de una mujer no se puede poner la cabeza de un
-alfiler_.
-
-—Ella apetece más. La ambición, una vez desarrollada, no se satisface
-fácilmente. Creerá que Falfán de los Godos no es bastante rico.
-
-—¡Si es millonario! No va por ahí la corriente —dijo Campos con
-desaliento—. Es que Andrea vuelve los ojos a este tunante y se
-arrepiente, se arrepiente la muy pícara de la promesa que me dio. Desde
-el otro día... Pero yo quisiera saber qué tienes tú para trastornar de
-este modo un cerebro, que después de todo es un cerebro de la raza de
-Campos, fecundo en gente sesuda.
-
-—Andrea tiene conciencia: no es una muchacha corrompida —afirmó
-Monsalud, disimulando el interés que aquella parte de la conversación
-le producía.
-
-—Qué conciencia ni conciencia... Resabios tontos de su enamoramiento
-infantil. Yo sé que eso desaparecerá; pero por de pronto me tiene
-inquieto. Desde aquel día que tú y yo estuvimos a punto de machacarnos
-las liendres, no sabes cómo se ha puesto esa muñeca. Está loca,
-rematadamente loca, y anoche tuve que encerrarla, porque quería salir.
-
-—¿Salir?
-
-—A buscarte; y se nos escapará, porque la niña es sutil. Por eso quiero
-estar seguro de ti. Querido Aristogitón, si tú no me ayudas, todo se
-pierde. No puedes tener idea de cómo está esa criatura. En mi casa no
-se oyen más que suspiros, y con las lágrimas que unos ojitos negros han
-derramado estos días se podía haber hecho otro estanque del Retiro.
-Sorprendila ayer desenvainando el puñal que conserva como recuerdo de
-su padre. ¡Ay, qué susto! Te aseguro que si no llego a tiempo, tenemos
-en casa una degollina, un suicidio, una de esas gracias que mi sobrina
-ha leído en las historias de griegos y romanos, y que ahora las novelas
-sentimentales tratan de poner en moda. ¿Has leído el _Werther_? Es un
-Dido macho que se mata por amor.
-
-Salvador estaba pálido y no acertaba a decir nada.
-
-—Por esta causa he querido prevenirte, asegurarme de tu formal
-renuncia, que espero cumplirás con honradez. Es posible que recibas
-alguna esquelita, aunque la hemos privado de tinta y papel; es también
-muy probable que la mariposa tienda sus alas y se eche a volar
-poéticamente por las calles de Madrid, y te busque y te encuentre...
-Veo que suspiras... mira, no vengas tú también con suspiros. En una
-mujer pase, pero un hombre es un hombre, Salvador, y sobre todo, un
-hombre que tiene a su padre en la cárcel a punto de ser ahorcado,
-debe tener corazón de bronce, portarse caballerosamente y cumplir su
-palabra.
-
-—Yo la cumpliré —murmuró Salvador.
-
-—Bueno, señor _Caballero Kadossch_. ¿Repites las ofertas que hace poco
-me has hecho?
-
-—Las repito.
-
-¿Acabaste para mi sobrina? —preguntó Cicerón en un tono que indicaba la
-idea de las resoluciones categóricas.
-
-—Acabé —respondió Salvador en el propio tono del suicida que dice adiós
-a la vida.
-
-—¿De modo que no harás caso de esquelitas, ni de recados, ni de visitas?
-
-—No.
-
-Se frotó los ojos con la mano derecha, cual si quisiera reducírselos a
-polvo.
-
-En aquel momento arrojaba su corazón al perro.
-
-
-
-
-XVII
-
-
-—Pues lo pasado, pasado —dijo Campos—. Amigos otra vez. Olvidemos las
-ofensas que mutuamente nos hayamos hecho.
-
-—_Pasemos la trulla_.
-
-_Trulla_ era la cuchara de albañil, y la idea de _pasarla_ indicaba
-olvido y perdón de las injurias, idea que bien podía expresarse
-hablando como la gente.
-
-—Ahora me toca a mí —dijo Salvador.
-
-—Ahora te toca a ti —añadió Campos sacando dos cigarros habanos y
-ofreciendo uno a su amigo—. Ahí va esa _pólvora del Líbano_. Fumemos.
-
-—¿Usted me promete que Gil de la Cuadra no será condenado a muerte?
-
-—Eso no.
-
-—¿Me promete usted que se sobreseerá su causa?
-
-—Tampoco.
-
-—Entonces...
-
-—Lo que prometo es que tu padre, tu tío, tu pariente o lo que sea,
-saldrá de la cárcel.
-
-—¿Cómo?
-
-—Escapándose de ella, lo cual no es fácil; pero sí posible, sobre
-todo si tú y yo nos proponemos hacerlo. No hay que pensar en que el
-gobierno suelte la presa absolutista que tiene entre las garras. Es
-preciso ofrecer un par de víctimas al pueblo, y como no se le puede dar
-un león, se le da un conejo. Ya sabes que el cura Merino ha hecho la
-gracia de aparecer en Castilla; el _Abuelo_ ha levantado también una
-partida cerca de Aranjuez, y Aizquibil recorre con su gente el país de
-Álava. El _Pastor_ entra también en campaña, y a varios de su partida,
-que han sido cazados, se les encontraron muchos ochentines de los que
-acuñó el gobierno hace poco. Estos ochentines se dieron todos a la
-Casa Real, de modo que no hay duda alguna respecto a la mano que está
-moviendo esta vil máquina de las partidas.
-
-—El rey.
-
-—Sí, y cuando los ministros le hicieron notar la coincidencia,
-respondió tranquilamente: «Es muy extraño eso», y no dijo más. La
-corte trabaja con desesperación por encender la guerra civil,
-y los curas y los guerrilleros amparados por ella y por las
-juntas extranjeras, harán un esfuerzo terrible para restablecer
-el absolutismo. Nos aguarda un porvenir de rosas. Ya sabes lo
-que significan en nuestro amado país estas dos fuerzas: _curas,
-guerrilleros_.
-
-—No tengo ilusiones en ese particular. La estupidez de los liberales,
-su corrupción y falta de sentido, anuncian a voces que volverá el
-absolutismo.
-
-—Pues bien: cuando por todas partes no se ven más que peligros; cuando
-el gobierno se mira amenazado y provocado por los absolutistas, ¿no es
-natural que si logra poner la mano encima de alguno, apriete y apriete
-firme hasta ahogarle?
-
-—Es natural. Los pobres gazapos que se han dejado coger pagarán las
-culpas de los lobos y de la corte, que los azuza.
-
-—Evidentísimo. Por consiguiente, amigo Monsalud, no hay que pensar
-en que el gobierno perdone a ninguno de los que hoy están presos por
-conspiraciones realistas.
-
-—Serán condenados...
-
-—A muerte. El juez, señor Arias, confiesa privadamente que no halla
-motivo para tanto; pero la presión popular y la necesidad de hacer un
-escarmiento, la conveniencia de amedrentar a la corte, levantará el
-cadalso. Aquí tienes a la señora Libertad en tales trances que no puede
-pasarse sin el verdugo.
-
-—¿De modo que no hay que soñar con un sobreseimiento?
-
-—Locura. Vinuesa no se escapa de la horca. Los demás serán condenados a
-presidio... Puesto que no podemos evitar la sentencia, tratemos ahora
-de salvar a tu hombre. Yo estoy tan comprometido a ello moralmente como
-tú. Planteemos la cuestión. Primer punto. Todo el personal de la cárcel
-está en poder de gentuza comunera o milicianos nacionales de los más
-majaderos.
-
-—Lo sé, y he resuelto hacerme comunero.
-
-—Admirable idea —dijo Campos en tono de lisonja—. Y si procuras retener
-en la memoria todos los disparates y gansadas de los hijos de Padilla
-para contármelos, tu idea será sublime.
-
-—Yo iré allá tan solo con el fin de contraer amistades que me sirvan
-para nuestro objeto.
-
-—Excelente plan. En tanto el Grande Oriente se encarga de hacer en el
-personal de cárceles alguna variación.
-
-—Cosa facilísima.
-
-—No tanto, joven, no tanto. Tú no sabes cuánto se ha alambicado ya en
-la cuestión de destinos. No se puede estar trasegando la gente todos
-los días. Lo peor de todo es que hacemos una variación, y al punto nos
-conquistan los comuneros el nuevo personal. Se varía otra vez, y la
-defección se repite. Hacemos tercera hornada; pero llega un momento
-en que no se puede más, porque se acaban los carniceros, panaderos y
-pasteleros que quieren ser empleados públicos, en las porterías de los
-ministerios, en cárceles, en correos... Por este camino desaparecerá en
-Madrid toda la clase menestral.
-
-—Pero los cambios traen numerosas cesantías.
-
-—Pero los cesantes, esos insignes patricios desairados, no quieren
-volver a las panaderías, carnicerías y molinos de chocolate de donde
-salieron. Encuentran más fácil encastillarse en las _Fortalezas_ de
-Padilla, donde, haciendo comedias, se van adiestrando en la oratoria y
-en el arte de conspirar.
-
-—¿Y cómo viven?
-
-—Ese es el misterio. Lo evidente es que tienen dinero. ¿Ves esa
-turbamulta de vagos que aúllan en los cafés, que alborotan en la plaza
-de Palacio, que apedrean las casas de los ministros, que van a cantar
-coplas indecentes junto a la reja de la prisión de Vinuesa?... Pues
-todos ellos viven, y viven bien.
-
-—Los ochentines del _Pastor_ harán ese milagro.
-
-—Eso creo yo. Los ochentines...
-
-—Pero contra los ochentines, el gobierno tiene los empleos públicos.
-Póngame usted en la cárcel de la Corona a un empleado que se preste a
-favorecer nuestro plan.
-
-—Precisamente hay una vacante. Me he informado hoy.
-
-—Mejor que mejor.
-
-—Bueno; pues elige tú el candidato.
-
-Salvador meditó breves instantes.
-
-—Lo mejor será un hombre de bien, pues no se trata de salvar a
-ladrones y asesinos; se trata de hacer una buena obra, librando a un
-pobre anciano inocente, inocente, sí... porque Gil de la Cuadra, aun
-conspirando con todas sus fuerzas, no es capaz de hacer daño a un
-semejante ni a la sociedad.
-
-—Pues mi opinión es que elijamos un tonto. Es fácil de encontrar.
-
-—Ya tengo mi hombre —dijo vivamente y con alegría Monsalud.
-
-—¿Has hallado el tonto?
-
-—Un maestro de escuela.
-
-—Viene a ser lo mismo. Apuesto a que has pensado en Sarmiento.
-
-—No: lo echaríamos todo a perder —dijo Salvador arrepintiéndose—.
-Sarmiento es sencillo, pero su fanatismo rabioso le transfigura,
-haciéndole cruel. Me parece que debemos elegir un discreto.
-
-—Bien puedes coger la linterna de Diógenes. Échate a buscar el discreto.
-
-—Ya lo hallé —exclamó Monsalud, dándose una palmada en la frente.
-
-—¿Quién?
-
-—Yo mismo.
-
-—Hombre... la idea no es mala —repuso Campos sonriendo—. Pero la
-verdad... ese destino no es propio para ti. Vales tú mucho más.
-
-—¿Y qué me importa?
-
-—El duque del Parque no querrá tener a su servicio a un sota-alcaide.
-
-—Dejaré el servicio del duque del Parque
-
-—¿Pero no se te ocurre otra persona?
-
-—No me fío de nadie. Estoy decidido. Seré sota-alcaide.
-
-—Vas a bregar con la gente más cruel, más perdida y más infame de la
-sociedad. El personal de cárceles allá se va con el de encarcelados.
-
-—No me importa. He tenido una idea feliz.
-
-—Pues adelante, y realicemos la idea feliz. Serás sota-alcaide. En
-tanto que te nombro... pues no creas que es cosa de un momento: lo
-menos hay treinta candidatos... hablaré a Copóns.
-
-—¿El jefe político?
-
-—¡Ah! —exclamó Campos con gozo—. Le tengo cogido, le tengo preso en mis
-redes. Precisamente anda tras de mí para que le favorezca en ciertas
-pretensiones que trae en Gracia y Justicia. Una bicoca: tres primos
-que fueron beneficiados y ahora se les antoja ser deanes. Son de la
-pacotilla de los que llaman modestos... ¡pobrecitos! Copóns es muy
-exaltado; el gobierno, que le puso en lugar de Palarea, no está muy
-contento con él. Necesita todo el arrimo del Grande Oriente para no
-venir a tierra. Muy bien: esto va a pedir de boca. Tu padre, tu abuelo,
-o lo que sea, se ha salvado.
-
-Hablaron algo más, determinando algunos detalles del plan, y se
-separaron. Campos tenía que revisar unas cartas detenidas por orden
-superior. Salvador debía consagrarse a sus ocupaciones. Cuando volvió a
-su casa, entregáronle un billete que acababa de llegar. Conociendo en
-el sobre la letra de Andrea, sintió tanta ansiedad como pavor. La carta
-estaba trazada con indecisos rasgos, a prisa, y decía:
-
- «Arrepentida, arrepentida, arrepentida de lo que he hecho.
-
- »Ven al instante. Estoy esperándote en el Retiro, junto al
- Observatorio. Me he escapado de mi casa. Querido mío, mi vida y mi
- muerte: si no me perdonas, si no vienes al instante a mi lado, me
- moriré de desesperación.
-
- »Lo que he hecho contigo es una villanía, una ofuscación.
-
- »Un poco tarde lo he conocido; pero lo conozco al fin, lo confieso y
- te pido perdón.
-
- »Te adoro, y ni Dios podrá hacer que yo pertenezca a otro. Eres mi
- dueño y puedes abofetearme, puedes matarme si me porto mal.
-
- »Salvador, sácame del infierno en que estoy. Ven, no tardes ni un
- segundo. No vuelvo más a mi casa. Iré contigo a donde quieras:
- seré tu esposa, tu criada o lo que tú quieras... Sácame los ojos y
- dentro de ellos verás tu cara. Ya me parece que te siento venir...
- ¿Vendrás?... En el Retiro junto al Observatorio. Voy corriendo, no
- sea que llegues antes que yo. Adorado mío, te quiere con toda su alma
- y te ofrece el corazón y la vida,
-
- ANDREA.»
-
-Soledad, que entraba cuando Salvador concluía de leer la carta, notó su
-palidez y agitación.
-
-—¿Qué tienes, hermano? —dijo llena de pesadumbre—. ¿Ese papel te dice
-algo desfavorable a mi pobre padre?
-
-—No, no —replicó el hermano con desesperación—. Es todo lo contrario.
-Sola, abrázame, abraza a tu hermano.
-
-La muchacha se arrojó llorando en brazos de Salvador.
-
-—¿Pero te causan pena las buenas noticias?
-
-—¡No, no!... la carta no dice nada —afirmó él sofocando la tempestad
-que bramaba en su alma—. Estoy alegre, hermana, hermana querida,
-abrázame otra vez. Tu padre se ha salvado.
-
- * * * * *
-
-Pasó Monsalud todo el día y toda la noche en un estado de agitación muy
-viva. A la mañana siguiente, cuando entró en casa del duque del Parque,
-un criado le dijo: «Han estado aquí dos mujeres buscándole a usted.
-Parecían ama y criada.»
-
-—Si vuelven —repuso— dígales que he salido de Madrid.
-
-Para evitar un encuentro que temía, salió del palacio por una puerta de
-servicio que daba a otra calle. Pero más tarde, al entrar en su casa,
-don Patricio Sarmiento repitió la noticia.
-
-—Aquí han estado dos damiselas a preguntarme cuándo volvía usted.
-Parecen ama y criada... ¡Oh, edad dichosa esta en que nos vienen a
-buscar dos y tres veces en el breve espacio de unas horas!... Yo
-también, en mis juveniles años...
-
-Sarmiento exhaló un suspiro.
-
-—Si vuelven, dígales usted que he salido de Madrid, y que no volveré
-hasta dentro de un mes.
-
-—¡Cuánta esquivez!... Pero en esa edad feliz... También uno ha tenido
-sus dulzuras ¿eh? No crea usted: este arrugado semblante y este flaco
-y débil cuerpo no han sido siempre así. Aquí, amiguito Salvador,
-aquí se sabe lo que es afán de amores; aquí se comprende bien eso de
-despreciar a una por apasionarse de la otra, volando de flor en flor
-cual inconstante mariposa... Pues, ¿y estar penando días y días por una
-mirada, solo por una mirada?... ¡ay!... ¿y aquello de estar cavilando
-por qué me miró así o dejó de mirarme?... Todos hemos tenido nuestro
-abril; todos hemos revoloteado y sacado la miel hiblea del cáliz de las
-frescas flores, señor Monsalud.
-
-Cuando este se dirigió después de medio día a una tienda de la calle
-Mayor, donde solía hacer tertulia, un mancebo le dijo la muletilla:
-
-—Han estado dos hembras a ver si había usted venido.
-
-Más tarde pasó por la parte baja de la calle de Atocha. Detúvose de
-repente porque un objeto lejano llamó su atención: era el Observatorio
-astronómico. Singular trastorno debió producir en las ideas del joven
-la vista del hermoso edificio, porque apresuró el paso como quien huye
-de un fantasma temible.
-
-¡Cosa extraña! Al anochecer, cuando fue al local ocupado por la
-masonería, en la calle de las Tres Cruces, con objeto de hacer unas
-preguntas a Sócrates, o como si dijéramos, a Canencia, un portero le
-cantó el atormentador estribillo de todo el día:
-
-—Aquí han estado dos damas a preguntar si vendría usted esta noche.
-
-Después marchó a _La Cruz de Malta_, café situado en la calle del
-Caballero de Gracia. Aguardábale allí don José Manuel Regato.
-
-
-
-
-XVIII
-
-
-En la calle que hoy se llama de Isabel la Católica, y antes de la
-Inquisición, pasando así bruscamente del nombre más horrible al más
-hermoso, hay una casa que hoy lleva el número 25 y antes tenía el
-2, edificio perteneciente en su juventud al conde de Revillagigedo
-y que después fue Conservatorio de Música y Declamación. Diversas
-oficinas se han sucedido en dicha casa, y hoy sirve de albergue, si no
-estamos equivocados, a una dirección del ramo de Fomento. Pero lo más
-importante de este caserón en su variada y larga historia es que dentro
-de él estuvo la _Asamblea de los Comuneros_ durante los tres _llamados
-años_. Ya se habrá comprendido quiénes eran estos bravos hijos de
-Padilla. Cualquiera que haya vivido en España y prestado atención a
-sus cosas políticas, comprenderá que en aquella época, como en todas,
-los descontentos y los cesantes, los atrevidos, los pretendientes y
-los envidiosos, que son siempre el mayor número, no podían tolerar que
-determinada pandilla gobernase siempre el país y las Cortes. Este afán
-de renovación periódica del personal político, que en otras partes se
-hace por razón de ideas y de aspiraciones elevadas, se suele hacer
-aquí, y más entonces que hoy, por el turno tumultuoso de las nóminas.
-Esto es una vulgaridad tan manoseada, y ha trascendido de tal modo
-hasta llegar a las inteligencias más oscuras, que casi es de mal gusto
-ponerlo en un libro.
-
-Los comuneros querían reformar la Constitución, porque no era bastante
-liberal todavía. Los ministeriales (nos referimos a la primera mitad
-de 1821) o doceañistas, o si se quiere los _masones_, convencidos
-de que su Constitución era la mejor de las obras posibles, y que la
-mente no concebía nada más perfecto, querían que se conservase intacta
-y sin corrección ni reforma como la naturaleza. De repente apareció
-un tercer partido, llamado de los _anilleros_, que quiso modificar
-la Constitución en sentido restrictivo, aspirando a una especie
-de transacción con la corte y la Santa Alianza. Sobre estas tres
-voluntades giraba aquel torbellino, que empezó con una sedición militar
-y terminó con una intervención extranjera.
-
-Los comuneros, que nacieron del odio a los masones, como los hongos
-nacen del estiércol, creyendo que los ritos y prácticas de la masonería
-eran una antigualla desabrida, antiespañola, prosaica y árida,
-imaginaron que les convenía establecer un simbolismo caballeresco
-y nacional, propio para exaltar la imaginación del pueblo y aun de
-las mujeres, que por entonces tenían parte muy principal en estos
-líos. Siendo la representación primaria de los masones un templo
-en fábrica y los hermanos, arquitectos o albañiles, formaron los
-comuneros su partido de Comunidades, divididas en Merindades, Torres y
-Casas-Fuertes, y a sus logias llamaron _Castillos_ y a sus Venerables,
-_Castellanos_, _Alcaides_ a sus Vigilantes, y así sucesivamente. En
-los ritos y ceremonias modificaron todo lo que hay de teatral en la
-masonería, dándole forma caballeresca, o ideando ilusorias fortalezas,
-puentes levadizos, barbacanas, recintos, salas de armas, cuerpos de
-guardia, almacenes de enseres y demás mojigangas, todo creado por sus
-exaltadas fantasías, de tal modo, que más que militantes caballeros
-parecían rematados locos.
-
-Su color distintivo era el morado, así como los masones adoptaron
-el verde. La asamblea general recibía el nombre de _Alcázar de la
-libertad_, y el recinto donde se reunía, llamado _Plaza de armas_,
-estaba adornado con embadurnados lienzos y telones, representando
-torreoncillos con banderolas, lanzas y las indispensables inscripciones
-patrioteras. El presidente llamaba a los socios la _guarnición_,
-y a los neófitos, _reclutas_. Abríanse y cerrábanse las sesiones
-con fórmulas que harían reír a la misma seriedad, siendo de notar
-principalmente el parrafillo con que se despedían después de discutir
-largamente sobre mil innobles temas sugeridos por el egoísmo, el hambre
-o la envidia: «Retirémonos, compañeros, a dar descanso a nuestro
-espíritu y a nuestros cuerpos, para restablecer las fuerzas y volver
-con nuevo vigor a la defensa de las libertades patrias.»
-
-Poco después de las diez de la noche Salvador Monsalud, acompañado del
-señor Regato, penetró en el _Alcázar de la libertad_ de la calle de
-la Inquisición. Era el local grande y espacioso, consistente en una
-serie de salas abovedadas a las cuales se descendía por media docena
-de escalones. Pobres farolillos que aquí no cometían la fatuidad
-de llamarse _estrellas_ las alumbraban, y un sordo rumor de gente
-anunciaba desde el vestíbulo que la colmena se había llenado ya de
-zánganos.
-
-—El ceremonial nos manda esperar aquí —dijo Regato a su recluta,
-deteniéndose en la primera sala—. Voy a llamar al Alcaide.
-
-Durante el breve rato de espera, Monsalud tuvo que resignarse a oír
-las felicitaciones de don Patricio Sarmiento, que a la sazón entraba,
-y que atronó la estancia con sus gritos y encarecimientos por el feliz
-suceso de aquella iniciación. Todo su porvenir caballeresco comunero
-diera el joven por sacudírsele de encima; pero al fin sacole de tan mal
-paso el Alcaide, apareciendo con Regato, y en seguida vendaron los ojos
-del recluta, mandándole que marchase apoyado en el brazo del comunero
-proponente.
-
-—¿Quién es? —preguntó una voz.
-
-—Un ciudadano —respondió Regato con toda la seriedad posible— que se ha
-presentado en las obras exteriores con bandera de parlamento a fin de
-ser alistado.
-
-La misma voz gritó:
-
-—Echad el puente levadizo.
-
-Oyó entonces el neófito un espantable ruido que en derredor suyo
-sonaba, con tal estrépito, que no parecía sino que todos los alcázares
-y torres de España caían en ruinas; mas no se turbó por esto su
-esforzado corazón, ni aun se le mudó la color del rostro, que para
-mayores trances tenía coraje y alientos el bravo recluta. Además, bien
-sabía él, como todos, que aquel rumor provenía de una plancha de hierro
-semejante a las que usan en los teatros para imitar los fragorosos
-ecos del trueno, y que el ruido de hierros y cadenas era producido por
-una sarta de cacharros que tras de la puerta agitaba bestial paleto,
-simulando de este modo con notoria perfección el acto de bajar el
-puente levadizo.
-
-Quitáronle la venda; retiráronse Alcaide y proponente, y quedó solo
-con el centinela, que estaba enmascarado. Estaba en el _Cuerpo de
-guardia_, y allí, como en la _Cámara de meditaciones_, debía el
-candidato reflexionar sobre su situación y contestar por escrito a
-varias preguntas referentes a las obligaciones y derechos del comunero.
-Monsalud observó el local, de cuyas paredes pendían varias armaduras
-mohosas y algunas espadas mojadas en sangre de cabrito, que para tan
-terrorífico uso suministraba un día sí y otro no el conserje de la
-Sociedad. Leyó los letreros conteniendo sentencias vulgares de la
-religión del honor, y se dispuso a tomar asiento junto a la mesa donde
-debía extender sus respuestas.
-
-El centinela, que había permanecido tieso y grave, desempeñando su
-imponente papel, soltó de repente la risa y dijo al neófito:
-
-—¿También tenemos por aquí al señor Monsalud?
-
-Monsalud miraba a su interlocutor y no veía más que una máscara
-horrible, una figura espantosa con casco empenachado de gallináceas
-plumas, y un babero a guisa de celada de encaje.
-
-—¡Qué!, ¿no me conoce usted? Soy Pujitos —dijo el centinela quitándose
-la máscara.
-
-—Cómo te había de conocer, vecino, si parecías un valiente. ¿También tú
-te diviertes con estas mojigangas?
-
-—Vaya un modo de prepararse... ¡Llamar mojigangas a una cosa tan seria,
-que va a derribar el ministerio y a poner un gobierno republicano!
-Señor don Salvador, ¿usted viene aquí a burlarse? Le aviso que los que
-se han burlado de esto no lo han hecho dos veces. Conque escriba el
-papelito y me volveré a poner la careta. Acabe usted pronto, que me
-sofoco y este demonche de cartón huele muy mal.
-
-—¿No te fatiga esta tarea? ¿No es mejor que descanses en tu casa toda
-la noche después de haber trabajado todo el día?
-
-—¡Quia! Si ya no hago más zapatos —dijo el gran patriota con expresión
-de hombre perspicuo—. El señor Regato me ha prometido darme un destino
-en la Contaduría de Propios. Don Patricio me enseña a echar la firma,
-que es lo que necesito, y salga el sol por Antequera.
-
-—Ya sabía que eres de los que vocean en los motines, patean en _La Cruz
-de Malta_, y apedrean el coche del rey. ¿A cómo pagan esto?
-
-Pujitos se puso serio al oír tamaña injuria.
-
-—Vamos —dijo—. Está visto que usted viene aquí a mofarse. Pero siempre
-seremos amigos, o mejor dicho, compañeros de armas. Escriba el papelito
-y despache pronto. Me pongo la careta porque el Alcaide va a venir.
-
-—No hay prisa. Dime, Pujitos, ¿vienes aquí todas las noches?
-
-—Todas, desde el primer día. Soy caballero fundador, y el día lo paso
-en las cosas de la Milicia. Soy teniente, ¡uf, usted no sabe el trabajo
-que da esto! A la parada, a pasar lista, a revisar los uniformes, a
-hacer ejercicio de tiro, a aprender los reglamentos, a echar unas
-copas con los oficiales para discutir lo que ha de hacerse el día
-siguiente... y luego guardias y más guardias.
-
-—¿Haces guardias de noche?
-
-—Pues no. Anoche me tocó en el Principal, y mañana me toca en la cárcel
-de la Corona.
-
-—¡En la cárcel de la Corona... mañana! —dijo Monsalud con interés—.
-Ya sé... es donde están presos esos cleriguchos que han hecho planes
-horribles para quitar la libertad.
-
-—Y algunos que no son clérigos. Pero esos tunantes morirán, o no hay
-justicia en España. Dicen que el gobierno quiere condenarles a presidio
-nada más: esto se llama protección, ¿no es verdad?
-
-—¿Y me has dicho que eres teniente?
-
-—Nada menos; y si no fuera por las intrigas que hay en el batallón...
-
-—Yo también seré miliciano y me afiliaré en tu batallón, gran Pujos
-—dijo Monsalud riendo—. Se me figura que entre tú y yo hemos de hacer
-algo extraordinario.
-
-—Me alegraría de ello.
-
-—Nos veremos pronto, y hablaremos... quizás mañana... Pero el tiempo
-pasa y hay que contestar a estas endiabladas preguntas.
-
-—Escriba usted... Me parece que vienen ya.
-
-Salvador escribió sus respuestas, que fueron llevadas a la _Plaza de
-armas_ para que las examinara la guarnición. No tardaron el Alcaide y
-el proponente en conducirle, vendado otra vez, a la puerta del salón de
-sesiones, que estaba cerrada. Por dentro una voz gritó:
-
-—¿Quién es?
-
-«Esta voz áspera y hueca, como una campana rajada —dijo Monsalud para
-sí—, es la de Romero Alpuente.»
-
-Entre tanto el Alcaide respondía:
-
-—Soy el Alcaide de este castillo, que acompaño a un ciudadano que se ha
-presentado a las avanzadas pidiendo parlamento.
-
-—Por Dios, amigo Monsalud —indicó en voz baja Regato—, no se ría usted,
-le suplico encarecidamente que sofoque toda manifestación de burlas.
-Usted no quiere creerme, y yo repito que esto es serio, pero muy serio.
-
-Abrieron la puerta de la _Plaza de armas_, que más parecía bodega que
-plaza, con diversas series de asientos ocupados por los caballeros, y
-un estradillo donde estaba el presidente, teniendo detrás fementido
-torreón de lienzo embadurnado, y un harapo que llamaban estandarte de
-Padilla, y una urna donde _se debían colocar todas las cenizas de los
-comuneros que se pudieran haber_.
-
-El presidente le preguntó su nombre, edad, pueblo natal, empleo,
-profesión; luego le habló de las obligaciones que contraía, y del valor
-y constancia que había de mostrar para desempeñarlas. Levantáronse en
-seguida los caballeros, y Monsalud vio que todos ellos tenían una banda
-morada en el pecho, y una como espada o asador en la mano.
-
-—Ya estáis alistado —le dijo el presidente—. Vuestra vida depende del
-cumplimiento de las obligaciones que habéis contraído, y vais a jurar.
-Acercaos y poned la mano sobre este escudo de nuestro jefe Padilla,
-y con todo el ardor patrio de que seáis capaz, pronunciad conmigo el
-juramento que debe quedar grabado en vuestro corazón.
-
-Hecho lo que al neófito se le mandara, empezó este la retahíla del
-juramento, que abrazaba diversos puntos, y que concluía con la
-consabida conterilla que tanto ha hecho reír a la generación siguiente:
-
- «Juro que si algún cab. com. faltase en todo o en parte a estos
- juramentos, le mataré luego que la Confederación le declare traidor;
- y si faltase yo, me declaro yo mismo traidor y merecedor de ser
- muerto con infamia por disposición de la Confederación de cab. com.;
- y para que ni memoria quede de mí después de muerto, se me queme, y
- las cenizas se arrojen a los vientos.»
-
-—Cubríos —le dijo el presidente— con el escudo de nuestro jefe Padilla.
-
-Tomó entonces el joven un mohoso broquel que le presentaron, y
-cubierto pecho y cara con tal defensa, pusieron en él los demás
-comuneros la punta de sus espadas, mientras el presidente dijo entre
-otras majaderías:
-
-—Si no lo cumplís, todas estas espadas no solo os abandonarán, sino
-que os quitarán el escudo para que quedéis al descubierto, y os harán
-pedazos en justa venganza de tan horrendo crimen.
-
-Poseídos algunos caballeros, como gente candorosa, del papel que
-estaban desempeñando, hincaban con excesiva fuerza la punta de sus
-asadores o espadas en el escudo o sartén que resguardaba la cara y
-busto del joven. El señor Regato, temeroso de que por desmedido celo de
-los caballeros se agujerease el escudo y perdiera un ojo su ahijado,
-creyó necesario interrumpir por un momento la majestad del ceremonial,
-diciendo:
-
-—Cuidado, señores, que es de hojalata.[3]
-
- [3] Todavía vive un comunero que corrió igual peligro.
-
-La farándula no había terminado aún, porque tras la ceremonia del
-escudo, el Alcaide calzó la espuela al caballero, dándole espada y
-banda, con lo cual, y con acompañarle a recorrer las filas para que
-fuera dando la mano uno por uno a todos los confederados, el novel
-comunero descansó a la postre de tantas fatigas.
-
-
-
-
-XIX
-
-
-Salvador observó la diversidad de fisonomías que presentaba en su
-innoble recinto la _Plaza de armas_, y halló entre sus compañeros de
-caballería muchas caras conocidas. Algunos, pocos, eran diputados
-en el Congreso; allí estaba también el célebre Mejía, que algunos
-meses después fundó _El Zurriago_. Aunque el elemento principal de
-la Sociedad era la juventud, había bastantes viejos, no todos tan
-inocentes como don Patricio Sarmiento. Milicianos nacionales los
-había por docenas; la gente de poca instrucción y de locos apetitos
-burocráticos imperaba, y en todos los incidentes de la sesión salía
-a la superficie un espumarajo de patriotería gárrula, que era la
-fermentación de aquel elemento. No habrían transcurrido veinte minutos
-después de la admisión del nuevo caballero comunero, cuando un hombre
-desenfrenado que se ocupaba del asunto puesto a discusión, pronunció
-estas palabras:
-
-—Yo propongo a nuestra asamblea que cesen las contemplaciones con la
-corte y que se dé el grito de ¡_Viva la República_!
-
-Alborotose la guarnición con tales palabras, que algunos calificaron
-de admirable ocurrencia, otros de desatino mayúsculo; y si bien el
-presidente trató de volver la discusión al terreno que marcaba el tema,
-no fue posible conseguirlo. Entonces el señor Regato, manifestando
-ruidosamente que deseaba exponer algunas ideas que agradarían a la
-reunión, usó de la palabra en estos términos:
-
-—«Señores: lo que ha dicho nuestro ilustre y valerosísimo compañero
-de armas, el caballero X..., ha asombrado a muchos; pero a mí no me
-asombra, porque yo soy más liberal hoy que ayer, y mañana más que
-hoy, porque mi lema, señores, es adelante y siempre adelante. Estamos
-cansados de sufrir, estamos causados de esperar. ¿Os aterra la palabra
-_república_? Pues yo digo que a mí no me ha causado nunca terror
-esa palabra, ni me aterra hoy. Perdamos el miedo y seremos fuertes.
-Amenacemos y nos temerán. Somos los más, somos lo más granado de la
-España liberal. La Europa nos contempla, el Piamonte nos imita, Nápoles
-nos copia, Portugal se llama nuestro _discípulo_. Señores, seamos
-dignos de la Europa liberal, y ante nosotros temblarán el trono y los
-masones.»
-
-Después de dar las gracias por los aplausos y de limpiarse el sudor, el
-orador prosiguió así:
-
-—«No creáis que la idea republicana es nueva en España. Padilla y
-Lanuza, nuestros maestros, fueron republicanos. Viniendo a los tiempos
-modernos, en la proclamación de los derechos del hombre hecha por Muñoz
-Torrero en las Cortes del año 10, veo yo también la idea republicana.
-Leed las obras de Mariana y de Sempere, y veréis que en ellas palpita
-la república. (_Gran estupor._) Ahora, señores, volved los ojos a
-todos los ámbitos de la hispana península —el orador, excitado por
-la admiración general, se cree en el caso de tener estilo—; volved
-los ojos por doquiera: ¿qué veis? (_Gran silencio: indicio cierto de
-que nadie veía nada._) Pues veréis allá en las Andalucías, allá en
-la populosa ciudad de Málaga, bañada por las ondas del Mediterráneo,
-a Lucas Francisco Mendialdúa que concibió el plan de establecer la
-República, como consta en la proclama que imprimió, encabezada con las
-mágicas palabras _República española_ y firmada por _Un tribunal del
-pueblo_. Como acontece a los grandes genios innovadores, como aconteció
-a Colón, Galileo, Savonarola, etc., etc... Mendialdúa fue preso.[4]
-Pero así como de la noche sale el claro día, de las cárceles sale la
-libertad. (_Atronadores aplausos._)
-
- [4] En enero del 24.
-
-»Volved ahora los ojos al llamado reino de Aragón, y veréis allí a
-nuestro insigne jefe, al valiente entre los valientes, al político
-entre los políticos, al altísimo Riego, que desempeña el cargo de
-capitán general en aquella extensa y rica provincia. ¿Creéis que no
-hace nada? Indigno sería esto de su perspicua mirada, que cual la
-del águila penetra en lo más alto del cielo. No creáis que nuestro
-jefe está mano sobre mano, no; nuestro jefe trabaja por la República.
-(_Asombro general e innumerables bocas abiertas._) En Zaragoza están
-a la sazón algunos beneméritos patriotas franceses, cuyos nombres no
-pronunciaré.[5] Esos patriotas, pertenecientes a la gran Confederación
-francesa, están de acuerdo con nuestro jefe; no lo dudéis, están de
-acuerdo. Unidos todos, discurren cuál será el mejor medio de ponernos
-la República en España... ¡Guay de nosotros si no les ayudamos!...
-¡Guay de nosotros si nos dormimos mientras ellos velan!... ¡Guay,
-guay!... Lo que puedo aseguraros es que si no nos ven dispuestos y
-valientes, irán con su proyectillo a Francia. Aquel país no se anda con
-chiquitas ni repara en niñerías. Estad seguros de que si nuestro jefe
-se presenta en el Pirineo enarbolando la bandera tricolor y gritando:
-¡_Viva la República_!, todo el ejército francés se le unirá en seguida,
-y llegará a París en triunfal paseo, como Napoleón cuando volvió de la
-isla de Elba. (_Los comuneros acogen esta bola con grande algazara,
-señal cierta de que se la han tragado._)
-
- [5] Llamábanse Uxón y Cugnet de Montarlot.
-
-»Ahora volved los ojos a Galicia, donde está el general Mina; volvedlos
-luego a Barcelona, donde está el gran patriota Jorge Bessieres y veréis
-que estos campeones de la libertad tampoco están mano sobre mano.
-¿Seremos menos aquí? ¿Nos espantaremos de la libertad? No, señores.
-Adelante, siempre adelante. ¡Viva la libertad! Yo, el más humilde de
-esta asamblea; yo, que he venido aquí porque me repugnaban los infames
-manejos de los de allá; yo, que estoy pronto a derramar hasta la última
-gota de mi sangre, hasta la última, señores, por el triunfo de la
-causa; yo, que jamás recibí destino de los tibios ni lo solicité; yo,
-que soy hombre puro, si hay hombres puros en España, os propongo con
-el corazón henchido de patriotismo que aceptéis desde luego la idea
-republicana, como ha propuesto mi esclarecido amigo el ciudadano X...»
-
-Varios oradores pidieron la palabra. Después de una breve disputa sobre
-quién había de usarla, don Patricio Sarmiento se levantó y habló de
-este modo:
-
-—Después del elocuentísimo discurso del fénix de los ingenios
-comuneros, don José Manuel Regato, ¿qué puedo decir yo, que soy un
-triste maestro de escuela, un oscuro preceptor de la tierna juventud?
-Pero si de algo sirven los consejos de un viejo que se ha quemado las
-cejas estudiando la historia del pueblo romano, quiero alzar esta noche
-mi humilde voz en este augusto recinto para enseñaros lo que no sabéis.
-Vuelvo los ojos en torno mío y veo zapateros, sastres, talabarteros,
-comerciantes, taberneros, colchoneros y otros artífices, gente toda
-muy honrada, muy patriota, muy digna, pero que no está versada en la
-historia romana. (_Rumores de disgusto._) No trato de ofender a nadie:
-afirmo un hecho y nada más, y como yo creo que para tratar ciertos
-asuntos, es necesario haberse quemado las cejas... (_Interrupciones
-donosas_), haberse quemado las cejas, como me las he quemado yo, de
-aquí infiero... Esas interrupciones y cuchicheos no hacen mella en mi
-ruda entereza, no señor; (_El orador se amostaza_) y así digo como el
-gran Temístocles: «pega, pero escucha.» ¿De qué se trata? De adoptar
-la idea republicana. Bien, yo pregunto a la docta asamblea: ¿Cuándo se
-estableció la República en Roma? Y la docta asamblea me contestará que
-el año 509 antes de Jesucristo. Muy bien contestado. ¿Y cuándo concluyó
-la República de Roma? El año 29. Total de tiempo en que existió la
-forma republicana: 480 años. Está muy bien. (_Más fuertes rumores._)
-Ahora pregunto: ¿cuáles fueron las causas que determinaron a los
-romanos a cambiar de forma de gobierno?
-
-Los rumores se trocaban en tumulto y una voz gritó:
-
-—¡Que se calle ese pedante!
-
-—¡Que se vaya a la escuela!
-
-—Al indocto grosero que de este modo me interrumpe —gritó don Patricio
-agitando los brazos y poniéndose muy encendido—, le contestaré que él
-es quien debe ir a la escuela a aprender lo que ignora.
-
-—¡Aquí no se quieren estafermos! —aulló una voz, de la cual no se
-tendrá idea sino considerando de qué modo puede hablar el aguardiente.
-
-—Señores —dijo el presidente con aquel formulismo parlamentario que
-algunos hombres quieren llevar a donde quiera que se oiga el sonsonete
-de un discurso—, no demos a España y a Europa el triste espectáculo de
-una discordia entre individuos de esta nobilísima asamblea. No se diga
-que andamos a la greña como los masones, a quienes yo aplico aquello
-de _riñen los pastores y se descubren los hurtos_. (_Prolongadas
-risas._)
-
-—¡Que se calle don Patricio!
-
-—¡Que se calle Pelumbres!
-
-—Pues a mí no me da la gana de callarme... ¡a ver! —exclamó una voz que
-salía del formidable pecho de un hombre tiznado, fiero, corpulento, que
-parecía personificación de una fragua—. Y si a mi no me da la gana de
-callarme, a ver quién es el guapo que me cierra el pico... ¡A ver!
-
-Diciendo esto, se levantaba el señor Pelumbres entre la multitud
-apiñada en los bancos. Su figura, así como su voz, pondrían miedo en
-toda asamblea que no fuera la de los Comuneros.
-
-—Ciudadano Pelumbres —dijo el presidente—, ¿qué dirá la Europa si no
-guardamos la compostura propia de hombres de gobierno?... ¿Qué dirá?
-
-—Eso es, ¿qué dirá? —repitieron don Patricio y los que deseaban que
-hablase.
-
-—Es preciso tener moderación —continuó el presidente—. Puesto que el
-ciudadano Sarmiento estaba en el uso de la palabra, continúe su erudito
-discurso, que tiempo tiene de hablar el ciudadano Pelumbres. Yo le
-concederé la palabra, esperando en tanto de su finura y buen sentido
-que no interrumpa al orador en este importantísimo debate.
-
-Ya entonces empezaba a ser costumbre el llamar _importantísimo debate_
-a cualquier inútil disputa suscitada por la envidia o la vanidad.
-
-—Señor presidente —gruñó Pelumbres, tambaleándose como un yunque sin
-equilibrio—, lo que digo es que el ciudadano Sarmiento es un animal...
-y a mí no me soba nadie.
-
-Cayó en el asiento como quien se echa a dormir.
-
-—Señor presidente —dijo con trémula voz Sarmiento—. La asamblea conoce
-bien mi carácter y mis servicios... no necesito responder a los cargos
-que me ha dirigido el ciudadano Pelumbres, porque la asamblea sabe muy
-bien que yo...
-
-—Sí, sí —gruñó la asamblea.
-
-Estaba el buen Sarmiento en pie, con el cuerpo doblado por la cintura,
-recogiéndose a un lado y otro los faldones de la levita, como quien se
-va a sentar y no se sienta.
-
-—Agradezco las manifestaciones de simpatía de este ilustre areópago
-—dijo el orador—, y me parece que no debo molestar más al ilustre
-areópago, y que los injustos cargos que el ciudadano Pelumbres me ha
-dirigido, no deben contestarse sino con un magnánimo silencio.
-
-—Bien, muy bien.
-
-—Por lo cual me siento, dejando a nuestro esclarecido presidente la
-alta honra de continuar este _importantísimo debate_, para que nos diga
-su opinión, que es lo que más nos importa.
-
-Rumores diversos manifestaban el deseo de que hablase el Castellano.
-Romero Alpuente se dispuso a hacer el gusto a sus presididos. Antes de
-copiar aquí su discurso, convendrá decir que el célebre demagogo de
-los tres años no era un jovenzuelo fogoso, como algunos creen, sino un
-vejete atrabiliario y furibundo, alto, flaco, descuadernado, anguloso,
-de gárrula elocuencia, de vulgares modos. Era tanta su fealdad, debida
-en primer término a la longitud de sus narices, que no es fácil se
-encontrara entonces ni se haya encontrado después su pareja. Alcalá
-Galiano, al lado suyo, se tenía por un Adonis.
-
-Había sido magistrado de la Audiencia de Madrid, y en su vida privada
-era el hombre más inofensivo, más manso y para poco que imaginarse
-puede. El mismo que en público encarecía la necesidad de cortar
-no sé cuántos miles de cabezas, era incapaz de matar un mosquito.
-¡Pobre carnero viejo que, habiendo leído algo de Robespierre y de
-Marat, quería parecerse a ellos! Pero solo los tontos confundían su
-clueco balido con el rugir de leones y panteras. Sus discursos, que
-alborotaban las Cortes y los clubs, eran un conjunto de garrulidades
-terroríficas, de chascarrillos y vulgares idiotismos. Carecía de formas
-literarias, y su lenguaje familiar era a veces tan divertido como
-sus amenazas demagógicas, que aquella bendita generación no tomaba
-siempre en serio. Algunos le llamaban el _Guzmán_ (el gracioso) de las
-Cortes. Tuvo además el pobre don Juan Romero Alpuente la desgracia de
-que en lo mejor de sus triunfos parlamentarios le saliera un enemigo
-folletinista, que usando el nombre de _don Pedro Tomillo Alvado_, le
-puso de hoja de perejil.
-
-—«Caballeros comuneros —dijo Alpuente con voz que no tenía nada de
-temerosa—, o hay confianza en los hombres del partido, o no hay
-confianza en los hombres del partido. Si hay confianza en los hombres
-del partido, no se planteen cuestiones prematuras. Si algo debe hacerse
-se hará. No conviene precipitarse, no conviene comprometerse. Las cosas
-vendrán por sus propios pasos. El partido es el partido, y el que no
-crea que el partido es como debe ser, espere a ver en qué para el
-partido y se convencerá. (_Rumores. Asentimiento general._)
-
-»Por consiguiente —prosiguió, satisfecho del éxito de su exordio—,
-esperemos, llenos de patriotismo, y no hablemos por ahora de
-republicanismo. El partido es un partido que debe estar preparado para
-empuñar el timón de la nave del Estado si se le llama con este fin.
-(_Muestras de regocijo._) Y se le llamará, ciudadanos caballeros, pues
-¿quién lo duda? El segundo gobierno constitucional sigue la misma
-desatentada senda que el primero. El país está lo mismo hoy que ayer.
-El pueblo soporta las mismas cadenas; los tiranos no han cambiado,
-los mandarines siguen, los peligros crecen. El gobierno cree que va
-a durar mucho, ¿pues no lo ha de creer? Pero yo quiero ver cómo se
-las compone con las tramas de la Junta Apostólica en Galicia, con los
-guardias destituidos, con los obispos rebeldes, con la conspiración de
-Vinuesa, con la del Abuelo, con los tumultos de Zamora, con el motín de
-Alcoy, donde han sido destrozadas todas las máquinas, con el robo de la
-valija de Aragón, con los sucesos de Valladolid... Me parece que les
-cayó quehacer, ¿eh? (_Risas._) Yo pregunto: ¿cuál es el medio de que se
-acaben los trastornos? Establecer la libertad en toda su integridad.
-Esto es axiomático. Que los absolutistas vean una mano terrible
-dispuesta a caerles encima en cuanto chisten, y entonces se meterán
-bajo una silla. Y no me hablen a mí de conspiraciones demagógicas y
-republicanas. Aquí no hay nada de eso, y si lo hay es amaño de los
-constitucionales masones para desacreditar a nuestro partido. Ellos
-tienen el lema de _dar palos y gritar “que nos pegan”_, lo cual ya
-no hace efecto porque se va descubriendo la picardía. (_Carcajadas y
-bravos._)
-
-»Seamos prudentes, seamos cuerdos. Sigamos defendiendo nuestros
-sacrosantos principios... hoy más libertad que ayer y mañana más que
-hoy... No nos arredremos, no volvamos la cara atrás. Adelante, siempre
-adelante. Pero vayamos con pie seguro. A su tiempo se enseñarán los
-dientes. Pues, ¡qué!, ¿creen que si logramos empuñar el timón de la
-nave del estado (esta figura de la _nave_ era la única que se había
-asimilado en su carrera parlamentaria el orador comunero), estaremos
-mano sobre mano, sin hacer nada, como el gobierno de la _coletilla_? Y
-ahora viene el repetir lo que ya se dijo en 1811:
-
- ¡Mirad qué gobernación!
- ¡Ser gobernados los buenos
- por los que tales no son!
-
-»No, señores, es preciso que no se pueda decir de nosotros lo que
-de estos mandarines chinos. No seguirá el tole-tole de oprimir al
-patriota y ensalzar al que no lo es. Se encomendarán los destinos
-de la nación a los comprometidos por el sistema, no a los que no lo
-están. Se harán castigos ejemplares, se volverá todo del revés para
-que los pillos bajen y los patriotas suban. (_Muy bien._) No se dará
-el caso de que de los veinte millones de españoles, suden y trabajen
-los dieciocho, y apenas puedan llevar a la boca un pedazo de pan
-moreno, para que los otros dos millones se abaniquen y vivan rodeados
-de placeres. Entonces se permitirá que eso que llaman los infames
-_populacho_, se reúna donde le dé la gana, y grite y diga todos los
-defectos del ministerio. La suspirada libertad será un hecho y no
-llevarán _albarda_ más que los que quieran llevarla.[6] (_Grandes
-aplausos._)
-
- [6] Casi todos los párrafos de este discurso son auténticos.
-
-»En suma, señores, el partido declara por mi conducto que no quiere
-ser _vasayo_; que planteará el sistema en toda su pureza. Si para esto
-es preciso la violencia, venga la violencia. Si es preciso la guerra
-civil, venga la guerra. La Providencia salvará al partido. No olvidéis,
-señores, que _el Criador del Universo bendijo también los esfuerzos que
-hicieron Matatías y sus hijos para evadirse de la justa dominación del
-impío Antioco Epifáneo_. Entre tanto desechemos la idea de República.
-La Constitución establece la monarquía y nosotros respetamos al rey
-constitucional. No se diga que el partido ha sido el primero en alterar
-la augusta ley. Dejémosles que ellos se caigan solos; y si nos
-hicieren ascos y no quisieren nuestra ayuda para mantenerse derechos,
-¿me entiende usted?, si prefieren apoyarse en la Santa Alianza y en
-sus diplomáticos, enviados, farsantes, zascandiles, espías y soplones,
-en los que fueron pajes de escoba del rey Pepillo, en los serviles
-españoles de todas clases y ropajes, con bandas, cruces y calvarios,
-en los de mitra, bonete e hisopo, en los seráficos, angélicos, en los
-tostadores y sus familiares, plumistas, guardas, alfileres, corchetes
-y agarrantes, en los que dicen _el rey mi amo_... entonces nos
-retiraremos, dejándoles que vayan a donde quieran, pues como dicen en
-mi tierra, _cuanto más se desvía el borrego, mayor topetazo pega_.»
-
-Atronadoras exclamaciones de entusiasmo acogieron la frase final del
-discurso de Romero Alpuente, orador que, como se ha visto, no ha dejado
-de tener herederos en la política española.
-
-Una voz que parecía cien voces, gritó:
-
-—¡Viva Riego!
-
-Contestó un alarido, y desde entonces el _importantísimo debate_ se
-convirtió en un importantísimo aquelarre. Romero Alpuente se fue, y
-en su lugar el señor Regato se dispuso a presidir (no hay otro verbo
-que pueda emplearse propiamente) el resto de lo que es forzoso llamar
-sesión.
-
-Un orador pidió que se hiciesen manifestaciones contra la Santa Alianza
-en la persona de sus plenipotenciarios, idea que fue acogida con
-satisfactorio y general asentimiento por la asamblea, y procediose al
-nombramiento de una comisión que se encargase de rociar con peladillas
-los cristales de las casas donde vivían los embajadores de Austria y
-Rusia. No se había calmado la efervescencia causada por este suceso
-cuando un joven de buen porte, tan correcto de traje como de estilo
-y hasta afeminado, pronunció un discurso de energúmeno sobre el plan
-de Vinuesa y el escarmiento que debía hacerse en la persona de aquel
-malvado _aborto del infierno, compendio de todos los crímenes_.
-
-Aseguró también que Vinuesa estaba conspirando dentro de la cárcel,
-y que si no se ponía remedio en ello, imaginaría un nuevo plan
-absolutista para matar la libertad. Acusó al infante don Carlos de
-complicidad con el cura de Tamajón, y afirmó que todo porrazo dado
-a Vinuesa sería porrazo dado a la corte. Aumentando en fogosidad a
-cada instante, llegó a sostener que el gobierno se estaba _portando
-traidoramente_ en este negocio, y que a él (al orador) le constaba que
-había intenciones de absolver al de Tamajón y aun darle una mitra, si
-era menester. Aseguró que el pueblo no debía consentir tal iniquidad,
-porque si la consentía no era digno de la fama que había adquirido
-en Portugal, Nápoles y el Piamonte, países que nos habían tomado por
-modelo, estableciendo la libertad al mágico grito de «¡_Vivan los
-discípulos de España_!»
-
-Al discurso del joven, contestó otro mozalbete de muy distinta figura,
-educación y modales (pues en aquella asamblea había locos de todas
-clases), diciendo que la culpa de todo la tenían los masones, que
-dando a la nación el nombre de populacho y haciendo el bu con la
-anarquía, estaban poniendo las cosas como en los tiempos ominosos. Hizo
-reír al auditorio, afirmando que bien pronto se prohibiría _con pena de
-pecado mortal_ pronunciar el nombre de Riego; pero que él (el orador)
-estaba resuelto a exhalar el último suspiro diciendo ¡_Viva Riego_!,
-en atención a que Riego _había enjugado el llanto del pueblo español_.
-Esta figura, tan original como patética, produjo gran entusiasmo, con
-el cual, excitándose el espíritu del orador, dijo que él sabía el modo
-de resolver el asunto de Vinuesa; que el pueblo, como soberano que era,
-podía hacer su real gana, porque el gobierno recibía dinero de la Santa
-Alianza para ir arreglando la cama al despotismo, y esto no se debía
-consentir.
-
-Mezclando berzas con capachos, aseguró que él había entrado en la
-prisión de Vinuesa y le había visto escribiendo planes y más planes;
-que corría mucho dinero absolutista para sacarle de la prisión
-y ponerle al frente de un gobierno despótico, y que el orador y
-Pelumbres, al salir una mañana de la taberna, habían oído una
-conversación sospechosa entre dos clérigos, de la cual dedujeron que
-Vinuesa se comunicaba constantemente con sus cómplices. Concluyó
-diciendo que él (el orador) no se pararía en barras, y que si los
-conspiradores vieran media docena de cabezas clavadas en otras tantas
-pértigas junto a la Mariblanca de la Puerta del Sol, doblarían la
-_cerviz_ (única palabra pedantesca que se permitió el orador en su
-largo discurso) ante el pueblo _re-soberano_.
-
-Después de este joven plebeyo, otro joven decente habló de los que
-_clavaban constantemente el puñal en las entrañas de la madre patria_,
-y anunció su resolución de ocupar el primer puesto el día del peligro,
-sacrificando su existencia al triunfo de la libertad. Puso cual no
-digan dueñas a los masones, acusándoles de afrancesados e impostores,
-pues muchos, dijo, profanaban el nombre de Riego, tomándole en sus
-_asquerosas bocas_, siendo así que para pronunciar palabra tan
-angélica, _debían enjuagarse un mes antes con miel rosada_. Afirmó que
-Calatrava era un bajo adulador, Feliú un traidorzuelo, Martínez de la
-Rosa un mandria, Cano Manuel un bobo, Toreno un pedante, Argüelles
-un embustero. Después de mucho divagar, propuso a la asamblea que se
-diese un voto de gracias a don José Manuel Regato por lo bien que
-había conducido los diversos asuntos de la Comunería desde su origen.
-Regato estuvo a punto de llorar de emoción, y para demostrar de un
-modo incompleto su agradecimiento, convidó a cenar a varios de los más
-granaditos. La sesión terminó alegremente entre las alegres endechas
-del himno, que sonaban bajo las bóvedas de la fortaleza:
-
- Es en vano calumnie la envidia
- al caudillo que adora el ibero;
- hasta el borde del hondo sepulcro
- nuestro grito será: ¡viva Riego!
-
-El lector no será español si no recuerda al punto la música.
-
-
-
-
-XX
-
-
-En lo restante de la noche oíase por aquellos barrios el aullido de
-la Orden de Padilla, suelta por las calles. El himno, el _lairón_,
-cántico que por aquellos días había sustituido al feroz _trágala_,
-sonaba de calle en calle, como el ronquido de vinoso trasnochador.
-Íbanse perdiendo en el silencio de la noche, a medida que los
-grupos desaparecían, entrando en las tabernas, botillerías y cafés
-patrióticos. En uno de estos se vio que a deshora penetraba el señor
-Regato, acompañado de Pelambres, Pujitos, dos de los jóvenes que
-pronunciaron discursos aquella noche, Salvador Monsalud y otros.
-Cenaron alegremente, sin dejar de la boca los negocios políticos,
-y sus proyectos eran atrevidos y grandiosos como concepciones del
-genio. No pagó Regato todo el gasto, sino que ofreció dinero a
-los más necesitados, los cuales no tuvieron escrúpulo en tomarlo
-patrióticamente, por aquello de que tripas llevan pies, que no pies
-tripas.
-
-Si Salvador Monsalud no se separara antes de tiempo de tan escogida
-sociedad, pretextando una enfermedad que no tenía, hubiera visto que
-el señor Regato, hombre opulentísimo aunque nadie le conocía rentas,
-ni sueldo, ni industria, recompensó largamente a todos, dándoles lo
-necesario para la existencia y sostén de sus respectivas familias.
-Cuando esto pasaba, habíanse retirado también los dos oradores con
-el gran Pujitos, y solo quedaban en compañía del generoso comunero,
-Pelumbres, don Bruno, _Chaleco_, y otros padres de la patria, de
-cuyas hazañas no puede tenerse idea sino presenciándolas, como las
-presenciará el lector en lo restante de este libro.
-
-Cerca del día fue Salvador Monsalud a su casa. Su cabeza era un volcán.
-Los discursos que había oído, las caras de los oradores, la fisonomía
-astuta de Regato, la candidez estúpida de otros, el ramplón jacobinismo
-de Romero Alpuente, hervían dentro de ella. Trató de dormir; pero la
-asamblea, sin apartarse de sus excitados sentidos, continuaba zumbando
-y gesticulando con sus cien voces roncas y sus doscientas manos
-amenazadoras. Al punto comprendió que era producto infame de candidez y
-de perversidad, gárrula bastardía del entendimiento, explotada por una
-diplomacia diabólica. Comprendió que se había metido entre hombres, la
-mitad tontos, la mitad feroces, que marchaban juntos a un fin claro,
-con alianza parecida a la del asno y el lobo en más de una fábula. Del
-esfuerzo que necesitaba hacer su espíritu para descender al trato con
-tales gentes no hay que hablar, porque se comprenderá fácilmente.
-
-Avanzado había la mañana, sin que el novel hijo de Padilla hubiera
-podido conciliar el sueño, cuando entró Campos lleno de zozobra y
-agitación.
-
-—Esto ya pasa de broma —le dijo—. La niña no parece. Hemos ido al
-Retiro, y no está en el sitio que me indicaste. Valiente bromazo nos
-está dando la tonta... ¡Por los clavos de Cristo!, si casualmente no
-se hallara Falfán de los Godos fuera de Madrid, no sé como podríamos
-ocultarle que su novia se ha escapado de mi casa anteayer, y a estas
-horas no sabemos donde está.
-
-—En la carta que enseñé a usted me decía que no volvería a su casa.
-
-—Temo cualquiera necedad... Salvador, estoy muy inquieto —dijo Campos
-perdiendo aquella serenidad que indicaba en él un gran contento de la
-vida—. Sin duda esa loca está vagando por Madrid, y te busca de casa en
-casa, de café en café, como una perdida. ¡Qué deshonra!
-
-—Creo lo mismo. Pero esto tiene que concluir.
-
-—¿Estuvo ayer aquí?
-
-—Dos o tres veces. Como no me ha encontrado en ninguna parte presumo
-que volverá. Si vuelve, señor Campos, ofrezco remitírsela a usted sin
-pérdida de tiempo.
-
-—Es que debes hacerlo —dijo Cicerón con energía—. Es que si no lo
-haces, faltas a la solemne palabra que me diste, y entonces, amiguito,
-no hay nada de lo dicho. Ya tengo en mi casa tu nombramiento para
-la cárcel de la Corona; pero como yo no recoja hoy mismo esa oveja
-descarriada, creeré que me estás engañando, creeré que estás de acuerdo
-con ella, que la escondes en alguna parte, y...
-
-El plácido semblante de Campos se enrojeció todo por la congestión que
-determinaba la ira.
-
-—Mi determinación es irrevocable —contestó el joven—. Supongo..., casi
-estoy seguro de que volverá hoy. Avisaré a Lucas para que la deje subir.
-
-—¿Convendrá traer acá dos individuos de la policía y un coche, que debe
-esperar en la calle de Bordadores? Conozco a Andrea y sé que no cederá
-por buenas.
-
-—Nada de eso me corresponde a mí. Usted puede emplear los medios que
-quiera para llevársela. Yo no tengo que hacer sino poner fin a sus
-correrías y convencerla de que por más que me busque, no me encontrará
-en ninguna parte.
-
-—Te comprendo —dijo Campos con viveza y señales de contento—. Tomaré
-mis medidas. No me moveré en todo el día de la tienda de Requejo.
-Sarmiento y yo nos pondremos de acuerdo para que, si la oveja viene a
-este aprisco, no se nos escape.
-
-Después de este diálogo, que se prolongó un poco más, aunque sin
-ofrecer en el resto de él nada digno de contarse, Campos se retiró.
-Monsalud, contra su costumbre, hizo propósito de permanecer en su casa
-todo el día. Sin hacer nada en ella, tenía la inquietud y la movilidad
-exaltada de quien trae entre manos una ocupación grave. Iba y venía de
-una pieza a otra; hacía a su madre y a su hermana preguntas que ninguna
-de ellas entendía; se asomaba al balcón; hacía subir a don Patricio
-para darle órdenes; censuraba a veces que la casa no estuviese mejor
-dispuesta, y reprendía luego a las dos mujeres porque se agitaban
-arreglando las habitaciones.
-
-Cerca del medio día se retiró a su cuarto. Solita entró en él. Llevaba
-un pañuelo atado alrededor de la cabeza para resguardarse del sutil
-polvo que zorros y escobas levantaban, y cubría su cuerpo con una falda
-bastante antigua, pieza de desecho cuyas funciones se concretaban a los
-días de limpieza. La figura de la joven no era con tal atavío un modelo
-de elegancia.
-
-—Hermana, estás que no se te puede mirar —dijo Salvador observándola
-con cierta pena—. Es preciso que te pongas guapa.
-
-—¿Yo?... ¿Cuándo? —repuso la joven con la mayor turbación—. ¿Y a qué
-vienen ahora esas guapezas?
-
-—Me gustaría verte hoy arregladita y linda, como tú sabes ponerte
-cuando quieres. No es esto decir que me disguste verte así. Acá para
-entre los dos, siempre estás bien; pero...
-
-—¿Vamos a algún baile? —preguntó Sola con malicia.
-
-—No vamos a ningún baile —dijo Salvador con la torpeza que acompaña
-a las ideas de difícil explicación—; pero quisiera verte hoy como
-realmente eres; quisiera que cuantos entraran aquí te admirasen y
-reconocieran en ti...
-
-—Bien te burlas de mí —dijo Solita llena de rubor—. Yo siempre estaré
-mal.
-
-—¡Oh!, te equivocas —manifestó Salvador con un tono que antes era de
-benevolencia que de convicción—. Vamos, ¿también querrás sostener que
-no eres guapa? Más de cuatro quisieran...
-
-—No sé por qué me dices esas tonterías.
-
-—Mira, hermana, te agradeceré mucho que te pongas tu mejor vestido, que
-te arregles bien; pero muy bien.
-
-—Ya sabes que estando mi padre en la cárcel no puedo ir a paseo ni al
-teatro.
-
-—Si no pretendo llevarte a ninguna parte —dijo Salvador con
-impaciencia—. En fin, ¿te compones o no?
-
-—Me compondré.
-
-—Hazme ese gusto, hermana. Así no estás bien, y tú vales mucho. Yo
-quiero que se vea que tengo una hermana simpática, bonita... ¿me
-entiendes?
-
-—Como si hablaras en griego.
-
-—Pues vístete: ponte tu mejor vestido, ya sabes. Figúrate por un
-momento que soy tu novio. Vaya, ¿no tendrías interés en agradar a tu
-novio; no tendrías interés en que él te encontrara siempre linda?
-
-—Si dijera que no, sería una melindrosa —respondió Soledad fingiendo
-que ponía en orden las sillas para que, vuelto el rostro, no se le
-conociera la emoción—. Pero como no eres mi novio ni lo serás...
-
-—¿Te vistes, sí o no?
-
-—Al momento, hombre, al momento.
-
-Voló fuera del cuarto. Algún tiempo después regresaba vestida y
-ataviada con lo mejor que tenía.
-
-—¡Oh, qué bien! —dijo Monsalud con sincera admiración—. Hermosa prenda
-se va a llevar ese bruto de Anatolio. Hermanita, estás preciosísima: te
-lo digo sinceramente.
-
-El rostro de Soledad se encendió más, y viose en aquel puro cielo de
-modestia una chispa de vanidad que lo iluminó momentáneamente. Salvador
-no mentía, porque de muy distintas maneras está preciosa una mujer. En
-las incorrectas facciones de la hija del absolutista, en su descolorido
-semblante que a intervalos se inflamaba, en sus ojos, donde jugueteaba
-el alma, escondiéndose en la penumbra del pudor, o mostrándose en la
-claridad del cariño, había lo bastante para turbar la paz de cualquiera.
-
-—Siéntate a mi lado —le dijo Salvador—; parece que estás asustada.
-
-—¿Yo?... no.
-
-—Dame acá esa mano. Tienes las manos más bonitas que he visto. ¿Por qué
-están tan frías y temblorosas?
-
-—Es que las tuyas echan fuego y cuanto tocan lo encuentran helado.
-
-—Ahora te has puesto como el papel... ¡qué palidez! Pues mira... así
-descoloridita es como estás mejor. En tu cara se ve tu alma bondadosa.
-Me consuela mucho verte a mi lado. Necesita uno personas así, que le
-compadezcan mucho, que le tengan lástima, que le mimen.
-
-—Y por qué te he de compadecer, si tienes todo lo que deseas; si estás
-como nadie. Yo sí que soy digna de lástima.
-
-—Pero tú tendrás a tu padre, y yo jamás, jamás recobraré lo que he
-perdido.
-
-Ambos callaron, inclinando cada cual su cabeza cargada de pesos enormes.
-
-—Me parece que siento ruido —dijo Solita vivamente—. Bueno será
-prevenir a Rosa, para que si llega esa mujer que ayer estuvo tres veces
-y que tanto te molesta, no la deje entrar.
-
-—No; ya he advertido a Rosa que la deje pasar —dijo Salvador con
-turbación—. Quizás no venga más.
-
-El ruido cesó; la casa continuaba en silencio.
-
-—Me alegro de que mi madre haya salido hoy —indicó Salvador.
-
-—Me parece que está ahí —repuso Solita poniendo atención—. Siento pasos
-en la escalera.
-
-—No, no es mi madre —indicó Monsalud con ansiedad vivísima.
-
-—Los pasos son precipitados... Se oye una voz de mujer... ¿Voy a ver?
-
-—No; estate aquí, y no te muevas de mi lado.
-
-Callaron los dos. Solita miró a su hermano como asombrada. Salvador
-clavaba sus ojos en la puerta, donde no había nada todavía; pero de
-antemano su alma, llena de ansiedad, observaba lo que había de venir.
-
-Andrea apareció en la puerta. Estaba desfigurada por enfermiza palidez;
-sus ojos miraban todo con febril extravío, y el desmelenado cabello,
-así como el vestido en desorden, indicaban largas horas de insomnio, de
-lucha y de amargura.
-
-Su primer movimiento fue un impulso poderoso hacia el hombre que
-buscaba y que había encontrado. Viose en su semblante la contracción
-que acompaña a un repentino desbordamiento de lágrimas. Pero dio tres
-pasos, y viendo que no estaba solo se detuvo. ¡Qué choque de ideas
-en aquella cabeza! El impulso, el tierno avance expansivo habían
-encontrado un obstáculo, un muro frío, y contra este la exaltada
-mujer se estrellaba palpitando y llena de congoja. Sus ojos atónitos,
-enrojecidos por el llanto, preguntaban sin pestañear: «¿Qué chiquilla
-es esta?»
-
-Salvador se levantó. Estaba lívido.
-
-—Tengo que hablarte —balbució Andrea, viendo que daba un paso hacia
-ella.
-
-Después dirigió a Soledad miradas recelosas e impacientes, como
-diciendo: «¿Qué hace aquí esta mujer extraña? Que se vaya.»
-
-—Es un error —dijo Salvador—. Usted no tiene nada que decirme, y se ha
-equivocado sin duda. Yo no sé quién es usted.
-
-—¿No sabes quién soy?... Yo te lo diré —exclamó Andrea, cruzando las
-manos—. ¡Que se marche esa mujer!
-
-Con imperioso gesto señaló la puerta.
-
-Soledad, tan aterrada como curiosa, pero sumisa siempre, se levantó.
-Salvador le dijo severamente:
-
-—Quédate.
-
-—¡Conque, es decir...! —gritó Andrea con espantosa alteración de voz y
-de semblante.
-
-—Que usted es quien no está en su sitio aquí y debe retirarse
-—respondió Monsalud—. Sin duda ha padecido una equivocación.
-
-—¡Perverso!... ¿dices eso de veras?
-
-Andrea, al pronunciar estas palabras, que salían de su pecho como
-bramidos, adelantó con los brazos abiertos hacia su amante. Los brazos
-tropezaron con dos manos de acero que los retorcieron, rechazando el
-hermoso cuerpo a que pertenecían.
-
-—¡Oh, qué vil soy!... —gritó la indiana cayendo al suelo de rodillas—.
-¡Rebajarme así!...
-
-—¡Rebajarse así una marquesa!... —murmuró Salvador con sorda voz—.
-Señora, sentiré mucho que se ponga usted mala. ¿Quiere usted que mande
-traer un coche para llevarla a su casa?
-
-Andrea se levantó de un salto. La mirada que arrojó a su amante, como
-una saeta furibunda, turbó tanto a Monsalud que este en breve rato no
-supo qué decir.
-
-—Yo creí que eras un caballero —dijo la americana.
-
-Se le conocía que estaba haciendo esfuerzos terribles para conservar
-una actitud digna. Los impulsos naturales la incitaban a gritar, a
-arrancarse el cabello, a coger entre las manos al hombre, como se coge
-un abanico, un juguete cualquiera, y destrozarle haciéndole pedazos
-pequeñitos.
-
-Monsalud se dirigió hacia la puerta. Sus ojos y su gesto decían:
-«Váyase usted.»
-
-—¡Pero si tú me oyeras...! —murmuró Andrea, pasando súbitamente de la
-ira a una aflicción profunda.
-
-—No, no puedo oír a quien no conozco —repuso el hombre volviendo el
-rostro.
-
-—¿No me conoce usted? —gritó Andrea con voz semejante a un rugido.
-
-Diríase que se alzaba sobre las puntas de los pies. La mujer crecía.
-Sus brazos tiesos hacia atrás; sus puños cerrados; sus labios
-descoloridos, que temblaban; su fina nariz, que con nerviosas
-contracciones también expresaba la pasión desbordada; los músculos de
-su hermoso cuello, tirantes; sus ojos, que amenazaban entre llamaradas
-de despecho; el golpe violento de su pie en el suelo, como buscando
-apoyo para levantarse más... todos estos accidentes hubieran puesto
-miedo en el corazón más acostumbrado a tales embates.
-
-—¿No me conoce usted? —repitió.
-
-—No —repuso Monsalud.
-
-—¿No me conoció usted?
-
-—Tal vez, pero... ya no me acuerdo.
-
-—Pues me conocerá usted —dijo Andrea con sofocada voz.
-
-Dio algunos pasos fuera de la habitación; pero de súbito, con brusco
-movimiento se volvió y entró resueltamente. Detúvose; miró a Solita.
-Hubo un momento de esos en que se ve inminente e inevitable el peligro
-de un choque material, aun contando con la reconocida dignidad de las
-personas.
-
-Con la voz más áspera, más impertinente, más insolente y procaz que
-puede imaginarse, Andrea hizo esta pregunta:
-
-—¿Y tú quién eres?
-
-Solita quedose muerta de espanto. Su propia turbación le impidió
-correr hacia su hermano y abrazarse a él buscando un refugio.
-
-—Eso no se pregunta a los que están en su casa, sino a los que vienen
-de fuera.
-
-Al oír esto Solita se reanimó. En aquel momento pensaba una cosa.
-Pensaba que si ella fuera mujer valerosa, echaría a escobazos de la
-casa a la insolente dama.
-
-—¡Oh, qué vil soy! —repitió Andrea corriendo otra vez hacia la puerta—.
-¡Rebajarme así...!
-
-Apartando el rostro para no ver el de su amante, salió precipitada y
-atropellándose de la casa. Habiéndosele unido su criada en la escalera,
-ambas bajaron.
-
-Salvador se dejó caer en una silla, y apretando su cabeza entre las
-manos, se clavaba en el cráneo las uñas.
-
-—¡Oh, Dios mío, qué infeliz soy!... Sola, Sola, ¿has visto...? ¡Maldito
-sea yo mil veces! ¡Maldito sea el día en que nací!
-
-—Pero esa mujer —balbució la muchacha saliendo de su estupefacción—,
-¿es un demonio...? Comprendo que te cause tanto furor...
-
-—¡No es demonio, es un ángel; y no me causa furor, sino que la
-adoro!... ¿No la viste? ¿Has visto mujer más hermosa?
-
-—¿Tú...?
-
-—¡La adoro, me muero por ella!... Pero tú eres una tonta y no puedes
-comprender esto. Sola, hermana mía, lloro porque... no puedo... Ten
-compasión, ten lástima, mucha lástima de mí.
-
-Solita tuvo tanta lástima, que se echó a llorar.
-
-
-
-
-XXI
-
-
-La calle de la Cabeza es una de las más tristes de Madrid. Compónese
-toda ella de casas viejas y feas, entre las cuales descuellan la enorme
-fachada meridional de la del marqués de Perales, y otra que tiene
-grabada sobre la puerta esta inscripción: _Aparta, Señor, de mí lo que
-me apartó de ti_. Contrastando con las vías cercanas, aquella no tiene
-tiendas, y la mayor parte de las puertas están cerradas, a excepción de
-las cocheras y cuadras que por allí mucho abundan. Hacia el Ave María
-la calle se eleva, como si quisiera subir a los balcones de las casas.
-Hacia la Comadre se hunde, buscando los sótanos. Algunas acacias, que
-se asoman por encima de altos muros junto a San Pedro Mártir, están
-mirando con tristeza al escaso número de transeúntes. Se oyen tan pocos
-ruidos allí, que la calle no parece estar en Madrid y a dos pasos
-del Lavapiés. Toda ella tiene un aspecto sombrío, un tinte lúgubre,
-una mala sombra que no puede definirse, una atmósfera que abruma, un
-silencio que hiela. Las calles, como las personas, tienen cara, y
-cuando esta es antipática y anuncia siniestros designios, una fuerza
-instintiva nos aleja de ella.
-
-Vulgarmente se cree que en la calle de la Cabeza no ha pasado nunca
-nada digno de contarse. Por el contrario, es una calle trágica, quizás
-la más trágica de Madrid. La tradición que le da nombre y que no carece
-de mérito en lo que tiene de fantástica, es como sigue. Vivía por
-aquellos barrios un cura medianamente rico. Su criado, por robarle,
-le asesinó, cortándole ferozmente la cabeza, y con todo el dinero que
-pudo encontrar huyó a Portugal. No fue posible descubrir al autor del
-crimen, y enterrado el clérigo, bien pronto su desastroso fin quedó
-olvidado. Pero el asesino, después de haberse dado muy buena vida en
-Portugal durante muchos años, volvió a Madrid hecho un caballero,
-aunque no tanto que olvidase su primitiva condición de criado. Solía
-ir él mismo al Rastro todas las mañanas a hacer su compra, y un
-día adquirió una cabeza de carnero. Llevábala bajo la capa, y como
-chorreaba mucha sangre, que iba dejando rastro en el suelo, fue
-detenido por un alguacil, que le mandó mostrar lo que oculto llevaba.
-¡Horrible espectáculo! Al echar a un lado el embozo, el criado alargó
-en la derecha mano la cabeza del sacerdote a quien había dado muerte.
-
-¡Milagro, milagro! Este fue el grito general. Confesó todo el asesino
-y le llevaron a la horca, acompañado de la cabeza del sacerdote,
-que había sido de carnero, y cuya vista horrorizaba y edificaba
-juntamente al pueblo. Murió, según dicen, con grandísima devoción y
-arrepentimiento, y hasta que no entregó su alma a Dios, no recobró la
-testa del cura su primitiva forma carneril. Felipe III, que a la sazón
-nos gobernaba, mandó labrar en piedra una cabeza que se puso en la casa
-del crimen para memoria de aquel estupendo caso.
-
-En este siglo, la calle de la Cabeza presenció muy cerca el horrible
-asesinato del marqués de Perales el 1.º de diciembre de 1808.[7] Cuando
-las revueltas políticas del 14, vio encarcelar a los diputados y
-ministros, y aquel silencio tétrico fue turbado en más de una ocasión
-por los rugidos de la plebe furiosa embriagada. Nuestra narración nos
-lleva ahora a la citada calle y a uno de sus edificios más antipáticos
-y más feos: la cárcel eclesiástica o de la Corona, que estaba en la
-esquina de la calle Real de Lavapiés, y que todavía existe, aunque
-destinada a cuadras o cocheras.
-
- [7] Véase _Napoleón en Chamartín_.
-
-Un portalón daba entrada al patio, que no había sufrido variaciones
-esenciales, y tenía en dos de sus lados columnas de piedra para
-sostener la crujía alta. Las prisiones estaban en el piso bajo y en los
-sótanos, y consistían en calabozos inmundos, algunos con rejas a la
-calle. Dos puertecillas abiertas a un lado y otro del zaguán indicaban
-el cuerpo de guardia y las habitaciones de algunos empleados de la
-cárcel. Todas y cada una de las partes del edificio, dentro y fuera,
-arriba y abajo, ofrecían repugnante aspecto de incuria, descuido y
-degradación.
-
-La ignominia de la cárcel empezaba desde la puerta. En la esquina del
-edificio se veían multitud de inscripciones terroríficas e indecentes.
-A conveniente altura, una de esas manos de artista que tanto abundan
-en España, había pintado una horca de la cual pendía un cura, y debajo
-se leía _Tamajón_. En la misma puerta otro artista había trazado una
-especie de cuadro de ánimas donde varios curas recibían tizonazos de
-los demonios, y más lejos varios milicianos nacionales, caracterizados
-en la pintura tan solo por el morrión, asaban un cerdo que llevaba el
-nombre de _Vinuesa_. En el portal repetíanse las horcas, y además otra
-ingeniosa pintura. Un grotesco y ventrudo muñeco, que tenía en la panza
-el consabido letrero, abría la boca. Como si esta fuera la de un horno,
-varios milicianos o figurillas de morrioncete metían por ella con
-sendas palas un objeto en que se leía _Constitución_. Por debajo una
-escritura infernal rezaba el _Trágala, perro, tú servilón_.
-
-Vinuesa estaba en un calabozo del piso bajo. En la puerta negra habían
-trazado con tiza la horca y el ahorcado; repetidas formulillas, como
-_Muera el traidor_, y una cuarteta que decía:
-
- ¡Considera, alma piadosa,
- en esta nona estación
- el árbol de que colgaron
- al cura de Tamajón!
-
-Dentro del calabozo no reinaba oscuridad profunda. Veíase al infeliz
-reo arrojado en el suelo sobre un jergón inmundo. Era un hombre viejo,
-aunque entero, de cuerpo pequeño que debió ser fornido; pero la larga
-prisión habíale extenuado considerablemente. Su pelo entrecano; su
-barba blanca, muy crecida por no haberse afeitado durante el encierro;
-su rostro en que se pintaban resignación y amargura, dábanle aspecto
-venerable que sin duda no tenía cuando andaba suelto por la villa, o
-haciendo planes en su casa de la inmediata calle de San Pedro Mártir.
-Vestía sotana suelta, raída y llena de jirones; un gorro negro de
-punto, calado hasta más abajo de las orejas, le cubría la cabeza.
-Cuando no estaba echado sobre el miserable jergón, se paseaba de un
-ángulo a otro, o se sentaba en la única silla, apoyando los brazos
-sobre una mesa negra, y la cabeza en los brazos para dormir un poco. En
-la mesa negra estaba pintada también con tiza la horca y un diablillo
-que tiraba de los pies del ahorcado. En las paredes se leían varias
-estrofas de las más indecentes del _lairón_. Pero al desgraciado preso
-no le mortificaba tanto leerlas como oírlas, y este era su principal
-tormento.
-
-Todos los chulillos que pasaban de vuelta para el Lavapiés a la
-madrugada; todos los rondadores guitarristas que iban a recorrer las
-calles; todos los grupos de vagos que regresaban de los clubs o de las
-logias; todos los patriotas que salían de las tabernas a hora avanzada,
-y los chiquillos al salir de la escuela por las tardes o al ausentarse
-de ella para ir de huelga o pedrea al Mundo Nuevo, hacían escala al pie
-de la reja del calabozo de Vinuesa; así es que este oía constantemente
-durante dieciocho horas de las veinticuatro del día, los famosos
-versos:
-
- Dicen que vienen los rusos
- por las ventas de Alcorcón.
- _Lairón, lairón._
- Y los rusos que venían
- eran seras de carbón.
- _Lairón, lairón._
-
-Estas eran las estrofas comunes; pues las picarescas o indecentes
-en que se atribuían al _cura de Tamajón_ las mayores atrocidades y
-desvergüenzas, no pueden copiarse. El populacho veía en Vinuesa un
-galanteador de muchachas, corruptor de doncellas, tercero, mancebista y
-cuanto abominable y ruin puede imaginarse. Nada de esto es verdad. Su
-único delito había sido el plan que conocemos; pero si hubiera faltado
-a las leyes morales con perversidad o indecencia, habría purgado sus
-culpas con el infierno expiatorio que tenía en la prisión. Era este
-un lúgubre ventanillo cuadrado y pequeño, con una cruz de hierro en
-el vano. Por allí entraba la voz del terrible populacho cantando
-infames coplas, amenazando e insultando sin cesar al pobre reo. Vinuesa
-aborrecía el nefando agujero por donde le entraban la luz y la ira de
-la nación vengativa; y por verle tapado, aunque le dejase a oscuras,
-diera lo restante de su vida y la esperanza de libertad. Si lograba
-conciliar el sueño, no dejaba de ver aquel boquete horrible, que en
-su mente febril se representaba como el ojo y la boca de la inmunda
-canalla, que sin cesar le vigilaba y le escupía.
-
-Gil de la Cuadra estaba encerrado en un calabozo de otra crujía, y no
-gozaba de la preeminencia de vistas a la calle. En su encierro había
-bastante claridad, y tenía mejores muebles que Vinuesa, entre ellos
-una cama en alto. También su puerta se ornaba con inscripciones; pero
-en el interior no las había. Mortificábanle principalmente los gritos,
-cantos y disputas de los milicianos nacionales, que tenían su cuerpo
-de guardia en el zaguán, y que alborotaban en el patio mucho más de lo
-conveniente.
-
-Bastante después del encierro sintiose atacado de dolores en
-las articulaciones de las piernas, y no dudó que su reumatismo
-constitucional le iba a hacer una nueva visita. Guardó cama,
-resignándose al suplicio de sus dolores con paciencia cristiana, y tuvo
-varias alternativas de alivio o recrudescencia. A falta de auxilios
-médicos, disfrutó de los cuidados de un calabocero algo piadoso, que
-por haber padecido del mismo mal, no solo poseía recetas y cierta
-ciencia práctica, sino también una compasión hacia todos los reumáticos.
-
-De esta manera transcurrieron muchos días. Lo que más hondamente
-perturbaba la naturaleza moral y física del exoidor, era la
-incomunicación, y con esta la negra tristeza en que vivía, si aquello
-era vivir. Solo, febril, contemplando perpetuamente su situación,
-midiendo sin cesar la considerable distancia que le separaba de su
-hija, pasaba las largas horas del encierro, y veía la lenta serie de
-noches y días, marchando como las ruedas de una máquina de tormento.
-A ratos oraba, a ratos derramaba amargo llanto; por breves momentos
-recibía consuelo de su propia imaginación, representándose la libertad
-y la paz de su casa; pero estas bellas sombras pasaban pronto, y el
-calabozo le ponía delante sus cuatro paredes inalterables. Conocido el
-estado de su ánimo, lleno de amargura, se comprenderá cuáles serían su
-asombro y emoción al ver que un día se abrió la puerta del calabozo,
-que entró un hombre, y que en aquel hombre reconoció, después de
-congojosas dudas, la persona auténtica de Salvador Monsalud.
-
-Este corrió a abrazarle; Gil de la Cuadra se desmayó de alegría.
-
-—¡Mi hija, mi hija!... —murmuró cuando recobraba el uso de la palabra—.
-¿Ha muerto? ¿Vive?
-
-—Ánimo, señor Gil —gritó Monsalud—. Pronto verá usted a su hija, que
-está buena como nunca, y muy contenta al saber que pronto estará usted
-libre.
-
-—¡Yo libre! —exclamó el anciano abrazando a su amigo.
-
-—Todavía no; pero pronto será.
-
-—¿Y Anatolio?
-
-—No ha venido aún.
-
-Siguió haciendo preguntas, menudeándolas con tanta prisa, que casi no
-daba tiempo a la contestación, y al fin se ocupó de su causa, que había
-dejado para lo último. Monsalud en breves términos le explicó, si no
-todo, gran parte de lo que había hecho, así como las circunstancias de
-su presencia en la cárcel y el destino que desempeñaba.
-
-—Tengo la seguridad —dijo— de que conseguiré un objeto en el cual he
-empleado tanta actividad, tanta fuerza, tanta paciencia. La santidad de
-la obra emprendida, que es el cumplimiento de una de las primeras leyes
-cristianas, me hace creer que esta vez, como otras, mi trabajo no será
-estéril. He sufrido contrariedades, amigo mío, contrariedades graves;
-pero al mismo tiempo he llegado a conocer uno de los mayores goces que
-puede sentir el hombre y que hasta ahora...
-
-—No había usted conocido.
-
-—Al menos en tan alto grado.
-
-—El goce incomparable de hacer bien a un semejante —dijo Cuadra con voz
-balbuciente por la emoción.
-
-—Ese, sí, y el de poder dar forma al agradecimiento expresándolo en
-hechos.
-
-—¡Oh, sí! También eso es un goce inaudito.
-
-—Y tranquilizar la conciencia...
-
-—Es verdad.
-
-—Porque el recuerdo de las grandes faltas —añadió Monsalud— no se
-atenúa sino con la práctica constante de buenas acciones.
-
-—También, también.
-
-—Todo me anuncia que esta vez mi afán no tendrá, como otras veces, un
-éxito desdichado. El corazón mío, que es la desconfianza misma, me está
-diciendo ahora: «Triunfamos, triunfamos de seguro.» Será usted libre,
-amigo mío, y lo será pronto. Solo le recomiendo a usted un poco de
-paciencia. Consuélese usted con saber que me tiene muy cerca, y que
-estoy discurriendo los medios de rematar nuestra obra.
-
-Gil de la Cuadra, arrojándose en brazos de su protector, lloró como un
-niño.
-
-
-
-
-XXII
-
-
-Mientras esto ocurría, todo Madrid se alarmaba con una estupenda
-novedad. Por todos los barrios, por todos los clubs, por todos los
-círculos corría una noticia que muchos suponían increíble, por lo
-disparatada, y otros aceptaban con resignación como una nueva prueba
-de los desaciertos y traiciones del ministerio. El fiscal de la
-causa formada contra Vinuesa no pedía para este más que diez años de
-presidio. El irritado pueblo, a quien habían hecho creer que la muerte
-del arcediano no era bastante castigo para las culpas de este, vio
-en los diez años de presidio una pena tan suave, que más que pena le
-parecía recompensa. De los demás conspiradores absolutistas nada se
-decía aún; mas era probable que recibirían en pago de sus infamias
-algunos años de encierro, es decir, confites.
-
-No es preciso indicar que en todo Madrid, y principalmente en los
-barrios bajos, era un evangelio la opinión de que _había corrido mucho
-dinero_ para absolver a los malhechores; los más listos decían:
-
-—¿Pues qué? El rey no podía dejar perecer a sus amigos.
-
-En esto se equivocaban, porque Fernando se distinguía de todos los
-malvados por un funesto sistema de abandonar cobardemente a cuantos le
-habían servido, y aun gozarse de un modo incalificable en la desgracia
-de ellos, como lo prueban, entre otros hechos, las célebres palabras
-que pronunció ante los guardias fugitivos y vencidos el 7 de julio.
-La verdadera causa de la lenidad relativa del fiscal, y más tarde del
-juez, fue que el ministerio y los masones habían llegado a comprender
-cuán bárbara y soez era la excitación vengativa del populacho, a pesar
-de haberla excitado ellos mismos en febrero y marzo, y quisieron rendir
-homenaje a la humanidad y la justicia, evitando un sacrificio inútil.
-Hemos llamado lenidad a la pena anunciada, porque con respecto al
-furioso ardor de la canalla lo parecía; pero en rigor de justicia era
-una atrocidad, que solo tiene disculpa en las infames transacciones a
-que obligan los yerros políticos.
-
-En _Comuneros_ la noticia fue chispa arrojada a la mina. La fortaleza
-reventó, y una explosión de salvajismo, de barbarie, de odio y necedad
-atronó la _Plaza de armas_. Los honrados y los inocentes, que no eran
-los menos bajo el estandarte de Padilla, hacían coro a los malvados,
-por la solidaridad que entre todos reinaba. Eran los primeros envueltos
-en el torbellino, y sin saberlo, estaban tan locos como los demás;
-mejor dicho, los honrados y los inocentes eran los verdaderos locos,
-porque los perversos conservaban bajo la borrachera de venganza su
-nefanda razón. Pero, en realidad, la noticia de la blandura del juez
-más les agradaba que les afligía. Servíales de pretexto para poner en
-ejercicio su ideal de barbaridades, desafueros, y de admirable tema
-para gritar contra los ministros, llenándoles de befa y escarnio.
-Acogieron, pues, el suceso con el frenesí del beodo a quien dan
-aguardiente, y se hartaron de furia, de exaltación política, poniéndose
-como demonios en la sesión que celebraron la noche de la noticia.
-
-Romero Alpuente, a quien respetaban, no pudo presidir la sesión, porque
-le fue imposible sofocar el tumulto. Regato emitía con su habitual
-tono de importancia opiniones furibundas. Mejía sudaba gritando, y con
-el rostro encendido, gesticulaba sin poder conseguir que le oyeran.
-Pelumbres daba golpes en los bancos con un bastón semejante a la clava
-de Hércules. Don Patricio, renunciando a ser oído por toda la asamblea,
-pronunciaba, ora frases áticas, ora apóstrofes demostenianos en un
-pequeño grupo que se formó a su lado. En suma, la _Plaza de armas_,
-más que guarnición regular, parecía un ejército indisciplinado, un
-manicomio insurrecto, o un infierno en que fuese ley la libertad
-individual para hacer diabluras. Cada cual pedía una cosa distinta, y
-es incomprensible que no se rompieran las cabezas unos a otros, único
-medio y fórmula de conciliar todas las opiniones.
-
-Era que comúnmente la asamblea en pleno no resolvía nada nunca, siendo
-más bien doctrinales, digámoslo así, sus sesiones, que ejecutivas.
-La alta dirección de la _Comunería_ estaba, como la de los masones,
-en un pequeño consejo, en cuyo seno ha llegado la hora de que nos
-introduzcamos osadamente. Hemos presentado en otro libro la camarilla
-de Palacio.[8] Tócales ahora su vez a las camarillas populares, poderes
-igualmente misteriosos y perturbadores; y la dificultad de nuestro
-trabajo aumenta, porque las camarillas eran dos: la del populacho o de
-los patriotas, y la de los constitucionales o moderados. Procedamos con
-método.
-
- [8] Véanse las _Memorias de un cortesano de 1815_.
-
-_Camarilla del populacho._ — No tenía local fijo. Reuníase algunas
-veces en un departamento reservado del café de Lorencini; otras en el
-mismo local de la asamblea, o en casa de Regato. La reunión de ella
-que nosotros vamos a presenciar, no fue celebrada en ninguno de estos
-parajes, sino en una taberna de la calle de la Estrella. De los veinte
-diputados comuneros no asistió ninguno; de los periodistas, solo Mejía;
-de los que tenían cargos oficiales en la asamblea de Padilla, solo
-Regato; de los viejos, solo don Patricio Sarmiento; pero no faltaba ni
-uno siquiera de los amigos de Timoteo Pelumbres, ni tampoco la pandilla
-de milicianos nacionales, en la cual alzaba el gallo con altanera
-superioridad Pujitos. Sumaban entre todos once personas, y para poder
-discutir con más libertad, Regato mandó al tabernero que cerrase, luego
-que todos estuvieron dentro, y cuando el vino empezó a hacer su oficio
-para que las lenguas pudiesen desempeñar mejor el suyo.
-
-—Queridos compañeros —dijo Regato—, estamos perdidos.
-
-Esta frase hábil produjo la sensación apetecida.
-
-—Perdidos, porque el gobierno nos va a meter el diente, y los hombres
-gordos de nuestro partido se esconden en su casa llenos de miedo.
-
-—Romero Alpuente —dijo uno— tiembla como una gallina mojada.
-
-—Desde que se ha dicho que el gobierno va a pegar, nuestros diputados
-ya están buscando vendas.
-
-—Está visto que, para reclutar gente valerosa —dijo Regato, a quien
-agradaba mucho la veneración con que era oído—, no hay que contar
-con la gente de lengua y pluma. ¡Pobre pueblo, siempre sudando por
-gobernar, como manda la ley de Dios, y siempre engañado por tanto
-pillo! Está visto que mientras el pueblo no diga: «Pues quiero y esto
-ha de ser», y lo haga como lo dice, no tendremos libertad.
-
-—Pero cuando el pueblo quiere portarse como quien es —manifestó
-Pelumbres—, vienen los _futraques_, llenos de jabón y pomada, y sacan
-los catecismos de la política para decirnos cosas lelas y de mil
-flores... con lo cual se acaba todo, y en buenas palabras resulta que
-somos unos zopencos y ellos unos Salomones. Nosotros trabajamos y ellos
-comen.
-
-—Señores —repitió Regato dando un suspiro—, estamos perdidos. El
-gobierno, viendo que no servimos para nada (y no me vuelvo atrás...),
-que no servimos para nada, va a pegar, pero a pegar muy fuerte.
-
-Breve silencio siguió a estas palabras.
-
-—Los palos serán para el que los aguante; que yo...
-
-—Los palos serán para todos —afirmó Regato en el tono de la mayor
-competencia—. Yo sé de buena tinta lo que trama el gobierno; lo sé
-todo, y pues venimos aquí para ver cómo nos defendemos, lo voy a decir.
-
-—El gobierno va a cerrar los cafés.
-
-—Y a reformar la Milicia nacional de modo que no entren sino los que él
-quiera.
-
-—Y a corregir la Constitución.
-
-—Y a poner dos Congresos: uno como el que está, y otro de clérigos,
-obispos, generales, marqueses, camaristas, y toda la recua de
-alabarderos, _persas_ y serviles.
-
-—Y a suprimir todos los periódicos —indicó Pujitos, dando a entender de
-este modo sus aficiones literarias.
-
-—Y a mandar a Riego a Filipinas.
-
-—Todo eso y mucho más hará el gobierno —dijo Regato—; pero como a quien
-más aborrece es a los buenos patriotas, empezará su obra acogotando a
-los buenos patriotas, que somos nosotros.
-
-—Nosotros —repitieron algunos.
-
-—Y pasando la mano por el lomo a los serviles, que serán los mandarines
-de mañana. ¿Qué significa la libertad de Vinuesa?
-
-—¿La libertad?
-
-—La libertad, sí. Para los bobos, eso de los diez años de presidio
-significa... diez años de presidio; pero para nosotros, que somos tan
-listos y vemos un mosquito en la punta de una torre, esa pena no es más
-que la absolución del cura.
-
-—Es lo mismo que yo pensaba.
-
-—Le sacan de la cárcel; hacen la pamema de llevarle a Ceuta; métenle en
-cualquier convento donde habrá abundancia de buenas magras, pollos con
-tomate, gran trago de vino y muchachas bonitas; dicen luego que se ha
-escapado, y al poco tiempo, indulto. Tras el indulto viene la canonjía,
-y tras la canonjía, la mitra.
-
-—Pues estamos bien —dijo uno con impaciencia, golpeando el suelo con su
-bastón—. Protesto.
-
-—Protesto yo también —bramó Pelumbres.
-
-—Si la Sociedad de los _Comuneros_, que empezó con tan buen pie, no
-saca ahora la cabeza, ¿para qué sirve?
-
-—Para nada, Sánchez, para nada —repuso un hombre que era tratante en
-cueros—. Dende que oí discursos y vi papeles y _toma la palabra, daca
-la palabra_, se me cayeron las alas del corazón... ¡Botijos!, yo no
-sirvo para esto.
-
-—Es muy posible que el gobierno tenga la alevosa intención de indultar
-a Vinuesa y aun darle una mitra —apuntó con gravedad un individuo de
-aspecto decente, furibundo patriota cándido que tenía dos tiendas y un
-buen nombre que no hace al caso—. Yo creo cuanto ha dicho el amigo
-Regato, porque el gobierno es en la superficie liberal, y en el fondo,
-absolutista.
-
-—Si Riego estuviera en Madrid, otro gallo nos cantara, amigos —indicó
-Regato—. Yo de mí sé decir que si tuviera dos docenas, dos docenas nada
-más de buenos patriotas, intentaría cualquiera sublimidad.
-
-—Cualquier hazaña épica, digna de perpetuarse en mármoles —dijo don
-Patricio—. Señor Regato, manifieste usted con claridad su pensamiento.
-¿Se trata de que Madrid se levante en masa, y arroje del gobierno a ese
-ministerio, y convoque otras Cortes, y le caliente las orejas al _Rey
-neto_?
-
-—Eso es difícil hoy; pero no lo será dentro de seis meses, cuando
-estemos mejor organizados, y se multipliquen las _Casas fuertes_ de los
-regimientos, y se reciba el dinero que nos han prometido de América.
-Contentémonos ahora con dar una prueba de nuestro mucho poder, de lo
-que somos y lo que valemos, para que tiemble el cobarde tirano, y nos
-tengan miedo los mandarines.
-
-—Ved aquí, amigos míos —dijo Sarmiento—, cómo admirablemente concuerda
-con mi opinión la del señor Regato. Siempre he sostenido la necesidad
-de elevar la voz para que nos oigan, de alzarnos sobre las puntas de
-los pies para que nos vean, de presentarnos en todas partes para que
-nos toquen, mientras llega la hora sublime de los bofetones.
-
-—Yo no entiendo de estas máquinas sutiles —manifestó, con la ingenuidad
-de la barbarie, el llamado Sánchez, que era miliciano y había sido
-primero cortador de carne y después empleado en cárceles—. Yo lo que
-sé es que si conviene dar porrazo, se dé porrazo. No hay más que dos
-políticas: dar y recibir.
-
-—En lenguaje sencillo —dijo Mejía—, ha expresado Sánchez la idea de que
-mientras no se puede realizar una insurrección que dé la victoria al
-pueblo, se hagan manifestaciones patrióticas con objeto de que se nos
-considere como un elemento importante, capaz de cualquier cosa en el
-gobierno o en la oposición.
-
-—A eso iba —indicó Regato con acento magistral—. En pocas palabras,
-señores: el gobierno dice blanco, pues nosotros decimos negro; el
-gobierno quiere coles, nosotros lechugas; el gobierno dice _por aquí no
-se va_, nosotros decimos _por ahí iremos_.
-
-—El gobierno dice _no más clubs_, nosotros respondemos _vengan clubs_.
-
-—El gobierno quiere poca Milicia, nosotros mucha Milicia.
-
-—El gobierno perdona a los absolutistas, pues condenémosles nosotros.
-
-—Condenémosles, caballeros —gritó el tratante en corambres—. ¡Botijos!
-Si nosotros no hacemos la justicia, ¿quién la va a hacer?
-
-Dando golpecitos en la mesa con el fondo del vaso, después de beberse
-el contenido, entonó esta canción:
-
- Ay le-lé, que toma que toma,
- ay le-lé, que daca que daca,
- ya no bastan las razones,
- apelemos a la estaca.
-
-—El ciudadano don Bruno ha tocado el punto más delicado de la política
-actual —dijo Regato—. El pueblo, señores, no debe consentir la
-impunidad de quien ha trabajado y trabaja aún en contra del pueblo.
-
-—¡Botijos!... No.
-
-—De ninguna manera.
-
-—Consentirlo sería gravísimo desacierto —afirmó Sarmiento.
-
-—Como me llamo Pelumbres, tan cierto es que todo el día he estado
-pensando en que debíamos hacer justicia, porque podemos y debemos
-hacerla. Y si el pueblo no es soberano para esto, ¿para qué lo es?
-
-—A fe de Mejía, sostengo que cuando los jueces son inmorales y
-corrompidos, el pueblo no tiene más remedio que echársela de juez.
-
-—Pues con una palabra basta —afirmó el tratante en pellejos.
-
-—Es preciso sacar a Vinuesa de la cárcel antes que le indulten.
-
-—Y ahorcarle —dijo Sánchez, apretándose su propia garganta.
-
-—En la plazuela de la Cebada.
-
-—En la plaza de Palacio, delante del balcón de Su Majestad —gruñó
-Pelumbres.
-
-—Admirable y sensata idea —dijo Regato—; pero me parece irrealizable.
-No es preciso que se lleven las cosas a ese extremo de perfección.
-
-—No puedo aconsejar tranquilo la muerte de un hombre —afirmó Sarmiento
-con gravedad—; pero hay sacrificios necesarios, indispensables, y el
-cura de Tamajón debe morir. También hay en la cárcel de la Corona un
-dichoso Gil de la Cuadra, exvecino mío, que es uno de los servilones
-más furibundos, y un conspirador terrible.
-
-—Gil de la Cuadra —dijo Regato haciendo memoria—. ¡Ah!, ya: le protege
-Salvador Monsalud, después de haberle enamorado a su mujer, como me
-consta. Váyase lo uno por lo otro.
-
-—_El traidor_ Monsalud se dirá de aquí en adelante —indicó Pelumbres—.
-Ese canalla, después de entrar en nuestra Sociedad, ha admitido un
-destino del gobierno.
-
-—En la cárcel de la Corona precisamente —indicó Mejía—. No lo hubiera
-creído. Puesto de confianza, señores. Aquí hay gato encerrado.
-
-—Tengo a Monsalud por una persona decente —dijo don Patricio—. Es amigo
-mío y no le creo capaz de servir a los masones. Le he oído hablar
-pestes de esos señores.
-
-—Sea lo que fuere —dijo Sánchez—, ello es que antes de meter semejantes
-tipos en nuestra Sociedad, debiéramos pensarlo mucho.
-
-—Es justa la censura, aunque confieso que yo le presenté —dijo Regato—;
-pero no hay motivo para desconfiar de tal joven. Tengo motivos para
-creer que puedo dominarle en un momento dado. Ese hombre será mío
-cuando yo quiera. En vez de importarnos que esté empleado en la cárcel,
-debemos felicitarnos de ello. Sacaremos partido de esta circunstancia.
-
-—¡Rebotijos!... ¡Si está en mi lugar y en el puesto de que me echaron
-hace dos meses esos mamones!... ¿Pues no ha de importarme? Es un
-caballerito a quien tengo atravesado aquí.
-
-—Dejemos esta cuestión mezquina, señores, y volvamos a lo principal
-—dijo Regato—. ¿Hay aquí gente de valor?
-
-—Basta y sobra; pero si se quiere cosa mayor, con dar la voz en ciertos
-barrios, se tendrá toda la gente que se quiera.
-
-—Señor don Bruno, ¿se puede ir a donde se quiera?
-
-—Al cabo del mundo. Digan hora y lugar, y allá estaremos todos. No
-saldrá tan mal como la noche de los embajadores del Ruso y el Turco.
-
-—Mañana... mañana... —dijo Regato meditando—. ¿Cuál será la mejor hora?
-
-—Por la noche.
-
-—No, por el día.
-
-—A las doce del día —gritó el más decente de todos—. No se trata de
-ninguna traición, sino de una obra de justicia.
-
-—¡Excelente idea! A las doce del día.
-
-—_Coram populo_ —murmuró Sarmiento.
-
-—¡Botijos! A las doce en punto.
-
-—Y ahora —dijo Regato levantándose—, a prepararse. La cosa puede ser
-sencilla si el gobierno deja a la Milicia en la guardia de la cárcel.
-Pero si pone tropa...
-
-—¡Si se atreve a poner tropa, entonces...!
-
-—Que ponga tropa —gritó Pelumbres dando un puñetazo—, y se hará
-justicia a la tropa.
-
-—Eso es, justicia a la tropa.
-
-—Porque no es más que justicia.
-
-—Esta noche hay otra vez asamblea, señores —dijo Regato con misterio—.
-Mucho cuidado con los caballeros comuneros de corbatín almidonado y
-palabrejas finas. Dirán, como esta noche, que estamos locos.
-
-—¿Se guardará secreto?
-
-—Hasta donde se pueda; pero hay que reclutar gente, mucha gente.
-
-—¡A la _Fortaleza_, a la _Fortaleza_!
-
-—En la _Fortaleza_ hay espías y traidores que todo se lo cuentan al
-gobierno.
-
-—Si el gobierno lo sabe, mejor —vociferó Pelumbres—. ¿Qué apostamos a
-que voy a Palacio y se lo digo yo mesmo al rey?
-
-Una carcajada general acogió estas palabras.
-
-—Las cosas claras. Hacemos justicia. Yo lo digo a todo el que me quiera
-oír. ¡Muera Tamajón!
-
-—¡Muera Tamajón! —repitieron todos menos Regato.
-
-Este, con apagada voz y razones conciliatorias, quiso aplacar a sus
-amigos; pero estaban muy encariñados con la idea sugerida por el
-dos veces gato, para dejársela quitar. Hay que pensarlo mucho antes
-de arrojar la piltrafa a esta especie de carnívoros, porque una vez
-arrojada, el que pretenda quitársela se expone a recibir un mordisco
-o arañazo. Así lo comprendió el fundador de la Comunería. Cuando
-los individuos de su alto consejo salieron a la calle masticando el
-sangriento manjar que les había puesto en la boca, el cobarde Regato
-se asustó un poco; pero aún tenía seguridades de no ser sospechoso, y
-entre Pelumbres y don Bruno marchó resueltamente a la asamblea, que aún
-estaba abierta.
-
-
-
-
-XXIII
-
-
-Poco después de este suceso, las _Plazas fuertes_ y _Salas de armas_
-encerraban un partido en ebullición. Pasada la media noche, la mayor
-parte de los comuneros sabían que estaba acordada para el día siguiente
-la muerte de Vinuesa. A la madrugada sabíanlo también los masones por
-su bien servido espionaje, y conmovido el _Grande Oriente_ ante la
-audaz amenaza, deliberó con calor y afán tan importante asunto. Lo que
-allí se dijo verase a continuación.
-
-_Camarilla constitucional._ — Reuníase casi siempre en el Grande
-Oriente, con asistencia de muchos hombres que se tenían por lumbreras
-de otros que realmente lo eran, y de muchos que si carecían de orgullo
-o de mérito, cobraban buenos sueldos en las oficinas nacionales. En
-la masonería había, según los datos más verosímiles, cincuenta y dos
-diputados. De los ministros, la mitad por lo menos cargaban el mandil.
-Pocos eran entonces los hombres notables por su talento oratorio o
-por su pluma, que no doblasen la cerviz ante el misterio eleusiaco, y
-muchos que después han figurado en los partidos reaccionarios adoraron
-la _Acacia_. Tal fue el atractivo del Orden masónico, que aun se dice
-trataron con él clérigos no apóstatas y un general de franciscos que
-después fue arzobispo.[9] Para que nada faltase, los del _Arte-Real_
-vieron en las logias a un infante, que recibió el nombre de _Dracón_,
-con la risible particularidad de que le llamaban _Bracón_. Un general
-muy célebre era designado _Bruto II_. Puede dudarse que el mismo
-Fernando VII _recibiese salario_ masónico; pero no que los nombres más
-ilustres y respetables del presente siglo, los nombres de Argüelles,
-Calatrava, Quintana, San Miguel, Flores Estrada, Galiano y otros
-figuraron en las listas de Maestros, siendo probable que todos ellos
-fueran _Sublimes perfectos_.
-
- [9] Fr. Cirilo de Alameda desmintió de un modo enérgico la
- aseveración de Galiano.
-
-La camarilla, en la hora que nos es permitido asistir a ella, estaba
-formada por seis individuos nada más, cuyos nombres, a excepción del
-de Campos, deben mantenerse en secreto. Si en el transcurso de la
-relación son conocidos, enhorabuena; pero no se culpe al novelador de
-haber manoseado nombres pertenecientes a personas de distinto valor,
-pero todas respetables, algunas de las cuales han respirado hasta hace
-poco... y quizás haya alguna que respire todavía.
-
-Los de la camarilla reuníanse en la logia, pero familiarmente y sin
-ceremonia de rito, como clérigos en la sacristía. De los seis, cuatro
-eran diputados; y de estos, dos habían sido ministros, y uno lo fue en
-aquellos días. De los dos restantes, uno casi no era masón, hallándose
-en la categoría de _durmiente_, y el otro era Campos. Atención.
-
-Tiene la palabra un joven de treinta y tres años, alto, elegante, fino,
-airoso. Sus modales y su vestido eran, como su estilo, la corrección
-misma. Su rostro morenísimo y su gran boca dábanle aspecto de fealdad;
-pero tenía la belleza de la expresión y un claro sello de hidalguía y
-caballerosidad que cautivaba. Sus ojos eran negros y vivísimos, llenos
-de esa luz particular que indica poderosa erección de la fantasía; sus
-cabellos alborotados y fuertes, algo parecidos a los de Chateaubriand,
-rodeaban una espaciosa y limpia y celeste frente, emblema del
-privilegiado artista. Era su voz grave y persuasiva, y si su estilo
-carecía de arrebato, tenía en cambio la serenidad más simpática y un
-acento que subyugaba oídos y corazones.
-
-—Nosotros —dijo señalando a su amigo que junto a él se sentaba—
-estamos decididos a no asociar nuestro nombre a los errores que se
-están cometiendo. Amamos la libertad con delirio; pero aborrecemos los
-excesos del populacho y la ignominiosa licencia. Antes que empujar a la
-nación por este carril que la precipitará en el abismo, nos retiraremos
-de la política, perderemos toda influencia, perderemos nuestro propio
-prestigio, y entonces la vergüenza de haber contribuido a este desorden
-nos servirá de expiación. No se nos oculta que el absolutismo volverá y
-quizás pronto, si a tiempo no se pone mano en reparar el reino que se
-desquicia; y el absolutismo vendrá, porque las instituciones vigentes
-no ofrecen condiciones de vida saludable y duradera, porque carecen de
-fuerza para contener en límites razonables la iniciativa popular y son
-incapaces de fundar nada sólido. Que el gobierno, sabedor de la inicua
-amenaza de los exaltados, evite que se consume un horrendo delito; haga
-entender a esa gente que su destino y misión no es todavía ni será
-en mucho tiempo dirigir la cosa pública; establezca el imperio de la
-razón, de la calma, del buen sentido, y entonces variaremos de opinión.
-Mientras esto no suceda, la división será completa, y si hoy permanece
-oculta por nuestra prudencia, mañana transcenderá a las Cortes, y de
-las Cortes a todo el país.
-
-—Y se formará el partido _anillero_ o de los _amigos de la
-Constitución_ —dijo un viejo alto y flaco, nervioso y lleno de
-vivacidad, que respondía entre masones al nombre de _Coriolano_, y
-era célebre por un folleto contra los absolutistas y varios escritos
-de Economía política—. Esta nueva escuela será funesta. Tendremos al
-fin tantos partidos como hombres, y no habrá un solo individuo que se
-resigne a pensar como los demás.
-
-—_La Sociedad de los amigos de la Constitución_ —dijo el compañero
-del primer orador que junto a él se sentaba— responde a la necesidad
-imperiosa de establecer un término medio entre las antiguas leyes,
-que viven encarnadas en el país, y los principios liberales. ¿Por qué
-no hemos de decirlo? Yo, por lo menos, tengo mi ideal en la _Carta_
-francesa, con las dos Cámaras y el voto absoluto.
-
-Oyose un murmullo de desaprobación.
-
-—Condenemos igualmente —dijo con gravedad el de los cabellos
-alborotados y la boca grande— toda clase de reuniones como esta, que o
-sirven para fomentar el jacobinismo y ofrecer un secreto peligroso a
-las intrigas y a las ambiciones, o no sirven para nada.
-
-—Estamos disputando sobre si nos hemos de dividir más todavía, mientras
-una cuestión palpitante, fundada en una alarma falsa quizás, reclama
-nuestra atención. Este asunto no tiene espera. Nos está llamando, y
-nosotros le volvemos la espalda para discutir sobre si debemos ponernos
-un anillo en el dedo o un triangulillo en el ojal.
-
-El que esto dijo era un hombre de más de cuarenta años, moreno como el
-anterior, de facciones bastas y gruesos labios. Fuerte y algo pesado
-era su cuerpo; carecía de soltura, gracia y flexibilidad; pero en
-cambio parecía poseedor de una gran energía. ¡Lástima que esta energía,
-circunscrita al entendimiento y al astro poético, no transcendiese a la
-voluntad!
-
-Completaban su persona cabeza admirable, abultada y lobulosa; ojos
-grandes y hermosos; una frente a la cual no faltaba sino el laurel
-para ser olímpica; expresión grave, y tono sentencioso en la voz. Allí
-dentro le llamaban _Pelayo_.
-
-—Es verdad, es verdad —dijeron los demás—. A la cuestión.
-
-—Los comuneros han decidido sacrificar a don Matías Vinuesa —manifestó
-Campos, que parecía secretario de la Junta.
-
-—Causa horror el ver que estas atrocidades se cometan; pero causa más
-horror aún que se anuncien —afirmó el que oímos al principio de la
-sesión.
-
-—Yo no lo creo —dijo el poeta—. Los que se ocupan en propagar alarmas
-han escogido esta para el día de mañana. Reconozco que el pueblo está
-irritado...
-
-—Con razón —manifestó _Coriolano_—. La sentencia del juez es capaz de
-sublevar al pueblo más generoso. ¿Por qué se vocifera tanto contra el
-populacho, cuando sus excesos no son más que el rechazo, digámoslo así,
-de las osadías de los absolutistas? No, no está el mal en la canalla,
-que es honrada y generosa; no morirá la libertad en manos del pueblo,
-sino en manos de los que quieren establecer una transacción imposible
-con el despotismo.
-
-_Coriolano_, que se había expresado con energía, miró a los dos
-_anilleros_. Estos callaban, aunque uno de ellos era gran retórico.
-
-—No disculpo ni disculparé a los exaltados que protestan contra la
-sentencia del juez —dijo _Pelayo_ con calor—; pero téngase presente
-que ha tiempo quedan impunes los mayores atentados y crímenes de los
-absolutistas. Dicen que Vinuesa es tonto: yo no lo creo. Su plan
-indica maquiavelismo, y por lo menos las intenciones de este clérigo
-han sido perversas. Ganar y corromper la tropa, sublevar al pueblo,
-sorprender a los principales diputados y a las primeras autoridades,
-sacrificarlas inmediatamente a la seguridad y a la venganza del partido
-conspirador y alzar sobre la sangre de aquellas víctimas el pendón de
-la tiranía y de la intolerancia: estos son los proyectos contenidos en
-los atroces papeles de Vinuesa. Convicto y aun confeso el miserable
-preso, no debe librarse de la suerte rigurosa a que se exponen siempre
-los que traman semejantes atentados contra la existencia de un gobierno
-establecido. El juez que ha despachado esta causa ha dicho públicamente
-que cualquiera de los cargos que obraban contra el reo era capital,
-y que, por consecuencia, era imposible salvarle. ¿A qué este cambio
-tan repentino? ¿Por qué, con tales antecedentes, Vinuesa no ha sido
-condenado más que a diez años de presidio? Semejante condescendencia
-ha llamado justamente la atención pública. Hasta se asegura que la
-Audiencia, en vez de agravar la pena, la suavizará más. Dícese que han
-mediado presentes a los cuales la integridad del juez ha resistido con
-nobleza y con honor; pero que después han intervenido ciertos recados
-imperiosos de Palacio, a cuyas fulminantes amenazas no ha podido
-sustraerse el magistrado, haciéndole blandear desgraciadamente en su
-fallo.[10]
-
- [10] Este párrafo no es del narrador: es de las _Cartas a
- Lord Holland_.
-
-—Siempre han de achacarse todos los yerros a la incorregible _mano
-oculta_ —dijo con desabrimiento el retórico.
-
-—¡Siempre se han de achacar al populacho! —exclamó colérico el que
-respondía al nombre de _Coriolano_—. La plebe es causa de todo. La
-corte y el rey no hacen más que rezar. Con tan admirable sistema de
-crítica, resulta infaliblemente que la Constitución es detestable, y
-que debe convertirse en Carta.
-
-—El populacho y la corte —afirmó el retórico— son igualmente culpables.
-Pero si se encomienda al primero el castigo de la última, esta vencerá.
-
-—Eso es lo que no sabemos —repuso con inquietud y cierta excitación el
-economista—. Por de pronto tenemos que, según lo que acaba de decir
-nuestro discreto amigo, la irritación del pueblo contra Vinuesa y
-contra el juez Arias, está justificada.
-
-—Braman de cólera los genios impacientes —sostuvo _Pelayo_— al
-contemplar semejante impunidad, y hasta los más templados prevén y
-lloran las tristes consecuencias que necesariamente ha de producir...
-Pero no puedo creer que un partido popular haya acordado fría y
-villanamente el sacrificio del reo. Tanta bajeza es inverosímil.
-
-—Es cierta —dijo Campos, que hasta entonces, reconociendo su
-inferioridad, había permanecido mudo—. La asamblea comunera es un
-volcán que vomita sangre.
-
-—¿Pero no queda duda de que han acordado eso?
-
-—No queda duda. Lo sé por los espías que tengo allí.
-
-—Si el gobierno se hace cómplice de iniquidad tan grande —dijo
-con honrada convicción el de los alborotados cabellos—, merece la
-execración del género humano.
-
-Uno que hasta entonces no había pronunciado palabra, adelantó su cuerpo
-hacia la mesa, tirando de la silla, y habló de este modo:
-
-—No puedo callar después de lo que he oído. Se quiere que el ministerio
-lo haga todo, y nadie le ayuda, nadie, señores, cuando tiene que
-defenderse contra la oposición de moderados y exaltados, y contra las
-conspiraciones de absolutistas y comuneros, que se dan la mano para
-trastornar al país. Pero el gobierno no merecerá la execración del
-género humano. ¿Acaso es él quien ha alentado las conspiraciones de los
-serviles? Si ha habido cohecho en el asunto de la causa de Vinuesa,
-la venalidad estaba consumada antes del 4 de marzo en que entramos
-nosotros. No podemos mudar jueces todos los días.
-
-—No se trata de mudar jueces; se trata de impedir que una gavilla de
-asesinos deshonre la revolución.
-
-—¡Patrañas! Señores, es preciso acostumbrarse a no ver asesinos en
-todas partes.
-
-El que esto decía era un hombre casi anciano, masón, bastante listo y
-de mucha práctica en los negocios administrativos. ¿Por qué ocultar su
-nombre, que por sí se vela bastante con su propia oscuridad? Era don
-Mateo Valdemoro, ministro de la Gobernación. En la hora de la madrugada
-en que le vemos, quedábale solo un día de poltrona.
-
-—Yo creo que hay por lo menos exageración —dijo _Pelayo_.
-
-—Aunque sea exageración, deben tomarse precauciones —indicó Campos.
-
-—Pero, señores, es ridículo que por una alarma necia, llenemos las
-calles de artillería —indicó el ministro, creyendo que expresaba una
-idea feliz—. Parecería una provocación, y lo que no es más que una
-alarma insignificante, podría trocarse en formidable motín. Nada me
-mortifica tanto como la idea, muy generalizada, de que el gobierno
-simpatiza con Vinuesa, con el _Abuelo_ y con los demás absolutistas
-presos.
-
-—¿Entonces el plan del gobierno es cruzarse de brazos y dejar hacer?
-—preguntó con severidad el literato.
-
-—El gobierno castigará los desmanes.
-
-—¿Qué desmanes?
-
-—Los que se cometan; pero no hará alarde de despotismo, no provocará al
-pueblo.
-
-—Porque le tiene miedo.
-
-—No es miedo, sino prudencia. Nada más natural y lógico que la
-excitación que existe contra Vinuesa. Si acuchillamos al pueblo, porque
-no simpatiza con los absolutistas, pasaremos por servirles, y nuestro
-lema es Constitución.
-
-—Yo sigo creyendo que no habrá nada —dijo _Pelayo_, el cual, en su gran
-talento, tenía la más patriarcal buena fe—. Repito que el pueblo es
-bueno.
-
-—Si no le instigaran los tunantes...
-
-—Es más —añadió el ministro—. Si acuchillamos al pueblo, daremos un
-gustazo a la corte, Vinuesa estará libre dentro de dos meses, y las
-cárceles llenas de liberales.
-
-—Pues ahorquen ustedes a Vinuesa —dijo con la mayor viveza el
-retórico—. Esto sería lógico. Lo absurdo es absolverle y permitir las
-horribles venganzas del populacho.
-
-—Siempre el populacho... es decir, el gato —indicó _Coriolano_.
-
-—Si ahorcamos a Vinuesa, exacerbaremos a los serviles y a la corte
-—dijo el ministro en tono de perspicacia—. Prudencia por un lado y por
-otro, es lo que conviene. ¿No es el sistema de ustedes contemporizar
-con todos?
-
-El de los erizados pelos, es decir, el retórico o el literato, a quien
-esta pregunta se dirigía, estuvo un momento sin saber qué contestar.
-
-—Sí; contemporizar —repuso al fin—, establecer un equilibrio perfecto
-dando la mano a unos y a otros; pero no a los infames, no a los
-asesinos.
-
-—Estamos juzgando un suceso que no ha pasado todavía ni pasará
-probablemente —dijo _Pelayo_—. ¿A qué hablar de asesinos? Yo defiendo y
-defenderé siempre al pueblo. Si alguna vez asesina, hácelo con el puñal
-que le entregan los de arriba.
-
-—Sea de oro, sea de hierro, lo que importa es que no haya puñal —objetó
-el retórico—. En una palabra, señores, estamos reunidos para acordar si
-se debe impulsar al gobierno a tomar una medida enérgica.
-
-—¡Una provocación!... Yo opino como el ministro —manifestó _Pelayo_—.
-El pueblo es bueno, es generoso; pero no debe ser provocado.
-
-—Pues preparémonos a que sea nuestro dueño —dijo el que había
-demostrado más seso—. Señores —añadió levantándose—, mi compañero y yo
-nos retiramos para no volver más aquí.
-
-El viejo economista tiró al retórico de los faldones de su levita,
-diciéndole con buen humor:
-
-—Señor cartista, no nos deje usted tan despiadadamente. Somos amigos y
-zanjaremos nuestras diferencias de familia. Discutamos.
-
-—Me parece que se ha discutido bastante. ¿No ha llegado aún la ocasión
-de hacer algo?
-
-Aquel hombre que tan bien se expresaba, demostrando tener en su
-espíritu el instinto de la eficacia política, era de voluntad flaca,
-como los demás. La sensatez de sus ideas hallábase circunscrita a la
-serena esfera de las aptitudes literarias, y al expresarse con tanta
-cordura, hablaba su talento, no esa facultad prodigiosa en que se
-confunden perspicacia y acción, conformando al hombre político. La
-misma perplejidad que tanto combatía le contaminó cuando fue ministro.
-Amaba la _Carta_, pero cuando pudo ocuparse de ella con éxito, pensaba
-demasiado en la de Horacio a los Pisones.
-
-—Todo puede arreglarse —dijo Pelayo—. Por sí o por no, y aunque hay
-en esto mucho de ponderación, creo que se debe quitar la guardia de
-milicianos que está en la cárcel de la Corona, y reemplazarla con tropa
-de línea.
-
-—Eso me parece una necesidad imperiosa —añadió Campos, atreviéndose,
-contra su costumbre, a algo más que callar y tomar lo que le dieran.
-
-—Al menos eso probaría cierta prudencia en el gobierno —dijo el de la
-Carta deteniéndose, mas sin volver a sentarse.
-
-—No; la verdadera prudencia —objetó Valdemoro— consiste en no poner
-ni quitar ninguna guardia, porque eso sería origen de sospechas,
-hablillas, escándalos y seguramente de disturbios graves.
-
-—Adiós, señores —dijo el simpático y cortés joven de treinta y tres
-años.
-
-—Mudar la guardia me parece una provocación —repitió el ministro
-consultando fríamente el rostro de los tres que a su lado quedaban.
-
-Ninguno dijo nada.
-
-—Si se hace con maña y habilidad —dijo Pelayo—, quizás no.
-
-—Señores —manifestó el ministro con la inquietud propia del que se
-ve abrumado de responsabilidad—. Es muy fácil resolver todas esas
-cuestiones fuera del gobierno, y cuando uno se mete tranquilamente en
-su casa sin dar cuenta a Dios ni al diablo de lo que hace. Ustedes
-hablan, como los libros, un lenguaje discreto; pero la práctica,
-señores, la práctica es cosa muy distinta. ¡Mudar una guardia! Parece
-la cosa más sencilla del mundo dicho así, como si se tratara de mudarse
-una camisa; pero los que estamos dentro del gobierno vemos las cosas
-de su tamaño. Repito que mudar mañana la guardia es pegar fuego a una
-hoguera. El gobierno trabajará; el gobierno tiene alguna influencia en
-las clases populares; aún puede contar con algunos comuneros que le
-sirven... No pasará nada; respondo de que no pasará nada.
-
-—Mi compañero y yo —dijo el retórico, dispuesto a retirarse
-definitivamente— apreciamos la buena voluntad del gobierno; creemos
-que sus intenciones no pueden ser mejores; pero no podemos seguir
-asintiendo, en esta junta secreta, a los actos de debilidad y a la
-indeterminación que caracteriza a la política presente. En las Cortes
-evitaremos todo lo posible la escisión; pero nuestra conciencia nos
-impide continuar aquí. Está probado que la Sociedad a que hemos
-pertenecido estorba toda política formal, y es un aliciente para las
-ambiciones, para los disturbios populares, y aun para las sediciones
-del ejército. Hace tiempo que deseamos la ruptura; hoy se nos presenta
-una ocasión y la aprovechamos. Gobiernen ustedes en armonía misteriosa
-con los manejos de la corte, porque las dos políticas contrarias
-que bajo tierra y en la oscuridad funcionan luchando, concuerdan en
-una cosa: en hacer polvo y ruinas la grandeza y poderío del reino.
-Inspiren ustedes al gobierno y a las Cortes, dominándoles por medio
-de la amenazadora extensión de estas sociedades, y haciéndose pagar
-su protección con los destinos, las fajas, las mitras, las cruces que
-aquí se reparten. Yo renuncio a los beneficios y a la responsabilidad
-de esta labor oscura y funesta. Adiós, amigos míos; la diferencia de
-opiniones no entibia la amistad de toda la vida, la amistad de Cádiz
-en los días de gloria, la amistad del Peñón de la Gomera en los días
-terribles. ¡Quiera Dios que no volvamos a abrazarnos en los presidios
-de África!
-
-Dicho esto se retiraron. ¡Ay! Desgraciadamente para España, en
-aquellos hombres no había más que talento y honradez, el talento
-de pensar discretamente y la honradez que consiste en no engañar a
-nadie. Faltábales esa inspiración vigorosa de la voluntad, que es la
-potente fuerza creadora de los grandes actos. Los que salían, a pesar
-de su sensato hablar, era tan niños como los que se quedaban en el
-_Grande Oriente_. Entre todos juntos, o fundiéndolos a todos, a pesar
-de la aptitud versificante y poética de algunos, no se habría podido
-obtener el brazo izquierdo de un Bonaparte, ni de un Cisneros, ni un
-Washington, ni siquiera de un Cromwell o un Robespierre. ¡Extraña
-ineptitud ocasionada por la servidumbre! En la uña del dedo meñique de
-una mujer, Isabel la Católica, había más energía política, más potencia
-gobernante que en todos los poetas, economistas, oradores, periodistas,
-abogados y retóricos españoles del siglo XIX.
-
-¿Qué resolvió el _Grande Oriente_ después de la escisión? Cosas graves.
-Mudar algunos mandos militares, negar dos canonjías, recomendar a
-los pueblos la elección de dos diputados masones, adjudicar tres
-subastas, escribir las bases de una transacción contra los Comuneros,
-leer algunas cartas que hablaban de conspiración, enterarse de
-las confidencias hechas por empleados de Palacio, subvencionar un
-periódico, adjudicar trece destinos a otros tantos masones, dar una
-pensión a la viuda de un perseguido _por defender el Sistema_, echar
-tierra sobre un expediente de contrabando, etc.
-
-¿Cuál de las dos camarillas es más responsable ante la historia: la
-del populacho o la de los hombres leídos? No es fácil contestar. La
-primera, en medio de su barbarie, había resuelto algo en el asunto del
-día; la segunda, con toda su ilustración, no había resuelto nada.
-
-
-
-
-XXIV
-
-
-Desde la noche del 3 al 4 conocía Salvador el infame proyecto de sus
-compañeros de caballería. Si no pudo injerirse en la camarilla, asistió
-a la fortaleza. Oía y callaba, esperando utilizar las circunstancias;
-y como había adquirido y fomentado buenas relaciones con comuneros
-de todas clases, creía seguro salir adelante con su buen propósito.
-El plan de hacer justicia en la persona de Vinuesa le pareció
-irrealizable, porque contaba con la energía de las autoridades. Sintió
-impulsos de poner en conocimiento de Campos algunas preciosas noticias
-y datos adquiridos en la asamblea, para que aquel las comunicase
-al gobierno; pero su natural honrado y leal se sublevaba contra la
-delación.
-
-En la mañana del 4 entró en la celda de Gil de la Cuadra, y le dijo:
-
-—Ánimo, señor reo: esta noche saldremos de aquí. Tengo todo preparado.
-
-El anciano, de rodillas, apoyando su cuerpo en el lecho, cruzó las
-manos y se puso a rezar fervorosamente.
-
-Poco después, Salvador atravesaba el patio de la cárcel, cuando se
-sintió llamar. A su lado vio una cara entre burlona y suspicaz, unos
-taimados ojos verdosos que gatunamente le miraban, una mano blanca
-que con suavidad le agarraba el brazo. Era el señor Regato. Vestía el
-uniforme de capitán de la Milicia.
-
-—Amiguito —le dijo—, tenemos que echar un párrafo. Subamos.
-
-Instaláronse solos en una pieza del piso alto, y don José Manuel habló
-de este modo.
-
-—Tengo el corazón oprimido, amigo Salvador. Ya sabe usted que el pueblo
-está furioso... y con razón, con muchísima razón. El gobierno se empeña
-en perdonar a Vinuesa, regalándole más tarde una mitra, y el pueblo,
-que después de todo es soberano, se empeña en que _Tamajón_ debe ser
-ahorcado. ¿Qué tal? Aquí tiene usted dos reyes que se desafían sobre el
-cuerpo de un pobre sacerdote.
-
-—No creo posible que esos hombres feroces consigan su objeto... Tal
-ignominia no pasará en España. Lo espero así para honor de esta nación.
-
-—¡Oh!, no conoce usted los arranques del pueblo español. La resolución
-de los Comuneros, nuestros amigos, es definitiva. Ya he tratado de
-contenerles, porque no me gusta el derramamiento de sangre; pero me ha
-sido imposible. Intentarán hacer justicia.
-
-—Pero no lo conseguirán. El gobierno es malo; pero está compuesto de
-hombres honrados.
-
-—El gobierno se cruzará de brazos, amigo mío —dijo Regato poniendo gran
-interés en aquel diálogo—. He visto a Campos al amanecer y me ha dicho
-que el _Grande Oriente_ reprueba la justiciada del pueblo, pero que no
-hace nada.
-
-—Dicen que se quitará la guardia de milicianos.
-
-—Error; no se quitará guardia ninguna. El gobierno arde en sentimientos
-humanitarios; pero no quiere hacer frente al oleaje popular, por
-temor de ser arrastrado. Teme que se le acuse de servil; teme las
-murmuraciones, y se ruboriza si le dicen que protege al absolutismo.
-
-El asombro no dejó hablar a Monsalud durante breve rato.
-
-—Eso no puede ser —exclamó al fin pálido de ira—. ¡Tal infamia no cabe
-en corazones españoles!
-
-—El gobierno no hará nada. Quizás algunos de sus individuos se
-aprestarían a la resistencia si supieran lo que va a pasar; pero no lo
-saben. Los masones se lavan las manos como Pilatos; han cogido miedo a
-la Comunería. En verdad que somos temibles.
-
-—Lo que usted me cuenta, señor Regato —dijo Salvador levantándose con
-inquietud—, parece una pesadilla horrible. Según usted, es muy posible
-que esa canalla abominable trate hoy de invadir este edificio, sin que
-el gobierno se lo impida.
-
-—¡Es verdaderamente espantoso! —declaró Regato afectando sensibilidad—;
-pero me parece que podrá evitarse una desgracia... Compadezco con toda
-mi alma a ese pobre don Matías. ¿Verdad que es una lástima que le maten
-así, tan brutalmente?
-
-—No; no puede ser. Esto se quedará en amenaza ridícula.
-
-—Que no es amenaza ridícula, digo... —afirmó Regato acercando más su
-asiento al de Monsalud y pasándole la mano por el hombro—. Mire usted;
-a mí se me ha ocurrido que podríamos salvar al pobre arcediano.
-
-—¿Cómo?... —preguntó vivamente Monsalud con el interés que le
-inspiraban siempre las buenas obras.
-
-—Le asombrará a usted que me inspire lástima ese desgraciado. Yo soy
-así: más liberal hoy que ayer, y mañana más que hoy; pero bien está la
-sangre en las venas donde Dios la ha puesto, ¿eh?
-
-Monsalud, recordando lo que había oído a Campos respecto al sospechoso
-liberalismo de Regato y algunas noticias que él mismo había adquirido,
-se explicó fácilmente la compasión del comunero.
-
-—Yo no soy amigo suyo, ni lo fui nunca —prosiguió D. José Manuel
-recogiéndose dentro de su reserva como el caracol en su casa—. Los
-demonios le lleven. Lo que quiero decir es que pudiéndose evitar la
-muerte de un semejante, debe evitarse.
-
-—Parece difícil y, sin embargo, es sencillo. Cálmese el furor de
-la canalla; póngase una buena guardia en el edificio, y todo está
-concluido.
-
-—Ninguna de esas dos cosas puede hacerse.
-
-—Pues entonces...
-
-—Usted no carece de talento —dijo Regato sonriendo—, y, sin embargo, no
-comprende mi idea. Siga aquí la guardia de milicianos... Supongamos que
-viene eso que usted llama populacho...
-
-—Y que los milicianos, recordando que son hombres de honor, españoles y
-cristianos, defienden la entrada.
-
-—No... supongamos que no la defienden.
-
-—Entonces entra la canalla.
-
-—Eso es, entra...
-
-—Abre el calabozo.
-
-—Abre el calabozo... y no encuentra a Vinuesa.
-
-—¡Ah! ya... Que se escape.
-
-—O que se esconda.
-
-—Pero sus enemigos le buscarán.
-
-—Que le busquen. Con tal que no le encuentren...
-
-—Pero ya sabe usted que cuando la ferocidad popular pide una víctima,
-si no se le da...
-
-—Sacrifica al primero que encuentra.
-
-—Es posible que la falta de Vinuesa la pague otro preso, quizás más
-inocente que él... No, no me conviene ese plan.
-
-—¿Y qué nos importa que la falta de Vinuesa la pague otro?
-
-Monsalud miró a Regato con tanta severidad, que el dos veces gato
-entornó sus párpados para mirar al suelo.
-
-—¡Ah!, ya comprendo —dijo afectando buen humor—. Usted no quiere que le
-toquen a su Gil de la Cuadra, que es, entre paréntesis, el más malo de
-todos y el que merecería cualquier castigo.
-
-—Es verdad que le protejo —dijo Salvador.
-
-—Como que se ha metido usted en esta inmundicia solo por salvarle.
-
-—También es verdad.
-
-—Como que fue usted conmigo a los comuneros solo con el fin de hacerse
-amigo entre la gente exaltada.
-
-—También es cierto. Ese conocimiento tan hábil de mi conducta y de mis
-intenciones me mueve a declarar que poseo, del mismo modo, parte de los
-secretos de una persona a quien yo conozco.
-
-—Con tal que no se refiera usted a las infames calumnias que dicen
-contra mí los masones...
-
-—Yo no me refiero a calumnias. Usted ha desempeñado su misión incitando
-al pueblo a lanzarse en una vía de atrocidades sangrientas.
-
-—Calumnia.
-
-—Usted cumple también su misión, procurando que después del atentado
-quede vivo el arcediano; y con tal que el pueblo consume su bestial
-proyecto y tenga una víctima... poco le importa lo demás.
-
-—Yo no quiero que haya víctimas —dijo Regato comprendiendo que era
-mejor hablar con franqueza—. Lo que quiero es que Vinuesa no corra
-peligro, y que si ha de haber sacrificio recaiga en la cabeza de alguno
-de tantos pillos como llenan esta cárcel y la de Villa. Contaba con eso
-y cuento todavía.
-
-—¿Y qué papel debo yo desempeñar en esto? —preguntó Monsalud con cierta
-perplejidad—. Porque usted me habla en el tono del que solicita ayuda.
-
-—Exactamente. El alcaide de la cárcel es hombre con quien no se puede
-contar. Usted, que ha venido aquí por una intriga; usted, que ha venido
-aquí con el exclusivo objeto de salvar a un hombre, es quien puede
-hacer esta buena obra.
-
-—¿Cómo? —preguntó Salvador deseando saber hasta dónde iba el diabólico
-entendimiento del agente secreto de Su Majestad.
-
-—Aprovechando la borrachera que tomará hoy al mediodía, según su santa
-costumbre, el señor Alcaide...
-
-—¿Para poner en libertad a Vinuesa?
-
-—Eso no puede ser, porque los milicianos no lo permitirían. Soy listo y
-comprendo que si fuera posible este modo de escapar, ya lo habría usted
-intentado en favor de Gil.
-
-—Seguramente.
-
-—Lo que yo quiero es que mude usted a Vinuesa de calabozo.
-
-—Le buscarán.
-
-—No le buscarán, si se pone otro en su lugar.
-
-—Eso es entregar un hombre a los asesinos.
-
-Regato no supo qué contestar. Estaba impaciente y nervioso, y
-agitábase en su silla, tomando diferentes posiciones a cada minuto.
-
-—¡Hombre de Dios! —gritó al fin—. Me sorprenden esos escrúpulos. ¿No
-habrá en la cárcel un Barrabás? Pues muera Barrabás y que se salve
-Jesús. Concedo con muchísimo gusto que Gil de la Cuadra no sea el
-sustituto.
-
-—Esa farsa infame no es propia de mí —contestó el joven—. Si el
-populacho quiere una víctima, no seré yo quien fríamente se la
-entregue, como el leonero que escoge la res más gorda para darla a las
-fieras con que se gana la vida.
-
-—Señor don Rígido —dijo Regato sin poder disimular su enfado—, maldito
-si le sientan a usted esos humos de juez severo. ¿A qué tanta nimiedad
-y sutileza de abogado para un asunto sencillísimo? Usted ha empleado
-toda clase de recursos para sacar de aquí al que con más justicia está
-preso.
-
-—Usted juzga mal a mi amigo —repuso Monsalud con serenidad—, y es
-extraño porque le conoce bien. No aparece complicado más que por unas
-cartas que se hallaron entre los papeles de Vinuesa, y el juez debe de
-haber comprendido que apenas merece castigo, pues solo le condena a
-cuatro años de presidio, pena relativamente leve en estos tiempos.
-
-—Nada de eso hace al caso —dijo Regato, como hombre afanado que se
-decide a marchar derechamente hacia su objeto—. Usted creerá tal vez
-que yo no correspondería a su buena voluntad con otra buena voluntad,
-a su beneficio con otro beneficio.
-
-Diciendo esto, el dos veces gato se llevó la mano a un cinto, y
-desliándolo hizo sonar su contenido: un metal precioso que hace
-enloquecer a los hombres. Monsalud sintió un impulso de ira, y
-crispando los dedos miró el cuello del agente de Su Majestad. Pero la
-razón no le abandonaba, y calculó que era muy prudente contenerse para
-imaginar algún ardid que sin comprometerle, le librara de las enfadosas
-sugestiones de aquel hombre.
-
-—Guarde usted su dinero, señor Regato —dijo con serenidad—. Yo no soy
-Pelumbres.
-
-Regato no dijo nada y puso el cinto sobre la mesa.
-
-«Este soberbio no cede con cualquier bicoca —pensó—. Será preciso hacer
-un sacrificio, un verdadero sacrificio.»
-
-—Yo creí —indicó Salvador disimulando su ira con una apariencia
-festiva— que ya no le quedaban a usted más ochentines de los que el
-gobierno dio a la Casa Real.
-
-—Son onzas de oro —dijo Regato con naturalidad—. Ya sé que usted me
-dirá mil lindezas y pedanterías. No parece sino que es un crimen
-aceptar obsequios en pago de un servicio leal. Bueno, señor mío, usted
-se lo pierde. Viva usted de sus rentas, viva de sus fincas, ya que
-donosamente rechaza lo que le cae...
-
-Levantose, y dando varios pasos en diferente sentido, se detuvo ante
-Monsalud, le puso la mano en la cabeza y se la movió con gesto entre
-cariñoso y amonestador.
-
-—Y si no —añadió—, no hay nada de lo dicho. Por eso no hemos de reñir.
-Cada uno tiene su conciencia como se la hizo Dios. Hay escrúpulos
-respetables. Yo no censuro que haya personas así... tan atiesadas. Lo
-que siento es que se va usted a ver en un mal paso, caballerito. Si
-yo le he propuesto lo que sabe, es por encargo de varios amigos, y
-ellos no son como yo, mansos y pacíficos y que con todo se conforman,
-sino muy fieros y vengativos. Capaces son de darle un disgusto a mi
-señor don Rígido... ¿Qué cree usted? —prosiguió poniéndosele delante
-y clavando en él sus ojos, cuya pupila brillaba con dorados y verdes
-reflejos—. Anoche ya estaban mis amigos muy incomodados con usted:
-llamábanle traidor por haber aceptado un destino de esa canalla
-masónica.
-
-Monsalud seguía meditando.
-
-—Y en rigor... —añadió el agente de Su Majestad—, la conducta de usted
-es algo sospechosa. Anoche tuve que platicar mucho para defenderle a
-usted... «Es un traidor», decían. «Pues si no nos sirve en su destino
-de carcelero, haciendo lo que le mandemos, lo pasará mal...» En fin,
-como son unos bárbaros, no es de extrañar que digan barbaridades. Yo me
-miraría muy bien antes de enemistarme con ellos.
-
-El otro seguía meditando.
-
-—Yo se lo digo a usted con franqueza —continuó Regato animándose
-ante la perplejidad del joven—, porque somos amigos, porque tengo
-particulares simpatías con usted, conociendo como conozco sus méritos,
-su buen corazón y mucho entendimiento. Tenga, pues, muy presente mi
-advertencia, pero muy presente. Si se resiste a ayudarme, no salga
-usted solo por las noches, ni vuelva a poner los pies en la asamblea ni
-en sitio alguno donde nos reunamos. Además, los antecedentes políticos
-del caballerito no son tales que pueda estar tranquilo, si alguien se
-propone hacerle daño.
-
-—No creo tener enemigos —dijo casi maquinalmente Salvador.
-
-—Téngalos o no, usted es un hombre que no ha dejado de cometer errores
-en su vida.
-
-Salvador le miró con tristeza.
-
-—Y entre ellos se cuenta —continuó Regato— el haber tenido relaciones
-con Amézaga, el poseedor de los secretos del rey en Valencey.
-
-—¡Yo!... —dijo Monsalud lleno de estupor.
-
-—No me lo negará usted a mí. Amézaga, que se cortó el pescuezo con una
-navaja de afeitar, antes que pudiera retorcérselo el verdugo, concluyó
-como debía concluir. Usted, que le ayudó en la publicidad de los
-célebres secretos, no fue objeto de persecuciones ni aun de sospechas,
-porque supo esconderse; pero ¡ay, insigne joven!, usted no podrá
-librarse de una causa el día en que cualquier mal intencionado quiera
-hacerle daño... Usted tuvo correspondencia con Amézaga...
-
-La cara atónita de Monsalud estaba diciendo: «Es verdad.»
-
-—Amézaga le escribió a usted varias cartas que le comprometen, pero de
-una manera... La causa está abierta. Ya sabemos que este es uno de los
-asuntos en que Su Majestad no perdona. Se trata de sus chicoleos en
-Valencey, de sus diabluras con los Bonapartes... en fin, ello es grave,
-y no hay gobierno, por patriotero que sea, que no apoye a nuestro rey.
-
-—Eso es historia antigua —dijo Salvador con desdén.
-
-—Antigua, sí: yo no he visto las cartas de Amézaga dándole
-instrucciones a usted y a otros conspiradores para publicar las
-aventurillas de Su Majestad; pero el amigo mío que las posee, me ha
-dicho que son terribles. Con la mitad de aquello se sube al cadalso en
-todos tiempos.
-
-Salvador sentía viva agitación.
-
-—El año 19, usted conspiraba; usted se vio obligado a esconderse hoy
-aquí, mañana allí, para burlar a la policía. En una de estas mudanzas
-un amigo mío se apoderó de un paquete de cartas que tenía mi señor
-don Salvador en la gaveta de su mesa. Según me ha dicho, las había
-políticas, amorosas, familiares, de todas clases.
-
-—Es verdad que perdí unas cartas; ¿pero qué...?
-
-—Que el poseedor de ellas las guarda como oro en paño. Ni siquiera a mí
-me las ha querido mostrar. ¿Sabe usted quién es? Alonso Sánchez, que
-fue de la policía, y ahora está cesante, y como cesante, desesperado.
-Posee una admirable colección de papeles curiosos... Es amigo mío, muy
-amigo mío.
-
-Monsalud no contestó. Regato, al decir lo que antecede, apretó el
-brazo contra su cuerpo, complaciéndose en sentir bajo el uniforme
-el contacto de un objeto semejante en tamaño y dureza a un paquete
-de papeles. Había mentido como un bellaco. Las cartas firmadas por
-Amézaga y dirigidas a Monsalud en julio del 14 las tenía él, juntamente
-con otras de dudoso valor político, por ser esquelas de amores o de
-familia. Habíalas recibido del agente de policía, y las guardaba, como
-otros muchos tesoros epistolares, esperando que llegase la ocasión de
-utilizarlas. El astuto intrigante daba gran importancia a todo papel
-que en su mano por cualquier evento caía, y los tenía clasificados
-por autores con una escrupulosidad cariñosa, semejante al celo de los
-anticuarios y bibliófilos.
-
-Aquella mañana, antes de dirigirse a la cárcel de la Corona, abrió una
-arqueta que encerraba numerosos legajos, parecidos a expedientes, y
-después de recorrerlos brevemente con la vista, sacó uno que decía:
-_Amézaga, Salvador Monsalud_. Guardolo en un profundo bolsillo interior
-con que había dotado a su casaca de miliciano, para que el uniforme,
-según decía festivamente, no fuera prenda inútil.
-
-—Señor Regato —dijo Monsalud—, todo eso de los papeles de Amézaga me
-tiene sin cuidado en lo referente a lo que usted me propone hoy. Pero
-me gustaría recobrarlos, ¿por qué he de decir otra cosa?
-
-«¡Bribón! —dijo Regato para sí, oprimiendo dulcemente el bulto de
-papel—. Como no cedas ni a las onzas ni a las amenazas, te venceré con
-esto.»
-
-
-
-
-XXV
-
-
-Ninguna importancia dio Monsalud a tal incidente. Fijábase ante todo en
-la amenaza de concitar contra él el odio de los Pelumbres y comparsa.
-Esto le pareció un verdadero percance, por ser Regato omnipotente en
-tal especie de guerra. Considerando la maldad de aquel hombre, vio un
-peligro real y cercano, y comprendió que no eran palabras vanas las
-referentes a la brutalidad vengativa de los amigos del agente de Su
-Majestad. Su mente se llenó de las ideas evocadas por el peligro, y
-pensó en los medios de librarse del que con una mano ofrecía oro y con
-otra porrazos.
-
-«Este tunante —pensó Monsalud— no me perdonará. No soy quien soy, si
-dejo a este reptil en disposición de morderme.»
-
-Cuando esta idea cruzó por su mente, tuvo otra felicísima: seguir
-aparentando perplejidad para que Regato le creyese inclinado a una
-inteligencia.
-
-«Mucho lo piensa —dijo para sí don José Manuel—. Su indecisión es buena
-señal. No se enfurece, no grita, no dice una palabra de su honor.
-Sacaré el dinero para que viéndole... pues...»
-
-—Déjeme usted pensar un rato lo que debo hacer —indicó Monsalud.
-
-Conservando una seriedad ficticia, Regato empezó a contar dinero sobre
-la mesa.
-
-—No se trata de ningún desafuero —dijo—, sino de un servicio. Mi objeto
-solo es que Vinuesa no muera, y que la irritación del pueblo pase sobre
-él como pasan las olas por encima de una roca sin conmoverla. Si el
-pueblo registra demasiado los calabozos y quiere hacer alguna atrocidad
-en cabeza absolutista, lo más acertado me parece sacar a Vinuesa de su
-encierro, esconderle en las buhardillas... y nada más. El Alcaide es un
-borracho y un fanático. No me atrevo a hablarle, porque estamos reñidos
-desde hace tiempo. Ni él me traga a mí ni yo a él, ¿entiende usted?
-Va para un año que no pongo los pies en esta casa y a nadie conozco
-en ella. Pero usted puede hacerlo todo. Los milicianos que están de
-guardia no es fácil que se enteren.
-
-—¡Oh!, sí, es muy fácil —dijo Monsalud.
-
-«Pide mucho —pensó Regato—, habrá que hacer un sacrificio mayor.»
-
-«¡Ah!, tunante —pensó Monsalud mirándole fijamente, pero sin dejar
-conocer su idea—: tú has creído jugar conmigo, y yo, aunque no soy
-agente de Su Majestad, ni dispongo de fuerza alguna, ni de grandes
-caudales, te voy a sentar la mano de tal modo que has de acordarte de
-mí toda tu vida.»
-
-La sonrisa del triunfo presente o anunciado por el corazón, alteró el
-semblante pálido y serio de Salvador; pero Regato, sin advertir nada,
-continuaba manoseando las peluconas.
-
-«Te juro, miserable —prosiguió Monsalud, pensándolo—, que el lazo que
-voy a armarte y en el cual vas a caer como un pajarillo inocente, se
-deja atrás a tus diabólicos ardides. Cuenta, cuenta dinerito.»
-
-—¿Lo ha pensado usted? —preguntó Regato.
-
-—Hombre, sí que lo he pensado... ¡Qué demonios! Este es un país donde
-las personas honradas no pueden conservar su honradez. No hay medio de
-vivir: todo cuesta un ojo de la cara.
-
-«Tiene apuros... —pensó Regato—. Cayó. La historia de siempre.»
-
-—Por el momento —dijo Salvador—, guarde usted ese dinero. Puede pasar
-alguien, oír su sonido seductor, y entonces... las sospechas...
-
-—Está bien, muy bien —manifestó el comunero miliciano encerrando las
-onzas en el cinto.
-
-—Y ahora discurramos lo que se ha de hacer.
-
-—Es muy sencillo: sacarle del calabozo sin que lo vea nadie, y subirle
-a las buhardillas. Salga usted a ver si ya el señor Alcaide está
-durmiendo la mona. A los demás empleados de la cárcel se les puede dar
-algo... Eso a juicio de usted.
-
-Monsalud empezó a dar pasos por la habitación. El plan que rápidamente
-había concebido para dar una severa lección y un castigo muy duro al
-agente, presentósele muy difícil de realizar.
-
-«Atarle aquí, ponerle una mordaza y subirle a las buhardillas —pensó—
-es muy aventurado. Gritará... Da la maldita casualidad de que no hay un
-solo calabozo vacío. ¿Pero no habrá algún calabozo vacío?... El 17 se
-ocupó ayer... el 14 no se desocupará hasta mañana.»
-
-Siguió meditando.
-
-—No debemos perder tiempo —dijo súbitamente Regato—. Entremos ambos
-en el encierro de Vinuesa. Son las tres y media. El Alcaide duerme
-la siesta. Hable usted con los calaboceros que puedan estorbar. Los
-milicianos están en el cuerpo de guardia, y si hay algunos en el patio,
-les convidaremos a café. Mande usted traer copas y café, diciéndoles
-que es hoy su cumpleaños.
-
-Monsalud se echó a reír.
-
-«No está mal cumpleaños el que a ti te espera», pensó.
-
-Ya tenía un nuevo plan.
-
-—Espéreme usted aquí —dijo—. Voy a dar una vuelta por la cárcel. Veré
-si duerme el Alcaide; diré dos palabras a los calaboceros, aunque se
-me figura que no serán necesarias tantas precauciones. La prisión de
-Vinuesa está bajo la escalera, y no será preciso pasarle por el patio,
-¿entiende usted?
-
-—Entiendo... ¡Oh, las cosas se presentan bien! —dijo Regato—. En fin,
-vaya usted... No olvidarse de las copas. Con los milicianos no se puede
-contar sino engañándoles, lo cual es facilísimo. Dígales usted que se
-han recibido noticias de que viene Riego con su ejército, con veinte
-ejércitos como los de Jerjes a conquistar a Madrid. Yo no bajo, porque
-se me pegarían, no me dejarían respirar.
-
-Monsalud salió de la pieza, recorrió la cárcel, habló brevemente con el
-Alcaide, que en aquel momento se disponía a dormir la siesta. Este,
-recomendándole mucha vigilancia, le dijo:
-
-—Me parece que no tendremos la jarana que se anunció. Alarmas,
-invenciones de los desocupados. No se ha visto hasta ahora un solo
-grupo sospechoso en toda la calle, y me parece que tendremos un día
-tranquilo. Además, la Milicia no toleraría ningún desmán. Está decidida
-a que nadie traspase el umbral de la cárcel.
-
-Pasado algún tiempo desde que el Alcaide se encerró en su cuarto,
-convidó Salvador a los milicianos, siguiendo las advertencias de
-su sobornador, y dio luego varias órdenes a los dos calaboceros
-que estaban a la sazón en la casa, enviándoles a puntos de donde
-no pudiesen volver antes de un cuarto de hora. Con estas ligeras
-precauciones había seguridad completa, como ahora mismo se verá.
-
-Bajo la escalera de la cárcel, en el oscuro hueco que formaba el
-primer tramo, había una puertecilla poco visible. Era la puerta del
-calabozo en que estaba Gil de la Cuadra, la única prisión en la cual se
-podía entrar sin atravesar el patio y las crujías bajas del edificio.
-Monsalud tomó un pedazo de tiza y en la puertecilla dibujó groseramente
-una horca con su correspondiente ahorcado, cuidando de poner debajo:
-_Tamajón_. En seguida subió: de un cuarto oscuro destinado a trastos
-sacó dos objetos que guardó cuidadosamente, dirigiéndose al punto en
-busca de Regato. Momentos después ambos se aproximaban a la puerta del
-calabozo.
-
-—¿Conque aquí está ese desgraciado? —dijo el agente de Su Majestad—.
-
-—Sí, ya veo la célebre horca y los letreros.
-
-Monsalud abrió y entraron. Al principio la oscuridad no les permitió
-ver objeto alguno.
-
-—Señor don Matías —dijo Regato adelantando en las tinieblas.
-
-—¿Quién es? —murmuró Gil de la Cuadra.
-
-—Señor Vinuesa...
-
-Monsalud cerró por dentro.
-
-Pasó un rato antes de que el agente conociese el engaño.
-
-—¿Qué es esto? —gritó—. Engaño, traición... ¡Salvador!
-
-—Engaño, traición —repitió este.
-
-—¡Infame, abre pronto, o te ahogo! —exclamó el gato, ciego de ira y
-amenazando con la crispada zarpa el cuello del joven. Con movimiento
-rápido echó mano a la espada.
-
-Monsalud levantó el brazo derecho y descargó sobre el agente un bofetón
-olímpico, una de esas bofetadas supremas y decisivas, que recuerdan la
-quijada de asno de que Sansón se servía. Regato cayó al suelo. En pocos
-segundos Monsalud le amordazó.
-
-—Ahora —le dijo—, desnúdate..., ¡pronto!
-
-Nunca el agente se había parecido tanto a un gato. Arañó a su enemigo,
-y falto de habla, bufaba sordamente.
-
-—Desnúdate pronto, o te aplasto, reptil. Necesito tu uniforme de
-miliciano.
-
-Gil de la Cuadra miraba con estupor la singular escena.
-
-—Necesito tu uniforme.
-
-Monsalud tiraba de las mangas, desabrochaba los botones. En poco tiempo
-el morrión, los pantalones, la casaca y la espada de Regato, fueron
-arrojadas al rincón opuesto. Inmediatamente el joven sacó una larga
-cuerda, y con mucho trabajo, porque el gato se defendía rabiosamente,
-le ató con tal fuerza que no podía moverse. Las argollas que había en
-la pared de la prisión le sirvieron para sujetar al nuevo preso, que
-hubo de quedar adherido, clavado al muro como un murciélago.
-
-—Señor Gil —dijo Monsalud imperiosamente—, póngase usted ese vestido de
-miliciano. Pronto será de noche. ¡A la calle!
-
-Gil de la Cuadra no apartaba los ojos del triste espectáculo que tenía
-delante.
-
-—Pronto... ¡el uniforme! —repitió Monsalud—. Saldrá usted ahora y le
-ocultaré en mi cuarto hasta que sea de noche. ¡Pronto!
-
-Gil de la Cuadra obedeció, y en silencio empezó a vestirse.
-
-Pausa; silencio profundo. Sintiose luego un rumor que crecía, crecía, y
-de rumor se trocó en mugido sordo, confusas palabras de gente, gritos,
-pasos, puertas que se cerraban. Sonaron varios tiros.
-
-Monsalud, después de asegurar con toda su fuerza la cuerda que ataba a
-Regato, salió lleno de zozobra del encierro.
-
-
-
-
-XXVI
-
-
-Casi al filo de mediodía, una horda de caníbales se reunía en la Puerta
-del Sol, mejor dicho, se diseminaba, marchándose cada animal por su
-lado, después de acordar juntarse por la tarde en el mismo sitio.
-Así lo hicieron, y las autoridades miraban aquello como se mira una
-fiesta. Pasadas las cuatro, los grupos volvieron a invadir la Puerta
-del Sol. Había en ellos una frialdad solemne y lúgubre, como de quien
-no fía nada al acaso ni a la pasión, sino al cálculo y a la consigna.
-La autoridad seguía no viendo nada, o negligente o cómplice o imbécil,
-que las tres cosas pueden ser. Los grupos susurraban, y por un momento
-vacilaron; al cabo de cierto tiempo dirigiéronse por la calle de
-Carretas, y las de Barrionuevo y la Merced, a la cárcel de la Corona.
-Llenose la calle de la Cabeza en su mayor parte. Destacábase al frente
-de uno de los grupos el ciudadano Pelumbres, arengando como una bestia
-que hubiese aprendido, durante corto tiempo y por arte milagroso, el
-lenguaje de los hombres. Casi todos llevaban armas, menos él.
-
-Considerando que su persona no estaba completa, pidió una navaja; mas
-como nadie se hallase dispuesto a tal generosidad, dirigió su mirada
-de buitre a todas partes. Hacia la calle de San Pedro Mártir construían
-una casa. Pelumbres se acercó a la empalizada: vio algunas piedras de
-granito a medio labrar, y encima de ellas un gran martillo.
-
-—Para el sastre la aguja —dijo—, la lezna para el zapatero, el cuerno
-para el toro, y para el herrero el martillo.
-
-Cuando se dirigió con su arma al hombro a la esquina de la calle de
-Lavapiés, sus compañeros rompían a hachazos la puerta de la cárcel.
-Los milicianos, no queriendo sostener una lucha contraria al progreso,
-según su criterio, ni tampoco entregarse sin resistencia, habían
-asegurado la puerta con un solo cerrojo, y en el zaguán se disponían
-intrépidos a descargar sus armas... al aire.
-
-La puerta no se resistió mucho. Lo que empezaron los hachazos, dos
-docenas de coces lo concluyeron. Disparáronse al aire varios fusiles
-de milicianos; la turba penetró en el patio de la cárcel, rápida como
-un brazo de agua, rugiente y soez. Hay un grado de ferocidad que la
-Naturaleza no presenta en ninguna especie de animales: solo se ve
-en el hombre, único ser capaz de reunir a la barbarie del hecho las
-ignominias y brutalidades de la palabra. Viendo a los hombres en
-ciertas ocasiones de delirio, no se puede menos de considerar a la
-hiena como un noble animal.
-
-El calabozo de Vinuesa era bastante conocido de casi todos los que
-entraron. Cómo lo abrieron no se sabe. La turba que en la calle era
-gruesa, se afiló para entrar en la cárcel. Para penetrar por una
-puertecilla estrecha tuvo que aguzarse más. Parecía una serpiente
-de largo cuerpo y cabeza estrecha, introduciendo su boca por una
-hendidura. El cuerpo se agrandaba en el patio; enroscándose, salía a
-la calle, daba varias vueltas por las inmediatas, y la cola, parte en
-extremo sensible y movible, culebreaba en la plazoleta de Relatores.
-La cola se componía de mujeres. Cuando Vinuesa vio que entraban en
-su calabozo aquellos hombres terribles, comprendió que su fin era
-inminente. Poniéndose de rodillas y cruzando las manos, gritó:
-
-—¡Perdón, perdón!
-
-El calabozo retumbaba con las imprecaciones. Viose en el aire un
-círculo rápido, espantoso, trazado por un pedazo de hierro adherido al
-extremo de un palo, que blandían manos vigorosas. El martillo describió
-primero un círculo en vano, después otro... y la cabeza del infeliz reo
-recibió el mortal golpe. Siguiole otro no menos fuerte, y después diez
-navajas se cebaron en el cuerpo palpitante.
-
- * * * * *
-
-Lavaban los asesinos el martillo en la fuente de la calle de Relatores,
-cuando el gobierno resolvió desplegar la mayor energía. ¡Qué sería de
-esta nación si la Providencia no le deparase en ocasiones críticas el
-tulelar beneficio de un gobierno! La noticia del crimen corrió por
-Madrid, y la Villa, que es y ha sido siempre una villa honrada, se
-estremeció de espanto y piedad. El gobierno se estremecía también, y
-declaraba con patriótico celo que no descansaría hasta castigar a
-los culpables. Para que nadie tuviera duda de su gran entendimiento y
-perspicacia política, mandó que inmediatamente se pusiera fuerza del
-Ejército en el edificio, y por si alguien tenía dudas todavía de su
-diligente y paternal actividad, ordenó que al instante y sin pérdida
-de momento, _se instruyesen las oportunas diligencias_. Quejarse de un
-gobierno así es quejarse de vicio.
-
-
-
-
-XXVII
-
-
-Cuando Gil de la Cuadra y Regato se quedaron solos, siguieron oyendo
-aquel rumor de voces que resonaba en el patio de la cárcel. Durante
-más de un cuarto de hora el estrépito fue grande. Gil de la Cuadra,
-comprendiendo que el populacho había invadido el edificio, se puso de
-rodillas y, cruzando las manos, rezó en voz alta.
-
-El otro desgraciado se hinchaba y gruñía. De su rostro congestionado
-afluía copioso sudor. Trataba de romper sus ligaduras y de escupir
-su mordaza; pero unas y otra habían sido puestas por buena mano. Por
-último, tras repetidos esfuerzos, de su boca pudo salir una voz, más
-que voz, silbido, que decía:
-
-—¡Piedad, piedad!
-
-Gil de la Cuadra se acercó a él y limpiole el sudor de la frente.
-Las miradas de Regato eran tan expresivas pidiendo compasión; las
-contracciones de su cara tan violentas, que el primer preso no pudo
-resistir el estímulo de sus sentimientos compasivos, y le quitó la
-mordaza.
-
-—¡Ah... gracias, gracias! —exclamó el agente de Su Majestad aspirando
-con delicia el aire fétido de la prisión—. Aire, aire... me ahogo aquí.
-
-—Pero con esto concluyen mis complacencias —dijo Cuadra—. No le quitaré
-a usted la cuerda, eso no.
-
-—Toque usted mi cintura —murmuró Regato—. ¿Qué suena en ese cinto?
-Dinero. Todo eso por la libertad... pero suélteme usted.
-
-—No puedo.
-
-—¡Y el populacho ha entrado en la cárcel! ¿Ha sentido usted, señor Gil?
-
-—Sí; me pareció que entraba en el patio una ola del mar... Ahora parece
-que ha cesado el rumor. Se alejan.
-
-—Se alejan, sí. Pero aún se sienten voces. Ese malvado volverá a entrar
-aquí... ¡Favor, pueblo!... ¡Pueblo mío, favor!
-
-Los gritos de Regato no traspasaban los muros de la prisión.
-
-—Señor Gil —gritó con acento de desesperación—: saque usted mi espada y
-máteme. Un hombre de mi temple no puede soportar este suplicio.
-
-—Calma, calma, señor don José Manuel —dijo Cuadra poniendo la mano
-sobre la cabeza del agente—. Yo suplicaré a mi amigo que no le haga a
-usted daño alguno... Pero, tarda, tarda.
-
-—¡Su amigo! ¿Pues no tiene la vileza de llamarle su amigo? —dijo Regato
-poniéndose tan encendido como cuando tenía la mordaza.
-
-—Mi amigo, mi protector, mi salvador..., pues si él no existiera, ¿qué
-sería de mí?... Pero tarda, ¿no es verdad que tarda?
-
-—¡Estúpido viejo! —gritó Regato fuera de sí—, ten vergüenza, y córtate
-la mano antes que estrechar con ella la de ese hombre...
-
-—¡Yo!... En mi corazón no existe ya ni puede existir el odio. Y si
-existiera, para ese hombre no tendría sino amor, una admiración
-respetuosa, un afecto paternal.
-
-—Es verdad que hay cariños muy singulares —dijo Regato sonriendo con
-infernal malicia—. Yo conocí a un sujeto que sacaba a paseo, llevándole
-a cuestas, al cortejo de su mujer.
-
-Gil de la Cuadra creyó que Regato sufría enajenación mental. Compasivo
-se acercó a él.
-
-—Vendrá pronto —le dijo—. Yo intercederé por usted... pero tarda, ¿no
-es verdad que tarda? Ahora apenas se oye ruido.
-
-—Intercederá usted —añadió Regato con afán de perversidad—. Y si él le
-pide algo en cambio, le dará usted su mujer... no, porque murió; pero
-aún tiene usted una hija. Sin embargo, como él la tiene en su casa, se
-habrá cobrado por adelantado.
-
-—Señor Regato —dijo Cuadra con severidad—, el lenguaje de usted es
-propio de un loco.
-
-—¡Imbécil, imbécil! El de usted es propio de un ciego... ¡Pobre doña
-Pepita! Era una excelente señora, y tan guapa... Seguramente, si no
-hubiera dado con un esposo tan crédulo como usted...
-
-—Señor Regato —ordenó Cuadra con enojo—, le digo a usted que se calle.
-
-—No digo más sino que aquella señora era una buena pieza.
-
-—La desastrosa situación de usted me impide contestar a esa insolencia
-como se merece.
-
-—¿De veras cree usted que la hermosa dama era un modelo de virtudes?
-
-—Sí, canalla: sí lo creo —gritó trémulo de ira Gil de la Cuadra,
-buscando con vacilante mano la espada.
-
-—Pues mis noticias son que pecó varias veces. Dígalo Salvador Monsalud
-que fue su cortejo... ¡Oh, Dios mío! Estoy preso, estoy atado... Pero
-en mi horrible situación me das armas; me das este veneno que escupo y
-con el cual mato.
-
-—¡Miserable!...
-
-Gil de la Cuadra corrió hacia él y le oprimió el cuello.
-
-—Ahógame, necio —gruñó Regato—, ahógame. Mi último suspiro será para
-echarte en cara tu vilipendio. Ese hombre, ese amigo mío...
-
-—¡Qué dices!...
-
-—Te burló, te burló. En Francia, todos los españoles lo sabían menos
-tú...
-
-Gil de la Cuadra vacilaba. Una idea cruzó como un relámpago por su
-cerebro; una idea confusamente mezclada con recuerdos, palabras,
-coincidencias, detalles.
-
-—El majadero no lo cree —dijo Regato, ya libre de las manos que le
-apretaban el cuello—. Voy a darle pruebas para que calle.
-
-—¡Pruebas! Está loco. Cállese usted. Esto es una farsa... ¡Pero ese
-hombre no viene, Santo Dios!
-
-—Pruebas, sí. Ponga usted la mano sobre el costado derecho, en la
-pechera del uniforme mío que tiene puesto. ¿Qué hay en ese bolsillo?
-
-—Un bulto, una cartera.
-
-—Un paquete. Sáquelo usted.
-
-—Ya está. Cartas...
-
-—Lea usted...
-
-—¿Qué es esto? Una carta firmada _Amézaga_.
-
-—Siga, hojee usted ese precioso libro. Tras esa joya vendrá otra.
-
-Gil de la Cuadra, acercándose al ventanillo por donde entraba una débil
-luz, recorría una tras otra con ardiente curiosidad las cartas.
-
-—A prisa, a prisa. Pase usted todas las primeras. ¿Qué viene ahora?
-
-—Una lista con varios nombres.
-
-—Adelante... ¿Y ahora?
-
-—Una...
-
-Gil de la Cuadra calló de improviso. El corazón saltole en el pecho.
-Quedose frío, mudo, atónito, lleno de espanto, como el que se ve en el
-borde del abismo y comprende con veloz juicio que no hay más remedio
-que caer.
-
-—¡Ah! —dijo Regato—. El imbécil ha puesto al fin la mano sobre
-el delito de su esposa. Es tan bruto que necesita tocarlo para
-comprenderlo.
-
-Gil de la Cuadra seguía leyendo.
-
-—¿Qué dice la carta? —añadió el agente—. Tras esa vienen otras muchas.
-Yo he pasado buenos ratos leyéndolas. ¡Cómo palpita en ellas la pasión!
-¡Qué ardor, qué ternura! Y los dos amantes disimulaban bien... ¡Cuántas
-precauciones para engañar al bobillo! Se encuentran en esas cartas
-traiciones inauditas, alevosías de él y de ella. La señora parecía más
-apasionada que... nuestro amigo.
-
-Gil de la Cuadra seguía leyendo. De repente se desplomó. Un ay de
-dolor, exclamación aguda y penetrante, parecida a las que exhalan los
-que sufren repentina muerte, salió de sus labios. Cayó al suelo. Su
-mano estrujaba un papel.
-
-—El incrédulo parece convencido... ¡Menguado viejo, ahí tienes a
-tu Providencia, ahí tienes a tu Salvador, ahí tienes a tu amigo
-querido!... ¡Le has entregado a tu hija!
-
-Cuando esta última palabra resonó en la prisión, estremeciose el cuerpo
-del anciano herido en su alma. Irguiendo la cabeza, abrió los ojos,
-diose furibundo golpe en la frente con la palma de la mano, y repitió:
-
-—¡Mi hija!
-
-Un instante después Gil de la Cuadra estaba sentado en el suelo, los
-ojos fijos, el cuerpo encorvado, los labios entreabiertos, atónito,
-lelo...
-
-Abriose la puerta. Monsalud entró.
-
-
-
-
-XXVIII
-
-
-—Vamos, señor Gil —dijo—. Vamos al punto.
-
-Nadie contestó. Monsalud aguardó un instante. Traía una luz.
-
-—¡Ah! —exclamó viendo que Regato continuaba en su sitio—. ¡Tunante!
-Pasarás aquí la noche, hasta que haya un alma compasiva que te saque.
-Han asesinado a Vinuesa. Dicen que habrá esta noche nueva visita a los
-calabozos.
-
-Regato no contestó nada. Salvador se dirigió a Gil de la Cuadra.
-
-—Vamos —le dijo—. ¿Por qué se arroja usted al suelo en el momento de
-salir?
-
-Extendió el brazo para alzarle; pero el anciano, rechazándolo con
-fuerza, se levantó solo.
-
-—Vamos fuera —repitió Monsalud—. Llegó el momento... ¡Libertad!...
-
-—De ti, de tu mano —exclamó Gil de la Cuadra con profunda ira—, no la
-quiero.
-
-Salvador, estupefacto y espantado, no supo qué decir.
-
-—Vamos...
-
-—No quiero.
-
-—Salgamos.
-
-—¡Contigo, jamás!
-
-—¿Qué dice usted?... ¡Amigo..., por favor!
-
-—Miserable, apártate de mí —gritó Cuadra dirigiendo a su libertador una
-mirada de profundo desprecio—. Me manchas, me ofendes, me repugnas.
-
-—¡Qué locura! Vamos pronto —dijo Salvador tomándole por un brazo—.
-Piense usted en su hija, que espera.
-
-—¡Mi hija, mi pobre Sola! —exclamó el anciano cubriendo con ambas manos
-su rostro.
-
-Este recuerdo y las ideas que evocó, produjeron conmoción profunda en
-su ánimo. De súbito el instinto de libertad surgió poderoso en su alma.
-Corriendo hacia la puerta, salió. Monsalud fue tras él.
-
-—Déjame, no me toques... ¡Te desprecio, te aborrezco, me causas horror!
-
-Salvador se detuvo. Su conciencia había dado un grito espantoso.
-
-—No me has salvado, no me has salvado, no; es mentira —añadió Gil de la
-Cuadra—. Tuya no puede ser esta buena acción. Déjame, déjame. No quiero
-verte más.
-
-Hallábanse en el patio de la cárcel. Era el momento en que los soldados
-enviados por el gobierno ocupaban el edificio, arrojando de allí a los
-milicianos.
-
-Gil de la Cuadra, huyendo de Monsalud que corría tras él, cayó al
-suelo. Acercose un soldado, y golpeando con el pie a Gil de la Cuadra,
-dijo:
-
-—Un miliciano borracho. A la calle pronto.
-
-El anciano no podía moverse. Monsalud, tomándolo en brazos, le sacó
-fuera de la cárcel.
-
-—¡Déjame, déjame, maldito!
-
-Quiso andar, quiso huir; pero le faltaban las fuerzas. Monsalud le
-sostenía, y así llegaron hasta la plazuela de Lavapiés, donde aguardaba
-un coche. Cargando de nuevo al anciano, Salvador lo entró en él. Solita
-le recibió en sus brazos.
-
-—Entra tú también, hermano.
-
-Gil de la Cuadra había perdido el conocimiento; pero seguía diciendo:
-
-—¡Maldito, maldito...!
-
-—Yo no —repuso Salvador—. Adiós, hermana. Ya sabes dónde has de ir.
-
-—Pero tú...
-
-—Te digo que no; adiós. Jamás volveremos a vernos... Adiós.
-
-Cuando el coche partió hacia las afueras de Madrid, Monsalud dirigiose
-hacia el interior de la villa. Más de una vez se detuvo ante cualquier
-esquina en la actitud desesperada de un hombre que ha decidido
-estrellarse la cabeza contra las paredes. Andaba sin dirección fija y
-pasaba de una calle a otra. En una de las vueltas estuvo a punto de
-ser atropellado por una carroza que entraba en el ancho pórtico de
-histórico palacio. Era la carroza del marqués de Falfán de los Godos, y
-conducía a los que ya eran marido y mujer. En la frente de esta no se
-había secado aún el agua bendita que tomó al salir de la parroquia.
-
- Madrid, junio de 1876.
-
-
-FIN DE «EL GRANDE ORIENTE»
-
-
-*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL GRANDE ORIENTE ***
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- El Grande Oriente | Project Gutenberg
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-<div lang='en' xml:lang='en'>
-<p style='text-align:center; font-size:1.2em; font-weight:bold'>The Project Gutenberg eBook of <span lang='es' xml:lang='es'>El Grande Oriente</span>, by Benito Pérez Galdós</p>
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online
-at <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you
-are not located in the United States, you will have to check the laws of the
-country where you are located before using this eBook.
-</div>
-</div>
-
-<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Title: <span lang='es' xml:lang='es'>El Grande Oriente</span></p>
-<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Author: Benito Pérez Galdós</p>
-<p style='display:block; text-indent:0; margin:1em 0'>Release Date: July 22, 2023 [eBook #71250]</p>
-<p style='display:block; text-indent:0; margin:1em 0'>Language: Spanish</p>
- <p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em; text-align:left'>Credits: Ramón Pajares Box. (This file was produced from images generously made available by The Internet Archive/Canadian Libraries.)</p>
-<div style='margin-top:2em; margin-bottom:4em'>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK <span lang='es' xml:lang='es'>EL GRANDE ORIENTE</span> ***</div>
-
-<div class="front">
- <hr class="full">
- <p class="rol">Índice:</p>
- <p class="txt">
- <a href="#Ch1">I</a>,&nbsp;
- <a href="#Ch2">II</a>,&nbsp;
- <a href="#Ch3">III</a>,&nbsp;
- <a href="#Ch4">IV</a>,&nbsp;
- <a href="#Ch5">V</a>,&nbsp;
- <a href="#Ch6">VI</a>,&nbsp;
- <a href="#Ch7">VII</a>,&nbsp;
- <a href="#Ch8">VIII</a>,&nbsp;
- <a href="#Ch9">IX</a>,&nbsp;
- <a href="#Ch10">X</a>,&nbsp;
- <a href="#Ch11">XI</a>,&nbsp;
- <a href="#Ch12">XII</a>,&nbsp;
- <a href="#Ch13">XIII</a>,&nbsp;
- <a href="#Ch14">XIV</a>,&nbsp;
- <a href="#Ch15">XV</a>,&nbsp;
- <a href="#Ch16">XVI</a>,&nbsp;
- <a href="#Ch17">XVII</a>,&nbsp;
- <a href="#Ch18">XVIII</a>,&nbsp;
- <a href="#Ch19">XIX</a>,&nbsp;
- <a href="#Ch20">XX</a>,&nbsp;
- <a href="#Ch21">XXI</a>,&nbsp;
- <a href="#Ch22">XXII</a>,&nbsp;
- <a href="#Ch23">XXIII</a>,&nbsp;
- <a href="#Ch24">XXIV</a>,&nbsp;
- <a href="#Ch25">XXV</a>,&nbsp;
- <a href="#Ch26">XXVI</a>,&nbsp;
- <a href="#Ch27">XXVII</a>,&nbsp;
- <a href="#Ch28">XXVIII</a>.
- </p>
- <h1 class="faux">El Grande Oriente</h1>
-</div>
-
-<div class="transnote" id="tnote">
- <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p>
- <ul>
- <li>Los errores de imprenta han sido corregidos.</li>
-
- <li>La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
- las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.</li>
-
- <li>Las rayas intrapárrafos han sido espaciadas según los modernos usos
- ortotipográficos.</li>
-
- <li>Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final
- del párrafo en que se las llama.</li>
- </ul>
-</div>
-
-
-<div class="screenonly x-ebookmaker-drop">
- <hr class="chap">
- <div class="figcenter">
- <img class="thin"
- style="width: 26em; height: auto;"
- src="images/cover.jpg"
- alt="Cubierta del libro">
- </div>
-</div>
-
-
-<div class="tit pt6">
- <hr class="chap">
- <p><span class="pagenum" id="Page_1">p. 1</span></p>
- <p class="lh150 ws1">EPISODIOS NACIONALES</p>
- <hr class="tir">
- <p class="fs120 lh150 g1 ws1">EL GRANDE ORIENTE</p>
- <hr class="chap">
-</div>
-
-
-<div class="chapter pt6">
- <div class="legal">
- <p><span class="pagenum" id="Page_2">p. 2</span>Es propiedad. Queda
- hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que
- no lleven el sello del autor.</p>
- </div>
-
- <p class="pie_imp">Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33.</p>
-
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="tit">
- <p><span class="pagenum" id="Page_3">p. 3</span></p>
- <p class="fs120 lh150 ws1">B. PÉREZ GALDÓS</p>
- <p class="fs140 lh150 ws1">EPISODIOS NACIONALES</p>
- <p class="lh150 ws1">SEGUNDA SERIE</p>
- <hr class="fil">
-
- <p class="fs175 lh150 g0 ws1 mt1">EL</p>
- <p class="fs250 lh150 ws1">GRANDE ORIENTE</p>
-
- <hr class="tir">
- <p class="fs110 negr g0 mt2">35.000</p>
-
- <div class="figcenter mt3">
- <img src="images/logo.jpg"
- style="width: 6em; height: auto;"
- alt="Logotipo del editor">
- </div>
-
- <p class="g0 mt3">MADRID</p>
- <p class="smaller ws1">LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO</p>
- <p class="smaller g0 ws1">Calle del Arenal, núm. 11.</p>
- <p>—</p>
- <p class="negr g0">1908</p>
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_5">p. 5</span></p>
- <p class="centra ws1 fs130">EL GRANDE ORIENTE</p>
- <hr class="tir">
- <h2 class="nobreak">I</h2>
-</div>
-
-<p>Sí; era en la calle de Coloreros, en esa oscura vía que abre
-paso desde la calle Mayor hasta la plazuela y arco de San Ginés. Allí
-era sin duda alguna, y hasta se puede asegurar que en la misma casa
-donde hoy admira el atónito público fabulosa cantidad de pececillos
-de colores dentro de estanques de madera, y muestras preciosas de una
-importantísima industria: las jaulas de grillo. Allí era, sí, y no es
-fácil que ningún contemporáneo lo niegue, como han negado que Francisco
-I estuviese en la torre de los Lujanes, y que Sertorio fundara la
-Universidad de Huesca (que es achaque de los modernos meterse a
-desmentir la tradición). Allí era, sí, en la calle de Coloreros y en la
-casa de los rojos peces y de las jaulas de grillos, donde vivía el gran
-don Patricio Sarmiento.</p>
-
-<p>En lugar de los estanques de madera, vierais, corriendo el año 1821,
-una ventana baja con rejas verdes a la derecha del portal. Aplicad el
-oído, ya que la cortineja de indiana rameada<span class="pagenum"
-id="Page_6">p. 6</span> no permite dirigir hacia dentro la vista, y
-oiréis una voz sonora y grandilocuente, ante cuya majestad las de
-Demóstenes y Mirabeau serían un pregón desacorde. Oíd sin cuidado. Es
-de día. Detiénense los curiosos y atienden todos sin que nadie les
-estorbe.</p>
-
-<p>—Cayo Graco, hijo de Tiberio Sempronio Graco y de Cornelia, era
-liberal, señores; tan liberal, que se rebeló contra el Senado. Decid,
-niño, ¿qué era el Senado en aquella época?</p>
-
-<p>Una voz infantil contesta:</p>
-
-<p>—El Senado era una camarilla de serviles y absolutistas que no iban
-más que a su negocio.</p>
-
-<p>Y la voz grave prosigue así:</p>
-
-<p>—Muy bien... Porque habéis de saber que Cayo Graco fijó el precio
-del trigo para que los pobres tuvieran el pan barato. Como que era un
-hombre que no vivía sino para el pueblo y por el pueblo. Luego les
-probó a los senadores que estaban robando el tesoro del reino... digo,
-de la república. Así es que aquellos tunantes no querían que Cayo Graco
-fuese elegido diputado... Decid, niño, ¿cómo llamaban entonces a los
-diputados de la nación?</p>
-
-<p>—Les llamaban Aglaé, Pasitea y Eufrósina.</p>
-
-<p>—Zopenco, esos son los nombres de las tres Gracias... De rodillas,
-pronto de rodillas... ¡Valiente borriquito tenemos aquí!... Tú,
-Gallipans, responde.</p>
-
-<p>—Les llamaban <i>tribunos de la plebe</i>, y había cuatro órdenes de
-ellos, a saber: el toscano, el jónico, el dórico y el corintio.</p>
-
-<p>—Has empezado como un sabio y concluyes<span class="pagenum"
-id="Page_7">p. 7</span> como una mula. ¿Qué berenjenal es ese que haces
-mezclando a los diputados de Roma con los órdenes de arquitectura?...
-Pues bien, les llamaban <i>tribunos de la plebe</i>. El Senado, aquella
-pandillita de hombres ambiciosos, que acaparaban los destinos gordos,
-las superintendencias, las secretarías y, ¿por qué no decirlo?, los
-ministerios, no querían que Cayo Graco fuese tribuno y estorbaban su
-elección por medio de intriguillas. ¿Qué habían de querer, si en todas
-las sesiones de Cortes les ponía de hoja de perejil? No se mordía la
-lengua el gran patriota, y en plazas y cafés, en el foro y en los
-pórticos de las iglesias, por doquiera, señores, convocaba al pueblo
-para enseñarle las doctrinas constitucionales, y condenar la tiranía y
-los tiranos... Decidme ahora, niño, ¿quién era el cónsul Opimio?</p>
-
-<p>—El cónsul Opimio.</p>
-
-<p>—Muy bien dicho. Un fatuo, un pedante, un cobarde, un servilón,
-una especie de <i>persa</i> que salía siempre a la calle escoltado
-por una cohorte de candiotas, o idiotas que es lo mismo, para que los
-partidarios de Graco no pudieran zurrarle la badana. Decid, niño, ¿cómo
-se llamaba el amigo de Cayo?</p>
-
-<p>Todas las voces infantiles responden a un tiempo.</p>
-
-<p>—Flaco.</p>
-
-<p>—Ese nombre no se os olvida, picarones, porque os hace reír. Muy
-bien. Pues sabed que un día los partidarios de Opimio, después del
-sacrificio, que es, como si dijéramos, al salir de misa de doce,
-insultaron a los de Graco, los<span class="pagenum" id="Page_8">p.
-8</span> cuales asesinaron a un alguacil, macero, lictor o como quiera
-llamársele. Viérais allí, cual encrespadas olas de un mar borrascoso,
-chocar unos y otros, pueblo y tropa, democracia y tiranía, patriotismo
-y servilismo. La sangre corría por las calles de Roma como corre en la
-de Coloreros el agua cuando llueve. Se degollaban unos a otros e iban
-arrojando cabezas al río. Quién gritaba <i>viva la Constitución</i>,
-quién aclamaba a los cónsules diciendo <i>vivan los verdugos</i>, y
-hasta los niños pequeñitos tomaban parte en la encarnizada refriega, no
-de otra manera que los tiernos cachorros del león, cuando se disputan
-un huesecillo para jugar. Retíranse Graco y Flaco... (<i>Risas en el
-menudo auditorio.</i>)</p>
-
-<p>—¡Silencio!... ¿Qué importuno y discorde reír es ese? Retíranse
-Graco y Flaco; van en busca de Rufo... (<i>Nuevas risas.</i>)</p>
-
-<p>—Silencio, digo... o ninguno sale hoy de aquí. ¿Qué risas son
-esas? Periquito, Chatillo, Roque... ¿no os da vergüenza de profanar
-este augusto recinto con vuestras ridículas bufonadas?... Orden,
-compostura, atención, silencio... Pues decía que se retiraron todos
-al monte Aventino, que era un monte, pues... un monte que se llamaba
-Aventino. Pero, ¡ay!, los cónsules los cercan; envían numerosa y
-aguerrida tropa para que a cañonazos los destruyan allí, y tienen que
-marcharse, señores, al otro lado del Manzanares, o sea el Tíber, que
-todo viene a ser lo mismo; a un sitio que bien podría nominarse la
-Fuente de la Teja, y que estaba consagrado a las Furias, o si se quiere
-con más<span class="pagenum" id="Page_9">p. 9</span> propiedad, a
-los demonios. Los partidarios de Graco empiezan a desertar porque el
-gobierno les ofrece destinos y dinero. ¡Perfidia inaudita, escandalosa
-traición que no volverá a pasar, yo os lo juro!... Al mismo tiempo,
-Opimio y sus infames cómplices ofrecen pagar a peso de oro la cabeza
-del gran tribuno. Este se ve perdido. Dice a su esclavo Filócrates que
-lo mate. Filócrates vacila... ¡momento de angustia y dolor supremo!
-Los sicarios llegan; los serviles se acercan rugiendo, cual manada
-de famélicos lobos. Consérvase sereno y tranquilo Cayo. La fuga le
-es imposible. Suplica a su esclavo por segunda vez que le dé muerte.
-Este obedece. Hiérese él mismo con el estilete, que era una pluma de
-las que empleaba aquella gente para escribir sobre papel de cera, y
-cae, bañando el suelo con su sangre preciosa. Los del cónsul llegan,
-córtanle la cabeza y van con ella a pedir el vil premio de su hazaña.
-Decidme, niño, ¿de qué materia llenaron la cavidad cerebral de la
-patriótica cabeza para que pesara más y aumentase el valor de tan
-cruento trofeo?</p>
-
-<p>Todas las voces a un tiempo:</p>
-
-<p>—De plomo.</p>
-
-<p>—Perfectamente. Y pesó diecisiete libras. Ahora... basta de historia
-romana, y pasemos a la retórica. Ea, niños: divídanse los dos bandos.
-Roma a la izquierda, Cartago a la derecha. Veremos quién ciñe el lauro
-de la victoria, y quién muerde el polvo en esta honrosa lid de la
-retórica.</p>
-
-<p>Gran tumulto. Corren unos a este lado,<span class="pagenum"
-id="Page_10">p. 10</span> otros al contrario, y agrúpanse en dos
-bandos al pie de los estandartes españoles con sendos cartelillos,
-en uno de los cuales se lee <i>Roma</i> y en otro <i>Cartago</i>.
-Susurro murmurante, parecido al de las colmenas, precede a las primeras
-preguntas. Los combatientes esperan con ansia el encuentro inicial, y
-los juveniles corazones palpitan, vacilando entre el miedo y un honroso
-tesón.</p>
-
-<p>—Veamos... Comience este pindárico certamen por una proposición
-máxima. Decid, niño, ¿de cuántas clases son los pensamientos?</p>
-
-<p>—De dos: claros y oscuros.</p>
-
-<p>—Bien por Cartago. A ver, responda ahora la gran Roma. ¿Qué son
-pensamientos claros?</p>
-
-<p>No se había pronunciado aún la respuesta, cuando oyose gran tumulto
-en la calle, y una voz gritó en la reja:</p>
-
-<p>—¡Hoy no hay escuela!</p>
-
-<p>Y esta voz se confundió con alaridos de la bulliciosa turba, que
-corriendo decía:</p>
-
-<p>—¡A Palacio, a Palacio!</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch2">
- <h2 class="nobreak g0">II</h2>
-</div>
-
-<p>La escuela quedó en un instante vacía, y don Patricio Sarmiento
-salió a la puerta de la calle. Sesenta años muy cumplidos; alta y no
-muy gallarda estatura; ojos grandes y vivos; morena y arrugada tez,
-de color de puchero alcorconiano y con más dobleces que pellejo<span
-class="pagenum" id="Page_11">p. 11</span> de fuelle; pero blanco y
-fuerte, con rizados copetes en ambas sienes, uno de los cuales servía
-para sostener la pluma de escribir sobre la oreja izquierda; boca
-sonriente, hendida a lo Voltaire, con más pliegues que dientes, y
-menos pliegues que palabras; barba rapada de semana en semana, monda o
-peluda, según que era lunes o sábado; quijada tan huesosa y cortante
-que habría servido para matar filisteos, y que tenía por compañero
-y vecino a un corbatín negro, durísimo y rancio, donde se encajaba
-aquella como la flor en el pedúnculo; un gorrete, de quien no se podía
-decir que fue encarnado, si bien conservaba históricos vestigios de
-este color, la cual prenda no se separaba jamás de la cúspide capital
-del maestro; luenga casaca castaña, aunque algunos la creyeran nuez por
-lo descolorida y arrugada; chaleco de provocativo color amarillo, con
-ramos que convidaban a recrear la vista en él, como en un ameno jardín;
-pantalones ceñidos, en cuyo término comenzaba el imperio de las medias
-negras, que se perdían en la lontananza oscura de unos zapatos con más
-golfos y promontorios que puntadas, y más puntadas que lustre; manos
-velludas, nervudas y flacas, que ora empuñaban crueles disciplinas, ora
-la atildada pluma de finos gavilanes, honra de la escuela de Iturzaeta;
-que unas veces nadaban en el bolsillo del chaleco para encontrar la
-caja de tabaco, y otras buceaban en la faltriquera del pantalón para
-buscar dinero y no hallarlo... tal era la personalidad física del buen
-Sarmiento.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_12">p. 12</span>—¡A Palacio! —exclamó
-viendo la mucha gente que bajaba hacia San Ginés por delante de su
-casa y la muchísima que seguía la calle Mayor hacia Platerías—. Hoy
-tendremos otra gresca. ¿A cuántos estamos?</p>
-
-<p>—A 5 de febrero —repuso un joven que junto a don Patricio apareció
-con mandil de sastre, sosteniendo en la izquierda mano dos pedazos
-de tela y en la diestra una aguja—. Parece ser que <i>Narices</i> ha
-escrito un papel al Ayuntamiento quejándose de los insultos, y para que
-rabie más, hoy le van a dar más música.</p>
-
-<p>—Aparte de que no me gusta que se hable del soberano con tan poco
-respeto —dijo el maestro—, lo que has dicho, querido Lucas, me parece
-muy bien. Pues que no quiere música, désele más música. Si no, que
-cumpla sus deberes de rey constitucional y marche francamente por la
-senda aquella de que nos habló el 10 de marzo del año pasado... Va
-mucha gente. ¿Por qué no dejas la obra y corres allá? Tal vez ocurra
-algún acontecimiento digno de ser transmitido a la posteridad. Yo iré
-después a <i>La Cruz de Malta</i>, a ver qué se decide esta noche
-respecto a la exposición que se proyecta dirigir al rey contra el
-ministerio. Me parece admirable idea, querido Lucas, porque has de
-saber que yo combato a Argüelles.</p>
-
-<p>—Y yo también —replicó el sastre—. O nos dan un ministerio
-liberalísimo, que de una vez acabe con todos los tunantes, o el pueblo
-soberano decidirá en su sabiduría... ¿Dejo el trabajo? ¿Cierro el
-puesto?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_13">p. 13</span>—Deja el trabajo,
-<i>dimitte laborem</i>, y cierra el puesto, que tiempo hay de mover el
-paño. Día llegará en que la patria más necesite de bayonetas que de
-agujas. Si no tuviera que copiar esos pliegos, también husmearía un
-poco. Ponte el uniforme, hijo, que en estos sucesos públicos bueno es
-que cada cual se presente con los arreos de su jerarquía. Los uniformes
-dan respetabilidad. Procura que la muchedumbre no se desborde;
-amonéstala, que al verte ella respetará la gloriosa institución a que
-perteneces. No grites, no vociferes, que eso no es propio de quien
-representa la autoridad, la fuerza pública y la soberanía armada.
-Consérvate sereno en medio del tumulto, y si tocan a formar y hay lucha
-con los guardias y demás cohortes del absolutismo, despliega, querido
-hijo, todo el valor de tu pecho, todo el brío de tu raza, y sé cual
-indomable león, que no conoce riesgo y hace estremecer al cobarde lobo
-solo con el rugido de su cólera.</p>
-
-<p>El joven sastre, mientras esto decía su venerable padre, vestíase a
-toda prisa en el mismo portal que era albergue de la sastrería. En el
-momento de abandonar la tienda para mezclarse al popular tumulto, un
-hombre llegó a la puerta y se detuvo en ella, saludando cariñosamente
-al señor Sarmiento.</p>
-
-<p>—Hola, hola... señor Monsalud —dijo este—. ¿Tan pronto de vuelta?
-¿No va usted a Palacio? Dicen que habrá tocata de <i>trágalas</i>, y
-sinfonía de <i>mueras</i> y <i>vivas</i>.</p>
-
-<p>—¿Ha salido mi madre? —preguntó el joven sin hacer caso de las
-observaciones de su amigo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_14">p. 14</span>—No he visto salir
-a la señora doña Fermina —replicó Sarmiento—. Debe de estar arriba,
-acompañando a doña Solita y al Taciturno.</p>
-
-<p>—Subiré a decirle que no salga esta tarde.</p>
-
-<p>—Aguarde usted, don Salvador. Si no va usted más que a eso, le
-mandaré un recado con Lucas. Quédese usted aquí. Vámonos a la esquina
-a ver pasar la gente y hablaremos un rato. ¿Qué me dice usted de estas
-cosas?</p>
-
-<p>—¿Pero no tiene usted escuela?</p>
-
-<p>—He soltado al infantil rebaño. Si no lo hiciera me alborotaría la
-escuela, y mis lecciones se perderían en la algazara como semilla que
-se arroja al viento. Es preciso transigir un poco con la inquietud
-bulliciosa y la precocidad patriótica de estos chiquillos que han
-de ser ciudadanos. De esta manera les voy educando sin tiranías, y
-mansamente les inculco sus deberes, y les preparo para que ejerzan
-la soberanía en los venideros años venturosos, en los cuales nuestra
-nación se ha de empingorotar por encima de todas las naciones.</p>
-
-<p>El amigo y vecino de nuestro excelente don Patricio sonrió.</p>
-
-<p>—No crea usted —continuó el maestro— que imitaré la conducta de ese
-pedante insoportable, émulo y antagonista mío, el maestro Naranjo, de
-la calle de las Veneras, el cual, cada vez que hay bullanga, revista de
-milicianos, otra cualquier función vistosa, encierra a los chicos y no
-les permite ver, ni que regocijen sus tiernas almas con las emociones
-de la cosa pública. Pero bien sabe usted que Naranjo es un poco y un
-mucho servilón, hombre forrado<span class="pagenum" id="Page_15">p.
-15</span> en oscurantismo y encuadernado en intolerancia, amigo de los
-enemigos de la Constitución, indiferente en efigie, pero absolutista
-en esencia, con vislumbres de <i>persa</i> vergonzante y amagos de
-realista monacal. ¿Qué ha de hacer con los pobres chicos un hombre de
-estas cualidades? Tiranizarles, ennegrecer su espíritu, imbuirles ideas
-despóticas, educarles en el desprecio de la Constitución y en el amor
-al servilismo. ¡Desgraciada nación la nuestra, si prevalecieran en ella
-los alumnos de Naranjo! Vea usted, señor don Salvador, una cosa de que
-el ministerio debiera ocuparse sin levantar mano: extirpar esas infames
-cátedras, suprimiendo todos los maestros de escuela que con su conducta
-están sembrando la cizaña del servilismo, para que en lo venidero
-estorbe y ahogue la frondosa planta de la Constitución.</p>
-
-<p>—Sí, es preciso poner mano en eso —respondió distraídamente
-Monsalud—. Me parece que ya no pasa tanta gente.</p>
-
-<p>—Si no tuviera que barrer la escuela y copiar unos pliegos, señor
-don Salvador, nos iríamos usted y yo a meter nuestro hocico en la plaza
-de Palacio y oír algo de la rechifla... pero, ¡como ha de ser!...,
-primero es la obligación que la devoción.</p>
-
-<p>Diciendo esto, don Patricio entró en el aula, y tomando la escoba
-que detrás de la puerta estaba, empezó su tarea.</p>
-
-<p>—Si usted me lo permite —dijo Salvador siguiéndole también adentro—,
-escribiré una carta aquí, en la mesa de usted.</p>
-
-<p>—Gran honor es para mí... Aquí tiene usted<span class="pagenum"
-id="Page_16">p. 16</span> la pluma que he cortado hace poco; aquí
-la tinta; aquí el papel. Me callaré para que usted pueda escribir
-tranquilo... Pues como iba diciendo, yo me alegro de que a Su Majestad,
-de quien siempre hablaré con mucho respeto, le den estas lecciones
-de constitucionalismo. Los reyes, amigo mío, no aprenden de otra
-manera. Les dice uno las cosas, y nada; se las repite, se las vuelve
-a repetir, y ni por esas: es preciso gritar y manotear para que fijen
-la atención... ¡Ah!... ¡perdone usted! estoy levantando mucho polvo.
-Regaré un poquito.</p>
-
-<p>Salvador Monsalud escribió lo siguiente:</p>
-
-<blockquote>
-
- <p class="centra">«A L.·. G.·. D.·. G.·. A.·. D.·. U.·.</p>
-
- <p>Pod.·. Sob.·. Gr.·. Com.·. y Secr.·. Gran Maest.·. del Gran
- Oriente de España.</p>
-
- <p class="centra">S.·. F.·. U.·.</p>
-
- <p class="centra">Aristogitón.·. gr.·. 18.</p>
-
- <p class="firma">(<span class="sc">Salvador Monsalud.</span>)»</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>Después se quedó un rato pensativo mordiendo las barbas de la
-pluma.</p>
-
-<p>—Cuidadito, retire usted un poco los pies, que mojo —dijo don
-Patricio, agitando la regadera junto a la mesa—. Ahora se puede barrer
-sin cuidado... No de otra manera la benéfica lluvia de la libertad
-impide que se levante el sucio polvo de la tiranía... Vea usted,
-señor don Salvador, qué poco aprenden los reyes. Como los chicos, no
-entienden sino a palos. Yo digo que la Constitución con sangre entra.
-En octubre del año pasado, cuando Su Majestad no<span class="pagenum"
-id="Page_17">p. 17</span> quería sancionar la reforma de monacales, por
-instigación de don Víctor Sáez y del embajadorcillo de Su Santidad,
-el pueblo amenazó con una revolución y Fernando no tuvo otro remedio
-que sancionar. ¿Pero sirviole de enseñanza este suceso? No, señor,
-porque en el Escorial conspiraba contra el gobierno, y el nombramiento
-de Carvajal en decreto autógrafo era un proyecto de golpe de Estado.
-¡Iniquidad funesta! Pero el pueblo no se duerme. Cuando Fernando entró
-en Madrid... ¡Qué día, qué solemne día! ¡Qué 21 de noviembre! En vez de
-vítores y palmadas, galardón propio de los sabios monarcas, Fernando
-oyó gritos rencorosos, mueras furibundos, amenazas, dicterios; oyó
-ternos como puños y vio puños como ternos. No ha presenciado Madrid una
-escena tan imponente. Allí era de ver el pueblo ejerciendo el soberano
-atributo de amonestación; allí era de oír el trágala cantado por las
-elegantes mozas del Rastro. Miles de brazos se agitaban amenazando,
-y todas las bocas espumarajeaban de rabia. Los que llevábamos en la
-mano el libro de la Constitución, lo besábamos en presencia del rey.
-Un fraile pronunció varios discursos que encendían más los ánimos.
-De repente por entre apiñadas cabezas se alzan multitud de manos que
-sostienen un niño. Es el hijo de Lacy. La multitud soberana grita: «¡Es
-el vengador de su padre! ¡Es el hijo del gran patriota! ¡Mueran los
-tiranos! ¡Viva la Constitución!» El rey oía todo, y su semblante echaba
-fuego... Pues bien: ¿cree usted que esta lección fue provechosa? Nada
-de<span class="pagenum" id="Page_18">p. 18</span> eso. La camarilla
-sigue conspirando; la corte desafía a la nación, al mundo, al linaje
-humano con la infame conspiración y plan de don Matías Vinuesa, que ha
-escandalizado a Madrid días pasados.</p>
-
-<p>Salvador, prestando escasa atención a las palabras del maestro,
-escribió despacio y con largos descansos lo siguiente:</p>
-
-<blockquote>
-
- <p>«Dispensad, H.·. y M.·. Q.·. H.·., la libertad con que os
- manifiesto mi pensamiento después de saludaros con los s.·. y b.·.
- c.·. en este Or.·. de Madrid.</p>
-
- <p>»Faltaría a los más altos deberes si no me negara a aceptar
- vuestros ofrecimientos y la misión que me encomendasteis, porque
- estando convencido de que ese Or.·. es un centro de libertinaje y de
- anarquía, y tal como está organizado produce efectos contrarios a los
- verdaderos principios liberales, deseo que se me considere como H.·.
- D.·. y se aparte mi humilde persona de todos los trabajos de la O.·.
- Quizás sea mío el error y no de los de V.·. H.·. pero...»</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>Al llegar a este punto, se detuvo, recorrió con la vista lo escrito,
-hizo un gesto de disgusto, y rompiendo el papel empezó a escribir
-otro.</p>
-
-<p>—¿No sale, no sale la cartita? —dijo D. Patricio sonriendo—. Se
-conoce que es de amores. No a todos los mortales es dado manifestar
-elegantemente sus pensamientos en forma literaria. ¿Quiere usted que
-vea si puedo yo sacarle del paso?</p>
-
-<p>—Gracias; no es preciso... ¿Conque decía usted, señor don Patricio,
-que el rey...?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_19">p. 19</span>—No aprende nunca.
-Veremos qué tal efecto produce la amonestación de esta tarde. Observe
-puntualmente la Constitución; sea amigo del pueblo; ame la libertad
-como la amamos todos, y entonces no habrá más que aclamaciones y
-flores... ¿Pero estuvo usted anoche en <i>Malta</i>?</p>
-
-<p>—Yo no voy a ese manicomio.</p>
-
-<p>—¿Y en <i>La Fontana</i>? Dicen que van a cerrar los cafés
-patrióticos.</p>
-
-<p>—Harán bien.</p>
-
-<p>—Bien sé que usted, al hablar de este modo, lo hace por espíritu
-de oposición, y que dice lo contrario de lo que piensa. Es particular
-que le parezcan a usted detestables esas sociedades tan propias de un
-pueblo libre, y que se le antojen majaderos y charlatanes los hombres
-eminentes que en ellas derraman el fructífero rocío de la palabra
-constitucional. Si no conociese el gran entendimiento de usted...</p>
-
-<p>El joven siguió escribiendo sin atender a las palabras del dómine.
-Pasó un rato, durante el cual uno y otro callaron. Después, Monsalud
-rompió por segunda vez el papel escrito y empezó otro.</p>
-
-<p>—Vamos, que está durilla esa oración primera de activa. Ya van dos
-pliegos rotos.</p>
-
-<p>—Antes me dejaré matar —dijo Monsalud en un arranque espontáneo—
-que contribuir a este desorden y figurar en una Sociedad que es un
-hormiguero de intrigantes, una agencia de destinos, un centro de
-corrupción o infames compadrazgos, una hermandad de pedigüeños...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_20">p. 20</span>—¡Ah, ya veo,
-ya comprendo de quién habla usted! —exclamó Sarmiento, soltando
-rápidamente la escoba y sentándose frente a su amigo—. Esos
-intrigantes, esos compadres, esos pedigüeños, esos hermanos son los
-masones. Bien, muy bien dicho: todas esas picardías las he dicho yo
-antes que usted y las repito a quien quiera oírlas. El Grande Oriente
-perderá a España, perderá a la libertad, por su poco democratismo, sus
-transacciones con la corte, su repugnancia a las reformas violentas
-y prontas, su templanza ridícula, su orgullo, su justo medio, su
-doceañismo fanático, su estancamiento en las pestíferas lagunas de lo
-pasado, su repulsión a todo lo que sea marchar hacia adelante, siempre
-adelante por la senda constitucional. O hay progreso, o no lo hay.
-Si lo hay, si se admite, fuerza es que demos un paso cada día, que a
-cada hora desbaratemos una antigualla para construir una novedad, que
-a cada instante discurramos el modo de dar al pueblo una nueva dosis
-de principios, y que no se aparte de nuestra mente la idea de que hoy
-hemos de ser más liberales que ayer, y mañana más que hoy... Pero ¿se
-ríe usted?</p>
-
-<p>—No, no me río. Oigo al señor don Patricio con muchísimo gusto.</p>
-
-<p>—Adelante, siempre adelante —añadió Sarmiento con calor—. En virtud
-de este criterio, yo y todos los verdaderos patriotas hemos dado de
-lado a la masonería para fundar la grande y altísima, por mil títulos
-eminente y siempre española Sociedad de <i>Los Comuneros</i>.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_21">p. 21</span>—He estado mucho
-tiempo fuera de Madrid —dijo Salvador—, y al regresar he oído hablar
-mucho de esa nueva hermandad. Por lo visto, el señor Sarmiento
-pertenece a ella. Sírvase usted explicarme en qué consiste.</p>
-
-<p>—¡Explicar! ¿A qué vienen esas explicaciones? ¿Por qué no ha de
-conocer usted de <i>visu</i> lo que difícilmente podrá comprender <i>ex
-auditu</i>? Véngase usted conmigo. Le presentaremos en la Sociedad,
-le haremos caballero de Padilla, y para mí será tan grande honor
-presentarle como para la Confederación recibirle.</p>
-
-<p>—¡Confederación! ¡Padilla! ¿Qué ensalada es esa?</p>
-
-<p>—En el primer artículo de los Estatutos, se dice que nos
-<i>reunimos</i> y nos <i>esparcimos</i> por el territorio de las
-Españas, con el propósito <i>de imitar las virtudes de los héroes
-que, como Padilla y Lanuza, perdieron sus vidas por las libertades
-patrias</i>.</p>
-
-<p>—¿Y la Confederación se divide en talleres?</p>
-
-<p>—¿Qué talleres? Eso es cosa de artesanos. Aquí todos somos
-caballeros. Llámase nuestro jefe el <i>Gran castellano</i>;
-la Confederación se divide en <i>Comunidades</i>, estas en
-<i>Merindades</i>, estas en <i>Torres</i>, y las <i>Torres</i> en
-<i>Casas fuertes</i>. Todo es caballeresco, romancesco, altisonante. Si
-la masonería tiene por objeto auxiliarse mutuamente en las pequeñeces
-de la vida, nosotros nos <i>reunimos</i> y nos <i>esparcimos</i>,
-así mismo se dice... para <i>sostener a toda costa los derechos
-y libertades del pueblo español, según están consignados en la
-Constitución política, reconociendo por base inalterable su artículo
-tercero</i>. Nada de<span class="pagenum" id="Page_22">p. 22</span>
-empeñitos; nada de lloriqueo de destinos, ni de asidero de faldones. El
-artículo 17 del capítulo 2.º, dice que ningún caballero <i>interesará
-el favor de la Confederación para pretender empleos del gobierno</i>.
-¿Qué tal? Esto se llama catonismo. ¡Hombres incorruptibles! ¡Pléyade
-ilustre! Tenemos Código penal, alcaides, tesoreros, secretarios.
-Nuestras logias se llaman <i>Fortalezas</i>, a las cuales se entra por
-puente levadizo nada menos. La admisión es peliaguda. Está mandado
-que al iniciar a alguno, no se revele nada del objeto y modo de la
-Confederación; pero yo le digo a usted todo, todito, porque confío en
-su discreción y prudencia.</p>
-
-<p>—¿Y se puede ver eso? ¿Se puede ir allá? —dijo Salvador demostrando
-curiosidad—. Supongo que habrá juramentos y pruebas...</p>
-
-<p>—Le presentaré, señor don Salvador. Nuestra Confederación se honrará
-mucho con que usted entre en ella.</p>
-
-<p>—No; preguntaba si se puede ir a las <i>Fortalezas</i> como se va al
-teatro, para ver, para reírse un rato.</p>
-
-<p>—Amigo mío —dijo Sarmiento con gravedad—. No es cosa de risa una
-sociedad donde se jura morir defendiendo a la patria, y donde se cumple
-lo que se jura.</p>
-
-<p>—Eso es lo que no se ha probado todavía.</p>
-
-<p>—Yo se lo probaré a usted; se lo probaré —exclamó vivamente don
-Patricio, apoyándose en la escoba como un centinela en el fusil.</p>
-
-<p>—Si usted me hiciera el favor... —indicó sonriendo Monsalud.</p>
-
-<p>—¿De probárselo?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_23">p. 23</span>—No; de callarse. Un
-momento nada más, queridísimo amigo mío.</p>
-
-<p>—Si no digo una palabra... Escriba usted —indicó el maestro
-recomenzando su interrumpida tarea—. Voy a purificar mi escuela, a
-barrer, digámoslo así, mientras usted escribe la carta. ¿Quiere usted
-que se la dicte?</p>
-
-<p>—No, gracias. El asunto es delicado; pero a la tercera ha de
-salir.</p>
-
-<p>Y, en efecto, salió.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch3">
- <h2 class="nobreak g0">III</h2>
-</div>
-
-<p>Es indispensable el conocimiento de todas las familias que vivían
-en aquella casa. Ocupaba el principal Salvador Monsalud con su madre,
-y el segundo un señor taciturno y reservado, del cual los vecinos, a
-excepción de Salvador, no conocían más que el nombre, ignorando sus
-antecedentes y sus ideas políticas, a pesar de las importunas pesquisas
-que por averiguarlo hacía diariamente el curioso Sarmiento. Este y su
-hijo Lucas, sastre de oficio, ocupaban una de las habitaciones del piso
-tercero, sirviendo la otra de morada a Pujitos, gran maestro de obra
-prima, miliciano nacional, patriota, cuasi orador, cuasi héroe, y un si
-es no es redactor de diarios políticos, que para todo había en aquel
-desmesurado entendimiento.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_24">p. 24</span>El habitante del
-cuarto segundo era un hombre decente, con indicios en toda su persona
-de pobreza decorosamente combatida y disimulada por el aseo, la
-economía, las cepilladuras de la ropa y otros artificios que no siempre
-realizaban el fin deseado. Tenía más de cincuenta años, aspecto débil y
-enfermizo, rostro muy melancólico, apagados ojos, ademanes corteses y
-fríos, escasísima propensión comunicativa y costumbres tan tranquilas
-como metódicas. Jamás anochecía sin que estuviese dentro de su casa.
-A horas fijas salía, y a horas inalterables entraba. Era rarísimo
-acontecimiento que alguien le visitase, y su morada era silenciosa y
-triste, como vivienda de cartujos.</p>
-
-<p>Antes de que penetrara en ella cualquier extraño, tomábanse
-minuciosas precauciones, y dos ojos negros miraban por la cruz del
-ventanillo examinando atentamente al inoportuno. Estos ojos negros
-eran los de una señorita, hija del señor Gil de la Cuadra (que así
-llamaban al taciturno), y única compañera suya, a más de una criada,
-en la triste mansión. Todo lo que tenía de antipático el padre entre
-los habitantes de la casa, lo compensaba en simpatías la hija. A todos
-agradaba; solía conversar con don Patricio al entrar y salir, y muy
-a menudo pasaba a la habitación de doña Fermina Monsalud, charlando
-con ella largas horas. Tenía por nombre Soledad; pero como su padre
-la llamaba Solita, así la decían todos, y más comúnmente doña Solita;
-que entonces las señoritas cargaban todavía con un <i>doña</i> no
-menos<span class="pagenum" id="Page_25">p. 25</span> grande que el de
-cualquiera quintañona.</p>
-
-<p>Como cronistas sentimos tener que decir que Solita era fea. Fuera
-de los ojos negros, que aunque chicos eran bonitos y llenos de luz,
-no había en su rostro facción ni parte alguna que aisladamente no
-fuese imperfectísima. Verdad es que hermoseaban la incorrecta boca
-finísimos dientes; mas la nariz redonda y pequeña desfiguraba todo el
-rostro. Su cuerpo habría sido esbelto si tuviera más carne; pero su
-delgadez exagerada no carecía de gracia y abandono. Mal color, aunque
-fino y puro, y un metal de voz delicioso, apacible, que no podía oírse
-sin sentir dulce simpatía, completaban su insignificante persona. Es
-sensible para el narrador que su dama no tenga siquiera un par de
-maravillas entre la raíz del cabello y la punta de la barba; pero
-así la encontramos y así sale, tal como Dios la crió, y tal como la
-conocieron los españoles del año 21.</p>
-
-<p>El gran misterio de don Urbano Gil de la Cuadra, lo que traía en
-gran inquietud a los vecinos, y principalmente a don Patricio, era la
-ignorancia en que todos estaban acerca de sus ideas políticas. ¿Era
-liberal? ¿Era servil? Enigma terrible que daba vueltas como una rueda
-pirotécnica dentro del febril cerebro de Sarmiento, sin ser descifrado
-jamás. A veces, fundándose en conjeturas, en palabras sueltas, en
-la letra <i>sui generis</i> del sobre de una carta recibida por
-Gil, Sarmiento le declaraba absolutista. Otras veces, fundándose en
-iguales datos, diputábale revolucionario. Causaba desesperación<span
-class="pagenum" id="Page_26">p. 26</span> al buen preceptor que
-Monsalud supiese la verdad, y no la revelase a los vecinos.</p>
-
-<p>—O este hombre es un emisario de la Santa Alianza —solía decir
-Sarmiento— o un apoderado de los republicanos franceses. A estos viejos
-ojos que tanto han visto, no se les escapa nada.</p>
-
-<p>Al anochecer de aquel día en que nuestra relación comienza, entró,
-como de costumbre, en su casa el padre de Solita. Esta, que se hallaba
-acompañando a doña Fermina, subió a su habitación cuando sintió los
-pasos de Gil. Al poco rato subieron también Sarmiento y Monsalud,
-acompañados de Lucas, que a la sazón volvía de la plaza de Palacio, y
-los tres entraron en el principal, porque el maestro de escuela gustaba
-de platicar con doña Fermina sobre la cosa pública en que él era, como
-el lector sabe, tan experto.</p>
-
-<p>Reunidos los cuatro, Lucas contó los sucesos de aquella tarde,
-que consistían en dos piedras arrojadas al coche de Su Majestad, en
-diversos gritos patrióticos, en un miliciano herido por un guardia, y
-algunas contusiones y corridas de escasa importancia.</p>
-
-<p>—A pesar de eso —dijo Sarmiento gravemente—, no aprenderá. Seguirá
-oponiéndose a la plantificación lógica del sistema constitucional;
-fomentará la superstición y el fanatismo. Si yo fuera llamado a
-regir los destinos de la nación; supongan ustedes que lo fuera...,
-¿eh?, pues bien: mi primer decreto sería para suprimir el cuerpo de
-Guardias. Mientras la camarilla tenga la probabilidad de ese apoyo,
-la libertad<span class="pagenum" id="Page_27">p. 27</span> no echará
-profundas raíces en el hispano suelo.</p>
-
-<p>—Esta tarde se ha dicho —indicó Lucas— que el gobierno va a disolver
-la Guardia.</p>
-
-<p>—¿Lo ven ustedes? Mi idea... es idea mía.</p>
-
-<p>—Y a cerrar las sociedades patrióticas.</p>
-
-<p>—Esa no es idea mía. La rechazo. Por el contrario, señor don
-Salvador, doña Fermina, yo abriría en cada calle dos por lo menos, dos
-cafés patrióticos, y los subvencionaría con fondos del estado, para
-que se propagase la idea constitucional. ¿Qué le parece al señor don
-Salvador mi idea?</p>
-
-<p>—Excelente —respondió el joven, ocupado a la sazón en hojear varios
-libros que sobre la mesa de la habitación había.</p>
-
-<p>—Ya que está aquí el señor don Patricio —dijo doña Fermina después
-de hablar un rato con la criada— no se irá sin tomar chocolate. Y lo
-mismo digo a usted, Lucas.</p>
-
-<p>Sarmiento, que, dicho sea en honor de la verdad histórica, no había
-ido a otra cosa, respondió de este modo:</p>
-
-<p>—No se moleste la señora... Siento haber venido; pero si se ha de
-enojar usted con nuestra negativa, aceptamos... Madre e hijos son tan
-amables, que, la verdad, cuando uno entra en esta casa, no encuentra la
-puerta para salir.</p>
-
-<p>—Gracias, señor don Patricio.</p>
-
-<p>—¿Saben ustedes —dijo con aire misterioso Lucas— que esta tarde vi
-en la plaza de Palacio al vecino del cuarto segundo? Estaba hablando
-con un guardia.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_28">p. 28</span>—¿Pero no saben
-ustedes lo mejor? —indicó Sarmiento, padre—. Pues ya me olvidaba... Que
-tengo nuevos datos para juzgar de las opiniones políticas del señor Gil
-de la Cuadra.</p>
-
-<p>Monsalud miró fijamente al preceptor.</p>
-
-<p>—Un precioso dato. Tengo por seguro que es <i>despótico</i>.</p>
-
-<p>—Vamos, no hable usted mal de los vecinos, y menos de ese buen
-sujeto —dijo doña Fermina—. Él y su niña son personas muy decentes que
-merecen respeto.</p>
-
-<p>—¿Respeto? No se lo niego. Oiga usted el dato, señor don Salvador.
-Ayer tarde entró en mi academia para que le cortase una pluma. Ya sabe
-usted que en la pared de enfrente tengo un buen retrato de Riego.
-Como el señor Gil le mirase atentamente, yo dije: «Ese es el grande
-hombre.» Advertí en el semblante de nuestro vecino una sonrisilla
-picaresca. Mirome, y con mucha suficiencia y pedantería, exclamó: «Es
-un majadero.»</p>
-
-<p>—Lo mismo dice mi hijo —manifestó la Monsalud, ofreciendo el
-chocolate a sus dos vecinos.</p>
-
-<p>—¿Lo mismo dice? Será por broma. ¡Riego, don Rafael del Riego!
-¡Inmensa figura que se alza sobre el suelo de la patria, y con su
-majestuosa cabeza toca las nubes! ¡Riego, sol refulgente que todo lo
-inunda con su luz! ¿A quién sino a él se debe la libertad que gozamos?
-¿A quién sino a él debe España el haberse puesto por montera del mundo
-y el estar por encima de toditas las naciones?</p>
-
-<p>—Pues Salvador dice que es una cabeza<span class="pagenum"
-id="Page_29">p. 29</span> llena de viento —dijo doña Fermina, gozando
-en mortificar al maestro.</p>
-
-<p>—Bromas; son bromas, señor Sarmiento —dijo el joven con
-benevolencia.</p>
-
-<p>Monsalud había encendido una luz y examinaba cartas y papeles.</p>
-
-<p>—Como bromas pueden pasar; pero son de mal género. Esas bromas
-puede oírlas cualquiera que no sepa discurrir... Yo no me tengo por
-ignorante; yo creo haber leído algo; creo poseer alguna ciencia...
-digo, me parece a mí...</p>
-
-<p>—Por de contado.</p>
-
-<p>—Algo sabe uno de lo que ha pasado en el mundo: memorables hechos y
-preclaras acciones, o sea lo que los eruditos llamamos Historia. Y si
-no, que lo diga el señor don Salvador.</p>
-
-<p>Monsalud no dijo nada.</p>
-
-<p>—Pues bien —añadió Sarmiento sorbiendo la mitad de lo que contenía
-la jícara—, yo declaro que conozco pocos varones de la antigüedad
-(y ahí está Plutarco que lo certifique)... sí, conozco pocos que se
-igualen a este atrevido comandante, que desafió al absolutismo, a toda
-la Europa, señores, a la Santa Alianza, a los Borbones todos, a los
-serviles todos. Y tan gran fin realizó sin derramamiento de sangre,
-porque... vean ustedes la historia: Harmodio y Aristogitón derramaron
-mucha sangre; las sediciones de los Gracos también fueron cruentas;
-Bruto mató a César; Robespierre y Danton ya sabemos que cortaban
-cabezas como yo plumas; Cromwell degolló a Carlos I, <i>etcétera</i>.
-Pero nuestro hombre ha dicho <i>sea la libertad</i>, y la libertad ha
-sido. Su espada<span class="pagenum" id="Page_30">p. 30</span> no ha
-necesitado herir para vencer. Con su vívido fulgor deslumbráronse los
-tiranos, y despavoridos huyeron cual asustadas liebres. ¿No es verdad,
-señor don Salvador? ¿No es verdad esto?</p>
-
-<p>Monsalud tampoco dijo nada, ni hacía caso de la disertación
-sarmentil.</p>
-
-<p>—¡Y a hombre tan insigne, a este campeón que le dijo a España, como
-el ángel a María: <i>el Señor</i>, o <i>la Libertad es contigo</i>; a
-ese apóstol, señores, se le tiene alejado de la corte, como si fuera
-una plaga, un pedrisco u otra calamidad aterradora! Se le desterró
-primero a Asturias; se le desterró después, porque destierro es, a la
-Capitanía general de Aragón... ¡Oh!, si yo llegase a regir los destinos
-de la España; si yo... pongamos por caso que llegase a ser ministro...
-mi primera disposición sería para recompensar dignamente a ese héroe
-inaudito...</p>
-
-<p>—¿Más todavía?... —indicó festivamente Monsalud.</p>
-
-<p>—¿Pues qué? —dijo Sarmiento con ciceroniano ademán, poniendo
-sobre la mesa la jícara vacía—, ¿acaso se le han tributado honores
-correspondientes a sus servicios? Ni aun en la jerarquía militar ha
-tenido la elevación a que es acreedor. Él era comandante: le plantaron
-en mariscal de campo... Bueno: pues eso, digan lo que quieran, es bien
-poco, es poquísimo; y aún me parecían una bicoca los tres entorchados.
-Usted tenga presente cómo recompensó Inglaterra a Lord <i>Vellintón</i>
-después de la campañita aquella en que derrotó a Bonaparte.<span
-class="pagenum" id="Page_31">p. 31</span> Así se premian los grandes
-servicios, no con estas mezquindades de aquí.</p>
-
-<p>—Tiene razón el señor Sarmiento —dijo doña Fermina—. Si por lo de
-militar merece los tres entorchados, por lo que tiene de orador y de
-hombre discreto se le puede señalar una renta. Vaya, que la escena y
-los discursos aquellos del teatro fueron cosa bonita.</p>
-
-<p>—Extraordinariamente bonita, aunque usted, señora mía, lo diga con
-cierto tonillo zumbón. Lucas, ¿te acuerdas?... Nosotros fuimos desde
-muy temprano a la cazuela. ¡Qué tumulto, qué palmadas, qué entusiasmo!
-Yo me puse tan ronco, que en ocho días no pude dar lección a los
-chicos. Aún me parece que veo a nuestro querido general levantarse del
-asiento con aquella majestad que él solo tiene, y echarnos un discurso
-que me pareció de perlas, si bien con el mucho alboroto no se oía una
-palabra desde arriba. Aún me parece que estoy oyendo la pomposa música
-del himno que entonó el público. Riego, con aquella gracia suma que
-Dios le ha dado, levantose y dijo: «La música del himno no es así, sino
-de esta otra manera.» Y se puso a cantarlo. Sus ayudantes llevaban el
-compás.</p>
-
-<p>—¡Estaría bonito!...</p>
-
-<p>—Después uno de los ayudantes cantó el <i>trágala, perro</i>, y aquí
-fue Troya. Yo creo que hasta las figuras pintadas en el techo cantaron
-en aquel instante. ¡Sublime momento, señora!... Pero los envidiosos
-no faltan en ninguna parte. Empéñase el jefe político en decir que
-aquello era un desorden. Quiere hacernos callar;<span class="pagenum"
-id="Page_32">p. 32</span> encréspase el público como el océano agitado
-por rabioso Noto; empiezan las puñadas, los dimes, los diretes, los
-ternos de pimentón, las cantáridas gramaticales. Riego mira con desdén
-al jefe político. Algunos de sus ayudantes, mostrando una impavidez
-pasmosa, le insultan. Aporréanle dos o tres paisanos, Paco Rincón y
-Blas Cortada, si no me engaño; el teatro parecía una caldera hirviendo;
-el general se retira al fin, y, ¡oh, pavor!, las calles están llenas
-de gente, la tropa se encierra en los cuarteles, y todo es zozobra y
-miedo de trifulcas. Sin la imprudencia del jefe político, nada habría
-pasado. Pero el despotismo es así: no le gusta oír el himno ni el
-<i>trágala</i>; no quiere ver la faz del libertador del hesperio suelo,
-y aquí tienen ustedes el resultado: <i>guerras, asolamientos, fieros
-males</i>, como dijo el poeta. Nada, nada: según esa gente estólida, a
-la Libertad debe ponérsele bozal para que no muerda.</p>
-
-<p>—Bozal para que no muerda —repitió taciturnamente Monsalud.</p>
-
-<p>—De la cosa más sencilla, del desahogo más ingenuo —continuó el
-vehemente preceptor—, toma pie el despotismo para extender su férreo
-dominio... Volvamos a nuestro invicto don Rafael. De nada vale el
-popular deseo. Se empeñan en que ha de salir de aquí, y le echan como
-se echa un perro que incomoda. Las sociedades patrióticas dejan oír
-su autorizada voz en contra de tal vilipendio; pero no son oídas.
-Manifiesta el pueblo su voluntad de mil maneras; fíjanse pasquines;
-gritamos, pedimos,<span class="pagenum" id="Page_33">p. 33</span>
-suplicamos, amenazamos. Yo pongo a todos los niños de mi academia la
-cinta verde con el lema <i>Constitución o muerte</i>. Ni por esas.
-¿Cómo contestan a nuestras honradas exhortaciones? Echando los cañones
-a la calle; lanzando de los cuarteles la caballería para que pisotee al
-pueblo; acuchillando sin piedad a gente indefensa. En tanto Argüelles
-habla en las Cortes de las célebres <i>páginas</i>, y Feliú habla de
-los <i>hilos</i>; se alborotan también los diputados, y cuando un gran
-patriota como Romero Alpuente se dispone a defender al pueblo, ahogan
-su generosa voz los chillidos de los serviles. Riego es desterrado,
-y, ¡qué ignominia!, disuelven el ejército de la Isla, que había
-proclamado la Constitución; y por este camino volveremos a la tiranía
-y oscurantismo del año 14, y al despotismo puro, el cual, después de
-todo, es mejor que el mixto, vergonzante, tibio o moderado que ahora
-tenemos. ¿No es verdad, señor don Salvador?</p>
-
-<p>—Sí, amigo don Patricio: todo lo que usted quiera. ¡Y pensar que
-tantas cosas malas se remediarían con que el señor don Patricio fuese
-ministro media docena de días...!</p>
-
-<p>—No se burle usted —dijo el preceptor algo picado—. Yo no seré
-ministro; yo no puedo ser ministro, porque soy muy honrado, porque no
-soy intrigante, porque no soy ambicioso. Si tuviera un duro por cada
-vez que me he negado a aceptar este o el otro destinillo, sería un
-Fúcar... Pero supongamos que fuera ministro, y sentemos esa atrevida
-hipótesis...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_34">p. 34</span>—Silencio —dijo
-Monsalud—. Llaman a la puerta.</p>
-
-<p>Atendieron todos. Oyéronse fuertes golpes en la puerta de la
-casa.</p>
-
-<p>—¿Quién será? —murmuró con temor doña Fermina—. Aquí no viene nadie
-después de anochecido.</p>
-
-<p>—Iré a ver —dijo Lucas, a quien los golpes sorprendieron
-descabezando un sueño.</p>
-
-<p>Pocos momentos después entraba Solita, con semblante pálido y
-consternado, sin aliento, encendidos de llorar los ojos.</p>
-
-<p>—¡Mi padre está enfermo! —exclamó dirigiendo a todos una mirada
-suplicante.</p>
-
-<p>—Iremos a buscar un médico —dijo don Patricio con oficiosidad—.
-¡Lucas!... Corre al momento.</p>
-
-<p>—No es preciso médico —dijo Solita, deteniendo a los Sarmientos con
-un expresivo ademán.</p>
-
-<p>—Yo entiendo algo de medicina...</p>
-
-<p>—No necesitamos cosa alguna —añadió la joven mirando a doña
-Fermina—. Lo que tiene mi padre es muy singular.</p>
-
-<p>—¿Congestión cerebral, ataque de gota, síncope, jaqueca?...</p>
-
-<p>—Mi padre está enfermo del ánimo —dijo tristemente Soledad—. No
-quiere médicos ni medicinas: lo que quiere es hablar con el señor
-Monsalud, y por eso vengo a rogarle que pase ahora mismo a casa.</p>
-
-<p>Asombráronse todos de ver enfermedad que se aliviaba hablando.</p>
-
-<p>—También puede que tenga algo que revelarme<span class="pagenum"
-id="Page_35">p. 35</span> a mí —dijo Sarmiento dando algunos pasos—.
-Voy allá corriendo.</p>
-
-<p>—No, usted no —replicó la joven deteniéndole—. Salvador solo. Mi
-padre desea verle y hablarle ahora mismo, ahora mismo.</p>
-
-<p>Salvador subió sin tardanza al segundo piso.</p>
-
-<p>Malísimo humor tenía Sarmiento cuando se retiró a su casa. No
-pudiendo refrenar la abrasadora curiosidad que le consumía, detúvose
-junto a la puerta del misterioso vecino, y aplicó el oído, anhelando
-percibir algo de la conversación o confidencia que dentro se efectuaba;
-pero ni una sílaba llegó a sus grandes orejas. Resignose a no saber
-nada, y al entrar en su casa, dijo a Lucas:</p>
-
-<p>—Insisto en que es <i>servil</i>, hijo; un infame <i>persa</i> que
-nos ahorcaría a todos si le dejáramos.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch4">
- <h2 class="nobreak g0">IV</h2>
-</div>
-
-<p>Halló Monsalud al señor Gil de la Cuadra en un gabinete estrecho,
-donde tenía cama y mesa de escribir. Estaba el taciturno sentado en un
-viejo sillón, donde se hundía su flaco y miserable cuerpo, y todo en
-él revelaba perniciosa mezcla de abatimiento y exaltación, cual si su
-espíritu aumentase en actividad y la perdiera a toda prisa el cuerpo,
-reclamando el final descanso de la sepultura. Sus ojos brillaban,<span
-class="pagenum" id="Page_36">p. 36</span> moviéndose en los irritados
-huecos, y con vaguedad calenturienta y voluble fijábase en todos los
-objetos. Movía la cabeza y los brazos sin descanso, asemejándose su
-inquietud a tentativas de acciones concebidas rápidamente y desechadas
-antes de la realización. Cada segundo determinaba en aquella alma llena
-de zozobra un nuevo proyecto, un nuevo plan, un deseo nuevo. Las luchas
-del insomnio le conmovían, pugilato horrendo que el alma sostiene
-consigo misma creyéndose otra, y en el cual hay formidables encuentros,
-caídas y elevaciones, un espantoso temblor de congojas, contra las
-cuales no hay voluntad ni razón que prevalezcan.</p>
-
-<p>El personaje que ahora nos ocupa no es desconocido para los
-lectores de estos libros.<a id="FNanchor_1" href="#Footnote_1"
-class="fnanchor">[1]</a> Apareció brevemente cuando describimos la
-retirada de los franceses en 1813. Entonces abandonaba el suelo patrio
-como adicto al Intruso, a quien había servido, desempeñando una plaza
-de oidor en la Chancillería de Valladolid. Estableciose con su esposa
-doña Pepita Sanahuja en un pueblecillo del Poitou, y poco después de
-estar allí, hizo que le llevaran su hija única, Soledad, a quien, por
-no exponerla a los peligros de la retirada, dejó en el pueblo natal
-confiada a los parientes de su primera esposa. Gil de la Cuadra había
-sido casado dos veces, y Solita era hija del primer matrimonio, pues
-la señora que el lector conoció en los campos de Álava, no tuvo prole.
-La emigración<span class="pagenum" id="Page_37">p. 37</span> fue
-tristísima para el oidor de la Chancillería de Valladolid, a pesar de
-la dulce compañía de su adorada hija, porque después de haber perdido
-casi toda su fortuna en el gran conflicto de la monarquía extranjera,
-tuvo el dolor de ver expirar a su segunda mujer en el invierno del año
-18.</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_1" href="#FNanchor_1" class="label">[1]</a> Véase
-<i>El equipaje del rey José</i>.</p>
-
-</div>
-
-<p>De regreso a España, cuyas puertas abrió para los infelices
-renegados la revolución de 1820, se estableció con su hija en La
-Bañeza; pero circunstancias funestas que él mismo nos dará a conocer
-le obligaron a trasladarse a Madrid, donde la casualidad le llevó a
-la misma casa que habitaba Salvador Monsalud, cuya suerte tan unida
-estuvo, después de la batalla de Vitoria, a la del fugitivo matrimonio.
-A pesar de la amistad contraída en la fatal jornada del 21 de junio
-y de las buenas relaciones que sostuvieron en la emigración, pues
-Salvador vivió también algunos meses en Poitiers, Gil de la Cuadra se
-mostraba en Madrid muy poco comunicativo y afectuoso con su vecino.
-Era su carácter en verdad inclinado a la reserva, a cierta aspereza
-misantrópica que entibiaba las amistades. Visitábanse, sí, con
-frecuencia, y Soledad pasaba algunos ratos acompañando a doña Fermina;
-pero Gil de la Cuadra, en sus entrevistas con el antiguo jurado,
-mostraba el singular recato y la estudiada sobriedad de palabras que
-indican empeño de ocultar ocupaciones o designios. Por esta misma
-razón causó sorpresa al joven verse llamado tan a deshora y con tanto
-anhelo.</p>
-
-<p>Indicándole con una seña que se sentara a<span class="pagenum"
-id="Page_38">p. 38</span> su lado, Gil de la Cuadra le habló de este
-modo:</p>
-
-<p>—Dispénseme usted si me he tomado la libertad de hacerle subir,
-para confiarle un asunto grave. Sepa usted que yo soy muy desgraciado,
-el más desgraciado de los hombres... Necesito el amparo de un ser
-generoso, de un buen amigo, de una persona discreta y al mismo tiempo
-poderosa.</p>
-
-<p>—Yo no puedo ni valgo nada —replicó Salvador—; pero lo que de mis
-escasas facultades dependa, está a disposición de usted.</p>
-
-<p>—Revelaré todo y decidiremos —dijo Gil de la Cuadra con esforzada
-voz—. Mi estado nervioso, la furia y exaltación de mi cerebro son tales
-esta noche, que creo moriré si no tomo una determinación salvadora...
-¿Quiere usted que le hable con toda franqueza? Pues, amigo mío, yo soy
-muy cobarde.</p>
-
-<p>Después de esta declaración, Monsalud creyó que el señor Gil iba a
-poner en su conocimiento cualquier contrariedad insignificante.</p>
-
-<p>—Muy cobarde —añadió el extraño enfermo—. Verdad es que lo que me
-pasa es gravísimo. Si no tuviera una hija a quien adoro, a estas horas,
-señor Monsalud, ya me habría dado muerte. En un momento de exaltación,
-casi llegué a olvidarme de mi pobre Solita, y abrí esa ventana para
-arrojarme a la calle. Vivir así, no es vivir.</p>
-
-<p>—Dígame usted con calma lo que tanto le mortifica, y
-resolveremos.</p>
-
-<p>—Ante todo, debo recordarle a usted una deuda que conmigo tiene
-—indicó el taciturno<span class="pagenum" id="Page_39">p. 39</span>
-fijando en su amigo los ojos con expresión patética—. Mi esposa, que en
-gloria esté, y yo le salvamos a usted la vida en aquellos aciagos días
-de junio de 1813, que no puedo recordar sin espanto.</p>
-
-<p>—Tampoco yo —dijo Monsalud palideciendo.</p>
-
-<p>—Le salvamos a usted la vida —añadió Gil de la Cuadra complaciéndose
-en esta idea fundamental de su argumentación—. Después de ocultar a
-usted diferentes veces, yo autoricé a mi esposa para que, cediendo
-todas sus alhajas, que eran gran parte de nuestra fortuna, le rescatara
-a usted del poder de aquellos malvados guerrilleros que querían
-sacrificarle.</p>
-
-<p>—¡Es cierto! —murmuró Salvador con voz grave.</p>
-
-<p>—¿Cabe mayor abnegación tratándose de un desconocido?</p>
-
-<p>—No, no cabe más. Cien vidas de agradecimiento no bastarían para
-pagar eso que usted llama deuda, y como tal con todo mi corazón la
-reconozco.</p>
-
-<p>—¿De modo que usted, amigo mío, se halla dispuesto a hacer por mí,
-si me veo en un conflicto supremo, lo que mi esposa y yo hicimos por
-usted cuando peligraba su vida?</p>
-
-<p>—Dispuesto con toda mi alma —afirmó el joven lleno de piedad y
-efusión—. Ordene usted lo que debo hacer. Cuanto tengo, cuanto valgo,
-mi vida y mi nombre están a disposición de usted. No es un sacrificio,
-es un deber; y si no recuerdo mal, no ha sido preciso que llegaran
-ocasiones supremas para hacer este ofrecimiento,<span class="pagenum"
-id="Page_40">p. 40</span> porque desde nuestra primera entrevista en
-Madrid me declaré deudor eterno de usted.</p>
-
-<p>—Es verdad: gracias, gracias —dijo el enfermo, estrechando con sus
-flacas y amarillas manos las de Monsalud—. Mucha atención a lo que voy
-a referir. Creo haber indicado a usted, cuando estábamos en Francia,
-que mis ideas han sido siempre favorables a los derechos absolutos de
-la corona y a la monarquía pura, tal como durante siglos la disfrutaron
-las más gloriosas naciones de la tierra. La ambición de mi segunda
-esposa, y debilidades mías, que deploro amargamente, me indujeron
-a reconocer y servir al intruso Bonaparte. No necesito recordar la
-ignominiosa caída del partido afrancesado. Yo, que no pertenecí a él
-de corazón, sino por las sugestiones de mi mujer, tengo más derecho
-que los demás a quejarme de mi detestable suerte. Volví del destierro
-sin que mis ideas sufriesen mudanza alguna, y es singularísimo, y a la
-par muy triste, que los absolutistas del 14, con quienes mi corazón
-simpatizaba, me cerraran las puertas de la patria, y que me las
-abriesen los liberales, a quienes tengo la desgracia de aborrecer. Esta
-contradicción real y molesta entre mi modo de pensar y mi gratitud,
-obligome el año pasado a huir prudentemente de las cosas políticas.</p>
-
-<p>Retireme a mi pueblo natal, La Bañeza. Como allí conocían todos
-mis ideas, un día los liberales me acometieron con palos ordenándome
-que diese vivas a la Constitución; negueme a tal vilipendio, y
-aquella deuda que para con ellos contrajeron mis honrados labios,
-pagáronla<span class="pagenum" id="Page_41">p. 41</span> mis costillas
-con buenos cardenales. No obstante, tuve paciencia, señor y amigo mío,
-y seguí pacíficamente en mi casa, pidiéndole a Dios que ponga fin a
-esta insoportable tiranía del populacho, mas sin buscar venganza,
-resistiéndome a tomar parte en los trabajos que algunos realistas
-traían entre manos para levantar partidas. En estas andadas, organizose
-en La Bañeza la llamada Milicia nacional, que yo llamaría infernal,
-hablando propiamente, y para dar pruebas de su existencia y hacer
-el estreno de su bárbaro poder, emprendiendo con brillo el camino
-de la gloria, creyó que lo mejor era adjudicarme una nueva paliza,
-como lo hizo el 3 de septiembre del año pasado, pretextando que yo
-conspiraba.</p>
-
-<p>—Ya van dos, señor Gil. En verdad que admiro la resignación y
-sufrimiento de usted.</p>
-
-<p>—Mes y medio de cama me costó la hazaña de los milicianos de mi
-pueblo. ¿Creerá usted que ni tales razones pudieron persuadirme a
-que dejara mi pacífico y santo retiro? Aguanté, callé y esperé. Mi
-actitud digna y cristiana debió ponerme a cubierto de nuevos ataques,
-¿verdad?</p>
-
-<p>—Seguramente.</p>
-
-<p>—Pues no fue así. Precisamente por la razón de que yo sufría
-y callaba, debieron aplacarse en ellos la feroz intolerancia y
-salvajismo; pero no fue así, sino que mi humildad les hacía más bravos
-cada vez, y alegando conspiraciones que solo en su obtusa mente
-existían, me atacaron de nuevo...</p>
-
-<p>—¿Otra vez?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_42">p. 42</span>—Sí, señor, y se lo
-digo a usted francamente. A la tercera paliza ya no pude aguantar más,
-y lo que no había hecho hasta entonces, lo hice desde aquel día.</p>
-
-<p>—¿Conspirar?</p>
-
-<p>—Justamente. Ellos se empeñaron en que conspirara, y conspiré. Aquí
-tiene usted la sabiduría de los liberales. Con su imbécil sistema de
-apalear a los que no piensan como ellos, van poco a poco convirtiendo
-en enemigos a todos los españoles. Yo, que había hecho propósito firme
-de no mezclarme en la política activa, ni contribuir al levantamiento
-de partidas, ni conspirar, salí de mi casa decidido a todo, a todo
-absolutamente; vine a Madrid, y mi mala suerte deparome aquí el
-encuentro con un amigo de mi juventud, don Matías Vinuesa, cura que
-fue de Tamajón, y a quien Su Majestad, en premio de los méritos que
-contrajo durante la guerra, hizo capellán de honor y arcediano de
-Tarazona.</p>
-
-<p>—Ya sé a dónde va usted a parar —dijo Monsalud con benevolencia—.
-Vinuesa le indujo a usted a intervenir en esa descabellada conspiración
-que le ha llevado a la cárcel, y que probablemente le llevará también
-al patíbulo.</p>
-
-<p>Al oír esto, el enfermo palideció y sus labios pronunciaron algunas
-palabras a guisa de oración.</p>
-
-<p>—Puesto que todo se lo he de confesar a usted —añadió exhalando
-un suspiro—, diré que, en efecto, he sido confidente y amigo de don
-Matías Vinuesa. Obra de muchos es el célebre<span class="pagenum"
-id="Page_43">p. 43</span> plan, cuyo descubrimiento ha ocasionado la
-prisión de ese bendito, y que, con perdón de usted, no es descabellado
-ni mucho menos, y nos habría conducido al glorioso objeto que anhelamos
-los buenos españoles, si la imprudencia, el soborno o la traición no
-lo hubieran descubierto. Presumo yo que alrededor del trono, donde
-tanto se trabaja por derrotar al gobierno y a los liberales, existen la
-venalidad y la corrupción más que en parte alguna, y que de los mismos
-que nos han incitado a conspirar, partió la infame denuncia, fundada en
-móviles que no comprendo. Ya estoy aburrido, desengañado de la mala fe
-de todos, convencido de que tan pícaro es Juan como Pedro, y de que no
-es posible tomar parte activa en la cosa pública sin meterse en fango
-hasta la coronilla.</p>
-
-<p>—¡Lástima que no lo conociera usted antes de pringarse en la
-desdichada conjuración palaciega de Vinuesa, que es, según he oído, una
-de las mayores aberraciones que puede concebir la imaginación!</p>
-
-<p>—Siento que usted califique tan duramente un plan que no conoce
-—repuso Gil de la Cuadra en el tono del amor propio herido—. Y como no
-puede conocerlo si yo no se lo revelo, lo haré, porque después de la
-prisión de mi amigo, no hay en ello inconveniente. La primera condición
-de nuestro plan era el secreto. Solo debían tener noticia de él Su
-Majestad, el infante don Carlos, el duque del Infantado y el marqués
-de Castelar, como los únicos encargados de ponerlo en ejecución.<span
-class="pagenum" id="Page_44">p. 44</span> Llegado el momento del golpe,
-Su Majestad debía llamar a los ministros, al capitán general y al
-Consejo de estado, y una vez que los tuviera a todos bien agazapados en
-la real cámara, debía entrar una partida de guardias de Corps, mandada
-por el serenísimo señor infante, y prenderlos a todos, luego qué el rey
-saliese de la estancia. Vea usted qué ardid tan sencillo y al mismo
-tiempo tan fácil.</p>
-
-<p>—Sí; todo es fácil y sencillo en las cabezas de los conspiradores.
-Prosiga usted.</p>
-
-<p>—Inmediatamente después el mismo señor infante don Carlos debía
-pasar al cuartel de guardias y mandar arrestar a todos los individuos
-poco afectos a Su Majestad y a nuestras ideas.</p>
-
-<p>—¿También eso es fácil y sencillo?</p>
-
-<p>—Déjeme usted seguir. Al mismo tiempo el señor duque del
-Infantado... bien le conoce usted: ¡qué imponente figura, qué aire
-marcial! Solo con presentarse inclina los ánimos a la obediencia...
-pues digo que el señor duque debía marchar en el mismo momento a
-Leganés a ponerse al frente del batallón de guardias que hay allí.</p>
-
-<p>—Suponga usted que los guardias de Leganés le recibieran a tiros,
-que también puede ser...</p>
-
-<p>—No es probable que a tan grande prócer y cumplido caballero le
-faltaran de ese modo... Pero aún resta algo... Excuso decirle a usted
-que todo debía hacerse en un momento dado.</p>
-
-<p>—Es natural, y en un mismo momento dado también debía hundirse todo.
-Adelante.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_45">p. 45</span>—Se sobrentiende
-que ese momento había de ser nocturno —contestó el anciano—. Dado el
-primer golpe, veamos ahora su desarrollo. A las doce en punto, ni
-minuto más ni minuto menos, debía ponerse en camino para Madrid el
-batallón de Leganés, entrando en esta corte a las dos. A las tres en
-punto el regimiento del Príncipe, con cuyo coronel se contaba, debía
-ocupar todas las puertas de la villa, y a las cinco y media, ni minuto
-más ni minuto menos, debían las tropas y el pueblo empezar a dar
-<i>vivas</i> a la religión, al rey, a la patria, y <i>mueras</i> a la
-Constitución y a los ministros... Luego el plan contenía una multitud
-de determinaciones, consecuencia natural del triunfo. Debían ordenarse
-varias cosas, verbigracia: que se celebrase un Concilio nacional...
-que los cabildos se encargaran otra vez de la administración del
-<i>Noveno</i>... que hubiese tres días de rogativas... que se rebajase
-la tercera parte de la contribución... que los gastos de iluminaciones
-y festejos fueran muy moderados... que los milicianos sirvieran en el
-ejército ocho años o pagaran veinte mil reales de redención... que se
-trasladara al obispo de Mallorca... que se imprimieran por cuenta del
-Estado las cartas del padre Rancio... que el obispo auxiliar, portador
-del libro de la Constitución del año 20, lo llevase también ahora y con
-su propia mano se lo diese al verdugo para quemarlo... en fin, ya ve
-usted que nada faltaba.</p>
-
-<p>—Nada faltaba, a no ser sentido común. ¿Son también obra de usted
-los papeles <i>El<span class="pagenum" id="Page_46">p. 46</span> grito
-de un Español</i> y <i>La papeleta de León</i>?</p>
-
-<p>—En esta misma mesa he escrito parte de ellos —repuso el enfermo
-con disgusto—. Pero no disputemos ahora sobre la ruindad o excelencia
-del plan. Yo sigo creyendo que sin los infames sobornos y traiciones
-que han mediado, nuestra obra nos habría proporcionado un verdadero
-triunfo. No es posible formar juicio de lo que no ha podido pasar
-del pensamiento a la irrecusable prueba de los hechos. Lo real, lo
-positivo, lo que vemos y tocamos, amigo mío, es que yo me encuentro
-comprometido, expuesto a perder la libertad y quizás la vida, si no
-hallo un hombre discreto, astuto, hábil y poderoso que me ampare en
-trance tan aflictivo.</p>
-
-<p>—Pero la corte, esa corte que es la que alienta, paga y sostiene las
-conspiraciones realistas, no le abandonará a usted...</p>
-
-<p>—¡Ah, señor Monsalud de mis pecados! —exclamó Gil de la Cuadra con
-amarga tristeza—, la corte, o no puede nada, o teme comprometerse
-dándome el amparo que de ella he solicitado. Preso don Matías, sin que
-ni rey ni Roque hayan podido evitarlo; hecha pública la conjuración,
-no hay ningún prócer ni potentado de Palacio que no proteste de su
-adhesión al liberalismo. ¡Pecador de mí! ¡Mil veces pecador! La
-circunstancia de haber sido afrancesado me hace sospechoso a los
-absolutistas. Esa es mi fatalidad; esa es mi estrella negra; esa es
-la funesta herencia que me dejó mi esposa. ¡Si viera usted cuántas
-puertas se han cerrado hoy ante mí! Es particular: de la noche<span
-class="pagenum" id="Page_47">p. 47</span> a la mañana ya nadie me
-conoce. Soy un extraño, un importuno; creen sin duda que les voy a
-pedir un socorro pecuniario, y me reciben de malísimo talante. La
-única muestra de benevolencia que he recibido es muy triste, señor
-Monsalud. Diómela un caballero de Palacio, avisándome hoy el peligro
-que corro, porque halladas varias cartas y notas mías entre los papeles
-de Vinuesa, no han de tardar en venir por mí para embaularme en la
-cárcel, donde, si Dios no lo remedia, nos pudriremos el cura y yo, a no
-ser que nos cuelguen en la plazuela de la Cebada. ¿No es verdad, señor
-Monsalud, que debí preferir el tratamiento de los milicianos de La
-Bañeza?</p>
-
-<p>—¿Espera usted que le prendan? ¿Lo sabe?</p>
-
-<p>—Lo sé.</p>
-
-<p>—Pues en tal caso —dijo Salvador con asombro—, ¿por qué no huye
-usted? ¿Por qué no se oculta al menos?</p>
-
-<p>—Precisamente de eso quiero hablarle —manifestó Gil de la Cuadra,
-cayendo de nuevo en el lúgubre abatimiento en que Salvador le
-encontrara—. ¡Huir!... creo que no habrá otro remedio.</p>
-
-<p>—Es el más seguro por ahora.</p>
-
-<p>—Mis achaques me hacen de tal modo cobarde, que no acertaré a dar
-un paso... ¡Si parece que me convierto en un niño!... ¡Cómo se me
-oprime el corazón!... Luego doy en pensar en la desdichada suerte y
-desamparo de mi pobre hija... ¿qué será de ella si muero? De tal manera
-se perturba mi alma y se enflaquece mi razón pensando en esto, que no
-puedo<span class="pagenum" id="Page_48">p. 48</span> discurrir los
-medios de mi fuga o escondite. Piense usted por mí, pues no con otro
-objeto he solicitado su protección; dígame usted lo que debo hacer...
-tráceme un plan.</p>
-
-<p>—No solo indicaré lo conveniente, sino que haré cuanto pueda para
-que usted quede en salvo esta misma noche. Es preciso tomar una
-resolución pronta. Ánimo, señor Gil; no acobardarse, y triunfaremos.</p>
-
-<p>—¡Oh!, gracias, gracias mil —exclamó el enfermo estrechando las
-manos de Salvador.</p>
-
-<p>El infeliz conspirador lloraba.</p>
-
-<p>—No perdamos tiempo... Saldremos juntos para que vaya usted más
-tranquilo —dijo Monsalud, restaurando más a cada palabra la energía
-moral y física de su vecino—. No carecerá usted de nada.</p>
-
-<p>—¡De nada!... ¡qué bendición de Dios! Usted me devuelve la vida...
-Yo, que empezaba a carecer de todo, hasta de lo más preciso...</p>
-
-<p>—Este conflicto, amigo don Urbano, es poca cosa. Creo que nadie nos
-estorbará la fuga. Le llevaré a usted a paraje seguro, donde vivirá
-tranquilo y oculto hasta que podamos conseguir un sobreseimiento, una
-absolución... allá lo veremos.</p>
-
-<p>—¡Benditas mil veces sean esa boca y esas manos! —dijo Gil de la
-Cuadra con emoción profunda—. Usted me salva; yo me arrojo en sus
-brazos como en una playa hospitalaria, después de ser juguete de las
-olas... ¿Conque usted, después que me ponga en lugar seguro, conseguirá
-un sobreseimiento, una absolución?... ¡Cuánto lo agradeceremos mi hija
-y<span class="pagenum" id="Page_49">p. 49</span> yo!... Sola, Solita,
-¿dónde estás? Ven, corre a abrazar a este caballero.</p>
-
-<p>—Vale más que nos dediquemos sin perder un instante a preparar todo
-lo necesario... ¿Qué hora es?</p>
-
-<p>—Las once —dijo el anciano levantándose con dificultad—. Me siento
-mejor; me siento más ligero; se me ha despejado la cabeza; muevo las
-piernas con flexibilidad; en fin, soy otro... ¿Conque a disponer...?</p>
-
-<p>—Sí, a disponerlo todo. Arregle usted lo que ha de llevar de su
-casa. Yo me encargo de todo lo demás.</p>
-
-<p>—¡Oh idolatrada hija mía, ya tienes padre otra vez; viviremos tú y
-yo! —exclamó Gil de la Cuadra con viva excitación de espíritu—. Lo que
-va a hacer por mí, señor Monsalud, supera a cuanto hicimos por usted
-en aquel horrendo día. Si consigue ponerme en salvo esta noche, me
-parecerá que resucito, y el horroroso aspecto de la cárcel dejará de
-atormentar mi imaginación... Conque apresurémonos. Soledad, hija mía,
-ven... Una vez que esté libre de las garras de esos infames, fácil
-le será a usted sacarme del atolladero de la causa. Las sociedades
-secretas a que usted pertenece lo hacen y deshacen todo. Además, el
-señor duque del Parque, de quien es usted secretario, administrador o
-no sé qué, pasa por uno de los hombres de más valimiento que existen en
-España.</p>
-
-<p>—Antes de media noche estaremos fuera de Madrid —dijo Monsalud
-haciendo sus cálculos—. No conviene perder tiempo.</p>
-
-<p>—Ese ánimo y decisión me regeneran —dijo<span class="pagenum"
-id="Page_50">p. 50</span> Cuadra dando algunos pasos vacilantes por la
-habitación—. Déjeme usted que antes de ocuparme en los preparativos de
-la fuga, le dé a usted un abrazo, un estrecho abrazo de amigo... así...
-Ahora veamos lo que se lleva... ¡Soledad, Solita!</p>
-
-<p>La muchacha apareció de repente, pálida, desconcertada. Su semblante
-expresaba el terror más vivo, y sus descoloridos labios no acertaban
-a pronunciar palabra alguna. El padre participó al punto por simpatía
-natural del pavor de su hija; miró a Monsalud; este formuló con
-ansiedad una pregunta.</p>
-
-<p>No pudo dar contestación la atribulada niña. Oyéronse terribles
-golpes que resonaban en la puerta de la casa, haciendo retemblar a esta
-de los cimientos al tejado... Oyéronse al mismo tiempo pasos de mucha
-gente, palabras, un rumor soez que llenó de espanto el alma de los tres
-personajes.</p>
-
-<p>—¡Ahí están! —murmuró con voz tétrica Gil de la Cuadra.</p>
-
-<p>—¡Ahí están! —replicó Monsalud, golpeando el suelo con tanta fuerza
-que la casa redobló su temblor convulsivo y profundo, como contestando
-a las llamadas de los polizontes.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch5">
- <p><span class="pagenum" id="Page_51">p. 51</span></p>
- <h2 class="nobreak">V</h2>
-</div>
-
-<p>El amigo de Vinuesa, cayendo en el sillón se oprimió con ambas manos
-la desnuda calva.</p>
-
-<p>—Se me ha partido el alma... —exclamó sordamente—. Parece que me han
-arrancado la última raíz de la vida... ¡yo me muero!... ¡Pobre hija
-mía!...</p>
-
-<p>Solita corrió hacia él. Hija y padre se unieron en estrecho
-abrazo.</p>
-
-<p>—Ya no hay remedio —dijo el segundo con amargura.</p>
-
-<p>Los golpes se repetían con más fuerza. Salvador, agitado por
-violenta cólera y despecho, se golpeaba la frente con el puño. En
-algunos momentos se sentía impulsado a una resolución desesperada; pero
-tenía demasiado buen sentido para no refrenarse al punto.</p>
-
-<p>—No hay remedio —dijo Cuadra con acento solemne—. Hija mía, oye lo
-que voy a decirte. ¿Ves este hombre?...</p>
-
-<p>Solita fijó en Monsalud sus ojos llenos de lágrimas.</p>
-
-<p>—Salve usted a mi padre —gritó—. Discurra usted algún medio para
-ocultarle, para sacarle de la casa sin que esos malditos le vean.</p>
-
-<p>El tétrico silencio del joven indicó claramente que no podía
-discurrir medio alguno que no fuese una locura.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_52">p. 52</span>—No puede ser, no
-puede ser —dijo el anciano—. ¿Ves este señor? Es el único que puede
-hacer algo por mí, por nosotros. Mientras vivamos separados, recuérdale
-un día y otro que tu padre está en la cárcel. Se me figura... se me
-figura que será un buen hermano para ti.</p>
-
-<p>Los golpes redoblaron. Parecía que cien puños de hierro martillaban
-la puerta; la campanilla, sin cesar movida, cayó de su sitio.</p>
-
-<p>—Es preciso abrir al instante —manifestó con vivísima agitación Gil
-de la Cuadra—. Una palabra más, amigo mío, hija de mi alma. Mientras
-viene de Asturias tu primo Anatolio, que ha de ser, amén de tu marido,
-tu único amparo después que yo falte, te dejo encomendada a este buen
-amigo. Él será tu padre y tu hermano. Señor Monsalud, si acepta usted
-el encargo, me voy más tranquilo a la cárcel, y de allí...</p>
-
-<p>—Acepto —dijo con grave acento el joven—. Solita será mi hermana.
-Además, juro por todos los santos y por Dios, que es mi padre, que le
-he de sacar a usted de la cárcel a donde va esta noche.</p>
-
-<p>Los tres se abrazaron sin añadir una palabra más. En el mismo
-instante, despedazada la puerta de la casa, entró en la estancia un
-hombre brutal y grosero, uno de estos que no creen representar bien a
-la autoridad si no la hacen antipática y aborrecible.</p>
-
-<p>—¿Quién es aquí el bribón de Gil de la Cuadra? —dijo mirando
-alternativamente al joven y al anciano... ¡Ah!, conozco al mozo,
-que es Monsalud... supongo que Cuadra será<span class="pagenum"
-id="Page_53">p. 53</span> el vejete... Véngase usted conmigo a la
-cárcel de Villa... no, a la de la Corona, porque en aquella no cabe más
-gente.</p>
-
-<p>—El señor es Gil de la Cuadra —dijo Salvador—. Por el bribón no
-preguntes, que aquí no hay otro que tú.</p>
-
-<p>Dos, tres, cuatro individuos no menos simpáticos que su lindo jefe,
-penetraron en la estancia.</p>
-
-<p>—¿Y a esta tortolilla, la llevamos también? —preguntó uno,
-atreviéndose a poner la mano en el hombro de la joven.</p>
-
-<p>—Para preguntar una estupidez —repuso Monsalud rechazándole
-violentamente— no se necesita dar coces.</p>
-
-<p>—Juan Violín, no seas bruto —gruñó el jefe—. Deja a esa señorita y
-alcánzame las esposas.</p>
-
-<p>Gil de la Cuadra, al ver que le iban a atar las manos, huyó
-despavorido a la pieza inmediata. Siguiéronle todos. Rogole Salvador
-que se sosegase, no haciendo resistencia a sus bárbaros aprehensores;
-cedió al fin el anciano, y ofreció sus manos a las argollas de hierro.
-Abrazole estrechamente Solita, diciendo con lastimeros ayes y lamentos
-que no se apartaría de él, y fue necesario separarla. En la sala, Gil
-de la Cuadra, agobiado por la amarga pena, exánime y aturdido, cayó
-al suelo. Los polizontes tiraron de él como se tira de un perro que
-se detiene a hociquear en el suelo. Ayudole Salvador a levantarse, y
-salieron de la casa.</p>
-
-<p>Cuando bajaban la escalera, don Patricio y su hijo salieron a ver la
-tristísima comitiva, y Fermina Monsalud quiso que Soledad entrase<span
-class="pagenum" id="Page_54">p. 54</span> desde luego en su casa.
-Detuviéronla todos, procurando consolarla; pero ella insistió en
-bajar, y luchando con todas sus fuerzas, que no eran muchas, procuraba
-desasirse de los brazos de Sarmiento y doña Fermina.</p>
-
-<p>—Le soltarán pronto... no llore usted, niña —le decía el preceptor—.
-Este gobierno es como Dios lo ha hecho... no persigue más que a los
-liberales... ¿Conque el señor Gil de la Cuadra era la mano derecha de
-don Matías Vinuesa?...</p>
-
-<p>Soledad bajó rápidamente, y tras ella Sarmiento. En la calle
-arrojose otra vez la joven en brazos de su padre, manifestando
-inquebrantable resolución de seguirle; pero las fuertes manos de los
-corchetes la separaron. Gil de la Cuadra, negándose a dar un paso en
-compañía de la soez cuadrilla, dejose caer en el suelo, y otra vez el
-egregio polizonte tiró de la soga.</p>
-
-<p>—Tengo sed —dijo el anciano, respirando con ansia.</p>
-
-<p>Delante de él estaba don Patricio, con las manos a la espalda,
-fijando en el reo una mirada maliciosa y nada compasiva.</p>
-
-<p>—Tengo sed —repitió Gil de la Cuadra.</p>
-
-<p>—Señor Sarmiento—dijo Monsalud vivamente—, en la escuela de usted
-hay una alcarraza con agua...</p>
-
-<p>—¡Mire usted qué demonches de casualidad! —repuso Sarmiento sin
-moverse del sitio en que al anciano contemplaba—: se me ha olvidado
-dónde puse esta tarde la dichosa alcarraza.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_55">p. 55</span>—Subiré yo —dijo
-Soledad procurando sobreponerse a su pena.</p>
-
-<p>—Subiré yo —dijo Monsalud tomándole la delantera con rapidez suma—.
-Aguarde usted abajo y procure calmar al pobre viejo.</p>
-
-<p>Pocos instantes después, Salvador daba de beber a su amigo.</p>
-
-<p>—La noche está fría —manifestó imperturbable y sin dejar su sonrisa
-picaresca el gran Sarmiento—; y cuando la noche está fría... y el
-tiempo fresco... pues... no se tiene sed.</p>
-
-<p>Los polizontes tiraron de la soga, acompañando su movimiento de ese
-chasquido de lengua que tan bien entienden los animales.</p>
-
-<p>—Ánimo, amigo —le dijo Monsalud—. No olvide usted mi promesa.</p>
-
-<p>Pareció que el infeliz colega de Vinuesa recibía ánimo y vida al oír
-estas palabras.</p>
-
-<p>—¡Pobre hija mía! —exclamó bebiéndose las lágrimas que copiosamente
-corrían por sus mejillas.</p>
-
-<p>—Solita es mi hermana —dijo Salvador abrazándola—. Vamos, esto debe
-acabarse. Se reúne gente.</p>
-
-<p>Cuadra se levantó con dificultad. En su espíritu había seguramente
-poderoso anhelo de colocarse a la altura de su situación, sofocando la
-ruin pusilanimidad que le abatía.</p>
-
-<p>—¡Mi hija!... ¡mi pobre hija! —gritó clavando los tristes ojos en el
-semblante del joven, su vecino.</p>
-
-<p>Con aquella mirada su afligido corazón de padre dijo cuanto las
-circunstancias exigían que dijera.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_56">p. 56</span>Solita perdió el
-conocimiento. Don Patricio, que estaba a dos pasos de ella, la sostuvo
-en sus brazos.</p>
-
-<p>—¿En dónde pongo esto? —murmuró festivamente.</p>
-
-<p>—Subiré a Soledad a mi casa —dijo Salvador tomando en brazos a la
-joven como si fuese un niño—, y después, señor Gil, le acompañaré a
-usted a la prisión.</p>
-
-<p>Como lo dijo lo hizo, y poco después de media noche todo estaba
-terminado.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch6">
- <h2 class="nobreak g0">VI</h2>
-</div>
-
-<p>Todavía no se había <i>descubierto</i> el templo. No era aún la
-hora de la <i>tenida</i>, y los <i>Hijos de la Viuda</i>, descansando
-de las fatigas políticas en sus casas o en los cafés, esperaban que
-la luz astral de la noche marcase la hora propia para los trabajos
-del <i>Arte-Real</i>. Los <i>Maestros sublimes perfectos</i>,
-los <i>Valientes Príncipes del Líbano</i> o <i>de Jerusalén</i>,
-los <i>Caballeros Kadossch</i>, los que antaño se llamaban
-<i>Gerográmatas</i>, los <i>Hierorices</i>, los <i>Epivames</i>,
-los <i>Dadouques</i>, los <i>Rosa-Cruz</i> de hogaño, los hermanos
-todos, desde el <i>terrible</i> hasta el <i>sirviente</i>; los
-aprendices, compañeros y maestros, desde los de mallete hasta los
-de cuchara, estaban ocupados en el <i>ágape</i> doméstico, o bien
-conversando con sus <i>mopsses</i>, jugando con sus <i>lovatone</i>
-o<span class="pagenum" id="Page_57">p. 57</span> matando el tiempo
-en las reuniones profanas, lejos de la <i>verdadera luz</i>. Las
-<i>estrellas</i> no se habían encendido todavía, ni el <i>mirto
-eleusiaco</i> exhalaba su aroma. Imperaba la rosa, emblema del
-silencio, y la imponente exclamación <i>Ossé</i> no había resonado aún
-bajo las <i>bóvedas</i> orientales. En una palabra (y hablando con
-claridad para inteligencia de los ignorantes), la sesión de la logia no
-había empezado todavía.</p>
-
-<p>En la <i>Caverna del Mithra</i>, o sea el universo, hay un punto
-que se llama <i>Mantua</i>, o Madrid, en cuyo punto es evidente la
-existencia de una calle llamada de las Tres Cruces. En esa calle
-cualquier curioso, aunque no tenga sus oídos abiertos a la <i>verdadera
-luz</i>, podrá ver una tienda de sastre; y si penetra en ella para
-que el supremo arquitecto de las levitas le tome medida de una; si
-durante esta fastidiosa operación alza los ojos a la <i>bóveda del
-firmamento</i>, vulgo cielo raso, verá sin duda que por aquellos
-descoloridos y descascarados yesos se pasean soles, lunas, rayos
-que fueron de oro, cordones, triángulos, estrellas pitagóricas, y
-otros signos. Al ver esto, sentirá en su alma profundísima emoción
-de respeto, y dirá: «Aquí estuvo el gran templo masónico en los tres
-<i>llamados</i> años, del 20 al 23.»</p>
-
-<p>Siguiendo nuestra relación (y dejando que pasen algunos días
-después de las escenas últimamente referidas, lo cual nos lleva a los
-últimos de febrero de 1821), nos dirigimos allá. Es temprano: es la
-hora en que hierven los clubs; la hora en que <i>Lorencini</i>, <i>La
-Cruz de Malta</i> y <i>La Fontana</i> son otras tantas ollas<span
-class="pagenum" id="Page_58">p. 58</span> donde burbujean con rumoroso
-y mareante zumbido las pasiones políticas, entre el chisporroteo de
-las envidias y el resoplido de las ambiciones. Todavía es temprano,
-porque los trabajos masónicos <i>se abren</i> (este tecnicismo obliga
-frecuentemente a no hablar en castellano) a hora más avanzada.</p>
-
-<p>Aún está a oscuras el edificio de la calle de las Tres Cruces.
-Reconocemos el <i>vestíbulo</i>; la sala de <i>Pasos perdidos</i>,
-donde campean los <i>Cuadros lógicos</i>, y no hallamos persona
-viva. Óyense tan solo los pasos de un <i>hermano sirviente</i> que
-va y viene, poniendo en su sitio las lámparas de aceite que bien
-pronto se han de llamar <i>estrellas polares</i>, <i>astros</i> o
-<i>nebulosas</i>. Por último, vemos que entra un hombre con ademán
-resuelto, como persona muy hecha a semejantes lugares, y observando
-que adelanta sin recelo alguno, nos apresuramos a seguirle tomándole
-por guía en el laberinto de galerías y salas. El desconocido se acerca
-al <i>sirviente</i>, y después de saludarle con signos que no nos es
-posible determinar, pronunciando una especie de santo y seña, le hace
-esta pregunta:</p>
-
-<p>—¿Está el señor Canencia?</p>
-
-<p>—En la <i>Cámara de meditaciones</i> le hallará usted, señor
-Monsalud.</p>
-
-<p>Le seguimos denodadamente, aunque el nombre de <i>Cámara de
-meditaciones</i> nos da cierta comezoncilla de miedo, por haber oído
-que es un recinto pavoroso que hace enflaquecer el ánimo más esforzado.
-A pesar de esto, penetramos detrás del gallardo joven, y desde el
-mismo instante sentimos temblores y escalofríos<span class="pagenum"
-id="Page_59">p. 59</span> al ver una habitación toda colgada de negro,
-no puede decirse que alumbrada, sino entristecida por macilenta luz.
-Damos diente con diente y el cabello se nos eriza, al observar que en
-diversas partes de la triste estancia, cuelgan, cual objetos en testero
-de tienda, cantidad de huesos y calaveras, y que medio esqueleto se
-apoya contra la pared mirando con desconsuelo al otro medio, o sea
-los fémures y tibias que fueron de su pertenencia y ora yacen en el
-suelo.</p>
-
-<p>En la sepulcral pieza hay una mesa, y junto a esta mesa se ocupa
-en <i>burilar una plancha</i>, o sea extender un acta (hablando a
-lo cristiano), un viejo de cabellos blancos. No atendemos a las
-demostraciones amistosas que hace a nuestro introductor, ni a las
-palabras de este: por ahora, atentos solo al conocimiento del local,
-fijamos los atónitos ojos en algunos letreros que entre hueco y
-hueco adornan las paredes, y leemos: «<i>Si vienes impulsado por una
-mera curiosidad o por otro móvil aún peor, retírate: no trates de
-descubrirla, porque penetraremos tus intenciones.</i>» Volvemos la
-cabeza y nos sale al encuentro otro parrafillo: «<i>Si tu conciencia
-está tranquila, ¿por qué sientes disgusto ante estos despojos que
-te recuerdan el fin de tu vida?</i>» Otro letrero dice: «<i>¿Siente
-tu alma temor? Pues retírate, porque solo un espíritu fuerte puede
-soportar las pruebas a que has de ser sometido.</i>» «<i>¿Te hallas
-dispuesto a sacrificar tu vida en aras del progreso humano?</i>»</p>
-
-<p>Poco a poco nos vamos familiarizando con el fúnebre y medroso
-espectáculo, y echamos<span class="pagenum" id="Page_60">p. 60</span>
-de ver que la Cámara, lo mismo que su extraño mueblaje, tienen cierto
-sello de arrinconados cachivaches de teatro, dicho sea con perdón de
-las humanas calaveras. El polvo que los cubre, el desorden y abandono
-con que están colocados los huesos y las inscripciones, indican que
-todo aquello está en lamentable desuso. Era la <i>Cámara de las
-meditaciones</i> un recinto donde encerraban al catecúmeno para
-que preparara su ánimo antes de ser recibido como aprendiz por la
-congregación masónica. Lo primero que tenía que hacer el pobre profano
-una vez que lo metían bonitamente allí, era otorgar su testamento
-y contestar por escrito a varias preguntas, con objeto de mostrar
-su manera de discurrir y los gramos de sal que tenía en la mollera.
-Formuladas las respuestas, un hermano entraba con el rostro cubierto en
-la Cámara, y recogiendo aquellas, las entregaba al <i>Venerable</i>,
-que ya estaba presidiendo la sesión o <i>tenida</i>. Leíanse las
-pruebas del talento del neófito, y si no resultaba alguna barbaridad
-estupenda, concedíanle el goce de la verdadera luz. Aquí empezaba
-una serie de ceremonias de que la gente de todos tiempos se ha reído
-mucho; pero dicen los masones que hasta sus más insignificantes
-gestos y signos tienen un sentido no menos profundo que los ritos
-de las religiones india, judaica y cristiana. Digan lo que quieran,
-las ceremonias de estas religiones, aun consideradas tan solo bajo
-el punto de vista artístico, tienen un sello especial de grandeza e
-idealidad; las masónicas, que solo vagamente responden a una idea
-filosófica, parecen,<span class="pagenum" id="Page_61">p. 61</span>
-por lo general, un juego de chiquillos, dicho sea con perdón de los
-<i>Valerosos y soberanos Príncipes</i>.</p>
-
-<p>Cuando se acordaba que el profano tenía bastante entendimiento para
-ser masón (y no debían de ser grandes las exigencias del tribunal),
-vendábanle a mi hombre los ojos para conducirle a la logia, que estaba
-comúnmente a dos pasos de la <i>Cámara de meditaciones</i>. Daba él un
-golpecito en la puerta, y un masón, a cuyo cargo corrían las funciones
-de <i>primer celador</i>, decía con la voz más campanuda posible:
-«Venerable, llaman profanamente a la puerta del templo.»</p>
-
-<p>El <i>Venerable</i>, aunque sabía bien quién llamaba y por qué
-llamaba, se hacía el sorprendido, diciendo con acento solemne: «Ved
-quién es.»</p>
-
-<p>Intervenía entonces otro funcionario que se llamaba el <i>guarda
-interino</i>. Este salía en averiguación del profano forastero que a
-deshora turbaba la tranquilidad augusta de la logia, y entonces el
-hermano que acompañaba al neófito decía: «Es un profano que desea ser
-iniciado en nuestros secretos.»</p>
-
-<p>Por fin, después que habían mareado bastante al pobre lego, le
-dejaban entrar, no sin que dijera antes su nombre, edad, naturaleza,
-estado, religión, profesión y domicilio. El hermano que le presentaba
-ponía fin a su alta misión con estas palabras: «Ahí os lo entrego; ya
-no respondo de él.»</p>
-
-<p>Sería molesto y ocioso referir la serie de preguntas que el
-<i>Venerable</i>, desde la celeste luminosa altura del Oriente, dirigía
-al neófito.<span class="pagenum" id="Page_62">p. 62</span> Después
-de las preguntas empezaban las pruebas, a fin de ver, según el código
-masónico, <i>hasta qué punto la tortura física influye en la lucidez de
-las ideas del neófito, y conocer su energía, su carácter</i>, etc. Aquí
-venían las figuradas copas de sangre; los homicidios de mentirijillas;
-los testarazos que no pasaban de broma; los <i>cálices de amargura</i>,
-cuyo licor ha sido siempre muy conocido en la Fuente del Berro; las
-abluciones en un pilón denominado <i>Mar de bronce</i>, y otros
-sainetes, algunos de los cuales recibían el nombre de <i>viajes</i>, y
-lo eran, en efecto, por los imaginarios países de Babia. Al <i>recién
-nacido</i> le asistía en tales actos un individuo a quien llamaban el
-<i>hermano terrible</i>, siendo común que desempeñara tal comisión y
-llevase el atroz mote, algún bonachón tendero de la Plaza Mayor, o
-manso escribientillo de cualquier oficina.</p>
-
-<p>En seguida juraba el recipiendario, prometiendo realizar cosas muy
-buenas, para las cuales no es preciso seguramente hacer el payaso,
-pues multitud de personas socorren a sus hermanos en la <i>Caverna
-del Mithra</i>, vulgo mundo, sin necesidad de que se lo mande un
-<i>Venerable</i>, ni de que le mareen con preguntas vanas después de
-bailar el <i>minuetto</i> entre un <i>Caballero Kadossch</i> y un
-<i>Príncipe del Líbano</i>. El juramento no era la última ceremonia,
-pues ningún profano podía dejar de serlo hasta que no le sobaban de lo
-lindo. Al golpe de los <i>malletes</i>, o sea martillos de palo, caía
-la venda de los ojos del neófito y se encontraba rodeado de llamas y
-espadas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_63">p. 63</span>¡Tremendo,
-crítico instante para aquel que creyera iba a ser mechado y asado
-culinariamente!... pero las llamas eran pintadas y las espadas de
-hoja de lata. El <i>Venerable</i>, compadecido entonces sin duda de
-la situación de aquel pobre hermano metido dentro de una hoguera y
-entre punzantes aceros, procuraba tranquilizarle diciéndole que las
-llamas y espadas no eran otra cosa que una imagen del remordimiento que
-<i>desgarraría el alma del recién nacido</i> si llegaba a vender los
-secretos de la Sociedad. Con esto quedaban terminadas las fórmulas, y
-respiraba con libertad el iniciado viendo concluidas las pesadeces del
-rito. Pero a lo mejor tomaba la palabra el <i>Venerable</i>, que era
-por lo común un hombre, si no digno de veneración, muy convencido de la
-importancia de aquellas comedias, y le espetaba un discursazo, llamado
-entre ellos <i>pieza de arquitectura</i>, encareciendo la sublimidad de
-la masonería, y revelándole algo de lo concerniente al grado primero
-o de aprendiz. Este dejaba de llamarse Juan o Pedro, y tomaba con
-singular modestia el nombre de Catón, Horacio Cocles, Leibniz u otro
-cualquier personaje célebre.</p>
-
-<p>No puede formarse juicio exacto de la masonería por lo que esta
-institución ha sido en España. Los masones de todos los países
-declaran que la Sociedad del compás y la escuadra existe tan solo para
-fines filantrópicos, independientes en absoluto de toda intención y
-propaganda políticas. En España, por más que digan los sectarios de
-esta Orden, cuyos misterios<span class="pagenum" id="Page_64">p.
-64</span> han pasado al dominio de las gacetillas, los masones han sido
-en las épocas de su mayor auge, propagandistas y compadres políticos.
-Tampoco puede formarse juicio de la masonería española de antaño por
-los restos de ella que existen hoy, y que, al decir de los devotos, se
-reducen a unas juntillas diseminadas e irregulares, sin orden, sin ley,
-sin unidad, aunque cumplen medianamente su objeto de dar de comer a
-tres o cuatro hierofantes. Esta antigualla oscura que algunos sostienen
-como una confabulación caritativa para fines positivos o menudencias
-individuales, y para protegerse en uno y otro continente (por lo cual
-son masones casi todos los marineros que hacen la carrera de América),
-no tiene nada de común con la asociación de 1820.</p>
-
-<p>Era esta una poderosa cuadrilla política, que iba derecha a su
-objeto; una hermandad utilitaria que miraba los destinos como una
-especie de religión (hecho que parcialmente subsiste en la desmayada
-y moribunda masonería moderna), y no se ocupaba más que de política a
-la menuda, de levantar y hundir adeptos, de impulsar la desgobernación
-del reino; era un centro colosal de intrigas, pues allí se urdían de
-todas clases y dimensiones; una máquina potente que movía tres cosas:
-gobierno, Cortes y clubs, y a su vez dejábase mover a menudo por las
-influencias de Palacio; un noviciado de la vida pública, o más bien
-ensayo de ella, pues por las logias se entraba a <i>La Fontana</i>
-y <i>La Cruz de Malta</i>, y de aprendices se hacían diputados, así
-como de <i>Venerables</i> los<span class="pagenum" id="Page_65">p.
-65</span> ministros. Era, en fin, la corrupción de la masonería
-extranjera, que al entrar en España había de parecerse necesariamente a
-los españoles.</p>
-
-<p>Durante la época de persecución, es notorio que conservó cierta
-pureza a estilo de catacumbas; pero el triunfo desató tempestades de
-ambición y codicia en el seno de la hermandad, donde al lado de hombres
-inocentes y honrados, había tanto pobre aprendiz holgazán que deseaba
-medrar y redondearse. Apareció formidable el compadrazgo, y desde la
-simonía, el cohecho, la desenfrenada concupiscencia de lucro y poder,
-asemejándose a las asociaciones religiosas en estado de desprestigio,
-con la diferencia de que estas conservan siempre algo del simpático
-idealismo de su instinto original, mientras aquella solo conservaba,
-con su embrollada y empalagosa liturgia, el grotesco aparato mímico y
-el empolvado <i>atrezzo</i> de las llamas pintadas y las espadas de
-latón.</p>
-
-<p>A medida que iba avanzando el triunfo, iba decayendo el ritual
-masónico, simplificándose los símbolos, ralajándose la disciplina en
-lo relativo a juramentos, pruebas, iniciación. Por eso hemos visto
-tan empolvados y rotos los tarjetones y huesos de la <i>Cámara de
-meditaciones</i>, cuya inutilidad empezaba a ser reconocida. Es propio
-de gente tocada del afán de codicia el no preocuparse de detalles
-tontos, y bien se sabe que hambre o ambición no tienen espera.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch7">
- <p><span class="pagenum" id="Page_66">p. 66</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">VII</h2>
-</div>
-
-<p>—Gracias a Dios que se te ve por aquí —dijo Canencia dando un
-apretado abrazo al joven—. Sé que has venido de Francia hace más de
-veinte días..., ¡tunante!, y no te has dignado dar una vuelta por la
-logia... ¡Cuando sabes que te queremos tanto; cuando sabes que los
-señores te estiman mucho y desean hacerte hombre de pro...!</p>
-
-<p>—Por tener ocupaciones graves no he podido venir —repuso Monsalud
-sentándose—. Me han dicho que esto anda muy revuelto, papá Canencia.</p>
-
-<p>—No es esto un modelo de paz y concierto —dijo el anciano con cierto
-desconsuelo—. Las diversiones crecen, y la reciente fundación de los
-comuneros ha hecho mucho daño a la Sociedad... ¿Y tú en qué piensas? Me
-han dicho que los negocios del duque del Parque te dan de comer... Lo
-celebro.</p>
-
-<p>—Vivo regularmente; no como ustedes, los hombres mimados de la
-situación, que están hechos unos bajás.</p>
-
-<p>—¿Lo dices por mí? ¡Pobre Aristogitón! —exclamó Canencia con
-filosófica humildad—. Yo no disfruto otras delicias de Capua que las
-emanadas de un miserable destino en Correos. Pero estoy contento,
-contentísimo. Ya sabes que no soy ambicioso, que me precio de
-filósofo<span class="pagenum" id="Page_67">p. 67</span> en la
-verdadera acepción de la palabra... Hijo mío, un pedazo de pan, un vaso
-de agua clara, un buen libro, un tiesto de flores: he aquí mis tesoros,
-he aquí mis necesidades, he aquí mi sibaritismo. Recordarás lo que dice
-el gran Juan Jacobo acerca de...</p>
-
-<p>—Yo no recuerdo nada.</p>
-
-<p>—Pues el filósofo de los filósofos dice que no hay verdadera
-felicidad sin sabiduría... ¡Oh!, ¿de qué sirven las grandezas humanas?
-Hasta el heroísmo es cosa que no tiene simpatías, porque, como dice
-el ginebrino: «la continuidad de pequeños deberes bien cumplidos no
-exige menos fuerza moral que las acciones heroicas.» Mira tú cómo un
-hombre humilde que no va más que de su casa a la de Correos, y de
-la casa de Correos a la suya o a la logia, y carece de esposa y de
-prole, puede ser un grande hombre, es decir, un sabio, o si lo quieres
-más claro, un hombre feliz... Que suban los comuneros; que bajen o
-suban o se estén quedos los masones... es cuestión que no me importa
-mucho. El zoquete de pan, la cántara de agua, el tiesto de flores y
-el buen libro no han de faltar. Convéncete, ¡oh joven inexperto!, de
-que la ambición no ocasiona más que disgustos y enfermedades en el
-hépate..., en el hígado, para hablar claramente... Se me figura que
-tú estás carcomido por la ambición, ¿eh? Tú traes algo entre manos.
-Dime —añadió poniéndole la mano en el hombro con patriarcal cariño—,
-¿por qué has escrito aquella carta a Campos, diciéndole que te retiras
-de la masonería, y poniéndonos de oro y azul?... ¿Tratas de pasarte
-a los<span class="pagenum" id="Page_68">p. 68</span> comuneros? Ahí
-tienes una apostasía que me parece tonta. Pareces un chiquillo. El
-creer que esto es una casa de locos, no es motivo para querer salir de
-ella, señorito Aristogitón. Quédate aquí, quédate, sin perjuicio de que
-<i>in foro conscienciæ</i> te rías un poquillo de la parte externa,
-¿entiendes? Yo también, si he de decirte la verdad, me río algunas
-veces.</p>
-
-<p>—Pues si usted se ríe, amigo don Bartolo —dijo Monsalud siguiendo
-el consejo del anciano—, es un hipócrita; porque usted es el hermano
-secretario y orador de la Sociedad; usted es el erudito, el que explica
-las leyes de la masonería, el consultor general, el que lo sabe todo
-dentro de esta casa, el que ordena los ritos, el que explica lo que
-los demás no entienden; usted es el sacerdote, el mago, el patriarca,
-el senescal, el archimandrita, el santón, el hierofante o no sé qué
-nombre darle, porque no sé todavía qué especie de religión, secta
-o jerigonza es esta. Usted es el que predica cosas enrevesadas y
-enigmáticas que no entendemos; usted es el que dibuja garabatos en los
-diplomas; usted, asistido de su ayudante el señor Regato, fue quien
-puso aquí esos huesos y esas calaveras que están abriendo la boca para
-decir que las vuelvan a la tierra; usted escribió estos tarjetoncillos
-y puso las granadas abiertas, las columnas, los triángulos y la soga,
-y lo que llaman el <i>Delta</i>, el sol, la luna, el dosel, la J y la
-B, el cirio y demás signos y majaderías. Si después de hacer esto se
-ríe usted de los masones... vamos, se comprende en qué consiste el ser
-sabio y filósofo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_69">p. 69</span>Durante el
-discursillo, el anciano Canencia sonreía socarronamente acariciándose
-la barba. Cuando le tocó hablar volvió a poner su mano en el hombro del
-amigo, y bondadosamente le dijo:</p>
-
-<p>—¿Tú no sabes que al pueblo, al vulgo, al común de las gentes, o
-como quiera llamarse a esa turbamulta ignorante e impresionable, es
-preciso meterle las ideas por los ojos? Ya es un gran adelanto que
-hayamos desterrado los símbolos y fórmulas absurdas de las religiones.
-Para inculcar en esas cabezas de estuco el culto y veneración del ser
-supremo, hay que proceder con paciencia. ¿Hemos de decirles que lo
-mejor es adorar a Dios bajo la bóveda de los cielos? No, mil veces no:
-mientras haya hombres, es preciso que haya templos, y mientras haya
-templos, es preciso que haya simbolismo, y mientras haya simbolismo es
-preciso que haya imágenes, o a falta de imágenes, garabatos, cositas
-raras y de difícil inteligencia... Vaya, amiguito, no repitas la
-vulgaridad de que soy un farsante. Equivaldría esta calumniosa especie
-a llamar farsantes al Papa y demás gigantones del catolicismo, y no
-lo son: dentro de su esfera, bajo su punto de vista, no lo son... Lo
-que yo siento es que la gente va perdiendo el respeto al ritual, y
-llegará día en que miren todo esto como miran los curas dentro de la
-sacristía los objetos de su oficio. ¡Pícara humanidad! Verdaderamente
-es una bestia. No se la puede tratar sino a palos. Acá para entre los
-dos, Aristogitoncillo de mil demonios, desde que se planteó aquí la
-libertad, voy creyendo<span class="pagenum" id="Page_70">p. 70</span>
-que Atila, Omar, Felipe II y Bonaparte han tratado a los hombres como
-se merecen. Mientras todo no vuelva al estado primitivo... ¡Oh! Pero
-tú no entiendes de esto, ¿no es verdad? ¡El estado primitivo! ¡Ah!
-¡Imagínate el estado anterior a este funesto pacto que hemos hecho para
-destrozarnos los unos a los otros, y hacernos todo el daño posible!...
-No hay nada comparable al pacto. La verdadera sabiduría debe dirigirse
-a ese fin; un fin, muchacho, que consiste en volver al principio. Mas
-no puede formar idea de esto quien está devorado por la ambición, y
-tiene lleno el espíritu de ansiedades mundanas, en vez de conformarse a
-vivir modesta y primitivamente con un pedazo de pan y un vaso de agua
-cristalina, un tiesto de flores y un buen libro...</p>
-
-<p>Monsalud no podía tener la risa. Durante un rato, Canencia,
-poniéndose las antiparras, siguió <i>burilando</i>, o sea escribiendo,
-<i>la plancha</i>, o mejor, el acta.</p>
-
-<p>—Tú te ríes —dijo en el momento en que echaba polvos para volver
-la hoja— porque crees que ganarse la vida de esta manera, no cuesta
-trabajo. Niño mimado de la fortuna, yo quisiera saber qué sería de ti
-sin la prebenda que tienes en casa del duque del Parque.</p>
-
-<p>—Las prebendas —repuso Salvador— no existen hoy sino en este manejo
-de la J. y la B., y en este cepillo o tronco masónico, que es el mejor
-del mundo después del de las Ánimas. ¡Ah, papá Canencia, ya podía usted
-echar un remiendo a estas pobres calaveras, que están diciendo con
-sus bocas sin lengua la inmensa<span class="pagenum" id="Page_71">p.
-71</span> tacañería del sacristán mayor de este templo!</p>
-
-<p>—Así como no tienen lengua para pedir —dijo don Bartolomé con
-malicia—, tampoco tienen paladar, y puesto que no comen más que polvo,
-no puede haber cocina más económica, y limpiarlas sería ponerlas a
-dieta. Bien dijo el otro, que en polvo nos hemos de convertir.</p>
-
-<p>—No lo dije por usted, que se está convirtiendo en momia de Egipto
-forrada en oro y plata, por obra y gracia de los misterios de Isis, de
-Eleusis o de Patillas.</p>
-
-<p>—Esa es la opinión de esos bobos de comuneros —dijo Canencia algo
-amostazado—. ¿Por ventura este granuja se nos ha hecho comunero?</p>
-
-<p>—Tal vez —replicó Salvador—. Allá parece que están por la
-formalidad. ¿Hay también cepillo y colectas?</p>
-
-<p>—Más que aquí. Pregúntaselo al señor Regato, que ha contribuido a
-fundar aquella Sociedad, después de haber comido a dos carrillos en
-nuestro plato, y hecho <i>salvas</i> con nuestra <i>pólvora</i>.</p>
-
-<p>Los masones llamaban al vino <i>pólvora roja</i>, al vaso,
-<i>cañón</i>, y a los brindis, <i>salvas</i>. No es fácil comprender la
-misteriosa relación simbólica entre la embriaguez y la artillería.</p>
-
-<p>—Pero te advierto —continuó Canencia—, por si es tu intención
-pasarte a los comuneros, que aquí no tienes más que boquear para
-obtener lo que mejor te cuadre. Campos te quiere mucho... anoche mismo
-habló mucho de ti, y aun se me figura que te va a sorprender con<span
-class="pagenum" id="Page_72">p. 72</span> un buen regalito. Has hecho
-bien en venir esta noche.</p>
-
-<p>—Lo celebro, porque vengo a pedir.</p>
-
-<p>—¿A pedir?... Gracias a Dios, hombre. Eres de los nuestros. Veo que
-entras en el buen camino —dijo Canencia mirando su reloj—. El acta está
-lista. Ya es hora de empezar la <i>tenida</i>. ¿Y qué pides?</p>
-
-<p>—Dígame, señor Canencia —preguntó Monsalud con gran interés—, cuál
-es el criterio del Orden respecto a la suerte de los que están presos
-por conspiraciones absolutistas.</p>
-
-<p>—¿Cuál ha de ser? Que los ahorquen. ¿Te has echado a filántropo?
-¿Hay algún pariente tuyo en la cárcel de Villa?</p>
-
-<p>—Sí, señor: hay un pariente mío en la cárcel de la Corona —repuso
-Salvador con firmeza—, y es preciso sacarlo de allí.</p>
-
-<p>—¿Es rico?</p>
-
-<p>—Es pobre.</p>
-
-<p>—Pues veo muy difícil que tu pariente coma los buñuelos del San
-Isidro de este año... Sin embargo, puedes trabajar. Campos te quiere
-mucho. El duque pertenece al Supremo Consejo. Ya sabes que lo que aquí
-se ata, atado será en el gobierno, y lo que allá dentro desatemos,
-desatado será... allá arriba. Esta noche, después de la <i>tenida</i>
-ordinaria, hay <i>tenida de Príncipes del grado 31</i>. Creo que
-se tratará de cosas muy altas. Si consigues tener de tu parte a
-Campos...</p>
-
-<p>—En la <i>tenida</i> ordinaria, ¿quién preside esta noche?</p>
-
-<p>—El mismo Campos... Ya comienza a venir<span class="pagenum"
-id="Page_73">p. 73</span> gente. Señor Aristogitón, orden y
-compostura.</p>
-
-<p>Ambos personajes se trasladaron a la sala de <i>Pasos perdidos</i>,
-donde encontraron a varias personas. La concurrencia aumentaba
-cada instante con la entrada de nuevos hermanos, entre los cuales
-los había de todas clases, edades y figuras; muchos militares,
-aunque sin uniforme, y no pocos clérigos, aunque sin hábitos. El
-hermano Aristogitón, que por espacio de algunos meses había estado
-<i>dormido</i>, saludó a sus compañeros de taller. Pasó algún tiempo
-en animadas conversaciones particulares, hasta que el templo <i>fue
-descubierto</i>, mejor dicho, se abrió una puertecilla que daba entrada
-a la logia.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch8">
- <h2 class="nobreak g0">VIII</h2>
-</div>
-
-<p>La logia era un salón cuadrangular, muy mal alumbrado y peor
-ventilado, de techo plano y no muy alto, de paredes sucias y más
-parecido a cuadra o almacén que a templo de una religión que dicen
-tenía entonces en todo el mundo ocho o diez mil logias. En los cuatro
-testeros, otras tantas palabras de doradas letras indicaban los puntos
-cardinales, correspondiendo el <i>Oriente</i> a la presidencia,
-presbiterio, <i>sancta sanctorum</i>, altar mayor o como quiera
-llamársele, a cuyo sitio, más elevado que el resto del local, se subía
-por tres escalones.<span class="pagenum" id="Page_74">p. 74</span>
-Para que todo se pareciera a un recinto religioso serio, había un
-doselete de terciopelo, en cuyo centro resplandecía un triangulillo,
-al cual, para hablar con la menor claridad posible, llamaban ellos
-<i>Delta</i>. Dentro de él se veían unos garabatos que indicaban el
-nombre de Dios puesto en hebreo, también para mayor claridad; pero
-ya es sabido que ningún signo masónico ha de estar al alcance de los
-tontos. Lo que sí se entendía perfectamente era el sol y la luna,
-dos caricaturas de aquellos astros pintadas a derecha e izquierda
-del Delta, o como si dijéramos, al lado del evangelio y al de la
-epístola.</p>
-
-<p>En igual disposición respecto al presidente estaban los sitios
-del hermano orador y del secretario. Cierto es que las mesillas de
-que se servían fueran más útiles teniendo la forma cuadrada; mas era
-indispensable no abandonar el triangulillo siempre que se pudiera,
-y por esto las mesas eran de tres picos. También tenían un poco más
-abajo bufetes tripicos el tesorero y el hospitalario. En el remoto
-<i>occidente</i>, es decir, junto a la puerta, se elevaban dos columnas
-rematando en granadas entreabiertas. Una columna tenía la J. y otra la
-B., letras que al parecer querían decir Juan Bautista, pues también al
-precursor del Mesías le metieron de cabeza en la heterogénea liturgia
-masónica, donde los misterios egipcios y mil desabridas fábulas se
-mezclan gárrulamente con el mosaísmo, el paganismo, la religión
-cristiana, la revolución inglesa y la filosofía del siglo de Federico.
-Junto a las columnas se repetían<span class="pagenum" id="Page_75">p.
-75</span> las mesillas triangulares, una para el primer vigilante y
-otra para el segundo.</p>
-
-<p>El techo no carecía de interés. Por encima del doselete destinado
-a guarecer la calva del presidente, asomaban unas listas doradas
-representando los rayos del sol con dudosa fidelidad. En el friso había
-varios garabatos, obra de indocto pincel, a los cuales se atribuían
-intenciones de querer expresar los signos del zodiaco; y por debajo de
-ellos corría, también pintada, una soga, símbolo de unión y fuerza. La
-estrella pitagórica andaba también de paseo por aquellos altos cielos,
-testimonio de grandeza del supremo <i>Demiurgos</i> (Dios), y en su
-centro llevaba la letra G., significando <i>gnos</i>, palabreja que
-hasta los niños entienden, sin necesidad de aprender, que significa
-<i>generación</i>. Completaban el sublime ajuar cuatro candelabros con
-sendas <i>estrellas</i> que en el mundo ordinario llamamos velas, y,
-por último, la consabida batería de trastos, espada ondulante, compás,
-escuadra y el ejemplar de los estatutos. No había ventanas, ni más
-puertas que la de entrada, porque era de rito el ahogarse.</p>
-
-<p>El <i>Venerable</i> o presidente era un hombre como de sesenta
-años, de agradable y aun hermosa presencia, fisonomía simpática,
-sonrisa esculpida, más bien de cortesía que de burla. En todo él
-había marcadísima expresión de contento de la vida, un singular
-convencimiento de que el mundo era bueno, y si se quiere, de que el
-<i>Arte-Real</i> era óptimo. Vestía con elegancia, y los atributos
-y arreos de la masonería, que no tienen comúnmente nada de<span
-class="pagenum" id="Page_76">p. 76</span> airosos, le sentaban a
-maravilla. Había en su bizarra apostura corpulenta cierto aire de
-obispo, y también algo de hombre de mundo, sin que pudiera adivinarse
-cómo se verificaba la síntesis de estos dos términos tan diversos.</p>
-
-<p>Aquel personaje, que a pesar de su indudable influjo en los sucesos
-de su época, ha escapado, por extraño fenómeno, a las fiscalizaciones
-entrometidas de la Historia, se llamaba don José Campos. Este era su
-verdadero nombre, y no anagrama impuesto por el novelador para tapar
-una celebridad; mas no lo busquéis en la Historia, como no sea en
-algún olvidado y oscuro libro de masones; buscadlo en la <i>Guía de
-forasteros</i>, porque era director general de Correos.</p>
-
-<p>A pesar de la poca resonancia de su nombre, y de no estar asociado
-este a ningún mérito político ni oratorio, ni menos a batallas o
-sediciones, es indudable que el portador de él fue uno de los hombres
-más importantes del célebre trienio. A él se debió la organización
-de la masonería en aquel pie de ejército poderoso. Lo que no se
-comprende fácilmente es la razón de su modestia. Campos no quiso
-nunca salir de la dirección de Correos, aunque su familiaridad con
-ministros, generales y consejeros, le ponía en la mejor situación del
-mundo para satisfacer su vanidad si la hubiera tenido. De las más
-verosímiles tradiciones masónicas se desprende que el <i>Venerable</i>
-en cuestión era de los que se agachan para dejar pasar las turbonadas
-y los pedriscos, conservando siempre el mismo sitio y no dejándose
-arrastrar<span class="pagenum" id="Page_77">p. 77</span> por la
-furia de las pasiones, con lo cual si aparentemente adelantan poco,
-en realidad salen siempre ganando, y no están sujetos a las caídas y
-vaivenes de la gente muy visible y talluda. Más hábil vividor no le
-conocieron los pasados ni conocerán los venideros siglos.</p>
-
-<p>Los anales masónicos están conformes con asegurar que Campos tenía
-en las logias el nombre de <i>Cicerón</i>.</p>
-
-<p>Tomaron todos asiento, siendo de notar que algunos tenían mandil y
-banda, y otros no. Hubo no pocos pasos de baile francés, tocamientos y
-signos que no describiremos por ser demasiado conocidos. La patriarcal
-fisonomía y espesa cabellera blanca de Canencia se destacaban al
-lado de la epístola, y al verle tan circunspecto y hasta con cierta
-expresión beatífica, se creería que los templos elevados a la gloria
-del Gran Arquitecto <i>Iod</i> también tenían sus santos. El Venerable,
-usando las fórmulas rituales, mandó al primer vigilante que <i>se
-asegurase si el templo estaba a cubierto</i>, y el primer vigilante,
-después de hacer la pantomima de salir y volver a entrar, declaró que
-no <i>llovía</i>, es decir, que el templo estaba libre de entrometidos
-y que podían empezar los trabajos. Un martillazo presidencial abrió
-estos en el grado convenido.</p>
-
-<p>El <i>Maestro de ceremonias</i>, que era uno de los oficiales
-dignatarios, recorrió los asientos presentando el <i>saco</i> de las
-proposiciones. Algunos masones depositaron un papelillo como los
-que se usan en las rifas domésticas. El Venerable extrajo todas las
-proposiciones, y escogiendo<span class="pagenum" id="Page_78">p.
-78</span> la que le pareció más grave, leyó lo siguiente:</p>
-
-<blockquote>
-
- <p>«<i>Proposición de Aristogitón. — G.·. 18: Salvador Monsalud.</i>
- — Pido a este Grande Oriente de Madrid se sirva declarar que reprueba
- las prisiones ordenadas por el gobierno con motivo de inofensivas
- conspiraciones absolutistas, y que se apresure a interponer su
- mediación benéfica para que don Matías Vinuesa y los demás infelices
- encarcelados por causa del ridículo plan descubierto el 21 de enero,
- se libren no solo de ejecución capital, sino del largo cautiverio a
- que los condenará la pasión política.»</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>Cuando el Venerable concluyó de leer, rumores de desaprobación
-sonaron en la logia; pero el martillo del Venerable impuso silencio,
-y algunos instantes después, Aristogitón se expresaba en estos
-términos:</p>
-
-<p>—He presentado esa proposición por pura fórmula y para cumplir con
-los Estatutos del Orden, que disponen sean tratados todos los asuntos
-en sesión reglamentaria, y no en conciliábulos reservados entre dos o
-tres hermanos bullidores que arreglan el mundo y la nación para su uso
-particular.</p>
-
-<p>Nuevos rumores interrumpieron al orador, y Cicerón, después de
-acallarlos a golpes, recomendó a todos moderación.</p>
-
-<p>—Temprano empiezan las interrupciones —prosiguió el masón del
-gr.·. 18—, y lo siento, no por mí, que estoy dispuesto a decir todo
-lo que sea preciso, sino por mis queridos hermanos, que van a perder
-la paciencia y la voz, si<span class="pagenum" id="Page_79">p.
-79</span> continúan haciéndome coro hasta el fin de mi discurso...
-Decía que desconfío de que mi proposición tenga éxito aquí, a pesar
-de ser la expresión más leal y clara del espíritu y de las prácticas
-constantes de este respetable Orden en todos los países del mundo;
-y no tendrá éxito, porque este Gran Oriente y los individuos que en
-diversos grados dependen de él, han olvidado completamente los fines
-benéficos, desinteresados y filantrópicos de tan antiguo instituto,
-para desvirtuarlo y corromperlo, haciéndole instrumento de intereses
-políticos y de la codicia...</p>
-
-<p>El martillo del Venerable, interpretando el descontento de la
-asamblea, advirtió al orador que hablaba con la pasión y vivacidad
-propias de un Congreso. Cicerón rogó en breves palabras al orador
-tuviese presente que aquello era un templo y no un club.</p>
-
-<p>—Hermano Venerable —indicó Aristogitón—: si la condición de templo
-impide a este local oír la verdad, me callaré. Cuantos me escuchan
-saben ya por su conciencia lo que yo estoy diciendo. ¿Por qué no me
-lo han de oír a mí, si ya lo saben, y no les digo nada nuevo?...
-Continuaré, pues, procurando ser breve y herir lo menos posible la
-susceptibilidad de mis hermanos, a quienes ofende más lo dicho que lo
-sentido; más las palabras que los hechos... Al proponer al Oriente
-que temple en lo posible el ardor de las luchas políticas, he querido
-protestar contra la tendencia a fomentarlas y exacerbarlas. El
-instituto masónico debe ser extraño a la política, debe ser puramente
-humanitario,<span class="pagenum" id="Page_80">p. 80</span> debe
-proteger a los desvalidos sin pedirles cuenta de sus ideas, y aun sin
-conocer sus nombres. Está fundado en la abnegación y en la filantropía.
-Lo dicen así su historia, sus antecedentes, sus símbolos, que o no
-representan nada, o representan una asociación de caridad y protección
-mutua. Lejos de practicarse estos principios en España, el Orden se ha
-olvidado de los menesterosos, constituyéndose en agencia clandestina de
-ambiciones locas, en correduría de destinos y en...</p>
-
-<p>Protestas, amenazas, y tal cual palabreja puramente española, que no
-fue conocida de Salomón ni de Hiram-Abí, ahogaron la voz del orador. El
-tumulto fue tan grande como cuando en el templo de Salomón se dispuso
-que la multitud prorrumpiese en gritos para que la palabra Jehová,
-pronunciada por el Gran Maestro, no llegase a oídos profanos. Del mismo
-modo los martillazos de Campos-Cicerón no llegaban a profanas orejas.
-Por último, entre Canencia y el Venerable lograron restablecer el
-orden.</p>
-
-<p>—Esto no se puede tolerar —gritó un compañero—. Si el hermano
-Aristogitón quiere abogar por los absolutistas, que tanto nos han
-perseguido; si es absolutista él mismo, dígalo de una vez, sin
-necesidad de insultarnos, ni de manchar tan audazmente la honra
-inmaculada de esta santa Sociedad.</p>
-
-<p>—Hermano Arístides, o mejor Pipaón, pues no puedo acostumbrarme
-a prescindir de los nombres verdaderos —dijo Salvador, sin perder
-ni un instante su serenidad—: tú que has<span class="pagenum"
-id="Page_81">p. 81</span> cantado en todos los corrales y has venido
-aquí mandado por los absolutistas, para referirles lo que hacemos,
-debes callar para no exponerte a que se descubra bajo la piel de ese
-ridículo celo, la verdadera oreja asnal de tu conciencia negra.</p>
-
-<p>—Que se <i>burilen</i>, que se escriban ahora mismo esos insultos
-—gritó Pipaón fuera de sí—. Hermano Venerable, pido que el Oriente
-formule ahora mismo el acta de acusación contra el hermano Aristogitón,
-y que pase a la Cámara de Justicia.</p>
-
-<p>—¿Para qué se ha de escribir lo que he dicho? —añadió Monsalud—.
-Mejor es que lo repita, y lo repetiré cuantas veces queráis.</p>
-
-<p>—¡Orden, orden!</p>
-
-<p>Cicerón rompía la mesa a martillazos.</p>
-
-<p>—¡Fuera, fuera!</p>
-
-<p>—Hermanos queridos —dijo el Venerable haciendo un esfuerzo para
-que su sonora voz fuese oída—. Tengamos calma. Ruego al orador tenga
-presente que estamos en un templo, en el santo templo abierto a
-las luces, a la honradez pura, a la filosofía pura, a los nobles
-sentimientos filantrópicos de la humanidad toda, sin distinción de
-clases, iglesias, castas ni estados...</p>
-
-<p>—¡Bien, muy bien!</p>
-
-<p>—Pues digo al orador que estamos en un templo y no en un Congreso, y
-menos en un club.</p>
-
-<p>—¡Muy bien!</p>
-
-<p>—Hecha esta advertencia, y rogando a los hermanos de las columnas
-septentrional y meridional<span class="pagenum" id="Page_82">p.
-82</span> que se calmen y tengan prudencia, oigamos a nuestro hermano;
-que después el Oriente tomará las medidas que crea necesarias.
-Adelante, hermano Aristogitón.</p>
-
-<p>—Es el colmo de la insolencia —gritó un hermano sin hacer caso del
-martillo o cachiporra ciceroniana— que dentro se levante una voz a
-defender al cura Vinuesa y a los demás conspiradores absolutistas.</p>
-
-<p>—Yo no defiendo a los conspiradores —prosiguió el orador—. Lo que
-pido al Oriente es protección para los que padecen, martirizados por
-una populachería indigna que no sabe oponerse a las conspiraciones
-de la corona sino insultando al rey; que no sabe sofocar las
-conspiraciones realistas, porque perdona, tolera y agasaja a los
-hombres verdaderamente temibles, mientras encarcela y atormenta y
-ahorca a infelices clérigos y ancianos ineptos, incapaces de hacer cosa
-alguna de provecho contra el régimen establecido. El populacho a cuyo
-servicio se ha puesto este Orden, no ve los enemigos reales y poderosos
-que se unen astutamente al pueblo y se meten aquí minando el terreno en
-que la libertad, trata de fundar, sin poderlo conseguir, un edificio
-más o menos perfecto. La pleble, mientras deja trabajar en silencio a
-los que odian la libertad, se entretiene en dar tormento a la gente
-menuda.</p>
-
-<p>»Señores masones, o señores liberales templados, que ahora todo
-viene a ser lo mismo, sois como aquel emperador romano que se ocupaba
-en cazar moscas, y mientras mortificaba a estos pobres insectos, no
-veía a los pretorianos<span class="pagenum" id="Page_83">p. 83</span>
-que se conjuraban para echarle del trono. Este era Domiciano. Así sois
-vosotros. Yo quiero que variéis de conducta, y principio por pedir
-que se deje en paz a las moscas... No conozco a Vinuesa; pero sí a
-compañeros y amigos suyos, que comparten su suerte en la cárcel de la
-Villa o de la Corona. He visto la feroz excitación que existe en el
-pueblo contra ellos, y esta excitación, creada y fomentada por este
-Orden, y más aún por la asamblea de los comuneros, es una barbarie y
-al mismo tiempo una imprudencia política. El vil populacho a quien
-instruís en el inicuo arte de hacerse justicia por sí mismo, aprenderá
-al cabo, y una vez maestro, querrá dar todos los días una prueba de
-esa atroz soberanía que le habéis enseñado. Tengo la seguridad de
-que si el tribunal que va a juzgar a Vinuesa se mostrase benigno, la
-canalla destrozaría a Vinuesa, al tribunal y luego a vosotros, que
-habéis hecho creer a la bestia en la necesidad de los sacrificios
-humanos. Mientras la corte juega con vosotros y os lanza de desacierto
-en desacierto para desacreditaros, para que os devoréis los unos a
-los otros, os entretenéis en menudencias ridículas, os debilitáis en
-rivalidades indignas y aduláis las pasiones de la canalla, que si hoy
-ladra libertad, ladrará mañana absolutismo. Todo depende de la mano que
-arroje el pedazo de pan.</p>
-
-<p>»Poniéndome, pues, en el terreno político, a pesar de creerlo
-impropio de esta Sociedad; hablando el único lenguaje que entienden
-aquí, declaro que la persecución de Vinuesa, y mucho<span
-class="pagenum" id="Page_84">p. 84</span> más la sañuda irritación
-del pueblo contra ese hombre infeliz, me parecen una desgracia casi
-irreparable para la libertad, un mal gravísimo que este Orden debe
-evitar a toda costa, principiando por propagar la tolerancia, la
-benignidad, la cordura, y concluyendo por emplear toda su influencia
-en pro de los procesados. Si no se hace así, esto que llamamos templo
-merece que el mejor día entren en él cuatro soldados y un cabo, y que
-después de entregar todos los trastos del rito a los chicos de las
-calles para que jueguen, recojan a los hermanos todos para llenar otras
-tantas jaulas en el Nuncio de Toledo.</p>
-
-<p>Las últimas palabras del orador apenas fueron entendidas, a causa
-del gran alboroto que se armó dentro del templo, que representaba la
-grandeza y maravillosa arquitectura del mundo.</p>
-
-<p>—¡Fuera, fuera!... Él mismo se ha desenmascarado, y ya sabemos lo
-que quiere.</p>
-
-<p>—A votar... que se vote la proposición en escrutinio secreto.</p>
-
-<p>—Ahora mismo se va a redactar el acta de acusación.</p>
-
-<p>—¡Fuera!</p>
-
-<p>—¡El acta de acusación!...</p>
-
-<p>—Pedimos que pierda en absoluto los derechos masónicos. Tanta
-insolencia, esas brutales amenazas, la defensa de nuestros enemigos no
-pueden quedar sin castigo...</p>
-
-<p>Estas y otras frases pronunciadas en indescriptible tumulto,
-indicaban la efervescencia que en el templo reinaba, y por largo rato
-Cicerón<span class="pagenum" id="Page_85">p. 85</span> se rompía
-las manos dando martillazos sin poder calmar las olas de aquel mar
-embravecido. Al fin, auxiliado de Canencia y de otros, lograron serenar
-un tanto los irritados ánimos, librando asimismo al insolente orador
-de las manifestaciones un poco brutales que el grupo más entusiasta,
-la columna del septentrión, si no estamos equivocados, se dispuso a
-emplear contra él.</p>
-
-<p>—Después de ver lo que veo, me preocupa poco que se vote o no lo que
-he propuesto —dijo Salvador—. Y en cuanto al acta de acusación, no se
-tomen mis hermanos el trabajo de redactarla, porque no es preciso que
-me expulsen. Me expulsaré yo mismo, abandonando para siempre este Orden
-inútil, enfermo, podrido, que si aún respira y habla como los vivos, ya
-infesta como los cadáveres.</p>
-
-<p>¡Escándalo inaudito! Aunque lo normal en las <i>tenidas</i> era
-que se discutiera con tranquilidad, cuando la congregación salomónica
-se alborotaba parecía un club de los más fogosos. Unos rugían tan
-cerca del atrevido Aristogitón, que fue necesario que interviniera
-personalmente el Venerable para impedir cosas mayores entre hermanos,
-olvidados de la santidad que infunde un mandil de cocinero. De las
-columnas septentrionales partía el más atroz nublado de amenazas y
-recriminaciones. Las columnas del mediodía estaban más tranquilas.
-Indudablemente había allí no pocos compañeros que opinaban lo mismo
-que el orador, hallando tan solo reprensible la forma violenta del
-discurso.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_86">p. 86</span>—¡<i>Radiación,
-radiación</i>! —gritaron algunos—. Sin alborotar se puede imponer
-castigo al delincuente.</p>
-
-<p><i>Radiar</i> significaba dar de baja.</p>
-
-<p>—Que se le inscriba en el <i>Libro rojo</i>.</p>
-
-<p>Era un librote donde se inscribían los hermanos <i>radiados</i> por
-sentencia masónica.</p>
-
-<p>—Que se vote antes por <i>esferas</i> esa absurda proposición.</p>
-
-<p><i>Esferas</i> llamaban a las bolas.</p>
-
-<p>—Queridos hermanos —repetía el Venerable con mansedumbre—. Estamos
-en un templo, no en un club. Orden.</p>
-
-<p>El orador se hubiera marchado de la logia sin esperar las
-resoluciones del templo; pero un resto de consideración hacia los
-que aún le llamaban hermano, detúvole allí. Vio que Canencia desde
-su tripódica mesilla le hacía señas de reprobación y pesadumbre; vio
-que el Venerable le miraba con expresión de lástima; oyó algunas
-palabras rencorosas de tal cual hermano que no lejos de él tenía su
-asiento; observó que muchos, mayormente los del mediodía, guardaban una
-actitud reservada, como hombres demasiado prudentes que no se atreven
-a poner su opinión frente a la opinión de la mayoría; vio después que
-votaban su proposición, y por unanimidad la desechaban; pero lo que
-más sorpresa le causó fue que en la sala de <i>Pasos perdidos</i>,
-concluida la sesión, le dijera al oído algún hermano de los más
-callados bajo la <i>bóveda del universo</i>:</p>
-
-<p>—Hermano Aristogitón, yo pienso como usted en lo de dejar en paz
-a las moscas y hacer<span class="pagenum" id="Page_87">p. 87</span>
-puntería a los pajarracos; pero esto no se puede decir aquí. Conviene
-seguir la corriente y no chocar con la mayoría. A donde nos lleven
-iremos.</p>
-
-<p>Y otro le dijo, también en secreto:</p>
-
-<p>—Lo mismo que usted hubiera dicho yo, aunque en tono menos
-agresivo. No conviene ensoberbecer al pueblo, ni adular sus instintos
-sanguinarios; pero, amigo, la consigna de estos días es sacrificar
-algún absolutista a la implacable furia populachera, y como no ha caído
-en nuestras redes, ni caerá, ningún tiburón, fuerza es echar en la
-sartén los pececillos de redoma. Vinuesa morirá.</p>
-
-<p>Y un tercero le dijo, también en secreto:</p>
-
-<p>—Le hubiera aplaudido a usted con toda mi alma; pero, amigo, estas
-cosas se sienten y no se dicen. Ni vale la pena de que pierda uno su
-destino y el pan de sus <i>lobatones</i> (hijos) por una apreciación
-política. Yo creo que esto se lo lleva la trampa. Estamos dentro de un
-torbellino que nos arrastra, nos hace dar mil vueltas, nos marea, que
-no para nunca, y nos llevará a donde quiera el gran <i>Demiurgos</i>.
-Creo que hace usted mal en manifestar tan crudamente sus ideas. La masa
-popular tiene ya a Vinuesa entre los dientes, y no seré yo el guapo que
-pretenda quitárselo. Ese clérigo es bastante criminal, es un disoluto,
-un perdido. ¿Por qué le defiende usted?</p>
-
-<p>Y un cuarto le dijo, en secreto también:</p>
-
-<p>—Siento mucho que le tengamos que <i>radiar</i> a usted y apuntarlo
-en el Libro rojo; pero no hay más remedio. No se puede tratar al
-Orden<span class="pagenum" id="Page_88">p. 88</span> como usted lo
-ha tratado... Por mi parte, acepto esa idea de no hacer caso del bajo
-pueblo; pero ¿quién le pone el cascabel al gato? Soltamos los mastines,
-y ahora tenemos que andar brincando y corriendo y huyéndoles el bulto,
-para que no nos muerdan. Si he de hablarle a usted con franqueza,
-creo que nada se pierde con quitar de en medio a los autores de ese
-monstruoso plan; pero al mismo tiempo opino como usted que hay otros
-peores, sí, señor; otros que trabajan en obra fina, y no digo más...
-Dios nos tenga de su mano, Aristogitón, y lo que fuere sonará... Allí
-veo a Argüelles, a Calatrava y a Feliú que acaban de entrar. Esta
-noche hay <i>tenida de Maestros sublimes perfectos</i>... Parece que
-en Palacio anda la cosa mal, y que las Cortes nuevas no serán muy
-sumisas... Yo me voy, porque según me ha dicho Campos, debo perder la
-esperanza de un ascenso, por ahora.</p>
-
-<p>Y un quinto le dijo en voz alta:</p>
-
-<p>—¡Buena la has hecho...! Yo que pensaba decirte que te empeñaras con
-Campos para que me trasladasen a la vacante de la secretaría...</p>
-
-<p>—El duque del Parque acaba de entrar —le dijo un sexto—. Hay
-<i>tenida de Valientes y soberanos Príncipes</i>. Sentiré que te
-<i>radien</i>, hermano Aristogitón. Aunque grité contra ti, y te
-llamé insolente y procaz, no hagas caso. Somos amigos. Algo de lo
-que dijiste, me gusta; principalmente el apóstrofe a Pipaón. Ese
-canalla va a ser presentado esta noche en un grado superior. No hay
-quien pueda con él. ¿Creerás que la plaza que estaba destinada<span
-class="pagenum" id="Page_89">p. 89</span> para mí, la pescó Pipaón para
-su criado?</p>
-
-<p>Otros pasaban sin mirarle, o mirándole con provocativo enojo.</p>
-
-<p>Mientras entraban diversos hermanos, que en el siglo respondían a
-los nombres de Quintana, Argüelles, Valdés, San Miguel, etc., salieron
-otros, entre los cuales también había nombres que después fueron
-ilustres, pero que callamos por varias razones.</p>
-
-<p>Quedose Monsalud en la sala de <i>Pasos perdidos</i>, esperando el
-resultado de la <i>tenida de Maestros sublimes perfectos</i>.</p>
-
-<p>La logia se iba a abrir en uno de los grados superiores.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch9">
- <h2 class="nobreak g0">IX</h2>
-</div>
-
-<p>Duró la reunión de los padres graves bastante tiempo, porque además
-de que en ella trataron diversos asuntos de política elevada, hubo
-admisión de un hermano que había recibido <i>aumento de salario</i>,
-es decir, ascenso en la escala masónica. La ceremonia de recepción en
-los grados superiores no era más seria que en el grado de aprendiz, y
-se hablaba mucho de la <i>Acacia</i>, de la <i>Sala de en medio</i>, de
-la <i>Luz opaca</i> y otras lindezas. Para explicarlas sería preciso
-entrar con brío en la leyenda del <i>Arte-Real</i>; pero como esta y
-cuanto a ella se refiere es fastidioso en grado sumo, nos limitamos a
-recomendar<span class="pagenum" id="Page_90">p. 90</span> al lector
-se abstenga de perder el tiempo averiguando el significado de los
-millares de emblemas diversos usados por las doscientas o trescientas
-disidencias o cisma del primitivo francmasonismo, entre los cuales el
-rito <i>escocés y aceptado</i>, que parece predominante en nuestros
-tiempos, tiene por liturgia un enredado berenjenal de alegorías, entre
-místicas y filosóficas, donde fracasa la más segura y sólida cabeza.</p>
-
-<p>Los <i>Maestros sublimes perfectos</i> se retiraron muy tarde, y
-a la madrugada no quedaban en el local más que cuatro individuos,
-reunidos en torno a la mesa en la <i>Cámara de meditaciones</i>. Eran
-<i>Cicerón</i>, Monsalud, don Bartolomé Canencia, y otro cuyo nombre y
-persona serán conocidos en el transcurso del diálogo. Este (que acababa
-de entrar concluidas las sesiones) y Canencia fijaban su atención en
-unos papeles llenos de guarismos y en un saquillo de monedas, contando
-a ratos, y a ratos apuntando cifras. Los otros dos hablaban.</p>
-
-<p>—La <i>Cámara de perfección</i> —dijo Campos—, no ha querido
-mostrarse severa contigo. Ha decidido que no seas <i>radiado</i> por
-ahora, y que, en vez de <i>dormir</i>, pidas una licencia ilimitada,
-que se te dará.</p>
-
-<p>—Tonterías y debilidades —respondió Salvador riendo—. Ni yo
-quiero licencia, ni la necesito, ni la pediré, ni me importa que me
-<i>radien</i> o me escriban en todos los libros rojos o amarillos.</p>
-
-<p>—Hazme el favor —indicó Campos con socarronería— de no echártela
-de hombre superior.<span class="pagenum" id="Page_91">p. 91</span>
-No valemos tan poco como crees. El discursillo de esta noche que tan
-justamente alborotó la logia, y la carta que me escribiste renunciando
-las comisiones que yo quería encargarte en provincias, me prueban
-que estás en un período de hipocondría o satánico orgullo. Señor
-Aristogitón, hay que civilizarse; hay que aceptar las cosas como son;
-hay que renunciar a esos humos de hombre puro, so pena de anularse
-y caer en triste olvido... Es particular: yo te alargo la mano para
-sostenerte y elevarte, y me la rasguñas. ¡Pobre gatillo inocente! El
-discurso de esta noche bastaría para expulsarte definitivamente de
-entre nosotros, y, sin embargo, gracias a mí te quedarás; gracias a
-mí...</p>
-
-<p>—Para nada quiero seguir.</p>
-
-<p>—Seguirás —repitió Campos con benévola insistencia—, y no solo
-seguirás, sino que nos serás útil. ¡Tunante! Más de cuatro quisieran
-verse en tu lugar. Has de saber que tus salidas de tono y tus desaires,
-en vez de ocasionarte disgustos, te proporcionan gangas. Ya verás qué
-pedrada te voy a dar esta noche.</p>
-
-<p>—A nada conduce tanto hablar, señor Campos —repuso Aristogitón con
-impaciencia—. Es tarde: de una vez dígame usted si han tratado esos
-señores algo referente a Vinuesa y su conspiración.</p>
-
-<p>—Eres en verdad sospechoso. ¿En qué se funda tu interés por ese Gil
-de la Cochera, de la Cuadra o no sé de qué?</p>
-
-<p>—Es pariente mío.</p>
-
-<p>—¿Cercano?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_92">p. 92</span>—Muy cercano.</p>
-
-<p>«Quizás sea su padre —dijo para sí—. Estos hijos de nadie se
-exponen a que de buenas a primeras les salga un padre en cualquier
-calabozo.»</p>
-
-<p>—¿Se ocupan de esto? ¿Sí o no?</p>
-
-<p>—Nos ocupamos, sí. El castigo de Vinuesa y sus cómplices es una de
-las cosas que más preocupan a la gente política. No han sido olvidados
-otros asuntos graves, como la disolución del cuerpo de Guardias; los
-insultos al rey; las nuevas Cortes, que se abrirán dentro de unos días;
-la Sociedad de los comuneros, que está metiendo demasiado ruido, y las
-partidas de guerrilleros que comienzan a aparecer. Es un hormiguero de
-asuntos graves, que hacen de España un país de delicias.</p>
-
-<p>—Por supuesto, no habrán resuelto nada. Los <i>Maestros sublimes
-perfectos</i> se parecen al gobierno como una calabaza a otra. Aquí
-como allí se procede de la misma manera. Habrán decidido que no
-conviene absolver a Vinuesa, ni tampoco condenarlo; que no conviene
-castigar a los insultadores del rey, ni tampoco alentarles; que el
-cuerpo de Guardias está bien disuelto, pero que se debe crear otro;
-que la mejor manera de acallar el ruido que hacen los comuneros, es
-alborotar mucho aquí; que las nuevas Cortes no son buenas, pero tampoco
-malas, y que la política debe ser exaltada para contentar al populacho,
-y al mismo tiempo despótica para contentar a la corte.</p>
-
-<p>—Atacas el justo medio, que es el arte político por excelencia,
-bribón —dijo Campos riendo—.<span class="pagenum" id="Page_93">p.
-93</span> ¿Tú qué entiendes de eso? Sin este tira y afloja; sin esta
-gracia de Dios que consiste en no hacer las cosas por temor de hacerlas
-a disgusto de Juan o de Pedro, no hay gobierno posible.</p>
-
-<p>—En una palabra, los <i>sublimes</i> no han decidido nada. Ya dijo
-Voltaire hace muchos años: <i>La masonería no ha hecho nunca nada, ni
-lo hará</i>. Tenía razón.</p>
-
-<p>—Protesto —gritó Canencia, apartando por un momento su atención
-de las monedas, de los guarismos y del amigo que con él contaba y
-escribía—. El buen Arouet no ha dicho semejante cosa. No calumniemos al
-gran filósofo, señores.</p>
-
-<p>—Quienes le calumnian, querido Sócrates —dijo Campos en un momento
-de ira—, son los volterianos, que fuera de aquí se fingen beatos para
-halagar a los curas.</p>
-
-<p>—Pero si halagan a los curas honrados —repuso Canencia volviendo a
-contar—, no trabajan por la impunidad de los curas absolutistas que
-escandalizan al país con sus conspiraciones... Cuarenta y cinco reales
-en medias pesetas.</p>
-
-<p>—Usted, papá Sócrates —dijo Monsalud con mal humor—, reparta el
-<i>dinero de la Viuda</i> y deje lo demás.</p>
-
-<p>—Volviendo a nuestro asunto, hermano Aristogitón —manifestó
-Campos—, te conviene mucho no meterte a redentor de cautivos. El
-Grande Oriente no puede aplacar la efervescencia del pueblo contra
-Vinuesa, ni absolver a este, aunque hará todo lo posible porque<span
-class="pagenum" id="Page_94">p. 94</span> no se le condene a muerte,
-ni tampoco pondrá en libertad al de Tamajón, ni a tu Gil de la Cuadra,
-porque si lo hiciera se supondrían complicidades absurdas. Ya sabes lo
-que es el vulgo... y por más que digan, los gobiernos deben dar algo al
-señor vulgo en compensación de lo mucho que a todas horas le piden.</p>
-
-<p>—Pues yo me retiro —dijo Monsalud resueltamente.</p>
-
-<p>—Aguarda, torpe, ingrato. Te he dicho que iba a darte una pedrada
-esta noche.</p>
-
-<p>—No estoy para bromas.</p>
-
-<p>—Vamos, será preciso cogerte con lazo, y luego atarte las manos para
-que no des bofetadas a tus favorecedores.</p>
-
-<p>Campos sacó del bolsillo un pliego doblado en cuatro.</p>
-
-<p>—Aquí tienes tu destino.</p>
-
-<p>—¿Qué destino? —preguntó el joven con asombro.</p>
-
-<p>—No te hagas el tonto, Salvador, ni vengas acá con ridículas y
-mentirosas modestias. Con esta clase de latigazos se domestica a las
-fieras catonianas. Ya se que no te gusta pedir nada; ya sé que te falta
-boca para proclamar tu horror a los destinos públicos, y censurar la
-ambición y a los ambiciosos. Todos hacemos lo mismo; pero cuando nos
-dan algo... lo tomamos.</p>
-
-<p>—Yo no entiendo una palabra de lo que usted me dice.</p>
-
-<p>—Vamos, que no te falta ya más que hacerte anacoreta, y
-excomulgarme por favorecerte. No tanto, joven modesto. Aquí tengo una
-credencial<span class="pagenum" id="Page_95">p. 95</span> de treinta
-mil reales, una canonjía admirable en la secretaría del Consejo de
-Indias. Poco trabajo, ninguna responsabilidad. Con los suspiros
-que otros han exhalado por esta plaza, se podría dar a la vela un
-navío. El ministro, al dármela esta noche en el capítulo, me dijo que
-desde que vacó ese puesto, lo han solicitado unos cien o doscientos
-<i>adictos</i>. Pero yo la había pedido para ti con muchísimo empeño,
-y el ministro no podía desairarme; el ministro me ha dado la plaza, a
-pesar de tu irreverente y sacrílego discurso de esta noche.</p>
-
-<p>—Estoy muy agradecido a usted, pero no acepto.</p>
-
-<p>—Es el primer caso que veo en España, querido Salvador —dijo Cicerón
-con la malicia escéptica que le era habitual—; es el primer caso que
-veo de un hombre a quien le dan esta bendición de Dios que yo tengo
-en la mano, y se queda sereno y frío como tú estás ahora. Tú no eres
-hombre, tú no eres español.</p>
-
-<p>—¿Pero usted por su propia iniciativa ha pedido para mí ese destino,
-no habiéndolo solicitado yo? —preguntó el joven tratando de averiguar
-el motivo de aquella protección sospechosa.</p>
-
-<p>—Hombre, la verdad... a mí no se me ocurría tal cosa; pero mi
-sobrina Andrea, que a todo atiende, que todo lo prevé, que sabe tan
-bien adivinar las necesidades, me dijo no hace muchos días: «Es una
-vergüenza que hayan colocado tanta gente inepta, y esté sin destino
-Salvador Monsalud.» Comprendí que tenía razón, y le contesté que tú
-nunca habías pedido<span class="pagenum" id="Page_96">p. 96</span>
-nada, y que en la casa del señor duque del Parque estabas muy bien...
-Ella me dio a entender que deseas la plaza.</p>
-
-<p>—¡Yo!</p>
-
-<p>—Tú. Andrea es excelente, es caritativa como ninguna, y estima mucho
-a todos mis amigos. Me ha dicho que habías estado en casa a verme;
-que no hallándome, esperaste largo rato; que estabas meditabundo y
-cariacontecido; que te dio conversación para distraerte; que hablando
-de cosas de la vida, le diste a entender con frases delicadas y
-parabólicas que deseabas un buen empleo; en suma, según mi sobrina, tú
-le rogaste con buenos modos que influyera conmigo para que el Grande
-Oriente te proporcionara una pingüe colocación.</p>
-
-<p>—¡Qué falsedad!... Pero, ¿lo dice usted seriamente? —preguntó
-Monsalud con ira.</p>
-
-<p>—¿Desmentirás a mi sobrina?</p>
-
-<p>—Yo no desmiento a nadie. Simplemente digo que muchas gracias, y que
-guarde usted su credencial para otro.</p>
-
-<p>Diciendo esto, Salvador clavó tenazmente los ojos en el semblante de
-Cicerón, tratando de leer en él los móviles de conducta tan extraña.
-Aquella extemporánea protección del <i>Maestro sublime perfecto</i>,
-otorgada precisamente a quien acababa de hacer a la congregación una
-ofensa grave, encerraba sin duda algún misterio. Conocía bastante
-Monsalud el carácter de Campos para creer en su benevolencia, y conocía
-bastante el Orden para suponerle capaz de dar a los que no pedían.
-Ni consideraba tampoco verosímil la intervención de Andrea en<span
-class="pagenum" id="Page_97">p. 97</span> aquel asunto. Hizo diversos
-juicios y sentó varias hipótesis; pero ni de aquellos ni de estas
-resultó nada concreto. También fue inútil la observación analítica del
-plácido rostro de Campos, pues el gran masón no era hombre que a su
-cara permitía vender los secretos del entendimiento.</p>
-
-<p>—Yo lo agradezco mucho —repitió el joven—; pero de ningún modo puedo
-aceptar.</p>
-
-<p>—Basta: para fórmula modesta, para vergüencilla de niño bien
-educado, basta ya —dijo Campos burlonamente—. Pues esto que ahora
-te doy, no es más que para hacer boca. Ya he hablado al ministro de
-enviarte a desempeñar una de las superintendencias de Indias, con la
-cual puedes ser hombre rico en diez años.</p>
-
-<p>Aquel proyecto de envío a Ultramar, aumentando al principio la
-confusión del joven, confirmó sospechas dolorosas que en su alma
-empezaban a nacer.</p>
-
-<p>—¡Repito que no y que no! —dijo con la mayor energía—. Muchas
-gracias por todo; pero celebraré que no me vuelva usted a hablar de
-eso.</p>
-
-<p>—Entonces —indicó Campos, cruzando los brazos en señal de
-perplejidad—, pide por esa boca. Imagina algún imposible; pide la luna,
-a ver si te la podemos dar.</p>
-
-<p>—Lo que deseo, ya lo pedí en la <i>tenida</i>.</p>
-
-<p>—Pues eso es un disparate. Ya te he dicho que no podemos decidir
-nada. Hay cuestiones que no se resuelven sino dejándolas sin
-resolución. ¿Te ríes...? ¡Maldita sea tu filantropía! Yo quisiera
-comprender en qué consiste tu interés por Gil de la Cuadra.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_98">p. 98</span>—En que le debo la
-vida.</p>
-
-<p>—¿Y qué es eso de deber la vida?</p>
-
-<p>—Una cosa que no entienden los egoístas.</p>
-
-<p>—Tú estás loco —dijo Cicerón haciendo gestos de desdén—. Señor
-Regato, ¿qué le parece a usted la pretensión de nuestro joven
-filántropo?</p>
-
-<p>El señor don José Manuel Regato alzó los ojos del montón de dinero
-para fijarlos en el cercano grupo. Hombre tan célebre merece algunas
-líneas.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch10">
- <h2 class="nobreak">X</h2>
-</div>
-
-<p>Era de mediana edad y fisonomía harto común: ni alto ni bajo,
-moreno y curtido de rostro, a excepción de la frente, que era muy
-blanca. Sus pobladas cejas negras y el pelo espeso y cerdoso indicaban
-fortaleza. Había en sus ojos la vaguedad singular propia de los tontos
-o de los que aparentan serlo, y a menudo reía, como tributando de este
-modo complaciente lisonja a cuantos le dirigían la palabra. Vestía
-completamente de negro, asemejándose, por esta circunstancia, a una
-persona de estado eclesiástico; afectaba la más refinada compostura,
-y al mirar contraía los párpados a manera de los miopes. Si los abría
-en momentos de sorpresa, de miedo o de ira, distinguíanse los verdosos
-y dorados reflejos de<span class="pagenum" id="Page_99">p. 99</span>
-su iris, muy parecido al de los gatos. Cuando quería hablar algo de
-interés, iba acercándose poco a poco al asiento de su interlocutor, y
-su manera de acercarse, su especialísima postura al sentarse, arrimando
-el codo o el hombro a la persona, eran fiel copia de los zalameros
-arrumacos del gato. Muchos habían observado esta semejanza, y hasta en
-el apellido de Regato, es decir, reiteración en las cualidades gatunas,
-hallaban motivo de burla los maliciosos.</p>
-
-<p>—Antes de pedir con tanto empeño la impunidad de Vinuesa y
-compañeros —dijo don José Manuel—, yo me pondría en paz con Dios por lo
-que pudiera tronar. Defendiendo a tales víctimas, se corre el peligro
-de ser una de ellas. Gil de la Cuadra es uno de los peores. ¡Valiente
-pajarraco defiende usted, amiguito Monsalud! Con la mitad de lo que él
-ha hecho se va de bureo a la plazuela de la Cebada. No es crueldad,
-señores; pero si a este candoroso anciano no le ponen la corbata de
-cáñamo, no hay justicia en el mundo.</p>
-
-<p>—A quien hay que poner la corbata de cáñamo —dijo Salvador con
-súbita ira— es a los serviles que impulsaron a Vinuesa y compañeros
-mártires, para abandonarles en el momento del peligro. Quizás celebran
-hoy que la muerte de esos infelices borre la huella de trabajos más
-formales; quizás se mezclan hipócritamente a la canalla soez que pide
-horca y hogueras... para distraer de sí la atención del pueblo honrado
-y del gobierno.</p>
-
-<p>—Quizás... —repitió serenamente Regato.</p>
-
-<p>—Si sigues por esa senda de sentimentalismo<span class="pagenum"
-id="Page_100">p. 100</span> —afirmó Campos, dando a Monsalud familiar
-espaldarazo—, es muy posible, ¡oh joven!, que te pongan entre los
-sospechosos o poco adictos al sistema.</p>
-
-<p>—Pónganme donde quieran —manifestó Salvador—. Yo sé dónde estoy y
-conozco bien los sitios y las personas. Desprecio los juicios malignos
-que aquí o fuera de aquí puedan hacerse de mi conducta.</p>
-
-<p>—Enérgico estás —dijo Cicerón con jovialidad—. Verdad es que quien
-se ha extralimitado en el templo, bien puede salir de sus casillas en
-la sacristía.</p>
-
-<p>—¿Qué es eso de sacristía? —indicó Canencia, desperezándose, después
-de contado el dinero, como hombre que ha terminado un gran trabajo—. No
-se pongan motes de clerigalla a estos venerables lugares. Esto se llama
-la <i>Cámara de meditaciones</i>... Cuente usted otra vez lo suyo,
-señor Regato. Son 836 reales y tres maravedises.</p>
-
-<p>—No vuelvo a ensuciar mis manos en esta inmundicia —dijo Regato—.
-¡Válgame Santa Mónica, cuánta calderilla! Parece mentira que una
-hermandad tan ilustre y a la cual pertenece tanta gente adinerada, no
-ponga más que estos miserables huevecillos.</p>
-
-<p>—Los gordos son para el hermano Sócrates —dijo Monsalud—. Mire
-usted, señor Regato, cómo va echando carrillos y rejuveneciéndose el
-buen masón de Salamanca.</p>
-
-<p>—Cállate, picarillo —repuso Canencia—. Ya sabes que puedo sacarte
-los colores a la cara siempre que quiera.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_101">p. 101</span>—Señal de que tengo
-vergüenza.</p>
-
-<p>—O de que la tuviste... Pero basta de boberías. Cobre usted, señor
-Regato, y venga recibo.</p>
-
-<p>—Las cuentas de estos señores —dijo Salvador— son tan embrolladas
-como las leyes masónicas.</p>
-
-<p>—Es sencillísimo —contestó Regato—. Se me deben 1233 reales. Aquí
-está mi cuenta... «Por dos calaveras que mandó traer de la bóveda de
-San Ginés en 6 de noviembre, 42 reales... Por el bordado de cuatro
-mandiles, 268... Por echar una pieza al sol, 12... Por pintar las
-llamas, 30... Por una escuadra nueva y siete malletes, 58... Por
-aguardiente que se dio a los de policía el 5 de enero, 14... Por lo
-que se repartió cuando tiraron la pedrada al coche de <i>Narices</i>,
-410... Por papel de circulares, 60... Por saldo del piquillo que se
-le debía a Grippini, el cafetero de <i>La Fontana</i>, 140... y así
-sucesivamente, señores. Total, 1233 reales.» Ahora papá Sócrates
-ajusta las cuentas de otro modo, y no quiere darme más que 836 reales.
-Estas mermas son las recompensas de un hombre de bien que consagró
-su tiempo a ser secretario de la masonería durante cinco meses...
-¡Vean ustedes qué pago! Adelanta uno su dinero para que el Orden no
-carezca de nada, y al pagar... ¡Luego se espantan de que me haya hecho
-comunero!...</p>
-
-<p>—Bendito don José —dijo vivamente Cicerón—, poco a poco. No nos
-espantamos de que usted se haya hecho comunero: nos espantamos y
-nos enojamos de que usted, tan favorecido por este Gran Oriente,
-prescindiendo de piquillos,<span class="pagenum" id="Page_102">p.
-102</span> alcances y descuentos, fomentara la escisión funesta que
-acaba de realizarse en la Sociedad; que arrastrara fuera del Orden a
-esos desgraciados fundadores de la gárrula Comunería, y que ahora,
-después que forman iglesia aparte, les incite contra nosotros, les
-predique la anarquía y el desorden, convirtiéndoles en desalmados
-jacobinos.</p>
-
-<p>—Yo me marché de la masonería —dijo Regato con firmeza—; yo
-fomenté el cisma; yo contribuí a fundar la Sociedad de los Hijos de
-Padilla, porque la masonería vino a ser rápidamente una sociedad ñoña
-y que no sirve para nada, como dijo Voltaire. Yo no oí las verdades
-amargas que dijo el señor Monsalud esta noche, porque como hermano
-<i>durmiente</i> a perpetuidad, no puedo pasar de la sacristía ni aun
-entrar aquí sino recatadamente y a ciertas horas; pero por lo que me
-contó el señor Canencia, sé que este joven puso el dedo en la llaga.
-Señores, esto es una farsa; esto no conduce más que a un servilismo no
-menos infame que el servilismo del año 14. Aquí se hacen los decretos
-a gusto de dos o tres maestros del grado sublime; aquí se eligen los
-diputados; aquí no hay otra cosa que los manejos de cuatro fatuos que
-mandan y a su gusto disponen de todo. No les quiero citar, porque
-no hay para qué. Pero ellos quieren establecer el gobierno perpetuo
-de los tibios, y adjudicarse todos los destinos. Esto no puede ser,
-y no será. Hemos fundado la Comunería para establecer la verdadera
-libertad, sin boberías de orden y servilismo encubierto; para darle
-al pueblo su total<span class="pagenum" id="Page_103">p. 103</span>
-soberanía, y que se hagan todas las cosas como al santo pueblo le
-dé la gana; para desenmascarar a tanto pillo farsante, y hacer que
-obtengan destinos los verdaderos hombres de bien, adictos al sistema.
-Basta de papeles y comedias bufonas. Nosotros vamos a la verdad, a la
-realidad. Odio eterno, señores, entre unos y otros; queremos separación
-eterna, irreconciliable de los que desterraron a nuestro querido
-héroe, de los que contemporizan con la corte y la Santa Alianza, de
-los que disuelven el ejército libertador, de los que persiguen a las
-sociedades patrióticas de <i>La Fontana</i> y <i>La Cruz de Malta</i>,
-de los que hacen la mamola a los obispos y al Papa, de los que ponen
-dificultades a la organización de la Milicia nacional; separación
-eterna de los que en una mano tienen el libro de la Constitución y
-en otra el cetro de hierro del <i>Rey neto</i>. Este es el Orden de
-Padilla; esta es la Confederación de Padilla, que hará en España la
-revolución verdadera, que establecerá el sistema constitucional en toda
-su pureza, y pondrá fin al reinado de los pillos e hipócritas. El Orden
-de Padilla derribará al infame ministerio de las <i>páginas</i> y de
-los <i>hilos</i> antes de ocho días, señores; óiganlo bien, antes de
-ocho días.</p>
-
-<p>Nadie contestó en los primeros momentos. Cicerón meditaba apoyando
-su sien en el dedo índice. Canencia sonreía. Monsalud, indiferente a la
-perorata, se levantó para retirarse.</p>
-
-<p>—¡Gran suerte será para nosotros —dijo al fin Campos— que el señor
-Regato nos perdone la vida!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_104">p. 104</span>—Yo no amenazo. Al
-contrario, invito a todos los buenos amigos a que se vengan conmigo.</p>
-
-<p>—Es muy cómodo eso —indicó Cicerón—. Vivir con la masonería, cobrar
-800 reales por calaveras, remiendos echados al sol y aguardiente dado
-a la policía, y marcharse después con los comuneros para hacernos la
-guerra.</p>
-
-<p>—No pueden ustedes acusarme de interesado —dijo Regato, levantándose
-también para marcharse—. La Comunería es pobre; no da destinos.</p>
-
-<p>—Pero los dará tal vez dentro de ocho días. Ya se puede esperar.</p>
-
-<p>—Antes que se me olvide, señor don José Manuel —dijo el filósofo
-Canencia, que no se apartaba de lo positivo—. Me han dicho que allá
-tienen falta de espadas y broqueles. Aquí tenemos algunas piezas de
-sobra.</p>
-
-<p>—Veo que esto acabará en Rastro —repuso el comunero guardando sus
-cuartos—. Nosotros usamos espadas de acero, no de latón.</p>
-
-<p>—Pues buen provecho, hombre, buen provecho.</p>
-
-<p>—Para mis amigos soy el mismo de siempre —dijo Regato echándose la
-capa sobre los hombros—. ¡Quién sabe si...!</p>
-
-<p>—El hermano Sócrates y yo tenemos que ajustar ahora otra especie de
-cuentas. Buenas noches, señor Regato.</p>
-
-<p>—Yo me retiro también —dijo Monsalud—. Repito lo del destino, señor
-Marco Tulio. Muchas gracias, muchas gracias por la secretaría; pero que
-sea para otro.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_105">p. 105</span>—Adiós,
-puerco-espín... Señor Regato, mucho cuidado con ese granuja que sale
-con usted... Es capaz de hacerse comunero si usted se lo dice tres
-veces.</p>
-
-<p>Cuando ambos salieron a la calle, el más joven dijo:</p>
-
-<p>—Señor don José Manuel Regato, yo quiero ser comunero.</p>
-
-<p>Uno y otro hablaron breve rato, separándose después.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch11">
- <h2 class="nobreak g0">XI</h2>
-</div>
-
-<p>Seguía viviendo Solita en casa de doña Fermina Monsalud, a donde
-trasladó el pequeño mueblaje patrimonial; y su bondad y sencillez
-nativas, así como la gran desgracia que padecía, abriéronle pronto el
-corazón de la madre y el hijo. Otras personas necesitan largo tiempo y
-trato para ganarse una amistad profunda; pero Solita a los ocho días
-ya era de la familia. Durante las largas ausencias de Salvador, que
-estaba fuera casi todo el día y parte de la noche, la señora mayor
-y la señorita, sin dejar de la mano una y otra labor de utilidad o
-entretenimiento, no cesaban de discurrir sobre las probabilidades de
-que el señor Gil de la Cuadra fuese puesto en libertad; y como el
-tema las llevaba al áspero terreno de la política, concluían siempre
-diciendo mil desatinos, que<span class="pagenum" id="Page_106">p.
-106</span> en su buena fe y candor les parecían discretas observaciones
-o grandiosos descubrimientos.</p>
-
-<p>—Dicen que va a caer el gobierno —indicaba doña Fermina—. Si entran
-después los que quieren que todo sea libertad y más libertad, no habrá
-presos.</p>
-
-<p>—Lo que yo creo más probable —respondía Soledad— es que el rey se
-levante de mal humor cualquier mañanita, y mande a su caballerizo mayor
-a las Cortes. Desengáñese usted, de ahí viene todo el mal.</p>
-
-<p>Algunos días veían los sucesos con alegres ojos; otros sombríamente
-y con tristeza.</p>
-
-<p>—Tengo el corazón traspasado —decía Solita dejando caer sus lágrimas
-sobre la costura—. He cerrado un momento los ojos para rezar, y he
-visto a mi padre expirando en el calabozo.</p>
-
-<p>—No pienses tonterías —contestaba la Monsalud—. Yo he cerrado
-también los ojos para rezar, y he visto al señor Gil poniéndose la capa
-para salir de la cárcel. El mejor día le ves entrar por esa puerta...
-Mi buen hijo ha tomado con empeño este negocio.</p>
-
-<p>Entraba entonces Salvador fatigado y sombrío, y al punto las dos
-mujeres clavaban en él la vista para adivinarle los pensamientos
-antes que los manifestase. Solita se lo comía con los ojos, y había
-adquirido tal arte para leer en la expresiva fisonomía del joven, que
-al verle entrar decía para sí: «hoy tenemos malas noticias», o: «hay
-esperanzas.»</p>
-
-<p>Soledad creía deber suyo pagar con pequeños trabajos y servicios los
-favores sin cuento que en aquella casa recibía. En un par de días<span
-class="pagenum" id="Page_107">p. 107</span> enterose minuciosamente
-de los hábitos de la familia, y procuraba que su presencia en la
-humilde vivienda fuera de lo más útil posible. Aguzaba su ingenio para
-introducir en el cuarto de Salvador refinadas comodidades, previendo
-cuanto el buen muchacho necesitar pudiera; se le conocía en la cara y
-en el modo de mirar que no abandonaba un punto la observación cariñosa
-y vigilante de todo cuanto a su hermano postizo se refiriese.</p>
-
-<p>Separada de su padre y de los parientes maternos, la persona a
-quien tenía mayor respeto era aquel protector advenedizo en cuyos
-brazos había caído. Con la madre tenía confianza, con el hijo no.
-Además de que no osaba entablar conversación con él, fuera de las
-preguntas propias de las circunstancias, manteníase siempre distante y
-respetuosa. Salvador, a los pocos días de vida común, la tuteaba. Como
-pasasen muchos días sin que ella correspondiese a esta familiaridad, él
-le dijo:</p>
-
-<p>—Cuando el pobre Gil se separó de nosotros, quiso que fuéramos
-hermanos. Trátame como se tratan los hermanos, y llámame
-<i>Salvador</i> a secas y <i>tú</i>.</p>
-
-<p>—Me parece que no podré acostumbrarme a eso —respondió la niña
-ruborizándose.</p>
-
-<p>Contradiciendo su propia opinión, se acostumbró muy pronto.</p>
-
-<p>Cuando el joven dormía, avanzada la mañana, una como divinidad del
-silencio cuidaba de evitar los más ligeros ruidos de la casa. Cuando
-volvía muy tarde, las más veces en el último confín de la noche, Solita
-velaba sin fatiga<span class="pagenum" id="Page_108">p. 108</span> ni
-sueño para que no esperase ni un minuto en la puerta, ni le faltara
-nada al entrar. Nunca se había permitido la más ligera broma con él, ni
-dejó de emplear, para decirle algo, el tono más comedido y serio. Una
-noche, sin embargo, le salieron las palabras a la boca con tal ímpetu,
-que se extralimitó a hablarle así:</p>
-
-<p>—¡Qué tarde has venido esta noche, hermano! Se conoce que tú y tu
-novia habéis tenido muchas cosas que deciros.</p>
-
-<p>Soledad no comprendía que un hombre trasnochase por otra razón que
-por estar hablando con su novia.</p>
-
-<p>Acogió Salvador la observación con amable sonrisa. Arrojándose en
-una silla con muestras de gran cansancio, contempló a su improvisada
-hermana que estaba ante él sosteniendo una luz, y se fijó más que nunca
-en las graves imperfecciones de su rostro, no tantas, sin embargo,
-que disminuyesen el fuerte atractivo simpático que existía en ella, a
-manera de reflejo o anuncio del alma.</p>
-
-<p>—Solita —le dijo Monsalud riendo—, con esa luz en la mano te me
-pareces a la Fe iluminando al mundo. Yo he visto en alguna parte
-una estatua, cuadro o estampita igual a ti en este momento... Dime,
-hermana, y perdona mi curiosidad: y tú, ¿no tienes novio?</p>
-
-<p>Solita volvió rápidamente la espalda para retirarse; pero
-arrepentida sin duda, tornó a mirar a su hermano.</p>
-
-<p>—Bien sabes que lo tengo. Mi primo Anatolio...</p>
-
-<p>—¡Ah, ya recuerdo! Tu papá me habló de<span class="pagenum"
-id="Page_109">p. 109</span> un primo tuyo, que también será ahora primo
-mío... Ya recuerdo, sí; el primo Anatolio, que va a ser mi cuñado.</p>
-
-<p>—Justamente. ¿Quieres algo?</p>
-
-<p>—Aguárdate y respóndeme. ¿Quieres mucho a nuestro primo?</p>
-
-<p>—Ya sabes que mi padre ha dispuesto que sea mi marido.</p>
-
-<p>—¿Le has visto alguna vez?</p>
-
-<p>—Cuando éramos niños. Yo no me acuerdo bien cómo es. Mi padre hace
-poco me solía decir: «Tu primo Anatolio ha de ser a esta fecha un
-arrogante hombrazo como Salvador el de doña Fermina.»</p>
-
-<p>—Pero no me has dicho si quieres mucho a tu Anatolio.</p>
-
-<p>—Eso no se pregunta. ¿No he de quererle si mi padre me ha mandado
-que le quiera y me case con él?</p>
-
-<p>—A eso no hay nada que decir, hermana. Cuando te cases y vayas a
-Asturias, te prometo hacerte una visita: ¿qué te parece?</p>
-
-<p>—Me parece muy bien.</p>
-
-<p>—Y seré padrino de tu boda... y seré padrino de tus niños, de mis
-sobrinillos.</p>
-
-<p>—Buenas noches, compadre.</p>
-
-<p>Pero esta clase de diálogos eran una excepción. Generalmente, cuando
-Salvador entraba, Soledad le decía preguntas referentes a la deseada
-libertad de su padre.</p>
-
-<p>—Hermano —le dijo una noche—, tu cara me anuncia malas noticias:
-¿qué hay?</p>
-
-<p>—¿Malas noticias? —repuso el joven dando un suspiro y meditando
-breve rato—. La verdad,<span class="pagenum" id="Page_110">p.
-110</span> este asunto es difícil. Se sacan piedras del fondo del
-mar; pero ¿quién saca la pobre víctima que cae en el inmenso fondo de
-barbarie del populacho?</p>
-
-<p>Solita dio un suspiro y elevó sus expresivos ojos al cielo.</p>
-
-<p>—Pero no hay que desesperar, hermanita —añadió Salvador
-consolándola—. Cuando yo llegue al último extremo en mis fatigas y
-empeños por salvar la vida al pobre reo; cuando yo no pueda más, vendrá
-lo imprevisto, vendrá Dios y lo salvará.</p>
-
-<p>—Según eso, traes malas noticias —dijo Soledad con abatimiento.</p>
-
-<p>—Malas no, regulares. He adelantado algo. Mañana veremos. Conque
-buenas noches, comadre.</p>
-
-<p>Solita dio otro suspiro y se alejó; pero retrocediendo al instante,
-hizo esta pregunta:</p>
-
-<p>—¿Y le has visto?</p>
-
-<p>—Todavía no he podido verle. Ponen mil dificultades; pero pienso
-hacerme amigo de los comuneros, a ver si por este medio...</p>
-
-<p>—Los comuneros... es decir, don Patricio. Dime, hermano, ¿son todos
-tan tontos y tan crueles como nuestro vecino?</p>
-
-<p>—Allá se le van... Creo que me será fácil ver a tu padre. Descuida,
-que si no podemos conseguir su absolución, trataremos de arreglarle la
-escapatoria.</p>
-
-<p>—¡Qué bueno eres, pero qué bueno! —exclamó Sola—. Siempre que te
-oigo hablar, se me llena el corazón de esperanza, y veo a mi pobre
-padre libre y feliz. Lo que haces por nosotros,<span class="pagenum"
-id="Page_111">p. 111</span> Salvador, es más que cuanto pueden hacer
-los hombree más generosos. Mucho ha de darte Dios en esta vida o en la
-otra para poder premiarte.</p>
-
-<p>—Dios no tiene que darme nada, tonta. Esto es una deuda, mejor
-dicho, aquí hay varias deudas que pesan sobre mi alma. Si salvo a
-tu padre de la muerte primero, de la cárcel después, sentiré un
-alivio...</p>
-
-<p>—Ya sé... cuando mis padres marcharon a Francia hace ocho años,
-ocurrieron cosas terribles.</p>
-
-<p>—Sí, muy terribles. Algunas de ellas no las puedes comprender. Por
-fortuna tú no estabas allí: te dejaron en La Bañeza.</p>
-
-<p>—Pero todo me lo contó mi madrastra —manifestó Solita con emoción—.
-La pobre te estimaba mucho, y constantemente hablaba de ti. Hasta en el
-día de su muerte te nombró varias veces...</p>
-
-<p>Salvador callaba, fijando la vista en el suelo.</p>
-
-<p>—No digas que soy generoso si saco a tu padre de este mal paso
-—manifestó después de una pausa—. Di más bien que soy un malvado si no
-le salvo.</p>
-
-<p>—¿Y si es imposible?</p>
-
-<p>—Nada hay imposible —repuso el joven con brío—. Soledad, tendrás
-padre, tendrás marido... ¿Sabes que conviene escribir a tu primo
-Anatolio, refiriéndole la situación en que te hallas?</p>
-
-<p>—Como tú quieras —respondió la joven con indiferencia.</p>
-
-<p>—Le escribiré, vendrá, te casarás. Para entonces,<span
-class="pagenum" id="Page_112">p. 112</span> vive Dios, o soy digno
-del desprecio de todos, o estará tu padre libre. Viviréis felices y
-tranquilos... ¡Oh, qué hermosa familia vamos a tener aquí!... porque
-supongo que el señor Gil se verá rodeado de nietos dentro de algunos
-años... ¡Pobre anciano, cómo gozará jugando con los pequeñuelos!...
-Y ese Anatolio será un buenazo, un corazón de oro... Lo dicho, seré
-padrino de tus muñecos.</p>
-
-<p>—Buenas noches, compadre. Que duermas bien.</p>
-
-<p>—Buenas noches.</p>
-
-<p>Y al acostarse, a sí mismo se decía:</p>
-
-<p>—¿La ves tan desgraciada, tan pobre, tan sola? Pues con su
-sencillez, su ignorancia y su Anatolio, será más feliz que tú.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch12">
- <h2 class="nobreak g0">XII</h2>
-</div>
-
-<p>El personaje a quien los de la <i>Acacia</i> daban el nombre de
-<i>Cicerón</i>, vivía en una hermosa casa a la extremidad de la calle
-de Don Pedro, junto a las Vistillas. La dirección de Correos, que hoy
-constituye una posición decente, era en aquellas calendas una verdadera
-mina, y ahondando en ella, el señor Campos, a pesar de su oscuridad
-política, había conseguido, manejando cartas, y no de baraja, allegar
-un capitalejo que en lo sucesivo sirvió de tema de maledicencia al
-envidioso vulgo. Entró con pie<span class="pagenum" id="Page_113">p.
-113</span> derecho este insigne personaje en la burocracia
-revolucionaria, por reunir los tres requisitos indispensables para
-medrar durante aquel período, los cuales eran: haber padecido durante
-el régimen absoluto, haber intervenido en la mudanza del 20, y estar
-afiliado en las sociedades secretas.</p>
-
-<p>Vivía, pues, pacífica y cómodamente con su familia, no por cierto
-muy numerosa; pues constaba tan solo de dos personas: su hermana doña
-Romualda (señora de muy poco seso en su juventud, al decir de la gente;
-pero que en la época de nuestra historia parecía querer apaciguar su
-conciencia dándose a la devoción con ardiente celo), y su sobrina
-Andrea, hija de Mauricio Campos, que volvió de Indias el año 12 con
-una regular fortuna de que no pudo disfrutar porque le sobrevino la
-muerte. Huérfana de padre y madre a los once años de edad, la hermosa
-niña quedó bajo la tutela de su tío, que no tuvo reparo en empezar su
-administración disipando en conspiraciones una parte de la fortuna de
-la pobre indianilla; y para mayor perjuicio de esta, los frecuentes
-viajes de Campos la ponían bajo la inmediata protección de doña
-Romualda, que por aquellos días no había salido aún de la etapa de las
-calaveradas amorosas.</p>
-
-<p>Andrea, cuya crianza en América no había sido ejemplar, a causa
-de la temprana muerte de su madre, tuvo una escuela lamentable en la
-peligrosa edad del cambio de juguetes, es decir, cuando se decreta
-la jubilación definitiva de las muñecas y el planteamiento de los
-novios.<span class="pagenum" id="Page_114">p. 114</span> Mal atendida
-por su tío y peor tratada por doña Romualda, a quien aborrecía
-cordialmente, la joven vivía ensimismada, cultivando con ardor su
-propia imaginación. Contrajo amistades que una madre prudente hubiera
-prohibido; intimó excesivamente con las criadas; paseaba en compañía
-de estas más de lo conveniente, y en cambio del cariño y agasajo que
-le negaran dentro de casa, disfrutaba de una libertad que no conocían
-las señoritas de aquella época y rara vez las de esta. Por esto Andrea
-se parecía tan poco a las niñas españolas de su tiempo. Era una
-criolla voluntariosa, una extranjera intrusa que habrían repudiado
-Moratín y Cruz. Su familia favorecía más cada vez aquella libertad.
-Doña Romualda, que empezaba a sufrir la transformación de la edad
-paleolítica de los amores a la edad neolítica de las devociones, tenía
-mucho que hacer: estaba en la iglesia. El buen Campos también era
-hombre ocupadísimo por aquellos días: estaba conspirando.</p>
-
-<p>Era la indiana buena y sensible. Fácilmente comprendía la verdad,
-por poco que se la mostraran. Fácilmente acertaba con lo justo y
-honrado, por simple iniciativa de su conciencia. Pero tenía ansia de
-afectos ardientes, y miraba sin cesar a todos lados buscándolos. Su
-desgracia consistía en que le era forzoso abrirse sola y sin ayuda
-de nadie el áspero camino de la juventud. Habría necesitado para
-esto tener un caudal de energía y de entereza moral que rara vez
-da Dios a las criaturas; pero que suplen, en el admirable orden de
-la sociedad,<span class="pagenum" id="Page_115">p. 115</span> las
-personas allegadas y mayores de la familia. Careciendo de fuerza propia
-y de sostén extraño, hubiera sido prodigio que la gallarda flor se
-mantuviera derecha. Los prodigios son muy raros en el mundo. Bueno
-es hacer constar que la pobre Andrea, avisada del peligro por una
-intuición potente, hizo esfuerzos instintivos para sostenerse erguida y
-pomposa, vuelta hacia el sol la virginal corola; pero el viento soplaba
-con demasiada fuerza y se dobló.</p>
-
-<p>Era tan guapa que su vanidad (otra desgracia no pequeña) resultaba
-cada vez más lógica. Habría sido conveniente que ignorara durante algún
-tiempo la riqueza de seducciones que atesoraba en sus ojos, en su boca,
-en todas las partes de su cara morena y alegre, llena de inexplicables
-gracejos y atractivos; en su cuerpo delgado y flexible, de esos que no
-tienen clasificación fácil en el cuadro ginecológico, y son tales, que
-para buscarles semejante necesita el observador descender en busca de
-un ser antipático y que se arrastra: la culebra.</p>
-
-<p>Pero Andrea no tuvo a nadie que le hiciera el sumo bien de engañarla
-durante algún tiempo respecto a su belleza, y entregose desde muy niña
-al fascinador deleite de los espejos. Las criadas cantaban a su oído un
-coro de lisonjas. En la sala de su casa había una hermosa estampa que
-representaba la famosa escena de Friné entre los jueces de Atenas, y
-Andrea, de tanto leerla, se sabía de memoria la leyenda grabada al pie
-con resplandecientes letras de oro. Aunque parezca extraño, conocidos
-los<span class="pagenum" id="Page_116">p. 116</span> tiempos y el
-lugar, no puede menos de suponerse que en aquella cabeza hervían ideas
-gentílicas; pero el paganismo es de todas las edades; y buscando sin
-cesar dónde establecerse, se mete y se acomoda allí donde no hay otra
-religión que haya echado raíces.</p>
-
-<p>Andrea fomentó su vanidad y la adoración de sí misma, consagrando al
-adorno de la persona mucho tiempo, mucha atención y todo el dinero de
-que podía disponer. Si este no abundó durante los ominosos tiempos en
-que Campos conspiraba, luego que vino la era feliz y fue restablecido
-en parte el patrimonio de la huérfana, el buen tío, que no era tacaño
-y gustaba de que su pupila se presentase bien, abrió bastante la mano
-en lo relativo al lujo. Esta era la fórmula de su cariño, porque sin
-duda hay distintas maneras de amar a las sobrinas. Además, Campos, por
-razones de egoísmo, tenía empeño en no contrariarla, deseando alcanzar
-de ella consentimiento para un proyecto nupcial que entre manos traía
-después de la revolución.</p>
-
-<p>No se crea que el <i>Venerable</i> se parecía a los grotescos
-tutores que son el elemento bufón de las comedias italianas del siglo
-<span class="asc">XVIII</span>, y que también abundan en el repertorio
-de las óperas. Campos no quería que su sobrina se casase con él. Era
-viejo; habíase entregado al volterianismo, que en aquellos tiempos
-empezaba a propagar tanto las cómodas prácticas del celibato; era
-además un epicúreo refinado, de esos que nos legó el siglo <span
-class="asc">XVIII</span>, y que ya comenzaba a desbancar a los rancios
-egoístas de<span class="pagenum" id="Page_117">p. 117</span> chocolate
-y bollos de monjas. Otrosí, tenía Campos sus entretenimientos fuera
-de casa, con los cuales le iba muy bien al parecer. Su claro talento,
-además, no le decía nada favorable a su enlace con muchacha primaveral.
-Su amigo don Leandro no escribió para él <i>El viejo y la niña</i> ni
-<i>El sí</i>.</p>
-
-<p>El proyecto consistía en casarla con un señor de edad algo avanzada,
-pero entero, arrogante, fino, discreto, y que sabía ocultar sus años y
-aun hacerse amable, pues a tanto llega en privilegiados individuos el
-arte social. El marqués de Falfán de los Godos era un medio siglo bien
-conservado, gracias a reparaciones hábiles y a un cuidado continuo.
-Había sido exento de Guardias, compañero de Palafox y de Godoy, y en
-aquellos tiempos en que los mozos guapos desempeñaban grandes papeles
-en la corte, y en que se hablaba, como lo prueba el desvergonzado libro
-de un fraile, de serrallos a la turca, de envenenamientos proyectados,
-de matrimonios dobles y otras barbaridades, ante las cuales la discreta
-historia se complace en cerrar los ojos. Así como el duque de Zaragoza
-fue célebre y simpático por sus hurañas resistencias, Falfán de los
-Godos tuvo fama por lo contrario. En 1821 era general; tenía fama, no
-solo de honrado y decente, sino también de gastrónomo y mujeriego, cosa
-natural en un solterón riquísimo y bien parecido, de ancha conciencia
-formada en la escuela enciclopedista del siglo pasado.</p>
-
-<p>Hacia 1820 comenzó a pesarle el celibato; echó de menos algo amante,
-tierno y cariñoso,<span class="pagenum" id="Page_118">p. 118</span>
-es decir, los hijos que debía tener y no tenía, la esposa que siempre
-había rechazado como una fastidiosa carga de la vida. Falfán de los
-Godos pensó en casarse, y supuso que sus cincuenta años, a pesar de la
-madurez consiguiente, podían dar aún mucho de sí. Acontece o menudo que
-estos hombres listos y conocedores del mundo, pierden la chaveta cuando
-tratan de poner algún orden en su vida, y bastardean completamente la
-meritoria idea de ser padres, que tan a deshora les ocurre. Falfán de
-los Godos, maestro en el arte de vivir, perdió el tino, como todos los
-de su clase, y en vez de buscar para esposa un tipo de bondad reposada,
-una madura belleza asegurada de peligros, y que se acomodase fácilmente
-a los gustos o ideas del trasnochado esposo, fue a incurrir en el
-maldito antojo de la niña fresca y tiernecita que apenas ha empezado
-a vivir, y tiene un porvenir ignoto delante de sus ojos chispeantes.
-Él no dejaba de comprender en ratos lúcidos su error; pero se engañó
-a sí mismo vanidosamente trayendo a la memoria su buena presencia,
-su gran fortuna, su fama, sus gustos artísticos, su finura, rica
-herencia del antiguo régimen que contrastaba con la grosería de los
-revolucionarios.</p>
-
-<p>Si todo hubiera de resolverse entre el acartonado marqués y Campos,
-la cuestión habría estado concluida en un par de semanas; pero Andrea
-no quería casarse con Falfán de los Godos, porque amaba a otro. Esto
-sí que se parece a todas las comedias italianas del siglo <span
-class="asc">xviii</span>, a las óperas del primer repertorio y<span
-class="pagenum" id="Page_119">p. 119</span> a muchas novelas de aquel
-tiempo, principalmente a las de d’Arlincourt, madame Cottin, Florián y
-mistress Bennet; pero no es culpa nuestra que esta vieja historia se
-nos venga a las manos. Acontece alguna vez que las cosas vulgares son
-las más dignas de ser contadas.</p>
-
-<p>En los días que van corriendo para nuestra relación, hacía tres
-años que Andrea había entablado amistades íntimas con un hombre que
-cierto día se metió en su casa buscando refugio contra los corchetes
-que le perseguían. Cómo nacieron y rápidamente tomaron vuelo a manera
-de incendio estos amores, es cosa que ahora no nos importa; pero la
-libertad de que disfrutaba Andrea explicaría muchas cosas. Pasaron
-días, muchos días, y con ellos sucesos buenos y malos que no merecen
-ser referidos. En 1821, la casualidad, o mejor dicho, la política,
-juntó en un círculo al amante de Andrea y a Campos: hiciéronse amigos,
-y cuando este le llevó a su casa no tenía ni vagas sospechas del
-interés que aquella amistad inspiraba a su sobrina. De este modo,
-Píramo y Tisbe no tuvieron que horadar paredes para hablarse, y aunque
-la presencia casi constante del tío les estorbaba, viéndose a menudo
-aun delante de testigos, tenían medios para preparar sus conferencias
-reservadas, las cuales no eran ya frecuentes, porque la libertad de
-Andrea empezaba a disminuir.</p>
-
-<p>El favorecido conocía perfectamente las horas que doña Romualda
-consagraba a la grave faena diaria de sus devociones, las de oficina
-y logia para Campos. Aplicando bien la<span class="pagenum"
-id="Page_120">p. 120</span> sentencia profundísima de uno de los siete
-sabios de Grecia, que dijo <i>aprovecha la ocasión</i>, aquel hombre
-enamorado hasta la ceguera y el aturdimiento entraba en la casa. Estas
-atrevidas invasiones del templo de un exaltado amor no eran ni podían
-ser frecuentes, y exigían gran cautela con criados y gente menuda; pero
-los amantes habían discurrido mil triquiñuelas y contaban con la fiel
-complicidad de una criada antigua. Su ceguera, con todo, no era tanta,
-que se ocultase a entrambos la necesidad de poner término a tal género
-de vida.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch13">
- <h2 class="nobreak g0">XIII</h2>
-</div>
-
-<p>Una mañana, Salvador entró. Como no había temor de sorpresas,
-Andrea, después de poner en escucha a su criada, según costumbre, abrió
-al amante las puertas de su habitación.</p>
-
-<p>—Ven aquí —le dijo asomando la linda cara y la mano tras la cortina
-de la sala donde él esperaba—. Estaremos solos hasta que venga mi
-tía.</p>
-
-<p>Sentose el tal sin decir nada en un canapé, y Andrea volvió al
-espejo de donde poco antes se había apartado. Con su preciosa mano se
-tocaba aquí y allí el recién peinado cabello, dándole la última forma,
-como artista que remata su obra. Después se puso una flor. Sin<span
-class="pagenum" id="Page_121">p. 121</span> retirarse del espejo,
-porque en él veía la figura del hombre, le habló así:</p>
-
-<p>—¿Qué tienes hoy que estás tan callado?</p>
-
-<p>—Hace pocas noches vi a tu tío. ¿Te lo ha dicho? —contestó
-Salvador.</p>
-
-<p>—Sí, me contó que te había ofrecido un destino y no lo quisiste.
-¡Bonito modo de ser agradecido! —dijo Andrea, moviendo su cabeza ante
-el espejo—. ¡Qué orgullo!... porque no es más que orgullo.</p>
-
-<p>—Gracias por tu protección.</p>
-
-<p>—¿Qué protección?</p>
-
-<p>—¿No fuiste tú quien dijo a Campos que me proporcionara una posición
-decente?</p>
-
-<p>—¡Yo! ¿Estás loco? —exclamó Andrea con sorpresa, volviéndose, porque
-para manifestar cosas importantes no satisface ver la figura del
-interlocutor reflejada en un espejo.</p>
-
-<p>—No te esfuerces en convencerme de que no fuiste tú —dijo Salvador—.
-Desde luego comprendí que tu tío me engañaba.</p>
-
-<p>—Seguramente te engañaba. Bien sabes que nunca me atrevo a hablarle
-de ti; y cuando lo hago, es de la manera más indiferente.</p>
-
-<p>—Extraño que Campos, hombre muy listo, urdiera tan mal su farsa
-—dijo Salvador—. ¿En qué se funda ese oficioso empeño de favorecerme?
-No creas, quiere mandarme a América nada menos. Seguramente le
-estorbo.</p>
-
-<p>—No lo comprendo así. Si quiere favorecerte, es porque te estima
-—repuso Andrea, volviéndose hacia el espejo.</p>
-
-<p>—¿Tú también? —dijo Monsalud con impaciencia y desasosiego.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_122">p. 122</span>—¿Qué es eso de yo
-también? —indicó la indiana jovialmente.</p>
-
-<p>—Quizás tú puedas explicarme lo que la astucia de Campos no ha
-dejado entrever.</p>
-
-<p>—Querido, yo no puedo explicarte nada, ¿estamos?... Hoy has pisado
-mala yerba. Ya veo que no me libraré hoy de un poquillo de mareo. ¿Y
-por qué? Por la cosa más natural del mundo: porque mi tío ha querido
-darte una prueba de lo mucho que te aprecia.</p>
-
-<p>—Sería, no muy natural, sino algo natural, esa prueba de estimación,
-si tu tío, después de ofrecerme el destino, no me hubiera dicho una
-cosa grave.</p>
-
-<p>—¿Qué cosa?</p>
-
-<p>Salvador la miró con fijeza.</p>
-
-<p>—Me dijo que pensaba casarte.</p>
-
-<p>Como el lector recordará, Campos no había dicho tal cosa; pero el
-inquieto joven practicaba el aforismo vulgar que ordena decir mentira
-para sacar verdad.</p>
-
-<p>—¡Ah! —exclamó Andrea riendo—. Eso es lo que traes hoy. Te conozco,
-tunante. Vienes mascullando esa idea.</p>
-
-<p>Diciendo esto tomó un abanico, y con expresión de graciosísima
-burla, sonriente la boca, húmedos los ojos, acercose al joven y empezó
-a darle aire rápidamente.</p>
-
-<p>—¿Estás sofocado?... Aire, aire, no sea que te dé un síncope.
-Refréscate, hombre... que se te quite eso de la cabeza.</p>
-
-<p>Monsalud le arrebató violentamente el abanico, lanzándolo al aire.
-El abanico atravesó el recinto de un extremo a otro, abriéndose<span
-class="pagenum" id="Page_123">p. 123</span> como un pájaro que extiende
-las alas.</p>
-
-<p>—¡Qué modo de tratar mis joyas!... Pues me gusta —dijo Andrea
-corriendo tras el abanico.</p>
-
-<p>Arrodillose para cogerlo del suelo, cerrolo, y empuñándolo a manera
-de puñal, amenazó a su amante diciéndole:</p>
-
-<p>—Te voy a matar.</p>
-
-<p>Monsalud contemplaba, primero sin enojo, después con gozo, la
-hermosa figura juguetona y ligera que tenía delante. De súbito Andrea
-corrió hacia él con los brazos abiertos, y abrazándole el cuello, le
-apretó fuertemente diciendo:</p>
-
-<p>—Ya me casé, ya me casé, ya me casé.</p>
-
-<p>Repitió esto unas cuarenta veces.</p>
-
-<p>Salvador la obligó a sentarse a su lado.</p>
-
-<p>—A mí se me está preparando una desgracia —le dijo cariñosamente—.
-Andrea, tengo desde hace muchos días el presentimiento de que esta
-preciosa cabeza me hará traición. ¿No recuerdas lo que te he dicho
-tantas veces? Desde que tengo uso de razón no he intentado cosa alguna
-que haya tenido un desenlace lisonjero para mí. Si alguna vez he
-conseguido el objeto por mucho tiempo deseado, mi dicha ha sido corta.
-Siempre que cavilo acerca del resultado de un asunto cualquiera que me
-intranquiliza, no puedo apartar de mi pensamiento la idea de un éxito
-desgraciado, y siempre acierto... Tengo la desdicha de no haberme
-equivocado una sola vez. Yo no sé qué pensar de mí. Si se castigan
-en la tierra las faltas, las que yo he cometido no corresponden a
-los golpes<span class="pagenum" id="Page_124">p. 124</span> que en
-diversas ocasiones me han venido de arriba. Fui jurado, y cayó José I;
-tuve amores, y por poco muero en ellos; conspiré, y la conspiración
-salió mal; dejé de conspirar, y salió bien... en fin, tú sabes mi vida
-toda y podrás juzgarlo. Si es verdad que los hombres nacen con buena o
-mala estrella, la que andaba por los cielos el día que yo vine al mundo
-era la más mala, la más perra de todas.</p>
-
-<p>—Eso que dices, ¿tiene algo que ver con mi casamiento? —preguntole
-Andrea con malicia.</p>
-
-<p>—Tiene que ver, sí. Te quise y te quiero. Si tú me correspondieras
-con la fidelidad constante que yo merezco y que me debes... esto sería
-una suerte, una felicidad, y yo no puedo tener suerte alguna, ni
-felicidad.</p>
-
-<p>—¡Qué majadero! —dijo la sobrina de Cicerón con desdén
-humorístico.</p>
-
-<p>—Cuando pienso en esto, Andrea —prosiguió el joven enlazando con su
-brazo el cuerpo de ella—, me asombro de que tal absurdo haya durado
-dos años sin desvanecerse, y hace tiempo estoy pensando que concluirá
-pronto, y que tú, como todo lo que interesa a mi corazón, te vas a
-desvanecer, a alejarte de mí, dejándome solo con mi desgracia.</p>
-
-<p>—¡Caviloso!...</p>
-
-<p>—¡Veo que no te defiendes con ardor; veo que no protestas como yo
-protestaría en tu caso! —exclamó Monsalud con la impertinente comezón
-de los celosos—. Andrea, tú meditas algo, tú me ocultas algo.</p>
-
-<p>—Medito que te quiero más que a mi vida<span class="pagenum"
-id="Page_125">p. 125</span> —repuso ella cerrando los ojos y apoyando
-la cabeza en el hombro de Salvador, mientras le deshacía el nudo de la
-corbata.</p>
-
-<p>—Ya sabes, querida mía —repuso él moviendo la cabeza negativamente—,
-que tengo motivos para no creer en palabras de mujeres. Déjame que te
-diga una cosa. Yo creo que tu tío tiene razón al querer casarte; pero
-el pobre señor ignora que no puedes casarte sino conmigo. Eres tal para
-mí, que sin poseerte no comprendo la vida. Si me amas del mismo modo,
-demos fin a estas relaciones peligrosas. Casémonos, cielo.</p>
-
-<p>—Casémonos, tierra —repitió maquinalmente Andrea—. Cuando quise, no
-quisiste... Está bien. Es verdad que así no podemos seguir... Pero si
-le dices a mi tío que seré tu mujer, te arrojará por el balcón.</p>
-
-<p>—Me arrojará por la puerta. Verdaderamente no me importa gran cosa,
-llevándote conmigo.</p>
-
-<p>—¡Huir! —exclamó la joven con terror.</p>
-
-<p>—¡Huir! —dijo Monsalud remedándola—. Siempre eres tímida para todo
-lo que me favorece. ¡Huir! No te llevaré a ningún desierto... Nos
-quedaremos aquí.</p>
-
-<p>—Tú estás loco —dijo Andrea levantándose pensativa.</p>
-
-<p>—Pues entonces, hoy mismo le diré al gran Cicerón que te adoro...</p>
-
-<p>—Si haces eso, si haces eso... —dijo vivamente Andrea poniéndose
-pálida—. Pero tú estás loco, Salvador. Mi tío te aprecia mucho, te
-aprecia muchísimo; pero, ¡ay!, tú no le conoces.<span class="pagenum"
-id="Page_126">p. 126</span> Temo cualquier atrocidad si le dices
-eso.</p>
-
-<p>—Pues no te comprendo. ¿Creerá tu tío que te morirás de hambre en mi
-casa? ¿Creerá que no vas a tener una posición decorosa?</p>
-
-<p>—No... —dijo Andrea con los ojos fijos en el suelo—; pero mi tío es
-ambicioso... tú no sabes quién es mi tío... tiene la cabeza llena de
-vanidades, y yo no sé... Se le figura que yo valgo mucho, que merezco
-la mano de reyes y emperadores... tonterías.</p>
-
-<p>—Si tú le ayudas, si tú favoreces en él esas ideas, entonces todo se
-acabó... Yo me voy —dijo Monsalud con repentina cólera.</p>
-
-<p>—Te enfadas contigo mismo —dijo Andrea mirándole con dulces ojos—.
-Hazme el favor de no ser terrible. Por ahora no le digas nada a mi tío.
-Ya veremos.</p>
-
-<p>—Campos quiere casarte; piensa en ello, y sin duda ha formado ya su
-plan. Andrea, tú no quieres decirme la verdad.</p>
-
-<p>—La verdad es que te quiero con toda mi vida —repitió amorosamente
-la indiana, repitiendo también el abrazo—. Cállate. Haz lo que te
-mando, y espera.</p>
-
-<p>—¿Crees tú que se puede vivir mucho tiempo de esta manera,
-a escondidas, ideando mentiras, y con absoluta ignorancia del
-porvenir?</p>
-
-<p>—Es verdad, no se puede vivir así —repuso Andrea con tristeza.</p>
-
-<p>—No puedes ocultar que te agrada este sistema de vida; que no deseas
-como yo una paz dichosa al lado de la persona amada. Andrea, en ti
-ocurre algo. Tú no eres lo que eras; tú has variado mucho; en tu cabeza
-hay una idea<span class="pagenum" id="Page_127">p. 127</span> nueva.
-Recuerdo que hace tiempo deseabas lo que yo te propongo ahora. ¿Crees
-que podrás engañarme muchos días? O te sacaré la verdad, o te venderás
-tú misma.</p>
-
-<p>—¿Qué sospechas de mí?</p>
-
-<p>—No lo sé —dijo Monsalud lleno de confusión—. Los que aman no
-sospechan poco ni mucho: lo sospechan todo de una vez. Cualquier
-indicio es traición. Andrea, tú no eres la misma; repito que no eres la
-misma.</p>
-
-<p>La estrechó entre sus brazos, apretándola con una fuerza que más que
-frenesí de amante parecía el fatal abrazo de Otelo.</p>
-
-<p>—Que me ahogas, tigre —gritó Andrea.</p>
-
-<p>Y entre festivas risas le mordió el brazo. En el mismo instante, de
-las ropas de la joven cayó una llave, que escurriéndose por la alfombra
-brilló, al detenerse, sobre el pétalo de una flor pintada.</p>
-
-<p>—¿Qué llave es esta? —preguntó Monsalud, cuya excitación suspicaz le
-obligaba a fijarse en el más ligero incidente.</p>
-
-<p>—Es la llave de mis secretos.</p>
-
-<p>Salvador, con su perspicacia sutil, creyó ver en el semblante de
-Andrea ligerísimo indicio de contrariedad.</p>
-
-<p>—¿La llave de tus secretos?</p>
-
-<p>—Sí: dámela —dijo ella apresurándose a recogerla.</p>
-
-<p>—Es la llave de la cajita negra. Se me ha antojado abrirla. ¿Dónde
-está?</p>
-
-<p>Andrea vaciló un instante. Pareció que meditaba, y que con el
-pensamiento exploraba todo el interior de la cajita negra antes
-de<span class="pagenum" id="Page_128">p. 128</span> entregarla a las
-pesquisas del receloso amante.</p>
-
-<p>—Ábrela —dijo al fin—. Allí están tus cartas y tu retrato.</p>
-
-<p>—¿Dónde está?</p>
-
-<p>Andrea vaciló otra vez. Al fin, sacando de la cómoda una caja de
-finísima madera negra, la puso en manos de su cortejo.</p>
-
-<p>—Si encuentras en ella cartas que no sean las tuyas, y un retrato
-que no sea el tuyo —dijo con gravedad—, puedes matarme. ¿Crees que no
-hay armas aquí? Mira esto.</p>
-
-<p>Conservando la caja en la mano izquierda, metió la derecha en otro
-cajón de la cómoda y sacó un puñal. Era un arma preciosa, damasquinada
-y nielada, con puño berberisco adornado de turquesas.</p>
-
-<p>—Este era de mi padre... ya lo has visto —dijo la indiana riendo—.
-Está destinado a mi esposo, para que me mate el día que le sea
-infiel.</p>
-
-<p>Monsalud, poniendo a su lado el arma, tomó la caja y la abrió.</p>
-
-<p>—Mi retrato —dijo sacándolo.</p>
-
-<p>Andrea se apoderó del medallón y lo cubrió de besos.</p>
-
-<p>—Tú sí que no me riñes, tú sí que no dudas de mí —le dijo a la
-pintura—. Tú sí que eres bueno y cariñoso y pacífico.</p>
-
-<p>—Un paquete de cartas —dijo Salvador Monsalud—. Son las mías.</p>
-
-<p>—Dámelas. Valen más que tú.</p>
-
-<p>Andrea desató el paquete. Varias cartas cayeron al suelo. Al
-inclinarse para recogerlas, se sentó en una preciosa piel de tigre
-que cubría en parte la alfombra. Un rayo de sol que por<span
-class="pagenum" id="Page_129">p. 129</span> la ventana entraba inundó
-de luz el pellejo muerto del animal y el cuerpo extraordinariamente
-vivo de la hermosa americana.</p>
-
-<p>—Venid acá, prendas de mi corazón —exclamó recogiendo los papeles
-diseminados a su lado y poniéndolos sobre su lindo pecho—. Vosotras sí
-que sois amables y cariñosas; vosotras no reñís ni amenazáis.</p>
-
-<p>Monsalud, que en el canapé inmediato registraba la cajita, alargó la
-mano mostrando a Andrea un estuchito abierto.</p>
-
-<p>—¿Quién te ha dado esta joya? —preguntó con calma.</p>
-
-<p>En el estuche brillaba un diamante de gran tamaño. Como al extender
-la mano entrase en la esfera de rayo del sol, Monsalud parecía estar
-enseñando una estrella.</p>
-
-<p>—La he comprado yo —repuso Andrea.</p>
-
-<p>—¿Tú? —manifestó Salvador en tono de amarga duda—. Ya sé que tu tío
-te da de algún tiempo a esta parte bastante dinero para tus vanidades;
-pero esto es joya cara. ¿Cómo es que siendo tu costumbre consultarme
-hasta cuando compras una vara de cinta, no me has dicho nada de este
-despilfarro?</p>
-
-<p>—Pensaba decírtelo hoy —repuso Andrea soportando con heroísmo la
-mirada penetrante del hombre.</p>
-
-<p>—Entonces lo has comprado ayer.</p>
-
-<p>—Ayer, sí. ¿Eso te sorprende? Ya sabes que me gustan las joyas
-bonitas... ¿Pero por qué pones esa cara? ¿Qué piensas?</p>
-
-<p>—Pienso que lo que me dices no será tal vez la verdad —afirmó
-Monsalud severamente.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_130">p. 130</span>—¿De modo que yo no
-puedo comprar un diamante?</p>
-
-<p>—Pero este diamante es muy caro.</p>
-
-<p>—No tanto como crees, niñito —dijo Andrea tomando la sortija y
-poniéndosela en el dedo—. No es muy fino. ¡Pero qué bonito!</p>
-
-<p>Movía su mano al sol, y los reflejos que partían de ella semejaban
-hilos de luz, enredándosele en los dedos.</p>
-
-<p>—¿Y este collar de perlas? —preguntó el amante sacando de la caja
-una magnífica madeja de diez hilos con perlas pequeñas, pero muy
-iguales—. No dirás que no es fino. Entiendo algo de perlas, y estas son
-de las mejores.</p>
-
-<p>—Ya lo creo —dijo Andrea, sin dejar su cómodo asiento sobre la piel
-de tigre, entre cuyos pelos habían vuelto a desparramarse aquí y allí
-las amorosas cartas—. Buen dinero me ha costado.</p>
-
-<p>Salvador la miró de tal modo, que la indiana no pudo permanecer en
-silencio. Necesitaba hablar con cháchara festiva para borrar de su
-rostro todo rasgo que, indicando la presencia de ciertas ideas en su
-mente, confirmara las sospechas del hombre.</p>
-
-<p>—Veo que estás muy fastidioso —dijo—. Dame acá.</p>
-
-<p>Tomando vivamente el collar, se lo puso.</p>
-
-<p>—¿No es verdad que es precioso? —añadió inclinando la cabeza hasta
-unir la barba con la garganta, y bajando todo lo posible los ojos para
-recrearse en la voluptuosa hermosura de su propio seno—. Sostén que no
-es bonito.</p>
-
-<p>—¿Lo has comprado tú?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_131">p. 131</span>—No, que me cayó
-del cielo. ¿Pues cómo lo tendría si no lo hubiera comprado?...</p>
-
-<p>Monsalud movió la cabeza con triste expresión.</p>
-
-<p>—Vamos, que no se puede tener nada sin tu permiso... Precisamente
-hoy pensaba hablarte de esas magníficas compras. Mi tío me dio anteayer
-una gran cantidad: no sé cuánto; mucho, muchísimo dinero. Compré estas
-joyas a una señora viuda de un intendente... ¡Qué ojos pones! Parece
-que eres tonto... Sí, señor, las compré con mi dinerito. Me gustan las
-cosas buenas. También compré en casa del francés de los portales de
-Bringas una <i>citoyenne</i> preciosísima, y un chal muy rico. ¿Qué
-tiene usted que decir a eso, señor Majaderito?</p>
-
-<p>Como un pájaro que vuela, corrió a la cómoda y sacó las dos prendas
-mencionadas. La <i>citoyenne</i>, guarnecida de pieles de armiño, con
-forro de seda azul y recamada con cordonadura de oro, presentaba rico
-y lujoso aspecto. El chal era de color de rosa con listas blancas
-que brillaban como deslumbradora plata. Con esa rapidez de manos que
-acompaña siempre al instinto del bien parecer, Andrea se puso la
-<i>citoyenne</i>; después arrojó la <i>citoyenne</i> para ponerse el
-chal.</p>
-
-<p>—¿Estoy bien?</p>
-
-<p>—Demasiado bien —repuso Monsalud contemplando con arrobamiento la
-hermosísima figura de la indiana, que volvía la cabeza ante el espejo
-para verse la espalda.</p>
-
-<p>—Si me lo permite el señor Majaderito —dijo andando hacia él con
-ademán ceremonioso—,<span class="pagenum" id="Page_132">p. 132</span>
-usaré estas prendas que me han costado mi dinero.</p>
-
-<p>Salvador no contestó. Hallábase en un estado de estupor, cercano al
-embrutecimiento. Andrea se quitó el chal y lo envolvió rápidamente en
-el cuello de su amante, diciendo:</p>
-
-<p>—¡Te ahorcaré!</p>
-
-<p>Había puesto la rodilla en el canapé, y su cuerpo gravitaba con
-dulce pesadumbre sobre el pecho y los hombros de Monsalud.</p>
-
-<p>—Andrea —dijo este rechazándola suavemente—, si mintieras, si me
-engañaras, si estuvieras jugando conmigo, no tendrías perdón de Dios.
-Quiero creer que no es así. Casi prefiero una ceguera estúpida a perder
-la idea que tengo de ti.</p>
-
-<p>—Pues si te enfadas —declaró ella con vehemencia—, no quiero el
-diamante, no quiero el collar, no quiero el chal.</p>
-
-<p>Quitose rápidamente las tres cosas y las arrojó lejos de sí, dando
-al mismo tiempo con el pie a la <i>citoyenne</i> que estaba en el
-suelo. Las perlas chocaron contra el cristal de una lámina, y el
-diamante cayó detrás de la cortina de uno de los balcones, sin producir
-ruido alguno. Monsalud fue allá.</p>
-
-<p>—Ha caído sobre un ramo de flores —dijo con asombro—. Andrea, ¿quién
-te ha dado este ramillete?</p>
-
-<p>Señaló el objeto mencionado, que estaba en el suelo junto a los
-cristales del balcón, dentro de un hermoso búcaro de la Moncloa.</p>
-
-<p>Andrea permaneció breve rato sin contestar.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_133">p. 133</span>—¿No te dije que me
-lo trajo mi tío esta mañana?</p>
-
-<p>—Nada me has dicho. ¡Hermoso ramo! Violetas, pensamientos y rosas
-tempranas. ¡Qué galante es tu tío!</p>
-
-<p>—¡Si creerás que me pretende por esposa!</p>
-
-<p>—¿Por qué no? —dijo Salvador tomando el ramo y aspirando su delicado
-aroma—. El señor Campos está todavía en buena edad.</p>
-
-<p>—Pero no quiere hacer el papel de don Bartolo. Dame el ramo.
-Quisiera que la belleza de tantas flores estuviese en una sola para
-dártela, y que el olor de todas también en una sola estuviese para que,
-guardándola siempre, te sirviera de memoria mía.</p>
-
-<p>Dicho esto con voz tierna que sorprendió mucho a su interlocutor,
-sacó del ramo una rosa para ofrecerla a Monsalud.</p>
-
-<p>—¿Es la primera vez que tu tío te regala flores? —dijo este
-meditabundo.</p>
-
-<p>—¿No la quieres? ¿No quieres una flor que te doy? Pues toma, toma,
-toma.</p>
-
-<p>Andrea se había sentado otra vez sobre la piel de tigre, y
-desbaratando el ramo, cada vez que decía <i>toma</i>, arrojaba una
-flor a su cortejo, apedreándole de este modo lindamente. Él se las
-devolvía.</p>
-
-<p>Concluido esto, extendió sus brazos sobre la piel ocultando el
-rostro entre ellos. Yacía dulcemente contorneada en el suelo, y en
-ella se enroscaba como una culebra de rosa y plata. El desorden de tal
-escena era encantador. Las pieles de armiño de la <i>citoyenne</i>,
-semejantes a copos de nieve, eran hollados por los pies de la<span
-class="pagenum" id="Page_134">p. 134</span> preciosa indiana, y las
-ricas telas y la cordonadura de oro se revolvían entre los pliegues de
-sus vestidos; las flores aparecían diseminadas en distintos puntos;
-algunas cayeron sobre las sillas, otras sobre la misma piel de tigre;
-violetas y jacintos veíanse deshojados y rotos, ya sobre las mismas
-piernas de Monsalud, ya en los propios rizos del negro pelo de ella.
-Las perlas extendían diversos circuitos irregulares sobre la alfombra,
-y el diamante fulguraba sobre el velador como una mirada satisfecha,
-recreándose en aquel pintoresco y brillante desconcierto.</p>
-
-<p>Uno y otro callaban. Únicamente se oía el ruido que hacía un
-jilguero en el balcón, escarbando su alpiste y limpiándose después
-el pico contra los alambres de la jaula. Monsalud, con el codo
-puesto en uno de los cojines de la cabecera del canapé y la barba
-en la mano, hallábase en el estado de atonía y silencio que anuncia
-miradas interiores, u observación de fenómenos propios que impresionan
-profundamente. Andrea no chistaba. Las elegantes ondulaciones de su
-cuerpo yacente alterábanse un poco con los movimientos propios de la
-impaciencia contenida o con los de la respiración. De pronto movió la
-cabeza: Monsalud se estremeció todo al ver aquel movimiento que le
-mostró la hermosa fisonomía de la indiana, y sus ojos arrasados en
-llanto.</p>
-
-<p>—¡Andrea! —exclamó movido de sorpresa y pasión.</p>
-
-<p>La indiana saltó como una ondina, y corriendo a abrazarle, secó sus
-lágrimas junto a él.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch14">
- <p><span class="pagenum" id="Page_135">p. 135</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XIV</h2>
-</div>
-
-<p>Cuando la criada les avisó que había peligro, Monsalud pasó a la
-sala. No era doña Romualda quien venía, sino el mismísimo Campos,
-acompañado del marqués de Falfán de los Godos.</p>
-
-<p>—¿Has esperado mucho? —preguntole Cicerón—. ¿Y Andreílla, no ha
-salido a acompañarte?</p>
-
-<p>Salvador, contestando lo que le pareció, estrechaba fríamente la
-mano del señor Campos y la del marqués.</p>
-
-<p>—Ya sé a lo que vienes —dijo el <i>Sublime perfecto</i>—. Siempre
-con el tema de ese bribón de Gil de la Cuadra... Ahora quizás sea más
-fácil. Ya sabes que cae el ministerio.</p>
-
-<p>—¿Es positivo?</p>
-
-<p>—Figúrate que hoy, en la apertura de las Cortes, Su Majestad ha
-añadido por cuenta propia un parrafillo al discurso de la Corona, en el
-cual con buenas palabras pone cual no digan dueñas a sus ministros.</p>
-
-<p>—Y en cuanto ha llegado a Palacio le ha faltado tiempo para
-exonerarles... —dijo Falfán—. Yo me río de las singulares prácticas
-constitucionales de nuestro soberano.</p>
-
-<p>—Mientras no se sepa quién nos gobernará mañana —añadió Campos—,
-hay que dejar a<span class="pagenum" id="Page_136">p. 136</span> un
-lado todos los negocios pendientes. ¡Oh!, mi buen Aristogitón, no
-pienses que te olvido. Aunque tú pagas con desaires y un hocico de tres
-varas los beneficios que se te hacen, ¡qué demonios!, me he propuesto
-complacerte y lo conseguiré. Encuentro muy meritorio ese interés
-que tomas por un pobre anciano desvalido. Hay que trabajar, hay que
-trabajar, granujilla, porque satisfagas tus sentimientos caritativos.
-Eres todo un hombre de bien...</p>
-
-<p>—Gracias —repuso Salvador caviloso.</p>
-
-<p>—Ya hablaremos, ya hablaremos —dijo Campos—. Ahora tenemos el
-marqués y yo muchas cosas en qué pensar. Y puesto que te hallamos aquí
-tan a punto, querido Monsalud, vamos a darte una buena noticia. ¿Se lo
-digo, señor marqués?</p>
-
-<p>—¿Por qué no? —indicó Falfán de los Godos promulgando el gozo de su
-alma por medio de sonrisillas y gestos.</p>
-
-<p>—El señor marqués se nos casa —dijo Campos acariciando la espaldas
-del exento—. Ya supondrás con quién. Con mi sobrina.</p>
-
-<p>Monsalud se quedó blanco y frío. Punzada agudísima hizo estremecer
-de dolor su corazón. Afortunadamente, la sala estaba oscura, y la
-emoción del joven, que se esforzaba en disimular, no fue advertida.</p>
-
-<p>—Es un proyecto improvisado sin duda —dijo pasándose la mano por la
-frente para apartar la negrura que le caía sobre los ojos.</p>
-
-<p>—Ya venimos pensando en esto hace algún tiempo. Pero el señor
-marqués no ha necesitado<span class="pagenum" id="Page_137">p.
-137</span> hacer grandes esfuerzos para cautivar a la hermosa
-americanilla.</p>
-
-<p>—Pongamos las cosas en su verdadero lugar —dijo Falfán de los
-Godos haciendo alarde de buen sentido—. No soy un vejete de comedia,
-bien lo sabe el amigo Monsalud. Conozco la fecha de mi nacimiento y
-la desproporción que existe entre mi edad y la de Andrea. Por eso no
-he caído en la ridiculez de pretender inspirar a la niña una pasión
-formidable... Verdad es que no soy un mamarracho, y mis cincuenta
-ofrecen un aspecto tolerable... pero no: nada de pasiones exaltadas. Yo
-me contento, amigos míos, con haber logrado, como es evidente, inspirar
-a Andreíta un amor tranquilo y sesudo... pues, sesudo; un amor que a
-las dulzuras propias de este sentimiento reúna las sabrosas insulseces
-de la amistad. Me satisface además, completamente, el saber que las
-primicias sentimentales del corazón de esa tierna criatura van a ser
-para este goloso, que indudablemente no las merece.</p>
-
-<p>—Eso sí, amigo Falfán —manifestó Campos—: la prenda que se lleva
-usted excede a todos los elogios. No es porque sea hija de mi querido
-hermano, ni me ciega el amor de tío que le profeso; pero la verdad por
-delante: existen pocas muchachas como Andrea. Nada hay que decir de
-su belleza, que está a la vista de todos; pero, ¿y su talento, y sus
-virtudes, y su piedad, y su genio manso y apacible, y aquella bondad
-deliciosa que convida a entregarle el corazón? Un defecto tiene,
-y por lo mismo que está delante el que va a ser su marido,<span
-class="pagenum" id="Page_138">p. 138</span> lo digo... ya hemos hablado
-de esto el marqués y yo; pero este defecto es de los que dejan de serlo
-cuando se está en posición holgada y opulenta como la que tendrá la
-marquesa de Falfán de los Godos... la marquesa, sí, sí: ¿por qué no se
-ha de decir? He encargado hoy mismo una magnífica palangana de plata
-con las armas y el hermoso lema <i>Vallifanius Gothorum</i>... pues
-volviendo al defectillo...</p>
-
-<p>—No hay que fijarse en una inclinación propia del bello sexo, y que
-frecuentemente adorna a las que han nacido hermosas —dijo el marqués—.
-¿No es verdad, querido Aristogitón?</p>
-
-<p>—Seguramente. El señor Campos se refiere a la pasión del lujo, al
-delirio de las galas y atavíos para realzar la hermosura.</p>
-
-<p>—Andrea se ocupa excesivamente de engalanar su persona —dijo
-Cicerón—; pero esto, que sería imperdonable en la esposa de un
-menestral, ¿puede vituperarse en la mujer de un prócer millonario? De
-ninguna manera.</p>
-
-<p>—Al contrario —indicó Monsalud—, la alta posición exige un esmero
-constante en la persona, cultivar el lujo, favorecer las artes; con lo
-cual, una dama elegante da lustre a su marido y a la casa cuyo nombre
-lleva.</p>
-
-<p>—¡Oh! Ha hablado usted acertadamente —dijo el marqués echándose
-atrás y dándose golpecitos en la boca con el puño de su bastón.</p>
-
-<p>—¿Pero qué hace esa chiquilla que no viene? —exclamó con impaciencia
-Campos—. ¡Andrea, Andrea!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_139">p. 139</span>Monsalud, ante la
-anunciada presencia de Andrea, sintió una llama en su pecho. Resolvió
-esperar.</p>
-
-<p>—Voy a buscarla —dijo Campos—. ¡Vaya, que nos obliga a hacer unas
-antesalas...!</p>
-
-<p>Cuando el marqués y Salvador se quedaron solos, aquel pegó la
-hebra, como suele decirse, en la política, espetando a nuestro amigo
-un trozo literario que bien podría haber pasado por artículo de fondo
-en las graves columnas de <i>El Universal</i>, órgano entonces de la
-gente templada. Poca o ninguna atención ponía el angustiado joven a
-los atildados párrafos y discretas observaciones del marqués, que supo
-hacer un resumen de la famosa <i>coletilla</i> añadida por el rey
-a su discurso de apertura en la solemnidad constitucional de aquel
-día 1.º de marzo de 1821. Emitió después varios juicios, todos muy
-templados y sesudos, acerca del estado general de la cosa pública, de
-la caída del ministerio, del conflicto parlamentario que debía suceder
-al acto imprudente de la Corona; dirigió una ojeada en redondo al
-inmenso círculo de los sucesos y de las personas, señalando fenómenos
-desconsoladores, previendo desastres, anunciando terribles hundimientos
-y naufragios de esa viejísima <i>nave del Estado</i>, en la cual la
-literatura política de todos los tiempos y lugares ha hecho tantas
-travesías.</p>
-
-<p>Como se atiende a la lluvia cuando no se piensa salir a la calle,
-así atendió Monsalud al chubasco verbal del marqués. Dejábale hablar.
-Al través de aquel nublado, el desairado amante<span class="pagenum"
-id="Page_140">p. 140</span> no veía más que el cielo que había perdido.
-Estaba anonadado cuando regresó Campos. El semblante de este revelaba
-tristeza y contrariedad.</p>
-
-<p>—¿Qué hay? —le preguntó Falfán.</p>
-
-<p>—Nada, que esa mocosilla se nos ha puesto mala.</p>
-
-<p>—Que vayan a buscar un médico... ¡pronto, un médico! —exclamó con
-agitación el exento, levantándose y dirigiendo brazo y bastón a oriente
-y occidente, como general que da órdenes en una batalla.</p>
-
-<p>—No es para tanto.</p>
-
-<p>—¿Puedo pasar a verla?</p>
-
-<p>—Creo que sí —dijo Campos con oficiosa complacencia—. Pero ahora...
-querrá dormir un rato... Puede usted pasar si gusta al cuarto de
-Romualda, que acaba de llegar.</p>
-
-<p>Falfán salió.</p>
-
-<p>Al verse solo con Campos, sintió Monsalud que en su pecho nacía
-uno de esos accesos de coraje que al varón más prudente le impulsan a
-acciones violentas y brutales. Levantose con los dientes apretados, las
-manos crispadas...</p>
-
-<p>Campos vio que sobre él caía una tempestad. Cruzando las manos en
-ademán de súplica, detuvo al joven, diciéndole:</p>
-
-<p>—Monsalud, por tu honor, por tu vida, cálmate... Soy tuyo, soy todo
-tuyo; te pertenezco. Pídeme lo que quieras. Da por conseguido lo que
-pretendes. Tu pariente, tu padre o lo que sea, saldrá de la cárcel...
-pero no hagas escándalos, no me comprometas... por Dios y por la Virgen
-Santísima, no alces la voz.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_141">p. 141</span> Monsalud vaciló un
-instante, hizo un esfuerzo para dominar su cólera, y después dijo:</p>
-
-<p>—¿A qué tanta farsa? Hablemos con claridad.</p>
-
-<p>—Sí, con claridad —repuso Campos muy agitado—. He descubierto todo.
-Yo soy aquí el engañado, yo soy aquí el ofendido, porque has infamado
-mi casa; pero te perdono, te lo perdono todo con tal que te vayas y no
-vuelvas, con tal que desaparezcas y no existas para mi sobrina... Yo
-tengo derecho a ello: tendría derecho a quitarte hasta la vida; pero
-lo pasado, pasado. Vete. Ya sabes que he querido favorecerte: no te
-quejarás de mí. En cambio te pido que huyas, que desaparezcas, que no
-existas más para mi sobrina. Si quieres, te lo pediré de rodillas, y
-será gracioso ver a un <i>Valeroso Príncipe del real secreto</i> de
-hinojos ante un triste <i>Caballero Kadossch</i>. Vete y búscame lejos
-de aquí para ponerme a tus órdenes. ¿Quieres que se suelte a todos
-los reos que hay en Madrid? Se soltarán, se soltarán, con tal que no
-existas más para Andrea.</p>
-
-<p>—¡Andrea! —exclamó Monsalud procurando traducir en expresiones de
-desprecio la furia de su alma—. ¡Yo la desprecio como te desprecio a
-ti, farsante!</p>
-
-<p>Sin oír las palabras que Campos balbucía, el amante engañado salió
-de la casa.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch15">
- <p><span class="pagenum" id="Page_142">p. 142</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XV</h2>
-</div>
-
-<p>Durante gran parte del día, se ocupó Salvador en diversos asuntos
-que no podía abandonar, por muy perturbado que su ánimo estuviese.
-Cuando fue a su casa, mucho más temprano que de costumbre, Solita con
-toda la inocencia de su alma le dijo estas palabras:</p>
-
-<p>—Hermano, hoy sí que te ha soltado pronto tu novia.</p>
-
-<p>Quedose la muchacha muda de asombro y terror al ver que su broma
-no era recibida, como de costumbre, con simpatía y buen humor. El
-semblante de su hermano indicaba una agitación extrema, y sus labios
-descoloridos articulaban sílabas silenciosas.</p>
-
-<p>—Déjame en paz —le dijo con bruscos modos—. No seas impertinente.</p>
-
-<p>Solita temblaba como un criminal arrepentido. Su impertinencia se
-le representaba en la imaginación cual horrendo delito. Después de
-meditar breve rato, creyó que el mejor medio para lavar su falta, era
-pronunciar algunas palabras que destruyeran el deplorable efecto de las
-anteriores.</p>
-
-<p>—¿Te pasa algo? —preguntó con mucho interés—. ¿Estás enfermo?</p>
-
-<p>Monsalud alzó la cabeza, mostrando a los atónitos ojos de Solita los
-suyos llenos de extraño fuego.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_143">p. 143</span>—No me pasa nada.
-Ya hace media hora que estás plantada en la puerta —dijo el hermano en
-tono durísimo—. ¿Me dejarás al fin en paz? Sola, Sola, ¿por qué eres
-tan pesada?</p>
-
-<p>Esta reprensión era demasiado fuerte para el alma asustadiza de la
-hija del señor Gil. Sintió una congoja que le desgarraba el corazón,
-y casi casi estuvo dispuesta a arrojarse de rodillas delante de su
-hermano, pidiéndole que la perdonase. Pero el temor de enojarle más la
-contuvo. Tal era su sobresalto, que hasta temía molestarle con el ruido
-de sus pasos al retirarse. Hubiera deseado poder huir sin moverse, sin
-correr, sin andar, desapareciendo como sombra, o apagándose como una
-luz.</p>
-
-<p>—Te he dicho que no necesito nada —repitió Salvador deteniéndose
-ante ella, después de dar varios pasos por la habitación.</p>
-
-<p>Un instante después Monsalud se hallaba solo consigo mismo. Midió la
-pieza de largo a largo varias veces con agitado paseo; sentose luego, y
-apoyando los codos en la mesa, puso la cabeza entre las manos, como si
-necesitara aquella de estos dos puntales para no caerse del busto. Al
-cabo de un rato de dolorosa meditación sobre su desaire, la voluntad,
-o mejor dicho, la misteriosa fuerza reparadora que en el orden físico
-poseemos, empezó a trabajar dentro de él. Trataba de consolarse,
-imaginando razones positivistas que atenuaran el desconsuelo total de
-su alma, curando además la profunda herida abierta en su amor propio.
-Pero en estos casos de sensibilidad hondamente<span class="pagenum"
-id="Page_144">p. 144</span> excitada, las razones positivistas, por
-ingeniosas que sean y aunque emanen de la dialéctica más segura, son
-como los medicamentos que el criterio vulgar llama paños calientes, que
-o no hacen nada o exacerban el mal.</p>
-
-<p>El dolorido razonaba admirablemente, y mientras mejor razonaba,
-argumentando contra su propio dolor, más crecía este, con más fuerza
-hincaba su agudo diente, más avivaba sus inextinguibles ascuas. Una
-lógica incontrovertible demostraba que habría sido gran error contraer
-matrimonio con Andrea: en el carácter de la americana había un germen
-maléfico cuyas consecuencias érale fácil prever a la razón fría. Pero
-armas tan sutiles no eran poderosas contra la sensibilidad inflamada.
-Calmada esta, consideraba Monsalud con elevación el mal que padecía,
-generalizando sus desgracias y sometiendo todas las ocurrencias
-desdichadas de su vida a una ley fatal, que presidía sus tristes
-destinos, como las estrellas de la antigua nigromancia.</p>
-
-<p>—Otra equivocación —decía—, otra caída, otro desengaño. Todo aquello
-en que pongo los ojos se vuelve negro. Si mi corazón se apasiona por
-algo, persona o idea, la persona se corrompe y la idea se envilece.
-Conspiro y todo sale mal. Deseo la guerra y hay paz. Deseo la paz y
-hay guerra. Trabajo por la libertad y mis manos contribuyen a modelar
-este horrible monstruo. Quiero ser como los demás y no puedo. En todas
-partes soy una excepción. Otros viven y son amados; yo no vivo ni soy
-amado, ni hallo fuente alguna donde saciar la<span class="pagenum"
-id="Page_145">p. 145</span> sed que me devora. ¿Amigos? Ninguno me
-satisface. ¿Artes? Las siento en mí; pero no tengo educación para
-practicarlas. ¿Amor? Siempre que me acerco a él y lo toco, me quemo.
-¿Religión? Los volterianos me la han quitado sin ponerme en su lugar
-más que ideas vagas... Dios mío, ¿por qué estoy yo tan lleno, y todo
-tan vacío en derredor de mí? ¿En dónde arrojaré este gran peso que
-llevo encima y dentro de mi alma? Voy tocando a todas las puertas, y
-en todas me dicen: «Aquí no es, hermano; siga usted adelante.» Voy
-siempre adelante. Algún ser existe, sin duda, que está sentado junto
-a su casa, esperándome con ansiedad; pero yo paso y vuelvo a pasar,
-subo y bajo, entro y salgo con mi carga a cuestas, y no doy jamás con
-la puerta de mi semejante. Voy aburrido y desesperado; ando sin cesar.
-«¿Será aquel?», me pregunto. Creo haber acertado, y una brutal mano me
-lanza al camino diciendo: «Sigue adelante, que aquí no es...» «Aquí
-no es, aquí no es, aquí no es.» En toda mi vida no oiré sino estas
-desesperantes palabras. «Aquí no es», me dijo Jenara. «Aquí no es», me
-dijo el partido jurado. «Aquí no es», me dijo la emigración. «Aquí no
-es», me dijo la patria. «Aquí no es», me dijeron las logias del año 19.
-«Aquí no es», me han dicho los liberales de ahora. «Aquí no es», me
-acaba de decir Andrea. No es en ninguna parte, y yo moriré de cansancio
-y fastidio en medio del camino. ¡Maldita sea la hora en que nací! Hijo
-soy del crimen, y la expiación de él tomó carne y vida en mi persona
-miserable... ¿Por qué soy<span class="pagenum" id="Page_146">p.
-146</span> tan distinto de los demás, que en ninguna parte encajo? ¿Por
-qué ningún hueco social cuadra a mi forma? Mejor es desbaratarse y
-morir, ¡Dios mío!, que estar siempre de más...</p>
-
-<p>Al concluir esta serie de razonamientos que brotaban en su cerebro
-como chispas de un hierro candente herido en la fragua por el martillo,
-dio repetidos golpes con la frente en la dura tabla de la mesa.</p>
-
-<p>¡Pobre hombre! La verdad es que teniendo los medios vulgares para
-ser feliz, no podía serlo, sin duda por repugnar a su naturaleza
-los vulgares medios. Pero se equivocaba al echar la culpa de sus
-contrariedades al destino, a las estrellas, a una crueldad sistemática
-de la Providencia, como es frecuente en los que razonan poco: las
-causas de su constante desaliento y de sus caídas teníalas dentro de
-sí mismo, y se atormentaba constantemente, en virtud de una poderosa
-fuerza crítica, compañera de todos sus actos. Sin quererlo, su mente le
-presentaba con claridad suma todas las abominaciones y fealdades de los
-hombres y de la vida, exagerándolas quizás, pero sin perder ninguna.
-Por eso cuando el natural orden de compensaciones que preside a la
-existencia le conducía a una situación lisonjera y optimista, el amor,
-por ejemplo, se abrazaba a ella con la desesperación del náufrago;
-y despertando todas las fuerzas de su ser, las dirigía al caro
-objeto; se apasionaba y exaltaba tanto, como si toda la vida debiera
-condensarse en una semana, y el universo entero en las sensaciones y
-los espectáculos de un día.<span class="pagenum" id="Page_147">p.
-147</span> Cuando el desengaño llegaba, natural invierno que con orden
-incontrovertible sigue al verano de la pasión y del entusiasmo, le
-sorprendía a tanta altura que sus caídas eran desastrosas. Otros caen
-de una silla y apenas se hacen daño. Él, que siempre se encaramaba a
-las más altas torres, quedaba como muerto.</p>
-
-<p>Otra causa le hacía infeliz: la desproporción inmensa entre sus
-condiciones sociales o de nacimiento, y la superioridad ingénita de su
-inteligencia y de su fantasía. La fantasía le incitaba a todas horas
-con vivaces estímulos: era como un aguijón constante que intentara
-hacer correr a quien carece de pies. Considerad una inspiración
-ardiente sin medios de manifestarse, semejante a la curiosidad óptica
-del ciego; una inspiración que daba el fuego sin combustible, el agua
-sin vaso, la idea sin la palabra, sin la línea, sin la nota; considerad
-un alto ingenio que no sabe más que leer y escribir en una época en
-que el arte tiene que ser letrado, porque han desaparecido los bardos
-y los trovadores de camino, y comprenderéis cómo pesa sobre un alma la
-fantasía cuando la falta de educación la ha privado de sus sentidos
-propios. Es verbo inencarnado que lucha en las tinieblas con horrendo
-torbellino, queriendo ser forma y sin satisfacer jamás su anhelo
-doloroso.</p>
-
-<p>Salvador tenía pasión por la música. Al establecerse en Madrid
-el año 18, creía en su candor (pues su alma era en el fondo
-excesivamente candorosa) que aquel arte estaba al<span class="pagenum"
-id="Page_148">p. 148</span> alcance de todo el mundo. Ignoraba las
-inmensas dificultades técnicas, jamás vencidas después de la infancia,
-que caracterizan el arte más amable y más profundamente patético en la
-vaguedad soñadora de su expresión. Con estas ideas, Monsalud compró
-un piano. Creía que en el clave todo es, como vulgarmente se dice,
-coser y cantar. El desengaño vino al instante, y el pobre joven se
-encorvaba con desesperación sobre el ingrato instrumento, y sus dedos
-de hierro herían las teclas sin poder hacerles hablar más que un
-lenguaje discorde y estrepitoso. Al mismo tiempo trataba de explorar
-el mundo de aritmética y de armonía comprendido en las cinco rayas de
-la cábala musical, y su mente caía rendida ante un trabajo que exige
-paciencia sin fin y árida práctica. Un día le sobrevino un arranque
-de ira durante los estudios musicales, que asemejaban su casa a un
-conservatorio de locos, y tomando un martillo, dijo a las teclas:</p>
-
-<p>—¿No queréis responderme? Pues tocad ahora.</p>
-
-<p>Y las despedazó. La caja no tuvo mejor suerte, y una vez vacía, la
-llenó de legajos. El clave sufrió la suerte de los hombres que a cierta
-edad se vacían de ilusiones y se llenan de positivismo.</p>
-
-<p>La poesía escrita le cautivaba sobremanera. También se le antojó
-ser poeta escrito, lo cual es muy distinto de poeta sentido; pero
-tropezó con el inconveniente de no saber de nada, grave contrariedad
-que estorba mucho, aunque no tanto como al músico la ignorancia<span
-class="pagenum" id="Page_149">p. 149</span> técnica de su arte. El
-poeta puede salir de su atolladero con libros, y en aquel tiempo,
-aunque pocos, había libros. Lo que principalmente faltaba era espíritu
-literario, que es la atmósfera del artista; faltaban público y amigos
-tocados de la misma debilidad versificante, porque cuanto respiraba,
-respiraba entonces con los pulmones de la política. Salvador creyó,
-sin embargo, que en sí mismo encontraría todo lo necesario, es decir,
-poeta, espíritu poético, público y hasta el aplauso, que también es
-musa. Compró libros, empezó a desflorar aquí y allí; pero, ¡ay!, a
-las primeras tentativas vio que le faltaba una musa imprescindible,
-una musa sin cuya condescendencia no es posible hacer absolutamente
-nada: le faltaba tiempo. No sabemos lo que habrían hecho Homero y el
-Dante con su inmensa inspiración, si no hubieran podido consagrar a
-los versos ni aun medio minuto; si hubieran tenido que ganarse la vida
-trabajando dieciséis horas en áridas cuentas y fatigosos menesteres; si
-la obligación sagrada de mantener a su madre les hubiera quitado toda
-ocasión de renunciar al trabajo lucrativo para emprender la gloriosa,
-agitada y vagabunda vida de la imaginación.</p>
-
-<p>Un día Salvador se sintió muy malhumorado. Cogió los poetas, y
-acordándose de Felipe II, les trató como a herejes.</p>
-
-<p>Aún le quedaba un respiradero, un escape, una vía libre, aunque muy
-estrecha para salirse a sí mismo y quebrantar la ley de concentración y
-encierro que le estaba emparedando el alma, digámoslo así; le quedaba
-el periodismo,<span class="pagenum" id="Page_150">p. 150</span> y
-entonces había una prensa no despreciable, donde la juventud podía
-hacer sus juegos. <i>El Espectador</i> y <i>El Universal</i>, que hoy
-nos hacen reír, eran órganos hasta cierto punto afinados y sonoros.
-Salvador no dejó de hacer la prueba; pero bien pronto aquel displicente
-espíritu crítico de que antes hablamos le hizo aborrecibles las
-redacciones, como le hizo aborrecibles más tarde las logias, los clubs
-y la política.</p>
-
-<p>De repente descendió para él de ignorado cielo la hermosa figura de
-Andrea. Entonces las artes todas, que antes no habían tenido nota ni
-palabra, se realizaron. Andrea era la música, la poesía, la pintura,
-la estatuaria, hasta la arquitectura y la danza; era también, si se
-quiere, el periodismo, la gran política, la vida toda, en fin. El arte
-tiene distintos caminos para satisfacer el alma: unas veces va por el
-camino de los lienzos y de las notas; otras por los derrumbaderos de
-la pasión entre tormentos y goces infinitos. Como quien lo tiene todo,
-como quien recoge a manos llenas abundantes frutos y flores en todas
-las ramas del gran árbol del espíritu, Salvador estaba satisfecho: las
-teclas habían respondido, y sin notas ni versos, poesía y música habían
-saciado su sediento afán.</p>
-
-<p>Corrieron días felices. Él, sin embargo, se proporcionaba el placer
-de atormentarse pensando en la probabilidad de perder a su amada;
-y su cavilación, despertando otros recuerdos y estableciendo los
-términos sistemáticos de su desgracia, llegó a darle la seguridad<span
-class="pagenum" id="Page_151">p. 151</span> completa de un conflicto.
-El alma se defendía rabiosamente contra aquella alevosa guerra
-de distingos y sutilezas. Por adorar, hasta adoraba los defectos
-de Andrea, mejor dicho, veía en ellos gracias nuevas y donaires
-desconocidos, por cuyo motivo, en el momento de la catástrofe, le
-hemos visto rechazando las razones positivistas con que el pérfido
-<i>intellectus</i> trataba de arrancarle su hermoso sueño. Andrea
-era para él la totalidad de las satisfacciones humanas y el ideal
-de la vida. La amaba en globo, con sus defectos, conociéndolos y
-aceptándolos como se aceptan sin la más leve protesta de los ojos las
-manchas del sol. Ni por un momento pensó en apartarse de ella por causa
-de tales lunares, accidentes encantadores que se confundían con las
-perfecciones, sin que el ciego amor pudiera decir dónde acababa Dios
-y empezaba Satán. El egoísmo estupendo del amor ahogaba entonces en
-Monsalud la potencia crítica que en él hemos reconocido. Para que uno y
-otro se separaran, era preciso, pues, que mediase una gran violencia o
-una traición de ella. Esta vino, como hemos visto, y el pobre hombre,
-dolorido y desesperado por la conmoción de la caída, meditaba en la
-noche que siguió al día del desengaño, buscando una especie de recreo
-en su propia pena, y golpeaba en la tabla del bufete con su cabeza,
-cual si esta fuera un caldero lleno de absurdos, que merecía ser roto y
-desocupado.</p>
-
-<p>Entre tanto, Solita, llena de consternación por lo que había visto
-y oído, se retiró. No se<span class="pagenum" id="Page_152">p.
-152</span> apartaba de su mente la idea de que Salvador sufría algún
-mal muy grande. ¿Cómo consolarle, cómo aliviarle al menos? Por último,
-cavilando durante largo rato, sus ideas variaron.</p>
-
-<p>—Ya adivino lo que es —dijo—. Salvador está triste y enojado porque
-tiene malas noticias de la causa de mi padre.</p>
-
-<p>Al instante corrió en busca de doña Fermina. Manifestole lo que
-había pasado, y las dos deliberaron si debían esperar a que él revelase
-la causa de su malestar o interpelarle desde luego sin miedo.</p>
-
-<p>—Esperemos —dijo la madre—. Si da en callar, no le sacaremos una
-palabra.</p>
-
-<p>No había concluido de decirlo, cuando sintieron la voz de
-Monsalud.</p>
-
-<p>—¡Madre, madre... Soledad!</p>
-
-<p>Corrieron allá.</p>
-
-<p>—Madre... Soledad... —repitió Salvador viéndolas entrar—. Aquí no
-tiene uno quien le acompañe... le dejan a uno morirse de tristeza. Ni
-siquiera vienen a preguntar si se me ofrece algo.</p>
-
-<p>El semblante del joven expresaba una reacción viva en sentido
-consolador. En lo más extremado de su pena, sintió que esta se
-agrandaba con el aislamiento, y un poderoso instinto de restauración le
-impulsaba a rodearse de personas queridas.</p>
-
-<p>—¡Hijo, si estamos aquí!... Sola me ha dicho que la has despedido
-con dos piedras en la mano —dijo doña Fermina.</p>
-
-<p>—Ha sido una broma —indicó Monsalud,<span class="pagenum"
-id="Page_153">p. 153</span> sintiendo remordimiento por haber tratado
-mal a su protegida—. Solilla, siéntate aquí y trabaja en mi cuarto.
-Necesito que me acompañes.</p>
-
-<p>—¿Tienes que decirnos algo desfavorable del pobre don Urbano?</p>
-
-<p>—Nada, nada; todo lo contrario. Espero sacarle pronto de la cárcel.
-Hoy precisamente han variado las cosas.</p>
-
-<p>Solita miró con expresión de incredulidad a su hermano.</p>
-
-<p>—¿No lo crees?... Pronto verás que no te engaño... Una circunstancia
-imprevista lo arreglará todo. ¿Estás enfadada conmigo porque te llamé
-impertinente?</p>
-
-<p>—¡Qué tonto eres! —respondió la de Gil de la Cuadra toda ruborosa
-y turbada—. Nada de lo que tú hagas o digas me puede enfadar. ¿Qué
-importa una palabra de más o de menos? Bien sé que eres muy bueno para
-mí.</p>
-
-<p>—Gracias, hijita. Haces bien en tener esa confianza en el hombre que
-va a ser...</p>
-
-<p>—¿Qué?</p>
-
-<p>—Padrino de tus muñecos. Tengo ganas de ser padrino de algo. Sin
-embargo, más vale que no sea yo padrino de ellos.</p>
-
-<p>—¿Por qué?</p>
-
-<p>—Porque se morirían.</p>
-
-<p>—¿Pero es verdad que no nos engañas? ¿Hay esperanzas de que el señor
-don Urbano?... —volvió a preguntar doña Fermina.</p>
-
-<p>—Sí, empiezo a creer que lograré mi objeto. ¡De qué caminos tan
-extraños se vale la Providencia!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_154">p. 154</span>—¿Pero es cierto,
-es verdad lo que dices? — exclamó Sola derramando lágrimas de ternura—.
-¡Mi padre libre!</p>
-
-<p>—El corazón —dijo doña Fermina— me ha estado diciendo todo el día
-que se nos preparaba un acontecimiento feliz.</p>
-
-<p>—¡Y yo —añadió Solita con emoción profunda— también he tenido hoy
-unas corazonadas!... Anoche soñé que me asomaba al balcón y que veía a
-mi padre entrando en la calle. El pobrecito me saludaba con la mano,
-dándose tanta prisa a entrar y subir la escalera, que tropezaba a cada
-momento.</p>
-
-<p>—Es particular —dijo la madre—. Yo también soñé anoche una cosa
-parecida.</p>
-
-<p>—Es particular —dijo Monsalud—. Sin duda es esta la casa del sueño.
-Hace poco me quedé aletargado y soñé...</p>
-
-<p>—¿Que mi padre estaba libre?</p>
-
-<p>—Sí; pero mira de qué modo tan extraño: Yo me dirigía por la calle
-de la Cabeza a la cárcel de la Corona. Llegué a la puerta y me salió al
-encuentro, ¿quién creerás que me salió al encuentro?</p>
-
-<p>—¿Un centinela?</p>
-
-<p>—¿Un carcelero?</p>
-
-<p>—Un perro.</p>
-
-<p>—Lo mismo da.</p>
-
-<p>—Un perro, no de tres cabezas, como el del infierno, sino de una
-sola; pero tan horrible, que su vista me hacía temblar de sobresalto
-y pavor. Sus ojos despedían fuego, y su espantosa boca, llena de
-cuajarones de sangre, se abría hasta las orejas dejando ver feroces
-dientes<span class="pagenum" id="Page_155">p. 155</span> agudísimos y
-una lengua que vibraba como hoja de metal. Era la bestia más repugnante
-y fea que imaginarse puede. Pero lo más raro era que aquel horrendo
-animal hablaba.</p>
-
-<p>—¿Hablaba?...</p>
-
-<p>—Yo le dije que iba a buscar a un infeliz encerrado en la cárcel. El
-perro fijó en mí sus ojos de fuego, cuya claridad me llegaba al alma,
-estremeciéndome todo.</p>
-
-<p>Las dos mujeres se estremecían también, y los ojos de Solita no
-estaban menos espantados que si tuvieran enfrente al temible can.</p>
-
-<p>—El perro dio un gruñido —continuó Monsalud—, y con su voz, que
-resonaba como si saliera de honda caverna, me dijo: «Está bien, amigo
-mío...»</p>
-
-<p>—¡Amigo mío!... Pues no dejaba de ser cortés.</p>
-
-<p>—Está bien, amigo mío —me dijo—; puedes llevarte al preso, con una
-condición. Ya sabes que yo me alimento de corazones. Dame el tuyo, y
-hemos concluido...</p>
-
-<p>—¿Y se lo diste?... pero hombre... pero hijo... —gritó doña Fermina
-con impaciencia.</p>
-
-<p>—Me clavé las uñas en el pecho, apreté fuertemente, metí la
-mano....</p>
-
-<p>—¡Jesús! —exclamó Solita apartando el rostro.</p>
-
-<p>—Metí la mano, me saqué el corazón y se lo arrojé a la bestia, que
-con su feroz boca lo cogió en el aire. Entré, y cuando salía, sacando
-al señor Gil, vi que el perro mascullaba el pedazo de carne, saciándose
-en él. ¡Ay, cuánto me dolía!</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch16">
- <p><span class="pagenum" id="Page_156">p. 156</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XVI</h2>
-</div>
-
-<p>Salvador se inquietaba bien poco de un acontecimiento que por
-aquellos días, los primeros de marzo, agitaba hondamente el mar de la
-política, produciendo borrascas, zozobras y naufragios. ¿Necesitaremos
-recordarlo, a pesar de haber hablado de él, por cierto con mucha
-discreción, el marqués de Falfán de los Godos? Olvidando las prácticas
-constitucionales o haciéndose el tonto, que es la opinión más
-autorizada, añadió el rey al discurso de la Corona un parrafillo de
-su invención, en el cual se quejaba de los insultos que diariamente
-recibía, y acusaba con este motivo a los ministros y a las autoridades
-de Madrid. Alborotose el congreso, alborotáronse más los clubs, los
-ministros estaban con medio palmo de boca abierta, sin saber lo que les
-pasaba, y mientras el rey les destituía arrebatadamente, dábales el
-Congreso un voto de confianza y una pensioncita de sesenta mil reales;
-admirable almohada para reclinar la gloriosa cabeza después de una
-caída.</p>
-
-<p>Su Majestad, firme en el propósito de hacerse el tonto (y quien
-crea otra cosa no sabe hasta dónde llegaba la malicia del astuto
-<i>Rey neto</i>), pidió consejo a las Cortes para la formación
-del nuevo ministerio, inaudita aberración<span class="pagenum"
-id="Page_157">p. 157</span> constitucional, pues el gabinete caído
-tenía mayoría. Los diputados contestaron al mensaje del rey con un
-refunfuño de desconfianza, achacaron a la <i>mano oculta</i> los
-insultos consabidos, y negáronse a proponer los nuevos ministros, dando
-a entender al soberano que el ministerio Argüelles era el mejor de los
-ministerios posibles. Fernando consultó entonces al consejo de Estado,
-y de esta consulta salió el ministerio del 4 de marzo.</p>
-
-<p>Era natural que el nuevo Gabinete no gustase a nadie. Los tibios
-le tenían por exaltado, y los exaltados por tibio. Procedente como
-el anterior de la mayoría, el gabinete Valdemoro-Feliú representaba
-las mismas ideas, la propia indecisión, idéntica dependencia de
-manejos secretos; representaba también la debilidad frente a los
-alborotadores, las pedradas al coche del rey, la tolerancia de las
-grandes conspiraciones y la persecución sañuda de las pequeñas. De
-entonces data, si no estamos equivocados, la célebre frase de <i>los
-mismos perros con distintos collares</i>. Más adelante, cuando Feliú
-pasó de Ultramar a Gobernación, el gabinete se enderezó como una planta
-cuya savia se regenera, y supo desplegar contra los alborotadores y los
-clubs una energía que hasta entonces no se había visto en el gobierno
-después de la revolución.</p>
-
-<p>Tal era la situación política a principios de marzo. En el
-gobierno, debilidad; en el congreso, confusión; en Palacio, solapadas
-intrigas, cuyas resultas se verán más adelante. El pueblo desbordado
-y sin reconocer ley ni freno<span class="pagenum" id="Page_158">p.
-158</span> alguno, expresaba su voluntad ruidosa y groseramente en los
-clubs. A fuerza de oír hablar de su soberanía, empezaba a creer que
-consistía esta en el uso constante de la iniciativa revolucionaria y en
-el ejercicio atropellado de la sanción popular en asonadas, violencias
-y atrocidades sin cuento. Romero Alpuente, un vejete furibundo a quien
-después conoceremos, había dicho que <i>la guerra civil era un don del
-cielo</i>. Istúriz, joven y exaltado, había dicho que <i>la palabra
-rey era anticonstitucional</i>. Moreno Guerra, que <i>el pueblo tiene
-derecho a hacerse justicia y vengarse a sí propio</i>. Golfín, que
-<i>la anarquía purgaba la tierra de tiranos</i>. Otro llamaba al trono
-<i>cadalso de la libertad</i>.</p>
-
-<p>Entre tanto las sociedades secretas estaban desconcertadas; porque
-si bien el nuevo ministerio saliera de ellas como el anterior, no
-había gran seguridad de que se dejase gobernar por los <i>Valerosos
-príncipes</i>.</p>
-
-<p>—Estamos —decía Campos— en la situación más oscura que puede
-imaginarse. Yo no he tenido nunca a Feliú por muy afecto a nuestro
-Orden, y temo mucho que se nos vuelva en contra. Sin embargo, anoche
-nos ha echado un discursejo con muchos ofrecimientos y palabrotas; pero
-no me fío, no me fío.</p>
-
-<p>Esto lo decía el gran Cicerón sentado junto a una mesa del café
-de <i>La Fontana</i>, teniendo enfrente a Salvador Monsalud, que
-entre sorbo y sorbo de café leía <i>El Espectador</i>. Cómo se
-habían juntado después de su violenta separación, cómo habían ido
-allí, apareciendo<span class="pagenum" id="Page_159">p. 159</span>
-amistosamente reconciliados, merced a un par de tazas y otras tantas
-copas, es cosa que se explica fácilmente. Campos fue a casa de Monsalud
-una mañana, anunciole que tenía que hablar de asuntos igualmente
-graves para los dos, y aunque el joven le recibió con los peores y más
-ásperos modos, como Cicerón no se daba por ofendido y era hombre que
-respondía con risas a las palabras duras, bien pronto uno y otro, a
-pesar de su desacuerdo, hallaron un término común de reconciliación
-pasajera. Campos convidó a Aristogitón a pasar un par de horas en
-<i>La Fontana</i>, y una vez allí, sentáronse en el más apartado y
-oscuro rincón del local, tras la tribuna y no lejos del mostrador. Casi
-estaban solos, porque en tal hora, el célebre club <i>de los amigos del
-orden</i> descansaba de sus fatigas.</p>
-
-<p>—Pero a pesar de todo, nosotros no hemos perdido nada todavía
-—añadió Campos—, y yo quiero ver quién es el guapo que se atreve a dar
-un golpe a las sociedades secretas, autoras, no solo de la revolución
-de España, sino de las de Portugal y Nápoles. Este poder inmenso no se
-pierde por una veleidad ministerial... Conque, amado Aristogitón, yo
-planteo nuestra cuestión en los mismos términos en que la planteé en mi
-casa hace ocho días, cuando te pusiste como un basilisco, y aun creo
-que intentaste pegar a tu maestro... pero hombre de Dios, ¿no me haces
-caso de lo que te digo? Mientras hablo, tú lees.</p>
-
-<p>—Oigo perfectamente —dijo Monsalud dejando el periódico y tomando la
-taza—. La<span class="pagenum" id="Page_160">p. 160</span> cuestión
-planteada en los mismos términos de aquel día...</p>
-
-<p>—Cuando me quisiste pegar —repitió Campos con burla—. Después me
-estuve riendo de ti dos horas. Si yo fuera un hombre terrible, te
-hubiera echado por el balcón; estaba en mi derecho.</p>
-
-<p>—No lo niego. Si yo hubiera sido un hombre imprudente le hubiera
-roto a usted la cabeza; también estaba en mi derecho por haber sido
-engañado. Usted intentó comprarme con viles ofertas de destinos y
-menudencias.</p>
-
-<p>—Y ahora te compro por el precio que tú te has puesto: por la
-concesión de una gracia a que das suma importancia. La cosa en sí es la
-misma, no varía más que el precio y la clase de moneda. Tú me dejas en
-paz a mi sobrina...</p>
-
-<p>—Y usted me pone en la calle a un pobre preso, que será ahorcado si
-las cosas siguen por el camino que llevan.</p>
-
-<p>—Perfectamente. Trato clarísimo y que no da lugar a engaños ni malas
-interpretaciones. <i>Do ut des</i>.</p>
-
-<p>Campos, como hombre que ve adelantar satisfactoriamente una
-negociación de importancia, respiró con fuerza, embaulando después
-media taza. <i>Robespierre</i><a id="FNanchor_2" href="#Footnote_2"
-class="fnanchor">[2]</a> subió a sus rodillas. Uno y otro se
-acariciaron.</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_2" href="#FNanchor_2" class="label">[2]</a> Un gato.
-Véase <i>La Fontana de Oro</i>.</p>
-
-</div>
-
-<p>—No debieras extrañar —añadió— que yo quisiera favorecerte con
-un buen destino y aun alejarte. A mí me gusta hacer las cosas con
-delicadeza. De este modo se llega al objeto sin<span class="pagenum"
-id="Page_161">p. 161</span> ofender a nadie, sin ruido y sin dimes ni
-diretes. Creí que tú, hombre listo, me entenderías después del primer
-avance, y tomando lo que te daba, te dispondrías a callar y obedecer,
-dejándome el campo libre. Pero no entendiste. Tienes un candor
-honradillo que exige se te digan las cosas claras, y en verdad, a mí me
-repugnaba hablarte con claridad en asunto tan espinoso.</p>
-
-<p>—Algo creí entender; pero como no contaba con la traición de Andrea,
-no pasé de sospechas vagas.</p>
-
-<p>—¡La traición! —dijo Campos con gravedad irónica—. Pero hombre...
-¡qué palabrotas se estilan ahora! Di más bien que mi sobrina comprendió
-lo que sacaba del noviazgo contigo. Por mi parte, de algún tiempo acá
-me desvelo porque disfrute una posición tónica y como corresponde a sus
-méritos. Es tiempo ya de que tenga un padre vigilante y cariñoso. Te
-confieso, amigo Aristogitón, que cuando sospeché tus niñadas con ella,
-y más aún, cuando las sospechas se trocaron en certidumbre..., ¡ay!,
-sentía impulsos de despedazarte. Pero meditando bien, resolví tener
-mucha calma, abordar la cuestión con astucia, evitar un escándalo que
-pudiera turbar la paz espiritual del buen Falfán de los Godos. De esta
-manera todos quedan contentos. No creas que me ha costado poco cautivar
-a Andreílla. La pícara se nos escapaba como una mariposa, cuando
-creíamos tenerla segura; pero conquistado tú, que eres el Montjuich, la
-rendición de la ciudadela es inevitable... ¿Te das por conquistado?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_162">p. 162</span>—Me doy por
-conquistado.</p>
-
-<p>—¿Renuncias por completo y en absoluto a ella? ¿Huirás de su trato y
-de su vista, y en caso de que la casualidad te la ponga delante, harás
-con ella como si nunca la hubieras conocido?</p>
-
-<p>—Lo haré.</p>
-
-<p>—¿La despreciarás, la arrojarás de tu lado, le harás ver de una
-manera indudable que tú y ella sois como el agua y el fuego que no
-pueden juntarse?</p>
-
-<p>—Como el agua y el fuego.</p>
-
-<p>—Y si la tempestad arrecia, ¿serás capaz hasta de hacerle creer que
-estás enamorado de otra?</p>
-
-<p>—También.</p>
-
-<p>—Vamos, eres un hombre. Tus declaraciones merecen una <i>salva</i>.
-Echemos <i>pólvora fulminante</i> en el <i>cañón</i> y disparemos.</p>
-
-<p>Los masones llamaban pólvora fulminante al <i>ron</i>. El
-<i>cañón</i> y la <i>salva</i> ya sabemos lo que eran.</p>
-
-<p>—¡<i>Fuego</i>! —dijo Monsalud llevando la copa a sus labios.</p>
-
-<p>—¡<i>Fuego</i>! —repitió Campos.</p>
-
-<p>Los del <i>Arte-Real</i>, en sus <i>tenidas</i> de banquetes,
-pronunciaban esta voz de mando para indicar los brindis.</p>
-
-<p>—¿Pero a qué vienen tantas exigencias, que parecen pruebas masónicas
-—dijo Salvador—, si Andrea no necesita de mis desdenes para obedecerle
-a usted? ¿No ha dado su consentimiento?</p>
-
-<p>¡Ah, ah!..., fíate de consentimientos. Dicen<span class="pagenum"
-id="Page_163">p. 163</span> que la palabra <i>veleidad</i> es femenina
-en todas las lenguas. Prueba de que todas las mujeres son veleidosas.
-Es verdad que Andrea, a fuerza de ruegos, de razones, de regalos, de
-mimos, de promesas, me prometió ser marquesa... ¡Marquesa, ya ves qué
-pedrada!..., y la muy tonta... Por algo se ha dicho que <i>entre el sí
-y el no de una mujer no se puede poner la cabeza de un alfiler</i>.</p>
-
-<p>—Ella apetece más. La ambición, una vez desarrollada, no se
-satisface fácilmente. Creerá que Falfán de los Godos no es bastante
-rico.</p>
-
-<p>—¡Si es millonario! No va por ahí la corriente —dijo Campos con
-desaliento—. Es que Andrea vuelve los ojos a este tunante y se
-arrepiente, se arrepiente la muy pícara de la promesa que me dio. Desde
-el otro día... Pero yo quisiera saber qué tienes tú para trastornar de
-este modo un cerebro, que después de todo es un cerebro de la raza de
-Campos, fecundo en gente sesuda.</p>
-
-<p>—Andrea tiene conciencia: no es una muchacha corrompida —afirmó
-Monsalud, disimulando el interés que aquella parte de la conversación
-le producía.</p>
-
-<p>—Qué conciencia ni conciencia... Resabios tontos de su enamoramiento
-infantil. Yo sé que eso desaparecerá; pero por de pronto me tiene
-inquieto. Desde aquel día que tú y yo estuvimos a punto de machacarnos
-las liendres, no sabes cómo se ha puesto esa muñeca. Está loca,
-rematadamente loca, y anoche tuve que encerrarla, porque quería
-salir.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_164">p. 164</span>—¿Salir?</p>
-
-<p>—A buscarte; y se nos escapará, porque la niña es sutil. Por eso
-quiero estar seguro de ti. Querido Aristogitón, si tú no me ayudas,
-todo se pierde. No puedes tener idea de cómo está esa criatura. En mi
-casa no se oyen más que suspiros, y con las lágrimas que unos ojitos
-negros han derramado estos días se podía haber hecho otro estanque
-del Retiro. Sorprendila ayer desenvainando el puñal que conserva como
-recuerdo de su padre. ¡Ay, qué susto! Te aseguro que si no llego a
-tiempo, tenemos en casa una degollina, un suicidio, una de esas gracias
-que mi sobrina ha leído en las historias de griegos y romanos, y que
-ahora las novelas sentimentales tratan de poner en moda. ¿Has leído el
-<i>Werther</i>? Es un Dido macho que se mata por amor.</p>
-
-<p>Salvador estaba pálido y no acertaba a decir nada.</p>
-
-<p>—Por esta causa he querido prevenirte, asegurarme de tu formal
-renuncia, que espero cumplirás con honradez. Es posible que recibas
-alguna esquelita, aunque la hemos privado de tinta y papel; es también
-muy probable que la mariposa tienda sus alas y se eche a volar
-poéticamente por las calles de Madrid, y te busque y te encuentre...
-Veo que suspiras... mira, no vengas tú también con suspiros. En una
-mujer pase, pero un hombre es un hombre, Salvador, y sobre todo, un
-hombre que tiene a su padre en la cárcel a punto de ser ahorcado,
-debe tener corazón de bronce, portarse caballerosamente y cumplir su
-palabra.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_165">p. 165</span>—Yo la cumpliré
-—murmuró Salvador.</p>
-
-<p>—Bueno, señor <i>Caballero Kadossch</i>. ¿Repites las ofertas que
-hace poco me has hecho?</p>
-
-<p>—Las repito.</p>
-
-<p>¿Acabaste para mi sobrina? —preguntó Cicerón en un tono que indicaba
-la idea de las resoluciones categóricas.</p>
-
-<p>—Acabé —respondió Salvador en el propio tono del suicida que dice
-adiós a la vida.</p>
-
-<p>—¿De modo que no harás caso de esquelitas, ni de recados, ni de
-visitas?</p>
-
-<p>—No.</p>
-
-<p>Se frotó los ojos con la mano derecha, cual si quisiera reducírselos
-a polvo.</p>
-
-<p>En aquel momento arrojaba su corazón al perro.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch17">
- <h2 class="nobreak g0">XVII</h2>
-</div>
-
-<p>—Pues lo pasado, pasado —dijo Campos—. Amigos otra vez. Olvidemos
-las ofensas que mutuamente nos hayamos hecho.</p>
-
-<p>—<i>Pasemos la trulla</i>.</p>
-
-<p><i>Trulla</i> era la cuchara de albañil, y la idea de <i>pasarla</i>
-indicaba olvido y perdón de las injurias, idea que bien podía
-expresarse hablando como la gente.</p>
-
-<p>—Ahora me toca a mí —dijo Salvador.</p>
-
-<p>—Ahora te toca a ti —añadió Campos sacando dos cigarros habanos y
-ofreciendo uno<span class="pagenum" id="Page_166">p. 166</span> a su
-amigo—. Ahí va esa <i>pólvora del Líbano</i>. Fumemos.</p>
-
-<p>—¿Usted me promete que Gil de la Cuadra no será condenado a
-muerte?</p>
-
-<p>—Eso no.</p>
-
-<p>—¿Me promete usted que se sobreseerá su causa?</p>
-
-<p>—Tampoco.</p>
-
-<p>—Entonces...</p>
-
-<p>—Lo que prometo es que tu padre, tu tío, tu pariente o lo que sea,
-saldrá de la cárcel.</p>
-
-<p>—¿Cómo?</p>
-
-<p>—Escapándose de ella, lo cual no es fácil; pero sí posible, sobre
-todo si tú y yo nos proponemos hacerlo. No hay que pensar en que el
-gobierno suelte la presa absolutista que tiene entre las garras. Es
-preciso ofrecer un par de víctimas al pueblo, y como no se le puede dar
-un león, se le da un conejo. Ya sabes que el cura Merino ha hecho la
-gracia de aparecer en Castilla; el <i>Abuelo</i> ha levantado también
-una partida cerca de Aranjuez, y Aizquibil recorre con su gente el país
-de Álava. El <i>Pastor</i> entra también en campaña, y a varios de su
-partida, que han sido cazados, se les encontraron muchos ochentines de
-los que acuñó el gobierno hace poco. Estos ochentines se dieron todos
-a la Casa Real, de modo que no hay duda alguna respecto a la mano que
-está moviendo esta vil máquina de las partidas.</p>
-
-<p>—El rey.</p>
-
-<p>—Sí, y cuando los ministros le hicieron notar la coincidencia,
-respondió tranquilamente: «Es muy extraño eso», y no dijo más. La
-corte<span class="pagenum" id="Page_167">p. 167</span> trabaja
-con desesperación por encender la guerra civil, y los curas y los
-guerrilleros amparados por ella y por las juntas extranjeras, harán
-un esfuerzo terrible para restablecer el absolutismo. Nos aguarda un
-porvenir de rosas. Ya sabes lo que significan en nuestro amado país
-estas dos fuerzas: <i>curas, guerrilleros</i>.</p>
-
-<p>—No tengo ilusiones en ese particular. La estupidez de los
-liberales, su corrupción y falta de sentido, anuncian a voces que
-volverá el absolutismo.</p>
-
-<p>—Pues bien: cuando por todas partes no se ven más que peligros;
-cuando el gobierno se mira amenazado y provocado por los absolutistas,
-¿no es natural que si logra poner la mano encima de alguno, apriete y
-apriete firme hasta ahogarle?</p>
-
-<p>—Es natural. Los pobres gazapos que se han dejado coger pagarán las
-culpas de los lobos y de la corte, que los azuza.</p>
-
-<p>—Evidentísimo. Por consiguiente, amigo Monsalud, no hay que pensar
-en que el gobierno perdone a ninguno de los que hoy están presos por
-conspiraciones realistas.</p>
-
-<p>—Serán condenados...</p>
-
-<p>—A muerte. El juez, señor Arias, confiesa privadamente que no halla
-motivo para tanto; pero la presión popular y la necesidad de hacer un
-escarmiento, la conveniencia de amedrentar a la corte, levantará el
-cadalso. Aquí tienes a la señora Libertad en tales trances que no puede
-pasarse sin el verdugo.</p>
-
-<p>—¿De modo que no hay que soñar con un sobreseimiento?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_168">p. 168</span>—Locura. Vinuesa no
-se escapa de la horca. Los demás serán condenados a presidio... Puesto
-que no podemos evitar la sentencia, tratemos ahora de salvar a tu
-hombre. Yo estoy tan comprometido a ello moralmente como tú. Planteemos
-la cuestión. Primer punto. Todo el personal de la cárcel está en poder
-de gentuza comunera o milicianos nacionales de los más majaderos.</p>
-
-<p>—Lo sé, y he resuelto hacerme comunero.</p>
-
-<p>—Admirable idea —dijo Campos en tono de lisonja—. Y si procuras
-retener en la memoria todos los disparates y gansadas de los hijos de
-Padilla para contármelos, tu idea será sublime.</p>
-
-<p>—Yo iré allá tan solo con el fin de contraer amistades que me sirvan
-para nuestro objeto.</p>
-
-<p>—Excelente plan. En tanto el Grande Oriente se encarga de hacer en
-el personal de cárceles alguna variación.</p>
-
-<p>—Cosa facilísima.</p>
-
-<p>—No tanto, joven, no tanto. Tú no sabes cuánto se ha alambicado ya
-en la cuestión de destinos. No se puede estar trasegando la gente todos
-los días. Lo peor de todo es que hacemos una variación, y al punto nos
-conquistan los comuneros el nuevo personal. Se varía otra vez, y la
-defección se repite. Hacemos tercera hornada; pero llega un momento
-en que no se puede más, porque se acaban los carniceros, panaderos y
-pasteleros que quieren ser empleados públicos, en las porterías de los
-ministerios, en cárceles, en correos... Por este camino desaparecerá en
-Madrid toda la clase menestral.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_169">p. 169</span>—Pero los cambios
-traen numerosas cesantías.</p>
-
-<p>—Pero los cesantes, esos insignes patricios desairados, no quieren
-volver a las panaderías, carnicerías y molinos de chocolate de donde
-salieron. Encuentran más fácil encastillarse en las <i>Fortalezas</i>
-de Padilla, donde, haciendo comedias, se van adiestrando en la oratoria
-y en el arte de conspirar.</p>
-
-<p>—¿Y cómo viven?</p>
-
-<p>—Ese es el misterio. Lo evidente es que tienen dinero. ¿Ves esa
-turbamulta de vagos que aúllan en los cafés, que alborotan en la plaza
-de Palacio, que apedrean las casas de los ministros, que van a cantar
-coplas indecentes junto a la reja de la prisión de Vinuesa?... Pues
-todos ellos viven, y viven bien.</p>
-
-<p>—Los ochentines del <i>Pastor</i> harán ese milagro.</p>
-
-<p>—Eso creo yo. Los ochentines...</p>
-
-<p>—Pero contra los ochentines, el gobierno tiene los empleos públicos.
-Póngame usted en la cárcel de la Corona a un empleado que se preste a
-favorecer nuestro plan.</p>
-
-<p>—Precisamente hay una vacante. Me he informado hoy.</p>
-
-<p>—Mejor que mejor.</p>
-
-<p>—Bueno; pues elige tú el candidato.</p>
-
-<p>Salvador meditó breves instantes.</p>
-
-<p>—Lo mejor será un hombre de bien, pues no se trata de salvar a
-ladrones y asesinos; se trata de hacer una buena obra, librando a
-un pobre anciano inocente, inocente, sí... porque Gil de la Cuadra,
-aun conspirando con todas<span class="pagenum" id="Page_170">p.
-170</span> sus fuerzas, no es capaz de hacer daño a un semejante ni a
-la sociedad.</p>
-
-<p>—Pues mi opinión es que elijamos un tonto. Es fácil de encontrar.</p>
-
-<p>—Ya tengo mi hombre —dijo vivamente y con alegría Monsalud.</p>
-
-<p>—¿Has hallado el tonto?</p>
-
-<p>—Un maestro de escuela.</p>
-
-<p>—Viene a ser lo mismo. Apuesto a que has pensado en Sarmiento.</p>
-
-<p>—No: lo echaríamos todo a perder —dijo Salvador arrepintiéndose—.
-Sarmiento es sencillo, pero su fanatismo rabioso le transfigura,
-haciéndole cruel. Me parece que debemos elegir un discreto.</p>
-
-<p>—Bien puedes coger la linterna de Diógenes. Échate a buscar el
-discreto.</p>
-
-<p>—Ya lo hallé —exclamó Monsalud, dándose una palmada en la frente.</p>
-
-<p>—¿Quién?</p>
-
-<p>—Yo mismo.</p>
-
-<p>—Hombre... la idea no es mala —repuso Campos sonriendo—. Pero la
-verdad... ese destino no es propio para ti. Vales tú mucho más.</p>
-
-<p>—¿Y qué me importa?</p>
-
-<p>—El duque del Parque no querrá tener a su servicio a un
-sota-alcaide.</p>
-
-<p>—Dejaré el servicio del duque del Parque</p>
-
-<p>—¿Pero no se te ocurre otra persona?</p>
-
-<p>—No me fío de nadie. Estoy decidido. Seré sota-alcaide.</p>
-
-<p>—Vas a bregar con la gente más cruel, más perdida y más infame
-de la sociedad. El personal de cárceles allá se va con el de
-encarcelados.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_171">p. 171</span>—No me importa. He
-tenido una idea feliz.</p>
-
-<p>—Pues adelante, y realicemos la idea feliz. Serás sota-alcaide. En
-tanto que te nombro... pues no creas que es cosa de un momento: lo
-menos hay treinta candidatos... hablaré a Copóns.</p>
-
-<p>—¿El jefe político?</p>
-
-<p>—¡Ah! —exclamó Campos con gozo—. Le tengo cogido, le tengo preso
-en mis redes. Precisamente anda tras de mí para que le favorezca en
-ciertas pretensiones que trae en Gracia y Justicia. Una bicoca: tres
-primos que fueron beneficiados y ahora se les antoja ser deanes. Son
-de la pacotilla de los que llaman modestos... ¡pobrecitos! Copóns es
-muy exaltado; el gobierno, que le puso en lugar de Palarea, no está muy
-contento con él. Necesita todo el arrimo del Grande Oriente para no
-venir a tierra. Muy bien: esto va a pedir de boca. Tu padre, tu abuelo,
-o lo que sea, se ha salvado.</p>
-
-<p>Hablaron algo más, determinando algunos detalles del plan, y se
-separaron. Campos tenía que revisar unas cartas detenidas por orden
-superior. Salvador debía consagrarse a sus ocupaciones. Cuando volvió a
-su casa, entregáronle un billete que acababa de llegar. Conociendo en
-el sobre la letra de Andrea, sintió tanta ansiedad como pavor. La carta
-estaba trazada con indecisos rasgos, a prisa, y decía:</p>
-
-<blockquote>
-
- <p>«Arrepentida, arrepentida, arrepentida de lo que he hecho.</p>
-
- <p>»Ven al instante. Estoy esperándote en el<span class="pagenum"
- id="Page_172">p. 172</span> Retiro, junto al Observatorio. Me
- he escapado de mi casa. Querido mío, mi vida y mi muerte: si no
- me perdonas, si no vienes al instante a mi lado, me moriré de
- desesperación.</p>
-
- <p>»Lo que he hecho contigo es una villanía, una ofuscación.</p>
-
- <p>»Un poco tarde lo he conocido; pero lo conozco al fin, lo confieso
- y te pido perdón.</p>
-
- <p>»Te adoro, y ni Dios podrá hacer que yo pertenezca a otro. Eres mi
- dueño y puedes abofetearme, puedes matarme si me porto mal.</p>
-
- <p>»Salvador, sácame del infierno en que estoy. Ven, no tardes ni
- un segundo. No vuelvo más a mi casa. Iré contigo a donde quieras:
- seré tu esposa, tu criada o lo que tú quieras... Sácame los ojos y
- dentro de ellos verás tu cara. Ya me parece que te siento venir...
- ¿Vendrás?... En el Retiro junto al Observatorio. Voy corriendo, no
- sea que llegues antes que yo. Adorado mío, te quiere con toda su alma
- y te ofrece el corazón y la vida,</p>
-
- <p class="firma"><span class="sc">Andrea.</span>»</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>Soledad, que entraba cuando Salvador concluía de leer la carta, notó
-su palidez y agitación.</p>
-
-<p>—¿Qué tienes, hermano? —dijo llena de pesadumbre—. ¿Ese papel te
-dice algo desfavorable a mi pobre padre?</p>
-
-<p>—No, no —replicó el hermano con desesperación—. Es todo lo
-contrario. Sola, abrázame, abraza a tu hermano.</p>
-
-<p>La muchacha se arrojó llorando en brazos de Salvador.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_173">p. 173</span>—¿Pero te causan
-pena las buenas noticias?</p>
-
-<p>—¡No, no!... la carta no dice nada —afirmó él sofocando la tempestad
-que bramaba en su alma—. Estoy alegre, hermana, hermana querida,
-abrázame otra vez. Tu padre se ha salvado.</p>
-
-
-<p class="mt2">Pasó Monsalud todo el día y toda la noche en un estado
-de agitación muy viva. A la mañana siguiente, cuando entró en casa
-del duque del Parque, un criado le dijo: «Han estado aquí dos mujeres
-buscándole a usted. Parecían ama y criada.»</p>
-
-<p>—Si vuelven —repuso— dígales que he salido de Madrid.</p>
-
-<p>Para evitar un encuentro que temía, salió del palacio por una puerta
-de servicio que daba a otra calle. Pero más tarde, al entrar en su
-casa, don Patricio Sarmiento repitió la noticia.</p>
-
-<p>—Aquí han estado dos damiselas a preguntarme cuándo volvía usted.
-Parecen ama y criada... ¡Oh, edad dichosa esta en que nos vienen a
-buscar dos y tres veces en el breve espacio de unas horas!... Yo
-también, en mis juveniles años...</p>
-
-<p>Sarmiento exhaló un suspiro.</p>
-
-<p>—Si vuelven, dígales usted que he salido de Madrid, y que no volveré
-hasta dentro de un mes.</p>
-
-<p>—¡Cuánta esquivez!... Pero en esa edad feliz... También uno ha
-tenido sus dulzuras ¿eh? No crea usted: este arrugado semblante y este
-flaco y débil cuerpo no han sido siempre así.<span class="pagenum"
-id="Page_174">p. 174</span> Aquí, amiguito Salvador, aquí se sabe lo
-que es afán de amores; aquí se comprende bien eso de despreciar a una
-por apasionarse de la otra, volando de flor en flor cual inconstante
-mariposa... Pues, ¿y estar penando días y días por una mirada, solo por
-una mirada?... ¡ay!... ¿y aquello de estar cavilando por qué me miró
-así o dejó de mirarme?... Todos hemos tenido nuestro abril; todos hemos
-revoloteado y sacado la miel hiblea del cáliz de las frescas flores,
-señor Monsalud.</p>
-
-<p>Cuando este se dirigió después de medio día a una tienda de la calle
-Mayor, donde solía hacer tertulia, un mancebo le dijo la muletilla:</p>
-
-<p>—Han estado dos hembras a ver si había usted venido.</p>
-
-<p>Más tarde pasó por la parte baja de la calle de Atocha. Detúvose de
-repente porque un objeto lejano llamó su atención: era el Observatorio
-astronómico. Singular trastorno debió producir en las ideas del joven
-la vista del hermoso edificio, porque apresuró el paso como quien huye
-de un fantasma temible.</p>
-
-<p>¡Cosa extraña! Al anochecer, cuando fue al local ocupado por la
-masonería, en la calle de las Tres Cruces, con objeto de hacer unas
-preguntas a Sócrates, o como si dijéramos, a Canencia, un portero le
-cantó el atormentador estribillo de todo el día:</p>
-
-<p>—Aquí han estado dos damas a preguntar si vendría usted esta
-noche.</p>
-
-<p>Después marchó a <i>La Cruz de Malta</i>, café situado en la calle
-del Caballero de Gracia. Aguardábale allí don José Manuel Regato.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch18">
- <p><span class="pagenum" id="Page_175">p. 175</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XVIII</h2>
-</div>
-
-<p>En la calle que hoy se llama de Isabel la Católica, y antes de la
-Inquisición, pasando así bruscamente del nombre más horrible al más
-hermoso, hay una casa que hoy lleva el número 25 y antes tenía el
-2, edificio perteneciente en su juventud al conde de Revillagigedo
-y que después fue Conservatorio de Música y Declamación. Diversas
-oficinas se han sucedido en dicha casa, y hoy sirve de albergue, si
-no estamos equivocados, a una dirección del ramo de Fomento. Pero
-lo más importante de este caserón en su variada y larga historia es
-que dentro de él estuvo la <i>Asamblea de los Comuneros</i> durante
-los tres <i>llamados años</i>. Ya se habrá comprendido quiénes eran
-estos bravos hijos de Padilla. Cualquiera que haya vivido en España y
-prestado atención a sus cosas políticas, comprenderá que en aquella
-época, como en todas, los descontentos y los cesantes, los atrevidos,
-los pretendientes y los envidiosos, que son siempre el mayor número, no
-podían tolerar que determinada pandilla gobernase siempre el país y las
-Cortes. Este afán de renovación periódica del personal político, que en
-otras partes se hace por razón de ideas y de aspiraciones elevadas, se
-suele hacer aquí, y más entonces que hoy, por el<span class="pagenum"
-id="Page_176">p. 176</span> turno tumultuoso de las nóminas. Esto es
-una vulgaridad tan manoseada, y ha trascendido de tal modo hasta llegar
-a las inteligencias más oscuras, que casi es de mal gusto ponerlo en un
-libro.</p>
-
-<p>Los comuneros querían reformar la Constitución, porque no era
-bastante liberal todavía. Los ministeriales (nos referimos a la primera
-mitad de 1821) o doceañistas, o si se quiere los <i>masones</i>,
-convencidos de que su Constitución era la mejor de las obras posibles,
-y que la mente no concebía nada más perfecto, querían que se conservase
-intacta y sin corrección ni reforma como la naturaleza. De repente
-apareció un tercer partido, llamado de los <i>anilleros</i>, que quiso
-modificar la Constitución en sentido restrictivo, aspirando a una
-especie de transacción con la corte y la Santa Alianza. Sobre estas
-tres voluntades giraba aquel torbellino, que empezó con una sedición
-militar y terminó con una intervención extranjera.</p>
-
-<p>Los comuneros, que nacieron del odio a los masones, como los hongos
-nacen del estiércol, creyendo que los ritos y prácticas de la masonería
-eran una antigualla desabrida, antiespañola, prosaica y árida,
-imaginaron que les convenía establecer un simbolismo caballeresco
-y nacional, propio para exaltar la imaginación del pueblo y aun de
-las mujeres, que por entonces tenían parte muy principal en estos
-líos. Siendo la representación primaria de los masones un templo
-en fábrica y los hermanos, arquitectos o albañiles, formaron los
-comuneros su partido de Comunidades, divididas en<span class="pagenum"
-id="Page_177">p. 177</span> Merindades, Torres y Casas-Fuertes, y a sus
-logias llamaron <i>Castillos</i> y a sus Venerables, <i>Castellanos</i>,
-<i>Alcaides</i> a sus Vigilantes, y así sucesivamente. En los ritos
-y ceremonias modificaron todo lo que hay de teatral en la masonería,
-dándole forma caballeresca, o ideando ilusorias fortalezas, puentes
-levadizos, barbacanas, recintos, salas de armas, cuerpos de guardia,
-almacenes de enseres y demás mojigangas, todo creado por sus exaltadas
-fantasías, de tal modo, que más que militantes caballeros parecían
-rematados locos.</p>
-
-<p>Su color distintivo era el morado, así como los masones adoptaron
-el verde. La asamblea general recibía el nombre de <i>Alcázar de
-la libertad</i>, y el recinto donde se reunía, llamado <i>Plaza
-de armas</i>, estaba adornado con embadurnados lienzos y telones,
-representando torreoncillos con banderolas, lanzas y las indispensables
-inscripciones patrioteras. El presidente llamaba a los socios la
-<i>guarnición</i>, y a los neófitos, <i>reclutas</i>. Abríanse y
-cerrábanse las sesiones con fórmulas que harían reír a la misma
-seriedad, siendo de notar principalmente el parrafillo con que se
-despedían después de discutir largamente sobre mil innobles temas
-sugeridos por el egoísmo, el hambre o la envidia: «Retirémonos,
-compañeros, a dar descanso a nuestro espíritu y a nuestros cuerpos,
-para restablecer las fuerzas y volver con nuevo vigor a la defensa de
-las libertades patrias.»</p>
-
-<p>Poco después de las diez de la noche Salvador Monsalud, acompañado
-del señor Regato,<span class="pagenum" id="Page_178">p. 178</span>
-penetró en el <i>Alcázar de la libertad</i> de la calle de la
-Inquisición. Era el local grande y espacioso, consistente en una
-serie de salas abovedadas a las cuales se descendía por media docena
-de escalones. Pobres farolillos que aquí no cometían la fatuidad de
-llamarse <i>estrellas</i> las alumbraban, y un sordo rumor de gente
-anunciaba desde el vestíbulo que la colmena se había llenado ya de
-zánganos.</p>
-
-<p>—El ceremonial nos manda esperar aquí —dijo Regato a su recluta,
-deteniéndose en la primera sala—. Voy a llamar al Alcaide.</p>
-
-<p>Durante el breve rato de espera, Monsalud tuvo que resignarse a oír
-las felicitaciones de don Patricio Sarmiento, que a la sazón entraba,
-y que atronó la estancia con sus gritos y encarecimientos por el feliz
-suceso de aquella iniciación. Todo su porvenir caballeresco comunero
-diera el joven por sacudírsele de encima; pero al fin sacole de tan mal
-paso el Alcaide, apareciendo con Regato, y en seguida vendaron los ojos
-del recluta, mandándole que marchase apoyado en el brazo del comunero
-proponente.</p>
-
-<p>—¿Quién es? —preguntó una voz.</p>
-
-<p>—Un ciudadano —respondió Regato con toda la seriedad posible— que se
-ha presentado en las obras exteriores con bandera de parlamento a fin
-de ser alistado.</p>
-
-<p>La misma voz gritó:</p>
-
-<p>—Echad el puente levadizo.</p>
-
-<p>Oyó entonces el neófito un espantable ruido que en derredor
-suyo sonaba, con tal estrépito, que no parecía sino que todos los
-alcázares<span class="pagenum" id="Page_179">p. 179</span> y torres de
-España caían en ruinas; mas no se turbó por esto su esforzado corazón,
-ni aun se le mudó la color del rostro, que para mayores trances tenía
-coraje y alientos el bravo recluta. Además, bien sabía él, como todos,
-que aquel rumor provenía de una plancha de hierro semejante a las que
-usan en los teatros para imitar los fragorosos ecos del trueno, y que
-el ruido de hierros y cadenas era producido por una sarta de cacharros
-que tras de la puerta agitaba bestial paleto, simulando de este modo
-con notoria perfección el acto de bajar el puente levadizo.</p>
-
-<p>Quitáronle la venda; retiráronse Alcaide y proponente, y quedó solo
-con el centinela, que estaba enmascarado. Estaba en el <i>Cuerpo de
-guardia</i>, y allí, como en la <i>Cámara de meditaciones</i>, debía
-el candidato reflexionar sobre su situación y contestar por escrito a
-varias preguntas referentes a las obligaciones y derechos del comunero.
-Monsalud observó el local, de cuyas paredes pendían varias armaduras
-mohosas y algunas espadas mojadas en sangre de cabrito, que para tan
-terrorífico uso suministraba un día sí y otro no el conserje de la
-Sociedad. Leyó los letreros conteniendo sentencias vulgares de la
-religión del honor, y se dispuso a tomar asiento junto a la mesa donde
-debía extender sus respuestas.</p>
-
-<p>El centinela, que había permanecido tieso y grave, desempeñando su
-imponente papel, soltó de repente la risa y dijo al neófito:</p>
-
-<p>—¿También tenemos por aquí al señor Monsalud?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_180">p. 180</span>Monsalud miraba
-a su interlocutor y no veía más que una máscara horrible, una figura
-espantosa con casco empenachado de gallináceas plumas, y un babero a
-guisa de celada de encaje.</p>
-
-<p>—¡Qué!, ¿no me conoce usted? Soy Pujitos —dijo el centinela
-quitándose la máscara.</p>
-
-<p>—Cómo te había de conocer, vecino, si parecías un valiente. ¿También
-tú te diviertes con estas mojigangas?</p>
-
-<p>—Vaya un modo de prepararse... ¡Llamar mojigangas a una cosa
-tan seria, que va a derribar el ministerio y a poner un gobierno
-republicano! Señor don Salvador, ¿usted viene aquí a burlarse? Le aviso
-que los que se han burlado de esto no lo han hecho dos veces. Conque
-escriba el papelito y me volveré a poner la careta. Acabe usted pronto,
-que me sofoco y este demonche de cartón huele muy mal.</p>
-
-<p>—¿No te fatiga esta tarea? ¿No es mejor que descanses en tu casa
-toda la noche después de haber trabajado todo el día?</p>
-
-<p>—¡Quia! Si ya no hago más zapatos —dijo el gran patriota con
-expresión de hombre perspicuo—. El señor Regato me ha prometido darme
-un destino en la Contaduría de Propios. Don Patricio me enseña a echar
-la firma, que es lo que necesito, y salga el sol por Antequera.</p>
-
-<p>—Ya sabía que eres de los que vocean en los motines, patean en <i>La
-Cruz de Malta</i>, y apedrean el coche del rey. ¿A cómo pagan esto?</p>
-
-<p>Pujitos se puso serio al oír tamaña injuria.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_181">p. 181</span>—Vamos —dijo—. Está
-visto que usted viene aquí a mofarse. Pero siempre seremos amigos,
-o mejor dicho, compañeros de armas. Escriba el papelito y despache
-pronto. Me pongo la careta porque el Alcaide va a venir.</p>
-
-<p>—No hay prisa. Dime, Pujitos, ¿vienes aquí todas las noches?</p>
-
-<p>—Todas, desde el primer día. Soy caballero fundador, y el día lo
-paso en las cosas de la Milicia. Soy teniente, ¡uf, usted no sabe
-el trabajo que da esto! A la parada, a pasar lista, a revisar los
-uniformes, a hacer ejercicio de tiro, a aprender los reglamentos, a
-echar unas copas con los oficiales para discutir lo que ha de hacerse
-el día siguiente... y luego guardias y más guardias.</p>
-
-<p>—¿Haces guardias de noche?</p>
-
-<p>—Pues no. Anoche me tocó en el Principal, y mañana me toca en la
-cárcel de la Corona.</p>
-
-<p>—¡En la cárcel de la Corona... mañana! —dijo Monsalud con interés—.
-Ya sé... es donde están presos esos cleriguchos que han hecho planes
-horribles para quitar la libertad.</p>
-
-<p>—Y algunos que no son clérigos. Pero esos tunantes morirán, o no hay
-justicia en España. Dicen que el gobierno quiere condenarles a presidio
-nada más: esto se llama protección, ¿no es verdad?</p>
-
-<p>—¿Y me has dicho que eres teniente?</p>
-
-<p>—Nada menos; y si no fuera por las intrigas que hay en el
-batallón...</p>
-
-<p>—Yo también seré miliciano y me afiliaré en tu batallón, gran
-Pujos —dijo Monsalud riendo—.<span class="pagenum" id="Page_182">p.
-182</span> Se me figura que entre tú y yo hemos de hacer algo
-extraordinario.</p>
-
-<p>—Me alegraría de ello.</p>
-
-<p>—Nos veremos pronto, y hablaremos... quizás mañana... Pero el tiempo
-pasa y hay que contestar a estas endiabladas preguntas.</p>
-
-<p>—Escriba usted... Me parece que vienen ya.</p>
-
-<p>Salvador escribió sus respuestas, que fueron llevadas a la <i>Plaza
-de armas</i> para que las examinara la guarnición. No tardaron el
-Alcaide y el proponente en conducirle, vendado otra vez, a la puerta
-del salón de sesiones, que estaba cerrada. Por dentro una voz gritó:</p>
-
-<p>—¿Quién es?</p>
-
-<p>«Esta voz áspera y hueca, como una campana rajada —dijo Monsalud
-para sí—, es la de Romero Alpuente.»</p>
-
-<p>Entre tanto el Alcaide respondía:</p>
-
-<p>—Soy el Alcaide de este castillo, que acompaño a un ciudadano que se
-ha presentado a las avanzadas pidiendo parlamento.</p>
-
-<p>—Por Dios, amigo Monsalud —indicó en voz baja Regato—, no se ría
-usted, le suplico encarecidamente que sofoque toda manifestación de
-burlas. Usted no quiere creerme, y yo repito que esto es serio, pero
-muy serio.</p>
-
-<p>Abrieron la puerta de la <i>Plaza de armas</i>, que más parecía
-bodega que plaza, con diversas series de asientos ocupados por los
-caballeros, y un estradillo donde estaba el presidente, teniendo
-detrás fementido torreón de lienzo embadurnado, y un harapo que
-llamaban estandarte de Padilla, y una urna donde <i>se debían<span
-class="pagenum" id="Page_183">p. 183</span> colocar todas las cenizas
-de los comuneros que se pudieran haber</i>.</p>
-
-<p>El presidente le preguntó su nombre, edad, pueblo natal, empleo,
-profesión; luego le habló de las obligaciones que contraía, y del valor
-y constancia que había de mostrar para desempeñarlas. Levantáronse en
-seguida los caballeros, y Monsalud vio que todos ellos tenían una banda
-morada en el pecho, y una como espada o asador en la mano.</p>
-
-<p>—Ya estáis alistado —le dijo el presidente—. Vuestra vida depende
-del cumplimiento de las obligaciones que habéis contraído, y vais a
-jurar. Acercaos y poned la mano sobre este escudo de nuestro jefe
-Padilla, y con todo el ardor patrio de que seáis capaz, pronunciad
-conmigo el juramento que debe quedar grabado en vuestro corazón.</p>
-
-<p>Hecho lo que al neófito se le mandara, empezó este la retahíla
-del juramento, que abrazaba diversos puntos, y que concluía con
-la consabida conterilla que tanto ha hecho reír a la generación
-siguiente:</p>
-
-<blockquote>
-
- <p>«Juro que si algún cab. com. faltase en todo o en parte a estos
- juramentos, le mataré luego que la Confederación le declare traidor;
- y si faltase yo, me declaro yo mismo traidor y merecedor de ser
- muerto con infamia por disposición de la Confederación de cab. com.;
- y para que ni memoria quede de mí después de muerto, se me queme, y
- las cenizas se arrojen a los vientos.»</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>—Cubríos —le dijo el presidente— con el escudo de nuestro jefe
-Padilla.</p>
-
-<p>Tomó entonces el joven un mohoso broquel<span class="pagenum"
-id="Page_184">p. 184</span> que le presentaron, y cubierto pecho y cara
-con tal defensa, pusieron en él los demás comuneros la punta de sus
-espadas, mientras el presidente dijo entre otras majaderías:</p>
-
-<p>—Si no lo cumplís, todas estas espadas no solo os abandonarán, sino
-que os quitarán el escudo para que quedéis al descubierto, y os harán
-pedazos en justa venganza de tan horrendo crimen.</p>
-
-<p>Poseídos algunos caballeros, como gente candorosa, del papel que
-estaban desempeñando, hincaban con excesiva fuerza la punta de sus
-asadores o espadas en el escudo o sartén que resguardaba la cara y
-busto del joven. El señor Regato, temeroso de que por desmedido celo de
-los caballeros se agujerease el escudo y perdiera un ojo su ahijado,
-creyó necesario interrumpir por un momento la majestad del ceremonial,
-diciendo:</p>
-
-<p>—Cuidado, señores, que es de hojalata.<a id="FNanchor_3"
-href="#Footnote_3" class="fnanchor">[3]</a></p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_3" href="#FNanchor_3" class="label">[3]</a> Todavía
-vive un comunero que corrió igual peligro.</p>
-
-</div>
-
-<p>La farándula no había terminado aún, porque tras la ceremonia del
-escudo, el Alcaide calzó la espuela al caballero, dándole espada y
-banda, con lo cual, y con acompañarle a recorrer las filas para que
-fuera dando la mano uno por uno a todos los confederados, el novel
-comunero descansó a la postre de tantas fatigas.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch19">
- <p><span class="pagenum" id="Page_185">p. 185</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XIX</h2>
-</div>
-
-<p>Salvador observó la diversidad de fisonomías que presentaba en su
-innoble recinto la <i>Plaza de armas</i>, y halló entre sus compañeros
-de caballería muchas caras conocidas. Algunos, pocos, eran diputados
-en el Congreso; allí estaba también el célebre Mejía, que algunos
-meses después fundó <i>El Zurriago</i>. Aunque el elemento principal
-de la Sociedad era la juventud, había bastantes viejos, no todos tan
-inocentes como don Patricio Sarmiento. Milicianos nacionales los
-había por docenas; la gente de poca instrucción y de locos apetitos
-burocráticos imperaba, y en todos los incidentes de la sesión salía
-a la superficie un espumarajo de patriotería gárrula, que era la
-fermentación de aquel elemento. No habrían transcurrido veinte minutos
-después de la admisión del nuevo caballero comunero, cuando un hombre
-desenfrenado que se ocupaba del asunto puesto a discusión, pronunció
-estas palabras:</p>
-
-<p>—Yo propongo a nuestra asamblea que cesen las contemplaciones con la
-corte y que se dé el grito de ¡<i>Viva la República</i>!</p>
-
-<p>Alborotose la guarnición con tales palabras, que algunos calificaron
-de admirable ocurrencia, otros de desatino mayúsculo; y si bien
-el<span class="pagenum" id="Page_186">p. 186</span> presidente trató
-de volver la discusión al terreno que marcaba el tema, no fue posible
-conseguirlo. Entonces el señor Regato, manifestando ruidosamente que
-deseaba exponer algunas ideas que agradarían a la reunión, usó de la
-palabra en estos términos:</p>
-
-<p>—«Señores: lo que ha dicho nuestro ilustre y valerosísimo compañero
-de armas, el caballero X..., ha asombrado a muchos; pero a mí no me
-asombra, porque yo soy más liberal hoy que ayer, y mañana más que
-hoy, porque mi lema, señores, es adelante y siempre adelante. Estamos
-cansados de sufrir, estamos causados de esperar. ¿Os aterra la palabra
-<i>república</i>? Pues yo digo que a mí no me ha causado nunca terror
-esa palabra, ni me aterra hoy. Perdamos el miedo y seremos fuertes.
-Amenacemos y nos temerán. Somos los más, somos lo más granado de la
-España liberal. La Europa nos contempla, el Piamonte nos imita, Nápoles
-nos copia, Portugal se llama nuestro <i>discípulo</i>. Señores, seamos
-dignos de la Europa liberal, y ante nosotros temblarán el trono y los
-masones.»</p>
-
-<p>Después de dar las gracias por los aplausos y de limpiarse el sudor,
-el orador prosiguió así:</p>
-
-<p>—«No creáis que la idea republicana es nueva en España. Padilla
-y Lanuza, nuestros maestros, fueron republicanos. Viniendo a los
-tiempos modernos, en la proclamación de los derechos del hombre hecha
-por Muñoz Torrero en las Cortes del año 10, veo yo también la idea
-republicana. Leed las obras de Mariana y de Sempere, y veréis que en
-ellas palpita la<span class="pagenum" id="Page_187">p. 187</span>
-república. (<i>Gran estupor.</i>) Ahora, señores, volved los ojos a
-todos los ámbitos de la hispana península —el orador, excitado por la
-admiración general, se cree en el caso de tener estilo—; volved los
-ojos por doquiera: ¿qué veis? (<i>Gran silencio: indicio cierto de
-que nadie veía nada.</i>) Pues veréis allá en las Andalucías, allá en
-la populosa ciudad de Málaga, bañada por las ondas del Mediterráneo,
-a Lucas Francisco Mendialdúa que concibió el plan de establecer la
-República, como consta en la proclama que imprimió, encabezada con las
-mágicas palabras <i>República española</i> y firmada por <i>Un tribunal
-del pueblo</i>. Como acontece a los grandes genios innovadores, como
-aconteció a Colón, Galileo, Savonarola, etc., etc... Mendialdúa fue
-preso.<a id="FNanchor_4" href="#Footnote_4" class="fnanchor">[4]</a>
-Pero así como de la noche sale el claro día, de las cárceles sale la
-libertad. (<i>Atronadores aplausos.</i>)</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_4" href="#FNanchor_4" class="label">[4]</a> En enero
-del 24.</p>
-
-</div>
-
-<p>»Volved ahora los ojos al llamado reino de Aragón, y veréis allí
-a nuestro insigne jefe, al valiente entre los valientes, al político
-entre los políticos, al altísimo Riego, que desempeña el cargo de
-capitán general en aquella extensa y rica provincia. ¿Creéis que no
-hace nada? Indigno sería esto de su perspicua mirada, que cual la
-del águila penetra en lo más alto del cielo. No creáis que nuestro
-jefe está mano sobre mano, no; nuestro jefe trabaja por la República.
-(<i>Asombro general e innumerables bocas abiertas.</i>) En Zaragoza
-están a la sazón algunos beneméritos patriotas franceses, cuyos<span
-class="pagenum" id="Page_188">p. 188</span> nombres no pronunciaré.<a
-id="FNanchor_5" href="#Footnote_5" class="fnanchor">[5]</a> Esos
-patriotas, pertenecientes a la gran Confederación francesa, están
-de acuerdo con nuestro jefe; no lo dudéis, están de acuerdo. Unidos
-todos, discurren cuál será el mejor medio de ponernos la República en
-España... ¡Guay de nosotros si no les ayudamos!... ¡Guay de nosotros
-si nos dormimos mientras ellos velan!... ¡Guay, guay!... Lo que puedo
-aseguraros es que si no nos ven dispuestos y valientes, irán con su
-proyectillo a Francia. Aquel país no se anda con chiquitas ni repara
-en niñerías. Estad seguros de que si nuestro jefe se presenta en
-el Pirineo enarbolando la bandera tricolor y gritando: ¡<i>Viva la
-República</i>!, todo el ejército francés se le unirá en seguida, y
-llegará a París en triunfal paseo, como Napoleón cuando volvió de la
-isla de Elba. (<i>Los comuneros acogen esta bola con grande algazara,
-señal cierta de que se la han tragado.</i>)</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_5" href="#FNanchor_5" class="label">[5]</a>
-Llamábanse Uxón y Cugnet de Montarlot.</p>
-
-</div>
-
-<p>»Ahora volved los ojos a Galicia, donde está el general Mina;
-volvedlos luego a Barcelona, donde está el gran patriota Jorge
-Bessieres y veréis que estos campeones de la libertad tampoco están
-mano sobre mano. ¿Seremos menos aquí? ¿Nos espantaremos de la libertad?
-No, señores. Adelante, siempre adelante. ¡Viva la libertad! Yo,
-el más humilde de esta asamblea; yo, que he venido aquí porque me
-repugnaban los infames manejos de los de allá; yo, que estoy pronto
-a derramar hasta la última gota de mi sangre, hasta la última,<span
-class="pagenum" id="Page_189">p. 189</span> señores, por el triunfo de
-la causa; yo, que jamás recibí destino de los tibios ni lo solicité;
-yo, que soy hombre puro, si hay hombres puros en España, os propongo
-con el corazón henchido de patriotismo que aceptéis desde luego la
-idea republicana, como ha propuesto mi esclarecido amigo el ciudadano
-X...»</p>
-
-<p>Varios oradores pidieron la palabra. Después de una breve disputa
-sobre quién había de usarla, don Patricio Sarmiento se levantó y habló
-de este modo:</p>
-
-<p>—Después del elocuentísimo discurso del fénix de los ingenios
-comuneros, don José Manuel Regato, ¿qué puedo decir yo, que soy un
-triste maestro de escuela, un oscuro preceptor de la tierna juventud?
-Pero si de algo sirven los consejos de un viejo que se ha quemado las
-cejas estudiando la historia del pueblo romano, quiero alzar esta
-noche mi humilde voz en este augusto recinto para enseñaros lo que
-no sabéis. Vuelvo los ojos en torno mío y veo zapateros, sastres,
-talabarteros, comerciantes, taberneros, colchoneros y otros artífices,
-gente toda muy honrada, muy patriota, muy digna, pero que no está
-versada en la historia romana. (<i>Rumores de disgusto.</i>) No trato
-de ofender a nadie: afirmo un hecho y nada más, y como yo creo que
-para tratar ciertos asuntos, es necesario haberse quemado las cejas...
-(<i>Interrupciones donosas</i>), haberse quemado las cejas, como me
-las he quemado yo, de aquí infiero... Esas interrupciones y cuchicheos
-no hacen mella en mi ruda entereza, no señor; (<i>El orador se
-amostaza</i>) y así digo como el<span class="pagenum" id="Page_190">p.
-190</span> gran Temístocles: «pega, pero escucha.» ¿De qué se trata?
-De adoptar la idea republicana. Bien, yo pregunto a la docta asamblea:
-¿Cuándo se estableció la República en Roma? Y la docta asamblea me
-contestará que el año 509 antes de Jesucristo. Muy bien contestado.
-¿Y cuándo concluyó la República de Roma? El año 29. Total de tiempo
-en que existió la forma republicana: 480 años. Está muy bien. (<i>Más
-fuertes rumores.</i>) Ahora pregunto: ¿cuáles fueron las causas que
-determinaron a los romanos a cambiar de forma de gobierno?</p>
-
-<p>Los rumores se trocaban en tumulto y una voz gritó:</p>
-
-<p>—¡Que se calle ese pedante!</p>
-
-<p>—¡Que se vaya a la escuela!</p>
-
-<p>—Al indocto grosero que de este modo me interrumpe —gritó don
-Patricio agitando los brazos y poniéndose muy encendido—, le contestaré
-que él es quien debe ir a la escuela a aprender lo que ignora.</p>
-
-<p>—¡Aquí no se quieren estafermos! —aulló una voz, de la cual
-no se tendrá idea sino considerando de qué modo puede hablar el
-aguardiente.</p>
-
-<p>—Señores —dijo el presidente con aquel formulismo parlamentario que
-algunos hombres quieren llevar a donde quiera que se oiga el sonsonete
-de un discurso—, no demos a España y a Europa el triste espectáculo
-de una discordia entre individuos de esta nobilísima asamblea. No se
-diga que andamos a la greña como los masones, a quienes yo aplico<span
-class="pagenum" id="Page_191">p. 191</span> aquello de <i>riñen los
-pastores y se descubren los hurtos</i>. (<i>Prolongadas risas.</i>)</p>
-
-<p>—¡Que se calle don Patricio!</p>
-
-<p>—¡Que se calle Pelumbres!</p>
-
-<p>—Pues a mí no me da la gana de callarme... ¡a ver! —exclamó una voz
-que salía del formidable pecho de un hombre tiznado, fiero, corpulento,
-que parecía personificación de una fragua—. Y si a mi no me da la
-gana de callarme, a ver quién es el guapo que me cierra el pico... ¡A
-ver!</p>
-
-<p>Diciendo esto, se levantaba el señor Pelumbres entre la multitud
-apiñada en los bancos. Su figura, así como su voz, pondrían miedo en
-toda asamblea que no fuera la de los Comuneros.</p>
-
-<p>—Ciudadano Pelumbres —dijo el presidente—, ¿qué dirá la Europa si no
-guardamos la compostura propia de hombres de gobierno?... ¿Qué dirá?</p>
-
-<p>—Eso es, ¿qué dirá? —repitieron don Patricio y los que deseaban que
-hablase.</p>
-
-<p>—Es preciso tener moderación —continuó el presidente—. Puesto que el
-ciudadano Sarmiento estaba en el uso de la palabra, continúe su erudito
-discurso, que tiempo tiene de hablar el ciudadano Pelumbres. Yo le
-concederé la palabra, esperando en tanto de su finura y buen sentido
-que no interrumpa al orador en este importantísimo debate.</p>
-
-<p>Ya entonces empezaba a ser costumbre el llamar <i>importantísimo
-debate</i> a cualquier inútil disputa suscitada por la envidia o la
-vanidad.</p>
-
-<p>—Señor presidente —gruñó Pelumbres, tambaleándose<span
-class="pagenum" id="Page_192">p. 192</span> como un yunque sin
-equilibrio—, lo que digo es que el ciudadano Sarmiento es un animal...
-y a mí no me soba nadie.</p>
-
-<p>Cayó en el asiento como quien se echa a dormir.</p>
-
-<p>—Señor presidente —dijo con trémula voz Sarmiento—. La asamblea
-conoce bien mi carácter y mis servicios... no necesito responder a los
-cargos que me ha dirigido el ciudadano Pelumbres, porque la asamblea
-sabe muy bien que yo...</p>
-
-<p>—Sí, sí —gruñó la asamblea.</p>
-
-<p>Estaba el buen Sarmiento en pie, con el cuerpo doblado por la
-cintura, recogiéndose a un lado y otro los faldones de la levita, como
-quien se va a sentar y no se sienta.</p>
-
-<p>—Agradezco las manifestaciones de simpatía de este ilustre areópago
-—dijo el orador—, y me parece que no debo molestar más al ilustre
-areópago, y que los injustos cargos que el ciudadano Pelumbres me ha
-dirigido, no deben contestarse sino con un magnánimo silencio.</p>
-
-<p>—Bien, muy bien.</p>
-
-<p>—Por lo cual me siento, dejando a nuestro esclarecido presidente la
-alta honra de continuar este <i>importantísimo debate</i>, para que nos
-diga su opinión, que es lo que más nos importa.</p>
-
-<p>Rumores diversos manifestaban el deseo de que hablase el Castellano.
-Romero Alpuente se dispuso a hacer el gusto a sus presididos. Antes
-de copiar aquí su discurso, convendrá decir que el célebre demagogo
-de los tres años no era un jovenzuelo fogoso, como algunos creen,
-sino un vejete atrabiliario y furibundo, alto,<span class="pagenum"
-id="Page_193">p. 193</span> flaco, descuadernado, anguloso, de gárrula
-elocuencia, de vulgares modos. Era tanta su fealdad, debida en primer
-término a la longitud de sus narices, que no es fácil se encontrara
-entonces ni se haya encontrado después su pareja. Alcalá Galiano, al
-lado suyo, se tenía por un Adonis.</p>
-
-<p>Había sido magistrado de la Audiencia de Madrid, y en su vida
-privada era el hombre más inofensivo, más manso y para poco que
-imaginarse puede. El mismo que en público encarecía la necesidad
-de cortar no sé cuántos miles de cabezas, era incapaz de matar un
-mosquito. ¡Pobre carnero viejo que, habiendo leído algo de Robespierre
-y de Marat, quería parecerse a ellos! Pero solo los tontos confundían
-su clueco balido con el rugir de leones y panteras. Sus discursos, que
-alborotaban las Cortes y los clubs, eran un conjunto de garrulidades
-terroríficas, de chascarrillos y vulgares idiotismos. Carecía de formas
-literarias, y su lenguaje familiar era a veces tan divertido como sus
-amenazas demagógicas, que aquella bendita generación no tomaba siempre
-en serio. Algunos le llamaban el <i>Guzmán</i> (el gracioso) de las
-Cortes. Tuvo además el pobre don Juan Romero Alpuente la desgracia de
-que en lo mejor de sus triunfos parlamentarios le saliera un enemigo
-folletinista, que usando el nombre de <i>don Pedro Tomillo Alvado</i>,
-le puso de hoja de perejil.</p>
-
-<p>—«Caballeros comuneros —dijo Alpuente con voz que no tenía nada
-de temerosa—, o hay confianza en los hombres del partido, o no<span
-class="pagenum" id="Page_194">p. 194</span> hay confianza en los
-hombres del partido. Si hay confianza en los hombres del partido, no
-se planteen cuestiones prematuras. Si algo debe hacerse se hará. No
-conviene precipitarse, no conviene comprometerse. Las cosas vendrán
-por sus propios pasos. El partido es el partido, y el que no crea que
-el partido es como debe ser, espere a ver en qué para el partido y se
-convencerá. (<i>Rumores. Asentimiento general.</i>)</p>
-
-<p>»Por consiguiente —prosiguió, satisfecho del éxito de su exordio—,
-esperemos, llenos de patriotismo, y no hablemos por ahora de
-republicanismo. El partido es un partido que debe estar preparado para
-empuñar el timón de la nave del Estado si se le llama con este fin.
-(<i>Muestras de regocijo.</i>) Y se le llamará, ciudadanos caballeros,
-pues ¿quién lo duda? El segundo gobierno constitucional sigue la misma
-desatentada senda que el primero. El país está lo mismo hoy que ayer.
-El pueblo soporta las mismas cadenas; los tiranos no han cambiado,
-los mandarines siguen, los peligros crecen. El gobierno cree que va
-a durar mucho, ¿pues no lo ha de creer? Pero yo quiero ver cómo se
-las compone con las tramas de la Junta Apostólica en Galicia, con los
-guardias destituidos, con los obispos rebeldes, con la conspiración de
-Vinuesa, con la del Abuelo, con los tumultos de Zamora, con el motín
-de Alcoy, donde han sido destrozadas todas las máquinas, con el robo
-de la valija de Aragón, con los sucesos de Valladolid... Me parece que
-les cayó quehacer, ¿eh? (<i>Risas.</i>) Yo pregunto: ¿cuál es el medio
-de que se acaben los trastornos?<span class="pagenum" id="Page_195">p.
-195</span> Establecer la libertad en toda su integridad. Esto es
-axiomático. Que los absolutistas vean una mano terrible dispuesta a
-caerles encima en cuanto chisten, y entonces se meterán bajo una silla.
-Y no me hablen a mí de conspiraciones demagógicas y republicanas.
-Aquí no hay nada de eso, y si lo hay es amaño de los constitucionales
-masones para desacreditar a nuestro partido. Ellos tienen el lema de
-<i>dar palos y gritar “que nos pegan”</i>, lo cual ya no hace efecto
-porque se va descubriendo la picardía. (<i>Carcajadas y bravos.</i>)</p>
-
-<p>»Seamos prudentes, seamos cuerdos. Sigamos defendiendo nuestros
-sacrosantos principios... hoy más libertad que ayer y mañana más que
-hoy... No nos arredremos, no volvamos la cara atrás. Adelante, siempre
-adelante. Pero vayamos con pie seguro. A su tiempo se enseñarán los
-dientes. Pues, ¡qué!, ¿creen que si logramos empuñar el timón de la
-nave del estado (esta figura de la <i>nave</i> era la única que se
-había asimilado en su carrera parlamentaria el orador comunero),
-estaremos mano sobre mano, sin hacer nada, como el gobierno de la
-<i>coletilla</i>? Y ahora viene el repetir lo que ya se dijo en
-1811:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent2">¡Mirad qué gobernación!</div>
- <div class="verse indent0">¡Ser gobernados los buenos</div>
- <div class="verse indent0">por los que tales no son!</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>»No, señores, es preciso que no se pueda decir de nosotros lo que de
-estos mandarines chinos. No seguirá el tole-tole de oprimir al<span
-class="pagenum" id="Page_196">p. 196</span> patriota y ensalzar al que
-no lo es. Se encomendarán los destinos de la nación a los comprometidos
-por el sistema, no a los que no lo están. Se harán castigos ejemplares,
-se volverá todo del revés para que los pillos bajen y los patriotas
-suban. (<i>Muy bien.</i>) No se dará el caso de que de los veinte
-millones de españoles, suden y trabajen los dieciocho, y apenas
-puedan llevar a la boca un pedazo de pan moreno, para que los otros
-dos millones se abaniquen y vivan rodeados de placeres. Entonces se
-permitirá que eso que llaman los infames <i>populacho</i>, se reúna
-donde le dé la gana, y grite y diga todos los defectos del ministerio.
-La suspirada libertad será un hecho y no llevarán <i>albarda</i> más
-que los que quieran llevarla.<a id="FNanchor_6" href="#Footnote_6"
-class="fnanchor">[6]</a> (<i>Grandes aplausos.</i>)</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_6" href="#FNanchor_6" class="label">[6]</a> Casi
-todos los párrafos de este discurso son auténticos.</p>
-
-</div>
-
-<p>»En suma, señores, el partido declara por mi conducto que no quiere
-ser <i>vasayo</i>; que planteará el sistema en toda su pureza. Si para
-esto es preciso la violencia, venga la violencia. Si es preciso la
-guerra civil, venga la guerra. La Providencia salvará al partido. No
-olvidéis, señores, que <i>el Criador del Universo bendijo también los
-esfuerzos que hicieron Matatías y sus hijos para evadirse de la justa
-dominación del impío Antioco Epifáneo</i>. Entre tanto desechemos la
-idea de República. La Constitución establece la monarquía y nosotros
-respetamos al rey constitucional. No se diga que el partido ha sido el
-primero en alterar la augusta ley. Dejémosles<span class="pagenum"
-id="Page_197">p. 197</span> que ellos se caigan solos; y si nos
-hicieren ascos y no quisieren nuestra ayuda para mantenerse derechos,
-¿me entiende usted?, si prefieren apoyarse en la Santa Alianza y en
-sus diplomáticos, enviados, farsantes, zascandiles, espías y soplones,
-en los que fueron pajes de escoba del rey Pepillo, en los serviles
-españoles de todas clases y ropajes, con bandas, cruces y calvarios,
-en los de mitra, bonete e hisopo, en los seráficos, angélicos, en los
-tostadores y sus familiares, plumistas, guardas, alfileres, corchetes
-y agarrantes, en los que dicen <i>el rey mi amo</i>... entonces nos
-retiraremos, dejándoles que vayan a donde quieran, pues como dicen
-en mi tierra, <i>cuanto más se desvía el borrego, mayor topetazo
-pega</i>.»</p>
-
-<p>Atronadoras exclamaciones de entusiasmo acogieron la frase final del
-discurso de Romero Alpuente, orador que, como se ha visto, no ha dejado
-de tener herederos en la política española.</p>
-
-<p>Una voz que parecía cien voces, gritó:</p>
-
-<p>—¡Viva Riego!</p>
-
-<p>Contestó un alarido, y desde entonces el <i>importantísimo
-debate</i> se convirtió en un importantísimo aquelarre. Romero Alpuente
-se fue, y en su lugar el señor Regato se dispuso a presidir (no hay
-otro verbo que pueda emplearse propiamente) el resto de lo que es
-forzoso llamar sesión.</p>
-
-<p>Un orador pidió que se hiciesen manifestaciones contra la Santa
-Alianza en la persona de sus plenipotenciarios, idea que fue acogida
-con satisfactorio y general asentimiento por la<span class="pagenum"
-id="Page_198">p. 198</span> asamblea, y procediose al nombramiento de
-una comisión que se encargase de rociar con peladillas los cristales
-de las casas donde vivían los embajadores de Austria y Rusia. No se
-había calmado la efervescencia causada por este suceso cuando un joven
-de buen porte, tan correcto de traje como de estilo y hasta afeminado,
-pronunció un discurso de energúmeno sobre el plan de Vinuesa y el
-escarmiento que debía hacerse en la persona de aquel malvado <i>aborto
-del infierno, compendio de todos los crímenes</i>.</p>
-
-<p>Aseguró también que Vinuesa estaba conspirando dentro de la
-cárcel, y que si no se ponía remedio en ello, imaginaría un nuevo
-plan absolutista para matar la libertad. Acusó al infante don Carlos
-de complicidad con el cura de Tamajón, y afirmó que todo porrazo dado
-a Vinuesa sería porrazo dado a la corte. Aumentando en fogosidad a
-cada instante, llegó a sostener que el gobierno se estaba <i>portando
-traidoramente</i> en este negocio, y que a él (al orador) le constaba
-que había intenciones de absolver al de Tamajón y aun darle una
-mitra, si era menester. Aseguró que el pueblo no debía consentir tal
-iniquidad, porque si la consentía no era digno de la fama que había
-adquirido en Portugal, Nápoles y el Piamonte, países que nos habían
-tomado por modelo, estableciendo la libertad al mágico grito de
-«¡<i>Vivan los discípulos de España</i>!»</p>
-
-<p>Al discurso del joven, contestó otro mozalbete de muy distinta
-figura, educación y modales (pues en aquella asamblea había locos de
-todas clases), diciendo que la culpa de todo la<span class="pagenum"
-id="Page_199">p. 199</span> tenían los masones, que dando a la
-nación el nombre de populacho y haciendo el bu con la anarquía,
-estaban poniendo las cosas como en los tiempos ominosos. Hizo reír
-al auditorio, afirmando que bien pronto se prohibiría <i>con pena
-de pecado mortal</i> pronunciar el nombre de Riego; pero que él (el
-orador) estaba resuelto a exhalar el último suspiro diciendo ¡<i>Viva
-Riego</i>!, en atención a que Riego <i>había enjugado el llanto del
-pueblo español</i>. Esta figura, tan original como patética, produjo
-gran entusiasmo, con el cual, excitándose el espíritu del orador, dijo
-que él sabía el modo de resolver el asunto de Vinuesa; que el pueblo,
-como soberano que era, podía hacer su real gana, porque el gobierno
-recibía dinero de la Santa Alianza para ir arreglando la cama al
-despotismo, y esto no se debía consentir.</p>
-
-<p>Mezclando berzas con capachos, aseguró que él había entrado en
-la prisión de Vinuesa y le había visto escribiendo planes y más
-planes; que corría mucho dinero absolutista para sacarle de la
-prisión y ponerle al frente de un gobierno despótico, y que el
-orador y Pelumbres, al salir una mañana de la taberna, habían oído
-una conversación sospechosa entre dos clérigos, de la cual dedujeron
-que Vinuesa se comunicaba constantemente con sus cómplices. Concluyó
-diciendo que él (el orador) no se pararía en barras, y que si los
-conspiradores vieran media docena de cabezas clavadas en otras tantas
-pértigas junto a la Mariblanca de la Puerta del Sol, doblarían la
-<i>cerviz</i> (única palabra pedantesca que se permitió el orador<span
-class="pagenum" id="Page_200">p. 200</span> en su largo discurso) ante
-el pueblo <i>re-soberano</i>.</p>
-
-<p>Después de este joven plebeyo, otro joven decente habló de los
-que <i>clavaban constantemente el puñal en las entrañas de la madre
-patria</i>, y anunció su resolución de ocupar el primer puesto el día
-del peligro, sacrificando su existencia al triunfo de la libertad.
-Puso cual no digan dueñas a los masones, acusándoles de afrancesados e
-impostores, pues muchos, dijo, profanaban el nombre de Riego, tomándole
-en sus <i>asquerosas bocas</i>, siendo así que para pronunciar palabra
-tan angélica, <i>debían enjuagarse un mes antes con miel rosada</i>.
-Afirmó que Calatrava era un bajo adulador, Feliú un traidorzuelo,
-Martínez de la Rosa un mandria, Cano Manuel un bobo, Toreno un pedante,
-Argüelles un embustero. Después de mucho divagar, propuso a la asamblea
-que se diese un voto de gracias a don José Manuel Regato por lo bien
-que había conducido los diversos asuntos de la Comunería desde su
-origen. Regato estuvo a punto de llorar de emoción, y para demostrar
-de un modo incompleto su agradecimiento, convidó a cenar a varios de
-los más granaditos. La sesión terminó alegremente entre las alegres
-endechas del himno, que sonaban bajo las bóvedas de la fortaleza:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent2">Es en vano calumnie la envidia</div>
- <div class="verse indent0">al caudillo que adora el ibero;</div>
- <div class="verse indent0">hasta el borde del hondo sepulcro</div>
- <div class="verse indent0">nuestro grito será: ¡viva Riego!</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>El lector no será español si no recuerda al punto la música.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch20">
- <p><span class="pagenum" id="Page_201">p. 201</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XX</h2>
-</div>
-
-<p>En lo restante de la noche oíase por aquellos barrios el aullido
-de la Orden de Padilla, suelta por las calles. El himno, el
-<i>lairón</i>, cántico que por aquellos días había sustituido al feroz
-<i>trágala</i>, sonaba de calle en calle, como el ronquido de vinoso
-trasnochador. Íbanse perdiendo en el silencio de la noche, a medida
-que los grupos desaparecían, entrando en las tabernas, botillerías y
-cafés patrióticos. En uno de estos se vio que a deshora penetraba el
-señor Regato, acompañado de Pelambres, Pujitos, dos de los jóvenes
-que pronunciaron discursos aquella noche, Salvador Monsalud y otros.
-Cenaron alegremente, sin dejar de la boca los negocios políticos,
-y sus proyectos eran atrevidos y grandiosos como concepciones del
-genio. No pagó Regato todo el gasto, sino que ofreció dinero a
-los más necesitados, los cuales no tuvieron escrúpulo en tomarlo
-patrióticamente, por aquello de que tripas llevan pies, que no pies
-tripas.</p>
-
-<p>Si Salvador Monsalud no se separara antes de tiempo de tan escogida
-sociedad, pretextando una enfermedad que no tenía, hubiera visto
-que el señor Regato, hombre opulentísimo aunque nadie le conocía
-rentas, ni sueldo, ni industria, recompensó largamente a todos,<span
-class="pagenum" id="Page_202">p. 202</span> dándoles lo necesario para
-la existencia y sostén de sus respectivas familias. Cuando esto pasaba,
-habíanse retirado también los dos oradores con el gran Pujitos, y solo
-quedaban en compañía del generoso comunero, Pelumbres, don Bruno,
-<i>Chaleco</i>, y otros padres de la patria, de cuyas hazañas no puede
-tenerse idea sino presenciándolas, como las presenciará el lector en lo
-restante de este libro.</p>
-
-<p>Cerca del día fue Salvador Monsalud a su casa. Su cabeza era un
-volcán. Los discursos que había oído, las caras de los oradores,
-la fisonomía astuta de Regato, la candidez estúpida de otros, el
-ramplón jacobinismo de Romero Alpuente, hervían dentro de ella.
-Trató de dormir; pero la asamblea, sin apartarse de sus excitados
-sentidos, continuaba zumbando y gesticulando con sus cien voces roncas
-y sus doscientas manos amenazadoras. Al punto comprendió que era
-producto infame de candidez y de perversidad, gárrula bastardía del
-entendimiento, explotada por una diplomacia diabólica. Comprendió que
-se había metido entre hombres, la mitad tontos, la mitad feroces, que
-marchaban juntos a un fin claro, con alianza parecida a la del asno
-y el lobo en más de una fábula. Del esfuerzo que necesitaba hacer su
-espíritu para descender al trato con tales gentes no hay que hablar,
-porque se comprenderá fácilmente.</p>
-
-<p>Avanzado había la mañana, sin que el novel hijo de Padilla hubiera
-podido conciliar el sueño, cuando entró Campos lleno de zozobra y
-agitación.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_203">p. 203</span>—Esto ya pasa de
-broma —le dijo—. La niña no parece. Hemos ido al Retiro, y no está en
-el sitio que me indicaste. Valiente bromazo nos está dando la tonta...
-¡Por los clavos de Cristo!, si casualmente no se hallara Falfán de los
-Godos fuera de Madrid, no sé como podríamos ocultarle que su novia
-se ha escapado de mi casa anteayer, y a estas horas no sabemos donde
-está.</p>
-
-<p>—En la carta que enseñé a usted me decía que no volvería a su
-casa.</p>
-
-<p>—Temo cualquiera necedad... Salvador, estoy muy inquieto —dijo
-Campos perdiendo aquella serenidad que indicaba en él un gran contento
-de la vida—. Sin duda esa loca está vagando por Madrid, y te busca de
-casa en casa, de café en café, como una perdida. ¡Qué deshonra!</p>
-
-<p>—Creo lo mismo. Pero esto tiene que concluir.</p>
-
-<p>—¿Estuvo ayer aquí?</p>
-
-<p>—Dos o tres veces. Como no me ha encontrado en ninguna parte presumo
-que volverá. Si vuelve, señor Campos, ofrezco remitírsela a usted sin
-pérdida de tiempo.</p>
-
-<p>—Es que debes hacerlo —dijo Cicerón con energía—. Es que si no lo
-haces, faltas a la solemne palabra que me diste, y entonces, amiguito,
-no hay nada de lo dicho. Ya tengo en mi casa tu nombramiento para
-la cárcel de la Corona; pero como yo no recoja hoy mismo esa oveja
-descarriada, creeré que me estás engañando, creeré que estás de acuerdo
-con ella, que la escondes en alguna parte, y...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_204">p. 204</span>El plácido
-semblante de Campos se enrojeció todo por la congestión que determinaba
-la ira.</p>
-
-<p>—Mi determinación es irrevocable —contestó el joven—. Supongo...,
-casi estoy seguro de que volverá hoy. Avisaré a Lucas para que la deje
-subir.</p>
-
-<p>—¿Convendrá traer acá dos individuos de la policía y un coche, que
-debe esperar en la calle de Bordadores? Conozco a Andrea y sé que no
-cederá por buenas.</p>
-
-<p>—Nada de eso me corresponde a mí. Usted puede emplear los medios
-que quiera para llevársela. Yo no tengo que hacer sino poner fin a sus
-correrías y convencerla de que por más que me busque, no me encontrará
-en ninguna parte.</p>
-
-<p>—Te comprendo —dijo Campos con viveza y señales de contento—. Tomaré
-mis medidas. No me moveré en todo el día de la tienda de Requejo.
-Sarmiento y yo nos pondremos de acuerdo para que, si la oveja viene a
-este aprisco, no se nos escape.</p>
-
-<p>Después de este diálogo, que se prolongó un poco más, aunque sin
-ofrecer en el resto de él nada digno de contarse, Campos se retiró.
-Monsalud, contra su costumbre, hizo propósito de permanecer en su casa
-todo el día. Sin hacer nada en ella, tenía la inquietud y la movilidad
-exaltada de quien trae entre manos una ocupación grave. Iba y venía
-de una pieza a otra; hacía a su madre y a su hermana preguntas que
-ninguna de ellas entendía; se asomaba al balcón; hacía subir a don
-Patricio<span class="pagenum" id="Page_205">p. 205</span> para darle
-órdenes; censuraba a veces que la casa no estuviese mejor dispuesta,
-y reprendía luego a las dos mujeres porque se agitaban arreglando las
-habitaciones.</p>
-
-<p>Cerca del medio día se retiró a su cuarto. Solita entró en él.
-Llevaba un pañuelo atado alrededor de la cabeza para resguardarse del
-sutil polvo que zorros y escobas levantaban, y cubría su cuerpo con una
-falda bastante antigua, pieza de desecho cuyas funciones se concretaban
-a los días de limpieza. La figura de la joven no era con tal atavío un
-modelo de elegancia.</p>
-
-<p>—Hermana, estás que no se te puede mirar —dijo Salvador observándola
-con cierta pena—. Es preciso que te pongas guapa.</p>
-
-<p>—¿Yo?... ¿Cuándo? —repuso la joven con la mayor turbación—. ¿Y a qué
-vienen ahora esas guapezas?</p>
-
-<p>—Me gustaría verte hoy arregladita y linda, como tú sabes ponerte
-cuando quieres. No es esto decir que me disguste verte así. Acá para
-entre los dos, siempre estás bien; pero...</p>
-
-<p>—¿Vamos a algún baile? —preguntó Sola con malicia.</p>
-
-<p>—No vamos a ningún baile —dijo Salvador con la torpeza que acompaña
-a las ideas de difícil explicación—; pero quisiera verte hoy como
-realmente eres; quisiera que cuantos entraran aquí te admirasen y
-reconocieran en ti...</p>
-
-<p>—Bien te burlas de mí —dijo Solita llena de rubor—. Yo siempre
-estaré mal.</p>
-
-<p>—¡Oh!, te equivocas —manifestó Salvador<span class="pagenum"
-id="Page_206">p. 206</span> con un tono que antes era de benevolencia
-que de convicción—. Vamos, ¿también querrás sostener que no eres guapa?
-Más de cuatro quisieran...</p>
-
-<p>—No sé por qué me dices esas tonterías.</p>
-
-<p>—Mira, hermana, te agradeceré mucho que te pongas tu mejor vestido,
-que te arregles bien; pero muy bien.</p>
-
-<p>—Ya sabes que estando mi padre en la cárcel no puedo ir a paseo ni
-al teatro.</p>
-
-<p>—Si no pretendo llevarte a ninguna parte —dijo Salvador con
-impaciencia—. En fin, ¿te compones o no?</p>
-
-<p>—Me compondré.</p>
-
-<p>—Hazme ese gusto, hermana. Así no estás bien, y tú vales mucho.
-Yo quiero que se vea que tengo una hermana simpática, bonita... ¿me
-entiendes?</p>
-
-<p>—Como si hablaras en griego.</p>
-
-<p>—Pues vístete: ponte tu mejor vestido, ya sabes. Figúrate por un
-momento que soy tu novio. Vaya, ¿no tendrías interés en agradar a tu
-novio; no tendrías interés en que él te encontrara siempre linda?</p>
-
-<p>—Si dijera que no, sería una melindrosa —respondió Soledad fingiendo
-que ponía en orden las sillas para que, vuelto el rostro, no se le
-conociera la emoción—. Pero como no eres mi novio ni lo serás...</p>
-
-<p>—¿Te vistes, sí o no?</p>
-
-<p>—Al momento, hombre, al momento.</p>
-
-<p>Voló fuera del cuarto. Algún tiempo después regresaba vestida y
-ataviada con lo mejor que tenía.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_207">p. 207</span>—¡Oh, qué bien!
-—dijo Monsalud con sincera admiración—. Hermosa prenda se va a llevar
-ese bruto de Anatolio. Hermanita, estás preciosísima: te lo digo
-sinceramente.</p>
-
-<p>El rostro de Soledad se encendió más, y viose en aquel puro cielo
-de modestia una chispa de vanidad que lo iluminó momentáneamente.
-Salvador no mentía, porque de muy distintas maneras está preciosa una
-mujer. En las incorrectas facciones de la hija del absolutista, en
-su descolorido semblante que a intervalos se inflamaba, en sus ojos,
-donde jugueteaba el alma, escondiéndose en la penumbra del pudor, o
-mostrándose en la claridad del cariño, había lo bastante para turbar la
-paz de cualquiera.</p>
-
-<p>—Siéntate a mi lado —le dijo Salvador—; parece que estás
-asustada.</p>
-
-<p>—¿Yo?... no.</p>
-
-<p>—Dame acá esa mano. Tienes las manos más bonitas que he visto. ¿Por
-qué están tan frías y temblorosas?</p>
-
-<p>—Es que las tuyas echan fuego y cuanto tocan lo encuentran
-helado.</p>
-
-<p>—Ahora te has puesto como el papel... ¡qué palidez! Pues mira... así
-descoloridita es como estás mejor. En tu cara se ve tu alma bondadosa.
-Me consuela mucho verte a mi lado. Necesita uno personas así, que le
-compadezcan mucho, que le tengan lástima, que le mimen.</p>
-
-<p>—Y por qué te he de compadecer, si tienes todo lo que deseas; si
-estás como nadie. Yo sí que soy digna de lástima.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_208">p. 208</span>—Pero tú tendrás a
-tu padre, y yo jamás, jamás recobraré lo que he perdido.</p>
-
-<p>Ambos callaron, inclinando cada cual su cabeza cargada de pesos
-enormes.</p>
-
-<p>—Me parece que siento ruido —dijo Solita vivamente—. Bueno será
-prevenir a Rosa, para que si llega esa mujer que ayer estuvo tres veces
-y que tanto te molesta, no la deje entrar.</p>
-
-<p>—No; ya he advertido a Rosa que la deje pasar —dijo Salvador con
-turbación—. Quizás no venga más.</p>
-
-<p>El ruido cesó; la casa continuaba en silencio.</p>
-
-<p>—Me alegro de que mi madre haya salido hoy —indicó Salvador.</p>
-
-<p>—Me parece que está ahí —repuso Solita poniendo atención—. Siento
-pasos en la escalera.</p>
-
-<p>—No, no es mi madre —indicó Monsalud con ansiedad vivísima.</p>
-
-<p>—Los pasos son precipitados... Se oye una voz de mujer... ¿Voy a
-ver?</p>
-
-<p>—No; estate aquí, y no te muevas de mi lado.</p>
-
-<p>Callaron los dos. Solita miró a su hermano como asombrada. Salvador
-clavaba sus ojos en la puerta, donde no había nada todavía; pero
-de antemano su alma, llena de ansiedad, observaba lo que había de
-venir.</p>
-
-<p>Andrea apareció en la puerta. Estaba desfigurada por enfermiza
-palidez; sus ojos miraban todo con febril extravío, y el desmelenado
-cabello, así como el vestido en desorden, indicaban largas horas de
-insomnio, de lucha y de amargura.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_209">p. 209</span>Su primer
-movimiento fue un impulso poderoso hacia el hombre que buscaba y que
-había encontrado. Viose en su semblante la contracción que acompaña a
-un repentino desbordamiento de lágrimas. Pero dio tres pasos, y viendo
-que no estaba solo se detuvo. ¡Qué choque de ideas en aquella cabeza!
-El impulso, el tierno avance expansivo habían encontrado un obstáculo,
-un muro frío, y contra este la exaltada mujer se estrellaba palpitando
-y llena de congoja. Sus ojos atónitos, enrojecidos por el llanto,
-preguntaban sin pestañear: «¿Qué chiquilla es esta?»</p>
-
-<p>Salvador se levantó. Estaba lívido.</p>
-
-<p>—Tengo que hablarte —balbució Andrea, viendo que daba un paso hacia
-ella.</p>
-
-<p>Después dirigió a Soledad miradas recelosas e impacientes, como
-diciendo: «¿Qué hace aquí esta mujer extraña? Que se vaya.»</p>
-
-<p>—Es un error —dijo Salvador—. Usted no tiene nada que decirme, y se
-ha equivocado sin duda. Yo no sé quién es usted.</p>
-
-<p>—¿No sabes quién soy?... Yo te lo diré —exclamó Andrea, cruzando las
-manos—. ¡Que se marche esa mujer!</p>
-
-<p>Con imperioso gesto señaló la puerta.</p>
-
-<p>Soledad, tan aterrada como curiosa, pero sumisa siempre, se levantó.
-Salvador le dijo severamente:</p>
-
-<p>—Quédate.</p>
-
-<p>—¡Conque, es decir...! —gritó Andrea con espantosa alteración de voz
-y de semblante.</p>
-
-<p>—Que usted es quien no está en su sitio aquí y debe retirarse
-—respondió Monsalud—.<span class="pagenum" id="Page_210">p. 210</span>
-Sin duda ha padecido una equivocación.</p>
-
-<p>—¡Perverso!... ¿dices eso de veras?</p>
-
-<p>Andrea, al pronunciar estas palabras, que salían de su pecho como
-bramidos, adelantó con los brazos abiertos hacia su amante. Los brazos
-tropezaron con dos manos de acero que los retorcieron, rechazando el
-hermoso cuerpo a que pertenecían.</p>
-
-<p>—¡Oh, qué vil soy!... —gritó la indiana cayendo al suelo de
-rodillas—. ¡Rebajarme así!...</p>
-
-<p>—¡Rebajarse así una marquesa!... —murmuró Salvador con sorda voz—.
-Señora, sentiré mucho que se ponga usted mala. ¿Quiere usted que mande
-traer un coche para llevarla a su casa?</p>
-
-<p>Andrea se levantó de un salto. La mirada que arrojó a su amante,
-como una saeta furibunda, turbó tanto a Monsalud que este en breve rato
-no supo qué decir.</p>
-
-<p>—Yo creí que eras un caballero —dijo la americana.</p>
-
-<p>Se le conocía que estaba haciendo esfuerzos terribles para conservar
-una actitud digna. Los impulsos naturales la incitaban a gritar, a
-arrancarse el cabello, a coger entre las manos al hombre, como se coge
-un abanico, un juguete cualquiera, y destrozarle haciéndole pedazos
-pequeñitos.</p>
-
-<p>Monsalud se dirigió hacia la puerta. Sus ojos y su gesto decían:
-«Váyase usted.»</p>
-
-<p>—¡Pero si tú me oyeras...! —murmuró Andrea, pasando súbitamente de
-la ira a una aflicción profunda.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_211">p. 211</span>—No, no puedo oír a
-quien no conozco —repuso el hombre volviendo el rostro.</p>
-
-<p>—¿No me conoce usted? —gritó Andrea con voz semejante a un
-rugido.</p>
-
-<p>Diríase que se alzaba sobre las puntas de los pies. La mujer
-crecía. Sus brazos tiesos hacia atrás; sus puños cerrados; sus
-labios descoloridos, que temblaban; su fina nariz, que con nerviosas
-contracciones también expresaba la pasión desbordada; los músculos de
-su hermoso cuello, tirantes; sus ojos, que amenazaban entre llamaradas
-de despecho; el golpe violento de su pie en el suelo, como buscando
-apoyo para levantarse más... todos estos accidentes hubieran puesto
-miedo en el corazón más acostumbrado a tales embates.</p>
-
-<p>—¿No me conoce usted? —repitió.</p>
-
-<p>—No —repuso Monsalud.</p>
-
-<p>—¿No me conoció usted?</p>
-
-<p>—Tal vez, pero... ya no me acuerdo.</p>
-
-<p>—Pues me conocerá usted —dijo Andrea con sofocada voz.</p>
-
-<p>Dio algunos pasos fuera de la habitación; pero de súbito, con brusco
-movimiento se volvió y entró resueltamente. Detúvose; miró a Solita.
-Hubo un momento de esos en que se ve inminente e inevitable el peligro
-de un choque material, aun contando con la reconocida dignidad de las
-personas.</p>
-
-<p>Con la voz más áspera, más impertinente, más insolente y procaz que
-puede imaginarse, Andrea hizo esta pregunta:</p>
-
-<p>—¿Y tú quién eres?</p>
-
-<p>Solita quedose muerta de espanto. Su propia<span class="pagenum"
-id="Page_212">p. 212</span> turbación le impidió correr hacia su
-hermano y abrazarse a él buscando un refugio.</p>
-
-<p>—Eso no se pregunta a los que están en su casa, sino a los que
-vienen de fuera.</p>
-
-<p>Al oír esto Solita se reanimó. En aquel momento pensaba una cosa.
-Pensaba que si ella fuera mujer valerosa, echaría a escobazos de la
-casa a la insolente dama.</p>
-
-<p>—¡Oh, qué vil soy! —repitió Andrea corriendo otra vez hacia la
-puerta—. ¡Rebajarme así...!</p>
-
-<p>Apartando el rostro para no ver el de su amante, salió precipitada y
-atropellándose de la casa. Habiéndosele unido su criada en la escalera,
-ambas bajaron.</p>
-
-<p>Salvador se dejó caer en una silla, y apretando su cabeza entre las
-manos, se clavaba en el cráneo las uñas.</p>
-
-<p>—¡Oh, Dios mío, qué infeliz soy!... Sola, Sola, ¿has visto...?
-¡Maldito sea yo mil veces! ¡Maldito sea el día en que nací!</p>
-
-<p>—Pero esa mujer —balbució la muchacha saliendo de su estupefacción—,
-¿es un demonio...? Comprendo que te cause tanto furor...</p>
-
-<p>—¡No es demonio, es un ángel; y no me causa furor, sino que la
-adoro!... ¿No la viste? ¿Has visto mujer más hermosa?</p>
-
-<p>—¿Tú...?</p>
-
-<p>—¡La adoro, me muero por ella!... Pero tú eres una tonta y no puedes
-comprender esto. Sola, hermana mía, lloro porque... no puedo... Ten
-compasión, ten lástima, mucha lástima de mí.</p>
-
-<p>Solita tuvo tanta lástima, que se echó a llorar.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch21">
- <p><span class="pagenum" id="Page_213">p. 213</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XXI</h2>
-</div>
-
-<p>La calle de la Cabeza es una de las más tristes de Madrid. Compónese
-toda ella de casas viejas y feas, entre las cuales descuellan la enorme
-fachada meridional de la del marqués de Perales, y otra que tiene
-grabada sobre la puerta esta inscripción: <i>Aparta, Señor, de mí lo
-que me apartó de ti</i>. Contrastando con las vías cercanas, aquella
-no tiene tiendas, y la mayor parte de las puertas están cerradas, a
-excepción de las cocheras y cuadras que por allí mucho abundan. Hacia
-el Ave María la calle se eleva, como si quisiera subir a los balcones
-de las casas. Hacia la Comadre se hunde, buscando los sótanos. Algunas
-acacias, que se asoman por encima de altos muros junto a San Pedro
-Mártir, están mirando con tristeza al escaso número de transeúntes. Se
-oyen tan pocos ruidos allí, que la calle no parece estar en Madrid y a
-dos pasos del Lavapiés. Toda ella tiene un aspecto sombrío, un tinte
-lúgubre, una mala sombra que no puede definirse, una atmósfera que
-abruma, un silencio que hiela. Las calles, como las personas, tienen
-cara, y cuando esta es antipática y anuncia siniestros designios, una
-fuerza instintiva nos aleja de ella.</p>
-
-<p>Vulgarmente se cree que en la calle de la<span class="pagenum"
-id="Page_214">p. 214</span> Cabeza no ha pasado nunca nada digno
-de contarse. Por el contrario, es una calle trágica, quizás la más
-trágica de Madrid. La tradición que le da nombre y que no carece
-de mérito en lo que tiene de fantástica, es como sigue. Vivía por
-aquellos barrios un cura medianamente rico. Su criado, por robarle,
-le asesinó, cortándole ferozmente la cabeza, y con todo el dinero
-que pudo encontrar huyó a Portugal. No fue posible descubrir al
-autor del crimen, y enterrado el clérigo, bien pronto su desastroso
-fin quedó olvidado. Pero el asesino, después de haberse dado muy
-buena vida en Portugal durante muchos años, volvió a Madrid hecho
-un caballero, aunque no tanto que olvidase su primitiva condición
-de criado. Solía ir él mismo al Rastro todas las mañanas a hacer su
-compra, y un día adquirió una cabeza de carnero. Llevábala bajo la
-capa, y como chorreaba mucha sangre, que iba dejando rastro en el
-suelo, fue detenido por un alguacil, que le mandó mostrar lo que oculto
-llevaba. ¡Horrible espectáculo! Al echar a un lado el embozo, el criado
-alargó en la derecha mano la cabeza del sacerdote a quien había dado
-muerte.</p>
-
-<p>¡Milagro, milagro! Este fue el grito general. Confesó todo el
-asesino y le llevaron a la horca, acompañado de la cabeza del
-sacerdote, que había sido de carnero, y cuya vista horrorizaba y
-edificaba juntamente al pueblo. Murió, según dicen, con grandísima
-devoción y arrepentimiento, y hasta que no entregó su alma a Dios, no
-recobró la testa del cura su primitiva forma carneril. Felipe III,
-que a la sazón<span class="pagenum" id="Page_215">p. 215</span> nos
-gobernaba, mandó labrar en piedra una cabeza que se puso en la casa del
-crimen para memoria de aquel estupendo caso.</p>
-
-<p>En este siglo, la calle de la Cabeza presenció muy cerca el horrible
-asesinato del marqués de Perales el 1.º de diciembre de 1808.<a
-id="FNanchor_7" href="#Footnote_7" class="fnanchor">[7]</a> Cuando las
-revueltas políticas del 14, vio encarcelar a los diputados y ministros,
-y aquel silencio tétrico fue turbado en más de una ocasión por los
-rugidos de la plebe furiosa embriagada. Nuestra narración nos lleva
-ahora a la citada calle y a uno de sus edificios más antipáticos y más
-feos: la cárcel eclesiástica o de la Corona, que estaba en la esquina
-de la calle Real de Lavapiés, y que todavía existe, aunque destinada a
-cuadras o cocheras.</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_7" href="#FNanchor_7" class="label">[7]</a> Véase
-<i>Napoleón en Chamartín</i>.</p>
-
-</div>
-
-<p>Un portalón daba entrada al patio, que no había sufrido variaciones
-esenciales, y tenía en dos de sus lados columnas de piedra para
-sostener la crujía alta. Las prisiones estaban en el piso bajo y en los
-sótanos, y consistían en calabozos inmundos, algunos con rejas a la
-calle. Dos puertecillas abiertas a un lado y otro del zaguán indicaban
-el cuerpo de guardia y las habitaciones de algunos empleados de la
-cárcel. Todas y cada una de las partes del edificio, dentro y fuera,
-arriba y abajo, ofrecían repugnante aspecto de incuria, descuido y
-degradación.</p>
-
-<p>La ignominia de la cárcel empezaba desde la puerta. En la esquina
-del edificio se veían multitud de inscripciones terroríficas e
-indecentes.<span class="pagenum" id="Page_216">p. 216</span> A
-conveniente altura, una de esas manos de artista que tanto abundan en
-España, había pintado una horca de la cual pendía un cura, y debajo se
-leía <i>Tamajón</i>. En la misma puerta otro artista había trazado una
-especie de cuadro de ánimas donde varios curas recibían tizonazos de
-los demonios, y más lejos varios milicianos nacionales, caracterizados
-en la pintura tan solo por el morrión, asaban un cerdo que llevaba el
-nombre de <i>Vinuesa</i>. En el portal repetíanse las horcas, y además
-otra ingeniosa pintura. Un grotesco y ventrudo muñeco, que tenía en
-la panza el consabido letrero, abría la boca. Como si esta fuera la
-de un horno, varios milicianos o figurillas de morrioncete metían por
-ella con sendas palas un objeto en que se leía <i>Constitución</i>.
-Por debajo una escritura infernal rezaba el <i>Trágala, perro, tú
-servilón</i>.</p>
-
-<p>Vinuesa estaba en un calabozo del piso bajo. En la puerta negra
-habían trazado con tiza la horca y el ahorcado; repetidas formulillas,
-como <i>Muera el traidor</i>, y una cuarteta que decía:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent2">¡Considera, alma piadosa,</div>
- <div class="verse indent0">en esta nona estación</div>
- <div class="verse indent0">el árbol de que colgaron</div>
- <div class="verse indent0">al cura de Tamajón!</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>Dentro del calabozo no reinaba oscuridad profunda. Veíase al infeliz
-reo arrojado en el suelo sobre un jergón inmundo. Era un hombre viejo,
-aunque entero, de cuerpo pequeño<span class="pagenum" id="Page_217">p.
-217</span> que debió ser fornido; pero la larga prisión habíale
-extenuado considerablemente. Su pelo entrecano; su barba blanca, muy
-crecida por no haberse afeitado durante el encierro; su rostro en que
-se pintaban resignación y amargura, dábanle aspecto venerable que sin
-duda no tenía cuando andaba suelto por la villa, o haciendo planes
-en su casa de la inmediata calle de San Pedro Mártir. Vestía sotana
-suelta, raída y llena de jirones; un gorro negro de punto, calado
-hasta más abajo de las orejas, le cubría la cabeza. Cuando no estaba
-echado sobre el miserable jergón, se paseaba de un ángulo a otro,
-o se sentaba en la única silla, apoyando los brazos sobre una mesa
-negra, y la cabeza en los brazos para dormir un poco. En la mesa negra
-estaba pintada también con tiza la horca y un diablillo que tiraba
-de los pies del ahorcado. En las paredes se leían varias estrofas de
-las más indecentes del <i>lairón</i>. Pero al desgraciado preso no
-le mortificaba tanto leerlas como oírlas, y este era su principal
-tormento.</p>
-
-<p>Todos los chulillos que pasaban de vuelta para el Lavapiés a la
-madrugada; todos los rondadores guitarristas que iban a recorrer las
-calles; todos los grupos de vagos que regresaban de los clubs o de las
-logias; todos los patriotas que salían de las tabernas a hora avanzada,
-y los chiquillos al salir de la escuela por las tardes o al ausentarse
-de ella para ir de huelga o pedrea al Mundo Nuevo, hacían escala al pie
-de la reja del calabozo de Vinuesa; así es que este oía constantemente
-durante<span class="pagenum" id="Page_218">p. 218</span> dieciocho
-horas de las veinticuatro del día, los famosos versos:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent2">Dicen que vienen los rusos</div>
- <div class="verse indent0">por las ventas de Alcorcón.</div>
- <div class="verse indent4"><i>Lairón, lairón.</i></div>
- <div class="verse indent0">Y los rusos que venían</div>
- <div class="verse indent0">eran seras de carbón.</div>
- <div class="verse indent4"><i>Lairón, lairón.</i></div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>Estas eran las estrofas comunes; pues las picarescas o indecentes
-en que se atribuían al <i>cura de Tamajón</i> las mayores atrocidades
-y desvergüenzas, no pueden copiarse. El populacho veía en Vinuesa un
-galanteador de muchachas, corruptor de doncellas, tercero, mancebista y
-cuanto abominable y ruin puede imaginarse. Nada de esto es verdad. Su
-único delito había sido el plan que conocemos; pero si hubiera faltado
-a las leyes morales con perversidad o indecencia, habría purgado sus
-culpas con el infierno expiatorio que tenía en la prisión. Era este
-un lúgubre ventanillo cuadrado y pequeño, con una cruz de hierro en
-el vano. Por allí entraba la voz del terrible populacho cantando
-infames coplas, amenazando e insultando sin cesar al pobre reo. Vinuesa
-aborrecía el nefando agujero por donde le entraban la luz y la ira de
-la nación vengativa; y por verle tapado, aunque le dejase a oscuras,
-diera lo restante de su vida y la esperanza de libertad. Si lograba
-conciliar el sueño, no dejaba de ver aquel boquete horrible, que en su
-mente febril se representaba como el ojo y la<span class="pagenum"
-id="Page_219">p. 219</span> boca de la inmunda canalla, que sin cesar
-le vigilaba y le escupía.</p>
-
-<p>Gil de la Cuadra estaba encerrado en un calabozo de otra crujía, y
-no gozaba de la preeminencia de vistas a la calle. En su encierro había
-bastante claridad, y tenía mejores muebles que Vinuesa, entre ellos
-una cama en alto. También su puerta se ornaba con inscripciones; pero
-en el interior no las había. Mortificábanle principalmente los gritos,
-cantos y disputas de los milicianos nacionales, que tenían su cuerpo
-de guardia en el zaguán, y que alborotaban en el patio mucho más de lo
-conveniente.</p>
-
-<p>Bastante después del encierro sintiose atacado de dolores en
-las articulaciones de las piernas, y no dudó que su reumatismo
-constitucional le iba a hacer una nueva visita. Guardó cama,
-resignándose al suplicio de sus dolores con paciencia cristiana,
-y tuvo varias alternativas de alivio o recrudescencia. A falta de
-auxilios médicos, disfrutó de los cuidados de un calabocero algo
-piadoso, que por haber padecido del mismo mal, no solo poseía recetas
-y cierta ciencia práctica, sino también una compasión hacia todos los
-reumáticos.</p>
-
-<p>De esta manera transcurrieron muchos días. Lo que más hondamente
-perturbaba la naturaleza moral y física del exoidor, era la
-incomunicación, y con esta la negra tristeza en que vivía, si aquello
-era vivir. Solo, febril, contemplando perpetuamente su situación,
-midiendo sin cesar la considerable distancia que le separaba
-de su hija, pasaba las largas horas del<span class="pagenum"
-id="Page_220">p. 220</span> encierro, y veía la lenta serie de noches
-y días, marchando como las ruedas de una máquina de tormento. A ratos
-oraba, a ratos derramaba amargo llanto; por breves momentos recibía
-consuelo de su propia imaginación, representándose la libertad y la paz
-de su casa; pero estas bellas sombras pasaban pronto, y el calabozo le
-ponía delante sus cuatro paredes inalterables. Conocido el estado de
-su ánimo, lleno de amargura, se comprenderá cuáles serían su asombro y
-emoción al ver que un día se abrió la puerta del calabozo, que entró un
-hombre, y que en aquel hombre reconoció, después de congojosas dudas,
-la persona auténtica de Salvador Monsalud.</p>
-
-<p>Este corrió a abrazarle; Gil de la Cuadra se desmayó de alegría.</p>
-
-<p>—¡Mi hija, mi hija!... —murmuró cuando recobraba el uso de la
-palabra—. ¿Ha muerto? ¿Vive?</p>
-
-<p>—Ánimo, señor Gil —gritó Monsalud—. Pronto verá usted a su hija, que
-está buena como nunca, y muy contenta al saber que pronto estará usted
-libre.</p>
-
-<p>—¡Yo libre! —exclamó el anciano abrazando a su amigo.</p>
-
-<p>—Todavía no; pero pronto será.</p>
-
-<p>—¿Y Anatolio?</p>
-
-<p>—No ha venido aún.</p>
-
-<p>Siguió haciendo preguntas, menudeándolas con tanta prisa, que casi
-no daba tiempo a la contestación, y al fin se ocupó de su causa,
-que había dejado para lo último. Monsalud en breves términos le
-explicó, si no todo, gran parte de lo que había hecho, así como las
-circunstancias<span class="pagenum" id="Page_221">p. 221</span> de su
-presencia en la cárcel y el destino que desempeñaba.</p>
-
-<p>—Tengo la seguridad —dijo— de que conseguiré un objeto en el cual he
-empleado tanta actividad, tanta fuerza, tanta paciencia. La santidad de
-la obra emprendida, que es el cumplimiento de una de las primeras leyes
-cristianas, me hace creer que esta vez, como otras, mi trabajo no será
-estéril. He sufrido contrariedades, amigo mío, contrariedades graves;
-pero al mismo tiempo he llegado a conocer uno de los mayores goces que
-puede sentir el hombre y que hasta ahora...</p>
-
-<p>—No había usted conocido.</p>
-
-<p>—Al menos en tan alto grado.</p>
-
-<p>—El goce incomparable de hacer bien a un semejante —dijo Cuadra con
-voz balbuciente por la emoción.</p>
-
-<p>—Ese, sí, y el de poder dar forma al agradecimiento expresándolo en
-hechos.</p>
-
-<p>—¡Oh, sí! También eso es un goce inaudito.</p>
-
-<p>—Y tranquilizar la conciencia...</p>
-
-<p>—Es verdad.</p>
-
-<p>—Porque el recuerdo de las grandes faltas —añadió Monsalud— no se
-atenúa sino con la práctica constante de buenas acciones.</p>
-
-<p>—También, también.</p>
-
-<p>—Todo me anuncia que esta vez mi afán no tendrá, como otras veces,
-un éxito desdichado. El corazón mío, que es la desconfianza misma,
-me está diciendo ahora: «Triunfamos, triunfamos de seguro.» Será
-usted libre, amigo mío, y lo será pronto. Solo le recomiendo a usted
-un poco de paciencia. Consuélese usted con<span class="pagenum"
-id="Page_222">p. 222</span> saber que me tiene muy cerca, y que estoy
-discurriendo los medios de rematar nuestra obra.</p>
-
-<p>Gil de la Cuadra, arrojándose en brazos de su protector, lloró como
-un niño.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch22">
- <h2 class="nobreak g0">XXII</h2>
-</div>
-
-<p>Mientras esto ocurría, todo Madrid se alarmaba con una estupenda
-novedad. Por todos los barrios, por todos los clubs, por todos los
-círculos corría una noticia que muchos suponían increíble, por lo
-disparatada, y otros aceptaban con resignación como una nueva prueba
-de los desaciertos y traiciones del ministerio. El fiscal de la
-causa formada contra Vinuesa no pedía para este más que diez años de
-presidio. El irritado pueblo, a quien habían hecho creer que la muerte
-del arcediano no era bastante castigo para las culpas de este, vio
-en los diez años de presidio una pena tan suave, que más que pena le
-parecía recompensa. De los demás conspiradores absolutistas nada se
-decía aún; mas era probable que recibirían en pago de sus infamias
-algunos años de encierro, es decir, confites.</p>
-
-<p>No es preciso indicar que en todo Madrid, y principalmente en los
-barrios bajos, era un evangelio la opinión de que <i>había corrido
-mucho dinero</i> para absolver a los malhechores; los más listos
-decían:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_223">p. 223</span>—¿Pues qué? El rey
-no podía dejar perecer a sus amigos.</p>
-
-<p>En esto se equivocaban, porque Fernando se distinguía de todos los
-malvados por un funesto sistema de abandonar cobardemente a cuantos le
-habían servido, y aun gozarse de un modo incalificable en la desgracia
-de ellos, como lo prueban, entre otros hechos, las célebres palabras
-que pronunció ante los guardias fugitivos y vencidos el 7 de julio.
-La verdadera causa de la lenidad relativa del fiscal, y más tarde del
-juez, fue que el ministerio y los masones habían llegado a comprender
-cuán bárbara y soez era la excitación vengativa del populacho, a pesar
-de haberla excitado ellos mismos en febrero y marzo, y quisieron rendir
-homenaje a la humanidad y la justicia, evitando un sacrificio inútil.
-Hemos llamado lenidad a la pena anunciada, porque con respecto al
-furioso ardor de la canalla lo parecía; pero en rigor de justicia era
-una atrocidad, que solo tiene disculpa en las infames transacciones a
-que obligan los yerros políticos.</p>
-
-<p>En <i>Comuneros</i> la noticia fue chispa arrojada a la mina. La
-fortaleza reventó, y una explosión de salvajismo, de barbarie, de
-odio y necedad atronó la <i>Plaza de armas</i>. Los honrados y los
-inocentes, que no eran los menos bajo el estandarte de Padilla, hacían
-coro a los malvados, por la solidaridad que entre todos reinaba. Eran
-los primeros envueltos en el torbellino, y sin saberlo, estaban tan
-locos como los demás; mejor dicho, los honrados y los inocentes eran
-los verdaderos locos, porque los perversos<span class="pagenum"
-id="Page_224">p. 224</span> conservaban bajo la borrachera de venganza
-su nefanda razón. Pero, en realidad, la noticia de la blandura del juez
-más les agradaba que les afligía. Servíales de pretexto para poner en
-ejercicio su ideal de barbaridades, desafueros, y de admirable tema
-para gritar contra los ministros, llenándoles de befa y escarnio.
-Acogieron, pues, el suceso con el frenesí del beodo a quien dan
-aguardiente, y se hartaron de furia, de exaltación política, poniéndose
-como demonios en la sesión que celebraron la noche de la noticia.</p>
-
-<p>Romero Alpuente, a quien respetaban, no pudo presidir la sesión,
-porque le fue imposible sofocar el tumulto. Regato emitía con su
-habitual tono de importancia opiniones furibundas. Mejía sudaba
-gritando, y con el rostro encendido, gesticulaba sin poder conseguir
-que le oyeran. Pelumbres daba golpes en los bancos con un bastón
-semejante a la clava de Hércules. Don Patricio, renunciando a ser oído
-por toda la asamblea, pronunciaba, ora frases áticas, ora apóstrofes
-demostenianos en un pequeño grupo que se formó a su lado. En suma, la
-<i>Plaza de armas</i>, más que guarnición regular, parecía un ejército
-indisciplinado, un manicomio insurrecto, o un infierno en que fuese ley
-la libertad individual para hacer diabluras. Cada cual pedía una cosa
-distinta, y es incomprensible que no se rompieran las cabezas unos a
-otros, único medio y fórmula de conciliar todas las opiniones.</p>
-
-<p>Era que comúnmente la asamblea en pleno no resolvía nada nunca,
-siendo más bien doctrinales,<span class="pagenum" id="Page_225">p.
-225</span> digámoslo así, sus sesiones, que ejecutivas. La alta
-dirección de la <i>Comunería</i> estaba, como la de los masones,
-en un pequeño consejo, en cuyo seno ha llegado la hora de que
-nos introduzcamos osadamente. Hemos presentado en otro libro
-la camarilla de Palacio.<a id="FNanchor_8" href="#Footnote_8"
-class="fnanchor">[8]</a> Tócales ahora su vez a las camarillas
-populares, poderes igualmente misteriosos y perturbadores; y la
-dificultad de nuestro trabajo aumenta, porque las camarillas eran dos:
-la del populacho o de los patriotas, y la de los constitucionales o
-moderados. Procedamos con método.</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_8" href="#FNanchor_8" class="label">[8]</a> Véanse
-las <i>Memorias de un cortesano de 1815</i>.</p>
-
-</div>
-
-<p><i>Camarilla del populacho.</i> — No tenía local fijo. Reuníase
-algunas veces en un departamento reservado del café de Lorencini; otras
-en el mismo local de la asamblea, o en casa de Regato. La reunión de
-ella que nosotros vamos a presenciar, no fue celebrada en ninguno de
-estos parajes, sino en una taberna de la calle de la Estrella. De los
-veinte diputados comuneros no asistió ninguno; de los periodistas,
-solo Mejía; de los que tenían cargos oficiales en la asamblea de
-Padilla, solo Regato; de los viejos, solo don Patricio Sarmiento;
-pero no faltaba ni uno siquiera de los amigos de Timoteo Pelumbres,
-ni tampoco la pandilla de milicianos nacionales, en la cual alzaba
-el gallo con altanera superioridad Pujitos. Sumaban entre todos once
-personas, y para poder discutir con más libertad, Regato mandó al
-tabernero que cerrase, luego que todos estuvieron<span class="pagenum"
-id="Page_226">p. 226</span> dentro, y cuando el vino empezó a hacer su
-oficio para que las lenguas pudiesen desempeñar mejor el suyo.</p>
-
-<p>—Queridos compañeros —dijo Regato—, estamos perdidos.</p>
-
-<p>Esta frase hábil produjo la sensación apetecida.</p>
-
-<p>—Perdidos, porque el gobierno nos va a meter el diente, y los
-hombres gordos de nuestro partido se esconden en su casa llenos de
-miedo.</p>
-
-<p>—Romero Alpuente —dijo uno— tiembla como una gallina mojada.</p>
-
-<p>—Desde que se ha dicho que el gobierno va a pegar, nuestros
-diputados ya están buscando vendas.</p>
-
-<p>—Está visto que, para reclutar gente valerosa —dijo Regato, a quien
-agradaba mucho la veneración con que era oído—, no hay que contar
-con la gente de lengua y pluma. ¡Pobre pueblo, siempre sudando por
-gobernar, como manda la ley de Dios, y siempre engañado por tanto
-pillo! Está visto que mientras el pueblo no diga: «Pues quiero y esto
-ha de ser», y lo haga como lo dice, no tendremos libertad.</p>
-
-<p>—Pero cuando el pueblo quiere portarse como quien es —manifestó
-Pelumbres—, vienen los <i>futraques</i>, llenos de jabón y pomada, y
-sacan los catecismos de la política para decirnos cosas lelas y de mil
-flores... con lo cual se acaba todo, y en buenas palabras resulta que
-somos unos zopencos y ellos unos Salomones. Nosotros trabajamos y ellos
-comen.</p>
-
-<p>—Señores —repitió Regato dando un suspiro—,<span class="pagenum"
-id="Page_227">p. 227</span> estamos perdidos. El gobierno, viendo que
-no servimos para nada (y no me vuelvo atrás...), que no servimos para
-nada, va a pegar, pero a pegar muy fuerte.</p>
-
-<p>Breve silencio siguió a estas palabras.</p>
-
-<p>—Los palos serán para el que los aguante; que yo...</p>
-
-<p>—Los palos serán para todos —afirmó Regato en el tono de la mayor
-competencia—. Yo sé de buena tinta lo que trama el gobierno; lo sé
-todo, y pues venimos aquí para ver cómo nos defendemos, lo voy a
-decir.</p>
-
-<p>—El gobierno va a cerrar los cafés.</p>
-
-<p>—Y a reformar la Milicia nacional de modo que no entren sino los que
-él quiera.</p>
-
-<p>—Y a corregir la Constitución.</p>
-
-<p>—Y a poner dos Congresos: uno como el que está, y otro de clérigos,
-obispos, generales, marqueses, camaristas, y toda la recua de
-alabarderos, <i>persas</i> y serviles.</p>
-
-<p>—Y a suprimir todos los periódicos —indicó Pujitos, dando a entender
-de este modo sus aficiones literarias.</p>
-
-<p>—Y a mandar a Riego a Filipinas.</p>
-
-<p>—Todo eso y mucho más hará el gobierno —dijo Regato—; pero como
-a quien más aborrece es a los buenos patriotas, empezará su obra
-acogotando a los buenos patriotas, que somos nosotros.</p>
-
-<p>—Nosotros —repitieron algunos.</p>
-
-<p>—Y pasando la mano por el lomo a los serviles, que serán los
-mandarines de mañana. ¿Qué significa la libertad de Vinuesa?</p>
-
-<p>—¿La libertad?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_228">p. 228</span>—La libertad, sí.
-Para los bobos, eso de los diez años de presidio significa... diez
-años de presidio; pero para nosotros, que somos tan listos y vemos un
-mosquito en la punta de una torre, esa pena no es más que la absolución
-del cura.</p>
-
-<p>—Es lo mismo que yo pensaba.</p>
-
-<p>—Le sacan de la cárcel; hacen la pamema de llevarle a Ceuta; métenle
-en cualquier convento donde habrá abundancia de buenas magras, pollos
-con tomate, gran trago de vino y muchachas bonitas; dicen luego que
-se ha escapado, y al poco tiempo, indulto. Tras el indulto viene la
-canonjía, y tras la canonjía, la mitra.</p>
-
-<p>—Pues estamos bien —dijo uno con impaciencia, golpeando el suelo con
-su bastón—. Protesto.</p>
-
-<p>—Protesto yo también —bramó Pelumbres.</p>
-
-<p>—Si la Sociedad de los <i>Comuneros</i>, que empezó con tan buen
-pie, no saca ahora la cabeza, ¿para qué sirve?</p>
-
-<p>—Para nada, Sánchez, para nada —repuso un hombre que era tratante en
-cueros—. Dende que oí discursos y vi papeles y <i>toma la palabra, daca
-la palabra</i>, se me cayeron las alas del corazón... ¡Botijos!, yo no
-sirvo para esto.</p>
-
-<p>—Es muy posible que el gobierno tenga la alevosa intención de
-indultar a Vinuesa y aun darle una mitra —apuntó con gravedad un
-individuo de aspecto decente, furibundo patriota cándido que tenía dos
-tiendas y un buen nombre que no hace al caso—. Yo creo cuanto<span
-class="pagenum" id="Page_229">p. 229</span> ha dicho el amigo Regato,
-porque el gobierno es en la superficie liberal, y en el fondo,
-absolutista.</p>
-
-<p>—Si Riego estuviera en Madrid, otro gallo nos cantara, amigos
-—indicó Regato—. Yo de mí sé decir que si tuviera dos docenas,
-dos docenas nada más de buenos patriotas, intentaría cualquiera
-sublimidad.</p>
-
-<p>—Cualquier hazaña épica, digna de perpetuarse en mármoles —dijo don
-Patricio—. Señor Regato, manifieste usted con claridad su pensamiento.
-¿Se trata de que Madrid se levante en masa, y arroje del gobierno a ese
-ministerio, y convoque otras Cortes, y le caliente las orejas al <i>Rey
-neto</i>?</p>
-
-<p>—Eso es difícil hoy; pero no lo será dentro de seis meses, cuando
-estemos mejor organizados, y se multipliquen las <i>Casas fuertes</i>
-de los regimientos, y se reciba el dinero que nos han prometido de
-América. Contentémonos ahora con dar una prueba de nuestro mucho poder,
-de lo que somos y lo que valemos, para que tiemble el cobarde tirano, y
-nos tengan miedo los mandarines.</p>
-
-<p>—Ved aquí, amigos míos —dijo Sarmiento—, cómo admirablemente
-concuerda con mi opinión la del señor Regato. Siempre he sostenido
-la necesidad de elevar la voz para que nos oigan, de alzarnos sobre
-las puntas de los pies para que nos vean, de presentarnos en todas
-partes para que nos toquen, mientras llega la hora sublime de los
-bofetones.</p>
-
-<p>—Yo no entiendo de estas máquinas sutiles —manifestó, con la
-ingenuidad de la barbarie,<span class="pagenum" id="Page_230">p.
-230</span> el llamado Sánchez, que era miliciano y había sido primero
-cortador de carne y después empleado en cárceles—. Yo lo que sé es que
-si conviene dar porrazo, se dé porrazo. No hay más que dos políticas:
-dar y recibir.</p>
-
-<p>—En lenguaje sencillo —dijo Mejía—, ha expresado Sánchez la idea de
-que mientras no se puede realizar una insurrección que dé la victoria
-al pueblo, se hagan manifestaciones patrióticas con objeto de que se
-nos considere como un elemento importante, capaz de cualquier cosa en
-el gobierno o en la oposición.</p>
-
-<p>—A eso iba —indicó Regato con acento magistral—. En pocas palabras,
-señores: el gobierno dice blanco, pues nosotros decimos negro; el
-gobierno quiere coles, nosotros lechugas; el gobierno dice <i>por aquí
-no se va</i>, nosotros decimos <i>por ahí iremos</i>.</p>
-
-<p>—El gobierno dice <i>no más clubs</i>, nosotros respondemos
-<i>vengan clubs</i>.</p>
-
-<p>—El gobierno quiere poca Milicia, nosotros mucha Milicia.</p>
-
-<p>—El gobierno perdona a los absolutistas, pues condenémosles
-nosotros.</p>
-
-<p>—Condenémosles, caballeros —gritó el tratante en corambres—.
-¡Botijos! Si nosotros no hacemos la justicia, ¿quién la va a hacer?</p>
-
-<p>Dando golpecitos en la mesa con el fondo del vaso, después de
-beberse el contenido, entonó esta canción:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent2">Ay le-lé, que toma que toma,</div>
- <div class="verse indent0">ay le-lé, que daca que daca,</div>
- <div class="verse indent0">ya no bastan las razones,</div>
- <div class="verse indent0">apelemos a la estaca.</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_231">p. 231</span>—El ciudadano
-don Bruno ha tocado el punto más delicado de la política actual —dijo
-Regato—. El pueblo, señores, no debe consentir la impunidad de quien ha
-trabajado y trabaja aún en contra del pueblo.</p>
-
-<p>—¡Botijos!... No.</p>
-
-<p>—De ninguna manera.</p>
-
-<p>—Consentirlo sería gravísimo desacierto —afirmó Sarmiento.</p>
-
-<p>—Como me llamo Pelumbres, tan cierto es que todo el día he estado
-pensando en que debíamos hacer justicia, porque podemos y debemos
-hacerla. Y si el pueblo no es soberano para esto, ¿para qué lo es?</p>
-
-<p>—A fe de Mejía, sostengo que cuando los jueces son inmorales y
-corrompidos, el pueblo no tiene más remedio que echársela de juez.</p>
-
-<p>—Pues con una palabra basta —afirmó el tratante en pellejos.</p>
-
-<p>—Es preciso sacar a Vinuesa de la cárcel antes que le indulten.</p>
-
-<p>—Y ahorcarle —dijo Sánchez, apretándose su propia garganta.</p>
-
-<p>—En la plazuela de la Cebada.</p>
-
-<p>—En la plaza de Palacio, delante del balcón de Su Majestad —gruñó
-Pelumbres.</p>
-
-<p>—Admirable y sensata idea —dijo Regato—; pero me parece
-irrealizable. No es preciso que se lleven las cosas a ese extremo de
-perfección.</p>
-
-<p>—No puedo aconsejar tranquilo la muerte de un hombre —afirmó
-Sarmiento con gravedad—; pero hay sacrificios necesarios,
-indispensables,<span class="pagenum" id="Page_232">p. 232</span> y el
-cura de Tamajón debe morir. También hay en la cárcel de la Corona un
-dichoso Gil de la Cuadra, exvecino mío, que es uno de los servilones
-más furibundos, y un conspirador terrible.</p>
-
-<p>—Gil de la Cuadra —dijo Regato haciendo memoria—. ¡Ah!, ya: le
-protege Salvador Monsalud, después de haberle enamorado a su mujer,
-como me consta. Váyase lo uno por lo otro.</p>
-
-<p>—<i>El traidor</i> Monsalud se dirá de aquí en adelante —indicó
-Pelumbres—. Ese canalla, después de entrar en nuestra Sociedad, ha
-admitido un destino del gobierno.</p>
-
-<p>—En la cárcel de la Corona precisamente —indicó Mejía—. No
-lo hubiera creído. Puesto de confianza, señores. Aquí hay gato
-encerrado.</p>
-
-<p>—Tengo a Monsalud por una persona decente —dijo don Patricio—. Es
-amigo mío y no le creo capaz de servir a los masones. Le he oído hablar
-pestes de esos señores.</p>
-
-<p>—Sea lo que fuere —dijo Sánchez—, ello es que antes de meter
-semejantes tipos en nuestra Sociedad, debiéramos pensarlo mucho.</p>
-
-<p>—Es justa la censura, aunque confieso que yo le presenté —dijo
-Regato—; pero no hay motivo para desconfiar de tal joven. Tengo
-motivos para creer que puedo dominarle en un momento dado. Ese hombre
-será mío cuando yo quiera. En vez de importarnos que esté empleado en
-la cárcel, debemos felicitarnos de ello. Sacaremos partido de esta
-circunstancia.</p>
-
-<p>—¡Rebotijos!... ¡Si está en mi lugar y en el puesto de que me
-echaron hace dos meses esos mamones!... ¿Pues no ha de importarme?
-Es<span class="pagenum" id="Page_233">p. 233</span> un caballerito a
-quien tengo atravesado aquí.</p>
-
-<p>—Dejemos esta cuestión mezquina, señores, y volvamos a lo principal
-—dijo Regato—. ¿Hay aquí gente de valor?</p>
-
-<p>—Basta y sobra; pero si se quiere cosa mayor, con dar la voz en
-ciertos barrios, se tendrá toda la gente que se quiera.</p>
-
-<p>—Señor don Bruno, ¿se puede ir a donde se quiera?</p>
-
-<p>—Al cabo del mundo. Digan hora y lugar, y allá estaremos todos. No
-saldrá tan mal como la noche de los embajadores del Ruso y el Turco.</p>
-
-<p>—Mañana... mañana... —dijo Regato meditando—. ¿Cuál será la mejor
-hora?</p>
-
-<p>—Por la noche.</p>
-
-<p>—No, por el día.</p>
-
-<p>—A las doce del día —gritó el más decente de todos—. No se trata de
-ninguna traición, sino de una obra de justicia.</p>
-
-<p>—¡Excelente idea! A las doce del día.</p>
-
-<p>—<i>Coram populo</i> —murmuró Sarmiento.</p>
-
-<p>—¡Botijos! A las doce en punto.</p>
-
-<p>—Y ahora —dijo Regato levantándose—, a prepararse. La cosa puede ser
-sencilla si el gobierno deja a la Milicia en la guardia de la cárcel.
-Pero si pone tropa...</p>
-
-<p>—¡Si se atreve a poner tropa, entonces...!</p>
-
-<p>—Que ponga tropa —gritó Pelumbres dando un puñetazo—, y se hará
-justicia a la tropa.</p>
-
-<p>—Eso es, justicia a la tropa.</p>
-
-<p>—Porque no es más que justicia.</p>
-
-<p>—Esta noche hay otra vez asamblea, señores —dijo Regato con
-misterio—. Mucho cuidado<span class="pagenum" id="Page_234">p.
-234</span> con los caballeros comuneros de corbatín almidonado y
-palabrejas finas. Dirán, como esta noche, que estamos locos.</p>
-
-<p>—¿Se guardará secreto?</p>
-
-<p>—Hasta donde se pueda; pero hay que reclutar gente, mucha gente.</p>
-
-<p>—¡A la <i>Fortaleza</i>, a la <i>Fortaleza</i>!</p>
-
-<p>—En la <i>Fortaleza</i> hay espías y traidores que todo se lo
-cuentan al gobierno.</p>
-
-<p>—Si el gobierno lo sabe, mejor —vociferó Pelumbres—. ¿Qué apostamos
-a que voy a Palacio y se lo digo yo mesmo al rey?</p>
-
-<p>Una carcajada general acogió estas palabras.</p>
-
-<p>—Las cosas claras. Hacemos justicia. Yo lo digo a todo el que me
-quiera oír. ¡Muera Tamajón!</p>
-
-<p>—¡Muera Tamajón! —repitieron todos menos Regato.</p>
-
-<p>Este, con apagada voz y razones conciliatorias, quiso aplacar a
-sus amigos; pero estaban muy encariñados con la idea sugerida por el
-dos veces gato, para dejársela quitar. Hay que pensarlo mucho antes
-de arrojar la piltrafa a esta especie de carnívoros, porque una vez
-arrojada, el que pretenda quitársela se expone a recibir un mordisco
-o arañazo. Así lo comprendió el fundador de la Comunería. Cuando
-los individuos de su alto consejo salieron a la calle masticando el
-sangriento manjar que les había puesto en la boca, el cobarde Regato
-se asustó un poco; pero aún tenía seguridades de no ser sospechoso, y
-entre Pelumbres y don Bruno marchó resueltamente a la asamblea, que aún
-estaba abierta.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch23">
- <p><span class="pagenum" id="Page_235">p. 235</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XXIII</h2>
-</div>
-
-<p>Poco después de este suceso, las <i>Plazas fuertes</i> y <i>Salas de
-armas</i> encerraban un partido en ebullición. Pasada la media noche,
-la mayor parte de los comuneros sabían que estaba acordada para el
-día siguiente la muerte de Vinuesa. A la madrugada sabíanlo también
-los masones por su bien servido espionaje, y conmovido el <i>Grande
-Oriente</i> ante la audaz amenaza, deliberó con calor y afán tan
-importante asunto. Lo que allí se dijo verase a continuación.</p>
-
-<p><i>Camarilla constitucional.</i> — Reuníase casi siempre en el
-Grande Oriente, con asistencia de muchos hombres que se tenían por
-lumbreras de otros que realmente lo eran, y de muchos que si carecían
-de orgullo o de mérito, cobraban buenos sueldos en las oficinas
-nacionales. En la masonería había, según los datos más verosímiles,
-cincuenta y dos diputados. De los ministros, la mitad por lo menos
-cargaban el mandil. Pocos eran entonces los hombres notables por
-su talento oratorio o por su pluma, que no doblasen la cerviz ante
-el misterio eleusiaco, y muchos que después han figurado en los
-partidos reaccionarios adoraron la <i>Acacia</i>. Tal fue el atractivo
-del Orden masónico, que aun se dice trataron con él clérigos no
-apóstatas<span class="pagenum" id="Page_236">p. 236</span> y un
-general de franciscos que después fue arzobispo.<a id="FNanchor_9"
-href="#Footnote_9" class="fnanchor">[9]</a> Para que nada faltase,
-los del <i>Arte-Real</i> vieron en las logias a un infante, que
-recibió el nombre de <i>Dracón</i>, con la risible particularidad de
-que le llamaban <i>Bracón</i>. Un general muy célebre era designado
-<i>Bruto II</i>. Puede dudarse que el mismo Fernando VII <i>recibiese
-salario</i> masónico; pero no que los nombres más ilustres y
-respetables del presente siglo, los nombres de Argüelles, Calatrava,
-Quintana, San Miguel, Flores Estrada, Galiano y otros figuraron en las
-listas de Maestros, siendo probable que todos ellos fueran <i>Sublimes
-perfectos</i>.</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_9" href="#FNanchor_9" class="label">[9]</a> Fr.
-Cirilo de Alameda desmintió de un modo enérgico la aseveración de
-Galiano.</p>
-
-</div>
-
-<p>La camarilla, en la hora que nos es permitido asistir a ella, estaba
-formada por seis individuos nada más, cuyos nombres, a excepción del
-de Campos, deben mantenerse en secreto. Si en el transcurso de la
-relación son conocidos, enhorabuena; pero no se culpe al novelador de
-haber manoseado nombres pertenecientes a personas de distinto valor,
-pero todas respetables, algunas de las cuales han respirado hasta hace
-poco... y quizás haya alguna que respire todavía.</p>
-
-<p>Los de la camarilla reuníanse en la logia, pero familiarmente y
-sin ceremonia de rito, como clérigos en la sacristía. De los seis,
-cuatro eran diputados; y de estos, dos habían sido ministros, y uno
-lo fue en aquellos días. De los dos restantes, uno casi no era masón,
-hallándose<span class="pagenum" id="Page_237">p. 237</span> en la
-categoría de <i>durmiente</i>, y el otro era Campos. Atención.</p>
-
-<p>Tiene la palabra un joven de treinta y tres años, alto, elegante,
-fino, airoso. Sus modales y su vestido eran, como su estilo, la
-corrección misma. Su rostro morenísimo y su gran boca dábanle aspecto
-de fealdad; pero tenía la belleza de la expresión y un claro sello
-de hidalguía y caballerosidad que cautivaba. Sus ojos eran negros y
-vivísimos, llenos de esa luz particular que indica poderosa erección
-de la fantasía; sus cabellos alborotados y fuertes, algo parecidos a
-los de Chateaubriand, rodeaban una espaciosa y limpia y celeste frente,
-emblema del privilegiado artista. Era su voz grave y persuasiva, y
-si su estilo carecía de arrebato, tenía en cambio la serenidad más
-simpática y un acento que subyugaba oídos y corazones.</p>
-
-<p>—Nosotros —dijo señalando a su amigo que junto a él se sentaba—
-estamos decididos a no asociar nuestro nombre a los errores que se
-están cometiendo. Amamos la libertad con delirio; pero aborrecemos los
-excesos del populacho y la ignominiosa licencia. Antes que empujar a la
-nación por este carril que la precipitará en el abismo, nos retiraremos
-de la política, perderemos toda influencia, perderemos nuestro propio
-prestigio, y entonces la vergüenza de haber contribuido a este desorden
-nos servirá de expiación. No se nos oculta que el absolutismo volverá
-y quizás pronto, si a tiempo no se pone mano en reparar el reino
-que se desquicia; y el absolutismo vendrá, porque las instituciones
-vigentes no ofrecen<span class="pagenum" id="Page_238">p. 238</span>
-condiciones de vida saludable y duradera, porque carecen de fuerza para
-contener en límites razonables la iniciativa popular y son incapaces de
-fundar nada sólido. Que el gobierno, sabedor de la inicua amenaza de
-los exaltados, evite que se consume un horrendo delito; haga entender
-a esa gente que su destino y misión no es todavía ni será en mucho
-tiempo dirigir la cosa pública; establezca el imperio de la razón, de
-la calma, del buen sentido, y entonces variaremos de opinión. Mientras
-esto no suceda, la división será completa, y si hoy permanece oculta
-por nuestra prudencia, mañana transcenderá a las Cortes, y de las
-Cortes a todo el país.</p>
-
-<p>—Y se formará el partido <i>anillero</i> o de los <i>amigos de la
-Constitución</i> —dijo un viejo alto y flaco, nervioso y lleno de
-vivacidad, que respondía entre masones al nombre de <i>Coriolano</i>,
-y era célebre por un folleto contra los absolutistas y varios escritos
-de Economía política—. Esta nueva escuela será funesta. Tendremos al
-fin tantos partidos como hombres, y no habrá un solo individuo que se
-resigne a pensar como los demás.</p>
-
-<p>—<i>La Sociedad de los amigos de la Constitución</i> —dijo el
-compañero del primer orador que junto a él se sentaba— responde a la
-necesidad imperiosa de establecer un término medio entre las antiguas
-leyes, que viven encarnadas en el país, y los principios liberales.
-¿Por qué no hemos de decirlo? Yo, por lo menos, tengo mi ideal en la
-<i>Carta</i> francesa, con las dos Cámaras y el voto absoluto.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_239">p. 239</span>Oyose un murmullo
-de desaprobación.</p>
-
-<p>—Condenemos igualmente —dijo con gravedad el de los cabellos
-alborotados y la boca grande— toda clase de reuniones como esta, que o
-sirven para fomentar el jacobinismo y ofrecer un secreto peligroso a
-las intrigas y a las ambiciones, o no sirven para nada.</p>
-
-<p>—Estamos disputando sobre si nos hemos de dividir más todavía,
-mientras una cuestión palpitante, fundada en una alarma falsa quizás,
-reclama nuestra atención. Este asunto no tiene espera. Nos está
-llamando, y nosotros le volvemos la espalda para discutir sobre si
-debemos ponernos un anillo en el dedo o un triangulillo en el ojal.</p>
-
-<p>El que esto dijo era un hombre de más de cuarenta años, moreno como
-el anterior, de facciones bastas y gruesos labios. Fuerte y algo pesado
-era su cuerpo; carecía de soltura, gracia y flexibilidad; pero en
-cambio parecía poseedor de una gran energía. ¡Lástima que esta energía,
-circunscrita al entendimiento y al astro poético, no transcendiese a la
-voluntad!</p>
-
-<p>Completaban su persona cabeza admirable, abultada y lobulosa; ojos
-grandes y hermosos; una frente a la cual no faltaba sino el laurel
-para ser olímpica; expresión grave, y tono sentencioso en la voz. Allí
-dentro le llamaban <i>Pelayo</i>.</p>
-
-<p>—Es verdad, es verdad —dijeron los demás—. A la cuestión.</p>
-
-<p>—Los comuneros han decidido sacrificar a don Matías Vinuesa
-—manifestó Campos, que parecía secretario de la Junta.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_240">p. 240</span>—Causa horror el
-ver que estas atrocidades se cometan; pero causa más horror aún que se
-anuncien —afirmó el que oímos al principio de la sesión.</p>
-
-<p>—Yo no lo creo —dijo el poeta—. Los que se ocupan en propagar
-alarmas han escogido esta para el día de mañana. Reconozco que el
-pueblo está irritado...</p>
-
-<p>—Con razón —manifestó <i>Coriolano</i>—. La sentencia del juez es
-capaz de sublevar al pueblo más generoso. ¿Por qué se vocifera tanto
-contra el populacho, cuando sus excesos no son más que el rechazo,
-digámoslo así, de las osadías de los absolutistas? No, no está el
-mal en la canalla, que es honrada y generosa; no morirá la libertad
-en manos del pueblo, sino en manos de los que quieren establecer una
-transacción imposible con el despotismo.</p>
-
-<p><i>Coriolano</i>, que se había expresado con energía, miró a los
-dos <i>anilleros</i>. Estos callaban, aunque uno de ellos era gran
-retórico.</p>
-
-<p>—No disculpo ni disculparé a los exaltados que protestan contra
-la sentencia del juez —dijo <i>Pelayo</i> con calor—; pero téngase
-presente que ha tiempo quedan impunes los mayores atentados y crímenes
-de los absolutistas. Dicen que Vinuesa es tonto: yo no lo creo. Su plan
-indica maquiavelismo, y por lo menos las intenciones de este clérigo
-han sido perversas. Ganar y corromper la tropa, sublevar al pueblo,
-sorprender a los principales diputados y a las primeras autoridades,
-sacrificarlas inmediatamente a la seguridad y a la venganza del
-partido conspirador y alzar sobre la sangre<span class="pagenum"
-id="Page_241">p. 241</span> de aquellas víctimas el pendón de la
-tiranía y de la intolerancia: estos son los proyectos contenidos en
-los atroces papeles de Vinuesa. Convicto y aun confeso el miserable
-preso, no debe librarse de la suerte rigurosa a que se exponen siempre
-los que traman semejantes atentados contra la existencia de un
-gobierno establecido. El juez que ha despachado esta causa ha dicho
-públicamente que cualquiera de los cargos que obraban contra el reo
-era capital, y que, por consecuencia, era imposible salvarle. ¿A qué
-este cambio tan repentino? ¿Por qué, con tales antecedentes, Vinuesa
-no ha sido condenado más que a diez años de presidio? Semejante
-condescendencia ha llamado justamente la atención pública. Hasta se
-asegura que la Audiencia, en vez de agravar la pena, la suavizará
-más. Dícese que han mediado presentes a los cuales la integridad
-del juez ha resistido con nobleza y con honor; pero que después han
-intervenido ciertos recados imperiosos de Palacio, a cuyas fulminantes
-amenazas no ha podido sustraerse el magistrado, haciéndole blandear
-desgraciadamente en su fallo.<a id="FNanchor_10" href="#Footnote_10"
-class="fnanchor">[10]</a></p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_10" href="#FNanchor_10" class="label">[10]</a> Este
-párrafo no es del narrador: es de las <i>Cartas a Lord Holland</i>.</p>
-
-</div>
-
-<p>—Siempre han de achacarse todos los yerros a la incorregible <i>mano
-oculta</i> —dijo con desabrimiento el retórico.</p>
-
-<p>—¡Siempre se han de achacar al populacho! —exclamó colérico el que
-respondía al nombre de <i>Coriolano</i>—. La plebe es causa de<span
-class="pagenum" id="Page_242">p. 242</span> todo. La corte y el
-rey no hacen más que rezar. Con tan admirable sistema de crítica,
-resulta infaliblemente que la Constitución es detestable, y que debe
-convertirse en Carta.</p>
-
-<p>—El populacho y la corte —afirmó el retórico— son igualmente
-culpables. Pero si se encomienda al primero el castigo de la última,
-esta vencerá.</p>
-
-<p>—Eso es lo que no sabemos —repuso con inquietud y cierta excitación
-el economista—. Por de pronto tenemos que, según lo que acaba de decir
-nuestro discreto amigo, la irritación del pueblo contra Vinuesa y
-contra el juez Arias, está justificada.</p>
-
-<p>—Braman de cólera los genios impacientes —sostuvo <i>Pelayo</i>—
-al contemplar semejante impunidad, y hasta los más templados prevén y
-lloran las tristes consecuencias que necesariamente ha de producir...
-Pero no puedo creer que un partido popular haya acordado fría y
-villanamente el sacrificio del reo. Tanta bajeza es inverosímil.</p>
-
-<p>—Es cierta —dijo Campos, que hasta entonces, reconociendo su
-inferioridad, había permanecido mudo—. La asamblea comunera es un
-volcán que vomita sangre.</p>
-
-<p>—¿Pero no queda duda de que han acordado eso?</p>
-
-<p>—No queda duda. Lo sé por los espías que tengo allí.</p>
-
-<p>—Si el gobierno se hace cómplice de iniquidad tan grande —dijo
-con honrada convicción el de los alborotados cabellos—, merece la
-execración del género humano.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_243">p. 243</span>Uno que hasta
-entonces no había pronunciado palabra, adelantó su cuerpo hacia la
-mesa, tirando de la silla, y habló de este modo:</p>
-
-<p>—No puedo callar después de lo que he oído. Se quiere que el
-ministerio lo haga todo, y nadie le ayuda, nadie, señores, cuando tiene
-que defenderse contra la oposición de moderados y exaltados, y contra
-las conspiraciones de absolutistas y comuneros, que se dan la mano para
-trastornar al país. Pero el gobierno no merecerá la execración del
-género humano. ¿Acaso es él quien ha alentado las conspiraciones de los
-serviles? Si ha habido cohecho en el asunto de la causa de Vinuesa,
-la venalidad estaba consumada antes del 4 de marzo en que entramos
-nosotros. No podemos mudar jueces todos los días.</p>
-
-<p>—No se trata de mudar jueces; se trata de impedir que una gavilla de
-asesinos deshonre la revolución.</p>
-
-<p>—¡Patrañas! Señores, es preciso acostumbrarse a no ver asesinos en
-todas partes.</p>
-
-<p>El que esto decía era un hombre casi anciano, masón, bastante listo
-y de mucha práctica en los negocios administrativos. ¿Por qué ocultar
-su nombre, que por sí se vela bastante con su propia oscuridad? Era don
-Mateo Valdemoro, ministro de la Gobernación. En la hora de la madrugada
-en que le vemos, quedábale solo un día de poltrona.</p>
-
-<p>—Yo creo que hay por lo menos exageración —dijo <i>Pelayo</i>.</p>
-
-<p>—Aunque sea exageración, deben tomarse precauciones —indicó
-Campos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_244">p. 244</span>—Pero, señores, es
-ridículo que por una alarma necia, llenemos las calles de artillería
-—indicó el ministro, creyendo que expresaba una idea feliz—. Parecería
-una provocación, y lo que no es más que una alarma insignificante,
-podría trocarse en formidable motín. Nada me mortifica tanto como la
-idea, muy generalizada, de que el gobierno simpatiza con Vinuesa, con
-el <i>Abuelo</i> y con los demás absolutistas presos.</p>
-
-<p>—¿Entonces el plan del gobierno es cruzarse de brazos y dejar hacer?
-—preguntó con severidad el literato.</p>
-
-<p>—El gobierno castigará los desmanes.</p>
-
-<p>—¿Qué desmanes?</p>
-
-<p>—Los que se cometan; pero no hará alarde de despotismo, no provocará
-al pueblo.</p>
-
-<p>—Porque le tiene miedo.</p>
-
-<p>—No es miedo, sino prudencia. Nada más natural y lógico que la
-excitación que existe contra Vinuesa. Si acuchillamos al pueblo, porque
-no simpatiza con los absolutistas, pasaremos por servirles, y nuestro
-lema es Constitución.</p>
-
-<p>—Yo sigo creyendo que no habrá nada —dijo <i>Pelayo</i>, el cual,
-en su gran talento, tenía la más patriarcal buena fe—. Repito que el
-pueblo es bueno.</p>
-
-<p>—Si no le instigaran los tunantes...</p>
-
-<p>—Es más —añadió el ministro—. Si acuchillamos al pueblo, daremos un
-gustazo a la corte, Vinuesa estará libre dentro de dos meses, y las
-cárceles llenas de liberales.</p>
-
-<p>—Pues ahorquen ustedes a Vinuesa —dijo<span class="pagenum"
-id="Page_245">p. 245</span> con la mayor viveza el retórico—. Esto
-sería lógico. Lo absurdo es absolverle y permitir las horribles
-venganzas del populacho.</p>
-
-<p>—Siempre el populacho... es decir, el gato —indicó
-<i>Coriolano</i>.</p>
-
-<p>—Si ahorcamos a Vinuesa, exacerbaremos a los serviles y a la corte
-—dijo el ministro en tono de perspicacia—. Prudencia por un lado y por
-otro, es lo que conviene. ¿No es el sistema de ustedes contemporizar
-con todos?</p>
-
-<p>El de los erizados pelos, es decir, el retórico o el literato,
-a quien esta pregunta se dirigía, estuvo un momento sin saber qué
-contestar.</p>
-
-<p>—Sí; contemporizar —repuso al fin—, establecer un equilibrio
-perfecto dando la mano a unos y a otros; pero no a los infames, no a
-los asesinos.</p>
-
-<p>—Estamos juzgando un suceso que no ha pasado todavía ni pasará
-probablemente —dijo <i>Pelayo</i>—. ¿A qué hablar de asesinos? Yo
-defiendo y defenderé siempre al pueblo. Si alguna vez asesina, hácelo
-con el puñal que le entregan los de arriba.</p>
-
-<p>—Sea de oro, sea de hierro, lo que importa es que no haya puñal
-—objetó el retórico—. En una palabra, señores, estamos reunidos para
-acordar si se debe impulsar al gobierno a tomar una medida enérgica.</p>
-
-<p>—¡Una provocación!... Yo opino como el ministro —manifestó
-<i>Pelayo</i>—. El pueblo es bueno, es generoso; pero no debe ser
-provocado.</p>
-
-<p>—Pues preparémonos a que sea nuestro dueño —dijo el que había
-demostrado más seso—. <span class="pagenum" id="Page_246">p.
-246</span> Señores —añadió levantándose—, mi compañero y yo nos
-retiramos para no volver más aquí.</p>
-
-<p>El viejo economista tiró al retórico de los faldones de su levita,
-diciéndole con buen humor:</p>
-
-<p>—Señor cartista, no nos deje usted tan despiadadamente. Somos amigos
-y zanjaremos nuestras diferencias de familia. Discutamos.</p>
-
-<p>—Me parece que se ha discutido bastante. ¿No ha llegado aún la
-ocasión de hacer algo?</p>
-
-<p>Aquel hombre que tan bien se expresaba, demostrando tener en su
-espíritu el instinto de la eficacia política, era de voluntad flaca,
-como los demás. La sensatez de sus ideas hallábase circunscrita a la
-serena esfera de las aptitudes literarias, y al expresarse con tanta
-cordura, hablaba su talento, no esa facultad prodigiosa en que se
-confunden perspicacia y acción, conformando al hombre político. La
-misma perplejidad que tanto combatía le contaminó cuando fue ministro.
-Amaba la <i>Carta</i>, pero cuando pudo ocuparse de ella con éxito,
-pensaba demasiado en la de Horacio a los Pisones.</p>
-
-<p>—Todo puede arreglarse —dijo Pelayo—. Por sí o por no, y aunque hay
-en esto mucho de ponderación, creo que se debe quitar la guardia de
-milicianos que está en la cárcel de la Corona, y reemplazarla con tropa
-de línea.</p>
-
-<p>—Eso me parece una necesidad imperiosa —añadió Campos, atreviéndose,
-contra su costumbre, a algo más que callar y tomar lo que le
-dieran.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_247">p. 247</span>—Al menos eso
-probaría cierta prudencia en el gobierno —dijo el de la Carta
-deteniéndose, mas sin volver a sentarse.</p>
-
-<p>—No; la verdadera prudencia —objetó Valdemoro— consiste en no poner
-ni quitar ninguna guardia, porque eso sería origen de sospechas,
-hablillas, escándalos y seguramente de disturbios graves.</p>
-
-<p>—Adiós, señores —dijo el simpático y cortés joven de treinta y tres
-años.</p>
-
-<p>—Mudar la guardia me parece una provocación —repitió el ministro
-consultando fríamente el rostro de los tres que a su lado quedaban.</p>
-
-<p>Ninguno dijo nada.</p>
-
-<p>—Si se hace con maña y habilidad —dijo Pelayo—, quizás no.</p>
-
-<p>—Señores —manifestó el ministro con la inquietud propia del que
-se ve abrumado de responsabilidad—. Es muy fácil resolver todas esas
-cuestiones fuera del gobierno, y cuando uno se mete tranquilamente en
-su casa sin dar cuenta a Dios ni al diablo de lo que hace. Ustedes
-hablan, como los libros, un lenguaje discreto; pero la práctica,
-señores, la práctica es cosa muy distinta. ¡Mudar una guardia! Parece
-la cosa más sencilla del mundo dicho así, como si se tratara de mudarse
-una camisa; pero los que estamos dentro del gobierno vemos las cosas
-de su tamaño. Repito que mudar mañana la guardia es pegar fuego a una
-hoguera. El gobierno trabajará; el gobierno tiene alguna influencia
-en las clases populares; aún puede contar con algunos comuneros que
-le<span class="pagenum" id="Page_248">p. 248</span> sirven... No
-pasará nada; respondo de que no pasará nada.</p>
-
-<p>—Mi compañero y yo —dijo el retórico, dispuesto a retirarse
-definitivamente— apreciamos la buena voluntad del gobierno; creemos
-que sus intenciones no pueden ser mejores; pero no podemos seguir
-asintiendo, en esta junta secreta, a los actos de debilidad y a la
-indeterminación que caracteriza a la política presente. En las Cortes
-evitaremos todo lo posible la escisión; pero nuestra conciencia nos
-impide continuar aquí. Está probado que la Sociedad a que hemos
-pertenecido estorba toda política formal, y es un aliciente para las
-ambiciones, para los disturbios populares, y aun para las sediciones
-del ejército. Hace tiempo que deseamos la ruptura; hoy se nos presenta
-una ocasión y la aprovechamos. Gobiernen ustedes en armonía misteriosa
-con los manejos de la corte, porque las dos políticas contrarias
-que bajo tierra y en la oscuridad funcionan luchando, concuerdan en
-una cosa: en hacer polvo y ruinas la grandeza y poderío del reino.
-Inspiren ustedes al gobierno y a las Cortes, dominándoles por medio
-de la amenazadora extensión de estas sociedades, y haciéndose pagar
-su protección con los destinos, las fajas, las mitras, las cruces que
-aquí se reparten. Yo renuncio a los beneficios y a la responsabilidad
-de esta labor oscura y funesta. Adiós, amigos míos; la diferencia de
-opiniones no entibia la amistad de toda la vida, la amistad de Cádiz
-en los días de gloria, la amistad del Peñón de la Gomera en los días
-terribles.<span class="pagenum" id="Page_249">p. 249</span> ¡Quiera
-Dios que no volvamos a abrazarnos en los presidios de África!</p>
-
-<p>Dicho esto se retiraron. ¡Ay! Desgraciadamente para España, en
-aquellos hombres no había más que talento y honradez, el talento
-de pensar discretamente y la honradez que consiste en no engañar a
-nadie. Faltábales esa inspiración vigorosa de la voluntad, que es la
-potente fuerza creadora de los grandes actos. Los que salían, a pesar
-de su sensato hablar, era tan niños como los que se quedaban en el
-<i>Grande Oriente</i>. Entre todos juntos, o fundiéndolos a todos, a
-pesar de la aptitud versificante y poética de algunos, no se habría
-podido obtener el brazo izquierdo de un Bonaparte, ni de un Cisneros,
-ni un Washington, ni siquiera de un Cromwell o un Robespierre.
-¡Extraña ineptitud ocasionada por la servidumbre! En la uña del dedo
-meñique de una mujer, Isabel la Católica, había más energía política,
-más potencia gobernante que en todos los poetas, economistas,
-oradores, periodistas, abogados y retóricos españoles del siglo <span
-class="asc">XIX</span>.</p>
-
-<p>¿Qué resolvió el <i>Grande Oriente</i> después de la escisión? Cosas
-graves. Mudar algunos mandos militares, negar dos canonjías, recomendar
-a los pueblos la elección de dos diputados masones, adjudicar tres
-subastas, escribir las bases de una transacción contra los Comuneros,
-leer algunas cartas que hablaban de conspiración, enterarse de
-las confidencias hechas por empleados de Palacio, subvencionar un
-periódico, adjudicar trece destinos a otros tantos masones, dar una
-pensión a la viuda de un<span class="pagenum" id="Page_250">p.
-250</span> perseguido <i>por defender el Sistema</i>, echar tierra
-sobre un expediente de contrabando, etc.</p>
-
-<p>¿Cuál de las dos camarillas es más responsable ante la historia: la
-del populacho o la de los hombres leídos? No es fácil contestar. La
-primera, en medio de su barbarie, había resuelto algo en el asunto del
-día; la segunda, con toda su ilustración, no había resuelto nada.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch24">
- <h2 class="nobreak g0">XXIV</h2>
-</div>
-
-<p>Desde la noche del 3 al 4 conocía Salvador el infame proyecto de sus
-compañeros de caballería. Si no pudo injerirse en la camarilla, asistió
-a la fortaleza. Oía y callaba, esperando utilizar las circunstancias;
-y como había adquirido y fomentado buenas relaciones con comuneros
-de todas clases, creía seguro salir adelante con su buen propósito.
-El plan de hacer justicia en la persona de Vinuesa le pareció
-irrealizable, porque contaba con la energía de las autoridades. Sintió
-impulsos de poner en conocimiento de Campos algunas preciosas noticias
-y datos adquiridos en la asamblea, para que aquel las comunicase
-al gobierno; pero su natural honrado y leal se sublevaba contra la
-delación.</p>
-
-<p>En la mañana del 4 entró en la celda de Gil de la Cuadra, y le
-dijo:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_251">p. 251</span>—Ánimo, señor reo:
-esta noche saldremos de aquí. Tengo todo preparado.</p>
-
-<p>El anciano, de rodillas, apoyando su cuerpo en el lecho, cruzó las
-manos y se puso a rezar fervorosamente.</p>
-
-<p>Poco después, Salvador atravesaba el patio de la cárcel, cuando se
-sintió llamar. A su lado vio una cara entre burlona y suspicaz, unos
-taimados ojos verdosos que gatunamente le miraban, una mano blanca
-que con suavidad le agarraba el brazo. Era el señor Regato. Vestía el
-uniforme de capitán de la Milicia.</p>
-
-<p>—Amiguito —le dijo—, tenemos que echar un párrafo. Subamos.</p>
-
-<p>Instaláronse solos en una pieza del piso alto, y don José Manuel
-habló de este modo.</p>
-
-<p>—Tengo el corazón oprimido, amigo Salvador. Ya sabe usted que el
-pueblo está furioso... y con razón, con muchísima razón. El gobierno
-se empeña en perdonar a Vinuesa, regalándole más tarde una mitra,
-y el pueblo, que después de todo es soberano, se empeña en que
-<i>Tamajón</i> debe ser ahorcado. ¿Qué tal? Aquí tiene usted dos reyes
-que se desafían sobre el cuerpo de un pobre sacerdote.</p>
-
-<p>—No creo posible que esos hombres feroces consigan su objeto...
-Tal ignominia no pasará en España. Lo espero así para honor de esta
-nación.</p>
-
-<p>—¡Oh!, no conoce usted los arranques del pueblo español. La
-resolución de los Comuneros, nuestros amigos, es definitiva. Ya he
-tratado de contenerles, porque no me gusta el<span class="pagenum"
-id="Page_252">p. 252</span> derramamiento de sangre; pero me ha sido
-imposible. Intentarán hacer justicia.</p>
-
-<p>—Pero no lo conseguirán. El gobierno es malo; pero está compuesto de
-hombres honrados.</p>
-
-<p>—El gobierno se cruzará de brazos, amigo mío —dijo Regato poniendo
-gran interés en aquel diálogo—. He visto a Campos al amanecer y me ha
-dicho que el <i>Grande Oriente</i> reprueba la justiciada del pueblo,
-pero que no hace nada.</p>
-
-<p>—Dicen que se quitará la guardia de milicianos.</p>
-
-<p>—Error; no se quitará guardia ninguna. El gobierno arde en
-sentimientos humanitarios; pero no quiere hacer frente al oleaje
-popular, por temor de ser arrastrado. Teme que se le acuse de servil;
-teme las murmuraciones, y se ruboriza si le dicen que protege al
-absolutismo.</p>
-
-<p>El asombro no dejó hablar a Monsalud durante breve rato.</p>
-
-<p>—Eso no puede ser —exclamó al fin pálido de ira—. ¡Tal infamia no
-cabe en corazones españoles!</p>
-
-<p>—El gobierno no hará nada. Quizás algunos de sus individuos se
-aprestarían a la resistencia si supieran lo que va a pasar; pero no lo
-saben. Los masones se lavan las manos como Pilatos; han cogido miedo a
-la Comunería. En verdad que somos temibles.</p>
-
-<p>—Lo que usted me cuenta, señor Regato —dijo Salvador levantándose
-con inquietud—, parece una pesadilla horrible. Según usted, es muy
-posible que esa canalla abominable trate hoy<span class="pagenum"
-id="Page_253">p. 253</span> de invadir este edificio, sin que el
-gobierno se lo impida.</p>
-
-<p>—¡Es verdaderamente espantoso! —declaró Regato afectando
-sensibilidad—; pero me parece que podrá evitarse una desgracia...
-Compadezco con toda mi alma a ese pobre don Matías. ¿Verdad que es una
-lástima que le maten así, tan brutalmente?</p>
-
-<p>—No; no puede ser. Esto se quedará en amenaza ridícula.</p>
-
-<p>—Que no es amenaza ridícula, digo... —afirmó Regato acercando más su
-asiento al de Monsalud y pasándole la mano por el hombro—. Mire usted;
-a mí se me ha ocurrido que podríamos salvar al pobre arcediano.</p>
-
-<p>—¿Cómo?... —preguntó vivamente Monsalud con el interés que le
-inspiraban siempre las buenas obras.</p>
-
-<p>—Le asombrará a usted que me inspire lástima ese desgraciado. Yo soy
-así: más liberal hoy que ayer, y mañana más que hoy; pero bien está la
-sangre en las venas donde Dios la ha puesto, ¿eh?</p>
-
-<p>Monsalud, recordando lo que había oído a Campos respecto al
-sospechoso liberalismo de Regato y algunas noticias que él mismo había
-adquirido, se explicó fácilmente la compasión del comunero.</p>
-
-<p>—Yo no soy amigo suyo, ni lo fui nunca —prosiguió D. José Manuel
-recogiéndose dentro de su reserva como el caracol en su casa—. Los
-demonios le lleven. Lo que quiero decir es que pudiéndose evitar la
-muerte de un semejante, debe evitarse.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_254">p. 254</span>—Parece difícil y,
-sin embargo, es sencillo. Cálmese el furor de la canalla; póngase una
-buena guardia en el edificio, y todo está concluido.</p>
-
-<p>—Ninguna de esas dos cosas puede hacerse.</p>
-
-<p>—Pues entonces...</p>
-
-<p>—Usted no carece de talento —dijo Regato sonriendo—, y, sin embargo,
-no comprende mi idea. Siga aquí la guardia de milicianos... Supongamos
-que viene eso que usted llama populacho...</p>
-
-<p>—Y que los milicianos, recordando que son hombres de honor,
-españoles y cristianos, defienden la entrada.</p>
-
-<p>—No... supongamos que no la defienden.</p>
-
-<p>—Entonces entra la canalla.</p>
-
-<p>—Eso es, entra...</p>
-
-<p>—Abre el calabozo.</p>
-
-<p>—Abre el calabozo... y no encuentra a Vinuesa.</p>
-
-<p>—¡Ah! ya... Que se escape.</p>
-
-<p>—O que se esconda.</p>
-
-<p>—Pero sus enemigos le buscarán.</p>
-
-<p>—Que le busquen. Con tal que no le encuentren...</p>
-
-<p>—Pero ya sabe usted que cuando la ferocidad popular pide una
-víctima, si no se le da...</p>
-
-<p>—Sacrifica al primero que encuentra.</p>
-
-<p>—Es posible que la falta de Vinuesa la pague otro preso, quizás más
-inocente que él... No, no me conviene ese plan.</p>
-
-<p>—¿Y qué nos importa que la falta de Vinuesa la pague otro?</p>
-
-<p>Monsalud miró a Regato con tanta severidad,<span class="pagenum"
-id="Page_255">p. 255</span> que el dos veces gato entornó sus párpados
-para mirar al suelo.</p>
-
-<p>—¡Ah!, ya comprendo —dijo afectando buen humor—. Usted no quiere que
-le toquen a su Gil de la Cuadra, que es, entre paréntesis, el más malo
-de todos y el que merecería cualquier castigo.</p>
-
-<p>—Es verdad que le protejo —dijo Salvador.</p>
-
-<p>—Como que se ha metido usted en esta inmundicia solo por
-salvarle.</p>
-
-<p>—También es verdad.</p>
-
-<p>—Como que fue usted conmigo a los comuneros solo con el fin de
-hacerse amigo entre la gente exaltada.</p>
-
-<p>—También es cierto. Ese conocimiento tan hábil de mi conducta y de
-mis intenciones me mueve a declarar que poseo, del mismo modo, parte de
-los secretos de una persona a quien yo conozco.</p>
-
-<p>—Con tal que no se refiera usted a las infames calumnias que dicen
-contra mí los masones...</p>
-
-<p>—Yo no me refiero a calumnias. Usted ha desempeñado su
-misión incitando al pueblo a lanzarse en una vía de atrocidades
-sangrientas.</p>
-
-<p>—Calumnia.</p>
-
-<p>—Usted cumple también su misión, procurando que después del atentado
-quede vivo el arcediano; y con tal que el pueblo consume su bestial
-proyecto y tenga una víctima... poco le importa lo demás.</p>
-
-<p>—Yo no quiero que haya víctimas —dijo Regato comprendiendo que
-era mejor hablar<span class="pagenum" id="Page_256">p. 256</span>
-con franqueza—. Lo que quiero es que Vinuesa no corra peligro, y que
-si ha de haber sacrificio recaiga en la cabeza de alguno de tantos
-pillos como llenan esta cárcel y la de Villa. Contaba con eso y cuento
-todavía.</p>
-
-<p>—¿Y qué papel debo yo desempeñar en esto? —preguntó Monsalud con
-cierta perplejidad—. Porque usted me habla en el tono del que solicita
-ayuda.</p>
-
-<p>—Exactamente. El alcaide de la cárcel es hombre con quien no se
-puede contar. Usted, que ha venido aquí por una intriga; usted, que ha
-venido aquí con el exclusivo objeto de salvar a un hombre, es quien
-puede hacer esta buena obra.</p>
-
-<p>—¿Cómo? —preguntó Salvador deseando saber hasta dónde iba el
-diabólico entendimiento del agente secreto de Su Majestad.</p>
-
-<p>—Aprovechando la borrachera que tomará hoy al mediodía, según su
-santa costumbre, el señor Alcaide...</p>
-
-<p>—¿Para poner en libertad a Vinuesa?</p>
-
-<p>—Eso no puede ser, porque los milicianos no lo permitirían. Soy
-listo y comprendo que si fuera posible este modo de escapar, ya lo
-habría usted intentado en favor de Gil.</p>
-
-<p>—Seguramente.</p>
-
-<p>—Lo que yo quiero es que mude usted a Vinuesa de calabozo.</p>
-
-<p>—Le buscarán.</p>
-
-<p>—No le buscarán, si se pone otro en su lugar.</p>
-
-<p>—Eso es entregar un hombre a los asesinos.</p>
-
-<p>Regato no supo qué contestar. Estaba impaciente<span
-class="pagenum" id="Page_257">p. 257</span> y nervioso, y agitábase en
-su silla, tomando diferentes posiciones a cada minuto.</p>
-
-<p>—¡Hombre de Dios! —gritó al fin—. Me sorprenden esos escrúpulos.
-¿No habrá en la cárcel un Barrabás? Pues muera Barrabás y que se salve
-Jesús. Concedo con muchísimo gusto que Gil de la Cuadra no sea el
-sustituto.</p>
-
-<p>—Esa farsa infame no es propia de mí —contestó el joven—. Si
-el populacho quiere una víctima, no seré yo quien fríamente se la
-entregue, como el leonero que escoge la res más gorda para darla a las
-fieras con que se gana la vida.</p>
-
-<p>—Señor don Rígido —dijo Regato sin poder disimular su enfado—,
-maldito si le sientan a usted esos humos de juez severo. ¿A qué tanta
-nimiedad y sutileza de abogado para un asunto sencillísimo? Usted ha
-empleado toda clase de recursos para sacar de aquí al que con más
-justicia está preso.</p>
-
-<p>—Usted juzga mal a mi amigo —repuso Monsalud con serenidad—, y es
-extraño porque le conoce bien. No aparece complicado más que por unas
-cartas que se hallaron entre los papeles de Vinuesa, y el juez debe de
-haber comprendido que apenas merece castigo, pues solo le condena a
-cuatro años de presidio, pena relativamente leve en estos tiempos.</p>
-
-<p>—Nada de eso hace al caso —dijo Regato, como hombre afanado que se
-decide a marchar derechamente hacia su objeto—. Usted creerá tal vez
-que yo no correspondería a su<span class="pagenum" id="Page_258">p.
-258</span> buena voluntad con otra buena voluntad, a su beneficio con
-otro beneficio.</p>
-
-<p>Diciendo esto, el dos veces gato se llevó la mano a un cinto,
-y desliándolo hizo sonar su contenido: un metal precioso que hace
-enloquecer a los hombres. Monsalud sintió un impulso de ira, y
-crispando los dedos miró el cuello del agente de Su Majestad. Pero la
-razón no le abandonaba, y calculó que era muy prudente contenerse para
-imaginar algún ardid que sin comprometerle, le librara de las enfadosas
-sugestiones de aquel hombre.</p>
-
-<p>—Guarde usted su dinero, señor Regato —dijo con serenidad—. Yo no
-soy Pelumbres.</p>
-
-<p>Regato no dijo nada y puso el cinto sobre la mesa.</p>
-
-<p>«Este soberbio no cede con cualquier bicoca —pensó—. Será preciso
-hacer un sacrificio, un verdadero sacrificio.»</p>
-
-<p>—Yo creí —indicó Salvador disimulando su ira con una apariencia
-festiva— que ya no le quedaban a usted más ochentines de los que el
-gobierno dio a la Casa Real.</p>
-
-<p>—Son onzas de oro —dijo Regato con naturalidad—. Ya sé que usted
-me dirá mil lindezas y pedanterías. No parece sino que es un crimen
-aceptar obsequios en pago de un servicio leal. Bueno, señor mío, usted
-se lo pierde. Viva usted de sus rentas, viva de sus fincas, ya que
-donosamente rechaza lo que le cae...</p>
-
-<p>Levantose, y dando varios pasos en diferente sentido, se detuvo ante
-Monsalud, le puso la mano en la cabeza y se la movió con gesto entre
-cariñoso y amonestador.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_259">p. 259</span>—Y si no —añadió—,
-no hay nada de lo dicho. Por eso no hemos de reñir. Cada uno tiene su
-conciencia como se la hizo Dios. Hay escrúpulos respetables. Yo no
-censuro que haya personas así... tan atiesadas. Lo que siento es que
-se va usted a ver en un mal paso, caballerito. Si yo le he propuesto
-lo que sabe, es por encargo de varios amigos, y ellos no son como yo,
-mansos y pacíficos y que con todo se conforman, sino muy fieros y
-vengativos. Capaces son de darle un disgusto a mi señor don Rígido...
-¿Qué cree usted? —prosiguió poniéndosele delante y clavando en él sus
-ojos, cuya pupila brillaba con dorados y verdes reflejos—. Anoche ya
-estaban mis amigos muy incomodados con usted: llamábanle traidor por
-haber aceptado un destino de esa canalla masónica.</p>
-
-<p>Monsalud seguía meditando.</p>
-
-<p>—Y en rigor... —añadió el agente de Su Majestad—, la conducta
-de usted es algo sospechosa. Anoche tuve que platicar mucho para
-defenderle a usted... «Es un traidor», decían. «Pues si no nos sirve
-en su destino de carcelero, haciendo lo que le mandemos, lo pasará
-mal...» En fin, como son unos bárbaros, no es de extrañar que digan
-barbaridades. Yo me miraría muy bien antes de enemistarme con ellos.</p>
-
-<p>El otro seguía meditando.</p>
-
-<p>—Yo se lo digo a usted con franqueza —continuó Regato animándose
-ante la perplejidad del joven—, porque somos amigos, porque
-tengo particulares simpatías con usted,<span class="pagenum"
-id="Page_260">p. 260</span> conociendo como conozco sus méritos, su
-buen corazón y mucho entendimiento. Tenga, pues, muy presente mi
-advertencia, pero muy presente. Si se resiste a ayudarme, no salga
-usted solo por las noches, ni vuelva a poner los pies en la asamblea ni
-en sitio alguno donde nos reunamos. Además, los antecedentes políticos
-del caballerito no son tales que pueda estar tranquilo, si alguien se
-propone hacerle daño.</p>
-
-<p>—No creo tener enemigos —dijo casi maquinalmente Salvador.</p>
-
-<p>—Téngalos o no, usted es un hombre que no ha dejado de cometer
-errores en su vida.</p>
-
-<p>Salvador le miró con tristeza.</p>
-
-<p>—Y entre ellos se cuenta —continuó Regato— el haber tenido
-relaciones con Amézaga, el poseedor de los secretos del rey en
-Valencey.</p>
-
-<p>—¡Yo!... —dijo Monsalud lleno de estupor.</p>
-
-<p>—No me lo negará usted a mí. Amézaga, que se cortó el pescuezo con
-una navaja de afeitar, antes que pudiera retorcérselo el verdugo,
-concluyó como debía concluir. Usted, que le ayudó en la publicidad
-de los célebres secretos, no fue objeto de persecuciones ni aun de
-sospechas, porque supo esconderse; pero ¡ay, insigne joven!, usted no
-podrá librarse de una causa el día en que cualquier mal intencionado
-quiera hacerle daño... Usted tuvo correspondencia con Amézaga...</p>
-
-<p>La cara atónita de Monsalud estaba diciendo: «Es verdad.»</p>
-
-<p>—Amézaga le escribió a usted varias cartas que le comprometen, pero
-de una manera... La causa está abierta. Ya sabemos que este es<span
-class="pagenum" id="Page_261">p. 261</span> uno de los asuntos en que
-Su Majestad no perdona. Se trata de sus chicoleos en Valencey, de
-sus diabluras con los Bonapartes... en fin, ello es grave, y no hay
-gobierno, por patriotero que sea, que no apoye a nuestro rey.</p>
-
-<p>—Eso es historia antigua —dijo Salvador con desdén.</p>
-
-<p>—Antigua, sí: yo no he visto las cartas de Amézaga dándole
-instrucciones a usted y a otros conspiradores para publicar las
-aventurillas de Su Majestad; pero el amigo mío que las posee, me ha
-dicho que son terribles. Con la mitad de aquello se sube al cadalso en
-todos tiempos.</p>
-
-<p>Salvador sentía viva agitación.</p>
-
-<p>—El año 19, usted conspiraba; usted se vio obligado a esconderse hoy
-aquí, mañana allí, para burlar a la policía. En una de estas mudanzas
-un amigo mío se apoderó de un paquete de cartas que tenía mi señor
-don Salvador en la gaveta de su mesa. Según me ha dicho, las había
-políticas, amorosas, familiares, de todas clases.</p>
-
-<p>—Es verdad que perdí unas cartas; ¿pero qué...?</p>
-
-<p>—Que el poseedor de ellas las guarda como oro en paño. Ni siquiera a
-mí me las ha querido mostrar. ¿Sabe usted quién es? Alonso Sánchez, que
-fue de la policía, y ahora está cesante, y como cesante, desesperado.
-Posee una admirable colección de papeles curiosos... Es amigo mío, muy
-amigo mío.</p>
-
-<p>Monsalud no contestó. Regato, al decir lo que antecede, apretó
-el brazo contra su cuerpo,<span class="pagenum" id="Page_262">p.
-262</span> complaciéndose en sentir bajo el uniforme el contacto de
-un objeto semejante en tamaño y dureza a un paquete de papeles. Había
-mentido como un bellaco. Las cartas firmadas por Amézaga y dirigidas a
-Monsalud en julio del 14 las tenía él, juntamente con otras de dudoso
-valor político, por ser esquelas de amores o de familia. Habíalas
-recibido del agente de policía, y las guardaba, como otros muchos
-tesoros epistolares, esperando que llegase la ocasión de utilizarlas.
-El astuto intrigante daba gran importancia a todo papel que en su mano
-por cualquier evento caía, y los tenía clasificados por autores con
-una escrupulosidad cariñosa, semejante al celo de los anticuarios y
-bibliófilos.</p>
-
-<p>Aquella mañana, antes de dirigirse a la cárcel de la Corona, abrió
-una arqueta que encerraba numerosos legajos, parecidos a expedientes,
-y después de recorrerlos brevemente con la vista, sacó uno que decía:
-<i>Amézaga, Salvador Monsalud</i>. Guardolo en un profundo bolsillo
-interior con que había dotado a su casaca de miliciano, para que el
-uniforme, según decía festivamente, no fuera prenda inútil.</p>
-
-<p>—Señor Regato —dijo Monsalud—, todo eso de los papeles de Amézaga me
-tiene sin cuidado en lo referente a lo que usted me propone hoy. Pero
-me gustaría recobrarlos, ¿por qué he de decir otra cosa?</p>
-
-<p>«¡Bribón! —dijo Regato para sí, oprimiendo dulcemente el bulto de
-papel—. Como no cedas ni a las onzas ni a las amenazas, te venceré con
-esto.»</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch25">
- <p><span class="pagenum" id="Page_263">p. 263</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XXV</h2>
-</div>
-
-<p>Ninguna importancia dio Monsalud a tal incidente. Fijábase ante
-todo en la amenaza de concitar contra él el odio de los Pelumbres
-y comparsa. Esto le pareció un verdadero percance, por ser Regato
-omnipotente en tal especie de guerra. Considerando la maldad de aquel
-hombre, vio un peligro real y cercano, y comprendió que no eran
-palabras vanas las referentes a la brutalidad vengativa de los amigos
-del agente de Su Majestad. Su mente se llenó de las ideas evocadas por
-el peligro, y pensó en los medios de librarse del que con una mano
-ofrecía oro y con otra porrazos.</p>
-
-<p>«Este tunante —pensó Monsalud— no me perdonará. No soy quien soy, si
-dejo a este reptil en disposición de morderme.»</p>
-
-<p>Cuando esta idea cruzó por su mente, tuvo otra felicísima: seguir
-aparentando perplejidad para que Regato le creyese inclinado a una
-inteligencia.</p>
-
-<p>«Mucho lo piensa —dijo para sí don José Manuel—. Su indecisión es
-buena señal. No se enfurece, no grita, no dice una palabra de su honor.
-Sacaré el dinero para que viéndole... pues...»</p>
-
-<p>—Déjeme usted pensar un rato lo que debo hacer —indicó Monsalud.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_264">p. 264</span>Conservando una
-seriedad ficticia, Regato empezó a contar dinero sobre la mesa.</p>
-
-<p>—No se trata de ningún desafuero —dijo—, sino de un servicio.
-Mi objeto solo es que Vinuesa no muera, y que la irritación del
-pueblo pase sobre él como pasan las olas por encima de una roca sin
-conmoverla. Si el pueblo registra demasiado los calabozos y quiere
-hacer alguna atrocidad en cabeza absolutista, lo más acertado me parece
-sacar a Vinuesa de su encierro, esconderle en las buhardillas... y nada
-más. El Alcaide es un borracho y un fanático. No me atrevo a hablarle,
-porque estamos reñidos desde hace tiempo. Ni él me traga a mí ni yo
-a él, ¿entiende usted? Va para un año que no pongo los pies en esta
-casa y a nadie conozco en ella. Pero usted puede hacerlo todo. Los
-milicianos que están de guardia no es fácil que se enteren.</p>
-
-<p>—¡Oh!, sí, es muy fácil —dijo Monsalud.</p>
-
-<p>«Pide mucho —pensó Regato—, habrá que hacer un sacrificio mayor.»</p>
-
-<p>«¡Ah!, tunante —pensó Monsalud mirándole fijamente, pero sin dejar
-conocer su idea—: tú has creído jugar conmigo, y yo, aunque no soy
-agente de Su Majestad, ni dispongo de fuerza alguna, ni de grandes
-caudales, te voy a sentar la mano de tal modo que has de acordarte de
-mí toda tu vida.»</p>
-
-<p>La sonrisa del triunfo presente o anunciado por el corazón, alteró
-el semblante pálido y serio de Salvador; pero Regato, sin advertir
-nada, continuaba manoseando las peluconas.</p>
-
-<p>«Te juro, miserable —prosiguió Monsalud,<span class="pagenum"
-id="Page_265">p. 265</span> pensándolo—, que el lazo que voy a armarte
-y en el cual vas a caer como un pajarillo inocente, se deja atrás a tus
-diabólicos ardides. Cuenta, cuenta dinerito.»</p>
-
-<p>—¿Lo ha pensado usted? —preguntó Regato.</p>
-
-<p>—Hombre, sí que lo he pensado... ¡Qué demonios! Este es un país
-donde las personas honradas no pueden conservar su honradez. No hay
-medio de vivir: todo cuesta un ojo de la cara.</p>
-
-<p>«Tiene apuros... —pensó Regato—. Cayó. La historia de siempre.»</p>
-
-<p>—Por el momento —dijo Salvador—, guarde usted ese dinero.
-Puede pasar alguien, oír su sonido seductor, y entonces... las
-sospechas...</p>
-
-<p>—Está bien, muy bien —manifestó el comunero miliciano encerrando las
-onzas en el cinto.</p>
-
-<p>—Y ahora discurramos lo que se ha de hacer.</p>
-
-<p>—Es muy sencillo: sacarle del calabozo sin que lo vea nadie, y
-subirle a las buhardillas. Salga usted a ver si ya el señor Alcaide
-está durmiendo la mona. A los demás empleados de la cárcel se les puede
-dar algo... Eso a juicio de usted.</p>
-
-<p>Monsalud empezó a dar pasos por la habitación. El plan que
-rápidamente había concebido para dar una severa lección y un castigo
-muy duro al agente, presentósele muy difícil de realizar.</p>
-
-<p>«Atarle aquí, ponerle una mordaza y subirle a las buhardillas
-—pensó— es muy aventurado. Gritará... Da la maldita casualidad de
-que no hay un solo calabozo vacío. ¿Pero no<span class="pagenum"
-id="Page_266">p. 266</span> habrá algún calabozo vacío?... El 17 se
-ocupó ayer... el 14 no se desocupará hasta mañana.»</p>
-
-<p>Siguió meditando.</p>
-
-<p>—No debemos perder tiempo —dijo súbitamente Regato—. Entremos ambos
-en el encierro de Vinuesa. Son las tres y media. El Alcaide duerme
-la siesta. Hable usted con los calaboceros que puedan estorbar. Los
-milicianos están en el cuerpo de guardia, y si hay algunos en el patio,
-les convidaremos a café. Mande usted traer copas y café, diciéndoles
-que es hoy su cumpleaños.</p>
-
-<p>Monsalud se echó a reír.</p>
-
-<p>«No está mal cumpleaños el que a ti te espera», pensó.</p>
-
-<p>Ya tenía un nuevo plan.</p>
-
-<p>—Espéreme usted aquí —dijo—. Voy a dar una vuelta por la cárcel.
-Veré si duerme el Alcaide; diré dos palabras a los calaboceros, aunque
-se me figura que no serán necesarias tantas precauciones. La prisión de
-Vinuesa está bajo la escalera, y no será preciso pasarle por el patio,
-¿entiende usted?</p>
-
-<p>—Entiendo... ¡Oh, las cosas se presentan bien! —dijo Regato—. En
-fin, vaya usted... No olvidarse de las copas. Con los milicianos no se
-puede contar sino engañándoles, lo cual es facilísimo. Dígales usted
-que se han recibido noticias de que viene Riego con su ejército, con
-veinte ejércitos como los de Jerjes a conquistar a Madrid. Yo no bajo,
-porque se me pegarían, no me dejarían respirar.</p>
-
-<p>Monsalud salió de la pieza, recorrió la cárcel, habló brevemente con
-el Alcaide, que en<span class="pagenum" id="Page_267">p. 267</span>
-aquel momento se disponía a dormir la siesta. Este, recomendándole
-mucha vigilancia, le dijo:</p>
-
-<p>—Me parece que no tendremos la jarana que se anunció. Alarmas,
-invenciones de los desocupados. No se ha visto hasta ahora un solo
-grupo sospechoso en toda la calle, y me parece que tendremos un día
-tranquilo. Además, la Milicia no toleraría ningún desmán. Está decidida
-a que nadie traspase el umbral de la cárcel.</p>
-
-<p>Pasado algún tiempo desde que el Alcaide se encerró en su cuarto,
-convidó Salvador a los milicianos, siguiendo las advertencias de
-su sobornador, y dio luego varias órdenes a los dos calaboceros
-que estaban a la sazón en la casa, enviándoles a puntos de donde
-no pudiesen volver antes de un cuarto de hora. Con estas ligeras
-precauciones había seguridad completa, como ahora mismo se verá.</p>
-
-<p>Bajo la escalera de la cárcel, en el oscuro hueco que formaba el
-primer tramo, había una puertecilla poco visible. Era la puerta del
-calabozo en que estaba Gil de la Cuadra, la única prisión en la cual se
-podía entrar sin atravesar el patio y las crujías bajas del edificio.
-Monsalud tomó un pedazo de tiza y en la puertecilla dibujó groseramente
-una horca con su correspondiente ahorcado, cuidando de poner debajo:
-<i>Tamajón</i>. En seguida subió: de un cuarto oscuro destinado a
-trastos sacó dos objetos que guardó cuidadosamente, dirigiéndose al
-punto en busca de Regato. Momentos después ambos se aproximaban a la
-puerta del calabozo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_268">p. 268</span>—¿Conque aquí está
-ese desgraciado? —dijo el agente de Su Majestad—.</p>
-
-<p>—Sí, ya veo la célebre horca y los letreros.</p>
-
-<p>Monsalud abrió y entraron. Al principio la oscuridad no les permitió
-ver objeto alguno.</p>
-
-<p>—Señor don Matías —dijo Regato adelantando en las tinieblas.</p>
-
-<p>—¿Quién es? —murmuró Gil de la Cuadra.</p>
-
-<p>—Señor Vinuesa...</p>
-
-<p>Monsalud cerró por dentro.</p>
-
-<p>Pasó un rato antes de que el agente conociese el engaño.</p>
-
-<p>—¿Qué es esto? —gritó—. Engaño, traición... ¡Salvador!</p>
-
-<p>—Engaño, traición —repitió este.</p>
-
-<p>—¡Infame, abre pronto, o te ahogo! —exclamó el gato, ciego de ira y
-amenazando con la crispada zarpa el cuello del joven. Con movimiento
-rápido echó mano a la espada.</p>
-
-<p>Monsalud levantó el brazo derecho y descargó sobre el agente un
-bofetón olímpico, una de esas bofetadas supremas y decisivas, que
-recuerdan la quijada de asno de que Sansón se servía. Regato cayó al
-suelo. En pocos segundos Monsalud le amordazó.</p>
-
-<p>—Ahora —le dijo—, desnúdate..., ¡pronto!</p>
-
-<p>Nunca el agente se había parecido tanto a un gato. Arañó a su
-enemigo, y falto de habla, bufaba sordamente.</p>
-
-<p>—Desnúdate pronto, o te aplasto, reptil. Necesito tu uniforme de
-miliciano.</p>
-
-<p>Gil de la Cuadra miraba con estupor la singular escena.</p>
-
-<p>—Necesito tu uniforme.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_269">p. 269</span>Monsalud tiraba de
-las mangas, desabrochaba los botones. En poco tiempo el morrión, los
-pantalones, la casaca y la espada de Regato, fueron arrojadas al rincón
-opuesto. Inmediatamente el joven sacó una larga cuerda, y con mucho
-trabajo, porque el gato se defendía rabiosamente, le ató con tal fuerza
-que no podía moverse. Las argollas que había en la pared de la prisión
-le sirvieron para sujetar al nuevo preso, que hubo de quedar adherido,
-clavado al muro como un murciélago.</p>
-
-<p>—Señor Gil —dijo Monsalud imperiosamente—, póngase usted ese vestido
-de miliciano. Pronto será de noche. ¡A la calle!</p>
-
-<p>Gil de la Cuadra no apartaba los ojos del triste espectáculo que
-tenía delante.</p>
-
-<p>—Pronto... ¡el uniforme! —repitió Monsalud—. Saldrá usted ahora y le
-ocultaré en mi cuarto hasta que sea de noche. ¡Pronto!</p>
-
-<p>Gil de la Cuadra obedeció, y en silencio empezó a vestirse.</p>
-
-<p>Pausa; silencio profundo. Sintiose luego un rumor que crecía,
-crecía, y de rumor se trocó en mugido sordo, confusas palabras de
-gente, gritos, pasos, puertas que se cerraban. Sonaron varios tiros.</p>
-
-<p>Monsalud, después de asegurar con toda su fuerza la cuerda que ataba
-a Regato, salió lleno de zozobra del encierro.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch26">
- <p><span class="pagenum" id="Page_270">p. 270</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XXVI</h2>
-</div>
-
-<p>Casi al filo de mediodía, una horda de caníbales se reunía en la
-Puerta del Sol, mejor dicho, se diseminaba, marchándose cada animal por
-su lado, después de acordar juntarse por la tarde en el mismo sitio.
-Así lo hicieron, y las autoridades miraban aquello como se mira una
-fiesta. Pasadas las cuatro, los grupos volvieron a invadir la Puerta
-del Sol. Había en ellos una frialdad solemne y lúgubre, como de quien
-no fía nada al acaso ni a la pasión, sino al cálculo y a la consigna.
-La autoridad seguía no viendo nada, o negligente o cómplice o imbécil,
-que las tres cosas pueden ser. Los grupos susurraban, y por un momento
-vacilaron; al cabo de cierto tiempo dirigiéronse por la calle de
-Carretas, y las de Barrionuevo y la Merced, a la cárcel de la Corona.
-Llenose la calle de la Cabeza en su mayor parte. Destacábase al frente
-de uno de los grupos el ciudadano Pelumbres, arengando como una bestia
-que hubiese aprendido, durante corto tiempo y por arte milagroso, el
-lenguaje de los hombres. Casi todos llevaban armas, menos él.</p>
-
-<p>Considerando que su persona no estaba completa, pidió una navaja;
-mas como nadie se hallase dispuesto a tal generosidad, dirigió<span
-class="pagenum" id="Page_271">p. 271</span> su mirada de buitre a
-todas partes. Hacia la calle de San Pedro Mártir construían una casa.
-Pelumbres se acercó a la empalizada: vio algunas piedras de granito a
-medio labrar, y encima de ellas un gran martillo.</p>
-
-<p>—Para el sastre la aguja —dijo—, la lezna para el zapatero, el
-cuerno para el toro, y para el herrero el martillo.</p>
-
-<p>Cuando se dirigió con su arma al hombro a la esquina de la calle de
-Lavapiés, sus compañeros rompían a hachazos la puerta de la cárcel.
-Los milicianos, no queriendo sostener una lucha contraria al progreso,
-según su criterio, ni tampoco entregarse sin resistencia, habían
-asegurado la puerta con un solo cerrojo, y en el zaguán se disponían
-intrépidos a descargar sus armas... al aire.</p>
-
-<p>La puerta no se resistió mucho. Lo que empezaron los hachazos, dos
-docenas de coces lo concluyeron. Disparáronse al aire varios fusiles
-de milicianos; la turba penetró en el patio de la cárcel, rápida como
-un brazo de agua, rugiente y soez. Hay un grado de ferocidad que la
-Naturaleza no presenta en ninguna especie de animales: solo se ve
-en el hombre, único ser capaz de reunir a la barbarie del hecho las
-ignominias y brutalidades de la palabra. Viendo a los hombres en
-ciertas ocasiones de delirio, no se puede menos de considerar a la
-hiena como un noble animal.</p>
-
-<p>El calabozo de Vinuesa era bastante conocido de casi todos los
-que entraron. Cómo lo abrieron no se sabe. La turba que en la calle
-era gruesa, se afiló para entrar en la cárcel.<span class="pagenum"
-id="Page_272">p. 272</span> Para penetrar por una puertecilla estrecha
-tuvo que aguzarse más. Parecía una serpiente de largo cuerpo y cabeza
-estrecha, introduciendo su boca por una hendidura. El cuerpo se
-agrandaba en el patio; enroscándose, salía a la calle, daba varias
-vueltas por las inmediatas, y la cola, parte en extremo sensible y
-movible, culebreaba en la plazoleta de Relatores. La cola se componía
-de mujeres. Cuando Vinuesa vio que entraban en su calabozo aquellos
-hombres terribles, comprendió que su fin era inminente. Poniéndose de
-rodillas y cruzando las manos, gritó:</p>
-
-<p>—¡Perdón, perdón!</p>
-
-<p>El calabozo retumbaba con las imprecaciones. Viose en el aire un
-círculo rápido, espantoso, trazado por un pedazo de hierro adherido al
-extremo de un palo, que blandían manos vigorosas. El martillo describió
-primero un círculo en vano, después otro... y la cabeza del infeliz reo
-recibió el mortal golpe. Siguiole otro no menos fuerte, y después diez
-navajas se cebaron en el cuerpo palpitante.</p>
-
-
-<p class="mt2">Lavaban los asesinos el martillo en la fuente de la
-calle de Relatores, cuando el gobierno resolvió desplegar la mayor
-energía. ¡Qué sería de esta nación si la Providencia no le deparase
-en ocasiones críticas el tulelar beneficio de un gobierno! La noticia
-del crimen corrió por Madrid, y la Villa, que es y ha sido siempre
-una villa honrada, se estremeció de espanto y piedad. El gobierno
-se estremecía también, y declaraba con patriótico celo que<span
-class="pagenum" id="Page_273">p. 273</span> no descansaría hasta
-castigar a los culpables. Para que nadie tuviera duda de su gran
-entendimiento y perspicacia política, mandó que inmediatamente se
-pusiera fuerza del Ejército en el edificio, y por si alguien tenía
-dudas todavía de su diligente y paternal actividad, ordenó que al
-instante y sin pérdida de momento, <i>se instruyesen las oportunas
-diligencias</i>. Quejarse de un gobierno así es quejarse de vicio.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch27">
- <h2 class="nobreak g0">XXVII</h2>
-</div>
-
-<p>Cuando Gil de la Cuadra y Regato se quedaron solos, siguieron oyendo
-aquel rumor de voces que resonaba en el patio de la cárcel. Durante
-más de un cuarto de hora el estrépito fue grande. Gil de la Cuadra,
-comprendiendo que el populacho había invadido el edificio, se puso de
-rodillas y, cruzando las manos, rezó en voz alta.</p>
-
-<p>El otro desgraciado se hinchaba y gruñía. De su rostro congestionado
-afluía copioso sudor. Trataba de romper sus ligaduras y de escupir
-su mordaza; pero unas y otra habían sido puestas por buena mano. Por
-último, tras repetidos esfuerzos, de su boca pudo salir una voz, más
-que voz, silbido, que decía:</p>
-
-<p>—¡Piedad, piedad!</p>
-
-<p>Gil de la Cuadra se acercó a él y limpiole el<span class="pagenum"
-id="Page_274">p. 274</span> sudor de la frente. Las miradas de Regato
-eran tan expresivas pidiendo compasión; las contracciones de su cara
-tan violentas, que el primer preso no pudo resistir el estímulo de sus
-sentimientos compasivos, y le quitó la mordaza.</p>
-
-<p>—¡Ah... gracias, gracias! —exclamó el agente de Su Majestad
-aspirando con delicia el aire fétido de la prisión—. Aire, aire... me
-ahogo aquí.</p>
-
-<p>—Pero con esto concluyen mis complacencias —dijo Cuadra—. No le
-quitaré a usted la cuerda, eso no.</p>
-
-<p>—Toque usted mi cintura —murmuró Regato—. ¿Qué suena en ese cinto?
-Dinero. Todo eso por la libertad... pero suélteme usted.</p>
-
-<p>—No puedo.</p>
-
-<p>—¡Y el populacho ha entrado en la cárcel! ¿Ha sentido usted, señor
-Gil?</p>
-
-<p>—Sí; me pareció que entraba en el patio una ola del mar... Ahora
-parece que ha cesado el rumor. Se alejan.</p>
-
-<p>—Se alejan, sí. Pero aún se sienten voces. Ese malvado volverá a
-entrar aquí... ¡Favor, pueblo!... ¡Pueblo mío, favor!</p>
-
-<p>Los gritos de Regato no traspasaban los muros de la prisión.</p>
-
-<p>—Señor Gil —gritó con acento de desesperación—: saque usted mi
-espada y máteme. Un hombre de mi temple no puede soportar este
-suplicio.</p>
-
-<p>—Calma, calma, señor don José Manuel —dijo Cuadra poniendo la mano
-sobre la cabeza del agente—. Yo suplicaré a mi amigo que no le<span
-class="pagenum" id="Page_275">p. 275</span> haga a usted daño alguno...
-Pero, tarda, tarda.</p>
-
-<p>—¡Su amigo! ¿Pues no tiene la vileza de llamarle su amigo? —dijo
-Regato poniéndose tan encendido como cuando tenía la mordaza.</p>
-
-<p>—Mi amigo, mi protector, mi salvador..., pues si él no existiera,
-¿qué sería de mí?... Pero tarda, ¿no es verdad que tarda?</p>
-
-<p>—¡Estúpido viejo! —gritó Regato fuera de sí—, ten vergüenza, y
-córtate la mano antes que estrechar con ella la de ese hombre...</p>
-
-<p>—¡Yo!... En mi corazón no existe ya ni puede existir el odio. Y
-si existiera, para ese hombre no tendría sino amor, una admiración
-respetuosa, un afecto paternal.</p>
-
-<p>—Es verdad que hay cariños muy singulares —dijo Regato sonriendo con
-infernal malicia—. Yo conocí a un sujeto que sacaba a paseo, llevándole
-a cuestas, al cortejo de su mujer.</p>
-
-<p>Gil de la Cuadra creyó que Regato sufría enajenación mental.
-Compasivo se acercó a él.</p>
-
-<p>—Vendrá pronto —le dijo—. Yo intercederé por usted... pero tarda,
-¿no es verdad que tarda? Ahora apenas se oye ruido.</p>
-
-<p>—Intercederá usted —añadió Regato con afán de perversidad—. Y si él
-le pide algo en cambio, le dará usted su mujer... no, porque murió;
-pero aún tiene usted una hija. Sin embargo, como él la tiene en su
-casa, se habrá cobrado por adelantado.</p>
-
-<p>—Señor Regato —dijo Cuadra con severidad—, el lenguaje de usted es
-propio de un loco.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_276">p. 276</span>—¡Imbécil, imbécil!
-El de usted es propio de un ciego... ¡Pobre doña Pepita! Era una
-excelente señora, y tan guapa... Seguramente, si no hubiera dado con un
-esposo tan crédulo como usted...</p>
-
-<p>—Señor Regato —ordenó Cuadra con enojo—, le digo a usted que se
-calle.</p>
-
-<p>—No digo más sino que aquella señora era una buena pieza.</p>
-
-<p>—La desastrosa situación de usted me impide contestar a esa
-insolencia como se merece.</p>
-
-<p>—¿De veras cree usted que la hermosa dama era un modelo de
-virtudes?</p>
-
-<p>—Sí, canalla: sí lo creo —gritó trémulo de ira Gil de la Cuadra,
-buscando con vacilante mano la espada.</p>
-
-<p>—Pues mis noticias son que pecó varias veces. Dígalo Salvador
-Monsalud que fue su cortejo... ¡Oh, Dios mío! Estoy preso, estoy
-atado... Pero en mi horrible situación me das armas; me das este veneno
-que escupo y con el cual mato.</p>
-
-<p>—¡Miserable!...</p>
-
-<p>Gil de la Cuadra corrió hacia él y le oprimió el cuello.</p>
-
-<p>—Ahógame, necio —gruñó Regato—, ahógame. Mi último suspiro será para
-echarte en cara tu vilipendio. Ese hombre, ese amigo mío...</p>
-
-<p>—¡Qué dices!...</p>
-
-<p>—Te burló, te burló. En Francia, todos los españoles lo sabían menos
-tú...</p>
-
-<p>Gil de la Cuadra vacilaba. Una idea cruzó<span class="pagenum"
-id="Page_277">p. 277</span> como un relámpago por su cerebro; una
-idea confusamente mezclada con recuerdos, palabras, coincidencias,
-detalles.</p>
-
-<p>—El majadero no lo cree —dijo Regato, ya libre de las manos que le
-apretaban el cuello—. Voy a darle pruebas para que calle.</p>
-
-<p>—¡Pruebas! Está loco. Cállese usted. Esto es una farsa... ¡Pero ese
-hombre no viene, Santo Dios!</p>
-
-<p>—Pruebas, sí. Ponga usted la mano sobre el costado derecho, en la
-pechera del uniforme mío que tiene puesto. ¿Qué hay en ese bolsillo?</p>
-
-<p>—Un bulto, una cartera.</p>
-
-<p>—Un paquete. Sáquelo usted.</p>
-
-<p>—Ya está. Cartas...</p>
-
-<p>—Lea usted...</p>
-
-<p>—¿Qué es esto? Una carta firmada <i>Amézaga</i>.</p>
-
-<p>—Siga, hojee usted ese precioso libro. Tras esa joya vendrá otra.</p>
-
-<p>Gil de la Cuadra, acercándose al ventanillo por donde entraba
-una débil luz, recorría una tras otra con ardiente curiosidad las
-cartas.</p>
-
-<p>—A prisa, a prisa. Pase usted todas las primeras. ¿Qué viene
-ahora?</p>
-
-<p>—Una lista con varios nombres.</p>
-
-<p>—Adelante... ¿Y ahora?</p>
-
-<p>—Una...</p>
-
-<p>Gil de la Cuadra calló de improviso. El corazón saltole en el pecho.
-Quedose frío, mudo, atónito, lleno de espanto, como el que se ve en el
-borde del abismo y comprende con veloz juicio que no hay más remedio
-que caer.</p>
-
-<p>—¡Ah! —dijo Regato—. El imbécil ha puesto<span class="pagenum"
-id="Page_278">p. 278</span> al fin la mano sobre el delito de su
-esposa. Es tan bruto que necesita tocarlo para comprenderlo.</p>
-
-<p>Gil de la Cuadra seguía leyendo.</p>
-
-<p>—¿Qué dice la carta? —añadió el agente—. Tras esa vienen otras
-muchas. Yo he pasado buenos ratos leyéndolas. ¡Cómo palpita en ellas la
-pasión! ¡Qué ardor, qué ternura! Y los dos amantes disimulaban bien...
-¡Cuántas precauciones para engañar al bobillo! Se encuentran en esas
-cartas traiciones inauditas, alevosías de él y de ella. La señora
-parecía más apasionada que... nuestro amigo.</p>
-
-<p>Gil de la Cuadra seguía leyendo. De repente se desplomó. Un ay de
-dolor, exclamación aguda y penetrante, parecida a las que exhalan los
-que sufren repentina muerte, salió de sus labios. Cayó al suelo. Su
-mano estrujaba un papel.</p>
-
-<p>—El incrédulo parece convencido... ¡Menguado viejo, ahí tienes
-a tu Providencia, ahí tienes a tu Salvador, ahí tienes a tu amigo
-querido!... ¡Le has entregado a tu hija!</p>
-
-<p>Cuando esta última palabra resonó en la prisión, estremeciose el
-cuerpo del anciano herido en su alma. Irguiendo la cabeza, abrió los
-ojos, diose furibundo golpe en la frente con la palma de la mano, y
-repitió:</p>
-
-<p>—¡Mi hija!</p>
-
-<p>Un instante después Gil de la Cuadra estaba sentado en el suelo, los
-ojos fijos, el cuerpo encorvado, los labios entreabiertos, atónito,
-lelo...</p>
-
-<p>Abriose la puerta. Monsalud entró.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop">
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch28">
- <p><span class="pagenum" id="Page_279">p. 279</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XXVIII</h2>
-</div>
-
-<p>—Vamos, señor Gil —dijo—. Vamos al punto.</p>
-
-<p>Nadie contestó. Monsalud aguardó un instante. Traía una luz.</p>
-
-<p>—¡Ah! —exclamó viendo que Regato continuaba en su sitio—. ¡Tunante!
-Pasarás aquí la noche, hasta que haya un alma compasiva que te saque.
-Han asesinado a Vinuesa. Dicen que habrá esta noche nueva visita a los
-calabozos.</p>
-
-<p>Regato no contestó nada. Salvador se dirigió a Gil de la Cuadra.</p>
-
-<p>—Vamos —le dijo—. ¿Por qué se arroja usted al suelo en el momento de
-salir?</p>
-
-<p>Extendió el brazo para alzarle; pero el anciano, rechazándolo con
-fuerza, se levantó solo.</p>
-
-<p>—Vamos fuera —repitió Monsalud—. Llegó el momento...
-¡Libertad!...</p>
-
-<p>—De ti, de tu mano —exclamó Gil de la Cuadra con profunda ira—, no
-la quiero.</p>
-
-<p>Salvador, estupefacto y espantado, no supo qué decir.</p>
-
-<p>—Vamos...</p>
-
-<p>—No quiero.</p>
-
-<p>—Salgamos.</p>
-
-<p>—¡Contigo, jamás!</p>
-
-<p>—¿Qué dice usted?... ¡Amigo..., por favor!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_280">p. 280</span>—Miserable,
-apártate de mí —gritó Cuadra dirigiendo a su libertador una mirada de
-profundo desprecio—. Me manchas, me ofendes, me repugnas.</p>
-
-<p>—¡Qué locura! Vamos pronto —dijo Salvador tomándole por un brazo—.
-Piense usted en su hija, que espera.</p>
-
-<p>—¡Mi hija, mi pobre Sola! —exclamó el anciano cubriendo con ambas
-manos su rostro.</p>
-
-<p>Este recuerdo y las ideas que evocó, produjeron conmoción profunda
-en su ánimo. De súbito el instinto de libertad surgió poderoso en su
-alma. Corriendo hacia la puerta, salió. Monsalud fue tras él.</p>
-
-<p>—Déjame, no me toques... ¡Te desprecio, te aborrezco, me causas
-horror!</p>
-
-<p>Salvador se detuvo. Su conciencia había dado un grito espantoso.</p>
-
-<p>—No me has salvado, no me has salvado, no; es mentira —añadió Gil
-de la Cuadra—. Tuya no puede ser esta buena acción. Déjame, déjame. No
-quiero verte más.</p>
-
-<p>Hallábanse en el patio de la cárcel. Era el momento en que los
-soldados enviados por el gobierno ocupaban el edificio, arrojando de
-allí a los milicianos.</p>
-
-<p>Gil de la Cuadra, huyendo de Monsalud que corría tras él, cayó al
-suelo. Acercose un soldado, y golpeando con el pie a Gil de la Cuadra,
-dijo:</p>
-
-<p>—Un miliciano borracho. A la calle pronto.</p>
-
-<p>El anciano no podía moverse. Monsalud, tomándolo en brazos, le sacó
-fuera de la cárcel.</p>
-
-<p>—¡Déjame, déjame, maldito!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_281">p. 281</span>Quiso andar,
-quiso huir; pero le faltaban las fuerzas. Monsalud le sostenía, y así
-llegaron hasta la plazuela de Lavapiés, donde aguardaba un coche.
-Cargando de nuevo al anciano, Salvador lo entró en él. Solita le
-recibió en sus brazos.</p>
-
-<p>—Entra tú también, hermano.</p>
-
-<p>Gil de la Cuadra había perdido el conocimiento; pero seguía
-diciendo:</p>
-
-<p>—¡Maldito, maldito...!</p>
-
-<p>—Yo no —repuso Salvador—. Adiós, hermana. Ya sabes dónde has de
-ir.</p>
-
-<p>—Pero tú...</p>
-
-<p>—Te digo que no; adiós. Jamás volveremos a vernos... Adiós.</p>
-
-<p>Cuando el coche partió hacia las afueras de Madrid, Monsalud
-dirigiose hacia el interior de la villa. Más de una vez se detuvo
-ante cualquier esquina en la actitud desesperada de un hombre que ha
-decidido estrellarse la cabeza contra las paredes. Andaba sin dirección
-fija y pasaba de una calle a otra. En una de las vueltas estuvo a punto
-de ser atropellado por una carroza que entraba en el ancho pórtico de
-histórico palacio. Era la carroza del marqués de Falfán de los Godos, y
-conducía a los que ya eran marido y mujer. En la frente de esta no se
-había secado aún el agua bendita que tomó al salir de la parroquia.</p>
-
-
-<p class="smaller mt3">Madrid, junio de 1876.</p>
-
-
-<p class="fin">FIN DE «EL GRANDE ORIENTE»</p>
-
-<hr class="chap">
-
-
-<hr class="full">
-
-<div lang='en' xml:lang='en'>
-<div style='display:block; margin-top:4em'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK <span lang='es' xml:lang='es'>EL GRANDE ORIENTE</span> ***</div>
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-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg&#8482;
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-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-</div>
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-
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-The Foundation&#8217;s business office is located at 809 North 1500 West,
-Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up
-to date contact information can be found at the Foundation&#8217;s website
-and official page at www.gutenberg.org/contact
-</div>
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-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-</div>
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-</div>
-
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-
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-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 5. General Information About Project Gutenberg&#8482; electronic works
-</div>
-
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-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
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-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
-distributed Project Gutenberg&#8482; eBooks with only a loose network of
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-</div>
-
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-</div>
-
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-facility: <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
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